Escritos del Beato Manuel Domingo y Sol - Predicación Volumen 10
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Escritos del beato
Manuel Domingo y Sol

I - Predicación
Volumen 10.º

ROMA
2006


Notas previas a la nueva transcripción



Al comienzo de cada uno de los documentos que contiene este volumen se indica:
   - la sección,
   - el n.º del volumen,
   - el n.º del documento,
   - y las páginas que comprende cada uno de ellos.

   La utilización de esos cuatro elementos en las citas facilitará al máximo la búsqueda y consulta posterior.
   (Ejemplo = Escritos: I.º, vol. 11, doc. 22, pág.2).






** Siglas utilizadas:

   - el salto de página, concordando con los originales, se
   señala con <*__*>.
   - entre «[ ]» se indica el texto incorporado, que no
   está en el original.






   Roma, 29 de enero de 1993

Advertencia a la transcripción primera:







   El tomo 10.º comprende 141 autógrafos de pláticas o esquemas referentes a Misiones o Ejercicios Espirituales. Todos van distribuidos con arreglo al orden de estos mismos Ejercicios y, dentro de cada apartado, aparecen primero los que tienen fecha, como se ha indicado en las advertencias de los tomos anteriores.

   Se observará que apenas figuran aquí pláticas sobre la vida de Jesucristo, cuando de otras materias hay, en cambio, relativa abundancia. Ello será, tal vez, debido a que, para estas ocasiones, se valía D. Manuel de los apuntes coleccionados en el tomo 1.º, los cuales, como sabe el lector, tratan de Jesucristo, y aunque es verdad que tales apuntes no parecen escritos para ejercicios espirituales sino para otras ocasiones, era muy fácil a D. Manuel utilizarlos en uno u otro sentido, como hace muchas veces en otras materias, citando él mimso la plática o pláticas a donde, para un caso dado, tiene que acudir.

   Mes de Abril de 1926

Plática preparatoria



Escritos I, vol. 10, doc. 1, pág. 1





Predicado en San Mateo. Ejercicios 1876.



   Ejercicios

   ¿Qué son los ejercicios?. Ayer os dije el beneficio...
   1.º Son medios; el fin, la caridad o unión con Dios. Deben ejercitarnos adelantando. No han de ser un paseo anual.
   Ha de ser una ganancia. Mirad lo que hacen los comerciantes. ¡Ay, si nos encontráramos menos!
   Dijimos, o mas bien, tocamos ayer las partes principales de los ejercicios y las secundarias.
   Fuge, tace, quiesce.
   1.º Retiro. Exterior. Estos días ningún recado. Interior: Dios y yo; tres ventajas. Las puertas cerradas. Velos.
   2.º Meditación: 1.º Penetrar las verdades. 2.º No salir de los puntos. 3.º Tedio. 4.º Gozo.
   Afectos: amor y gratitud, confianza, arrepentimiento. Propósitos de enmienda, pero prácticos.
   3.º Distribución del tiempo. Ingrediar totus...
   Tiempo libre. Escribir. Actos de jaculatorias. Examen para la confesión.
   ----------
   4.º Otro de los medios que debéis procurar empezar a practicar en los ejercicios es: examen. Qué es examen. Necesidad de él. Ejemplos. General: mediodía y a [la] noche. Particular.
   Hermana mía, tú has disfrutado más de una vez.
   ----------
   Hemos puesto en la distribución del tiempo 4.º medio.
   1.º Silencio absoluto, recogimiento constante, presencia de Dios. Generosidad de corazón.

Escritos I, vol. 10, doc. 2, págs. 1-2





1881 Puras




   Mis hermanas en el Señor: Mi voluntad me hace siempre traición. Sabía que llegaría el momento de dirigiros la palabra, y que no habría podido dedicar a ella ni un momento; y no obstante se me arrancó un sí, y para cumplirlo tendré que valerme de lo de siempre, y por consiguiente, sin poder ofreceros ninguna novedad para vuestras consideraciones. Pero ¿qué le hemos de hacer? La Iglesia también lo hace así, y por lo tanto, seguiré el mismo camino trillado. <*2*>




   Juicio Universal 1879. Sta. Clara


   Hemos entrado en el tiempo de Adviento.
   La Sta. Iglesia, etc.
   Prop. [?] del juicio y si ahora debiéramos presentarnos.
   1.º Porque es el día de venganza y reparación del honor de Jesús. Hará seis mil años, etc.
   2.º Es el día del Señor.
   3.º Es el día grande, cual no ha habido.
   4.º Pero qué necesidad tenemos, cuando el mismo Jesucristo...
   ¿Ante quién?
   Y ¿cuándo?
   Y bien: si ahora tuviéramos que presentarnos allí...

Escritos I, vol. 10, doc. 3, págs. 1-2





S. Mateo, 87.



   1.º Al tener la satisfacción de encontrarme. Me parece que os preguntáis: ¿Qué es esto? ¿Cómo me encuentro aquí? ¿Quién nos envía? ¿A qué venimos?
   ¿Cómo me encuentro aquí?
   ¿Quién nos ha traído? La Providencia.
   Si la Providencia, ¿cómo habéis de recibirnos? No somos nosotros, venimos en nombre de Dios.
   De hombre a hombre va cero.
   Los charlatanes, por esto no se entienden. Nosotros venimos en nombre de Dios, de la Iglesia. Somos instrumentos de Dios.
   ¿A qué? ¿Qué son ejercicios?
   Los ejercicios militares. Oficios, carreras.
   Diferencia de misiones. Septenarios. Sermones.
   Días de retiro. Jesucristo nos da ejemplo.
   ----------
   Os invito, pues... A haceros compañía estos días.
   1.º Es una gracia. Cuántos hay que no los han podido hacer nunca. Si estuviésemos en California [?] [?]. ¡Si pudiésemos hacerlos todos los años! ¡Ojalá todos los años, y más cumplidos que ahora!
   2.º Utilidad. El espíritu es como un vaso. Non in commotione Dominus [(1 Re 19, 11)]. Ejemplo de Jesucristo, Santos, Santos Fundadores.
   3.º Excelencia; de S. Ignacio. 1.º Inspiración. 2.º La Virgen. 3.º Pontífices. Santos, San Francisco de Sales. Tantas cuantas letras... (orden y armonía)
   4.º Necesidad. ¿De dónde vienes? ¿A dónde vas? La contestación: Loquere, Domine [(1 Sm 3, 10)].
   ¡Quién sabe si [son] los últimos! ¿Eres santo. Eres tibio. Eres pecador? <*2*>
   Modo de hacerlos. Partes esenciales.
   Meditación. Entrar con ánimo y resolución.
   Accidentales: Lecturas, oraciones vocales. Por esto, por la noche, lectura, plática [?] por la mañana.
   Ejemplo:
   Protectores.
   Por lo demás: nada quiero. No venimos por motivo ninguno. Salva animam tuam [(Gn. 19, 17)].
   Pero aún es mayor nuestra ambición. Salvar las otras. Apóstoles quiere que seáis.

Escritos I, vol. 10, doc. 4, págs. 1-12






J. M. J.




   Habéis dado principio, mis amadas hermanas en el Señor, a la tarea santa de los ejercicios, según la santa costumbre, y prescripciones de vuestra regla. Os felicito, pues, por ello. Animadas, como os supongo, del mejor deseo y ánimo; suficientemente instruidas, como debéis estar ya de los medios concernientes para hacerlos bien; profundamente convencidas de la utilidad de los bienes que os pueden reportar y hasta de la necesidad que tenéis de ellos, parece inútil ya y superfluo el llamar vuestra atención sobre estas sencillas consideraciones.
   Pero con todo, hermanas mías, como quiera que para mover vuestro corazón es preciso que las potencias de nuestra alma estén bien penetradas y empapadas de las ideas; como quiera que las cosas más vivas dejan de impresionarnos por efecto de la costumbre. ¿Qué digo? Pues ¡si hasta la idea de nuestros pecados y de nuestros atrevimientos para con Dios que en ciertos momentos y cuando estamos bajo la presión del fervor parecen inolvidables, nos llegan a ser poco menos que indiferentes!
   Digo, pues, que a pesar de lo sabidas que nos son muchas ideas debemos procurar recordarlas, aunque sea por encima, para grabarlas en nuestro corazón, y apreciar más estos beneficios de que el Señor nos llena todos los días.
   Y así, digo en primer lugar, que estos Santos Ejercicios que habéis comenzado, son un beneficio del Señor, una de aquellas gracias que llamamos extraordinarias. <*2*>
   Y sino, mirad: hace pocos años, antes de vuestra profesión religiosa, pocas de vosotras habían podido practicarlos; poquísimas con el desahogo de ahora.
   Y este beneficio, el Señor os lo repite todos los años, y algunas han saboreado ya ocho, veinte, cuarenta veces este beneficio de la mano bondadosa del Señor. Y el fruto y los méritos de estos veinte, cuarenta ejercicios, los tenéis ya escritos en el libro de la vida. ¡A cuántas almas fervorosas el deseo de uno solo de estos beneficios ha arrancado suspiros amargos de su corazón, pero inútiles! Cuántas, semejantes y con la fe de aquella cananea que seguía a Jesucristo pidiéndole una migaja del pan que tan pródigamente derramaba a los hijos de Israel, podrían decirle: Dios mío: siquiera por una vez, un poquito de estas viandas que dais con tanta abundancia a estas privilegiadas; un poco de ese tiempo de soledad y de descanso para escuchar suavemente tu voz, y, sin embargo, el Señor no se los concede: ay, ¡y cuántas migajas de ese pan hemos desperdiciado nosotros por no apreciarlo debidamente como los hijos de Israel!
   Es tan grande, hermanas mías, el beneficio de los ejercicios religiosos y tantas las gracias que el Señor acostumbra derramar en ellos, que estoy bien convencido de que si Dios concediera la gracia a todos de que pudieran y quisieran hacerlos como es debido, habría muy pocos pecadores en el mundo, y <*3*> muchas almas de las que viven frías y disipadas se santificarían completamente.
   Para vosotras, sobre todo, es un beneficio especial aunque los ejercicios en particular tienen la ventaja de poderse cada uno gobernar en todo según los deseos de su espíritu; sin embargo, esa mancomunidad de oraciones, los ejemplos mutuos, los medios exteriores de tranquilidad, silencio y objetos todos que tienden a producir el recogimiento, los hacen más amenos, menos fastidiosos y más fructuosos.
   Y ¿qué os diré, hermanas mías, de su utilidad? Nuestro espíritu, hermanas mías, es como un vaso que mientras se mantiene cerrado y recogido, conserva perfectamente el licor y bálsamo de la devoción y de la piedad. Pero sucede que nuestros sentidos, esos conductores del alma, al mismo tiempo que sirven para conocer y percibir las cosas exteriores y los medios de adquirir y lograr nuestra santificación, son también los agujeros y las ventanas por donde se evapora nuestro espíritu, y cuanto más en contacto está con ellos, tanto más le imposibilitan y le atan para hacer sus operaciones.
   Pues bien; para recoger este espíritu, es preciso destinar un tiempo, en que, especialmente desprendidos de todo, nos dediquemos a recoger este espíritu, a depurarlo de los miasmas que hayan entrado en él por medio del mal uso de nuestras potencias y de nuestros sentidos.
   Además de que dispuesta el alma mejor por medio de este reco- gimiento especial, de esta vigilancia, de esta abundancia de gracias, oyes en tu inte- <*4*> rior ciertas voces, ciertas reprensiones, ciertas luces que no sentías ni experimentabas antes, aun en medio de devociones.
   Por esto, aquellas palabras del Señor que habéis oído tantas veces: Non in commotione Dominus [(1 Re 19, 11)]. No se halla el Señor en el ruido de las cosas exteriores, sino en el fondo del corazón. Por esto dice también el Señor de las almas esposas suyas: Ducam eam in solitudinem [(Os 2, 14)]. La conduciré a la soledad y allí hablaré a su corazón y allí tendré mis delicias con ella.
   Por esto David comparaba el alma fiel al pajarito solitario colocado encima de los tejados, y que se eleva sobre sí y sobre los sentidos. Sí, hermanas mías, es preciso que de vez en cuando nos elevemos de un modo especial sobre nuestros sentidos y colocarnos de un modo especial sobre las montañas de la contemplación, para allí, semejantes al águila renovar la juventud de nuestro espíritu.

   Pero ¿qué necesidad tenemos, hermanas mías, de aducir ejemplos para penetrarnos de la conveniencia de reunirnos de un modo particular para dedicarnos a la oración y al recogimiento, cuando tenemos un modelo que imitar y cuya conducta nos sorprende al mismo tiempo que nos encanta?
   Jesucristo, hermanas mías, nuestro amable Redentor y nuestro maestro, este espejo de nuestras almas, nos ofrece una cosa, una consideración muy singular en esta <*5*> materia. De una vida tan preciosa como la suya, de una vida tan corta, que no vivió más que treinta y tres años, emplea treinta enteros de soledad, de retiro, de recogimiento, podemos decir de ejercicios espirituales. Y como si esto no fuera bastante, al querer emprender su predicación, se retira a hacer cuarenta días de ejercicios en un áspero y solitario desierto, dedicado a la oración y a la penitencia permitiendo que su cuerpo sufra el hambre, el frío, el dolor.
   Y ¿qué es lo que podía temer Jesús? ¿Qué disipación podía experimentar? El, recogido siempre con la más íntima unión con su Padre; su alma unida personalmente a la Divinidad; pensando siempre en el Padre; hablando de El; no obrando sino únicamente por El; ¿qué necesidad tenía de ello?
   Pues, sin embargo, a pesar de sus treinta años de retiro, a pesar de sus cuarenta días en el desierto, durante los años de su predicación, pasaba largos ratos y noches enteras dedicados al retiro y a la oración: erat pernoctans in oratione Dei, dice el Evangelista [(Lc 6, 12)]; y no contento con esto, se retira a temporadas al desierto con los Apóstoles para dedicar más tiempo a la contemplación y a la abstracción de todos: venite in desertum locum [(Mc 6, 31)].
   Y ¡con qué constancia y con qué fervor lo hacía siempre! A pesar de que alguna vez permitiese que su corazón experimentase repugnancia al emprender estos ejercicios, <*6*> a pesar de sentir en estos ratos de recogimiento y de oración la sequedad, el tedio, la tristeza, nunca los dejaba, antes los emprendía con más ánimo.
   Ya sabéis que cuando en la noche última de su vida, al emprender su pasión, quiso pasarla en la soledad y en la oración; al... aquellas meditaciones a que se dedicaba oprimían su corazón, amargaban su espíritu de tal suerte que los poros de su cuerpo reventaron en sangre; pues, sin embargo, hermanas mías, a pesar de ello, positus in agonia, nos dice S. Lucas [(22, 43)], prolixius orabat: puesto en aquella agonía, en aquel tedio, oraba más largamente; se dedicaba a penetrar más de aquellas ideas.
   Oh! ¡qué modelo, hermanas mías, qué confusión tal vez, para algunos de nosotros!.
   Ah! no extraño ya que los santos, fieles imitadores de este gran maestro, hicieran tanto aprecio de los ejercicios espirituales, y se dedicaran a ellos.
   Por esto los Santos fundadores, a pesar de ser ellos, a pesar de que las reglas que ellos ordenaban eran santas, con todo, nada creían hacer, si no ponían como un precepto este uso de los ejercicios, y aun un autor se atrevió a decir que la casa religiosa más disipada podía volver a su [antiguo] fervor, practicando como es debido los santos ejercicios. Por esto los santos no los dejaban nunca.
   S. Francisco de Asís, aquel grande espíritu y modelo de recogimiento, dedicado únicamente a cosas santas, sin abandonar la oración todos los días, y por espacio de muchas horas, no debía experimentar muchas temporadas de disipación y, por consiguiente, parece no tenía mucha <*7*> necesidad de los ejercicios, sin embargo, vosotras sabéis que se retiraba cuaresmas enteras, y lo dejaba todo, y los infinitos negocios que llevaba entre manos, y todos ellos muy esenciales y que le servían para santificarse, y se acogía a la soledad, a estos ejercicios espirituales, y allí rehacía su espíritu, y allí, no en otra parte, le hablaba el Señor, y allí le comunicaba sus dones, y allí mereció ver grabada en su cuerpo y en su alma la imagen de Jesucristo.
   Pues bien, hermanas mías, en esos días de retiro especial se rehará vuestro espíritu; aquí principalmente, os hablará el Señor, y grabará mediante la oración y el recogimiento, la imagen de sus virtudes, de su humildad, de su mortificación, de su amor.
   Dejo de hablaros para haceros ver su conveniencia y el aprecio que los hombres grandes de la Iglesia han hecho de ellos, las gracias que los Sumos Pontífices han concedido a los que se dedican a los Ejercicios, ya concediendo Indulgencia Plenaria, ya dispensando a los...


   Pero no sólo es útil, hermanas mías, sino que es también una casi necesidad para nosotros el dedicar una temporada exclusivamente a los ejercicios del espíritu.
   Es verdad, hermanas mías, que vosotras dedicadas a un método ordenado y que, por la misericordia de Dios, nada del mundo os rompe, no experimentáis tanto los efectos fuertes que hacen <*8*> los ejercicios, ni sentiréis aquella diferencia de calma que experimentan los que se dedican a ellos, después de haber salido de la baraúnda del mundo, y por consiguiente, parece no ser tan grande vuestra necesidad; sin embargo, esta misma separación en que estáis del mundo ordinariamente, hace que tengáis la fortuna de no tener que violentaros tanto para desprenderos de las ideas que muchas veces llevamos de él, y para adquirir el recogimiento; y además, no dejan de seros necesarios, porque lleváis la gracia en vasos quebradizos, de vuestro corazón y de vuestros sentidos, estamos en el lugar de las luchas, el demonio os rodea tanto o más y, por consiguiente, os son necesarias todas las precauciones.
   Es cierto que la costumbre tiende a engendrar el hábito natural, y que este hábito natural tiende a desvirtuar las buenas obras y hacernos perder el fruto de muchas acciones, y a cometer muchas infidelidades. De consiguiente, es preciso que destinemos un tiempo fijo para examinar y ver, a la luz de un examen y de una consideración más rigurosa, nuestro comportamiento, nuestro modo de obrar y hacer un detalle de todas nuestras ocupaciones.
   Mirad lo que hacen los comerciantes y... todos los días durante el año se dedican a negociar sus capitales, a vender sus mercancías para sacar toda la ganancia posible y puedan acrecentar de esta manera sus capitales. Pero al cabo del año se dedican 10, 20 días, un mes a repasar sus operaciones mercantiles con escrupulosa minuciosidad y dedican a ello todas las horas del día y aun de la noche; no les habléis durante estos días: no estoy para nada, dicen, estoy pasando balance y tenemos una tarea inmensa, y si encuentran quiebra procuran repararla.
   Pues bien, hermanas mías, vosotras también, podemos decir, que durante el año estáis haciendo vuestras operaciones mercantiles: negociando los talentos que el Señor os ha dado, las gracias de que disponéis continuamente.
   Pues bien, justo es que además del reposo ordinario de vuestras cuentas, destinéis un tiempo del año a hacer balance de vuestras almas y cotejar los fondos de entonces y de toda la vida con las ganancias de ahora, es decir, <*9*> los propósitos, las virtudes, cómo hacéis los actos de vuestro estado, y preguntaros: ¿Cómo estoy de mortificación? ¿Cómo me ha ido en el acrecentamiento del espíritu de humildad? ¿Cómo, etc. etc.?

   Y si nos encontramos algo de menos, ¿qué digo? Si no nos encontramos mucho de más, procurar reparar estas quiebras con propósitos firmes, con sentimientos de confusión y de humildad, con deseos vivos, con promesas eficaces: no sea cosa que venga el dueño de cuyos talentos somos negociantes, y nos encuentre faltos en la balanza de la vida, como a Baltasar, y nos sorprenda la muerte sin haber adquirido todos los tesoros que el Señor espera de nosotros.
   Pero sobre todo hermanas mías, esta misma necesidad la podemos mirar aun bajo diferentes aspectos: bajo el aspecto de la obligación que tenemos de caminar por la senda de la virtud, sin parar en él, y por consiguiente, la necesidad que tenemos de aprovechar todos los medios para conseguir nuestro objeto.
   Sí: ojalá que aun poniéndolos todos estos medios lleguemos a cumplir nuestro destino.
   Ya sabéis hermanas mías, por lo repetidas que son, aunque nunca lo son bastante, aquellas palabras que Dios mandó a S. Juan Evangelista sobre el Obispo de Laodicea: Yo conozco tus obras <*10*>, sé tus obras, tus trabajos, tu paciencia; pero tengo una queja amarga contra ti, y es que no tienes ya tu fervor primitivo, han quedado a medias tus deseos.
   ¿Cómo estamos nosotros, hermanas mías? ¿Puede el Señor tener alguna queja contra nuestra correspondencia? ¿Hemos faltado ya en algo a nuestros primitivos propósitos?
   El Señor nos lo dirá, hermanas mías, en la soledad de los santos ejercicios. Aquí nos dirijirá más fuertemente sus quejas amorosas, aquí nos reprenderá nuestras infidelidades; porque acostumbrados durante los demás a oírla, no hacemos caso y necesitamos una voz más fuerte que nos haga salir de esa somnolencia. Recordad que Samuel oía la voz del Señor; pero dormido y soñoliento como estaba, no sabía que era la voz de Dios, hasta que se prepara vigilando su corazón, para decirle: Hablad, Señor, que vuestro siervo os escucha. Pues bien, hablad Señor, que vuestras siervas os escuchan de un modo particular; y el Señor os hablará y os manifestará su voluntad. Y si nada tiene que deciros, si ninguna queja tiene contra vosotras, El ensanchará las alas de vuestros deseos, os animará a seguirle con constancia, os consolará, y renovado vuestro espíritu, correrá como ciervo ligero hacia la montaña de la perfección. Mil y mil otras razones <*11*> pondría para haceros ver la necesidad que tenemos, por buenos que fuéramos, de estos días de recogimiento, pero os he dicho que mi objeto era tan sólo felicitaros por ese nuevo beneficio del Señor y animaros por medio de esas ligeras indicaciones, de su utilidad, de los bienes que reportan y de su necesidad, a que los emprendáis con grande ánimo, seguras de que no dejarán de seros grandemente provechosos a todas y cada una en particular.
   Concluyo pues, pero supuesto que estáis bastante instruidas respecto de los medios generales de los Santos Ejercicios, sobre el modo de practicar la oración, la lectura, el rezo, el recogimiento, etc, no puedo menos de encargaros que toméis un propósito especial de hacer bien el ejercicio de los exámenes.
   El examen, hermanas mías, es uno de los medios más recomendados por los Santos. Ya se cuenta de Pitágoras, filósofo gentil, que no tenía fe, y que a sus discípulos para que hicieran bien todas las cosas y pasaran por hombres grandes e intachables delante del mundo, les prescribía que tres veces al día se pusieran a pensar: ¿Qué he hecho? ¿Cómo lo he hecho? ¿Qué he dejado de hacer? Y este consejo tan conforme con la necesidad del espíritu humano, ha sido practicado por el cristianismo en más alto grado y con más recto fin, siguiendo las palabras de S. Pablo y las de David, cuando decía: quo dicitis...
   Ya podéis ver que del examen, en cuanto es una diligencia previa para la confesión, en que descubre el estado actual de la conciencia (y en cuyo sentido tan sólo lo toman las personas del mundo), pues este examen no constituye un ejercicio espiritual, sino que más bien es <*12*> parte de ejercicio espiritual, y un acto de la memoria, puramente especulativo.
   Pero el examen propiamente tal, es por sí solo un ejercicio espiritual y en que funcionan a la vez las tres potencias del alma, la memoria (Harguengortia, tomo 1.º).

   Dos son, como sabéis, estos exámenes: el general que es la inquisición de las faltas y del modo de obrar en todas tareas, obligaciones, actos, etc., y el particular que se llama así por ser de una cosa sola, cuyo examen es tanto o más esencial que el primero, porque siendo al hombre muy difícil abarcar muchas cosas, según el adagio del filósofo, debe trabajar primero en esto, luego en lo de más allá, para lograr por partes lo que de una vez le sería difícil. Y además porque siendo la naturaleza del hombre tal que entre la multitud de inclinaciones que ella entraña siempre se echa de ver alguna como principal a la cual se subordinan en cierto modo las demás y por esto se llama pasión dominante, por lo cual conseguido el triunfo de éstas, fácilmente se llega después a la total destrucción de nuestras malas inclinaciones, y a ir plantando las virtudes por medio, también, de este examen particular.
   Tanto para el uno como para el otro, deben abarcarse los cinco puntos indicados por los santos:
   1.º Darle gracias por los beneficios recibidos.
   2.º Pedir gracia para conocer los pecados.
   3.º Examinarse de todos los defectos, si es en el examen general, y de hora en hora, de ocupación en ocupación, si es partucular.
   [4.º] Pedir perdón.
   [5.º] Proponer la enmienda.

Escritos I, vol. 10, doc. 5, págs. 1-12






   Mis hermanos en el Señor: Al dirigirme a vosotros en este primer día de la santa misión, y deseando aprovechar esta primera hora de la mañana todos los días para vuestra instrucción, es natural me preguntéis y que os pregunte: ¿Qué es la misión? ¿En qué consiste una misión?.
   Si tuviera que explicaros la etimología, el significado material de la palabra misión, os diría que viene de la palabra latina: mitto, mittis, que significa enviar, y por consiguiente misioneros equivale a decir enviados. Somos, pues, enviados. No, no somos nosotros los que hemos venido por casualidad, ni aun por nuestra voluntad, sino [que] es Dios, es la Providencia la que nos envía. Ay! cuántas veces hemos deseado ir a donde Dios pluguiese y no hemos ido. ¿Por qué? Porque Dios no ha querido. Porque no era de su voluntad, porque Dios no se dignó enviarnos. ¡Cuántos años que nuestro Prelado quería hubiese misiones! Tal vez alguno de vosotros las habría deseado, pero la Providencia aún no había deparado esta gracia, y cuando El ha querido esta gracia ha venido. Es, pues, la misión una embajada de parte de Dios: una visita de autoridad a nombre suyo. No, no venimos con autoridad propia; venimos con la autoridad de Dios significada en la misión que nuestro <*2*> superior nos ha significado. No venimos, por consiguiente, con autoridad humana, sino con embajada divina. Ay! hermanos míos, si tuviera que venir como hombre, como enviado por los hombres, con autoridad humana; oh! hermanos míos, os lo confieso, no tendría valor para subir a este púlpito; me guardaría de hablaros el lenguaje de la verdad. ¿Yo? ¿Yo, miserable pecador, como todos los hijos de Adán, tener que venir a decir la verdad, a reprender, a corregir, a amonestar? ¿Yo, atreverme a abrir vuestras conciencias, a hacer retornar la voz de la justicia de Dios, y de los castigos del cielo, si no viniéramos más que con la autoridad de nuestra sola palabra?
   Venimos, pues, hermanos míos, revestidos de la autoridad de Dios. El nos hizo sacerdotes por su libre elección y no por nuestros méritos; El nos entresacó de tantos otros a quienes no quiso elegir, dándonos la autoridad de ministros suyos, ¿para qué? Para que ahora, mediante la indicación de su voluntad, viniéramos en nombre suyo a dirigiros la palabra, a recordar vuestros deberes, a recordaros, hermanos míos, que sois hijos de Dios, que sois nacidos para el cielo, donde está nuestro destino, y a señalaros el camino que debéis seguir, y conduciros otra vez a El si andáis extraviados.

   Cuando El determinó libertar al pueblo de Israel de la esclavitud de Egipto, quiso también escoger quien fuera de su parte a[l] Faraón para manifestarle cuál era su voluntad. Y escogió el Señor a Moisés. Se le apareció en medio de la zarza ardiendo y le dijo: Moisés, el clamor de los hijos de Israel ha llegado hasta mí. Ve al Faraón y dile que deje salir a mi pueblo. Señor, exclamó Moisés, y ¿quién soy yo para ir a[l] Faraón, si apenas sé hablar? Anda que [yo] soy el que <*3*> te envío; pero, Señor, volvió otra vez a repetir, como resistiendo a aquella comisión, y si el pueblo de Israel me pregunta quién es el que me envía, para que se dignen creerme y escucharme, ¿qué nombre les diré? Y el Señor le contesta: Yo soy el que soy [(Gn 3, 14)]. Yo soy el Dios de vuestros padres, el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob; por consiguiente, les dirás: Aquel, que es, me envía a vosotros.
   Hermanos míos, Aquel que es por sí mismo, el Omnipotente, el Señor de todos vosotros y nuestro [es] el que nos envía. El nos hizo sacerdotes (vide la pág. anterior).
   Y ¡ay de nosotros si no cumpliéramos este encargo! Mirad: el profeta Jonás fue enviado por orden de Dios para que fuera a predicar a Nínive. Era Nínive ciudad populosa pues contaba 900 mil niños de pecho solamente; esta ciudad estaba entregada a todos los excesos del vino y el Señor mandó a Jonás fuese a predicarles y decirles que si no hacían penitencia, sería destruida aquella ciudad.
   El Profeta Jonás resistió, sin embargo, en un principio la orden de Dios, porque decía entre sí: Si voy a Nínive y se convierte, Dios es misericordioso y les perdonará, y pasaré yo por un profeta falso. Se dejó llevar del amor propio, no pensando que era Dios quien lo enviaba; de aquí es que en lugar de dirigirse a Nínive, se embarcó para Tarsis, creyendo apartarse con ello la mirada de Dios.
   Cuando he aquí que estando en alta mar, se levanta una furiosa tempestad en que todos los pasajeros, temiendo ya por su vida, pensaron si sería aquello por algún pecado de algunos de los que iban en la nave; echaron suertes y cayó sobre Jonás. Jonás estaba dormido en el fondo de la nave, y le preguntaron quién era, qué es lo que había hecho. Entonces Jonás les manifestó [que] había rehusado la voz de Dios y que huía de su presencia y que por esto se había levantado aquella <*4*> tempestad, y se ofreció a que le arrojasen en el mar; pero Dios que quería cumpliese su mandato, hizo que un enorme pez le tragara, le tuviera vivo tres días dentro de su vientre, al cabo de los cuales le arrojó a las playas de Nínive, y se vio precisado a predicar a aquella ciudad, que toda se convirtió a Dios (historia de su conversión).
   Lejos de nosotros, el rehuir el cumplimiento de la voluntad de Dios. Lejos de nosotros [dejar de] cumplir la misión que El quiere confiarnos, dirigiéndonos a visitar este pueblo. Lejos de nosotros el no cumplir la misión que nos confía. Como el profeta Isaías [(6, 8)] le hemos dicho: Ecce ego, mitte me, henos aquí, Señor, enviadnos a donde plazca a vuestra divina voluntad, que enviándonos nada temeremos, y hablaremos vuestras verdades, y anunciaremos lo que vos nos digáis (aunque no vengan a escucharnos).
   Y he aquí, hermanos mios, indicado lo que es una misión. Es una embajada que el Señor os envía por nuestro pobre conducto: ¿para qué? Para recordaros su voluntad.
   2.º Pero he dicho también que la santa misión, además de ser una embajada que Dios os envía, y que debéis mirar con respeto y agradecimiento, es también una gracia.
   ¡Ah! hermanos míos; tal vez no [se] os había ocurrido que la misión es una gracia, una mirada bondadísima de la misericordia de nuestro Dios.
   Sí, hermanos míos: es una gracia, pero gracia extraordinaria. El Señor nos envía todos los días su gracia: ¡cuántas luces, cuántas inspiraciones recibimos todos los días que caen como gotas de agua sobre nuestras almas, por más que la mayor parte de ellas no nos fecundizan por nuestra mala disposición! Pero además de esta agua ordinaria de la gracia de Dios, a veces se complace El en enviarnos <*5*> una lluvia abundante que nos llene y fecundice. Esta lluvia abundante es la santa misión, a la cual el Señor comunica luces extraordinarias para el bien de las almas, a fin de que conozcan lo que quizás antes no conocían. Es un llamamiento especial que Dios hace a los corazones para que se salven y sean felices.
   ¿Queréis saber, hermanos míos, y comprender si es un beneficio especial de Dios?
   El divino Salvador de los hombres decía: Para esto he venido a la tierra, oh Padre mío, para que el mundo te conozca, por medio del conocimiento de ti y de tus verdades.
   ¡Oh, si esta palabra de Jesús pudiese ser escuchada por todos los hombres de la tierra! ¡Oh, si todas las almas pudiesen tener la dicha de unos días de retiro escuchando la palabra de Dios!
   Echad una mirada a aquellos pobrecitos infieles que habitan los vastos bosques de Africa y de Asia ¡Si ellos pudiesen asistir de vez en cuando a oír las palabras de vida eterna de Cristo Jesús anunciadas por los misioneros!
   Más aún: Cuántos pueblos hay católicos que han sido bautizados, y que sin embargo apenas oyen la palabra de Dios, y esto que muchos de ellos la desean. Sin ir mas lejos, hace poco que el Obispo de Eumaria, de la baja California, predicando en la Catedral de Tortosa nos decía que en [su] vasta diócesis, que tiene más extensión que toda España, en la cual había esparcidas 42 mil almas, todas las cuales eran católicas excepto unos pocos miles de indios, no tenía más que cinco sacerdotes para regir aquella vasta extensión de terreno; y que por consiguiente estos sacerdotes para poder recorrerla necesitaban años. ¡Oh, si ellos hubieran podido tener el beneficio de una misión de vez en cuando! <*6*> ¡Oh, si la palabra de Jesucristo anunciada por los sacerdotes resonase en aquellos oídos!
   Echad [una] mirada a todos los pueblos que existieron antes de venir Jesucristo al mundo, y que no pudieron ser testigos ni de las obras de Jesús, ni siquiera de su palabra. ¡Oh, cuántos se hubieran aprovechado de ella!
   Recuerdo en este momento aquella terrible expresión de Jesucristo a los judíos. Les estaba predicando con frecuencia, como si dijéramos, les estaba misionando, obra[ndo] estupendos milagros, las turbas del pueblo le seguían atraídas por tantos prodigios, y no obstante instigados por los fariseos, no sólo no acababan de convertirse, sino que no apreciaban esta palabra divina, cuando he aquí que indignado su corazón les dijo: Ay de ti... que si en Corozaín y en Betsaida...
   Los de Nínive se levantarán en el día del juicio...


   ¡Ah! pueblo de N..., parece está diciendo el Señor: que si otros pueblos hubiesen recibido la visita del Señor por medio de la gracia extraordinaria de una misión, se hubieran aprovechado de ella. ¡Oh! ¡cómo se levantarán contra vosotros tantos pueblos, tantos pobrecitos infieles, tantos cristianos que habitan esas regiones apartadas donde apenas pueden oír la palabra de Dios! ¡Oh! ¡cómo se levantarán, digo, en el día del juicio, y os recordarán esta gracia que ellos no tuvieron!
   ¿Pero dónde voy, hermanos míos? ¿Qué necesidad tengo de recordaros que la misión es una gracia extraordinaria de la misericordia de Dios?
   Subid con el pensamiento al cielo, y mirad, mirad aquella alma que estuvo al borde del <*7*> abismo, dormida en el sueño del pecado; un año antes de su muerte tuvo la dicha de oír la voz de Dios que le despertó por medio de una misión y salvó su alma. Sin ella estaría ahora en el abismo del infierno.
   Mirad a S.....



   Sí, hermanos míos, es una gracia que Dios hace a nuestras almas; ¡ay de las almas que dejen pasarla sin aprovecharla!. Quién sabe, hermanos míos, si para muchos es la última vez que la envía; si es la última gracia de misericordia que les concede.
   Quién sabe cuán próxima está la muerte de algunos y el Señor les viene a advertir para que se salven y, aunque tengan que morir pronto, tal vez si desaprovechan esta gracia, en castigo de ello Dios no les enviará otra gracia tan fuerte y tendrán que gemir eternamente de no haberla aprovechado.
   ¡Oh, si estos días favorables, si estos días de salud fuesen concedidos a las almas detenidas en el purgatorio!
   ¡Oh, si estos días fuesen concedidos a aquellas almas que gimen en el infierno! ¡Con qué fidelidad los emplearían! Bien merecemos la misma pena que ellos padecen si no nos aprovechamos debidamente.
   Pero además, hermanos míos, la santa [misión] no sólo es una <*8*> embajada que el Señor os envía y una gracia abundante de su misericordia, sino que es también una tregua en el camino de la vida, para que hagamos cuenta de nuestros caudales.
   El divino Salvador de los hombres nos dio ejemplo (Véase plática de la necesidad de los ejercicios).
   He aquí lo que es la misión. Pero es otra cosa también. Es una reunión de familia para tratar de los intereses nuestros. No sólo es un balance en que cada uno ha de mirar si las cuentas le van bien, sino unos días de santa expansión de familia para reanimarnos a seguir adelante.
   Suponed un padre y una madre de familia que tienen varios hijos, los cuales están en diferentes puntos distantes, porque así conviene a los intereses de la casa, o porque se han visto obligados a buscar su colocación en diferentes pueblos. Y que cada uno, cuantos años, se reúnen alrededor del hogar paterno, y allí cuentan al padre y a la madre sus penas, sus alegrías, su posición, si están bien, si están mal; hasta se desahogan contando las penas más íntimas de sus casas; los genios con quienes han de tratar, lo que tienen que sufrir: el uno de sus criados, el otro de sus suegros, la otra de sus mismos hijos. Y la madre y el padre les consuelan, les animan, les dan consejos para que puedan soportar mejor estas penas y amarguras; les hacen ver que en este valle de lágrimas y en cualquier parte que estemos hemos de sufrir y que todo es inherente a cada estado, y que después de un día viene otro, y que con <*9*> la paciencia se irá venciendo todo; y así se desahogan y se animan. Y los hermanos ensanchan allí sus corazones, y exponen sin rubor hasta las pérdidas y percances que han tenido, los proyectos que llevan adelante, y se dan mutuos consejos, y se alientan y si hay alguno a quien no van bien las cosas, le compadecen y lo sienten, y le animan. Y se complace el uno en la felicidad del otro, y si uno se ha distinguido en su carrera, etc. ¡Oh! ¡y qué días tan felices son éstos, pasados en el seno del hogar doméstico! ¡Y cuánta satisfacción les causa el pertenecer todos a una misma familia! ¡Y cuánto desean no desmerecer del nombre y apellido que llevan! Y cuando tienen que separarse porque el afecto y los intereses los llamen otra vez a sus respectivas residencias ¡oh, qué recuerdos tan dulces se llevan! Y les sirve para animarse a trabajar más y a ser más sufridos el recuerdo de los consejos y de la bendición paternal.
   Hermanos míos, todos cuantos nos encontramos aquí reunidos como hijos de un mismo Padre que está en los cielos, todos pensamos de la misma manera, todos tenemos las mismas convicciones. De una misma madre hemos sido engendrados, en una misma casa hemos nacido, en una misma pila hemos sido reengendrados al nacer a la gracia por el Santo Bautismo.
   Uno es nuestro común hogar, el templo; aquí todos somos uno; somos hijos de un Padre que está en los cielos, hijos de una misma Madre que es la Iglesia. ¡Oh! ¿no es verdad que os causa satisfacción?.
   Dios nos envía aquí para que desahoguéis vuestras conciencias y vuestros corazones; para que nos contéis las penas de vuestras almas; para que no os desalentéis en el camino del cielo; para que descarguéis el <*10*> peso de vuestros corazones; para daros nuestra bendición; para solazarnos mutuamente. Este es el tiempo y el lugar donde venimos a comunicarnos y desahogarnos mutuamente y ante Dios que es nuestro Padre; vosotros con nosotros; y nosotros con vosotros, y los unos con los otros para protestar ante el mundo que queréis continuar con el nombre y apellidos de hijos de la Iglesia Católica, hermanos todos de Jesucristo.
   ¡Oh! qué crueles son los enemigos del Catolicismo, y sobre todo los enemigos de la confesión, que quieren privar al corazón humano de este lazo de familia, de esta expansión santa, de estos días de mutua confianza de unos corazones con otros, de este desahogo de conciencias que produce la más dulce paz en el alma: ¡Oh! cuánta razón tenía aquél... para decir que si Dios no hubiese establecido el consuelo de la confesión, hubiera sido preciso inventarla para tranquilidad de las almas. ¡Oh! ¡qué fuera de nosotros, hermanos míos, si no tuviéramos este desahogo del corazón después que hemos pecado contra Dios!
   ¡Oh, Dios mío, qué hubiera sido de mí ante el temor de vuestros juicios, después de haberos ofendido, si no hubiera podido desahogar mi corazón ante un confesor, ante vuestro representante en la tierra, que me animó y me consoló! ¿Qué sería de los corazones atribulados, hermanos míos, que después de haber cometido el crimen y ante la idea de la eternidad, y ante el rubor de sus conciencias no hubieran tenido un pecho con quien desahogar sus <*11*> temores? ¿A quiénes pedir luz y guía para salir de aquel estado? ¿A quién pedir consuelo? Por esto, hermanos míos, no extrañemos que en las grandes capitales donde abundan los crímenes, donde se no saben lo que es el consuelo de acudir al seno de un confesor y de un Padre, porque tienen poca fe, no extrañemos, digo, que haya tantos suicidios; que haya tantos que en medio de las penas no sepan acudir a otro remedio que a quitarse bárbaramente la vida. ¡Oh, si ellos una vez siquiera llegaran a participar de esta santa esperanza que la religión ofrece! ¡De esta comunión de sentimientos y de penas interiores, en el dulce hogar de la Iglesia santa!
   He aquí, pues, hermanos míos, lo que es una misión: unos días de expansión, de desahogo especial de nuestros corazones conmovidos ante las verdades de la fe; una reunión de familia de la cual estábamos quizás un poco separados por la distancia de vuestra falta de reflexión, quizás por las preocupaciones de que llenan vuestras cabezas tantas predicaciones y conversaciones malas.


   Continuemos.
   Por ello el espíritu maligno, enemigo del hombre y de su verdadera felicidad, mueve tanta guerra para impedir las misiones, para impedir estas expansiones del corazón, <*12*> estos medios de santificación, estas reuniones de familia donde las almas se animan a seguir el camino del cielo, y por consiguiente, de su verdadera felicidad.
   Por ello se vale de la impiedad para estorbarlos. Y ora inventa calumnias, haciendo ver que las misiones son medios para otros fines aviesos, medios de propaganda política.
   Y cuando esto no cuaja, cuando no pueden hacerlo creer porque los actos son públicos y notorios, apela el enemigo de las almas a otros argumentos por medio de sus adeptos y secuaces, y ora dice que no son sino hombres como los demás, cuando ellos saben que estos hombres no hablan por sí, sino que son representantes de una idea divina, ministros y enviados por la Iglesia y por lo tanto de Jesucristo, de los cuales son unos meros instrumentos: instrumentos y sólo instrumentos y pobres y miserables, pero instrumentos de Aquél que ha dicho ante el mundo y con su misma boca: el que a vosotros os oye a mí me oye; el que a vosotros desprecia a mí es a quien desprecia; y el que a mí desprecia ¡desgraciado de él! porque desprecia a Aquel que me ha enviado [(Lc 10, 16)].
   Y cuando esto no les sale bien, se recurre a la hipocresía y aparenta hacer ver que se conturba la paz de las almas.

Escritos I, vol. 10, doc. 6, págs. 1-7







   Y he aquí indicada la necesidad o motivos de los santos ejercicios; lo agradecidos que debemos estar a Dios de los santos ejercicios y los medios generales que debemos hacer para practicarlos debidamente. Para el acierto. Ave María.

   No me detendré mucho, amadas hermanas, en delinearos la historia y el origen de los ejercicios para haceros ver su conveniencia y necesidad; no me detendré en probaros que su origen se remonta a los Profetas del Antiguo Testamento, cuando teniendo que hablar a los Reyes y al pueblo de Israel se..... al desierto para recibir allí las órdenes de Dios y sus impresiones, escuchar más fácilmente sus voces. Dejemos aparte que nuestro Señor Jesucristo en diferentes ocasiones decía a sus discípulos: venite seorsum... [(Mc 6, 33)]. Venid, venid aparte, y les conducía al monte para dedicarlos a la oración; y este mismo Señor, modelo de nuestras acciones, antes de empezar su ministerio y su predicación, hizo unos ejercicios de 40 días en el desierto, entregado a la oración y a la penitencia.
   No; dejemos de recordar todo esto, así como también que todos los Santos Padres y Concilios, y los fundadores de todas las Religiones han [tenido] interés grande en que...
   Dejemos todo esto, digo, porque no tenemos necesidad de ello; nuestra propia razón, nuestro propio convencimiento nos lo dicta prácticamente. Sí: vosotras sabéis, hermanas mías, que nuestro espíritu por una triste condición humana peligra aun en medio de la calma y del retiro; vosotras sabéis que el mismo ejercicio de la virtud y de las prácticas religiosas produce muchas veces esa costumbre rutinaria tan reprobada por Dios; vosotras [sabéis] que la lucha constante contra nuestras pasiones y contra nuestras malas inclinaciones, los combates que contra enemigos visibles e invisibles tenemos que sostener, producen en nosotros el cansancio, el tedio, la tibieza. La misma abundancia del alimento espiritual es motivo a <*2*> veces de una enfermedad, pero peligrosa a causa de la mala disposición en que se va recibiendo. ¿Qué hacer, pues, en este caso? ¿Qué medicina podría curarnos? ¿Qué medicamento podrá restablecernos? La medicina y medicina infalible de los santos ejercicios.
   Sí, hermanas mías. Mirad, vosotras sois como lámparas del Santuario. Mirad lo que hacen las lámparas: ellas arden constantemente ante el Señor; de día y de noche le hacen compañía; aun entregados nosotros al descanso ellas no le abandonan; en la soledad de la noche no dejan de vibrar sus pálidos rayos sobre la pobre habitación del Señor. Pero ay! que esta misma lámpara ardiendo, ardiendo, se va gastando, y si luego no se renueva su alimento, si no se... pronto se apagará completamente, dejando a oscuras el templo del Señor. Ahora bien, pues, hermanas mías, el Señor os ha elegido a vosotras para arder como lámparas en su templo; para que veléis en su compañía de día y aun de noche, como la esposa de los Cantares; para que en medio del olvido y del abandono en que el mundo le tiene, no dejéis de enviarle los rayos de vuestras alabanzas y de vuestro amor. Pero ¡ay! que si estas lámparas no se renuevan de vez en cuando con el aceite de la devoción, si no procuran espabilarse por medio de algunas consideraciones más fuertes, vivas y eficaces, pronto se amortiguarán, palidecerán y estarán expuestas a gastarse del todo.
   Y notad, hermanas mías, que para renovar las lámparas no es preciso poner diferente líquido, sino que es suficiente la misma clase de aceite, renovado a tiempo. Así también, pues, vosotras, para conmover y renovar vuestro espíritu, no es preciso que vayáis a buscar ideas nuevas, raros discursos elevados, sino que las mismas consideraciones ordinarias y repetidas serán bastante, si procuramos hacerlo con más cuidado, con más recogimiento y con las disposiciones debidas.
   Y ¿dónde mejor podremos encontrar este aceite, dónde mejor podremos espabilar nuestro espíritu, y encontrar este recogimiento y estas disposiciones que en los santos ejercicios? Aquí donde la soledad, el silencio, la distribución de actos, la unión de oraciones forman un conjunto, el más a propó- <*3*> sito, para escuchar la voz suave y fuerte del Esposo que habla a nuestro corazón.
   Todo esto, hermanas mías, y muchas otras [razones] que vosotras sabéis ya y que [me] abstengo de recordaros, al mismo tiempo que prueban [la] necesidad y utilidad de los ejercicios, deben ser un motivo que nos estimulen a hacerlos todo lo bien que podamos.
   Y aunque no fuera nada de esto, hermanas mías, aun prescindiendo de la conveniencia y necesidad que tenemos de vez en cuando de unos santos ejercicios, sólo la dicha que el Señor os concede de poderlos hacer, debía ser ya un motivo más que suficiente para mover nuestra gratitud y aplicarnos a aprovecharlos cuanto pudiéramos. No se aprecia ni se desea el bien sino cuando no se tiene. ¡Cuántas almas piadosas hay en el mundo, que agobiadas por sus tareas, harían mil sacrificios para poder estar ocho o diez días absolutamente desprendidas de todo, para dedicarse a Dios, y no les es posible! ¡Cuántas de ellas, que quizás son tibias casi por necesidad, se reformarían completamente por medio de unos ejercicios! ¡Cuántas de ellas, semejantes a los hijos de Israel colocadas a las orillas del río de Babilonia, lloran y lloran de dolor y quebranto, al verse desterradas e imposibilitadas, privadas de estas santas reuniones, de esta clase de ejercicios! Mirad: yo conocí no hace mucho tiempo a una joven de una capital de España, abandonada totalmente al mundo y a sus vicios; sus miserias la redujeron al último extremo, y por medio del empeño de buenas personas logró ser admitida en el Hospital general de la misma. Restablecida y libre ya al cabo de dos meses, la obligaron sin embargo a permanecer allí por algún tiempo, pues era precisa. Allí obligada a ciertas prácticas religiosas que nunca había visto ni oído en su vida; dedicada en su departamento particular con otras de la misma clase al trabajo; a la frecuente confesión, a tener alguna plática algún día especial de retiro, conoció entonces todo el bien que tenía, y que hasta entonces no había comprendido fuese posible; se enardeció tanto en el deseo de continuar de aquella manera, que suplicaba a las hermanas se interesaran con el Presidente para que no la despidieran aun después de serles necesaria; les protestaba les serviría de día y de noche en los trabajos más penosos. Y cuando consideraba que quizás <*4*> la despedirían cuando no fuera útil, y que se vería otra vez obligada a trabajar en el mundo sin tener aquella proporción de dedicarse a Dios y de tener aquellos consuelos religiosos, le arrebataba y se apoderaba de ella una tristeza tan terrible y tan amarga, que llegó hasta perder totalmente el juicio. ¡Quién sabe cuán bien dispuesta la encontraría el Señor! ¡Quién sabe cuántas protestas había hecho al Señor! ¡Oh, si hubiese logrado la dicha de vosotras! ¡Oh, cuánto quizás se hubiese aprovechado!
   En fin, hermanas mías, vosotras mismas cuando todavía ligadas a vuestras tareas y ocupaciones en el mundo, privadas aún de estos medios de santificación, ¡cuánto no enardecía vuestro corazón este pensamiento! ¡Cuántas protestas hacíais a Dios si os lo concedía y el Señor os lo ha concedido en su bondad inagotable! Recordad este beneficio, y alejad vuestra pereza y obrad como proponíais y deseabais obrar entonces.
   Inútil creo, hermanas mías, el extenderse en esta materia; yo leo vuestro corazón y le veo animado de los mejores deseos. Además Jesucristo os está diciendo como en el huerto de Getsemaní: ¿Una hora non potestis vigilare mecum? [(Mt 26, 40.41)] ¿Alma mía, ocho días no podrás vigilar conmigo, a mi lado, en mi compañía? Si Jesucristo os lo dijera ahora a cada una de vosotras, ¿quién sería tan poco generosa que resistiera su invitación? Hacedlo, pues, así y el Señor os llenará de su gracia.
   Pero antes de concluir no puedo resistir el deseo de deciros alguna cosa en general sobre los santos ejercicios. Acostumbradas a hacerlos todos los años, ya sabéis las reglas tanto generales como particulares, y habréis leído los medios conducentes para hacerlos con fruto. Pero permitidme al menos que recuerde alguna cosa en general.
   En primer lugar, debéis entrar en los santos ejercicios, y es una de las advertencias principales que ponía S. Ignacio de Loyola, con un grande ánimo y liberalidad con vuestro Criador y Señor, ofreciéndole todo vuestro querer y libertad, para [que] haga de vosotras lo que sea más conforme a su santísima voluntad. Debéis pensar y reflexionar que quizás son los últimos ejercicios que el Señor os ofrece para completar vuestra santificación; y este pensamiento causará en vosotras la decidida voluntad de no desperdiciar ninguna de las cosas para llevarlos a cabo felizmente.
   Pero para llevar a cabo este deseo, es preciso observar exac- <*5*> tamente aquello que constituya como la esencia de los ejercicios, y no olvidar tampoco los medios secundarios. Entre las partes principales de los ejercicios no hay duda que ocupan un lugar preferente el retiro y la oración mental.

   Del retiro exterior, que consiste en separación total del trato con el mundo, no es preciso que os hable, pues Dios os hace el beneficio de no tener que tener sus inconvenientes. Del retiro interior, que consiste en el olvido completo de nuestras familias, de nuestros quehaceres y demás atenciones temporales y aun de la abstracción completa de nosotros mismos y de cuanto nos rodea, es en lo que debemos poner sumo cuidado.
   Debéis considerar como que las hermanas que os rodean son como seres materiales e insensibles, y que cada una de vosotras sois la única criatura inteligente y racional que hay en la tierra, y que Dios está solo, no tiene otra ocupación en el mundo que hablar con vosotras, y que os está mirando siempre, y que si vosotras no pensáis en El, Dios se queda solo y sin compañía. Y esta idea hará traeros recogidas y silenciosas, y hasta os repugnará el tener que hablar por necesidad algunas veces. La memoria no la ocupéis en cosas que no pertenezcan al provecho de vuestra alma, y refrenad la curiosidad del entendimiento en cosas que, aunque buenas en sí, para otros tiempos, no lo son sin embargo para este momento, en que debéis estar como otro Moisés en el monte, apartadas de todo comercio humano. ¡Oh, venerable religiosa, tú que has disfrutado tantas veces de las dulzuras de la soledad, no te parecerán muy costosas estas diligencias, con tal de disfrutar de aquéllas una vez más!
   Esto en cuanto al retiro. En cuanto a la meditación que es como la base de los santos ejercicios, debéis considerar cuán esencial es, como que las diligencias que hemos de poner en el retiro, todas se reducen a tener bien ésta. Imposible es detenernos en esta materia por ser una cosa inmensa y no puede explanarse en los términos de una plática.

   Sólo sí debo deciros que al empezar cada meditación, sea el que quiera el punto que se trate, aunque sea el más indiferente, y el que menos parezca que os haya de impresionar, sin embargo pensad que quizás aquella meditación <*6*> es a la que Dios tiene destinada una gracia y una luz particular; quizás aquélla es la más esencial de los ejercicios todos; y de esta manera las haréis todas con cuidado y vigilancia. Y si efectivamente Dios os concedía alguna ilustración particular, os hacía ver algún defectillo que antes no veíais, os movía con deseo más a su gratitud, entonces procurad acordaros de los propósitos que os ha producido aquella ilustración y hasta escribirlo, si os fuera fácil y posible; pero guardaros de promesas inconsideradas en aquellos momentos de fervor, y que después no podréis o no debéis cumplir, pues éstas no harían más que producir en vosotras el desaliento y quizás la angustia de vuestro espíritu, en vista de que no podríais cumplirlo.
   Además animadas del ejemplo de nuestro amable Redentor y armadas de vigilancia contra los pensamientos, entrad en la oración sin pretensiones de consuelos espirituales, antes al contrario con la indiferencia de voluntad, no queriendo otra cosa sino lo que Dios quiera hacer de vosotras, y confiadas en que lo hará.

   Las partes secundarias, pero muy útiles, de los santos ejercicios, son la lectura, la mortificación y las oraciones vocales. En la lectura espiritual que debe considerarse como parte de la oración mental, deben evitarse dos cosas: el demasiado apresuramiento y la demasiada atención. La demasiada ligereza, porque deja árido el corazón; y la demasiada atención y cuidado, porque la lectura no es ejercicio del entendimiento sino del corazón, y así es suficiente dar ensanche con las reflexiones que naturalmente brotan, y si se ponía demasiado [cuidado] de parte del entendimiento, lo fatigaría sin remedio.
   En cuanto a las mortificaciones, la interior que es el dolernos de nuestras faltas pasadas, de nuestra ingratitud a los beneficios de Dios, de nuestra mala correspondencia a su amor; en esto, digo, dejar derramar vuestro corazón cuanto podáis; pero de la externa, o de las mortificaciones propiamente dichas, éstas dependen del fervor y de la disposición física y moral de cada una, y del permiso prudente de vuestro Director.
   En cuanto a las oraciones vocales, éstas se hacen con dos objetos en los ejercicios: esto es, para atraer por este medio gracias más copiosas para sacar mucho fruto de los santos ejercicios, y pasar más parte del tiempo en ocupaciones, que sin dejar de ser santas, sean no obstante, menos fatigosas al espíritu que la oración mental y lectura... Hacedlas, pues, bien y de este modo supliréis la falta de recogimiento en que las hemos hecho otras veces. En cuanto a las devociones particulares, si os impiden el hacer con <*7*> orden y exactitud los demás actos públicos, o por otra parte, son causa de que cansaran demasiado vuestra imaginación, creo no debíais tener ningún reparo en abreviarlas, y hasta suprimirlas del todo, haciendo este sacrificio a vuestra voluntad.
   Dejo de hablaros de los exámenes, modo de hacerlos y otras cosas convenientes, porque me haría interminable y pesado, y temo molestar ya vuestra atención.
   Sólo sí debo advertiros, hermanas mías, que en todas estas cosas, y durante todos los actos, no os dejéis arrastrar de un deseo demasiado de hacerlos bien, pues este anhelo, este cuidado, en lugar de estimularos, no hará otra cosa que atormentaros, y [ser] verdugos de vosotras mismas; en las cosas en que es preciso poner más atención actual, como es en la meditación, hacedlo; en otras cosas en que no se puede tener más que un recogimiento y una presencia de Dios habitual, contentaos con eso; ya sabéis, hermanas mías, que mientras vivamos en la tierra atados a esta carne, nuestro espíritu no puede conservarse en un ejercicio constante y vivo de Dios. Cuando estemos en el cielo, libres de esta pesada carga, amaremos y pensaremos en Dios sin cansarnos jamás. Mientras estemos en la tierra, no nos es posible. Sólo algunas almas privilegiadas han podido soportarlo un poco. Sólo S. Luis Gonzaga pudo estar por espacio de seis meses fija su mente en Dios, sin distraerla más que una vez por espacio de una [Ave] María. Nosotros no podemos pretender tanta gracia. Y así, calma, calma, libertad de espíritu.
   Basta que no os queráis distraer voluntariamente en cosas importunas, que el Señor ya comprende nuestra debilidad.

Escritos I, vol. 10, doc. 7, págs. 1-6






Preparación a los ejercicios




   Mis amadísimas y predilectas hijas en el Corazón dulcísimo de Jesús: Por tercera vez, por la misericordia de Dios, por nuestro buen afecto, y más que todo por vuestra santa y dulce importunidad, tenemos la dicha y el consuelo de reunirnos, y en esta misma devota capilla, para renovar mutuamente nuestra santa firmeza, nosotros proponiéndoos las verdades, y vosotras recibiéndolas con vuestra docilidad.
   Otra vez, y ser nuestra Obra, a pesar de su poco personal, de ser ésta la secundaria en nuestro vastísimo campo, la que puede ofrecerlo por tercera vez, a nuestra amadísima Parroquia de S. Mateo los santos ejercicios, a vosotras y a los hombres.

   Tercera vez nos hace el Señor instrumento de sus bondades, en este vergel de almas tan amadas, y sin merecerlo nosotros. ¡Ah! mientras otros sacerdotes amigos han desaparecido; mientras otras de vosotras ya no existen y amadas de mi corazón...
   ¿Qué hemos de hacer, amadas mías? Ante todo un tributo de reconocimiento al Corazón de Jesús que así nos favorece, un himno de acción de gracias a la Reina de los Angeles que preside en esta montaña bajo su manto, a nuestro P. San José, a la Madre Sta. Teresa de Jesús que nos lo ha proporcionado; y en segundo lugar un acto de entrega com- <*2*> pleta de nosotros mismos, de nuestro corazón, de nuestra alma, de todo nuestro ser, para que el Señor disponga de nosotros conforme a los designios amorosos de su voluntad, que es el tributo que más le agrada.
   ----------
   Esto solo nos pide el Señor en cambio de este nuevo beneficio.
   ----------
   ¿Beneficio he dicho, hermanas mías? ¡Oh! y tan grande, que para ponderarlo, bastaría en primer lugar que yo os recordara que sólo a otro pueblo, a pesar de nuestras promesas, los he dado desde el año anterior; que de las 200 Parroquias de la Diócesis, sólo sé que los han tenido Castellón, Villarreal y algún otro pueblo, y eso junto con la demás gente, que le quita bastante el carácter de familia y de hermandad con que aquí los hacemos.
   Pero no; bastará tan sólo que os sugiera una idea que os hará agradecer los ejercicios. Durante este [año] han pasado a la eternidad 100.000 personas cada...... Suponed que sólo la 10ma. parte fuesen jóvenes como vosotras, y resultarían 5.000 diarias; y por lo tanto un millón 500 mil las que han pasado las puertas de la eternidad este año; y se encuentran <*3*> para siempre y sin fin en el lugar que les ha tocado. ¡Cuántas de ellas [no] pudieron recibir ni una vez durante su vida los ejercicios! ¡Ay, cuán contadas fueron las que recibieron esta gracia del Señor! (¡Cuántas almas se habrán perdido!) Y si la hubieran recibido, ¡cuántas estarían en el cielo! ¡Cuántas quizás hubieran adquirido más santidad que nosotros!
   ----------
   Suponed por un momento que Dios comisionara a una de vosotras para ir a la eternidad a esas almas y decirlas: Dios os da un año más de tiempo en la vida; escoged en él riquezas, placeres sin ninguna clase de contradicción, vanidades y honores del mundo, estimación general; este año podréis aprovecharlo a vuestro antojo.
   Suponte tú, hermana mía, que estás entre aquellas almas, ¿qué dirías? ¡Ah! no, no quiero sino emplearlos este año en santificarme.
   ----------
   Es tan grande el beneficio, que si los hombres todos los hicieran, serían santos (Vide plática).
   Y se comprende
   Vivimos en una atmósfera viciada.
   Cuando el cólera, y no se ven los miasmas... ¡Si hubieran podido <*4*> verse! ¡qué pocos hubieran muerto!
   Vivimos en esta atmósfera, y nos viciamos y enfermamos.
   Los ejercicios son para ver los miasmas del corazón.
   Ya el profeta dice: Desolatione... [(Jr 25, 38)]
   Mas aún: las almas piadosas que se dedican a una vida arreglada, no descienden bastante.
   Además voces más fuertes (Vide plática).
   Vosotras mismas, ¿no lo habéis experimentado? ¿Qué sería de vosotras?
   Habíais oído semones, pláticas...
   Y es porque aquello es una tronada. Los ejercicios son como la lluvia pequeña que entra hasta lo hondo de la tierra.
   ----------
   Eso, mirando el beneficio. ¿Qué diré de la necesidad, sobre todo para las que desean seguir el bien? Vanidad. Vide Belecio y triduo.
   Porque mirad -y es punto de mucha trascendencia- vosotras habéis recibido la mayor parte de la norma de piedad ya en vuestros ejercicios anteriores y <*5*> en todos los demás actos de vuestra vida, en los sacramentos, meditaciones... Por lo tanto, habéis tenido una gracia especial. Al dárosla Dios no era como una gracia pasajera, sino porque os quiere para mayor santidad, unas en medio del mundo, otras del modo que Dios disponga con el tiempo.
   Sois llamadas, pues, para ser santas, y más que las otras almas, que no han recibido este beneficio de los ejercicios y de las prácticas de piedad.
   Dios tiene designios más amorosos sobre vosotras.
   Dios quiere más correspondencia y fidelidad; os quiere, en fin, para ser santas.
   Mas aún: si no sois santas, no sólo no seréis santas, sino tampoco buenas, porque Dios os dejará en castigo de vuestra infidelidad y mala corresponedencia.
   Dios no se contenta con vuestros actos piadosos, con vuestras confesiones ordinarias, con ese tipo de prácticas, si con ellas llegáis a caer en el estado de tibieza espiritual, y Dios os arrojará de su boca.
   ¿Y sabéis si estáis en estado de <*6*> tibieza?
   ¿Tu, quis es? [(Jn 1,19)] Manresa.
   Utilidad. Belecio, triduo.
   ¿Qué os pide? Manresa.
   Otros motivos: 1.º Excelencia por ser sus poseídos. 2.º Su conducto a la Virgen Santísima. 3.º Apartarnos es [ser] santos. Bellecio, pág. 8 y 9.
   Prácticas:
   Exteriores: silencio, visita, cumplimiento del Reglamento.
   Internas: examen, meditación, mortificación.
   Generosidad.

Escritos I, vol. 10, doc. 8, págs. 1-6






   Habéis dado principio a la tarea.
   Descendat super vos de rore coeli. Benedictus qui venit. Venite. [(Gn 27, 39; Mt 21, 9)]
   Mas al tener la indecible satisfacción de encontrarme entre vosotros, me preguntaba hoy mismo: ¿Cómo estoy aquí? Casi no lo sé. Si me hubiesen dicho días atrás que yo había de dirigir las meditaciones de las Teresianas, hubiera dicho ¡qué disparate!, bueno estoy yo para ello; buenos ejercicios, ni tengo. No estoy para chicas. Con 300 colegiales, y por postre 50 monjas, y otras solicitudes, y luego, después de tantos Jesuitas, y tan ilustradas vosotras. Pero no sé a quien culpar. Una travesura de vuestro Director efectivo, y me preguntó, y me hizo ver tan patéticamente el apuro de no tener director de ejercicios, y que tendrían que ser por Junio, y qué sé cuántas cosas, y que las pobres chicas se contentan de todo, que eran tan humildes y condescencientes, y tanto me lo facilitó, y tantas cosas me dijo que me quedé en suspenso, que me cogió, y ahora mismo no sé casi darme cuenta de mi compromiso. ¿Quién lo ha hecho? La Providencia. Ella es la que nos envía en estos casos; al parecer casualidad. Porque mirad, hermanas mías, los charlatanes...
   Más aún, voy a daros con este motivo <*2*> de ser nosotros y no otros, una buena noticia, una buena nueva.
   Esta noticia es que precisamente por ser nosotros, por ser yo, vais a sacar de estos ejercicios un gran fruto. ¿Qué digo un gran fruto? Más fruto que en todos los ejercicios anteriores. Más, más.
   ¿Y por qué?, me diréis. Por una sencilla razón: porque en estos ejercicios tendréis que ejercitar más la paciencia y la humildad. En los ejercicios de los años anteriores, dirigidos por Padres tan respetables, los unos por su experiencia, los otros por su amenidad, y... os entretenían vuestra devoción muy agradablemente. Hasta por gusto se podría asistir a los ejercicios, al menos de algunos. Y esto, claro es, no tenía ningún mérito, no requería ningún esfuerzo de parte vuestra, ni ninguna disposición. Mas ahora necesitaréis más abnegación, más humildad. Tendréis que haceros más violencia, para cumplir con esta práctica de vuestro Reglamento.
   Y qué, ¿creéis que esto no es mejor disposición? ¿Creéis que Dios no bendecirá este pequeño sacrificio de madrugar y de tener que escuchar las verdades eternas por boca de quien os halagará menos <*3*> el escucharlas? No, hermanas mías, no precisamente por lo que yo pueda decir menos que los otros, porque al fin ya sabéis en qué consisten las verdades y meditaciones que se exponen en los santos ejercicios, sino por la circunstancia de ser nosotros personas oídas; y somos tan miserables todos, todos, nosotros mismos, que una persona desconocida, aunque haya de decirnos cosas iguales, o menos, tiene para nosotros el atractivo, el aliciente de la novedad, y nos cae[n] mejor las cosas que se nos digan. Esto sucede a todos.
   Por esto digo, tendréis que hacer más sacrificio, y por esto tendréis más mérito, porque lo hacéis por deber, por Dios, por cumplir su voluntad, no por gusto, y sacaréis más provecho. Lo dicho: estos ejercicios serán los de más provecho.
   Además de que, hermanas mías, si no lo hemos hecho nosotros, si quien lo ha hecho es la que lo ha hecho; y no era nuestra intención, ni nuestro gusto, se sigue de aquí que tenéis un deber mayor <*4*> de hacerlos este año mejor, con más humildad, con más deseo de aprovecharlos, con más constancia, no perdiendo ni un acto en cuanto os sea posible.
   Porque ¿quién sabe si, por esto mismo que Dios exige más sacrificio, tiene destinada alguna gracia especial que no os concedió en los anteriores? Cierto es que la Providencia, desde la eternidad previó y dispuso para vosotras de estos ejercicios y quien debía dároslos, y para daros esta gracia, tuvo que tener la paciencia de enviarme a mí, y con mucha solicitud formarme para el sacerdocio, y a esta gracia de los ejercicios de este año tiene el Señor vinculadas sus luces, sus inclinaciones, sus golpes de gracia, y los tiene marcados en número, peso y medida, a cada una de vosotras, y no sólo a cada una de vosotras, sino a las de toda la Asociación, que no están aquí por su culpa, o no querrán asistir. ¿Y no <*5*> sería bien sensible que por vuestra incuria, que porque os haga menos novedad esta práctica, por ser nosotros conocidos, tuvierais menos interés y se desperdiciaran esas luces, esas gracias, esas inspiraciones que el Señor quiere daros en este año, para obrar vuestra santificación?
   Pues mirad: que el despreciar sólo las gracias de Dios por nuestra pereza, nuestra incuria, por nuestro amor propio, por pereza, porque nos agrada menos el sacrificio, es una cosa muy terrible.
   (Ya tocaremos ese asunto del desprecio de las gracias del Señor), pero entretanto, pensad que es un motivo más para que acudáis aquí estos días: el que Dios lo quiere, porque así lo ha hecho.
   (El canal).
   Yo por mi parte (y es otro motivo) no llevo otra idea que la de vuestro bien. Y vosotras sois agradecidas y delicadas y atentas. Y si una de vosotras hiciera por mí y [?] <*6*> por mi bien una, estad seguras que lo agradecería de corazón, aunque el don fuese menos grato, porque miraría más el efecto que el provecho.
   Pero os molesto ya, y debo hablaros como punto preliminar de esta tarde, del beneficio de los ejercicios. ¿Beneficio he dicho? Es lo primero que debéis considerar.
   Porque al fin, ¿qué son ejercicios? ¿una plática más? No, no: es una gracia especial.

Escritos I, vol. 10, doc. 9, págs. 1-2






   Al dirigirme a vosotras en este día, venerables religiosas, al dar principio a los santos ejercicios a que vais a dedicaros por unos [días], no puedo [menos] de recordaros y traeros a la memoria aquel pasaje de la Sagrada Escritura en que Josué, el caudillo del pueblo de Israel, próximo ya a la muerte, reunía a todos los ancianos del pueblo de Israel y a todo el pueblo y les decía: Esto dice el Señor, oh Israel: Acuérdate que yo soy el que saqué a vuestro padre Abraham de la Mesopotamia para que no sirviera a dioses extraños; yo soy el que os saqué a vosotros de la tierra y esclavitud del Egipto, y pasaste el mar Rojo sin ahogarte en sus aguas; ¿te acuerdas, oh Israel? Yo soy también el que te [he] introducido en esta tierra de promisión en que te encuentras; y os di esta tierra que no labrasteis y estas ciudades que no edificasteis, para que habitaseis en ella; las viñas y olivares que no plantasteis. Ahora, pues, temed al Señor, oh Israel, y servidle de corazón perfecto y muy sincero, y quitad allá los ídolos y dioses a quienes sirvieron vuestros padres en la Mesopotamia y en el Egipto, y servid al Señor. Pero si no os parece bien servir al Señor, se os da a escoger: elegid hoy lo que más os agrade, a quién principalmente debéis servir: eligite... [(Is 24, 15)]: o a los dioses de los Amorreos que están alrededor de vosotros, o al Dios que os sacó de Egipto. Eligite hodie... [(Jos 24, 15)].

   No extrañéis ni toméis a mal, venerables hermanas, que yo tome en mi boca estas palabras de Josué. El Señor libró a nuestros padres de la Mesopotamia de la idolatría, El os sacó a vosotras del Egipto del mundo, y os salvó del proceloso mar donde tantos se anegan, y os introdujo en esa verdadera tierra de promisión, que no labrasteis, es decir <*2*> que sin mérito vuestro os concedió el Señor; El en fin, ha sido el escudo contra vuestros enemigos en todas las circunstancias de vuestra vida; ahora bien, pues: recordad todos estos beneficios durante estos [ejercicios] que vais..... y ved y elegid si queréis continuar unido vuestro corazón al Dios que os sacó de Egipto: Eligite [(Jos 24, 15)].

   Ya sé, venerables hermanas, que vuestra elección está hecha, que vuestros deseos son de estar unidos con vuestro Jesús hasta el último momento de vuestra existencia; pero también los israelitas habían protestado muchas veces ser fieles al Señor, y sin embargo, según se desprende de las palabras de Josué, aún conservaban entre ellos algunos ídolos que les inclinaban y tenían pegados a la superstición. Quién sabe si aún, sin pensarlo, hay en nuestro corazón [algún] idolillo que es preciso desterrar; quién sabe si nuestro amor propio nos oculta algún defecto a quien es preciso combatir. Vosotras sabéis, venerables hermanas, que nuestro espíritu por una triste condición humana, peligra aun en medio de la calma y del retiro; vosotras sabéis que el mismo ejercicio de virtud y de las prácticas religiosas engendra esa costumbre rutinaria tan reprobada por Dios; vosotras sabéis que la lucha continua contra [las] pasiones, la inclinación constante de nuestro cuerpo [y] corazón, los combates que contra enemigos visibles e invisibles tenemos constantemente que sostener, produce en nosotros el cansancio, el tedio, la tibieza.

   ¿Qué hacer, pues, en este caso? Qué otro medio hay sino poner otra vez a nuestra vista y recordar los beneficios de Dios, y pedirle indulgencia, y protestar de nuevo y repetir nuestra elección de Dios; pensando como que nos dice: Eligite, y respondiendo nosotros de lo íntimo de nuestra alma, como los hijos de Israel: Nunca, Señor, abandonaros jamás.

Escritos I, vol. 10, doc. 10, págs. 1-3






T. J. L.



   Mis R.M.H.M. en mi Señor Jesucristo: Vamos a dar principio a los santos ejercicios, a los días de especial recogimiento a que debéis dedicaros según vuestras reglas y laudables costumbres. El Señor está dispuesto a derramar su gracia por medio de este conducto extraordinario; vuestros corazones siempre dóciles, están prontos a recibirle; sólo una circunstancia desfavorable puede desvirtuar algún tanto vuestra animosa empresa: una condición imposible de reparar, bien que es una triste necesidad, quizás pueda aguar la acostumbrada alegría, la gustosa esperanza con que solíais empezarlos los años anteriores.
   Es decir: no debía ser yo el que ocupara este lugar. Dados ya vuestros piadosos oídos a voces más caracterizadas y melodiosas, es natural que hasta el espíritu se resienta, la falta del sabroso y bien condimentado alimento oportunamente proporcionado a vuestra capacidad.
   Bien es verdad que esta privación es ineludible, necesaria, inevitable; es efecto de una amarga tribulación, que ha ido de rechazo sobre vosotras y más sobre nosotros; privándoos a vosotras de una luz y de un consuelo, y a nosotros de una poderosa ayuda que en vano podremos encontrar y reparar por más esfuerzos que hagamos para llenar su vacío; y por lo tanto, podría consolarme yo en este momento, en que vuestra prudente conformidad sabrá suplir la pérdida que...
   Pero ni aun así debiera yo ocupar este asiento; prescindiendo de mis más o menos cualidades, el estar continuamente con vosotras, el oír mi voz todos los días, <*2*> la franqueza y libertad natural de mi carácter, y hasta la necesidad de usar de ella con vosotras, atendido el cargo que tengo, me hacen menos a propósito para la dirección de unos ejercicios en los que debía escucharse una voz nueva, desconocida, y que viniese prevenida con los antecedentes de ilustración y... de modo que al resonar en vuestros oídos, al aparecer a vuestra vista, reapareciera con el aparato de un oráculo.
   Porque mirad, hermanas mías, somos tan débiles por naturaleza, o más bien, tan extraños; está tan íntimamente ligado en nosotros el sentimiento del misterio, de lo desconocido; está tan arraigado en nuestro corazón el deseo de la novedad, que difícilmente llegamos a despojarnos de ella; de tal manera que casi [deja] de impresionarnos todo lo que ha perdido aquel carácter.
   Y eso no creáis que sea exclusivamente efecto de vuestro carácter mujeril; a todos nos sucede una cosa análoga, a todos se nos pega esa desgraciada debilidad.
   Por ello, lo ordinario, lo habitual produce tan poco efecto en nosotros.
   Todas estas consideraciones, pues, hermanas mías, debían ser un motivo más que suficiente para hacerme retroceder en mi propósito. Sin embargo, y a pesar de todos los reparos que mi imaginación pudiera presentarme... voz para mi cariñosa y siempre respetable, unida al beneplácito y voluntad de mis superiores, me ponen en el trance ineludible de acompañaros en las consideraciones a que vamos a dedicarnos.
   Otra cosa también me anima: el buen afecto con que lo hago, y que por poco que valga, no puede menos que ser correspondido; el deseo exclusivo de vuestro bien que me anima es un título que puedo <*3*> presentar, y que vuestra docilidad, siempre constante, no podrá rechazar seguramente.
   Pero, sobre todo, lo que debe más que nada reanimarnos y serviros a vosotras de lección al mismo tiempo, es lo que nos dice S. Pablo en ocasión análoga a la que motiva estas reflexiones: Non est qui plantat, neque qui rigat... [(1 Cor 3,7)] No es nada ni el que planta, ni el que riega. Dios es el que obra en nosotros, y obra según la actividad y disposiciones de nuestro corazón; cuántas veces sin dirección se han hecho provechosos ejercicios; cuántas veces los habréis hecho solas con mucho adelantamiento vuestro. (S. Ignacio...) Aparte de que, respecto de vosotras, es muy insignificante la parte que nosotros tomamos en ello, dependiendo lo principal y casi exclusivamente de vuestro propio cuidado.
   Así pues, hermanas mías, y prescindiendo del conducto por medio del cual el Señor quiere hablar a vuestros corazones, dediquémonos con constancia, con ánimo decidido a derramar nuestro corazón en la presencia de Dios, y recibir las impresiones que quiera proporcionarnos.
   Y al veros yo en este momento...
   Josué.

Escritos I, vol. 10, doc. 11, pág. 1






   Correspondencia a las gracias.


   Composición de lugar. Jesús que nos examina el alma.
   Señor perdona todavía.
   ----------
   Pérdida de las gracias. Sensible al corazón de Jesús. Remedios.
   Para comprender nuestro comportamiento, ninguna idea mejor que la parábola de la higuera.
   ----------
   Propósitos: Yo haré bien los ejercicios.
   Estudiaré.
   Me mortificaré.
   Serán estos días renovación de mi espíritu.
   ----------
   Si hasta ahora he sido negligente en vuestro servicio, no lo seré [ya].
   Si por falta de examen caigo en faltas, yo me examinaré.
   Si es por una ocasión peligrosa, yo la cortaré.
   Si es por mi falta de mortificación en mis sentidos, yo iré recogido y no miraré nada peligroso.
   Yo aprovecharé los Sacramentos.
   ---------
   Si no lo hago, ¡ah! Señor, no me arranques, no me envíes una enfermedad mortal.

Escritos I, vol. 10, doc. 12, pág. 1






   Ejercicios

   Importancia. Utilidad. Necesidad. Modo.
   Importancia: Autores que lo prescriben (Véase Belecio). Fundadores. Jesucristo.
   Necesidad. ¿Quién sabe si anida la tibieza?
   Utilidad. ¿Cuántos se han salvado? Gracias que el Señor derrama.
   Modo de hacerlos. Sile, tace, quiesce. Medios exteriores: soledad, silencio... Interiores: fidelidad a las inspiraciones. Ejemplos de gracias que el Señor desea derramar.
   ----------

   Nota: Tengo otra plática extensa sobre la conveniencia de los
   santos ejercicios.

Escritos I, vol. 10, doc. 13, págs. 1-4






   Hoy por cuarta vez tengo el honroso compromiso...

   Desde el primer día que, desde este mismo lugar y con igual motivo, os dirigí la palabra, he procurado siempre y los demás años anteriores, desarrollar ante los ojos de vuestra consideración las principales verdades o ideas que la religión nos ofrece, aplicándolas, en cuanto me ha sido posible, a vuestro alcance y prácticas para vuestro estado.
   Por lo tanto, poco nuevo podía presentar que alimentara vuestro espíritu en estos ejercicios; y bajo este supuesto, (esta consideración) hasta debía parecerme un deber el excusarme de admitir por este año este encargo, por tener agotado ya el repertorio de mis pobres conocimientos, y no poneros a vosotras en la precisión de tener que escuchar de buen o mal grado mi ya tantas veces molesta palabra <*2*> y mis inexpertas amonestaciones.
   Sin embargo, hermanas mías, permitídmelo que os lo diga, con la natural franqueza que vuestra bondad me ha hecho adquirir sobre vosotras. Vuestra docilidad, vuestra benevolencia que tan satisfactoria me ha sido, cuyo consolador recuerdo no se borrará mientras viva; el afecto especial, especialísimo que os profeso y os he profesado desde el primer momento como primogénitas en mi ministerio; el tributo de gratitud que se merecen vuestras atenciones para conmigo, y hoy sobre todo un motivo de gratitud, de justicia tal vez, y mil y mil otras consideraciones, me han impulsado a aceptar esta comisión, aunque desmerecedor de ella.
   Además de que, al considerar vuestro bien dispuesto corazón, creo que por triviales y ordinarias que sean mis materias, por pobre que sea el conducto <*3*> por donde se trasmita el riego de la divina palabra, no dejará de producir frutos abundantes en la fuerte y bien dispuesta tierra de vuestras fervorosas almas; y, en fin, creo también que todo lo que falte, que no será poco, a mis palabras, y al poquísimo tiempo que he tenido para dedicaros a vosotras, lo suplirá el buen afecto con que lo hago y el deseo de vuestro aprovechamiento y de vuestra santificación.
   En los otros años empezábamos este día hablando de la necesidad y conveniencia de los santos ejercicios.
   Ya recordaréis algunas ideas emitidas entonces. Lo necesario que es para... hermanas mías...

   Vosotras lo habéis meditado ya y, por lo tanto, para dar lugar a otras... <*4*>
   ----------
   Fin del Hombre.


   Hemos sido creados por Dios.
   Para un objeto.
   Para él.

Escritos I, vol. 10, doc. 14, págs. 1-2






Benasal




   Preparación.

   Al tener la indecible satisfacción... S. Mateo.
   1.º Es una gracia.
   Ya que hemos de empezar...
   2.º ¿Qué son ejercicios? Ejercicios militares. De carrera. De oficio. No hacemos monjas, sino...
   Vuestra santidad.
   Utilidad. El vacío.
   ¿Dónde voy? Jesucristo. Santos.
   Necesidad. Tibieza. Peligro de poco miedo. Isaac y el agujero.
   Tal vez los últimos. Mirad el infierno.
   Existencia: Jesucristo, La Virgen. Santos.
   No es una misión, septenario.
   ¡Cuánto me extendería!
   Modo: Partes esenciales: Meditación, silencio, generosidad, lectura, penitencia, propósitos.
   Disposiciones: Todas las meditaciones. Partem boni doni non te praetereat [(Eclo 14, 14)]. Ejemplo <*2*> de Alacoque.

Escritos I, vol. 10, doc. 15, pág. 1






   Pasaje de Isaías = Samuel

   ¿Qué es una misión? Un beneficio de Dios. Tal vez el último.
   ¡Ah Corozaín!
   Es un retiro. ¡Cuánta necesidad! Jesucristo. Los Santos.
   Es un balance.
   Es una reunión de familia para tratar de los intereses.
   Es un llamamiento que Dios hace.
   No venimos -a los bienes- honras.
   Sólo el alma.
   No a perturbar... si acaso perturbar es aquella falsa paz...

Escritos I, vol. 10, doc. 16, pág. 1






   Así pues, levantada alma religiosa, surge amica mea et propera [(Cant 2, 10)]: recibe en el lecho de tu corazón a ese Dios que llama a tu puerta; ponte, entrégate y acuéstate en el regazo de ese Dios que te rodea; embriágate en el vino de su amor, y así embriagada, dirígele los lamentos de tu corazón; repítele tus deseos, renuévale tu sacrificio, protéstale tu fidelidad, invoca su auxilio, oblígale como tórtola angustiada a que oiga... ¡ah! y él lo hará, sí; ¿cómo podrá dejar de hacerlo ese Dios enamorado? ¡Ah! sí, él lo hará; y estos santos ejercicios serán un renuevo de vuestro espíritu, y un aumento de santificación, y una prenda segura de vuestra unión completa con este Dios enamorado, en la región feliz de la eternidad que a todos os deseo muchísimo en compañía del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Escritos I, vol. 10, doc. 17, págs. 1-2






S. Mateo. Primer día.




   Mis hermanas en el Señor: Al tener la indecible satisfacción de encontrarme en vuestra compañía, me pregunto y me preguntaba hoy a mí mismo: ¿Cómo me encuentro aquí? ¿A qué he venido? ¿Quién me ha enviado?.
   ¿Cómo me encuentro aquí? No lo sé. Muy lejos de [mí] estaba de pensar que los primeros días de Cuaresma tuviera que estar lejos del lugar de mi cargo y de mis obligaciones: 1.º, y sin embargo, la Providencia así lo ha dispuesto; ¿cómo?, repito que casi no lo sé. 2.º, y para dedicar mis tareas y mi corazón a almas para mí desconocidas, y con las cuales no tenía otro lazo que el de la caridad.

   Y, sin embargo, ello es cierto que yo he venido aquí llevado por la mano de Dios; ¡ay! no lo dudo. Sacerdote oculto allá, en un rincón de mi patria, y sin sospecharlo salgo de ella para dirigir mi voz y mi palabra, durante estos días, a una porción escogida de la grey de Jesús.
   ¿Es una casualidad o una providencia? Si hubiese mediado de mi parte alguna indicación, algún propósito, algún deseo, tal vez temería y hubiera venido con desconfianza. Pero como he venido sin saber cómo, sé que la Providencia lo ha hecho.
   ¿Cómo? Por medio de la indicación de mi Prelado, ante la cual no sé resistirme, porque para mí es el conducto de la voluntad de Dios. Sin este requisito no hubiera venido, ni podía hacerlo. Con esta condición, nada debía reparar, ni viajes, ni obligaciones, ni privaciones.

   ¿Y a qué me envía la Providencia? A haceros compañía durante estos días de santo retiro: a hablaros como hacía Jesús con los Apóstoles, cuando los retiraba, del reino de Dios: loquens de regno Dei [(Hch 1, 3)]; a ayudar vuestro entendimiento en el conocimiento de las verdades de nuestra fe; a ser el anunciador de los misterios de Dios, y fortalecer vuestras voluntades para el bien; a anunciaros, por fin, la palabra divina que quiere dirigirse por <*2*> mi conducto a vuestros corazones.
   Es verdad, hermanas mías, que esta palabra de Dios la recibiréis por conducto pobre; pero ¡ay! no importa el agua que refresca la tierra, la fecundiza, aunque vaya conducida por pobres canales.
   Por lo tanto, hermanas mías, no miréis en mí al joven sacerdote todavía, desconocido a vuestros ojos, sin ningún título que me acredite; mirad tan sólo al instrumento que el Corazón de Jesús, sólo él, os envía para que le escuchéis.
   Y siendo el Corazón de Jesús quien me envía, ¡ay! ¿cómo no emprender con gran aliento esta tarea, y cómo no miraros ya desde hoy como almas distinguidas de mi corazón? ¿cómo no pensar que recibiréis con indulgencia mi voz menos agradable, y mi tosca palabra en vuestros delicados oídos?
   ¿Cómo no pensar que recibiréis con docilidad y fe viva, la semilla que el mismo Jesús quiere depositar [en] vosotras por medio de mis insinuaciones?
   ¡Ah! no lo dudo, hermanas mías, y yo por mi parte os lo protesto: no vengo con otro anhelo que el de vuestra santificación, ni deseo más que vuestro bien; no os conozco ni en particular, ni siquiera en general; nada sé de vosotras, ni nada he preguntado, y por consiguiente si alguna palabra os parece inconveniente, que no os tiente el diablo; no la he dicho yo, la ha dicho Dios, ha querido él que la dijera. Por consiguiente, nada deseo ni quiero de vosotras: digo mal; sí quiero robar vuestras almas, arrancarlas de vosotras mismas y darlas a mi Jesús, que suyas son: eso y nada más quiero. Para eso he hecho este viaje, que si no molesto, no era muy agradable.
   ¿Pero a dónde voy ya? Cierto que la Providencia me ha enviado para acompañaros [en] vuestros ejercicios.
   Empecémoslos ya con la consideración de la utilidad, y nece...

Escritos I, vol. 10, doc. 18, págs. 1-2







   1a.

   Al tener la indecible satisfacción...
   ¿Y para qué? A haceros compañía.
   Porque los ejercicios son una gracia. ¡Cuántas almas!
   Es tan grande, que si todos los practicaran serían santos.
   ¿Y qué diremos de su utilidad? Nuestro espíritu es como un vaso lleno de aroma...
   Además de que dispuesta el alma por medio de esta vigilancia, la riegan más gracias. Ducam... [(Os 2, 14)]
   Pero ¿qué necesidad tengo de Jesucristo?
   No es extraño que los Santos.
   Dejo de hablaros del aprecio que la Iglesia.
   Pero no sólo es conveniente, sino necesario. Tal vez algunos por que practiquen la piedad... somos como una barca en un río.
   Mirad los comerciantes.
   Y aún podemos mirar esta necesidad bajo el punto de vista de (ne cesidad que tenemos de ser santos). Amenaza al Obispo de Laodicea. [(Ap 3, 15)]
   Aquí oiremos mejor la voz de Dios. Samuel.
   ----------
   Ahora bien, ¿Qué son los ejercicios? No un ejercicio corporal ni militar.
   No es tampoco para hacerse monjas.
   Es el arte de vencerse a sí mismo.
   Es el ejercicio del alma para excitarse al bien.
   Pero para hacerlos bien, no debéis olvidar lo que [es] principal y secundario.
   Principal: Retiro y oración. Retiros, solas. Puerta cerrada. Ojos, oídos, lengua.
   Interior: Fuge, tace, quiesce.
   Meditación. Sólo, que cada meditación la principal.
   Si vemos luces. Propósitos, escribirlos.
   Tiempo libre: Lecturas, exámenes, devociones.
   Abogados.
   Sólo es con grande ánimo. B. M. Alacoque. <*2*>


   Meditación de la higuera.

   Había plantado una higuera.
   Dios ha plantado mi alma, en la Iglesia. Al venir al mundo la regó con su Sangre.
   El Señor dice: ego te plantavi [(Jr 2, 21)]. No había sido una raíz. ¡Cuántos saciaron sus pasiones!
   Y vino el dueño. El Señor viene.
   Tú le dirás ahora.
   ¡Qué frutos de inocencia! Esa alma le crió espinas.
   ¡Ay! todos los frutos de mi candor cayeron; espinas.
   Veas qué frutos de penitencia. Los sentidos. Las potencias de mi alma.
   Veas qué oración:
   Nada tengo. Y dijo el dueño: Succide [(Lc 13, 7)]. ¡Ay! Cuántas veces lo he dicho y el Angel y la Virgen. Otras han sido arranca das.
   Yo la abonaré más. En estos ejercicios.
   Sentimientos: ¡Señor! ya seré buena...

Fin del hombre


Escritos I, vol. 10, doc. 19, págs. 1-8







   Preámbulo al fin del hombre


   Los ejercicios espirituales de S. Ignacio, que son los que seguimos, no son precisamente una serie de meditaciones cualesquiera, practicadas durante unos días, dedicados a meditar. Si fuera así, sería indiferente meditar unas verdades antes que otras, o que fuesen éstas o las otras verdades, no. Las meditaciones de S. Ignacio constituyen un arte, son un arte para la santidad.

   Y ciertamente, examinados, bien se ve que son un tejido de verdades y de actos, con los cuales: 1.º el alma se purifica aborreciendo y quitando de su corazón los afectos. 2.º Luego se anima a seguir a Cristo, sobre todo con la imitación y ejemplo de sus virtudes. 3.º Luego, no contenta, se entrega con Cristo al sufrimiento, y termina por vivir una vida perfecta con El.
   De modo que los tres célebres estados del alma, que en la antigÈedad, y aún hoy se distinguen con los <*2*> nombres de incipiente, proficiente y perfecto, o sea, vida purgativa, iluminativa y unitiva, se hallan y se consiguen y los abraza los ejercicios de S. Ignacio.

   Claro que todo este tejido de verdades no podemos nosotros recorrerlo en sólo cinco días de ejercicios, cuando el Fundador de los ejercicios señala nada menos que cuatro semanas, y con cuatro o cinco meditaciones de una hora o más cada día, y lo hizo para doctores y almas grandes. Dentro del acto a su confesor. Vide.
   Pero en la imposibilidad de recorrerlas todas, nos contentaremos con seguir el hilo general, es decir, con las meditaciones principales de cada una de estas semanas, que aun así podemos percibir el resultado de nuestro desapego de las cosas, de nuestra resolución de seguir a Jesús, y de unirnos a El completamente con nuestro entero sacrificio.
   Pues bien: Antes de empezar estas verdades, pone dos meditaciones que <*3*> las llama S. Ignacio: Principio y Fundamento. Principio, porque así como en las verdades especulativas hay principio de...
   Y así como en un edificio hay fundamento, así pone dos verdades que se presuponen y que nadie niega ni puede negar, para de allí deducir todo lo demás.
   De modo que S. Ignacio procede de este modo [para] convencer al entendimiento, y aun con verdades naturales; y así convencido, entonces no puede el entendimiento ni la voluntad rehusar las consecuencias que se derivan; y con este fundamento ve que realmente es así, que no tiene otro remedio, que no puede ser feliz de otro modo.
   Es tan útil que bien meditado y explicadas las consecuencias... y guardados los propósitos, no hay más remedio que ser santos. Ejemplos: Scaramelli. <*4*>
   Entremos pues, en la meditación:
   Vengo de Dios. Yo existo, no puedo negarlo: tengo un cuerpo, unos sentidos, un entendimiento, un alma racional. Me encuentro en este mundo.

   ¿Quién me ha puesto? El Señor preguntaba a Job... Vide. No mis padres. Ni yo.
   Circunstancias: 1.º Dios sólo por caridad.
   2.º Dios y eternamente.
   3.º Y con preferencia a tantos.
   4.º Y criatura racional a su imagen. Cuando crió mi alma: «Hagámosle a nuestra imagen y semejanza».
   5.º Y continúa conservándonos.
   ¿Qué méritos puedo alegar? Vide.
   Sentimientos:
   1.º De humildad.
   2.º De admiración. ¿Quid est homo? [(Sal 8, 5)].
   3.º De reconocimiento. Bénedic anima mea [(Sal 102, 2)]. S.
   Agustín en el mar de Africa.<*5*>


   Soy por Dios.
   Soy de Dios. ¿Qué es propiedad? Si El me quitase lo que tengo.
   Y este dominio es:
   1.º Esencial: Si me ha criado no puedo desprenderme.
   2.º Superior: De El antes que todo.
   3.º Absoluto: Puede quitarme vida, intereses, salud.
   4.º Universal: Todo lo que hay en mí.
   5.º Eterno: Ni la muerte.
   6.º Irresistible.
   Ahora bien: si El es dueño, ¿cómo he usado de sus cosas? Vide. <*6*>

   Soy para Dios.
   Por algún fin me crió. Dios no es un agente ciego.
   Un artífice... sería un loco.
   ¿Para qué, pues? Para conocerle.
   1.º Te lo dice Dios: In gloriam meam...(Véase) Tesoros de Cornelio [(Is 43, 7)].
   2.º Te lo dice la razón. San Agustín.
   2.º Te lo dice la razón. Porque un alma es inmortal, infinita, y tiene que haber proporción entre las facultades y el objeto.
   3.º Te lo dice el corazón: Es tan grande el corazón nuestro... Vide plática.
   4.º Te lo dice la historia.
   5.º Te lo dice la experiencia. ¿Qué te ha pasado? Fecisti nos,
   Domine, ad te...
   ----------
   ¿Qué se sigue? 1.º El deber de servir a Dios. 2.º Que es conveniente. Dios ha dispuesto las cosas de tal modo que al mismo tiempo <*7*> que le sirvamos, tengamos en ello la felicidad en esta vida. Y esto es tan cierto, que si no servimos a Dios, no seremos felices. Si le servimos a medias, medianamente felices; si del todo, felices.
   ----------
   Felicidad posible a todos. Puedo no tener talentos, fortuna, placeres, hermosura.
   Es una necesidad: Si no le sirvo a buenas, he de servirle a malas.
   Sentimientos: ¡Ay! Señor, ¡y he buscado mi fin fuera de Vos!
   La mariposa. Como mariposa. ¡Si al menos fuere como la mariposa en las flores¡ Pero como la mariposa en la luz.
   Y he fijado mi fin en la vanidad; y por ello he caído en las llamas del desorden del corazón.
   Tal vez en el afecto interesado de una criatura finita, y con desvío de Vos. <*8*> Tal vez en respeto humano y en la humana condescendencia. Quizás en la misma avaricia. Quizás en la envidia. Quizás he sido yo misma mi fin.
   He sido una robadora de Dios.
   ¿Qué frutos?
   1.º Santificar las acciones. Todo por Dios. Todas nuestras
   obras: o son pecados, o son méritos, o son perdidas.
   2.º Ya que no tengo otro objeto que servir a Dios, haré bien
   los actos de alabanza y servicio suyo.
   3.º Acostumbrarse a alabar a Dios en las criaturas. ¿Queréis
   tener alegría? Pues obrad bien, y os lo aseguro.


Escritos I, vol. 10, doc. 20, págs. 1-6






Plática del fin del hombre.
Predicada en S. Juan y la Purísima, Ejercicios de 1867. Predicada en la Purísima y S. Juan y Sta. Clara, Ejercicios de 1869.
Sta. Clara. Ejercicios 70. Vinaroz 1.9.71
Vinaroz, 87
<*2*>




   Hoy por cuarta vez, hermanas mías, tengo el honroso compromiso de dirigiros la palabra en la tarea de los santos ejercicios que animosas y resueltas habéis empezado ya. <*3*>
   Indaguemos, pues, el fin sublime para qué el Señor nos ha puesto en este mundo a fin de que embebidos en él, podamos dirigirle todas nuestras acciones, todos nuestros esfuerzos.
   Es una meditación, hermanas mías, que aunque parece ordinaria, sin embargo puede aprovecharnos mucho.
   Ante todo, hermanas mías, hemos sido criados por Dios. El Señor preguntaba al pacientísimo Job y le decía: ¿Dónde estabas tú cuando echaba los fundamentos del mundo? No, no necesito, hermanas mías, interrogaros de esta manera; no necesito trasladaros al origen de los siglos para embarazaros sobre la cuestión del pasado, en lo que nos conviene bastará que nos preguntemos: ¿En dónde estábamos hace un siglo? Etc. Buldu 9, 118. <*4*>
   No, no: Dios es el que nos ha formado, y por un acto de su voluntad y con conocimiento de causa y pensando en cada uno de nosotros; [?] el que compaginó nuestro cuerpo.
   Oh, cuán bueno es Dios. Cuánto debemos alegrarnos y bendecirle por esta dependencia, y estar sujetos al dominio de un Dios tan grande.
   Cuán satisfechos debemos de estar de haber salido de las manos de un Dios tan grande.
   Dios, pues, hermanas mías, es el que nos ha criado no con una determinación general, como a los seres materiales, a las aguas del mar, sino con una determinación singular y marcada.
   Ahora bien, pues; ¿y para qué fin nos puso el Señor en este mundo? ¿Cuál es el motivo por que Dios ha querido formar al hombre?...
   Plática del Instituto. <*5*>
   ... las contrariedades, el olvido que se tiene de nosotros, que se nos pise nuestro amor propio, como si fuéramos de nosotros mismos y no de Dios.
   Y respecto del fin al que somos elevados, que...
   Mis ojos, oídos, etc. tienen su fin marcado por Dios. ¡Ay! cuántas veces los he desviado de su objeto.
   ¡Ay, hermanas mías, qué materia tan abundante! Oh, si fuéramos sacando consecuencias a todos los actos de nuestra vida, pasados, presentes, cuánto no tendría que discurrir y, sin duda, que enmendar.
   En segundo lugar, la consecuencia que hemos de sacar es que somos imagen de Dios.
   En tercer lugar, gratitud. Si un poderoso... hubiera podido el Señor criarnos y después de...
   Pues bien, hermanas mías: como propiedad de Dios... <*6*>
   Además es útil y necesario. Ejercicios de S. Ignacio.
   En fin, hermanas mías, cuánto conviene obrar así por nuestro provecho.
   Haciéndolo así todo nos servirá.
   Haciendo lo contrario. ¿De qué servirá?
   Deus cordis mei [(Sal 72, 26)].
   Además, vosotros sois propiedad de Dios por vuestros votos. (Si como racional debo servirle, como religioso, ¿cómo le serviré?)
   Haec mutatio dexterae Excelsi [(Sal, 76, 11)].

Escritos I, vol. 10, doc. 21, págs. 1-6





Esto se añadió a los ejercicios de 1870. <*2*>




   Jesús, María, José


   Fin del hombre.



   Acomodándonos en cuanto nos sea posible, mis hermanas en el Señor, al orden de materias que nos sugiere el gran maestro de ejercicios espirituales, S. Ignacio, aunque no nos es posible ajustarnos estrictamente a todas ellas, seguiremos, cuando menos en general, primero las pertenecientes a la primera vía, que sin duda son más interesantes para los días de retiro, y seguidamente las que pertenecen a las otras semanas, que es el método también de las meditaciones que leéis en el libro que os sirve de guía.
   Así pues, como sabéis, pone el Santo por primera de sus meditaciones, la que él llama Principio y Fundamento.
   Principio y Fundamento.


   Ahora bien: en qué está encerrada esta verdad: ¿Para qué ha sido criada el alma del hombre? ¿Cuál es su fin?. Pregunta interesante, y tan interesante como que en ella está reasumida toda la ciencia del hombre, todo su objeto, toda su ocupación. Pregunta que no supieron contestar satisfactoriamente los sabios de la antigÈedad con toda su ilustración, y cuyo conocimiento a nosotros nos ha sido dado por la gracia del Señor, y cuya verdad debe ocupar toda nuestra atención, y debe absorbernos en santas y profundas consideraciones.
   ¿Cuál es mi fin? ¿Quién me ha criado? El Señor preguntaba a Job. P. del F. del M.

   No, no necesito preguntaros... No, no <*3*> me he formado yo. Dios es el que me ha formado con su poder, con su entendimiento y voluntad; él es el que desde ab aeterno me escogió ya para criatura suya, para objeto de sus manos [(Prov 8, 23)].
   ¿Dios, hermanas mías? ¿Y por qué? ¿Y para qué?. ¿Dios? ¿Ese ser infinitamente feliz, eternamente bienaventurado, con su libre elección quiso pensar en mí? Oh, trasládate, hermana mía, con el pensamiento, levántate sobre ti misma y piensa en aquella eternidad primera, si así podemos llamarla, en que nada de lo criado existía, no había más que el caos; y Dios estaba en sí mismo, en aquella feliz quietud de su impenetrable eternidad, y a través del inmenso abismo del tiempo que te separaba de él, y cuando no existías, ni tú tenías conciencia de tu ser y de tu porvenir, y cuando no podías corresponderle, sin embargo, este Dios pensaba en ti, y se complacía en tu alma, y lo combinaba todo para formarte en [el] tiempo, lugar y circunstancias favorables.
   Y mientras apartaba de su pensamiento, si me es lícito expresarme de este modo, tantos miles de criaturas posibles como tenía ante su vista, y las rechazaba decretando dejarlas en el olvido de la nada, se detenía en tu alma, y resolvía formarte y ser contada en el número de las criaturas racionales. Y no te dejaba de vista al ordenar las cosas que en sus decretos resolvía te sirvieran de instrumento para la consecución de tu fin. De modo, hermanas mías, que muy bien podríamos aplicar a cada uno de nosotros, al considerar esta elección de Dios, aquellas palabras que se dirigen a la Sabiduría increada: Quando praeparabat coelos aderam... <*4*>
   Hermana mía: tú que tienes un corazón amante y correspondido, si al considerar este acto sublime de la elección de Dios, que en su eternidad te abrigaba en su seno cual niño en los brazos de su madre, y cuando todavía no podías conocerle, si ante [esta] idea, digo, no te consumes en el fuego de la gratitud, bien puedes confundirte hasta el polvo del abismo, por tu insensible ingratitud.
   ¿Y por qué hizo esto Dios? ¿Qué motivos le impulsaron? ¿Qué vio en mí para preferirme a los demás a quienes ha podido criar y no crió? ¿Qué le obligó a esta elección? ¿Acaso mis méritos futuros? ¿Acaso la complacencia que tenía en la correspondencia que yo debía darle? ¿Acaso por qué me necesitaba para hacerle compañía y contribuir a su felicidad? ¡Ah! hermanas mías, sin necesitar de nadie, contento y satisfecho en el bien infinito de su naturaleza, por sólo el libre decreto de su bondad y su sabiduría, nos destinó sobre los demás para recibir la vida sin merecerlo; ¿qué digo? aún previendo nuestras resistencias, nuestros desvíos, nuestros grandes deméritos, nos sacó a la luz, del caos de la nada; y nos sacó para formarnos imágenes suyas; y agotó su sabiduría para adornarnos perfectos con el uso de nuestra razón, iluminándonos con nuestro entendimiento, haciéndonos dueños de todo por nuestra voluntad, compaginando nuestros perfectos sentidos; haciéndonos, en fin, semejantes a sí.
   He aquí el primer paso de Dios, respecto de nuestra existencia.
   ¿Y para qué nos crió? ¿Qué objeto se propuso? Es cierto ante todo, hermanas mías, que Dios no puede menos de proponerse un fin en la creación de... <*5*>
   El hombre, pues, ha sido criado para...
   Fin sublime y bondad de Dios.
   Pero además de la gloria que nos reporta, ¿cuántos motivos tenemos para seguirle? <*6*>


   &

   Hemos examinado el principio y fundamento...

   Y antes de terminarlo quisiera detenerme en el remate de este edificio.
   Además de este fin general de las criaturas racionales, hay otro fin, es decir, Dios quiere [que] consigamos este fin de cristianos.
   Una cadena.
   ¿Cuál suerte nos ha tocado? Te ha criado para esposa de su corazón, y en el cielo [te prepara] una corona de hermosura.
   ¡Oh! hermana mía, si me fuera posible indicarte toda la extensión de esta grandeza, aunque oculta ahora por la fe, si te pudiera hacerte ver la grandeza de este estado bajo el prisma de luz de la gloria que te aguarda, ¡ay! caerías de desmayo al considerar este beneficio de Dios...
   Pero no: no es mi ánimo exponerte las cualidades que ennoblecen tu alma, como esposa suya, las riquezas que encierra tu dignidad.
   No quiero [exponerte] tampoco los bienes temporales.
   No puedo detenerme en que veas las consideraciones que tienes ante Dios, sino tan sólo por un momento, que tal es tu grandeza, que Dios, ya en este mundo, quiere darte algunas señales.

Escritos I, vol. 10, doc. 22, págs. 1-19





   Vocación especial de cada hombre.
Predicado en S.C. y Purísima.
1878
de Faber
<*2*>
S.C. y Purísima
1878



   Mis hermanas en el Señor: ¿De qué os hablaré yo como vía de entretenimiento en este día de retiro? No sois, ya lo sé, para ideas grandes y sublimes. Es una calamidad de las capacidades mujeriles, y sobre todo de la generalidad de las capacidades de las comunidades antiguas, cuyo secreto no sé descifrar.
   No obstante, al leer días atrás en un capítulo de un libro moderno una idea, que si bien antigua, está embellecida con un carácter de cierta novedad, no puedo resistir al deseo de desentrañarla y de exponerla como mejor pueda. (Que la gracia del Espíritu Santo os ilumine, si es que os quiere hacer capaces de comprenderla).
   Esta idea es el fin especial de la vocación de cada uno. Es decir que Dios nos ha criado y destinado para un fin especial, en el propio estado en que hemos sido colocados.
   Y ciertamente hay pensamientos que siempre son de moda, aunque cuenten con bastante antigÈedad, ya sea porque no es posible ponderar su importancia, ya sea porque [son] tan prácticos para la vida espiritual, que su interés parece siempre nuevo.
   Esos especiales pensamientos son la mayor parte de ellos muy comunes: son tan amplios y elevados que son evidentes por todas las capacidades; son como las altas montañas, que son visibles para todos <*3*> los de las llanuras colindantes, sin que para ello sea necesario tener un grado de vista extraordinario.
   En el número de estos pensamientos podemos colocar esta verdad tan familiar hasta para los niños, esto es, que Dios ama a cada uno de nosotros con un amor especial. Y, sin embargo, como los acostumbrados a ver el mar que ni siquiera les llama la atención, así miramos esta verdad casi siempre, por más que es tan asombrosa, que si nos fijamos a considerarla atentamente, casi nos inclinamos a no creer en ella.
   No: Dios no nos mira solamente en masa y por multitudes. Así como estaremos solos y aislados en su tribunal, así hemos estado y estamos solos siempre, y cada uno aparte, ante su amor sin límites.
   Desde el principio de toda la eternidad Dios se fijó en mí y determinó crearme, y no sencillamente un alma más, una criatura más, un hijo más para mi padre y para mi madre, un nuevo habitante de mi patria, un alma de refuerzo para el siglo XIX, sino que ha resuelto crearme a mí, tal como soy, el yo por el cual soy yo mismo, y diferente de cuantos han sido criados hasta aquí, o que sean criados en lo sucesivo. Por esa creación me escoge con preferencia a un sinnúmero de criaturas que deja en la nada. Ellas hubieran podido adorar a Dios mil veces mejor que yo lo haré jamás; podían ser de una naturaleza más sublime, más santa, más interesante. Pero hubo en mí algo que no tiene nombre y que él ha preferido: una especialidad en que <*4*> ha fijado su amor. Esa especialidad era yo con mi individualidad, mis particularidades de materia y forma, y la manera de ser y de obrar de mi alma, propia de mí solo; esto es lo que en la calma de su propia predestinación le ha impulsado a crearme. Es decir, que me ha criado como si yo solo hubiese tenido que ser criado en el mundo para un objeto solo que Dios se hubiese propuesto. Con igual particularidad que si Dios no hubiese tenido más que crear.
   Además, podemos asegurar que esa atención especial no cesa jamás. Nuestra conversación, nuestra preservación, es en verdad una nueva creación continua. Bajo ciertos aspectos es más maravillosa y más especial que la primera.
   Sin cesar mueren otros hombres y yo estoy marcado para la conservación. La mitad del género humano muere antes de llegar a la adolescencia, y yo he sido elegido para la madurez. ¿No debo concluir de eso que a los ojos de Dios tengo mi puesto particular en las proporciones de su vasto universo?
   Evidentemente pertenezco a un plan, tengo que ocupar un puesto, una obra que desempeñar, una obra y un puesto especiales; y es a mí, a mi especialidad individual, a quien están reservadas esa obra y ese puesto. Esta consideración es sencilla, mas no por eso menos terrible. Es cosa que puede abrumarnos el considerar que Dios se nos ha mostrado tan de cerca.
   Y esta consideración aparece mayor (o mas terrible) si al mirar mi vida pasada y examinarla con la presente, veo que aun habiendo <*5*> tenido la más perfecta libertad, he tenido realmente muy poca parte en los hechos que han traído mi posición actual. Mi posición actual, mi estado, mi destino, ha sido formado de lo alto, todo ha sido construido en rededor mío, con tanta suavidad como fuerza; pero yo he tenido muy poca parte, muy poca influencia práctica en mi destino.
   He aquí pues, repito, un pensamiento consolador, al fijarme [en] la preferencia de Dios para conmigo; pero al mismo tiempo tremendo, porque si debo ocupar un sitio especial en el plan de Dios y hacer para él una obra especial que ningún otro puede hacer por mí, de tal manera que ningún otro puesto me conviene, y ninguna otra obra es mía, entonces estoy revestido de un poder asombroso para mí mismo para el bien y para el mal, porque no sólo es posible, sino hasta cierto, que mis consecuencias serán eternas.
   He aquí, pues, que estamos constantemente en frente de los deberes más graves y más terribles. Puesto que soy criado para un fin especial y que ha [de] durar toda la vida, he aquí [que] estoy constantemente en acción, pues que siempre tiene Dios un objeto sobre mí; por lo tanto, si como acontece en este movimiento continuo en que estoy, mi acción es todo negligencia, ¿cómo conservar este puesto? ¿cómo cumplir esta obra de mi destino? <*6*>
   Bajo ese punto de vista la vida pasada [es] en efecto un poco seria. Sin duda es preciso que tengamos una confianza inmensa en Dios, sin la cual, en nuestro terror no nos quedaría más que sepultar en la tierra nuestro talento, como aquel del Evangelio.
   He aquí, pues, los dos aspectos de esta gran verdad. La predilección de Dios al fijarse en nosotros, y la responsabilidad que esto nos acarrea.
   ----------
   Y ahondando más en esta consideración de la vocación especial que tenemos respecto de Dios, ¿qué podría haber en nosotros para ser desde luego objeto del amor de Dios, cuando nos escogió para sus criaturas? Imposible es expresarlo. Ese conjunto de cosas y de actos que vio y esperó de nosotros, y no en los demás, es el que nos hace lo que somos y nos distingue de toda otra persona creada o posible. Esa particularidad que vio fue lo que Dios unió con tanta ternura como intensidad. En ese pensamiento, si lo consideramos, hay más dulzura de la que podríamos soportar. Si lo ponderáramos, retendríamos el aliento y buscaríamos con la mano las pulsaciones del corazón para asegurarnos de que vivíamos; lloraríamos de júbilo, y no sabríamos qué hacer de nosotros mismos, al considerar que nos encontramos tan deliciosamente retenidos en las redes del divino amor.
   Esta consideración no puede menos de producir la familiaridad por esta particularidad del amor de Dios, y cada vez sería mayor nuestra estupefacción.
   Hacemos a veces actos de fe en Dios <*7*> o actos de fe en sus perfecciones: pero el acto más grande y más dulce de la fe, es el que concierne a esa especialidad de su amor para con nosotros... para conmigo tal como soy, tal como me conozco y me conoce él mismo.
   Con este pensamiento, las sombras de nuestro deber para con él, se extienden más y más por encima y rededor de mi ser, como un vasto santuario.
   Pero esas sombras no son oscuras, inspiran [temor] pero no desalientan; moderan sin paralizar; pues nos hacen ver que [es] nuestro amor. Nos hacen ver claramente que mi amor a Dios ha de ser tan especial como el amor que él me profesa. Debo amarle en el puesto especial que yo ocupo; amarle por la obra especial que tengo que hacer.
   Ahora bien, ¿cuál es ese puesto y cuál es esa obra?
   ----------
   Al hablar de las vocaciones se suele dividirlas en tres clases: vocación al estado eclesiástico, vocación a la vida religiosa, y, en fin, una vocación para una vida muy especial de vida contemplativa, o para las obras de caridad en el mundo. El resto, es decir, la gran multitud de personas, aun espirituales, se dice que no tienen vocación. Aunque esta división está fundada en una verdad, esto es, la idea de los estados generales, sin embargo la expresa muy mal, y nos induce a error.
   La verdad, la única que se halla de acuerdo con la idea del amor especial de Dios por nosotros, es que cada hombre tiene una vocación distinta en el estado general a que Dios le llama, una <*8*> vocación personal que puede asemejarse a la de los demás, pero que nunca es precisamente la misma.
   Hay otros que clasifican a los hombres en la vida espiritual según sus devociones, su posición exterior, y su obra especial u ocupación. Pero estas divisiones no lo contienen todo. No hay entre nosotros dos personas que sean entera y perfectamente semejantes (Dios ha visto una especialidad entre nosotros desde toda la eternidad: amó esa especialidad y ella es la que decide nuestro sitio y nuestra obra en su creación).
   Cada uno de nosotros tiene su vocación: no hay hombre ni mujer que tenga un doble empleo en la tierra; jamás ha habido dos vocaciones idénticas desde el principio del mundo, ni se encontrarán hasta el día del juicio.
   Poco importa nuestra posición en la vida; poco importa que nuestras ocupaciones y nuestros deberes puedan parecer ordinarios; poco importa el aspecto vulgar de una existencia común de alguna de esas personas que apenas parece tengan objeto en la tierra: en todas ellas, en cada uno de nosotros, secretamente tiene esa gran vocación; somos, en un sentido en que el amor puede autorizar la expresión, somos necesarios a Dios: nos necesita para la prosecución de sus planes, y nadie puede reemplazarnos completamente; en esto está nuestra dignidad, pero también nuestro deber, y la fuente profunda de nuestro amor es igualmente el manantial profundo de nuestro temor. Nuestra vocación es tan real, tan distinta, como la vocación de una franciscana o de una adoratriz, de un jesuita o de un trapense: es menos visible <*9*> sí, es menos fácil de describir: tiene más incertidumbre y es mucho más difícil de conocer, pero se encuentra en ella una vocación real y completa.
   Esto admitido, es preciso admitir que toda nuestra vida espiritual marcha a la ventura si no está basada en el deseo del conocimiento de esta vocación, o sobre los esfuerzos que hay que hacer para descubrirla.
   ----------
   ¿Cuál es pues, repito, mi vocación especial, y cómo la conoceré?
   Admitamos que es para nosotros una gran ventaja el conocer los fines particulares, lo que quiere de nosotros, el objeto que se ha propuesto, adónde quiere que lleguemos: nuestra vocación especial, en fin. Este conocimiento es, en realidad, una de las gracias que más influencia tienen sobre nuestra vida.
   Sin embargo, hasta cierto punto, sólo un corto número la conoce.
   Entre la multitud de los que la ignoran, algunos la conocen a medias, otros tienen una sospecha de ella (y hay varios que tienen razón a medias en la idea que de ella se forman) y, en fin, los hay que no tienen la menor idea; y en cada una de estas diferentes clases se encuentran personas excelentes. Entre los que no la conocen los hay cuya ignorancia es falta suya, y otras cuya ignorancia viene de Dios.
   En este último caso, es que están retenidas en la ignorancia por su bien, por un acto positivo del mismo amor divino.
   Una vocación puede ser de tal naturaleza, que sería peligroso conocerla y contrariar el plan divino; o bien una vocación puede contener demasiado padecimiento para hacer re- <*10*> troceder a la naturaleza. Santos ha habido nacidos para un objeto especialísimo, y que nunca se dieron cuenta del objeto tan particular que el Señor se había propuesto en ellos, hasta después de recorrer los caminos que anduvieron.
   Entonces, pues, debemos contentarnos con saber que esta ignorancia es obra del amor divino, evitando la tentativa de desaliento que puede sobrevenirnos de conocer lo que Dios quiere de nosotros.
   Y esta ignorancia, he dicho, podía ser por falta propia. Un alma que no tiene vida de oración, naturalmente tampoco tiene una vida de luz; y si no se mora en la luz interior, no se puede ver a Dios, ni comprender sus vías sobre uno mismo.
   Otros, en fin, saben la vocación a medias.


   ¿Cómo hemos de conocer, pues, nuestra vocación y la cadena de actos que se ha propuesto en cada uno de nosotros, la misión que nos ha querido confiar, el objeto [que] se ha propuesto? O más bien, ¿qué medios hemos de practicar para conocerla?
   En primer lugar, el seguir habitualmente los movimientos e inspiraciones de la gracia, con humildad y temor saludable. Es <*11*> una verdad, consecuencia de nuestra vocación especial, y verdad casi tan asombrosa como la primera, que recibimos sin cesar revelaciones de Dios; vivimos en medio de revelaciones; somos inspirados, no sólo de cuando en cuando, sino casi siempre, y en un sentido muy verdadero y enteramente particular; o en otros términos, recibimos sin cesar lo que ordinariamente se llaman inspiraciones. ¿Qué alma hay medianamente espiritual que desde que abra sus ojos a la luz del día hasta que los cierre por la noche, y aun tal vez en ella, no oiga la voz de Dios en la oración, en el trabajo, y más que nada las voces de remordimiento en la mayor parte de nuestras operaciones?
   Apenas y casi nunca hay un completo silencio en nuestras almas. Mala señal sería ello.
   Cuantas veces se debilitan los sonidos del mundo y de nuestras pasiones, oímos esta voz silenciosa.
   Esto es tan invariable que por ello llegamos a creer que Dios murmura siempre al oído interior; sólo que no siempre le oímos, a causa del tumulto, del ruido, de la distracción de la vida que precipita el curso de este murmullo de Dios.
   Así es que nos dice siempre su voluntad, no sólo por su Iglesia, por su palabra escrita, sino en particular. Estas inspiraciones son para nosotros especies de revelaciones privadas.
   Por supuesto que hay muchas cuestiones intrincadas en el uso de estas revelaciones privadas, pero es que existen y casi continuamente.
   Estas revelaciones son una de las pruebas del amor especial de Dios a cada uno de no- <*12*> sotros en particular; están íntimamente enlazadas con nuestra vocación especial, sea cual fuere, nos son dadas ya para indicárnosla, ya para ayudarnos a ponerla en ejecución, conocida o no; son con respecto a nuestra vocación y al objeto que el Señor se propuso en nosotros, lo que el sol y la lluvia son para el desarrollo del grano y de la planta; facilitan el designio especial de Dios sobre nosotros.
   La santidad más elevada es aquella que se distingue por su vivacidad y delicadeza en apoderarse de esas inspiraciones; y por su prontitud y docilidad en seguirlas.
   Si es importante el seguir y atinar nuestra vocación especial, lo es igualmente la estima de esas inspiraciones; y así como el pensamiento de esa vocación es en sí mismo la fuente de un temor saludable; nuestro temor se extenderá al aprovechamiento de estas voces secretas.
   ¡Qué posición la nuestra! ¡De encontrarnos constantemente entre Dios que nos habla y el mundo que nos ensordece! La delicadeza misma de las operaciones de la gracia debe hacernos temblar, porque pide una delicadeza semejante en nuestra correspondencia. Dios y el alma forman por sí mismos un mundo de relaciones, y a menos que no vivamos una vida interior en este mundo secreto, las inspiraciones de la gracia pasarán desapercibidas.
   Es cierto que aun poniendo en ellas nuestra atención, nuestra alma pierde constantemente ocasiones divinas que se le pre- <*13*> sentan; mucho más si no tenemos el oído atento para escuchar las inspiraciones, no percibiremos, cuando más, sino un murmullo inarticulado.
   Sin vida interior no tenemos probabilidades de discernirlas.
   Por esto se necesitan con frecuencia otros oídos que los nuestros para oírlas, y otros espíritus para penetrarlas; para ello está y es necesaria la dirección.
   (Tenemos necesidad...)

   Muchas de esas inspiraciones particulares nos solicitan, nos apremian, nos asedian y reiteran sus instancias durante semanas, meses y aun años. Otras, después de haber ellas pedido y esperado, se van para no volver sino a largos intervalos. Algunas vienen a pedir y pasan como el relámpago, sin casi aguardar respuesta.
   (Las hay que se explican por sí mismas, y otras que se presentan para ver si serán acogidas. Algunas desaparecen para siempre, y otras vuelven unas más pronto, otras más tarde; unas, una sola vez; otras con más frecuencia).
   Ya veis si son sinnúmero y variadas. Sin embargo, cada una de ellas es un don precioso, una operación divina, una incomparable compasión; cada una de ellas es una revelación privada; una nueva prueba del designio especial para el que el amor creador nos ha formado desde toda la eternidad, cuando parecía que podía hacer mejor [?] (aun a juicio de nuestro amor propio). Es <*14*> para hacer temblar el pensar en la multitud de esas inspiraciones, la mayor parte sin otra regla aparente que su delicadeza y la rapidez de su paso.
   Hay para desanimarse al encontrar el corazón como perdido en medio de ese mundo interior de cosas divinas, de operaciones maravillosas, de santidad y de amor; pues en el caso de la inspiración más pasajera, nuestra santidad y tal vez indirectamente nuestra salvación misma, puedan depender de nuestra docilidad; de todos modos, de esas inspiraciones es de donde debemos aguardar el conocimiento de nuestra vocación especial, así como la luz y la fuerza para seguirla con éxito de la manera que Dios quiera.
   Cuando seamos juzgados, será parte de nuestro asombro, el ver cuán llena ha estado nuestra vida de inspiraciones, y qué inmensa santidad hubiéramos podido adquirir sin dificultad comparativamente notable.
   Si queremos, pues, corresponder al fin particular, a la vocación especial por la cual el Señor nos crió, es preciso seguir constantemente con fidelidad esas voces continuadas del Señor, con la santa indiferencia y con la generosidad de corazón que él requiere.
   Pero el método más seguro que es como consecuencia también de este uso de las inspiraciones, y que nos dará conocimiento de los designios eternos de Dios sobre nosotros, es el buen uso del momento presente.
   Debemos tener gran aprecio de la gracia presente, reparar en ella, y corresponderla con cuidado, pero tranquilamente. Nuestra gracia del momento es la señal más infalible de la voluntad de Dios. <*15*>
   Es una revelación divina, que casi siempre trae consigo su interpretación. Lo que nos hace falta para nuestra santificación no es solamente una gracia cualquiera, es la gracia que nos es propia, la que es propia del tiempo y del lugar donde nos encontramos. La voluntad de Dios no nos llega en grueso y de un golpe sino en pedazos y generalmente en fracciones muy pequeñas.
   Nuestra tarea debe consistir en reunir los diversos fragmentos, y formar con ellos una vida y una vocación regular.
   Como una linterna por la noche, la gracia nos da luz para alumbrar nuestros pasos en un círculo suficiente para prevenir los accidentes, pero debemos mirar dónde ponemos los pies.
   Nuestra gracia presente (mejor que los propósitos que nos formamos para el porvenir) es la que está menos sujeta a nuestras ilusiones, y con la que podemos obrar con más seguridad, aunque no veamos cómo se relaciona con los actos antecedentes. Las horas son como esclavos que marchan uno tras otro con leña para alimentar el horno. Cada hora viene con un haz de voluntades divinas. Si nuestra gracia presente la apreciamos tal como es, es porque comenzamos a comprender los designios de Dios. Esto parece muy fácil y sin embargo, a juzgar por el corto número que obra en consonancia de esto, prueba que realmente no debe ser muy fácil. Y cosa extraña... <*16*>
   Pero ¿podemos seguir estas reglas con bastante fidelidad, y sin embargo no descubrir nuestra vocación y nuestro fin especial? Sí. Pero entonces es que la voluntad de Dios no quiere que la descubramos, y por lo tanto debemos estar tranquilos. Procurar seguir en todo la voluntad de Dios para conocer nuestra vocación, ya es saberla, si es que no debamos conocerla. El esfuerzo que hacemos nos santificará más que el resultado de conocerla, porque no depende más que del buen uso de la gracia presente.
   A algunos, como he dicho, Dios les da una vista clara de su vocación especial. Para otros se manifiesta por grados. Para otros brilla de repente.
   Pero la mayoría jamás conoce su vocación, porque esta ignorancia forma parte de la vocación que cumple sin saberlo. Esa ignorancia puede tener menos consuelo que el conocimiento, pero no deja de ser una gracia para nosotros, porque nos conviene más.
   (Porque en materia de gracia se ha de mirar más a la conveniencia que a la grandeza).
   Y aun cuando perteneciéramos a la tercera clase, esto es, de los que ignoran su vocación por su falta, que no nos haga turbar nuestro valor ni nuestra tranquilidad; basta tan solamente que nos pongamos a estudiar con seriedad la voluntad de Dios acerca de nosotros. Es inútil agitarse: la agitación [?] la gracia y hace siempre más daño del que se cree. <*17*>
   Resumiendo, pues, cuanto hemos considerado, recordemos: 1.º Que Dios nos predestina desde la eternidad para un fin especial de su gloria, y por un acto particular de su amor que está durando todavía. Dios hubiera querido criar en lugar nuestro otros santos Agustinos, santos Franciscos, santas Claras, pero no; en estos santos posibles que nada le hubiera costado el criar, no vio lo que en nosotros se propuso, nos prefirió a ellos a quienes dejó en la nada.
   2.º Que este pensamiento de este acto especial, bien considerado, nos debía producir un éxtasis continuado de amor a nuestro Dios, que así se dignó complacerse en nosotros.
   3.º Pero que esta elección especial nos debe llenar de un santo temor si no llenamos este objeto que el Señor se propuso de nosotros, y por falta de corresponder a él, perderíamos su gracia y nuestra alma. El solo sería bastante para ser nuestro mayor tormento en el infierno.
   4.º Que este objeto particular no es sólo el don de la fe, el don de la vocación a nuestro estado, sino una vocación especial para objeto determinador que dura toda nuestra vida: y por lo tanto los sentimientos especiales que quiere comunicarnos a nosotros a diferencia de los demás: los actos de virtudes que quiere que ejercitemos (independientes de los que pueda esperar de los otros), las inclinaciones que quiere fomentar y grados de ellas totalmente diferentes de las demás: los destinos particulares que debemos ocupar, los ejemplos que en ellos debemos [dar], las almas que con ellos debemos salvar, o al menos edificar: la gloria que con todos estos actos debemos dar a Dios, los actos de amor y demás que espera, y a los cuales tiene vinculadas <*18*> otras gracias para bien nuestro y de los demás, todo esto forma un conjunto de cosas, forma el cumplimiento de la vocación nuestra: y por consiguiente si no los cumplimos, desbaratamos el plan de Dios, ya para lo que es de gloria suya, ya para bien de los demás, pues este plan formado sobre nosotros por Dios, no puede ser reemplazado por otro, que tiene otro destino especial y no el nuestro. Pensamiento terrible que nos puede conturbar.
   5.º Que el conjunto de estas cosas, de estas inclinaciones, de estas virtudes, a algunos Dios lo da a conocer en el fondo de su alma: el fin que se propone con todo ello; a unos ha dado a comprender que le[s] quiere para la lastimación de las almas de los pecadores, para convertirlos y poner medios conducentes a ello; a otros para el fomento de obras de edificación en los demás; a otros para una compañía de reparación continua a los agravios de Jesús, y han estado convencidas estas almas que éste era su destino.
   6.º Que a otros Dios no se lo da a conocer. Pero...

   7.º Que tanto unos como otros deben estar alertas al cumplimiento de estos designios. 1.º Aprovechando todas las gracias, inspiraciones, remordimientos y demás voces que el Señor envía continuamente, y siendo fieles a ellos a fin de escuchar la voz de Dios que nos grita continuamente. 2.º Que para ello debemos ser interiores, practicando sobre todo la oración, donde se perciben mejor estas voces de Dios, y 3.º aprovechando los momentos presentes, no pensando en lo pasado, y no <*19*> esperando las gracias del porvenir, haciendo propósitos al aire y para más adelante, sino aprovechando los actos presentes, la oración de hoy no de mañana, el oficio que hoy ocupo, no el de después; las contradicciones que ahora me rodean, no las mortificaciones que haré mañana; este momento de fervor, no el que practicaré luego; aprovechar, pues, los momentos presentes y no dejarlos pasar.
   Y finalmente que al recordar el desperdicio ¡gran Dios! ¡Quién es capaz de calcular los desperdicios de las gracias y las resistencias a la voluntad de Dios! ¡Cuántos desvíos de sus inspiraciones! ¡Cuántas gracias malogradas! A pesar de ello, digo, no abandonarnos a la desolación. Dios, a pesar de estos descalabros que han sufrido sus planes sobre nosotros, puede en un momento ponernos al punto donde debíamos estar si hubiéramos correspondido, y por lo tanto con la humildad de corazón, y de rodillas ante su vista, mirar y proponer cumplir en todo su santísima voluntad, pues siempre y en todo, hasta en lo más pequeño, y esto será bastante para alentarnos a seguir el camino.
   Que estas ligeras indicaciones...

Escritos I, vol. 10, doc. 23, págs. 1-11






Para misiones



   Fin del hombre

   El real profeta David, hermanos míos, nos dice en uno de los trasportes de su santo entusiasmo, que Dios desde el cielo quiso dar una mirada sobre los hijos de los hombres para ver quién le conociera, le buscase y le amase; y ¿cuántos pensáis que encontró? ¡Oh, respuesta capaz de llenar de espanto! Encontró tan pocos que comparados con la inmensa multitud de los que no le conocían, ni servían, ni amaban, pudo decir el Profeta contristado: Non est qui faciat bonum, non est usque ad unum. Entre todos los hombres Señor, no hay ni siquiera uno [(Sal 52, 4)].
   Pero qué tiene de extraño que las miradas purísimas de Dios viesen tan pocos que le servían con fidelidad, cuando nosotros, si nos fijamos no más por encima, en la vida de los cristianos, con dificultad encontramos quien ame a Dios fielmente.
   Si en uno de estos días pasados, os hubiera preguntado alguno de improviso en medio de la calle: ¿qué objeto tienes en este mundo? ¿para qué vives? ¿cuál es tu fin en cuanto haces? ¡Ah! Tal vez hubierais tenido que rebuscar la contestación. Tal es el olvido en que vivimos respecto nuestro fin.
   Aprendimos desde nuestra infancia, se nos repitió en nuestra juventud que el único fin del hombre sobre la tierra es el conocer, amar y servir a Dios en esta vida, y mediante esto gozarle después en la otra. Y no obstante vivimos para todo menos para este pensamiento. Se han deslizado los años de nuestro pasado, los negocios de la vida, los objetos de la tierra, las ilusiones de nuestras desordenadas pasiones, han ocupado y cautivado nuestra alma y nuestro corazón, y el pensamiento de nuestro verdadero fin sobre la tierra ha quedado olvidado en el rincón de <*2*> nuestra aletargada conciencia, y hemos pasado los días y las noches dormidos ¡ay, sobre el borde del abismo de la eternidad!
   A tal punto hemos llegado que para muchos el servir a Dios haya parecido un acto vergonzante; el enemigo de las almas ha...

   Y, sin embargo, ellos es cierto que el servir a Dios es el gran precepto intimado ya por Dios al pueblo de Israel por boca de Moisés; y repetido por boca del Hijo de Dios hecho hombre y enviado al mundo para enseñarle los medios de cumplir este precepto.
   Precepto justísimo, porque nada es más justo que un vil esclavo por naturaleza como es el hombre, sirva a su Señor y dueño absoluto, que el hijo sirva a su Padre, de quien lo ha recibido todo, que la criatura sirva a su criador. Precepto honroso como lo es, pues no cabe mayor honra que el servir al Dios de infinita Majestad y grandeza; precepto provechosísimo y ventajoso, porque de la observancia de él, depende para el hombre toda suerte de bienes temporales y eternos.
   Pero como no se piensa en estas verdades, Dios no es servido. No es, no, porque desconozcamos los grandes motivos, las convincentes razones y el riguroso deber que tenemos de servir a Dios; el mal está en que no se fija en ello una meditación seria; y por ello vivimos en medio de las tinieblas, lejos de Dios, y en vez de servir a él, servimos a Satanás y al mundo para perdernos eternamente con el mundo y con las obras de Satanás.
   ¿Cuántos hay entre vosotros que hayan destinado un cuarto de hora de su vida para reflexionar estas verdades tan necesarias? Y ¡ay! ni siquiera nos ha ocurrido detenernos para entrar dentro de nuestro corazón; y a la luz de esta verdad preguntarnos: ¿Qué soy? ¿A qué he venido <*3*> al mundo? ¿Cuál mi fin?
   En estos días pues, hermanos míos, en que la voz del Señor llama a nuestro corazón, salgamos de nuestro letargo; abramos los ojos a la luz, pensemos en la obligación que se nos ha impuesto, de servir y amar a Dios, y en las razones poderosas que a ello deben movernos.
   1.º Debemos servir a Dios porque es muy justo.
   2.º Debemos servirle por gratitud, por lo que ha hecho por nosotros.
   3.º Debemos servir a Dios por lo que nos conviene.
   Súplica. David decía: Notum fac, Domine, finem meum [(Sal 38, 5)].
   Al deciros, hermanos míos, que el servir a Dios y sólo a él era un acto de rigurosa justicia, bastaría poner a vuestra consideración la dependencia en que estamos de él. ¿Quién nos ha criado? ¿Cómo hemos venido al mundo? ¿Quién ha sacado nuestra alma de la nada? <*4*>

   Pero aún hay otro motivo para convencernos de que tenemos un deber riguroso de servir a Dios: esto es, por lo que es en sí, por su grandeza y majestad. Aunque no hubiese relación alguna entre él y nosotros, deberíamos servirle, sólo por su grandeza y su sublime poder.
   Suponed, hermanos míos, por un momento, que de un país desconocido, donde no ha penetrado aún la luz del Evangelio fuese arrancado un hombre salvaje, ignorante, que ha nacido y se ha formado entre seres irracionales, y que nunca hubiese oído hablar de Dios y de religión, ni conociese ni hubiese visto a los demás hombres; y que fuese trasladado súbitamente a una población católica, y un sacerdote deseoso de su salvación, queriendo instruirle, le dijera: mira y sepas que hay un ser, un principio supremo, un Señor a quien llamamos Dios: un Señor que ha criado de la nada todo lo que hay en el cielo y en la tierra y todo cuanto ves tú; un ser que con su poder infinito lo conserva y lo gobierna todo, sin cuya providencia todas las cosas volverían a la nada de donde salieron. Es un ser inmortal y eterno, sin principio ni fin; es la misma bondad por esencia y no quiere ni puede obrar sino el bien. Es tal su sabiduria que con un solo acto de su entendimiento conoce y penetra todas las ciencias, todos los misterios, todos los arcanos y cuanto hay por saber, y así como en una sola palabra sacó el mundo de la nada, con la misma facilidad podría criar otros mil o destruirlos. Es tal su belleza que el hombre no vio ni puede ver ni imaginar otra que merezca ni remotamente comparársele; baste con decir que extasía de tal manera a los innumerables espíritus que le contemplan en el cielo, que nunca se sacian ni podrán saciarse eternamente de contemplarle. Y no hablaré de sus demás perfecciones y atributos infinitos, porque ni yo te lo puedo explicar ni tú comprender. <*5*>
   Pues bien ¡oh hombre!, sepas que este gran Dios desea verse amado y servido por todos los hombres: al efecto, él mismo los llama y los invita con especial amor, y para atraerlos les promete recompensas tan considerables como son la felicidad en esta vida, y luego otra felicidad mayor y eterna en el cielo. Ahora pues, dime: ¿Quieres servirle? ¿Cuál juzgáis, hermanos míos, sería la respuesta de este hombre? ¿Quién no comprende que no vacilaría ni un solo momento y que asombrado de tanta grandeza y de tanta bondad, aceptaría este servicio, pues todos los hombres, sean o no ignorantes, tienden a amar el bien y buscar la felicidad?

   Pero no: no es preciso aún hermanos míos, que hagamos la suposición de este hombre, arrancado allá de entre las selvas; suponed que nosotros hubiésemos sido sacados de la nada en la edad y conocimiento que ahora tenemos, y que en el mismo instante de las sombras de la nada y cuando aún no sabíamos ni conocíamos nada de este mundo, hubiésemos sido colocados en la cima de una montaña en una mañana de primavera y que a nuestro lado se hubiese puesto un sacerdote que como ángel enviado por Dios estuviera mirando el asombro que nos causaba todo, que iría registrando nuestra vista...
   Veríamos ese sol que...
   Esa luna... <*6*>


   Y acercándose el sacerdote nos dijera: Mira, todas esas bellezas que admiras, y otras que aún no conoces, no son obra de sí mismas: las ha criado con una sola palabra otro ser más grande, más hermoso, más poderoso, más bello, que habita allá arriba, mira, tras ese cielo cristalino y en un trono de luz inaccesible, y él es tu Padre, tu Señor, tu Dios. ¿Qué efecto hubieran producido en nosotros estas palabras? ¡Ah! Sin quererlo hubiéramos caído de rodillas en tierra, y con nuestra ávida mirada hubiéramos buscado conocer y amar al Dios y autor de tanta grandeza.
   Ahora bien, pues, <*7*> hermanos míos, tal y más ventajosa es la posición en que ahora nos encontramos. Ilustrados no sólo por la luz de la razón, sino también por la luz infalible de la fe, en la cual hemos nacido para dicha nuestra, y hemos sido educados desde la cuna, sabemos y creemos que existe este Dios, que es un bien infinito, que no hay ocupación más noble y honorífica que el servirle, que esta ocupación nos hará felices en el tiempo y en la eternidad.
   Todos los días estamos viendo el poder de este Dios que se retrata en la conservación y producción de las criaturas; todos los días tenemos ocasión de admirar su hermosura como en destello, al fijar nuestra mirada en esas [obras] sublimes de sus manos: los cielos y la tierra nos cantan su gloria: nos dicen que es nuestro Dios y Señor y que debemos servirle, y sin embargo, sordos a esta voz, le negamos esta servidumbre para prestarla a una vil criatura, a una ciega pasión. ¡Oh, locura vil del corazón humano!
   ----------

   Pero volvamos al caso de nuestro salvaje, y suponiendo que aún vacila en su elección, se le añade: escucha ¡oh, hombre! A más de ese gran Señor de que te he hablado, y del cual te acabo de hacer el retrato, hay el príncipe de las tinieblas, que se llama Satanás, que mora en el abismo.
   Era éste uno de los príncipes primeros de la corte del primero; mas por haberse enorgullecido de sí mismo y rebelándose contra su legítimo Señor, éste le arrojó del cielo, precipitándole en el infierno y condenándole a un fuego terrible y eterno. Todos los hombres que nacen deben participar de la suerte de uno de estos Señores, según a quien hubiesen servido, porque es imposible vivir en un partido neutral; dime: ¿cuál de los dos escoges para servir?
   ¿Os parece, hermanos míos, que este salvaje elegiría el demonio antes que a Dios? Y sin embargo ¡ay! echemos una mirada: esto es <*8*> lo que hacen tantos hombres y mujeres, no nacidos y formados en los bosques y entre las fieras, sino en los pueblos católicos, iluminados por la fe, llamados hijos de la luz.
   Y sino dime, alma cristiana que me escuchas: ¿a quién serviste en los días de tu niñez? ¿Recuerdas aquellas travesuras que ocultamente cometías? ¿A quién has servido alma joven que has manchado tu alma y tu cuerpo con la deshonestidad? ¿Para quién han servido estos sentidos, esos ojos, esa lengua, esas manos que el Señor te ha concedido?
   ¡Oh, hombre!, hermano mío, ¿a quién has servido en la agitación de tus negocios, de tus trabajos, de tus afanes? Ah, tal vez el demonio del orgullo y de la avaricia te ha arrebatado todos tus sudores, obligándote a graves y lastimosas injusticias.
   Mujer cristiana: ¿a quién ha servido este corazón que Dios te ha dado para amarle? Ah, tal vez los halagos de la vanidad han hecho servir este corazón y este cuerpo al amor criminal.
   Almas todas que me escucháis ¿a quién hemos servido? ¿a quién? El mismo Jesucristo nos lo dice: el que peca se hace esclavo del pecado, por consiguiente del demonio que es el autor y el promovedor del pecado; y no sólo esclavo sino hijo: el mismo divino Salvador reprendiendo a los fariseos, les decía: Vos ex patre diabolo estis; vosotros sois hijos del diablo [(Jn 8, 44)]. ¡Esclavos e hijos del diablo! ¡Dejar a Dios sumo bien! ¡Abandonar a un Padre tan bueno y amante para hacerse esclavo e hijo de un tirano, del monstruo más horrendo! ¡Oh, locura nuestra, alma cristiana!
   He aquí, hermanos míos, la obligación que tenemos de servir a Dios, obligación de rigurosa justicia, y aunque no fuera de justicia, sólo por lo que es, por su grandeza, por su omnipotencia, por su hermosura, por lo que nos conviene.
   ----------
   Mas si es una locura el no servir a Dios, sólo por lo que es <*9*> en sí, aunque ninguna relación tuviéramos con él, ¿qué sería si pasamos a considerar lo que le debemos? ¡Oh!, sólo la gratitud nos debería obligar a amarle y servirle de corazón.
   1.º Mirad lo que nos ha hecho y está haciendo en el orden de la naturaleza. 2.º Mirad lo que ha hecho por nosotros en el orden de la gracia. 3.º Pensad lo que nos tiene ofrecido en la gloria; y al recapacitar ese cúmulo de beneficios de su mano bondadosa, avergoncémonos de nuestra mala correspondencia, y del fatal olvido en que hemos vivido respecto de nuestro fin.
   ----------
   Beneficios de la naturaleza. (Si quiere ponerse aquí lo del principio del sermón «Cómo hemos venido al mundo» etc., se pone junto con lo de Buldu 115 t. 9, sino, se continúa). Prescindo, hermanos míos, de lo que debemos a Dios por habernos criado. No existíamos, y ya el Señor nos tenía fijos en su mente y desde la eternidad nos señalaba con el dedo. Mientras dejaba en el abismo de la eternidad a tantos otros, a quienes hubiera podido criar, y que no ha criado, y que le hubieran servido mejor, a nosotros nos llamaba, y nos entresacaba, y nos escogía para que fuéramos un día todos de su corazón. Venimos al mundo; mientras tantos nacían allá, en apartadas regiones, donde no alumbra la luz de la fe, a nosotros nos ponía en el seno del cristianismo y se apresuraba a reengendrarnos en las aguas del St. Bautismo. (Alrededor de nuestra cuna).
   Si una bellísima estatua... 115 Buldu t. 9.
   ¡Oh! ¡Quién es capaz de pensar lo que el Señor ha estado haciendo desde entonces por nosotros! El nos ha conservado la vida hasta el presente. Y ¿sabéis lo que es la conservación de nuestra vida? Pues una continua creación. Sin la mano continua de Dios sobre nosotros volveríamos a la nada de donde hemos sido sacados. Estamos pendientes de la mano de Dios con más necesidad que el Profeta Habacuc lo estaba de la mano del ángel que le tenía pendiente de los cabellos sobre el lago de los leones. ¿Y qué es lo que tiene que hacer Dios para conservar nuestra vida? El hace asomar todos los días el sol por el oriente, y le hace recorrer su órbita con tanta regularidad que ni por su excesiva distancia, ni por su exagerada proximidad pueda perjudicarnos. Por nosotros deshace las nubes en benéfica lluvia y hace <*10*> constantemente fecunda la tierra, y nos proporciona las cosechas, y las aves y los peces y lo demás necesario para vestirnos, distraernos y cuidarnos.
   Finalmente, toda la naturaleza sirve al hombre obedeciendo las leyes establecidas por su autor. ¿Y el hombre solamente se creerá dispensado de obedecer esta ley universal? ¡Ah!, el siervo sirve a su amo por un mezquino salario, hasta los animales sirven a su dueño por un poco de paja, y nosotros no servimos a Dios que nos da mucho más que un pequeño salario. ¡Oh, injusticia inexplicable! Y se lamentaba Dios amargamente de esta injusticia por boca de Isaías: el buey, dice, y el asno reconocen a su dueño y le sirven, pero mi Israel tan favorecido, no quiere reconocerme ni servirme! Cognovit bos, etc. [(Is 1, 3)].
   Si al poner el pedazo de pan en nuestra boca; si, etc., pensáramos lo que está haciendo Dios continuamente... <*11*>

   Orden de la gracia... Buldu 115 tom. 9

   ¡Oh, infelicidad del hombre que no sirve a Dios! Buldu 117 hasta acabar.

Escritos I, vol. 10, doc. 24, págs. 1-2





Jesús, María, José



   Del fin del hombre

   Una de les primeres preguntes de la Doctrina Cristiana es para quin fi ha sigut criat el home? y respon que pera amá, etc. Totes les coses de la naturalesa han sigut criades per un fin u altre; perque per lo mero fet de haber sigut criades per Deu nostre Siñó, es precís que les haigue donat un destino; perque aixi com un home pruden y sabi cuan fa una cosa sap per que la fa: un arquitecte, un artiste cuan fa una máquina, un instrumen, antes de ferlo ya sap pera que u vol, ya sap el destino que li ha de doná, aixi Deu nostre Siñó, infinit y sapientisim per esencia, al criar totes les coses es imposible que no se proposés un fin y per consiguien que no donés un destino a cada una de les criatures. De aqui es que consiguiens a este destino, totes les criatures cumplisen exactamen el fi pera que han sigut criades sense discrepá may. De aqui es que el sol, luna, astros, segons el mandato que la voluntad de Deu els va imposá en la creció, ixen, se ponen y fan el seu curs y donen la volta duran tot el añ, cumplín el seu destino, hasta que la omnipotencia de Deu quels ha format vulga destruirlos completamen, cuan ya aigue acabat el fi pera que han sigut criats. Les plantes, arbres, animals, produisen lo que la virtud de Deu nostre Siñó els ha consedit sense discrepá may; en fin totes les coses menudes o groses, hasta aquelles que pareis que no servixen mes que pera fermos mal, totes tenen un destino bo, o el be del home; ya sigue pera manifestá el pode de Deu o pera adorno de la creació, o pera evitá algun mal a altres coses o pera atres fins que no coneixem, a vegades, per la nostra ignorancia. De consiguien totes les creatures sensibles o insensibles que viuen o no tenen vida totes son criades per un fi u altre.
   2.º Y els homens, estes criatures racionals, este Rey de la naturalesa, habia de ser la unica criatura que se trobaria sense destino sobre la terra? Y de aqui es que encara que no tinguesem fe, sabriem per la rao natural que estem tots ordenats a un fi. Y quin habia de ser este fi? Ningun altre mes que el mateis Deu. Perque sen la forma y lo principal del home, el anima, y tenin el anima les tres potencies que son memoria, entenimen y voluntad, el fi del home ha de ser un objecte que satisfaga y ompligue estes tres potencies; y tendin estes tres potencies a una cosa infinita perque per mol que coneguesem sempre podem coneixe mes, per mol que amesem sempre podem amá mes, de aqui el fin de la nostra ánima y per consiguien del home ha de ser un objecte inmens, infinit en tots conceptes. Y quin objecte pot habe fora de Deu que ompliga el cor del home? Ningú. De aqui es pues cuan cert es lo que diu la doctrina cristiana que el home ha sigut, etc.
   3.º Pero me direu, vosatros, com han de coneise a Deu, com ham de amá pera correspondre al fi pera que ham sigut criats?
   Dos mitxos tenim pera coneixe les perfeccions de Deu: estos son la fe y la raó: per la fe, perque per ella coneixem que Deu nostre Siñó existís eternamen en si mateis, que este Deu etern, inmens e infinitamen perfecte, per un acte del seu poder y de la seua voluntad, va produi totes les coses, que totes estes coses viuen y se sostenen per Ell, que totes estes les ha criades pera [el] home, que a este li ha donat un entendimen y una voluntad pera que si use be de eixes coses li dará una bienaventuranza eterna y si no li servix, los condenará per tota la eternitat; per esta mateixa fe sabem que habén los nostres primes pares pecat, vam queda tots excluits pera sempre de la gloria del cel, que Deu nostre Siñó, aixó es la segona persona de la Santisima Trinitat, pera pagá este pecat y pera que el Pare etern mos perdones va baisá del cel a la terra a ser victima per nosatros, que va morí en una creu, que sa dixat en lo august sacramen de la Eucaristia, que ha de vindre a juzgá <*2*> als vius y als morts, aixó es, etc. y en fi totes aquelles veritats que la Iglesia mos enseña perque han sigut revelades per Deu nostre Siñó.
   He aqui els mixos que tenim de coneixe a Deu y cuan poc li agraim el benefici de habermos manifestat les seues veritats. Ah si...
   Pero encara que no tinguesem la fe per la rao sola podriem coneixe de algun modo qui es Deu. Qui es el que al contemplá les maravilles de la naturalesa, les coses admirables que conté el mon, el orde inmutable que se observa en tot, no reconeis la omnipotencia de un Deu infinit? Si en una nit despejada mos parem a contemplá el cel, y considerem esta infinitat de estrelles y astros cada un de ells mes gran que el mon que habitem, y que estes coses com a insensible que son, no se poden fer a si mateis[es], sino que necesiten de un altre que les haigue formades, ¿qui es el que no admirara el poder del Deu que les ha criat?. Al considerá que el home ha sigut criat dueño de totes les coses de la terra, y que tot lo demes, plantes y homens existixen pera be y utilitat de estos mateisos homens, ¿qui no alabará la bondad de este mateis Deu, y dixará de donarlo gracies per lo benefici que li ha fet y per haber pensat en ell?
   De aqui es, pues, que per la fe y la rao podem coneixe y admirá y meditá la bondad y misericordia de Deu nostre Siñó y de este modo cumplirem en la primera part del nostre fi que es coneixe a Deu.


   4.º Y com el habem de amá? No ya res mes facil que sabé com ham de amá a Deu. Cuan Jesucrist anaba recorren les ciutats de la Judea y expargin aquella sublime doctrina que trobem en los evangelis, se li va atansá un jove y li va preguntá: Señor que hai de fe pera salvarme. Y Jesucrist li va contestá, guarda els manaments; y no li va doná altres consells. Pues lo mateis que dia a aquell jove mos diu a cada u de nosatros. Si voleu amarme cumpliu en los preceptes que yo os he imposat. Estos preceptes, com vosatros ya sabeu, son los manamens de la Lley de Deu, y per lo tan pera cumplirlos es necesari que els sapiguem perque si no els sabem mal els podrem posá en practica. Mos es necesari tambe el sabé els manamens de la Santa Iglesia y cumplirlos, perque Nostre Siñó la dexada encarregada de tots els fiels, aixi debem obedirla en totes les disposisions que perteneixen a la fe y a la moral o costums. Devem ademes pera cumpli en la obligació de ama a Deu procurá frecuentá els sacraments que son les armes mes poderoses pera combatre als enemics de la nostra ánima que continuamen mos están fen guerra. Devem tambe exercitarmos en obres bones, en actes de caritat a Deu y als proxims, practicá els mixos de lliurarnos de les tentacions, com son el practicá actes de devoció, el ser ben devots de la Mare de Deu, y en fi practicá totes aquelles coses que han practicat y practiquen tots els que de veres solen serví y amá a Deu nostre Siñó.
   Ah, si procuresem fero de este modo y com cumpliriem el fi pera que nostre Siñó mos ha criat y com viuriem tranquils y alegres en esta vida y después per tota una eternitat en laltra! Y quina obligació tan grande tenim de amá a Deu ya que mos ha fet la gracia de coneixel y de posarmos en terra de cristians a on podem servirlo en tot coneiximen (Aristóteles, Cicerón y tots els sabis de la antiguetat no tenien la dicha de tindre fe y per la sola raó coneixen que hiavie un Deu criador de totes les coses).
   Tenim pues que tots estem ordenats a un fi sobrenatural, com es el de coneixe y amá a Deu en esta vida y después veurel y disfrutá de la seua compañia en laltra, que el podem coneixe per la raó y la fe y que el devem amá cumplin els manamens que nostre Siñó mos ha imposat y les obligacions del estat de cada un.

Escritos I, vol. 10, doc. 25, págs. 1-14






   Mis hermanas en el Señor: al abrir anteayer tarde, con el objeto de meditar alguna idea propia para vosotras, un libro muy renombrado, pero que para mí era desconocido, pues nunca lo había abierto, leí en el primer capítulo un título que por sí sólo forma ya una meditación, y no quise buscar otro tema. Fin, decía, del alma religiosa: excelente fin del alma a quien Dios ha llamado para el estado religioso.
   Y ciertamente, hermanas mías, que si todos hemos sido criados para un fin general, cual es el conocer, amar a Dios y mediante esto salvar nuestra alma, no hay duda que al segregar el Señor de la masa de los hombres una porción selecta de almas escogidas, se ha propuesto, también, un fin en todas ellas, además del fin o destino particular que en la elección particular de cada una se haya podido proponer.
   ¿Cuál es pues el fin general que él se ha propuesto en la pequeña grey de las almas escogidas, para estar unidas con el vínculo religioso? Ut non sibi vivant sed Deo; el que no vivan para sí sino para Dios [(2 Cor 5, 15)].
   Dios ha querido que las almas se salven mediante el servicio de Dios; para éstas el servicio de Dios basta. Pero a los otros dice: Yo te llamé por [tu] nombre. Meus es tu: mío eres tú [(Is 43, 1)]; por lo tanto no sólo su servicio sino que su vida entera debe ser de Dios. Es decir, no sólo ha de servir a Dios, sino que no ha de vivir sino para Dios. He aquí hermanas mías, el fin del alma religiosa: no sólo servir, sino vivir para Dios.
   Ahora bien, pues, hermanas mías, ¿qué títulos os obligan a no vivir sino para Dios? ¿Cómo cumpliréis vuestro <*2*> destino?
   Y en primer lugar, hermanas, la excelencia de vuestro estado y el objeto que Dios se propone en él, vuestra libre determinación a abrazarlo mediante el llamamiento de Dios, es el fundamento de vuestro deber para no vivir sino para él. ¿Qué es ser religiosa? Es ser religada: atada nuevamente a Dios con lazo íntimo. Porque si todos los hombres están obligados al servicio divino por la ley natural; si todos los cristianos están ligados a Cristo con la ligadura del Bautismo y de las promesas pronunciadas, esto es, por la ley evangélica, el alma religiosa lo está con la tercera atadura, con la cual se forma aquella cuerda misteriosa que une al alma con Dios, que difícilmente se rompe, según la expresión de la Escritura.
   El divino y amante Cristo Jesús, que vino al mundo a formarnos con su sangre una esposa blanca y limpia, sin mancha ni arruga, ni otra imperfección, previendo que la perfección evangélica no se conservaría en la muchedumbre de todos los cristianos, quiso establecer dentro de la Iglesia el lugar santo de la religión atrayendo hacia él con los lazos de esta perfección evangélica las almas que él escogiera, a fin de que resplandeciera en ellas esta hermosura y limpieza que deseaba.
   Por ello, cuando llegó el tiempo en que debía empezar a formar la Iglesia, empezó por formar la casa estrecha de la vida religiosa. Llamó a los Apóstoles, a los cuales exigió este lazo de perfecta unión con él, los cuales, según la opinión de S. Agustín y Sto. Tomás, al agregarse a Jesucristo hicieron los votos que constituyen la perfección evangélica.
   Después que hubo allegado esta pequeña falange, en el llamamiento general a los hombres para <*3*> que abrieran los ojos a la luz evangélica, señaló el camino de los que debieran seguirle por las sendas de la perfección; y que por lo tanto debían no vivir ya para sí, sino para él. Pero como este seguimiento no debía ser para todos, sino para los que por un especial llamamiento deben comprender su voz, dejaba oír los silbidos de su voz amorosa, muchas veces hasta de un modo misterioso. Y en las condiciones que ponía a este estado de perfección evangélica, marcaba ya los fines que se proponía, para que abandonando hasta el uso de lo lícito y desembarazados de todas las cosas, no vivieran sino para él.
   Todas estas condiciones las iba señalando apenas la ocasión se lo proporcionaba y de tal manera que no causaran espanto a la humanidad corrompida, y no se escandalizaran de sus pretensiones.
   Cuando los saduceos tomando ocasión... le preguntaron si... respondió misteriosamente: Hay quienes están imposibilitados de los placeres por la enfermedad o la naturaleza, hay quienes lo están por injuria de los hombres, y hay quienes se imposibilitan de ellos voluntariamente, por el reino de los cielos. Qui potest capere capiat. El que pueda comprenderlo y arrebatarlo que lo arrebate [(Mt 19, 12)].
   El Apóstol S. Pablo que tanto aprecio hacía de este llamamiento que Dios le había [hecho] sin merecerlo, y al cual tan bien supo corresponder, secundando este deseo de Jesús, decía más explícitamente a los fieles a quienes había ganado para Cristo: Oh, quisiera que todos fueran como yo mismo. Vírgenes para el Señor todos. Sin embargo, no os asustéis: De virginibus praeceptum Domini, non habeo: Respecto de esto, no tengo recibido precepto del Señor para vosotros: consilium autem do, pero sí que os lo aconsejo, tanquam <*4*> gratiam consecutus a Domino, ut sim fidelis, puesto que he conseguido gracia del Señor, para ser fiel [(1 Cor 7, 25)].
   Porque el que vive desposado tiene, por necesidad, que vivir solícito por las cosas que son de este mundo quomodo placeat uxori vel vi- ro, como complacer, y su corazón por necesidad tiene que estar dividido [(1 Cor 7, 34)].
   Por el contrario, ya lo podéis comprender, el que vive virgen no puede pensar más que en las cosas de Dios.
   Cuánto desearía que así fuerais, pero no: no os lo mando, pero eso sí, si no lo hacéis, tribulationem carnis habebunt hujusmodi; tribulación constante tendrán los tales que soportar de sus pasiones [(1 Cor 7, 28)].
   Tal es la primera condición que el Señor exigió de los suyos como para que desembarazados de todo, pudieran ser de su completo servicio.
   Cuando el Señor quiso indicar la otra condición para su seguimiento, entre otras, aprovechó la de aquel rico joven que acercándose le dijo: Señor, yo quiero salvarme, ¿qué es lo que debo hacer? Serva mandata; guarda los mandamientos, y esto te basta. Señor, los guardo desde la infancia ya. Pues si quieres ser perfecto, vende cuanto tienes, dalo a los pobres y ven y sígueme [(Mt 19, 17)]. El pobre joven que no estaba dispuesto a tanto sacrificio, se volvió triste y taciturno; y cuando había vuelto grupa a su caballo, como sentido el Señor del desaire que le daba a su dulce llamamiento exclamó: Ah, ricos, ricos, y qué embarazo tan grande es para ser míos. En verdad, en verdad os digo, que más fácil es que pase un camello por el agujero de una aguja que un rico se salve.
   En las palabras dirigidas a aquel joven, descubre el Señor ya las condiciones de los que debían pertenecerle en el cumplimiento de los consejos evangélicos. La pobreza, aconsejándole el des- <*5*> prendimiento de todas sus riquezas; la castidad, en que vaya tras él; y la obediencia, en decirle que lo dejase todo y le siguiera, pues el seguirle debía ser para obedecerle e imitar la vida perfecta que llevaba y enseñaba.
   (Qui vult venire post me) [(Mt 16, 24)].
   Todas estas consideraciones, hermanas mías, y estos recuerdos, son para que atendido el objeto que Jesús se propone en vuestro estado, los obstáculos que ha apartato por medio de los votos religiosos, comprendáis en ello la necesidad y el motivo que el Señor se propuso para que no vivierais sino para él. Porque los que viven en otro estado, repitiendo lo del Apóstol, deben estar llenos de angustiosas solicitudes; mas, por el voto de castidad, vive el alma para su esposo Cristo, y a él debe desear dar contento. Los ricos del siglo viven para sí, y por esto el cepo de las riquezas absorbe y ocupa su corazón, pero el pobre de espíritu, que las ha dejado todas, debe dar muestras de que no vive para sí, sino para Dios, bajo las alas de cuya providencia se halla cobijado. Los que se precian de su libertad viven para sí, tomando por regla de vida su propio juicio y parecer, y los impulsos de su voluntad. Mas el alma religiosa, por la razón misma de su estado, entrega su juicio y su voluntad y su libertad a Dios y a la santa obediencia; de tal suerte, hermanas mías, que según la definición de S. Bernardo, el estado religioso es la reunión de almas que no se buscan a sí mismas, sino a Dios, y que profesan vivir no para sí, sino para su Dios.
   Porque son casa que la divina sabiduría edificó para sí, esto es, para vivir y morar en ella. Vivo ego... <*6*>

   Pero ¿qué necesidad tengo, hermanas mías, de recordaros el motivo y fundamento de vuestra obligación para ser de Dios, cuando sólo con dar una mirada a vosotras mismas y a las bondades de vuestro Dios, basta para ver que vuestro fin no es sino el vivir para Dios?
   1.º El Profeta David decía: Anima mea illi vivet: Mi alma vivirá no para sí sino para Dios, porque no es suya sino de Dios [(Sal 21, 31)]. Es criatura suya de quien recibió el ser que tiene; justo es que viva para su criador y que la obra del artífice al que la hizo para servirse de ella.
   Si esto decía el profeta, ¿con cuánta mayor razón puede decirlo el alma religiosa?
   En segundo lugar, el Señor, según las palabras de mi tema, te está diciendo: Yo te redimí y te llamé por tu nombre: Meus es tu: mío eres tú. Este quiero que sea tu nombre de aquí en adelante: El que es de Dios [(Is 43, 1)].
   Y pues, eres de Dios todo, como el esclavo lo es de su señor que lo compró, razón es que vivas no para ti, sino para el Señor que te redimió, pues como dice S. Pablo: Cristo murió por todos para que los que vivan no vivan para sí, sino para el que murió y resucitó por ellos.
   3.º Te escogió con especial gracia para ser miembro de su Iglesia, y llamote con especial vocación, para ser miembro de su santa casa; hízote piedra viva de esta casa que edificó para su servicio. Luego, bien es que toda te ocupes en esto, y que <*7*> cuanto pensares, hablares y obres, no sea para ti, sino para el Señor de quien eres, para que podáis repetir con el Apóstol: El que sabe, sabe para el Señor, el que come, come para el Señor. Ninguno de vosotros vive para sí, ni muere para sí. Si vivimos, para Dios vivimos; y si morimos, para Dios morimos. Porque, ora vivamos, ora muramos, de Dios somos.
   4.º Y si somos de Dios ¿Para quién hemos de vivir sino para Dios?
   El Señor decía a Isaías: Iste dicet, Domini ego sum. Este dice: yo soy el Señor, y con su mano escribía [(Is 44, 5)].
   Pues esto mismo parece decirte el Señor, alma religiosa. <*8*>
   Ahora bien, pues, hermanas mías, ¿cómo viviréis sólo para Dios? ¿Cómo cumpliréis este fin que el Señor se propone de vosotras? ¿Cómo?
   Siendo un sacrificio a Dios, pero sacrificio continuado y completo.
   Había en la antigua ley varios géneros de sacrificios; pero los más generales y conocidos eran los sacrificios comunes y los sacrificios de holocaustos. En los sacrificios comunes la víctima se dividía en dos o tres partes, la una para el sacerdote, para el oferente la otra y la otra se quemaba en honor de Dios. En el sacrificio de holocausto, se ofrecía toda la víctima y se consumía toda sin reservar parte alguna, por esto se llama holocausto, es decir, todo abrasado.
   Con este género de sacrificio se ofrecían a Dios las clases de animales, cada uno de los cuales tiene su significación y aplicación.
   Esto que hacía materialmente el pueblo hebreo, hace espiritualmente el pueblo cristiano, cuando ofrece al Señor sacrificios espirituales, en los cuales sacrifica y mata las tres cosas que el mundo ama y adora, deleites, riquezas, libertad y grandeza, figuradas en aquellos animales antiguos.
   Pero estos sacrificios los ofrecen de diferente manera los cristianos en común, que las almas religiosas.
   Los cristianos del mundo, como dice S. Gregorio, ofrecen de estas tres cosas sacrificio común, reservando una parte para sí y la otra para Dios. De los placeres sensibles hacen partición, como decía S. Pablo. <*9*> De las riquezas hacen también división, porque dan alguna parte a Dios, haciendo limosnas a los pobres, mas la otra parte, que es siempre la mayor, guardan para sí. De la libertad y voluntad propia, hacen su partición, negándola en las cosas que son de precepto, pero quedándose con ella en otras que son sólo de consejo, haciendo de ella lo que les parece.
   Este es el sacrificio común que ofrecen los justos en el siglo, y basta para entrar en el cielo.
   Pero, ay, el sacrificio del alma religiosa debe ser un holocausto; por ello el Ang. de Sto. Tomás define la profesión religiosa: Quodddam holocaustum.
   Un holocausto por el cual el hombre se ofrece totalmente a Dios con todas las cosas.
   De todas tres, hace un holocausto entero y perfectísimo, por el cual hace a Dios ofrenda de sí mismo toda, sin reservar nada para sí, consagrándose toda al servicio divino.
   He aquí el primer modo de no vivir sino para Dios, con holocausto completo de vuestras promesas y de vuestros votos con los cuales os ofrecisteis a Dios.
   Estos son los tres clavos con los cuales el alma religiosa está clavada, para ser un sacrificio completo, víctima completa, semejante a la víctima divina, y con los cuales puede decir ya que vive entera para Cristo, así como Cristo vive para ella.
   ¿Y en qué ha de ser quemada esta víctima así constituida?
   Pero este sacrificio ha de ser continuado, además de completo, y he aquí que el Señor ha querido rodear este sacrificio de una cadena de otros sacrificios inherentes que constituyen la vida religiosa, sacrificios que <*10*> vienen a ser como la sal de este holocausto para que sea sabroso y no insípido al Divino Esposo de las almas. De aquí es que la vida del alma verdaderamente religiosa, además de los votos religiosos, es un holocausto que ofrece de sí misma cada día, hasta la muerte. Conforme también, en cierta manera, al sacrificio particular y perenne, juge sacrificium [(Dn 11, 31)], ue diariamente debía ofrecerse al Señor de dos corderos sin mancha, el alma religiosa tiene que ofrecer continuamente dos holocaustos, uno de su cuerpo, y otro de su alma, con todas las obras que de ellos proceden. ¡Y cuántos y cuán continuados tienen que ser estos sacrificios del alma verdaderamente religiosa!
   Y en primer lugar, tiene que ofrecer, para que el holocausto de sí misma sea agradable, el sacrificio que llama David del corazón contrito y humillado, o más bien circuncidado; los pecados pasados, los cuales el alma religiosa colocada en la soledad no puede olvidar y tener a la vista; las tibiezas presentes que azoten el alma, que como a David, la hacen desfallecer con el odio santo [de] sí misma, y que no pueden menos de rodear a este pobre corazón humillado y contrito, de la mirra amarga de un desconocido sufrimiento.
   2.º El sacrificio del cuerpo, ajustado a las prescripciones de la regla y a las austeridades inherentes a la vida religiosa: Sacrificio que S. Pablo llama hostia viva, santa y agradable a Dios, porque estas obligaciones y asperezas exteriores, crucifican la carne, para que ésta esté sujeta al espíritu, degollando los resabios de la vida carnal, para que florezca solamente la vida espiritual; cumpliéndose con eminencia lo que dice S. Pablo, que los que son de Cristo crucificaron su carne con sus <*11*> vicios y concupiscencias, llamándoles, por esta razón el Crisóstomo crucifijos, porque deben ser imágenes vivas de Jesús crucificado.
   Otro sacrificio inherente al alma religiosa, independiente de los tres votos, es el sacrificio continuado de la alabanza; de cuyo voto decía David: Sacrifica alma a Dios sacrificios de alabanza, y cumple los votos que has hecho al Altísimo [(Sal 49, 14)].
   Y en realidad que la vida del alma consagrada a Dios en la religión, no es, ni debe ser, sino acto continuado de alabanza, destinado a glorificarle con himnos y cánticos espirituales, cumpliendo con el consejo del Apóstol que quería que [el] alma espiritual eleve continuos estos cánticos delante de Dios y de los hombres. Y tanto es el deseo que el Señor tiene de recabar este sacrificio del alma religiosa, que ha hecho que la Iglesia [lo] impusiera como un precepto grave, al igual que los ministros del Señor en las iglesias episcopales.
   Otro sacrificio inherente, ¿qué digo?, indispensable para el alma que se ha consagrado a Dios, además de los votos esenciales, y como condición para poderlos guardar, es el sacrificio del incienso, esto es, la oración, levantando los corazones y las lenguas y las manos al cielo, sin faltar cada día y siempre a este santo ejercicio, aplacando a Dios con este sacrificio que Oseas llama becerros de nuestros labios, en que se degÈellan las distracciones y tibiezas que impiden el fervor de la oración.
   A este sacrificio podríamos añadir el sacrificio de justicia y santidad, cumpliendo enteramente con las obligaciones de las reglas <*12*> propias de su religión, que practicadas hasta el momento no es un sacrificio, sino una cadena continuada de sacrificios. Todo esto comprendió maravillosamente un santo, cuando dijo, definiendo vuestro estado: Monja es un orden y estado angelical en cuerpo material y quebradizo. Monja es la que atendiendo a sólo Dios en el espíritu ora en todo tiempo, lugar y negocio.
   Monja es una perpetua violencia de la naturaleza, y una guarda vigilantísima de los sentidos.
   Monja es cuerpo casto, cuerpo purificado y ánimo ilustrado con los rayos de la luz divina.
   Monja es un ánimo afligido y llorosa que con la continua memoria de la muerte, velando y durmiendo, siempre se ejercita.
   Tal vez no os parezcan muchos estos lazos del alma religiosa que le han de hacer vivir vida de Dios, pero considerad la circunstancia que ha de acompañarles. Esta víctima consagrada a Dios con holocausto, ¿cómo ha de ser consumida?
   No sin misterio en la ley antigua se mandaba que ningún sacrificio se quemase sino con el fuego del santuario que ardía sobre el altar de Dios. (Ay de los que quemaban con otro fuego).
   Pues bien: todos estos sacrificios han <*13*> de ir acompaña- dos y conservados y consumidos por el fuego del amor divino del Espíritu Santo, con el fuego del amor divino de la alegre voluntad, de la pureza de intención de agradar a Dios.
   De lo contrario, estos sacrificios serían nulos.
   ¡Ay, si el fuego que debe animar estas obras fuera un fuego ajeno!
   Si este fuego fuera la fría ceniza de la costumbre natural, o el carbón extraño de la vanidad.
   No; no, que este fuego ha de consumir los resabios de nuestras presunciones, de nuestro amor propio, de nuestras ilusiones.
   Ha de ser un fuego que consuma hasta la médula de nuestros huesos, para que podamos decir como David: Medullata holocausta offeram tibi [(Sal 65, 15)].
   Señor, al entregarme a tu servicio, te ofreceré holocaustos medulados, es decir, hasta la médula de lo que haya en mí, a fin de que todo sea consumido por el fuego de tu divino amor.
   He aquí, hermanas mías, el servicio particular que debéis a Dios.
   Por medio de los sacrificios esenciales a vuestro estado y con los sacrificios [?] a él.
   Dichosa el alma que los cumple y sobre todo abrasándolos todos con el amor con <*14*> que debe [?] para que sean agradables a Jesús.
   ¿Los cumplimos nosotros, hermanas mías? ¿Van acompañados nuestros sacrificios de la médula de la intención que es la parte más preciosa del holocausto?
   Entremos dentro de nosotros mismos y ante la luz de un examen severo, veamos y examinemos si cumplimos realmente con perfección nuestras obligaciones esenciales y después si ofrecemos con constante y sincera voluntad los votos y obligaciones accidentales.
   Bendigamos a Dios si los cumplimos, y si no, repitamos todos los días nuestra renovación a Dios, nuestros deseos de constante servicio y de alegre voluntad en él.
   Digámosle como S. Agustín: Señor que tu fuego queme en mí todo.

Escritos I, vol. 10, doc. 26, págs. 1-4







   miento, y desde entonces determinó sacarnos de la nada, en tiempo y lugar oportunos, y mientras determinaba dejar a tantos en el olvido de la nada, a nosotros nos escogía y elegía para la existencia, y repetía con su voluntad: hagamos a éste y hagámosle a nuestra imagen y semejanza.
   Esto ha hecho y ha dicho Dios a cada uno de nosotros, al formar nuestra alma de la nada.
   Y sin embargo, de todo ello, hermanas mías, ¿quién lo creyera? A pesar de esto hay hombres para quienes es un suplicio su noble condición.


   Prescindo por hoy de la grandeza como redimida.
   Ahora bien, pues, hermanas mías: ¿qué ideas prácticas podemos deducir de estas consideraciones?
   Si Dios nos ha formado, y formado a su semejanza, somos propiedad de Dios, y es un deber el perfeccionar esta imagen, correspondiendo a los designios de Dios.
   Y en verdad, hermanas mías, toda esta grandeza, toda es [de] Dios; a él se la debemos, y en medio de la satisfacción que nos causa nuestra dignidad, un acto de gratitud, el acto espontáneo que debe desprenderse de esta consideración <*2*> y un deseo de consagrarnos todos enteros a él. ¡Dios, dueño y propietario de nuestra alma!
   ¿Sabéis lo que es el derecho de propiedad? La propiedad es el derecho de disponer de las cosas de la manera más absoluta. El propietario puede hacer de sus bienes lo que le plazca, y a todas las preguntas que se le dirijan puede contestar: ¿qué os importa? Yo soy el dueño.
   Más aún: el Señor es propietario de nuestra alma con un título incomunicable, puesto que él lo ha dado todo, la materia y la forma, la sustancia y los accidentes, y, por lo tanto, un propietario esencial supremo.
   (Así como nosotros somos dueños despóticos de todas las cosas de la tierra, de plantas y animales, y hacemos de ellas lo que queremos, porque Dios nos ha participado este dominio, así y más aún Dios es dueño despótico nuestro, y para él somos todos enteros).
   Ahora bien: <*3*>


   Pero sobre todo, ¿nuestra alma le ha dado a Dios la propiedad en todos sus pensamientos, en todas sus afecciones?
   ¡Cuántas veces esta memoria le ha negado a Dios la propiedad, olvidando los beneficios que a mano llena nos ha derramado el Señor! ¡Cuántas veces hemos dejado correr nuestra imaginación por los campos de la vanidad y de las cosas inútiles, forjando castillos en el aire, disipándonos tras ellos!
   Nuestro entendimiento ha servido para meditar las...

   Nuestra voluntad...

   Pues cuántas veces lo hemos hecho así, y son tantas al día, hemos negado a Dios el derecho que tiene sobre nuestras potencias y nuestros sentidos, y nuestra alma. No hemos reconocido el dominio supremo que tiene para que las empleemos en lo que él nos tiene mandado. No damos a Dios lo que es de Dios.
   Nada negamos de...
   He dicho también que, como imagen de Dios, nuestra alma debe perfeccionarse para evitar desfigurarla, y no sólo desfigurarla con nuestras acciones, sino abrillantarla más y más con el ejercicio de sus actos; y de aquí trae origen precisamente la obligación que tenemos de santificarnos. De aquí la obligación de asemejarnos con nuestras acciones a la senda que el Señor nos ha trazado; de ir copiando en nuestras almas al modelo <*4*> de los predestinados, Cristo Jesús.
   ¡Ah!, cuando considero esta obligación, este deber que el Señor nos ha impuesto de imitarle, de perfeccionar nuestras [obras], cada uno según el grado que se le ha marcado, y veo lo descuidada que está esta obligación, parece mentira que sea un mandato de Dios.
   Y, sin embargo, es cierto.

Escritos I, vol. 10, doc. 27, págs. 1-4






   Fin del hombre

   Están prescritas 4 horas de meditación.


   Fin del hombre. Aunque se meditó en el fundamento, como en las Constituciones se prescribe que se haga este retiro después de unos ejercicios, se ha puesto.
   La ordenación.
   Oración: Fac me, Dómine, notum finem meum [(Sal 38, 5)].
   Composición: Ved en la inmensidad de los espacios, cómo Dios va sacando las cosas de la nada.
   ¿Quién me ha criado? ¿Para qué? ¿Qué será de mí si no cumplo?
   ¿Quién? Dios. Trasladémonos con la imaginación a aquella silenciosa eternidad. Dios existía conociéndose y amándose en el Verbo y Espíritu Santo, felicísimo en este conocimiento y amor infinitos.
   Y para hacer participante de su felicidad a algunas criaturas, determinó criarme a mí, y para ello fue preparando lo necesario para este objeto.
   Y crió el sol, la luna y las estrellas; y fue criada la <*2*> tierra y los mares, y los animales y las plantas; y vio que eran buenos, no por ellas, porque podrían servirme para mí; porque ¿qué sería el universo sin el hombre que las conociera y usara? Sería el mundo como un cementerio, y una vasta soledad.
   Lo hacía, pues, por mí; a mí tenía en el pensamiento, al criar todas estas cosas.
   De modo que a mí se pueden aplicar aquellas palabras de la Sabiduría: Ab initio et ante saecula creata sum, et ex antiquis antequam te rra fieret. Nondum erant abyssi, et ego yam concepta eram. Quando praepara bat coelos aderam [(Prov 8, 23.27)].
   ¡Oh! ¡Yo!, esta alma que ahora piensa, cuando ella no podía pensar en sí misma, y estaba en el olvido de la nada, no obstante vivía ya en la mente de Dios, grabada en su pensamiento, objeto de su predilección: ludens coram eo [(Prov 8, 30)].
   ¿Y por qué, Señor? Tantos miles y millones de criaturas racionales que van desfilando ante vuestra mente, de más valor que yo, que podrían formar mejor vuestras complacencias...
   Bastaría que me hicierais una piedra, un átomo. ¿Por qué me entresacáis a mí? ¿Y me ponéis en vuestro seno para ponerme en el mundo? Y no sólo esto, <*3*> sino que queréis formarme perfecto en sentidos, cuando tantos otros debían nacer en la ineptitud e imbecilidad.
   Y no en cualquier punto del mundo, sino en Europa, y en un pueblo católico, y de padres cristianos.
   No entre los bosques de Africa, en que viven tantos seres abyectos, e...
   Y ser elevado al sacerdocio.
   De modo que en la escala de los racionales me habéis colocado [en] el más elevado escalón.
   ¡Oh!, mejor que a Jeremías podéis decir: In charitate et atraxi te miserans tui [(Jr 31, 3)].
   Sentimientos de gratitud.
   ¿Para qué me crió? Para conocerle y amarle. Este es el único fin. Fin altísimo y noble, que aunque no fuera por la gloria, bastaría para satisfacernos. Imagen suya, para poder alternar con él, y tenerle como Padre, como amigo.
   Para un día disfrutar de su propia gloria.
   ¿Cómo he cumplido este fin? ¡Oh!, al dar <*4*> una mirada retrospectiva veo mis olvidos, mis miserias; he mendigado de las criaturas un poco de amor. He perdido el pensamiento de Dios por un frívolo lazo, por placer de un momento.
   ¡Oh, cómo me debo confundir!
   ¿Qué me sucederá si no cumplo mi fin de amar que tiene sobre mí?
   Pues que tendrá que descontarme ejerciendo sobre [mí] su justicia.
   ¡Oh, Señor!, no: que yo seré fiel, yo os ofreceré mis propósitos por la mañana, y me humillaré por la noche.
   Y sobre todo, estaré unido constantemente con el pensamiento y el amor, a vuestro Corazón sacramentado, y así nada me hará apartar de Vos.

Escritos I, vol. 10, doc. 28, págs. 1-4






   Fin del hombre.


   Hay una pregunta muy sencilla. ¿Para qué fin...? Y sin embargo, tan poco que se entiende y se medita. Pregunta sublime. Los filósofos de la antigÈedad no supieron responder. Digo que se medita poco. Si preguntamos a muchos de repente: ¿Para qué Dios ha debido hacer las cosas? ¿Para qué estamos en el mundo? No sé si sabrán responder. Y sin embargo, ello es cierto que para algo nos ha criado Dios. Dios nos ha criado, ¿dónde estabas tú?, preguntaba Dios a Job.
   ¿Qué éramos hace mil años?...
   Por algo, pues, nos ha criado. Ningún artífice...
   Dios cría las cosas para un objeto superior a ellos. Las plantas, animales...
   Dios, pues, debió criar al hombre para un objeto superior a sí. ¿Qué objeto puede ser éste? Las criaturas [no] porque son inferiores, y además, no pueden satisfacer su corazón. Es tan grande el corazón del hombre. Mirad su entendimiento... mirad su voluntad... S. Agustín. Salomón.
   Pues, ¿para qué conocerle y cómo le conoceremos? Por la fe y la razón... ¿Cómo le amaremos? Cumpliendo sus preceptos... Aquél ama a Dios que guarda sus mandamientos. Pasaje del Evangelio...
   Por lo tanto, hermanos míos, no hemos nacido ni para trabajar ni para comer...
   Hay algunos que se figuran que porque padecen, sufren... y no basta si no se hace para amar a Dios, de nada aprovecha todo esto. Hay algunos que son ricos y tienen bienes y felicidad humana; y, <*2*> sin embargo, éstos se salvarán: ¿Por qué? porque en medio de todo supieron pensar en su fin; supieron amar a Dios; pensaron que aunque tenían riquezas, no eran ellas el objeto para que habían sido criadas; que no debían poner en ellas del todo su corazón; que debían hacer buen uso, ir con cuidado de no pecar y alcanzaron su fin, el cielo.
   ¿Cuántos habrá que tendrán pobreza y enfermedades y persecuciones y no pensaron que no era este mundo su patria, y se desesperaron en sus trabajos, y blasfemaron y ambicionaron lo que no era suyo; olvidaron, en fin, que su destino no es más que amar a Dios, cualquiera que sea la posición de su vida, y se condenaron?
   No consiste, pues, nuestro fin en ser ricos ni pobres, sabios o ignorantes, sino en alcanzar el fin para que fuimos criados. Si los que son pobres alcanzan el fin, se podrán burlar. Si, al contrario, los que son ricos lo olvidan... de poco les servirán. Quid prodest? [(Mt 16, 16)].
   Por esto Dios ha puesto la felicidad en manos de [todos]. Dios, si sólo los ricos pudieran ganar el cielo... si sólo...

   Pues bien: sólo la salvación importa. Somos peregrinos, etc. Non habemus hic civitatem manentem [(Heb 13, 14)].
   Ejemplo... de aquél que cantaba.
   Job. Salomón.
   ¿Quién no quiere ser feliz?
   Podemos perder la hacienda... ¿también la hemos de dejar? La honra... nadie se acordará de nosotros.
   ¡Pero, ay, si perdemos el alma! Nunca se recupera. <*3*>
   La salvación, pues, es lo único que importa. Fuera del negocio este, todo es nada. Lo que pasa no es nada, lo que ha de durar es lo que vale.
   ¿Qué importa haber disfrutado de este mundo?
   ¿Qué mal nos puede hacer el padecer, si nos salvamos?
   Echad una mirada a los que nos han precedido.
   ¿Qué queda de aquellas personas que vivieron antes de nosotros? [De] los del siglo pasado ya ni memoria queda, ni sus nombres. ¿Qué se han hecho sus riquezas? ¿Qué sus placeres? ¿Qué sus honores? Si lo hubieran meditado.
   Nosotros pasaremos también y polvo... nadie se acordará de nosotros.
   Al contrario, ¿qué mal les hace ya el haber padecido a los que padecieron por su amor? Ninguno. Todos pueden darlo por bien empleado... los mártires... los justos...

   ¿Y cómo alcanzaremos el fin? Ya lo sabéis. Cumpliendo los mandamientos.
   Por lo tanto, procurad hacerlo todo a gloria de Dios.
   Debéis saber que todo nos puede servir para alcanzar nuestro fin.
   Dios nos ha dado todas las cosas. Potencias, sentidos, cosas exteriores, y todo para que disfrutemos de ello según el modo que lo manda.
   Y por lo tanto, no hay cosa en que no podamos agradar a Dios y conseguir nuestro fin y ser santos. Hay algunos que se figuran que para ser santos, etc.
   Es un error. Para ser santo, no basta más que quererlo, dirigiendo todas nuestras acciones a Dios.
   Y así, por ejemplo, obrar todo como Dios manda. Dios nos ha dado los ojos, para qué... emplearlos así...
   Nuestros oídos...
   Comida... bebida.
   Vestidos... riquezas. <*4*>
   Nos da dolores, padecimientos... soportarlos.
   El trabajo... ofrecerlo.
   Y no descuides todas las mañanas. ¡Oh, y cuán bueno es esto! ¡Cuánto se pierde de no hacerlo!. Dos labradores salen por la mañana...
   Ya veis cuán fácil es conseguir nuestro fin.

Escritos I, vol. 10, doc. 29, págs. 1-2






   Fin


   1.º ¿Quién me ha formado?
   2.º Beneficio. Elección perfecta.
   3.º Propiedad.
   4.º ¿Para qué? Todo tiene su fin. S. Agustín. No para vivir.
   5.º Y si no cumplo mi fin.

   Dios nos ha dado la vida. ¿Dónde estábamos 40 años atrás? ¿Había casas, gente?
   Vine al mundo. ¿Quién me crió?
   Yo, no.
   ¿Acaso mis padres? Tampoco; pues si ellos no me han hecho...
   Luego Dios. ¡Oh! qué beneficio; tantos millones de criaturas. Mas: hubiera podido criarme piedra, animalito. Ahora no: criatura racional; con perfectos sentidos; otros...
   Pues, luego Dios...
   Luego soy de Dios. Luego no tengo nada mío. Luego soy propiedad de Dios.
   Y si quisiera él ahora mismo podría echarnos a la nada.

   ¿Qué se sigue? Que soy propiedad de Dios, y no me pertenezco.
   ¿Qué es propiedad? El amo del esclavo. El dueño de un campo.
   Luego todo lo mío es de Dios.

   Ahora bien: ¿has sido [de] Dios toda? Tus ojos son de Dios. Debo usarlos porque
   Has robado a Dios.
   Soy de Dios: ciervo. Todas las criaturas tienen un fin. El sol. ¿Para qué me crió? Los animales, para trabajar. Para conocer y amar a Dios. ¿Qué destino? Munuisti paulo minus [(Sal 8, 6)].
   ¿Es posible que yo ame otra cosa que a Dios? ¿Qué diríais de una reina nacida para el trono, y se entretiene en comer con los cerdos? <*2*>
   Pues si no consigo el fin, ¿cuál será mi fin?
   ¡Ah, aquí está todo!
   Dios nos ha criado para esto; pero nos ha dejado en libertad; ante el hombre, la vida y la muerte.

   Si no queremos servir a Dios, no seremos felices ni aquí, ni por la eternidad. Aquí: Nada sacia el corazón de la criatura. ¡Es tan grande nuestro corazón! Si tuviéramos mil mundos, todas las riquezas, honores, placeres...
   Salomón.
   S. Agustín junto al mar.
   La tranquilidad de la conciencia.
   Además de esta felicidad, la eternidad, de lo contrario: desgracia eterna.
   Estamos como en una plaza. Damos vueltas, no podemos volver atrás; ya vendrá; los consejos.
   Y en nosotros más fácil aún.
   Cuando trabaja.
   Cuando

Escritos I, vol. 10, doc. 30, págs. 1-2






   Natural y con orden.


   Hemos visto el fin, la salvación y santificación.
   No soy mío, soy de Dios.
   Voy a Dios.
   Sólo tengo el deber.
   Es necesario, si no me condeno.
   Sólo así la felicidad, y tanto tendré de felicidad...

   Vistas las criaturas.
   Con orden, pues.
   He dicho que los ejercicios de S. Ignacio.
   Yo quisiera otra meditación, pero no puedo prescindir aunque algunos las hayáis meditado en el Seminario. Yo pudiera tratarlo de otro modo. Porque no salgo de las meditaciones de S. Ignacio.
   Pecado. Sta. Catalina de Génova. Dña. Sancha.
   Pero como tan [?] que el palo. <*2*>
   Os horrorizan esas relaciones de pecados.
   Los hotentotes.
   Hospitales.
   Agonías de muerte.
   Sepulcros.
   Pero no se espanten.
   Sta. Tais.
   Margarita de Cortona.
   Proponer al entendimiento.
   S. Agustín.
   Sigue dolor.
   Si no hiciéramos tantos pecados.
   Siento, sí, que hemos [de] morir.
   Más infidelidades.

Escritos I, vol. 10, doc. 31, págs. 1-4







   ¡Qué destino más sublime! ¡Minuisti etc. etc.! [(Sal 8, 6)].
   Qué méritos pude yo alegar.


   Hermanas mías: mientras el Señor ha criado y formado tantos millones de seres inferiores en la escala de la creación, mientras ha creado una infinidad de cuerpos sin vida, de insectos imperceptibles, de animales sin conocimiento; a nosotros, por un efecto de elección divina nos ha colocado en el último grado de la creación, nos ha [hecho] dueños del universo; él hubiera podido hacer de nosotros un átomo; ¿qué digo? nos ha hecho semejantes a sí, nos ha destinado para compañeros, para que conociésemos sus perfecciones, practicáramos su voluntad, y disfrutáramos como él mismo de su gloria.
   Aún más: hermanas mías, en medio de este destino general, en medio de este fin que el Señor ha comunicado a todos los hombres, ha dispuesto también diferentes grados en la jerarquía humana, para que apareciera en ella la misma diferencia y armonía que observamos en la naturaleza. Dios ha querido elevar a unos sobre otros, concederles más gracias, acercarlos más a sí, hacerlos como depositarios de sus dones mejor que a otros, para que admiremos su bondad y predilección, sin que <*2*> por esto falte a los demás en lo necesario y en lo que es debido. Ahora bien, hermanas mías, ¿qué suerte nos ha cabido en la distribución de los destinos, de los dones gratuitos del Señor?
   ¡Ah! ¿Será preciso hermanas, que os recuerde lo que sois, la elección y la perfección de vuestro estado, lo que hemos merecido de la bondad inmensa de Dios? ¡Ah! Echad una extensa y detallada mirada sobre el mundo; mirad entre los arsenales incultos del Africa, y veréis hotentotes, hombres que apenas levantan su vista al cielo, sin luces, sin conocimiento, casi semejantes a los irracionales.
   Mirad a los pobrecitos destituidos de la fe.
   Acercaos más y ved entre la culta Europa, hombres que se tienen por sabios, y que sin embargo viven olvidados de Dios.


   Mirad a las personas piadosas.
   Mirad, en fin...


   Miradlas todas y miraos después a vosotras, y cotejaos, comparaos con todos esos sabios del mundo, ricos, y os veréis constituidas; ¿dónde?, en el extremo de la creación visible, en lo más elevado de todos los estados del mundo sois el último eslabón de la cadena en el orden del espíritu que os aproxima y confunde con los coros de los reyes; después del sacerdocio, vosotras; ¿qué digo?, con el sacerdocio, vosotras; como el sacerdocio estáis destinadas <*3*> a ofrecer el incienso de vuestras oraciones ante su trono; a ser constituidas anatemas por vuestros hermanos, a servir de propiciación por los pecados del mundo; a ser, en fin, el conducto de sus gracias sobre la tierra. ¿Lo dudáis? Oíd a los Santos Padres que al ocuparse de vuestro estado...

   He aquí, hermanas mías, la elección que el Señor ha querido hacer de vosotras; he aquí vuestro fin tanto general como particular.
   Dios, Señor infinito, Rey inmortal de los siglos, bondad inmensa, os ha sacado de la nada, os ha constituido, os ha formado; he aquí vuestro principio: y nos ha destinado para que le conozcamos, para que le amemos para su gloria y lo ha hecho por el medio más honroso y grande que hay en la tierra, para que le sirvamos; mejor: he aquí nuestro fin.
   ¿Es justo servir a Dios?
   Ahora bien, hermanas mías, ¿qué consecuencias debemos sacar de estas ideas? ¿Qué efectos debe producir en nosotros la consideración de haber sido formados por Dios, únicamente por él, constituidos a su semejanza y destinados a su gloria?
   En primer lugar, hermanas mías, nosotros según estos principios somos propiedad de Dios.
   ¿Qué es propiedad? Buldu 9 113.
   Así como nosotros usamos de las plantas, animales. <*4*>
   Ahora bien, pues, hermanas mías, ¿hemos sido real y prácticamente de Dios? ¿Nuestros sentidos, nuestras potencias han servido siempre para el uso de la voluntad de Dios? ¿Ha sido el Señor usufructuario de ellas? ¿Hemos obrado siempre con dirección al fin para que hemos sido criados?
   ¡Que Dios es nuestro propietario!
   ¡Ah, hermanas mías! el ánimo decae y el corazón desfallece, al dar una mirada retrospectiva a nuestro pasado, al ver cuantas veces hemos robado a Dios esta propiedad, las miles de veces que descaradamente le hemos negado el derecho despótico y absoluto que tiene sobre nosotros, sobre nuestra voluntad, sobre nuestros sentidos.
   ¿Cuántas veces hemos faltado a sus derechos, obrando con torcidas intenciones, por respetos humanos, por nuestro gusto y capricho, como si fuéramos de nosotros mismos?
   Y aún ahora, hermanas mías, ¿cuántas veces desconocemos este principio de que somos de Dios?
   Nuestro cuerpo es de Dios; él puede hacer de él lo que quiera, atormentarle porque es dueño, y porque podía habernos atormentado para siempre como pecadores que somos; y sin embargo cuántas veces nos quejamos de las inclemencias de las estaciones, de los dolores físicos, y tal vez se ha inclinado nuestro deseo a poderle proporcionar ciertos gustos que aunque tolerables, no son todo lo más a propósito para nuestro bien espiritual.
   Nuestro corazón es de Dios, y sin embargo cuántas [veces] le negamos este derecho, pegándolo demasiado a las criaturas, a nosotros mismos; nuestro honor, nuestro provecho, nuestras cosas son de Dios, y cuántas veces hemos ofrecido este derecho a nuestro genio, a nuestra vanidad, a nuestra poca conformidad, y no hemos podido sufrir estas humillaciones.
   Pues hemos robado -si nos roban- nuestro vestido, ojos, belleza.

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   Antes de comensá les instruccions que pera lo vostre be espiritual y median la asistencia del Señor pensem fervos en esta Santa Misió, vull fervos una pregunta encara que dubto que sapigueu contestá. Si ara agarraba yo a un de vosaltros y devan de tots li preguntés : pera qué vius? pera qué camines? pera qué treballes, pera qué vens a la Misió, en fin, pera qué fas totes les coses que fas? No se si me sabrá contestá; me pareis que se quedaría en [la] boca auberta y comensarie a pensá y discurrí com habie de respondre. Pero si yo li preguntaba y li dia de un altre modo: Pera quin fi, etc. me respondrie tot satisfet y com una cotorra: pera...
   En qué consistix aixó que preguntanloi de un modo sabria y de altre no? Sabeu en qué? En que no enteneu be esta pregunta o si ho enteneu no poseu lo cap ni... en aixo.

   Aixi li va sucseí a un jove en temps de S. Felip Neri -historia-. Si S. Felip Neri pues mos se hagués ajuntat anan per una carretera y mos hagués preguntat: tú pera qué treballes tan y te consumixes de nit y de dia discurrin sempre, y vius sempre com si aneses rabián y te faltés lo temps pera tot? Me pareis que no li respondría: treballo para cumplí en la obligació que tenim, etc., etc., sino pera ferme ric, perque qui es ric, etc.

   Si trobés a un jove mol apañat en un dia de festa en un cigarro habano a la boca, en uns balous mes apretats que, etc., mes tieso que un junc de etc., y un ayre que etc., y le preguntés: Jove aon vas tan correns? Home dime que tu festeixes? Vaya quina pregunta de home. Es clá que si aixó es un corren. Pero be home y pera qué? Ay no diria perque me pareix que nostre Siñó me crida a neste estat o pera... sino guay pera divertirme, pera casarme... aixó respondría [o] alguna altra de mes fresca. Si S. Felip Neri se hagués atansat a alguna de eixes que porte set robes de vanitat o fachenda damun, que ocupen mes puesto o ruedo que set moles de molí y que los dona pena hasta les mosques que pasen a un cuart de elles, y li preguntesen: filla, en qué penses? pera qué te ha donat <*2*> Deu nostre Siñó lo teu cos y la teua ánima, etc. Ah no se lo respondria pera que en ella sap per que ho fa. En fi, si a cada un de nosaltres mos fes la mateixa pregunta poc mes o menos.
   Pues be, germans, si estesem ben convensuts del fi pera que estem criats, li diriem: Sí Pare, yo minxo pero minxo pera... yo treballo, pero no per treballá sino pera, etc. Yo seguixco esta carrera perque soc inclinat a aixó.
   Sí germans, sí: havem de procurá tindre present y posá la nostra consideració en lo fin per qué estem criats. Este es la mort aon mos havem de dirixí en totes les nostres accions, tots los dies de la nostra vida, esta es la estrella que mos [ha] de serví de guia en mix del mar tempestuos de les nostres pasions. Esta es la obligació principal que devem procurá cumplí en tot esmero.
   Sí germans. Totes les criatures cumplixen en lo fin o destino que Deu nostre Siñó los ha posat. Lo sol surt y se pon tots los dies sense discrepá may; la lluna, los astros no se pasen del circul que lo Siñor los [ha] manat. Los arbres, plantes que crien y produixen en son temps les flos y fruits, que corresponen a cada un. L'home pues també criat per Deu nostre [Siñó] a preferencia de totes les demés criatures de la terra, deu també a preferencia de totes cumplí lo destino que lo Siñor li ha donat. Deu també produí flos y fruits que li corresponen al Siñor. Quin es este destino, pues? El amar y servir al Señor. Quines son estes flos y estos fruits que ha de produi? Son los fruits de bones obres, de aquelles obres que sabeu son agradables al Señor.
   Pero me direu: Pare, com havem de coneixe a Deu si no'l veyem, y com havem de amarlo?
   Com havem de coneixe a Deu? Dos mixos tenim pera coneixelo: la fe y la raó natural. Per la raó natural. Qui es el que al contemplá las maravilles de la naturaleza no vindrá en coneiximen encara que imperfecte de la grandeza de Deu?
   Si una nit despejada, etc.
   Si considereu los beneficis coneixereu la seua...
   Sucseix aixó com cuan diem que un te bo o mal genit. Moltes vegades fem: Fulano te mol bon genit, es mol generós. Pues, com u saps tu aixó? Lo genit es una cosa que no se veu. Pues, com u coneixes tú? Guay perque may se enfada, perque tot u dona, perque... Pues Deu nostre Siñó que mos ha donat totes les coses, cuan gran y cuan bo deu ser!
   A vegades cuan veyem un relotxe, un cuadro mol ben <*3*> fet, diem enseguida: Y cuan sabi no deu ser aquell que ha fet aixó.
   Pues si aixó diem cuan veyem una cosa tan insignificant, cuan sabi no deu ser aquell que ha fet y sense costarli gens, esta gran máquina del mon? que ha produit esta varietat de animals, plantes, esta infinitat de estrelles cada una de elles mes gran que tot lo mon, y que tots los sabis del mon no han arribat a sabé de que estan formats, quina es la materia de que se componen. Cuan sabi sirá aquell que ha format les coses de estos animalets imperceptibles casi a la nostra vista, y que no obstan nols falta ni cames, ni ulls, ni cor, ni res de tot lo que tenen los mes grans elefans?
   He aqui pues un mix de coneixe a Deu, contemplán les seues obres, pensán en los seus beneficis, meditán lo seu amor.
   Pero encara tenim un mix milló que tot aixó, tenim la fe: aixó es, sabem qui es Deu y les seues cualitats perque ell mateis se ha dignat manifestarles als profetes, als apostols, per mix de inspiracions, per mix de la revelación, per mix de la seua paraula, venin ell mateis desde lo cel a la terra a manifestarmosu ple da amor en favor nostre.
   Per ell sabem que es eterno, inmens, infinit; per ell sabem que va criá totes les coses, les va traure de la nada; per sols el acte de la seua voluntat omnipoten; que totes este coses les va criá pera [que] l`home sen aprofite y lo alabe per mix de elles; per la fe sabem que están tots nosatros separats del cel per lo pecat dels nostres primés pares, y per los nostres primes pecats, i no haven ningú que pugués pagá estes ofenses a la justicia divina, va determiná ell mateis, aixó es, la segona persona de la Santisima Trinitat, baixá del cel a la terra, ferse home, a oferirse victima al Pare Etern per nosatros, hasta abrazá la mort mes ignominiosa en lo arbre de la creu, pera lliurarmos a nosaltres de una mort eternamen desgraciada. Ell, en fi, carisims germans, mos manifesta continuamen lo amor que mos te, lo desitx que te de que mos salvasem, y mos enseña lo cami que havem de segui pera <*4*> consegui esta mateixa salvació. He aqui los mixos que tenim de coneixe a Deu nostre Siñó. He aqui lo modo de compendre en cuan mos es posible en esta vida lo poder, la grandeza y el amor de este Deu, encara que nol veyem.
   Carisims germans. Si pensesem lo benefici tan gran que Deu mos ha fet de manifestarmos qui es, les seues perfeccions, y la seua bondad, com procurariem instruirmos mes en sabé les coses de [la] Religió, en asistí als sermons y a la enseñanza de aquelles coses que mos servixen pera coneixe mes a este Deu tan poc conegut hasta dels mateixos cristians? Com procurarieu instrui als vostres fills en lo Credo y en totes aquelles coses que mos enseñen qui es Deu, y que sabeu teniu obligació de enseñá y sense les cuals es imposible que mos salvem.
   Ay, germans. Aquells sabis infiels, que vivien ans de vindre nostre Siñó al mon, si haguesen sabut lo que natros sabem y quizás cuan no haguesen aprofitat. Ells encara que culpables, perque com diu lo Apostol, etc. era moltes vegades, etc.
   Y no obstan de aixó alguns de ells, etc.
   Estos homens en lo dia del juidici, etc.
   He aqui pues lo modo [de] coneixe a Deu. Pensau en les maravilles de la terra, meditau los beneficis que mos ha fet, adepreneu la Doctrina cristiana, y sobre tot rezau y meditau en molta devoció lo Credo y les demes veritats que mos parlen del amor de nostre Siñó.
   He aqui pues com haveu de coneixe a Deu.
   Pero y com lo haveu de amá? No ya res, etc.

Escritos I, vol. 10, doc. 33, págs. 1-4






   Pensamientos diversos.


   Del fin del hombre para las niñas. Ya sabéis hijas, que todos, todos, grandes y pequeños, mujeres y niños, estamos destinados a un fin grande y noble, eterno como es la vida y la unión con Dios en el cielo. En el momento en que Dios ha determinado que naciéramos, en el momento en que determinó hacer nuestra alma inmortal, determinó también que el fin, el objeto, el término de esta alma fuese el amor de Dios en esta vida, y el amor y la unión de este mismo Dios por toda la eternidad en la otra.
   1.º Es tan cierto esto, que aunque la fe, por medio de la cual sabemos que Dios nos manda que le amemos aquí, para después llevarnos [al] lugar que se ha reservado para los buenos..., la razón natural, la experiencia de cada día nos haría ver [más claro] que la luz del día, que solamente amando a Dios, practicando sus preceptos y teniendo la conciencia tranquila, puede ser feliz el corazón.
   Y la razón es muy obvia y muy clara: el corazón del hombre, de las criaturas es tan grande que, ¡ah! no puede llenarse ni satisfacerse. Es el corazón como el mar que nunca está quieto y sosegado.
   Si empezamos a pensar en todo lo que pudiéramos tener de riquezas, de placeres, de felicidades; por mucho que pensáramos, aunque de día y de noche estuviésemos discurriendo en todo lo que podríamos apetecer, después de todo esto, aún podríamos pensar más cosas todavía: podríamos... y, por consiguiente, todavía podríamos quererlas y alargar hacia ellas nuestro corazón; por lo tanto, nuestro corazón no estaría del todo satisfecho. ¡Ah!, si no, consultémoslo a los hombres que han disfrutado más en la vida, a los hombres que se pueden poner por modelo de haber tenido ocasión de proporcionarse todos los placeres y que realmente los han buscado, han ido tras de ellos y se han figurado encontrar en ellos la felicidad del corazón. Preguntémoslo a ellos, y veamos qué nos dicen. Ejemplo: Salomón, Alejandro 1.º, Agustín... Pero ¿a qué cansarnos? Interroguemos a nosotros mismos, a nuestros amigos, a los que viven en el gran mundo, y que nos parecen viven felices. Cuántas veces conocemos una cosa, vamos tras ella, y para conseguirla atravesamos por todo, aunque sea vender a Dios, romper con su amistad, y un momento después de haber pasado, nuestro corazón se encuentra frío, hueco, vacío y desahuciado, y como se encuentra engañado, vuelve a dirigir sus ojos otra vez a otro objeto que le halague, que le entretenga, para ver si puede resarcir la pérdida, porque se avergÈenza de no haber podido conseguir lo que deseaba, y así corre, se agita, y vuela inútilmente tras un fantasma que no puede alcanzar y que se le escapa de las manos. Por esta razón decía el Profeta Isaías que el corazón del malo es como las olas del mar que nunca encuentran sosiego. Yo he conocido amigos...
   2.º Además nuestro entendimiento busca naturalmente las causas en todos los objetos que presencia: si ve una cosa y no atina su causa, busca, inquiere, y no queda satisfecho hasta que llega [a] atinar su principio. Así como cuando un eclipse...
   Y por consiguiente no apareciendo en todas las cosas criadas el principio de ellas, el entendimiento no puede quedar tranquilo hasta llegar al verdadero principio de ellas; porque siendo este [?] esta inspiración del entendimiento una cosa natural, no es posible que Dios o la naturaleza, dígase como se quiera, que nada concede inútil, haya dado esa tendencia del entendimiento inútilmente. Por esta razón, pues, tendiendo el hombre naturalmente a lo infinito, concibiendo lo infinito, <*2*> sin trabajo puede llegar a él y necesariamente en él deben descansar sus aspiraciones.
   Yo circuivi, dice S. Agustín, ávido de felicidad, todos los lugares de que se compone el universo, y después de haber agotado o apurado todas las heces del amargo cáliz de mis pasiones, que constituían el infeliz encanto de mis dorados sueños...
   Pero dejemos esto aparte en estos momentos, que nos importa poco y dejémoslo para otra ocasión. Dios pues nos ha criado a todos para él. Este fin le ha dado Dios a toda criatura racional. Sabios e ignorantes, pobres y ricos, los que han venido como los que han de nacer, todos, todos tienen un mismo e igual fin que es Dios. Pero advertid, que aunque Dios sea nuestro último fin, Dios sin embargo no nos da el momento sino después de algún tiempo, y aun en el estado de justicia original, Dios [no] nos hubiera llevado al momento al cielo, sino después de algún tiempo de prueba. ¿Y sabéis por qué? Porque Dios quiere que concurramos con nuestras obras, con nuestra libertad, con nuestra cooperación, porque según dice Aristóteles, el mejor y más honroso modo de conseguir una cosa es el adquirirla como premio de alguna obra. Y por eso Dios, aunque nos da la gloria por su libre voluntad, nos manifiesta también que se complace en dárnosla como paga y premio de haber cooperado con nuestras obras a su gracia y a su llamamiento.
   Pues bien, Dios desde el cielo nos propone y nos invita [a] este fin. Y no sólo nos convida, sino que nos traza con el dedo el camino que debemos seguir; éste es el camino de la virtud, el cumplimiento de sus preceptos y de su voluntad; pero a este camino, es decir, al cumplimiento de sus deberes, no nos conduce del mismo modo, sino que de un modo muy diferente unos de otros, según el designio de su amorosa Providencia le plugo [ordenar] sobre cada uno de nosotros, porque el cielo puede decirse que es como una gran montaña a la cual se dirigen de todas las partes del mundo todas las criaturas racionales; pero por diferente camino y de diferente modo; y así como el que va por un camino, si le tiene conocido, aunque haya peligros de caer y de perderse, sin embargo, es más fácil que se libre de ellos, así también los que se dirigen a esta montaña de la gloria, si van por el camino que les es más fácil y conocido, es probable que puedan llegar a él. Pues bien: ¿y cuál será el camino fácil y conocido para cada uno de nosotros? ¿cuál? Es el ir por el estado que Dios quiere que vayamos; es el seguir la vocación por la cual el Señor nos llama.
   Porque desengañémonos, hijas, el Señor al mismo tiempo que nos ha querido destinar al cielo, nos ha destinado también el lugar donde quiere que lo consigamos; al mismo tiempo que nos promete la corona, nos destina donde quiere que peleemos; y por consiguiente, si nos apartamos de ese camino que él quiere que emprendamos, [es] muy difícil, por no decir imposible, que alcancemos el fin para que somos criados.
   Y la razón es muy natural y muy obvia: para poder cumplir nuestras obligaciones, para librarnos de los peligros que continuamente nos rodean, sufrir las espinas y tribulaciones tan ordinarias en el desierto de esta vida miserable, necesitamos la gracia del Señor, porque sin la gracia del Señor, nada podemos hacer, ni un paso podemos dar sin ofender a Dios, <*3*> ni un buen pensamiento podemos formar, ni el nombre de Jesús podemos pronunciar, según nos dice S. Pablo; de consiguiente, el que voluntariamente, y por seguir su capricho, abraza un estado al cual Dios no le ha llamado, cómo pedirá a Dios gracias para cumplir con sus obligaciones, cómo clamará para que le dé consuelo en medio de las congojas y tribulaciones que le sobrevendrán, si el Señor podrá responderle muy bien: Hijo, si yo no te he puesto en este lugar; si te hubiera colocado ya te daría las fuerzas necesarias, pero ahora tú lo has buscado!
   Un Obispo había en N....
   Así también v.g., si a uno Dios le destina para artesano, labrador..., y él quiere seguir la carrera de médico contra lo que Dios le manda, el Señor le negará la ciencia necesaria, no será más que un castigo de la humanidad, un matador, digámoslo así, de los cuerpos. Si a mí v.g. Dios no me hubiera querido para sacerdote, y yo por mi desgracia me hubiera entrometido en el santuario, cuando me vea precisado a dirigir las almas por el camino de la perfección o tenga que regentar una parroquia, y no tengo las dotes necesarias para dar los consejos convenientes para salvar las almas, cuando en medio de mis tribulaciones clame a Dios, ¿cómo podré encontrar consuelo en él? Pues bien, si Dios a cada [uno] de vosotros os destina a un lugar, y por el capricho o las ilusiones que nos formamos abrazamos otro, es imposible que podamos cumplir nuestras obligaciones, ni que encontremos la felicidad y dicha aun en esta vida. Y no creáis que no podemos más retirándonos del mundo, no; porque todos los estados son buenos, si Dios nos llama a ellos. San Fernando Rey, Sta. Isabel de Hungría, S. Isidro Labrador y su esposa, etc. San Macario comerciante... Santa N... criada más de 70 años...
   De consiguiente, así como Dios ha dirigido a estos santos por diferentes medios, también nos guiará a nosotros, con tal que sigamos el camino que nos tiene trazado; y por lo tanto, si alguna de vosotras ha [sido] destinada para un estado de perfección más elevado, para que le sirva más libremente, desgraciada de ella, si por seguir sus caprichos abandona la voz amorosa con que el Señor la llama; más le valdría no haber nacido. Si alguna dotada de las cualidades necesarias para el gobierno de una casa, el Señor la guarda para ponerse al frente de una familia, sométase a su voluntad soberana, pídale mucha gracia. Si a más Dios le pide que sacrifique su existencia sirviendo a sus padres toda su vida, como Santa X. no pensando más que en servir a Dios y a su familia, en esto ha de poner toda su felicidad, éste debe ser su anhelo y su fin.
   En fin hijas, hay mil medios donde poder pasar nuestra existencia, y adonde él puede colocarnos si quiere, y aunque algunas veces nos parece imposible el ser alguna cosa que nos parece nos convenía, no desconfiemos que él hace milagros cuando quiere. ¡Ah! Estoy seguro que si todos consultaran la voluntad de Dios acerca de la elección de su estado, se condenarían muy pocos, <*4*> porque la gracia de Dios no les faltaría en el cumplimiento de sus obligaciones; y al contrario, si se condenan tantos, es sin duda por no consultar la vocación de la voluntad de Dios, acerca del estado que convenga.
   Pero la desgracia es que para nada consultamos con la voluntad de Dios en nuestros pasos y determinaciones. ¡Ah, quién sabe en qué lances nos toca vernos en esta vida! ¡Cuántas tribulaciones no tendremos que pasar! ¡Qué días de amargura nos aguardan quizás! Vosotras sois jóvenes; hasta ahora no sabéis lo que es [el mundo] y lo que son penas, porque las penas que se padecen hasta cierta edad, no pueden decirse tales; a medida que crezcáis irán en aumento los disgustos, los sinsabores; y conoceréis prácticamente que este mundo es verdaderamente un destierro, que no es sino una peregrinación, un viaje hacia la eternidad.
   Pues si en este viaje de la vida no seguimos el camino que Dios nos traza, si no observamos la vocación ¡ay! ¡y cuánto más amargas nos serán estas mismas penas y tribulaciones!
   De consiguiente hijas, si queréis ser felices y sobrellevar con más facilidad los contratiempos y tribulaciones de la vida, es necesario que sigamos el camino que Dios tiene destinado a cada uno de nosotros, es necesario que vayamos seguros por la senda de la vocación.
   Pero me diréis, ¿cómo sabremos el destino que la Providencia ha propuesto sobre cada una de nosotras? ¿cómo conoceremos la voluntad de Dios, para determinarnos en nuestras dudas y en nuestras indeterminaciones?
   Aquí está la dificultad; eso es lo difícil de conocer; sin embargo, la bondad del Señor nos ofrece algunos medios, si la voluntad quiere aprovecharse de ellos. Es cierto que Dios no nos habla inmediatamente; esto sólo lo merecen de vez en cuando algunas almas privilegiadas, a quienes Dios ha querido favorecer llevándolas a la perfección por camino extraordinario y desconocido; de éstas ha habido siempre y hoy todavía hay; pero éstas son muy raras; de consiguiente no debemos presumir ni esperar que el Señor haga otro tanto con nosotros. Cuando en el principio del mundo...; después por los Profetas; después por el mismo Jesucristo; y últimamente ha dejado en la tierra sus representantes para, mediante ellos, manifestarnos su voluntad, enviarnos sus inspiraciones, dirigir nuestras almas, darnos sus consejos... Estos son, pues, los confesores.
   Si queremos, ir pues, seguros en todos nuestros pasos y determinaciones, debemos ante todo, descansar nuestra conciencia ante un confesor bueno, exponerle nuestras inclinaciones, los sentimientos de nuestro corazón, hasta las cosas más tontas, y para ello...
   2.º Practicar los sacramentos...
   3.º


Escritos I, vol. 10, doc. 34, págs. 1-5






   Lunes:
      Fin del hombre. Fin de las criaturas.
      P. confesión.
      Pecados.
      Confesión. Inicio.
   Martes:
      Pecados veniales. Meditación.
      Infierno. Raíces del pecado.
   Miércoles:
      Muerte. Buenas obras.
      Vida oculta de Cristo. Necesidad de santificarse.
   Jueves:
      Vida publica de Cristo. Examen. Mortificación.
      Pasión de Cristo. Regla de vida.
   Viernes:
      Comulgar por vía de Viático.
      Tarde. Perseverancia. Promesas de Santo Bautismo. <*2*>
      ----------
      Las mismas verdades. Los Santos. No hemos de buscar cosas nuevas. Mas en ejercicio hacen más fruto.

   Muerte.

   ¿He de morir? ¿Qué es lo que somos? ¿Qué es lo que hemos de ser? Nunca... Nuestro pueblo...
   ¿Cuándo he de morir? ¿Qué somos? Fuegos brillantes. Jerusalén.
   Si examinamos los que han muerto... Palabras de Jesucristo.
   ¿Cómo será mi muerte? No lo sabes. Pero supón... Esta alma y este cuerpo se amaron. Entra en el sacerdote. La familia. La agonía. ¡Ay, pompas del mundo! ¿Qué oiré? ¿Qué disponen ya? Riquezas.
   Brevajes, emplastos, dolores. ¡Ay placeres, pensamientos! La eternidad.
   Pero ha fallecido.
   Sepulcro. Allí te dejarán. Los gusanos. Esa piel, esa cara, [esas] manos, esos pies.
   Y en el olvido. <*3*>

   Confesión.

   ¡Cuán bueno es Jesús! Comprende los males del hombre.
   Necesidad del desahogo. Suicidios. Un joven. La Motte. Un sabio.
   Maestro: no un ángel, un hombre. Sin interés. Los [?]. ¿Cuá les son los sacerdotes que confiesan?
   Cuántas molestias.
      ----------
   Sin embargo, el demonio. Los herejes. ¿Sabéis por qué? Para seguir en sus pecados.
   Luego el qué dirán.
   Luego el rubor. La [?]. S. Francisco de Sales. La Reina de Inglaterra.
   Aquel que vomitaba los pecados.
      ----------

   Confesión.
   1.º Preparación. Examen, vigas, sereno, llamamientos. Confesión: todos los mortales; veniales. Dolor: Confianza y atrición. Propósito. Alfojeta. Penitencia. <*4*>

      Oración.
   Non est qui recogitet [(Is 57, 1)]. Dichos de los santos. Sta. Te- resa. Sois teresianas
   Preparación: remota y próxima. Próxima: Presencia de Dios. Pedidle gracia. Preludios 1.º Composición de lugar. 2.º Petición.
   Punto: Memoria, entendimiento y voluntad.

   Gracias.

   Excusas: 1.º No sé. No es verdad.
   Muerte, juicio, infierno, pasión sacrificio.
   2.º Ocupaciones.
   3.º Distracciones. Sta. Teresa.
   4.º Tentaciones.
   5.º Es para sabios. Fr. Gil.
   6.º Soy un burro.
   Señor, aquí está Perico.
   San Ignacio y el labrador.
   Ya sé que no lo cumpliréis. El enemigo.
   Os daré un libro.

      ----------

   Modos de orar: Mandamientos. Pecados capitales. Potencias. Senti dos corporales.
   2.º Cada Palabra. <*5*>
   ----------

   Principio y fundamento.

   Acomodándome al orden de San Ignacio... Dios me ha formado. ¡Cuán bueno es Dios! ¿Por qué fin?
   ¿Debo servir? Qué motivos. Qué vergÈenza. ¿Es justo? Somos propiedad de Dios.

   ¿Es conveniente? Sumo deleite. Suma desgracia. ¡Cuán importante!
   Y lo peor es que no puedo evitarlo... Si me fuera dable.

   ----------

   ¿Qué medios?

   Pero Dios ha criado otras cosas.
   Penetremos en el acto supremo.
   Para qué las ha producido Dios, ¿para sí?
   En efecto, cría al hombre. Domine, Domine.
   Pero son mi fin.
   Regla justa, sabia...
   ¿Y las cosas lícitas?
   Regla justa.
   Todo nos clama para que le sirvamos.

Escritos I, vol. 10, doc. 35, págs. 1-10






Predicado en S. Juan y la Purísima
Ejercicios de 1867
Predicada en Sta. Clara
Ejercicios de 1869
Sdo. [?]
S.S. [?]
Vinaroz. 87
<*2*>




   Fin de las criaturas: indiferencia de ellas.


   Hemos visto, hermanas mías, en la última consideración, nuestro principio y nuestro fin: nuestro principio porque el Señor nos ha sacado de la nada con un solo acto de su voluntad libre y fecunda, y nuestro fin, porque en sus inagotables misericordias ha querido ser nuestro premio y nuestra gloria, in gloriam meam creavi te [(Is 43, 7)].
   Y que, por consiguiente, éramos propiedad de Dios, que deberíamos [dirigir] hacia este fin todas nuestras aspiraciones, y lo agradecidos que debíamos estar a esta elección que el Señor había hecho de nosotros, tanto para este fin general, como para [el] particular a que nos ha conducido para conseguir más fácilmente este último.
   Pero, como quiera, hermanas mías, que Dios no sólo nos ha criado a nosotros, sino que también ha criado otras cosas, debemos ver el fin de todas ellas, cómo hemos de conducirnos en su uso y qué fin tienen respecto de nosotros: es decir, fin de las criaturas respecto de ellas y de nosotros, indiferencia de nosotros respecto de ellas.
   He aquí insinuada mi idea sacada de las meditaciones de S. Ignacio. A.M. <*3*>
   Penetremos, hermanas mías, con el pensamiento en el acto sublime y supremo en que Dios va produciendo como de su boca y desarrollando la hermosa alfombra de la creación.
   Y cría primero. Detalle de la creación.


   Y bien; ¿y para qué produce el Señor tantas maravillas? ¿Acaso le han de servir para alguna utilidad? ¿Poseerá el Señor más felicidad con ello? ¿Adquirirá algún grado de gloria esencial, ni aun accidental interior? Ah, Dios infinitamente feliz y bienaventurado, eternamente dichoso, siendo la misma esencia del bien, de la hermosura, de la felicidad. Se <*4*> bastaba a sí mismo, nada podía quitarle ni disminuirle ni un átomo su dicha y la felicidad.
   Pues, ¿para qué haría Dios todas estas cosas? ¿Qué fin se propone? El deseo de manifestar su fecundidad, de comunicar su felicidad y directamente todo para el hombre.
   Cuando desplegaba la alfombra de la creación, le agradaba porque había de servir para su criatura favorita.


   En efecto, hermanas mías, Dios había criado todas las cosas, había completado la creación material, sin embargo ninguna de las criaturas le daba gloria exterior, insensibles o irracionales, ninguna de ellas era capaz de levantar sus ojos al cielo: por ello Dios dijo:...

   Y le dio el dominio...
   Y le creó al hombre como sacerdote... rey... <*5*>
   Y el hombre quedó constituido dueño de toda la creación: y Dios nos ha hecho despóticos de todo cuanto existe; todo cuanto existe ha sido formado para nuestro sustento, para nuestro alivio, para nuestro recreo.
   Oh, cuán bien podríamos exclamar como David: Domine, Dominus noster etc. [(Sal 8, 2)].
   El uso deja de movernos a gratitud. Si hoy no tuviésemos...
   La gratitud. Patrimonio de los Santos.
   Por ello Sta. Magdalena de Pazzis.
   Piensa, hermana mía, cuando comes.
   Mira estas perfecciones.
   Y bien hermanas, ¿todas estas [cosas] que han sido formadas para el regalo del hombre, lo han sido para poner su fin en este regalo, en este poder?
   Ah! no: en primer lugar porque, como hemos dicho, el fin del hombre debe ser superior a él. Mirad el corazón del hombre, su entendimiento, su voluntad, etc.
   El corazón es un triángulo y el mundo redondo, etc.

   Además de que las cosas criadas no pueden llenar su corazón. S. Agustín.
   De consiguiente, pues, las cosas criadas no pueden <*6*> ser fin, deben necesariamente ser medios.
   ¿Qué consecuencias debemos sacar de estas ideas? Que debemos usar de todas las cosas que nos rodean, de cuanto sirve para nuestro sustento, y recreo, en cuanto nos sirvan y contribuyan a la consecución de nuestro fin, y rechazarlas siempre que el uso de ellas pueda impedirnos el enderezarnos y conseguir el fin para que hemos sido criados.
   En el estado de inocencia, etc.
   Regla sapientísima que debe servirnos de norma en todas nuestras operaciones.

   Regla justa.
   Regla útil.
   Regla necesaria.

   El uso de nuestras cosas, el ejercicio de nuestras potencias, las inclinaciones de nuestros sentidos, ¿se origina en objeto que puede sernos nocivo y estorbarnos nuestra unión con Dios? Pues entonces...

   Y las cosas lícitas. Puede suceder muy bien, y sucede en realidad, que hay muchas cosas, a las que Dios no haya puesto precepto, que podemos usar sin necesidad de faltar en ellos. En este caso, etc. <*7*> Ejercicios de S. Ignacio.

   ¿Cómo aprovecharemos pues, todas las cosas y dirigirlas a nuestro fin? etc. Plática del Instituto.


   Pero, sin embargo hermanas mías, y a pesar de todo lo dicho, pecadores que somos desde el día de nuestro nacimiento, siendo como es una verdad que desde el pecado original, estas cosas exteriores nos inclinan, nos provocan, nos sirven muchas [veces] <*8*> para apartarnos de nuestro fin; siendo sobre todo una obligación la de imitar a Jesucristo e imitarlo en nosotros en cuanto nos sea posible; voy a señalar un medio, un camino más excelente de aprovechar todo cuanto nos rodea, todo cuanto nos puede sobrevenir. Excellentiorem viam ego demonstro... [(1 Cor 12, 31)].
   He dicho que en aquellas cosas que estaban a nuestro arbitrio el escogerlas, que nos eran lícitas, debíamos procurar estar en una santa indiferencia, estando dispuestos a no querer sino lo que fuera mejor del agrado de Dios y más conducente para nuestro fin.
   Pues bien; yo voy a ofreceros un paso más en esta materia interesante.
   Queréis, hermanas mías, elevar hasta la última potencia esta indiferencia en el uso de cuanto nos puede ocurrir, pues mirad: ya que nuestro divino y amante modelo Jesús, para satisfacer por nosotros, para darnos ejemplo, pudiendo disponer de todas las cosas del mundo, quiso escoger la pobreza, los dolores, las ignominias, los oprobios, el desprecio de las criaturas, el olvido de todos; si queremos agradecerle, si queremos hacer el acto más sublime de unión a él por medio del uso de las criaturas, debemos no sólo ser indiferentes a su voluntad, sino en caso que pueda resultar a Dios igual gloria e igual alabanza, debemos...

   Difícil cosa es ésta, hermanas mías, y mi ha- <*9*> bitual imperfección en esta materia, y mi poco ánimo me impedirá, tal vez, animaros a vosotras con el fervor que debiera. Sin embargo debo hacerlo en cumplimiento de mi ministerio. Cosa difícil y sublime digo; pero mirad: cuando Jesucristo. Parábola de la Virginidad, etc.

   Sí, hermanas mías: el que se sienta con alientos de seguir a Jesucristo debe procurar esforzarse en asemejarse a él, hasta este punto.
   ¡Oh! ¿y cuántos provechos no alcanzaríamos con ello?
   En primer lugar, hermanas mías, el que así obrase estaría muy lejos de no querer usar bien de todas las cosas, tendría asegurada al menos la indiferencia; cuando, por el contrario, aquel que no fuese más que detrás de conseguir la indiferencia, quizás no llegue a conseguir ésta, y se quede un poco más bajo en este uso de las criaturas. Estaría libre de la vanidad; soportaría con ánimo varonil; casi nada podría contra ella.
   En segundo lugar, el que así obrase adquiriría un gran tesoro de méritos en la presencia de Dios.
   Los actos más insignificantes serían ajustados a los afectos de Jesús que recibiría.

   Y en tercer lugar, que estuviese en éstos <*10*> [?] el Señor le recompensaría con abundancia de consuelos tan grande que no tendría comparación todo cuanto el hombre pueda tener con el uso de los consuelos materiales, y el uso de todas las cosas lícitas.
   No nos admira. Sta. Teresa, Sta. Margarita de Pazzis, S. Juan de la Cruz.

   Así pues, hermanas mías, qui potest capere capiat [(Mt 19, 12)]. Sólo la idea de poder seguir a Jesucristo, sólo el pensar que le hacemos compañía, que somos semejantes a él, debía excitarnos a pedirle las tribulaciones, las penas, desprecios, amarguras, humillaciones, olvido y tantas otras cruces que tanto repugnan a nuestra natural inclinación.

   De lo dicho resulta, pues, hermanas mías...

   Pero si a tanto no podemos llegar, al menos la indiferencia.

Salvación del alma


Escritos I, vol. 10, doc. 36, págs. 1-16






Predicado en Sta. Clara.
24 de Agosto 1874 <*2*>




   Nobleza del alma

   Cuando yo veo a los hombres. Claret -Sermón misión- Fin del
   hombre. Tomo 2.º.


   Cuando el profeta David, aquel hombre formado según el corazón de Dios, desde el fondo de su asidua meditación se elevaba a la consideración de los beneficios que el Señor le había hecho; cuando recordaba que desde la suerte más humilde había llegado hasta el trono; que de inocente pastorcillo de la casa de su padre había ascendido a rey de Israel, y de un hombre desconocido del mundo había pasado a ser asombro del mismo mundo, terror de sus enemigos y gloria de Jerusalén, su corazón se deshacía en vapor amoroso de dulce gratitud hasta el solio del Excelso; pero cuando fijaba la mente en su alma, su grandeza, en lo que Dios había hecho por ella, no podía contenerse dentro de sí y como si quisiera convocar a todas las generaciones: Venite, omnes qui timetis [(Sal 65, 6)]. Venid, venid cuantos teméis al Señor y os contaré lo que ha hecho el Señor a mi alma. El la creó de la nada y en medio de su pueblo escogido, pudiéndola crear en las extremidades de la tierra, y sumida en los errores del gentilismo; él la dotó con una memoria capaz de acordarse de los beneficios, con un entendimiento claro para considerar sus divinas perfecciones, y con una voluntad libre para amar con mérito su bondad; él la <*3*> ha hecho espiritual, inmortal, eterna, obra magnífica de sus manos, y que pueda admirar las misericordias de Dios sobre ella. Quanta fecit animae mea [(Sal 65, 16)].
   Estos mismos sentimientos de gratitud se producirían en nuestro corazón, hermanas mías, si en lugar de estar ocupados excesivamente en el afecto y uso de las cosas exteriores, se reconcentrara a meditar la grandeza del alma hecha a semejanza de Dios.
   Porque es una verdad triste que la experiencia nos enseña que la mayor parte de los hombres viven no sólo olvidados sino ignorantes de los preciosos conocimientos que la razón y la fe nos suministran sobre la grandeza de nuestra alma; sumergidos los más en los negocios terrenos, atraídos otros por sus pasiones, ciegos por el vapor que levantan sus apetitos, son incapaces de levantar su vista para ver la hermosa cara de sus almas. Cuán bien se les podría decir con San León Papa: Expergerciscere, o homo, et dignitatem tuae agnosce naturae! Despierta hombre, y no olvides la dignidad de tu alma y el poco aprecio que haces de ella!
   Y para ponderarla nosotros en nuestra meditación, bastaría considerar lo que he dicho en un principio, que es imagen de Dios, salida de la boca del mismo Dios por elección particular.
   Trasladémonos a aquel momento solemne de la creación del hombre, que nos describe el Génesis, y cuya hermosa realidad se repite en la creación de cada uno de nosotros. El Señor acaba de criar el cielo y la tierra. Al eco de su voz se despliega esa hermosa cortina del cielo azul con la variedad de estrellas, sol y luna que le adornan. Al precepto de su palabra aparece la tierra vistiéndola de flores, árboles y frutos. Y... hágase la luz, decía con suave pero imponente majestad, y la luz salía del fondo de la nada para iluminar la tierra. <*4*> Y... produzca la tierra los animales según su especie; y broten del agua peces y aves, y a este mandato la tierra se ve poblada de animales, y las aves pueblan el aire.
   Y cuando después de crearlo todo, al querer formar al rey de todas estas bellezas, al hombre, cambia de lenguaje, varía de estilo, y como que va a hacer una obra estupenda, como si quisiera echar mano de todo su poder, su sabiduría y su amor, como si quisiera reconcentrarse en sí mismo, no perder nada de su atención, se dijeron las tres divinas personas: hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza. Y tomando, nos dice la Sagrada Escritura, un poco de barro de la tierra, respiró Dios en el rostro del hombre, inspiración de vida, y fue hecho en alma viviente. Expresión verdaderamente sublime y admirable, con lo que nos enseña ser el alma como una emanación de la divinidad, como un aliento del Ser Supremo, como un tierno suspiro del corazón de Dios, y como la mayor obra de las maravillas del Omnipotente. De modo que muy bien podemos aplicarnos aquello del libro de la Sabiduría: Ego ex ore... Yo salí de la boca del Altísimo, imagen parecida a mi Criador, que él mismo me apellida hija del Excelso [(Eclo 24, 5)].
   ¡Ah! Grande nos parece el hombre cuando le vemos constituido Rey de la naturaleza, dueño despótico de todo cuanto vive y vegeta sobre la tierra, y que en los días de su inocencia, sumisos se postraban los animales ante sus plantas. Grande nos parece en las atribuciones que Dios le concedió de pontífice supremo del universo, encargado de ofrecer a Dios el homenaje de todas las criaturas; pero sube de punto esta grandeza, cuando le consideramos en lo interior de su alma, hecho a imagen y semejanza del Criador.
   Y aun prescindiendo de estos sublimes rasgos con que el Espírituo divino nos describe el origen y la grandeza del alma humana, examinando a ella misma, y aun después de las heridas que la naturaleza humana recibió con la primera caída, observamos en ella estos delineamientos que nos la hace distinguir como imagen de Dios, participante de sus perfecciones.
   Vemos en ella, nos dice S. Agustín, una sustancia espiritual, invisible, eterna; representa[ción] viva de la Trinidad, <*5*> con la unidad de su esencia y trinidad de sus potencias.
   Si Dios se halla en todas partes por la inmensidad de su ser, el alma recorre los espacios, penetra los cielos con su pensamiento, [y] baja a los abismos.
   Si Dios se mira exento de la muerte, el alma por la incorruptibilidad que se le ha comunicado, se mira incapaz de morir y de acabarse, y durará como el mismo Dios por siglos eternos.
   Si Dios con su infinita sabiduría ve todas las cosas presentes, pasadas y futuras, el alma con la memoria evoca los siglos y hace aparecer ante su vista todas las generaciones que han pasado, como si las viera con los ojos del cuerpo; con su entendimiento penetra y describe el movimiento de los cielos, la extensión de la tierra, la anchura de los mares, y hasta penetra en el porvenir, y con su voluntad abarca mil mundos, si mil existieran.
   ¡Oh! Gloríate, exclamaba el gran Tertuliano, gloríate, alma racional, de reconocer tu origen de aquel supremo ser, y mírale acupado en ti misma toda su mente, su providencia, su consejo, su sabiduría.
   Gloríate de tu incomparable nobleza, por haberte hecho esencialmente libre, espiritual, inmortal y eterna; por haberte dado el seño- río de todas las cosas; por haberte hecho, en fin, el más perfecto retrato de su divino y soberano ser. Creavit Deus hominem ad imaginem... [(Gn 1, 27)].
   Y si quisiéramos, hermanas mías, ahondar en esta idea, y ver que Dios ha formado nuestra alma por una elección libre y especial de su voluntad, ¡qué ancho campo no se ofrecería a nuestras consideraciones!
   El nos tuvo presentes en su mente desde la eternidad; y desde la eternidad estuvimos en su presen- <*6*> cia y se complacía en esta obra. ¿Complacía he dicho? Este Dios inmenso y eternamente feliz, ¿complacerse en la naturaleza de mi alma? ¿en la hermosura de este ser que yo poseo; en ese yo que tengo en mí? ¡Oh! sí, y grande que fue su complacencia. Por ello, según el texto sagrado, al ir saliendo las criaturas de la nada por la virtud y el poder de Dios, ratificaba con su aprobación la existencia de todos los seres, como conformes al fin para el que los criaba. Pero al llegar al hombre...
   ¡Oh! Si nos es permitido hacer comparaciones humanas, sin duda que al verse Dios en este espejo de su naturaleza, una sonrisa de placer le exhalarían sus labios. Como una madre cariñosa al tener en sus brazos a su cándido infante, en quien ve reflejarse, así Dios se miraría complacido en el alma del hombre, sobre todo en aquel día primero en que iba revestido de su gracia justificante. Veía en esta criatura una participadora de su naturaleza, con quien podría ya comunicar y desahogarse, que le conocería y admiraría, alabaría y bendeciría.
   ¡Oh! Cuánta fue la bondad de Dios que quiso elevar nuestra alma a tanta grandeza, para hacerla asiento y depositaria de su amor y de su gloria. Y Dios se complacía en pensar que en aquel corazón residiría como un Padre en brazos de su hijo querido, y en templo que le daría gloria, y como en casa de un amigo cariñoso, y en aquella alma como en el cuidado de una esposa fiel. ¿Lo dudáis? Pues el mismo Dios no se [ha] avergonzado de decirlo, y no ha temido rebajar su dignidad en declararlo: Deliciae meae esse... [(Prov 8, 31)]. Mis delicias es estar con los hijos de los hombres. Ni dice siquiera con los hijos de Dios, como lo son realmente, sino para manifestar cuánto amaba nuestra naturaleza humana, con los hijos de los hombres. <*7*>
   Esto eres, hermano mío, en la presencia de Dios en el orden de la naturaleza, prescindiendo del pecado. Esto eres y esta deferencia merece nuestra alma como salida de las manos de Dios. Y esto es nuestra alma cuando procuramos con la gracia restituirla a su antiguo esplendor, borrando todo lo que pueda desfigurarla. Y si bien es verdad que después del pecado del primer hombre, además de la pérdida de la gracia justificante, fue herida en sus potencias, y desordenada en las pasiones, también lo es que en su esencia esta alma no ha cambiado, y que la gracia de Cristo Jesús, aunque no la ha curado de sus heridas, porque ha permitido continuaran para su humillación y penitencia, sin embargo, por lo demás, y en cuanto a la hermosura interior, no sólo ha sido reparada, sino hasta adornada con más belleza, puesto que la gracia ha sobreabundado, esto es, es más hermosa la gracia por la redención que la gracia primera.

   Esto eres, pues, hermano mío, y esto somos en la presencia de Dios. ¡Oh! ¡Si los hombres comprendieran! Y los hombres todos sin distinción. Pero ¡ay! Y qué pocos lo meditan y lo comprenden esta verdad, no sólo de nuestra fe, sino también verdad natural.
   Prescindo hermanos míos, de estas almas en quienes el orgullo y las pasiones las convierten al nivel de los brutos, y que no usan de la grandeza del alma, del conocimiento que Dios les ha dado, sino para rebajarse y buscar medios de hacer más hondo el lodazal en que se hallan atascados. Estos, ya lo sabéis, son dignos de compasión. Cuántas veces al considerar estos seres en el fondo de vuestra meditación, un sentimiento de compasión se ha apoderado de vosotros, y la sola consideración <*8*> de sus miserias ha sido un estímulo para elevar vuestro corazón con actos de gratitud a vuestro [Dios], que sin mérito alguno, os había dado el conocimiento de lo que sois, que ellos padecen desconocer.
   ¡Oh! Si aunque no hubiese otro premio en vuestras acciones que el estar distantes y libres de la degradación de ciertas almas, y de su ignorancia, ya estaríamos suficientemente recompesados.
   No es verdad que aunque no hubiera cielo...
   ¡Desgraciados! ¡Qué pobres son las piedras preciosas!
   Y hay otras almas, no tan degradadas y embrutecidas, que tienen conocimiento de su dignidad, de la grandeza de su alma, pero a quienes tiene entretenido el negocio.
   Reyes bajados de su trono...


   Pero ¡ay! hermanos míos, ni aun nosotros estamos libres de reproche, respecto al conocimiento práctico de lo que es nuestra alma! ¿Sondeamos bastante y dentro de nosotros mismos lo que somos? ¿Estamos prácticamente convencidos de que somos comunicadores con Dios? ¿De que nuestra alma racional está, si podemos decirlo así, al nivel del mismo Dios? ¿Que sólo lo espiritual puede tratar con él, porque sólo lo inteligente puede entenderle? ¡Oh, y cuán desconocida en la práctica nos es esta verdad! Vivimos y paseamos y caminamos, y lo hacemos [todo] como si aquello formase <*9*> la base de nuestra existencia, y sólo en dados momentos nos dedicamos a comprender esta grandeza, y como si no tuviéramos que usarla y comprenderla más que aquellos ratos, y como [si] estos momentos fuesen una cosa secundaria en la cadena de nuestra vida.
   Porque si realmente estuviéramos empapados de lo que somos en la presencia de Dios, ¿sería posible que nos hiciéramos tan ordinarios en el ejercicio de nuestros actos?
   ¿Qué es la disipación de nuestras potencias y sentidos, y sobre todo de nuestro corazón, sino el olvido práctico de lo que somos, cuando nos atamos a las cosas inferiores?
   ¿Qué es cuando apetecemos la consecución de nuestros deseos ruines, sino descender de nuestra dignidad para ocupar nuestro corazón en cosas, que si las miráramos al reflejo de nuestra grandeza nos avergonzaríamos de ello? ¡Oh! ¿Desearíamos una eterna soledad, para que nada pudiera estorbarnos de nuestra independencia y de nuestra grandeza?
   Al contemplar S. Gregorio la grandeza de la naturaleza humana, que mereció ser unida a la persona de un Dios en la Encarnación, exclamaba...

   Lo mismo podría decir yo...
   Y aun prescindiendo de las veces en que hemos olvidado completamente nuestra dignidad; en que los repetos humanos...

   Y bien: ¿Qué hemos de hacer para corresponder a este beneficio inmenso? ¡Ay! Gratitud en primer lugar; gratitud eterna en el fondo de nuestros corazones a ese Dios, que sólo por su bondad ha querido formarnos a su imagen y semejanza; partícipes de su naturaleza y de sus perfecciones; santo orgullo de nuestra dignidad, envanecidos humildemente de las prerrogativas de ser el último eslabón de la cadena de la creación que <*10*> une a ésta con Dios; confianza y santa libertad de acercarnos a él puesto que nos ha constituido comunicadores con él, y... en segundo lugar protestar firmes en su presencia, de no olvidar esta grandeza, esta dignidad para rebajarla a los sentimientos de nuestras pasiones, de nuestras miserias, de nuestras niñerías, de nuestras disipaciones, pues cuando nos entregamos a cualquier pasión, a cualquier falta, es porque olvidamos el desprecio que todo debía producir en nosotros.
   Por esto los santos que comprendían que todo era nada fuera del alma, que comprendían que sólo la unión de ella con Dios constituía la verdadera grandeza, eran tan iguales en medio de todo, puesto que ni el olvido de las criaturas, ni las humillaciones, ni las prosperidades, ni el bienestar o malestar natural, les añadía ni les quitaba nada a su verdadera grandeza; y por esto sonreían de compasión a los que agitados de todas las cosas, veían enredados e intranquilos en buscar la felicidad, cuando este tesoro, este reino de Dios, estaba dentro de sí mismo, según la expresión de Jesucristo.
   Gratitud, pues, y confianza con Dios: deseos de no querer más que nuestra unión con Dios, debe ser el fruto de la consideración sobre la grandeza de nuestra alma.
   ----------
   Yo podría haceros resaltar más esta grandeza, haciéndoos ver el valor de esta alma, considerando su precio en el rescate, cuando olvidando su precio, esta alma se hizo esclava en Adán, y repite los actos de esta inconcebible esclavitud, en los pecados personales. Esclavitud que obligó a ser redimida con la sangre de todo un Dios. Tanto valía esta alma a los ojos de Dios, aún ennegrecida por el pecado.
   Pero prescindo de esta idea, que por sí sola podría ocupar una meditación, y consideremos, siquiera ligeramente, la grandeza de esta alma, imagen de Dios, por el destino que Dios le ha dado, en esta vida y en la eternidad. <*11*>
   Vosotros sabéis muy bien, hermanos míos, y lo tenéis muy meditado, el fin para que fue criada nuestra alma. Apenas entramos en el uso de nuestra razón, y aun antes de ella, tuvimos la dicha de saber por conducto de la Iglesia, de nuestros padres y maestros, aquella sencilla verdad, base de todas las verdades, aquella verdad de sencilla a la par que sublime filosofía, y que todos los sabios no hubieran podido redactar con más claridad. ¿Para qué fue criado el hombre? Para conocer, amar y servir a Dios en esta vida y después, y mediante esto, verle y gozarle en la otra. Su ocupación, su destino en esta vida, su término y complemento en la otra.
   No: no es mi ánimo recordaros las ideas del fin del hombre, considerando que realmente ha salido de Dios, y la realidad de este fin para que fue creada; sino que mirándolo tan sólo bajo el aspecto que nos ocupa, esto es, de la grandeza que tiene, consideremos tan sólo que es el Rey de toda la naturaleza, el usufructuario de ella, y sacerdote de toda la creación.
   Dios ha hecho nuestra alma dueña, reina del mundo. Para qué prolijas reflexiones para penetrarnos de esta verdad. Al criar Dios al hombre le dijo: y tendrás dominio sobre los peces y...
   Y el hombre lo domina todo. <*12*>


   Es sacerdote, pontífice del Universo.
   Dos son los empleos de un sacerdote, nos dice S. Pablo: Ser intermediario entre Dios y los hombres por medio de la palabra y de la oración; y ofrecer dones y sacrificios.
   Pues bien: Dios había criado el universo entero. Todo él era como vasto templo; cada una de las criaturas como una ofrenda. Sin embargo faltaba el sacerdote que supiera poner en contacto estas criaturas con Dios, que supiera alabarle y bendecirle por ellas, puesto que ellas por sí no podían hacerlo, no tenían entendimiento para conocerle, ni corazón para amarle, ni labios para bendecirle: a pesar de todas las bellezas de la creación, ningún cántico de gratitud podía elevarse hasta el cielo. (El mundo más bien que un desierto, podíamos decir que era un sepulcro). ¿Y si no, decidme, qué sería el mundo sin el hombre? Suponed que no existiera ningún ser racional sobre la tierra; aunque creciera lozana la vegetación; aunque se multiplicaran los preciosos metales de la tierra; aunque las aves más hermosas inundaran los bosques; más aún: aunque existieran todas esas grandes ciudades y monumentos levantados por la mano del hombre; ¿qué sería todo más que un desierto? Y tanto es así, que aun ahora en los fértiles países donde la actividad del hombre [no] penetra, ¿no los conocemos con el nombre de desiertos? El mundo, pues, sin el hombre sería un desierto. O más bien, en un lenguaje más superior y excelso, era un templo. Dios, pues, cría al hombre; y desde entonces todas las criaturas pudieron bendecir a Dios por boca de esta alma; y las perfecciones de todos los seres recogidas por el conocimiento del hombre y depositadas en su corazón, se elevaron a Dios; y todo le tributó culto, y veneración y alabanza.
   ¿No es verdad, hermanos míos, que todo esto hacen las criaturas por conducto nuestro? ¿No es verdad que si reflexionamos, todo lo que existe, todos los objetos nos invitan a pensar, a alabar y bendecir a Dios? ¿Qué alabanza le dará ni el canto de las aves, ni el murmullo de las fuentes, ni la belleza de los astros, ni la hermosura de las flores, si no fuera el hombre que las admira y forma <*13*> con ellas un ramillete de admiración, de alabanza y de bendición a Dios por ellas? ¿No es verdad que no pudiéndolo hacer las criaturas lo hacemos en su nombre? He aquí, pues, tu destino sobre la tierra, alma racional. Ser medianera de Dios, entre él y las criaturas materiales. Esto es lo que hacemos siempre que pensamos, discurrimos y contemplamos la naturaleza, conforme y de la manera que Dios quiere. He aquí nuestro fin y la grandeza de nuestro ser.

   Por ello S. Agustín cuando, después de haber desconocido por tantos años la grandeza de su fin y la nobleza de su alma, lloraba amargamente su ignorancia. Iluminado por la luz de la fe, y de la gracia que tan copiosamente le mandó el Señor, se complacía en recordar su noble fin, y se entretenía en ejercer este empleo de su alma racional para elevar a Dios, con el pensamiento a todas las criaturas.
   El nos dice que sentado muchas veces, al caer de la tarde, a la orilla del mar de Africa, se entretenía hablando con todas las criaturas, tenía su conversación con ellas, y todas le contestaban con un lenguaje mudo pero elocuente, y le pregonaban las grandezas de Dios, y le recordaban su fin, y le pedían que las ofreciese a Dios, para poderle dar una alabanza y una gloria que ellas por sí solas no podían.
   Y ese mar que se perdía a sus ojos le parecía pregonar la inmensidad de Dios, y aquellas olas agitadas unas veces, y otras pacíficas, le parecían ecos de las pasiones y del corazón del hombre, que venían a estrellarse ante la voluntad del Rey del Universo; y esas estrellas brillantes esparcidas por el espacio le parecían perlas arrojadas por la mano de Dios, para que sirvieran de techo magnífico a la habitación del hombre, y al considerar su magnitud, su distancia, su número y que a pesar de su grandeza, hacía miles de años que se paseaban por el espacio suspendidas en el aire, y sin tropezar unas con otras, le estaban pidiendo bendijera a la omnipotencia que tan admirablemente las había combinado, ya que ellas no podían prego- <*14*> narlo. Y esas montañas elevadas e inmutables símbolos de la eternidad de Dios, con su severa majestad, ante las cuales pasaban las generaciones.
   Y hablaba con los peces y con las aves, y con la brisa del aire que le recreaba, y todas estas criaturas parecían saltar del contento, porque se veían ennoblecidas, porque daban alabanza a Dios por boca de aquella grande alma, y colocadas en el altar de aquel ardiente corazón.

   Tú, hermano mío, que no acostumbras a poner el alimento en tu boca sin recordar el beneficio de tu Dios, que desde que te levantas hasta el descanso tienes por objeto el bendecirle, sepas aprovechar este destino que el Señor te ha confiado, y sepas ser medianero y darle gloria.
   Y que todas las criaturas te sirvan para alegrarte en tu dignidad y para ofrecerlas a Dios.
   Y ya verás como si comprendes este destino, y que puedes hablar a Dios con ellas, todo te producirá sentimientos dulces, nobles, agradables. Cuando contemples en la soledad de la noche esa luna apacible, que no sé que simpatías [Dios] ha puesto en ella con el corazón del hombre, y que hasta a los poetas llenaba de inspiraciones; cuando veas sobre tu cabeza suspendida esa infinidad de astros resplandecientes, cuando te fijes en el azul de firmamento; cuando presencies los hermosos albores del día, al ver las flores, los frutos, los árboles, cuando, en fin, examines, leas o medites las obras de la naturaleza, que te sirvan de instrumentos de comunicación con tu Dios.

   A veces cuando en medio de la soledad del campo, o en las playas del mar, me he fijado en las obras de la naturaleza, he pensado cuánta es la desgracia del ateo que no quiere reconocer un Dios, y aun de los impíos que no quieren tributarle homenaje. ¿Qué sentirán al contemplar todo esto que les declara evidentemente la existencia de un ser inteligente? Sin duda que un acto de despecho les impedirá disfrutar, abismarse en la contemplación de las criaturas. Aún más: aquellos que aunque <*15*> conocen a Dios y saben todo esto, pero que no están en su gracia, o no tienen entregado a él del todo su corazón, disfrutan sí de todas estas maravillas, perciben estas dulces emociones, porque ¡ay! todo simpatiza con el corazón del hombre, puesto que para él ha sido criado todo; pero cuán diferentemente disfrutan de estas impresiones, de aquellos que tienen la conciencia de quererle amar, que son todos suyos, y que pueden ofrecerle su corazón sin reserva, con la tranquilidad de una buena conciencia.
   Estos sí que [son] verdaderos medianeros entre Dios y las criaturas, y en todo pueden disfrutar, y en todo darle alabanza, y en todo comunicar con Dios, percibiendo emociones desconocidas a los demás. ¡Oh, cuán felices somos, hermanos míos, bajo este sólo aspecto, y disfrutamos en todas las cosas!
   Seamos, pues, verdaderos mediadores. Mirad: en nuestras novelas, como tal vez alguna de vosotras habrá tenido ocasión [de observar], los amantes en su separación, y como [para] mantener cierta comunicación en sus corazones, apelan al recurso de ciertos objetos de la naturaleza, ya sea la luna en el momento de su plenitud, o ya la estrella de la tarde en el momento de su ocaso, ya cierta hora de la noche marcada por sus estrellas... y mediante estos objetos saludan al objeto distante de su pasión. ¡Quién sabe si en algunos momentos están más olvidados que nunca del objeto de sus ilusiones!
   ¡Oh! Nosotros, sí, hermanos míos, que cada uno de los objetos nos pone en comunicación con nuestro Amado, y sin temor de ser olvidados, y sabiendo que somos correspondidos, y que le damos placer, alabanza, y cuyos objetos nos ponen en comunicación, no distante sino íntima con él.
   Así lo hacían los santos y ejercían tan bien el empleo de <*16*> sacerdotes y medianeros, y la soledad era el mejor campo [para] ofrecerle. Sta. Magdalena de Pazzis.
   Por ellos tantos sabemos pasaban tan enfervorizados al... y la soledad era el objeto...
   Disfrutemos también nosotros y demos gracias a Dios por la distinción que ha hecho de nosotros, dándonos un alma racional capaz de conocerle, y la cual quiere que le alabe, bendiga y disfrute en todas las cosas. Y todo podemos hacerlo a pesar de nuestras enfermedades, y de nuestros desfallecimientos naturales y de espíritu, y a pesar de nuestros temores.
   Todo esto contribuirá muchísimo al ejercicio de la presencia de Dios, al que debemos aspirar, y serán como apoyos a nuestro corazón para este santo ejercicio.
   He aquí el primer empleo del sacerdote, según S. Pablo.
   Ahora debíamos examinar cómo además de ofrecerle [oraciones] y ser mediadores con la conversación interior, debíamos sacrificar y ofrecer estos dones. Pero...
   Y por otra [parte], esta idea nos conduciría a la consideración y examen de cómo hemos de hacer todas las cosas, lo cual habéis meditado muchas veces.
   Entretanto baste examinar el beneficio que Dios nos ha hecho en crear nuestra alma grande, inmortal, imagen de Dios, no rebajándola ni...
   Y...
   Darle gracias por la [?] que nos ha concedido de querer recibir el homenaje de toda la naturaleza por medio de nosotros. De esta manera cumpliremos.

Escritos I, vol. 10, doc. 37, págs. 1-4






   Importancia de la salvación.

   Ah, mis queridos hermanos, días atrás sobre cuán incierta es nuestra salvación, dijimos y consideramos que es muy incierto, arriesgado y dificultoso el salvarnos ya porque Dios todo lo sabe, ya porque son muy pocos, poquísimos los que lo consiguen, según nos lo enseña la fe, ya, en fin, porque es muy costoso, atendidos los peligros que nos rodean, los obstáculos que se ofrecen a cada paso y sobre todo porque llevamos la gracia en un depósito de vidrio y de fango y por consiguiente expuesto a romperse y a perder la gracia a cada paso.
   Esto dijimos en la meditación del otro día, y esto es una verdad palpable. Y bien, pues, si tan incierta es nuestra salvación, si tanto ha de costar el salvarnos, ¿para qué fatigarnos ni cansarnos en conseguirlo? ¿Pues acaso tanto vale el cielo para que hagamos tantos esfuerzos? ¿Acaso merece nuestra salvación el que pongamos todos nuestros cuidados, toda la vida en conseguirla?
   Ah, hermanos míos, es verdad que es muy costoso, es verdad que es muy difícil, pero esto mismo nos debe estimular más y más a trabajar y vivir en cuidado para conseguirlo. Pues qué ¿acaso no es nuestra salvación el negocio más grande que tenemos sobre la tierra? ¿No es el tesoro de más valor que tenemos que negociar durante la vida? Sí, hermanos míos, el negocio de nuestra salvación y de nuestra santificación es el mayor de todos los negocios, puesto que perdida ella, todo lo hemos perdido, puesto que conseguida la salvación todo lo demás se da por bien empleado; éste es el único negocio que debía entretener constantemente nuestro corazón.
   Sí, hermanos míos, conseguido el negocio de nuestra salvación se han conseguido todos los negocios, puesto que éste es el negocio último; todos en este mundo tienen un negocio u otro que hacer, todos tienen un oficio, un destino que seguir, apenas se llega a cierta edad ya se procura cada uno ponerse en un lugar que nos pueda proporcionar riquezas, o bienes temporales, que acrecentar la <*2*> ganancia, que pueda dar alguna utilidad a la familia, por esto, unos se dedican al comercio, otros se dedican a la carrera de las ciencias, a otros les halagan los negocios de la política y a ello consagran cada uno su corazón y a ello sacrifican todos sus intereses y sus desvelos. ¡Cuánto no se trabaja por conseguir un empleo lucrativo! ¡Cuántos disgustos no se tienen que sufrir para lograr un puesto honorífico! ¡Cuántos sacrificios, aun con peligro de ofender a Dios, hacen los padres por obtener una colocación para sus hijos! ¡Cuántas libertades, cuántos caprichos permiten a sus hijos y a sus hijas sólo con el deseo de que obtengan una colocación, un acomodo! Todos en fin buscan un objeto, todos tienen un negocio u otro que comerciar, todos se proponen conseguir un fin particular. Y bien, y conseguido el negocio que cada uno se propone, ya no hay otro negocio que hacer. Supongamos que el que dedicado al comercio haya conseguido acrecentar sus intereses con toda felicidad, que el que dedicado al estudio, a la ciencia, haya logrado hacerse lucir por conocimientos; que en fin, cada uno o cada una haya logrado el objeto que se haya propuesto en sus ilusiones, después de esto ¿ya no tendremos necesidad de pensar en otra cosa? ¿ya es el último de todos los negocios? ¿ya somos completamente felices? Ah, que después de todo esto hay todavía otra cosa en que pensar. Ah, que todo esto no son más que negocios temporales que se han de acabar, y que existe otro negocio eterno que vendrá después de ellos y que será el último de todos. S. Felipe Neri. Pues, ¡cuánto más no debemos procurar por este negocio que por todos los demás! Pero, no solamente es importante el último de todos los negocios, sino que también porque él es único, el solo, el verdadero, el necesario negocio nuestro, los demás negocios de la vida no se pueden llamar propiamente negocios: los demás no son [sino] medios con que alcanzar el verdadero fin, el verdadero negocio y, por consiguiente, tan sólo debemos pensar en este solo, y no en los demás. A la manera que si un hombre se encontrase desterrado de su Patria y de sus Padres por muchos años, y por <*3*> fin se le diese libertad y permiso, y supiera que le esperaban sus padres, amigos y familia con un deseo grande de poderlo abrazar, y le esperara también allí un gran patrimonio con el cual podría ser rico y feliz. Oh, con qué ansias caminaría este hombre hacia su patria por lejos que estuviera, por dificultades que se presentaran, por peligros que hubiera en el camino. Nada de esto le arredraría; caminaría de día y de noche y si acaso se viera obligado a detenerse en algún [lugar] ya por estar enfermo, ya para descansar, ya para algún negocio que tuviera que concluir. ¡Ah, y cuán sensible le sería! ¡Oh, cómo pensaría en su patria! Aunque estuviese ocupado en otra cosa, su corazón, sin embargo, no se fijaría en ello, lo haría como cosa que ha de pasar al momento. Pero, ¿qué diríamos si este hombre al emprender el viaje se entretuviese contemplando los pueblos del tránsito y pidiendo limosna de puerta en puerta, la pereza le consumiera, los peligros le acobardaran, y cualquier cosa le entretuviera y de esto pasara muchos años y se volviera viejo y con peligro de no ver ya su patria? ¿No diríamos que es un loco? ¿No diríamos... etc?
   Pues nosotros que lejos de nuestra amada patria, sabemos que nos aguarda allá una felicidad completa, caminamos sin embargo, fervorosos en este viaje. Nos entretienen los negocios de esta vida. ¿Acaso no fijamos demasiado nuestro corazón en las ilusiones de nuestra imaginación y de nuestro entendimiento? Ah, Dios mío, sí: como si fueran los negocios de esta vida los únicos que deben entretener mi corazón; como si no tuviera otro objeto que hacerme amar de las criaturas y buscar en eso la felicidad, vivo distraído de mi único negocio, disipado mi espíritu en las ocupaciones ordinarias, lleno mi corazón de una vanidad que me domina, y parece ser mi único ídolo y mi única dicha y mi <*4*> único fin. Dios mío, ¿cuándo me convenceré de que mi verdadero anhelo, mi único deseo debe ser el llenar mi corazón de un deseo santo de la salvación.
   Finalmente, hermanos míos, es el mayor y más importante el negocio de nuestra salvación, porque no hay otro camino: o trabajar con y por Dios en el tiempo de nuestra breve existencia, para gozar de él por toda una eternidad, o trabajar contra Dios y fuera de Dios, para estar separados y maldiciendo a Dios por toda una eternidad.
   ¿Y tan poco vale el Señor? ¿Y tan poco merece él nuestro corazón? ¿Y no es nada el tener la dicha de que Dios nos estime y seamos verdaderos esposos suyos y tener la esperanza de poseerle enteramente algún día y solazarnos y abrazarle como un amigo, como un padre y disfrutar de su compañía sin miedo de perderle para siempre? ¿Y tan poca cosa es el estar separados de Dios con un abismo inmenso, objeto de su odio eterno, maldecidos de él, padeciendo sin consuelo, sin esperanza, para siempre... para siempre? Ah, Dios mío. Ahora comprendo más que nunca cuán importante es el trabajar constantemente para conseguir mi salvación, ya porque éste es el último de todos los negocios, ya, también, porque éste es el único, el verdadero, pues los demás no se pueden llamar negocios, ya, en fin, por la gran dicha que es, por el gran consuelo que reporta el trabajar por servir y por poseer un Dios tan bueno, tan grande y tan dulce, y el temor de no perderle jamás.
   De hoy en adelante, Dios mío, no haré sino trabajar por mi salvación; todas mis ocupaciones y faenas las dirigiré a vuestra gloria; en las empresas y negocios y dudas que se me ofrezcan, consultaré vuestra voluntad por medio de mis directores, y no haré nada, absolutamente nada que no sepa que es de vuestro gusto y que me ha de servir para salvarme. Dadme, Dios mío, vuestra gracia para poderlo cumplir; haced que lo tenga presente todos los días de mi vida; cuando me venga algún deseo, haced que mire a Vos, y os invoque y os consulte a Vos y de este modo, Dios mío, haciéndolo todo...

Escritos I, vol. 10, doc. 38, págs. 1-4






   Incertidumbre de la salvación

   Uno de los motivos [que] deben impulsarnos más a vivir siempre vigilantes, siempre temerosos y poseídos del santo temor de Dios, es la incertidumbre en que estamos de nuestra salvación. Sabemos que hemos nacido, que vivimos para morir, que nuestra muerte es cierta, ciertísima, que no podemos escapar de ella, sabemos que nuestros días pasan veloces como una sombra; sabemos que los que vivían cien años atrás ya no existen, y que de aquí a cien años ninguno de los que ahora están en el mundo vivirán tampoco. Sabemos que nos espera un juicio terrible en el que se definirá nuestra suerte por toda la eternidad. Todo esto sabemos, todo esto vemos todos los días y la experiencia nos lo enseña aunque nosotros no queramos pensar en ello.
   Una sola cosa es la que no sabemos, una cosa es la que toda criatura ignora; esto es, si después de nuestra vida tendremos la dicha de salvarnos. Oh, éste es el misterio que Dios ha querido ocultar a nuestra penetración; éste es el gran misterio por sí solo capaz de hacer temblar al corazón más insensible; éste es el misterio que hacía asustar a las columnas de la Iglesia, a un S. Jerónimo, a un San Luis Beltrán, ¿y no será capaz de hacernos temblar a nosotros? Dios mostró ya desde la eternidad el número de los escogidos; él sabe [de] cada uno la suerte que nos espera; él penetra el uso bueno o malo que habemos de hacer de todas sus gracias; él sabe, en fin, si hemos de ser eternamente felices o eternamente desgraciados.
   Nosotros, sin embargo, nada sabemos de esto, vivimos a oscuras en una materia tan importante. Y, sin embargo, vivimos tranquilamente. Ah, si de vez en cuando procurásemos traer a nuestra imaginación esta verdad, si todos los días al empezar nuestras ocupaciones y nuestro trabajo nos detuviéramos a pensar un momento y nos preguntáramos: ¿quién sabe si me salvaré?
   S. Luis Beltrán cuando era joven traía muchas veces al pensamiento esta idea: ¿quién sabe si me salvaré? ¿quién sabe si tendré la dicha de llegar al cielo? y esta idea le amedrentaba de tal modo que no hacía sino llorar con- <*2*> tinuamente, de tal modo que sus amigos le llamaban el llorón. Y esto hacía un santo, y esto lo hacía un alma pura que caminaba por el camino de la virtud y de la perfección y que tanto conocimiento tenía de la bondad y del amor de Dios. ¿Y nosotros no temblamos?
   Pero ¡ah!, al menos no tendríamos tantos motivos de temblar, si supiéramos que el camino del cielo fuera muy llano y muy fácil, si supiéramos que es muy difícil condenarnos, si supiéramos que son muchísimos más los que se salvan que los que se condenan; pero, ah!, que no es así, hermanos míos.
   Todos sabéis que el camino que conduce al cielo es estrecho y angosto. El mismo Jesucristo nos lo dice: ancho y espacioso es el camino que conduce a la perdición y muchos entran por él; estrecha es la senda que conduce al cielo y pocos son los que procuran entrar por ella. «Muchos son los llamados y pocos los escogidos», dice en otro lugar el mismo Jesucristo [(Mt 20, 16)].
   Y siendo, pues, tan pocos los que tienen la dicha de entrar por esta estrecha puerta y de conseguir el cielo, ¿cómo no pensamos a cada paso en esta verdad?
   Cuenta la Sagrada Escritura en el Antiguo Testamento, que habiendo Dios determinado libertar a su pueblo escogido del poder del rey Faraón, bajo cuyo imperio hacía ya mucho tiempo estaban esclavizados, envió a Moisés para que dijese a Faraón en nombre suyo, que diera libertad a su pueblo; Faraón no quiso obedecer, pero habiéndole Dios enviado por medio de Moisés diez castigos o plagas muy terribles, se vio obligado a dar libertad al pueblo de Dios. Estando ya, pues, todo el pueblo fuera de Egipto, se apareció Dios a Moisés y le dijo: Cuenta a este pueblo y mira cuántos son. Diles que yo quiero llevarlos a la tierra de promisión, a una tierra fértil y abundante que mana leche y miel; allí se establecerán ellos y sus hijos para siempre como lo prometí a Abraham, allí me adorarán, allí me ofrecerán sacrificios y serán felices y yo estaré con ellos, pero encárgales que cumplan los preceptos que yo les doy, y que han recibido de sus padres. Moisés hizo como Dios le había mandado; numeró y contó los que había, y resultaron que había 600 [000], capaces <*3*> de tomar las armas, sin contar las mujeres, ancianos y niños. Moisés los condujo después por los desiertos de... colmándoles Dios de beneficios y haciendo muchos milagros para sustentarles, pero entreteniéndoles mucho tiempo para probarlos y ver si eran constantes en servirle, y, sin embargo, a cada paso estaban abandonando al Señor, siendo ingratos y desagradecidos a sus bondades. ¿Y cuántos, hermanos míos, de toda aquella muchedumbre que salió de Egipto creéis que mereció y tuvo la dicha de entrar y ver la tierra de promisión? Ah, espanto causa el decirlo; sólo dos personas de todas las que salieron de Egipto lograron llegar a poseer la tierra de Canaán o prometida. Los demás, por sus infidelidades murieron o fueron muertos por Dios durante el largo viaje; sólo sus hijos entraron a la tierra que Dios prometió a sus padres; hasta el mismo Moisés, aquel hombre tan grande, tan bueno y tan amado de Dios, porque había tenido poca fe al hacer un milagro, Dios le privó de entrar en la tierra de promisión, y sólo pudo verla desde una montaña elevada, desde donde Dios se la enseñó para su mortificación.
   Esta tierra de promisión pues, hermanos míos, según todos los Santos Padres y expositores, es figura del cielo, nosotros somos el pueblo de Israel que caminamos por el desierto de esta vida miserable; y corto número de los que entraron en aquel país, es el de los pocos que se salvan. ¡Ah, cuán terrible es esta verdad! Ahora caminamos todos por un mismo camino, seguimos todos un mismo rumbo, ¡quién sabe si llegaremos todos a un mismo término! Cuántos como Moisés se contentarán con ver de lejos la felicidad del Paraíso del cielo: cuántos, cuántos en medio de su carrera, apartándose de la senda de la fe y de la virtud, se precipitarán por los barrancos del pecado, y caerán en el <*4*> más profundo abismo y no tendrán ni el conocimiento de esta verdadera patria, y no tendrán sino el desconsuelo de saber que estaban destinados para ella, y, sin embargo, no lo han conseguido. Cuán pocos, en fin, llegarán sin tropiezos hasta el término de nuestro viaje y de nuestra peregrinación.
   Si consultamos la Historia Eclesiástica, se cuenta...
   Pero todavía tenemos otro motivo para temblar y que nos convence de cuán incierta es nuestra salvación. Tal es nuestra debilidad, nuestra poca firmeza: los peligros que nos rodean, y los enemigos que nos combaten.
   Ah! Inclinados al mal desde nuestra niñez, según dice... llevamos en nuestro mismo corazón el veneno de la corrupción y del pecado, nuestras pasiones rugen continuamente, nuestros enemigos invisibles nos acechan a cada paso, buscando devorar nuestra alma, como nos dice S. Pedro, nuestros enemigos visibles, el mundo y sus vanidades nos brindan y nos quieren seducir a cada paso con la dorada y falsa copa de los placeres y de las amistades peligrosas, todo, en fin, hace fatal la perdición de nuestra alma y nuestra condenación eterna.
   De modo, hermanos míos, que según la hermosísima expresión del apóstol S. Pablo, llevamos el corazón, llevamos el tesoro de la gracia en un vaso de barro, en un vaso de vidrio que al menor viento se empaña, que al menor golpe viene a romperse y a perderle miserablemente. Por esta razón [el] gran apóstol, que había sido escogido por Dios para vaso de elección, que había recibido el don de hacer milagros, que había sido trasladado con su alma hasta el tercer cielo, temblaba y se mortificaba constantemente y decía: «Yo procuro reducir mi cuerpo a esclavitud, no sea que mientras predico y salvo a los otros, yo me vea reprobado» [(1 Cor 9, 27)]. Y en otro lugar decía...
   Y siendo esto así, ¿no temblaremos nosotros? ¿Y siendo así que es tan poco seguro el salvarnos, siendo así que es tan corto el número de los que se salvan, siendo así que estamos tan rodeados de peligros, de barrancos y tentaciones, que caminamos por un mar tempestuoso y no sabemos si podremos llegar al puerto, no temblaremos y viviremos todavía dormidos en el sueño del pecado y no quitaremos las ocasiones malas y que nos ponen en peligro de perdernos para siempre? Sí, hermanos míos, sí. Jesucristo mismo nos dice que velemos y estemos en cuidado porque a la hora menos pensada vendrá el Hijo del Hombre, que la muerte vendrá como un ladrón, cuando menos lo pensemos, que por tarde que venga siempre nos parecerá pronto. Pensemos pues, que nos importa mucho salvarnos, que sin embargo, nuestra salvación es incierta, que si nos perdemos de una vez, será perdido para siempre por toda una eternidad, y pensando en esto viviremos vigilantes, huiremos del pecado, procuraremos tranquilizar nuestra conciencia por una buena confesión, y de este modo...

Pecado


Escritos I, vol. 10, doc. 39, págs. 1-7




Kroust
Pecado. Angeles

Predicado Sta. Clara. Ejercicios de 1870
Purísima 71
S. Mateo 86
Vinaroz y S. Mateo 87




   Composición de lugar... S. Ignacio.
   Con justo orden: véase la plática adjunta.
   Veámoslo por sus efectos.
   Dios crió a los Angeles.



   ¡Los ángeles! Cómo has caído del cielo, Lucifer, decía Job que...
   Tú que eras...
   ¡Los ángeles! Trasladados con el pensamiento, hermanos míos, a aquellas criaturas privilegiadas que Dios había criado para principales cortesanos, su guardia de honor, y en quienes derrochó los tesoros de su gracia, para hacerlos dignos de sí. ¡Ah, la vista de uno solo de ellos nos llenaría de un santo estupor! Mirad su clara inteligencia; abarcan en su mente el conocimiento de todas las cosas, penetran los secretos de toda la naturaleza, y sin necesidad de raciocinio como en nosotros, ven con una sola mirada todas las verdades, y penetran los espacios salvando las distancias. Su hermosura encantadora como en el orden de la naturaleza [?] brillo de toda la creación como estrellas en el firmamento de la gracia...
   [?] en el orden natural que Dios les comunicó <*2*> que pudieran sacudir la tierra a su impulso y detener al sol en su rápida carrera.
   Estas criaturas, pues, estaban posesionadas de la vida feliz de la gracia, y tan feliz, que libres de las inquietudes de las pasiones, sin nieblas en su entendimiento, disfrutaban de una felicidad que ni siquiera podemos imaginar; y allí en el vestíbulo de la gloria, ya no tenían otra obligación sino poner el pie en ella sin esfuerzo y entrar en el goce de la eterna bienaventuranza.
   Pero, ¡ay! que al ir a pisar los umbrales de la gloria...


   Y con este solo acto de interior consentimiento, se ven despojados completamente de la hermosura de la gracia justificante, y las riquezas de aquellas virtudes que formaban las complacencias de Dios quedan perdidas para siempre, y estos seres distinguidos quedan desfigurados para siempre, y tan desfigurados que su sola vista sería el tormento de un infierno, y en aquel mismo instante fatal son arrojados por la justicia de Dios al profundo del infierno, para arder por una eternidad. ¡Qué desvastación y ruina! ¡Qué estrago tan horrible ha producido en las filas de aquellas admirables legiones del ejército del Señor!
   Pero ¡gran Dios! Mirad que...


   Y sin embargo, hermanos míos, no creáis que esto [?] deje guiar de los impetus del <*3*> [?] hermanos míos!, cómo nos abismaríamos ante la bondad de este Dios, que no una sino mil veces se ha atado las manos para imposibilitarse de descargarlas, como se lo pedía su justicia! Y sin ninguna de las condiciones que recomendaban a los ángeles.
   Cuánto mejor debiéramos exclamar como S. Bernardo: Deus meus tu imposuisti mihi...
   Pecado de Adán. <*4*>

   Pero ahondemos más todavía en esta idea, hermanas mías, y acerquémonos más a los que por sus circunstancias podemos acercárnoslos a nosotros en sus consecuencias. Vadam ad portas inferi [(Is 38, 10)]. Vayamos y acerquémonos a las puertas de la eternidad, del infierno, ut retributionem peccatorum videamus [(Sal 90, 8)], para ver, como el Profeta, el castigo de los pecadores, para que el tormento ajeno sea un motivo para ver el peligro en que ha estado nuestra alma.
   ¡Qué suplicio, Dios mío! Penetrad y ved aquellos gigantes, gigantes, digo por sus virtudes primeras...
   ¡Cuántas veces cometí yo los mismos deslices que aquellas almas!
   Muchos de ellos apenas cuentan 12 años.
   Pero ¡Dios de mi alma! ¿Y aquellos méritos primeros, y aquellas gracias que enamoraban vuestro corazón?
   ¡Ay! no: el monstruo del pecado inficionó su alma y su fealdad le oscureció de tal manera que no puede representar ya su imagen.
   Pero, y Dios mío: y porqué no <*5*> [?] aquel que se compadece.


   ¡Ay, hermanas mías!, si al ser escogidos para ser consagrados a Dios y al hacernos más que ángeles, esposas, suyas, pudiera ocurrir un desorden en nuestra alma, ¡qué objeto seríamos en la presencia de Dios! ¡Y sin embargo, tan poco que tal vez lo hemos tenido! Ya que en realidad no nos hayamos expuesto a ello, por la falta de mortificación de nuestras pasiones, si es que veraderamente ante las repugnancias de nuestras obligaciones [?] hayamos... no hayamos resistido en nuestro corazón a la voluntad de Dios!
   Porque notad hermanas mías; quienes fueron los que tuvieron pereza de hacer el acto que el Señor les exigía, eran ángeles inmensamente mayores que nosotros en fortaleza y en poder, fortificados con el poderoso socorro de la gracia, libres de pasiones materiales, adornados de tanta luz y sabiduría; sin embargo, el agitado vientecillo de la vanidad, o de la soberbia, o de la desobediencia, o lo que sea, evanuerunt, se disiparon en su pensamiento, y perecieron fatalmente [(Rom 1, 21)].
   Y nosotros, hermanas mías, que somos naturaleza corrompida... <*6*> porque notad, hermanas mías, que nosotros estamos iluminados por la gracia, como el sol ilumina los objetos

   Cuántas veces hubiera podido sustraer su influencia es [?] vaya de la gracia! Cuántas veces nos han puesto so[?] nuestras infidelidades al punto de apartarnos de su calor!... si este sol no nos hubiese perseguido con los rayos de su influencia.
   Sana me, Dómine [(Sal 6, 3; Jr 17, 14)].
   Caída fatal, repito.
   Y ¿cuál fue la consecuencia de este desorden interior, de este pensamiento consentido? Quomodo cecidisti... [(Is 14, 12)].


   Ni lugar a la penitencia, ni un breve espacio concedió al llanto. Es verdad que según la opinión de mi Angélico Doctor, Sto. Tomás, no podía haber en ellos arrepentimiento, puesto que al entregarse al desorden, lo hicieron sin pasiones, y con la previsión de todas las consecuencias, pero también es verdad que aun prescindiendo, que a pesar de este aferramiento natural, de sus entendimientos al paso que habían dado, Dios hubiera podido [darles] una gracia mayor que les arrancara aquélla... de su voluntad; pero no lo hizo, ni estaba obligado a ello, y era tal ya la asquerosidad que a sus ojos ofrecían aquellas inteligencias, que no pudo detener el peso de su justicia que reclamaba imperiosamente aquel castigo.
   ¡Ah! Sí... si al considerar con los ojos de nuestro entendimiento y a la luz de nuestra fe este [?] entendimiento, nos ponemos a meditar sobre [?] y examinamos las ingratitudes de <*7*> [?] me has aguardado a mí? Sin faltarles Dios en lo que les debía a aquellas almas, verdaderamente que podíamos hacer al Señor esta pregunta: ¿Cómo me aguardó el Señor a mí? Appropinquavit inferno anima mea [(Sal 87, 4)]: Mi alma ha estado cerca del infierno, y tanto más cerca que ellos, puesto que he sido semejante en la corrupción de mi naturaleza inferior.
   Cuanto ha sido el peso de mis infidelidades.
   Cuanto ha [sido] más grave el desprecio de las gracias del Señor, cuanto mayor el conocimiento que me dio, los ejemplos con que circuyó.
   ¡A cuántos ha devorado la llama y está devorando sin esperanza ninguna!
   ¡Horrible monstruo el pecado! ¿Y qué es lo que le ha detenido, pues, respecto de mí? Misericordia.
   Recordad S. Agustín.
   Sta. Margarita de Cortona.
   Sta. Magdalena de Pazzis.

Escritos I, vol. 10, doc. 40, págs. 1-2






   Pecado Mortal

   Meditación <*2*>


   Pecado - Qué es -
   Mas en sus castigos - Angeles - Hombre - Pecado solo.
   ----------
   Mis pecados propios.
   ----------
   De qué me ha librado - De la eternidad desgraciada.
   ----------
   ¿Queréis ser santos? ¿Queréis soportar bien todo? - Eternidad - S. Ignacio.

Escritos I, vol. 10, doc. 41, págs. 1-12






   Consideraciones sobre los pecados

   1.º Preludio: Composición de lugar: S. Ignacio. El alma encarcelada.
   2.º Arrepentimiento.

   Natural es y con orden admirable debemos dedicarnos a la consideración del pecado, después de haber considerado nuestro último fin: éste va a Dios; aquél lo impide y le separa de Dios: aquél va al entendimiento para que quede plenamente convencido; éste va a excitar a la voluntad para la detestación de todo desorden que se opone a este último fin, por medio del mal uso de nuestras potencias y del mal uso de las criaturas exteriores.
   Pero antes de examinar el pecado en sus castigos y consecuencias, según el orden de S. Ignacio, bien podemos examinarle siquiera ligeramente en lo que es en sí.
   ¡Pecado! ¡Ah!, nombre horrible cuya sola idea debía hacer temblar a la criatura: ¡Pecado! nombre cuyo solo eco hizo desmayar a...
   Mirémoslo con los ojos de la razón y mucho más con los ojos de la fe. Según la razón es un desorden, un trastorno de la regla que el Señor tiene marcada por medio de la luz natural: es una separación del fin a que debe dirigir sus acciones: es la [?] la razón a sus apetitos o a sus pasiones; [?] lo tanto un acto que nos asemeja a los brutos que tienen razón; aún más: los seres que [?] razón al dejarse obrar por la pasión [?] el hombre al cometer la [?] tiene que salir fuera de su esfera. <*2*>
   ¿Y según la fe? ¡Ay! El pecado es el ultraje que hace el alma a la voluntad santa de Dios; es la negación a sus preceptos; es el desprecio práctico que hace del Criador; es decirle con la[s] obra[s], aunque no con la boca, non serviam: Ya sé que no queréis esto, pero yo quiero hacerlo, prefiero mi voluntad a la vuestra.
   Pecado es desfigurar la hermosura de la gracia.
   Pecado es convertirse el alma voluntariamente en esclava del enemigo.
   Esto hace la criatura; este insulto ha hecho el alma, este... he hecho yo.
   Pero no: tal vez esta idea del desorden de la criatura no aparezca con bastante viveza a nuestra imaginación, porque no podemos medir bien la santidad infinita, la grandeza de su poder, lo digno de ser respetada la voluntad santísima de este Dios inmenso, dueño absoluto de todas las cosas, y por el cual y para el cual es todo cuanto existe.
   Meditémoslo prácticamente ante los efectos, ante los castigos sensibles a que su brazo se ha visto obligado a ejecutar para no defraudar su justicia, y aunque pudiéramos detenernos y estremecernos con la consideración del primer pecado cometido allá sobre el mundo material y en el principio de los siglos... dejémoslo por no alargar demasiado el [?] [?] de nuestra meditación.
   Y examinemos la fealdad <*3*> [?] la criatura por el segundo pecado cometido ya sobre la tierra, por corazones humanos, por sentidos materiales, y por lo tanto más semejantes a nuestros desórdenes propios e ingratitudes.
   Forma Dios al primer hombre, a nuestros primeros padres: los constituye dueños absolutos del Universo, adorna sus entendimientos del conocimiento de todas las verdades en el orden natural y sobrenatural; regula su voluntad haciéndola dueña de todos sus apetitos; adorna su alma con el esplendor de una gracia imponderable; sus corazones son templos dignos de la majestad de un Dios; Dios tiene en ellos sus complacencias; comunica con ellos, alterna con ellos en su conversación, tiene sus delicias con ellos cual amantes queridos de su voluntad. Sólo Dios, para no rabajar su grandeza, se ve obligado, además de las reglas de la ley natural, que no podía dispensarles, porque constituyen el orden mismo de Dios, a imponerle un tributo exterior, que serviría al mismo [tiempo] para perfeccionar su amistad y completar su dicha.
   Pero se olvidan por un momento de su Dios; sufren una distracción: y una curiosidad, un deseo de placer, una condescendencia, un desorden desfiguró en un momento toda aquella hermosura: un [?] terrible se verificó en aquella grandiosa [?] la separó inmensamente de ellos: [?] a dejarse llevar por el peso de su aplastar hasta el infierno aquel [?] hasta entonces tan amigas <*4*> y queridas y dignas de toda consideración; y esto no había mediado más que un acto pasajero al parecer indiferente de parte de aquéllos; y, con todo, Dios tuvo que violentar los fueros y las atribuciones de justicia; tuvo que echar mano en seguida de los tesoros de su misericordia y se vio precisado a recurrir a señalar a su propio Hijo para descargar en él su justo enojo... so pena de tener que ejecutar a la fuerza y por último castigar a aquellas miserables criaturas, obra perfecta de sus manos.
   Pues este Dios tan justo que nunca puede excederse de los límites.
   Este Dios que tanto se complace en el bien de sus criaturas, siempre deseoso de su felicidad.
   Este Dios que nunca obra ni puede obrar sin conocimiento ni por prontitud de genio ni pasión alguna, tuvo necesidad de vengar de algún modo lo que exigían sus atributos de grandeza y de justicia; y dejó caer la vara del castigo sobre Adán, y la humanidad de la que aquél era representante, porque así lo demandaba aquella falta.
   ¿Y quién podrá examinar las consecuencias de aquel desorden, de aquella ingratitud, para con ello venir en conocimiento de lo que es el pecado? ¡Ah!, hermanos míos. Echemos una ligera ojeada sobre las miserias de la humanidad. Recorramos la cadena de crímenes que se han cometido en el mundo, efecto del desorden de las pasiones: ¡Cuántos asesinatos que horrorizan tan sólo de recordarlos! [?] guerras y trastornos que han llenado de [?] ciudades, reinos enteros! ¡Cuántos [?] pueblos que se han levantado <*5*> [?] amontonando cadáveres! ¡Cuántas envidias! ¡Cuántas ambiciones! ¡Cuántas riñas! ¡Cuántos robos! ¡Cuántas miserias! ¡Pues todo lo ocasionó una sola falta!
   Registremos la situación de muchos países. ¡Qué degradación en ellos! Infinitos seres, innumerables generaciones de hombres, viven allá en las sombras de la más profunda ignorancia, casi sin conocimiento, semejantes a las bestias, comiéndose los unos a los otros, sin civilización, sin gobierno, entregados a sus instintos, en la más espantosa degradación. Pues todo ello lo ocasionó un agravio para con Dios.
   Penetremos en los hospitales: acerquémonos a esos grandes departamentos de enfermos que hay en las capitales: tal vez no lo hayáis presenciado, hermanos míos, pero paseadlos con la imaginación, y veréis grandes y prolongados salones, clasificados según las varias enfermedades; y ¡ah, qué males tan horrorosos! ¡qué ayes tan agudos penetrarán en vuestros oídos! ¡cuánta úlcera! ¡cuánta corrupción! ¡cuántas dislocaciones! ¡cuántas angustias! ¡cuántos sufrimientos, qué destrozos del cuerpo humano! ¡qué dolores tan activos! ¿Quién [ha] ocasionado todo [esto]?
   Una sola ofensa a Dios, y que Dios no ha castigado todavía como podía haber hecho.
   ¡Bajemos a los sepulcros! penetremos en los cementerios: en esos grandes receptáculos de la miseria y podredumbre: cuántos miles de generaciones de [?] y pobladas ciudades de Babilonia, de [?] yacían y yacen sepultadas en los centros de la [?] y olvidados ya; qué hacinamiento <*6*> de huesos descarnados, corrompidos, próximos a disolverse y calcinarse, cuya sola vista horroriza, cuya memoria hace retroceder a la imaginación.
   Pues todas estas ruinas de grandeza, de hermosura, de riquezas, lo ha ocasionado el imperio cruel del primer pecado; un solo acto de placer y de orgullo; una sola desobediencia, y por una sola vez de dos criaturas amadas de Dios; y que tuvieron que pagar por espacio de 900 años con rigurosa y continua penitencia.
   ¡Dios mío! una sola falta por una sola persona y cometida una sola vez, y por corazones tan amados de Dios! Qué cosa, pues, debe ser el pecado, si así mueve a un Dios tan bueno.
   ¿Cómo ha estado, pues, mi alma? ¿Qué he merecido yo en la presencia de Dios? ¿Cómo [me] ha soportado ni un momento? ¿Cómo habito todavía sobre la tierra?
   Pero ¡ah! detén tu paso todavía, hermano mío, antes de penetrarte en toda tu ingratitud!
   Desciende al profundo del infierno y considera aquella pobre alma revolcándose en un horno de fuego, en un grito sempiterno; y ¡ay! comprende que está justamente en aquel [lugar], que Dios obró como debía, que al convencerse entonces de lo que es Dios, ve, aunque contra su voluntad y a pesar suyo, que tiene su merecido.
   Y bien, ¿quién es? ¡Ay! un alma inocente que había sido por mucho tiempo; quizás había ofrecido a Dios las primicias de su razón; tal vez el candor [?] el encanto del Angel de su Guarda.
   ¿Qué crímenes ha cometido, pues? [?]bles desórdenes se entregó, que multi[?] hizo contra la bondad y misericordia <*7*> [?] un descuido primero, un consentimiento en su corazón después, y Dios descargó sobre ella el golpe de su justicia y estará padeciendo allí sin fin por toda una eternidad.
   ¡Dios mío! y por una sola y muy pocas infidelidades, y un alma que había sido candorosa, que había atesorado méritos y...
   ¡Ah! El entendimiento se confunde, y sin embargo ello es cierto.

   Hermanos míos: esta sola consideración, esta verdad fija en nuestra mente sin abandonarla jamás, sería más que suficiente para nuestra santificación.
   Porque al comparar esta verdad con nuestras ingratitudes, al considerar nuestras malas correspondencias a Dios...

   Examinemos sino nuestro pasado. Trasladémonos a los albores de nuestra razón. Todo hombre, dice Sto. Tomás, tiene obligación de ofrecer los primeros actos de su libertad, y por consiguiente el primer afecto de amor, de reconocimiento, hacia su Criador; Dios mandaba en la antigua ley que se le ofreciesen las primicias, así de hombres como de animales, en reconocimiento de supremo dominio sobre todo. Dueño más que de otro alguno, del hombre, quiere también más que de otro alguno las primicias de su voluntad: Como se [?]. Mi imaginación inquieta se [?] en el norte de su destino, de su <*8*> fin, de su único objeto? Ah! cuántos [?]dentes ligerezas distrajeron mi corazón! ¿Qué hicimos con nuestros padres y superiores? ¿Cuántas desobediencias acompañaban nuestras acciones: ¿cómo me porto en mis diversiones? con nuestros hermanos, con nuestros amigos y compañeros: Qué cadena, tal vez, de mentiras, de arrebatos de ira, de envidia, de palabras menos conformes, cuya malicia sólo Dios puede pesar!
   Llegamos a nuestra adolescencia: creció con nosotros la viveza de nuestro genio; los ímpetus de nuestro corazón; cómo se deslizaron en aquellos años; ¿quién sabe si mucha parte de ellos fueron perdidos en la presencia de Dios? ¿cuántas pasiones anidaron en nuestro corazón? La vanidad formaba mucha parte de mi vida; ¿cuáles eran mis pensamientos, mi conducta en la calle, en la Iglesia? ¿Cuáles eran mis conversaciones? Con tales o cuales amigos que por respetos humanos no abandoné y me provocaron el mal:... ¿y yo también les di ocasión? ¿cómo usamos de nuestros ojos? ¿de nuestros oídos? ¿de nuestros sentidos todos? ¿cuánta pereza en el cumplimiento de mis obligaciones, aun los de la Sta. Iglesia? ¿cuántas ilusiones falsas ocuparon mi mente? ¿y me hacían olvidar a Dios? ¿Qué hacía de mis confesiones y comuniones? ¡Qué poco reparaba en lo que estaba haciendo! Dios sólo puede comprender mi pereza y mi poco cuidado y mis ignorancias culpables y voluntarias.
   ¡Oh, qué tela de enredos tejimos en nuestra alma! ¡Con qué negros borrones ensuciamos la hermosura con que Dios nos adornó al sacarnos del agua bautismal!
   Con cuanto mayor motivo que el [?] podríamos exclamar: Delictas... [?] de los crímenes, de las ignorancias vol[?] juventud: Acordaos tan sólo de vuestra [?] <*9*>
   Llegamos a nuestra juventud. El Señor había tocado o empezó a llamar a las puertas de nuestro corazón. ¿Quién era si para llamarnos tuvo que echar mano de un remordimiento para despertarnos del letargo? Y el Señor nos llamó hacia sí: para hacernos todos suyos: ¿cómo respondí a ese llamamiento? ¿Fui bastante generoso para con él? ¿Correspondí a sus voces y a las gracias que dulcemente derramaba sobre mí? ¿En las luchas que tuve que sostener, cuando los devaneos del mundo se pegaban a mi imaginación, cómo me porté? ¿Aun en aquellos fervores de mi vocación cómo me porté? Sin duda en mis apetencias entraba mucha parte de propia conveniencia, de amor propio más que de la gloria de Dios? ¿Cómo soporté las contradicciones que el Señor tenía a bien enviarme para mi purificación? ¡Quizás merecí con ellas que Dios me hubiera recha[za]do?

   Pero, por fin, compadecido Dios de mi alma, me condujo al puerto de salud: me elevó a un estado que nunca pude merecer: que para conseguirlo no podía presentar otro título que infidelidades; ¿y cómo he correspondido, al fin, al objeto que el Señor se propuso de mí? ¿Cómo he procurado satisfacer en él mis descuidos pasados?
   ¿Cómo nos hemos portado en el cumplimiento de nuestros votos esenciales? ¿Ha sido bastante en mí el deseo de la perfección como tengo el deber? ¿Tal vez por la misericordia de Dios no he caído en ninguna infidelidad grave?, pero cuántas habré cometido [?] habrá sido mi tibieza en ciertas temporadas [?] he regateado al Señor ciertos sacrificios [?] ser él tan bueno hubiera [?] de mí hubiera caído en <*10*> faltas graves de las que acaso no hubiera tenido tiempo de arrepentirme? Salomón, Orígenes, todos serían modelos que debían horrorizarme. En mis iras, en mis [?]
   ¿Es decir, que sólo a la gran misericordia de Dios debo el que yo me encuentre años ha arrojado de su presencia?
   ¿Es decir, que mi corazón, esta voluntad que poseo, se ha atrevido a negarse a Dios muchas veces, ha preferido inclinarse a sí misma? ¿Ha preferido el amor de sí misma y de las criaturas antes que el amor de Dios?
   ¿Y quién soy yo? ¿qué derecho podemos alegar para poder obrar de este modo con Dios? ¿para de esta manera rechazar su voluntad?
   ¡Ay, lo que somos! Bueno sería aquí exponer cumplidamente lo que somos en realidad y examinar los motivos de humillación para confundirnos hasta el polvo de la tierra.
   ¿Qué somos respecto del universo, de los hombres todos? Una pequeña gota de agua arrojada y confundida en medio de un océano.
   ¿Qué somos en medio de esos innumerables ejércitos de espíritus resplandecientes que Dios crió para su gloria, y que fueron como los astros de la mañana que le alabaron con júbilo? Un grano de arena imperceptible que se escapa a la vista del hombre.
   ¿Qué es nuestra alma desde el día del pecado? La ignorancia y torpeza de nuestro entendimiento, la corrupción en su voluntad, el desorden de los apetitos. Somos, en nuestra alma y en la presencia de Dios, cual asqueroso postema que desde el día de nuestra razón no ha hecho sino despedir [?] de infidelidades, y de ingratitudes, de [?]pondencia. Y en nuestro cuerpo [?] <*11*> [?] no: no es preciso detenernos: a la vista llevamos suficientemente esa corrupción, ese desorden de nuestra sangre, de nuestros humores: esa carga de carne que nos vemos precisados a soportar con pena: que va descomponiéndose a cada paso, hasta que la arrojemos en un hediondo sepulcro, para ser un rato juguete de gusanos, y después... un poco de polvo disuelto, esparcido en las entrañas de la tierra.
   Y polvo soy yo; y ese polvo por medio de sus sentidos ha injuriado a Dios, ha puesto su fin en sí mismo, olvidándose de él y despreciándole: y no [?] reparo de negarle su obediencia y [?] mismos ojos.
   ¿Y Dios le sostuvo y aguardó y no le castigó?
   Y no es [ese] Dios que a los ángeles, a aquellas hermosuras...

   No es Aquél que a Adán y a Eva...

   No es éste aquel Dios que a aquella alma...

   ¿Por qué, pues ,ha tenido consideración en mí? ¿Qué le he hecho yo? ¿Quién se ha interpuesto en mi favor? ¡Ah, nada ni nadie: sólo la bondad y misericordia de Dios! Ese es el único título que tengo en mi [?], hermanos míos, que reflexionar sobre es- <*12*> ta verdad que no caigan gotas del santo odio que Dios tiene al pecado, (sobre nuestro corazón) y de odio santo sobre nosotros mismos.
   ¡Cómo es posible que el rubor no coloree nuestras mejillas delante de Dios, al pensar los recuerdos de nuestra memoria, los pensamientos de nuestro entendimiento, las afecciones de nuestra voluntad! ¡Los desórdenes de nuestra lengua, de nuestros sentidos todos!
   ¡Cómo es posible que no derramemos de reconocimiento nuestro corazón, al pensar la bondad inmensa de Dios, que nos ha libertado del castigo, si cometimos un [?] merecimos un enfierno. Si muchos...
   No me extraña que los santos bajo la persuasión de esta idea pidieran a Dios mil infiernos.

   Qué pediremos...

   Lo que me extraña es que todavía a pesar de ello, la vanidad quiera introducirse en nuestro corazón. Lo que debe extrañarnos [es] que las asperezas de las reglas puedan mortificarnos atendiendo lo que hemos merecido, que el trabajo y la mortificación que el Señor permite por medio de las criaturas, tenga que violentarme para soportarlas: que no desee más sacrificios, más humillaciones, más olvido...
   Desciende, hermana mía, al fondo.

Escritos I, vol. 10, doc. 42, págs. 1-2






   Pecado, oh! monstruo - Pecar es -
   Pero no: tal vez el castigo nos haga más efecto.
   Pecado de los ángeles. Belleza. ¿Quomodo? [(Is 14, 12)].
   Estaban destinados a alabar a Dios...
   Iban a poner el pie en el cielo.
   Pero ah!
   ¿Quién? Dios: ¡tan bueno, justo...
   ¿A quiénes? ¡Cuántos!
   Pues a mí, con tantos pecados: ¿Por qué?
   Deus meus! [(Sal 17, 3)].
   ----------
   Adam. Criaturas sencillas.
   Un deseo solo; un descuido.
   Y mirad las consecuencias: Los infieles. Las ruinas de los Imperios. Hospitales. Cementerios. Un pecado.
   ----------
   Pecados propios. Edad de la razón. Sto. Tomás. Adolescencia. Curiosidad. Desobediencia. Ligerezas.
   Dios nos llama, y quizás dormidos.
   En nuestro estado: iras, deseos, aversiones, desobediencia, envidias. <*2*>
   ¿Contra quién? Dios. Que no son los ángeles: criaturas, y todo...
   Si le viésemos, no podríamos menos de amarle. Si bajase al infierno...
   Contra este Dios he pecado.
   ¿Y no es el que castigó los ángeles? ¿Y a Adán?
   ----------
   Mira aquella alma: ¿Quién es? ¿Qué hace? Tal vez inocente. Un pecado. Y allí, dice, que está justamente.
   ----------
   ¿Quién soy yo? En el alma, en el cuerpo. Soy un demonio, una postema.
   ¿Y no me ha tragado la tierra? ¿Quién ha intercedido?
   ¿No sois el que no perdonasteis a los ángeles?
   ----------
   ¿Y querré ya nada de este mundo, y amaré el placer? ¿y la vanidad, y las criaturas?
   ¿Y rehusaré la humillación, el castigo, la obediencia, la enfermedad, el que no me cuiden?
   ¡Ah, no Señor! Hic ure... [(Sal 25, 2)].
   Os lo pido, Dios mío. Haced que murmuren de mí. Haced que se descuiden de aliviarme.
   Y si el corazón se resiste, acudiré a Vos, para que remachéis el clavo.

Escritos I, vol. 10, doc. 43, pág. 1






   Jesús, María, José

   Esqueletos de sermones.

   De la gravedad del pecado mortal




   Todo lo que se castiga mucho es indicio de que es muy grave, como lo vemos en todos los castigos humanos.
   1.º Cuán grave, pues, debe ser el pecado mortal, que tan terribles castigos ha arrancado; fijémonos únicamente en el castigo de los ángeles.
   Los ángeles eran espirituales, sabios, hermosos, agradables a Dios; y por un solo pecado mortal, ¿cómo se volvieron? Miradlos, examinad qué se ha hecho [de] aquella hermosura; antes eran imágenes resplandecientes de Dios, ahora, sin dejar de ser imagen de Dios, están tan desfigurados que apenas [puede] percibirse su grandeza primitiva; destinados para ser príncipes del reino celestial, se hallan ahora mismo aherrojados, sumergidos en los calabozos hediondos del infierno. Destinados a ser compañeros del hombre, a conducirles a la felicidad, sirven ahora para tormento de los mismos hombres y buscándose a sí mismos, como ellos, quisieron ser participantes de su infidelidad e ingratitud para con Dios. ¡Ah! Si Dios nos dejara ver con nuestra alma a uno de esos espíritus desventurados, ¡ay! hermanos míos, no pudiéramos vivir ni un momento, si Dios no nos sostuviera. ¿Y de dónde tanta fealdad? ¿Y de dónde tanta desgracia y transformación? ¡Ah! De un solo pecado mortal de orgullo, por un solo acto de amor desordenado de sí mismo, por haberse buscado a sí mismo y no a Dios, en sus grandezas, en sus dones, en sus perfecciones, no queriendo, digo, atribuirlos a Dios, autor de todos ellos. ¿Y nosotros lo creemos así? ¿Y qué hacemos? Si Dios hubiera tenido que castigarnos cada vez que hemos puesto nuestro corazón en nuestras gracias, en nuestras cualidades, en

Escritos I, vol. 10, doc. 44, pág. 1






   De las raíces de los pecados

   No sólo hemos de aborrecer el pecado, sino sus raíces.
   La soberbia y la sensualidad, que se alimenta de la avaricia.
   El primer antídoto es el conocernos; para ello qué es lo que eres.
   El infierno. Puedes caer aun de...
   Si meditáramos esto, no tendríamos las pasiones que tenemos.
   Porque de la soberbia nacen
   La vanagloria (esos vestidos, esa hermosura, esos bienes...)
   Ambición, arrogancia, presunción. Ah, queremos ser más que los otros; no queremos ser los últimos... sí, solícitos, la fama.
   La envidia, si a los otros
   La desobediencia y rebeldía y quiere tener razón...
   Hipocresía; quisiera parecer lo que no es...
   Ah, quién sabe qué raíces ha echado la soberbia,tizón del infierno.
   La otra razón es la sensualidad.
   Mira... Bellecio
   Cómo, mortificándote: pero de esto ya hablaremos.

Escritos I, vol. 10, doc. 45, págs. 1-6






Predicado en S. Juan y Purísima:
Ejercicios de 1867.
Predicado en Sta. Clara:
Ejercicios de 1869. <*2*>




   Pecado venial


   Hemos visto, hermanas mías, el fin...
   La indiferenecia nuestra respecto de las criaturas, y por consiguiente la necesidad de la perfección; mas consistiendo ésta en el orden practicado tan [?] por Jesucristo, debemos acomodar a él todas nuestras acciones.
   ¿Qué es, pues, lo que puede impedir este orden, esta perfección? El pecado. No: no quiero...
   Quiero, sí, hablaros de otro pecado, que sin destruir el orden de las criaturas y de nuestras acciones a Dios, le impide, le pone óbice, es causa de que este fin: es decir, del pecado venial; sí, el pecado venial; es él el que desviando nuestros afectos, hace que no sepamos dirigir las criaturas, los sentidos, nuestras potencias, al fin y al orden que Dios ha establecido.
   Pero antes debéis saber...
   Yo me complazco, hermanas mías, en creer que ninguno de vosotros querrá jamás hacer un pecado venial de propósito; ¡ay! sería muy amargo y muy cruel para mi corazón el sospecharlo siquiera; pero con todo debemos dedicarnos a esta meditación, para estar prevenidos siempre contra él, y penetrarnos de sus consecuencias para que así evitemos hasta las debilidades. <*3*>
   Al entrar en la consideración del pecado venial debemos reflexionar: primero, en su gravedad en sí. 2.º En sus consecuencias. 3.º En sus castigos.
   Decimos que el pecado venial es muy grave considerado en sí, en cuanto se dirige a Dios.
   Decimos que el pecado venial es leve, con relación al mortal. Ejemplo: el mundo es pequeño... La muerte y la enfermedad.
   Pues en sí es gravísimo mal: porque, ¿qué es el pecado venial? Es una ofensa contra Dios que no llega a constituirse mortal. Es un hecho, dicho...
   De modo que en cuanto al objeto...
   Hermanas mías, si comprendiéramos quién es Dios...

   El pecado de propósito es un desprecio de Dios. Aquel que conscientemente comete una falta, le dice a Dios: Señor, ya sé que vos me lo prohibís, pero...

   Es también una infidelidad. Aquel que se entrega al pecado le dice a Dios: No, no quiero ofenderos gravemente, porque pierdo vuestra gracia.
   Mezquindad del corazón: el que así obra <*4*> que no se presente a rogar en la presencia de Dios.
   Para ponderar también la gravedad de nuestras infidelidades voluntarias, debemos pensar y reflexionar que es mayor que la ruina de todos los imperios.
   De modo... Macler Marín.
   Aún más: para borrar esta infidelidad voluntaria es preciso toda la sangre de un Dios. El hombre por sí mismo no puede... Ni todos los suspiros de los Patriarcas...
   Además empaña la hermosura del alma. ¡Oh! si pudiéramos comprender lo que mueve en la presencia de Dios. Pasaje. Ego incipiam evómere... [(Ap 3, 16)].
   Pasaje de una princesa alemana. <*5*>
   En segundo lugar, podemos reflexionar sobre la gravedad del pecado venial por los efectos que causa en nuestra alma. Un vestido por primoroso que sea...
   De dos maneras contribuye el pecado a causar mal efecto en el alma. Indirectamente, pues se priva de muchas gracias.
   Qué favores hará el Señor... March.
   Cuántas veces el Señor está dispuesto...
   Por esto S. Agustín dice que precisamente el Señor nos niega cuando queremos una cosa, pues cuando él deseaba concedérnosla, nosotros rehusamos.
   Directamente, porque enflaquece el alma. Ejercicios de S. Ignacio.
   Pasaje de S. Bernardo: Mirabile quidem... <*6*>
   Veamos los castigos con que Dios ejerce su justicia respecto del pecado venial.
   Moisés, Aarón...
   Tormentos del Purgatorio. Mach.
   Hermanas mías ¿Y por qué todos estos tormentos? Por...
   Mirad, Hermanas mías, los terribles pensamientos que atormentarán el alma infiel en el Purgatorio:
   Yo pude... Mach.

Escritos I, vol. 10, doc. 46, págs. 1-2






   Pecado mortal

   ¿Qué es pecado? Dictum, factum...
   Todo tiene sus leyes.
   Dios ha puesto su ley.
   El pecado es trasgresión de la ley de Dios.
   Es una ofensa a su voluntad.
   ¿Quién es Dios? Majestad. Grandeza. Poder. Terrible. Santo. Sabio. Eterno. Rey. Señor.
   ¿Qué eres tú?
   En el cuerpo, en el alma, en el tiempo. En comparación a las demás criaturas. Como ampollas de un lago.

   Non serviam, y a ese Dios.

   Ante sus ojos. Es inmenso. Cuando un hijo o hija quieren cometer pecado... Cuando un ladrón... busca la oscuridad.
   Su omnipotencia. Es un robador.
   Mira: una esposa que se vale de los adornos de su esposo para pecar con otro... Tu es illa mulier [(2 Sm 12, 7)].
   Te ha dado tus potencias, tus sentidos, las cosas exteriores.
   Se vale del mismo Dios: Servire me fecisti in peccatis tuis. [(Is 43, 24)]. <*2*>
   Ofendes a Jesucristo.
   ¿Qué del ladrón que obligara al padre a alumbrarle para matar a su hijo? ¿Qué si cogiera la mano del padre? ¿Qué, si después de ayudarle, matara al propio padre?

   Al beneficio de Dios. El ángel de Habacuc. Ingratitud del pecador. Paciencia de Dios. Si una mosca nos mortifica, la matamos.
   A la bondad de Dios.
   Quid feci tibi? [(Miq 6, 3]). ¿Por qué te ha criado? ¿Por qué te redimió? ¿Por qué te ha dado miembros?
   ¿Y por qué le ofendes? Propter hordeum [(Ez 13, 19)].
   La Redención.
   Antes de venir Jesucristo, eran más excusables. Ha venido para borrar el pecado. Renueva la pasión. Si un hombre se ofreciera a ser palo de un ajusticiado... Pues el pecado en su corazón crucifica y es palo.
   Ofende a María.

Muerte


Escritos I, vol. 10, doc. 47, pág. 1






   Muerte - 89

   Es una verdad sabida. Quien no sabe...
   Le diréis a un disipado: Piensa que has de morir, y os dirá: ya lo sé; y como todo lo sabe: lo sabe con el entendimiento, pero con el corazón no lo cree; es decir, como si tuviese que venir para los otros, [no] para él. Hoy por mí, mañana por otro. (Ejemplo).
   Porque, sin embargo, la Iglesia nos pone tanto este pensamiento a la mente: Pulvis - Memento - Esa hora de nuestra muerte.
   Nosotros, que dóciles queremos oír esa voz, y penetramos... meditemos. (Vide plática adjunta). Motivos de temer, de esperarla; medios de tenerla buena.
   ¿Qué es?
   Morirás. Vide Manresa.
   ----------
   ¿Es cierto? ¿Quién me lo dice? La razón. Manresa. La experiencia. ¿Qué se han hecho? Vide 1a. plática.
   ¿Cuándo? Ferrocarril. Vide plática 2a.
   ¡Oh, qué motivos de temer! Pero hay otros. Plática 2a.
   ¿Cómo moriré? [?] de la muerte. Agonía. (Manresa).
   ¿Cuántas veces? (Manresa).
   Después de la muerte. (Manresa).

Escritos I, vol. 10, doc. 48, págs. 1-11






   De la muerte

   Omnes moriémini...
   et in púlverem revertemini...
   Génesis 3, 19


   Carísimos hermanos. ¡Cuán grande y cuán justo debe ser el temor del sacerdote al subir a la cátedra del Espíritu Santo! ¡Cuán grave es el encargo de manifestar al pueblo la voluntad del Omnipotente! ¡Cuán grave es el cargo de la palabra divina a los que conviene la obligación de anunciarla debidamente! Pero se aumenta en mí este temor, por la razón de aumentarse también la terribilidad del asunto de que vengo a hablaros en cumplimiento de mi carácter sagrado. Hoy vengo a hablaros del espantoso fin de nuestra vida, de aquel principio horrible de la eternidad; del término de todas las felicidades humanas, y formidable consumación de las vanidades terrenas. Muchas veces habla el orador contra los hurtos, muchas contra la lascivia, otras contra la soberbia y otros pecados que no comprenden a todos los oyentes; porque entre ellos se hallan muchos justos, muchos castos, muchos caritativos; pero hoy hablo de un asunto que lo mismo comprende a todos, y en la que al intimar el decreto de muerte a todos los circunstantes, yo debo contarme por uno de los condenados a esta pena irrevocable. Sí, hermanos carísimos: hablaré lleno de temor y espanto, y repetiré como ministro del Omnipotente la sentencia que el mismo Dios fulminó contra Adán, y contra todos sus descendientes: Omnes moriemini... [(Gn 3, 19)]. Quia pulvis es homo et in pulverem reverteris. Si se quiere añadir más, Claret tomo I página 340 = Monarcas.
   Pluguiese al cielo, católicos, que grabadas profundamente estas palabras en nuestra alma, permaneciesen siempre presentes en nuestra memoria. No tendríamos necesidad de otra guía, para dirigir constantemente nuestros pasos por el camino de la virtud; pero ¡ah! <*2*> nos sucede por nuestra desgracia, que ponemos un empeño grande en apartar de nosotros este pensamiento.
   ¿Y por qué? ¡Ah! no es por temor de morirnos de tristeza, pues la experiencia enseña que no hay alma más alegre que la que está habituada al pensamiento de la muerte; no es tampoco porque creamos que hemos de morir más pronto si pensamos en ello, sino que como vivimos habituados y como pegados a esta vida terrena, no pensamos sino [con] dificultad y con pena en aquel momento que ha de concluir; y como por otra parte no sabemos la suerte que nos ha de caber en la eternidad, miramos con horror aquel terrible momento que la ha de comenzar; pero no, mis amados hermanos, no nos dejemos llevar de un espíritu y de una delicadeza mal entendida. Entreguémonos al pensamiento de la muerte por nuestro propio interés. Procuremos llenarnos del temor santo que naturalmente inspira. No recelemos temer demasiado. Recelemos no temer lo bastante. Cuanto más temamos el presente, menos tendremos que temer en adelante. Lo que verdaderamente debe estremecernos no es el pensar en la muerte, sino el morir sin haber sido guiados de este saludable pensamiento. ¡Ah! si él fijase su residencia cotidiana en nuestra memoria, otra sería nuestra conducta. Se humillaría nuestra soberbia, se sujetarían nuestras pasiones, y nuestra reforma vendría a ser general y completa.
   LLevado, pues, yo del deseo de producir en vosotros estos frutos, vengo determinado, no a deciros que hemos de morir, pues todos lo sabemos, sino a renovar en vuestra memoria tan saludable recuerdo. Os haré una relación circunstanciada de la muerte y sus terribles consecuencias. Digo terribles consecuencias porque la muerte acaba con todo lo que somos temporalmente, y ha de principiar lo que hemos de ser por toda una eternidad. Y he aquí insinuado mi discurso.
   Vos, Dios mío, habéis dicho que nos acordemos de las postrimerías, y que jamás pecaremos. Imprimid, Señor, en lo más íntimo de nuestra alma esta verdad para que nunca pequemos; y Vos, Virgen Santísima, alcanzadnos esta gracia de vuestro querido hijo Jesús: y para más obligaros... Ave María. <*3*>


   Omnes miriemini... Pulvis es enim homo,
   et in pulveren reverteris. N
   Génesis 3, 19


   Con razón se ha dicho que cuando principiamos a vivir, principiamos también a morir. Apenas nos dejamos ver sobre la tierra, cuando la debilidad de nuestra naturaleza nos deja caer en el sepulcro. Este mundo en el que tanto procuramos fijarnos, no es para nosotros sino un país extranjero, por donde pasamos aceleradamente a la eternidad. Pidiendo un día a un célebre filósofo qué era la vida, respondió: «Es el viaje que hace un criminal después que le han leído la sentencia, desde la cárcel hasta el lugar del suplicio». Y aunque éste sentenciado no sepa el lugar del suplicio, sabe no obstante, que va acercándose por momentos y que no tardará en llegar. Así también nosotros sentenciados a muerte desde el seno de nuestras madres, no venimos al mundo sino para caminar sin detenernos hacia la última pena. Cuando dormimos nos vamos acercando a ella con igual velocidad que cuando corremos, y la vida del octogenario apenas se distingue de la del niño que es trasladado desde la cuna al sepulcro.
   Tanta es la brevedad de nuestra vida. Por esto los libros santos la comparan ya a una flor que nace en la [mañana] y a la tarde cae marchita y se seca; ya a un correo que va en posta, ya a un humo que se disipa, y ya, en fin, a una sombra fugitiva que aparece y desaparece casi a un mismo tiempo. Et fugit velut umbra [(Job 14, 2)].
   En vista de esta brevedad de nuestra vida, bien podemos decir que siempre estamos a las puertas de la muerte, y que uno u otro momento vamos a entrar y sepultarnos en sus pavorosas sombras. Momento terrible, pero momento inevitable. Llegará, cristianos, y no tardará en llegar para cada uno de nosotros un día, un momento que será el último de nuestros momentos, y al que sólo sucederá nuestra eternidad. <*4*>
   Por más salud que disfrutemos, por más robustos que seamos, por más jóvenes que nos creamos, cuando estemos acaso más descuidados, nos asaltará y nos sorprenderá la muerte. Y entonces nuestra postrera enfermedad, si no es de aquellas que arrojan en un momento al hombre en el sepulcro, comenzará nuestra destrucción para acabarlo con nuestra total ruina. Se agravará de día en día, y acaso de hora en hora; se hará cada vez más peligrosa y terrible; entonces nuestros asistentes desconfiarán de nuestra vida, y afligidos y temblando quizás, se acercarán a nuestra cabecera, y con tono compasivo y cariñoso al mismo tiempo nos advertirán que es preciso que nos dispongamos para morir y dar cuenta a Jesucristo.
   ¡Oh, Dios mío! ¡Qué nueva ésta, para un corazón enamorado del mundo! ¡Qué noticia para quien contaba todavía con muchos años de vida! Mas sobre todo, ¡qué anuncio tan espantoso para el alma pecadora! Pero no hay arbitrio. LLegó el tiempo de la partida y es preciso caminar. Nuestra enfermedad se agravará cada vez más hasta llegar al extremo, y entonces el pulso se retira, el color se pierde, un sudor frío va cubriendo nuestro semblante y el corazón irá dejando de palpitar por momentos. ¡Ah, hermanos míos, quién será capaz de pintar al vivo este cuadro terrible de un moribundo! Ya empiezan a verificarse respecto de él, la oscuridad del sol, la palidez de la luna, la confusión de los elementos, y todos los prodigios que han de acontecer cuando venga el Hijo de Dios al fin del mundo. Ya no hay para él luz en el sol, ni firmeza en la tierra, ni unión y comunicación con los hombres, ni apoyo en su desgracia. Ya no hay objetos agradables que halaguen sus sentidos, ni esperanzas falsas que seduzcan su imaginación, ni sensualidades que satisfagan su carne corrompida; sus pasiones no tienen ya objetos en que cebarse. Los bienes temporales, las diversiones, las concurrencias, los <*5*> placeres, las delicias, las dignidades, las distinciones, la aprobación del mundo, y hasta la vida que era el fundamento de todos estos bienes, todo se disipa y desaparece a sus ojos, todo se anonada y huye de él para siempre, como si el mundo no existiera; fugit terra et coelum. Su cuerpo va a desplomarse: toda la naturaleza le abandona, y va a dejarle solo, dentro de un instante, ante el tribunal formidable de su Dios.
   ¡Amados de mi alma! ¡Qué escena tan temerosa! ¿Y no es esto lo que inevitable y prontamente ha de suceder a cada uno de nosotros? ¿Y será posible que a su vista aún no nos desengañemos? ¿Seguiremos todavía engolfados en un mundo que estamos para perder todos los días? ¿Condescenderemos aún con una carne que va a morir y podrirse? ¿Continuaremos por más tiempo con el funesto olvido de nuestra salvación? Esta catástrofe tan terrible y espantosa, como cierta y cercana, ¿no nos despertará de nuestro letargo? ¿No refrenará nuestras pasiones? Esta catástrofe que acaba con todos los gustos, con todos los deleites, y también con todos los delitos del pecador, ¿no estremecerá su corazón? ¿No le reducirá a la penitencia? Esta catástrofe... pero no, no cortemos el hilo de nuestra última y temerosa historia.
   Preparan luego nuestro sepulcro. Aquel sepulcro que nos está esperando desde que nacimos, le abrirán; nos arrojarán en él; nos cubrirán, a porfía, con tierra y huesos para impedir el olor que arrojamos; después se retirarán, y nosotros quedaremos entregados al olvido sempiterno de los muertos. Tanquam mortui sempiterni. Tal será nuestro sepulcro, carísimos hermanos míos. Tal será el espantoso paradero del hombre, pero paradero inevitable!
   ¡Oh sepulcro! ¡Oh pavoroso sepulcro! Tú, sí, tú serás la horrenda sima donde todos nos hundiremos, y con nosotros todas nuestras locuras y quiméricos proyectos. ¡Hombres altaneros! <*6*> ¡A qué viene vuestro orgullo y vuestra vanidad, cuando os espera un sepulcro! Sí, hasta el sepulcro se abatirá vuestro orgullo. ¡Avarientos! Esos bienes que tantos codiciáis, y que os ocasionan tantas culpas, no os acompañarán al sepulcro. En él sólo encontraréis las sombras del sepulcro. ¡Sensuales! En el sepulcro vendrán a sepultarse vuestras delicadezas y vuestras glorias. Allí reventará ese vientre por cuya causa cometisteis tantos delitos. ¡Lujuriosos! En el sepulcro tendrán fin vuestros deleites. Allí se pudrirá esta carne que os arrastró a la torpeza. ¡Vanas hermosuras! venid al sepulcro. En él veréis convertida en asquerosa podredumbre esta carne tan cuidada, y en esqueleto horrible vuestra gentileza. Pecadores todos, venid a ver lo que os queda después de la muerte; venid a ver en lo que para vuestro cuerpo. Mirad y atended. El Emperador Saladino, aquel príncipe sarraceno, aquel célebre general, aquel famoso conquistador que había sujetado medio mundo, un momento antes de expirar, llamó al oficial que acostumbraba a llevar delante de sí su bandera en las batallas, y le mandó que, después de su muerte, atase en la punta de su lanza la mortaja en que debía ser envuelto, y que fuese delante de su entierro, diciendo en voz muy alta: ¡Ved ahí lo que Saladino, vencedor y dueño del Imperio de Oriente, se lleva de todos los tesoros y de toda la gloria que adquirió por medio de sus conquistas! Excelente lección que nos enseña que la muerte nada deja de lo que constituye la grandeza del mundo.

   2.º S. Francisco de Borja, aquel grande hombre, rodeado de todas las grandezas del mundo, virrey de Cataluña y ministro de la gran Reina de España, Isabel 1a., fue comisionado después de la muerte de ésta para conducir su cuerpo a Granada, sepultura entonces de los Reyes de España. Habiendo llegado allí, descubrieron como era costumbre el cuerpo de la Reina, para que jurara si era el mismo que le habían entregado. Pero ¡qué horror! Aquel cuerpo poco antes tan hermoso estaba tan desfigurado, que Francisco <*7*> de Borja pasmado y temblando, no pudo menos de exclamar: ¡Ah! Yo no me atrevo a jurar que este cuerpo sea el de la Reina. ¿Isabel, sois vos la adorada Reina de las Españas? ¿Qué se ha hecho de tu grandeza? ¿Adónde ha ido a parar aquel aparato de delicias? ¿Dónde el ejército de soldados, dónde el trono real? ¿A ti te reverenciaban, te temían los príncipes, te obsequiaban las ciudades? ¿Adónde se ha ido tanta magnificencia? ¿Es posible que un momento lo haya destruído todo? ¡Oh, Dios mío, cuán engañado vivía yo! ¡Ah!, no quiero servir en adelante a dueño que se me pueda morir. ¡No quiero esperar a abandonarlo todo en el momento en que todo me abandonará a mí! Desde ahora renuncio para siempre a las vanidades del siglo. Y este hombre, hermanos míos, fiel a las inspiraciones de la gracia, abandonó el mundo, se entregó a la penitencia y a la mortificación, a adquirir las virtudes, de tal modo que ahora le tenemos colocado en el número de los santos.
   ¿Qué debemos hacer, pues, en vista de estros ejemplos? Nosotros, pues, también dóciles a las voces que el Señor nos dirige en estos días, pensemos que este cuerpo de pecado será también convertido en podredumbre. Este paradero le espera, como dice Job, el sepulcro es el fin de toda carne, el sepulcro y nada más el sepulcro. Y si todavía la idea de que la muerte acaba con todo lo que somos no mueve nuestro corazón, muévale al menos la idea de que la muerte es el principio de nuestra eternidad.

   Segunda parte.

   Separada nuestra alma de nuestro miserable cuerpo por la guadaña inexorable de la muerte, verá que se abre delante de sí un espacio inmenso, y una región por donde jamás anduvieron los mortales. Verá una eternidad donde va a entrar y fijarse para siempre. Verá que va a entrar en esa eternidad cargada tan sólo con lo bueno o malo que haya hecho en la vida; que va a presentarse a un tribunal riguroso y terrible, y que después de este tribunal le está esperando una dicha o des- <*8*> gracia eterna. Sí, hermanos míos, el hombre mientras tiene tiempo para mudar su voluntad; el hombre mientras vive es libre; puede hacer penitencia; puede llorar sus pecados, tiene inspiraciones, tiene gracia del Señor, pero después de la muerte lo ha perdido todo, ya no le queda nada; la muerte no sólo acaba con todas las cosas exteriores, haciendas, amistades, parentescos, sino que también acaba con aquella libertad que tiene el alma mientras vivió en el cuerpo, de cometer el pecado o practicar la virtud. Para él no le queda más que una eternidad necesariamente feliz o necesariamente desgraciada. Paso terrible. ¡Pobre alma mía! ¿Qué harás entonces sola, extranjera, desamparada e incierta de lo que va a ser de ti por toda una eternidad?
   ¡Qué será de mí, diremos aquí asombrados cada uno de nosotros! ¡Qué será de mí en el momento siguiente! ¡Si me recibirá Dios en su agrado, o apartará de mí su divino semblante! ¡Si usará conmigo de misericordia, o me entregará al rigor de su justicia! ¡Qué va a ser de mí, Dios mío! ¡Seré al menos trasladado al Purgatorio para volar después al cielo, o seré arojado en este instante en el infierno!
   ¡Amados de mi alma! ¡Aquí el entendimiento se confunde y abisma, y el corazón palpitante apenas cabe en el pecho! Cuál será el asombro y espanto de nuestra pobre alma, separada repentinamente del cuerpo, de su casa, de este mundo visible, y que va a ser sepultada en la eternidad, sin fuerza, sin auxilio, sin compañía, sin conocimientos, sin protectores, sola, con Dios solo, sola delante de aquel juez infinitamente ilustrado, que ha sido el testigo ocular de todos sus desórdenes, sin que hayan podido escapárseles ni las más leves faltas, ni los más secretos deseos, sola delante de aquel juez equitativo que juzgará las mismas virtudes y justicias, y castigará sin distinción a todos los culpables; de aquel juez irritadísimo, de quien él ha sido muchas veces su cruel enemigo, a quien ultrajado, despreciado y abandonado por unas viles criaturas, y a quien ha crucificado muchas veces en su corazón; delante de aquel juez inflexible que por nada se ablandará ni aplacará y cuyas sentencias son eternas e irrecusables. Ya le parece ser citado ante el terrible tribunal de este supremo juez, y oír la terrible sentencia que le condena al <*9*> fuego eterno. ¡Ah! exclama lleno de terror, ¿qué haré cuando se levante Dios de su trono para juzgarme? ¿Qué le responderé cuando me preguntare? ¿A dónde iré para huir de él? ¿A dónde me refugiaré para sustraerme de su ira? ¿Qué...
   Qué terrible situación, hermanos míos, qué espantosa soledad para aquella alma, incierta, perdida, confusa, y temblando toda por su eterno destino.
   Pero no hay remedio, hermanos míos. Dios la está esperando para coronarla o para reprobarla para siempre: el cielo o el infierno se va a abrir o cerrar para ella; se presenta una eternidad de bienes o de males, en recompensa de sus buenas obras o en castigo de sus delitos. Si aquella hora es dichosa para nosotros hétenos desde entonces en posesión de un reino eterno; si es desgraciada, ya estamos perdidos sin remedio, y precipitados para siempre en un abismo de desgracias.
   El hombre, hermanos míos, mientras vive, es como un árbol batido por los vientos, puede inclinarse a una parte o a la otra, puede estar recto mirando al cielo, o hallarse inclinado hacia el infierno. In quocumque loco ceciderit lignum, ibi erit [(Ecl 11, 3)].
   Pero en la misma hora de la muerte, nos dice la Sagrada Escritura, en el lugar que cayere el árbol, allí quedará inmóvil para siempre. In quocumque... Ella los coloca en una felicidad eterna o en una eternidad desgraciada sin fin; en el cielo siempre, o para siempre en el infierno. In quocumque... Más de seis mil años [hace] que murieron el justo Abel y el impío Caín. ¿Y cuál es ahora su suerte? La misma precisamente que hallaron en el momento de salir de esta vida, y en la misma perseverarán por los siglos de los siglos. Siempre el uno estará entre los bienaventurados y el otro entre los condenados. In quo...
   He aquí pues, hermanos míos, que la muerte no sólo acaba con todo lo que somos, sino que también es para nosotros el principio de una eternidad. He aquí como la muerte, no sólo es el término de nuestra dicha y de nuestros bienes, sino que es también el principio de nuestra felicidad para siempre.
   Amados hermanos, pues, ¿y no temeremos a la muerte? ¿Y no nos dispondremos a ella ahora que tenemos tiempo? ¿Querremos <*10*> esperar aquella hora terrible, para presentarnos ante el tribunal de Dios? No, hermanos míos. Dispongámonos desde ahora para entonces: ¿pero y cómo? Mirad, atended, y retened siempre en vuestra memoria lo que voy a deciros.
   Preparaos a la muerte, manteniéndoos siempre en el estado en que quisierais morir. Ahora bien: tomando esta regla, si sin salir de este templo y dirigiéndome a vosotros os preguntara a cada uno en particular: ¿Querrías morir en vuestro estado presente? ¿Qué me responderiais? Hombre impuro, mujer poco honesta, ¿quisieras morir ahora mismo en esa costumbre criminal de impureza, en que vives tanto tiempo ha? ¿y llevar al tribunal de Dios tantos pecados horribles como has hecho y haces cometer todos los días? Pecador, ¿querrías morir con ese odio y resentimiento que conservas en tu corazón, y os hace vivir en una discordia escandalosa? ¿Querrías morir en tal hurto o injusticia de que te remuerde la conciencia? Avaro... Pecadores todos, ¿querríais morir cargados de tantas horribles profanaciones, y tantos execrables sacrilegios como habéis cometido en la recepción de los sacramentos, sin haberlos reparado antes por una ferviente confesión de toda vuestra vida? No, sin duda no querríais, hermanos míos. ¿Pues por qué no salís cuanto antes de un estado tan triste, siendo así que podéis morir en este estado tantas veces como instantes permanecéis así?
   Hermanos míos, pues hoy os llama el Señor; no queráis endurecer vuestro corazón. Dum tempus habemus operemur bonum [(Gal 6, 10)]. Ahora que el Señor nos da tiempo, ahora que nos llama, oigámosle, escuchémosle, enmendemos las flaquezas y las malicias de nuestra vida pasada. Dum tempus... Abandonemos hoy con nuestra voluntad lo que algún día hemos de abandonar por fuerza; la muerte nos separará de nuestro cuerpo, pues empecemos a desprendernos de él renunciando a los placeres y vicios desordenados, tratándole en adelante como un reo condenado ya a podrirse en el sepulcro. La muerte nos arrebatará los bienes; pues no les tengamos ya ningún <*11*> afecto desordenado. La muerte nos separará de las sociedades y amistades peligrosas; separémonos, pues, ahora que tenemos tiempo de estas amistades que tan funestas son para nuestra salvación. La muerte, en fin, os despojará de todo; desprended, pues, vuestra alma de todo lo que amáis fuera de Dios, y usad de todas las cosas de este mundo con indiferencia, y como si no las usarais: Qui utuntur hoc mundo... [(1 Cor 7, 31)]. Dum tempus habemus... [(Gal 6, 10)]. Esforzaos a entrar por la puerta estrecha de la salvación, porque de verdad os digo: muchos querrán [entrar] al tiempo de morir y no podrán. Esto clama Dios por las Sagradas Escrituras, esto clama por sus Profetas y ministros, para no verse precisado a perderos en la muerte y condenaros al infierno.
   Esto clama vuestro mismo Padre clavado en esta cruz, convidándoos con su misericordia, para que no experimentéis en la muerte inexorable su justicia: Ecce Agnus Dei.
   Deprecación.

Escritos I, vol. 10, doc. 49, págs. 1-14






   Plática sobre la muerte

   Estas son, mis hermanas predilectas en el Señor, las primeras ideas que [se] me han ocurrido al recoger mi imaginación para fijarla en reunir algunas ideas de la verdad que la Iglesia nos presenta en este día.
   Verdad que debíamos grabar fuertemente en nuestro corazón, y que aunque es cierto que muchas [veces] la grabamos, nuestro corazón es de tal naturaleza, que peor que el bronce, el más leve viento o vapor la borra, desapareciendo sin ningún fruto práctico, después de aquella ligera impresión sensible que nos ha producido.
   Por esto, pues, la Iglesia no cesa [de] presentarnos esta imagen a nuestra vista, y por esto, todos los años no varía sino que nos repite lo mismo para mantener viva en nosotros la memoria de la muerte y de sus consecuencias.
   Sobre todo, en este día, la Iglesia se arma de todo el apa- <*2*> rato de sus ceremonias, se cubre con las imponentes vestiduras para recordar al mundo esta verdad. Y su voz la hace resonar igualmente al oído del poderoso que al del indigente, al sabio que al ignorante, al pecador que al justo, para que en cada uno de ellos produzca el fruto que se propone, ya llamándoles a penitencia, ya animándoles a la perseverancia en vista de su próxima disolución, ya produciendo un temor saludable que los retraiga del pecado y los mantenga en la virtud.
   A nosotros, pues, se dirige esta voz. Los hijos del siglo miran estas ideas como locuras, les parece que no pueden soportarse estas consideraciones sin engendrar la tristeza y la hipocondría; creen que es buscar en ello la desesperación; y hasta de fanatismo el dedicarse...
   ¡Ay! que no pueden soportar los estímulos de conciencia es porque los entristece; y tienen razón, la vista de lo que no quisieran que fuera, y creen que con no pensar se alejan, cuando lo que hacen es apresurarla, porque le llega más pronto de lo que pensaban, y...

   Nosotros, hermanas mías, que más dóciles que ellos a las voces de la Iglesia, y estamos convencidos por experiencia de cuán consoladora y cuán saludable es esta tristeza para el alma, dediquémonos a profundizarla. Pero es tan vasta esta materia, son tan diferentes los aspectos bajo los cuales podemos examinarla, que para coordinarla del mejor modo posible me parece entablarse del modo siguiente: Motivos que tenemos para temer la muerte; motivos de esperarla y aun desearla; medios <*3*> generales para conseguir la buena.

   Antes de entrar en la indicación de algunos de los motivos que tenemos para temer la muerte, y como preámbulo a ellos debemos saber qué es la muerte. Es la separación completa del alma de nuestro cuerpo, y como consecuencia de ella, la separación de todo cuanto nos pone en contacto con todas las demás cosas de este mundo; es el primer novísimo del hombre, y por consiguiente el término de su milicia y de sus merecimientos. Es el estímulo o aguijón del pecado, como dice S. Pablo, y por lo tanto, un acto de la venganza de Dios por medio de la humillación del hombre; es la disolución completa de nuestro cuerpo; el cumplimiento del decreto de Dios; es, en fin, el término de la vida, y el paso a la eternidad, de cuyo momento terrible depende ésta.
   Ahora bien, pues, hermanas mías, para podernos formar alguna idea de lo terrible de este paso, sería suficiente pensar en lo cercano, la incertidumbre de [la] hora, de su tiempo, de su modo.


   Pero, ¿y cuándo será para nosotros este momento, esta hora, este paso? ¡Ah! si consideramos lo que es nuestra vida, veremos que lo estamos tocando ya. Nuestra frágil existencia es como la flor del campo, <*4*> que por la mañana nace, se abre, y por la tarde ya cae mustia y seca sobre su tallo. Nuestra vida es como el caballo de posta que camina apresuradamente y sin detenerse hacia su sepulcro.
   Somos como sentenciados a muerte desde el día de nuestro nacimiento, y no sabemos el lugar y la hora de nuestro suplicio.
   Somos como estos... que brillan por el espacio durante la noche, y que en un momento desaparecen de nuestra vista.
   Somos como viajeros de ferrocarril, y que viajamos por países desconocidos, y que ignoramos el término de nuestro viaje; y notad, hermanas mías, que los viajeros de ferrocarril van muy de prisa, sí, pero esta misma velocidad es causa de que estén más expuestos a un descarrilamiento, a un choque; una piedra interpuesta en la vía, el descuido del guarda, un desequilibrio, es bastante para despeñar a una infinidad de personas en el abismo. Y bien: ¿y qué es nuestra vida en medio de la velocidad del tiempo? ¡Ay, cuántas piedras pueden oponerse a nuestro paso! ¡Cuántos desequilibrios pueden verificarse a cada momento! ¡Ah! cuando consideramos con los ojos de la razón y de la ciencia lo que es nuestro cuerpo, este misterioso tejido de nuestros miembros; al pensar que cualquier humor separado de su centro, que una gota de sangre colocada de un vaso a otro es bastante para alterar el movimiento y los humores de la vida, nos sorprendemos cómo podemos dar un paso en la vida, si la Providencia de Dios no nos guardara.
   Y ello es cierto, hermanas mías, que una de estas alteraciones, uno de estos pequeños encuentros destruiría nues- <*5*> tra existencia. Y ello es cierto que una de estas leves alteraciones ha ocasionado la muerte a la mayor parte de los hombres que han existido. Si consultamos la historia de la humanidad, vemos que un leve soplo de aire ha producido un constipado, una pulmonía que en pocas horas ha destruido la naturaleza más privilegiada; una indigestión ha descompuesto en pocos momentos la salud más robusta arrojándola al sepulcro; un desmayo, una opresión de corazón producida de la causa más insignificante, ha helado la sangre y ocasionado la muerte; y aun aquellas muertes violentas que no han provenido de causas interiores, vemos que un desliz ha producido una terrible caída, un descuido ha ocasionado una desgracia; y así, si fuéramos recorriendo la cadena de todas las miserias de la humanidad, y la historia de la muerte de cada uno de los hombres.
   Y sin embargo, hermanas mías, estamos rodeados de todas estas contingencias, estamos constantemente expuestos a todas estas alteraciones, a todos estos deslices y descuidos. Y es cierto que una de estas leves impresiones destruirá bien pronto nuestro organismo, y convertirá nuestro cuerpo en polvo del sepulcro. Y pronto, y bien pronto, y cuando menos lo pensemos; pues más de las cuatro quintas partes morimos cuando [menos] lo pensamos; infinitos los que mueren en lugar que nunca pudieron presumir; y muchísimos del modo que jamás pudieran sospechar.
   Pero a qué extenderme en esto, hermanas mías, cuando el mismo Jesucristo, para hacernos vigilantes nos ha prevenido diciéndonos que no sabemos la hora en que <*6*> el Señor ha de venir; que vendrá como un ladrón, a sorprendernos por la noche cuando estemos descuidados; y este vaticinio se cumple en la mayor parte de las personas, y tal vez se cumpla en nosotros, sea cualquiera la edad que tengamos, pues como dice muy bien el Abad Guerin, el último [momento] para los ancianos está a la puerta, para los jóvenes está en acecho y en emboscada.
   Todas estas consideraciones sobre la proximidad e incertidumbre de la muerte, serían bastante para producir en nosotros un temor saludable, y hacernos caminar como sobre vidrio resbaladizo y próximo a romperse.
   Pero aún hay otros motivos que deben impulsarnos a tener un temor santo de la muerte: lo amargo de su presencia y de las consecuencias que la acompañan y la siguen.
   Vosotras, hermanas mías, habréis presenciado algunas de estas escenas terribles, de estos pasos solemnes; pero no: no los habéis visto bastante; no habéis visto todos los efectos de esta lucha terrible de la muerte.
   No, no es mi ánimo haceros una pintura detallada de lo que es la agonía de nuestra muerte. Sólo sí quiero [que] consideréis que esta alma y este cuerpo, a quienes Dios hizo amigos inseparables, y que sólo el pecado ha hecho enemigos irreconciliables, entonces más que nunca experimentarán lo terrible de esta separación contraria a su naturaleza; y de aquí aquellas ansias amargas, aquellas terribles luchas, aquellas convulsiones que algunas veces se han visto experimentar, y que son capaces de llenar de pavor al hombre más despreocupado. Ejemplo: Ezequías, Rey de Judá.
   Pero no es esto sólo: sino que al desfallecer este cuerpo, como que es el instrumento del alma, le priva de todas sus funciones naturales, y por consi- <*7*> guiente, de su actividad para el bien, para hacer actos de amor, para animarse en deseos de penitencia; débil y sólo apta para impresiones desagradables, su imaginación sólo se alimentará de fantasmas; sola y sin fuerza para sostener los combates del enemigo que la atormenta con la vista del mundo y de lo pasado que va desapareciendo a su vista, y dejándola en una oscuridad insondable.
   Aún más: lo que hace más angustiosa su situación, es la idea del porvenir, que entonces sin pasiones que la anublen, ve con todo el peso de sus consecuencias; esa tela de los actos de la vida y de todos los momentos, que va pronto a ser presentada al juicio; esa eternidad interminable que va a abrírsele para siempre, y que de este momento pende esta eternidad. Todas estas circunstancias y otras mil que dejo de enumeraros, forman de esta criatura una víctima de compasión.
   Pues bien: esta víctima de la muerte seremos bien pronto nosotros, hermanas mías. Porque sólo un privilegio...
   ¡Ah! no es extraño que aun las almas privilegiadas temieran este paso terrible; porque únicamente por un privilegio especial, por un efecto singular de la bondad inagotable del Señor, se deja de experimentar estos temores, se deja de pasar por estas luchas; S. Hilarión, enterrado en un áspero desierto, al acercarse este paso, al entrar en el período de su agonía, como enfadado consigo mismo por la zozobra que experimentaba sin poderlo él mismo evitar, se decía: ¿Qué es esto ahora? ¿A qué vienen estos temores? Sal ya, alma mía, ¿qué es lo que dudas? Setenta años hace que sirves completemente a Jesucristo, ¿y aún temes la muerte?
   S. Arsenio llegado a los últimos momentos de su vida, sentíase poseído de un terror tan grande a [la hora de] la muerte, que sus discípulos, testigos oculares de sus grandes virtudes, no pudieron menos de preguntar- <*8*> le llenos de pasmo: Padre, ¿tú también temes la muerte? Y él contestó: ¡Ay! hijos míos, non est novus hic timor: no es nuevo este temor en mí, pues le he tenido todos los días de mi vida.
   Y nosotros, hermanas mías, que somos mucho menos que ellos, ¿no nos impondrá un paso tan cercano, y del cual pende la eternidad?
   Sin embargo, hermanas mías, a pesar de lo terrible de este paso, a pesar de lo terrible de sus consecuencias, muy desgraciados seríamos si nunca hubiese de llegar; y ésta es la segunda idea que debe ocuparnos: es decir, los motivos que tenemos para esperar y aun desear la muerte. La razón nos ha patentizado la muerte con todos los... la experiencia nos lo enseña con todos los colores de la realidad; la fe con una mano nos señala también lo amargo de su cáliz y lo imponente de su sorpresa; pero con otra nos señala placentera la tierra de promisión, tras las montañas de la vida, y nos dice con S. Cipriano: Non est exitus iste, sed transitus: no es el término, es el tránsito del viaje que conduce del tiempo a la eternidad. ¿Quién no quiere lo mejor?
   Apoyados, en el temor saludable de la muerte, pero afianzados en la fe y la confianza de los bienes que nos puede reportar ella, animémonos a desearla, con santo ánimo y decisión.
   Porque, en primer lugar, hermanas mías, la muerte es el término de nuestra lucha, y por consiguiente el término de las tentaciones y de las caídas; porque aunque es verdad que estas luchas nos reportan grandes coronas, también es verdad que flacos como somos, <*9*> la mayor parte de las veces no salimos de ellas sin heridas, y en que no hayamos de confundirnos y humillarnos ante nuestras conciencias; y ¡ay! estas heridas que nos dejan los combates de las pasiones, son muy amargas para el corazón que ama verdaderamente a Dios y va con anhelo de no ofenderle. De aquí provienen los suspiros de tantas almas santas, que se entristecen de verse obligadas a sostener tantas debilidades, y con el peligro continuo de ofender a su Dios y perder su amistad. Por esto el Apóstol S. Pablo le pedía al Señor que le quitara hasta las tentaciones y pasiones, porque le amargaban tanto.
   Además la muerte es también el término de nuestros males, de nuestras agitaciones, el puerto feliz adonde llegamos después de una larga y difícil navegación, como dice el sabio Idiota.

   Y en efecto, hermanas mías, ¡cuántos males físicos y morales nos rodean! Durante nuestra travesía por el mar borrascoso de nuestra vida, ¿qué es lo que experimentamos? En nuestro espíritu una sucesión de olas no interrumpidas de temores, tristezas, desalientos y disipaciones y peligros de fluctuar; alrededor nuestro, vientos de tribulaciones, objetos que nos amargan y mortifican; los elementos nos dan frío, calor, cansancio y pena, y contra todas estas cosas tenemos que luchar. Tantas son las penalidades de que Dios ha sembrado nuestra vida, para que no pongamos nuestro corazón en este mundo, que sin la fe y la gracia no serían soportables. Y si no mirad, los hombres que no tienen fe, <*10*> esos hombres que hacen todo lo posible para sustraerse a las penalidades de la vida, ¡ay! cuántas veces quisieran que viniera la muerte a poner fin a esas penas. ¿De dónde provienen estos suicidios, esos hombres que se matan a sí mismos, sino porque no pueden soportar todos esos males, y ven en la muerte una cosa menos amarga que este tejido de miserias de la vida?
   Nosotros soportamos también esas amarguras de la vida: la fe y el amor de Dios, y la esperanza nos las hacen llevaderas; pero también es verdad que, por fin, nuestro apetito, nuestros deseos, nuestro egoísmo, nuestra debilidad, desea terminar este continuo cansancio; pues bien, hermanas mías, pronto descansaremos del todo. Pronto, venerable religiosa, dirigida por el timón de la vigilancia, bogando con los remos de la constancia, llegarás al puerto de tu descanso donde, sentada y libre de zozobras, contemplarás con satisfacción las agitaciones de tus peligrosas travesías.
   Pero hay otro motivo para aceptar la muerte y esperarla con espíritu de santa sumisión y alegría. Es el ser un tributo de penitencia, puesto por Dios para castigo del pecado.
   Desde que se cometió el primer pecado, la justicia de Dios exigía como en reparación a ella, la muerte de la humanidad entera. Por esto Nuestro Señor Jesucristo se sujetó a ella para satisfacer esta justicia divina, y mediante esta muerte de Jesucristo, la nuestra, nuestros gemidos, nuestras agonías, vienen a ser un sacrificio meritorio y agradable a Dios. De modo que bajo este concepto, el deseo de la muerte es el mejor acto de penitencia que podemos ofrecer a Dios, deseando con ella <*11*> reparar su justicia y ofrecernos en holocausto a él.
   Finalmente, hermanas mías, aún hay otro motivo [y] que más debe excitar nuestros deseos para con la muerte: y es el ser ella un paso a mejor vida, la que nos rompe los lazos que nos impiden unir[nos] completamente con Dios, la que nos abre las puertas de nuestra patria querida.
   ¡Ay! hermanas mías, si estuviéramos bien convencidos de que nuestra vida es una peregrinación sobre la tierra: que nuestra vida es el breve plazo concedido por Dios para nuestra prueba, y para trasladarnos al cielo; si pensáramos que estamos desterrados de la patria a que el Señor nos destinó en un principio, que allí tenemos nuestro tesoro; si amáramos verdaderamente a Dios y estuviéramos penetrados de lo que es su gloria, su hermosura, y su grandeza, sería imposible que a pesar de los horrores de la muerte, no deseáramos cuanto antes este momento que nos abriría paso a él.
   Y sin embargo, hermanas mías, la mayor parte de los cristianos creen esto, y lejos de mirarla como un bien, se desesperan y casi en su corazón levantan una acusación contra la Providencia. Y es que quieren mirar este mundo como término de sus aspiraciones; y es que no quieren penetrarse de esta verdad. No recuerdan que el apóstol S. Pablo nos dice que no tenemos aquí ciudad permanente, sino que vamos detrás de otra que ha de venir. ¡Ah! es que no atienden al premio que nos aguarda, no paran mientes en lo que es ver la cara de Dios por toda una eternidad, y de cuya vista nos separa tan solo la muerte.
   ¡Oh! si ellos y nosotros también tuviéramos la idea de los santos, de otro modo nos expresaríamos. ¡Cuántas veces exclamaríamos como David: Heu quia incolatus meus prolongatus est: ¡Ay! Dios mío, y cuánto se me alarga este destierro! [(Sal 119, 5)].
   El paciente Job exclamaba: Omnibus diebus... [(Job 14, 14)]: En todos <*12*> los días en que estoy en lucha y militando en esta vida, estoy esperando con ansia hasta que venga el día de mi renovación.
   S. Pablo decía: Coarctur e duobus... [(Flp 1, 23)]: Estoy estrechado entre dos cosas: entre el deseo de la vida y de la muerte; pero lo que deseo es ser desatado de este cuerpo, para abrazarme a mi Señor Jesucristo.
   Sí, este deseo del cielo y de ver a Dios, enloquecía a estos santos, y apoyados en la bondad y misericordia de Dios no les parecían nada los horrores de la muerte, antes la deseaban con impaciencia. No hace mucho, poco antes de la exclaustración de los religiosos, en esta guerra pasada, un respetable sacerdote muy conocido mío, y vuestro también, el P. Teodoro Moragas, fue a visitar con su Prelado el Monasterio de Trapenses sito en nuestra diócesis, y estando una vez solo con uno de los Hermanos le preguntó: ¿Hermano, cuántos años hace que está Ud. en esta santa casa? Y lo mismo fue decirle esto que prorrumpir en un llanto, el más amargo, y exclamar: Padre, no me pregunte Ud. eso, que me doy vergÈenza: veinte y dos años que estoy aquí, y aún no me he muerto; ¿no ve Ud? ¡Cuán poco me querrá Dios, cuando aún no me ha enviado la muerte!
   Y así exclaman, y así deben exclamar las almas que aman a Dios y miran el mundo [como] deben mirarlo.
   Ahora bien, hermanas mías: ¿qué debemos hacer para que esta muerte produzca en nosotros los frutos apetecidos? ¿para que sea un paso a mejor vida, para desvirtuarla y...? <*13*>
   En primer lugar, para burlaros, hermanas mías, y eludir algunas de las espinas de la muerte, preveniros antes con una muerte espiritual. La muerte nos despoja y para siempre, de todas las cosas de este mundo; pues bien: vivamos desprendidos y despojados de todo, hasta del amor a nuestro cuerpo y a nosotros mismos; y de esta manera podremos burlarnos de la muerte por esta parte, pues nada nos arrebatará. Vosotras en especial, hermanas mías, que por vuestro estado tenéis un deber de este desprendimiento, hacedlo; pues las personas del mundo, aun las buenas, tienen necesidad de atender a muchas cosas y no pueden desprenderse del todo; y de aquí es que en estos negocios, en estas cosas, siempre se pega algo, y este apego les acompaña hasta la muerte; por esto su muerte es, y no puede menos de ser, muy diferente a la vuestra, aun en las personas más buenas del siglo.
   En segundo lugar, vivamos y no nos acostemos nunca si puede ser, sino en el modo y en la tranquilidad de conciencia que quisiéramos tener en la hora de la muerte, y si hay algo que nos punce y que nos tenga intranquilos, no parar hasta ponernos, por medio de actos de arrepentimiento, de propósitos, de actos de amor y de confianza, en este estado que deseamos. ¡Ay! si fuéramos tan dichosos como S. Vicente de Paúl que decía: Hace dieciocho años que no me he acostado nunca sino en el estado que quiero morir!
   Para ello <*14*> también ayudará mucho el repetir los actos de aceptación que encontraréis en algunos devocionarios, y hacerlos o [en] los días de retiros mensuales, si es que [se] os permite hacerlos, o en varias ocasiones, y siempre que nos encontremos algo disipados en nuestras tareas o con excesivo miedo a la muerte.
   De esta manera aceptando a menudo esta muerte, y aceptándola con los fines que se acostumbran de hacerlo por espíritu de expiación y de penitencia, para asemejarnos a Jesucristo, por [el] deseo del cielo... nos habituarán a hacernos insensible la muerte, y nos servirán de mucho aquella hora, pues aunque entonces no esté nuestro espíritu expedito, y aunque muriéramos sin sacramentos, el Señor los aceptará como si los hiciéramos con el mismo fervor que los hemos hecho durante nuestra vida, como lo reveló el Señor a Sta. Brígida, si mal no recuerdo.
   Otros medios hay, como el comulgar por Viático, y recibir espiritualmente la Extrema Unción, el pensar y hablar de la muerte.
   Otros muchos medios hay que vosotras sabéis ya, y que tal vez practicáis; pero os molesto tal vez ya, y así, lo que conviene es practicarlos bien, que ellos nos conducirán a ponernos en situación de mirar la muerte con indiferencia, y a tenerla buena y preciosa a los ojos del Señor.
   Esto supuesto, no me queda ya sino repetiros las palabras del libro de los Números: Moriatur... [(Núm 23, 10)]. Muera mi alma con la muerte de los justos, y sean mis postrimerías semejantes a las suyas. Sí, hermanas mías, ojalá muramos la muerte de los justos; y sí lo será, si practicamos lo que debamos, porque preciosa es a los ojos del Señor la muerte de sus santos. ¡Ojalá muramos con transportes de amor, y nuestros últimos suspiros sean de deseos del cielo!

Escritos I, vol. 10, doc. 50, págs. 1-2






   Sí, carisims germans. Pensem en la mort, y disposemmos a morí continuamen. Mirau, carisims germans, que mos anem atansan a ella a pas de caball, y que apenes mon enfundarem, ya mos trobarem en ella.
   Cuan emprenem algún negosi, cuan mos trovem en alguna tentació, pensem que
   De eixe modo...

   Sí, Deu meu: vos mos teniu dit que mos recordesem de les nostres postrimeries y que no pecarem ya. Infundiu, Señor, en nosatres esta idea pera que no pequesem ya may. Feu, Señor, que usem de les coses de este mon, segons la vostra santa voluntad, com a que son coses que les havem de deixá algún día. Asistiumos, Señor, en tots los momens de la nostra vida, pero principalmen en la hora de la nostra mort, pera que aquella hora terrible no siga pera ningú de nosaltres principi de condenació, sino que sigue hora de gracia pera nosaltres y principi de una gloria eterna. Que os deseo. Amén. <*2*>

   En fin: Después de una terrible agonía, después de haber luchado con todos los horrores de aquella hora, después de haber sufrido las convulsiones y las congojas mortales, rompiéndose las ataduras, y rechinando el cuerpo como edificio que va a desplomarse, nuestra alma será arrancada de su cuerpo dejándole tendido en la cama convertido en cadáver, hecho el espanto de los vivos y el compañero de los muertos.

Escritos I, vol. 10, doc. 51, págs. 1-7






J. M. J.



   Plática sobre la muerte del pecador y del justo

   Non est pax impiis, dicit Dominus (Isaías 48, 22)
   Pax multa diligentibus legem tuam (Salmos 118 y 165)

   Todos hemos nacido para morir. Cuando el primer hombre por su soberbia quebrantó el leve precepto que se le había impuesto, Dios le anatematizó con la pena de muerte para él y todos sus descendientes. Este terrible anatema se ha ido cumpliendo en todas las generaciones, de modo que la certeza de la muerte es como una de aquellas verdades que no necesitan probarse. Aunque las Escrituras callasen, aunque nadie nos lo dijera, la misma razón y la experiencia de cada día clamaría por esta verdad. Ahora bien, ¿y qué es la muerte? La muerte, hermanos míos, es el término de la vida, es la separación del alma de su propio cuerpo; la muerte es el término del placer y de la dicha mundana, el término de los trabajos y de las tribulaciones, y el principio de una eternidad feliz o desgraciada, según hayan sido las obras del hombre en este valle de lágrimas.
   ¡Cuán dulce pues, será la muerte del hombre que, no considerando el mundo más que como un destierro, y no anhelando más que por su dichosa patria, ve acercarse el momento de unirse eternamente con su Dios! Pero ah! cuán triste, cuán acongojada la de aquel que habiendo fijado el corazón en las cosas de la tierra, ve que va desapareciendo todo a su vista, que ha de dar el último adiós a sus ídolos, y que va a entrar en la eternidad cuyas sendas no conoce y cuyos habitantes no ha visto jamás. Avisado el Rey Ezequías por un profeta para que se dispusiera a morir, él sin embargo de no haber sido un rey depravado, sólo con la memoria de no haber correspondido dando gracias a Dios por sus victorias, túrbase en su espíritu, amedréntase en su ánimo, se aflige su corazón, y dirigiendo el rostro hacia la pared del templo, junto al cual estaba el atrio de Salomón, vuelve las espaldas a los circunstantes, para que no le viesen llorar, dice S. Jerónimo.
   ¡Cuántas reflexiones importantes se presentan a mi espíritu <*2*> con este motivo! Pero no siendo posible explanarlas todas quiero que consagremos nuestra atención a la idea de la muerte que tanto aterra a unos y tan dulce es para nosotros. Entre nosotros duermen muchos y duermen al borde de un abismo. Porque viene luego, y viene pronto, y viene inexorable la muerte, la muerte que no perdona al Rey y al esclavo, ni al sabio ni al necio, ni al justo ni al pecador, y entonces lo que se ve es un abismo; un abismo cuya profundidad nos asusta, y nos hace volver el rostro hacia la pared.
   La muerte, hermanos míos, es lo que nos importa mucho pensar; y para que en ella pensemos con fruto, voy a haceros ver lo horrible que es la muerte del pecador, y lo dulce y consoladora que es para el virtuoso. Para proceder con acierto imploremos los auxilios de la gracia por la que es Madre de ella y Madre nuestra. Ave María.

   Tres son las cosas que pueden hacer dulce o amarga la muerte del hombre según los tres estados de su existencia, es decir, lo presente, lo pasado y lo que ha de venir. Lo primero que llena de perturbación al pecador cuando se acuerda de la muerte es lo pronta y veloz que viene, sin dejarle tiempo de satisfacer la insaciable sed de placeres con que se siente atormentado. Este progreso, digámoslo así, de la naturaleza hacia la muerte le tiene como envuelto en espanto, y no da un paso sin que la idea de [que] sus goces y placeres han de tener un fin, deje de atormentarle. Al verse viejo antes de haber sentido o conocido que no es joven, según la enérgica frase de Jerónimo; al verse que no es más que flor de heno, según dice S. Agustín, glosando las palabras de David, todo el esplendor del género humano, honores, potestad, riquezas y vanidades; al ver que la vida del hombre es como la flor en el heno, y que, como la flor, según dice S. Gregorio, sa[ca] al hombre desde lo oculto a lo público, para volver por la muerte desde lo público a lo oculto; al ver, digo, que la vida es sombra y vapor que velozmente se disipa, sin dejar rastro en la tierra, como no le deja la nave en el mar, ni la ave en el aire por donde vuela; al ver que su rostro toma arrugas, y su cabello encanece y su ánimo decae y sus fuerzas se debilitan, el pecador entra en una especie de melancolía que es como presagio de la eterna desdicha, que teme encontrar en el término de su existencia.
   He aquí lo primero que aterra al pecador: lo pronta y lo veloz que viene la muerte. Como la tempestad le vendrá, ha dicho el sabio; et interitus quasi tempestas [(Prov 1, 29)]: Como tempestad que de repente se forma, así le vendrá al pecador su muerte, y le vendrá como desolación y torbellino, envolviéndole en tales aflicciones y angustias que no habrá angustias y aflicciones con qué compararlas. Como la nave en medio de un mar embravecido, así el pecador en la terrible hora <*3*> de su muerte, se verá azotado por las furiosas olas de sus pensamientos e incertidumbres, teniendo que arrojar al fondo del abismo las riquezas, donde él tiene puesto su corazón, y sin poder desechar de una ruina próxima e inevitable.
   Esa muerte que tan pronto viene, causa en el pecador, con motivo de lo que le arrancan en el mundo, una angustia que no puede pintar el hombre sin pedir a esa misma muerte sus más horribles secretos. No es una sola muerte la que entonces sufre el pacador; son muchas y muy sensibles todas. El había puesto el corazón en las riquezas, y el dejarlas y separar de ellas el corazón, es ya una muerte. El había puesto el corazón en los deleites y al ver que ha pasado el tiempo de vivir envuelto en ellos, y el corazón se despide para no volverlos a gustar, es ya una muerte y muerte amarga. El había derramado su espíritu en todas las cosas de la tierra, y no más que para ellas había vivido, y al ver que ese espíritu tiene de todas ellas que separarse, reducirse a la soledad, o mejor dicho, a las compañías de las malas obras que ha practicado, ésta también es una muerte rodeada de desolación. Entonces muere todo. Muere el cuerpo, mueren los sentidos, muere el corazón, mueren los deseos, mueren las afecciones, mueren las esperanzas, mueren los proyectos. ¿Qué será, Dios mío, una muerte donde tantas muertes concurren? Pésima es la muerte de los pecadores, ha dicho el Espíritu Santo por boca de David, y parece no puede decirse ya una frase más expresiva. Mors peccatorum pessima [(Sal 33, 22)].
   Esa muerte que ha venido para el pecador antes de tiempo, es decir, antes que la esperase, según las Santas Escrituras está predicho, además de lo dolorosa y horrible que le es, teniendo que separarse de las cosas de la tierra en que había puesto su corazón, y separarse, digámoslo así, de sí mismo, aún lo es mucho más para los recuerdos que en aquel instante le acosan y abruman relativos a los excesos de la vida.
   Cuenta la Escritura que expelido Antíoco de la ciudad de Elinai, la más noble y rica de Persia, y habiendo vuelto a Babilonia, noticiáronle en esta última ciudad los desastres ocurridos a los suyos en Judea, y el rey sucumbió a la violencia de un pesar profundo. Pero cuando se encontraba en lo más fuerte y agudo de sus penas, espantado de sí mismo, y sin sueño en sus ojos, y sin vigor en su corazón, ¡ay! dijo a los amigos que rodeaban su lecho de muerte: «¡ay!, a qué tribulación tan grande he llegado, y en qué olas de tristeza me veo sumergido, acordándome de los muchos males que causé en Jerusalén... y por los cuales todas estas tristes cosas me suceden». Nunc reminiscor malorum quae feci in Jerusalem.

   Aquí tenéis figurado al pecador al sentirse ya muy próxima su muerte. Ya no puede conciliar ni un instante el sueño; ya se halla entregado a una postración; la tristeza le envuelve como un mar en sus olas; y en su corazón no tiene ya vigor más que para decir: Ahora me acuerdo de los males que he come- <*4*> tido. De los males que he cometido y causado. Nunc reminiscor malorum quae feci in Jerusalem... Mientras disfrutaba salud no me he acordado de las culpas de mi pasada vida, teniéndolas hasta tal punto olvidadas que me parecía que no había cometido ninguna; ¡pero ahora, ahora en qué multitud se me presentan! ¡En qué horrible deformidad se me ofrecen! Nunc reminiscor malorum quae feci... Ahora me acuerdo de los pecados de mi niñez y de los primeros malos frutos que dio este árbol, a cuyo pie veo con horror la segur que ha de cortarle. Nunc reminscor malorum quae feci... Ahora me acuerdo de todas las culpas de mi juventud, con todas las circunstancias que las hicieron más graves. Me acuerdo de tantas palabras torpes; me acuerdo de tantos pecados deshonestos; me acuerdo de tantas murmuraciones; me acuerdo de aquellos años consumidos en lúbricos desórdenes; me acuerdo de aquellos libros cuya lectura envenenó mi corazón; me acuerdo de aquellas compañías que me pervirtieron; de aquellas sociedades a que asistía; de aquella casa que frecuentaba; de aquella falta de respeto a mis padres y mayores, y de aquella indocilidad que tanto ha influido en mi perdición. Nunc reminiscor malorum quae feci...

   Ahora me acuerdo de todas las ambiciones e injusticias de mi varonil edad. Me acuerdo de todas las familias en cuya ruina tengo parte, me acuerdo de todas las usurpaciones con que me he enriquecido; me acuerdo de los pobres a quienes despedí tan desnudos y hambrientos como vinieron; me acuerdo de los intereses que defraudé a mi prójimo; me acuerdo de que siendo juez no administré recta justicia; de que siendo padre no eduqué bien a mis hijos; de que siendo sacerdote no eduqué a los fieles. Nunc re miniscor malorum quae feci... Ahora me acuerdo que mi pensamiento dominante fue el engrandecerme a toda costa; de no atender para nada la ley de Dios, y preservarme únicamente de la justicia de los hombres. Nunc reminiscor malorum quae feci... Ahora me acuerdo de los funestos ejemplos que di a mi familia, y de los grandes escándalos que he dado al pueblo; de las almas que por esta causa se habrán perdido; de las tristes consecuencias que de eso se habrán ocasionado, y que aún podrán ocasionarse hasta el fin de los siglos. Nunc reminiscor malorum quae feci... [(1 Mac 6, 12)]
   Ahora me acuerdo de que en mi vejez no he abandonado los torpes y torcidos caminos de mi juventud. Me acuerdo de aquella codicia a que he sacrificado deberes. Del olvido [de] mis más santas obligaciones; de la indiferencia con que he mirado el asunto de mi salvación, aun viendo que esa hora iba acercándose, y del apego que he tenido y aún tengo a las cosas del mundo, que huyen. Nunc reminiscor malorum quae feci... Toda mi vida se me presenta ahora... aquí... de un golpe, espantosa, horrible, cuya vista no puedo soportar. Lo malo que hice, lo bueno que dejé de hacer, lo que hice en público, lo que hice en secreto, lo que aconsejé no debiendo aconsejarlo, lo que dejé de aconsejar debiendo hacerlo, mi malicia, mi ignorancia, mis deseos, mis obras; de todo me acuerdo ahora, ahora, teniendo conturbado de un modo espantoso mi corazón, y envuelto mi espíritu en las olas de la más profunda tristeza. Nunc reminiscor malorum quae <*5*> feci... ¿Cómo había yo de presumir que en esta hora se me representasen tan minuciosa y fielmente los pensamientos, los deseos, las palabras y las obras de toda mi vida? ¡Ay!, ahora me acuerdo de todo y esta memoria tiéneme horriblemente conturbado. Nunc remi...
   Pero esperad, señores; esperad, que aún no lo habéis visto todo en esta escena del moribundo pecador. Lo que hasta ahora he dicho es triste, no obstante ser imposible pintar con los debidos colores tan grave situación; mas lo que vais a escuchar es espantoso y aterrador.
   Aunque el pecador, mientras disfruta los placeres, abrigase dudas acerca de su destino futuro, y se hubiese atrevido a negar la existencia de una vida después de la presente, al tiempo de morir caen de los ojos las vendas con que estaban cubiertos, y ve entonces lo que antes no viera. La misma duda de si habrá, en efecto, una eternidad tras el tiempo, no podrá menos de tenerlo agitado; y no podrá dejar de decir, como Antíoco: Ecce pereo tristitia magna in terra aliena [(1 Mac 6, 13)].
   Llegué a persuadirme, durante mi vida, que no había tras este tiempo una eternidad, y por eso me entregué a todos los desórdenes; pero ¿y si la hay? ¿Y si entro antes de media hora en esa tierra extraña? ¿Y si antes de cinco minutos desciendo a ese abismo, donde no hay puertas para salir? ¿Y si en el instante próximo caigo precipitado en el infierno, donde de varios y maravillosos modos he de ser atormentado? ¿Y si me está preparada ya una eternidad de penas y dolores? ¡Santo Dios! ¿Cómo puede resistir el pecador este tropel de pensamientos y de temores? ¿Qué pasará, señores, qué pasará entonces en el espíritu del pecador moribundo?
   Es verdad que entonces da el pecador algunas señales como de arrepentimiento; pero son señales falsas, porque, si bien nunca es tardía la penitencia cuando es verdadera, es rara vez verdadera cuando es tardía. Además de que el dolor o disgusto que entonces muestra el pecador, no es por la culpa, sino por la pena; y por lo mismo muere impenitente, y oye sentencia de eterna condenación.
   «Ved pues, lo horrible que es la muerte del pecador». Oíd ahora lo «dulce y consoladora que es al hombre justo y virtuoso» en la segunda parte.


   Segunda Parte

   No quiero decir que no sienta el hombre justo o virtuoso la repugnancia natural que todos tenemos a la muerte, la violencia que no puede dejar de experimentarse al tiempo de separarse el alma del cuerpo, y los temores que nacen de la incertidumbre en que nos hallamos respecto de que, si somos en la presencia de Dios dignos de amor o de odio. Este miedo o temblor es un miedo saludable, toda vez que proviene de la humanidad en virtud de la cual conocemos que <*6*> nada hemos hecho que sea digno de un Dios tan santo, cuya misericordia es el único título para la esperanza. Este miedo, este temblor, aun los mayores penitentes lo han experimentado, pero poniendo en Dios toda su confianza, pudieron decir y dijeron con el Apóstol: «Deseo disolverme y vivir con Cristo». Cupio dissolvi, et esse cum Christo [(Flp 1, 23)].
   Nada de cuanto en la tierra deja el hombre virtuoso puede causarle la más pequeña agitación. Del mundo usó como si no usase; poseyó como si no poseyese; en sus mismas riquezas fue pobre y en su misma pobreza fue rico. Convencido de que su permanencia en la tierra no era más que una peregrinación o un tránsito, no fijó nunca sus ojos más que en el cielo que consideró siempre como su verdadera y única patria. Va a separarse de sus hijos, ¿pero no va a unirse él al más bondadoso de todos los padres? Tendrá que dejar sus amigos, ¿pero no va a la sociedad de los Angeles y los Santos? Se despide, en fin, de todo cuanto se ha rodeado durante su vida, ¿pero no sube a tomar posesión de riquezas que nunca se acaban, y de una felicidad que no tendrá ya término? Por otra parte nada puede afligir al hombre virtuoso cuando se halla próximo a la muerte, sabiendo por la fe que por uno que pierda en la tierra, poseerá ciento y alcanzará la vida eterna.
   A proporción que para el pecador es horrible la memoria de sus culpas, cuando se acerca el instante de tener que expiarlas, es consolador para el bueno o virtuoso el recuerdo de sus trabajos y sacrificios. Entonces se le presenta la virtud con todos sus atractivos y ventajas. Es verdad que durante su vida no ha gustado lo que se llaman deleites mundanos; pero si tiene esperanza de ser uno de los que habitan en la casa de Dios, ¿qué le importará el no haber habitado en los tabernáculos de los pecadores? Es verdad que para él han estado cerradas en la tierra las puertas de las delicias; pero en la esperanza que le están reservadas otras que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni puede el entendimiento comprender, mira como ganancia lo que ha perdido, y como lucro lo que ha dejado de recibir.
   ¡Qué florido le parece al hombre virtuoso el áspero y espinoso camino de sus trabajos y privaciones! Tuvo, digámoslo así, hambre y sed, y ahora va a hartarse. Estuvo desnudo y ahora va a vestirse. Fue despreciado y ahora va a ser distinguido. Fue pobre y ahora va a ser rico. Fue rico y ahora va a serlo más. Todos sus buenos pensamientos, todos sus buenos deseos, todas sus obras, sus trabajos, sus sacrificios, se le presentan ahora de un golpe, como títulos para sus más halagÈeñas esperanzas. Ni el vaso de agua fría que dio en nombre de Jesucristo dejará de tener su recompensa. Por todas partes hallará motivos de consuelo, pues la misma suerte que tan horrible a todos nos parece, no será para el justo muerte, sino vida más abundante. Sin perder de vista ni un momento la misericordia [de] Dios, le parecerá que se alarga demasiado su estancia en la tierra, y pedirá alas como las de palo- <*7*> ma para volar y descansar en el seno del Altísimo. Quis dabit pennas sicut columbae, et volabo et requiescam? [(Sal 54, 7)].
   Comparad con las inquietudes y zozobras del pecador, esta consoladora calma del hombre virtuoso en aquel momento en que van a abrirse ante sus ojos las puertas de la eternidad, y veréis cómo deben pareceros muy insignificantes todos los sacrificios que hagamos en la vida para experimentar después en la muerte la tranquilidad y el consuelo que el justo experimenta. En este duro trance los Reyes desearían haber sido mendigos, si, siéndolo, hubiesen podido lograr morir como los justos. El personaje más alto desearía haber sido esclavo del más vil esclavo, si con esto hubiera podido alcanzar una muerte tan dichosa como la del virtuoso. «Juzgábamos, dirán todos, juzgábamos su vida como insania, y que su fin no estaría acompañado de honor, y ved cómo son contados entre los hijos de Dios, que es el honor más alto a que puede llegar la criatura racional».
   Si la vida del justo no ha sido más que un constante recuerdo de la muerte, si no ha sido su existencia más que una muerte prolongada, si durante muchos años no ha hecho más que aprender a morir, ¿qué terror puede causarle ese espectro cuando se le presente a última hora? ¡Quién pudiera pintar las dulces ansias del alma justa cuando considera ya próximo el instante de ir a unirse a su Amado! ¡Con qué solicitud se purifica por medio de la confesión sacramental, para presentarse limpia ante aquel que descubre manchas en el sol! Cuando percibe el sonido de la campanilla, anunciando que viene a visitar su pobre morada Aquel que ni el cielo ni la tierra pueden contener, y cuyo trono sobre alas de querubines es sostenido, ¿quién podrá dar a entender el santo gozo de que se siente poseído? Cuando toca los labios del moribundo aquel Dios sacramentado, que es vida y resurrección para los que dignamente le reciben, ¿quién podrá expresar la esperanza y el consuelo que infunde aun al ánimo más abatido? Cuando toma en sus manos la imagen del Redentor, ¿quién podrá decir los ríos de agua viva que llegan a su abrasado corazón desde el divino abierto costado? Cuando besa la imagen de la augusta Madre de Dios, ¿quién podrá expresar la confianza que le inspira la idea de que la Madre de Dios es también su Madre?
   Este es, hermanos míos, el gran negocio que hemos de pensar. Mirad que no vivimos más que para morir, y que no hemos de morir más que para vivir: o una vida eternamente desgraciada, o una vida eternamente dichosa. Dejad todo lo que luego ha de dejaros a vosotros; todo lo que en el mundo veis ha de seros infiel y traidor, sin exceptuar los objetos más queridos de vuestro corazón.
   Pecador: a la hora de la muerte no te encontrarás más que con tus pecados. ¿Por qué, pues, te afanas? Hombre virtuoso: a la hora de la muerte te encontrarás con todas tus obras buenas. ¿Por qué pues te afliges?
   Meditad esto, pecadores; meditad esto, almas justas. Recordándolo a toda hora dejaréis de pecar los unos, y dejaréis de afligiros los otros. La eternidad, la eternidad os espera. Escoged. El culpable condenado será para siempre, el justo para siempre será dichoso. Esta felicidad os deseo a todos. Amén.

Escritos I, vol. 10, doc. 52, págs. 1-2






   Pero ¡ah!, no está todo aquí; si el presente y el pasado llenan de espanto al pecador, no le asusta menos la memoria [de] lo venidero, puesto que es como la consecuencia de todo lo demás.

   El pecador, ya sea que durante su vida haya querido poner en duda la existencia de la eternidad para sofocar el grito de [su] conciencia, ya sea que creyéndolo haya tenido olvidado este abismo saludable de su eternidad, por el continuo movimiento de sus pasiones y negocios, sin embargo en la hora de la muerte, en la que los negocios no le tienen ocupado, en que las pasiones están como muertas, en que el alma está como en su centro, entonces el pecador con la sola razón despejada de los vapores de las pasiones, y con el débil reflejo de la fe, que aún se conserva en su corazón, ve cerca y claramente esta misma eternidad que antes tenía totalmente olvidada.

   Y el pecador y el impío no pueden menos de exclamar ¡ay de mí, si hay una eternidad! ¿Y si antes de media hora entro en esta tierra extraña? ¿Y si antes de cinco minutos desciendo a ese abismo donde no hay puertas para salir? ¿Y si en el instante próximo caigo precipitado en el infierno, donde de varios y maravillosos modos he de ser atormentado? ¿Y si me está preparada una eternidad de penas y dolores? ¡Ay, Dios mío, dirá el pecador, dad- <*2*> me tiempo para hacer una penitencia que espante el mundo! Adelante, pecador, tú has abusado del tiempo que Dios te había concedido, ya no hay tiempo; pero al menos una hora de aquellas que desgraciadamente malgasté; adelante, pecador, marcha a dar cuenta de todas tus acciones delante del Dios de las justicias.

   ¡Santo Dios! ¿Cómo podrá sufrir el pecador este tropel de pensamientos y temores? ¿Qué pasará entonces, señores, en el espíritu del pecador moribundo?

   No nos fiemos, hermanos míos, de la esperanza de convertirnos en la hora de la muerte; no descansemos en la confianza de que muchos tienen tiempo de recibir los sacramentos antes de morir; pues en aquella hora apenas podemos formar ni un acto de dolor, no somos dueños ni aun de nuestros sentidos, y esta es la razón porque dice S. Agustín: que la comunión de muchos pecadores en la hora de la muerte quizás es el último sacrilegio que falta que cometer, y también sabréis lo que la Beata Catalina de S. Alberto, hija de Sta. Teresa, dijo en [el] lecho de la muerte, cuando preguntada por sus hermanas por qué suspiraba tanto, exclamó: ¡Ay! hermanas mías, si yo suspiro, no es porque tema la muerte, pues la estaba esperando hace 25 años, lo que siento, lo que me aflije, es ver tantas personas que viven engañadas, esperando reconciliarse con Dios en la puerta, en este momento en que apenas puedo pronunciar el dulce nombre de mi amado Jesús.

   No pues, hermanos míos, no esperemos a convertirnos en la hora de la muerte; preparémonos desde ahora con el caudal de buenas obras, para tener en aquella hora la dulce muerte del justo. Amén.

Juicio


Escritos I, vol. 10, doc. 53, págs. 1-10






Predicada en Sta. Clara
1.º Domingo de Adviento de 1869. <*2*>



   Plática sobre el juicio universal

   Hace un año, venerables Madres y Hermanas en el Señor, hace un año que en esta Dominica, y desde este mismo lugar, reunidas por la misericordia de Dios todas las mismas que ahora me escucháis, os recordaba antes de empezar mi discurso la situación triste en que nos encontrábamos; el horizonte político y religioso encapotado, una terrible tempestad nos amenazaba, y se oía el sordo rugir del trueno, y la justicia de Dios vibrando sobre nuestras cabezas mediante la permisión de un amargo decreto humano que angustiaba nuestro corazón.
   Y en medio de aquella crítica situación, os aconsejaba que abstrayéndonos de todo, y ya que la bondad divina nos lo permitía, nos entregáramos al silencio y gemidos de la oración, y a la preparación de la venida del Mesías, respondiendo al acento que la Iglesia nos dirigía.
   Quién habría de creer, hijas mías, que habíamos de pasar un año en igual situación; que habíamos de permanecer en medio de las iras de nuestros mismos enemigos, bajo su omnímodo poder, que han jurado nuestro completo exterminio, y que sin embargo nos conservaríamos ilesos, en medio de la catástrofe que amenazaba ser general. Colocados bajo la protección del cielo, hemos podido exclamar como David: Verdaderamente el Señor es nuestro refugio y nuestro sostén, con el escudo nos ha defendido; ha embotado las saetas de nuestros adversarios; nos ha libertado de los temores de la noche y de las asechanzas del demonio meridiano; y no ha permitido que se acercaran a nosotros; porque el Señor ha puesto altísimo refugio, y por esto no ha podido llegar <*3*> el azote a nuestro defendido tabernáculo; porque él ha mandado a sus ángeles que nos guarden en los caminos de la vida; y hemos podido superar el áspid de las maledicencias, de las calumnias, el desprecio y el basilisco de la profanación; nos ha conducido, en fin, como en su mano por... [(Sal 17 y 90)].
   ¿Y por qué todo, hijas mías? Clamabit ad me, et ego... [(Sal 90, 15)]. Porque supimos clamar a él en los días de angustia; porque supimos afligir nuestro corazón como Daniel en la presencia de Dios; y él se complace estar más cerca de nosotros cuando nadamos en la tribulación: Cum ipso sum in tribulatione... y el Señor se complació en escuchar nuestros lamentos, y las humildes súplicas de nuestras almas.
   Pero ¡ay, hijas mías! que el azote continúa levantado, la tormenta continúa allá en lontananza, el porvenir se presenta oscuro y negro; su aspecto quebranta el aliento aun de los menos tímidos, y nadie puede preveer el desenlace de los acontecimientos que pueden sobrevenir sobre nosotros y sobre la Iglesia. Los que no fían sus cálculos más que en el poder y en la ciencia del hombre, auguran fatalmente.
   Es que tal vez el Señor exija algo más; es que tal vez no hemos llenado el objeto que se proponía. Quién sabe si en medio de las tribulaciones cuando el Señor nos arrancaba promesas, y le protestábamos fidelidad se dejó engañar santamente, si se me permite la expresión, y ahora viendo nuestra poca correspondencia, esté suspendiendo todavía el látigo...

   Con mayor motivo que el año anterior puedo deciros yo que os abstraigáis de todo, y nos dediquemos con más eficacia... <*4*>

   Hoy, pues, la Iglesia al empezar este santo tiempo de recogimiento, nos pone ante nuestra consideración aquella terrible descripción que el mismo Jesucristo se dignó hacernos del último [día] o más bien de su venida, como quizás que en las dos venidas...
   Y antes de ahondar en las consideraciones de este dogma, bueno es que examinemos como base de ella los motivos que la Providencia divina ha podido tener para establecer este día de vindicación general, siendo así que, según la misma nos dice, sufre el alma su juicio al salir de la vida, y además también las circunstancias que se cree...
   Entre otras razones, hay algunas que aparecen a primera vista y en las que se ve la razón y conveniencia de este acontecimiento.
   1.º Gaume. <*5*>


   Esto supuesto, veamos también y refresquemos a la memoria, por más que lo hayamos oído lo que nos dice la fe, y además la creencia católica sobre este dogma: Tenemos de fe creencia general que debe verificarse, y el juicio de Jesucristo a la humanidad, según aparece en las mismas palabras de Jesucristo.
   Pero además de este hecho en conjunto hay muchas opiniones entre los católicos, unas creídas por todos y otras apoyadas por Stos. Padres y Expositores, y que se despren- <*6*> den ya de las palabras del Evangelio, ya de los demás libros sagrados, como son los libros de los Profetas, en particular del Apocalipsis. Gaume.

   Pero por no detenernos más en esta materia, y para comprender todo lo imponente de este día, basta recordar lo que el mismo Jesucristo nos dice... Este Jesús tan bueno...
   Y aún podemos ponderar más esta idea, si consideramos que el Señor se la ha reservado para ejercer su justicia y desplegar el aparato de su grandeza. Veniet dies Dómini... [(Is 13, 9)]. <*7*>
   ¡Cuántos acontecimientos han sobrevenido, cuántos terribles castigos han caído sobre la humanidad, en los que Dios ha manifestado el furor de su brazo! El Diluvio, Sodoma, Jerusalén, pestes, terremotos...
   Pues todo esto no son más que presagio de aquel día. Vendrá, dice Nuestro Señor, este día, cual no lo ha habido desde que los tiempos existen. Día, dice...

   Pero no sólo será terrible este día por el aparato que el Señor desplegará para hacer ver el peso de su justicia y la gravedad del pecado, sino también por las circunstancias que mediarán en ello.
   1.º El juez; ¿pero, qué juez?...
   2.º También estaremos nosotros... y <*8*> las almas buenas
   3.º Las cosas que hemos practicado... <*9*>
   4.º Lo terrible de la sentencia y sus consecuencias.
   Et tempus non erit amplius: y no habrá ya más tiempo [(Ap 10, 6)]. Palabra tremenda hijas mías, que debíamos meditar constantemente, y que debía servir para nuestro consuelo y para llenarnos de un santo temor para el alma pecadora...
   Para el alma justa ya no habrá mudanzas.
   Id para siempre: y este siempre que con voz de trueno resonará en el valle de Josafat, y cuyo eco se repetirá hasta las extremidades del mundo, se perpetuará al oído de todos; y en las concavidades de los abismos retumbará por toda una eternidad, y ya ni el clamor eterno de la desesperación, ni las lágrimas inútiles de las congojas, ni el padecimiento insufrible podrán repararlo jamás; ése siempre será bastante para formar la desgracia del alma, aunque no tuviese nada más.
   Pero también oiremos para siempre, el venid... y ese venid...

   Y bien, hijas mías, ¿está en nuestras manos el merecer una de las dos sentencias? ¿Y podremos granjearnos la alegría de este día? ¿Y podremos nosotros labrarnos la felicidad para este grande acontecimiento?
   ¿Y qué nos exige el Señor para ello?
   Planes. <*10*>
   ¿Y sería posible, hijas mías, que alguno de nosotros tuviéramos que experimentar esta separación terrible? ¿que nosotros, que estamos unidos con los vínculos de la caridad, de la amistad, del cariño, que tendemos a un mismo fin, que trabajamos por el mismo objeto, tuviéramos que vernos forzados a un odio y separación eternas? Y sin embargo, hijas mías, ello es cierto que dentro de poco, muy poco, asistiremos a este espectáculo, e indispensablemente hemos de saberlo; dentro de un corto tiempo hemos de ser juzgadores o juzgados. ¡Dios mío! podríamos exclamar con San Agustín: Hic ure... [(Sal 25, 2)].
   ¡Qué vergÈenza para nosotros! Nos acusarán Jesucristo, los sacramentos...
   Nos acusarán muchos pecadores del siglo...
   Nos acusarán muchas almas sencillas...
   En vano exclamaremos con el Cadite super nos... [(Os 10, 8)].

Escritos I, vol. 10, doc. 54, págs. 1-12






Sta. Clara. Adviento de 1872
Purísima, 1874
Purísima, 1881 <*2*>



   (Tres semanas)

   Juicio universal

   Hemos entrado al Sto. tiempo de Adviento. La santa Iglesia viene a repetirnos y recordarnos las mismas verdades. ¡Y cuán constante es la Iglesia en enlazar sus solemnidades! ¡Cuán sencillo es el método que se propone para obrar nuestra santificación! Los mismos evangelios, los mismos dogmas, y con ellos quiere obrar nuestra salvación. ¡Ah! La asidua meditación de las verdades hizo santos a las grandes columnas del cristianismo. Lo mismo que la Iglesia nos hace meditar, meditaron ellos; nosotros seríamos santos si como ellos nos entregáramos al estudio de estas verdades.
   Y bien, ¿qué verdades nos pone a la vista la Iglesia?
   Dos objetos nos propone. Uno general durante todo este tiempo, esto es, la excelencia de la venida, los beneficios de su aparición sobre la tierra, y por ellos ora nos pinta con vivos colores las grandezas de este Dios y nos dice con el Profeta...
   Ora nos recuerda los suspiros de los Patriarcas...

   Y otro particular este día: esto es, la venida 2da. del Hijo de Dios.
   Atendida la antigÈedad de la celebración de este tiempo y de estas dominicas, no podremos acertar fijamente el motivo por qué la Santa Iglesia señala en esta dominica el recuerdo del juicio universal; no obstante creen los autores piadosos que como de las dos venidas, del Salvador depende toda la economía.
   Y miles de entendimientos se elevan a la consideración de estas verdades; y en todas las catedrales del mundo se hace resonar esta voz por los que, ministros de Jesús, tienen el encargo de perpetuar su palabra sobre la tierra; y en todas las parroquias, villas, aldeas del universo, donde hay católicos reunidos, se anuncia esta verdad espantosa, aunque consoladora al mismo tiempo.
   Otras veces en aquel día lo hemos meditado, y tal vez <*3*> con provecho y consuelo de nuestros corazones; ahondemos, pues, otra vez en ellos, y quién sabe si el Señor guarda otras gracias de buenos propósitos, si recibimos con dócil disposición las ideas que se desprenden de esta verdad, podemos decir capital de nuestra religión, porque como dice S. Pablo, si Cristo no resucitó, ni nosotros resucitaremos, y por lo tanto vana es nuestra esperanza.
   Ahora bien, varios son los aspectos bajo los cuales podemos considerar el juicio: cada una de las circunstancias de él puede ser objeto de profundas reflexiones. Las señales precedentes, la purificación del mundo, la venida del juez, la vista de nuestras conciencias, el espectáculo de la humanidad reunida, la sentencia de Jesucristo, la separación amarga realizada por los ángeles, y mil y mil otras circunstancias, serían suficientes cada una por sí de absorver nuestra atención meses enteros, como sucedía a S. Jerónimo.
   En la imposibilidad, pues, de abarcarlos todos estos puntos, los consideramos de un modo más general, examinando la gravedad de este juicio para las almas infieles, y el triunfo para las almas santas en este día.
   Ave María

   No es preciso, hermanas mías, que yo me extienda en referiros lo que la fe, las creencias católicas, las opiniones de los santos nos exponen sobre esta materia, y los motivos que señalan para que la Providencia haya determinado este día. Hace seis mil años... Buldú 9.366.
   Además Jesucristo en su persona...
   En las persecuciones de la Iglesia...
   En las humillaciones de sus santos. Los mártires...
   El olvido de los justos...

   Pues bien, entrando en la proposición. Cuán terrible y grande será para el mundo y las almas infieles, bastará examinarlo por el terror que infundirá el aparato del juicio; la manifestación de las conciencias; la confirmación de la sentencia. D.M.D.
   Inútil es que nos <*4*> detengamos a explanar el aparato del juicio; las señales que precederán, el espectáculo de resurrección asombrosa, la presentación de la Cruz, son por sí solos suficientes para que nuestra imaginación pueda formarse una idea bastante espantosa de este día.
   En cuanto a las señales no es preciso que hable nuestra lengua: el mismo Jesús las ha anunciado y con colores vivos. Mirad; decía a los apóstoles...
   Signa magna erunt [(Lc 21, 25)]. Krost. n.º 160. Oiréis guerras y opiniones o proyectos de guerras; se levantarán gente contra gente, y reino contra reino, y habrá tribulación grande, cual no ha habido desde el principio del mundo, ni la habrá; y terremotos grandes habrá por los lugares, y pestilencias, y terrores del cielo. Haec autem omnia initia sunt dolorum: pero todo esto será principio de dolores, pero no será todavía el fin. Y habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas, y en la tierra presura de gentes, por la confusión que causará el sonido del mar y de las olas, quedando áridos los hombres por el temor y la expectación; pues las virtudes del cielo se conmoverán, y las estrellas caerán del cielo; el sol se convertirá en tinieblas, y la luna en sangre antes de que venga el día del Señor grande y terrible. Pero todo esto, repito, initia sunt dolorum. Son principio de dolores, pero no el fin todavía [(Mt 24, 8)].
   Esto dice Jesucristo, aquel corazón tan bueno... Sermón 1.º.
   Pues éste es el que nos dice que el mundo con todos...
   Y añade: y todo esto son principio de dolores, Y en efecto, hermanas mías, pues sobre estas señales remotas, vendrán las más próximas que [nos dicen] S. Pedro y Joel: Llegará, dice S. Pedro, el día del Señor como el ladrón, y en el cual los cielos pasarán con grande ímpetu, y los elementos serán disueltos por el calor; y la tierra y las obras que hay en ella serán abrasadas [(2 Pe 3, 10)].
   Ante la faz de la ira de Dios, dice Joel [(Jl 2, 3)], irá un fuego voraz, y detrás de él una llama abrasadora; antes de su llegada, continúa el Profeta, el mundo como si fuera un huerto delicioso en su presencia; después que haya pasado quedará como la soledad del desierto y no habrá quien escape de él. ¡Oh, cuán terrible debe ser la llegada de aquel día, solvet saeculum in favilla, que convertirá al mundo en cenizas y en la que Dios armará toda criatura para venganza de sus enemigos!
   Sin embargo, todo esto initia sunt dolorum: son principios de dolores.
   Y si quisiéramos abundar en esta idea, bastaría recordar que <*5*> es día del Señor.
   ¡Gran Dios! ¡Pues cuántas veces ha tenido el Señor su día! ¡Cuántos acontecimientos se han verificado! - Diluvio, Sodoma...
   Y el fuego lo consumirá todo. Supongamos, hermanas mías, que nos es dado penetrar en un momento después de este diluvio de fuego que se ha hecho todo. Claret 2.º 405.
   ¡Gran Dios! ¡Principio de dolores todo esto! ¿Y esta conmoción general y esta destrucción de todas las cosas de la tierra, y esta soledad del mundo, no es bastante para hacernos ver la grandeza de la justicia, y llenarnos de estupor?
   Resumen Claret 14.
   ¡Ah! Suspende, hermana mía, por un momento el curso de tus ideas en esta meditación, y pasea un poco por esta soledad del desierto que nos dice Joel, y da un paseo por este mundo que ahora habitas, y recórrele en aquel momento de silencio y antes de terminar los últimos episodios de esta escena extraordinaria.
   A la pálida luz de esos errantes fuegos desprendidos de la tierra y elevados en el aire, busquemos ese mundo que tanto enamoró a los mortales. Sin montes, ni ríos, ni ciudades, sin sol ni astros ni plantas, sicut solitudo deserta, como la arenosa soledad del desierto; ni nos será dado señalar la superficie que ahora ocupamos. ¿Dónde están aquellos bienes adquiridos por los mortales con tantos afanes, tal vez con tantas injusticias; conservados con tantos desvelos, y tantos remordimientos, y perdidos con tanta inquietud? Ni los átomos de estos bienes destruidos podremos encontrar allí.
   ¿Qué se han hecho aquellas hermosuras divinizadas por la humanidad, cuyo eco resonaba en las concurrencias, y arrastraban tantas almas a la vanidad? ¿Qué se ha hecho de aquellas espadas vigorosas que subyugaron las naciones al impulso de su ambición? ¿Qué se ha hecho del lugar de nuestras habitaciones, de nuestra Iglesia, los objetos que ocupaban nuestra vista, tal vez nuestro corazón? Ni distinguirlos podemos; no sabemos si correspondían aquí al lugar que ahora recorremos, o a miles de leguas de esa gran soledad.
   ¿Dónde están las campiñas a las que dirigía mi vista, el techo que me cobijaba, los objetos que me alimentaron, consolaron, sirvieron?

   Aparición de la Cruz
   ¿Dónde estas reuniones, aquel hormigueo de gentes, en los días de la disipación, en los desahogos de sus vanidades? Ni una voz puede responderme a estas preguntas.
   ¿Y estas cosas fueron las que robaron el corazón de los hombres, que debía ser todo para Dios? ¿Y estas disipaciones, y estas vanidades, y estos objetos exteriores, pudieron inficionar alguna vez tu corazón? ¿Y las cosas acaecidas en este mundo pudieron conturbar mi ánimo, sabiendo que todo había de pasar, y que todo había de parar en esto? ¡Oh, si la humanidad entera se trasladara a la consideración de este desierto sombrío y solitario! !Oh, si nosotros todos lo grabáramos en nues- <*6*> tra mente! ¡Oh, cómo le miraríamos como una soledad árida sin dar una mirada siquiera a cuanto nos rodea!
   Toda esta destrucción y soledad, toda esta humillación de las criaturas initia sunt, son inicio no más del aparato del día [del] Señor.
   (La 2da. con que hace terrible el juicio es [la] manifestación de las conciencias).
   En medio de este silencio y de esta soledad, se verificará aquel milagroso y sorprendente acontecimiento de la resurrección, Tuba mirum spargens sonum. Aquella voz imperiosa que el Apóstol llama trompeta, proferida por Jesucristo, y repetida por los ángeles y en particular por S. Miguel, y cuya memoria hacía estremecer a los anacoretas, resonará repercutiendo su eco en todos los ámbitos del universo; y in ictu oculi, in novissima tuba mortui resurgent [(1 Cor 15,52)], en un abrir y cerrar de ojos resucitarán los muertos; et stupebit natura cum resurget creatura; la naturaleza entera se llenará de espanto, a este acontecimiento extraordinario.
   Y ved allí cómo a la voz de esta trompeta, empieza a hormiguear otra vez el mundo, y desde el fondo que ocupaban los mares y desde lo que eran montañas, y del sitio donde estaban las ciudades, van saliendo seres humanos, como si fueran a formarse de repente ciudades, provincias y reinos, los años y los siglos van lloviendo gentes. Y se levantan del polvo de los sepulcros aquellas generaciones de los gigantes que vivieron antes del diluvio, y que provocaron por sus excesos la ira de Dios en aquellos tiempos. Y se levantarán aquellas generaciones de descendientes de Noé, que se repartieron el mundo, y tantos millones de infieles que existieron antes de Jesucristo, y aquellos antiguos ejércitos de Persas, Griegos y Romanos, y tantos millones de habitantes que ocupan la India y la...
   Y esta voz retumbará en los sepulcros de los Pontífices y les dirá: Hora est iam... [(Rom 13, 11)].
   Y resonará en las tumbas de los sacerdotes, diciéndoles que es hora ya de dar cuenta de su potestad, y en los cementerios de la Iglesias católicas y de los monasterios, y les dirá que es hora ya de presentarse a dar cuenta.
   Y de todas partes y por todos los caminos serán llevadas las generaciones para acudir al lugar que la creencia católica señala, como puesto donde quiere ser visto Jesucristo. <*7*>
   Pero todo esto initia sunt. Son principio de dolores.
   Tunc parebit, dice Jesucristo por S. Juan, entonces aparecerá la señal del Hijo del Hombre in coelo, y entonces llorarán todas las tribus de la tierra, y verán al Hijo del Hombre venir en las nubes del cielo cum virtute magna et majestate, con virtud grande y majestad. [(Mt 24, 30)].
   Así como el rayo, dice el mismo Jesús, por Mateo, sale del oriente y aparece en seguida en occidente, así será la llegada del Hijo del Hombre.
   Y le verán los que un día al verle entre congojas y bebiendo la hiel de las amarguras le insultaron en el árbol de la cruz.
   Y le verán los que no quisieron abrir sus ojos a la luz de la fe y de la religión, y le verán los que no levantaron su consideración de sus bondades y perfecciones.
   Y le verán los que le despreciaron en sus ministros y en su religión.

   ¡Oh! si Moisés cuando al pregonar allá en el Sinaí la voluntad de Dios, de un Dios que quería ser su padre, sólo porque quiso hacer un poco de ostentación de su poder para que les quedara bien grabado aquel hecho y no olvidaran fácilmente, al escuchar los truenos y presenciar los relámpagos se llenaron de estupor, y dejaron a Moisés consternado; de aquí en adelante háblanos tú, no nos hable Dios, no sea cosa que muramos de repente; cuál no debe ser, hermanas mías, el espanto que se apoderará de la humanidad, a la presencia de esta majestad, que Dios hará todo lo imponente posible, como que se llama el día de la ira y de su justicia. Quantus tremor est futurus...
   No obstante este espanto, esta estupefacción de la humanidad, este espectáculo terrible, initia sunt dolorum, sed nondum finis.
   Entonces se verificará la segunda idea que he propuesto, la manifestación de las conciencias.
   ¡Oh! Quis pudor, exclama S. Ambrosio, dum peccator revelatur, convin- <*8*> citur, corrigitur. ¿Cuando el pecador es revelado, convencido, reprendido?
   Quis pudor. Nihil occultum quod non revelabitur. Nada por oculto que sea, dice Jesucristo, hay en el mundo que no sea revelado algún día [(Mt 10, 26)]; ostendam nuditatem: manifestaré, dice el Señor, tu desnudez a las gentes, y a los reinos tu ignominia.
   Y postrada toda la humanidad a los ojos de Dios, estampada en la frente de todos la historia particular de cada uno, y puesta a la vista del universo todo y de los ángeles y de los hombres, ante el resplandor vivo que la claridad de Dios hará reflejar sobre las conciencias, todos los actos de la vida, para que sea reconocida la justicia de Dios.
   No puedo, no, hermanas mías, entrar en prolijas consideraciones sobre esta idea y este momento decisivo.
   Suponte, hermana mía, prescindo ahora de cuanto te rodea, que te encuentras allá en esa inmensa planicie, rodeada de personas que no conoces más que por el estado de su conciencia; suponte también (aunque no será así), que ignoras todavía tu suerte, y que de repente va a ser iluminada también tu conciencia, de la manera que ahora, en este momento, concibes tenerla, y atendido tu pasado, ¿qué sería de ti en aquel momento? ¿cómo estaría tu corazón?
   Porque allí en la claridad de Dios, se te reflejaría todo lo que habías sido y debido ser, como criatura de Dios, como redimida con su sangre, como escogida con la elección.
   Y todos tus pensamientos desde el día en que entraste en el uso de la razón, y todas tus palabras desde que pudo articular tu lengua, y todos tus sentidos que te pusieron en contacto con las cosas exteriores, con todas las operaciones practicadas por medio de ellos, se reflejarán sobre la conciencia como sobre un espejo; y todas las operaciones de tu alma, tus pensamientos, tus afecciones; y todos los actos del orden sobrenatural en relación a nuestro fin último, todos los sacramentos, gracias e inspiraciones, combates, luchas; todos los actos relativos a nuestro estado, con las gracias accesorias y beneficios recibidos de Dios; todos los actos y oficios que hemos desempeñado del modo y forma como los hemos hecho, de las consecuencias todas de nuestro comportamiento, mu- <*9*> chas de las cuales no comprendemos, porque no queremos comprenderlas; si todo esto tuviese que ser reflejado ahora aquí ante el mundo, ante Dios, y teniendo que ser esto objeto de una sentencia definitiva; ¿qué pensaríamos?, ¿quisiéramos que se realizase?
   ¡Oh! Si ahora tuviera que ser, exclamaríamos con la Iglesia: Juste judex ultionis &...
   O como Job le diríamos: esta...
   ¿Y qué quisiéramos haber hecho? ¿Y qué propondríamos hacer?
   ¡Ay! ¿Qué me hubiera costado unos cuantos años de vida, de vida de abnegación y de conformidad a la voluntad de Dios? ¿Qué se hubiera perdido de cerrar mis labios a la maledicencia, a la curiosidad?
   ¿Qué mal me habría hecho ahora el doblegar mi corazón a la humildad, cuando las contradicciones me perseguían?
   ¿Qué me hubiera costado ir con santo temor y poner mi corazón indiferente en todas las cosas que pasaban a mi alrededor?
   ¡Ah! Si hubiera hecho examen todos los días sobre mis sentidos, sobre mi modo de caminar, de mirar, de hablar, de obrar.
   Si me dierais tiempo, Dios, me sepultaría dentro de mí mismo para no pensar más que en mi santificación y desear vuestra gloria y el sufrimiento de todas las cosas.
   Pero, ay! este tiempo no será y es preciso que aguardes un momento no más a que se resuelva tu suerte porque esta angustia que estás pasando initia sunt dolorum, es principio de otros amarguísimos dolores.
   Y hemos llegado a la última etapa o acto de esta escena. El Señor mandará a sus ángeles que realicen aquella anunciada separación en el evangelio, cuando en la famosa parábola de la cizaña le preguntábamos: Vis... [(Mt 13, 28)].
   Quieres...
   No. <*10*>
   Entonces se verificará la amarga y definitiva separación, y se proferirá por el Hijo del Hombre, por el juez supremo de vivos y de los muertos, entre las congojas y gemidos que comenzarán a agitarse en tantos corazones hasta aquel momento oprimidos por el espectáculo del juicio, y como las oleadas del mar, un horrendo murmullo de comprimida desesperación, se oirá, se proferirá la sentencia que resonará perpetuamente...
   No, no quiero hacer todo lo viva que pudiera esta escena; vuestra imaginación fecunda sabrá por sí sola correr por este campo de triste realidad.
   Sólo sí debo deciros, hermanas mías, que allí entre los que merecerán el enojo de Dios, habrá sacerdotes.
   Que hemos de presenciar este espectáculo, que lo estamos tocando ya con la mano, porque estamos ya al declinar de nuestra existencia; de que aquí a nuestra muerte no hay más que un paso, y de la muerte al juicio no es más que un sueño del sepulcro, y que luego luego hemos de pasar este juicio.
   Felices, hermanos míos, nosotros si en aquel día podemos haber merecido el título de almas fieles, porque todo este riguroso aparato, todas [estas] señales, este incendio, esta resurrección, este tribunal será para nosotros motivo para adorar los estupendos juicios de Dios, y al mismo tiempo para consuelo. El divino Salvador, después de haber explicado con aquellos colores tan vivos la consumación del siglo, añadió: his fieri incipientibus... [(Lc 21, 28)]. Apenas veis que empezarán a verificarse <*11*>, levantad vuestras cabezas porque se acerca vuestra redención. Del árbol de la higuera tomad el ejemplo, así como empiezan a reverdecer las hojas, es señal de que acerca la primavera y el estío, así también...
   En efecto hermanas mías; así como aquel día iluminará la suerte de los malos, así también iluminará el triunfo de los buenos.
   Porque el Juez manifestará la virtud oculta hasta ahora.
   Porque vengará también.
   Porque la exaltará.
   Manifestará la virtud oculta, he dicho. Estas almas olvidadas hoy y ocultas a las miradas de los hombres, cuyo mérito se desconoce, cuyos sacrificios interiores pasan desapercibidos, que tal vez se mira como un egoísmo cuanto practican, entonces será descubierta a los ojos de todo el mundo.
   Tantas almas agitadas por la tribulación, cuyos suspiros se escapaban a las miradas de los demás, cuyos afectos y lágrimas se perdían en la soledad del desconsuelo, o eran sofocadas en su propio corazón, entonces serán ostentadas por Dios, honrándolas delante de todas las generaciones.
   Tantas almas entregadas a la penitencia, que han sujetado sus sentidos a la mortificación, al silencio, que han procurado satisfacer a su Dios con el arrepentimiento, que se ha cercado su corazón con las prescripciones y mandamientos, serán adornadas aquel día con la claridad con que Dios adornará a sus escogidos.
   Entonces se verificará lo que dice en el libro de la Sabiduría: Nos insensati vitam illorum [(Sab 5, 4)]. <*12*>
   Y no sólo manifestará su virtud sino que la vengará.
   Como jueces y vengadores, como jueces. Judicabunt nationes. [(Sab 3, 8)].
   Es creencia católica...
   Nescitis, dice el Apóstol, quoniam ángelos judicabimus?
   Y finalmente la exaltará la virtud [(1 Cor 6, 3)].
   Maledicimur et benedicimur... [(1 Cor 4, 12)], con el venite, benedicti... [(Mt 25, 34)].
   Quasi stellae in perpetuas aeternitates [(Dn 12, 3)].
   ¡Pero ay! hermanas mías, que ad tanta praemia pervenire non potest, nisi per magnos labores, dice S. Gregorio.
   Estos trabajos ya los sabéis: un deseo constante de santificación, una vigilancia continua sobre nosotros mismos, un temor santo al mismo tiempo que confiado por la humildad, una lucha serena y continuada sobre nuestros deseos.
   Estos trabajos grandes que dice S. Gregorio, no son grandes. La ayuda y el amor a Jesucristo nos lo harán suaves, y cuando otra cosa nos lo harán ligeros la esperanza sola de poder merecer algún día aquella hermosa y grata palabra de la boca del Redentor: Ven alma bendita, ven a poseer el reino conmigo por toda la eternidad. Dios haga que todos nosotros podamos oír este venid como espero en aquel día para acompañaros en la eternidad. Amén

Escritos I, vol. 10, doc. 55, págs. 1-10






   Juicio

   Composición de lugar.
   Arguam te et ostendam contra faciem tuam [(Sal 49, 21]): redde
   quod debes [(Mt 18, 28)].
   Patientiam habe in me, et omnia reddam tibi [(Mt 18, 29)].
   Statutum est hominibus semel mori... [(Heb 9, 27)].
   Si tamen nos metipsos judicaremus, [(1 Cor 11, 31)].

   El juicio. ¿Qué es el juicio? Es el día del Señor. Dies Domini. El Señor nos ha puesto en esta vida, y nos ha concedido el tiempo, este breve plazo para que nosotros sepamos agenciarlo con dirección al fin para que nos crió, y para que hiciéramos un uso conveniente de sus dones, de las facultades que nos concedió. Este tiempo, estos días, son días del hombre. Dios se lo ha dado. Durante este tiempo, el Señor ha puesto en sus manos la vida y la muerte; lo que él quiera, esto se le dará; más aún: que si de estos mismos dones de Dios quisiera él convertirlos en arma contra él mismo, hasta esto se le permitirá, si a las voces que Dios todos los días, ¿qué digo? todos los momentos, le está enviando a su conciencia, por medio de los remordimientos y de los gritos de todas las criaturas, no quisiera escuchar, y aun excusar estas mismas voces con los pretextos de nuestra pereza, con las excusas de nuestras pasiones, con las excusas de los defectos de los otros, no importa: son los días del hombre: lo que él quiera hacer, esto se le permitirá.
   Pero veniet dies Domini; pero vendrá aquel día del Señor, y será todo suyo, y tan suyo, que así como ahora no puede impedir nuestra libertad, porque se ha atado las manos, así entonces no podrá obrar sino conforme a su justicia, y por consiguiente con rigor indispensable contra todo aquello que haya podido ser ofensa suya, y sin misericordia. ¿Y ha de venir este día? ¿Y yo he de pasar in- <*2*> dispensablemente por este paso? ¿Yo? ¿Mi alma, esta que ahora piensa, que habla, que está discurriendo sobre el juicio, ha de caer en las manos de ese Dios vivo? ¡Ay! Statutum est: es un decreto de Dios, e inmutable; y lo peor es que será pronto, prontísimo, luego unos cuantos días más de mi libertad, y después el juicio. ¡Ay! ¡Y tan cierto, que cuántos lo han pasado ya de los que he visto y han meditado conmigo esta verdad, y que se exclamaban como yo de la hora terrible de este día, y que ya pasaron el juicio de Dios! ¿Y yo también he de pasarlo tan pronto? Ah, hermanos míos, entremos en juicio con nosotros mismos, y examinemos en la meditación de hoy, cuál sería nuestro juicio si el Señor nos llamara ahora a él: cuán leve, si cambiamos de conducta para con Dios; cuán terrible, cuanto más grave, y al alargarnos el Señor el plazo, llegamos a envejecer en lo que somos.
   Terrible, digo, sería nuestro juicio actual si el Señor nos llamara a él.
   Suponte, hermana mía, que ahora, en este instante, amaneciera el día de la cuenta, y que eres arrebatada de improviso y sin pensarlo ante el juez supremo de las almas, vengador de los fueros de Dios, para responder una por una a las cuentas que de toda la vida, de todas las acciones, de todos los pensamientos de tu existencia. Cuál sería nuestra sorpresa, sino aquella que nos dice Job: media nocte turbabuntur...
   ¿Qué cosas atormentarían tu alma al oír el mandato para ir a la presencia del juez?
   ¿No es verdad, hermana mía, que asalta a tu mente y le aterraría la memoria del desprecio de las gracias del Señor, de la multitud de tus culpas, de lo incierta que estás del perdón de Dios por tus infidelidades?
   Y no hay para menos: el Señor te dio cinco talentos, ¿qué digo?, diez talentos tal vez, y te pide otros diez, tal vez veinte, ¿y te encuentras con ellos para <*3*> presentarte ante el Señor? Recuerda los talentos de naturaleza que el Señor te ha concedido, para negociar con ellos tu salvación; cuánto no los has malbaratado por medio del mal uso de tus potencias, de las satisfacciones de tus sentidos, de tus ojos, de tus oídos, de tu lengua...
   Cuántos talentos de fortuna, para que llevaras a cabo con ellos la obra de tu vocación, y los cuales has robado a Dios y a tu familia por no corresponder a sus designios.
   ¿Cuántos talentos de gracia que has dejado pasar sin fructificarlos? qué frutos, multiplicados dones al Señor, de la recepción de sacramentos, que luego podrás presentar al tribunal de Dios, de tanta abundancia de ilustraciones, de tantos medios de santificación como te rodean y te han rodeado años hace, de tantos ejercicios, de tantos consejos, de tus directores, de tantos días de soledad y de retiro, y en los que habías de haber cambiado hasta la corteza de tu vida semejante...
   Qué podríamos decirle, hermanas mías, al juez, que para adquirirnos todas estas gracias, tuvo que derramar toda su sangre, y que nos está exigiendo indispensablemente una usura o compensación igual o doblada; y que sabemos que nos dirá: non exies inde, donec reddas novissimum... [(Mt 5, 26)].
   En cambio de estos talentos ¿cómo me encuentro? Al ver mi virtud después de tantos años de riego, me desmayo, y esto, que aun bajo esto que aparece virtud, no es más que un poco de temperamento natural de piedad y de inclinación que tiene muy poco de virtud, y cuyo temperamento es un don de Dios, y que ni siquiera he sabido aprovechar; es decir, que no es ganancia este don, para que pueda ofrecerlo a Dios, es sólo un talento más, que he corrompido con mi ingratitud. Si miramos nuestras obras, ¿cuántas encontraríamos enteras y perfectas? ¿Qué horas de oración sin falta alguna? ¿Qué comuniones sin defecto? ¿Qué días pasados sin ninguna infidelidad y falta de mortificación? ¡Ay, cuán pocos serían! ¿Cuantísimas obras aun de las hechas con piedad <*4*> estarían hechas con toda la pureza de intención que el Señor exige? En fin, hermana mía: recorre todo el círculo de acciones que practicas todos los años, todas las semanas, todos los días, y veas cuáles en realidad, puedes decir que ofreces con usura y duplicada ganancia ante el trono de Dios.
   ¿Qué sería pues, si ahora, en este instante, fuera arrebatada violentamente nuestra alma, y transportada a la antesala del juicio, para decirnos que íbamos a entrar en él? ¡Oh, cómo nos atormentaría el recuerdo de los talentos y de las gracias de Dios!
   Y no sólo, hermanas mías, el desprecio y mal uso de sus gracias, el poco negocio de su sangre, sino, y mucho más, las faltas positivas que contra él y a sabiendas hemos cometido.
   Tunc aperientur oculi tui: entonces se abrirán nuestros ojos y veríamos con más claridad que ahora, la muchedumbre y hasta la gravedad de nuestros pecados, que ahora apenas queremos pesar y percibir.
   ¿No es verdad, hermanas mías, que si alguna vez alarmados por algún temor, o en los principios de alguna enfermedad cuya gravedad desconocemos, o ante la claridad de algún peligro de nuestra vida, no habéis sentido, digo, el peso, la inquietud de muchas de las faltas, que en el estado ordinario pasamos sin tanto cuidado? ¿Pues qué sería de nosotros, si en este instante fuésemos llamados ya al juicio con Dios, y ante la claridad y soledad de nuestra alma que lo veríamos como son en sí?
   ¡Ah, hermanas mías! ¿Cuántas faltas interiores, cuántos actos exteriores, cuántas y cuántas cosas y palabras, que ahora la violencia de la pasión no advierte como notables, que el descuido habitual nos hace mirar con indiferencia, que el atrevimiento y la costumbre nos lo hace despreciar, y que el amor propio y la... malicia y nuestra doctorería nos hace excusar, se presentarían <*5*> entonces con toda su desnudez? Cuántas de nuestras faltas de abnegación, de desprendimiento, de caridad, de sencillez, de obediencia, de tenacidad, de amor propio, que ahora por nuestra culpa no merecemos ver con toda la extensión de sus consecuencias, abrirían sobre nosotros su boca, según la expresión de David, y se acercarían hacia nosotros, como leones rugientes, que ahora insidiantur in abscondito, quasi in spelunca, que están escondidos en la cueva tenebrosa de...
   Cuán lejos estaríamos entonces de decirnos era venial, sino, ¡oh, qué monstruo tan horrible! Desiderium peccatorum peribit [(Sal 111, 10)]. Lo que yo deseaba en mi interior fuese una excusa para mí, en lo mismo que procuraba ver que tenía razón, para tranquilizarme se ha convertido contra mí, y al lado de estos monstruos de pecado que se acercarían para atormentarnos, estaría a dextris meis, el enemigo que deseoso de aumentar el peso de nuestras tribulaciones, nos haría exclamar, lleno de angustia nuestro espíritu: formido mortis cecidit... [(Sal 54, 5)].
   Notables, sumamente notables, nos parecerían, hermanas mías, nuestras faltas, el considerar allí como esposas, contra quienes va a arguir el Señor, y sin compasión ni ayuda, y sin valimiento ni intercesión, y a la luz de la nada de este mundo, y de la grandeza de nuestro estado, y de la perfección que se nos requería, y al lado del abismo de beneficios de Dios. ¡Oh, hermana mía, repito, desciende al fondo de tu alma, y veas si te atreves a presentarte en este mismo momento, y sin otra preparación ante la claridad de Dios a ofrecerle tus adelantos y recibir la recompensa. <*6*>
   Y eso, como veis, considerando tan sólo la angustia que sentiríamos por la memoria del poco aprovechamiento a los dones de Dios, y de las infidelidades ordinarias de nuestro estado, que ahora mismo vemos en nuestra conciencia y que cometemos a cada paso.
   Porque hay todavía otra circunstancia, capaz de abatir al ánimo más levantado, y que nos acosaría, si ahora en este momento, tuviéramos que separarnos de los vivientes para sufrir el juicio: tal es la incertidumbre en que nos encontraríamos del perdón de lo pasado.
   Notad hermanas mías, y tened presente que según fuese el arrepentimiento o penitencia, será el perdón; que la verdadera penitencia la constituye el amor de Dios y el odio al pecado; y que donde no hay enmienda es sospechosa la penitencia y el arrepentimiento, y si...

   Ahora bien, pues; trasládate en este momento decisivo, y antes de entrar en el tribunal de Dios... ¡Cuántas dudas horribles nos asaltarían! ¿Cómo fueron mis disposiciones en la confesión? ¿Tenía el arrepentimiento debido? ¿Mis propósitos eran eficaces? ¡Y tantos sacramentos recibidos! ¡Y casi sin preparación por la costumbre rutinaria!
   ¿Y los excesos de mis extravíos primeros estarán borrados del libro verde [de] la justicia de Dios?
   ¿Y si en estas faltas que tenía por leves, y si no lo fueron, y por no creerlas tales descuidé de poner el arrepentimiento que requerían?
   ¿Y si en los oficios que me dieron, hubo descuidos, y encuentro consecuencias terribles, que aunque insignificantes en su principio, han contribuido después: o a la relajación o a otros peligros?

   Momento crítico sería el nuestro, hermanas mías, colocadas allí solas y ante la cortina del tribunal de Dios, y que en seguida va a descorrerse para presentarnos ante el tribunal; angustia horrible sufriríamos.
   Es cierto que he pecado: no tengo ninguna duda; <*7*> [mas el] perdón no sé si lo tengo asegurado; y si aunque no viera en mí cosa grave que [me] remordiera, al entrar en cuentas, al ser inundados de la claridad del juicio, me convenciera de lo contrario, y me encontrara chasqueado por alguna obcecación, efecto de un descuido voluntario; porque, en verdad, peccante me quotidie, et non poenitente porque pecando todos los días y no habiendo visto en mí mucha enmienda, timor mortis conturbat me, es justo me conturbe el temor de la muerte, quia in inferno... y no puedo reconciliarme. ¿Qué será de aquí a un momento ¿exclamaríamos? Y no puedo volver atrás, aunque quiera, y va a pasar esto por mí.
   He aquí, hermanas mías, cuáles serían nuestras angustias, si en este instante Dios quisiera disponer de nosotros.
   ¿Y quién nos ha dicho que no lo hará, tal vez esta misma noche? Menos se lo figuraba aquel del Evangelio... repente.
   Dios no ha querido hacerlo hasta ahora, y según parece no quiere hacerlo todavía. Quiere concedernos más plazos, quiere hacernos inexcusables; quiere conservarnos en el uso de los talentos que nos concedió, a fin de que trabajemos para evitarnos estos instantes de angustias, y la confusión de muerte del último día.
   Porque, hermanas mías, si llegáramos a entrar dentro de nosotros mismos, y nos resolviéramos a una entrega completa de nosotros al Señor, cuán leve se nos haría este paso.
   ¿Qué hemos de hacer, pues? Surge qui dormis, levántate, tú que duermes [(Ef 5, 14)]; excita somnolentiam... la somnolencia y tu sopor y al fijar tu mirada en lo peligroso del juicio si sobreviniera ahora, mira y pondera cuán leve te lo puedes proporcionar en un acto de resolución verdadera.
   ¿Cómo? Timenti Dóminum, bene erit in extremis et in die defunctionis suae benedicetur [(Eclo 1, 13)]. Al que teme a Dios y con exquisita vigilancia camina por las vías de su voluntad, irá bien en sus postrimerías, y en el día de su muerte <*8*> merecerá bendición, y podrá cambiar aquella terrible escena del juicio, y arrebatar la victoria que hasta ahora se le escapaba de las manos, y convertir en vida la muerte; ¿y por qué?
   Porque le acompañarán con alegría la divina misericordia que tiene prometido el perdón; le acompañará la justicia que es celosa de darle el premio de su constancia, y la gracia divina que está deseosa de sostener su debilidad.
   Cur timebo in die mala? [(Sal 48, 6)] ¿Por qué he de temer en el día terrible? Iniquitas...; porque la iniquidad rodeará las potencias de mi alma. Pero si he procurado la enmienda y la pureza de mi corazón, ¡ay! no temamos; el Señor ha procurado hacernos comprender toda la grandeza de su misericordia. Aunque andase en las sombras de la muerte, dice David, no temeré los males, porque tú estarás conmigo Dios mío. Por esto, continúa, procuraré guardarme de la iniquidad, confesaré contra mí mi injusticia; lavabo per singulas... meum rigabo, lavaré todas las noches el lecho de mi alma por medio de un examen riguroso de mis faltas, lacrimis meis... , regaré el estrato de mi corazón [(Sal, 6, 7)]; ¿y cómo podrá arrojarme el Señor? ¡Ah! ¿No arrojará de mí mis pecados y será propicio a mis faltas? Misericordia tua subsequetur me, y su misericordia me seguirá a todas partes, porque a un corazón contrito y humillado y deseoso de enmienda y de santidad, no podrá despreciarlo [(Sal 22, 6)].
   Estas palabras del Profeta no sólo sirven para demostrarnos su ardiente penitencia, sino más bien para recomendarnos la misericordia de Dios; puesto que no hay ni una de sus palabras de arrepentimiento y de propósito, que no vaya acompañada de la seguridad del perdón, de la misericordia de Dios.
   Y, por lo tanto, la misericordia nos acompañará al juicio, si con tiempo sabemos prevenirla por medio <*9*> del llanto y del arrepentimiento y de la enmienda. Porque beati qui lugent... [(Mt 5, 5)].
   Euntes ibant et flebant [(Sal 125, 6)].
   Pero aún hay más: no sólo la misericordia de Dios nos será propicia en aquel día, sino que hasta la misma justicia que tanto nos atemoriza, y con motivo, será nuestra compañía en aquel momento solemne. Opera enim illorum sequuntur illos... [(Ap 14, 13)].
   Elevadas como estáis a la dignidad de esposas suyas, y en este lugar sólo exclusivamente por Dios y vuestra santificación, ¿cuántos tesoros y bienes podéis atesorar para el día de la cuenta y que los ojos de Dios no podrán menos de mirar?
   ¿Qué cadenas de buenas obras no podéis ir formando? Vuestras frecuentes oraciones bien hechas, vuestras ordinarias comuniones y confesiones, la misa de todos los días oída debidamente, vuestras penitencias voluntarias, sobre todo vuestros exámenes de conciencia, el deseo constante y no aflojado nunca de querer la perfección, que es el deber principal de vuestro estado, la salvación de muchas almas por medio de vuestros sufrimientos, vuestros buenos ejemplos, los actos de abnegación, ofreciéndoos víctimas por los pecados del mundo, la mortificación de los sentidos, y tantos actos que debían formar el tejido de vuestra existencia exclusivamente, y que no nos sería tan difícil de practicar, si tuviéramos buena voluntad, todo esto, digo, ¿cómo podría menos de servirnos de sostén y de apoyo seguro ante la justicia de Dios? Porque aunque es verdad, hermanas mías, que la perseverancia final es un don de Dios que no podemos con justicia reclamar aun con toda una vida llena de santidad, sin embargo, es lo regular, atendida la providencia y equidad de Dios, o como dicen los teólogos, de congruo, podemos esperarlo muy confiadamente.
   De modo que al dar una mirada a nuestro pasado <*10*> felizmente transcurrido, aun en medio de las debilidades de nuestra naturaleza, sí tendremos aliento y valor para exclamar: In pace... [(Sal 4, 9)].
   Y tomando en nuestra boca las palabras del Apóstol, diríamos confiados ante aquel paso terrible: Bonum certamen certavi [(2 Tim 4, 7)].
   Además la gracia de Dios...

Escritos I, vol. 10, doc. 56, págs. 1-11






   Juicio y eternidad

   Vimos en la meditación de... cuál sería nuestro juicio, si el Señor nos hubiese obligado a subir a él del modo que nos hemos encontrado hasta ahora, y sin ninguna otra preparación.
   Penetremos más en esta verdad, y para afianzarnos en el deseo de evitárnosle fatal este día último del juicio, suponed que no hemos sabido adquirírnoslo por medio de nuestra santificación, que he sido infiel a los grandes compromisos de tal estado... que declinan las sombras de la vida y nos sorprende la muerte en el abuso de las gracias del Señor, y voy a la eternidad sin [haberme] aprovechado ninguna de las voces que el Señor tan amorosamente ha dirigido al alma durante los días de misericordia.

   ¡Pobre alma al desprenderse del cuerpo! ¡Qué momento tan terrible le aguarda! ¡Qué consecuencias tan formidables va a acarrearle este momento fatal! Juicio crítico, consideraciones amargas, sentencia formidable.
   Salomón en los días de su santidad, hablando con los poderosos les decía: por cuanto porque siendo ministros del reino de él, no guardasteis la ley de su justicia, ni caminasteis según su voluntad, horrende et cito apparebit vobis [(Sab 6, 6)], horrible y prontamente se os aparecerá, porque juicio durísimo se hará a aquellos que presiden. Esto decía a los reyes, aquél el más sabio de ellos.

   Venerables hermanas mías, sacerdocio real, porción escogida del reino de Dios, <*2*> judicium durissimum [(Sab 6, 6)], juicio durísimo sería para nosotros si al recibir la corona en nuestras cabezas del desposorio eterno con Jesucristo, no correspondiéramos a la grandeza de nuestra dignidad, y no arrojábamos el sopor inveterado de nuestras almas, ni aprovecháramos las voces de Dios.
   Nos inundarían males sin número, sin medida, sin remedio.
   Suponed a esta alma infiel a su vocación en el tribunal de Dios, y que se multiplican las acusaciones, según la multitud de sus deberes y de sus oficios: ¡Ay, y si son tan grandes los deberes de los que hemos sido elegidos para esposas de Dios, si son tantos nuestros deberes para con Dios, para con los demás, para con nosotros mismos!
   Se le multiplicarán los cargos, según [el número] de gracias; y si en nosotros debe ser tan redundante la gracia que debe redundar hasta en los otros, ¡cuán grandes deberán ser estos cargos!
   Se le multiplicarán según la muchedumbre de medios de salud, que tan abundantemente se le suministraron; y que por sus malas disposiciones convirtió tal vez en mal y...; la luz que se le había comunicado, ella misma fallará contra ella.
   Se le multiplicarán según la multitud de buenas obras que hasta se veía obligada a hacer, y con las cuales podía santificarse.
   Se le multiplicarán según la multitud de almas a las que por su incuria dejó de socorrer, y que con su ejemplo debía atraer al servicio de Dios.
   Se le multiplicarán según [la] multitud [de] los días de su vida, puesto que a cada momento añadía infidelidad a infidelidad, de modo que no se podrán contar.
   Multiplicabuntur: se le multiplicarán, según las veces que repitió sus propósitos en los ejercicios, en la oración, en los remordimientos de su conciencia.
   Multiplicabuntur: se le multiplicarán... pero ¿quién es capaz, hermanas mías, de ponderar la muchedumbre de cargos que como tempestad impetuosa caerán sobre esta pobrecita alma en el momento de aparecer <*3*> ante la clarísima luz de la justicia de Dios?
   Y no sólo son infinitos, sino que son sin peso y sin medida.

   Pero, ¿y no tendrá esta alma ni siquiera un alivio, un pensamiento de consuelo, en medio de la angustia que le sumerge? ¿En lo pasado, en lo presente, en lo venidero, no encontrará un agarradero para hacer menos aflictiva su solitaria y angustiosa situación? ¡Ah! hermanas mías, angustiae sunt mihi úndique; torrentes iniquitatis conturbaverunt me [(Sal 17, 5)].
   Si mira a lo pasado... <*4*>
   Aunque varias veces... <*5*>
   Exordia de B. 378.
   Entremos pues, en juicio con nosotros mismos para que podamos después decirle a Dios, como Job: Non intres in judicium cum... No entréis en juicio conmigo, puesto que me he juzgado ya en tu presencia [(Sal 142, 2)].
   Entremos en lo terrible (S. Pablo) de este momento, que nunca meditaremos bastante, y al que S. Pedro llama execrable, y considerémonos...
   Acto que ha de pasar por nosotros, y que no podremos evitar, y en el que ni podrá ocultarse nuestra conciencia, ni ablandarse la sentencia, ni rehusar las consecuencias, puesto que 1.º al juez sapientísimo no podrá engañársele en nada, 2.º justísimo, no podrá perdonarnos, 3.º poderoso, no podremos escapar.
   He dicho, hermanas mías, que uno de los motivos que debe hacernos reconcentrar dentro de nosotros mismos, penetrándonos bien de lo terrible del paso que nos aguarda dentro de poco, es la claridad de nuestras faltas ante aquél que, sabio por esencia, presente a todas las cosas, está íntimamente unido y mirando nuestras acciones, pesándolas todas y penetrando su valor hasta la quinta esencia de ellas.
   Judicabit pópulos in veritate sua [(Sal 95, 13)]. uzgará a los pueblos en su verdad; y esta verdad no sólo será relativa a las cosas o hechos, sino también será conforme a derecho y mirando las condiciones de persona... y, por lo tanto, será inútil el negar, ni tampoco el defender, ni siquiera excusar cuanto hagamos en nuestras conciencias. <*6*>
   Imposible será, en primer lugar, negar nuestras acciones ante la presencia de Dios. Ipse revelat profunda... et novit in tenebris constituta [(Job 12, 22]) : El revelará, dice Daniel, lo profundo, y conoce lo que se ejecuta en medio de las tinieblas. Y todas nuestras acciones graves, leves, ocultas, manifiestas, propias, ajenas, las contó cuando las ejecutamos, las pesó cuando las hicimos, et cuncta quae fiunt adducet in judicium [(Ecl 12, 14)], todas ellas las aducirá en juicio. Y él escudriñará nuestros pensamientos, dice el Sabio, testimonium reddente... [(Rom 2, 15)], dando testimonio nuestra propia conciencia. Preguntará a nuestras obras, prosigue, y ellas lo confesarán; sí, obras tuyas somos. Y no sólo las faltas cometidas, sino también las omitidas: a quien mucho se le ha dado, mucho se le pedirá, dice S. Lucas. Y no sólo en las omitidas, sino también en aquellas que hicimos por lograr nuestra santificación. Ego justitias.
   Ahora bien, hermanas mías: supuesta esta claridad de nuestras acciones ante la presencia de Dios, ¡cuán terrible deberá de ser aquel momento supremo para cada uno de nosotros! ¿Lo dudáis? In lucernis... [(Sof 1, 12)]. Con lucernas escrudiñaré a Jerusalem; el mismo Jesucristo nos dice por S. Mateo: Dico autem vobis... [(Mt 12, 36)]. En verdad os digo que toda palabra menos útil que los hombres hablaren entre sí, proferida sin un recto fin, dará razón y cuenta de ella en el día del juicio.
   Supongamos que somos arrebatados a él, puesto que irremediablemente ha de venir este día, y que con esa inexplicable viveza y claridad oímos aquella palabra terrible: Redde rationem villicationis tuae: Dame cuenta de... [(Lc 16, 2)].
   Dame cuenta de tus sentidos. Alma cristiana, alma religiosa, dale razón a Dios de tus sentidos; él ha compaginado tu cuerpo de modo maravilloso, y te ha cubierto...
   Y te dio esos ojos brillantes, espejo de cuanto existe, pequeño misterio de su poder, te lo concedió para que usaras agradablemente de todas las maravillas de la naturaleza. ¿Qué hubieras sido sin él? ¿Cuántas veces al contemplar la hermosura de una flor, lo bello de una campiña, la lectura de un libro, ha llenado de alegría tu corazón? ¿Cuántas veces al fijarla en el azul del firmamento, en esa... de estrellas, en la claridad de la luna, no has sentido bañada tu alma de dulces y poéticas impresiones? (El brillo de la aurora en los días de primavera).
   Dile al Señor, pues, si han sido todas para él las impresiones de este sentido; las buenas para ofrecerlas, las malas para sacrificarlas a Dios. No, no: prescinde de aquellas que un día la inconsideración te ocasionó tantas ligerezas; aun después del día que quisiste cerrarlos a las criaturas y entregarlos todos para Dios, ¡cuántas veces has hecho <*7*> un uso poco conforme! ¡Cuántas veces la curiosidad te ha arrebatado algunos sacrificios! ¡Cuántas veces el deseo de saber una cosa, y al impulso tal vez de una envidia, de unos celos, los has hecho aprovechar para indagar lo que tu amor propio exigía, para satisfacer una pasión mal entendida negando con ello un tributo a Dios y un gran bien para tu alma! Entonces, pues, verás todas esas curiosidades con toda la claridad de tu alma.
   Y te dio el Señor tus oídos. ¡Qué admirable órgano nos ha concedido el Señor!
   Redde rationem. Y no sólo de los sentidos de nuestro cuerpo, sino también de las potencias de nuestra alma.
   Memoria...
   Entendimiento.
   Voluntad.
   Las disipaciones de la oración muchas veces.
   Redde rationem: Y veremos allí ante la claridad que Dios nos infundirá, los dones sobrenaturales de los cuales daremos mayor y más estrecha cuenta.
   Ese don de la fe. Cuando al pensar, hermanas mías, y al echar una mirada sobre esa infinidad de almas esparcidas en las diversas regiones del globo, sentadas a la sombra de la infidelidad, ciegas a la luz del Evangelio, y que a fuerzas de fatigas pueden arrancar una que otra los celosos misioneros, y cuando considero que tienen igual título que nosotros en ese don inestimable, y que, sin embargo, se nos ha concedido por la predilección de Dios, ¡ay! no extraño que [nuestra] mala correspondencia a este beneficio, sea bastante para aterrorizar un alma al pensar la falta de gratitud, y el no haber vivificado esa llama divina con mayores obras y más reconocimiento. De esta fe, pues, de esta predilección, nos pedirá cuenta el Señor, presentándonos toda la grandeza de este beneficio.
   Y este beneficio de la fe que recibimos con el sagrado carácter el día de nuestra regeneración, ¡cuán pronto lo recompensamos malamente, cubriendo de manchas el vestido de nuestra inocencia! Mecidos en la cuna de la Iglesia católica... <*8*>
   Redde rationem... Y aparecerá allí también ante la claridad de aquel juez sapientísimo, el beneficio de la educación. Cuando mecidos en nuestra cuna, las oraciones de madres piadosas se elevaban al cielo en nuestro favor. Rodeados de buenos ejemplos y entregados a manos piadosas de maestras y compañeras, estábamos cercados y como impedidos para el mal, y sin embargo, ¡cómo aprovechamos estas saludables condiciones! ¡Cuántos en nuestro lugar hubieran conservado la inocencia, que ahora perdieron tal vez por la incuria de una desdichada educación! ¿Y nosotros cómo la aprovechamos? Que responda por nosotros nuestro estéril y vano sentimiento. Y también responderá por nosotros, en aquel día, si no supimos repararle con una santa penitencia.
   Redde rationem. Y veremos allí, y se nos preguntará sobre el beneficio imponderable de la vocación.
   No quiero, hermanas mías, ni puedo extenderme en esta materia. Es demasiado vasta de por sí, y ocuparía una larga meditación, y varias veces lo habéis hecho ya, aunque nunca lo bastante. Sólo sí debéis recordar en esta ocasión y relativamente al juicio, que aunque no tuviéramos otra cosa que temer, y sólo de esto debíamos de dar cuenta, sería bastante para sumirnos en el polvo de la tierra, al pensar el momento en que ante la cara de Dios se nos pedirá [cuenta] de esta gracia, causa y origen de tantas otras.
   Escoged entre millones de criaturas racionales, entre millones de cristianos, de personas piadosas, y de mejores condiciones naturales...
   Segregadas para ser todas de Dios...
   Compañeras predilectas de Jesús y consoladoras de su corazón...
   Víctimas de sufrimiento y de propiciación...
   Pedazos sagrados del edificio de la Iglesia, todas de Dios; y no haberlo sido, ni serlo, y tal vez con probabilidad de no llegarlo a ser jamás, atendidos los años transcurridos, la repetición de nuestras faltas, lo ineficaz de los propósitos, ¡ay! hermanas mías, judicium durissimum...
   Redde rationem. Y se nos dirá de nuestras edades. Juventud.
   Echemos un velo sobre los años de nuestra juventud. Los hemos llorado ya y son de los que podemos creer que menos tormento nos darán en el día del juicio, porque podemos estar ya más asegurados del perdón, atendido nuestro arrepentimiento.
   ¡Cuántos días! ¡Han pasado primaveras! La naturaleza toda nos enseñaba a rejuvenecer nuestro espíritu, según la obligación que tenemos de santificarnos, y pasaron sin aprovechar la enseñanza que ellos nos daban. Y venían días de tribulación, en que la mano de Dios nos exigía un esfuerzo, y pasaron también, y nuestro espíritu casi otra vez en el estado normal y nuestros hábitos de siempre. Y vinieron enfermedades y sobrevinieron épocas y avanzamos en nuestra edad, y siempre convencidos de no ir bien; y sin embargo, después de tantas vicisitudes, tal vez aun cambiaríamos por el estado nuestro en aquellas épocas pasadas, atendida nuestra mala disposición presente [?] rodando años sobre nuestras cabezas, que Dios nos concedió como [?] para nuestro aprovechamiento, y si... pues de ellos tan repetidos, hemos de dar cuenta. [?] otros pecados extraños. ¡Ah! hermanas mías: aquí sí que, si fijáramos demasiado <*9*> nuestra imaginación, el corazón se oprimiría de pena. Ab occultis meis munda me [(Sal 18, 13)].
   Prescindo aún, hermanas mías, de las faltas que pudimos ocasionar durante los días de nuestro roce con el mundo. Quién sabe nuestro genio, la ligereza de nuestro carácter, cuántas acasiones ofrecieron de pecado, y eso, si es que realmente con nuestras palabras, con nuestras acciones fuimos causa directa de la pérdida de alguna alma, o al menos de algunos pecados.
   Prescindiendo, digo, de esto ¡de cuántas faltas habremos sido ocasión en cosas que no fijamos nuestra mente y que, sin embargo, saldrán allí ante el tribunal de Dios! ¡cuántas veces habremos autorizado con nuestras palabras, bajo pretexto de consolar, alguna pasión de nuestros hermanos que no debíamos autorizar! ¡Cuántas veces una palabra de poco sufrimiento, pronunciada con cierta apariencia de razón, ha venido a resfriar el espíritu de humildad en el corazón de algunos inferiores que nos han oído! ¡Ah! hermanas mías, ¡si pudiéramos llegar a comprender las fatales consecuencias que a veces una palabra inconsiderada produce en algunos que nos escuchan!; y que creían ver en nosotros unos sentimientos diferentes, nos asombraríamos sin duda, y...
   Una expresión...
   Y qué diré del ejemplo...
   Redde rationem. Y veremos allí ante Dios las omisiones, respetos humanos. Parábola de los cinco talentos...
   Si no agenciando nuestra alma sin ofender a Dios, pudiéramos estar tranquilos, de seguro no tendríamos tanto que temer por nosotros; pero Dios no se contenta con una conducta pasiva, y quiere que trabajemos con constancia por nuestra santificación y... ¡cuántas cosas hemos omitido también por los respetos humanos; cuántas por el mismo respeto no hemos evitado, una murmuración, o no hemos huido de ella! ¡Cuántas veces el temor de no singularizarnos nos ha hecho parecer de opinión contraria a lo que sentíamos dentro de nosotros mismos! ¡Cuánto no podríamos [decir] en esta materia, y que Dios encontrará!
   De las gracias derramadas durante tantos años: ¡qué otro motivo de temor!
   Pero no quiero, no, cargar tampoco vuestra cabeza. Pensad tan sólo la multiplicación de los ejercicios de un día, los ordinarios ejercicios de confesiones, comuniones, pláticas de cada año; multiplicadlos por los de vuestra permanencia en el regazo de la religión, y comprenderéis la extensión de la cadena de nuestro juicio. Ejemplo: Esta sola idea hacía llorar de amargura a los santos.
   Y aún podría enumeraros otros cargos. <*10*>

   Y lo peor es que no sólo será de todas estas cosas, sino que será según derecho, esto es, que no sólo no podremos negarlas, sino que ni siquiera podremos defenderlas ante Dios, puesto que no sólo las veremos todas, sino que se nos presentarán con la gravedad, sin aumento ni disminución, descartadas de las falsas interpretaciones o dispensas, y despojadas también del velo de virtud con que muchas veces nos engañamos a nosotros mismos.
   Promulgador de la ley y dueño de cuanto ha ordenado, no juzgará según el modo con que nosotros hayamos querido que se hiciera y entendiera, sino del modo que él quería que se hiciese; y por esto, hermanas mías, decimos que juzgará hasta de las buenas obras que hicimos entre los hombres.
   Y sabrá muy [bien] distinguir la diferencia entre el celo y la ira, y el espíritu de pobreza de un natural es...; y entre la venganza y la justa defensa de nosotros mismos; y entre el fervor de nuestras oraciones y de nuestras obligaciones, de nuestra actividad natural, y el deseo de dignidad propia de la verdadera humildad; sin que nos pueda defender nuestra torpeza natural en el conocimiento de las cosas, puesto que meditando como hemos de meditar día y noche la ley del Señor, se nos comunicará el conocimiento de todo con la luz de lo alto, si con santa simplicidad e indiferencia nos pusiéramos en su presencia. Según rectitud de derecho, de verdad, se nos juzgará en aquel momento, sin que podamos tener a mano una defensa, dentro de nosotros mismos.

   3.º Y ni siquiera una excusa entonces. Ni la costumbre mala, por más que la hayamos visto, ni la intención buena, ni la ignorancia si podíamos vencerla, podrán servirnos de excusa; no porque viéramos hacer en los otros, y en todo, y repetidas veces una cosa, nos aprovechará; ellos, los demás, serán juzgados como nosotros, y medidos también con la regla y la ley de Dios y de las obligaciones de nuestro estado.
   No en vano decía Jesucristo que sólo los pocos entrarían...
   Quid respondebis cum ad judicadum...
   Quid sum miser tunc dicturus?
   Non intres in judicium [(Sal 142, 2)].
   Nec mille. <*11*>

   Pero meditemos la segunda circunstancia que os [he] indicado en un principio, esto es: que Dios, como juez justísimo, ya no podrá ser ablandado.
   Pero...
   Puesto que no podrá ser prevenido por las condiciones del favor, ni de nuestros tesoros, ni ser movido por la misericordia.
   Durante los días de nuestra [vida] podemos presentarnos a Dios desembarazadamente, aun siendo pecadores; como que es el tiempo de su misericordia, podemos alegar títulos para que pueda escucharnos: El ser cristianos, el habernos elegido para hijos suyos, son títulos que podemos echarle en cara para arrancarle gracias, para moverle, para hacer de él lo que queramos; pero en aquel momento, ninguna condición, ni nuestro origen, ni nuestra dignidad, ni nuestra autoridad, ni nuestro talento, ¿qué digo?, todo esto aun servirá para enmudecer más a sus ojos y atarnos, para no poder ni siquiera pedirle perdón.
   Ni siquiera a las puertas de su misericordia podremos acudir.
   Despreciada ésta, el abogado tendrá que ser juez; el redentor enemigo del alma, si somos pecadores.
   De la grandeza de sus indulgencias, la grandeza de sus venganzas.
   Nonne...
   ¿Y qué hacer entonces? ¡Ah! no podemos declinar de la sentencia y del juicio que haya formado, y sin poder escondernos de la severidad de su rostro, y sin poder deponer nuestra vergÈenza, ni aun queriendo escondernos en el abismo.

Escritos I, vol. 10, doc. 57, pág. 1






   Y cómo negarlo, hermanas mías. Clamabunt lápides... [(Lc 19, 40)]. Clamarán desmintiendo nuestras negaciones las piedras de las paredes, dice un Profeta. Y nos rodearán el lugar y los objetos materiales que estaban a nuestro lado, y que no podían oírnos, y que entonces tomarán cuerpo entre nosotros, y hablarán con lenguaje mudo, pero imponente, y que no podremos desechar. Clamabunt lápides... Clamarán las personas, objetos de nuestras misteriosas y ocultas conversaciones, y se presentarán también, pero ¡ay! sin servirnos entonces ya de consuelo, sino de tormento, las mismas ante quienes nos desahogamos, o cuyas palabras autorizamos, o de las que fuimos causa de faltas. Clamabunt lápides... Clamarán..., pero ¡ay! no: no es preciso que clame nada: la mirada penetrante del Señor, junto con la claridad que se nos infundirá, nos lo hará ver todo, todo, y sin faltar un ápice a la gravedad de la falta, aunque por nuestra pasión o voluntaria ceguera, no nos lo pareciere cuando lo cometíamos.

Escritos I, vol. 10, doc. 58, págs. 1-8






   cuentra palabras suficientes para expresar con toda exactitud lo terrible de este hecho.
   Mirad, decía Jesucristo, habrá señales en el sol y la luna y en las estrellas; este mundo con sus habitantes será conmovido; el temor y espanto sobrevendrá al universo y desplomándose sus columnas, y después de esta revolución general veréis al Hijo del Hombre que vendrá sobre una nube con gran poder y majestad. Sí, hermanas mías, este mundo con toda esta falsa brillantez que fascina a los mortales, estos montes majestuosos y soberbios que encierran la riqueza del mundo, esta infinidad de estrellas cada una de las cuales es miles de veces más grande que el globo que habitamos, ese mar inmenso que nos revela la grandeza de Dios, estos edificios soberbios levantados a costa de grandes sudores, estos adelantos modernos objeto del orgullo de los mortales, todas estas hermosuras de la creación, todo será conmovido, y un cataclismo universal lo desconcertará todo, y en un momento será reducido todo a un completo silencio. Y en medio de este profundo silencio y de este escombro y de confusión de cosas, una trompeta terrible, la voz de los ángeles, resonará por todos los ámbitos del mundo, y nos llamará a todos, y nos reunirá a todas las gentes en un lugar, mezcladas allí todas las generaciones, esperando la escena más sorprendente... que han presenciado los siglos. El tiempo se habrá acabado para todos, y entonces, hermanas mías, el Juez del universo, dejando a un lado su consoladora misericordia, no se presentará sino con los rayos de su rigurosa justicia para escudriñar lo más recóndito del corazón humano.
   Inútil, repito, hermanas mías, creo el exponer y pintar esta escena, <*2*> cuando Jesucristo ha querido pintárnosla con los más vivos colores. Vuestra imaginación, hermanas mías, más fecunda que mis palabras podrá recorrer por este cuadro terrible del juicio universal.

   Y bien, hermanas mías, ¿y cuándo se ha de verificar esto? ¿Tardará mucho este día? ¡Ay, qué pregunta! ¡Cuándo será el juicio! ¡Ay, pues si lo estamos tocando ya con la mano! ¡Si luego vamos a presenciar este día! De aquí a nuestro sepulcro no hay más que un paso, y del sepulcro al juicio no hay más que un sueño. No veis que del tiempo de nuestra vida estamos ya a la caída de la tarde, y que luego a la media noche, como nos dice Jesucristo, se nos llamará a la puerta y oirá este clamor espantoso. Recorred, hermanas mías, con vuestra imaginación las generaciones pasadas, dad una rápida mirada a los años de nuestra existencia: ¡ay! todo ha pasado como una sombra; las generaciones han desaparecido, nuestros años se han deslizado como el agua, y han pasado como un sueño y van deslizándose también y pasarán aún más rápidamente, y luego, luego nos encontraremos en este día sin poderlo resarcirlo jamás. Sí, sí, hermanas mías, estamos tocando el juicio. ¡Ay! ¿No recordáis aquel ejemplo tantas veces repetido, pero que sin embargo, debemos tener tan presente, del gran doctor de la Iglesia S. Jerónimo? Este gran santo, esta gran columna de la Iglesia, sepultado en las cuevas de la Palestina, rodeado como estaba de enfermedades y dolores, pues [por] espacio de muchos años no tuvo ni un momento libre de dolor; este santo tan avaro del tiempo, que ni un momento se permitía de descanso, y por esto pudo dejarnos sus voluminosos escritos, este santo tan puro y, sin embargo, entregado a <*3*> las más austeras penitencias, además de sus enfermedades este santo tenía, sin embargo, tan vivamente pintada en su imaginación la proximidad del juicio, que aun en aquellos momentos que tenía que ceder a las exigencias de su cuerpo, le dedicaba al descanso, aun en aquellos momentos se levantaba muchas veces azorado y durante el silencio de la noche acribillaba su pecho implorando la misericordia de Dios, pareciéndole resonar ya la trompeta de su justicia. El mismo no se ha avergonzado de dejarnos en sus escritos este pavor que le dominaba; ya como, ya bebo, ya hago cualquier cosa, siempre me parece está resonando a mis oídos aquella terrible trompeta: Levantaos muertos, y venid a juicio. Y en verdad, hermanas mías, que por lejos que parezca, siempre está cercano el juicio.

   Pero, ¿y ante quién vamos a comparecer? ¡Ah! ante aquel Juez santísimo, que tiene tanto horror al pecado y que castiga tan severamente hasta las más pequeñas infidelidades e imperfecciones; ante aquel Juez sapientísimo que lo vio todo, que nos acompañó a todas partes, que estando siempre a nuestro lado penetraba hasta el fondo de nuestros corazones; ¡ay! habremos podido ocultar nuestros defectos a los que nos rodean, habremos podido parecer buenos a los ojos del mundo y ser tenidos por santos, pero ¡ay! en vano habremos podido ocultarnos a los ojos de aquél que penetra a los abismos y tiene contados hasta el número de nuestras respiraciones.
   Sí, hermanas mías, el Juez...
   Sí, ante el Juez de vivos y muertos hemos de presentarnos aquel día. <*4*>
   Pero sobre todo, hermanas mías, ¿de qué se nos ha de juzgar, qué es lo que se nos indagará, a qué preguntas tendremos que contestar, de qué cosas tendremos que dar cuenta? ¡Ay! hermanas mías, aquí sí que tenemos que detener nuestro paso. Mirad, hermanas mías, nosotros somos criaturas de Dios, somos cristianos y somos religiosos o personas consagradas a Dios.
   ¡Ah! como criaturas de Dios, el Señor nos ha dotado de los dones de naturaleza. Nos ha dado cinco sentidos, nuestros ojos, nuestros oídos, nuestro gusto, nuestro tacto. Desde que pisamos el umbral de la vida estos sentidos son de Dios; desde que entramos en el uso de la razón, el uso y el ejercicio de estos sentidos pertenece a Dios, y de consiguiente a él se han de referir todos los actos; y de consiguiente hemos de dar cuenta a Dios de todas las impresiones de nuestros sentidos, tanto lícitas como prohibidas.
   El Señor nos ha puesto en este mundo con preferencia a tantos otros millones de criaturas que ha dejado en el olvido de la nada y nos ha dado nuestras potencias, nuestra memoria, entendimiento y voluntad; nuestro entendimiento para que le pudiéramos conocer, nuestra voluntad para emplearla en su amor, nuestra memoria para repasar y recordar sus beneficios.
   Todos los momentos son de Dios, y desde que entramos en el uso de estas facultades, todos los actos de nuestro entendimiento, de nuestra memoria y de nuestra voluntad se han de referir a él ya directa, ya indirectamente.
   ¡Gran Dios! desde que abrimos nuestros ojos a la luz [del] día hasta que los cerramos por la noche, ¡ay, quién es capaz de apuntar los pensamientos que desfilan por nuestra imaginación! Pues, hermanas mías, no sólo de <*5*> los pensamientos de un día, sino de los de toda la vida se nos han de poner delante de aquel espejo de la justicia de Dios, en aquel día tremendo.
   Esto no más, bajo la consideración de criatura que somos de Dios.
   Como cristianos, hermanas mías, el Señor en sus inagotables bondades, nos ha escogido para colocarnos en el regazo de su amada Iglesia, mientras ha dejado a tantos pobrecitos infieles, a tantos millones de almas que ahora actualmente están sumidos en las sombras de la muerte sin conocer a Dios, a nosotros sin ningún mérito que pudiéramos alegar, ha querido colocarnos en el lugar donde pudiéramos aprender a conocerle. Al venir a este mundo ya se ha tomado el Señor prisa de purificarnos con el Bautismo; al entrar en la razón nos ha rodeado de ejemplos, nos ha fortalecido con los santos sacramentos, ha derramado sobre nosotros sus buenas inspiraciones, y si algunos, ingratos, hemos dejado de oír sus voces, él no nos ha dejado un momento de descanso, y nos ha seguido constantemente con los golpes del remordimiento. ¡Ovejas descarriadas, o al menos perezosas, cuántas veces hemos experimentado los suaves golpes de su cayado!
   Pues bien, hermanas mías, este Dios que incansable, ahora parece no tener otra ocupación que el buscarnos, que parece que hasta su bien y su gloria depende de nuestro bien; entonces deponiendo y dejando aparte [el] amor, se constituirá en juez justiciero, y nos [manifestará] delante de todo el mundo y delante de todos los infieles estas mismas gracias, y nos pedirá cuenta del uso que habremos hecho de todos sus dones e ins- <*6*> piraciones.

   En fin, hermanas mías, vosotras sois religiosas; nosotros todos somos personas consagradas a Dios.
   ¡Ay! hermanas mías, aquí sí que el corazón se me oprime al considerar esta verdad, y me permitiréis que me detenga un momento. Mirad, hermanas, ya sabéis que todos hemos sido criados para un fin, cual es el amor imperfecto de Dios en la tierra, y después su unión perfecta en la eternidad. Pero sabéis también que además de este fin, general a todos los hombres, tenemos un destino, un fin particular que cumplir: es decir, Dios ha destinado darnos este fin último mediante el cumplimiento del fin particular, o estado que nos ha marcado a cada uno. Este estado o lugar es diferente, según la elección que el Señor ha querido hacer de cada uno de los hombres; y a este estado ha vinculado el Señor sus gracias, y de la correspondencia de estas gracias depende la consecución del fin último.

   Ahora pues: de todos los estados de la vida, ya sabéis que el mayor, el más sublime, es el estado religioso; el Señor se ha complacido en derramar sus gracias sobre él; él nos ha elegido para tenernos recostados en su seno, como al discípulo amado; el Señor nos ha escogido para que, ángeles en la tierra, le ofrezcamos nuestras alabanzas, y el incienso puro de los afectos de nuestro corazón; para que, antorchas en su santuario, ardamos siempre delante de él; y ha prodigado, digámoslo así, sus gracias. Pero ¡ay! al mismo tiempo que es el más sublime de todos, es también al que Dios exige más sacrificios, más virtudes, más correspondencias, es al que el Señor examinará con más escrupulosidad. Y lo que es más terrible aún, hermanas mías, que Dios no sólo espera a juzgarnos el día del juicio de esta falta <*7*> de correspondencia a sus gracias, sino que también muchas veces nos abandona y nos deja en este mundo exponiéndonos a una segura condenación, pues nada aborrece Dios como la ingratitud. ¡Ay! cuántos ejemplos pudiera citaros, hermanas mías, para haceros ver lo terrible con que el Señor ha castigado [la] poca correspondencia a sus inspiraciones. Salomón, Saúl, Judas y mil otros ejemplos nos suministrarían materia abundante para esta idea. Pero no; no es mi objeto hablaros hoy de la correspondencia a las gracias.

   Sólo sí he de deciros que el Señor, hermanas mías, nos ha llenado de más gracias que a [los demás]; que de todas las inspiraciones, de todas las gracias, de todas las luces que el Señor quiere darnos por efecto del estado a que nos ha colocado, de todas nos preguntará Dios en aquel día.
   Si el Señor, hermanas mías, nos ha destinado a uno de nosotros a una santidad, por ejemplo, como cinco, y por efecto de nuestra mala correspondencia vamos a la eternidad sin haber llegado a este grado de santidad, el Señor nos echará en cara el abuso de estas gracias.
   Si el Señor nos ha destinado a cierto grado de santidad y [a] esta santidad y a las oraciones que en este grado de santidad hubiéramos hecho, Dios tenía vinculada la conversión de algunas almas, y por nuestra mala correspondencia Dios no ha derramado sus gracias sobre estas almas, él nos pedirá estas almas de nuestra mano: Sanguinem ejus de mano tua requiram [(Ez 3, 18)].
   Si el Señor, hermanas mías, ha destinado a ciertas comunidades, a ciertas almas piadosas, para que por medio de su amor y de su virtud, le recompensen de la frialdad de los mortales, y le descarguen su brazo y su indignación, por nuestra culpa y por nuestra negligencia, si por no encontrar en nosotros esta santidad que desea, descargaba Dios su brazo y sus castigos sobre los mortales; ¡ay! en el día del juicio nos <*8*> haría ver los efectos de nuestra mala correspondencia de no haber cumplido el destino para el cual nos había llamado.
   Hermanas mías, no es mi objeto alarmar vuestras conciencias; pero sí que os repetiré muchas veces esta idea: venerables religiosas, hermanas mías: el Señor nos ha llamado a un estado donde tenemos muchos y grandes deberes que cumplir; no hemos nacido para nosotros solos, no hemos nacido para sólo nuestro bien; hemos nacido también para bien del mundo; y por consiguiente el Señor en el día del juicio nos pedirá cuenta de todas las inspiraciones, de las gracias, de toda la santidad que exigía de nosotros, y de los efectos que Dios había vinculado a esta santidad.
   Dejo aparte ahora, hermanas mías, lo terrible del juicio, atendido lo inapelable que será nuestra sentencia. Et tempus nos erit amplius [(Ap 10, 6)]: y no habrá ya más tiempo. Lo sensible que nos será el no haber aprovechado más el tiempo de nuestra vida; de este tiempo, que tan fácilmente se nos escapa de nuestras manos.
   La vergÈenza de nuestras infidelidades, de nuestras tibiezas, de nuestro amor propio; y otras mil y mil circunstancias que me abstengo de explanar para no molestar ya más vuestra benévola atención, y que cada una de estas circunstancias debiera ocupar [nuestra] consideración largos ratos.
   Ahora bien, hermanas mías: ¿qué hemos de hacer para evitar que sea terrible y amargo este día de la segunda venida del Señor para nosotros? Ya lo sabéis, hermanas mías: la Iglesia nos lo indica, acogernos a su misericordia durante su primera venida de bondad y de amor.
   Y este tiempo sobre todo que tenemos destinado para meditar de un modo especial los beneficios de su venida, reanimemos nuestra confianza y nuestras súplicas.

Escritos I, vol. 10, doc. 59, págs. 1-4






   Sermón del juicio particular

   Statutum est hominibus semel miri...
   Hebr. IX, 27


   Es una veritat certa i de fe que yaurá al fi del mon un jui universal y public en que tots los homens que han pasat, que viuen y que han de vindre, mos trobarem junts pera rebre en ell la última sentencia en estrepit y solemnitat. Pero ans que arribe este gran día mos enseña la mateixa fe com una veritat fundamental, que ya en la hora de la mort un jui particular y ocult que pasa secretamen entre Deu y l'anima. Ni será necesari que esta fase grans jornades ni que vayga mol llun, pera compareixe a la presencia de Deu; en cualsevol part que el home morga, está Deu allí pera exercitá la seua soberana justicia; perque com per la seua inmensitat se troba en totes parts, obra igualmen en totes com a omnipoten que es. Apenes pues habrem donat lo último suspiro y acabat de morí, serem com a embestits de la majestat de Deu. No'l veurem en los ulls, pero sense mostrarse a ells, sentirem que está devan de nosaltres, y mos imprimirá una vivísima idea de la seu grandeza, de modo que a tots com al Profeta Job, se mos representará com un mar de llum de una estensió infinita que mos rodeixará per totes parts. Momen terrible, momen espantós, que feia temblá sols lo pensari a les mateixes columnes de la Iglesia. Aquell gran Apóstol de España, aquell célebre misionero, aquell home admirable per les seues virtuts y per los seus miracles, S. Vicent Ferré, die, considerán este momen terible del jui, y veien lo poc que se pensaba en aixó, abrasat lo seu cor en un gran cel per la salvació de les ánimes, se entraba per les ciutats, pobles y aldees, predicán <*2*> penitencia y dien als seus oyens: Timete Deum, et date illi honorem quia venit hora judicii ejus [(Ap 14, 7)]. Temeu cristians a Deu y donaulo l'honor y la gloria que li es debuda perque se atansa la hora del seu jui.
   Conmoguts los cors a estes veus, se convertien com los Ninivites a la veu del Profeta Jonás; fen públiques penitencies, se vestien de sac y de cilici, arrancaben mil suspirs de lo íntim del seu pit, derramaben llágrimes de verdadera contrició, ils pareixia tindre continuamen als seus oits, la terrible trompeta quels cridaba al jui.
   Aixi també yo, carisimis germans, animat en este día dels mateixos desitxos que S. Vicent, encara que destituit del seu espirit y de la seua virtut, vinc a moure lo vostre cor, repetinvos les paraules que ell dirigia als seus oyens. Timete Deum etc. Temeu, germans, a Deu, serviulo, adoreulo, reverenciaulo y amaulo perque se atansa la hora del seu jui. Se atansa perque ningu sap si será de aquí un instan; se atansa, perque per mol llun que estiga no ya mes que un pas.
   Pera que pues la idea y el pensamen del jui produixca en vosatros lo fruit que deu; debeu considerá, lo terrible que será lo nostre jui ya per part del jutxe que será lo mateis Deu, ya per part del nostres acusadós, ya també per lo terrible de la sentencia que será pera tota la eternitat.
   Gran Deu, que en una sola mirada conmoveu les columnes del cel y de la terra. Deu omnipotente y san, a cuya presencia no son purs los cels pues van trobá maldad hasta en los mateixos ángels. Oh, Señor, com podrem está en la vostra presencia, criatures tan frágils y miserables com som? Com se atrevirá la nostra ánima a jui en vos carregada de tantes culpes. No obstan, Señor vivim los homens com si no agués Deu que mos ha de juzgá, com si les nostres ánimes no agueren de compareixe en lo vostre recte tribunal, com si los pecats foren dignes de alabanza y de premit. Dignaus pues, Señor, dispensarme lo vostre espirit pera que yo grabe en lo dels meus oyens lo temor dels vostres juins, com lo grabave S. Vicent cuan die Timete Deum etc. Aixi lo espero Señor, y vos u suplico per intercesió de la vostra divina Mare María Santísima.
   Ave María. <*3*>

   Ans de doná principi a la descripció que penso fervos del acte terrible del nostre jui, no puc menos de contestá a una pregunta que naturalmen podrieu ferme. Perque podrieu dirme, per qué ha disposat Deu que siguem jusgats. Ah, vosaltres sabeu, carisims germans, que Deu nostre Siñó mos ha donat un entenimen pera coneixerlo, una voluntat pera amar, un cor y uns sentits pera podé usá de les coses que ell mos dona. Lo Espirit Sant mos diu per altra part, que Deu ha deixat al home en mans del seu concell, que davan del home está la vida y la mort, lo que ell vullga aixó se li donará. Deu per consiguien mos ha colocat en este mon con en un lloc de proba, pera que si usem be dels nostres sentits, y potencies y demes beneficis que mos concedix, mos done después lo premit y la paga en l'altra vida, y si usem mal de tots estos dons, castigarmos com mereixem.
   Ara be, carisims germans, vos pareix que seria mol just, que recibegués la mateixa recompensa, y fos considerat del mateix modo aquell [que] usan be de la seua llibertat, cumplix los manamens que la voluntat de Deu li ha posat, mortifica les seues pasions sense fer mal a ningú, que aquell altre que abandonanse a les seues pasions, no pensa mes que en satisfé los seus vicis y els seus caprichos, obran lo mal sempre que te ocasió, sense humillarse ni arrepentirse may dels seus delits en la presencia de Deu? No me direu que no sería mol just. Deu pues, carisims germans, mos ha donat esta vida para que usem de ella com milló mos parega, pero se ha reservat pera sí un día en que mos jusgará sense distinció de clases ni de persones. Per aixó lo Apóstol San Pau escribin als de Corinto los diu: Mos es indispensable a tots lo compareixe devan del tribunal de Jesucrist pera que cada un sen amporte lo que ha merescut en lo cos ya siga bo, ya siga mal. He aquí pues, carisims germans, perque Deu ha establit lo jui pera tots los homens.

   També debeu sabé pera la vostra instrucció que este acte <*4*> del jui, no dura que un instan, perque no necesita mes la infinita sabiduría de Deu pera acusá, convence y sentenciá al pecadó; pero també es veritat que en este momen yaura jutxe convenien y sentencia, y per lo tant seguin la conducta dels sans Pares y Doctós de la Iglesia devem considerá este jui per parts al modo que sucseix en los juis humans y criminals.

Escritos I, vol. 10, doc. 60, págs. 1-4






   Juicio particular

   Es una verdad de fe: 2,20 hasta en vano...
   Cuál será pues hermanos míos, 2,7 et reliqua.
   Pero me diréis acaso, ¿por qué hemos de ser juzgados? Vosotros sabéis, hermanos míos, que Dios nos ha dado un entendimiento para conocer, una voluntad para amar, unos sentidos para usar de las cosas que él nos da; en fin, Dios nos ha hecho libres en este mundo, y colocado como en un lugar de prueba, para que, si usamos bien de todos estos dones, de estos sentidos y potencias, nos dé después el premio y la paga en la otra vida; y si usamos mal de todos estos dones, castigarnos como merecemos. ¿Os parece que sería muy justo que recibiera la misma recompensa y fuesen considerados del mismo modo aquel que usando bien de su libertad cumple con los Mandamientos de la Ley de Dios, mortifica sus pasiones sin hacer mal a nadie, que aquel otro que dando rienda suelta a sus pasiones, no piensa sino en satisfacer sus gustos y sus caprichos, haciendo el mal siempre que tiene ocasión, sin arrepentirse jamás de sus delitos, y viviendo sin ley ni freno delante de Dios? ¿No me diréis que no sería muy justo?
   Dios, pues, hermanos míos, nos ha dado esta vida para que usemos de ella como mejor nos parezca, pero se ha reservado para sí un día en que nos juzgará sin distinción de clases ni de personas. Es necesario, dice S. Pablo...

   Pero me direu quizás, que encara que aygue perill respecte de cada un de natros, no ni ya respecte de tots juns. En primé lloc, carisims germans, aixó es un error; perque cuans ejemples tenim de morts de la multitud de persones a un mateix temps? Cuans pobles han sigut abrasats enters per los volcans. A cuans no han consumit les llames? En un momen se va tragá la terra les populoses ciutats de Sodoma y Gomorra. Tots los dies veyem ejemples de catastrofes horribles de multitud de persones ya en naufragis, ya en descarrilamens, ya en desplomarse edificis, ya en fi en altre genero de desgracies. <*2*>
   Pero donem per suposat que no fosen mes que deu dels que estem presens als que anunciés el Angel la mort sense señalarlos, que no fosen mes que cinc, que no fos mes que un; serie per aixó menor lo nostre sobresalto temen cada un de nosaltres ser eixe un que habie de morir y se jusgat en esta nit?
   Y qui mos ha dit, carisims germans, que no sirá ningú de nosaltres dels que esta nit será presentat ante el tribunal de Deu. Qui mos ha dit que tindrem temps de prepararmos com ne tendriam si un Angel mos avisés: sino que quizás morirem sense pensarlo y sense sospecha que anem a morí! Mirau, carisims germans, es cert, es indudable cada vegada que done el pendul del reloche, cada vegada que respirem ne moren sisquera tres de tots los que estem en el mon; y que en una de estes pulsasions, en una de estes respiracions entrarem nosaltres en la eternitat: qui mos asegure, carisims germans, que esta respiració está mol llun! qui mos asegure que este momen mos arribará ans que arribe la nit: Napoleón. També pues bajo...
   Carisims germans, pues tenim, que este jui que mos espera es terrible perque en el...

   Carísimos hermanos, pues, ¿y no temeremos el juicio, y esperaremos la muerte para entrar en él? Sermón de la muerte al último...

   Ho podem di naltres així dins de poc, carisims germans, tots los del mon, tots los que estem aqui reunits, estrem ya en la eternitat, y estarem ya jusgats per Deu nostre Siñó sense remey y sense apelació.

   Deprecación. Mireu pues, carisims germans, que este día no está mol llun ya; mirau que mos anem atansan a la eternitat a pas de caball y cuan menos mos u pensarem ya estarem dins de ella. Procurem tindre sempre presen esta idea del jui. S. Jerónimo... Si este san colocat en mix del desert li espantaba la idea del jui, com no mos deu espantá a nosaltres colocats en mix del mon. A exemple pues de este san, aprofitem los díes de misericordia antes que arriben los dies de justicia. Ara es temps de misericordia y el Señor mos perdonará encara que tinguem mes pecats que gotes de arenes yan en la mar, pero en aquell día, carisims germans, ni un mos será perdonat... Clama. <*3*>

   Exordio
   Exodo. pecado mortal. 1.º, 2.º ver. id 164
   El pecado ofende la grandeza, beneficencia y bondad de Dios, a Jesucristo y a María Santísima.
   Cuerpo. ¿Qué es pecado? V. 765... a J.C. 183.
   Para conocer, carísimos hermanos míos, la ingratitud del pecador para con su Dios, es necesario sepamos antes lo que es pecado. El pecado, según S. Agustín, es... contra [la] ley eterna de Dios. Si lo preguntamos a S. Ambrosio, que el pecado mortal [es] una trasgresión arrogante de la voluntad del Altísimo. Dios N.S. ha dictado a todos sus leyes y voluntad. Ha mandado al sol [que] ilumine, a la luna que nos recree durante la noche, a todos los seres en fin, ha fijado lo que deben hacer. Y todas estas criaturas cumplen exactamente el destino para que han sido.
   Al hombre pues también, hermanos míos, a esta criatura noble, hecha a su imagen y semejanza la ha impuesto también sus leyes y sus obligaciones, lo que debe practicar en la tierra para después ser feliz en el cielo. El pecado, pues, no es otra cosa que el quebrantamiento voluntario de esas leyes y de esta voluntad. De tal manera que el pecador cuando peca hace lo que no hacen ninguna de las demás criaturas, se aparta del destino que Dios le ha dictado, sacude el yugo suave que Dios le ha impuesto.
   Para comprender mejor esto, debemos pensar que el Dios a quien tenemos el descaro de ofender es el gran legislador... 168.
   Ahora pues... pecador sabes tú quién es este Dios... 167
   Pero no [es] esto sólo, hermanos míos. El pecador ofende a la beneficencia y a la bondad de Dios, Dios nuestro Señor no sólo ha hecho todas las criaturas, sino que las conserva continuamente con su Providencia y con su bondad admirable. De tal manera dependemos de él, que si él nos dejara un momento, dejaríamos de existir para siempre. Cuán grande, pues, no es la ingratitud del pecador, cuando ofende a un Dios que le está mirando y le está, digámoslo así, sosteniendo con sus manos. En la Sagrada Escritura se lee... 175. <*4*>
   Desprecia también su bondad: Escucha pecador lo que dice el mismo Dios 177. El desprecio es la injuria 173.
   Con este desprecio que hace 180.
   El motivo de ingratitud del pecador, es que cuando comete el [pecado] ofende a Nuestro Señor Jesucristo y es causa de sus dolores, de su pasión y de su muerte. Dios N.S. bajó del cielo a la tierra únicamente por nuestro amor. Nosotros teníamos cerradas las puertas del cielo por el pecado de nuestros primeros padres; y Dios N.S., para aplacar la ira de su eterno Padre, y para que todos nosotros pudiéramos alcanzar perdón de todos los pecados que habíamos de cometer, vino al mundo, tomó sobre sí nuestros pecados, hizo penitencia de ellos, de modo que todos los pecados que precedieron a la Pasión del Salvador, todos los que se cometen todos los días y los que se cometerán hasta el fin del mundo, contribuyeron a su muerte. (Si no hubiese previsto) Yo bien sé que cuando fijamos la vista en la imagen de Jesús crucificado, nos conmovemos al contemplar las penas, los dolores y la muerte que sufrió, pero yo quisiera que pensarais y quedarais bien persuadidos de que vuestros pecados fueron la causa de todos los sufrimientos y muerte del Redentor. Porque si no hubieseis tenido que cometer estos pecados, Dios no hubiera venido a padecer y a morir; pero él, en su divina sabiduría, los previó, y por ellos sufrió y por ellos preparó el remedio antes que viniera la enfermedad. De consiguiente, carísimos hermanos míos, cada vez que pecáis mortalmente renováis la pena de Jesucristo y le hacéis morir espiritualmente... 183.
   De modo, carisims germans, que el pecadó cuan peca fa una acció tal que si nostre Siñó no agués mort, ella siría prou pera ferlo torná a baixá a la terra pera patí altra vegada.
   He aquí pues, carísims germans, que el pecador cuan peca desprecia la bondad, grandeza y [?] y crucifica en lo seu ser al Salvador sen causa de la seua voluntat.

Escritos I, vol. 10, doc. 61, págs. 1-2






   Con él no sólo nos ponemos en contacto con las cosas exteriores, sino que recibimos hasta las ideas de lo espiritual; por [su] medio recibimos las instrucciones, adquirimos la educación, se nos introduce la semilla de la fe para que fructifique en nuestra alma; con él tal vez hemos adquirido la vocación, hemos recibido los consuelos, los consejos; por medio de él han caído como rocío en nuestras almas palabras de vida eterna. Cuántos bienes, en fin, nos ha concedido el Señor por medio de este pequeño órgano. Y bien ¿qué le diremos al Señor del uso de él en el día clarísimo del juicio? ¡Ay, quién sabe si por medio de él hemos perdido nuestra inocencia! ¡Cuántas veces se abrieron estos oídos a la adulación, a la vanidad, a palabras menos conformes! Y aun después que le inclinamos a las voces del Esposo divino, cuando semejante a las de la esposa de Salomón, que nos llamaba... con el audi filia, et inclina aurem tuam... [(Sab 44, 11)] Los hemos abierto y los abrimos todos los días aun a la vanidad, a la maledicencia, a la curiosidad, a la relación de cosas extrañas que no importan, desviándolo del objeto para lo que el Señor nos lo ha dado, y siendo causa las más de las veces de que no oigamos las voces verdaderas, que en las pláticas, en los consejos, en las lecturas que oímos, nos está enviando el Señor. El abuso de este órgano, las faltas tan repetidas, las veremos clarísimamente ante la luz del juicio por más que ahora nos pasen desapercibidas entre el ruido de la costumbre y del amor propio.
   Y nos ha dado también, hermanas mías, otro instrumento admirable el Señor, pero de uso aún más peligroso. Nos ha dado nuestra lengua. Ya sabéis su objeto y sus propiedades. El Apóstol Santiago...

   ¿Qué fuéramos sin este medio de comunicación? ¿Cómo podríamos socorrer las necesidades de nuestro cuerpo? ¿Cómo podríamos desahogar los gemidos de nuestra alma? Entretenemos con ella nuestros recreos, ella nos hace vivir en sociedad, y nos proporciona todos los bienes que ella encierra, y la podemos [hacer] servir para co