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MOSEN SOL
Francisco Martín Hernández
Lope Rubio Parrado
Salamanca
1978
CONTENIDO
Introducción
Indicación de las fuentes
I. EL HOMBRE Y LA IDEA
1. Primeros años de Manuel Domingo y Sol (1836–1850)
2. En el seminario de Tortosa (1851–1860)
3. Ordenación sacerdotal (1860)
4. Primeros ministerios (1862–1869)
5. Figura y talante de mosén Sol
6. Un «vicario sin paga»
7. Apostolado de la juventud y de la familia
8. El colegio de San José de Tortosa (1873–1876)
9. La Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos
II EXPANSIÓN DE LA OBRA
10. Nuevos colegios en España y Portugal
11. Apóstol de las vocaciones
12. El Colegio Español de Roma. Antecedentes.
13. El Colegio Español de Roma. Fundación
14. El Colegio Español de Roma en el palacio Altemps
III. UN LEGADO PARA LA IGLESIA
15. Constitución definitiva de la Hermandad
16. Expansión de la obra. Se aceptan seminarios.
17. Ultimas realizaciones de don Manuel.
18. Enfermedad y muerte de don Manuel.
Epílogo
Apéndices
Bibliografía
Indice general
SIGLAS
AAS Acta Apostolicae Sedis
ASS Acta Sanctae Sedis
BEDA Boletín Eclesiástico de la Diócesis de Avila
BEDCR Boletín Eclesiástico de la Diócesis de Ciudad Rodrigo
BEDM Boletín Eclesiástico de la Diócesis de Murcia
BEDS Boletín Eclesiástico de la Diócesis de Salamanca
BEDSC Boletín Eclesiástico de la Diócesis de Salamanca y Ciudad Rodrigo
BEDT Boletín Eclesiástico de la Diócesis de Tortosa
BEDV Boletín Eclesiástico de la Diócesis de Valencia
CH Constituciones de la Hermandad (de 1898, edic. 1904)
EC Enchiridion Clericorum
E.I. Escritos de D. Manuel: Predicación
E.II. Escritos de D. Manuel: Cartas
E.III. Escritos de D. Manuel: Varios ( En las notas los citamos de la siguiente manera, v.gr.: E.II, Cartas, 7.º, 100, que indica: Escritos, sección correspondiente, volumen y número de documento.)
IH Idea de la Hermandad (edic. 1957)
MAHN Madrid, Archivo Histórico Nacional
PO Proceso Ordinario, Roma
RACE Roma, Archivo Colegio Español (Incluye Crónicas y Memorias)
RACR Roma, Archivo S. Congregación de Religiosos
RAH Roma, Archivo Hermandad (Incluye Crónicas y Diario de D. Benjamín Miñana
y las de otros Colegios)
RASV Roma, Archivo Secreto Vaticano
TAC Tortosa, Archivo Catedral
TACSJ Tortosa, Archivo Colegio San José
TAM Tortosa, Archivo Municipal
PC Tortosa, Archivo Parroquial Catedral
TAPE Tortosa, Archivo Palacio Episcopal
TASD Tortosa, Archivo Seminario Diocesano
Introducción
En frase de Chesterton, «la religión es una cosa que no puede ser dejada al margen, porque lo incluye todo». Y ese todo, en apreciaciones generales, es lo que constituye la historia a través de los tiempos.
De la historia religiosa de España, no es poco lo que sabemos por lo que se refiere a épocas de pura raigambre tradicional como son la del Siglo de Oro o la del tan tornadizo siglo XVIII, llamado de la Ilustración o del Despotismo Ilustrado. Del que te sigue, el XIX, también conocido como de las Luces, de la Fábrica y del Progreso, es mucho lo que se viene escribiendo en nuestros días, con falta a veces de perspectiva o de serio compromiso histórico.
Cuando se remueven sus más íntimas motivaciones, no es raro que se prescinda de ese elemento que le es fundamental, el religioso, para fijarse más en el político–social y aun en el simplemente materialista, como si el primero –y no olvidemos que en España lo religioso y la Iglesia vieren a ser una misma cosa hasta principios del mismo siglo– no contara gran cosa y quedara relegado a los estratos ínfimos de una sociedad ignorante y humanamente depauperada.
De alinearnos en esas posiciones, corremos el riesgo de subestimar no pocas de las realidades históricas y de caer en graves errores de interpretación. Bien es sabido que en todos los movimientos político–sociales siempre anda de por medio una, más o menos relevante, motivación religiosa. Y si alguna nación europea se presta a este enjuiciamiento elemental, pocas mejor que la España del siglo XIX donde, a gusto o a disgusto, topamos siempre con una Iglesia, admitida, consentida o rechazada, de la que no puede prescindirse porque es algo aleatorio, determinante, revulsivo, signo de miseria o de redención, escarnecida y a la vez glorificada 1.
Desde las Cortes de Cádiz hasta la Restauración canovista, pasando por todas las manifestaciones culturales, políticas, económicas y sociales a que se va sometiendo a la nación española, poco o nada se vino haciendo en nuestra patria donde no se viera, y a veces no fuera compro–metida, para bien o para mal, la Iglesia.
Si se habla de parlamentarismo o de soberanía popular; de laicizar la enseñanza, de libertades de opinión, de imprenta, de conciencia o de cultos; cuando se da libre rienda a asociaciones y a partidos político–sociales o se atenta a los derechos y a la economía de los eclesiásticos –expulsión y restricción de órdenes religiosas, desamortizaciones, etc.– no es tanto el beneficio del pueblo lo que se busca, cuanto el desprestigio de esa misma Iglesia que tanto estorba a las mentes iluminadas del país, y a quien se empeñan en desbancar de su papel de guía y de directora de pueblos que venía ejerciendo desde épocas anteriores.
A veces, ni se dan cuenta del contrasentido a que ellos mismos se someten. Liberalismos burgueses y trasnochados o recientes capitalismos irían dando paso, en una inconsciencia que nos parece suicida, tanto al naturalismo deísta de la filosofía francesa como al racionalismo arreligioso alemán, que traería como consecuencia no pocas ideologías socialistas, posibilidades anarquistas y primeros ensayos comunistas, que tarde o temprano se revolverían contra ellos mismos 2.
Este fenómeno lo observamos también en las consecuencias positivas que nos ofrecen tales movimientos. Es verdad que se da una abertura, más promocionada y culta, del ciudadano medio: el conocimiento de sus propios derechos, un sentido igualitario de la vida según van desapareciendo las clases y los privilegios; la más amplia dirección pedagógica y humana, subrayada, y lo indicamos como nota sobresaliente, por la Institución Libre de Enseñanza donde se vino educando una generación de hombres de gran influencia en nuestra patria hasta 1936. Sin embargo, esa especie de cruzada cultural había de chocar necesariamente con la Iglesia a la que consideran, en bloque, como reacia a todo sentido de progreso o de innovación. Como ocurriera con los teosofistas del siglo XVIII, la Iglesia se les presenta también ahora como opresora del pensamiento y de la cultura, aliada de la monarquía y de viejos conservadurismos, ajena o enemiga de todo lo que signifique democracia, parlamentarismo y progreso independiente del Estado alineada en sus creencias, dogmatista e inquisitorial.
A todo este reformismo liberal de la llamada «revolución burguesa» o como quieren algunos de la «revolución de un sector más ilustrado de las clases medias». añadamos otros factores que aclaran nuestros presupuestos y que completan el cuadro de una España convulsa y todavía por hacer de la primera mitad del siglo XIX. Son, por ejemplo, el origen y desarrollo del proletariado, ante el crecimiento de la fábrica y de las reivindicaciones agrarias; el empobrecimiento nacional ocasionado por años de lucha y de represalias; el mismo sentimiento patriótico herido, luego de la liquidación de las colonias americanas; y sobre todo, esa continua sangría de las tres guerras carlistas (1833–1874) en que por debajo de cuestiones político–dínásticas, descubrimos un trasfondo de enfrentamiento ideológico –liberalismo y tradición religiosa– con otras motivaciones que suenan ya a incipientes movimientos separatistas, a defensa de los propios fueros y a aspiraciones de un campesinado que se debate por conservar sus viejas estructuras frente al nuevo mundo de la técnica y de la empresa.
De una u otra manera, los españoles empiezan entonces a dividirse; y no son ajenos a esa división los presupuestos religiosos, mejor o peor entendidos. Tales españoles se tildan a sí mismos de «progresistas» y «moderados», de «liberales» y «conservadores», de «ultras» o «revolucionarios», de «reaccionarios o apostólicos». Una Iglesia tan traída y llevada no podemos dejarla, pues, al margen de las consideraciones globales de nuestro siglo XIX, sin que por Iglesia entendamos solamente a la representada en la jerarquía, en sus actuaciones ofíciales o en sus decretos y definiciones. Hemos de llegar a esa otra Iglesia familiar, íntima y escondida, que se prodiga y que va fecundando a la sociedad a través de sus instituciones y de sus sacramentos, de su apostolado y vida de gracia, de la atención que presta a niños, obreros, enfermos, desvalidos, etc. Una infraestructura, pudiéramos decir, que ha servido siempre para la formación de la otra historia –la externa–, cuajada de nombres relevantes, implicaciones diplomáticas y resonancias más o menos triunfalistas. En este sentido, es indudable el influjo que en la formación del alma popular, de las posturas y respuestas que de una manera silenciosa ha ido dando el mismo pueblo a unos presupuestos nacionales, fueron ejerciendo tanto los institutos religiosos como las figuras humanas que los promovieron.
Pudiera parecer paradójico, pero es en aquellos momentos en que más se habla de distensión y hasta de derrumbamiento, en que da la sensación de que decae el espíritu religioso y que aumenta el sectarismo y la descreencia, cuando más numerosas y pujantes aparecen en España una serie de instituciones religiosas que, a más de dedicarse a una labor caritativa–social, pretenden, vigorizar en sus mismas raíces el alma eminentemente cristiana que aún perdura en el hombre y en la mujer española. Nada menos que 57 institutos religiosos se crean en España en el período que ahora nos interesa, de 1836 a 1900 3. Sus implicaciones son numerosas: hospitales, asilos, leproserías, educación de la juventud, protección de la joven, apostolado obrero, misiones y catequesis, estudios primarios y universitarios, escuela de adultos, etc. De ellos, algunos emplean sus energías en promover y ayudar a la formación de esa parcela escogida, tan vital para la Iglesia de todos los tiempos y de que tan necesitada andaba España por aquellos años, como es la de las vocaciones eclesiásticas y religiosas, con el fin de lograr un clero mejor preparado, más efectivo apostólicamente y en lo posible, más «santo».
No habían faltado experiencias anteriores en ese sentido. Sabemos que España responde, con más o menos generosidad, a la instauración y promoción de sus propios seminarios tridentinos 4. A momentos de decadencia le siguen luego las reformas llevadas a cabo en el siglo XVIII, cuando se pueden alcanzar etapas de verdadero prestigio 5. Durante este mismo siglo, se da a conocer en España una institución religiosa, a modo de instituto secular, que dedica sus esfuerzos a la mejor preparación de los aspirantes al sacerdocio. A sus miembros se les conoce como los Píos Operarios Evangélicos; realizan una modesta labor por algunos seminarios y colegios de la zona catalano–aragonesa, pero su obra queda pronto truncada por falta de personal y tal vez de una firme y más concretizada organización jurídica 6.
En la primera mitad del siglo XIX Antonio María Claret (1807–1880) pondría especial interés, entre los fines generales de su nueva Institución –la Congregación de Misioneros Hijos del Corazón de María– en buscar la más cuidada selección y formación de los seminaristas 7. Pero, de manera especialísima, quien va a dedicar toda una vida de esfuerzos, de ilusiones y diríamos que de aventuras a esta obra transcendental de la Iglesia, es el personaje que ahora presentamos, el genial sacerdote tortosino, Manuel Domingo y Sol (1836–1909).
Hombre de su tiempo, te duelen tanto España como la Iglesia y las almas. Y quiere abarcar primero todos los apostolados: parroquias, juventud, obreros, religiosos, catequesis, etc. «No sabemos ––escribía– si estamos destinados a ser un río rápido que haga florecer a sus orillas jardines amenos, o si hemos de parecernos a la gota de rocío que envía Dios en el desierto a la planta desconocida; pero, más brillante o más humilde, nuestra vocación es cierta: no estamos destinados a salvarnos solos» 8. Poco a poco se va dando cuenta de que el remedio hay que buscarlo dentro, en la misma raíz, donde pueda vitalizarse mejor la savia que transforme a la sociedad y dé frutos sazonados a la Iglesia. «La formación del clero –dirá asimismo– es lo que podríamos llamar la llave de la cosecha en todos los campos de la gloria de Dios» 9. En adelante esa sería su parcela predilecta: establece colegios sacerdotales, funda una institución especializada, la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos, abre en Roma el Pontificio Colegio Español, acepta la dirección de seminarios en España, Portugal y América, propaga la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, establece centros de Adoración Nocturna, etc. etc. «Pertenece usted –4e escribirá una vez monseñor Vico, de la Nunciatura de Madrid– a una raza de hombres que difícilmente pierde coraje frente a las dificultades 10.
Ese es el hombre que hoy presentamos; sencillo, pero con un talante humano que atrae a quienes le rodean; incansable, bondadoso. A poco de morir, un breve epitafio le retrata de esta manera: «Varón adornado de generosidad y grandeza de ánimo, de liberalidad y esfuerzo, y mucho más de bondad y de costumbres, piedad, celo de la religión, y culto divino, y de amor a su patria» 11.
Y en medio de esa sencillez, un hombre que supo comprometerse con la España y con la Iglesia de su tiempo, y cuya huella se sigue adivinando todavía, y diríamos que cada vez más a medida que pasan los tiempos.
NOTAS
1. El profesor de Oxford Raymond Carr, gran conocedor de la historia de España, advierte que algunas incoherencias importantes de su relato dependen de que tal historia no puede comprenderse, para bien o para mal, sin la historia de la Iglesia: (cf. su obra España 1808–1939, Barcelona 1966).
2. Cf. M. Artola, La burguesía revolucionaria (1808–1869), Madrid 1973, quien estudia estos movimientos como sustrato de la primera mitad del siglo XIX español. Bajo otros puntos de vista, económico y político–religioso, lo estudian, entre otros, M. Tuñón de Lara, Estudios sobre el siglo XIX español, Madrid '1972; El hecho religioso en España, París 1968; M. Revuelta González, Política religiosa de los liberales en el siglo XIX, Madrid 1973; A. Ramos Oliveira, Historia de España III, México 1934; M.' D. Gómez Molleda, Los reformadores de la España contemporánea, Madrid 1966; J. A. Lacomba, Ensayos sobre el siglo XX español, Madrid 1972.
3. Cf. J. M. Piñero, Ordenes religiosas, en Historia de la espiritualidad II, Barcelona 1969, 509–523.
4. Cf. F. Martín Hernández, Los seminarios españoles: historia y pedagogía (1363–1700), Salamanca 1964.
5. Cf. F. y J. Martín Hernández, Los seminarios españoles en la época de la Ilustración, Madrid 1973.
6. Ibid., 50–83; F. Martín, Los sacerdotes Píos Operarios, formadores del clero español en el siglo XVIII: Seminarios 6 (1960) 91–126. Los Píos Operarios seguían de cerca otras fundaciones de tipo sacerdotal francesas, italianas y alemanas: como, por ejemplo, la Obra de San Vicente de Paul, la de los sulpicianos y eudistas, el Oratorio de San Felipe Neri, los «Píos Operarios» italianos de Carlos Caraffa, los seminarios bartolomites alemanes del venerable Bartolomé Holzhauser, etc.: cf. L. Sala–F. Martín, La formación sacerdotal en la Iglesia, Barcelona 1966, 101 ss.
7. Para los seminaristas escribe El colegial o seminarista teórica y prácticamente instruido, Barcelona 1894, 2 vols., obra que pronto se hace clásica en los seminarios españoles. Algunos de estos seminarios fueron regidos durante bastantes años por los nuevos religiosos cordimarianos: cf. J. M. Viñas, San Antonio María Claret, Madrid 1959, 472, 473, 503, 864, etc. La biografía clásica es la de D. Fernández, Vida del Padre Claret, Madrid 1942.
8. Celo por el bien de las almas, publicado en «El Congregante», enero de 1884, p. 23 (E.III, Varios).
9. Cf. E.I, Predicación, 5.º, 52.
10. RAH, Cartas a don Manuel, carp. 18, leg. 2, doc. 3.
11. BEDT, 33 (1909–1910) 47.
Indicación de las fuentes
· Manuel Domingo y Sol nos ha dejado numerosos escritos en que, a más de su correspondencia, sermones, esquemas de pláticas y conferencias, etc., da cuenta de algunas de sus empresas, en apuntes más o menos autobiográficos. En 1888 escribe una pequeña Crónica de la fundación del convento de Vinaroz; por los mismos años comenzó a redactar lo que él mismo titula Anales o crónica o historia de los Colegios de Vocaciones Eclesiásticas de San José y de la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos, en los que sólo dejó anotado, y con hartas lagunas, lo relativo a los colegios de Tortosa y de Valencia; y en 1893 una Noticia de la obra española de las vocaciones eclesiásticas que presenta en el Congreso Católico Internacional de Lisboa de dos años más tarde y aprovecha también para el de Tarragona de 1894.
· Cuando se trasladó definitivamente de su casa «pairal» al colegio de San José de Tortosa en 1894, destruyó una porción considerable de los documentos que guardaba, y de ello se mostraría luego arrepentido, En este año, 16 de mayo, escribía a Andrés Serrano: «Hoy he logrado dar fin al registro de mis cartas y papeles traídos de casa. He quemado dos quintales, y me duele. He guardado algunos todavía. No debían rasgarse, porque forman una Crónica. He rasgado todas las de mi época del Instituto y de los días de la revolución de septiembre del 68, mi larga correspondencia con Trelles, la de la compañía del Santo billete de la rifa, etc., etc. Era todo un tesoro» 1.
· Igualmente llevaba anotado lo concerniente al colegio de Roma. En 1897 tenía ya redactada una crónica de su fundación. «Me dijo usted –escribía el 16 de marzo a Benjamín Miñana– que no me dejé ahí ningunos papeles. No encuentro la crónica del colegio de Tortosa y la del de Roma, y como si quisiera creer que me la llevé cuando fui, sentiría vivamente la pérdida» 2. Referíase sin duda don Manuel al «Diario» que llevaba, y que se conserva, de todos los trámites y peripecias porque hubo de pasar aquella fundación. Eran lacónicas y sucintas indicaciones, a propósito para servir de guía en una más extensa y detallada relación ulterior.
· Lo que él no puede hacer, vino a subsanarlo, en parte, el que fuera rector del mismo colegio, Benjamín Miñana. «Una. buena noticia me da usted en su última –decíale don Manuel el 22 de septiembre de 1901– Precisamente hace tiempo quería encargarle a usted y a Juan Calatayud, y temía por sus ocupaciones, y veo que han entrado ustedes en el camino de darme gusto. Me refiero a lo de la crónica del colegio de Roma. Si le parece, puede enviarme los borradores de un par de pliegos, y pondré mi V.º B.º, si me place la entonación, que no dudo por esto que será de su mano maestra, y se los devolveré; y luego, apenas los tenga usted terminados, se litografían. En Valencia me perdieron los extensos apuntes que les di de aquel colegio, y crea que ha sido una calamidad». Y el 7 de octubre: «Recibidas las hojas de la crónica. Creo que mis preliminares llegaron hasta la instalación del colegio y definitiva ruptura con el padre Martín, y me parece altera el hilo de algunos hechos. No obstante, Jesús se lo pague; y deseo y quiero que lo continúe tan aprisa como le sea posible. Los de Valencia no me conservan ni un dato, y eso que el santo don Vicente había iniciado una crónica que se quedó a la primera hoja» 3.
Así lo hizo don Benjamín, añadiendo además a la crónica las pláticas que don Manuel acostumbraba a dirigir a los alumnos del colegio de Roma, en los primeros años del mismo, al principio de cada curso.
· A más de dar testimonio de ello, hemos de agradecer a varios sacerdotes operarios la inapreciable labor que han venido realizando en la búsqueda, recopilación, fijación y transcripción del cúmulo ingente de documentos manuscritos e impresos de don Manuel: esquema de sermones, pláticas y proyectos; pequeñas crónicas y notas de diario; borradores de buena parte de sus cartas y casi todas las que recibió, el original de numerosas que obraban en Poder de sus destinatarios. Ello hace que hoy podamos tener fácil acceso a esta primerísima fuente documental de que damos ahora noticia.
· Los escritos originales se conservan, diligentemente seleccionados y fijados, en el archivo que la Hermandad de Sacerdotes Operarios tiene en su casa central de Roma. Suman 46 volúmenes, encuadernados en piel. De todos ellos se ha hecho una reproducción fotocopiada, que comprende 65 volúmenes.
· Los antedichos escritos vienen divididos en tres grandes secciones:
I. Predicación: 14 volúmenes
1. Jesucristo
2. Eucaristía
3. Fervorines
4. Virgen María y santos
5. Papa; sacerdocio; Operarios
6. Operarios
7. Ordenandos
8. Seminaristas; congregantes
9. Religiosas
10. Ejercicios; misiones
11. Virtudes y vicios
12–14. Varios
II. Cartas (1867–1909): 23 volúmenes
III. Varios: 10 volúmenes
1. Proyectos
2–4. Fundación y empresas de celo
5. Apuntes y discursos
6. Periodismo; estudiante; vida espiritual
7. Reparación y colegio de Roma
8. Fundación y apostolados varios
9. Efemérides y notas varias
10. Documentos varios
· Obra también en el citado archivo una copia a máquina de casi todos los escritos de don Manuel, en 45 cuadernos, realizada por los años 1930–1938, y divididos en los siguientes apartados:
I. Predicación (1–13)
II. Epistolario (14–36)
III. Artículos en periódicos (37)
IV. Fundación y obras de celo (38–40)
V. Miscelánea (41–45)
· A estos escritos personales, añadimos, igualmente, el precioso material de originales e impresos (testamentos y documentos de fundación, constituciones de la Hermandad, cartas a don Manuel, etc.) que se relacionan con la vida y empresa del Fundador y que guarda también la Hermandad en el citado archivo. Componen un total de 20 carpetas.
· De gran interés es el Proceso Ordinario de beatificación de don Manuel, iniciado en Tortosa el 13 de noviembre de 1930 y acabado en 22 de septiembre de 1934, que lleva por título: Copia publica transumpti Processus Ordinaria auctoritate constructi in Curia Ecclesiastica Derthusensi, super fama sanctitatis vitae, virtutum et miraculorum Servi Dei Emmanuelis Domingo y Sol, Sacerdotis Fondatoris Sodalitatis Operariorum Dioecesanorum. Hemos manejado la copia, en 6 volúmenes, que se conserva en el archivo de la Sagrada Congregación del Culto Divino, en Roma. En el Proceso se tomó declaración a 44 testigos, que fueron respondiendo a 73 preguntas.
· Igualmente hemos utilizado los archivos del palacio episcopal, del cabildo y de la parroquia de la catedral de la ciudad de Tortosa, así como los que obran en los respectivos colegios y seminarios que fundara o dirigiera la Hermandad en tiempos de don Manuel, y en los conventos que este mismo ayudara a establecer.
· Los Boletines Eclesiásticos de Tortosa, Valencia, Orihuela, etc. Revistas tortosinas: El Ebro, Correo de Tortosa, La Verdad, Diario de Tortosa, Los Debates, etc., y nacionales: El consultor de los Párrocos, La Cruz, El Pensamiento de la Nación, etc., y las que fundara el mismo don Manuel: El Congregante de San Luis y El Correo Interior Josefino. Con motivo de la muerte del Siervo de Dios y en ocasión de diversos aniversarios (1909–1926), en esta última revista y en la que aparecería más tarde, La Reparación, se fueron publicando semblanzas, noticias y recuerdos del Fundador de la Hermandad, recogidos luego en un volumen que lleva por título: A la memoria del Dr. don Manuel Domingo y Sol, Pbro., Fundador y Director General de la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos. Como testimonios de primera mano, no dejan de tener un interés especial.
· Nos atrevemos a enumerar, en fin, entre las fuentes impresas, la inapreciable obra del sacerdote operario, Antonio Torres, Vida de don Manuel Domingo y Sol, Tortosa 1934, verdadero arsenal de noticias sobre la vida y empresas del Siervo de Dios. A más de utilizar a fondo sus escritos, particularmente sus cartas, recoge el testimonio directo de numerosas personas que habían tratado y colaborado con don Manuel.
Siguiendo la metodología de su tiempo, no sigue un sistema crítico de citaciones, pero tanto los datos como las afirmaciones y descripciones que nos presenta no dejan lugar a duda. Dado el tiempo en que fuera escrita la obra y los elementos de juicio de que viene adornada, bien podemos considerarla como una auténtica fuente documental.
Advertimos, desde ahora, que no hemos podido localizar algunos de los escritos de don Manuel, que Antonio Torres copia o a que hace referencia, sobre todo de sus cartas. El archivo de la Hermandad, que se conservó en Tortosa hasta 1936, corrió no pocas vicisitudes durante la guerra civil que se inicia ese mismo año y luego hasta su definitivo traslado a Roma. Como son de verdadero interés, los recogemos en nuestro estudio, haciendo referencia a las páginas de la citada obra 4.
NOTAS
1. E. II, Cartas, 7.º, 100. De estos escritos damos cuenta en este mismo apartado.
2. Ibid., 10.º, 39. El 28 de noviembre del mismo año escribía en su «Dietario»: «Misa a san Antonio por el hallazgo de los papeles de la historia de los colegios» E. III, Varios, 10.º, 11.
3. Ibid., 11, Cartas, 14.º, 205 y 228.
4. Véase la bibliografía general, con el título completo de la obras que utilizamos, al final del volumen.
I
EL HOMBRE Y LA IDEA
1
Primeros años de Manuel Domingo y Sol (1836–1850)
I. UN AMBIENTE Y UNA EPOCA
1. Patria, padres y nacimiento
Manuel Domingo y Sol nace el 1.º de abril de 1836, día de viernes santo, en la conocida calle del Angel, n.º 18, de la ciudad de Tortosa. Fueron sus padres Francisco Domingo Ferré y Josefa Sol Cid.
Por este tiempo Tortosa, a orillas del Ebro y recostada entre el castillo–fortaleza de la Zuda y las colinas que bajan del Coll de L'Alba, conservaba todavía un aire de nobleza que le daba su abolengo de ciudad episcopal, plaza fuerte y cabeza de una de las más feraces vegas de España. Si bien no negaba a los 20.000 habitantes 1, impresionaba por su recinto amurallado, de calles estrechas y amplias casonas de labradores, sus viejos palacios señoriales, y el buen número de iglesias y de conventos, coronados todos ellos por la vieja mole de su catedral gótica,
Buena parte de los tortosinos, y entre ellos la familia de don Manuel, vivía de la huerta, del comercio o de sencillos pero acomodados oficios menestriles. «Cuberos», «toneleros» o «carreteros» eran sus abuelos por línea paterna, y simples «labradores» con antepasados en el vecino pueblo de Santa Bárbara, los que le llegaban por la materna 2. Sus padres habían contraído matrimonio el 1.º de junio de 1817 3 y el pequeño Manuel, penúltimo de los doce hijos que tuvieron 4, fue bautizado el día siguiente de su nacimiento, sábado santo, en la parroquia del Sagrario de la Catedral. Le bautiza el párroco de la misma, Gabriel Duch, amigo y confidente más tarde de don Manuel, y actúa de padrino el también sacerdote don Francisco Navarro, comensal y beneficiado de la misma catedral y tío además, como veremos más adelante, del recién bautizado 5.
Con el nombre de «don Manuel», «doctor Sol» y, sobre todo, como «mosén Sol», al uso de Aragón y Cataluña, sería conocido más tarde, eclipsándose de alguna manera su primer apellido, Domingo, por considerarlo quizás como nombre propio, de lo que él mismo solía quejarse a veces en conversaciones familiares 6. Mosén Sol le llamaron sus paisanos y él se consideraría orgulloso, pues, a pesar del universalismo de que iba a llenar su larga vida de apostolado, sus raíces primigenias las centrarla siempre en su querida Tortosa. «Ni catalans, ni valencians: i tortosins! » 7, solían decir de sí mismas las buenas gentes de la ciudad y de la desembocadura del Ebro. Recordemos que hasta el siglo pasado Tortosa estuvo más vinculada al reino de Aragón, y después al de Valencia que con el resto de la Cataluña oriental, ya que el principal medio de comunicación se hacía por la orilla del Ebro, desde la alta Castilla hasta Tortosa. No hemos de extrañarnos, por tanto, que a más de tortosino, don Manuel se sintiera abierta, decida y calurosamente español. Tortosa, España y la Iglesia iban a ser los centros polarizadores de esa vida de entrega y de supremo sacrificio, que había tenido sus primeros momentos en días tan señalados como eran un viernes y un sábado santo.
2. Tortosa «noble, fidelísima y ejemplar»
La antigua Dertosa, sede episcopal romano–visigoda 8, reconquistada en 1148 por Berenguer IV, juega un papel importante en la historia político–eclesiástica de nuestra baja Edad Media'. Ve levantarse muy pronto su magnífica catedral gótica 10, que recoge entre sus mejores joyas la devoción más preciada de los tortosinos, la Virgen de la Cinta 11. Se va adornando de palacios, de residencias señoriales –como las del caballero Despuig, de Campmany, Oliver o de Villoria, de Tamarit, de los Piñols, de Miravalls, etc.– y de iglesias y conventos que tanto significarían en la primera infancia y luego en el apostolado mismo de don Manuel. Uno de los primeros conventos de clarisas–franciscanas que se establecen en España, es precisamente el de Tortosa –«¡mi convento de las Claras!»–, fundado a mediados del siglo XII en un altozano al levante de la ciudad, pegado a la muralla 12. De su bella iglesia medieval, donde tantas inspiraciones recibiera mosén Sol, sólo quedan hoy unos escuálidos muros tras la quema del convento en 1936. Pudo salvarse, con todo, su elegante claustro, prototipo de la escuela gótico–provenzal, de fines del XIII o principios del XIV. Pegado al mismo convento, en la plazuela de Replá, se levantaría más tarde el de las sanjuanistas, de los caballeros de san Juan 13, hoy también abandonado y medio destruido.
En la primera mitad del siglo XIX ceñía todavía a la ciudad un recinto amurallado, que desde el castillo de la Zuda y bordeando el altiplano iba luego hasta el río, galoneado todo él por airosas torres y baluartes como los de la Bastida, Redonda, Hornabeque, Portal del Rastro y Torreón de la Careta; el fuerte del Bonete –en cuya falda levantaría mosén Sol su primer colegio de San José–; los del Carmen, del Cristo, de San Juan y del Temple de los siglos XV y XVI, y los de la Tenaza y de Orleans levantados en el XVIII. Al otro lado del río y comunicado por un antiguo puente de barcas, se iba extendiendo el laborioso barrio de Ferrerías, o de los herreros, que también llamaban de La Creu, por la alta y airosa cruz que lo dominaba. Y al noroeste, fuera de las murallas, en la vertiente opuesta de la Zuda, el nuevo barrio de Remolinos completaba el círculo de esta ciudad, pegada todavía a sus tradiciones, clerical y conservadora, y a cuyos títulos de nobleza se le había añadido desde el siglo XVII el de fidelísima y ejemplar 14.
De su época romana conserva todavía un grandioso arco, vestigio de una primera muralla, por el que discurría la antigua calzada y luego el camino de Santiago que viniendo por el Coll del Alba entraba en Tortosa para seguir hacia el norte por la ruta del Ebro. Es el arco o portal dels Romeus o del Romero, de recuerdos tan íntimos en la vida de don Manuel 15. No queda lejos la calle del Angel donde naciera el Siervo de Dios, que debe su nombre al patronazgo del Angel Custodio que se había dado a sí misma la ciudad, y de cuya devoción tenemos noticias que se remontan al siglo XIV. En 1739 le dedican una capilla en el mismo ensanche de la calle y en ella celebraban solemnemente su fiesta tanto el cabildo como el ayuntamiento de la ciudad 16.
El pequeño Manuel podía contemplarla desde los balcones de su casa y no es extraño que prendiera pronto en él, y le durara por toda la vida, la devoción al Santo Angel, de Tortosa primero y luego de España.
También sabemos de otras devociones tortosinas de don Manuel. Como veremos más adelante, cuando era niño su madre le llevaba a recorrer los conventos de las Claras y de las Sanjuanistas. De joven y luego de sacerdote, solfa subir a esas pintorescas ermitas, de tanta tradición en el campo de Tortosa desde la época medieval. A la del Coll del Alba, que conoce ya una restauración en 1442 y desde la que se domina un maravilloso paisaje de la ciudad, de la vega y del delta del Ebro. Un poco antes, se pararía en la de Mig–Cami o Mitam–Cami, restaurada en 1698 y que guarda una preciosa imagen de la Virgen de la Providencia. Por el camino viejo de Tarragona, a pocos kilómetros de la ciudad, se acercaba asiduamente a la de La Petja, del siglo XIV, o se llegaba también a la del Carmen, en Roquetas, que le serviría con el tiempo de primera experiencia sacerdotal; a la de Santa María de la Oliva en Bitem, y aun a las más lejanas de la Virgen del Remedio en Alcanar o de la Piedad en Ulldecona 17.
En un ambiente más familiar, asistiría a las fiestas que celebraban cada año los numerosos gremios en que hasta el siglo XIX se hallaban agrupados los menestriles tortosinos y a que pertenecían sus padres y sus hermanos mayores: de labradores de Santiago, herreros, calafates, cordeleros y tejedores; rezaría ante tantas otras capillas y hornacinas de la Virgen y de los santos, repartidas por los barrios y las estrechas callejuelas de la ciudad; de sant Domingo, sant Dominguet, dels Angels, sant Vicent, santa Ana, la Mare de Deu del Rosé, sant Josep, Font de la Salud, etc.; asistiría curioso a las danzas clásicas de Cap de Ball, Punxonet y otras jotas de la tierra en los días de las fiestas de la Cinta; correría delante de la Cuca–Fera, cuando de su gran cuerpo de tortuga y de su cabezota de dragón salían disparados «coets y piules» en las fiestas tan populares del Corpus Christi; y con sus padres iría a alguna que otra romería, sobre todo a la de la Virgen de la Aldea, pequeño poblado a unos quince kilómetros de Tortosa casi en el delta del Ebro, que, como también veremos, sería con el tiempo su primer cargo parroquial 18.
Esa era la Tortosa, alegre, trabajadora y bulliciosa, que viera por primera vez don Manuel. Dejaba atrás una época de luchas, sitios, saqueos y depradaciones a que, por desgracia, la habían venido sometiendo tanto su situación geográfica como su misma importancia de plaza fuerte. A mediados del siglo XVII el rey Felipe IV le concede el título de «fidelísima y ejemplar» por la resistencia que ofrece a los franceses cuando la sublevación de Cataluña 19. Luego sufre el saqueo del general francés Marsín; a principios del siglo siguiente la sitia de nuevo el duque de Orleans y cuando la Independencia ha de capitular, tras heroica defensa, ante las tropas del mariscal Souchet quien logra retenerla por espacio de tres años 20.
A las luchas se unían las riadas y las repetidas pestes que asolaban de vez, en cuando a la ciudad. Aún se hablaba en ella de las terribles epidemias de 1821, de que había sido víctima el obispo de la diócesis, don Manuel Ros de Medrano, o de la de 1834 en que llegaron a contarse 119 víctimas. Pronto llegaría otra de más terribles proporciones: la de 1845–55, que supuso casi un millar de muertos. De las riadas, memorable sería la de la noche del 8 al 9 de septiembre de 1845, cuando contaba nueve años el pequeño Manuel: en menos de una hora el Ebro sube a más de 20 palmos sobre su nivel ordinario; por el lado norte, el torrente del Rastro inunda a su vez la ciudad y entra por puertas y ventanas situadas a 16 palmos de la calle; se desploma el viejo hospital, en, cuyo solar se encuentran ahora los juzgados, y mueren siete personas. Otra, de 1853, se llevaría por delante el viejo puente de barcas 21.
A pesar de ello, Tortosa va conociendo días de más ventura y progreso. «De pocos años acá –leemos en un diario de la época– ha variado ventajosísimamente el aspecto de la ciudad» 22; por ese tiempo se construyen nuevos edificios y se abren nuevos paseos, del lado sobre todo del Temple; se va levantando un teatro público en el edificio que antes fuera convento de la Merced 23; empieza a funcionar un Liceo «lírico–grarnático» y se piensa en establecer un casino. En 1845 sale a la calle el primer diario de Tortosa, El Ebro, al que sigue, tres años más tarde, El Dertosense. En el mismo año se piensa establecer el Instituto de Segunda Enseñanza en el antiguo convento de los jesuitas de la calle Moncada; un nuevo hospital se abre en el barrio del Jesús, al otro lado del Ebro, en 1852, donde iba a ejercer su heroico apostolado sor María Rosa Molas (1815–1876), fundadora de las hermanas de la Consolación. Cinco años más tarde se inaugura el canal de la derecha del río y al siguiente aparecen el Diario de Tortosa y el Boletín Eclesiástico de la diócesis, y se hacen mejoras en el empedrado y alumbrado de la ciudad. En cuanto a éste, durante el primer tercio de siglo «consistía en pequeñas farolas de aceite y una que otra lámpara medio apagada que tristemente ardía delante de las capillas o retablos que los fieles levantaban en algunos parajes» 24. Por fin se inaugura en 1859, el nuevo alumbrado de quinqués de petróleo. Por su parte, «el empedrado de las calles –leemos en los mismos periódicos– mejora utilísima emprendida hace, pocos años..., se trata ahora de continuarla»; han de acelerarse las obras, «pues a uno le acontece con no poca frecuencia que, cogido el pie entre las piedras, ve las estrellas en medio del día, siendo el empedrado tan pésimo y desigual que el que tiene buenos pies anda mal y con trabajo, y el de pies delicados o con callos, no puede andar, ni bien ni mal» 25. Se pide asimismo «poner en la fuente, colgada de una cadena, una cuchara de hierro para que los que quieran apagar la sed puedan beber cómodamente como sucede en París y las había en la fuente de algunos conventos» 26. Poco a poco, se va acometiendo la obra de limpieza de calles, traída de aguas y ensanche progresivo de la ciudad, rompiendo aquel cerco que tanto la atosigaba de murallas, fuertes y baluartes 27.
3. La década 1833–1843
Como en épocas anteriores, también ahora Tortosa, en los años que corren desde la muerte de Fernando VII, 1833, hasta la declaración de la mayoría de edad de su hija y sucesora, Isabel II, diez años más tarde, sería, en alguna medida, protagonista de los duros aconteceres que iban a sacudir, cruenta y violentamente, a nuestra patria.
Años aquéllos de inseguridad y de convulsionismos –quema de conventos y mantanzas de frailes–; de sectarismo y de guerra fratricida. Y lo mismo que ocurre en España, acontece también en el marco reducido y provinciano de Tortosa, cuando el pequeño Manuel transcurre los años de su infancia en el seno de una familia honesta, laboriosa, cristiana y conservadora.
Se quiere llevar a cabo, a escala nacional, una revolución burguesa, heredera de aquella de las Cortes de Cádiz y del bienio liberal de 1820–1823, revolución a todas luces incompleta y radicalmente viciada. Estalla la primera guerra carlista (1833–1840) y con el señuelo de «Dios, Patria, Rey y Fueros» se lanzarán al viento ideologías político–religiosas y económicas, con el levantamiento de numerosas partidas en el norte de la Península, de las que no pocas salen de la misma Tortosa y de la vecina comarca del Maestrazgo.
Si en el bando cristino–liberal y en el Gobierno de Madrid que lo representa, se llega a situaciones límites –matanzas de frailes de 1834–1836, supresión arbitraria de conventos, expulsión del Nuncio y de los jesuitas, nueva Constitución de 1837 marcadamente anticlerical, leyes de desamortización, etc.–, y se persigue por doquier a la Iglesia dejando propalar toda clase de insultos y de calumnias, del lado carlista se quiere dar a la lucha un sentido religioso de cruzada nacionalista y amparadora de lo más sagrado e intangible del alma española. Sin embargo, ni los mismos carlistas quedarían exentos de graves e incomprensibles arbitrariedades.
Precisamente en el año en que nace don Manuel, 1836, es fusilada el 16 de febrero en Tortosa, frente a uno de los baluartes de la barbacana, Ana María Griñó, infortunada madre del cabecilla carlista tortosino Ramón Cabrera 28. A Cabrera, antiguo seminarista, se le conoce por entonces como «el tigre del Maestrazgo»; en Barcelona se mata a sangre fría a prisioneros de ambos bandos; en Reus siguen las matanzas de frailes; y en Tortosa, donde todo es división y confusionismo, en aquel mismo año son encarcelados numerosos sacerdotes realistas que el populacho piden sean pasados por las armas, y un canónigo, el Dr. Sala, es asesinado por los miqueletes al salir de la catedral. De 1834 a 1843 son fusiladas en la ciudad unas 30 personas por causas meramente políticas, entre ellas sacerdotes y mujeres; y si 3.000 tortosinos se alistan en el ejército carlista, otros tantos forman tres compañías de milicianos nacionales para favorecer la causa del Gobierno.
Tradicionalismo y liberalismo se dan la mano, en un fenómeno típico de nuestra historia, por todo el principado catalán. Señalemos que en Barcelona, durante el ministerio del Conde de Toreno, 1835, se instaura una junta que quiere extender su poder a las cuatro provincias catalanas y que, mientras se propone conservar el orden y salvaguardar la libertad, aboga, entre otras cosas, por la supresión de las órdenes religiosas y la promoción de ideas regionalistas más o menos extremadas. Pronto imitan su ejemplo Valencia y Zaragoza; y hasta se piensa en formar una federación de Estados peninsulares conservando cada uno su propia autonomía. Tal regionalismo –conviene que lo advirtamos desde ahora, por lo que puede relacionarse con las actividades posteriores de don Manuel– lo promueven tanto los tradicionalistas o movimientos de derecha catalanes, como los que entonces representan el renacimiento de aquella lengua y cultura –Renaixença–, que irá suponiendo a la larga un catalanismo incipiente de mediados del siglo XIX 29. A esos elementos de disgregación, hemos de ir añadiendo tanto el auge que va tomando la industria en la región catalana, como la aparición de los movimientos obreros de tendencia izquierdista y republicana 30. La revuelta que se produce en Barcelona en 1843, conocida como de la Jamancia, sería el primer chispazo de una serie larga de convulsiones sociales 31.
De otro lado, tampoco ayuda gran cosa la unidad que con más o menos apariencias pudiera ofrecer el carlismo. Tras el fracaso de D. Carlos en su expedición hacia Madrid (1837) y luego del famoso «abrazo de Vergara» (1839), los carlistas se dividen en «intransigentes» o «apostólicos» y en «marotistas» o «moderados» 32. Abocados los primeros a un absolutismo sin fronteras, arrastran consigo a una gran masa de eclesiásticos españoles, incapaces de comprender por entonces las sensatas palabras que, en este sentido, iba escribiendo el gran filósofo Balmes (+ 1.847): «No identifiquéis –decía a unos y a otros– la causa eterna con la causa temporal; y cuando se presten a alguna alianza legítima y decorosa, sea siempre conservando aquella independencia que reclaman sus principios inmutables» 33. Por otra parte, ni se daban cuenta de otro peligro, ahora en el orden de las ideas, que acechaba a una sociedad todavía considerada como, eminentemente cristiana. Era la nueva «inteligentzia» que nos venía de fuera, de la que uno de sus primeros apóstoles sería Julián Sanz del Río (1819–1869), quien, empapado del krausismo filosófico alemán, predicaba una especie de religión laica, que corría parejas con un eclecticismo de tipo francés, con el positivismo comptiano y sus secuelas de naturalismo y empirismo 34.
Mientras tanto se van sucediendo en España pronunciamientos, motines y golpes de Estado. Durante la regencia del general Espartero (1840–1843), vuelve de nuevo la ola anticlerical y sectarista: nueva expulsión del Nuncio y ruptura de relaciones diplomáticas con la Santa Sede, venta de los pocos bienes salvados de la desamortización, destierro de obispos, clausura de seminarios, prohibición de procesiones, etc. 35. El primero de marzo de 1841 el papa Gregorio XVI deplora en una célebre alocución los ultrajes y persecuciones que se venían infligiendo a la Iglesia de España 36. Con el Gobierno Narváez, 1844, se impone de nuevo la moderación, y la Iglesia española conoce días de calma,. a pesar de los movimientos revolucionarios que conmueven a toda Europa en 1848, siendo reconocida y respetada tanto por la nueva Constitución de 1845 como por el Concordato firmado con la Santa Sede en 1851. Sería el año en que el pequeño estudiante de Tortosa, Manuel Domingo y Sol, hace su ingreso. en el seminario diocesano de la ciudad.
II. INFANCIA DE DON MANUEL
1. Doña Josefa Sol Cid
Poco sabemos de la madre de don Manuel, Josefa Sol Cid, pero sí lo suficiente para ver en ella un alma sencilla y buena, primer espejo en que se mirara el pequeño Manuel. Testigos que la conocieron dicen que era «una santa, muy buena» 37; y ella es la que se encarga de modelar el alma de su hijo. «Por testimonio del mismo Siervo de Dios –declara el sacerdote operario Juan Bautista Calatayud–, a quien oí hacer muy frecuentes y cariñosas referencias de su cristiana madre, me consta que la educación del Siervo de Dios en sus primeros años, la recibió de su misma madre, la cual era señora, además de muy piadosa y cristiana, celosísima y de temple enérgico... El Siervo de Dios refería que, siendo muy niño, ya le llevaba su madre a las diferentes iglesias de esta ciudad, a las funciones religiosas que en ellas se celebraban, haciéndole estar con atención y compostura». Añade a seguido uno de los primeros recuerdos que de su infancia tuviera el mismo don Manuel: «Por una carta del Siervo de Dios sé también que su piadosa madre le presentó en ofrenda a la Santísima Virgen de la Cinta, patrona de esta ciudad, siguiendo en ello la práctica de las madres cristianas tortosinas. También recibió en su casa el espíritu de devoción al Santo Angel de Tortosa, cuya capilla está muy próxima a la casa donde nació el Siervo de Dios, y esta devoción creció en él junto con la convicción que tenía de que el Santo Angel le salvó milagrosamente de un inminente peligro de muerte, siendo muy niño, cuando se hallaba durmiendo en la casa de una heredad de sus padres, inmediata a la ciudad, junto a las murallas del Barranco del Rastro. El peligro lo ocasionó una fuerte lluvia y una barrancada que anegó el barranco desde las murallas, hoy derribadas, hasta la casa de la dicha heredad. Yo he conocido y hablado al payés que salvó a don Manuel, siendo niño, y que por cierto le tenía gran cariño y veneración. Don Manuel refirió diferentes veces, con especial satisfacción, la alegría que produjo en todos los de su casa la llegada del payés llevándole a él, niño, en sus hombros después de pasado el peligro» 38.
«Por devoción al Santo Angel se prestaba –decía de don Manuel su misma madre– a pedir limosna por las casas llevando al hombro una cajeta; y que nunca se avergonzaba de estos actos de religión y piedad» 39. Un halo de religiosidad embargaba a los moradores de aquella casa, lo suficientemente confortable, de la calle del Angel. Por los documentos familiares sabemos que tanto los padres como los hermanos mayores del pequeño pertenecían a diversas asociaciones piadosas, tales como la cofradía de la Santa Cinta, la de San Juan y la Corte de María. Su padre pertenecía, asimismo, a la «Adoración y Vela perpetua del Santísimo Sacramento del Altar», establecida en la catedral en 1831 «para rogar por las necesidades de la santa Iglesia, de la monarquía española y de Tortosa». Y en familia se rezaba a san José, a la Virgen de la Aldea y muy particularmente al referido santo Angel, patrono de la ciudad.
A la devoción, por otra parte, iban unidas las obras de caridad, en las que sobresalía largamente doña Josefa. Como la casa tenía dos puertas que daban a distintas calles, cuando a veces le reprochaban sus continuas limosnas, solía responder, no sin cierto gracejo: «en mi casa las limosnas salen por una puerta y entran por otra». Y no es que las hiciera solamente a los ojos de los demás. En cierta tienda de comestibles tenía dada orden de que, en secreto y cargándoselo a su cuenta, fueran dando a una pobre determinada cuanto pidiera y necesitara 40.
Con su madre iba el pequeño Manuel recorriendo iglesias y capillas, desgranando a media lengua sus primeras oraciones infantiles. Años más tarde, cuando recién nombrado vicario del convento de las Claras dirige a estas su primera plática de entrada, le vienen a la memoria aquellas escenas en las que –les recordaba– «se me presentaba la santidad de este lugar para mí respetable cual ninguno; sin duda, las impresiones que recibí en mi infancia al visitar el umbral de este claustro, único que visité hasta después de mi ordenación» 41. Y a las de la Purísima, en un sermón de Nochebuena que también les dirige: «Sobre cincuenta años hace que conducido a estas horas por una madre cariñosa, venía ya a este templo para ver el nuevo angelito que me decían brotaba esta noche a los pies de la Virgen» 42.
Acogedora y sencilla era la familia de mosén Sol. Fijémonos, como botón de muestra, en este sencillo detalle. Cuando siendo ya sacerdote, estaba cursando don Manuel sus estudios de doctorado en Valencia, mayo de 1863, le escribe su hermano Francisco, soltero y rondando ya los 40 años, una carta deliciosa, de la que recogemos el siguiente párrafo: «El hombre que no falta a su deber y cumple con las obligaciones, cada cual por su estado, siempre está apreciado de todo el mundo y Dios le tiene una senderita reservada para guiarlo en todas sus tareas y necesidades... En fin, lo que deseamos todos de corazón por momentos [es] el estar todos juntos en nuestra casa, frente a la capilla del santo Angel, en donde tanta devoción todos tenemos... Recibe los miles afectos de nuestra madre 43 y tus hermanos que desean verte más que escribirte» 44.
Lecciones éstas de cariño y de vida cristiana que, gozosamente, iría recordando durante toda su vida don Manuel.
2. Las primeras letras
Como en el resto de España, también por entonces andaba descuidada en Tortosa la enseñanza de las primeras letras. Escaseaban los dómines o maestros y no era gran cosa lo que éstos podían llevar de preparación. Es verdad que según los planes de 1821 y 1825 se había buscado alguna mejora, pero a poco o nada vino a reducirse, tanto por falta de medios como de personal apropiado 45. En la familia y en la catequesis de la parroquia era donde los niños, generalmente, se enfrentaban por primera vez con los difíciles garabatos de las letras y de los números y con el aprendizaje de las más elementales oraciones del catecismo.
Sin embargo, tenemos noticia de un maestrillo tortosino, Pere Insa Rovira, que por estos años daba clases privadas, primero en el carrer del Replá, junto a la placeta de san Juan, y luego en la casa del Hospital, n.º 5. Andaba algo cojo, por lo que sus alumnos le sacaban coplillas, más o menos picarescas, que él toleraba con cierto desenfado y hasta se reía de tales gracietes 46. Que fuera a esta primera escuela el pequeño Manuel, no lo sabemos de cierto.
De una u otra manera fue aprendiendo las primeras letras lo suficiente para, como enseguida veremos, entrar pronto en el colegio de San Matías de la ciudad y emprender los estudios eclesiásticos. Mientras tanto, iba creciendo bajo la mirada vigilante de su madre y el amor y cariño de sus hermanos. A los nueve años, 18 octubre de 1845, recibe el sacramento de la Confirmación de manos del arzobispo de Tarragona, Antonio Fernando Echánove y Zaldívar, administrador en sede vacante de la diócesis de Tortosa 47. Y tres años más tarde, en 1848, recibe por primera vez la Sagrada Comunión 48. Sería en este año, o tal vez en el anterior, cuando el pequeño hace su primer viaje fuera de Tortosa al cercano pueblo de Morella. No sabemos la causa que lo motivó, pero sí la preocupación que sintiera su madre cuando, pasados los primeros días de ausencia, no acababa de recibir noticias de su hijo. A la vuelta, éste le dice con toda naturalidad que si no la había escrito era señal de que nada le había ocurrido 49. No fue suficiente, sin embargo, para consolar a su madre, quien, de todos sus hijos, «amaba con locura» al pequeño Manuel y «siempre quería tenerlo a su lado» 50.
NOTAS
1. En 1892 contaba con 5.366 vecinos y 24.000 habitantes, repartidos en 7 distritos, que comprendían 9 barriadas: 0. Rodríguez, Guía de Tortosa, l.ª edic., p. 7.
2. Su padre, Francisco Esteban José Domingo y Ferré había nacido el 2 de septiembre de 1790 y era hijo de Francisco Antonio Rafael Domingo y de María Rosa Antonia Ferré, nacidos a su vez, el primero, el 18 de septiembre de 1772, de Francisco Domingo y de Josefa Ximeno; y la segunda, el 31 de mayo de 1773, de Antonio Ferré y de María Ana Dols.
Su madre, María Josefa Tomasa Sol Cid, nace el 18 de noviembre de 1799 y era hija de Juan José Antonio Ignacio Sol, y de Manuela Cid, nacido el primero, el 29 de diciembre de 1772, de Juan Sol y de María Ignes Cugat; y natural, la segunda, del pueblo de Santa Bárbara, cercano a Tortosa (TAPC, Libros de bautismos, años 1789–1794, vol. 16, f. 1110; 1773–1774, vol. 14, f. 241r: y 259r; 1795–1802, vol. 17, f. 313v; 1763–1774, fol. 249t).
Si exceptuamos a su abuela materna, todos son naturales y vecinos de Tortosa, caracterizándose la familia por su longevidad. El bisabuelo paterno, Francisco Domingo, muere el 11 de enero de 1821, septuagenario al menos; el abuelo materno, Juan Sol, a la edad de 72 años, en 1844; los padres de don Manuel, como veremos en adelante, a los 72 el padre y a los 64 la madre; de sus hermanos, dos de ellos, José y Francisca llegarían a los 76 y 68 años respectivamente (TAPC, Libros de defunciones, años 1816–1831, vol. 101 f. 159; 1832–1852, vol. 11, f. 482; 1853–1863, vol. 12, f. 405r; 1863–1870, vol. 13, f. 75v; 1885–1889, vol. 16, f. 188r; 1893–1903, fol. 29r). Don Manuel moriría a los 73 años.
En las partidas que citamos suelen indicarse, a seguido de los nombres, los oficios de cubero o de labrador. En una escritura de venta de tierras, de 1796, se nombra a Francisco Domingo, abuelo de don Manuel, «maestro carretero» (Escritura de venta de cierta tierra.... RAH, carp. 1, leg. 2).
Y de los hermanos de éste, sabemos que José y Francisco, se dedicaban, respectivamente, a la construcción de carros y a la fabricación de jabón. (Documentos de testamentaría de los hermanos de don Manuel, 23 octubre 1865: Ibid., carp. 1, doc. 18).
Damos a seguido el árbol genealógico, más inmediato, de don Manuel:
Francisco Domingo
Josefa Ximeno
(+ 1821)
Antonio Ferré
M.ª Ana Dols
Juan Sol
María Ignes Cugat
Francisco Antonio Rafael Domingo (1772)
María Rosa Antonia Ferré Dols (1773)
Juan José Antonio Ignacio Sol (1772–1844)
Manuela Cid (de Santa
Bárbara)
Francisco Esteban José Domingo Ferré (1790–1861)
María Josefa Tomasa Sol Cid (1799–1864)
Don Manuel
3. «Domingo, día primero de Junio de mil ochocientos diez y siete, yo, D. Ramón Puell, Pbro., comensal de esta Sta. Iglesia de Tortosa (de licentia Parochi) desposé por palabras de presente et juxta formam S.C.I. a Francisco Domingo, soltero, hijo legítimo y natural del difunto Francisco y de María Ferré, consortes que fueron en primeras nupcias, con Josefa Sol, soltera, hija legítima y natural de Juan y de Manuela Cid, consortes, todos vecinos de esta ciudad y parroquia. Celebróse este matrimonio con arreglo a Reales Ordenes y siendo presentes por testigos Agustín Aragoneses y Antonio Salazar, con otros; y a continuación del mismo acto recibieron las bendiciones nupciales. D. Antonio Puell, Presbítero, comensal» (TAPC, Libro de matrimonios, años 1817–1825, vol. 12, fol. 34).
4. Don Manuel decía de sí mismo en algunas cartas que «era el único que quedaba de sus doce hermanos» (E. II, Cartas, 7.º, 70, carta a Valeriano Puertas; «He quedado, pues, solo de los doce hermanos»: carta al padre Marro de 25 mayo 1895: Ibid., 8.º, 46). Y lo mismo repite en el Proceso Juan Bautista Calatayud (Proceso, f. 874). De los libros parroquiales y de los testamentos tanto de los padres de don Manuel, de 25 de junio de 1848, como de sus hermanos, José y Francisco, en 1884 y 1891, hemos recogido las siguientes noticias referentes a sus hermanos. El mayor, José, nace en 1818 y muere, soltero, en 1894. Francisca (1821–1889) casa con Juan Francisco Barján Prats. Le sigue Francisco (1823–1888) que muere también soltero. Rosa (1825), de la que no hemos encontrado el año en que murió, pero ciertamente antes de 1891 y después de 1865, estuvo casada con Ramón Chavarría y Coma. Agustina (1831–1884) casa igualmente con Estanislao Barján Prats. Le siguen las dos gemelas María y Angela, que nacen en 1834. María muere soltera en 1891. Y por fin, Josefa (1842–1893), casada con Ramón Sales. (TAPC, Libro de defunciones, años 18781885, vol. 15, f. 331r; 1885–1893, col. 16, f. 147r, 188r, 304v; 1893–1903, vol. 17, f. 7r, 29r; Testamentos de los padres, y hermanos de don Manuel: RAH, carp. I, doc. 18). A. Torres (Vida, p. 4, nota 1) cita a uno más, Pedro, «que, siendo muy joven muere ahogado en una balsa de aceite del molino de la familia». En 1855, el mismo don Manuel en una oración que deja escrita a la Virgen, cita únicamente, encomendándolos, a sus siete hermanos: José, Francisco, Francisca, Rosa, Agustina, María y Josefa (E. III, Varios, 6.º, 106). Algunos de ellos irán saliendo luego en la vida de mosén Sol.
5. Copiamos la partida de bautismo:
«Manuel Domingo Sol – Sábado, día dos de abril de mil ochocientos treinta y seis: En la Sta. Ygla. Catedl. de Tortosa, yo, el infrõ Cura Párroco de la misma bauticé solemnmte a Manuel, hijo legmõ y natural de los consortes Franco Domingo y Josefa Sol, naturales y vecinos de esta ciudad: nació a las tres de la mañana del día anterior: Padrino fue, con licencia del Sõr Gobernador de este obispado, D. Francisco Navarro, Pbro., comensal de esta Sta. Igša., a quien advertí el parentesco y obligã.
Gabriel Duch, Cura»
Al margen: «Fuit sacerdos»; y en letra distinta: «y fundador H.O.D.C. (Hermandad Operarios Diocesanos)» (TAPC, Libro de bautismos, años 1832–1839, vol. 23, f. 475r. n.º 160).
Don Gabriel Duch, párroco de la catedral, había nacido en Tortosa en 1810; muy venerado en la ciudad, fue profesor de religión en el seminario, con título de bachiller, y tuvo de alumnos tanto a don Manuel como al gran amigo de éste y fundador de la Compañía Teresiana, Enrique de Ossó. «Con él me fue muy bien –escribe este último en su autobiografía–; hacía alguna penitencia, pocas podía y me confesaba a menudo» (M. González, Don Enrique de Ossó..., 71). De él hablará también don Manuel con grandes elogios, recordando con respeto y veneración sus ejemplos de celo y de virtud, así como las pláticas doctrinales que, siendo niño, les hacía en la tarde de los domingos (Proceso, ded. de Elías Ferreres, fol. 362v). Hasta 1870 le vemos todavía como párroco de la catedral (cf. TAC, Libro de Alumnos internos y externos.... f. 25v; BEDT, vols. 7, 9, 13, pp. 5, 2, 3).
De don Francisco Navarro, por el borrador de una de las primeras cartas que conservamos de don Manuel, unos meses antes de su ordenación, 1860, sabemos que fue tío suyo. En el borrador no se apunta nombre alguno, pero va dirigida «a un tío suyo» y las alusiones a su padrinazgo son manifiestas. Le invita a ser padrino asimismo de su primera misa, «para que, ya que tengo –termina diciéndole– el honor de haber sido sacado de pila por Vd., completase ahora mi satisfacción» (E. II, Cartas, 22.º, 11; reproducimos la carta, infra, p. .57).
En 1880 era capellán del Arrabal de Tortosa. La madre Oviedo, fundadora de las Oblatas, y a quien ayuda don Manuel para su fundación en Tortosa (cf. infra, cap. VI), dice en una carta que al llegar a esta ciudad la recibieron, entre otros, «don Francisco, tío del doctor Sol, que V.E. conoce ... » (A. Torres, Vida, 213).
Entre los papeles de don Manuel, se conservan varias cartas del sacerdote a que hacemos referencia, fechadas generalmente en Ulldecona. (RAH, Documentos, carp. 2).
La pila en que fuera bautizado don Manuel, llamada del Papa Luna, procede del castillo de Peñíscola, donde adornara el jardín de aquel Papa, como surtidor de una fuente. De forma octogonal y con decoración gótica, aún se distingue en ella el escudo del célebre Benedicto XIII, quien tanto honrara, con distinciones y privilegios, a la catedral tortosina (cf. Jover , Tortosa: testimonio histórico, 40).
6. En una carta a don Sebastián Bover, de 11 noviembre 1901, se queja don Manuel de ello, debido a unas complicaciones financieras, motivadas por la frecuente omisión de su primer apellido: «Les ha dado a V.V. por la costumbre de suprimir mi apellido; y lo peor es falsificarlo, poniendo el 'Manuel D. Sol' o 'Manuel Sol' o 'Manuel de Sol', etc. etc... Todo podría pasar en cartas particulares, pero supone un cacumen extraño el ponerlo en documentos oficiales y en letras... Pongan bien los tres nombres míos: Manuel Domingo y Sol. Hágalo presente a todos los nuestros para siempre» (E.II, Cartas, 14.º, 256). Algo parecido le dice, en el mismo año, al) operario don Carmelo Blay: «Veo que en el sobre de la carta pone V. ya Manuel Domingo y Sol. Hágalo siempre así, pues en la segunda letra veo que vuelve V. al Manuel D. Sol. En el sobre del aviso de Cervera de la llegada allí del cáliz pusieron Manuel D. G., poniendo G en lugar de y y nada más; por esto repito dejen el D.» (Carta de 30 dic.: E.II, Cartas, 14.º, 309).
7. La frase era usual en Tortosa. El canónigo–historiador don Ramón O'Callaghan la aprovecha para título de uno de los capítulos de sus Anales de Tortosa 1, 118.
8. La tradición hace de san Rufo, hijo de Simón Cirineo, el primer obispo de la ciudad; pero la primera noticia que tenemos es de un Urso, «episcopus Tortosanae civitatis», que asiste al concilio de Tarragona en el año 516. Otros obispos tortosinos asisten más tarde a los de Barcelona, Lérida y Toledo, de 540, 546 y 589: «Maurilio in Christi nomine Ecclesiae Catholicae Dertosanae», «Asellus Dertosanus», «Julianus Dertosanae Ecclesiae» (Vives–Marín–Martínez, Concilios visigóticos e hispano–romanos, Madrid 1963, 38, 53, 60 y 137; O'Callaghan, Episcopologio, 2 ss.).
9. De 1272 datan sus ordenanzas constitucionales: Llibre de les costums Escrites de la Insigne Ciutat de Tortosa (edic. de 1973). En él viene descrito (Libro I, Rubrica IV, Costum. 10) el escudo de la ciudad: una torre con cuatro almenas, dos ventanas y una puerta. Más tarde, por privilegio de Felipe IV, el 25 de noviembre de 1654, se colocaría sobre la torre una corona y se añadirían dos palmas. La corona obedece al título de marqueses de Tortosa que en la Edad Media se adjudicaron algunos reyes catalano–aragoneses. A principios del siglo XV cobra gran importancia la ciudad durante el pontificado del antipapa Pedro de Luna, quien allí celebra un concilio en 1429 (cf. Bayerri, Historia de Tortosa... VIII, 611; O'Callaghan, Anales... 1, 84; Jover, Tortosa, 35).
10. Empieza a construirse en 1347, sobre una antigua capilla del siglo XII (Ibid.).
11. Su veneración arranca de la segunda mitad del siglo XII. Siguiendo una antigua tradición, la Virgen se aparece a un clérigo de la Catedral en la noche del 24 al 25 de marzo de 1178, depositando a seguido sobre el altar mayor su sagrada cinta o ceñidor (Bayerri, o. c. VIII, 252; O'Callaghan, Anales IV: «Historia de la Santa Cinta»). Célebre entre las devociones marianas españolas, la sagrada reliquia ha sido trasladada a la Corte varias veces, desde la época de los Austrias, para alivio y seguridad de las reinas a punto de dar a luz. En una estrofa de su himno, la cantan de esta manera los tortosinos:
«Es la Cinta nostra Reina,
nostra Mare, nostre tresor.
Estimem–la, adorem–la,
jurem defensar–la hasta la mort.
Cridem sempre ab veu plena:
¡Nostra Cinta sobre tot!»
(Letra de Juan Moreira; música de Peris)
12. Sus fundadoras vinieron de Barcelona enviadas por las dos sobrinas de santa Clara (+ 1253), sor Inés de Peranda y sor Clara de Asís. Desde entonces las conocieron en Tortosa como las «menorets» (cf. O'Callaghan, Los conventos de Tortosa, cap. VI, 26–30; Id., Anales I, 151; Bayerri, o. c. VII, 523–23; F. Pastor y Lluis, en sus Narraciones tortosinas, Tortosa 1911, cuenta detalladamente la historia del convento).
13. Fue levantado en 1709 al ser derribado, para obras de la muralla, el que tenían en el barrio de Remolinos desde el siglo XVI (O'Callaghan, Anales I, 157; Guía de 1872, 1.ª edic., 81).
14. Desde el siglo XIII existía ya un puente de barcas sobre el Ebro. Cinco puertas principales daban acceso a la ciudad: las del Puente, del Temple, de San Juan (antes de San Francisco), del Rastro, en el barranco de su nombre, y la de Remolinos, que contenía a su vez otra interior Ramada de Vilanova o de la Cortadura (Bayerri, o. c. VIII, 224, 252, 266, 342, 426, 487; O'Callaghan, Anales I, 63s.; Guía de 1872, 8 ss.).
15. La denominación deis Romeus o del Romero hace referencia a uno de los episodios de la reconquista de la ciudad por Berenguer IV. A ambos lados de la arcada conserva todavía el relieve de dos figuras, la de los dos romeros, Santiago y san Cristóbal según la tradición; y en el interior una hornacina con la imagen de la Virgen, colocada originariamente en el frontispicio exterior del arco. Un autor del siglo XVIII aclaraba, sin embargo, que «eso de llamarle dels Romeus lo ha introducido a mi ver el vulgo, llevado de ver esculpidas dos imágenes en el Portal, que es la una de Santiago y otra de San Cristóbal, porque, en verdad, siguiendo la tradición que hemos recibido de nuestros mayores, no fue más que uno el peregrino que rechazó los moros que quisieron introducirse por aquel Portal dentro de la ciudad, mientras los otros estaban en lo fuerte del combate con los hombres por consejo de las mujeres de la ciudad» (O’Callaghan, Anales I1, 16, citando a A. Gil de Federich). En memoria de esta gesta se estableció para las mujeres tortosinas la «Orden del Hacha», de la que siempre se han mostrado orgullosas. La Virgen del Romeu ha sido y sigue siendo objeto de especial devoción, sobre todo en tiempo de peste. Y por el arco, de tanta trascendencia en la vida de dono Manuel, pasaba tradicionalmente la procesión del Corpus, que por la calle de Moncada se dirigía a la catedral (O'Callaghan, Anales II, 16 y 67; Bayerri, o. c. VIII, 248).
16. Desde el año 1356 se tiene ya noticia de la devoción al Santo Angel en Tortosa. A más de la capilla indicada, se le había dedicado anteriormente, en el siglo XV, otra estatua en la plaza de la Font, hoy de Querol; así como llevaba también su nombre una torre, en las cercanías de la ciudad, construida en 1575. Por acuerdo municipal y por razones de ensanchamiento, la capilla de la calle de su nombre fue derruida en 1864; y derrocada también, en 1879, la estatua de la plaza de la Font. Don Manuel se encargaría, como veremos, de reavivar tanto en el pueblo como en los estamentos municipales una devoción de tanta solera en la ciudad (cf. Bayerri, o. c. VIII, 252 y 326; O'Callaghan, Anales II, 12 s.; IV, 52; F. Mestre, Desapareció de la capilla del Sant Angel Custodi, en el «Heraldo de Tortosa», de 29 de abril de 1936).
17. Sobre tales ermitas, cf. O'Callaghan, Anales II, 181 ss.; Id., Los conventos de Tortosa y las Ermitas de su término, Tortosa (2)1910; Guía de 1892, 71 s.; Jover, Tortosa..., 45 s. Este último nos habla de las visitas que a unas y a otras hacía don Manuel.
18. junto a su iglesia–santuario, de 1149, se alza, reconstruida recientemente, una airosa torre de origen romano que hace juego con las numerosas que se levantan todavía por el campo de Tortosa W. Bayerri, o. c. VIII, 325; O'Callaghan, Anales II, 168 s).
19. El documento se guarda en el Archivo del cabildo de la catedral (Armario, Varios). En la misma guerra y con ocasión del sitio que pone a la ciudad el mariscal francés Lamotte, el obispo don Juan Bautista Veschi hace voto, en 1642, y logra después realizarlo, de construir el convento de la Purísima Concepción Victoria, dependiente del cercano de las Claras, y que tanto se beneficiaría también del celo apostólico de don Manuel.
20. Cf. Bayerri, o. c. VIII, 266; O'Callaghan, Anales I, 53 s.; Guía de 1892, 83 s.; Jover, Tortosa, 94 S.
21. Bayerri, o. e. VIII, 641, 838 s.; Jover, Tortosa, 94 s.; O'Callaghan, Anales I, 53, 69, 84. Riadas y pestes continuarían azotando a la ciudad en la segunda mitad del siglo XIX: en 1866, 1885, etc.
22. «El Dertosense», de 7 julio 1848.
23. Ibid., 15 agosto 1848. Este convento databa del siglo XIII, y estaba en la actual calle de la Merced, en el solar que hoy ocupa otra de las obras relevantes de don Manuel, el templo de Reparación. Todo el espacio había servido de cementerio público en la época romana. Cuando en 1901 se removieron los cimientos y el subsuelo para la nueva iglesia, se encontraron monedas, tégulas y sepulturas de la citada época (cf. Bayerri, o. c. VIII, 521; O'Callaghan, Anales I, 140 s).
24. En «Museo Dertosense», de 31 octubre 1869, p. 1. La electricidad no llegaría a Tortosa hasta 1899; sin embargo el ferrocarril lo había hecho antes, en 1867.
25. «El Dertosense», de 8 julio 1848. Todavía «La Voz del Progreso» urgía al ayuntamiento el 27 febrero 1867, a proceder a la nivelación, alcantarillado y empedrado del nuevo barrio del Rastro, y poner nombre a las calles, aplicándolas nombres de personajes tortosinos.
26. «El Dertosense», citado.
27. M. H. Cabrera en el bisemanal «El País», de 19 enero 1868, en un artículo que titula Reforma y ensanche de Tortosa, pide que se vaya deshaciendo aquel amurallamiento «que nos tiene aherrojados», que «cerca y oprime a la ciudad» y hace «que la inmensa mayoría de habitaciones de nuestra ciudad sean verdaderas pocilgas...» Años antes, en 1841 había sido cerrado definitivamente el viejo cementerio –«lo fossá del Rastre»– en la ladera del castillo de la Zuda, «porque no reunía las debidas condiciones higiénicas». En su recinto se construiría, más tarde, la actual fábrica de gas. Las murallas del Rastro no serían derribadas hasta 1877; unos años antes se había empezado el primer ensanche de la ciudad por la calle de la Parra, echando abajo para ello la contigua muralla (Bayerri, o. c. VIII, 831 s., 840; F. Miralles, Tortosa y su comarca, 20 s).
28. Se lleva a cabo el vergonzoso fusilamiento –en frase del brigadier don Agustín Nogueras, comandante en jefe de las fuerzas del Maestrazgo– «por el bien que había de resultar al servicio de la Reina». Cabrera había nacido en Tortosa en 1806, hijo de un humilde marinero. Estudia en el seminario de la ciudad y a la muerte de Fernando VII se alista voluntario en las primeras partidas carlistas. (junto a las obras clásicas, cf. las de A. Pirala, Historia de la guerra civil y de los partidos liberal y carlista III, Madrid 1853, 92 ss.; Marqués de Villaurrutia, La reina Gobernadora doña María Cristina de Borbón, Madrid 1925, 204 s.; Dámaso Calvo, Historia de Cabrera y de la guerra civil en Aragón, Valencia y Murcia.... Madrid 1845, etc.; C. Seco Serrano, Tríptico carlista. Estudio sobre historia del carlismo, Barcelona 1973).
29. Cf. J. Vicens Vives, Cataluña en el siglo XIX, Madrid 1961; Mañé y Flaquer, en M. García Venero, Historia del nacionalismo catalán I, Madrid (2)1967.
30. Ya desde 1840 funcionaba en Cataluña la «Asociación Mutua de Obreros de la Industria Algodonera» con clara tendencia al progresismo, democracia y republicanismo. El manifiesto comunista de Carlos Marx aparecería, años más tarde, en 1848.
31. La revuelta de la «Jamancia* en Barcelona, en 1843, es síntoma de las siguientes convulsiones sociales. Las represiones que se llevan a cabo son extremadamente dolorosas. «Los catalanes ¿son o no españoles?», interpelará el general Prim en el Parlamento (1851). A lo que, no sin razón, acotará el escritor Valera: «Los conservadores en España han sido siempre más seriamente revolucionarios que los progresistas» (Soldevila, Historia de España VII, Madrid 1959, 260).
32. Ello llevaba a innecesarias e inútiles facciones en el campo de los católicos y moderados. Intentos hubo, y aún de parte extranjera, de unir a progresistas, a moderados y a carlistas, «si éstos (últimos) tuvieran cordura». «Presumo que no la tienen –anotaba lord Palmerston a su embajador en Madrid aconsejándole tal unión–; porque de otro modo dejarían de ser carlistas» (Soldevila, o. c. VII, 242).
33. La religión en España (1844), en Obras XXV, 147. Balmes muere en 1847. Ver J. M. Cuenca Toribio, arts. Integrismo y Partidos políticos, en Diccionario de historia eclesiástica de España II y III.
34. Augusto Compte dicta su Curso, de filosofía positiva en 1830–1842 y en 1843 Tomás García Luna explicaba en el Ateneo de Madrid sus Lecciones de filosofía ecléctica. Con. todo, la época de las grandes transformaciones vendría más tarde, en el período revolucionario de 1868–1874 [cf. M. Tuñón de Lara, La España del siglo XIX París 1968; Estudios sobre el siglo XIX español, Madrid (2)1972; M. Artola, Los partidos políticos: partidos y programas Políticos (1808–1936) I, Madrid 1974; J. López Morillas, El krausismo español. Perfil de una aventura intelectual, México 1956; M. Artola, La burguesía revolucionaria (1808–1869), Madrid 1973; M.` D. Gómez Molleda, Los reformadores de la España contemporánea, Madrid 19661.
35. R. Fernández de las Cuevas, La voz del siglo, Madrid 1863, 343 s.; M. Revuelta, Política religiosa de los liberales en el siglo XIX: trienio constitucional, Madrid 1973; V. Cárcel, Política eclesial de los gobernadores liberales españoles (1830–1840), Pamplona 1975.
36. Texto en V. de La Fuente, Historia eclesiástica de España VI, Madrid 1875, 382–387El internuncio Ramírez de Arellano ha de salir de Madrid; apenas si hay diez obispos ocupando sus sillas; a varios de ellos se les encausa o se les destierra; se da lugar a la intrusión, de gobernadores eclesiásticos, etc. (Ibid., 232 ss.).
37. PO, f. 126v: Declarac. de M.ª de la Cinta, de 82 años.
38. Ibid., f. 874v. En el mismo cuenta también el hecho don Elías Ferreres y anota que tendría entonces el niño de 4 a 5 años (f. 362v).
39. Oyóselo decir a su madre la citada María de la Cinta (Ibid., f. 126v).
40. A. Torres, Vida, 8.
41. E.I, Predicación, g.,, 129. En pp. 100–103, reproducimos el texto completo de la citada Plática.
42. Ibid., vol. 3º, doc. 142.
43. Como veremos en adelante, su padre había muerto en 1861.
44. Carta de 9 mayo 1863. Es la única de su familia que hemos podido encontrar dirigida a don Manuel (RAH, carp. 2.', leg. 12, doc. l).
45. En el citado año se dio un nuevo plan de Instrucción primaria, de evidente mejora sobre los planes anteriores. Se establecía la enseñanza obligatoria, pública y privada, y se subdividía la primera en elemental y superior. La elemental abarcaba principios de religión y de moral, lectura, escritura, aritmética y gramática castellana. Igualmente se acordaba la apertura de escuelas elementales en los distintos pueblos y ciudades. La Ley fue completada con el «Reglamento de las escuelas públicas de Instrucción primaria elemental» del mismo año. Calcúlese, dadas las circunstancias, lo que tardarían en aplicarse tales instrucciones (cf. P. Zabala y Lera, España bajo los Borbones, Barcelona (2)1955, 344; A. Gil de Zárate, De la instrucción pública en España, Madrid 1955; V. de La Fuente, Historia de las universidades, colegios y demás establecimientos de la enseñanza en España III, Madrid 1884–1889, 177 s.; La enseñanza primaria en España por los señores Cossío y Luzuriaga).
46. Había nacido en Tortosa en 1821 y salió de la ciudad, para casarse, en 1850. Entre otras, solían mortificarle con las siguientes coplas:
«Coixo, maloixo,
cama de figuera:
¿quán te morirás?
– Per la primavera»
«Lo maestre Insa
pata de gall,
se'n va a la guerra
en un buscall.
Lo buscall i ell
cauem avall
per un barranc»
(Lo tomamos de Ramón Vergés, testigo en el Proceso de don Manuel, y de su artículo Espurnes de la Llar, publicado en el «Heraldo de Tortosa» 13 diciembre 1932, p. l).
47. Testimonio de la confirmación del Siervo de Dios: «Rosendo Cucala Martí, sacerdote y coadjutor de la parroquia del Sagrario de la catedral basílica, certifico que el día 18 octubre de 1845 el Excmo. e Ilmo. Sr. D. Antonio Fernando Echánove Zaldívar, arzobispo de Tarragona y Administrador Apostólico de esta diócesis, confirmó entre otros a Manuel Domingo y Sol, hijo legítimo de Francisco y Josefa, haciendo de padrino el Excmo. Sr. Miguel Mir, Gobernador militar de esta plaza. Así resulta del libro tercero de confirmaciones de este archivo parroquial, Y para que conste firmo y sello el presente documento. Tortosa a 5 de enero de 1934. Rosendo Cucala, sacerdote» (PO, fol. 2027v).
Desde 1833 no se había administrado el sacramento de la Confirmación en Tortosa. En 1839 muere el obispo don Víctor Damián Sáez y hasta el 26 de octubre de 1848 no toma posesión el nuevo prelado don Damián Gordo Sáez (R. O'Callaghan, Episcopologio, 238, 244).
48. «Recibió la primera comunión en 1848, en día que no consta, y es sensible que no hayamos averiguado esta fecha ni los detalles relativos a tan importantes actos de la juventud de D. Manuel» (PO, fol. 874v, declaración de J. B. Calatayud). Con todo, se conserva una estampita donde el mismo mosén Sol dejó anotados los años tanto de su Confirmación como de su primera Comunión (E.II, Varios, 10.', l).
49. PO, fol. 847v, Declarac. de J. B. Calatayud.
50. A. Torres, Vida, 42.
2
En el seminario de Tortosa (1851–1860)
1. ESTUDIANTE DE FILOSOFIA
1. El «dómine» Sena
Nada sabemos de cómo pudiera haber brotado en el pequeño Manuel su primera inclinación hacia el sacerdocio. Pero deduciendo por sus manifestaciones posteriores y el género de educación que iba recibiendo en tan cristiano hogar, bien podemos suponer que fuera germinando su vocación sin ninguna violencia y con natural espontaneidad.
Como en el seminario de Tortosa no se recibía por entonces, en plan de internado, a los niños que se iniciaban en los estudios de latín y de humanidades, nuestro pequeño estudiante tuvo que asistir a las clases de uno de aquellos «dómines», agregados al colegio de San Matías de la ciudad, que era ya considerado, y lo seguiría siendo en adelante, como seminario conciliar o diocesano. Uno de aquellos era don José Sena, entusiasta y afortunado cultivador, en prosa y en verso, de la lengua del Lacio 1. Bueno y afable, no dejaba sin embargo los métodos de su tiempo –aquello de que «la letra con sangre entra»– con que a veces atemorizaba a sus traviesos y a la vez inocentes doctrinos. Pasados los años, don Manuel se ufanaría de no haber llegado a experimentar los duros castigos que a veces aplicaba a sus compañeros. Quizá se debiera a su buen comportamiento; quizá, y no sería menos, a los frecuentes regalos que de vez en cuando hacía llegar su madre al aparentemente terrible «dómine». De él conservaría luego una grata memoria. Cuando por el 1864 el dómine Sena se encontraba ya viejo y sin apenas recursos, el mismo don Manuel iniciaría una suscripción pública para remedio de la familia de aquel su recordado maestro, «más versado en desdichas que en versos» 2.
Difícilmente podía recibirse otra instrucción por aquellos días. Hasta 1848 no se instala en Tortosa el Instituto de Segunda Enseñanza, siguiendo los planes acordados tres años antes. La medida era a todas luces ventajosa, pero dado el ambiente anticlerical y aun sectarista con que tales medidas se proponían, no es difícil adivinar las diferencias que se fueron creando entre los nuevos métodos pedagógicos estatales y los que se venían dando, por tradición, en los organismos religiosos. Ingenuamente quizá, la Iglesia veía en la creación de los nuevos centros como un agravio a sí misma y a su propia enseñanza. De otro lado, los propugnadores de la secularización escolar aprovechaban todo lo que les venía a cuento para atacar tanto al clero como a los partidarios del antiguo régimen, con el consabido remoquete de oscurantistas y reacios a todo progreso cultural de la nación. Los antagonismos se irían profundizando cada vez más 3. Y como la familia de don Manuel, otras muchas de raigambre católica y conservadora preferirán llevar a sus hijos al seminario de la ciudad o a las escuelas que de éstos dependían.
De esta manera, el pequeño estudiante, Manuel Domingo y Sol, hace su ingreso en el seminario conciliar tortosino, en 1851, a la edad de 15 años.
2. El colegio–seminario de San Matías
A principios del siglo XIX, tanto en Tortosa corno en otras diócesis españolas se venía echando de menos la creación de un seminario conciliar tal como había sido prescrito en el concilio de Trento y urgido en no pocas ocasiones por los mismos monarcas españoles 4. Es cierto que de alguna manera se venía subsanando la formación seminarística con los dos colegios que existían en la ciudad, el de Santo Domingo y San Jorge de los dominicos, cuya fundación se remonta al año 1368, y el de Santiago y San Matías que mandara establecer Carlos V en 1544 para educación de moriscos y que, cuando éstos fueron expulsados en 1611, vino acogiendo, a cargo también de los dominicos, a los jóvenes de la ciudad y de la comarca, en calidad de pobres o que de alguna manera podían mantenerse a sus expensas. Durante años se confirieron grados universitarios en el de Santo Domingo 5 y a él acudían los alumnos del de San Matías entre los que se contaban los aspirantes al sacerdocio de la diócesis 6. Este real colegio, que aún conserva su bella fachada renacentista y el rico claustro de traza plateresca donde campean las efigies de los reyes de Aragón desde Ramón Berenguer IV hasta Felipe II, sería con el tiempo sede del primer seminario diocesano de Tortosa, luego colegio diocesano con el título de San Luis e instituto de segunda enseñanza y hoy en día sede de la Universidad a distancia tortosina 7.
De la instalación del seminario conciliar, y a instancias mismas de la Corte, se había venido tratando desde la segunda mitad del siglo XVIII, señalándose como su posible sede el colegio citado de San Matías 8. Luego de serias dificultades, puede inaugurarlo al fin el célebre obispo don Víctor Damián Sáez Sánchez Mayor en 1825, cuando acababa de presidir la Regencia del Reino hasta la terminación del cautiverio de Fernando VII en Cádiz 9; le da los primeros estatutos y nombra para rector al padre Mariano Roquer, O.P., quien permanece en el cargo hasta la exclaustración de 1835 10. A seguido de ésta, el colegio de Santo Domingo, al igual que su bella iglesia, son convertidos en parque de artillería; y sólo en 1842 pueden organizarse de nuevo los cursos académicos en el de San Matías, que ahora tiene de rector al exclaustrado dominico, padre Buenaventura Gran. Como creciera el número de alumnos, el nuevo obispo don Damián Gordo traslada en 1849 el teologado y la dirección general del seminario a un ala del edificio de la calle de Moncada, antiguo colegio de los jesuitas convertido en seminario sacerdotal en tiempos de Carlos III, y que ya acogía, como dejamos indicado, al instituto de segunda Enseñanza de la ciudad. En el de San Matías quedan los estudiantes de filosofía, a cargo del también exclaustrado dominico padre Miguel Arín 11.
En este colegio entra don Manuel, como alumno interno para el primer curso de filosofía, en el citado año de 1851. Y la impresión que un primer momento le causa y que conservaría a través de los años, es poco halagüeña. «No es posible comprender –dice en una ocasión a sus operarios– cómo estaba la formación de los jóvenes en mi época y algo anterior y bastante posteriormente, en estudios, en piedad, en disciplina y vigilancia y pruebas de vocación». Y en una plática a los ordenandos del colegio de San José de Tortosa: «Formación de espíritu. ¡Cuán de lamentar es que en algunos seminarios no se piense en esto... ! Aquí mismo ha habido épocas en que una plática y nada más. Ni se sabía qué era el Kempis. Los ejercicios para órdenes eran un juguete; los anuales no se establecieron hasta [el obispo] Vilamitjana» 12.
A causa de la exclaustración, el centro había adolecido de una lamentable pobreza física y espiritual; faltaban profesores y era reducido el personal directivo; el gran número de alumnos, externos la mayoría de ellos, dificultaba en gran manera la labor de formación. Sin embargo, a base de nuevas investigaciones, no podemos hoy afirmar que el seminario de Tortosa anduviera entonces tan deficiente, dados los esfuerzos de renovación, que a raíz del concordato de 1851, se iban sintiendo tanto en éste como en los demás seminarios españoles 13. Para mejor conocimiento, aducimos algunos testimonios, que, por otra parte, nos ayudarán a comprender el ambiente en que hubo de moverse para su formación moral, religiosa y literaria el novel seminarista, Manuel Domingo y Sol.
a) El reglamento, que, como hemos indicado, dio al primer seminario el obispo don Víctor Damián en 1825, continúa vigente después del Concordato de 1851, a pesar de las modificaciones que hubieron de introducirse en lo concerniente al nuevo plan de estudios que se implanta 14. «Nuestro colegio –leemos en su artículo primero– debe ser un plantel donde se eduque e instruya la juventud no solamente en los conocimientos literarios, sí que también en la práctica de las virtudes cristianas», con el fin de que los jóvenes salgan preparados para «dar algún día frutos provechosos a la religión y a la sociedad». Los seminaristas han de usar «un vestido oscuro y decente, compuesto de chaqueta, pantalón, chaleco, corbata y gorra» dentro de casa y para cuando salieren fuera, «una capita o esclavina de paño de color café con vueltas y cuello azul y una gorrita con visera del mismo color de la capa, con pantalón negro, a fin de guardar la debida uniformidad». Su menaje es sobrio y humilde: sólo pueden tener en la celda «una imagen de Cristo crucificado, otra de la Virgen y otra u otras de algún santo». Asimismo se les exige un horario bien apretado: todo él, desde las seis de las mañana a las 9,30 o 10 de la noche, es una sucesión ininterrumpida de actos de piedad, clases y estudios. Tienen misa diaria, estación al Santísimo a mediodía, silencio y lectura en las comidas, rosario, letanías en la noche. Los domingos, a más de la lectura espiritual, asisten a la explicación de la doctrina cristiana. Recreos pocos y con estrecha vigilancia. Poco tiempo para recibir las visitas de padres y parientes; alguna que otra vez pueden los de la ciudad ir a comer a sus casas; y los domingos, únicamente, tienen tres horas de paseo.
El primer domingo de cada mes han de confesarse todos y comulgar. Como preparación, el sábado anterior «no habrá por la tarde hora de recreo y los colegiales permanecerán recogidos en sus cuartos, hasta que la campana los llame al oratorio a oír la plática que les hará el superior acerca de las disposiciones con que deben acercarse a la Sagrada Comunión, o en su defecto al rato de lectura que se tendrá acomodada al intento». Ataviados con la capita, van luego a comulgar «de dos en dos, empezando por los antiguos».
En los estatutos se recogen, asimismo, algunas usanzas de los viejos colegios universitarios: las puertas se cierran durante las comidas y un cuarto de hora después del toque de oración; los seminaristas no pueden escribir «sino a sus padres o personas encargadas»; ninguna mujer puede subir a los cuartos de los alumnos a no ser la madre o hermanas en caso de enfermedad; se prohiben la mutuas familiaridades, entrar en los cuartos de los demás, los juegos de manos y el tratamiento que no sea de «usted», «a no ser que sean hermanos». Como en toda regla colegial, se han de tratar «como hermanos, en amor y compañía, siendo dulces y apacibles en el trato».
En todo han de mostrar «obediencia y respeto a los superiores». Y cuando se encontraren con el rector se lo manifestarán, «parándose si fuesen andando, levantándose si estuviesen sentados, descubriéndose la cabeza y desembarazando el paso. Delante de él, siempre estarán en pie y con la gorra en la mano. De pensión diaria, pagan cuatro reales y medio por todo el tiempo que dure el curso académico» 15.
Sería ingenuo pensar que todo se llevara, y más en años de disturbios y convulsiones, a un riguroso y exacto cumplimiento. Sin embargo y nos apoyamos en el curriculum vitae que conservamos de alguno de los directores y profesores de los años en que estudia don Manuel, sí que podemos presuponer en el seminario de este tiempo un ambiente de religiosidad y de sana formación. Fijémonos en algunos detalles.
b) Gran parte de los directores y profesores del seminario son dominicos exclaustrados, que años antes habían impartido su enseñanza en el extinguido colegio universitario de Santo Domingo. Entre ellos, el rector ya indicado, padre Buenaventura Gran, que lo seguirá siendo durante casi toda la carrera de don Manuel. Varón de gran capacidad y ciencia, lo mismo enseña filosofía o teología que se dedica al apostolado de la predicación, al confesionario o a la visita da enfermos. Muere en 1861, a poco de dejar el rectorado, entre el cariño y admiración de los tortosinos. Como él, el director del colegio de San Matías, padre Miguel Arín, profesor de teología, será recordado por sus sermones del tiempo de cuaresma y en los días de carnaval. Igualmente fray Tomás Femenía, secretario de estudios del seminario, con fama de buen filósofo; y los padres Espinós, filósofo y matemático, y Juan Arnau, rector en el último año de estudios de mosén Sol, teólogo moralista, a quien llegan a profesar los alumnos verdadero cariño 16.
Para sus estudios de filosofía, contaba también don Manuel con sacerdotes diocesanos bien preparados. Citemos por ejemplo, a Manuel Boix, luego vicerrector del seminario y a Bernardo Lázaro, más tarde canónigo de Segorbe. A este último le recordará con cariño don Enrique de Ossó, gran amigo luego de don Manuel y fundador de la Compañía de Santa Teresa 17. Por otra parte, recordemos la labor que realizan «pro seminario» los obispos de la diócesis en ese tiempo. Damián Gordo Sáez (1848–1854) regula, como indicamos arriba, la dirección de ambos seminarios. Don Gil Esteve y Tomás, en su brevísimo pontificado (1858), da serias normas disciplinares a ese centro, «objeto –solía repetir a veces– de su predilección especial»; instituye en él la catequesis, lo visita asiduamente y se preocupa por la formación literaria y religiosa de los seminaristas.
Confiamos en que no resulte enojoso la reproducción de esta serie de, reflexiones que, en una de sus pastorales, dirige «A nuestros amados diocesanos, aspirantes a las sagradas órdenes»:
«Creemos que bajo la sabia dirección de vuestros preceptores habréis aprendido en el seminario la ciencia de vuestra santificación; que habréis procurado por medio de la oración solidaros en vuestra vocación al ministerio sacerdotal..., y que seguiréis en adelante consagrados asiduamente al estudio y a la oración...
«Bajo este concepto, amados hijos de Jesucristo, es indispensable que registremos los más ocultos pliegues de nuestro corazón y examinemos si nuestra conducta corresponde al espíritu de que debe ser revestido el que ha de ser la antorcha puesta sobre el candelabro para alumbrar a los demás. Reflexionad si os habéis preparado por medio de la oración para alcanzar del Padre de todas las luces las que os son necesarias para conocer el estado a que os creéis llamados; considerad con qué intención principiasteis vuestros estudios; si habéis hermanado con la aplicación a las ciencias una conducta morigerada y religiosa; si habéis sido exactos en el cumplimiento de los preceptos divinos y eclesiásticos; si habéis frecuentado los templos del Señor, y asistido devotamente a la celebración de los sublimes misterios de nuestra Redención; si habéis huido de los juegos, de los lugares de disipación, de los espectáculos en que tanto se arriesgan la pureza, la modestia y la santidad de costumbres. Ved si dando al estudio todo el tiempo y cuidado necesarios para adquirir una sólida y bien cuidada instrucción, habéis concedido a la meditación, a la lectura de los buenos libros que inspiran y sostienen la piedad y la frecuencia de los Sacramentos, el que Dios tiene derecho a admitir y exigir de los que se creen llamados a servirle en el sacerdocio y en sus augustas funciones; reflexionad si vuestra vocación es realmente de Dios y no vocación de familia, ni de interés personal, ni de conveniencias puramente mundanas, ni de ambiciones bastardas; si habéis manifestado sencillamente a vuestro director el estado de vuestra conciencia, vuestras inclinaciones y vuestros fines, o si imitáis la infame costumbre de los gabonistas quienes para ser asociados al pueblo de Dios, ocultaron a Josué sus nombres; y por decirlo en pocas palabras, mirad si vuestra santificación y la de vuestros Prójimos es el único objeto de vuestros designios y el fin de vuestra decisión para abrazar el estado eclesiástico» 18.
Don Manuel estudiaba entonces cuarto curso de Teología y era ya subdiácono. Quien le iba a ordenar de presbítero, Miguel José Pratmans (1860–1861), tampoco quedaría a la zaga en este sentido. Caritativo y celoso, promueve las misiones populares, los ejercicios anuales del clero en el seminario, el apostolado catequético entre los seminaristas y su sana formación académica, centrada en el más puro tomismo. En ello le ayuda eficazmente el doctoral de la catedral Benito Sanz y Forés, profesor ahora y luego confidente y gran amigo de don Manuel y con los años obispo de Oviedo, arzobispo de Valladolid y cardenal–arzobispo de Sevilla 19.
c) Con lo que vamos apuntando, no nos parece exagerada una nota que sobre la vida que entonces se llevaba en el seminario, hemos encontrado en el archivo del colegio de San José de Tortosa, y que creemos fuera escrita por uno de los seminaristas, compañero entonces de don Manuel. Nos ofrece noticias de sumo interés, tanto para conocer la vida que éste llevara en el seminario, como para vislumbrar una de las primeras razones de su futura labor vocacional. La copiamos, pues, literalmente:
En la época de mosén Sol, el estado del seminario conciliar de Tortosa era muy satisfactorio por la buena dirección, celo, interés y acierto tanto por parte de sus directores como por la conducta ejemplar observada en general por los alumnos que asistían a este centro de instrucción, donde acudían con puntualidad los jóvenes que se preparaban para la carrera eclesiástica. Estos eran unos 600 de los cuales un centenar eran internos y externos los restantes, que habitaban en domicilios particulares. Eran tan pobres algunos de ellos que, con el cesto colgado en el brazo, acudían diariamente al seminario a recibir las sobras de los internos; se les llamaba vulgarmente «estudiantes de sopa». El cesto contenía un plato o pucherito, en el cual depositaban la comida que se les ofrecía 20.
Los más pobres vestían muy pobremente y calzaban de ordinario alpargatas sin calcetines. No se les permitía ni a éstos ni a los demás de mediana posición, ni a los internos, usar el cabello de la cabeza largo, sino cortado al rape. Tampoco se les permitía entrar en algún café o teatro. Ni asistir a espectáculo alguno profano que no estuviera aprobado por la Iglesia. A los que delinquían o faltaban a estas ordenaciones de la superioridad, si se les denunciaba, eran mandados al consejo de disciplina, presidido por el señor rector y algunos catedráticos, y el acusado era advertido caritativamente por primera vez, tratado por segunda con alguna más severidad y por tercera expulsado del seminario...
Los internos de este centro usaban un traje talar llamado beca y cubrían la cabeza con bonete. La ciudad les conocía por colegials del seminari; salían de paseo el jueves por la tarde y los domingos también por la tarde, acompañados y dirigidos por el señor vicerrector o alguno de los catedráticos. En la mesa, durante la comida, que era ordinariamente buena y abundante, no se les servía vino, sino tan sólo el día de la fiesta onomástica del señor obispo, a quien servían y actuaban en calidad de pajes cuando celebraba el pontifical en la catedral, haciendo uso entonces, como es de suponer, de una sobrepelliz con mangas, prenda que entonces no usaban ninguno de los sacerdotes de la ciudad, pues todos hacían uso del llamado roquete. También asistían, con el beneplácito del prelado, a las procesiones que se celebraban, especialmente a la del viernes santo y entierro del Señor y a la entonces muy famosa y concurrida del domingo de ramos.
Cuando, terminado el curso, se cerraban las clases, los alumnos, tanto de la ciudad como de la diócesis, se reintegraban a sus respectivos pueblos y familias, y hacían uso, para vestir, del traje ordinario de las demás gentes, según la clase social a que cada uno de ellos pertenecía. Los tonsurados y ordenados de menores usaban alzacuello, consistente en una correa de cuero sobre la cual se acomodaba una tela labiada con granitos blancos y negros llamados mostaza y unidos a una pechera de tela de merino ordinaria, sujetada al cuerpo por dos cintas atadas en la parte posterior del mismo; y llevaban corona abierta, lo cual les daba derecho en Tortosa a asistir a los entierros que se celebraban.
No vestían traje talar, sino desde el día en que recibían el orden del subdiaconado.
En general vestían todos, así los internos como los externos, dentro de su posición económica, con mucha honestidad, dando siempre al pueblo en general a conocer que eran estudiantes para la carrera eclesiástica, conocidos ordinariamente con el nombre de estudíants de capellá.
El señor obispo Pratmans, de feliz recordación, ordenó durante su brevísimo pontificado, que los teólogos moralistas del seminario usasen dentro y fuera de clase capa y sombrero de copa. No es de extrañar que mosén Sol, exactísimo cumplidor de las órdenes de sus superiores, hiciera uso de las citadas prendas de vestir 21.
d) Veamos, ahora, lo relativo a los estudios que el educando Domingo y Sol realizara en el colegio de San Matías.
Hasta el curso 1852–1853 no empieza a regir en los seminarios españoles el nuevo plan de estudios elaborado, a raíz del artículo 28 del concordato del año anterior, por una comisión mixta presidida por el nuncio apostólico monseñor Brunelli, y el ministro de Instrucción Pública 22. De aquí que en el Libro de alumnos del seminario de Tortosa, para el curso 1851–1852, no se especifiquen las materias que bajo un único profesor, don Manuel Boix, hubieron de cursar los 39 alumnos que se matricularon para 1.º de filosofía 23. Como nota global de curso, don Manuel obtuvo la censura de «bueno» 24.
Según el nuevo plan y para lo que ahora nos corresponde, los estudios de Filosofía habían de comprender tres cursos, siete los de Teología y tres los de Derecho Canónico. En el mismo se dictan normas sobre la duración del año académico, clases, matrículas y exámenes, academias literarias de los seminaristas, libros de texto, ejercicios para obtener grados mayores, derechos de matrícula, exámenes de grados e inauguración de cursos y juramento.
El curso comienza el día primero de septiembre y concluye el primero de junio. Las vacaciones se extienden desde la vigilia de Navidad al 2 de enero; los tres días de carnaval y el miércoles de ceniza; desde el miércoles santo hasta el tercer día de pascua; los tres días de pentecostés y, finalmente, todos los días de fiesta y media fiesta y los jueves, siempre que en la semana no coincidiera otra vacación.
El tiempo de clase es de hora y media por la mañana y otra hora y media por la tarde, con las adecuadas distribuciones de asignaturas. A excepción de las ciencias naturales y la oratoria sagrada todas las disciplinas son explicadas y estudiadas en latín. Los rectores han de vigilar para que los alumnos usen los textos aprobados y no las traducciones que solían circular clandestinamente entre ellos. Los seminaristas celebran academias literarias con ejercicios y disertaciones públicas todos los jueves y días de media fiesta, y los domingos y festivos tienen clase de canto llano los filósofos y de liturgia y teología pastoral los teólogos y canonistas.
Los derechos de matrícula ascienden a 32 reales para filósofos y a 50 para teólogos y canonistas. El prelado, en casos particulares, podía disminuir o anular estos derechos a los colegiales pobres, aplicados y de buena conducta. Los derechos de exámenes son de 15 reales para filósofos y de 20 para teólogos y canonistas. Y los derechos de grados, 400 reales para bachilleres, 1.000 para licenciados y 1.500 para doctores.
Finalmente, el nuevo plan establece que el día de la apertura de curso se celebre misa del Espíritu Santo y seguidamente el claustro de profesores pronuncie ante el obispo la profesión de fe, jure defender el misterio de la Inmaculada Concepción, ser fieles a la reina Isabel II y a su Gobierno y observar la Constitución de la Monarquía de 29 de mayo de 1845.
El cuadro de asignaturas, libros de texto y autores indicados en el nuevo plan de estudios, por lo que ahora nos interesa de la Filosofía, queda establecido de la siguiente manera:
FILOSOFÍA
Cursos
Asignaturas
Autores
Textos
2º
Ética
Elemento de matemáticas
P. Jacquier
o R. Pacetti
o M. Liberatore
o J. Balmes
Vallejo
Ethica
Institutiones philosophiae moralis
Ethica et iuris naturae elementa
Cursus philosophiae elementalis
Elemento de matemáticas
3º
Física elemental y química
Cálculo diferencial e integral y física matemática.
Valledor
Chavarri
Vallejo
Física experimental
Química
Principios de cálculo diferencial e integral y física matemática 25
En circunstancias ordinarias el plan hubiera surtido de inmediato efectos saludables, a no ser por el escollo económico que impedía llevarlo a la práctica, sobre todo en seminarios insuficientemente dotados, como era el de Tortosa. Por ello, seguimos consultando su Libro de alumnos, y observamos que los 36 seminaristas de 2.º de Filosofía (1852–1853) y los 35 de 3.º 1853–1854, siguen teniendo un solo profesor, Bernardo Lázaro y Pedro Espinós, respectivamente, sin que por otra parte veamos especificadas las asignaturas, ni algo que se refiera a textos y autores 26.
Dejando por ahora su progresión académica, fijémonos en uno de los aspectos, también de suma importancia, en la vida de nuestro joven estudiante filósofo. Nos referimos a los adelantos que iba realizando en su vida espiritual.
3. Devoción mariana
Si bien es cierto que externamente quedaba asegurada la vida disciplinar del seminarista, no podemos decir lo mismo, aunque de alguna manera se le abrieran también los cauces ordinarios, en lo que se refiere a su proyección interna o espiritual. La escasez misma de directores, el gran número de alumnos, sobre todo externos, y la vida siempre alegre del estudiante, bien podían dar lugar a disipaciones y a desviaciones más o menos peligrosas.
Nuestro joven seminarista –y es una faceta que siempre nos ha impresionado– se dio cuenta desde muy temprano de tales peligros. Por ello, además de la confianza que pone en superiores y profesores 27, por su cuenta se busca pequeñas «industrias» para conservar e ir adelantando en la vida espiritual, que si a algunos pudieran parecer meros infantilismos, no dejan de manifestar una delicadeza de espíritu, impropia, generalmente, en un joven que frisaba por entonces los 16 años. «Desde que estudié filosofía –confesará en una ocasión a sus colegiales de Tortosa no supe lo que era perder el tiempo». Y otros dirían de él más tarde: «Desde que era estudiante, mosén Sol era un ángel» 28. Sí tenía problemas, se buscaba buenos directores y a ellos se confiaba con plena seguridad y confianza 29.
Afortunadamente conservarnos una serie de apuntes espirituales de aquellos años, donde va anotando los actos de devoción que se proponía hacer, los días en que había de confesarse y recibir la comunión, sus secretas mortificaciones, propósitos de ejercicios, etc. 30. Los empieza cuando estudia 2.º de Filosofía y desde el año siguiente, 1854, escribe todos los años unas curiosas Guirnaldas de flores, que dedica a la Virgen durante el mes de mayo 31. En ellas apunta un obsequio especial para cada día del mes y a seguido se cuida de anotar con una o dos cruces aquellos que iba realizando. A veces no llega a cumplirlos todos, como vg., el que señala para el día 21 del año citado, en que propone «hacer examen de conciencia antes de acostarse por la noche y tres padrenuestros a san Agustín, Magdalena y demás Santos penitentes para que nos alcancen perdón». El día del Corpus, o también el 2 de junio, aniversario de su ordenación sacerdotal, solía reservarlo para hacer el ofrecimiento _general de la Guirnalda y nuevos actos de consagración. Como testimonio, escogemos de todas ellas, la primera a que nos venimos refiriendo:
Guirnalda de flores, reunida por mí, Manuel Domingo, grandísimo pecador, para ofrecer a la Virgen María en la hora de la muerte, empezada el 1. o de mayo del año 1854.
1. Inclinar la cabeza al oír o pronunciar el nombre de María y rezar una salve (traslata). 2. Mandar decir o al menos oír una misa por el alma del Purgatorio que fue más devota de María Santísima y rezar un Avemaría. 3. Decir el Ave María cuando dé la hora el reloj y la letanía de la Virgen. 4. Al vestirse o desnudarse pedir la bendición de la Virgen y rezar de rodillas un miserere. 5. Hacer un favor a quien nos ha ofendido y leer un libro devoto privándose del recreo. 6. Recoger los sentidos, especialmente el de la vista y leer un libro piadoso, privándose del recreo. 7. Rezar una parte del rosario, privándose del recreo y siete Avemarías con los brazos en cruz (Traslatum). 8. Tres De profundis con las manos bajo las rodillas por el alma del Purgatorio que fue más devota de María y siete padrenuestros a San José para que nos alcance de María la gracia de que nos visite en la hora de la muerte. 9. Oír misa teniendo siempre los ojos bajos, y tres actos de contrición, besando cada vez un crucifijo. 10. Por amor a María no faltar a ninguna de las obligaciones de nuestro estado, especialmente aquellas que faltamos con frecuencia, y dos padrenuestros al santo Angel y san Miguel para que me asistan en el juicio final. 11. No dar molestia a otro, sufriendo si nos las dan y no hacer cosa que sea de desagrado a María. 12. Ser puntual en la oración, en el trabajo y en todas las demás obligaciones y ayunar (traslatum). 13. Al principio del día dedicar a María todas las acciones y sentidos del cuerpo y reparar con nuestras obras los escándalos que hayamos dado (traslatum). 14. Hacer un cuarto de hora de oración mental y comulgar en intención de ganar las indulgencias. 15. Hacer en la misa una comunión espiritual, que es cinco actos: primero de fe, segundo de adoración, tercero de contrición, cuarto de propósito, quinto de deseo de recibir al Señor; y tres actos de mortificación de la propia voluntad (traslatum). 16. Pedir perdón a María de las faltas cometidas estos quince días, rezando las letanías y prometer cumplir mejor los restantes y dar una limosna. 17. Hacer entre día actos de contrición y besar un crucifijo, y rezar cinco credos por las cinco llagas de Jesús. 18. Levantarse pronto de la cama para no empezar el día por un acto de pereza, y rezar tres salves por los que están en pecado mortal. 19. Privarse de alguna diversión aunque lícita, y además... [sic]. 20. No hablar mal del prójimo ni en cosas leves; y rezar un Miserere brazos en cruz. 21. Hacer examen de conciencia antes de acostarse por la noche y tres padrenuestros a san Agustín, Magdalena y demás santos penitentes para que nos alcancen perdón. 22. No comer ni beber fuera de hora sin necesidad; rezar a María con su nombre y sus cinco Avemarías. 23. Dejarse un plato o parte de él, y antes y después de acostarse saludar a María con un Avemaría. 24. Dejarse un plato en la cena y rezar un Magnificat. 25. Tres Avemarías y tres actos de contrición. 26. Cinco credos por las cinco llagas y ayunar. 27. Siete Avemarías por los siete dolores de María y un padrenuestro. 28. Los Dolores de María y una salve. 29. Los Dolores de san José y De profundis por las ánimas. 30. Una limosna y la estación al Santísimo Sacramento. 31. Pedir perdón a la Virgen del poco cuidado en obsequiarla y un Tedeum.
Día 15 de junio, día de Corpus. Ofrecimiento de la Guirnalda para la hora de la muerte 32.
En este mismo año toma el hábito o escapulario de la Virgen del Carmen 33: devoción mariana y devoción al Sagrado Corazón de Jesús, las dos constantes de toda su vida de sacerdote y de apóstol. Cuando años más tarde escribe desde Roma a una religiosa del convento de San Juan de Tortosa, le hace esta entrañable confidencia: «No he podido este año visitar a mi Corazón de Jesús de San Juan, al cual hacía 39 años que visitaba, sin faltar uno, excepto el que estudié en Valencia. Y allí a los 16 años, empecé a saberle decir muchas cosas...» 34.
Lo curioso, es que no sólo llevaba muy dentro esas devociones el joven seminarista, sino que, ya desde entonces, quería hacer partícipes de ellas a sus compañeros de seminario. De este modo lo refiere uno de ellos, don Bernardo Vergés, prior de la Casa de Misericordia de Barcelona, a raíz de la muerte de mosén Sol: «[de don Manuel] se alaban las obras de celo que emprendió siendo sacerdote, pero yo quiero recordar lo que hacía a los 15 años de edad, cuando de interno en el colegio de San Matías. En aquella época ya llamaba la atención por su piedad, y repartía estampas, libritos y oraciones impresas y se valía de esas industrias para fomentar la devoción a la Madre de Dios. Yo era entonces también colegial, y tenía unos cinco años menos que él, y aún recuerdo que me preguntaba con frecuencia si era devoto de la Santísima Virgen. ‘Mira –me decía–, que ser devoto de la Santísima Virgen es medio seguro para ir al cielo'. No lo he olvidado nunca, y muchas, muchísimas veces, lo he predicado; y ¡cosa rara!, casi siempre, al hablar de tan piadosa materia, acudía a mi memoria el recuerdo del Dr. Sol» 35.
El mismo lo recordaría de vez en cuando en la pláticas a sus colegiales. «Si no podéis prometer a la Virgen grandes cosas –exhortaba a los de Tortosa– prometedle una: que propagaréis su culto. ¡Oh hijos míos! Hace muy pocos años, era ayer, yo me encontraba como vosotros. Anhelábamos la venida del 'mes de mayo' en el seminario, que en mi época fue cuando se introdujo; y todos los días, y cada año, con más fervor, se repetía... Entonces yo experimenté lo que vale la devoción a la Virgen Santísima. Algunos de mis compañeros [naturalmente, habla en tercera personal introducían algunas prácticas de devoción, entre otras el ayuno del sábado, y conseguíanse grandes resultados en la mejora de otros compañeros» 36.
De esta manera discurría su primera etapa de seminario; y no es raro que a veces se enredara también en travesuras, más o menos inocentes, propias de todo estudiante. Ello hace que podamos considerarle, aun dentro de su ambiente piadoso, como un joven normal, ni raro ni introvertido. En una ocasión, y con evidente peligro, pasa a nado el Ebro de una a otra orilla. «Si lo supiera mí madre –comentaba luego con los amigos– no volvía a veranear fuera de casa». Y hasta prefería quedarse de interno en el colegio durante el verano, pues allá –lo repetía él mismo– disfrutaba de más libertad que la que pudieran consentirle en su propia casa 37.
II. SEMINARISTA TEOLOGO
1. El seminario de la calle de Moncada
A este viejo caserón, antiguo colegio de los jesuitas, como ya indicamos 38, pasa don Manuel en el otoño de 1854 para seguir en él los siete años de Teología y el curso primero de Cánones.
Los cursos teológicos, lo mismo que los filosóficos, quedan también reglamentados por el Plan de Estudios de 1852 de la siguiente manera:
TEOLOGIA
Cursos
Asignaturas
Autores
Textos
1º
Fundamentos de Religión
Lugares Teológicos
Elementos de Lengua
Hebrea
Perrone
Perrone
Slaugther
o Pacini
Preelectiones Theologicae
Preelectiones Theologicae
Gramática hebrea
2º
Instituciones Teológico–dogmáticas
Historia y disciplina
eclesiástica
Lengua Hebrea
Perrone
Palma
Slaugther
o Pacini
Preelectiones Theologicae
Instit. Historiae Eccl.
Gramática hebrea
3º
Instituciones Teológico–dogmáticas
Historia y disciplina eclesiástica
Teología Moral
Perrone
Palma
San Alfonso Mª de Ligorio
Preelectiones Theologicae
Instit. Historiae Eccl.
Compendio por Galán o Scavini o Neyraguet
Cursos
Asignaturas
Autores
Textos
4º
39
Teología dogmática
Teología Moral
Historia y disciplina eclesiástica
Perrone
San Alfonso Mª de Ligorio
Palma
Compendio por Galán o Scavini o Neyraguet
Instit. Historiae Eccl.
5º
Instituciones Bíblicas (Crítica y Hermenéutica)
Patrología
Oratoria Sagrada
Schaefer
Annato o Tricalet
Fr. Luis de Granada
Institutiones Biblicae
Patrología
Retórica
6º
40
Instituciones Bíblicas (Hermenéutica particular)
Patrología
Oratoria Sagrada
Schaefer
Annato
Fr. Luis de Granada
Institutiones Biblicae
Patrología
Retórica
7º
41
Disciplina del Concilio de Trento y particular de España conforme a sus concilios y concordatos
Gallemart y Villanuño
Summa Conciliorum Hispaniae
El primer curso de Derecho Canónico, único que cursará don Manuel, suponía asimismo:
1º
Derecho Público
Eclesiástico Soglia
Instituciones Canónicas
Soglia
Devoti
Inst. Iuris Publici Eccl. Institutiones Canonicae
De haber continuado la normalidad en España, nuestro estudiante hubiera seguido más o menos los anteriores programas. Por desgracia, la situación política cambió ese mismo año de 1854, con lo que volvieron a deteriorarse las relaciones Iglesia–Estado y a quedar de nuevo desamparados los seminarios. Establecidos en el poder los progresistas al mando del general Espartero (julio 1854), las vicisitudes de la enseñanza en estos centros se vieron inscritas dentro de la gran ofensiva sectaria y regalista que aquellos desataron contra la Iglesia. Por Reales Ordenes de 25 de agosto de este año, y de 29 de septiembre de 1855 y por Real Cédula de 15 de enero de 1856, a más de suprimirse el externado de los seminarios (para evitar «males inmensos a la causa pública»), se suprimen en ellos los estudios de segunda enseñanza y los cursos superiores de Teología y de Derecho Canónico, debiéndose cursar estos estudios en los institutos y universidades del Estado. El resto de los estudios teológicos quedaría en los seminarios conciliares, pero con la obligación de incorporarse a las universidades, si querían alcanzar los efectos académicos 42. Por último, se estatalizan todos los bienes de los seminarios, provenientes de fundaciones y legados 43.
Concluida la experiencia de Espartero, los Gobiernos moderados volvieron a derogar las medidas progresistas. Un real decreto del 24 de octubre de 1856 anulaba el anterior de 29 de septiembre de 1855 y volvía a poner en vigencia el plan de estudios de 1852. Con todo, se seguía manteniendo la enseñanza de la Teología en las universidades, por seguir creyendo –así razonaban– «que los seminarios carecían de medios necesarios para dar a la juventud una formación clerical conforme a la ciencia del siglo XIX 44». «. A esa falta de medios aludían también nuestros prelados, pero revolviendo el argumento contra el Estado, quien, a su juicio, se negaba a mejorar la situación económica de los seminarios, sin querer aumentar sus rentas, ni dotar suficientemente sus cátedras 45.
En parte, esto también ocurría en el seminario de Tortosa, por lo que era difícil llevar a cabo, en todo su contenido, el programa indicado por el plan de estudios de 1852. De otro lado, las convulsiones revolucionarias, que también sacudieron a la ciudad por estos años, entorpecieron de alguna manera la ordinaria vida académica; y con ellas, el nuevo azote del cólera. Por esta causa, no puede abrirse el curso hasta el 5 de noviembre en 1854; y al año siguiente, la fecha se retrasa hasta el 22 del mismo mes «por orden del Gobierno» 46. Igualmente una nueva intentona carlista amenaza a la ciudad unos años más tarde; el 11 de abril de 1860 era fusilado en Tortosa el general Ortega, capitán general de Baleares, que unos días antes, en unión del pretendiente, conde de Montemolín, había fracasado en su desembarco de San Carlos de la Rápita 47.
Don Manuel, como vemos por el libro de alumnos –que de vez en cuando nos deja algún que otro detalle– lleva prácticamente el programa de asignaturas indicado en el plan de estudios, aunque cambiando a veces de orden. Curioso que siga dando matemática en 1.º y 4.º curso; y que los Lugares Comunes los repita en 1.º, 2.º, 3,º y 4.º. Al hebreo une el griego en el curso 5.º, sin que, por otra parte, veamos que se haga referencia alguna a la oratoria sagrada, indicada en el plan para el mismo 5.º y 6.º. Matriculado como interno hasta su ordenación sacerdotal a finales del curso 1859–60, sigue de externo durante el 7.º de Teología y el único curso que hace de Cánones. Según las disposiciones referidas, sale con el grado de bachiller en Teología y en Derecho Canónico 48.
Entre sus profesores, además de los dominicos exclaustrados, se cuentan otros de auténtico prestigio científico, y pastoral, como el citado Benito Sanz y Forés, profesor de Sagrada Escritura y de Patrología; el doctoral don Ramón Manero, futuro vicario capitular y gobernador de la diócesis en la vacante que sigue a la muerte del obispo don José Pratmans en 1861, que da la asignatura de cánones; el también canónigo Ramón O'Callaghan, secretario de estudios en sus dos últimos años de carrera, y luego eminente historiador de la diócesis tortosina; el vicerrector del seminario Manuel Boix, Bernardo Lázaro, Pablo Foguet, etc. 49. Recibe lecciones de rúbricas del que en adelante sería su gran amigo, confidente, director –espiritual y cofundador del colegio de San José, el exclaustrado don Mariano García, de quien tendremos ocasión de hablar más adelante 50.
A ellos responde sobradamente nuestro joven teólogo. Entre sus escritos encontramos numerosos esquemas y copia de lecciones enteras de las diversas asignaturas: croquis de las conferencias que recibía, como de la que diera en Tortosa por aquellos años el famoso apóstol de los obreros, padre Antonio Vicent, S.J.; o síntesis de obras espirituales de santa Teresa, san Juan de la Cruz o de san Juan de Avila 51.
2. Un mensaje confidencial
Mientras tanto, el joven Domingo y Sol, que muy pronto recibiría las primeras órdenes clericales, sigue ese ritmo de vida espiritual que dejamos indicado. De otras efemérides no tenemos noticia, pues ni se conservan horarios oficiales, ni programación alguna de actos religiosos, fuera de los indicados en el reglamento. Si acaso, encontramos algunas referencias en el Boletín de la diócesis cuando se anuncian ejercicios espirituales para los seminaristas a principios o finales del año escolar, o cuando se habla de la obligación que tienen de asistir, durante la cuaresma, tanto al rezo del Rosario como a escuchar la predicación que solía hacerles el ya famoso orador sagrado Benito Sanz y Forés 52. Director espiritual del seminario era por aquel entonces el exclaustrado franciscano padre Vicente Añón, confesor del obispo Damián Gordo y director, al mismo tiempo, de las misiones que periódicamente se daban por los pueblos de la diócesis 53. Suponemos que a él acudiría también de vez en cuando, don Manuel.
Sin embargo, y como exponente de su continuada vida espiritual y de aquellos fervores que muestran de nuevo una impresionante delicadeza, se ha conservado entre sus papeles un «mensaje confidencial» que en 1855, estudiante entonces de 1.º de Teología, dirige a la Virgen en un latín de la más ingenua construcción académica. Lo reproducimos en nuestra traducción castellana:
A María. Amadísima Madre: Yo, Manuel Domingo, lleno de confianza en tu protección y amor maternal para con los hombres, (como hijos tuyos), recordándote tu amor a la Eucaristía y a la Trinidad Santísima, e invocando los misterios y prerrogativas de tu Concepción Inmaculada, tu Natividad, tu Maternidad divina, tu virginal pureza, tus dolores, tu muerte, tu Asunción y tu unción, tu dulcísimo nombre de María, y el de Jesús, tu Hijo; a San José, Joaquín y Ana, a los ángeles y santos del cielo y a los justos de la tierra, humildemente expongo, te suplico y por lo anteriormente dicho, te conjuro con todas mis fuerzas que a mi y a todos los infrascritos, a quienes pongo al amparo de tu patrocinio y protección (a título del Amor Hermoso y del Carmelo), nos ayudes, nos protejas en todas nuestras necesidades y en especial, a la hora de nuestra muerte, nos salves y conserves. De suerte que si tal no hicieres, tendré derecho a quejarme de Ti, y a dar por borrada de la historia aquella celebérrima sentencia de que ninguno de cuantos se han puesto bajo tu amparo e invocado tu ayuda, haya sido jamás abandonado.
Esta demanda la repetiré todos los años el día 16 de julio, el día de la Asunción y en las fiestas del Amor Hermoso, etc.
Tortosa, 16 de julio de 1855. Jesús, María y José.
Manuel Domingo.
Debajo y dentro de un corazón mediocremente pintado, incluye los nombres de sus padres, hermanos y algunos familiares: «Francisco, José, Manuel, Josefa, Francisca, Rosa, Agustina, María, Josefa: Familiares: Inés y familia, etc.» 54.
Las Guirnaldas siguen, igualmente, con toda su carga de obsequios y de propósitos. Señalamos algunos que a la vez de novedosos, nos muestran más amplios horizontes de una futura vida de apostolado: «rogar por la conversión de los pecadores», «rogar por la extirpación de las herejías», «por la paz y concordia de los príncipes cristianos», «rogar por la fe católica», «hacer tres cruces con la lengua en la tierra», «tres Avemarías y un Tedeum en acción de gracias por los exámenes», «mortificarse en la lengua», «estar todo el día en la presencia de Jesús y María»...
Lo mismo se diga para los días de comunión, que puntualmente se sigue proponiendo. A juzgar por lo que reza una nota en latín sobre «communiones anni 1858–1859», se infiere que comulgaba dos veces por semana –caso raro para aquellos tiempos–, escogiendo con preferencia las festividades del Señor, de la Virgen y de los Santos, a más de otras efemérides especiales como días de cumpleaños, cuando se preparaba para los exámenes o había de dar gracias por el éxito obtenido en los mismos. A veces dedica la comunión «ad petendam aquam», otras «para su mejor aprovechamiento en los ejercicios espirituales», o «para implorar la divina misericordia por los exámenes de Bachillerato», «la elección de puntos y en acción de gracias por el primer examen». No faltan, igualmente, los días, bastante numerosos, en que se propone ayunar para mejor adelantar en la perfección o por otras necesidades 55.
NOTAS
1. En el Boletín de la diócesis se reproducen varias odas, poemas y epitafios en latín, que el «dómine» Sena, «eiusdem Seminarii professor», publica en ocasión de efemérides, acontecimientos o muerte de personalidades importantes. La última que encontramos, la dedica a la entrada en la diócesis del obispo Vilamitjana en 1862 (BEDT 2 [1959] 118, 123, 352; 5 [1862] 321). Respetable y piadoso, era popularísimo en Tortosa por sus candorosas genialidades y rarezas.
2. PO, declar. de J. B. Calatayud, f. 875v.
3. Cf. M. de Castro Alonso, Enseñanza religioso en España, 138 s.; Gil de Zárate, De la instrucción pública en España 11, 23–52. El plan de 1845, debido en parte a Gil de Zárate, busca en vano la colaboración de la Iglesia. Sigue luego el de 1847, del ministro de Instrucción, Pastor Díaz, donde la Teología queda ya en segundo plano y ni siquiera se hace mención de los seminarios como centros de enseñanza, a la vez que invalida los estudios que en ellos se realizaban. El de 1850, de Seijas Lozano, vuelve a sancionarlo de nuevo. De todos ellos diría luego Menéndez y Pelayo: «Sin ir derechamente contra la Iglesia, a lo menos en el ánimo del ministro que le suscribió, acabó de secularizar de hecho la enseñanza, dejándola entregada a la futura arbitrariedad ministerial» (Historia de los heterodoxos, 100). En parecidos términos se expresa también V. de La Fuente, Historia de las universidades, colegios y demás establecimientos de instrucción en España IV, 436–437.
4. Cf. F. Martín Hernández, Los seminarios españoles: historia y pedagogía, 129 s., 146, 114.
5. Estatutos de la Universidad de Tortosa, fundada en el Real Collegio de Santo Domingo y San Jorge. Erigida por los pontífices Sixto quarto, Paulo tercero y Clemente octavo de buena memoria. I nuevamente autorizada con la autoridad y privilegio de Universidad Real por la Sacra Real Majestad el Rey de España, nuestro Señor, Don Felipe Quarto el Grande. A 27 de agosto de 1645. Ms., 7 ff. copia, que incluye la Real Cédula de Felipe IV de la citada fecha (TAC, armario Varios). Los grados, de alguna manera se venían dando ya desde 1625, desde el reinado de Felipe III. Caerían en desuso en el siglo XVIII.
Sobre la época anterior de ambos colegios, cf. D. Fernández y Domingo, Anales e historia de Tortosa, Barcelona 1867, 255 s.; F. Diego, O.P., Historia de la Orden de santo Domingo en la Corona de Aragón, Barcelona 1603; O'Callaghan, Anales I, 80–82, y Los antiguos lectores, 12 s.; Guía de (1)1892, 40; B. Oliver, Los colegios reales y la universidad real de Tortosa– Boletín de la Real Academia de la Historia 45 (1904) 5–11; Bayerri, o. c. VII, 507–8.
6. Según los estatutos, los directores del colegio de San Matías habían de ser también dominicos. Ambos colegios se comunicaban. entre sí,. y los colegiales del de San Matías asistían a las clases que se daban a los novicios o coristas dominicos. (Constituciones del Imperial y Real Colegio de Santiago y San Matías de la ciudad de Tortosa [a. 1761]) (A. G. de Simancas, Gracia y justicia, leg. 971, s.f.).
7. Cuando el obispo Vilamitjana trasladó definitivamente el seminario conciliar al edificio de la calle Moncada, en 1877, instituye en el de San Matías un colegio diocesano de Segunda Enseñanza. Sus nuevos estatutos fueron redactados en este mismo año por don Juan Corominas, secretario del obispo, y gran amigo de don Manuel. (Reglamento del colegio de San Luis Gonzaga de Tortosa, 1877, ms., 81 pp.: TACSJ). Ambos colegios, junto con la iglesia del de Santo Domingo fueron declarados en 1974 monumentos artísticos de interés nacional.
8. En el archivo de la Catedral de Tortosa obran una serie de legajos con el título general: «Sobre erección del colegio de San Matías en seminario». Los trámites empiezan en el año 1770 y hasta se llegaron a redactar, por obra de dos canónigos, unas Constituciones de 47 artículos (11 ff, ms.) para el nuevo seminario. Los dominicos, basándose en que el colegio era de fundación real y que, a más de venir haciendo en la práctica de seminario, no podía dedicársele a otros fines fuera de los que tenía señalados por fundación, se oponen rotundamente al proyecto. Para ello dirigen numerosos memoriales a la Corte, de los que uno de los más extensos, de 15 ff., es del 20 de agosto de 1775. Más documentación, en MAHN, Estado, leg. 2943.
No hay que confundir estos trámites con los que, por los mismos años, se iban haciendo también en Madrid para establecer en Tortosa el Real Seminario Sacerdotal, en la casa de los jesuitas expulsos, del que luego daremos cuenta.
9. Bayerri (VIII, 825) copia de la folia 149v, de un documento que no cita (y que creemos sea del Ayuntamiento de la ciudad), el párrafo siguiente: «Se recibió un oficio del Excmo. Sr. obispo, comunicando la Real Orden de que S. M. se ha servido acceder a petición de dicho prelado [Víctor Damián Sánchez Mayor] de que este Colegio de Santiago y San Matías, dirigido por un religioso del Orden de Santo Domingo, se erija en Seminario Conciliar y que quede incorporado a la Universidad de Cervera. Martes, 4 de enero de 1825». La Real Cédula venía fechada del 25 de diciembre del año anterior (O'Callaghan, Anales I, 82 y Episcopologio, 241; cf. V. de La Fuente, Historia de las Universidades... IV, 435).
El 28 de enero de 1825 tuvo lugar la solemne apertura en la iglesia de Santo Domingo, con la asistencia del prelado y demás autoridades Con esta misma fecha se dio principio al Libro de los alumnos internos y externos, matriculados en este Seminario de Filosofía, Teología, Moral, Escritura Sagrada y Disciplina Eclesiástica, donde se anota en su contraportada: «Se formó este libro en 28 de enero del año 1825, cuando el Colegio Imperial de Santiago y San Matías fue erigido en Seminario Conciliar» (TAC, armario Varios). Este Libro, en el que afortunadamente hemos encontrado los datos más relevantes de la carrera eclesiástica de don Manuel, acaba con el curso 1870–1871.
10. Libro de alumnos, fol. 1. Los estatutos llevan el siguiente título: Régimen que deberían observar los colegiales de segunda enseñanza del Seminario Conciliar de la ciudad de Tortosa, dispuesto por el Ilmo. Sr. D. Damián Gordo Sáez, obispo de la misma..., Tortosa, Imprenta de la Vda. de Puigrubi, Plaza Nueva, n.º 16, s.a., 12 pp. (TAC, armario Varios). Notemos que nombra al obispo Damián Gordo Sáez, sobrino del fundador del seminario, Víctor Damián Sáez Sánchez Mayor (1824–1839), y a quien sucede en la diócesis tortosina en 1848. Ramón O'Callaghan nos dice textualmente, de este último, luego de hablar de la fundación, que «formó unos estatutos para el seminario» y que «exceptuando las modificaciones que hubieran de introducirse en virtud del plan de estudios, publicado después del concordato, el seminario de Tortosa se gobernó siempre por dichos estatutos». De Damián Gordo Sáez, sin embargo, nos dice solamente que trasladó el teologado al antiguo seminario sacerdotal de la calle de Moncada (Episcopologio, 238, 244). Quizás el texto que utilizamos sea de una nueva edición; o bien que, por la semejanza de nombres y apellidos, o porque se creyera que el Reglamento se debía a Damián Gordo, se confundiera el nombre de éste por el del auténtico autor del mismo. Lo que a nosotros nos importa es que continuaba vigente durante los años en que don Manuel permaneció, como alumno interno, en el colegio–seminario de San Matías.
11. El Libro de alumnos no alude a este traslado. R. O'Callaghan es quien da la fecha indicada (Los lectores antiguos..., 33); y el Boletín de la diócesis explica que llevó a cabo «para que puedan residir en él los tres catedráticos y alumnos internos de todas las asignaturas de Teología, y para local de aulas que falta en el referido colegio [de San Matías]». Le sigue considerando todavía como «Seminario, incorporado a la Universidad de Cervera» (BEDT 3 [1860] 19).
El Seminario Sacerdotal había sido creado por Real Cédula de Carlos III de 21 de agosto de 1769, en el colegio e iglesia que los jesuitas tenían en la calle de Moncada. El obispo Damián Gordo Sáez reclama y consigue del Gobierno el edificio, que en adelante sería seminario mayor de la diócesis (R. O'Callaghan, Episcopologio, 246). Su iglesia fue saqueada y quemada durante la guerra de 1936.
12. E.I, Predicación, 7.º, 26.
13. Nuestros seminarios, que habían conocido una época de reforma y de cierto auge en el siglo anterior (cf. F. Martín Hernández, Los seminarios españoles en la época de la Ilustración, Madrid 1973), caen en un lamentable estado de postración a raíz de la guerra de la Independencia, de las persecuciones religiosas y de las nuevas guerras carlistas. Como ejemplo, citamos al de Valencia, en el que en 1840 había solamente 8 personas: el rector, cuatro colegiales, el cocinero, un sirviente y el portero (V. Cárcel Ortí, Primera época del Seminario Conciliar de Valencia, 43). A raíz del citado concordato, se nota, sin embargo, una notable mejoría: aumenta el número de alumnos, se reforman los edificios, se exige una mayor disciplina, se implanta, como veremos, un nuevo plan de estudios, aumenta el. Profesorado, etc. En el curso 1853–1854, por ejemplo, el número de alumnos de los seminario españoles llega a 19.485 (cf. Castro Alonso, Enseñanza eclesiástica en España, 168 s.; Fernández de las Cuevas, La voz del siglo, 343; L. Sala–F. Martín, La formación sacerdotal en la Iglesia, 140; J. M. Cuenca, Notas para el estudio de los seminarios.... 56 s.; J. M. Amenós, El fomento de las vocaciones eclesiásticas en España durante la segunda mitad del siglo XIX: Seminarios 1 [1955] 65 s.).
14. Cf. supra, nota 10.
15. Régimen que deberán observar..., 1–12.
16. R. O'Callaghan, Los antiguos lectores.... 19–41.
17. M. González, D. Enrique de Ossó..., 81; BEDT 3 (1860) 18.
18. BEDT 1 (1858) 27 ss.
19. A este respecto, leemos que cuando a fines de 1858 se edita en Vich la obra Summa Theologicae S. Thomae Aquinatis Doctoris Angelici formalis explicatio del padre Jerónimo de Meideis de Camerino, O.P., el Boletín del obispado de Tortosa de 12 de septiembre de 1858 hace constar que «como el Sr. Gobernador eclesiástico, Dr. Sanz y Forés, es uno de los apasionados de los escritos del Angélico Doctor y desea que todos los sacerdotes beban la doctrina que han de explicar a los fieles en tan pura y caudalosa fuente, nos hacemos un deber en anunciarla en el Boletín Eclesiástico de la diócesis» (BEDT 1 [1859] 35; cf. Bayerri, o. c. VIII, 558). Sobre Sanz y Forés, obispo primero y luego cardenal, cf. intra, p. 85 nota 40.
20. Estudiante de sopa era Ramón Valero, cuyo encuentro con don Manuel le ayudará, ocasionalmente, a promover su apostolado en favor de las vocaciones. Sobre tales «sopistas», así como sobre los «fámulos», descansaban de ordinario las tareas domésticas de los seminarios.
21. TACSJ, 6ff. ms., firmadas por Rafael Ortega, cura, en la carpeta Trabajos literarios Sobre el Rvdmo. D. Manuel Domingo y Sol. Van unidas a otras papeletas con datos que, para una posible bibliografía de mosén Sol, iba recogiendo don Juan Bautista Calatayud.
22. V. de La Fuente, Historia eclesiástica... V, Madrid (2)1875, 253; J. M. Cuenca, Notas Para el estudio..., 61 ss. Fue aprobado por Real Cédula de 28 de septiembre de 1852. Ambas documentos, Cédula y plan de estudios, los reproduce J. M. Cuenca, en la obra citada, apéndice V, pp. 80–87. Cf. I. Pérez Alhama, La Iglesia y el Estado. Estudio histórico–jurídico a través del Concordato Madrid 1967; J. de Salazar, Concordato de 1851, en Dicc. Hist. Ecl. de España I, Madrid 1972, 581–95.
23. El curso se abre, para el seminario «de Santiago y San Matías», el 1 de octubre de
1851, con tres cursos de Filosofía, cinco de Teología y tres de Teología Moral, con sólo seis catedráticos. Se matriculan 82 alumnos en Filosofía, 69 en Teología y 16 en Teología Moral.
Total: 167 seminaristas filósofos y teólogos. Secretario de estudios es, y lo seguirá siendo hasta el 6.º curso de Teología de don Manuel, el dominico exclaustrado fray Tomás Femenía (Libro de alumnos, ff. 61v, 62r).
24. Hasta entonces las calificaciones eran de: suspenso, aprobado, mediano, bueno y sobresaliente. Con el nuevo plan de estudios se imponen las de: suspensus, meritus, benemeritus y meritisimus. Las notas se daban como valoración global del curso, y no la correspondiente a cada asignatura. Don Manuel, en adelante, sacará benemeritus en 2.º y 3.º de Filosofía, y en 1.º y 2.º de Teología; en 3.º obtiene el meritisimus; de nuevo benemeritus en 4.º y en 5.º; 6.º y 7.º meritísimus, nota que conserva en el 1.º curso de Cánones, único que cursó en esta Facultad. Juan Bautista Calatayud, aún admitiendo la buena memoria que tenía don Manuel, admite que sus notas fueron «buenas, pero no siempre excelentes» (PO f – 876v).
25. Plan de Estudios para los Seminarios Conciliares de España, en J. M. Cuenca, o. c. 81–87. Como puede observarse, a la vez que se potencia el estudio de las ciencias experimentales, se expurgan cuidadosamente los libros de texto, como se hace también en los de Teología, de todo lo que pudiera alterar las relaciones entre la Iglesia y el Estado. Se acude al predominio de viejos moldes intelectuales, en su mayoría extranjeros, dejando de lado la estimable intelectualidad del 1700. Como novedad se apunta la obra de Balmes en Filosofía y la de Perrone en Teología. Asimismo se establece la «carrera breve», que a la larga ofrecería serios inconvenientes.
26. Libro de alumnos, ff. 67v, 74v. En los dos cursos apuntados, se contaban globalmente 79 filósofos y 104 teólogos, y 88 filósofos y 102 teólogos respectivamente.
27. «Hablaba siempre con respeto, con gratitud y con afecto de los que fueron sus profesores y superiores en el Seminario» (PO, Declarac. de J. B. Calatayud, f. 876v).
28. Ibid. A veces solía repetir asimismo: «No sé lo que es no tener nada en qué ocuparse» (Torres, Vida, 17). Ramón Arnau, arcipreste de San Mateo y compañero de mosén Sol, afirmaba que «Don Manuel, cuando seminarista, era ya un modelo, muy activo y celoso» (Ibid., 12).
29. «Yo también sufrí de escrúpulos cuando estaba en el Seminario con mosén Cinto Dolz. Teníamos los dos por confesor al padre Antonio Sena, cartujo», confiesa en una ocasión. Más tarde se lo agradecería don Manuel, suministrándole numerosos y pingües estipendios de misas (Ibid., 16–17).
30. E.III, Varios, 6.º, papeles sueltos, doc. 90 ss.
31. Conservamos solamente las que se refieren a los años 1854, 1856, 1857, 1859, 1860, 1861, 1863, 1865, 1866, 1867, 1868, 1870 y 1873. Solía escribirlas en papeles muy reducidos, sin orden alguno y con letra extremadamente reducida (Ibid.).
32. Ibid. Las que siguen llevan todas el mismo encabezamiento.
33. «¿Cómo habéis pasado el Carmen? –escribe más tarde a una religiosa–. ¡Cuántos recuerdos tengo del día del Carmen en mi corazón!... El año 54 tomé el hábito» (Torres, Vida, 14).
34. Carta de 2 de abril de 1891 (E.II, Cartas, 4.º, 28).
35. Torres, Vida, 15.
36. Ibid., 15–16.
37. PO, Declarac. de Elías Ferreres, y de J. B. Calatayud, ff. 362v, 875r–v.
38. Cf. supra, nota 11.
39. Concluido este curso, se obtenía el grado de Bachíller.
40. Una vez aprobado, se conseguía el grado de Licencia.
41. Con él se alcanzaba el grado de Doctor en Teología. Por disposiciones posteriores, como veremos, don Manuel no pudo conseguirlo. Lo alcanzaría en el Seminario Central de Valencia en 1867.
42. El fundador y director de la revista «La Cruz», León Carbonero y Sol, resume de esta manera su impresión, a la vez que las reacciones que produjo semejante medida: «No pudiendo ocuparnos en este número de la Real Orden que los da un golpe de muerte, nos limitamos a protestar esta disposición» (La Cruz 2 [1860] 350–364). Igualmente mereció una dura réplica de parte del obispo Costa y Borrás: Obras del excelentísimo e ilustrísimo señor doctor... IV, Barcelona 1865, 177.
43. Colección legislativa de España LXII, Madrid 1854, 303–305; LXVI, Madrid 1855, 158–161; LXVII, Madrid 1856, 26–27; cf. J. M. Cuenca, Notas para el estudio.... 56 s.; J. M. Sánchez, La instrucción pública y la sociedad, Madrid 1954, 107 s.
44. Colección legislativa de España LXX, Madrid 1856, 152–4. Igualmente protestan nuestros obispos, viendo que con tales medidas no sólo se despojaba a la Iglesia de España de toda inspección en la enseñanza, sino de la más elemental libertad de enseñar por su cuenta en los seminarios a los aspirantes al sacerdocio. El obispo de Cádiz, vg., en la inauguración del curso académico 1858–50, denuncia con todo detalle la situación creada (cf. La Cruz 2 [1858] 524–543).
45. El mismo, l. c.; con todo, algo se puede arreglar en este aspecto económico a raíz de las nuevas disposiciones reales de 1858 y 1860, consecuencia esta última del nuevo convenio firmado entre España y la Santa Sede el año anterior (Ibid., 366; Colección legislativa de España LXXXII, Madrid 1860, 270 s.).
46. R. O'Callaghan, Episcopologio, 246; BEDT 2 (1859) 136; Libro de alumnos, ff. 80r, 87r. En 1854 el obispo Damián Gordo ha de tratar personalmente, para aquietarlos, con los revolucionarios tortosinos.
47. Todo ello hace que en algunos cursos se resienta el número de alumnos del seminario mayor.
Ofrecemos a continuación la estadística de los seminaristas que cursan en el citado seminario durante los años de carrera de don Manuel. Ello nos ayudará, ahora y para delante, a valorar el problema vocacionista de la diócesis de Tortosa. Incluimos entre los teólogos tanto a los que hicieron, al finalizar los siete años de la carrera ordinaria, los otros tres de Teología Moral (que no llegó a cursar don Manuel), como a los estudiantes de Derecho Canónico.
Curso
Fílosofos
Teólogos
Total
1854–55
100
121
221
1855–56
51
111
162
1856–57
112
108
220
1857–58
107
98
205
1858–59
79
125
204
1859–60
91
148
239
1860–61
68
149
217
En el curso 1855–56 no hubo clases para los de tercero de Filosofía por falta de alumnos. Tampoco hay ninguno de cánones en el curso 1858–59; y en el siguiente, se apuntan 4 de «carrera corta» (Libro de alumnos, ff. 81 ss.).
El problema lo agravaban también los externos, cuando de nuevo volvieron a ser admitidos. En 1860, incluyendo a los colegiales menores de San Matías, de 350 alumnos 70 son externos. Y lo mismo ocurría en los demás seminarios españoles. Según estadísticas del Anuario, en el curso 1857–58 se matricularon en ellos 17.121 alumnos: 4.597 internos y 12.524 externos (BEDT 3 [1860] 19 y 2 [1859] 311).
48. En la Guirnalda de llores que escribe para mayo de 1859 alude a su examen de Bachiller en Teología (E.II, Varios, 6.º, 108). En Valencia obtendría luego los grados de licenciado y de doctorado en la misma Facultad.
49. En el Libro de registros del obispado, hemos encontrado notables referencias de algunos de ellos. Manuel Boix, vicerrector, «es de buena conducta, instruido y laborioso»; Ramón O'Callaghan, «promete ser de mucho provecho»; Pablo Foguet, «joven de buenas esperanzas»; Bernardo Lázaro, «de muy buenas esperanzas»; Francisco Prados, «instruido y laborioso» (TAPE, Registro del Personal del Clero de la Diócesis de Tortosa, año 1858; en el lomo: «Estadística 1857», ff. 198 ss.).
50. Cf. infra p. 58, nota 19.
51. E. III, Varios, 52–77.
52. BEDT 2 (1859) 290; 3 (1860) 212; 2 (1859 136.
53. Registro de personal, d.c., f. 201r. Era director espiritual en 1857. Luego lo sería Mariano García.
54. He aquí el texto latino: «Mariae.–Dilectissima Mater: Ego Emmanuel Domingo, confissus in protectione tua et in dilectione tua erga homines, (utpote filios), objiciens te amorem, erga Eucharistiam, erga Trinitatem; ponens ante oculos tuos Conceptionem tuam, Nativitatem tuam, Divinam maternitatem, Virginalem puritatem, Dolores, Mortem, Assumptionem et untionem tuam, dulcissimum Nomen tuum Mariae, et Filii tui Jesus, Sanctum Josephum, Joaquín et Annam, Angelos et Sanctos caeli et justos terrae, humiliter expono, postulo et omnibus viribus per antedicta conjuro; ut me et omnes infra inscriptos, quos sub Patrocinio et protectione tua (titulo Pulchrae Dilectionis et Carmeli) colloco, adjuves, protegas, adsistas in omni necessitate et praecipue in hora mortis nostrae salves et conserves.
Ideo ut si hoc non feceris, merito potero conqueri tecum et celeberrimum illud dictum quod neminem ad tua currentem praesidia, tua implorantem suffragia esse derelictum ex historia tolletur.
Quod requiram omnibus annis die 16 julii et die Asumptionis et festivis de Pulchra Dilectione et etc.
Dertusae 16 julii 1855. – Jesus et Maria et Joseph. – Emmanuel Domingo (Franciscus – Josephus – Franciscus – Emmanuel – Josepha – Francisca – Rosa – Agustina – Maria – Josepha – Cognati: Agnes et familia et... et... caeteri – Cognata)» (E.III, Varios, 6.º, 106).
Al final del curioso documento, va apuntando los años en que lo fue repitiendo. El último que anota es el de 1885.
55. Guirnaldas y días de comunión de 1856, 57 y 59: 1. c., doc. 89, 90, 108.
3
Ordenación sacerdotal (1860)
I. ULTIMOS AÑOS DE SEMINARIO
1. Primeras órdenes. La catequesis
Recién entrado en el seminario mayor, en 1.º de Teología, don Manuel recibe la primera clerical tonsura el 26 de marzo de 1852, en la capilla del palacio episcopal y de manos del obispo de la diócesis, Damián Gordo y Sáez. Cinco años más tarde, 18 y 19 de diciembre de 1857, le concederá las restantes ordenes menores y el subdiaconado en Tarragona el arzobispo de aquella archidiócesis José Domingo Costa y Borrás 1. Don Manuel se ordenaba a título de patrimonio 2.
Su condición de clérigo da lugar al joven seminarista a que se dedique, desde muy temprano, a uno de sus apostolados preferidos: el de la catequesis. Así nos lo dice uno de sus compañeros de entonces: «Desde mi juventud, más bien dicho, desde mi pubertad, conocí al doctor Sol antes de ser ordenado de presbítero. Como preparación al alto ministerio sacerdotal, ya se ocupaba enseñando en la iglesia de San Antonio el catecismo bajo la dirección de don Benito Sanz y Forés» 3. Efectivamente, el 13 de abril de 1858 el obispo don Gil Esteve Tomás había instituido la «Asociación de la Doctrina Cristiana» a la que quedaban adscritos todos los sacerdotes y los seminaristas desde la primera clerical tonsura. El prelado mismo era presidente de la junta Central 4.
Don Manuel, discípulo de Sanz y Forés en las aulas del seminario, sería uno de sus primeros colaboradores en la nueva tarea. «1.858 –escribiría más tarde del futuro cardenal–; establecimiento de la catequesis bajo su dirección. Se atribuye al mismo la redacción del Reglamento de la Obra del Catecismo. En dicha catequética de Tortosa amaestró a todos sus discípulos, ocupándolos los domingos y jueves y durante la cuaresma, y distribuyéndolos en varias iglesias de la ciudad. Dio grandísimos resultados en bien de la juventud, y sobre todo en la juventud femenil, de cuyo plantel brotaron luego muchas vocaciones religiosas. Todas ellas reconocieron su origen en la asistencia a las pláticas que les dirigiera don Benito, reuniendo todas las secciones con frecuencia» '. Una de aquellas niñas, más tarde religiosa, nos ha dejado este sugestivo relato:
En la Doctrina [don Manuel] nos hacía renovar las promesas del Santo Bautismo, haciéndolo desde el púlpito, todo a lo vivo, y nosotros respondiendo a gritos; y Dos dieron por Padrino a San Luis Gonzaga. Se me grabó tanto, que desde entonces le he considerado como tal. Cuando me presenté por primera vez al catecismo de San Blas, tenía sobre once o doce años. Se fijó don Manuel en mi y me dio una estampita. Viendo las otras que no les daba, le dijeron: «¡Mosén Manuel, ésta no viene!»; y contestó con aquella amabilidad que me robó el corazón para dárselo a Dios: «Ya vendrá». Continuó todos los días dándomelas y cuando ya me tenía segura, entonces me pedía lo que yo tenía para dárselo a las otras. Me tomó tanto por su cuenta, que siempre me tenía empleada. Nos hacía practicar el coro de la Virgen de la Soledad, una hora cada una, hasta que cerraban la catedral, y yo había de repartir las papeletas.
El día de la Virgen del Carmen me daba dinero para pagar los escapularios a las niñas de la Doctrina; a las más grandecitas, que ya lo sabíamos, nos daba lecciones de moral y nos hacía aprender de memoria los efectos que causan en el alma el pecado original y los demás pecados, exigiéndonos explicación de todo. Algunas veces hacía venir al señor obispo para que nos escuchase. Nos obligaba a hacer la Corte del Amor Hermoso. Me hacía llevar dos listas de los 'Niños de la infancia'; y los domingos recoger las amiguitas para ir al hospital a visitar unas enfermitas de que él se había hecho amigo; y nos decía que les leyéramos y les hiciésemos regalitos 6.
De aquellos años conservamos multitud de papeles en que iba escribiendo, en notas y a veces por extenso, lo que ego explicaba en la catequesis. Verdaderamente, ésta constituía entonces toda su obsesión «su ídolo, su pensamiento», como recuerda en los escritos. Llega a convertirla en uno de los «intereses de la gloria de Dios», que afanosamente iría buscando durante toda su vida. «Desde que recibí el subdiaconado –repite más tarde– mi cabeza no había vivido sino de combinaciones y proyectos, temores y sobresaltos, y alegrías y penas sobre los intereses de la gloria de Dios» 7. Dolores y gozos, constantes y directrices diríamos hoy, de toda una existencia.
2. El diaconado
El 24 de septiembre de 1859 el obispo de Vich, Juan Castañer y Ribas, confería a don Manuel el sagrado orden del diaconado en la iglesia de nuestra Señora de aquella ciudad 8.
De antemano, había practicado los ejercicios espirituales en el seminario de Tortosa a principios del mismo mes, y de ellos, a más de copiar el horario a que hubo de atenerse 9, nos ha dejado una serie de anotaciones de las que entresacamos las más principales:
Advertencias: 1.ª Por los claustros no esforzar la voz. 2.ª En los actos de comunidad, ni fuera de ellos, no hacer gestos ni proferir palabras inoportunas, sino guardar una gravedad completa en todas las cosas. 3.ª Cada hora de reloj hacer la comunión espiritual y hacer examen de haber guardado recogimiento en toda la hora. 4.ª Al entrar y salir del cuarto pedir la bendición a la Virgen...
Mortificaciones: No levantar la vista ni hablar sin necesidad. Privarse de toda bebida que no sea necesaria o muy conveniente. Tener presente siempre y recitar el 'Age quod agís'; y no quitarse el hábito talar entre día.
Al fin de los ejercicios ofrecerlos a los pies de Jesús para alcanzar la gracia que se desea, poniendo a María de la Merced por intercesora 10.
Al año siguiente –estudia el 6.º curso de Teología– se prepara para recibir el presbiterado ante cuya dignidad se estremece, como si su ánimo de joven aspirante quedara perplejo y dubitativo. Lo sabemos por el borrador que conservamos de una carta que a finales del curso indicado dirige a un «tío suyo», sacerdote –que por el contexto vemos se trata de Francisco Navarro, su padrino de bautismo– a quien propone, además de abrirle de alguna manera sus sentimientos, que le sirva otra vez de padrino, ahora de su primera misa 11. Por el interés que ella nos ofrece y por ser la primera que conservamos de don Manuel, la transcribimos tal como aparece en el borrador:
Q[uerido] T[io]: Si las afecciones del corazón pudieran transmitirse al papel como la producción de las fotografías, vería de manifiesto el cariño que le he profesado y profeso ahora. Solo de este modo patentizaría la benevolencia que me ha merecido su persona y cuyo nombre me ha sido recordado desde que mis labios han podido pronunciarle. El regalo que Vd. por medio de N. se ha dignado ofrecerme, ha producido en mi el efecto. Aunque sus compromisos [tachado] y obligaciones le han obligado a residir en esa 12, nunca ha dejado de dar muestras del afecto que le anima para con su patria y familia.
Una prueba más de ello es el obsequio que se ha dignado dispensarnos con el regalo de los cuellos y solideo, cuyo gusto en la materia ha sido ponderado por todos los entendidos en la materia. El ha producido en mi corazón (o en nosotros) el afecto que no podía menos de producimos, el cariño y la satisfacción más completa. El nos será un recuerdo constante (nos servirá para avivar) [en línea añadido] del amor que debo a mi Padrino, y será un recuerdo constante para acordarme de Vd. en la presencia del Señor.
Mi abuelo sin novedad; el abuelo, a pesar de no moverse de la casa, como Vd. sabe, sigue [laguna] no obstante robusto, pero la tranquilidad y conformidad que tiene con la voluntad del Señor, impiden que su postración le afecte moralmente... Yo, estimado tío, continúo en ésta, cursando el 7.º de Teología y disponiéndome para el Presbiterado. Nada se sabe de cierto, aunque [hay] alguna probabilidad de que el Sr. Manero 13 dará órdenes a los ya ordenados 'in sacris' en caso que todavía no se halle en ésta el ya preconizado Sr. Pratmans 14. Si esta noticia se confirma, pienso pedir órdenes para las próximas Témporas. No sé, querido tío, si me hallo con fuerzas y luces suficientes para ascender al último escalón del Santuario, pero la pureza de intención es lo único que me parece animar a tan grande empresa. De todos modos, aquel Dios que mueve los corazones del modo que le place y cte. [sic].
Finalmente, una cosa me resta por decirle ... ; me atrevo a insinuarle a Va. el deseo que nos anima a mi padre y a mi, de que se sirviese ser mi padrino en mi primera misa para que, ya que tengo el honor de haber sido sacado de pila por Vd., completase ahora mi satisfacción 15.
La devoción a la Virgen le sirve otra vez en este tiempo de consuelo y ayuda. El 30 de marzo de ese año había hecho profesión, «como siervo e hijo legítimo de la adolorida Madre», en la Venerable Congregación de la Virgen de los Dolores de Tortosa 16. Y a ella le dedica nuevos y delicados obsequios ,en la correspondiente Guirnalda del mes de mayo 17.
II. DON MANUEL, SACERDOTE
1. Ejercicios de órdenes
El miércoles, 23 de mayo de 1860, empieza don Manuel sus ejercicios espirituales para la ordenación sacerdotal en el exconvento del Jesús, extramuros de la ciudad 18. Los dirige el ya conocido profesor y director del seminario Mariano García 19, y todos los días, durante los siete que duraron, viene a hablar a los ordenandos el nuevo obispo Miguel José Pratmans 20.
También entonces escribirá don Manuel sus «Propósitos de Ejercicios», a más de sendos resúmenes de las pláticas y meditaciones que iba recibiendo. Nueva muestra, como puede verse, de su fina discreción y delicadeza de espíritu.
J. M. J. –Dios te ve – Dios te mira – Dios te ha de juzgar.
+ Mira si la vocación que has tenido al estado eclesiástico ha sido por inclinación o por satisfacción oculta, y propón por tanto no hacer las funciones eclesiásticas con demasiada satisfacción.
+ Siendo tan alta, tan sublime, la dignidad del sacerdote, resuelvo no rebajarla ni en visitas inútiles, ni paseos públicos, ni en conversaciones particulares, ni dando demasiada franqueza a los inferiores: sino con modestia, silencio oportuno y palabras oportunas aún con la familia.
+ Conozco que para mantener el espíritu eclesiástico, esto es, la modestia, la inclinación y prontitud a desempeñar nuestro ministerio, es necesario estar desprendido de todo, y por tanto de: 1.º no comer ni beber sino por necesidad; 2.º no disfrutar en vestidos, muebles, fiestas, etc.; 3.º no disfrutar en que nos estimen.
+ Conociendo lo desprendido que debe estar el sacerdote de todas las cosas y lo feo que le está el ser interesado, y así, además de no tener apego a muebles y vestidos, procuraré con anuencia de mi director, en las festividades principales quedarme sin nada.
+ He conocido cuánto vale el buen ejemplo y así, a pesar de la presencia de Dios habitual en todas las cosas y del cuidado en las palabras y conversaciones, en el andar, comer y reír, procuraré tener presencia de Dios actual mientras esté en la iglesia y especialmente en las funciones eclesiásticas.
+ Conozco que me es necesario el prepararme y dar gracias después de la misa, y para ello procuraré por nada omitirlo; y sí no puedo inmediatamente, procuraré prevenirlo o arreglarlo después, y pedirme cuenta en la oración del cuidado que haya puesto en ello.
+ Conozco que es necesario mucha pureza de intención para que así sacrifiquemos con gusto la vida; y así, antes de empezar alguna obra buena, en especial el trabajo de la predicación, me pondré en la presencia de Dios y le ofreceré todo, rogando a María Santísima.
+ Conozco cuán fácil es, atendida la índole de nuestro corazón, el faltar a la fidelidad que debemos a Dios, y por lo tanto, procuraré ir con mucho cuidado en evitar las causas que nos disipan rompiendo con todo, aunque en ello parezca la gloria de Dios; y procuraré además, en todas las ocasiones dudosas de peligro, pedir la anuencia del director.
+ Conozco el temor continuo con que debo estar de no tener la ciencia suficiente y por lo tanto procuraré rogar todos los días a Dios me dé las luces necesarias, procurando estudiar con constancia, método y conversaciones útiles, preguntando lo que más me convenga en todo 21.
Con estos propósitos y otras inspiraciones que iba recibiendo del Señor, don Manuel se encaminaba, gozosamente, hacia la suprema experiencia de su sacerdocio.
2. Primera misa
D. Manuel recibe la ordenación sacerdotal, cuando contaba 24 años, el 2 de junio de 1860; y siete días más tarde, el día 9, dice su primera misa solemne en la iglesia de San Blas, vecina a la capilla del Angel y a su propia casa. Le hace de padrino su tío, ya citado, Francisco Navarro y le predica su gran amigo Benito Sanz y Forés. Como primer testimonio, distribuye entre los pobres abundantes limosnas 22 y tiene también la alegría de recibir a las niñas del catecismo que venían a felicitarle, para quienes hay «cucuruchos de dulces» y otros regalos 23. De esos días recogerá unas sencillas impresiones que en adelante le servirán de propósito: «Mi ordenación: Inexplicable indiferencia a todo cargo o empleo. Dejarme a eventualidades de la Providencia. Repulsión a todo beneficio colativo. Inclinación o compañerismo. Afecto a la dignidad sacerdotal» 24.
Ese entregarse a las «eventualidades de la Providencia», será una de las constantes de su vida, e ideal que iría proponiendo repetidamente a sus operarios. Recordemos lo que les decía en una ocasión:
El Señor en sus misericordias quiso llamarnos y elegirnos para sacerdotes y dispensadores de sus misterios. En este estado queríamos servirle con las fatigas de nuestro ministerio. Como, gracias a Jesús, no teníamos, aún antes de nuestra ordenación, ninguna mira humana, ni aún de esas que son lícitas en la carrera eclesiástica, nos preocupa menos lo que [en] otros podían constituir un pensamiento fijo de destino u ocupación determinada. Le servíamos o queríamos servirle en nuestras obras espontáneas de celo... Mas a pesar de nuestra indiferencia y sinceridad de corazón, ni nos dejaban satisfechos nuestros voluntarios ministerios, ni nos llenaban bastante los que se prestaban a nuestra vista que pudieran sernos prescritos por la obediencia a nuestro prelado. En el fondo de nuestra alma despertaban mayores aspiraciones, y una ambición santa parecía querernos lanzar al mismo tiempo a todos los campos... 25.
Ya sacerdote y todavía como alumno interno del seminario, sale a decir misa los domingos y días festivos a la capilla del Carmen, situada a unos cinco kilómetros de Tortosa 26, mientras adelanta en su vida espiritual y agradece en sus oraciones el don inefable que se le ha concedido 27. Por esos días, 10 de mayo de 1861, muere su padre de un ataque de apoplejía, a los 72 años. Don Manuel le dedica un recuerdo, sencillo aparentemente, pero entrañable en la guirnalda correspondiente 28.
Cuando, acabada la Teología, iba cursando el primer año de Derecho Canónico, el joven sacerdote da su nombre a una de las obras apostólicas, que se estaban promoviendo entonces en la diócesis. De años atrás, era frecuente que sacerdotes diocesanos, ayudados por algunos religiosos, fueran dando misiones populares sobre todo en tiempo de Cuaresma. A finales de 1861, el vicario capitular de Tortosa, Ramón Manero, hace un llamamiento a todos aquellos que se sintieran con vocación para esta labor misionera, a fin de que confiadamente se lo comunicasen. Se trataba de instalar en el abandonado convento del Jesús, del arrabal de Tortosa, un colegio de misioneros diocesanos.
Don Manuel da su nombre y el 22 de diciembre de aquel año, a la vez que le adjuntaba su nombramiento de misionero, le citaba el Sr. vicario para que el próximo día 29 asistiera a una función religiosa que iba a celebrarse en la citada iglesia del Jesús, en la que quedaría inaugurada la «casa de Misiones y Ejercicios» de la diócesis. En ella predicaría el canónigo Sr. Sanz y Forés 29.
La ceremonia impresiona vivamente a don Manuel, quien allí mismo escribe este conmovedor ofrecimiento que copiamos a continuación:
Soberano Señor Sacramentado, amable Salvador de mi alma: Yo, Manuel Domingo y Sol, aunque pobre sacerdote e indigno de merecer vuestras amorosas miradas por mis continuas ingratitudes, me presento sin embargo a Vos de nuevo en el día de hoy, y os consagro de nuevo todo mi corazón, y os ofrezco y pongo a vuestra disposición mi cuerpo, mi alma, mi memoria, entendimiento y voluntad, mi salud y hasta mi vida. Yo sé, divino Salvador mío, que todo esto os es debido por mil títulos diferentes, y que es muy poca cosa para lo que merece vuestra grandeza y vuestra bondad: pero Vos, Señor, que os complacéis en las ofrendas de los hijos de los hombres, aceptadlas como que salen de un corazón contrito y humillado.
Desde hoy, Jesús mío, renuncio a todo lo que no sea de vuestro gusto; desde hoy no quiero obrar sino conforme y según vuestra voluntad; desde hoy renuncio todas las satisfacciones peligrosas con que el mundo quiera brindarme.
Deseo, Dios mío, castigar con mis ocupaciones, fatigas y dolores, las satisfacciones culpables que he dado a mis sentidos; deseo reprimir constantemente mi espíritu y mi corazón, andando todo lo posible en vuestra presencia, en desagravio de las disipaciones de este mismo espíritu, y de las complacencias que ha tenido en el amor de las criaturas.
Deseo también, amable Salvador mío, resarcir con una gran pureza de intención todos los afectos desordenados y torcidas intenciones que haya podido tener en mis acciones y en el ejercicio de mi ministerio.
En fin, Dios mío, deseo, quiero y propongo obrar en todo y por todo para vuestra mayor honra y gloria, provecho de mis hermanos y bien de mi alma.
Completad Señor la obra que habéis comenzado; asistidme constantemente con vuestra gracia; dadme un espíritu encendido como el de S. Juan Bautista, un celo ardiente, como el de vuestro Apóstol S. Pablo, unos labios puros como los del Profeta Isaías.
Dadme también, Salvador mío, la ciencia necesaria y suficiente para el desempeño de todas mis obligaciones, a fin de que pueda convertir a mis hermanos, y conducirlos por el camino de la salvación y del amor a Dios. Dadme al mismo tiempo, Jesús mío, si es de vuestro agrado, la salud conveniente para recobrar con Mis obras presentes mis negligencias pasadas, y dedicarme mejor al ministerio sagrado hasta el momento que sea de vuestra voluntad el disponer de mi.
Haced, bien mío, que pueda cumplir estos propósitos y estos deseos, y repetirlos con más fruto, todos los días de m¡ vida, todos los años el día de mi santo y fiestas principales, y principalmente en la hora de la muerte tenga el placer de haberlos practicado; y si alguna cosa hiciere, Señor, que no sea del todo de vuestro agrado dadme un espíritu de contrición vivo y continuo como el del profeta David, para que en la hora de mi muerte limpio de toda mancha, no quede en mí sino lo que sea de vuestra divina aceptación.
Y Vos Madre mía del Carmelo y de la Concepción, yo renuevo en el día de hoy el amor de hijo para con Vos; cumplid en mí todo lo que he prometido y propuesto a vuestro divino Hijo Jesús; asistid en todos los momentos de mi vida, aumentad mi devoción, y mi confianza para con Vos; salvadme a mi familia como os lo he pedido tantas veces, y en la hora de la muerte pueda pronunciar dulcemente los nombres de Jesús y de María, y pronunciándolos expire abrasado en el amor de estos santos corazones.
Jesús y María os doy el corazón y el alma mía; Jesús, María y José, asistidme hoy, siempre y en mi última agonía.
Viva Jesús, María y José. Tortosa y convento de Jesús, 29 de diciembre de 1861.
M. Domingo y Sol, Pbro.
Es copia 30
No es extraño que en ocasiones don Manuel acompañara a su amigo don Mariano por algunos pueblos de la diócesis; pero de cierto nada sabemos de ello 31. La ocasión de un apostolado, concreto y definitivo, le llegaría unos meses más tarde cuando es nombrado, 7 de marzo de 1862, regente del pequeño poblado de La Aldea, a unos 15 kilómetros de Tortosa, en los comienzos del delta del Ebro 32. Puede decirse que es entonces cuando don Manuel comienza de manera oficial su apostolado en la diócesis de Tortosa.
3. Situación de la diócesis
Veamos, antes de pasar adelante y por referencias que pueda hacer a la vida de don Manuel, cómo se encontraba en el aspecto de clero y de parroquias la diócesis tortosina.
Además de la parte correspondiente de la provincia de Tarragona, la diócesis comprendía entonces la actual provincia de Castellón y el distrito de Falcet de la de Teruel, con los siguientes arciprestazgos: el de la misma ciudad de Tortosa y los de Gandesa, Masroíg, Calaceite, Castellón, Lucena, Albocácer, Morella, Nules, San Mateo, Villarreal y Vinaroz. La estadística que tenemos delante, de 1860, arroja el número de 251 sacerdotes diocesanos, a más de los 6 dominicos exclaustrados empleados en el seminario. De todos ellos, 196 ejercían su ministerio en los pueblos de fuera del arciprestazgo de la sede de la diócesis y otros 55 estaban repartidos, en Tortosa, entre la catedral, seminario, conventos y capillas de la ciudad y alrededores. En este año, como ya dejamos indicado, se ordenaron 5 nuevos sacerdotes. Menguado número, como puede observarse, sí recordamos la cifra de seminaristas en los diversos cursos que hemos venido apuntando.
Cuatro años más tarde, el número de sacerdotes aumenta considerablemente. Se dieron más ordenaciones y volvieron a la diócesis no pocos, aun de los exclaustrados, que hubieron de abandonarla por las anteriores convulsiones políticas. Se llega al número de 684, repartidos en la siguiente forma: 156 en Tortosa y en los pueblos del arciprestazgo mayor; 521 en los restantes de la diócesis y 7 en el Desierto de las Palmas, cerca de Castellón, de tanta importancia, como veremos, en la vida de mosén Sol. Total 684 33.
En ese ambiente empezaba su recién apostolado don Manuel. Dejaba el seminario y con él, no sin nostalgia y hasta con el desencanto de las primeras experiencias, aquella querida Catequesis que tantos desvelos le ocasionara. El mismo nos lo ha dejado escrito, en la plática que dirigiera a las niñas como, despedida:
Ya que es esta la última de las tardes que tengo la dicha y la satisfacción de estar con vosotras; y ya que con mucho sentimiento mío me veo precisado a separarme por algún tiempo de vosotras, es necesario recordemos alguna de las ideas que tanto he pedido al Señor que se dignara grabar en vuestros corazones y que, sin embargo, tan poco se han grabado para muchas.
Digo que me separo con sentimiento porque, aunque de parte de la Catequística o Doctrina no he encontrado la correspondencia que me figuraba; aunque muchas no han comprendido el deseo que tenía de su aprovechamiento y a los desvelos que yo he puesto, sin embargo, de mi parte, siempre etc [sic].
Desde que hace tres años fui encargado, al salir del colegio donde pasé mi juventud, de la Doctrina, desde entonces ésta ha sido mi ídolo y todo mi afán; no porque creyera que hubieseis de recibir mucha instrucción: no; porque viniendo tantas como venían al principio y de tan diferente capacidad, poca instrucción podían recibir; sino que ¡me entusiasmaba tanto la Doctrina!; porque si tengo que decir la verdad, la juventud es la que siempre me ha dado más compasión, y de aquí sucedió que, aunque no fuera más que inclinaros a la piedad y a la religión, y libraros principalmente de los peligros que os rodean en los días festivos, ya me parece que se sacaba bastante fruto.
Y ¡Cuántas cosas he tenido que sufrir para sostener esta Doctrina! ¡Cuántas veces, si yo hubiera aflojado, ya se hubiera perdido quizás! ¡Cuántos contratiempos y cruces he tenido que soportar, que yo solo me se! ...
La plática es larga, como si le costara separarse de una juventud a la que iba a entregar luego sus afanes y cuidados. Cuando se despide al fin de las niñas del Catecismo de Tortosa, les deja caer estas palabras con cierto sabor de profecía: «Siempre y todos los días de mi vida seré amigo y padre de la juventud» 34
NOTAS
1. Damián Gordo, muere en 1854 y hasta 1858 no toma posesión de la diócesis tortosina su sucesor, Gil Esteve, quien como ya indicamos, moriría en este mismo año (O'Callaghan, Episcopologio, 244, 251).
2. «En fecha 9 de diciembre de 1857 se concedieron dimisiones al efecto de recibir órdenes en las próximas témporas de Sto. Tomás Apóstol a los sujetos que a continuación se expresan... Grados y Subdiaconado... Manuel Domingo Sol, patrimonista, de Tortosa» (TAPE, Libro 4.º de Ordenes, años 1853–1906, fol. 16v; Torres, Vida, 17).
3. El declarante es el canónigo Salvador López (Ibid., 24).
4. BEDT 2 (1859) 136; O'Callaghan, Episcopologio, 251.
5. Sobre Benito Sanz y Forés, y sus actuaciones, cf. infra, p. 85, nota 40.
6. A. Torres, Vida, 25 s.
7. PO, Declarac. de J. B. Calatayud, f. 887.
8. «Dimisiones concedidas por el Ilmo. Sr. D. Ramón Manero, Vicario Capitular, 15 de septiembre de 1859, para órdenes de Témporas de san Mateo» (TAPE, Libro 4.' de órdenes, ff. 22r). Con don Manuel se ordenaron 27 minoristas, 10 subdiáconos, 14 diáconos y 13 presbíteros.
9. Se levantaban a las 5. Seguían la oración mental, misa y retiro hasta las 7. Luego
el horario venía recargado de rezo de oficio divino, lecturas, meditaciones y exámenes. Cenaban a las 9 menos cuarto y antes de ir a !a cama rezaban la Corona y la estación al Santísimo (E.III, Varios, 6.º, 109).
10. Ibid.
11. Cf. supra, p. 23, nota 5.
12. Tal vez se refiera a Ulldecona, desde donde fecha varias de sus cartas Francisco Navarro (cf. Ibid.).
13. El citado Ramón Manero, vicario capitular y gobernador de la diócesis «sede vacante».
14. Miguel José Pratmans y Llambrés, hasta entonces catedrático y rector del seminario de Solsona. Consagrado en la catedral de Tortosa el 8 de enero de 1860, ordenaría de presbítero a don Manuel. Buen predicador, caritativo y apostólico, muere el 1 de enero del año siguiente (BEDT 3 [1860] 18; O'Callaghan, Episcopologio 251 ss.).
15. E. II, Cartas, 22.º, 11. En el borrador viene sin fecha; sin embargo, don Manuel indica en ella que estudia 7.º de Teología, que sabemos corresponde al curso 1860–1861, cuando ya era sacerdote. El mismo se consideraría como estudiante de este curso, pues el anterior, el 6.º, lo había terminado en la última semana de 1860 (Libro de alumnos, f. 115v), cuando escribe la referida carta.
16. Torres, Vida, 18.
17. «Inclinar la cabeza al pronunciar el nombre de María y los cinco Avemarías correspondientes a las letras de su nombre»; «quince Avemarías por las virtudes de María y hacer tres cruces con la lengua en la tierra y tres Avemarías»; «rogar por la fe católica y rogar a María nos alcance el dolor de nuestros pecados»; «la letanía a la Virgen por la prosperidad de las misiones»; «rogar por la unión de los príncipes cristianos y para ayudar a la Santa Sede»; «rezar la corona dolorosa» Etc. Guirnaldas citadas. En la de este año apunta el 16 de junio para día de su ofrecimiento general. Y estampa la siguiente firma: «Manuel Domingo. Presbítero».
18. antiguo convento de los franciscanos desde el siglo XV, su edificio data de 1837. A seguido de la exclaustración de 1835, logra recuperarlo para la diócesis el obispo Damián Gordo. En 1866 los jesuitas instalarían en él su Colegio Máximo, (O'Callaghan, Anales I, 147; Episcopologio, 246; BEDT 9 [18661 601).
19. Mariano García, profesor, director espiritual y gran amigo y confidente de don Manuel, sería más tarde colaborador suyo en la instalación del primer colegio de San José. «Religioso exclaustrado, que habitaba en la plazuela de San Juan» (PO, declarac. de Francisco Mestre, f, 73v), había nacido en Corbera en 1821. Adscrito desde un principio a la parroquia de la catedral, desde 1865 fue ecónomo de aquélla y luego beneficiado y maestro de ceremonias de la misma catedral. «Misionero de la diócesis», como suele citársele en las listas oficiales, se dedica a recorrer los pueblos de los arciprestazgos en unión de otros sacerdotes. El obispo Benito Vilamitjana lo cita en una ocasión como «el entendido y laborioso maestro de ceremonias de la catedral, Mariano García». Tío de uno de los primeros operarios, don José García (PO, declarac. de sor Angela Pena, f. 302r), pasó como uno de los sacerdotes más piadosos, apostólicos y prestigiados de la diócesis. Muere el 23 de septiembre de 1879 (cf. BEDT 4 [1861] 641; 7 [1864] 5; 9 [18661 601; 17 [1877–18761 252, 279; TAC, Actas del cabildo... de 1873 a 1880, ff. 61r, 125r; TAPE, Regesto de los títulos, letras, testimonios y comendaticias, 1858–1882, f. 185; Correspondencia y nombramientos, de 1853 a 1880, f. 56v).
20. Leemos en el Boletín Eclesiástico de la Diócesis: «23 mayo 1860. El miércoles, 23, empezaron los ejercicios espirituales en el ex–convento de Jesús, extramuros de esta ciudad, los que en los exámenes habían sido aprobados para las órdenes que en la iglesia del mismo edificio les confirió el viernes y sábado, primero y segundo del corriente [junio] el Ilmo. Sr. Obispo. Los ejercicios fueron presididos por D. Mariano García, director espiritual del seminario conciliar, y todos los días por la tarde fue a predicar a los ejercitantes S.S.I., pasando la noche en su compañía y regresando por la mañana a esta ciudad después de haber celebrado la Santa Misa y asistido a la oración de la mañana y a la misa de la comunidad» (BEDT 3 [1960] 402–403). Con don Manuel, 23 seminaristas reciben las órdenes menores, 2 el subdiaconado, 6 el diaconado y 5 más el presbiterado (TAE, Libro 4.º de Ordenes, f. 25v).
21. E. III, Varios, 6.º, 110. Asimismo resume las pláticas y meditaciones que va recibiendo.
22. PO, Declarac. de J. B. Calatayud, f. 884.
23. Torres, Vida, 26.
24. E. III, Varios, 6.º, 112.
25. E.I, Predicación, vol. 5, doc. 9: plática a los operarios de Valencia, fol. 2. La misma idea la va expresando en otras ocasiones y con parecidas palabras (cf. E.I, Predicación, 5.º, 22, borrador de plática).
26. PO, Declarac. de J. B. Calatayud, fol. 885v. Se encuentra, como ya indicamos, en el término de Roquetas, próxima a Corralizas. Destruida en 1836, fue restaurada en 1939.
27. Guirnalda: obsequio de 1 de mayo de 1861 (E. III, Varios, 6.º,95).
28. En la Guirnalda del día 10 al obsequio «Rezar un Avemaría al toque de las horas», añade el siguiente paréntesis: «Esta Avemaría la apliqué por mi padre que estaba en la agonía y que falleció desde las cinco a las seis del mismo día. R.I.P.» (1. c.). Su partida de defunción reza de esta manera: «Sábado, día once de mayo de mil ochocientos sesenta y uno. Yo, el infrascrito ecónomo de la Santa Iglesia Catedral de Tortosa, di sepultura eclesiástica en el cementerio de la misma a Francisco Domingo, cubero, consorte de Josefa Sol, hijo de los consortes Francisco Domingo, cubero, y María Ferré, todos de ésta; que murió ayer de apoplejía en la calle del Angel, de edad de setenta y dos años. Recibió el Santo Sacramento de la Penitencia sub conditione y la Extremaunción. Testó en poder de D. Ramón Guardiola, escribano de ésta. Mariano García, Ecónomo.» (TAPC, Libro de defunciones, 1853–1863, vol. 12, fol. 405v, n.* 80)
29. En diciembre de este año se dieron varias misiones. Entre los misioneros –«operarios evangélicos», como se les llama en el Boletín– iba Mariano García (BEDT 4 [18611 641–643).
30. E. III, Varios, 6.º, 111. El mismo añade la coletilla final: «es copia».
31. Lo afirma Torres, Vida, 31. Al año siguiente se continuaron dando misiones. En ninguna de ellas aparece el nombre de don Manuel (BEDT 5 [1862] 722, 743, 775, 791). J. B. Calatayud declara asimismo «que solo aparece una vez como tal misionero» (PO, f. 890V).
32. Torres, Vida, 32. Aún no había acabado su carrera en el seminario, pues hasta el 23–24 de mayo no se examina del 1.er curso de Cánones. En el libro Correspondencia y nombramientos: 1853–1880 vemos anotado su nombramiento el 1 de mayo y a título de «coadjutor» (TAPE, f. 51), lo que no impide que ya estuviera atendiendo a la aldea por mero nombramiento verbal. Así parece indicarlo el mismo don Manuel cuando en la primera plática que dirige a sus feligreses, hace referencia, como veremos, a la Cuaresma anterior. Como no era parroquia y pertenecía al arciprestazgo de Tortosa, de aquí que se le nombre como «coadjutor», «vicario», «regente», o también «rector», como le llama J. B. Calatayud (PO, f. 891v).
33. BEDT 3 (1860) 18 s.; 7 (1864) 1–27.
34. Borrador. (E. I, Predicación, 12.º, 36, 4 ff.).
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Primeros ministerios (1862–1869)
I. REGENTE DE LA ALDEA
1. Las burlas de un sacristán
Era entonces La Aldea un pequeño poblado, con numerosos caseríos que se adentraban en los terrenos, todavía sin cultivar, del delta del Ebro. Un área de tierra insalubre y pantanosa, cuyo centro rural quedaba pegado a la carretera de Valencia a Tarragona y al que servía de iglesia el conocido santuario de la Virgen de La Aldea. Al lado de éste se yergue una airosa torre de la época romana que, como tantas otras que se conservan en el campo de Tortosa, sigue todavía de centinela de aquellas feraces tierras. En esa iglesia, con sabor a labranza y a ricos perfumes de la huerta, iba a ejercer don Manuel su primer apostolado diocesano.
Le sirve de vivienda una pequeña y destartalada casa rectora pegada al santuario. Al otro lado, y unido también a éste, se conserva un tendido de galerías –medio ruinosas alrededor de la plaza–, donde los cofrades tortosinos poseían o alquilaban pequeñas celdas para los días de romería, animando los festejos y las corridas de toros que en ella se celebraban 1.
El cargo no dejaba de ser bastante humilde 2: a campo abierto y en medio de unos sencillos payeses dedicados a la labranza, que casi ni sabían expresarse en castellano. No se arredra por ello don Manuel, cuando se entrega a su obra con entusiasmos verdaderamente sorprendentes.
Así lo manifiesta en la primera plática que les dirige en su dialecto tortosino, del que traducimos los siguientes párrafos:
Carísimos hermanos: Al dirigirme a vosotros en este día, no puedo menos que pensar en las palabras que el profeta Moisés dijo al Señor, cuando éste le enviaba para que hablase en su nombre al Faraón y a los hijos de Israel: «Señor, ¿quién soy yo para presentarme ante ellos de vuestra parte?» y el Señor le contestó: «Ve; Yo estaré contigo».
Como Moisés, podía yo también decir al Señor: «¿Quién soy yo, Señor, el más indigno de vuestros ministros, para anunciar vuestras verdades a los hijos de la partida de Nuestra Señora de La Aldea?»...
Grande es la carga y la responsabilidad que pesa sobre mi; grande la cuenta que tendré que rendir a Dios de mi ministerio; pero confío en la bondad y misericordia de Dios, Nuestro Señor, que me dará fuerza para poderlo desempeñar. También de vosotros espero que no me habréis de ser, como los hijos de Israel, reacios y sordos a las voces amorosas que el Señor os dirija por mi conducta en este santo tiempo de Cuaresma; que seréis asiduos en asistir a los divinos oficios y en venir a escuchar mis instrucciones para disponeros a hacer una buena y santa confesión, y Poder de ese modo presentaros puros y limpios al Señor para recibirle en la Sagrada Comunión. ¡Madre Santísima de La Aldea, consuelo de la ciudad de Tortosa, he aquí la sagrada promesa que os hago en nombre de estos mis feligreses, de los que Vos sois Patrona!... 3
Lo curioso es que fuera el sacristán que entonces cuidaba del santuario, quien más diera que hacer al joven y poco experimentado regente. «Socarrón, travieso y burlesco», solía andar al acecho de todos –especialmente de todas– los que visitaban la iglesia para confesarse o para consultar con el sacerdote. Los comentarios maliciosos que luego iba propalando, hacían que muchos dejaran de acudir a él, inhibidos y un tanto avergonzados. A don Manuel aquello le sacaba de quicio. Por si fuera poco, sus descuidos, su comportamiento irreverente, y el modo altanero que tenía de tratar a los feligreses, hacía ingrata la visita de éstos al santuario.
El nuevo regente hubo de discurrir no pocas estratagemas. Una de ellas, la de levantarse a las primeras luces del alba, abrir personalmente la puerta de la iglesia y confesar o recibir las confidencias de los madrugadores, antes de que apareciera el temido y curioso sacristán 4.
A ello se unirían otras pruebas, más dolorosas por más íntimas, que le iban proporcionando sus sencillos y a la vez indiferentes payeses.
2. En diálogo con sus feligreses
A unos amigos que iban en peregrinación al santuario de La Aldea, les pe diría años más tarde que «rogasen a la Virgen por el que tantas lágrimas vertió en la soledad de aquella iglesia». Lágrimas aquellas de incomprensión y de silencio, ante la frialdad de unos feligreses ariscos, desconfiados y religiosamente incultos. «Ni descansaba, ni dormía» 5, y todo lo daba por atraérselos de alguna manera. Entre sus primeros escritos se conservan largos esquemas, y aun largas explicaciones que les daba en tortosino sobre sacramentos y puntos principales de la doctrina cristiana 6. Eran como toques de alarma, ofrecimientos, amigables correctivos y continuas llamadas del buen pastor:
Sí muchas veces pecáis por ignorancia y no por malicia –predicábales en un día de fiesta– tendréis alguna excusa y menos responsabilidad ante Dios; pero también es cierto que muchas veces obráis sin aconsejaros, porque no queréis ser instruidos sobre las obligaciones que tenéis...
Yo, de mi parte, carísimos hermanos, en cuanto me sea posible, cumpliré el deber que pesa sobre mi conciencia para que no os falten los conocimientos necesarios para salvaros y para caminar por la senda de la virtud. Procuraré practicar el consejo y mandato del apóstol San Pablo: «Esfuérzate por cuidar del rebaño que el Señor ha encomendado a tu custodia; predica la divina palabra, exhórtales a su tiempo y aún fuera de tiempo ... ». También yo, carísimos hermanos, aunque indigno del título de sacerdote y ministro de mi Señor Jesucristo, haré todo lo que esté en mí mano para satisfacer a esta obligación que tengo. Predicaré y os instruiré lo mejor que sepa, aunque hubiese de servir de ocasión de molestia y enfado a algunos de aquellos que se asemejan a las serpientes dormidas, como dice el profeta David.
La brecha se iría abriendo poco a poco con tales palabras, y con ellas el diálogo al que, por otra parte, también ayudaba la generosa disposición que de sí mismo brindaba el joven regente a sus feligreses:
Siempre estaré dispuesto –solía repetirles– a recibiros y escucharos con toda la caridad que el Señor me inspire, de día y de noche; y procuraré al mismo tiempo corregiros, ya en público ya en privado, deseando, asimismo, que si alguna cosa observarais vosotros en mí no del todo buena o sospechosa, me lo advirtáis, estando seguros de que no sólo no he de enfadarme, sino que os lo agradeceré en lo más íntimo de mi alma y os lo pagaré encomendándoos al Señor muy encarecidamente... 7
Uno a uno los iba buscando por sus casas y masías, o en el mismo trabajo del campo. Si alguien rehusaba el encuentro, o quería hacerse el despistado, solía dejarle alguna misiva, de esas que hoy pudieran parecernos un tanto ingenuas y sorprendentes:
Lo hago por Vd. –les dejaba escrito– y antes de acostarme y al levantarme por la mañana, voy a pedir a la Virgen de La Aldea la bendición para Vd.; para que le dé salud y gracia para hacer una buena confesión en esta Cuaresma; para que, ya que vivimos en la tierra tan separados, podamos al menos hallarnos juntos en el cielo 8.
Poco tiempo estuvo entre ellos, sólo unos seis meses 9, pero lo suficiente para ganarse el cariño y la confianza de aquellos pobres y sencillos aldeanos. Todavía en sus últimos años, Director General ya de la Hermandad y del colegio de San José, comentaba a veces con sus operarios: «Si oigo por la calle que me llaman Pae Vicari..., sin duda que se trata de algún vecino de La Aldea o del barrio de Santa Clara» 10.
II. EN LA UNIVERSIDAD DE VALENCIA
1. Curso de licenciado
El 10 de mayo de 1862 había tomado posesión de la diócesis el nuevo prelado don Benito Vilamitjana y Vila 11, a quien veremos en adelante como uno de los más incondicionales de don Manuel, amigo y favorecedor de sus empresas, y que en estos momentos, por destino de la Providencia, iba a hacer cambiar el rumbo de su vida pastoral.
Ya sabemos de la existencia en Tortosa del Instituto de Segunda Enseñanza, en el que la docencia religiosa corría a cargo de un profesor nombrado por las autoridades diocesanas. Hacía unos años que venía librándose en la prensa nacional una dura batalla acerca de la enseñanza que en ese sentido se daba tanto en las universidades como en los citados centros. Por una parte, los diarios absolutistas y monárquicos, La Esperanza, La Regeneración y El Pensamiento Español venían tachándola de irreligiosa. De otra, los diarios demócratas consideraban mentirosa y difamatoria tal afirmación, llegando hasta asegurar que la enseñanza estatal que en tales centros se daba era superior a la que se impartía en los mismos seminarios". Fuera o no verdad, el caso es que el nuevo prelado tortosino se fija en el joven regente de La Aldea y le manda ir al seminario central de Valencia a cursar y obtener los grados de licenciatura y de doctorado en Teología, a fin de que «se pusiera en condiciones académicas de poder ejercer la cátedra de religión y de moral» en el referido instituto 13.
El 9 de septiembre sabemos que deja don Manuel La Aldea y que a primeros de octubre se encuentra ya en la capital del Turia 14. El seminario valentino, que venía funcionando desde 1790, había sido elevado, a raíz del Concordato y junto con los de Toledo, Granada y Salamanca, a la categoría de Seminario Central en función de universidad eclesiástica, y por ello mismo con facultades para conceder grados mayores en Teología y Cánones 15. Con ello se convierte en uno de los seminarios más prestigiosos y poblados de España 16. Desde 1861 venía rigiéndose, en lo que se refiere a la vida disciplinar, por el nuevo Reglamento que le había dado el arzobispo don Mariano Barrio, y que habría de afectar de alguna manera, aunque ya fuera sacerdote, a don Manuel 17.
De su nueva vida académica nos han quedado pocas noticias 18: una serie de esquemas y de apuntes y algún que otro esbozo de tesis sobre dogma y moral, que tal vez tuviera que defender en las clases o en las obligadas conferencias que se celebraban durante el curso 19. Lo único que sabemos es que el 6 de mayo del año siguiente llega a conseguir el licenciado en Teología 20.
Pero en Valencia, don Manuel no se queda relegado a una vida de mero estudiante. Le siguen acuciando, y siempre con mayor intensidad, sus primeros fervores de apostolado.
2. Les daba «gritos de alerta»
Durante ese año vino a hospedarse en casa de una piadosa señora, doña Agustina Ragé, que vivía con una hermana suya, del mismo talante y religiosidad. Ambas se dan cuenta del fino espíritu de don Manuel, y le toman como consejero y director espiritual. Desde aquella casa iba a extender éste una continuada labor apostólica en favor sobre todo de las religiosas adoratrices, recién instituidas por su santa fundadora la Madre Sacramento, y de las jóvenes que ;aquellas iban recogiendo 21.
Un buen día, al acabar la misa, la santa madre invita a desayunar al joven y siempre precavido sacerdote. Como se diera cuenta de su timidez, le dice con aquella ternura maternal y la confianza que le eran características: «Para que no le dé vergüenza, voy yo a tomar el chocolate con usted». ¡Era el encuentro fugaz, en un simple desayuno, de dos grandes santos!
Desde «las Agustinas», como familiarmente llamarían luego los operarios a la casa de las dos hermanas, no deja de interesarse don Manuel por las personas que trata y dirigiera en Tortosa. Su correspondencia es frecuente durante este curso y en ella les sigue dando avisos y consejos, verdaderos «gritos de alerta» como alguna de ellas confesaría más tarde. Mientras tanto, no ceja en su continuado esfuerzo de vida espiritual 22. Durante el mes de mayo –de nuevo tenemos delante la correspondiente Guirnalda– se acentúan las avemarías, salves y demás mortificaciones. A ellas añade no pocos ratos «de oración mental», y entre sus peticiones especiales encontramos una que nos dice mucho del «hombre», a más del sacerdote, que lleva consigo don Manuel: «por el grado de licenciado, salud, destino, conservación de mi familia 23 y asistencia en las tentaciones de la carne» 24.
Pronto iba a tener ese destino que tanto le preocupaba. A finales de curso deja Valencia con su recién estrenado título de licenciado, pero no por ello olvidaría nunca a las que con tanto cariño le habían cuidado durante ese tiempo. En adelante, la casa de «las Agustinas» sería, hasta la muerte de las hermanas, el nuevo hogar valenciano de mosén Sol. Alguna que otra escapada hubo de hacer éste a Valencia para atender espiritualmente a doña Agustina, y como ella suspirara porque don Manuel la asistiera en la hora de la muerte, pudo lograr al fin ese deseo cuando le Regó su hora el 23 de abril de 1897. A don Manuel le dejaba por heredero de su modesto caudal para que lo dedicase a obras piadosas 25.
3. Ecónomo de la parroquia de Santiago
El primero de junio de este año de 1863 moría en Tortosa el encargado de la parroquia de Santiago o de San Jaime, situada en el barrio de Remolinos, y el mismo día era nombrado ecónomo, de la misma «el Ldo. don Manuel Domingo y Sol», quien se hace cargo de ella el 13 del mismo mes 26. La parroquia, además de pobre, andaba harto necesitada, «siempre vacía y con poca frecuencia de sacramentos» 27.
El nuevo ecónomo, como lo intentara antes en La Aldea, se propone reavivar la vida espiritual de sus nuevos feligreses: frecuencia de sacramentos, catecismo y predicación serían sus cometidos fundamentales 28. Reúne a los niños y a los jóvenes, visita las familias, se pasa largas horas en el confesionario, adecenta la iglesia y promueve el culto, sobre todo el de la eucaristía. Cuando deja la regencia de la parroquia, sus «fieles» le seguirán buscando durante largo tiempo, unos en el confesionario de la iglesia de San Blas y otros en el del convento de las Claras.
Sigue imponiéndose aquella necesidad por la que hubo de seguir sus estudios, un año antes, en Valencia. Ante la insinuación del Sr. obispo, don Manuel se hace cargo de la cátedra del instituto, por lo que ha de dejar, cuando apenas llevaba unos cuantos meses, la parroquia de Santiago.
III. PROFESOR DEL INSTITUTO
1. Apostolado con la juventud
Afirma don Juan Bautista Calatayud en una de sus declaraciones que don Manuel «cesó en el cargo de regente de Santiago en 5 de febrero de 1864, en la cual fecha fue nombrado profesor de religión y moral en el Instituto de Segunda Enseñanza» 29. Con todo, y por la estadística del clero diocesano aparecida en el Boletín del obispado el 6 de enero de este año, vemos a mosén Sol, de 27 años, «sin cargo» y «adscrito a la parroquia de la catedral» 30. Creemos, pues, que lleva razón Torres cuando precisa las fechas de la siguiente manera: «Desde 1.º de octubre de 1863 explicó don Manuel, en calidad de profesor auxiliar, la asignatura de religión y moral del Instituto de Segunda Enseñanza de Tortosa, por iniciativa del Excmo. Sr. obispo Vilamitjana. A propuesta del mismo, el 5 de febrero de 1864 el rector de la Universidad de Barcelona confirió oficialmente a don Manuel la mencionada cátedra» 31.
«Desempeñó tan honroso cargo –sigue diciendo este último–––, y desde el 18 de junio de 1865 el de secretario además, hasta que, al triunfar la revolución septembrina del 68, fue suprimida en los centros de enseñanza del Estado aquella asignatura» 32. A la razón apuntada y que fue general para toda España 33, podemos añadir una nueva que, a más de honrar a los tortosinos de aquellos años, nos da a conocer el influjo que ya entonces ejercía don Manuel en la ciudad.
Entre las disposiciones que iban llegando del Estado, se autorizaba la creación de establecimientos libres de enseñanza superior costeada por los ayuntamientos, diputaciones y aun por los mismos particulares 34. En Tortosa –recogemos el testimonio de Francisco Mestre, testigo del Proceso, de 64 años, cronista de la ciudad y colaborador cuando joven de don Manuel– «había un Instituto de 2.º Enseñanza, subvencionado por el ayuntamiento y del que eran catedráticos, nombrados por el Estado, algunos señores de ideas subversivas y revolucionarias. Para contrarrestar la influencia de estas ideas nocivas, el Siervo de Dios no solamente trabajó para el restablecimiento de la juventud Católica, sino que se propuso y consiguió, con acuerdo del Sr. obispo don Benito Vilamitjana y con la cooperación de los políticos del partido conservador, especialmente de don Teodoro González, el hacer desaparecer el Instituto, negando al efecto la subvención que daba el Excmo. Ayuntamiento. Realmente el Instituto desapareció» 35.
Mientras tanto, en sus cuatro años de dedicación a la cátedra don Manuel iba a ejercer un apostolado fecundo y duradero entre los jóvenes que acudían a las clases de dicho centro. Señalemos, en primer lugar, el discurso de apertura que le encargaron para el curso 1864–1865. Versaba sobre la Importancia del estudio de la Sagrada Escritura en el triple aspecto religioso, científico y literario. Su lenguaje, grandilocuente y retórico, al uso de la época, viene recargado de citas de Donoso Cortés, de Chateaubriand y demás apologistas católicos contemporáneos, a la vez que nos ofrece un profundo conocimiento de la historia sagrada y universal y un manejo nada común de los autores clásicos españoles y extranjeros. En la peroración final alaba al Gobierno de Su Majestad «que en su alto criterio ha querido que, además de las nociones elementales de religión en la primera enseñanza, se le asignara un curso que ocupara lugar preferente entre las asignaturas de la segunda, para que fuera como la puerta de la historia general y de la geografía y para que fuera más sólido ese cimiento, cuya historia, cuyos proyectos y ejemplos deben ser el báculo seguro en que debe apoyarse el hombre si quiere seguir con paso firme los resbaladizos derroteros de la vida» 36.
De sus lecciones conservamos, asimismo, numerosos apuntes y borradores: sobre historia sagrada, sacramentos, ética cristiana, etc. 37, en los que, a la vez del maestro, sobresale sobre todo el apóstol: «¡Oh! si meditáramos lo que es el pecado –les dice, comentando la doctrina sobre el pecado original–, veríamos lo que hacemos cuando lo cometemos. Vengo a vosotros como padre; no debéis asistir como una obligación, sino por gusto». A veces se extiende en una serie de consejos, que parecen sacados de sus charlas de ejercicios espirituales; los anota en esquemas concisos y contundentes:
Necesidad de la instrucción. Tamquam tabula rasa. Dios nos ha dado los talentos. Destino particular de cada uno en la sociedad. Sacrificio de los padres. Pues si en el orden natural, mucho más en el sobrenatural. 1. Porque es el principal negocio: Quid prodest. 2. El único para conseguir ganancias en el comercio. 3. Por gratitud. ¡Cuántos hay que no conocen su fin; Los indios ... ; el día del juicio. 4. Por utilidad en favor de los demás. ¡Cuántos se arrepentirán de no haber estudiado! 5. Por defender nuestras convinciones. ¡Cuántos caen por no saber defenderse! Es preciso ser valientes. Diógenes 38.
Fuera de la clase seguía buscando a los estudiantes para que se fueran ejercitando en las prácticas piadosas. Los acompañaba en sus paseos, «ampliando de este modo las explicaciones de los estudios de clase y llevándoles a la práctica de lo que les enseñaba»; y los llevaba a las iglesias de la ciudad, particularmente a la de San José durante el mes del sagrado Corazón de Jesús, etc. 39». Recogemos el testimonio de uno de aquellos estudiantes, notario luego de Reus, el Sr. Camps:
Al salir de clase en el mes de mayo reunía don Manuel a sus alumnos para practicar juntos el ejercicio de las flores en la iglesia de San Antonio, frente al altar de la Concepción. Alguno de sus discípulos se confesaba con él. Acostumbraba llevarlos de paseo en su compañía a las afueras de la ciudad donde, bajo su vigilancia, se divertían y jugaban, mientras él se entretenía leyendo. Solía enviar a alguno de los chicos a comprar dulces para obsequiarles. Al regresar, tenía mucho cuidado de que marchasen directamente a sus casas. Siempre que tenía que dar alguna queja o algún aviso, lo hacía con tal bondad que ganaba enseguida la voluntad de todos. Los quería entrañablemente 40.
De vez en cuando repasaba su comportamiento con ellos. «Instituto –leemos en unos de sus apuntes–: afecto a los chicos y resultados» 41. Y como si previera las empresas a que luego iba a dedicarse, piensa, ya por entonces, en establecer un colegio donde recoger y educar cristianamente a la juventud. Nos lo da a entender la carta que recibe en 1865 de un compañero suyo de profesorado, también sacerdote, en que éste se le ofrece y le pide noticias sobre el referido proyecto 42.
Además del Instituto, llenaban también su tiempo otras ocupaciones más o menos similares. Sabemos que en 1866 existía en Tortosa un colegio de «La Mare de Deu de la Cinta», para señoritas. Lo regentaba doña Asunción González, quien el 15 de abril de este mismo año lo traslada al piso segundo de la casa n.º 3 del «carrer» de la ciudad. De este colegio –recuerda Ramón Vergés, periodista tortosino–, era director espiritual «lo allavons licenciat mossen Manuel Domingo Sol», entonces de 30 años. «Sin duda –añade este mismo– aquí se orientaría por primera vez en el ejercicio de un fecundo apostolado, gloria de Tortosa» 43. Aquí y –añadimos nosotros– en esa primera experiencia que tuvo con la juventud en el Instituto de Segunda Enseñanza de Tortosa.
2. Bachiller en Artes y doctor en Teología
El dos de mayo de 1866 don Manuel era nombrado socio de la «Academia Bibliográfica Mariana» de Lérida. A este título honorífico añadiría en el mismo año otro nuevo académico, el de bachiller en Artes que, previo examen hecho en Tortosa el 8 de octubre, y con nota de sobresaliente, le fue concedido el 24 de diciembre siguiente por la Universidad Literaria de Barcelona 44. Era uno de los requisitos que necesitaba para poder continuar como profesor del Instituto.
Al año siguiente obtiene, 26 de febrero, el grado de doctor en Teología en el ya conocido seminario central de Valencia. Entre sus papeles hemos encontrado un billetito con el membrete de «Secretaría del Seminario Conciliar Central del Arzobispado de Valencia», en el que se recoge el enunciado de la siguiente tesis teológica: Post peccatum Adae non solum fuit natura humana gratuitís et supernaturalibus donis spoliata, sed etiam in suis naturalibus potentiis infirmata. Es la tesis que le tocó defender públicamente para la obtención del grado.
Como era costumbre, el doctorando permanecía durante las veinticuatro horas anteriores a la defensa en una celda del seminario e incomunicado. Durante ese tiempo, don Manuel escribió dos borradores de su tesis en latín, en los que demuestra tanto su pericia teológica como el manejo que, como ya hemos visto, tiene de los textos sagrados y de la doctrina de los Padres. Tampoco podía faltar esa fibra espiritualista con que entreteje siempre sus actuaciones. Como muestra, reproducimos en castellano una de las presentaciones que hace de la tesis:
Antes de entrar en la explanación de la tesis que me ha tocado en suerte, no puedo menos de elevar mis ojos a lo alto para que me venga el auxilio del Padre omnipotente, en el que no se da mudanza ni sombra de alteración y quien nos engendró en la palabra de la verdad; de su I–Ejo Unigénito, reparador del género humano, quien tomó forma de siervo, hecho a semejanza del pecado, para separar al hombre de él y restituirle en su primera gracia perdida por el mismo pecado; del Espíritu Santo, en fin, por el que se confirma toda virtud de los cielos, para que digna y felizmente pueda tratar las verdades que por ser verdad nos han sido reveladas. A tal exposición pasaré también apoyado en el favor de la Inmaculada Virgen de la Cinta, de san José y de santo Tomás de Aquino, doctor Angélico. Con lo que, y con la venia del presidente, enuncio la proposición siguiente que iré dilucidando cuan más brevemente pueda. Dice así: «Por el pecado de Adán la humana naturaleza no quedó tan sólo despojada de los dones gratuitos y supernaturales, sino también inficcionada en sus potencias naturales» [Y luego sigue a manera de introducción]: «¡Pecado de Adán! ¡He aquí una dolorosa verdad que tantos males y lágrimas ha traído al mundo! ¡Un dogma que conocemos por revelación y que comprobamos en nosotros mismos por la experiencia!.. 45.
A sus 31 años, don Manuel tenía por delante el camino fácil de los honores y de las prebendas. Sin embargo, y como mero cargo diocesano, pasaría gran parte de su vida como simple y sencillo confesor de monjas 46. No eran tales honores lo que iba apeteciendo por aquellos años. En una carta que dirige a su íntimo amigo don Froilán Beltrán, párroco primero de Alcover y más tarde de Alcanar, le deja caer una pequeña confidencia: «Yo bueno, pero corriendo sin alcanzar jamás el término de mis propósitos».
¿Cuáles serían estos propósitos? Lo del Instituto no iba del todo bien. Han cambiado de director y eso le preocupa. Se siente como desconcertado y hasta, sigue diciendo a su amigo, «le impone el cargo que tiene». Menos mal que termina la carta con una gotita de buen humor: «El gas–arbós ilumina ya nuestras calles y casas; la locomotora silba todos los días en la otra parte del río; el colosal y magnífico puente sobre el Ebro está ya muy adelantado». «Venga –termina diciéndole– a admirar de cerca los adelantos de nuestra patria» 47.
NOTAS
1. De 1149 es el documento fundacional de la iglesia–santuario. Desde entonces los tortosinos> primero el tercer domingo de septiembre, más tarde el dos de agosto y en la actualidad en los días siguientes a la Pascua de Pentecostés o en el citado tercer domingo de septiembre, se llegan en romería al santuario. De una de estas romerías, habida en abril de 1444, tenemos la siguiente referencia: «Fonch cosa solemne e piadosa com los infans anavent tots nus, batentse, e les infantes ab los cabells devant la cara, e homens e dones, e los canonges, e capellans tothom descals cridant grans crits: ¡Senyor Deu, misericordia! e plorant molt amargament». Solían ir por el camino de la Petja y en tiempo de pestes, riadas u otras calamidades llevaban la imagen de la Virgen a la catedral de Tortosa. Siendo obispo de la ciudad Bernardo de Oliver se dispone, en 1348, que fueran los tortosinos en procesión «a Santa María de la Aldeya quens hic don salut e ens guarde de aquestes malvados malalties e mortandats que son a la terra» (Tortosa, Arch. Municipal: Llibre de Provisions, Any 1348. Acords de Maig i Juny; cf. O'Callaghan, Los conventos de Tortosa..., 35; Bayerri, o. c. VIII, 335; Jover, Tortosa.... 46). Por el 1390 queda erigida la Cofradía, primero de marineros, patronos y navegantes, luego de pescadores y más tarde de huerta nos y labradores, «per lo sosteniment, augment e conservació de la yglesia e cases de la Santissima Verge de la Aldea dins dels termes de la present ciutat» (Tortosa, Arch. Municipal, Libros de Clavarios, año 1390). La parroquia, regentada ahora por don Manuel, fue trasladada en 1930, para mayor comodidad de los fieles, a la iglesia inaugurada el 8 de junio en el poblado contiguo a la estación del ferrocarril.
2. Unos años después, el Boletín del obispado publicaba una circular en que se ofrecía a los sacerdotes, que se brindaran a servir la coadjutoria ad nutum, la asignación de 2.200 a 3.000 reales y la promesa de buenos estipendios. Se les daba, asimismo, casa rectora, a la vez que se tenía en cuenta sus servicios como mérito especial para posibles ascensos (cf. Torres, Vida, 32). En 18 de octubre de 1860 –otro dato significativo–– era nombrado un nuevo coadjutor, pero el puesto queda vacante al poco tiempo (TAPE, Correspondencia y nombramientos.... f. 48v).
3. Torres, Vida, 33–34. Lo resume J. B. Calatayud (PO, f. 891r).
4. Calatayud, PO, f. 892r.
5. Ibid., f. 891v.
6. E. I, Predicación, 13.º, 84–101.
7. Torres, Vida, 35–36; también lo recoge J. B. Calatayud (PO, f. 891v).
8. Torres, Vida, 34.
9. «Cesó en el cargo de vicario de La Aldea el 9 de septiembre de 1862» (Calatayud, PO, f. 897r). Elías Ferreres dice, sin embargo, que estuvo en ella «cerca de 4 meses» (Ibid., f. 264v).
10. Declaraciones de J. B. Calatayud, Elías Ferreres, y Francisco Mestre (PO, ff. 891v., 264v, 73v).
11. De San Vicente de Torrelló, diócesis de Vich; era canónigo de la Seo de Urgel desde 1856, en cuyo seminario enseñaba teología y moral, De Tortosa, donde iba a ejercer un fructífero pontificado, pasaría al arzobispado de Tarragona en 1879 (O'Callaghan, Episcopologio, 254 s.; BEDT 5 [1862] 321).
12. Cf. La Cruz 1 (1860) 140. Es curioso la respuesta que a este respecto daba por aquellos días un profesor de Instituto: «Los que hablan con tanto desprecio de la enseñanza de nuestras universidades o institutos, hablan de lo que no conocen; los que hablan de la enseñanza irreligiosa que se da principalmente en los segundos, profieren una grosera calumnia. Yo puedo responder con mi cabeza a «La Esperanza», a «La Regeneración» y al «Pensamiento», pues tengo motivos para saberlo, que los alumnos de uno de los principales seminarios de España que se presentaron en los últimos años al grado de bachiller en los institutos de Madrid, daban compasión. Que no sólo eran muy inferiores a los alumnos de los institutos en matemáticas y ciencias, sino también en latín, en religión y en historia sagrada» (Ibíd 2 [18601 362–374; disputa periodística. Vindicación de los seminarios).
A pesar de ello, la enseñanza arreligiosa en los institutos iría cobrando terreno poco a poco. Mucho ayudan los decretos emanados del Ministerio de Fomento, de 26 de septiembre y 23 de diciembre de 1863, por los que se suprimía la intervención del episcopado en materia de Instrucción Pública, sobre todo en lo que se refería a la selección de textos (Ibid. 2 [1963] 450–458; 1 [18641 237–246).
Ve en la citada revista las páginas que dedica, entre 1863 a 1865, a este problema, con las exposiciones que llovieron de toda España, entre ellas las excelentes de don Cándido Nocedal y de varios obispos, contra la secularización de la enseñanza: 2 (1863) 166–170; 1 (1864) 57–65, 65–72, 89–99, 99–105, 106–109, 110–116, 505–513; 2 (1864) 354–358, etc.
13. PO, declarac. de J. B. Calatayud, 897r.
14. Ibid.
15. Cf. sobre el seminario valentino las excelentes publicaciones de V. Cárcel Ortí, Los orígenes del Seminario Conciliar de Valencia (1767–1793), Castellón de la Plana 1965; Primera época del Seminario Conciliar de Valencia (1790–1844), Castellón de la Plana 1967, y Segunda época del Seminario Conciliar de Valencia (1845–1896), Castellón de la Plana 1969. Desde 1823 ocupaba el antiguo palacio del conde del Real en la calle Trinitarios. Fue elevado a seminario central en 1853 y en este año se imprime el ritual de concesión de grados, que incluye las oraciones y fórmulas pronunciadas al entregar a los nuevos laureados el anillo, birrete y la muceta (Forma qua gradus ... , Valencia 1853, citado por Cárcel, Segunda época..., 29, nota 60).
16. Durante el curso 1864–1865 este seminario es el más poblado de España con 1.086 alumnos. Le siguen los de Vich con 1.085, León con 873, Astorga con 800 y Santiago con 784 (Guía del estado eclesiástico de España para el año de 1865, Madrid 1965, pp. 661–662; L. Sala–F. Martín, La formación sacerdotal en la Iglesia, 140). En 1867 su Libro de matrícula arroja un total de 1.456 inscritos, la cifra mayor de su historia; se le suele llamar, en aquel tiempo, «La Sorbona de la España eclesiástica moderna». Los grados de Teología y de derecho canónico se empezaron a conferir en 1853 y hasta el curso de 1880–1881 sumaron un total de 2.022 (datos de Cárcel, Segunda época..., 32–33).
17. Reglamento para el orden interior del Seminario Central de la Purísima Concepción y Santo Tomás de Villanueva de Valencia, Valencia 1861 (con 16 títulos y 121 artículos); al año siguiente añade otro para el personal directivo y docente (Cárcel en Segunda época, 36–37 los cita y resume). A don Manuel, corno sacerdote y externo, le atañerían más que todo los que se refieren al respeto debido a superiores y profesores, asistencia a clases, estudio y actos literarios, orden y disciplina que han de guardarse, exámenes, etc. (títulos 11, V, VIII, IX y X).
18. Se han perdido varios libros de secretaría, de los que habían de llegar a 1870. Sin embargo, y a tenor del Plan de Estudios de 1852, que ya indicamos y que entonces seguía vigente, repetiría, ampliadas, las materias que en él se indican para 6.º y 7.º de Teología.
19. Suele escribirlos en papeles con el membrete de «Seminario Central». Recogemos, por vía de ejemplo, alguna de aquellas intervenciones, de tan vieja, conocida y escolaresca literatura:
«Carissimi: Antequam ad repetitionem argumentorum deveniam necesse est aliquam praemittere ut mea propositio [acerca de la jerarquía y del oficio de los pastores] magis elucescat et Vestra argumenta in nihilum redigantur... Concludamus ergo... «Antequam ad explanationem theseos mihi externo sola sortitam eveniam, perutile et necessarium nobis est auxilium ab alto a Sanctissima scilicet Trinitate expetere ut divina gratia opitulante et intercessione B.M.V. titulo S. Cinguli adjutus, necnon Angelici Praeceptoris Divi Thomae Aquinatis juvamine confirmatus, possim verani explicare doctrinam atque errores sibi oppositos repellere ... » (E. III, Varios, 6.º, 68).
20. PO, declarac. de J. B. Calatayud, f. 897r.
21. Entre sus papeles se conserva una plática, que en la noche de Navidad de 1862 da en el «Colegio de Arrepentidas» de Valencia (E. I, Predicación, 1.º, 13).
22. PO, declarac. de J. B. Calatayud, fol. 897v; Torres, Vida, 37–38.
23. La unión familiar y el interés que se muestran los hermanos entre sí, los vemos reflejados también en la carta que por ese tiempo le dirige su hermano Francisco (cf. supra, p. 33).
24. E. III, Varios, 6.º, 96.
25. PO, declarac. de J. B. Calatayud, f. 897v.
26. Libro de Correspondencia y Nombramientos: de 1853 a 1880 (TAPE, f. 52v).
27. La religiosa que esto declara añade que «el sacristán salía con la azafata a pedir limosna para el culto con calza corta y roquete. El cura era muy viejecito y el vicario estaba siempre enfermo... Mosén Sol en pocos meses lo reformó todo» (Torres, Vida, 38, nota l). No encaja del todo la noticia, pues por los datos que recogemos del documento citado en la nota anterior, vemos que el párroco, Benito Sabaté, muere a los 53 años.
28. PO, declaraciones de J. B. Calatayud, f. 898r. Otros testigos recuerdan lo mucho que hizo mosén Sol en la parroquia y «cómo hablaba con gusto y con complacencia de los tiempos en que había estado en La Aldea y en San Jaime» (Ibid., declarac. de Salvador Rey, de 63 años, f. 287r).
29. PO, f. 898v.
30. BEDT 7 (1864) 5.
31. Torres, Vida, 39.
32. Ibíd. Lo mismo indica J. B. Calatayud (PO, f. 898).
33. Se la conoce también como «La Gloriosa» o «La Septembrina», por la que hubo de salir de España la reina Isabel II, dando lugar a una nueva época de persecución contra la Iglesia. Entre los principios generadores del nuevo Gobernador Provisional y que se traslucen en el Manifiesto del 25 de septiembre de este año, obraban la libertad de enseñanza, de pensamiento y de expresión, luego refrendados en la Constitución de 1869 (cf. La Cruz 2 [18681 358–63). Contra lo previsto en el artículo 2.º del Concordato, la Iglesia quedaba fuera de la participación en la instrucción pública. Era el triunfo de la postura ideológica del krausismo y los primeros intentos de la Institución Libre de Enseñanza (cf. Y. Turin, L'education et l'école en Espagne de 1874 á 1902. Liberalisme et tradition, Paris 1959, 1719; V. Cacho Viu, La Institución Libre de Enseñanza, Madrid 1962, 193). El Estado se responsabilizaba de la enseñanza oficial, pero de hecho se reconocía la más absoluta libertad de cátedra en punto a doctrinas, libros de texto, métodos de enseñanza, etc., dentro de los establecimientos oficiales (cf. J. M. Cuenca, Esudios sobre la Iglesia española del siglo XIX, 85 s.; P. A. Perlado, La libertad religiosa en las Constituyentes del 69, Pamplona 1970, 105 ss.).
34. Decreto de 21 octubre 1868 sobre la libertad de enseñanza (cf. Cacho, La Institución.... 144 s.). Se llegó incluso a proponer la abolición de la enseñanza religiosa en todas las escuelas del país, si bien no lo llegaron a aprobar las Cortes. Sobre las reacciones que se provocaron al respecto, de los obispos principalmente, cf. La Cruz 2 (1871) 521 s.; 3 (1872) 525.
35. PO, f. 73v. Cf. supra, nota 12, sobre el proceso de secularización de la enseñanza que ya se venía preparando.
36. Borrador del Discurso, 45 ff. E. III, Varios, 5.º, 9, f. 15).
37. Ibid., doc. 12 ss.
38. Ibid., doc. 79 y 80.
39. PO, declarac. de J. B. Calatayud, f. 899r.
40. «Pocos días antes de su muerte –sigue diciendo el señor Camps– me encontré con él [don Manuel] y después de conversar larga y paternalmente conmigo, me dio una cariñosa reprimenda: 'Parece mentira: no te acuerdas ya de mí. ¡Tanto como yo te quiero! Vienes a Tortosa y no tienes un momento para dar siquiera fe de tu vida. No dejo yo por eso de quererte igual, y en esta casa siempre tendrás una celda para alojarte y un cubierto en el refectorio...' » (cita de A. Torres, Vida, 40).
41. E. III Varios, vol. 6.º, 112.
42. Carta de 6 noviembre 1865, escrita desde Viñafranca del Panadés por el Rvdo. don José Nurí, profesor del Instituto (RAH, carp. 2, leg. 14, doc. 4).
43. R. Vergés, Espurnes de la Llar: Heraldo de Tortosa, 13 diciembre 1932, p. 1; cf. La Voz del Progreso, 14 abril 1866.
44. No hemos podido dar con la concesión del título en el archivo de secretaría de la Universidad barcelonesa. Con todo, ofrecemos el siguiente documento que obra en el archivo de la Hermandad:
«El Rector de la Universidad literaria de Barcelona
Por cuanto D. Manuel Domingo y Sol, natural de Tortosa, provincia de Tarragona, ha justificado que tiene hechos los estudios académicos que son necesarios para aspirar al grado de Bachiller en Artes, habiendo demostrado su suficiencia el día ocho de octubre último en el Instituto de Tortosa ante los examinadores que aprobaron los ejercicios a que se sujetó con la calificación de Sobresaliente,
En uso de las atribuciones que me están conferidas, y en cumplimiento de lo dispuesto en el Reglamento de las Universidades del Reino, expido título a su favor a fin de que sea reconocido como tal Bachiller en Artes.
Barcelona, veinte y cuatro de Diciembre de mil ochocientos setenta y seis. [Lugar del sello – fecha: año 1867]. Secretario General.
Título de Bachiller en Artes a favor de D. Manuel Domingo y Sol – Registrado en Secretaría al fol. 851 n.' 509» (RAH, carp. 1.º, doc. 1.º).
45. E. III, Varios, 6.–, 72, 5 ff. de borrador; en doc. 68, otros borradores, siempre con el membrete de la secretaría del Seminario Central.
46. Aunque podía hacerlo con todo derecho, «nunca usó de muceta para predicar, como de ordinario hacían otros» (PO, dedarac. de D. Agustín Lerat, f. 117v).
47. Carta de 27 diciembre 1867 (E. II, Cartas, 1.º, 1). En 1859 se había inaugurado el alumbrado público en Tortosa con quinqués de petróleo. El 27 de noviembre de 1867 se inaugura la fábrica de gas, instalándose 270 faroles en las calles. En el mismo año, el 4 de abril, llega a Tortosa la primera locomotora del ferrocarril en viaje de pruebas. El 8 de mayo siguiente se inaugura la línea Barcelona–Tortosa, iniciándose en ese mes, para la misma, las obras del puente sobre el Ebro. El 19 de diciembre llegaba el tren, desde Valencia, a la parte derecha del río. Los viajeros eran transbordados en tartanas por el puente de barcas. El puente, al fin, se inauguraría el 27 de julio del siguiente año (cf. Jover, Tortosa, 95 ss.).
5
Figura y talante de mosén Sol
I. «TENIA UN CARACTER. ATRAYENTE, DULCE Y PACIFICO»
No se nos oculta lo que supone, a tenor del título con que encabezamos el presente capítulo, resumir en sencillas pinceladas una personalidad tan compleja y variada como fue la de don Manuel Domingo y Sol. Con todo, y antes de adentrarnos en la exposición de sus grandes empresas, creemos oportuno decir algo de aquel talante o modo de ser, con que se nos viene presentando desde su primer apostolado tortosino. Ofrecemos, pues, estas notas que, a nuestro juicio pueden darnos una idea aproximada de ese su talante y de su recia y marcada personalidad.
1. En la intimidad del hogar
Cuando vuelve a Tortosa, don Manuel vive con su madre y hermanos en la casa pairal de la calle del Angel, a unos pasos del instituto y muy cerca también de la catedral. Poco tiempo le quedaría, sin embargo, para gozar de la compañía de su madre, por la que sentía una profunda veneración, amable y tiernamente correspondida por ella. Mientras estudiaba en Valencia, esta esperaba con ansiedad las cartas de su hijo. Cuando las recibía, daba en albricias una peseta al cartero y como alguna vez le advirtieran de lo excesivo de la propina, contestaba que, al contrario, le parecía todavía muy escasa.
A los tres años de la muerte de su padre, aquejada de un catarro pulmonar y después de recibir los Santos Sacramentos, moría esa santa madre a las 11 de la mañana del 6 de septiembre de 1864. Contaba entonces sesenta y cuatro años de edad 1. Don Manuel la asiste en sus últimos momentos y luego no acierta a separarse de su cadáver, repitiendo desconsolado: «¡Mareta meua! ¡Mareta meua!». La seguirá recordando durante toda su vida y si alguna vez hablaba de ella, jamás lo hacía sin visible emoción 2.
En la casa sigue viviendo con sus tres hermanos –José y Francisco, que se dedicaban a la construcción de carros y a la fabricación de jabón, y María, célibes los tres– hasta el fallecimiento del último de ellos, José, acaecida a los 78 años de edad el 9 de marzo de 1894 3. Con todo, desde que fundara el colegio de San José, tuvo en éste su residencia oficial.
En la primera etapa de su vida sacerdotal –testimonia el padre Joaquín Marro, S.J., misionero en Filipinas y emparentado con don Manuel– la casa del Siervo de Dios parecía un monasterio: tal era el recogimiento, la religiosidad y la devoción de aquella familia. Llegué a conocer aún a dos de los hermanos del Siervo de Dios: José, que era el mayor, y María, ambos de gran bondad y simplicidad de trato. A más del afecto de hermanos, sentían por el Siervo de Dios una grande y extraordinaria devoción. En cierto momento refería el Siervo de Dios, con sinceridad y con cierta gracia que dejaba transparentar una profunda emoción, las quejas que solía hacerle su hermano mayor cuando le veía hacer tantos viajes y prolongar sus ausencias de Tortosa más de lo que él hubiera querido... Venía a decirle poco más o menos: «No he querido casarme por vivir en tu compañía y ahora me dejas y te ausentas, mientras lo que nosotros queremos es estar contigo». Con ello manifestaba el hermano del Siervo de Dios no sólo el afecto y unión; también la necesidad que tenía de la protección de su hermano. Por ello, y para remediar en lo posible sus ausencias, solía encargar el Siervo de Dios a don José García, vicedirector de la Congregación y director espiritual del Siervo de Dios (como creo que lo fuera también de sus hermanos), que no los abandonara durante tales ausencias 4.
De hecho, y a pesar de ser el menor de los hermanos, Manuel preside a diario la vida familiar; por tarde que fuese, nunca se sentaban a la mesa hasta que él no llegaba para presidirla y bendecirla; todo se lo consultaban y sin su consejo nada se hacía que fuera de importancia. Por su parte les daba ejemplo de moderación y de religiosidad: frugal en la comida, nunca tomaba licores y con sus hermanos ayunaba varios días a la semana. Como dedicara muy pocas horas al sueño, éstos reconveníanle cariñosamente; solía contestarles que las horas de sueño eran las que más te dolían, por considerarlas como tiempo perdido 5.
Si a veces no congeniaban entre sí, era a causa de las limosnas que daba don Manuel. Recordando la condición de la madre, le repetían los hermanos que bien tenía a quien parecerse; y no se equivocaban en ello. Había dado orden a sus criados de que a ninguno de los que acudían a demandar limosna despidieran o trataran con dureza, por más importunos que se mostraran: «la pobreza –solía decirles– merece siempre todos los respetos y atenciones» 6.
En ocasiones se llegaría a calcular su patrimonio de 30 a 40.000 escudos, suma bastante considerable para aquellos tiempos. Poco a poco se iría desprendiendo de todo ese dinero para ayuda de seminaristas pobres, dotaciones de religiosas, colegio de San José, templo de Reparación, etc. Deseaba, y no dejaba de repetirlo de vez en cuando, que quería «ser pobre y morir en el hospital» 7.
Sus hermanos, «un tanto tacaños» en este sentido 8, le hacían sufrir por todo ello y a veces se unían otros disgustos de los demás miembros de la familia. «No quiero pedirte nada para mí; olvídame del todo –escribe a una persona en 1874–. Pero, en cambio, sí que te pido no olvides rogar constantemente por los individuos de mi familia, algunos de los cuales 9 tal vez me sirven de espina. Cedo cuanto puedas hacer por mí para que lo hagas en favor de ellos; y te lo encargo de un modo particular» 10. Atento a todos ellos, si alguno caía enfermo dejaba sus muchas ocupaciones y lo cuidaba personalmente sin consentir que ningún otro se molestara en ayudarle. Como nota curiosa recogemos el testimonio de una de las domésticas que tuvo la familia, Dominga Ferrer, del pueblo castellonense de Cinc–Torres:
Era admirable y perfecto el orden y la paz en el seno de la familia. El Siervo de Dios descansaba en los cuidados de su madre, como para no ocuparse sino de lo que tocaba a su ministerio sacerdotal. Muerta la madre, tanto el Siervo de Dios como sus hermanos, siguieron viviendo en el mismo orden y con la misma armonía, aunque al Siervo de Dios le vinieron a faltar algunos cuidados minuciosos de los que nunca se había ocupado. Cierto día su hermana le advierte sobre algunas prendas de vestir que le hacían falta. El Siervo de Dios queda un tanto sorprendido y ha de decirle que no puede comprar nada porque no tiene dinero para ello, por lo que han de dárselo sus hermanos. Por lo demás, su hermana tuvo también cuidado de estas pequeñas cosas y había de estar atenta porque con frecuencia faltaban cosas de casa, principalmente de ropa blanca del Siervo de Dios, que este iba dando a los pobres y enfermos. A veces se lamentaba la hermana de la prodigalidad del Siervo de Dios, sin que se atreviera a estorbarle en su generosidad. La casa parecía un monasterio, por el orden y el recogimiento, por la práctica de los ejercicios de piedad, la caridad y las virtudes de quienes la habitaban y por la frecuencia con que era visitada por pobres de todo género para ser socorridos; por sacerdotes y otras personas que tenían necesidad de consejo y de ayuda 11.
De esas limosnas no pocas tenía que hacerlas en secreto: a pobres vergonzantes, viudas desamparadas, madres de muchos hijos a quien sufragaba los gastos de la nodriza para alguno de ellos, otros pobres a los que de antemano tenía señalada una determinada pensión. Con frecuencia daba el encargo a su doméstica de llevar tazas de caldo y otras golosinas y regalos a enfermos necesitados. Y en otras ocasiones, lo mismo daba el dinero necesario para eximir a un seminarista del servicio militar, como hacía que le comprasen el borriquillo a una pobre mujer que solía venir de Vinaroz a Tortosa a ganarse la vida y a la que en una desgracia se le muere el jumento en el camino 12. A diario le ocurrían casos, a veces pintorescos, como el que contaba una de las criadas que sirvieron en la casa:
Sucedió una vez –declara– que tuve que ir en busca de don Manuel para darle un recado de parte de su hermana. Eran ya las nueve de la mañana cuando, al entrar en Santa Clara, me dirigí al confesionario donde le encontré abrazando a un ancianito, al cual consolaba con fuerte voz. Lloraba el ancianito a más no poder y mosén Sol, con aquel corazón de buena madre, le estaba acariciando, apretándolo contra su pecho. Yo, al ver que le tenía tan sobre él y que el ancianito tenía nevada la cabeza y con bastante cabello, tuve una sospecha, y no me equivoqué. Efectivamente, cuando el domingo por la mañana recogí las mudas, vi en la de mosén Sol un quinto [piojo] que sin exagerar era como un grá de ordí [grano de cebada]. Se lo dije a su hermana y le dio a ella por ver si había más; y al abrir la camisa por el cuello, vimos muchísimos más de todas clases. ¡Ay, su hermana, qué disgustada! Empezó a decir '¿Qué dirán les bugaderes [las lavanderas]?' En esto se presentó mosén Manuel y su hermana se desahogó: '¡Ya te dic yo, mossenye, cuanta gent mos bas portat! [¡Ya te decía yo, curita, cuánta gente nos has traído!]'
–No te enfades, María, le contestó su hermano, son viejecitos que vienen a confesarse. y ¡son de aquelles costes!
–¡Guay, pero no te'ls arrimes tant!... le replicó ella. Tengo todavía presente aquella cara de bondad, al par que de compasión, de don Manuel para con los pobrecitos. Cuántas veces oí que decían sus hermanas: ¡Mossenye algún día mos vendrá sense manteu; que'l aur'a donat als pobres! 13
Decididamente se mostraba incorregible. «Estando mi hermano en casa –repetía la previsora María– no tengo nada seguro». Ni siquiera la comida del día, con la que solía obsequiar a los visitantes o bien la daba a los mendigos. Entre sus preferidos entrarían luego los primeros colegiales ––«sus nobles estudiantes», como acostumbraba llamarles– que iría recogiendo en la casa de la plazuela de San Juan o en el palacio de San Rufo. Declara la citada Filomena Tarragó que cuando ella estaba recogida en la casa de los Domingo, don Manuel le daba «encargos para seminaristas pobres, a los que muchas veces llevaba provisiones desde la plaza del mercado» 14; o bien decía a su hermana: «Mira, compra mayor cantidad y envíalo a mis pobrecitos estudiantes»; o iba de un hermano a otro implorando ayuda. «¡Aquellos niños –les decía– que necesitan tres onzas de carne cada uno y no podemos darles más que onza y media ... ». Una vez, por tiempo de Pascua pidió a una de sus hermanas casadas (tal vez a Francia «que fue para él como una segunda madre» 15) que le hiciera unas monas «para sus niños». Tales niños eran nada menos que cerca de doscientos.
2. Semblanza espiritual
A pesar de una contextura aparentemente robusta, que nos presentan los retratos que conservamos de él, don Manuel era más bien de complexión delicada, lo que no cuadra del todo con las numerosas actividades que luego iría realizando. «Nadie puede explicarse –afirma su médico, don Felipe Santiago Vilá– su resistencia y moral» 16. Desde muy joven empezó a padecer de «humores de manos y cara», lo que le obligaba a ir de vez en cuando a los baños 17, o a guardar cama periódicamente 18. Sus achaques le hacen perder a veces el humor 19 y hasta a sentirse prematuramente viejo: «Mañana, 1.º de abril, cumplo ya 37 años: muchos y mal empleados»; «Hoy, 1.º de abril, cumplo 45 años y soy viejo del todo» 20. Ello no quita, sin embargo, que con el paso del tiempo vuelva a sentirse con nuevas energías. «Soy anciano ya ––escribe tres años más tarde– y poco puedo, pero ganas de poder hacer sí que tengo; no quiero morirme, sino vivir y revolucionar el mundo. Di a Jesús que no estoy contento» 21 ; o lo que escribe un poco más tarde: «Vivo sin vivir en mí y mi cabeza siempre está fuera de sí» 22.
De temperamento «dormilón» 23, pronto se acostumbra a levantarse temprano. En Tortosa, como ya lo hiciera en La Aldea, solía salir de su casa antes del alba y con una modesta linterna, por la deficiencia del alumbrado o porque se apagaban pronto los faroles, subía la enredada y costosa escalinata de las Claras para hacer su oración y atender el confesionario. Su tiempo lo reparte entre las actividades pastorales, ratos de estudio y oración. También se mortifica, como suele anotar en sus apuntes, «para reprimir los afectos, aunque estos sean útiles», o bien «por los escándalos que hubiera haber podido ocasionar» 24.
De sus primeros años sacerdotales son las notas que copiamos a continuación:
Sobre mi mismo: oración, mortificación, compostura.
Sobre los prójimos: enfados, desprecios, murmuraciones; desedificaciones en la ira. Sobre Dios: pureza de intención; multiplicar su gloria, siempre, en todas ocasiones. Sobre mí: oración: la hora entera, vencido el sueño; algún día hacer la segunda hora. Examen de un cuarto de hora o de cinco minutos, al menos a mediodía. Estación fervorosa. Examen riguroso general y particular a la noche. Examen particular rigurosísimo.
Mortificación: Una disciplina semanal; ayuno por el buen ejemplo, dos días. Soportar las molestias del calor. Comida: privarse de todo lo muy grato; y de todo, con parsimonia. Dar ejemplo de abstinencia. No quejarme de dolores ligeros. Eliminar comodidades en la cama. Alguna vigilia al Sacramento. Hábito de mortificación y sobre todo, indiferencia.
Prójimo: Callar en todo enfado y ofrecerlo a Dios. Hablar despacio y con mansedumbre. Sufrir las desatenciones.
Dios: Presencia de Dios, para activar todo lo de su gloria con pureza de intención. Examen particular: Pureza: apartar amabilidades, miradas, afectos tiernos. Paciencia monjas, devotas. Presencia de Dios ante seglares. Composición del cuerpo. Ganas de padecer cada día, como si fuera el último 25.
Hay algo que le preocupa sobremanera y sobre lo que de vez en cuando viene renovando sus propósitos. Nos referimos al uso que solía hacer del rapé o del tabaco en polvo. «Polvo: propósito de quitarlo del todo. Por ahora, dos al día», apunta en unos propósitos, a los que añade el siguiente razonamiento:
No tengo ataduras en el corazón: cargo, honor, ni interés... Tampoco afecto permanente a comida, bebida, fuera de las inmortificaciones o infidelidades, vg., agua en verano, que tengo pasión; pero no es un afecto permanente y puedo lograr la indiferencia. No hay atadura.
Pero tengo un hábito que no preveía me atara, y que lo adquirí para dejarme otro al cual no estaba muy atado. Pero me he atado. No puedo decir que me cause placer; solo, sí, que me acalla la inquietud adquirida como necesidad. En alguna ocasión creo que el efecto de este hábito me produce algún bien, vg., antes de misa. Efecto, y eso me acalla, y casi puedo decir que me encuentro y hasta podría hacerse por bien del alma. En alguna otra ocasión también. Mas en otras ni bien ni mal; y si en los trabajos, mientras que siento más y más fatigas: me enerva y quita vigor. A veces me remuerde; otras no, porque no veo placer ni ocasión de malos resultados: solo la infidelidad o libertad de espíritu... consulta ... Pero como oí que..., y otro médico, Vilá, usa, y aun un día que quería abstenerme veía demasiada inquietud, lo dejé estar y propuse no abusar, aunque no lo compro. He hecho la resolución: o todo, o parte, o probar 26.
De inclinación a la obesidad, en don Manuel brillaban las cualidades características de tales temperamentos: bueno y afable, abierto y atrayente, generoso a la vez que prudente, propenso a una ira que se empeña en reprimir, y dispuesto a llevar siempre adelante, con tenacidad y un dejo de «santo orgullo», todo aquello que se propone conseguir. Cuando más adelante se vea comprometido en la fundación del convento de Vinaroz y se le vayan presentando dificultades al parecer insalvables, se desahogaría con una de aquellas religiosas, la M. Escolástica: «Creo que teme [el obispo de Tortosa] que no lo terminaremos. Esto me alarma y hiere mi amor propio. Pedí al Señor que lo estorbara, si no era su voluntad, ¿y ahora tendría que soportar la humillación de no realizarlo? Mi orgullo se resiste. Pidan prontos auxilios a la divina Madre» 27.
Para mayor abundancia, recogemos algunas pinceladas que respecto a su carácter nos han dejado de él sus contemporáneos:
No era taciturno ni locuaz, sino prudente y atento. Sabía cuándo debía hablar y cuándo callar. No era amigo de burlas; su única graciosidad era la sonrisa. Tenía un carácter atrayente, dulce y pacífico. jamás se inquietaba ni estaba de malhumor. Decía lo necesario para edificar, bien aconsejar y hacer agradable la virtud. Su temperamento era tranquilo y tolerante, sin que por ello fuera insensible. Sabía dominarse y si era caso, también sabía resistir e imponerse. De carácter atrayente, afectuoso y afable. Era de estatura regular, más bien alto y un poco gordo. De temperamento equilibrado, no nervioso; reflexivo y por nada precipitado 28.
Años más tarde, cuando ya es conocido en los ambientes eclesiales españoles y romanos, mons. Vico, auditor de la Nunciatura de Madrid, le retrataría con frase segura y acertada: «Vd. pertenece –le escribe– a una raza de hombres que difícilmente pierden coraje frente a las dificultades. Por tanto, con la protección divina, espero que su constancia debe ser recompensada con éxito favorable» 29.
Ese era el joven clérigo que poco a poco se iría haciendo familiar en toda Tortosa, con su «sotana sin mangas, balandrán dentro de casa, en la calle siempre con manteo y sombrero», y en invierno con aquel su inseparable y ancho paraguas; nunca se le vio usar otro «ornamento u objeto que desdijera de su carácter sacerdotal» 30. Y sobre todo se haría muy pronto célebre por las numerosas obras «de la máxima gloria de Dios» que irá llevando a cabo, de manera que todavía nos impresione el que tales y tan continuadas pudieran caber en el ánimo de un solo hombre. Sueña siempre con nuevas empresas, anima, promueve, y ni descansa ni deja descansar a los que con él colaboran. A veces recurre a métodos, que hoy pudieran parecernos ingenuos e infantiles, tales como el de repartir estampas y escapularios, abastecer de cilicios a las religiosas, escribir billetitos de devoción, etc. Eran sus tiempos y a través de ellos tenemos que juzgarle. En compensación, se nos presenta como el gran iniciador de la acción católica entre los jóvenes y las familias, pregonero de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús y a los Stos. Angeles de España y de Tortosa 31, promotor de la reparación a Jesús Sacramentado, apóstol de las vocaciones religiosas y sacerdotales, etc. De estas actividades iremos dando cuenta en los siguientes capítulos.
II. SENSIBLE A LOS HOMBRES Y A LOS SIGNOS DE LOS TIEMPOS
1. Amistades de mosén Sol
Desde primera hora don Manuel es hombre de amigos. De los 46 anchos volúmenes que conservamos de sus manuscritos, nada menos que 22 están dedicados a su correspondencia, desde 1867 a 1909. Sus destinatarios son numerosos y variados: jóvenes y religiosas, casados, seminaristas, sacerdotes, obispos, personajes de la corte y de la curia, canónigos, estudiantes, etc.
Desde el principio y luego durante muchos años, mantiene una deliciosa correspondencia con su buen amigo D. Froilán Beltrán, ya conocido de nosotros. Intimo de la familia, a el le cuenta sus preocupaciones y proyectos, sus penas y alegrías y hasta, de vez en cuando, le deja caer esas gotitas de buen humor y de gracejo de que vemos salpicadas gran parte de sus cartas. «Estoy decidido –le escribe en 1867– a hacerle tragar cuantas injurias de palabra y por escrito se ha atrevido a proferir contra mi formal persona, demandándole ante el tribunal del mundo entero para que me devuelva mi ultrajada honra, desfacer mis agravios ... » 32. Y en otra, del siguiente año: «Si no estuviera Vd. tan cansado y no lo fuera yo tanto, aprovecharla un momento para entretener su cansada imaginación y buscaría hilos para tejerle una gacetilla, que es lo único a que puede aspirar mi numen, o cuando más algún discurso monjil, dándole algunas reglas de mística parda» 33. Otras veces le «recrimina» porque tiene «muchas picardías» que «si tuviera humor se las haría pagar», para terminar pidiéndole al final que «le venga a consolar un poco». «Estoy cansado», «tengo poco humor», le confía en otras ocasiones, así como cosas que le afectan o que están ocurriendo en su familia: su cuñado Barján, casado con su hermana Agustina, que ha tenido un ataque de apoplejía; la hija de su hermana Roseta de 20 años, que se ha ahogado en el Ebro en una triste y lamentable desgracia; la muerte de sus tías, etc. 34. En adelante irá teniendo también otros confidentes; el bueno de don Froilán es el de primera hora y lo seguirá siendo a lo largo de su vida.
Otro de sus íntimos fue el párroco de la catedral, aquel sacerdote, Gabriel Duch que le bautizara, como ya dejamos apuntado 35. Don Manuel le toma como modelo, siquiera sea recordando la impresión que le causaba cuando, con los demás niños, asistía a la catequesis que les daba en los aledaños de la catedral. «Duch –escribiría más tarde–, su conversación, su caminar, su colocación de manos, el concepto que yo tenía de su instrucción, el respeto que me inspiraba me producían una devoción y emoción extraordinarias, hasta que ya le traté con mayor intimidad; y aún después me encantaba ... » 36. Lo compararía con su también amigo Mariano García 37 del que afirma que, «a pesar de ser tipo tan diferente de don Gabriel Duch y haberlo tratado íntima y familiarmente (y es natural que la intimidad desvirtúe el mérito).... era, con todo, un espejo de imitación en su celo, en su ordenación de tiempo, en su aplicación, en todo ... ». La frecuencia de trato que tenía con él, así como con otros sacerdotes exclaustrados, vg. los superiores del –seminario, hace que éstos le llamaran ya cariñosamente «nuestro fray Manuel» 38.
Continuas e íntimas fueron sus relaciones con los padres jesuitas que habían vuelto a Tortosa en 1864 para establecerse en el ex–convento del Jesús, con uno de los cuales, el padre Mach, sabemos que mantuvo relaciones epistolares. Sin embargo, la amistad que más beneficios produciría en el joven mosén Sol, y que iba a perdurarle, íntima y estrecha, por toda la vida, sería la del citado lectoral de Tortosa y profesor suyo en el seminario Benito Sanz y Forés. Su colaborador en la catequesis y compañero de paseos, de los que más tarde recordaría tan sabrosas conversaciones, don Manuel le ayuda en sus primeros apostolados con la juventud. Cuando «don Benito», como éste solía llamarle familiar y cariñosamente, se traslada a Madrid en 1866, por haber sido nombrado abreviador del Tribunal de la Rota, confía a mosén Sol la dirección de numerosas de sus hijas espirituales. A una de éstas escribía desde la Corte: «Mucho me alegro que encuentres tan bueno y mejor en el confesionario a mosén Manuel. Ya verás cómo te va bien y te servirá mucho». Y a otra: «Aprovecha el tiempo y haz visitas al confesionario. Verás cómo mosén Domingo te enseña a ser toda, toda de Jesús».
El 8 de noviembre de 1868 fue consagrado el señor Sanz y Forés obispo de Oviedo. Desde allí escribía a su entrañable amigo de Tortosa: «Querido Manolín: Diga cuanto quiera de mí. Paso por todo, menos porque diga que no le quiero. Si estuviera usted aquí, vería cómo no tiene razón... El callar yo no es razón para que se calle usted; que bien sabe ... » 39. En adelante veremos la importancia que para don Manuel y para sus empresas tuvo la amistad, el cariño y la confianza que siempre le prestara este ilustre purpurado de la Iglesia española 40.
Asimismo fraternal y de por vida es la amistad que le une con el fundador de la «Compañía de santa Teresa de Jesús», don Enrique de Ossó. Conocióle don Manuel, que le llevaba cuatro años de edad, siendo ambos estudiantes en el seminario de Tortosa 41. Los últimos cursos de su carrera los pasó don Enrique de Ossó en el de Barcelona. Asiste don Manuel a su primera misa en el monasterio de Montserrat el 6 de octubre de 1867 y concibe tal aprecio de sus buenas cualidades –refiere una religiosa teresiana– que a su vuelta no tenía bastante boca para alabarlo, y a todos parece que quería comunicar el deseo que él abrigaba de que le ayudase en sus primeras obras apostólicas. «Lo haremos venir, porque creo que hará mucho bien a Tortosa». Al curso siguiente don Enrique empezaba a dar clases de matemáticas en el seminario tortosino, y muy pronto, como lo iba realizando ya mosén Sol, empezaría a trabajar en el apostolado juvenil, especialmente femenino.
A veces confesaría el mismo don Manuel que «se sentía movido a cooperar con don Enrique a la obra de la Compañía de santa Teresa de Jesús; más, consultado el caso con persona para mí poco simpática, me aconsejó que tendiera el vuelo por otra esfera: la que más adelante me ha sido señalada por el Espíritu divino».
Con Ossó rompe don Manuel sus primeras lanzas en el campo periodístico, como enseguida veremos 42; con él peregrina en agosto de 1877 al sepulcro de santa Teresa en Alba de Tormes y siempre le ayudará en sus empresas como fiel consejero y eficaz apoyo 43. Cuando muere «su don Enrique», como solía llamarle, escribe desde el convento de Sancti–Spiritus de Valencia, el 27 de enero de 1896:
La noticia de su muerte se propagó rápidamente, sorprendiendo a todos mucho por lo inesperada, y más a nosotros, que tuvimos el consuelo de saludarle unos días antes, y ver que los trabajos continuos no le habían quitado alientos ni hecho mella en su robusta salud. Hijo de esta diócesis, hizo sus estudios en nuestro seminario, del cual fue después profesor, distinguiéndose siempre por sus condiciones de carácter y atrayendo hada sí el respeto de cuantos le rodeaban, aunque estos se llamaran condiscípulos y amigos... Descanse en paz tan benemérito sacerdote, honra de nuestro seminario, gloria de Cataluña, apóstol incansable de la Doctora Avilesa, y no olvide desde el cielo a los que en la tierra nos honramos con su amistad 44.
Mérito era, pues, de nuestro joven sacerdote el haberse sabido ganar desde sus primeros apostolados tales y tan valiosas amistades.
2. Atento a los acontecimientos de España y de Tortosa
Malos tiempos corrían tanto para España como para Tortosa cuando don Manuel está para dejar el instituto y se siente un tanto preocupado por su nuevo destino 45. «El triunfo y consolidación de la 'Septembrina'» (1868) –escribe el profesor Cuenca Toribio– inauguró en la historia del catolicismo español una capítulo inédito y rigurosamente desenraizado. Las medidas adoptadas en el terreno religioso por las diversas juntas en las que se atomizó el poder en las últimas jornadas de septiembre e iniciales de octubre, configuraron una situación profundamente novedosa, comparable tan sólo con la generada por la 11 República y, en algunos aspectos, con la comenzada a bosquejarse tras el Vaticano II. Mientras que todos establecían la libertad religiosa, su maximismo anticlerical reforzaba en numerosas localidades los efectos de los desmanes de que había sido víctima el culto católico y sus ministros, así como diversos enseres y edificios durante las primeras horas de la revolución» 46.
La jerarquía eclesiástica estaba a la expectativa, esperando que pasara aquella primera oleada anticlerical y las cosas volvieran a su cauce. Pero las medidas persecutorias parecían ir en aumento. «Sucesivas leyes determinaron la expulsión de los jesuitas, la supresión de todas las comunidades religiosas fundadas a partir del decreto dado por el ministro Calatrava en 1837, la desaparición de las Conferencias de San Vicente de Paúl, la anulación de las subvenciones estatales a los seminarios y el 6 de diciembre del mismo año de 1868, la derogación del fuero eclesiástico hasta tanto no se entablasen negociaciones con Roma en vista a la conclusión de un acuerdo definitivo en tal materia» 47.
No se hizo, pues, esperar la reacción, viva y contundente del episcopado. Sobre todo denuncian el reconocimiento civil y jurídico de la libertad de cultos que, a más de que vulneraba el texto concordatario, era considerado como una grave ofensa al sentimiento mayoritario de los españoles, «un fuerte obstáculo para la paz ciudadana y la consecución del bien temporal de los ciudadanos». «En un país en que la polémica religiosa alcanzaba temperaturas de ebullición; en el que se llegaba al linchamiento de una autoridad que sólo cumplía con su deber; en el que los discursos y controversias ateas se enseñoreaban de los círculos intelectuales y de las tribunas de los clubs, y las sátiras y caricaturas anticlericales más nauseabundas llenaban las páginas de gran número de periódicos, la nueva Constitución de 1869 consagraba, al fin, una de las banderas nunca arriada por los sectores más ardientes del liberalismo ochocentista desde los días de Cádiz; la libertad de cultos» 48.
A la libertad de cultos sigue en 1870 el reconocimiento del matrimonio civil, las insistentes reclamaciones de separación completa entre Iglesia y Estado, las dificultades puestas a nuestros prelados para que asistieran al Concilio Vaticano I (1869–1870) a más del reconocimiento de la supresión de los Estados Pontificios, los propósitos de secularización de los conventos, supresión del presupuesto del culto y clero, etc. 49. De otro lado, «el levantamiento de algunas partidas carlistas, de las que se sospechaba contaban con el concurso del clero, en el mismo verano de 1869, dio nuevas alas al radicalismo de los gobernantes madrileños, que parecen imprimir la tónica a sus relaciones con la Iglesia» 50.
El movimiento fue acogido a su vez en Cataluña, dando motivo a una mayor expansión de las tendencias republicanas y federalistas, que hace que se convierta pronto en un fenómeno de masas al amparo de los evidentes adelantos en que se hallaba el Principado respecto a las restantes zonas del país. En Barcelona se forma en seguida una junta revolucionaria y se llevan a cabo medidas anticlericales, que al extenderse por todo el territorio promovieron igualmente graves protestas de los obispos catalanes, concretamente del arzobispo de Tarragona Francisco Fleix y Solans y de los obispos de Tortosa y Barcelona, Vilamitjana y Montserrat y Navarro 51.
Al igual que el de Barcelona, el de Tortosa dirige el 29 de octubre una representación al Ministro de Gracia y justicia, Sr. Romero Ortiz, contra la aplicación de la ley del 18 del mismo mes. Y con el de Tarragona, eleva una nueva exposición, protestando contra las actitudes que en materia religiosa habían adoptado, respectivamente, las autoridades de Reus y Tortosa 52.
Como los de Reus se ufanaban de haber sido los primeros en implantar en España el matrimonio civil, la junta revolucionaría de los de Tortosa negaba a prohibir las procesiones exteriores del culto católico por estimarlas alteraciones del orden público. «No vale –alegaba el obispo Vilamitjana en su Exposición– aducir peligros de conflictos y de perturbaciones de orden público. ¿Estamos tal vez en Ginebra o en el Japón? España, a Dios gracias, no es patria de herejes o país de infieles. En España hay, desgraciadamente, indiferentes prácticos; hay también algunos librepensadores o incrédulos; pero los primeros, si son fríos en religión, no por eso la aborrecen ni mucho menos la mofan–, creen y hasta desean amar; y al fin, en la hora de la muerte, –si no antes, despiertan del letargo a la luz de la eternidad, ven claro, y se arrojan resueltos en brazos de tan buena Madre. Los incrédulos aborrecen, es cierto; pero en España guardan para sí su odio, contenidos por el propio buen sentido enfrente de la actitud religiosa de la inmensa mayoría. ¿De dónde, pues, nacerían los conflictos? ¿En dónde está el peligro de las perturbaciones del orden con motivo de los actos públicos del culto católico?» 53.
En este contexto hemos de movernos, si queremos valorar, en todo su contenido, las futuras actuaciones de don Manuel. Por ahora se limita a promover una verdadera campaña, con tintes de exaltación religiosa, entre los católicos tortosinos. «La fe ha obtenido un triunfo –habla a seguido de una función de desagravios celebrada en Tortosa el día de la Ascensión de 1869–, y a pesar de las prevenciones de la impiedad y sin que mediara excitación alguna; y a pesar de las voces continuadas que se habían propalado de impedir esta solemnidad, Tortosa está de enhorabuena: Tortosa..., la patria de tantos héroes y mártires de la legitimidad 54, dominada desde septiembre por el cinismo de unos cuantos revolucionarios que la han impuesto su despótico yugo, haciéndola desaparecer, deshonrándola, como anticatólica ... » 55.
A don Manuel le duele la España de entonces, y de manera particular «su Tortosa»: «Estamos bajo la presión de la crisis más peligrosa de cuantas ha atravesado nuestra madre patria. El presente nos inquieta, la incertidumbre del porvenir nos angustia. ¿Quién podrá calmar las agitaciones de nuestro corazón?... ¡Tortosa, patria mía! Muchos han sido tus pecados; muchas también tus tribulaciones. ¡Cuántas ofensas hemos presenciado en estos años! ¡Cuántos castigos nos (te) ha amagado la Providencia! ¿Qué se ha hecho [del aquella paz a la sombra de la cual un día vivías feliz? ¿Cuál ha sido nuestra situación (la intranquilidad) de algunos años a esta parte?» 56.
En momentos de suprema generosidad llega a ofrecerse él mismo como víctima propiciatoria por la salvación de España y de Tortosa, e invita a sus amigos a que hagan lo mismo. Sobre ello reproducimos otro de sus testimonios, de 1871, cuando está pensando en fundar un nuevo instituto de religiosas, dedicadas a reparar de modo especial al Sagrado Corazón de Jesús:
«Eran los primeros días de la revolución de 1868. Catedrático entonces del instituto y con el cargo de director de las religiosas en que todavía continúo [la Clarisas], tuve que presenciar muchos extravíos; los pecados que entonces se cometían en mi estimada patria angustiaban mí corazón, como el de todas las almas buenas, y temía un castigo del cielo. Algunos se ofrecieron a Dios víctimas y el Señor los aceptó. Yo también me ofrecí, y el Señor sin duda no me quería. ¡Quién sabe cuántos males detuvieron 57».
Como medida de propaganda utiliza El Amigo del Pueblo, que dirige su amigo Enrique de Ossó, para el que escribe numerosos borradores que afortunadamente se han conservado. Siguiendo la línea adoptada por los obispos de la provincia tarraconense, pasa con ellos al terreno de la interpelación y a la exigencia de unas razones que, por imposibles y arbitrarias, difícilmente podían ofrecerle sus contrarios. De este modo, cuando se trata de suprimir conventos y de expulsar a las religiosas, les argumenta decidida y contundentemente: «¿A qué principio del programa liberal podrá invocarse para arrancar a las religiosas de sus asilos? ¿La libertad de asociación? ¿La libertad de cultos? ¿La inviolabilidad del domicilio? Todos ellos claman a favor de su conservación...
No se nos invoque la conveniencia política, pues ésta no debe oponerse a las leyes de la justicia, que es ley de suprema conveniencia... Los conventos de religiosas son como los eternos centinelas de las generaciones a través de la noche de los siglos, que nos elevan de continuo a la idea de una vida superior a la del cuerpo; son como las lámparas del santuario dedicadas a arder ante Dios durante el sueño de nuestra tibieza y de nuestra indiferencia ... » 58.
A don Manuel –no le preocupa la política; durante su vida se mostraría siempre enemigo de ella: «¡Oh fatales preocupaciones políticas! –escribe a uno de sus operarios– ¡Jesús nos libre de ella, a todos, a todos, a todos! » 59. Pero no puede dejar de advertir, y sobre todo en estos tiempos, de los peligros que una política sectaria podría ocasionar a los ciudadanos. De aquí que siga clamando cuando bajo el llamado tripartito liberal, de Prim, Serrano y Topete (1868–1870) se aborda el tema religioso en las Cortes Constituyentes, –recordemos su tristemente célebre sesión de las blasfemias– y se llega a proclamar en ellas la libertad de cultos (6 de abril de 1869); o cuando ve que en Tortosa se celebra en ese mismo año el primer Congreso federalista donde se pretende reunir a Cataluña, Aragón, Valencia y Baleares en un estatuto de regionalismo autónomo, «para todo lo que se refiera a la conducta del partido republicano y –a la causa de la revolución» 60. «Las Cortes Constituyentes del Reino –advierte a sus lectores– van a abrirse; cuestiones de mucha trascendencia van a ser discutidas... No nos ocuparemos de la cuestión política de forma de gobierno; aunque vital, aunque de mucha importancia, esta cuestión, la diferencia de pareceres..., imposibilita el obrar con una acción común y unánime. Una cuestión hay, sí, que pertenece a todos, que nadie puede mirar con indiferencia: la cuestión religiosa, la cuestión de cultos. Todos somos católicos: ¿qué español hay que lo niegue en el fondo de su corazón?... Si algún español pudiera haber sin fe, sería para no tener ninguna; porque si se resolviera a aceptar alguna, sería la católica. ¿Quién hay que pueda dudar de esta afirmación? Pues bien: la cuestión de libertad de cultos va a solventarse en las Cortes Españolas, en las Cortes representativas del sentimiento del pueblo español; ¿Y se sabe bien claramente lo que es la libertad de cultos? Es el reconocimiento práctico de la igualdad entre la verdad y el error...» 61.
Con la llegada del nuevo rey, Amadeo de Saboya, lejos de amainar la tempestad, empeora. «En ésta –escribe don Manuel en 1872–, aunque tranquilos, aguardando el reinado de los rojos, sobre todo desde el descalabro de Cabrinetti 62, porque Barcelona dará el mal ejemplo de tropelías y desmanes» 63. Y los desmanes se irían repitiendo en Tortosa a cuenta de los «cipayos tortosinos», ¡como él mismo los llama; «esos que clamaban contra la existencia de los ejércitos y piden ahora su aumento, organización y disciplina; los que predicaban la abolición de la pena de muerte y multiplican los asesinatos; los que aparentaban aborrecer la empleomanía y devoran con afán los destinos; los que querían libertad de imprenta y la ponen una mordaza». «Pero, ¿dónde vamos? –exclama entre irónico y desenfadado–; cada uno de sus principios los escarnecen» 64.
No es posible fiarse de ellos y lo advierte a todos con valentía: «Hazañas de nuestros hombres republicanos ... ; nuestros prohombres democráticos, los amantes del orden, de la libertad, del respeto al individuo; los procuradores del libre ,sufragio, de la inviolabilidad, etc. etc., están haciendo heroicidades dignas de los cafres... Que lo mediten nuestros liberales porque el día que exasperado el honrado sufrimiento de la gente de bien, se resuelva a una defensa, además de lícita, necesaria, ya saben que cuentan con más valor y más elementos que ellos, que no tienen otra virtud que una villana cobardía... Y cuando amanezca el día... que no se quejen de las justas represalias de un pueblo tanto tiempo burlado con sus insultos...» 65.
En 1873 se va don Amadeo y sigue la 1 República, triste panacea de cantonalismos, motines, anarquías, y desafueros de toda clase. Don Manuel prepara entonces otro artículo, que hubiera debido salir en El Amigo del Pueblo y de cuyo borrador entresacamos la siguiente proclama:
A los verdaderos españoles:
El Gobierno que se llama republicano ha venido a posesionarse de la ya trabajada Nación española. Es la última fase de la revolución en España. El mismo Gobierno confiesa que es la última esperanza de libertad, esto es, que después de ella ya nada queda para probar y nada puede ya subsistir, ni pueden resolver los Gobiernos que se han ensayado.
Ahora bien: ¿qué conducta debemos seguir los españoles verdaderos, esto es, los que no participamos de las ideas extranjeras, que son las que han dominado en los Gobiernos de nuestra Patria de algunos años a esta parte? Muy marcada la tenemos. Si el actual Gobierno es fiel a sus principios y no hace lo que los anteriores que al subir al poder han rasgado su programa, nada tenemos que hacer: nuestra actitud debe ser pasiva. Solo debemos procurar no tomar parte en sus manifestaciones, en sus luchas, en sus disensiones; que ellos solos bastarán para desacreditarse y apresurar el tiempo de los principios españoles, y nada tendremos que ver con ellos.
Pero si, siguiendo el ejemplo de los otros revolucionarios que les han precedido, reniegan de su programa; si el proclamar la libertad de asociación se convierte en tiranía contra las sociedades que no les plazcan; si la independencia en opiniones religiosas se convierte en persecución contra el catolicismo; si la fraternidad en robo y pillaje.... entonces ¡preparémonos, españoles verdaderos!... Recordad la frase del inmortal Aparisi, que pocos meses antes de morir 66 decía ya: «El que no tenga arma que la compre y el que la tenga que la guarde; y el día de la justicia y de la ley, que no está lejano, se les pedirá, no con la venganza sino con la justicia, ojo por ojo y diente por diente»... No se requiere más que actitud, decisión y materia prevenida... No seáis ya vergonzantes católicos, ni os dejéis llevar por la cobardía de vuestro espíritu... ; secundar toda empresa dirigida al bien del catolicismo y de la monarquía 67.
Puede verse, pues, con qué intensidad repercutían en el corazón de don Manuel las desventuras de la Patria. En esos años suele repetir intenciones de misas «Pro Hispania», «pro necessitatibus Hispaniae», «por nuestra España» 68; y por ella pedía oraciones en las «súplicas» de sus fervorines. Felicitando a una señora en el día de san José de 1873, anunciaba a modo de coletilla: «Que el Protector de la Iglesia nos mire compasivo. Que mueva el brazo de Jesús. Que derrame sus bendiciones sobre la pobre España, y luzcan días tranquilos para el bien de las almas. Esto le pedirá usted en este día, sin olvidarse de mí y de su Tortosa. Seguimos tranquilos en ésta, pero temo no sea presagio de tempestades. El infierno hará un esfuerzo último, tal vez decisivo, si Dios no ata sus bríos, como confío al mismo tiempo. Hay muchos motivos para temer y muchos para confiar» 69.
También provocaba su temor la falta que se iba sintiendo de sacerdotes y de vocaciones. Pasada la primera tormenta, escribía a su primo el padre Marro el 28 de abril de 1882: «Van falleciendo muchos sacerdotes y se ordenan pocos. Pida a Jesús por el aumento de vocaciones eclesiásticas y por la desaparición de las leyes de quintas, que han venido a mermar las pocas vocaciones que había. ¡Pobre España nuestra! ... » 70. Y años más tarde, en una fiesta del Reservado en el colegio de Tortosa, decía a sus seminaristas: «Pedidle a Jesús en primer lugar por nuestra pobre España. El año anterior, el día de san José, os recomendaba oraciones por ella. Dios no ha querido, aparentemente, escuchar nuestras oraciones por los pecados sociales y políticos que han convertido en solitaria a la que era la señora de las gentes. Pedidle que por la intercesión de los Santos españoles, se conviertan las actuales humillaciones en gloria de Dios y en nuestra verdadera restauración» 71. Todo lo que a ello se refiriera le obsesionaba y por ello trabajaría sin cesar: «Formar un apostolado de todos los sacerdotes –solía repetir– y salvar a España: ¡Esa es nuestra ambición!» 72.
3. Amor al Papa. Su primer viaje a Roma (1870)
Con el amor a España don Manuel compaginaría, a través de toda su vida, un grande amor a Roma y al Papa. Desde los primeros años de su sacerdocio tenía vehementes deseos de visitar la capital del orbe católico. El 24 de mayo de 1870 podía escribir con este motivo a su amigo don Froilán: «He decidido ir a Roma y así lo tengo indicado a mi familia. Desde que resolví hacerlo, después de la contestación que tuve de mi prelado, me ha sobrevenido una aprensión tal, que no sé si es tribulación o mal presentimiento o que no es la voluntad de Dios. Mañana D.m., lo pondré en manos de El y me resolveré. En caso afirmativo, saldríamos ya el domingo próximo, 29, junto con el cura de Alfara y el de Mora y Ossó [don Enrique] y tal vez Corominas [don Juan, canónigo y rector entonces del seminario]. Encomiéndeme a Dios y que nos bendiga, si marchamos» 73.
Es curioso que como en este, también en otros incidentes que le ocurrirán más adelante, don Manuel se muestre a veces un tanto inseguro y escrupuloso. Necesita consejo y lo busca o bien en sus directores espirituales, o bien en sus mismos amigos. Ahora tenemos el testimonio de uno de éstos, el padre Ferigle, S.J., que sobre el mismo particular le escribe desde Toulouse (Francia): «Amadísimo don Manuel: Acabo de leer su favorecida última. Me alegro infinito que lleguen a su realización los sueños dorados que tanto tiempo ha bullían en su imaginación... No sé por qué tiene temor de emprender un viaje tan hermoso. Nada hay que temer por ahora ... » 74.
Al fin pudo salir de Tortosa el deseado día 29. De todo el viaje fue haciendo una especie de Diario, del que sacamos tanto el itinerario que con él siguieron sus compañeros peregrinos, como las impresiones, siempre edificantes, que le produjeron los lugares que recorrieron y los personajes que fueron conociendo 75. Recogemos las que pueden ofrecernos mayor interés.
De Marsella, a donde llegan en ferrocarril, salen para Civitavecchia en el vapor «Esteban». Muy accidentada debió ser la travesía, pues, durante ella, a continuación de la palabra «malestar ... », añade otras harto significativas: «Un voto ... », «otro voto».
El 3 de junio veía por vez primera la Ciudad Eterna. Lo primero que hace es visitar a los obispos Vilamitjana y Sanz y Forés que estaban en Roma con ocasión del Concilio. Luego comienzan sus peregrinaciones por las iglesias y monumentos de Roma, asomándose alguna vez a las sesiones conciliares en que participaba el mismo papa Pío IX. El día 16, fiesta del Corpus Christi, pudieron presenciar la solemnísima procesión alrededor de la plaza de San Pedro. Apunta entonces en su «Diario»: «Bello efecto de Pío IX con el Sacramento. Entrada en la basílica. Subida al palacio. Recogimiento de Pío IX. Vuelta a casa con el prelado de Tortosa. Calor en el puente ... ».
En la tarde del 12 visita por vez primera el edificio de Montserrat –iglesia y hospital nacional de los españoles– y saluda al rector del mismo; el 20 celebra la santa misa y entra por vez primera también en el convento de trinitarios españoles de via Condotti: lugares ambos que tanta importancia habían de tener, años después, en la vida de don Manuel, sin que entonces ni de lejos pudiera sospecharlo. Ese mismo día fueron recibidos en audiencia por Su Santidad. El 21 «misa en San Andrés de los jesuitas [noviciado de la Compañía de Jesús], en el altar de san Estanislao. Primera impresión. Ofrecimiento de mi vida a Jesús ... ». El 4 de junio, en la iglesia de san Andrea delle Fratre, con ocasión de unas solemnes exequias que en ella se celebraban, conocen a un joven zuavo pontificio, el príncipe Alfonso de Borbón, hermano de don Carlos; días más tarde le visitan y le hacen entrega –notemos esta faceta monárquico–carlista– de una santa cinta que para él les habían dado en Tortosa.
Otro día conocen al padre Claret, de quien quedan impresionados por su gravedad y modestia. El 30 de junio partieron de Civitavecchia para Marsella y el 11 se encontraba ya don Manuel en Tortosa. Otras impresiones no tenemos del viaje, a no ser las que deja caer en una carta –la única que sepamos que escribe desde la misma Roma y en la que encontramos algunas noticias, a más de gráficas, significativas del carácter de don Manuel:
No me encuentro –dice– muy bien esta tarde y he dejado ir a mis compañeros y aprovecho un momento para ti, ya que estoy solo, por más que no tenga mucho humor... Puedes creer que quedé muy complacido de tu carta, pues estaba como ansioso de saber algo de esa. Dios te lo pague. Yo te lo recompensaré encomendándote a Dios y enviándote alguna bendición. Además de la satisfacción de la carta, el día 7 tuve una tarde feliz. Fuimos con don Benito 76 y demás a Santa María la Mayor, donde había rogativas y acudían infinitas congregaciones de vestas 77 de mujeres en procesión, comunidades religiosas, etc. Hicimos un ratito de oración y después pasamos a Santa Práxedes que está muy cerca, y donde se conserva la columna de los azotes donde fue atado el Señor y donde se conservan las reliquias de más de 2.300 mártires. Hicimos un gran paseo yendo los dos solos delante, pero como sabes que don Benito es tan charlatán, no salimos de la conversación sobre el Concilio. El creía que podríamos vernos todos los días y está algo resentido, pero no ha podido ser hasta ahora ... ¿Qué te diré de Roma? Hay muchas cosas buenas, muchos recuerdos, etc., etc.; pero, no sé si tengo el corazón demasiado pequeño, que después de verlo todo no encuentro aquella satisfacción que observo tienen los demás. Te confieso que casi desearía volverme, pero no lo digo a los compañeros, ni quiero que tú lo digas. Sin embargo, no por ello me arrepiento de haber venido, porque al me. nos descansaré esta temporada... 78.
4. Confidente y director de espíritus
El texto que acabamos de transcribir da lugar para que nos fijemos en otra de las facetas que desde el principio fue también característica de sus actuaciones y apostolado. Nos referimos a su «oficio» de consejero, confidente, o en frase ya consagrada, de director de almas. Entre sus cartas abundan las que en este sentido dirige a numerosas personas y sobre todo, con delicadeza aunque con ostensible predilección, a las religiosas. Este campo se le daba muy bien a don Manuel, como lo reconocen sus mismos amigos. «Dios le ha hecho a usted para monjas» le dice con cierto gracejo Sanz y Forés en una carta de 1868 79. Y cuando años antes éste ha de dejar Tortosa para ocupar su nuevo cargo de Madrid, aconseja a una de aquellas personas a quien dirigía espiritualmente: «Mira, te he buscado un director del que nunca te ha de pesar, Es aún joven de edad, pero de mucha virtud. Yo te aseguro que es un sacerdote que promete y que dará mucha gloria a Dios» 80.
Efectivamente, don Manuel, entonces con 30 años, ya tenía fama de varón espiritual y circunspecto, con esa prudencia y delicadeza que siempre ha requerido la Iglesia para cargos tan delicados. Le ayudaba un don de gentes que todos le reconocían y la confianza que inspiraba su trato y conversación, En La Aldea, en Valencia o en la parroquia de Santiago se lleva tras de sí a gentes de todas las condiciones sociales. Y ahora, su confesionario de la iglesia de San Antonio o de San Blas, como enseguida serían los de los conventos de las Claras o de las Sanjuanistas, se verían asediados por los que a él recurren en busca de consejos, de ayuda o de consolación.
Desde que llega a Valencia en 1863, solía ir al vecino pueblo de Ulldecona para confesar y atender espiritualmente a unas religiosas. Igualmente lo hacía con otras de Tortosa, y ya se manifestaba en él un «algo» especial para escoger de entre las jóvenes a quienes pudieran sentirse con vocación de monjas 81. «Lo que importa –le escribía Sanz y Forés– es que entren buenas; a Vd. toca hacerlas santas. Le cuestan a Vd. esos mongios dinero y paciencia.. Delo por bien empleado, ya que le encomendarán a Dios» 82.
Don Manuel lo venía haciendo desde que era seminarista 83 y en los primeros años de sacerdote, como se lo recordaba, en 1897, a sus buenas monjitas de Ulldecona: «Yo no puedo olvidar, y esta tarde lo recordaba, cuando jovencito todavía se me invitaba –y yo aceptaba con sumo placer– la venida a este pueblo para visitar a las monjas, que se me hacía por personas muy queridas de mi familia... Y luego, ya sacerdote, joven aún, en tiempo del Sr. Vilamitjana, dediqué algunos viajes y me sentaba en el confesionario... Y no puedo olvidar la historia del levantamiento de esta nueva iglesia... Y pude presenciar la alegría de esta casa el día de su inauguración, en la cual se me honró, sin merecerlo, con ser el celebrante en aquella famosa fiesta. Tareas posteriores y caminos que el Señor me ha abierto posteriormente han cortado la cadena de aquellas comunicaciones exteriores, pero no el hilo de mi afecto a esta casa, que está basado en tantos recuerdos» 84. Y años antes, en 1874, confiaba a una religiosa del convento de la Purísima de Tortosa: «Este nombre –¡convento de la Purísima!– absorbía mí mente y mi corazón los primeros años de mi sacerdocio. En él tenía puestas todas mis ilusiones hasta que el Señor me marcó otros campos» 85.
Tal apostolado le sigue absorbiendo durante su estancia en Valencia. Su amigo don Froilán le escribía desde allí, en 1868, con familiaridad un tanto picaresca: «No deje de venir usted [a Valencia], que las Marías han empapelado la sala para cuando llegue el hijo mimado». Y luego: «Anteayer fui a ver a las Marías y como usted puede suponer, nuestra entrevista fue cordial y afectuosa por demás. Mosén Sol fue la salsa... No menos afectuosa y cordial fue la visita que hice ayer a las del santo Hospital. Cuentan que cada vez que oían el silbato del tren pensaban que venía yo, llevándoles como fiel mensajero nuevas de su bienaventurado padre... ¡Jesús, y qué hijas más amables! Todo lo sufren con gusto: penalidades, sufrimientos, sacrificios... Todo les causa placer: las enfermedades, las mortificaciones, la cruz... Pero, con lo que no pueden, lo que se les hace imposible, es la pérdida de su padre mosén Manuel Sol... » 86.
Desde lejos le seguía animando el Sr. Sanz y Forés en tan difícil y delicada tarea. A veces le felicita por «haber entregado a Jesús algunas esposas»; otras se alegra de que «siga santificando a su rebaño y se logre el fin propuesto». «Dios le ha hecho a usted para monjas –le repite de nuevo–; va usted a adquirir fama. Lo mismo fue salir yo de esa que hacer explosión las vocaciones comprimidas o en infusión y poblarse los claustros, en cuanto a la tibieza de mis prisas y rabietas se sobrepusieron los ardientes rayos de sol. ¡Bien!» 87. Las mismas madres de familia recomendaban a sus hijas que fueran a ver a don Manuel. «Ponte buena, hija mía –solía decir una de ellas–; disponte para ir a Tortosa con el intento de ver a mosén Sol, al varón santo de Dios» 88.
Tenía, igualmente, el don singularísimo de conocer e intuir vocaciones. Así lo confiesa un ferviente admirador suyo, don Juan Aragonés, párroco de Sierra Engarcerán: «¡Era un santo! Olía las almas buenas y con divino instinto las conocía». Cuando se ponía al alcance de su mano alguna de las que él entendiera ser «buena para amiga del Señor», según decía santa Teresa, no la dejaba ya. Una religiosa del Real Monasterio de San Juan de Jerusalén, sor Josefina Sol, parienta de don Manuel, escribe:
Mi primo hermano, mosén Sol, venía a mi casa como visita de familia, pues amaba mucho a mis padres. Yo tenía pocos años y le tuve por un ángel. Sus conversaciones eran edificantes, y cuando hablaba de las religiosas yo le escuchaba con mucho gusto. Me decía que eran ángeles, los pararrayos de la ciudad, víctimas por amor de Jesucristo. Sus dulces palabras quedaron grabadas en mi tierno corazón. No dudo que Dios nuestro Señor, por medio de él, me llamó a la vida de clausura con tanta fuerza, que nada del mundo me detuvo para entregarme enteramente a Jesús 89.
Tanto a ésta como a otras les proporcionaba libros para que se preparasen, breviarios, profesores de canto, etc., así como les costeaba parte o a veces la dote entera para entrar en el convento. Con la sencillez de una muchacha de pueblo, nos cuenta lo que le sucediera a ella misma la antigua doméstica de la casa de don Manuel, Filomena Tarragó:
Conocí al Siervo de Dios, cuando tenía 16 ó 17 años, en ocasión de venir de mi pueblo a ver la procesión del domingo de Ramos, que por aquel entonces se celebraba con mucha solemnidad. El motivo de conocerle fue por el deseo que tenía de ver un convento de monjas que nunca había visto, y para satisfacer mi deseo me llevaron a la iglesia de Santa Clara. Vi a un sacerdote en el confesionario y pregunté quién fuera él. Las que me acompañaban me dijeron que era el señor vicario de las monjas, don Manuel Domingo y Sol. Me vinieron deseos de confesarme y así lo hice.
El Siervo de Dios se dio cuenta de que yo no era de Tortosa. Me preguntó por mi casa y familia y que si tenía vocación religiosa. Como yo era huérfana de padre, encomendó al cura de mi pueblo para que hablara con mi madre y la pidiera autorización para que yo me quedara en Tortosa y para que aceptara la propuesta y la protección que me ofrecía el Siervo de Dios para prepararme a ser religiosa. El cura de mi pueblo que intervino en todo este asunto, era don Juan Bautista Descarrega, condiscípulo y amigo del Siervo de Dios, cuya familia me había acompañado a Santa Clara y me había dado hospitalidad durante aquellas fiestas.
El Siervo de Dios me propuso estudiar música y aprender un poco de canto bajo la dirección del maestro de capilla de la catedral don José Vilas, y durante todo este tiempo viví en casa del Siervo de Dios más como una persona de la familia que como una criada, únicamente con el encargo de obedecer y ayudar a la señora María, hermana del Siervo de Dios 90.
A veces las jóvenes no querían confesarse con él por miedo a que las convenciera a hacerse religiosas 91; otras, las mismas madres se ponían en guardia para que el lladre–ladrón o «robador de almas buenas», como a veces decían de él, no se llevara a sus hijas para monjas. «Tienen razón las pobres –comentaba luego sonriéndose– ¡Mosén Sol es un lladre y aún no saben todas sus mañas!» 92. Y no faltaron ocasiones en que por esta causa más de alguna familia le pusiera en verdaderos aprietos. «Estos días estoy pasando una crisis terrible –decía en marzo de 1880– por una joven que quiere entrar en Santa Clara contra la voluntad de su familia. Creo entrará y moverá ruido su entrada». Poco después volvía a escribir: «Esta [Cinta Franquet] entró el jueves último y hubo una tempestad horrorosa en casa al saberlo, y su padre quería matar a mosén Sol y mis pobres hijitas me aconsejaban que me escondiera. Pero ya ha pasado un poco la tormenta» 93.
Su discreción de espíritus, sin embargo, le ponía en guardia sobre aquellas o aquellos que intentaban pasar al estado religioso sin tener a su juicio las debidas cualidades o la suficiente preparación. De ello tenemos también testimonios abundantes: «Tú no has de ser monja; tú te has de quedar en él mundo para ser el ángel de tu familia; tú te has de quedar en el mundo, porque entre los dos lo hemos de salvar». «Que Jesús la haga muy sufrida y resignada y muy prudente y un apóstol del Corazón de Jesús en su casa»; «Le digo a Jesús que estaré igualmente contento de que me la coloque en medio del mundo, sin consagrar, o consagrada también en medio del mundo; que yo le haré trabajar en cosas de su gloria, y que igualmente le daré gozoso mi bendición paternal» 94.
A unas y a otras atendía igualmente. Tal era la fuerza de atracción que iba ejerciendo, desde sus primeros años de apostolado, el joven sacerdote tortosino.
NOTAS
1. Partida de defunción: «Martes, día seis de setiembre de mil ochocientos sesenta y cuatro, Yo, el infrascrito, Pbro. cura de la Santa Iglesia Catedral de Tortosa, provincia de Tarragona, di sepultura eclesiástica en el cementerio de la misma al cadáver de Josefa Sol, viuda de Francisco Domingo, de esta ciudad e hija de los consortes Juan Sol, labrador de ésta y Manuela Cid, de Santa Bárbara, de esta provincia. Murió el día antes, de catarro pulmonar, de sesenta y cuatro años de edad, en la calle del Sto. Angel. Recibió los Santos Sacramentos y testó ante D. Ramón Guardiola, notario de ésta. Antonio Montané» (TAPC, Libro de óbitos: 1863–1870, vol. 13, n.º 186, f. 75v).
2. A. Torres, Vida, 43.
3. Por los datos que dimos supra, p. 22, nota 4, vemos que Francisco muere en 1888 a los 63 años y María en 1891 a los 58.
4. PO, declarac. de J. B. Calatayud, f. 906r.
5. Ibid., declarac. de María de la Cinta, fol. 140v; Torres, Vida, 45.
6. Ibid.
7. PO, declarac. de Francisco Mestre y de María de la Cinta. Esta calcula que son 20.000 (ff. 85r, 140v). En el testamento de los padres de don Manuel (de 25 junio 1848), éstos dejan 100 libras de plata para misas que han de aplicarse por cada uno; 200 duros a Francisca y Rosa por sus legítimas y 300 a Agustina para la misma; a María y Josefa 400 duros respectivamente. A don Manuel el piso donde viven, «sin perjuicio de la obligación de patrimonio eclesiástico que le tenemos constituido»; y a los otros hijos varones por herederos universales (RAH, carp. I, doc. 18).
8. PO, dedarac. del pbro. don Salvador Rey, f. 287v.
9. Refiérese a uno de sus cuñados, apunta Torres: Vida, 44, nota 3.
10. Ibid.
11. Lo recoge J. B. Calatayud: PO, f. 911r, así como testimonios parecidos que oyó a Froilán Beltrán, que tanto frecuenta la casa de don Manuel, y al arcipreste de Tivisa, José Miraballs.
A otra joven necesitada, Filomena Tarragó, luego maestra nacional, la recogió también en su casa mosén Sol durante cuatro años y medio para que se preparara aprendiendo canto y otros menesteres a entrar de monja en Santa Clara. Solo tenía el «encargo de obedecer y ayudar a la señora María, hermana del Siervo de Dios» (PO, declarac. de la misma, f. 556).
12. Ibid., declarac. del pbro. José Curto, f. 186v.
13. Ibid., declarac. de Elías Ferreres, f. 264v; Torres, Vida, 46–47.
14. PO, f – 556v.
15. Ibid., de Beatriz Gombau, de 78 años. Francisca vivió durante bastante tiempo en la casa contigua a la de la madre de la declarante (f. 580v).
16. Ibid., declarac. de Francisco Mestre, f. 82v.
17. Carta a Froilán Beltrán, 15 noviembre 1872: «Tengo cierta aprensión a verme precisado a los baños todos los años, si me lo pueden excusar los humores de mis manos y cara que hasta ahora no han hecho más que indicarse y no se han presentado como el año anterior» (E. II, Cartas, 1.º, 22).
18. «Acabo de levantarme de la cama, donde he estado tres días de un constipado. Doce años hacía que no había estado un día en la cama» (Carta a la madre Juliana, de Vinaroz, 7 marzo 1880; E. II, Cartas, 1.º, 111). Cuando dirige su primera plática a las religiosas de Santa Clara, al hacerse cargo de la vicaría y con sólo 31 años, les confiesa que «tal vez, con el tiempo, [el cargo] podrá ser un motivo de quebranto a mi ya no muy buena salud». Era el 15 de marzo de 1868 (V. el texto completo de la plática, intra, 100–103).
19. «Si no estuviera Vd. tan cansado y no lo fuera yo tonto, aprovecharía un momento para entretener su cansada imaginación». «Mi queridísimo amigo: Dos palabras porque estoy triste y amohinado»; «Tiene Vd. muchas picardías; si tuviera hoy humor se las haría pagar, per¿ tengo muy poco ... ; venga a consolarme un poco» (Cartas a Froilán Beltrán, de 2 agosto 1868, 24 mayo 1870 y 8 enero 1871; E. II, vol. 1.º, 3, 6 y 12). «No pue mes. Estic aufeganme» (Carta a la madre Escolástica, de Vinaroz, 29 diciembre 1877; Ibid., 2.º, 52).
20. E. III, Varios, 6.º, 114; carta de 1 abril 1881 a doña Ramona Puchol; E. II, Cartas, 1.º, 124.
21. Ibid., 2.º, 21: carta a sor Dominga Gimeno, 9 junio 1884.
22. Ibid., U, 49: carta a la madre Escolástica, de Vinaroz, 18 noviembre 1877.
23. PO, declarac. de J. B. Calatayud, f. 905r.
24. Guirnaldas, citadas, de 1565, 1566, etc. (E. III, Varios, 97 y 98). Solía infligirse las penitencias ante una auténtica calavera, que guardaba con llave en uno de los armarios de su despacho (Torres, Vida, 49).
25. E. III, Varios, 6.º, 129: papeles sueltos.
26. Ibid., 130.
27. E. II, Cartas, 1.º, 44: carta de 13 julio 1877.
28. PO, declarac. de Francisco Mestre, María de la Cinta y José Curto; ff. 85v, 139r, 188v.
29. RAH, «Cartas a don Manuel», carp. 18, leg. 2, doc. 3; PO, declarac. de Juan Estruel, f. 1917v.
30. Ibid., f. 190r; declarac. de José Curto. En plena revolución de 1868 le dice en carta a una señora: «No he venido personalmente, pues es mucho sacrificio para mí el dejar el hábito talar» (E. II, Cartas, – 1.º, 18).
31. Cuando, como ya hemos dejado indicado (cf. supra, p. 26, nota 16), se quiere echar abajo la capillita de la calle de su nombre, don Manuel trabaja por disuadir al ayuntamiento de tales proyectos. Económicamente ayuda a su reparación y procura que se siga celebrando su fiesta con la solemnidad de otros tiempos. Luego hará imprimir una estampa del Angel Custodio de la ciudad y será de los primeros a quienes se le ocurra levantar un monumento al Santo Angel de España en el Cerro de los Angeles (PO, declarac. de Francisco Mestre, f. 80v). De ello trataremos infra, p. 148s.
32. E. II, Cartas, 1.º, 2: carta de 27 julio 1867
33. Ibid., doc. 3: carta de 2 agosto 1868. En ella se firma «Dr. Sol», lo que solamente hace con los que tiene gran familiaridad.
34. Ibid., doc. 12, 21, etc.: Cartas de 8 enero 1871, 21 noviembre 1872, etc.
35. Cf. supra, p. 23, nota 5.
36. Cita de Torres, Vida, 49.
37. Sobre don Mariano, cf. supra, p. 58, nota 19.
38. Cita en Torres, Vida, 49.
39. Carta del señor Sanz y Forés, 28 diciembre 1871. (RAH, «Cartas a don Manuel», carp. 18, doc. 6).
40. Don Benito Sanz y Forés nace en Gandía el 21 de marzo de 1828. Profesor en el seminario de Valencia, pasa a ser canónigo lectoral de Tortosa en 1857. Abreviador del Supremo Tribunal de la Rota en 1866, obispo de Oviedo en 1868, arzobispo de Valladolid en 1881 y en 1889 de Sevilla. Fue creado en 1893 cardenal de la Santa Romana Iglesia. Muere en Madrid el 1 de noviembre de 1895 (ASS 4 [1888] 113; 14 [1881] 193; 22 [18891 326; 25 [18931 387). (Cf. un esquema biográfico que del mismo hace don Manuel [E. III, Varios, 6.º, 19] y la nota necrológica que aparece en El Congregante de noviembre de 1895. Pueden consultarse: P. Méndez Mori, El Emmo. Sr. Cardenal Sanz y Forés... algunos datos biográficos, Oviedo 1928; R. de la Sota y Lastra, Necrología del Emmo. Sr. Cardenal D. Benito Sanz y Forés, arzobispo de Sevilla, Sevilla 1906; J. Alonso Morgado, Prelados sevillanos..., Sevilla 1906, 878–974; M. de Castro Alonso, Episcopologio vallisoletano, Valladolid 1904, 442–463).
41. Enrique de Ossó y Cervelló había nacido en Vinebre, provincia de Tarragona y diócesis de Tortosa, el 16 de octubre de 1840 (cf. M. González, Don Enrique de Ossó..., 4 ss.).
42. En 1871 Ossó empieza a publicar «El Amigo del Pueblo», en el que colabora don Manuel. Fue suprimido al año siguiente por orden de la autoridad (cf. M. González, Don Enrique de Ossó.... 116 s.).
43. Don Manuel le ayuda a veces con ciertas aportaciones económicas. En su testamento pone entre los créditos a su favor: «Enrique de Ossó quedó a deberme de 150 a 200 duros» (cf. Torres, Vida, 53, nota l). Sobre el viaje a Alba, y a la vez a Avila y Salamanca: Ibid., 182.
44. Necrología de don Enrique de Ossó: El Congregante de San Luis (febrero de 1896) 1.
45. En la Guirnalda de mayo de 1867 apunta, entre sus peticiones: «Para el año que viene pido salud, destino y conservación de mi familia y tías» (E. III, Varios, 6.º, 99).
46. J. M. Cuenca, Estudios sobre la Iglesia española del siglo XIX, Madrid 1973, 85.
47. Ibid. c 86; cf. La Cruz 2 (1868) 348–352.
48. Cuenca, Estudios.... 87–89; Petición dirigida a Las Cortes Constituyentes en favor de la unidad católica en España, Madrid 1869. El 1 de abril de este mismo año, el marqués de Viluma, don Manuel de la Pezuela y Ceballos, presidente de la Asociación de Católicos en España, eleva a las citadas Cortes una petición, avalada por los votos de 3.448.396 españoles repartidos por 10.110 pueblos y ciudades, para que se mantenga con exclusividad en España el culto católico (Los recoge la obra citada, pp. 21–285). Como es sabido, no se le hizo ningún caso. Cf. sobre estos temas: N. González, Análisis, concepción y alcance de la Revolución de 1868: Razón y Fe 850–851 (1868) 333–356 y 443–462; P. A. Perlado, La libertad religiosa en las Constituyentes del 69, Pamplona 1970, 105 ss.; J. Pabón, España Y la cuestión romana, Madrid 1972, 43 ss.
49. Cf. J. M. Cuenca, La Iglesia española en tiempos de Pío IX, en Fliche–Martín Historia de la Iglesia XXIV, Valencia 1974, apéndice 1, 567 ss.; J. Martín Tejedor, España y el Concilio Vaticano I: Hispania Sacra 39 (1967) 99 ss.; J. M. Cuenca, La Iglesia española ante la revolución liberal, Madrid 1971; Tuñón de Lara, La España del siglo XIX, París 1968.
El Gobierno Provisional según el manifiesto de 25 de octubre de 1868, dio paso a las libertades: religiosa, de enseñanza, de imprenta, de reunión y de asociaciones pacíficas. Por decreto de 17 de marzo de 1870 se obliga al clero a jurar la nueva Constitución. La repulsa del episcopado fue unánime, a pesar de que desde Roma el cardenal secretario de Estado Antonelli declarara «que nada obsta para que los obispos y el clero Presten juramento a la Constitución de 1869» (cf. La Cruz 2 [18681 358–363; 1 [18701 691; 2 [18701 136–147).
50. J. M. Cuenca, Estudios sobre la Iglesia española.... 90.
51. Exposición del señor obispo de Barcelona al señor Ministro de Gracia y justicia: La Cruz 2 (1868) 439–442. Ver la excelente síntesis de C. A. M. Hennessy, La República Federal, Pi y Margall y el movimiento republicano federal (1868–1874), Madrid 1966, así como el cap. VII, «El episcopado catalán ante la revolución de 1868», que escribe J. M. Cuenca en su obra citada La Iglesia española ante la revolución liberal, 247 ss.
52. La Cruz 2 (1868) 470–472, 488 ss. Sobre tales desmanes y desafueros, ver M. Menéndez y Pelayo, Historia de los Heterodoxos españoles, VI, 241 ss., de la edición nacional de sus Obras completas, vol. 40, Madrid 1948.
53. Exposición del Sr. obispo de Tortosa: La Cruz 2 (1868) 537–540. Como los de la provincia tarraconense, también los obispos de otras provincias eclesiásticas elevaron sendas Exposiciones a las Cortes y al Gobierno. Ver, por ejemplo, la que mandan el arzobispo de Santiago y sus sufragáneos (Ibid.. 464 ss.). Además de protestar contra tantas libertades y secularizaciones, peligrosas propagandas, calumnias, etc. dan el alerta sobre el auge que el Protestantismo iba tomando en España. (Sobre esto último, cf. J. Estruch, Los protestantes españoles, Barcelona 1968).
En Tortosa, a más de la expulsión de los jesuitas, incautación del seminario y del colegio de San Matías, se suprime toda manifestación pública religiosa (procesiones, entierros, viáticos) y hasta el ayuntamiento ordena en 1870 que se sustituya el tradicional y cristiano «¡Ave María Purísima!» por el de «¡Viva la soberanía nacional!» y luego por el de «¡Viva la República española!» (Jover, Tortosa, 58 ss.).
54. En adelante iremos aludiendo de vez en cuando a esta faceta, diríamos que un tanto política de don Manuel.
55. Carta al padre Domingo Salvadó, O.F.M. [Tortosa 1869] (E. II, Cartas, 1.º, 4).
56. De un escrito, que luego recogeremos, titulado Tributo al corazón de Jesús, sobre el proyecto que tuvo de erigirle un monumento (E. III, Varios, 1.º, 57).
57. Carta a una señora, 1871 (E. II, Cartas, 1.º, 18).
58. ¿Qué mal han hecho las monjas?, borrador de uno de sus artículos (E. III, Varios, 6.º, g).
59. Torres, Vida, 868.
60. La Fuente, Historia eclesiástica de España... VI, 272; Menéndez y Pelayo cita un Consistorio de los librepensadores de Tortosa, de septiembre del 69, donde en una hoja volante arremetían contra el infierno, el limbo, el purgatorio y demás monsergas clericales, exhortando, para remate de todo, a las mujeres honradas a no creer en nada y a pasarlo bien en esta vida (Heterodoxos..., 423).
61. Borrador: E. III, Varios, 6.º, 5. Tal lenguaje, que a algunos pudiera parecer hoy extraño, era el usual de nuestros apologistas católicos de entonces. Recordemos, por vía de ejemplo algunas frases de Menéndez y Pelayo: «El genio español es eminentemente católico, la heterodoxia es entre nosotros accidente y ráfaga»; «El español que ha dejado de ser católico, es incapaz de creer en cosa ninguna» (Heterodoxos, 508). ¡Y las escribía en 1882!
62. Alude a José Cabrinety, comandante general de la provincia de Lérida, quien muere en la emboscada que le prepara el cabecilla carlista Savalls, el 9 de julio de 1873. Cf. J. de Bolós y Saderra, El carlismo en Cataluña. Conspiraciones en los años 1869–70–71, Barcelona 1930 y La guerra civil en Cataluña (1872–1876), Barcelona 1928.
63. Carta a Froilán Beltrán, Tortosa 15, 1872 (E. II, Cartas, 1.1, 22).
64. Borradores sueltos que tal vez habría preparado para El Amigo del Pueblo (E. III, Varios, 6.º, 6, f . 3).
65. Ibid.
66. Antonio Aparisi y Guijarro, que muere en 1872.
67. E. III, Varios, 6.º, 2; papeles sueltos, 3 ff., con tachaduras y frases incompletas.
68. Dietario de misas: E. III, Varios, 10.º, 11.
69. Cartas a doña Josefa Ferrer: E. II, Cartas, 1.º, 25.
70. Ibid., doc. 138.
71. 19 noviembre 1898, año del desastre de Cuba: E. I, Predicación, 3.º, 18.
72. A los alumnos del colegio de Burgos, en 1899: Ibid., 8.º, 102.
73. E. II, Cartas, 1.º, 6.
74. RAH, carp. 2, leg. 19. Carta de 24 mayo 1870. El jesuita se refiere, sin duda, al complot que se acababa de descubrir contra Napoleón en vísperas de la desastrosa guerra con Prusia del mismo año y a la difícil situación de Italia, promovida tanto por el Gobierno como por las sectas revolucionarias, y que el 20 de septiembre culminaría con la usurpación de los Estados Pontificios. El Concilio Vaticano I había empezado el 8 de diciembre anterior y ello sería, tal vez, una de las motivaciones del viaje de don Manuel.
75. Borrador del Diario: E. III, Varios, 10.º, 2–6.
76. El obispo Sanz y Forés.
77. Llaman así en Tortosa a los trajes que llevan los encapuchados que acompañan a los «pasos» en las procesiones de Semana Santa.
78. Junio de 1870: E. II, Cartas, 22.º, 34.
79. Madrid, 20 mayo (RAH, «Cartas a don Manuel», carp. 18, leg. 1, doc. 3).
80. Testimonio oral recogido por A. Torres de una religiosa tortosina, sor María de Padua, referente a una tía suya, Cinta Andrés, que se confesaba con don Benito (Torres, Vida, 57).
81. A una de aquellas niñas del primer catecismo de Tortosa, le escribe con motivo de su toma de hábito: «Apenas haber recibido la 1.º Comunión, su misericordiosísima bondad te rodeó de buenos amigos.... y te condujeron a la Catequística y Dios te condujo a mí» (Carta de 22 febrero 1874: E. III, Cartas, 1.º, 35).
82. RAH, «Cartas a don Manuel», carp. 18, leg. 1, doc. 5 (Carta de 28 agosto 1868).
83. Desde los 18 años, y como no pudiera hacer otra cosa, solía redactar solicitudes en demanda de limosnas con el fin de allegar fondos para proporcionar dotes a alguna de las jóvenes que deseaban ingresar en el claustro (Torres, Vida, 54).
84. E. I, Predicación, 9.º, 144.
85. Carta de 22 febrero 1874: E. II, Cartas, 1.º,35.
86. Valencia, 22 junio 1868: RAH, «Cartas a don Manuel», carp. 2, leg. 39, doc. 3; Torres, Vida, 55–56.
87. RAH, carp. 18, leg. 1, doc. 2; Ibid., leg. 1, doc. 3.
88. Torres, Vida, 57–58.
89. Ibid., 58–59.
90. Hemos recogido la declaración que ella misma hizo en el Proceso (PO, f. 556 s.). A. Torres (Vida, 59–60) escenifica el relato, añadiendo algunos detalles que tal vez oyera de la misma Filomena, de 80 años de edad cuando declara en el Proceso. Sabemos que, por razones de salud, no sería luego religiosa, quedando de maestra nacional hasta su jubilación (cf. supra, nota 11).
91. «Aún recuerdo, hija mía –escribía a una de ellas más tarde– cuando con tanta ingenuidad me decías que no querías venir a confesarte conmigo porque no te hiciera monja» (Torres, Vida, 61).
92. Le ocurrió en varios lugares, y con cierta espectacularidad en el pueblo de San Mateo (cf. Torres, Vida, 61).
93. Carta a doña Ramona Puchol (23 marzo 1880) y a la M. Juliana, de Vinaroz (6 abril 1880) (E. II, Cartas, 1.º, 35 y 116). A esta Cinta cuidábala de manera especial don Manuel: se conservan unas cartas que la dirige, como firmadas por la Virgen, del año 1871 (Ibid., doc. 13 y 14). Por el mismo motivo –testifica A. Torres––– el padre de esta misma novicia que se confesaba con don Manuel, indignado contra éste salió un día en su busca revólver en mano. Le aplacaron las sensatas y serenas palabras que le dijera don Manuel. «Ya Puede disparar si quiere», parece que empezó diciéndole (Vida, 62).
Diríamos que se dedicaba a la «caza» de vocaciones religiosas. En 1881 escribe a su amigo don Froilán: «Tenemos tres o cuatro más pedidas. ¿Qué haremos de tanta monja? Veo que no tenemos otro remedio que desmembrar unas cuantas y enviarlas a Tierra Santa» (E. II, Cartas, 1.º, 125).
94. Citas de Torres (Vida, 66 ss.), quien se alarga en casos más o menos parecidos.
6
Un "vicario sin paga"
I. CONFESOR DE RELIGIOSAS
1. Las monjas de San Juan y las Concepcionistas de la Purísima
El primer cargo oficial que tiene don Manuel como confesor de religiosas data de fines de 1867, cuando el obispo Vilamitjana le nombra confesor ordinario de las de San Juan de Tortosa y poco tiempo después de las Concepcionistas de la Purísima de la misma ciudad. Seguirá cuidando de todas ellas a lo largo de su vida, aun cuando como fundador de colegios y Director de la Hermandad tenga que ausentarse repetidas veces. Así lo refleja en numerosas cartas que dirige a religiosas de uno y otro convento. «¡Convento de la Purísima! –escribe en una que ya hemos citado, de febrero de 1874– ¡Oh, hija mía, y qué poco sabes los dulces recuerdos que este nombre me inspira! ¡Este nombre absorbía mi mente y mi corazón los primeros años de mi sacerdocio! En él tenía puestas todas mis ilusiones, hasta que el Señor me marcó otro campo. Aunque Dios me destinara a otra parte de la tierra, jamás se me borrarían las dulces emociones que un día sentí por él. Estas emociones... no han desaparecido, ni desaparecerán jamás. Ya ves, pues, que te deposito en un lugar donde ha habitado la mitad de mi corazón, y de donde no se separará jamás» 1.
En 1892 les recuerda de nuevo el apostolado que había venido ejerciendo entre ellas «desde hace tantos años, desde los primeros fervores sacerdotales» 2; Y en una noche de Navidad les dirige esta memorable plática, que recoge sus primeras inquietudes y emociones en campos que tanto le entusiasmaban. La reproducimos a continuación:
Mis hijas: Otra vez el Señor nos concede reunimos aquí, en ese pequeño, humilde y santo recinto de tantos recuerdos para saludar la aurora de este día memorable.
Otra vez más, el Señor, en sus inagotables bondades, nos permite saborear aquí, en el silencio de esta noche, el fruto de una vida brotado del corazón de María.
Una vez más, venimos a percibir las claridades de esta fiesta y a gozar de los dulzores de nuestra consagración a la Virgen... Veinticinco años hace que, desprovisto del candor de la niñez, pero revestido del carácter sacerdotal y santamente atraído y seducido por una anciana venerable de esta casa, he venido sin cesar, excepto ligerísimas excepciones, y dejando todos los otros compromisos, a asociarme a vuestro regocijo, y a ayudar los sentimientos de vuestra piedad en este acto de la comunión. Y desde entonces, y durante este tiempo y estos años ¡cuántos recuerdos en este lugar! ¡cuántos acontecimientos! ¡cuántos alegres cánticos han resonado en este recinto, en fiestas santamente bulliciosas! Mas también... ¡cuántos días de ansiedad y de angustia, cuando la impiedad revolucionaria se cernía sobre esta casa y amenazaba esta vivienda, y teníamos que celebrar a puertas cerradas!...
¿Qué os diré yo, hijas mías, en estos días que simbolizan tantos recuerdos? Son tantas ideas que os habré expuesto, que nada puede ofrecer novedad 3.
Pronto añadiría a esta tarea una de las grandes ilusiones de su vida: la de ser vicario, confesor y padre espiritual de las monjas clarisas de Tortosa.
2. Convento de las Claras
El 10 de marzo de 1868 don Manuel es nombrado vicario y confesor ordinario, «sin paga» como él mismo se autodenomina 4, de las monjas franciscanas del convento de Santa Clara, tan estimado y de tanta tradición en Tortosa como ya dejamos anotado 5. Se haría cargo de aquellas religiosas –35 había en el convento y su abadesa era la madre Concepción Odenago 6– con un celo, mimo y asiduidad verdaderamente impresionantes. Contaba entonces 31 años y se comprende que en la diócesis extrañara la concesión de tal nombramiento, reservado generalmente para sacerdotes mayores y, al menos en apariencia, más experimentados. Mosén Sol lo deja entrever en la primera plática que dirige a las religiosas, cuyo texto, por su riqueza de contenido y, por la manera sencilla con que en él se presenta para llevar a cabo su. programa de apostolado con las religiosas, merece que ahora lo reproduzcamos. El mismo la titula: «El día de mi entrada en la Vicaría, 15 de marzo de 1868»; y continúa:
Mis hermanas en el Señor, e hijas predilectas en el Corazón de mi Señor Jesucristo. Permitidme que os dé este nombre. Es la primera vez que lo dirijo a religiosas. Y aunque debiera llenarme de un santo rubor al pronunciarlo, me veo obligado a hacerlo.
No es preciso os indique [el] destino que Dios ha querido marcarme por medio de la obediencia; el Señor ha querido cargar sobre mis débiles hombros el cuidado 7 [de vuestras almas]. Y al presentarme hoy por primera vez ante vosotras con este carácter, no puedo menos de confesaros y exponeros la lucha o bien, la debilidad por que pasó mi espíritu cuando oí de la boca de mi Prelado esa comisión completamente inesperada y nunca jamás sospechada.
Y cuando al considerar en el silencio y la reflexión la obra que tenía que desempeñar, me ocurrían a mi imaginación mil ideas encontradas, que no acertaré a explicaros. Y se me representaba la santidad de este lugar, para mi respetable cual ninguno. Sin duda, las impresiones que recibí en mi infancia, al pisar el umbral de este claustro, único que visité hasta después de mi ordenación; aquellas ideas, digo, que me hacían consideraros como seres extraordinarios, renacían en mí en aquellos momentos y se me ofrecían vivas en mi imaginación vuestras santas antepasadas, como estatuas graves y silenciosas, reprendiendo mi atrevimiento, por querer penetrar en el fondo de vuestro santuario; y contemplaba vuestras bellas virtudes, plantadas algunas de ellas y cultivadas todas por manos ¡ay! miles de veces más delicadas; y vuestra ilustración y conocimientos en materia de espíritu... y me confundía al considerar mi consentimiento, que había prestado. Y entonces, cuando para calmar mi intranquilidad quería buscar alguna idea consoladora que me animara, ¡ay!, tropezaba, para más amargura, con mi poca edad, con mi ninguna experiencia, con mi falta de conocimiento. ¡Cinco años sin haberme podido dedicar al estudio! ¡Novel en la dirección de los espíritus ... ! Y mil otras ideas, que no es preciso os indique, me abatían verdaderamente el ánimo, en medio de la satisfacción, si es que alguna podía tener, por la deferencia de mi superior...
Pero, perdonad, hermanas mías, si os ofendo con ello; era que entonces, en aquellos amargos momentos, no fijaba mi vista más que en mi insuficiencia; era que olvidaba completamente vuestra bondad, vuestra indulgencia para conmigo, y de la cual tantas pruebas tengo recibidas, vuestra caritativa y condescendiente virtud. Me olvidaba, perdonadme si me atrevo a presumirlo, me olvidaba de vuestra benevolencia y de vuestra futura, espontánea y bondadosa aceptación, y sólo esta idea, junto con la obediencia, pudieron calmar mi agitación y obligarme a aceptar con gusto este cargo.
Vuestra benevolencia y la obediencia. Aún más: vuestra benevolencia, sin la ordenación superior, no hubiera sido bastante. Si alguna operación o influencia exterior mía hubiese mediado en este asunto, por más halagüeño y provechoso que hubiera podido ser para mí, y contando con todo vuestro cariño, el remordimiento que me hubiese causado el temor de contrariar los designios de la Providencia, y de no merecer su bendición, hubieran obligado a mi espíritu a desistir y acabar por abandonarlo. Solo, pues, o al menos principalmente, la idea de la voluntad de Dios, ha sido la que me ha puesto en esta situación, más que hubiera podido hacerlo toda vuestra voluntad y espontánea manifestación, si hubiera tenido que hacerla ella. Tal vez pueda incluir alguna dosis de ingratitud y desapego este modo de pensar mío. Sin embargo, dispensad, hermanas mías, prefiero mi tranquila independencia, mi sosiego de espíritu antes que todas las consideraciones, que todo el cariño que puedan merecerme las criaturas; por más que el vuestro, y sea dicho de paso, sería para mí muy lisonjero, si hubiera merecido llegar a poseerlo.
Pero, dejemos ya estas consideraciones, que no sé si he hecho bien o mal en exponerlas, ni quiero juzgar de la oportunidad. El caso es, hermanas mías, que tengo confiado este encargo, y al pronunciar el «ecce ego» de Isaías a Dios, me he obligado al cumplimiento de mi misión. justo es, pues, que os indique mis ideas y propósitos; y quiero hablaros con sencillez, con la sinceridad propia de mi genio: no es virtud, no, es más bien un defecto, una debilidad de mi carácter, pero de la que me viene muy mal el tener que despojarme. Con esta sinceridad, pues, con esta sencillez quiero hoy hablaros. Y ¡ay! no quisiera que hablara mi boca, quisiera, sí, dirigiros el lenguaje del corazón... Y ante todo, un siniestro y amargo instinto me quiere hacer comprender que este destino va a ser una cruz, y cruz pesada, para mí; pero, gustoso me he abrazado con ella, ante el Corazón de Jesús, y por lo tanto me será agradable desde este momento.
Tal vez, con el tiempo, podrá ser un motivo de quebranto a mi ya no muy buena salud; pero ya casi la he depuesto a los pies de Jesucristo, y en aras de mi afecto hacia vosotras, en el caso de que fuera necesario su sacrificio. Como os he indicado antes, jamás había soñado en la posibilidad de estar al frente de vosotras, peto desde hoy os he puesto las primeras en mi corazón en la presencia de Dios. Vuestro soy, por consiguiente, todo, y todo cuanto tengo. Una sola cosa no puedo ofreceros del todo por ahora, hermanas mías: es el tiempo. Necesito mucha parte para el cumplimiento del otro destino, al frente del cual me han puesto también mis superiores 8; y parte también para mis numerosas confesadas, con las que no he de romper de rondón. Lo restante, pero de todos modos antes que los demás, vuestro es. En cambio, hermanas mías, vosotras ¿y cómo no?, tendréis que dispensar con vuestra caridad e indulgencia cuanto pueda ofender vuestra delicada modestia, cuanto pueda herir vuestra susceptibilidad, vuestra virtud, en fin. Porque, mirad, hermanas mías, los que estamos en el mundo, y yo en particular, llevamos siempre en nuestro trato, en nuestros modales, cubiertos resabios, que, sin advertirlo, están muy lejos de acomodarse a la verdadera modestia y a la perfección cristiana; y, como por desgracia, vivimos aisladamente, sin ejemplos que nos estimulen y sin una voz caritativa que nos corrija, de ahí es que, al cabo, se nos llega a hacer habitual. Por ello he pensado alguna vez que el clero secular no sea, tal vez, el más a propósito para cargos que tengan relación con Institutos religiosos. Pero, no hay remedio. las circunstancias y los tiempos nos ponen en esta situación. Volviendo a la indulgencia que necesito de vuestra parte, no sé, hermanas mías, el designio que la Providencia tendrá respecto de mi y de vosotras, ni el tiempo que el Señor nos concederá para ayudarnos con nuestras oraciones, y con nuestras mutuas relaciones; pero acaso pudiera suceder que, atendidas las ideas de uniformidad que 9 abrigan nuestros superiores, viniera tiempo en que yo negase a ser también una cruz para vosotras, por mi carácter, por mi poca aptitud y demás circunstancias desfavorables que poseo. ¿Quién sabe si soy el instrumento de que Dios quiere valerse para satisfacer vuestros deseos de sacrificios, de sufrimiento y de abnegación...? Y entonces tendríais que sufrirme. Y en este caso, hermanas mías, mucho lo sentiría; sería muy amargo para mi corazón ese cáliz, puesto que no sería efecto de mí voluntad. Pero a pesar de ello, hermanas mías, no abandonaría mi cruz por mi sola voluntad; si la obediencia no me la hiciera declinar, me contentaría con ofrecer tal desconsuelo al Corazón amargadísimo de Jesús y pediría a El que la aligerara o la descargara del todo, sí era ésta su voluntad. Dios haga no llegue ese momento. Yo quisiera también exponeros ni¡ modo de opinar sobre ciertos asuntos, sobre el confesar y sobre otras cosas relativas a vosotras, y por ello había sido mi primer pensamiento haceros un triduo de retiro; pero, por otra parte, no son las circunstancias más a propósito para hacerlo; solo sí, me contentaré con deciros, y espero me creeréis, que todo cuanto yo pueda deciros en adelante desde este lugar, os lo podría decir ahora mismo, antes de conocer las disposiciones de esta comunidad, y sin conocer el espíritu de ninguna de vosotras; y por consiguiente, no debéis creer jamás que sea efecto de alguna cosa que haya observado, o efecto de algún motivo particular, si os hago alguna vez alguna reflexión o reclamo contra algún abuso, o si os prevengo contra algún peligro. Será tan sólo porque lo comprendo ahora ya, y lo he comprendido siempre así, aún antes de tener ningún roce con personas religiosas. Sólo si, a pesar de que no intento deciros nada, no puedo dejar, ya que estoy aquí, de indicaros algo sobre la dirección. Según opinión de mi Prelado, de la cual no disiento, el uso de la confesión semanal, y aun ligera, es suficiente para el alimento de cualquier espíritu, excepto alguno que otro, agitado por los tormentos de la turbación. Un espíritu bien educado, disciplinado, puede ahorrar mucho tiempo para sí mismo, para los demás y para Dios. No creáis, hermanas mías, que yo dejé de comprender todo el fruto y el bien de la frecuente confesión, sobre todo en las que traen las disposiciones debidas; que es el único desahogo espiritual de las conciencias; el bálsamo que alimenta, cura y alienta para seguir el camino espinoso de la perfección; pero también puede suceder muy bien que su frecuencia en algunos sea causa de menos disposiciones; puede suceder que este desahogo de espíritu, este deseo de consuelo, fuese acompañado de alguna dosis de carácter, de algún tanto de egoísmo, de menos desprendimiento de nosotros mismos, y nos buscáramos algo a nosotros más bien que a Dios. No extrañéis este lenguaje, hermanas mías; no es mío: es de personas muy respetables y, sobre todo, de maestros sabios y santos de hoy día, que desean hacerlo todo bien, pero sin dejar de ser avaros del tiempo. Hoy día debemos multiplicarnos, atendido lo reducido de nuestro personal . Repito, hermanas mías, que deseo no os haga mal efecto Mi lenguaje; pues, por lo demás, yo sé cuánto deben ser atendidas las necesidades del corazón humano.
Quiero concluir ya, diciéndoos que vengo con los mayores deseos de vuestra santificación... Para dirigiros no es preciso que tenga vuestras virtudes... 9
De su actuación en las «Claras», y de la aceptación que tuvo siempre por parte de éstas tenemos sobrados testimonios. El convento vino a ser como su segunda casa, llegando a tener habitación propia en el mismo desde un azote de cólera que asoló de nuevo a Tortosa 10, y a ella se retiraba en no pocas ocasiones buscando un poco de retiro y. de. tranquilidad 11. Hasta fechas muy lejanas, cuando ya había dejado de ser vicario y andaba metido en sus nuevos y amplios apostolados, aun rememoraría las deliciosas horas y el regusto de sus buenos tiempos de capellán 12. En Santa Clara, lo señalaremos a su debido tiempo, tiene lo que él mismo consideraría como su primera «inspiración» de fundar la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos 13.
También las religiosas recordarán largamente la labor beneficiosa de «su» don Manuel. Séanos suficientes algunos testimonios:
Con su porte sencillo, amable y cariñoso, llevó la comunidad fácilmente por el camino de la observancia y perfección de las reglas de nuestro Instituto 14. Era incansable. No escatimaba sacrificio ninguno por el bien de las almas. Era tan humilde, que además de encomendar sus empresas a las religiosas, les atribuía a ellas el buen éxito de las mismas... Sobre todo, hablando del Corazón de Jesús parecía un serafín o un apóstol, porque le salían las palabras como un torrente... Tenía grande sagacidad y libertad para decir todo lo que convenía a todos, sin herir a nadie, dejando a las almas tranquilas; y como más le tratábamos, más confianza le teníamos y más deseos de conferenciar sobre nuestras conciencias con él. Con una palabrita que nos dijese, nos bastaba. Siempre nos decía: «Estate tranquila, que ya lo sé todo»; y verdaderamente era así, que todo lo sabía.
A veces para más humillarnos, nos hacía postrar con la cabeza en tierra y en esta posición... nos daba la absolución... A las religiosas las tenía un cariño de padre, y con las enfermas y delicadas tenía mucho cuidado, dándoles todos los consuelos que podía, tanto espirituales como temporales, porque su corazón de madre le hacía pensar en todo. Nunca olvidaremos sus santos consejos: que nos tenía embelesadas con sus fervores y virtudes.
No es mi intención ofender a ninguna persona digna de este cargo, pero hasta ahora no he conocido otro semejante a don Manuel Sol. Dios Nuestro Señor tiene poder para hacer otro mosén Sol. Así lo creo. Pero hasta ahora no lo he conocido 15.
A lo largo de 23 años, don Manuel se desvive por sus «Claras» en todo el rigor de la palabra: pláticas, fervorines, ejercicios espirituales, tomas de hábito o renovación de votos 16, atención en el confesionario etc. Cuando vinieron, a,., aumentarse sus tareas apostólicas, a veces estuvo tentado de dejar el cargo de vicario. En 1881, el Sr. Vilamitjana, ya arzobispo de Tarragona, decíale en una carta: «Salude Vd. a sus monjas. Y ¿va de veras el querer dejarlas?» 17, Se resiste por el cariño que las tiene y por la propia inclinación que llevaba dentro de sí mismo. Pero al fin hubo de ceder, y el 27 de febrero de 1891,, el nuevo obispo don Francisco Aznar y Pueyo (1879–1893) le exoneraba de tal oficio, con gran desconsuelo de las religiosas 18. Pero de Santa Clara se seguiría interesando y seguiría atendiendo a sus religiosas hasta el final de la vida. Pocos meses antes de su muerte, el 9 de junio de 1908 escribe a la madre Angela Gaya: «Recibí tus letritas de felicitación 19 tan exuberantes y jóvenes como hace éste 40 años cine Jesús puso a mi cuidado las tres primeras flores de ese jardín. Pero no lo recordemos, porque esos años me caen encima y me espantan ante el juicio de Dios, al pensar lo mal empleados que han sido, cuando debía haber llenado la tierra de la gloria de Dios, y he hecho tan poco» 20.
Humildad ésta de don Manuel, desmentida tanto por lo que vemos que hizo por las religiosas, como por otras gestiones que fue realizando en beneficio de las mismas, de las que destacamos como más sobresaliente, la que narramos a continuación.
3. Amenaza de supresión del convento de Santa Clara
No bien se hubo posesionado don Manuel de su cargo de vicario de Santa Clara, viose obligado, por efecto también del movimiento revolucionario, a desplegar toda –suerte de actividades e industrias a fin de impedir que se cumpliera la amenaza de expulsión de las religiosas de su monasterio, decretada por el Gobierno en 1868, para convertirlo en hospital militar de guerra 21. Ante semejante peligro, «el caritativo corazón de don Manuel –dice una clarisa– se destrozaba de dolor y pena. ¡Cuánto trabajó y sufrió, junto con otras personas que le querían 22, sacrificándose de día y de noche, ya con promesas, ya con dádivas, para poder conseguir dejarnos en el retiro del claustro, diciéndonos a nosotras: 'Hijas mías, vosotras con oraciones y penitencias, mortificaciones y sacrificios, y yo cansando personas y poniendo de mi parte todo lo que pueda, hemos de alcanzar la misericordia de Dios...'. Verdaderamente fue para nosotras un cariñoso padre, que siempre vivirá en nuestros corazones» 23.
A más de celebrar misas y orar él y hacer orar a otros por esta intención, redactó– en ese año algunos borradores de cartas que, firmadas luego por la abadesa, sor Concepción Odenago, enviaban las monjas a la condesa de Reus, doña Francisca Agüero, esposa del general Prim, suplicando que interpusiera en favor de ellas la poderosa influencia de su marido para que se frustraran los proyectos del Gobierno revolucionario. Asesinado el general Prim a fines de diciembre de 1870, no dejaron por eso las clarisas de acogerse al amparo de su caritativa viuda, en idénticas ocasiones y con el mismo favorable éxito: en 1871 y 1872. En demostración de su agradecimiento enviáronle, como humilde y piadosa ofrenda, un facsímil de la santa Cinta, celestial Patrona de Tortosa 24.
Pasado el primer peligro, don Manuel se congratula y da gracias a Dios en una de las pláticas que dirige a las religiosas un domingo de Adviento. «Hace un año –les habla en 1869– que en esta dominica y desde este mismo lugar, reunidas, por la misericordia de Dios, todas las que ahora me escucháis, os recordaba, antes de empezar mi discurso, la situación triste en que nos encontrábamos. El horizonte político y religioso, encapotado; una terrible tempestad nos amenazaba y se oía el sordo rugir del trueno y la justicia de Dios vibrando sobre nuestras cabezas, mediante la permisión de un amargo decreto humano que angustiaba nuestro corazón... ¿Quién había de creer, hermanas mías, que habíamos de pasar un año en igual situación; que habíamos de permanecer en medio de las iras de nuestros enemigos, bajo el omnímodo poder de los que han jurado nuestro completo exterminio, y que, sin embargo, nos conservaríamos ilesos en medio de la catástrofe que había de ser general? Colocados bajo la protección del cielo, hemos podido exclamar, como David: 'Verdaderamente el Señor es nuestro refugio y nuestro sostén; con su escudo nos ha defendido...’». Con todo, sigue manteniéndolas en alerta, porque –prosigue– «el azote continúa levantado, la tormenta ruge allá en lontananza, el porvenir se presenta oscuro y negro... Es que tal vez el Señor exige algo más; es que tal vez no hemos llenado el objeto que se proponía ... » 25.
Afortunadamente el desacertado proyecto queda sin realizarse, como ocurre con el que, por los mismos años, amenaza también el convento de la Purísima, o de la Concepción Victoria, por el que igualmente se debate don Manuel, sobre todo en sus artículos de prensa. «Alerta contra lo que se oye decir –apunta en uno de ellos–: que el convento de la Purísima Concepción va a ser despojado de sus virtuosas moradoras». Sigue explicando el significado histórico y emocional que tal convento significa para Tortosa. Y acaba con esta conminatoria advertencia: «¡Desgraciados de los que se atrevan a levantar su mano al santuario! ¡Ay de los que por su apatía consientan que sea llevado a cabo este despojo ... !» 26.
II. CRITERIOS DE DIRECCION ESPIRITUAL
1. Su trato con las religiosas y otras personas piadosas
Como ya hemos indicado, don Manuel se desvive por aquellas almas que tiene a su cuidado, las atiende solícito, acude a sus llamadas, las aconseja y en cierta manera las «mima», pero con tal delicadeza que jamás traspasa los límites de la discreta y prudente dirección espiritual. En ocasiones llega a confiarles los desvelos que las iba prodigando desde que vislumbra en ellas su vocación religiosa, hasta que tiene la alegría de saber que van a tomar el hábito o hacer su profesión religiosa.
Como muestra, copiamos algunos de los párrafos de una de sus cartas más significativas en este sentido:
Mi muy apreciable y distinguida hija en el Sagrado Corazón de Jesús: Cercano está ya tu suspirado momento. Mañana te serán abiertos los umbrales del claustro y el jardín de Francisco te recibirá como flor arrancada del mundo... Omito el felicitarte, hija mía. Día vendrá, sí el Señor en su bondad me lo permite, en que podré hacerlo cumplidamente. Por hoy solo, y cumpliendo un deber, quiero recordarte el cariño ~e Dios para contigo, y las promesas que quiero le ofrezcas antes de darte mí última bendición; y quiero que los consejos que voy a darte los mires como cláusulas de mí testamento para contigo. El Señor te ha bendecido de un modo especial. Piensa que aún no habías nacido y ya estabas en la mente de Dios, que te tenía en su corazón y te escogía para este estado. Viniste al mundo, y alrededor de tu cuna nadie pensaba en ti, y el Señor encargaba al ángel de tu guarda que vigilase sobre tu existencia, porque te quería para El. Llegaste a la adolescencia... ¡Ay, hija mía!, cuando pienso en las misericordias de Dios para contigo, me enternezco. Nunca te lo había manifestado, pero creo es llegado el momento de no esconderte las bondades del Señor.
Llegaste, digo, a tu adolescencia, y... el Señor te condujo, por fin, a mi. La primera vez que viniste, lo recuerdo muy bien, yo no sé lo que sentí. A pesar de tus pocas palabras y reservada cobardía, parecía que el Señor me señalaba con el dedo tu alma, como un depósito que El quería confiarme. Pasó algún tiempo. Apenas te conocía personalmente, cuando indicaste tu inclinación a la vida religiosa. Lo recibí con frialdad. Pero la Virgen, que cuidaba de ti, no quiso que lo mirara con indiferencia.
El domingo próximo a aquel en que me manifestaste tu deseo estaba yo en un rincón de la Purísima. Entraste y te pusiste ante el altar del Amor Hermoso. A pesar de lo muy cercanos que estábamos, no te apercibiste de mí... y en un momento un halo de la luz te cubrió y la Virgen Santísima me dio a comprender la verdad de tu vocación, y desde aquel día te miré como una planta especial que el Esposo divino quería confiar a mi cuidado. Nueve años han transcurrido y pocos días ha habido que no te haya enviado una bendición después de la Santa Misa, aún en medio de mis viajes. Nueve años hace, y a pesar del interés que he tenido por ti, apenas te he inclinado a la vida del claustro; para asegurarme más y más de tu vocación te he dejado a ti, sola, y únicamente he estado de centinela para examinar tu corazón y tus peligros...
Tres cosas te pido para que pueda ser de consuelo para mi tu entrada: 1.º Que te propongas ser santa, pero santa del todo. Si yo supiera que no habías de desear sino ser buena, te lo aseguro, no te admitiría. Has de prometerlo hoy a los pies de Jesús... 2.º Quiero que desees cada día más la estrechez de la vida religiosa... 3.º Iba a pedirte que encomiendes a Dios a mi familia y mis empresas. Pero esto te lo perdono, como también el que te olvides de mi, cuando el Señor disponga de mi existencia. Con tal que ames a Jesús y seas perfecta en todo, ya daré por bien empleados los cuidados que por ti he tenido, aunque tal vez sin tú pensarlo...
Semejante a Jacob al bendecir a José, que caiga sobre ti, hija mía, el rocío de la gracia; que el Señor te guarde y te conserve; que el Angel te acompañe en los pasos de tu vida; que el Corazón de Jesús sea tu consuelo en la hora de la muerte y tu gloria en la eternidad... 27
Repasando su «Dietario» de misas, resulta verdaderamente incontable el número de las que celebra demandando la gracia de la vocación para determinadas jóvenes y su perseverancia en la misma, así como otras de acción de gracias después de la profesión. A unas y a otras les colmaba de oportunos obsequios y de delicadas atenciones, sobre todo cuando estaban enfermas. En esas ocasiones declara una que lo experimentó en sí misma, la madre María Victoria, Priora de las concepcionistas de Benicarló– «su caridad no conocía límites, ni le sufría el corazón verme apenada bajo ningún concepto... Una vez que estuve delicada en el convento de Tortosa, quiso él enviarme algunas cositas de regalo para alivio de mi enfermedad. Más adelante, estando ya en este convento de Benicarló, y habiendo sufrido grave quebranto mi salud, era para alabar a Dios ver las diligencias que hizo para curarme. No hay madre tan solícita y cariñosa que así se desviva por la salud de una hija querida, como mi amado Padre se desvivió por mí en aquella ocasión. No perdonó consultas de médicos y se propuso hacer venir aquí uno de Tortosa, pero no siéndole posible al médico venir, se vino él a darme instrucciones facultativas y ver qué podía hacer por mí... Por demás está hacer comentarios sobre lo dicho. Pintado está el corazón paternal y compasivo de mi santo padre don Manuel en estos rasgos de su bondad» 28.
Si sufre por motivos de enfermedades, su pena se agranda cuando muere alguna de ellas, y todavía más cuando él mismo no ha podido atenderlas en su lecho de muerte. Conmovedores son los párrafos de esta otra carta, que escribe cuando se entera que acaba de morir una de sus dirigidas y colaboradora eficaz en los diversos campos de su apostolado:
«Se me presentaba esta hija de mi alma muriendo sin mí, tanto como yo deseaba recibir su último suspiro y colocarla con mis propias manos en el seno de Jesús, como se lo había prometido y ofrecido. ¿Por qué habrá querido Jesús privarnos a ella y a mí de este consuelo? ¡Qué ganoso es Jesús de mirras y de sacrificios! y se me presentaban esas otras hijitas suyas y mías, y ese plantel colocado y confiado a sus cuidados, y la Escuela Dominical... y tantos proyectos como tenía formados en esa por medio de ella. ¿Por qué lo habéis hecho, Jesús mío? ¿por qué? Adoro vuestras amorosísimas disposiciones; y si es para despojarnos más de los afectos de la tierra, ¡sea así, sea así! ... ».
«¡Qué sacrificios se imponía por mí! –aclara otra de las testigos–. Una vez estaba yo en Tortosa algo indispuesta y no quería decírselo al médico, por temor a las medicinas, y él me engañó: me dijo que fuese al palacio episcopal, a una habitación de las del patio, donde tenía venta de libros piadosos y estampas, diciéndome que vería cosas bonitas. Yo fui... y me encontré a un amigo suyo y médico nuestro también. Le había él llamado para que me recetase... Recuerdo que me dijo una vez que cuando se muriera le echaría mucho de menos. Tenía razón, pues es difícil encontrar quien le reemplace. Para mí era un padre» 29.
2. Desengaños, contradicciones y escrúpulos
Se equivocaría quien pensara que sólo satisfacciones y gustos espirituales cosechó don Manuel en este ministerio de cura de almas. «Si es verdad –dice una religiosa– que tuvo consuelos, también lo es que experimentó muchos disgustos». Desengaños los tuvo, y también deslealtades, ingratitudes, contratiempos y murmuraciones.
El mismo don Manuel llegaría a admitir que «el confesionario es lo más enojoso de nuestro ministerio, y en ciertas ocasiones, y muchas, lo más amargo». En los últimos años de su vida escribía a la abadesa de Vinaroz: «No la olvido, aunque no la recuerde con la frecuencia que debiera. Por lo demás, es cierto que en la vida no se ven más que desengaños, y sólo en Jesús no se encuentran. MÍ vida, como siempre, de gozos y dolores, pero de esto los que más recibo son de los que me quedan de monjas y devotas. Y lo peor es que no lo sé ofrecer ya a Dios, sin duda porque habré perdido la vocación para ese campo».
Sobre todo sufre cuando se entera de que se han separado del recto camino algunos por los que tanto se preocupaba. «He sabido también lo otro de mi inolvidable N... ¿Por qué me dio Jesús esa alma de tan buenísimas condiciones para hacerme sufrir y no poder remediarla? ¡Cuánto temo el abuso de las gracias que el Señor le ha concedido... ! No puedo avenirme al extravío de esa alma tan buena». Lo mismo cuando experimentaba angustias y contradicciones como fundador ––que enseguida veremos– de conventos de religiosas: «Sufro más de lo que usted puede figurarse en estos asuntos, pues en los otros, aunque Jesús me pone apuros de corazón, no me afectan como éstos... No obstante, le diré con san Martín: Si sum necessarius, non recuso laborem. Si Jesús lo quiere, sufriré; pero que me quite esos sufrimientos de tener que tratar con mujeres y curats [párrocos], que no me prueban al espíritu mío. Pido a Jesús que, ya que sufro por ustedes, que me sea de mérito el sufrimiento y me bendiga las demás cosas de tanta gloria de El» 30.
Tales contradicciones las recibe con serenidad y como pruebas que Dios le mandaba para mortificarle. Recogemos este manejo de testimonios: «Haga Jesús que me sirva de consuelo y me ahorre penas; que no estoy para muchas. Y no obstante, sin penas no se crían hijos, y menos hijas»; «Estoy aquí –escribe desde Valencia– sin agonías, ni correrías, ni nervios, ni enfados, ni malos humores y sin penas de hijas, que son las más angustiosas. En cambio no faltan otras penitas más hondas y de más trascendencia, por las contradicciones que Jesús permite de parte de buenos, que, según santa Teresa, son las más dolorosas. Pero Jesús Sacramentado todo lo puede y El lo arreglará todo».
Con cierto gracejo comentaba, a veces, la «penitencia de monjas y almitas» a que a diario se veía sometido. «Es una santa alma –contaba en otra ocasión–, pero capaz de hacer santos a los que ella tiene confianza». Y a un amigo sacerdote:..«Si que desearía, que Z... fuera a ver a usted. Ya tendría usted bastante con una visita, y compadecería entonces al Dr. Sol, que la ha sostenido ¡siete años!». En los postreros años de su vida se confiaba con la abadesa de uno de los conventos por él fundados: «¿Qué pecados he, hecho, Señor, que me queréis meter en tantos asuntos monjiles?... Estoy avergonzado, y mi corazón no está ya para excitaciones; que ya no lo tengo muy bueno, y me humilla y me remuerde. Parece mentira que a la vejez me ocupen el corazón cosas de niño... y lo que ha sido mi gozo y mi orgullo y mi corona. Veo que Jesús nos quiere muy desprendidos, pero no pensaba que fuese hasta tanto. Veo que Jesús quiere amargar aun los consuelos más sencillos y espirituales» 31.
Con los años, y con el aumento de sus cada vez más diversas y graves ocupaciones, se vio tentado a veces de dejar estos ministerios, que, por otra parte, tanto le atraían. «Mi retraimiento de tratar con monjas –excusábase en noviembre de 1889– es porque no puedo con todo y me hace escrúpulo el tiempo que he gastado y gasto con ellas, pues falto a mis deberes y temo que me vaya mal lo demás, a no ser que ellas lo suplan con oraciones». Y en mayo del 90 decía a la superiora de una comunidad religiosa: «No interprete usted mal lo que le dije que no hace bien a mi espíritu; sino que, como son cositas pequeñitas siempre las que se mezclan en esos asuntos de devotas y monjas, y yo quiero cosas muy grandes, por eso no me satisface el tener que ir contando con temores y veleidades y cosas así» 32.
Una de las resoluciones que tomó en los ejercicios espirituales de aquel año, junto a la «indiferencia» en esta materia, fue el decidido propósito –es su propia frase– de «dejar las monjas» 33. Pero no acababa de romper con ellas, y en agosto de 1891 escribía a la abadesa del convento de Vinaroz: «No me mortifica con los escritos, y hágalo siempre. Aunque el tunante de Serrano 34 ya conoce la letra y se sonríe, no importa. Ya saben que las monjas me tienen engañado. Pero es el caso que temo, y no lo quisiera, que los hijos imiten al padre, pues veo que a ellos les están engañando las Puras y las Claras para todo lo que quieren, y yo me estoy burlando de ellos» 35.
El 29 de abril del 92 tomaba a escribir desde Roma a la misma: «Los míos me dicen que no debo entender en monjas, teniendo tantos cabos que atar. Y veo que no sólo yo, sino también los otros pueden meterse en asuntos de monjas, pues vivimos a lo militar» 36. «No me muevo de casa –decía en mayo de 1900 a un operario– y no puedo hacer más que lo del día y tengo mucho atrasado, y aún me fatigo, y no sé si por la vejez. La abadesa de Vinaroz quiere que vaya allá, pero no iré. Me espanta todo lo de monjas» 37.
«Voy siguiendo regular ––escribía el 19 de marzo de 1904–. Hoy ha sido el primer día, en año y medio, que he dicho misa en iglesia. Las Puras no tenían misa, he ido y he tomado el desayuno con Margenat en el locutorio, y me han mareado los gemidos de aquellas buenas almas, a las que dos años hacía no había visitado» 38.
A pesar de todo ello, continuaría atendiendo a unas y a otras hasta el postrer momento de su vida. Pocos meses antes de su muerte, el 8 de septiembre de 1908, enviaba estas líneas a una sanjuanista: «Recibidas tus cartitas últimas, sobre todo la del 40º aniversario de tu vestición y del 44º que por primera vez viniste a la catedral, toda ruborosa y fingiendo hasta la voz... ¡Cuántos recuerdos! No has sido de las que más me hicieron sufrir en la carrera de la vocación, pero sí de las que me inspiraron más interés y más confianza... No he omitido mi interés por tu alma y bienestar, gastando bastantes ratos en tus desahogos, tus penas y tus cargos. Por esto no es verdad que me excuse de ir. Pero mis achaques me dan mucha pereza para salir de casa y para ciertas cosas. Y parece que el Señor me quiere para vida retirada y escondida con Cristo. No obstante, si tienes alguna necesidad de mi presencia personal o consejo verbal, sabes que lo haré...» 39.
3. Unas reglas elementales de prudencia
Al contemplar el número tan elevado de personas, religiosas o seglares que acuden a don Manuel, pudiera parecer que con unas y otras usa de una dirección espiritual contemporalizadora, pusilánime y un tanto acaramelada. Otra es, sin embargo, la realidad. Si como padre se muestra siempre delicado y comprensivo, no deja de manifestarse, cuando lo piden las circunstancias, firme, exigente, resuelto y decididamente enérgico. «Sabía pisar muy hondo, hasta dar con la vena de los capitales siniestros, siendo este ahínco parte para que algunos penitentes hurtasen el cuerpo de su provechosa férula» 40.
El mismo reconocía y avisaba a sus penitentes, de su carácter temperamentalmente impetuoso. «No sólo debes ser víctima del Señor –escribía a una clarisa–, sino que también debes serlo mía en algunas ocasiones. Así como Dios hace pagar el mal humor de los pecados de las criaturas en las almas buenas, y les envía cruces y penas, desagraviándose en ellas, así no extrañes también, y debes estar contenta, que descargue algún porrazo de mis arrebatos sobre tus espaldas. Y no quiero que lo sientas». «No admitía réplicas a sus ordinaciones en el sagrado tribunal». Y en otras ocasiones repetía insistentemente: «Así, pues, repito con energía que obedezca hasta echarse al infierno con la obediencia»; «Ahora mismo, sin salir de este lugar, ponga la boca en el suelo y prométame que obedecerá a mis mandatos»; «seas breve en el confesionario y no seas melindrosa»; «no tiene usted necesidad de hacer votos para desprenderse de las criaturas: que ya lo debe estar bastante. De quien ha de desprenderse es de usted misma». A veces tenía que aguantar y hasta disimular sus propios sentimientos, como en un rasgo de confianza le escribe a la superiora de un convento. «No me he engañado nunca –le aclara– en mujer de juicio y de cabeza hasta el presente; y ninguna me ha dominado, por más indomable que sea su carácter; pero, eso sí, me he dejado subyugar voluntariamente, aunque me hayan conducido hasta el ridículo, por la gloria de Dios» 41.
A pesar de todo, su prudente y perseverante labor llevó tras de sí a numerosas personas de toda clase y condición. La clave de semejantes éxitos nos la ofrecen estas palabras del mismo don Manuel: «Es asombroso el efecto que produce el amor de Jesús en las almas. En el ejercicio del propio ministerio me encontré muchas veces con criaturas que no sabían absolutamente nada de las cosas de Dios; jovencitas criadas en el campo, y de familias muy modestas, que jamás oyeron hablar de las finezas de Jesús y de su inexplicable cariño a las almas. Bastó iniciarlas en estas materias de la vida espiritual, descubrirles el modo fácil de agradar al perpetuo morador del sagrario, poderle consolar, reparando a la vez las ofensas que recibe de continuo de parte de ingratos pecadores, para que se obraran cambios tan radicales en su manera de ser y de entendimiento, la voluntad y el corazón. Al calor de estas sencillas ideas las he visto encenderse en ansias de más sufrimiento, en arrebatos de amor seráfico, y pedían que les enseñara la manera de mortificarse, presintiendo la existencia de instrumentos de penitencia, que no habían visto jamás... Y se entregaban tan animosas al apostolado del bien, que yo mismo quedaba maravillado de tal radical mudanza... que sólo puede y sabe producir y explicar el amor...» 42.
A la obra de Dios hemos de añadir su propio criterio y la prudencia que en el trato espiritual, sobre todo con mujeres, él mismo iba utilizando y recomendando luego a sus colegiales y operarios.
Entre sus papeles encontramos el borrador de una plática a los ordenandos del colegio de Tortosa. El título que le pone es significativo: Trato con las personas piadosas; y como preámbulo hace una fervorosa apología de la que ha venido en llamarse la clase devota:
Entre los sacerdotes se falta por prevención contra la clase devota... 1.ª Prevenciones injustificadas... Es una cosa lamentable y que me ha repugnado siempre desde estudiante, el modo cómo cierta clase del clero habla de las personas piadosas, aunque algunos queriendo hacer gracia, y lo mismo tratándose de los hombres que de las mujeres, sobre todo respecto de éstas, tratándolas con cierto desprecio. Con el pretexto de querer expresar con estos desprecios los defectos, no la piedad, hablan de esta clase (porque clase constituyen en el mundo de la religión); y no comprenden que esto no es ir contra los defectos, sino contra la clase misma.
Tanto es así, que si este argumento valiera lo mismo podrían decir los impíos cuando hablan pésimamente del clero: 'no hablamos de las cosas buenas, sino de los defectos'. Así, pues, creo debo salir a la defensa de esta clase. Y lo primero que se ha de evitar es tratarla con desprecio y ponerle motes.
Hay, entre otros, un mote con el que se le ha designado por la impiedad, y le ha salido bien y ha hecho fortuna; y por lo mismo, lo hemos de procurar desterrar completamente, a ser posible. Tal nombre es el de beatos o beatas... Las razones que deben movernos son: 1.º El origen. Es casi indudable que la impiedad, y si no se quiere tanto, el espíritu del mundo, es el que lo ha propagado, sin que muchos sacerdotes se den cuenta de ello, al hacerse eco, autorizándolo sin pensarlo... 2.º Por sus consecuencias. Ya sabéis la fuerza que tiene, y cuánto puede el respeto humano para impedir ciertas obras buenas y cuánto bien reporta al infierno el qué dirán. Pues no pueden ponderarse las consecuencias que en las personas jóvenes de ambos sexos y en las almas débiles en la piedad, en seminaristas y hasta en sacerdotes, ha ejercido el temor de singularizarse en las prácticas de la piedad para que no se les diga y se les tenga por beatos...
Y no sólo esto, sino que debemos defenderlas y excusar ciertos defectos ante el mundo y los detractores de la piedad, no dando pábulo a esas murmuraciones contra las personas piadosas, tanto hombres como mujeres... Porque, al fin y al cabo, esas personas, por lo general, no sólo están en gracia de Dios, sino que de entre ellas salen instrumentos para el bien y las que dan algún consuelo... ¡Cuántos ejemplos! Además, ¿de quién recibe Jesús reparación? ¿Quién sostiene el culto y ciertas obras de propaganda?... 43.
Luego alecciona a los colegiales y les ofrece unas substanciosas Precauciones respecto de la clase piadosa, como él mismo también las titula, y que las reduce a estos puntos principales:
1.º Hacernos perder el tiempo. En general, sobre todo si son monjas, son largas y hasta pesadas en su conversación, y no creen que hay otros asuntos que los suyos... Claro, que ha de mediar paciencia, y mucha; pero hemos de excusar cuanto se pueda la pérdida de tiempo... Así, no largas conferencias en el confesionario, y menos en visitas, aunque sean conferencias espirituales. Los que hemos pasado el golfo podemos hablar con conocimiento y lamentamos el tiempo que no sólo hemos gastado, sino malgastado con cierta clase de personas, aun con monjas. Cierto, que las sólidamente piadosas causan respeto y son menos temibles. Las semi son peligrosas...
2.º Evitar familiaridad. Antes me extrañaban ciertas sentencias de los santos: el «sermo brevis et rigidus», etc... Me parecían temores infundados. Hoy, no. Así, siempre con respeto. No excesivas familiaridades. Recibirlas, de modo que os vean siempre los de casa.
3.º Independencia, por altas y distinguidas que sean, no buscando sino aprovecharlas para las obras de celo y gloria de Dios. Según Valuy, hemos de hacer como con las lámparas: poner aceite y dejarlas, para no ocuparnos más de ellas. Independencia, para no dejarnos llevar de motivos humanos, y por su aprecio; y, lo que sucede con frecuencia, por el bien que puedan reportarnos, si nos dan limosnas o misas...
4.º No hacer demasiado caso de las grandes tribulaciones, que su imaginación exagera. Ni fiarse de sus muchos fervores...
Otras razones aduce, que en alguna manera no dejan de sorprendernos: «1.º La cabeza de las mujeres. No abunda en ellas el talento. Son halagadoras, tenaces y engendran celos y hacen pasar malos ratos... 2.º Por el peligro que comprenderéis que naturalmente ofrece la comunicación con el otro sexo, aunque sea con ocasión del ministerio... Si se trabaja en favor de esa clase con pureza de intención y con las precauciones debidas, tal vez no recojamos nosotros los resultados, pero otros los recogerán un día» 44.
Dando consejos a ciertos operarios designados para confesores de monjas, advertíales igualmente: «No sean ustedes largos en reflexiones; al contrario, muy cortos. Eso sí, si son de clausura, necesitan ellas un poquito de desahogo, y así tengan paciencia, y que vean interés en ustedes por su alma, y no manifiesten nunca desagrado. El ganar la confianza es el primer paso. Así, ligeritos, pero siempre amabilidad. Según Concina 45, se requiere: multa scientia, magna prudentia, maxima patientia. Jesús que los ilumine. Y, sobre todo, no se dejen llevar del celo de hacerlas muy santas. Esto ya lo hará el Espíritu Santo» 46.
III. AYUDA A LA FUNDACION DE NUEVOS CONVENTOS
1. El convento de la Divina Providencia de Vinaroz
La ayuda que generosamente fue prestando en la fundación de nuevos conventos, sería otro de los trabajos que se impuso a sí mismo don Manuel, y que si en principio le deparó no pocos consuelos, también le dio preocupaciones y ocasión a la vez de no pequeños disgustos.
Hablemos, primeramente, del convento de Vinaroz 47.
Había fallecido en la mencionada ciudad, el 18 de septiembre de 1872, la noble señora doña Concepción Esteller, quien por testamento otorgado el 12 de noviembre de 1867, dejaba en el mismo una manda para que allí se estableciera una comunidad de franciscanas clarisas de la enseñanza, con la condición de que la iglesia fuese dedicada a la Purísima Concepción. Había nombrado corno albaceas al prelado de Tortosa «pro tempore» y a su propio director espiritual, don Joaquín Gombau y Verdera. A causa de la revolución, por haber dedicado parte del capital a otros menesteres y por la enajenación de algunos bienes fundacionales, cuando muere la testamentaria tal capital se juzga ya insuficiente para llevar a cabo la fundación. El Sr. obispo Vilamitjana encarga entonces de la administración de los bienes al citado señor Gombau y, desde la muerte de éste, en octubre de 1873, a su hermano don Antonio, también sacerdote y al ecónomo de Vinaroz, don Gabriel Cardona.
Terminada la guerra civil en 1875, don Antonio pide al señor obispo que designe a otra persona para que le ayude a llevar adelante la empresa. El señor Vilamitjana, luego de recogerse un momento, le dice: «Váyase usted, y el primer sacerdote que encuentre al salir del palacio, ése será el que le ha de ayudar». Casualmente se encuentra a su salida con don Manuel, quien, enterado del asunto que llevaba entre manos don Antonio, le estimula a que no abandone el proyecto, a la vez que se le ofrece para todo aquello en que pudiera necesitarle. Desde ese momento, don Manuel toma ya como suya la futura fundación.
Poco tiempo después, de vuelta del pueblo de San Mateo donde ha estado dando unos ejercicios espirituales, se detiene en Vinaroz el 29 de septiembre de 1876, para hablar y animar de nuevo al señor Gombau. No tuvo la suerte de hallarle, pero aprovecha la ocasión para visitar la casa y el huerto que doña Concepción había destinado para levantar en ellos el edificio, ya vendidos con pacto de retro–venta, y para recorrer la población 48.
De vuelta a Tortosa, da en pensar en alguna comunidad de franciscanas dedicadas a la enseñanza, que pudiera servir para sus propósitos; y puede enterarse que muy cerca, en Mataró existía una, llamada de la Divina Providencia, que aunque de clausura se dedicaba al referido apostolado. Habla de ello con el señor obispo y con su amigo don Enrique de Ossó; éste se muestra un tanto pesimista, pero al fin se decide que don Manuel se llegue a la ciudad catalana para enterarse detalladamente de los fines y de las posibilidades de aquella comunidad.
En Barcelona le da ya excelentes noticias de ella el sacerdote Antonio Fábregas; y cuando llega a Mataró el 11 de octubre, sostiene una larga conversación con la superiora de la comunidad, luego confidente y gran favorecida de don Manuel, la madre María de Santa Escolástica. Se entera entonces de que la congregación había sido fundada por la madre Teresa del Sagrado Corazón de Jesús (Teresa Arguyol), terciaria franciscana de las Isabeletes de Barcelona, quien, según ella misma refería, en un éxtasis que tuviera el 8 de septiembre de 1844 recibió de Dios la misión de erigir un convento, que debía titularse de la Divina Providencia, y tener por Patronos a san Francisco y santa Clara y por objeto la conversión de los pecadores. El primer convento lo funda en Gracia (Barcelona) en 1849, al que seguirán los de Barcelona, Torroella de Montgri, Villanueva y Geltrú, el de Mataró en 1859, y los de Bañolas y Reus–, en 1862 y 1866 respectivamente.
Don Manuel vuelve convencido a Tortosa y el 16 de febrero de 1877, con el beneplácito del prelado, puede ya comprar un terreno en Vinaroz por 29.500 reales 49, dentro de los muros de la ciudad, pero muy cerca de ellos, para facilitar de ese modo el cumplimiento de los deberes religiosos a los vecinos de aquellas barriadas y proporcionar educación y asilo a las niñas de sus moradores, quienes vivían en completo abandono moral y religioso. Como técnico había llevado consigo al maestro de obras don Vicente Benet, devoto terciario franciscano, quien, a pesar de su carácter un tanto adusto e irritable 50, sería en adelante el gran colaborador de don Manuel en esta clase de empresas.
Luego de pedir permiso al alcalde y a los concejales de la ciudad, se da comienzo a las obras el 1 de marzo del mismo año, y es entonces cuando empiezan las dificultades para don Manuel. Corno el dinero es poco, ha de recurrir a empréstitos y limosnas, solucionar problemas entre los obispos de Barcelona y Tortosa, llevar la dirección de las obras, aguantar desconfianzas y murmuraciones que se iban levantando en la misma Tortosa «porque se preocupaba demasiado de Vinaroz», etc. Momento hubo en que llegó a pensar que le sería imposible seguir adelante. Sin embargo, su temple apostólico y el afán que le mueve de la gloria de Dios le fueron dando cada vez más ánimos.
El 7 de marzo escribe a la madre Escolástica, de Mataró: «Hoy por hoy, mi pensamiento y mi corazón están en esa santa obra, y Dios haga no sea en perjuicio de mis obligaciones respecto de mis colegiales, de mi archicofradía del Corazón de Jesús, de mis cincuenta religiosas que no me encuentran ya, siempre que me buscan ... » 51.
Invitado para predicar en la fiesta de la Divina Madre de la Providencia de Mataró, habla en el convento de estas monjas, y hace votos para que «al año siguiente y en aquel mismo día tuviera ya el consuelo de ver logrados sus deseos de que aquellas palomas anunciadoras de su Providencia, levantando el vuelo con las alas de su fe y de su celo, se trasladaran a la otra parte del Ebro para formar allí un nuevo nido donde cantaran sus amores a aquella Divina Madre» 52.
Pronto se corre por la ciudad el rumor de la salida de algunas de las religiosas. La madre de una de ellas llega a encararse directamente con don Manuel. «¿Por qué hace esto –le increpa– de venir a robar nuestras hijas?». Este, como hiciera en otras ocasiones, logra calmarla y hasta la deja convencida con insinuantes y delicadas palabras 53.
Cuando vuelve a Tortosa, se le presentan nuevas dificultades: don Manuel ha de pedir un préstamo de 1.000 duros, luego otro de 500; se repiten las disensiones entre Gombau y Benet. «Ayer no quise escribirle ––comunica a la madre Escolástica el día 3 de julio– el principio de un disgustillo que bañeta [con este nombre se refería ordinariamente al diablo] ha logrado convertirlo en mayor entre Gombau y Benet. Gombau me escribió una carta poco agradable, manifestando qué iba a hacer para la obra dentro de dos semanas, porque de proseguirla se echarían encima de él y él sería responsable de los compromisos que hubiera, etc. etc., y que no fuera ya Benet allá, etc. etc. Benet se sintió, por el modo como hacía las cuentas, para hacer ver que ya no podía continuar; y yo le sosegué haciéndole ver que todo obedecía a la cobardía, pusilanimidad y maniáticos agobios de Gombau. Escribí una carta a éste algún tanto fuerte y le decía últimamente que si quería que yo me cuidara de todo, que me enviase cuentas y el dinero que tuviese...». El «choque fuerte» a que alude, debió de ser de importancia. Y de ello se lamenta a seguido: «No habían de faltar tribulaciones y éstas han venido cuando todo iba tan bien. Que Jesús saque bien de este improvisado acontecimiento» 54. Días más tarde le confía los temores, que sobre el éxito de la obra le ha manifestado el mismo Sr. obispo: «Creo que teme que no lo terminemos. Esto me alarma y hiere mi propio corazón. Pedí al Señor que lo estorbara, sino era su voluntad; ¿y ahora tendría que soportar la humillación de no realizarlo? Mi orgullo se resiste. Pidan prontos auxilios a la Divina Madre» 55.
A pesar de todo, la obra sigue adelante. Pronto se cubre el edificio y con las limosnas que recibe se van haciendo las celdas necesarias 56. Cuando en noviembre siguiente pasa de nuevo por Mataró, a la vuelta de su peregrinación a la tumba de santa Teresa y a la Virgen del Pilar, y reelegida de nuevo abadesa del convento la madre Escolástica, escoge a las nueve religiosas que han de ser las fundadoras de la casa de Vinaroz 57. Mientras tanto no descansa: sigue inspeccionando las obras, consigue la cédula real de la nueva fundación, busca empleados para la casa, ultima los preparativos de la inauguración, etc. «Vivo sin vivir en mí y mi cabeza está fuera de sí... No puedo más », escribe a la misma abadesa 58.
Del 1 al 3 de enero de 1878 don Manuel dirige un retiro espiritual, en Mataró, a las religiosas que habían sido señaladas como nuevas fundadoras. El día 11, y en su compañía, salen en tren para Vinaroz. En Tortosa se les une al Sr. obispo y unos y otras son recibidos con verdadero entusiasmo por el pueblo y las autoridades de la ciudad castellonense 59. El 14 predica su primer fervorín en la nueva capilla y al día siguiente, en nombre del prelado, la declara inaugurada, señalando por intercesores especiales del recién estrenado convento a san Miguel Arcángel y a san Antonio de Padua.
Don Manuel cierra su Crónica con las siguientes palabras: «Así terminó, tan felizmente, la empresa de esta obra santa, en la que el Señor quiso manifestar tan claramente los admirables designios de su misericordia para con todos aquellos que no buscan sino a El, y confían sólo en los cuidados de su Providencia. Sea para El la gloria. Y que el convento de la Providencia de Vinaroz sea perpetuamente el consuelo del Corazón de Jesús, honor de la Divina Madre, asilo generoso de corazones humildes y salvación de muchas almas» 60. Asimismo pone fin a su relato la cronista de la nueva casa de Vinaroz: «Y la que tiene el honor de poder trasladar este escrito en libro de Crónica del Convento de Vinaroz, pide de corazón al Deífico Corazón de Jesús que por intercesión de Nuestra Señora y queridísima Madre de la Providencia, bendiga al Sr. Comisario don Manuel Domingo y Sol y le conceda ver antes de partir de esta miserable vida la multiplicación de sus Colegios de Vocaciones Eclesiásticas, bajo la advocación del Patriarca San José en las cinco partes del mundo» 61.
2. Nuevos conventos en Benicarló y en Vall de Uxó
Como en otros aconteceres, también a don Manuel le ocurre de vez en cuando, que a una obra que realiza le siga muy pronto otra parecida. Y eso le pasa ahora, en lo que vamos refiriendo de la fundación de nuevos conventos. Ya en 1882 va pidiendo oraciones a sus amigos para otra empresa que le andaba por la cabeza, «a gloria de la Madre Inmaculada» 62, en la no menos bella ciudad mediterránea de Benicarló. «Sigo sin novedad –escribe el 29 de julio del citado año–. Acabo de llegar de un viaje que he hecho a varios pueblos de esta diócesis; uno de ellos, Benicarló, donde proyectarnos levantar un convento para religiosas de la Concepción. Ore usted por esta obra». Y el 29 de noviembre: «Pasé por Benicarló el 21 de octubre para ultimar la compra de un huerto para establecer allí un convento de religiosas de la Purísima Concepción. Y si Dios lo bendice, saldrán del Gobierno para empezar las obras, para lo cual contamos principalmente con unas personas piadosas de allí. Así, pues, no lo olvide ante Jesús» 63.
Las personas piadosas eran los condes de Creixell, y la noble señora doña Juana Bordás, todos ellos de Benicarló. De nuevo se estiran las preocupaciones y con ellas las nunca fallidas esperanzas de don Manuel 64. Al fin se pueden comprar los terrenos y una vez conseguido el real permiso de fundación 65 se procede a la misma el 16 de diciembre de 1863 con la bendición que hace de la primera piedra, de la iglesia y del convento, el señor obispo de la diócesis, Sr. Aznar y Pueyo 66. El nuevo convento, en la mente de mosén Sol, «al, mismo tiempo que un tributo de amor y gratitud al Señor y a su Madre Purísima», serviría, como ya lo pensara para Vinaroz, de «mejora para el bien espiritual y moral de la población, cuya importancia hacía sentir la necesidad de semejante obra» 67.
El 31 de julio de 1886, cinco religiosas Profesas del convento de la Purísima Concepción Victoria de Tortosa, previamente escogidas por don Manuel, iniciaban la nueva comunidad de Benicarló, con la asistencia de éste, del Sr. obispo y autoridades y de numeroso público.
Cuatro años más tarde de nuevo tenemos metido a don Manuel en los afanes y alegrías de otra fundación, Ahora sería en el pueblo de Vall de Uxó, pegando casi a la diócesis de Valencia y rico en naranjos y productos de huerta, pero harto necesitado de cuidados espirituales. Tres jóvenes tortosinas –las hermanas Montserrat– le habían confiado emplear parte de su dinero en la fundación de un convento de religiosas. Don Manuel piensa en sus monjas de Vinaroz para sacar de entre ellas las nuevas fundadoras. La abadesa, madre Providencia, lo consulta con el Sr. obispo y éste acoge con benevolencia tanto el proyecto como la intervención que en él tendría don Manuel. «Para estas empresas –dice a aquélla– no hay otro como el doctor Sol». Este quiere que el convento se establezca en Roquetas, el barrio tortosino al otro lado del río; pero el ilustrísimo Aznar y Pueyo le corrige desde el primer momento. «No; –le repite– ha de ser en Vall de Uxó» 68.
Como siempre, no faltaron las dificultades. «Yo veo lo de Vall de Uxó tan difícil – escribía el 29 de agosto de 1890 a la madre Providencia– que, a decirle verdad... no tengo fe. Y para estas cosas es indispensable. No me busque, pues, a mí, que no haré sino ser un contrapeso» 69. Luego vienen las ¡das y venidas; los regateos con el ayuntamiento de Vall de Uxó, ya que algunos de sus concejales –con sectarismo de izquierdas– se oponen a la construcción del nuevo edificio y llegan hasta a cortar la conducción de agua; las pequeñas triquiñuelas que no dejan de poner las mismas hermanas Montserrat, quienes a fin entran de la religiosas de Vinaroz, etc. 70. Don Manuel llega a veces a desanimarse y de ello se le queja en una ocasión la madre Providencia 71. Las obras pueden terminarse, finalmente, a finales de 1893 y a primeros de febrero siguiente don Manuel acompaña a las religiosas de la Providencia de Vinaroz al nuevo convento de Vall de Uxó 72. En adelante las seguirá atendiendo con el mismo cuidado y cariño que tenía para con las demás 73.
3. Ayuda que presta a otras Instituciones religiosas
«Hemos de favorecer a los Institutos religiosos, y ellos nos querrán», solía decir de vez en cuando a sus operarios 74. Y, ciertamente, pocas de esas Instituciones, de Tortosa y de su diócesis escaparían a los desvelos y cuidados de don Manuel.
a) Oblatas redentoristas
Una de ellas, de la que mosén Sol sería «fundador» de su casa de Tortosa, fue la de las oblatas del Santísimo Redentor que, instituida por la madre Antonia de Oviedo y el padre Serra O.S.B., obispo titular de Daulía, tenía ya casa en Benicasim (Castellón) por el 1876. La viuda tortosina, doña Teodora Grau y Huguet, toma el hábito de estas redentoristas y se propone establecer un convento de las mismas en Tortosa. Para ello pide ayuda a don Manuel ' quien en agosto de 1879 se entrevista en Valencia con la fundadora. «He ido a Valencia –escribe por esas fechas– por el asunto de una fundación en ésta de redentoristas, que son religiosas destinadas a la obra de celo de recoger a las jóvenes extraviadas que quieren albergarse y santificarse en el regazo de Jesús. Pide a El que podamos realizar nuestros deseos en esta obra humilde, pero que es de suma importancia para la gloria de Dios» 75.
Vienen los fundadores a Tortosa, don Manuel ayuda a buscar el restó del dinero que faltaba para la edificación del nuevo «Asilo del Santo Angel» y éste es inaugurado solemnemente el 7 de marzo de 1880. Unos días antes escribía a la madre Juliana: «Acaban de decirme que las redentoristas vienen el domingo, y no estoy para humor de trajín y de fiestas» 76. Desde el 28 de febrero al 2 de marzo había estado enfermo en cama. Con todo, firmó como testigo la escritura de la compra de la casa y tomó parte en la inauguración de la misma, predicando en una de las funciones que se celebraron aquel día. De sus borradores, recogemos los siguientes párrafos del sermón:
El Corazón de Jesús nos repite: Da mihi animas. Y al conjuro de este grito de su amor herido, se han multiplicado asociaciones, han brotado buenos frutos de bendición para consuelo de la iglesia y de la pobre humanidad...
Uno de ellos es esta modesta casa y esta nueva capilla que hoy se consagra al Señor. Como Isaías podemos hoy exclamar: «Donde no había más que una roca desierta brotará el verdor de la caña y del junco, y en la que era guarida de insectos habitarán las palomas ... » Ya desde hoy tendréis, Señor, un nuevo lugar donde descansará vuestro corazón fatigado, y os harán compañía en esta soledad almas distinguidas, y conducirán a vuestros pies hijas pródigas, a las que regenerará vuestro corazón paternal... Bendecid, Señor, perpetuamente a esas venerables religiosas, a las que habéis llamado para corredentoras de las almas. Llenadlas, Señor, de vuestro amor, de vuestro celo... Y Vos, ¡santo Angel mío!, Patrono de mi Patria querida, y desde hoy de este Asilo, ante cuya imagen se abrieron mis ojos a la luz por vez primera, tomad posesión de esta casa, que se pone bajo vuestra tutela... 77.
En adelante, serían éstas unas de las religiosas preferidas de don Manuel, tanto las de Tortosa como las de Benicasim, a cuya casa solía retirarse en verano para tomar los baños de mar 78.
b) Hermanas de la Compañía de Santa Teresa
Establecida en 1876 por el gran amigo de don Manuel, don Enrique de Ossó, aquel las consideraba, en cierta manera, como suyas. Predicándolas en 1898, con ocasión de celebrarse las bodas de plata de la archicofradía Teresiana, en la iglesia de San Antonio de Tortosa, les decía:
Hace 25 años 79 que allí, en un modesto altar, se plantó el árbol de vuestra asociación. Siete jóvenes distinguidas por su piedad, dos de las cuales, hijas de mi corazón, están hoy al frente de diferentes monasterios, fueron las primeras en cobijarse a la sombra de este árbol de Teresa de Jesús... Y ¿cómo no recordarlo también, amadas teresianas? El día que ofrecisteis la primera sagrada Comunión en esta misma fiesta, os dirigí la palabra en este mismo sitio... Pedidle, corno recuerdo de gratitud, por el celoso Fundador de esta obra, compañero mío en nuestros primeros trabajos sacerdotales, que no ha podido celebrar este aniversario sobre la tierra, pero que desde el cielo contemplará el fruto de sus afanes... 80
Sabemos que de 1888 a 1900 se ocupa en examinar y hacer observaciones a las constituciones de la Institución 81; y de sus relaciones con la misma, y sobre todo con la madre superiora de Roma, conservamos cartas de continuo interés y de gran predilección 82.
c) Otras Instituciones
Otras que también se beneficiaron de su entusiasmo y prodigalidad fueron las religiosas de la Consolación, de las que era protector su entrañable amigo don Juan Corominas, secretario en tiempos del Sr. obispo don Benito Vilamitjana. El 16 de junio de 1908 le escribía don Manuel: «No somos Patronos de ninguna Institución, pero sí favorecedores de todas las que tratamos, y en particular de las Consolaciones, a las que hemos procurado fundaciones como las de Consuegra y Villafranca, y tal vez otra pronto en Córdoba. El ser Patronos Protectores es de pocos» 83.
Igualmente, las religiosas de Jesús–María 84; las siervas de Jesús, que se establecen en Tortosa en 1896 85, las oblatas de Benicarló, para las que prepara suscripciones y ayudas 86; las religiosas mínimas descalzas de San Francisco de Paula de Mora de Ebro, cuando firma el acta y predica en la erección de la primera piedra de su convento en 1883 87; las carmelitas de Tortosa, que saben de la ayuda que les presta, ante el ayuntamiento de la ciudad, para que se instalen en su nuevo convento del arrabal del Jesús 88, etc. etc.
Este era el hombre que vio en ese apostolado de la oración y del silencio una de las palancas más eficaces en el ubérrimo y diversísimo campo de acción de la Iglesia.
NOTAS
1. E. II, Cartas, 1.º, 35.
2. Ibid., I, Predicación, 3.º, 91.
3. Ibid., 3.º, 142. Con razón podían escribir las monjas de la Purísima a las clarisas de Pedralbes, en una esquela que le enviaban por conducto de don Manuel: «Este señor es muy de nuestra comunidad, y nosotras le queremos mucho y le tenemos mucha confianza» (cita de A. Torres, Vida, 72).
4. «A no ser un vicario sin paga* (carta a don Froilán, 6 octubre 1870: E. II, Cartas, 1 8).
5. Cf. supra, p. 25, y nota 12. Acerca de la fecha de su nombramiento, no vemos unanimidad en los documentos que hemos consultado. A. Torres (Vida, 73) indica la ya citada del 10 de marzo. En el Proceso, J. B. Calatayud cita la misma fecha, mientras afirma que no empezó a ejercer el cargo hasta el 15 del mismo mes; Ramón Vergés habla del día 25 (PO, ff. 899v y 629r); en el libro Correspondencia y nombramientos, de 1853 a 1880 (TAPE, f. 61r) vemos que no se le extiende tal nombramiento hasta el 1 de abril; con todo, por el documento que a seguido transcribimos del mismo don Manuel, vemos que empezó a ejercer su cargo, como indica Calatayud, el 15 de marzo.
6. BEDT 13 (1870) 7.
7. Espacio en blanco.
8. Se refiere al instituto, del. que, como sabemos, seguía siendo profesor.
9. E. I, Predicación, 9.º, 129, 4 ff. El nombramiento, confesaría él mismo más tarde, le había parecido tan glorioso como si hubiera ido a la conquista del Perú. A un amigo suyo, a quien también nombrarían con el tiempo capellán y confesor de unas religiosas, le dice en carta de felicitación: «Recibí ayer tarde la tuya, que rebosa satisfacción. También la tuve un día yo, cuando a los 32 años me encargaron de las claras de Tortosa. Pero... todos aquellos mis entusiasmos pasaron» (cita de Torres, Vida, 78–79). En realidad, cumplirá los 32 años el 1 de abril siguiente.
10. Bayerri (VIII, 838) habla de la peste de cólera de 1885, que causó unas 500 víctimas. Tal vez fuera ésta a la que nos referimos. En Tortosa el temor y la desbandada fueron generales, en modo que hasta la misma familia de don Manuel huyó de la ciudad. Un día de aquellos éste va a visitar al señor obispo, quien supone, en un principio, que viene a pedirle permiso para también ausentarse. «No, de ninguna manera –se apresuró a decirle don Manuel–. Deseo sólo la licencia de V.S.I. para que se me arregle una habitación en el convento; y de ese modo no tendré que abandonarlas ni estar lejos de ellas» (cita de Torres, Vida, 81).
11. Solía hacerlo, entre otras ocasiones, el día de su santo. En 1901 escribía a J. B. Calatayud: «Debía ir a pasar mi santo con las monjas en Ulldecona... y al fin me subí a mi Santa Clara a las nueve de la noche de la víspera; les canté la misa de Media Noche y fervorín, magno, que doce años no habían oído... Después de comer allí... me bajé al colegio y así corté mareos» (E. II, Cartas, 14.º, 7: carta de 5 enero 1901).
12. En otra carta de 1 enero del mismo año, recordaba una cancioncilla, un poco modificada, que entonces corría por Tortosa:
¡Convento de Santa Clara,
Cuántos suspiros me debes!...
¡Cuántas veces he besado
la sombra de tus paredes!...
(Ibid., 2).
13. Cf. infra, cap. 9: «Fundación de la Hermandad».
14. Como en otras comunidades religiosas, también en éstas, por dejadez o a fuerza de viejas costumbres, había decaído un tanto el primitivo rigor de la observancia constitucional, hasta el punto de que cada religiosa aderezaba por sí misma y tomaba sus refecciones en la propia celda (Torres, Vida, 81; cf. la bibliografía citada supra, p. 251 nota 12).
15. Testimonios recogidos por A. Torres de religiosas que conocieron y trataron a don Manuel (Vida, 79–80). Aún hoy día el recuerdo y la veneración de mosén Sol, como hemos podido comprobarlo personalmente, siguen muy vivos entre aquellas religiosas.
16. Se conservan varias actas de profesiones y elecciones de abadesas, de 1878 a 1891. Las preside mosén Sol y recibe, como delegado del prelado, las profesiones de las novicias (TASD, papeles sueltos).
17. Carta de 3 octubre 1881 (RAH, «Cartas a don Manuel», carp. 2, leg. 41, doc. 4).
18. Indica ésta J. B. Calatayud (PO, f. 905) y la recoge A. Torres (Vida, 82). Con todo, en el BEDT (22 [1887–1888] 298) vemos indicado como vicario de Santa Clara a Joaquín Cedó, futuro colaborador de don Manuel en la fundación del colegio de San José. El mismo Cedó suele firmar también, con mosén Sol, las actas a que aludimos en la nota 16; tal vez le supliera a veces como vicario del convento.
También entre los escritos de este, encontramos en hojas sueltas algunos títulos como «Plática de don Manuel. Despido de Santa Clara. 3 de diciembre de 1885»; «Necesidad de la santificación y plática de despido de Santa Clara» (1, Predicación, 9.º, 119 y 133). Al primero, de 6 ff., le sigue el texto de una sencilla plática sobre capítulo de faltas, etc. ¿Serían pláticas de simples despedidas de año?
19. En razón del 48.º aniversario de su primera misa.
20. E. III, Cartas, 20.º, 122.
21. «Respecto al proyecto de convertir el convento de Santa Clara en hospital militar, 1868–1871» Borradores que encontramos en: E. III, Varios, 1.º, 72 y 73; y en Roma, Arch. Hermandad, carp. 1, leg. 3.
22. Concretamente el señor obispo Vilamitjana, quien se interesó igualmente en el asunto.
23. Entre los papeles de don Manuel: RAH, carp. 1, leg. 3.
24. Borradores de estas cartas en: E. III, Varios, 1.º, 73; 11, Cartas, 1.º, 15, 23 y 29. La que escribe para dar el pésame a la condesa de Reus, se la pasa primero a su amigo Enrique de Ossó, con esta coletilla: «Mi Enrique: Corte y cambie, y añada dos parrafitos de afecto de su copioso repertorio. Suyo, Manuel».
Por otra carta de pésame, en la muerte de su esposa, dirigida a don Estanislao Figueras, Presidente luego de la I República, a nombre de las religiosas de Santa Clara, suponemos que también a esta señora debieron demandar éstas protección en tan apurados trances (II, Cartas, 1.º, 28). Don Manuel hace extensiva igualmente su preocupación a los amigos de siempre. «Hoy –––escribe a don Froilán– dice El Pensamiento Español que el ministro de la Guerra ha pedido al de Hacienda el convento de Santa Clara de Tortosa. Volvemos, pues, a estar en amarga crisis» (carta de 8 enero 1871: 11, Cartas, vol, 1. doc. 12).
25. E. I, Predicación, 11.º, 53.
26. E. III, Varios, 6.º, 4.
27. Carta de 17 abril 1875 (E. II, Cartas, 1.º, 36).
28. Relato recogido por A. Torres, Vida, 88–89, quien se extiende en otros parecidos.
29. Ibid., 91–92.
30. Ibid., 117–118.
31. Ibid., 11–120.
32. Ibíd., 124–125.
33. E. III, Varios, 6.º, 117.
34. El operario José Serrano.
35. E. II, Cartas, 4.º, 113.
36. Ibid., 5.º, 49.
37. Ibid., 13.º, 86.
38. Ibid., 17.º, 60: carta a don Benjamín Miñana.
39. Ibid., 20.º, 196.
40. Testimonio de una religiosa, en A. Torres, Vida, 101.
41. Ibid., 101–103.
42. Otros testigos hablan sobradamente de estos «métodos» de mosén Sol: «Nuestro padre era un sol que iluminaba con su luz y calentaba con su fuego. El fervor con que pronunciaba las palabras que nos decía hablando de la perfección, no podía dejar de producir sus efectos»; «en el confesionario infundía cierta veneración y respeto que edificaba, dando sabios consejos sobre la pureza»; «tenía don Manuel el don de infundir en el alma la paz de que él gozaba siempre»; «Madre: –escribe a una religiosa otra joven de Tortosa– el Señor me ha dado un padre. Me parece que más que padre: porque me parece que es un santo. Tantas veces como me halle en presencia de él, Nuestro Señor se digna comunicarme la virtud de ser apóstol de la fe y de la oración» (testimonios recogidos por A. Torres, Vida, 121–124).
43. ¡Bien que se lo agradecían a don Manuel esas personas devotas! «Carísimo e inolvidable padre: permítame el que así le llame puesto que más que de tierno padre, son de cariñosa madre para conmigo los afectos de usted», le escribía una de ellas; y otra: «Recibí la de usted. Mucho me alegré de ver la letra de mi estimado padre. Las lágrimas asomaron y rodaron por mis mejillas recordando aquellos primeros impulsos de la gracia venidos a mi alma por mediación de usted.» Sobre todo, cuando le veían en necesidades o se enteraban de que estaba enfermo. «No, no se canse de vivir, padre mío–––le escribe una desde Valencia–Yo creo que hay alguna alma que le cede a V.R. graciosamente todos los años de vida que el Señor quiera, a fin de que dilate más y más el reino de Cristo ... » (citas de A. Torres, Vida, 108–109). Sobre lo mismo escribía una sentida carta el 30 de mayo de 1889, día de la Ascensión, la superiora de las Concepcionistas de Benicarló, M. María de la Concepción Victoria (RAH, «Cartas a don Manuel», carp. 2, leg. 38, doc. 14). La reproduce Torres,. Ibid., 111–112.
44. E. I, Predicación, 7.º, 1–c
45. Daniel Concina, teólogo moralista del siglo XVIII, autor de las obras: Theologia christiana dogmatico–moralis, en 12 tomos y Dissertazioni theologiche morali e critiche della Storia del probabilismo e del rigorismo.
46. Cita de Torres, Vida, 115–116.
47. Sobre esta fundación conservamos dos documentos que más o menos se corresponden entre sí: una Crónica escrita por el mismo don Manuel, de 34 ff. (E. III, Varios, Fundaciones y empresas, 2.º, 59 y 60), y otra Crónica, anónima e inédita, que conservan en su archivo las religiosas franciscanas del convento de la Divina Providencia de Vinaroz, pp. 1–78. De ambas haremos uso en este relato, indicando en las notas, cuando fuere necesario, la sigla Crónica 1, o Crónica II
48. Si encuentra bella y bien acondicionada a la ciudad, queda un tanto impresionado por la frialdad espiritual que parece entrever en sus habitantes. Se entera de que no hay en ella ninguna comunidad religiosa, lo que le hace que se reafirme más en su empeño de llevar a cabo la acariciada fundación. Interiormente invoca al arcángel san Miguel, festividad de aquel día, y junto con san Antonio de Padua, piensa proponerle como patrono en caso de que llegara «a levantarse el deseado monumento a la gloria de la Purísima Madre» (Crónica I, f – 3).
49. La escritura de compra se hace ante el notario J. B. O'Callaghan, a favor de don
Manuel y de don Antonio Gombou (Crónica II, f. 7).
50. Cuando años adelante, por el 1891, se está construyendo el nuevo convento de Vall de Uxó, y corno la madre superiora de Vinaroz, sor Providencia, se quejara de tan difícil carácter a don Manuel, éste le contesta: «No temas por el genio de Benet. Conviene esta pólvora para los valencianos, que son tan variables. Déle usted cuanto dinero quiera y pueda, y le digo que puede estar tranquila, pues cuenta hasta las agujas, y lleva cuentas semanales, y es delicado más de lo que yo sería. No manifieste usted nunca en esto desconfianza, que le heriría de mala manera. Vilamitjana le confió 150.000 duros para las obras del seminario de Tarragona» (E. II, Cartas, 4.º, 141). El señor Benet, hasta la Revolución del 68, había sido maestro de obras de las fortificaciones de Tortosa.
51. E. II, Cartas, 1.º, 47.
52. Crónica 11, 32 s.
53. Ibid., 33.
54. E. II, Cartas, 1.º, 43.
55. Ibid., doc. 44; carta de 13 julio 1877.
56. Ibid., carta a la misma, de 28 julio v 19 agosto; Ibid., doc. 45 y 46. No se atreve a pedir las limosnas en Tortosa o en el mismo Vinaroz, «porque todo se presta a murmuraciones y habladurías y sobre todo desconfianzas». Pero se ha de llegar al final, repite en esas cartas, siquiera sea por tratarse de «aquella desgraciada población [Vinaroz], que tan fría es para las cosas de Dios y que es la que más pena le da al señor obispo de toda la diócesis».
57. Crónica II, p. 40; cartas a M. Escolástica: II, Cartas, doc. 47 ss. A la cabeza de las monjas estaría, mientras eligieran abadesa, la Madre Juliana.
58. Ibid., doc, 49.
59. En la Crónica II verbos relatado minuciosamente el viaje. Don Manuel no se cansa de animar a las religiosas, dirigiendo sus rezos y plegarias (ff. 42 ss.).
60. Crónica I, f. 34.
61. Crónica II, p. 76. Por este tiempo, como veremos, don Manuel andaba ya metido de lleno en la fundación de sus colegios de San José, lo que no le impide, aún en los años que siguen, que continúe interesándose por «sus» monjas de Vinaroz. El 1 de marzo de 1878 asiste a la colocación de la primera piedra de la iglesia, que sería terminada y bendecida por el señor obispo, con la asistencia también de mosén Sol, en 1884; en 1881 les bendice una imagen de la Virgen; el 29 de marzo de 1878, él y el señor Gombau hacen la venta a la comunidad, por 4.000 pesetas, del edificio y de la huerta del convento; en el mismo año da la primera comunión a las niñas que van a la enseñanza; y siguen menudeando las visitas y las cartas que envía tanto a la nueva abadesa, Madre Juliana, como a las demás religiosas (E. II, Cartas, 1.º, 53, 55, 79, etc.; Escritura de venta, en el archivo del convento de Vinaroz).
La madre Escolástica sería, en adelante, dirigida, confidente y de la máxima confianza de don Manuel. De ella escribiría: «La madre Escolástica es una santa, pero de tipo dulce y agradable como el de santa Teresa»; «es la mujer de más talento, de más virtud y más guapa que he conocido» (E. II, Cartas, doc. 53 y 57: cartas de 1 abril y 17 mayo 1878).
62. E. II, Cartas, 1.º, 138: carta de 28 abril al padre Marro.
63. Cartas al mismo padre; Ibid., doc. 145 y 149.
64. «Si bien los medios con que se cuenta son hasta el presente insuficientes, la esperanza de que el Señor irá bendiciendo esta obra, obliga a las personas que le han iniciado, inspiradas sin duda por Dios, a procurar los que estén a su alcance para no desoír la voz de El» (Borrador de una carta que a nombre de tercera persona escribe don Manuel al conde de Creixel, para que éste, en vías de la nueva fundación, cediera o vendiera una huerta de su propiedad: III, Varios, 2.º, 152).
65. El 10 de abril de 1883 escribía al padre Marro: «No hemos empezado todavía las obras del convento de Benicarló, porque el ilustrísimo señor obispo no quiso las empezáramos sin tener antes el Real permiso; y casi me enfadé por esto. Aguardarnos dicho permiso de un día para otro, si no nos engañan los agentes de Madrid» (II, Cartas, 1.º, 151).
Firman la solicitud elevada a Madrid don Manuel y don Rafael Algueró, Pbro. En otro escrito de ambos declaran que el edificio se construye «a expensas de la magnanimidad de la señora noble doña Juana Bordás de la misma población» (E. III, Varios, 2.º, 151 y 155).
66. «Nota de los señores que firmaron el acta que se depositó en una botella bajo la primera piedra, que se bendijo en el ángulo de la proyectada iglesia del convento de religiosas concepcionistas de Benicarló, el día 16 de diciembre de 1883: 'A gloria de la Purísima Concepción’.
En la villa de Benicarló, el 16 de diciembre del año 1883, dominica tercera de adviento, y el 29 de la proclamación dogmática del misterio de la Inmaculada Concepción, siendo Sumo Pontífice el sapientísimo León XIII, en el sexto año de su pontificado, y obispo de la diócesis de Tortosa el Ilmo. señor don Francisco Aznar y Pueyo, en el reinado de Alfonso XII, por iniciativa de algunas piadosas personas y para honra y gloria de la Santísima Virgen en su preclaro misterio de la Inmaculada Concepción, y satisfacer la devoción que esta población la tiene, y para fomento de la piedad y de la virtud en la misma, el Ilmo. señor obispo, a las tres de la tarde de dicho día, bendice y coloca la primera piedra de esta iglesia y convento de Religiosas Franciscanas de la Orden que cuenta entre sus glorias más preclaras a la Venerable Madre María de Jesús de Agreda, y que hoy empieza a construirse, estando presentes las autoridades locales, gran número de sacerdotes y un numeroso gentío que ocupaba todo el terreno destinado al convento y sus alrededores. –Y para que así conste, y sea perpetua memoria, se extiende la presente acta en el mismo día, hora y lugar de la ceremonia, y que firman las personas siguientes, presentes al acto:» (Ibid., doc. 158 y 159).
Entre las numerosas firmas encontramos también la de don Manuel.
67. En la carta citada anteriormente, nota 64.
68. Fundación de un convento de religiosas en Roquetas: E. III, Varios, 1.º, 24; Crónica II.(de la fundación del convento de Vinaroz), que ya hemos citado, parte 2.1, p. 4.
69. 11, Cartas, 4.º, 113.
70. Crónica II, p. 6.–«No he venido contento de las noticias de la atmósfera de la Vall, producida por el infierno... ¡Pobres parroquias y pobres almas mías de Vall de arriba
y de abajo! No sé si usted sabe que la misma secta solapada rompió el tubo del agua. En fin, el infierno que rabia...» (II, Cartas, 4.º, 134).
71. «Recibo la suya. Veo que quiere sacar la traza, y lo logra, de decirme que no tengo entusiasmo por mi Vall del Sol, y lo hace para excitarme más. ¿Qué no he hecho? o más bien ¿qué he dejado de hacer por este negocio? Le he acercado las almitas (las fundadoras); las he desviado de Benicarló; he sacrificado a otras almas de aquí ... ; he ido dos veces a Vall, gastando fatigas y tiempo; he dado consejos, he orado todos los días... Y, en cambio, acusaciones y desagradecimiento, y que estoy desprendido, cuando casi hago pecados, porque me dicen que no debo cuidar de estas cosas ... » (11, Cartas, 4.º, 134).
Como veremos, por estos años don Manuel tenía hartas preocupaciones con la Hermandad, los colegios de España, Roma, Portugal y América, etc. El 1.º de enero de 1894 escribía a don Benjamín, rector del colegio español de Roma: «Estoy mareado con el convento de la Vall... El vicario capitular con su calma... Los sermones... El pueblo... No sé si conviene a los operarios estos negocios, aunque no sean permanentes» (11, Cartas, 7.º, 4), Y al mismo, el 13 siguiente: «Aunque rabiando, quiero empezar hoy. ¡Dichosos conventos y monjas! Y con todo tres días que estoy aquí, y no puedo desenvolverme para escribir. Vall de Uxó, ¡La mar ... ;» (Ibid., doc. 25).
72. Crónica II, 20–33.
73. «Siempre figura –le decía a don Manuel la superiora en 1905– con preferencia V.R. en la lista de nuestros recomendados a Dios. Ya sabe que siempre le hemos mirado como nuestro padre» (Torres, Vida, 289).
74. Ibid., 289.
75. Carta a doña Magdalena Colom: II, Cartas, 1.º, 99.
76. Ibid., doc. 111. La viuda doña Teodora, ahora religiosa, sólo disponía de 2.500 duros. Don Manuel busca los 2.000 restantes al 5 % de interés, que pronto se fueron enjugando. Cuando los fundadores llegaron a Tortosa, en la estación les esperaba don Manuel, que ya les tenía preparadas habitaciones y comida (Torres, Vida, 212 s.).
77. Sermón, 7 marzo 1880: E. I, Sermones, 9.º, 124.
78. «No tengo tiempo para moverme. Ayer lo pasé en día de retiro con las desamparadas del Asilo del Angel, donde tenemos ya 13 recogidas...» (Carta de 3 mayo 1880: E. II, Cartas, 1.º, 117).
«Era don Manuel el corazón y el alma de esta comunidad. Todos los meses nos daba el retiro, por lo menos durante seis años, y en este día siempre había un extraordinario en la comida, seguramente a sus expensas. De vez en cuando se recibían limosnas y regalos de personas desconocidas que resultaban ser confesadas de mosén Sol ... » (testimonio recogido por A. Torres, Vida, 215).
El padre Serra –retirado luego en el Desierto de las Palmas, pocos meses antes de morir asistirá, como veremos más tarde, al acto oficial de la constitución canónica de la Hermandad.
79. Don Enrique de Ossó funda en 1873 la «Asociación de Hijas de María Inmaculada y Santa Teresa de Jesús», elevado luego a «Archicofradía Primera» por Pío IX en 1875. Al siguiente año establece la «Compañía de Santa Teresa» (M. González, Don Enrique de Ossó.... 132 s., 139, 205 s.).
80. E–1, Sermones, 3.º, 96. Enrique de Ossó había muerto en 1896.
81. E. III, Varios, 1.º, 77: «Para las nuevas constituciones que se han de presentar». Va corrigiéndolas capítulo por capítulo. En junio de 1900 escribía a J. B. Calatayud: «He concluido ayer la tarea sobre lo de las Teresianas, que me ha dado unos días de verdadero trabajo mental» (II Cartas, 13.º, 104).
82. Cf. Ibid., 16.º, 69; y cartas que dirigen varias religiosas a don Manuel RAH, carp. 17 «De Religiosas», leg. 1.
83. E. II, Cartas, 20.º, 129. Para la fundación de Villafranca del Cid les ayuda don Manuel, por medio de una persona amiga, con el donativo de 2.000 duros. Otras actuaciones suyas respecto a estas religiosas en: E. III, Varios, 1.º, 80.
84. En los últimos años de don Manuel, escribíale la madre Aloysia Pla Deniel: «La diferencia y afecto que en todas ocasiones manifiesta usted por nuestro Instituto y por cada uno de sus miembros, crea usted que queda correspondido por nuestra parte, si no debidamente, por lo menos en cuanto alcanzan nuestras pobres fuerzas» (RAH, carp. 117, leg. 20).
85. Sobre la estima que éstas religiosas tenían a don Manuel, cf. A. Torres, Vida, 293 s.
86. «Suscripción para las Oblatas de Benicarló»: E. III, Varios, 1.º, 76.
87. A. Torres, Vida, 217 s.
88. E. III, Varios, 1.º, 74.
7
Apostolado de la juventud y de la familia
I. PRECURSOR DE LA ACCION CATOLICA
1. El problema de la enseñanza religiosa
Hemos dejado a don Manuel cuando en 1868 cesa como profesor del Instituto de Segunda Enseñanza de Tortosa. Dedicado, como acabamos de ver al apostolado de las almas consagradas a Dios, no olvida, y de ahora en adelante será una de sus primeras preocupaciones, el que venía dedicando a la juventud desde sus primeros años de carrera sacerdotal:
Mucho ha sido –confesaría más tarde– mi amor a la juventud. Desde el día en que recién ordenado se me colocó en el Instituto como profesor y como secretario, he tenido interés por la juventud varonil. Aunque no hubiera sido por ni¡ natural afecto, la experiencia de la importancia que tiene este campo, los resultados de gloria de Dios y bien de la sociedad, y por lo tanto de bien de la juventud, serían bastante motivo para mirarla con predilección.
Vilá, Franquet, Olesa, los Tallada, en los revueltos días del 68, fueron objeto de nuestra solicitud y salvaron sus convinciones en medio de aquellas borrascas. Otros, que no entraron o no se cobijaron bajo esta sombra, naufragaron. Y aunque algunos se han acogido, al fin, a una tabla de salvación, otros desgraciados se hundieron en la impiedad...
España estaba bajo la presión de una atmósfera asfixiante de desbordamiento de pasiones, y casi diríamos de impiedad, en aquel orden de cosas, después de la tempestad del 68. Se me acercaron entonces dos o tres jóvenes de los que habían sido mis discípulos en el Instituto que entonces subsistía, pidiéndome una organización semejante a la que había iniciado la Juventud Católica de Madrid. Consulté con el prelado señor Vilamitjana que lo aprobó, y provoqué una reunión en una casa de la plazuela del Rastro que servía de escuela de latín, porque el seminario estaba arrebatado por la revolución. Entre los concurrentes estaban don José Franquet Ferreres, don Víctor Olesa, don Santiago Vilá, don Domingo Grego y otros. Les expuse el pensamiento de construir la Juventud Católica con las bases de la de Madrid y un Reglamento particular, que allí se empezó a discutir. Les indiqué para Consiliario al magistral de entonces, el malogrado [don Francisco] Vilaret 1. No solo se recibió muy bien la idea, sino con entusiasmo tal, que no se presentó dificultad que no se venciera, dispuestos no sólo a defender las convinciones católicas que habían recibido de sus familias, sino a combatir con denuedo por la palabra y por la propaganda del bien 2.
Era necesario, pues, defender a una juventud que quedaba por entonces abandonada y sobre todo en lo que se refería a la enseñanza, a merced de peligrosas influencias ideológicas. A raíz de la Gloriosa, había quedado relegado el artículo segundo del Concordato que prescribía la enseñanza de la doctrina católica en los programas oficiales del Estado 3. La junta Revolucionaria y luego las Cortes Constituyentes proclamaron la libertad de enseñanza bajo la inspiración ideológica del krausismo, que conseguía con ese medio su anhelado ideal de la enseñanza libre 4. El Estado, sin embargo, se consideraba a sí mismo como «subsidiario» en esa nueva faceta de secularización, mientras no se llegara a la supresión de la enseñanza pública, si bien tal principio de subsidiaridad fuera entendido por la junta como un objetivo intermedio a alcanzar, dado que la situación cultural de España no permitía por entonces dejar a la acción individual el cuidado de educar al pueblo. De aquí que el Estado considerara como un deber primario mantener la enseñanza oficial, aun en medio de la más absoluta libertad de cátedra, de doctrina, libros de texto y metodología 5.
De todas esas libertades la única que quedaba excluida era la Iglesia. Y no es que faltaran mentalidades equilibradas que, admitiendo las ventajas que Podía ofrecer la libertad de enseñanza, aconsejaran que se siguiera manteniendo el derecho inalienable, aunque no exclusivo, que la Iglesia tenía respecto de la misma 6. De haberse aceptado esta postura tanto por parte de la Iglesia como del Estado y se hubiera llevado a la práctica, la tensión reinante hubiera acabado posiblemente en un mutuo entendimiento, ventajoso para ambas partes, y en resumidas cuentas para la formación del pueblo, que era lo que entonces importaba. Por desgracia, ni el Estado por su hostilidad hacia la Iglesia, ni ésta por su intransigencia consiguieron el resultado apetecido.
No cabía otro remedio, para impartir la enseñanza religiosa, que la labor que pudieran ir llevando a cabo personas o entidades particulares. Sería en este frente donde don Manuel iba a reñir sus primeras batallas.
2. La «Juventud Católica»
A raíz de los decretos citados, los obispos españoles se muestran conscientes de la situación desastrosa en que quedaba la enseñanza católica y de las repercusiones que iba a suponer en cuanto a la formación cultural y religiosa de la gran mayoría de los españoles. Tanto ellos como buena parte de los activistas católicos buscan soluciones radicales 7 y mientras condenan tal secularización calificándola como un error a la vez que teológico, moral, económico y social 8, proponen, entre otras, las medidas siguientes:
Para evitar de algún modo este grave mal, o amainar a lo menos sus funestos efectos, no hay en el día, según la legislación vigente, otro medio legal que el de oponer a la enseñanza irreligiosa la enseñanza católica en escuelas y cátedras establecidas a expensas o con el auxilio del clero, deduciéndose de aquí que, lejos de haber desaparecido para él el deber de atender a la instrucción, se ha hecho tanto más grave y urgente cuando su cumplimiento es uno de los medios más eficaces para preservar a los jóvenes de la corrupción y del error, y para satisfacer esta verdadera y apremiante necesidad de lo que en el preámbulo se llama servicio religioso.
Tócale a la Iglesia –leemos en otro documento– dirigir, formar y mejorar el espíritu humano por medio de la instrucción y de la educación; tócale al Estado, mientras se llame católico, ejecutar sus decisiones; tócale a la Iglesia definir la verdad y propagarla; tócale al Estado favorecer la propagación e impedir la de los errores que la contradigan 9.
Como el Estado siguiera desentendiéndose, deciden canalizar una serie de instituciones docentes, concretamente «Los Estudios de la Asociación de Católicos de España», «Las Academias de la juventud Católica» y «La Congregación de San Luis», de las que, éstas dos últimas, tanto iban a interesar en adelante a don Manuel 10.
Las «Academias de la juventud Católica» aparecen en Madrid en 1869, como defensa de la sociedad católica frente a la revolución. Pronto se extienden a otras ciudades españolas y llevan a cabo una labor beneficiosa, organizando actos culturales, recreativos y académicos, sobre todo en favor de los niños y de los jóvenes más necesitados con el fin de apartarlos de las escuelas estatales y de las no pocas gratuitas que iban organizando, ya por entonces, los protestantes. Intentan la restauración de las ideas católicas en la sociedad moderna, moralizar y mantener alejada de otros lugares de corrupción a la juventud por medio de la instrucción cristiana 11.
Por lo que se refiere a la Congregación de San Luis, es considerada por la prensa católica de aquellos años como «el arca de salvación para los pueblos y la juventud», por la preparación catequético–sacramentaria que da a los jóvenes de ambos sexos y las honestas diversiones que les proporciona, preservándoles, al mismo tiempo, de influencias malsanas y de peligrosas doctrinas. Era regida por un director general con el que colaboran otros sacerdotes, afiliados a la «Espiritual y Pía Unión de Hijos Predilectos de María Inmaculada bajo la protección de San Luis Gonzaga». Suelen organizar, a modo de los «Oratorios salesianos», movimientos culturales como los «Coros» y los «Teatros de San Luis» 12.
Como ya indicamos, y ello era a finales de 1869, don Manuel propone a un grupo de amigos establecer en Tortosa la «Juventud Católica», siguiendo las bases de la de Madrid y con un reglamento particular que ellos mismos confeccionan 13.
El objeto de los miembros de esta Asociación –decía el citado reglamento– es: instruir con asiduidad en los principios de la ciencia y de la moral católica; animarse mutuamente a encender en sus corazones el fuego de la religión; propagarle por todos los medios legítimos; defender con todas sus fuerzas los derechos, preceptos y disposiciones, y vindicar el Catolicismo de todos los ataques e injurias proferidos contra él. Serán medios para instruirse: la lectura de periódicos, folletos, libros selectos de moral católica, de controversia, de historia y literatura; las conferencias privadas y las públicas y periódicos, como también las consultas con personas instruidas...
Para atender debidamente al primer modo de inspiración, se procurará, aparte las suscripciones a revistas, periódicos, etc., etc., formar una biblioteca escogida para uso de los asociados, en el local de las reuniones...
La Junta se compondrá de un presidente, un vice–presidente, dos secretarios, un tesorero y tres vocales...
Las sesiones públicas se verificarán en fechas variables, a juicio del presidente que las señalará con la oportuna anticipación. En ellas se leerá algún discurso sobre un punto de moral, historia, disciplina, ajustado al criterio exclusivamente católico y en defensa de él... Además del discurso ordinario, en estas sesiones podrá cual quiera de los asociados, con permiso del presidente, leer algún artículo de oportunidad, poesía, etc., etc.
Serán medios para propagar la idea católica, además de los discursos de las sesiones públicas, la impresión de hojas y folletos, el establecimiento de alguna biblioteca popular, la enseñanza voluntaria y gratuita, etc. 14.
Fue nombrado primer presidente el abogado tortosino don Antonio Dolz Rosell. Las reuniones las celebraban, al principio, en el propio domicilio de mosen Sol; con el tiempo, en una casa de la plaza del Hospital, luego en la calle de Gil de Federich y, finalmente, en el magnífico edificio de la antigua iglesia de la Merced. Logró adiestrar don Manuel en el manejo de la palabra a un distinguido grupo de jóvenes, de los que se mostraba verdaderamente orgulloso. «Queda usted encargado –escribía en noviembre de 1871 a Froilán Beltrán– de predicar el sermón de primera clase a mis 'purísimas' el día de su Patrona. Estaba por darle el de la 'Juventud Católica', pero tal vez podamos aprovechar a otro este año y dejaremos a usted para el que viene. El día de la Purísima tiene sesión la 'Juventud'. Tendrá usted el gusto de oír a nuestros jóvenes. Tal vez hable Foguet, el abogado y semi–diputado ... » 15.
Con tales colaboradores don Manuel siembra entusiasmo y optimismo entre los jóvenes tortosinos. «Baste decir –confesaría más tarde– que la atmósfera que reinaba cambió por completo; y con veladas, peregrinaciones, funciones religiosas, etc., salvaron la fe» 16. En 1871 hace entre ellos una suscripción para el Papa 17, y unos años más tarde, 1878, iría en peregrinación a Roma ostentando la representación de su «Juventud Católica» tortosina, cuando ya era subdirector del recién fundado colegio de San José.
a) Anécdotas de una peregrinación
Sería éste uno de los viajes a la ciudad eterna que más impresionaron a don Manuel y del que nos ha conservado un Diario sumamente preciso y detallado 18. Formaba parte de la peregrinación nacional organizada por la juventud Católica de Barcelona para prestar homenaje a León XIII, elevado al solio pontificio el 13 de febrero de aquel año. Eran unos 2.000 peregrinos, entre los que se encontraba el vate catalán jacinto Verdaguer, e iba presidida por el obispo de Huesca. Don Manuel ostentaba la representación oficial de la diócesis de Tortosa.
Al desembarcar en Civitavecchia los aduaneros italianos pusieron algunas pegas a los peregrinos. «Omito –comenta en su Diario– las escenas de las aduanas. Hacía ocho años que había pasado por allí, cuando eran de nuestro común Padre, y las pasamos con las atenciones debidas 19. Ahora nos trataban como a gente conquistada». El 17 de octubre fueron recibidos en audiencia especial por el Papa. A don Manuel le causaría una impresión imborrable. «¿Cómo pintar –sigue escribiendo– el efecto que me causó León XIII? Al verle, blanco el cabello, tan delgado, con el sello de un sufrimiento indefinible en :su semblante, el primer efecto que me produjo fue el de una reverente compasión. Se veía en su despejada mente el sello de su vasta inteligencia. Había en su conjunto un sello de dulce austeridad que me hacía pensar: ¡Oh, tenemos Pontífice para poco tiempo!
Terminado el discurso del obispo de Huesca, se levantó como con fatiga, pero al desplegar aquellos brazos, al oír aquella voz argentina, aquellos ademanes tan vivos, aquella efusión de sentimientos, llenos de tanta naturalidad como elocuencia, desaparecieron mis temores y comprendí que toda aquella debilidad de cuerpo estaba compensada con una virilidad de espíritu consoladora. Aquella figura angelical, que descollaba sobre los demás, y en aquella actitud, con los brazos abiertos, parecía una visión».
Cuando le llega su turno, don Manuel, con un mensaje escrito en latín 20, entrega al Papa el donativo de la diócesis tortosina; éste aprieta entre las suyas las manos de mosén Sol. «Todos salimos –aclara– poseídos de la convicción de que León XIII era un santo, y de que por sus maneras dignas y por su diplomacia y sagacidad, era el hombre de estas circunstancias ».
Con el Papa, le gusta más ahora Roma a don Manuel. «En Roma –reconoce sinceramente– siempre se disfruta. No he encontrado quien haya sufrido desencanto o desilusión. Se sabe lo que hay en Roma, se lee; pero, al verlo, parece todo nuevo, como si nunca se hubiera oído hablar de ello». Y nuevos le resultarían también dos palacios romanos, el de Altieri y el de Altemps, donde fueron agasajados los peregrinos españoles con veladas literario–musicales por el cardenal Borromeo y por los jóvenes católicos del Círculo de San Pedro, y que tanto iban a contar, años más tarde, en sus trabajos, desvelos y realizaciones romanas.
De vuelta para España, don Manuel recorre con unos amigos varias ciudades italianas: Espoleto, Foligno, Asis, Perusa, Florencia, Pisa, Bolonia, Padua, Venecia, Milán, Turín y Génova. De todas ellas queda profundamente impresionado. «El 7 de noviembre –comenta en una carta– llegué [a Tortosa] de mi excursión a Roma y por Italia. He visitado el sepulcro de san Francisco y el de la madre santa Clara; el de san Antonio de Padua, y he besado su lengua. He tocado las manos de santa Catalina de Bolonia, y hasta he pegado golpecitos a dichas manos. He visitado Venecia, Milán, etc., etc... Aún no he tenido tiempo para pensar en mí, porque no me dejan ni un momento las visitas de los que quieren saber del dulce y angelical León XIII, cuya figura es una visión» 21. Valiéndose del secretario particular de León XIII logra de éste dos autógrafos, uno para sus colegiales de San José y otro para la «Juventud Católica» tortosina.
b) Nuevos apostolados
Incesante era la labor que, a pesar de sus otras muchas ocupaciones, iba desarrollando don Manuel con sus jóvenes católicos de Tortosa. A más de dirigirles sermones y pláticas, de vez en cuando organiza para ellos actos culturales y de formación apostólica: en octubre de 1880, vgr., un curso de conferencias científicas sobre geología y paleontología, desarrolladas por técnicos como don José Landerer y el jesuita padre Vicent; y para las tradicionales fiestas de la santa Cinta de 1883 una magnífica «Exposición agrícola» de productos del país, que fue inaugurada el 3 de septiembre en el colegio de Santiago y san Matías.
Del 7 al 11 de diciembre de 1887, en su domicilio social –el solar que hoy ocupa el templo de la Reparación– la «Juventud Católica» organiza una «Asamblea de Asociaciones Católicas». De tan notable acontecimiento decía la prensa de aquellos días: «La diócesis de Tortosa ha sido la primera en España que ha llevado a la práctica este gran pensamiento y esta obra predilecta de León XIII». No ha faltado quien haya escrito que fue aquella Asamblea la causa de que germinase la idea de los futuros Congresos Católicos Nacionales; por lo menos, bien puede asegurarse que fue como un ensayo anticipado de los mismos.
Se reúnen 748 asambleístas y preside las sesiones el prelado de Tortosa, don Francisco Aznar y Pueyo. De ellas dice el distinguido escritor tortosino don Ramón Vergés Pauli que «por lo esplendorosas y severas y por las conclusiones aprobadas, parecían tener el carácter de aquellos antiguos concilios en que todos los estamentos sociales ponían a contribución sus energías pro aris et focis». Hablaron oradores ilustres como don Rafael Rodríguez de Cepeda, Vilaret, Jerdiel, Cristóbal Botella, el obispo Aznar y Pueyo, el presidente de la «Juventud Católica» 22 y don Manuel, quien actúa de ponente en la sesión primera con el tema: «Obras de fe y de piedad» 23.
El 16 de octubre de 1892 la «Juventud» celebra una solemne velada literaria en honor de Colón, para conmemorar el cuarto centenario del descubrimiento de América.
Igualmente, don Manuel sigue trabajando por los jóvenes en campos más o menos variados. En 1877 se había inaugurado en el antiguo de San Matías un colegio diocesano de Segunda Enseñanza, agregado al Instituto provincial y bajo la advocación de san Luis Gonzaga. Fundador y director del mismo es el ya conocido don Juan Corominas, gran amigo de mosén Sol, quien a la vez de darle reglamentos 24, organiza su nuevo plan de estudios. A don Manuel le confía la cátedra de religión y de moral; y éste, al igual que hiciera en el Instituto, vuelve a escribir esquemas de sus lecciones, atender a los alumnos, llevarles a los actos piadosos, etc. Como complemento de las clases, atiende también a la «Escuela Dominical» que, como en otras ciudades de España, venía funcionando en Tortosa desde 1865 25. En 1873, interviene para darle una mejor organización y efectividad. Y lo mismo hace fuera de Tortosa, a través de la diócesis: tenemos numerosos esquemas de lecciones, artículos y puntos de predicación que iba repitiendo por diversos círculos católicos y en las escuelas nocturnas 26.
c) Resultados y nuevas esperanzas
Bien podía gloriarse años más tarde de los resultados obtenidos, aun reconociendo, como es natural en toda clase de organizaciones, que habían disminuido un tanto la fuerza y los entusiasmos de los primeros tiempos.
«Vinieron después otros acontecimientos –confiesa en el Discurso citado–; cesó aquella lucha que era la que alimentaba el entusiasmo y unía a todos en un mismo parecer sin distinción de opiniones, y vinieron en el país las divergencias y pasiones 27; y aquella pléyade de héroes se retiró a sus campamentos».
Con todo –sigue diciendo,– «tenernos a la juventud ilustrada de hoy, hijos ya de aquellos tan amados discípulos para mí»; y aunque «la vemos en la inercia e inactividad, cuando precisamente nos amagan circunstancias que, si no tan violentas, pueden ser por lo mismo más peligrosas ... », y pues «estamos en vísperas análogas de lucha.... he creído oportunísimo proponer lo que en aquella época [de 1869–70] dio tan buenos resultados para el bien social de Tortosa y para el bien de sus propios individuos que no han perdido la estrella de la fe en las varias circunstancias y que han sido un consuelo para todos ... ».
Propone, por ello, restaurar de nuevo la «juventud Católica» tortosina, vigorizándola con nuevas iniciativas, medios de trabajo y de formación.
3. Círculos de obreros
Una de las iniciativas de la «Academia de la Juventud» fue la de establecer «Escuelas nocturnas para obreros y artesanos», de las que, por voto unánime «de los señores de la Junta», fue nombrado don Manuel director espiritual, habida cuenta «del celo e interés con que siempre ha mirado cuanto a esta sociedad se refiere» 28.
Ya hemos hablado algo de ese movimiento obrero, que por estos años se iba organizando en España y de modo especial en Cataluña 29. En 1864 surge la primera Asociación Internacional de Trabajadores, y las manifestaciones extremistas conocen uno de sus momentos más álgidos del período revolucionario 1868–1874. En septiembre del 68 tiene lugar la primera intervención española en el Tercer Congreso de la A.I.T. de Bruselas. Al año siguiente se gesta una «Federación Obrera Regional Española», integrada en la A.I.T., que celebra en Barcelona su primer congreso con asistencia de 90 delegados en representación de unos 40.000 obreros. Pablo Iglesias, en 1879, establecerá en España el «Partido Socialista Español», que pronto tendría gran arraigo en Cataluña 30.
La reacción por parte católica es muy débil al principio: tal vez por falta de sensibilidad en la burguesía y en las clases medias; quizá por miedo al «Socialismo» como elemento descristianizador de la clase obrera; o por ese mismo catolicismo oficial que no respondía a una ética socializante familiar. De los pioneros de primera hora, uno fue el padre Antonio Vicent, S.J. (1837–1912), quien logra crear, en 1864, el primer Círculo Obrero Católico en Manresa. Con el tiempo llegaría a controlar 114 organismos obreros de distinto carácter, que servirían de base al «Consejo Nacional de las Corporaciones Obreras Católicas». Entre otros, puede también citarse al padre Ceferino González, O.P., quien años más tarde, en 1876, establecería en Córdoba los «Círculos Católicos Obreros» 31.
Cuando el padre Vicent viene a Tortosa como dejamos indicado, don Manuel prepara una Asamblea de Asociaciones Católicas 32. Le preocupaban también los obreros y a ellos dedica buena parte de su tiempo, sobre todo en las escuelas nocturnas y de formación de adultos, o cuando les proporciona programas de decidida actuación católica. Entre sus papeles hemos encontrado el borrador de la siguiente proclama:
Círculos de Obreros:
Señores: Es inútil discutir sobre los círculos de obreros y su conveniencia: Los unos los combaten, los otros los apoyan.
Hemos visto personas muy buenas y de criterio, que sin embargo miran...
Dos son las causas: 1.º El espíritu de innovación.
2.º Los resultados.
Innovación: No comprenden la época. Cada época tiene su fisonomía.
Nuestra época ha perdido el carácter de vida de familia; el enemigo ha sacado al varón del seno de la familia, y le ha abierto centros de disipación, y los ha organizado.
Es un mal,
Sin embargo, existe: y lo que es peor, no se remedia.
Hay que darle, pues, una medicina. Como tal, pues, los círculos católicos son una necesidad. Ver de convertir esta necesidad en bien. Injertar estos centros, que son una necesidad, para convertirlos en centros para Cristo. ¿Y qué duda hay, si estamos ya bajo la aprobación de la Iglesia? ¿No ha bendecido al conde de Mun, ese apóstol infatigable, que ha levantado al lado de los centros socialistas de Francia, formidables centros que pueden, ser la regeneración de Francia?
Esta cuestión es,, pues, inútil a los que combaten los círculos.
Se dirá que nuestra España no está en condiciones todavía.
1.º Debemos responder que si no lo está hoy, lo estará dentro de poco. Y se establecerán después que venga el mal.
¿Qué pueblo hay donde no haya cafés levantados por la masonería, con periódicos y revistas?
2.º ¿No es mejor adelantarnos?
La 2.ª cosa que ha hecho temibles los círculos es el peligro que llevan en sí. Por una tendencia natural, hija del pecado original, tendemos a la emancipación, a la independencia, al mal. Somos democráticos por naturaleza; y de aquí que [en] los círculos empezados con la mejor intención, luego entran las ambiciones, las rivalidades. Además el enemigo malo tiende a malearlos, y en muchas partes la misma masonería se ingiere, pone la mano, y lo convierte en centro de impiedad. Los buenos se retiran, y el campo queda para los malos y organizados.
En Tortosa, ¿qué ha sucedido a estos centros?
Este sí que es un mal; ¿pero no puede precaverse?
Sin duda. ¿Cómo? Fijando bien las bases del reglamento, y ponerlas al amparo de todo vaivén con el principio de autoridad. ¿Serán Círculos Católicos? Pues que lo sean, y pueden serlo siempre.
Muchos círculos se han desvanecido por esto.
Además una Federación.
Al efecto se ha pensado en solidar los Círculos, mediante un fuerte reglamento en sus bases generales, como son: objetos, elección de Junta, intervención inmediata y constante de la autoridad eclesiástica y parroquial; bien que en lo accidental pueda haber innovaciones que pueden proponerse, y son capaces de alteración, como cuotas, clases de juegos, clases de bebidas, etc., etc. 33
Asimismo, piensa establecer un «Patronato del obrero», que sea, como él mismo lo define, una «Liga de propietarios para promover los intereses materiales y morales de los obreros y para defender (o resistir) las imposiciones injustas de los mismos, que atenten a la libertad de dichos propietarios en las obras que quieren ejecutar». Igualmente otra «Liga regional para la defensa de los intereses propios y promoción de los del país». Sobre ello llenaría, en proyectos y borradores, numerosas páginas 34, con lo que poco a poco fue infundiendo una nueva mentalidad en sus paisanos tortosinos.
II. LA CONGREGACION DE SAN LUIS GONZAGA (1880–1906)
1. Director de la Congregación
«Debemos concebir –escribía don Manuel– un verdadero respeto, una alta estima y un amor eficaz para cada una de esas almas tan queridas de Cristo. Debemos amar a la infancia y a la juventud como Jesús la amó: porque en esto está verdaderamente el secreto de educarlos y hacerlos felices y buenos. 'Es el secreto de Dios', decía el P. Félix. Este amor nos obligará, como consecuencia, a procurar que sea impresa, por todos los medios posibles, la imagen del divino Salvador en lo más íntimo de sus corazones, blandos como la cera, no rehusando fatigas para ello...» 35. No las rehusaría por cierto don Manuel. «He tenido amor a la juventud –repite de vez en cuando–. Tengo suma complacencia en estar en medio de vosotros. La juventud es mi ideal» 36.
Buena ocasión tiene de dedicarse a ella cuando a primeros de noviembre de 1880 es nombrado director de la Congregación Mariana o de San Luis Gonzaga, que los jesuitas habían establecido en el arrabal del Jesús en 1866. Como consecuencia de la «Gloriosa», éstos hubieron de dejarla y durante unos años fue dirigida por don Juan Corominas, quien propone a don Manuel para que le suceda en el cargo, cuando él ha de trasladarse a Tarragona con el obispo Vilamitjana.
Lo primero que hace don Manuel es añadir nuevas normas a los antiguos reglamentos 37, con el fin de que los jóvenes se fueran acostumbrando a las prácticas religiosas ya conocidas: tiempos de oración, visitas y vela del Santísimo, mes de María, etc. 38. «No está satisfecha nuestra ambición –escribía al cabo de algún tiempo–. La Congregación de San Luis de Tortosa tiene una misión providencial que cumplir. Por su historia, su naturaleza y sus medios, debe aspirar a formar una red que arrastre a la juventud de los pueblos de España» 39
Para el logro de estos anhelos piensa fundar una revista que sirva de órgano de la Congregación de Tortosa y lazo de unión, a la vez, de todas las que, en mayor o menor escala, existían entonces en España. El 13 de noviembre de 1880 dirige a todas ellas una circular en la que, después de lamentarse de que algunas diesen resultados tan poco relevantes y hasta estuvieran a punto de extinguirse, propone la creación de la revista como «incentivo que sostuviera la llama del entusiasmo juvenil». «Cuando en 1871 –les sigue exponiendo– en el 25.º aniversario de la coronación de Pío IX, la de Tortosa se dirigió a todas para un mensaje, surgió la idea de una revista que las demás confiaron a la de Tortosa; pero ésta, a su vez, a otra más importante. Diez años, y no se ha hecho». Había llegado, por tanto, la hora de que la revista apareciera definitivamente con los objetivos que se señalaban a continuación: 1. el desarrollo del espíritu del reglamento (culto e imitación de la Virgen y de san Luis); 2. el culto al divino Corazón y su fomento por las Congregaciones; 3. la creación de Gimnasios o Círculos de San Luis, y 4. el fomento de los demás medios de propaganda, insinuados en el reglamento de las Congregaciones» 40
2. «El Congregante de San Luis»
Un año después, en diciembre de 1881, salió a la luz pública el primer número de la revista mensual titulada «El Congregante de San Luis», como «órgano de la Congregación de la Stma. Virgen y San Luis Gonzaga, consagrada al fomento de las mismas». Una revista ágil, densa de contenido, instructiva y amena, que pronto alcanza fama y prestigio de carácter nacional. Para su elaboración don Manuel busca consejo y colaboraciones entre los padres jesuitas, que estaban de nuevo en Tortosa desde 1879 41, pero numerosos artículos fueron saliendo de su pluma, anónimos la mayoría de las veces. El mismo nos lo declara cuando da cuenta de la nueva revista, origen, razones y finalidad de la misma, a su primo el padre Marro, S.J., misionero entonces en Filipinas:
Hemos publicado –le dice– una revista que sea órgano de las Congregaciones de San Luis. Le envío los dos primeros números que han salido. Si se desea en esa alguna suscripción, me lo dirá... No extrañe, querido primo, que a la vejez haya sentado plaza de periodista. Se me encargó la dirección de la Congregación de San Luis de ésta, y lamentaba no hubiese una pequeña revista, órgano de las Asociaciones de España. Entusiasmé con la idea a alguno de mis amigos y a un congregante muy guapo que tengo, y me resolví a que se publicara. No para escribir yo mucho en ella, pues ya sabe que mis ocupaciones no me lo permiten, sino para ser solo el protector y el propietario de la revista y hacer trabajar a los demás. Con todo, alguna cosita hago, pero sin nombre. Los artículos D.P. son míos. No se burle de ellos y de las garrafales que me han puesto los cajistas. Como tengo tantos deseos de que se establezcan los Círculos de San Luis, por esto me he resuelto a indicar yo su conveniencia. La revista no se inició sin la aprobación de nuestros padres del Jesús, en particular del padre Gació y logramos tener un censor literario de entre los mismos padres. El padre La Rúa, de Barcelona, nos ha mandado muchas suscripciones. De los otros colegios de padres nos han enviado muy pocas. Y de algunos, lo hemos extrañado. Además, hemos adquirido en el Temple 42 un pedazo de huerto para ver si, ensayando allí un círculo de recreo, logramos animar a los congregantes. Los padres nos animan a todo esto relativo a San Luis, y el padre Xercavins tiene la amabilidad y la paciencia de revisar los escritos de los que quieren enviar algo para la revista. Le repito que no lo olvide ante el Corazón de Jesús. 43
En principio la dirige el mismo don Manuel con ayuda de don José Rubio y de don Ramón Curto. Algunos años después dejó su dirección a los operarios don Andrés Serrano y don Joaquín García Girona. Vivió la revista hasta 1897 en que, como veremos más adelante, apareció el «Correo Interior Josefino».
3. Gimnasio de recreo
Como ya apuntaba en las cartas que hemos citado, había adquirido don Manuel el 30 de noviembre de 1881, en el llamado ensanche del Temple de Tortosa, 2.700 metros cuadrados de terreno para establecer allí un Gimnasio o Círculo de recreo, haciendo, como primera providencia, que en él se plantaran gran cantidad de árboles 44. Lo veía necesario para atraerse a la juventud, como se lo explicaría poco después a uno de sus amigos. «Es una lucha –le escribe– la que es preciso sostener con esos jóvenes inconstantes. Por eso yo estaba desalentado de poder reunir un número regular de jóvenes que quisieran practicar la piedad, y no vi otro medio que el de establecer medios de recreación y en ellos confío, si ha de lograrse algo de los jóvenes.
En esta ciudad amurallada no hay ni un palmo de terreno y me he visto precisado a recurrir a un ensanche que ha permitido el Gobierno; y sin recursos y empeñándome, he comprado un espacioso terreno donde confío levantar un gran salón donde puedan jugar lo chicos y tener sus sesiones, representaciones, etc. Por ahora se pasa con un entoldado. Van aumentando los chicos y creo que tendrá resultado, pues a pesar de las pocas comodidades que ofrece hoy el sitio, pasan todas las tardes jugando a los bolos, al dominó, etc:... Estoy con usted de que estos jóvenes deben ser el plantel de la juventud Católica, pero sólo los que sean estudiantes; los demás serán plantel para los círculos de obreros...» 45
Otras razones de más envergadura movían también al animoso mosén Sol. Según razonaba al Sr. obispo, Aznar y Pueyo, los masones tortosinos venían proyectando un «Ateneo libre» y contaban con suficiente dinero para proporcionarle buenas instalaciones, diversiones, escuelas nocturnas y conferencias. El «espíritu del mal» –apuntaba en otra parte– procuraba «abrir centros de recreación desconocidos a nuestros padres, y con el pretexto de un solaz necesario en los días festivos, ha logrado introducir en los jóvenes la disipación y el desamor a la vida familiar primero, y después la relajación, atándoles allí con la cadena del respeto humano por las amistades adquiridas en estos lugares, impregnados la mayor parte de ellos de una atmósfera viciada por lecturas, ideas y ejemplos nada edificantes... ¿No se hace, pues, indispensable –sigue preguntándose– que la juventud de San Luis, sin abandonar el carácter de altamente piadosa que la debe distinguir, tenga un lugar de recreación en los días festivos...?» 46
A ello va don Manuel. Decide comprar el terreno y luego de resolver no pequeñas dificultades, logra poner la primera piedra el 9 de julio de 1882, fecha que solemnizaron los congregantes con una velada literario–musical. Puede inaugurarlo el 26 de diciembre siguiente 47, y como primeras bases da a los congregantes el siguiente «Reglamento provisional»:
Artículo 1.º: El Gimnasio de los Luises es el local destinado a la recreación y honesto esparcimiento de los Congregantes de S. Luis.
Artículo 2.º: Es condición indispensable para pertenecer al Gimnasio que estén inscritos en la Congregación, al menos, como aspirantes de ella.
Artículo 3.º: La junta de la Congregación es la que está al frente del Gimnasio o Círculo y tiene en él iguales atribuciones, bajo la absoluta autoridad del director de la Congregación.
4.º: Se establecerán toda clase de juegos y demás medios de recreación, acordándolos antes la Junta. Esta indicará además las cantidades que pueden ponerse en cada uno de los juegos, así como también el precio de lo que se crea prudente proveer y expender en el Gimnasio.
5.º: La cuota mínima de los asociados al Gimnasio es de dos reales mensuales. No obstante, la junta podrá acordar para los que individualmente manifiesten de palabra o por escrito no poder subvenir con esta cuota, la de un real mensual.
6.º: La insolvencia de la cuota respectiva por tres meses consecutivos, indicará darse de baja el insolvente, y no podrá de nuevo ser admitido sin nueva solicitud. 7.º: La Junta cuidará de que cada día festivo, o en los que se determine abrir el Gimnasio, haya al cuidado de él un individuo de la misma, asociado a uno o más prefectos. Estos están obligados a este turno, no mediando razón para excusarse, que en este caso expondrá al presidente.
8.º: Todos estos cuidarán del orden en el Gimnasio, y sus disposiciones serán atendidas, como si fueran emanadas de la junta, pudiendo despedir interinamente a cualquier individuo, si lo creen conveniente, dando después cuenta de sus disposiciones a la junta.
9.º: Se procurará todos los meses una representación teatral, una sección literaria, y habrá una función mensual según el reglamento de la Congregación.
10.º: La falta de asistencia por tres veces consecutivas, o cinco al año, a la función religiosa, sin fundar antes la no asistencia al prefecto respectivo, o al presidente, será motivo para la expulsión del Gimnasio, y aún de la Congregación.
11.º: La tarde de la función mensual religiosa, no se admitirá en el Gimnasio a ningún individuo durante el tiempo que dure aquel acto.
12.º: Las composiciones para las secciones literarias, así como también los dramas que se representen, deberán ser antes revisados por el director, o por otro comisionado por el mismo.
13.º: La junta podrá acordar la expulsión temporal o perpetua del Gimnasio de cualquier individuo, sin estar obligada a darle explicaciones.
14.º: Los que sean dimitidos, lo mismo que los que dejen de pertenecer voluntariamente al Gimnasio, no tendrán derecho a reclamación alguna, respecto de cuotas y demás del Gimnasio.
15.º: Ningún acuerdo tendrá efecto sin la voluntad y asentimiento del Director, el cual es asimismo, y será el único propietario del Gimnasio, y de cuanto a él perteneciere.
l6.º : Los aspirantes a la Congregación, que, según el Reglamento, pueden serlo los que todavía no comulgan, podrán ser admitidos al Gimnasio, pero resolviéndose antes por la Junta para cada individuo en particular, según su edad y condiciones.
17.º: Los Protectores de la Congregación, según el Reglamento de la misma, Podrán pertenecer al Gimnasio, satisfaciendo la misma cuota que los socios efectivos.
Gimnasio habría de regirse por un presidente, un vicepresidente, un tesorero, un secretario, un bibliotecario y varios vocales que nombraría el rector 48.
La primera Congregación establecida por los jesuitas del Arrabal del Jesús reunía en un mismo y único grupo a estudiantes y. artesanos. Don Manuel los divide ahora en dos secciones, si bien quedan bajo el mismo director. Para los no estudiantes o artesanos, a más de las recreaciones y actos de piedad comunitarios, establece escuelas nocturnas, dirigidas y sostenidas durante muchos años por la Congregación de San Luis, con otras actividades propias de los mismos. «Esto tiene la ventaja –explica de que los no escolares ven que no es cosa de estudiantes, sino de artesanos; van viniendo cada día en mayor número y están satisfechos» 49.
De estos estudiantes –entre ellos numerosos seminaristas– llega a reunir unos 150, a los que tenía divididos en diez coros. Para adiestrarlos en la propaganda social cristiana, establece secciones destinadas a recoger ropas, que distribuían luego entre los pobres; a visitar los jueves las cárceles, consolando, obsequiando y disponiendo a los presos para la recepción de los Sacramentos e instruyéndoles en la doctrina cristiana; a visitar cada semana a la Virgen de la Cinta y al Santísimo Sacramento; a repartir entre las clases trabajadoras La Lectura Popular; a canjear libros de sana doctrina e instructivos, por otros que iban recogiendo, prohibidos o inmorales... «Todo –escribía en El Congregante para bien de nuestra población, tan trabajada por el indiferentismo religioso» 50.
Mientras padece un sensible contratiempo con la muerte de su gran colaborador el joven, de 24 años, José Rubio y Lluis (+ 29 diciembre de 1883) 51, puede ir agrandando el Gimnasio, dar fin a sus obras, embellecer los campos de recreo, dotarle de nuevas recreaciones, etc. El 29 de junio de 1897 inaugura la capilla, en la que en adelante celebraría con sus congregantes ejercicios espirituales, funciones eucarísticas y demás reuniones piadosas 52. El 3 de julio siguiente, la S. Congregación del Concilio otorga la facultad de reserva del Santísimo en la misma capilla.
4. Más actividades juveniles
Además de las escuelas nocturnas, la Congregación funda en 1895 las escuelas dominicales en el salón de la Juventud Católica. Para el sostenimiento de unas y otras se gastó don Manuel grandes sumas de dinero de su peculio particular. Organizaba en obsequio de los que a ellas asistían funciones religiosas en la iglesia de San Felipe y dirigíales, para enfervorizarles, piadosas instrucciones.
Asimismo, ya desde 1881, había planeado una serie de proyectos para grupos de jóvenes o de caballeros, quienes, a más de promover un eficaz y más directo apostolado entre el pueblo, pudieran defender valientemente la causa católica. Denominábalos: «Liga de salvación», «Apostolado de San Luís», «Protectorado de San Luis», «Escuela de Piedad» bajo el patronato de san José, «Escuela de Nazareth», etc. Luego idearía, en 1901, una especie de «Federación de las Congregaciones de España», con diversas ramificaciones tales como «El Apostolado de la Juventud de Tortosa», y nuevos «Gimnasios de los Luises», así como una «Juventud Josefina» para los jóvenes que no pertenecieran a la Congregación, dividida en tres secciones: para antes de la primera comunión, para los ya consagrados y para los que se inscribieran, posteriormente, en la Corte de Reparación 53. Todo era en él actividad, entusiasmos febriles, ilusiones esperanzadas, proyectos y realizaciones. No es de extrañar que acabara a diario rendido y que al filial de su larga y extendida correspondencia indicara, a veces: «no puedo más», «estoy totalmente agotado».
Mientras pudo materialmente, hasta 1888, él llevaba personal e inmediatamente todos los asuntos relacionados con la Congregación de San Luis. Luego hubo de delegar en sus inmediatos colaboradores, los operarios. Pero aún le queda tiempo, como veremos más adelante, para organizar y llevar a cabo en septiembre de 1891 la peregrinación nacional de los congregantes de San Luis a Roma, en el centenario de la muerte de san Luis Gonzaga.
Por otra parte, ante el incremento de sus colegios de vocaciones y la necesidad que estos tenían de una nueva revista coordinadora, el futuro «Correo Josefino», tuvo que suspender, bien a su pesar y sin que dejaran de mediar algunas causas económicas 54, su querida revista «El Congregante». El 21 de diciembre de 1896 se despedía con no poca tristeza de sus lectores: «Quince años hace que salió a luz nuestra Revista... Podríamos citar no pocas Congregaciones que deben su existencia a nuestra Revista; otras muchas, a cuya reorganización y aumento de piedad ha contribuido en gran manera; la peregrinación al sepulcro de san Luis... Hoy las circunstancias han cambiado. Las Congregaciones de la Santísima Virgen han adquirido notable desarrollo. Algunas tienen órgano propio en la prensa...» 55.
Su dedicación plena a la Hermandad, a los seminarios y al colegio español de Roma; sus otras ocupaciones y su misma edad avanzada; y dado también que con el reducido número de operarios no podía seguir atendiendo tanto a la juventud como a la Congregación tortosina 56, todo ello hizo que fuera dejando a otras instituciones el cuidado y dirección de las mismas. En 1906 traspasa a los Hermanos de las Escuelas Cristianas el Campet del Roser y el local del Gimnasio, que pronto lo convertirían en uno de sus colegios 57. La Congregación, primero se funde con la que, bajo la dirección del presbítero don Tomás Bellpuig, funcionaba en el colegio de San Luis y luego se hicieron cargo de ella los jesuitas del colegio Máximo de Tortosa, añadiéndola el patronato del Beato Gil de Federich.
Don Manuel llevaría hasta el final de su vida su nostalgia por la juventud tortosina. En la página segunda del álbum de ilustres de la Congregación había dejado estampado este pensamiento: «Que la Inmaculada de la santa Cinta y san Luis Gonzaga bendigan a los jóvenes piadosos de Tortosa y les haga instrumentos aptos para reparar los intereses de la gloria de Jesús, ha sido y es mi constante anhelo. – M.».
Como un día el padre Llusá, S.J., nombrado director de la Congregación, hablara con don Manuel sobre la suerte de los jóvenes de Tortosa, «el rostro del venerable anciano –testificaba aquél– se iba animando y encendiendo más y más...; se le asomaron las lágrimas a los ojos y le dijo: 'Ah, Padre. ¡La formación de la juventud, esa es la grande obra! ¡El salvar a la juventud de Tortosa ha sido por muchos años mi sueño dorado! Creo que para realizarlo he puesto más trabajos y desvelos que para la misma Hermandad» 58.
III. OTRAS OBRAS DE APOSTOLADO
Si la acción que desarrolla en Tortosa, dentro del apostolado seglar, va llenando su tiempo y sus preocupaciones, no por ello deja de pensar don Manuel en proyectos de más alta envergadura tanto a nivel diocesano como nacional. Sueña con extender su acción a las más diversas clases sociales; agrupar a todos en una constante plegaria de amor y reparación; seguir dando llamadas de alerta, promover entusiasmos, animar.
Sería largo seguirle a través de tantos borradores como va rellenando, de tantas cartas como escribe y de tantas iniciativas que va repartiendo. Ello nos obliga, pues, a quedarnos con estos puntos más esenciales.
1. Prensa católica
Además de los artículos que publica en El Congregante, colabora también en el periódico semanal de don Enrique de Ossó, El Amigo del Pueblo, que, como ya indicamos, dura poco tiempos 59. El 9 de julio de 1872, escribíale desde Barcelona don Enrique: «Ayer leí El Hombre infame de esa, que vuelve a salir; su primer artículo es Guerra a la le divina. Es, pues, urgente que vuelva a aparecer El Amigo, Si podía ser esta semana, mejor...» 60. Desafortunadamente, no pudo ser así.
De otras publicaciones periodísticas de don Manuel no tenemos noticias 61, fuera de las ya indicadas y del posterior Correo Josefino. Sin embargo, le seguiría siempre interesando la difusión, siquiera fuera a niveles populares, de la buena prensa católica.
El 1.º de enero de 1872 acepta el nombramiento que le hizo el prelado de director de El Apostolado de la Prensa o Biblioteca popular, instalada en los bajos del palacio episcopal y que se encargaba de propagar por la diócesis lecturas piadosas y morales. Como era su costumbre, pronto lanza una «Circular» a todos los de la diócesis para que le ayudaran en la nueva empresa. En ella nos manifiesta la importancia que, precisamente en aquellos momentos de revolución, concedía a una prensa católica, bien activada y extendida:
Ha sido la prensa ––escribía– la que más ha contribuido al extravío de tantas inteligencias, poco ha vivificadas por la luz de la fe y de la piedad. ¿Quién no ha visto el empeño del protestantismo y de las sectas de la impiedad para introducir, sobre todo en las clases modestas de la sociedad, en los talleres, en los grandes centros, el virus del error por medio de la fácil y barata publicación de folletos, periódicos, novelas, etc.? El espíritu del mal ha creído encontrar en el invento de Guttenberg la palanca con que arrancar la fe, si le fuera posible, del pueblo español... Es cierto que por nosotros mismos, por grandes que fueren nuestros esfuerzos, nada podríamos: que la obra de la regeneración de la sociedad es toda de Dios. Pero Dios cuenta con la libre cooperación nuestra para realizar por la prensa sus grandes designios sobre la sociedad... 62
De aquella «Biblioteca» saldrían folletos, estampas, pequeños libros de devoción, circulares y otros papeles de propaganda. Hasta idea la creación de una editorial, que habría de llamarse «Imprenta Católica de San José» 63. Si no pudo lograrla, sí logró establecer una «Librería Católica» en el colegio de San Rufo, del que más tarde hablaremos, para la venta de libros piadosos a precios económicos. Sólo en los dos primeros años se despacharon libros y objetos de propaganda religiosa por valor de 18.000 pesetas. Años después intentaría fundar una asociación para divulgar la Sagrada Biblia, con el fin de contrarrestar la propaganda protestante en España 64.
2. Un «monumento» al Sagrado Corazón de Jesús
Por estos mismos años, de 1873 en adelante, procura extender en Tortosa y por toda España la devoción al Sagrado Corazón de Jesús. A sus religiosas, las «Claras» y las de San Juan, hacíalas rezar su «oficio litúrgico», y entre las señoras de la ciudad había formado varios coros de la «Pía Unión del Corazón de Jesús». Celebraba frecuentemente la misa en el altar que del mismo tenían las sanjuanistas y ante su imagen hace su propia consagración el 3 de enero de 1871 y el propósito de dedicarse a extender su devoción el 31 de mayo del año siguiente.
En adelante, iría todavía más lejos. «Estamos bajo la presión más peligrosa –escribía por entonces– de cuantas han atravesado nuestra madre Patria. El presente nos inquieta, la incertidumbre del porvenir nos angustia. ¿Quién podrá calmar las agitaciones de nuestro corazón?... Hasta el presente y en medio de las tempestades que más de una vez han parecido cernerse sobre nuestra ciudad, amenazando con días de luto y de sangre, una mano misteriosa y providencial las ha disipado y la tranquilidad ha renacido» 65.
Alude en estas palabras a uno de tantos proyectos que se había formado con ayuda de una señora, cuyo nombre deja en el anonimato, de establecer un «monumento», un «lugar de víctimas agradables» que sirviera de reparación y de expiación al Sagrado Corazón de Jesús. La noticia nos la ha dejado en el borrador de una carta que escribe en 1871, de la que recogemos los siguientes párrafos: «Muy Sra. mía y hermana en Jesús: No tengo el gusto de haber hablado con Vd.; sólo la recuerdo por haberla visto cuando en los últimos años de mi ordenación y estando yo aún en el seminario lo visitaba Vd.». Le pide excusas por su atrevimiento en escribirla, y continúa: «Empecemos, pues. Eran los primeros días de la Revolución de 1868. Catedrático entonces del Instituto y con el cargo de director de las religiosas en que todavía continúo, tuve que presenciar muchos extravíos. Los pecados que en aquellos días se cometían en mi estimada patria angustiaban mi corazón como el de todas las almas buenas y temía un castigo del cielo. Algunos se ofrecieron a Dios víctimas y el Señor las aceptó. Yo también me ofrecí y el Señor sin duda no me quería. ¡Quién sabe cuantos males detuvieron!...».
Una persona le había hablado a don Manuel de aquellos males y de los castigos que preveía iban a caer sobre España y Tortosa. «Esta amenaza –le sigue diciendo– hirió mi corazón... No quiero llamarlo inspiración. Un pensamiento cruzó mi mente y me pareció que el Corazón de Jesús exigía un propiciatorio, un monumento, un lugar de víctimas agradables ... ; un Instituto de religiosas dedicadas a honrar especialmente al Sagrado Corazón de Jesús y que tuviera por objeto desagraviarle de los pecados del mundo, atrayendo bendiciones para todos y en particular para esta ciudad... Mi proyecto es el de establecer ese convento en el lugar o edificio llamado de palacio de san Rufo, teniendo por base la iglesia de San Felipe con los adyacentes... ¿Es Vd. la destinada a levantar o promover este monumento a la gloria de Jesús?... ¿Está destinada a promover esta obra de la gloria de Dios? Medítelo silenciosamente en la presencia de Jesús. Como ve, no trato de imponerle ningún sacrificio exterior de ninguna clase. Yo creo contar con medios humanos más que suficientes... No me diga que el edificio no me pertenece.... porque no se desea más que su voluntad. Lo demás es dejarlo a la Providencia de Jesús y a mi cuidado» 66.
La noticia la amplía más tarde en otras cartas que dirige al obispo, señor Vilamitjana, y que creemos sean de 1873. Por ellas vemos que fue el mismo señor obispo quien le había confiado las amenazas que preveía iban a llover sobre España y Tortosa. Don Manuel le propone entonces erigir el citado monumento propiciatorio, «fundado por su Iltma. y con la cooperación posible de los hijos de esta ciudad; y que pudiese albergar sus cenizas para que ellas fuesen como súplica perpetua a fin de arrancar de las manos del Señor aquel terrible decreto, quod est contrarium nobis». Le propone la colaboración de aquella persona piadosa, «de fuera de esta ciudad» y la posibilidad de establecer en el citado palacio de San Rufo una comunidad de religiosas que se dediquen a la reparación del Sagrado Corazón de Jesús y a «un poco de enseñanza», porque «en mi concepto –le aclara sagazmente– conviene en algunas temporadas que ciertas cabezas puedan tener una ocupación exterior» 67.
Proyectos y más proyectos: siembra que va derramando, aunque, a veces, no pudiera recoger por sí mismo los frutos. Luego del «monumento espiritual», sueña en una revista mensual; más tarde en nuevas organizaciones 68 y por último en «levantar un monumento al Sagrado Corazón de Jesús –ahora de piedra y con toda grandiosidad– cuando tengamos paz» 69. Si externamente no pudo lograrlo, sí que lo vino a realizar, trabajosa y silenciosamente, en multitud de almas que poco a poco le fueron saliendo al paso.
3. El «Apostolado de la Oración»
Como cumplimiento de las promesas hechas en 1871 y 1872, el 9 de enero de 1874 don Manuel establece pública y solemnemente, en la iglesia de San Antonio, el Apostolado de la Oración y la Congregación del Sagrado Corazón de Jesús, o como otras veces la titula: el Apostolado del Corazón de Jesús, una rama especial de la Archicofradía del Apostolado de la Oración, a la que se exigía pertenecer previamente, para luego formar en la «Liga de corazones consagrados a amar y extender el culto y amor al Corazón de Jesús, a fin de apresurar su reinado en España». Complemento de esta obra era la Corte de Reparación para dar «culto continuo al Corazón de Jesús mediante la compañía o vela perpetua», por la que cada asociado se comprometía a una hora al mes de vela ante el Santísimo, de día o de noche, por suerte o a elección.
El lema es significativo: «celo' amor, reparación»; y los cofrades llevan por insignia «un Corazón de Jesús según modelo que llevarían sobre el corazón». Entre las prácticas especializadas se señalan, además de los tiempos de oración, la comunión mensual, ciertas limosnas para favorecer las obras de apostolado y «dar cuenta cada año de lo que se ha venido practicando». Todos ellos se rigen por unos estatutos y una junta directiva 70.
Desde ese momento don Manuel se dedica a extender la obra por Tortosa y por toda la diócesis: organiza la vela de caballeros y señoras, regala o hace regalar nuevos altares e imágenes del Sagrado Corazón, predica en cuantas festividades le es posible, ayuda al desarrollo de asociaciones afines, como la de Nuestra Señora del Sagrado Corazón que ya funcionaba en la misma iglesia de San Antonio, etc. 71. Por la diócesis inaugura el «Apostolado» y la vela nocturna en numerosos pueblos de los arciprestazgos: Villafranca del Cid, Tivisa, Vinaroz, Cálig, Vall de Uxó, Benicarló, Alcora, Benasal, Villafranca, Ares, Cinctorres, Albocácer, San Mateo, Torreblanca, Lucena, Alcanar, Ulldecona, Gandesa, Santa Bárbara, etc., a muchos de los cuales volvería de vez en cuando para predicar o dar «fervorines» y triduos y seguir animando a los asociados 72. Soñaba y aspiraba a ser «el apóstol del Corazón de Jesús en España» y no cejaría en su empeño hasta la muerte.
4. Adoración nocturna. «Camareras del Santísimo Sacramento»
Iba de ordinario unida a la vela del Santísimo y al «Apostolado de la Oración». Pero, oficialmente, no la establece tanto en Tortosa como en otros pueblos hasta unos años más tarde, en 1883.
En diciembre de este año, e invitado por don Manuel, viene a Tortosa don Luis Trelles Noguerol, periodista y político, colaborador de El Oriente, y director de la sección tercera del Centro Eucarístico de Madrid, dedicada a propagar por España la Adoración Nocturna. Con carácter de interinidad la establecen ambos en Tortosa el día 19, en una reunión de quince personas, celebrada en la sacristía de la iglesia de San Antonio. Adoptaron el reglamento aprobado por el Centro de Madrid y fue nombrado don Manuel director espiritual de la nueva sección tortosina; vicedirector, don José García y presidente don Ramón Foguet 73.
Aquella misma noche, en la capilla del colegio de San José, con asistencia de 19 adoradores, se tuvo la primera vela, actuando de jefe de noche don Luis Trelles. No tardaría mucho don Manuel en redactar el proyecto de un primer Consejo Diocesano 74, y de procurar que la obra se extendiera por la diócesis.
El 17 de abril de 1886 le escribe don Luis desde Madrid, proponiéndole hacer juntos una excursión de propaganda por Castellón, Alcora, Benicarló, Villarreal y algunos otros pueblos de la Plana. «Entre tanto –le añade– nada más, sino que Dios pague a usted lo mucho que hace en su servicio; que sí lo hará, como suele ... » 75. Pocos días antes, por un documento del 6 de abril, el obispo de la diócesis había aprobado oficialmente la Obra y nombrado a don Manuel director del sub–centro diocesano, con el encargo de establecerla en las parroquias y de visitar y vigilar la marcha de la misma.
Hasta el 17 de mayo don Manuel y Trelles recorrieron gran número de pueblos. De vuelta a Tortosa, promulgan el decreto de la aprobación canónica, y tienen el consuelo de inaugurar los tres turnos del Corazón de Jesús, Virgen del Pilar y san José con un total de sesenta y cinco adoradores que celebraban las velas en la capilla del colegio de San José. Se redacta un primer reglamento, que al año siguiente sería renovado por el mismo don Manuel y aprobado a su vez por el obispo de la diócesis 76.
Otra obra, también de carácter eucarístico, emprendió don Manuel el 20 de diciembre de 1883: el «Centro de Camareras del Santísimo», aprobado por el prelado de Tortosa el 6 de abril de 1886 en la misma fecha que el reglamento de la «Adoración Nocturna» 77.
Debían regirse las Camareras del Santísimo por el que para ellas había redactado la sección cuarta del Centro eucarístico de Madrid 78, y dedicarse a confeccionar, arreglar, componer y lavar los lienzos de inmediato contacto con el cuerpo de Jesús Sacramentado; a proveer de ellos a las iglesias pobres, así como también de cortinas para el sagrario, cálices, patenas, copones, porta–viáticos, custodias, viriles...; y finalmente a cuidar de la limpieza y aseo del altar del Reservado, de la lámpara del Santísimo, etc.
Con todo, don Manuel, como director de la obra, pedía algo más a las asociadas. Cuando celebra con ellas el primer aniversario del establecimiento de la Asociación, les hace las siguientes aclaraciones:
Si alguna de nuestras obras tuviese algún mérito delante de Dios, sería esta de las Camareras y de la vela nocturna a Jesús Sacramentado. ¿Sabéis por qué? Por lo modesta que es la obra y por el objeto a que está dedicada. Me resolví a aceptar la de las Camareras y fomentarlas, porque revestía una forma diferente de todas las demás asociaciones, y tenía un objeto más íntimo respecto de Jesús que las demás. Una forma diferente: porque todas las demás tienen por lazo de unión ciertas prácticas exteriores, ciertos actos, ciertas devociones; y para esto es preciso tiempo y tiempo determinado, y además, en cierta manera, hemos de exhibirnos exteriormente. Mas la obra que nos ocupa es todo lo contrario: no está sujeta a ninguna práctica diaria, sino que por breve tiempo y a hora muy fija y sólo para animarnos nos reúne en este lugar cada mes. Es, además, una obra interna, espiritual y quieta, que no tiene ningún aliciente exterior. Es obra de amor secreto, íntimo, silencioso... No, no es nuestra Asociación de Camareras una asociación para allegar fondos a fin de proporcionar ornamentos ricos y preciosos para el Señor; es otra cosa más interior que todo eso. Es un sentimiento de amor, que nos mueve a honrarlo en aquello que está más en contacto con su cuerpo. Nuestras secretas reuniones son una cita para hablar de Jesús y de su pobreza, y compadecemos de Él, y ver de remediarle con nuestra pobreza... Yo os diría que hacéis el oficio de la Virgen, que con tanto amor cuidó a Jesús... 79
Reuníanse mensualmente en la iglesia de San Antonio y hasta 1895 dirigió don Manuel la Asociación; luego cede su puesto al canónigo de la catedral don Juan José Hidalgo, «porque esta Asociación –explica en sus palabras de despedida–, aunque sencilla, necesita cierta mano constante que la sostenga y vivifique. Cuando se me encomendó, manifesté la imposibilidad de atender a ella. Hoy, esta imposibilidad es mayor. Mis frecuentes viajes, que son preludios de otros, atendido el campo que se nos abre en la Obra del Fomento de Vocaciones eclesiásticas, deben absorber mi vida. Nosotros nos ofrecemos a suplir el nuevo director: no sólo yo, personalmente, sino la Hermandad de Operarios diocesanos, uno de cuyos objetos es promover todo lo relacionado a Jesús Sacramentado. ¡Ojalá podamos realizar cuanto nos proponemos!» 80. En cuanto pudo, sabemos que fue cumpliendo su promesa 81.
5. Misionero de la diócesis
Tantas obras e iniciativas, sus numerosos viajes y los continuos contactos que va manteniendo con sacerdotes, religiosas y seglares de los pueblos, hacen que podamos ver en don Manuel a un auténtico misionero diocesano. Desde Gandesa a Vall de Uxó, desde Cinctorres, pegando al Maestrazgo, hasta los naranjales de Vinaroz, Benicasim o Benicarló, pocos fueron los lugares, grandes o pequeños por los que no pasara, en obras de apostolado, don Manuel 82. De todos ellos se llevaría la palma, y diríamos que el mimo de sus atenciones, el pueblo de San Mateo, que pocos años antes había jugado un papel importante en las guerras carlistas del Maestrazgo.
A San Mateo vino don Manuel por primera vez el 4 de marzo de 1876 para dar ejercicios a las religiosas agustinas 83. Luego volvió, por la misma causa, en 1882. Cuatro años más tarde, el 25 de julio, previo un triduo de sermones, estableció allí don Manuel la Vela Nocturna y el Apostolado de la Oración; éste último con 17 celadores y 622 asociados. De nuevo volvería al pueblo en diversas ocasiones para buscar más asociados, inspeccionar la marcha de la Vela Nocturna y reavivar en todos el espíritu de adoración 84.
Igualmente funda en San Mateo otro Centro de Camareras, y la Escuela Dominical que durante años sería una de sus grandes preocupaciones. A más de las continuadas visitas, desde Tortosa lleva cuenta de su instalación, de la catequesis que ha de darse a las niñas, de resolver las pequeñas o grandes dificultades que se van presentando, de las alegrías o tristezas que a veces aquejaban a sus directoras 85. La escuela fue aumentando cada día más: en 1904 contaba con cerca de 300 chicas de todas las clases sociales 86, de las que muchas se reunían en casa de la presidenta para hacer lectura espiritual, oración, meditación y conversaciones piadosas. Don Manuel llamaba a ese grupo de asistentas «su noviciado de San Mateo» 87
Desde este pueblo solía recorrer los demás de la comarca, llegando a veces hasta Morella. En una de estas excursiones, el 4 de diciembre de 1886 ocurrióle un grave percance que puso en peligro su vida. Dirigíase a Morella y Cinctorres desde San Mateo, y, en la venta llamada «de la Serafina», al detenerse el coche para cambiar de tiros, apeóse don Manuel y se separó algún trecho entre las sombras de la noche, con tal mala fortuna que vino a despeñarse y caer en una profunda sima. El 8, al anochecer, llega a Tortosa extenuado y tiritando de frío. Días más tarde la lavandera se presentó a las hermanas de don Manuel con las ropas interiores de éste empapadas de sangre y exclamando: «¿Qué tiene el mosén? ¡Mirad! ¡Pobrecito de él! ¡Está herido!» 88. Sin importancia, contó el caso a sus hermanos y les dijo que no se preocuparan, pues desde el percance ya se había venido curando 89.
Sus salidas las aprovechaba, asimismo, para atraer a caballeros a los ejercicios que solían dar los padres jesuitas en su residencia de Tortosa. En 1890 se felicita por los 40 ejercitantes que ha logrado reunir; y tres años más tarde por otros 27, de los que «todos –añade– vienen antes al 'Centro diocesano de la gloria de Dios' esto es, al colegio» de San José 90.
6. Los maestros católicos
También sobre ellos piensa don Manuel en su afán de proteger a la niñez y de dar una sólida formación a los que se preparan para el magisterio. En el proyecto andaba desde 1883, y como siempre, lo compagina con la idea de reparación y de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús. Sería una «Institución de Maestros Católicos» o de «Maestros Seráficos», o una «Hermandad de Maestros Católicos, reparadores del Corazón de Jesús», como apuntaba en sus esquemas, vinculados de alguna manera a la Hermandad de Sacerdotes Operarios, que también acababa de fundar por ese tiempo. Como surgieran serias dificultades en Tortosa, piensa, por el 1887, establecerlos en Valencia 91; pero, a falta de medios, al fin ha de renunciar a su propósito 92. Con todo, sigue soñando: hace planes y presupuestos para un posible colegio de unos 100 alumnos, y redacta una breve idea y unas bases por las que había de regirse la nueva fundación.
Esperamos que no sea gravoso el reproducirlas, siquiera sea como testimonio de una de esas facetas, en que esta recia personalidad se iba adelantando a las ideas de su tiempo.
Idea
Sabido es que la 1.º enseñanza es un campo muy a propósito, y uno de los medios más eficaces para poder formar el corazón de la niñez, y con ella preparar la juventud que luego ha de formar la familia, y regir los destinos de las poblaciones.
De aquí, la importancia que tiene, y el bien o mal que puede provenir y proviene a los pueblos de tener buenos o malos maestros.
Por esto la impiedad ha procurado influir en las escuelas normales para atraer a muchos jóvenes dedicados a la carrera del profesorado, a fin de convertirles en instrumentos de su fatal propaganda. Es inútil, pues, querer demostrar la conveniencia de buscar un medio que asegure el logro de formar maestros y buenos maestros católicos.
Pero esto no bastaría aún. Aislados estos maestros buenos, al terminar su carrera, y obtenida una plaza, o en su enseñanza privada faltos tal vez de espíritu de celo y propaganda en el cual no se les ha formado, no podrían producir los resultados que de otra manera darían, si saliesen bien formados, y continuaran luego formando una santa liga de celo y de mutuo apoyo, bajo una constante y sabia dirección.
La fácil formación, pues, y adquisición de muchos y buenos maestros católicos y piadosos, y unidos luego en una natural y espontánea Hermandad para promover el bien de la juventud y de las almas todas, del espíritu de reparación a Jesús, y de mutuo apoyo, sería una obra de la máxima gloria de Dios.
Tal es la Obra que la Congregación de Sacerdotes Operarios diocesanos se atreve a proponer a la cooperación de los buenos, y a contribuir esta con su trabajo y sacrificios, con el proyecto siguiente:
Bases
1.º La Congregación de Sacerdotes Operarios cuidará promover, sostener y dirigir una Comunidad de maestros católicos.
2.º (Vide).
3.º La base y el medio principal para obtener la formación y adquisición de individuos para dicha Hermandad es la fundación de uno o más Colegios para jóvenes que aspiren a la carrera de maestros, en puntos donde exista Escuela Normal. Dichos alumnos serán sostenidos en dichos Colegios en todo o en parte, según el estado del Colegio y según la posición y circunstancias de los aspirantes, y con el examen además de la aptitud y condiciones de los mismos, en la forma que se establezca.
4.º La dirección espiritual y disciplinar de los Colegios estará a cargo de los Sacerdotes Operarios, o de otros colocados por los mismos, debiendo estar los alumnos bajo su absoluta obediencia durante la carrera.
5.º El objeto de los individuos de dicha Hermandad debe ser, el dedicarse, a más de su mayor santificación y buen ejemplo en medio del mundo, a promover con la enseñanza y con su celo el bien de la juventud, la reparación al Corazón de Jesús, y demás intereses de gloria de Dios que se les proponga, y a ayudarse mutuamente.
6.º La Congregación de Sacerdotes no percibirá ningún emolumento por los trabajos, fomento de medios y cuidados realizados en favor de los Colegios y de la Hermandad de maestros, excepto por la dirección personal e inmediata por sí o por otros de dichos Colegios.
7.º Terminada la carrera, los alumnos que no quieran consagrarse a la Hermandad, se comprometerán por escrito, y vendrán obligados en consecuencia y bajo juramento a satisfacer o reintegrar los gastos que hayan hecho en el Colegio durante la carrera.
8.º Después del ingreso podrán continuar solteros.
9.º Contribuirán con...
10.º Se nombrará una junta...
11.º Los maestros practicarán la tercera orden y demás que se establezcan 93.
Finalmente –y para seguir con nuevos y grandiosos proyectos– sabemos que habló con sus amigos de fundar en Tortosa una Universidad Católica, que instalaría, en principio, en el convento de la Concepción 94.
7. Devociones especiales y vida espiritual
Nos referimos a las que fue promoviendo durante toda su vida, vinculadas ,con España y con su querida Tortosa: la del Santo Angel, la de la Virgen de la Cinta y la del beato Francisco Gil de Federich.
De su primera devoción al Santo Angel de Tortosa, ya hemos hablado en capítulos anteriores 95. Sabemos que durante toda su vida don Manuel siguió propagando entre sus paisanos esta devoción, celebrando sus festividades, haciendo que colaboraran, siguiendo viejas tradiciones, tanto el clero de la catedral como las autoridades civiles, encareciendo a uno y a otros su recuerdo y veneración. Igualmente, abre una colecta con el fin de allegar fondos para hacer un gran cuadro del mismo y luego infinidad de estampas que reparte por la ciudad y entre sus amistades 96. De su bolsillo costea el aceite de la lámpara 97, restaura y repara la capilla, reedita novenas al santo Angel y hasta deja una fundación para que con la renta de la misma se costeara, después de su muerte, una misa cantada todos los años el día de su fiesta 98.
Del santo Angel de Tortosa pasa a entusiasmarse y a promover, ahora a nivel nacional, la devoción al santo Angel tutelar de España, copatrono de la misma desde tiempos de Fernando VII cuyo oficio había concedido el papa León XII que pudiera celebrarse en nuestra patria el 1.º de octubre.
Por el 1880 empieza a extender don Manuel una vieja estampa del «santo Angel Tutelar del Reino», con casco y traje de guerrero, la espada desenvainada en la mano derecha, en la izquierda el arnés adornado con el escudo de España y al fondo, diseñado ligeramente, el mapa de la Península 99. No contento con ello, en 1897 hace que un dibujante de Barcelona, Paciano Ross, le trace un nuevo diseño, que luego publica en El Correo Interior Josefino, donde juntamente da a conocer un «Proyecto de Pía Unión de oraciones al santo Angel de España», su «hermoso proyecto» como solía llamarlo 100.
Según un plan establecido, los centros diocesanos de la Pía Unión tendrían su sede en los colegios de Vocaciones; y en las capitales donde no hubiese colegios, en los seminarios. Varios prelados aprobaron y bendijeron tal Asociación, que fue extendiéndose poco a poco: desde el mes de junio de 1897 hasta el de febrero de 1898 hizo editar don Manuel 90.000 hojitas de propaganda y 85.000 estampas, llegando a contar con catorce centros diocesanos 101.
Con todo, a veces se queja de que no entiendan suficientemente esta devoción, ni se molesten en propagarla: «de mi Angel de España –decía– que nadie me lo estima bien»; «en otra le hablaré del Angel de España, al cual Vd. me lo quiere poco»; «la Pía Unión del santo Angel va despacio, pues aguardo que el cardenal de Valencia la apruebe... No sé si, al fin, tendré que poner la Central en Tortosa para adelantar algo»; «casi tengo compasión, ya que no pena –confiaba a uno de sus operarios– de la indiferencia con que algunos de los nuestros han mirado ese flatíto, espiritual mío... Por ser Patrono de España y por los muchos beneficios que ha recibido ésta, es una incuria incomprensible el olvido de su memoria, debido principalmente a la guerra que hicieron los liberales desde el año 25 al 40 a esta advocación y a este Patronato..., y si cualquier sacerdote que se hubiese propuesto reavivar esta devoción, hubiera merecido bien del Angel y de la patria católica, en nosotros es un deber. Es el Abogado especial de la Obra [la Hermandad de Sacerdotes Operarios], y sería una mengua que los mismos que se han acordado de él no procuren darlo a conocer... Voy a imprimir en Barcelona 20.000 estampas más, que serán más grandes que las actuales y más baratas. Con que... que el santo Angel no le castigue, y empiece por esa ciudad ... » 102.
A pesar de las dificultades, don Manuel va todavía más lejos: nada menos que a erigir un monumento al santo Angel de España en el mismo centro de la Península, en el Cerro de los Angeles. Desde 1900 se pone en contacto con otras personas de Madrid que abundaban en la misma idea, especialmente el sacerdote Luis Iñigo, el padre Juan José de Lecanda, que ya la venía promoviendo desde el periódico La Semana Católica, y don Antonio Sánchez de Santillana, residente en Alcalá 103.
Del 20 al 23 de abril de 1902 estuvo don Manuel en la Corte y el 21 realiza una visita al famoso Cerro, sobre el que se levantaba una sencilla iglesia dedicada a Nuestra Señora de los Angeles. «Se enardecieron mis deseos ~–cuenta luego a J. B. Calatayud– de levantar un modesto monumento al santo Angel de España. Subimos al pilar que señala el centro de España o de la mitad de medio mundo, como decía el sacristán de la ermita. Si no fuera que en Madrid todo es caro, aún lo emprendíamos» 104. Las dificultades, la avanzada edad y con ella las enfermedades de don Manuel se fueron luego interponiendo. Cuando el 30 de mayo de 1919 se inauguraba solemnemente el monumento al Sagrado Corazón de Jesús en el Cerro de los Angeles, alguien lamentaba no haber incluido, entre las figuras que adornaban al monumento, la dedicada al santo Angel de España, mientras recordaba la labor que sobre este último realizara el sacerdote tortosino don Manuel Domingo y Sol 105.
Volviendo a Tortosa, otras de las ilusiones de don Manuel fueron «su» Virgen de la Cinta y el venerable dominico tortosino Francisco Gil de Federich, martirizado en Tonkin el 22 de enero de 1745. A «su» Virgen recurría en todas sus necesidades, encomendaba sus empresas, y se gozaba en dedicarle los solemnes novenarios y sermones que predicaba en la ciudad. En tiempo de pestes, inundaciones 1.º otras desgracias generales a ella le atribuía la protección que siempre dispensaba a los tortosinos 106.
En cuanto al mártir dominico, a más de extender estampas evotivas, de hacer imprimir su Vida y novenarios, y hacerse con varias reliquias, promueve eficazmente, desde Tortosa y desde Roma, su causa de beatificación. Beatificado el 20 de mayo de 1906 por el papa Pío X, don Manuel contribuye a las fiestas que con tal motivo se celebraron en la ciudad; al año siguiente, encargó al escultor barcelonés don Félix Ferrer la estatua del Beato, que actualmente se venera en el trascoro de la catedral, y colabora en la redacción del oficio litúrgico del mismo 107.
Mientras le absorben tantas actividades, sigue adelantando, interiormente, en su vida espiritual. El 27 de septiembre de 1871 toma el hábito de la tercera orden franciscana y hace su profesión en ella el 21 del año siguiente 108. Desde 1882 a 1902 conservamos la larga lista de propósitos que iba haciendo cada año en sus ejercicios espirituales, a más de los esquemas de pláticas y meditaciones 109. Recogemos algunas de las más significativas:
– Puesto que mi fin es reverenciar y alabar a Dios, rezar siempre con atención, el rezo divino particularmente.
– Tener prontitud y energía en el afecto o desvío de las personas de uno y otro sexo, de la vanidad o envidia, para no constituirme en fin.
– Proponer comer con mucho comedimiento, solo lo más conveniente.
– Para arrancar el afecto sensible en las criaturas, sobre todo de diferente sexo, no desear la compañía de amigos, ni sentir su separación. Y romper para siempre y en todas ocasiones, como tributo a Jesús, todo afecto humano sensible a personas de diferente sexo.
–Puesto que no solo he [del evitar el pecado sino la ocasión de él, en la que tantas veces he estado expuesto, insistiré fortiter et constanter en la vista y afectos humanos de personas que me lo causan.
– Usar benignidad y gravedad; no ternura. – Indiferencia en la dirección de monjas, y otras ocupaciones
– Misa. Celebración de misas tardías. Preparación –sólo la meditación. Son las misas menos recogidas. Causas: el confesar antes, sobre todo monjas. Después de ella, me disipo pronto. Cuando estoy fuera, celebro bien.
– Rezo. He enmendado algo, pero aún falta. – A veces demasiado aprisa.
– Tentaciones. Me he enmendado. Sólo el imaginar posibilidades me remuerde. – Dejar las monjas.
– Penitencias. Cilicio. Disciplinas. Polvos: antes y después de la misa –10 mañana– 3 tarde y 5 tarde; acaso después de cenar.
– Rosario. Coronilla. Trisagio. Padrenuestro del Carmen. Rezarlos todos a ser Posible antes de cenar y distribuirlos entre día. Lo mismo el padrenuestro a San José, Angel de la Guarda, Angel de la Ciudad, Angel de España, Angel de la diócesis, san Luis, santa Teresa, san Antonio, santo Tomás.
– Meditación: a ser posible una hora –en este caso: preparación, etc. un cuarto, arrodillado; segundo cuarto, sentado; tercero, arrodillado; cuarto, sentado. Si media hora: cinco minutos arrodillado; quince, sentado; diez, arrodillado.
– Desviar toda murmuración que se oiga.
– Evitar toda corrección estando enojado. Apuntarlo y hacerlo después del modo que convenga. En caso, callar y hacer el serio.
– Evitar enfados en el confesionario.
– Hacer las limosnas con espíritu de caridad y no de mal humor. – Una disciplina a la semana, o dos.
– Examen noche –enfados ... monjas. Presencia de Dios.
– Confianza absoluta. Deseo de grandes empresas, aunque parezco presunción, insistiendo en la oración; esto ocupará el ánimo y me dará aliento para la abnegación en Jesús.
– Soportar el cansancio – calor indisposiciones – ejercido de la presencia de Dios – abatimiento del cuerpo sed – sueño – debilidad – contradicciones... con espíritu de penitencia y con constancia alegre [año 19001.
– No obrar sin la seguridad de la voluntad de Dios.
Este era el hombre, afanoso por llegar a todos los campos y abarcar todos los apostolados, a quien vamos a ver ahora decidido a emprender la empresa más característica y fundamental de toda su vida: los Colegios de vocaciones eclesiásticas y la Hermandad de Sacerdotes Operarios del Sagrado Corazón de Jesús.
NOTAS
1. En 1888 viene en la estadística diocesana como rector del seminario (BEDT 22 [1887–18881 298).
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