MOSEN SOL por Juan de Andrés
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MOSEN SOL

por Juan de Andres

Salamanca
1970







TERCERA EDICIÓN

Este libro ha sido publicado con el permiso de Lope Rubio Parrado, director general de la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos, a la que pertenece el autor, y con la oportuna licencia canónica de Amado Frutaz, subsecretario de la Congregación para las causas de los santos. Roma, 20 de noviembre de 1969. Ediciones Sígueme, S.A., 1980. Es propiedad. ISBN: 84–301–0803–3. Depósito legal: S. 243–1980.–Imprenta «Calatrava». Libreros, 9. Salamanca.




Presentación



Responder afirmativamente a la invitación de presentar la tercera edición de Un hombre que supo darse es, además de sugestivo, motivo de un gozo profundo.
   Porque el autor, conocedor, pero, sobre todo, familiarizado con el personaje, tiene la habilidad de dejarnos caminar en su compañía, saboreando sus frases, compartiendo su amistad generosa, sintiéndonos acogidos sin atosigamiento, enriqueciéndonos con la cercanía de un corazón con el «que habría para cien».
   Nuestro gozo de lectores, se completa y plenifica al comprobar la actualidad de su pensamiento y la validez de sus respuestas.
   «El problema de las vocaciones está en el centro de la más viva preocupación y solicitud de la pastoral eclesial', nos repite casi a diario Juan Pablo II. Y Manuel Domingo y Sol escribía que «la obra del fomento de las vocaciones es un objeto nuestro, el principal, al que nos dedicamos con afecto y con gusto y con celo».
   Persona amable y generosa, trabajador infatigable desde largos silencios de oración. «Algunos, nos recuerda el Papa, dedican tanta atención al trabajo del Señor, que se olvidan del Señor de su trabajo». El protagonista de esta obra les repetía con mucha frecuencia a los suyos: «La mayor parte de los que oran no trabajan bastante, y los que trabajan no oran tampoco como deberían. Hoy como ayer, no basta pelear en el llano, es preciso que en la montaña de la oración y del sacrificio haya manos levantadas».
   En momentos de zozobra y de búsqueda, nos recuerda que «el desaliento es una tentación. No podemos comprender la duda, la vacilación y, menos, la cobardía».
   Sabe que hay que invertir para el futuro y se dirige a los jóvenes: «Aquél que pueda apoderarse de los jóvenes... hará de ellos cuanto quiera».
   Pero no pierde nunca el realismo: «El apostolado con los jóvenes tiene sus amarguras y requiere una longanimidad y tolerancia sumas. También es cierto que, entre los apostolados, es el más ventajoso y trascendental».
   Coloca al sacerdocio en el centro de toda obra evangelizadora y, por ello, quiere que se dedique atención y cuidado a su formación: «Todo el bien de la iglesia y de las almas, y de la sociedad y del mundo depende de la formación del clero». Y cuando el habla de formación no olvida ninguna de sus dimensiones. Formación humana, preparación científica, sensibilidad religiosa. A todo dará respuesta con sus empresas. Y valora el ministerio sacerdotal en tal manera que ya en sus primeros años de sacerdote llega a escribir que se propone «no rebajarlo nunca en nada».
   No hay fuerza humana capaz de acobardarlo. Ni humillación o desprecio que lo pueda hundir en el desánimo: «Mi corazón no cambia aun en las amarguras y resentimientos».
   Ni el pasar del tiempo y los acontecimientos son bastante fuertes para surcar arrugas en su espíritu: «No se me haga usted viejo, que cuando nos hacemos viejos, nos entran apegos a nosotros mismos, que nos exponen a infidelidad con la gracia, y ponemos en peligro los designios de Dios».
   Merece la pena seguir día a día, la aventura de este hombre, sacerdote cabal, disponible siempre, encajador de urgencias, generador de respuestas... Humilde y genial oteador de los signos de su tiempo, sus intuiciones y programas siguen estando vigentes. Su pensamiento y sus obras son un reto que sigue golpeando a cuantos caen en la tentación de ponerse en contacto con su fascinante personalidad.

LOPE RUBIO

Tortosa, 25 de enero 1980. Setenta y un aniversario del fallecimiento en esta ciudad del Venerable Manuel Domingo y Sol.



1



«Si la raíz es santa, también lo son las ramas» (Rom 11, 16)
   


   Amaneció el mes de abril, cuando rompe la primavera.
   Año de gracia 1836. A las tres de la mañana del día 1 de abril se encendió una nueva esperanza. Así lo cantaría el poeta: «Cada niño que viene al mundo nos dice: Dios aún espera del hombre».
   Y esta vez las esperanzas no quedarían frustradas.
   En la calle del Angel, número 18, en Tortosa, madrugó para nacer Manuel Domingo y Sol. Era viernes santo. Se abrió a la luz cuando el «sol» caía en el monte...
   Jamás se borrará de sus ojos la estampa del Calvario: «¿Cómo pueden los corazones cristianos ser insensibles a los padecimientos de Jesucristo? Vivamos con él en estado humilde y suplicante».
   El 1 de abril será fecha de júbilo en los anales de Manuel Domingo y Sol, día de sorpresas y esperanzas. El 1 de abril de 1892 inauguró en Roma el Colegio Español de san José. El 1 de abril de 1898 aceptó el primer seminario en América. El 1 de abril de 1901 comenzaron las obras del Templo de Reparación en Tortosa.
   Regalos de cumpleaños que le iba haciendo el Señor.

Le pondrán por nombre Manuel

El nombre, en la Biblia, tiene sentido muy hondo: equivale al ser. Dios pone nombre, cuando impone un destino. Como a Abrahán, como a Pedro, como a todos los elegidos al ingresar en la patria definitiva.
   Manuel quiere decir «Dios con nosotros». Nombre de profecía, con sabor de lo alto: «La Virgen dará a luz un hijo, y le pondrá por nombre 'Emmanuel', que significa Dios con nosotros' (Mt 1, 23; Is 7, 14). Don Manuel llenó cumplidamente su nombre. Su paso por el mundo fue auténtico testimonio pascual, es decir, fue «paso del Señor».
   Manuel quiere decir «Dios con nosotros», y él logró en plenitud transparentar a Cristo en su vida. Consiguió lo que siempre recomendaba: «Nuestra presencia ha de ser en todos los lugares motivo de santa alegría y edificación para las almas buenas». Realizó sencillamente el prototipo que anhelaba para los suyos: «Debernos desear que todos y cada uno de los nuestros sean un modelo acabado de sacerdote santo y de tipo agradable».

Tenéis que nacer de lo alto

También madrugaron sus padres para hacerlo hijo de Dios. El 2 de abril de 1836 –sábado santo– surgió de las aguas recientes de óleo, injertado en la muerte y resurrección de Cristo, para vivir una vida nueva.
   Reza así su partida de bautismo: «En la catedral de Tortosa, hoy 2 de abril de 1836, fue bautizado solemnemente... Manuel, nacido a las tres de la mañana del día antes, hijo legítimo de Francisco Domingo y Josefa Sol».
   Don Manuel, meticuloso en fechas, que archiva con gozo en su memoria, recuerda en varias cartas: «Aniversario de mi bautismo. Dale gracias a Jesús sacramentado, ya que su corazón en este día infundió por vez primera la gracia en mi alma».
   Le gusta vivir en gratitud continua, porque todo lo ha recibido, porque todo es gracia de Dios: «Todo lo ha de hacer el corazón de Jesús, y él me lo hace todo, y más de lo que le pido».

Tierra buena y generosa

Escribe Pablo a Timoteo una palabra íntima, candente, cordial: «Si alguno no mira por los suyos y especialmente por los de su casa, ha renegado de la fe y es peor que un infiel» (1 Tim 5, 8).
   La familia es la tierra donde Dios siembra al hombre. ¡Maldito quien olvida el surco donde nació!
   A Manuel Domingo y Sol le cupo en suerte una familia buena, de auténtica solera cristiana, «tierra buena y generosa» del pueblo de Dios.
   Tierra buena y generosa, con abundancia de hijos: también por la «generosa fecundidad» manifiesta la familia a todo el mundo la presencia viva del Salvador. Escribe don Manuel, a la muerte de su hermano mayor: «Mi último hermano, José, que era el mayor de los doce, falleció a las tres y media de la madrugada del día de san José, 1894; y había nacido en dicho día del año 18, y bautizado por el venerable obispo señor Ros de Medrano».
   Tierra buena y generosa por la raigambre de su virtud.

Código familiar

Sólo conservamos una carta de su familia, fechada en 9 de mayo de 1863. Su padre –maestro tonelero– había fallecido el 10 de mayo de 1861, a las seis de la tarde. Don Manuel, a la sazón, sigue el curso de doctorado en teología en el seminario central de Valencia.
   En nombre de todos, le escribe su hermano Francisco, y es la carta síntesis espontánea del ambiente familiar. «El hombre que no falta a su deber y cumple con sus obligaciones, cada cual las de su estado, siempre está apreciado de todo el mundo, y Dios le tiene una senderita reservada para guiarlo en todas sus tareas y necesidades».
   Sabiduría popular, plasmada en sencillez deliciosa.
   Manuel Domingo y Sol salió a este molde. Le preocupa el deber como algo santo, ineludible. Podrá hacer una confesión que basta para retratar a un hombre: «Os digo, en verdad, que, desde tercero de filosofía, 17 años de edad, no sé lo que es sobrar el tiempo, no sé lo que es no tener nada que hacer».
   Lo aprendió en su casa, «la primera escuela de virtudes», según el Vaticano II; lo heredó en la parcela donde lo sembrara Dios.

Patrimonio familiar

Como heredó tantos rasgos de su espíritu, que entroncan directamente con la calle del Angel. La educación familiar, lo mismo que es insustituible, tampoco se borra, porque marca con impronta peculiar.
   Entre las devociones características de don Manuel resalta la del santo Angel; plaga su vida en aleteo incesante; la propagó con fervor entusiasta. «La devoción al santo ángel es de lo más consolador». Al santo ángel encomienda la iglesia y la patria, las cartas comprometidas, los asuntos más delicados. «Al ir a Toledo, recurriré al ángel de la guarda del cardenal Sancha». Cuando la fundación del Colegio Español de Roma batía el record de tribulaciones, escribe don Manuel: «Hay que andar en inteligencia con los ángeles custodios de León XIII y de monseñor Merry del Val».
   Dialogaba con los ángeles fraternalmente, con ternura y confianza: «Gracias a Dios por la lluvia. Ya habíamos empezado una novena al santo ángel de España».

El Tabor de España

Sintió inclinación especial y apasionada por el Cerro de los Angeles, y murió con el deseo de levantar un monumento en la cumbre al santo ángel de España. Son numerosas las cartas en que habla de estos planes y proyectos.
   Allá subió un día –de paso por Madrid– para reconocer el terreno y echar líneas y planes. Se lo cuenta en carta deliciosa a un operario, el 17 de mayo de 1902. «Getafe. Pues deseaba ver el Cerro de los Angeles, y fui con Albiol, Girona e Iñigo. Santillana dijo que no distaba más que un paseíto la ermita, y... 'ta seguro'... está 50 minutos la subida. En cambio me gustó mucho... y se enardecieron mis deseos de levantar un monumento al santo ángel de España. Subimos al pilar que señala el centro de España, o 'de la mitad de medio mundo', como decía el sacristán de la ermita».
   Herencia de su hogar.
   Termina así la carta de su hermano Francisco: «En fin, lo que deseamos de corazón por momentos es el estar todos juntos en nuestra casa, frente a la capilla del santo ángel, al que tanta devoción tenemos».

A ti se encomienda el pobre

Es uno de los rasgos más característicos e impresionantes en la vida de don Manuel, que decía: «La pobreza merece siempre todos los respetos y atenciones».
   Escribe el 18 de septiembre de 1890: «En el colegio de san José se reparten todos los días 400 raciones a los pobres, y vienen allí toda la miseria de Tortosa».
   Los pobres son sus predilectos; se le va el corazón tras ellos, y les entrega cuanto tiene. Pero, sobre todo, da cariño sincero, hace limosna sin humillar, como quien recibe un favor. Podía aconsejar lo que cumplía: «Hay que ejercitar la caridad con garbo y muy de corazón».
   Iba una tarde, en Roma, camino de la iglesia de san Claudio. Junto al pórtico del templo hay una viejecita, con su nieta –breve rebuño de harapos– vendiendo castañas asadas. El frío las tiene ateridas. Don Manuel, que no aparta los ojos de los pobres porque en ellos ve el rostro de Dios, dice al operario que le acompaña: «Anda, cómpraselo todo. ¡Pobrecitas! ».
   En Tortosa y en Roma y en Burgos –doquiera vivió algún tiempo don Manuel– los pobres lo conocen y lo persiguen: «A los otros, no; pide al que va en medio; ése sí que da».
   Las nóminas de vicario y los estipendios de misa no cruzaban el atrio de santa Clara: «Aunque vicario de santa Clara, la pobre dotación que recibo, casi toda tengo que emplearla allí. Mi familia me alimenta y me viste».

El siempre me daba

El día de su muerte llegaron muchos pobres a rezar junto a su féretro. Aquella viejecita –asidua de limosnas en el colegio de san José– ha llorado en silencio porque las manos de don Manuel estaban frías...
   Y, cuando en los tránsitos del colegio, pidió limosna a un operario –distraído en orfandad y luto–, radiografió al que siempre amaba a los pobres: «El siempre me daba ... ».
   María, su hermana, cuando don Manuel es ecónomo de Santiago y profesor del instituto, no tiene seguro en casa ni el puchero de cada día, que deleitaba a muchos pordioseros.
   María, su hermana, con la costumbre, ha ido aprendiendo a poner buena cara, cuando don Manuel ha obsequiado sus ropas nuevas a sacerdotes pobres. Vive lo que enseña. «Debemos practicar la caridad cuantas veces sea conveniente y, una vez convencidos de la necesidad, socorrerla, aunque para ello tengamos que vender la camisa».
   María, su hermana, le suele decir en reproche cariñoso: «Tienes a quien parecerte ... ». Porque...

Doña Josefa Sol

Vale para moldear santos. Se ha entendido perfectamente con Dios, y él le ha contagiado su estilo.
   Doña Josefa Sol enseña a rezar a sus hijos. Lleva a Manuel con mucha frecuencia al templo –«sobre cincuenta años hace que, conducido por una mano cariñosa, venía yo a este templo»–, y es auténtica educadora de su fe. Dice el Vaticano II que «en la familia cristiana, importa que los hijos aprendan desde los primeros años a conocer y adorar a Dios y a amar al prójimo, según la fe recibida en el bautismo».
   La madre de don Manuel caló en la entraña del cristianismo, y supo amar con obras y de verdad. Amaba mucho, y amaba a todos; sólo tuvo una preferencia descarada: los pobres.
   Este aspecto de su vida lo pusieron de relieve las críticas enclenques que reprendían sus «excesos de caridad». Pero doña Josefa, aludiendo a las dos puertas de su casa, respondía: «Las limosnas salen por una puerta y entran por la otra».
   Sabía más aún la madre de don Manuel. Sabía hacer limosna sin que la mano izquierda se enterara de lo que hacía la derecha. Quería ser dichosa porque no podían recompensarla. Varias familias pobres podían retirar de alguna tienda tortosina, a cuenta de doña Josefa, lo que necesitaran. Sólo había exigido una condición: que jamás supieran quién abonaba los gastos.
   Don Manuel heredó el estilo de su madre. «No hemos de trabajar por las gratitudes». Y aconsejará a sus operarios: «Debemos tener presente que vamos a dar más que a recibir».

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«Subió a un monte y llamó a los que él quiso» (Mc 3, 13)
   


   A mediados del siglo XIX, el colegio de san Matías, en Tortosa, era el centro de estudios más popular y acreditado. Allí aprendían latín y castellano los muchachos de la ciudad, bajo la férula de don José Sena, que era una «institución».
   Don José Sena hacía honor al dómine que describen nuestros clásicos en páginas magistrales. Las declinaciones latinas florecían en una vara de roble, casi tan milagrosa como la de Moisés, porque arrancaba raudales... de lágrimas. Los pretéritos y supinos requerían «mucha leña» para llegar a sazón.
   Manuel Domingo y Sol también aprendió latín y castellano «en regla»; pero discretamente suavizada por doña Josefa, que amansaba el hambre del dómine y sus geniales iras con oportuna pedagogía de sustanciosos regalos. Don Manuel, cuando el dómine Sena quedó a la intemperie de lenguas vivas y muertas y jubiló su energía en vejez, agradecido a su maestro, encabezó una suscripción para remediar su pobreza.

Brilló en las tinieblas su luz

A los 15 años de edad, ingresó en el seminario para cursar la carrera eclesiástica. Tres años de filosofía, siete años de teología y uno de derecho, constituyeron el bagaje de sus estudios en Tortosa.
   No eran los estudios obsesión de aquellos días. Apena la situación de un seminario español siglo XIX. Dice el mismo don Manuel: «No es posible comprender cómo estaba la formación de los jóvenes en mi época, y algo anterior y bastante posteriormente, en estudios, en piedad, en disciplina y vigilancia y pruebas de vocación».
   La formación brillaba por su ausencia: «Una plática al año, y nada más». Ante la escasez de personal, los prelados «admitían lo que venía». Durante algún tiempo se impuso la denominada «carrera breve» –un barniz superficial de dogma y moral–, que oficialmente capacitaba para el sacerdocio.
   A don Manuel le dolió siempre el poco aprecio que veía por el trabajo intelectual. Más adelante, lamentando las facilidades de holganza que se concedían en cierto seminario, escribe así: «Aquí, después de un mes de vacaciones, han tenido ahora cinco días consecutivos. La ciencia aquí es infusa».
   En los otros aspectos, idéntica situación. Pasaba por muy piadoso el seminarista que comulgaba una vez al mes; lo corriente era comulgar tres o cuatro veces al año.
   De Manuel Domingo y Sol sabemos, por su libreta Communiones anni, que se acercaba a la eucaristía dos veces por semana. Cosas de doña Josefa, que era buena. Cosas de Dios, que quiso nutrir con el cuerpo de su Hijo al futuro gran apóstol de la eucaristía.
   Don Manuel, además de los estudios realizados en Tortosa, obtuvo la licenciatura en teología, el día 6 de mayo de 1863; y el doctorado, el 26 de febrero de 1867, ambos en Valencia. El día 24 de diciembre de 1866 consiguió el título de bachiller en artes por la universidad de Barcelona.

Un amigo fiel es un tesoro

Don Manuel encontró un amigo fiel y sincero en el lectoral de Tortosa, don Benito Sanz y Forés. Siendo profesor del seminario, don Benito distinguió con su predilección al seminarista Manuel Domingo y Sol. Y esta amistad no se rompió ni con la mitra de Oviedo, ni con el arzobispado de Valladolid, ni con la púrpura de Sevilla. El 9 de junio de 1893 decía el cardenal Sanz y Forés a monseñor Merry del Val y a monseñor Della Chiesa, futuro papa Benedicto XV: «Quiero mucho a la Hermandad. Es mi hija. Don Manuel fue mi discípulo y ha descansado siempre poniendo en mis manos todas sus cosas».
   Don Benito Sanz y Forés influyó poderosamente en el seminarista Domingo y Sol. Con él dio los primeros pasos en la catequesis que llegó a ser la ilusión apostólica de don Manuel. Don Benito predicó en la primera misa de don Manuel.
   Fue maestro auténtico y amigo cordial. «Está grave –escribe un día don Manuel– nuestro Sanz y Forés. Oren por él. ¿Qué es esto, Jesús mío?». El 29 de mayo de 1896 –a los siete meses de morir el cardenal– don Manuel llegó a Sevilla y celebró la misa sobre el sepulcro de su amigo. Como una espada de frío le atravesó el silencio que cercaba su recuerdo. «Ya no se piensa en él, y allí está olvidado en el rincón de una capilla. Así pasa la gloria de este mundo».
   Pero don Manuel jamás olvida a sus amigos. Año por año, después de muertos, la oración ilumina su recuerdo, y lo señala en sus cartas: Sanz y Forés, don Enrique de Ossó, don José María Caparrós.... todos grandes y todos buenos.
   A don Manuel le retratan aquellas palabras de la Biblia: «El amigo ama en todo tiempo, es un hermano nato para la adversidad» (Prov 17, 17).

Subiré al altar de Dios

24 años recién cumplidos, mucha ilusión en su vida, gran aplomo de espíritu, es el balance previo de Manuel Domingo y Sol ante su ordenación sacerdotal.
   Está practicando los ejercicios espirituales; mira al pasado y puede hablar así: «Pienso pedir órdenes para las próximas témporas. No sé si me hallo con fuerzas suficientes para ascender el último escalón del santuario; pero la pureza de intención es lo único que parece animarme a tan grande empresa».
   Es toda una garantía la pureza de intención; con ella Dios hace milagros.
   Ha mirado al pasado, y no ve estorbos en el camino. «Gracias a Jesús, no teníamos, aun antes de nuestra ordenación, ninguna mira humana, ni aun de esas que son lícitas en la carrera eclesiástica».
   Y mira al futuro con serenidad, con paz, con entrega definitiva. «Siendo tan alta, tan sublime, la dignidad del sacerdote, resuelvo no rebajarla nunca en nada».
   Un surtidor de propósitos claros, sencillos, brota del manantial limpio de su alma. «No trabajaré para que me estimen. Prontitud en los ministerios. Presencia de Dios. Pureza de intención para sacrificar con gusto la vida. Estudiar con constancia y con método». Y, en la raíz de todo, la pobreza que da libertad de espíritu y alegría de generosidad, «Conociendo lo desprendido que debe estar el sacerdote de todas las cosas, y lo feo que resulta el ser interesado, además de no tener apego a nada, procuraré, con anuencia de mi director, en las festividades principales, quedarme sin nada».
   Sólo Dios basta.
   Así marca la ruta de su futuro próximo sacerdocio.

Tú eres sacerdote para siempre

2 de junio de 1860.
   La iglesia del Jesús –extramuros de Tortosa– vive en expectativa pentecostal. Los ordenandos, llamados por sus nombres –la voz es humana, pero quien llama es Dios, porque «nadie se arroga este honor sino quien es llamado por Dios como Aarón (Heb 5, 44)–, se acercan al pontífice anhelantes, abiertos en humildad al misterio.
   El obispo impone las manos a los elegidos, y el Espíritu santo sella para siempre a los nuevos sacerdotes.
   Manuel Domingo y Sol, sacerdote de Jesucristo para servicio de los hombres. «Dios, que es el solo santo y santificador, quiso tomar a los hombres como colaboradores y humildes servidores de esta obra de santificación», dirá el Vaticano II. Es una idea que entusiasma a don Manuel: «Gratitud, pues, al Señor por habernos ensalzado hasta el extremo de que trabajemos juntamente con él para aumentar su gloria».
   Ser íntimo de Cristo: «Ya no os llamo siervos... sino amigos»; ser colaborador de Cristo: «proseguir en el tiempo su obra admirable»; será la raíz perenne de su gozo: «¿Para qué pienso vivir sino para trabajar por la gloria de Dios?».

Los pobres son evangelizados

El 9 de junio celebró su primera misa solemne, en la iglesia de san Blas, muy vecina a su casa.
   Temblaron sus manos al izar, como una bandera, al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.
   Don Benito dijo las maravillas que Dios hace en los hombres y por medio de los hombres.
   Don Manuel, fiel a sus propósitos, radiante porque Dios era su herencia para siempre, ese día se quedó sin nada: dio todo a los pobres. Era su primera gran fiesta como sacerdote.
   Quería seguir a Cristo sin lastre que restara agilidad a su paso. «Vende cuanto tienes, dáselo a los pobres... y ven, sígueme», dice el Señor.

Mosén Sol

Así vamos a llamarle muchas veces; así le llamaron quienes le trataban con cariño.
   Mosén llaman en Cataluña al sacerdote. Es un título muy bonito, mezcla de respeto y cariño. Sabe a pan reciente, casero, sin alquimias.
   Don Manuel acaparó el título porque era todo lo bueno que se puede ser. Es un nombre hermoso, hecho ,de luz y ternura, con resplandor de hogar. Suena a chisporroteo de chimenea antigua, cuando el fuego era el 'centro de la casa, como un ardiente corazón.
   Desde que ha sido ordenado sacerdote, don Manuel merece que lo llamemos mosén Sol.
   

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«Nosotros debemos atender a la oración y al ministerio de la palabra» (Hech 6, 4)
   


   Mosén Sol siguió cursando un año de derecho en el seminario después de su ordenación. Se dedicó con redoblado interés a la catequesis. Recorrió la diócesis como misionero llevando a los pueblos la palabra de Dios.
   El 7 de marzo de 1862 tomó posesión del primer destino oficial como regente de La Aldea. La Aldea era un lugar de breve recinto, a 13 kilómetros de Tortosa. Servir a La Aldea, según datos curiales, suponía méritos para el ascenso.
   Hoy La Aldea ha progresado mucho. Ya no es aquel pequeño lugar donde vivió mosén Sol.
   Sólo seis meses regentó esta parroquia don Manuel, pero su celo apostólico dejó huella indeleble.
   Lo mejor de La Aldea es la Virgen, que atiende a los tortosinos en sus plegarias contra la epidemia y la sequía. Lo más anacrónico que encontró mosén Sol fue un sacristán, chabacano y burlón, que ahuyentaba la devoción de los feligreses.
   Mosén Sol se entregó de lleno a la tarea pastoral. «El buen pastor –dice Jesús– va delante de las ovejas, y las ovejas le siguen porque conocen su voz». Don Manuel fue delante con garbo y sin cansancio. «No descansaba ni dormía», dice recordando aquellos meses de regencia. Visitó a todos sus feligreses, los buscó en sus quehaceres para encontrarse con los más indiferentes. Oró largamente por su pueblo.
   «Rogad a la Virgen de La Aldea –encargaba a quienes más adelante iban en romería– por el que tantas lágrimas vertió ante su presencia en la soledad de aquella iglesia».

Tengo otras ovejas

Y buscó a la oveja perdida, a estilo del buen pastor. Ya dijo el primer día en su presentación: «Siempre estaré dispuesto a recibiros y escucharos con toda la caridad que el Señor me inspire, de día y de noche».
   Y lo cumplió. Muy dé madrugada, antes de que amanecieran las burlas del sacristán, citaba en el templo a los pusilánimes, carcomidos de respeto humano. A los más alejados, que presumían de malos y sólo eran ignorantes, trataba de conquistarlos para Dios por todos los medios posibles. «Lo hago por usted –escribe en algunas notas–; y antes de acostarme y al levantarme por la mañana, voy a pedir a la Virgen de La Aldea la bendición para usted, para que le dé salud y gracia para hacer una buena confesión en esta cuaresma, para que ya que vivimos tan separados en la tierra, podamos al menos hallarnos juntos en el cielo».

Creciendo en el conocimiento de Dios

Desde La Aldea, fue enviado mosén Sol a Valencia para seguir los cursos de licenciatura y doctorado en teología. Don Benito Villamitjana, obispo de Tortosa, a los pocos meses de tomar posesión de su diócesis, quiso preparar al joven sacerdote para una cátedra del instituto y dedicarle al apostolado de la juventud. Mosén Sol vivió en Valencia desde octubre de 1862, hasta junio de 1863, y posteriormente en el año 1866.
   Se hospedó en casa de la señora Agustina Ragé. La bondad de don Manuel cautivó fácilmente a cuantos le trataron. La señora Agustina cobr6 tanto afecto a mosén Sol que, a la hora de la muerte, clamaba por tenerlo a su lado. «Vine de Barcelona el 29 de noviembre, 1896, a Valencia, sin entrar en Tortosa, por estar gravemente enferma la señora Agustina, que me tuvo de huésped cuando estudié en Valencia, y me estaba pidiendo. El 2 de diciembre, por la noche, a las 11, la envié al cielo».

Que se llene mi casa

Obtenida la licenciatura en teología, el señor Villamitjana nombró a don Manuel ecónomo de la parroquia de Santiago, en Tortosa, donde desplegó un celo admirable. Le urgía el mandato de Jesús: «Sal a los caminos y a los cercados, y obliga a entrar, para que se llene mi casa».
   Reza así el testimonio de una de sus feligresas: «Mi casa pertenecía a la parroquia de Santiago, adonde yo iba a misa con mi madre. La iglesia estaba siempre vacía, y no había frecuencia de sacramentos. El cura era muy viejecito y el vicario estaba siempre enfermo... Mosén Sol, en pocos meses, lo reformó todo».
   Llevó la catequesis con asiduo interés; atendió el confesionario con perseverancia; conquistó a la juventud. La parroquia de Santiago se renovó.

Vicario de Santa Clara

Las noches de Tortosa ya no pueden prolongar su calma perezosa; tienen que acostumbrarse a la linterna de gas que alumbra los pasos de mosén Sol.
   El 10 de marzo de 1868 fue nombrado vicario de Santa Clara, y madruga más que el alba, para llegar a la iglesia del convento, donde no se cansa de rezar, de estar con Jesús.
   Don Manuel es un trabajador empedernido. «Pídale al Señor que me dé días de 48 horas y que me libre de la miseria de dormir».
   Atiende a la juventud católica; atiende al confesionario en la Purísima, en san Juan, en san Blas; promueve vocaciones a todo nivel.
   Sanz y Forés le escribe el 20 de mayo del 68: «Reverendo señor vicario de santa Clara, confesor de la Purísima, san Juan, etc., etc.: dispense usted si tardo en darle la enhorabuena. A ver si me santifica a su rebaño y se logra el fin propuesto. Va usted a adquirir gran fama. Lo mismo fue salir yo de ésa que hacer explosión las vocaciones comprimidas o en infusión, y poblarse los claustros, en cuanto a la tibieza de mis prisas y rabietas se sobrepusieron los ardientes rayos del 'Sol'».
   Don Manuel siempre está dispuesto para todo y para todos. «Las horas de sueño son las que más me duelen. Nunca puedo alcanzar el término de mis deseos».

Unido a la virtud omnipotente de Dios

«Os he destinado para que deis fruto, dice el Señor. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto, porque sin mí no podéis hacer nada». Don Manuel basa su vida apostólica en dos principios fundamentales: «Seamos todos auxiliares de Jesucristo». «El Señor no quiere hacer nada sin nosotros mismos».
   Logró obviar el activismo superficial, sin hondura de espíritu, y el quietismo estéril, inoperante. Denuncia el mal que carcome a muchos apóstoles: «La mayor parte de los que oran no trabajan bastante, y los que trabajan no oran tampoco como deberían».
   Supo armonizar ambos extremos en su vida, porque «son los dos deberes igualmente esenciales, inseparables». Comprendió que la misión del sacerdote, como la de los primeros apóstoles, debía abarcar esos dos puntos nucleares: «Nosotros debemos atender a la oración y al ministerio de la palabra».
   En medio de sus trabajos incesantes, pasa largos ratos de oración, en íntima amistad con Cristo eucaristía, «donde brilla –dice él– el incendio amoroso en que se abrasa el corazón de Jesús. Es la fragua donde se calienta el corazón y se enardece para sacrificarse por sus hermanos».
   Y, de rodillas, aprende el camino de la verdad, el camino de la eficacia. Está comprobado que los apóstoles auténticos, además de ser los que más trabajan, son los que encuentran más espacio para la oración. Dice mosén Sol: «Los santos, algunos de ellos ocupadísimos, tenían tiempo para encontrar seis, siete y ocho horas de oración».
   Dios quiere sacerdotes santos, y el pueblo de Dios necesita la santidad de sus sacerdotes. Era idea fija en mosén Sol: «Hoy que el sacerdote ha de hacer apóstoles a los seglares, no lo podrá intentar si él no es santo, no a medias, sino del todo». No se cansa de urgir esta necesidad vital: «Si no nos llaman santos, no debemos vivir tranquilos. Quien no desea ser santo, no llega a ser bueno. Si nos contentáramos con ser sólo sacerdotes buenos, dejaríamos de serlo, para pasar a ser sacerdotes tibios».

El camino mejor

Así llama Pablo a la caridad. Mosén Sol lo ha comprendido: «Nuestro progreso en la vida espiritual nace del amor, y el amor es, al mismo tiempo, causa y efecto».
   Un sacerdote amigo no se explicaba el progreso, hasta sensible, de las personas que dirigía don Manuel, y decía: «Yo las confesaba años y más años con la mejor voluntad, y no conseguía hacerlas salir de los moldes ordinarios. Iban a mosén Sol, le trataban sólo unas semanas, y volvían sabiendo de materias de oración, con muchos deseos de mortificación, ganosas de amar a Jesús, ser reparadoras, y comulgaban con mucha frecuencia».
   Era el contagio. Y además era el amor de Dios. «Es asombroso, dice mosén Sol, el efecto que produce el amor de Jesús en las almas. Basta iniciarlas en estas materias de amor y reparación, para que se obren cambios radicales, como si se les hubiera cambiado el entendimiento, la voluntad y el corazón».
   Don Manuel es un experto en conversión, en metanoia. Sólo el amor hace cambiar la vida' el rumbo, el corazón. «Esto sólo lo puede y sabe producir y explicar el amor».

Ora et labora

Orar y trabajar; eso es la vida de don Manuel, en intensidad perenne. Así lo hace y así lo recomienda: «Hoy como ayer, en los días de Moisés, no basta pelear varonilmente en el llano, es preciso que en la montaña de la oración y del sacrificio haya manos levantadas». . Cuenta siempre con Dios, sabiendo que Dios quiere contar siempre con él. «Por nosotros mismos nada podríamos, pero Dios cuenta con nuestra libre cooperaci6n para realizar sus grandes designios en la sociedad».
   Y a pesar de que «me atropellan los quehaceres; estoy atareadísimo otra vez, demasiado», a pesar de que «me parece que no hacemos nada, por lo mucho que hay que hacer», sabe armonizar, en singladura perfecta, trabajo y vida interior, porque está convencido de que «el sacerdote hoy no puede cumplir sin ser un apóstol; y para serlo, necesita ser santo».
   Por eso mismo le hería la indiferencia de una parte del clero, que pretendía cumplir sin esfuerzo apostólico: «El clero de España no está bien. No se trabaja. Son buenos, creen que con meterse en casa y en la iglesia, basta; y hoy no basta».
   El decreto de la declaración de sus virtudes heroicas recoge así el talante de mosén Sol: «No es fácil explicar el celo y la solicitud con que se entregó al bien espiritual del prójimo. Con una conciencia clara de las necesidades de su tiempo, se abrió generosamente a toda clase de apostolado, a fin de, haciéndose todo para todos, ganarlos a todos para Cristo. Esta caridad pastoral, que dimanaba de su íntimo amor a Jesucristo, sacerdote eterno, y al santísimo sacramento parecía inagotable».



4



«Os escribo, jóvenes, porque sois fuertes» (1 Jn 2, 14)
   


   El obispo Villamitjana quería dedicar a mosén Sol al apostolado de la juventud. Desde el 1 de octubre de 1863 don Manuel explicó religión y moral en el instituto de Tortosa. El rector de la universidad de Barcelona le adjudicó la cátedra oficialmente el día 5 de febrero de 1865, nombrándole, además, secretario de dicho centro.
   Mosén Sol se entregó de lleno a la formación de la juventud. «Mucho ha sido mi amor a la juventud, confiesa. Desde el día en que, recién ordenado, se me colocó en el instituto como profesor y secretario, he tenido interés por la juventud varonil».
   Allí comenzó su obra en favor de las juventudes y de allí arrancó su estilo de forjar apóstoles. «Uno de nuestros objetos preferentes es el bien de la juventud, obra tan grata al Señor». Repite con insistencia que la juventud es su ideal y, ya en las postrimerías de su vida, aseguraba: «La formación de la juventud, ¡ésa es la gran obra! Salvar a la juventud de Tortosa ha sido por muchos años mi sueño dorado. Creo que para realizarlo he puesto más trabajos y desvelos que para la misma Hermandad».

Predilectos de Jesús

En feliz coincidencia con los sentimientos de mosén Sol ha surgido una voz potente en la cátedra de Pedro, que habla a los jóvenes y de los jóvenes con acentos que recuerdan el corazón de don Manuel. El papa Juan Pablo II no cesa de recurrir a la coherencia, a la autenticidad y a la entrega generosa de las juventudes.
   «El papa tiene preferencia por los jóvenes, porque éstos tenían lugar de preferencia en el corazón de Cristo, que deseaba estar entre los niños y departir con los jóvenes», dice el papa.
   Para mosén Sol, «diríase que forman el distintivo, la fisonomía particular en el carácter amable de Jesús, la predilección, el afecto especial de su corazón para con la infancia y la juventud».
   Juan Pablo II insiste en que los jóvenes son «la «esperanza de la iglesia y de la sociedad; no sólo representan, sino que son el porvenir de la Iglesia». Sabe que «no faltan jóvenes generosos», y no cesa de repetir que «es un deber del pueblo cristiano pedir a Dios, por intercesión de la Virgen, que envíe obreros a su mies, haciendo oír a tantos jóvenes su voz que sensibilice su conciencia hacia los valores sobrenaturales y les haga comprender y evaluar, en toda su belleza, el don de la llamada».
   Don Manuel, en su intensa pastoral juvenil, no olvida ni al apóstol seglar, ni al posible sacerdote, porque «de las juventudes deben salir, por un lado, vocaciones eclesiásticas que pueblen los seminarios y, por otro, hombres prácticamente católicos y fervorosos que lleven la vida a las parroquias».
   Dice Juan Pablo II a este propósito: «Hay que reactivar una intensa acción pastoral que, partiendo de la vocación cristiana en general, de una pastoral juvenil
   entusiasta, dé a la iglesia los servidores que necesita. Las vocaciones laicales, tan indispensables, no pueden ser una compensación. Más aún ' una de las pruebas del compromiso del laico es la fecundidad en las vocaciones a la vida consagrada».
   Por algo don Manuel decía que, aunque «el apostolado con los jóvenes tiene sus amarguras y requiere una longanimidad y tolerancia sumas, también es cierto que, entre los apostolados, es el más ventajoso y trascendental».

Joven, yo te lo digo, ¡levántate'

La revolución de 1868 expulsó la religión de la enseñanza, y mosén Sol hubo de abandonar el instituto; pero los jóvenes no abandonaron a don Manuel. Nos lo cuenta él mismo: «España estaba bajo la presión de una atmósfera asfixiante de pasiones, y casi diríamos de impiedad, en aquel nuevo orden de cosas, después de la tempestad del 68. Se me acercaron entonces dos o tres jóvenes que habían sido mis discípulos en el instituto, pidiéndome una organización semejante a la que había iniciado la juventud católica de Madrid».
   Mosén Sol no titubea, porque el Espíritu no quiere rémoras ni dilaciones. Obtiene inmediatamente la aprobación del prelado y cuenta el mismo don Manuel: «Provoqué una reunión en una casa que servía de escuela de latín, porque el seminario estaba arrebatado por la revolución».
   La juventud respondió ilusionada, como siempre que encuentra un líder y un ideal. «No sólo se recibió muy bien la idea, sino con entusiasmo tal, que no se presentó dificultad que no se venciera».
   Lanzó a los jóvenes a la propaganda del bien con todos los medios a su alcance.
   Las reuniones de formación se celebraron en el domicilio de mosén Sol, hasta que resultó insuficiente, y consiguió para los jóvenes el edificio de la Merced. La Juventud secundaba, enardecida, las consignas de don Manuel. «El resultado fue asombroso... Baste decir que la atmósfera que reinaba cambió por completo».

Forjador de apóstoles

Mosén Sol escribió una día esta frase lapidaria: «El Señor no quiere hacer nada sin nosotros mismos». Y convenció a los jóvenes, estimulándoles al apostolado. Para don Manuel era axiomático lo que, mucho más tarde, nos ha enseñado el Vaticano II: «La vocación cristiana es, por su misma naturaleza, vocación también al «apostolado».
   Su afán era hacer apóstoles. Quiere que los jóvenes sean los primeros apóstoles de los jóvenes. Son gemelas las palabras de mosén Sol y las del concilio, cuando dice que «los jóvenes deben convertirse en los primeros e inmediatos apóstoles de los jóvenes, ejerciendo el apostolado personal entre sus propios compañeros, habida cuenta del medio social en que viven».
   Decía don Manuel: «Es preciso formar a jóvenes en los que pueda infundirse el amor al apostolado por la juventud... para interesarse por los jóvenes. Poco a poco se irá perfeccionando esa pequeña falange de colaboradores».
   Forma a los jóvenes para el apostolado en el apostolado. Y ha dictado unas normas sabias para el trabajo con la juventud, ya que «el apostolado con la juventud seglar es una vocación apostólica espinosa, pero de resultado de la máxima gloria de Dios. Para que las contradicciones del enemigo no engendren cansancio y fastidio y no hagan abandonar este campo, es preciso tener presente...».
   Y va señalando las grandes líneas que su intuición y su experiencia le dictan.

Nadie puede inhibirse

«Más que trabajar se ha de pedir a Jesús la gracia de hacer trabajar, que es el máximo trabajo».
   Don Manuel no es absorbente ni totalitario; quiere colaboración y urge responsabilidades. «Todos somos solidarios para el bien o mal de todos».
   Le gusta formar bien a los jóvenes; pero simultáneamente los anima, los empuja a proyectar su vida interior en actividades concretas, como necesidad imperiosa de todo apóstol. Su pedagogía estriba antes que nada en el amor, porque «en esto está el secreto de educarlos y hacerlos felices y buenos: en amarlos». Y, después, en proponerles metas claras y altas. Hace participar a todos, porque la empresa es común, y todos son, y deben sentirse, responsables.
   La juventud estudiantil, bajo los auspicios de mosén Sol, creó escuelas nocturnas para los jóvenes artesanos y obreros. En la asamblea de 1887 la juventud católica de Tortosa reunió 748 asambleístas. Se hizo eco la prensa: «La diócesis de Tortosa ha sido la primera en España que ha llevado a la práctica este gran pensamiento y esta obra predilecta de León XIII».

Escuela de líderes

«El trabajo por la juventud requiere indispensablemente un motor constante que no se pare, motor eficaz que continúe la obra en los pueblos, a pesar de la posible apatía de los directores». Don Manuel lo llamó «cuerpo de preferencia de la sección de colaboradores».
   Quiere «infundirles el amor al apostolado por la juventud», para que jamás amaine el entusiasmo, para que no ceda el dinamismo apostólico.
   Sabe cuánto se puede esperar de la juventud. Ha dicho el Vaticano II: «Los jóvenes ejercen en la sociedad actual una fuerza de extraordinaria importancia... Este aumento de la importancia de las generaciones jóvenes en la sociedad exige de ellos una correspondiente actividad apostólica, a la cual los dispone su misma índole natural».
   Clarividente y profundo, lo intuía mosén Sol. «Dos recursos verdaderamente inagotables –si los fecunda la oración– tenemos para salvar a la juventud y, por medio de ella, a la sociedad. Y el primero es la índole de la propia juventud... Aquél que pueda apoderarse de las almas de los jóvenes... hará de ellos cuanto quiera en favor del mismo bien».
   Don Manuel pretende forjar una pléyade de apóstoles con dinamismo entusiasta y convencido; auténtica levadura que haga fermentar toda la masa. Ya hemos visto cómo esperaba vocaciones sacerdotales de la juventud y vocaciones para el apostolado seglar en las parroquias.
   Los jóvenes le seguían enardecidos, porque don Manuel era sincero y auténtico y no admitía medias tintas. «No podemos comprender la duda, la vacilación, y, menos, la cobardía».

La congregación de san Luis

El año 1880 fue nombrado director de la congregación mariana y de san Luis, en Tortosa. Se gastó y se desgastó, en su vida y hasta en sus intereses materiales, con gozo, por la juventud.
   Escribe don Manuel: «Luego, más adelante, se me colocó al frente de la congregación, y resolví sacrificar mi quietud y hasta mis intereses por el bien de la juventud, no sólo la estudiantil, sino la artesana y labriega».
   Cuando mosén Sol resuelve, no se dispersa en teorías; llega a la realidad con paso firme. El 13 de noviembre de 1880 envía una circular a todas las congregaciones de España, proponiendo la creación de una revista –«incentivo que sostuviera la llama del entusiasmo juvenil»–, para vincular a los jóvenes de España.
   En diciembre de 1881 fundó El Congregante, la primera revista juvenil en España, que dirigió personalmente durante varios años y luego encomendó a los sacerdotes operarios don Andrés Serrano y don Joaquín García Girona. En 1897, absorbido totalmente por la Hermandad y sus fines más específicos de las vocaciones sacerdotales, tiene que sacrificar con dolor esta revista. «Me resiste matar El Congregante de un sablazo, aunque por hoy la obra no esté en disposición de cultivar este campo, hasta que venga quien encuentre la palanca que dé movimiento a esa juventud tan amada».

El gimnasio

Don Manuel pulsaba la disipación creciente que iba minando a las juventudes; pero no se quedó en lamentaciones estériles.
   «Más de una vez se ha dicho, y es verdad, que uno de los medios de que se ha valido en estos últimos tiempos el espíritu del mal para atraer a la juventud, ha sido abrir centros de recreación desconocidos de nuestros padres». Así escribe, y no duda. Hay que hacer las cosas pronto y bien. El 30 de noviembre de 1881 compró 2.700 metros cuadrados de terreno en el ensanche del Temple, para levantar un gimnasio o círculo de recreo para la juventud. Y se volcó en el proyecto.
   Los profesionales de la queja –Juan XXIII los definiría como «profetas de calamidades que siempre están anunciando infaustos sucesos»– miran con escepticismo el proyecto de mosén Sol, que reacciona con fe y con realidades. «Cuando todos convenimos en que ha llegado el momento de la actividad para lograr el triunfo del catolicismo.... no comprendemos la resignación de algunos, resueltos a no salir de su cómodo quietismo, apoyados en la ilusión de un porvenir feliz, sin poner siquiera su mano para conducir una piedra para el edificio que es indispensable levantar».
   Ante esa «apatía que domina en los hombres de orden», dice don Manuel: «Estoy muy solo en la empresa». Pero no le asustan ni la soledad ni el vacío. Suele decir que «el desaliento es una tentaci6n». Y a la tentación hay que vencerla con denuedo.
   Más aún: se crece ante las dificultades, ante el desafío de la acera contraria que erige, en Tortosa, el Ateneo Libre, «obra, dice mosén Sol, de masones avanzados». Pero añade: «Temo menos, a pesar de los 7.000 duros que tienen... La juventud católica se encuentra, con este motivo, más animosa».
   El 9 de julio de 1882 puso la primera piedra del gimnasio, después de muchos sinsabores, porque «el dueño de terrenos es un taimado y hace el esquivo, y no sé si podremos arreglarnos». El 26 de diciembre de 1884 pudo inaugurar el gimnasio: «Asistieron 300 personas entre congregantes, hombres y señoras». Más adelante pudo levantar la capilla, porque don Manuel quería forjar apóstoles en solidez cristiana.
   Estableció escuelas nocturnas y dominicales, basado en su principio de hacer trabajar: «practicar la enseñanza del congregante por el congregante mismo», decía,
   Llegó a reunir en el gimnasio más de 300 jóvenes estudiantes, artesanos y labriegos.
   En 1906, copado total y definitivamente por la Hermandad y los seminarios, tuvo que traspasar el gimnasio a los Hermanos de las Escuelas Cristianas, para que establecieran un colegio.
   Pero no renunció a su apostolado preferido; dejó para siempre en su obra el ideal de la juventud. «Uno de nuestros objetos preferentes, escribe, es el bien de la juventud, obra tan grata al Señor».



5



«Todo lo soporto por amor a los elegidos» (2 Tim 2, 10)
   


   En el corazón de don Manuel ha encontrado eco la palabra del Señor, y quisiera abrazar al mundo entero, como una gavilla, para dárselo al Señor. «Quisiéramos trabajar, a ser posible, en todas las diócesis del mundo».
   Tiene vocación de llegar a todos, porque, como escribía impresionado un sacerdote, al conocerlo, «don Manuel tiene un corazón que cabe en él el mundo entero». Así lo refleja mosén Sol: «A pesar de nuestra indiferencia y sinceridad de corazón, ni nos dejaban satisfechos nuestros voluntarios ministerios, ni nos llenaban bastante los que se presentaban a nuestra vista, prescritos por la obediencia».
   Tiene vocación de párroco y misionero; tiene vocación de formar a la juventud y ha de atender a las almas generosas que se consagran a Dios: «En el fondo de nuestra alma despertaban mayores aspiraciones, y una ambición santa parecía querernos lanzar, al mismo tiempo a todos los campos... Hubiéramos querido tener medios para atender a todo. Tal era nuestro instinto santo».
   Dios, que sabe las rutas de sus elegidos, le descubrió el camino que lo llevaría a plenitud.

El Portal del Romeu

Ramón Valero es un seminarista de Tortosa, alumno de segundo curso de filosofía y pobre de solemnidad. El seminario no funcionaba. Las clases para los latinos, en una casa alquilada; para filósofos y teólogos, en el palacio episcopal.
   Ramón Valero nos cuenta personalmente su pobreza: «Iba todos los sábados a mi pueblo, distante unas tres horas, y daba una vueltecita pidiendo limosna de puerta en puerta».
   Ramón Valero vive en una buhardilla, come de limosna, y estudia cuando puede.
   Es una tarde de febrero del año 1873. Ramón Valero sale de clase, y va a gastar sus míseros ahorros en un cuarto de cerilla para poder estudiar aquella noche. En el Portal del Romeu se encuentra con mosén Sol, y le cuenta su pobreza larga y sus ayunos eternos, y su ilusión sacerdotal: «Somos ocho estudiantes en casa de la señora Eulalia. Cinco pagan la comida; a los tres restantes nos da un plato de sopa mosén Boix. Tenemos algo de pan; pero resulta demasiado pequeño, demasiado blanco y demasiado blando ... ».
   Buenos epítetos para el pan; demasiado apetecibles para el hambre.
   Don Manuel vio de repente muy claro su ideal: dar pan y amor, ilusión y formación a los futuros sacerdotes. Es el camino que le señala el Señor por medio de un encuentro fortuito. Y el sacerdote surgió íntegro en mosén Sol para formar sacerdotes.
   «Mañana, a las once, venís los tres a mi casa».
   Valero y sus colegas de miseria y de estudios no volvieron a conocer el hambre; pero conocieron la grandeza del sacerdocio encarnada en mosén Sol.
   Así fue la semilla: pequeña, pero sembrada por Dios. Mosén Sol ha encontrado la síntesis de un sacerdocio neto que colma sus aspiraciones, que llena cumplidamente la vocación para todo de aquel corazón inmenso.

Y vendió todas sus cosas

Don Manuel ha encontrado la piedra preciosa y, como el buen mercader, vende todo para comprarla. Para él todo lo demás va a ser secundario: «La obra del fomento de vocaciones debe absorber mi vida».
   Así escribe mosén Sol, que añade: «El Señor me ha hecho gustar, y en abundancia, de todos los consuelos y sinsabores de los varios campos del ministerio sacerdotal: cura de almas, enseñanza, monjitas, etc., y últimamente, fomentador de vocaciones eclesiásticas; y de todo, esto último es lo que forma y formará mi gozo y mi corona».
   Se fue desprendiendo, convencido, más que gozoso, de todos los ministerios que le abrumaban, para ser definitivamente el apóstol de las vocaciones. Ahora puede trabajar en la raíz del apostolado, en todas las diócesis al mismo tiempo; ahora puede abarcarlo todo. Dice don Manuel: «Nosotros, más que apóstoles parciales, hemos de ser moldeadores y formadores de apóstoles».

La llave de la cosecha

Así comienza el concilio su decreto sobre la formación sacerdotal: «Conociendo perfectamente el santo concilio que la deseada renovación de toda la iglesia depende en gran parte del ministerio de los sacerdotes, animado del espíritu de Cristo, proclama la trascendental importancia que tiene la formación sacerdotal». Y concluye diciendo: «La esperanza de la iglesia y la salvación de las almas están en manos de quienes se preparan al ministerio sacerdotal».
   Mosén Sol rima perfectamente con estas ideas y abunda reiteradamente en ellas. «La formación del clero es lo que podíamos decir la llave de la cosecha en todos los campos de la gloria de Dios». Y continúa diciendo: «Todo el bien de la iglesia y de las almas y de la sociedad y del mundo depende de la formación del clero».
   Vio el camino y lo recorrió con garbo y tenacidad, llevado del espíritu de Dios. En este ministerio agotó su vida. «La obra del fomento de las vocaciones es un objeto nuestro, el principal, el que nos ha caracterizado desde el principio y al que nos dedicamos con afecto y con gusto y con celo».
   Lo reconoce el decreto de la declaración de sus virtudes heroicas: «Y comoquiera que en el fomento de las vocaciones sacerdotales, a pesar del ambiente dificilísimo de su tiempo, no perdonó trabajo ni dejó resorte por intentar, con razón se puede llamar el santo apóstol de las vocaciones sacerdotales».

Cuestión vital para la iglesia

La insistencia de mosén Sol en este punto es un reflejo vivo de la preocupación constante de la iglesia por las vocaciones. En nuestros días este interés vocacional ha vuelto a resonar con acentos apremiantes en la convicción profunda de Juan Pablo II. En el primer encuentro con el clero romano ya hizo hincapié en el tema de las vocaciones: «Quisiera confiaros otro problema que llevo muy en el corazón: las vocaciones sacerdotales... : Haceos solidarios de esta preocupación mía y de mi interés por ella».
   El papa no desaprovecha ocasión alguna para hablar de este problema, ya que «se trata de una cuestión de importancia vital para la iglesia. De ahí deriva el preciso deber de atender con solicitud absolutamente prioritaria el campo de las vocaciones al sacerdocio, y paralelamente a la vida consagrada».
   Cuando se oye al papa, cuando se leen sus discursos, da la impresión de que estuviera hablando don Manuel redivivo. «El problema de las vocaciones está en el centro de la más viva preocupación y solicitud de la pastoral eclesial».
   Es como un eco actualizado, con resonancia impresionante del «santo apóstol de las vocaciones sacerdotales».

Carisma perenne

Don Manuel intuyó la actualidad constante de la pastoral vocacional, porque, aunque es verdad que la llamada viene de Dios, también es cierto que Dios quiere valerse de los hombres para hacer oír su voz. Hay que pedir al Dueño de la mies que envíe obreros a su heredad; pero, como decía don Manuel, «el Señor no quiere hacer nada sin nosotros». En definitiva, es lo que no hace mucho tiempo predicaba Juan Pablo II: «La vocación es y será siempre un don singular de Dios, que, lejos de excluir la colaboración humana, más bien la presupone y estimula», porque, como decía mosén Sol, «todos somos auxiliares de Jesucristo».
   «Es preciso –dice el Papa –hacer dulce violencia al corazón del Señor que nos hace el honor de llamarnos a colaborar con él para la afirmación y dilatación de su reino sobre la tierra, para que la caridad de Cristo despierte la llamada divina en el corazón de muchos jóvenes».
   Mosén Sol palpó la urgencia del problema en su tiempo e intuyó la necesidad permanente de este apostolado radical. Lo mismo que en aquella época turbulenta a la que hubo de enfrentarse don Manuel para resolver todos los problemas, vitalizando la raíz, el papa actual grita esta verdad al orbe entero: «El mundo tiene hoy más que nunca necesidad de sacerdotes y religiosos, de religiosas, de almas consagradas, para salir al encuentro de las inmensas necesidades de los hombres».
   Mosén Sol y su carisma jamás pasarán de moda, porque nunca es moda lo fundamental, lo nuclear, lo más urgente y necesario para la iglesia. «Hoy día es necesario –––dice Juan Pablo II– hacer de nuevo todos los esfuerzos posibles para suscitar vocaciones, para formar nuevas generaciones de candidatos al sacerdocio, de futuros sacerdotes».
   Las páginas siguientes demostrarán el apostolado titánico que llevó a cabo don Manuel en este campo, no sólo de palabra, sino con obras y de verdad.

El callejón de san Juan

Ya ha desaparecido la casa desvencijada que se moría de aburrimiento junto a las monjas de san Juan, en Tortosa. Estaba en la plaza de san Isidro, 7; pero la gente, aunque haya monomanía de cambiar el nombre a las calles y plazas, según el turno de los que mandan, las siguen llamando con el nombre de siempre. La plaza era y será el callejón de san Juan.
   El 1 de septiembre de 1873 la alquiló don Manuel para establecer la primera «Casa de san José». Y en octubre despertó el callejón de san Juan con algarabía de juventud. Veinticuatro seminaristas –todos los que cabían en el caserón– se albergaron en el improvisado colegio de mosén Sol.
   Don Manuel no es de los que se cruzan de brazos, lamentando lo malo de la situación. Muchos lamentaban la escasez de vocaciones; muchos plañían cómodamente sobre la pobre formación del clero. Pero mosén Sol dice: «Si el Señor quiere de nosotros obras, no serían meritorios nuestros deseos, sino motivo de mayor cuenta».
   Las cosas ocurrieron así.
   Ramón Valero y sus colegas de pobreza fueron a despedir a mosén Sol, una vez terminado el curso: todos los días habían recibido pan y espíritu desde la entrevista del mes de febrero; y mosén Sol les dijo: «Hasta octubre, hijos míos, que entonces estaréis mejor».
   A mitad de verano, los sacerdotes de la diócesis recibieron una circular de don Manuel, informando que se abría una casa en Tortosa, llamada «Casa de san José», para dar albergue y formación a los seminaristas pobres.
   El callejón de san Juan despierta de su monotonía con bulla de juventud. Veinticuatro seminaristas y una casa humilde. «Sólo así crecen las buenas semillas», recuerda muchas veces mosén Sol.

Nombres sonoros

El 1 de marzo de 1874 hubo de trasladar la casa de san José a la espaciosa casa Zarralde, en la calle san Felipe, 7, donde había acomodado un piso más capaz. Desde ese día, por mandato del obispo, la casa se llamó «Colegio de san José».
   Al curso siguiente don Manuel tuvo que adquirir toda la casa Zarralde, porque tenía 50 seminaristas. En 1876, además de la casa Zarralde, cuenta con el palacio de san Rufo, y 98 alumnos. «Mis nobles de san Rufo», los llamará cariñosamente mosén Sol.
   En 1877, otra casa más para los 30 nuevos que le piden cobijo. Todo queda pequeño cuando lo toca mosén Sol.
   San Juan, Zarralde, san Rufo..., nombres sonoros en cascada de ilusión.

El nuevo colegio de san José

Don Manuel no está satisfecho: 190 alumnos, pero dispersos en varios nidos. No basta la buena voluntad; hay que proporcionar medios adecuados de formación.
   Propone la idea de levantar un colegio de nueva planta, capaz y con las condiciones necesarias para la educación de los futuros sacerdotes. Sus colaboradores más íntimos le tachan de iluso y visionario. Mosén Sol sufre; pero ha visto claro y obra con energía.
   El 1 de enero de 1878 compró terrenos en el ensanche del Rastro. El 10 de enero presentó los planos del colegio al señor obispo. El 11 de abril se colocó la primera piedra.
   Así hace las cosas mosén Sol, con garbo y sin pausas. Es una delicia transcribir fechas rápidas en la biografía de don Manuel, a ritmo de esperanza.
   El 20 de febrero de 1879 pudo habilitar un pabellón con 40 alumnos. Mosén Sol haría crecer las paredes, si la cal y el ladrillo se contagiaran de ilusión.
   Entre críticas y amarguras, entre esperanzas y anhelos, llegó el 11 de octubre de 1879, y quedó inaugurado oficialmente el nuevo colegio de san José, con 300 alumnos, más los 100 que mantiene gratuitamente en el palacio de san Rufo. Nunca había contado con tanta matrícula el seminario de Tortosa.
   Las críticas se volvieron plácemes. Pero a mosén Sol ni le zarandean las adversidades, ni le envanecen los éxitos.
   La semilla del callejón de san Juan es un árbol frondoso.



6



«Todos vosotros sois hermanos» (Mt 23, 8)
   


   Los esfuerzos individuales, aislados, no tienen garantía de perennidad; su eficacia suele morir con el hombre. Don Manuel hablará muchas veces de la «anemia del corazón» que se apodera de quienes trabajan aisladamente, de lo «difícil que es individualmente que el celo no venga a agostarse»; así como hablará de la fuerza que da la unión, porque «con esto las obras adquieren una solidez y un resultado que no tendrían las que cada uno hiciera por sí, por grandes que ellas fuesen ... ; no tendrían carácter de trascendencia general».
   Mosén Sol otea la panorámica que se abre con la formación del clero, ve las dificultades que entraña la empresa, y comprende que no basta una vida para esta obra.

La inspiración de lo alto

29 de enero de 1883.
   Muy de madrugada, como todos los días desde hace 14 años, va don Manuel a celebrar misa en el convento de santa Clara.
   Algo le pasa a mosén Sol que prolonga, más que de ordinario, la acción de gracias. Dos días completos vive absorto, como fuera del tiempo y del espacio.
   Una luz especial invadió su alma en claridad inefable. «Jesús sacramentado me inspiró la Hermandad de sacerdotes operarios diocesanos, el día 29 de enero de 1883, a las siete y media de la mañana». Son palabras textuales de don Manuel, que añade: «entre ese día y el 30, la concepción de todo el plan y la intuición de sus resultados».
   Cuando habla Dios, el hombre tiene que recogerse en silencio, porque su palabra lo llena todo. Dice don Manuel: «Estuve bajo la influencia de aquella inspiración sobrenatural dos días».
   Fue una explosión de luz. El carácter luminoso de su destino lo recibió en la entrevista con Valero; hoy maduró en plenitud con líneas bien definidas.
   Así nació la Hermandad de sacerdotes operarios diocesanos, una mañana de enero, al calor de la eucaristía. «Nuestra obra ha brotado del corazón de Jesús sacramentado, silencioso, olvidado, desconocido, ultrajado ... ».

A la fuente de su sacerdocio

En un golpe de luz sobrenatural vio don Manuel las grandes líneas de su Hermandad. El fomento de vocaciones fue el punto de apoyo para establecer una asociación de sacerdotes seculares, unidos por el vínculo de la caridad, bajo una dirección común, que, por la mutua ayuda, se facilitaran la santificación en medio del mundo, y dieran mayor eficacia y solidez a ministerios de carácter universal y trascendental.
   El fomento de las vocaciones, dice don Manuel, «ha sido la ocasión, y Dios nos ha dado providencialmente este objeto primordial como medio universal y eficacísimo para el mejor logro de esta unión».
   El día 2 de junio de 1860 había recibido mosén Sol el sacerdocio en la iglesia del Jesús; en el Jesús de Tortosa se consagró misionero diocesano, ano y medio más tarde. A los 23 años, el 2 de marzo de 1883 –primer viernes de mes, lo hace notar él mismo– subió a .la fuente de su sacerdocio, para bautizar sus nuevos derroteros. Acompañado de don José García –futuro vicedirector de la Hermandad– fue a presentar sus proyectos y a consultar las bases que había redactado, al padre Ramón Vigordán.
   Hombre ponderado, de gran experiencia y mucho espíritu, el padre Vigordán aprueba y aplaude la idea de don Manuel. Sólo un consejo: pedir parecer al señor arzobispo de Tarragona, para mayor seguridad.
   No podía encontrar mejores manos mosén Sol para volcar su alma, porque don Benito Villamitjana –arzobispo de Tarragona– merecía toda su confianza.
   No oculta su gozo en la carta que escribe al arzobispo: «Me sorprendió vivamente esta salida, pues no creo que Vigordán supiera nada del afecto y confianza que siempre me ha inspirado V.E., y le contesté... que así lo haría».

Una carta y una contestación

La pluma de don Manuel no conoce dilaciones. El 6 de marzo escribe al señor Villamitjana con sinceridad absoluta y confianza ilimitada.
   «Queridísimo padre y prelado: un objeto especial me obliga a escribirle hoy, para un asunto que bulle en mi ardiente cabeza».
   El corazón ilusionado de mosén Sol late entre líneas.
   «Se trata de la juventud varonil, generalmente menos atendida que la femenil, y más necesitada y, sobre todo, del fomento de las vocaciones eclesiásticas y religiosas, cuya obra cada día me entusiasma más. Esta obra necesita una permanente organización; de lo contrario, será de escasos resultados».
   Y expone, con claridad estupenda, la idea de la Hermandad.
   «Me siento constantemente impulsado a ensayar una Unión de unos pocos sacerdotes operarios diocesanos, dedicados exclusivamente al fomento de la piedad en los jóvenes, y al desarrollo y sostenimiento, bajo la protección y anuencia de los prelados, de las vocaciones eclesiásticas y apostólicas, y todo bajo la divisa del amor al corazón de Jesús, descuidado también».
   Nada quiere hacer mosén Sol sin que el arzobispo Villamitjana conozca sus propósitos. «Si a V.E. le pareciera bien en principio, yo haría un viaje y le expondría el plan y los motivos y los medios».
   Don Manuel espera animoso la contestación del arzobispo, que llegó el 11 de marzo, en cuatro líneas desoladoras: «Su asunto, en la parte que he comprendido, está en el terreno de los imposibles. No sabe decir más el pobre arzobispo de Tarragona».
   Pero mosén Sol ve claro, cuando los demás ven imposibles. El 15 de marzo se presentó en Tarragona. Don Benito Villamitjana, tras larga conversación, aprueba convencido y complacido, los planes, y bendice el proyecto de don Manuel.
   El 4 de mayo informó al obispo de Tortosa, y más ampliamente por escrito, el 8 del mismo mes, presentándole unas bases de su proyecto.
   El día 17 de mayo de 1883 el prelado tortosino –señor Aznar y Pueyo– aprobó verbalmente la Hermandad de sacerdotes operarios diocesanos.

El desierto de Las Palmas

Es un vergel –no debería llamarse desierto–, balcón sobre el Mediterráneo, poblado de silencios y de luz. Allá subió don Manuel el día 16 de julio de 1883, con los cuatro primeros operarios, para «redactar las bases permanentes y reglas provisionales de la Hermandad».
   Cinco hombres bastan, cuando los une Dios. «No deseamos otra cosa, en esta obra, sino servir exclusivamente a los objetos de la máxima gloria de Dios».
   Allí se abrió la Hermandad, junto a la Virgen del Carmen, en lo alto de la montaña, mirando al mar.
   Mosén Sol contemplaba emocionado, en sus numerosos viajes, aquel desierto de Las Palmas. «Montaña aquella, cuya vista no puede menos de causarnos dulcísimas emociones, siempre que pasamos en ferrocarril por el pie de ella, y dirigimos un saludo de gratitud a la Virgen, reina de aquellos collados».
   El 29 de enero de 1884 presentó don Manuel las bases al prelado, que firmó oficialmente la aprobación de la Hermandad el día 2 de febrero.
   La Virgen, madre de la luz, encendía una antorcha nueva en la iglesia de Cristo.

Espíritu de unión sacerdotal

Mosén Sol ha concebido la Hermandad como una agrupación de sacerdotes, sin ataduras de votos, pero con mucho espíritu. «No ciertas ligaduras, el espíritu es el que vivifica».
   Quiere la agilidad del sacerdote secular y, por eso, dice: «Cuantas menos estrecheces canónicas tengamos, mejor». Y quiere también la eficacia de la asociación. Explica así su Hermandad: «Es lo que era el beato Avila, o san Juan Cancio; ... pero éstos lo hacían aisladamente, y plantaban, pero muchas veces no podían regar». El quiere dar a los ministerios «solidez con la cooperación de otros».
   «Nuestra obra es lo que, concretándolo a una parte sola, tres o cuatro o cinco sacerdotes de una población..., los cuales, movidos por su piedad y celo, se mancomunasen y se comprometieran formalmente a ayudarse y sustituirse en las obras que de común acuerdo resolvieran fomentar y establecer, mediante una rígida obediencia».
   Quiere a la Hermandad así: «El espíritu de unión sacerdotal para la más fácil santificación y para promover mejor los intereses todos de Jesús, es el fin y la naturaleza de la obra». Por eso añade: «Hemos de ser, pues, sacerdotes, y nada más que sacerdotes, y santos; y trabajar cuanto podamos por la gloria de Dios y, a ser posible, en unión de otros».
   La Hermandad de sacerdotes operarios diocesanos es sencillamente una agrupación sacerdotal, que se especifica por unos fines concretos –sobre todo, el vocacional y juvenil–––, con un espíritu reparador–eucarístico acendradamente sacerdotal, bajo una dirección común.
   Puede decir don Manuel con plena sencillez y, sinceridad: «Por esto, nada ni nadie la ha fundado. Existía ya, y Jesús, sin saber cómo, nos ha puesto en ella, dándole organización por medio de nuestro objeto, singularísimo y único hasta hoy en el mundo, del fomento de las vocaciones eclesiásticas, religiosas y apostólicas».

Cordialidad

Es la nota predominante en el estilo de mosén Sol. Todo lo unge de su cordialidad. El mismo nombre «Hermandad» es un signo de lo que él pretende en su obra.
   Sólo admite el voto de obediencia, necesario para la cohesión, la eficacia y el gobierno. «La obediencia, base de toda organización y de todo orden, es la única virtud prescrita con voto en la Hermandad». Y en la misma obediencia impone su matiz peculiar de gozosa fraternidad. «La obediencia debe ser completa, y mejor que completa, cordial en los operarios... Por lo tanto, hemos de estar dispuestos siempre y en todo, pero con cordialidad, sin necesidad de mandato. Este debe ser el distintivo».

Santidad sacerdotal

Para mosén Sol el sacerdocio supone la exigencia suprema de la perfección. También en este aspecto concuerda con el Vaticano II: «Los sacerdotes están obligados de manera especial a alcanzar esa perfección, ya .que, consagrados de manera nueva a Dios por la recepci6n del orden, se convierten en instrumentos vivos de Cristo, sacerdote eterno, para proseguir en el tiempo su obra admirable».
   Don Manuel dice a sus operarios que la Hermandad «debe ser de perfección mayor en las virtudes, por lo mismo que es sacerdotal, y estas virtudes deben ser más distinguidas».
   Consecuente con sus principios, dice: «No tenemos otra reglamentación que la que podría tener un sacerdote piadoso y celoso en medio del mundo. Y esta reglamentación basta para obrar nuestra santificación sacerdotal. Si la guardamos, seremos santos sacerdotes y dignos operarios».
   Por eso, por ser la Hermandad eminente y exclusivamente sacerdotal, jamás quiso gravar a su obra con el voto de pobreza, aunque quiere con verdadero espíritu la práctica de una pobreza actual, austera.
   Así describía don Manuel a la Hermandad en carta fechada en julio de 1892: «Según el reglamento, no hay otra obligación más que de una vida sacerdotal secular lo más perfectamente posible en medio del mundo, y la ,promoción de los intereses de la máxima gloria de Dios, multiplicados por la unión de todos bajo una dirección común con la santa y espontánea obediencia».

Enraizados en Cristo

En la base de todo, en la raíz más profunda de la Hermandad y de su proyección apostólica, está la eucaristía. «Nuestra vida interior sea Jesús, sacramentado y 'olvidado. Con eso seremos perfectos».
   Don Manuel tiene verdadera obsesión eucarística, lo que equivale a afirmar que era un sacerdote cabal. De mil maneras insiste en esta idea que ha resaltado el Vaticano II: «Los otros sacramentos, así como todos los ministerios eclesiásticos y obras de apostolado, están íntimamente trabados con la sagrada eucaristía y a ella se Ordenan».
   Para mosén Sol todo arranca de la eucaristía y todo se colma en ella. «Nuestra obra –dice– ha brotado del corazón de Jesús sacramentado, silencioso, olvidado, desconocido, ultrajado. No sólo es uno de los objetos primordiales de la obra, y el fomento de este amor está encomendado a los operarios y a ello se consagran éstos para darlo a conocer a todas las almas y por todos los medios... ; no sólo es la devoción fundamental que está, señalada ... ; no sólo es el emblema especial del escudo o sello de nuestra Hermandad, como sabéis, sino que debe ser el sentimiento peculiar, constante, tierno, interior de nuestros corazones».
   «Mi vida es Cristo en el sacramento... Jesús sacramentado ha de ser, pues, el apoyo, el aliento, consuelo y anhelo de todo nuestro corazón, la llama que ha de vivificarnos. El distintivo, en fin, de nuestra obra».
   La eucaristía es la fuente y la cumbre de todas sus aspiraciones. «Tengo un corazón de Jesús tan precioso en el sagrario, que no me puede gustar ninguna imagen suya».
   Vivió polarizado por Jesús eucaristía de tal modo, que llega a decir: «Una de las cosas que nos avergonzarían en el cielo, si pudiese haber confusión, sería el pensar que le hemos tenido en la tierra y no nos absorbió toda la vida, todo nuestro corazón».
   

7



«No se enciende una lámpara para ponerla bajo el celemín». (Mt 5, 15)
   


   El colegio de Tortosa va adquiriendo fama bien merecida. Un día lo visita don Ignacio Guillén de Soto, prestigioso sacerdote valenciano, y se entusiasma con el colegio y con la Hermandad, recién nacida.
   ¡Cuenta tantas cosas don Ignacio! Hay en Valencia un hervidero de seminaristas, que pululan por la ciudad sin rumbo cierto. El cardenal Barrio había arrendado una casa–huerto, que pereció con el purpurado. Los seminaristas abundan en número y en calamidades.
   Mosén Sol vibra y actúa. «En vista de las ventajas para el bien de la juventud», no vacila; busca las informaciones más elementales y se encamina a Valencia.

Marejada inicial

Don Ignacio llegó a Tortosa el año 1883. El 24 de julio de 1884 viajó a Valencia don Manuel. De momento encontró su providencia en don Vicente Vidal, profesor M seminario, notario de la curia, sacerdote ejemplar. Don Vicente se adhiere tanto a mosén Sol, que ingresa en la Hermandad.
   La primera visita al arzobispo fue el día 26 de julio. Y el prelado sacó tan buena impresión, que aprobó y bendijo ampliamente los proyectos que le presentara don Manuel. Pero éste no vive de ilusiones. «No sé si los dolores y gozos constituyen la vida de todos; la mía sí». Por eso, no se desalienta cuando el arzobispo es todo indiferencia el día 28 de julio.
   Los «prudentes» de turno le advertían que el futuro colegio de san José iba a suponer una sangría muy considerable en las colectas diocesanas. El dinero –aunque se cuente en calderilla es mal asesor para las causas grandes.
   Mosén Sol habla con franqueza al arzobispo, que concede los permisos reglamentarios.

Una abadesa frustrada

La calle de la Unión tiene una anécdota curiosa. En el número 2 hay una casa de armas tomar. Dejaba tamañica a la de Troya. En ella vive un grupo de seminaristas pobres bajo la alta dirección de una vieja setentona.
   Ella pide limosna y gobierna; ellos... pasan hambre y desobedecen. Pero, siquiera malcomidos, van pactando con la vieja.
   Cuando llegó a Valencia don Manuel, el mayordomo del seminario –«sencillo y bondadoso»– se empeñó en que mosén Sol parlamentara con la anciana para establecer allí el colegio. Don Manuel, «por complacer al sencillo don Antonio», no se arredró y fue a entrevistarse con aquel versículo del antiguo testamento.
   Se armó la marimorena. La rectora vitalicia aupó sus setenta y pico abriles de genio para escoltar su veteranía en el mando, y don Manuel dejó a ese conato de esbozo de abadesa frustrada en su torre de la Unión.

El Huerto de las Fresas

Nombre sabroso el de aquella finca espaciosa de la calle de Alboraya, 52. Muy cerca, el seminario: facilidad para las clases; muy cerca, las monjas trinitarias, que facilitan su iglesia para los actos de culto.
   El día primero de octubre de 1884 inauguró don Manuel su colegio de san José, con 54 alumnos, en el Huerto de las Fresas. «Tenemos aquí casa ya para colegio. La casa, pequeña, pero el huerto, cuanto pedazo queramos. Nuestro colegio tiene 54 alumnos muy guapos. A tener local, hubiéramos tenido este año más de 200. Hay un sinfín de peticiones para el año próximo; pero, si no hay local, no podremos».

Hubo local y... microbios

Los santos creen en Dios, y se lanzan a empresas grandes, aunque estén amasadas de contradicciones. Mosén Sol decía: «Hay que lanzarse con magnanimidad a tareas, apuros y compromisos de la gloria de Dios, que son muy buenos para ejercitamos en la fe y en la oración».
   En marzo de 1885 anda buscando el modo de levantar un edificio de nueva planta. Las cosas no son fáciles. «Nos prometen oros y moros y nos hacen pasar por las orejas muchas esperanzas».
   Pero no se desalienta, porque cuenta con Dios. «Continúen pidiendo a Dios que me dé gracia y salud..., que dinero ya vendrá».
   El 14 de abril, buceando en los estragos del cólera, escribe: «Otra vez me tiene usted en Valencia, adonde he venido para ultimar la compra de un terreno –seis mil duros– y empezar las obras del colegio –ocho mil duros más–, y las cuales cantidades estoy buscando todavía; pero todo se andará, si los microbios no lo estorban».
   El 2 de septiembre se colocó la primera piedra, regada con muchos sudores y muchos desvelos y mucho amor. Muy pronto pudo albergar un nutrido grupo de seminaristas el nuevo colegio de san José.

La catedral josefina

Día 2 de febrero de 1887. La fecha le gusta a mosén Sol y la aprovecha, cuando puede, para instalar el santísimo en sus casas. Una casa de don Manuel sin eucaristía no podía concebirse, para él estaría deshabitada.
   Ese día reservó el santísimo en la capilla provisional del colegio de Valencia, y todos los años se celebraba la fiesta con gran solemnidad. Pero a don Manuel le dolía aquella capilla improvisada. Su espíritu, centrado en la eucaristía, ambicionaba un trono majestuoso para el Señor, y edificó una gran iglesia a la que llamaba con orgullo «la catedral josefina». Escribe don Manuel: «Valencia, 2 de febrero de 1901. Fiesta de la reserva, e inauguración de la catedral josefina».
   Es curioso lo acaecido en esta efemérides. Se despertó el furor del «bañeta» –así le gusta llamar al demonio–, que azuzó a las hordas para estorbarlo. «Tal vez habrá sabido –continúa don Manuel– que el día 2, fiesta de nuestra reserva, antes de terminar, por la tarde, vino una turba y apedreó las colgaduras y balcones del colegio, y tuvimos encerrados a los 400 fieles que habían acudido a la función, hasta las siete de la noche, que vino la guardia civil y los dispersó. No hubo desgracias personales».
   Comenta mosén Sol: «Rebotadas del diablo». No podía sufrir aquella realidad espléndida, con 354 alumnos.

Cantando el aleluya

«Animada la Hermandad –escribe don Manuel–con los resultados de la fundación del colegio de Valencia, y aun estimulados por las mismas contradicciones experimentadas, se encontraban los operarios con alientos para extender su acción aunque fuera a más remotas regiones».
   Don Ramón Fernández Asensio, joven y celoso párroco de san Pedro en Murcia, vino a Valencia, visitó el colegio, y regresó a Murcia con deseos de que allí se estableciera la obra de las vocaciones. Interesó al rector del seminario de Murcia, don Francisco Belló, que inmediatamente se puso en comunicación con don Manuel.
   Llamada urgente de Murcia al director de los operarios, que llega a la capital el 24 de mayo de 1888. Al obispo de Murcia se le ensancha el corazón escuchando a mosén Sol:
   – ¿Cuántos alumnos piensa tener en el colegio?
   – Dentro de pocos años, trescientos.
   – Si esto fuese –dice el obispo de Murcia– tendríamos que cantar trescientos aleluyas.
   Y veo al culto prelado ensayando, contra reloj, canto gregoriano, para no desafinar en los aleluyas.

La antigua escuela normal

En la plaza de Vinadel estaba el palacio de los Condes, que había servido de escuela normal. En ella cabrán unos treinta alumnos. Durante un año pagará mosén Sol un duro diario de alquiler. Para comenzar tiene suficiente con esta casa.
   En septiembre de 1888 ya están los operarios preparando el nuevo colegio. El 24 de enero de 1889 don Manuel busca terrenos para edificar uno nuevo. «Nos dejan mil duros para empezar el edificio del colegio».
   El 27 de febrero vuelve a Murcia, con su maestro de obras, para presentar los planos al señor obispo. El obispo de Murcia debe andar ensayando el aleluya.
   Manejos absurdos de envidias ridículas entorpecen un poco la marcha de la edificación. Don Manuel no pierde el tiempo en acobardarse; vence con elegancia y cariño todas las dificultades, y sigue firme en su camino hasta la meta. Sus comentarios se reducen a frases como ésta. «Nuestro Señor le premie los ejercicios de paciencia que nos proporcionó».
   Sabemos que el 23 de febrero de 1901 mosén Sol visitó a sus colegiales en el nuevo edificio, «colocado en medio de la florida y nunca bastante bien ponderada huerta de la distinguida y famosa Murcia».

El colegio de Orihuela

Los trinitarios calzados tenían un convento en Orihuela que, a la sazón, era un montón de ruinas; sólo quedaba en pie la capilla del convento.
   El provisor y arcipreste de la catedral de Orihuela, hermano del rector del seminario de Murcia, se ha contagiado del cariño que su hermano profesa a la Hermandad. Compra el convento, llama a don Manuel que, con el maestro de obras, acuerda inmediatamente la distribución del solar para colegio.
   Quedó inaugurado en octubre de 1889. Posteriormente don Manuel lo terminó más a su gusto, y adquirió terrenos para esparcimiento de los colegiales.
   Mosén Sol no disimula su predilección por este colegio, «el más pequeño, pero el más bello que poseía la Hermandad».

Salmo de piedra y cal

Escribe mosén Sol: «Estoy tan metido entre piedra, cal, arena y pozos, que no sueño otra cosa... Pídale a Jesús que no me sirva de estorbo para amarle esta vida que traigo de negociante. Y el caso es que por ahora no llevo intenciones de enmendarme».
   Don Manuel sigue entonando, con reciedumbre de fe, con esperanza probada en dificultades, un salmo delicioso en larga monotonía de realidades magníficas:
   – Gimnasio para jóvenes en Tortosa.
   – Colegio de san José en Tortosa.
   – Colegio de san José en Valencia.
   – Colegio de san José en Murcia.
   – Colegio de san José en Orihuela.
   – Convento de la Providencia en Vinaroz.
   – Convento de la Purísima en Benicarló.
   – Convento de la Providencia en Vall de Uxó.
   Sanz y Forés, desde Valladolid, le escribía: « ¡Adelante con sus empresas por la gloria de Dios! Bendito sea por haberle escogido. Mucho gozo me da esa predilección de Dios... Bien me gustaría ver sus obras, sus conventos, sus colegios, sus círculos, y echar una parrafada con usted».
   El arzobispo de Tarragona le dice: «Es usted muy emprendedor. Así me gusta».
   Y lo dicen a mitad de su camino.
   A los 56 años, la vida de mosén Sol es plena, cuajada de realidades espléndidas. Muchos hubieran descansado con ese balance, seguros de haber colmado un destino.
   Pero mosén Sol dice: «A mí no me gusta el descanso». Y añade: «Que Jesús me dé gracia, vida y salud para poder realizar muchas obras por su gloria... No conviene estar parado».
   

8



«Se levantó una tempestad» (Mt 8, 24)
   


   «El 1 de enero de 1888 –dice don Manuel– tuve el instinto del Colegio español de Roma para el bien de España».
   Urgía perentoriamente la formación del clero. «¡Hay tanta falta de sacerdotes buenos en el mundo!».
   Mosén Sol ve en Roma un medio excelente de formar sacerdotes con profundidad de espíritu y de ciencia, «Del colegio de Roma –dice– han de salir los apóstoles de las diócesis españolas». «El colegio de Roma está destinado a entonar y promover los estudios eclesiásticos en España, que están tan a desnivel».
   Don Manuel va madurando la idea en silencio de oración. Un año después expone sus deseos a los miembros de la Hermandad, reunidos en Valencia. «Solté ante la pequeña grey la idea de una casita de san José en Roma, que, por lo mismo que sorprendió, se confió a las oraciones y a la meditación de todos por un año entero».

Manos a la obra

El 1 de enero de 1890 mosén Sol dialoga de nuevo con los operarios sobre el futuro colegio de Roma. Aprobación unánime y cordial, después de un año de reflexión.
   Inmediatamente se pone en contacto con Roma, recabando detalles de casas, arriendos y precios. El 13 de marzo se entrevista, en Valencia, con Sanz y Forés, para cambiar impresiones al respecto. El 6 de mayo habla con su prelado. Sanz y Forés y el obispo de Tortosa aprueban los proyectos, pero encarecen tanto las dificultades, que acongojarían a un hombre menos intrépido. Pero la luz de Dios es más fuerte que las objeciones de los hombres.
   El obispo de Murcia ha estudiado en la Academia de nobles eclesiásticos de Roma. Se entera don Manuel, y el 13 de mayo está en Murcia para consultar sus prop6sitos. El obispo de Murcia habla a mosén Sol del padre general de los trinitarios calzados, Antonio Martín y Bienes que, desde hace años, ofrece su convento, en Via Condotti, para que los prelados españoles establezcan su colegio en Roma.

Un señor llamado Sevilla

El 10 de junio escribe don Manuel al padre Antonio Martín y Bienes. Los 84 años de edad excusan una contestación menos rápida; quizá excusen también muchas veleidades que iremos entreviendo.
   Lo cierto es que el obispo de Lérida, señor Messeguer y Costa, escribía a don Manuel en estos términos: «No abrigo ninguna desconfianza de sus cosas. Basta que sea de usted, lo considero inspiración del corazón de Jesús porque le considero a usted como hombre de tino y en inteligencia con Dios. Pero crea usted que el colegio romano tiene serias dificultades».
   Y tan serias. Muchas más de las que suponía el obispo de Lérida; las que sólo conoce mosén Sol, que las fue recorriendo paso a paso. Pero también había dicho el obispo de Lérida que don Manuel estaba en inteligencia con Dios. Y Dios lo puede todo.
   A mediodía del 4 de octubre de 1890 llegó don Manuel a Roma, acompañado de don Vicente Vidal. Hay un señor Sevilla en torno al padre Martín, que proyecta recelos por doquier. La primera entrevista fue demasiado halagüeña; tanto, que mosén Sol anotó en su diario: «Dudas y temores. Reservas. Y el señor Sevilla ... ».
   En días sucesivos se convinieron las bases con el padre Martín, que, a pesar de todo, siempre daba largas al asunto, inventando documentaciones y burocracias mal urdidas. Llegan atestados favorables a la Hermandad, de Sanz y Forés y de los obispos de Lérida, Murcia, Orihuela, Tarragona, Valencia, Madrid, Burgos...
   El padre Martín y su demiurgo señor Sevilla aumentan recelos, dilaciones y exigencias. Varias congregaciones religiosas pretenden copar Condotti, y presionan ante el gobierno español.

Una firma inútil

Mosén Sol, mientras anduvo por Roma, se relacionó entrañablemente con hombres de gran corazón y de mucha talla: monseñor Della Chiesa, monseñor Merry del Val, padre Llevaneras, don José María Caparrós...
   Todos le apoyan y le animan; pero «nuestros asuntos en Roma –escribe don Manuel– a paso de tortuga. En cambio, todo son señales de que Jesús lo quiere».
   Después de muchas treguas, mucha paciencia y muchos misterios en torno al padre Martín, aprobadas las bases para el contrato privado entre éste y don Manuel por León XIII, firmaron ambos las bases el día 15 de diciembre de 1890, siendo testigos el inevitable señor Sevilla y el abogado del padre Martín.
   Mosén Sol regresó a Tortosa, y el 27 de diciembre recibía carta del padre Martín, comunicándole que el papa hacía la cesión del convento de Via Condotti «a la Hermandad de sacerdotes españoles del sagrado corazón de Jesús».
   Todavía le quedaba mucho que experimentar a mosén Sol en propia carne. Por ejemplo, que «en la Ciudad Eterna las cosas se hacen eternas», por ejemplo, que «en Roma todo son diplomacias, menos el papa».
   Estaban firmadas las bases; pero..., cuando no hay formalidad, huelgan las formalidades.

No faltan intrigas

Así urgía el intrigante señor Sevilla para que don Manuel volviese pronto a Roma. El 4 de marzo de 1891 llegó a la ciudad eterna, y encontró al padre Martín en un océano de incertidumbres. Escribía mosén Sol: «Si te contase la historia de todo lo que media, te haría reír al ver cómo trabaja el diablo».
   El 29 de marzo –viernes santo– escribe: «Estamos en días de tinieblas, y las tinieblas alumbran las noticias». Además de las interferencias de muchas partes: gubernamentales de España e Italia, de congregaciones, vienen ahora los triunfalismos ibéricos de algunos amigos de mosén Sol, que pretenden hacerle fundar «La gran casa española». Don Manuel comenta: «Idea suficiente para criar grillos en sus cabezas».
   El prefiere comenzar como en el callejón de san Juan, con la humildad fecunda de las buenas semillas.
   La tempestad arrecia. «Mi asunto –escribe el 7 de mayo– está pasando por la mayor de las tribulaciones que hasta ahora había tenido... Es hora de pedir a Jesús con mucha humildad que nos consuele. En medio de todo, tengo una grande confianza».
   El 31 de mayo regresa a España para organizar la gran peregrinación de los luises a Roma, al mismo tiempo que gestionaría trámites para el futuro colegio. Merry del Val –amigo siempre– va a despedirle a la estación.,
   Llegó a Tortosa el 5 de junio. El día 15 falleció su hermana María.

Fulgores de nueva tempestad

El padre Martín urge y recela; apremia y dilata; amenaza y anima; y hasta envía algún parrafito al Vaticano para desprestigiar al doctor Sol.
   Desde octubre a diciembre de 1891, los horizontes no se despejan. Los apuntes de don Manuel dicen así: «Ráfagas de anuncios fatales. Fulgores de una nueva tempestad».
   El padre Martín, a las claras, está en tratos con los padres dominicos.
   Don Manuel quiso hacer las cosas sencillamente, y entre unos y otros –afán de megalomanía– se las están complicando. «Me repugnan las luchas y, con todo, estamos en medio de un combate que me hace sufrir». En carta a un operario hace el recuento de las fuerzas encontradas. «La crisis que atravesamos es espantosa. Por nuestra parte, para ocupar Condotti, tenemos: la nunciatura de España, el señor cardenal Rampolla, su secretario y el secretario de la congregación, el señor cardenal Mazzella... y con él los padres de la Gregoriana... Me olvidaba decirte que entre los nuestros está el angelical Merry del Val, camarero de su santidad. En contra tenemos: al padre Martín, al conde de Benomar, embajador del Quirinal, al gobierno español, y a la gran potencia de los dominicos con el cardenal Zigliara al frente. Con que ya ves si ha tomado proporciones la batalla».

Mi corazón no se cambia

Mosén Sol ha podido decir: «Mi corazón no se cambia aun en las amarguras y resentimientos». «Las grandes tribulaciones y persecuciones contra la obra en Roma, Valencia, Murcia, etc., no han llegado a perturbar mi ánimo, ni mucho menos me han inquietado el espíritu con aversión ninguna a las personas».
   Lo dice y lo demuestra. El 12 de febrero de 1892 escribe al padre Martín: «Ayer, 11, recibí la suya del 6, certificada. Como ya comprenderá que no ha podido serme indiferente su contenido, más por la forma que por el fondo, me siento movido a vindicarme un poco». Respetuosamente, pero con toda energía, expone al padre Martín la cuestión, dejando las cosas en su punto; y añade: «Por lo demás, permítame que le diga que reconocemos, y no es lícito dudarlo, que nuestra gratitud será eterna para con V.R., cualquiera que sea el resultado, por sólo su bondadoso ofrecimiento».
   Cuando se enteró –1894– de la muerte del padre Martín, escribe don Manuel: «Encomendé mucho a Dios al padre Martín, pues rebrotaba en mi pecho la compasión más bien que el enfado contra él. ¡Pobre padre Martín! ¡Casi tengo remordimiento de no haberme ofrecido a hacer retoñar la orden de la Trinidad! Dándoles chicos nuestros, la hubiéramos restablecido».

Y se perdió Condotti

A mosén Sol le repugna la publicidad, la grandilocuencia, el triunfalismo. Tanto ruido le «constipa», como dice él muy gráficamente. Prefiere «producir más bien fuego que llamas y ruido».
   Pero han levantado demasiada polvareda en torno suyo, y esto le hace sufrir. «No tendremos Condotti, y en cambio es lo peor que hemos promovido este ruido,
   que es un compromiso para nuestra obra..., la ponen en el caso de desarrollar el colegio en grandes proporciones, atendida la publicidad que ha adquirido el asunto. No era éste nuestro deseo, ni nuestro instinto, sino el de empezar modestamente, como es nuestro espíritu».
   A principios del curso 1891–1892 don Manuel está resuelto a instalar humildemente su colegio en Roma. «No hay otro remedio que empezar el curso allá». Mosén Sol es hombre de palabra; comenzará el colegio el año 1892, aunque todavía se ciernen tormentas en el horizonte. «Malas son las nuevas de Roma. ¿Si querrá Jesús que comencemos en una casita como la que arrendamos al lado de las monjas de san Juan el año 72? Sólo así crecen las buenas simientes».
   Y ora mucho para tomar resolución con paz, con ánimo sereno, en medio de los vaivenes y cabildeos, «Nuestro asunto de Roma está muy crítico. Dígalo a san José, pues si tuviera que dejarme llevar de los ímpetus de mi corazón, hoy mismo marchaba a Roma, daba un puntapié al edificio Condotti, y me ponía en un albergo con los colegiales. Pero me hago miedo a mí mismo».
   Por fin se perdió Condotti. Era el único modo de caminar sin lastre, sin pie forzado, sin injerencias de gobiernos. «Estoy tranquilísimo por la pérdida de Condotti; creo ha sido una gracia de Jesús para estar libres de injerencias de gobiernos. Estaremos en Montserrat. El papa está a la expectactiva».

Una sala de hospital

El 11 de marzo del 92 mosén Sol redacta un telegrama a monseñor Della Chiesa, que le ha escrito en nombre del cardenal Rampolla. «Recibida la suya. Estamos resueltos ir prontamente cualquier modo. Sol».
   Don Manuel tenía ya preparados los alumnos. «El 29 de marzo de 1892, a las 10 de la mañana, llegamos aquí don Benjamín, el padre General y siete chiquitos. Nos alojamos, como albergaditos, en la sala hospital de Montserrat. El día 1 de abril llegaron cuatro chicos más».
   Y el 1 de abril de 1892 –primer viernes de mes y cumpleaños de mosén Sol– pudo inaugurar oficialmente y sencillamente el Colegio español de san José en Roma. La prensa italiana se hizo eco, y dice don Manuel: «Todos los periódicos de Roma hablan ya de nuestra llegada y nos comprometen con sus noticias desfiguradas... El reverendo don Manuel Sol va zarandeado por esos periódicos».
   Don Benjamín Miñana, primer rector del colegio, anota en sus apuntes: «Esta fue la humilde cuna del colegio español». Una sala de hospital. Así nacen los hombres. Solía decir mosén Sol: «Los que no sufren mucho, no sirven para cosas grandes».
   El colegio de Roma nació con la sencillez que tanto añoraba don Manuel, en humildad y pobreza, en una enfermería alquilada.
   «Si el Señor, al inspirarnos el pensamiento, nos hubiera descubierto tantas montañas de contradicciones, y tantas alarmas y contrapesos, quizás hubiéramos desmayado, cuando era una cosa tan sencilla la que habíamos propuesto, y tan fácil de ejecutar, si no hubieran sobrevenido esas ambiciones y ampulosidades y grandezas de proyectos que Dios ha permitido, él sabe por qué, pero que nosotros no deseábamos vinieran».
   Eran la medida y el crisol de la talla y de la autenticidad de este hombre grande que escribía: «Hemos perdido Condotti. ¡Gracias a Dios! Nos despacharán de Montserrat. ¡Así sea! Nos buscaremos un Belén. ¡Amén! Y allí vendrán los ángeles a entonar el Gloria in excelsis Deo».

Altemps

Oyó este nombre don Manuel, por vez primera, el día 27 de abril de 1891. «Esta mañana ha venido Merry a decirme... no sé qué de Altemps».
   El papa viene insinuando para colegio español el palacio Altemps. Merry lo esquiva por la vecindad del seminario de san Apolinar, porque don Manuel y Merry prefieren las clases en la universidad Gregoriana.
   León XIII, desde que el padre Martín rompió el contrato con mosén Sol, ha redoblado su interés por favorecer a don Manuel, y pensó en ofrecerle el palacio Altemps para sede del colegio. A don Manuel le va agradando la idea cada día más. El 25 de noviembre de 1892 escribe: «Merry ha hablado con el papa en paseo». Hablaron sobre el nuevo colegio español; el papa insistió en Altemps. Termina don Manuel: «No sé por qué Merry adoptó otra postura; el 28 de febrero de 1893 escribe una nota a don Benjamín Miñana: «No vaya a acostarse esta noche sin rezar un Te Deum de todo corazón... La reserva y la emoción me obligan al silencio».
   El 25 de octubre de 1893 fechó León XIII la carta Non mediocri cura por la que cedía el palacio Altemps. El día 30 llegaron los primeros ejemplares de la carta. El 22 de septiembre de 1894 escribe mosén Sol: «Al fin, a las tres de esta tarde, sábado, se ha recibido el siguiente telegrama: «Tomada posesión Altemps. Benjamín».

Veremos si san José toma la vara

El día 30 de septiembre de 1894 llegó de nuevo a Roma don Manuel. Don Benjamín Miñana –había aprendido el estilo sencillo de mosén Sol– tomó posesión de Altemps, colocando en la mejor habitación un cuadro de san José. Buen patrono para hacerle encargos difíciles.
   Don Manuel escribe: «Aquí estoy en Altemps, palacio grande, pero desvalijado y desordenado; salones, escaleras y galerías, etc. Y lo peor es que no lo tenemos todo, pues aún falta despedir a un cardenal y a dos congregaciones y dos inquilinos. Veremos si san José toma la vara».
   Poco a poco, la vara de san José prevaleció sobre cardenales, congregaciones e inquilinos. Es mucho santo san José.
   El 11 de noviembre de 1894 mosén Sol instaló el santísimo en la hermosa capilla del colegio, que contaba ya con 60 alumnos. «Algunos son unos santos». Mosén Sol no quiso declinar el gozo de llenar la casa con el Señor sacramentado. «Queríamos invitar al cardenal Di Pietro para esto; pero no quiero privarme de este consuelo».

Suspendidos en el aire

Pero antes de arribar definitivamente al palacio Altemps, hubo que recorrer mucho camino. Montserrat era posada peligrosa, por la injerencia del gobierno español. Don Manuel quiere casa definitiva y propia. «Aquí estamos en Montserrat, y suspendidos en el aire... En cambio, nos ofrecen la compra de conventos, palacios y casas muy baratas».
   El cardenal Rampolla no se resignaba a que el padre Martín hubiera rescindido alegremente el contrato; pero este mismo interés del cardenal ataba las manos a don Manuel. Por otra parte, el gobierno español recela del nuevo colegio y quiere despachar urgentemente de Montserrat al doctor Sol y sus colegiales, Rampolla pide, por vía diplomática, prórroga de un año.
   A fines de marzo de 1893, el embajador de España recibe órdenes concretas para que el colegio salga inmediatamente de Montserrat. «No es malo que patee un poco el diablo y quiera armar cizaña, para ver si los echan. Patrem habemus», escribe Sanz y Forés a mosén Sol.
   Pero el diablo, o el gobierno, no tuvo buen aliado en el embajador que, prendado de don Manuel, sabe dar largas al asunto.
   El papa mandó alquilar para sede del colegio español, durante el curso 1893–94, parte del palacio Altieri.
   Don Manuel ha impuesto la verdad con sencillez. Después de la tempestad viene la calma, y escribe mosén Sol: «Las noticias de Roma nos llenan de tanto consuelo, que nos causan espanto».
   Estaba desentrenado para tantas bendiciones.

Historia de una escalera

Roma tiene muchos aspectos en abanico de polivalencias. Sabe a loba mítica de prehistoria y a verso cincelado en dáctilos y espondeos; sabe a circo arrebolado en sangre y a ruinas eternas y a catacumbas; sabe a victoria de césares y a intrigas palaciegas; sabe a Pedro y Pablo y a santa sede y hasta a diplomacias.
   Para don Manuel también goza Roma de muchos significados. «El papa es el papa, pero las cosas de aquí las hacen los que no son papas».
   El día 4 de octubre de 1890 llegó don Manuel a Roma para la fundación del colegio español de san José.
   Al día siguiente escribía: «Hoy hemos ido a ver al cardenal Rampolla en el Vaticano, y hemos tenido que subir 318 escalones, 104 más de los que hay en el Miguelete de Valencia».
   Es todo un símbolo de la fundación del colegio, que resultó alta y empinada como una escalera de 318 escalones. Hacía falta corazón joven y arrestos de mucha ilusión.
   Don Manuel olvidó una cosa muy sencilla: el ascensor. Porque también en Roma había ascensores. O quizá el ascensor tenía el cartelito desesperante de «no funciona».
   Mucho más adelante –los años gravan el cuerpo, pero dan agilidad de picardía santa– dice mosén Sol: «He subido ya dos veces las 318 escaleras del Vaticano, y no supe encontrar el ascensor. Cuando vaya a despedirme de Rampolla, lo buscaré mejor».
   Era inútil andar buscando ascensores.
   El viacrucis hay que recorrerlo paso a paso.
   

9



«Cada vez se extendía más su fama» (Lc 5, 15)
   


   La fundación del colegio de Roma costó muchos sinsabores a don Manuel –«me dicen que este último viaje a Roma me ha puesto en los setenta años», escribe en 1891–; pero también le granjeó amigos entrañables.
   Uno de ellos fue don José María Caparrós, canónigo arcipreste de la catedral de Madrid, de quien dice mosén Sol: «Es un hombre sincerísimo; es la nota que más destaca en él».
   Don Manuel ha tratado mucho con Caparrós, y éste se ha ilusionado con la Hermandad. «Está en peligro de ser nombrado muy pronto obispo –escribe don Manuel–, mas él no quisiera ser obispo, y mejor desea ser operario».
   Se consagró a la Hermandad el día 12 de agosto de 1892, en el colegio de Valencia. «No sé si usted conoce al señor Caparrós: le gustará muchísimo y es, a mi parecer, el mejor sacerdote del cabildo de Madrid».

Yo hubiera hecho lo mismo

A los cuatro meses de consagrarse a la Hermandad, fue propuesto don José María para el obispado de Zamora. Dejó la decisión en manos de don Manuel y, cuando éste le indica que debe renunciar, Caparrós resume su acatamiento en un telegrama: «Conforme».
   Nos lo cuenta el mismo don Manuel: «Nuestro Caparrós iba a ser propuesto para obispo. Aunque los pareceres de los nuestros no estaban uniformes, me puse ante Jesús y le dije que renunciara, y así lo hizo con grande alegría de su corazón. Lo dije al obispo de Tortosa, y éste se asombró del acto de Caparrós; yo no, porque hubiera hecho lo mismo».
   Cuatro años después le obligaron a aceptar la mitra de Sigüenza. Caparrós se lo comunica sencillamente a don Manuel: «Benjamín telegrafía enhorabuena; es un hecho. Sea para gloria de Dios. José María».

Sólo pudo hacerse pobre

Muy pocos meses gobernó su diócesis, porque una enfermedad le hirió de muerte. Escribe don Manuel el 30 de noviembre de 1896: «Mañana viatican a nuestro Caparrós en Madrid». «Pobre Caparrós, lleno de deudas y sin esperanza de nada».
   Los médicos le recomiendan mejor clima, y marcha a Murcia, al santuario de Nuestra Señora de la Luz. En enero de 1897 escribe desde allí a mosén Sol, porque quiere tenerlo a su lado para morir. El 25 de enero salió don Manuel hacia Murcia.
   «Llegué allí el martes 26, a las 10, y de allí a la ermita de la Luz, donde estaba el enfermo, y aún le dije misa y se alegró. A la noche se agravó, y no pude dormir, y le di el viático, y le dije misa delante de su cama, a las cuatro de la mañana. Luego empeoró, y a las dos y media de la tarde de dicho día 27 recibí su último suspiro, y le cerré los ojos. Al día siguiente se le enterró en el mismo santuario, a los pies de la Virgen de la Luz, asistiendo el señor obispo de Murcia y muchísimos sacerdotes y señores».
   Don José María Caparrós era un hombre sincerísimo, de vida auténticamente cristiana. Todos sus haberes habían pasado a los pobres. Continúa escribiendo don Manuel: «Me ha dejado heredero universal... pero... de deudas. No tenía un céntimo. No pudo ser trasladado a Sigüenza, ni siquiera a la catedral, por falta de fondos. No tiene ni un pectoral ni una mitra, y sólo un anillo sencillo. Su muerte ha sido santa. Nos amaba muchísimo. No pensaba más que en la Hermandad, y sólo de ella hablaba».
   Este es el panegírico que mosén Sol hace de don José María Caparrós. El epitafio sobre su tumba es otro panegírico: «Habiendo dado todo lo suyo a los pobres, murió pobre, fue sepultado más pobremente todavía. Sea rico en la felicidad suprema».
   Caparrós fue un auténtico testimonio.
   Todos los años recuerda don Manuel a sus dos buenos amigos que fallecieron el mismo día, aunque de distintos años: «27 de enero. Aniversario de la muerte de mis amigos don José María Caparrós y don Enrique de Ossó».

No se me haga usted viejo

Don Esteban Ginés Ovejero es un sacerdote de Plasencia, de gran prestigio, de ardoroso celo. Sin conocer a mosén Sol, marcha por línea gemela de apostolado.
   Don Manuel envía su revista El Congregante al obispo de Plasencia, y éste la pasa a don Esteban, que está organizando la congregación de san Luis.
   Así es como don Esteban Ginés conoce a la Hermandad; y en 1887 marcha a Tortosa para informarse mejor. Era en el mes de abril.
   El 4 de octubre volvió a Tortosa, resuelto a consagrarse a la Hermandad; pero el obispo de Plasencia ruega a mosén Sol que aplace un poco su consagración como operario diocesano, «porque aquí deja un vacío que no se llena fácilmente».
   El 11 de diciembre regresa a su tierra extremeña, dispuesto a establecer un colegio similar a los de don Manuel, con ánimo de entregarlo a la Hermandad. Funda el colegio, se lo ofrece a don Manuel, y éste le contesta: «Quiero a usted primero... Lo que importa es que no se me haga usted viejo; que, cuando nos hacemos viejos, nos entran unos apegos a nosotros mismos, que nos exponen a infidelidad con la gracia, y ponemos en peligro los designios de Dios».
   El 1 de agosto de 1893 don Esteban Ginés Ovejero hacía público que el colegio de vocaciones de Plasencia pasaba a la Hermandad, y el día 11 del mismo mes se consagró a la obra de don Manuel.

El rabino de la fábrica

El 21 de agosto de 1894, a las cuatro y media de la mañana, llegó mosén Sol a Almería. «Allí estableceremos colegio este año, pues el obispo nos ha llamado para ello».
   Mosén Sol tenía verdadera pasión por Andalucía, donde había menos clero y grandes necesidades. «¡Qué diócesis para hacer el bien!».
   Ve el colegio que le ofrecen y cuenta así sus impresiones: «Aquello es pequeñísimo, a pesar de que tiene una bonita iglesia semi–pública... Proposición nuestra: que el colegio, con el carácter de provisional, lo aceptaríamos; pero con el intento y resolución de otra cosa mejor para el desarrollo del colegio, lo cual podría ser o comprando una fábrica que hay contigua, o comprando (a cuenta nuestra) otro edificio o un terreno para edificar».
   Aquella fábrica trajo de cabeza a mosén Sol. Muy numerosa es su correspondencia sobre el asunto de la fábrica. «Creo que se nos escapará la fábrica de Almería, pues pide el dueño una barbaridad. No llegaremos a un convenio con el rabino de la fábrica, porque quiere un precio fabuloso».
   En octubre de 1894 se encargó la Hermandad del colegio de san Juan, con unas bases «muy favorables al prelado ––dice mosén Sol–, pero para nosotros no perjudiciales».
   Andalucía tiene el corazón a flor de piel; se entrega a quien se le entrega. A los dos años escribe mosén Sol: «De Almería quiere venir a la obra medio clero. Estoy espantado de dar tantos nones. Y van dos en estos días».

Entrando por Castilla, la fría

1894. Instan a don Manuel para que se haga cargo de dos colegios en Burgos. «Carta de Burgos, que nos dan dos colegios de noventa alumnos cada uno, y que pongamos condiciones... ¡Qué bien vendría para entrarnos por Castilla, la fría! ».
   Se repiten las cartas con frecuencia: apremian los ruegos; y mosén Sol hace otra vez el milagro de alargar sus brazos y su corazón. Escribe el 11 de junio de 1895: «Acabo de tener carta de Burgos. Debo estar allí antes del 25». El día 27 salió de Tortosa; el 20 de junio de 1895, «a las cinco y media de la mañana, bajábamos en la estación de Burgos».
   Visitó ambos colegios, con esta impresión: «El primero –san Carlos– muy buen edificio y antiguo colegio de jesuitas; pero ocupado, en parte, por la Normal, y parte, arrendado al ayuntamiento por el señor arzobispo, para mercado de verduras... El otro es... una miseria».
   El 29 de junio comunica por carta que se han aceptado los colegios, pero con la condición de levantar pronto un edificio grande y único.
   Burgos le ha gustado a mosén Sol. «Vale más que tres diócesis»; pero prevé «las contradicciones que nos aguardan».

«Tapando» el sol a las monjas

En 1896 compra terrenos para el nuevo colegio de san José. Se entiende con el marqués de Comillas, que «hará más de lo que pueda». Dice don Manuel: «Comillas se ha portado muy bien».
   Pero unas religiosas vecinas a los terrenos ponen el grito en el cielo, porque, con el nuevo edificio, les van a «tapar» el sol. Arman un alboroto de primera división, «crean atmósfera».
   A estas monjitas habría que decirles; es imposible que el «Sol» vaya a «tapar» el sol.
   Don Manuel, en gesto de humorismo, dice al rector: «Ponga un suelto en los periódicos, que el casino republicano va a comprar ese terreno para hacer un casino y jardín desahogado; ya verá cómo pronto piden que se pongan los de san José».

Los catalanes... tercos, los burgaleses... constantes

Las obras avanzan; pero avanza también la atmósfera enrarecida. Dice mosén Sol el 29 de mayo: «Ayer recibí dos anónimos..., diciéndome que si los catalanes son tercos, los burgaleses son constantes, y que van a combatir en la prensa el disparate de las obras. Están que rabian, y no dan razones más que por el punto donde se fabrica. Sólo lo siento por el pobre señor arzobispo».
   En septiembre de 1898 «trasladan la comunidad al nuevo edificio»; en octubre, «arreglada la iglesia para instalar la reserva». El 2 de noviembre escribe don Manuel: «En Burgos sin cocina y con 226 alumnos».
   Pero mosén Sol sigue creyendo que este colegio será «una bendición de Dios». Dice el 16 de marzo de 1899: «Burgos sin novedad, y ufanos con aquel soberbio edificio». Hasta las monjas se «destaparon» en elogios.
   Don Manuel estaba contento de haber entrado en Castilla –ara de España–. «Estos castellanos son muy formales y despejados, y confío vendrán algunos a nosotros y valdrán mucho».

Monseñor Vico al habla

El auditor de la nunciatura de Madrid, monseñor Antonio Vico, ha tratado muchas veces a don Manuel; sobre todo durante la fundación del colegio español, en Roma, se han estrechado sus relaciones. En 1893 monseñor Vico pasó a la nunciatura de Lisboa. Vio el panorama lusitano, y se acordó de la Hermandad de mosén Sol, como dice textualmente, de «la regeneradora obra de usted».
   El 17 de enero de 1894 escribe don Manuel: «Portugal. Me crecen las energías al pensar en ese país. Las proposiciones de monseñor Vico no son desatendibles. Pero creo, o temo, que el seminario no está en la capital, y, en este caso, no puede pensarse en nada».
   Monseñor Vico interesa vivamente al cardenal patriarca de Lisboa para la fundación, e insiste reiteradamente ante don Manuel. Mosén Sol quisiera abarcarlo todo; pero dice «me espanta la falta de personal y vamos a matar a todos los operarios».
   Lleva en el alma la espina de Portugal y no le deja vivir. «Me sufre el espíritu al pensar el bien que haríamos allí».

Un cardenal llamado Netto

Después de algunos trámites, mosén Sol se percata de su eminencia reverendísima José Sebastián III, cardenal Netto, patriarca de Lisboa, «divaga, y no comprende la obra, y quisiera formar sacerdotes y misioneros de solos 'los huérfanos de pae é mae'».
   El cardenal Netto, reverendísimo y eminentísimo patriarca y cardenal, es todo un poema épico, solemne, de largo protocolo y mucha entonación.
   Don Manuel sale de Madrid el 19 de abril de 1895. «El 20, sábado, a las seis y media de la mañana, entrábamos en la soberbia estación de Lisboa». El señor patriarca –tras una espera de varios días, que arranca acentos de colorido italiano a monseñor Vico– recibe a mosén Sol y sus acompañantes. Ofrece un palacio «pequeño», y sólo para poder empezar con unos setenta u ochenta, y la huerta grandísima».
   Pero el cardenal Netto tiene predilección marcada por una quinta, lejos de Lisboa, y que, a juicio de don Manuel, podría servir únicamente para «hacer pasar unos días de vacaciones a los alumnos, turnando por secciones». «Nos costó disuadirle», comenta mosén Sol.

Título rumboso

El señor patriarca de Lisboa, eminentísimo cardenal Netto, comienza por discurrir el título de «Asilo» para el nuevo colegio. Claro, él sólo pensaba en huérfanos. Don Manuel escribe: «No convendría ponerle el nombre de asilo, porque aparecería un poco más humillante para los que quisieran venir al colegio».
   Mosén Sol quiere que se llame sencillamente colegio de vocaciones. Pero el proyecto del patriarca va adquiriendo tanto rumbo, que ofrece un epítome de historia lusitana para titular el colegio, un nombre casi tan largo como la cola de su capa magna: «Pequeño seminario de Jesús, María y José, colegio de san José y san Antonio, de vocaciones eclesiásticas, y para misioneros de las colonias portuguesas».
   Casi nada. Un poco más, y sale una pastoral ungida en púrpura.
   Monseñor Vico quiere consolar a don Manuel: «Esta obra de Lisboa necesita mucha, muchísima paciencia y más sacrificio».
   Mosén Sol procura quitar hierro al asunto. «Don Esteban vino con pesimismos de Lisboa por el cardenal indeciso y variable».

¡Farrobo de mi alma!

Mientras se habilita el palacio de Lisboa, se empeña el cardenal en comenzar con el colegio en la querida y famosa quinta de Farrobo, que a don Manuel le produce verdadera alergia. «Ya sabe –escribe– que ni quise ver Farrobo, a pesar de las instancias del señor cardenal».
   Pero hay mucha tierra por medio, y deciden los que viven en tierras portuguesas. Don Manuel se resigna a regañadientes. «El cardenal 'chocho' con lo del colegio, y contento Serrano y bromeando todo el día. Fluctúan de empezar el colegio en el palacio, o empezarlo en una quinta de fuera. He escrito que, a ser posible, dentro; si no, fuera sólo hasta navidad»,
   Y se fueron a Farrobo. Y allá tuvo que ir don Manuel, en el año 1896; pero antes –dice– «quedé con el cardenal en que nos trasladábamos a Lisboa. Convino en ello».
   Farrobo es una pesadilla para don Manuel. «Farrobo está –escribe– a una hora de la estación y peñas arriba». Y desde la quinta famosa del famoso cardenal y patriarca ampuloso, escribe contagiado de ampulosidad mosén Sol: «Llegamos aquí Albiol y yo la mañanita del 9 de junio. ¡Farrobo de mi alma! ¡Tema de encanto para los poetas! ¡Deliciosa soledad para los contemplativos! ¡Ambiciosa estancia para el cardenal! ¡Encanto de las almas superficiales! Pero para mí y para la obra, prisión para purgar nuestros pecados, origen y causa de todos los males de nuestra santa empresa, nido de sufrimientos y quebrantos materiales y morales...; en fin... una tentación no vencida».

La «malicia» de nuestra obra

En 1896 fue trasladado a Lisboa el «nascente viveiro de vocaçoes eclesiasticas», y se instaló en el palacio contiguo a la residencia del cardenal. El purpurado, de vez en cuando, tiene sus extravagancias hijas del temperamento; o bien sale de tono –demasiado purpurino–, o se limita en las entrevistas con el rector a «explicar el modo de remojar los garbanzos para que se hagan gruesos ».
   En 1901 aseguran a don Manuel que el nuevo director «lo hará bien en aquel país perdido, y en aquella situación anómala y con aquel cardenal extraño».
   Pero en marzo de este año comienza «la agitación sectaria de las turbas». Dice don Manuel: «Ahora nos están apedreando en Lisboa a los 'paes espanholes', que cuidan el colegio de aquella capital. Se conoce que el diablo ha llegado a penetrar la 'malicia' de nuestra obra».
   Se va enrareciendo el ambiente político y social. «No puedo explicar la crisis revolucionaria de Portugal. La secta ha apuntado contra nosotros... El palacio patriarcal está custodiado por caballería todas las noches, por las intentonas contra los padres españoles. Se ve que el 'banyeta' ha comprendido nuestra 'malicia'».
   El 9 de marzo un periódico lisboeta azuzaba los ánimos para perseguir a los operarios« con más encono aún que a los mismos jesuitas». Don Manuel comenta: «Si la providencia de Jesús quisiera que saliéramos por motivo de los masones, sería una salida muy gloriosa. Sería una bendición».
   El ministro portugués declaró que eran jugadas sucias de la masonería; pero «dijo al señor cardenal que debían ir fuera los sacerdotes de san Vicente, y que no respondía de lo que pudiera suceder».
   Así terminó la aventura de Portugal. Don Manuel hizo cuanto estuvo de su parte, y queda con la conciencia tranquila, y con el bolsillo mermado: «En las zarzas de Lisboa nos hemos dejado 26.000 pesetas, por culpa de quien sea en parte; Jesús nos ha librado de la carga, y con completa tranquilidad de mi alma, que es lo que más deseaba».



10



«Alzad los ojos y ved los campos blancos para la siega» (Jn 4, 35)
   


   Los colegios de san José marcaron huella especial en la formación del clero. «Más de un prelado me ha dicho, sin ningún reparo –escribe mosén Sol– que en algunas parroquias ya se conoce la idea de los jóvenes salidos del colegio».
   El carácter benéfico que matizaba a estos centros, les dio un aire familiar, de compenetración entre alumnos y superiores, totalmente desconocido en los seminarios de la época. El colegio nacía ágil para abrir rutas nuevas. Los seminarios arrastraban lastre añejo, demasiada costra.
   Comienzan las peticiones a mosén Sol para que se haga cargo de la dirección de seminarios, «campo –dice él– en general necesitado, y en algunos puntos (aquí podemos decirlo) como matorral abandonado».
   No le causaban el gozo de sus colegios; pero mosén Sol había dicho muchas veces y tenía que cumplirlo: «Que no tenga que remordernos y que no pueda decirse de un operario que pudo hacer algún bien y no lo hizo».
   Labor ardua la que esperaba a la Hermandad en los seminarios. Es muy significativo que don Manuel repita insistentemente la consigna de «apartar lobos del santuario». Pero así estaba, por desgracia, el «matorral abandonado» de los seminarios. Puede decir sin hipérboles un día: «Muchos de los nuestros han podido ver ya lo presente, comparándolo con la ‘cloaca' que encontraron».

Roturando campos

El año 1894, el señor obispo de Granada ofreció con insistencia la dirección de su seminario a la Hermandad. «Nos gusta la diócesis por ser andaluza», dice don Manuel; pero la escasez de personal le obliga a declinar la invitación.
   Los prelados siguen urgiendo y, en 1897, aceptó el primer seminario diocesano. «Astorga. Telegrama de Albiol que están aceptadas todas las condiciones; hay 200 internos y 500 externos».
   Hay, además, un «rector gallego, que está bufando».
   Astorga, recia tierra de vocaciones, ha sido exponente de entrega y religiosidad.
   Una vez aceptado el primer seminario –«campo afín, pero que no se abrazó sino después de discutido mucho y obtenido el asentimiento de todos», dice don Manuel–, llegó una lluvia de peticiones, todas con sello de urgencia, y que mosén Sol fue aceptando en la medida de sus posibilidades. Le proporcionaban menos satisfacciones que sus colegios; pero ni las dificultades, ni las espinas, ni los recelos, fueron causa suficiente para que este hombre de Dios negara su total cooperación.
   «Entramos en un campo vidrioso, aunque vastísimo». Había que roturar el campo; había que sanear el ambiente; había que partir de algo peor que cero. Era muy dura la situación en los seminarios. «Estamos palpando diariamente en las diócesis tanta    En 1898 se hace cargo del seminario de Toledo, donde inauguró, además, un colegio el año 1899.

San José nos asista

En marzo de 1898 escribe don Manuel: «Temo el compromiso de dos seminarios para el año próximo... Nos amenazan dos seminarios más, y otro con media amenaza. San José nos asista».
   Y brota un surtidor de nombres y fechas, que colmarían muchas vidas. Es un arco de triunfo; pero es muy duro el peso de esta gloria. Así reza la letanía:
   1897. Seminario de Astorga. «El día de la natividad de la Virgen recibí el telegrama de Albiol que están aceptadas todas las condiciones».
   1898. Seminario de Toledo. «Desde la imperial Toledo, 8 de julio de 1898, y palacio arzobispal... El señor cardenal quiere que nos encarguemos del seminario. Le hice ver la conveniencia de colegio, además. Estamos conformes».
   1899. Toledo. «En Toledo se inaugurará el colegio el día 1 de enero de 1899. 70 alumnos ya. El año que viene no cabrán en la casa de los Infantes».
   1899. Seminario de Zaragoza. «El día de san José, a las ocho y media de la mañana, firmábamos las bases... Estamos ya a la sombra del Pilar».
   1901. Seminario de Sigüenza. «Puede V.E., creer que nos ha servido de mucho consuelo, sobre todo, por la memoria de nuestro operario señor Caparrós, que deseaba nos encargásemos de ese seminario el mismo día de su entrada, y no pudimos complacerle por falta de personal, y se lo aplazamos».
   1901. Seminario de Cuenca. «Deseo este campo, y me hace miedo al mismo tiempo».
   1901. Colegio de Cuenca. «Colegio de san Pablo además del seminario».
   1902. Seminario de Badajoz. «El obispo de Badajoz nos llama. ¿Qué haremos?... Iremos otra vez a Extremadura».
   1903. Seminario de Baeza. «El obispo de Jaén nos ofrece ahora Baeza. El edificio de Jaén está muy atrasado». «Este año Baeza, y al otro, el de la capital».
   1904. Seminario de Jaén. «A Jaén no iremos hasta navidad, por las obras».
   1904. Seminario de Ciudad Real. «El obispo de Ciudad Real insiste en que vayamos allá, e irá ahora Albiol a firmar las bases».
   1904. Seminario de Málaga. «Tengo carta del obispo de Málaga que insiste. Pida a Jesús que nos desahogue».
   1905. Seminario de Barcelona. «Muy escaso es nuestro personal, pero, a pesar de ello, haremos los esfuerzos que nos sea posible por complacerle».
   1906. Seminario de Segovia. «Los nuestros de Segovia escriben demasiado contentos de los chicos».
   1907. Seminario de Almería. «La Hermandad acepta gustosa ese ofrecimiento. Ya tenía allí el colegio de vocaciones».
   1908. Seminario de Tarragona. «El haber tenido que aceptar Tarragona, pone en aprieto nuestro ya reducido personal».
   Y hay que añadir los colegios de vocaciones de Tortosa, Valencia, Murcia, Orihuela, Burgos, Plasencia, el colegio español de Roma.
   «La tela no da para más», dice don Manuel; y tiene que resistir los apremiantes ruegos de encargarse de los seminarios de Sevilla, Segorbe, Santiago, Canarias, Solsona, Santander, y los muchos que le están pidiendo desde América.
   Don Manuel Domingo y Sol agota su vida y su obra en una ingente tarea de formación sacerdotal, tratando de infundir espíritu y vida en aquellos viejos centros amortiguados.
   Labor arduo; empresa titánica; vocación auténtica de martirio.
   «Es un bien que no se puede dar mayor.... porque no hay objeto tan alto como éste. Es un resultado que puede servirnos no sólo de consuelo, sino de título, que podemos invocar ante Dios para obtener su misericordia y su gracia en la hora de la muerte. Y esto, aunque nuestros resultados se limitaran a ser negativos, esto es, prescindiendo de la verdadera formación sacerdotal que nos proponemos, y sólo con impedir que entren lobos en el santuario».
   

11



«Sal de tu tierra, de tu parentela» (Gén 12, 1)
   


   El salón de estudio del colegio de vocaciones de Valencia vive una seriedad inusitada: las travesuras juveniles se truecan en formalidad grave de problemas y votaciones, el día 12 de agosto de 1898. Se está celebrando el primer capítulo general de la Hermandad de sacerdotes operarios diocesanos.
   Don Manuel ha mantenido un forcejeo de años para evitar los caminos trillados, que se saben de memoria los consultores de la curia romana. Escribe: «Dije ya que nuestra obra es especial, y no debe extrañarnos esta expresión, porque todas las obras están acomodadas a las circunstancias de los tiempos».
   Insiste constantemente, con energía: «Esta fisonomía solamente sacerdotal, pero santa, la hemos de ir sosteniendo para que no se desfigure».
   La rutina –muy explicable– de los curiales prefiere los cauces hechos. «El padre Panadero con sus escrúpulos sobre las constituciones. Quisiera amoldarnos a fraile, y no queremos».
   No se cansa de repetir la misma idea, para que jamás la olviden quienes prolonguen la Hermandad. «No es nuestra obra una religión, sino una fraternidad», Mosén Sol, con intuición maravillosa ve a muchos lustros de distancia: «Diga al padre Llevaneras que algunas de esas innovaciones que encuentran, tengo la convicción de que han de venir, atendidos los tiempos que corremos. Que se fijen que no es una orden religiosa la nuestra».
   Por fin, el día primero de agosto de 1898, se expedía en Roma el Decretum laudis para la Hermandad, y, una vez recibido, se imponía celebrar el capítulo general, en el que fue elegido director general don Manuel Domingo y Sol.
   Cerró el capítulo con palabra vibrante mosén Sol: «A la sombra de este árbol nuestro es de esperar se forme la nueva generación sacerdotal, que el mundo de hoy necesita, para que sea luchadora contra las huestes del Anticristo».

Me ilusiona América

Hace muchos años que mosén Sol piensa en América con cariño especial. Su corazón de apóstol se inclina por las regiones más necesitadas. «Mucho me ilusiona América por lo que oigo decir de la falta del clero allí».
   Al finalizar el primer capítulo general, don Manuel alude a las tierras de ultramar, que abraza en latidos de esperanza. «Siglos enteros están acechando con su mirada nuestra aparición desde los montes de nuestras antiguas Américas, en demanda de auxilio para aquellas almas necesitadas».
   Le urgen desde allí con interés apremiante. «En Brasil llamándonos, y lo hemos prometido, y no lo podemos cumplir». Monseñor Vico, desde la nunciatura de Colombia, le pide que la Hermandad funde en aquella nación. «He contestado que no puede ser, a pesar de que Vico dice que está comprometido». Siguen reclamando de Colombia: «En Valencia está el obispo de Santa Marta (Colombia) que va a Roma, pero quería detenerse aquí para ver si le prometemos operarios que vayan a fomentarle y formarle vocaciones en aquella diócesis tan grande como España, y que sólo tiene ochenta sacerdotes... Sólo podremos darle esperanzas lejanas».
   Le llaman con acento esperanzado desde Bolivia. «Debemos decir que por hoy no puede ser, por falta de personal; que, si acaso un día pudiéramos cooperar al bien de aquella diócesis, no dejaríamos de hacerlo». Desde Bolivia vinieron a España para reforzar directamente la petición. «En Bolivia nos ofrecieron el seminario de Santa Cruz, y aun todos los de la República..., contesté al encargado, que fue a Toledo a buscarnos, que no podía ser».
   De mucho tiempo atrás, le vienen urgiendo desde México, y... tampoco ha habido posibilidad. Pero mosén Sol mira hacia América, y, como él mismo dice, «da velas a las velas del barco, para que se lance a la mar».

Dijo Jesús: boga mar adentro.

El amor no conoce dificultades insuperables. Y América es irresistible al corazón de España, que tiene la mitad del alma a bordo de «Santa María» por los caminos del mar. Se le escapó en los ojos de una reina, que era «católica», es decir, universal, y ensanchaba con ternura su regazo en dimensiones de océano azul y de cielo sin límites.
   América espera a España, para llamarla madre, en su mismo idioma, el de casa, en el que aprendió su fe; la espera con los nombres duplicados de sus ciudades, como retoños del mismo hogar.
   México es «Nueva España», y allá arribó el corazón de don Manuel.
   El señor obispo de Chilapa venía tratando, hace tiempo, con los operarios de Roma; y a fines de marzo de 1898 vino a España para hablar personalmente con mosén Sol y hacer las bases de dirección de su seminario.
   El 1 de abril de 1898 –cumpleaños de don Manuel– acordaron y firmaron dichas bases don Manuel y el señor Ibarra, obispo de Chilapa.
   Don Manuel había conseguido que toda la Hermandad respondiera con generosidad ferviente a la llamada de América. «He promovido un movimiento de deseos de América en los colegios». Y dice de los operarios: «Estos chicos nuestros no pueden aguantarse, empezando por el grave don Elías, y quieren se vaya a América».
   El 25 de noviembre de 1898, a las tres de la tarde, despidió en el vapor «Ciudad de Cádiz» a los tres operarios, que con dos sacerdotes auxiliares partieron rumbo a México. «Les bendije los camarotes y a ellos –dice don Manuel–, y me despedí emocionado».
   La meticulosidad de mosén Sol nos ha conservado hasta el precio de cada plaza. «El pasaje de cada uno costó 508 pesetas en primera clase, pero tercera sección».
   El día 24 de diciembre, «a las ocho, recibimos telegrama de Bover de Veracruz, que arribaron felizmente».

Mártir de deseos

«Si tuviéramos veinte operarios más –dice mosén Sol– arrebatábamos todas las almas del antiguo imperio mexicano».
   Don Manuel intuía la necesidad de evangelización en América; pero las cartas de los operarios encendieron sus anhelos ya crecidos. «Como, duermo y sueño con México, y estoy dando vueltas al problema de ayudar allí».
   ¡Si tuviera veinte operarios más...
   «Hoy carta del obispo de Chilapa –escribe el 7 de febrero de 1899– contentísimo de los operarios, y pide dos más para misiones. Le digo que no».
   De la capital de México le proponen que se haga cargo la Hermandad del templo nacional expiatorio de san Felipe de Jesús. «Con pena en el corazón por la falta de personal –idea que me pone enfermo–, creo telegrafiaré que sí... por iniciar nuestro objeto primordial de reparación».
   El 15 de diciembre de ese mismo año se encargaron del templo los operarios. La idea de la reparación era el manantial de toda la vida apostólica de mosén Sol.
   El arzobispo de México le ofrece el seminario central. Le piden operarios para el seminario de misioneros guadalupanos; le llaman a Cuernavaca, a Puebla de los Angeles, a Querétaro, a Monterrey, a Mérida. Le están urgiendo desde Santiago de Chile, desde Lima...
   Don Manuel, «ante el vasto campo de América, tiene que ser mártir de deseos». «No queda ni un palmo de tela».
   Pero la tela da mucho de sí, cuando América tira ––como un imán de amor– del celo apostólico que arde en el corazón inexhausto de mosén Sol. En 1900 pudo aceptar el seminario de Cuernavaca, donde los operarios hubieron de encargarse también del culto en la catedral. En 1902 tiene que aceptar el seminario de Puebla de los Angeles.
   Don Manuel no puede alargar más sus brazos. «Al recibir peticiones de personal, y ver el vasto campo que se abre en España y América, me contristo, y quisiera lanzarme a todo; pero, puesto en la presencia de Dios, me quedo tranquilo, porque ya ve él que no podemos».
   Es una increíble letanía de realizaciones la que avala con plena garantía, ante Dios y ante los hombres, la tranquilidad de conciencia de mosén Sol.
   Bajo el azul del cielo y sobre el rumor del mar, los ángeles de las naciones entonan un prefacio de gloria en honor de don Manuel.



12



«Apacentad el rebaño de Dios» (1 Pe 5, 2–3)
   


   No es fácil bosquejar una síntesis espiritual de mosén Sol, porque su figura desborda encasillados. Intentaremos un esbozo rápido que pueda iluminar los rasgos más relevantes de este hombre grande y sencillo, enérgico y cordial.

Grandeza de alma

Bienaventurados los que poseen un corazón grande, porque se parecen mucho a Dios, que es amor, es decir, corazón.
   Es una de las características más acusadas en la personalidad de mosén Sol. Un día recibió una carta muy significativa, en la que el remitente contrastaba a don Manuel con el común de corazones pequeños y egoístas: «Yo no pensaba que hubiera tanta dureza de corazón en el mundo. Jesús sí que estuvo bien generoso con usted: le dio un corazón que habría para cien».
   Las cosas más triviales adquieren categoría cuando las toca mosén Sol; las unge con su grandeza. Solía decir don Manuel que hasta las ideas grandes quedan «afectadas e influidas cuando las escudillan cabezas pequeñas».
   Diríamos, plagiándole al revés, que hasta las cosas pequeñas quedan engrandecidas cuando las modela su corazón grande.
   Ante las dificultades con que tropezó en la fundación del colegio español de Roma, jamás se amilanó. «Guerras oficiales. Guerras oficiosas. Ensancha el corazón esta rabia del infierno. No me espanto de las dificultades cuando anda por medio la gloria de Dios. ¡Adelante! Esto dará resultado con su gracia».
   Su grandeza de alma se revela en el equilibrio perfecto de su espíritu. Puede confesar sin sonrojo: «Mi corazón no se cambia aun en las amarguras y resentimientos».
   Es magnánimo en el perdón, hasta dolerle las humillaciones de quienes le hicieron daño. En cierta diócesis de España, un clérigo principal y prepotente había tratado de minar alevosamente la obra de la Hermandad. Descubiertas sus añagazas, fue postergado por la jerarquía. La reacción de don Manuel recuerda la grandeza de alma que refleja Pablo: «Bástele a ése la corrección de tantos, pues casi habríamos de... consolarle, para que no se vea consumido por excesiva tristeza. Os suplico que reavivéis la caridad para con él». Así decía Pablo, y don Manuel escribe: «No hablen ni escuchen nada del señor vicario. Yo he sentido se le haya humillado, pues lo conservará siempre en su corazón... Procuren ser atentos con él».
   La consigna de mosén Sol reza así: «Corazón grande, y a hacer tranquilamente las resoluciones que convenga ante Jesús, y ¡vengan penas! ».
   Le duelen los corazones pequeños, encogidos, que todo lo modelan a presión de angustia. «Quítese temores y obre con libertad en todo». «No se esfuerce usted en reprimir el corazón demasiado, si no, será peor y ocasión de más temores y sufrimientos e inquietudes, que no serán buenos para el espíritu».

Amabilidad y energía

«Hasta los leones se amansan con diplomacia, si hay serenidad y grandeza de corazón», dice don Manuel. Y lo puede decir por experiencia propia, porque hace lo que aconseja. «Peque usted más por amabilidad que por corrección, y ya verá cómo le va mucho mejor».
   No le gustan las precipitaciones, que suelen ser signo de inmadurez. «No se arrepienta de obrar siempre con calma, y no haga mucho hincapié de los ardores de los novatos, que, al principio, todos quieren rigor, y luego, ya van calmando sus bríos».
   Sólo con amabilidad se puede conquistar a todos –bienaventurados ellos, porque poseerán la tierra–, cuando esa amabilidad procede no de timidez, sino de convicción y rectitud de alma. Dice don Manuel: «Los jóvenes son los mismos en todas partes, y en Burgos los graves castellanos, y en Valencia los hijos de aquellas aguas ligeras, y en Zaragoza los tenaces aragoneses, se acomodan dócilmente a cualquier dirección, si ven interés y desprendimiento en los que dirigen».
   Pero todo lo basa en cimientos de solidez sobrenatural. «Mejor es llevar a los demás, no como a inferiores, sino con respeto y como a iguales, puesto que son miembros del mismo cuerpo».
   La amabilidad constante no resta un ápice a su energía, cuando es necesario decidir y actuar. Conjuga ambas facetas en este consejo: «Tenga usted serenidad. Sea usted muy amable –que lo es poco, o no sabe serlo–, pero, luego, a la suya, pero con amabilidad y sonrisa, En fin, suavemente en el modo pero siempre, aunque terco en la realidad, puesto que con la convicción y la razón, pronto o tarde, van abriendo los ojos. Cuesta, sí, pero se logra. Pida, pues, a Jesús esta santa diplomacia».
   Don Manuel exige con cariño y con fortaleza, según la capacidad de cada uno. A un colaborador que peligraba en extravíos de «quietismo y egoísmo espiritual», le urge para que limite su aprovechamiento a «esos resultados pequeños». «Despójese de sus comodidades espirituales y su satisfacción propia», porque «Dios no quiere la paz de aquéllos que destina para la guerra».
   La corrección fraterna –a la que concede suma importancia y para la que se necesita mucho amor y mucha hombría fue constante en él. jamás le retrajo ni el respeto humano ni la debilidad del miedo.
   A un buen amigo que se refugiaba en la opinión benévola de los otros, para esquivar compromisos, le dice, con dureza cariñosa y cordial: «Ellos le tienen una compasión criminal, que no sé tenerle yo». Don Manuel sabía cuánto más podía rendir aquel hombre bueno, y le anima así: «Pocas son las cruces que usted lleva, y sus hombros son para más».
   Mosén Sol quiere a sus operarios hombres íntegros, de una pieza, como dice gráficamente, los quiere «asegurados de incendios». No transige con blandenguerías fáciles. «Por Jesús, le pido a usted que se blinde el corazón».
   Lo sintetiza en frase rápida y audaz: «Digo más: no basta tener esa santidad sacerdotal; no basta que seamos sacerdotes muy espirituales; tenemos necesidad de algo más los operarios: hemos de ser hombres».
   Por esta misma razón, es muy exigente en la selección: «Los que han de venir han de ser de condiciones especialísimas. En cuanto a mí personalmente, puedo decir que no quiero medianías, sino gente de talento y buen carácter, o sea, que tengan base para ser hombres».

Apertura de corazón

«Nuestra obra tiene un carácter más fraternal, más democrático». Por eso mismo exige don Manuel «la espontaneidad», «esa especie de comunicación de bienes, que evita hasta peligros en el individuo». Mosén Sol era así: abierto a Dios y a los hombres, transparente –por limpio de corazón– hasta dejar pasar la luz. Escribe un día: «Dice que tal vez convendría que los superiores den a entender los motivos de las disposiciones. O estoy muy equivocado, o me he creído que he obrado con excesiva familiaridad y franqueza en exponer los motivos, al proponer los campos u ocupaciones a cada uno, sobre todo a los operarios mayores».
   Para mosén Sol la apertura de corazón, junto con su complemento necesario de la corrección fraterna, es el medio más fácil para la propia santificación y para el mejor gobierno de la Hermandad. Don Manuel dice: «No ser corazones cerrados ni caracteres abstraídos, de los que nunca se sabe ni qué piensan, ni qué tienen, ni por qué caminos andan... Fuera misterios y tortuosidades de conducta y excentricismos de carácter. Expansión y abertura. El corazón abierto dentro de nuestra Hermandad».
   Hasta la misma obediencia la prefiere en diálogo fraternal, en colaboración de hermandad. «Según nuestras reglas, no es contra la obediencia aun indicar deseos y aquietarse luego».
   Mosén Sol expresa así su punto de vista con toda claridad: «Cuando se ve claro, y es indispensable, se resuelve con decisión, aunque a veces tenga que ser con pena... por lo difícil del cumplimiento. Y aun en esto no obro nunca sin consuelo, que, si no es conforme con el mío, lo evidencian las razones que al fin convienen. Pero hay cosas que se ven útiles aunque no sean necesarias, y se duda de la posibilidad de fuerzas o de oportunidad, y entonces se proponen, Y. en este caso, toca en cierta manera a los que lo han de ejecutar ofrecerse, y aun alentar al superior y allanarle los medios y aminorar las dificultades que puedan intimidarle; esto es condición para el buen éxito».
   Y apunta una razón maravillosa para actuar así: «De otro modo, los que obedeciesen tendrían su mérito, pero el mandato podría ser caprichoso, y éste no puede serlo nunca».
   Mosén Sol quiere diálogo, comunicación, apertura; que todos se sientan responsables y solidarios. «Claro es que conviene más comunicación entre superiores e inferiores, y así suele suceder cuando los superiores no llegan a considerarse como capitanes en su torre».
   El lo hacía así. «Una de las cosas que vengo discurriendo, hace tiempo, es el medio de que todos los operarios vayan participando y compartiendo las impresiones buenas y malas. Yo ya lo hago cuanto puedo».
   Es enemigo del monolitismo totalitario; prefiere la libertad de los hijos de Dios. Escribe con satisfacción un día: «Me sorprende gratamente que sepas ser superior democrático; es lo mejor y más difícil, y debes pedir a Jesús que por ese camino bendiga la obra de nuestras manos».
   «Fuera telarañas», dice, porque «lo que se queda dentro, se corrompe en el corazón, y es un veneno».
   El corazón limpio no teme a la luz; sólo se oculta lo que antes se ha manchado.

Todo para todos

Don Manuel sienta un principio que le compromete definitivamente, al que supedita todas sus posibilidades. «No hemos de buscar lo mejor, ni lo más cómodo, sino lo que sea de más gloria de Dios».
   Jamás se miró a sí mismo; vivió siempre en disponibilidad absoluta, y así quiso a sus operarios. «El operario ha de estar siempre a merced de todos y ser todo para todos».
   Mosén Sol vivió el sacerdocio con plenitud de entrega, y sabía muy bien que el sacerdote «es constituido en favor de los hombres», como dice la Escritura. Por eso dice: «En vano dirá que ama a Dios el que no tiene celo de su gloria y de la salvación de las almas. Estos sentimientos van siempre unidos... Mientras no nos sintamos poseídos vivamente de estos sentimientos, no nos digamos operarios de Jesús».
   Para don Manuel el sacerdote está hipotecado en favor de sus hermanos; es sencillamente un expropiado por utilidad pública. Todos los talentos se han recibido para que beneficien a los hijos de Dios. «Dirá usted que soy muy pedidor; pero no hay remedio, amigo mío, Dios no quiere ociosos los talentos que nos da».
   Su lema en los colegios lo simplificaba así: «No debemos desear, ni deseo más que el bien de los chicos».
   Quiere el ocultamiento fecundo de la raíz, pero no un esconderse por cómoda esterilidad. Le dice a un sacerdote timidillo, «no interpreta usted bien el texto del evangelio en cuanto al menguar y crecer. El precursor preparó los caminos del Señor; ésta fue su misión. Si es ésta la nuestra, no es preciso se disminuya la obra, sino que el movimiento sea tan grande, que Jesús lo llene todo».
   Todo para todos, porque, como dice Pablo, «a cada uno se le da la manifestación del Espíritu para utilidad común». Don Manuel un día dio este atinadísimo consejo a un operario que soñaba en utopías de nirvana: «No me sabría mal que le entrara vanidad de su persona y condiciones, porque así las emplearía mejor, o con más desprendimiento para lo que convenga a la gloria de Dios; y serían más apreciadas, si se quitara un poco el mal genio, y tuviera más grandeza de corazón, que le falta».
   Dejó su espíritu reflejado en esta consigna: «Que se haga proverbial que al operario siempre se le encuentra para todo». Y cifró su anhelo de entrega al servicio de todos en esta frase deliciosa: «No sabemos si estamos destinados a ser río caudaloso, o si hemos de parecernos a la gota de rocío que envía Dios en el desierto a la planta desconocida. Pero, más brillante o más humilde, nuestra obligación es cierta: no estamos destinados a salvarnos solos».

Pisando tierra firme

Don Manuel no fue un soñador de teorías. Vivió las dificultades de cada día en realismo crudo, y las venció con la gracia de Dios y con su esfuerzo constante. Dice él: «Pensar que sin esfuerzo conseguiríamos santificarnos, es una ilusión».
   Tuvo que superar muchos obstáculos: «Los que más me habrían de ayudar son los que más me desalientan». Sufrió la incomprensión, como todo hombre grande que rompe los moldes prefabricados, siendo tergiversadas sus intenciones y mal interpretados sus trabajos. Decía don Manuel que «para impedir hacer se necesita poco. Para hacer es para lo que se necesita y cuesta. Y los que nunca han hecho nada, no lo saben, y se figuran que todo es hacer pompas de jabón».
   Pero el sufrimiento y el dolor dan un realismo muy saludable, porque, como suele decir mosén Sol, «las teorías son fáciles, las ejecuciones son peligrosas».
   Basta leer su nutrida correspondencia para pulsar el equilibrio maduro que anima sus múltiples realizaciones. No le gustan «las cabezas calientes», que arden en prisas inverosímiles sobre planos irrealizables. «Las cabezas poéticas y sabias no suelen ser más que teóricas».
   Le decía a un operario muy íntimo, pero de excesiva facundia: «No dé el mal ejemplo de hacer pláticas largas en la reparación». Y es que, con la misma sinceridad con que escribe «nada me complace tanto como el escuchar la palabra de Dios, cuando se nos habla a los sacerdotes», con esa misma sinceridad anatematiza los sermones pesados, largos y llenos de vacío. En la primera misa de un operario predicó un orador de fama, de muchas campanillas, y comenta don Manuel: «Marzá largo, como siempre –tres cuartos de hora–, a pesar de que el contrato era de 22 minutos. No sé para qué envía Dios imaginaciones tan lozanas, a no ser para hacernos enfadar a los no poetas».
   Mosén Sol quiere hombres con sentido común, con peso de realidad, con entusiasmo que no se disipa en las dificultades. Tiene que tirar hacia la tierra de algún sabio poeta, encaramado en macizos de estrellas: «Es usted una fábrica de proyectos admirable, pero es menos a propósito para organizador, porque es muy cándido... Es su cabeza una sorprendente fábrica de proyectos y faltos, en su mayor parte, de sentido práctico, y cuando se le pone alguna base, en la ejecución usa los mismos procedimientos especulativos y aéreos para urdir la trama».
   Se manifiesta su aplomo, su sentido común, su realismo, cuando dice, al rechazar a un candidato: «No creo que llegue a ser malo ni díscolo, pero debíamos desear adquiera un poco más de pólvora en su sangre, y un poco más de celo en su corazón, y buenos conceptos en su cabeza». Por eso quiere que sus operarios sean «todos sacerdotes distinguidos, de talento práctico y buen carácter y, sobre todo, que tengan magnanimidad de corazón y seguridad de virtud». «Hemos de ser hombres –dice–; hemos de tener ciertas picardías santas».
   No quiere apéndices, ni «cerebritos pequeños que son muy difíciles de corregir». Los quiere buenos, pero no «bonifacios, que se dejan llevar de su bonhomía y necesitan consultarlo todo».
   «Cuanto más tiempo pasa, más comprendo la necesidad de escoger sólo para primeros, que éstos pueden ser buenos para segundos, pero no viceversa».

Lo primero, Dios

«¿Para qué pienso vivir, sino para trabajar por la gloria de Dios?». Esto es lo que le impulsa en todas sus ansias: la gloria de Dios; porque Dios es todo, es siempre el primero, el único, para don Manuel: «Aunque Dios nos hubiera creado sólo para que le ofreciéramos un acto de amor y alabanza, gustosos podríamos haber vuelto a la nada, con la satisfacción de haber servido para este objeto».
   Sólo le importa el gusto de Dios; ésa es la medida de sus obras, la piedra de toque para su vida. Dice don Manuel: «Más valen los padecimientos y desolaciones a gusto de Dios, que los fervores sin su voluntad».
   Es Dios quien preside siempre; es Dios quien da la eficacia, pero quiere contar con los hombres. «Por nos. otros mismos nada podríamos, dice don Manuel, pero Dios cuenta con nuestra libre cooperación para realizar sus grandes designios sobre la sociedad». La gloria, el orgullo máximo de mosén Sol es saberse «auxiliar, colaborador de Dios».
   Y siempre, y en todo, vivirá pendiente de él: «No nos fiemos de nuestras condiciones naturales> ni descansemos en apoyos humanos», Repetirá mil veces con santa Teresa: «Sólo Dios basta».
   Mosén Sol no se deja engañar por apariencias de bien, porque el bien sólo es bien, cuando lo llena Dios: «Me hace temer que te busques demasiado tu gusto espiritual en Dios, más que a Dios mismo». Sin querer se recuerda lo que acaba de predicar Juan Pablo II a los sacerdotes: «Un peligro constante para los sacerdotes, aun celosos, es sumergirse de tal manera en el trabajo del Señor, que olviden al Señor del trabajo».
   Don Manuel purifica su intención para que el enemigo no se filtre por grietas sutiles: «Cuántas veces, a través de un acto de caridad, se oculta nuestro amor propio poco desprendido. Cuántas, con pretexto de una expansión, se evapora nuestro recogimiento. Cuántas, alegando santo interés, nos arrastra más bien nuestra curiosidad; y, de aquí, cuántas faltas, cuánta disipación, cuántas inconveniencias ».

Cristo en la eucaristía

Pero es Dios hecho hombre, Cristo, y Cristo en la eucaristía, quien polariza totalmente a don Manuel: «¿Qué sería de nosotros sin Jesús sacramentado sobre la tierra? La felicidad más grande es poder habitar bajo el mismo techo con él».
   Cristo en la eucaristía colma todas sus ilusiones y es su felicidad: «El mayor bien que un hombre puede alcanzar es hacerse semejante a Jesús y adquirir esa familiaridad íntima con él, que forma la base de la verdadera felicidad».
   Todo lo enraíza en Cristo sacramentado, glorioso y sacrificado, para que así todo tenga validez: «Es cierto que todos nuestros méritos, acciones, buenas obras, sacrificios, serían ineficaces, si no fueran acompañados del sacrificio de Cristo».
   El dolor sincero –diríamos que hasta sensible– que le produce la pasión de Cristo, se mitiga en la santísima eucaristía: «De no haber sido por nuestras culpas, Jesús no hubiera padecido, porque no hubiera tenido que expiarlas... la eucaristía nos mitiga estos dolores, al considerar sus alegrías en el cielo... La eucaristía, ya por virtud de su sacrificio, ya por la del sacramento, nos ofrece el medio segurísimo de reconquistar la amistad con Dios. La eucaristía nos presenta la pasión, no ya como dolorosa, ni como consecuencia dura del pecado, sino como una prenda de amor, como un testamento de paz, como un signo de reconciliación».
   Por eso siente don Manuel una ternura singular ante Jesús eucaristía: «Antes, Dios era grande, digno de alabanza, En la encarnación. en su nacimiento, trabajando en el taller, clavado en la cruz, puesto en el sepulcro, hostia consagrada, te haces más pequeño, ¿cómo no amarte más? ¿cómo no amarte aquí más que en ninguna parte? Bendito sea Jesús que ha querido empequeñecerse hasta encerrarse como un bocado dentro de nosotros».
   Se transporta en alas del amor: «No debemos parar hasta decirle a Jesús disparates». Porque así actúan los enamorados, los que están en amor, como mosén Sol estaba con Cristo Jesús en la eucaristía.
   Se fía tanto del amor de Cristo, que dice: «Con gusto haría de cañas los colegios y sólo por veinte años, como prueba de que no temía nos faltase jamás la protección de la divina providencia».



13



«Yo libraba al pobre que gemía» (Job 29, 12)
   


   La preocupación tan arraigada en mosén Sol por los :humildes y los pobres, le llevó a interesarse particularmente por la clase obrera, necesitada material y espiritualmente. Ya cuando se dedicó a la juventud católica, procuró por todos los medios atraer a los labriegos y artesanos, y facilitarles medios de instrucción y formación, porque «no es sólo el pan de la tierra lo que puede saciar el hambre del hombre».
   Los hombres de Dios intuyen la verdad y, fundamentados en la caridad, encuentran el modo de que resplandezca en armonía. Es muy frecuente enconar los problemas sociales, inoculando odio entre los hombres; pero, como dice mosén Sol, «no es el odio lo que salva al mundo».
   Don Manuel sabía que «a medida que aumentan las necesidades de los pueblos, surgen los remedios»; y él, caracterizado siempre por la unión en la caridad, logró establecer relaciones de cordialidad e inteligencia entre patronos y obreros. Dice un sacerdote tortosino hablando de mosén Sol, que «él inició el primer círculo católico que hubo en esta ciudad, en donde patronos y obreros le rodeaban dispuestos a seguirle».
   Mosén Sol no podía sufrir en pasiva lamentación que la clase obrera fuera arrancada de la iglesia por una propaganda organizada. «Considerad –dice– cómo se pone en la red de la Internacional a esas pobres masas populares, con el cebo de promesas mentidas». Clama porque los católicos prominentes no salen al paso, a tiempo, de los males que se avecinan: «Yo quisiera que fuéramos delante. No se llora el bien sino cuando se ha perdido; y no sabemos conservarlo».
   «Tenemos que revestirnos de celo», grita a todos los hombres de buena voluntad que le rodean. Pero ha de saborear la amargura de la incomprensión y de la soledad por parte de los eternos «parapetados detrás de su ciego egoísmo, y a pesar de llamarse católicos, quieren eludir el asociarse y trabajar por disminuir los males que nos agobian y las catástrofes que nos amenazan».
   Todavía el 17 de mayo de 1902 tiene que escribir don Manuel: «No puede pensar mis tareas de estos días anteriores por la cuestión obrera de ésta, que me preocupa, y quisiera arrancarla de las garras del socialismo en esta localidad.... y me desalientan todos, y yo no quiero abandonarlo, y provoco conferencias... No sé si podremos romper esas mallas, en bien de esas pobres masas».

Toda obra útil ha de tener este sello: la contradicción

Siguiendo las directrices de León XIII, organizó círculos católicos, patronatos de obreros y propietarios, en toda la diócesis de Tortosa ' y espoleó los ánimos con palabra vibrante y convencida.
   Contagió su entusiasmo a muchos. El prestigioso abogado don José María de Salvador contestaba así a la invitación de mosén Sol: «Me tiene incondicionalmente a su disposición. Hay que reconquistar las masas... Piense que Dios le pedirá cuenta, si no nos hace trabajar».
   Y don Manuel trabajó e hizo trabajar con tenacidad. Así les hablaba: «Soldados vosotros de esa nueva cruzada, de más trascendencia aún que la de los siglos medios, habéis acudido al fomento de esas sociedades, bendecidas por la iglesia, y por lo tanto de seguros resultados, si sois fieles a vuestra misión y a vuestra condición de seglares».
   No les presenta triunfos fáciles; sólo ofrece lo que Cristo ha brindado a quienes le sigan: la persecución. «No os faltarán contradicciones, de buenos y de malos». Es el signo de la verdad; es la auténtica sementera fecunda, como ha expresado felizmente el poeta bengalí: «La verdad levanta tormentas contra sí, que desparraman su semilla a los cuatro vientos».
   «No os faltarán contradicciones; de los buenos, porque toda obra útil ha de tener ese sello. Para sufrirlas, una sola cosa basta: la unión y la constancia». «Y contradicciones de los malos... La impiedad no os perdonará; y si los estorbáis, os suprimirán, a pesar de las promesas de libre asociación y libertad».
   Pero los urge con valentía: «Si Dios permite el mal, es porque los católicos no cumplimos como debemos, y nuestras miserias nos conducen a la desunión y a esterilizar nuestros trabajos».
   Quiere verdaderos apóstoles, a prueba de contradicciones, que superen todos los obstáculos: «No vengáis, si no os resolvéis. Pero, si os resolvéis, no habéis de ser soldados de fila, sino jefes de la bandera de Jesús».

Hay que salir del cómodo quietismo

Don Manuel defiende los círculos católicos de obreros y desenmascara posturas anodinas de inercia rutinaria. «Personas muy buenas los combaten. Dos son las causas. La primera: el espíritu de innovación».
   La arteriosclerótica tozudez terca contra toda nueva luz. Mosén Sol fustiga esta actitud de inmovilismo: «No comprenden la época. Cada época tiene su fisonomía. Nuestra época ha perdido el carácter de vida de familia; el enemigo ha sacado al varón del seno de la familia, y le ha abierto centros de disipación, y los ha organizado».
   Hay que ser realistas y dinámicos. Son un cáncer para la sociedad «los hombres de bien», que se cruzan de brazos. Continúa don Manuel: «Es un mal. Sin embargo, existe; y, lo que es peor, no se remedia. Hay que darle, pues, una medicina. Como tal, los círculos católicos son una necesidad. Hay que convertir esa necesidad en bien, y cultivar esos centros, que son una necesidad, para convertirlos en centros de Cristo».
   Mosén Sol sabe cuánto se discurre para no trabajar, cuántas excusas se elucubran para llegar con retraso orlado de ayes y lamentaciones; y se expresa con claridad estupenda: «Se dirá que nuestra España no está en condiciones todavía. Debemos responder que, si no lo está hoy, lo estará dentro de poco. Y se establecerán después que venga el mal. ¿No es mejor adelantarnos?». No es partidario de remiendos amañados. Prevenir, mejor que curar.
   La otra causa, por la que muchos tienen verdadera alergia a los círculos, es el peligro que llevan en sí. Por una tendencia natural, hija del pecado original, tendemos a la emancipación, a la independencia, al mal. Somos democráticos por naturaleza; y de aquí que, en círculos empezados con la mejor intención, luego entran las ambiciones, las rivalidades».
   Son las grietas que aprovecha el enemigo para su influencia, para inyectar el veneno activista que haga degenerar lo bueno. «El enemigo tiende a malearlos y en muchas partes la misma masonería se injiere, pone la mano, y los convierte en centros de impiedad».
   Los hijos de las tinieblas se infiltran solapadamente, como la humedad, socavando los cimientos. Todo es posible; todo puede correr un riesgo; pero todo se puede superar, si hay coraje de espíritu, si hay cabezas rectoras, si hay fuego en el corazón. La tentación facilona es abandonar el campo. Don Manuel apunta, sin titubeos, el peor mal que, años más tarde, diagnosticó Pío XII como «cansancio de los buenos».
   Es la estrategia astuta del enemigo sagaz, que alía con todas las fuerzas y con todas las debilidades. Así lo denuncia mosén Sol: «Los buenos se retiran, y el campo queda para los malos, organizado».
   Don Manuel alienta con vigor, sin tapujos: «No seáis ya católicos vergonzantes. No os dejéis llevar por la cobardía».
   Quiere hombres por encima de tentaciones y fracasos, que sepan responder en la adversidad, que no se vuelvan atrás. «Hay que salir del cómodo quietismo», les dice mosén Sol. De otra suerte, los enemigos «sobornan desp6ticamente a la multitud, declamando falsa libertad y halagando al pueblo, mientras éste les ayuda a conquistar el poder».
   Pero don Manuel no increpa sólo a los «oficialmente» malos; dirá también a los que tienen «etiqueta» de buenos: «Todos tenemos la culpa de todo».



14



«Esta piedra que he erigido como estela será casa de Dios (Gén 98, 22)
   


   El manantial que nutre la vida de mosén Sol es el espíritu de reparación, del que brota toda su espiritualidad y su intensa acción apostólica. Está invadido por este anhelo que rezuma en sus palabras y en sus obras. «Lo que más ha de sostener la obra –escribe, hablando de la Hermandad– es el mantenimiento del espíritu que ha de vivificar a sus individuos: ser reparadores de Jesús sacramentado, de su amor y, como fruto de ello, de todos sus intereses en las parroquias».
   Este espíritu es le impronta de su alma, el sello de su institución, el sentimiento más hondo de su vida. Y «este amor y este sentimiento encierra y produce la perfección; es la fuente de bendición para las obras todas de nuestras manos, es el que nos excita a cultivar nuestros objetos y la fortaleza en todas nuestras circunstancias».
   Su vida es «Jesús sacramentado y olvidado».

El móvil de nuestras obras

Don Manuel analiza en profundidad el origen de su carisma netamente vocacional y ve la raíz de todos sus afanes en el amor al corazón de Cristo en la eucaristía. «Si descendiéramos al fondo, al manantial de los sentimientos de nuestra piedad, tal vez, tal vez encontraríamos lo que no habíamos reparado ni discurrido: que el origen de nuestro deseo del bien y fomento de las vocaciones eclesiásticas, de que Dios nos dé muchos y buenos sacerdotes..., ha sido nuestro instintivo amor a Jesús sacramentado».
   El día 24 de junio de 1979, festividad del Corazón de Jesús, Juan Pablo II quería unirse «espiritualmente con todos los que tienen sus corazones humanos en particular sintonía con el Corazón divino». Con todos los que «sacan del Corazón de Cristo... la energía vital de su actividad».
   El papa ve con claridad que «ese vínculo espiritual lleva siempre a un gran resurgimiento del celo apostólico».
   Así fue mosén Sol. «Este sentimiento interno de amor y compasión a Jesús sacramentado multiplicará y vivificará nuestra vocación hacia ese objeto primordial, y este amor hará llevaderos todos los grandes sacrificios que tendremos que practicar para lograr buenos sacerdotes». Para don Manuel es «Jesús sacramentado el origen y principio 'de nuestra vocación..., el móvil de todas nuestras operaciones».
   Y es que, como dice Juan Pablo II, «los adoradores del Corazón divino se convierten en hombres de conciencia sensible». Se contagian del fuego que Cristo trajo a la tierra y tratan de propagarlo.

Corresponder al amor

A mosén Sol, enamorado ardiente de Cristo, le duele la soledad del Señor en el sagrario. Está con nosotros y está para nosotros, pero le hacemos muy poco caso.
   Dice: «Yo quisiera, Señor, como una lámpara de tu sagrario, día y noche, arder en continuo acto de amor hasta consumirme».
   Y aun dormido, exhalaba acentos de ternura para Jesús sacramentado. Y es que a estos hombres enraizados plena y conscientemente en la eucaristía, como dice Juan Pablo II, «cuando les es dado tener relaciones con el Corazón de nuestro Señor y maestro, entonces se despierta en ellos también la necesidad de la reparación por los pecados del mundo, por la indiferencia de tantos corazones, por sus negligencias. ¡Qué necesaria es en la iglesia esta falange de corazones vigilantes, para que el amor del Corazón divino no esté solo y sea correspondido! ».
   Don Manuel Domingo y Sol está en primera línea de esta falange de predilectos. Le gusta acompañar al Corazón vivo de Cristo en la soledad del tabernáculo y esto le lleva a una acción apostólica cada vez más dinámica. «Pensar que damos a Dios corazones sacerdotales que le cuidarán y multiplicarán su presencia sacramental y que serán los ángeles que velarán su tabernáculo día y noche en las parroquias y que serán reparadores verdaderos, y que llevarán hacia él las almas y harán que le reciban y conozcan y vayan a hacerle compañía y predicarán su soledad y sus amores».
   La reparación le impulsa al celo, porque «el abandono en que Jesús vive en su morada sacramental, en medio de tantas parroquias disipadas, excitará llamas de celo en nuestros corazones».

El día primero del siglo XX

Comenzó el siglo con un gesto de amor.
   El acendrado espíritu de reparación le impulsaba a plasmar la idea en una concreción práctica: los templos de reparación. Desde 1854, cuando tenía 18 años de edad, al terminar nona solemne el día de la ascensión, se le clavó la idea en el alma y le estuvo punzando casi obsesivamente hasta que logró dar cima a su sueño.
   «Si fuéramos jóvenes –decía en los últimos años– haríamos un templo de reparación en cada pueblo, para reparar a Jesús sacramentado de las muchas ofensas que recibe».
   El templo que soñaba para Tortosa debería ser «como súplica perpetua, a fin de arrancar aquel terrible decreto que nos era contrario». Don Manuel creía sinceramente en la plegaria que nos enseña la liturgia: «Tú nos visitas en la medida en que te adoramos». Sabía que «hoy como siempre, como en los días de Moisés, no basta pelear varonilmente en el llano, sino que es preciso que allá en la montaña de la oración y del sacrificio haya manos levantadas... Sin esto, nuestros trabajos y esfuerzos serían estériles, porque no estarían vivificados por el rocío de la gracia».
   Su ilusión por los templos de reparación crecía con los años, y dice ya en las postrimerías de su vida: «Mi entusiasmo por esta idea es tan grande, que tendría remordimientos de no realizarla antes de morir».
   Por fin, se decide: «No quiero retardar el envío del proyecto del templo–capilla central y universal de reparación, a fin de que lo deposite ante Jesús el día primero del siglo XX. Parece que Jesús lo quiere después de tantos años que lo deseo».

Pondré una piedrecita y la bendeciré

Mosén Sol vive con intensidad apasionada las vísperas de comenzar las obras. Todas sus cartas rezuman esta ilusión: «El Señor obispo me ha cedido gratis el patio o solar de la Merced, y sólo falta el arreglo de un pequeño inconveniente con el ayuntamiento por una parcela». «Estoy preocupado con el plano de la Merced».
   1 de abril de 1901. Don Manuel cumple 65 años.
   Muy de madrugada, sin más testigos que Dios y las estrellas, mosén Sol se arrodilla en el solar de la Merced, y bendice una piedrecita, y la entierra con mucha fe, con plenitud de esperanza, para que crezca en templo de Dios.
   Lo prometía en carta que escribió el 25 de marzo: cuando la piedra era Cristo, que se enterró, ungido por el Espíritu, en la tierra limpia de una Virgen, para edificar a los hombres en templo de Dios. Dice don Manuel: «El día primero del mes de abril iré, a escondidas, a un local de aquí, y haré un pequeño hoyo, y pondré una piedrecita, y la bendeciré, para que brote pronto el templo de reparación y expiación a Jesús sacramentado».
   Y la piedra irrumpió en osadía de cimientos. «El 1 de abril, aniversario de mi cumpleaños, empezamos a sacar los escombros de la derruida iglesia de la Merced, para empezar la edificación».

Voy a hacer una calaverada

El 12 de junio de 1901 escribe don Manuel: «En la Merced todavía en los cimientos de ocho o diez metros de profundidad. Me matan, pero el entusiasmo me dilata el corazón».
   El 18 de agosto escribe desde Valencia: «Salgo mañana para Tortosa, pues urge mi presencia porque las paredes de la reparación están muy altas». Mira a las paredes con cariño de padre, las aúpa con sus anhelos; las mima con su fervor.
   Pero a mosén Sol, cuando se trata de la casa de Dios, le gusta hacer las cosas muy bien. El 23 de agosto dice: «Voy a hacer una calaverada, y sin consultarlo con ninguno de los nuestros, esto es, una cripta de toda la iglesia, y que se inaugurará antes que la capilla de arriba». El 28 de octubre, «estas aguas nos han retrasado tres o cuatro semanas, y yo quería la inauguración de la cripta para el 31 de diciembre». Por fin, el 22 de enero de 1902 dice que «la cripta está cubierta y hermosa y alabada por todos».
   Las huelgas de los metalúrgicos de Barcelona obligan a interrumpir las obras, «causándonos quebrantos y gastos. Haga Jesús que no se nos acabe la paciencia y el dinero».
   En junio de 1903 espera «inaugurar para septiembre la exposición diaria, sí el arquitecto no hace el tonto». Pero se ve que lo hizo, sin mucha necesidad de entrenamiento, porque en octubre todavía escribe don Manuel: «Para el 8 de noviembre será la inauguración».
   Hubo muchas calaveradas. La única potable, la que hizo mosén Sol.

Me engañaron como a un niño

La salud de don Manuel se quebrantó seriamente el año 1900, y ya no logró una recuperación cabal. Mosén Sol sufría porque el fuego interior le empujaba más allá de sus fuerzas físicas. Sin perder el buen humor, escribía: «No he entrado todavía en el estado de valetudinario habitual, y por esto, me falta la gracia de estado y, a no ser para mucha gloria de Jesús, le pido a éste que lo aplace».
   Todos los años le acometía la enfermedad, y las convalecencias eran cada vez más penosas y prolongadas, dejando poso en su salud. En 1903 tuvo varias recaídas. El corazón fallaba de modo alarmante, y el médico le obligó a descansar en Valencia.
   Se acercaba la inauguración del templo de reparación en Tortosa, y todos temieron que la emoción venciera sus débiles energías. «A primeros de noviembre, dice, me despachó el médico a Valencia, por no encontrarme bien. Me prometieron volvería para la inauguración de la iglesia, y me engañaron como a un niño».
   El sueño de su vida –ya hecho realidad– tuvo que contemplarlo desde lejos, como Moisés la tierra prometida. Escribe el 21 de noviembre: «Mañana se inaugura nuestra iglesia de la reparación. No han querido que presenciara las fiestas, por temor de que las emociones perjudicaran mi salud. Jesús les pague la caridad, y a su amor ofrezco el sacrificio».
   El amor se acrisola en la renuncia; y Dios la exige como prenda de amistad. La reparación incluye sufrimiento. Don Manuel lo acepta sin titubear.,
   La piedra pequeña, bendecida y fecunda, se oculta en el solar de la Merced, el 22 de noviembre de 1903. Nadie la ha visto. Sólo Dios. Era un símbolo del sacrificio de mosén Sol, que escribe: «Continúen orando para que la vida escondida, con la que me amenazan, sea verdaderamente escondida con Cristo en Dios».
   Don Manuel quiso ser una lámpara junto al sagrario. Lo ha conseguido. Sus restos mortales ––en adoración perpetua– descansan en el templo de reparación que soñó toda su vida, que edificó con tanto cariño y que no le permitieron inaugurar.

A juguetear con nuestro Señor

El templo de Reparación era el refugio de mosén Sol los últimos años de su vida. Podría plagiar a san Juan de la Cruz:
   « ¡Qué bien sé yo la fonte que mana y corre, aunque es de noche!
   Aquella eterna fonte está escondida,
   ¡qué bien sé yo do tiene su manida!,
   aunque es de noche!
   Aquesta viva fuente que deseo,
   en este pan de vida yo la veo,
   aunque es de noche».
   Allí encontraba don Manuel sus horas más felices. «Ya tal vez –dice– no sirva más que para el cuartel de inválidos». Pero los inválidos necesitan y merecen una... reparación.
   Mosén Sol hubiera sido demasiado feliz con el «precioso Corazón de Jesús que tiene en el sagrario», sin otras preocupaciones, sin otros problemas, sin la angustia de mandar, de tener que servir desde arriba. Se da cuenta perfectamente de que ya no puede impulsar con la energía de antes el cúmulo de asuntos que le agobian; quiere ceder el paso; quiere que otro se haga cargo de la dirección de la Hermandad. «No me dejan dejar la carga, que es lo que deseo y propondré el año próximo, si vivo y estoy aquí», escribía el año 1903.
   Lo propuso, pero tampoco le hicieron caso. Tenla que seguir caminando con la cruz a cuestas.
   Pero siempre encontraba un rato largo para ir a la Reparación. «No me muevo de casa para nada –dice en 1908–, y sólo salgo un momento a la Reparación».
   Y allí quedaba con su Señor, que es su amigo, y le hablaba al corazón, como saben hablar los enamorados, como don Manuel sabía rezar. Le daba gracias, porque es Dios bueno, y le decía cosas sabrosas y sabrosos disparates de cariño. Y tan vivamente dialogaba con el amor que, muchas veces, hablaba en voz alta, creyéndose solo en el templo. Un día, al darse cuenta de que estaba allí un operario, le dijo: «Bien habrías podido toser».
   La Reparación era su hogar, el sueño de su vida, era el corazón de don Manuel.
   –¿Adónde va mosén Sol?, le preguntaban.
   Y don Manuel, con respeto, con ternura, emocionado, respondía:
   –¿Qué adónde voy? A la Reparación. A juguetear con nuestro Señor.
   Os aseguro que aquellos juegos complacían al Señor.



15



«La muerte ha sido absorbida por la victoria» (1 Cor 15, 55)
   


   Voy a confesar un pecado; es un pecado pequeño, como los que suelen confesarse a luz pública; casi tiene candor de inocencia. Es pecado de curiosidad.
   He leído toda la correspondencia de mosén Sol –veinte nutridos volúmenes–, rebuscando en sus páginas el frío. Me impresionaba que el «sol» pudiera enfriarse, y, por otra parte, intuía que este «Sol» iba a morir de frío. De ese frío glacial que se ceba en los débiles, con histerismo de viento a la intemperie, martirizando a los árboles desarropados de fronda.
   Confieso además que tengo mucho miedo al frío.

Las montañas, todas nevadas

La primera vez que don Manuel siente frío es el 31 de enero de 1895, y lo acusa con temblor de años: «Tengo mucho frío. No quisiera ser viejo, y... veo que tengo ya fríos de viejo».
   A partir de esa fecha, cada invierno, crece el frío despótico, avasallador: «Hace un frío intensísimo, y apenas puedo escribir», dice el 1 de febrero de 1895. «Tengo las manos heladas»: era el 30 de enero de 1899; y ya es un leit motiv en ese paréntesis crudo que va de diciembre a marzo.
   Las ciudades que presumen de «buen clima» hacen pasar un frío de primera división. El hielo juega a pureza con la nieve de la altura; pero la nieve es como un sudario de la cumbre. Era el último día del año 1903, y mosén Sol tiritaba en Valencia: «Siento hoy mucho frío. Las montañas, todas nevadas».
   En febrero de 1906 prepara viaje a Tortosa, y tiembla ante el frío húmedo de su tierra. Escribe a su fidelísimo don Juan Estruel: «Esta noche pon el brasero de fuego en la habitación número 7, para que desaparezca la humedad, pues, además, estoy constipado e irritados los bronquios; ponlo mañana también». Recuerdo, sin querer, el frío de Pablo, cuando iba llegando al ocaso y le escribe a Timoteo: «Cuando vengas, tráete el abrigo que me dejé en Tróada, en casa de Carpo».
   Al año siguiente –1 de febrero de 1907– le duele el viento que zumba en el frío como en un tambor irónico, y le escribe a un operario: «Voy siguiendo regular, y celebro, a pesar de los fríos y vientos». Un mes antes de morir –nochebuena de 1908– siente el filo gélido de la guadaña, que avanza inexorable: «Sigo regular, pero el frío empieza a apoderarse de mí». Era el frío total, el de la muerte, que se anunciaba con paso firme.

Con la cabeza de joven

Don Manuel jamás perdió la juventud, a pesar del frío y de los años. Porque joven no es sólo quien tiene pocos años. joven es el que tiene el espíritu abierto, y vibra con su época mirando hacia el futuro, y se nutre de esperanza. Hay viejos que rejuvenecen con cada sol, y llevan la sonrisa de su juventud como una bandera al viento. Y hay jóvenes marchitos, envejecidos, que sólo proyectan un rictus de amargura. La desesperanza es fenómeno de cansancio y de vejez.
   En mosén Sol se logran cumplidamente las palabras de Pablo: «Aunque nuestro hombre exterior se va desmoronando, nuestro hombre interior se renueva de día en día». Dice don Manuel, en los últimos años, cuando las enfermedades lo postran con frecuencia: «Estoy regular, con ganas otra vez de trabajar, y diría que bien, si no fuera por mi enfermedad incurable: la de los años».
   Pero en su cabeza bullen proyectos, y en su corazón se caldean realizaciones. La cabeza y el corazón de mosén Sol no conocen inviernos; son árbol de hoja perenne: «Voy siguiendo regular, aunque los años me dan bastantes molestias. Fortuna que el corazón y la cabeza no se hacen viejos». Tan firmes y claros están la cabeza y el corazón –aunque éste se vaya consumiendo físicamente–, que no tiene apegos de viejo: «No quieren que sepa nada, y esto no puede ser, si no me dejan dejar la carga... Voy siguiendo regular ... ; pero ese corazón no acaba de entonarse, ni subir de las 36 6 38 pulsaciones. Dicen que es porque empiezo otra vez a trabajar demasiado, aunque no lo creo. Esto prueba que ha de pensarse seriamente en relevar esta 'carraca'; y conviene».
   Días antes de su muerte, escribía al obispo de Málaga: «Pida a Jesús que, si es de su agrado, podamos vernos sobre la tierra, un rato al menos. Yo estoy siguiendo hecho una ruina, y tirando del carrito, aunque con la cabeza de joven».
   Endeble mástil, para una cabeza joven, ese cuerpo en ruinas. Mosén Sol apenas puede moverse, y dice muy gráficamente que sus miembros parecen «saco de serrín».

Estoy crucificado con Cristo

El día 15 de enero de 1909 –a diez días de su muerte– fue a visitar el cementerio con su inseparable don Juan Estruel. Había encargado mosén Sol una lápida nueva para la sepultura de sus padres y hermanos, y quería ver cómo quedaba. Se entretuvo rezando ante tumbas de amigos y conocidos. « ¡En qué olvido se tiene hoy a personas que llenaron con su fama toda una época! Lee esta lápida, lee esta otra. Recemos. Deberíamos visitar el cementerio con más frecuencia».
   Desde hace algunos años, a don Manuel le preocupa, sobre todo, una cosa: «dejar la mochila en unos hombros más jóvenes», renunciar a la dirección general de la Hermandad. «Voy siguiendo regular... Creo debería relevárseme, pues sufro de no poder atender a todo».
   El segundo capítulo general –celebrado el 12 de agosto de 1904– lo reelige por unanimidad. Don Manuel hace reflexionar a los capitulares: «He estado siempre convencido de que faltando yo –y no es efecto de humildad– la Hermandad irá mejor». Va razonando con claridad y con aplomo su propuesta: «Una cosa es la iniciativa (el carisma, diríamos hoy), que Dios da a quien quiere, y otra es la conservación y el desarrollo, que Dios concede a los que elige para ello. Uno es el que planta y otro el que riega».
   Y añade, con sinceridad envidiable aquella regla de oro: «No es saludable ni lo mejor a los que tienen ciertos cargos o autoridad, morir en ellos, para que así tengan tiempo de escarmentar y hacer penitencia de sus deficiencias y descuidos antes de morir».
   Mosén Sol quiere convencer a los operarios para que procedan a nueva votación, teniendo en cuenta estas reflexiones, y que elijan a otro. Se opusieron también por unanimidad. Pero don Manuel era fiel a lo que había dicho, en grata confidencia, a sus operarios, el año 1899: «Y casi quisiera añadiros, aunque parezca una necedad, que una de las cosas que pido a Jesús es que pueda ejercitar exteriormente la obediencia antes de morirme».
   Jesús no quiso desclavarle de la cruz.

Señor, el que amas está enfermo

El 16 de diciembre de 1904 sobrevino a mosén Sol un amago de ataque apoplético. Sin las facilidades litúrgicas de hoy, la pesadilla mayor de don Manuel era no poder celebrar misa: «No me dejan rezar –escribe–, ni celebrar y comulgar sólo algún día».
   Más de un año hubo de resignarse a no celebrar. Dice el 11 de mayo de 1906: «Hacía un año que no había celebrado, y celebro todos los días, aunque no estoy contento del todo». Por librarse de esta pena, más que por otras cosas, le rezaba a Jesús: «Señor, el que amas está enfermo». Era su jaculatoria favorita en los últimos días de su vida. No quería pedirle más al Señor, porque él sabe lo que hace.
   El 18 de enero de 1909 celebró su última misa don Manuel. La cuesta de enero es muy dura para los ancianos; se prolonga su escalada en noches frías, eternas, que desvitaminizan al sol.
   El 18 de enero, a las diez de la noche, dijo quedamente mosén Sol: «No me encuentro nada bien». El médico diagnosticó gripe. ¿Qué más da? Lo mismo pudo diagnosticar: plenitud de vida. Don Manuel pudiera haber repetido con Pablo: «A punto estoy de derramarme en libación, siendo ya inminente mi partida. He combatido el buen combate, he terminado mi carrera, he guardado la fe».
   Dice don Manuel: «Cuán dulce la muerte del hombre que, no considerando el mundo más que como un destierro, y no anhelando más que por su dichosa patria, ve acercarse el momento de unirse eternamente con su Dios».
   Y su Dios –su Jesús– le había llamado sensiblemente a ese abrazo definitivo: «Este –decía don Manuel la víspera de su muerte, señalando al Corazón de Jesús que tenía consigo– me ha dado un consuelo, que me callaré».
   Había llegado su hora. Iba a pasar de este mundo al Padre.

Millonario de nombres

Los santos, cuando se acuestan para morir, han llegado a madurez: a esa plenitud que sólo cabe en el reino de los cielos. Pero, para entrar en el reino de los cielos, hay que hacerse como niños. Dice muy hermosamente el poeta bengalí: «Dios espera hasta que el hombre se hace niño de nuevo en la sabiduría».
   El día de su muerte, don Manuel estaba contento: iba a encontrarse con su amigo, con el Padre; estaba contento con esa alegría ingenua del niño en el colegio, cuando llegan las vacaciones, porque añora el hogar. «Mi vida es Cristo –había dicho–, y a ello aspiramos, porque a él hemos consagrado nuestro cuerpo, alma, intereses, ambiciones, fuerzas y cuanto tenemos».
   Por eso, espera radiante. También podía repetir con el poeta: «Dios viene a mí en mi anochecer, con las flores de mi pasado frescas en su cesto».
   A las diez de la mañana del 25 de enero de 1909 don Manuel muestra a la Sierva que le atiende la brújula de sus nombres.
   «Cuando voy por la calle ... ».
   Mosén Sol adivina, en la rosa de los vientos, la voz que le llama. Es millonario de nombres.
   «Cuando voy por la calle, si oigo que me llaman Mosén Manuel, seguro que es alguna devotita». Respeto cariñoso, casi devoción.
   «Los nuestros me llaman don Manuel». Es el padre, sombra de la providencia. «Si me dicen mosén Sol, o son antiguos discípulos, colegiales, o tortosinos». Nombre casero, sabroso como pan reciente.
   «Sí oigo doctor Sol, ya sé que el que me llama o es catalán, o educado en Cataluña». Seriedad solemne, con derecho a título.
   «Mosén Domingo no me lo dicen más que los amigos contemporáneos y condiscípulos». Cosa de estudiantes en clases y recreos; el apellido es para condiscípulos y para después que se ha pasado la frontera de la fama.
   «Si me dicen Pare Vicari, sin duda se trata de algún vecino de La Aldea o del barrio de santa Clara». Los que gozaron de su ministerio de cura de almas.
   Y aquel día Dios le iba a llamar con nombre nuevo, definitivo. Como dice Isaías, «te pondrán un nombre nuevo, pronunciado por la boca del Señor». Porque, como dice también la Escritura, «al que venciere le daré... un nombre nuevo, que nadie conoce sino el que lo recibe».
   Es un nombre de amor y del Amor.

Dijo Jesús: pasemos a la otra orilla

A las doce de la mañana se durmió, para soñar la letanía de nombres con que le aclaman así en la tierra como en el cielo.
   Minutos antes de la una, despertó para morir honradamente, conscientemente, con sencillez. Su confesor le dio la absolución; otro operario le administró la extremaunción, y, como Jesús, «inclinando la cabeza, entregó su espíritu».
   Murió sencillamente, como se pone el sol; como quien llega a su casa. Para don Manuel había regresado Jesús, según su promesa: «Cuando os haya preparado un lugar, volveré otra vez, y os tomaré conmigo, para que donde yo estoy, estéis también vosotros conmigo».
   Me atrevería a plagiar para mosén Sol el elogio que de un alma gemela –Juan XXIII– hizo el cardenal Suenens: «Yéndose de nosotros, ha dejado a las almas más cerca de Dios, y a la tierra de los hombres más digna de ser habitada».
   Tortosa, 25 de enero de 1909. A la una de la tarde murió don Manuel Domingo y Sol. Quizá su muerte quede resumida en las palabras que, ante su cadáver, no pudo reprimir el primer sacerdote que lo vio: «Ahora es cuando descansa mosén Sol. Bien merecido lo tiene. Desde el cielo se interesará por todos nosotros».
   Yo lo resumiría así, con palabras del evangelista:
   «Cansado del camino, se sentó sin más junto a la fuente»...



16



«Los justos brillarán como el sol en el reino de su padre».
   


   El Beato Manuel Domingo y Sol gozó de fama de santo ya en vida, tanto entre los Sacerdotes Operarios, como entre sus muchos conocidos. Después de la muerte fue creciendo a pasos agigantados su fama de santidad.
   El año 1920 comenzó la lenta y preciosa tarea de buscar y ordenar sus escritos. El Beato Pedro Ruiz de los Paños, ayudado por los Sacerdotes Operarios que trabajaban con él en el Seminario de Plasencia, transcribió a máquina los 45 nutridos volúmenes de los escritos de Mosén Sol, y tuvo la alegría inmensa de presentarlos en Tortosa el año 1926, precisamente el mismo día en que fueron trasladados los restos mortales del Beato Manuel Domingo y Sol desde el cementerio de Tortosa al rico mausoleo construido en el Templo de Reparación.

Hacia los altares

El 13 de noviembre de 1930 comenzó en Tortosa el Proceso Ordinario de Canonización, que se clausuró el 22 de septiembre de 1934. Inmediatamente, en varios volúmenes, se llevó todo a Roma a la entonces llamada Congregación de Ritos y hoy Congregación para las Causas de los Santos. Hasta el 28 de enero de 1941 no se publicó el decreto sobre sus escritos, estudiados a fondo y muy concienzudamente por peritos de la Congregación.
   El 9 de julio de 1946 se celebró la Congregación Plenaria (de Cardenales y Teólogos) que autoriza para introducir oficialmente la Causa. Vuelve el Proceso a Tortosa, donde se realiza todo por delegación de la Santa Sede. De ahí el nombre de Proceso Apostólico. El 4 de abril de 1951, finalizado el Proceso Apostólico en Tortosa, vuelve a Roma, donde se procede lentamente, ya que en la Ciudad eterna todo adquiere cierto ritmo de eternidad.
   El 8 de febrero de 1969 se celebró la Congregación Preparatoria. que fue totalmente favorable. El 1 de abril de ese mismo año –era el 109 aniversario del nacimiento del Beato Manuel Domingo y Sol– Su Santidad el Papa Pablo VI confirmó la aprobación y mandó preparar, con su autoridad, el Decreto sobre las virtudes heroicas del Siervo de Dios. En este Decreto se pone de relieve la heroicidad de las virtudes de Mosén Sol y, entre otras cosas, se dice: «Puesto que en el fomento de las vocaciones sacerdotales, incluso en las circunstancias dificilísimas de su tiempo, no dejó nada por intentar, puede ser llamado con toda razón Santo Apóstol de las vocaciones sacerdotales

Hacía falta un milagro

Para llegar a la Beatificación de un Siervo de Dios, la Iglesia exige que antes se haya realizado, por su intercesión, un hecho milagroso. Por intercesión de Mosén Sol se han realizado muchos hechos milagrosos; pero se eligió uno que tuvo lugar en Caracas.
   El Señor D. Rafael de la Rosa Vega cayó enfermo de gravedad en los primeros días del mes de agosto de 1972. Fue ingresado en una clínica, y, después de un tiempo de observación y tratamiento, se le diagnosticó un cáncer pulmonar. «No había nada que hacer» «Se preveía una muerte cercana». Así declaran los testigos en el Proceso del presunto milagro. Era tal la gravedad que –continúan declarando los testigos– se le administraron los últimos sacramentos y «se comenzó a preparar el funeral, que parecía inmediato».
   El 2 de octubre de ese año, en vista de que nada podían conseguir los medios humanos, la familia, a la que se unieron bastantes amigos, por indicación del Sacerdote Operario Padre Cesáreo Gil Atrio, inició la novena al Venerable Manuel Domingo y Sol; al día siguiente, 3 de octubre, el enfermo experimentó una notable mejoría y rapidísimamente llegó a la curación completa y definitiva.
   Del 28 de marzo de 1974 al 29 de enero de 1975 se llevó a cabo en Caracas el Proceso sobre el presunto milagro. Declararon 22 testigos, más otros dos de oficio, llamados por el tribunal. Al menos seis de los testigos eran médicos.

Se avanza lentamente

El año 1983 se celebraba el centenario de la fundación de la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos y ésta deseaba que pudiera tener lugar la Beatificación de su Fundador en ese año. En Roma se dijo al Postulador que sería posible si lo solicitaba la Conferencia Episcopal Española. Y ésta lo solicitó; pero el entonces Prefecto de la Congregación no quiso ir por ese camino y se hubieron de seguir los trámites acostumbrados.
   Hasta el 5 de marzo de 1986 no se celebró la Consulta de médicos. Por unanimidad acordó dicha Consulta que el pronóstico de la enfermedad del Señor D. Rafael de la Rosa Vega era «muy reservado y que la curación fue muy rápida, completa, duradera e inexplicable».
   Después del Congreso de Consultores, celebrado el día 27 de junio de 1986, y de la Congregación Ordinaria de Cardenales, el 21 de octubre de 1986, ambas completamente favorables, el día 10 de noviembre de ese mismo año se dio lectura al Decreto de aprobación del milagro ante Su Santidad el Papa Juan Pablo II. Quedaba expedito el camino para la Beatificación.

En la gloria de Bernini

El 29 de marzo de 1987 tuvo lugar la Beatificación de Don Manuel Domingo y Sol, en ceremonia solemne, celebrada en la Basílica de San Pedro en Roma. El Papa Juan Pablo II concedió la gracia extraordinaria de que en la Beatificación pudieran concelebrar con él todos los sacerdotes que habían llegado a Roma para la Beatificación: Seis Cardenales, once Arzobispos, veinte Obispos y unos setecientos Sacerdotes.
   La Congregación para la Causas de los Santos señaló como fecha para celebrar la fiesta del Beato Manuel Domingo y Sol, el día 29 de enero. Día muy entrañable para el Beato Mosén Sol, ya que fue el día 29 de enero de 1883 cuando, después de celebrar la Santa Misa, en la acción de gracias, recibió la inspiración de lo alto para fundar la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos que se dedicaría principalmente al fomento, formación y sostenimiento de las vocaciones sacerdotales.
   Ahora sólo falta un milagro, por intercesión del Beato Manuel Domingo y Sol, para que sea declarado Santo. Entre todos podemos conseguirlo.



Epílogo

Epílogo

Al culminar estas páginas, me acosa un escrúpulo muy justificado: que alguien pretenda medir a don Manuel Domingo y Sol por esta biografía.
   Su grandeza no cabe en esas líneas monótonas como surcos de un rastrojo. Tampoco cabe la sinfonía del viento en el alto pentagrama de los árboles.
   Mosén Sol es mucho más y mucho mejor.
   El pensamiento, al descender a la pluma, pierde lucidez y elegancia; el mosaico de anécdotas no es suficiente para agotar su vida. «No porque arranques sus hojas a la flor, cogerás su hermosura».
   Esto me ha pasado con don Manuel. Escribiría otro libro sobre él, y otro; lo miraría desde distinto ángulo; pero no captaría su totalidad. El bosque es mucho más que una suma de árboles, y el crepúsculo desborda la fórmula escueta de que se ha puesto el sol.
   A don Manuel lo siento enorme, gigantesco en su sencillez, y he tenido que presentarlo en fronteras muy limitadas.
   Los hombres grandes no se agotan en la muerte; se perpetúa la fuerza de su espíritu, a través de las generaciones. Su presencia invade todo con vigor nuevo, perenne. Participan sensiblemente de la grandeza de Cristo que «subió para llenarlo todo».
   Lo mismo que el Cid ganaba batallas después de muerto, así los santos han de ganar la batalla de sus virtudes hasta el heroísmo, después de morir, con señales claras de que Dios se complace en ellos.
   La iglesia, oficialmente, con esa minuciosidad concienzuda que estila, cuando procede al análisis de una vida ejemplar, ha declarado que Manuel Domingo y Sol practicó las virtudes en grado heroico, otorgándole el título de Venerable.
   Son numerosos, incontables, los favores y las gracias que el Señor ha concedido por intercesión de su siervo Manuel Domingo y Sol. Son gracias a nivel de milagro, gracias caseras, íntimas, como caricias de padre, en favor de quienes invocan su influencia ante Dios.
   Interesa colocar a mosén Sol en trance de obrar milagros contundentes, sonoros, esos milagros que son el sello con que refrenda Dios la santidad de sus hijos.
   Si tú, que has leído estas páginas, has cobrado cariño a su figura, pídele cosas grandes; propaga su devoción para que muchos –«con el combate de la oración», como le gusta decir a Pablo– le fuercen a manifestar su gloria.
   El milagro para Dios es cosa sencilla; más fácil que para el rosal el milagro de las rosas en primavera.



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