Escritos del Beato Manuel Domingo y Sol - Predicación Volumen 1
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Escritos del beato
Manuel Domingo y Sol

I - Predicación
Volumen 1.º: Jesucristo

ROMA
2007



Notas previas a la nueva transcripción














   Al comienzo de cada uno de los documentos que contiene este volumen se indica:
   - la sección,
   - el n.º del volumen,
   - el n.º del documento,
   - las páginas que comprende cada uno de ellos.
   La utilización de esos cuatro elementos en las citas facilitará al máximo la búsqueda y consulta posterior.
   (Ejemplo = Escritos I, vol. 1.º, doc. 22, pág. 61).
   ** Siglas utilizadas:
   - el salto de página, concordando con los originales, se señala con <*-*>.
   - entre «[ ]» se indica el texto incorporado, que no está en el original.
   Roma, 25 de enero de 1995

PRÓLOGO






Objeto

   COLECCIÓN DE AUTÓGRAFOS DE DON MANUEL DOMINGO Y SOL es el título que encabeza estos trabajos y también la expresión de lo que hemos intentado. Se trata no de un estudio sino simplemente de una colección. Coleccionamos los elementos que estaban disgregados, los organizamos por orden de materias y fechas para facilitar ulteriores trabajos y los presentamos de modo más legible para mejor aprovechamiento de los mismos.
   Esta colección es de autógrafos, no de otra clase de documentos; por consiguiente, sólo lo que salió de la pluma de nuestro Fundador encuentra aquí su lugar. Muchos papeles, proyectos, cartas y noticias relacionadas con don Manuel o con la Hermandad han venido a nuestras manos, pero nada de ello, siendo ajeno, cabe en esta colección, aun cuando sea apreciable desde otros puntos de vista.
   Una sola excepción hemos de hacer por lo que se refiere al concepto riguroso de autógrafo, en las publicaciones de nuestro Fundador. Claro está que un impreso no es un autógrafo, pero si no tenemos el original aceptamos el impreso como tal y le coleccionamos entre estas páginas, pues sólo así podremos reunir una porción no pequeña de artículos que consta ciertamente haberlos escrito la misma mano que dejó impreso su signo en los autógrafos.
   Por último, dicha colección de autógrafos no se limita a un número mayor o menor sino que los abarca todos por muy pequeños que sean. Unas simples letras, la dirección de un sobre, el título de una plática o una observación cualquiera tienen méritos suficientes y lugar apropiado en estos volúmenes, pues aparte de la nobleza de su origen, por sí solo tan estimable, puede servir de dato histórico el día de mañana para asuntos que convinieren a la gloria de Dios o al desenvolvimiento de la Hermandad.


Utilidad

   La utilidad que de aquí se deriva es a todas luces manifiesta. Los sermones, cartas, explicaciones, notas, proyectos, cuentas de conciencia, propósitos, doctrinas, pensamientos, direcciones, consejos, reprensiones, y apuntes de todas clases que en estas páginas se contienen no pueden ser indiferentes a ninguno de nosotros, antes al contrario, muerto el Fundador, son ellas la voz viviente que nos transmite su espíritu y sus recuerdos.
   Mas hasta aquí sus enseñanzas no podían apenas prestar utilidad porque careciendo de orden, siendo tan abundantes y resultando además o muy difíciles de leer o algunas casi ilegibles, ya por la acción del tiempo o ya también por otras circunstancias, entre ellas el mismo temor de perderlas o deteriorarlas más, era necesario reunirlas en forma de colección, transcribiéndolas lo más fielmente posible, para ponerlas en mano de todos y que a todos sirviesen de guía. ¡Cuántas aclaraciones hay en ellas sobre problemas que ahora mismo tocamos en nuestras casas! ¡Cuántas frases de aliento, cuántas elevaciones de espíritu, cuántas generosidades y actos de virtud que confortan el ánimo de quien lo lee! Pues todo eso sirve principalmente a los Operarios y todo se les pone en las manos para que lo aprovechen con los tomos de esta colección.
   Ellos servirán de base para los estudios que andando el tiempo publicarán los Operarios sobre varios puntos de vista de la Obra de nuestro Fundador que de otro modo ni siquiera se hubieran intentado; ellos serán el arsenal donde se irán a buscar sus pensamientos, direcciones y puntos de vista; ellos proporcionarán los elementos para trazar no sólo parte de su vida sino principalmente su semblanza espiritual, y ellos serán por último la condición necesaria para incoar el proceso de beatificación en día no lejano.


Procedimiento

   Como procedimiento se ha seguido el que podríamos llamar de fidelidad en toda la extensión de esta palabra, porque a esto es a lo que principalmente hemos atendido.
   Recibidos los manuscritos de nuestra Casa central se iban revisando cuidadosamente para ponerlos en orden y unir unas partes con otras. Conseguido esto en cuanto se podía, que a veces era muy poco, se copiaban a mano, dejando en blanco las palabras ininteligibles, que se revisaban después más despacio.
   Para que nos ayudasen otros Operarios ausentes se les envió una hoja de instrucciones a fin de que todos nos atuviésemos a las mismas normas y poder así convenir en el resultado uniforme de la copia.
   Entre dichas normas estaban las siguientes que conviene consignar:
   1. Suplir, incluyéndolo entre dos corchetes, así: [ ] la palabra puramente precisa para completar el sentido de la frase cuando ésta lo reclame.
   2. Escoger la palabra más adecuada, cuando entre líneas o en el texto, para completar su idea, escribe don Manuel una frase semejante.
   3. Suplir la puntuación adecuada cuando faltare.
   4. Escribir las abreviaturas con todas sus letras cuando consta del significado.
   5. Corregir la equivocación manifiesta, pero no tocar los modismos y frases aunque sean impropios.
   A todo esto hay que añadir la conveniencia de copiar los autógrafos tal y como estaban, con el mismo orden, aun cuando aparecieren las materias mezcladas y los párrafos truncados, cosa no infrecuente en muchos planes de sermones, pues perseguíamos la fidelidad material para tener una base lo más segura posible.
   Con tales antecedentes se copiaban después a máquina sacando tres ejemplares al mismo tiempo, uno para acompañar a los autógrafos, otro para archivarlo aquí mientras se continuaba la colección y el tercero para auxiliar al escritor de la vida de don Manuel que con tales copias se ahorrara mucho trabajo.


Dificultades

   No han sido despreciables las dificultades tocadas en la ejecución de nuestro deseo.

   Por razón de los materiales. En primer lugar la misma abundancia de materiales. Cualquiera que examine la colección no podrá menos de ver la carga material que ella supone para descifrarla toda, copiarla fielmente, ordenarla y reducirla al organismo actual. Aunque parezca mucho al presente no es lo mismo verla ordenada que considerar los papeles independientemente, mezclados unos con otros, sin relación apenas entre sí. Ha habido que ir separándolos con cuidado, copiándolos uno por uno, buscando los fragmentos, comparando letras, tonos de tinta, clases de papel y fijándose en una verdadera porción de pormenores para completar lo mucho que aparecía incompleto y reunir en cuanto era posible lo que trataba del mismo tema.
   Pero aquí se presentaban por lo mismo otras nuevas dificultades porque ni don Manuel se ceñía a usar papel semejante en un mismo trabajo, ni reparaba en que lo que por una página era carta fuese por otra plan de un fervorín, ni tenía inconveniente en añadir apostillas en todas direcciones, ni muchas veces escribía el trabajo una vez sola sino que o bien lo preparaba con notas independientes o añadía estas mismas notas al plan principal de modo que en gran parte de sus pláticas hay adiciones que parecen separadas y que por suponer otras ideas han reclamado la búsqueda de las mismas, aun cuando muchas veces no han traído el éxito de la mano.

   Por razón del procedimiento. Todo ello vino a aumentar el trabajo por el modo de comenzar y proseguir en el mismo. Como ha habido que reunir estos materiales con esfuerzo perseverante, ya que muchos de ellos estaban en poder de otras personas ajenas a la Hermandad, no hemos podido disponer de todos desde el principio, sino tan sólo de un pequeño número. Comenzamos con dos paquetes de autógrafos que podían dar como mucho para dos tomos de mediano volumen. Inspeccionadas aquellas hojas se las copió y ordenó ateniéndose a lo que su número y clase reclamaban. Pero cuando creímos que ya estaba agotada la materia recibimos nuevos materiales, lo que hizo inútil parte del trabajo anterior. En aquellos papeles nuevos hallamos fragmentos que faltaban a lo ya copiado, y por la misma cantidad de lo recibido había que dar otro giro a la colección, ya que el orden pedía cosa distinta.
   No sucedió esto una sola vez, y a medida que se recibían nuevas hojas se completaban trabajos, se examinaban de nuevo las anteriores y todo exigía una inspección general que si consolaba por el éxito daba en cambio un trabajo no despreciable.
   Esta es la causa de que al leer los tomos ya terminados encuentre el lector varias hojas también terminadas de copiar a media página y que sin embargo continúan en la siguiente, tal vez hasta con otro tipo de máquina. Quiere decir que se copiaron primero como fragmentos, que aparecieron éstos después, que se les reunió y se les dejó así por no hacer el trabajo interminable. Seguramente que andando el tiempo y revisando pacientemente los tomos se hallarán otras hojas en las mismas circunstancias, si ya muchas no se han perdido o eran tal vez notas independientes cuya solución conocía solamente don Manuel. Así sucede con ciertos anuncios de sermones que llevan la fecha de su predicación e indicaciones de las iglesias respectivas, pero que por venir sueltos no sabemos a qué sermón se refieren y ha habido que dejarlos como están hasta que algún día pueda averiguarse.
   Al comenzar el año 1924 recibimos de una vez gran número de materiales. Fue un aliento para el espíritu encontrarse con aquella cantidad que le permitía formar plan sin las ataduras de lo particular ni las fluctuaciones de lo desconocido. Allí venían toda clase de papeles, propios y ajenos, predicables e impredicables, ordenados y desordenados. Poco importaba el modo; lo importante era tener base firme para trabajar en una dirección conocida, y sabiendo hacia donde se marchaba.
   Pero aquí salió al paso otro no pequeño inconveniente. Con relación a los primeros paquetes habíamos adoptado una determinada dimensión para los papeles y para las carpetas donde se habían de encuadernar; pero se daba el caso que en el nuevo envío venían cuartillas y hojas de mucho mayor tamaño que no podían adaptarse a las dimensiones adoptadas. Mucho nos costaba inutilizar y deshacer lo anteriormente hecho, pero no hubo más remedio que deshacerlo y así comenzamos de nuevo como si en aquella parte nunca se hubiera hecho nada.

   Por razón de los copistas. Otras fuentes de dificultades han sido la trascripción y las copias a máquina.
   En la trascripción hemos hallado muchas palabras ininteligibles. Sobre que don Manuel usa frases muy personales que es necesario conocer para entenderlas, hay muchas de ésas y de otras que por la manera de trazarlas en modo alguno se puede saber qué es lo que dicen. A veces se saca por el contexto, pero a veces también son palabras sueltas que no ofrecen asidero a la indagación.
   Para obviar tal dificultad hemos dejado el hueco correspondiente en la copia a fin de que cuando se aclare lo dudoso pueda allí consignarse.
   La otra dificultad tiene su origen en las mismas equivocaciones de los copistas. Han funcionado máquinas diversas, accionadas por Operarios y por seminaristas, y si se tiene en cuenta la magnitud del conjunto de dichas copias, el poco tiempo de que disponemos y la diversidad de manos que han intervenido, a nadie extrañará que a las lagunas halladas en los originales se sumen las faltas, equivocaciones y aun pequeños errores de los copistas.


Revisión de los trabajos

   De todo ello se deduce que esta obra para ser perfecta en sus detalles necesita una revisión. Nosotros la presentamos como está, a conciencia de sus faltas y a conciencia también de que es así como debe presentarse ahora. Reconocemos que sería mejor no hallar una sola errata, nos alegraríamos mucho de poder conseguir tan bello ideal, pero en la práctica creemos que no es ahora ni de este modo como se llega a la perfección. Los detalles de una miniatura no son los de un cuadro ni los perfiles de una estatua se parecen a los de la esfinge de Egipto.
   Habían de ser iguales en nuestro caso y sin embargo nosotros no podríamos conseguir esa perfección sino tras un esfuerzo perseverante, pasando por varias manos y haciendo unas cosas después de otras que es a nuestro parecer la razón principal de la imperfección que reconocemos y de la mejoría que buscamos. Cuando se levanta un edificio no se van dejando terminados los perfiles sino que, al contrario, se quedan para el final. Primero es subir elevando las paredes y poniendo la cubierta y después bajar terminando el pulimento.
   Ahora ponemos nosotros las paredes de la copia en general; damos orden al edificio y le cerramos con la encuadernación e índices del mismo aun cuando queden equivocaciones y erratas en no pequeño número. Así y todo será útil a los Operarios que le reclaman de muchos modos y para muchas cosas (como nos ha ocurrido aun a nosotros mismos que recibiendo solicitaciones de este género, hemos tenido que remitir con permiso de nuestros superiores a algunas de nuestras casas copias sin terminar) y después, pacientemente se aclararán las dudas, se resolverán las dificultades, se enmendarán las equivocaciones y copiando de nuevo lo que haga falta se quedará la copia lo más perfectamente que sea posible.
   ¿Qué ganaríamos con demorar la terminación del trabajo, en espera de concluirlo en sus detalles, a veces, por cierto, muy problemáticos? Sobre que incurriríamos en el damnum emergens de tener el tesoro sin aplicación, podríamos sufrir también el periculum sortis de la inutilización o pérdida de algunos materiales y desde luego en el de la paciencia, a quien faltaría aliento para proseguir un camino desproporcionado con el fin que del objeto se pretende.
   Ahora mismo, teniendo ya esta parte de predicación, caerá en manos de muchos de los nuestros y cada uno notará una falta que a veces quizá no notarán los colectores de los autógrafos por el mismo esfuerzo y fatiga de su trabajo. Esas faltas notadas son muy apreciables para señalar los defectos y corregirlos.
   Por otra parte, muchos de ellos se refieren a palabras, a nombres propios y a pueblos que reclaman el examen de personas que los conozcan, y de estas personas, por sus mismas ocupaciones, sólo se podrá esperar que manejen y corrijan estos volúmenes reducidos a la forma actual, pero de ningún modo, por ser imposible en el montón confuso de papeles sueltos.
   Quiere decir pues que hay que hacer la citada revisión, que se puede llevar a efecto fácil y sosegadamente, con el cotejo de originales y copias, según están ya unas y otros preparados y que, pues pide el orden atender antes a lo principal y procurar luego lo accesorio, no será aventurado creer que conseguimos ambas cosas, cada una a su tiempo; ahora la colección con todas las ventajas de tenerla, y después la limadura y corrección de las palabras con el detenimiento que ellas merecen.


Disposición de los materiales

   Todos los autógrafos de nuestro Fundador han de ser agregados, según nuestro plan, en cuatro grupos, a saber: I. Predicación. II. Fundaciones y empresas de celo. III. Epistolario. IV. Miscelánea.
   La predicación comprende todo lo que indica el mismo nombre, incluso las sencillas listas de temas o indicación de sermones, por ejemplo, de una misión o de unos ejercicios. En cambio no caben en ella los discursos en otra clase de reuniones, aun cuando versen sobre materias semejantes y de modo tan piadoso como tal persona lo hacía en todas partes. Solamente lo que se refiere a predicación sagrada tiene cabida en este lugar.
   En fundaciones, las que realizó y las empresas de celo en que intervino.
   El epistolario comprenderá, como se entiende, sus cartas, y en la miscelánea tendrá cabida todo lo demás que no pueda incluirse en las anteriores divisiones, como sus proyectos, notas, explicaciones sobre el gobierno de la Hermandad, etc.
   Por lo que se refiere a la parte que presentamos ahora, o sea a la predicación, seguimos primero el orden de materias distribuyéndolo en doce volúmenes de la manera siguiente:
   1. Lo referente a Jesucristo en su vida oculta, pública, dolorosa y gloriosa así como en su sagrado Corazón.
   2. Lo referente a la Eucaristía en sermones a todo género de personas, pláticas a las Camareras del Santísimo y fervorines a los Operarios.
   3. Continuación de los fervorines, dirigiéndolos a seminaristas, religiosas y fieles en general.
   4. Sermones sobre la Virgen santísima y los Santos.
   5. Sobre el Papa, el Sacerdocio y los Operarios.
   6. Continuación de las pláticas a Operarios.
   7. Pláticas dirigidas a ordenandos.
   8. Pláticas a seminaristas y congregantes de San Luis.
   9. Pláticas a religiosas.
   10. Ejercicios y misiones.
   11. Virtudes y vicios.
   12. Materias varias.
   Si después de acabados estos tomos aparecieran más autógrafos sobre predicación, como de seguro aparecerán, pueden tener cabida en un apéndice donde esperarán la revisión de estos trabajos para ser añadidos al tomo donde corresponden.
   Dentro de cada tomo hemos hecho las divisiones de materias a que los autógrafos daban lugar y en estas mismas divisiones colocamos primero los trabajos que tienen fecha para facilitar datos al autor de la Vida. Una breve advertencia y un índice más detallado sirven para orientar al lector indicándole las materias que se tratan.

   Tal es lo que se nos ofrece al presentar a nuestros superiores y en ellos a todos los Operarios la primera parte de la Colección de autógrafos de nuestro Fundador, hecha con buena voluntad y algún trabajo, muy gustosamente llevado por la materia de que se trata y por el bien que ella puede reportar.

Día del Patriarca San José, 19 de marzo de 1926.

   Los Colectores

Advertencia






   Comprende este primer tomo de la Colección de autógrafos los sermones y apuntes correspondientes a asuntos sobre la persona de Jesucristo nuestro Señor. No sólo por ser esta divina persona el lazo que une lo humano con lo divino hemos comenzado a agrupar las ideas en derredor suyo, sino también porque ella es igualmente el objeto de casi toda la predicación de nuestro Fundador, aun cuando parezca que adopta otro tema. A Jesús busca, a Jesús ama, a Jesús quiere llevar a las almas, y de su corazón brotan a raudales los afectos, de tal manera que cuando en sus apuntes, él mismo añade las palabras cum lacrymis, bien puede asegurarse que esas lágrimas, lo mismo que sus palabras, salen buscando a Jesucristo, o ensalzando a Jesucristo o doliéndose con las penalidades y trabajos de Jesucristo.
   Jesús es pues el centro de toda la vida interior de don Manuel y también de todos sus trabajos, señaladamente de su predicación; por eso comenzamos el primer tomo por los misterios de la vida del divino Redentor, terminándole con lo referente a su sagrado Corazón. La parte perteneciente a la vida eucarística, por ser la más extensa, se reserva para los tomos siguientes.
   Dentro de la materia perteneciente a cada apartado del índice colocamos primeramente los autógrafos que llevan fecha indicada, ya expresamente en el encabezamiento o ya en el texto de los mismos.

Plasencia, mes de marzo de 1926.

Escritos I, vol. 1.º, doc. 1, pág. 1-2






Varias pláticas de la víspera de Navidad.

   Exposición del evangelio de la 2ª dominica de Adviento.
   Predicadas: 1864, San Juan y Santa Clara.
   1865: Purísima, San Juan y Santa Clara.
   1866: Purísima y Santa Clara.
   1867: Purísima y San Juan.
   Santa Clara: 1868.
   San Juan: 1870.

Escritos I, vol. 1.º, doc. 2, pág. 1-2






   Jesucristo Rey

   Predicado en Santa Clara el 2º domingo de Adviento de 1869.

Escritos I, vol. 1.º, doc. 3, pág. 1-2






   Víspera de Navidad, 1875.

   La santa Iglesia. Plática 1ª.
   ¿Quién es? ¿A qué viene? Plática 1ª. ¿Cómo viene? ¿Por quién ? ¿Qué sentimientos? La selva [?]

Escritos I, vol. 1.º, doc. 4, pág. 1-2






   Plática para la dominica primera de Adviento.

   Parate viam Domini [Is 40, 3: Preparad el camino del Señor]

   Ya sabéis, H. M., que la Iglesia procura en todas las épocas del año poner a nuestra consideración etc.
   Por esto procura unas veces resonar en nuestros corazones la alegría por medio de cánticos e himnos en las solemnes festividades; otras veces llama a las puertas de nuestro corazón con fuertes golpes por medio de ideas terribles que despeguen nuestro corazón de la tierra; otras procura producir en nosotros una santa tristeza procurando al mismo tiempo reanimar nuestra esperanza.
   En fin, atendiendo a la debilidad y a la inconstancia de nuestro espíritu procura variar de objeto para que nosotros vayamos recorriendo la escalera de todos los misterios y podamos ir formando, en nuestro corazón, un depósito de virtudes, de obras buenas, de prácticas de piedad sin que nuestro espíritu se fatigue.
   Ahora bien pues, H. M., hemos entrado en este día al santo tiempo de Adviento: la santa Iglesia dejando hoy sus vestiduras de alegría se cubre con los ornamentos de una santa tristeza y nos traslada con la imaginación a una época remota, a la época de los patriarcas y de los profetas. Ya sabéis que el Adviento, H. M., no es otra cosa que el recuerdo de los suspiros de los profetas, de los deseos de los Patriarcas, de las ansias de los justos del A. T. que aguardaban con impaciencia el día de su libertad, y la Iglesia quiere que <*2*> nos traslademos con la memoria a aquel tiempo para que considerando lo que hubiéramos sido, agradezcamos lo que somos ahora.
   La Iglesia ha instituido el Adviento como la vigilia de la venida de Dios al mundo para que considerando cuáles hubieran sido nuestros suspiros, nuestros lamentos, nuestras ansias, las renovemos ahora que por fortuna hemos tenido la dicha de presenciarlo.
   Yo quisiera, H. M., hablaros absolutamente de estos suspiros y de estas ansias de los justos del A. T. para que nos sirvieran de regla y de norma para prepararnos y emplear debidamente este santo tiempo; pero por otra parte sentía separarme del espíritu de la Iglesia en este día, la cual sigue otro rumbo en la dominica presente.
   Ya sabéis que la Iglesia en este día para empezar [a] prepararnos a la venida de Jesucristo al mundo, nos recuerda su segunda venida para que recordando aquella venida de rigor y de justicia nos aprovechemos de esta venida de misericordia y de bondad.
   Como de estos dos advenimientos depende nuestra suerte eterna y toda la economía de la salvación, la sabiduría de Dios los ha hecho, digámoslo así, dependientes el uno del otro respecto a nosotros. La cualidad del Salvador nos debe poner en estado de mirar con confianza la de soberano juez; y la de juez severo debe conducirnos a ponerlo todo por obra para que nos sea útil y fructuosa la dulce cualidad de Salvador. Por esto en este día nos indica ya la proximidad de la venida del Salvador y al mismo tiempo nos hace la descripción más espantosa del último juicio.
   Yo, H. M., para no separarme del espíritu de la Iglesia <*3*> en este día vengo a exponeros sencillamente este dogma para que produciendo en nosotros el temor santo de Dios, nos estimule a abrazarnos y unirnos a él en el día de su misericordia y de su venida al mundo.
   Y no creáis, H. M., que por ser un asunto general haya de sernos menos provechoso; hay algunos que se figuran que para sacar fruto y para producir efecto en nuestro corazón es preciso recurrir a reflexiones sublimes, a ideas nuevas y que nos sorprendan: ¡ay!, qué error, H. M. La santa Iglesia nos pone delante todos los años las mismas verdades y con éstas quiere que nos santifiquemos; y los santos se han santificado con las mismas y ellos para encender en sus corazones el amor de Dios no tenían necesidad de recurrir a otra cosa .
   No no, no es preciso recurrir a ideas nuevas para afectar nuestro espíritu; lo que conviene es que estas mismas verdades las grabemos bien fuertemente, que ahondemos en ellas, que rumiemos su jugo para que produzcan su verdadero alimento a nuestra alma, que lo demás poco importa.
   Otra advertencia quisiera haceros, H. M., hay un adagio en el mundo que dice: A sacerdotes y monjas sermón perdido. H. M., que no sea una realidad esta triste acusación del mundo. Yo por mí sé deciros que nada me complace tanto como escuchar las palabras cuando se nos dirigen directamente a los sacerdotes. Ya sabéis también que es una señal de predestinación el deseo de la palabra de Dios. Es verdad, H. M., que estas dominicas recibiréis esta palabra de Dios por medio de un conducto pobre, pero recordad con todo que no por esto deja de ser la misma palabra de Dios y que por consiguiente no deja <*4*> de producir y de fructificar cuando esta semilla cae en la tierra de una buena voluntad y de una buena disposición.
   Dispongamos pues nuestro espíritu con una santa disposición aprovechando y no desperdiciando las voces que el Señor quiera darnos en estos días.
   Espero, pues, que vuestra buena disposición, vuestra indulgencia y bondad suplirá mi insuficiencia; pues en cambio, H. M., yo no tengo otro interés que el entretener sencillamente vuestro espíritu estos ratos y no me mueve otro estímulo que el de vuestro bien y de vuestra santificación.
   Emprendamos pues por un momento la meditación presente recordando las circunstancias de nuestro último juicio y, por consiguiente, la necesidad que tenemos para prepararnos a los días de la misericordia de Señor.
   La gracia del Señor, H. M., es la que suplirá todo si el Señor la derrama sobre nosotros; implorémosla pues por la intercesión de María, A. M.
   Inútil creo, H. M., haceros una descripción de ese día terrible en que el Señor aparecerá segunda vez sobre la tierra. Ya sabéis que nuestro Señor Jesucristo, aquel corazón tan bueno, tan afable, tan bondadoso, que siempre quiere conducir a todos por los caminos de la dulzura, que en sus diferentes parábolas y comparaciones no hacía ver sino los atributos de su bondad, sin embargo, al tratar de este asunto del último día, al descubrir este acontecimiento parece que cambie de estilo, parece no en...

Escritos I, vol. 1.º, doc. 5, pág. 1-2






   Preparemos en nuestro corazón los caminos al Señor - Parate viam Domini [Is 40, 3].
   ¿Y cuáles deben ser las disposiciones principales de preparación, para merecer que Jesús derrame sus bendiciones en estos días de su advenimiento?
   Ya os he dicho, H. M., en un principio que la Iglesia procura renovar los misterios y los objetos para que nos sirvan para reanimar nuestro espíritu, pues es tal nuestra debilidad que la costumbre rutinaria de las cosas que hacemos todos los días engendran el hábito y la tibieza; reanimemos, pues, nuestro espíritu y la mejor disposición en este tiempo será el renovar las promesas que le hemos hecho otras veces y repetirle nuestros afectos.
   Y así repitiéndole los afectos de nuestra gratitud a [la] vista de los beneficios que nos ha dispensado sobre todo el beneficio de su venida al mundo, entonando desde el fondo de nuestro corazón cánticos de alegría espiritual y de acción de gracias en todos los momentos del día.
   Ofrezcámosle sentimientos de humildad sobre todo a la vista del acto sublime de humillación en el misterio que vamos a celebrar; deseando nosotros vivir escondidos al mundo y hasta despreciados si conviene con tal logremos vivir unidos con él.
   Sentimientos de desprendimiento de todo para que podamos acompañarle en su santa pobreza.
   Pero sobre todo actos de sentimiento de nuestras tibiezas pasadas y un deseo vivísimo de aprovechar el tiempo pidiendo derrame sus bendiciones sobre nosotros para que si hasta ahora no hemos llegado al grado de perfección y de santidad que quiere de nosotros podamos al menos resarcirle y recuperarle durante los días que nos quedan de vida antes que lleguemos al día del último juicio y de su segunda venida. También podemos ofrecer al Señor algu-<*2*>nos sacrificios durante estos días.
   Podemos ofrecer algún sacrificio de nuestra lengua por medio de un prudente silencio para acompañarle en la soledad de su pesebre. Ya me hago cargo, H., que los deberes de educación y la necesidad y vuestras obligaciones no os permitirán quizás el dar rienda suelta a vuestros deseos, pero también es verdad que mucho puede evitar el que esté animado de una buena voluntad. Además de que las religiosas no importa que sean un poco silvestres como decía Santa Magdalena de Pazzis y, por consiguiente, lo que fuera mal visto y hasta falta de educación en una persona del mundo es hasta un mérito en una religiosa.
   Podemos también ofrecer al Señor en este tiempo alguna pequeña mortificación de voluntad, dentro de los límites de una santa prudencia. No, no creáis que el Señor exige mucho: no quiere en esta materia sino lo que voluntariamente queramos darle.
   También podemos ofrecerle algún sacrificio de nuestros sentidos y de nuestras potencias procurando sujetarlo todo lo posible bajo el suave yugo de la presencia de Dios.
   En fin, H. M., voy molestando ya vuestra atención y por consiguiente concluyo repitiéndoos las palabras que el apóstol San Pablo nos dirige en la epístola de estos [días], H.: Hora jam est nos de somno surgere [Rom 13, 11]. Hora es ya de que nos levantemos del sueño de la tibieza, si es que estamos en él o al menos reanimar nuestro espíritu. La noche ha pasado hasta aquí, el día va a nacer; revistámonos de las armas de la luz, para que revestidos con ellas podamos abrazarnos con nuestro Señor Jesucristo.
   Y abrazándonos a él en el día de su venida y de su misericordia en esta vida, podamos algún día abrazarnos con él eternamente, como os lo deseo sinceramente en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Escritos I, vol. 1.º, doc. 6, pág. 1-2






   El pueblo judío esperaba la venida del que ha de venir, a la estrella de Israel, al dominador de las naciones, al príncipe de la paz. El ángel de la alianza, el justo que brotará de la tierra y lloverá de las alturas del cielo, glorioso y humilde, dichoso e infeliz llevará su principado sobre sus hombros, y nos curará a todos por sus llagas.
   No sólo los judíos, sino etc. P. 371.
   Los druidas esperaban con ansia y con respeto al hijo hermoso que había de nacer de su virgen, la diosa Iris.
   Sócrates mandaba a sus discípulos que se abstuviesen de pedir nada a los dioses, y que no les ofrecieran ofrendas hasta que viniera aquel que les iluminara, y esperaba de su bondad que no se haría esperar mucho tiempo.
   Los persas a su Antras mediador.
   La China esperaba a un santo poderoso y sabio.
   Los justos de aquel tiempo levantaban sus manos como sus padres en la cautividad de Babilonia; el pueblo de Dios consideraba con ansia próxima como cercana la estrella luminosa de Jacob, al rey de la paz y al ángel de la alianza. [?] con dolor. Enviad, Señor, al cordero dominador [?]. Enviad, cielos, el rocío y enviadnos [?] y brotad al Salvador. Ellos [?] entregado su cetro a manos [?]. <*2*> ajenas, según el anuncio de Jacob: ellos contemplaban con dolor dividida su sinagoga, acabados sus profetas, vendidos a gente extraña, y les parecía resonar en sus oídos y en medio de su dolor la voz de Zacarías que les decía: Alégrate, hija de Sión, rebosa sobremanera, hija de Jerusalén, porque he aquí tu rey, que viene...[Zac 9, 9]. Su rey pasando montañas, y saltando los collados. Él romperá las puertas de sus enemigos, y tú... y cualquier tardanza les molestaba y el...
   Pero no sólo los judíos, sino los gentiles y los bárbaros anhelaban a este conquistador aguerrido, a este sabio omnipotente. Esta expectatio gentium [Gén 49, 10], pronunciada dos mil años antes en la oscuridad del Egipto, resonaba por todos los puntos del espacio y del tiempo, como un eco sonoro más o menos debilitado, según... pero que a través de sus metamorfosis repite constantemente la sílaba final de esperanza que se pronunció en el principio. Los druidas, los gentiles todos, la humanidad entera degradada hasta el extremo, en medio de su corrupción y de sus vicios, deseaba, como por instinto, a aquel que llenaría el valle de su alma y que había de allanar la montaña del pecado, según la expresión de Isaías. Todos, en fin, esperaban con impaciencia el <*3*> siglo de oro anunciado por sus sibilas.
   Tal era el estado del.... He aquí el cuadro triste, etc. &. Por esto, etc.
   La vida de nuestro amable [Salvador], mis Q. H., es una cadena no interrumpida de actos sublimes, de la más sublime filosofía. Por ello es el sagrado evangelio el gran libro que debíamos siempre tener a nuestra vista, y registrar constantemente.
   Por ello la santa Iglesia, solícita del bien especialmente de sus hijos (igualmente en tributar a Dios en todo tiempo), procura en todos [los] tiempos y ocasiones llamar a las puertas de nuestro corazón con alguno de estos recuerdos magníficos y divinos que alimentando nuestra fe, y formando, etc.
   Unas veces nos traslada a la cima, etc.
   Otras nos pinta con vivos colores su gloria de, etc.
   Todos los días, en fin, nos expone algunos de sus pasajes, para que nosotros como abejas industriosas vayamos recogiendo el jugo de estas grandes acciones, con que podamos formar en nuestras almas un panal de virtud y de santidad con que alimentar el suspiro de nuestras almas [?]
   Uno, pues, de los pasajes que más vasto campo <*4*> ofrecen a nuestra consideración y a nuestra piedad, es el [que se] nos describe, Q. H., en la dominica presente.
   ¡Cuántas ideas bellas, sublimes y consoladoras se desprenden de estos primeros versos del santo misterio!
   Dejemos, pues, correr nuestra imaginación por este dilatado campo. No me creo apto ni con fuerzas suficientes para empezar, ni para llenar debidamente vuestro espíritu, como es debido, [con] su doctrina. Pero apoyado cumplidamente en el auxilio del Señor, y en vuestra indulgencia probaremos, sí, [a] exponerlo con toda claridad y sencillez posible; para mejor, etc.
...ni las potestades, ni criatura alguna podrá separarnos jamás [de] imitar a Jesucristo. Aún más, no sólo no debemos escandalizarnos de no confesarla, sino que tampoco, y mucho menos, debemos avergonzarnos de practicar la virtud, teniendo siempre en cuenta la amenaza que nos hace el mismo Jesucristo, de negarnos ante su Padre celestial, mientras le neguemos ante los hombres.
   Jesucristo, pues, dice que habiendo marchado, etc.
   Notemos que si después, etc. Que sal [?]

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   Exordio. El evangelio: Envió a dos de sus discípulos, porque según dice San Juan le habían dicho que Jesucristo era tenido por profeta, que les dijera de consiguiente, si era verdaderamente él. Así, pues, celo de los discípulos, y prudentes obras de San Juan. Contestación de Jesucristo repetida a los gentiles, a los herejes, a los impíos. Escándalo de todos éstos. Prudencia de Jesucristo en no responder categóricamente: 1ª parte; 2ª parte: Alocución de Jesucristo a los judíos, y pruebas de su persona, por la misma santidad de Juan. Natural verdad del hombre. El hombre malo no es capaz, ni apto para las verdades.
   Había llegado ya el momento, mis Q. H., en que el divino Salvador de los hombres debía comenzar su carrera pública sobre las tierra; había llegado [el momento] en que debía desplegar el gran cuadro de su poder y de su celo; este sol de justicia comenzaba a despedir sus resplandores, y a dirigirse hacia el zenit de su carrera. Los milagros y portentos resonaban por la Judea, y he aquí también que su ángel y profeta y precursor empieza a eclipsarse y disminuirse para dejar ancho paso a aquel, de quien no había sido más que voz y pregonero. Por esto, pues
   Por esto nos dice el evangelio de San Mateo en la dominica precedente.
   Pero no creáis, H. M., que esta pregunta de San Juan fuera motivada por ignorancia, duda, recelo, de que se le escapara su gloria. No por ignorancia porque él era el que lo había conocido, cuando envuelto todavía en la oscuridad del claustro maternal e inaccesible todavía a [la luz] de los sentidos, saltaba de gozo y alegría en su presencia. No por duda, pues él era el que a las orillas del Jordán le señalara con el dedo, proclamándole como cordero de Dios, que venía a quitar el pecado del mundo. No, tampoco, mucho menos por ambición o recelo de que le quitara su gloria, puesto que cuando en medio de su gloria, cuando en el apogeo de su gloria era aclamado como mesías y gran profeta, él proclamando a voz en grito que no era sino una pequeña voz del que clama en el desierto, indigno de siquiera de deshacer su calzado, sino que como dice el evangelista del mismo nombre, habiéndole contado sus mismos discípulos los prodigios de Jesús y el vuelo de la fama, y conociendo S. Juan en sus palabras y ademanes la duda y sospechas que abrigaban y los celos que empezaban a devorar su corazón, considerando a Jesús como un rival de su maestro; y por ello, su prudente caridad le sugiere la idea de enviarles a Jesucristo, para que su oscuridad y su error, sus prevenciones y caprichos quedaran [?] en vista [de] la palabra de aquel que era la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. Rasgo sublime de humildad y de prudencia, recompensado por el elogio del mismo Jesucristo, como veremos en los pasajes de este evangelio. Rasgo brillante, <*2*> últimos destellos de aquel astro luminoso, que manifestaba aún su grandeza caminando a su ocaso.
   Fueron, pues, los discípulos y le preguntaron, si eres tú el que ha de venir o es otro el que ya estamos esperando tanto tiempo. Estas palabras de los discípulos de Juan encierran en sí una época y dan una idea del estado de ansiedad y de expectación de que estaban poseídos los judíos en aquella época. Y no sólo los judíos sino los gentiles y los bárbaros, los escitas, etc; todos anhelaban o el conquistador aguerrido o el sabio de etc. o el [?] del siglo de oro anunciado por las sibilas.
   Los justos de aquel siglo levantan sus manos al cielo como en otro tiempo sus padres en la esclavitud de Babilonia, y exclamaban: ¡Oh!, Señor, etc., los patriarcas en la hora de la muerte etc.
   Ellos veían su reino y cetro entregado a manos ajenas, según lo anunciaba Jacob, etc.
   Ellos contemplaban con dolor dividida su sinagoga, perdidos sus profetas, etc.
   Los gentiles encontraban el vacío en su corazón etc. Omnis vallis [Is 40, 4],etc.
   He aquí, pues, el estado lastimoso, el cuadro triste que presentaba la pobre humanidad antes de la venida del Salvador. Por esto la santa Iglesia en este santo tiempo de Adviento, de acuerdo de esta expectación, pone en nuestra boca y hace resonar en nuestros oídos los tristes lamentos de los patriarcas, los anuncios y entusiasmos de los profetas, para que a su vista y su consideración, reconozcamos el beneficio inmenso de su venida, la dicha imponderable de haber nacido en los tiempos felices de su llegada ya al mundo. ¿Qué hubiera sido de nosotros, hermanos míos? Nuestro corazón para Dios, y sin embargo lejos de Dios. Después de haber arrastrado una existencia triste sobre la tierra divagando por la noche oscura de la ignorancia y del pecado, hubiéramos terminado su carrera con un destino fatal.
   ¿Cuántas veces a la aparición de cualquiera... hubiéramos podido exclamar como los judíos, si es el que ha de venir ya o todavía ha de ser otro el que nos vemos obligados a esperar?
   Pero dejemos esto y sigamos el hilo de nuestra exposición: Jesucristo les respondió: Id y anunciad a Juan lo que habéis visto: los ciegos ven, etc. Notad ante todo, H. M., la conducta humilde y prudente del Salvador. Prudente, pues aunque Jesús hubiera podido contestar categóricamente como en otras ocasiones que él era el enviado de su Padre celestial, no convenía, sin embargo, en aquellas circunstancias. Poseídos como estaban los discípulos de su amor excesivo a su maestro, satisfechos de contarse como discípulos de aquel hombre extraordinario, y por consiguiente prevenidos contra todo lo que pudiera oponerse a su grandeza, una contestación absoluta de Jesucristo hubiera sido un golpe amargo para su corazón, hubiera agriado en lugar de [?]; y por ello nuestro divino Redentor correspondiendo, digámoslo así, a las insinuaciones y voluntad de Juan, les dio una contestación, que sin agriar su ánimo, fuera al mismo tiempo y por su propio peso desvaneciendo poco a poco sus caprichos y previniendo...

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   Siendo el Adviento el tiempo dedicado a recordar la venida del Señor a la tierra, y el establecimiento de su reino en los corazones, haciendo un llamamiento a la humanidad, para invitarles a militar bajo sus banderas, justo es que escuchemos en estos días las voces que nos dirige, los ejemplos que nos da, y la necesidad indispensable que tenemos de seguir a este Rey nuestro, no sólo para conseguir nuestra felicidad, sino que también por el compromiso que tenemos de acompañarle y asemejarnos a él, como esposos suyos. Ecce rex tuus venit [Mt 21, 5]: he aquí que viene nuestro rey, y nos está diciendo que le sigamos; y con amantísimas palabras nos dice: venid a mí los que estáis trabajados; y ostenta el olor de sus ungüentos y de sus gracias a fin de que corramos tras ellos.
   Veamos, pues, H. M., la necesidad que tenemos [de seguir]a ese rey que viene por nosotros y para nosotros, y lo que practica y quiere que practiquemos, para poder decir que somos de su corte y seguimiento.
   Este rey, H. M., que el Padre ha constituido sobre el monte Sión, a quien ha dado la silla de David, para que reine para siempre en la casa de Jacob, viene para reparar el reino del Padre derruido por el pecado y la malicia del enemigo; prepara la guerra que debe hacer, y nos invita a la cooperación y compañía de su gloriosa [empresa]; y no contento con esto, nos propone los motivos, los alicientes para seguirle: el profeta Isaías, lleno de un santo entusiasmo, y mirando al porvenir, exclamaba: Ecce salvator tuus venit; ecce merces eius <*2*> cum eo, et opus eius coram illo [Is 40, 11). He aquí, decía, que tu salvador viene, y con él viene la recompensa, y con él viene la ayuda. Alicientes poderosos que ellos por sí solos debieran movernos a seguir con gusto las pisadas de este rey. Viene, y viene a pelear por nosotros y para darnos los laureles y tranquilidad de la victoria, y a ser él mismo nuestra ayuda.
   Es decir, H. M., que nuestro propio interés, la esperanza del premio que nos ofrece, y el ejemplo de su virtud [y] poder son motivos más que suficientes para acercarnos a este Rey, estudiar sus ejemplos; estimular nuestro corazón.
   Y he dicho, en primer lugar, que el interés nuestro debe ser el que ante todo debe movernos a seguir a Jesús. Ecce rex tuus venit. Dominus rex noster, ipse salvavit nos [Is 33, 22]. He aquí tu salvador viene; él es nuestro Rey, y él es el único que nos salvará... Con él podemos salvarnos; sin él somos perdidos.
   Trasládate con el pensamiento a la primera caída. Esclavos del enemigo desde aquel momento, una lucha sangrienta que se declaró entre el hombre y sus enemigos.
   El príncipe del mundo apresta sus huestes.
   El hombre desprevenido, ¿cómo luchará? Al ser despojado de la gracia justificante, no sólo pierde con ella los dones de Dios, aquella fuerza que le daban sus virtudes, sino que queda herido también en sus fuerzas naturales. El entendimiento oscuro ni siquiera puede levantar su mirada para excogitar los medios que tiene necesidad de buscar; la voluntad caída, postrada, ni tiene aliento para levantarse a practicar lo que su razón le dicta; la imaginación inquieta y turbulenta le distrae la atención, y no puede gobernarse; sus pasiones agitándose desusadamente y con desorden hacia sus objetos, no le dejan ni siquiera medio de defenderse ni contra uno de todos sus enemigos. ¿Cómo luchará sin jefe y sin bandera que le anime? <*3*>
   Pero hay otra circunstancia que hace indispensable el seguir a este rey; y es que no podemos rehuir el combate; ¡si a lo menos pudiéramos abandonar el campo, despreciar la recompensa y el triunfo, y estarse quieto en su lugar!; es indispensable o pelear o morir; qui non [est] mecum, etc.[Mt 12, 30]; el que no quiere seguirle al salvador, debe experimentarle vengador; al frente tiene los enemigos, a sus... y no puede huir, porque a sus espaldas tiene las iras del rey; estamos lanzados al mundo, H. M., y no está en nuestra mano volver atrás; hemos de vivir, y vivir caminando, y caminar combatiendo, y combatir muriendo, y morir para salvarnos. He aquí el interés que debemos tener en buscar a nuestro rey con el cual podamos combatir felizmente.
   Y sobre todo que estamos obligados por nuestro estado. Al venir al mundo y ser reengendrados con el santo bautismo, ya dimos nuestro nombre a la milicia de Jesús; y nos ha fortalecido con sus sacramentos, nos ha alimentado del todo para que podamos resistir y, por consiguiente, seríamos sacrílegos desertores si no combatiéramos con esfuerzo.
   Pero no sólo esto; sino que voluntariamente también nos hemos ofrecido a su servicio; trasladaos, H. M., a los momentos en que arrastrados al olor de las virtudes de este rey, enardecidos ante su hermosura firmasteis vuestro pacto con él, y con la mano puesta en el corazón, y públicamente, jurasteis fidelidad; desde entonces no podéis retroceder; el Señor os constituyó desde aquel momento como jefe, como portaestandarte de su ejército para animar a los demás con vuestro ejemplo; seríais perjuros.
   Pero no sólo los deberes de la necesidad, y de los títulos a que le somos deudores hará seguir con gusto y con esfuerzo las pisadas de nuestro rey Jesús; otro motivo he indicado, y es, la recompensa que nos ofrece al inscribirnos a su milicia: Ecce merces ejus cum eo [Is 62, 11]; nadie milita a sus propias expensas, dice el apóstol San Pablo; y este Jesús generoso, que no viene sino por nuestro bien, ofrece también a sus seguidores un premio cierto, grande, eterno.
   No es este Jesús amantísimo como los señores temporales. ¡Cuántas veces al servir a los reyes de la tierra han quedado defraudados en sus esperanzas! ¡Cuántas veces después de una guerra, los que más se han distinguido, han quedado postergados a los demás! ¡O bien un descuido involuntario de parte de quien debiera dar la recompensa; o bien la pobreza de los despojos no han sido suficientes para satisfacer las deudas que debían distribuirse!
   Pero, ¡ah!, nuestro rey Jesús lleva consigo la paga; es tanta la opulencia de sus riquezas que bastan para todos; es tal su sabiduría que no se le pueden ocultar los es-<*4*>fuerzos ni el mérito de ninguno; tanta su justicia que no puede tener envidia de nadie en su distribución; tanta su fidelidad que su palabra no puede faltar; tanta su liberalidad que excede siempre a la promesa; tanta su benignidad que acepta hasta los deseos del servicio y lo retribuye como mérito.
   Qui timetis Deum, credite illi [Eclo 2, 8: Los que teméis al Señor tened confianza en él].
   ¡Desgraciados hijos del siglo, que desconocen el reino de Jesús, y entregados a sus caprichos hacen miles de sacrificios por alcanzar un objeto de sus pasiones!, y ¡ay, cuando [los] creen conseguidos, se ven defraudados en sus deseos, burlados en sus esperanzas!
   Y no sólo es cierta esta paga, sino que es grande en demasía. Ego merces.
   Conjungere Deo et sustine [Eclo 2, 3]: Únete a Dios y sostén con fortaleza, porque grande será tu paga. ¡Ah!, no es preciso me detenga, H. M., en recordaros la promesa de la paga del Señor. Si es grande la gloria de seguir al Señor, como dice el sabio, ¿qué no será el ser coherederos de su gloria, sentarse al lado de él en el trono de su Padre; igual en su fortuna, en sus riquezas, en su felicidad, en sus despojos. Convertidos y consorcios de su divina naturaleza, rodeados con diadema de hermosura, nadando en delicias, y eso después de la felicidad de su servicio sobre la tierra?
   ¿Qué os diré, digo, de este premio cuando aquella sublime alma del apóstol, después de haber gustado una sola gota, exclamaba: que ni el ojo vio? [1 Cor 2, 9].
   ¿Quién no querrá beber el cáliz de sus trabajos en los días de la lucha, para ser participante de este premio inmenso?
   Miserables hijos del siglo, que desconocen el reino de Jesús y entregados a sus caprichos.
   Pero no sólo es cierta esta paga, no sólo es grande en demasía, puesto que es la posesión del mismo Jesús y las riquezas de su gloria, sino que reúne la condición inapreciable, de que no se perderá jamás. Agonizare pro anima tua [Eclo 4, 33], dice el sabio: agoniza por adquirir la santidad, y pelea hasta la muerte por conseguir[la], porque la recompensa del Señor permanece para siempre, y su reino no tendrá fin.
   Felices somos, H. M., que unidos a Jesús, podemos dirigir nuestras aspiraciones al punto cuyo término es la inmortalidad. ¡Y cuánta vergüenza debiera causarnos nuestra conducta al compararla con los hijos del siglo! Ellos para conseguir un triunfo momentáneo, para alcanzar un premio caduco, se lanzan a arriesgadas aventuras, surcan mares, se trasladan a la América, se sepultan bajo las abrasadoras arenas de la India, y ¡con cuánta constancia, con cuánta abnegación! ¡Mirad a los que siguen la milicia de la tierra! Dispuestos a sacrificarlo todo a una esperanza que la mayor [parte] de las veces no consiguen; ¡cuántas malas noches tienen que soportar! ¡cuántas vigilias que sostener! y tal es el valor y la serenidad que despliegan, que no dudan ofrecer su vida a los peligros, y hasta hay momentos que parecen despreciarla. Y todo esto, ¿por qué? Illi ut corruptibilem coronam accipiant, etc. [1 Cor 9, 25]. Todos estos, dice San Pablo, para conseguir una corona de gloria corruptible, que no siempre logran; más nosotros, al prestarnos al combate y a seguir las dulces pisadas de Jesús, tenemos reservada una gloria segura, inmarcesible, eterna.
   Al contemplar esta dicha, al vernos por la bondad de Dios y por nuestro estado consagrados a su servicio, podemos exclamar mejor que David: Bonum est sperare in Domino, quam sperare in principibus [Sal 117, 9]: Cuánto más dulce y bueno es servir y esperar en este Dios, y no en los príncipes temporales. Ejemplo de [?] del rey de Francia.
   Al asociarnos, pues, en estos días a Jesús, en nuestras meditaciones, unámonos a él y pidámosle que nos arme del escudo de salud, como lo pedía Isaías; y nos conceda un propósito firmísimo de pelear con él, y una esperanza firme de vencer.
   Y apoyados en sus palabras hacerles protestas de seguirle con constancia, hasta el extremo de estar prontos a superar todas las dificultades y clamar como el apóstol: que ni la vida, ni la muerte, ni la espada, ni la persecución de nuestros enemigos puedan separarnos de su amable compañía [Rom 8, 35], y estar siempre unidos a él en los trabajos y en la angustia, en las vigilias y ayunos, en las tribulaciones y necesidades, puesto que él es nuestra vida y nuestro camino y nuestra resurrección, y sólo en él tenemos nuestra salud.
   Pero sobre todo, H. M., debemos repetir deseos vivísimos de seguir a Jesucristo, nuestro [Señor], en todo y por todo, porque él es nuestra fuerza; [?] nuestro modelo; et opus ejus coram illo [Is 40, 11].
   Suponed, H. M., a un rey eterno, que digno del solio que ocupa, disfrutando las dulzuras del poder y de la grandeza, invencible en su poder, y que lo abandona todo, regalos, comodidades, y que al lado de sus fieles vasallos trabaja noche y día, y se les muestra como ejemplo y les da por ser segura la victoria. ¿Cómo puede menos de enardecer los corazones, alejar el temor, y producir el entusiasmo, mucho más sabiendo que a su lado no pueden perecer?
   He aquí lo que hace el buen Jesús, al venir a este mundo, y por consiguiente, el tercer aliciente que debe movernos a seguirle.
   Miremos a este Jesús, comparémosle y, si nos place, con los demás reyes temporales, y le encontraremos cual nunca jamás pudiéramos desearle.
   Aspice regem tuum et considera: Dominus virtutum ipse est rex gloriae [cf. Sal 24, 10]: este rey glorioso que viene por nosotros, viene revestido del poder, de las virtudes todas, virtudes que nos excitan sobremanera a seguirle, y que no pueden menos de producir en nosotros la confianza, el respeto, la benevolencia.
   ¿Queréis ver la confianza que podemos depositar en su persona? Pues es el que lleva en su seno la grandeza, el consejo, la providencia, la experiencia; aquel que, según dice Isaías, tiene por nombre el consejero, y en el cual están escondidos todos [los tesoros]de la sabiduría y de la ciencia de Dios; el Dios fuerte y Señor de los ejércitos. Contemplando el profeta Habacuc su poder, nos le pinta disolviendo las gentes con una sola de sus miradas, destruyendo los montes del siglo; y que al pasar por ellos, se encorvan los collados del mundo; éste es, dice el Eclesiástico, el que viene por ti, a pelear contra tus enemigos.
   ¿Queréis examinar el respeto agradable y cariñoso que nos merece? Considerad el poder de su brazo, su imponderable justicia, su infinita santidad, la magnificencia de su reino, su divinidad en suma; nadie puede despreciarle, porque desprecia no a un hombre, sino a Dios, al rey inmortal de los siglos, que el Padre eterno engendró igual a sí ante el principio de los tiempos; que es el esplendor de su gloria y figura de su sustancia; que sostiene todas las cosas con la palabra de su virtud: verbo virtutis suae [Heb 1, 3]; y que está sentado a la diestra de su majestad en las alturas.
   ¿Queréis ponderar la benevolencia y el cariño que nos arrastra hacia ese Jesús? Pensad en su benignidad y cariñosa solicitud para con nosotros; a pesar de su grandeza, viene manso como un cordero; mirad su misericordia, su clemencia, su liberalidad; a pesar de la magnificencia de sus riquezas y su gloria, está rodeado de una humilde modestia, que nos conviene y nos impele a acercarnos hasta él.
   A pesar de su eternidad, es el hermoso entre los hijos de los hombres, porque en él no hay mudanza ni sombra de vicisitud; que a pesar de que nadie es digno de desatar la correa de su calzado, a nadie desprecia, a todos llama hacia sí, con todos habla, con nadie desdeña su conversación; llama a los hijos de los hombres con el nombre de amigos y de hermanos, puesto que, como dice él mismo, no ha venido a ser servido, sino a servir.
   ¡Ay! al cotejar estas cualidades de ese Dios, rey de nuestras almas, con los reyes temporales, no puedo [menos] de recordar aquella expresión con [que] este mismo Jesús quería hacernos ver la diferencia: los príncipes de las naciones las dominan y ejercen su potestad sobre ellas: Principes nationum &.[Mt 20, 25] y se aprovechan de sus sudores; y permiten derramar su sangre para conservarlos a ellos.
   No así el Hijo del hombre; se ha constituido pobre y necesitado por nosotros para llenarnos de sus riquezas, que nos defiende con el peligro de su vida, ¿qué digo? con su propia vida, y sacrifica su alma, como nos dice él mismo, para salvar la nuestra; que tiene que pagar lo que no arrebató ni debía; que practica antes de mandar; el primero en la fatiga, el último en el descanso; que se adelanta a la pelea; y el último en conseguir los despojos; pronto a socorrernos; firme y constante para refugiarnos a él; siempre presente a todos; él es el que sostiene solo <*5*> los ímpetus del enemigo, el que soporta la carga de todos.
   ¡Oh!, H. M., os molestaría ya si tuviera que iros detallando las virtudes y cualidades de este rey, al que tenemos precisión de seguir y a cuya bandera militáis. Consideradle como queráis; suponed que para los combates a que somos llamados, para los caminos indispensables que hemos de seguir en los días de nuestra peregrinación, tuviéramos que buscarle nosotros mismos. ¡Qué gracia no pediríamos para él! Y le desearíamos poderoso, tierno, cariñoso, afable.
   Pues, ¡ay!, H. M., por mucho que aguzáramos nuestra imaginación para encontrarle, jamás podríamos encontrarle igual [a] aquel que Dios en su infinita sabiduría no supo encontrar mejor, ni en su amor pudo dárnosle mejor.
   ¿Quién no querrá seguir a este rey, en vista de la necesidad indispensable que tenemos que seguirle, puesto que nos ofrece tan grande premio, y puesto que él mismo es la ayuda y el ejemplo?
   ¡Ah!, no esforcemos nuestro corazón, y escuchemos las palabras que nos dirige el apóstol San Pablo: Deponentes omne pondus, etc. Heb 12, 1: Liberémonos de todo impedimento].
   Y bien, ¿qué hemos de hacer para seguir a este rey?
   Para apreciar la primera cualidad de este divino rey, <*6*> Jesús, y que es la primera arma que exige a aquellos que quieran seguirle, recordemos las palabras del apóstol San Pablo, en que nos las describe magníficamente: Hoc sentite in vobis, Etc.[Flp 2, 5: Tened los sentimientos que corresponden a los que están unidos a Cristo Jesús].
   Es tal el acto de humillación que el Señor practica al aparecer sobre la tierra, que con ella confunde la soberbia, da gloria a su Padre y nos hace inexcusables en el camino de la salud.
   Humiliabit semetipsum et exinanivit [Flp 2, 8:]: ¿Quién podrá ponderar, H. M., la fuerza de esta palabra: se humilló y ...? sólo un Dios Hombre pudiera ejecutarlo. Dios por sí solo no podía hacerlo; su gloria y majestad es indivisible por sí y no puede cercenarse; el hombre solo, mucho menos; ¿en qué podría rebajarse el hombre? ¿qué podía ser menos de lo que era? Su origen el lodo, la nada; sus compañeros inseparables, la enfermedad, la ignorancia, la corrupción, el pecado; su fin la muerte, el infierno.
   Sólo un Dios Hombre podía ejecutar un verdadero acto de humillación; al unirse, pues, el Verbo a nuestra naturaleza, al vestirse de nuestra mortalidad, Dios baja a las enfermedades del hombre, de modo que podemos decir que se vuelve débil y enfermo el que todo lo puede; necesitado el que es rico para todos; aquel cuyo término es la inmensidad de los espacios, se repliega hasta ocultarse en el corazón de una virgen; el que ni tuvo principio, ni el tiempo puede acabar, nace en el tiempo y se sujeta a la muerte; el que da vida y animación a cuanto germina, recibe la vida.
   Hecho semejante en un todo, menos en el pecado, a sus semejantes; y [el] que es libre, independiente, infini-<*7*>tamente bienaventurado por su naturaleza, humiliavit semetipsum: se humilla, se anonada.
   Al considerar este rasgo del divino rey, y al cotejar la conducta de su hechura, el hombre, no parece sino que es un sueño lo que la fe nos dice. Al considerar esa vanidad que está como encarnada en el corazón de la criatura, este orgullo que domina a la mayor parte de la humanidad, este fatal amor propio, escollo común hasta de las almas justas, ¿quién pudiera creer que tenemos a nuestra vista el ejemplo del Salvador? Al considerar San Bernardo que fuera capaz que el siervo se gloriara ante las humillaciones del Señor y que este gusanillo de la tierra pudiera humillarse a la presencia de su rey, en medio de su fervor, le llamaba impiedad monstruosa, digna de baldón eterno. Y, sin embargo, esta monstruosidad horrible se practica constante[mente]con frecuencia.
   Tal ha sido, H. M., esta humillación del Salvador, que por sí solo pudo [dar] gloria al Padre y repararle de la injuria que el ángel prevaricador, el hombre y nosotros pudiéramos ocasionarle.
   Cuando lleno de ambición Lucifer, y resistiéndose a someterse a la superioridad y autoridad de Dios, exclamaba en su corazón: In coelum...
   Y al alargar nuestros primeros padres la mano al precepto prohibido, lo hicieron con la esperanza de obtener aquel, eritis sicut dii [Gén 3, 5] seréis como dioses; y al inclinar el hombre su corazón al pecado lo hace rebajando a Dios, y colocando su último fin en la criatura. Pues bien, todo esto exigía una reparación, reparación inmensa que el hombre no podía practicar.
   Por esto, el Hijo, igual a la gloria del Padre, desciende a la tierra; se hace poco menor que los <*8*> ángeles, se sujeta al Padre en su carne, se humilla a sí mismo, y de este modo vindica en su carne la gloria de su Padre, y con el sacrificio de su gloria y alabanza le repara abundantemente.
   Tanta es la grandeza de Dios, tan gran crimen el orgullo, que fue precisa la degradación del Hombre Dios, hasta el último escalón de la miseria humana, para poder repararlo.
   ¡Cuánto pudiéramos detenernos en esta idea de la humillación de Jesucristo! Pero no, vosotros la ponderaréis en el fondo de vuestras meditaciones.
   Ahora bien, pues, H. M., ¿qué consecuencias debemos sacar de las humillaciones del Salvador? Hoc enim sentite in vobis, quod et in Christo Jesu [Flp 2, 5: Tened, pues, los sentimientos que corresponden a quienes están unidos a Cristo Jesús].
   Y ante todo, H. M., es tan indispensable esta arma de la humildad, de la adyección y desprecio de nosotros mismos para seguir a Jesús, que hay un lazo necesario entre la gloria de Dios y la salvación del hombre, que ni aquella puede promoverse, ni ésta conseguirse sin esta virtud inapreciable, de modo que al ejercitarla, no sólo honramos a Dios, sino que abrimos un ancho camino de salud.
   ¿Cómo la practicaremos, pues? Bajo tres aspectos la practicó Jesucristo en el día de su encarnación: para con el Padre, para consigo mismo, para con sus semejantes.
   Para con su Padre, por medio de la obediencia: Hoc enim sentite in vobis, etc.
   He aquí el primer acto de humillación que hemos de ofrecer a Jesús: anonadarnos ante su presencia, adorando su divina voluntad, acatando sus admirables disposiciones, sufriendo todo lo que pueda venirnos de su mano. Y cualquiera que sean sus permisiones sobre nosotros, clamar como David: Obmutui quia tu fecisti [Sal 39, 10: Yo me callo y no abro la boca, pues eres tú el que actúa]: Si quiere nada en las tinieblas. <*9*>
   Para consigo mismo, por medio de la modestia y de la abyección. Considerad al divino modelo en su paso sobre la tierra, y en todo aparece su modestia, en sus acciones, en sus palabras, en su porte, en su vestido, en [su] mirada, en el olvido de todo, en el desprecio de las alabanzas que se le prodigan; gozoso en las tribulaciones, en los insultos, en los desprecios.
   Factus vermis et non homo [Sal 22, 7], según le pintó David; hecho no hombre, gusano, abyección de la plebe, oprobio de los hombres; sin buscar en todo más que la gloria de su Padre. Non quaero gloriam [Jn 8, 50: No vivo preocupado por mi honor].
   ¡Oh, qué modelo para nuestras acciones, para nuestras conversaciones, para nuestro trato con nuestros semejantes, para aprovechar la ocasiones que el Señor nos ofrezca para hacernos semejantes a él!
   Cotejemos nuestro modo y nuestra conducta con la humillación del Salvador para consigo mismo, y pensemos que sólo así podemos ser participantes de su gloria.
   Finalmente, el Hijo del hombre ejercita su humildad para con los demás por medio de la paciencia: Non venit ministrari [Mt 20, 28: El Hijo del hombre no ha venido a ser servido]. No puedo recorrer.
   Y por consiguiente, semejantes a Jesucristo, no debemos dedignarnos de soportar las humillaciones de los demás teniendo presentes las palabras de San Pablo:
   Invicem soportantes.
   Invicem honorem praevenientes.
   Alter alterius onera portantes.

   Nihil denegantes [cf. Rom 12, 10; Gál 6, 2].

Escritos I, vol. 1.º, doc. 9, pág. 1-2






   Predicado en la Iglesia de los Dolores. Dominica
   cuarta de Adviento. 19 diciembre 1889 (cum lacrymis)

   Viva Jesús y María Inmaculada

   Ego sum via, veritas et vita (Jn 14- 6)
   Solícita nuestra santa madre la Iglesia del bien espiritual de todos sus hijos no cesa de ofrecerles a su consideración el recuerdo de las festividades que por su salud eterna se realizaron.
   Unas veces despliega ante sus ojos la gloria y majestad infinita de un Dios justiciero que llama a juicio a todas las gentes para inspirarnos un santo temor; otras pone a nuestra vista el espectáculo tierno de un Dios hecho hombre aterido de frío para movernos a compasión; ya nos llama al corazón con sentimientos de confianza, ya de ternura y devoción; pero en este tiempo de Adviento se esmera como tierna y cariñosa madre en despertar y avivar en el corazón de sus hijos ansias santas, deseos vehementes, suspiros dulces, testigos fieles del encendimiento en que se abrasa su corazón de madre para con el niño Dios, Jesús hijo de Dios vivo para con el fin de que dispongamos en nuestras almas digna habitación para recibirle. Por esto no cesa de pedir un día y otro día que venga el que ha de libertarnos de la esclavitud del pecado y clama al cielo para que nos envíe el rocío de la gracia de Dios, y conjura a las nubes para que lluevan al justo y manda a la tierra que dé su fruto, el Salvador de las gentes. Queriendo pues en este día secundar los deseos de nuestra santa madre la Iglesia y avivar en nuestros pechos el deseo de la venida del Salvador, voy con el favor divino a haceros ver en este discurso quién es este Salvador que se llama el deseado de las gentes, el deseado de los collados eternos, porque siguiendo el deseo al conocimiento de las cosas se mueva nuestro corazón a preparar digno hospedaje a tan gran Señor, conociendo antes algo de su condición y bondad.
   Jesús vida de las inteligencias, vida del corazón humano y de la sociedad.
   Escribiendo San Pablo a los fieles de Éfeso dice que a él, el mínimo de entre los fieles, ha sido confiado evangelizar a las gentes las riquezas inagotables de Cristo Jesús [Ef 3, 8].
   Fausta y feliz nueva es Jesús para el mundo, investigables sus riquezas toda vez que en él están encerrados todos los tesoros de la sabiduría y ciencia de Dios. Todas las cosas tenemos en Cristo Jesús, exclama San Ambrosio, y todas ellas nos es Cristo. Si deseas ser curado de tus llagas, médico es; si ardes con calenturas, fuente es; si te fatiga la carga de los pecados, justicia; si tienes necesidad de ayuda, fortaleza es; si temes la muerte, vida es; si quieres huir de las tinieblas, luz es; si deseas ir al cielo, camino es; por manera que teniendo a Jesús se tienen todas las cosas, vida de las inteligencias, la paz del corazón.
   La vida de las inteligencias es como la vida del justo, vive de su fe; vive de la verdad cierta y definida, ¿y dónde hallaréis esta verdad cierta y definida si os apartáis de Jesús? Sólo Jesucristo, verdad primera y esencial, ha podido afirmar delante del mundo entero: ego sum veritas; yo soy la verdad y los que se apartan de mí caerán en la duda, en la incertidumbre, en el error. Les ha sucedido lo que dice San Pablo, que apellidándose <*2*> sabios, stulti facti sunt [Rom 1, 22: se han hecho necios], han venido a parar en admitir mil necedades. Han desechado a la luz del mundo, Cristo Jesús, que vino a dar testimonio de la verdad, y por no querer admitir verdades incomprensibles, siguen unos a otros incomprensibles errores. Vedlo sino vueltos de espaldas a la luz del sol de justicia buscar inquietos y con avidez un rayo de luz que ellos interceptan, que ellos mismos rechazan y allí apagándoseles ese destello de luz en medio de los vientos encontrados de sus pasiones, entregarse a los errores más crasos y contradictorios. Unos niegan que haya Dios, Holbach, Suñer; otros varias veces lo admiten otras lo niegan; éstos la existencia del alma; aquéllos su inmortalidad; muchos que las acciones todas son indiferentes; y que no hay bien ni mal; que la justicia es lo que a cada uno conviene; y todos en fin sin poder afirmar, yo soy la verdad. Semejantes al ciego del evangelio están sentados en las tinieblas y sombras de la muerte, secus viam [Lc 18, 35], junto al camino, junto al camino de la vida, Cristo Jesús, y teniendo la luz de la verdad que ilumina a todo hombre que viene al mundo, estando mendigando la verdad de quien no puede dársela. A. H., cualquiera que seas que te hallas en esa situación lamentable, si scires donum Dei [Jn 4, 10], si conocieras el don de Dios, quién es Jesucristo, presto saldrías de tu triste estado, clamarías como el ciego del evangelio, Domine; al oír que se acerca el día de la venida de Jesús, Domine ut videam [Lc 18, 41]. Cristo, hijo de Dios vivo, apiádate de mí, haz que vea quién soy yo y quién sois vos. Pero estas cosas ocultas están a tus ojos ahora; clamemos pues todos a Jesús que ilumine a los que voluntariamente ciegos rehúsan conocerle. Domine ut videant, que te conozcan y te amen.
   Pero creyendo en Jesús huye toda duda, desaparece todo error.
   Tres son las verdades que más interesan saber al hombre, su origen, el por qué de su estado presente y su fin o destino; pues bien, Jesucristo nos evidencia estas tres cosas. Él nos enseñó a todos a llamar Padre a un mismo Padre que está en los cielos para demostrarnos la unidad de origen y él mismo, como hace notar San Pablo, no se avergüenza de llamarse hermano nuestro, cuando dice que anunciará el nombre del Señor a sus hermanos [Heb 2, 12]. Su estado presente, ese estado anormal en que se halla el hombre, en que la carne codicia contra el espíritu y el espíritu contra la carne, ese estado que nos revela en el hombre entre sus miserias y grandeza, un Dios caído. Jesucristo nos revela la causa en el pecado original, cuando dice que estamos enfermos y que por nuestra salud ha bajado del cielo, que ha tomado sobre sí nuestras dolencias para curarnos con sus dolores.
   Nuestro destino claramente nos lo manifiesta cuando nos dice que ha venido al mundo para darle vida y vida abundante, y que la vida eterna es el conocer a Dios y a él, su enviado, asegurándonos que los buenos gozarán en perpetuas eternidades de la vida de Dios y los malos serán colocados en un lugar de tormentos. Por esto se llama con toda propiedad camino, porque nos demuestra el punto de su partida; los medios que hemos de escoger para llegar felizmente al término de nuestra peregrinación sobre la tierra. Mas ¡ay! los que se apartan de esta verdad perecerán, abrazados con el error irán de precipicio en precipicio hasta caer en las tinieblas eternas. <*3*>
   Dios al criar al hombre, M. A. H., se hubo como un Padre amoroso que, previendo el genio díscolo de su hijo, le rodea de beneficios y comodidades en su casa paterna, con el fin de que si algún día, siguiendo el impulso ciego de aviesas pasiones, huye de su compañía, el recuerdo del buen trato que le daba su cariñoso Padre mueva su corazón desnaturalizado y le obligue a volver a su primer y feliz estado. A este fin cercóle Dios de mil comodidades, de consuelos y beneficios que atasen el corazón del hombre a su servicio. Quiso él mismo ser su criador, su conservador, su Redentor y glorificador. La verdad de su inteligencia, el amor y descanso de su corazón, y como para no dejar excusa, ni escapatoria al hombre, sabiendo lo sensible que es, y cómo ama a sus semejantes y cosas visibles, inclinó los cielos de su majestad y grandeza, y encubrió su gloria bajo la apariencia de un hombre pecador, vistiéndose de nuestra humanidad, como el pastor se viste de zamarra que es vestidura de la oveja para que las ovejas le sigan viendo su semejanza, y él mismo asegura que sus delicias son estar con los hijos de los hombres, entrañarse en nuestro corazón, y pasearse por nuestras calles y habitar entre nosotros. ¡Oh amor inefable! ¡Oh largueza nunca oída! ¿Qué corazón hay que no se enternezca e inflame al ver a Dios tan casero?
   Para que Jesucristo sea la vida de los corazones, es preciso que cree en el corazón humano las dos cosas más grandes y de que vivimos más necesitados en este valle de lágrimas, el amor y el consuelo; el amor para con sus semejantes y el consuelo para consigo mismo; el amor que triunfa del egoísmo, gusano roedor de la vida social, el consuelo que extirpa o modifica la tristeza, gusano roedor de la vida individual.
   ¿Quién vencerá en el hombre el egoísmo, eterno enemigo de toda prosperidad y bienandanza? ¿En dónde encontrará el hombre esa expansión generosa, aroma de la caridad fraternal, que le pone en relaciones armoniosas y comunión eficaz con sus semejantes? En Jesucristo, H., sólo en Jesucristo que elevando el corazón del hombre hacia todo lo que es puro, santo y perfecto, sublime, generoso y verdaderamente desinteresado, puede arrancarle de las viles cadenas de ese egoísmo salvaje, que aprisiona al hombre aislado de sus semejantes en el ignominioso cautiverio del yo. Quien no ha podido amar algo más grande que la tierra y más elevado que el hombre, dice un sabio orador, por grandes que sean los tesoros de su alma y la riqueza de su corazón, no saldrá jamás por completo de esa cárcel obscura y baja en que el egoísmo tiene encerrado a ese rebaño de hombres sin Dios y sin religión, que se mueve sobre la tierra.
   En Jesucristo, H., se halla el modelo acabado de todas las grandes virtudes y especialmente el amor para con sus semejantes. El vino a dar la vida por sus hermanos, por sus enemigos, y desde la cuna al sepulcro su vida fue vida de sacrificio, vida de abnegación, vida de amor en una palabra; por esto observaréis que a medida que las sociedades se apartan de Jesucristo se extinguen en ellas los sentimientos generosos, la acciones heroicas, la idea de la virtud y del deber, porque no adorando a Jesucristo, forzosamente el hombre [se]adora a sí mismo, a sus pasiones insaciables, y todo lo ordena a sí mismo, es como el centro de la creación adonde convergen todas las cosas criadas. Pero dejad que el corazón de la sociedad <*4*> lata a impulsos del corazón de Cristo y veréis reproducirse ejemplos de abnegación y heroísmo y os veréis obligados a exclamar: ¡oh! cuán hermoso y bueno es vivir entre hermanos de unos mismos sentimientos.
   Quisiera preguntar a los que no quieren conocer ni amar a Jesucristo con quién se consuelan en las grandes calamidades, a quién acuden en demanda de ayuda cuando gimen bajo el peso de las amarguras que sumergen la vida y hacen flaquear el valor. ¿Quién, les pregunto, puede mezclar a esos torrentes de aflicción algunas gotas de alegría? ¿Quién sabe rendir el dolor y levantar la cabeza y sonreírse ante el infortunio y mostrar a través de sus lágrimas un rayo de alegría? ¿Quién hace todo eso, os pregunto? ¿Las criaturas? ¿Cómo? Si ellas cabalmente son la causa de su llanto las más de las veces, cuando no son aumento de su dolor.
   Por esto en la hora del desfallecimiento no es parte a impedir que les salga al encuentro la desesperación, y en lugar de enjugar vuestras lágrimas de los ojos y extirpar la tristeza de vuestro corazón, les abisma en los errores de la rabia y el furor del despecho y del suicidio.
   ¡Oh! hermanos, desengañaos, el primero y último consuelo de todo el que llora en este valle de lágrimas es Jesucristo, que tiene un encanto divino para adormecer o al menos mitigar todos nuestros sufrimientos humanos. Todas las cosas han pasado por Jesucristo y se han divinizado.
   ¿Quién sino no sentirá su corazón inundado de consuelo al ver al Dios de cielo y tierra hecho niño por nosotros, nacer en un establo, en un portal desmantelado en el corazón del invierno y todo esto por nuestro amor? ¿Quién viéndole en su vida mortal hecho varón de dolores no se consolará en sus penas? ¿Quién no sufrirá con humildad y resignación toda humillación al verle en su vida eucarística, aquí en ese adorable sacramento ocultando aun hasta su humanidad? ¿Quién no renunciará a la vez a su torpe egoísmo y a sus tristezas homicidas con el ejemplo del Hombre Dios, que le deja entrever la perspectiva de la mansión celestial reservada a los que aman y lloran, y en nombre de Dios, que les habla con su ejemplo y del cielo, que les muestra su esperanza, le dice al corazón: Yo soy tu padre, tu hermano: no llores; he venido del cielo para consolarte y enjugar tus lágrimas? Bien lo saben las almas que aman a Jesucristo que es más dulce llorar por él, como decía San Bernardo, que gozar del mundo todo. Bien lo experimentaba el sabio autor de la Imitación de Cristo, que con profunda y exacta verdad escribe: En donde moras tú, oh Jesús, allí está el cielo y en donde tú reinas allí se ceba la muerte y el infierno. Vivir sin ti, oh Jesús, es duro infierno; vivir contigo es dulce paraíso.
   Una reflexión y concluyo: A los que tenéis la dicha de conocer quién es Jesús y no habéis nunca abandonado la casa paterna, acordaos en estos días de oración, recogimiento y preparación a la venida del Hijo de Dios, de vuestros hermanos, hijos pródigos que se han apartado de la religión de sus padres, pedid a este Jesús que viene al mundo a buscar pecadores que los convierta y vivan y sean eternamente felices; pedidle con fervor que se les dé a conocer y de seguro le amarán. Mirad, H., que Jesucristo aunque tierno niño en la apariencia es Dios y hombre verdadero, que tiene en sus manos los corazones de los mortales y puede inclinarlos.
   Una súplica y una queja a Vos, ¡oh! Jesús sacramentado. Dijiste, Señor, que fuego habías venido a meter en el mundo y que nada deseabas tanto como que se abrasase en tu amor, ¿por qué lo tienes ahí en ese corazón encerrado y no abrasada está la tierra? Mira, Señor, que el mundo vive endurecido en la impiedad, arroja en ello tu hermoso fuego y renovarás su faz... Tú solo puedes, omnipotente... Date a conocer a los que te persiguen, como Saulo, diles al corazón: Yo soy Jesús a quien perseguís. Cierto, Señor, si te conocieran no te desamaran, ¿cómo no amar al sumo bien, a Jesús, todo dulzura? Diles: Respira [?]. Mira y ve que yo soy Jesús.

Escritos I, vol. 1.º, doc. 10, pág. 1-2






Plática sobre la encarnación del Hijo de Dios <*2*>

   (Predicada en Sa. Juan. 3ª Dom. de Adviento, 1867.
   En Santa Clara. 1ª Dom. de 1868).


   Beneficios de la encarnación.
   Poca correspondencia a estos beneficios.
   Exordio...

   Hemos llegado a la tercera dominica y, por lo tanto, hemos de empezar a preparar nuestro ánimo y nuestro corazón a la contemplación de ese beneficio inmenso, de ese favor inapreciable. Pero, como no se agradece lo que [no]se aprecia en su justo valor, por ello debemos pesar con la consideración esa gracia, para que grabándola fuertemente en nuestra alma, nos mueva a la gratitud, y con ella el amor hacia ese buen Dios que tan pródigo ha estado con nosotros, y con ella la humildad, el deseo de nuestra perfección y todas las virtudes.
   Para ponderar, H M., ese beneficio de la encarnación, ese acto en que un Dios viene a revestirse de nuestra naturaleza bajándose hasta la condición de esclavo por el amor de nuestro bien, debemos pensar: 1.º La caridad infinita, el bien inmenso del que lo hace. Sic Deus [Jn 3, 16]. 2.º La grandeza del don que nos ofrece. Ut filium unigenitum [Ibid.]. 3.º La utilidad que nos ha reportado. Ut omnis qui credit in ipsum non pereat [Ibid.], etc.
   Caridad he dicho en primer lugar del Dios <*3*> que nos ha hecho este beneficio. Así amó al mundo, dice el apóstol San Pablo, que llegó a entregarle; ¿qué?, lo que más amaba. ¿A quiénes?, a indignas criaturas. ¿De qué manera?, por medio de un milagro portentoso. ¿Para qué?, ¿qué fin se propone con ello? Entregarle a los tormentos, a la muerte. ¡Oh, qué ideas, H. M., saltan a la imaginación ante esas sencillas consideraciones!.
   ¿Quién es capaz de ponderar el amor de Dios para con su Hijo? ¿Coeterno a sí, igual en perfección, figura de su sustancia? Qué ¿le comparamos al cariño de esposo? ¿al amor tierno de madre, al amor de amigo? ¡Ah! no, todo este amor, todo este afecto, todo este cariño por fuerte, por grande que sea, es un amor finito, limitado; el amor con que el Padre eterno ama a su Hijo, es eterno, es inmutable, es infinito, es inmenso como él.
   Pues, H. M., con este mismo amor, con esta misma caridad ama al hombre: cada uno de nosotros somos objeto del cariño de Dios, cual si fuéramos en su propio Hijo. ¿Qué digo? Aún más. Sí, H. M., él excede el amor del hombre con el de su Hijo; pues acaso, ¿cuando damos una cosa, cuando hacemos un obsequio, apreciamos más el obsequio que la persona a quien lo hacemos? No; pues en prueba de que Dios nos ama tanto y más, si cabe, que nos entrega, nos da, nos ofrece y se desprende de la cosa que más ama, nos hace el obsequio de la prenda más querida y nos la entrega sin reserva . ¡Oh!, H. M., si esta idea del amor, de la ternura de Dios, penetrase por un momento el entendimiento y el corazón del hombre desharía su frialdad, y le inflamaría en este inmenso incendio de caridad. <*4*>
   Y bien, H. M., ¿y quién [es]este objeto que tanto atrae las complacientes y tiernas miradas del Padre eterno? ¿Quiénes son estos seres tan privilegiados que entran en igual escala en el corazón de Dios cual su mismo Hijo. ¡Ah!, H. M., mejor fuera no recordarlo porque nos llenará de confusión. Este objeto que tanto [atrae] la caridad, el cariño de Dios, es... el hombre, el alma humana. ¡El hombre! esa nada, esa miseria. En el orden de la naturaleza ya sabéis lo que es. En el orden de la gracia en su alma, desde el día del pecado original, objeto de odio para su santidad y su pureza: hijos de Adán y, por consiguiente herederos de todas las miserias; nuestro destino era la separación de Dios, o, tal vez su condenación. Desde el día que entramos en el uso de la razón, el alma del hombre una [?]
   En el cuerpo la misma miseria.
   He aquí, pues, el objeto del amor de Dios, y de un Dios feliz y bienaventurado por naturaleza, que nada necesitaba del hombre, que ningún obsequio le había hecho, ni podía hacerle tampoco, que no podía presentar más que infidelidades.
   Por ello el apóstol San Pablo, decía: ¡Oh! cuánto recomienda esto la caridad de Dios para con nosotros, por cuanto siendo pecadores y enemigos suyos, nos reconcilió en el tiempo a sí por medio de su Hijo, y que debiendo ser ingratos, previó también la conciliación de su Hijo [cf. Rom 5, 8-11]. Dios nos amó entrañablemente y sin merecerlo y [siendo] pecadores y enemigos, y parece imposible que cueste tantos esfuerzos a nuestro <*5*> corazón para redamarle siendo Dios nuestro amigo y bienhechor.
   Pero, ¿y cómo nos dio esta dádiva? ¿De qué medio se valió para entregarnos su Hijo a nosotros? Para ello era preciso trastornar todas las leyes de la naturaleza, superar innumerables dificultades; le era indispensable echar mano de los resortes de su sabiduría, nada menos que para unir dos naturalezas infinitamente distantes, que Dios se hiciera hombre, que el eterno se vistiera con los harapos de la mortalidad, que el Señor tomase la forma de siervo, que el inocente pagase por los culpables. Fue preciso todo su poder para completar esta obra.
   Pero el amor discurre, emprende y completa cosas; allí donde no hay heroísmo, no hay amor; por ello, sólo un amor inmenso pudo llevar a cabo la realización de esta obra.
   Pero aún falta el supremo grado de caridad de este Dios, el abismo profundísimo de su amor. Dios nos da este objeto tan amado suyo, y le ofrece; ¿para qué?: para el desprecio, para la ignominia. ¿Es indispensable para satisfacer su justicia, para nuestro bien?: pues mirará con ojos enjutos s[?]sus tormentos, su muerte; verá con placer al Hijo sacrificado por los esclavos, al Unigénito por los enemigos y pecadores. Comprende, alma cristiana, con el apóstol San Pablo: comprende y mide, si puedes, cuánta sea la largueza y la altura, la sublimidad y lo profundo de esta caridad. Ama a Dios cuanto él te amó y, si no puedes, ámale cuanto puedas con toda tu alma, con todas [tus fuerzas]. Sic Deus dilexit mundum [Jn 3, 16]. <*6*>
   He dicho, en segundo lugar, H. M., que debemos considerar el beneficio de la Redención y la excelencia de la caridad de Dios por la grandeza del don, de la dádiva que nos ha ofrecido.
   Para ponderar la grandeza de este don, baste decir y recordar la bella sentencia de S. Agustín. Que Dios, con ser omnipotente, no pudo dar más; con ser sapientísimo, no supo dar más; con ser riquísimo, no tuvo nada más que darnos.
   No pudo dar más por nuestro amor. Al darnos a su Hijo nos da a aquel por medio del cual han sido hechas todas las cosas, y sin el cual nada hay de todo lo criado. Este Hijo que entrega a nuestra disposición, es aquel que extendió los cielos como un manto y tachonó con estrellas esa bóveda que admiramos: el s[?]
   Rey de reyes
   Y por consiguiente nos entrega su omnipotencia y su poder y lo pone a nuestra disposición y podemos alcanzar cuanto queramos. Por ello, él mismo decía: En verdad os digo que cuanto pidiereis al Padre en mi nombre os lo dará; hasta ahora no habéis pedido nada en mi nombre; pedid y recibiréis [Jn 16, 23-24]. Y, ¿qué es lo que podemos pedirle? Que nos conceda su amor para corresponder al suyo. Decirle, cual el grande Ignacio de Loyola: Señor, vuestra gracia y vuestro amor nada más quiero, esto me basta. <*7*>
   Con ser sapientísimo, no pudo darnos más. Al darnos a su Hijo en la encarnación nos da un tesoro infinito, en el cual Dios no ve otro mayor, en el cual están depositados todos los tesoros de la sabiduría.
   Por ello San Agustín exclamaba: él es todo para ti. Si tienes hambre, Dios le ha hecho tu alimento; si estás sediento él le ha constituido fuente de agua que salta hasta la vida eterna; si en los caminos de la vida andas entre tinieblas él es tu luz y tu guía, y [si] te aflige la enfermedad Dios te da con él la medicina, y en la muerte él te trasforma en la vida y en la resurrección. Sí, todo es para cada uno de nosotros, y el Padre nos entrega todos los tesoros de la sabiduría y de la gracia. <*8*>
   Pero además de esta caridad y de la grandeza de este don, ¿qué utilidades nos ha reportado la venida de este Dios, la entrega de ese tesoro que el Señor nos ha concedido?, y es la tercera idea que he indicado en un principio.
   Dios por medio de este misterio nos ha libertado de todos los males, nos ha alcanzado todos los bienes, nos ha proporcionado todos los medios de consuelo.
   Nos libra de todos los males. Para ponderar esta idea, es preciso, H. M., que nos remontemos con la consideración a una época remota. Dios había criado al hombre...
   Hijos, por consiguiente, de un Padre en quien teníamos nuestras promesas o nuestra desheredación; éramos desde el día de aquella prevaricación una raza proscrita, cerradas las puertas del cielo, manchados en el alma con la culpa original, objeto por lo tanto de odio ante la hermosura y la justicia de Dios. Cargados con el peso ajeno y esclavos de nuestro enemigo, nuestro destino era el destierro eterno. Si hubiésemos muerto con la sola culpa original, la separación de Dios eterna; si hubiésemos una sola culpa grave, que entonces era probable, segura, cierta (pero si aún ahora), como no teníamos medio de salir de ella, además de la separación de Dios, nuestro tormento, nuestro fin y el suplicio eterno. ¡Cuán triste era la situación de la humanidad, de cada uno de nosotros! Considerad por un momento la situación de un infeliz ajus-<*9*>ticiado, condenado a muerte, condenado al suplicio terrible, angustiado por los temores de una muerte próxima y horrorosa, y viendo levantada ya sobre su cabeza el hacha que debe cortarla y hacerla rodar por el suelo. Y si entonces su hijo... ¡Pues tal era la situación de la desgraciada humanidad! Y lo peor era que no tenía remedio; y el caso era que en vano era apelar a medio ni sacrificio alguno; la esperanza había desaparecido completamente.
   Y tal hubiera sido, H. M., la situación de cada uno de nosotros, si en aquel mismo instante en que caímos en este abismo, la caridad inmensa de ese Dios no nos hubiese dirigido una mirada de propiciación y hubiese señalado ya la víctima en aquel mismo momento para conducirla en el tiempo al sacrificio. No había otro remedio, era indispensable una víctima, víctima infinita, su propio Hijo, y se apresura a ofrecerlo, y lo indica ya a nuestros primeros padres para [que] a su vista y en su fe se libertaran de tan terrible catástrofe y nos libertáramos también nosotros con los frutos de este sacrificio y de este bien.
   Comprendamos, si podemos, lo que es el suplicio eterno, ser atormentados por el demonio, abrasados en eternas llamas, morir y volver a nacer con nuevos tormentos y para siempre, y entonces comprenderemos lo que es el haber sido libertados de él, o lo que es más, ser preservados, según la expresión de San Bernardo.
   Pero no sólo ha venido a libertarnos de esta muerte, de este suplicio, de esta desgracia irreparable, sino, y que debiera enmudecernos de admiración, [que] viene a merecernos y alcanzarnos para nosotros todos los bienes. Levantemos nuestros ojos al cielo, H. M., penetremos a ese piélago inmenso de grandeza y abarquemos, si nos es posible con la imaginación, lo que es, lo que es gozar sin fin de la bienaventuranza del cielo, poseer a este Dios sumo, inmenso, <*10*> eterno, sentarnos en el glorioso trono del Hijo y reinar con los ángeles y santos y por toda una eternidad. Pues esto ha venido a adquirirnos para obtenerlo, si queremos, por su venida, para no perderla a no ser que queramos.
   Aún más: Él ha venido a conseguirnos el que, aún sobre la tierra, podamos, de esclavos del espíritu maligno, elevarnos a la dignidad de ser y llamarnos hijos de Dios: ut filii Dei nominemus et simus [1 Jn 3, 1].
   Según los filósofos...
   Pues nosotros que por nuestra naturaleza somos nada, que por nuestros méritos somos [menos] que nada, sin embargo, al considerar este beneficio de Dios en el día de su humanación, podemos levantar erguida nuestra frente: Eramus aliquando [Ef 5, 8]: éramos alguna vez tinieblas; más ahora soy luz en el Señor; soy hijo suyo y heredero de sus promesas.
   El Señor al tomar a nuestra mortalidad ha llevado también y engrandecido nuestra carne.
   Pero dónde voy, H. M., si sería interminable si hubiese de desarrollar toda la cadena de inmensos beneficios, las utilidades que nos ha reportado ese don que la caridad del Padre nos ha ofrecido en el misterio insondable de la encarnación del Verbo.
   Bástenos estas ligeras indicaciones para que nos sirvan de materia abundante para prepararnos estos días a recibir con gratitud la venida temporal, la consumación de este acto asombroso de la bondad de Dios. <*11*>
   ¿Y qué nos enseña en el acto de la encarnación? ¿Qué actos ejercita?
   Ante todo, tacet.
   Para con el Padre, amor.
   Gratitud.
   Ofrecimiento.
   Para con nosotros, amor, compasión.
   Se ofrecía. Nada se reservó. Todo lo aceptó.
   ¡Cuán poco se agradece!
   Todos reconocen el beneficio de su venida.
   ¿Qué haremos?
   La Virgen ha salido de Nazaret.

Escritos I, vol. 1.º, doc. 11, pág. 1-2






   [Beneficio de la encarnación, de parte de Dios.
   Ejemplos de la vida oculta de Cristo.
   Humillación de Jesucristo al encarnarse.
   Pecado mortal.
   Id. venial].

Escritos I, vol. 1.º, doc. 12, pág. 1-2






   Ahora bien, pues, H. M., ¿qué sentimientos debe producir en nosotros este misterio? ¿Cuáles deben ser los actos de nuestro corazón para obsequiar al Señor en estos días del santo Adviento? ¿Cómo conformaremos nuestra conducta a la voluntad del Señor, para agradarle?
   ¡Ah!, siendo así que Jesús, al mismo tiempo que nuestro Padre, quiere ser nuestro modelo, examinemos los actos en que se ejercita en el misterio de la encarnación.
   Y ante todo, mirad lo que hace. Encerrado en el corazón de María tacet, calla; en aquel solitario, aunque agradable encierro, nada dice; ni despega sus labios, ni puede despegarlos tampoco. Desconocido, olvidado de las criaturas, conocido tan sólo aunque silenciosamente de María, vive en santo reposo, en un aislamiento completo. ¡Oh, asombroso modelo de tranquilo recogimiento!
   Pero aunque no hable, no está ocioso, H. M. Allí clamitat, clama; y dirige su voz al Padre eterno, y dirige sus ojos hacia nosotros.
   Y al Padre eterno, le dirige desde aquel tranquilo sagrario, los afectos de su amor; y contempla su alma santísima la elección que ha hecho para medianero y Redentor de la humanidad, los dones que por medio de su espíritu ha derramado en él, y su corazón se deshace en sentimientos de gratitud, de reconocimiento, de amor; y se ofrece al cumplimiento de su voluntad divina; pero ¡qué ofrecimiento!, H. M. Allí, está poniendo ante su mente el Padre eterno las penas que le aguardan... <*2*>
   Y lo acepta todo, y se abraza a todos los padecimientos, y se sujeta a todas las humillaciones, a todas las privaciones.
   Y se ofrece a todos los sacrificios.
   Y nada se reserva: su alma, su vida, su cuerpo, los instantes todos, todo.
   Y para nosotros, ¡ah! tampoco está ocioso el corazón de Jesús. Desde allí está dirigiendo su mirada compasiva, y ve a la pobre humanidad, envuelta en la noche oscura del pecado, sentada en las tinieblas de la noche, y ve...
   Y nos ve a todos nosotros a través de los siglos, y ¡ay! su corazón se enciende, y desea romper los lazos que le impiden el sacrificio, desea saltar la barrera y apresurar los momentos señalados por el dedo del Padre, pero violenta su corazón, porque no quiere hacerlo sino en el modo y forma que él tiene dispuesto.

   Mi amigo Valls: Hace días recibí carta de José de esa, preguntándome si puedes...

Escritos I, vol. 1.º, doc. 13, pág. 1-2






   Plática para la noche de Navidad
   Preparada para el Colegio de Arrepentidas de Valencia
   el año 62.

   La Iglesia etc. Ahora bien; ¿qué nos dice la santa Iglesia en este día? ¿Qué objeto se propone? ¿Qué nos manda? ¡Ah!, la santa Iglesia, después de haber dispuesto nuestro corazón con una santa tristeza en este tiempo de Adviento, después de habernos manifestado en este tiempo la tristeza y expectación en que estaban los patriarcas y justos antes de venir Jesucristo al mundo, nos dice ya en este día: Alégrate, hija de Jerusalén, rebosa sobremanera, hija de Sión, porque he aquí tu Rey que viene, etc. [Zac 9, 9].
   Cerca está ya el Señor: venid, adorémosle. Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado [Is 9, 6].
   Respondamos, pues, al llamamiento que la Iglesia nos hace, llenemos nuestro corazón de alegría; pero, ¡ah!, no de una alegría pasajera, sino de una alegría sólida y verdadera, como muchos cristianos que aprovechan este día para una alegría disipada, corrompida.
   Cuanto, H. M., provenga del conocimiento que debemos tener de este gran día.
   Para ello, pues, procuremos llenar nuestro corazón de una santa alegría considerando para ello los beneficios que el Señor ha venido a traernos con su venida y, por consiguiente, las disposiciones con que quiere que le recibamos. A. M.
   Entre los beneficios, mis A. H., que el niño Jesús ha venido a traernos a la tierra existen dos principales, que el profeta Isaías preveía ya en su tiempo. Omnis vallis, etc. [Is 40, 4]. Este monte es el monte del pecado, que Jesucristo ha venido a allanar; este valle es nuestro corazón, valle hondo y vacío, que él ha venido a llenar con su venida. Sí, H., Jesucristo, al venir al mundo, ha allanado la montaña del pecado, que nos tenía separados de Dios. Vosotros sabéis ya, que cuando Dios crió al primer hombre, a nuestro padre Adán, le crió en gracia adornado de todas las virtudes; su corazón estaba constantemente unido con su creador, y Dios habitaba en él como en su templo. Pero, ¡ah!, apenas había pecado, Dios le arrojó de su presencia, le expulsó del paraíso, y a él y a todos nosotros nos cerró las puertas del cielo. Desde entonces la pobre humanidad gemía bajo el yugo del pecado y como separados de Dios. Desde aquel momento, a los justos les consideraba como separados de Dios, a pesar de que les aceptaba sus sacrificios. A pesar de lo mucho que amaestró a su pueblo escogido, se les presentaba siempre bajo un aspecto temible y de rigor. Cuando, etc. Cuando...
   Aún más; los pobrecitos justos de aquel tiempo, después de muchos años de penitencia, después... cuando, en la hora de la muerte, se despedían de este mundo, no tenían el consuelo de ir a Dios todavía; la montaña del pecado original les impedía entrar en el cielo, y se veían obligados a esperar en el limbo, hasta que viniera a sacarlos el Mesías prometido. Tal era el estado en que se encontraban los pobrecitos hombres antes de la venida de Jesús. Tal era la separación. Pero, ¡ah!, viene Jesús al mundo y todo cambia de aspecto. Desde que el Verbo, etc. Ya todos pueden dirigirse a él, no con temor y miedo como los judíos antiguos, no, sino [con] amor, con confianza y con cariño. Este es, pues, el primer <*2*> beneficio que Jesús ha venido a traernos, esto es, ha venido a quitarnos la montaña grande que nos tenía separados de Dios. Por esto ha tomado carne, para hacerse igual a nosotros. El cielo se nos abre de par en par. Por esto ha nacido pobre, sin gloria, sin majestad; por esto ha nacido pequeño. La montaña que antes nos dividía de Dios está allanada completamente. Dios y nosotros somos ya una misma cosa; los deseos de los patriarcas se van a cumplir, y nosotros más felices que ellos, tendremos la dicha de presenciar este gran día.
   ¡Oh, qué beneficio tan grande!, H. M. Qué beneficio tan inmenso el de este Dios, que se abaja hasta nosotros, para que nos pueda acercar hasta él, de quien estábamos tan separados.
   Pero aún hay otro beneficio más consolador, que nos ha traído su venida, según lo dijo Isaías; esto es, ha venido a llenar el hondo valle de nuestro corazón. Omnis vallis etc. [Is 40, 4]. Nuestro corazón, H. M., ha nacido para amar a Dios. Es tan grande nuestro corazón que no puede ser llenado por ninguna cosa criada. Si todo el mundo lo colocáramos dentro de él no lo llenaría. Si Dios creara mil mundos y fuéramos dueños de todos, nuestro pensamiento podría dirigirse más allá, y por lo tanto, etc.
   De consiguiente, sólo puede sosegarse con la posesión y amor de Dios.
   Ahora bien, H. M., antes de venir Jesucristo al mundo el corazón de la criatura estaba vacío del amor de Dios. Entre todos los pueblos del mundo sólo el pueblo judío le conoció. Y aun a este mismo pueblo Dios no se franqueaba fácilmente. Dios le trataba con cierta reserva; de modo que le miraban más con respeto que con amor. Por otra parte, su corazón fluctuaba siempre entre la duda y el temor. No tenían el sacramento de la penitencia, como nosotros; para perdonársele el pecado, era necesario un grande y vivo dolor de contrición, lo que no siempre les era fácil, y por consiguiente, su corazón [?] no se llenaba completamente.
   De aquí es, que, al considerar su triste situación, clamaban sin cesar: ¡Oh!, Señor, cuando enviarás al Cordero dominador de la tierra. Cielos, lloved cuanto antes al justo. Al patriarca Abrahán le permitió Dios que viera en visión este día de la venida del Redentor, y su corazón se ensanchaba de gozo y de alegría. Al profeta Isaías se le representó el nacimiento de ese niño, más de mil años antes, y en medio del deseo que tenía exclamaba lleno de entusiasmo: Mirad, mirad, un niño nos ha nacido: un hijo se nos ha dado [Is 9, 6], venid, adorémosle. En fin, H. M., su corazón vacío de consuelo y oprimido por la tristeza parecía llenarse o ensancharse a la idea de un Dios que... En fin, el alma estaba entregada a sí misma, y por lo tanto vacía, y este vacío producía el hambre, el desasosiego, el desconsuelo y la amargura.
   Pero, ¡ah!, con la venida de Jesús nuestro corazón se llena <*3*> completamente de... Él viene a traer a nuestra alma la paz y la tranquilidad tanto tiempo deseada. Él viene a restablecer otra vez el lugar que debía tener nuestro corazón, unido a Dios. Él viene lleno de dones, de riquezas y de gracias. Él viene a curar las heridas que el pecado ha hecho a nuestro corazón; él viene a tranquilizarnos nuestro espíritu, en medio de nuestras amarguras y tribulaciones. Él viene a llenar esa hambre y esa sed de nuestro espíritu, que no pudieron saciar los justos del A. T. Él, en fin, viene a dársenos todo entero; ¿qué queremos más? ¿Qué más puede desear nuestro corazón ya? ¿Qué más necesita para llenarse este valle hondo de nuestra alma?
   ¡Oh!, si Abrahán, si Jeremías, si Isaías hubieran logrado ver este día, como nosotros lo vemos, quizás hubieran muerto, por no poderlo sufrir su corazón, tanta plenitud de gracia y de consuelo.
   En fin, H. M., sería interminable si hubiera de enumerar todos los beneficios que nos viene a proporcionar este Dios que va a nacer, los motivos de alegría, de gratitud, de consuelo, de humildad que nos mueven o deben estimularnos a recibirle como es debido.
   Ahora bien, H. M., ¿qué debemos hacer, pues, para recibirle debidamente? ¿Qué debemos hacer para corresponder a los designios que él tiene sobre nosotros, al venir a la tierra? ¿Cuál debe ser nuestra preparación en este día? Veámoslo.
   La preparación que nosotros debemos hacer para recibir al Señor está representada en las dos preparaciones próxima y remota, que se hicieron en el Antiguo Testamento. De estas dos preparaciones, la remota es la que está representada en los patriarcas y profetas; la próxima es la que está representada en San Juan, que, próximo cual ninguno, porque ya le estaba tocando, se preparaba y cuidaba se prepararan para recibirle.
   ¿Cuál es la preparación que hicieron los patriarcas y profetas al recordar a aquel que había de venir a redimirlos? La santa penitencia es la que está figurada por los patriarcas. Ya os he dicho, H. M., que los patriarcas, en medio de su dolor y de su amargura, ansiaban constantemente ver este gran día de su reparación. Ya os he dicho que, cuando en la hora de la muerte bendecían a sus hijos, les decían: Felices vosotros, que quizás lleguéis a alcanzar este gran día; quizás veréis al príncipe de la paz, a este ángel de la alianza, a esta estrella que ha de nacer de Jacob; y estos hijos conservaban esta esperanza en su corazón, y clamaban también: Señor, no queráis tardar ya, venid librándonos, etc. Venid a libertarnos, Señor y Dios nuestro. Utinam dirumperes coelos, etc. [Is 64, 1]. Ojalá rompieras estos cielos y bajaras hasta nosotros. Ved los ruegos de estos ardorosos patriarcas. Qué votos, qué suspiros. Tan ardiente era su deseo, que movía al Señor a que aproximara la hora de su libertad.
   Ved, pues, la primera preparación: ella nace, H. M., del deseo. Llamad con todo el ardor de vuestras almas al Dios Salvador, y él os vendrá a visitar en vuestras penas y amarguras; él vendrá en la noche oscura a iluminar <*4*> vuestro entendimiento, y a[sí] recobrará vuestra alma su nativo esplendor. Nosotros también, como los patriarcas, estamos rodeados de penas y aflicciones, de dudas y perplejidades. Preparémonos, pues, también. El ardor de la oración y de los deseos; he aquí cuál es la preparación. Vosotros sobre todo, etc. 263.
   La segunda preparación lejana es la fe; y está figurada en la fe viva de los santos profetas. ¡Qué luz, H. M., qué miradas dirigían al porvenir! Tan grande era su fe, como os he dicho, que, aún más que los patriarcas no sólo le veían de lejos, sino que contaban las horas, y con su mirada penetrante parece que lo veían. Isaías decía: un niño acaba de nacer para nosotros; y ha nacido en Belén; exclamaba otro profeta: venid, venid a adorarle, alrededor de un pesebre.
   Ved, H. M., cómo hablan los profetas, ved cuán viva era su fe; si nosotros tuviéramos algo de esa fe, cuál sería nuestra fe, cuando decimos: Dios está entre nosotros. Dios oculto, es verdad, pero el mismo Dios que estaba en el pesebre y en el establo. Parvulus natus est nobis [Is 9, 5].
   En otro tiempo, etc. 265
   La preparación próxima es la que está representada, o figurada en el Precursor, que es el que como él mismo nos dice, el cual mismo estaba destinado a preparar los caminos del Señor, como él mismo nos dice. San Juan era hombre de penitencia, hombre de mortificación, era un corazón todo abrasado en el amor de Dios. La penitencia y el amor deben ser, pues, nuestra preparación también.
   La penitencia, H. M. El santo Precursor, inocente, santificado antes de nacer, retirado en el desierto, observando el ayuno, bebiendo solamente el agua clara, que pasaba por el desierto, alimentado con un poco de miel, y sin embargo, clamaba sin cesar: Haced frutos dignos de penitencia. Y la Iglesia y las almas buenas lo han comprendido, pues que han considerado siempre este tiempo de Adviento como un tiempo de mortificación y de penitencia.
   Nosotros también, pues, para entrar en el espíritu de la Iglesia, 268.

¬D. M. D. y S. de 1864

   Por último, la otra preparación inmediata con que el Bautista se preparó, y mandaba se preparasen, es el amor. ¿Quién ha amado a Jesús más que San Juan Bautista? Él, el [que] cuando cubierto s[?]todavía, ya etc.
   Él es [el] que, cuando niños, se acariciaban mutuamente, según nos lo representan en los cuadros más antiguos. Él es, en fin, el que murió, etc.
   El amor, pues, etc. 270.
   Sí, H. M. Llamadle hacia vosotras, abrid vuestro corazón a Jesús, él es el Dios de amor, es nuestro hermano, es el amigo de nuestras almas.
   Recibidle bien, abrazaros con él; pedid que os bendiga, que bendiga a vuestras superioras, que bendiga a la santa Iglesia, que nos bendiga a todos, para que, benditos por él ahora invisiblemente en la tierra, podamos ir bendecidos y abrazarnos con él en la gloria, donde deseo veros a todas en compañía del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Escritos I, vol. 1.º, doc. 14, pág. 1-2






   Plática para el día de Navidad

   Mane...
   La Iglesia nos repite esta vez y nos dice: Prope est jam...
   Pero, ¡ay!, una idea me ocurre en este día, H. M. Hoy al repetir la Iglesia estos acentos acontece una cosa parecida a la que sucedió en el día de su aparición sobre la tierra. La mayoría del pueblo judío de aquel tiempo, carnal y voluptuosa, no veía en este día que aguardaba con impaciencia sino...
   El pueblo gentil...
   Y cuando el Precursor dirigía su patética voz a las turbas, animándolas a que prepararan los caminos del Señor, había allí hombres, etc.
   La voz del ángel resonaba a lo lejos; pero, ¡ay!, estéril e infructuosa, etc.
   Esta misma voz ha repetido la santa Iglesia en estos días, y ha resonado por todas partes, pero, ¡ay!, cuán pocos han respondido a esta voz. ¡Cuán pocos son los que se preparan con las debidas disposiciones! Los unos, semejantes a los judíos carnales, esperan con ansia estos días, que la Iglesia destina al descanso, para dedicarse mejor al pensamiento <*2*> de la venida del Hijo de Dios, lo esperan con ansia para encontrar en ellos una felicidad material, una gloria mundana siguiendo tras las...
   Otros, como los gentiles.
   Otros como las turbas.
   ¿Y seremos nosotros así?

   A. M.

   No, H. M., no creo preciso el actuar vuestra fe, haciéndoos recordar, con la viveza de vuestra imaginación, lo que ella nos enseña respecto de lo que pronto va a ser el objeto de nuestras consideraciones.
   Ya sabéis que... <*3*>
   Pero, y bien: ¿y qué es lo que nos viene a traer? ¿Qué bienes nos reportará su venida?
   No es posible, H. M., el ponderar en los estrechos límites de una plática.
   Pero esta gloria, que a Dios resulta en este día, no es sólo para Dios, es al mismo tiempo para nuestro bien; es para devolver la paz a nuestra alma; et in terra, etc. [Lc 2, 14].
   ¡Ah!, ¿no recordáis aquella guerra, aquella lucha que el pecado del primer hombre abrió en su corazón y en el de toda la humanidad?
   Hasta entonces el corazón del hombre
   Pero apenas había pecado
   Y desde entonces el corazón de la criatura venía ansiando un bien que le satisficiera, un objeto que le llenara. <*4*>
   Y, por consiguiente, para ellos este objeto a quien tantos favores debían era venidero, no lo podían tener todavía, y esta idea no les permitía calmar del todo su espíritu; la paz no habitaba del todo en su alma, porque llevaban en sí el estigma de la reprobación; se veían todavía esclavos, que habían de ser redimidos algún día, pero sin embargo todavía esclavos.
   No es extraño que su corazón estuviese ansioso, y la esperanza del libertador prometido, de aquel que debía devolver la paz a su alma, embriagase su espíritu, al mismo tiempo que su tardanza les amargara tan terriblemente.
   No es extraño, pues, que repitieran tan a menudo sus súplicas a Dios.
   Y estas súplicas y estos recuerdos se aumentaban en los momentos de su separación de este mundo, pues entonces más que [otra cosa] les recordaban a este Mesías venidero.
   Jacob
   Moisés
   Los profetas

   Y era, H. M., que se consideraban como apartados de Dios, como reñidos con su justicia, y ya que no tenían esta paz y unión con él, al menos se contentaban <*5*> con la esperanza de esta lejana reconciliación.
   Pues he aquí el beneficio que viene a traernos ese niño Dios: viene a verificar la reconciliación con el hombre; la justicia de Dios queda completamente satisfecha; desde este momento el Padre eterno no puede mirar la tierra como maldecida, pues se encuentra en ella la santidad; ese niño es como el vínculo que nos unirá con Dios, y al abrazarnos con él ya no temeremos la indignación de la justicia del Padre, pues preferirá descargar sus golpes sobre él, antes que sobre nosotros; desde [ahora], en fin, seremos hijos de Dios; la paz y la reconciliación estarán en medio de la tierra. Sí, in terra pax, etc. [Lc 2, 14].
   Y tanto es así, H. M., que por efecto de esta paz ha venido todo bien y toda reconciliación sobre el hombre. Notad, H. M., el diferente aspecto que presentan los hijos de la paz de hoy a los hijos de la esclavitud de aquel tiempo. Antes, sólo alguno de los más señalados santos se atrevía a presentase a Dios, etc. Los demás.
   Ahora quién es [el] que al considerar que con Jesús nada tenemos que temer, y al considerar que el camino para llegar a él es tan fácil, pues se nos presenta pobre, niño.
   ¡Ah!, sí; nunca nos hubiéramos atrevido a levantar nuestra frente como ahora, ni [decir] a Dios lo que ahora le decimos, afianzándonos en Jesucristo.
   Por efecto de esta paz y de esta reconciliación que hoy se verifica, el corazón de los hijos de la paz se ensancha sobremanera, y se ve com-<*6*>pletamente satisfecho, y cómo no puede estar satisfecho ahora el corazón del hombre si tiene en su seno la misma felicidad; y cómo podían ellos estarlo, si, aunque buenos, la tenían tan lejana.
   No he leído [de] ninguno de los grandes patriarcas de aquel [tiempo], que dijera que era del todo feliz: Jacob, Job, Moisés.
   Ahora, cuantos dicen...
   Pero otro beneficio nos ha reportado la venida [de] este Dios al mundo, y que nosotros en especial debemos agradecer mucho. Él ha venido a servirnos de modelo.
   Mirando antes del pecado el destino del hombre, etc. Después de este pecado, el destino del hombre debía ser disfrutar, pero Dios etc.
   Para emprender este camino, ¡ay!, cuántos obstáculos hay que vencer, etc.
   Pues bien, no temáis desde hoy.
   Viene a pagar y a sernos modelo.
   Para pagar, era suficiente una lágrima.
   Para servirnos de modelo, padece tanto.
   Ahora bien, pues; teniendo que seguir el camino del sacrificio, quién no se animará teniendo a Jesucristo por cabeza.
   Ejemplo: Alejandro [?]
   Pues bien; lo mismo nos dice Job.
   Quién no tendrá valor para seguirle.
   ¿Qué nos puede suceder? ¿Pobreza?
   ¿Qué? ¿Olvido del mundo?
   ¿Qué? ¿Penas, mortificaciones? <*7*>
   En fin. Él nos enseña la humildad.
   ¡Oh!, y cuánto no debía excitar nuestra gratitud esta idea de tener a Jesús por compañero de nuestras luchas, y de invitarnos a ser sus imitadores, e imitadores de sus mismos ejemplos. Y de hacer lo que él mismo practicó.
   No extraño que los santos, etc.
   Interminable fuera...
   Y en vista de tantos beneficios, bien podemos repetir como, etc.
   ¿Qué hemos de hacer nosotros? ¿Qué modelos podemos escoger, para que nos sea provechosa esta venida? <*8*>
   En fin, H. M., y para terminar, voy a referiros un pensamiento que me ocupaba durante el tiempo que os estaba hablando; pensaba en el hermoso y tierno misterio de esta noche de Navidad; imaginaba como que la Virgen santísima había abandonado ya, a estas horas, la humilde aldea de Nazaret, y va atravesando las ciudades, llamando a las puertas de los corazones, para ver si encuentra algunos para [?] un asilo, que quieran abrigar a su hijo Jesús, y calentar en su corazón; y pensaba, H. M., que el mundo no quiere conocerle, que la mayor parte le cierran las puertas de su alma, como le sucedió en Belén.
   ¡Ah!, H. M., casi no encuentra un sitio para ella y para Jesús. ¿No lo habrá tampoco en nuestros corazones? Ella viene toda trémula para darnos a Jesús; será posible que no encontrara en nosotros más que tibias pajas de tibieza y de indiferencia. ¿No le calentaremos con todo el ardor de nuestro corazón?
   ¡Ay!, si llamamos a la [?]
   Y durante estos días, H. M., no sólo en la sagrada comunión, sino siempre, representaos.

Escritos I, vol. 1.º, doc. 15, pág. 1-2






   Plática para la víspera de Navidad

   Predicada en San Juan, Purísima y Santa Clara.
   Día 24 de diciembre de 1865.
   Arreglado en 1870 para las religiosas de San Juan.

   Después de estos días de tristezas y de suspiros, etc.

   La Iglesia, H. M., hace este llamamiento, y su eco resuena por todo el mundo, y en todos los confines de la tierra se repite aquel alegre cántico: Gloria a Dios en las alturas y paz de buena voluntad a los hombres en la tierra.
   Por esto yo, H. M., al escuchar este cántico, al pensar en esta alegría, no puedo menos de repetiros las palabras que los ángeles dijeron a los pastores <*2*> en aquella noche, que hoy vamos a recordar. Annuntio, etc [Lc 2, 10]. Os anuncio un gran gozo, y que será de feliz memoria para todo el pueblo, y es que os ha nacido el Salvador; pasad a la ciudad de David, y encontraréis a un niño envuelto entre pañales.
   Pasemos, pues, también nosotros con nuestra consideración a Belén. Veamos con los ojos de nuestra alma este suceso grandioso, que el Señor nos ha manifestado, y a la luz de nuestra fe contemplemos y ponderemos los motivos de la venida de ese Dios al mundo, y [nos] llenaremos de los sentimientos que naturalmente...

   A. M.

   La primera idea que me ocurre, H M., al contemplar el nacimiento de Jesucristo, [es] la gloria que proporciona al cielo, y en la que nosotros debemos complacernos, puesto que redunda en bien nuestro.
   Ya sabéis, H. M., que desde el primer pecado el hombre había dejado de ser el verdadero pontífice del universo. Las criaturas todas del universo no podían servir de víctimas agradables a Dios, pues era impura la mano del que las ofrecía. Por eso Jesús en su nacimiento da a Dios un adorador, un sacerdote, que siendo Dios como él, y hombre como nosotros, le tributara un honor proporcionado a la grandeza y dignidad infinita del supremo hacedor, y reparara la ofensa que el hombre le hizo por su desobediencia. <*3*>
   Millares de víctimas se le habían inmolado hasta entonces; infinitos corderos y animales se le habían sacrificado, pero ninguno de ellos correspondía a la grandeza de Dios, y si Dios los aceptaba con olor de suavidad era porque representaban este Cordero que había de venir. Por esto no contento con encarnarse, se ofrece víctima; por ello este Cordero divino quiere nacer donde nacen los demás corderos, en un establo, y constituye su cuerpo en lugar de ellos. Destinado para la expiación, y nacido para ser inmolado, se expone al rigor de la estación más cruda, y sufre las inclemencias del cielo. Con su humillante entrada en el mundo, convierte su nacimiento en sacrificio y se ofrece a Dios en holocausto. Sé, Padre, dice al nacer, según las palabras de David, confirmadas por San Pablo, que los holocaustos por el pecado no te agradan: Hostias et oblationes pro peccato noluisti [Heb 10, 8]; heme, pues, aquí como medianero entre ti y los hombres: Tunc dixi: Ecce venio [Heb 10, 9].
   Sí, desde este día el cielo tiene un pontífice, una hostia agradable; los ángeles tienen un caudillo y la naturaleza toda un reparador. Por esto al contemplar esta maravilla un coro de ángeles entona este cántico sublime: Gloria in excelsis Deo [Lc 2, 16]: gloria a Dios en lo más alto de los cielos.
   He dicho, H. M., que esta gloria, este honor que el cielo recibe en este día debe complacernos, porque redunda en bien nuestro, pues este Jesús al ofrecerse en el día de su nacimiento ofrenda al Padre, lo hace fijando su vista en nosotros. Si Jesús <*4*> en este día al ofrecerse a Dios hostia agradable, lo hace para reconciliarnos con él, para libertarnos del pecado. ¡Oh!, qué abundancia de ideas se agolpan a mi imaginación en este momento, H. M.
   Se me parece contemplar allá en lontananza aquella tremenda [separación] que se verificó en el paraíso, entre Dios y el hombre, en los primeros días de la creación.
   Ya sabéis, H. M., que al criar Dios al primer hombre le crió en su gracia, adornado de todas las virtudes: su corazón estaba constantemente unido a su creador, y Dios habitaba en él como en su templo.
   Pero apenas había pecado, Dios le arrojó de su presencia, le expulsó del paraíso, y una montaña insuperable se levantó entre el hombre y la pobre humanidad. Por esto el profeta Isaías, para consolar al pueblo de Israel, para animarlo a desear la venida de este Dios, les decía: Preparad los caminos del Señor: consolaos, porque en aquel día todo monte será humillado, todo valle será llano [cf. Is 40, 3-4]. Sí, H. M., hoy es humillada y destruida esta montaña insuperable, hoy se va a verificar esta reconciliación; hoy al tomar y levantar en nuestros brazos esta víctima, recobraremos ese abrazo con Dios, que perdimos en un principio.
   Pero no sólo ha venido a hacer esta reconciliación y esta paz, sino que esta hostia divina sirve para recobrar el principal bien y derecho que perdimos en Adán; viene a abrirnos las puertas del cielo que teníamos cerradas.
   Ya sabéis que...
   ¡Oh!, desde el día del primer pecado, un lugar se encontra-<*5*>ba vacío en el cielo, era el lugar que Dios había destinado para habitación del hombre; los cerrojos del pecado original habían cerrado sus puertas; todos los méritos, todos los sacrificios, todos los suspiros y oraciones de los justos no habían sido capaces de abrirlas; por esto bajaban al sepulcro con la tristeza en su corazón, porque después de la muerte debían encontrar cerradas estas puertas, y se verían obligados a esperar en el limbo, hasta que viniera el Mesías prometido.
   Pues bien, hoy ha llegado ya el día que anunciaron los profetas como el último de sus suspiros, y los ángeles que presenciaron este suceso irían gozosos al limbo a anunciar a aquellas almas la nueva de su libertad.
   Otro de los motivos de la venida del Hijo de Dios al mundo, y que debe llenarnos de un santo entusiasmo, y abrumarnos en una profunda humillación, es el haberse querido unir a nosotros, para hacerse nuestro compañero durante nuestro destierro en este mundo.
   Sí, H. M., no contento con encarnarse, no contento con hacerse víctima por nosotros, con reconciliarnos con Dios y abrirnos las puertas del paraíso que habíamos perdido, quiere nacer de una manera, que podamos acercarnos, que podamos abrazarnos con él, para tenerle en nuestra compañía.
   Entremos en el establo de Belén, y hallaremos a un Dios que para ganarnos, no sólo nos previene sino que nos colma de las bendiciones de su gracia; a un Dios que para hacerse más amable, deja todo el aparato de la majestad y se hace hombre como nosotros; a un Dios que bajo la forma de un niño quiere compadecerse de nosotros, y llorar no sus miserias sino las nuestras. Así quiso nacer, dice el Crisólogo, porque <*6*> así quiso ser amado. Sic nasci voluit, quia amari voluit. El Salvador hubiera podido nacer con más pompa y esplendor, pero naciendo así hubiera sido reputado y temido, pero quería ser amado; pues bien, para ser amado, para inspirarnos confianza, para cumplir sus deseos de unirse a nosotros y de estar en nuestra compañía era preciso asemejarse a nosotros, abajarse hasta nosotros, padecer como nosotros, y por esto quiso nacer en el estado de debilidad y humillación, en que este misterio nos le presenta.
   Sí, por esto Isaías en medio de su entusiasmo exclamaba: El hijo que dará a luz esta virgen se llamará Enmanuel, Dios con nosotros [cf. Is 7, 14].
   Por esto...
   ¡Oh! bondad de Jesucristo, muy bien podemos exclamar con San Pablo: Hoy ha aparecido la benignidad del Salvador sobre la tierra [cf. Tit 3, 4].
   En fin, H. M., al nacer no contento con querer hacerse nuestro compañero y nuestro amigo, ha querido hacerse nuestro modelo. Ya sabéis, H. M., que el primer padre recibió tres golpes mortales del demonio, causándole tres grandes heridas, que transmitió a sus descendientes; que son las tres concupiscencias que nos describe San Juan, a saber: el amor a las riquezas, el amor a los honores, el amor a los placeres; y nosotros hemos recibido estas tres heridas, y nuestro destino, durante la vida, es luchar contra estas pasiones; y por esto la vida del hombre es una lucha sobre la tierra. Además de que, H. M., <*7*> aun prescindiendo de estos combates generales, cuántas dificultades hay que vencer en el camino de la vida, cuántas espinas amargas que sufrir, cuántas humillaciones que soportar, cuántos obstáculos que vencer. ¡Ah!, el corazón se desanima al contemplar lo que es nuestra vida sobre la tierra. Pues bien, H. M., ¿quién nos servirá de guía y de sustento, quién nos servirá de modelo para animar nuestra debilidad en medio de las tempestades de la vida y de la inconstancia de nuestro corazón? Ah, no temáis; desde hoy tenemos un modelo que copiar en nuestro corazón; desde ahora nada habrá que pueda acobardarnos en los combates de nuestra peregrinación; ¡ay!, hasta con alegría debíamos caminar.
   Sí, Jesús desde el día de su nacimiento nos anima a practicar la pobreza de espíritu, por medio de la privación y de la completa falta de todo; ¡ay!, ni lugar tiene en donde reclinar su tierna y delicada cabeza. Él nos convida al desprecio de los honores y de la vanidad, al amor de la humillación y del olvido del mundo, por medio del olvido y del abandono de todos, colocado en un oscuro rincón, apartado de la sociedad, y siendo rey del universo vive olvidado y desconocido del mundo.
   Él nos invita a practicar el espíritu de mortificación por medio del sufrimiento, del frío, del dolor, de la amargura, para curar esa herida, ese vértigo del placer, al que nos inclinan nuestras pasiones.
   Él, en fin, nos enseña la paciencia, la humildad, la mansedumbre; él se pone delante, él nos convida para que sigamos, para que le imitemos. ¡Ay!, al mismo tiempo que alegría, confusión y vergüenza debía causar-<*8*>nos este modelo de nuestras almas.
   Interminable fuera, H. M., si hubiéramos de recorrer todos los beneficios que nos ha proporcionado; todos los motivos de consuelo que ha venido a traernos Jesús en su nacimiento.
   Jesús, al nacer hoy de una madre Virgen, consagra y da honor a una virtud, a la virginidad, desconocida del mundo hasta entonces. Además, uniéndose a nosotros, se hace nuestra cabeza, nos incorpora con él, nos convierte en miembros de su cuerpo místico. A tal grado de gloria y de honor eleva hoy Jesucristo nuestra carne en este misterio, que la hace templo de Dios, santuario del Espíritu Santo, porción de un cuerpo donde reside la plenitud de la divinidad, y objeto de la complacencia y del honor de su Padre.
   Jesucristo, en fin, H. M., al presentarse hoy a los hombres viene a restituirles su felicidad perdida, viene a llenar su corazón, vacío hasta entonces. ¡Ay!, si hasta entonces no había habido un hombre que hubiese visto lleno completamente su corazón.
   Ningún patriarca, ni los justos, ni aun los mismos profetas habían visto llenos los deseos de su alma, pues aunque estaban animados de la esperanza, sin embargo, una privación amarga les atormentaba; y por esto los sollozos, los suspiros, los gemidos eran su pan cotidiano, en medio de la esperanza.
   Pero, ¡ah!, viene Jesús al mundo, y todo cambia de aspecto, desde que el Verbo se hace carne y habita entre nosotros, ya todos pueden acercarse con confianza a este Dios de las bondades; la humanidad toda puede satisfacer sus deseos, el corazón de la criatura puede abrazar y depositar <*9*> en su seno a la misma felicidad, al mismo bien.
   En vista, pues, de tantos beneficios, de tanta gloria, de tantos bienes como nos vienen en el nacimiento de Jesucristo, bien podemos repetir nosotros ese cántico agradable: Gloria a Dios en lo más alto de los cielos, y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad [Lc 2, 14]. Ahora bien, pues, H. M., ¿qué hemos de hacer nosotros en vista de estas bondades del Señor? ¿Qué satisfacción debe inspirarnos esta festividad? ¿Cómo corresponderemos a tamaño beneficio? ¿Qué afectos, qué obsequios podremos hacerle en este día? ¿Qué efecto debe causarnos la memoria de este misterio? ¿Qué disposiciones debe exigir de nosotros?
   Pero, ¡ay!, H. M., una idea triste me asalta en este momento. ¡Ay!, hoy el mundo recuerda la venida de Dios al mundo; para la humanidad, para cada uno de los hombres, para cada uno de nosotros, Jesucristo como si viniese ahora al mundo, pues ahora recibimos los efectos de esta venida. Sin embargo, H. M., yo contemplo con amargura que se porta con Jesucristo lo mismo que se portó con él el día de su aparición sobre la tierra. Hay unos, H. M., actualmente, que semejantes a Herodes, están dominados de un vértigo de odio hacia Jesús; hay otros que dormidos en el sueño del pecado están como entonces, insensibles al amor de Jesús, y le arrojan de la habitación de su alma, como le arrojaron los habitantes de Belén; hay otros que, semejantes a aquellos animales que estaban en la presencia y compañía de Jesús, van sí a visitarle, pero por <*10*> costumbre, porque así lo han hecho todos los años, ven, sí, aquel niño recostado en aquel pesebre, pero sin que una idea entre a su entendimiento; materiales e insensibles salen como han entrado, apresurándose a volver a sus negocios, ocupaciones o diversiones; sí, animales más insensibles que aquellos que rodeaban el pesebre.
   Y hay otros, en fin, que como los pastores vienen a adorarle y derraman algunas flores de devoción sensible, y a lo menos le dirigen algunas preces, y le tributan algunos homenajes, pero sin que su corazón penetre mucho en este abismo de amor.
   Pues bien, H. M., ¿y se contentará el Señor con esto? ¿Y no habrá corazones que más de cerca le hagan compañía? ¡Ay!, sí, H. M., esos somos nosotros.
   ¿Y qué hemos de hacer para ello? ¡Ah!, en primer lugar, llenar nuestro corazón de santos deseos, de entusiasmo, de santa gratitud. A nosotros que no hemos sentido el gran peso de los desconsuelos humanos, como las generaciones que precedieron al nacimiento del Mesías, no nos parecerá tan grande este suceso. Como no hemos llorado el mal, no apreciamos el bien; como no hemos llorado en la esclavitud, no estimamos al libertador. ¡Oh!, si a Adán, si a Noé, si a Abrahán, si a Isaac y a Jacob, si... si a tantos profetas, a tantos reyes se les hubiera concedido ya ver en el mundo al Mesías que esperaron, y al Redentor que describieron, ¡ah!, la alegría hubiera puesto como fuera de sí a los que sólo la esperanza arrancaba tan elocuentes himnos y tan patéticas frases.
   Pues bien, H. M., nosotros que hemos tenido la dicha <*11*> de presenciarlo, hagamos lo que ellos hubieran hecho: santos deseos de recibir al Señor, santa alegría por su venida; gratitud, parabienes, felicitaciones al Padre eterno por este beneficio inmenso, cánticos constantes de acción de gracias en nuestro corazón.
   En segundo lugar, H. M., para obsequiar a Jesús en este día imitemos a los pastores; dóciles a la voz que los llamaba, se apresuraron a adorarle; pues bien: docilidad a las inspiraciones de la gracia, prontitud a las voces que el Señor quiera dirigirnos en este día, en la meditación de este misterio, y ofrecerle sin pereza, con grande ánimo, los propósitos que él nos sugiera, depositándolos a sus pies como los sencillos pastores.
   También podemos ofrecerle los mismos dones de los magos, animados por la fe e iluminados por la estrella le ofrecen oro, incienso y mirra. Pues bien, animados nosotros de una fe viva e iluminados por la gracia, ofrezcámosle un poco de mirra de mortificación, por medio del sacrificio de nuestras pasiones y de nuestro cuerpo; incienso de adoraciones, de súplicas fervorosas, de humillaciones, abismándonos en su presencia.
   Pero sobre todo, H. M., como la santísima Virgen, rodeemos el pesebre de Jesús con la mente, estos días; imitemos los afectos de su corazón, los sentimientos de su humildad, de su ternura, de su encendido amor; imitemos su modestia, su recogimiento, sin pensar en nada, sin desear nada, abismada en la contemplación del único objeto de su corazón.
   Hagámoslo así, H. M., y al mismo tiempo que cumpliremos con el fin de esta festividad, desagraviaremos al Señor de [la] ingratitud <*12*> de tantas criaturas que viven olvidadas del beneficio que el Señor les ha hecho en este día. Y en recompensa, H. M., este buen Jesús derramará sus bendiciones sobre vosotros, os llenará de sus dones, y hará que percibáis todos los frutos, todos los efectos del fin de su venida al mundo. Recordad, H. M., que es un día, en que el Señor los derrama a manos llenas.
   Recordad las caricias que el Señor ha hecho en este día a ...
   S. Camilo de Lelis
   Etc.
   Pues bien, a nosotros no quiere el Señor manifestarnos ni darnos estos consuelos exteriores; quiere reservarnos estos regalos y estos cariños para el día de la eternidad; sin embargo, pensad, H. M., que este mismo niño que nació en Belén, este mismo que se apareció a estas almas es el mismo que ahora vais a recibir, con la única diferencia de que aquí se encuentra oculto, sin la forma de hombre, con las apariencias de pan; y que interiormente hace a nuestras almas los mismos cariños, los mismos regalos, que hace exteriormente a estas almas, si lo recibimos con verdadera disposición.
   Y pidámosle por nosotros
   Por las necesidades
   Por los pecadores, etc.
   Amén.

Escritos I, vol. 1.º, doc. 16, pág. 1-2






   Sacado principalmente de la [?]

   Plática para la víspera de Navidad.

   Predicada en la Purísima y San Juan.
   Año 1867 s[?]
   Al tener que exponer, H. M., la aparición de Dios sobre la tierra, al tener que reflexionar sobre este misterio y abismo incomprensible, no puedo menos de exclamar con el profeta: Señor, he considerado tu obra y he quedado estupefacto: Vivifícale en medio de tus años [Hab 3, 2]. In medio, etc.
   O con el grande Ambrosio, me veo precisado a decir: ¿Quién podrá comprender el secreto de esta generación? El entendimiento desfallece, la voz enmudece, no sólo la mía, sino la de los ángeles mismos. ¿Cómo se ha verificado esta unión de Dios con el hombre, cómo esa unión hipostática sin multiplicar las personas, cómo el nacimiento de una virgen? Sí, inenarrable es el nacimiento de Cristo según la carne.
   Por ello no vengo yo en este día a hablar a vuestro entendimiento, le tenemos ya cautivado en obsequio de la fe; acerquémonos, sí, al pesebre, tan sólo con el corazón y allí se dilate cuanto quiera, y prorrumpa en afectos para con este Dios recién nacido.
   Pero, y bien: ¿qué afectos le dirigiremos? ¿Qué obsequios llevaremos a su cuna? ¡Ah!, afectos de amor, actos de alabanza, deseos. Amémosle como la Virgen santísima; alabémosle como los ángeles; busquémosle cual los pastores.
   Actos de amor; pero, ¡ah!, para ello sería preciso que recordáramos todos los motivos de su venida, todos los beneficios que nos ha proporcionado. Siempre debe <*2*> ser el dueño de nuestros corazones, pero al considerarle en los excesos de su bondad en este misterio, nos los arrastra de un modo irresistible.
   ¿Y cómo no? Si al considerar tan sólo la caridad, el amor, el cariño de que viene revestido, ya excita nuestra gratitud. El apóstol San Pablo decía: Por la excesiva caridad con que nos amó [Ef 2, 4]. Sí, excesiva, dice San Bernardo, porque excede todo modo, toda medida, traspasa ya los límites del amor. Y este amor resplandece sobremanera si consideramos algunos de los objetos de su venida.
   El viene a hacerse hombre para convertirnos a nosotros en dioses. Dios, dice San Agustín, se ha hecho partícipe de nuestra mortalidad para hacernos a nosotros partícipes de su divinidad.
   El hombre, H. M., ese pedazo de barro, ese nada en el orden de la naturaleza, ese menos que nada en el orden del espíritu por el pecado, Dios ha querido elevarlo, deificarlo; al tomar nuestra humanidad, nos ha unido a sí, nos ha elevado, nos ha divinizado, nos ha hecho como él. Somos hermanos de aquel que es Dios. Somos miembros suyos, y, por lo tanto, uno con él. Por esto [al considerar] el apóstol San Pablo este amor, esta excesiva caridad de Jesucristo para con nosotros, exclamaba: Aquel que no ame a este Jesús humanado, caiga el anatema sobre él [cf. 1 Cor 16, 22].
   Jesucristo, pues, nace para hacernos suyos. Pero, ¿dónde? en un pesebre, para que suyos como debíamos ser ya nos pudiera llevar al cielo; hasta [entonces] Dios había sido tan sólo el Dios de los ángeles, sólo a ellos beatificaba en el cielo; a los hombres, o los dejaba en el mundo, o los detenía en el limbo, o en el suplicio del infierno, <*3*> pero en el día de su venida se hace el Dios de los hombres, y nace por ellos. Por esto Isaías exclamaba: Parvulus datus est nobis: filius, etc.[Is 9, 5].Un niño ha nacido para nosotros, un hijo se nos ha dado. Un niño ha nacido, dice San Bernardo, no para sí, pues no se necesita, ni viene a adquirir ninguna gloria; no para los ángeles, porque teniéndole grande, no le necesitaban pequeño; sino para nosotros solos; es el Dios de los hombres. Pero, ¿dónde encontraremos este Dios niño nuestro? Dinos, podíamos exclamar con el esposo de los Cánticos, ¿dónde apacientas, dónde descansas? Sabemos que tu salida ha sido desde lo alto de los cielos, a summo coelo, etc. [Sal 18, 7], pero no sabemos tu paradero. ¡Ah!, no le busquemos, no, en los grandes palacios del mundo, ni en majestuosas habitaciones y cuya entrada nos sea costosa, no; en un pesebre, en el último escalón... para qué, por qué motivo esto: para elevarnos al cielo.
   El hombre había caído porque en su soberbia había deseado la exaltación. Desde entonces las puertas del cielo le estaban cerradas, nadie podía subir al cielo. Jesucristo, pues, se humilla, desciende hasta el pesebre para levantar al hombre caído, para elevarle al cielo. Nace en un lugar público, abierto, abandonado, para que sin temor nos podamos acercar y uniéndonos con él en el día de la humillación, nos abrace a él, porque se ha rebajado hasta donde nosotros estábamos.
   Pero aún hay otro acto en que nos patentiza su amor y nos excita a que le amemos: es el haber querido hacerse participante de nuestras miserias. Refiere la Escritura (elección de David). <*4*>
   He aquí, H M., una idea parecida a lo que sucedió en la encarnación del Verbo. Ya sabéis que éste para satisfacer la justicia del Padre, para salvar al mundo, hubiera podido unirse a una naturaleza cualquiera, tomar la forma que mejor le agradara, y en aquel momento se le presentaba a su mente la nobilísima naturaleza de los serafines irradiando de amor, y que en aquellos instantes harían vibrar con más fuerzas sus arpas, como para interesarle en favor suyo. Sed hos non elegit. Pero no, no elige el Señor a éstos. Y se le presentaba delante el admirable orden de los querubines, depositarios de los secretos de Dios, y que en aquel momento le ofrecerían todos los tesoros de su ciencia y de su sabiduría para la consecución de la obra admirable que iba a emprender, y Dios admiró y contempló tanta grandeza, sed hos, etc. Pero no eligió el Señor a éstos. Y vio Dios a los tronos y principados, a las potestades y dominaciones manando gracias y perfecciones; pero tampoco eligió el Señor a éstos. Pero, Señor, ya que no queréis fijar vuestros ojos en estos seres superiores para unirte a ellos, no dejes de unirte, no rechaces cuando menos alguna de estas naturalezas puras, resplandecientes, de los ángeles inferiores. Sed hos, etc. Pero no, no quiere tampoco a éstos. Y entonces Dios penetrando con su mirada a la pobrecita humanidad, por cuyo bien debía venir, y la vio errante y degradada y rebosando miserias, y, como enamorado de tanta pobreza, hanc elegit Dominus. A ésta elige el Señor para <*5*> unirla a su persona adorable. Nusquam angelos, sed semen Abrahae apprehendit [Heb 2, 16]. Jamás quiso tomar los ángeles, dice San Pablo, sino la semilla de Abrahán.
   Tanto nos amó el Señor que quiso tomar nuestra naturaleza, y con ella el hambre, la sed, el frío, el calor, el cansancio, el dolor, todas nuestras miserias para santificarlas, para engrandecerlas. Quiso tomar nuestra naturaleza para honrarla sobre todas. Quiso enlodarse, dice Tertuliano, en todas nuestras degradaciones, para convertirlas en bienes y en riquezas espirituales. Tomó todos nuestros males, para darnos todos los bienes.
   Ante idea [tan] hermosa, pero verdadera del amor de ese Dios niño, ante esa elección... la caridad de Dios no sólo nos incita, sino que, como dice el apóstol, nos urge, nos apremia, nos obliga a redamarle y a prorrumpir en actos tiernísimos de amor.
   San Francisco.
   Amemos, pues, al pequeño de Belén. Actos de amor debían ser nuestro alimento en estos días. Esto debíamos presentarle en su pesebre, al ejemplo de María.
   Pero no sólo actos de amor, sino también actos de alabanza, actos de entusiasmo, con la boca, con el corazón, con las obras.
   Cuanto más, pues, debemos invitar hoy con nuestros cánticos a las criaturas para que se conviertan en pregoneras de su bondad, pues que este Dios viene, no para darnos sus criaturas y las obras de sus manos, sino <*6*> para darse a sí mismo; no para producir con un solo acto de su palabra y [sin] esfuerzo alguno el cielo y el mundo, sino para salvar[nos] a fuerza de penas, sudores y sacrificios.
   El pueblo de Israel, pasado el mar Rojo, agobiado por la persecución, vio a las huestes del faraón sumergidas en lo profundo del mar, [y] entonó un cántico de gratitud que resonó en el aire con el concierto armonioso de tres millones de voces agradecidas. Motivos tenían para ello: acababan de salir de la prolongada esclavitud de faraón en la que tantos años gemían, acababan de verse libres por la muerte de este rey, y podían ya dirigirse con seguridad y sin peligro hacia la tierra de promisión. Pero ¿qué son todos estos motivos ante los beneficios que este [niño] viene a proporcionarnos? Él viene a libertarnos de la esclavitud en que gemíamos bajo el poder del demonio desde el pecado original, y en [el] que hubiéramos gemido sin duda después por toda una eternidad; él viene a hundir en el profundo del abismo a este príncipe de las tinieblas; él viene a dirigirnos, a ser nuestro guía hacia el camino de la verdadera tierra de promisión, de nuestra patria, del cielo. Sí, mejor que el profeta David, mejor que el pueblo [de Israel] debemos hacer resonar cánticos de gratitud y del más puro entusiasmo.
   Pero este cántico ha de salir del corazón.
   Pero de un corazón puro. <*7*>
   Amor, pues, y alabanza llena de gratitud y de entusiasmo. Amor por su amor, alabanza por su grandeza.
   Se refiere en la historia de Atenas.
   Dignas son estas opiniones de filósofos, que aunque sabios estaban destituidos de la luz de la revelación.
   Pero si filosofamos según las luces de la fe, nada [tan] grande y tan pequeño como la idea del pesebre. Es Dios: Non rapinam [Flp 2, 6], dice el apóstol San Pablo: no lo ha arrebatado; es por naturaleza igual a Dios; sin embargo, este Dios se hace hombre; ¿qué digo? se hace niño; ¿qué digo? se hace esclavo, y esclavo por nuestro amor, para comprarnos entregándose él. ¡Oh!, ¡qué idea tan sublime, H. M.! ¡Oh! ¡cuánta grandeza y pequeñez a un mismo tiempo! Ya, pues, que se nos ha hecho tan pequeño, amémosle con ternura; ya que nos sorprende su grandeza, alabémosle con efusión; y alabémosle con nuestras voces, y alabémosle con nuestro corazón, y alabémosle con nuestras obras, con nuestro recogimiento, con nuestra modestia en todas nuestras acciones; que todos nuestros actos se dirijan a su gloria y alabanza. Juntemos nuestros afectos a ese cántico armonioso que los ángeles alegres entonaron: gloria a Dios en las alturas. <*8*>
   Pero no sólo hemos [de] amar a Jesucristo como María y alabarle como los ángeles, sino que también debemos buscarle, al ejemplo de los sencillos y fervorosos pastores, para que podamos encontrarle también.
   Jesucristo debía ser siempre el objeto de nuestro anhelo, de nuestros cuidados; este anhelo debía ser nuestro alimento; semejantes a aquella mujer del evangelio, que solícita y angustiada buscaba la piedra preciosa que debía enriquecerla, debíamos nosotros constantemente buscar ese imán de nuestros corazones, de más valor que todo el mundo.
   Pero hoy más que nunca debemos buscarle, ya que ha aparecido sobre la tierra desconocido, olvidado del mundo que no quiso conocerle, y cubierto con la forma de extraña naturaleza.
   Pero ¿dónde le buscaremos? ¡Ah!, no le busquemos entre los resplandores de la grandeza, ni [en] los soberbios palacios, ni en el bullicio de las grandezas humanas, no; ¿dónde le buscaremos, pues? Preguntemos como la esposa mística: muéstrame a quien mi alma desea; dime dónde te apacientas y dónde tienes tu descanso [cf. Cant 1, 7].
   Preguntemos como los magos.
   Mirad, los ángeles nos lo dicen: pasemos hasta Belén, y allí le encontraremos, y allí le encontrarán cuantos quieran encontrarle. No, no; no le encontraremos, H. M., en las inútiles conversaciones, sino en los silenciosos y recogidos José y María; no le busquemos entre las vanidades del corazón, sino en Belén; en la humillación, en el dolor, en la mortificación; no le busquemos entre las agitaciones del amor propio, de las disipaciones de nuestros sentidos, en la disipación del corazón, sino en Belén, en la soledad, en el retiro, en el desapego de las criaturas; busquémosle con los fervientes actos de fe, de humildad y de todas las <*9*> virtudes y le encontraremos sin falta.
   Pero no basta, H. M., buscar a Jesús; es preciso buscarle con ansia, con solicitud. Mirad, apenas los pastores oyen...
   Hay muchos, H. M., aun de aquellos que buscan a Jesús en el camino de la virtud, que desean encontrarle pero con desidia; que desean buscarle pero [con] pereza y poco a poco; poseer las cualidades con [que] se encuentra [a] Jesús, pero con tibieza y sin esfuerzo; pero ¡ah!, no encontrarán a Jesús plenamente, pues sólo a los activos se presenta.
   En el agradable descanso buscaba la esposa de los Cánticos a su amado: Per noctes quaesivi, etc. [Cant 3, 1]. Toda la noche estoy buscando al que mi alma desea; sed non inveni [Ibid.]: pero no he podido encontrarle; me levantaré, pues, y daré vueltas por la ciudad, y allí le encontró y le abrazó para no abandonarle jamás.
   Es preciso, pues, H. M., que nos levantemos del blando lecho de la tibieza, de la desidia, de la pereza de espíritu; es preciso animarnos del deseo, del fervor, de la activa solicitud, si queremos encontrar y abrazarnos íntimamente a Jesús.
   Aún más, H. M., hemos de buscarle también con generosidad: si queremos encontrar del todo a Jesús es preciso buscarle con generosidad, sin que nos arredren los obstáculos, sin que nos impongan las dificultades que el enemigo pueda oponernos.
   Mirad, los pastores, etc.
   Pues bien, H. M., atendido lo débil de nuestra na-<*10*>turaleza corrompida, las inclinaciones de nuestra voluntad y los combates de nuestros enemigos, cuántos esfuerzos no necesitamos para buscar a Jesús. Pero esfuerzo y generosidad que al fin encontraremos y él nos recompensará de nuestros [esfuerzos] como recompensó a los pastores y a los magos. Y así, si alguna vez el enemigo nos presenta las dificultades de lo sumo de la virtud, transeamus [Lc 2, 15]: pasemos hasta el país de Belén, hasta el país de la perfección. Si la tibieza, la tristeza, el desaliento, la debilidad de nuestra carne nos desanima, transeamus: hagámonos superiores, saltemos esa barranca, y encontraremos a Jesús y con él descansaremos; si el amor, la vanidad repugnan la humillación, el olvido, la privación, el desprecio, transeamus, pasemos por estas cosas, saltemos esta barrera y después, no lo dudemos, encontraremos a Jesús.
   Pero ya os molesto tal vez, H. M., y creo os serán suficientes estas ligeras indicaciones para alimentar vuestro espíritu en este día. Amor, pues, a Jesús porque se ha humillado para elevarnos y conducirnos.
   Alabanzas por este beneficio.
   Deseos, esfuerzos del corazón para encontrarle.
   Pero ¡ay!, cuántos son los que...

Escritos I, vol. 1.º, doc. 17, pág. 1-2






   P 2
   Plática para la víspera de Navidad

   Hemos llegado, H. M., al término del santo tiempo de Adviento. La santa Iglesia, después de haber dispuesto nuestro corazón con una santa tristeza, durante este tiempo, después de habernos manifestado con esta tristeza, la tristeza, ansiedad y expectación en que estaban los justos del Antiguo Testamento. Después de habernos dicho constantemente que aparejáramos los caminos del Señor, después de habernos hecho clamar todos los días en el oficio divino para que los cielos llovieran el rocío de lo alto, hoy nos dirige ya su voz placentera y nos dice: Prope est jam Dominus, venite adoremus: El Señor está cerca, venid, adorémosle [Invitatorio de Adviento]. vírgenes de Sión, deponed el vestido de dolor y de amargura; alégrate, hija de Jerusalén, porque hoy sabrás que viene el Señor y mañana verás su gloria. El día de mañana será borrada la iniquidad de la tierra y reinará sobre nosotros el Salvador del mundo; y mil y mil voces repiten por todas partes para elevar nuestro corazón a un santo regocijo.
   ¿Cómo responderemos a este llamamiento que la religión nos hace? Todo el mundo responde a este llamamiento. Un grito de alegría universal resuena por todas partes; todas las naciones, todos los pueblos, hasta las aldeas más insignificantes, todos se disponen para este día memorable; pero ¡ay!, H. M., ¡y qué disposiciones! Los más consideran éste sólo como un día de placeres y diversiones; muchos experimentan a lo más un sentimiento de ternura estéril y pasajero hacia este divino niño, a quien reconocen por su Salvador; pocos, muy pocos, los que prueban <*2*> el verdadero fruto espiritual de esta felicidad.
   Nosotros, pues, H. M., a quienes la voz de la Iglesia se dirige principalmente en este día, y que por nuestro estado, por nuestra posición, por nuestro destino estamos obligados a escuchar más de cerca las voces amorosas que nos dirige este pastor de nuestras almas, acerquémonos a la cuna y meditemos a fondo las lecciones que nos da y los motivos de consuelo que nos ofrece en su humilde nacimiento, para que la alegría que nos resulte sea una alegría espiritual, sólida y verdadera.
   Trasladémonos, pues, con nuestra imaginación a Belén. Recordemos lo que le rodea. Aquel pesebre, aquella pobreza, aquellos animales, aquellos pastores; representémonos todo este cuadro; y veamos quién es este niño, a qué viene, por quiénes viene, y por consiguiente, las disposiciones que en nuestro corazón deben producir nuestras ideas.
   Para el acierto... A. M.
   Ante todo, H. M., al acercarnos del todo con nuestro corazón y con nuestro entendimiento a la contemplación de este misterio, veamos quién es este niño envuelto en pañales y en situación tan humilde. ¡Ay! quién es, H. M.; el entendimiento se confunde al penetrar con la luz de la fe esta verdad.
   ¿Quién es? El Hijo de Dios. Jesucristo, aquel compuesto divino. En su divinidad lleva consigo, y bajo el vestido de la mortalidad, todos los atributos, su inmensidad, su eternidad, su omnipotencia, su hermosura infinita. Es aquel que forma la alegría del cielo, que engendrado antes de los siglos, coeterno al Padre, tiene el poder sobre todo el universo, y lleva sobre sus hombros, según la expresión de San Pablo: Rey de reyes y Señor de los que mandan [1 Tim 6, 15].
   En cuanto [a] su humanidad, su alma el milagro de la omnipotencia de Dios, obra maestra; aquella alma objeto de las complacencias de la adorable Trinidad, aquella alma adornada de toda la sabiduría de Dios, que tiene fijas en su mente todas las cosas, todos los acontecimientos, todas las acciones de todos los hombres de todos los siglos; que tiene en sus manos los tesoros de la omnipotencia y <*3*> de la gracia, y que podría en un momento destruir, confundir y acabar con todos aquellos que bien pronto amenazaran su existencia.
   En su cuerpo, ¡ay! aquel cuerpo el más puro, el más hermoso, aquel cuerpo formado de aquella tierra virgen, del corazón de María. Éste es, H. M., el que viene humillado y vestido con los harapos de nuestra carne y de nuestra triste mortalidad. No recordáis, H. M., que el profeta Isaías nos decía estos días que pronto aparecería el deseado de las naciones, el fuerte, el justo, el príncipe de la paz, que llevaría sobre sus hombros el poder, que... [Is 9, 6].
   ¿Cómo es esto, pues? ¿Dónde tiene su poderío, dónde está su grandeza? ¡Ay! difícil fuera el conocerle, si el mismo Isaías no nos anunciara que debía venir como cordero este dominador de la tierra [Is 16, 1]. Sin embargo, este Dios fuerte, este príncipe de la paz es este niño que oculta los resplandores de la gloria entre el velo de la humanidad.
   Pero, y bien; ¿a qué viene este Dios niño al mundo, qué objeto le mueve a tantas humillaciones, qué nueva viene a anunciarnos, qué beneficios nos viene a traer? ¡Ay!, H. M., aquí sí que es preciso detener nuestro paso, porque el entendimiento no puede abarcar la abundancia de reflexiones que brotan de esta idea.
   ¿Queréis saber a qué viene? ¿No habéis oído las palabras de Isaías, y que San Juan repetía en los días de su predicación: Parate viam Domini... Omnis vallis exaltabitur, et omnis mons et collis humiliabitur, et erunt prava in directa? [Is 40, 3-4]. Preparad los caminos, decía la voz de aquel que clamaba en el desierto, pues en este día de la venida del Redentor todo monte será humillado, todo valle será llano [cf. Lc. 3, 4-5]. Este monte es la montaña del pecado que Jesucristo ha venido a allanar; este valle es nuestro corazón, valle hondo y vacío, y que Jesucristo ha venido a llenar con su venida. ¿No recordáis, H. M., aquella montaña que el primer hombre levantó en el día de su pecado, y que le separó infinitamente de su Dios? Esta montaña venía separando <*4*> a la pobre humanidad haciéndola gemir bajo el yugo del pecado original. Aun los pobrecitos justos de aquel tiempo se consideraban como separados de Dios, pues cuando en la hora de su muerte, después de muchos años de penitencia se despedían de este mundo, no tenían el consuelo de ir a unirse con su Dios; la montaña del pecado original les impedía entrar en el cielo y se veían obligados a esperar en el limbo, hasta que viniera el Mesías prometido. De aquí es que al bendecir a sus [hijos] en sus últimos momentos, exclamaban: felices vosotros, que quizás lleguéis a ver este gran día del Señor; quizás vosotros lleguéis a ver a ese príncipe de la paz, a ese ángel de la alianza, a esa estrella luciente de esperanza que ha de nacer de Jacob; y estos hijos conservaban esta esperanza en su corazón y exclamaban también: Veni ad liberandum nos... [cf. Is 35, 4]. Venid a librarnos cuanto antes, oh Señor y Dios nuestro.
   Pues bien, H. M., Jesús viene a allanar y a romper esta montaña que separaba a la humanidad de Dios; él viene a abrazarnos y a unirnos a su corazón. Por esto nace pobre, sin gloria ni majestad; por esto se hace pequeño, igual a nosotros para que nos podamos acercar y unir a él sin temor y sin reparo.
   Pero aún viene a traernos otro beneficio este Jesús con su venida: viene a llenar el vacío de nuestro corazón. Nuestro corazón, H. M., ha nacido para amar, y para amar a Dios. Antes de venir Jesucristo al mundo el corazón de la criatura estaba vacío de amor de Dios. Entre todos los pueblos del mundo, sólo el pueblo judío le conocía; los demás iban detrás de sus apetitos buscando la felicidad sin poder encontrarla. Y aun el mismo pueblo judío, material e inconstante, como Dios no se le franqueaba fácilmente, como le trataba con cierta reserva y aparato, le miraban más con respeto y temor, que con amor. Su corazón fluctuaba siempre entre la duda y el temor.
   De aquí es, que en medio de su triste situación no tenían otro consuelo que dirigirse al porvenir y clamar: ¡Oh Señor, cuándo enviarás al consolador de nuestras almas! ¡Oh cielos, enviad cuanto antes al justo! [cf. Is 45, 8]. Al patriarca Abrahán, etc. En fin, su cora-<*5*>zón se ensanchaba o entristecía, según que veían más o menos próxima la venida de este Dios.
   Nosotros, H. M., que hemos tenido la dicha de ver este gran día, ¿cómo no llenarnos nuestro corazón de entusiasmo y de amor, cómo no agradeceremos este beneficio? Él ha venido a traer a nuestra alma la paz y la tranquilidad tanto tiempo deseada. Él viene a curar las heridas que el pecado ha abierto en nuestro corazón. Él viene a saciar esa hambre de nuestro espíritu que no pudieron ver satisfecha los justos del Antiguo Testamento. Sí, H. M., repito, a traernos el amor a nuestro corazón con su venida. Sí, por esto viene a quedarse con nosotros todo y para siempre. ¿No sabéis que él mismo nos dice que ha venido a traer fuego a la tierra, y que no desea otra cosa sino el encenderla? [cf. Lc 12, 49].
   He aquí, H. M., a qué viene este niño divino a la tierra, a libertarnos del pecado, a reconciliarnos con Dios, ofreciéndose víctima por nuestro amor, a restablecer nuestra unión con él, a volvernos la paz y la tranquilidad a nuestra alma.
   Pero, ¿y cómo viene al mundo? ¿Cómo? Ya lo veis: destituido de su grandeza, despojado de su gloria y majestad, cubierto con los harapos de nuestra naturaleza, con las apariencias de esclavo y pecador, en forma de niño pobre y débil; pero, sobre todo, rodeado de padecimientos y de dolor y de humillación; cobijado bajo la negra bóveda de una miserable vivienda, como que venía a confundir la soberbia del hombre; colocado en medio de un pobre establo y acompañado de mudos animales; pero, sobre todo, sujetado a las inclemencias del tiempo, tiritando de frío (para pagar por el fuego de la concupiscencia), víctima completa, en fin, de sacrificio ya desde el día de su aparición sobre la tierra.
   ¡Ay, Jesús mío!, si nosotros hubiéramos [estado] allí entonces, ¡ay! no hubiéramos permitido que padecierais, no; ¡ay! nosotros te hubiéramos recostado en nuestro regazo; hubiéramos calentado con nuestros labios vuestras frías mejillas, hubiéramos aligerado vuestro dolor, hubiéramos aligerado con <*6*> nuestras palabras, hubiéramos aliviado vuestra soledad con nuestra fervorosa y constante compañía. ¡Oh, quién hubiese podido estar allí entonces, Jesús mío!
   ¿Pero qué digo, H. M.? ¡Si nosotros estábamos allí entonces! ¡Si Jesús nos tenía fijos en su pensamiento! ¡Si nos miraba con su imaginación a través de los siglos para consolarse en su soledad, y nos estaba llamando, como a los pastores, para que le calentáramos con nuestro amor; ¡ay!, y nos veía dormidos en nuestra tibieza, y nos contemplaba fríos en nuestra indiferencia, y nos miraba sordos a sus llamamientos y a sus voces amorosas. Sí, H. M., si el Señor nos hubiera llamado en aquella ocasión, hubiéramos permanecido insensibles a sus lamentos y soledad, y hubiéramos permanecido dormidos como los otros pastores en el sopor de nuestra pereza y de nuestra indiferencia.
   ¿Y para quiénes viene? ¡Ay! Para aquellos que en este mismo momento dormidos en el sueño del pecado ni tan siquiera se acuerdan de su frío y de sus padecimientos; para aquellos mismos que bien pronto llenos de envidia atentarán contra su vida y le obligarán a huir presuroso hacia tierras extrañas; por aquellos que a los cuales prevé despreciarán sus sacrificios, su nacimiento, su amor; para aquellos que aun creyendo y conociendo todo el beneficio de este nacimiento, sin embargo, vivirán olvidados de él.
   Pero sobre todo, H. M., para nosotros viene especialmente Jesús, a nosotros principalmente se dirige, pues con nosotros especialmente quiere unirse, y en cada uno de nosotros estaba pensando en aquel momento; y así considerémosle en estos días en el pesebre, y sobre [todo] en los momentos de la comunión como que nos está dirigiendo una mirada de ternura y de cariño, como exigiéndonos un acto de compasión y de agradecimiento a sus amores.
   He aquí, H. M., a qué viene, cómo viene, y por quiénes viene este niño Dios.
   Ahora bien, pues, H. M., ¿qué reflexiones debe producirnos estas ideas? ¿Qué efectos debe causarnos la memoria de este misterio? ¿Qué disposiciones debe exigir de nosotros? <*7*> ¿Qué actos debemos repetir en nuestro corazón para que nos sea provechosa la venida del Señor; qué hemos de hacer para corresponder a los designios que él tiene sobre nosotros al venir a la tierra?
   En primer lugar, H. M., debemos llenar nuestro corazón de santos deseos. Se aprecia y desea mucho el bien cuando se comprende su grandeza y su valor; nosotros, pues, que comprendemos todo el valor de esta joya, de este objeto divino que vamos a adorar, justo es que tengamos una santa ansia. Para estos deseos y para estas ansias pueden servirnos de modelo las ansias de los santos patriarcas.
   Ya os lo he dicho: los santos patriarcas en medio de su dolor ansiaban constantemente este gran día de la reparación. Ya os he dicho que cuando pasaban a la eternidad procuraban recordar a sus hijos esta esperanza, y estos hijos conservaban esta esperanza, y repetían sin cesar: ¡qué votos, qué suspiros!: Utinam dirumperes coelos et descenderes [Is 64, 1]: ¡Ojalá rompieres estos cielos y bajaras ya!
   Pues bien, H. M., santos deseos debe alimentar nuestro corazón, deseosos de tenerle en nuestra compañía; suspiros para que rompa las nubes de nuestro entendimiento y descienda su gracia hasta el fondo de nuestro corazón, y de esta manera él nos la derramará abundante. Vosotros sobre todo...
   También debemos repetir actos de fe, y el ejemplo para esto podemos tomarlo, H. M., de la fe viva de los profetas. ¡Qué luz, H. M., qué miradas dirigían al porvenir! Tan viva era su fe, que aún más que los patriarcas, no sólo le veían de lejos, sino que contaban las horas, y con mirada penetrante parece que le veían. Dios pintaba con tan vivos colores en la imaginación de Isaías, que exclamaba este profeta como si le tuviera presente: Mirad, decía, un niño ha nacido para nosotros [Is 9, 6]; y ha nacido en Belén exclamaba otro profeta [cf. Miq 5, 2]: venid, y vayamos a adorarle.
   Ved cómo hablan los profetas, ved cuán viva era su fe. H. M., nosotros no le tenemos ya lejos; le tenemos presente [a] este Dios que tantos suspiros les hacía dar; nosotros tenemos ese Emmanuel; oculto, es verdad, como al nacer lo estaba bajo su humanidad; pero en realidad es el mismo que nació en el pesebre y en el establo, vivo como entonces, <*8*> y mirándonos cariñoso como entonces. En otro tiempo, 265.
   Pero ¡ay! otros modelos de preparación tenemos aún, y de preparación más cercana. Es la de los sencillos pastores. Dóciles a la voz que los llamaba, se apresuran a adorarle y le entregan allí su sencillo corazón, y ofrecen allí algunos obsequios, algunos dones, algunos sacrificios.
   H. M., el Señor está esperando también algunos obsequios, algunos sacrificios. Pero, ¿y qué podremos darle?
   ¡Ay! este Dios que no desea ser adorado, sino en espíritu y en verdad, no desea grandes ofrendas. Lo que desea es algún sacrificio de penitencia y mortificación interior; lo que desea es, sobre todo, la ofrenda de nuestro corazón.
   Al adorarle, pues, en estos días, al recibirle en la sagrada comunión, ofrecerle entero nuestro corazón, pero despegado de todo objeto, pero puro y fervoroso y ardiente, pero constante y... de modo que le podamos decir como le decía San Francisco de Sales: Señor, si yo sabría que una fibra, que una vena de mi corazón no os amaba, la arrancaría aunque me hubiese de costar la vida.
   Esta es la ofrenda que el Señor está esperando y desea una renovación, una protesta de nuestro amor.
   Pero ¡ay! no basta aún esto; hay todavía otro modelo más, a quien estamos obligados a imitar. ¿Quién? ¡Ay! ¿no veis allí alrededor de aquel pesebre dos almas amantes que le hacen compañía? ¿No veis aquel semblante modesto, tranquilo y encendido de María? ¿No veis aquel semblante entre triste y abismado de José? Estos somos nosotros, H. M.
   Mirad, en el mundo actualmente hay unos que semejantes a Herodes están dominados del vértigo del odio hacia Jesús; hay otros que dormidos en el pecado, como entonces están insensibles al amor de Jesucristo; hay otros que semejantes a aquellos animales que estaban en presencia de Jesucristo, vienen, sí, a visitarle por costumbre porque así lo han hecho todos los años; ven, sí, aquel niño recostado en aquel pesebre, pero sin que una idea entre en su entendimiento, <*9*> materiales e insensibles, salen como han entrado, apresurándose a volver a sus negocios y ocupaciones. Sí, animales más insensibles que aquellos que rodeaban el pesebre.
   Y hay otros, en fin, que como los pastores van, sí, a adorarle, y derraman algunas flores de devoción sensible, y a lo más le dirigen algunas preces, y le hacen algunos homenajes, pero sin que su corazón entre mucho en este misterio, el objeto de su..., el abismo de este amor.
   Pues y bien, H. M., ¿y se contenta el Señor con esto? ¿Y no habrá corazones que más de una vez le hagan compañía? ¡Ay1, sí, H. M., éstos somos nosotros; el Señor nos ha elegido para que le hagamos constante compañía, el Señor nos ha escogido para que, como María y José, rodeemos su cuna; somos el cortejo predilecto de este rey humilde; él desea corazones que recompensen de la frialdad de los mortales, y si no nos tiene a nosotros, ¿dónde irá a buscar corazones por este mundo frío?
   Hagámoslo así, pues, H. M., tomemos por modelo a María, estemos fervorosos como ella, fija nuestra vista y nuestra mente siempre en este objeto único de nuestro amor; abismados como ella en la contemplación de estos misterios, inalterable nuestro corazón a todo; indiferente a todas las cosas, a todos los acontecimientos, como si no tuviéramos otro objeto que estar en su presencia y en su compañía.
   He aquí, H. M., indicados con toda la brevedad posible los modelos que hemos de tomar para prepararnos a recibir la venida de este Dios.
   Y después de esto, H. M., en los momentos de vuestras adoraciones, en los momentos de vuestra unión con este Dios, repetirle vuestras peticiones, aprovechar aquellos momentos de bendición y de gracia.
   Mirad, H. M., que no vivís para vosotros, vivís también para bien del mundo, y así pedirle al Señor que <*10*> derrame su gracia sobre tantos corazones fríos que no le aman, que derrame sobre nosotros el consuelo, la paz, la tranquilidad, los bienes todos que ha venido a traernos a la tierra, sobre todo que en la nueva consagración que hoy vamos a hacerle de nuestro corazón, nos conduzca al estado de santidad, que exija de nosotros, que nos despegue nuestro corazón de todo, para que, viviendo sólo para él, unidos íntimamente con él por medio de la fe y de nuestra unión sacramental en la tierra, podamos completar después esta unión, abrazados con él y mirándole a él sin enigma y sin reserva en la feliz eternidad. Amén.

Escritos I, vol. 1.º, doc. 18, pág. 1-2






   Beneficios de la venida de Jesús al mundo.
   1.º
   2.º
   3.º
   Todos sienten el resultado. Los tribunales se cierran. Hasta los impíos no pueden menos de unirse al grito del mundo todo.
   ¿Cómo se celebra este acontecimiento?
   1.º Unos como los judíos. Rey temporal.
   De una manera externa: con diversiones.
   2.º Otros hacen el papel de aquellos animales que estaban en el pesebre. Entran en la Iglesia, y ni piensan, ni saben lo que significa, etc.
   3.º Otros, como Herodes, persiguiendo a la Iglesia.
   ¿Cómo hemos de celebrarlo nosotros?
   1.º Con afectos de gratitud. Modelo: los patriarcas que tanto lo desearon.
   2.º Con fe. Modelo: los profetas que lo anunciaban como si lo tuvieran delan-<*2*>te. Parvulus datus est nobis, etc.[Is 9, 5].
   3.º Como los pastores: ofreciéndole nuestros sacrificios. Prontitud a las inspiraciones.
   4.º Como los reyes. Siguiendo la luz de sus mandatos: obediencia; ofreciéndole el oro de nuestro amor, la mirra de la mortificación de nuestras pasiones, el incienso de nuestras alabanzas.
   5.º Pero aún tenemos un modelo mejor: el de la Virgen y San José. Recogidos, apartados de la muchedumbre, haciéndole compañía en el Belén del sagrario, consolándole de los que no le hacen compañía, etc.
   Así serán provechosas las vacaciones de Navidad.
   Mirad: la Virgen ha salido a estas horas de Nazaret; y va por el mundo tocando a las puertas de los corazones para que le alberguen a Jesús. Como entonces... apenas hay quien [quiera] recibirlos; y no encuentran albergue para Jesús, y toca a vuestras puertas...
   ¿No hallará un albergue en vuestros corazones?

Escritos I, vol. 1.º, doc. 19, pág. 1-2






Asilo. Enero 1881

   La hora señalada en el reloj de los siglos había sonado. El Verbo del Padre se dirige a la tierra, se viste de nuestra naturaleza, y aparece el deseado de los collados eternos, el príncipe de la paz, y en un pobre portal y en una humilde vivienda, dejaba su vida silenciosa, se presentaba el anunciado por los profetas, el objeto de las ansias de los patriarcas, aquel cuyos ojos son el encanto de los serafines, cuya alma es el objeto de las complacencias de la adorable Trinidad.
   Y a su vista se alborozan los ángeles, y al contemplar tanta belleza, no puedo menos de exclamar: gloria a Dios.
   Feliz momento el escogido por Dios para la aparición de esta hermosa estrella de Jacob.
   Feliz estancia donde tuvo lugar tamaña maravilla de la vida escondida de un Dios; sólo dos almas tienen la dicha de disfrutarla. Dichosas almas las que pudieron disfrutar de este día memorable.
   Pero, ¡ah!, no temamos, al conmemorar este acontecimiento que nos ha absorbido.
   El divino niño Jesús que allí aparece en medio de los siglos en aquel humilde...
   Aquí, en esta humilde estancia del santo tabernáculo, está vivo, real, y verdadero el mismo cuerpo, el mismo corazón...
   Y así como no le recibieron, no le reciben ahora...

Escritos I, vol. 1.º, doc. 20, pág. 1-2






Navidad

   La santa Iglesia solícita del bien de sus hijos.
   Asociémonos a este cántico armonioso de voces.
   Transeamus usque Bethlehem…[Lc 2, 15].
   ¿Quién es? Este niño es Dios... como hombre
   ¿Y a qué viene? Omnis vallis implebitur. Omnis... humiliabitur [Is 40, 4].
   A allanar la montaña. Nadie podía allanarla.
   Omnis vallis implebitur...
   Los pobrecitos patriarcas y profetas.
   ¿Cómo viene, y por qué viene así [?]. Pobre, necesitado, humillado, ¿por qué?
   Porque viene a ser nuestra víctima, y tiene que hacer penitencia. Sacrificium et oblationem noluisti [Sal 39, 7].
   Porque viene a enseñarnos. Hasta entonces el hombre no encontraba otro fin que el orgullo, la riqueza y el placer.
   Ahora bien, ¿qué sentimientos hemos de presentarle? Sentimientos de fe viva: Patriarcas. Profetas. Sentimientos de gratitud. ¡Oh! si ellos lo hubieran podido presenciar. Abraham. Isaías. David.

Escritos I, vol. 1.º, doc. 21, pág. 1-2






   Sermón para la víspera de Navidad.

   Omnis vallis exaltabitur, et omnis mons et collis... et revelabitur
gloria Domini et videbit omnis caro salutare Dei.

   Todo monte será humillado, etc. [Is 40, 4-5].

   Todas las fiestas de la religión son días de bendición y de gracia para nosotros.
   La Iglesia, nuestra madre, solícita del bien espiritual de sus hijos y constante en tributar a Dios en todas las ocasiones y en todos los tiempos la gloria que le es debida, procura todos los días poner a nuestra consideración algún objeto que alimentando nuestra fe, y firmando nuestra esperanza, sirva al mismo tiempo para encender en nosotros el fuego de la devoción, cuyo resultado sea nuestra más íntima unión con Dios. Por ello unas veces nos recuerda la necesidad de nuestra humillación y penitencia o sacrificio, y nos amonesta a una tristeza santa, como en los imponentes días de cuaresma; otras veces nos traslada a la cima del Calvario para que contemplemos en la soledad de nuestro corazón las amarguras del varón de dolores, según la expresión de Jeremías: ora nos pinta con bellos colores la resurrección del Salvador, modelo de nuestra futura resurrección, para sostener nuestra confianza en medio de las tribulaciones de la vida. Ya cubre de luto nuestros [hogares] para recordar a nuestra imaginación lo fugaz de nuestra existencia, o nos hace experimentar el peso de la majestad divina en sus más solemnes festividades. Todos los días, en fin, llama a las puertas de nuestro corazón, exponiendo a nuestra piedad esa infinidad de santos, esa multitud de flores de virtud que ostenta el cristianismo, para que nuestro espíritu, como abeja, vaya recorriendo el jugo de todas estas grandes acciones, y podamos fabricar en nuestro corazón un panal de virtudes y méritos, con que apacentar al Cordero sin mancilla, cuando se una a nuestras almas.
   Pues bien, ¿y qué nos dice la Iglesia en este día? ¿Qué objeto se propone? ¿Qué nos recuerda? ¡Ah!, después de disponer algunos días nuestro espíritu con una santa ansiedad, después de decirnos constantemente que aparejemos los caminos del Señor, después de hacernos clamar todos los días en el oficio divino para que los cielos lluevan el rocío de lo alto, después, en fin, de manifestarnos con esta santa preparación, el anhelo con que los patriarcas deseaban la venida de su libertador, nos dirige hoy ya su placentera voz dice: Prope est jam Dominus, venite adoremus: El Señor está cerca, venid, adorémosle [Invitatorio del 24 de diciembre]. Vírgenes de Sión, deponed el vestido del dolor y de la amargura; alégrate hija de Jerusalén, que hoy sabrás que viene el Señor, y mañana <*2*> verás su gloria; A Cristo, que por nosotros ha nacido, venid, adorémosle. Christus natus est, etc. [Invitatorio de la Natividad del Señor] y mil voces de alegría [se] repiten por todas partes, para elevar nuestro corazón a un santo regocijo.
   ¿Cómo responderemos, pues, a este [regalo] que la religión nos hace? Todo el mundo responde a este llamamiento, un grito de alegría universal resuena por todas partes, todas las naciones, todos los pueblos hasta las más insignificantes aldeas, todas se disponen para este día memorable, pero qué disposiciones. Los más consideran este día como un motivo de placeres y diversiones; algunos experimentan a lo más un afecto estéril de ternura hacia este niño, que reconocen por su Salvador; pocos, muy pocos los que perciben el verdadero fruto espiritual de esta festividad.
   Nosotros, pues, a quienes la voz de la [Iglesia] se dirige principalmente en este día y que por posesión, por destino, digámoslo así, estamos obligados a escuchar más de cerca los silbidos amorosos del pastor de nuestras almas, acerquémonos a su cuna y meditemos a fondo las lecciones que nos da, y los motivos de consuelo que nos ofrece su humilde nacimiento, para que la alegría que nos resulte no sea una alegría [vana] sino una alegría espiritual, sólida y verdadera, y que nazca del conocimiento que tenemos de los beneficios que nos vino a traer sobre la tierra.
   Es decir, debemos considerar los motivos que tenemos para celebrar con alegría espiritual el nacimiento temporal de Jesucristo.
   Pero para proceder con acierto, etc.
   Ave María.

   Omnis mons humiliabitur et omnis vallis, etc. [Is 40, 4]

   Entre los beneficios que el Hijo de Dios vino a traernos sobre la tierra, y que por lo tanto son otros tantos motivos que nos obligan a prepararnos con regocijo espiritual a su nacimiento, existen dos principales que la imaginación inspirada del profeta Isaías vaticinó en sus días, cuando dijo: Omnis vallis exaltabitur, etc. [Is 40, 4]. Todo monte será humillado, todo valle será exaltado.
   Esta montaña de que habla el profeta es la montaña del pecado, es el muro de división que había entre Dios y el hombre, desde la caída de Adán, según explica Orígenes, y este valle es el valle de nuestro corazón, vacío de consuelo, de gracia y de mérito, y que vino a llenarse completamente con el nacimiento del Salvador. Efectivamente, H. M.: Cuando Dios, después de haber sacado del hórrido vacío de la nada el universo, cuando ya había extendido la cortina de este cielo adornado de estrellas, cuando había desplegado ya el lienzo de esta infinidad de flores y animales que ostenta la tierra, cuando, en fin, el mundo estaba ya suficientemente dispuesto para recibir al ser inteligente, que debía ser dueño de ella, crea Dios a éste, es decir al hombre, y le adorna de las dotes y cualidades apetecibles en su alma y en su cuerpo; su razón íntima y constantemente [unida] a su Dios, sus potencias y sentidos sirviendo absolutamente a su razón, y el cuerpo a su alma, formaban un concierto admirable de amor y <*3*> alabanza, y que no era interrumpido por el más leve aire de disipación.
   El hombre vivía feliz y amorosamente unido con su Dios. Pero en el momento en que nuestros primeros padres se atreven a alargar la mano al objeto de su fatal deseo, en el momento en que se atreven a romper la alianza de su creador, las potencias se revelan contra la razón, en castigo de la rebeldía de ésta contra Dios, el cuerpo ya no obedece al imperio del alma, el hombre todo ha caído en un abismo del que ya no puede salir, nadie puede sacarle; un espacio inmenso media entre Dios y la humanidad, una montaña insuperable les separa del amor de su creador. ¿Quién volverá a unir este lazo? ¿Quién es el encargado de hacer esta reconciliación? Nadie podía hacerla más que el mismo Dios. El [hombre] no podía levantarse por sí mismo; las pasiones, consecuencia del primer pecado, le separan cada día más de su Dios; y así vemos que los hijos de Adán, pocos años después de diseminarse sobre la tierra, ya tenían casi borrada hasta la idea del Dios de sus padres y no parece sino que cada generación se había propuesto avanzar un paso más en el camino que conducía a la separación eterna de Dios.
   Y aun los que conservaban las tradiciones primitivas, los que guardando todavía el depósito de las verdades reveladas, seguían constantes las pisadas que su fe y su razón les marcaban, y adoraban al verdadero Dios, no podían sin embargo éstos reconciliarse del todo con su justicia, no podían satisfacerle completamente; la gran montaña del pecado original y de los pecados actuales, cuya penitencia les era sumamente difícil, les impedía, digámoslo así, la comunicación familiar con su Dios. Ellos ofrecían sacrificios, sí, ellos recibían los sacramentos y ceremonias que les estaba prescritas, pero estos mismos sacramentos y ceremonias no eran sino elementos flacos como débiles [?] no les comunicaba Dios la gracia por medio de ellos, y sólo eran protestativos de su fe y de su reconocimiento y, por lo tanto, no eran suficientes por sí para borrar la mancha que les desheredaba del cielo. En fin, nada había sobre la tierra que les sirviera de fianza, para acercarse confiadamente a Dios.
   De aquí vemos también que el mismo Dios usaba de cierto aparato de gloria y majestad, al comunicarse a su pueblo escogido. Cuando en la cumbre del Sinaí les da sus leyes, sus preceptos, aparece bajo un aspecto imponente: los truenos y relámpagos y el humo que aquel monte despedía, hacían temblar a los hijos de Israel, y clamaban a Moisés: Háblanos tú, no nos hable Dios, no sea que muramos [Ex 20, 19]. Cuando los judíos, ya durante el tiempo del arca, ya en el templo de Jerusalén iban a ofrecer sus oraciones al Señor, nadie podía hablarle muy de cerca; sólo una vez al año podía el sumo sacerdote entrar en el santuario o Sancta sanctorum; los demás sólo de lejos podían presenciar las ceremonias, sólo de lejos podían exponerle sus necesidades.
   Pero esta reserva, digámoslo así, esta separación no concluía con la muerte. Los patriarcas, los ancianos de Israel, después de una larga carrera de tribulaciones, de una larga vida de suspiros, cuando en el lecho de la muerte bendecían a sus hijos, y les recordaban la venida de aquel que había de salvarlos, cuando su espíritu con la calma de los justos se despedía suavemente de su cuerpo, no iba todavía a unirse con el autor de su existencia; faltaba todavía que superar el último escalón de la gran montaña del pecado original, y, por ello, se veían obligados a esperar en el limbo la venida de aquel, que les había de acercar para siempre <*4*> con su Dios, de aquel que debía romper la pesada cadena que les tenía separados de su fin, y de su amor. Esta es la causa por qué los votos de los patriarcas eran fervientes, para que el Señor enviara al justo. Tal era la impaciencia de sus corazones que el ángel que apareció a Daniel para anunciarle el tiempo de la venida de Jesucristo, le dice: Alegraos ya, que Dios ha querido abreviar los días de su llegada; no faltan más que 70 semanas de años, para hacerse la redención de Israel [cf. Dan 9, 2]. Y Daniel refería esto al pueblo, como objeto de una fausta noticia, y esto que ninguno de los que vivían entonces podía llegar a ver este día venturoso.
   Tal era el efecto que les causaba la idea de su venida, que exclamaban con doloroso entusiasmo: Venid, Señor, como lo habéis prometido; apresuraos a venir, y no tardéis; enviad, ¡oh! Padre eterno, al cordero dominador de la tierra [Is 16, 1]; ven, ¡oh! deseado de la naciones. Estas deprecaciones, estos deseos eran el alimento de las almas justas antes de la venida de Jesucristo. Si nosotros, etc.
   Es decir, V. H., que antes del nacimiento de Jesús los hombres todos o estaban separados de Dios por un abismo insondable de ignorancia y de pecado, del cual nadie podía sobre la tierra sacarlos o, aunque unidos a Dios por la gracia, estaban excluidos del derecho al cielo, y por tanto, Dios no se franqueaba amorosamente a ellos.
   Pero viene Jesucristo, y todo cambia de aspecto, siendo el principal efecto de su venida en el mundo el reconciliarnos, se presenta con nuestra misma naturaleza, para que abrazados con él, pueda unirnos completamente con Dios; aparece no con la pompa y majestad deslumbradora, no con el aparato de su gloria, porque de este modo no conseguiría su objeto; el hombre, agobiado bajo el peso de tanta grandeza, temería acercarse con confianza, o humillado por sus miserias y pecados rehusaría el postrarse con humildad a sus pies.
   Por ello nace pobre, nace pequeño, nace en un lugar público, para que únicamente la confianza, el cariño, el amor sea el único móvil con que sabios e ignorantes, ricos y pobrecitos, se acerquen a lavarse a esta fuente de bondad y misericordia. Desde entonces la tierra se convierte en cielo; ya no puede llamarse tierra de maldición, porque habita en ella aquel, en el que han de ser benditas todas las generaciones.
   ¡Ah! si Salomón que, considerando la dignación de Dios, que dejando su elevado solio bajaba a llenar su templo y a consagrarle, por medio de una nube misteriosa, se postraba anonadado y confuso en su presencia, qué sentimientos hubieran dominado su corazón y [qué] trasportes de temor santo conmoverían su pecho al adorar a este mismo Dios, que, bajando desde el elevado monte de su majestad y su grandeza, se coloca en el nivel de nosotros y salva la gran distancia que nos separaba de él.
   Y nosotros, V. H., que, gracias a la bondad del Señor, hemos llegado a ver este día que Abrahán se alegró sólo de ver de lejos, nosotros que no tenemos necesidad ya de levantar nuestros ojos, como David, hacia el elevado monte para pedir auxilio, sino que podemos acercarnos sin tropiezo hasta el trono de este Dios, para depositarle nuestros obsequios y nuestro corazón, (para unirle perfectamente con él) ¿qué sentimientos de alegría espiritual no debe inspirarnos esta idea? ¿Qué actos tan fervorosos de gratitud no debe arrancarnos de continuo esta fe y este conocimiento?
   ¡Ah! si este mundo y estos hombres que corren afanados tras un fantasma de felicidad, si esas almas desgraciadas que, siguiendo a sus pasiones, van levantando cada día <*5*> más la montaña que les separa de Dios, si consideran el desprecio que hacen de este niño pobrecito que viene a sacrificarse por ellos, si reflexionaran que viene a traernos el gran secreto de la reconciliación con la justicia divina, sería imposible que su corazón no se remordiera ingrato, en la presencia de este beneficio.
   Nosotros, pues, que más felices que ellos conocemos prácticamente este don de su gracia y de su liberalidad, sepamos apreciarlo debidamente con todo nuestro corazón.
   Pero corramos el velo de nuestra consideración a otro beneficio que nos ha reportado el nacimiento del Señor. Omnis vallis implebitur [Is 40, 4]. Todo valle será lleno. Nuestro corazón, como vosotros sabéis, es un abismo insondable que no puede ser llenado por ninguna cosa creada.
   Como Dios al formar al hombre quería destinarle a un fin tan elevado como era la posesión del mismo, debía adornarle necesariamente de las dotes indispensables a este objeto noble; y para ello le enriquece con un entendimiento feliz, que, midiendo el tiempo con la eternidad, que recorriendo con las alas de la imaginación todas las obras del universo, le admirara y pudiera tributarle un obsequio digno y racional; le dota de una voluntad capaz de dirigir sus afectos a este bien inmenso, mediante la luz de su entendimiento; le viste de un cuerpo susceptible a las operaciones del alma y coloca en el centro de este cuerpo un corazón que siendo como el asiento y móvil principal del alma, reúna en sí los límites casi extremos del espíritu y de la materia. Y teniendo el alma cierta infinidad porque, por mucho que el hombre piense, siempre puede pensar más, por mucho que la voluntad desee, siempre puede desear más, resulta que el corazón del hombre, asiento de esta alma, debe tener una esfera de acción sin límites y sin término. De donde resulta que, teniendo el corazón del hombre tan vastas y dilatadas aspiraciones, sólo un objeto grande e inmenso, sólo un objeto universal bajo todos [los] conceptos puede llenarle debidamente. La experiencia de tantos hombres, como Salomón, Alejandro y de tantos otros, que, mientras han querido satisfacer su corazón en cosas de la tierra, no han podido conseguirlo, no le han visto nunca satisfecho, nos demuestran esta verdad.
   Es decir, V. H., que sólo Dios puede henchir el vacío del corazón. Cuando el hombre, pues, en el estado [de] justicia original la gracia le unía perfectamente a su Dios, su corazón se hallaba lleno, feliz y satisfecho. Pero separado por el pecado de ese centro, de ese norte de su felicidad, el corazón quedó hecho un valle de tristeza y de deseos; el hombre sintió al momento la necesidad de alimentarle con un objeto, cualquiera que fuese, y por esto la mayor parte de los hombres creyendo encontrar esta felicidad perdida en el brillo de las cosas materiales, corrieron y corren tras sus apetitos e inclinaciones.
   Los que constantes en seguir los preceptos que el Señor les imponía, querían guardarle felicidad, aunque más felices que ellos, porque le entregaban su corazón y le ofrecían sus dones, <*6*> sin embargo, como la gracia no sobreabundaba tanto como sus sacrificios, no llegaban a romper del todo el lazo del pecado; como, en fin, Dios se reservaba, digámoslo así, el derramar el torrente de gracia y de amor para el día de la reconciliación general, resultaba que su felicidad nunca llenaba todos los pliegues del corazón, raras veces el consuelo y la dicha llenaban todas sus dimensiones.
   Por ellos vemos que muy pocos de entre los justos del Antiguo Testamento se consideraban completamente felices en medio de las tribulaciones. Los acentos tristes del paciente Job, las quejas que el profeta Jeremías elevaba a su criador, y mil y mil otros ejemplos que nos refiere la sagrada Escritura, nos manifiestan claramente que su corazón, aunque dichoso, estaba muy lejos de tener el consuelo y la...
   Al contrario, desde que Jesucristo ha venido a traernos la paz, la felicidad, el amor que un San Pablo, una Magdalena de Pazzis, una Teresa de Jesús y otra infinidad de santos y almas justas, en medio de sus trabajos y tribulaciones, sobreabundaban en gozo, y se quejaban amorosamente al Señor, para que suspendiera el golpe de consuelos y felicidades que inundaban su espíritu.
   ¿Y cómo podía menos de ser así, V. H., si Jesús ha nacido para estar con nosotros, si con el nacimiento de esta divina sabiduría nos han venido todos los bienes, si podemos acercarnos y depositar en medio de nuestro corazón al que es nuestro bien y nuestro amor y ha de ser nuestra dicha por toda la eternidad? ¿Cómo pueden menos de llover gracias continuas sobre nuestro árido corazón?
   Por esta razón el profeta Isaías exclamaba: Haurietis aquas in gaudio de fontibus Salvatoris [Is 12, 3]. Sacaréis aguas sin precio de las fuentes del Salvador. Esas aguas, que sin precio nos anuncia el profeta, son las de amor y de virtud, que debía derramar continuamente sobre nosotros, y que nos conserban unidos a él, las aguas de felicidad y de consuelo que nos mantienen firmes en las tribulaciones e inconstancias de la vida, y las aguas de méritos y satisfaciones con que pagar hasta las más pequeñas ingratitudes, que cometemos a cada paso contra Dios.
   Otro beneficio podemos añadir, y que viene a proporcionarnos el nacimiento del Salvador. Jesucristo; como vosotros sabéis, ha nacido pobre, humillado, padeciendo, porque siendo el objeto de su venida el levantar al hombre de su caída y restituirle en lo posible su antigua dignidad, debía contraponer con sus actos todas las acciones que el hombre practicó al revelarse contra Dios. El primer paso de Adán y el primero que nos mueve a quebrantar cada día sus preceptos es el orgullo; el primero, pues, que practica Jesús es la humillación y el abatimiento. El hombre buscó y busca el placer en su pecado; el niño Jesús, pues, en su entrada a la vida practica el padecimiento y el dolor.
   Es decir, que Jesús hace todo lo que el hombre debía haber hecho en su penitencia, si hubiese sido capaz de satisfacer por sí mismo, y de consiguiente, Jesucristo se nos presenta como modelo de satisfacción, para que nosotros al resarcir nuestras debilidades por medio de la penitencia, teniendo que cooperar también con nuestras obras a la reconciliación y <*7*> consecución de nuestra felicidad, tengamos un espejo, [?] un incentivo que nos obligue a practicar con gusto lo que muchas veces la carne y las potencias se resisten naturalmente a practicar. Y a la verdad, quién al considerar a Jesús padeciendo inocente, padeciendo ya en la aurora de su vida, confundido entre los pecadores hijos de Adán, llorando nuestras miserias, se resistirá a emprender, decidido, el camino algo escabroso de la mortificación y de las contradicciones; quién rehusará mantener firme e insensible su corazón en la continua alternativa de las satisfaciones, del tedio y de las arideces tan ordinarias en el proceloso mar de esta vida.
   Tenemos, pues, A. H., que el nacimiento de Jesús debe llenarnos de una alegría espiritual, puesto que en su venida Dios se une a nosotros desterrando la montaña que nos separaba de él, ha llenado nuestro vacío corazón de gracia y de felicidad, que no hubiéramos tenido sin él, y finalmente se nos ha dejado por modelo, para que mirando a él sigamos constantes el camino que él mismo nos ha trazado.
   Estas son, R. H., las breves ideas que he pensado poner a vuestra consideración. Ahora vosotras en la oración y en el retiro, colocadas en el agujero misterioso del corazón de Jesús, vuestro fervor y vuestro espíritu, más feliz que mis palabras y mi imaginación, desentrañarán estas mismas reflexiones y correrán como ciervo sediento hacia la fuente de esta agua viva que salta hasta la vida eterna.
   Hoy, pues, debe ser nuestro pensamiento: cerca está ya Jesús; y él viene a unirme con Dios, y nace para llenar la pobreza de mi corazón, y no exige en cambio de mí más que actos de amor, de ternura y de reconocimiento; y no desea más que la total entrega de mi corazón; ¿y es posible, que se lo pueda negar ni un instante?
   Y cuando al acercarnos a la sagrada mesa [con] estas mismas ideas, renovemos el fervor de nuestro espíritu, y con la sencillez de los [pastores], y con la fe de los magos ofrezcámosle el oro de nuestra caridad, la mirra de nuestra humildad y el incienso de nuestra adoración, dejando correr nuestra devoción por este dilatado campo de ternura y de amor.
   Pero en aquel feliz momento, en aquel acto de unión completa, y de comunicación sublime, no sea todo para vosotras, R. H. Recordad que tenemos obligaciones que cumplir respecto de nuestros prójimos; vosotras sabéis que en esta misma noche, en estos mismos días en que los hombres debían recordar más que nunca los beneficios del Señor, es quizás el tiempo en que más ingratamente se le ofende; recordémoslos, pues, en la presencia de Dios, para que los mire con ojos de misericordia, ya que viene a iluminar a los que yacen en la sombra de la muerte. Recordemos también las aflicciones del más bondadoso de los corazones, del vicario de Jesús en la tierra, del jefe del catolicismo, para que, junto con el valor y la constancia necesarias, le conceda el acierto y la prudencia para sostener con independencia la libertad de la Iglesia en las circunstancias críticas que atravesamos. Pero, sobre todo, <*8*> procuremos importunar al corazón de Jesús, para que mire con ojos de compasión a nuestra pobrecita España, a la que esperan quizás días amargos. No quiero afectar vuestra imaginación con ideas tristes en este día, en que todo debe ser consuelo y alegría y regocijo. Pero sabed que el protestantismo ha jurado la ruina de nuestra patria. El infierno todavía envidioso de nuestra unidad católica busca deshacerla por todos los medios posibles; la desgraciada juventud se encuentra asediada por una multitud de libros y de reformadores extranjeros, que siembran la impiedad y la cizaña por todas partes.
   Todo nos anuncia una tormenta horrible. ¿Quién es el encargado de conjurarla? Todos debemos concurrir con nuestras fuerzas; y siendo la oración uno de los más poderosos medios, nosotros, a quienes principalmente pertenece este deber, redoblemos nuestros suspiros para que Dios disipe esa negra nube que nos amenaza.
   Temo molestar ya vuestra atención, y así únicamente resta el deciros que os acordéis del pobre sacerdocio, que está encargado más que otro alguno de salvar esta sociedad descarriada.
   De este modo cumpliremos con lo que Jesús pide de nosotros, de este modo unidos a su voluntad y abrasados en su amor pasaremos los días de nuestra peregrinación sobre la tierra y después conservaremos esta unión y este amor por toda la eternidad en la gloria que os deseo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Escritos I, vol. 1.º, doc. 22, pág. 1-2






   Ya ha llegado por fin, M. Q. H., aquel feliz y dichoso momento por el que tanto suspiraba la infeliz y desgraciada posteridad de Adán. Ya ha nacido en el horizonte de su vida la aurora resplandeciente de aquel apacible día, que proclamado a voz en grito por los profetas como el último de la esclavitud y el primero de la libertad evangélica, había de inaugurarse en los fastos sombríos de la historia del hombre una nueva época de restauración y de ventura, borrando de su frente el carácter de ignominia con que se hallaba sellada, y restituyendo otra vez a Dios al hombre, por tan inmenso abismo ya de Dios separado. Ha nacido ya por fin en la pequeña ciudad de Belén, según el oráculo del profeta Miqueas, el verde renuevo de la floreciente vara de la raíz de Jesé, cuya realización era el término último de todas las esperanzas del pueblo judío, cuando con suspiros y lágrimas pedían sus profetas que las nubes lloviesen al justo, y la tierra brotase al salvador del mundo. Y para contemplar desde más cerca los estupendos prodigios que allí se realizan, trasladémonos con el espíritu hasta Belén acompañados de los humildes pastores de aquellas comarcas, que trasportados de gozo inefable al escuchar atónitos y estremecidos el anuncio de paz y de alegría de los ángeles, nos convidan diciendo: Transeamus [Lc 2, 15], pasemos hasta Belén. Pero, ¡vanas esperanzas, ilusiones defraudadas! El judío carnal y voluptuoso llevado del amor a la gloria y opulencia mundana creería encontrar tal vez en el establo, donde nos dirigimos, a su libertador y Mesías prometido con toda la pompa de su regia magnificencia, rodeado sin duda con todo el aparato de poder y de grandeza que parece deberían efectivamente acompañarle, atendida la sublime misión que había de desempeñar entre los hombres. Mas los designios de Dios distan muy mucho de los cálculos de los mortales, y en vez de todas estas circunstancias, otras por cierto muy distintas son las que han de absorber nuestra atención toda en aquel feliz establo. Dos pobres consortes humildes (carpintero de profesión, según la opinión más probable) y un tiernecito infante, cubierto en unas ropas, que la esposa ha dado a luz en aquel rincón desapacible, habitación inmunda de dos bestias, sin [más] palacio que una angosta gruta, sin más cuna que un pesebre, sin más alfombras que unas pajas, sin más cortejo que dos humildes esposos y unos festivos pastores. Esto es lo que registramos con los ojos del cuerpo en el establo. Pero miremos atentamente con los ojos del espíritu, y veremos la estrecha cueva trasformada en teatro de los más estupendos prodigios. Porque aquel artesano humilde que atónito y asaltado de dos afectos contrarios: se alegra al ver al niño nacido, por una parte, y por otra, al contemplarle entre pajas se entristece, y atraído por el amor más puro y penetrado del respeto más profundo, ni bien se le aparta cariñoso, ni bien se le acerca reverente, sino que estático le adora, y permaneciendo inmóvil le contempla, es José hijo de Jacob y de Helí, de la familia de David, varón justo y el más afortunado entre todos los hombres. Aquella tan hermosa joven y honesta señora, que anegada en gozos inefables, sustenta al niño en su regazo, y le envuelve, y le arruya, y le [?], y acaricia embelesada, es su esposa María, oriunda de la misma real estirpe que José, princesa celestial, saludada por los ángeles, templo vivo y sagrario de la Tri-<*2*>nidad beatísima, el rasgo más sublime de la magnificencia divina, el encanto de la naturaleza y el prodigio de la gracia, más cándida y más pura que el aliento de un ángel, más resplandeciente y hermosa que los fúlgidos rayos del sol a mitad de su carrera. ¿Y el niño? ¡Ah! el niño, que aunque transidito de frío, agradezca no obstante, con graciosas sonrisas las finezas de la madre, y levantando su hermoso rostro se le ofrezca para que con dulces ósculos beba a torrentes de su pequeña boca un océano de celestiales consuelos; es Jesús, hijo de Dios vivo, rey inmortal de los siglos, que habiendo tomado carne a impulsos de una caridad infinita y hecho hombre por el hombre, llegada la plenitud de los tiempos, nace de María virgen sin lesión de su virginal entereza, para libertar al mundo del poder de Satanás, bajo cuyo despótico imperio hacía ya cerca de cuatro mil años que se hallaba subyugado. Tal es, cristianos, el delicioso espectáculo que nos ofrece a nuestra consideración la humilde cueva de Belén, si registramos con los ojos del espíritu lo que allí se realiza. Pero dejando a un lado la descripción de tan tierno y lisonjero grupo, ¿no es bien extraño, cristianos, que este niño a quien adoran y anuncian los ángeles como el Salvador y libertador de su pueblo, aparezca en el mundo como el más vil y despreciable esclavo? No, cristianos: Jesucristo vino a libertar al hombre de la ominosa esclavitud en que estaba sumido, y siendo como era eterna sabiduría, debía libertarle por los mismos caminos por los cuales el hombre se había esclavizado. Ved ya insinuado todo el plan de mi discurso.
   Conozco, cristianos, lo arduo y difícil de mi empeño; pero cuento con vos, ¡oh! Virgen y Madre purísima, y habiendo de ceder todo cuanto diga en honor de vuestro Hijo, no dejaréis de comunicarme vuestro favor, vuestra asistencia y vuestra gracia. Ave María.
   Sabido es, cristianos, que la corrupción de la carne, el orgullo del corazón, son el doble origen de los males todos que pesan sobre el género humano. Todos los extravíos que en el orden moral nos asombran y los excesos que en el orden físico y material nos afligen, no tienen otro origen más que la corrupción de la carne y el orgullo del corazón. Id registrando una por una todas las épocas del mundo, estudiad su historia, leed sus iniquidades, y de seguro no hallaréis la clave de todas estas abominaciones sino en la carne corrompida y en el corazón ensoberbecido. El primer pecado del hombre se representa ya revestido con este doble carácter; el que transfundiéndose de familia en familia, y de generación en generación, como la lepra de Naamán, se inocula en el árbol de la humanidad a manera de injerto corrompido, cuyas enfermas ramas no llevan grabadas en sus hojas y marchitadas flores más que la corrupción y la muerte. Necesario, pues, era tratándose, como se trataba, de curar radicalmente este árbol frondoso de la humanidad, atacar frente a frente este doble mal, arrancando, por decirlo así, hasta sus más profundas raíces. Y he aquí, cristianos, lo que hace el Verbo divino tomando carne humana y habitando entre nosotros.
   Y, a la verdad, arrepentido Dios de haber criado al hombre, porque toda carne había corrompido sus caminos, abrió por vez primera las cataratas del cielo e inundó en agua toda la faz de la tierra; pero lejos de que este diluvio la purificara, siguió al torrente de las aguas otro torrente de iniquidades. Envió después [?] a los príncipes y ciudades para predicarlas penitencia; y viendo la inutilidad de todos los medios parciales que había empleado hasta entonces para curar al hombre, realizó, llegada la plenitud, el más profundo y misericordioso de sus consejos, enviando al mundo al eterno Verbo. Ahora bien, si Dios, porque toda carne había corrompido sus caminos, decretó que no permaneciera su espíritu en el hombre, ahora que la carne del hombre se ha hecho carne del Verbo deberá en ella residir el espíritu de Dios, con mayor motivo aún que en los anteriores tiempos de su pureza. Y esta prerrogativa o dignidad de la carne pura, sin mancha original por haberse hecho carne del Verbo, en virtud de la encarnación, devuelve en cuanto puede a la humanidad culpable la inocencia perdida y restablece la [?] y el [?] perdido, deja reinar la carne y el espíritu, entre los sentidos y la razón y entre la razón y la fe. Así...
   Pero donde aumenta de punto la tierna solicitud y el cuidado de nuestro divino maestro, es cuando se trata de combatir el orgullo, el caudillo de las pasiones, el orgullo. Es el orgullo, dice el Eclesiástico, el pecado capital del hombre [Eclo 10, 13], el principio y la raíz de todos los males.

Escritos I, vol. 1.º, doc. 23, pág. 1-2






   Escuchad la voz del ángel.
   Acerquémonos, pues al pesebre y veamos a este Verbo que se nos... y al niño envuelto entre pañales.
   ¿Nada más nos dice el ángel?
   ¡Ah!, nada más; ya tenemos bastante para nuestra consideración. Ese niño que se ofrece a nuestra vista, vestido con el hábito de humildad, es el príncipe de la paz, el deseado de las naciones.
   Pero aún hay más, este niño que hoy nos anuncian los ángeles, y que olvidado y anonadado se encuentra en el pesebre, lo hace porque viene revestido de otros caracteres, todos ellos por nuestro bien; al presentarse así lo hace porque es nuestro doctor: más aún nuestro guía y nuestro modelo.
   Viene a ser nuestro doctor, he dicho: ¿Qué sería de nosotros, H. M., si no hubiera aparecido esta luz que viene a iluminar todo hombre que viene a este mundo?
   La humanidad lo había olvidado todo: su origen, su destino, más aún su presente; palpando tinieblas desconocía el objeto de su verdadera felicidad y la buscaba tras mentidos placeres que no siempre podía alcanzar, y se avergonzaba de la pobreza y miraba la castidad como un imposible y un oprobio; y el corazón estaba fuera de su centro y encenagado en la miseria de la desesperación. Nosotros, A. M., que estamos convencidos que poseemos la verdad, que tenemos ideas claras de Dios, de nuestro destino, que nos es dado con tanta viveza, lo nada que son todas las cosas de la vida para llenar nuestro corazón; que comprendemos en fin el valor de la pobreza, del dominio de las pasiones, hubiéramos sido sin embargo <*2*> como ellos víctimas de nuestras preocupaciones y hubiéramos pasado nuestra vida en la ignorancia y bajo el peso de los más crasos errores, pero apparuit gratia etc., pero ha aparecido la gracia de Dios nuestro Salvador dice San Pablo, erudiens nos, enseñándonos ¿pero qué enseña? ut abnegantes impietatem... sobrie et juste et pie vivamus in hoc soeculo, que abandonando todos los objetos de las pasiones vivamos sobria y piadosamente en este mundo, exspectantes beatam spem, aguardando la esperanza bienaventurada [Tit 2, 11-13].
   Doctor, sí, pero no sólo nos enseña sino que practica lo mismo y por sí mismo lo que nos viene a enseñar. Por esto nace en la oscuridad, desprendido de todo, olvidado de todo, falto de todo, para cambiar las ideas del hombre enseñándole a combatir las tres grandes concupiscencias que hasta entonces le habían [dominado], queriendo buscar en ellas su felicidad.
   Y nace humilde y pequeño enseñándonos a hacernos pequeños en medio de la vanidad de nuestro corazón, y aparece necesitado para desprender nuestra voluntad de la bajeza de las cosas de la tierra; y viene sufriendo para estimularnos a la mortificación, único medio de alcanzar la posesión de la libertad del alma; y destila tiernas lágrimas para ablandar la dureza de nuestro corazón y moverle a la compasión, a la caridad, a la piedad, al amor, a la dulzura; en fin, no con palabras de humana sabiduría sino con su retorno admirable, con su lenguaje divino viene a mostrarnos el camino de las virtudes, a ilustrar nuestro entendimiento.
   Desde hoy, H. M., aparece y se ofrece no sólo como doctor, sino también como rey de nuestras almas.
   ¡Ah!, al considerar los combates de las pasiones, al pensar cómo hemos de practicar estas virtudes... <*3*>
   ¡Ah!, no temamos: Ecce Rex tuus... [Mt 21, 5].
   Y él viene, él viene a estar a nuestro lado.
   Nosotros, H. M., que hemos dado nuestro nombre.
   Pero no sólo viene a ser nuestro rey sino también nuestro compañero y nuestra ayuda.
   El corazón del hombre es una continua mudanza. Débil por el pecado, inquieto en sus afectos, vive en continua alternativa y necesita un ejemplo que le anime en todas sus acciones, un apoyo que le sostenga en todas sus debilidades. Jesús pues viene a llenar estas necesidades del corazón, de modo que a su lado y a su vista no podemos desmayar en el camino de la vida. ¿Nos hace fuertes el adquirir el espíritu de humildad y de olvido de todo? Él va delante de nosotros practicándolo. Miradle en aquel oscuro rincón, apartado de la sociedad. Rey del universo con derecho a que todas las criaturas vengan a anonadarse en su presencia; vive desconocido del mundo. In propria venit [Jn 1, 11]. Vino al mundo al que le era propio y dueño y los suyos no le recibieron.
   Cuántos acontecimientos se estaban verificando, etc.
   ¿Se desalienta nuestro ánimo ante el deber de la morti-<*4*>ficación? Ved a Jesús en el lecho del dolor desde el día de su nacimiento hasta su último sueño en la cruz, sin un momento de descanso durante los días y en todas las circunstancias de su vida.
   Nos repugnan, acaso, las contradicciones, la enfermedad, el rigor de las estaciones, todos los males de la vida. Jesús está a nuestro lado víctima de sufrimiento, soportando el frío, el calor, el cansancio.
   ¡Ay!, H. M., cuánto debiera avergonzarnos y, al mismo tiempo, llenarnos de un santo entusiasmo esta idea de Jesús que viene al mundo para ser nuestro modelo... se refiere de Alej.
   Cómo podemos menos de reconocer el beneficio inmenso que nos proporciona hoy al ofrecérsenos compañero a nuestro lado, para poder atravesar con su ejemplo los arenales abrasadores de nuestra peregrinación.
   Más aún, al ofrecerse por nuestro compañero, viene lleno de todas las gracias.
   En fin, H. M., os molestaría si tuviera que recorrer todos los caracteres con que se presenta ante nosotros, y los beneficios que viene a traernos. Al nacer de una madre virgen exalta...

Escritos I, vol. 1.º, doc. 24, pág. 1-2






   Plática sobre la circuncisión

   Predicada en la novena de la Santa s[?]   21 de enero de 1867 <*2*>

   Hemos recorrido durante estos días, mis A. H., la hermosa cadena de los primeros pasos y misterios de Jesús sobre la tierra. Hemos visto su, etc.
   Y hoy vamos a considerar aquel espectáculo doloroso a la par que sublime y misterioso de amarga circuncisión. Pero para que nos sea provechoso este misterio de la circuncisión debemos recordar por un momento su historia, para que [sirva] como de base de nuestras consideraciones. Dios, para formarse un pueblo escogido que fuera el depositario de su ley y de [su] religión primitiva y de cuyo seno naciera el Mesías prometido, les mandó [?] se marcaran con una herida hecha en la carne de los varones, etc.
   Esta señal representaba pues... al mismo tiempo que los distinguiera de los demás pueblos, fuese como una protestación de su fe y un reconocimiento de la necesidad que tenían de expiación como pecadores.
   Ahora bien, pues, ocho días hacía que había nacido Jesús, dice el sagrado evangelista, y es llevado al templo para ser circuncidado también, en cumplimiento de la ley. ¡Oh, qué abundante suma de reflexiones nos ofrece este corto pasaje! ¡Cuántas lecciones encierra para nosotros! ¡Oh!, el entendimiento se confunde y...
   Y en la imposibilidad de abarcar todas las reflexiones que se desprenden de este misterio, en los estrechos límites de una plática, nos limitaremos a ponderar las que descuellan en él. Para el acierto, etc.
   Le hemos contemplado en la encarnación, anonadándose hasta encarnarse en el seno de una virgen; hemos visto los ásperos tratamientos que en el día de su nacimiento sufrió en su cuerpo, las lágrimas que derramó por nuestros pecados, la desnudez y aspereza que sufrió en medio de la estación más cruda.
   Y aunque para los hijos de los hebreos era una gloria la circuncisión, porque les constituía suyos...
   ¿Cuáles son las virtudes que descuellan en <*3*> este misterio de la circuncisión? Éstas se desprenden naturalmente de los fines principales porque fue instituida la circuncisión: He dicho que en primer lugar la circuncisión era para reconocer, por medio de esta señal el estigma de pecador, y que por medio de este reconocimiento se borraba el pecado original, legal.
   Yo veo, en primer lugar, su espíritu de humildad.
   Al contemplar, pues, a Jesucristo sujetándose a esta práctica humillante, yo veo en ella el rasgo de la humildad más profunda, que no puede menos de arrebatar nuestra admiración. Porque ¿quién es, H. M., el que hoy llora en los brazos de su madre? ¿Quién es el delincuente que se marca con el sello del pecado? Quién lo creyera, H. M. El omnipotente es el que se sujeta a una ceremonia tan humilde y degradante. Aquel que, sentado sobre un trono de luz, domina la inmensidad [?] de los espacios; aquel que sacó el mundo de la nada con un solo acto de su [voluntad], que ha sembrado el cielo de estrellas, [que] ha marcado sus límites al mar, el que ha constituido las estaciones, los días y los años; es el que gime, es el que llora.
   El Dios de las venganzas, que anegó al mundo con un diluvio, que abrasó las ciudades nefandas con fuego del cielo, da hoy muestra de debilidad y sentimiento. Pero, sobre todo, el santo de los santos, que se sienta sobre querubines, el esplendor de la gloria del Padre, cordero sin mancilla, cuya sangre lava todas las manchas del mundo, se confunde este día con los pecadores, recibiendo en su persona el sello de los proscritos y delincuentes. ¡Ah!, no me admira ya que los santos Padres, al contemplar este misterio, le hayan reconocido como el acto más humilde de cuantos sufrió el Señor por nuestro rescate.
   Pero ¿qué es lo que digo, H. M., más humillante que el pesebre, más humillante que el Calvario? Sí, más humillante que el pesebre, más vergonzoso que la cruz.
   En el pesebre, es verdad, tiembla de frío el que da vida y calor al universo, se alberga entre animales, experimenta las incomodidades de la más extremada pobreza, pero los ángeles cantan su gloria en las alturas, y amanece por él la paz sobre la tierra; pastores <*4*> y reyes se postran a su presencia, y una estrella aparecida de nuevo sobre el firmamento manifiesta claramente la grandeza y el poder del recién nacido. En el Calvario sufre la vergüenza de la desnudez, el dolor y tormento de la crucifixión, y la afrenta de una muerte ignominiosa; pero la tierra se estremece, el sol oculta sus rayos, el velo del templo se rasga y la naturaleza toda parece llorar la muerte de su creador. Hasta los mismos que le crucifican no pueden menos de exclamar: Vere filius Dei erat iste [Mt 27, 54]. Verdaderamente era el Hijo de Dios este hombre.
   Mas en la circuncisión, H. M., se oculta enteramente la naturaleza divina. Aquí no hay estrella, no hay sol, no hay ángeles, no hay magos, no hay un centurión que confiese al Dios hecho hombre; en ella todo es humillación: lágrimas, gemidos, señales de debilidad, muestras de pecador es lo que allí se ve. Por esta razón no ha faltado quien diga que si el eterno Padre hubiera sido capaz de desconocer a su Hijo, hubiera sido en aquel momento. Por ello San Bernardo, atónito al ver tanta humillación, exclamaba y decía: Humiliavit se usque ad circumcisionem: Se humilló hasta la circuncisión; no dijo hasta la muerte de cruz, como San Pablo, sin duda porque le pareció ser ésta la mayor de toda su vida. Por esto dice este santo que este misterio debía llenarnos de asombro y de admiración. ¡Ah!, sin duda los ángeles, al contemplar aquel espectáculo, cubrirían sus rostros por no presenciar aquella escena.
   He dicho en segundo lugar, H. M., que en este misterio [destaca] el espíritu de penitencia y sacrificio y de amor.
   Desde el día del primer pecado, el sacrificio, los pade-<*5*>cimientos son la ley de la humanidad. En un principio el hombre estaba destinado a ir al cielo por un camino sembrado de flores, por el camino del placer, de la felicidad; pero desde el día de su caída, al separarle Dios de su destino, le señaló otro rumbo, el camino del dolor, de la amargura, de la muerte o, como dice muy bien Masillon [?], Dios ha querido conducir otra vez a su pueblo hacia la tierra de promisión por el desierto del sepulcro.
   Ahora bien, pues, H. M.: Jesucristo que no sólo vino a satisfacer por el hombre, sino también a servirle de modelo; y, por ello, quiere sujetarse al dolor y a la amargura desde los primeros días de su venida al mundo.
   Es cierto que una sola lágrima, un solo suspiro de Jesús, hubiera [sido] suficiente para satisfacer la justicia del Padre, para romper las cadenas del pecado, y alcanzar la gracia de nuestra salvación; pero Jesucristo hecho hermano del hombre, compañero del hombre en el camino de la vida, pero estaba decretado en los consejos eternos que el tratado de paz entre Dios y nosotros no se ratificaría hasta que fuese derramada la sangre del Nuevo Testamento; pero tal era su deseo de padecer, era tal su deseo de sacrificio, que pareciéndole se debía, retardaba demasiado esta efusión de su sangre, quiso anticiparse a ello, derramando hoy las primicias de ella. <*6*>
   Pero, sobre todo, H. M., en este misterio nos manifiesta lo intenso de su amor por nosotros.
   Qué pecho, H. M., no se siente conmovido por el amor de Jesús, al contemplar la circuncisión con los ojos de la fe.
   Al ver que es un Dios el que padece y se humilla, y que al ofrecerse a estos padecimientos lo hace por nuestro amor y con conocimiento de causa, la razón se turba y la lengua enmudece ante este abismo de amor. Y, en efecto, H. M., los hijos de los hebreos cuando eran circuncidados nada sabían y ni entendían de la operación que se ejecutaba; sentían sí el dolor que les causaba el fatal cuchillo; pero este sentimiento era para ellos un acto forzoso e involuntario; y no quedaba al arbitrio de los infantes más que la expresión del dolor por medio de sus lloros y gemidos. No así el Hijo de Dios y de María: desde el instante de su concepción tiene un perfecto conocimiento de sus operaciones, y se entrega y ofrece al rigor de la circuncisión por un acto de su voluntad perfectamente libre; y bien, ¿hemos contemplado nosotros la magnitud de esta fineza?, ¿hemos reflexionado sobre el valor de esta sangre derramada? ¡Ah! Esta sangre es la primera de la redención, suspirada por tantos siglos; la sangre del eterno deseado, la sangre del cordero que quita los pecados del mundo.
   Esta sangre es lo más puro, lo más acendrado de este divino niño.
   Y como si fuera poco el tener que, etc. <*7*>
   Ahora bien, pues, H. M., ¿qué efecto deben producir en nosotros estas sencillas ideas? ¿Qué consecuencias prácticas debemos sacar de estas sencillas consideraciones?
   ¡Ah! Mil consideraciones prácticas, provechosas a nuestro bien espiritual, podríamos deducir de ellas. La humillación de Jesús debía cubrir de confusión nuestro amor propio y nuestra vanidad; la prontitud de Jesús a las prescripciones de la ley debía ser el modelo de nuestra sencilla y constante obediencia. El dolor de Jesús en este misterio debía engendrar en nosotros el espíritu de una constante mortificación.
   Pero circunscribiéndonos al objeto que ha motivado estos cultos, el niño Jesús nos anima en este día y nos convida a que meditemos su amor en favor de las almas, para que nosotros cooperemos también a la salvación de éstas.
   Dios todo lo dispone en orden, y las causas secundarias...
   Sí
   Jesucristo ha dado su sangre. La daría otra vez. Voto de...
   Por gratitud. Si hubiéramos nacido allá.
   Por interés propio. Tal vez Dios ha atado nuestra salvación.
   Hoy día más que nunca. Los adelantos modernos...
   Nuestros bienes son de Dios, y nosotros lo somos...

Escritos I, vol. 1.º, doc. 25, pág. 1-2






   Reyes

   Predicado en Artana: 6 enero 93

   Mis H.: La Iglesia, nuestra madre, solícita, etc.
   Hace poco, en el Adviento, nos entretenía con cuatro largas semanas, haciéndonos dirigir al cielo palabras de deseos y esperanzas.
   Aquellas 4 semanas figuraban los cuatro mil años en que la humanidad estuvo esperando al Mesías, significaban los suspiros, los deseos de todos los justos, y de los hombres de fe desde Abel hasta la venida del Salvador.
   Y qué suspiros y qué ansias y qué voces de corazón eran aquellos.
   Yo contemplo a...
   Jacob
   David
   Los profetas
   Isaías, el cantar [?]
   ¡Oh! qué debían sentir aquellos justos.
   ¿Qué alegría podían tener! Ellos dirían a sus hijos, felices vosotros...
   Esto significaban aquellas semanas.
   Pero [he] aquí, que en la víspera de Navidad, resonó ya otra voz de la Iglesia, que se repitió por todas las catedrales e iglesias hasta los más remotos [?] <*2*>
   Christus natus est nobis
   Gloria a Dios en las alturas
   Y hoy, como continuación de ese misterio, nos repite, Christus apparuit nobis. Venite adoremus: [A Cristo, que se nos ha manifestado, venid, adorémosle: Invitatorio de la Epifanía].
   Leva in circuitu: [Echa una mirada a tu alrededor: Is 49, 18].
   Ya, pues, que al venir a visitaros para establecer la práctica de vela nocturna, me veo precisado a dirigiros mi palabra ministerial en esta aparición y manifestación de los magos, quién es el que aparece visible y cómo hemos de recibirle

   A. M.

   Entre los beneficios. Omnis vallis exaltabitur et omnis mons et collis humiliabitur [Is 40, 4].
   ¡Oh! todo cambia de aspecto. Vedle cómo viene en un portal, y niño voluit nasci, quia voluit amari: San Bernardo.
   Viene a ser nuestro modelo. Cuántos <*3*> trabajos en la vida. Pues él nos enseña la paciencia, la humildad, el desasimiento.
   Si el tiempo me lo permitiera, yo os diría que vino a hacerse nuestra cabeza, y a nosotros miembros suyos.
   A elevar nuestra naturaleza: Deus factus est homo, ut homo fieret Deus.
   Pero todo esto sería nada aún, si no se hubiese dejado sacramentado.
   ¿Qué hemos de hacer, pues?
   Agradezcamos su venida, su humillación.
   Pero, ¡ay!, H. M. Una idea triste me ocurre.
   ¿Qué hemos de hacer? Ofrezcámosle, 1.º Los patriarcas; 2.º Los profetas; 3.º Los justos; 4.º Simeón.
   Pero hoy tenemos un modelo: los santos reyes.

Escritos I, vol. 1.º, doc. 26, pág. 1-2






   Debía predicarse en Vinaroz
   Se predicó una análoga en S. V. y P.

   ¡Qué fría y oscura noche presentaba el mundo en medio de los siglos! La más crasa ignorancia cubría las inteligencias; la más repugnante degradación pesaba sobre los corazones.
   El frío de la inteligencia tenía entorpecidas las almas.
   Pero amaneció la aurora del día deseado por todos, en medio de aquella oscuridad general, de aquel día esperado por los patriarcas y suspirado por los profetas, y brilla como señal de este día, en [el] cielo, la estrella anunciada por el profeta de Balac.
   Y a su luz se disipan las tinieblas, y a su calor se deshace el hielo de los corazones, y se manifiesta al mundo el que es la expectación de las gentes, el deseado de [los] collados eternos, el príncipe de la paz, y las nubes llueven al justo, y se anuncia al mundo el principio de la nueva era de paz y de felicidad.
   Y estos días celebramos, H. M., la memoria de este acontecimiento. Y hoy es el día memorable en que recibe las primicias de los gentiles, etc.
   Oh, feliz momento de la...
   Dichosos ellos que pudieron...
   Pero, ¡ah!, este amante Jesús ha querido perpe-<*2*>tuar sus bendiciones a través de los siglos, y en su pobre tabernáculo, más agradable que el de Belén, ha querido fijar su habitación, para desde allí bendecir las almas.
   ¡Oh!, dichosos mil veces nosotros más que los afortunados príncipes de Tarsis y de Saba, que podemos [recibir] la bendición amorosa de Jesús que aquí presente se entrega a nuestros brazos.
   ¡Oh, dignación amorosa de Jesús!
   ¿Qué le daremos al Señor?
   Hace un año que os invitaba a ofrecerle la mirra de vuestros sacrificios.
   Esta mirra no se ha acabado.
   Ofrecedle el oro de vuestro corazón.
   El incienso de vuestra gratitud, y ¡ay! bendiciones más copiosas caerán sobre vuestras almas.
   Que las derrame sobre vosotros.
   Sobre tantas, ilumina, que viven en la oscuridad.

Escritos I, vol. 1.º, doc. 27, pág. 1-2






   [Vida oculta]

   Plática - Vida oculta de Jesucristo

   Predicada en San Juan y La Purísima
   Ejercicios de 1867 = 5º día
   Predicada en Santa Clara
   Ejercicios de 1869
   San Mateo [?] <*2*>

   Vida oculta de Jesucristo
   Hemos visto ya el fin, etc.
   La indiferencia.
   La necesidad de la perfección.
   Lo que puede impedirlo.
   Pero, ¡ay!, es tan frágil nuestro corazón, es tan inconstante nuestro espíritu, se nos van tan fácilmente los propósitos si no tenemos una memoria viva, un ejemplo continuo y a la vista que nos anime. Por ello, pues, y para animarnos a seguir con constancia este camino voy a presentaros un modelo admirable, tierno, sublime, cuyos atractivos nos enamoran, cuya dulzura y suavidad nos es imposible resistir. ¿Quién? Jesucristo, éste, etc.
   Pero como de todos los actos de Jesucristo el que más propio y adecuado es para vuestra imitación son los actos de una vida privada, pues [?] <*3*>
   Antes de dar principio [a] la consideración que va a ocuparnos un momento, bueno es que recordemos, para que haga más efecto en nosotros la necesidad que tenemos de imitar a Jesucristo.
   La obligación tenemos de imitar este admirable modelo y escuchar sus enseñanzas. Cuando en su bautismo...
   Y este mismo Padre eterno nos está señalando con el dedo a este hijo amado. Mach.
   En efecto, Jesucristo nos dice: Ego sum via, et veritas, et vita [Jn 14, 6].
   El Padre celestial ha jurado...
   Y si todos tienen obligación, nosotros en especial, etc.
   Pero, sin embargo, cuán diferentes somos de este divino modelo, etc.
   Para animarnos pues a copiarle, veamos lo que nos dice; lo que nos enseña con sus obras.
   Trasladémonos a Nazaret y veamos allí una modesta casa, una pobre habitación, unos sencillos muebles de artesano, pero cuyo aseo indica el orden; y veamos allí tres personas que forman una familia, y veamos allí un personaje humilde pero que lleva encerrados en su seno los tesoros del Altísimo: joven de 10, 15, 20, 25 años que trae retratados en su exterior los destellos de la divinidad. Quién es Jesucristo el destinado el deseado de las naciones el [?] complacencias de la Trinidad beatísima [?] de la sustancia del Padre. <*4*>
   Pero, ¿qué es lo que hace? Enterémonos y veámoslo.
   En primer lugar obedece. Pocas sentencias nos dicen los evangelistas del tiempo, etc; sin embargo en ellas nos descubren grandes rasgos de virtud, vivos rasgos de luz, etc. Erat subditus illis [Lc 2, 51]. Les estaba sujeto. ¿Quién? Un Dios, etc., un hombre Dios.
   Aquel que al criar el mundo...
   ¿Pues no es éste acaso?
   Él venía a curar al hombre.
   ¿Y a quiénes obedece? A María y José. Mach
   A los otros.
   ¿En qué cosas?
   ¿De qué modo?
   ¡Oh! qué espectáculo, H. M.
   Lo segundo que hace Jesucristo es trabajar.
   [?] es una ley del hombre. [?] el trabajo. [?] coger astillas. Los ángeles, etc. [?] todas las humillaciones. Donde nos [?] <*5*>
   Pero, sobre todo, Jesucristo se santificó. He aquí la otra pincelada con que Jesús, etc. He aquí el objeto de los amores [?] para darnos ejemplos.
   Jesucristo, según Santo Tomás, no podía crecer, etc, aunque [?] en lo exterior va dando cada vez muestras de mayor, etc.
   Y bien, ¿cuáles son esos rasgos de santidad que Jesucristo va despidiendo? ¿Cuáles son las virtudes principales que va demostrando en esta vida de soledad y de retiro?
   En primer lugar, la virtud que nos enseña Jesucristo es el espíritu de oración. Hijos de Adán, necesitamos constantemente.
   ¿Jesucristo nada necesitaba? Él hablando con el Padre, etc. Sin embargo miradle absorto en santa contemplación rogando por los pobrecitos pecadores. ¡Qué modelo!
   Por medio de la pobreza y su ejercicio. Una de las pasiones del hombre, de esas tres concupiscencias, Jesucristo que venía a ser el modelo, etc. Él hubiera podido nacer... Los hijos de los césares, etc. Y tan agradable le fue esa virtud que le acompañó todos los días de su vida. Durante los días de su predicación iba a hospedarse, etc. Ni donde reclinar su cabeza.
   Por ello, Nonne hic est faber? [Mc 6, 3].
   Por medio del recogimiento, Jesucristo, que era el orden mismo, quiso manifestarnos este orden interior y exteriormente.
   El recogimiento supone dos cosas: Desprendimiento de todo; unión con Dios. El hombre, etc. Grandes acontecimientos.
   Él hubiera podido hacer resonar su nombre.
   Los pecadores se perdían.
   Unión con Dios y su voluntad.
   Finalmente amabilidad con todos.
   Bondad para con los hombres.
   Virtudes de la familia de Nazaret [Ver estas líneas últimas]

Escritos I, vol. 1.º, doc. 28, pág. 1-2






   Vida oculta de Jesús
   Predicada a los [?]
   1870 [?] <*2*>

   Vida oculta de Jesús

   Necesidad de imitar a Jesús

   H. M., las meditaciones de la vida [?] <*3*>

nos han absorbido estos días y hemos de considerar no más en conjunto, algo de los misterios de la vida de Jesús.
   ¡Pero es un campo tan vasto y tan ameno! ¡Son tantos y tales los episodios de la vida de Jesús! Si nos fijamos en el amor sublime de su encarnación, cuando lleno de compasión vino a revestirse de las miserias de nuestra vida para repararnos de las heridas que nos hemos hecho con nuestros pecados, y ampararnos con la justicia del Padre irritada con nuestras infidelidades sería...
   Si nos internáramos en la cueva de Belén, la humillación y el sufrimiento que allí ostenta, nos servirían de un poderoso pábulo para alimentar nuestros corazones.
   Todas las circunstancias de su vida, las más insignificantes, tienen un sello de grandeza, de amor, de sublimidad, que todas nos sirven para arrancar afectos saludables a nuestras almas.
   Pero en la imposibilidad de recorrerlas, fijémonos en estos ejercicios en algunas de aquellas que sean más acomodadas a nuestro estado y a nuestras inclinaciones, puesto que para todas las circunstancias nos da ejemplos.
   Y no hay duda de [que] entre todas ocupa un lugar preferente para nuestra imitación los días trascurridos en la vida privada y oculta de Nazaret, cuyos detalles nos dan los evangelistas con pocas pero hermosas pinceladas, [desde aquí hay que ver si se puede sacar el sentido a lo que falta] y en las cuales podemos suficientemente ver y examinar [?] tras un trasparente y sutil velo, las amenas [?], la modesta conducta, el amor ardiente, la [?] admirable, el desprendimiento completo
   [?] familia, durante la mayor parte de su [?] en la tierra.
   Y aunque hemos meditado y habeislo [?] repetidas veces, pero
   [?] siempre hay vistas [?] en este cuadro hermoso y se descubren <*4*> que sólo a la luz de nuestra consideración es doble atinar.
   Descendit cum eis et venit Nazareth: et erat subditus illis… Et Jesus proficiebat sapientia, et aetate, et gratia apud Deum et homines [Lc 2, 51-52].
   Descendió a Nazaret y les estaba sujeto. Adelantaba delante de Dios y de los hombres. Pinceladas sublimes, H. M., dignas de toda nuestra consideración.
   Descendit cum eis Nazareth. El divino Salvador que vino al mundo con la única mira de enseñarnos y salvarnos, cómo es que se dirige a Nazaret a pasar una [vida] de abstracción por espacio de 30 años tan preciosos que eran, y de una vida tan corta como fue la suya.
   Misterio sublime, lección admirable con la que, y para desviar el concepto que el hombre se había formado, quiso enseñarnos a todos y, sobre todo, a los que nos ha llamado hacia [él] con el vínculo del desprendimiento de todas las cosas y de todas las criaturas.
   Descendit Nazareth. Descendió y a Nazaret, lugar oscuro y olvidado para vivir más solitario y separado de todos sin romper por ello los vínculos de la sociedad, como el Bautista, sino en medio del mundo y como si no estuviera en él.
   Pero, ¿y qué es lo que podía hacerle temer a Jesús en el contacto con las criaturas? Impecable por naturaleza, hasta parece que debía rozarse con ellas para santificarlas mejor.
   Pero ¡ah! no, no; temía que nos dañaría con su ejemplo si hubiera obrado de otro modo y nosotros hubiésemos querido imitarle. Quiere excitarnos al [?] lo más completo que podamos de la separación y desprendimiento de las cosas y de las criaturas; manifestando cuando se le dijo en alguna ocasión: dejadme estar [?] convencernos prácticamente que la soledad es nuestro [?] y refugio. Tú, H. M., que por la misericordia de Dios [?] el bajar a Nazaret, y a la que como [?] en los cánticos ha ocultado tu esposo in foraminibus petrae, in caverna maceriae [Cant 2, 14], en los agujeros es-<*5*>condido de la piedra de la religión, y en la cueva de la abundancia que te es dado estar libre del contacto exterior del mundo, no puede temer ya tanto los dardos continuos que como átomos caen sobre las almas, y que algún día experimentaste, y que ahora experimentarías mucho más, atendido sobre todo a tu carácter, si el Señor no hubiese proveído a tu debilidad, levantando una muralla impenetrable que...
   Agradece este inmenso beneficio que te ha venido de su mano y ejercítate en actos de desprendimiento y abstracción no sólo de las criaturas sino hasta de las cosas de ellas.
   Pero, ¡ay!, no basta esto todavía; no basta esta separación exterior que, aunque es el primer paso, no es el más esencial; es precisa la abstracción interior, es necesario llegar hasta la sublimidad del retiro, como Jesús la practicó.
   ¡Oh!, qué mezcla de ideas se cruzan en mi imaginación en este instante, y no sé si me será posible el explanarlas con claridad.
   Es preciso llegar a la sublimidad de la soledad interior; muchas almas la han practicado y practican en el mundo y puede dejarse de practicar en el retiro del claustro.
   Santa Catalina de Sena la supo encontrar entre los atropellos de su familia.
   San Francisco la logró estando muy a menudo en los salones de los reyes, de los magnates, de los señores más distinguidos y nobles.
   Tal vez no se encuentra en algunas ocasiones en los lugares en que el Señor la desea.
   Ya sabéis, H. M., que el enemigo de nuestras almas a quien habéis dado un solemne [mentís] con vuestra separación del mundo, no dejará ocasión, si puede, de impediros esta soledad interior; y comprenderéis también que [?] en el recinto del santuario, una sombra [?] de
   [?] mundo, tanto más temible, cuanto más [?] repugnante, y que puede ser más imperceptible [?] mundo y de falta de abstracción, cuanto [?] acomodada a vuestro sexo
   He dicho que esta falta de abstracción [?] encontrarse en todos lugares por santos <*6*> en la suposición de que se tenga de vivir en roce unos de otros, porque muchas veces sucede lo que nos dice el mismo Jesucristo: Inimici hominis, domestici ejus [Mt 10, 36]: los enemigos del hombre son sus mismos domésticos [los de su casa]; y esta sombra de mundo puede ir envuelta en palabras al parecer oportunas y en cuidados al parecer llenos de celo, y en afectos al parecer racionales y santos y reprobar cosas al parecer por necesidad y conveniencia, y... en tantas y tantas cosas ya que todo es efecto de nuestra falta de indiferencia y de soledad.
   ¡Ah! cuántas veces a través de un acto de caridad se oculta nuestro amor propio poco desprendido; cuántas por el conducto de un desahogo se evapora nuestra abstracción; cuántas bajo el prisma de santo interés, nos arrastra más bien nuestra curiosidad; y de aquí, ¡cuántas faltas!, ¡cuánta disipación!, ¡cuántas conveniencias! Es porque no tenemos el espíritu de soledad interior; el demonio se aprovecha de los objetos domésticos para convertirlos en enemigos. Inimici hominis, domestici ejus.
   No se sabe de Jesús.
   Después de ello sólo María y José: solos, pues, María y José los objetos de nuestra compañía, y a lo más a aquellos que los representan, y sólo en cuanto los representan. [?]
   Inimici hominis domestici. Y no creáis, H. M., que por ello pudiera tener menoscabo nuestra caridad, nuestro [?] el cumplimiento de nuestros deberes, al contrario si estuviéramos poseídos de la abstracción verdadera de la [?] interior; ¡oh! cuán espontáneos saldrían [?] para con los demás; ¡oh! cuán [?] los frutos de la caridad! ¡Cuán agradables [serían los deberes] de la educación!
   [?] podría ser causa de molestia y de mor-<*7*>tificación y otras cosas mayores, como suele estar expuesto a serlo cuando no va acompañada de la indiferencia de espíritu respecto de cosas y criaturas.
   Aspiremos a esa sublimidad de retiro espiritual ya que el Señor os ha hecho la gracia de poseer la exterior.
   Pero aún hay más sobre esto; esta falta de abstracción puede ocultarse hasta en el ejercicio de nuestras ocupaciones exteriores a las que los deberes y la obediencia pueden obligarnos. ¡Oh! cuántas [veces] se enerva el espíritu tras nuestra actividad natural, cuántas se evapora nuestro corazón al manejar nuestras tareas, y cuando queremos recogerlo, ya nos encontramos sin él, y hemos perdido la soledad interior.
   Mirad a Marta...
   Porque no consiste, no, nuestra recomendación para con Dios, ni [en] la magnitud ni la muchedumbre de nuestros servicios; sino en la unión íntima con él por medio del amor y del desprendimiento de todo, cuya unión se engendra, aumenta y confirma por la contemplación de la vida escondida, y cuya unión siempre es interrumpida por poco que sea con la acción [siguen faltando palabras] la vida exterior y el roce con las criaturas.
   Aspiremos, pues, a esta sublimidad del retiro y soledad de Jesús; porque así, y sólo [así], podréis satisfacer al Señor y corresponder a los designios [del Señor] sobre vosotras; sólo así podréis...
   Y sino lo sabéis encontrar pedidla <*8*>
   Et erat subditus illis [Lc 2, 51]: En estas solas palabras encierra el evangelista la ocupación exterior de Jesucristo. Pero, santo evangelista, dinos algunas de las cosas que el Señor hizo durante los luminosos días de su juventud, deslizados en aquel santo retiro y que tú sabías de la boca de María, que se entretendría en referínoslo para su solaz y vuestro consuelo. Cuéntanos aquellos éxtasis amorosos que, unido como estaba a la divinidad, lo participaría a sus sentidos. Dinos aquellas admirables palabras y coloquios con que endulzaría cariñosamente las necesidades de su madre y de San José, aquellos...
   [?] erat subditus illis: durante este tiempo no se cuenta cosa más maravillosa, ni más sublime que esta ocupación: estarles sumiso y obediente...
   ¡Pero qué obediencia y sumisión! Respecto de las personas humildísima.
   Respecto de las cosas prontísima.
   Respecto del mundo perfectísima.
   [?] debe causarnos el pensar que Jesucristo practicó <*9*> esta obediencia para que nosotros le imitáramos y que cuando lo hacemos con sus lugartenientes sobre la tierra nos asociamos al espíritu de Jesús, y se complace como si lo hiciéramos con él.
   Et proficiebat. Jesucristo no podía crecer.
   Y se veía resplandecer la pobreza.
   Y este adelanto, no exterior sino interior, exige el Señor de ti, pues con su providencia admirable te ha llamado al estudio de una vida especial; te ha sacado de la casa de los que sirven, de domo serventium [Miq 6, 4], esto es, de la esclavitud del siglo; et in manu forti eduxit te de terra Egipti [cf. Ex 20, 2].
   Ut abominationes... para que santificaras las abominaciones y los vicios del siglo; et in deserto vacares sanctificationi, y en un lugar desierto y lejos de los negocios vacaras solo para la santificación. Et sicut aquila provocans ad volandum pullos suos... [Dt 32, 11].
   Y así como el águila que excita a sus hijos a volar, te ha colocado en la tierra prometida y te [?] por medio de continuos aumentos de gracia [?] ¿para qué? Ut evellas, et destruas..., et aedifices, et plantes [Jer 1, 10], para que arranques y arrases..., para que edifiques y plantes.
   Porque él os ha puesto para que <*10*>
   ¿Para qué, en fin? Spectaculum facti sumus mundo, et angelis, et hominibus [1 Cor 4, 9]. Iustorum semita quasi lux splendens procedit et... [Prov 4, 18: La senda de los justos es alba luminosa, su luz crece hasta hacerse mediodía].
   Espectáculo al mundo, para [que] la grandeza de nuestra santidad sea su continua reprensión.
   Espectáculo a los ángeles, de los cuales debéis [ser] compañeros por virtud, lo que ellos son por naturaleza.
   Espectáculo a los hombres, para servirles de ejemplo por vuestra santidad, de consuelo por vuestros sacrificios, de propiciación por vuestras oraciones.
   Y esta santidad, y esta perfección ha de crecer con la edad, porque nemo mittens manum suam ad aratrum...[Lc 9, 62: El que pone la mano en el arado...], no dejándonos llevar de la esperanza de mejores años que no llegarán.
   Hic homo coepit aedificare, et non potuit consummare [Lc 14, 30: Éste comenzó a edificar y no pudo terminar] .
   Sólo así, H. M., corresponderemos a las miras de Dios. Examinemos, pues, y propongamos. Y en los momentos de disipación entrad, os lo ruego, en la habitación de la familia sagrada, y... encontraréis allí el modelo para todas las acciones de vuestra vida.

Escritos I, vol. 1.º, doc. 29, pág. 1-2






   Plática de Navidad
   Predicada a los chicos del Instituto
   en el año 1863.

   La santa Iglesia, señores y hermanos míos, solícita por nuestro bien espiritual, procura [en] todas las épocas poner a nuestra consideración algún objeto que, alimentando nuestra fe y firmando nuestra esperanza, encienda en nosotros el fuego de la devoción, cuyo último resultado sea nuestra más íntima unión con Dios. Por ello unas veces nos traslada con el pensamiento a la cima del Calvario para que contemplemos en la soledad de nuestro corazón al varón de dolores, según la expresión de Isaías, otras veces nos recuerda la necesidad de nuestra humillación y penitencia, como en los santos días de Cuaresma, otras veces... en sus solemnes festividades. Ahora bien: ¿qué nos dice la Iglesia en estos días? ¿Qué objeto se propone? ¿Qué nos manda? ¡Ay! la santa Iglesia, después de haber dispuesto nuestro corazón con una santa tristeza en este tiempo de Adviento, después de habernos manifestado en este tiempo la tristeza y expectación en que estaban los patriarcas y justos antes de venir Jesucristo al mundo, nos dice ya en estos días: Alégrate, hija de Jerusalén, rebosa sobremanera, hija de Sión, porque he aquí tu rey [cf. Zac 9, 9], que viene saltando montes y atravesando collados; cerca está ya el Señor, venid adorémosle. Respondamos al llamamiento de alegría, que la Iglesia nos hace.
   Nosotros vamos a interrumpir por unos días nuestras tareas literarias; vamos a disfrutar del descanso en el seno de nuestras familias, a participar de la alegría general que resuena por todas partes en estos próximos días de Navidad, que acompaña la festividad del nacimiento del Señor.
   Pero ¡ay!, H. M., que no sea todo alegría estéril, que no sea todo un entusiasmo vano y sin provecho; que haya algo <*2*> para el espíritu, que el niño Jesús merezca algún sentimiento de ternura de nuestro corazón.
   Para que, pues, este misterio de nuestra religión, que vamos a celebrar, produzca en nosotros sentimientos de verdadera alegría espiritual, para que no sea estéril y sin fruto, es necesario [que] tengamos algún conocimiento de los motivos que nos obligan a ello, de los beneficios que ha venido a traer sobre la tierra este divino Salvador. Recordemos:...
   Empecemos:
   Entre los beneficios, H. M., que el niño Jesús vino a traernos a la tierra existen dos muy notables, que el profeta Isaías anunció en su tiempo, cuando inspirado por Dios exclamaba: En aquel [día] del Señor, todo monte será allanado y todo valle será llano. Omnis mons, etc. [Is 40, 4]. Este monte es la montaña del pecado que Jesucristo ha venido a allanar; este valle es nuestro corazón, valle hondo y vacío que él ha venido a llenar con su venida. Sí, H. M., Jesucristo, al venir al mundo, ha allanado la montaña del pecado que nos tenía como separados de Dios. Vosotros sabéis ya que cuando Dios crió el primer hombre, le crió en gracia, adornado de todas las virtudes. Dios debía habitar en él como en un templo sobre la tierra, y después en el cielo por toda una eternidad. Pero ¡ah! apenas había pecado, Dios le arrojó de su presencia, le arrojó del paraíso, y a él y a todos sus descendientes nos cerró las puertas del cielo. Desde entonces la pobre humanidad gemía bajo el yugo del pecado original. Aun los pobrecitos justos se consideraban como separados de Dios; pues este Dios, [a] pesar de que aceptaba sus sacrificios, no les allanaba la montaña del pecado, puesto que, cuando aun en la hora de la muerte, después de muchos años de penitencia, se despedían de este mundo, no tenían el consuelo de ir todavía a unirse con su Dios; la montaña del pecado original les impedía entrar en el cielo, y se veían obligados a <*3*> esperar en el limbo, hasta que viniera a sacarlos el Mesías prometido. De aquí que al bendecir a sus hijos en aquel momento exclamaban: Felices vosotros, que quizás logréis el ver ese gran día del Señor; quizás veréis a ese príncipe de la paz, a este ángel de la alianza, a esa estrella hermosa que ha de nacer de Jacob; y estos hijos conservaban esta esperanza en su corazón, y clamaban también: Señor, no queráis tardar: Veni ad liberandum nos, etc.: Venid a librarnos del pecado, Señor y Dios nuestro.
   Tal era el estado en que se encontraban los hombres antes de venir Jesucristo al mundo. Tal era el estado de separación en que se encontraban de Dios. Pero ¡ah! viene Jesús al mundo y todo cambia de aspecto. Desde que el Verbo se hace carne y habita entre nosotros, ya todos pueden acercarse con confianza a este Dios de las bondades. Por esto nace pobre, sin gloria ni majestad; por esto se hace pequeño, igual a nosotros, para que nos podamos acercar y unir a él. La montaña del pecado está allanada completamente. ¡Oh! qué beneficio tan grande, qué beneficio tan inmenso el de este Dios que se abaja hasta nosotros, para que nos pueda acercar a él, de quien estamos tan separados.
   Pero aún hay otro beneficio más consolador, que nos ha traído, según lo dijo Isaías; esto es, ha venido a llenar el hondo valle de nuestro corazón. Nuestro corazón, H. M., ha nacido para amar, y para amar a Dios. Es tan grande nuestro corazón, que no puede ser llenado por ninguna cosa criada. Si todo el mundo le colocáramos dentro de él, no lo llenaría. Si Dios criara mil mundos, y fuéramos dueños de todos, nuestro entendimiento podría ir aún más allá; y nuestra voluntad abarcarlos. De consiguiente, nuestro corazón sólo puede sosegarse con la posesión y amor de Dios.
   Ahora bien, antes de venir Jesucristo al mundo, el corazón de la criatura estaba vacío del amor de Dios. Entre todos los pueblos del mundo, sólo el pueblo judío le conoció; los demás iban detrás de sus apetitos buscando la felicidad, sin poder encontrarla. Y aun el mismo pueblo [judío], material e inconstan-<*4*>te, como Dios no le franqueaba fácilmente, como le trataba con cierta reserva y aparato, le miraban más con respeto que con amor. De aquí que, cuando en la cima del Sinaí les daba sus leyes y sus preceptos y ceremonias, los truenos y relámpagos y el humo, que aquel monte despedían, hacían temblar a los hijos de Israel, y clamaban a Moisés: háblanos tú, no nos hable Dios, no sea cosa que muramos [Ex 20, 19].
   Por otra parte, su corazón fluctuaba siempre entre la duda y el temor. Como no tenían el sacramento de la penitencia, como nosotros, para que se les perdonara, era preciso [que] tuvieran un vivo dolor de contrición, lo que no siempre les era fácil y, por consiguiente, su corazón, aunque unido a Dios muchas veces, no estaba del todo tranquilo, ni se llenaba completamente.
   De aquí que, en medio de su triste situación, no tenían otro consuelo que dirigirse al porvenir, y clamar: ¡Oh! Señor, ¿cuándo enviarás al consolador de nuestras almas? ¡Oh cielos! lloved cuanto antes al justo. Al patriarca Abrahán le permitió Dios que viera en visión ese gran día de la venida del Redentor, y su corazón se llenaba de alegría. Al profeta Isaías le representó Dios el nacimiento de este niño, y en medio del deseo que tenía, exclamaba lleno de entusiasmo, como si le tuviera presente: Mirad, mirad, un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado [Is 9, 6]: venid, adorémosle. En fin, H. M, su corazón se ensanchaba o entristecía, según que veían más o menos próxima la venida de este Dios.
   Y nosotros, H. M., ¿qué hacemos? Nosotros, que hemos tenido la fortuna de ver este gran día, ¿nos alegramos? Él ha venido a traer a nuestra alma la paz y la tranquilidad, tanto tiempo deseada. Él viene lleno de riquezas y de gracias espirituales. Él viene a curar las heridas que el pecado ha abierto a nuestro corazón. Él viene a saciar esa hambre de nuestro espíritu, que no pudieron ver satisfecha los justos del Antiguo Testamento. Él viene, en fin, a quedarse con nosotros, todo y para siempre. Qué queremos más. ¿Qué más puede apetecer nuestro corazón? Mil y mil otros. <*5*> Y, sin embargo, H. M., no nos alegramos; y sin embargo, nuestro corazón continúa estando triste, vacío; y sin embargo, lo miramos todo con indiferencia.
   ¿Sabéis por qué? Porque no tenemos las disposiciones que ellos tenían. Mirad su fe. Porque no tenemos su fe, sus deseos, su amor. Era tan viva su fe, que siempre les parecía tenerlo delante, y veían sus perfecciones, su grandeza, los bienes que vendrían a proporcionarles. Mirad sus deseos: eran tan ardientes los deseos de ver a este Dios humanado, que su ausencia les causaba la tristeza y la amargura, y hubieran dado gustosos sus vidas por poderlo ver. Y vemos en el sagrado evangelio que al anciano sacerdote Simeón le había revelado Dios que no moriría sin ver al Mesías prometido; y he aquí que al ir a circuncidar al niño Jesús, y al tomarle entre sus brazos este piadoso anciano le manifestó el Espíritu Santo que aquel era la víctima destinada a libertar al mundo, y entonces, no pudiendo contener su espíritu y trasportado de gozo, exclamó: Nunc dimittis, etc. [Lc 2, 29]. Ahora sí, Señor, enviadme la muerte si queréis ya, pues mis ojos han visto tu salud, la que ha preparado para el bien de todos los pueblos. Esta era voz unánime de todos los corazones justos del Antiguo Testamento. Ésta, pues, debe ser también nuestra voz. Fe, deseos, amor. En estos días, H. M., cuando vengáis a adorar, a ofrecer vuestros obsequios, a ese niño, avivad vuestra fe; recordad quién es ese Dios oculto bajo el velo de su humanidad; a qué viene al mundo este niño; pensad que padece ya en su mismo nacimiento, para empezar a pagar [las deudas] del hombre; pensad que ese niño tan humillado es a quien adoran ocultamente los ángeles, y a quien, sin embargo, los hombres ofenden ingratamente; y esta fe y estos pensamientos producirán en vosotros deseos, deseos de adoración, deseos de hacerle compañía, de humildad,... Pero sobre todo, H. M., ofrecedle <*6*> amor, que es lo que al Señor más le place, y seréis felices. Ya os he dicho que el corazón de la criatura no puede ser feliz, no puede estar satisfecho sin el amor de Dios. No se ha encontrado aún ni un solo hombre desde Salomón hasta el más pobre hombre de la tierra que [se] haya encontrado satisfecho fuera de Dios. Al contrario, los que aman verdaderamente a Dios, se consideran felices en medio de las tribulaciones. Pero me diréis acaso, ¿en qué consiste que nosotros amamos algunas veces a Dios y, sin embargo, no nos consideramos felices? ¡Ay! H. M., porque no le amáis verdaderamente, porque no sois generosos con Dios; que si lo fuerais, os aseguro que no cambiaríais vuestra dicha por todos los placeres del mundo.
   Muchos ejemplos pudiera daros para probaros esta verdad, pero me contentaré con uno, que por ser de fecha reciente, me parece más oportuno. Voy a contaros un caso, etc.
   Para concluir os contaré otro más acomodado a estas fiestas:
   H. M., pues ofreced dones al Señor durante estos días, hacedlo como los reyes magos: ofrecedle incienso, que significa adoración, mirra de humildad y oro de amor. ¡Ay! cuántos hay que emplean estos días para ofender más a Dios, para dar mayor ensanche a sus pasiones; que ni tan siquiera se acuerdan del niño Jesús. No lo hagáis vosotros así: emplead estos días en diversiones buenas y lícitas, en el estudio, en complacer a vuestras familias, en obsequiar y amar al niño Jesús, recordando quién es, a qué viene, lo que padece, y el Señor aceptará vuestros obsequios, os dará su bendición, y si Dios os bendice, seréis felices en la tierra y después toda una eternidad. Amén <*7*>
   Creo no tomaréis a mal os dirija dos palabras en este momento, con motivo de las próximas fiestas de Navidad. Al invitarles a ustedes no tengo otra idea que recordar a ustedes lo que ustedes saben, y muy bien, pero que, sin embargo, si no lo recordamos a menudo, no nos impresiona como es debido.
   Procuraré ser todo lo breve posible, para no cansar la atención de ustedes, ya que tan benévolos parecen ser para conmigo.

Escritos I, vol. 1.º, doc. 30, pág. 1-2






   Parvulus natus est nobis et filius... [Is 9, 6] et erit magnus

   Un pequeño ha nacido para nosotros
   Disputaban los antiguos filósofos cuál era la cosa más pequeña y más grande al mismo tiempo.
   Unos que era el ojo, otros que el entendimiento.
   Ingeniosas eran estas disputas de los antiguos filósofos.
   Pero no podían concebir, ni adivinar una cosa más grande y más pequeña, que la que nosotros sabemos por la fe: el misterio de la encarnación. Parvulus natus est nobis.
   El Verbo divino del Padre, el Unigénito de Dios, portans omnia verbo virtutis suae [Heb 1, 3]: que sostiene todas las cosas con su palabra poderosa; aquel para quien los espacios de la inmensidad son estrecho recinto para su ser, que mide con su cetro la misma eternidad; aquel de quien pende toda vida y movimiento y el latido de todo corazón; ¿puede darse cosa mayor?
   Por esto David, al abismarse en esta grandeza, exclamaba: Magnus Dominus et laudabilis nimis [Sal 47, 2].
   Y, sin embargo, por otra [parte], ¿puede darse existencia racional más pequeña que la de un niño?
   Pues ese Dios grande, por nuestro amor y para nuestro amor, ha querido hacerse pequeño, hasta tomar la forma de niño.
   Por esto Isaías: Parvulus natus, y será llamado el ángel del [?] y se ha hecho pequeño nobis, por nosotros y para <*2*> nosotros.
   ¡Oh!, al considerar el melifluo y ardiente San Bernardo esta dignación, no podía contener el corazón dentro de su pecho, y exclamaba: ¡Oh!, ¿cómo puedo dejar de amarte? Antes Dios era grande, digno de alabanza. Magnus Dominus.
   En la encarnación, en tu nacimiento te has hecho pequeño, y por esto, sí, sí te amo.
   En el pesebre, atadas tus manos y pies entre pañales, se me presenta más pequeño que fabricando los cielos y por esto te amo más.
   Trabajando en el taller de Nazaret te contemplo más pequeño que fabricando los cielos.
   Clavado en la cruz te veo pequeño, me responde en un trono de gloria.
   ¿Cómo no he de amarte más? ¿Puede darse cosa más pequeña ya para mi consuelo? ¿Pero qué digo? Si aún te has hecho más pequeño para mí.
   ¡Oh!, sí, más pequeño en el tabernáculo que en la cuna; más pequeño en la hostia consagrada que en Belén. ¡Oh!, Jesús, ¿cómo no amarte más así? Pero qué digo si aún te haces más pequeño. ¿Cómo? entrando sacramentado en mi corazón.
   ¡Oh!, sí, en mi corazón; he aquí el Belén donde reposas; he aquí el taller donde trabajas; he aquí el altar de comunión, el sepulcro donde se encierra. En ninguna parte tan pequeño, como al venir a mi corazón en la sagrada comunión. ¿Cómo no amarte más que en ninguna parte?
   Bendito sea Jesús, H. M., que ha querido empequeñecerse hasta encerrarse como bocado dentro de nuestro corazón.
   Quid retribuam Domino? ¿Qué le daremos?
   Si tuviéramos fe, con qué sentimientos de amor prorrumpiríamos ante la amabilidad de [su] humillación.
   Jesús mío, ya que tan amable os hacéis, no quiero sino vivir con vos en mi corazón, encerrado en él con vos me haré indiferente a todas las cosas, y muera con indiferencia [?] cuanto pueda sobrevivir, y aquí tendré que soportar con indiferencia, y desearé ser olvidado. En este taller trabajaré por el olvido y en él seré sepulcro [?]
   Sí, estos sentimientos debemos ofrecerle, ayudados por la fe. ¡Oh!, cuán amable se nos presenta [?]

Escritos I, vol. 1.º, doc. 31, pág. 1-2






   En todos los estadios. Vida privada. Vida social.
   Conducta: 1.º Consigo mismo: Los ejercicios espirituales. Amor al retiro. San Francisco de Sales. Dios no quiere la paz.
   Aunque ocupados, y en cosas buenas, no debemos dejar la oración, ora y en todas partes. Tan fiados que vivimos. San Antonio.
   2.º Separados del bullicio. Nunca con mujeres. Y ¿por qué, Señor? Non in castitate praeterita confidas.
   3.º El poco caso de aquella que no le toca. Solo en Galilea. Nazaret. Sus discípulos a Grecia y Roma. Si le injurian no hace caso. Deja al Padre el cuidado de glorificarle.
   Si no [?] y lo dejaríamos a Dios [?]
   Para con su Padre 1.º Cumple la ley. No estaba obligado.
   Cuántas profecías. Sus discípulos se lo impiden.
   Consejos sobre los fariseos. Consilium esto. Puedo decir ¿yo cumplo?
   3.º Gloria del Padre. Non quaero... [Jn 8, 50]. Una vez olvida su mansedumbre: No quisiste sacrificios. <*2*>
   He aquí a tu padre y madre.
   El amor que tenía a las almas le hacía suaves las fatigas, pero porque era de gloria del Padre...
   Con pureza y sin actividad [?] tiene marcada la Judea. ¿No es llegada la hora?
   ¡Si tuviéramos esta pureza de intención!
   Últimamente sus conversaciones: Loquens de regno Dei [Hech 1, 3].

Escritos I, vol. 1.º, doc. 32, pág. 1-2






   1ª. Plática sobre la vida pública de Jesús

   Predicada en la Purísima, San Juan y Santa Clara: Ejercicios de 1869. <*2*>

   Vida pública de Jesús

   Composición de lugar: Jesús recorriendo villas [y] aldeas, predicando a las turbas, comiendo con los hebreos en casa de Marta, etc.
   Petición.
   Hemos visto, H. M., el espectáculo que nos ofrece nuestro buen Jesús en su vida oculta; hemos aprendido allí un modelo, el más acabado, de una vida retirada, humilde y, por consiguiente, perfectamente acomodada a vuestras acciones [?], y al que podéis ajustar todos vuestros actos, no sólo un día de fervor y recogimiento, sino todos los días de vuestra existencia. Modelo acabado que, para hacerlo más interesante, dedicó el principal tiempo de su vida, la prolongada edad de treinta años, sin salir del mismo círculo, practicando lo mismo todos los años, todos los días de su vida.
   Pero aunque es más propio para vosotros la consideración de esta ocupación de Jesús, no creáis por ello que puede dejar de instruirnos y movernos eficazmente la conducta de Jesús durante los trabajosos días de su vida pública.
   Aunque encerradas en la santa oscuridad del santuario, tenéis deberes que cumplir respecto del prójimo; vivís en sociedad, y como quiera que aunque unidas con los vínculos de la caridad, al entrar en el claustro no os despojáis de la raíz de nuestras miserias y debilidades, y tenéis que estar en roce unas con otras, conviene estudiar [?] los actos de Jesús. <*3*>
   Analicemos, pues, este bello cuadro; examinemos las virtudes; grabémoslas en nuestros corazones para acomodarnos a ellas en casos análogos y en las relaciones a que nos vemos obligados para con nuestro prójimo.
   ¿Qué es lo que descuella, en primer lugar, en la vida pública de Jesús? Su trabajo continuo, su actividad incansable.
   Considérale, H. M., desolado [?] corriendo los pueblos de la Judea, los de Samaria, y Palestina, llevado en deseos del bien de la salvación de las almas.
   ¡Cuán hermosas aparecen las correrías que nos describen ligeramente los evangelistas! ¡Sus delicados miembros no paran ni un momento! ¡El ardor de su tierno corazón está en continuo movimiento! Corre sin perder momentos de ciudad en ciudad, de aldea en aldea, y predica en el desierto, y desde encima de una nave, agotando sus fuerzas, y durante las horas del día y aun en las largas horas de la noche, sin reparar en lo delicado de sus miembros, ni en lo arduo de sus empresas, ni en lo fatigoso de sus oficios.
   Y no creáis, H. M., que esta continua actividad de Jesús, es porque está libre de cansancio, porque no tiene que soportar las molestias de la naturaleza, no; aunque libre de la alteración de humores, provenientes de enfermedades particulares, las que no tuvo Jesús, por la perfecta combinación de su humor y de su cuerpo, <*4*> con todo, al tomar nuestra naturaleza, quiso tomar con ella las molestias generales y, por consiguiente, reasume en sí el hambre, la sed, el cansancio, la necesidad del sueño, el frío, el calor, y tantas otras necesidades de nuestra naturaleza. Y a pesar de todas ellas, y teniendo que aguantarlas, se dedica a todos esos trabajos sin parar, y con constancia, y sin dar un quejido lastimero que pueda atraerle una dulce compasión.
   Mirad: una alma predestinada le llama la atención, pero está lejos; tiene que ir hasta los confines de Samaria, y hace mucho calor y tiene que ir a pie; pero no importa: tiene que ir y estar allí a la hora fija, que la misericordia de Dios tiene destinada para arrebatar aquella alma; y a esta hora oportuna no falta, y llega al pozo de Sicar, y se sienta fatigado del camino; poco después llega la oveja objeto de su ansiedad, y sin haber podido descansar todavía, tiene que emprender una molesta conversación; tiene que luchar y ejercitar la paciencia con un genio aun atrevido, con un corazón algo rebelde que forcejea... y que le sale con doctorerías, con excusas para escapar a los dardos con que le iba clavando en su alma; y Jesús la sufre, y por fin la convierte, y da por bien empleado su cansancio. ¡Ah! ¡quién sabe si allí, en aquel solitario pozo, fatigado su cuerpo, angustiado su ánimo, pensaba en nosotros, y nos miraba tras de aquella alma y nos llamaba ya, y ofrecía aquella fatiga al Padre eterno para hacer con el tiempo un llamamiento a nosotros para arrebatarnos también! Y entonces come y descansa un momento y repara sus fuerzas, pero para emprender sus trabajos, <*5*> el cumplimiento de la misión de la obediencia, del encargo que se le ha confiado.
   Y llega la noche, cuando debiera descansar y dedicarse a sus habituales ejercicios, y un hombre, un doctor de la ley tímido; más bien, lleno de respeto humano, y para que los otros no le vean, va de noche a preguntarle y a que le solvente las dificultades que tiene, y Jesús ni le reprende siquiera esta timidez y esta cobardía, y no duda en gastar con él el tiempo que es necesario, y sacrifica los objetos a que iba a entregarse; y se dirige a una ciudad, y le llaman porque le dicen que un criado está moribundo y necesita su bendición, y Jesús retrocede y le da la salud a aquel enfermo; y Jesús está durmiendo en el barco donde había entrado, después de un día pasado tal vez en ejercicios corporales y de caridad, curando los enfermos, buscando los pecadores, soportando la presión de las turbas que le sofocan, y le interrumpen el descanso, y Jesús despierta para darles una lección de fe y de conformidad; ¡ay! ¡y quién pudiera, H. M., haber seguido los pasos de Jesús entregado a su trabajo! No perdiendo ni un momento de tiempo, siempre con la misma prontitud y con la misma actividad, con la misma exactitud en el cumplimiento de su destino, de su misión sublime. Así el príncipe de la paz pasa los días, los años de su vida pública. ¡Y un Dios! Y ¡para ejemplo de mí!
   ¡Oh! H. M., ¡qué modelo tan acabado y digno de nuestra imitación! ¡Se dedica con tanta constancia al trabajo! Además del cumplimiento de la voluntad del Padre, el deseo de la santificación de las almas, el ganar los corazones, el deseo de arrebatar las almas que el Padre le dio.
   Y al considerar el incendio de este amor y de esta caridad que le devora, no me extrañan sus desvelos, sus fatigas, para ir en busca de recoger ovejas de Israel, que estaban dispersas y extraviadas, y congregarlas en su regazo. ¡Quién podría penetrar, H. M., en aquel tierno corazón, y explicar sus emociones, sus suspiros, sus amarguras! Cuando al considerar los <*6*> pecados, las ofensas que [se] elevan como negras nubes a insultar la justicia del Padre, ¡ay! el celo de su honor le consumiría en...; al penetrar con su mente las inteligencias que se extraviaban, los corazones que se corrompían; al repasar en su pensamiento las almas que, a pesar de su anhelo, resistían su voz, se hacían rebeldes a su palabra, se precipitaban al abismo de la perdición, e iban a perderse para siempre; quién repito, H. M., podrá llegar a comprender, ni aún vislumbrar los ardores de su pecho, los...
   ¡Oh!, si hubiéramos podido expiar sus movimientos durante los silenciosos ratos de su aparentemente tranquilo descanso, de su oración por la noche; ¡oh!, cuántas ardientes lágrimas recogeríamos, brotadas de sus divinos ojos, perlas de valor infinito en la presencia de Dios. ¡Cuántas tiernas, cuántas amargas, aunque resignadas quejas, exhalaría su espíritu! ¡A qué prensa de amor y de sentimiento estaba constantemente sujeto su corazón, H. M.! Por ello, cuando los apóstoles le traían la comida...
   Cuando al contemplar que con su muerte y sus sacrificios se apresuraría la salvación de sus escogidos, no podía contenerse su espíritu, y exclamaba: Baptismo habeo [Lc 12, 50], etc. No me falta sino ser bautizado con bautismo de sangre. ¡Ah! y quomodo coarctor [Ibid.], etc. ¡Ay! cómo me veo oprimido hasta verlo verificado!
   Por ello, para ponderar a los hombres la inmensidad de este amor les aducía las comparaciones más tiernas y exactas, como que eran la expresión más sincera de lo que estaba dispuesto a hacer por ellos...
   Y ya les refería el cariño de un pastor corriendo tras la [oveja], <*7*> que allá en el monte, se ha quedado extraviada, expuesta a ser devorada...
   Ya nos pinta aquel hijo pródigo, etc.
   ¡Oh! sí, ¡grande [es] el tesoro de su caridad!
   V. H. M., compañeras de Jesús, compartícipes de sus penas como esposas suyas, penetrad de vez en cuando en el fondo de su corazón, que él sin duda os comunicará, porque, sí, desea desahogarse con sus escogidos, y os hará partícipes de sus sentimientos, de sus dolores y santas opresiones, y os encenderá en deseo de la salvación de estas almas.
   Es verdad que a vosotras no os es dado correr tras esas almas y llamarlas con aquella voz atronadora con que deseaba llamarlas [Jesús]... ya que estáis santamente dispensadas de esa fatigosa tarea, pero sí que podéis acompañarle.
   Si que podéis ofrecer vuestros sudores.
   Quién sabe, si al unirlos a los suyos los convertirá en gracias abundantes para sus criaturas.
   Iba...
   S... [?]
   Este amor, este cariño, esta compasión para con el prójimo, para con las almas, ha sido el distintivo de todos los enamorados de Jesús; y castigaban en su cuerpo las complacencias que las criaturas daban a sus sentidos; e importunaban el corazón de Jesús con santas instancias, y le arrancaban gracias abundantes de conversión y se labraban coronas por cada una de estas gracias que el Señor les reservaba para el día de la eternidad; adquirían con ello prendas seguras de su salvación. Porque, animam salvasti, etc. <*8*>
   Y yo también, en particular, os lo pido, sobre todo en estos tiempos de desvaríos; sobre todo en este tiempo de Cuaresma, propio para reclamar estas gracias del Señor.
   Acordaos lo que dice el apóstol... del sacerdocio...
   Cooperadoras, vosotras, en esta parte de las misericordias de Dios, teniendo en vuestras manos estos dones y sacrificios; el corazón de Jesús siempre a vuestra disposición; los sacrificios de vuestro trabajo, de vuestros ejercicios, de vuestras obras, de vuestras tribulaciones, todas ellas agradables a Dios; el Señor os quiere también para intermediarias entre él y los pecadores; os ha dado el conocimiento de lo que es ofensa de Dios, de lo que valen las almas, para que podáis también condoleros de los que ignoran y yerran, pues semejantes a Jesús, como dice el apóstol, hemos sido rodeados de enfermedad, de miseria, para compadecernos más fácilmente.
   He aquí, pues, lo que nos enseña primeramente Jesús en su vida pública. El trabajo, y trabajo constante, acompañado y efecto en él del deseo de la salvación del hombre, de nuestra salvación. <*9*>
   Pero otra cosa resplandece en Jesús, o más bien, una circunstancia debemos admirar en estos trabajos y fatigas, en estas correrías de Jesús. Esto es el sufrimiento exterior que tuvo que soportar en su trato con el prójimo. ¡Cuánto sufrimiento, cuánta impertinencia! ¡Cuánto desprecio!
   ¡Oh, qué campo tan vasto nos ofrece este carácter de la vida pública de Jesucristo! No podemos pasarlo sino ligeramente y recogiendo algunas de sus hermosas flores.
   Considerad en conjunto los diversos caracteres, temperamentos, genios, educaciones con los que estuvo en relación, y podéis empezar a medir el valor de sus sufrimientos. Mirad, en primer lugar, la paciencia que tuvo que ejercitar con aquellos que escogió para compañeros suyos: los apóstoles. Sólo al considerar la constancia y el humor, si así podemos decirlo, que Jesús tuvo que sostener con ellos, decía en una ocasión un..., ya me parece admirable el sufrimiento de Jesús. Doce hombres, pescadores, tostados por los ardores del sol y el viento del mar, cuyo solo contacto de manos no se parecería mucho al terciopelo, y cuyo caminar, cuyos gestos y modales harían un contraste curioso al lado de la compostura de Jesús. Tan ignorantes y rudos que todo lo entendían al revés; tan atrevidos, efecto de su carácter, de su ignorancia, educación y hasta sencillez natural, que en los más graves coloquios de Jesús, en las admirables pláticas sobre la grandeza del reino de la gracia, salían con una pregunta de pie de banco o con alguna quisquillosidad ambiciosa, como lo vemos en las exigencias de la madre del Zebedeo. Con este cortejo tiene que pasar su vida; con ellos tiene [que] comer, con ellos descansar, a ellos tiene que mandar, y hasta tiene que servir; <*10*> estos agrestes troncos tiene que ir desbastando para, por medio de estas fatigas y sufrimientos, merecer formar de ellos hermosas plantas, árboles frondosos que fecunden y sean los frutos propagadores de su viña.
   Y sin embargo, esto era...
   Porque ¡ay¡ si volvemos nuestros ojos a todos los genios que tuvo que soportar, a las exigencias que tuvo que sufrir, sólo dejará de admirarnos, si consideramos que era la virtud de un Dios. Si camina por las ciudades y caminos, tiene miles de ojos fijos en él, que están acechando una expresión, un gesto, una acción insignificante para interpretarla malamente, para tener un pie con que calumniarle, para excusar tal vez los remordimientos de su conciencia, y no verse obligados a abrazar su doctrina.
   Si ha curado un enfermo en sábado, ya nada les parece de lo que cumple de la ley, y se escandalizan como si fuera un trasgresor de ella, y todo lo demás que hace es apariencia e hipocresía, para ser bien visto de las turbas y seducirlas.
   Cura un paralítico, y tan rebeldes eran aquellos hombres con quienes tiene [que] tratar, y a quienes se empeña en convertir, que les ocurre decir si tal vez lo hace por virtud del diablo.
   Cura diez leprosos, y sólo uno se acuerda de ir después corriendo y darle las gracias allá de lejos.
   Come en casa de los publicanos, que le [han] llamado quizás para observarle mejor, o por vanidad, y Jesús condesciende, para tener ocasión de introducir en sus almas la luz y convertirlos, y le dan el nombre de glotón, bebedor, <*11*> o que tiene comercio con los pecadores y autoriza su conducta. Y le llaman samaritano, embaucador de las turbas.
   Si va a Samaria a predicarles, a curar sus enfermos como sabíalo hacer por todas partes, y le cierran las puertas de la ciudad, como si fuera una cosa profana, que tuviera que contagiarles.
   Hoy recibían mil favores de su bondad: la curación de sus enfermos, la resurrección de sus muertos, el alimento que necesitaban en medio de un árido desierto; y pasaban unos pocos días, horas a veces y ya no se acordaban de él, y se dejaban llevar de sus instintos, hasta querer apedrearle. Si una vez en un arranque de entusiasmo le quieren proclamar rey, era porque les acababa de dar alimento, cuanto necesitaban.
   Pero ¡ay! lo que más podría hacernos comprender la intensidad de su sufrimiento era la resistencia tan prolongada de aquellos a convertirse, el escaso fruto de sus fatigas. Después de tres años de incesante predicación, de obrar tantos prodigios, de derramar tanto favor, apenas reúne quinientos discípulos que quieran seguir su doctrina..., pobres los más..., los más de ellos pobres mujeres, y cuando llega la hora de la prueba, cuando los necesita en la noche solitaria de su sacrificio, no hay ni uno que salga a su defensa, y le ayude siquiera a llevar su cruz.
   ¡Cuánto sufrimiento! ¡Cuánto desaire! ¡Cuánto olvido! ¡Cuánta ingratitud! ¡Cuánto desprecio, cuánto oprobio! Esposo de los Cánticos.
   Y bien, ¿cuál es la conducta de Jesús en estas relaciones con los hombres? ¿Cómo soporta este cúmulo de sinsabores, esta diferencia de caracteres, de genio? ¿Cómo sufre estas ignorancias, estos desaires, estos odios?
   ¡Oh!, con una igualdad de ánimo imponderable, con una afabilidad no interrumpida y constante, con amabilidad exquisita; y he aquí, otro de los caracteres que descuellan en la vida pública de Jesús; y tanto resplandece en él, como que él mismo quiere formar con ello este distintivo expresivo de su persona; y tanto que éste quiere principalmente que copiemos en nosotros; aprended de mí, decía en los trasportes de <*12*> su ternura, aprended esta mansedumbre de mi corazón, reflejada en mi semblante. Y nunca jamás desmintió esta mansedumbre y dulzura de carácter; no es preciso buscar un momento propicio para hablarle; siempre se halla del mejor temple. No le vayáis a buscar triste ni perturbado: Non erit tristis [Is 42, 4], etc. Ni siquiera habla más alto de lo que conviene. Nec audietur vox ejus foris [Is 42, 2].
   Si una mujer entusiasmada proclama sus glorias, desvía estas palabras con una lección saludable.
   Si le calumnian, o no contesta, o responde con una mansedumbre que cierra la boca de sus enemigos. Si recibe un beneficio, si le reciben en hospitalidad, recompensa con gratitud y con favores distinguidos. Si trata con alguna persona educada, corresponde con una finura la más cortés.
   Las ignorancias de sus discípulos, las exigencias de gente del pueblo, la arrogancia con que se le presentan algunos doctores, la petulancia de algunos fariseos preguntándole dudas caprichosas, y a veces aún las iras de los saduceos reflejadas en sus semblantes y en su vista fija maliciosamente en él, forman un conjunto de circunstancias alrededor de Jesús, que hacen resaltar más y más la apacibilidad de su carácter.
   Siempre igual, siempre el mismo, pronto a todos, sufrido con todos, compasivo siempre. Su divina sonrisa, su andar, la modestia de su vista, su dulce palabra, todo su porte exterior es el cuadro más acabado de dulzura y suavidad, forma el porte digno de un Hombre-Dios.
   ¿Será preciso, H. M., que os haga ver prácticamente la verdad de mis asertos, y que os recuerde algunos perfiles de ese hermoso cuadro?
   Mirad, le presentan una pobre mujer a quien han sorprendido en un crimen, para ver si pueden sorprender a Jesús. Sabían que era tan dulce y com-<*13*>pasivo, que difícilmente se resolvería a castigarla, y si no lo hacía, por otra parte faltaba a la ley y, por lo tanto, tomaban pie para calumniarle delante de las turbas. ¡Qué aprieto para el corazón de Jesús! Bien es verdad que él podía librarla, acriminando a los acusadores y sacando a relucir sus faltas delante de todos, y de este modo castigarles el atrevimiento y el modo con que iban a mortificarle, llenos de rabia y envidia, poniéndole un lazo a sus contestaciones; pero ¡ah! Jesús padece al pensar que puede sonrojarles, ¿y qué hace? Se inclina para escribir misteriosamente lo que los expositores no han sabido decir, y levantándose, bajos los ojos, aunque lleno de una gravedad, exclama: Si hay alguno, etc. [Jn 8, 1-11].
   Y temiendo que su presencia llegue a avergonzarles, vuelve a inclinarse para que puedan sin rubor ir marchando, los más ancianos los primeros, temerosos de que no les publique sus faltas. ¡Cuánta prudencia! ¡ Cuánta mansedumbre!
   Se dirige hacia Samaria, donde es rechazado. Los apóstoles, hasta el candoroso Juan, exasperado por la repulsa que recibe su Maestro, pide caiga fuego del cielo que castigue a aquellos culpables, y Jesucristo, sin excusar el pecado de los samaritanos, ni queriendo mortificar el celo ardiente de los discípulos, les dice: Ah... [Lc 9, 51-56].
   Las turbas imprudentes le apremian de tal manera, que le sofocan de tal manera, que habiendo preguntado en cierta ocasión quién le tocaba, para sacar [?] materia de la fe de aquella mujer que había acudido a ser curada, San Pedro <*14*> le contesta algo ya enojado: ¿Y preguntáis quién os toca, cuando se os echan encima y no os dejan caminar? [Lc 8, 43-48]. Sin embargo, Jesús nunca se había quejado ni se queja de aquellas opresiones y pisadas y tal vez faltas de respeto de la muchedumbre.
   La familia de Lázaro le obsequia con esmero; aquellas buenas y piadosas hermanas andan solícitas en cuidarle; aunque Jesús nada necesite, sí quiere, con todo no rehúsa aquellos ofrecimientos; antes al contrario, les da ocasión a menudo de ejercitar los espontáneos afectos de aquellos buenos corazones; y sin admitirles una familiaridad excesiva, les trata sin embargo con sumo cariño, y entretiene sus ocios con admirables coloquios y útiles conversaciones, que al mismo [tiempo] que cumple con los deberes de la educación, para no pasar el rato en... o con insulsas..., le sirven para ir introduciendo en aquellas almas aquellas semillas de virtud, de altas verdades y sublime contemplación a la que debían llegar con el tiempo; y recompensa sus servicios con un estupendo milagro: la resurrección de su hermano. ¡Qué hermoso rasgo de bella correspondencia! [Jn 11, 1-44].
   Desea subir a una barca para desde allí... Jesucristo podía hacerlo por sí mismo, dueño de todo y de las voluntades; podía practicarlo sin anunciarse [?]; sin embargo, quiere solicitarlo de un modo cortés; como si tuviese que recibirlo por favor: Rogavit [Lc 5, 3]: rogó. ¡Oh, qué admirable enseñanza de afabilidad y de santa educación!
   El se hace todo con todos.
   Si asiste a las exequias de Lázaro, llora.
   Si asiste a las bodas de Caná... <*15*>
   Él no sabe desairar a nadie. La madre de los hijos de Zebedeo se adelanta y le hace una petición de que sus dos hijos, a nombre de los cuales hablaba, tuvieran la gloria de sentarse en los primeros sillones del reino del que tantas veces habían oído hablar. Por cierto, H. M., que esa atrevida ambición, por más que fuera hija de una crasa ignorancia, era para hacer salir de sus casillas al carácter más pacífico. Habían acabado de oír las patéticas pinturas que les hacía de tribulaciones amargas que le aguardaban, del desamparo en que se verían de parte de ellos mismos; de las persecuciones que sufrirían ellos y, sin embargo, con la más vanidosa serenidad, quieren sobreponerse a los demás en las glorias que se forjaban allá en su imaginación. Y con todo, ¿qué hace Jesús? Lo sufre con admirable benignidad; ni siquiera trata de desairarles, ni siquiera quitarles del todo la ilusión. ¿Ya sabéis lo que pedís?, les dice Jesús. ¿Ya tenéis ánimo para beber el cáliz que yo he de beber? Sí, sí que podemos, contestaron [Mt 20, 20-28]. Bien lo probaron la noche de la pasión.
   Pues bien, sí, ya beberéis mi cáliz conmigo; pero mirad, esto de sentarse a mi derecha o izquierda, mi Padre dispondrá: Non est meum dare vobis; no me pertenece a mí. ¡Gran Dios! exclama un santo Padre, pretende desprenderse generosamente de su facultad, y aparentar simuladamente que no podía, antes que parecer les negaba lo que pedían, antes que desairar a los hijos de aquella madre, a la que debía alguna atención.
   En fin, H. M., me haría interminable, si tuviera que iros explanando la gravedad dulce, la tranquila afabilidad, la graciosa modestia exterior, el continuo sufrimiento, la abnegación y sacrificio constante de Je-<*16*>sús en su trato social, durante los días de su [vida] pública sobre la tierra, en sus relaciones con las criaturas.
   Pero, Jesús mío, podíamos decirle nosotros: ¿Cómo os portáis así? ¿Pues no veis que vuestra dignidad sufre menoscabo con estas condescendencias? ¿Pues no veis que si no contestáis más enérgicamente a estas calumnias, a estas intencionadas preguntas, tal vez podrá llegar a creerse, o al menos levantarse alguna sospecha, y aun les daréis pie para que continúen en sus atrevimientos?
   Pues no veis que de no dar algún desaire, se multiplicarán sus impertinencias, y os tratarán de cualquier manera, en perjuicio de vuestro honor, de vuestra paz, de vuestro...
   ¡Ah!, H. M.: una ligera y suave sonrisa sería la reprensión que el Señor daría a estas observaciones, hijas tal vez de nuestro amor propio.
   El Señor, H. M., lo practicó así, y convenía practicarlo así, y quiso que lo practicáramos así.
   Y, por consiguiente, V. H. M., no es preciso que yo te haga en este momento aplicaciones prácticas acomodadas a tus relaciones con los demás. No debo herir tu amor propio señalándote las menudencias a las que puedes faltar en todos los actos.
   Desciende, sí, con la consideración hasta el fondo de tu alma; llama a juicio tus acciones examinando y poniéndote en contacto con todas las personas, circunstancias, y cuanto te rodea y te acontece en el trato exterior; ponte delante bien vivo este espejo terso y brillante de la conducta de Jesús, y no lo dudes: Él te iluminará, y a la clari-<*17*>dad de los rayos de su doctrina, de sus ejemplos, de sus hermosas acciones, observarás cuán distantes estamos de este divino original, al que, sin embargo, estamos obligados a copiar; tus deseos ayudados de la gracia te arrancarán propósitos saludables, y te harán conocer y buscar medios prácticos, mejor que yo pudiera hacerlo detallándote todo lo que puede acontecerte en las diferentes circunstancias de la vida.
   He aquí, H. M., algunos de los actos de la vida pública de Jesucristo, en sus relaciones con los hombres. Debemos examinar ahora su conducta para consigo mismo y su Padre.
   Pero veo que tal vez lo he hecho demasiado largo, y os habré cansado con mis multiplicadas citas históricas, y por lo tanto, casi considero oportuno el dejar estas consideraciones para seguirlas en otra meditación.
   Mucho más que con las ideas indicadas, como que son tan interesantes para...
   Así pues, H. M.: trabajo y actividad de Jesús en el cumplimiento de su oficio y encargo.
   Sufrimiento de Jesús en sus...
   Igualdad de ánimo y de trato de Jesús...
   ¡Ah! sí, repito, H. M., derrama tu mente y tu corazón ante ese divino y práctico modelo; despréndete de las excusas de tu amor propio, pues Jesús las previno todas pasando por todas las circunstancias en que tú puedas encontrarte; reanima tus afectos... Amén.

Escritos I, vol. 1.º, doc. 33, pág. 1-2






   2ª Plática sobre la vida pública de Jesús
   Predicada en la Purísima, San Juan y Santa Clara: Ejercicios de 1869. <*2*>

   Vida pública de Jesús 2º

   Hemos visto, mis H. en el Señor, y contemplado los ejemplos de sufrimiento, de caridad para con los pecadores, de condescendencia y constante afabilidad durante los días de su [vida] pública y su trato con los pecadores, con los ignorantes, con los ingratos, con los hombres todos, en todas [las] circunstancias. Modelo que debíamos tener presente en nuestro mirar, en nuestro porte, en nuestras contradicciones, en nuestro roce con los demás.
   De seguro que si nos miráramos con frecuencia en este espejo, a... y nos veríamos libres de nuestras veleidades.
   Reparemos ahora la conducta que observa consigo mismo, para sacar alguna lección saludable, puesto que él todo lo hizo por nuestro bien y para nuestra enseñanza.
   Notad, pues, en primer lugar, una cosa digna de toda nuestra consideración. Recogitad su espíritu de oración y de recogimiento. En medio de todas sus tareas, Jesús nunca deja sus ejercicios espirituales. ¡Qué abismo tan incomprensible! ¡Qué lección tan...
   De treinta y tres años de una vida preciosa. <*3*>
   Busca el retiro, aunque no puede practicarlo. San Francisco de Sales.
   Qué lección para nosotros, H. M. No sólo nos enseña la necesidad que tenemos de esta arma saludable en medio de los combates de la vida, para alcanzar del Señor las gracias necesarias a nuestra santificación, para ir adquiriendo el tesoro de virtudes, sino que también nos instruye y nos anima a ser constantes en esta oración, a pesar de la dejadez de nuestro espíritu, a pesar de las perturbaciones de nuestra alma, aunque sea contrariando las ligerezas y distracciones de nuestro corazón. Ora y ora siempre, y ora por todos. Por ello fue escuchada, por su reverencia.
   Otra cosa, que no quiero pasar por alto, nos ofrece Jesús durante los días de su vida pública. A pesar de su continuo trato con las criaturas, fue tal su... que nunca se presentó en ninguna reunión, en ningún lugar sin un motivo dado, sin un objeto particular. Si es invitado a un convite, a una boda, nunca <*4*> lo hará sin un gran fin, o para instituir un sacramento, o para convertir un alma, o por algún motivo de caridad, o de gratitud o de educación; llevando siempre a la vista de sí a sus discípulos o en compañía de su madre santísima. ¡Cuántas precauciones al presentarse en la presencia o en la conversación de las criaturas! Nunca se [le] vio hablar a solas con persona de diferente sexo; sí, una vez, pero en público; ya lo sabéis, junto a la fuente de Jacob, y al mediodía... y esto para convertir a la samaritana, y que a solas debía hacerlo, porque debía descubrirle la interioridad de su conciencia, y porque, por medio de ella, debía convertir a una ciudad.
   No obstante admiraos, H. M.: lo extrañaron los apóstoles de verle hablar con una mujer. ¡Cuánto debía ser su espíritu de retiro y de abstracción, cuánta debía [ser] su conducta y sus precauciones en el trato y roce de las criaturas! ¡Cuánta su circunspección y santa cautela en todo!
   ¿Y por qué tomáis, Señor, tantas precauciones? ¿Acaso corría riesgo su inocencia? ¿Podía pegársele nada grosero y punzante a su imaginación? ¿No era esencialmente impecable y santo?
   ¡Ah!, no corría ningún riesgo Jesús; pero quiere enseñarnos a nosotros que somos la misma fragilidad. Por ello San Jerónimo exclamaba: Nec in praeterita castitate. Mira a Jesús, y no quieras confiar en tu pasada fortaleza, porque ni eres más santo que David, ni más fuerte que Sansón, ni más sabio que Salomón. ¡Cuán admirable es, H. M., la vida de nuestro amable Redentor! ¡Cuánto no podemos aprender aun en las circunstancias más insignificantes de nuestra [vida]! <*5*>
   Otra circunstancia hay también en los rasgos de su conducta para consigo mismo, y es la indiferencia con que vive, el poco caso que hace de aquello que no es de su incumbencia, el abandono de sí al Padre. El Padre le ha mandado para sus correrías los límites de la Judea y Palestina; a ello dedica su anhelo; los grandes acontecimientos que en aquel entonces están verificándose en el mundo, como si no sucedieran para él; contento con su pequeño encargo, deja para sus discípulos las grandes ciudades de Roma y de Grecia; y quiere vivir desconocido de esas populosas ciudades del mundo, por las cuales trabajaba y por cuyo bien debía morir. ¡Qué indiferencia de voluntad!
   Fue a su patria, visita Nazaret, et non fecit ibi virtures multas [Mt 13, 58], y no hace allí muchos milagros; antes al contrario, allí scandalizabantur in eo [Mt 13, 57], casi le miraron con desprecio; y Jesús no hacía caso de este desaire y olvido de los suyos.
   Ya habéis oído también los lazos que le armaban los fariseos, las interpretaciones que daban a todas sus palabras y acciones; sin embargo, como si no fuesen dirigidas para él; si los reprendía alguna vez, era en cumplimiento de su deber; por lo demás seguía tranquilo en su conducta.
   Él calla y no contesta a cuanto se dice de él; a lo más se oculta para no exasperar sus iras; ruega por aquellos que...
   Deja, en fin, al Padre celestial que vuelva por su inocencia, que saque el fruto que convenga de aquellas humillaciones; él lo descuida y no hace caso. ¡Oh! sí, y por esto el Padre exclama con voz de trueno en medio del templo: Et clarificavi, et iterum clarificabo [Jn 12, 28]. Le he glorificado y le glorificaré.
   ¡Ay!, si supieras vivir en esta santa indiferencia, <*6*> en este olvido y descuido de todo cuanto a nosotros nos pertenece, ¡cuán llenos estaríamos del espíritu interior, del espíritu de Jesús! Si no hiciéramos caso de las cosas que nos sobrevienen, ya sean en sentido próspero ya en sentido adverso, y no hiciéramos [caso] de ello, también Dios volvería por nosotros, y sacaría fruto de nuestra humildad y santa indiferencia, y nos glorificaría saludablemente, y volvería por nuestra inocencia y nuestro honor.
   ¡Cuántos ejemplos podría citaros de ese cuidado de la Providencia para con aquellos que se abandonan a sus manos, que prescinden de todo, que viven indiferentes a las murmuraciones y demás que el Señor permite para nuestro ejercicio! San Francisco de Sales...
   Estos y otros rasgos de su admirable proceder consigo mismo, su... formar extensos capítulos para muchas reflexiones interesantes, que omito en gracia de la brevedad.
   Veamos, finalmente, algunas de sus acciones en relación a su Padre celestial:
   Y, en primer lugar, H. M., lo primero que aparece en la conducta de Jesús, es el exacto cumplimiento de la ley, de la regla que debe observar.
   Jesucristo, H. M., Dios y Hombre, y por lo tanto supremo legislador, no estaba obligado a ninguno de los <*7*> preceptos prescritos por la ley de Moisés; mucho de parte de ellos tenían por base la suposición del pecado, la purificación y penitencia consiguientes pues, como al vestirse de nuestra naturaleza se constituye víctima, y al mismo tiempo modelo, debía en el orden de la Providencia cumplir los compromisos que aceptaba el día de su consagración y su ofrecimiento a los designios que el Padre le marcara.
   ¿Cómo cumple, pues, esta ley? ¡Oh, con la mayor observancia! ¡Cuán costosos son muchos preceptos! No importa, él no discrepará de ellos; de aquí es que desde el día de su nacimiento hasta el término de su carrera cumplió la infinita cadena de menudencias que tenía que dar cumplimiento en su persona.
   ¿Debe de sujetarse a la ley amarga de la circuncisión? A ella se sujeta Jesús por más que sea humillante y dura. ¿Tiene que ir todos los años a Jerusalén en las festividades prescritas por Moisés? Allá irá, por más [que tenga] que abandonar su santo y amable retiro, por más que el viaje sea penoso; ni el calor ni el frío, ni la distancia y la fatiga, ni la delicadeza de la edad, que tal vez pudieran ser justas causas para interpretar favorablemente su [ausencia], son motivos para impedírselo.
   ¡[A]cuántas profecías debía dar cumplimiento! ¡Cuánto debía costarle el cumplirlas, sobre todo, con sus acciones y sacrificios! Pues obra todo aquello que debe, para llenar la Escritura: Ut Scriptura impleretur [Jn 19, 24].
   Los apóstoles movidos no sólo por fines humanos, sino tal vez por atención a su persona, por no perder aquella vida preciosa, por... exigirán que no haga ciertas cosas, tratarán de impedirle, tal vez con razones, el cumplimiento de los mandatos, puestos por el Padre; y para acallar aquellas exigencias, tiene que revestirse de <*8*> cierta severidad y decidles: Calicem, quem dedit mihi Pater, non bibam illum? [Jn 18, 11]. ¿El cáliz, aunque amargo, que me ha dado mi Padre tengo [que] dejar de beberlo?
   Más aún, tan deseoso estaba de sumisión a lo que estaba mandado; a pesar de los extravíos de los escribas y fariseos, de aquellos hombres a quienes se veía obligado a reprender, que no... les decía: No dejéis de cumplir exactamente lo que os manden, no fijando los ojos en su talento, en su poca prudencia, más aún, en su poca virtud; más aún, en la falta de cumplimiento de ellos mismos en aquello que preceptúan; no obréis como ellos, no; pero sí [haced] sencillamente lo que os manden en nombre de la ley; ¿por qué deben cumplirlo? Porque super cathedram Moysi sederunt scribae et pharisaei [Mt 23, 2]; ¿por qué están en la cátedra de Moisés?, les dice: porque son representantes de la autoridad divina, órgano de su voluntad, ejecutores de sus mandatos. Quaecumque dixerint vobis,… facite [Mt 23, 3].
   Más aún, a las autoridades temporales.
   Tan amante era de la estricta sujeción a la voluntad divina en las prescripciones de sus mandatos.
   Por ello, cuando desde la cruz, y en medio de aquellas agonías estaba aguardando el cumplimiento de lo que le faltaba, de la bebida de hiel, etc., de... Entonces, ya como satisfecho, exclamó: Consummatum est [Jn 19, 30]; sí: lo he cumplido todo; no he discrepado ni un ápice.
   Después de esto ya puede entregar tranquilo su alma en manos de su Padre. Ya podía su alma <*9*> santísima terminar los padecimientos, ya podía su adorable cuerpo suspirar por la glorificación.
   Tal es...
   ¡Qué lecciones, H. M., para nosotros!
   Cuánto no debe animarnos esta conducta del Salvador de los hombres, del mismo legislador, para hacernos sobrellevar con gusto las espinas de la obediencia, el pesado cumplimiento de nuestros deberes, la multiplicada cadena de nuestros quehaceres, la continua sujeción de nuestra voluntad.
   ¡Ah!, si meditáramos, vergüenza nos causaría y nos reprenderíamos...
   Otro rasgo de la conducta de Jesús respecto del Padre es la pureza de intención, el deseo exclusivo de su gloria, el único y constante objeto de agradarle y del modo que pueda serle agradable.
   Este es el único blanco de todos sus pensamientos, de sus afectos, de sus palabras, de sus deseos.
   Non quaero gloriam meam [Jn 8, 50]: No busco hacer mi voluntad, ni quiero nada para mí, sino la de aquel que me ha enviado y hago siempre lo que es de su agrado; y lo decía públicamente, y no lo desmentía con sus acciones.
   Yo necesito otra comida...
   Tanto es el deseo de la gloria del Padre que aquel corazón que nunca se resentía de nada... una sola vez parece olvidar su mansedumbre... <*10*>
   Yo sé que no has querido sacrificios...
   He aquí a tu padre y a tu madre.
   Tanta era su pureza de intención en el agrado del Padre que a éste sacrifica todos los sentimientos de su corazón, las inclinaciones de su apetito.
   El amor que tenía a las almas le hacía dulces y suaves los trabajos que empleaba en ellas; pero este amor que las tenía era porque eran amadas del Padre, a quien miraba como el último fin al que todas las criaturas animadas e inanimadas debían ordenarse.
   Hasta los medios de que se valía para atraer a las almas al camino de la salud, lo hacía con tal pureza de intención, que los subordinaba todos y en todo a la voluntad del Padre. Omnia posuisti in sua potestate [cf. Jn 3, 35]. Todo lo había depositado el Padre en sus manos; pero él nunca quiso hacer uso de este poder, sino para su gloria exclusiva, para el mejor cumplimiento de su agrado.
   Tiene marcada su predicación en Judea.
   ¿No es del agrado del Padre que predique <*11*> todavía? Pues por más que sufría...
   ¿No es llegada la hora de hacer uso de los tesoros de su sabiduría y de [su] omnipotencia, de hacer bien a los hombres, de curar los enfermos? Pues no lo hará. Manifesta teipsum mundo [Jn 7, 4].
   ¿Es del agrado de su Padre que se quede en el templo? Pues ahí se queda tres días por más que su madre amantísima tenga que pasar...
   Miradle pendiente de la cruz; le piden un milagro...
   Cuando aquel joven le llama Maestro bueno...
   H. M., digna de todo nuestro estudio es esta conducta de Jesús, esa pureza de intención, ese deseo único de la gloria del Padre; de ella depende todo el mérito de nuestras acciones; sin ella, H. M., serían inútiles, o cuando menos muy desmejoradas todas nuestras fatigas, todos nuestros afanes; nos sucedería que, después de haber soportado todo el peso del día y todo el calor, según la expresión del evangelio [Mt 20, 1, 16], nos encontraríamos sin la paga del jornal prometido por el dueño; quedaríamos muy defraudados en ella. Si tuviéramos esta pureza, <*12*> si tuviéramos fija nuestra vista siempre en Dios, en su voluntad, nos sería indiferente todo; lo mismo pasaríamos en una ocupación humilde, que se nos ha dado por efecto de nuestros cortos talentos, ni siquiera aparecería la vanidad cuando mereciéramos alguna atención.
   Además de que, H. M., si descuidáramos de imitar a Jesús en este deseo único del agrado de Dios, en esta pureza de intención, cometeríamos indirectamente una usurpación a los dones de Dios; lo haríamos con un fin torcido, o con desagrado, no la ofreceríamos a su gloria, y por lo tanto arrebataríamos una cosa que le pertenece completamente, abusaríamos de su confianza, cometeríamos un pecado de infidelidad. Haríamos por nosotros o por un fin vano lo que no pertenece sino a Dios.
   Finalmente, cuántas veces, en la oposición de nuestros deseos, cuando nos vemos contrariados en aquellas cosas que hasta nos parece prudente hacerlas, cuando tiene que sufrir nuestro espíritu por la contradicción que experimenta a veces hasta en justos deseos, cuánto sería nuestro mérito, hasta nuestra tranquilidad, si las depositáramos en aras de la obediencia, del sacrificio, del deseo de no contrariar la regla, la voluntad de Dios.
   Purifiquemos, pues, nuestras intenciones, amoldémoslas a la conducta de Jesús, y hagamos que la costumbre no nos quite algo de esa constante voluntad de hacerlo todo por la voluntad de Dios.
   En fin, H. M., concluyo: Jesucristo no sólo <*13*> busca el agrado del Padre en sus acciones, sino que sus palabras no tienen otro objeto que hablar del reino del Padre.
   Esto nos dice el evangelio: Loquens de regno Dei [cf. Lc 9, 11]. ¡Cuánto tuvo que hablar Jesús!
   Pues nunca nada inútil, nada insulso salió de su divina boca.
   Su divina lengua para cumplir con los deberes de la necesidad, de la educación.
   No versan sus conversaciones y pláticas sobre puntos que presten pábulo a pasión alguna.
   Que puedan redundar en daño de tercero.
   Que puedan producir disipación.
   De regno Dei.
   Importancia de la salvación.
   H. M., ¡qué modelo para nosotros! Aun...
   Pero vosotros que felizmente estáis en lugar de...
   Mil y mil otras consideraciones nos ofrece la vida de Jesús... Su paz interior.
   La conducta con los pecadores e ignorantes.
   Su porte en las tentaciones del...
   Su pobreza.
   Pero os molestaría ya, y serán bastante las indicadas para formar un completo modelo práctico.

Escritos I, vol. 1.º, doc. 34, pág. 1-2






   Hemos interrumpido. Aprovechamiento.
   Vida pública de Jesús. Afectos tres: fraternidad, dolor..., deseo de la gloria.
   1.º Fraternidad. Correspondencia [?] mirando a Jesús.
   2.º A los prójimos.
   Dolor. Relativo. Para con todos. Vehemente. San Pablo, Moisés.
   ¡Y tantos!
   ¡Yo quisiera penetrar! No hay fe (¿?)
   ¿Cómo lo haremos? Jesucristo se ofreció. Nosotros debemos ofrecernos.

Escritos I, vol. 1.º, doc. 35, pág. 1-2






   De qué os hablaré hoy, H. M.; naturalmente debía hablaros de la vida pública de Jesús; naturalmente debíamos dedicarnos a la reflexión de la pasión, materias que repetidas siempre son interesantes, siempre provechosas; son un fondo que nunca se agota y a propósito para arrancar de nuestro corazón afectos.
   Pero he pensado, H. M., que habiendo meditado y muchas veces y con provecho en esta materia, y como uno de los frutos principales que debemos sacar es el deseo de imitar a Jesús en sus padecimientos que practicó no sólo durante su vida, sino también todos los días de su vida.
   He pensado hablaros de la necesidad, del valor del padecimiento. <*2*>
   Necesidad de la Iglesia
   1.º – 2.º
   Visibilidad
   Infalibilidad
   Como se entienda
   Una en su fe, gobierno. Comparemos
   Santa
   Católica
   Apostólica
   La pascua
   Los niños
   Fuera de la Iglesia no hay salvación.

Escritos I, vol. 1.º, doc. 36, pág. 1-2






   Vida pública de Jesús

   Habéis meditado la santificación; pero necesitábamos un modelo.
   Cristo Jesús, rey; y os habéis ofrecido a seguirle en la vida oculta.
   San Francisco de Sales [dice] que hemos de desearle, y los que no le desean no son espirituales.
   Pero Dios no quiere la paz.
   1.º Su actividad y celo: corriendo detrás de un alma predestinada, llama su alma, y tras aquella alma veía...
   Y llega la noche...
   ¡Oh! [?] del cansancio, y luego pernoctans in oratione [Lc 6, 12]; y gime por los pecados. ¡Oh, qué lágrimas! Por ello sus parábolas.
   Soy llamado como Jesús.
   2.º Su conducta con todos y para [con los] apóstoles; ¡qué orgullosos! El Zebedeo.
   Otros [?] Si cura el sábado, por virtud del diablo; si a los pecadores, bebedor. Diez leprosos.
   Va a Samaria, y le envían leprosos.
   La invita a convertirse. <*2*>
   Como lo hace: [?] Discite a me [Mt 11, 29].
   Zebedeo.[?]
   Siempre igual.
   La mujer adúltera.
   Familia de Lázaro, le obsequia.
   Desea subir a una barca, et rogavit.
   Si asiste a unas bodas, a unas exequias...
   Inspice et fac [Ex 25, 40].
   Medita las circunstancias que te han de sobrevenir en tu casa, en tu trato, en los viajes, etc.

Escritos I, vol. 1.º, doc. 37, pág. 1-2






   Transfiguración
   Plática predicada en Alfara
   1872. Agosto

   El Evangelio

   ¿Cuánto, pues, debía ser el gozo de Pedro? Y, sin embargo, ¿qué era? La gloria de Jesús ¿Y cómo la veía?: Con los ojos del cuerpo, y casi sin poderlo ver de tanto resplandor. ¡Ah! Jesucristo permitió esto para manifestarles lo que les aguardaba en el cielo, y lo hizo para que nosotros nos animáramos también así con esta idea. Jesucristo, pues, nos anima al cielo. ¿Y qué es el cielo?
   Yo quisiera haceros una descripción del cielo. ¿Pero qué os diré que es el cielo? Jacob, Moisés, Ezequiel, San Pablo.
   Ver a Dios. Ver su omnipotencia, eternidad, inmensidad, los misterios de la encarnación, hermosura; ¿pero qué he de decir de su hermosura? Suponed que uno es criado a la edad de ...
   La hermosura de este Dios nadie podrá comprenderla. ¿Cuántas cosas hay en este mundo que nos agradan? Pues oculus... [1 Cor 2, 9].
   Además de esta gloria esencial, Dios tiene prometidos otros bienes. Él nos ha dado el alma y los sentidos, y ha prometido colmar a las potencias y a los sentidos de todos los bienes.
   El alma tiene memoria, entendimiento, voluntad.
   Memoria. Los beneficios de Dios, que se ha salvado por sus méritos, etc.
   Entendimiento. El objeto es saber. Sabremos 1.º Las verdades naturales y morales y teológicas. Filósofos de [?]. Físicas: sabremos la extensión del mar.
   Voluntad. Su objeto es amar. ¿Qué es lo que ama <*2*> el hombre? Riqueza, poder, gloria. Tendremos riquezas, pues el mundo será nuestro. Gloria y poder. Seremos monarcas con el monarca.
   Nuestros sentidos. Condiciones generales del cuerpo glorioso: Agilidad, claridad, sutileza, impasibilidad. Además, nuestros ojos verán el firmamento, el mundo, la Virgen santísima, el cuerpo de Jesucristo, los santos: San Agustín, Santa Teresa, etc.
   Oídos: Armonías. Palabras de Jesucristo; cuántas veces envidiamos a los que le oyeron..., a María santísima, etc.
   Nuestro gusto y olfato. Aunque ya estaremos libres de las miserias del comer y del beber, todos los santos convienen en que tendrán estos sentidos una satisfacción particular.
   ¿Y os parece poco, ver a Jesús? Saber todas las cosas, etc. ¡Y todo sin pena y sin cansancio, y para siempre! Pasarán años y más años.
   ¿Y cuándo será esto? Pasaje del pueblo de Israel en Babilonia.
   Antes de 70 años también, y exclamaremos: Bonum est nos... [Mt 17, 4].
   Pero, ¿y qué es necesario para esto? ¡Ah! Ya lo sabéis: Ser buenos. Cumplir lo que Dios manda: sus mandamientos, cada uno las obligaciones, apartarnos del pecado; de la malas compañías; amar a Dios, en fin. No hemos nacido para trabajar, ni para comer... [sino] para amar a Dios. ¡Desdichado aquel que le olvida, y le blasfema, y no le ama!
   Si los condenados pudieran..., etc. Para gozar <*3*> un solo momento de la vista de Dios nos debieran parecer nada todos los tormentos.
   Aunque con penitencias nos quitáramos la vida, aunque fuésemos desollados...
   Y Dios, sin embargo, no nos pide tanto...
   Procuremos, pues, arrebatarle, cueste lo que cueste.
   Y si es preciso para esto hacer penitencia, etc.
   Si lo hacemos así...
   Algún día y pronto nos encontraremos en el cielo. Amén.

Escritos I, vol. 1.º, doc. 38, pág. 1-2






   El buen Pastor.

   P. Sola.

   Ego sum pastor bonus; bonus pastor, etc. [Jn 10, 11].
   Es no sólo buen pastor, sino el buen pastor.
   Para diferenciarse de tres clases de pastores: 1ª. de aquellos que no entraron por la puerta que es Cristo. Estos son y fueron no sólo pastores sino ladrones. Todos los que quieren ser pastores y guiadores de almas sin misión. Tales fueron en el pueblo de Israel los falsos profetas, de los cuales se queja el Señor por[que]... Dominus non miserit eos [Ez 13, 6].
   Los filósofos antiguos con sus doctrinas.
   Los tiranos y reyes que se atribuyeron el derecho de las almas.
   Los herejes ladrones para arrebatar las almas, los cismáticos de Constantinopla. Los reyes de Inglaterra que se declararon jefes espirituales.
   Los periodistas que se arrogan la misión de dirigir la opinión pública y las ideas.
   2ª. Para <*2*> distinguirse de aquellos que aún tienen legítima autoridad, son como mercenarios.
   Tales los reyes que no miran por la honra de Cristo; que permiten el mal; que por respeto humano no obran la justicia, como Pilato, como los jueces, empleados, etc., como los escritores asalariados, buscan quae sua sunt, non quae sunt Iesu Christi [Flp 2, 21]. Son mercenarios.
   3ª. Para distinguirse de los buenos, v. g., Santo Tomás de Cantorbery, San Josafat, etc., porque éstos tienen la autoridad participada, y no es para todas las ovejas. Sólo él la tiene plena y propia.
   No sólo es pastor de los individuos, sino de las sociedades. Cómo es cabeza Cristo de los hombres.

      II

   Ego cognosco oves meas [Jn 10, 14]
   ¿Cómo las conoce? Como Dios, el Verbo, conoce todas las cosas; como hombre, por <*3*> tres ciencias: la beatífica de Dios, por ciencia infusa, y por la experimental. Consecuencias: ve a todos desde el principio del mundo; a cada uno en particular; con toda claridad; Omnia nuda et aperta sunt oculis ejus [Heb 4, 13].
   Consuelo que debe infundirnos esta idea del conocimiento de Dios en todos los acontecimientos.
   Temor que debe causarnos el ofenderle ante sus ojos.
   Et cognoscunt me meae [Jn 10, 14]. Conocemos por la fe, evangelio, libros santos.
   Modo de aumentar este conocimiento: La lectura, sermones, etc. Meditación, libros verdaderos. Cristo y sus llagas. El sacramento. El corazón de Jesús.

      III

Escritos I, vol. 1.º, doc. 39, pág. 1-2






   Septuagesima 95 [?]

   Historia.
   El padre de familias, Jesús, tal vez sin deslizarse los años, sale con sus inspiraciones a la tercia, nona, última hora, aun antes de morir.
   ¿A quién? A un obrero perezoso, que de una vida tan corta, que pasa como el humo, como el día de ayer.
   Para... Quid hic statis? [Mt 20, 6]. Si no trabajáis...
   Actos de humillación, ¿sois de los llamados? ¿seré escogido? Tolle quod tuum est [Mt 20, 14], hasta el día que me poseas del todo.
   Erunt novisimi primi [Mt 20, 16], con más fervor podemos aventajar a los otros.
   Alegraos, no afligiros de los que reciben aquel precio, pero recordad el celo para que nadie os gane.
   Pedir nos admita con los últimos.

Escritos I, vol. 1.º, doc. 40, pág. 1-2






   Plática sobre la parábola del buen pastor.

   Predicada en Santa Clara el 3 de mayo de 1868
   Predicada en la Purísima, en la dominica del buen pastor, mayo de 1869
   Asilo 1886. <*2*>

   Predicada en el Asilo del Ángel, dominica del buen pastor, 1880.

   Si alguna comparación hay de las salidas de la boca del divino Salvador, que nos manifieste su amor y su solicitud, es sin duda la que él mismo nos ofrece, y nos presenta la Iglesia en el evangelio de este día.
   No es ya la comparación del guardador de la viña que la cultiva solícito; no es una mera parábola la que nos ofrece como para hacernos ver su cariño; sino que es una cualidad, es un carácter que él quiere apropiarse, y con el que quiso que le conociéramos.
   ¿Cuál es este carácter? El carácter de pastor. Tal es su amor, que ha querido ser y nombrarse pastor de nuestras almas.
   Y tanto que él mismo descubre las cualidades del buen pastor y nos conjura que éstas son las suyas.
   Ego sum pastor bonus [Jn 10, 11]. El buen pastor apacienta.
   Pero, ¿y es cierto que Jesús ha sido para mí, para nosotros buen pastor?
   No examinaremos todas las condiciones de un buen pastor, basta sólo las de conocer, apacentar, buscar las ovejas.
   El las conoce: ¡Oh!, H. M., desde el día en que el alma de Jesús fue criada y unida con el cuerpo hipostáticamente al Verbo, esta <*3*> alma benditísima nos vio y contempló a todos distintamente, y estuvimos en su mente y en su corazón todos los días de su vida, y continuamos siendo objetos de este conocimiento en su vida sacramental. Y este conocimiento que Jesús ha tenido de nosotros no ha sido, no, un conocimiento estéril, especulativo, sino un conocimiento de amor, un conocimiento práctico para nuestro bien.
   ¡Oh!, H. M., aún no habíamos nacido, no existíamos sobre la tierra, y el Señor ya nos tenía presente en su mente, y se interesaba por nosotros, y nuestros bienes y nuestros males eran objeto de las emociones de aquella alma, venimos al mundo, y ya se ofrecía por nosotros a la fatiga, a la ignominia, y a la muerte; y miraba esas ovejas que un día el Padre eterno debía conducir a su redil. Y este conocimiento de nosotros lo continúa ahora, fija siempre su mente en nuestro corazón, vigilando por nuestra alma.
   ¡Oh! bendito sea Jesús, en cuya mente y cuyo corazón hemos estado todos los momentos.   Y no sólo cumple los oficios de pastor conociendo, sino alimentando.
   Prescindo del alimento de la...
   La fe.
   De su doctrina.
   De sus inspiraciones.
   Basta considerar el alimento de su propio cuerpo. <*4*>
   (Vide plática adjunta).
   Y busca las ovejas (vide plática adjunta).
   Ahora bien: ¿qué debemos hacer?
   Si queremos corresponder al llamamiento de Jesús, procuremos ser ovejas: 1.º escuchando su voz; 2.º alimentándonos bien; 3.º no apartándonos de él.
   1.º Que escucharemos su voz: en la oración; en las comuniones, en los remordimientos.
   2.º Alimentarémonos en la meditación, aprovechando sus gracias.
   3.º No apartándonos nunca de él; unidos con el amor, con las jaculatorias, ofrecimiento de obras, comuniones espirituales.
   Y si nos apartamos, que nos castigue con su báculo de remordimientos, de enfermedades.
   Pidamos que vengan otras ovejas a su redil. [Nota: El resto del documento no aparece en los orginales]
   1.º Mirar a Jesús. Todos creemos que Jesús está allí, y nos mira; pero ¿lo creemos de veras?
   Mirémosle, pues, siempre.
   ¡Si estuviéramos bajo la mirada de una madre o padre!
   [2.º] Alimento: Aprovechar las gracias. Particula boni doni non te pretereat: [No dejes sin cumplir un legítimo deseo: Eclo 14, 14]. ¡Ay, la pérdida de una sola gracia!
   [3.º] Oigamos sus voces. Oración, etc.
   Que nos castigue si nos apartamos.
   Escoger otras ovejas.

   Mes de María.

   ¡Ay! otros no han empezado. Otros han dejado la carrera. Cada año tiene sus bendiciones. ¡Ay, si no se aprovechan!
   1.º Que el curso que viene sin pecado, y con las gracias obtenidas.

Escritos I, vol. 1.º, doc. 41, pág. 1-2






   Trasladaos con el pensamiento a aquella noche solemne, cuando nuestro divino salvador Cristo Jesús, después de la última [cena] se traslada con sus discípulos al pie del monte Olivete, y cerca de una casa de campo llamada Getsemaní, donde acostumbraba a pasar la noche en oración, e internándose de sus discípulos como un tiro de piedra, dice San Lucas [Lc22, 41], tomando consigo solos a Juan, Santiago y Pedro.
   Allí, en medio de la soledad de aquel campo, cuando el astro de la noche estaba en mitad de su carrera, con sus pálidos rayos parecía querer dar más impresión a aquel, en el silencio de la noche, y cuando sus enemigos estaban combinando el modo de perderle, Jesús ve a sus enemigos y a las almas, se entrega a la oración, y se siente poseído de un tedio y de una tristeza mortal y exclama: Triste está mi [alma] hasta la muerte [Mt, 26, 38], Padre mío.
   Y levantándose como [para] desahogar con sus tres amados discípulos la tristeza que le consumía, los encontró dormidos, y les dice: Ni una hora... Y volviendo segunda y tercera vez repite estas palabras: Padre mío, si es posible.
   Y no pudiendo soportar la pena que le agobia, la sangre que por su corazón circula se vio precisada a escaparse por los poros de su cuerpo.
   ¡Oh!, Jesús mío, si nosotros hubiésemos estado allí entonces.
   Pero, ¿qué digo? si nosotros estábamos allí.
   En medio del mundo y en la soledad del tabernáculo continúa a través de los tiempos el Señor, <*2*> continúa con los mismos sentimientos que entonces, no con sufrimientos físicos como entonces, porque está impasible, pero con sufrimientos místicos y espirituales. El desvío de las criaturas, la perdición de las almas, el desdoro de la gloria, la persecución de su Iglesia, que era lo que en aquella noche le hizo gemir tan amargamente, es lo que ahora también agita su corazón. Y una cosa igual...
   Y llama a sus escogidos para contarles estos trabajos, para compartir estas penas, y les pide una hora de compañía para desahogar su corazón.
   Bendito sea el Señor, H. M., que en medio de las frialdades y apostasías del siglo 19, ha querido escogernos para cortesanos de su amor.
   Y en estas horas silenciosas, en estas mismas que quizás en antros tenebrosos se está conspirando contra Jesús, mientras tantas almas en populosas ciudades se entregan a la disipación y al pecado, mientras tantos regalados con sus dones, no se acuerdan de él y le olvidan.
   ¡Oh!, poder acompañar y consolar a Jesús en el Getsemaní de su santo tabernáculo.
   Sí, Jesús mío, aquí venimos a haceros compañía, a ser vuestros guardias vigilantes, aquí venimos a alabaros y bendeciros, y pisaremos los respetos humanos, y pagaremos nuestras infidelidades pasadas, no, no os negaremos como Pedro, avergonzándonos de no conoceros, sino que os con-<*3*>fesaremos delante de vos y delante de los hombres.
   En cambio, Jesús mío, yo me atrevo a prometer a vuestros cortesanos en nombre vuestro que les daréis una copiosa bendición de gracia y de consuelo en la vida y, sobre todo, que velaréis por ellos y les daréis vuestro ósculo de amor y de paz en la hora de la muerte.

Escritos I, vol. 1.º, doc. 42, pág. 1-2






   Hora de reparación

   ¡Oh, Jesús mío! Compadecido de vuestra soledad y de vuestros sufrimientos, vengo a haceros este rato de compañía, como un acto de reparación de todos los olvidos, agravios y ofensas de todas las criaturas.
   Aceptad, Jesús mío, este tributo de amor que ofrezco además por el bien, por las intenciones de nuestra Hermandad.
   Evangelio de San Lucas.
   ¡Pobre Jesús! ¡Pobre Jesús! Allí en aquella soledad, y mientras el astro de la noche estaba a la mitad de su carrera, Jesús se entrega a la tristeza, a la congoja, sin recibir consuelo de los hombres, y sus enemigos están discurriendo en aquellos mismos momentos los medios para acabar con él; los habitantes de Jerusalén, testigos de sus maravillas, cuyos enfermos había sanado y están olvidados de él; sus discípulos a los cuales acababa de hacer donación para siempre de su cuerpo sacratísimo, y los invitaba para que no le dejasen solo, caen en el sopor y sueño, <*2*> y no comparten con él la pena, ni puede desahogarse y se queja: Una hora non potuistis, etc. [Mt 26, 40].
   ¡Oh, Jesús mío, si hubiéramos podido estar allí entonces, y haceros compañía y consolaros, y enjugar vuestro sudor y consolaros!
   Ya que no pude estar allí entonces, permitidme que te haga ahora compañía compadeciéndome de ti, recordando aquella tu soledad.
   El mismo Jesús que allí en la noche del huerto, y luego en aquella lóbrega prisión de casa de Anás, estaba solo, es el mismo que está ahora ahí en la eucaristía, real, vivo, verdadero; igual soledad le acompaña; las mismas circunstancias que entonces le rodean. En estas mismas horas, sus enemigos se reúnen en antros tenebrosos para acabar con él, con los frutos de la reden-<*3*>ción, para conspirar contra la Iglesia. A estas horas en las grandes ciudades los mundanos se entregan a la disipación, olvidándose de Jesús.
   Los poderosos redimidos con su sangre duermen en el sueño del pecado y del olvido de él.
   Las mismas almas justas apenas se acuerdan de estos sufrimientos místicos y de esta soledad.
   ¡Pobre Señor! ¡Pobre Jesús!
   Ya que me habéis hecho, Jesús mío, la gracia de que os haga compañía en esta hora, haced que sepa compensar con mis afectos de compasión tantos olvidos, tanta soledad, y aumentad en mí el espíritu de amor y reparación a vuestro corazón sacramentado.

Escritos I, vol. 1.º, doc. 43, pág. 1-2






   Reparación, Valencia, 5 agosto 1902

   Pongámonos en la presencia de Jesús sacramentado; pidámosle la gracia para hacerle bien este rato de compañía y de compasión.
   Representémonos aquí delante a Jesús como estaba en el huerto; bajo aquellos árboles, la luna estaba en el centro de su carrera, solo, separado de sus discípulos, a los que había dejado para que orasen, y orar él solo.
   Y empezó a sentirse poseído de una congoja y agonía y desmayo mortal; y postrado en tierra, exclamaba: Padre...
   Y levantándose por tres veces para ir a consolarse con sus discípulos (a los que encontraba dormidos), volvía a repetir eundem sermonem dicens... [Mt 26, 44], y postrado en tierra empezó a sudar gotas de sangre hasta regar la tierra.
   ¡Oh!

   Punto 1.º
   ¿Quién padece? Jesús, el hijo verdadero de Dios Padre, en su humanidad santísima. Su alma inocentísima como desprendida del influjo de la divinidad, entregada a una indecible tristeza; solo, sin recibir alivio ni consuelo alguno; los que había curado y alimentado en el desierto no piensan en él, los habitantes de Jerusalén que le habían aclamado duermen, y sus enemigos discurriendo el modo de prenderle. Por ello repite: Padre mío, y el sudor...
   ¡Oh, si hubiéramos <*2*> estado allí entonces!
   ¿Qué padece? ¿Cuáles son las causas de su aflicción? 1.º Teme por lo que va a padecer, y quiere experimentar el temor al padecimiento y a la muerte. 2.º Tiene dolores amarguísimos del corazón por todas las ofensas cometidas contra la gloria de su Padre. 3.º Experimenta tristeza amarguísima por la pérdida de las almas, y por la inutilidad de aquellos sufrimientos ofrecidos con tanta caridad, y que serán inútiles para tantos que caerán en el infierno. 4.º Aflicciones indecibles por las tribulaciones de los justos, por las persecuciones contra la Iglesia. Y sin nadie que le consuele. Por eso clama.
   ¡Oh, Jesús mío! Nosotros queremos ofrecernos a acompañaros en estos sentimientos, único tributo con que podemos consolar vuestro corazón, y rogaremos por las almas, y os ayudaremos a salvarlas, y repararemos los males de la Iglesia según nuestras fuerzas, y hasta ofrecernos víctimas por ellas si es necesario.
   Punto 3.º Jesús ve renovadas estas circunstancias en la soledad del santo tabernáculo, y está experimentando místicamente la misma tristeza. La misma soledad le rodea. Los mismos pecados se levantan hacia el cielo, y no sólo ya contra el Padre, sino contra su divino corazón. Los mismos olvidos y hasta infidelidades de los suyos, de las almas que le están consagradas. Y Jesús gime y suspira por ellos, como gimió por ellos <*3*> y pasaría en aquel día, y continúa aquí semper vivens ad interpellandum pro nobis [Heb 7, 25].
   ¿Quién le consolará? Aquí nos ofrecemos.
   Infundid en nuestro espíritu y en el de la Hermandad este espíritu de compasión por vuestros ultrajes y por la pérdida de las almas.

Escritos I, vol. 1.º, doc. 44, pág. 1-2






   Soledad de Jesús en el huerto.
   Composición de lugar.

   ¡Pobre Jesús! En aquellos momentos sus enemigos están combinando en antros tenebrosos su prisión y muerte. Las turbas, que pocos días antes le habían aclamado, ya no se acuerdan de él. Los enfermos que había curado, los miles de almas que había alimentado en el desierto están entregadas al descanso y al olvido de él.
   Los mismos apóstoles, a los cuales estaba llamando para que le tuvieran compasión y le hicieran compañía, están entregados al sueño. Jesús sufre, pues, el abandono.
   ¡Ah, Jesús mío, si nosotros hubiésemos estado allí entonces!, si...
   Ya que no pudimos consolaros y haceros compañía entonces, os la hacemos ahora en memoria de aquella soledad.
   La misma soledad que Jesús sufrió en <*2*> Getsemaní, la sufre en su estancia sacramental.
   Algunos, como entonces, están a estas horas maquinando contra él, contra su culto, contra la fe, y el modo de arrebatarle las almas.
   Millones de almas, selladas con el sello de su sangre, están sumidas en el sueño del pecado, de la indiferencia y del olvido de él.
   Entre las almas que le están consagradas, cuántas hay que apenas piensan en él, cuán pocas las que saben repararle de tanta soledad, de tanto olvido.
   Aceptad, Jesús mío, este pequeño tributo de amor y de compasión en este rato que consagro a haceros compañía en vuestra soledad sacramental, que ofrezco además por mis hermanos y demás intenciones de esta santa práctica.

Escritos I, vol. 1.º, doc. 45, pág. 1-2






   Pongámonos en la presencia de Dios.
   1.º Preludio: El silencio de la noche; la luna en mitad de su carrera; Jesús bajo de aquellos árboles.
   Pidámosle gracia de saberle acompañar en su soledad y penetrar sus sentimientos interiores.   1.º He aquí que llegada la hora, dijo: Orad y velad, et avulsus est... [Lc 22, 41].
   Padre mío, si es posible, no se haga mi voluntad; y levantándose por tres veces... ¿qué es lo que pasaba? 1.º El temor es una de las miserias humanas, Jesús quiso tomarlo y despojando a su alma del vigor de la divinidad, se expuso [a] los tormentos, azotes, desnudez.
   2.º La pérdida de las almas, que exigían aquella expiación mortal.
   3.º El presentarse como pecador.
   ¡Oh, si hubiéramos estado [allí]! Ya que entonces no, ahora...
   2.º Mientras Jesús estaba así, los habitantes <*2*> de Jerusalén, los enfermos que había curado...
   ¡Oh, si hubiese tenido allí discípulos!
   Esto mismo sucede ahora.
   3.º Prisión de Jesús. Llama [?]
   Lo mismo sucede ahora.
   Ya que no pudimos acompañaros, permitid que lo hagamos ahora.

Escritos I, vol. 1.º, doc. 46, pág. 1-2






   Colegio de San José, 3 febrero, 88

   Oración del huerto

   Si embargo, aparte de esto, y aun con esta suspensión del efecto natural que la visión beatífica producía, ¡cuáles debían ser estas amarguras, cuando aquella alma tan grande con la fortaleza de Dios, impecable, tan dispuesta al sacrificio, sufre sin embargo aquellos desmayos! Él, hombre y Dios verdadero, constituyendo una sola persona en el Verbo divino; él, rey inmortal de los siglos, y experimenta aquellas repugnancias.
   ¿Qué cosas son, pues, las que le atormentan?
   Prescindo hoy, por no alargarme, [de] los tormentos que va a pasar, y que con viveza se le presentan a su imaginación. Él ve a Judas. Blasfemias [?]. Azotes. Ecce homo [Jn 19, 5]. Cruz, dolores más que todos los mártires juntos, que esto bastaba ya para espantarle. Sino lo que le atormenta es que todo esto son ofensas a Dios, al hacerlo a él, hacen pecado, y ofenden a Dios.
   Aquella alma que veía a Dios, que un solo pecado venial era peor que la condenación de todas las almas. Él veía que todo eran salivas, barro contra Dios. <*2*> Estas ofensas le herían de muerte.
   Más aún, no sólo veía los corazones de aquellos judíos empedernidos, sino que con su imaginación descorría la cortina de los siglos, y ve tantas herejías, tantos crímenes, tantos pecados. Y él que viene a ser fiador de esta humanidad.
   Pero aún hay más, ve que se van a perder estas almas, aun después de haberles conseguido el comprarlas con su sangre, que los ha adoptado por hijos.
   Quién hubiera podido consolar a Jesús. Pues mira, allí estaba viendo, presentes tenía, los pecados y traiciones (a).
   Pues estas escenas se están repitiendo. Aquí místicamente está Jesús en el huerto, y todos los días se renueva la prisión. Estamos en Getsemaní (b).
   ¡Oh!, joven, cuando instigado por el demonio te entregabas a la curiosidad, allí te veía, cuando por respeto humano, porque dicen, por vergüenza y compromiso, compañerismo, no te apartabas de aquella conversación, a lo cual te instigaba tu conciencia; allí te veía haciendo el oficio de Judas, no sólo yendo mal dispuesto a <*3*> [la] comunión, sino tal vez pisando la sangre de Jesús, cuando la arrebatas en otra alma incitándola al mal ejemplo, con malas palabras.
   El te veía allí entregado a las furias de tus pasiones, ofendiendo a Dios, como estaban entregados a las furias de sus pasiones aquellos desatentados hijos de Jerusalén, a los que Jesús había hecho tantos beneficios.
   Allí te veía y estaba contemplando Jesús cuando alimentabas aquellos afectos peligrosos, que él te pedía [que] sacrificases con generosidad, aumentándole con tus rebeldías aquel cáliz amargo que se veía precisado a beber. Sí, sí; allí te veía Jesús y, porque te veía, sufría porque no te perdieses, y no pudiendo soportar tu pérdida, caía postrado hasta derramar gotas de sangre.
   Pero, ¿qué digo? Aún hay más, no sólo hiciste padecer a Jesús, sino que esta escena se repite todos los días (b).
   Jesús real, vivo y verdadero está en este solitario Getsemaní y su alma te [ve], y sus ojos te ven, de un modo espiritual y <*4*> maravilloso y sus ansias místicas son las mismas, y le haces sufrir como entonces con místicos gemidos.
   Y te ve cuando te acuestas en pecado mortal, como si estuvieras dormido al borde de una altísima montaña, que cualquier movimiento te hiciera caer en un precipicio, puedes allí caer desde la cama, con una opresión de corazón, con un ataque cerebral, caer en el infierno, y Jesús no puede sufrirlo.
   Y te ve desde ahí, desde ese verdadero Getsemaní, cómo vas por esa santa casa, confabulándote con Judas, con sus enemigos, para multiplicar los medios de acabar con la gracia de Jesús, aumentándole sus tormentos.
   Y él te ve que, al llamarte a que le hagas compañía, no sólo estás tibio, como los discípulos por la fatiga, sino quizás discurriendo y pensando, arrastrado por tu imaginación, cómo multiplicar sus ofensas, y cómo clavarás más espinas.
   El te ve aquí soñoliento, distraído, <*5*> irreverente, tibio. Él te invita como a los discípulos a hacerle compañía, y te dice: una hora non potuistis [Mt 26, 40], y en lugar de contestar a esta invitación, continúas hablando, recostado indolente en los bancos, apresurándote a levantarte inquieto y sentarte descomedido, despreciando la compañía de Jesús.
   ¡Ah!, esto le amarga sobremanera. Bienaventurada María de Alacoque.
   ¿Y esto es una verdad? ¿Y yo hice sudar [sangre] a Jesús? Sí, porque tus pecados actuales son el origen de sus sufrimientos de entonces, que continúan moralmente en sus sufrimientos actuales místicos.
   ¿Y esto es verdad? ¿Y yo hago sufrir a Jesús? Sí, porque la realización de este acto repite sus sufrimientos místicos.
   ¡Oh!, si lo meditásemos.
   Imposible que nuestro comportamiento aquí fuese el que le damos.
   Imposible que no nos santificáramos.
   Imposible que no quisiéramos velar día y noche ante el pobre agonizante. <*6*>
   Si tuviéramos la desgracia de condenarnos, este pensamiento de los sufrimientos de Jesús serían bastantes para un eterno desconsuelo.
   ¿Qué hemos de hacer?
   No pecado.
   Compadecer a Jesús. V. Alacoque.
   Vigilate et orate [Mt 26, 41]. Hacer más visitas. Velas nocturnas.
   Transeat a me calix...[Mt 26, 39].
   Voluntad de...

Escritos I, vol. 1.º, doc. 47, pág. 1-2






   Estamos en presencia de Jesús sacramentado, que nos está mirando y que está experimentando los dolores, tristezas y angustias de allá, del huerto.
   Era la misma hora, la luna estaba en mitad de su carrera, como estaba entonces.
   Pidámosle gracia para hacerle bien este rato de compasión.
   Soledad de Jesús. Jesús está solo, nadie piensa en él. Hace pocos días le aclamaban por rey de Israel. Aquellos a quienes curó no piensan en ofrecerle sus casas, ni su compañía; están todos entregados al descanso; y tantos como habría aquel[los] días en Jerusalén, de varias partes. Sus propios discípulos duermen. Busca un desahogo y, Simon, dormis? [Mc 14, 37]. Permite que su alma sienta la necesidad de la compasión.
   Si hubiéramos estado allí entonces.
   ¡Oh, cómo le hubiéramos consolado, enju-<*2*>gado sus sudores!...
   Ya que no pudimos estar, mentalmente hagámoslo, que son verdaderos nuestros afectos de compasión, haciéndole este rato de vigilia.
   Sufrimientos internos de Jesús en aquella hora. Conocimiento de los que se condenarían a pesar de tenerlos allí presentes y de ofrecer aquellos sudores y aquellas súplicas.
   Por cada una de las almas en particular ofrecía su próxima pasión y su muerte, y también la ofrecía por mí. Fui objeto de la mirada de Jesús, y fuilo en aquella agonía [?] hasta arrancar del Padre la seguridad de mi salvación; y yo no existía, y estaba en el olvido de la nada, y no le hacía compañía.
   Y no me pide en cambio sino gratitud, y que me asocie a [su] dolor, compadeciéndome [de] las almas, y suplicando al Padre por ellas. <*3*>
   Jesús continúa en la eucaristía los mismos sentimientos, la misma soledad, los mismos deseos de la gloria del Padre, de la salvación de las almas, del recuerdo de su pasión.
   Los más le persiguen.
   Y también almas consagradas a Dios...
   Y no me pide...
   No, Jesús mío...
   Acepta este rato que he consagrado a vuestra soledad y a la memoria de los sentimientos de vuestro corazón.
   Concédenos la gracia de imitarlos, compadeciéndonos de vuestras penas interiores, para que seamos verdaderos reparadores de vuestro amor olvidado. Hacednos la gracia de infundir en las almas este mismo espíri-<*4*>tu, y sea esta práctica fuente de bendiciones para nuestra Hermandad y para todos sus individuos, y os pedimos para los ausentes, de un modo particular.

Escritos I, vol. 1.º, doc. 48, pág. 1-2






   Pongámonos en la presencia de Jesús, en el huerto; de noche, la luna a la mitad de su carrera.
   Postrados...
   Oración.
   ¡Oh, Jesús mío! ¡Quién hubiera estado allí entonces! Ya que no pudimos acompañaros, lo hacemos ahora ofreciéndoos este rato de compañía y compasión a vuestra soledad y a vuestros sufrimientos.
   Consideraciones:
   Punto 1.º ¿Quién padece? Jesús, el Hijo verdadero de Dios padece en su humanidad. Inocentísimo. Sólo por caridad.
   Punto 2.º ¿Qué padece? I. Temores por lo que va a padecer. II. Dolores amarguísimos de corazón, por las ofensas de los hombres. III. Tristeza <*2*> profundísima por la pérdida de las almas, y la inutilidad de aquellos sufrimientos para muchos. IV. Por las tribulaciones de los justos. Persecuciones contra la Iglesia.
   Punto 3.º Renovación mística de aquellos sufrimientos. Soledad como entonces. Pecados Ingratitudes. Ingratitudes mías y olvidos. Y Jesús suspira y gime por mí.
   Conclusión:
   Aceptad, Jesús, este tributo de reparación. Infundidle este espíritu de compasión en mí por vuestras ofensas [?] y por la pérdida de las almas.
   Me ofrezco a consolaros, trabajando por mi fidelidad a vuestras inspiraciones, y en el bien de las almas.

Escritos I, vol. 1.º, doc. 49, pág. 1-2






   Oración:
   ¡Oh, Jesús mío! Aquí venimos a consagraros esta vigilia y este rato de compasión, compasión por vuestra soledad y sufrimientos en el huerto, y vuestra soledad y olvido en el sagrario.
   Aceptadlo, Jesús mío, por tantas almas olvidadas de vos, que tal vez en este momento os están ofendiendo, y tal vez maquinando contra vos los intereses de vuestra gloria, y por las almas aun consagradas a vos, pero olvidadas de vuestro amor.
   Os la ofrecemos además por los fines y objetos de nuestra Hermandad y para...
   Hacednos la gracia de poderlo practicar con espíritu de fe y de devoción, para que ya que no pudimos estar en vuestra compañía en el huerto, en vuestros sufrimientos físicos, podamos consolaros con el recuerdo de ellos, y repararos en vuestros sufrimientos místicos actuales, en la sagrada eucaristía. <*2*>
   Gracias os damos, ¡oh, Jesús mío!, por habernos permitido estar junto a vos en este rato, a nosotros que merecíamos estar en el infierno. No obstante, no os dedignéis aceptar este pequeño sacrificio, que por amor a vos nos hemos impuesto. Nos atrevemos a suplicaros que aceptéis este pequeño obsequio y sacrificio, y pedimos la bendición para todas las almas, y para los objetos de nuestra Hermandad, y en especial para que reine en ella y en todos sus miembros el espíritu de amor y reparación a vuestro adorable corazón sacramentado.
   Os lo pedimos por la intercesión de la Virgen María, de nuestro padre San José, de San Francisco y demás santos patronos de la Hermandad.
   El mismo Jesús que allí en el huerto sufría entonces estos..., es el mismo que está aquí real, vivo, verdadero, y los mismos sentimientos agitan místicamente su corazón. Aquí ve... aquí gime, aquí interpela al Padre semper orans...
   Y no obstante, aquí se repiten las escenas de aquella noche. Unos... Otros... Nosotros mismos.

Escritos I, vol. 1.º, doc. 50, pág. 1-2






   ¿Qué hemos de hacer, pues? ¿Cómo velaremos a Jesús? ¿Cómo corresponderemos a esta continuidad de su amor?
   ¿Cómo? Aparte de la vigilancia que hemos de ejercer sobre nosotros mismos por medio de la mortificación de nuestras pasiones, debemos poseernos de los sentimientos de Cristo Jesús, y apropiarnos los intereses de su corazón; y por lo tanto debemos mirar como nuestros y tenerlas a nuestra vista las necesidades de la santa Iglesia, la situación triste y aflictiva del sumo Pontífice, y las necesidades de tantos pobrecitos infieles que están sentados en las tinieblas de la muerte, y a tantos pecadores que le olvidan, y los peligros que rodean a las almas justas, y a los inocentes, y las vocaciones eclesiásticas, y los pobrecitos moribundos; todo, todo debe ser objeto de nuestras oraciones y de nuestras vigilias, y de nuestras oraciones, si queremos corresponder a Jesús y al amor de su corazón.
   Pero, sobre todo, velar, velar haciendo compañía a Jesús para repararle de la soledad en que le dejan las almas. ¡Oh, cuánto desea que velemos con él!
   Mirad, trasladaos con el pensamiento a aquella noche memorable antes de su pasión.

Escritos I, vol. 1.º, doc. 51, pág. 1-2






   Otra cosa aflige también y muy mucho, al corazón de Jesús en este instante misterioso. Es el tener que cargar con la responsabilidad de la culpa; el tener que vestirse de los harapos del pecado, para presentarse a la justicia, que lo castigue.
   Gran Dios, Jesús, aquella alma purísima, aquel corazón impecable, la santidad por esencia tener que abrazarse con el pecado, como si fuera propio; ¡ay!, eso no; vengan los padecimientos, entren las aguas del sufrimiento hasta mi alma; ya me ofreceré como cordero sin abrir mi boca; pero tener que mezclar en mi alma el monstruo del pecado, ¡ay!, eso no. Sin embargo, Jesús mío, es indispensable para que pueda descargarse el brazo de la justicia del Padre; te has comprometido a ello por los pecadores, tendrán que sufrir ellos las consecuencias de estos pecados.
   ¡Oh!, qué amargo trance, qué condición tan terrible para el corazón santísimo de Jesucristo; entonces se verificó lo que decía David: Scopebam spiritum meum [Sal 76, 7]. Escupió su espíritu; Jesucristo escupía en su espíritu la mancha, la piel del pecado, que aunque no era suya quería unírsele y [su] pureza le obligaba a rehusarla, y su amor al hombre le obligaba a retenerla, y esta idea le hacía respirar sofocado y oprimido y vencido por la caridad; no tuvo [más] remedio que <*2*> sufrir la confusión delante de la justicia y de la santidad del Padre y en presencia de los ángeles; y tuvo que abrazarse con la vergüenza de los pecados y vestir su alma de la lepra e ignominia del crimen; y tuvo que poner en su corazón todos los remordimientos, todos los escrúpulos, todas las penas de los pecadores, y experimentarlos como si hubiera bebido culpa.
   Aflicción amarguísima, imponderable.
   No dudo ya que prorrumpiese en aquella opresión de corazón.
   Consideradlo bien, etc., y tan poca pena que nos han dado nuestras infidelidades.
   Pero no es esto sólo.
   Pero no me atrevo a cansar mucho vuestra imaginación; vuestra piedad, mayor que mis palabras, os hará correr por ese campo de amor y de dolor.
   Sólo, sí, durante estos [días] recordad y ahondad en aquel beso de Judas que tan amargo sería.
   Considerad aquella debilidad de San Pedro, y la mirada viva dirigida por Jesús, etc. ¡Ay!, si miráramos a Jesús.
   Aquella soledad de aquella noche, pasada en la prisión solo, abandonado, afligido.
   Descubre [?] estos días.
   Aquella corona de espinas. ¡Oh!, cuánto dejamos correr nuestra imaginación a pensamientos vanos, inútiles, etc. Todos ellos han valido una corona de espinas en la cabeza de Jesús, <*3*> y oprime su corazón? ¡Ah!, H. M., si pudiésemos echar un oscuro velo sobre su imaginación e impedirle penetrar el porvenir, ya tendríamos asegurado el triunfo de su amor, y nos complaceríamos en la alegre aceptación de su muerte para nuestra salud; pero, ¡ay! como sus pesadas amarguras no fuesen bastantes para...
   La justicia del Padre eterno se complace en descorrer la cortina de los siglos, el lienzo de los amores todos de las criaturas, pasadas, presentes y porvenir; como juez que había [de] ser también de ellas, y les enseña el desperdicio de las voluntarias tristezas y de estos dolores por la ingratitud de las almas, y ¡ay! quién podrá, H. M., detallarlo debidamente. Yo, diría Jesús con palpitantes labios, voy a morir a fin de que no mueran eternamente los hombres que son las delicias de mi amor, y no obstante ¡cuántos renovarán mis amarguras todos los días con sus infidelidades, y formarán con ellas este capital, este caudal de dolor y de su eterna condenación!
   Yo he descendido del seno del Padre; desde este huerto subiré al Calvario, allí me elevaré sobre la cruz; desde ella daré voces de amor para que me oiga la humanidad entera, y ellos se mantendrán sordos e insensibles; ¡qué idea tan amarga! Jesucristo ha formado ya la resolución de abrazar aunque sean mil muertes; y esta resolución no servirá sino para aumentar la gravedad de la ingratitud de sus criaturas.
   Y allí, en aquella postración y abatimiento corre su imaginación y ve a través de los siglos los crímenes del hombre y cuenta una por una <*4*> todas las apostasías de los cristianos, la ceguedad de su pueblo, de sus hermanos según la carne, los desahogos criminales de tantas pasiones como hay en el corazón del hombre. Cuántas persecuciones contra la Iglesia, que la justicia del Padre permitirá para sus altos fines, la profanación de esta sangre que con tanto amor [va] a derramar; las aflicciones de sus [hijos] queridos, los tormentos de sus confesores, hasta el odio que se tendrá a los seguidores de su cruz, el desprecio hacia las almas esposas suyas; más amor: contempla también en aquella soledad, en el sueño de aquellos apóstoles, los desaires, el abandono, la frialdad, la tibieza, el olvido, tal vez también las ingratitudes de esas almas queridas suyas, el poco provecho que harán del precio de esta misma sangre, las decepciones de su corazón, la poca mortificación de sus pasiones, la pereza en quererle acompañar en sus dolores, la pesadez en abrir sus ojos a la [?] y ¡ay!, entonces ya no puede soportarlo, entonces sí que ya no puede sostenerse, y dando su frente sobre la tierra, se ve obligado a exclamar: Ahora sí que está mi alma triste y va a causarme la muerte: Tristis est... [Mt, 26, 38], y repetía, según el evangelista: Si posibile est [v. 39]. Si es posible, Padre mío, hazme pasar este agobio.
   ¿Y llegará, H. M., esta idea a hacer morir a Jesús sin consumar su sacrificio? ¿Podrá más el desaliento que el amor? ¿Nos quedaremos sin redención? ¿Tanto llegarán a postrar en Jesús nuestras infidelidades?
   V. H. M., siempre, pero en particular estos días acércate a Jesús con tu mente y tu corazón. Hazte cuenta que se desmaya en tu regazo, y anímale... <*5*>
   Consideradle en la cruz a cuestas.
   Y finalmente, fijaos en la crucifixión. Mirad cómo, sin abrir su boca, se entrega a sus enemigos y es levantado en el alto.
   ¡Oh!, qué abismo de amor, y qué instrucciones nos da Jesucristo desde el árbol de la cruz.
   Sabéis por qué Jesucristo dice en al Padre...
   Ahora bien, ¿qué efectos deben producirnos estas ideas?

   [?] y oprime su corazón? ¡Ah!, H. M., si pudiésemos echar un oscuro velo sobre su imaginación e impedirle penetrar el porvenir, ya tendríamos asegurado el triunfo de su amor, y nos complaceríamos en la alegre aceptación de su muerte para nuestra salud; pero, ¡ay!, como sus pasadas amarguras no fuesen bastantes para...
   La justicia del Padre eterno se complacía en descorrer la cortina de los siglos, el lienzo de las acciones todas de las criaturas pasadas, presentes y porvenir, como juez que había [de] ser también de ellas, y le enseña el desperdicio de estas voluntarias tristezas y de estos dolores por la ingratitud de las almas, y ¡ay!, quién podrá, H. M., detallarlo debidamente. Yo, diría Jesús con palpitantes labios, voy a morir, a fin de que no mueran eternamente los hombres, que son las delicias de mi amor, y no obstante, ¡cuántos renovarán mis amarguras todos los días con sus infidelidades, y formarán con ellas este capital, este caudal de dolor y de su eterna condenación!
   Yo he descendido del seno del Padre; desde este huerto subiré al Calvario; allí me elevaré sobre la cruz; desde ella daré voces de amor para que me oiga la humanidad entera, y ellos se mantendrán sordos e insensibles; ¡qué idea tan amarga! Jesucristo ha formado ya la resolución de abrazar aunque sean mil muertes; y esta resolución no servirá sino para aumentar la gravedad de la ingratitud de sus criaturas.
   Y allí, en aquella postración y abatimiento vivo, su imaginación ve a través de los siglos los crímenes del hombre, y cuenta una por una

   Todas las apostasías de los cristianos, la ceguedad de su pueblo, de sus hermanos según la carne, los desahogos criminales de tantas pasiones como hay en el corazón del hombre. Cuántas persecuciones contra su Iglesia, que la justicia del Padre permitirá para sus altos fines, la profanación de esta sangre que con tanto amor [va] a derrochar; las aflicciones de sus [hijos] queridos, los tormentos de sus confesores, hasta el odio que se tendrá a los seguidores de su cruz, el desprecio hacia las almas esposas suyas; más aún, contempla también, en aquella soledad, en el sueño de aquellos apóstoles, los desaires, el abandono, la frialdad, la tibieza, el olvido, tal vez también las ingratitudes de esas almas queridas suyas, el poco provecho que harán del precio de esta misma sangre, las decepciones de su corazón, poca mortificación de sus pasiones, la pereza en quererle acompañar en sus dolores, la pesadez en abrir sus ojos a la hora de su aflicción, y ¡ay!, entonces sí que ya no puede soportarlo, entonces sí que ya no puede sostenerse, y dando su frente sobre la tierra se ve obligado a exclamar: Ahora si que está mi alma triste y va a causarme la muerte: Tristis est... [Mt 26, 38], y repetía, según el evangelista: Si possibile est [v. 39] Si es posible, Padre mío, hazme pasar este agobio.
   ¿Y llegará, H. M., esta idea a hacer morir a Jesús sin consumar su sacrificio? ¿Podrá más el desaliento que el amor? ¿Nos quedaremos sin redención? ¿Tanto llegarán a postrar a Jesús nuestras infidelidades?
   V. H. M., siempre, pero en particular estos días acércate a Jesús con tu mente y tu corazón; hazte cuenta que se desmaya en tu regazo, y anímale con tu palabra, y consuélale con tus protestas de amor, y prométele constancia en seguirle; y ofrécele la pobreza de tu ternura, y los frutos de tu devoción, y sacrificios de tu voluntad; deseos de soledad y abandono con él; y ¿y quién sabe, H. M., si esto le animará para que acepte el cáliz que se le propone? Porque sí, sí, sin duda [el] recuerdo de nuestro amor, de lo que nosotros debíamos amarle, le animó entonces, puesto que ánimos ya, y no mirando más que nuestro amor, se levanta, detiene las lágrimas de sus pupilas, reanima su espíritu y va a ofrecerse, con paso [decidido] al encuentro de sus mismos enemigos.
   Triunfo, pero triunfo heroico del amor de Jesucristo sobre las amarguras de su tristeza.
   Otras consideraciones podía emitiros sobre la tristeza que anegó a Jesús en aquella noche, la repugnancia a vestirse del pecado; los remordimientos de conciencia y otra idea que
   Pero yo quisiera todavía recoger en otros pasajes ese mar de tristeza del corazón de Jesús, para que nos sirviera de meditación para ponderarla; pero no es posible; no podemos detenernos a examinar lo que tuvo que pasar en aquella noche, en la soledad de su prisión, en el abandono de sus apóstoles, en las angustias de sus dolores.
   Recordad tan sólo las amarguras en la cruz; tanta era su tristeza, además de sus dolores que...
   Habré indicado los oprobios de Jesús, pero...
   ¿Qué hemos de hacer? En estos días hacerle compañía: Ya sabéis cuánto le gusta.
   Y esta consideración os dará humildad y arrepentimiento a la vista de lo que [le] hemos hecho sufrir.
   Deseos de seguir a Jesucristo, y padecer con él y vivir olvidados de
   Y os [?] recogidas, silenciosas, al menos durante estos días.
   Y sobre todo, os consumirá de amor. Piensa que aquel corazón tan grande, pero material como el nuestro, con los mismos afectos que el nuestro, nos amó, y ya antes de existir, y padeció mirándonos, y aceptó los sufrimientos por nuestro bien; y deseando recompensa, y no sólo por todos, sino por mí en particular, pues como dice San Pablo: Tradidit semetipsum pro me [Gál 2, 20], pues lo que ha hecho por todos, lo ha hecho por cada uno en particular.
   Estas consideraciones nos arrancarán el corazón si las profundizáramos.
   San Pablo. Si quis non diligit

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   Pero para que la memoria de esta cruz produzca fruto en nosotros, es preciso poner a nuestra memoria aquellas reflexiones de otras veces, para grabarlas profundamente. A saber, ¿quién es el que padece, qué es el que padece, y por qué padecer tanto, y por quienes padece? Y de esta manera ver ¿qué efectos debe producir en nosotros?
   Quién es el que padece: este compuesto divino, este ser divino, es Dios y hombre, en su divinidad, etc.
   En cuanto a su humanidad, su alma, el milagro de la omnipotencia, etc.
   En cuanto a su cuerpo. ¡Oh!, el cuerpo más puro, más santo
   Este es el que padece; el más puro, el más inocente.
   ¿Y qué es lo que padece? ¿Y por qué padece tanto? Ya sabéis que desde que nuestros primeros padres, etc.
   ¿Y por qué padece tanto? Es cierto, H. M.
   Pues qué ¿tanto padece nuestro buen Jesús? ¡Ay!, H.M. Aun el entendimiento se confunde al considerar el abismo de penas de Jesús. No dejemos aparte aquellos dolores y fatigas de Jesús durante su pública vida; aquellas fatigas, etc.
   Trasladémonos únicamente a algunos de sus principales actos. Mirad, trasladaos con el pensamiento a aquel paso, que era la meditación predilecta de Santa Magdalena de Pazzis: los dolores de Jesús en el huerto.
   ¡Ay!, Jesús, si nosotros hubiésemos estado allí, no hubiéramos permitido que hubieseis caído desmayado, no; yo te hubiera recostado en mi seno, hubiera refrescado con [lágrimas] vuestras mejillas, hubiéramos aligerado vuestro cansancio, hubiéramos enjugado vuestro sudor; os hubiéramos animado con nuestras palabras dulces. ¡Oh!, quién hubiera podido estar allí en aquella soledad, en vuestra compañía. Pero qué digo, H. M., si nosotros estábamos allí entonces; si Jesús nos tenía allí presentes, sí él nos estaba buscando con su pensamiento, y nos veía como a los discípulos, entregados al sueño de nues-<*2*>tra insensibilidad, entregados al sopor de la tibieza, a la infidelidad, al olvido de sus penas; sí él veía a nuestro corazón dominado de afectos inútiles, sí él nos veía, nos llamaba como a los discípulos y nosotros resistimos a sus llamamientos; sí él nos estaba enseñando sus dolores, y nosotros estábamos mirándole con frialdad.
   Sí, H. M., si nosotros hubiéramos estado en el huerto, [¿]hubiéramos permitido que Jesús padeciera sin darle alivio, y nos hubiéramos dormido como los discípulos, y nos hubiéramos entregado al sueño de la indiferencia y de la insensibilidad [?]; y esto si [no] nos hubiésemos ido a juntarnos con Judas, para acibarar más sus dolores, como quizás hemos hecho entre la ignorancia de nuestra juventud.
   Sí, Jesús mío, entregaos al dolor y a la tristeza y a la amargura; sí, Jesús mío, sudad, razón tenéis para ello; llamad a un ángel que os conforte y os aliente, que entre nosotros, entre los hombres, no encontraréis ni un corazón que quiera vigilar contigo.
   Pero no, otra cosa podéis hacer, Jesús mío: levantaos, volveos atrás, no padezcáis estos dolores, desechad esta tristeza que os consume, y volveos; bien, la humanidad se perderá, nosotros nos condenaremos; pero ¿y vos qué perdéis, por qué habéis de padecer? ¡Ah!, no, no, esta idea conturba a Jesús; él nos quiere, él ama nuestras almas, y por ello exclama: Dios mío, si es posible pase de mí este cáliz, pero sino, yo lo beberé gustoso; y se levanta ya esforzado, y se va él mismo a presentarse a sus enemigos, y desea con encendido amor consumar cuanto antes su sacrificio.
   Y se levanta, y pasa todos aquellos dolores que vosotros sabéis.
   Pero, ¡ah!, no llevéis prisa, Jesús mío, no tardará mucho en completarse tu sacrificio.
   Miradle cómo sale por la puerta de Jerusalén llevando a cuestas su cruz; sobre ella nos lleva a todos; nosotros hemos colocado encima de ella nuestras infidelidades, nuestras faltas, nuestras imperfecciones, aumentando su peso, y si él no las hubiera cargado, no se nos hubieran per-<*3*>donado. Pero al fin llega al término de su pesada carrera. Miradle como víctima voluntaria, como manso cordero sin abrir su boca, se deja taladrar de pies y manos aquel que un momento pudiera destruir el universo; y pendiente tres horas mortales, desde aquella cruz luchando con sus agonías, con [los] dolores más acerbos.
   ¡Ah, Jesús mío, si al menos hubiese podido sosteneros entre mis brazos, si al menos hubieseis sido clavado en mis manos y en mis pies, y acompañaros de esta manera en aquellas agonías mortales!. ¡Ah!, alma mía, bien lo hubieses deseado, pero [ya] que no le fue posible, al menos procura morir en brazos de una cruz. Sabéis por qué [lo]dice un santo Padre. Porque representa, y es imagen del hombre, etc.
   Pero nosotros, H. M., aunque hubiésemos asistido a la muerte de Jesús, no hubiésemos deseado que muriera en nuestro regazo, hubiéramos mirado impasibles e indiferentes; a lo más hubiéramos experimentado una tristeza pasajera, y hubiéramos vuelto como los judíos a nuestras casas, como lo hemos hecho muchas veces, dejando a Jesús solo y sin compañía.
   Y por qué causas [¿?] padece
   H. M., cuántas enseñanzas nos da Jesús en su pasión y en su cruz.    Qué ejemplos para todas las circunstancias de la vida. Qué sentimientos no debe producir en nuestro corazón. En primer lugar, sentimientos de humildad. Cómo queremos ser apreciados, cómo es posible que nuestro corazón desee la honra y la satisfacción, viendo a Jesús tan humillado, golpeado [?]. ¿Cómo no querremos nosotros ser humillados hasta el polvo de la tierra?
   En segundo lugar, la idea de la pasión de Jesús debe producirnos efectos de paciencia y de sufrimientos, o sea, deseo de santificarnos...
   Santa Magdalena de Pazzis...
   Y, sobre todo, amor y ternura hacia Jesús crucificado. Santa Brígida.
   Sí, H. M., recordemos a menudo y con fervor los dolores de Jesús crucificado; recompensémosle de tanta frialdad, como hay de parte de las criaturas en este punto.
   Mirad, H. M., en este mismo santo tiempo de cua-<*4*>resma, en que la Iglesia invita tanto a sus hijos, a que contemplen sus dolores de Jesús; ¡ah!, cuán pocos hay que se dediquen con fervor a este pensamiento. Cuán pocos hay que se dediquen al viacrucis.

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   V. Vidal

   La Hermandad [?] con placer el consuelo que le causa ser

   Puntos

   Meditación: Oración de Jesús en el huerto. Sufrimientos que pasó. Soledad en que se encuentra en ellos. Deseo de que se le acompañe y consuele.
   2.º Sentimientos interiores del corazón de Jesús: 1.º Para con su Padre, de gratitud, humillación; y compasión por las ofensas de las criaturas. 2.º Con los hombres, de amor, como hermanos; de compasión como pecadores; de celo por salvarles. 3.º Para con las criaturas: Indiferencia.
   3.º Amor del corazón de Jesús en <*2*>

   Osuna

Escritos I, vol. 1.º, doc. 54, pág. 1-2






   Y he aquí, que diciendo estas palabras, aparece una turba insolente capitaneada por un hombre feroz. ¿Quién es? Es Judas. ¿Judas? ¿No éste el apóstol de Jesús? ¿No es éste el que ha sido testigo de sus portentos, el que le acompañaba en sus gloriosas expediciones? ¿Acaso no mereció hallarse en su compañía cuando les distribuyó amoroso su cuerpo y sangre adorable? ¿No es el que anoche mismo experimentó los rasgos de su ternura lavándole los pies y dándole otras pruebas o muestras de su cariño? Si, él es. ¿Y a dónde va? A entregar [a] su Maestro a los mismos enemigos, a aquellos que tanto tiempo hace desean acabar con él.
   ¿Y por qué le entrega? ¡Ah!, horroriza el pensarlo. Por un vil interés, por treinta dineros de plata es vendido el dueño del universo, aquel que no tiene precio. Y ¿cómo le entrega? Con un falso ósculo de paz. ¡Oh, qué humillación para el corazón de Jesús! ¡Qué ingratitud la de Judas! Porque ya sabéis, H. M., que nada hay más fuertemente impreso en el corazón del hombre que la justa correspondencia al favor que se recibe; todas las naciones han considerado siempre la ingratitud como un delito enorme, y los pueblos de la antigüedad la representaban como un negro monstruo solitario. ¿Cuál sería, pues, el sentimiento que naturalmente debía sentir el corazón del Señor a vista de una ingratitud tan inaudita? Y, sin embargo, le dice, ¿amigo a qué has venido? ¿Con un ósculo de paz entregas al Hijo del hombre? Estas palabras capaces de conmover al corazón más empedernido no hacen impresión en el corazón de Judas, avanza la señal y entrega a su Maestro. Ingrato corazón, la justicia divina caerá de lleno sobre ti, las generaciones futuras maldecirán tu memoria, no eres digno del aire que respiras, ni de pisar la tierra que te sustenta; el aire de la divina indignación debía reducirte a cenizas en este [momento] por tu infidelidad e ingratitud.
   Pero, ¡ah¡, H. M., no desahoguemos nuestro celo y nuestro fervor contra el ingrato Judas. ¿No somos también nosotros los

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   Mis hermanos en el Señor. Tristes y amargos eran los últimos momentos de Jesús. Pronto se verá en una soledad amarga en el huerto entregado a sus sufrimientos. Pronto va a ser preso y ligado con ataduras, y como si no fuera bastante va a ser puesto en una lóbrega prisión unas cuantas horas para que no se les escape, hasta reunir la fuerza pública suficiente que [se] apodere de él.
   Amargos debían ser los sentimientos de Jesús. Las injurias de aquel pueblo suyo, de aquel pueblo de su predilección.
   Asombrosa es su paciencia en tolerar aquella humillación, y al contemplar aquella soledad.
   Asombroso que él voluntariamente se entregara a aquellas humillaciones para bien del hombre, que casi no se lo agradecía. Y, sin embargo, es más asombroso el pensar que a pesar de aquellas soledades, de aquellas injurias, de aquellas humillaciones, en aquellos mismos instantes en que se preparaba para aquella prisión, se estuviese él preparando espontáneamente una prisión voluntaria humillante, de soledad, de olvido, y esto <*2*> hasta la consumación de los siglos
   Asombrosa nos había parecido su bondad de haber querido vivir entre las criaturas 33 años.
   30 en el retiro de la soledad y tres entre los trabajos de su predicación.
   Pero pensar que hubiera querido perpetuar esta manera oculta y de menos compañía y de menos consuelo, era cosa que no podía adivinar, a pesar de la excelencia de su amor. Y, no obstante nos lo dice, que vobiscum sum..., usque ad consummationem saeculi [Mt 28, 20]. Estoy con vosotros hasta la consumación de los siglos.
   Y hoy conmemoramos el aniversario del acto de esta voluntaria prisión. Hoy celebramos el acto en que con promesa solemne quiso quedar atado no en un día del año, no en un solo punto sino continuamente y sin interrupción en nuestros tabernáculos.
   Nos cuenta la historia pagana, que tenían algunos pueblos atados...
   Y es que Jesús continúa en esta prisión sufriendo lo mismo que sufrió en su <*3*> primera humillante prisión
   Porque allí eran los escribas y fariseos los que se mofaban de él, a pesar de los milagros que les evidenciaban su divinidad; hoy son los mismos que han recibido el beneficio de aquellos, que si no hubiera sido Jesucristo, vivirían en las tinieblas de la idolatría
   Allí le tenían olvidado aquellos judíos carnales que no ambicionaban sino un reino de felicidad material. Hoy le olvidan aquellos mismos que le reconocen como redentor de sus almas.
   Allí le insultaban aquellos verdugos [?] aquí le insultan y profanan aquellos mismos que recibieron su cuerpo tal vez en su edad primera. Allí sólo aquel día recibió las humillaciones, aquí se le repiten todos los días.
   Y pensar que Jesús lo preveía, y que a pesar de esta previsión quiso hacer esta gracia en bien de sus escogidos, y para comunicarse a sus almas, y para obtener mejor el amor y la compañía de las almas fieles. Pensar que no contento con esta finura, ha querido formar de nuestro [?] corazón una prisión más [?] Bendito sea el Señor que así ha querido atarse y ligarse por nuestro amor.
   ¿Qué debemos hacer? Ya que hemos sido llamados de un modo especial a la compañía de Jesús, ya <*4*> [que] hoy nos recuerda su prisión material y su perpetua prisión sacramental, ya que viene a repetir en nuestros pechos la memoria de esta prisión, ya que en nosotros sobre todo os habéis querido ser prisionero por el..., decidle que no le abandonaréis en su soledad y prisión, que le retenéis en la prisión de vuestra alma, en recompensa de las cuerdas con que fue atado, con las cuerdas de la fidelidad, con los lazos del amor, con las cadenas de la santa mortificación.
   Y el Señor dará por bien empleada esta prisión a la cual se ha sometido. De este modo le repararéis de las injurias que recibe en esta prisión.

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   M. H.: Obligado a última hora a deciros una palabra, que diré que sea provechosa [?]
   Vamos a entrar de lleno, A. M., en los días en que la Iglesia nos describe con bellos colores al varón de dolores, y pone ante nuestra vista sus amarguras interiores, sus humillaciones exteriores, los tormentos de su cuerpo.
   Y vais a empezar estas vacaciones, con objeto de dedicaros mejor a la memoria de estos sufrimientos y a conocer a Jesús en ellos.
   Por esto la meditación de estos padecimientos es la ocupación más digna de una alma. Nada haya, nada...
   Yo quisiera, antes de entrar en la contemplación de estos sufrimientos, deciros quién es, por qué...
   Yo os recordaría...
   ¿Y por qué tanto?
   ¿Y tanto padecer?
   ¡Oh!, yo os conduciría allí, [a] aquel huerto, en medio de la soledad de la noche, y cuando el astro nocturno estaba en la mitad de su carrera, y ved allí... a...
   Monumento.
   Yo os lo pintaría en aquella prisión amarga, cuando tomando en su boca las palabras de Miqueas, que la Iglesia pone en el oficio de pasión, <*2*> iba diciendo al pueblo de Israel:
   Popule meus, quid feci tibi? [Miq 6, 3].
   Yo os le haría acompañar...
   Pero no, miradle en el Calvario, suelta una palabra: Sitio [Jn 19, 28].
   Representáoslo en la prisión.
   Popule meus...
   Pero ¡ay!... <*3*>
   Y si yo pudiera ahora extenderme en otras consideraciones...
   Allí, en medio de aquel cuadro vivo del sufrimiento de Jesús, el evangelio y la Iglesia en las sombras de este cuadro nos hacen resaltar una figura interesante: la Virgen en sus dolores allí, al pie de la cruz, viendo morir a su Hijo, fijos los ojos en él, entre las oleadas de inconcebible amargura, uniéndose a aquel sacrificio de tal modo, que si...
   Aquella madre y madre tierna y amante, y compasiva y dulce...
   ¡Oh!, no puedo extenderme. Pero acompañadla en estos días, y pedidla dolor, y compasión. Que os enseñe a compadecer a Jesús, a odiar [?] el pecado.
   De este modo serán provechosas [?] las vacaciones; así percibiréis los frutos de la vida.

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   Sentimientos de Jesús en la prisión

   En San Antonio. Noche del jueves santo, 1880. <*2*>

   Pongámonos en la presencia de Dios.
   Composición de lugar: Cristo en la prisión. Aquí está en la prisión.
   Sentimientos de Jesús en aquella prisión.
   La santa Iglesia nos los describe en el oficio de la pasión, que recitamos en la feria 2ª de sexagésima .
   Allí nos presenta la santa Iglesia cómo los lamentos que salieron del corazón de Jesús, y qué no pudieron salir de su boca en aquellas horas de sus amarguras.
   ¿Cuáles eran esos lamentos, o más bien, esas amorosas aunque amargas reprensiones que dirigía al pueblo de Israel?
   Allí estaba el Señor examinando en su mente todos los beneficios que les había hecho, y hacía resaltar la ingratitud en cada uno de los actos de que era objeto en aquella noche, por parte de aquel pueblo ciego.
   Y el primer beneficio y el primer lamento que la Iglesia pone en boca de Jesús es: Ego plantavi te vineam electam: [Yo te había plantado como viña selecta, Jer, 2, 21].
   Desde allí, desde el fondo de aquella prisión, recordaba que era su viña elegida, que se había escogido para sí, que tanto trabajo le había costado, y ¡ay!, exclamaba: Qué amarga te has convertido para mí, viña mía.
   El Señor tenía motivos para dirigir esta queja al pueblo judío. La comparación de una viña plantada y regada y cuidada con esmero, la había expuesto varias veces a su pueblo, por boca <*3*> de sus profetas; les había recordado que ellos eran su heredad y su porción, que les había elegido como viña suya entre todos los pueblos de la tierra, la había cuidado con los desvelos de su providencia, como su pueblo privilegiado; libertándole de sus enemigos y siendo el pueblo distinguido del mundo; que la había regado con el riego de su gracia, del conocimiento de la ley; que la había [hecho] depositaria de sus promesas, que en fin tenía puestos en esta viña elegida sus ojos, su corazón, y quería que fuese su gozo y su gloria.
   Y recordaba el mal comportamiento de esta viña. Las amenazas de los mismos profetas y contra el poco fruto de esa viña. Recordándola que Isaías que... que
   Y al pensar entonces que a pesar de tantas amenazas, de tantos avisos, de tan multiplicados beneficios, de las pruebas de último cariño, derramando por espacio de tres años consecutivos, a manos llenas, sus favores; curando los enfermos, resucitando los muertos, alimentando a los necesitados, se veía desagradecido de esta viña ingrata, que le estaba preparando una cruz, ¿cómo estaría su corazón en aquel momento silencioso de la prisión?
   ¡Ah!, no es extraño que repitiese lo que la Iglesia pone en su boca: Viña mía elegida, yo te planté, y tú te has convertido en viña amarga. Popule meus, quid feci tibi?... Responde mihi [Miq 6, 3]. Respóndeme, respóndeme si puedes a esta queja que te dirijo.
   ¡Pobre Jesús! Y cuán amarga debía ser la consideración de estos beneficios y la ingratitud de <*4*> aquel pueblo que había escogido como viña suya elegida.
   ¡Oh!, con qué dolor le vendrían a su mente, y que aún contristarían más a su corazón: las amenazas contra esta viña: Auferam sepem ejus [Is 5, 5].
   ¡Oh!, qué tristeza para el corazón de Jesús al hacer este llamamiento último al amor de aquel pueblo, que tanto amaba, y verse no sólo rechazado en este mismo amor, sino próximo a ser objeto de la justicia de su eterno Padre. ¡Oh, pobre Jesús! ¡Qué vacío el de aquel corazón en aquellos momentos amargos! Sin consuelo y sin esperanza de obtener ya jamás frutos de esa viña de su corazón, por la cual iba a morir.
   Pero, ¡ay! que este mismo Jesús que allí en la prisión estaba sumido en estos pensamientos de las ingratitudes de aquel pueblo, que tan amargos frutos iba a producirle, preparándole la cruz, quiso prepar[ar]se otra viña, en que pudiera descansar su corazón, que le produjese frutos de consuelo, que le recompensara de las ingratitudes pasadas, que [le] diera gloria, que le fuese agradecido. Y escoge al pueblo cristiano, para permanecer con él hasta la consumación de los siglos. Y para disfrutar mejor de esta viña, que va [a] regar con su sangre, quiere quedarse como prisionero en medio de ella hasta la consumación de los siglos, para recoger los frutos de esta viña de su corazón.
   Y allí, en aquella mística prisión, y en esta noche de aquellos recuerdos amargos, ¿cuáles son los sentimientos que le agitan? ¡Ah!, desde allí está dando una mirada a esa viña, a su pueblo querido; y ¡oh!, como en la noche de su prisión real, se ve obligado a exclamar: Vinea mea, yo te he plantado y regado, y quieres convertirte en viña amarga.
   Y ve repetir las escenas de la noche de su prisión. <*5*>
   Y les ha dado la civilización, las gracias.
   Y ve a ese pueblo cristiano, al que ha hecho depositario de sus verdades, al que ha sacado de las tinieblas de la idolatría y de la ignorancia en que todavía vivirían, y les ha proporcionado una civilización, que les fuera desconocida sin el cuidado de Jesús; a ese pueblo cristiano, en fin, sobre el que ha derramado millones de beneficios, mayores que los concedidos al pueblo de Israel.
   Y bien, ¿qué frutos de santa gratitud recibe el Señor? En esta noche de su pasión, y desde esta prisión, ¿qué conducta ve el buen Jesús en este pueblo suyo querido?
   ¡Ay!, las mismas escenas, que en la soledad de su prisión se presentaban a sus ojos, está viendo repetidas en este momento.
   Los unos, como los escribas y fariseos, a pesar de estar sellados con la sangre en el bautismo, poseídos del mismo vértigo, quieren que desaparezca este Jesús, de quien han recibido tamaños beneficios; y no contentos con esa furia diabólica que les domina, excitan a las turbas a que clamen [contra] Jesús, y le persigan en su Iglesia, en sus dogmas, en su culto, en su enseñanza.
   Otros, como Herodes, se burlan de su humildad, en la conducta de sus servidores.
   Otros, como Pilatos, no se atreven a defenderle; y la mayor parte, como aquellos habitantes de Jerusalén, aquellos romanos, duermen el sueño de la indiferencia, mientras Jesús está allí solitario, abandonado de todos, a merced de los crueles enemigos, [que] duermen también en el sueño del pecado, de la indiferencia, sin que los sufrimientos místicos de Jesús penetren en su alma. Asisten, sí, exteriormente a las solemnidades que la Iglesia les presente, presenciando <*6*> algunos de estos actos exteriores, pero sin que apenas diga algo a su alma dormida.
   ¡Pobre Jesús!, y ésta es la viña que ha buscado para su consuelo, y éste es el pueblo que ha plantado y regado con su sangre.
   Y mientras buscáis, Señor, frutos dulces de gratitud y de amor con que alegrar vuestra soledad, no os da sino frutos amargos de odio, de indiferencia y de pecado.
   Pero, ¡ay!, M. H., que hay otra viña, sobre la cual dirige el Señor con más amargura este lamento. Allí en aquella lóbrega prisión de Jerusalén, no debían entristecerle a Jesús ni el odio de los fariseos, ni la cobardía del extranjero Pilato; pero, ¡ah!, no podían menos de entristecerle el olvido de aquellos a quienes había resucitado, de los que había curado de sus dolencias; de la traición de aquel discípulo que había escogido para su compañero; del abandono de aquellos sus amados [a los] poco antes había entregado su cuerpo.
   Es la viña de mi alma, que se ha plantado con tanta solicitud, y de la cual desea más copiosos frutos de gratitud y de reconocimiento.
   Y para consolarse en esta noche, y desde esa prisión, está mirando mi alma para consolarse en ella, y para pedirla un consuelo, y la está recordando el cuidado que ha tenido sobre esta viña: Vinea mea electa [cf. Jer 2, 21]. Viña mía elegida, alma cristiana, yo te he plantado y te [he] escogido.
   Da una mirada por toda la redondez de la <*7*> tierra, te dice el Señor. Mientras hay tantos millones de infieles, sentados entre las sombras de la muerte, te he elegido a ti para darte la luz de la fe, que ellos no poseen.
   Te he puesto dentro del jardín de la Iglesia y colocado junto a la corriente de las aguas de mi gracia.
   ¡Oh!, ¿quién es capaz de ponderar lo que el Señor ha hecho por mi alma? El me ha conducido por la mano de su providencia; me ha preservado de la muerte mientras dormía en el sueño de la culpa, y cuando a tantos otros ha permitido que caigan en los precipicios eternos, a mí me ha conservado; y me ha llamado con las voces de los remordimientos y con los silbidos amorosos de sus cariños, y [me] ha iluminado con las luces de sus verdades, y me ha alimentado con la sangre de sus venas y me ha regado con las aguas de continuas inspiraciones y de continuas gracias.
   Con razón, sí, puede llamarme el Señor viña elegida.
   Y bien: ¿qué consuelos le ha al Señor esta viña, qué encuentra el Señor en mí, ahora que desde esa prisión me está contemplando? Porque de mí espera el Señor el consuelo, mejor que de los demás cristianos, que apenas le conocen (porque allá en la prisión de Jerusalén)...
   ¡Ay!, Señor: Delicta iuventutis meae... [Sal 24, 7]. No os acordéis, Señor, de las ignominias de mi juventud. ¡Cuánto desvío de vos, cuando no escuchaba esos lamentos, <*8*> y estas quejas de vuestro corazón! ¡Cuánto sueño en mi tibieza! ¡Cuánta indiferencia a vuestros beneficios! ¡Cuán olvidados tenía vuestros padecimientos!
   Y aún ahora, ¿qué frutos de consuelo os doy en mi corazón? Mientras de esa continuada prisión estáis buscando los afectos continuos de mi alma, ¿cuántos de ellos os consagro? De las 24 horas del día, ¿cuántas son las que dirijo a vuestra gloria? ¿Cuántos los instantes que elevo [de] mi corazón al tuyo? ¿Cuántos los que dirijo un afecto de compasión? ¿Cuántos los que deseo
acompañaros y visitaros en esta mística prisión?
   ¡Ay!, Señor, no busquéis, no, frutos de consuelo en la viña de mi alma.
   Pero ya [que] estéril es, aceptad al menos, Jesús, como en compensación y desagravio, esta hora que en esta noche os consagro, y permitidme que os haga compañía, y no me rechacéis [de] la vuestra.
   Otros de los lamentos de Jesús en su prisión era: Ego... duxi vos in deserto [Am 2, 10]. Yo os conduje por el desierto 40 años, y te alimenté con el maná; y tú me hieres con azotes y bofetadas.
   ¡Oh!, si esta consideración era tan amarga para Jesús respecto de su pueblo de Israel, ¿cuánto más lo debe ser cuando desde esa mística prisión puede dirigirse al pueblo cristiano? <*9*>
   El Señor nos conduce por el desierto de la vida, y nos alimenta con el maná de su mismo divino corazón.
   ¿Qué seríamos sin Jesús sobre la tierra?
   Y otros recuerdos amargos pone la Iglesia en la mente de Jesús en estas horas de sus sufrimientos.
   Yo te saqué de Egipto.

Escritos I, vol. 1.º, doc. 58, pág. 1-2






   [Noche jueves santo, 1880]

   ¡Oh!, cuántos recuerdos para Jesús. ¡Cuántas amarguras! ¿Cómo estaría su corazón?
   ¡Oh!, quién hubiera podido penetrar en aquella prisión solitaria, y allí, al lado de Jesús, acompañarle en aquellas penas, y consolarle en aquellas aflicciones.
   ¡Oh, Jesús mío, si hubiésemos estado allí entonces! Nosotros...
   Pero, ¿qué digo? Si nosotros estábamos allí entonces.
   Y es cierto que el alma de Jesús nos veía allí; y le hacíamos sufrir, y le hacíamos padecer, y se ofrecía por nosotros, y nos llamaba.
   Pero, ¡ay, buen Jesús!, vos sabéis que ya no son mis deseos de hoy y, sobre todo, en esta noche, en que recuerdo tus padecimientos, os ofrezco, Señor, recompensaros y acompañaros con mi fidelidad en adelante.
   Yo quisiera, como aquellas almas amantes, Santa Magdalena de Pazzis, que me descargaseis de esas necesidades del sueño y del descanso, para pasarlas ante la mística prisión de tu sacramento adorable.
   Yo quisiera, Señor, como una lámpara de tu sagra-<*2*>rio, día y noche arder en un continuo acto de amor, hasta consumirme.
   Pero ya que esto no, yo os ofrezco, Señor, enviaros los afectos de mi alma al dar el reloj, por medio de mis comuniones espirituales.
   Y cuando despierte por la mañana, os ofreceré las primicias de mi corazón.
   Y cuando despierte por la noche, os enviaré un saludo de cariño a vuestro tabernáculo.
   Y vendré a visitaros con amor en vuestra prisión sacramental.
   Y fomentaré vuestro culto.
   ¡Oh, si nosotros pudiéramos daros un culto continuado, como en otras partes, y no sólo de día, sino por medio de una vela nocturna, como en algunas capitales!
   Pero al menos, Señor, lo desearé y pediré, para que todos os conozcan y os amen.
   Y entretanto aceptad, Señor, como prenda de mis deseos, esta hora que he consagrado a haceros compañía.
   Bendecid mis propósitos, y un día pueda...

Escritos I, vol. 1.º, doc. 59, pág. 1-2






   [Coronación de espinas]

   Vosotros pues, H. M., que habéis solicitado y emprendido la práctica de los primeros viernes a ese corazón de Jesús, práctica que es principalmente reparadora, meditad y meditemos los padecimientos eucarísticos del sagrado corazón de Jesús.
   Y los empezáis, ¡qué feliz coincidencia!, en este día en que la Iglesia celebra la fiesta de la Corona de espinas.
   ¡Ah! Allí en aquel pretorio y prisión de Pilato fue Jesús colocado por nosotros, ceñido con la corona amarguísima de espinas, insultado y solo se encontró en aquellos amargos momentos. ¡Oh!, aunque de un modo incruento, [en] Jesucristo, podemos decir, repetirse lo mismo en este tabernáculo.
   Desagraviémosle pues nosotros. En estos primeros viernes reparemos a Jesús [?] Honrémosle por los que no le honran, amémosle, etc
   Sí, dulcísimo Jesús mío, desde hoy más corresponderemos a los designios. Y ya que primero os abandonamos [?], os haremos compañía. Ya que dócil, seremos dóciles. Ya que os injurian, os alabaremos. Ya que solitario, os haremos compañía, y al levantarnos [?]

Escritos I, vol. 1.º, doc. 60, pág. 1-2






   1.º Vinea mea electa, ego te plantavi et tua facies est mihi nimis amara, quia parasti crucem Salvatori tuo [cf. La liturgia del viernes santo].   Popule meus, quid feci tibi? [Miq 6, 3].
   2.º Quia eduxi te de terra Egipti [Miq 6, 4].
   3.º Flagellavit... Pharaonem...[Gén 12, 17].
   4.º Peri regem cananeum [?]
   5.º Traduxit... per desertum [Sal 135, 16].
   6.º Exaltabo te [Sal 29, 2].
   7.º Potavi te aqua de petra
   8.º Apparuit mare [?]

   Corona de espinas
   Prisión

Escritos I, vol. 1.º, doc. 61, pág. 1-2






   [Crucifixión]

   Ya había llegado el tiempo prefijado por Dios desde la eternidad para expiar el pecado de nuestros primeros padres; ya los ardientes deseos de todos los patriarcas iban a ser cumplidos; ya las 70 semanas claramente vaticinadas por el profeta Daniel habían llegado a su término; ya, en fin, nuestro gran Dios, por un puro acto de su amor, había bajado desde los cielos a la tierra para cumplir su misión y abrir las puertas del cielo tanto tiempo cerradas a los míseros hijos de Adán. Por un acto de su amor, he dicho, pues en la celestial morada al lado de su eterno Padre, recibiendo las adoraciones de los espíritus bienaventurados, no necesita del hombre, de ese hombre, que criado a su imagen y semejanza, y hecho por consiguiente objeto de su amor, fue después por la trasgresión de un leve precepto, impuesto por prueba de su fidelidad, objeto de su ira y de su indignación. Esta justa indignación debía ser aplacada por un holocausto digno; éste no podía ser más que el mismo Dios, y este Dios sin más objeto [que] reparar el género humano, sin más objeto que sacar de las garras del lobo infernal tantas almas, como las que sin remedio habían de ser presa del infierno, deja su soberano trono, y abrasado en caridad, baja a tomar carne, por esta criatura ingrata y miserable.
   Como consecuencia de esta determinación, en la vida de nuestro amable Redentor, ya no vemos otra cosa que una serie no interrumpida de amor, y de un amor, que considerado atentamente por un alma fervorosa y humilde, parece no acierta a creerlo, y abismada en su consideración no repara en llamarle con el nombre de «loco de amor». Si tuviera necesidad de probarlo, fácil me sería recordando su pobre y humilde nacimiento, el cual puede considerarse como su sacrificio matutino; las privaciones de sus primeros años, los sufrimientos durante su predicación y los tormentos atroces de su pasión. Miradle en su oración dolorosa, en la que los recuerdos de tantos males, que le obligan <*2*> a sudar gotas de sangre, no le hacen retroceder de su propósito; aquellos crueles azotes que como malvado sufre, aquella corona de espinas, con la que, tratado de loco, se le escarnece, aquella pesada cruz que con tanta paciencia sostiene; en fin, aquella crucifixión y muerte que con tanto dolor padece. Los pasos de Jesucristo son la mejor consideración para todo cristiano, y lo que más deleita su corazón.
   Por eso, pues, nos fijaremos por un momento en su crucifixión y muerte dolorosa, que es el más bello rasgo de su amor; en aquel sacrificio a donde se dirigían [durante] 33 años todos sus designios, todos los pasos y acciones del Redentor de los hombres, en aquel sacrificio por el cual debía repararse toda la gloria del Señor y restablecerse todos los derechos de su justicia. Empecemos:    Ya suben por el Calvario una multitud de personas que llevan en medio a un hombre a quien golpean con furor; y que llevando una cruz a cuestas indica [que] va a ser crucificado; es verdaderamente Jesús, que manso como un cordero, sin abrir su boca, va caminando con pena hacia el lugar de su sacrificio, adonde dirige de cuando en cuando unas miradas que le llenan de amargura; tan fatigados sus miembros que ya apenas puede dar un paso; las llagas, que los verdugos han hecho en todo su cuerpo, están tan unidas a sus vestidos, que no puede moverse sin que le causen el más vivo dolor; y en este estado de desfallecimiento llega a la cumbre del misterio de nuestra reparación. Se arrodilla, mira su cruz, y aunque su vista le renueva el pensamiento de aquellos males que poco antes le hacen sudar gotas de sangre, no obstante, como sabe que ha de servir para la humana redención, la recibe y la abraza con amor como el precioso tesoro que le viene de la mano de su Padre celestial.
   Entonces sus enemigos arrebatados de una ira ciega, sin mirar el estado de postración en que se encuentra, cual lobos hambrientos sobre la tierna ovejuela, se echan sobre el Salvador, rompen su corona en su misma cabeza, y con fiereza sin igual, arrebatan sus preciosas vestiduras, las cuales, como ya he dicho, pegadas, empapadas en sus llagas, renuevan a éstas con más viveza; presentando su <*3*> cuerpo desnudo para mayor confusión, y en un estado tan lastimoso, que no se advierte en él más que una completa llaga, de la cual manan copiosos arroyos de sangre. Si la vista de estos tormentos en una bestia nos movería a compasión, ¿cómo puede menos de conmovernos la consideración de un acto en el que la inocencia de un Dios se ve ultrajada, la hermosura de los ángeles afeada, y la alteza de los cielos abatida y humillada?
   Con no menos ímpetu y rabia, sedientos de sangre como tigres enfurecidos, le obligan a extenderse sobre el sagrado madero, y él mismo con una humildad que pasma presenta sus manos y pies, para que sean taladrados sin compasión. Un grueso clavo orada su mano tierna, y sus nervios se encogen de tal modo a la fuerza del dolor, que se ven obligados a estirar con cuerdas la otra para poderla clavar, dislocándole todos los huesos de su delicado cuerpo, y dejándolos tan señalados que se cumplen perfectamente aquello del profeta David: Han taladrado mis manos y mis pies, y se pueden contar todos mis huesos [Sal 21, 17-18].
   Tendido y clavado el Salvador, sus verdugos no contentos con tantas crueldades levantan la cruz en alto, y van a hincarla en un hoyo hecho a propósito con tanta violencia, que su cuerpo cual vara de acero, blandida con fuerza, vibra y se estremece, y sus llagas crecen y los dolores de todo su cuerpo se multiplican sin cesar.
   Permitidme una pequeña digresión: Cuando el Señor era crucificado, su madre María subía por el Calvario para ver en qué paraba la triste suerte de su hijo Jesús, y aunque el pensamiento de lo que podía presenciar y la pena que podía causar a su hijo quería detenerla, no obstante el amor no le permite separación. Dirigióse hacia allá con San Juan, y cuando llega cerca del lugar, oye los martillazos del verdugo, se para, y... como si un rayo del cielo hubiese caído a sus pies, estupefacta y atónita, no acierta a pensar ni creer en lo que la pasa; prefiriera morir antes que presenciar <*4*> lo que prevé, quisiera volver atrás, pero el dolor y la zozobra la obligan a pasar adelante, y cuando llega, su hijo está ya pendiente de la cruz. Entonces aquel corazón oprimido y atribulado, no puede por más tiempo contenerse dentro de sí mismo, y así se desahoga con torrentes de lágrimas y suspiros salidos de lo más profundo de su corazón... Sus tiernas y amorosas expresiones son indicios nada equívocos del sentimiento que la domina. Sus ojos fijos de vez en cuando en el objeto de su amor denotan claramente la languidez que la posee.
   Todo, en fin, nos denota la aflicción de esta amante señora. ¿Y cómo podía menos de llorar y de gemir al contemplar aquel hermoso rostro, al que había llenado tantas veces de caricias, abofeteado y escupido; aquellos ojos, cuyas miradas tiernas habían tantas veces disipado su tristeza, nublados y oscurecidos; aquella boca preciosa, cuyas dulces palabras tantas veces la habían consolado, sedienta y sin movimiento? ¿Cómo podía menos de angustiarse, al verle desnudo sin poderlo vestir, injuriado sin poderlo defender, infamado de malhechor sin poder responder por él? Cielos, diría ella, mirad esta crueldad y cubriros de luto por la muerte de vuestro señor; oscureced el aire claro y echad con vuestras tinieblas un manto sobre el cuerpo, para que el mundo no vea las carnes desnudas de vuestro criador. Y finalmente si las criaturas insensibles sintieron a su modo la muerte de su Dios, ¿qué harían las entrañas de esta madre dolorida?
   La amargura de María debía necesariamente refundirse en su hijo, que tendiendo sus ojos sangrientos consideraba las angustias de esta alma, que sabía cierto estaba clavada con él en la cruz; veía su piadoso corazón traspasado con un cuchillo de dolor; miraba aquel divino rostro de amarillez de muerte, las lágrimas que de sus ojos salían, y oía los gemidos que se arrancaban de su sagrado y amoroso pecho. Esta vista atormentaba al Salvador más que todos los dolores juntos de su cuerpo; y así a la cruz de su cuerpo une la del alma, aún más insufrible que aquélla. Todo causa lástima y compasión en este lúgubre espectáculo. Y ciertamente que si el Señor nos dio en toda su vida muestras de pobreza y de dolor, en ningún paso resplandece tanto como en éste de su muerte; pues además de tener los huesos dislocados, la piel desollada, el cuerpo ensangrentado, no tiene dónde recostarse ni donde reclinar su cabeza, porque si la apoya sobre la cruz, las espinas la traspasan y la hincan más; si quiere mantenerse elevado su flaqueza no lo sufre; <*5*> si se abandona crecen las heridas de las manos y pies; si mira abajo, ve a su madre y discípulo que le agravan sus tormentos.
   Tres horas estuvo sobre aquel duro altar el amante Redentor, hecho sacrificio a la divina justicia; y por tres horas no hace otra cosa que agonizar, desmayar y casi morir sin consuelo alguno.
   Empero ¿qué es lo que más siente clavado en esta cruz? ¿Son acaso estos terribles dolores de su cuerpo, su frío, su desnudez, la amarga bebida que sus enemigos le presentan para apagar su ardiente sed, el desamparo en que le deja su Padre celestial, o serán las dulces y tiernas lágrimas que su madre cariñosa y su discípulo amado le dirigen sin cesar? No por cierto, lo que más desgarra su alma, en estos críticos momentos, es el insulto y desprecio, que los judíos hacen, y habían de hacer muchos cristianos, de su pasión y de su amor; es el pensar que aquella sangre que derramaba con tanta liberalidad había de ser infructuosa para muchos; es el considerar, por fin, que habría quien ni una mirada compasiva le había de dar, y no sólo una mirada compasiva, sino que también, quien le había de perseguir con furor, blasfemando de su nombre y de su cruz. Y no obstante de eso, en estos mismos instantes, ruega al Padre por estos mismos enemigos; en estos mismos instantes, a su madre, a este único tesoro que posee en la tierra, nos la deja por madre nuestra, y nos constituye a nosotros verdaderos hijos suyos; en estos instantes exclama que ya está todo acabado, contento de haber cumplido todo lo que de él estaba dicho; en estos instantes encomienda su espíritu a su Padre celestial, gustoso de haber cumplido su misión, y satisfecho su divina justicia y abandonando su cuerpo e inclinando su cabeza, cierra los ojos y expira. Emisit spiritum [Mt 27, 50]. Muere Jesús y muere como perfecta víctima de amor y de humildad, lleno de deshonra, de pobreza y de dolor; lo cual parece debía suceder así, porque siendo (como [?] la pasión de Jesús, cuchillo y muerte del amor propio, primera razón de todos los males, de la cual nacen las tres ramas, que son amor de hacienda, amor de honra, amor de deleites; contra el amor de hacienda militase esta suma pobreza, contra el amor a la honra militase esta suma ignominia, y contra el amor al regalo este sumo dolor. <*6*>
   Muere Jesús, que es más hermoso que todos los hombres, oscurecidos sus ojos y cubierto su rostro de amarillez de muerte, queda el más maltratado de todos, hecho holocausto de suavísimo olor por ellos. Muere Jesús, y en su muerte se rasga el velo del templo; tiembla la tierra, las piedras se despedazan, se sacuden los montes, las sepulturas se abren, el sol se oscurece, todo [el] universo se cubre de tinieblas y todas las criaturas respiran tristeza y dolor. Y siendo esto así, si las criaturas se cubren de tristeza, ¿sólo nosotros no sentiremos la muerte de nuestro Dios? No, H. M., meditemos sobre esa muerte, mira continuamente esta cruz misteriosa y de tanta significación para nosotros cristianos. Sí, ciertamente, pues ella nos dice que acudamos constantes en todos los acontecimientos de nuestra vida. Ella nos dice que si alguna vez la concupiscencia nos atormentara, nos acojamos bajo las ramas de este frondoso árbol, seguros de librarnos de sus ardores; ella nos dice que si las obligaciones de nuestro estado nos fatigan recordemos [a] aquel, que sin motivos, tan pesada la sufría. Ella nos dice que si la dureza de superiores, la ingratitud de amigos y el descuido de nuestros inferiores nos irritase, nos acordemos de la paciencia del que en ella estaba crucificado; ella nos dice que si las comidas mal guisadas nos fastidiaran, y el amor a elegantes vestidos nos llevaren desasosegados, reflexionemos el hambre, la sed y la desnudez de nuestro criador. Ella nos dice que si la pereza en madrugar nos impidiese nuestras devociones, consideremos la cama en que durmió nuestro Dios. Ella, en fin, H. M., nos está continuamente clamando que en todos los acontecimientos de esta vida, en todas nuestras aflicciones, acudamos a ella con confianza, seguros de hallar nuestro consuelo. Así es como viviremos tranquilos en esta vida y después conseguiremos una buena muerte. No permitamos que en aquella hora, en que todo nos falta y que nadie puede consolarnos, sí sólo Dios, no permitamos, repito, que la vista de un crucifijo nos aterre con su justicia, recordando que quien no perdonó a su propio hijo, menos nos perdonará a nosotros, sino que nos anime la esperanza de haber muerto por nosotros. Así es como pasaremos aquel terrible momento; así es como el abismo de una eternidad no nos espantará, sino que abandonados a sus brazos, podremos de ellos pasar a la bienaventuranza eterna de la gloria, donde deseo veros a todos reunidos con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Amén.

Escritos I, vol. 1.º, doc. 62, pág. 1-2






   La crucifixión del Señor

   Ya había llegado el tiempo prefijado por Dios desde la eternidad para que el pecado de nuestros primeros padres fuese expiado; ya los ardientes deseos de todos los patriarcas iban a ser cumplidos; ya las setenta semanas vaticinadas claramente por el profeta Daniel habían llegado a su término, y por lo tanto, nuestro gran Dios, por un puro acto de su amor, había bajado desde los cielos a la tierra para cumplir su misión y abrir las puertas del cielo, tanto tiempo cerradas a los míseros hijos de Adán. Por un acto de su amor, he dicho, pues en la celestial morada, al lado de su eterno Padre, recibiendo las adoraciones de los espíritus bienaventurados, no necesita del hombre, de ese hombre que criado a su imagen y semejanza, y hecho por consiguiente objeto de su amor, fue después, por la trasgresión de un leve precepto impuesto por prueba de su fidelidad, objeto de su ira y de su indignación. Esta justa indignación debía ser aplacada por un holocausto digno; éste no podía ser más que el mismo Dios; y este Dios sin más objeto que reparar el género humano, sin más objeto que sacar de las garras del lobo infernal tantas almas como las que, sin remedio, habían de ser presas del infierno, baja de su soberano trono y abrasado en caridad, toma carne humana, por esta criatura ingrata y miserable.
   Como consecuencia de esta determinación, en la vida de nuestro amable Redentor ya no vemos otra cosa que una serie no interrumpida de amor y de un amor que, considerado atentamente por un alma fervorosa y humilde, parece no acertar a creerlo, y abismada en su consideración no repara en llamarle con el nombre de loco de amor.
   Si tuviera necesidad de probarlo fácil me sería recordando su pobre y humilde nacimiento, que es como su sacrificio matutino, las privaciones de sus primeros años, los sufrimientos durante su predicación y los tormentos a través de su pasión. Miradle, en primer lugar, en aquella oración dolorosa, en la que los recuerdos de tantos males que le obligan a sudar gotas de sangre, no le hacen retroceder de su propósito, aquellos crueles azotes que como malvado sufre, aquella corona de espinas con la que tratado de lo-<*2*>co se le escarnece, aquella pesada cruz que con tanta paciencia sostiene, en fin, aquella crucifixión y muerte que con tanto dolor padece.
   Los pasos de Jesucristo son la mejor consideración para todo cristiano, y lo que más deleita su amante corazón. Por eso, pues, nos fijaremos por un momento en su crucifixión y muerte dolorosa, que es el más bello rasgo de su amor, en aquel sacrificio adonde se dirigían 33 años había todos los designios, todos los pasos y acciones del Redentor de los hombres; en aquel sacrificio, por el cual debía repararse toda la gloria del Señor y restablecerse los derechos de su justicia. Em[pecemos].
   Ya se distingue a lo lejos una multitud de personas que llevan en medio a un hombre a quien golpean con furor; y que llevando una cruz a cuestas indica [que] va a ser crucificado; sí, es verdaderamente Jesús, que manso como un cordero, sin abrir su boca, va caminando con pena hacia el lugar de su sacrificio adonde dirige de cuando en cuando unas miradas que le llenan de amargura, tan fatigados sus miembros que apenas puede dar un paso; las llagas que los verdugos han hecho en todo su cuerpo, tan unidas a sus vestidos, que no puede moverse sin que le cause el más vivo dolor; y en este desfallecimiento llega a [la] cumbre del misterio de nuestra reparación.
   Se arrodilla, mira su cruz, y aunque su vista le renueva [el] pensamiento de aquellos males, que poco antes le hacen sudar gotas de sangre, no obstante, como sabe que ha de servir para la humana redención, la recibe y la abraza con amor, como el más precioso tesoro que le viene de las manos de su Padre celestial. Entonces sus enemigos arrebatados de una ira ciega, sin mirar el estado de postración en que se encuentra, arremeten sobre el Salvador, rompen la corona en su misma cabeza y, con fiereza sin igual, arrebatan sus preciosas vestiduras, las cuales, como he dicho, pegadas y empapadas en sus llagas las renuevan con más viveza; presentando a su cuerpo desnudo, para mayor confusión, en un estado tan lastimoso, que no se advierte en él otra cosa que una perfecta llaga, de la cual manan copiosos arroyos de sangre.
   Si la vista de estos tormentos en un criminal nos movería a compasión, ¿cómo [no] puede menos de conmovernos la consideración de este acto, en el que la justicia de un Dios se ve ultrajada, la hermosura de los ángeles afeada y la alteza de los cielos abatida y humillada[?]. Con no menos ímpetu y rabia le obligan a extenderse sobre el sagrado madero; y él mismo, con una humildad que pasma, presenta sus manos y pies para que sean taladrados sin compasión. Un grueso clavo, golpeado con fuerza orada <*3*> su mano tierna, y sus nervios se encogen de tal modo a la fuerza del dolor, que se ven obligados a estirar con cordeles la otra para poderla clavar, dislocándole todos los huesos de su delicado cuerpo, y dejándolos tan señalados, que se cumple perfectamente aquello del profeta David: Han taladrado mis pies y mis manos y mis huesos se pueden contar uno por uno [Sal 21, 17-18].
   Tendido y clavado el Salvador, sus verdugos no contentos con tantas crueldades levantan la cruz en alto, y van a hincarla en un hoyo hecho a propósito con tanta violencia que su cuerpo vibra y se estremece en el aire, sus llagas crecen y los dolores de todo su cuerpo se multiplican sin cesar. Ya está levantada la cruz; y esta serpiente de bronce está a la vista de todos para que puedan mirarla los que quieran ser curados.
   Una digresión. Cuando el Señor era crucificado su madre María subía por el Calvario, para ver en qué paraba la triste suerte de su hijo Jesús; y aunque el pensamiento de lo que podía presenciar, y la pena que podía causar a su hijo quería detenerla, no obstante, el amor no le permitía [la] separación. Dirígese hacia allá con el discípulo Juan, y cuando llega cerca del lugar, oye los martillazos del verdugo, se para, y... como si un rayo del cielo hubiese a sus pies, estupefacta y atónita, no acierta a pensar ni creer lo que la pasa, prefiriera morir antes que presenciar lo que prevé, quisiera volver atrás, pero el dolor y la zozobra le obligan a pasar adelante, y cuando llega, ya su hijo está pendiente de la cruz. Entonces aquel corazón oprimido y atribulado no puede por más tiempo contenerse dentro de sí mismo, y así se desahoga con torrentes de lágrimas y suspiros nacidos del más profundo dolor. Sus tiernas y amorosas expresiones son indicios nada equívocos del sentimiento que la domina. Sus ojos fijos de vez en cuando en el objeto de su amor denotan claramente la languidez que la posee. Todo, en fin, manifiesta la aflicción de esta amante señora.
   Y cómo podía menos de llorar y de gemir al contemplar aquel hermoso rostro al que había llenado de caricias, abofeteado y escupido; aquellos ojos, cuyas miradas tiernas habían tantas veces disipado la tristeza, anublados y oscurecidos; aquella boca preciosa, cuyas dulces palabras la habían tantas veces consolado, sedienta y sin movimiento; aquella cabeza, a la que había recostado sobre su seno, coronada de espinas; en fin, aquel cuerpo, que había tratado con tanta reverencia y regalo, <*4*> maltratado y atormentado. Cómo podía menos de angustiarse, al verle desnudo sin poderle vestir, injuriado sin poderle defender, infamado de malhechor sin poder responder por él. ¡Cielos!,diría ella, mirad la crueldad, cubrios de luto por la muerte de vuestro Dios; oscureced el aire claro y echad con vuestras tinieblas un manto sobre su cuerpo, para que el mundo no vea las carnes desnudas de vuestro Señor. Y, finalmente, si las criaturas insensibles sintieron a su modo la muerte de su criador, ¿qué harían las entrañas de esta madre adolorida?
   La amargura de María debía necesariamente refundirse en su hijo, que tendiendo sus ojos sangrientos miraba las angustias de esta alma, que sabía cierto estaba clavada con él en la cruz; veía su piadoso corazón traspasado con un cuchillo de dolor; contemplaba aquel divino rostro lleno de amarillez, las lágrimas que de sus ojos salían y oía los gemidos que se arrancaban de su sagrado y amoroso pecho. Así es como a la cruz de su cuerpo reúne la de su alma, mucho más insufrible que aquella. Todo causa lástima y compasión en este lúgubre espectáculo.
   Y ciertamente que si el Señor nos dio en toda su vida muestras de dolor y de pobreza, en ninguno resplandece tanto como en éste de su muerte; pues además de tener los huesos dislocados, la piel desollada, el cuerpo ensangrentado, no tiene donde recostarse ni donde reclinar su cabeza; porque si la apoya sobre la cruz, las espinas la traspasan y la hincan más; si quiere mantenerse elevado, su flaqueza no lo sufre; si [se] abandona crecen las heridas de las manos y de los pies; si mira abajo ve a su madre que le agrava sus tormentos. Tres horas estuvo sobre aquel duro altar el amante Redentor, hecho sacrificio a la divina justicia; y en tres horas no hace otra cosa que agonizar, desmayar y casi morir sin consuelo alguno. Sin embargo de todo esto, ¿qué es lo que más siente clavado en esta cruz[?]. ¿Son acaso estos terribles dolores de su cuerpo, su frío, su desnudez, la amarga bebida que sus enemigos le presentan para apagar su ardiente sed, el desamparo en que le ha dejado su Padre celestial, o serán las tiernas miradas que su madre cariñosa y su discípulo amado le dirigen sin cesar?
   No, por cierto; lo que más desgarra su alma en estos críticos momentos es el insulto que hacen los judíos, y habían de hacer muchos cristianos, de su pasión y de su amor; es el pensar que aquella sangre, derramada con tanta liberalidad, habría de ser infructuosa para muchos; es el considerar, por fin, que habría de quien ni una mirada compasiva habría de <*5*> merecer; y no sólo una mirada compasiva, sino hasta quien le habría [de] perseguir con furor, blasfemando de su nombre y de su cruz. Y no obstante de esto, en estos mismos instantes ruega al Padre por todos sus enemigos; en estos instantes a su madre, a este único tesoro, que posee en la tierra, nos la deja por madre nuestra y nos constituye a nosotros verdaderos hijos suyos; en estos instantes exclama que ya está todo acabado, contento de haber cumplido todo lo que de él estaba dicho; en estos instantes encomienda su espíritu a su Padre celestial, gustoso de haber cumplido su misión y satisfecho la divina justicia; y abandonando su cuerpo e inclinando su cabeza, cierra los ojos y expira.
   Muere Jesús, que siendo más hermoso que todos los hombres, oscurecidos sus ojos y lleno su rostro de amarillez de muerte, queda el más maltratado de todos, hecho holocausto de suavísimo olor por ellos. Muere Jesús, y en su muerte se rasga el velo del templo, tiembla la tierra, las piedras se despedazan, se sacuden los montes, los sepulcros se abren, el sol se oscurece, todo el universo se cubre de tinieblas y todas las criaturas respiran tristeza y dolor. Muere Jesús y muere como perfecta víctima de amor y de humildad, lleno de deshonra, de pobreza y de dolor, para contrarrestar de este modo con su muerte, al amor propio, raíz de todos los males y al amor a la hacienda, a la honra y a los deleites, sus tres pestilenciales ramas.
   Y siendo esto así ¿dejaremos de respetar y de entristecernos a la muerte de nuestro Dios? No, H. M., meditemos esta muerte terrible, miremos continuamente esta cruz de tanta significación para nosotros. Ella nos dice que si la concupiscencia nos atormentare, nos acojamos bajo las ramas de este frondoso árbol, seguros de librarnos de sus importunos ardores. Ella nos dice que si las cruces nos afligieren nos acordemos de aquel que, sin motivo, tan pesada la sufría; ella nos dice y nos predica el constante cumplimiento de nuestras obligaciones; ella nos dice que disimules las faltas de nuestros prójimos, que seamos humildes, obedientes y virtuosos; ella, en fin, nos dice y nos amonesta que en todas nuestras aflicciones y disgustos, en todas las persecuciones con que el mundo nos aguarda, la cruz sea nuestro único refugio; en ella hallaremos consuelo, con ella venceremos a nuestros enemigos y por ella, en fin, conseguiremos todas las gracias.
   Así es como lograremos vivir tranquilos en esta vida, y después conseguir una buena muerte; en aquella hora en que todo nos falta, y cuando lo pasado, lo presente, lo venidero se presenta a nuestro pensamiento para afligirnos e inquietarnos, ¿dónde encontraremos amparo y dónde hallaremos consuelo? En el Crucificado. ¿En quién pondremos nuestra vista y a quién suspiraremos? Al Crucificado. ¿Qué pondrán a nuestros ojos y aplicarán a nuestros labios? Al Crucificado. <*6*> ¿Qué nombre pronunciaremos? El de Jesús crucificado. No permitamos que en aquella hora la vista del crucifijo nos aterre, recordando la justicia de un Dios que no ha perdonado a su hijo, menos nos perdonará a nosotros, sino que nos anime la confianza en su misericordia, por haber muerto por los hombres.
   Así es como pasaremos aquel terrible momento; así es como el abismo de una eternidad no nos espantará, sino que abrazados en sus llagas y abandonados a sus brazos podremos de ellos pasar a [la] bienaventuranza eterna de la gloria, donde deseo vernos todos reunidos con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Amén.

Escritos I, vol. 1.º, doc. 63, pág. 1-2






   Trasladaos al Calvario. Dos grupos se ven. El de la multitud que insulta a Jesucristo; que le tiene olvidado.
   Y otro grupo de los que rodean la cruz. Y estos que rodean la cruz son inocentes, penitentes.
   Esta escena se repite. Jesucristo continúa sacrificándose, y desde este sacramento.
   Y el mundo se divide en dos campos. Unos le olvidan en estos días, otros le insultan.
   Y las almas buenas, le reparan.
   Felices vosotras, H. M., que sois llamadas a reparar a Jesús.
   Reparadle. Decid a Jesús que ya le amaréis por los que no le aman y como otras magdalenas estad a los pies de Jesús

Escritos I, vol. 1.º, doc. 64, pág. 1-2






   [Siete palabras]

   1ª. Palabra

   Pater, dimitte illis [Lc 23, 34].

   2ª.

   Amen dico tibi, hodie mecum eris in paradiso [Lc 23, 43].

   3ª.

   Mulier, ecce filius tus. Ecce mater tua [Jn 19, 26-27].

   4ª.

   Deus meus, Deus meus, ut quid dereliquisti me? [Mt 27, 46].

   5ª.

   Sitio [Jn 19, 28].

   6ª.

   Consummatum est [Jn 19, 30].

   7ª.

   Pater, in manus tuas commendo spiritum meum [Lc 23, 46].

Escritos I, vol. 1.º, doc. 65, pág. 1-2






   1ª. Palabra


   Prólogo: Un acontecimiento acaeció hace 19 siglos: Et ego si exaltatus fuero a terra, omnia traham ad me ipsum [Jn 12, 32].
   Todas las palabras de Cristo son dignas, mas éstas son las postreras. Estas son las que se guardan y comentan.
   Allí estuvimos.
   ¿Cuáles son estas palabras? Unas al bien de los otros; otras al bien propio; otras al bien común.
   Entre las que pertenecen al prójimo, unas a los amigos, otras a los parientes.
   La primera que pronuncia es a los enemigos.
   Antes de consolar a su madre, antes de manifestar su propia sed, antes de encomendar su alma, antes que todo, piensa en sus enemigos.
   Joan [?].
   ¿Y qué dice? Pater, dimitte illis...
   Meditemos, H. M., en esta primera palabra del Salvador. 1.º Las circunstancias en que la pronuncia. 2.º La ternura con que lo hace. Las razones que expone al Padre, para que los perdone. Los efectos de esta súplica.
   Al considerar esta supereminente caridad de Cristo, ¡oh, qué confusión no debe causarnos! ¡Oh!, exuberante caridad del corazón de Cristo. Cuando nosotros sentimos un dolor, sólo en él pensa[mos].
   Y al ver a todo un Dios perdonando, y perdonando a sus inferiores, enemigos, ¿cómo me atreveré al rencor? Cuántas veces nuestro orgullo nos hace ver: 1.º Nuestra nobleza, dignidad. 2.º La índole del que nos ha injuriado y su carácter. 3.º Aguardamos a que nos pase el encono. 4.º La vanagloria que tendrán nuestros enemigos. 5.º La deshonra de no vengarnos. Y Jesús, sin <*2*> embargo...
   Cuántas veces nos queremos excusar.
   Pero, ¡ay!, sobre todo, ¡qué confianza nos inspira esta caridad de Cristo! Por perdida que esté nuestra causa.

Escritos I, vol. 1.º, doc. 66, pág. 1-2






   Pater, dimitte illis

   Ruega con nombre de Padre, acto sublime. Cumple lo que mandó: Orate pro persecuentibus etc. [Mt 5, 44]. Es propio de sacerdote. Por esto desde el altar de la cruz.

   Hodie mecum eris in paradiso

   El ladrón conoció por la gracia, por los milagros. ¡Oh, valiente! ¡En tan poco tiempo! Judas le niega, él le conoce. ¡Ay! quizás cientos de los que meditando [?] de experimentar los efectos de su amor, se condenarán, y otros se salvarán.
   Si escuchó al ladrón, cuanto más a nosotros.

   Ecce filius tuus

   Ut quid dereliquisti [Mt 27, 46]

   1.º Pater noluit manifestare majes[ta]tem.
   3.º Para probar que era hombre, pasible.
   4.º Queja amorosa.
   5.º Así como el llanto [?]... así la repugnancia natural.
   6.º ¿Por qué no fue oído?
   7.º ¿Para que nosotros busquemos la causa?
   8.º Para comprobar su inocencia.

Escritos I, vol. 1.º, doc. 67, pág. 1-2






   4ª. Palabra

   [?] estas palabras con las dichas [por] David: Non vidi justum [Sal 36, 25].
   Yo debería deciros que las separaciones de Cristo...
   ¿Por qué esta separación? 1.º Por el sacrificio. 2.º Para pagar nuestros abandonos.
   ¿Por qué a modo de pregunta? 1.º Como protesta ante el mundo. 2.º Porque era inútil para muchos.
   ¿Por qué protesta? 1.º Para que vieran que realmente padecía. 2.º Para impelernos a la gratitud. Parte.
   ¿Por qué a la hora nona? 1.º Porque era acervo el dolor. 2.º Porque era el momento en que los elementos empezaban a dejarle.
   Frutos
   1.º Palabra de Cristo.
   2.º Tú que gimes, tu madre, tú que pasas dolores, tú...
   3.º Socorro pronto.
   4.º Humildad.

Escritos I, vol. 1.º, doc. 68, pág. 1-2






   Faber [?]

   4.º Palabra

   Deus meus, Deus meus, etc.

   M. H. en el Señor: Entre las palabras pronunciadas por Jesús en sus últimos momentos, las cuales venimos meditando en este rato, ninguna tan llena de misterios tal vez, como la 4ª. palabra, que voy a proponer a vuestra consideración.
   Había Jesús pedido por su enemigos, por los pecadores todos. Había logrado el primer fruto de esta ardiente súplica, arrebatando de las garras del infierno al buen ladrón, convirtiéndole repentinamente en compañero de su próxima gloria.
   Había llenado el oficio de piedad filial para con nosotros, dándonos a María por madre, y confiando a ésta al discípulo amado; y cumplidos estos cuidados, como reconcentrándose en si mismo, si así podemos [decir], ya no piensa más que en dirigirse al eterno Padre, y exclama en voz de misteriosa y significativa angustia: Deus meus, Deus meus, ut quid dereliquisti me? :Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has dejado?
   Cuando yo me pongo a comparar las palabras hijas de la experiencia y de espíritu profético de David, cuando decía: Iunior fui, etenim senui; et non vidi iustum derelictum [Sal 36, 25]: Fui joven; he envejecido, <*2*> y en tan largo tiempo no he visto al justo abandonado. Cuando las comparo, digo, con estas de Jesús que acabo de recordaros, me pregunto: ¿Sólo en el justo Jesús pudo verificarse lo contrario?
   Justo le llamó el mismo David al futuro redentor. El justo por excelencia le profetizó Isaías. Justo acababa de llamarle Pilato delante de todo aquel pueblo. Justo le llamó la mujer de éste. Sangre del justo estaba diciendo a los judíos el infeliz Judas [?] pecado en aquellos momentos. Justo le dirá luego el centurión romano, golpeándose el pecho. ¿Cómo, pues, ¡oh! David, pudo salir esta palabra de abandono del justo, y justo por excelencia?
   Y no obstante era así, y por esto este hecho maravilloso y jamás visto debe excitar nuestro pensamiento y nuestra consideración, para que no se nos pueda decir a nosotros lo que Isaías decía a los ingratos en su tiempo: Iustus perit, et non est qui recogitet in corde suo [Is 57, 1]. El justo perece, a nuestro modo de ver, y no hay quien lo medite en su corazón.
   Por ello debiera, M. M., ante todo explicaros, para haceros ver que los abandonos o más bien las separaciones podían tener lugar, según las uniones que tenía Cristo Jesús. La primera unión natural con el Padre y el Espíritu Santo, que es indisoluble. La segunda unión, de la naturaleza humana con la divina; y esta separación no se verificó, porque <*3*> lo que el Verbo tomó, lo tomó para siempre, y por esto, aun durante el triduo de la muerte la divinidad estuvo unida a su humanidad, lo mismo en su cuerpo muerto, que en su alma, que descendió al sepulcro, como nos dice el catecismo. La unión de la gracia, que permaneció y permanecerá siempre, porque Cristo ayer y hoy y en los siglos, el amado del Padre, en quien tuvo y tendrá sus complacencias. La unión gloriosa o de la bienaventuranza, que disfrutaba el alma de Cristo desde su creación, y que también era indisoluble, porque es de esencia de la bienaventuranza que no se pueda perder.
   Ya sólo queda la unión de protección, que era la sola, la que queda, no rota, sino como interrumpida o paralizada, entregándose el alma y el cuerpo de Cristo, el cuerpo a su voluntad a los atormentadores, y el alma a las tristezas, no sólo por permisión del Padre, sino por voluntad del mismo Cristo.
   Podía el Padre y podía el Hijo librarse de sus enemigos (como se libró Daniel de los leones en el lago, y como libró a muchos mártires de los tormentos); podía el alma de Cristo trasmitir a su cuerpo el don de la impasibilidad; podía la parte superior del alma infundir el gozo y consuelo a la parte inferior sensitiva, porque el alma de Cristo disfrutaba de la visión de Dios.
   Mas Cristo contuvo la gloria del alma para que no pasara a su cuerpo, contuvo el torrencial gozo de la visión beatífica, para que no pasase a la parte inferior de su alma. A la manera, M. M., que el sol ilumina siempre, de día y de noche, todo el hemisferio, pero que sus rayos no llegan al nuestro por la noche, por la interposición de la tierra, de modo que cuando en el otro es de día, [en] el nuestro es de noche, de la misma manera, interrumpido el influjo de la gloria del alma de Jesús en su parte sensible, <*4*> quedó ésta sin el influjo de este sol en la noche del desamparo de la tristeza, de la oscuridad, de la aflicción y de la más inesplicable amargura. Tan grande fue esta amargura y este desamparo, que no cabe al entendimiento humano el comprenderle. Baste decir que todas las tristezas de todas las criaturas racionales no llegaron a la tristeza de Jesús; baste decir, como nos lo aseguran los santos Padres, que repartida esta amargura entre todos los hombres que han existido y existirán hasta el fin del mundo, no hubieran podido soportarla, y hubieran sucumbido y muerto al peso de ella.
   ¿Y por qué, Señor, por qué quisiste pasar por ese abandono misterioso, inexplicable. ¡Ah!, no debemos olvidar, H. M., que aquello era una oblación de sacrificio y debía tener el carácter de tal para la redención de todo el género humano. Así como Isaac, figura de este sacrificio, fue atado por su padre, antes de ser inmolado, para que no pudiera moverse, así debió ser atado Cristo-Jesús en la hora de su pasión, de su agonía, para estar privado de toda defensa y destituido de toda consolación sensible. Porque era necesaria la inmolación para el bien del mundo, por esto fue necesario el abandono del Padre. Porque así como un padre natural tiene entre sus brazos y no deja mover al niño, a quien sujeta a una operación dolorosa de un médico, y no escucha con pena sus gemidos aunque le llame, porque sabe que le es indispensable para su salud, así el Padre eterno no escucha los clamores del hijo, y lo dejó en los tormentos, y el hijo se ofreció a sí mismo a ellos, para sanar todo su cuerpo místico, que éramos nosotros.
   Por esto, no es extraño que clame el alma sensible de Jesucristo con esta queja, con este desahogo y pregunta amorosa: Ut quid dereliquisti me?
   Pero notad, H. M., una circunstancia que no debe pasar <*5*> inadvertida en nuestras consideraciones: Ut quid; por qué, dice, cual es la causa, como si quisiera preguntarle.
   No la ignoraba, no; pero el Señor lo hace a modo de pregunta para hacernos ver su inocencia, y manifestar al mundo que padece por culpa ajena. Él había dicho a los judíos en otra ocasión: ¿Quién de vosotros podía argüirme de pecado? [Jn 8, 46]. Y allí, en el árbol de la cruz, repite ante el mundo: ¿por qué esos abandonos sobre mí?, a fin de obligarnos a nosotros a escudriñar y preguntar al Padre el motivo, y al preguntarlo se nos contestará por Isaías: Propter scelus populi mei percussi eum [Is 53, 8]: por el pecado de mi pueblo le he herido, y no por su propio pecado.
   Otra interpretación podíamos añadir. Ut qui dereliquisti me? Como si dijera: ¿Qué sacáis, Señor, de este abandono? Él estaba previendo cuántos no se aprovecharían de estos sufrimientos, de estos dolores y de estos trabajos, y semejante al labrador que, después de muchos meses de trabajo en cultivar su viña, la ve destrozada por el granizo, haciendo inútiles sus fatigas, así él exclama al Padre: ¿Qué provecho sacáis, Señor, de estas desolaciones mías, si no han de servir para estos desgraciados, para qué padezco yo?
   Últimamente, H. M:, el Señor quiso hacer manifestación de estos sufrimientos, en primer lugar, para dar a comprender al mundo y a las almas, que estos sufrimientos fueron acervísimos y reales, porque si no se hubiese quejado, tal vez hubiesen pensado aquellos, que estaban presentes, que no eran reales <*6*> cuando así callaba, o que se había hecho de propósito impasible y, por lo tanto, no apreciar la redención.
   Él quiso manifestar que nos paría y daba a luz con dolores vehementísimos, para que las generaciones venideras agradecieran su sacrificio.
   Él quiso pronunciar estas palabras a la hora nona, esto es, después de tres horas de estar pendiente, cuando estaba luchando con la muerte, y por lo tanto en el mayor de los abandonos.
   Él pronuncia estas palabras en los momentos en que el sol iba a oscurecerse, para que así como las tinieblas exteriores iban a dar testimonio de su divinidad, así su queja diese testimonio de...
   ¡Oh!, H. M., ¿qué diremos ante esos imponderables desamparos de nuestro buen Jesús? Cristo quiso padecer todo el calor del sufrimiento para excitarnos a sostener con él los cálices de amargura, que debían acompañar nuestra existencia y nuestro camino.
   Alma cristiana, cualquiera que seas, ¿qué son las tribulaciones, trabajos, enfermedades de la vida, comparadas con las angustias de Jesús?
   El quiso beber todo el cáliz purísimo de su pasión; nosotros le bebemos siempre mezclado de consuelo. No padecemos todos los tormentos, ni en todos los músculos; ni por todos somos abandonados, ni somos destituidos de todo consuelo, ni nos faltan vecinos que nos [com]padezcan, ni médicos que nos alivien y den esperanzas, ni almas bondadosas que nos alienten o que oran por nosotros.
   Nunca, pues, nos encontramos abandonados y, <*7*> aunque Dios permitiera que así los estuviésemos, ni aun entonces podíamos quejarnos con razón, ante el cuadro que presenciamos, porque si el hijo de Dios fue abandonado, ¿qué injusticia fuese que lo fuéramos los esclavos?
   Y si yo pudiese dirigirme en este momento a las almas piadosas que desean trepar a la perfección, por el camino del Calvario, ¡oh, qué ejemplo de aliento nos ofrece el Señor en este instante! Cuando la noche oscura del alma viene a sorprendernos en medio de nuestros ardientes deseos, cuando la luz de los buenos deseos y propósitos parece haberse apagado, cuando al mirarnos a nosotros no distinguimos más que tinieblas de infidelidades, y a nuestros pies no vemos más que el abismo, y el cielo parece de bronce, y el corazón seco como las rocas del Calvario, ¡oh! qué consuelo poder decir con la humildad de nuestro corazón: Jesús mío, Jesús mío, ¿por qué así me has abandonado?
   Este era el grito de Santa Teresa de Jesús en los tedios de la virtud, por espacio de 18 años; éste era el grito de Rosa de Lima, en aquellas ansias morte amariores, más amargos que la muerte. Este era el grito de Santa Catalina de Sena en medio de las oscuridades de la tentación. Y este grito humilde es la unión más grata al corazón de Jesús.
   ¡Oh, mi amabilísimo Jesús! ¡Oh, alma extraviada! Mira el terrible desamparo que padece el hijo de Dios para evitar tu perdición, tiembla de que te desampare, porque desamparada de Dios, ¿a quién volverás los ojos? ¿Por qué <*8*> quieres perderte? ¿Por qué has de malograr la sangre de tu Redentor? ¿Por qué te has de condenar? ¿Por un deleite, por intereses caducos que se desvanecen como el aire?
   ¡Ay, mi Jesús! Ut quid? ¿Por qué me he de perder, estando tú en esa cruz por mí? ¿Por qué he de condenarme, derramando tú por mí esa preciosísima sangre? ¿Por qué he de malograrla? No haremos tal, Señor y Salvador mío. Díganlo nuestro dolor y nuestro arrepentimiento. No me desampares nunca, Jesús, por tu santísimo desamparo.

Escritos I, vol. 1.º, doc. 69, pág. 1-2






   5ª. Palabra
   Sitio [Jn 19, 28]

   Si llena de misterio era la palabra que acabamos de meditar sobre el desamparo de Jesús, no está menos llena de misterios y de tiernísimas consideraciones la que pronunció momentos después.
   En medio de las agonías de tres horas, cuando tantos eran los sufrimientos de su cuerpo, cuando cada uno de sus miembros y todas sus entrañas eran atormentadas y necesitaban alivio, una sola necesidad quiso manifestar, y quiso que se consignara en el evangelio, y se conservara a través de los siglos.
   Sitio: Tengo sed.
   ¿Por qué, Señor, manifestáis que tenéis sed, si ya podemos colegirlo? Desde la noche anterior nada había gustado. Había pasado la angustia de las tres horas amargas en el huerto, en donde un copioso sudor de sangre le había debilitado, desde las tres de la mañana había sido de un continuo caminar, conducido de tribunal en tribunal por las calles de Jerusalén, y subido con la cruz a cuestas la empinada montaña; los cinco mil azotes que habían caído sobre sus espaldas le habían dejado extenuado, y aún en aquellas tres horas, corrían de sus pies y manos ríos de sangre; cómo no experimentar dolorosa sed , ¿a qué, pues, manifestarlo?
   Acaso, Señor, esperabais que con este gemido y esta súplica excitar la compasión de los verdugos, para proporcionaros algún alivio.
   ¡Ah!, David, cuando en un momento de sed, <*2*> en medio del campamento manifestó deseos de agua de la fresca cisterna de Belén, no le faltaron tres valerosos capitanes que, pasando por medio de sus enemigos, fueron a proporcionársela [2 Sam 23, 15-16].
   Alejandro, en medio de un árido desierto, en una de sus expediciones, abrasado de sed, no le faltó un soldado que encontró una poca en un hueco de una peña, [y] se la ofreció.
   ¿Pero cómo podía esperar este alivio de aquellos miembros de Satanás, a los cuales bastó el comprender que tenía esta necesidad, para aprovecharla para darle mayor tormento, ofreciéndole hiel?
   ¿Por qué, pues, exponer este tormento?
   (Acaso para recordarnos con esta sed, que había padecido todos los otros tormentos en realidad, y lo quiso decir a punto de expirar, cuando ya tantas horas hacía que los padecía).
   (Vide Falré) [?]
   ¡Ah!, aparte de que quiso manifestarnos que había padecido todos los tormentos, significados en aquella ardentísima sed, la cual estaba experimentando desde todo el día, esta expresión quería decirnos algo más que su sed material.
   Esta sed era el deseo de cumplir la voluntad de Dios que...
   Esta sed era el deseo de mayores sufrimientos.
   ¿Lo dudáis, H. M.?
   Él sabía muy bien que en lugar de agua debían darle hiel y vinagre, porque así estaba escrito y anunciado por David, en el salmo [Sal 69, 22], y se refería al Redentor: In[siti mea potaverunt me aceto].
   Y por esto, ya que estaba dispuesto por el Padre que lo sufriera, si no se hubiese manifestado esta sed a sus enemigos, no [se] les hubiese ocurrido amargarle con la hiel y vinagre, y por esto la manifestó, para <*3*> que así, desahogando ellos su malicia, cumplieran sin pensarlo la profecía. (El mismo San Juan lo indica, cuando antes de decir esta palabra, dice el evangelista: Ut consummetur Scriptura).
   Él sabía que la hiel y vinagre no debían darle más que nuevo tormento, pero que aquello debía alargarle un momento más la vida, y con ella el sufrimiento, y por esto, por esto no dudó en proporcionarse aquella bebida. Él sabía la sed de pecados que tendrían los pecadores. En el corazón del que peca se despierta cierta sed de pecar más de lo que peca, y si le fuera posible, lo que no puede realizar con la obra, lo ejecuta con los deseos. Sed inextinguible, producida por el fuego de las concupiscencias, de que nos habla San Juan, que anidan en el corazón del hombre. Pues para pagar por esta sed pecadora, para poderla apagar si pudiese, se aumenta en él la sed de padecer, para que fuese más abundante la redención, y satisfacer al Padre por la sed de los pecadores.
   Pero, ¡ah!, no es esta sola sed espiritual de padecer lo que enciende el corazón de Cristo en estos momentos supremos. Es la sed que en otras ocasiones ha manifestado tener. La sed de almas; la sed de nuestra conversión y de nuestra salvación, sed de nuestros corazones.
   Cuando allá, junto al pozo de Jacob, un día fatigado del camino, se acercó aquella alma pecadora de Samaria, Jesús le pidió agua, no el agua corporal, sino el agua de su alma, puesto que él le prometía un agua mejor, de fuente que saltaba hasta la vida eterna. Y para manifestar mejor el ardor de esta sed que tenía por <*4*> las almas, al llegar sus discípulos trayéndole de comer, les dijo: Mirad, mirad los campos llenos de mieses y no hay quien...
   Pues bien, desde lo alto de la cruz da una mirada al mundo, y ve a las naciones todas sumidas en la ignorancia y en los errores de la idolatría; ve a las almas todas olvidadas de Dios, y corriendo a su perdición; ve a través de los siglos a tantos corazones extraviados, corriendo tras las aguas emponzoñadas del vicio; ve a tantos corazones áridos y secos; ve a todas esas almas, por la cuales había pagado, quoad sufficientiam, suficientemente, si ellas quisieran aprovecharse; deseaba arrebatarlas quoad efficatiam, deseaba que fuese eficaz para ellas la redención, y por esto deseaba unirlos a sí por el amor de su corazón, a la manera que la bebida se une al cuerpo y a las entrañas.
   Y, por esto, desde el árbol de la cruz lanza al aire esta expresión: sitio, tengo sed, para que su eco repercuta en todos los ámbitos de la tierra y se trasmita a los oídos de todas las generaciones, y resuene en todas las almas cristianas. Sitio. He aquí lo que nos está diciendo Jesús al llamar nuestra atención hacia su sed corporal: Tengo sed de tu alma. Tengo sed de la salvación de todas las almas.
   ¡Ah!, no [es] extraño, H. M., que el acento de esta voz enérgica del moribundo Jesús haya conmovido tantos corazones delicados y bien nacidos. No extraño que al sonido de esta palabra se hayan inflamado tantas almas generosas en el deseo de apagar esta sed de Jesús.
   Yo considero a San Pablo recorriendo los mares <*5*> y los continentes, rodeado de peligros, sufriendo todos los trabajos, haciendo oír el eco de la palabra divina a todas las naciones; ¿para qué? para apagar la sed de Jesús; y porque participaba de ella, y exclamaba y decía a todas las almas: Testis enim mihi est Deus [Flp 1, 8], testigo me es Dios del modo que os deseo amor dentro de las entrañas de Jesucristo, y deseaba ser castigado por los pecadores.
   Yo veo a un San Francisco Javier recorriendo las islas salvajes y desconocidas, expuesto continuamente a la muerte, sufriendo el hambre y el calor, con el deseo de llevar almas a Jesucristo y apagar su sed.
   Yo veo a Santa Magdalena de Pazzis ofrecerse al infierno, con tal [no] fuese [cometido] un pecado hasta lo último del mundo, con tal de salvar las almas para Jesús.
   San Juan Crisóstomo.
   Santa Catalina.
   Y nosotros, H. M., escuchamos este grito de sed, y ¡ay! no sólo no lo apagamos con nuestros deseos, no sólo no trabajamos para dar almas a Jesús con nuestra palabra, con nuestros consejos, con nuestro buen ejemplo, con nuestras oraciones, sino que ni siquiera apagamos la sed de Jesús, ofreciéndole el agua de nuestro corazón, el agua de la contrición y de mucho amor, que tan gratos son a Jesús.
   Los corazones humanos entregados al sueño de la tibieza, no escuchan los lamentos de Jesús, embriagados por los placeres, <*6*> dejan solo a Jesús sin consolarle, atraídos por las ilusiones de los bienes falaces y perecederos olvidan el amor angustioso de Cristo y, corriendo tras las cisternas rotas de aguas corrompidas, olvidan las fuentes de agua [de] vida, que Jesús quiere darlas, en cambio del agua del arrepentimiento y de la virtud.
   ¿Y ésa será, Jesús mío, la recompensa de tus clamores? ¡Ah!, no; tendrás apóstoles de vida (7 palabras).

Escritos I, vol. 1.º, doc. 70, pág. 1-2






   6ª. Palabra
   Consummatum est [Jn 19, 30]

   Habían agotado su sevicia y crueldad los judíos. Después de la calumnia y las acusaciones, las afrentas, después de las afrentas los dolores, en medio de los dolores las burlas, en medio de las burlas y los dolores, y dolores de muerte, el ensañamiento más cruel que han presenciado los siglos. La hora del poder de las tinieblas había terminado, y la víctima del mundo terminaba su inmolación.
   He aquí, pues, que cuando cansados los judíos, la naturaleza empezaba a manifestar su contristación, y el silencio se imponía a la misma muchedumbre que presenciaba aquel espectáculo, pronuncia Jesús todavía otra palabra: Consummatum est. Todo se ha acabado; todo se ha cumplido.
   ¿A quién la dirige? En las anteriores palabras Jesús se dirige a otras personas, o habla al Padre; habla al ladrón, habla a su madre y al discípulo; a los ausentes y circunstantes. ¿A quién, pues, repito, dirige esta palabra?
   Pues esta palabra la dirige a todos, manifestando que todas sus obras, toda su misión queda realizada, en el cielo y en la tierra.
   Y, en primer lugar, la dirige al Padre: Consummatum est: He consumado, Padre, la obra de la redención que me confiaste, y que acepté, para cumplirla <*2*> y perfeccionarla. Al entrar en el mundo, según David, pronunció estas palabras. La suma de todo cuanto se ha escrito, Señor, es que debo hacer tu voluntad. Lo quiero, Dios mío, y tu ley en medio de mi corazón. Sé que no quieres ya oblaciones y sacrificios, corpus autem aptasti mihi, pero me has dado un cuerpo y una alma. Ecce venio [cf. Sal 39, 8 / Heb 10, 5-7], aquí estoy, para hacer tu voluntad.
   Por lo tanto, para darnos a conocer que había cumplido el encargo que se le había confiado, y que no había pasado de las prescripciones que se le habían impuesto, repite como lo había dicho antes, en la oración de la cena: Opus consummavi, quod dedisti mihi ut faciam [Jn 17, 4].
   A la manera que el que acepta una copa de otro para beberla, se la muestra vacía, como en señal de que la [ha] agotado, así el Señor, después de probar la hiel y el vinagre, que era lo último que faltaba antes de morir, enseña al Padre el cáliz vaciado ya, no para que supiese éste cómo había obedecido, sino para que no lo ignoráramos nosotros y fuésemos agradecidos al que ofrecía el cáliz y al que lo aceptó.
   Y la dirige ésta a sí mismo: Consummatum est. Ya está realizado el bautismo que yo deseaba. Él había dicho antes de su pasión: Con bautismo debo ser bautizado, y ¡cómo me veo contenido hasta que pueda lograrlo! [Lc 12, 50]. La dilación de este bautismo de sangre [le] oprimía, como que le mataba, la muerte que debía venirle, le vivificaba, la cruz era para él el árbol de la vida; tanto era lo que deseaba morir por nosotros.
   Y aunque digamos con la exposición de algu-<*3*>nos santos Padres, que Jesús quiso experimentar horror a la muerte, para santificar y aliviar nuestros temores a ella, aun así podemos decir que con ello terminaba su bautismo sangriento. Cristo, según la profecía de Isaías, vino a tomar todas nuestras enfermedades espirituales: Vere languores nostros ipse tulit [Is 53, 4], verificando en sí la purgación de nuestros pecados.
   Empezó este bautismo en el Olivete, sudando sudor sanguíneo; luego abrió no una, varias venas: unas en el pretorio, las otras en la cruz; luego tomó la amarga bebida. Qué contraste es que, alegrándose, diga: Consummatum est, alegrándose más por nosotros que por sí mismo, quia livore ejus santi sumus [Is 53, 5], porque hemos [sido] curados por [sus llagas].
   También dirige esta palabra a los Padres del Antiguo Testamento. Como si les dijera: se ha acabado y cumplido el viejo testamento. Han acabado las sombras, las figuras, los sacrificios, las ceremonias de vuestra ley, porque la realidad por la cual suspirabais, ha sucedido a las figuras. Yo era el fin de toda la ley. El verdadero Abel va a ser muerto por su hermano. La verdadera arca de Noé queda fabricada, para cuantos quieran entrar en ella y salvarse; va a amanecer el arco de iris de la esperanza, puesto en las nubes, va a ser inmolado el verdadero cordero pascual.
   Por la tanto, va a ser quitado de vuestra cerviz el yugo de hierro de la ley del temor, para imponerse el yugo suave de la ley de la gracia y del amor.
   También dirige esta palabra a los judíos: pontífices, escribas, príncipes y fariseos. Consummatum est: Se ha acabado ya vuestro tiempo de persecución contra mí, que tanto deseasteis.
   El Señor les había dicho en el huerto: Todos los días <*4*> estaba con vosotros en el templo, y no me prendisteis, porque no quise, mas haec est hora vestra, et potestas tenebrarum [Lc 22, 53]: ésta es vuestra hora, y la hora del poder de las tinieblas, y por esto impidió a Pedro que le defendiese.
   Esta hora concedida al poder de las tinieblas había pasado ya, y por esto exclama: basta ya. Ya ha pasado, ¡oh! judíos, la hora concedida por mi Padre; no lo creáis un triunfo, porque si no os lo hubiese concedido, ni un cabello de mi cabeza hubierais podido tocar. Ahora os quito esta potestad. Puse mi alma, y la vuelvo a tomar. Va a empezar mi hora, en la cual me veréis no vencido, sino vencedor.
   Y dirige esta palabra a Lucifer: Consummatum est. Ha acabado tu tiranía sobre la humanidad. Ésta ha quedado redimida de su deuda; se ha satisfecho el precio de la redención.
   Al vencer al primer hombre, cabeza de la humanidad, había quedado su descendencia como esclava de su victoria, de tal suerte que el mismo Jesús había llamado a Lucifer el príncipe de este mundo; príncipe de las tinieblas, que se hacía dar a sí mismo, por medio de la idolatría, el culto debido a Dios.
   Mas desde este momento se verifica el precio del mundo, y el príncipe de este mundo va a ser echado fuera. Habíamos merecido la muerte eterna, y nos libró de esta muerte, apostrofándole y diciéndole: ¡Oh, muerte!, yo seré tu muerte. Yo seré tu mordedura, ¡oh, infierno! Consummatum est. Se acabó el imperio de Satanás, para los que quieran librarse de su esclavitud.
   Y lo dice a las naciones idólatras, y a los ángeles.
   Dirige, en fin, esta palabra a todas las criaturas, para que sean testigos de su conducta, y para que vean si hizo lo que debió por el hombre <*5*> y más aún de lo que debía.
   Baja del cielo para buscar [la oveja] perdida; la ha buscado con fatigas y dolores.
   Él pudo tomar ante las criaturas las palabras de Isaías: Quid est quod debui ultra facere..., et non fecit? [Is 5, 4]. ¿Qué pude hacer por este campo de la humanidad, por esta viña que el Señor me había confiado, que no lo haya hecho? Juzgad vosotros, que habéis presenciado mis milagros, mis correrías, los enfermos que he curado, los muertos que he resucitado, la paciencia que he tenido, los dolores que he pasado; todo lo he consumado. Sois testigos de lo que he hecho.
   Pero ¡ah!, M. M., un pensamiento me ocurre: Este Jesús que pronuncia esta palabra, desde lo alto de la cruz, al mundo y a las criaturas, y en medio de los sufrimientos, y lleno de amor, un día vendrá de la cima de aquellas mismas montañas, y repetirá estas mismas palabras que nosotros escucharemos: Consummatum est: todo se ha acabado: Acontecimientos... hasta el tiempo mismo. Quia tempus non erit amplius [Ap 10, 6]: no habrá tiempo ya más, porque empieza para todo y para todos el evo, la eternidad.
   Y esta palabra la dirigirá a las naciones, y a las razas y a las generaciones todas, y la dirigirá a los réprobos: Consummatum est, se acabó el tiempo de mi enmienda; y la dirigirá a los justos: Consummatum est, se acabó el tiempo de la lucha y del temor; y la dirigirá a... ¿Cómo <*6*> resonará en nuestros oídos? ¿Con alegría o con espanto? De nosotros depende. Si ahora escuchamos con docilidad y aprendemos la enseñanza que nos da, y escuchamos su voz amorosa, ¡oh, qué dulce será entonces esta palabra imponente! ¡Qué amarga, si no aprovechamos esa sangre que está derramanda!
   ¡Oh, Jesús! Pensad que por amor a vos nos reunimos aquí, a recordar vuestros dolores. ¿Qué queréis? Consummatum est. Sí, ya se ha acabado para mí el ofenderos; se han acabado las ocasiones peligrosas; se ha acabado mi odio; se ha acabado...
   Como vos quiero repetirlo.

Escritos I, vol. 1.º, doc. 71, pág. 1-2






   7ª Palabra

   In manus tuas commendo spiritum meum [Lc 23, 46]

   Mis hermanos en el Señor: Muy obligados estamos a Dios por la creación; más lo estamos, mucho más aún, por la redención, que va a verificarse.
   En la creación no usó más que palabras: Dixit, et facta sunt [cf. Gén 1]; en la redención no sólo palabras, usó de un acento de clamor válido y de lágrimas ardientes. Allí mandó; aquí oró.
   En la creación, después del sexto día en que todas las cosas fueron concluidas, descansó, cesando de la creación; más en la redención, después de la sexta palabra, según la cual estaba realizada la salvación del mundo, pero en sacrificio [?] y por medio de su propia muerte. Por esto exclamaba San Bernardo: «Si todo me debo a él, ¿por qué me hizo, qué podré añadirle, por qué [me] rehizo de este modo?». Quid retribuam Domino? [Sal 115, 12].
   Ya que, pues, Jesús va a descansar de la obra de la redención, nos resta ver el misterio que encierra su última palabra: Pater, in manus tusa... etc, que pronunció con un grande gusto.
   Y aquí debiera yo extenderme antes <*2*> en expositaros todos los misterios que encierran éstas, y las circunstancias que le rodean.
   Yo debiera deciros:
   1.º Que este clamor y este grito fue por la separación, aunque muy temporal, de esta alma y de este cuerpo. El aguijón de la muerte que él se impuso, iba a separarlos, a separar esta unión, que nunca había sido mezclada de ninguna división. David y Jonatán.
   2.º Yo debía deciros que fue un grito de amor al dejarnos, al darnos su adiós, al verificar su despido de la tierra, de esta tierra que había amado.
   Al despedirse de los hombres, a los cuales había querido siempre cobijar bajo sus alas. ¡Oh! exclamaba en cierta ocasión, al divisar a Jerusalén: Quoties volui congregare! [Mt 23, 37].
   Así como la oveja envía su balido triste a la oveja errante.
   3.º Yo debía manifestaros cómo con este gran grito que dio, quiso manifestar su poder.   Nadie, al expirar, y menos [después] de una enfermedad lenta, tiene fuerzas para dar un grito. Y para demostrarles que, mori-<*3*>bundo, tenía todo el poder, que no era puramente hombre, dio un grito de modo que, a esta voz, la tierra se conmovió y el velo del templo se rasgó en dos partes, desde arriba abajo, y las rocas se rompieron, y los sepulcros se abrieron, y el centurión se conmovió y le reconoció como Dios, y los demás se espantaron.
   Pues bien, con esta potente voz pronuncia estas palabras: En tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu.
   Encomienda al Padre, como principio de todo, lo mismo en la divinidad que en la humanidad por apropiación. Así como toda su vida lo atribuyó todo al Padre, no atribuyéndose a sí nada, como podía hacerlo, así en la muerte, lo refunde todo al Padre.
   ¡Oh, si hubiésemos estado allí entonces!
   Ya que no pudimos estar entonces allí, permitidnos, Jesús mío, que ahora que recordamos aquel momento, recibamos vuestro espíritu con el afecto de nuestro corazón, y aprendamos las enseñanzas que nos dais.
   ¡Oh!, H. M. [1.º] ¡Con qué fervor, con qué confianza, con qué unión se dirige al Padre, para enseñarnos la devoción, el fervor con que nosotros debemos hacerlo! <*4*>
   2.º ¡Con qué fidelidad nos enseña que debemos nosotros cumplir la voluntad divina y todo lo que nos tiene prescrito, puesto que no quiso entregar su espíritu, sino cuando había cumplido todo lo de la Escritura!
   3.º ¡Con qué confianza nos enseña a dirigirnos no a las criaturas, no a los amigos, no a los parientes, sino al Padre, al Padre celestial, en todas nuestras tribulaciones, y sobre todo en la hora de la muerte!
   4.º ¡Con qué solicitud nos enseña a no estar solícitos de nuestro cuerpo, sino sólo de nuestro espíritu, pues éste confía a su Padre celestial!
   Gracias, Jesús mío, gracias por tus enseñanzas.
   Gracias por tu amor.
   Id, id a descansar al seno de vuestro Padre.
   Hora es ya que descanséis de las fatigas de vuestro viaje, tan largo.
   Justo es que dejéis esta tierra tan ingrata, que no ha producido para vos más que espinas de persecuciones y de desengaños.
   Justo es que vayáis a recibir la corona, y a uniros a vuestro Padre.
   Justo es que vayáis a visitar las almas del limbo, más justas y santas   que nosotros, y que os están <*5*> aguardando para saludaros como a su triunfador.
   Una sola cosa os pedimos, Jesús mío, y es que no nos olvidéis en nuestra peregrinación. Que al lado de vuestro Padre no dejéis de interceder por nosotros, presentándole estas llagas, que por nosotros queréis conservar.
   Que nos fortalezcas en la vida, y sobre todo en el trance de la muerte, y podamos con fe, con confianza, con amor, repetir vuestras palabras: In manus tuas...

   Después de la 7ª palabra

   ¡Ha muerto ya! Aquel que era la flor de los valles y el lirio de los campos está desfigurado, sin color ni hermosura.
   El príncipe de la paz, aquel que llevaba en sus hombros el nombre de rey de reyes y señor de los que mandan, está desconocido.
   Aquel, cuyas manos curaban los enfermos, está clavado en una cruz.
   Aquel, que hacía resucitar a los muertos, está sin <*6*> voz.
   Aquel, destinado para ser rey inmortal de los siglos, tiene inclinada la cabeza, y una corona de espinas.
   Aquel, que viste las aves del cielo y los lirios del campo, está desnudo.
   La tierra no posee ya al Salvador.
   Qué mirarán los ojos, que...
   ¡Ah!, no es extraño que el sol recoja su luz. No es extraño que las tinieblas cubran el firmamento, para que no se presencie tan triste espectáculo. No es extraño que las piedras se rompan para expresar su dolor.
   Rompamos también nuestro corazón, por el dolor y el arrepentimiento.
   Recojamos el testamento que nos ha legado con sus palabras.
   No nos movamos nunca del pie de la cruz.
   Hagamos compañía a nuestra madre amantísima.
   Seamos reparadores del corazón de Jesús. Amémosle por los que no le aman; adorémosle por aquellos que le blasfeman. Ofrezcámonos con él víctimas de amor y de sufrimiento, renovemos ante <*7*> su cruz nuestros propósitos, para que así como hemos compartido con él sus dolores, seamos participantes de su gloria un día. Amén.

Escritos I, vol. 1.º, doc. 72, pág. 1-2






   Conveniencia de la meditación de la Pasión

   Ya sabéis H. que la pasión de J. C. es el gran libro abierto para todos, pero no todos saben leer sino aquel que le recibe con verdadera disposición. Para leerlo no se necesita ciencia sino amor.
   Tal es el deseo que Dios tiene de que nos dediquemos a la lectura de este gran libro que ya en el A. Testamento procuraba descorrer la cortina de los misterios que en él se encierran por medio de la descripción de los santos Profetas.
   De tres maneras anunciaba a los hombres ese gran libro; por medio de personas, por medio de hechos y por medio de profecías.
   Por medio de personas. ¿No recordáis a Isaac subiendo al monte del sacrificio llevando sobre sus hombros la leña, ofrecido por su mismo padre sumiso y humilde sin abrir su boca?
   Por medio de hechos o acontecimientos. La serpiente de metal llevada sobre un palo en el desierto y otros pasajes de la Escritura les hacían ver en lontananza este Salvador.
   Por medio de profecías. David que le consideraba taladrado de pies y manos y burlado y mofado de todos. Isaías que le consideraba conducido a la muerte manso como un cordero sin abrir su boca, como varón de dolores y sacrificado voluntariamente por nuestras iniquidades y por el pecado de su pueblo; éstas y otras muchas descripciones de los Profetas daban a conocer desde lejos e indicaban los deseos de la Providencia en que se acordaran de este beneficio.
   Sin embargo, H. M., aquel pueblo craso e ignorante no quería elevar su corazón a la consideración de estas ideas.
   Embebido en sus ideas de grandeza encontraba más gusto en las ideas que le sugerían las [?] de ese Mesías que había de venir, y de aquí que esas profecías que se referían sólo al poder espiritual del Mesías las aplicaban ellos en su mismo deseo a una grandeza y prosperidad material que les forjaba su imaginación.
   De aquí, H. M., qué pocos penetraban en el fondo de esas consideraciones; de pocos recibía el Señor consuelo en la meditación de sus penas. Sólo algunos Profetas, algunos justos recibían en su corazón la verdadera significación de estas profecías.
   Pasaron aquellos días. Llegó la plenitud de los tiempos, vinieron la realidad de aquellas figuras, se abrió este gran libro escrito con letras de fuego: y sin embargo, H. M., el pueblo cristiano que tiene mayores motivos para leer este gran libro; que tiene mayores luces para interpretarle vive también desapercibido: muchos ni se dignan mirarlo y si alguna vez les llama la atención, no pasan de la corteza, no penetran en el fondo; como el pueblo judío crasos e ignorantes no quieren tomarse la pena de penetrar en estos misterios sublimes de amor. Pocos son, H. M., también los que en el mundo dan consuelo a J.C.
   Seremos nosotros así, H. M. Ay no; que ya que el Señor nos ha dado mayores luces, ya que nos ha elegido para compañeros de su cruz, de sus dolores y de sus amores, justo es que penetremos más que ninguno en la meditación de sus penas, ya que El tanto lo desea.
   Dediquémonos pues a considerar los motivos que nos deben impulsar a meditar con constancia los dolores de J.C. y fijémonos en particular en las enseñanzas que nos da en alguno de sus actos.
   Para ello...

   A. M.

   Entre los motivos, H. M., que tenemos para tener una afición grande a la meditación de los dolores de J.C. es la gratitud.
   Nada hay, H. M., tan negro como la ingratitud. Ya sabréis que hasta los mismo gentiles se la representaban como un monstruo negro y solitario y espantoso y repugnante a todos. Hasta aquellas almas insensibles e indiferentes que nada les conmueve no pueden soportar la ingratitud.
   Por esto Dios que tanto le repugna la ingratitud recordaba tantas veces sus beneficios a su pueblo. Moisés, Josué, David en sus últimos momentos no hacen sino repetirle sus beneficios para que los grabaran en su alma. Hasta parece [?] que Moisés repite tantas veces en sus últimas amonestaciones y cánticos los beneficios de Dios. Ay cuán bien conocida tenía la debilidad humana.
   Pues bien, y qué cosa debe mover más nuestra gratitud que la pasión y los dolores de J.C.
   Ej.
   Vosotros, etc.

   Otro motivo que tenemos de meditar y corresponder al amor de J.C. es el deber de justicia que tenemos.
   ¿Qué es la Redención? Una gran limosna hecha por J. C. a Dios en favor de la humanidad: qué digo una limosna, un pago en favor del hombre que el hombre debía y que no podía pagar. Un rescate y rescate amargo hecho al precio de su misma Sangre.
   De consiguiente J. C. o infierno o amor a mí y a mis dolores y nosotros al aceptar el Sto. Bautismo le prometimos su amor, nos comprometimos a acompañarle en sus penas para hacernos participantes de sus penas, ya que nos lo puso como única condición.
   Además, H. M., ¿quién ha abierto las llagas a J. C.? Nosotros, nuestros pecados, nuestras infidelidades. Pues bien, ¿somos responsables de este mal? ¿Qué obligación pues tenemos y obligación de justicia? El nos manda: con el dolor que nos debe causar la consideración de sus penas.
   Otro motivo y muy poderoso también es el que os he insinuado en el exordio: esto es, el olvido que se le tiene de parte de las criaturas.
   A tres clases podemos reducir los que viven olvidados del corazón de Jesús.
   Unos que infieles
   De éstos principalmente, H. M., se queja el Señor, a éstos principalmente se dirige; con éstos habla con especialidad por medio de aquellas palabras de David. Yo esperé alguno que se entristeciera conmigo y nadie lo hizo o quien me consolase de mis penas y no lo encontré. S. Francisco.
   A éste sobre todo dirige las palabras de Jeremías. O vos omnes etc.
   Pues bien, vosotros que a aquellas mujeres piadosas os escoge el Señor para que le acompañéis hasta la Cruz no le abandonéis; hacedle compañía, recompensarle de tanto olvido por parte del mundo, de los malos y aún de los mismos buenos.
   Mirad que a los que le acompañaron más durante estos momentos fueron los que tuvieron la dicha de verle el día de la resurrección.
   En fin, otro motivo para acompañar a Jesús es el provecho que de ello nos resulta.
   Según las palabras del Apóstol S. Pedro que he puesto en mi tema, habiendo J. C. padecido la muerte en su carne debemos armarnos nosotros en la misma consideración.
   Mirad J. C. no está padeciendo ahora; su cuerpo glorioso ha acabado de sufrir ya materialmente en las humillaciones de entonces.
   Pero así como entonces cuando J. C. padecía no existíamos nosotros ni nuestros pecados actuales, y sin embargo a J. C. le causábamos dolor, pues nos tenía en su mente con su presencia, y nos colocaba en su corazón para ofrecernos a todos al Padre, así también nosotros debemos sentir ahora con nuestras consideraciones y alcanzar lo que Jesús padeció entonces pues que los pecados actuales de ahora son la causa de los dolores de entonces.
   De consiguiente así como nuestras infidelidades de ahora son la causa de la amargura de entonces, así también nuestro dolor y nuestras consideraciones de ahora son y deben ser la causa de nuestra santificación y de aplicarnos los méritos que entonces nos adquirió.
   Y así finalmente como nuestros pecados de ahora y que Jesús odia en su presciencia fueron los motivos de que J. C. los aceptase y padeciese por ellos, así también los
   Además de que a pesar de nuestras infidelidades, esa correspondencia a su amor, esas consideraciones y ternuras nuestras de ahora, esa gratitud nuestra de ahora que entonces Jesús veía y aligeraba en parte la amargura de su corazón y le animaba a consumar su obra de amor.
   Hagamos cierta nuestra correspondencia y con nuestro [?] esta presencia y este conocimiento y este
   De esta manera al mismo tiempo que podemos decir con toda verdad de que con nuestro amor y con nuestra gratitud consolamos al corazón de Jesús que padece, recibimos y nos aplicamos el fruto de su pasión amarguísima.
   He aquí, H. M., pues el provecho que nos resulta, consolamos a Jesús, cumplimos por este medio la abundancia de sus gracias.
   Pero aunque ningún provecho directo nos hubiese de resultar, aunque con esto no hubiésemos de consolar a Jesús ni cumplir sus deseos; sin embargo sólo el bien indirecto que nos reporta, únicamente por los efectos indirectos que causa en nosotros para animarnos a sufrir y a cumplir nuestras obligaciones y ya será suficiente motivo y es uno de los motivos porque J. C. quiso padecer tanto.
   Ya sabéis que J. C. con una sola gota de su sangre nos hubiese rescatado pues es de un mérito infinito quiso sin embargo padecer tantos y pasar por tantas amarguras para manifestarnos la inmensidad de su amor, para hacernos ver la gravedad del pecado y al mismo tiempo para darnos ejemplos en todas las circunstancias de la vida, para que pudiésemos estudiar todos sus actos y aplicarlos a nosotros, para alentar en fin con su ejemplo en todos momentos a aquellos que fieles a sus inspiraciones quisieran caminar por el camino de la humillación, de las penas y del sacrificio, por el camino del Calvario.
   Oh, y qué aliento nos da en nuestras sequedades. Qué santo celo nos inspira su caridad, y su mansedumbre y su constancia, qué conformidad nos dan sus humillaciones y padecimientos, cuánto nos anima su penitencia y sus dolores. Qué alegría nos ha su soledad y su desamparo para desear el olvido del mundo.
   De aquí aquellas expresiones de fuego que salían de los corazones de los Santos. Absit gloriari etc. Exclamaba con fervor el Apóstol por excelencia.
   S. Francisco
   Sta. Magdalena.
   ¿Será preciso que recuerde ejemplos de santos fervores y de santos propósitos de las almas fervorosas al pie del Calvario? No, será interminable e inútil el hacerlo. Vosotros mismos lo habréis experimentado ya prácticamente.
   Dejando ya pues el extendernos en estas consideraciones generales que sin embargo son sólo la base y el fundamento de las consideraciones sobre la cruz y que sirven muy para hacerlas con provecho, dediquémonos a considerar prácticamente alguno de estos rasgos de esta inmensa caridad y sufrimiento, desgajemos alguna flor de ese árbol para examinar su hermosura y percibir sus aromas. Descorramos alguna pintura de ese lienzo gravado con letras de sangre y de amor de su dolorosa Pasión. Pero en la imposibilidad de recorrerlo todo nos fijaremos con preferencia.
   Ah, es tan ancho este campo que no sabe uno donde mejor detener su paso, es tan abundante esta materia que cada uno de sus pasos es suficiente para alimentar a un espíritu verdadero días enteros.
   Sentémonos sin embargo como la Esposa de los Cánticos bajo este árbol frondoso y veamos como desde allí nos canta sus lamentos y sus amores este amante divino.
   Estudiemos las últimas cláusulas de su Testamento en las que nos lega sus últimos documentos, las últimas muestras y expresión de su voluntad.
   Mirad, H. M. El Sol... había empezado a retirar sus rayos como sintiendo el tener que apoyar con sus resplandores aquel cuadro sangriento; el crimen de aquel pueblo. La luna como si participara de la tristeza de la pérdida de aquel que era su autor empezaba a cubrirse de una palidez.
   El mundo todo se preparaba a dar una fuerte conmoción como para reprobar con su mudo lenguaje aquel acto.
   Un aspecto sombrío y triste presentaba la naturaleza.
   Sólo una [?] era indiferente a esta tristeza de la naturaleza, era aquella turba desgraciada que colocada alrededor de la Cruz completaba con su gritería y con sus burlas la amargura y el sacrificio de J. C.
   Y en medio de aquel espectáculo, sin embargo de... que como a David le rodeaban como para devorarle. J. C. sin embargo suelta alegre unas palabras y las dirige al mundo para que repitiéndose su eco lleguen hasta los confines de la tierra para que anuncien al mundo los últimos lamentos del Dios que muere por ellos.
   Y les dice en medio
   ¿Y cuáles son estas palabras? Ay, palabras cortas, pero unas palabras breves pero abundantes para el espíritu, palabras en fin cortas en su número pero extensas en su significación. No podemos dedicarnos a todas las siete palabras que el Señor pronuncia desde su cátedra de amor, y así fijémonos en una breve la más breve de todas, pero que, ay, debía llenar de amor todo el inmenso vacío de nuestro corazón.
   Después de haber manifestado J. C. su mansedumbre - elevando los ojos y [?] públicamente para que lo vieran en favor de sus enemigos, después J. C. dirige sino palabras tiernas para que las oigan pero que apenas puede pronunciar. Y dice Sitio - tengo sed - Y tomando dice el Evangelista
   Sitio pues - tengo sed - J. C., H. M., nos dice que tiene sed
   Pero ¿y qué necesidad tiene de decirnos que tiene sed? sólo dar una mirada retrospectiva, sé con sólo repasar las horas amargas desde su última cena ya podremos concebir la sed que necesariamente debía devorarle.
   Después de aquella terrible oración en que la fuerza de la melancolía y del pesar le obliga a prorrumpir en aquel sudor. Después de una noche pasada entre los escarnios y empujones; después; después de los cinco mil y tantos azotes según el mismo Señor se complació en manifestarlo a Sta. Brígida. Después de las setenta y dos espinas crueles que coronaron por tanto rato su tierna cabeza - después del sudor derramado en aquel corto pero fatigosísimo viaje hacia el Calvario que no podía aguantar y estuvo sazonado con tantos atropellos - después en fin de aquellas agonías de muerte, suspendido en aquella Cruz inútil digo es que el Señor nos diga que tiene sed. Nosotros mismos podemos medir la vida de esta sed; pero, ah, no, no podemos llegar a comprenderla, porque cuán terrible debía ser esta sed cuando le obliga a proferir esta expresión amarga.
   Pero, Señor, ¿cómo es que pronunciáis esta palabra? ¿Qué sacáis de esto? ¿Creéis acaso que encontraréis alguno que quiera aliviaros? - ¿No sabéis bien el testigo que dona a este pueblo y que será bastante el saber que tenéis esta sed para amargarle aún más? Creéis acaso que encontrará el consuelo que encontró David, que era figura vuestra cuando se encontraba en igual situación?
   David, H. M., acababa de dar una batalla, la noche había sobrevenido y el cansancio de todo el día había producido en él una sed ardiente. Y acordándose de la frescura de las aguas de su cisterna de Belén exclamó: Oh quién me diera beber el agua de aquella cisterna. Tres de sus Capitanes, deseosos de complacer a su Rey, se deciden y emprenden [?] por medio de sus enemigos y vuelven felizmente a los reales llevando consigo la apetecida agua. Recordad que a David le sacrificó el Señor, pero al menos tuvo el consuelo. Cristo ni satisfacción tiene ni hay ni uno que se ofrezca a proporcionarle consuelo. Su Madre lo haría pero si apenas se la permite acercar.
   Magdalena correría presurosa y rompería todos los obstáculos pero si después no le será permitido, si no podía ya verificarlo.
   Por qué pues, Jesús mío, clamáis con esa voz siendo así que no encontraréis consuelo.
   Pero, ah, ¿lo hacéis acaso para que al menos nosotros os aliviemos después con nuestra consagración, con nuestros deseos, con las lágrimas de nuestra gratitud?
   H. M., un movimiento involuntario parece nos impele a querer trasladarnos con las alas de nuestro deseo allí al Calvario y mitigar la sed de J. C.
   Pero, ay, H. M., es uno que nosotros estábamos allí, es una realidad que si hubiésemos estado allí a pesar de que sabíamos que padecía por nosotros no lo hubiéramos consolado [?] si hubiésemos estado allí hubiéramos visto con indiferencia las congojas y la sed de Jesús y eso. H. M., si es que no hubiésemos puesto alguna gota de hiel y de acíbar a la copa de amargura, como quizás lo hemos hecho ya con alguna infidelidad más [?] como quizás lo hemos hecho entre la ignorancia de nuestra niñez o de nuestra juventud.
   Ay, Jesús mío: no queríais manifestar pues vuestra necesidad; pasad como podáis estas ansias y amarguras pues no encontraréis ninguno que os quiera aliviar.
   Pero una idea me ocurre, H. M., para que manifestéis ahora vuestras angustias, para que queráis buscar consuelo ahora que os falta tan poco para acabar vuestros sacrificios, ¿por qué no sufrid un poco más de mortificación? Ah, siendo verdad que J. C. no pronuncia ninguna palabra ni hizo ninguna cosa sino para vuestro bien y para nuestra enseñanza, [?] así que en esta cátedra es donde principalmente quiso manifestarnos muchas necesidades, ahora pienso que Jesús quería decirnos alguna otra cosa con esta expresión.
   Ah, sí. Es verdad, ahora lo veo, es otra sed la que consume al Corazón de Jesús, es otra sed la que abrasa sus entrañas - Es la sed de nuestra salvación, es la sed de la salvación de las almas, es el deseo de poseer nuestros corazones, es.
   Ahora recuerdo que algún tiempo antes decía - Yo deseo morir, yo deseo ser bautismo de sangre, ay, y cómo - hasta que lo que
   Ahora recuerdo que El decía - fuego he venido a encender en la tierra y qué otra cosa deseo sino que sea encendido. Ahora caigo en aquello que había dicho antes - cuando fuese exaltado en alto entonces procuraré atraerlo todo a mí.
   Esta es, pues, H. M., la sed que principalmente devora al Señor el deseo de nuestro amor y que comuniquemos a los demás este fuego cuanto podamos.
   Pues bien, si esto queréis, si con esto podemos mitigar vuestra sed, pedid cuanto queráis.
   ¿Qué queréis nuestro corazón? ¿La correspondencia a vuestro amor? Ay, ya lo tenéis, ni una fibra queremos reservarnos, ni una respiración para el mundo ni para nada - todo para Vos.
   ¿Qué queréis más? ¿Qué vivamos desprendidos de todo? Ay, ya procuraremos que nada nos halague y disiparemos hasta los más leves vapores que asomen a nuestro corazón. ¿Qué queréis más para que podamos mitigar esa sed? ¿Queréis que vivamos crucificados contigo? ¿Qué mortifique mis apetitos, mi genio, mis malas inclinaciones? ¿Qué viva con el deseo de ser olvidado y hasta humillado de todos? Ay, Dios mío, casi nos damos vergüenza de prometéroslo pues tantas veces os lo hemos prometido - ay, siempre os faltamos a la palabra; pero de aquí en adelante con vuestra gracia procuraremos hacerlo. Ay, con tal podamos calmar vuestro deseo y vuestra sed, cualquier cosa, Jesús.
   De nuestra parte pues, no tenemos nada más que darte.
   ¿Qué queréis más? ¿Qué procuremos comunicar este fuego de vuestro amor a los demás? Ay, ya sabéis que si nos fuese posible arrebataríamos los corazones de todos para colocarles dentro del vuestro para que los inflaméis.
   Por mi parte, Jesús mío, y me atrevo a decíroslo en nombre de todas estas almas que están aquí presentes si para ganaros un corazón, un alma extraviada, fuera preciso sacrificar nuestro reposo, nuestra tranquilidad, nuestro bienestar, lo haríamos gustosos.
   Si para la salvación de todos los pecadores es preciso nuestra salud, el sacrificio de nuestra vida, aquí la tenéis, levantad el cuchillo y matad. Ay, y cuán felices seríamos en acompañaros.
   Aún me atrevo a deciros más; si para salvar a todos los pecadores, si para la salvación de los que desgraciadamente se han condenado, nos pusierais por condición el tener que destruir nuestra existencia, el tener que reducir a la nada nuestra alma, ay, cosa amarga sería, Jesús mío, tener que perder la esperanza de veros por una eternidad, pero sin embargo si no hubiera otro remedio, si ésta fuese la única condición, oh, quizás aún la abrazaríamos gustosos. Contentos estaríamos en el olvido de la nada con tal fueseis amado de tantos corazones.
   ¿Qué queréis ya más, Jesús mío? ¿Qué otra cosa podemos hacer para apagar vuestros ardores y deseos? Sí, H. M., ya se contenta el Señor con estos buenos y santos deseos.
   Pero, ah, que en medio de estos deseos una sonrisa de represión parece que sale de los labios de Jesús.
   Jesús parece si desea hacer lo más para mitigar sus dolores, ¿cómo es que no haces lo menos?
   Si deseas morir, desearías sacrificar tu vida, ¿por qué no sacrificas tu corazón a todos los deseos?
   Si desearías sacrificar tu cuerpo con J. C., ¿por qué no le sujetas a la mortificación en cuanto es permitido?
   Si deseas que todo el mundo me amase, ¿cómo te fatigas en honrarme con oraciones y sacrificio?
   Jesús mío, es verdad; desde ahora queremos vivir con Vos en nuestro corazón y en nuestro cuerpo.
   Desde hoy no quiero comer ni beber sino como el Apóstol S. Pablo a honra y gloria tuya.
   No me cansaré en

Escritos I, vol. 1.º, doc. 73, pág. 1-2






   Utilidad de la meditación de la Pasión de Jesús

   Sacada principalmente de Xroust

   Obligado aunque dulcemente, a dirigiros la palabra en estas tardes y encontrándonos con el primer día del tiempo en que la Iglesia nos excita de un modo particular a que entremos en el secreto de las amarguras del Corazón de Jesús, creo que lo más oportuno para entretener vuestra atención, por demás ya cansada
   Lo más propio digo será hablaros de la conveniencia, más bien de la necesidad de dedicaros con ahínco y con constancia a la meditación de la pasión de Jesús, puesto que es el libro de todos y para todos.
   Como habréis notado suelen ponerse para meditación de la vía iluminativa los misterios de la pasión y sin embargo es cierto y yo vengo a manifestaros que cualquiera que sea el grado de vuestra virtud, las disposiciones del alma respecto al amor de Dios, la pasión debe ser nuestro alimento y el medio más eficaz para llorar nuestras ingratitudes y purificar el corazón para enseñarnos y alumbrar nuestra alma en el camino del bien y para descansar en él como el centro de nuestro descanso.
   He dicho, pues, que los padecimientos de Jesús sirven grandemente para excitar en nosotros sentimientos de temor, de arrepentimiento, de odio de nosotros mismos.
   ¿Quién es el que al sondear un poco ese piélago inmenso no ve en él como por instinto la gravedad del pecado, la severa justicia del brazo de un Dios levantado contra el alma infiel, la necesidad de penitencia y satisfacción continuas? ¿Qué cosas son éstas bastante eficaces para apartar nuestro corazón del camino de la tibieza y movernos a un sincero movimiento corrigiendo nuestros continuos defectos, los que tal vez no son bastantes a arrancar los golpes, los remordimientos que el Señor nos envía?
   Aglomerad por un momento todos los tormentos que pesan sobre el alma de Jesús y rodean su cuerpo: los amargos suspiros de tristeza al levantarse de la última cena, el tedio y la ansiedad en el huerto, su agonía mortal, el quebranto de su corazón, la amargura de aquel cáliz; escuchad el clamoreo horrible e insultante de la soldadesca - los desprecios de los judíos, las blasfemias de los fariseos, su corona de agudísimas espinas; mirad en fin esta humilde víctima, el Rey de las naciones inclinando su cabeza, espirando en una cruz...
   ¿Cuál es la causa? ¿Por qué todo esto? Attritus est propter scelera nostra. Todo esto por los pecados, pero por los pecados nuestros.
   ¿Pues qué monstruo será éste tan horrible que se atreve, que tiene que luchar con el mismo Hijo de Dios, que a pesar de su poder le cause en esta lucha tan horribles tormentos y dolores, y llega hasta producirle la muerte y una muerte tan afrentosa?
   ¿Cuál debe ser esta mancha que es necesario tan gran raudal de sangre para lavarla? ¿Qué tiene que ver las penas del infierno? Cuán grave debe ser esta herida que tiene que curarse con el precio de un Redentor. Y esta herida y este móstruo he abrigado yo en mi corazón tal vez, esta mancha ha empañado más de una vez mi alma.
   No es verdad que esta idea de los padecimientos de Jesús considerada atentamente es un propósito para producir en nosotros la confusión y el arrepentimiento más aún que otras ideas de la vía purgativa porque aunque los tormentos del infierno nos demuestran bastantemente.
   Son nada si los comparamos con la idea de la gravedad del pecado por los tormentos de Jesús aquellos aunque eternos son finitos pero sus tormentos podemos llamarlos son en realidad finitos por la gravedad infinita del objeto que se ve obligado a soportarlos.
   ¿Y quién es el que exige del mismo Hijo de Dios estas penas tan atroces y al mismo tiempo inmerecidas?
   Y bien, H. M., ¿qué ideas deben producir en nosotros esta consideración de los tormentos de Jesús? El mismo Salvador nos lo dice cuando al salir de Jerusalén nolite flere.
   Si Dios a su Hijo que no cometió pecado, que sólo tenía la figura...
   El Apóstol nos dice: Adimpleo
   No es verdad, A. A. H, que nada es tan eficaz para mover nuestro corazón.
   Nada hay más eficaz para desprendernos de las pequeñas pasiones que todavía se anidan en nuestra alma,
   El mismo Divino Salvador. Sicut Moisés etc. etc.
   Así también en nosotros la consideración de las amarguras de Jesús es como bálsamo que descendiendo hasta el fondo del corazón y derramándose por las potencias del alma y aún de nuestro cuerpo va cicatrizando las heridas que nos dejaron nuestros pecados y al que nos arrastran nuestras malas inclinaciones y que nos produce además los dardos envenenados del enemigo.
   He aquí pues, H. M., que aunque seamos bisoños en el camino de la virtud, aunque no seamos ciervos para caminar a los montes excelsos, montes excelsi [?] aunque seamos como erizos, podemos muy bien refugiarnos en este pie [?] del Señor para
   Pero si el ejercicio de la meditación de la pasión del Jesús es muy a propósito para los que todavía andan andamos en los trabajos del primer camino o más bien es el gran medio que nos conduce como por la mano a la vía segunda, esto es a los que como vosotros andáis con paso fácil por el camino y ejercicios de las virtudes.
   Christus passus est... ut secuamini vestigia
   Grandes ejemplos nos dejó en sus palabras para seguir el camino de la virtud, etc.
   Pero principalmente era su ejemplo en los días amarguísimos de su pasión.
   Quién al reflexionar sobre todos su actos, en sus palabras dulces y amargas no ve un dechado de todas las virtudes, etc.
   Su piedad - Su obediencia - factus obediens etc. - a pesar de las repugnancias etc, su corazón experimentó para beber el cáliz que se le tiene preparado, no rehúsa ni una de las circunstancias con las que debe beberlo, y da cumplimiento a todo cuanto en la ley estaba escrito: ut adimpleretur etc., y en el lugar y forma que está prescrito y ordenado aunque haya de soportar las amarguras más horribles y las humillaciones más fuertes.
   Y no sólo se sujeta a esta voluntad del Padre practicando la obediencia en lo que El le manda sino sujetándose a todo aquello que tiene visos de superioridad. Mirad en casa de... Mirad...
   Oh. Cómo es posible que al recorrer estos actos no grabáramos en nuestra alma el espíritu dulce de sencilla sumisión que tan agradable es al Corazón obediente de Jesús.
   ¿Será preciso buscar un modelo para afianzarnos en el amor para con ellos que nos son menos simpáticos y hasta desagradecidos? Ay, mirad aquel rasgo hermoso del huerto cuando se le acerca aquel discípulo ingrato. Para no sonrojarle le dice: Amice. Y para mover aún su corazón y darle lugar a que se reconozca: Juda, osculo filium etc.
   No mirando en él sino instrumento de la voluntad del Padre y un objeto al que debe procurar por su parte no darle lugar a ningún resentimiento y hasta atraerle si es posible otra vez.
   Pater dimitte illis etc. Qué modelo, H. M., para seguir el camino de la virtud del sufrimiento respecto de los defectos de nuestros semejantes.
   Mirad otros rasgos de virtud más subida. Ved su mansedumbre admirable y prudente silencio; aquella cara divina en la cual desean mirar los Ángeles, aquellas mejillas divinas que adornan los cielos sufre una terrible bofetada y de parte del más villano de los hombres, de un vil adulador, y a su golpe se estremecen las paredes del aposento. La sangre, H. M., se nos hubiera aglomerado a borbotones al corazón si los hubiéramos presenciado, y un arrebato nos lanzara a castigar a aquel criminal y Jesús permanece inmutable. Si male locutus sum... Y a pesar de la lucha en que se encuentra Pilatos entre su inocencia y los deseos del populacho, Jesús hubiera podido aprovecharse de estas circunstancias para hacer ver las calumnias de sus adversarios, y cuando estas calumnias aumentan y se multiplican las acusaciones y los improperios entonces más que nunca Jesús autem tacebat - Jesús callaba y ante Herodes que no representa