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MOSEN SOL
Francisco Martín Hernández
Lope Rubio Parrado
Salamanca
1978
CONTENIDO
Introducción
Indicación de las fuentes
I. EL HOMBRE Y LA IDEA
1. Primeros años de Manuel Domingo y Sol (1836–1850)
2. En el seminario de Tortosa (1851–1860)
3. Ordenación sacerdotal (1860)
4. Primeros ministerios (1862–1869)
5. Figura y talante de mosén Sol
6. Un «vicario sin paga»
7. Apostolado de la juventud y de la familia
8. El colegio de San José de Tortosa (1873–1876)
9. La Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos
II EXPANSIÓN DE LA OBRA
10. Nuevos colegios en España y Portugal
11. Apóstol de las vocaciones
12. El Colegio Español de Roma. Antecedentes.
13. El Colegio Español de Roma. Fundación
14. El Colegio Español de Roma en el palacio Altemps
III. UN LEGADO PARA LA IGLESIA
15. Constitución definitiva de la Hermandad
16. Expansión de la obra. Se aceptan seminarios.
17. Ultimas realizaciones de don Manuel.
18. Enfermedad y muerte de don Manuel.
Epílogo
Apéndices
Bibliografía
Indice general
SIGLAS
AAS Acta Apostolicae Sedis
ASS Acta Sanctae Sedis
BEDA Boletín Eclesiástico de la Diócesis de Avila
BEDCR Boletín Eclesiástico de la Diócesis de Ciudad Rodrigo
BEDM Boletín Eclesiástico de la Diócesis de Murcia
BEDS Boletín Eclesiástico de la Diócesis de Salamanca
BEDSC Boletín Eclesiástico de la Diócesis de Salamanca y Ciudad Rodrigo
BEDT Boletín Eclesiástico de la Diócesis de Tortosa
BEDV Boletín Eclesiástico de la Diócesis de Valencia
CH Constituciones de la Hermandad (de 1898, edic. 1904)
EC Enchiridion Clericorum
E.I. Escritos de D. Manuel: Predicación
E.II. Escritos de D. Manuel: Cartas
E.III. Escritos de D. Manuel: Varios ( En las notas los citamos de la siguiente manera, v.gr.: E.II, Cartas, 7.º, 100, que indica: Escritos, sección correspondiente, volumen y número de documento.)
IH Idea de la Hermandad (edic. 1957)
MAHN Madrid, Archivo Histórico Nacional
PO Proceso Ordinario, Roma
RACE Roma, Archivo Colegio Español (Incluye Crónicas y Memorias)
RACR Roma, Archivo S. Congregación de Religiosos
RAH Roma, Archivo Hermandad (Incluye Crónicas y Diario de D. Benjamín Miñana
y las de otros Colegios)
RASV Roma, Archivo Secreto Vaticano
TAC Tortosa, Archivo Catedral
TACSJ Tortosa, Archivo Colegio San José
TAM Tortosa, Archivo Municipal
PC Tortosa, Archivo Parroquial Catedral
TAPE Tortosa, Archivo Palacio Episcopal
TASD Tortosa, Archivo Seminario Diocesano
Introducción
En frase de Chesterton, «la religión es una cosa que no puede ser dejada al margen, porque lo incluye todo». Y ese todo, en apreciaciones generales, es lo que constituye la historia a través de los tiempos.
De la historia religiosa de España, no es poco lo que sabemos por lo que se refiere a épocas de pura raigambre tradicional como son la del Siglo de Oro o la del tan tornadizo siglo XVIII, llamado de la Ilustración o del Despotismo Ilustrado. Del que te sigue, el XIX, también conocido como de las Luces, de la Fábrica y del Progreso, es mucho lo que se viene escribiendo en nuestros días, con falta a veces de perspectiva o de serio compromiso histórico.
Cuando se remueven sus más íntimas motivaciones, no es raro que se prescinda de ese elemento que le es fundamental, el religioso, para fijarse más en el político–social y aun en el simplemente materialista, como si el primero –y no olvidemos que en España lo religioso y la Iglesia vieren a ser una misma cosa hasta principios del mismo siglo– no contara gran cosa y quedara relegado a los estratos ínfimos de una sociedad ignorante y humanamente depauperada.
De alinearnos en esas posiciones, corremos el riesgo de subestimar no pocas de las realidades históricas y de caer en graves errores de interpretación. Bien es sabido que en todos los movimientos político–sociales siempre anda de por medio una, más o menos relevante, motivación religiosa. Y si alguna nación europea se presta a este enjuiciamiento elemental, pocas mejor que la España del siglo XIX donde, a gusto o a disgusto, topamos siempre con una Iglesia, admitida, consentida o rechazada, de la que no puede prescindirse porque es algo aleatorio, determinante, revulsivo, signo de miseria o de redención, escarnecida y a la vez glorificada 1.
Desde las Cortes de Cádiz hasta la Restauración canovista, pasando por todas las manifestaciones culturales, políticas, económicas y sociales a que se va sometiendo a la nación española, poco o nada se vino haciendo en nuestra patria donde no se viera, y a veces no fuera compro–metida, para bien o para mal, la Iglesia.
Si se habla de parlamentarismo o de soberanía popular; de laicizar la enseñanza, de libertades de opinión, de imprenta, de conciencia o de cultos; cuando se da libre rienda a asociaciones y a partidos político–sociales o se atenta a los derechos y a la economía de los eclesiásticos –expulsión y restricción de órdenes religiosas, desamortizaciones, etc.– no es tanto el beneficio del pueblo lo que se busca, cuanto el desprestigio de esa misma Iglesia que tanto estorba a las mentes iluminadas del país, y a quien se empeñan en desbancar de su papel de guía y de directora de pueblos que venía ejerciendo desde épocas anteriores.
A veces, ni se dan cuenta del contrasentido a que ellos mismos se someten. Liberalismos burgueses y trasnochados o recientes capitalismos irían dando paso, en una inconsciencia que nos parece suicida, tanto al naturalismo deísta de la filosofía francesa como al racionalismo arreligioso alemán, que traería como consecuencia no pocas ideologías socialistas, posibilidades anarquistas y primeros ensayos comunistas, que tarde o temprano se revolverían contra ellos mismos 2.
Este fenómeno lo observamos también en las consecuencias positivas que nos ofrecen tales movimientos. Es verdad que se da una abertura, más promocionada y culta, del ciudadano medio: el conocimiento de sus propios derechos, un sentido igualitario de la vida según van desapareciendo las clases y los privilegios; la más amplia dirección pedagógica y humana, subrayada, y lo indicamos como nota sobresaliente, por la Institución Libre de Enseñanza donde se vino educando una generación de hombres de gran influencia en nuestra patria hasta 1936. Sin embargo, esa especie de cruzada cultural había de chocar necesariamente con la Iglesia a la que consideran, en bloque, como reacia a todo sentido de progreso o de innovación. Como ocurriera con los teosofistas del siglo XVIII, la Iglesia se les presenta también ahora como opresora del pensamiento y de la cultura, aliada de la monarquía y de viejos conservadurismos, ajena o enemiga de todo lo que signifique democracia, parlamentarismo y progreso independiente del Estado alineada en sus creencias, dogmatista e inquisitorial.
A todo este reformismo liberal de la llamada «revolución burguesa» o como quieren algunos de la «revolución de un sector más ilustrado de las clases medias». añadamos otros factores que aclaran nuestros presupuestos y que completan el cuadro de una España convulsa y todavía por hacer de la primera mitad del siglo XIX. Son, por ejemplo, el origen y desarrollo del proletariado, ante el crecimiento de la fábrica y de las reivindicaciones agrarias; el empobrecimiento nacional ocasionado por años de lucha y de represalias; el mismo sentimiento patriótico herido, luego de la liquidación de las colonias americanas; y sobre todo, esa continua sangría de las tres guerras carlistas (1833–1874) en que por debajo de cuestiones político–dínásticas, descubrimos un trasfondo de enfrentamiento ideológico –liberalismo y tradición religiosa– con otras motivaciones que suenan ya a incipientes movimientos separatistas, a defensa de los propios fueros y a aspiraciones de un campesinado que se debate por conservar sus viejas estructuras frente al nuevo mundo de la técnica y de la empresa.
De una u otra manera, los españoles empiezan entonces a dividirse; y no son ajenos a esa división los presupuestos religiosos, mejor o peor entendidos. Tales españoles se tildan a sí mismos de «progresistas» y «moderados», de «liberales» y «conservadores», de «ultras» o «revolucionarios», de «reaccionarios o apostólicos». Una Iglesia tan traída y llevada no podemos dejarla, pues, al margen de las consideraciones globales de nuestro siglo XIX, sin que por Iglesia entendamos solamente a la representada en la jerarquía, en sus actuaciones ofíciales o en sus decretos y definiciones. Hemos de llegar a esa otra Iglesia familiar, íntima y escondida, que se prodiga y que va fecundando a la sociedad a través de sus instituciones y de sus sacramentos, de su apostolado y vida de gracia, de la atención que presta a niños, obreros, enfermos, desvalidos, etc. Una infraestructura, pudiéramos decir, que ha servido siempre para la formación de la otra historia –la externa–, cuajada de nombres relevantes, implicaciones diplomáticas y resonancias más o menos triunfalistas. En este sentido, es indudable el influjo que en la formación del alma popular, de las posturas y respuestas que de una manera silenciosa ha ido dando el mismo pueblo a unos presupuestos nacionales, fueron ejerciendo tanto los institutos religiosos como las figuras humanas que los promovieron.
Pudiera parecer paradójico, pero es en aquellos momentos en que más se habla de distensión y hasta de derrumbamiento, en que da la sensación de que decae el espíritu religioso y que aumenta el sectarismo y la descreencia, cuando más numerosas y pujantes aparecen en España una serie de instituciones religiosas que, a más de dedicarse a una labor caritativa–social, pretenden, vigorizar en sus mismas raíces el alma eminentemente cristiana que aún perdura en el hombre y en la mujer española. Nada menos que 57 institutos religiosos se crean en España en el período que ahora nos interesa, de 1836 a 1900 3. Sus implicaciones son numerosas: hospitales, asilos, leproserías, educación de la juventud, protección de la joven, apostolado obrero, misiones y catequesis, estudios primarios y universitarios, escuela de adultos, etc. De ellos, algunos emplean sus energías en promover y ayudar a la formación de esa parcela escogida, tan vital para la Iglesia de todos los tiempos y de que tan necesitada andaba España por aquellos años, como es la de las vocaciones eclesiásticas y religiosas, con el fin de lograr un clero mejor preparado, más efectivo apostólicamente y en lo posible, más «santo».
No habían faltado experiencias anteriores en ese sentido. Sabemos que España responde, con más o menos generosidad, a la instauración y promoción de sus propios seminarios tridentinos 4. A momentos de decadencia le siguen luego las reformas llevadas a cabo en el siglo XVIII, cuando se pueden alcanzar etapas de verdadero prestigio 5. Durante este mismo siglo, se da a conocer en España una institución religiosa, a modo de instituto secular, que dedica sus esfuerzos a la mejor preparación de los aspirantes al sacerdocio. A sus miembros se les conoce como los Píos Operarios Evangélicos; realizan una modesta labor por algunos seminarios y colegios de la zona catalano–aragonesa, pero su obra queda pronto truncada por falta de personal y tal vez de una firme y más concretizada organización jurídica 6.
En la primera mitad del siglo XIX Antonio María Claret (1807–1880) pondría especial interés, entre los fines generales de su nueva Institución –la Congregación de Misioneros Hijos del Corazón de María– en buscar la más cuidada selección y formación de los seminaristas 7. Pero, de manera especialísima, quien va a dedicar toda una vida de esfuerzos, de ilusiones y diríamos que de aventuras a esta obra transcendental de la Iglesia, es el personaje que ahora presentamos, el genial sacerdote tortosino, Manuel Domingo y Sol (1836–1909).
Hombre de su tiempo, te duelen tanto España como la Iglesia y las almas. Y quiere abarcar primero todos los apostolados: parroquias, juventud, obreros, religiosos, catequesis, etc. «No sabemos ––escribía– si estamos destinados a ser un río rápido que haga florecer a sus orillas jardines amenos, o si hemos de parecernos a la gota de rocío que envía Dios en el desierto a la planta desconocida; pero, más brillante o más humilde, nuestra vocación es cierta: no estamos destinados a salvarnos solos» 8. Poco a poco se va dando cuenta de que el remedio hay que buscarlo dentro, en la misma raíz, donde pueda vitalizarse mejor la savia que transforme a la sociedad y dé frutos sazonados a la Iglesia. «La formación del clero –dirá asimismo– es lo que podríamos llamar la llave de la cosecha en todos los campos de la gloria de Dios» 9. En adelante esa sería su parcela predilecta: establece colegios sacerdotales, funda una institución especializada, la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos, abre en Roma el Pontificio Colegio Español, acepta la dirección de seminarios en España, Portugal y América, propaga la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, establece centros de Adoración Nocturna, etc. etc. «Pertenece usted –4e escribirá una vez monseñor Vico, de la Nunciatura de Madrid– a una raza de hombres que difícilmente pierde coraje frente a las dificultades 10.
Ese es el hombre que hoy presentamos; sencillo, pero con un talante humano que atrae a quienes le rodean; incansable, bondadoso. A poco de morir, un breve epitafio le retrata de esta manera: «Varón adornado de generosidad y grandeza de ánimo, de liberalidad y esfuerzo, y mucho más de bondad y de costumbres, piedad, celo de la religión, y culto divino, y de amor a su patria» 11.
Y en medio de esa sencillez, un hombre que supo comprometerse con la España y con la Iglesia de su tiempo, y cuya huella se sigue adivinando todavía, y diríamos que cada vez más a medida que pasan los tiempos.
NOTAS
1. El profesor de Oxford Raymond Carr, gran conocedor de la historia de España, advierte que algunas incoherencias importantes de su relato dependen de que tal historia no puede comprenderse, para bien o para mal, sin la historia de la Iglesia: (cf. su obra España 1808–1939, Barcelona 1966).
2. Cf. M. Artola, La burguesía revolucionaria (1808–1869), Madrid 1973, quien estudia estos movimientos como sustrato de la primera mitad del siglo XIX español. Bajo otros puntos de vista, económico y político–religioso, lo estudian, entre otros, M. Tuñón de Lara, Estudios sobre el siglo XIX español, Madrid '1972; El hecho religioso en España, París 1968; M. Revuelta González, Política religiosa de los liberales en el siglo XIX, Madrid 1973; A. Ramos Oliveira, Historia de España III, México 1934; M.' D. Gómez Molleda, Los reformadores de la España contemporánea, Madrid 1966; J. A. Lacomba, Ensayos sobre el siglo XX español, Madrid 1972.
3. Cf. J. M. Piñero, Ordenes religiosas, en Historia de la espiritualidad II, Barcelona 1969, 509–523.
4. Cf. F. Martín Hernández, Los seminarios españoles: historia y pedagogía (1363–1700), Salamanca 1964.
5. Cf. F. y J. Martín Hernández, Los seminarios españoles en la época de la Ilustración, Madrid 1973.
6. Ibid., 50–83; F. Martín, Los sacerdotes Píos Operarios, formadores del clero español en el siglo XVIII: Seminarios 6 (1960) 91–126. Los Píos Operarios seguían de cerca otras fundaciones de tipo sacerdotal francesas, italianas y alemanas: como, por ejemplo, la Obra de San Vicente de Paul, la de los sulpicianos y eudistas, el Oratorio de San Felipe Neri, los «Píos Operarios» italianos de Carlos Caraffa, los seminarios bartolomites alemanes del venerable Bartolomé Holzhauser, etc.: cf. L. Sala–F. Martín, La formación sacerdotal en la Iglesia, Barcelona 1966, 101 ss.
7. Para los seminaristas escribe El colegial o seminarista teórica y prácticamente instruido, Barcelona 1894, 2 vols., obra que pronto se hace clásica en los seminarios españoles. Algunos de estos seminarios fueron regidos durante bastantes años por los nuevos religiosos cordimarianos: cf. J. M. Viñas, San Antonio María Claret, Madrid 1959, 472, 473, 503, 864, etc. La biografía clásica es la de D. Fernández, Vida del Padre Claret, Madrid 1942.
8. Celo por el bien de las almas, publicado en «El Congregante», enero de 1884, p. 23 (E.III, Varios).
9. Cf. E.I, Predicación, 5.º, 52.
10. RAH, Cartas a don Manuel, carp. 18, leg. 2, doc. 3.
11. BEDT, 33 (1909–1910) 47.
Indicación de las fuentes
· Manuel Domingo y Sol nos ha dejado numerosos escritos en que, a más de su correspondencia, sermones, esquemas de pláticas y conferencias, etc., da cuenta de algunas de sus empresas, en apuntes más o menos autobiográficos. En 1888 escribe una pequeña Crónica de la fundación del convento de Vinaroz; por los mismos años comenzó a redactar lo que él mismo titula Anales o crónica o historia de los Colegios de Vocaciones Eclesiásticas de San José y de la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos, en los que sólo dejó anotado, y con hartas lagunas, lo relativo a los colegios de Tortosa y de Valencia; y en 1893 una Noticia de la obra española de las vocaciones eclesiásticas que presenta en el Congreso Católico Internacional de Lisboa de dos años más tarde y aprovecha también para el de Tarragona de 1894.
· Cuando se trasladó definitivamente de su casa «pairal» al colegio de San José de Tortosa en 1894, destruyó una porción considerable de los documentos que guardaba, y de ello se mostraría luego arrepentido, En este año, 16 de mayo, escribía a Andrés Serrano: «Hoy he logrado dar fin al registro de mis cartas y papeles traídos de casa. He quemado dos quintales, y me duele. He guardado algunos todavía. No debían rasgarse, porque forman una Crónica. He rasgado todas las de mi época del Instituto y de los días de la revolución de septiembre del 68, mi larga correspondencia con Trelles, la de la compañía del Santo billete de la rifa, etc., etc. Era todo un tesoro» 1.
· Igualmente llevaba anotado lo concerniente al colegio de Roma. En 1897 tenía ya redactada una crónica de su fundación. «Me dijo usted –escribía el 16 de marzo a Benjamín Miñana– que no me dejé ahí ningunos papeles. No encuentro la crónica del colegio de Tortosa y la del de Roma, y como si quisiera creer que me la llevé cuando fui, sentiría vivamente la pérdida» 2. Referíase sin duda don Manuel al «Diario» que llevaba, y que se conserva, de todos los trámites y peripecias porque hubo de pasar aquella fundación. Eran lacónicas y sucintas indicaciones, a propósito para servir de guía en una más extensa y detallada relación ulterior.
· Lo que él no puede hacer, vino a subsanarlo, en parte, el que fuera rector del mismo colegio, Benjamín Miñana. «Una. buena noticia me da usted en su última –decíale don Manuel el 22 de septiembre de 1901– Precisamente hace tiempo quería encargarle a usted y a Juan Calatayud, y temía por sus ocupaciones, y veo que han entrado ustedes en el camino de darme gusto. Me refiero a lo de la crónica del colegio de Roma. Si le parece, puede enviarme los borradores de un par de pliegos, y pondré mi V.º B.º, si me place la entonación, que no dudo por esto que será de su mano maestra, y se los devolveré; y luego, apenas los tenga usted terminados, se litografían. En Valencia me perdieron los extensos apuntes que les di de aquel colegio, y crea que ha sido una calamidad». Y el 7 de octubre: «Recibidas las hojas de la crónica. Creo que mis preliminares llegaron hasta la instalación del colegio y definitiva ruptura con el padre Martín, y me parece altera el hilo de algunos hechos. No obstante, Jesús se lo pague; y deseo y quiero que lo continúe tan aprisa como le sea posible. Los de Valencia no me conservan ni un dato, y eso que el santo don Vicente había iniciado una crónica que se quedó a la primera hoja» 3.
Así lo hizo don Benjamín, añadiendo además a la crónica las pláticas que don Manuel acostumbraba a dirigir a los alumnos del colegio de Roma, en los primeros años del mismo, al principio de cada curso.
· A más de dar testimonio de ello, hemos de agradecer a varios sacerdotes operarios la inapreciable labor que han venido realizando en la búsqueda, recopilación, fijación y transcripción del cúmulo ingente de documentos manuscritos e impresos de don Manuel: esquema de sermones, pláticas y proyectos; pequeñas crónicas y notas de diario; borradores de buena parte de sus cartas y casi todas las que recibió, el original de numerosas que obraban en Poder de sus destinatarios. Ello hace que hoy podamos tener fácil acceso a esta primerísima fuente documental de que damos ahora noticia.
· Los escritos originales se conservan, diligentemente seleccionados y fijados, en el archivo que la Hermandad de Sacerdotes Operarios tiene en su casa central de Roma. Suman 46 volúmenes, encuadernados en piel. De todos ellos se ha hecho una reproducción fotocopiada, que comprende 65 volúmenes.
· Los antedichos escritos vienen divididos en tres grandes secciones:
I. Predicación: 14 volúmenes
1. Jesucristo
2. Eucaristía
3. Fervorines
4. Virgen María y santos
5. Papa; sacerdocio; Operarios
6. Operarios
7. Ordenandos
8. Seminaristas; congregantes
9. Religiosas
10. Ejercicios; misiones
11. Virtudes y vicios
12–14. Varios
II. Cartas (1867–1909): 23 volúmenes
III. Varios: 10 volúmenes
1. Proyectos
2–4. Fundación y empresas de celo
5. Apuntes y discursos
6. Periodismo; estudiante; vida espiritual
7. Reparación y colegio de Roma
8. Fundación y apostolados varios
9. Efemérides y notas varias
10. Documentos varios
· Obra también en el citado archivo una copia a máquina de casi todos los escritos de don Manuel, en 45 cuadernos, realizada por los años 1930–1938, y divididos en los siguientes apartados:
I. Predicación (1–13)
II. Epistolario (14–36)
III. Artículos en periódicos (37)
IV. Fundación y obras de celo (38–40)
V. Miscelánea (41–45)
· A estos escritos personales, añadimos, igualmente, el precioso material de originales e impresos (testamentos y documentos de fundación, constituciones de la Hermandad, cartas a don Manuel, etc.) que se relacionan con la vida y empresa del Fundador y que guarda también la Hermandad en el citado archivo. Componen un total de 20 carpetas.
· De gran interés es el Proceso Ordinario de beatificación de don Manuel, iniciado en Tortosa el 13 de noviembre de 1930 y acabado en 22 de septiembre de 1934, que lleva por título: Copia publica transumpti Processus Ordinaria auctoritate constructi in Curia Ecclesiastica Derthusensi, super fama sanctitatis vitae, virtutum et miraculorum Servi Dei Emmanuelis Domingo y Sol, Sacerdotis Fondatoris Sodalitatis Operariorum Dioecesanorum. Hemos manejado la copia, en 6 volúmenes, que se conserva en el archivo de la Sagrada Congregación del Culto Divino, en Roma. En el Proceso se tomó declaración a 44 testigos, que fueron respondiendo a 73 preguntas.
· Igualmente hemos utilizado los archivos del palacio episcopal, del cabildo y de la parroquia de la catedral de la ciudad de Tortosa, así como los que obran en los respectivos colegios y seminarios que fundara o dirigiera la Hermandad en tiempos de don Manuel, y en los conventos que este mismo ayudara a establecer.
· Los Boletines Eclesiásticos de Tortosa, Valencia, Orihuela, etc. Revistas tortosinas: El Ebro, Correo de Tortosa, La Verdad, Diario de Tortosa, Los Debates, etc., y nacionales: El consultor de los Párrocos, La Cruz, El Pensamiento de la Nación, etc., y las que fundara el mismo don Manuel: El Congregante de San Luis y El Correo Interior Josefino. Con motivo de la muerte del Siervo de Dios y en ocasión de diversos aniversarios (1909–1926), en esta última revista y en la que aparecería más tarde, La Reparación, se fueron publicando semblanzas, noticias y recuerdos del Fundador de la Hermandad, recogidos luego en un volumen que lleva por título: A la memoria del Dr. don Manuel Domingo y Sol, Pbro., Fundador y Director General de la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos. Como testimonios de primera mano, no dejan de tener un interés especial.
· Nos atrevemos a enumerar, en fin, entre las fuentes impresas, la inapreciable obra del sacerdote operario, Antonio Torres, Vida de don Manuel Domingo y Sol, Tortosa 1934, verdadero arsenal de noticias sobre la vida y empresas del Siervo de Dios. A más de utilizar a fondo sus escritos, particularmente sus cartas, recoge el testimonio directo de numerosas personas que habían tratado y colaborado con don Manuel.
Siguiendo la metodología de su tiempo, no sigue un sistema crítico de citaciones, pero tanto los datos como las afirmaciones y descripciones que nos presenta no dejan lugar a duda. Dado el tiempo en que fuera escrita la obra y los elementos de juicio de que viene adornada, bien podemos considerarla como una auténtica fuente documental.
Advertimos, desde ahora, que no hemos podido localizar algunos de los escritos de don Manuel, que Antonio Torres copia o a que hace referencia, sobre todo de sus cartas. El archivo de la Hermandad, que se conservó en Tortosa hasta 1936, corrió no pocas vicisitudes durante la guerra civil que se inicia ese mismo año y luego hasta su definitivo traslado a Roma. Como son de verdadero interés, los recogemos en nuestro estudio, haciendo referencia a las páginas de la citada obra 4.
NOTAS
1. E. II, Cartas, 7.º, 100. De estos escritos damos cuenta en este mismo apartado.
2. Ibid., 10.º, 39. El 28 de noviembre del mismo año escribía en su «Dietario»: «Misa a san Antonio por el hallazgo de los papeles de la historia de los colegios» E. III, Varios, 10.º, 11.
3. Ibid., 11, Cartas, 14.º, 205 y 228.
4. Véase la bibliografía general, con el título completo de la obras que utilizamos, al final del volumen.
I
EL HOMBRE Y LA IDEA
1
Primeros años de Manuel Domingo y Sol (1836–1850)
I. UN AMBIENTE Y UNA EPOCA
1. Patria, padres y nacimiento
Manuel Domingo y Sol nace el 1.º de abril de 1836, día de viernes santo, en la conocida calle del Angel, n.º 18, de la ciudad de Tortosa. Fueron sus padres Francisco Domingo Ferré y Josefa Sol Cid.
Por este tiempo Tortosa, a orillas del Ebro y recostada entre el castillo–fortaleza de la Zuda y las colinas que bajan del Coll de L'Alba, conservaba todavía un aire de nobleza que le daba su abolengo de ciudad episcopal, plaza fuerte y cabeza de una de las más feraces vegas de España. Si bien no negaba a los 20.000 habitantes 1, impresionaba por su recinto amurallado, de calles estrechas y amplias casonas de labradores, sus viejos palacios señoriales, y el buen número de iglesias y de conventos, coronados todos ellos por la vieja mole de su catedral gótica,
Buena parte de los tortosinos, y entre ellos la familia de don Manuel, vivía de la huerta, del comercio o de sencillos pero acomodados oficios menestriles. «Cuberos», «toneleros» o «carreteros» eran sus abuelos por línea paterna, y simples «labradores» con antepasados en el vecino pueblo de Santa Bárbara, los que le llegaban por la materna 2. Sus padres habían contraído matrimonio el 1.º de junio de 1817 3 y el pequeño Manuel, penúltimo de los doce hijos que tuvieron 4, fue bautizado el día siguiente de su nacimiento, sábado santo, en la parroquia del Sagrario de la Catedral. Le bautiza el párroco de la misma, Gabriel Duch, amigo y confidente más tarde de don Manuel, y actúa de padrino el también sacerdote don Francisco Navarro, comensal y beneficiado de la misma catedral y tío además, como veremos más adelante, del recién bautizado 5.
Con el nombre de «don Manuel», «doctor Sol» y, sobre todo, como «mosén Sol», al uso de Aragón y Cataluña, sería conocido más tarde, eclipsándose de alguna manera su primer apellido, Domingo, por considerarlo quizás como nombre propio, de lo que él mismo solía quejarse a veces en conversaciones familiares 6. Mosén Sol le llamaron sus paisanos y él se consideraría orgulloso, pues, a pesar del universalismo de que iba a llenar su larga vida de apostolado, sus raíces primigenias las centrarla siempre en su querida Tortosa. «Ni catalans, ni valencians: i tortosins! » 7, solían decir de sí mismas las buenas gentes de la ciudad y de la desembocadura del Ebro. Recordemos que hasta el siglo pasado Tortosa estuvo más vinculada al reino de Aragón, y después al de Valencia que con el resto de la Cataluña oriental, ya que el principal medio de comunicación se hacía por la orilla del Ebro, desde la alta Castilla hasta Tortosa. No hemos de extrañarnos, por tanto, que a más de tortosino, don Manuel se sintiera abierta, decida y calurosamente español. Tortosa, España y la Iglesia iban a ser los centros polarizadores de esa vida de entrega y de supremo sacrificio, que había tenido sus primeros momentos en días tan señalados como eran un viernes y un sábado santo.
2. Tortosa «noble, fidelísima y ejemplar»
La antigua Dertosa, sede episcopal romano–visigoda 8, reconquistada en 1148 por Berenguer IV, juega un papel importante en la historia político–eclesiástica de nuestra baja Edad Media'. Ve levantarse muy pronto su magnífica catedral gótica 10, que recoge entre sus mejores joyas la devoción más preciada de los tortosinos, la Virgen de la Cinta 11. Se va adornando de palacios, de residencias señoriales –como las del caballero Despuig, de Campmany, Oliver o de Villoria, de Tamarit, de los Piñols, de Miravalls, etc.– y de iglesias y conventos que tanto significarían en la primera infancia y luego en el apostolado mismo de don Manuel. Uno de los primeros conventos de clarisas–franciscanas que se establecen en España, es precisamente el de Tortosa –«¡mi convento de las Claras!»–, fundado a mediados del siglo XII en un altozano al levante de la ciudad, pegado a la muralla 12. De su bella iglesia medieval, donde tantas inspiraciones recibiera mosén Sol, sólo quedan hoy unos escuálidos muros tras la quema del convento en 1936. Pudo salvarse, con todo, su elegante claustro, prototipo de la escuela gótico–provenzal, de fines del XIII o principios del XIV. Pegado al mismo convento, en la plazuela de Replá, se levantaría más tarde el de las sanjuanistas, de los caballeros de san Juan 13, hoy también abandonado y medio destruido.
En la primera mitad del siglo XIX ceñía todavía a la ciudad un recinto amurallado, que desde el castillo de la Zuda y bordeando el altiplano iba luego hasta el río, galoneado todo él por airosas torres y baluartes como los de la Bastida, Redonda, Hornabeque, Portal del Rastro y Torreón de la Careta; el fuerte del Bonete –en cuya falda levantaría mosén Sol su primer colegio de San José–; los del Carmen, del Cristo, de San Juan y del Temple de los siglos XV y XVI, y los de la Tenaza y de Orleans levantados en el XVIII. Al otro lado del río y comunicado por un antiguo puente de barcas, se iba extendiendo el laborioso barrio de Ferrerías, o de los herreros, que también llamaban de La Creu, por la alta y airosa cruz que lo dominaba. Y al noroeste, fuera de las murallas, en la vertiente opuesta de la Zuda, el nuevo barrio de Remolinos completaba el círculo de esta ciudad, pegada todavía a sus tradiciones, clerical y conservadora, y a cuyos títulos de nobleza se le había añadido desde el siglo XVII el de fidelísima y ejemplar 14.
De su época romana conserva todavía un grandioso arco, vestigio de una primera muralla, por el que discurría la antigua calzada y luego el camino de Santiago que viniendo por el Coll del Alba entraba en Tortosa para seguir hacia el norte por la ruta del Ebro. Es el arco o portal dels Romeus o del Romero, de recuerdos tan íntimos en la vida de don Manuel 15. No queda lejos la calle del Angel donde naciera el Siervo de Dios, que debe su nombre al patronazgo del Angel Custodio que se había dado a sí misma la ciudad, y de cuya devoción tenemos noticias que se remontan al siglo XIV. En 1739 le dedican una capilla en el mismo ensanche de la calle y en ella celebraban solemnemente su fiesta tanto el cabildo como el ayuntamiento de la ciudad 16.
El pequeño Manuel podía contemplarla desde los balcones de su casa y no es extraño que prendiera pronto en él, y le durara por toda la vida, la devoción al Santo Angel, de Tortosa primero y luego de España.
También sabemos de otras devociones tortosinas de don Manuel. Como veremos más adelante, cuando era niño su madre le llevaba a recorrer los conventos de las Claras y de las Sanjuanistas. De joven y luego de sacerdote, solfa subir a esas pintorescas ermitas, de tanta tradición en el campo de Tortosa desde la época medieval. A la del Coll del Alba, que conoce ya una restauración en 1442 y desde la que se domina un maravilloso paisaje de la ciudad, de la vega y del delta del Ebro. Un poco antes, se pararía en la de Mig–Cami o Mitam–Cami, restaurada en 1698 y que guarda una preciosa imagen de la Virgen de la Providencia. Por el camino viejo de Tarragona, a pocos kilómetros de la ciudad, se acercaba asiduamente a la de La Petja, del siglo XIV, o se llegaba también a la del Carmen, en Roquetas, que le serviría con el tiempo de primera experiencia sacerdotal; a la de Santa María de la Oliva en Bitem, y aun a las más lejanas de la Virgen del Remedio en Alcanar o de la Piedad en Ulldecona 17.
En un ambiente más familiar, asistiría a las fiestas que celebraban cada año los numerosos gremios en que hasta el siglo XIX se hallaban agrupados los menestriles tortosinos y a que pertenecían sus padres y sus hermanos mayores: de labradores de Santiago, herreros, calafates, cordeleros y tejedores; rezaría ante tantas otras capillas y hornacinas de la Virgen y de los santos, repartidas por los barrios y las estrechas callejuelas de la ciudad; de sant Domingo, sant Dominguet, dels Angels, sant Vicent, santa Ana, la Mare de Deu del Rosé, sant Josep, Font de la Salud, etc.; asistiría curioso a las danzas clásicas de Cap de Ball, Punxonet y otras jotas de la tierra en los días de las fiestas de la Cinta; correría delante de la Cuca–Fera, cuando de su gran cuerpo de tortuga y de su cabezota de dragón salían disparados «coets y piules» en las fiestas tan populares del Corpus Christi; y con sus padres iría a alguna que otra romería, sobre todo a la de la Virgen de la Aldea, pequeño poblado a unos quince kilómetros de Tortosa casi en el delta del Ebro, que, como también veremos, sería con el tiempo su primer cargo parroquial 18.
Esa era la Tortosa, alegre, trabajadora y bulliciosa, que viera por primera vez don Manuel. Dejaba atrás una época de luchas, sitios, saqueos y depradaciones a que, por desgracia, la habían venido sometiendo tanto su situación geográfica como su misma importancia de plaza fuerte. A mediados del siglo XVII el rey Felipe IV le concede el título de «fidelísima y ejemplar» por la resistencia que ofrece a los franceses cuando la sublevación de Cataluña 19. Luego sufre el saqueo del general francés Marsín; a principios del siglo siguiente la sitia de nuevo el duque de Orleans y cuando la Independencia ha de capitular, tras heroica defensa, ante las tropas del mariscal Souchet quien logra retenerla por espacio de tres años 20.
A las luchas se unían las riadas y las repetidas pestes que asolaban de vez, en cuando a la ciudad. Aún se hablaba en ella de las terribles epidemias de 1821, de que había sido víctima el obispo de la diócesis, don Manuel Ros de Medrano, o de la de 1834 en que llegaron a contarse 119 víctimas. Pronto llegaría otra de más terribles proporciones: la de 1845–55, que supuso casi un millar de muertos. De las riadas, memorable sería la de la noche del 8 al 9 de septiembre de 1845, cuando contaba nueve años el pequeño Manuel: en menos de una hora el Ebro sube a más de 20 palmos sobre su nivel ordinario; por el lado norte, el torrente del Rastro inunda a su vez la ciudad y entra por puertas y ventanas situadas a 16 palmos de la calle; se desploma el viejo hospital, en, cuyo solar se encuentran ahora los juzgados, y mueren siete personas. Otra, de 1853, se llevaría por delante el viejo puente de barcas 21.
A pesar de ello, Tortosa va conociendo días de más ventura y progreso. «De pocos años acá –leemos en un diario de la época– ha variado ventajosísimamente el aspecto de la ciudad» 22; por ese tiempo se construyen nuevos edificios y se abren nuevos paseos, del lado sobre todo del Temple; se va levantando un teatro público en el edificio que antes fuera convento de la Merced 23; empieza a funcionar un Liceo «lírico–grarnático» y se piensa en establecer un casino. En 1845 sale a la calle el primer diario de Tortosa, El Ebro, al que sigue, tres años más tarde, El Dertosense. En el mismo año se piensa establecer el Instituto de Segunda Enseñanza en el antiguo convento de los jesuitas de la calle Moncada; un nuevo hospital se abre en el barrio del Jesús, al otro lado del Ebro, en 1852, donde iba a ejercer su heroico apostolado sor María Rosa Molas (1815–1876), fundadora de las hermanas de la Consolación. Cinco años más tarde se inaugura el canal de la derecha del río y al siguiente aparecen el Diario de Tortosa y el Boletín Eclesiástico de la diócesis, y se hacen mejoras en el empedrado y alumbrado de la ciudad. En cuanto a éste, durante el primer tercio de siglo «consistía en pequeñas farolas de aceite y una que otra lámpara medio apagada que tristemente ardía delante de las capillas o retablos que los fieles levantaban en algunos parajes» 24. Por fin se inaugura en 1859, el nuevo alumbrado de quinqués de petróleo. Por su parte, «el empedrado de las calles –leemos en los mismos periódicos– mejora utilísima emprendida hace, pocos años..., se trata ahora de continuarla»; han de acelerarse las obras, «pues a uno le acontece con no poca frecuencia que, cogido el pie entre las piedras, ve las estrellas en medio del día, siendo el empedrado tan pésimo y desigual que el que tiene buenos pies anda mal y con trabajo, y el de pies delicados o con callos, no puede andar, ni bien ni mal» 25. Se pide asimismo «poner en la fuente, colgada de una cadena, una cuchara de hierro para que los que quieran apagar la sed puedan beber cómodamente como sucede en París y las había en la fuente de algunos conventos» 26. Poco a poco, se va acometiendo la obra de limpieza de calles, traída de aguas y ensanche progresivo de la ciudad, rompiendo aquel cerco que tanto la atosigaba de murallas, fuertes y baluartes 27.
3. La década 1833–1843
Como en épocas anteriores, también ahora Tortosa, en los años que corren desde la muerte de Fernando VII, 1833, hasta la declaración de la mayoría de edad de su hija y sucesora, Isabel II, diez años más tarde, sería, en alguna medida, protagonista de los duros aconteceres que iban a sacudir, cruenta y violentamente, a nuestra patria.
Años aquéllos de inseguridad y de convulsionismos –quema de conventos y mantanzas de frailes–; de sectarismo y de guerra fratricida. Y lo mismo que ocurre en España, acontece también en el marco reducido y provinciano de Tortosa, cuando el pequeño Manuel transcurre los años de su infancia en el seno de una familia honesta, laboriosa, cristiana y conservadora.
Se quiere llevar a cabo, a escala nacional, una revolución burguesa, heredera de aquella de las Cortes de Cádiz y del bienio liberal de 1820–1823, revolución a todas luces incompleta y radicalmente viciada. Estalla la primera guerra carlista (1833–1840) y con el señuelo de «Dios, Patria, Rey y Fueros» se lanzarán al viento ideologías político–religiosas y económicas, con el levantamiento de numerosas partidas en el norte de la Península, de las que no pocas salen de la misma Tortosa y de la vecina comarca del Maestrazgo.
Si en el bando cristino–liberal y en el Gobierno de Madrid que lo representa, se llega a situaciones límites –matanzas de frailes de 1834–1836, supresión arbitraria de conventos, expulsión del Nuncio y de los jesuitas, nueva Constitución de 1837 marcadamente anticlerical, leyes de desamortización, etc.–, y se persigue por doquier a la Iglesia dejando propalar toda clase de insultos y de calumnias, del lado carlista se quiere dar a la lucha un sentido religioso de cruzada nacionalista y amparadora de lo más sagrado e intangible del alma española. Sin embargo, ni los mismos carlistas quedarían exentos de graves e incomprensibles arbitrariedades.
Precisamente en el año en que nace don Manuel, 1836, es fusilada el 16 de febrero en Tortosa, frente a uno de los baluartes de la barbacana, Ana María Griñó, infortunada madre del cabecilla carlista tortosino Ramón Cabrera 28. A Cabrera, antiguo seminarista, se le conoce por entonces como «el tigre del Maestrazgo»; en Barcelona se mata a sangre fría a prisioneros de ambos bandos; en Reus siguen las matanzas de frailes; y en Tortosa, donde todo es división y confusionismo, en aquel mismo año son encarcelados numerosos sacerdotes realistas que el populacho piden sean pasados por las armas, y un canónigo, el Dr. Sala, es asesinado por los miqueletes al salir de la catedral. De 1834 a 1843 son fusiladas en la ciudad unas 30 personas por causas meramente políticas, entre ellas sacerdotes y mujeres; y si 3.000 tortosinos se alistan en el ejército carlista, otros tantos forman tres compañías de milicianos nacionales para favorecer la causa del Gobierno.
Tradicionalismo y liberalismo se dan la mano, en un fenómeno típico de nuestra historia, por todo el principado catalán. Señalemos que en Barcelona, durante el ministerio del Conde de Toreno, 1835, se instaura una junta que quiere extender su poder a las cuatro provincias catalanas y que, mientras se propone conservar el orden y salvaguardar la libertad, aboga, entre otras cosas, por la supresión de las órdenes religiosas y la promoción de ideas regionalistas más o menos extremadas. Pronto imitan su ejemplo Valencia y Zaragoza; y hasta se piensa en formar una federación de Estados peninsulares conservando cada uno su propia autonomía. Tal regionalismo –conviene que lo advirtamos desde ahora, por lo que puede relacionarse con las actividades posteriores de don Manuel– lo promueven tanto los tradicionalistas o movimientos de derecha catalanes, como los que entonces representan el renacimiento de aquella lengua y cultura –Renaixença–, que irá suponiendo a la larga un catalanismo incipiente de mediados del siglo XIX 29. A esos elementos de disgregación, hemos de ir añadiendo tanto el auge que va tomando la industria en la región catalana, como la aparición de los movimientos obreros de tendencia izquierdista y republicana 30. La revuelta que se produce en Barcelona en 1843, conocida como de la Jamancia, sería el primer chispazo de una serie larga de convulsiones sociales 31.
De otro lado, tampoco ayuda gran cosa la unidad que con más o menos apariencias pudiera ofrecer el carlismo. Tras el fracaso de D. Carlos en su expedición hacia Madrid (1837) y luego del famoso «abrazo de Vergara» (1839), los carlistas se dividen en «intransigentes» o «apostólicos» y en «marotistas» o «moderados» 32. Abocados los primeros a un absolutismo sin fronteras, arrastran consigo a una gran masa de eclesiásticos españoles, incapaces de comprender por entonces las sensatas palabras que, en este sentido, iba escribiendo el gran filósofo Balmes (+ 1.847): «No identifiquéis –decía a unos y a otros– la causa eterna con la causa temporal; y cuando se presten a alguna alianza legítima y decorosa, sea siempre conservando aquella independencia que reclaman sus principios inmutables» 33. Por otra parte, ni se daban cuenta de otro peligro, ahora en el orden de las ideas, que acechaba a una sociedad todavía considerada como, eminentemente cristiana. Era la nueva «inteligentzia» que nos venía de fuera, de la que uno de sus primeros apóstoles sería Julián Sanz del Río (1819–1869), quien, empapado del krausismo filosófico alemán, predicaba una especie de religión laica, que corría parejas con un eclecticismo de tipo francés, con el positivismo comptiano y sus secuelas de naturalismo y empirismo 34.
Mientras tanto se van sucediendo en España pronunciamientos, motines y golpes de Estado. Durante la regencia del general Espartero (1840–1843), vuelve de nuevo la ola anticlerical y sectarista: nueva expulsión del Nuncio y ruptura de relaciones diplomáticas con la Santa Sede, venta de los pocos bienes salvados de la desamortización, destierro de obispos, clausura de seminarios, prohibición de procesiones, etc. 35. El primero de marzo de 1841 el papa Gregorio XVI deplora en una célebre alocución los ultrajes y persecuciones que se venían infligiendo a la Iglesia de España 36. Con el Gobierno Narváez, 1844, se impone de nuevo la moderación, y la Iglesia española conoce días de calma,. a pesar de los movimientos revolucionarios que conmueven a toda Europa en 1848, siendo reconocida y respetada tanto por la nueva Constitución de 1845 como por el Concordato firmado con la Santa Sede en 1851. Sería el año en que el pequeño estudiante de Tortosa, Manuel Domingo y Sol, hace su ingreso. en el seminario diocesano de la ciudad.
II. INFANCIA DE DON MANUEL
1. Doña Josefa Sol Cid
Poco sabemos de la madre de don Manuel, Josefa Sol Cid, pero sí lo suficiente para ver en ella un alma sencilla y buena, primer espejo en que se mirara el pequeño Manuel. Testigos que la conocieron dicen que era «una santa, muy buena» 37; y ella es la que se encarga de modelar el alma de su hijo. «Por testimonio del mismo Siervo de Dios –declara el sacerdote operario Juan Bautista Calatayud–, a quien oí hacer muy frecuentes y cariñosas referencias de su cristiana madre, me consta que la educación del Siervo de Dios en sus primeros años, la recibió de su misma madre, la cual era señora, además de muy piadosa y cristiana, celosísima y de temple enérgico... El Siervo de Dios refería que, siendo muy niño, ya le llevaba su madre a las diferentes iglesias de esta ciudad, a las funciones religiosas que en ellas se celebraban, haciéndole estar con atención y compostura». Añade a seguido uno de los primeros recuerdos que de su infancia tuviera el mismo don Manuel: «Por una carta del Siervo de Dios sé también que su piadosa madre le presentó en ofrenda a la Santísima Virgen de la Cinta, patrona de esta ciudad, siguiendo en ello la práctica de las madres cristianas tortosinas. También recibió en su casa el espíritu de devoción al Santo Angel de Tortosa, cuya capilla está muy próxima a la casa donde nació el Siervo de Dios, y esta devoción creció en él junto con la convicción que tenía de que el Santo Angel le salvó milagrosamente de un inminente peligro de muerte, siendo muy niño, cuando se hallaba durmiendo en la casa de una heredad de sus padres, inmediata a la ciudad, junto a las murallas del Barranco del Rastro. El peligro lo ocasionó una fuerte lluvia y una barrancada que anegó el barranco desde las murallas, hoy derribadas, hasta la casa de la dicha heredad. Yo he conocido y hablado al payés que salvó a don Manuel, siendo niño, y que por cierto le tenía gran cariño y veneración. Don Manuel refirió diferentes veces, con especial satisfacción, la alegría que produjo en todos los de su casa la llegada del payés llevándole a él, niño, en sus hombros después de pasado el peligro» 38.
«Por devoción al Santo Angel se prestaba –decía de don Manuel su misma madre– a pedir limosna por las casas llevando al hombro una cajeta; y que nunca se avergonzaba de estos actos de religión y piedad» 39. Un halo de religiosidad embargaba a los moradores de aquella casa, lo suficientemente confortable, de la calle del Angel. Por los documentos familiares sabemos que tanto los padres como los hermanos mayores del pequeño pertenecían a diversas asociaciones piadosas, tales como la cofradía de la Santa Cinta, la de San Juan y la Corte de María. Su padre pertenecía, asimismo, a la «Adoración y Vela perpetua del Santísimo Sacramento del Altar», establecida en la catedral en 1831 «para rogar por las necesidades de la santa Iglesia, de la monarquía española y de Tortosa». Y en familia se rezaba a san José, a la Virgen de la Aldea y muy particularmente al referido santo Angel, patrono de la ciudad.
A la devoción, por otra parte, iban unidas las obras de caridad, en las que sobresalía largamente doña Josefa. Como la casa tenía dos puertas que daban a distintas calles, cuando a veces le reprochaban sus continuas limosnas, solía responder, no sin cierto gracejo: «en mi casa las limosnas salen por una puerta y entran por otra». Y no es que las hiciera solamente a los ojos de los demás. En cierta tienda de comestibles tenía dada orden de que, en secreto y cargándoselo a su cuenta, fueran dando a una pobre determinada cuanto pidiera y necesitara 40.
Con su madre iba el pequeño Manuel recorriendo iglesias y capillas, desgranando a media lengua sus primeras oraciones infantiles. Años más tarde, cuando recién nombrado vicario del convento de las Claras dirige a estas su primera plática de entrada, le vienen a la memoria aquellas escenas en las que –les recordaba– «se me presentaba la santidad de este lugar para mí respetable cual ninguno; sin duda, las impresiones que recibí en mi infancia al visitar el umbral de este claustro, único que visité hasta después de mi ordenación» 41. Y a las de la Purísima, en un sermón de Nochebuena que también les dirige: «Sobre cincuenta años hace que conducido a estas horas por una madre cariñosa, venía ya a este templo para ver el nuevo angelito que me decían brotaba esta noche a los pies de la Virgen» 42.
Acogedora y sencilla era la familia de mosén Sol. Fijémonos, como botón de muestra, en este sencillo detalle. Cuando siendo ya sacerdote, estaba cursando don Manuel sus estudios de doctorado en Valencia, mayo de 1863, le escribe su hermano Francisco, soltero y rondando ya los 40 años, una carta deliciosa, de la que recogemos el siguiente párrafo: «El hombre que no falta a su deber y cumple con las obligaciones, cada cual por su estado, siempre está apreciado de todo el mundo y Dios le tiene una senderita reservada para guiarlo en todas sus tareas y necesidades... En fin, lo que deseamos todos de corazón por momentos [es] el estar todos juntos en nuestra casa, frente a la capilla del santo Angel, en donde tanta devoción todos tenemos... Recibe los miles afectos de nuestra madre 43 y tus hermanos que desean verte más que escribirte» 44.
Lecciones éstas de cariño y de vida cristiana que, gozosamente, iría recordando durante toda su vida don Manuel.
2. Las primeras letras
Como en el resto de España, también por entonces andaba descuidada en Tortosa la enseñanza de las primeras letras. Escaseaban los dómines o maestros y no era gran cosa lo que éstos podían llevar de preparación. Es verdad que según los planes de 1821 y 1825 se había buscado alguna mejora, pero a poco o nada vino a reducirse, tanto por falta de medios como de personal apropiado 45. En la familia y en la catequesis de la parroquia era donde los niños, generalmente, se enfrentaban por primera vez con los difíciles garabatos de las letras y de los números y con el aprendizaje de las más elementales oraciones del catecismo.
Sin embargo, tenemos noticia de un maestrillo tortosino, Pere Insa Rovira, que por estos años daba clases privadas, primero en el carrer del Replá, junto a la placeta de san Juan, y luego en la casa del Hospital, n.º 5. Andaba algo cojo, por lo que sus alumnos le sacaban coplillas, más o menos picarescas, que él toleraba con cierto desenfado y hasta se reía de tales gracietes 46. Que fuera a esta primera escuela el pequeño Manuel, no lo sabemos de cierto.
De una u otra manera fue aprendiendo las primeras letras lo suficiente para, como enseguida veremos, entrar pronto en el colegio de San Matías de la ciudad y emprender los estudios eclesiásticos. Mientras tanto, iba creciendo bajo la mirada vigilante de su madre y el amor y cariño de sus hermanos. A los nueve años, 18 octubre de 1845, recibe el sacramento de la Confirmación de manos del arzobispo de Tarragona, Antonio Fernando Echánove y Zaldívar, administrador en sede vacante de la diócesis de Tortosa 47. Y tres años más tarde, en 1848, recibe por primera vez la Sagrada Comunión 48. Sería en este año, o tal vez en el anterior, cuando el pequeño hace su primer viaje fuera de Tortosa al cercano pueblo de Morella. No sabemos la causa que lo motivó, pero sí la preocupación que sintiera su madre cuando, pasados los primeros días de ausencia, no acababa de recibir noticias de su hijo. A la vuelta, éste le dice con toda naturalidad que si no la había escrito era señal de que nada le había ocurrido 49. No fue suficiente, sin embargo, para consolar a su madre, quien, de todos sus hijos, «amaba con locura» al pequeño Manuel y «siempre quería tenerlo a su lado» 50.
NOTAS
1. En 1892 contaba con 5.366 vecinos y 24.000 habitantes, repartidos en 7 distritos, que comprendían 9 barriadas: 0. Rodríguez, Guía de Tortosa, l.ª edic., p. 7.
2. Su padre, Francisco Esteban José Domingo y Ferré había nacido el 2 de septiembre de 1790 y era hijo de Francisco Antonio Rafael Domingo y de María Rosa Antonia Ferré, nacidos a su vez, el primero, el 18 de septiembre de 1772, de Francisco Domingo y de Josefa Ximeno; y la segunda, el 31 de mayo de 1773, de Antonio Ferré y de María Ana Dols.
Su madre, María Josefa Tomasa Sol Cid, nace el 18 de noviembre de 1799 y era hija de Juan José Antonio Ignacio Sol, y de Manuela Cid, nacido el primero, el 29 de diciembre de 1772, de Juan Sol y de María Ignes Cugat; y natural, la segunda, del pueblo de Santa Bárbara, cercano a Tortosa (TAPC, Libros de bautismos, años 1789–1794, vol. 16, f. 1110; 1773–1774, vol. 14, f. 241r: y 259r; 1795–1802, vol. 17, f. 313v; 1763–1774, fol. 249t).
Si exceptuamos a su abuela materna, todos son naturales y vecinos de Tortosa, caracterizándose la familia por su longevidad. El bisabuelo paterno, Francisco Domingo, muere el 11 de enero de 1821, septuagenario al menos; el abuelo materno, Juan Sol, a la edad de 72 años, en 1844; los padres de don Manuel, como veremos en adelante, a los 72 el padre y a los 64 la madre; de sus hermanos, dos de ellos, José y Francisca llegarían a los 76 y 68 años respectivamente (TAPC, Libros de defunciones, años 1816–1831, vol. 101 f. 159; 1832–1852, vol. 11, f. 482; 1853–1863, vol. 12, f. 405r; 1863–1870, vol. 13, f. 75v; 1885–1889, vol. 16, f. 188r; 1893–1903, fol. 29r). Don Manuel moriría a los 73 años.
En las partidas que citamos suelen indicarse, a seguido de los nombres, los oficios de cubero o de labrador. En una escritura de venta de tierras, de 1796, se nombra a Francisco Domingo, abuelo de don Manuel, «maestro carretero» (Escritura de venta de cierta tierra.... RAH, carp. 1, leg. 2).
Y de los hermanos de éste, sabemos que José y Francisco, se dedicaban, respectivamente, a la construcción de carros y a la fabricación de jabón. (Documentos de testamentaría de los hermanos de don Manuel, 23 octubre 1865: Ibid., carp. 1, doc. 18).
Damos a seguido el árbol genealógico, más inmediato, de don Manuel:
Francisco Domingo
Josefa Ximeno
(+ 1821)
Antonio Ferré
M.ª Ana Dols
Juan Sol
María Ignes Cugat
Francisco Antonio Rafael Domingo (1772)
María Rosa Antonia Ferré Dols (1773)
Juan José Antonio Ignacio Sol (1772–1844)
Manuela Cid (de Santa
Bárbara)
Francisco Esteban José Domingo Ferré (1790–1861)
María Josefa Tomasa Sol Cid (1799–1864)
Don Manuel
3. «Domingo, día primero de Junio de mil ochocientos diez y siete, yo, D. Ramón Puell, Pbro., comensal de esta Sta. Iglesia de Tortosa (de licentia Parochi) desposé por palabras de presente et juxta formam S.C.I. a Francisco Domingo, soltero, hijo legítimo y natural del difunto Francisco y de María Ferré, consortes que fueron en primeras nupcias, con Josefa Sol, soltera, hija legítima y natural de Juan y de Manuela Cid, consortes, todos vecinos de esta ciudad y parroquia. Celebróse este matrimonio con arreglo a Reales Ordenes y siendo presentes por testigos Agustín Aragoneses y Antonio Salazar, con otros; y a continuación del mismo acto recibieron las bendiciones nupciales. D. Antonio Puell, Presbítero, comensal» (TAPC, Libro de matrimonios, años 1817–1825, vol. 12, fol. 34).
4. Don Manuel decía de sí mismo en algunas cartas que «era el único que quedaba de sus doce hermanos» (E. II, Cartas, 7.º, 70, carta a Valeriano Puertas; «He quedado, pues, solo de los doce hermanos»: carta al padre Marro de 25 mayo 1895: Ibid., 8.º, 46). Y lo mismo repite en el Proceso Juan Bautista Calatayud (Proceso, f. 874). De los libros parroquiales y de los testamentos tanto de los padres de don Manuel, de 25 de junio de 1848, como de sus hermanos, José y Francisco, en 1884 y 1891, hemos recogido las siguientes noticias referentes a sus hermanos. El mayor, José, nace en 1818 y muere, soltero, en 1894. Francisca (1821–1889) casa con Juan Francisco Barján Prats. Le sigue Francisco (1823–1888) que muere también soltero. Rosa (1825), de la que no hemos encontrado el año en que murió, pero ciertamente antes de 1891 y después de 1865, estuvo casada con Ramón Chavarría y Coma. Agustina (1831–1884) casa igualmente con Estanislao Barján Prats. Le siguen las dos gemelas María y Angela, que nacen en 1834. María muere soltera en 1891. Y por fin, Josefa (1842–1893), casada con Ramón Sales. (TAPC, Libro de defunciones, años 18781885, vol. 15, f. 331r; 1885–1893, col. 16, f. 147r, 188r, 304v; 1893–1903, vol. 17, f. 7r, 29r; Testamentos de los padres, y hermanos de don Manuel: RAH, carp. I, doc. 18). A. Torres (Vida, p. 4, nota 1) cita a uno más, Pedro, «que, siendo muy joven muere ahogado en una balsa de aceite del molino de la familia». En 1855, el mismo don Manuel en una oración que deja escrita a la Virgen, cita únicamente, encomendándolos, a sus siete hermanos: José, Francisco, Francisca, Rosa, Agustina, María y Josefa (E. III, Varios, 6.º, 106). Algunos de ellos irán saliendo luego en la vida de mosén Sol.
5. Copiamos la partida de bautismo:
«Manuel Domingo Sol – Sábado, día dos de abril de mil ochocientos treinta y seis: En la Sta. Ygla. Catedl. de Tortosa, yo, el infrõ Cura Párroco de la misma bauticé solemnmte a Manuel, hijo legmõ y natural de los consortes Franco Domingo y Josefa Sol, naturales y vecinos de esta ciudad: nació a las tres de la mañana del día anterior: Padrino fue, con licencia del Sõr Gobernador de este obispado, D. Francisco Navarro, Pbro., comensal de esta Sta. Igša., a quien advertí el parentesco y obligã.
Gabriel Duch, Cura»
Al margen: «Fuit sacerdos»; y en letra distinta: «y fundador H.O.D.C. (Hermandad Operarios Diocesanos)» (TAPC, Libro de bautismos, años 1832–1839, vol. 23, f. 475r. n.º 160).
Don Gabriel Duch, párroco de la catedral, había nacido en Tortosa en 1810; muy venerado en la ciudad, fue profesor de religión en el seminario, con título de bachiller, y tuvo de alumnos tanto a don Manuel como al gran amigo de éste y fundador de la Compañía Teresiana, Enrique de Ossó. «Con él me fue muy bien –escribe este último en su autobiografía–; hacía alguna penitencia, pocas podía y me confesaba a menudo» (M. González, Don Enrique de Ossó..., 71). De él hablará también don Manuel con grandes elogios, recordando con respeto y veneración sus ejemplos de celo y de virtud, así como las pláticas doctrinales que, siendo niño, les hacía en la tarde de los domingos (Proceso, ded. de Elías Ferreres, fol. 362v). Hasta 1870 le vemos todavía como párroco de la catedral (cf. TAC, Libro de Alumnos internos y externos.... f. 25v; BEDT, vols. 7, 9, 13, pp. 5, 2, 3).
De don Francisco Navarro, por el borrador de una de las primeras cartas que conservamos de don Manuel, unos meses antes de su ordenación, 1860, sabemos que fue tío suyo. En el borrador no se apunta nombre alguno, pero va dirigida «a un tío suyo» y las alusiones a su padrinazgo son manifiestas. Le invita a ser padrino asimismo de su primera misa, «para que, ya que tengo –termina diciéndole– el honor de haber sido sacado de pila por Vd., completase ahora mi satisfacción» (E. II, Cartas, 22.º, 11; reproducimos la carta, infra, p. .57).
En 1880 era capellán del Arrabal de Tortosa. La madre Oviedo, fundadora de las Oblatas, y a quien ayuda don Manuel para su fundación en Tortosa (cf. infra, cap. VI), dice en una carta que al llegar a esta ciudad la recibieron, entre otros, «don Francisco, tío del doctor Sol, que V.E. conoce ... » (A. Torres, Vida, 213).
Entre los papeles de don Manuel, se conservan varias cartas del sacerdote a que hacemos referencia, fechadas generalmente en Ulldecona. (RAH, Documentos, carp. 2).
La pila en que fuera bautizado don Manuel, llamada del Papa Luna, procede del castillo de Peñíscola, donde adornara el jardín de aquel Papa, como surtidor de una fuente. De forma octogonal y con decoración gótica, aún se distingue en ella el escudo del célebre Benedicto XIII, quien tanto honrara, con distinciones y privilegios, a la catedral tortosina (cf. Jover , Tortosa: testimonio histórico, 40).
6. En una carta a don Sebastián Bover, de 11 noviembre 1901, se queja don Manuel de ello, debido a unas complicaciones financieras, motivadas por la frecuente omisión de su primer apellido: «Les ha dado a V.V. por la costumbre de suprimir mi apellido; y lo peor es falsificarlo, poniendo el 'Manuel D. Sol' o 'Manuel Sol' o 'Manuel de Sol', etc. etc... Todo podría pasar en cartas particulares, pero supone un cacumen extraño el ponerlo en documentos oficiales y en letras... Pongan bien los tres nombres míos: Manuel Domingo y Sol. Hágalo presente a todos los nuestros para siempre» (E.II, Cartas, 14.º, 256). Algo parecido le dice, en el mismo año, al) operario don Carmelo Blay: «Veo que en el sobre de la carta pone V. ya Manuel Domingo y Sol. Hágalo siempre así, pues en la segunda letra veo que vuelve V. al Manuel D. Sol. En el sobre del aviso de Cervera de la llegada allí del cáliz pusieron Manuel D. G., poniendo G en lugar de y y nada más; por esto repito dejen el D.» (Carta de 30 dic.: E.II, Cartas, 14.º, 309).
7. La frase era usual en Tortosa. El canónigo–historiador don Ramón O'Callaghan la aprovecha para título de uno de los capítulos de sus Anales de Tortosa 1, 118.
8. La tradición hace de san Rufo, hijo de Simón Cirineo, el primer obispo de la ciudad; pero la primera noticia que tenemos es de un Urso, «episcopus Tortosanae civitatis», que asiste al concilio de Tarragona en el año 516. Otros obispos tortosinos asisten más tarde a los de Barcelona, Lérida y Toledo, de 540, 546 y 589: «Maurilio in Christi nomine Ecclesiae Catholicae Dertosanae», «Asellus Dertosanus», «Julianus Dertosanae Ecclesiae» (Vives–Marín–Martínez, Concilios visigóticos e hispano–romanos, Madrid 1963, 38, 53, 60 y 137; O'Callaghan, Episcopologio, 2 ss.).
9. De 1272 datan sus ordenanzas constitucionales: Llibre de les costums Escrites de la Insigne Ciutat de Tortosa (edic. de 1973). En él viene descrito (Libro I, Rubrica IV, Costum. 10) el escudo de la ciudad: una torre con cuatro almenas, dos ventanas y una puerta. Más tarde, por privilegio de Felipe IV, el 25 de noviembre de 1654, se colocaría sobre la torre una corona y se añadirían dos palmas. La corona obedece al título de marqueses de Tortosa que en la Edad Media se adjudicaron algunos reyes catalano–aragoneses. A principios del siglo XV cobra gran importancia la ciudad durante el pontificado del antipapa Pedro de Luna, quien allí celebra un concilio en 1429 (cf. Bayerri, Historia de Tortosa... VIII, 611; O'Callaghan, Anales... 1, 84; Jover, Tortosa, 35).
10. Empieza a construirse en 1347, sobre una antigua capilla del siglo XII (Ibid.).
11. Su veneración arranca de la segunda mitad del siglo XII. Siguiendo una antigua tradición, la Virgen se aparece a un clérigo de la Catedral en la noche del 24 al 25 de marzo de 1178, depositando a seguido sobre el altar mayor su sagrada cinta o ceñidor (Bayerri, o. c. VIII, 252; O'Callaghan, Anales IV: «Historia de la Santa Cinta»). Célebre entre las devociones marianas españolas, la sagrada reliquia ha sido trasladada a la Corte varias veces, desde la época de los Austrias, para alivio y seguridad de las reinas a punto de dar a luz. En una estrofa de su himno, la cantan de esta manera los tortosinos:
«Es la Cinta nostra Reina,
nostra Mare, nostre tresor.
Estimem–la, adorem–la,
jurem defensar–la hasta la mort.
Cridem sempre ab veu plena:
¡Nostra Cinta sobre tot!»
(Letra de Juan Moreira; música de Peris)
12. Sus fundadoras vinieron de Barcelona enviadas por las dos sobrinas de santa Clara (+ 1253), sor Inés de Peranda y sor Clara de Asís. Desde entonces las conocieron en Tortosa como las «menorets» (cf. O'Callaghan, Los conventos de Tortosa, cap. VI, 26–30; Id., Anales I, 151; Bayerri, o. c. VII, 523–23; F. Pastor y Lluis, en sus Narraciones tortosinas, Tortosa 1911, cuenta detalladamente la historia del convento).
13. Fue levantado en 1709 al ser derribado, para obras de la muralla, el que tenían en el barrio de Remolinos desde el siglo XVI (O'Callaghan, Anales I, 157; Guía de 1872, 1.ª edic., 81).
14. Desde el siglo XIII existía ya un puente de barcas sobre el Ebro. Cinco puertas principales daban acceso a la ciudad: las del Puente, del Temple, de San Juan (antes de San Francisco), del Rastro, en el barranco de su nombre, y la de Remolinos, que contenía a su vez otra interior Ramada de Vilanova o de la Cortadura (Bayerri, o. c. VIII, 224, 252, 266, 342, 426, 487; O'Callaghan, Anales I, 63s.; Guía de 1872, 8 ss.).
15. La denominación deis Romeus o del Romero hace referencia a uno de los episodios de la reconquista de la ciudad por Berenguer IV. A ambos lados de la arcada conserva todavía el relieve de dos figuras, la de los dos romeros, Santiago y san Cristóbal según la tradición; y en el interior una hornacina con la imagen de la Virgen, colocada originariamente en el frontispicio exterior del arco. Un autor del siglo XVIII aclaraba, sin embargo, que «eso de llamarle dels Romeus lo ha introducido a mi ver el vulgo, llevado de ver esculpidas dos imágenes en el Portal, que es la una de Santiago y otra de San Cristóbal, porque, en verdad, siguiendo la tradición que hemos recibido de nuestros mayores, no fue más que uno el peregrino que rechazó los moros que quisieron introducirse por aquel Portal dentro de la ciudad, mientras los otros estaban en lo fuerte del combate con los hombres por consejo de las mujeres de la ciudad» (O’Callaghan, Anales I1, 16, citando a A. Gil de Federich). En memoria de esta gesta se estableció para las mujeres tortosinas la «Orden del Hacha», de la que siempre se han mostrado orgullosas. La Virgen del Romeu ha sido y sigue siendo objeto de especial devoción, sobre todo en tiempo de peste. Y por el arco, de tanta trascendencia en la vida de dono Manuel, pasaba tradicionalmente la procesión del Corpus, que por la calle de Moncada se dirigía a la catedral (O'Callaghan, Anales II, 16 y 67; Bayerri, o. c. VIII, 248).
16. Desde el año 1356 se tiene ya noticia de la devoción al Santo Angel en Tortosa. A más de la capilla indicada, se le había dedicado anteriormente, en el siglo XV, otra estatua en la plaza de la Font, hoy de Querol; así como llevaba también su nombre una torre, en las cercanías de la ciudad, construida en 1575. Por acuerdo municipal y por razones de ensanchamiento, la capilla de la calle de su nombre fue derruida en 1864; y derrocada también, en 1879, la estatua de la plaza de la Font. Don Manuel se encargaría, como veremos, de reavivar tanto en el pueblo como en los estamentos municipales una devoción de tanta solera en la ciudad (cf. Bayerri, o. c. VIII, 252 y 326; O'Callaghan, Anales II, 12 s.; IV, 52; F. Mestre, Desapareció de la capilla del Sant Angel Custodi, en el «Heraldo de Tortosa», de 29 de abril de 1936).
17. Sobre tales ermitas, cf. O'Callaghan, Anales II, 181 ss.; Id., Los conventos de Tortosa y las Ermitas de su término, Tortosa (2)1910; Guía de 1892, 71 s.; Jover, Tortosa..., 45 s. Este último nos habla de las visitas que a unas y a otras hacía don Manuel.
18. junto a su iglesia–santuario, de 1149, se alza, reconstruida recientemente, una airosa torre de origen romano que hace juego con las numerosas que se levantan todavía por el campo de Tortosa W. Bayerri, o. c. VIII, 325; O'Callaghan, Anales II, 168 s).
19. El documento se guarda en el Archivo del cabildo de la catedral (Armario, Varios). En la misma guerra y con ocasión del sitio que pone a la ciudad el mariscal francés Lamotte, el obispo don Juan Bautista Veschi hace voto, en 1642, y logra después realizarlo, de construir el convento de la Purísima Concepción Victoria, dependiente del cercano de las Claras, y que tanto se beneficiaría también del celo apostólico de don Manuel.
20. Cf. Bayerri, o. c. VIII, 266; O'Callaghan, Anales I, 53 s.; Guía de 1892, 83 s.; Jover, Tortosa, 94 S.
21. Bayerri, o. e. VIII, 641, 838 s.; Jover, Tortosa, 94 s.; O'Callaghan, Anales I, 53, 69, 84. Riadas y pestes continuarían azotando a la ciudad en la segunda mitad del siglo XIX: en 1866, 1885, etc.
22. «El Dertosense», de 7 julio 1848.
23. Ibid., 15 agosto 1848. Este convento databa del siglo XIII, y estaba en la actual calle de la Merced, en el solar que hoy ocupa otra de las obras relevantes de don Manuel, el templo de Reparación. Todo el espacio había servido de cementerio público en la época romana. Cuando en 1901 se removieron los cimientos y el subsuelo para la nueva iglesia, se encontraron monedas, tégulas y sepulturas de la citada época (cf. Bayerri, o. c. VIII, 521; O'Callaghan, Anales I, 140 s).
24. En «Museo Dertosense», de 31 octubre 1869, p. 1. La electricidad no llegaría a Tortosa hasta 1899; sin embargo el ferrocarril lo había hecho antes, en 1867.
25. «El Dertosense», de 8 julio 1848. Todavía «La Voz del Progreso» urgía al ayuntamiento el 27 febrero 1867, a proceder a la nivelación, alcantarillado y empedrado del nuevo barrio del Rastro, y poner nombre a las calles, aplicándolas nombres de personajes tortosinos.
26. «El Dertosense», citado.
27. M. H. Cabrera en el bisemanal «El País», de 19 enero 1868, en un artículo que titula Reforma y ensanche de Tortosa, pide que se vaya deshaciendo aquel amurallamiento «que nos tiene aherrojados», que «cerca y oprime a la ciudad» y hace «que la inmensa mayoría de habitaciones de nuestra ciudad sean verdaderas pocilgas...» Años antes, en 1841 había sido cerrado definitivamente el viejo cementerio –«lo fossá del Rastre»– en la ladera del castillo de la Zuda, «porque no reunía las debidas condiciones higiénicas». En su recinto se construiría, más tarde, la actual fábrica de gas. Las murallas del Rastro no serían derribadas hasta 1877; unos años antes se había empezado el primer ensanche de la ciudad por la calle de la Parra, echando abajo para ello la contigua muralla (Bayerri, o. c. VIII, 831 s., 840; F. Miralles, Tortosa y su comarca, 20 s).
28. Se lleva a cabo el vergonzoso fusilamiento –en frase del brigadier don Agustín Nogueras, comandante en jefe de las fuerzas del Maestrazgo– «por el bien que había de resultar al servicio de la Reina». Cabrera había nacido en Tortosa en 1806, hijo de un humilde marinero. Estudia en el seminario de la ciudad y a la muerte de Fernando VII se alista voluntario en las primeras partidas carlistas. (junto a las obras clásicas, cf. las de A. Pirala, Historia de la guerra civil y de los partidos liberal y carlista III, Madrid 1853, 92 ss.; Marqués de Villaurrutia, La reina Gobernadora doña María Cristina de Borbón, Madrid 1925, 204 s.; Dámaso Calvo, Historia de Cabrera y de la guerra civil en Aragón, Valencia y Murcia.... Madrid 1845, etc.; C. Seco Serrano, Tríptico carlista. Estudio sobre historia del carlismo, Barcelona 1973).
29. Cf. J. Vicens Vives, Cataluña en el siglo XIX, Madrid 1961; Mañé y Flaquer, en M. García Venero, Historia del nacionalismo catalán I, Madrid (2)1967.
30. Ya desde 1840 funcionaba en Cataluña la «Asociación Mutua de Obreros de la Industria Algodonera» con clara tendencia al progresismo, democracia y republicanismo. El manifiesto comunista de Carlos Marx aparecería, años más tarde, en 1848.
31. La revuelta de la «Jamancia* en Barcelona, en 1843, es síntoma de las siguientes convulsiones sociales. Las represiones que se llevan a cabo son extremadamente dolorosas. «Los catalanes ¿son o no españoles?», interpelará el general Prim en el Parlamento (1851). A lo que, no sin razón, acotará el escritor Valera: «Los conservadores en España han sido siempre más seriamente revolucionarios que los progresistas» (Soldevila, Historia de España VII, Madrid 1959, 260).
32. Ello llevaba a innecesarias e inútiles facciones en el campo de los católicos y moderados. Intentos hubo, y aún de parte extranjera, de unir a progresistas, a moderados y a carlistas, «si éstos (últimos) tuvieran cordura». «Presumo que no la tienen –anotaba lord Palmerston a su embajador en Madrid aconsejándole tal unión–; porque de otro modo dejarían de ser carlistas» (Soldevila, o. c. VII, 242).
33. La religión en España (1844), en Obras XXV, 147. Balmes muere en 1847. Ver J. M. Cuenca Toribio, arts. Integrismo y Partidos políticos, en Diccionario de historia eclesiástica de España II y III.
34. Augusto Compte dicta su Curso, de filosofía positiva en 1830–1842 y en 1843 Tomás García Luna explicaba en el Ateneo de Madrid sus Lecciones de filosofía ecléctica. Con. todo, la época de las grandes transformaciones vendría más tarde, en el período revolucionario de 1868–1874 [cf. M. Tuñón de Lara, La España del siglo XIX París 1968; Estudios sobre el siglo XIX español, Madrid (2)1972; M. Artola, Los partidos políticos: partidos y programas Políticos (1808–1936) I, Madrid 1974; J. López Morillas, El krausismo español. Perfil de una aventura intelectual, México 1956; M. Artola, La burguesía revolucionaria (1808–1869), Madrid 1973; M.` D. Gómez Molleda, Los reformadores de la España contemporánea, Madrid 19661.
35. R. Fernández de las Cuevas, La voz del siglo, Madrid 1863, 343 s.; M. Revuelta, Política religiosa de los liberales en el siglo XIX: trienio constitucional, Madrid 1973; V. Cárcel, Política eclesial de los gobernadores liberales españoles (1830–1840), Pamplona 1975.
36. Texto en V. de La Fuente, Historia eclesiástica de España VI, Madrid 1875, 382–387El internuncio Ramírez de Arellano ha de salir de Madrid; apenas si hay diez obispos ocupando sus sillas; a varios de ellos se les encausa o se les destierra; se da lugar a la intrusión, de gobernadores eclesiásticos, etc. (Ibid., 232 ss.).
37. PO, f. 126v: Declarac. de M.ª de la Cinta, de 82 años.
38. Ibid., f. 874v. En el mismo cuenta también el hecho don Elías Ferreres y anota que tendría entonces el niño de 4 a 5 años (f. 362v).
39. Oyóselo decir a su madre la citada María de la Cinta (Ibid., f. 126v).
40. A. Torres, Vida, 8.
41. E.I, Predicación, g.,, 129. En pp. 100–103, reproducimos el texto completo de la citada Plática.
42. Ibid., vol. 3º, doc. 142.
43. Como veremos en adelante, su padre había muerto en 1861.
44. Carta de 9 mayo 1863. Es la única de su familia que hemos podido encontrar dirigida a don Manuel (RAH, carp. 2.', leg. 12, doc. l).
45. En el citado año se dio un nuevo plan de Instrucción primaria, de evidente mejora sobre los planes anteriores. Se establecía la enseñanza obligatoria, pública y privada, y se subdividía la primera en elemental y superior. La elemental abarcaba principios de religión y de moral, lectura, escritura, aritmética y gramática castellana. Igualmente se acordaba la apertura de escuelas elementales en los distintos pueblos y ciudades. La Ley fue completada con el «Reglamento de las escuelas públicas de Instrucción primaria elemental» del mismo año. Calcúlese, dadas las circunstancias, lo que tardarían en aplicarse tales instrucciones (cf. P. Zabala y Lera, España bajo los Borbones, Barcelona (2)1955, 344; A. Gil de Zárate, De la instrucción pública en España, Madrid 1955; V. de La Fuente, Historia de las universidades, colegios y demás establecimientos de la enseñanza en España III, Madrid 1884–1889, 177 s.; La enseñanza primaria en España por los señores Cossío y Luzuriaga).
46. Había nacido en Tortosa en 1821 y salió de la ciudad, para casarse, en 1850. Entre otras, solían mortificarle con las siguientes coplas:
«Coixo, maloixo,
cama de figuera:
¿quán te morirás?
– Per la primavera»
«Lo maestre Insa
pata de gall,
se'n va a la guerra
en un buscall.
Lo buscall i ell
cauem avall
per un barranc»
(Lo tomamos de Ramón Vergés, testigo en el Proceso de don Manuel, y de su artículo Espurnes de la Llar, publicado en el «Heraldo de Tortosa» 13 diciembre 1932, p. l).
47. Testimonio de la confirmación del Siervo de Dios: «Rosendo Cucala Martí, sacerdote y coadjutor de la parroquia del Sagrario de la catedral basílica, certifico que el día 18 octubre de 1845 el Excmo. e Ilmo. Sr. D. Antonio Fernando Echánove Zaldívar, arzobispo de Tarragona y Administrador Apostólico de esta diócesis, confirmó entre otros a Manuel Domingo y Sol, hijo legítimo de Francisco y Josefa, haciendo de padrino el Excmo. Sr. Miguel Mir, Gobernador militar de esta plaza. Así resulta del libro tercero de confirmaciones de este archivo parroquial, Y para que conste firmo y sello el presente documento. Tortosa a 5 de enero de 1934. Rosendo Cucala, sacerdote» (PO, fol. 2027v).
Desde 1833 no se había administrado el sacramento de la Confirmación en Tortosa. En 1839 muere el obispo don Víctor Damián Sáez y hasta el 26 de octubre de 1848 no toma posesión el nuevo prelado don Damián Gordo Sáez (R. O'Callaghan, Episcopologio, 238, 244).
48. «Recibió la primera comunión en 1848, en día que no consta, y es sensible que no hayamos averiguado esta fecha ni los detalles relativos a tan importantes actos de la juventud de D. Manuel» (PO, fol. 874v, declaración de J. B. Calatayud). Con todo, se conserva una estampita donde el mismo mosén Sol dejó anotados los años tanto de su Confirmación como de su primera Comunión (E.II, Varios, 10.', l).
49. PO, fol. 847v, Declarac. de J. B. Calatayud.
50. A. Torres, Vida, 42.
2
En el seminario de Tortosa (1851–1860)
1. ESTUDIANTE DE FILOSOFIA
1. El «dómine» Sena
Nada sabemos de cómo pudiera haber brotado en el pequeño Manuel su primera inclinación hacia el sacerdocio. Pero deduciendo por sus manifestaciones posteriores y el género de educación que iba recibiendo en tan cristiano hogar, bien podemos suponer que fuera germinando su vocación sin ninguna violencia y con natural espontaneidad.
Como en el seminario de Tortosa no se recibía por entonces, en plan de internado, a los niños que se iniciaban en los estudios de latín y de humanidades, nuestro pequeño estudiante tuvo que asistir a las clases de uno de aquellos «dómines», agregados al colegio de San Matías de la ciudad, que era ya considerado, y lo seguiría siendo en adelante, como seminario conciliar o diocesano. Uno de aquellos era don José Sena, entusiasta y afortunado cultivador, en prosa y en verso, de la lengua del Lacio 1. Bueno y afable, no dejaba sin embargo los métodos de su tiempo –aquello de que «la letra con sangre entra»– con que a veces atemorizaba a sus traviesos y a la vez inocentes doctrinos. Pasados los años, don Manuel se ufanaría de no haber llegado a experimentar los duros castigos que a veces aplicaba a sus compañeros. Quizá se debiera a su buen comportamiento; quizá, y no sería menos, a los frecuentes regalos que de vez en cuando hacía llegar su madre al aparentemente terrible «dómine». De él conservaría luego una grata memoria. Cuando por el 1864 el dómine Sena se encontraba ya viejo y sin apenas recursos, el mismo don Manuel iniciaría una suscripción pública para remedio de la familia de aquel su recordado maestro, «más versado en desdichas que en versos» 2.
Difícilmente podía recibirse otra instrucción por aquellos días. Hasta 1848 no se instala en Tortosa el Instituto de Segunda Enseñanza, siguiendo los planes acordados tres años antes. La medida era a todas luces ventajosa, pero dado el ambiente anticlerical y aun sectarista con que tales medidas se proponían, no es difícil adivinar las diferencias que se fueron creando entre los nuevos métodos pedagógicos estatales y los que se venían dando, por tradición, en los organismos religiosos. Ingenuamente quizá, la Iglesia veía en la creación de los nuevos centros como un agravio a sí misma y a su propia enseñanza. De otro lado, los propugnadores de la secularización escolar aprovechaban todo lo que les venía a cuento para atacar tanto al clero como a los partidarios del antiguo régimen, con el consabido remoquete de oscurantistas y reacios a todo progreso cultural de la nación. Los antagonismos se irían profundizando cada vez más 3. Y como la familia de don Manuel, otras muchas de raigambre católica y conservadora preferirán llevar a sus hijos al seminario de la ciudad o a las escuelas que de éstos dependían.
De esta manera, el pequeño estudiante, Manuel Domingo y Sol, hace su ingreso en el seminario conciliar tortosino, en 1851, a la edad de 15 años.
2. El colegio–seminario de San Matías
A principios del siglo XIX, tanto en Tortosa corno en otras diócesis españolas se venía echando de menos la creación de un seminario conciliar tal como había sido prescrito en el concilio de Trento y urgido en no pocas ocasiones por los mismos monarcas españoles 4. Es cierto que de alguna manera se venía subsanando la formación seminarística con los dos colegios que existían en la ciudad, el de Santo Domingo y San Jorge de los dominicos, cuya fundación se remonta al año 1368, y el de Santiago y San Matías que mandara establecer Carlos V en 1544 para educación de moriscos y que, cuando éstos fueron expulsados en 1611, vino acogiendo, a cargo también de los dominicos, a los jóvenes de la ciudad y de la comarca, en calidad de pobres o que de alguna manera podían mantenerse a sus expensas. Durante años se confirieron grados universitarios en el de Santo Domingo 5 y a él acudían los alumnos del de San Matías entre los que se contaban los aspirantes al sacerdocio de la diócesis 6. Este real colegio, que aún conserva su bella fachada renacentista y el rico claustro de traza plateresca donde campean las efigies de los reyes de Aragón desde Ramón Berenguer IV hasta Felipe II, sería con el tiempo sede del primer seminario diocesano de Tortosa, luego colegio diocesano con el título de San Luis e instituto de segunda enseñanza y hoy en día sede de la Universidad a distancia tortosina 7.
De la instalación del seminario conciliar, y a instancias mismas de la Corte, se había venido tratando desde la segunda mitad del siglo XVIII, señalándose como su posible sede el colegio citado de San Matías 8. Luego de serias dificultades, puede inaugurarlo al fin el célebre obispo don Víctor Damián Sáez Sánchez Mayor en 1825, cuando acababa de presidir la Regencia del Reino hasta la terminación del cautiverio de Fernando VII en Cádiz 9; le da los primeros estatutos y nombra para rector al padre Mariano Roquer, O.P., quien permanece en el cargo hasta la exclaustración de 1835 10. A seguido de ésta, el colegio de Santo Domingo, al igual que su bella iglesia, son convertidos en parque de artillería; y sólo en 1842 pueden organizarse de nuevo los cursos académicos en el de San Matías, que ahora tiene de rector al exclaustrado dominico, padre Buenaventura Gran. Como creciera el número de alumnos, el nuevo obispo don Damián Gordo traslada en 1849 el teologado y la dirección general del seminario a un ala del edificio de la calle de Moncada, antiguo colegio de los jesuitas convertido en seminario sacerdotal en tiempos de Carlos III, y que ya acogía, como dejamos indicado, al instituto de segunda Enseñanza de la ciudad. En el de San Matías quedan los estudiantes de filosofía, a cargo del también exclaustrado dominico padre Miguel Arín 11.
En este colegio entra don Manuel, como alumno interno para el primer curso de filosofía, en el citado año de 1851. Y la impresión que un primer momento le causa y que conservaría a través de los años, es poco halagüeña. «No es posible comprender –dice en una ocasión a sus operarios– cómo estaba la formación de los jóvenes en mi época y algo anterior y bastante posteriormente, en estudios, en piedad, en disciplina y vigilancia y pruebas de vocación». Y en una plática a los ordenandos del colegio de San José de Tortosa: «Formación de espíritu. ¡Cuán de lamentar es que en algunos seminarios no se piense en esto... ! Aquí mismo ha habido épocas en que una plática y nada más. Ni se sabía qué era el Kempis. Los ejercicios para órdenes eran un juguete; los anuales no se establecieron hasta [el obispo] Vilamitjana» 12.
A causa de la exclaustración, el centro había adolecido de una lamentable pobreza física y espiritual; faltaban profesores y era reducido el personal directivo; el gran número de alumnos, externos la mayoría de ellos, dificultaba en gran manera la labor de formación. Sin embargo, a base de nuevas investigaciones, no podemos hoy afirmar que el seminario de Tortosa anduviera entonces tan deficiente, dados los esfuerzos de renovación, que a raíz del concordato de 1851, se iban sintiendo tanto en éste como en los demás seminarios españoles 13. Para mejor conocimiento, aducimos algunos testimonios, que, por otra parte, nos ayudarán a comprender el ambiente en que hubo de moverse para su formación moral, religiosa y literaria el novel seminarista, Manuel Domingo y Sol.
a) El reglamento, que, como hemos indicado, dio al primer seminario el obispo don Víctor Damián en 1825, continúa vigente después del Concordato de 1851, a pesar de las modificaciones que hubieron de introducirse en lo concerniente al nuevo plan de estudios que se implanta 14. «Nuestro colegio –leemos en su artículo primero– debe ser un plantel donde se eduque e instruya la juventud no solamente en los conocimientos literarios, sí que también en la práctica de las virtudes cristianas», con el fin de que los jóvenes salgan preparados para «dar algún día frutos provechosos a la religión y a la sociedad». Los seminaristas han de usar «un vestido oscuro y decente, compuesto de chaqueta, pantalón, chaleco, corbata y gorra» dentro de casa y para cuando salieren fuera, «una capita o esclavina de paño de color café con vueltas y cuello azul y una gorrita con visera del mismo color de la capa, con pantalón negro, a fin de guardar la debida uniformidad». Su menaje es sobrio y humilde: sólo pueden tener en la celda «una imagen de Cristo crucificado, otra de la Virgen y otra u otras de algún santo». Asimismo se les exige un horario bien apretado: todo él, desde las seis de las mañana a las 9,30 o 10 de la noche, es una sucesión ininterrumpida de actos de piedad, clases y estudios. Tienen misa diaria, estación al Santísimo a mediodía, silencio y lectura en las comidas, rosario, letanías en la noche. Los domingos, a más de la lectura espiritual, asisten a la explicación de la doctrina cristiana. Recreos pocos y con estrecha vigilancia. Poco tiempo para recibir las visitas de padres y parientes; alguna que otra vez pueden los de la ciudad ir a comer a sus casas; y los domingos, únicamente, tienen tres horas de paseo.
El primer domingo de cada mes han de confesarse todos y comulgar. Como preparación, el sábado anterior «no habrá por la tarde hora de recreo y los colegiales permanecerán recogidos en sus cuartos, hasta que la campana los llame al oratorio a oír la plática que les hará el superior acerca de las disposiciones con que deben acercarse a la Sagrada Comunión, o en su defecto al rato de lectura que se tendrá acomodada al intento». Ataviados con la capita, van luego a comulgar «de dos en dos, empezando por los antiguos».
En los estatutos se recogen, asimismo, algunas usanzas de los viejos colegios universitarios: las puertas se cierran durante las comidas y un cuarto de hora después del toque de oración; los seminaristas no pueden escribir «sino a sus padres o personas encargadas»; ninguna mujer puede subir a los cuartos de los alumnos a no ser la madre o hermanas en caso de enfermedad; se prohiben la mutuas familiaridades, entrar en los cuartos de los demás, los juegos de manos y el tratamiento que no sea de «usted», «a no ser que sean hermanos». Como en toda regla colegial, se han de tratar «como hermanos, en amor y compañía, siendo dulces y apacibles en el trato».
En todo han de mostrar «obediencia y respeto a los superiores». Y cuando se encontraren con el rector se lo manifestarán, «parándose si fuesen andando, levantándose si estuviesen sentados, descubriéndose la cabeza y desembarazando el paso. Delante de él, siempre estarán en pie y con la gorra en la mano. De pensión diaria, pagan cuatro reales y medio por todo el tiempo que dure el curso académico» 15.
Sería ingenuo pensar que todo se llevara, y más en años de disturbios y convulsiones, a un riguroso y exacto cumplimiento. Sin embargo y nos apoyamos en el curriculum vitae que conservamos de alguno de los directores y profesores de los años en que estudia don Manuel, sí que podemos presuponer en el seminario de este tiempo un ambiente de religiosidad y de sana formación. Fijémonos en algunos detalles.
b) Gran parte de los directores y profesores del seminario son dominicos exclaustrados, que años antes habían impartido su enseñanza en el extinguido colegio universitario de Santo Domingo. Entre ellos, el rector ya indicado, padre Buenaventura Gran, que lo seguirá siendo durante casi toda la carrera de don Manuel. Varón de gran capacidad y ciencia, lo mismo enseña filosofía o teología que se dedica al apostolado de la predicación, al confesionario o a la visita da enfermos. Muere en 1861, a poco de dejar el rectorado, entre el cariño y admiración de los tortosinos. Como él, el director del colegio de San Matías, padre Miguel Arín, profesor de teología, será recordado por sus sermones del tiempo de cuaresma y en los días de carnaval. Igualmente fray Tomás Femenía, secretario de estudios del seminario, con fama de buen filósofo; y los padres Espinós, filósofo y matemático, y Juan Arnau, rector en el último año de estudios de mosén Sol, teólogo moralista, a quien llegan a profesar los alumnos verdadero cariño 16.
Para sus estudios de filosofía, contaba también don Manuel con sacerdotes diocesanos bien preparados. Citemos por ejemplo, a Manuel Boix, luego vicerrector del seminario y a Bernardo Lázaro, más tarde canónigo de Segorbe. A este último le recordará con cariño don Enrique de Ossó, gran amigo luego de don Manuel y fundador de la Compañía de Santa Teresa 17. Por otra parte, recordemos la labor que realizan «pro seminario» los obispos de la diócesis en ese tiempo. Damián Gordo Sáez (1848–1854) regula, como indicamos arriba, la dirección de ambos seminarios. Don Gil Esteve y Tomás, en su brevísimo pontificado (1858), da serias normas disciplinares a ese centro, «objeto –solía repetir a veces– de su predilección especial»; instituye en él la catequesis, lo visita asiduamente y se preocupa por la formación literaria y religiosa de los seminaristas.
Confiamos en que no resulte enojoso la reproducción de esta serie de, reflexiones que, en una de sus pastorales, dirige «A nuestros amados diocesanos, aspirantes a las sagradas órdenes»:
«Creemos que bajo la sabia dirección de vuestros preceptores habréis aprendido en el seminario la ciencia de vuestra santificación; que habréis procurado por medio de la oración solidaros en vuestra vocación al ministerio sacerdotal..., y que seguiréis en adelante consagrados asiduamente al estudio y a la oración...
«Bajo este concepto, amados hijos de Jesucristo, es indispensable que registremos los más ocultos pliegues de nuestro corazón y examinemos si nuestra conducta corresponde al espíritu de que debe ser revestido el que ha de ser la antorcha puesta sobre el candelabro para alumbrar a los demás. Reflexionad si os habéis preparado por medio de la oración para alcanzar del Padre de todas las luces las que os son necesarias para conocer el estado a que os creéis llamados; considerad con qué intención principiasteis vuestros estudios; si habéis hermanado con la aplicación a las ciencias una conducta morigerada y religiosa; si habéis sido exactos en el cumplimiento de los preceptos divinos y eclesiásticos; si habéis frecuentado los templos del Señor, y asistido devotamente a la celebración de los sublimes misterios de nuestra Redención; si habéis huido de los juegos, de los lugares de disipación, de los espectáculos en que tanto se arriesgan la pureza, la modestia y la santidad de costumbres. Ved si dando al estudio todo el tiempo y cuidado necesarios para adquirir una sólida y bien cuidada instrucción, habéis concedido a la meditación, a la lectura de los buenos libros que inspiran y sostienen la piedad y la frecuencia de los Sacramentos, el que Dios tiene derecho a admitir y exigir de los que se creen llamados a servirle en el sacerdocio y en sus augustas funciones; reflexionad si vuestra vocación es realmente de Dios y no vocación de familia, ni de interés personal, ni de conveniencias puramente mundanas, ni de ambiciones bastardas; si habéis manifestado sencillamente a vuestro director el estado de vuestra conciencia, vuestras inclinaciones y vuestros fines, o si imitáis la infame costumbre de los gabonistas quienes para ser asociados al pueblo de Dios, ocultaron a Josué sus nombres; y por decirlo en pocas palabras, mirad si vuestra santificación y la de vuestros Prójimos es el único objeto de vuestros designios y el fin de vuestra decisión para abrazar el estado eclesiástico» 18.
Don Manuel estudiaba entonces cuarto curso de Teología y era ya subdiácono. Quien le iba a ordenar de presbítero, Miguel José Pratmans (1860–1861), tampoco quedaría a la zaga en este sentido. Caritativo y celoso, promueve las misiones populares, los ejercicios anuales del clero en el seminario, el apostolado catequético entre los seminaristas y su sana formación académica, centrada en el más puro tomismo. En ello le ayuda eficazmente el doctoral de la catedral Benito Sanz y Forés, profesor ahora y luego confidente y gran amigo de don Manuel y con los años obispo de Oviedo, arzobispo de Valladolid y cardenal–arzobispo de Sevilla 19.
c) Con lo que vamos apuntando, no nos parece exagerada una nota que sobre la vida que entonces se llevaba en el seminario, hemos encontrado en el archivo del colegio de San José de Tortosa, y que creemos fuera escrita por uno de los seminaristas, compañero entonces de don Manuel. Nos ofrece noticias de sumo interés, tanto para conocer la vida que éste llevara en el seminario, como para vislumbrar una de las primeras razones de su futura labor vocacional. La copiamos, pues, literalmente:
En la época de mosén Sol, el estado del seminario conciliar de Tortosa era muy satisfactorio por la buena dirección, celo, interés y acierto tanto por parte de sus directores como por la conducta ejemplar observada en general por los alumnos que asistían a este centro de instrucción, donde acudían con puntualidad los jóvenes que se preparaban para la carrera eclesiástica. Estos eran unos 600 de los cuales un centenar eran internos y externos los restantes, que habitaban en domicilios particulares. Eran tan pobres algunos de ellos que, con el cesto colgado en el brazo, acudían diariamente al seminario a recibir las sobras de los internos; se les llamaba vulgarmente «estudiantes de sopa». El cesto contenía un plato o pucherito, en el cual depositaban la comida que se les ofrecía 20.
Los más pobres vestían muy pobremente y calzaban de ordinario alpargatas sin calcetines. No se les permitía ni a éstos ni a los demás de mediana posición, ni a los internos, usar el cabello de la cabeza largo, sino cortado al rape. Tampoco se les permitía entrar en algún café o teatro. Ni asistir a espectáculo alguno profano que no estuviera aprobado por la Iglesia. A los que delinquían o faltaban a estas ordenaciones de la superioridad, si se les denunciaba, eran mandados al consejo de disciplina, presidido por el señor rector y algunos catedráticos, y el acusado era advertido caritativamente por primera vez, tratado por segunda con alguna más severidad y por tercera expulsado del seminario...
Los internos de este centro usaban un traje talar llamado beca y cubrían la cabeza con bonete. La ciudad les conocía por colegials del seminari; salían de paseo el jueves por la tarde y los domingos también por la tarde, acompañados y dirigidos por el señor vicerrector o alguno de los catedráticos. En la mesa, durante la comida, que era ordinariamente buena y abundante, no se les servía vino, sino tan sólo el día de la fiesta onomástica del señor obispo, a quien servían y actuaban en calidad de pajes cuando celebraba el pontifical en la catedral, haciendo uso entonces, como es de suponer, de una sobrepelliz con mangas, prenda que entonces no usaban ninguno de los sacerdotes de la ciudad, pues todos hacían uso del llamado roquete. También asistían, con el beneplácito del prelado, a las procesiones que se celebraban, especialmente a la del viernes santo y entierro del Señor y a la entonces muy famosa y concurrida del domingo de ramos.
Cuando, terminado el curso, se cerraban las clases, los alumnos, tanto de la ciudad como de la diócesis, se reintegraban a sus respectivos pueblos y familias, y hacían uso, para vestir, del traje ordinario de las demás gentes, según la clase social a que cada uno de ellos pertenecía. Los tonsurados y ordenados de menores usaban alzacuello, consistente en una correa de cuero sobre la cual se acomodaba una tela labiada con granitos blancos y negros llamados mostaza y unidos a una pechera de tela de merino ordinaria, sujetada al cuerpo por dos cintas atadas en la parte posterior del mismo; y llevaban corona abierta, lo cual les daba derecho en Tortosa a asistir a los entierros que se celebraban.
No vestían traje talar, sino desde el día en que recibían el orden del subdiaconado.
En general vestían todos, así los internos como los externos, dentro de su posición económica, con mucha honestidad, dando siempre al pueblo en general a conocer que eran estudiantes para la carrera eclesiástica, conocidos ordinariamente con el nombre de estudíants de capellá.
El señor obispo Pratmans, de feliz recordación, ordenó durante su brevísimo pontificado, que los teólogos moralistas del seminario usasen dentro y fuera de clase capa y sombrero de copa. No es de extrañar que mosén Sol, exactísimo cumplidor de las órdenes de sus superiores, hiciera uso de las citadas prendas de vestir 21.
d) Veamos, ahora, lo relativo a los estudios que el educando Domingo y Sol realizara en el colegio de San Matías.
Hasta el curso 1852–1853 no empieza a regir en los seminarios españoles el nuevo plan de estudios elaborado, a raíz del artículo 28 del concordato del año anterior, por una comisión mixta presidida por el nuncio apostólico monseñor Brunelli, y el ministro de Instrucción Pública 22. De aquí que en el Libro de alumnos del seminario de Tortosa, para el curso 1851–1852, no se especifiquen las materias que bajo un único profesor, don Manuel Boix, hubieron de cursar los 39 alumnos que se matricularon para 1.º de filosofía 23. Como nota global de curso, don Manuel obtuvo la censura de «bueno» 24.
Según el nuevo plan y para lo que ahora nos corresponde, los estudios de Filosofía habían de comprender tres cursos, siete los de Teología y tres los de Derecho Canónico. En el mismo se dictan normas sobre la duración del año académico, clases, matrículas y exámenes, academias literarias de los seminaristas, libros de texto, ejercicios para obtener grados mayores, derechos de matrícula, exámenes de grados e inauguración de cursos y juramento.
El curso comienza el día primero de septiembre y concluye el primero de junio. Las vacaciones se extienden desde la vigilia de Navidad al 2 de enero; los tres días de carnaval y el miércoles de ceniza; desde el miércoles santo hasta el tercer día de pascua; los tres días de pentecostés y, finalmente, todos los días de fiesta y media fiesta y los jueves, siempre que en la semana no coincidiera otra vacación.
El tiempo de clase es de hora y media por la mañana y otra hora y media por la tarde, con las adecuadas distribuciones de asignaturas. A excepción de las ciencias naturales y la oratoria sagrada todas las disciplinas son explicadas y estudiadas en latín. Los rectores han de vigilar para que los alumnos usen los textos aprobados y no las traducciones que solían circular clandestinamente entre ellos. Los seminaristas celebran academias literarias con ejercicios y disertaciones públicas todos los jueves y días de media fiesta, y los domingos y festivos tienen clase de canto llano los filósofos y de liturgia y teología pastoral los teólogos y canonistas.
Los derechos de matrícula ascienden a 32 reales para filósofos y a 50 para teólogos y canonistas. El prelado, en casos particulares, podía disminuir o anular estos derechos a los colegiales pobres, aplicados y de buena conducta. Los derechos de exámenes son de 15 reales para filósofos y de 20 para teólogos y canonistas. Y los derechos de grados, 400 reales para bachilleres, 1.000 para licenciados y 1.500 para doctores.
Finalmente, el nuevo plan establece que el día de la apertura de curso se celebre misa del Espíritu Santo y seguidamente el claustro de profesores pronuncie ante el obispo la profesión de fe, jure defender el misterio de la Inmaculada Concepción, ser fieles a la reina Isabel II y a su Gobierno y observar la Constitución de la Monarquía de 29 de mayo de 1845.
El cuadro de asignaturas, libros de texto y autores indicados en el nuevo plan de estudios, por lo que ahora nos interesa de la Filosofía, queda establecido de la siguiente manera:
FILOSOFÍA
Cursos
Asignaturas
Autores
Textos
2º
Ética
Elemento de matemáticas
P. Jacquier
o R. Pacetti
o M. Liberatore
o J. Balmes
Vallejo
Ethica
Institutiones philosophiae moralis
Ethica et iuris naturae elementa
Cursus philosophiae elementalis
Elemento de matemáticas
3º
Física elemental y química
Cálculo diferencial e integral y física matemática.
Valledor
Chavarri
Vallejo
Física experimental
Química
Principios de cálculo diferencial e integral y física matemática 25
En circunstancias ordinarias el plan hubiera surtido de inmediato efectos saludables, a no ser por el escollo económico que impedía llevarlo a la práctica, sobre todo en seminarios insuficientemente dotados, como era el de Tortosa. Por ello, seguimos consultando su Libro de alumnos, y observamos que los 36 seminaristas de 2.º de Filosofía (1852–1853) y los 35 de 3.º 1853–1854, siguen teniendo un solo profesor, Bernardo Lázaro y Pedro Espinós, respectivamente, sin que por otra parte veamos especificadas las asignaturas, ni algo que se refiera a textos y autores 26.
Dejando por ahora su progresión académica, fijémonos en uno de los aspectos, también de suma importancia, en la vida de nuestro joven estudiante filósofo. Nos referimos a los adelantos que iba realizando en su vida espiritual.
3. Devoción mariana
Si bien es cierto que externamente quedaba asegurada la vida disciplinar del seminarista, no podemos decir lo mismo, aunque de alguna manera se le abrieran también los cauces ordinarios, en lo que se refiere a su proyección interna o espiritual. La escasez misma de directores, el gran número de alumnos, sobre todo externos, y la vida siempre alegre del estudiante, bien podían dar lugar a disipaciones y a desviaciones más o menos peligrosas.
Nuestro joven seminarista –y es una faceta que siempre nos ha impresionado– se dio cuenta desde muy temprano de tales peligros. Por ello, además de la confianza que pone en superiores y profesores 27, por su cuenta se busca pequeñas «industrias» para conservar e ir adelantando en la vida espiritual, que si a algunos pudieran parecer meros infantilismos, no dejan de manifestar una delicadeza de espíritu, impropia, generalmente, en un joven que frisaba por entonces los 16 años. «Desde que estudié filosofía –confesará en una ocasión a sus colegiales de Tortosa no supe lo que era perder el tiempo». Y otros dirían de él más tarde: «Desde que era estudiante, mosén Sol era un ángel» 28. Sí tenía problemas, se buscaba buenos directores y a ellos se confiaba con plena seguridad y confianza 29.
Afortunadamente conservarnos una serie de apuntes espirituales de aquellos años, donde va anotando los actos de devoción que se proponía hacer, los días en que había de confesarse y recibir la comunión, sus secretas mortificaciones, propósitos de ejercicios, etc. 30. Los empieza cuando estudia 2.º de Filosofía y desde el año siguiente, 1854, escribe todos los años unas curiosas Guirnaldas de flores, que dedica a la Virgen durante el mes de mayo 31. En ellas apunta un obsequio especial para cada día del mes y a seguido se cuida de anotar con una o dos cruces aquellos que iba realizando. A veces no llega a cumplirlos todos, como vg., el que señala para el día 21 del año citado, en que propone «hacer examen de conciencia antes de acostarse por la noche y tres padrenuestros a san Agustín, Magdalena y demás Santos penitentes para que nos alcancen perdón». El día del Corpus, o también el 2 de junio, aniversario de su ordenación sacerdotal, solía reservarlo para hacer el ofrecimiento _general de la Guirnalda y nuevos actos de consagración. Como testimonio, escogemos de todas ellas, la primera a que nos venimos refiriendo:
Guirnalda de flores, reunida por mí, Manuel Domingo, grandísimo pecador, para ofrecer a la Virgen María en la hora de la muerte, empezada el 1. o de mayo del año 1854.
1. Inclinar la cabeza al oír o pronunciar el nombre de María y rezar una salve (traslata). 2. Mandar decir o al menos oír una misa por el alma del Purgatorio que fue más devota de María Santísima y rezar un Avemaría. 3. Decir el Ave María cuando dé la hora el reloj y la letanía de la Virgen. 4. Al vestirse o desnudarse pedir la bendición de la Virgen y rezar de rodillas un miserere. 5. Hacer un favor a quien nos ha ofendido y leer un libro devoto privándose del recreo. 6. Recoger los sentidos, especialmente el de la vista y leer un libro piadoso, privándose del recreo. 7. Rezar una parte del rosario, privándose del recreo y siete Avemarías con los brazos en cruz (Traslatum). 8. Tres De profundis con las manos bajo las rodillas por el alma del Purgatorio que fue más devota de María y siete padrenuestros a San José para que nos alcance de María la gracia de que nos visite en la hora de la muerte. 9. Oír misa teniendo siempre los ojos bajos, y tres actos de contrición, besando cada vez un crucifijo. 10. Por amor a María no faltar a ninguna de las obligaciones de nuestro estado, especialmente aquellas que faltamos con frecuencia, y dos padrenuestros al santo Angel y san Miguel para que me asistan en el juicio final. 11. No dar molestia a otro, sufriendo si nos las dan y no hacer cosa que sea de desagrado a María. 12. Ser puntual en la oración, en el trabajo y en todas las demás obligaciones y ayunar (traslatum). 13. Al principio del día dedicar a María todas las acciones y sentidos del cuerpo y reparar con nuestras obras los escándalos que hayamos dado (traslatum). 14. Hacer un cuarto de hora de oración mental y comulgar en intención de ganar las indulgencias. 15. Hacer en la misa una comunión espiritual, que es cinco actos: primero de fe, segundo de adoración, tercero de contrición, cuarto de propósito, quinto de deseo de recibir al Señor; y tres actos de mortificación de la propia voluntad (traslatum). 16. Pedir perdón a María de las faltas cometidas estos quince días, rezando las letanías y prometer cumplir mejor los restantes y dar una limosna. 17. Hacer entre día actos de contrición y besar un crucifijo, y rezar cinco credos por las cinco llagas de Jesús. 18. Levantarse pronto de la cama para no empezar el día por un acto de pereza, y rezar tres salves por los que están en pecado mortal. 19. Privarse de alguna diversión aunque lícita, y además... [sic]. 20. No hablar mal del prójimo ni en cosas leves; y rezar un Miserere brazos en cruz. 21. Hacer examen de conciencia antes de acostarse por la noche y tres padrenuestros a san Agustín, Magdalena y demás santos penitentes para que nos alcancen perdón. 22. No comer ni beber fuera de hora sin necesidad; rezar a María con su nombre y sus cinco Avemarías. 23. Dejarse un plato o parte de él, y antes y después de acostarse saludar a María con un Avemaría. 24. Dejarse un plato en la cena y rezar un Magnificat. 25. Tres Avemarías y tres actos de contrición. 26. Cinco credos por las cinco llagas y ayunar. 27. Siete Avemarías por los siete dolores de María y un padrenuestro. 28. Los Dolores de María y una salve. 29. Los Dolores de san José y De profundis por las ánimas. 30. Una limosna y la estación al Santísimo Sacramento. 31. Pedir perdón a la Virgen del poco cuidado en obsequiarla y un Tedeum.
Día 15 de junio, día de Corpus. Ofrecimiento de la Guirnalda para la hora de la muerte 32.
En este mismo año toma el hábito o escapulario de la Virgen del Carmen 33: devoción mariana y devoción al Sagrado Corazón de Jesús, las dos constantes de toda su vida de sacerdote y de apóstol. Cuando años más tarde escribe desde Roma a una religiosa del convento de San Juan de Tortosa, le hace esta entrañable confidencia: «No he podido este año visitar a mi Corazón de Jesús de San Juan, al cual hacía 39 años que visitaba, sin faltar uno, excepto el que estudié en Valencia. Y allí a los 16 años, empecé a saberle decir muchas cosas...» 34.
Lo curioso, es que no sólo llevaba muy dentro esas devociones el joven seminarista, sino que, ya desde entonces, quería hacer partícipes de ellas a sus compañeros de seminario. De este modo lo refiere uno de ellos, don Bernardo Vergés, prior de la Casa de Misericordia de Barcelona, a raíz de la muerte de mosén Sol: «[de don Manuel] se alaban las obras de celo que emprendió siendo sacerdote, pero yo quiero recordar lo que hacía a los 15 años de edad, cuando de interno en el colegio de San Matías. En aquella época ya llamaba la atención por su piedad, y repartía estampas, libritos y oraciones impresas y se valía de esas industrias para fomentar la devoción a la Madre de Dios. Yo era entonces también colegial, y tenía unos cinco años menos que él, y aún recuerdo que me preguntaba con frecuencia si era devoto de la Santísima Virgen. ‘Mira –me decía–, que ser devoto de la Santísima Virgen es medio seguro para ir al cielo'. No lo he olvidado nunca, y muchas, muchísimas veces, lo he predicado; y ¡cosa rara!, casi siempre, al hablar de tan piadosa materia, acudía a mi memoria el recuerdo del Dr. Sol» 35.
El mismo lo recordaría de vez en cuando en la pláticas a sus colegiales. «Si no podéis prometer a la Virgen grandes cosas –exhortaba a los de Tortosa– prometedle una: que propagaréis su culto. ¡Oh hijos míos! Hace muy pocos años, era ayer, yo me encontraba como vosotros. Anhelábamos la venida del 'mes de mayo' en el seminario, que en mi época fue cuando se introdujo; y todos los días, y cada año, con más fervor, se repetía... Entonces yo experimenté lo que vale la devoción a la Virgen Santísima. Algunos de mis compañeros [naturalmente, habla en tercera personal introducían algunas prácticas de devoción, entre otras el ayuno del sábado, y conseguíanse grandes resultados en la mejora de otros compañeros» 36.
De esta manera discurría su primera etapa de seminario; y no es raro que a veces se enredara también en travesuras, más o menos inocentes, propias de todo estudiante. Ello hace que podamos considerarle, aun dentro de su ambiente piadoso, como un joven normal, ni raro ni introvertido. En una ocasión, y con evidente peligro, pasa a nado el Ebro de una a otra orilla. «Si lo supiera mí madre –comentaba luego con los amigos– no volvía a veranear fuera de casa». Y hasta prefería quedarse de interno en el colegio durante el verano, pues allá –lo repetía él mismo– disfrutaba de más libertad que la que pudieran consentirle en su propia casa 37.
II. SEMINARISTA TEOLOGO
1. El seminario de la calle de Moncada
A este viejo caserón, antiguo colegio de los jesuitas, como ya indicamos 38, pasa don Manuel en el otoño de 1854 para seguir en él los siete años de Teología y el curso primero de Cánones.
Los cursos teológicos, lo mismo que los filosóficos, quedan también reglamentados por el Plan de Estudios de 1852 de la siguiente manera:
TEOLOGIA
Cursos
Asignaturas
Autores
Textos
1º
Fundamentos de Religión
Lugares Teológicos
Elementos de Lengua
Hebrea
Perrone
Perrone
Slaugther
o Pacini
Preelectiones Theologicae
Preelectiones Theologicae
Gramática hebrea
2º
Instituciones Teológico–dogmáticas
Historia y disciplina
eclesiástica
Lengua Hebrea
Perrone
Palma
Slaugther
o Pacini
Preelectiones Theologicae
Instit. Historiae Eccl.
Gramática hebrea
3º
Instituciones Teológico–dogmáticas
Historia y disciplina eclesiástica
Teología Moral
Perrone
Palma
San Alfonso Mª de Ligorio
Preelectiones Theologicae
Instit. Historiae Eccl.
Compendio por Galán o Scavini o Neyraguet
Cursos
Asignaturas
Autores
Textos
4º
39
Teología dogmática
Teología Moral
Historia y disciplina eclesiástica
Perrone
San Alfonso Mª de Ligorio
Palma
Compendio por Galán o Scavini o Neyraguet
Instit. Historiae Eccl.
5º
Instituciones Bíblicas (Crítica y Hermenéutica)
Patrología
Oratoria Sagrada
Schaefer
Annato o Tricalet
Fr. Luis de Granada
Institutiones Biblicae
Patrología
Retórica
6º
40
Instituciones Bíblicas (Hermenéutica particular)
Patrología
Oratoria Sagrada
Schaefer
Annato
Fr. Luis de Granada
Institutiones Biblicae
Patrología
Retórica
7º
41
Disciplina del Concilio de Trento y particular de España conforme a sus concilios y concordatos
Gallemart y Villanuño
Summa Conciliorum Hispaniae
El primer curso de Derecho Canónico, único que cursará don Manuel, suponía asimismo:
1º
Derecho Público
Eclesiástico Soglia
Instituciones Canónicas
Soglia
Devoti
Inst. Iuris Publici Eccl. Institutiones Canonicae
De haber continuado la normalidad en España, nuestro estudiante hubiera seguido más o menos los anteriores programas. Por desgracia, la situación política cambió ese mismo año de 1854, con lo que volvieron a deteriorarse las relaciones Iglesia–Estado y a quedar de nuevo desamparados los seminarios. Establecidos en el poder los progresistas al mando del general Espartero (julio 1854), las vicisitudes de la enseñanza en estos centros se vieron inscritas dentro de la gran ofensiva sectaria y regalista que aquellos desataron contra la Iglesia. Por Reales Ordenes de 25 de agosto de este año, y de 29 de septiembre de 1855 y por Real Cédula de 15 de enero de 1856, a más de suprimirse el externado de los seminarios (para evitar «males inmensos a la causa pública»), se suprimen en ellos los estudios de segunda enseñanza y los cursos superiores de Teología y de Derecho Canónico, debiéndose cursar estos estudios en los institutos y universidades del Estado. El resto de los estudios teológicos quedaría en los seminarios conciliares, pero con la obligación de incorporarse a las universidades, si querían alcanzar los efectos académicos 42. Por último, se estatalizan todos los bienes de los seminarios, provenientes de fundaciones y legados 43.
Concluida la experiencia de Espartero, los Gobiernos moderados volvieron a derogar las medidas progresistas. Un real decreto del 24 de octubre de 1856 anulaba el anterior de 29 de septiembre de 1855 y volvía a poner en vigencia el plan de estudios de 1852. Con todo, se seguía manteniendo la enseñanza de la Teología en las universidades, por seguir creyendo –así razonaban– «que los seminarios carecían de medios necesarios para dar a la juventud una formación clerical conforme a la ciencia del siglo XIX 44». «. A esa falta de medios aludían también nuestros prelados, pero revolviendo el argumento contra el Estado, quien, a su juicio, se negaba a mejorar la situación económica de los seminarios, sin querer aumentar sus rentas, ni dotar suficientemente sus cátedras 45.
En parte, esto también ocurría en el seminario de Tortosa, por lo que era difícil llevar a cabo, en todo su contenido, el programa indicado por el plan de estudios de 1852. De otro lado, las convulsiones revolucionarias, que también sacudieron a la ciudad por estos años, entorpecieron de alguna manera la ordinaria vida académica; y con ellas, el nuevo azote del cólera. Por esta causa, no puede abrirse el curso hasta el 5 de noviembre en 1854; y al año siguiente, la fecha se retrasa hasta el 22 del mismo mes «por orden del Gobierno» 46. Igualmente una nueva intentona carlista amenaza a la ciudad unos años más tarde; el 11 de abril de 1860 era fusilado en Tortosa el general Ortega, capitán general de Baleares, que unos días antes, en unión del pretendiente, conde de Montemolín, había fracasado en su desembarco de San Carlos de la Rápita 47.
Don Manuel, como vemos por el libro de alumnos –que de vez en cuando nos deja algún que otro detalle– lleva prácticamente el programa de asignaturas indicado en el plan de estudios, aunque cambiando a veces de orden. Curioso que siga dando matemática en 1.º y 4.º curso; y que los Lugares Comunes los repita en 1.º, 2.º, 3,º y 4.º. Al hebreo une el griego en el curso 5.º, sin que, por otra parte, veamos que se haga referencia alguna a la oratoria sagrada, indicada en el plan para el mismo 5.º y 6.º. Matriculado como interno hasta su ordenación sacerdotal a finales del curso 1859–60, sigue de externo durante el 7.º de Teología y el único curso que hace de Cánones. Según las disposiciones referidas, sale con el grado de bachiller en Teología y en Derecho Canónico 48.
Entre sus profesores, además de los dominicos exclaustrados, se cuentan otros de auténtico prestigio científico, y pastoral, como el citado Benito Sanz y Forés, profesor de Sagrada Escritura y de Patrología; el doctoral don Ramón Manero, futuro vicario capitular y gobernador de la diócesis en la vacante que sigue a la muerte del obispo don José Pratmans en 1861, que da la asignatura de cánones; el también canónigo Ramón O'Callaghan, secretario de estudios en sus dos últimos años de carrera, y luego eminente historiador de la diócesis tortosina; el vicerrector del seminario Manuel Boix, Bernardo Lázaro, Pablo Foguet, etc. 49. Recibe lecciones de rúbricas del que en adelante sería su gran amigo, confidente, director –espiritual y cofundador del colegio de San José, el exclaustrado don Mariano García, de quien tendremos ocasión de hablar más adelante 50.
A ellos responde sobradamente nuestro joven teólogo. Entre sus escritos encontramos numerosos esquemas y copia de lecciones enteras de las diversas asignaturas: croquis de las conferencias que recibía, como de la que diera en Tortosa por aquellos años el famoso apóstol de los obreros, padre Antonio Vicent, S.J.; o síntesis de obras espirituales de santa Teresa, san Juan de la Cruz o de san Juan de Avila 51.
2. Un mensaje confidencial
Mientras tanto, el joven Domingo y Sol, que muy pronto recibiría las primeras órdenes clericales, sigue ese ritmo de vida espiritual que dejamos indicado. De otras efemérides no tenemos noticia, pues ni se conservan horarios oficiales, ni programación alguna de actos religiosos, fuera de los indicados en el reglamento. Si acaso, encontramos algunas referencias en el Boletín de la diócesis cuando se anuncian ejercicios espirituales para los seminaristas a principios o finales del año escolar, o cuando se habla de la obligación que tienen de asistir, durante la cuaresma, tanto al rezo del Rosario como a escuchar la predicación que solía hacerles el ya famoso orador sagrado Benito Sanz y Forés 52. Director espiritual del seminario era por aquel entonces el exclaustrado franciscano padre Vicente Añón, confesor del obispo Damián Gordo y director, al mismo tiempo, de las misiones que periódicamente se daban por los pueblos de la diócesis 53. Suponemos que a él acudiría también de vez en cuando, don Manuel.
Sin embargo, y como exponente de su continuada vida espiritual y de aquellos fervores que muestran de nuevo una impresionante delicadeza, se ha conservado entre sus papeles un «mensaje confidencial» que en 1855, estudiante entonces de 1.º de Teología, dirige a la Virgen en un latín de la más ingenua construcción académica. Lo reproducimos en nuestra traducción castellana:
A María. Amadísima Madre: Yo, Manuel Domingo, lleno de confianza en tu protección y amor maternal para con los hombres, (como hijos tuyos), recordándote tu amor a la Eucaristía y a la Trinidad Santísima, e invocando los misterios y prerrogativas de tu Concepción Inmaculada, tu Natividad, tu Maternidad divina, tu virginal pureza, tus dolores, tu muerte, tu Asunción y tu unción, tu dulcísimo nombre de María, y el de Jesús, tu Hijo; a San José, Joaquín y Ana, a los ángeles y santos del cielo y a los justos de la tierra, humildemente expongo, te suplico y por lo anteriormente dicho, te conjuro con todas mis fuerzas que a mi y a todos los infrascritos, a quienes pongo al amparo de tu patrocinio y protección (a título del Amor Hermoso y del Carmelo), nos ayudes, nos protejas en todas nuestras necesidades y en especial, a la hora de nuestra muerte, nos salves y conserves. De suerte que si tal no hicieres, tendré derecho a quejarme de Ti, y a dar por borrada de la historia aquella celebérrima sentencia de que ninguno de cuantos se han puesto bajo tu amparo e invocado tu ayuda, haya sido jamás abandonado.
Esta demanda la repetiré todos los años el día 16 de julio, el día de la Asunción y en las fiestas del Amor Hermoso, etc.
Tortosa, 16 de julio de 1855. Jesús, María y José.
Manuel Domingo.
Debajo y dentro de un corazón mediocremente pintado, incluye los nombres de sus padres, hermanos y algunos familiares: «Francisco, José, Manuel, Josefa, Francisca, Rosa, Agustina, María, Josefa: Familiares: Inés y familia, etc.» 54.
Las Guirnaldas siguen, igualmente, con toda su carga de obsequios y de propósitos. Señalamos algunos que a la vez de novedosos, nos muestran más amplios horizontes de una futura vida de apostolado: «rogar por la conversión de los pecadores», «rogar por la extirpación de las herejías», «por la paz y concordia de los príncipes cristianos», «rogar por la fe católica», «hacer tres cruces con la lengua en la tierra», «tres Avemarías y un Tedeum en acción de gracias por los exámenes», «mortificarse en la lengua», «estar todo el día en la presencia de Jesús y María»...
Lo mismo se diga para los días de comunión, que puntualmente se sigue proponiendo. A juzgar por lo que reza una nota en latín sobre «communiones anni 1858–1859», se infiere que comulgaba dos veces por semana –caso raro para aquellos tiempos–, escogiendo con preferencia las festividades del Señor, de la Virgen y de los Santos, a más de otras efemérides especiales como días de cumpleaños, cuando se preparaba para los exámenes o había de dar gracias por el éxito obtenido en los mismos. A veces dedica la comunión «ad petendam aquam», otras «para su mejor aprovechamiento en los ejercicios espirituales», o «para implorar la divina misericordia por los exámenes de Bachillerato», «la elección de puntos y en acción de gracias por el primer examen». No faltan, igualmente, los días, bastante numerosos, en que se propone ayunar para mejor adelantar en la perfección o por otras necesidades 55.
NOTAS
1. En el Boletín de la diócesis se reproducen varias odas, poemas y epitafios en latín, que el «dómine» Sena, «eiusdem Seminarii professor», publica en ocasión de efemérides, acontecimientos o muerte de personalidades importantes. La última que encontramos, la dedica a la entrada en la diócesis del obispo Vilamitjana en 1862 (BEDT 2 [1959] 118, 123, 352; 5 [1862] 321). Respetable y piadoso, era popularísimo en Tortosa por sus candorosas genialidades y rarezas.
2. PO, declar. de J. B. Calatayud, f. 875v.
3. Cf. M. de Castro Alonso, Enseñanza religioso en España, 138 s.; Gil de Zárate, De la instrucción pública en España 11, 23–52. El plan de 1845, debido en parte a Gil de Zárate, busca en vano la colaboración de la Iglesia. Sigue luego el de 1847, del ministro de Instrucción, Pastor Díaz, donde la Teología queda ya en segundo plano y ni siquiera se hace mención de los seminarios como centros de enseñanza, a la vez que invalida los estudios que en ellos se realizaban. El de 1850, de Seijas Lozano, vuelve a sancionarlo de nuevo. De todos ellos diría luego Menéndez y Pelayo: «Sin ir derechamente contra la Iglesia, a lo menos en el ánimo del ministro que le suscribió, acabó de secularizar de hecho la enseñanza, dejándola entregada a la futura arbitrariedad ministerial» (Historia de los heterodoxos, 100). En parecidos términos se expresa también V. de La Fuente, Historia de las universidades, colegios y demás establecimientos de instrucción en España IV, 436–437.
4. Cf. F. Martín Hernández, Los seminarios españoles: historia y pedagogía, 129 s., 146, 114.
5. Estatutos de la Universidad de Tortosa, fundada en el Real Collegio de Santo Domingo y San Jorge. Erigida por los pontífices Sixto quarto, Paulo tercero y Clemente octavo de buena memoria. I nuevamente autorizada con la autoridad y privilegio de Universidad Real por la Sacra Real Majestad el Rey de España, nuestro Señor, Don Felipe Quarto el Grande. A 27 de agosto de 1645. Ms., 7 ff. copia, que incluye la Real Cédula de Felipe IV de la citada fecha (TAC, armario Varios). Los grados, de alguna manera se venían dando ya desde 1625, desde el reinado de Felipe III. Caerían en desuso en el siglo XVIII.
Sobre la época anterior de ambos colegios, cf. D. Fernández y Domingo, Anales e historia de Tortosa, Barcelona 1867, 255 s.; F. Diego, O.P., Historia de la Orden de santo Domingo en la Corona de Aragón, Barcelona 1603; O'Callaghan, Anales I, 80–82, y Los antiguos lectores, 12 s.; Guía de (1)1892, 40; B. Oliver, Los colegios reales y la universidad real de Tortosa– Boletín de la Real Academia de la Historia 45 (1904) 5–11; Bayerri, o. c. VII, 507–8.
6. Según los estatutos, los directores del colegio de San Matías habían de ser también dominicos. Ambos colegios se comunicaban. entre sí,. y los colegiales del de San Matías asistían a las clases que se daban a los novicios o coristas dominicos. (Constituciones del Imperial y Real Colegio de Santiago y San Matías de la ciudad de Tortosa [a. 1761]) (A. G. de Simancas, Gracia y justicia, leg. 971, s.f.).
7. Cuando el obispo Vilamitjana trasladó definitivamente el seminario conciliar al edificio de la calle Moncada, en 1877, instituye en el de San Matías un colegio diocesano de Segunda Enseñanza. Sus nuevos estatutos fueron redactados en este mismo año por don Juan Corominas, secretario del obispo, y gran amigo de don Manuel. (Reglamento del colegio de San Luis Gonzaga de Tortosa, 1877, ms., 81 pp.: TACSJ). Ambos colegios, junto con la iglesia del de Santo Domingo fueron declarados en 1974 monumentos artísticos de interés nacional.
8. En el archivo de la Catedral de Tortosa obran una serie de legajos con el título general: «Sobre erección del colegio de San Matías en seminario». Los trámites empiezan en el año 1770 y hasta se llegaron a redactar, por obra de dos canónigos, unas Constituciones de 47 artículos (11 ff, ms.) para el nuevo seminario. Los dominicos, basándose en que el colegio era de fundación real y que, a más de venir haciendo en la práctica de seminario, no podía dedicársele a otros fines fuera de los que tenía señalados por fundación, se oponen rotundamente al proyecto. Para ello dirigen numerosos memoriales a la Corte, de los que uno de los más extensos, de 15 ff., es del 20 de agosto de 1775. Más documentación, en MAHN, Estado, leg. 2943.
No hay que confundir estos trámites con los que, por los mismos años, se iban haciendo también en Madrid para establecer en Tortosa el Real Seminario Sacerdotal, en la casa de los jesuitas expulsos, del que luego daremos cuenta.
9. Bayerri (VIII, 825) copia de la folia 149v, de un documento que no cita (y que creemos sea del Ayuntamiento de la ciudad), el párrafo siguiente: «Se recibió un oficio del Excmo. Sr. obispo, comunicando la Real Orden de que S. M. se ha servido acceder a petición de dicho prelado [Víctor Damián Sánchez Mayor] de que este Colegio de Santiago y San Matías, dirigido por un religioso del Orden de Santo Domingo, se erija en Seminario Conciliar y que quede incorporado a la Universidad de Cervera. Martes, 4 de enero de 1825». La Real Cédula venía fechada del 25 de diciembre del año anterior (O'Callaghan, Anales I, 82 y Episcopologio, 241; cf. V. de La Fuente, Historia de las Universidades... IV, 435).
El 28 de enero de 1825 tuvo lugar la solemne apertura en la iglesia de Santo Domingo, con la asistencia del prelado y demás autoridades Con esta misma fecha se dio principio al Libro de los alumnos internos y externos, matriculados en este Seminario de Filosofía, Teología, Moral, Escritura Sagrada y Disciplina Eclesiástica, donde se anota en su contraportada: «Se formó este libro en 28 de enero del año 1825, cuando el Colegio Imperial de Santiago y San Matías fue erigido en Seminario Conciliar» (TAC, armario Varios). Este Libro, en el que afortunadamente hemos encontrado los datos más relevantes de la carrera eclesiástica de don Manuel, acaba con el curso 1870–1871.
10. Libro de alumnos, fol. 1. Los estatutos llevan el siguiente título: Régimen que deberían observar los colegiales de segunda enseñanza del Seminario Conciliar de la ciudad de Tortosa, dispuesto por el Ilmo. Sr. D. Damián Gordo Sáez, obispo de la misma..., Tortosa, Imprenta de la Vda. de Puigrubi, Plaza Nueva, n.º 16, s.a., 12 pp. (TAC, armario Varios). Notemos que nombra al obispo Damián Gordo Sáez, sobrino del fundador del seminario, Víctor Damián Sáez Sánchez Mayor (1824–1839), y a quien sucede en la diócesis tortosina en 1848. Ramón O'Callaghan nos dice textualmente, de este último, luego de hablar de la fundación, que «formó unos estatutos para el seminario» y que «exceptuando las modificaciones que hubieran de introducirse en virtud del plan de estudios, publicado después del concordato, el seminario de Tortosa se gobernó siempre por dichos estatutos». De Damián Gordo Sáez, sin embargo, nos dice solamente que trasladó el teologado al antiguo seminario sacerdotal de la calle de Moncada (Episcopologio, 238, 244). Quizás el texto que utilizamos sea de una nueva edición; o bien que, por la semejanza de nombres y apellidos, o porque se creyera que el Reglamento se debía a Damián Gordo, se confundiera el nombre de éste por el del auténtico autor del mismo. Lo que a nosotros nos importa es que continuaba vigente durante los años en que don Manuel permaneció, como alumno interno, en el colegio–seminario de San Matías.
11. El Libro de alumnos no alude a este traslado. R. O'Callaghan es quien da la fecha indicada (Los lectores antiguos..., 33); y el Boletín de la diócesis explica que llevó a cabo «para que puedan residir en él los tres catedráticos y alumnos internos de todas las asignaturas de Teología, y para local de aulas que falta en el referido colegio [de San Matías]». Le sigue considerando todavía como «Seminario, incorporado a la Universidad de Cervera» (BEDT 3 [1860] 19).
El Seminario Sacerdotal había sido creado por Real Cédula de Carlos III de 21 de agosto de 1769, en el colegio e iglesia que los jesuitas tenían en la calle de Moncada. El obispo Damián Gordo Sáez reclama y consigue del Gobierno el edificio, que en adelante sería seminario mayor de la diócesis (R. O'Callaghan, Episcopologio, 246). Su iglesia fue saqueada y quemada durante la guerra de 1936.
12. E.I, Predicación, 7.º, 26.
13. Nuestros seminarios, que habían conocido una época de reforma y de cierto auge en el siglo anterior (cf. F. Martín Hernández, Los seminarios españoles en la época de la Ilustración, Madrid 1973), caen en un lamentable estado de postración a raíz de la guerra de la Independencia, de las persecuciones religiosas y de las nuevas guerras carlistas. Como ejemplo, citamos al de Valencia, en el que en 1840 había solamente 8 personas: el rector, cuatro colegiales, el cocinero, un sirviente y el portero (V. Cárcel Ortí, Primera época del Seminario Conciliar de Valencia, 43). A raíz del citado concordato, se nota, sin embargo, una notable mejoría: aumenta el número de alumnos, se reforman los edificios, se exige una mayor disciplina, se implanta, como veremos, un nuevo plan de estudios, aumenta el. Profesorado, etc. En el curso 1853–1854, por ejemplo, el número de alumnos de los seminario españoles llega a 19.485 (cf. Castro Alonso, Enseñanza eclesiástica en España, 168 s.; Fernández de las Cuevas, La voz del siglo, 343; L. Sala–F. Martín, La formación sacerdotal en la Iglesia, 140; J. M. Cuenca, Notas para el estudio de los seminarios.... 56 s.; J. M. Amenós, El fomento de las vocaciones eclesiásticas en España durante la segunda mitad del siglo XIX: Seminarios 1 [1955] 65 s.).
14. Cf. supra, nota 10.
15. Régimen que deberán observar..., 1–12.
16. R. O'Callaghan, Los antiguos lectores.... 19–41.
17. M. González, D. Enrique de Ossó..., 81; BEDT 3 (1860) 18.
18. BEDT 1 (1858) 27 ss.
19. A este respecto, leemos que cuando a fines de 1858 se edita en Vich la obra Summa Theologicae S. Thomae Aquinatis Doctoris Angelici formalis explicatio del padre Jerónimo de Meideis de Camerino, O.P., el Boletín del obispado de Tortosa de 12 de septiembre de 1858 hace constar que «como el Sr. Gobernador eclesiástico, Dr. Sanz y Forés, es uno de los apasionados de los escritos del Angélico Doctor y desea que todos los sacerdotes beban la doctrina que han de explicar a los fieles en tan pura y caudalosa fuente, nos hacemos un deber en anunciarla en el Boletín Eclesiástico de la diócesis» (BEDT 1 [1859] 35; cf. Bayerri, o. c. VIII, 558). Sobre Sanz y Forés, obispo primero y luego cardenal, cf. intra, p. 85 nota 40.
20. Estudiante de sopa era Ramón Valero, cuyo encuentro con don Manuel le ayudará, ocasionalmente, a promover su apostolado en favor de las vocaciones. Sobre tales «sopistas», así como sobre los «fámulos», descansaban de ordinario las tareas domésticas de los seminarios.
21. TACSJ, 6ff. ms., firmadas por Rafael Ortega, cura, en la carpeta Trabajos literarios Sobre el Rvdmo. D. Manuel Domingo y Sol. Van unidas a otras papeletas con datos que, para una posible bibliografía de mosén Sol, iba recogiendo don Juan Bautista Calatayud.
22. V. de La Fuente, Historia eclesiástica... V, Madrid (2)1875, 253; J. M. Cuenca, Notas Para el estudio..., 61 ss. Fue aprobado por Real Cédula de 28 de septiembre de 1852. Ambas documentos, Cédula y plan de estudios, los reproduce J. M. Cuenca, en la obra citada, apéndice V, pp. 80–87. Cf. I. Pérez Alhama, La Iglesia y el Estado. Estudio histórico–jurídico a través del Concordato Madrid 1967; J. de Salazar, Concordato de 1851, en Dicc. Hist. Ecl. de España I, Madrid 1972, 581–95.
23. El curso se abre, para el seminario «de Santiago y San Matías», el 1 de octubre de
1851, con tres cursos de Filosofía, cinco de Teología y tres de Teología Moral, con sólo seis catedráticos. Se matriculan 82 alumnos en Filosofía, 69 en Teología y 16 en Teología Moral.
Total: 167 seminaristas filósofos y teólogos. Secretario de estudios es, y lo seguirá siendo hasta el 6.º curso de Teología de don Manuel, el dominico exclaustrado fray Tomás Femenía (Libro de alumnos, ff. 61v, 62r).
24. Hasta entonces las calificaciones eran de: suspenso, aprobado, mediano, bueno y sobresaliente. Con el nuevo plan de estudios se imponen las de: suspensus, meritus, benemeritus y meritisimus. Las notas se daban como valoración global del curso, y no la correspondiente a cada asignatura. Don Manuel, en adelante, sacará benemeritus en 2.º y 3.º de Filosofía, y en 1.º y 2.º de Teología; en 3.º obtiene el meritisimus; de nuevo benemeritus en 4.º y en 5.º; 6.º y 7.º meritísimus, nota que conserva en el 1.º curso de Cánones, único que cursó en esta Facultad. Juan Bautista Calatayud, aún admitiendo la buena memoria que tenía don Manuel, admite que sus notas fueron «buenas, pero no siempre excelentes» (PO f – 876v).
25. Plan de Estudios para los Seminarios Conciliares de España, en J. M. Cuenca, o. c. 81–87. Como puede observarse, a la vez que se potencia el estudio de las ciencias experimentales, se expurgan cuidadosamente los libros de texto, como se hace también en los de Teología, de todo lo que pudiera alterar las relaciones entre la Iglesia y el Estado. Se acude al predominio de viejos moldes intelectuales, en su mayoría extranjeros, dejando de lado la estimable intelectualidad del 1700. Como novedad se apunta la obra de Balmes en Filosofía y la de Perrone en Teología. Asimismo se establece la «carrera breve», que a la larga ofrecería serios inconvenientes.
26. Libro de alumnos, ff. 67v, 74v. En los dos cursos apuntados, se contaban globalmente 79 filósofos y 104 teólogos, y 88 filósofos y 102 teólogos respectivamente.
27. «Hablaba siempre con respeto, con gratitud y con afecto de los que fueron sus profesores y superiores en el Seminario» (PO, Declarac. de J. B. Calatayud, f. 876v).
28. Ibid. A veces solía repetir asimismo: «No sé lo que es no tener nada en qué ocuparse» (Torres, Vida, 17). Ramón Arnau, arcipreste de San Mateo y compañero de mosén Sol, afirmaba que «Don Manuel, cuando seminarista, era ya un modelo, muy activo y celoso» (Ibid., 12).
29. «Yo también sufrí de escrúpulos cuando estaba en el Seminario con mosén Cinto Dolz. Teníamos los dos por confesor al padre Antonio Sena, cartujo», confiesa en una ocasión. Más tarde se lo agradecería don Manuel, suministrándole numerosos y pingües estipendios de misas (Ibid., 16–17).
30. E.III, Varios, 6.º, papeles sueltos, doc. 90 ss.
31. Conservamos solamente las que se refieren a los años 1854, 1856, 1857, 1859, 1860, 1861, 1863, 1865, 1866, 1867, 1868, 1870 y 1873. Solía escribirlas en papeles muy reducidos, sin orden alguno y con letra extremadamente reducida (Ibid.).
32. Ibid. Las que siguen llevan todas el mismo encabezamiento.
33. «¿Cómo habéis pasado el Carmen? –escribe más tarde a una religiosa–. ¡Cuántos recuerdos tengo del día del Carmen en mi corazón!... El año 54 tomé el hábito» (Torres, Vida, 14).
34. Carta de 2 de abril de 1891 (E.II, Cartas, 4.º, 28).
35. Torres, Vida, 15.
36. Ibid., 15–16.
37. PO, Declarac. de Elías Ferreres, y de J. B. Calatayud, ff. 362v, 875r–v.
38. Cf. supra, nota 11.
39. Concluido este curso, se obtenía el grado de Bachíller.
40. Una vez aprobado, se conseguía el grado de Licencia.
41. Con él se alcanzaba el grado de Doctor en Teología. Por disposiciones posteriores, como veremos, don Manuel no pudo conseguirlo. Lo alcanzaría en el Seminario Central de Valencia en 1867.
42. El fundador y director de la revista «La Cruz», León Carbonero y Sol, resume de esta manera su impresión, a la vez que las reacciones que produjo semejante medida: «No pudiendo ocuparnos en este número de la Real Orden que los da un golpe de muerte, nos limitamos a protestar esta disposición» (La Cruz 2 [1860] 350–364). Igualmente mereció una dura réplica de parte del obispo Costa y Borrás: Obras del excelentísimo e ilustrísimo señor doctor... IV, Barcelona 1865, 177.
43. Colección legislativa de España LXII, Madrid 1854, 303–305; LXVI, Madrid 1855, 158–161; LXVII, Madrid 1856, 26–27; cf. J. M. Cuenca, Notas para el estudio.... 56 s.; J. M. Sánchez, La instrucción pública y la sociedad, Madrid 1954, 107 s.
44. Colección legislativa de España LXX, Madrid 1856, 152–4. Igualmente protestan nuestros obispos, viendo que con tales medidas no sólo se despojaba a la Iglesia de España de toda inspección en la enseñanza, sino de la más elemental libertad de enseñar por su cuenta en los seminarios a los aspirantes al sacerdocio. El obispo de Cádiz, vg., en la inauguración del curso académico 1858–50, denuncia con todo detalle la situación creada (cf. La Cruz 2 [1858] 524–543).
45. El mismo, l. c.; con todo, algo se puede arreglar en este aspecto económico a raíz de las nuevas disposiciones reales de 1858 y 1860, consecuencia esta última del nuevo convenio firmado entre España y la Santa Sede el año anterior (Ibid., 366; Colección legislativa de España LXXXII, Madrid 1860, 270 s.).
46. R. O'Callaghan, Episcopologio, 246; BEDT 2 (1859) 136; Libro de alumnos, ff. 80r, 87r. En 1854 el obispo Damián Gordo ha de tratar personalmente, para aquietarlos, con los revolucionarios tortosinos.
47. Todo ello hace que en algunos cursos se resienta el número de alumnos del seminario mayor.
Ofrecemos a continuación la estadística de los seminaristas que cursan en el citado seminario durante los años de carrera de don Manuel. Ello nos ayudará, ahora y para delante, a valorar el problema vocacionista de la diócesis de Tortosa. Incluimos entre los teólogos tanto a los que hicieron, al finalizar los siete años de la carrera ordinaria, los otros tres de Teología Moral (que no llegó a cursar don Manuel), como a los estudiantes de Derecho Canónico.
Curso
Fílosofos
Teólogos
Total
1854–55
100
121
221
1855–56
51
111
162
1856–57
112
108
220
1857–58
107
98
205
1858–59
79
125
204
1859–60
91
148
239
1860–61
68
149
217
En el curso 1855–56 no hubo clases para los de tercero de Filosofía por falta de alumnos. Tampoco hay ninguno de cánones en el curso 1858–59; y en el siguiente, se apuntan 4 de «carrera corta» (Libro de alumnos, ff. 81 ss.).
El problema lo agravaban también los externos, cuando de nuevo volvieron a ser admitidos. En 1860, incluyendo a los colegiales menores de San Matías, de 350 alumnos 70 son externos. Y lo mismo ocurría en los demás seminarios españoles. Según estadísticas del Anuario, en el curso 1857–58 se matricularon en ellos 17.121 alumnos: 4.597 internos y 12.524 externos (BEDT 3 [1860] 19 y 2 [1859] 311).
48. En la Guirnalda de llores que escribe para mayo de 1859 alude a su examen de Bachiller en Teología (E.II, Varios, 6.º, 108). En Valencia obtendría luego los grados de licenciado y de doctorado en la misma Facultad.
49. En el Libro de registros del obispado, hemos encontrado notables referencias de algunos de ellos. Manuel Boix, vicerrector, «es de buena conducta, instruido y laborioso»; Ramón O'Callaghan, «promete ser de mucho provecho»; Pablo Foguet, «joven de buenas esperanzas»; Bernardo Lázaro, «de muy buenas esperanzas»; Francisco Prados, «instruido y laborioso» (TAPE, Registro del Personal del Clero de la Diócesis de Tortosa, año 1858; en el lomo: «Estadística 1857», ff. 198 ss.).
50. Cf. infra p. 58, nota 19.
51. E. III, Varios, 52–77.
52. BEDT 2 (1859) 290; 3 (1860) 212; 2 (1859 136.
53. Registro de personal, d.c., f. 201r. Era director espiritual en 1857. Luego lo sería Mariano García.
54. He aquí el texto latino: «Mariae.–Dilectissima Mater: Ego Emmanuel Domingo, confissus in protectione tua et in dilectione tua erga homines, (utpote filios), objiciens te amorem, erga Eucharistiam, erga Trinitatem; ponens ante oculos tuos Conceptionem tuam, Nativitatem tuam, Divinam maternitatem, Virginalem puritatem, Dolores, Mortem, Assumptionem et untionem tuam, dulcissimum Nomen tuum Mariae, et Filii tui Jesus, Sanctum Josephum, Joaquín et Annam, Angelos et Sanctos caeli et justos terrae, humiliter expono, postulo et omnibus viribus per antedicta conjuro; ut me et omnes infra inscriptos, quos sub Patrocinio et protectione tua (titulo Pulchrae Dilectionis et Carmeli) colloco, adjuves, protegas, adsistas in omni necessitate et praecipue in hora mortis nostrae salves et conserves.
Ideo ut si hoc non feceris, merito potero conqueri tecum et celeberrimum illud dictum quod neminem ad tua currentem praesidia, tua implorantem suffragia esse derelictum ex historia tolletur.
Quod requiram omnibus annis die 16 julii et die Asumptionis et festivis de Pulchra Dilectione et etc.
Dertusae 16 julii 1855. – Jesus et Maria et Joseph. – Emmanuel Domingo (Franciscus – Josephus – Franciscus – Emmanuel – Josepha – Francisca – Rosa – Agustina – Maria – Josepha – Cognati: Agnes et familia et... et... caeteri – Cognata)» (E.III, Varios, 6.º, 106).
Al final del curioso documento, va apuntando los años en que lo fue repitiendo. El último que anota es el de 1885.
55. Guirnaldas y días de comunión de 1856, 57 y 59: 1. c., doc. 89, 90, 108.
3
Ordenación sacerdotal (1860)
I. ULTIMOS AÑOS DE SEMINARIO
1. Primeras órdenes. La catequesis
Recién entrado en el seminario mayor, en 1.º de Teología, don Manuel recibe la primera clerical tonsura el 26 de marzo de 1852, en la capilla del palacio episcopal y de manos del obispo de la diócesis, Damián Gordo y Sáez. Cinco años más tarde, 18 y 19 de diciembre de 1857, le concederá las restantes ordenes menores y el subdiaconado en Tarragona el arzobispo de aquella archidiócesis José Domingo Costa y Borrás 1. Don Manuel se ordenaba a título de patrimonio 2.
Su condición de clérigo da lugar al joven seminarista a que se dedique, desde muy temprano, a uno de sus apostolados preferidos: el de la catequesis. Así nos lo dice uno de sus compañeros de entonces: «Desde mi juventud, más bien dicho, desde mi pubertad, conocí al doctor Sol antes de ser ordenado de presbítero. Como preparación al alto ministerio sacerdotal, ya se ocupaba enseñando en la iglesia de San Antonio el catecismo bajo la dirección de don Benito Sanz y Forés» 3. Efectivamente, el 13 de abril de 1858 el obispo don Gil Esteve Tomás había instituido la «Asociación de la Doctrina Cristiana» a la que quedaban adscritos todos los sacerdotes y los seminaristas desde la primera clerical tonsura. El prelado mismo era presidente de la junta Central 4.
Don Manuel, discípulo de Sanz y Forés en las aulas del seminario, sería uno de sus primeros colaboradores en la nueva tarea. «1.858 –escribiría más tarde del futuro cardenal–; establecimiento de la catequesis bajo su dirección. Se atribuye al mismo la redacción del Reglamento de la Obra del Catecismo. En dicha catequética de Tortosa amaestró a todos sus discípulos, ocupándolos los domingos y jueves y durante la cuaresma, y distribuyéndolos en varias iglesias de la ciudad. Dio grandísimos resultados en bien de la juventud, y sobre todo en la juventud femenil, de cuyo plantel brotaron luego muchas vocaciones religiosas. Todas ellas reconocieron su origen en la asistencia a las pláticas que les dirigiera don Benito, reuniendo todas las secciones con frecuencia» '. Una de aquellas niñas, más tarde religiosa, nos ha dejado este sugestivo relato:
En la Doctrina [don Manuel] nos hacía renovar las promesas del Santo Bautismo, haciéndolo desde el púlpito, todo a lo vivo, y nosotros respondiendo a gritos; y Dos dieron por Padrino a San Luis Gonzaga. Se me grabó tanto, que desde entonces le he considerado como tal. Cuando me presenté por primera vez al catecismo de San Blas, tenía sobre once o doce años. Se fijó don Manuel en mi y me dio una estampita. Viendo las otras que no les daba, le dijeron: «¡Mosén Manuel, ésta no viene!»; y contestó con aquella amabilidad que me robó el corazón para dárselo a Dios: «Ya vendrá». Continuó todos los días dándomelas y cuando ya me tenía segura, entonces me pedía lo que yo tenía para dárselo a las otras. Me tomó tanto por su cuenta, que siempre me tenía empleada. Nos hacía practicar el coro de la Virgen de la Soledad, una hora cada una, hasta que cerraban la catedral, y yo había de repartir las papeletas.
El día de la Virgen del Carmen me daba dinero para pagar los escapularios a las niñas de la Doctrina; a las más grandecitas, que ya lo sabíamos, nos daba lecciones de moral y nos hacía aprender de memoria los efectos que causan en el alma el pecado original y los demás pecados, exigiéndonos explicación de todo. Algunas veces hacía venir al señor obispo para que nos escuchase. Nos obligaba a hacer la Corte del Amor Hermoso. Me hacía llevar dos listas de los 'Niños de la infancia'; y los domingos recoger las amiguitas para ir al hospital a visitar unas enfermitas de que él se había hecho amigo; y nos decía que les leyéramos y les hiciésemos regalitos 6.
De aquellos años conservamos multitud de papeles en que iba escribiendo, en notas y a veces por extenso, lo que ego explicaba en la catequesis. Verdaderamente, ésta constituía entonces toda su obsesión «su ídolo, su pensamiento», como recuerda en los escritos. Llega a convertirla en uno de los «intereses de la gloria de Dios», que afanosamente iría buscando durante toda su vida. «Desde que recibí el subdiaconado –repite más tarde– mi cabeza no había vivido sino de combinaciones y proyectos, temores y sobresaltos, y alegrías y penas sobre los intereses de la gloria de Dios» 7. Dolores y gozos, constantes y directrices diríamos hoy, de toda una existencia.
2. El diaconado
El 24 de septiembre de 1859 el obispo de Vich, Juan Castañer y Ribas, confería a don Manuel el sagrado orden del diaconado en la iglesia de nuestra Señora de aquella ciudad 8.
De antemano, había practicado los ejercicios espirituales en el seminario de Tortosa a principios del mismo mes, y de ellos, a más de copiar el horario a que hubo de atenerse 9, nos ha dejado una serie de anotaciones de las que entresacamos las más principales:
Advertencias: 1.ª Por los claustros no esforzar la voz. 2.ª En los actos de comunidad, ni fuera de ellos, no hacer gestos ni proferir palabras inoportunas, sino guardar una gravedad completa en todas las cosas. 3.ª Cada hora de reloj hacer la comunión espiritual y hacer examen de haber guardado recogimiento en toda la hora. 4.ª Al entrar y salir del cuarto pedir la bendición a la Virgen...
Mortificaciones: No levantar la vista ni hablar sin necesidad. Privarse de toda bebida que no sea necesaria o muy conveniente. Tener presente siempre y recitar el 'Age quod agís'; y no quitarse el hábito talar entre día.
Al fin de los ejercicios ofrecerlos a los pies de Jesús para alcanzar la gracia que se desea, poniendo a María de la Merced por intercesora 10.
Al año siguiente –estudia el 6.º curso de Teología– se prepara para recibir el presbiterado ante cuya dignidad se estremece, como si su ánimo de joven aspirante quedara perplejo y dubitativo. Lo sabemos por el borrador que conservamos de una carta que a finales del curso indicado dirige a un «tío suyo», sacerdote –que por el contexto vemos se trata de Francisco Navarro, su padrino de bautismo– a quien propone, además de abrirle de alguna manera sus sentimientos, que le sirva otra vez de padrino, ahora de su primera misa 11. Por el interés que ella nos ofrece y por ser la primera que conservamos de don Manuel, la transcribimos tal como aparece en el borrador:
Q[uerido] T[io]: Si las afecciones del corazón pudieran transmitirse al papel como la producción de las fotografías, vería de manifiesto el cariño que le he profesado y profeso ahora. Solo de este modo patentizaría la benevolencia que me ha merecido su persona y cuyo nombre me ha sido recordado desde que mis labios han podido pronunciarle. El regalo que Vd. por medio de N. se ha dignado ofrecerme, ha producido en mi el efecto. Aunque sus compromisos [tachado] y obligaciones le han obligado a residir en esa 12, nunca ha dejado de dar muestras del afecto que le anima para con su patria y familia.
Una prueba más de ello es el obsequio que se ha dignado dispensarnos con el regalo de los cuellos y solideo, cuyo gusto en la materia ha sido ponderado por todos los entendidos en la materia. El ha producido en mi corazón (o en nosotros) el afecto que no podía menos de producimos, el cariño y la satisfacción más completa. El nos será un recuerdo constante (nos servirá para avivar) [en línea añadido] del amor que debo a mi Padrino, y será un recuerdo constante para acordarme de Vd. en la presencia del Señor.
Mi abuelo sin novedad; el abuelo, a pesar de no moverse de la casa, como Vd. sabe, sigue [laguna] no obstante robusto, pero la tranquilidad y conformidad que tiene con la voluntad del Señor, impiden que su postración le afecte moralmente... Yo, estimado tío, continúo en ésta, cursando el 7.º de Teología y disponiéndome para el Presbiterado. Nada se sabe de cierto, aunque [hay] alguna probabilidad de que el Sr. Manero 13 dará órdenes a los ya ordenados 'in sacris' en caso que todavía no se halle en ésta el ya preconizado Sr. Pratmans 14. Si esta noticia se confirma, pienso pedir órdenes para las próximas Témporas. No sé, querido tío, si me hallo con fuerzas y luces suficientes para ascender al último escalón del Santuario, pero la pureza de intención es lo único que me parece animar a tan grande empresa. De todos modos, aquel Dios que mueve los corazones del modo que le place y cte. [sic].
Finalmente, una cosa me resta por decirle ... ; me atrevo a insinuarle a Va. el deseo que nos anima a mi padre y a mi, de que se sirviese ser mi padrino en mi primera misa para que, ya que tengo el honor de haber sido sacado de pila por Vd., completase ahora mi satisfacción 15.
La devoción a la Virgen le sirve otra vez en este tiempo de consuelo y ayuda. El 30 de marzo de ese año había hecho profesión, «como siervo e hijo legítimo de la adolorida Madre», en la Venerable Congregación de la Virgen de los Dolores de Tortosa 16. Y a ella le dedica nuevos y delicados obsequios ,en la correspondiente Guirnalda del mes de mayo 17.
II. DON MANUEL, SACERDOTE
1. Ejercicios de órdenes
El miércoles, 23 de mayo de 1860, empieza don Manuel sus ejercicios espirituales para la ordenación sacerdotal en el exconvento del Jesús, extramuros de la ciudad 18. Los dirige el ya conocido profesor y director del seminario Mariano García 19, y todos los días, durante los siete que duraron, viene a hablar a los ordenandos el nuevo obispo Miguel José Pratmans 20.
También entonces escribirá don Manuel sus «Propósitos de Ejercicios», a más de sendos resúmenes de las pláticas y meditaciones que iba recibiendo. Nueva muestra, como puede verse, de su fina discreción y delicadeza de espíritu.
J. M. J. –Dios te ve – Dios te mira – Dios te ha de juzgar.
+ Mira si la vocación que has tenido al estado eclesiástico ha sido por inclinación o por satisfacción oculta, y propón por tanto no hacer las funciones eclesiásticas con demasiada satisfacción.
+ Siendo tan alta, tan sublime, la dignidad del sacerdote, resuelvo no rebajarla ni en visitas inútiles, ni paseos públicos, ni en conversaciones particulares, ni dando demasiada franqueza a los inferiores: sino con modestia, silencio oportuno y palabras oportunas aún con la familia.
+ Conozco que para mantener el espíritu eclesiástico, esto es, la modestia, la inclinación y prontitud a desempeñar nuestro ministerio, es necesario estar desprendido de todo, y por tanto de: 1.º no comer ni beber sino por necesidad; 2.º no disfrutar en vestidos, muebles, fiestas, etc.; 3.º no disfrutar en que nos estimen.
+ Conociendo lo desprendido que debe estar el sacerdote de todas las cosas y lo feo que le está el ser interesado, y así, además de no tener apego a muebles y vestidos, procuraré con anuencia de mi director, en las festividades principales quedarme sin nada.
+ He conocido cuánto vale el buen ejemplo y así, a pesar de la presencia de Dios habitual en todas las cosas y del cuidado en las palabras y conversaciones, en el andar, comer y reír, procuraré tener presencia de Dios actual mientras esté en la iglesia y especialmente en las funciones eclesiásticas.
+ Conozco que me es necesario el prepararme y dar gracias después de la misa, y para ello procuraré por nada omitirlo; y sí no puedo inmediatamente, procuraré prevenirlo o arreglarlo después, y pedirme cuenta en la oración del cuidado que haya puesto en ello.
+ Conozco que es necesario mucha pureza de intención para que así sacrifiquemos con gusto la vida; y así, antes de empezar alguna obra buena, en especial el trabajo de la predicación, me pondré en la presencia de Dios y le ofreceré todo, rogando a María Santísima.
+ Conozco cuán fácil es, atendida la índole de nuestro corazón, el faltar a la fidelidad que debemos a Dios, y por lo tanto, procuraré ir con mucho cuidado en evitar las causas que nos disipan rompiendo con todo, aunque en ello parezca la gloria de Dios; y procuraré además, en todas las ocasiones dudosas de peligro, pedir la anuencia del director.
+ Conozco el temor continuo con que debo estar de no tener la ciencia suficiente y por lo tanto procuraré rogar todos los días a Dios me dé las luces necesarias, procurando estudiar con constancia, método y conversaciones útiles, preguntando lo que más me convenga en todo 21.
Con estos propósitos y otras inspiraciones que iba recibiendo del Señor, don Manuel se encaminaba, gozosamente, hacia la suprema experiencia de su sacerdocio.
2. Primera misa
D. Manuel recibe la ordenación sacerdotal, cuando contaba 24 años, el 2 de junio de 1860; y siete días más tarde, el día 9, dice su primera misa solemne en la iglesia de San Blas, vecina a la capilla del Angel y a su propia casa. Le hace de padrino su tío, ya citado, Francisco Navarro y le predica su gran amigo Benito Sanz y Forés. Como primer testimonio, distribuye entre los pobres abundantes limosnas 22 y tiene también la alegría de recibir a las niñas del catecismo que venían a felicitarle, para quienes hay «cucuruchos de dulces» y otros regalos 23. De esos días recogerá unas sencillas impresiones que en adelante le servirán de propósito: «Mi ordenación: Inexplicable indiferencia a todo cargo o empleo. Dejarme a eventualidades de la Providencia. Repulsión a todo beneficio colativo. Inclinación o compañerismo. Afecto a la dignidad sacerdotal» 24.
Ese entregarse a las «eventualidades de la Providencia», será una de las constantes de su vida, e ideal que iría proponiendo repetidamente a sus operarios. Recordemos lo que les decía en una ocasión:
El Señor en sus misericordias quiso llamarnos y elegirnos para sacerdotes y dispensadores de sus misterios. En este estado queríamos servirle con las fatigas de nuestro ministerio. Como, gracias a Jesús, no teníamos, aún antes de nuestra ordenación, ninguna mira humana, ni aún de esas que son lícitas en la carrera eclesiástica, nos preocupa menos lo que [en] otros podían constituir un pensamiento fijo de destino u ocupación determinada. Le servíamos o queríamos servirle en nuestras obras espontáneas de celo... Mas a pesar de nuestra indiferencia y sinceridad de corazón, ni nos dejaban satisfechos nuestros voluntarios ministerios, ni nos llenaban bastante los que se prestaban a nuestra vista que pudieran sernos prescritos por la obediencia a nuestro prelado. En el fondo de nuestra alma despertaban mayores aspiraciones, y una ambición santa parecía querernos lanzar al mismo tiempo a todos los campos... 25.
Ya sacerdote y todavía como alumno interno del seminario, sale a decir misa los domingos y días festivos a la capilla del Carmen, situada a unos cinco kilómetros de Tortosa 26, mientras adelanta en su vida espiritual y agradece en sus oraciones el don inefable que se le ha concedido 27. Por esos días, 10 de mayo de 1861, muere su padre de un ataque de apoplejía, a los 72 años. Don Manuel le dedica un recuerdo, sencillo aparentemente, pero entrañable en la guirnalda correspondiente 28.
Cuando, acabada la Teología, iba cursando el primer año de Derecho Canónico, el joven sacerdote da su nombre a una de las obras apostólicas, que se estaban promoviendo entonces en la diócesis. De años atrás, era frecuente que sacerdotes diocesanos, ayudados por algunos religiosos, fueran dando misiones populares sobre todo en tiempo de Cuaresma. A finales de 1861, el vicario capitular de Tortosa, Ramón Manero, hace un llamamiento a todos aquellos que se sintieran con vocación para esta labor misionera, a fin de que confiadamente se lo comunicasen. Se trataba de instalar en el abandonado convento del Jesús, del arrabal de Tortosa, un colegio de misioneros diocesanos.
Don Manuel da su nombre y el 22 de diciembre de aquel año, a la vez que le adjuntaba su nombramiento de misionero, le citaba el Sr. vicario para que el próximo día 29 asistiera a una función religiosa que iba a celebrarse en la citada iglesia del Jesús, en la que quedaría inaugurada la «casa de Misiones y Ejercicios» de la diócesis. En ella predicaría el canónigo Sr. Sanz y Forés 29.
La ceremonia impresiona vivamente a don Manuel, quien allí mismo escribe este conmovedor ofrecimiento que copiamos a continuación:
Soberano Señor Sacramentado, amable Salvador de mi alma: Yo, Manuel Domingo y Sol, aunque pobre sacerdote e indigno de merecer vuestras amorosas miradas por mis continuas ingratitudes, me presento sin embargo a Vos de nuevo en el día de hoy, y os consagro de nuevo todo mi corazón, y os ofrezco y pongo a vuestra disposición mi cuerpo, mi alma, mi memoria, entendimiento y voluntad, mi salud y hasta mi vida. Yo sé, divino Salvador mío, que todo esto os es debido por mil títulos diferentes, y que es muy poca cosa para lo que merece vuestra grandeza y vuestra bondad: pero Vos, Señor, que os complacéis en las ofrendas de los hijos de los hombres, aceptadlas como que salen de un corazón contrito y humillado.
Desde hoy, Jesús mío, renuncio a todo lo que no sea de vuestro gusto; desde hoy no quiero obrar sino conforme y según vuestra voluntad; desde hoy renuncio todas las satisfacciones peligrosas con que el mundo quiera brindarme.
Deseo, Dios mío, castigar con mis ocupaciones, fatigas y dolores, las satisfacciones culpables que he dado a mis sentidos; deseo reprimir constantemente mi espíritu y mi corazón, andando todo lo posible en vuestra presencia, en desagravio de las disipaciones de este mismo espíritu, y de las complacencias que ha tenido en el amor de las criaturas.
Deseo también, amable Salvador mío, resarcir con una gran pureza de intención todos los afectos desordenados y torcidas intenciones que haya podido tener en mis acciones y en el ejercicio de mi ministerio.
En fin, Dios mío, deseo, quiero y propongo obrar en todo y por todo para vuestra mayor honra y gloria, provecho de mis hermanos y bien de mi alma.
Completad Señor la obra que habéis comenzado; asistidme constantemente con vuestra gracia; dadme un espíritu encendido como el de S. Juan Bautista, un celo ardiente, como el de vuestro Apóstol S. Pablo, unos labios puros como los del Profeta Isaías.
Dadme también, Salvador mío, la ciencia necesaria y suficiente para el desempeño de todas mis obligaciones, a fin de que pueda convertir a mis hermanos, y conducirlos por el camino de la salvación y del amor a Dios. Dadme al mismo tiempo, Jesús mío, si es de vuestro agrado, la salud conveniente para recobrar con Mis obras presentes mis negligencias pasadas, y dedicarme mejor al ministerio sagrado hasta el momento que sea de vuestra voluntad el disponer de mi.
Haced, bien mío, que pueda cumplir estos propósitos y estos deseos, y repetirlos con más fruto, todos los días de m¡ vida, todos los años el día de mi santo y fiestas principales, y principalmente en la hora de la muerte tenga el placer de haberlos practicado; y si alguna cosa hiciere, Señor, que no sea del todo de vuestro agrado dadme un espíritu de contrición vivo y continuo como el del profeta David, para que en la hora de mi muerte limpio de toda mancha, no quede en mí sino lo que sea de vuestra divina aceptación.
Y Vos Madre mía del Carmelo y de la Concepción, yo renuevo en el día de hoy el amor de hijo para con Vos; cumplid en mí todo lo que he prometido y propuesto a vuestro divino Hijo Jesús; asistid en todos los momentos de mi vida, aumentad mi devoción, y mi confianza para con Vos; salvadme a mi familia como os lo he pedido tantas veces, y en la hora de la muerte pueda pronunciar dulcemente los nombres de Jesús y de María, y pronunciándolos expire abrasado en el amor de estos santos corazones.
Jesús y María os doy el corazón y el alma mía; Jesús, María y José, asistidme hoy, siempre y en mi última agonía.
Viva Jesús, María y José. Tortosa y convento de Jesús, 29 de diciembre de 1861.
M. Domingo y Sol, Pbro.
Es copia 30
No es extraño que en ocasiones don Manuel acompañara a su amigo don Mariano por algunos pueblos de la diócesis; pero de cierto nada sabemos de ello 31. La ocasión de un apostolado, concreto y definitivo, le llegaría unos meses más tarde cuando es nombrado, 7 de marzo de 1862, regente del pequeño poblado de La Aldea, a unos 15 kilómetros de Tortosa, en los comienzos del delta del Ebro 32. Puede decirse que es entonces cuando don Manuel comienza de manera oficial su apostolado en la diócesis de Tortosa.
3. Situación de la diócesis
Veamos, antes de pasar adelante y por referencias que pueda hacer a la vida de don Manuel, cómo se encontraba en el aspecto de clero y de parroquias la diócesis tortosina.
Además de la parte correspondiente de la provincia de Tarragona, la diócesis comprendía entonces la actual provincia de Castellón y el distrito de Falcet de la de Teruel, con los siguientes arciprestazgos: el de la misma ciudad de Tortosa y los de Gandesa, Masroíg, Calaceite, Castellón, Lucena, Albocácer, Morella, Nules, San Mateo, Villarreal y Vinaroz. La estadística que tenemos delante, de 1860, arroja el número de 251 sacerdotes diocesanos, a más de los 6 dominicos exclaustrados empleados en el seminario. De todos ellos, 196 ejercían su ministerio en los pueblos de fuera del arciprestazgo de la sede de la diócesis y otros 55 estaban repartidos, en Tortosa, entre la catedral, seminario, conventos y capillas de la ciudad y alrededores. En este año, como ya dejamos indicado, se ordenaron 5 nuevos sacerdotes. Menguado número, como puede observarse, sí recordamos la cifra de seminaristas en los diversos cursos que hemos venido apuntando.
Cuatro años más tarde, el número de sacerdotes aumenta considerablemente. Se dieron más ordenaciones y volvieron a la diócesis no pocos, aun de los exclaustrados, que hubieron de abandonarla por las anteriores convulsiones políticas. Se llega al número de 684, repartidos en la siguiente forma: 156 en Tortosa y en los pueblos del arciprestazgo mayor; 521 en los restantes de la diócesis y 7 en el Desierto de las Palmas, cerca de Castellón, de tanta importancia, como veremos, en la vida de mosén Sol. Total 684 33.
En ese ambiente empezaba su recién apostolado don Manuel. Dejaba el seminario y con él, no sin nostalgia y hasta con el desencanto de las primeras experiencias, aquella querida Catequesis que tantos desvelos le ocasionara. El mismo nos lo ha dejado escrito, en la plática que dirigiera a las niñas como, despedida:
Ya que es esta la última de las tardes que tengo la dicha y la satisfacción de estar con vosotras; y ya que con mucho sentimiento mío me veo precisado a separarme por algún tiempo de vosotras, es necesario recordemos alguna de las ideas que tanto he pedido al Señor que se dignara grabar en vuestros corazones y que, sin embargo, tan poco se han grabado para muchas.
Digo que me separo con sentimiento porque, aunque de parte de la Catequística o Doctrina no he encontrado la correspondencia que me figuraba; aunque muchas no han comprendido el deseo que tenía de su aprovechamiento y a los desvelos que yo he puesto, sin embargo, de mi parte, siempre etc [sic].
Desde que hace tres años fui encargado, al salir del colegio donde pasé mi juventud, de la Doctrina, desde entonces ésta ha sido mi ídolo y todo mi afán; no porque creyera que hubieseis de recibir mucha instrucción: no; porque viniendo tantas como venían al principio y de tan diferente capacidad, poca instrucción podían recibir; sino que ¡me entusiasmaba tanto la Doctrina!; porque si tengo que decir la verdad, la juventud es la que siempre me ha dado más compasión, y de aquí sucedió que, aunque no fuera más que inclinaros a la piedad y a la religión, y libraros principalmente de los peligros que os rodean en los días festivos, ya me parece que se sacaba bastante fruto.
Y ¡Cuántas cosas he tenido que sufrir para sostener esta Doctrina! ¡Cuántas veces, si yo hubiera aflojado, ya se hubiera perdido quizás! ¡Cuántos contratiempos y cruces he tenido que soportar, que yo solo me se! ...
La plática es larga, como si le costara separarse de una juventud a la que iba a entregar luego sus afanes y cuidados. Cuando se despide al fin de las niñas del Catecismo de Tortosa, les deja caer estas palabras con cierto sabor de profecía: «Siempre y todos los días de mi vida seré amigo y padre de la juventud» 34
NOTAS
1. Damián Gordo, muere en 1854 y hasta 1858 no toma posesión de la diócesis tortosina su sucesor, Gil Esteve, quien como ya indicamos, moriría en este mismo año (O'Callaghan, Episcopologio, 244, 251).
2. «En fecha 9 de diciembre de 1857 se concedieron dimisiones al efecto de recibir órdenes en las próximas témporas de Sto. Tomás Apóstol a los sujetos que a continuación se expresan... Grados y Subdiaconado... Manuel Domingo Sol, patrimonista, de Tortosa» (TAPE, Libro 4.º de Ordenes, años 1853–1906, fol. 16v; Torres, Vida, 17).
3. El declarante es el canónigo Salvador López (Ibid., 24).
4. BEDT 2 (1859) 136; O'Callaghan, Episcopologio, 251.
5. Sobre Benito Sanz y Forés, y sus actuaciones, cf. infra, p. 85, nota 40.
6. A. Torres, Vida, 25 s.
7. PO, Declarac. de J. B. Calatayud, f. 887.
8. «Dimisiones concedidas por el Ilmo. Sr. D. Ramón Manero, Vicario Capitular, 15 de septiembre de 1859, para órdenes de Témporas de san Mateo» (TAPE, Libro 4.' de órdenes, ff. 22r). Con don Manuel se ordenaron 27 minoristas, 10 subdiáconos, 14 diáconos y 13 presbíteros.
9. Se levantaban a las 5. Seguían la oración mental, misa y retiro hasta las 7. Luego
el horario venía recargado de rezo de oficio divino, lecturas, meditaciones y exámenes. Cenaban a las 9 menos cuarto y antes de ir a !a cama rezaban la Corona y la estación al Santísimo (E.III, Varios, 6.º, 109).
10. Ibid.
11. Cf. supra, p. 23, nota 5.
12. Tal vez se refiera a Ulldecona, desde donde fecha varias de sus cartas Francisco Navarro (cf. Ibid.).
13. El citado Ramón Manero, vicario capitular y gobernador de la diócesis «sede vacante».
14. Miguel José Pratmans y Llambrés, hasta entonces catedrático y rector del seminario de Solsona. Consagrado en la catedral de Tortosa el 8 de enero de 1860, ordenaría de presbítero a don Manuel. Buen predicador, caritativo y apostólico, muere el 1 de enero del año siguiente (BEDT 3 [1860] 18; O'Callaghan, Episcopologio 251 ss.).
15. E. II, Cartas, 22.º, 11. En el borrador viene sin fecha; sin embargo, don Manuel indica en ella que estudia 7.º de Teología, que sabemos corresponde al curso 1860–1861, cuando ya era sacerdote. El mismo se consideraría como estudiante de este curso, pues el anterior, el 6.º, lo había terminado en la última semana de 1860 (Libro de alumnos, f. 115v), cuando escribe la referida carta.
16. Torres, Vida, 18.
17. «Inclinar la cabeza al pronunciar el nombre de María y los cinco Avemarías correspondientes a las letras de su nombre»; «quince Avemarías por las virtudes de María y hacer tres cruces con la lengua en la tierra y tres Avemarías»; «rogar por la fe católica y rogar a María nos alcance el dolor de nuestros pecados»; «la letanía a la Virgen por la prosperidad de las misiones»; «rogar por la unión de los príncipes cristianos y para ayudar a la Santa Sede»; «rezar la corona dolorosa» Etc. Guirnaldas citadas. En la de este año apunta el 16 de junio para día de su ofrecimiento general. Y estampa la siguiente firma: «Manuel Domingo. Presbítero».
18. antiguo convento de los franciscanos desde el siglo XV, su edificio data de 1837. A seguido de la exclaustración de 1835, logra recuperarlo para la diócesis el obispo Damián Gordo. En 1866 los jesuitas instalarían en él su Colegio Máximo, (O'Callaghan, Anales I, 147; Episcopologio, 246; BEDT 9 [18661 601).
19. Mariano García, profesor, director espiritual y gran amigo y confidente de don Manuel, sería más tarde colaborador suyo en la instalación del primer colegio de San José. «Religioso exclaustrado, que habitaba en la plazuela de San Juan» (PO, declarac. de Francisco Mestre, f, 73v), había nacido en Corbera en 1821. Adscrito desde un principio a la parroquia de la catedral, desde 1865 fue ecónomo de aquélla y luego beneficiado y maestro de ceremonias de la misma catedral. «Misionero de la diócesis», como suele citársele en las listas oficiales, se dedica a recorrer los pueblos de los arciprestazgos en unión de otros sacerdotes. El obispo Benito Vilamitjana lo cita en una ocasión como «el entendido y laborioso maestro de ceremonias de la catedral, Mariano García». Tío de uno de los primeros operarios, don José García (PO, declarac. de sor Angela Pena, f. 302r), pasó como uno de los sacerdotes más piadosos, apostólicos y prestigiados de la diócesis. Muere el 23 de septiembre de 1879 (cf. BEDT 4 [1861] 641; 7 [1864] 5; 9 [18661 601; 17 [1877–18761 252, 279; TAC, Actas del cabildo... de 1873 a 1880, ff. 61r, 125r; TAPE, Regesto de los títulos, letras, testimonios y comendaticias, 1858–1882, f. 185; Correspondencia y nombramientos, de 1853 a 1880, f. 56v).
20. Leemos en el Boletín Eclesiástico de la Diócesis: «23 mayo 1860. El miércoles, 23, empezaron los ejercicios espirituales en el ex–convento de Jesús, extramuros de esta ciudad, los que en los exámenes habían sido aprobados para las órdenes que en la iglesia del mismo edificio les confirió el viernes y sábado, primero y segundo del corriente [junio] el Ilmo. Sr. Obispo. Los ejercicios fueron presididos por D. Mariano García, director espiritual del seminario conciliar, y todos los días por la tarde fue a predicar a los ejercitantes S.S.I., pasando la noche en su compañía y regresando por la mañana a esta ciudad después de haber celebrado la Santa Misa y asistido a la oración de la mañana y a la misa de la comunidad» (BEDT 3 [1960] 402–403). Con don Manuel, 23 seminaristas reciben las órdenes menores, 2 el subdiaconado, 6 el diaconado y 5 más el presbiterado (TAE, Libro 4.º de Ordenes, f. 25v).
21. E. III, Varios, 6.º, 110. Asimismo resume las pláticas y meditaciones que va recibiendo.
22. PO, Declarac. de J. B. Calatayud, f. 884.
23. Torres, Vida, 26.
24. E. III, Varios, 6.º, 112.
25. E.I, Predicación, vol. 5, doc. 9: plática a los operarios de Valencia, fol. 2. La misma idea la va expresando en otras ocasiones y con parecidas palabras (cf. E.I, Predicación, 5.º, 22, borrador de plática).
26. PO, Declarac. de J. B. Calatayud, fol. 885v. Se encuentra, como ya indicamos, en el término de Roquetas, próxima a Corralizas. Destruida en 1836, fue restaurada en 1939.
27. Guirnalda: obsequio de 1 de mayo de 1861 (E. III, Varios, 6.º,95).
28. En la Guirnalda del día 10 al obsequio «Rezar un Avemaría al toque de las horas», añade el siguiente paréntesis: «Esta Avemaría la apliqué por mi padre que estaba en la agonía y que falleció desde las cinco a las seis del mismo día. R.I.P.» (1. c.). Su partida de defunción reza de esta manera: «Sábado, día once de mayo de mil ochocientos sesenta y uno. Yo, el infrascrito ecónomo de la Santa Iglesia Catedral de Tortosa, di sepultura eclesiástica en el cementerio de la misma a Francisco Domingo, cubero, consorte de Josefa Sol, hijo de los consortes Francisco Domingo, cubero, y María Ferré, todos de ésta; que murió ayer de apoplejía en la calle del Angel, de edad de setenta y dos años. Recibió el Santo Sacramento de la Penitencia sub conditione y la Extremaunción. Testó en poder de D. Ramón Guardiola, escribano de ésta. Mariano García, Ecónomo.» (TAPC, Libro de defunciones, 1853–1863, vol. 12, fol. 405v, n.* 80)
29. En diciembre de este año se dieron varias misiones. Entre los misioneros –«operarios evangélicos», como se les llama en el Boletín– iba Mariano García (BEDT 4 [18611 641–643).
30. E. III, Varios, 6.º, 111. El mismo añade la coletilla final: «es copia».
31. Lo afirma Torres, Vida, 31. Al año siguiente se continuaron dando misiones. En ninguna de ellas aparece el nombre de don Manuel (BEDT 5 [1862] 722, 743, 775, 791). J. B. Calatayud declara asimismo «que solo aparece una vez como tal misionero» (PO, f. 890V).
32. Torres, Vida, 32. Aún no había acabado su carrera en el seminario, pues hasta el 23–24 de mayo no se examina del 1.er curso de Cánones. En el libro Correspondencia y nombramientos: 1853–1880 vemos anotado su nombramiento el 1 de mayo y a título de «coadjutor» (TAPE, f. 51), lo que no impide que ya estuviera atendiendo a la aldea por mero nombramiento verbal. Así parece indicarlo el mismo don Manuel cuando en la primera plática que dirige a sus feligreses, hace referencia, como veremos, a la Cuaresma anterior. Como no era parroquia y pertenecía al arciprestazgo de Tortosa, de aquí que se le nombre como «coadjutor», «vicario», «regente», o también «rector», como le llama J. B. Calatayud (PO, f. 891v).
33. BEDT 3 (1860) 18 s.; 7 (1864) 1–27.
34. Borrador. (E. I, Predicación, 12.º, 36, 4 ff.).
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Primeros ministerios (1862–1869)
I. REGENTE DE LA ALDEA
1. Las burlas de un sacristán
Era entonces La Aldea un pequeño poblado, con numerosos caseríos que se adentraban en los terrenos, todavía sin cultivar, del delta del Ebro. Un área de tierra insalubre y pantanosa, cuyo centro rural quedaba pegado a la carretera de Valencia a Tarragona y al que servía de iglesia el conocido santuario de la Virgen de La Aldea. Al lado de éste se yergue una airosa torre de la época romana que, como tantas otras que se conservan en el campo de Tortosa, sigue todavía de centinela de aquellas feraces tierras. En esa iglesia, con sabor a labranza y a ricos perfumes de la huerta, iba a ejercer don Manuel su primer apostolado diocesano.
Le sirve de vivienda una pequeña y destartalada casa rectora pegada al santuario. Al otro lado, y unido también a éste, se conserva un tendido de galerías –medio ruinosas alrededor de la plaza–, donde los cofrades tortosinos poseían o alquilaban pequeñas celdas para los días de romería, animando los festejos y las corridas de toros que en ella se celebraban 1.
El cargo no dejaba de ser bastante humilde 2: a campo abierto y en medio de unos sencillos payeses dedicados a la labranza, que casi ni sabían expresarse en castellano. No se arredra por ello don Manuel, cuando se entrega a su obra con entusiasmos verdaderamente sorprendentes.
Así lo manifiesta en la primera plática que les dirige en su dialecto tortosino, del que traducimos los siguientes párrafos:
Carísimos hermanos: Al dirigirme a vosotros en este día, no puedo menos que pensar en las palabras que el profeta Moisés dijo al Señor, cuando éste le enviaba para que hablase en su nombre al Faraón y a los hijos de Israel: «Señor, ¿quién soy yo para presentarme ante ellos de vuestra parte?» y el Señor le contestó: «Ve; Yo estaré contigo».
Como Moisés, podía yo también decir al Señor: «¿Quién soy yo, Señor, el más indigno de vuestros ministros, para anunciar vuestras verdades a los hijos de la partida de Nuestra Señora de La Aldea?»...
Grande es la carga y la responsabilidad que pesa sobre mi; grande la cuenta que tendré que rendir a Dios de mi ministerio; pero confío en la bondad y misericordia de Dios, Nuestro Señor, que me dará fuerza para poderlo desempeñar. También de vosotros espero que no me habréis de ser, como los hijos de Israel, reacios y sordos a las voces amorosas que el Señor os dirija por mi conducta en este santo tiempo de Cuaresma; que seréis asiduos en asistir a los divinos oficios y en venir a escuchar mis instrucciones para disponeros a hacer una buena y santa confesión, y Poder de ese modo presentaros puros y limpios al Señor para recibirle en la Sagrada Comunión. ¡Madre Santísima de La Aldea, consuelo de la ciudad de Tortosa, he aquí la sagrada promesa que os hago en nombre de estos mis feligreses, de los que Vos sois Patrona!... 3
Lo curioso es que fuera el sacristán que entonces cuidaba del santuario, quien más diera que hacer al joven y poco experimentado regente. «Socarrón, travieso y burlesco», solía andar al acecho de todos –especialmente de todas– los que visitaban la iglesia para confesarse o para consultar con el sacerdote. Los comentarios maliciosos que luego iba propalando, hacían que muchos dejaran de acudir a él, inhibidos y un tanto avergonzados. A don Manuel aquello le sacaba de quicio. Por si fuera poco, sus descuidos, su comportamiento irreverente, y el modo altanero que tenía de tratar a los feligreses, hacía ingrata la visita de éstos al santuario.
El nuevo regente hubo de discurrir no pocas estratagemas. Una de ellas, la de levantarse a las primeras luces del alba, abrir personalmente la puerta de la iglesia y confesar o recibir las confidencias de los madrugadores, antes de que apareciera el temido y curioso sacristán 4.
A ello se unirían otras pruebas, más dolorosas por más íntimas, que le iban proporcionando sus sencillos y a la vez indiferentes payeses.
2. En diálogo con sus feligreses
A unos amigos que iban en peregrinación al santuario de La Aldea, les pe diría años más tarde que «rogasen a la Virgen por el que tantas lágrimas vertió en la soledad de aquella iglesia». Lágrimas aquellas de incomprensión y de silencio, ante la frialdad de unos feligreses ariscos, desconfiados y religiosamente incultos. «Ni descansaba, ni dormía» 5, y todo lo daba por atraérselos de alguna manera. Entre sus primeros escritos se conservan largos esquemas, y aun largas explicaciones que les daba en tortosino sobre sacramentos y puntos principales de la doctrina cristiana 6. Eran como toques de alarma, ofrecimientos, amigables correctivos y continuas llamadas del buen pastor:
Sí muchas veces pecáis por ignorancia y no por malicia –predicábales en un día de fiesta– tendréis alguna excusa y menos responsabilidad ante Dios; pero también es cierto que muchas veces obráis sin aconsejaros, porque no queréis ser instruidos sobre las obligaciones que tenéis...
Yo, de mi parte, carísimos hermanos, en cuanto me sea posible, cumpliré el deber que pesa sobre mi conciencia para que no os falten los conocimientos necesarios para salvaros y para caminar por la senda de la virtud. Procuraré practicar el consejo y mandato del apóstol San Pablo: «Esfuérzate por cuidar del rebaño que el Señor ha encomendado a tu custodia; predica la divina palabra, exhórtales a su tiempo y aún fuera de tiempo ... ». También yo, carísimos hermanos, aunque indigno del título de sacerdote y ministro de mi Señor Jesucristo, haré todo lo que esté en mí mano para satisfacer a esta obligación que tengo. Predicaré y os instruiré lo mejor que sepa, aunque hubiese de servir de ocasión de molestia y enfado a algunos de aquellos que se asemejan a las serpientes dormidas, como dice el profeta David.
La brecha se iría abriendo poco a poco con tales palabras, y con ellas el diálogo al que, por otra parte, también ayudaba la generosa disposición que de sí mismo brindaba el joven regente a sus feligreses:
Siempre estaré dispuesto –solía repetirles– a recibiros y escucharos con toda la caridad que el Señor me inspire, de día y de noche; y procuraré al mismo tiempo corregiros, ya en público ya en privado, deseando, asimismo, que si alguna cosa observarais vosotros en mí no del todo buena o sospechosa, me lo advirtáis, estando seguros de que no sólo no he de enfadarme, sino que os lo agradeceré en lo más íntimo de mi alma y os lo pagaré encomendándoos al Señor muy encarecidamente... 7
Uno a uno los iba buscando por sus casas y masías, o en el mismo trabajo del campo. Si alguien rehusaba el encuentro, o quería hacerse el despistado, solía dejarle alguna misiva, de esas que hoy pudieran parecernos un tanto ingenuas y sorprendentes:
Lo hago por Vd. –les dejaba escrito– y antes de acostarme y al levantarme por la mañana, voy a pedir a la Virgen de La Aldea la bendición para Vd.; para que le dé salud y gracia para hacer una buena confesión en esta Cuaresma; para que, ya que vivimos en la tierra tan separados, podamos al menos hallarnos juntos en el cielo 8.
Poco tiempo estuvo entre ellos, sólo unos seis meses 9, pero lo suficiente para ganarse el cariño y la confianza de aquellos pobres y sencillos aldeanos. Todavía en sus últimos años, Director General ya de la Hermandad y del colegio de San José, comentaba a veces con sus operarios: «Si oigo por la calle que me llaman Pae Vicari..., sin duda que se trata de algún vecino de La Aldea o del barrio de Santa Clara» 10.
II. EN LA UNIVERSIDAD DE VALENCIA
1. Curso de licenciado
El 10 de mayo de 1862 había tomado posesión de la diócesis el nuevo prelado don Benito Vilamitjana y Vila 11, a quien veremos en adelante como uno de los más incondicionales de don Manuel, amigo y favorecedor de sus empresas, y que en estos momentos, por destino de la Providencia, iba a hacer cambiar el rumbo de su vida pastoral.
Ya sabemos de la existencia en Tortosa del Instituto de Segunda Enseñanza, en el que la docencia religiosa corría a cargo de un profesor nombrado por las autoridades diocesanas. Hacía unos años que venía librándose en la prensa nacional una dura batalla acerca de la enseñanza que en ese sentido se daba tanto en las universidades como en los citados centros. Por una parte, los diarios absolutistas y monárquicos, La Esperanza, La Regeneración y El Pensamiento Español venían tachándola de irreligiosa. De otra, los diarios demócratas consideraban mentirosa y difamatoria tal afirmación, llegando hasta asegurar que la enseñanza estatal que en tales centros se daba era superior a la que se impartía en los mismos seminarios". Fuera o no verdad, el caso es que el nuevo prelado tortosino se fija en el joven regente de La Aldea y le manda ir al seminario central de Valencia a cursar y obtener los grados de licenciatura y de doctorado en Teología, a fin de que «se pusiera en condiciones académicas de poder ejercer la cátedra de religión y de moral» en el referido instituto 13.
El 9 de septiembre sabemos que deja don Manuel La Aldea y que a primeros de octubre se encuentra ya en la capital del Turia 14. El seminario valentino, que venía funcionando desde 1790, había sido elevado, a raíz del Concordato y junto con los de Toledo, Granada y Salamanca, a la categoría de Seminario Central en función de universidad eclesiástica, y por ello mismo con facultades para conceder grados mayores en Teología y Cánones 15. Con ello se convierte en uno de los seminarios más prestigiosos y poblados de España 16. Desde 1861 venía rigiéndose, en lo que se refiere a la vida disciplinar, por el nuevo Reglamento que le había dado el arzobispo don Mariano Barrio, y que habría de afectar de alguna manera, aunque ya fuera sacerdote, a don Manuel 17.
De su nueva vida académica nos han quedado pocas noticias 18: una serie de esquemas y de apuntes y algún que otro esbozo de tesis sobre dogma y moral, que tal vez tuviera que defender en las clases o en las obligadas conferencias que se celebraban durante el curso 19. Lo único que sabemos es que el 6 de mayo del año siguiente llega a conseguir el licenciado en Teología 20.
Pero en Valencia, don Manuel no se queda relegado a una vida de mero estudiante. Le siguen acuciando, y siempre con mayor intensidad, sus primeros fervores de apostolado.
2. Les daba «gritos de alerta»
Durante ese año vino a hospedarse en casa de una piadosa señora, doña Agustina Ragé, que vivía con una hermana suya, del mismo talante y religiosidad. Ambas se dan cuenta del fino espíritu de don Manuel, y le toman como consejero y director espiritual. Desde aquella casa iba a extender éste una continuada labor apostólica en favor sobre todo de las religiosas adoratrices, recién instituidas por su santa fundadora la Madre Sacramento, y de las jóvenes que ;aquellas iban recogiendo 21.
Un buen día, al acabar la misa, la santa madre invita a desayunar al joven y siempre precavido sacerdote. Como se diera cuenta de su timidez, le dice con aquella ternura maternal y la confianza que le eran características: «Para que no le dé vergüenza, voy yo a tomar el chocolate con usted». ¡Era el encuentro fugaz, en un simple desayuno, de dos grandes santos!
Desde «las Agustinas», como familiarmente llamarían luego los operarios a la casa de las dos hermanas, no deja de interesarse don Manuel por las personas que trata y dirigiera en Tortosa. Su correspondencia es frecuente durante este curso y en ella les sigue dando avisos y consejos, verdaderos «gritos de alerta» como alguna de ellas confesaría más tarde. Mientras tanto, no ceja en su continuado esfuerzo de vida espiritual 22. Durante el mes de mayo –de nuevo tenemos delante la correspondiente Guirnalda– se acentúan las avemarías, salves y demás mortificaciones. A ellas añade no pocos ratos «de oración mental», y entre sus peticiones especiales encontramos una que nos dice mucho del «hombre», a más del sacerdote, que lleva consigo don Manuel: «por el grado de licenciado, salud, destino, conservación de mi familia 23 y asistencia en las tentaciones de la carne» 24.
Pronto iba a tener ese destino que tanto le preocupaba. A finales de curso deja Valencia con su recién estrenado título de licenciado, pero no por ello olvidaría nunca a las que con tanto cariño le habían cuidado durante ese tiempo. En adelante, la casa de «las Agustinas» sería, hasta la muerte de las hermanas, el nuevo hogar valenciano de mosén Sol. Alguna que otra escapada hubo de hacer éste a Valencia para atender espiritualmente a doña Agustina, y como ella suspirara porque don Manuel la asistiera en la hora de la muerte, pudo lograr al fin ese deseo cuando le Regó su hora el 23 de abril de 1897. A don Manuel le dejaba por heredero de su modesto caudal para que lo dedicase a obras piadosas 25.
3. Ecónomo de la parroquia de Santiago
El primero de junio de este año de 1863 moría en Tortosa el encargado de la parroquia de Santiago o de San Jaime, situada en el barrio de Remolinos, y el mismo día era nombrado ecónomo, de la misma «el Ldo. don Manuel Domingo y Sol», quien se hace cargo de ella el 13 del mismo mes 26. La parroquia, además de pobre, andaba harto necesitada, «siempre vacía y con poca frecuencia de sacramentos» 27.
El nuevo ecónomo, como lo intentara antes en La Aldea, se propone reavivar la vida espiritual de sus nuevos feligreses: frecuencia de sacramentos, catecismo y predicación serían sus cometidos fundamentales 28. Reúne a los niños y a los jóvenes, visita las familias, se pasa largas horas en el confesionario, adecenta la iglesia y promueve el culto, sobre todo el de la eucaristía. Cuando deja la regencia de la parroquia, sus «fieles» le seguirán buscando durante largo tiempo, unos en el confesionario de la iglesia de San Blas y otros en el del convento de las Claras.
Sigue imponiéndose aquella necesidad por la que hubo de seguir sus estudios, un año antes, en Valencia. Ante la insinuación del Sr. obispo, don Manuel se hace cargo de la cátedra del instituto, por lo que ha de dejar, cuando apenas llevaba unos cuantos meses, la parroquia de Santiago.
III. PROFESOR DEL INSTITUTO
1. Apostolado con la juventud
Afirma don Juan Bautista Calatayud en una de sus declaraciones que don Manuel «cesó en el cargo de regente de Santiago en 5 de febrero de 1864, en la cual fecha fue nombrado profesor de religión y moral en el Instituto de Segunda Enseñanza» 29. Con todo, y por la estadística del clero diocesano aparecida en el Boletín del obispado el 6 de enero de este año, vemos a mosén Sol, de 27 años, «sin cargo» y «adscrito a la parroquia de la catedral» 30. Creemos, pues, que lleva razón Torres cuando precisa las fechas de la siguiente manera: «Desde 1.º de octubre de 1863 explicó don Manuel, en calidad de profesor auxiliar, la asignatura de religión y moral del Instituto de Segunda Enseñanza de Tortosa, por iniciativa del Excmo. Sr. obispo Vilamitjana. A propuesta del mismo, el 5 de febrero de 1864 el rector de la Universidad de Barcelona confirió oficialmente a don Manuel la mencionada cátedra» 31.
«Desempeñó tan honroso cargo –sigue diciendo este último–––, y desde el 18 de junio de 1865 el de secretario además, hasta que, al triunfar la revolución septembrina del 68, fue suprimida en los centros de enseñanza del Estado aquella asignatura» 32. A la razón apuntada y que fue general para toda España 33, podemos añadir una nueva que, a más de honrar a los tortosinos de aquellos años, nos da a conocer el influjo que ya entonces ejercía don Manuel en la ciudad.
Entre las disposiciones que iban llegando del Estado, se autorizaba la creación de establecimientos libres de enseñanza superior costeada por los ayuntamientos, diputaciones y aun por los mismos particulares 34. En Tortosa –recogemos el testimonio de Francisco Mestre, testigo del Proceso, de 64 años, cronista de la ciudad y colaborador cuando joven de don Manuel– «había un Instituto de 2.º Enseñanza, subvencionado por el ayuntamiento y del que eran catedráticos, nombrados por el Estado, algunos señores de ideas subversivas y revolucionarias. Para contrarrestar la influencia de estas ideas nocivas, el Siervo de Dios no solamente trabajó para el restablecimiento de la juventud Católica, sino que se propuso y consiguió, con acuerdo del Sr. obispo don Benito Vilamitjana y con la cooperación de los políticos del partido conservador, especialmente de don Teodoro González, el hacer desaparecer el Instituto, negando al efecto la subvención que daba el Excmo. Ayuntamiento. Realmente el Instituto desapareció» 35.
Mientras tanto, en sus cuatro años de dedicación a la cátedra don Manuel iba a ejercer un apostolado fecundo y duradero entre los jóvenes que acudían a las clases de dicho centro. Señalemos, en primer lugar, el discurso de apertura que le encargaron para el curso 1864–1865. Versaba sobre la Importancia del estudio de la Sagrada Escritura en el triple aspecto religioso, científico y literario. Su lenguaje, grandilocuente y retórico, al uso de la época, viene recargado de citas de Donoso Cortés, de Chateaubriand y demás apologistas católicos contemporáneos, a la vez que nos ofrece un profundo conocimiento de la historia sagrada y universal y un manejo nada común de los autores clásicos españoles y extranjeros. En la peroración final alaba al Gobierno de Su Majestad «que en su alto criterio ha querido que, además de las nociones elementales de religión en la primera enseñanza, se le asignara un curso que ocupara lugar preferente entre las asignaturas de la segunda, para que fuera como la puerta de la historia general y de la geografía y para que fuera más sólido ese cimiento, cuya historia, cuyos proyectos y ejemplos deben ser el báculo seguro en que debe apoyarse el hombre si quiere seguir con paso firme los resbaladizos derroteros de la vida» 36.
De sus lecciones conservamos, asimismo, numerosos apuntes y borradores: sobre historia sagrada, sacramentos, ética cristiana, etc. 37, en los que, a la vez del maestro, sobresale sobre todo el apóstol: «¡Oh! si meditáramos lo que es el pecado –les dice, comentando la doctrina sobre el pecado original–, veríamos lo que hacemos cuando lo cometemos. Vengo a vosotros como padre; no debéis asistir como una obligación, sino por gusto». A veces se extiende en una serie de consejos, que parecen sacados de sus charlas de ejercicios espirituales; los anota en esquemas concisos y contundentes:
Necesidad de la instrucción. Tamquam tabula rasa. Dios nos ha dado los talentos. Destino particular de cada uno en la sociedad. Sacrificio de los padres. Pues si en el orden natural, mucho más en el sobrenatural. 1. Porque es el principal negocio: Quid prodest. 2. El único para conseguir ganancias en el comercio. 3. Por gratitud. ¡Cuántos hay que no conocen su fin; Los indios ... ; el día del juicio. 4. Por utilidad en favor de los demás. ¡Cuántos se arrepentirán de no haber estudiado! 5. Por defender nuestras convinciones. ¡Cuántos caen por no saber defenderse! Es preciso ser valientes. Diógenes 38.
Fuera de la clase seguía buscando a los estudiantes para que se fueran ejercitando en las prácticas piadosas. Los acompañaba en sus paseos, «ampliando de este modo las explicaciones de los estudios de clase y llevándoles a la práctica de lo que les enseñaba»; y los llevaba a las iglesias de la ciudad, particularmente a la de San José durante el mes del sagrado Corazón de Jesús, etc. 39». Recogemos el testimonio de uno de aquellos estudiantes, notario luego de Reus, el Sr. Camps:
Al salir de clase en el mes de mayo reunía don Manuel a sus alumnos para practicar juntos el ejercicio de las flores en la iglesia de San Antonio, frente al altar de la Concepción. Alguno de sus discípulos se confesaba con él. Acostumbraba llevarlos de paseo en su compañía a las afueras de la ciudad donde, bajo su vigilancia, se divertían y jugaban, mientras él se entretenía leyendo. Solía enviar a alguno de los chicos a comprar dulces para obsequiarles. Al regresar, tenía mucho cuidado de que marchasen directamente a sus casas. Siempre que tenía que dar alguna queja o algún aviso, lo hacía con tal bondad que ganaba enseguida la voluntad de todos. Los quería entrañablemente 40.
De vez en cuando repasaba su comportamiento con ellos. «Instituto –leemos en unos de sus apuntes–: afecto a los chicos y resultados» 41. Y como si previera las empresas a que luego iba a dedicarse, piensa, ya por entonces, en establecer un colegio donde recoger y educar cristianamente a la juventud. Nos lo da a entender la carta que recibe en 1865 de un compañero suyo de profesorado, también sacerdote, en que éste se le ofrece y le pide noticias sobre el referido proyecto 42.
Además del Instituto, llenaban también su tiempo otras ocupaciones más o menos similares. Sabemos que en 1866 existía en Tortosa un colegio de «La Mare de Deu de la Cinta», para señoritas. Lo regentaba doña Asunción González, quien el 15 de abril de este mismo año lo traslada al piso segundo de la casa n.º 3 del «carrer» de la ciudad. De este colegio –recuerda Ramón Vergés, periodista tortosino–, era director espiritual «lo allavons licenciat mossen Manuel Domingo Sol», entonces de 30 años. «Sin duda –añade este mismo– aquí se orientaría por primera vez en el ejercicio de un fecundo apostolado, gloria de Tortosa» 43. Aquí y –añadimos nosotros– en esa primera experiencia que tuvo con la juventud en el Instituto de Segunda Enseñanza de Tortosa.
2. Bachiller en Artes y doctor en Teología
El dos de mayo de 1866 don Manuel era nombrado socio de la «Academia Bibliográfica Mariana» de Lérida. A este título honorífico añadiría en el mismo año otro nuevo académico, el de bachiller en Artes que, previo examen hecho en Tortosa el 8 de octubre, y con nota de sobresaliente, le fue concedido el 24 de diciembre siguiente por la Universidad Literaria de Barcelona 44. Era uno de los requisitos que necesitaba para poder continuar como profesor del Instituto.
Al año siguiente obtiene, 26 de febrero, el grado de doctor en Teología en el ya conocido seminario central de Valencia. Entre sus papeles hemos encontrado un billetito con el membrete de «Secretaría del Seminario Conciliar Central del Arzobispado de Valencia», en el que se recoge el enunciado de la siguiente tesis teológica: Post peccatum Adae non solum fuit natura humana gratuitís et supernaturalibus donis spoliata, sed etiam in suis naturalibus potentiis infirmata. Es la tesis que le tocó defender públicamente para la obtención del grado.
Como era costumbre, el doctorando permanecía durante las veinticuatro horas anteriores a la defensa en una celda del seminario e incomunicado. Durante ese tiempo, don Manuel escribió dos borradores de su tesis en latín, en los que demuestra tanto su pericia teológica como el manejo que, como ya hemos visto, tiene de los textos sagrados y de la doctrina de los Padres. Tampoco podía faltar esa fibra espiritualista con que entreteje siempre sus actuaciones. Como muestra, reproducimos en castellano una de las presentaciones que hace de la tesis:
Antes de entrar en la explanación de la tesis que me ha tocado en suerte, no puedo menos de elevar mis ojos a lo alto para que me venga el auxilio del Padre omnipotente, en el que no se da mudanza ni sombra de alteración y quien nos engendró en la palabra de la verdad; de su I–Ejo Unigénito, reparador del género humano, quien tomó forma de siervo, hecho a semejanza del pecado, para separar al hombre de él y restituirle en su primera gracia perdida por el mismo pecado; del Espíritu Santo, en fin, por el que se confirma toda virtud de los cielos, para que digna y felizmente pueda tratar las verdades que por ser verdad nos han sido reveladas. A tal exposición pasaré también apoyado en el favor de la Inmaculada Virgen de la Cinta, de san José y de santo Tomás de Aquino, doctor Angélico. Con lo que, y con la venia del presidente, enuncio la proposición siguiente que iré dilucidando cuan más brevemente pueda. Dice así: «Por el pecado de Adán la humana naturaleza no quedó tan sólo despojada de los dones gratuitos y supernaturales, sino también inficcionada en sus potencias naturales» [Y luego sigue a manera de introducción]: «¡Pecado de Adán! ¡He aquí una dolorosa verdad que tantos males y lágrimas ha traído al mundo! ¡Un dogma que conocemos por revelación y que comprobamos en nosotros mismos por la experiencia!.. 45.
A sus 31 años, don Manuel tenía por delante el camino fácil de los honores y de las prebendas. Sin embargo, y como mero cargo diocesano, pasaría gran parte de su vida como simple y sencillo confesor de monjas 46. No eran tales honores lo que iba apeteciendo por aquellos años. En una carta que dirige a su íntimo amigo don Froilán Beltrán, párroco primero de Alcover y más tarde de Alcanar, le deja caer una pequeña confidencia: «Yo bueno, pero corriendo sin alcanzar jamás el término de mis propósitos».
¿Cuáles serían estos propósitos? Lo del Instituto no iba del todo bien. Han cambiado de director y eso le preocupa. Se siente como desconcertado y hasta, sigue diciendo a su amigo, «le impone el cargo que tiene». Menos mal que termina la carta con una gotita de buen humor: «El gas–arbós ilumina ya nuestras calles y casas; la locomotora silba todos los días en la otra parte del río; el colosal y magnífico puente sobre el Ebro está ya muy adelantado». «Venga –termina diciéndole– a admirar de cerca los adelantos de nuestra patria» 47.
NOTAS
1. De 1149 es el documento fundacional de la iglesia–santuario. Desde entonces los tortosinos> primero el tercer domingo de septiembre, más tarde el dos de agosto y en la actualidad en los días siguientes a la Pascua de Pentecostés o en el citado tercer domingo de septiembre, se llegan en romería al santuario. De una de estas romerías, habida en abril de 1444, tenemos la siguiente referencia: «Fonch cosa solemne e piadosa com los infans anavent tots nus, batentse, e les infantes ab los cabells devant la cara, e homens e dones, e los canonges, e capellans tothom descals cridant grans crits: ¡Senyor Deu, misericordia! e plorant molt amargament». Solían ir por el camino de la Petja y en tiempo de pestes, riadas u otras calamidades llevaban la imagen de la Virgen a la catedral de Tortosa. Siendo obispo de la ciudad Bernardo de Oliver se dispone, en 1348, que fueran los tortosinos en procesión «a Santa María de la Aldeya quens hic don salut e ens guarde de aquestes malvados malalties e mortandats que son a la terra» (Tortosa, Arch. Municipal: Llibre de Provisions, Any 1348. Acords de Maig i Juny; cf. O'Callaghan, Los conventos de Tortosa..., 35; Bayerri, o. c. VIII, 335; Jover, Tortosa.... 46). Por el 1390 queda erigida la Cofradía, primero de marineros, patronos y navegantes, luego de pescadores y más tarde de huerta nos y labradores, «per lo sosteniment, augment e conservació de la yglesia e cases de la Santissima Verge de la Aldea dins dels termes de la present ciutat» (Tortosa, Arch. Municipal, Libros de Clavarios, año 1390). La parroquia, regentada ahora por don Manuel, fue trasladada en 1930, para mayor comodidad de los fieles, a la iglesia inaugurada el 8 de junio en el poblado contiguo a la estación del ferrocarril.
2. Unos años después, el Boletín del obispado publicaba una circular en que se ofrecía a los sacerdotes, que se brindaran a servir la coadjutoria ad nutum, la asignación de 2.200 a 3.000 reales y la promesa de buenos estipendios. Se les daba, asimismo, casa rectora, a la vez que se tenía en cuenta sus servicios como mérito especial para posibles ascensos (cf. Torres, Vida, 32). En 18 de octubre de 1860 –otro dato significativo–– era nombrado un nuevo coadjutor, pero el puesto queda vacante al poco tiempo (TAPE, Correspondencia y nombramientos.... f. 48v).
3. Torres, Vida, 33–34. Lo resume J. B. Calatayud (PO, f. 891r).
4. Calatayud, PO, f. 892r.
5. Ibid., f. 891v.
6. E. I, Predicación, 13.º, 84–101.
7. Torres, Vida, 35–36; también lo recoge J. B. Calatayud (PO, f. 891v).
8. Torres, Vida, 34.
9. «Cesó en el cargo de vicario de La Aldea el 9 de septiembre de 1862» (Calatayud, PO, f. 897r). Elías Ferreres dice, sin embargo, que estuvo en ella «cerca de 4 meses» (Ibid., f. 264v).
10. Declaraciones de J. B. Calatayud, Elías Ferreres, y Francisco Mestre (PO, ff. 891v., 264v, 73v).
11. De San Vicente de Torrelló, diócesis de Vich; era canónigo de la Seo de Urgel desde 1856, en cuyo seminario enseñaba teología y moral, De Tortosa, donde iba a ejercer un fructífero pontificado, pasaría al arzobispado de Tarragona en 1879 (O'Callaghan, Episcopologio, 254 s.; BEDT 5 [1862] 321).
12. Cf. La Cruz 1 (1860) 140. Es curioso la respuesta que a este respecto daba por aquellos días un profesor de Instituto: «Los que hablan con tanto desprecio de la enseñanza de nuestras universidades o institutos, hablan de lo que no conocen; los que hablan de la enseñanza irreligiosa que se da principalmente en los segundos, profieren una grosera calumnia. Yo puedo responder con mi cabeza a «La Esperanza», a «La Regeneración» y al «Pensamiento», pues tengo motivos para saberlo, que los alumnos de uno de los principales seminarios de España que se presentaron en los últimos años al grado de bachiller en los institutos de Madrid, daban compasión. Que no sólo eran muy inferiores a los alumnos de los institutos en matemáticas y ciencias, sino también en latín, en religión y en historia sagrada» (Ibíd 2 [18601 362–374; disputa periodística. Vindicación de los seminarios).
A pesar de ello, la enseñanza arreligiosa en los institutos iría cobrando terreno poco a poco. Mucho ayudan los decretos emanados del Ministerio de Fomento, de 26 de septiembre y 23 de diciembre de 1863, por los que se suprimía la intervención del episcopado en materia de Instrucción Pública, sobre todo en lo que se refería a la selección de textos (Ibid. 2 [1963] 450–458; 1 [18641 237–246).
Ve en la citada revista las páginas que dedica, entre 1863 a 1865, a este problema, con las exposiciones que llovieron de toda España, entre ellas las excelentes de don Cándido Nocedal y de varios obispos, contra la secularización de la enseñanza: 2 (1863) 166–170; 1 (1864) 57–65, 65–72, 89–99, 99–105, 106–109, 110–116, 505–513; 2 (1864) 354–358, etc.
13. PO, declarac. de J. B. Calatayud, 897r.
14. Ibid.
15. Cf. sobre el seminario valentino las excelentes publicaciones de V. Cárcel Ortí, Los orígenes del Seminario Conciliar de Valencia (1767–1793), Castellón de la Plana 1965; Primera época del Seminario Conciliar de Valencia (1790–1844), Castellón de la Plana 1967, y Segunda época del Seminario Conciliar de Valencia (1845–1896), Castellón de la Plana 1969. Desde 1823 ocupaba el antiguo palacio del conde del Real en la calle Trinitarios. Fue elevado a seminario central en 1853 y en este año se imprime el ritual de concesión de grados, que incluye las oraciones y fórmulas pronunciadas al entregar a los nuevos laureados el anillo, birrete y la muceta (Forma qua gradus ... , Valencia 1853, citado por Cárcel, Segunda época..., 29, nota 60).
16. Durante el curso 1864–1865 este seminario es el más poblado de España con 1.086 alumnos. Le siguen los de Vich con 1.085, León con 873, Astorga con 800 y Santiago con 784 (Guía del estado eclesiástico de España para el año de 1865, Madrid 1965, pp. 661–662; L. Sala–F. Martín, La formación sacerdotal en la Iglesia, 140). En 1867 su Libro de matrícula arroja un total de 1.456 inscritos, la cifra mayor de su historia; se le suele llamar, en aquel tiempo, «La Sorbona de la España eclesiástica moderna». Los grados de Teología y de derecho canónico se empezaron a conferir en 1853 y hasta el curso de 1880–1881 sumaron un total de 2.022 (datos de Cárcel, Segunda época..., 32–33).
17. Reglamento para el orden interior del Seminario Central de la Purísima Concepción y Santo Tomás de Villanueva de Valencia, Valencia 1861 (con 16 títulos y 121 artículos); al año siguiente añade otro para el personal directivo y docente (Cárcel en Segunda época, 36–37 los cita y resume). A don Manuel, corno sacerdote y externo, le atañerían más que todo los que se refieren al respeto debido a superiores y profesores, asistencia a clases, estudio y actos literarios, orden y disciplina que han de guardarse, exámenes, etc. (títulos 11, V, VIII, IX y X).
18. Se han perdido varios libros de secretaría, de los que habían de llegar a 1870. Sin embargo, y a tenor del Plan de Estudios de 1852, que ya indicamos y que entonces seguía vigente, repetiría, ampliadas, las materias que en él se indican para 6.º y 7.º de Teología.
19. Suele escribirlos en papeles con el membrete de «Seminario Central». Recogemos, por vía de ejemplo, alguna de aquellas intervenciones, de tan vieja, conocida y escolaresca literatura:
«Carissimi: Antequam ad repetitionem argumentorum deveniam necesse est aliquam praemittere ut mea propositio [acerca de la jerarquía y del oficio de los pastores] magis elucescat et Vestra argumenta in nihilum redigantur... Concludamus ergo... «Antequam ad explanationem theseos mihi externo sola sortitam eveniam, perutile et necessarium nobis est auxilium ab alto a Sanctissima scilicet Trinitate expetere ut divina gratia opitulante et intercessione B.M.V. titulo S. Cinguli adjutus, necnon Angelici Praeceptoris Divi Thomae Aquinatis juvamine confirmatus, possim verani explicare doctrinam atque errores sibi oppositos repellere ... » (E. III, Varios, 6.º, 68).
20. PO, declarac. de J. B. Calatayud, f. 897r.
21. Entre sus papeles se conserva una plática, que en la noche de Navidad de 1862 da en el «Colegio de Arrepentidas» de Valencia (E. I, Predicación, 1.º, 13).
22. PO, declarac. de J. B. Calatayud, fol. 897v; Torres, Vida, 37–38.
23. La unión familiar y el interés que se muestran los hermanos entre sí, los vemos reflejados también en la carta que por ese tiempo le dirige su hermano Francisco (cf. supra, p. 33).
24. E. III, Varios, 6.º, 96.
25. PO, declarac. de J. B. Calatayud, f. 897v.
26. Libro de Correspondencia y Nombramientos: de 1853 a 1880 (TAPE, f. 52v).
27. La religiosa que esto declara añade que «el sacristán salía con la azafata a pedir limosna para el culto con calza corta y roquete. El cura era muy viejecito y el vicario estaba siempre enfermo... Mosén Sol en pocos meses lo reformó todo» (Torres, Vida, 38, nota l). No encaja del todo la noticia, pues por los datos que recogemos del documento citado en la nota anterior, vemos que el párroco, Benito Sabaté, muere a los 53 años.
28. PO, declaraciones de J. B. Calatayud, f. 898r. Otros testigos recuerdan lo mucho que hizo mosén Sol en la parroquia y «cómo hablaba con gusto y con complacencia de los tiempos en que había estado en La Aldea y en San Jaime» (Ibid., declarac. de Salvador Rey, de 63 años, f. 287r).
29. PO, f. 898v.
30. BEDT 7 (1864) 5.
31. Torres, Vida, 39.
32. Ibíd. Lo mismo indica J. B. Calatayud (PO, f. 898).
33. Se la conoce también como «La Gloriosa» o «La Septembrina», por la que hubo de salir de España la reina Isabel II, dando lugar a una nueva época de persecución contra la Iglesia. Entre los principios generadores del nuevo Gobernador Provisional y que se traslucen en el Manifiesto del 25 de septiembre de este año, obraban la libertad de enseñanza, de pensamiento y de expresión, luego refrendados en la Constitución de 1869 (cf. La Cruz 2 [18681 358–63). Contra lo previsto en el artículo 2.º del Concordato, la Iglesia quedaba fuera de la participación en la instrucción pública. Era el triunfo de la postura ideológica del krausismo y los primeros intentos de la Institución Libre de Enseñanza (cf. Y. Turin, L'education et l'école en Espagne de 1874 á 1902. Liberalisme et tradition, Paris 1959, 1719; V. Cacho Viu, La Institución Libre de Enseñanza, Madrid 1962, 193). El Estado se responsabilizaba de la enseñanza oficial, pero de hecho se reconocía la más absoluta libertad de cátedra en punto a doctrinas, libros de texto, métodos de enseñanza, etc., dentro de los establecimientos oficiales (cf. J. M. Cuenca, Esudios sobre la Iglesia española del siglo XIX, 85 s.; P. A. Perlado, La libertad religiosa en las Constituyentes del 69, Pamplona 1970, 105 ss.).
34. Decreto de 21 octubre 1868 sobre la libertad de enseñanza (cf. Cacho, La Institución.... 144 s.). Se llegó incluso a proponer la abolición de la enseñanza religiosa en todas las escuelas del país, si bien no lo llegaron a aprobar las Cortes. Sobre las reacciones que se provocaron al respecto, de los obispos principalmente, cf. La Cruz 2 (1871) 521 s.; 3 (1872) 525.
35. PO, f. 73v. Cf. supra, nota 12, sobre el proceso de secularización de la enseñanza que ya se venía preparando.
36. Borrador del Discurso, 45 ff. E. III, Varios, 5.º, 9, f. 15).
37. Ibid., doc. 12 ss.
38. Ibid., doc. 79 y 80.
39. PO, declarac. de J. B. Calatayud, f. 899r.
40. «Pocos días antes de su muerte –sigue diciendo el señor Camps– me encontré con él [don Manuel] y después de conversar larga y paternalmente conmigo, me dio una cariñosa reprimenda: 'Parece mentira: no te acuerdas ya de mí. ¡Tanto como yo te quiero! Vienes a Tortosa y no tienes un momento para dar siquiera fe de tu vida. No dejo yo por eso de quererte igual, y en esta casa siempre tendrás una celda para alojarte y un cubierto en el refectorio...' » (cita de A. Torres, Vida, 40).
41. E. III Varios, vol. 6.º, 112.
42. Carta de 6 noviembre 1865, escrita desde Viñafranca del Panadés por el Rvdo. don José Nurí, profesor del Instituto (RAH, carp. 2, leg. 14, doc. 4).
43. R. Vergés, Espurnes de la Llar: Heraldo de Tortosa, 13 diciembre 1932, p. 1; cf. La Voz del Progreso, 14 abril 1866.
44. No hemos podido dar con la concesión del título en el archivo de secretaría de la Universidad barcelonesa. Con todo, ofrecemos el siguiente documento que obra en el archivo de la Hermandad:
«El Rector de la Universidad literaria de Barcelona
Por cuanto D. Manuel Domingo y Sol, natural de Tortosa, provincia de Tarragona, ha justificado que tiene hechos los estudios académicos que son necesarios para aspirar al grado de Bachiller en Artes, habiendo demostrado su suficiencia el día ocho de octubre último en el Instituto de Tortosa ante los examinadores que aprobaron los ejercicios a que se sujetó con la calificación de Sobresaliente,
En uso de las atribuciones que me están conferidas, y en cumplimiento de lo dispuesto en el Reglamento de las Universidades del Reino, expido título a su favor a fin de que sea reconocido como tal Bachiller en Artes.
Barcelona, veinte y cuatro de Diciembre de mil ochocientos setenta y seis. [Lugar del sello – fecha: año 1867]. Secretario General.
Título de Bachiller en Artes a favor de D. Manuel Domingo y Sol – Registrado en Secretaría al fol. 851 n.' 509» (RAH, carp. 1.º, doc. 1.º).
45. E. III, Varios, 6.–, 72, 5 ff. de borrador; en doc. 68, otros borradores, siempre con el membrete de la secretaría del Seminario Central.
46. Aunque podía hacerlo con todo derecho, «nunca usó de muceta para predicar, como de ordinario hacían otros» (PO, dedarac. de D. Agustín Lerat, f. 117v).
47. Carta de 27 diciembre 1867 (E. II, Cartas, 1.º, 1). En 1859 se había inaugurado el alumbrado público en Tortosa con quinqués de petróleo. El 27 de noviembre de 1867 se inaugura la fábrica de gas, instalándose 270 faroles en las calles. En el mismo año, el 4 de abril, llega a Tortosa la primera locomotora del ferrocarril en viaje de pruebas. El 8 de mayo siguiente se inaugura la línea Barcelona–Tortosa, iniciándose en ese mes, para la misma, las obras del puente sobre el Ebro. El 19 de diciembre llegaba el tren, desde Valencia, a la parte derecha del río. Los viajeros eran transbordados en tartanas por el puente de barcas. El puente, al fin, se inauguraría el 27 de julio del siguiente año (cf. Jover, Tortosa, 95 ss.).
5
Figura y talante de mosén Sol
I. «TENIA UN CARACTER. ATRAYENTE, DULCE Y PACIFICO»
No se nos oculta lo que supone, a tenor del título con que encabezamos el presente capítulo, resumir en sencillas pinceladas una personalidad tan compleja y variada como fue la de don Manuel Domingo y Sol. Con todo, y antes de adentrarnos en la exposición de sus grandes empresas, creemos oportuno decir algo de aquel talante o modo de ser, con que se nos viene presentando desde su primer apostolado tortosino. Ofrecemos, pues, estas notas que, a nuestro juicio pueden darnos una idea aproximada de ese su talante y de su recia y marcada personalidad.
1. En la intimidad del hogar
Cuando vuelve a Tortosa, don Manuel vive con su madre y hermanos en la casa pairal de la calle del Angel, a unos pasos del instituto y muy cerca también de la catedral. Poco tiempo le quedaría, sin embargo, para gozar de la compañía de su madre, por la que sentía una profunda veneración, amable y tiernamente correspondida por ella. Mientras estudiaba en Valencia, esta esperaba con ansiedad las cartas de su hijo. Cuando las recibía, daba en albricias una peseta al cartero y como alguna vez le advirtieran de lo excesivo de la propina, contestaba que, al contrario, le parecía todavía muy escasa.
A los tres años de la muerte de su padre, aquejada de un catarro pulmonar y después de recibir los Santos Sacramentos, moría esa santa madre a las 11 de la mañana del 6 de septiembre de 1864. Contaba entonces sesenta y cuatro años de edad 1. Don Manuel la asiste en sus últimos momentos y luego no acierta a separarse de su cadáver, repitiendo desconsolado: «¡Mareta meua! ¡Mareta meua!». La seguirá recordando durante toda su vida y si alguna vez hablaba de ella, jamás lo hacía sin visible emoción 2.
En la casa sigue viviendo con sus tres hermanos –José y Francisco, que se dedicaban a la construcción de carros y a la fabricación de jabón, y María, célibes los tres– hasta el fallecimiento del último de ellos, José, acaecida a los 78 años de edad el 9 de marzo de 1894 3. Con todo, desde que fundara el colegio de San José, tuvo en éste su residencia oficial.
En la primera etapa de su vida sacerdotal –testimonia el padre Joaquín Marro, S.J., misionero en Filipinas y emparentado con don Manuel– la casa del Siervo de Dios parecía un monasterio: tal era el recogimiento, la religiosidad y la devoción de aquella familia. Llegué a conocer aún a dos de los hermanos del Siervo de Dios: José, que era el mayor, y María, ambos de gran bondad y simplicidad de trato. A más del afecto de hermanos, sentían por el Siervo de Dios una grande y extraordinaria devoción. En cierto momento refería el Siervo de Dios, con sinceridad y con cierta gracia que dejaba transparentar una profunda emoción, las quejas que solía hacerle su hermano mayor cuando le veía hacer tantos viajes y prolongar sus ausencias de Tortosa más de lo que él hubiera querido... Venía a decirle poco más o menos: «No he querido casarme por vivir en tu compañía y ahora me dejas y te ausentas, mientras lo que nosotros queremos es estar contigo». Con ello manifestaba el hermano del Siervo de Dios no sólo el afecto y unión; también la necesidad que tenía de la protección de su hermano. Por ello, y para remediar en lo posible sus ausencias, solía encargar el Siervo de Dios a don José García, vicedirector de la Congregación y director espiritual del Siervo de Dios (como creo que lo fuera también de sus hermanos), que no los abandonara durante tales ausencias 4.
De hecho, y a pesar de ser el menor de los hermanos, Manuel preside a diario la vida familiar; por tarde que fuese, nunca se sentaban a la mesa hasta que él no llegaba para presidirla y bendecirla; todo se lo consultaban y sin su consejo nada se hacía que fuera de importancia. Por su parte les daba ejemplo de moderación y de religiosidad: frugal en la comida, nunca tomaba licores y con sus hermanos ayunaba varios días a la semana. Como dedicara muy pocas horas al sueño, éstos reconveníanle cariñosamente; solía contestarles que las horas de sueño eran las que más te dolían, por considerarlas como tiempo perdido 5.
Si a veces no congeniaban entre sí, era a causa de las limosnas que daba don Manuel. Recordando la condición de la madre, le repetían los hermanos que bien tenía a quien parecerse; y no se equivocaban en ello. Había dado orden a sus criados de que a ninguno de los que acudían a demandar limosna despidieran o trataran con dureza, por más importunos que se mostraran: «la pobreza –solía decirles– merece siempre todos los respetos y atenciones» 6.
En ocasiones se llegaría a calcular su patrimonio de 30 a 40.000 escudos, suma bastante considerable para aquellos tiempos. Poco a poco se iría desprendiendo de todo ese dinero para ayuda de seminaristas pobres, dotaciones de religiosas, colegio de San José, templo de Reparación, etc. Deseaba, y no dejaba de repetirlo de vez en cuando, que quería «ser pobre y morir en el hospital» 7.
Sus hermanos, «un tanto tacaños» en este sentido 8, le hacían sufrir por todo ello y a veces se unían otros disgustos de los demás miembros de la familia. «No quiero pedirte nada para mí; olvídame del todo –escribe a una persona en 1874–. Pero, en cambio, sí que te pido no olvides rogar constantemente por los individuos de mi familia, algunos de los cuales 9 tal vez me sirven de espina. Cedo cuanto puedas hacer por mí para que lo hagas en favor de ellos; y te lo encargo de un modo particular» 10. Atento a todos ellos, si alguno caía enfermo dejaba sus muchas ocupaciones y lo cuidaba personalmente sin consentir que ningún otro se molestara en ayudarle. Como nota curiosa recogemos el testimonio de una de las domésticas que tuvo la familia, Dominga Ferrer, del pueblo castellonense de Cinc–Torres:
Era admirable y perfecto el orden y la paz en el seno de la familia. El Siervo de Dios descansaba en los cuidados de su madre, como para no ocuparse sino de lo que tocaba a su ministerio sacerdotal. Muerta la madre, tanto el Siervo de Dios como sus hermanos, siguieron viviendo en el mismo orden y con la misma armonía, aunque al Siervo de Dios le vinieron a faltar algunos cuidados minuciosos de los que nunca se había ocupado. Cierto día su hermana le advierte sobre algunas prendas de vestir que le hacían falta. El Siervo de Dios queda un tanto sorprendido y ha de decirle que no puede comprar nada porque no tiene dinero para ello, por lo que han de dárselo sus hermanos. Por lo demás, su hermana tuvo también cuidado de estas pequeñas cosas y había de estar atenta porque con frecuencia faltaban cosas de casa, principalmente de ropa blanca del Siervo de Dios, que este iba dando a los pobres y enfermos. A veces se lamentaba la hermana de la prodigalidad del Siervo de Dios, sin que se atreviera a estorbarle en su generosidad. La casa parecía un monasterio, por el orden y el recogimiento, por la práctica de los ejercicios de piedad, la caridad y las virtudes de quienes la habitaban y por la frecuencia con que era visitada por pobres de todo género para ser socorridos; por sacerdotes y otras personas que tenían necesidad de consejo y de ayuda 11.
De esas limosnas no pocas tenía que hacerlas en secreto: a pobres vergonzantes, viudas desamparadas, madres de muchos hijos a quien sufragaba los gastos de la nodriza para alguno de ellos, otros pobres a los que de antemano tenía señalada una determinada pensión. Con frecuencia daba el encargo a su doméstica de llevar tazas de caldo y otras golosinas y regalos a enfermos necesitados. Y en otras ocasiones, lo mismo daba el dinero necesario para eximir a un seminarista del servicio militar, como hacía que le comprasen el borriquillo a una pobre mujer que solía venir de Vinaroz a Tortosa a ganarse la vida y a la que en una desgracia se le muere el jumento en el camino 12. A diario le ocurrían casos, a veces pintorescos, como el que contaba una de las criadas que sirvieron en la casa:
Sucedió una vez –declara– que tuve que ir en busca de don Manuel para darle un recado de parte de su hermana. Eran ya las nueve de la mañana cuando, al entrar en Santa Clara, me dirigí al confesionario donde le encontré abrazando a un ancianito, al cual consolaba con fuerte voz. Lloraba el ancianito a más no poder y mosén Sol, con aquel corazón de buena madre, le estaba acariciando, apretándolo contra su pecho. Yo, al ver que le tenía tan sobre él y que el ancianito tenía nevada la cabeza y con bastante cabello, tuve una sospecha, y no me equivoqué. Efectivamente, cuando el domingo por la mañana recogí las mudas, vi en la de mosén Sol un quinto [piojo] que sin exagerar era como un grá de ordí [grano de cebada]. Se lo dije a su hermana y le dio a ella por ver si había más; y al abrir la camisa por el cuello, vimos muchísimos más de todas clases. ¡Ay, su hermana, qué disgustada! Empezó a decir '¿Qué dirán les bugaderes [las lavanderas]?' En esto se presentó mosén Manuel y su hermana se desahogó: '¡Ya te dic yo, mossenye, cuanta gent mos bas portat! [¡Ya te decía yo, curita, cuánta gente nos has traído!]'
–No te enfades, María, le contestó su hermano, son viejecitos que vienen a confesarse. y ¡son de aquelles costes!
–¡Guay, pero no te'ls arrimes tant!... le replicó ella. Tengo todavía presente aquella cara de bondad, al par que de compasión, de don Manuel para con los pobrecitos. Cuántas veces oí que decían sus hermanas: ¡Mossenye algún día mos vendrá sense manteu; que'l aur'a donat als pobres! 13
Decididamente se mostraba incorregible. «Estando mi hermano en casa –repetía la previsora María– no tengo nada seguro». Ni siquiera la comida del día, con la que solía obsequiar a los visitantes o bien la daba a los mendigos. Entre sus preferidos entrarían luego los primeros colegiales ––«sus nobles estudiantes», como acostumbraba llamarles– que iría recogiendo en la casa de la plazuela de San Juan o en el palacio de San Rufo. Declara la citada Filomena Tarragó que cuando ella estaba recogida en la casa de los Domingo, don Manuel le daba «encargos para seminaristas pobres, a los que muchas veces llevaba provisiones desde la plaza del mercado» 14; o bien decía a su hermana: «Mira, compra mayor cantidad y envíalo a mis pobrecitos estudiantes»; o iba de un hermano a otro implorando ayuda. «¡Aquellos niños –les decía– que necesitan tres onzas de carne cada uno y no podemos darles más que onza y media ... ». Una vez, por tiempo de Pascua pidió a una de sus hermanas casadas (tal vez a Francia «que fue para él como una segunda madre» 15) que le hiciera unas monas «para sus niños». Tales niños eran nada menos que cerca de doscientos.
2. Semblanza espiritual
A pesar de una contextura aparentemente robusta, que nos presentan los retratos que conservamos de él, don Manuel era más bien de complexión delicada, lo que no cuadra del todo con las numerosas actividades que luego iría realizando. «Nadie puede explicarse –afirma su médico, don Felipe Santiago Vilá– su resistencia y moral» 16. Desde muy joven empezó a padecer de «humores de manos y cara», lo que le obligaba a ir de vez en cuando a los baños 17, o a guardar cama periódicamente 18. Sus achaques le hacen perder a veces el humor 19 y hasta a sentirse prematuramente viejo: «Mañana, 1.º de abril, cumplo ya 37 años: muchos y mal empleados»; «Hoy, 1.º de abril, cumplo 45 años y soy viejo del todo» 20. Ello no quita, sin embargo, que con el paso del tiempo vuelva a sentirse con nuevas energías. «Soy anciano ya ––escribe tres años más tarde– y poco puedo, pero ganas de poder hacer sí que tengo; no quiero morirme, sino vivir y revolucionar el mundo. Di a Jesús que no estoy contento» 21 ; o lo que escribe un poco más tarde: «Vivo sin vivir en mí y mi cabeza siempre está fuera de sí» 22.
De temperamento «dormilón» 23, pronto se acostumbra a levantarse temprano. En Tortosa, como ya lo hiciera en La Aldea, solía salir de su casa antes del alba y con una modesta linterna, por la deficiencia del alumbrado o porque se apagaban pronto los faroles, subía la enredada y costosa escalinata de las Claras para hacer su oración y atender el confesionario. Su tiempo lo reparte entre las actividades pastorales, ratos de estudio y oración. También se mortifica, como suele anotar en sus apuntes, «para reprimir los afectos, aunque estos sean útiles», o bien «por los escándalos que hubiera haber podido ocasionar» 24.
De sus primeros años sacerdotales son las notas que copiamos a continuación:
Sobre mi mismo: oración, mortificación, compostura.
Sobre los prójimos: enfados, desprecios, murmuraciones; desedificaciones en la ira. Sobre Dios: pureza de intención; multiplicar su gloria, siempre, en todas ocasiones. Sobre mí: oración: la hora entera, vencido el sueño; algún día hacer la segunda hora. Examen de un cuarto de hora o de cinco minutos, al menos a mediodía. Estación fervorosa. Examen riguroso general y particular a la noche. Examen particular rigurosísimo.
Mortificación: Una disciplina semanal; ayuno por el buen ejemplo, dos días. Soportar las molestias del calor. Comida: privarse de todo lo muy grato; y de todo, con parsimonia. Dar ejemplo de abstinencia. No quejarme de dolores ligeros. Eliminar comodidades en la cama. Alguna vigilia al Sacramento. Hábito de mortificación y sobre todo, indiferencia.
Prójimo: Callar en todo enfado y ofrecerlo a Dios. Hablar despacio y con mansedumbre. Sufrir las desatenciones.
Dios: Presencia de Dios, para activar todo lo de su gloria con pureza de intención. Examen particular: Pureza: apartar amabilidades, miradas, afectos tiernos. Paciencia monjas, devotas. Presencia de Dios ante seglares. Composición del cuerpo. Ganas de padecer cada día, como si fuera el último 25.
Hay algo que le preocupa sobremanera y sobre lo que de vez en cuando viene renovando sus propósitos. Nos referimos al uso que solía hacer del rapé o del tabaco en polvo. «Polvo: propósito de quitarlo del todo. Por ahora, dos al día», apunta en unos propósitos, a los que añade el siguiente razonamiento:
No tengo ataduras en el corazón: cargo, honor, ni interés... Tampoco afecto permanente a comida, bebida, fuera de las inmortificaciones o infidelidades, vg., agua en verano, que tengo pasión; pero no es un afecto permanente y puedo lograr la indiferencia. No hay atadura.
Pero tengo un hábito que no preveía me atara, y que lo adquirí para dejarme otro al cual no estaba muy atado. Pero me he atado. No puedo decir que me cause placer; solo, sí, que me acalla la inquietud adquirida como necesidad. En alguna ocasión creo que el efecto de este hábito me produce algún bien, vg., antes de misa. Efecto, y eso me acalla, y casi puedo decir que me encuentro y hasta podría hacerse por bien del alma. En alguna otra ocasión también. Mas en otras ni bien ni mal; y si en los trabajos, mientras que siento más y más fatigas: me enerva y quita vigor. A veces me remuerde; otras no, porque no veo placer ni ocasión de malos resultados: solo la infidelidad o libertad de espíritu... consulta ... Pero como oí que..., y otro médico, Vilá, usa, y aun un día que quería abstenerme veía demasiada inquietud, lo dejé estar y propuse no abusar, aunque no lo compro. He hecho la resolución: o todo, o parte, o probar 26.
De inclinación a la obesidad, en don Manuel brillaban las cualidades características de tales temperamentos: bueno y afable, abierto y atrayente, generoso a la vez que prudente, propenso a una ira que se empeña en reprimir, y dispuesto a llevar siempre adelante, con tenacidad y un dejo de «santo orgullo», todo aquello que se propone conseguir. Cuando más adelante se vea comprometido en la fundación del convento de Vinaroz y se le vayan presentando dificultades al parecer insalvables, se desahogaría con una de aquellas religiosas, la M. Escolástica: «Creo que teme [el obispo de Tortosa] que no lo terminaremos. Esto me alarma y hiere mi amor propio. Pedí al Señor que lo estorbara, si no era su voluntad, ¿y ahora tendría que soportar la humillación de no realizarlo? Mi orgullo se resiste. Pidan prontos auxilios a la divina Madre» 27.
Para mayor abundancia, recogemos algunas pinceladas que respecto a su carácter nos han dejado de él sus contemporáneos:
No era taciturno ni locuaz, sino prudente y atento. Sabía cuándo debía hablar y cuándo callar. No era amigo de burlas; su única graciosidad era la sonrisa. Tenía un carácter atrayente, dulce y pacífico. jamás se inquietaba ni estaba de malhumor. Decía lo necesario para edificar, bien aconsejar y hacer agradable la virtud. Su temperamento era tranquilo y tolerante, sin que por ello fuera insensible. Sabía dominarse y si era caso, también sabía resistir e imponerse. De carácter atrayente, afectuoso y afable. Era de estatura regular, más bien alto y un poco gordo. De temperamento equilibrado, no nervioso; reflexivo y por nada precipitado 28.
Años más tarde, cuando ya es conocido en los ambientes eclesiales españoles y romanos, mons. Vico, auditor de la Nunciatura de Madrid, le retrataría con frase segura y acertada: «Vd. pertenece –le escribe– a una raza de hombres que difícilmente pierden coraje frente a las dificultades. Por tanto, con la protección divina, espero que su constancia debe ser recompensada con éxito favorable» 29.
Ese era el joven clérigo que poco a poco se iría haciendo familiar en toda Tortosa, con su «sotana sin mangas, balandrán dentro de casa, en la calle siempre con manteo y sombrero», y en invierno con aquel su inseparable y ancho paraguas; nunca se le vio usar otro «ornamento u objeto que desdijera de su carácter sacerdotal» 30. Y sobre todo se haría muy pronto célebre por las numerosas obras «de la máxima gloria de Dios» que irá llevando a cabo, de manera que todavía nos impresione el que tales y tan continuadas pudieran caber en el ánimo de un solo hombre. Sueña siempre con nuevas empresas, anima, promueve, y ni descansa ni deja descansar a los que con él colaboran. A veces recurre a métodos, que hoy pudieran parecernos ingenuos e infantiles, tales como el de repartir estampas y escapularios, abastecer de cilicios a las religiosas, escribir billetitos de devoción, etc. Eran sus tiempos y a través de ellos tenemos que juzgarle. En compensación, se nos presenta como el gran iniciador de la acción católica entre los jóvenes y las familias, pregonero de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús y a los Stos. Angeles de España y de Tortosa 31, promotor de la reparación a Jesús Sacramentado, apóstol de las vocaciones religiosas y sacerdotales, etc. De estas actividades iremos dando cuenta en los siguientes capítulos.
II. SENSIBLE A LOS HOMBRES Y A LOS SIGNOS DE LOS TIEMPOS
1. Amistades de mosén Sol
Desde primera hora don Manuel es hombre de amigos. De los 46 anchos volúmenes que conservamos de sus manuscritos, nada menos que 22 están dedicados a su correspondencia, desde 1867 a 1909. Sus destinatarios son numerosos y variados: jóvenes y religiosas, casados, seminaristas, sacerdotes, obispos, personajes de la corte y de la curia, canónigos, estudiantes, etc.
Desde el principio y luego durante muchos años, mantiene una deliciosa correspondencia con su buen amigo D. Froilán Beltrán, ya conocido de nosotros. Intimo de la familia, a el le cuenta sus preocupaciones y proyectos, sus penas y alegrías y hasta, de vez en cuando, le deja caer esas gotitas de buen humor y de gracejo de que vemos salpicadas gran parte de sus cartas. «Estoy decidido –le escribe en 1867– a hacerle tragar cuantas injurias de palabra y por escrito se ha atrevido a proferir contra mi formal persona, demandándole ante el tribunal del mundo entero para que me devuelva mi ultrajada honra, desfacer mis agravios ... » 32. Y en otra, del siguiente año: «Si no estuviera Vd. tan cansado y no lo fuera yo tanto, aprovecharla un momento para entretener su cansada imaginación y buscaría hilos para tejerle una gacetilla, que es lo único a que puede aspirar mi numen, o cuando más algún discurso monjil, dándole algunas reglas de mística parda» 33. Otras veces le «recrimina» porque tiene «muchas picardías» que «si tuviera humor se las haría pagar», para terminar pidiéndole al final que «le venga a consolar un poco». «Estoy cansado», «tengo poco humor», le confía en otras ocasiones, así como cosas que le afectan o que están ocurriendo en su familia: su cuñado Barján, casado con su hermana Agustina, que ha tenido un ataque de apoplejía; la hija de su hermana Roseta de 20 años, que se ha ahogado en el Ebro en una triste y lamentable desgracia; la muerte de sus tías, etc. 34. En adelante irá teniendo también otros confidentes; el bueno de don Froilán es el de primera hora y lo seguirá siendo a lo largo de su vida.
Otro de sus íntimos fue el párroco de la catedral, aquel sacerdote, Gabriel Duch que le bautizara, como ya dejamos apuntado 35. Don Manuel le toma como modelo, siquiera sea recordando la impresión que le causaba cuando, con los demás niños, asistía a la catequesis que les daba en los aledaños de la catedral. «Duch –escribiría más tarde–, su conversación, su caminar, su colocación de manos, el concepto que yo tenía de su instrucción, el respeto que me inspiraba me producían una devoción y emoción extraordinarias, hasta que ya le traté con mayor intimidad; y aún después me encantaba ... » 36. Lo compararía con su también amigo Mariano García 37 del que afirma que, «a pesar de ser tipo tan diferente de don Gabriel Duch y haberlo tratado íntima y familiarmente (y es natural que la intimidad desvirtúe el mérito).... era, con todo, un espejo de imitación en su celo, en su ordenación de tiempo, en su aplicación, en todo ... ». La frecuencia de trato que tenía con él, así como con otros sacerdotes exclaustrados, vg. los superiores del –seminario, hace que éstos le llamaran ya cariñosamente «nuestro fray Manuel» 38.
Continuas e íntimas fueron sus relaciones con los padres jesuitas que habían vuelto a Tortosa en 1864 para establecerse en el ex–convento del Jesús, con uno de los cuales, el padre Mach, sabemos que mantuvo relaciones epistolares. Sin embargo, la amistad que más beneficios produciría en el joven mosén Sol, y que iba a perdurarle, íntima y estrecha, por toda la vida, sería la del citado lectoral de Tortosa y profesor suyo en el seminario Benito Sanz y Forés. Su colaborador en la catequesis y compañero de paseos, de los que más tarde recordaría tan sabrosas conversaciones, don Manuel le ayuda en sus primeros apostolados con la juventud. Cuando «don Benito», como éste solía llamarle familiar y cariñosamente, se traslada a Madrid en 1866, por haber sido nombrado abreviador del Tribunal de la Rota, confía a mosén Sol la dirección de numerosas de sus hijas espirituales. A una de éstas escribía desde la Corte: «Mucho me alegro que encuentres tan bueno y mejor en el confesionario a mosén Manuel. Ya verás cómo te va bien y te servirá mucho». Y a otra: «Aprovecha el tiempo y haz visitas al confesionario. Verás cómo mosén Domingo te enseña a ser toda, toda de Jesús».
El 8 de noviembre de 1868 fue consagrado el señor Sanz y Forés obispo de Oviedo. Desde allí escribía a su entrañable amigo de Tortosa: «Querido Manolín: Diga cuanto quiera de mí. Paso por todo, menos porque diga que no le quiero. Si estuviera usted aquí, vería cómo no tiene razón... El callar yo no es razón para que se calle usted; que bien sabe ... » 39. En adelante veremos la importancia que para don Manuel y para sus empresas tuvo la amistad, el cariño y la confianza que siempre le prestara este ilustre purpurado de la Iglesia española 40.
Asimismo fraternal y de por vida es la amistad que le une con el fundador de la «Compañía de santa Teresa de Jesús», don Enrique de Ossó. Conocióle don Manuel, que le llevaba cuatro años de edad, siendo ambos estudiantes en el seminario de Tortosa 41. Los últimos cursos de su carrera los pasó don Enrique de Ossó en el de Barcelona. Asiste don Manuel a su primera misa en el monasterio de Montserrat el 6 de octubre de 1867 y concibe tal aprecio de sus buenas cualidades –refiere una religiosa teresiana– que a su vuelta no tenía bastante boca para alabarlo, y a todos parece que quería comunicar el deseo que él abrigaba de que le ayudase en sus primeras obras apostólicas. «Lo haremos venir, porque creo que hará mucho bien a Tortosa». Al curso siguiente don Enrique empezaba a dar clases de matemáticas en el seminario tortosino, y muy pronto, como lo iba realizando ya mosén Sol, empezaría a trabajar en el apostolado juvenil, especialmente femenino.
A veces confesaría el mismo don Manuel que «se sentía movido a cooperar con don Enrique a la obra de la Compañía de santa Teresa de Jesús; más, consultado el caso con persona para mí poco simpática, me aconsejó que tendiera el vuelo por otra esfera: la que más adelante me ha sido señalada por el Espíritu divino».
Con Ossó rompe don Manuel sus primeras lanzas en el campo periodístico, como enseguida veremos 42; con él peregrina en agosto de 1877 al sepulcro de santa Teresa en Alba de Tormes y siempre le ayudará en sus empresas como fiel consejero y eficaz apoyo 43. Cuando muere «su don Enrique», como solía llamarle, escribe desde el convento de Sancti–Spiritus de Valencia, el 27 de enero de 1896:
La noticia de su muerte se propagó rápidamente, sorprendiendo a todos mucho por lo inesperada, y más a nosotros, que tuvimos el consuelo de saludarle unos días antes, y ver que los trabajos continuos no le habían quitado alientos ni hecho mella en su robusta salud. Hijo de esta diócesis, hizo sus estudios en nuestro seminario, del cual fue después profesor, distinguiéndose siempre por sus condiciones de carácter y atrayendo hada sí el respeto de cuantos le rodeaban, aunque estos se llamaran condiscípulos y amigos... Descanse en paz tan benemérito sacerdote, honra de nuestro seminario, gloria de Cataluña, apóstol incansable de la Doctora Avilesa, y no olvide desde el cielo a los que en la tierra nos honramos con su amistad 44.
Mérito era, pues, de nuestro joven sacerdote el haberse sabido ganar desde sus primeros apostolados tales y tan valiosas amistades.
2. Atento a los acontecimientos de España y de Tortosa
Malos tiempos corrían tanto para España como para Tortosa cuando don Manuel está para dejar el instituto y se siente un tanto preocupado por su nuevo destino 45. «El triunfo y consolidación de la 'Septembrina'» (1868) –escribe el profesor Cuenca Toribio– inauguró en la historia del catolicismo español una capítulo inédito y rigurosamente desenraizado. Las medidas adoptadas en el terreno religioso por las diversas juntas en las que se atomizó el poder en las últimas jornadas de septiembre e iniciales de octubre, configuraron una situación profundamente novedosa, comparable tan sólo con la generada por la 11 República y, en algunos aspectos, con la comenzada a bosquejarse tras el Vaticano II. Mientras que todos establecían la libertad religiosa, su maximismo anticlerical reforzaba en numerosas localidades los efectos de los desmanes de que había sido víctima el culto católico y sus ministros, así como diversos enseres y edificios durante las primeras horas de la revolución» 46.
La jerarquía eclesiástica estaba a la expectativa, esperando que pasara aquella primera oleada anticlerical y las cosas volvieran a su cauce. Pero las medidas persecutorias parecían ir en aumento. «Sucesivas leyes determinaron la expulsión de los jesuitas, la supresión de todas las comunidades religiosas fundadas a partir del decreto dado por el ministro Calatrava en 1837, la desaparición de las Conferencias de San Vicente de Paúl, la anulación de las subvenciones estatales a los seminarios y el 6 de diciembre del mismo año de 1868, la derogación del fuero eclesiástico hasta tanto no se entablasen negociaciones con Roma en vista a la conclusión de un acuerdo definitivo en tal materia» 47.
No se hizo, pues, esperar la reacción, viva y contundente del episcopado. Sobre todo denuncian el reconocimiento civil y jurídico de la libertad de cultos que, a más de que vulneraba el texto concordatario, era considerado como una grave ofensa al sentimiento mayoritario de los españoles, «un fuerte obstáculo para la paz ciudadana y la consecución del bien temporal de los ciudadanos». «En un país en que la polémica religiosa alcanzaba temperaturas de ebullición; en el que se llegaba al linchamiento de una autoridad que sólo cumplía con su deber; en el que los discursos y controversias ateas se enseñoreaban de los círculos intelectuales y de las tribunas de los clubs, y las sátiras y caricaturas anticlericales más nauseabundas llenaban las páginas de gran número de periódicos, la nueva Constitución de 1869 consagraba, al fin, una de las banderas nunca arriada por los sectores más ardientes del liberalismo ochocentista desde los días de Cádiz; la libertad de cultos» 48.
A la libertad de cultos sigue en 1870 el reconocimiento del matrimonio civil, las insistentes reclamaciones de separación completa entre Iglesia y Estado, las dificultades puestas a nuestros prelados para que asistieran al Concilio Vaticano I (1869–1870) a más del reconocimiento de la supresión de los Estados Pontificios, los propósitos de secularización de los conventos, supresión del presupuesto del culto y clero, etc. 49. De otro lado, «el levantamiento de algunas partidas carlistas, de las que se sospechaba contaban con el concurso del clero, en el mismo verano de 1869, dio nuevas alas al radicalismo de los gobernantes madrileños, que parecen imprimir la tónica a sus relaciones con la Iglesia» 50.
El movimiento fue acogido a su vez en Cataluña, dando motivo a una mayor expansión de las tendencias republicanas y federalistas, que hace que se convierta pronto en un fenómeno de masas al amparo de los evidentes adelantos en que se hallaba el Principado respecto a las restantes zonas del país. En Barcelona se forma en seguida una junta revolucionaria y se llevan a cabo medidas anticlericales, que al extenderse por todo el territorio promovieron igualmente graves protestas de los obispos catalanes, concretamente del arzobispo de Tarragona Francisco Fleix y Solans y de los obispos de Tortosa y Barcelona, Vilamitjana y Montserrat y Navarro 51.
Al igual que el de Barcelona, el de Tortosa dirige el 29 de octubre una representación al Ministro de Gracia y justicia, Sr. Romero Ortiz, contra la aplicación de la ley del 18 del mismo mes. Y con el de Tarragona, eleva una nueva exposición, protestando contra las actitudes que en materia religiosa habían adoptado, respectivamente, las autoridades de Reus y Tortosa 52.
Como los de Reus se ufanaban de haber sido los primeros en implantar en España el matrimonio civil, la junta revolucionaría de los de Tortosa negaba a prohibir las procesiones exteriores del culto católico por estimarlas alteraciones del orden público. «No vale –alegaba el obispo Vilamitjana en su Exposición– aducir peligros de conflictos y de perturbaciones de orden público. ¿Estamos tal vez en Ginebra o en el Japón? España, a Dios gracias, no es patria de herejes o país de infieles. En España hay, desgraciadamente, indiferentes prácticos; hay también algunos librepensadores o incrédulos; pero los primeros, si son fríos en religión, no por eso la aborrecen ni mucho menos la mofan–, creen y hasta desean amar; y al fin, en la hora de la muerte, –si no antes, despiertan del letargo a la luz de la eternidad, ven claro, y se arrojan resueltos en brazos de tan buena Madre. Los incrédulos aborrecen, es cierto; pero en España guardan para sí su odio, contenidos por el propio buen sentido enfrente de la actitud religiosa de la inmensa mayoría. ¿De dónde, pues, nacerían los conflictos? ¿En dónde está el peligro de las perturbaciones del orden con motivo de los actos públicos del culto católico?» 53.
En este contexto hemos de movernos, si queremos valorar, en todo su contenido, las futuras actuaciones de don Manuel. Por ahora se limita a promover una verdadera campaña, con tintes de exaltación religiosa, entre los católicos tortosinos. «La fe ha obtenido un triunfo –habla a seguido de una función de desagravios celebrada en Tortosa el día de la Ascensión de 1869–, y a pesar de las prevenciones de la impiedad y sin que mediara excitación alguna; y a pesar de las voces continuadas que se habían propalado de impedir esta solemnidad, Tortosa está de enhorabuena: Tortosa..., la patria de tantos héroes y mártires de la legitimidad 54, dominada desde septiembre por el cinismo de unos cuantos revolucionarios que la han impuesto su despótico yugo, haciéndola desaparecer, deshonrándola, como anticatólica ... » 55.
A don Manuel le duele la España de entonces, y de manera particular «su Tortosa»: «Estamos bajo la presión de la crisis más peligrosa de cuantas ha atravesado nuestra madre patria. El presente nos inquieta, la incertidumbre del porvenir nos angustia. ¿Quién podrá calmar las agitaciones de nuestro corazón?... ¡Tortosa, patria mía! Muchos han sido tus pecados; muchas también tus tribulaciones. ¡Cuántas ofensas hemos presenciado en estos años! ¡Cuántos castigos nos (te) ha amagado la Providencia! ¿Qué se ha hecho [del aquella paz a la sombra de la cual un día vivías feliz? ¿Cuál ha sido nuestra situación (la intranquilidad) de algunos años a esta parte?» 56.
En momentos de suprema generosidad llega a ofrecerse él mismo como víctima propiciatoria por la salvación de España y de Tortosa, e invita a sus amigos a que hagan lo mismo. Sobre ello reproducimos otro de sus testimonios, de 1871, cuando está pensando en fundar un nuevo instituto de religiosas, dedicadas a reparar de modo especial al Sagrado Corazón de Jesús:
«Eran los primeros días de la revolución de 1868. Catedrático entonces del instituto y con el cargo de director de las religiosas en que todavía continúo [la Clarisas], tuve que presenciar muchos extravíos; los pecados que entonces se cometían en mi estimada patria angustiaban mí corazón, como el de todas las almas buenas, y temía un castigo del cielo. Algunos se ofrecieron a Dios víctimas y el Señor los aceptó. Yo también me ofrecí, y el Señor sin duda no me quería. ¡Quién sabe cuántos males detuvieron 57».
Como medida de propaganda utiliza El Amigo del Pueblo, que dirige su amigo Enrique de Ossó, para el que escribe numerosos borradores que afortunadamente se han conservado. Siguiendo la línea adoptada por los obispos de la provincia tarraconense, pasa con ellos al terreno de la interpelación y a la exigencia de unas razones que, por imposibles y arbitrarias, difícilmente podían ofrecerle sus contrarios. De este modo, cuando se trata de suprimir conventos y de expulsar a las religiosas, les argumenta decidida y contundentemente: «¿A qué principio del programa liberal podrá invocarse para arrancar a las religiosas de sus asilos? ¿La libertad de asociación? ¿La libertad de cultos? ¿La inviolabilidad del domicilio? Todos ellos claman a favor de su conservación...
No se nos invoque la conveniencia política, pues ésta no debe oponerse a las leyes de la justicia, que es ley de suprema conveniencia... Los conventos de religiosas son como los eternos centinelas de las generaciones a través de la noche de los siglos, que nos elevan de continuo a la idea de una vida superior a la del cuerpo; son como las lámparas del santuario dedicadas a arder ante Dios durante el sueño de nuestra tibieza y de nuestra indiferencia ... » 58.
A don Manuel –no le preocupa la política; durante su vida se mostraría siempre enemigo de ella: «¡Oh fatales preocupaciones políticas! –escribe a uno de sus operarios– ¡Jesús nos libre de ella, a todos, a todos, a todos! » 59. Pero no puede dejar de advertir, y sobre todo en estos tiempos, de los peligros que una política sectaria podría ocasionar a los ciudadanos. De aquí que siga clamando cuando bajo el llamado tripartito liberal, de Prim, Serrano y Topete (1868–1870) se aborda el tema religioso en las Cortes Constituyentes, –recordemos su tristemente célebre sesión de las blasfemias– y se llega a proclamar en ellas la libertad de cultos (6 de abril de 1869); o cuando ve que en Tortosa se celebra en ese mismo año el primer Congreso federalista donde se pretende reunir a Cataluña, Aragón, Valencia y Baleares en un estatuto de regionalismo autónomo, «para todo lo que se refiera a la conducta del partido republicano y –a la causa de la revolución» 60. «Las Cortes Constituyentes del Reino –advierte a sus lectores– van a abrirse; cuestiones de mucha trascendencia van a ser discutidas... No nos ocuparemos de la cuestión política de forma de gobierno; aunque vital, aunque de mucha importancia, esta cuestión, la diferencia de pareceres..., imposibilita el obrar con una acción común y unánime. Una cuestión hay, sí, que pertenece a todos, que nadie puede mirar con indiferencia: la cuestión religiosa, la cuestión de cultos. Todos somos católicos: ¿qué español hay que lo niegue en el fondo de su corazón?... Si algún español pudiera haber sin fe, sería para no tener ninguna; porque si se resolviera a aceptar alguna, sería la católica. ¿Quién hay que pueda dudar de esta afirmación? Pues bien: la cuestión de libertad de cultos va a solventarse en las Cortes Españolas, en las Cortes representativas del sentimiento del pueblo español; ¿Y se sabe bien claramente lo que es la libertad de cultos? Es el reconocimiento práctico de la igualdad entre la verdad y el error...» 61.
Con la llegada del nuevo rey, Amadeo de Saboya, lejos de amainar la tempestad, empeora. «En ésta –escribe don Manuel en 1872–, aunque tranquilos, aguardando el reinado de los rojos, sobre todo desde el descalabro de Cabrinetti 62, porque Barcelona dará el mal ejemplo de tropelías y desmanes» 63. Y los desmanes se irían repitiendo en Tortosa a cuenta de los «cipayos tortosinos», ¡como él mismo los llama; «esos que clamaban contra la existencia de los ejércitos y piden ahora su aumento, organización y disciplina; los que predicaban la abolición de la pena de muerte y multiplican los asesinatos; los que aparentaban aborrecer la empleomanía y devoran con afán los destinos; los que querían libertad de imprenta y la ponen una mordaza». «Pero, ¿dónde vamos? –exclama entre irónico y desenfadado–; cada uno de sus principios los escarnecen» 64.
No es posible fiarse de ellos y lo advierte a todos con valentía: «Hazañas de nuestros hombres republicanos ... ; nuestros prohombres democráticos, los amantes del orden, de la libertad, del respeto al individuo; los procuradores del libre ,sufragio, de la inviolabilidad, etc. etc., están haciendo heroicidades dignas de los cafres... Que lo mediten nuestros liberales porque el día que exasperado el honrado sufrimiento de la gente de bien, se resuelva a una defensa, además de lícita, necesaria, ya saben que cuentan con más valor y más elementos que ellos, que no tienen otra virtud que una villana cobardía... Y cuando amanezca el día... que no se quejen de las justas represalias de un pueblo tanto tiempo burlado con sus insultos...» 65.
En 1873 se va don Amadeo y sigue la 1 República, triste panacea de cantonalismos, motines, anarquías, y desafueros de toda clase. Don Manuel prepara entonces otro artículo, que hubiera debido salir en El Amigo del Pueblo y de cuyo borrador entresacamos la siguiente proclama:
A los verdaderos españoles:
El Gobierno que se llama republicano ha venido a posesionarse de la ya trabajada Nación española. Es la última fase de la revolución en España. El mismo Gobierno confiesa que es la última esperanza de libertad, esto es, que después de ella ya nada queda para probar y nada puede ya subsistir, ni pueden resolver los Gobiernos que se han ensayado.
Ahora bien: ¿qué conducta debemos seguir los españoles verdaderos, esto es, los que no participamos de las ideas extranjeras, que son las que han dominado en los Gobiernos de nuestra Patria de algunos años a esta parte? Muy marcada la tenemos. Si el actual Gobierno es fiel a sus principios y no hace lo que los anteriores que al subir al poder han rasgado su programa, nada tenemos que hacer: nuestra actitud debe ser pasiva. Solo debemos procurar no tomar parte en sus manifestaciones, en sus luchas, en sus disensiones; que ellos solos bastarán para desacreditarse y apresurar el tiempo de los principios españoles, y nada tendremos que ver con ellos.
Pero si, siguiendo el ejemplo de los otros revolucionarios que les han precedido, reniegan de su programa; si el proclamar la libertad de asociación se convierte en tiranía contra las sociedades que no les plazcan; si la independencia en opiniones religiosas se convierte en persecución contra el catolicismo; si la fraternidad en robo y pillaje.... entonces ¡preparémonos, españoles verdaderos!... Recordad la frase del inmortal Aparisi, que pocos meses antes de morir 66 decía ya: «El que no tenga arma que la compre y el que la tenga que la guarde; y el día de la justicia y de la ley, que no está lejano, se les pedirá, no con la venganza sino con la justicia, ojo por ojo y diente por diente»... No se requiere más que actitud, decisión y materia prevenida... No seáis ya vergonzantes católicos, ni os dejéis llevar por la cobardía de vuestro espíritu... ; secundar toda empresa dirigida al bien del catolicismo y de la monarquía 67.
Puede verse, pues, con qué intensidad repercutían en el corazón de don Manuel las desventuras de la Patria. En esos años suele repetir intenciones de misas «Pro Hispania», «pro necessitatibus Hispaniae», «por nuestra España» 68; y por ella pedía oraciones en las «súplicas» de sus fervorines. Felicitando a una señora en el día de san José de 1873, anunciaba a modo de coletilla: «Que el Protector de la Iglesia nos mire compasivo. Que mueva el brazo de Jesús. Que derrame sus bendiciones sobre la pobre España, y luzcan días tranquilos para el bien de las almas. Esto le pedirá usted en este día, sin olvidarse de mí y de su Tortosa. Seguimos tranquilos en ésta, pero temo no sea presagio de tempestades. El infierno hará un esfuerzo último, tal vez decisivo, si Dios no ata sus bríos, como confío al mismo tiempo. Hay muchos motivos para temer y muchos para confiar» 69.
También provocaba su temor la falta que se iba sintiendo de sacerdotes y de vocaciones. Pasada la primera tormenta, escribía a su primo el padre Marro el 28 de abril de 1882: «Van falleciendo muchos sacerdotes y se ordenan pocos. Pida a Jesús por el aumento de vocaciones eclesiásticas y por la desaparición de las leyes de quintas, que han venido a mermar las pocas vocaciones que había. ¡Pobre España nuestra! ... » 70. Y años más tarde, en una fiesta del Reservado en el colegio de Tortosa, decía a sus seminaristas: «Pedidle a Jesús en primer lugar por nuestra pobre España. El año anterior, el día de san José, os recomendaba oraciones por ella. Dios no ha querido, aparentemente, escuchar nuestras oraciones por los pecados sociales y políticos que han convertido en solitaria a la que era la señora de las gentes. Pedidle que por la intercesión de los Santos españoles, se conviertan las actuales humillaciones en gloria de Dios y en nuestra verdadera restauración» 71. Todo lo que a ello se refiriera le obsesionaba y por ello trabajaría sin cesar: «Formar un apostolado de todos los sacerdotes –solía repetir– y salvar a España: ¡Esa es nuestra ambición!» 72.
3. Amor al Papa. Su primer viaje a Roma (1870)
Con el amor a España don Manuel compaginaría, a través de toda su vida, un grande amor a Roma y al Papa. Desde los primeros años de su sacerdocio tenía vehementes deseos de visitar la capital del orbe católico. El 24 de mayo de 1870 podía escribir con este motivo a su amigo don Froilán: «He decidido ir a Roma y así lo tengo indicado a mi familia. Desde que resolví hacerlo, después de la contestación que tuve de mi prelado, me ha sobrevenido una aprensión tal, que no sé si es tribulación o mal presentimiento o que no es la voluntad de Dios. Mañana D.m., lo pondré en manos de El y me resolveré. En caso afirmativo, saldríamos ya el domingo próximo, 29, junto con el cura de Alfara y el de Mora y Ossó [don Enrique] y tal vez Corominas [don Juan, canónigo y rector entonces del seminario]. Encomiéndeme a Dios y que nos bendiga, si marchamos» 73.
Es curioso que como en este, también en otros incidentes que le ocurrirán más adelante, don Manuel se muestre a veces un tanto inseguro y escrupuloso. Necesita consejo y lo busca o bien en sus directores espirituales, o bien en sus mismos amigos. Ahora tenemos el testimonio de uno de éstos, el padre Ferigle, S.J., que sobre el mismo particular le escribe desde Toulouse (Francia): «Amadísimo don Manuel: Acabo de leer su favorecida última. Me alegro infinito que lleguen a su realización los sueños dorados que tanto tiempo ha bullían en su imaginación... No sé por qué tiene temor de emprender un viaje tan hermoso. Nada hay que temer por ahora ... » 74.
Al fin pudo salir de Tortosa el deseado día 29. De todo el viaje fue haciendo una especie de Diario, del que sacamos tanto el itinerario que con él siguieron sus compañeros peregrinos, como las impresiones, siempre edificantes, que le produjeron los lugares que recorrieron y los personajes que fueron conociendo 75. Recogemos las que pueden ofrecernos mayor interés.
De Marsella, a donde llegan en ferrocarril, salen para Civitavecchia en el vapor «Esteban». Muy accidentada debió ser la travesía, pues, durante ella, a continuación de la palabra «malestar ... », añade otras harto significativas: «Un voto ... », «otro voto».
El 3 de junio veía por vez primera la Ciudad Eterna. Lo primero que hace es visitar a los obispos Vilamitjana y Sanz y Forés que estaban en Roma con ocasión del Concilio. Luego comienzan sus peregrinaciones por las iglesias y monumentos de Roma, asomándose alguna vez a las sesiones conciliares en que participaba el mismo papa Pío IX. El día 16, fiesta del Corpus Christi, pudieron presenciar la solemnísima procesión alrededor de la plaza de San Pedro. Apunta entonces en su «Diario»: «Bello efecto de Pío IX con el Sacramento. Entrada en la basílica. Subida al palacio. Recogimiento de Pío IX. Vuelta a casa con el prelado de Tortosa. Calor en el puente ... ».
En la tarde del 12 visita por vez primera el edificio de Montserrat –iglesia y hospital nacional de los españoles– y saluda al rector del mismo; el 20 celebra la santa misa y entra por vez primera también en el convento de trinitarios españoles de via Condotti: lugares ambos que tanta importancia habían de tener, años después, en la vida de don Manuel, sin que entonces ni de lejos pudiera sospecharlo. Ese mismo día fueron recibidos en audiencia por Su Santidad. El 21 «misa en San Andrés de los jesuitas [noviciado de la Compañía de Jesús], en el altar de san Estanislao. Primera impresión. Ofrecimiento de mi vida a Jesús ... ». El 4 de junio, en la iglesia de san Andrea delle Fratre, con ocasión de unas solemnes exequias que en ella se celebraban, conocen a un joven zuavo pontificio, el príncipe Alfonso de Borbón, hermano de don Carlos; días más tarde le visitan y le hacen entrega –notemos esta faceta monárquico–carlista– de una santa cinta que para él les habían dado en Tortosa.
Otro día conocen al padre Claret, de quien quedan impresionados por su gravedad y modestia. El 30 de junio partieron de Civitavecchia para Marsella y el 11 se encontraba ya don Manuel en Tortosa. Otras impresiones no tenemos del viaje, a no ser las que deja caer en una carta –la única que sepamos que escribe desde la misma Roma y en la que encontramos algunas noticias, a más de gráficas, significativas del carácter de don Manuel:
No me encuentro –dice– muy bien esta tarde y he dejado ir a mis compañeros y aprovecho un momento para ti, ya que estoy solo, por más que no tenga mucho humor... Puedes creer que quedé muy complacido de tu carta, pues estaba como ansioso de saber algo de esa. Dios te lo pague. Yo te lo recompensaré encomendándote a Dios y enviándote alguna bendición. Además de la satisfacción de la carta, el día 7 tuve una tarde feliz. Fuimos con don Benito 76 y demás a Santa María la Mayor, donde había rogativas y acudían infinitas congregaciones de vestas 77 de mujeres en procesión, comunidades religiosas, etc. Hicimos un ratito de oración y después pasamos a Santa Práxedes que está muy cerca, y donde se conserva la columna de los azotes donde fue atado el Señor y donde se conservan las reliquias de más de 2.300 mártires. Hicimos un gran paseo yendo los dos solos delante, pero como sabes que don Benito es tan charlatán, no salimos de la conversación sobre el Concilio. El creía que podríamos vernos todos los días y está algo resentido, pero no ha podido ser hasta ahora ... ¿Qué te diré de Roma? Hay muchas cosas buenas, muchos recuerdos, etc., etc.; pero, no sé si tengo el corazón demasiado pequeño, que después de verlo todo no encuentro aquella satisfacción que observo tienen los demás. Te confieso que casi desearía volverme, pero no lo digo a los compañeros, ni quiero que tú lo digas. Sin embargo, no por ello me arrepiento de haber venido, porque al me. nos descansaré esta temporada... 78.
4. Confidente y director de espíritus
El texto que acabamos de transcribir da lugar para que nos fijemos en otra de las facetas que desde el principio fue también característica de sus actuaciones y apostolado. Nos referimos a su «oficio» de consejero, confidente, o en frase ya consagrada, de director de almas. Entre sus cartas abundan las que en este sentido dirige a numerosas personas y sobre todo, con delicadeza aunque con ostensible predilección, a las religiosas. Este campo se le daba muy bien a don Manuel, como lo reconocen sus mismos amigos. «Dios le ha hecho a usted para monjas» le dice con cierto gracejo Sanz y Forés en una carta de 1868 79. Y cuando años antes éste ha de dejar Tortosa para ocupar su nuevo cargo de Madrid, aconseja a una de aquellas personas a quien dirigía espiritualmente: «Mira, te he buscado un director del que nunca te ha de pesar, Es aún joven de edad, pero de mucha virtud. Yo te aseguro que es un sacerdote que promete y que dará mucha gloria a Dios» 80.
Efectivamente, don Manuel, entonces con 30 años, ya tenía fama de varón espiritual y circunspecto, con esa prudencia y delicadeza que siempre ha requerido la Iglesia para cargos tan delicados. Le ayudaba un don de gentes que todos le reconocían y la confianza que inspiraba su trato y conversación, En La Aldea, en Valencia o en la parroquia de Santiago se lleva tras de sí a gentes de todas las condiciones sociales. Y ahora, su confesionario de la iglesia de San Antonio o de San Blas, como enseguida serían los de los conventos de las Claras o de las Sanjuanistas, se verían asediados por los que a él recurren en busca de consejos, de ayuda o de consolación.
Desde que llega a Valencia en 1863, solía ir al vecino pueblo de Ulldecona para confesar y atender espiritualmente a unas religiosas. Igualmente lo hacía con otras de Tortosa, y ya se manifestaba en él un «algo» especial para escoger de entre las jóvenes a quienes pudieran sentirse con vocación de monjas 81. «Lo que importa –le escribía Sanz y Forés– es que entren buenas; a Vd. toca hacerlas santas. Le cuestan a Vd. esos mongios dinero y paciencia.. Delo por bien empleado, ya que le encomendarán a Dios» 82.
Don Manuel lo venía haciendo desde que era seminarista 83 y en los primeros años de sacerdote, como se lo recordaba, en 1897, a sus buenas monjitas de Ulldecona: «Yo no puedo olvidar, y esta tarde lo recordaba, cuando jovencito todavía se me invitaba –y yo aceptaba con sumo placer– la venida a este pueblo para visitar a las monjas, que se me hacía por personas muy queridas de mi familia... Y luego, ya sacerdote, joven aún, en tiempo del Sr. Vilamitjana, dediqué algunos viajes y me sentaba en el confesionario... Y no puedo olvidar la historia del levantamiento de esta nueva iglesia... Y pude presenciar la alegría de esta casa el día de su inauguración, en la cual se me honró, sin merecerlo, con ser el celebrante en aquella famosa fiesta. Tareas posteriores y caminos que el Señor me ha abierto posteriormente han cortado la cadena de aquellas comunicaciones exteriores, pero no el hilo de mi afecto a esta casa, que está basado en tantos recuerdos» 84. Y años antes, en 1874, confiaba a una religiosa del convento de la Purísima de Tortosa: «Este nombre –¡convento de la Purísima!– absorbía mí mente y mi corazón los primeros años de mi sacerdocio. En él tenía puestas todas mis ilusiones hasta que el Señor me marcó otros campos» 85.
Tal apostolado le sigue absorbiendo durante su estancia en Valencia. Su amigo don Froilán le escribía desde allí, en 1868, con familiaridad un tanto picaresca: «No deje de venir usted [a Valencia], que las Marías han empapelado la sala para cuando llegue el hijo mimado». Y luego: «Anteayer fui a ver a las Marías y como usted puede suponer, nuestra entrevista fue cordial y afectuosa por demás. Mosén Sol fue la salsa... No menos afectuosa y cordial fue la visita que hice ayer a las del santo Hospital. Cuentan que cada vez que oían el silbato del tren pensaban que venía yo, llevándoles como fiel mensajero nuevas de su bienaventurado padre... ¡Jesús, y qué hijas más amables! Todo lo sufren con gusto: penalidades, sufrimientos, sacrificios... Todo les causa placer: las enfermedades, las mortificaciones, la cruz... Pero, con lo que no pueden, lo que se les hace imposible, es la pérdida de su padre mosén Manuel Sol... » 86.
Desde lejos le seguía animando el Sr. Sanz y Forés en tan difícil y delicada tarea. A veces le felicita por «haber entregado a Jesús algunas esposas»; otras se alegra de que «siga santificando a su rebaño y se logre el fin propuesto». «Dios le ha hecho a usted para monjas –le repite de nuevo–; va usted a adquirir fama. Lo mismo fue salir yo de esa que hacer explosión las vocaciones comprimidas o en infusión y poblarse los claustros, en cuanto a la tibieza de mis prisas y rabietas se sobrepusieron los ardientes rayos de sol. ¡Bien!» 87. Las mismas madres de familia recomendaban a sus hijas que fueran a ver a don Manuel. «Ponte buena, hija mía –solía decir una de ellas–; disponte para ir a Tortosa con el intento de ver a mosén Sol, al varón santo de Dios» 88.
Tenía, igualmente, el don singularísimo de conocer e intuir vocaciones. Así lo confiesa un ferviente admirador suyo, don Juan Aragonés, párroco de Sierra Engarcerán: «¡Era un santo! Olía las almas buenas y con divino instinto las conocía». Cuando se ponía al alcance de su mano alguna de las que él entendiera ser «buena para amiga del Señor», según decía santa Teresa, no la dejaba ya. Una religiosa del Real Monasterio de San Juan de Jerusalén, sor Josefina Sol, parienta de don Manuel, escribe:
Mi primo hermano, mosén Sol, venía a mi casa como visita de familia, pues amaba mucho a mis padres. Yo tenía pocos años y le tuve por un ángel. Sus conversaciones eran edificantes, y cuando hablaba de las religiosas yo le escuchaba con mucho gusto. Me decía que eran ángeles, los pararrayos de la ciudad, víctimas por amor de Jesucristo. Sus dulces palabras quedaron grabadas en mi tierno corazón. No dudo que Dios nuestro Señor, por medio de él, me llamó a la vida de clausura con tanta fuerza, que nada del mundo me detuvo para entregarme enteramente a Jesús 89.
Tanto a ésta como a otras les proporcionaba libros para que se preparasen, breviarios, profesores de canto, etc., así como les costeaba parte o a veces la dote entera para entrar en el convento. Con la sencillez de una muchacha de pueblo, nos cuenta lo que le sucediera a ella misma la antigua doméstica de la casa de don Manuel, Filomena Tarragó:
Conocí al Siervo de Dios, cuando tenía 16 ó 17 años, en ocasión de venir de mi pueblo a ver la procesión del domingo de Ramos, que por aquel entonces se celebraba con mucha solemnidad. El motivo de conocerle fue por el deseo que tenía de ver un convento de monjas que nunca había visto, y para satisfacer mi deseo me llevaron a la iglesia de Santa Clara. Vi a un sacerdote en el confesionario y pregunté quién fuera él. Las que me acompañaban me dijeron que era el señor vicario de las monjas, don Manuel Domingo y Sol. Me vinieron deseos de confesarme y así lo hice.
El Siervo de Dios se dio cuenta de que yo no era de Tortosa. Me preguntó por mi casa y familia y que si tenía vocación religiosa. Como yo era huérfana de padre, encomendó al cura de mi pueblo para que hablara con mi madre y la pidiera autorización para que yo me quedara en Tortosa y para que aceptara la propuesta y la protección que me ofrecía el Siervo de Dios para prepararme a ser religiosa. El cura de mi pueblo que intervino en todo este asunto, era don Juan Bautista Descarrega, condiscípulo y amigo del Siervo de Dios, cuya familia me había acompañado a Santa Clara y me había dado hospitalidad durante aquellas fiestas.
El Siervo de Dios me propuso estudiar música y aprender un poco de canto bajo la dirección del maestro de capilla de la catedral don José Vilas, y durante todo este tiempo viví en casa del Siervo de Dios más como una persona de la familia que como una criada, únicamente con el encargo de obedecer y ayudar a la señora María, hermana del Siervo de Dios 90.
A veces las jóvenes no querían confesarse con él por miedo a que las convenciera a hacerse religiosas 91; otras, las mismas madres se ponían en guardia para que el lladre–ladrón o «robador de almas buenas», como a veces decían de él, no se llevara a sus hijas para monjas. «Tienen razón las pobres –comentaba luego sonriéndose– ¡Mosén Sol es un lladre y aún no saben todas sus mañas!» 92. Y no faltaron ocasiones en que por esta causa más de alguna familia le pusiera en verdaderos aprietos. «Estos días estoy pasando una crisis terrible –decía en marzo de 1880– por una joven que quiere entrar en Santa Clara contra la voluntad de su familia. Creo entrará y moverá ruido su entrada». Poco después volvía a escribir: «Esta [Cinta Franquet] entró el jueves último y hubo una tempestad horrorosa en casa al saberlo, y su padre quería matar a mosén Sol y mis pobres hijitas me aconsejaban que me escondiera. Pero ya ha pasado un poco la tormenta» 93.
Su discreción de espíritus, sin embargo, le ponía en guardia sobre aquellas o aquellos que intentaban pasar al estado religioso sin tener a su juicio las debidas cualidades o la suficiente preparación. De ello tenemos también testimonios abundantes: «Tú no has de ser monja; tú te has de quedar en él mundo para ser el ángel de tu familia; tú te has de quedar en el mundo, porque entre los dos lo hemos de salvar». «Que Jesús la haga muy sufrida y resignada y muy prudente y un apóstol del Corazón de Jesús en su casa»; «Le digo a Jesús que estaré igualmente contento de que me la coloque en medio del mundo, sin consagrar, o consagrada también en medio del mundo; que yo le haré trabajar en cosas de su gloria, y que igualmente le daré gozoso mi bendición paternal» 94.
A unas y a otras atendía igualmente. Tal era la fuerza de atracción que iba ejerciendo, desde sus primeros años de apostolado, el joven sacerdote tortosino.
NOTAS
1. Partida de defunción: «Martes, día seis de setiembre de mil ochocientos sesenta y cuatro, Yo, el infrascrito, Pbro. cura de la Santa Iglesia Catedral de Tortosa, provincia de Tarragona, di sepultura eclesiástica en el cementerio de la misma al cadáver de Josefa Sol, viuda de Francisco Domingo, de esta ciudad e hija de los consortes Juan Sol, labrador de ésta y Manuela Cid, de Santa Bárbara, de esta provincia. Murió el día antes, de catarro pulmonar, de sesenta y cuatro años de edad, en la calle del Sto. Angel. Recibió los Santos Sacramentos y testó ante D. Ramón Guardiola, notario de ésta. Antonio Montané» (TAPC, Libro de óbitos: 1863–1870, vol. 13, n.º 186, f. 75v).
2. A. Torres, Vida, 43.
3. Por los datos que dimos supra, p. 22, nota 4, vemos que Francisco muere en 1888 a los 63 años y María en 1891 a los 58.
4. PO, declarac. de J. B. Calatayud, f. 906r.
5. Ibid., declarac. de María de la Cinta, fol. 140v; Torres, Vida, 45.
6. Ibid.
7. PO, declarac. de Francisco Mestre y de María de la Cinta. Esta calcula que son 20.000 (ff. 85r, 140v). En el testamento de los padres de don Manuel (de 25 junio 1848), éstos dejan 100 libras de plata para misas que han de aplicarse por cada uno; 200 duros a Francisca y Rosa por sus legítimas y 300 a Agustina para la misma; a María y Josefa 400 duros respectivamente. A don Manuel el piso donde viven, «sin perjuicio de la obligación de patrimonio eclesiástico que le tenemos constituido»; y a los otros hijos varones por herederos universales (RAH, carp. I, doc. 18).
8. PO, dedarac. del pbro. don Salvador Rey, f. 287v.
9. Refiérese a uno de sus cuñados, apunta Torres: Vida, 44, nota 3.
10. Ibid.
11. Lo recoge J. B. Calatayud: PO, f. 911r, así como testimonios parecidos que oyó a Froilán Beltrán, que tanto frecuenta la casa de don Manuel, y al arcipreste de Tivisa, José Miraballs.
A otra joven necesitada, Filomena Tarragó, luego maestra nacional, la recogió también en su casa mosén Sol durante cuatro años y medio para que se preparara aprendiendo canto y otros menesteres a entrar de monja en Santa Clara. Solo tenía el «encargo de obedecer y ayudar a la señora María, hermana del Siervo de Dios» (PO, declarac. de la misma, f. 556).
12. Ibid., declarac. del pbro. José Curto, f. 186v.
13. Ibid., declarac. de Elías Ferreres, f. 264v; Torres, Vida, 46–47.
14. PO, f – 556v.
15. Ibid., de Beatriz Gombau, de 78 años. Francisca vivió durante bastante tiempo en la casa contigua a la de la madre de la declarante (f. 580v).
16. Ibid., declarac. de Francisco Mestre, f. 82v.
17. Carta a Froilán Beltrán, 15 noviembre 1872: «Tengo cierta aprensión a verme precisado a los baños todos los años, si me lo pueden excusar los humores de mis manos y cara que hasta ahora no han hecho más que indicarse y no se han presentado como el año anterior» (E. II, Cartas, 1.º, 22).
18. «Acabo de levantarme de la cama, donde he estado tres días de un constipado. Doce años hacía que no había estado un día en la cama» (Carta a la madre Juliana, de Vinaroz, 7 marzo 1880; E. II, Cartas, 1.º, 111). Cuando dirige su primera plática a las religiosas de Santa Clara, al hacerse cargo de la vicaría y con sólo 31 años, les confiesa que «tal vez, con el tiempo, [el cargo] podrá ser un motivo de quebranto a mi ya no muy buena salud». Era el 15 de marzo de 1868 (V. el texto completo de la plática, intra, 100–103).
19. «Si no estuviera Vd. tan cansado y no lo fuera yo tonto, aprovecharía un momento para entretener su cansada imaginación». «Mi queridísimo amigo: Dos palabras porque estoy triste y amohinado»; «Tiene Vd. muchas picardías; si tuviera hoy humor se las haría pagar, per¿ tengo muy poco ... ; venga a consolarme un poco» (Cartas a Froilán Beltrán, de 2 agosto 1868, 24 mayo 1870 y 8 enero 1871; E. II, vol. 1.º, 3, 6 y 12). «No pue mes. Estic aufeganme» (Carta a la madre Escolástica, de Vinaroz, 29 diciembre 1877; Ibid., 2.º, 52).
20. E. III, Varios, 6.º, 114; carta de 1 abril 1881 a doña Ramona Puchol; E. II, Cartas, 1.º, 124.
21. Ibid., 2.º, 21: carta a sor Dominga Gimeno, 9 junio 1884.
22. Ibid., U, 49: carta a la madre Escolástica, de Vinaroz, 18 noviembre 1877.
23. PO, declarac. de J. B. Calatayud, f. 905r.
24. Guirnaldas, citadas, de 1565, 1566, etc. (E. III, Varios, 97 y 98). Solía infligirse las penitencias ante una auténtica calavera, que guardaba con llave en uno de los armarios de su despacho (Torres, Vida, 49).
25. E. III, Varios, 6.º, 129: papeles sueltos.
26. Ibid., 130.
27. E. II, Cartas, 1.º, 44: carta de 13 julio 1877.
28. PO, declarac. de Francisco Mestre, María de la Cinta y José Curto; ff. 85v, 139r, 188v.
29. RAH, «Cartas a don Manuel», carp. 18, leg. 2, doc. 3; PO, declarac. de Juan Estruel, f. 1917v.
30. Ibid., f. 190r; declarac. de José Curto. En plena revolución de 1868 le dice en carta a una señora: «No he venido personalmente, pues es mucho sacrificio para mí el dejar el hábito talar» (E. II, Cartas, – 1.º, 18).
31. Cuando, como ya hemos dejado indicado (cf. supra, p. 26, nota 16), se quiere echar abajo la capillita de la calle de su nombre, don Manuel trabaja por disuadir al ayuntamiento de tales proyectos. Económicamente ayuda a su reparación y procura que se siga celebrando su fiesta con la solemnidad de otros tiempos. Luego hará imprimir una estampa del Angel Custodio de la ciudad y será de los primeros a quienes se le ocurra levantar un monumento al Santo Angel de España en el Cerro de los Angeles (PO, declarac. de Francisco Mestre, f. 80v). De ello trataremos infra, p. 148s.
32. E. II, Cartas, 1.º, 2: carta de 27 julio 1867
33. Ibid., doc. 3: carta de 2 agosto 1868. En ella se firma «Dr. Sol», lo que solamente hace con los que tiene gran familiaridad.
34. Ibid., doc. 12, 21, etc.: Cartas de 8 enero 1871, 21 noviembre 1872, etc.
35. Cf. supra, p. 23, nota 5.
36. Cita de Torres, Vida, 49.
37. Sobre don Mariano, cf. supra, p. 58, nota 19.
38. Cita en Torres, Vida, 49.
39. Carta del señor Sanz y Forés, 28 diciembre 1871. (RAH, «Cartas a don Manuel», carp. 18, doc. 6).
40. Don Benito Sanz y Forés nace en Gandía el 21 de marzo de 1828. Profesor en el seminario de Valencia, pasa a ser canónigo lectoral de Tortosa en 1857. Abreviador del Supremo Tribunal de la Rota en 1866, obispo de Oviedo en 1868, arzobispo de Valladolid en 1881 y en 1889 de Sevilla. Fue creado en 1893 cardenal de la Santa Romana Iglesia. Muere en Madrid el 1 de noviembre de 1895 (ASS 4 [1888] 113; 14 [1881] 193; 22 [18891 326; 25 [18931 387). (Cf. un esquema biográfico que del mismo hace don Manuel [E. III, Varios, 6.º, 19] y la nota necrológica que aparece en El Congregante de noviembre de 1895. Pueden consultarse: P. Méndez Mori, El Emmo. Sr. Cardenal Sanz y Forés... algunos datos biográficos, Oviedo 1928; R. de la Sota y Lastra, Necrología del Emmo. Sr. Cardenal D. Benito Sanz y Forés, arzobispo de Sevilla, Sevilla 1906; J. Alonso Morgado, Prelados sevillanos..., Sevilla 1906, 878–974; M. de Castro Alonso, Episcopologio vallisoletano, Valladolid 1904, 442–463).
41. Enrique de Ossó y Cervelló había nacido en Vinebre, provincia de Tarragona y diócesis de Tortosa, el 16 de octubre de 1840 (cf. M. González, Don Enrique de Ossó..., 4 ss.).
42. En 1871 Ossó empieza a publicar «El Amigo del Pueblo», en el que colabora don Manuel. Fue suprimido al año siguiente por orden de la autoridad (cf. M. González, Don Enrique de Ossó.... 116 s.).
43. Don Manuel le ayuda a veces con ciertas aportaciones económicas. En su testamento pone entre los créditos a su favor: «Enrique de Ossó quedó a deberme de 150 a 200 duros» (cf. Torres, Vida, 53, nota l). Sobre el viaje a Alba, y a la vez a Avila y Salamanca: Ibid., 182.
44. Necrología de don Enrique de Ossó: El Congregante de San Luis (febrero de 1896) 1.
45. En la Guirnalda de mayo de 1867 apunta, entre sus peticiones: «Para el año que viene pido salud, destino y conservación de mi familia y tías» (E. III, Varios, 6.º, 99).
46. J. M. Cuenca, Estudios sobre la Iglesia española del siglo XIX, Madrid 1973, 85.
47. Ibid. c 86; cf. La Cruz 2 (1868) 348–352.
48. Cuenca, Estudios.... 87–89; Petición dirigida a Las Cortes Constituyentes en favor de la unidad católica en España, Madrid 1869. El 1 de abril de este mismo año, el marqués de Viluma, don Manuel de la Pezuela y Ceballos, presidente de la Asociación de Católicos en España, eleva a las citadas Cortes una petición, avalada por los votos de 3.448.396 españoles repartidos por 10.110 pueblos y ciudades, para que se mantenga con exclusividad en España el culto católico (Los recoge la obra citada, pp. 21–285). Como es sabido, no se le hizo ningún caso. Cf. sobre estos temas: N. González, Análisis, concepción y alcance de la Revolución de 1868: Razón y Fe 850–851 (1868) 333–356 y 443–462; P. A. Perlado, La libertad religiosa en las Constituyentes del 69, Pamplona 1970, 105 ss.; J. Pabón, España Y la cuestión romana, Madrid 1972, 43 ss.
49. Cf. J. M. Cuenca, La Iglesia española en tiempos de Pío IX, en Fliche–Martín Historia de la Iglesia XXIV, Valencia 1974, apéndice 1, 567 ss.; J. Martín Tejedor, España y el Concilio Vaticano I: Hispania Sacra 39 (1967) 99 ss.; J. M. Cuenca, La Iglesia española ante la revolución liberal, Madrid 1971; Tuñón de Lara, La España del siglo XIX, París 1968.
El Gobierno Provisional según el manifiesto de 25 de octubre de 1868, dio paso a las libertades: religiosa, de enseñanza, de imprenta, de reunión y de asociaciones pacíficas. Por decreto de 17 de marzo de 1870 se obliga al clero a jurar la nueva Constitución. La repulsa del episcopado fue unánime, a pesar de que desde Roma el cardenal secretario de Estado Antonelli declarara «que nada obsta para que los obispos y el clero Presten juramento a la Constitución de 1869» (cf. La Cruz 2 [18681 358–363; 1 [18701 691; 2 [18701 136–147).
50. J. M. Cuenca, Estudios sobre la Iglesia española.... 90.
51. Exposición del señor obispo de Barcelona al señor Ministro de Gracia y justicia: La Cruz 2 (1868) 439–442. Ver la excelente síntesis de C. A. M. Hennessy, La República Federal, Pi y Margall y el movimiento republicano federal (1868–1874), Madrid 1966, así como el cap. VII, «El episcopado catalán ante la revolución de 1868», que escribe J. M. Cuenca en su obra citada La Iglesia española ante la revolución liberal, 247 ss.
52. La Cruz 2 (1868) 470–472, 488 ss. Sobre tales desmanes y desafueros, ver M. Menéndez y Pelayo, Historia de los Heterodoxos españoles, VI, 241 ss., de la edición nacional de sus Obras completas, vol. 40, Madrid 1948.
53. Exposición del Sr. obispo de Tortosa: La Cruz 2 (1868) 537–540. Como los de la provincia tarraconense, también los obispos de otras provincias eclesiásticas elevaron sendas Exposiciones a las Cortes y al Gobierno. Ver, por ejemplo, la que mandan el arzobispo de Santiago y sus sufragáneos (Ibid.. 464 ss.). Además de protestar contra tantas libertades y secularizaciones, peligrosas propagandas, calumnias, etc. dan el alerta sobre el auge que el Protestantismo iba tomando en España. (Sobre esto último, cf. J. Estruch, Los protestantes españoles, Barcelona 1968).
En Tortosa, a más de la expulsión de los jesuitas, incautación del seminario y del colegio de San Matías, se suprime toda manifestación pública religiosa (procesiones, entierros, viáticos) y hasta el ayuntamiento ordena en 1870 que se sustituya el tradicional y cristiano «¡Ave María Purísima!» por el de «¡Viva la soberanía nacional!» y luego por el de «¡Viva la República española!» (Jover, Tortosa, 58 ss.).
54. En adelante iremos aludiendo de vez en cuando a esta faceta, diríamos que un tanto política de don Manuel.
55. Carta al padre Domingo Salvadó, O.F.M. [Tortosa 1869] (E. II, Cartas, 1.º, 4).
56. De un escrito, que luego recogeremos, titulado Tributo al corazón de Jesús, sobre el proyecto que tuvo de erigirle un monumento (E. III, Varios, 1.º, 57).
57. Carta a una señora, 1871 (E. II, Cartas, 1.º, 18).
58. ¿Qué mal han hecho las monjas?, borrador de uno de sus artículos (E. III, Varios, 6.º, g).
59. Torres, Vida, 868.
60. La Fuente, Historia eclesiástica de España... VI, 272; Menéndez y Pelayo cita un Consistorio de los librepensadores de Tortosa, de septiembre del 69, donde en una hoja volante arremetían contra el infierno, el limbo, el purgatorio y demás monsergas clericales, exhortando, para remate de todo, a las mujeres honradas a no creer en nada y a pasarlo bien en esta vida (Heterodoxos..., 423).
61. Borrador: E. III, Varios, 6.º, 5. Tal lenguaje, que a algunos pudiera parecer hoy extraño, era el usual de nuestros apologistas católicos de entonces. Recordemos, por vía de ejemplo algunas frases de Menéndez y Pelayo: «El genio español es eminentemente católico, la heterodoxia es entre nosotros accidente y ráfaga»; «El español que ha dejado de ser católico, es incapaz de creer en cosa ninguna» (Heterodoxos, 508). ¡Y las escribía en 1882!
62. Alude a José Cabrinety, comandante general de la provincia de Lérida, quien muere en la emboscada que le prepara el cabecilla carlista Savalls, el 9 de julio de 1873. Cf. J. de Bolós y Saderra, El carlismo en Cataluña. Conspiraciones en los años 1869–70–71, Barcelona 1930 y La guerra civil en Cataluña (1872–1876), Barcelona 1928.
63. Carta a Froilán Beltrán, Tortosa 15, 1872 (E. II, Cartas, 1.1, 22).
64. Borradores sueltos que tal vez habría preparado para El Amigo del Pueblo (E. III, Varios, 6.º, 6, f . 3).
65. Ibid.
66. Antonio Aparisi y Guijarro, que muere en 1872.
67. E. III, Varios, 6.º, 2; papeles sueltos, 3 ff., con tachaduras y frases incompletas.
68. Dietario de misas: E. III, Varios, 10.º, 11.
69. Cartas a doña Josefa Ferrer: E. II, Cartas, 1.º, 25.
70. Ibid., doc. 138.
71. 19 noviembre 1898, año del desastre de Cuba: E. I, Predicación, 3.º, 18.
72. A los alumnos del colegio de Burgos, en 1899: Ibid., 8.º, 102.
73. E. II, Cartas, 1.º, 6.
74. RAH, carp. 2, leg. 19. Carta de 24 mayo 1870. El jesuita se refiere, sin duda, al complot que se acababa de descubrir contra Napoleón en vísperas de la desastrosa guerra con Prusia del mismo año y a la difícil situación de Italia, promovida tanto por el Gobierno como por las sectas revolucionarias, y que el 20 de septiembre culminaría con la usurpación de los Estados Pontificios. El Concilio Vaticano I había empezado el 8 de diciembre anterior y ello sería, tal vez, una de las motivaciones del viaje de don Manuel.
75. Borrador del Diario: E. III, Varios, 10.º, 2–6.
76. El obispo Sanz y Forés.
77. Llaman así en Tortosa a los trajes que llevan los encapuchados que acompañan a los «pasos» en las procesiones de Semana Santa.
78. Junio de 1870: E. II, Cartas, 22.º, 34.
79. Madrid, 20 mayo (RAH, «Cartas a don Manuel», carp. 18, leg. 1, doc. 3).
80. Testimonio oral recogido por A. Torres de una religiosa tortosina, sor María de Padua, referente a una tía suya, Cinta Andrés, que se confesaba con don Benito (Torres, Vida, 57).
81. A una de aquellas niñas del primer catecismo de Tortosa, le escribe con motivo de su toma de hábito: «Apenas haber recibido la 1.º Comunión, su misericordiosísima bondad te rodeó de buenos amigos.... y te condujeron a la Catequística y Dios te condujo a mí» (Carta de 22 febrero 1874: E. III, Cartas, 1.º, 35).
82. RAH, «Cartas a don Manuel», carp. 18, leg. 1, doc. 5 (Carta de 28 agosto 1868).
83. Desde los 18 años, y como no pudiera hacer otra cosa, solía redactar solicitudes en demanda de limosnas con el fin de allegar fondos para proporcionar dotes a alguna de las jóvenes que deseaban ingresar en el claustro (Torres, Vida, 54).
84. E. I, Predicación, 9.º, 144.
85. Carta de 22 febrero 1874: E. II, Cartas, 1.º,35.
86. Valencia, 22 junio 1868: RAH, «Cartas a don Manuel», carp. 2, leg. 39, doc. 3; Torres, Vida, 55–56.
87. RAH, carp. 18, leg. 1, doc. 2; Ibid., leg. 1, doc. 3.
88. Torres, Vida, 57–58.
89. Ibid., 58–59.
90. Hemos recogido la declaración que ella misma hizo en el Proceso (PO, f. 556 s.). A. Torres (Vida, 59–60) escenifica el relato, añadiendo algunos detalles que tal vez oyera de la misma Filomena, de 80 años de edad cuando declara en el Proceso. Sabemos que, por razones de salud, no sería luego religiosa, quedando de maestra nacional hasta su jubilación (cf. supra, nota 11).
91. «Aún recuerdo, hija mía –escribía a una de ellas más tarde– cuando con tanta ingenuidad me decías que no querías venir a confesarte conmigo porque no te hiciera monja» (Torres, Vida, 61).
92. Le ocurrió en varios lugares, y con cierta espectacularidad en el pueblo de San Mateo (cf. Torres, Vida, 61).
93. Carta a doña Ramona Puchol (23 marzo 1880) y a la M. Juliana, de Vinaroz (6 abril 1880) (E. II, Cartas, 1.º, 35 y 116). A esta Cinta cuidábala de manera especial don Manuel: se conservan unas cartas que la dirige, como firmadas por la Virgen, del año 1871 (Ibid., doc. 13 y 14). Por el mismo motivo –testifica A. Torres––– el padre de esta misma novicia que se confesaba con don Manuel, indignado contra éste salió un día en su busca revólver en mano. Le aplacaron las sensatas y serenas palabras que le dijera don Manuel. «Ya Puede disparar si quiere», parece que empezó diciéndole (Vida, 62).
Diríamos que se dedicaba a la «caza» de vocaciones religiosas. En 1881 escribe a su amigo don Froilán: «Tenemos tres o cuatro más pedidas. ¿Qué haremos de tanta monja? Veo que no tenemos otro remedio que desmembrar unas cuantas y enviarlas a Tierra Santa» (E. II, Cartas, 1.º, 125).
94. Citas de Torres (Vida, 66 ss.), quien se alarga en casos más o menos parecidos.
6
Un "vicario sin paga"
I. CONFESOR DE RELIGIOSAS
1. Las monjas de San Juan y las Concepcionistas de la Purísima
El primer cargo oficial que tiene don Manuel como confesor de religiosas data de fines de 1867, cuando el obispo Vilamitjana le nombra confesor ordinario de las de San Juan de Tortosa y poco tiempo después de las Concepcionistas de la Purísima de la misma ciudad. Seguirá cuidando de todas ellas a lo largo de su vida, aun cuando como fundador de colegios y Director de la Hermandad tenga que ausentarse repetidas veces. Así lo refleja en numerosas cartas que dirige a religiosas de uno y otro convento. «¡Convento de la Purísima! –escribe en una que ya hemos citado, de febrero de 1874– ¡Oh, hija mía, y qué poco sabes los dulces recuerdos que este nombre me inspira! ¡Este nombre absorbía mi mente y mi corazón los primeros años de mi sacerdocio! En él tenía puestas todas mis ilusiones, hasta que el Señor me marcó otro campo. Aunque Dios me destinara a otra parte de la tierra, jamás se me borrarían las dulces emociones que un día sentí por él. Estas emociones... no han desaparecido, ni desaparecerán jamás. Ya ves, pues, que te deposito en un lugar donde ha habitado la mitad de mi corazón, y de donde no se separará jamás» 1.
En 1892 les recuerda de nuevo el apostolado que había venido ejerciendo entre ellas «desde hace tantos años, desde los primeros fervores sacerdotales» 2; Y en una noche de Navidad les dirige esta memorable plática, que recoge sus primeras inquietudes y emociones en campos que tanto le entusiasmaban. La reproducimos a continuación:
Mis hijas: Otra vez el Señor nos concede reunimos aquí, en ese pequeño, humilde y santo recinto de tantos recuerdos para saludar la aurora de este día memorable.
Otra vez más, el Señor, en sus inagotables bondades, nos permite saborear aquí, en el silencio de esta noche, el fruto de una vida brotado del corazón de María.
Una vez más, venimos a percibir las claridades de esta fiesta y a gozar de los dulzores de nuestra consagración a la Virgen... Veinticinco años hace que, desprovisto del candor de la niñez, pero revestido del carácter sacerdotal y santamente atraído y seducido por una anciana venerable de esta casa, he venido sin cesar, excepto ligerísimas excepciones, y dejando todos los otros compromisos, a asociarme a vuestro regocijo, y a ayudar los sentimientos de vuestra piedad en este acto de la comunión. Y desde entonces, y durante este tiempo y estos años ¡cuántos recuerdos en este lugar! ¡cuántos acontecimientos! ¡cuántos alegres cánticos han resonado en este recinto, en fiestas santamente bulliciosas! Mas también... ¡cuántos días de ansiedad y de angustia, cuando la impiedad revolucionaria se cernía sobre esta casa y amenazaba esta vivienda, y teníamos que celebrar a puertas cerradas!...
¿Qué os diré yo, hijas mías, en estos días que simbolizan tantos recuerdos? Son tantas ideas que os habré expuesto, que nada puede ofrecer novedad 3.
Pronto añadiría a esta tarea una de las grandes ilusiones de su vida: la de ser vicario, confesor y padre espiritual de las monjas clarisas de Tortosa.
2. Convento de las Claras
El 10 de marzo de 1868 don Manuel es nombrado vicario y confesor ordinario, «sin paga» como él mismo se autodenomina 4, de las monjas franciscanas del convento de Santa Clara, tan estimado y de tanta tradición en Tortosa como ya dejamos anotado 5. Se haría cargo de aquellas religiosas –35 había en el convento y su abadesa era la madre Concepción Odenago 6– con un celo, mimo y asiduidad verdaderamente impresionantes. Contaba entonces 31 años y se comprende que en la diócesis extrañara la concesión de tal nombramiento, reservado generalmente para sacerdotes mayores y, al menos en apariencia, más experimentados. Mosén Sol lo deja entrever en la primera plática que dirige a las religiosas, cuyo texto, por su riqueza de contenido y, por la manera sencilla con que en él se presenta para llevar a cabo su. programa de apostolado con las religiosas, merece que ahora lo reproduzcamos. El mismo la titula: «El día de mi entrada en la Vicaría, 15 de marzo de 1868»; y continúa:
Mis hermanas en el Señor, e hijas predilectas en el Corazón de mi Señor Jesucristo. Permitidme que os dé este nombre. Es la primera vez que lo dirijo a religiosas. Y aunque debiera llenarme de un santo rubor al pronunciarlo, me veo obligado a hacerlo.
No es preciso os indique [el] destino que Dios ha querido marcarme por medio de la obediencia; el Señor ha querido cargar sobre mis débiles hombros el cuidado 7 [de vuestras almas]. Y al presentarme hoy por primera vez ante vosotras con este carácter, no puedo menos de confesaros y exponeros la lucha o bien, la debilidad por que pasó mi espíritu cuando oí de la boca de mi Prelado esa comisión completamente inesperada y nunca jamás sospechada.
Y cuando al considerar en el silencio y la reflexión la obra que tenía que desempeñar, me ocurrían a mi imaginación mil ideas encontradas, que no acertaré a explicaros. Y se me representaba la santidad de este lugar, para mi respetable cual ninguno. Sin duda, las impresiones que recibí en mi infancia, al pisar el umbral de este claustro, único que visité hasta después de mi ordenación; aquellas ideas, digo, que me hacían consideraros como seres extraordinarios, renacían en mí en aquellos momentos y se me ofrecían vivas en mi imaginación vuestras santas antepasadas, como estatuas graves y silenciosas, reprendiendo mi atrevimiento, por querer penetrar en el fondo de vuestro santuario; y contemplaba vuestras bellas virtudes, plantadas algunas de ellas y cultivadas todas por manos ¡ay! miles de veces más delicadas; y vuestra ilustración y conocimientos en materia de espíritu... y me confundía al considerar mi consentimiento, que había prestado. Y entonces, cuando para calmar mi intranquilidad quería buscar alguna idea consoladora que me animara, ¡ay!, tropezaba, para más amargura, con mi poca edad, con mi ninguna experiencia, con mi falta de conocimiento. ¡Cinco años sin haberme podido dedicar al estudio! ¡Novel en la dirección de los espíritus ... ! Y mil otras ideas, que no es preciso os indique, me abatían verdaderamente el ánimo, en medio de la satisfacción, si es que alguna podía tener, por la deferencia de mi superior...
Pero, perdonad, hermanas mías, si os ofendo con ello; era que entonces, en aquellos amargos momentos, no fijaba mi vista más que en mi insuficiencia; era que olvidaba completamente vuestra bondad, vuestra indulgencia para conmigo, y de la cual tantas pruebas tengo recibidas, vuestra caritativa y condescendiente virtud. Me olvidaba, perdonadme si me atrevo a presumirlo, me olvidaba de vuestra benevolencia y de vuestra futura, espontánea y bondadosa aceptación, y sólo esta idea, junto con la obediencia, pudieron calmar mi agitación y obligarme a aceptar con gusto este cargo.
Vuestra benevolencia y la obediencia. Aún más: vuestra benevolencia, sin la ordenación superior, no hubiera sido bastante. Si alguna operación o influencia exterior mía hubiese mediado en este asunto, por más halagüeño y provechoso que hubiera podido ser para mí, y contando con todo vuestro cariño, el remordimiento que me hubiese causado el temor de contrariar los designios de la Providencia, y de no merecer su bendición, hubieran obligado a mi espíritu a desistir y acabar por abandonarlo. Solo, pues, o al menos principalmente, la idea de la voluntad de Dios, ha sido la que me ha puesto en esta situación, más que hubiera podido hacerlo toda vuestra voluntad y espontánea manifestación, si hubiera tenido que hacerla ella. Tal vez pueda incluir alguna dosis de ingratitud y desapego este modo de pensar mío. Sin embargo, dispensad, hermanas mías, prefiero mi tranquila independencia, mi sosiego de espíritu antes que todas las consideraciones, que todo el cariño que puedan merecerme las criaturas; por más que el vuestro, y sea dicho de paso, sería para mí muy lisonjero, si hubiera merecido llegar a poseerlo.
Pero, dejemos ya estas consideraciones, que no sé si he hecho bien o mal en exponerlas, ni quiero juzgar de la oportunidad. El caso es, hermanas mías, que tengo confiado este encargo, y al pronunciar el «ecce ego» de Isaías a Dios, me he obligado al cumplimiento de mi misión. justo es, pues, que os indique mis ideas y propósitos; y quiero hablaros con sencillez, con la sinceridad propia de mi genio: no es virtud, no, es más bien un defecto, una debilidad de mi carácter, pero de la que me viene muy mal el tener que despojarme. Con esta sinceridad, pues, con esta sencillez quiero hoy hablaros. Y ¡ay! no quisiera que hablara mi boca, quisiera, sí, dirigiros el lenguaje del corazón... Y ante todo, un siniestro y amargo instinto me quiere hacer comprender que este destino va a ser una cruz, y cruz pesada, para mí; pero, gustoso me he abrazado con ella, ante el Corazón de Jesús, y por lo tanto me será agradable desde este momento.
Tal vez, con el tiempo, podrá ser un motivo de quebranto a mi ya no muy buena salud; pero ya casi la he depuesto a los pies de Jesucristo, y en aras de mi afecto hacia vosotras, en el caso de que fuera necesario su sacrificio. Como os he indicado antes, jamás había soñado en la posibilidad de estar al frente de vosotras, peto desde hoy os he puesto las primeras en mi corazón en la presencia de Dios. Vuestro soy, por consiguiente, todo, y todo cuanto tengo. Una sola cosa no puedo ofreceros del todo por ahora, hermanas mías: es el tiempo. Necesito mucha parte para el cumplimiento del otro destino, al frente del cual me han puesto también mis superiores 8; y parte también para mis numerosas confesadas, con las que no he de romper de rondón. Lo restante, pero de todos modos antes que los demás, vuestro es. En cambio, hermanas mías, vosotras ¿y cómo no?, tendréis que dispensar con vuestra caridad e indulgencia cuanto pueda ofender vuestra delicada modestia, cuanto pueda herir vuestra susceptibilidad, vuestra virtud, en fin. Porque, mirad, hermanas mías, los que estamos en el mundo, y yo en particular, llevamos siempre en nuestro trato, en nuestros modales, cubiertos resabios, que, sin advertirlo, están muy lejos de acomodarse a la verdadera modestia y a la perfección cristiana; y, como por desgracia, vivimos aisladamente, sin ejemplos que nos estimulen y sin una voz caritativa que nos corrija, de ahí es que, al cabo, se nos llega a hacer habitual. Por ello he pensado alguna vez que el clero secular no sea, tal vez, el más a propósito para cargos que tengan relación con Institutos religiosos. Pero, no hay remedio. las circunstancias y los tiempos nos ponen en esta situación. Volviendo a la indulgencia que necesito de vuestra parte, no sé, hermanas mías, el designio que la Providencia tendrá respecto de mi y de vosotras, ni el tiempo que el Señor nos concederá para ayudarnos con nuestras oraciones, y con nuestras mutuas relaciones; pero acaso pudiera suceder que, atendidas las ideas de uniformidad que 9 abrigan nuestros superiores, viniera tiempo en que yo negase a ser también una cruz para vosotras, por mi carácter, por mi poca aptitud y demás circunstancias desfavorables que poseo. ¿Quién sabe si soy el instrumento de que Dios quiere valerse para satisfacer vuestros deseos de sacrificios, de sufrimiento y de abnegación...? Y entonces tendríais que sufrirme. Y en este caso, hermanas mías, mucho lo sentiría; sería muy amargo para mi corazón ese cáliz, puesto que no sería efecto de mí voluntad. Pero a pesar de ello, hermanas mías, no abandonaría mi cruz por mi sola voluntad; si la obediencia no me la hiciera declinar, me contentaría con ofrecer tal desconsuelo al Corazón amargadísimo de Jesús y pediría a El que la aligerara o la descargara del todo, sí era ésta su voluntad. Dios haga no llegue ese momento. Yo quisiera también exponeros ni¡ modo de opinar sobre ciertos asuntos, sobre el confesar y sobre otras cosas relativas a vosotras, y por ello había sido mi primer pensamiento haceros un triduo de retiro; pero, por otra parte, no son las circunstancias más a propósito para hacerlo; solo sí, me contentaré con deciros, y espero me creeréis, que todo cuanto yo pueda deciros en adelante desde este lugar, os lo podría decir ahora mismo, antes de conocer las disposiciones de esta comunidad, y sin conocer el espíritu de ninguna de vosotras; y por consiguiente, no debéis creer jamás que sea efecto de alguna cosa que haya observado, o efecto de algún motivo particular, si os hago alguna vez alguna reflexión o reclamo contra algún abuso, o si os prevengo contra algún peligro. Será tan sólo porque lo comprendo ahora ya, y lo he comprendido siempre así, aún antes de tener ningún roce con personas religiosas. Sólo si, a pesar de que no intento deciros nada, no puedo dejar, ya que estoy aquí, de indicaros algo sobre la dirección. Según opinión de mi Prelado, de la cual no disiento, el uso de la confesión semanal, y aun ligera, es suficiente para el alimento de cualquier espíritu, excepto alguno que otro, agitado por los tormentos de la turbación. Un espíritu bien educado, disciplinado, puede ahorrar mucho tiempo para sí mismo, para los demás y para Dios. No creáis, hermanas mías, que yo dejé de comprender todo el fruto y el bien de la frecuente confesión, sobre todo en las que traen las disposiciones debidas; que es el único desahogo espiritual de las conciencias; el bálsamo que alimenta, cura y alienta para seguir el camino espinoso de la perfección; pero también puede suceder muy bien que su frecuencia en algunos sea causa de menos disposiciones; puede suceder que este desahogo de espíritu, este deseo de consuelo, fuese acompañado de alguna dosis de carácter, de algún tanto de egoísmo, de menos desprendimiento de nosotros mismos, y nos buscáramos algo a nosotros más bien que a Dios. No extrañéis este lenguaje, hermanas mías; no es mío: es de personas muy respetables y, sobre todo, de maestros sabios y santos de hoy día, que desean hacerlo todo bien, pero sin dejar de ser avaros del tiempo. Hoy día debemos multiplicarnos, atendido lo reducido de nuestro personal . Repito, hermanas mías, que deseo no os haga mal efecto Mi lenguaje; pues, por lo demás, yo sé cuánto deben ser atendidas las necesidades del corazón humano.
Quiero concluir ya, diciéndoos que vengo con los mayores deseos de vuestra santificación... Para dirigiros no es preciso que tenga vuestras virtudes... 9
De su actuación en las «Claras», y de la aceptación que tuvo siempre por parte de éstas tenemos sobrados testimonios. El convento vino a ser como su segunda casa, llegando a tener habitación propia en el mismo desde un azote de cólera que asoló de nuevo a Tortosa 10, y a ella se retiraba en no pocas ocasiones buscando un poco de retiro y. de. tranquilidad 11. Hasta fechas muy lejanas, cuando ya había dejado de ser vicario y andaba metido en sus nuevos y amplios apostolados, aun rememoraría las deliciosas horas y el regusto de sus buenos tiempos de capellán 12. En Santa Clara, lo señalaremos a su debido tiempo, tiene lo que él mismo consideraría como su primera «inspiración» de fundar la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos 13.
También las religiosas recordarán largamente la labor beneficiosa de «su» don Manuel. Séanos suficientes algunos testimonios:
Con su porte sencillo, amable y cariñoso, llevó la comunidad fácilmente por el camino de la observancia y perfección de las reglas de nuestro Instituto 14. Era incansable. No escatimaba sacrificio ninguno por el bien de las almas. Era tan humilde, que además de encomendar sus empresas a las religiosas, les atribuía a ellas el buen éxito de las mismas... Sobre todo, hablando del Corazón de Jesús parecía un serafín o un apóstol, porque le salían las palabras como un torrente... Tenía grande sagacidad y libertad para decir todo lo que convenía a todos, sin herir a nadie, dejando a las almas tranquilas; y como más le tratábamos, más confianza le teníamos y más deseos de conferenciar sobre nuestras conciencias con él. Con una palabrita que nos dijese, nos bastaba. Siempre nos decía: «Estate tranquila, que ya lo sé todo»; y verdaderamente era así, que todo lo sabía.
A veces para más humillarnos, nos hacía postrar con la cabeza en tierra y en esta posición... nos daba la absolución... A las religiosas las tenía un cariño de padre, y con las enfermas y delicadas tenía mucho cuidado, dándoles todos los consuelos que podía, tanto espirituales como temporales, porque su corazón de madre le hacía pensar en todo. Nunca olvidaremos sus santos consejos: que nos tenía embelesadas con sus fervores y virtudes.
No es mi intención ofender a ninguna persona digna de este cargo, pero hasta ahora no he conocido otro semejante a don Manuel Sol. Dios Nuestro Señor tiene poder para hacer otro mosén Sol. Así lo creo. Pero hasta ahora no lo he conocido 15.
A lo largo de 23 años, don Manuel se desvive por sus «Claras» en todo el rigor de la palabra: pláticas, fervorines, ejercicios espirituales, tomas de hábito o renovación de votos 16, atención en el confesionario etc. Cuando vinieron, a,., aumentarse sus tareas apostólicas, a veces estuvo tentado de dejar el cargo de vicario. En 1881, el Sr. Vilamitjana, ya arzobispo de Tarragona, decíale en una carta: «Salude Vd. a sus monjas. Y ¿va de veras el querer dejarlas?» 17, Se resiste por el cariño que las tiene y por la propia inclinación que llevaba dentro de sí mismo. Pero al fin hubo de ceder, y el 27 de febrero de 1891,, el nuevo obispo don Francisco Aznar y Pueyo (1879–1893) le exoneraba de tal oficio, con gran desconsuelo de las religiosas 18. Pero de Santa Clara se seguiría interesando y seguiría atendiendo a sus religiosas hasta el final de la vida. Pocos meses antes de su muerte, el 9 de junio de 1908 escribe a la madre Angela Gaya: «Recibí tus letritas de felicitación 19 tan exuberantes y jóvenes como hace éste 40 años cine Jesús puso a mi cuidado las tres primeras flores de ese jardín. Pero no lo recordemos, porque esos años me caen encima y me espantan ante el juicio de Dios, al pensar lo mal empleados que han sido, cuando debía haber llenado la tierra de la gloria de Dios, y he hecho tan poco» 20.
Humildad ésta de don Manuel, desmentida tanto por lo que vemos que hizo por las religiosas, como por otras gestiones que fue realizando en beneficio de las mismas, de las que destacamos como más sobresaliente, la que narramos a continuación.
3. Amenaza de supresión del convento de Santa Clara
No bien se hubo posesionado don Manuel de su cargo de vicario de Santa Clara, viose obligado, por efecto también del movimiento revolucionario, a desplegar toda –suerte de actividades e industrias a fin de impedir que se cumpliera la amenaza de expulsión de las religiosas de su monasterio, decretada por el Gobierno en 1868, para convertirlo en hospital militar de guerra 21. Ante semejante peligro, «el caritativo corazón de don Manuel –dice una clarisa– se destrozaba de dolor y pena. ¡Cuánto trabajó y sufrió, junto con otras personas que le querían 22, sacrificándose de día y de noche, ya con promesas, ya con dádivas, para poder conseguir dejarnos en el retiro del claustro, diciéndonos a nosotras: 'Hijas mías, vosotras con oraciones y penitencias, mortificaciones y sacrificios, y yo cansando personas y poniendo de mi parte todo lo que pueda, hemos de alcanzar la misericordia de Dios...'. Verdaderamente fue para nosotras un cariñoso padre, que siempre vivirá en nuestros corazones» 23.
A más de celebrar misas y orar él y hacer orar a otros por esta intención, redactó– en ese año algunos borradores de cartas que, firmadas luego por la abadesa, sor Concepción Odenago, enviaban las monjas a la condesa de Reus, doña Francisca Agüero, esposa del general Prim, suplicando que interpusiera en favor de ellas la poderosa influencia de su marido para que se frustraran los proyectos del Gobierno revolucionario. Asesinado el general Prim a fines de diciembre de 1870, no dejaron por eso las clarisas de acogerse al amparo de su caritativa viuda, en idénticas ocasiones y con el mismo favorable éxito: en 1871 y 1872. En demostración de su agradecimiento enviáronle, como humilde y piadosa ofrenda, un facsímil de la santa Cinta, celestial Patrona de Tortosa 24.
Pasado el primer peligro, don Manuel se congratula y da gracias a Dios en una de las pláticas que dirige a las religiosas un domingo de Adviento. «Hace un año –les habla en 1869– que en esta dominica y desde este mismo lugar, reunidas, por la misericordia de Dios, todas las que ahora me escucháis, os recordaba, antes de empezar mi discurso, la situación triste en que nos encontrábamos. El horizonte político y religioso, encapotado; una terrible tempestad nos amenazaba y se oía el sordo rugir del trueno y la justicia de Dios vibrando sobre nuestras cabezas, mediante la permisión de un amargo decreto humano que angustiaba nuestro corazón... ¿Quién había de creer, hermanas mías, que habíamos de pasar un año en igual situación; que habíamos de permanecer en medio de las iras de nuestros enemigos, bajo el omnímodo poder de los que han jurado nuestro completo exterminio, y que, sin embargo, nos conservaríamos ilesos en medio de la catástrofe que había de ser general? Colocados bajo la protección del cielo, hemos podido exclamar, como David: 'Verdaderamente el Señor es nuestro refugio y nuestro sostén; con su escudo nos ha defendido...’». Con todo, sigue manteniéndolas en alerta, porque –prosigue– «el azote continúa levantado, la tormenta ruge allá en lontananza, el porvenir se presenta oscuro y negro... Es que tal vez el Señor exige algo más; es que tal vez no hemos llenado el objeto que se proponía ... » 25.
Afortunadamente el desacertado proyecto queda sin realizarse, como ocurre con el que, por los mismos años, amenaza también el convento de la Purísima, o de la Concepción Victoria, por el que igualmente se debate don Manuel, sobre todo en sus artículos de prensa. «Alerta contra lo que se oye decir –apunta en uno de ellos–: que el convento de la Purísima Concepción va a ser despojado de sus virtuosas moradoras». Sigue explicando el significado histórico y emocional que tal convento significa para Tortosa. Y acaba con esta conminatoria advertencia: «¡Desgraciados de los que se atrevan a levantar su mano al santuario! ¡Ay de los que por su apatía consientan que sea llevado a cabo este despojo ... !» 26.
II. CRITERIOS DE DIRECCION ESPIRITUAL
1. Su trato con las religiosas y otras personas piadosas
Como ya hemos indicado, don Manuel se desvive por aquellas almas que tiene a su cuidado, las atiende solícito, acude a sus llamadas, las aconseja y en cierta manera las «mima», pero con tal delicadeza que jamás traspasa los límites de la discreta y prudente dirección espiritual. En ocasiones llega a confiarles los desvelos que las iba prodigando desde que vislumbra en ellas su vocación religiosa, hasta que tiene la alegría de saber que van a tomar el hábito o hacer su profesión religiosa.
Como muestra, copiamos algunos de los párrafos de una de sus cartas más significativas en este sentido:
Mi muy apreciable y distinguida hija en el Sagrado Corazón de Jesús: Cercano está ya tu suspirado momento. Mañana te serán abiertos los umbrales del claustro y el jardín de Francisco te recibirá como flor arrancada del mundo... Omito el felicitarte, hija mía. Día vendrá, sí el Señor en su bondad me lo permite, en que podré hacerlo cumplidamente. Por hoy solo, y cumpliendo un deber, quiero recordarte el cariño ~e Dios para contigo, y las promesas que quiero le ofrezcas antes de darte mí última bendición; y quiero que los consejos que voy a darte los mires como cláusulas de mí testamento para contigo. El Señor te ha bendecido de un modo especial. Piensa que aún no habías nacido y ya estabas en la mente de Dios, que te tenía en su corazón y te escogía para este estado. Viniste al mundo, y alrededor de tu cuna nadie pensaba en ti, y el Señor encargaba al ángel de tu guarda que vigilase sobre tu existencia, porque te quería para El. Llegaste a la adolescencia... ¡Ay, hija mía!, cuando pienso en las misericordias de Dios para contigo, me enternezco. Nunca te lo había manifestado, pero creo es llegado el momento de no esconderte las bondades del Señor.
Llegaste, digo, a tu adolescencia, y... el Señor te condujo, por fin, a mi. La primera vez que viniste, lo recuerdo muy bien, yo no sé lo que sentí. A pesar de tus pocas palabras y reservada cobardía, parecía que el Señor me señalaba con el dedo tu alma, como un depósito que El quería confiarme. Pasó algún tiempo. Apenas te conocía personalmente, cuando indicaste tu inclinación a la vida religiosa. Lo recibí con frialdad. Pero la Virgen, que cuidaba de ti, no quiso que lo mirara con indiferencia.
El domingo próximo a aquel en que me manifestaste tu deseo estaba yo en un rincón de la Purísima. Entraste y te pusiste ante el altar del Amor Hermoso. A pesar de lo muy cercanos que estábamos, no te apercibiste de mí... y en un momento un halo de la luz te cubrió y la Virgen Santísima me dio a comprender la verdad de tu vocación, y desde aquel día te miré como una planta especial que el Esposo divino quería confiar a mi cuidado. Nueve años han transcurrido y pocos días ha habido que no te haya enviado una bendición después de la Santa Misa, aún en medio de mis viajes. Nueve años hace, y a pesar del interés que he tenido por ti, apenas te he inclinado a la vida del claustro; para asegurarme más y más de tu vocación te he dejado a ti, sola, y únicamente he estado de centinela para examinar tu corazón y tus peligros...
Tres cosas te pido para que pueda ser de consuelo para mi tu entrada: 1.º Que te propongas ser santa, pero santa del todo. Si yo supiera que no habías de desear sino ser buena, te lo aseguro, no te admitiría. Has de prometerlo hoy a los pies de Jesús... 2.º Quiero que desees cada día más la estrechez de la vida religiosa... 3.º Iba a pedirte que encomiendes a Dios a mi familia y mis empresas. Pero esto te lo perdono, como también el que te olvides de mi, cuando el Señor disponga de mi existencia. Con tal que ames a Jesús y seas perfecta en todo, ya daré por bien empleados los cuidados que por ti he tenido, aunque tal vez sin tú pensarlo...
Semejante a Jacob al bendecir a José, que caiga sobre ti, hija mía, el rocío de la gracia; que el Señor te guarde y te conserve; que el Angel te acompañe en los pasos de tu vida; que el Corazón de Jesús sea tu consuelo en la hora de la muerte y tu gloria en la eternidad... 27
Repasando su «Dietario» de misas, resulta verdaderamente incontable el número de las que celebra demandando la gracia de la vocación para determinadas jóvenes y su perseverancia en la misma, así como otras de acción de gracias después de la profesión. A unas y a otras les colmaba de oportunos obsequios y de delicadas atenciones, sobre todo cuando estaban enfermas. En esas ocasiones declara una que lo experimentó en sí misma, la madre María Victoria, Priora de las concepcionistas de Benicarló– «su caridad no conocía límites, ni le sufría el corazón verme apenada bajo ningún concepto... Una vez que estuve delicada en el convento de Tortosa, quiso él enviarme algunas cositas de regalo para alivio de mi enfermedad. Más adelante, estando ya en este convento de Benicarló, y habiendo sufrido grave quebranto mi salud, era para alabar a Dios ver las diligencias que hizo para curarme. No hay madre tan solícita y cariñosa que así se desviva por la salud de una hija querida, como mi amado Padre se desvivió por mí en aquella ocasión. No perdonó consultas de médicos y se propuso hacer venir aquí uno de Tortosa, pero no siéndole posible al médico venir, se vino él a darme instrucciones facultativas y ver qué podía hacer por mí... Por demás está hacer comentarios sobre lo dicho. Pintado está el corazón paternal y compasivo de mi santo padre don Manuel en estos rasgos de su bondad» 28.
Si sufre por motivos de enfermedades, su pena se agranda cuando muere alguna de ellas, y todavía más cuando él mismo no ha podido atenderlas en su lecho de muerte. Conmovedores son los párrafos de esta otra carta, que escribe cuando se entera que acaba de morir una de sus dirigidas y colaboradora eficaz en los diversos campos de su apostolado:
«Se me presentaba esta hija de mi alma muriendo sin mí, tanto como yo deseaba recibir su último suspiro y colocarla con mis propias manos en el seno de Jesús, como se lo había prometido y ofrecido. ¿Por qué habrá querido Jesús privarnos a ella y a mí de este consuelo? ¡Qué ganoso es Jesús de mirras y de sacrificios! y se me presentaban esas otras hijitas suyas y mías, y ese plantel colocado y confiado a sus cuidados, y la Escuela Dominical... y tantos proyectos como tenía formados en esa por medio de ella. ¿Por qué lo habéis hecho, Jesús mío? ¿por qué? Adoro vuestras amorosísimas disposiciones; y si es para despojarnos más de los afectos de la tierra, ¡sea así, sea así! ... ».
«¡Qué sacrificios se imponía por mí! –aclara otra de las testigos–. Una vez estaba yo en Tortosa algo indispuesta y no quería decírselo al médico, por temor a las medicinas, y él me engañó: me dijo que fuese al palacio episcopal, a una habitación de las del patio, donde tenía venta de libros piadosos y estampas, diciéndome que vería cosas bonitas. Yo fui... y me encontré a un amigo suyo y médico nuestro también. Le había él llamado para que me recetase... Recuerdo que me dijo una vez que cuando se muriera le echaría mucho de menos. Tenía razón, pues es difícil encontrar quien le reemplace. Para mí era un padre» 29.
2. Desengaños, contradicciones y escrúpulos
Se equivocaría quien pensara que sólo satisfacciones y gustos espirituales cosechó don Manuel en este ministerio de cura de almas. «Si es verdad –dice una religiosa– que tuvo consuelos, también lo es que experimentó muchos disgustos». Desengaños los tuvo, y también deslealtades, ingratitudes, contratiempos y murmuraciones.
El mismo don Manuel llegaría a admitir que «el confesionario es lo más enojoso de nuestro ministerio, y en ciertas ocasiones, y muchas, lo más amargo». En los últimos años de su vida escribía a la abadesa de Vinaroz: «No la olvido, aunque no la recuerde con la frecuencia que debiera. Por lo demás, es cierto que en la vida no se ven más que desengaños, y sólo en Jesús no se encuentran. MÍ vida, como siempre, de gozos y dolores, pero de esto los que más recibo son de los que me quedan de monjas y devotas. Y lo peor es que no lo sé ofrecer ya a Dios, sin duda porque habré perdido la vocación para ese campo».
Sobre todo sufre cuando se entera de que se han separado del recto camino algunos por los que tanto se preocupaba. «He sabido también lo otro de mi inolvidable N... ¿Por qué me dio Jesús esa alma de tan buenísimas condiciones para hacerme sufrir y no poder remediarla? ¡Cuánto temo el abuso de las gracias que el Señor le ha concedido... ! No puedo avenirme al extravío de esa alma tan buena». Lo mismo cuando experimentaba angustias y contradicciones como fundador ––que enseguida veremos– de conventos de religiosas: «Sufro más de lo que usted puede figurarse en estos asuntos, pues en los otros, aunque Jesús me pone apuros de corazón, no me afectan como éstos... No obstante, le diré con san Martín: Si sum necessarius, non recuso laborem. Si Jesús lo quiere, sufriré; pero que me quite esos sufrimientos de tener que tratar con mujeres y curats [párrocos], que no me prueban al espíritu mío. Pido a Jesús que, ya que sufro por ustedes, que me sea de mérito el sufrimiento y me bendiga las demás cosas de tanta gloria de El» 30.
Tales contradicciones las recibe con serenidad y como pruebas que Dios le mandaba para mortificarle. Recogemos este manejo de testimonios: «Haga Jesús que me sirva de consuelo y me ahorre penas; que no estoy para muchas. Y no obstante, sin penas no se crían hijos, y menos hijas»; «Estoy aquí –escribe desde Valencia– sin agonías, ni correrías, ni nervios, ni enfados, ni malos humores y sin penas de hijas, que son las más angustiosas. En cambio no faltan otras penitas más hondas y de más trascendencia, por las contradicciones que Jesús permite de parte de buenos, que, según santa Teresa, son las más dolorosas. Pero Jesús Sacramentado todo lo puede y El lo arreglará todo».
Con cierto gracejo comentaba, a veces, la «penitencia de monjas y almitas» a que a diario se veía sometido. «Es una santa alma –contaba en otra ocasión–, pero capaz de hacer santos a los que ella tiene confianza». Y a un amigo sacerdote:..«Si que desearía, que Z... fuera a ver a usted. Ya tendría usted bastante con una visita, y compadecería entonces al Dr. Sol, que la ha sostenido ¡siete años!». En los postreros años de su vida se confiaba con la abadesa de uno de los conventos por él fundados: «¿Qué pecados he, hecho, Señor, que me queréis meter en tantos asuntos monjiles?... Estoy avergonzado, y mi corazón no está ya para excitaciones; que ya no lo tengo muy bueno, y me humilla y me remuerde. Parece mentira que a la vejez me ocupen el corazón cosas de niño... y lo que ha sido mi gozo y mi orgullo y mi corona. Veo que Jesús nos quiere muy desprendidos, pero no pensaba que fuese hasta tanto. Veo que Jesús quiere amargar aun los consuelos más sencillos y espirituales» 31.
Con los años, y con el aumento de sus cada vez más diversas y graves ocupaciones, se vio tentado a veces de dejar estos ministerios, que, por otra parte, tanto le atraían. «Mi retraimiento de tratar con monjas –excusábase en noviembre de 1889– es porque no puedo con todo y me hace escrúpulo el tiempo que he gastado y gasto con ellas, pues falto a mis deberes y temo que me vaya mal lo demás, a no ser que ellas lo suplan con oraciones». Y en mayo del 90 decía a la superiora de una comunidad religiosa: «No interprete usted mal lo que le dije que no hace bien a mi espíritu; sino que, como son cositas pequeñitas siempre las que se mezclan en esos asuntos de devotas y monjas, y yo quiero cosas muy grandes, por eso no me satisface el tener que ir contando con temores y veleidades y cosas así» 32.
Una de las resoluciones que tomó en los ejercicios espirituales de aquel año, junto a la «indiferencia» en esta materia, fue el decidido propósito –es su propia frase– de «dejar las monjas» 33. Pero no acababa de romper con ellas, y en agosto de 1891 escribía a la abadesa del convento de Vinaroz: «No me mortifica con los escritos, y hágalo siempre. Aunque el tunante de Serrano 34 ya conoce la letra y se sonríe, no importa. Ya saben que las monjas me tienen engañado. Pero es el caso que temo, y no lo quisiera, que los hijos imiten al padre, pues veo que a ellos les están engañando las Puras y las Claras para todo lo que quieren, y yo me estoy burlando de ellos» 35.
El 29 de abril del 92 tomaba a escribir desde Roma a la misma: «Los míos me dicen que no debo entender en monjas, teniendo tantos cabos que atar. Y veo que no sólo yo, sino también los otros pueden meterse en asuntos de monjas, pues vivimos a lo militar» 36. «No me muevo de casa –decía en mayo de 1900 a un operario– y no puedo hacer más que lo del día y tengo mucho atrasado, y aún me fatigo, y no sé si por la vejez. La abadesa de Vinaroz quiere que vaya allá, pero no iré. Me espanta todo lo de monjas» 37.
«Voy siguiendo regular ––escribía el 19 de marzo de 1904–. Hoy ha sido el primer día, en año y medio, que he dicho misa en iglesia. Las Puras no tenían misa, he ido y he tomado el desayuno con Margenat en el locutorio, y me han mareado los gemidos de aquellas buenas almas, a las que dos años hacía no había visitado» 38.
A pesar de todo ello, continuaría atendiendo a unas y a otras hasta el postrer momento de su vida. Pocos meses antes de su muerte, el 8 de septiembre de 1908, enviaba estas líneas a una sanjuanista: «Recibidas tus cartitas últimas, sobre todo la del 40º aniversario de tu vestición y del 44º que por primera vez viniste a la catedral, toda ruborosa y fingiendo hasta la voz... ¡Cuántos recuerdos! No has sido de las que más me hicieron sufrir en la carrera de la vocación, pero sí de las que me inspiraron más interés y más confianza... No he omitido mi interés por tu alma y bienestar, gastando bastantes ratos en tus desahogos, tus penas y tus cargos. Por esto no es verdad que me excuse de ir. Pero mis achaques me dan mucha pereza para salir de casa y para ciertas cosas. Y parece que el Señor me quiere para vida retirada y escondida con Cristo. No obstante, si tienes alguna necesidad de mi presencia personal o consejo verbal, sabes que lo haré...» 39.
3. Unas reglas elementales de prudencia
Al contemplar el número tan elevado de personas, religiosas o seglares que acuden a don Manuel, pudiera parecer que con unas y otras usa de una dirección espiritual contemporalizadora, pusilánime y un tanto acaramelada. Otra es, sin embargo, la realidad. Si como padre se muestra siempre delicado y comprensivo, no deja de manifestarse, cuando lo piden las circunstancias, firme, exigente, resuelto y decididamente enérgico. «Sabía pisar muy hondo, hasta dar con la vena de los capitales siniestros, siendo este ahínco parte para que algunos penitentes hurtasen el cuerpo de su provechosa férula» 40.
El mismo reconocía y avisaba a sus penitentes, de su carácter temperamentalmente impetuoso. «No sólo debes ser víctima del Señor –escribía a una clarisa–, sino que también debes serlo mía en algunas ocasiones. Así como Dios hace pagar el mal humor de los pecados de las criaturas en las almas buenas, y les envía cruces y penas, desagraviándose en ellas, así no extrañes también, y debes estar contenta, que descargue algún porrazo de mis arrebatos sobre tus espaldas. Y no quiero que lo sientas». «No admitía réplicas a sus ordinaciones en el sagrado tribunal». Y en otras ocasiones repetía insistentemente: «Así, pues, repito con energía que obedezca hasta echarse al infierno con la obediencia»; «Ahora mismo, sin salir de este lugar, ponga la boca en el suelo y prométame que obedecerá a mis mandatos»; «seas breve en el confesionario y no seas melindrosa»; «no tiene usted necesidad de hacer votos para desprenderse de las criaturas: que ya lo debe estar bastante. De quien ha de desprenderse es de usted misma». A veces tenía que aguantar y hasta disimular sus propios sentimientos, como en un rasgo de confianza le escribe a la superiora de un convento. «No me he engañado nunca –le aclara– en mujer de juicio y de cabeza hasta el presente; y ninguna me ha dominado, por más indomable que sea su carácter; pero, eso sí, me he dejado subyugar voluntariamente, aunque me hayan conducido hasta el ridículo, por la gloria de Dios» 41.
A pesar de todo, su prudente y perseverante labor llevó tras de sí a numerosas personas de toda clase y condición. La clave de semejantes éxitos nos la ofrecen estas palabras del mismo don Manuel: «Es asombroso el efecto que produce el amor de Jesús en las almas. En el ejercicio del propio ministerio me encontré muchas veces con criaturas que no sabían absolutamente nada de las cosas de Dios; jovencitas criadas en el campo, y de familias muy modestas, que jamás oyeron hablar de las finezas de Jesús y de su inexplicable cariño a las almas. Bastó iniciarlas en estas materias de la vida espiritual, descubrirles el modo fácil de agradar al perpetuo morador del sagrario, poderle consolar, reparando a la vez las ofensas que recibe de continuo de parte de ingratos pecadores, para que se obraran cambios tan radicales en su manera de ser y de entendimiento, la voluntad y el corazón. Al calor de estas sencillas ideas las he visto encenderse en ansias de más sufrimiento, en arrebatos de amor seráfico, y pedían que les enseñara la manera de mortificarse, presintiendo la existencia de instrumentos de penitencia, que no habían visto jamás... Y se entregaban tan animosas al apostolado del bien, que yo mismo quedaba maravillado de tal radical mudanza... que sólo puede y sabe producir y explicar el amor...» 42.
A la obra de Dios hemos de añadir su propio criterio y la prudencia que en el trato espiritual, sobre todo con mujeres, él mismo iba utilizando y recomendando luego a sus colegiales y operarios.
Entre sus papeles encontramos el borrador de una plática a los ordenandos del colegio de Tortosa. El título que le pone es significativo: Trato con las personas piadosas; y como preámbulo hace una fervorosa apología de la que ha venido en llamarse la clase devota:
Entre los sacerdotes se falta por prevención contra la clase devota... 1.ª Prevenciones injustificadas... Es una cosa lamentable y que me ha repugnado siempre desde estudiante, el modo cómo cierta clase del clero habla de las personas piadosas, aunque algunos queriendo hacer gracia, y lo mismo tratándose de los hombres que de las mujeres, sobre todo respecto de éstas, tratándolas con cierto desprecio. Con el pretexto de querer expresar con estos desprecios los defectos, no la piedad, hablan de esta clase (porque clase constituyen en el mundo de la religión); y no comprenden que esto no es ir contra los defectos, sino contra la clase misma.
Tanto es así, que si este argumento valiera lo mismo podrían decir los impíos cuando hablan pésimamente del clero: 'no hablamos de las cosas buenas, sino de los defectos'. Así, pues, creo debo salir a la defensa de esta clase. Y lo primero que se ha de evitar es tratarla con desprecio y ponerle motes.
Hay, entre otros, un mote con el que se le ha designado por la impiedad, y le ha salido bien y ha hecho fortuna; y por lo mismo, lo hemos de procurar desterrar completamente, a ser posible. Tal nombre es el de beatos o beatas... Las razones que deben movernos son: 1.º El origen. Es casi indudable que la impiedad, y si no se quiere tanto, el espíritu del mundo, es el que lo ha propagado, sin que muchos sacerdotes se den cuenta de ello, al hacerse eco, autorizándolo sin pensarlo... 2.º Por sus consecuencias. Ya sabéis la fuerza que tiene, y cuánto puede el respeto humano para impedir ciertas obras buenas y cuánto bien reporta al infierno el qué dirán. Pues no pueden ponderarse las consecuencias que en las personas jóvenes de ambos sexos y en las almas débiles en la piedad, en seminaristas y hasta en sacerdotes, ha ejercido el temor de singularizarse en las prácticas de la piedad para que no se les diga y se les tenga por beatos...
Y no sólo esto, sino que debemos defenderlas y excusar ciertos defectos ante el mundo y los detractores de la piedad, no dando pábulo a esas murmuraciones contra las personas piadosas, tanto hombres como mujeres... Porque, al fin y al cabo, esas personas, por lo general, no sólo están en gracia de Dios, sino que de entre ellas salen instrumentos para el bien y las que dan algún consuelo... ¡Cuántos ejemplos! Además, ¿de quién recibe Jesús reparación? ¿Quién sostiene el culto y ciertas obras de propaganda?... 43.
Luego alecciona a los colegiales y les ofrece unas substanciosas Precauciones respecto de la clase piadosa, como él mismo también las titula, y que las reduce a estos puntos principales:
1.º Hacernos perder el tiempo. En general, sobre todo si son monjas, son largas y hasta pesadas en su conversación, y no creen que hay otros asuntos que los suyos... Claro, que ha de mediar paciencia, y mucha; pero hemos de excusar cuanto se pueda la pérdida de tiempo... Así, no largas conferencias en el confesionario, y menos en visitas, aunque sean conferencias espirituales. Los que hemos pasado el golfo podemos hablar con conocimiento y lamentamos el tiempo que no sólo hemos gastado, sino malgastado con cierta clase de personas, aun con monjas. Cierto, que las sólidamente piadosas causan respeto y son menos temibles. Las semi son peligrosas...
2.º Evitar familiaridad. Antes me extrañaban ciertas sentencias de los santos: el «sermo brevis et rigidus», etc... Me parecían temores infundados. Hoy, no. Así, siempre con respeto. No excesivas familiaridades. Recibirlas, de modo que os vean siempre los de casa.
3.º Independencia, por altas y distinguidas que sean, no buscando sino aprovecharlas para las obras de celo y gloria de Dios. Según Valuy, hemos de hacer como con las lámparas: poner aceite y dejarlas, para no ocuparnos más de ellas. Independencia, para no dejarnos llevar de motivos humanos, y por su aprecio; y, lo que sucede con frecuencia, por el bien que puedan reportarnos, si nos dan limosnas o misas...
4.º No hacer demasiado caso de las grandes tribulaciones, que su imaginación exagera. Ni fiarse de sus muchos fervores...
Otras razones aduce, que en alguna manera no dejan de sorprendernos: «1.º La cabeza de las mujeres. No abunda en ellas el talento. Son halagadoras, tenaces y engendran celos y hacen pasar malos ratos... 2.º Por el peligro que comprenderéis que naturalmente ofrece la comunicación con el otro sexo, aunque sea con ocasión del ministerio... Si se trabaja en favor de esa clase con pureza de intención y con las precauciones debidas, tal vez no recojamos nosotros los resultados, pero otros los recogerán un día» 44.
Dando consejos a ciertos operarios designados para confesores de monjas, advertíales igualmente: «No sean ustedes largos en reflexiones; al contrario, muy cortos. Eso sí, si son de clausura, necesitan ellas un poquito de desahogo, y así tengan paciencia, y que vean interés en ustedes por su alma, y no manifiesten nunca desagrado. El ganar la confianza es el primer paso. Así, ligeritos, pero siempre amabilidad. Según Concina 45, se requiere: multa scientia, magna prudentia, maxima patientia. Jesús que los ilumine. Y, sobre todo, no se dejen llevar del celo de hacerlas muy santas. Esto ya lo hará el Espíritu Santo» 46.
III. AYUDA A LA FUNDACION DE NUEVOS CONVENTOS
1. El convento de la Divina Providencia de Vinaroz
La ayuda que generosamente fue prestando en la fundación de nuevos conventos, sería otro de los trabajos que se impuso a sí mismo don Manuel, y que si en principio le deparó no pocos consuelos, también le dio preocupaciones y ocasión a la vez de no pequeños disgustos.
Hablemos, primeramente, del convento de Vinaroz 47.
Había fallecido en la mencionada ciudad, el 18 de septiembre de 1872, la noble señora doña Concepción Esteller, quien por testamento otorgado el 12 de noviembre de 1867, dejaba en el mismo una manda para que allí se estableciera una comunidad de franciscanas clarisas de la enseñanza, con la condición de que la iglesia fuese dedicada a la Purísima Concepción. Había nombrado corno albaceas al prelado de Tortosa «pro tempore» y a su propio director espiritual, don Joaquín Gombau y Verdera. A causa de la revolución, por haber dedicado parte del capital a otros menesteres y por la enajenación de algunos bienes fundacionales, cuando muere la testamentaria tal capital se juzga ya insuficiente para llevar a cabo la fundación. El Sr. obispo Vilamitjana encarga entonces de la administración de los bienes al citado señor Gombau y, desde la muerte de éste, en octubre de 1873, a su hermano don Antonio, también sacerdote y al ecónomo de Vinaroz, don Gabriel Cardona.
Terminada la guerra civil en 1875, don Antonio pide al señor obispo que designe a otra persona para que le ayude a llevar adelante la empresa. El señor Vilamitjana, luego de recogerse un momento, le dice: «Váyase usted, y el primer sacerdote que encuentre al salir del palacio, ése será el que le ha de ayudar». Casualmente se encuentra a su salida con don Manuel, quien, enterado del asunto que llevaba entre manos don Antonio, le estimula a que no abandone el proyecto, a la vez que se le ofrece para todo aquello en que pudiera necesitarle. Desde ese momento, don Manuel toma ya como suya la futura fundación.
Poco tiempo después, de vuelta del pueblo de San Mateo donde ha estado dando unos ejercicios espirituales, se detiene en Vinaroz el 29 de septiembre de 1876, para hablar y animar de nuevo al señor Gombau. No tuvo la suerte de hallarle, pero aprovecha la ocasión para visitar la casa y el huerto que doña Concepción había destinado para levantar en ellos el edificio, ya vendidos con pacto de retro–venta, y para recorrer la población 48.
De vuelta a Tortosa, da en pensar en alguna comunidad de franciscanas dedicadas a la enseñanza, que pudiera servir para sus propósitos; y puede enterarse que muy cerca, en Mataró existía una, llamada de la Divina Providencia, que aunque de clausura se dedicaba al referido apostolado. Habla de ello con el señor obispo y con su amigo don Enrique de Ossó; éste se muestra un tanto pesimista, pero al fin se decide que don Manuel se llegue a la ciudad catalana para enterarse detalladamente de los fines y de las posibilidades de aquella comunidad.
En Barcelona le da ya excelentes noticias de ella el sacerdote Antonio Fábregas; y cuando llega a Mataró el 11 de octubre, sostiene una larga conversación con la superiora de la comunidad, luego confidente y gran favorecida de don Manuel, la madre María de Santa Escolástica. Se entera entonces de que la congregación había sido fundada por la madre Teresa del Sagrado Corazón de Jesús (Teresa Arguyol), terciaria franciscana de las Isabeletes de Barcelona, quien, según ella misma refería, en un éxtasis que tuviera el 8 de septiembre de 1844 recibió de Dios la misión de erigir un convento, que debía titularse de la Divina Providencia, y tener por Patronos a san Francisco y santa Clara y por objeto la conversión de los pecadores. El primer convento lo funda en Gracia (Barcelona) en 1849, al que seguirán los de Barcelona, Torroella de Montgri, Villanueva y Geltrú, el de Mataró en 1859, y los de Bañolas y Reus–, en 1862 y 1866 respectivamente.
Don Manuel vuelve convencido a Tortosa y el 16 de febrero de 1877, con el beneplácito del prelado, puede ya comprar un terreno en Vinaroz por 29.500 reales 49, dentro de los muros de la ciudad, pero muy cerca de ellos, para facilitar de ese modo el cumplimiento de los deberes religiosos a los vecinos de aquellas barriadas y proporcionar educación y asilo a las niñas de sus moradores, quienes vivían en completo abandono moral y religioso. Como técnico había llevado consigo al maestro de obras don Vicente Benet, devoto terciario franciscano, quien, a pesar de su carácter un tanto adusto e irritable 50, sería en adelante el gran colaborador de don Manuel en esta clase de empresas.
Luego de pedir permiso al alcalde y a los concejales de la ciudad, se da comienzo a las obras el 1 de marzo del mismo año, y es entonces cuando empiezan las dificultades para don Manuel. Corno el dinero es poco, ha de recurrir a empréstitos y limosnas, solucionar problemas entre los obispos de Barcelona y Tortosa, llevar la dirección de las obras, aguantar desconfianzas y murmuraciones que se iban levantando en la misma Tortosa «porque se preocupaba demasiado de Vinaroz», etc. Momento hubo en que llegó a pensar que le sería imposible seguir adelante. Sin embargo, su temple apostólico y el afán que le mueve de la gloria de Dios le fueron dando cada vez más ánimos.
El 7 de marzo escribe a la madre Escolástica, de Mataró: «Hoy por hoy, mi pensamiento y mi corazón están en esa santa obra, y Dios haga no sea en perjuicio de mis obligaciones respecto de mis colegiales, de mi archicofradía del Corazón de Jesús, de mis cincuenta religiosas que no me encuentran ya, siempre que me buscan ... » 51.
Invitado para predicar en la fiesta de la Divina Madre de la Providencia de Mataró, habla en el convento de estas monjas, y hace votos para que «al año siguiente y en aquel mismo día tuviera ya el consuelo de ver logrados sus deseos de que aquellas palomas anunciadoras de su Providencia, levantando el vuelo con las alas de su fe y de su celo, se trasladaran a la otra parte del Ebro para formar allí un nuevo nido donde cantaran sus amores a aquella Divina Madre» 52.
Pronto se corre por la ciudad el rumor de la salida de algunas de las religiosas. La madre de una de ellas llega a encararse directamente con don Manuel. «¿Por qué hace esto –le increpa– de venir a robar nuestras hijas?». Este, como hiciera en otras ocasiones, logra calmarla y hasta la deja convencida con insinuantes y delicadas palabras 53.
Cuando vuelve a Tortosa, se le presentan nuevas dificultades: don Manuel ha de pedir un préstamo de 1.000 duros, luego otro de 500; se repiten las disensiones entre Gombau y Benet. «Ayer no quise escribirle ––comunica a la madre Escolástica el día 3 de julio– el principio de un disgustillo que bañeta [con este nombre se refería ordinariamente al diablo] ha logrado convertirlo en mayor entre Gombau y Benet. Gombau me escribió una carta poco agradable, manifestando qué iba a hacer para la obra dentro de dos semanas, porque de proseguirla se echarían encima de él y él sería responsable de los compromisos que hubiera, etc. etc., y que no fuera ya Benet allá, etc. etc. Benet se sintió, por el modo como hacía las cuentas, para hacer ver que ya no podía continuar; y yo le sosegué haciéndole ver que todo obedecía a la cobardía, pusilanimidad y maniáticos agobios de Gombau. Escribí una carta a éste algún tanto fuerte y le decía últimamente que si quería que yo me cuidara de todo, que me enviase cuentas y el dinero que tuviese...». El «choque fuerte» a que alude, debió de ser de importancia. Y de ello se lamenta a seguido: «No habían de faltar tribulaciones y éstas han venido cuando todo iba tan bien. Que Jesús saque bien de este improvisado acontecimiento» 54. Días más tarde le confía los temores, que sobre el éxito de la obra le ha manifestado el mismo Sr. obispo: «Creo que teme que no lo terminemos. Esto me alarma y hiere mi propio corazón. Pedí al Señor que lo estorbara, sino era su voluntad; ¿y ahora tendría que soportar la humillación de no realizarlo? Mi orgullo se resiste. Pidan prontos auxilios a la Divina Madre» 55.
A pesar de todo, la obra sigue adelante. Pronto se cubre el edificio y con las limosnas que recibe se van haciendo las celdas necesarias 56. Cuando en noviembre siguiente pasa de nuevo por Mataró, a la vuelta de su peregrinación a la tumba de santa Teresa y a la Virgen del Pilar, y reelegida de nuevo abadesa del convento la madre Escolástica, escoge a las nueve religiosas que han de ser las fundadoras de la casa de Vinaroz 57. Mientras tanto no descansa: sigue inspeccionando las obras, consigue la cédula real de la nueva fundación, busca empleados para la casa, ultima los preparativos de la inauguración, etc. «Vivo sin vivir en mí y mi cabeza está fuera de sí... No puedo más », escribe a la misma abadesa 58.
Del 1 al 3 de enero de 1878 don Manuel dirige un retiro espiritual, en Mataró, a las religiosas que habían sido señaladas como nuevas fundadoras. El día 11, y en su compañía, salen en tren para Vinaroz. En Tortosa se les une al Sr. obispo y unos y otras son recibidos con verdadero entusiasmo por el pueblo y las autoridades de la ciudad castellonense 59. El 14 predica su primer fervorín en la nueva capilla y al día siguiente, en nombre del prelado, la declara inaugurada, señalando por intercesores especiales del recién estrenado convento a san Miguel Arcángel y a san Antonio de Padua.
Don Manuel cierra su Crónica con las siguientes palabras: «Así terminó, tan felizmente, la empresa de esta obra santa, en la que el Señor quiso manifestar tan claramente los admirables designios de su misericordia para con todos aquellos que no buscan sino a El, y confían sólo en los cuidados de su Providencia. Sea para El la gloria. Y que el convento de la Providencia de Vinaroz sea perpetuamente el consuelo del Corazón de Jesús, honor de la Divina Madre, asilo generoso de corazones humildes y salvación de muchas almas» 60. Asimismo pone fin a su relato la cronista de la nueva casa de Vinaroz: «Y la que tiene el honor de poder trasladar este escrito en libro de Crónica del Convento de Vinaroz, pide de corazón al Deífico Corazón de Jesús que por intercesión de Nuestra Señora y queridísima Madre de la Providencia, bendiga al Sr. Comisario don Manuel Domingo y Sol y le conceda ver antes de partir de esta miserable vida la multiplicación de sus Colegios de Vocaciones Eclesiásticas, bajo la advocación del Patriarca San José en las cinco partes del mundo» 61.
2. Nuevos conventos en Benicarló y en Vall de Uxó
Como en otros aconteceres, también a don Manuel le ocurre de vez en cuando, que a una obra que realiza le siga muy pronto otra parecida. Y eso le pasa ahora, en lo que vamos refiriendo de la fundación de nuevos conventos. Ya en 1882 va pidiendo oraciones a sus amigos para otra empresa que le andaba por la cabeza, «a gloria de la Madre Inmaculada» 62, en la no menos bella ciudad mediterránea de Benicarló. «Sigo sin novedad –escribe el 29 de julio del citado año–. Acabo de llegar de un viaje que he hecho a varios pueblos de esta diócesis; uno de ellos, Benicarló, donde proyectarnos levantar un convento para religiosas de la Concepción. Ore usted por esta obra». Y el 29 de noviembre: «Pasé por Benicarló el 21 de octubre para ultimar la compra de un huerto para establecer allí un convento de religiosas de la Purísima Concepción. Y si Dios lo bendice, saldrán del Gobierno para empezar las obras, para lo cual contamos principalmente con unas personas piadosas de allí. Así, pues, no lo olvide ante Jesús» 63.
Las personas piadosas eran los condes de Creixell, y la noble señora doña Juana Bordás, todos ellos de Benicarló. De nuevo se estiran las preocupaciones y con ellas las nunca fallidas esperanzas de don Manuel 64. Al fin se pueden comprar los terrenos y una vez conseguido el real permiso de fundación 65 se procede a la misma el 16 de diciembre de 1863 con la bendición que hace de la primera piedra, de la iglesia y del convento, el señor obispo de la diócesis, Sr. Aznar y Pueyo 66. El nuevo convento, en la mente de mosén Sol, «al, mismo tiempo que un tributo de amor y gratitud al Señor y a su Madre Purísima», serviría, como ya lo pensara para Vinaroz, de «mejora para el bien espiritual y moral de la población, cuya importancia hacía sentir la necesidad de semejante obra» 67.
El 31 de julio de 1886, cinco religiosas Profesas del convento de la Purísima Concepción Victoria de Tortosa, previamente escogidas por don Manuel, iniciaban la nueva comunidad de Benicarló, con la asistencia de éste, del Sr. obispo y autoridades y de numeroso público.
Cuatro años más tarde de nuevo tenemos metido a don Manuel en los afanes y alegrías de otra fundación, Ahora sería en el pueblo de Vall de Uxó, pegando casi a la diócesis de Valencia y rico en naranjos y productos de huerta, pero harto necesitado de cuidados espirituales. Tres jóvenes tortosinas –las hermanas Montserrat– le habían confiado emplear parte de su dinero en la fundación de un convento de religiosas. Don Manuel piensa en sus monjas de Vinaroz para sacar de entre ellas las nuevas fundadoras. La abadesa, madre Providencia, lo consulta con el Sr. obispo y éste acoge con benevolencia tanto el proyecto como la intervención que en él tendría don Manuel. «Para estas empresas –dice a aquélla– no hay otro como el doctor Sol». Este quiere que el convento se establezca en Roquetas, el barrio tortosino al otro lado del río; pero el ilustrísimo Aznar y Pueyo le corrige desde el primer momento. «No; –le repite– ha de ser en Vall de Uxó» 68.
Como siempre, no faltaron las dificultades. «Yo veo lo de Vall de Uxó tan difícil – escribía el 29 de agosto de 1890 a la madre Providencia– que, a decirle verdad... no tengo fe. Y para estas cosas es indispensable. No me busque, pues, a mí, que no haré sino ser un contrapeso» 69. Luego vienen las ¡das y venidas; los regateos con el ayuntamiento de Vall de Uxó, ya que algunos de sus concejales –con sectarismo de izquierdas– se oponen a la construcción del nuevo edificio y llegan hasta a cortar la conducción de agua; las pequeñas triquiñuelas que no dejan de poner las mismas hermanas Montserrat, quienes a fin entran de la religiosas de Vinaroz, etc. 70. Don Manuel llega a veces a desanimarse y de ello se le queja en una ocasión la madre Providencia 71. Las obras pueden terminarse, finalmente, a finales de 1893 y a primeros de febrero siguiente don Manuel acompaña a las religiosas de la Providencia de Vinaroz al nuevo convento de Vall de Uxó 72. En adelante las seguirá atendiendo con el mismo cuidado y cariño que tenía para con las demás 73.
3. Ayuda que presta a otras Instituciones religiosas
«Hemos de favorecer a los Institutos religiosos, y ellos nos querrán», solía decir de vez en cuando a sus operarios 74. Y, ciertamente, pocas de esas Instituciones, de Tortosa y de su diócesis escaparían a los desvelos y cuidados de don Manuel.
a) Oblatas redentoristas
Una de ellas, de la que mosén Sol sería «fundador» de su casa de Tortosa, fue la de las oblatas del Santísimo Redentor que, instituida por la madre Antonia de Oviedo y el padre Serra O.S.B., obispo titular de Daulía, tenía ya casa en Benicasim (Castellón) por el 1876. La viuda tortosina, doña Teodora Grau y Huguet, toma el hábito de estas redentoristas y se propone establecer un convento de las mismas en Tortosa. Para ello pide ayuda a don Manuel ' quien en agosto de 1879 se entrevista en Valencia con la fundadora. «He ido a Valencia –escribe por esas fechas– por el asunto de una fundación en ésta de redentoristas, que son religiosas destinadas a la obra de celo de recoger a las jóvenes extraviadas que quieren albergarse y santificarse en el regazo de Jesús. Pide a El que podamos realizar nuestros deseos en esta obra humilde, pero que es de suma importancia para la gloria de Dios» 75.
Vienen los fundadores a Tortosa, don Manuel ayuda a buscar el restó del dinero que faltaba para la edificación del nuevo «Asilo del Santo Angel» y éste es inaugurado solemnemente el 7 de marzo de 1880. Unos días antes escribía a la madre Juliana: «Acaban de decirme que las redentoristas vienen el domingo, y no estoy para humor de trajín y de fiestas» 76. Desde el 28 de febrero al 2 de marzo había estado enfermo en cama. Con todo, firmó como testigo la escritura de la compra de la casa y tomó parte en la inauguración de la misma, predicando en una de las funciones que se celebraron aquel día. De sus borradores, recogemos los siguientes párrafos del sermón:
El Corazón de Jesús nos repite: Da mihi animas. Y al conjuro de este grito de su amor herido, se han multiplicado asociaciones, han brotado buenos frutos de bendición para consuelo de la iglesia y de la pobre humanidad...
Uno de ellos es esta modesta casa y esta nueva capilla que hoy se consagra al Señor. Como Isaías podemos hoy exclamar: «Donde no había más que una roca desierta brotará el verdor de la caña y del junco, y en la que era guarida de insectos habitarán las palomas ... » Ya desde hoy tendréis, Señor, un nuevo lugar donde descansará vuestro corazón fatigado, y os harán compañía en esta soledad almas distinguidas, y conducirán a vuestros pies hijas pródigas, a las que regenerará vuestro corazón paternal... Bendecid, Señor, perpetuamente a esas venerables religiosas, a las que habéis llamado para corredentoras de las almas. Llenadlas, Señor, de vuestro amor, de vuestro celo... Y Vos, ¡santo Angel mío!, Patrono de mi Patria querida, y desde hoy de este Asilo, ante cuya imagen se abrieron mis ojos a la luz por vez primera, tomad posesión de esta casa, que se pone bajo vuestra tutela... 77.
En adelante, serían éstas unas de las religiosas preferidas de don Manuel, tanto las de Tortosa como las de Benicasim, a cuya casa solía retirarse en verano para tomar los baños de mar 78.
b) Hermanas de la Compañía de Santa Teresa
Establecida en 1876 por el gran amigo de don Manuel, don Enrique de Ossó, aquel las consideraba, en cierta manera, como suyas. Predicándolas en 1898, con ocasión de celebrarse las bodas de plata de la archicofradía Teresiana, en la iglesia de San Antonio de Tortosa, les decía:
Hace 25 años 79 que allí, en un modesto altar, se plantó el árbol de vuestra asociación. Siete jóvenes distinguidas por su piedad, dos de las cuales, hijas de mi corazón, están hoy al frente de diferentes monasterios, fueron las primeras en cobijarse a la sombra de este árbol de Teresa de Jesús... Y ¿cómo no recordarlo también, amadas teresianas? El día que ofrecisteis la primera sagrada Comunión en esta misma fiesta, os dirigí la palabra en este mismo sitio... Pedidle, corno recuerdo de gratitud, por el celoso Fundador de esta obra, compañero mío en nuestros primeros trabajos sacerdotales, que no ha podido celebrar este aniversario sobre la tierra, pero que desde el cielo contemplará el fruto de sus afanes... 80
Sabemos que de 1888 a 1900 se ocupa en examinar y hacer observaciones a las constituciones de la Institución 81; y de sus relaciones con la misma, y sobre todo con la madre superiora de Roma, conservamos cartas de continuo interés y de gran predilección 82.
c) Otras Instituciones
Otras que también se beneficiaron de su entusiasmo y prodigalidad fueron las religiosas de la Consolación, de las que era protector su entrañable amigo don Juan Corominas, secretario en tiempos del Sr. obispo don Benito Vilamitjana. El 16 de junio de 1908 le escribía don Manuel: «No somos Patronos de ninguna Institución, pero sí favorecedores de todas las que tratamos, y en particular de las Consolaciones, a las que hemos procurado fundaciones como las de Consuegra y Villafranca, y tal vez otra pronto en Córdoba. El ser Patronos Protectores es de pocos» 83.
Igualmente, las religiosas de Jesús–María 84; las siervas de Jesús, que se establecen en Tortosa en 1896 85, las oblatas de Benicarló, para las que prepara suscripciones y ayudas 86; las religiosas mínimas descalzas de San Francisco de Paula de Mora de Ebro, cuando firma el acta y predica en la erección de la primera piedra de su convento en 1883 87; las carmelitas de Tortosa, que saben de la ayuda que les presta, ante el ayuntamiento de la ciudad, para que se instalen en su nuevo convento del arrabal del Jesús 88, etc. etc.
Este era el hombre que vio en ese apostolado de la oración y del silencio una de las palancas más eficaces en el ubérrimo y diversísimo campo de acción de la Iglesia.
NOTAS
1. E. II, Cartas, 1.º, 35.
2. Ibid., I, Predicación, 3.º, 91.
3. Ibid., 3.º, 142. Con razón podían escribir las monjas de la Purísima a las clarisas de Pedralbes, en una esquela que le enviaban por conducto de don Manuel: «Este señor es muy de nuestra comunidad, y nosotras le queremos mucho y le tenemos mucha confianza» (cita de A. Torres, Vida, 72).
4. «A no ser un vicario sin paga* (carta a don Froilán, 6 octubre 1870: E. II, Cartas, 1 8).
5. Cf. supra, p. 25, y nota 12. Acerca de la fecha de su nombramiento, no vemos unanimidad en los documentos que hemos consultado. A. Torres (Vida, 73) indica la ya citada del 10 de marzo. En el Proceso, J. B. Calatayud cita la misma fecha, mientras afirma que no empezó a ejercer el cargo hasta el 15 del mismo mes; Ramón Vergés habla del día 25 (PO, ff. 899v y 629r); en el libro Correspondencia y nombramientos, de 1853 a 1880 (TAPE, f. 61r) vemos que no se le extiende tal nombramiento hasta el 1 de abril; con todo, por el documento que a seguido transcribimos del mismo don Manuel, vemos que empezó a ejercer su cargo, como indica Calatayud, el 15 de marzo.
6. BEDT 13 (1870) 7.
7. Espacio en blanco.
8. Se refiere al instituto, del. que, como sabemos, seguía siendo profesor.
9. E. I, Predicación, 9.º, 129, 4 ff. El nombramiento, confesaría él mismo más tarde, le había parecido tan glorioso como si hubiera ido a la conquista del Perú. A un amigo suyo, a quien también nombrarían con el tiempo capellán y confesor de unas religiosas, le dice en carta de felicitación: «Recibí ayer tarde la tuya, que rebosa satisfacción. También la tuve un día yo, cuando a los 32 años me encargaron de las claras de Tortosa. Pero... todos aquellos mis entusiasmos pasaron» (cita de Torres, Vida, 78–79). En realidad, cumplirá los 32 años el 1 de abril siguiente.
10. Bayerri (VIII, 838) habla de la peste de cólera de 1885, que causó unas 500 víctimas. Tal vez fuera ésta a la que nos referimos. En Tortosa el temor y la desbandada fueron generales, en modo que hasta la misma familia de don Manuel huyó de la ciudad. Un día de aquellos éste va a visitar al señor obispo, quien supone, en un principio, que viene a pedirle permiso para también ausentarse. «No, de ninguna manera –se apresuró a decirle don Manuel–. Deseo sólo la licencia de V.S.I. para que se me arregle una habitación en el convento; y de ese modo no tendré que abandonarlas ni estar lejos de ellas» (cita de Torres, Vida, 81).
11. Solía hacerlo, entre otras ocasiones, el día de su santo. En 1901 escribía a J. B. Calatayud: «Debía ir a pasar mi santo con las monjas en Ulldecona... y al fin me subí a mi Santa Clara a las nueve de la noche de la víspera; les canté la misa de Media Noche y fervorín, magno, que doce años no habían oído... Después de comer allí... me bajé al colegio y así corté mareos» (E. II, Cartas, 14.º, 7: carta de 5 enero 1901).
12. En otra carta de 1 enero del mismo año, recordaba una cancioncilla, un poco modificada, que entonces corría por Tortosa:
¡Convento de Santa Clara,
Cuántos suspiros me debes!...
¡Cuántas veces he besado
la sombra de tus paredes!...
(Ibid., 2).
13. Cf. infra, cap. 9: «Fundación de la Hermandad».
14. Como en otras comunidades religiosas, también en éstas, por dejadez o a fuerza de viejas costumbres, había decaído un tanto el primitivo rigor de la observancia constitucional, hasta el punto de que cada religiosa aderezaba por sí misma y tomaba sus refecciones en la propia celda (Torres, Vida, 81; cf. la bibliografía citada supra, p. 251 nota 12).
15. Testimonios recogidos por A. Torres de religiosas que conocieron y trataron a don Manuel (Vida, 79–80). Aún hoy día el recuerdo y la veneración de mosén Sol, como hemos podido comprobarlo personalmente, siguen muy vivos entre aquellas religiosas.
16. Se conservan varias actas de profesiones y elecciones de abadesas, de 1878 a 1891. Las preside mosén Sol y recibe, como delegado del prelado, las profesiones de las novicias (TASD, papeles sueltos).
17. Carta de 3 octubre 1881 (RAH, «Cartas a don Manuel», carp. 2, leg. 41, doc. 4).
18. Indica ésta J. B. Calatayud (PO, f. 905) y la recoge A. Torres (Vida, 82). Con todo, en el BEDT (22 [1887–1888] 298) vemos indicado como vicario de Santa Clara a Joaquín Cedó, futuro colaborador de don Manuel en la fundación del colegio de San José. El mismo Cedó suele firmar también, con mosén Sol, las actas a que aludimos en la nota 16; tal vez le supliera a veces como vicario del convento.
También entre los escritos de este, encontramos en hojas sueltas algunos títulos como «Plática de don Manuel. Despido de Santa Clara. 3 de diciembre de 1885»; «Necesidad de la santificación y plática de despido de Santa Clara» (1, Predicación, 9.º, 119 y 133). Al primero, de 6 ff., le sigue el texto de una sencilla plática sobre capítulo de faltas, etc. ¿Serían pláticas de simples despedidas de año?
19. En razón del 48.º aniversario de su primera misa.
20. E. III, Cartas, 20.º, 122.
21. «Respecto al proyecto de convertir el convento de Santa Clara en hospital militar, 1868–1871» Borradores que encontramos en: E. III, Varios, 1.º, 72 y 73; y en Roma, Arch. Hermandad, carp. 1, leg. 3.
22. Concretamente el señor obispo Vilamitjana, quien se interesó igualmente en el asunto.
23. Entre los papeles de don Manuel: RAH, carp. 1, leg. 3.
24. Borradores de estas cartas en: E. III, Varios, 1.º, 73; 11, Cartas, 1.º, 15, 23 y 29. La que escribe para dar el pésame a la condesa de Reus, se la pasa primero a su amigo Enrique de Ossó, con esta coletilla: «Mi Enrique: Corte y cambie, y añada dos parrafitos de afecto de su copioso repertorio. Suyo, Manuel».
Por otra carta de pésame, en la muerte de su esposa, dirigida a don Estanislao Figueras, Presidente luego de la I República, a nombre de las religiosas de Santa Clara, suponemos que también a esta señora debieron demandar éstas protección en tan apurados trances (II, Cartas, 1.º, 28). Don Manuel hace extensiva igualmente su preocupación a los amigos de siempre. «Hoy –––escribe a don Froilán– dice El Pensamiento Español que el ministro de la Guerra ha pedido al de Hacienda el convento de Santa Clara de Tortosa. Volvemos, pues, a estar en amarga crisis» (carta de 8 enero 1871: 11, Cartas, vol, 1. doc. 12).
25. E. I, Predicación, 11.º, 53.
26. E. III, Varios, 6.º, 4.
27. Carta de 17 abril 1875 (E. II, Cartas, 1.º, 36).
28. Relato recogido por A. Torres, Vida, 88–89, quien se extiende en otros parecidos.
29. Ibid., 91–92.
30. Ibid., 117–118.
31. Ibid., 11–120.
32. Ibíd., 124–125.
33. E. III, Varios, 6.º, 117.
34. El operario José Serrano.
35. E. II, Cartas, 4.º, 113.
36. Ibid., 5.º, 49.
37. Ibid., 13.º, 86.
38. Ibid., 17.º, 60: carta a don Benjamín Miñana.
39. Ibid., 20.º, 196.
40. Testimonio de una religiosa, en A. Torres, Vida, 101.
41. Ibid., 101–103.
42. Otros testigos hablan sobradamente de estos «métodos» de mosén Sol: «Nuestro padre era un sol que iluminaba con su luz y calentaba con su fuego. El fervor con que pronunciaba las palabras que nos decía hablando de la perfección, no podía dejar de producir sus efectos»; «en el confesionario infundía cierta veneración y respeto que edificaba, dando sabios consejos sobre la pureza»; «tenía don Manuel el don de infundir en el alma la paz de que él gozaba siempre»; «Madre: –escribe a una religiosa otra joven de Tortosa– el Señor me ha dado un padre. Me parece que más que padre: porque me parece que es un santo. Tantas veces como me halle en presencia de él, Nuestro Señor se digna comunicarme la virtud de ser apóstol de la fe y de la oración» (testimonios recogidos por A. Torres, Vida, 121–124).
43. ¡Bien que se lo agradecían a don Manuel esas personas devotas! «Carísimo e inolvidable padre: permítame el que así le llame puesto que más que de tierno padre, son de cariñosa madre para conmigo los afectos de usted», le escribía una de ellas; y otra: «Recibí la de usted. Mucho me alegré de ver la letra de mi estimado padre. Las lágrimas asomaron y rodaron por mis mejillas recordando aquellos primeros impulsos de la gracia venidos a mi alma por mediación de usted.» Sobre todo, cuando le veían en necesidades o se enteraban de que estaba enfermo. «No, no se canse de vivir, padre mío–––le escribe una desde Valencia–Yo creo que hay alguna alma que le cede a V.R. graciosamente todos los años de vida que el Señor quiera, a fin de que dilate más y más el reino de Cristo ... » (citas de A. Torres, Vida, 108–109). Sobre lo mismo escribía una sentida carta el 30 de mayo de 1889, día de la Ascensión, la superiora de las Concepcionistas de Benicarló, M. María de la Concepción Victoria (RAH, «Cartas a don Manuel», carp. 2, leg. 38, doc. 14). La reproduce Torres,. Ibid., 111–112.
44. E. I, Predicación, 7.º, 1–c
45. Daniel Concina, teólogo moralista del siglo XVIII, autor de las obras: Theologia christiana dogmatico–moralis, en 12 tomos y Dissertazioni theologiche morali e critiche della Storia del probabilismo e del rigorismo.
46. Cita de Torres, Vida, 115–116.
47. Sobre esta fundación conservamos dos documentos que más o menos se corresponden entre sí: una Crónica escrita por el mismo don Manuel, de 34 ff. (E. III, Varios, Fundaciones y empresas, 2.º, 59 y 60), y otra Crónica, anónima e inédita, que conservan en su archivo las religiosas franciscanas del convento de la Divina Providencia de Vinaroz, pp. 1–78. De ambas haremos uso en este relato, indicando en las notas, cuando fuere necesario, la sigla Crónica 1, o Crónica II
48. Si encuentra bella y bien acondicionada a la ciudad, queda un tanto impresionado por la frialdad espiritual que parece entrever en sus habitantes. Se entera de que no hay en ella ninguna comunidad religiosa, lo que le hace que se reafirme más en su empeño de llevar a cabo la acariciada fundación. Interiormente invoca al arcángel san Miguel, festividad de aquel día, y junto con san Antonio de Padua, piensa proponerle como patrono en caso de que llegara «a levantarse el deseado monumento a la gloria de la Purísima Madre» (Crónica I, f – 3).
49. La escritura de compra se hace ante el notario J. B. O'Callaghan, a favor de don
Manuel y de don Antonio Gombou (Crónica II, f. 7).
50. Cuando años adelante, por el 1891, se está construyendo el nuevo convento de Vall de Uxó, y corno la madre superiora de Vinaroz, sor Providencia, se quejara de tan difícil carácter a don Manuel, éste le contesta: «No temas por el genio de Benet. Conviene esta pólvora para los valencianos, que son tan variables. Déle usted cuanto dinero quiera y pueda, y le digo que puede estar tranquila, pues cuenta hasta las agujas, y lleva cuentas semanales, y es delicado más de lo que yo sería. No manifieste usted nunca en esto desconfianza, que le heriría de mala manera. Vilamitjana le confió 150.000 duros para las obras del seminario de Tarragona» (E. II, Cartas, 4.º, 141). El señor Benet, hasta la Revolución del 68, había sido maestro de obras de las fortificaciones de Tortosa.
51. E. II, Cartas, 1.º, 47.
52. Crónica 11, 32 s.
53. Ibid., 33.
54. E. II, Cartas, 1.º, 43.
55. Ibid., doc. 44; carta de 13 julio 1877.
56. Ibid., carta a la misma, de 28 julio v 19 agosto; Ibid., doc. 45 y 46. No se atreve a pedir las limosnas en Tortosa o en el mismo Vinaroz, «porque todo se presta a murmuraciones y habladurías y sobre todo desconfianzas». Pero se ha de llegar al final, repite en esas cartas, siquiera sea por tratarse de «aquella desgraciada población [Vinaroz], que tan fría es para las cosas de Dios y que es la que más pena le da al señor obispo de toda la diócesis».
57. Crónica II, p. 40; cartas a M. Escolástica: II, Cartas, doc. 47 ss. A la cabeza de las monjas estaría, mientras eligieran abadesa, la Madre Juliana.
58. Ibid., doc, 49.
59. En la Crónica II verbos relatado minuciosamente el viaje. Don Manuel no se cansa de animar a las religiosas, dirigiendo sus rezos y plegarias (ff. 42 ss.).
60. Crónica I, f. 34.
61. Crónica II, p. 76. Por este tiempo, como veremos, don Manuel andaba ya metido de lleno en la fundación de sus colegios de San José, lo que no le impide, aún en los años que siguen, que continúe interesándose por «sus» monjas de Vinaroz. El 1 de marzo de 1878 asiste a la colocación de la primera piedra de la iglesia, que sería terminada y bendecida por el señor obispo, con la asistencia también de mosén Sol, en 1884; en 1881 les bendice una imagen de la Virgen; el 29 de marzo de 1878, él y el señor Gombau hacen la venta a la comunidad, por 4.000 pesetas, del edificio y de la huerta del convento; en el mismo año da la primera comunión a las niñas que van a la enseñanza; y siguen menudeando las visitas y las cartas que envía tanto a la nueva abadesa, Madre Juliana, como a las demás religiosas (E. II, Cartas, 1.º, 53, 55, 79, etc.; Escritura de venta, en el archivo del convento de Vinaroz).
La madre Escolástica sería, en adelante, dirigida, confidente y de la máxima confianza de don Manuel. De ella escribiría: «La madre Escolástica es una santa, pero de tipo dulce y agradable como el de santa Teresa»; «es la mujer de más talento, de más virtud y más guapa que he conocido» (E. II, Cartas, doc. 53 y 57: cartas de 1 abril y 17 mayo 1878).
62. E. II, Cartas, 1.º, 138: carta de 28 abril al padre Marro.
63. Cartas al mismo padre; Ibid., doc. 145 y 149.
64. «Si bien los medios con que se cuenta son hasta el presente insuficientes, la esperanza de que el Señor irá bendiciendo esta obra, obliga a las personas que le han iniciado, inspiradas sin duda por Dios, a procurar los que estén a su alcance para no desoír la voz de El» (Borrador de una carta que a nombre de tercera persona escribe don Manuel al conde de Creixel, para que éste, en vías de la nueva fundación, cediera o vendiera una huerta de su propiedad: III, Varios, 2.º, 152).
65. El 10 de abril de 1883 escribía al padre Marro: «No hemos empezado todavía las obras del convento de Benicarló, porque el ilustrísimo señor obispo no quiso las empezáramos sin tener antes el Real permiso; y casi me enfadé por esto. Aguardarnos dicho permiso de un día para otro, si no nos engañan los agentes de Madrid» (II, Cartas, 1.º, 151).
Firman la solicitud elevada a Madrid don Manuel y don Rafael Algueró, Pbro. En otro escrito de ambos declaran que el edificio se construye «a expensas de la magnanimidad de la señora noble doña Juana Bordás de la misma población» (E. III, Varios, 2.º, 151 y 155).
66. «Nota de los señores que firmaron el acta que se depositó en una botella bajo la primera piedra, que se bendijo en el ángulo de la proyectada iglesia del convento de religiosas concepcionistas de Benicarló, el día 16 de diciembre de 1883: 'A gloria de la Purísima Concepción’.
En la villa de Benicarló, el 16 de diciembre del año 1883, dominica tercera de adviento, y el 29 de la proclamación dogmática del misterio de la Inmaculada Concepción, siendo Sumo Pontífice el sapientísimo León XIII, en el sexto año de su pontificado, y obispo de la diócesis de Tortosa el Ilmo. señor don Francisco Aznar y Pueyo, en el reinado de Alfonso XII, por iniciativa de algunas piadosas personas y para honra y gloria de la Santísima Virgen en su preclaro misterio de la Inmaculada Concepción, y satisfacer la devoción que esta población la tiene, y para fomento de la piedad y de la virtud en la misma, el Ilmo. señor obispo, a las tres de la tarde de dicho día, bendice y coloca la primera piedra de esta iglesia y convento de Religiosas Franciscanas de la Orden que cuenta entre sus glorias más preclaras a la Venerable Madre María de Jesús de Agreda, y que hoy empieza a construirse, estando presentes las autoridades locales, gran número de sacerdotes y un numeroso gentío que ocupaba todo el terreno destinado al convento y sus alrededores. –Y para que así conste, y sea perpetua memoria, se extiende la presente acta en el mismo día, hora y lugar de la ceremonia, y que firman las personas siguientes, presentes al acto:» (Ibid., doc. 158 y 159).
Entre las numerosas firmas encontramos también la de don Manuel.
67. En la carta citada anteriormente, nota 64.
68. Fundación de un convento de religiosas en Roquetas: E. III, Varios, 1.º, 24; Crónica II.(de la fundación del convento de Vinaroz), que ya hemos citado, parte 2.1, p. 4.
69. 11, Cartas, 4.º, 113.
70. Crónica II, p. 6.–«No he venido contento de las noticias de la atmósfera de la Vall, producida por el infierno... ¡Pobres parroquias y pobres almas mías de Vall de arriba
y de abajo! No sé si usted sabe que la misma secta solapada rompió el tubo del agua. En fin, el infierno que rabia...» (II, Cartas, 4.º, 134).
71. «Recibo la suya. Veo que quiere sacar la traza, y lo logra, de decirme que no tengo entusiasmo por mi Vall del Sol, y lo hace para excitarme más. ¿Qué no he hecho? o más bien ¿qué he dejado de hacer por este negocio? Le he acercado las almitas (las fundadoras); las he desviado de Benicarló; he sacrificado a otras almas de aquí ... ; he ido dos veces a Vall, gastando fatigas y tiempo; he dado consejos, he orado todos los días... Y, en cambio, acusaciones y desagradecimiento, y que estoy desprendido, cuando casi hago pecados, porque me dicen que no debo cuidar de estas cosas ... » (11, Cartas, 4.º, 134).
Como veremos, por estos años don Manuel tenía hartas preocupaciones con la Hermandad, los colegios de España, Roma, Portugal y América, etc. El 1.º de enero de 1894 escribía a don Benjamín, rector del colegio español de Roma: «Estoy mareado con el convento de la Vall... El vicario capitular con su calma... Los sermones... El pueblo... No sé si conviene a los operarios estos negocios, aunque no sean permanentes» (11, Cartas, 7.º, 4), Y al mismo, el 13 siguiente: «Aunque rabiando, quiero empezar hoy. ¡Dichosos conventos y monjas! Y con todo tres días que estoy aquí, y no puedo desenvolverme para escribir. Vall de Uxó, ¡La mar ... ;» (Ibid., doc. 25).
72. Crónica II, 20–33.
73. «Siempre figura –le decía a don Manuel la superiora en 1905– con preferencia V.R. en la lista de nuestros recomendados a Dios. Ya sabe que siempre le hemos mirado como nuestro padre» (Torres, Vida, 289).
74. Ibid., 289.
75. Carta a doña Magdalena Colom: II, Cartas, 1.º, 99.
76. Ibid., doc. 111. La viuda doña Teodora, ahora religiosa, sólo disponía de 2.500 duros. Don Manuel busca los 2.000 restantes al 5 % de interés, que pronto se fueron enjugando. Cuando los fundadores llegaron a Tortosa, en la estación les esperaba don Manuel, que ya les tenía preparadas habitaciones y comida (Torres, Vida, 212 s.).
77. Sermón, 7 marzo 1880: E. I, Sermones, 9.º, 124.
78. «No tengo tiempo para moverme. Ayer lo pasé en día de retiro con las desamparadas del Asilo del Angel, donde tenemos ya 13 recogidas...» (Carta de 3 mayo 1880: E. II, Cartas, 1.º, 117).
«Era don Manuel el corazón y el alma de esta comunidad. Todos los meses nos daba el retiro, por lo menos durante seis años, y en este día siempre había un extraordinario en la comida, seguramente a sus expensas. De vez en cuando se recibían limosnas y regalos de personas desconocidas que resultaban ser confesadas de mosén Sol ... » (testimonio recogido por A. Torres, Vida, 215).
El padre Serra –retirado luego en el Desierto de las Palmas, pocos meses antes de morir asistirá, como veremos más tarde, al acto oficial de la constitución canónica de la Hermandad.
79. Don Enrique de Ossó funda en 1873 la «Asociación de Hijas de María Inmaculada y Santa Teresa de Jesús», elevado luego a «Archicofradía Primera» por Pío IX en 1875. Al siguiente año establece la «Compañía de Santa Teresa» (M. González, Don Enrique de Ossó.... 132 s., 139, 205 s.).
80. E–1, Sermones, 3.º, 96. Enrique de Ossó había muerto en 1896.
81. E. III, Varios, 1.º, 77: «Para las nuevas constituciones que se han de presentar». Va corrigiéndolas capítulo por capítulo. En junio de 1900 escribía a J. B. Calatayud: «He concluido ayer la tarea sobre lo de las Teresianas, que me ha dado unos días de verdadero trabajo mental» (II Cartas, 13.º, 104).
82. Cf. Ibid., 16.º, 69; y cartas que dirigen varias religiosas a don Manuel RAH, carp. 17 «De Religiosas», leg. 1.
83. E. II, Cartas, 20.º, 129. Para la fundación de Villafranca del Cid les ayuda don Manuel, por medio de una persona amiga, con el donativo de 2.000 duros. Otras actuaciones suyas respecto a estas religiosas en: E. III, Varios, 1.º, 80.
84. En los últimos años de don Manuel, escribíale la madre Aloysia Pla Deniel: «La diferencia y afecto que en todas ocasiones manifiesta usted por nuestro Instituto y por cada uno de sus miembros, crea usted que queda correspondido por nuestra parte, si no debidamente, por lo menos en cuanto alcanzan nuestras pobres fuerzas» (RAH, carp. 117, leg. 20).
85. Sobre la estima que éstas religiosas tenían a don Manuel, cf. A. Torres, Vida, 293 s.
86. «Suscripción para las Oblatas de Benicarló»: E. III, Varios, 1.º, 76.
87. A. Torres, Vida, 217 s.
88. E. III, Varios, 1.º, 74.
7
Apostolado de la juventud y de la familia
I. PRECURSOR DE LA ACCION CATOLICA
1. El problema de la enseñanza religiosa
Hemos dejado a don Manuel cuando en 1868 cesa como profesor del Instituto de Segunda Enseñanza de Tortosa. Dedicado, como acabamos de ver al apostolado de las almas consagradas a Dios, no olvida, y de ahora en adelante será una de sus primeras preocupaciones, el que venía dedicando a la juventud desde sus primeros años de carrera sacerdotal:
Mucho ha sido –confesaría más tarde– mi amor a la juventud. Desde el día en que recién ordenado se me colocó en el Instituto como profesor y como secretario, he tenido interés por la juventud varonil. Aunque no hubiera sido por ni¡ natural afecto, la experiencia de la importancia que tiene este campo, los resultados de gloria de Dios y bien de la sociedad, y por lo tanto de bien de la juventud, serían bastante motivo para mirarla con predilección.
Vilá, Franquet, Olesa, los Tallada, en los revueltos días del 68, fueron objeto de nuestra solicitud y salvaron sus convinciones en medio de aquellas borrascas. Otros, que no entraron o no se cobijaron bajo esta sombra, naufragaron. Y aunque algunos se han acogido, al fin, a una tabla de salvación, otros desgraciados se hundieron en la impiedad...
España estaba bajo la presión de una atmósfera asfixiante de desbordamiento de pasiones, y casi diríamos de impiedad, en aquel orden de cosas, después de la tempestad del 68. Se me acercaron entonces dos o tres jóvenes de los que habían sido mis discípulos en el Instituto que entonces subsistía, pidiéndome una organización semejante a la que había iniciado la Juventud Católica de Madrid. Consulté con el prelado señor Vilamitjana que lo aprobó, y provoqué una reunión en una casa de la plazuela del Rastro que servía de escuela de latín, porque el seminario estaba arrebatado por la revolución. Entre los concurrentes estaban don José Franquet Ferreres, don Víctor Olesa, don Santiago Vilá, don Domingo Grego y otros. Les expuse el pensamiento de construir la Juventud Católica con las bases de la de Madrid y un Reglamento particular, que allí se empezó a discutir. Les indiqué para Consiliario al magistral de entonces, el malogrado [don Francisco] Vilaret 1. No solo se recibió muy bien la idea, sino con entusiasmo tal, que no se presentó dificultad que no se venciera, dispuestos no sólo a defender las convinciones católicas que habían recibido de sus familias, sino a combatir con denuedo por la palabra y por la propaganda del bien 2.
Era necesario, pues, defender a una juventud que quedaba por entonces abandonada y sobre todo en lo que se refería a la enseñanza, a merced de peligrosas influencias ideológicas. A raíz de la Gloriosa, había quedado relegado el artículo segundo del Concordato que prescribía la enseñanza de la doctrina católica en los programas oficiales del Estado 3. La junta Revolucionaria y luego las Cortes Constituyentes proclamaron la libertad de enseñanza bajo la inspiración ideológica del krausismo, que conseguía con ese medio su anhelado ideal de la enseñanza libre 4. El Estado, sin embargo, se consideraba a sí mismo como «subsidiario» en esa nueva faceta de secularización, mientras no se llegara a la supresión de la enseñanza pública, si bien tal principio de subsidiaridad fuera entendido por la junta como un objetivo intermedio a alcanzar, dado que la situación cultural de España no permitía por entonces dejar a la acción individual el cuidado de educar al pueblo. De aquí que el Estado considerara como un deber primario mantener la enseñanza oficial, aun en medio de la más absoluta libertad de cátedra, de doctrina, libros de texto y metodología 5.
De todas esas libertades la única que quedaba excluida era la Iglesia. Y no es que faltaran mentalidades equilibradas que, admitiendo las ventajas que Podía ofrecer la libertad de enseñanza, aconsejaran que se siguiera manteniendo el derecho inalienable, aunque no exclusivo, que la Iglesia tenía respecto de la misma 6. De haberse aceptado esta postura tanto por parte de la Iglesia como del Estado y se hubiera llevado a la práctica, la tensión reinante hubiera acabado posiblemente en un mutuo entendimiento, ventajoso para ambas partes, y en resumidas cuentas para la formación del pueblo, que era lo que entonces importaba. Por desgracia, ni el Estado por su hostilidad hacia la Iglesia, ni ésta por su intransigencia consiguieron el resultado apetecido.
No cabía otro remedio, para impartir la enseñanza religiosa, que la labor que pudieran ir llevando a cabo personas o entidades particulares. Sería en este frente donde don Manuel iba a reñir sus primeras batallas.
2. La «Juventud Católica»
A raíz de los decretos citados, los obispos españoles se muestran conscientes de la situación desastrosa en que quedaba la enseñanza católica y de las repercusiones que iba a suponer en cuanto a la formación cultural y religiosa de la gran mayoría de los españoles. Tanto ellos como buena parte de los activistas católicos buscan soluciones radicales 7 y mientras condenan tal secularización calificándola como un error a la vez que teológico, moral, económico y social 8, proponen, entre otras, las medidas siguientes:
Para evitar de algún modo este grave mal, o amainar a lo menos sus funestos efectos, no hay en el día, según la legislación vigente, otro medio legal que el de oponer a la enseñanza irreligiosa la enseñanza católica en escuelas y cátedras establecidas a expensas o con el auxilio del clero, deduciéndose de aquí que, lejos de haber desaparecido para él el deber de atender a la instrucción, se ha hecho tanto más grave y urgente cuando su cumplimiento es uno de los medios más eficaces para preservar a los jóvenes de la corrupción y del error, y para satisfacer esta verdadera y apremiante necesidad de lo que en el preámbulo se llama servicio religioso.
Tócale a la Iglesia –leemos en otro documento– dirigir, formar y mejorar el espíritu humano por medio de la instrucción y de la educación; tócale al Estado, mientras se llame católico, ejecutar sus decisiones; tócale a la Iglesia definir la verdad y propagarla; tócale al Estado favorecer la propagación e impedir la de los errores que la contradigan 9.
Como el Estado siguiera desentendiéndose, deciden canalizar una serie de instituciones docentes, concretamente «Los Estudios de la Asociación de Católicos de España», «Las Academias de la juventud Católica» y «La Congregación de San Luis», de las que, éstas dos últimas, tanto iban a interesar en adelante a don Manuel 10.
Las «Academias de la juventud Católica» aparecen en Madrid en 1869, como defensa de la sociedad católica frente a la revolución. Pronto se extienden a otras ciudades españolas y llevan a cabo una labor beneficiosa, organizando actos culturales, recreativos y académicos, sobre todo en favor de los niños y de los jóvenes más necesitados con el fin de apartarlos de las escuelas estatales y de las no pocas gratuitas que iban organizando, ya por entonces, los protestantes. Intentan la restauración de las ideas católicas en la sociedad moderna, moralizar y mantener alejada de otros lugares de corrupción a la juventud por medio de la instrucción cristiana 11.
Por lo que se refiere a la Congregación de San Luis, es considerada por la prensa católica de aquellos años como «el arca de salvación para los pueblos y la juventud», por la preparación catequético–sacramentaria que da a los jóvenes de ambos sexos y las honestas diversiones que les proporciona, preservándoles, al mismo tiempo, de influencias malsanas y de peligrosas doctrinas. Era regida por un director general con el que colaboran otros sacerdotes, afiliados a la «Espiritual y Pía Unión de Hijos Predilectos de María Inmaculada bajo la protección de San Luis Gonzaga». Suelen organizar, a modo de los «Oratorios salesianos», movimientos culturales como los «Coros» y los «Teatros de San Luis» 12.
Como ya indicamos, y ello era a finales de 1869, don Manuel propone a un grupo de amigos establecer en Tortosa la «Juventud Católica», siguiendo las bases de la de Madrid y con un reglamento particular que ellos mismos confeccionan 13.
El objeto de los miembros de esta Asociación –decía el citado reglamento– es: instruir con asiduidad en los principios de la ciencia y de la moral católica; animarse mutuamente a encender en sus corazones el fuego de la religión; propagarle por todos los medios legítimos; defender con todas sus fuerzas los derechos, preceptos y disposiciones, y vindicar el Catolicismo de todos los ataques e injurias proferidos contra él. Serán medios para instruirse: la lectura de periódicos, folletos, libros selectos de moral católica, de controversia, de historia y literatura; las conferencias privadas y las públicas y periódicos, como también las consultas con personas instruidas...
Para atender debidamente al primer modo de inspiración, se procurará, aparte las suscripciones a revistas, periódicos, etc., etc., formar una biblioteca escogida para uso de los asociados, en el local de las reuniones...
La Junta se compondrá de un presidente, un vice–presidente, dos secretarios, un tesorero y tres vocales...
Las sesiones públicas se verificarán en fechas variables, a juicio del presidente que las señalará con la oportuna anticipación. En ellas se leerá algún discurso sobre un punto de moral, historia, disciplina, ajustado al criterio exclusivamente católico y en defensa de él... Además del discurso ordinario, en estas sesiones podrá cual quiera de los asociados, con permiso del presidente, leer algún artículo de oportunidad, poesía, etc., etc.
Serán medios para propagar la idea católica, además de los discursos de las sesiones públicas, la impresión de hojas y folletos, el establecimiento de alguna biblioteca popular, la enseñanza voluntaria y gratuita, etc. 14.
Fue nombrado primer presidente el abogado tortosino don Antonio Dolz Rosell. Las reuniones las celebraban, al principio, en el propio domicilio de mosen Sol; con el tiempo, en una casa de la plaza del Hospital, luego en la calle de Gil de Federich y, finalmente, en el magnífico edificio de la antigua iglesia de la Merced. Logró adiestrar don Manuel en el manejo de la palabra a un distinguido grupo de jóvenes, de los que se mostraba verdaderamente orgulloso. «Queda usted encargado –escribía en noviembre de 1871 a Froilán Beltrán– de predicar el sermón de primera clase a mis 'purísimas' el día de su Patrona. Estaba por darle el de la 'Juventud Católica', pero tal vez podamos aprovechar a otro este año y dejaremos a usted para el que viene. El día de la Purísima tiene sesión la 'Juventud'. Tendrá usted el gusto de oír a nuestros jóvenes. Tal vez hable Foguet, el abogado y semi–diputado ... » 15.
Con tales colaboradores don Manuel siembra entusiasmo y optimismo entre los jóvenes tortosinos. «Baste decir –confesaría más tarde– que la atmósfera que reinaba cambió por completo; y con veladas, peregrinaciones, funciones religiosas, etc., salvaron la fe» 16. En 1871 hace entre ellos una suscripción para el Papa 17, y unos años más tarde, 1878, iría en peregrinación a Roma ostentando la representación de su «Juventud Católica» tortosina, cuando ya era subdirector del recién fundado colegio de San José.
a) Anécdotas de una peregrinación
Sería éste uno de los viajes a la ciudad eterna que más impresionaron a don Manuel y del que nos ha conservado un Diario sumamente preciso y detallado 18. Formaba parte de la peregrinación nacional organizada por la juventud Católica de Barcelona para prestar homenaje a León XIII, elevado al solio pontificio el 13 de febrero de aquel año. Eran unos 2.000 peregrinos, entre los que se encontraba el vate catalán jacinto Verdaguer, e iba presidida por el obispo de Huesca. Don Manuel ostentaba la representación oficial de la diócesis de Tortosa.
Al desembarcar en Civitavecchia los aduaneros italianos pusieron algunas pegas a los peregrinos. «Omito –comenta en su Diario– las escenas de las aduanas. Hacía ocho años que había pasado por allí, cuando eran de nuestro común Padre, y las pasamos con las atenciones debidas 19. Ahora nos trataban como a gente conquistada». El 17 de octubre fueron recibidos en audiencia especial por el Papa. A don Manuel le causaría una impresión imborrable. «¿Cómo pintar –sigue escribiendo– el efecto que me causó León XIII? Al verle, blanco el cabello, tan delgado, con el sello de un sufrimiento indefinible en :su semblante, el primer efecto que me produjo fue el de una reverente compasión. Se veía en su despejada mente el sello de su vasta inteligencia. Había en su conjunto un sello de dulce austeridad que me hacía pensar: ¡Oh, tenemos Pontífice para poco tiempo!
Terminado el discurso del obispo de Huesca, se levantó como con fatiga, pero al desplegar aquellos brazos, al oír aquella voz argentina, aquellos ademanes tan vivos, aquella efusión de sentimientos, llenos de tanta naturalidad como elocuencia, desaparecieron mis temores y comprendí que toda aquella debilidad de cuerpo estaba compensada con una virilidad de espíritu consoladora. Aquella figura angelical, que descollaba sobre los demás, y en aquella actitud, con los brazos abiertos, parecía una visión».
Cuando le llega su turno, don Manuel, con un mensaje escrito en latín 20, entrega al Papa el donativo de la diócesis tortosina; éste aprieta entre las suyas las manos de mosén Sol. «Todos salimos –aclara– poseídos de la convicción de que León XIII era un santo, y de que por sus maneras dignas y por su diplomacia y sagacidad, era el hombre de estas circunstancias ».
Con el Papa, le gusta más ahora Roma a don Manuel. «En Roma –reconoce sinceramente– siempre se disfruta. No he encontrado quien haya sufrido desencanto o desilusión. Se sabe lo que hay en Roma, se lee; pero, al verlo, parece todo nuevo, como si nunca se hubiera oído hablar de ello». Y nuevos le resultarían también dos palacios romanos, el de Altieri y el de Altemps, donde fueron agasajados los peregrinos españoles con veladas literario–musicales por el cardenal Borromeo y por los jóvenes católicos del Círculo de San Pedro, y que tanto iban a contar, años más tarde, en sus trabajos, desvelos y realizaciones romanas.
De vuelta para España, don Manuel recorre con unos amigos varias ciudades italianas: Espoleto, Foligno, Asis, Perusa, Florencia, Pisa, Bolonia, Padua, Venecia, Milán, Turín y Génova. De todas ellas queda profundamente impresionado. «El 7 de noviembre –comenta en una carta– llegué [a Tortosa] de mi excursión a Roma y por Italia. He visitado el sepulcro de san Francisco y el de la madre santa Clara; el de san Antonio de Padua, y he besado su lengua. He tocado las manos de santa Catalina de Bolonia, y hasta he pegado golpecitos a dichas manos. He visitado Venecia, Milán, etc., etc... Aún no he tenido tiempo para pensar en mí, porque no me dejan ni un momento las visitas de los que quieren saber del dulce y angelical León XIII, cuya figura es una visión» 21. Valiéndose del secretario particular de León XIII logra de éste dos autógrafos, uno para sus colegiales de San José y otro para la «Juventud Católica» tortosina.
b) Nuevos apostolados
Incesante era la labor que, a pesar de sus otras muchas ocupaciones, iba desarrollando don Manuel con sus jóvenes católicos de Tortosa. A más de dirigirles sermones y pláticas, de vez en cuando organiza para ellos actos culturales y de formación apostólica: en octubre de 1880, vgr., un curso de conferencias científicas sobre geología y paleontología, desarrolladas por técnicos como don José Landerer y el jesuita padre Vicent; y para las tradicionales fiestas de la santa Cinta de 1883 una magnífica «Exposición agrícola» de productos del país, que fue inaugurada el 3 de septiembre en el colegio de Santiago y san Matías.
Del 7 al 11 de diciembre de 1887, en su domicilio social –el solar que hoy ocupa el templo de la Reparación– la «Juventud Católica» organiza una «Asamblea de Asociaciones Católicas». De tan notable acontecimiento decía la prensa de aquellos días: «La diócesis de Tortosa ha sido la primera en España que ha llevado a la práctica este gran pensamiento y esta obra predilecta de León XIII». No ha faltado quien haya escrito que fue aquella Asamblea la causa de que germinase la idea de los futuros Congresos Católicos Nacionales; por lo menos, bien puede asegurarse que fue como un ensayo anticipado de los mismos.
Se reúnen 748 asambleístas y preside las sesiones el prelado de Tortosa, don Francisco Aznar y Pueyo. De ellas dice el distinguido escritor tortosino don Ramón Vergés Pauli que «por lo esplendorosas y severas y por las conclusiones aprobadas, parecían tener el carácter de aquellos antiguos concilios en que todos los estamentos sociales ponían a contribución sus energías pro aris et focis». Hablaron oradores ilustres como don Rafael Rodríguez de Cepeda, Vilaret, Jerdiel, Cristóbal Botella, el obispo Aznar y Pueyo, el presidente de la «Juventud Católica» 22 y don Manuel, quien actúa de ponente en la sesión primera con el tema: «Obras de fe y de piedad» 23.
El 16 de octubre de 1892 la «Juventud» celebra una solemne velada literaria en honor de Colón, para conmemorar el cuarto centenario del descubrimiento de América.
Igualmente, don Manuel sigue trabajando por los jóvenes en campos más o menos variados. En 1877 se había inaugurado en el antiguo de San Matías un colegio diocesano de Segunda Enseñanza, agregado al Instituto provincial y bajo la advocación de san Luis Gonzaga. Fundador y director del mismo es el ya conocido don Juan Corominas, gran amigo de mosén Sol, quien a la vez de darle reglamentos 24, organiza su nuevo plan de estudios. A don Manuel le confía la cátedra de religión y de moral; y éste, al igual que hiciera en el Instituto, vuelve a escribir esquemas de sus lecciones, atender a los alumnos, llevarles a los actos piadosos, etc. Como complemento de las clases, atiende también a la «Escuela Dominical» que, como en otras ciudades de España, venía funcionando en Tortosa desde 1865 25. En 1873, interviene para darle una mejor organización y efectividad. Y lo mismo hace fuera de Tortosa, a través de la diócesis: tenemos numerosos esquemas de lecciones, artículos y puntos de predicación que iba repitiendo por diversos círculos católicos y en las escuelas nocturnas 26.
c) Resultados y nuevas esperanzas
Bien podía gloriarse años más tarde de los resultados obtenidos, aun reconociendo, como es natural en toda clase de organizaciones, que habían disminuido un tanto la fuerza y los entusiasmos de los primeros tiempos.
«Vinieron después otros acontecimientos –confiesa en el Discurso citado–; cesó aquella lucha que era la que alimentaba el entusiasmo y unía a todos en un mismo parecer sin distinción de opiniones, y vinieron en el país las divergencias y pasiones 27; y aquella pléyade de héroes se retiró a sus campamentos».
Con todo –sigue diciendo,– «tenernos a la juventud ilustrada de hoy, hijos ya de aquellos tan amados discípulos para mí»; y aunque «la vemos en la inercia e inactividad, cuando precisamente nos amagan circunstancias que, si no tan violentas, pueden ser por lo mismo más peligrosas ... », y pues «estamos en vísperas análogas de lucha.... he creído oportunísimo proponer lo que en aquella época [de 1869–70] dio tan buenos resultados para el bien social de Tortosa y para el bien de sus propios individuos que no han perdido la estrella de la fe en las varias circunstancias y que han sido un consuelo para todos ... ».
Propone, por ello, restaurar de nuevo la «juventud Católica» tortosina, vigorizándola con nuevas iniciativas, medios de trabajo y de formación.
3. Círculos de obreros
Una de las iniciativas de la «Academia de la Juventud» fue la de establecer «Escuelas nocturnas para obreros y artesanos», de las que, por voto unánime «de los señores de la Junta», fue nombrado don Manuel director espiritual, habida cuenta «del celo e interés con que siempre ha mirado cuanto a esta sociedad se refiere» 28.
Ya hemos hablado algo de ese movimiento obrero, que por estos años se iba organizando en España y de modo especial en Cataluña 29. En 1864 surge la primera Asociación Internacional de Trabajadores, y las manifestaciones extremistas conocen uno de sus momentos más álgidos del período revolucionario 1868–1874. En septiembre del 68 tiene lugar la primera intervención española en el Tercer Congreso de la A.I.T. de Bruselas. Al año siguiente se gesta una «Federación Obrera Regional Española», integrada en la A.I.T., que celebra en Barcelona su primer congreso con asistencia de 90 delegados en representación de unos 40.000 obreros. Pablo Iglesias, en 1879, establecerá en España el «Partido Socialista Español», que pronto tendría gran arraigo en Cataluña 30.
La reacción por parte católica es muy débil al principio: tal vez por falta de sensibilidad en la burguesía y en las clases medias; quizá por miedo al «Socialismo» como elemento descristianizador de la clase obrera; o por ese mismo catolicismo oficial que no respondía a una ética socializante familiar. De los pioneros de primera hora, uno fue el padre Antonio Vicent, S.J. (1837–1912), quien logra crear, en 1864, el primer Círculo Obrero Católico en Manresa. Con el tiempo llegaría a controlar 114 organismos obreros de distinto carácter, que servirían de base al «Consejo Nacional de las Corporaciones Obreras Católicas». Entre otros, puede también citarse al padre Ceferino González, O.P., quien años más tarde, en 1876, establecería en Córdoba los «Círculos Católicos Obreros» 31.
Cuando el padre Vicent viene a Tortosa como dejamos indicado, don Manuel prepara una Asamblea de Asociaciones Católicas 32. Le preocupaban también los obreros y a ellos dedica buena parte de su tiempo, sobre todo en las escuelas nocturnas y de formación de adultos, o cuando les proporciona programas de decidida actuación católica. Entre sus papeles hemos encontrado el borrador de la siguiente proclama:
Círculos de Obreros:
Señores: Es inútil discutir sobre los círculos de obreros y su conveniencia: Los unos los combaten, los otros los apoyan.
Hemos visto personas muy buenas y de criterio, que sin embargo miran...
Dos son las causas: 1.º El espíritu de innovación.
2.º Los resultados.
Innovación: No comprenden la época. Cada época tiene su fisonomía.
Nuestra época ha perdido el carácter de vida de familia; el enemigo ha sacado al varón del seno de la familia, y le ha abierto centros de disipación, y los ha organizado.
Es un mal,
Sin embargo, existe: y lo que es peor, no se remedia.
Hay que darle, pues, una medicina. Como tal, pues, los círculos católicos son una necesidad. Ver de convertir esta necesidad en bien. Injertar estos centros, que son una necesidad, para convertirlos en centros para Cristo. ¿Y qué duda hay, si estamos ya bajo la aprobación de la Iglesia? ¿No ha bendecido al conde de Mun, ese apóstol infatigable, que ha levantado al lado de los centros socialistas de Francia, formidables centros que pueden, ser la regeneración de Francia?
Esta cuestión es,, pues, inútil a los que combaten los círculos.
Se dirá que nuestra España no está en condiciones todavía.
1.º Debemos responder que si no lo está hoy, lo estará dentro de poco. Y se establecerán después que venga el mal.
¿Qué pueblo hay donde no haya cafés levantados por la masonería, con periódicos y revistas?
2.º ¿No es mejor adelantarnos?
La 2.ª cosa que ha hecho temibles los círculos es el peligro que llevan en sí. Por una tendencia natural, hija del pecado original, tendemos a la emancipación, a la independencia, al mal. Somos democráticos por naturaleza; y de aquí que [en] los círculos empezados con la mejor intención, luego entran las ambiciones, las rivalidades. Además el enemigo malo tiende a malearlos, y en muchas partes la misma masonería se ingiere, pone la mano, y lo convierte en centro de impiedad. Los buenos se retiran, y el campo queda para los malos y organizados.
En Tortosa, ¿qué ha sucedido a estos centros?
Este sí que es un mal; ¿pero no puede precaverse?
Sin duda. ¿Cómo? Fijando bien las bases del reglamento, y ponerlas al amparo de todo vaivén con el principio de autoridad. ¿Serán Círculos Católicos? Pues que lo sean, y pueden serlo siempre.
Muchos círculos se han desvanecido por esto.
Además una Federación.
Al efecto se ha pensado en solidar los Círculos, mediante un fuerte reglamento en sus bases generales, como son: objetos, elección de Junta, intervención inmediata y constante de la autoridad eclesiástica y parroquial; bien que en lo accidental pueda haber innovaciones que pueden proponerse, y son capaces de alteración, como cuotas, clases de juegos, clases de bebidas, etc., etc. 33
Asimismo, piensa establecer un «Patronato del obrero», que sea, como él mismo lo define, una «Liga de propietarios para promover los intereses materiales y morales de los obreros y para defender (o resistir) las imposiciones injustas de los mismos, que atenten a la libertad de dichos propietarios en las obras que quieren ejecutar». Igualmente otra «Liga regional para la defensa de los intereses propios y promoción de los del país». Sobre ello llenaría, en proyectos y borradores, numerosas páginas 34, con lo que poco a poco fue infundiendo una nueva mentalidad en sus paisanos tortosinos.
II. LA CONGREGACION DE SAN LUIS GONZAGA (1880–1906)
1. Director de la Congregación
«Debemos concebir –escribía don Manuel– un verdadero respeto, una alta estima y un amor eficaz para cada una de esas almas tan queridas de Cristo. Debemos amar a la infancia y a la juventud como Jesús la amó: porque en esto está verdaderamente el secreto de educarlos y hacerlos felices y buenos. 'Es el secreto de Dios', decía el P. Félix. Este amor nos obligará, como consecuencia, a procurar que sea impresa, por todos los medios posibles, la imagen del divino Salvador en lo más íntimo de sus corazones, blandos como la cera, no rehusando fatigas para ello...» 35. No las rehusaría por cierto don Manuel. «He tenido amor a la juventud –repite de vez en cuando–. Tengo suma complacencia en estar en medio de vosotros. La juventud es mi ideal» 36.
Buena ocasión tiene de dedicarse a ella cuando a primeros de noviembre de 1880 es nombrado director de la Congregación Mariana o de San Luis Gonzaga, que los jesuitas habían establecido en el arrabal del Jesús en 1866. Como consecuencia de la «Gloriosa», éstos hubieron de dejarla y durante unos años fue dirigida por don Juan Corominas, quien propone a don Manuel para que le suceda en el cargo, cuando él ha de trasladarse a Tarragona con el obispo Vilamitjana.
Lo primero que hace don Manuel es añadir nuevas normas a los antiguos reglamentos 37, con el fin de que los jóvenes se fueran acostumbrando a las prácticas religiosas ya conocidas: tiempos de oración, visitas y vela del Santísimo, mes de María, etc. 38. «No está satisfecha nuestra ambición –escribía al cabo de algún tiempo–. La Congregación de San Luis de Tortosa tiene una misión providencial que cumplir. Por su historia, su naturaleza y sus medios, debe aspirar a formar una red que arrastre a la juventud de los pueblos de España» 39
Para el logro de estos anhelos piensa fundar una revista que sirva de órgano de la Congregación de Tortosa y lazo de unión, a la vez, de todas las que, en mayor o menor escala, existían entonces en España. El 13 de noviembre de 1880 dirige a todas ellas una circular en la que, después de lamentarse de que algunas diesen resultados tan poco relevantes y hasta estuvieran a punto de extinguirse, propone la creación de la revista como «incentivo que sostuviera la llama del entusiasmo juvenil». «Cuando en 1871 –les sigue exponiendo– en el 25.º aniversario de la coronación de Pío IX, la de Tortosa se dirigió a todas para un mensaje, surgió la idea de una revista que las demás confiaron a la de Tortosa; pero ésta, a su vez, a otra más importante. Diez años, y no se ha hecho». Había llegado, por tanto, la hora de que la revista apareciera definitivamente con los objetivos que se señalaban a continuación: 1. el desarrollo del espíritu del reglamento (culto e imitación de la Virgen y de san Luis); 2. el culto al divino Corazón y su fomento por las Congregaciones; 3. la creación de Gimnasios o Círculos de San Luis, y 4. el fomento de los demás medios de propaganda, insinuados en el reglamento de las Congregaciones» 40
2. «El Congregante de San Luis»
Un año después, en diciembre de 1881, salió a la luz pública el primer número de la revista mensual titulada «El Congregante de San Luis», como «órgano de la Congregación de la Stma. Virgen y San Luis Gonzaga, consagrada al fomento de las mismas». Una revista ágil, densa de contenido, instructiva y amena, que pronto alcanza fama y prestigio de carácter nacional. Para su elaboración don Manuel busca consejo y colaboraciones entre los padres jesuitas, que estaban de nuevo en Tortosa desde 1879 41, pero numerosos artículos fueron saliendo de su pluma, anónimos la mayoría de las veces. El mismo nos lo declara cuando da cuenta de la nueva revista, origen, razones y finalidad de la misma, a su primo el padre Marro, S.J., misionero entonces en Filipinas:
Hemos publicado –le dice– una revista que sea órgano de las Congregaciones de San Luis. Le envío los dos primeros números que han salido. Si se desea en esa alguna suscripción, me lo dirá... No extrañe, querido primo, que a la vejez haya sentado plaza de periodista. Se me encargó la dirección de la Congregación de San Luis de ésta, y lamentaba no hubiese una pequeña revista, órgano de las Asociaciones de España. Entusiasmé con la idea a alguno de mis amigos y a un congregante muy guapo que tengo, y me resolví a que se publicara. No para escribir yo mucho en ella, pues ya sabe que mis ocupaciones no me lo permiten, sino para ser solo el protector y el propietario de la revista y hacer trabajar a los demás. Con todo, alguna cosita hago, pero sin nombre. Los artículos D.P. son míos. No se burle de ellos y de las garrafales que me han puesto los cajistas. Como tengo tantos deseos de que se establezcan los Círculos de San Luis, por esto me he resuelto a indicar yo su conveniencia. La revista no se inició sin la aprobación de nuestros padres del Jesús, en particular del padre Gació y logramos tener un censor literario de entre los mismos padres. El padre La Rúa, de Barcelona, nos ha mandado muchas suscripciones. De los otros colegios de padres nos han enviado muy pocas. Y de algunos, lo hemos extrañado. Además, hemos adquirido en el Temple 42 un pedazo de huerto para ver si, ensayando allí un círculo de recreo, logramos animar a los congregantes. Los padres nos animan a todo esto relativo a San Luis, y el padre Xercavins tiene la amabilidad y la paciencia de revisar los escritos de los que quieren enviar algo para la revista. Le repito que no lo olvide ante el Corazón de Jesús. 43
En principio la dirige el mismo don Manuel con ayuda de don José Rubio y de don Ramón Curto. Algunos años después dejó su dirección a los operarios don Andrés Serrano y don Joaquín García Girona. Vivió la revista hasta 1897 en que, como veremos más adelante, apareció el «Correo Interior Josefino».
3. Gimnasio de recreo
Como ya apuntaba en las cartas que hemos citado, había adquirido don Manuel el 30 de noviembre de 1881, en el llamado ensanche del Temple de Tortosa, 2.700 metros cuadrados de terreno para establecer allí un Gimnasio o Círculo de recreo, haciendo, como primera providencia, que en él se plantaran gran cantidad de árboles 44. Lo veía necesario para atraerse a la juventud, como se lo explicaría poco después a uno de sus amigos. «Es una lucha –le escribe– la que es preciso sostener con esos jóvenes inconstantes. Por eso yo estaba desalentado de poder reunir un número regular de jóvenes que quisieran practicar la piedad, y no vi otro medio que el de establecer medios de recreación y en ellos confío, si ha de lograrse algo de los jóvenes.
En esta ciudad amurallada no hay ni un palmo de terreno y me he visto precisado a recurrir a un ensanche que ha permitido el Gobierno; y sin recursos y empeñándome, he comprado un espacioso terreno donde confío levantar un gran salón donde puedan jugar lo chicos y tener sus sesiones, representaciones, etc. Por ahora se pasa con un entoldado. Van aumentando los chicos y creo que tendrá resultado, pues a pesar de las pocas comodidades que ofrece hoy el sitio, pasan todas las tardes jugando a los bolos, al dominó, etc:... Estoy con usted de que estos jóvenes deben ser el plantel de la juventud Católica, pero sólo los que sean estudiantes; los demás serán plantel para los círculos de obreros...» 45
Otras razones de más envergadura movían también al animoso mosén Sol. Según razonaba al Sr. obispo, Aznar y Pueyo, los masones tortosinos venían proyectando un «Ateneo libre» y contaban con suficiente dinero para proporcionarle buenas instalaciones, diversiones, escuelas nocturnas y conferencias. El «espíritu del mal» –apuntaba en otra parte– procuraba «abrir centros de recreación desconocidos a nuestros padres, y con el pretexto de un solaz necesario en los días festivos, ha logrado introducir en los jóvenes la disipación y el desamor a la vida familiar primero, y después la relajación, atándoles allí con la cadena del respeto humano por las amistades adquiridas en estos lugares, impregnados la mayor parte de ellos de una atmósfera viciada por lecturas, ideas y ejemplos nada edificantes... ¿No se hace, pues, indispensable –sigue preguntándose– que la juventud de San Luis, sin abandonar el carácter de altamente piadosa que la debe distinguir, tenga un lugar de recreación en los días festivos...?» 46
A ello va don Manuel. Decide comprar el terreno y luego de resolver no pequeñas dificultades, logra poner la primera piedra el 9 de julio de 1882, fecha que solemnizaron los congregantes con una velada literario–musical. Puede inaugurarlo el 26 de diciembre siguiente 47, y como primeras bases da a los congregantes el siguiente «Reglamento provisional»:
Artículo 1.º: El Gimnasio de los Luises es el local destinado a la recreación y honesto esparcimiento de los Congregantes de S. Luis.
Artículo 2.º: Es condición indispensable para pertenecer al Gimnasio que estén inscritos en la Congregación, al menos, como aspirantes de ella.
Artículo 3.º: La junta de la Congregación es la que está al frente del Gimnasio o Círculo y tiene en él iguales atribuciones, bajo la absoluta autoridad del director de la Congregación.
4.º: Se establecerán toda clase de juegos y demás medios de recreación, acordándolos antes la Junta. Esta indicará además las cantidades que pueden ponerse en cada uno de los juegos, así como también el precio de lo que se crea prudente proveer y expender en el Gimnasio.
5.º: La cuota mínima de los asociados al Gimnasio es de dos reales mensuales. No obstante, la junta podrá acordar para los que individualmente manifiesten de palabra o por escrito no poder subvenir con esta cuota, la de un real mensual.
6.º: La insolvencia de la cuota respectiva por tres meses consecutivos, indicará darse de baja el insolvente, y no podrá de nuevo ser admitido sin nueva solicitud. 7.º: La Junta cuidará de que cada día festivo, o en los que se determine abrir el Gimnasio, haya al cuidado de él un individuo de la misma, asociado a uno o más prefectos. Estos están obligados a este turno, no mediando razón para excusarse, que en este caso expondrá al presidente.
8.º: Todos estos cuidarán del orden en el Gimnasio, y sus disposiciones serán atendidas, como si fueran emanadas de la junta, pudiendo despedir interinamente a cualquier individuo, si lo creen conveniente, dando después cuenta de sus disposiciones a la junta.
9.º: Se procurará todos los meses una representación teatral, una sección literaria, y habrá una función mensual según el reglamento de la Congregación.
10.º: La falta de asistencia por tres veces consecutivas, o cinco al año, a la función religiosa, sin fundar antes la no asistencia al prefecto respectivo, o al presidente, será motivo para la expulsión del Gimnasio, y aún de la Congregación.
11.º: La tarde de la función mensual religiosa, no se admitirá en el Gimnasio a ningún individuo durante el tiempo que dure aquel acto.
12.º: Las composiciones para las secciones literarias, así como también los dramas que se representen, deberán ser antes revisados por el director, o por otro comisionado por el mismo.
13.º: La junta podrá acordar la expulsión temporal o perpetua del Gimnasio de cualquier individuo, sin estar obligada a darle explicaciones.
14.º: Los que sean dimitidos, lo mismo que los que dejen de pertenecer voluntariamente al Gimnasio, no tendrán derecho a reclamación alguna, respecto de cuotas y demás del Gimnasio.
15.º: Ningún acuerdo tendrá efecto sin la voluntad y asentimiento del Director, el cual es asimismo, y será el único propietario del Gimnasio, y de cuanto a él perteneciere.
l6.º : Los aspirantes a la Congregación, que, según el Reglamento, pueden serlo los que todavía no comulgan, podrán ser admitidos al Gimnasio, pero resolviéndose antes por la Junta para cada individuo en particular, según su edad y condiciones.
17.º: Los Protectores de la Congregación, según el Reglamento de la misma, Podrán pertenecer al Gimnasio, satisfaciendo la misma cuota que los socios efectivos.
Gimnasio habría de regirse por un presidente, un vicepresidente, un tesorero, un secretario, un bibliotecario y varios vocales que nombraría el rector 48.
La primera Congregación establecida por los jesuitas del Arrabal del Jesús reunía en un mismo y único grupo a estudiantes y. artesanos. Don Manuel los divide ahora en dos secciones, si bien quedan bajo el mismo director. Para los no estudiantes o artesanos, a más de las recreaciones y actos de piedad comunitarios, establece escuelas nocturnas, dirigidas y sostenidas durante muchos años por la Congregación de San Luis, con otras actividades propias de los mismos. «Esto tiene la ventaja –explica de que los no escolares ven que no es cosa de estudiantes, sino de artesanos; van viniendo cada día en mayor número y están satisfechos» 49.
De estos estudiantes –entre ellos numerosos seminaristas– llega a reunir unos 150, a los que tenía divididos en diez coros. Para adiestrarlos en la propaganda social cristiana, establece secciones destinadas a recoger ropas, que distribuían luego entre los pobres; a visitar los jueves las cárceles, consolando, obsequiando y disponiendo a los presos para la recepción de los Sacramentos e instruyéndoles en la doctrina cristiana; a visitar cada semana a la Virgen de la Cinta y al Santísimo Sacramento; a repartir entre las clases trabajadoras La Lectura Popular; a canjear libros de sana doctrina e instructivos, por otros que iban recogiendo, prohibidos o inmorales... «Todo –escribía en El Congregante para bien de nuestra población, tan trabajada por el indiferentismo religioso» 50.
Mientras padece un sensible contratiempo con la muerte de su gran colaborador el joven, de 24 años, José Rubio y Lluis (+ 29 diciembre de 1883) 51, puede ir agrandando el Gimnasio, dar fin a sus obras, embellecer los campos de recreo, dotarle de nuevas recreaciones, etc. El 29 de junio de 1897 inaugura la capilla, en la que en adelante celebraría con sus congregantes ejercicios espirituales, funciones eucarísticas y demás reuniones piadosas 52. El 3 de julio siguiente, la S. Congregación del Concilio otorga la facultad de reserva del Santísimo en la misma capilla.
4. Más actividades juveniles
Además de las escuelas nocturnas, la Congregación funda en 1895 las escuelas dominicales en el salón de la Juventud Católica. Para el sostenimiento de unas y otras se gastó don Manuel grandes sumas de dinero de su peculio particular. Organizaba en obsequio de los que a ellas asistían funciones religiosas en la iglesia de San Felipe y dirigíales, para enfervorizarles, piadosas instrucciones.
Asimismo, ya desde 1881, había planeado una serie de proyectos para grupos de jóvenes o de caballeros, quienes, a más de promover un eficaz y más directo apostolado entre el pueblo, pudieran defender valientemente la causa católica. Denominábalos: «Liga de salvación», «Apostolado de San Luís», «Protectorado de San Luis», «Escuela de Piedad» bajo el patronato de san José, «Escuela de Nazareth», etc. Luego idearía, en 1901, una especie de «Federación de las Congregaciones de España», con diversas ramificaciones tales como «El Apostolado de la Juventud de Tortosa», y nuevos «Gimnasios de los Luises», así como una «Juventud Josefina» para los jóvenes que no pertenecieran a la Congregación, dividida en tres secciones: para antes de la primera comunión, para los ya consagrados y para los que se inscribieran, posteriormente, en la Corte de Reparación 53. Todo era en él actividad, entusiasmos febriles, ilusiones esperanzadas, proyectos y realizaciones. No es de extrañar que acabara a diario rendido y que al filial de su larga y extendida correspondencia indicara, a veces: «no puedo más», «estoy totalmente agotado».
Mientras pudo materialmente, hasta 1888, él llevaba personal e inmediatamente todos los asuntos relacionados con la Congregación de San Luis. Luego hubo de delegar en sus inmediatos colaboradores, los operarios. Pero aún le queda tiempo, como veremos más adelante, para organizar y llevar a cabo en septiembre de 1891 la peregrinación nacional de los congregantes de San Luis a Roma, en el centenario de la muerte de san Luis Gonzaga.
Por otra parte, ante el incremento de sus colegios de vocaciones y la necesidad que estos tenían de una nueva revista coordinadora, el futuro «Correo Josefino», tuvo que suspender, bien a su pesar y sin que dejaran de mediar algunas causas económicas 54, su querida revista «El Congregante». El 21 de diciembre de 1896 se despedía con no poca tristeza de sus lectores: «Quince años hace que salió a luz nuestra Revista... Podríamos citar no pocas Congregaciones que deben su existencia a nuestra Revista; otras muchas, a cuya reorganización y aumento de piedad ha contribuido en gran manera; la peregrinación al sepulcro de san Luis... Hoy las circunstancias han cambiado. Las Congregaciones de la Santísima Virgen han adquirido notable desarrollo. Algunas tienen órgano propio en la prensa...» 55.
Su dedicación plena a la Hermandad, a los seminarios y al colegio español de Roma; sus otras ocupaciones y su misma edad avanzada; y dado también que con el reducido número de operarios no podía seguir atendiendo tanto a la juventud como a la Congregación tortosina 56, todo ello hizo que fuera dejando a otras instituciones el cuidado y dirección de las mismas. En 1906 traspasa a los Hermanos de las Escuelas Cristianas el Campet del Roser y el local del Gimnasio, que pronto lo convertirían en uno de sus colegios 57. La Congregación, primero se funde con la que, bajo la dirección del presbítero don Tomás Bellpuig, funcionaba en el colegio de San Luis y luego se hicieron cargo de ella los jesuitas del colegio Máximo de Tortosa, añadiéndola el patronato del Beato Gil de Federich.
Don Manuel llevaría hasta el final de su vida su nostalgia por la juventud tortosina. En la página segunda del álbum de ilustres de la Congregación había dejado estampado este pensamiento: «Que la Inmaculada de la santa Cinta y san Luis Gonzaga bendigan a los jóvenes piadosos de Tortosa y les haga instrumentos aptos para reparar los intereses de la gloria de Jesús, ha sido y es mi constante anhelo. – M.».
Como un día el padre Llusá, S.J., nombrado director de la Congregación, hablara con don Manuel sobre la suerte de los jóvenes de Tortosa, «el rostro del venerable anciano –testificaba aquél– se iba animando y encendiendo más y más...; se le asomaron las lágrimas a los ojos y le dijo: 'Ah, Padre. ¡La formación de la juventud, esa es la grande obra! ¡El salvar a la juventud de Tortosa ha sido por muchos años mi sueño dorado! Creo que para realizarlo he puesto más trabajos y desvelos que para la misma Hermandad» 58.
III. OTRAS OBRAS DE APOSTOLADO
Si la acción que desarrolla en Tortosa, dentro del apostolado seglar, va llenando su tiempo y sus preocupaciones, no por ello deja de pensar don Manuel en proyectos de más alta envergadura tanto a nivel diocesano como nacional. Sueña con extender su acción a las más diversas clases sociales; agrupar a todos en una constante plegaria de amor y reparación; seguir dando llamadas de alerta, promover entusiasmos, animar.
Sería largo seguirle a través de tantos borradores como va rellenando, de tantas cartas como escribe y de tantas iniciativas que va repartiendo. Ello nos obliga, pues, a quedarnos con estos puntos más esenciales.
1. Prensa católica
Además de los artículos que publica en El Congregante, colabora también en el periódico semanal de don Enrique de Ossó, El Amigo del Pueblo, que, como ya indicamos, dura poco tiempos 59. El 9 de julio de 1872, escribíale desde Barcelona don Enrique: «Ayer leí El Hombre infame de esa, que vuelve a salir; su primer artículo es Guerra a la le divina. Es, pues, urgente que vuelva a aparecer El Amigo, Si podía ser esta semana, mejor...» 60. Desafortunadamente, no pudo ser así.
De otras publicaciones periodísticas de don Manuel no tenemos noticias 61, fuera de las ya indicadas y del posterior Correo Josefino. Sin embargo, le seguiría siempre interesando la difusión, siquiera fuera a niveles populares, de la buena prensa católica.
El 1.º de enero de 1872 acepta el nombramiento que le hizo el prelado de director de El Apostolado de la Prensa o Biblioteca popular, instalada en los bajos del palacio episcopal y que se encargaba de propagar por la diócesis lecturas piadosas y morales. Como era su costumbre, pronto lanza una «Circular» a todos los de la diócesis para que le ayudaran en la nueva empresa. En ella nos manifiesta la importancia que, precisamente en aquellos momentos de revolución, concedía a una prensa católica, bien activada y extendida:
Ha sido la prensa ––escribía– la que más ha contribuido al extravío de tantas inteligencias, poco ha vivificadas por la luz de la fe y de la piedad. ¿Quién no ha visto el empeño del protestantismo y de las sectas de la impiedad para introducir, sobre todo en las clases modestas de la sociedad, en los talleres, en los grandes centros, el virus del error por medio de la fácil y barata publicación de folletos, periódicos, novelas, etc.? El espíritu del mal ha creído encontrar en el invento de Guttenberg la palanca con que arrancar la fe, si le fuera posible, del pueblo español... Es cierto que por nosotros mismos, por grandes que fueren nuestros esfuerzos, nada podríamos: que la obra de la regeneración de la sociedad es toda de Dios. Pero Dios cuenta con la libre cooperación nuestra para realizar por la prensa sus grandes designios sobre la sociedad... 62
De aquella «Biblioteca» saldrían folletos, estampas, pequeños libros de devoción, circulares y otros papeles de propaganda. Hasta idea la creación de una editorial, que habría de llamarse «Imprenta Católica de San José» 63. Si no pudo lograrla, sí logró establecer una «Librería Católica» en el colegio de San Rufo, del que más tarde hablaremos, para la venta de libros piadosos a precios económicos. Sólo en los dos primeros años se despacharon libros y objetos de propaganda religiosa por valor de 18.000 pesetas. Años después intentaría fundar una asociación para divulgar la Sagrada Biblia, con el fin de contrarrestar la propaganda protestante en España 64.
2. Un «monumento» al Sagrado Corazón de Jesús
Por estos mismos años, de 1873 en adelante, procura extender en Tortosa y por toda España la devoción al Sagrado Corazón de Jesús. A sus religiosas, las «Claras» y las de San Juan, hacíalas rezar su «oficio litúrgico», y entre las señoras de la ciudad había formado varios coros de la «Pía Unión del Corazón de Jesús». Celebraba frecuentemente la misa en el altar que del mismo tenían las sanjuanistas y ante su imagen hace su propia consagración el 3 de enero de 1871 y el propósito de dedicarse a extender su devoción el 31 de mayo del año siguiente.
En adelante, iría todavía más lejos. «Estamos bajo la presión más peligrosa –escribía por entonces– de cuantas han atravesado nuestra madre Patria. El presente nos inquieta, la incertidumbre del porvenir nos angustia. ¿Quién podrá calmar las agitaciones de nuestro corazón?... Hasta el presente y en medio de las tempestades que más de una vez han parecido cernerse sobre nuestra ciudad, amenazando con días de luto y de sangre, una mano misteriosa y providencial las ha disipado y la tranquilidad ha renacido» 65.
Alude en estas palabras a uno de tantos proyectos que se había formado con ayuda de una señora, cuyo nombre deja en el anonimato, de establecer un «monumento», un «lugar de víctimas agradables» que sirviera de reparación y de expiación al Sagrado Corazón de Jesús. La noticia nos la ha dejado en el borrador de una carta que escribe en 1871, de la que recogemos los siguientes párrafos: «Muy Sra. mía y hermana en Jesús: No tengo el gusto de haber hablado con Vd.; sólo la recuerdo por haberla visto cuando en los últimos años de mi ordenación y estando yo aún en el seminario lo visitaba Vd.». Le pide excusas por su atrevimiento en escribirla, y continúa: «Empecemos, pues. Eran los primeros días de la Revolución de 1868. Catedrático entonces del Instituto y con el cargo de director de las religiosas en que todavía continúo, tuve que presenciar muchos extravíos. Los pecados que en aquellos días se cometían en mi estimada patria angustiaban mi corazón como el de todas las almas buenas y temía un castigo del cielo. Algunos se ofrecieron a Dios víctimas y el Señor las aceptó. Yo también me ofrecí y el Señor sin duda no me quería. ¡Quién sabe cuantos males detuvieron!...».
Una persona le había hablado a don Manuel de aquellos males y de los castigos que preveía iban a caer sobre España y Tortosa. «Esta amenaza –le sigue diciendo– hirió mi corazón... No quiero llamarlo inspiración. Un pensamiento cruzó mi mente y me pareció que el Corazón de Jesús exigía un propiciatorio, un monumento, un lugar de víctimas agradables ... ; un Instituto de religiosas dedicadas a honrar especialmente al Sagrado Corazón de Jesús y que tuviera por objeto desagraviarle de los pecados del mundo, atrayendo bendiciones para todos y en particular para esta ciudad... Mi proyecto es el de establecer ese convento en el lugar o edificio llamado de palacio de san Rufo, teniendo por base la iglesia de San Felipe con los adyacentes... ¿Es Vd. la destinada a levantar o promover este monumento a la gloria de Jesús?... ¿Está destinada a promover esta obra de la gloria de Dios? Medítelo silenciosamente en la presencia de Jesús. Como ve, no trato de imponerle ningún sacrificio exterior de ninguna clase. Yo creo contar con medios humanos más que suficientes... No me diga que el edificio no me pertenece.... porque no se desea más que su voluntad. Lo demás es dejarlo a la Providencia de Jesús y a mi cuidado» 66.
La noticia la amplía más tarde en otras cartas que dirige al obispo, señor Vilamitjana, y que creemos sean de 1873. Por ellas vemos que fue el mismo señor obispo quien le había confiado las amenazas que preveía iban a llover sobre España y Tortosa. Don Manuel le propone entonces erigir el citado monumento propiciatorio, «fundado por su Iltma. y con la cooperación posible de los hijos de esta ciudad; y que pudiese albergar sus cenizas para que ellas fuesen como súplica perpetua a fin de arrancar de las manos del Señor aquel terrible decreto, quod est contrarium nobis». Le propone la colaboración de aquella persona piadosa, «de fuera de esta ciudad» y la posibilidad de establecer en el citado palacio de San Rufo una comunidad de religiosas que se dediquen a la reparación del Sagrado Corazón de Jesús y a «un poco de enseñanza», porque «en mi concepto –le aclara sagazmente– conviene en algunas temporadas que ciertas cabezas puedan tener una ocupación exterior» 67.
Proyectos y más proyectos: siembra que va derramando, aunque, a veces, no pudiera recoger por sí mismo los frutos. Luego del «monumento espiritual», sueña en una revista mensual; más tarde en nuevas organizaciones 68 y por último en «levantar un monumento al Sagrado Corazón de Jesús –ahora de piedra y con toda grandiosidad– cuando tengamos paz» 69. Si externamente no pudo lograrlo, sí que lo vino a realizar, trabajosa y silenciosamente, en multitud de almas que poco a poco le fueron saliendo al paso.
3. El «Apostolado de la Oración»
Como cumplimiento de las promesas hechas en 1871 y 1872, el 9 de enero de 1874 don Manuel establece pública y solemnemente, en la iglesia de San Antonio, el Apostolado de la Oración y la Congregación del Sagrado Corazón de Jesús, o como otras veces la titula: el Apostolado del Corazón de Jesús, una rama especial de la Archicofradía del Apostolado de la Oración, a la que se exigía pertenecer previamente, para luego formar en la «Liga de corazones consagrados a amar y extender el culto y amor al Corazón de Jesús, a fin de apresurar su reinado en España». Complemento de esta obra era la Corte de Reparación para dar «culto continuo al Corazón de Jesús mediante la compañía o vela perpetua», por la que cada asociado se comprometía a una hora al mes de vela ante el Santísimo, de día o de noche, por suerte o a elección.
El lema es significativo: «celo' amor, reparación»; y los cofrades llevan por insignia «un Corazón de Jesús según modelo que llevarían sobre el corazón». Entre las prácticas especializadas se señalan, además de los tiempos de oración, la comunión mensual, ciertas limosnas para favorecer las obras de apostolado y «dar cuenta cada año de lo que se ha venido practicando». Todos ellos se rigen por unos estatutos y una junta directiva 70.
Desde ese momento don Manuel se dedica a extender la obra por Tortosa y por toda la diócesis: organiza la vela de caballeros y señoras, regala o hace regalar nuevos altares e imágenes del Sagrado Corazón, predica en cuantas festividades le es posible, ayuda al desarrollo de asociaciones afines, como la de Nuestra Señora del Sagrado Corazón que ya funcionaba en la misma iglesia de San Antonio, etc. 71. Por la diócesis inaugura el «Apostolado» y la vela nocturna en numerosos pueblos de los arciprestazgos: Villafranca del Cid, Tivisa, Vinaroz, Cálig, Vall de Uxó, Benicarló, Alcora, Benasal, Villafranca, Ares, Cinctorres, Albocácer, San Mateo, Torreblanca, Lucena, Alcanar, Ulldecona, Gandesa, Santa Bárbara, etc., a muchos de los cuales volvería de vez en cuando para predicar o dar «fervorines» y triduos y seguir animando a los asociados 72. Soñaba y aspiraba a ser «el apóstol del Corazón de Jesús en España» y no cejaría en su empeño hasta la muerte.
4. Adoración nocturna. «Camareras del Santísimo Sacramento»
Iba de ordinario unida a la vela del Santísimo y al «Apostolado de la Oración». Pero, oficialmente, no la establece tanto en Tortosa como en otros pueblos hasta unos años más tarde, en 1883.
En diciembre de este año, e invitado por don Manuel, viene a Tortosa don Luis Trelles Noguerol, periodista y político, colaborador de El Oriente, y director de la sección tercera del Centro Eucarístico de Madrid, dedicada a propagar por España la Adoración Nocturna. Con carácter de interinidad la establecen ambos en Tortosa el día 19, en una reunión de quince personas, celebrada en la sacristía de la iglesia de San Antonio. Adoptaron el reglamento aprobado por el Centro de Madrid y fue nombrado don Manuel director espiritual de la nueva sección tortosina; vicedirector, don José García y presidente don Ramón Foguet 73.
Aquella misma noche, en la capilla del colegio de San José, con asistencia de 19 adoradores, se tuvo la primera vela, actuando de jefe de noche don Luis Trelles. No tardaría mucho don Manuel en redactar el proyecto de un primer Consejo Diocesano 74, y de procurar que la obra se extendiera por la diócesis.
El 17 de abril de 1886 le escribe don Luis desde Madrid, proponiéndole hacer juntos una excursión de propaganda por Castellón, Alcora, Benicarló, Villarreal y algunos otros pueblos de la Plana. «Entre tanto –le añade– nada más, sino que Dios pague a usted lo mucho que hace en su servicio; que sí lo hará, como suele ... » 75. Pocos días antes, por un documento del 6 de abril, el obispo de la diócesis había aprobado oficialmente la Obra y nombrado a don Manuel director del sub–centro diocesano, con el encargo de establecerla en las parroquias y de visitar y vigilar la marcha de la misma.
Hasta el 17 de mayo don Manuel y Trelles recorrieron gran número de pueblos. De vuelta a Tortosa, promulgan el decreto de la aprobación canónica, y tienen el consuelo de inaugurar los tres turnos del Corazón de Jesús, Virgen del Pilar y san José con un total de sesenta y cinco adoradores que celebraban las velas en la capilla del colegio de San José. Se redacta un primer reglamento, que al año siguiente sería renovado por el mismo don Manuel y aprobado a su vez por el obispo de la diócesis 76.
Otra obra, también de carácter eucarístico, emprendió don Manuel el 20 de diciembre de 1883: el «Centro de Camareras del Santísimo», aprobado por el prelado de Tortosa el 6 de abril de 1886 en la misma fecha que el reglamento de la «Adoración Nocturna» 77.
Debían regirse las Camareras del Santísimo por el que para ellas había redactado la sección cuarta del Centro eucarístico de Madrid 78, y dedicarse a confeccionar, arreglar, componer y lavar los lienzos de inmediato contacto con el cuerpo de Jesús Sacramentado; a proveer de ellos a las iglesias pobres, así como también de cortinas para el sagrario, cálices, patenas, copones, porta–viáticos, custodias, viriles...; y finalmente a cuidar de la limpieza y aseo del altar del Reservado, de la lámpara del Santísimo, etc.
Con todo, don Manuel, como director de la obra, pedía algo más a las asociadas. Cuando celebra con ellas el primer aniversario del establecimiento de la Asociación, les hace las siguientes aclaraciones:
Si alguna de nuestras obras tuviese algún mérito delante de Dios, sería esta de las Camareras y de la vela nocturna a Jesús Sacramentado. ¿Sabéis por qué? Por lo modesta que es la obra y por el objeto a que está dedicada. Me resolví a aceptar la de las Camareras y fomentarlas, porque revestía una forma diferente de todas las demás asociaciones, y tenía un objeto más íntimo respecto de Jesús que las demás. Una forma diferente: porque todas las demás tienen por lazo de unión ciertas prácticas exteriores, ciertos actos, ciertas devociones; y para esto es preciso tiempo y tiempo determinado, y además, en cierta manera, hemos de exhibirnos exteriormente. Mas la obra que nos ocupa es todo lo contrario: no está sujeta a ninguna práctica diaria, sino que por breve tiempo y a hora muy fija y sólo para animarnos nos reúne en este lugar cada mes. Es, además, una obra interna, espiritual y quieta, que no tiene ningún aliciente exterior. Es obra de amor secreto, íntimo, silencioso... No, no es nuestra Asociación de Camareras una asociación para allegar fondos a fin de proporcionar ornamentos ricos y preciosos para el Señor; es otra cosa más interior que todo eso. Es un sentimiento de amor, que nos mueve a honrarlo en aquello que está más en contacto con su cuerpo. Nuestras secretas reuniones son una cita para hablar de Jesús y de su pobreza, y compadecemos de Él, y ver de remediarle con nuestra pobreza... Yo os diría que hacéis el oficio de la Virgen, que con tanto amor cuidó a Jesús... 79
Reuníanse mensualmente en la iglesia de San Antonio y hasta 1895 dirigió don Manuel la Asociación; luego cede su puesto al canónigo de la catedral don Juan José Hidalgo, «porque esta Asociación –explica en sus palabras de despedida–, aunque sencilla, necesita cierta mano constante que la sostenga y vivifique. Cuando se me encomendó, manifesté la imposibilidad de atender a ella. Hoy, esta imposibilidad es mayor. Mis frecuentes viajes, que son preludios de otros, atendido el campo que se nos abre en la Obra del Fomento de Vocaciones eclesiásticas, deben absorber mi vida. Nosotros nos ofrecemos a suplir el nuevo director: no sólo yo, personalmente, sino la Hermandad de Operarios diocesanos, uno de cuyos objetos es promover todo lo relacionado a Jesús Sacramentado. ¡Ojalá podamos realizar cuanto nos proponemos!» 80. En cuanto pudo, sabemos que fue cumpliendo su promesa 81.
5. Misionero de la diócesis
Tantas obras e iniciativas, sus numerosos viajes y los continuos contactos que va manteniendo con sacerdotes, religiosas y seglares de los pueblos, hacen que podamos ver en don Manuel a un auténtico misionero diocesano. Desde Gandesa a Vall de Uxó, desde Cinctorres, pegando al Maestrazgo, hasta los naranjales de Vinaroz, Benicasim o Benicarló, pocos fueron los lugares, grandes o pequeños por los que no pasara, en obras de apostolado, don Manuel 82. De todos ellos se llevaría la palma, y diríamos que el mimo de sus atenciones, el pueblo de San Mateo, que pocos años antes había jugado un papel importante en las guerras carlistas del Maestrazgo.
A San Mateo vino don Manuel por primera vez el 4 de marzo de 1876 para dar ejercicios a las religiosas agustinas 83. Luego volvió, por la misma causa, en 1882. Cuatro años más tarde, el 25 de julio, previo un triduo de sermones, estableció allí don Manuel la Vela Nocturna y el Apostolado de la Oración; éste último con 17 celadores y 622 asociados. De nuevo volvería al pueblo en diversas ocasiones para buscar más asociados, inspeccionar la marcha de la Vela Nocturna y reavivar en todos el espíritu de adoración 84.
Igualmente funda en San Mateo otro Centro de Camareras, y la Escuela Dominical que durante años sería una de sus grandes preocupaciones. A más de las continuadas visitas, desde Tortosa lleva cuenta de su instalación, de la catequesis que ha de darse a las niñas, de resolver las pequeñas o grandes dificultades que se van presentando, de las alegrías o tristezas que a veces aquejaban a sus directoras 85. La escuela fue aumentando cada día más: en 1904 contaba con cerca de 300 chicas de todas las clases sociales 86, de las que muchas se reunían en casa de la presidenta para hacer lectura espiritual, oración, meditación y conversaciones piadosas. Don Manuel llamaba a ese grupo de asistentas «su noviciado de San Mateo» 87
Desde este pueblo solía recorrer los demás de la comarca, llegando a veces hasta Morella. En una de estas excursiones, el 4 de diciembre de 1886 ocurrióle un grave percance que puso en peligro su vida. Dirigíase a Morella y Cinctorres desde San Mateo, y, en la venta llamada «de la Serafina», al detenerse el coche para cambiar de tiros, apeóse don Manuel y se separó algún trecho entre las sombras de la noche, con tal mala fortuna que vino a despeñarse y caer en una profunda sima. El 8, al anochecer, llega a Tortosa extenuado y tiritando de frío. Días más tarde la lavandera se presentó a las hermanas de don Manuel con las ropas interiores de éste empapadas de sangre y exclamando: «¿Qué tiene el mosén? ¡Mirad! ¡Pobrecito de él! ¡Está herido!» 88. Sin importancia, contó el caso a sus hermanos y les dijo que no se preocuparan, pues desde el percance ya se había venido curando 89.
Sus salidas las aprovechaba, asimismo, para atraer a caballeros a los ejercicios que solían dar los padres jesuitas en su residencia de Tortosa. En 1890 se felicita por los 40 ejercitantes que ha logrado reunir; y tres años más tarde por otros 27, de los que «todos –añade– vienen antes al 'Centro diocesano de la gloria de Dios' esto es, al colegio» de San José 90.
6. Los maestros católicos
También sobre ellos piensa don Manuel en su afán de proteger a la niñez y de dar una sólida formación a los que se preparan para el magisterio. En el proyecto andaba desde 1883, y como siempre, lo compagina con la idea de reparación y de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús. Sería una «Institución de Maestros Católicos» o de «Maestros Seráficos», o una «Hermandad de Maestros Católicos, reparadores del Corazón de Jesús», como apuntaba en sus esquemas, vinculados de alguna manera a la Hermandad de Sacerdotes Operarios, que también acababa de fundar por ese tiempo. Como surgieran serias dificultades en Tortosa, piensa, por el 1887, establecerlos en Valencia 91; pero, a falta de medios, al fin ha de renunciar a su propósito 92. Con todo, sigue soñando: hace planes y presupuestos para un posible colegio de unos 100 alumnos, y redacta una breve idea y unas bases por las que había de regirse la nueva fundación.
Esperamos que no sea gravoso el reproducirlas, siquiera sea como testimonio de una de esas facetas, en que esta recia personalidad se iba adelantando a las ideas de su tiempo.
Idea
Sabido es que la 1.º enseñanza es un campo muy a propósito, y uno de los medios más eficaces para poder formar el corazón de la niñez, y con ella preparar la juventud que luego ha de formar la familia, y regir los destinos de las poblaciones.
De aquí, la importancia que tiene, y el bien o mal que puede provenir y proviene a los pueblos de tener buenos o malos maestros.
Por esto la impiedad ha procurado influir en las escuelas normales para atraer a muchos jóvenes dedicados a la carrera del profesorado, a fin de convertirles en instrumentos de su fatal propaganda. Es inútil, pues, querer demostrar la conveniencia de buscar un medio que asegure el logro de formar maestros y buenos maestros católicos.
Pero esto no bastaría aún. Aislados estos maestros buenos, al terminar su carrera, y obtenida una plaza, o en su enseñanza privada faltos tal vez de espíritu de celo y propaganda en el cual no se les ha formado, no podrían producir los resultados que de otra manera darían, si saliesen bien formados, y continuaran luego formando una santa liga de celo y de mutuo apoyo, bajo una constante y sabia dirección.
La fácil formación, pues, y adquisición de muchos y buenos maestros católicos y piadosos, y unidos luego en una natural y espontánea Hermandad para promover el bien de la juventud y de las almas todas, del espíritu de reparación a Jesús, y de mutuo apoyo, sería una obra de la máxima gloria de Dios.
Tal es la Obra que la Congregación de Sacerdotes Operarios diocesanos se atreve a proponer a la cooperación de los buenos, y a contribuir esta con su trabajo y sacrificios, con el proyecto siguiente:
Bases
1.º La Congregación de Sacerdotes Operarios cuidará promover, sostener y dirigir una Comunidad de maestros católicos.
2.º (Vide).
3.º La base y el medio principal para obtener la formación y adquisición de individuos para dicha Hermandad es la fundación de uno o más Colegios para jóvenes que aspiren a la carrera de maestros, en puntos donde exista Escuela Normal. Dichos alumnos serán sostenidos en dichos Colegios en todo o en parte, según el estado del Colegio y según la posición y circunstancias de los aspirantes, y con el examen además de la aptitud y condiciones de los mismos, en la forma que se establezca.
4.º La dirección espiritual y disciplinar de los Colegios estará a cargo de los Sacerdotes Operarios, o de otros colocados por los mismos, debiendo estar los alumnos bajo su absoluta obediencia durante la carrera.
5.º El objeto de los individuos de dicha Hermandad debe ser, el dedicarse, a más de su mayor santificación y buen ejemplo en medio del mundo, a promover con la enseñanza y con su celo el bien de la juventud, la reparación al Corazón de Jesús, y demás intereses de gloria de Dios que se les proponga, y a ayudarse mutuamente.
6.º La Congregación de Sacerdotes no percibirá ningún emolumento por los trabajos, fomento de medios y cuidados realizados en favor de los Colegios y de la Hermandad de maestros, excepto por la dirección personal e inmediata por sí o por otros de dichos Colegios.
7.º Terminada la carrera, los alumnos que no quieran consagrarse a la Hermandad, se comprometerán por escrito, y vendrán obligados en consecuencia y bajo juramento a satisfacer o reintegrar los gastos que hayan hecho en el Colegio durante la carrera.
8.º Después del ingreso podrán continuar solteros.
9.º Contribuirán con...
10.º Se nombrará una junta...
11.º Los maestros practicarán la tercera orden y demás que se establezcan 93.
Finalmente –y para seguir con nuevos y grandiosos proyectos– sabemos que habló con sus amigos de fundar en Tortosa una Universidad Católica, que instalaría, en principio, en el convento de la Concepción 94.
7. Devociones especiales y vida espiritual
Nos referimos a las que fue promoviendo durante toda su vida, vinculadas ,con España y con su querida Tortosa: la del Santo Angel, la de la Virgen de la Cinta y la del beato Francisco Gil de Federich.
De su primera devoción al Santo Angel de Tortosa, ya hemos hablado en capítulos anteriores 95. Sabemos que durante toda su vida don Manuel siguió propagando entre sus paisanos esta devoción, celebrando sus festividades, haciendo que colaboraran, siguiendo viejas tradiciones, tanto el clero de la catedral como las autoridades civiles, encareciendo a uno y a otros su recuerdo y veneración. Igualmente, abre una colecta con el fin de allegar fondos para hacer un gran cuadro del mismo y luego infinidad de estampas que reparte por la ciudad y entre sus amistades 96. De su bolsillo costea el aceite de la lámpara 97, restaura y repara la capilla, reedita novenas al santo Angel y hasta deja una fundación para que con la renta de la misma se costeara, después de su muerte, una misa cantada todos los años el día de su fiesta 98.
Del santo Angel de Tortosa pasa a entusiasmarse y a promover, ahora a nivel nacional, la devoción al santo Angel tutelar de España, copatrono de la misma desde tiempos de Fernando VII cuyo oficio había concedido el papa León XII que pudiera celebrarse en nuestra patria el 1.º de octubre.
Por el 1880 empieza a extender don Manuel una vieja estampa del «santo Angel Tutelar del Reino», con casco y traje de guerrero, la espada desenvainada en la mano derecha, en la izquierda el arnés adornado con el escudo de España y al fondo, diseñado ligeramente, el mapa de la Península 99. No contento con ello, en 1897 hace que un dibujante de Barcelona, Paciano Ross, le trace un nuevo diseño, que luego publica en El Correo Interior Josefino, donde juntamente da a conocer un «Proyecto de Pía Unión de oraciones al santo Angel de España», su «hermoso proyecto» como solía llamarlo 100.
Según un plan establecido, los centros diocesanos de la Pía Unión tendrían su sede en los colegios de Vocaciones; y en las capitales donde no hubiese colegios, en los seminarios. Varios prelados aprobaron y bendijeron tal Asociación, que fue extendiéndose poco a poco: desde el mes de junio de 1897 hasta el de febrero de 1898 hizo editar don Manuel 90.000 hojitas de propaganda y 85.000 estampas, llegando a contar con catorce centros diocesanos 101.
Con todo, a veces se queja de que no entiendan suficientemente esta devoción, ni se molesten en propagarla: «de mi Angel de España –decía– que nadie me lo estima bien»; «en otra le hablaré del Angel de España, al cual Vd. me lo quiere poco»; «la Pía Unión del santo Angel va despacio, pues aguardo que el cardenal de Valencia la apruebe... No sé si, al fin, tendré que poner la Central en Tortosa para adelantar algo»; «casi tengo compasión, ya que no pena –confiaba a uno de sus operarios– de la indiferencia con que algunos de los nuestros han mirado ese flatíto, espiritual mío... Por ser Patrono de España y por los muchos beneficios que ha recibido ésta, es una incuria incomprensible el olvido de su memoria, debido principalmente a la guerra que hicieron los liberales desde el año 25 al 40 a esta advocación y a este Patronato..., y si cualquier sacerdote que se hubiese propuesto reavivar esta devoción, hubiera merecido bien del Angel y de la patria católica, en nosotros es un deber. Es el Abogado especial de la Obra [la Hermandad de Sacerdotes Operarios], y sería una mengua que los mismos que se han acordado de él no procuren darlo a conocer... Voy a imprimir en Barcelona 20.000 estampas más, que serán más grandes que las actuales y más baratas. Con que... que el santo Angel no le castigue, y empiece por esa ciudad ... » 102.
A pesar de las dificultades, don Manuel va todavía más lejos: nada menos que a erigir un monumento al santo Angel de España en el mismo centro de la Península, en el Cerro de los Angeles. Desde 1900 se pone en contacto con otras personas de Madrid que abundaban en la misma idea, especialmente el sacerdote Luis Iñigo, el padre Juan José de Lecanda, que ya la venía promoviendo desde el periódico La Semana Católica, y don Antonio Sánchez de Santillana, residente en Alcalá 103.
Del 20 al 23 de abril de 1902 estuvo don Manuel en la Corte y el 21 realiza una visita al famoso Cerro, sobre el que se levantaba una sencilla iglesia dedicada a Nuestra Señora de los Angeles. «Se enardecieron mis deseos ~–cuenta luego a J. B. Calatayud– de levantar un modesto monumento al santo Angel de España. Subimos al pilar que señala el centro de España o de la mitad de medio mundo, como decía el sacristán de la ermita. Si no fuera que en Madrid todo es caro, aún lo emprendíamos» 104. Las dificultades, la avanzada edad y con ella las enfermedades de don Manuel se fueron luego interponiendo. Cuando el 30 de mayo de 1919 se inauguraba solemnemente el monumento al Sagrado Corazón de Jesús en el Cerro de los Angeles, alguien lamentaba no haber incluido, entre las figuras que adornaban al monumento, la dedicada al santo Angel de España, mientras recordaba la labor que sobre este último realizara el sacerdote tortosino don Manuel Domingo y Sol 105.
Volviendo a Tortosa, otras de las ilusiones de don Manuel fueron «su» Virgen de la Cinta y el venerable dominico tortosino Francisco Gil de Federich, martirizado en Tonkin el 22 de enero de 1745. A «su» Virgen recurría en todas sus necesidades, encomendaba sus empresas, y se gozaba en dedicarle los solemnes novenarios y sermones que predicaba en la ciudad. En tiempo de pestes, inundaciones 1.º otras desgracias generales a ella le atribuía la protección que siempre dispensaba a los tortosinos 106.
En cuanto al mártir dominico, a más de extender estampas evotivas, de hacer imprimir su Vida y novenarios, y hacerse con varias reliquias, promueve eficazmente, desde Tortosa y desde Roma, su causa de beatificación. Beatificado el 20 de mayo de 1906 por el papa Pío X, don Manuel contribuye a las fiestas que con tal motivo se celebraron en la ciudad; al año siguiente, encargó al escultor barcelonés don Félix Ferrer la estatua del Beato, que actualmente se venera en el trascoro de la catedral, y colabora en la redacción del oficio litúrgico del mismo 107.
Mientras le absorben tantas actividades, sigue adelantando, interiormente, en su vida espiritual. El 27 de septiembre de 1871 toma el hábito de la tercera orden franciscana y hace su profesión en ella el 21 del año siguiente 108. Desde 1882 a 1902 conservamos la larga lista de propósitos que iba haciendo cada año en sus ejercicios espirituales, a más de los esquemas de pláticas y meditaciones 109. Recogemos algunas de las más significativas:
– Puesto que mi fin es reverenciar y alabar a Dios, rezar siempre con atención, el rezo divino particularmente.
– Tener prontitud y energía en el afecto o desvío de las personas de uno y otro sexo, de la vanidad o envidia, para no constituirme en fin.
– Proponer comer con mucho comedimiento, solo lo más conveniente.
– Para arrancar el afecto sensible en las criaturas, sobre todo de diferente sexo, no desear la compañía de amigos, ni sentir su separación. Y romper para siempre y en todas ocasiones, como tributo a Jesús, todo afecto humano sensible a personas de diferente sexo.
–Puesto que no solo he [del evitar el pecado sino la ocasión de él, en la que tantas veces he estado expuesto, insistiré fortiter et constanter en la vista y afectos humanos de personas que me lo causan.
– Usar benignidad y gravedad; no ternura. – Indiferencia en la dirección de monjas, y otras ocupaciones
– Misa. Celebración de misas tardías. Preparación –sólo la meditación. Son las misas menos recogidas. Causas: el confesar antes, sobre todo monjas. Después de ella, me disipo pronto. Cuando estoy fuera, celebro bien.
– Rezo. He enmendado algo, pero aún falta. – A veces demasiado aprisa.
– Tentaciones. Me he enmendado. Sólo el imaginar posibilidades me remuerde. – Dejar las monjas.
– Penitencias. Cilicio. Disciplinas. Polvos: antes y después de la misa –10 mañana– 3 tarde y 5 tarde; acaso después de cenar.
– Rosario. Coronilla. Trisagio. Padrenuestro del Carmen. Rezarlos todos a ser Posible antes de cenar y distribuirlos entre día. Lo mismo el padrenuestro a San José, Angel de la Guarda, Angel de la Ciudad, Angel de España, Angel de la diócesis, san Luis, santa Teresa, san Antonio, santo Tomás.
– Meditación: a ser posible una hora –en este caso: preparación, etc. un cuarto, arrodillado; segundo cuarto, sentado; tercero, arrodillado; cuarto, sentado. Si media hora: cinco minutos arrodillado; quince, sentado; diez, arrodillado.
– Desviar toda murmuración que se oiga.
– Evitar toda corrección estando enojado. Apuntarlo y hacerlo después del modo que convenga. En caso, callar y hacer el serio.
– Evitar enfados en el confesionario.
– Hacer las limosnas con espíritu de caridad y no de mal humor. – Una disciplina a la semana, o dos.
– Examen noche –enfados ... monjas. Presencia de Dios.
– Confianza absoluta. Deseo de grandes empresas, aunque parezco presunción, insistiendo en la oración; esto ocupará el ánimo y me dará aliento para la abnegación en Jesús.
– Soportar el cansancio – calor indisposiciones – ejercido de la presencia de Dios – abatimiento del cuerpo sed – sueño – debilidad – contradicciones... con espíritu de penitencia y con constancia alegre [año 19001.
– No obrar sin la seguridad de la voluntad de Dios.
Este era el hombre, afanoso por llegar a todos los campos y abarcar todos los apostolados, a quien vamos a ver ahora decidido a emprender la empresa más característica y fundamental de toda su vida: los Colegios de vocaciones eclesiásticas y la Hermandad de Sacerdotes Operarios del Sagrado Corazón de Jesús.
NOTAS
1. En 1888 viene en la estadística diocesana como rector del seminario (BEDT 22 [1887–18881 298).
2. E.I, Predicación, 13.º, 80–81, sin fecha: conferencia dada a la juventud Católica de Tortosa.
3. Cf. La Fuente, Historia eclesiástica de España, o. c. VI, 387.
4. Cacho Viu, La institución Libre de Enseñanza, 193; cf. 1. Turin, L'education de l'école en Espagne de 1874 á 1902. Liberalisme et tradition, 17–19. Se buscaba con ello la tan manoseada «europeización», aspiración o mal endémico de la España decimonónica.
5. Cf. el decreto de 21 octubre 1868, en Cacho Viu, o. c., 144–5.
6. Sobre ello se expresaba de esta manera el marqués de Casa Irujo: «En todos los documentos (los derivados del Gobierno Provisional revolucionario) hallamos solemnemente consignada esta libertad, que aceptamos por nuestra parte francamente y con el mayor júbilo, convencido, como estamos, de que es una preciosísima conquista para la religión y para el progreso moral, intelectual y material de España». Pero, sigue diciendo, «la cuestión religiosa es inseparable de la cuestión de enseñanza; las familias tienen no solo el derecho, sino también la obligación de educar a sus hijos, trasmitiéndoles con la enseñanza aquel depósito querido y sagrado de su conciencia, la religión... Por eso siempre se debe respetar este derecho de la Iglesia, mucho más, cuando al proclamar la igualdad ante la ley, se invoca el gran principio de la libertad de enseñanza» (Marqués de Casa Irujo, La libertad de enseñanza: Revista Mensual 11 [1868] 286 ss.).
7. A este respecto son ilustrativas las palabras de un profesor católico de la época, que resumen la actitud y la mentalidad del catolicismo ochocentista: «Es mi propósito demostrar la necesidad lógica y social de que la enseñanza en España sea católica; el derecho de dirigirla que radica en la Iglesia, la imposibilidad de tolerar los errores y el mal que en sí entraña, la libertad de predicarlos» (La Cruz 2 [18711 521).
8. «Teológico, pues se niega a la Iglesia la posibilidad de realizar el mandato divino de ser predicadores de la auténtica verdad. Moral, pues el negar a la Iglesia ese derecho y proclamar al mismo tiempo la libertad de enseñanza, proporciona vía libre a doctrinas erróneas que dañan a la juventud.
Económico: ya que el Estado no puede financiar toda la enseñanza y necesita de la ayuda privada.
Social, pues se priva a la gente pobre de recibir una formación cultural y se va contra el bien y la paz de la sociedad, en su mayoría católica» (Ibíd. 2 [18721 525).
En la sesión de 14 de abril de 1869 ya había advertido a las Cortes Antolín Monescillo, obispo de Jaén, que «en estas materias de enseñanza encuentro lesiones a la familia, lesiones a la educación, lesiones al derecho y a las obligaciones de los padres de familia» (Petición dirigida a las Cortes Constituyentes... p. 313).
9. La Cruz 2 (1872) 526; 2 (1871) 524.
10. La de «Los Estudios de la Asociación de Católicos en España» establecida en Madrid en 1870, iba dirigida a estudios universitarios y pretendió integrarse en una especie de Universidad Católica, contando como primer presidente al marqués de Viluma. Se extingue pronto, en 1876, debido, según el editorialista de La Cruz a «la influencia de esa perezosa apatía que en España impide nacer instituciones que todo el mundo reconoce necesarias o las mata en flor después de nacidas» (La Cruz 2 [18761 246; cf. 2 [18701 494–9; [18711 623–6; La España 87 [1876]).
11. La Cruz 1 (1869) 360–361; 429–430; 2 (1876) 116 y 753; 2 (1880) 608. El primer presidente de la de Madrid fue Juan Catalina García López, más tarde director del Museo Arqueológico Nacional. Con él integraban el consejo directivo Manuel Carbonero y Sol y Merás (hijo de León Carbonero y Sol), el marqués de Monasterio y Gabino Martorell, secretario (Ibid. 2 [1869] 53–57). En abril de 1871 la Juventud Católica celebra su primera asamblea general en Madrid (Ibid. 1 [1871] 504–508).
13. Así lo declaran, tanto uno de los primeros componentes, Víctor Olesa, como Francisco Mestre que también perteneció a ella desde el primer momento (PO, ff. 44 s.; 73v).
14. E.II, Varios, 2.º, 1: Fundación y empresas de celo (Borrador).
15. E.III, Cartas, 1.º, 11.
16. En el documento citado supra, nota 2.
17. BEDT 14 (1871–1872) 106.
18. E.III, Varios, 10.º, 12 y 13.
19. Se refiere a su primer viaje a Roma en 1870: cf. supra, p. 92s. En noviembre de este mismo año los italianos habían ocupado Roma y se habían anexionado los Estados Pontificios. También mosén jacinto Verdaguer nos ha dejado sus impresiones de la que él llamara «Peregrinación de santa Teresa» en su crónica La Romería espanyola.
20. Firmaban el mensaje: por el clero de la ciudad, Juan Bautista Descarraga, párroco de la catedral y Manuel Domingo y Sol, subdirector del Colegio de San José; por el seminario diocesano, su rector Juan Corominas; por el colegio de San José, su director Mariano García y por la «Juventud. Católica», su presidente Ramón Foguet (BEDT 17 [1877–18781 489–490).
21. Carta a sor Juliana de Vinaroz, 11 noviembre 1878: E.II, Cartas, 1.º, 70. En términos parecidos se expresaba en una conferencia que sobre el mismo viaje dio a la juventud Católica de Tortosa: «Todo, en fin –terminaba diciéndoles– forma un conjunto de grandeza, de monumentos, de recuerdos, que hacen de Italia el país más bello del mundo» (A. Torres, Vida, 192).
22. Sobre este joven, culto y elocuente abogado tortosino, tenía fundadas don Manuel grandes esperanzas. En diciembre de 1890 escribía desde Roma a don José García: «La carta de Foguet no ha llegado... No diciéndome tú nada, supongo que irá por sus espacios espirituales... Respecto a la candidatura, no sé qué decir. Si pudiera ser diputado, siendo sacerdote ... » (E.II, Cartas, 3.º, 164, víspera de la Inmaculada).
23. Tomamos los datos que anteceden de A. Torres, Vida, 136.
24. BEDT 17 (1877–1878) 189; cf supra, p. 37, nota 7.
25. La establecieron algunos obispos en sus respectivas diócesis, bajo la dirección de los Párrocos (La Cruz 1 [1878] 429). Por los cuadernos de notas de don Manuel vemos que solía pasarle, mensualmente, una cantidad fija.
26. Por ejemplo en Burriana y otras localidades (E.III, Varios, 5.º, 87 y 92).
27. Cf. supra, nota 2. Recordemos que con la Restauración de fines de 1874, vuelve la normalidad en las relaciones Iglesia–Estado: se implanta de nuevo la enseñanza católica en los centros oficiales, se respeta a la Iglesia, etc. También los católicos se dividieron entre moderados, tradicionalistas y progresistas.
28. E.III, Varios, 5.º, 94.
29. Cf. supra, P. 30, nota 30.
30. Cf. M. Tuñón de Lara, El movimiento obrero en la Historia de España, Madrid 1972, 169–246; 253–291, a más de su completa bibliografía.
31. Sobre ello puede verse: A. Vicent, Socialismo y anarquismo. La encíclica de nuestro Padre León XIII «De conditione opificum» y los Círculos Obreros Católicos, Valencia 1893; S. Aznar, El padre Vicent en el Curso Social de Madrid: Revista Social 5 (1906) 215225; 11 (1912) 195–201; M. Llorenç, El padre Antonio Vicent, S.J. (1837–1912). Notas sobre el desarrollo de la Acción Social Católica en España: Estudios de Historia Moderna 4 (1954) 393–440; J. M. Cuenca Toribio, El padre Antonio Vicent y los orígenes del catolicismo social español, en Estudios sobre la Iglesia española del siglo XIX, Madrid 1973, 265–285.
32. PO, declarac. del abogado Joaquín M. Salvadó, f. 518v. Este le ayuda en su organización y desarrollo.
33. E.III, Varios, 5.º, 94: «Apuntes y discursos».
34. Ibid., 8.–, 105, 107, 113.
35. El corazón de Jesús y la juventud: El Congregante de San Luis (febrero 1882) 1.
36. A los jóvenes tortosinos en las postrimerías de su vida (A. Torres, Vida, 195).
37. Hechos por los jesuitas en 1866, uno para estudiantes y otro para artesanos. Don Manuel ahora los unifica (carta a don Bartolomé Carpenter, 27 junio 1882: E.II, Cartas, 1.º 142).
38. E.III, Varios, 2.º, 64.
39. En El Congregante (noviembre 1882) 2.
40. Editorial A nuestros lectores: El Congregante 1 (1881); carta a Bartolomé Carpenter, 27 junio 1882; E.II, Cartas, 1.º, 142.
41. Años más tarde, y haciendo un elogio de la misma, algunos la atribuían a los jesuitas con una incomprensible falta de información. El padre A. Pérez Goyena (en Razón y Fe [sept. 19161), bajo el título de Las publicaciones de los jesuitas, copia, al enumerar las de los españoles, estas palabras del padre Albers: «En Tortosa, de España, había ya nacido en 1881, el periódico que se titulaba El Congregante de San Luis. Merece singularísima mención por haber sido el primer periódico de las Congregaciones Marianas».
42. Antigua puerta de la ciudad, en la carretera a Tarragona.
43. Cartas de 27 enero y 27 febrero 1882: E.II, Cartas, 1.º, 134 y 135. En un pequeño volumen se han recogido tanto los escritos publicados como los borradores que sobre distintos temas escribiera don Manuel para «El Congregante» (RAH). Igualmente, otros más se conservan entre sus escritos: E.III, Varios, 6.º, 1–47.
44. Artículo de don Manuel: Historia de un Gimnasio. El Congregante (diciembre 1882) 2.
45. Carta a Bartolomé Carpenter: E.II, Cartas, 1.º, 142.
46. Artículo de don Manuel: Diversiones para la Juventud, enero 1882.
47. En el art. cit. supra, nota 45.
48. E.III, Varios, 2.º, 93, 70–72, 83–84.
49. Carta citada supra, nota 45.
50. Febrero 1882. De ordinario solía verse a don Manuel rodeado de jóvenes en el Gimnasio, en la calle y hasta en su casa. «Siendo yo joven –escribe don José Miravalls, arcipreste de Tivisa–, de los 16 a los 22 años, traté mucho a don Manuel. Iba con otros jóvenes frecuentemente a su casa de la calle del Angel, donde trataba de formarnos con sus santos consejos y nos ocupaba, según nuestras facultades, en lo que podíamos hacer en el Gimnasio del Ensanche... Parece que no vivía sino para Dios y para las cosas de su mayor gloria. Bastaba verle andar por las calles, y con su manteo desplegado parecía anhelar se cobijarán a su sombra todos los jóvenes de Tortosa» (A. Torres, Vida, 203).
51. Sobre su vida y muerte: en El Congregante de 24 enero 1884. Uno de los buenos favores que hizo a don Manuel, de grandes consecuencias para el futuro, fue el haberle puesto en contacto con el sacerdote placentino don Esteban Ginés Ovejero, director de la Congregación de San Luis de Plasencia, y con el joven Andrés Serrano, seminarista de Ciudad Real, quienes más tarde entrarían en la Hermandad de Sacerdotes Operarios. A este último, también director con el tiempo de El Congregante, le comunicaba don Manuel el 4 de enero de 1884: «Muy señor mío y de todo aprecio: el 29 de diciembre recibí el último suspiro de mi joven José Rubio, que era mi esperanza. Joven, de una familia riquísima, terminada la Teología, y después la carrera de Leyes, debía ingresar este año en el seminario para irse ordenando y lanzarse a la revista (pues a su instancia e intuitu de él la fundé), y a la organización de las Congregaciones en nuestra diócesis con todo el ardor de su bello corazón» (E.II, Cartas, 2.º, 1).
52. De esta manera alentaba a sus jóvenes en el fervorín inaugural: «¡Bendito sea Jesús, amados míos, que ha querido elegir este lugar para descanso de su Corazón! Este Jesús, pues, que está aquí, real, vivo y verdadero, como fuente de aguas vivas, os está diciendo: omnes sitientes, venite ad aquas!... ¡Juventud, sedienta de amor, de dicha y de felicidad, ven a estas aguas, que brotan de su corazón y que saltan hasta la vida eterna! ¡Venid aquí a aprender la verdadera felicidad ... ! Pedidle que dirija los pasos inseguros de vuestra juventud. Pedidle que bendiga estas asociaciones y forméis una legión de esforzados adalides de la causa católica, hoy que tanto valor se necesita para ello. Pedidle fortaleza para defender vuestras convinciones católicas y contra el respeto humano» (E.I, Predicación, 3.º, 150).
53. Numerosos esquemas, bocetos y posibles reglamentos de los mismos en E.III, Varios, 1.º, 18–43.
54. «Los quebrantos de la revista –escribía a don Andrés Serrano– suben a dos mil duros desde su publicación, y no conviene abandonarla después de catorce años». Y a don Benjamín Miñana: «Deseo escribir a los colegios, por ver si obtienen algunas suscripciones para El Congregante que no debe morir, ni debe sernos tan gravoso como nos es...» (E.II, Cartas, 9.º, 205 y 231).
55. Número de la fecha citada: A nuestros lectores, 1.
56. Escribe a alguno de ellos: «M..., levantando obras en el Gimnasio. Si realiza los proyectos de bien de la juventud, tal vez podríamos pensar en promoverlos en otras diócesis, apenas tengamos personal»; «Alta dirección de la Congregación de San Luis, si se cree que hay elementos entre los reparadores y los del Colegio para reavivarla» (Cartas de 1897 y 13 enero 1904: E.II, Cartas, 10.º, 12; 17.º, 15).
57. E.III, Varios, 2.º, 101.
58. Recogido por A. Torres, Vida, 209.
59. Cf. supra, p. 85 s. Aparece en 1871 y por disposición gubernativa fue suprimido al año siguiente (M. González, Don Enrique de Ossó..., 119).
60. En A. Torres, Vida, 137.
61. Según don Ramón Vergés en Efemérides Tortosinas y recientemente M. Jover (Tortosa, 16), don Manuel habría sacado al público, en colaboración con don Luis Bernis, otro Periódico titulado El Bien Público. Ninguna referencia hemos encontrado de tal periódico, ni en la hemeroteca tortosina, ni entre los escritos de don Manuel.
62. E.III, Varios, 2.º, 42.
63. Ibid., 1.º, 16.
64. PO, declaración dé Salvador Rey, f. 287; A, Torres, Vida, 189.
65. E.III, Varios, 1.º, 57.
66. E.II, Cartas, 1.º, 18. Al final le dice –ya lo hemos anotado antes– que «no ha venido personalmente, pues es mucho sacrificio para mí dejar el hábito talar y porque Vd. obre también con más libertad».
67. Ibid., documentos 33 y 34. En ella esboza una especie de constituciones para la Posible Institución.
68. «Esta devoción –se quejaba por entonces– no ha tenido todavía el desarrollo general que era de esperar al menos en nuestra España, a la cual están anunciadas gradas muy especiales y un reinado preferente del Corazón de Jesús. ¿Cuáles son las causas de este retardo? En nuestro concepto la falta de organización y de aquí el aislamiento, la inacción Por parte de los que han iniciado en muchas partes el movimiento» (E.III, Varios, 1.º, 57).
69. E.II, Cartas, 1.º, 18.
70. E.III, Varios, 2.º, 46.
71. Ibid.
72. Por datos de sus contemporáneos, que recoge A. Torres (Vida, 178–181) y sobre todo por su correspondencia, hemos podido seguir el itinerario de los pueblos que señalamos. Por no alargamos, citamos algunos ejemplos: «El jueves fui a Vinaroz. El viernes a Cálig a establecer la vela nocturna. Hoy lunes he bajado de Cálig a ésta [Tortosa]. Estaré hasta el viernes. Iré el sábado a Vall de Uxó a establecer la vela nocturna, y el día 3 pasaré a Villarreal para otra vela» (Carta de 27 julio 1880); «El 6 de julio salí para Benicarló y establecí el Apostolado de la Oración, con un triduo, y establecimos los Luises. De allí a Benicasim donde estuve cinco días... De allí a Alcora» (en el mismo año); «En Benasal di ejercicios a las chicas y prediqué un triduo al Corazón de Jesús para establecer la Archicofradía del mismo...» (carta de 9 julio 1888: E.II, Cartas, 1.º, 122, 130, 152).
73. «Adoración Nocturna. 1883. Reunión con Trelles» (RAH, carp. 1, «Documentos», leg. 7; E.III, Varios, 2.º, 105: hoja impresa).
74. Ibid., doc. 104.
75. RAH, carp. 2, «Cartas a don Manuel», leg. 41, doc. 19.
76. Reglamento, impreso en 1888; en: E.III, Varios, 2.º, 105.
77. BEDT 22 (1887–1888) 51. Don Manuel aparece como director de la obra y subdirector es don Joaquín Cedó, colaborador de don Manuel en la dirección del colegio de San José.
78. Reglamento interino de las Camareras de Jesús Sacramentado, Impreso en 1881: (RAH, carp. 1, leg. 5); E.II, Varios, 2.º, 105.
79. E.I, Predicación, 2.º, 27.
80. «Despido de las Camareras como director de ellas»; Ibid., doc. 67.
81. De años posteriores, conservamos varios esquemas de pláticas que iba dirigiendo a las Camareras (Ibid., doc. 34–75). En adelante la obra se instalaría en el templo de la Reparación que funda don Manuel.
82. En una carta de 1888 relata alguna que otra peripecia que solían ocurrirle, por caminos o pueblos alejados de toda comunicación: «El lunes... fui a Villafranca... ; el martes a Iglesuela... ; el jueves regresé a Benasal, y por la tarde a Albocácer. El viernes no tuve asiento en el coche, y me bajé a las Cuevas en un carrito. El sábado, con caballerías, para no tener otro chasco, bajé a Alcalá y tomé aún el tren burro, y me fui a Vinaroz...» (E.II, Cartas, 24.º, doc. 152.º).
83. PO, declarac. de Elías Ferreres, f. 363; cf. supra, p. 113 s. «¿Cómo me encuentro aquí? No lo sé –comentaba en estos ejercicios– Muy lejos estaba de pensar que los primeros días de Cuaresma tuviera que hallarme fuera del lugar de mi cargo y de mis obligaciones para dedicar mis tareas y mi corazón a almas para mi desconocidas y con las cuales no tenía otro lazo que el de la caridad... ¿Es una casualidad o una providencia? ... » (E.I, Predicación, 10.º, 105).
84. E.III, Varios, 2.º, 57 y 58. Durante cinco o seis años sus visitas a San Mateo eran anuales y durante su estancia se pasaba horas y horas en el confesionario. «San Mateo –––diría una de las religiosas agustinas– ¿Cuándo le pagarás a mosén Sol lo que ha hecho por ti?» (A. Torres, Vida, 295).
85. Primero piensa encomendarla a las Teresianas de Ossó o a las Camareras del Santísimo Sacramento. Luego escoge, entre sus colaboradores, primero a Josefina Revérter y después a la señorita Angeles Martí (E.II, Cartas, 2.0, doc. 146.0, 147.º, 173.º, etc.).
86. Carta de la directora a don Manuel: RAH, carp. 12, leg. 5, doc. 15.
87. Les escribía y animaba continuamente: «Jesús quiere a mis amadas hijas de San Mateo para la cruz... No os debe desalentar la deserción de muchas alumnas»; «A esas hijas de San Mateo las miro como de mi especial adopción»; «No me olvido de mi predilecto San Mateo». «No sé por qué ha de ser San Mateo la parroquia mimada ... » (E.II, Cartas, 2.º, 173, 104 ss.). Durante mucho tiempo quedarían en la memoria de los de San Mateo los sermones, fervorines, y horas santas que dirigió tanto a las niñas de la escuela como a los jóvenes y a las personas mayores. Recordaban, vg., aquellos ejercicios durante los cuales las jóvenes iban por las calles sin hablar o permanecían en guardia desde las altas horas de madrugada para confesarse con «el Santo Mosén Sol» (Más datos en A. Torres, Vida, 298300). Igualmente, conservamos varios esquemas de ejercicios que dio a los caballeros del lugar (E.III, Varios, 5.º, 95).
88. «Que tí el mosenye? Mirau! Ai, pobret d'ell, está llastimat! ... » (A. Torres, Vida, 302).
89. Del percance dio también cuenta el mismo don Manuel en algunas de sus cartas: «He estado en San Mateo y Morella. De poco te quedas sin padre, si no hubiera sido el Angel que me guardó de una caída que tuve»; «¡Ay, hija, qué caída he tenido en el camino, junto a la Venta de la «Serafina», y cuánto mal me he hecho! ¡Por poco te quedas sin padrecito!»; «¿Con que al fin supiste de mi percance? Fortuna al Angel de mi guarda que no se olvida de mi..» (E.II, Cartas, 2.º, 97 y 104).
90. Carta de 7 diciembre 1890 y de marzo 1893 (E.II, Cartas, 3.º, 164; 6.º, 77).
91. «Le dije en mi anterior –escribía a don Vicente Vidal en los comienzos del colegio de Valencia– que no desalquilara la 'Casa de las fresas', porque no puedo apartar la idea de la fundación de los Maestros Seráficos, y como al principio siempre va en pequeño la cosa, bastaría tal vez aquel local. Lo consultaré con usted, y en caso afirmativo, pues lo veo fácil, se iniciará ahí en Valencia ... » (E.II, Cartas, 2.º, 19).
92. El mismo don Vicente Vidal es el primero en disuadirle de momento: «El pensamiento, felicísimo –le contesta a vuelta de correo–; pero su resolución debería aplazarse» (Carta de 12 febrero 1887: RAH, «Correspondencia con Operarios», n.º 4, leg. 1.
Unos años más tarde, 1893, pide a don Andrés Serrano que busque dinero en Madrid, donde se encuentra, para llevar a cabo el proyecto: unos 50.000 duros (E.II, Cartas, 6.º, 172). En mayo de 1896 don Manuel visita a don Andrés Manjón en el Sacro–monte de Granada, y al darse cuenta de su obra del «Ave–María», tal vez saldría convencido de que había de abandonar definitivamente la idea. «Necesitaría renovar las alas de mi juventud que están caídas –escribe al operario José María Torno– para pensar otra vez en lo de los maestros, que cuando tenía las alas deseaba proponer y realizar. Celebro la idea del buen señor Manjón, pero lo nuestro era proyecto más vasto... Nosotros no podemos sino encomendarlo a Jesús ya» (Carta de 14 septiembre 1905: E.II, Cartas, 17.º, 236).
93. E.III, Varios, 1.º, 48. Sigue exponiendo sus ideas en doc. 49, 50, 51 y 53.
94. Declaración de los abogados, don Joaquín M. Salvadó y don Francisco Roig, con quienes consultó don Manuel sobre el proyecto (PO, ff. 534v y 771v).
95. Cf. supra, p. 31, 83.
96. Cf. E.III, Varios, 3.º, 200–202, donde da cuenta de los gastos, unos 6.000 reales, en que se había presupuestado el cuadro de 1888. Este, según idea de don Manuel, representa al Santo Angel, con escudo y espada, como sobrevolando en ademán de protección sobre la ciudad, en una vista panorámica de gran valor documental para conocer la Tortosa de fines del siglo XIX. En 1890 hizo una edición de la estampa en tamaño más pequeño, que luego reeditaría repetidas veces.
97. Se cuidaba de ella María de la Cinta Curto, a la que don Manuel le entregaba el dinero suficiente, y cuando estaba fuera de Tortosa, solía recordarle con no poca insistencia: «Haz que no quede sin encenderse la luz del Santo Angel todas las noches»; «Haz que esté encendida la lámpara del Santo Angel por ti y por mí todas las noches, y pídele que pueda volver pronto»; «Al Angelito nuestro de la calle, un saludo»... (A. Torres, Vida, 901).
98. Ibid., 902.
99. Editada en Valencia en 1837, la encontramos entre los papeles de don Manuel: E.III, Varios, 8.º, 72.
100. Carta de 15 enero 1897: E.II, Cartas, 10.º, 10; Correo Josefino 5 (1897) 1. La nueva estampa representa al Santo Angel con la espada en una mano y el mapa de España en la otra, luchando contra los dragones que salen de un mar embravecido. Arriba, a la derecha santa Teresa, a la izquierda Santiago Matamoros, en medio la Inmaculada y encima un Sagrado Corazón de Jesús, con la inscripción: «Reinaré en España». Al pie de la estampa se lee: «Pía Unión de Oraciones al Santo Angel de España». «Enviará el Señor a sus ángeles alrededor de los que le temen, y los librará» (Ps. 34) «¡Virgen Inmaculada, Santiago Apóstol, santa Teresa de Jesús y santo Angel, patronos de España, conservadnos en la fe y defendednos de los enemigos de nuestra Patria!».
101. E.III, Varios, 8.º, 75, 76, 83.
102. E.II, Cartas, 11.º, 67, 136.
103. Puede verse la correspondencia que mantiene sobre este tema, entre 1900–1902, en E.II, Cartas, 13.º, 204; 15.º, 37, 32, 51 y 95.
104. Carta de 17 mayo: E.II, Cartas, 15.º, 13.
105. Las devociones del Cerro de los Angeles; subtítulo: El Santo Angel Custodio de España, en El Universo de Madrid, 2 mayo 1920.
106. E.II, Cartas, 1.º, 7; A. Torres, Vida, 894 ss.
107. Cf. A. Torres, Vida, 902–906.
108. Lo hace, respectivamente, de manos de los comisarios don Pablo Sistjar y don Domingo Maymi, canónigos de la catedral. En unas Actas de la Orden de San Francisco, de 15 de julio de 1877, aparece como miembro de la junta; y en otras de 1881, como celador (PO, declarac. de José Curto, f. 176v).
109. E.III, Varios, 6.º, 116–128.
8
El colegio de San José de Tortosa (1873–1876)
I. SITUACIONES HISTORICAS Y SOLUCIONES QUE PLANTEAN
A través de los capítulos anteriores, hemos observado cómo don Manuel, que promueve y da vida a tantas obras de apostolado, ha de ir dejándolas poco a poco en manos de amigos y colaboradores, a medida que se le presentan nuevos campos y más graves necesidades. Su «ansia de la gloria de Dios» le mantiene en compromiso constante y comprende que tiene que llegar todavía más lejos, a la base misma de toda promoción eclesial, o a lo que 61 mismo definiría, como «la llave de la cosecha»: su dedicación plena a la obra en favor de las vocaciones sacerdotales en la Iglesia.
1. Valoración de unas experiencias
El problema le había venido preocupando desde su primer apostolado en Tortosa. «Van falleciendo muchos sacerdotes y se ordenan pocos –escribía por aquel entonces–. Pida a Jesús por el aumento de vocaciones eclesiásticas y por la desaparición de las leyes de quintas, que han venido a mermar las pocas vocaciones que había. ¡Pobre España nuestra! ... » 1. Y no era para menos, cuando, como hemos venido apuntando, los diversos Gobiernos revolucionarios hacían lo imposible para que desaparecieran tanto los seminarios como los otros centros de formación clerical, y el espíritu laico, antirreligioso y revolucionado, iba desviando del sacerdocio a tantos jóvenes inicialmente comprometidos.
En 1868 se cierran o son incautados por elementos revolucionarios la mayoría de los seminarios españoles; se suspende la asignación que éstos tenían desde el Concordato 2; las pocas becas que quedan son insuficientes; se inicia la «carrera breve» y crece el número de seminaristas externos; los todavía más pobres han de quedarse en sus pueblos, donde aprenden un tanto de gramática y de latín de los curas rurales o de los «dómines» de la comarca.
La misma Iglesia, en su historia de promoción vocacional, tampoco había ayudado gran cosa a resolver el problema de los «pobres» que podían aspirar al sacerdocio. Cuando se instauran los seminarios a raíz del Concilio de Trento en 1563, se establece un número reducido de becas, que en España no pasan ordinariamente de las 30 o 40 3. A veces, vemos que se crean instituciones para remediarlo 4, pero pronto caen en la rutina de los seminarios oficiales, a quienes ayudan, insuficientemente, los obispos y las mesas capitulares.
Cuando la falta de vocaciones sensibiliza y llega a preocupar hondamente a la opinión pública española de los años 1868–1880 5, la mayoría de las diócesis se lanzan a buscar remedios, instituyendo escuelas de gramática y de latín en los pueblos agregadas al seminario, o creando colegios privados en los mismos seminarios, para que los jóvenes no tuvieran que acudir a los Institutos del Estado 6. En tales escuelas y aún en los mismos colegios, solían prepararse conjuntamente los que aspiraban o no al sacerdocio, como a veces ocurría en los seminarios oficiales, pues las familias católicas preferían mandar a ellos a sus hijos antes que dejarles en manos del Estado; ello ocasionaría, desde el primer momento, curiosas y debatidas polémicas 7. Igualmente, tampoco escasearon las diferencias entre los seminaristas «ricos» y los seminaristas «pobres», cuando estos –últimos fueron descollando, en sus sencillos colegios, tanto por el número como por su mejor aplicación y capacidad 8.
Por lo que a Tortosa se refiere, bástennos algunos datos, que tomamos de la estadística diocesana.
En 1869 se ordenan 25 sacerdotes y fallecen 21. La diócesis cuenta, en total, con 685 clérigos, de los que 335 se dedican directamente al servicio de las parroquias. En el siguiente año mueren 29, otros 20 en 1872 y 22 en 1873 9
Reducido es también el número de seminaristas:
Curso
Teología 10
Cánones
Filosofía
Latín
Internos
Ordenados
1867–1868
119
–
86
–
58
18
1868–1869
71
–
37
–
25
34
1869–1870
89
–
26
–
22
15
1870–1871
94
–
24
31
24
12
1871–1872
73
–
22
26
17
16
1872–1873
66
–
14
23
13
– 11
1873–1874
55
4
22
45
6
–
1874–1875
42
2
23
41
7
–
1875–1876
50
–
17
58
– 12
No había, pues, en Tortosa, ni sabemos que nadie pensara en ello, alguna fundación, por sencilla que fuera, que ayudara a aquellos seminaristas pobres y externos que pululaban por sus estrechas callejuelas y buscaban cobijo y alimento en hospederías, pensiones y pisos más o menos destartalados. Uno de ellos, Ramón Valero, serviría ocasionalmente para que de manera definitiva desviara don Manuel sus atenciones y desvelos hacia esta parcela tan abandonada y de la que tanto necesitaban no sólo Tortosa sino también la mayoría de las diócesis españolas.
2. Un encuentro providencial
Ramón Valero Carceller era natural de Cinctorres, provincia de Castellón, y desde 1867 había empezado a estudiar latinidad en el seminario de Tortosa. A causa de la Revolución del año siguiente, hubo de abandonar el seminario, sin que pudiera inscribirse de nuevo en él hasta 1871, para cursar el primer año de Filosofía 13.
Durante el curso que sigue, 1872–1873, tiene un famoso encuentro con don Manuel Domingo y Sol, que a la larga iba a provocar en éste la fundación. del Colegio de Vocaciones Eclesiásticas de San José de Tortosa. Pasados los años, el mismo Valero nos dejaría reseñadas aquellas experiencias, en un lenguaje no exento de amenidad y de galanura. Es el relato, un tanto extendido, pero lleno para nosotros de interés y originalidad, que transcribimos a continuación:
Estimulado por un deber de gratitud a los innumerables favores y beneficios que he recibido del bondadoso y nunca bastante llorado don Manuel Domingo y Sol, me propongo dar a conocer un hecho, que es, en mi concepto, la base de todas las alabanzas, tan merecidas por cierto, que desde el día de su fallecimiento le viene tributando la prensa católica de España, y en especial la de Tortosa. Hecho, íntimamente enlazado con la providencial fundación del primitivo Colegio de San José, en la que tengo el honor de haber sido la causa ocasional, por mi completa carencia de medios para seguir los estudios.
Para poder explicar con la debida claridad esta primera corazonada de mosén Sol, han de permitirme mis amables lectores una pequeña digresión, y no parar mientes en el atrevimiento que supone hablar, siquiera sea por unos momentos, de mi humilde persona.
En el seminario de Tortosa estudié como sopero el primer año de Latinidad, allá en el curso de 1867 a 1868; y al principio de mi segundo año de carrera, o sea a fines de septiembre, ocurrió la Revolución, por efecto de la cual quedó cerrado el seminario, y los estudiantes nos vimos en la necesidad de volvernos a nuestras respectivas casas, Dos años estuve en la mía dedicado al oficio de mis padres. Por septiembre de 1870, abrió en Morella cátedra de gramática latina, el docto y célebre catedrático de Tortosa don Agustín Sebastiá. Tan pronto como lo supe, le manifesté mis deseos de continuar los estudios, pero que el estado de pobreza de mis padres no lo consentía; y sin más recomendaciones, me admitió gratuitamente. Para mi manutención apelé, por consejo del mismo profesor, al antiguo sistema de los estudiantes pobres, e iba todos los sábados a mi pueblo, distante unas tres horas y daba una vueltecita pidiendo limosna de puerta en puerta, diciendo: «¡Al estudíant d'esta aldea, si fan caritat!»
Al año siguiente bajé a Tortosa para el estudio de la Filosofía, sin un céntimo, ni esperanza de tenerlo para lo más indispensable de la vida. Pero, como la providencia de Dios nunca falta al que es guiado por un fin recto... Fui a manifestar mi situación a dos paisanos, ya ordenados, que vivían en el 5.º piso de una Casa situada en la plaza de Santa Ana, los cuales, a pesar de ser estudiantes, se compadecieron de mi situación, y me autorizaron para que fuese todos los días a buscar las sobras de sus comidas. La señora de la casa no quiso ser menos compasiva que los estudiantes, y me ofreció gratis un cuartito en la buhardilla.
Muy pronto las sobras estudiantiles fueron reforzadas por otras que me daban unas señoras que vivían en la misma casa. Yo, entretanto, para que mis padres no padecieran por mi suerte, les escribía que estaba muy bien, que no me faltaba nada... de todo lo que tenía. Porque la verdad era que, como apenas podía probar el pan, mí buen apetito tomaba de hora en hora proporciones muy alarmantes, y ¡bien lo recuerdo! sólo quedaba saciado algunos jueves en que mi amigo Jaime Sánchez me invitaba a pasarlo en su casa del Jesús, y allí comía pan y alguna otra cosílla. ¡Benditos jueves!...
De los treinta y nueve condiscípulos que comenzaron el estudio de la Gramática, al llegar al primero de Filosofía sólo quedábamos cinco: tres de la ciudad y dos forasteros. Y otro tanto sucedía, con relación a bajas, en los otros cursos, y todavía más en los de Gramática, pues el tercero sólo contaba con tres alumnos. Lo que prueba cuán desastrosos fueron los efectos de la Revolución; de manera, que a no haberse fundado en tiempo oportuno el colegio de San José, pronto el seminario hubiese quedado en cuadro, o poco menos: pues es, desgraciadamente, un hecho innegable que las familias ricas apenas dan hijos a la Iglesia; y los pobres, que no han cerrado todavía los oídos a la voz del Señor, que los llama, no hubieran podido corresponder a la vocación por falta de medios.
Pero el verdadero conflicto para mi apetito, se presentó en el segundo curso de Filosofía. Bien puedo asegurar que fue el de las vacas flacas. Cantaron misa los ordenandos y me quedé sin las consabidas sobras. ¿Qué hacer? Bien dice el refrán que Dios aprieta pero no ahoga. No sé a ciencia cierta por indicación de quién, aunque lo presumo, mosén Boix, vice–rector del seminario, prometió darnos diariamente al que suscribe y a dos estudiantes más, un puchero de arroz y judías y medio pan de seis cuartos a cada uno, con lo que teníamos escasamente para una sola comida. Para la noche me venía de perlas lo de las señoras; y después, hasta la una de la tarde del día siguiente, ayuno riguroso. A pesar de todo, yo estaba siempre de buen humor y animaba con mis dichos la conversación dondequiera que se reunían más de dos estudiantes, Hasta en la clase llegué a excitar más de una vez la hilaridad de mis tan respetables profesores, como lo eran don Enrique de Ossó y don Salvador López, quienes me trataron siempre con el más afectuoso cariño.
No recuerdo bien a cuál de los compañeros de armas y fatigas se le ocurrió que, como recreo, podíamos ensayar y representar la Vida de San Luis Gonzaga y a mi me encargaron el papel de Zuanio, o sea, el de gracioso. La compañía no debía portarse tan mal, cuando habiendo llegado a conocimiento del sabio catedrático de Teología y celoso director de la Congregación de San Luis, doctor Corominas, nuestras aficiones artísticas, vino un día a la casa, y después de haber presenciado el ensayo, nos manifestó que mandaría arreglar un teatrito en el entonces deshabitado convento del Jesús, para esparcimiento de los congregantes, y la representaríamos allí, como así lo hicimos repetidas veces, con aplauso de todos. Aunque mi papel era el menos importante de la obra, era yo quien hacía reír, y esto bastó para que estudiantes y sacerdotes se fijasen en el mal forjado Zuanio.
Si a esto se añade mi irregular modo de vestir, digo, la falta de uniformidad en las prendas de mi indumentaria, pues como el sastre no me tomaba las medidas, cuando el chaleco me venía corto sobraba ropa en la chaqueta, y si al difunto no le habían sobrado un par de zapatos, iba yo con alpargatas, y mis calcetines eran siempre del color de la carne, ¿qué extraño que mosén Sol se fijase un día en mí, y quisiera saber mi vida y milagros? De aquella conversación guardo gratísima memoria. De su trascendencia juzgarán mis pacientísimos lectores.
Era a mediados del segundo trimestre del curso de 1872 a 1873 y al salir una tarde del palacio episcopal, donde teníamos los filósofos las clases, me dirigía a la casa Barjau, y en el portal del Romeu encontré a mosén Sol, que venía en sentido opuesto. Me acerqué a él para besarle la mano, y después de haberle dado esta manifestación de respeto, noté que me miraba de arriba a abajo, y con aquella sonrisa bondadosa tan suya, me preguntó:
– ¿A dónde vas ahora?
– Voy –le contesté– a comprar un cuarto de cerilla a casa Barjau, porque el catedrático nos ha señalado para mañana una lección mucho más larga que de ordinario, y, si no estudio de noche, me temo que no la podré aprender.
– Y ¿sin la cerilla no podrás estudiar?
– No, señor; porque en la mesa donde estudian los otros no hay sitio para todos, y otros dos y un servidor quedamos fuera, porque no podernos contribuir a pagar el gasto de petróleo.
– ¿Cuántos estudiantes sois en la casa en que tú estás?
– Somos ocho: cinco, ricos, a quienes la señora Eulalia prepara la comida; y tres, pobres, que vamos a la sopa a casa de mosén Boix.
– ¿Y qué tal os va? ¿Tenéis bastante que comer?
– Nos va medianamente; porque con lo que nos dan en casa de mosén Boix no tenemos apenas para la comida de mediodía. Sin embargo, como dispongo, para la cena, de las sobras de unas señoras que viven en los pisos de abajo, podría ir tirando si tuviese bastante pan. Ya nos dan a mediodía, pero es demasiado pequeño, demasiado blando, y demasiado blanco, y resulta que no tenemos para empezar.
– Y ¿cuánto necesitaríais para pasarlo bien? – Con un pan cada tres días tendríamos bastante; pero había de ser moreno.
– Pues bien, con la ayuda de Dios, todo se arreglará. Mañana, a las once, vendréis los tres a mi casa.
Rebosando alegría, le beso de nuevo la mano, y él deposita en al mía una limosna, que fue la primera de una serie interminable, puesto que desde aquel feliz día ya no volví a conocer lo que es necesidad.
Al día siguiente, a la hora señalada, fuimos los tres a casa de mosén Sol, y después de un ratito de conversación, en la que procuró informarse del género de vida que llevábamos, nos dijo que fuésemos a buscar el pan que cada tres días nos daría el padre Mariano García. Este señor, aunque de carácter muy serio, nos recibió con manifiestas pruebas de cariño, nos entregó el pan, moreno como lo deseábamos, y que recibimos sumamente agradecidos y muy contentos.
Nuestras visitas al padre Mariano continuaron todo el curso, cada tres días, rigurosamente exactos, y muy pocas veces ocurrió el que la caridad del pan no fuese acompañada de la caridad de los buenos consejos, que harto los necesitábamos, viviendo como vivíamos a nuestras anchas y más libres que los pájaros en el aire y los peces en el mar. Dios habrá premiado ya la caridad del padre Mariano y de mosén Sol, y se lo pagará, sin duda, a mosén Buenaventura Pallarés, que fueron verdaderos padres para los estudiantes pobres y luego los fundadores del primer colegio de San José.
Entretanto, aunque el encargado de darnos el «pan nuestro» cada tres días era el padre M–ariano, no por esto nos olvidábamos de mosén Sol; antes al contrario, íbamos de cuando en cuando a su casa para darle las gracias de todo. El nos recibía y hablaba con el mayor afecto, y hubo vez que nos encargó, con gran extrañeza de nuestra parte, encomendásemos a Dios la realización de un proyecto sobre el que estaba meditando, que, de realizarse, había de ser de gran utilidad para los aspirantes al sacerdocio, y, sobre todo, de mucha gloria de Dios y bien de la Iglesia, pero sin manifestarnos en qué consistía.
Terminado el curso, fuimos a hacerle la visita de despedida, y entonces ya nos dijo claramente: «Hasta el octubre, hijos míos, que entonces ya estaréis mejor».
Durante las vacaciones recibió el señor cura de mí pueblo, como supongo lo recibirían los demás de la diócesis, una especie de carta–circular, firmada por don Manuel Domingo y Sol, en la que, en substancia, se le decía que se abría en Tortosa una casa, llamada de San José, para dar albergue y la sustentación convenientes a los estudiantes pobres, y que para su sostenimiento se le suplicaba cooperase a tan importante obra con alguna limosna. Me la enseñó el reverendo señor cura, e inmediatamente dirigí a mosén Sol mi carta de solicitud y fui admitido.
Terminadas las vacaciones, a medida que íbamos llegando a Tortosa, después de la oportuna presentación a mosén Sol, y mediante un volantito de éste, que identificaba nuestra personalidad, éramos recibidos por el superior de la Casa, con expresivas muestras de alegría y cariño de parte de los que habían llegado antes, hasta que completamos el número de veintidós, que era el de los que lo habían solicitado y sido admitidos. Y quedaba fundada la casa de San José. Era al principiar el curso de 1873 a 1874 14.
Para finalizar, añadiré solamente que el primer llamamiento oficial a la caridad de los católicos del obispado para el sostenimiento de la casa de San José, que publicó el Boletín de la Diócesis, lleva la fecha de 30 de junio de 1874, es decir, al final del curso que llamaríamos primer ensayo del colegio. Entonces fue cuando los tres reverendos sacerdotes protectores presentaron el reglamento al excelentísimo señor don Benito Vilamitjana, con la circular que deseaban publicar; y ambos documentos fueron aprobados por el prelado, de feliz memoria, con notabilísimas alabanzas para los iniciadores de tan excelente pensamiento. Y desde aquella fecha la casa de San José tuvo ya carácter oficial con el nombre de Colegio de San José 15.
3. Los primeros pasos
Los grandes designios de Dios sobre don Manuel comenzaban a cumplirse. Desorientado éste hasta entonces, meditaba consagrarse a la vida independiente y suelta de los ministerios sacerdotales en forma de correrías apostólicas, como espiritual guerrillero, por los pueblos de la diócesis. En la «Noticia» citada, que presenta al Congreso Católico de Lisboa, dice don Manuel, hablando de sí mismo en tercera persona:
Un sacerdote de la diócesis de Tortosa acariciaba el propósito de dejar toda ocupación para dedicarse a misiones en las parroquias de su diócesis y para estar a disposición de los párrocos y de todas las necesidades de las parroquias. Su prelado, el excelentísimo señor Vilamitjana, le facultó para el logro de sus deseos, y la Providencia cuidó de poner en sus manos una obra de celo, por la que al mismo tiempo que remediase una gran necesidad, llorada por todos los prelados, mediatamente resultase hallado el medio más eficaz para realizar su primera aspiración 16.
Igualmente, se extiende en varios pormenores en la Crónica que dejara escrita sobre la fundación de los colegios.
La divina Providencia, que no deja de poner remedio a las necesidades de cada época, se ha mostrado de una manera maravillosa en nuestros tiempos...
A consecuencia de la desastrosa revolución española de septiembre de 1868, hubo un gran decrecimiento de vocaciones eclesiásticas en todas las diócesis, y en particular en la de Tortosa. Aun las más fecundas en vocaciones, como la de Vich, se resintieron grandemente ante aquel choque. Porque arrebatado el seminario por la junta revolucionaria para ser convertido en oficinas civiles 17, estuvo hasta el 1875 en poder de la Revolución 18. En el curso de 1868 al 1869 marcharon todos los alumnos a sus casas por disposición del prelado.
Al año siguiente dispuso que se establecieran las clases en su palacio y en varias casas particulares; pero de los 400 alumnos de que constaba la matrícula, quedaron escasamente un centenar, sin dar muestras de mayor aumento en los años sucesivos. Y aún agravó la situación la guerra civil 19. Esta escasez de vocaciones apenaba al virtuoso prelado más que todas las amarguras que tuvo que devorar en aquellos años infaustos.
Aunque privado el seminario de comunidad de internos por falta de local, se dispuso, no obstante, se continuara dando la sopa a los escolares más pobres, los cuales se procuraban la demás comida acudiendo a la caridad de algunas familias. Uno de éstos era el joven don Ramón Valero, que preguntado por don Manuel, en la puerta del palacio episcopal, un día de los últimos meses del curso de 1872 y 1873, sobre su situación, le expuso la estrechez en que vivían él y tres compañeros más (en el último piso de la calle de San Juan n.º 1) 20, lamentando, sobre todo, la falta de luz por la noche para estudiar cómodamente. Esta relación hizo surgir el pensamiento de alguna ayuda en favor de estos estudiantes, y de cuantos acaso pudieran necesitarla. El sacerdote comunicó a su confesor, el respetable don Mariano García, ecónomo de la parroquia de la catedral 21, su deseo de encargarse de socorrer a aquellos seminaristas por todo el curso, y aceptada por éste la idea con fruición, se inició una suscripción mensual, siendo los dos primeros que se ofrecieron con sumo interés don José Jordana y don Miguel Camps, presbíteros, con los cuales se consultaron y convinieron algunos otros medios para lo porvenir.
Con las primeras suscripciones se socorrió a los necesitados durante aquel curso, al final del cual el número de alumnos había ascendido a siete 1.º ocho. Se proyectó para el inmediato acudir a las familias principales de la ciudad, y, sobre todo, al gremio de San Antonio, compuesto por la mayor parte de labradores y propietarios, cuyas familias en épocas anteriores acostumbraban sostener cada una un estudiante, proponiéndoles continuaran aquella piadosa tradición. Mas estas tentativas no tuvieron resultado, y en vista de ello se resolvió extender más las suscripciones y proponer a los que debieran ser socorridos; la idea de una vivienda común bajo un sencillo reglamento y la inspección y cuidado de los iniciadores: de modo que puede decirse muy bien que aquel pensamiento fue el principio y fundamento de la Obra de fomento y sostenimiento de las vocaciones eclesiásticas 22.
Terminado el curso, en el verano de 1873, se apresuró a enviar don Manuel a algunos sacerdotes de la diócesis copias manuscritas del siguiente documento:
Tributo de gratitud al Corazón de Jesús. Asociación de sacerdotes para el fomento de las vocaciones eclesiásticas. «Messis quidem multa, operarii autem pauci» (1.º 20–2). Al indicar el pensamiento que indica el título, inútil nos parece exponer la situación en que se encuentra la Iglesia de España y la crisis amarga que está atravesando. Desde tres siglos hasta hace poco, el clero secular español podía muy fácilmente cumplir con sus obligaciones y atender, si quería, casi exclusivamente a su santificación propia, merced a la existencia de corporaciones religiosas que con su celo y prestigio soportaban la mayor parte del trabajo en la dirección de las almas, y hasta coadyuvaban al desempeño de los deberes del ministerio parroquial.
Desde el día en que fueron suprimidas las corporaciones religiosas, el clero ha tenido que ir soportando un trabajo cada día mayor y con menos resultados favorables al bien de las almas, por la falta de la cooperación que aquéllas le proporcionaban. Sobre este mal tan lamentable, por no decir a consecuencia de él, la impiedad ha ido introduciéndose poco a poco en nuestra patria, y, por fin, una revolución descarada se ha enseñoreado de ella.
Y en su odio a la Iglesia, ya que no ha podido destruirla de raíz, ha intentado cegarla en su origen, tratando de sofocar el plantel donde se formaban los jóvenes que debían continuar después en la dirección de los fieles. Ha suprimido las rentas de los seminarios; ha arrebatado sus edificios, y, en cambio, ha abierto establecimientos en donde la incauta juventud vaya a disipar el resto del patrimonio de una educación medianamente religiosa. Más aún: ha denegado al clero lo que de justicia le pertenecía, ha vomitado calumnias contra esta clase, procurando presentarla como oprobio a los ojos de la sociedad. De ahí que lo que antes se tenía como una joya de muchas familias, viene a mirarse ya con indiferencia.
Cuando leemos los nombres de familias ilustres que tenían a honor contar entre sus individuos algún sacerdote, se contrista el corazón al ver este avergonzamiento, esta apostasía, si podemos decirlo así, de las clases acomodadas y distinguidas, que impiden las vocaciones que sin duda germinarían en muchos de sus hijos si los inclinaran a las carreras, haciéndoselas mirar no con el prisma del egoísmo y del bienestar material, sino a la luz de la fe católica, que nos enseña que somos instrumento de Dios; que a El solo pertenece señalar al hombre el estado en que le quiere. Y este apartamiento de las clases acomodadas ha inficionado también a las clases modestas y piadosas, a quienes deja de halagar la idea del sacerdocio para sus hijos... Contrista el ánimo la insignificante cifra de matriculados durante estos últimos años; se anubla el corazón de amargura al presentir la situación de las almas en nuestra Patria en un porvenir no lejano...»
Termina don Manuel demandando una limosna para la proyectada obra de caridad en favor de los estudiantes pobres, ingresando así en la «Asociación» protectora de la misma, formada exclusivamente por sacerdotes. De varias partes le escribieron suscribiéndose 23.
Acerca de esta iniciativa de propaganda, decía don Manuel por aquellos días a su amigo don Froilán: «No me resuelvo por ahora a imprimir el proyecto. Sería mejor cuando definitivamente estuviese adoptado y aprobado el reglamento. Por lo tanto, copie con su buena letra, si tiene buen humor, un par de ejemplares de dicho papel, y se lo enseña tan sólo a los de confianza, y me manda una lista de treinta millones. Ya tenemos avisados tres o cuatro neófitos de los pueblos, y aún no tenemos vivienda. En caso necesario, aprovecharé el ofrecimiento de las hermanas de la Consolación, de que usted dispone; aunque este asunto ya está en manos de mosén Mariano» 24.
El 1.º de septiembre de 1873, alquilaron unos pequeños pisos de la casa n." 7 del retirado callejón de la plaza de San Isidro, vulgo de San Juan, contiguo al convento de las sanjuanistas, donde albergaron 24 alumnos para el curso que comenzaba 25
En el mes de febrero del 74, resultando ya insuficiente el mencionado local, arrendaron el segundo piso de la espaciosa y antigua casa de Zarralde, que hacia el n.º 7 de la calle de San Felipe Neri, y a la que, en número ya de 37, se trasladaron los estudiantes el 1.º de marzo 26. «En el mes de junio de aquel año [1874] –escribe don Mariano García en su Cuaderno de memorias del colegio de San José–, con aprobación del ilustrísimo señor doctor don Benito Vilamitjana, obispo de esta diócesis, la casa pupilaje de estudiantes pobres se denominó 'Colegio de San José’ 27 y su Ilustrísima tuvo a bien nombrar por director de dicho colegio al que suscribe, subdirector del mismo a don Manuel Domingo y Sol, presbítero, y administrador a don Buenaventura Pallarés, presbítero, Ita est.» 28. Este último, natural de Reus, hacía sólo cuatro anos que había sido ordenado de presbítero 29; en su primera misa le predica don Manuel, del que, en adelante, será don Buenaventura íntimo amigo y colaborador en sus empresas.
Firmada por los tres, el 24 de junio de aquel año apareció una circular impresa, publicada luego el día 30 en el «Boletín Eclesiástico de la Diócesis», en la que daban a conocer el nuevo Colegio y la aprobación que del mismo y de su primera dirección había dado el señor obispo con estas primeras bases:
1.ª La casa de pupilaje para el sostenimiento de vocaciones eclesiásticas instituida a principios del año escolar que fina se denominará en adelante Colegio de San José.
2.ª Estará bajo las órdenes del prelado y la dirección de uno o más eclesiásticos nombrados por el mismo.
3.ª Se sostendrá con los productos de suscripciones mensuales y de las limosnas eventuales en metálico o especie que ingresen. Las suscripciones durarán los meses del año escolar.
4.ª Se suplica a los RR. párrocos se sirvan recibir las suscripciones y recoger las limosnas de sus parroquias y remitirlas a alguno de los sacerdotes infrascritos.
5.ª Se admitirán jóvenes de buenas condiciones físicas y morales con vocación al estado eclesiástico, que carezcan de medios o no tengan los bastantes para hacer los estudios correspondientes, lo que acreditarán con documentos expedidos por sus párrocos.
6.ª La manutención de los primeros correrá a cargo del colegio; los segundos contribuirán a ella en proporción convenida.
7.ª El vestido, calzado, cama, libros, lavado, etc., será de cuenta de cada colegial.
8.ª El número de colegiales será en proporción a los fondos con que cuente el colegio.
9.ª Se formará un reglamento para el régimen interior del colegio en todos los ramos, religioso, escolar, económico e higiénico.
10.ª Cada año se presentarán las cuentas a la aprobación del prelado 30.
«El clero –escribe por su parte don Manuel– respondió generosamente al llamamiento, y se multiplicaron las limosnas y suscripciones». En el tercer curso –1875 a 76– fueron 59 los colegiales, y se hizo necesaria la compra de toda la casa, «con la idea y la esperanza –dice él mismo– de obtener con el tiempo de la noble y piadosa señora doña Magdalena de Grau y de Gras, el uso de la casa inmediata, llamada palacio de San Rufo, que no estaba habitada, propiedad de dicha señora; y que, dividiendo sólo por un patio interior la antedicha casa de Zarralde, se lograría con la ocupación de ambas un local propio para el objeto ' con capacidad suficiente para más de 100 alumnos y con las condiciones de algún esparcimiento para los jóvenes» 31
Adquirió la casa Zarralde el obispo Vilamitjana por 60.000 reales y se hizo la escritura a nombre de don Manuel, quien, para asegurar el futuro destino de la misma, el 9 de mayo de 1875 otorgó testamento ante el notario don José Costa y Albesa, declarando en plica aparte:
Yo, Manuel Domingo y Sol, Pbro..., otorga ante el notario don José Costa y Albesa una disposición testamentaria: para la inversión y destino de una casa sita en la calle San Felipe Neri, n.º 11, que en la misma fecha ha adquirido por compra–venta de las hermanas doña María de las Mercedes y doña Trinidad Zarralde. Mis albaceas, de acuerdo con el prelado, dispondrán que dicha casa continúe sirviendo para el objeto que hoy tiene, que es el de casa–habitación para estudiantes pobres dedicados a la carrera eclesiástica; y, si esto no pudiera ser, o porque dichos estudiantes reunidos hoy allí con el nombre de Colegio de San José estuviesen trasladados a otro local, o porque las circunstancias de entonces u otros motivos imprevistos lo impidiesen, procedan a la venta de dicha casa, invirtiendo la cantidad en limosnas para pobres de la diócesis, o en otros objetos y obras piadosas, todo a indicación del mismo prelado diocesano 32.
En agosto de 1876 publicaron los directores del colegio una segunda circular dando cuenta a los sacerdotes de la diócesis de los prósperos y lisonjeros resultados del mismo y agradeciendo la cooperación que les venían prestando. «Inútil es –escriben– exponer la necesidad del fomento de vocaciones eclesiásticas, ya que tantas dificultades se aúnan para impedir su desarrollo. El escaso personal de las parroquias (aun de aquellas que hace poco se velan servidas por un número más que suficiente), el excesivo trabajo de los que tienen cura de almas y la reducida matrícula del seminario, son datos tristemente ciertos y bastantes por sí solos para despertar nuestro interés por el aumento de jóvenes destinados al sacerdocio. Usted comprenderá, pues, que la mejor obra de un sacerdote hoy día es el estar a la mira y hacer germinar las vocaciones que el Señor quiera darle a conocer y confiar a su desvelo».
Sugieren algunos medios para el reclutamiento de las mismas, tales como, las pláticas de primera comunión, el ofrecerse a enseñarles el latín, hablar de esas materias en la catequesis, congregaciones de Luises, sermones de fiestas solemnes, etc..., y encarecen los buenos resultados que algunos sacerdotes van logrando con semejantes industrias.
El 15 de aquel mismo mes y año distribuyeron otro impreso dirigido a los «Señores Suscriptores y demás Benefactores del colegio de San José», a los cuales decían:
Dos años han transcurrido ya desde la publicación de nuestro humilde escrito intitulado y dirigido A las personas que tienen celo de Dios, en el que, al señalarles como la más terrible prueba que está sufriendo la Iglesia de España la imposibilidad de la formación de sus ministros, nos atrevíamos a hacerles un caluroso llamamiento para que nos ayudaran a realizar la institución de un colegio de jóvenes con vocación eclesiástica, complemento o continuación de una idea iniciada un año antes en una humilde casa de pupilaje, como un medio, si no del todo eficaz, muy poderoso para aminorar los funestos efectos de aquel mal, cada día más grave. Y esta obra, al ser bendecida y aprobada por nuestro ilustrísimo Prelado, no dudó éste en calificarla de altamente recomendable y muy necesaria.
Nuestra débil y desautorizada voz no fue desatendida y encontró eco en el corazón de almas nobles y piadosas, que nos prestaron su decidida cooperación... Al dar hoy cuenta de la marcha del colegio, después de bendecir y dar gracias al glorioso san José, cuya advocación tomó, por la visible protección que ha dispensado a esta empresa ... , cúmplenos darlas muy cordiales, primeramente a nuestros hermanos en el sacerdocio, que, en medio de las circunstancias graves bajo todos conceptos, por que han pasado, a ellos se ha debido el principal sostenimiento del Colegio; y las damos también, en segundo lugar, a todas aquellas personas que, comprendiendo la importancia suma de esta obra, la han secundado ofreciéndonos sus limosnas y demás medios de su cooperación...
Cincuenta y siete son los jóvenes que en el curso que acaba de finar han podido recibir su manutención en todo o en parte, bajo el manto protector del glorioso Patriarca. El buen comportamiento y la aplicación en general de los alumnos, como aparece de las censuras obtenidas en sus exámenes, es un motivo más de justa satisfacción para cuantos se interesan en esta obra, y nos permite augurar que esta semilla confiada a sus esfuerzos dará un día frutos de bendición y de consuelo en favor de la diócesis y de las almas en general.
Sin embargo, nuestro corazón no está satisfecho, como tampoco lo estará el de las personas a quienes nos dirigimos. El mal que se trata de remediar es muy grave; las necesidades de nuestra atribulada Iglesia aumentan; las filas del sacerdocio van decreciendo, y cegados los medios con que podía contarse en otros tiempos para el sostenimiento de los que se dedicaban a la carrera eclesiástica, es menester un nuevo esfuerzo de celo y de abnegación de parte de todos para llenar el vacío que va notándose de día en día, y que aumentará dentro de poco en todas las parroquias.
Afortunadamente, no faltan por el presente, y parece van aumentando cada día en las clases menos acomodadas, las vocaciones verdaderas, y son numerosas las peticiones que recibimos de los reverendos párrocos, que nos suplican un lugar en el Colegio para alguno que la tiene probada...
Reiteramos nuestras súplicas a nuestros hermanos en el sacerdocio, y a todas las demás personas piadosas, para que interpongan su celo, por todos los medios que estén a su alcance, en el fomento de esta obra de primera necesidad, seguros de que, aparte el galardón que el Corazón de Jesús tiene ofrecido a los que acogen a algunos de los suyos en su nombre, recibirán ya en el tiempo los frutos de consuelo y satisfacción que les proporcionará esta obra de su gloria... 33.
4. El palacio de San Rulo
Como al cuarto año de existencia del colegio de San José –1876–1877– el número de los alumnos ascendiera ya a 98, viéronse obligados los directores del mismo a alquilar el citado palacio de San Rufo, separado, solamente por un callejón, de la casa Zarralde. «Este resultado –dice don Manuel– animó a los iniciadores, y llamó la atención y llenó de consuelo el corazón del excelentísimo señor Vilamitjana. Se elevó una petición a la señora doña Magdalena de Grau, que residía en Barcelona, proponiéndole el arriendo del palacio de San Rufo; y la piadosa señora no sólo cedió el uso de la casa gratuitamente, sino que mandó se hicieran las reparaciones convenientes para el objeto, pagando luego ella los 18.000 reales que costaron las obras» 34.
Mientras tanto, el colegio va teniendo vida propia e independiente. Sus alumnos acuden a las aulas del seminario; los curas de la diócesis empiezan a frecuentarlo como a casa propia, escogiéndolo para lugar de sus reuniones 35; y es considerado desde el primer momento como una obra eminentemente diocesana y de gran interés para la diócesis, según confesaba el propio prelado en la pastoral que publicó el 6 de enero de 1877:
Después de una interrupción de ocho años –escribe– motivada por los gravísimos acontecimientos de que ha sido teatro España..., ha podido reanudarse el curso de las misiones en la diócesis... [Aplaude el magnífico éxito conseguido en las que se acababan de dar en algunos pueblos, y añade]: ¿Cuánto durará este hermoso estado de cosas? ¡Triste fatalidad de estos tiempos, en que así se multiplican las causas de la perdición de los pueblos! ¡Si tuviéramos, a lo menos, muchos y poderosos medios para contrarrestarlas! ¡Pero no es así, no los tenemos! Nos falta la antigua protección, nos falta el antiguo ascendiente de nuestra clase, nos faltan recursos para atender a perentorias necesidades de cosas y de personas; nos faltan, y esto es lo más grave, nos faltan hombres.
La inexorable muerte menudea sus golpes, y los datos que sin cesar abre en las filas del sacerdocio no pueden llenarse. En los últimos siete años han fallecido en la diócesis 150 sacerdotes, y añadiendo a este número los que por un motivo o por otro se han ausentado, pasan de 160 los que en el expresado intervalo de tiempo ha perdido el clero diocesano. Ahora bien: en el mismo tiempo han ascendido al sacerdocio 87 jóvenes únicamente. Resulta, por tanto, una disminución de 70 sacerdotes. La cifra es aterradora; porque si ya hace años el servicio parroquial se resentía de falta de personal, ¿qué sucederá ahora?, y ¿qué sucederá más adelante?
Triste es el presente de nuestras iglesias, pero más triste es el porvenir. Hasta que vino la Revolución de 1868 a desquiciar en España todas las cosas, y sobre todo las religiosas, teníamos un plantel de sacerdotes, si no abundante, a lo menos regular, en los alumnos del seminario. No podíamos, en verdad, llenar todos los puestos que la muerte y otras causas dejaban vacíos, pero sí los más necesarios. Personas animadas de gran celo por la gloria de Dios y la salvación de las almas vinieron en nuestra ayuda, hicieron y continúan haciendo esfuerzos para salvar la presente ruina, promoviendo las vocaciones eclesiásticas, arbitrando recursos para sostenerlas y perpetuar entre nosotros el sacerdocio católico. Ya se comprende que hablamos del colegio de San José, de sus fundadores y favorecedores. Dios les dé la merecida recompensa. Por nuestra parte, apreciamos en lo que vale su generosidad y desprendimiento... 36
En el curso quinto –1877–1878– los colegiales llegaron a 190. Tuvieron que alquilar los directores otra casa en el Callejón de Capellanes, número 4, en la cual se alojaron unos treinta alumnos. Pero, no reuniendo las condiciones precisas para el objeto a que se la destinaba, se hizo necesario pensar en levantar para colegio un edificio de planta, que pudiera albergar 300 escolares 37. No descansaba un punto don Manuel, desplegando aquella su actividad característica en las cosas en que ponía mano. «Mi proyecto de San José –escribía el 26 de noviembre de 1877 a la madre Escolástica, de Mataró– no está muy bien. Encomiéndolo al Patriarca san José. Dirá que siempre le digo lo mismo. Cada loco con su tema». Y el 29 de diciembre: «No pue mes. Estic anfeganme» 38
II. EL COLEGIO DE SAN JOSE
1. Bendición de la primera piedra
Como aumentara el número de los alumnos, según hemos indicado, y tanto el palacio de San Rufo como la otra casa añadida no fueran ya suficientes, don Manuel –ahora por propia iniciativa y con la oposición no sólo de los canónigos y de otros sacerdotes de la ciudad, sino del mismo don Mariano 39– decide elevar un edificio de nueva planta que fuera la sede del colegio de San José.
Para ello, nos cuenta, «se redactó un proyecto, en el cual se proponían varios medios, entre otros, la emisión de acciones de 500 reales al 3 %. Se presentó al señor obispo, que lo aprobó sonriendo de satisfacción y mirando en aquella obra el verdadero y útil porvenir del clero en la diócesis, y ofreciendo para ella toda su colaboración 40. Muchas dificultades se presentaban para la realización del pensamiento, sobre todo la escasez de terreno edificable en los ensanches de la población cercanos al seminario. Mas la Providencia, por modo admirable, proporcionó muy económicamente y por conducto de don Vicente Benet, la adquisición del único terreno espacioso, aunque parte de él montuoso, que quedaba para edificar en el ensanche llamado del Rastro, lindante con la muralla de cuarteles y la del reducto conocido por el Bonete, propiedad de don Manuel Córdoba. Se hizo la escritura de compra, que quiso pagar el señor obispo, el 7 de marzo de 1878; el 10 se le presentó el plano, y el 11 de abril, fiesta de san León, se puso la primera piedra» 41.
Había logrado llenar, al fin, sus aspiraciones; y aunque contento, no deja de resentirse del esfuerzo y de las preocupaciones que todo ello le suponía. «Me tiene absorbida la atención el proyecto del colegio de San José», escribía por entonces. Y en otras cartas: «El colegio de San José me absorbe el pensamiento. Estamos haciendo los cimientos»; «No me acordaba ya de su fiesta, ni casi de su nombre. Estoy tan metido entre piedra, cal, arena y pozos, que no sueño otra cosa; y de ahí es que hasta estoy disipado en mi espíritu. Pídale, pues, a Jesús que no me sirva de estorbo para amarle esta vida que traigo de negociante. Y el caso es que por ahora no llevo intenciones de enmendarme» 42.
Las nuevas obras preocupaban también a los demás directores. «¿Cómo realizar ésta? –escribían en una circular, junto con don Manuel–. Por nosotros mismos nada podríamos, si no confiásemos en la protección de san José y la cooperación de los benefactores de su colegio». Piden, a seguido, un pequeño préstamo o anticipo a los curas de la diócesis, que les sería devuelto lo más pronto posible. Si alguno quisiera dejarlo a modo de renta, se le abonaría un interés del 3 % » 43. El clero, bueno es apuntarlo, respondió pronto y generosamente, y lo mismo hicieron varias personas seglares 44.
En julio, desde el Boletín Eclesiástico, volvieron a dar cuenta los directores de las buena marcha del colegio. En el curso sexto –1878 al 79– fueron 161 los alumnos, no otorgándose el ingreso a otros muchos por falta de local para poderlos recibir, y fue forzoso apresurar las obras del nuevo colegio, con el fin de habilitar una parte del edificio en construcción para colocar en ella una pequeña sección de la comunidad aquel mismo curso. Por todo el año de 1879 continuaron las obras con regular actividad. El 10 de febrero nombró el prelado como primer presidente–vigilante, al presbítero don Juan Juncosa, que haba de actuar bajo la inspección de la junta directiva 45. El 13, facultó a ésta el rector del seminario para que por aquel curso pudieran oír misa en el colegio los días de clase los alumnos del mismo. El 20, se trasladaron 40 colegiales de San Rufo al edificio nuevo 46.
Como siguieran las dificultades, se sugiere a los párrocos una serie de medios con los que pudieran obtener limosnas para la fundación. Uno de ellos, y quizás el principal, sería la creación en sus parroquias de la «Asociación del Fomento de Vocaciones Eclesiásticas»; otro, la «Pequeña Obra», «según se practica en Francia», que consiste «en que cada niño al recibir la Primera Comunión diera una limosna para el fomento de vocaciones para el sacerdocio... Luego se nombran entre ellos tres o cuatro colaboradores para la Pequeña Obra de la mayor gloria de Dios..., que se encargarían de recoger las limosnas y en adelante pertenecerían a la Asociación del fomento de Vocaciones Eclesiásticas» 47.
El 28 de mayo de aquel año salió de Tortosa para Tarragona, de cuya sede había sido nombrado arzobispo, el excelentísimo señor Vilamitjana 48. Fue ésta no pequeña contrariedad para los directores del colegio, del cual habíase mostrado siempre el señor Vilamitjana entusiasta, perseverante y generoso protector. Sobre ello escribía don Manuel el 2 de enero: «Ya supongo que sabrán que el obispo se nos marcha a Tarragona. Esto me tiene muy afectado. Haga Jesús
que sea para bien de todos, ya que es tan gran sacrificio» 49.
Con este traslado «perdía la empresa su principal apoyo –escribía igualmente–. Vino a examinar las obras y a despedirse de los colegiales que se reunieron en el nuevo local. Los alumnos y directores le dedicaron tiernas frases de despedidas 50, y conmovido el prelado, manifestó que ciertamente se marchaba con el sentimiento de no haber podido ver terminada aquella obra, que era la preferente en su corazón de cuantas había realizado o impulsado en la diócesis; pero que no lo olvidaría jamás. Así lo cumplió ampliamente, legando al colegio en su testamento la biblioteca y la tercera parte de cuanto podía pertenecerle después de su muerte. Sirva este recuerdo como tributo de gratitud al excelso varón, a quien debe principalmente el colegio de San José el levantamiento del edificio y todo su ser, y la Hermandad de Operarios su primera aprobación y sus alientos, debiendo ser para la misma de santa y eterna memoria» 51.
Otro grave contratiempo experimentó pocos meses después la empresa del colegio, y singularmente don Manuel, que dice, aludiendo a ello: «El 23 de septiembre del mismo año falleció don Mariano García, primer director del colegio, al cual había consagrado desde el primer momento su celo, su actividad y sus intereses, y que formaba su gozo y su corona» 52. Llególe al alma vivamente semejante pérdida. «Hace cinco días –escribe en una de sus cartas– que no me he desnudado, velando a mi íntimo amigo y padre mosén Mariano García. Esta tarde le he cerrado los ojos. Pierdo en él un consuelo, un apoyo y un padre, que no podrá ser reemplazado. Era el primer sacerdote de la diócesis, confesor del señor Vilamitjana y del actual obispo, y director del colegio de san José. Estoy muy afectado. El arzobispo de Tarragona me exigió noticias diarias de su estado» 53. Murió pobre, y de su escaso peculio dejó 2.000 reales para el colegio.
El 19 de julio de 1879 había hecho su entrada solemne en Tortosa el nuevo prelado, don Francisco Aznar y Pueyo 54.
2. Instalación de la capilla y Reservado
Avanzaban, entretanto, las obras del colegio en construcción; el 11 de octubre bendijo la capilla del mismo el canónigo don Gerardo Camps, y el 12 se dijo en ella la primera misa, que celebró el rector del seminario don Francisco Vilaret. En el sermón, que corre a cargo de don Manuel, no podía faltar el recuerdo del querido don Mariano: «Al proporcionarme Dios esta alegría –exclamaba–, ha querido mezclarla con la mirra amarga de la tribulación. Un vacío se siente en esta solemnidad, la ausencia de un amigo querido, de un padre cariñoso, de un varón necesario, de vuestro primer director, con el cual habíamos compartido los sinsabores de esta Obra de fomento de las vocaciones eclesiásticas, a la cual tenía consagrados sus afectos, su corazón, sus desvelos. Que su memoria no se apague en nosotros, y que sea esta capilla un monumento que la conserve» 55.
Con la capilla se imponía tener el Reservado dentro de la casa y los directores, a petición de los alumnos que se comprometieron, por su parte, «a corresponder a esta gracia con actos de frecuente reparación», obtienen al fin el Breve de Roma, inaugurándolo con una solemnísima fiesta –misa de comunión y plática, misa cantada con sermón, procesión solemne con el Santísimo por la calle interior del colegio– el 14 de noviembre de 1880, fiesta del Patrocinio de la Virgen y de san Rufo, patrono de la diócesis de Tortosa. Con el señor obispo, asistieron numerosas personas invitadas de la ciudad. «Como tributo de gratitud a Jesús –termina diciendo don Manuel– y para alcanzar nuevas gracias de El, se resolvió perpetuar el recuerdo de aquella fiesta, celebrándose todos los años su aniversario con los mismos cultos e igual pompa, como así se viene verificando» 56.
Años adelante, en su tradicional fervorín de la anual conmemoración de aquella efeméride, decía don Manuel a los colegiales: «El 14 de noviembre de 1880, fiesta del Patrocinio de la Virgen, en aquel día en que alguno de vosotros todavía no existía, y algunos erais muy jovencitos, aquí, en esta capilla, estando todavía este colegio a la mitad de su edificación, se dignó Jesús fijar su morada sacramental, habiendo precedido el día anterior una protesta de los colegiales de entonces de honrar con sus actos de amor y reparación a tan distinguido Huésped, y se le ofreció el propósito, como señal de gratitud, de recordar a los venideros, por medio de esta fiesta anual, la bondad de nuestro Dios, que venía a habitar entre nosotros..." 57.
3. Nueva casa de agregados
«El número de alumnos –sigue escribiendo don Manuel– iba aumentando cada año, distribuidos aquéllos entre San Rufo y San José hasta la terminación del colegio en el año 188... [sic]. Además de atender a estos internos, el colegio daba la sopa al mediodía y el seminario la daba por la noche a más de 50 externos, que no pudiendo pagar ni aun la pequeña cuota del colegio, vivían en modestas casas particulares. Mas con el deseo de recoger también a estos para que se formaran mejor por medio de la disciplina propia de un colegio, se discurrió, cuando el edificio de San José estaba para ser terminado, colocarles, si lo querían, en el edificio de San Rufo y mantenerlos con la sola pensión de 20 reales [mensuales], que era lo que venía a costarles el alquiler de la vivienda y desayuno.
«Se propuso al seminario para que éste costeara la mitad de los gastos que ocasionara esta nueva reforma, y aceptado por aquel, se estableció la Casa de agregados de San Rufo bajo la misma dirección y cuidado de los directores del colegio de San José, con el mismo reglamento, no diferenciándose de los internos de San José más que en lo más modesto de la comida. El seminario se resistió a continuar sosteniendo el gravamen que le ocasionó el compromiso en el primer año, que fue por su parte de 900 duros, y sólo se ofreció a dar en adelante una compensación, que ha sido de 400 a 600 duros.
«No tardó en irse llenando también la casa de San Rufo hasta llegar al número de 100, que con los 300 del colegio de San José formaron las principales afluentes para el seminario, el cual, junto con los internos y algunos Pocos externos, contó pronto con una matrícula mayor que la que tenía antes de 1868. Desde 1876 la mayor parte de los internos del seminario han sido procedentes del colegio de San José, llegando a tener dicho seminario, por medio de la Obra, más número de internos que tuvo antes del 68» 58.
4. Don Manuel, director del colegio
El 10 de marzo de 1880 el prelado, «atendidas las circunstancias que en usted concurren para promover y proteger las vocaciones al estado eclesiástico», había nombrado a don Manuel «director del colegio de San José, sucursal del seminario conciliar de la diócesis..., cuya plaza está vacante desde que falleció el benemérito don Mariano García, uno de los tres edificantes sacerdotes que iniciaron y llevaron a cabo tan recomendable establecimiento ». El cargo de vice–dírector recayó en don Joaquín Cedó 59.
El 28 de agosto de aquel año publicaron en el «Boletín Eclesiástico» una circular, demandando encarecidamente del clero de la diócesis una eficaz ayuda para enjugar el déficit, que por lo que se refería al último curso, y por el solo concepto de manutención, ascendía a 14.443 reales, y para terminar la construcción del edificio, a medio levantar todavía. Ya en 1878 habían aumentado las cuotas mensuales de los alumnos, fijándolas en un mínimo de 70 reales y en un máximo de 90. Ahora, además, solicitaban de los encargados de las parroquias, con el beneplácito del prelado, que el domingo de cada mes que mejor les pareciese hicieran una colecta en la misa mayor a favor del colegio, estimulando la caridad de los fieles con argumentos y consideraciones que ellos mismos les sugerían. «Tal vez sería conveniente –apuntaban al final– disipar las preocupaciones de aquellos que juzgan ya innecesario el fomento de esta obra, porque creen, atendida la aparente situación normal, que habrá abundancia de vocaciones aun entre las clases ricas; y las de aquellos que miran mal la protección que puede díspensarse a los de familias de mediana y humilde posición. A los primeros les diríamos que pocos, muy pocos, son los de la clase rica que quieran abrazar la carrera eclesiástica, y si alguno hay en el colegio, en nada perjudica a los pobres; y a los segundos, que también necesitan los de la clase mediana una protección desinteresada, atendiendo lo largo de la carrera y los pocos recursos con que cuentan para subvenir a los gastos de la mismas» 60. El prelado, aprobada la idea, recomendaba que se trabajase por ella y concedía indulgencias.
Don Manuel, más responsable y cada vez más comprometido, va dejando poco a poco otras ocupaciones para dedicarse exclusivamente a la obra del colegio. Con sus compañeros de trabajo vive pobremente, y aunque le preocupa la situación económica 61, lo que le interesa es que todos tomen conciencia del problema vocacionista, no sólo a escala diocesana, sino también nacional. Aquella España –dice a sus colegiales– «un día jardín floreciente de sacerdotes, relicarios de Cristo, como los llamaba el padre Avila», se ve ahora empobrecida por «las consecuencias de la revolución, la falta de exenciones para los eclesiásticos, la cruel ley de quintas que hace obligatorio el servido hasta a los mismos celebrantes»; y lo mismo en «Francia, Italia, Alemania, América... en medio de tantas ruinas, provocadas por la masonería internacional». Y no digamos –les sigue diciendo– en Tortosa, donde «el prelado no tiene de quien echar mano para enviar a las parroquias y hay veinticinco coadjutorías sin proveer; de catorce años a esta parte han fallecido en el obispado 30 sacerdotes cada año y se han ordenado 8: una desproporción de 22 sacerdotes por año». Es verdad –termina en su exposición– «que 340 jóvenes se albergan entre este edificio y San Rufo, número en sí consolador, pero insuficiente para conjurar la crisis que nos amenaza y las necesidades de la diócesis 62.
Desde estos años se dedica a potenciar por la diócesis la «Obra de Fomento de Vocaciones eclesiásticas y apostólicas», dándola una organización definitiva 63. Y con ella, sigue discurriendo otros medios de propaganda, que no dejaron de tener, para aquellos tiempos, sus buenos resultados.
5. Campaña del «santo billete»
Uno de estos medios sería el que él mismo propusiera con el nombre de «el santo billete», famoso en los anales de la diócesis tortosina. Era a finales de 1885, fundada ya la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos. Recogemos de nuevo las palabras que, sobre la citada campaña, nos dejara escritas el mismo don Manuel:
Robustecida la obra de vocaciones con la institución de la Hermandad, que asegura su porvenir, se dedicaron los asociados a ésta a excogitar medios para enjugar el déficit que pesaba sobre el colegio y poder atender con más desahogo al sostenimiento del mismo.
Uno de los primeros medios que discurrieron fue el de una limosna extraordinaria diocesana por medio de una rifa: pensamiento que fue aprobado por el ilustrísimo señor obispo doctor don Francisco Aznar y Pueyo. Se pidieron y obtuvieron para la misma tres ricos premios, uno del prelado, otro de doña Magdalena de Grau y otro de la marquesa de la Roca, y otros premios menores. Se redactaron los impresos y se resolvió ir personalmente a organizar y fomentar dicha limosna en cuantos pueblos fuese posible.
Al efecto y para iniciarla, se reunieron en Villarreal el día 26 de diciembre de 1885 los sacerdotes de la Hermandad y algunos otros que se ofrecieron a promoverla, entre ellos el benemérito sacerdote don Joaquín Cedó. El director don Manuel Domingo y Sol subió al púlpito en la misa mayor y expuso a los fieles la importancia del fomento de vocaciones eclesiásticas– la necesidad de él en esta época por la escasez que se experimentaba de sacerdotes en muchas partes del mundo, en América y aun en muchas naciones de Europa–el clamor de muchos Institutos religiosos faltos de personal–lo grato que debía ser a Dios darle buenos sacerdotes–el celo de muchos santos que habían mirado con predilección santa la formación de sacerdotes–la situación actual en el personal de la diócesis, comparando su número con el de 40 años atrás, etc. Explicó luego la historia y estado actual del colegio de vocaciones de la capital de la diócesis, que de todos era conocido, y concluyó excitándoles a cooperar a su sostenimiento por medio de la limosna de una peseta que se les proponía, recomendada eficazmente por el prelado, a la cual podían ir contribuyendo hasta el día de la Purísima de 1886, que sería el sorteo de los objetos.
La tarde de aquel mismo día pasaron algunos sacerdotes a promover la limosna a Castellón y Burriana, aprovechando aquellos días de Navidad 64.
Siguiendo un plan establecido, don Manuel y sus compañeros recorren por el mes de diciembre Castellón, Villarreal, Nules, Burriana, etc. El 15 de enero de 1886, escribía desde Tortosa a su íntimo amigo el doctor Corominas: «Es fácil esté aquí toda la semana y luego a San Mateo, Cálig, etc., a predicar la cruzada de la rifa. He recorrido los pueblos de Villarreal, Nules, Castellón, Alcora, Lucena, Alcalá, Benicarló y Vinaroz, y tengo repartidos, a pesar de haberlo echado a perder por tanta prisa, cerca de 20.000 billetes, o sea, 20.000 pesetas que, dicho sea inter nos solos, confío duplicar... No puedo más, que voy a galope, y no vivo en Tortosa, que me atormentan, y deseo respirar libertad» 65. Durante todo el año fue visitando la gran mayoría de los pueblos de la diócesis. El 20 de diciembre se encontraba en el de San Jorge a su vuelta de Morella 66.
No habiendo sido posible verificar el sorteo de los objetos de la rifa y de las 500 oleografías el día prefijado para ello –8 de diciembre– se efectuó el 23 de enero de 1887 en el colegio de San José, bajo la presidencia del señor obispo. Pronunció antes el alumno don Benjamín Miñana, de 4.º de Teología, que había venido prologando con otro parecido las «sesiones» de «los cómicos de la legua» por los pueblos, un discurso de acción de gracias, que luego se imprimió 67, junto con un documento que se envió a los párrocos agradeciéndoles la parte que habían tomado en el buen resultado de la limosna extraordinaria, que ascendió a cerca de 8.000 duros 68.
6. La obra del colegio se consolida
A tales aportaciones se une durante el siguiente año, como ya dijimos, el legado que dejara para el colegio el antiguo obispo de Tortosa, señor Vilamitjana, al que, a última hora, añade la mitad de su biblioteca, que luego completarían los directores del colegio con la compra que hicieron de la otra mitad, dejada al seminario de Tarragona 69.
Poco faltaba para que quedaran terminadas las obras del colegio, y don Manuel se sentía contento. «Aquí, en verdad, –decía a sus colegiales– nos faltan muchas cosas. No tenemos las comodidades necesarias. Estamos como podemos.
Vosotros comprenderéis que se hace lo que se puede. No digo bien: se hace lo que no se puede hacer. Ya sabéis que no vivimos sino para vosotros. Pudimos tener otros más honrosos empleos, pero preferimos dejar nuestra carrera y nuestro porvenir por atender a vuestro cuidado. Y con vosotros vivimos, y con vosotros soñamos y por vosotros echamos líneas y discurrimos medios» 70.
En 1887 esta era la cifra de los alumnos del Colegio:
En San José:
147 gramáticos, 84 filósofos, 65 teólogos, 1 aspirante a la Hermandad
En San Rufo:
65 gramáticos, 22 filósofos, 8 teólogos
Total 392 alumnos
De los 14 presbíteros que se ordenaron a fines de curso del mismo año, 13 de ellos estaban relacionados, de una 1.º otra manera, con la obra de San José 71. Al curso siguiente el número se eleva a 426 alumnos, mientras el seminario diocesano sólo cuenta con 71 internos; en 1889–90, son 397; 400 en 1892–93 y 372 en 1893–94 72. Debido a una suscripción promovida por los antiguos alumnos, se inauguran en 1892 y 1897 el altar mayor y el retablo de la capilla del colegio, cuando este era ya dirigido por la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos 73, la nueva empresa en que desde 1883 se venia comprometiendo don Manuel.
NOTAS
1. E.II, Cartas, 1.º, 138.
2. Decreto de 22 octubre 1868 siendo ministro de justicia don Antonio Romero Ortiz (Colección legislativa de España, Madrid 1868, 416–424). Al siguiente año el Gobierno concede 840.960 reales de dotación, que no llegan ni siquiera a lo más elemental. Como se ha suprimido, a la vez, la dotación del «culto y clero», poco o nada pueden ayudar los mismos sacerdotes diocesanos. Los seminarios han de vivir, por lo tanto, de limosnas (cf. La Cruz 2 [18681 352 s).
3. Cf. F. Martín Hernández, Los seminarios españoles. Historia y pedagogía, Salamanca 1964, 197 ss.
4. Vgr. en los movimientos sacerdotales franceses del siglo XVII: la obra del diácono Francisco de Chansiergues en 1667, la misma de San Vicente de Paúl, desde 1625, la de Adrián Bourdoise, etc.; o la del alemán Bartolomé Holzhauser en 1640; o la de los «Píos Operarios» españoles que citaremos más adelante (cf. L. Sala–F. Martín, La formación sacerdotal en la Iglesia, Barcelona 1966, 102–108).
5. «Los seminarios –se escribía en la revista La Cruz– han de ser la nave, la raíz y el sostén de la restauración católica de España» (2 [1877] 749; [1888] 244–245).
6. En las escuelas de gramática se daba latín y humanidades. La enseñanza era gratuita y se mantenía a base de limosnas. Luego los alumnos eran examinados en el seminario, al que se integraban, como internos o externos, en los cursos tercero o cuarto. De la revista La Cruz recogemos los que, entre escuelas y colegios, existían por estos años en España: Colegio de Belchite, diócesis de Zaragoza; Colegio de San Fernando, en Granada; Colegio de estudiantes pobres, de Vich; Casa de estudiantes pobres, de Huesca; Colegio de San Carlos para pobres, en Burgos; Obra pía de estudiantes pobres de San Isidoro, en Sevilla; Sección de supernumerarios o Colegio para pobres, en Almería; Escuelas de Gramática o Colegio de San José, en Córdoba.
En los Colegios, adheridos a los respectivos seminarios, los alumnos vivían como internos, y venían a pagar, si es que no se les daba todo de limosna, 80 reales al mes; en los seminarios los no becarios venían a cotizar de 6 a 10 duros mensuales (La Cruz 2 [1978] 245; 371–3; cf. Ibid. 2 [1877] 467; 500–3).
7. El rector del Seminario de Córdoba, y luego obispo de Segorbe, don Francisco de Asís Aguilar era partidario de la experiencia de las escuelas mixtas. Como seminarios mixtos, los defendía también el director de la revista citada, don León Carbonero y Sol: «Establecer en los seminarios una sección para jóvenes seculares según se hace en muchas diócesis». Contra ellos reacciona enérgicamente el vicerrector del de Solsona, don Buenaventura Ballús, quien publica en 1879 un folleto con el siguiente título: Cuestión interesante sobre la enseñanza oficial en los seminarios. La Cruz, recoge los puntos más interesantes de la polémica (2 [1878] 371–373; 690–691).
8. A veces hubieron de intervenir los mismos obispos (Ibid. 2 [1878] 244–245; 369374; 468–470).
9. APET, Estadística del clero de la Diócesis de Tortosa, f. 1r ss.
10. Se sigue con los 7 cursos de Teología, algún curso de Moral, 3 de Filosofía, y uno o dos de Cánones. Hasta 1870 no hay latinos o humanistas en el seminario. Desde la revolución, cerrado el colegio de San Matías, estos se preparaban en sus pueblos o en diversas preceptorías.
Los internos, desde el curso 1871–1872, son exclusivamente teólogos, y a veces como en 1874–1875, pertenecen a los últimos cursos de Teología. Los demás son todos externos. Por la misma estadística vemos que el 5 de noviembre de 1876 es nombrado rector del seminario el gran amigo de don Manuel, Juan Corominas (BEDT 11 [1868] 364–370; 211; 12 [1869] 146, 313–329; 13 [1870] 341–345; 617–618; 14 [1871–1872] 155–160, 61, 234; 455–459, 337 7 509; 15 [1873–1874] 153–157; 449–453; 16 [1875–1876] 154–158; 436–440).
11. En este y en los años que siguen no encontramos listas de ordenados. Aparecen de 1877 en adelante: en este año se ordenan 9 presbíteros; 6 en 1878, 12 en 1879, 5 en 1880, etc. (Ibid. 17 [1877–18781 189, 428, 346; 18 [1878–18791 170, 500).
12. Desde este curso en adelante no se sigue haciendo en las listas la acostumbrada distinción entre alumnos internos y externos. Como veremos en seguida, en este año funciona ya a pleno rendimiento el colegio de San José, cuyos alumnos, todos internos, serán a la vez alumnos del seminario.
13. Por la estadística de alumnos que venimos utilizando, puede seguirse la trayectoria de sus estudios en el seminario. En 1877, estudiando tercero de Teología, se ordena de órdenes menores, de subdiácono y de diácono; y de presbítero en 1879 (BEDT 17 [1877–18781 346.348; 18 [1879–18801 51–52). Luego de desempeñar diversos cargos en la diócesis, muere el 20 de abril, a los 78 años de edad, siendo capellán de las clarisas de Nules, provincia de Castellón (A. Torres, Vida, 144, nota l).
14. Cita aquí el señor Velasco sus nombres. Con él, que estudiaba tercero de Filosofía, entraron otros siete filósofos, seis teólogos y ocho latinos.
15. Publicado en el Correo Interior Josefino, n.º extraordinario (febrero 1909) 97–101.
A veces la descripción no coincide del todo con la que hace el mismo Valero, en 1933, cuando declara en el Proceso de Beatificación (ff. 241 s.): «Viniendo de una tienda que se llamaba Casa Barján –afirma en esta fecha– tuve un encuentro providencial con el Siervo de Dios en el arco del Romeu... El Siervo de Dios me preguntó que de dónde venía, y al decirle yo que venía de la tienda de comprar un cuarto de cerilla para alumbrarme aquella noche en el estudio, porque era larga la lección del día siguiente, el Siervo de Dios me preguntó cómo lo pasábamos y yo le conté mi penuria. En el piso alto de una de las primeras casas de la calle de Santa Ana vivíamos unos nueve o diez estudiantes, de los que seis o siete pagaban su pensión mientras otros dos y yo no pagábamos nada ... Al besarle la mano, me dio [don Manuel] una limosna, creo que fueron tres pesetas...» No olvidemos que cuando hace esta declaración contaba el señor Valero 78 años y andaba olvidadizo y achacoso.
Del mismo don Manuel nos ha quedado una especie de Crónica manuscrita que titula Datos sobre la fundación de varios Colegios de Vocaciones Eclesiásticas de San José, con unas notas, redactadas igualmente por él, pero que no van incluidas en la redacción final del escrito. En ella sitúa el suceso a la puerta del palacio episcopal, «en los últimos meses del curso 1871–1872»; y afirma que Valero vivía en el último piso de la calle de San Juan, n.º 1 (E.III, Varios 2.º 2, f. l). Igualmente, en la Noticia de la Obra española de las Vocaciones Eclesiásticas que presenta al Congreso Católico de Lisboa en 1895, nos dice que el seminarista «pedía limosna a la puerta del palacio epíscopal a cuantos sacerdotes cruzaban ante él» (Ibid., 3.º, 14). Sin embargo, también recordaría más tarde que en aquella fecha «se encaminaba al palacio episcopal para trabajar en la Biblioteca de la Buena Prensa» (A. Torres, Vida, 152, nota 4). Como en el caso del mismo señor Valero, don Manuel escribe o habla después de pasados bastantes años y como suele hacer en otras ocasiones, se cuida poco de matizar fechas y detalles.
A juzgar por el Dietario que lleva de sus misas, podemos deducir que el famoso encuentro vino a producirse a primeros de febrero de 1873, pues desde el 12 de este mes empieza a Pedir en ellas al Santo Angel «por el colegio de Tortosa» y «Por las vocaciones eclesiásticas».
16. Noticia de la obra..., a. c.
17. El 29 de octubre de 1868, en comunicación al ministro de Gracia y justicia, se lamentaba el obispo Vilamitjana, entre otras cosas, «de la anómala situación en que todo el mundo me verá de hallarme privado. .. de la libertad de formar en ciencia y en virtud a mis jóvenes levitas con habérseme quitado ambos seminarios» (exposición citada en La Cruz 2 18681 488 s.).
18. Todavía el 18 de septiembre de aquel año, escribía el mismo señor obispo al Nuncio Apostólico: «... Todo, Excmo. y Rvdmo. Sr., todo sigue en Tortosa como estaba, y peor. Nada ha sido devuelto, ni siquiera el archivo de la Catedral... La miseria es extrema en la mayor parte del clero de la diócesis. He perdido la cuenta de las iglesias convertidas en fuertes, y de los sacerdotes desterrados o compelidos por la persecución a abandonar sus puestos... Esto es una desolación ... » (A. Torres, Vida, 152, nota 2).
19. A seguido de la Restauración en 1874, hubo de superarse la tercera guerra carlista, iniciada a raíz de «La Gloriosa» de 1869, y que se desarrolló, sobre todo, en el Maestrazgo con cabecillas como Cucala, El Vallés, Tomás Segarra, etc.
20. Cf. sobre estos datos supra, nota 15.
21. Sobre don Mariano, cf, supra, p. 58.
22. Datos sobre la fundación... a. c., ff. 1–2.
23. E.III, Varios, 3.º, 68.
24. Carta de 15 diciembre 1873: E.II, Cartas, 1.º, 22.
25. Don Mariano, «que habitaba en la plazuela de San Juan, reclutó algunos seminaristas, pocos, que albergaba en su casa, y que mantenía a costa de pasar hambre él y los seminaristas. Esto dio ocasión al Siervo de Dios de aumentar el número de seminaristas y mantenerlos mejor». Asimismo, «buscó –aquél– una pobre viuda que habitaba en la plazuela de San Juan y la pidió que tuviera y asistiera a ciertos pobres estudiantes, a la vez que distribuía a otros cuantos en casas particulares donde los tenían por muy poco o casi de limosna». «Nos servía y cuidaba una buena mujer, vieja, tuerta, y fea, llamada señora Josefina, a la que obedecíamos y respetábamos, no por ella misma, sino por don Mariano. El Siervo de Dios no vela bien que estuviera en la casa tal mujer y con tales atribuciones; pero lo aceptaba por don Mariano» (PO, declarac., respectivamente, de don Francisco Mestre, María de la Cinta y don Ramón Valero, ff. 73v, 28r y 241v).
26. Datos sobre la fundación, a. c., p. 3.
27. «Asimismo ––escribe don Manuel– ordenó el prelado que en adelante se llamara 'Colegio de San José'. Se le propusieron varios nombres: 'Jesús, María y José' 'Corazón de Jesús' ' 'Sagrada Familia , etc ... ; pero él resolvió y mandó se llamara de San José» (Datos sobre la fundación, a. C., p. 3, nota l).
28. A. Torres, Vida, 155. Don Mariano seguiría de director hasta su muerte acaecida en 1879.
29. Con él se ordenan Juan Juncosa Escribá y Joaquín Cedó y Bruell, amigos también y colaboradores con don Manuel en la dirección del colegio (BEDT 13 [18701 341–345). Don Buenaventura Pallarés sería largos años oficial de la administración diocesana.
30. BEDT 15 (1873–1874) 150 s.: separata impresa, de 4 pp. (E.III, Varios, 2.º, 11) que lleva por título: «A las personas que tienen celo de Dios», La firman: «Mariano García, Pbro., Manuel Domingo y Sol, Pbro.». La aprobación del señor obispo era la siguiente: «En Prueba de la confianza que nos merecen los dignos sacerdotes don Mariano García y don Manuel Domingo y Sol, y de lo mucho que de su acreditado celo esperamos en favor de la obra altamente recomendada y muy necesaria, destinada a proteger las vocaciones eclesiásticas, que con tanta abnegación iniciaron el año último y que al presente tratan de promover en mayor escala con la institución del Colegio de San José; nombramos director de éste al mencionado don Mariano García y subdirector a don Manuel Domingo y Sol, y, además, administrador al presbítero don Buenaventura Pallarés, con las atribuciones respectivas que el reglamento determine.
Benito, obispo de Tortosa».
En el colegio de San José de Tortosa se conserva el original manuscrito del señor Vilamitjana, tanto de la aprobación como de estas primeras Bases, que luego servirían para la instalación de los demás colegios de San José.
31. Datos sobre la fundación, a. c., p. 4.
32. «Plica [que] a su muerte ha de entregarse al vicario de la diócesis o al director de Vocaciones Eclesiásticas de San José. Tortosa, 29 mayo 1875» (texto incluido entre las cartas de don Manuel: E.II, Cartas, 1.º, 37).
33. La firman don Mariano, don Manuel y don Buenaventura Pallarés. Separata impresa en: E.III, Varios, 2.º, 12, 3 ff.
34. Entre las notas que el mismo don Manuel añade al final de sus Datos sobre la fundación, encontramos la siguiente: «En atención a que doña Magdalena de Grau y de Grás dejó el uso indefinido de la casa entonces inhabitada y desmantelada llamada de San Rufo a los superiores del colegio de Vocaciones eclesiásticas de pobres para albergue de éstos, y mediado pruebas de ser la intención de la señora de cederlo (la cesión completa) en favor de los mismos, los herederos testamentarios ceden perpetuamente (o mejor, venden por la cantidad de tanto) al superior del colegio, y que lo era ya entonces, don Manuel Domingo y Sol dicha casa y casita con las condiciones y obligaciones siguientes:
1.ª Que dicho colegio de Vocaciones celebre todos los años un aniversario por el alma de dicha Magdalena en la fecha de su fallecimiento o en otro día alrededor de dicha fecha.
2.ª Que si los herederos testamentarios pensaran y realizaran el establecimiento de plazas para el retiro de sacerdotes ancianos, tuvieran estos derecho de albergue decente en dicha casa o en otro edificio público propio, que estuviese a cargo de dichos superiores; y a la alimentación de los mismos mediante la pensión que se conviniera mediante el acuerdo, aprobación, resolución y mandato del prelado de la diócesis» (Datos sobre la fundación..., 16; un borrador del mismo texto en: E.III, Varios, 2.º, 4).
35. En 1876 se celebra en el Colegio el concurso a curatos de la diócesis. Con este motivo, y presidida por el vicario general, dan los colegiales su primera velada literario–musical (Datos sobre la fundación..., 3–4).
36. BEDT 17 (1877–1878) 9–13.
37. La referida casa pertenecía a don Antonio de Salvador, y estaba en la subida o cuesta de Capellanes, cercana al palacio de San Rufo (Datos sobre la fundación, 4).
38. E.II, Cartas, 1.º, 50 y 52.
39. A ello alude J. B. Calatayud (PO, f. 890r). Cuando propone el proyecto a don Mariano García, parece que éste le contestó, incrédulo y desconfiado: «¡Es usted un visionario! ¡Se forja usted demasiadas ilusiones!» (A. Torres, Vida, 162).
40. A pesar de que acababa de recuperar la posesión del seminario, que los revolucionarios le arrebataran en 1868.
41. Datos sobre la fundación..., 4–5.
42. Cartas de 1 abril, 17 y 23 mayo 1878: E.II, Cartas, 1.º, doc. 53, 57 y 89.
43. Circular de febrero de 1878, impreso 4 ff. (en E.III, Varios, 2.º, 14). La cantidad mínima sería de 500 reales, garantizados, así como el interés que fueran ocasionados, en el mismo edificio que se iba construyendo. Por medio de prospectos y cartas iban interesando, sobre todo, a sus amigos sacerdotes. A uno de ellos le decía don Manuel: «Deseamos que cada parroquia esté representada y tenga derecho a un pedazo del edificio... En el proyectado (cuyo presupuesto es de quince mil duros) habrá un departamento de habitaciones reservadas para los sacerdotes benefactores, que, al venir aquí, quieran habitar en el colegio, ya que el seminario nunca ha sabido atender a esta necesidad... Hagamos algo por Jesús en pago de nuestra vocación» (carta del 11 marzo: E.II, Cartas, 1.º, 118).
44. El previsor del obispado, Francisco Torrebadella, encabezó con diez la lista de las acciones, o sea, con 5.000 reales, a las que añadiría otras cinco poco antes de fallecer. Otras cuatro puso a disposición de los directores del colegio la Excma. marquesa de la Roca. Favorece, asimismo, la paga de atrasos que ese mismo año se hizo al clero, congelada por espacio de cinco años (Datos sobre la fundación..., 5).
45. Sobre él cf. supra, nota 29. De este modo reza su nombramiento: «En atención a las prendas de inteligencia y celo, que con distintos puestos ha usted manifestado, le nombramos presidente del colegio de San José de esta ciudad, cual cargo deberá usted cumplir bajo la dependencia del prelado y dirección de la junta por él nombrada y con sujeción al reglamento de la casa, Dios guarde Tortosa, 10 febrero 1879» (Registro de los títulos, letras, testimonios y comendaticias 1858–1882: TAPE, f. 29).
46. En una nueva circular, a la vez que anuncian a los sacerdotes de la diócesis que tres de los colegiales han recibido ya el presbiterado, dos el diaconado y otros dos el subdiaconado, les hablan del déficit (14.000 reales) en que se encuentran en los primeros meses de 1879. «Sabido es que ninguno de los alumnos –les recuerdan– contribuye con lo suficiente para la subsistencia; la mayor parte ni con la mitad; muchísimos ni con menos» (sin fecha, ms. de don Manuel, 5 ff.: E.III, Varios, 2.º, 15).
47. Lo recogemos de papeles manuscritos de don Manuel: Ibid., doc. 35, 3 ff. El estilo es claramente suyo. Además vemos que está instalada la «Pequeña Obra» en pueblos como San Mateo, Morella, Vinaroz, cte., que le eran tan conocidos. El mismo redacta, como solía hacer de costumbre, las siguientes bases de la «obra»:
«Establecimiento de la Pequeña Obra
«La Pequeña Obra de la mayor gloria de Dios. Asociación para el fomento y sostenimiento de vocaciones eclesiásticas bajo la advocación del Niño Jesús y de San José.
«1.ª Se invita a todos los niños que, al recibir la l.` Comunión, ofrezcan, en acción de gracias a Jesús, una limosna (que puede fijarse en cada parroquia), cuya limosna depositará en el mismo acto de la comunión.
Ya que por el sacerdocio han recibido la fe y la dicha de recibir a Jesús, justo es ese tributo por el aumento del sacerdocio.
«2.ª De estos niños se eligen tres o cuatro (o los que se crea conveniente) y son los celadores para aquel año de recoger la limosna de la Pequeña Obra.
«3.ª Esta consiste [laguna] cada año. El mejor tiempo para recoger este óbolo de los asociados es el pascual, o mejor los días mismos en que se celebre la primera comunión o los ejercicios.
«4.ª A los niños celadores se les da cada año una estampita. Los asociados entrarán en todas las oraciones de los colegiales (jóvenes escolares) y se celebrará por ellos una misa solemne anual y un aniversario por sus obligaciones.
Tanto lo que se recoja por la colecta como por la Pequeña Obra será para el sostenimiento de hijos de la parroquia al tipo de 80 reales mensuales.
Además de otros medios, el de ... »
48. BEDT 18 (1879–1880) 1.
49. E.II, Cartas, 1.º, 79.
50. Entre los papeles de don Manuel encontramos el borrador del discurso de despedida al señor obispo, que, por el contexto, creemos fuera pronunciado por él mismo. Recogemos las siguientes frases: «Al pensar que es un despido, no puede menos de asomar otra vez la tristeza de mi alma... A impulso de sus palabras y de aquella actitud, sin la cual ni siquiera se nos hubiera ocurrido el pensamiento del fomento de esta obra, para nosotros desconocida, se inició esta obra, la primera de España, antes que en ninguna otra parte... Que después de cubrir las necesidades de la diócesis, se derrame el fruto de san José sobre otros campos, para que no desmerezcamos ni una de las gracias designadas» (E.III, Vario, 5.% 102, 2 ff .).
51. Datos sobre la fundación..., 7. El nuevo arzobispo moriría en Tarragona el 3 de septiembre de 1888. De su testamentaría recibió el colegio la suma de 6.666 duros. Por las mismas fechas de la despedida, tuvo don Manuel otro motivo de disgusto: uno de los colegiales, de 13 años, murió al caerse por el hueco de una escalera, cuando visitaba las obras (Carta de 4 junio 1879: E.II, Cartas, 1.º, 91).
52. Datos sobre la fundación.... 6.
53. Carta de 23 septiembre 1879: E.II, Cartas, 1.º, 104.
54. Había nacido en Panticosa (Huesca) el 28 de mayo de 1821. Nombrado obispo de Tortosa en diciembre de 1878, fue consagrado el 6 de julio de 1879 en Tarragona, donde era canónigo (BEDT [1879–18801 109; O'Callaghan, Episcopologio, 267).
55. Datos sobre la fundación.... 7.
56. Ibid. El borrador de la petición dirigida a Roma iba en estos términos:
«Beatissime Pater:
Episcopus Detursensis, in Hispania, ad pedes Sanctitatis tuae humilissime provolutus facultatem postulat sanctissimum Eucharistiae Sacramentum asservandi in ecclesia Sancti... hujus civitatis in commodum fidelitun ac praesertim juvenum qui eidem ecclesiae adjacens Collegium, studiorum causa, vel incolunt vel adeunt , et ibidem sacro interesse, atque in aliis pietatis operibus sese exercere solent.
Quod, etc.» (Ibid., 7).
57. E.I, Predicación, 3.º, 3, 16, 21 y 24.
58. Datos sobre la fundación..., 8.
59. Registro de los títulos, letras, testimoniales y comendaticias, 1858–1882 (TAPE, f. 185). De administrador continúa don Buenaventura Pallarés.
60. BEDT 18 (1879–1880) 145 ss.; separata impresa, 4 pp. en: E.III, Varios, 2.º, 13. A veces don Manuel sufría cuando alguno consideraba al colegio como una simple casa de huéspedes (PO, declarac. de don José Curto, Pbro. f. 188v). Apunta este mismo que la pensión no sobrepasaba los 75 céntimos diarios y que algunos pagaban menos o nada (Ibid., f. 175v).
61. A todos acudía pidiéndoles limosnas para el colegio: del convento de Santa Clara hacía traer ornamentos de iglesias, sillas, etc., y hasta el vino para decir misa; en vísperas de Navidad mandaba una comisión de colegiales a felicitar a los bienhechores del colegio y pedirles a la vez nuevas limosnas (El padre Francisco Tena, S.J., alumno por esos años de San José, cuenta alguna de estas experiencias: PO, f. 793 s.). El mismo don Manuel mandaba a sus amistades por las casas para recoger fondos en dinero o en especie (Ibid., f. 58v, declarac. de María de la Cinta). Cuando en noviembre de 1882 notifica a su amigo don Juan Corominas, que ya residía en Tarragona, que podía remitirle los 60 duros que había puesto en acciones para el colegio, le indica que poco o nada podía ofrecerle por el capital «pues, aunque pequeño, hemos tenido déficit en el gasto de este año y además hemos contraído una deuda de 8.000 reales al interés del 5 % para el arreglo de tres salas de la otra ala del edificio de San José» (E.II, Cartas, 1.º, 148).
62. Discurso de presentación de una velada literaria del colegio; borrador con tachaduras y añadidos, sin fecha, 3 ff. (E.III, Varios, 5.º, 101). Por la alusión que hace de las leyes de quintas, creemos sea de 1882.
63. Hoja volante, impresa: Ibid., 2.º, 18.
64. Datos sobre la Fundación..., 10–11.
65. E.II, Cartas, 2.º, 42.
66. Datos sobre la fundación..., 11. José Pitarch, párroco de La Llosa, comentaría años más tarde: «¿Qué parroquia de la tan dilatada diócesis de Tortosa habrá, que no visitara su celo apostólico? Vallibona, distante unos 20 kilómetros de Morella, país bastante escarpado y montañoso, de difícil acceso, pues con dificultad se viaja en caballería, muy apartado de la capital de la diócesis, fue visitada por don Manuel en 1886. Allí, cual Crisóstomo, cantó las glorias del misterio de la Eucaristía en la fiesta del Santísimo Corpus Christi, asunto, a mi parecer, para él predilecto ... ». Otros hablan, asimismo, de la pláticas y fervorines que iba dando y hasta de las veladas cómico–fiterarias que organizaba con su «trouppe» por todos aquellos pueblos (cf. A. Torres, Vida, 171–174).
67. El borrador del discurso, de letra de don Manuel, puede verse en E.III, Varios, 5.º, 117; y en I, Sermones, 13.º, 18, la plática que el mismo diera a los colegiales el día de la rifa. Benjamín Miñana sería con el tiempo rector del Pontificio Colegio Español de Roma y más tarde Director General de la Hermandad.
68. Datos sobre la fundación..., 11; el documento enviado a los párrocos: en E.III, Varios, 2.º, 20.
69. Datos sobre la Fundación..., 12. La biblioteca del colegio se había venido formando con diversas aportaciones: del arcipreste de la catedral, don Antonio Sanz y Sanz; del provisor del obispado, don Francisco Torrebadella; de don Antonio Montané, cura jubilado de la catedral; del penitenciario, don jacinto Peñarroya, etc. Más tarde recibiría nuevos legados de los obispos Aznar y Pueyo y don José María Caparrós, de don Juan Cardona y otras personalidades. La compra de la mitad que el señor Vilamitjana dejaba al seminario de Tarragona supuso al colegio 5.000 reales (Ibid., 13).
Con estos datos en la mano, las primeras iniciativas, y el dinero que tanto don Manuel como sus compañeros fueron consiguiendo, bien puede someterse a crítica el juicio que sobre la fundación del colegio dejara escrito en 1896, en su Episcopologio, el canónigo don Ramón O'Callaghan, cuando habla del señor Vilamitjana: «Fue de iniciativa suya y empleó grandes cantidades en el colegio de san José, fundado para fomentar las vocaciones eclesiásticas; el cual colegio, habiendo principiado por una casa muy reducida, tiene ahora la importancia que todos vernos» (o. c., 256).
70. E.I, Predicación, 8.º, 29.
71. En el documento a los párrocos, citado supra, nota 68.
72. BEDT 22 (1887–1888) 293 ss.; 23 (1889–1890) 674; 25 (1893–1894) 372. Según cuentas hechas en 1917, hasta entonces habían salido del colegio 800 sacerdotes (A. Torres, Vida, 175).
73. Datos sobre la fundación.... 15. Don Manuel sigue siendo el director del colegio y tiene de colaboradores, como presidente a don Francisco Ballester, vicepresidente a don Elías Ferreres y administrador a don José García Serrano, miembros todos ellos de la Hermandad (BEDT 2 [1887–18881 294).
Desde un principio, elaboraron un Reglamento interior para el colegio, que serviría, asimismo, para los demás colegios de vocaciones eclesiásticas de San José que se fueron estableciendo en adelante, y que luego estudiaremos (cf. intra, cap. X y XI. Copias del mismo en: E.II, Varios, 3.º, 16 y 17). Igualmente, dieron a conocer unas normas, a que habían de atenerse los colegiales durante las vacaciones (Ibid., 2.º, 37–39).
9
La Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos
I. PRIMERA IDEA DE LA HERMANDAD
Como ocurre en toda legislación civil, también en la Iglesia no pocas de sus instituciones han aparecido a raíz de unas necesidades o ante el imperativo de obligaciones contraidas, minoritarias en un principio, luego más necesarias y acentuadas.
Lo hemos visto a través del problema de los seminarios. Creados en un momento de emergencia, finales del Concilio de Trento, 1563, no fueron capaces por sí solos para resolver todo el problema vocacional, que atosigaba y se hacía cada vez más perentorio en la Iglesia. El número reducido de sus becas y el formato cuasi–clasista con que, desde un principio, se fueron presentando, hicieron que quedaran fuera de él gran número de jóvenes que también aspiraban al sacerdocio y que, por su cuenta, no podían encontrar otros medios apropiados para su formación: estudiaban en sus propios pueblos, acudían como soperos a las clases abiertas de algún convento o de los mismos seminarios, o se contentaban con la simplicísima «carrera breve» de tan exiguos y poco convincentes resultados.
1. Las circunstancias exigen
Se echaba de menos una Institución especializada, que a más de recoger a estos jóvenes desperdigados, tuviera como especial dedicación la de promover por las diócesis vocaciones sacerdotales más seguras y cualificadas. Es cierto que algunas de estas Instituciones habían venido apareciendo a seguido del Concilio, pero a los pocos años, o bien desaparecieron, o acomodaron sus estatutos a los de los demás seminarios, o se dedicaron a fines más generales dentro de la Iglesia 1. Si acaso, y solamente en España, encontramos una Institución parecida a la que empieza a soñar ahora don Manuel, cuando se le van agrandando, y hasta haciéndosele cada vez más difíciles, las necesidades de su colegio de San José. Nos referimos a la Congregación de «Sacerdotes Píos Operarios» o de «Operarios Evangélicos» que, a principios del siglo XVIII, logra establecer el sacerdote de la diócesis de Barbastro, don Francisco Ferrer. A imitación de los padres Paules, que por ese mismo tiempo empiezan a extenderse por España, además de dedicarse a las misiones populares, promueven en algunas diócesis de Aragón, Cataluña y Levante, la fundación de seminarios «para pobres», al lado de los seminarios conciliares ya establecidos. Según sus constituciones, aprobadas por el papa Clemente XII en 1731, se presentan como sacerdotes seculares, bajo la obediencia del obispo y de un director general propio, con voto de obediencia y meta promesa de pobreza; y tienen, como abogado especial, al Sagrado Corazón de Jesús. El obispo de Orihuela, don Juan Ellas Gómez de Terán, les cede parte de su seminario para que instalen en ella su casa de formación; abren colegios propios en Murcia, Zaragoza, y en la misma Orihuela, pero pronto pierden su sentido de Congregación para desaparecer, casi insensiblemente, a final del siglo XVIII 2.
Desde entonces, fuera de la creación de algunos colegios para seminaristas pobres 3, a nadie se le habla ocurrido promover una institución que se dedicara, exclusivamente, a la obra de vocaciones sacerdotales, cuando el problema apremiaba con tanta urgencia en la tan decaída Iglesia española. Al mismo don Manuel no le llega la idea sino en ese momento en que se siente necesitado para llevar adelante su Obra. En 1879, como hemos visto, muere el primer director de ésta, don Mariano; dejar el colegio a la mera inspiración particular no lo ve prudente, ni duradero a largo plazo; por otro lado, su dedicación a la Obra, que cada día le va entusiasmando más, le hace prever grandiosas posibilidades en el campo, no ya sólo de la diócesis de Tortosa, sino de todas las de la Iglesia. El mismo nos lo cuenta en la Crónica que lleva del colegio:
Las deudas contraidas por algunos capitales que habían tenido que tomarse a rédito para la terminación del colegio de San José, el establecimiento de la casa de agregados y otros quebrantos que ocurrieron, agobiaban a la Obra y ponían a los fundadores y directores en más de un apuro, que soportaban con abnegación y procuraban conjurar con su celo y sus sacrificios.
Pero estas mismas penalidades y angustias hicieron comprender bien pronto que el desarrollo y aun el solo mantenimiento de una obra tan útil y necesaria no podía quedar siempre a merced del celo individual que hasta entonces la había sostenido, sin peligro de que decayera o tal vez llegase a desaparecer apenas le faltara el impulso de los primeros iniciadores, sobre todo no contando dicha obra más que con medios eventuales. Porque la dirección hubiera pasado a ser nombramiento [ ... ] y oficial, como ya se empezaba a intentar, y por buenos que fueran los encargados no debía esperarse de ellos, ni se les podía exigir, la abnegación y celo de los que se habían consagrado a ella por vocación y que miraban aquella como cosa propia.
Se vio, pues, la necesidad de un apoyo constante, de un cuerpo o institución de individuos que se dedicaran por vocación a ese campo y que pudieran arrostrar los quebrantos de la Obra y las eventualidades del porvenir.
Entonces se concibió ante Jesús Sacramentado la idea de la Pía Unión de sacerdotes, que libres de todos otros cargos y empleos se dedicaran al fomento, sostenimiento y cuidado de las vocaciones eclesiásticas, buscando los medios para el sostenimiento de las mismas y que extendieran su acción a otras diócesis que la necesitaran.
Dicha Pía Unión o Hermandad se convino y se inició privadamente con cuatro sacerdotes al principio de 1883, quedando luego canónicamente establecida con siete individuos el 1.º de enero de 1886 4.
Queda clara, pues, la vinculación que en un primer momento tiene la nueva Obra tanto con el colegio de San José como con la necesidad de buscar algo permanente para dirigirlo. Luego vendrían otros objetivos más generales, tales como la extensión de la obra vocacionista a las demás diócesis, la reparación, el cuidado de la juventud, etc.
En la citada Noticia de la Obra Española de Vocaciones Eclesiásticas que dirige al Congreso Católico de Lisboa en 1895, el mismo don Manuel matiza en estos términos su primera idea:
Mas aquel consolador desarrollo [del colegio], no debía quedar a merced de un celo individual, so pena de un peligro seguro de amortiguarse o desaparecer, apenas faltara el animoso impulso de sus primeros iniciadores, que no podía ser sustituido tampoco constantemente por la mano caritativa del seminario. Por este motivo, y por haber fallecido uno de los fundadores, surgió en el otro [don Manuel] ante Jesús la idea de dar consistencia a la Obra por medio de una Hermandad permanente y de carácter universal, la cual pudiera difundir a otras partes su benéfica acción, y se ofreciera a las diócesis para el fomento, sostenimiento y cuidado de las vocaciones eclesiásticas, tan necesario en este tiempo; y que pudiera, al mismo tiempo, con esta base atender a otras necesidades e intereses de gloria de Dios en las parroquias, bajo la inspección e indicación de los prelados... Tal ha sido el origen de la Hermandad 5.
Años más tarde, en 1890, cuando la Hermandad está ya estabilizada, su fundador publica un pequeño folleto sobre la misma, en el que recoge, clara y definitivamente, aquel su pensamiento inicial y la evolución que fuera luego experimentando.
Lo reproducimos, dado el interés que nos merece:
BREVE IDEA DE LA HERMANDAD O PIA UNION DE SACERDOTES OPERARIOS DIOCESANOS REPARADORES DEL CORAZON DE JESUS.
Origen de la Obra
La necesidad de atender a la ayuda de ciertas obras generales en las parroquias de las diócesis, privadas hoy del provechoso apoyo de los institutos religiosos, hacía sentir, tiempo hacía, la conveniencia de una Obra que, libre de otras atenciones, se dedicara a ayudar a los párrocos en el fomento, organización y sostenimiento de los principales intereses de gloria de Dios en las parroquias, mediante una permanente acción en ellas de parte de la misma Obra.
Esta acción constante, ninguna otra podía lograrla mejor, tal vez, como una obra sacerdotal, que tuviera las condiciones de celo, de suficiente estabilidad y de libre apostolado, y pudiera obtener el fácil acceso y frecuente contacto con las parroquias. Mas esta idea y este instinto santo por el bien de los intereses diocesanos, no hubiera podido quizás traducirse en hecho, si una nueva necesidad general no hubiera venido a darle forma.
El decrecimiento de las vocaciones eclesiásticas causado por la revolución del 68 y por la malicia de los tiempos, obligó a muchas diócesis a acudir al remedio de este mal; pero la mayor parte de ellas, casi todas, sin multado, o al menos no con el que la necesidad exigía; y esto debido principalmente, al parecer, porque este obra del fomento de vocaciones era promovida por la sola iniciativa oficial de los prelados, sin más recursos que los que éstos podían disponer, y sin tener quién se dedicara a promover estas vocaciones y cuidara de excogitar y anegar los medios para su sostenimiento.
Pero en medio de este movimiento de celo por el fomento de vocaciones, brotó en una diócesis, debida al celo sacerdotal, una obra que logró un desarrollo extraordinario, consiguiendo cobijar bajo su custodia trescientos. escolares, cuando había quedado reducida a cuarenta alumnos la matrícula del seminario.
Mas este mismo desarrollo no podía quedar a merced de un celo individual, so pena de un peligro seguro de amortiguarse o desaparecer, apenas faltara el animoso impulso de los primeros iniciadores.
Con este motivo, surgió en los mismos, y ante Jesús, la idea de darle consistencia por medio de una obra sacerdotal permanente y de carácter universal, que pudiera difundir a otras partes su acción en bien de las diócesis con el fomento de las vocaciones eclesiásticas, tan necesario en estos tiempos, y que podía, como se comprendió desde luego, realizar, cual ninguna otra, por la naturaleza de su principal objeto y por el espíritu de la misma, los demás fines y objetos del cuidado y remedio de las necesidades especiales de las parroquias.
Esta idea fue la de la unión y reunión de sacerdotes, que deseando su mayor santificación sacerdotal en medio del mundo, y poseídos de celo por la gloria de Dios, se dedicaron a promover sus intereses en las diócesis, libres de todas otras atenciones.
Tal fue el origen de la Obra de Sacerdotes Operarios Diocesanos Reparadores del Corazón de Jesús 6.
2. Inspiración de la obra
En multitud de documentos ha dejado don Manuel apuntados y precisados el día, la ocasión y el momento mismo en que Dios le inspiró, al cabo, el medio de realizar sus aspiraciones sobre la nueva obra que proyectaba. «Fundación de la Hermandad –escribía en unas de sus notas–. Año [en] que empezó el proyecto o deseo. – Años que duró. – 1.º una Federación. – Los trabajos para encontrar dinero. – Vejaciones de Pallarés y Cedó 7. – Varías conferencias. – Claridad de la obra en 29–30 de enero de 1883 después de la misa. –Efectos que me causó en el alma» 8
Empleando las mismas frases y aun palabras escritas por don Manuel en varias partes, diremos que «Jesús Sacramentado le inspiró la Obra de los Operarios Diocesanos el 29 de enero de 1883, después de la misa, en el convento de Santa Clara de Tortosa, durante la acción de gracias, a las siete y media de la mañana; y la concepción de todo el plan y la intuición de sus resultados, entre ese día y el 30, completándose la idea y la organización, que escribió en un papel» 9.
Confidencialmente se atrevió don Manuel a declarar más tarde a don Juan Bautista Calatayud haber sido aquélla verdadera inspiración sobrenatural, y que estuvo bajo su influencia durante dos días. El haberlo revelado don Manuel –contra su acostumbrado afán de ocultar semejantes fenómenos– y de una manera tan explícita y categórica, induce a creer que fuera éste el hecho más ciertamente sobrenatural que conocemos de su vida 10.
Durante el mes de febrero redactó don Manuel el proyecto, y el 2 de marzo, primer viernes del mes, en compañía del futuro vicedirector de la Hermandad, don José García Serrano 11, beneficiado entonces de la catedral, y sobrino y paisano, como ya indicamos, de don Mariano, visitó al padre Ramón Vigordán, S.J., rector de la casa del Jesús 12, para consultarle y someter el proyecto a su juicio y resolución. De aquella su primera minuta de constitución de la Hermandad, escribía don Manuel en 1901 a sus operarios de Roma: «Si al extender en febrero del 83, en dos o tres ratos, mis famosas Bases y Reglas para enseñarlas al padre Vigordán, que me parecieron una obra completa y suficiente, como lo fueron por muchos años, para nuestro facilísimo gobierno; si entonces, digo, hubiera podido sospechar que aquel croquis, salido espontáneamente del corazón más que de la cabeza, debiera subir a esas alturas y a esos exámenes romanos.... lo hubiera echado a perder todo, o hubiera entregado mi croquis a otras manos expertas que me lo hubieran estropeado, como casi todos los que han tenido que tocarlo, desde Sanz y Forés hasta el padre Contado. Porque es el caso que no han tocado ninguna idea ni principio sustancial, y en la forma nos han dado un trasiego de redacciones y de órdenes, que Dios haga concluya pronto ese cambio de posturas» 13.
Aprobó y aplaudió el padre Vigordán la idea de don Manuel y le intimó ante Dios para que no abandonase la empresa. Le aconsejó que para mayor seguridad pidiera el parecer del arzobispo de Tarragona, Excmo. Sr. Vilamitjana. Con este objeto don Manuel le escribió el 6 de marzo la siguiente carta:
Mi queridísimo Padre y Prelado: Un objeto especial me obliga a escribirle hoy. El exponerle un asunto que hace muchísimo tiempo, y hasta años, bulle en mi ardiente cabeza, y me agita, y no me deja tampoco en los momentos de calma ante el Señor, y de día en día más... El estado de la juventud varonil, generalmente menos atendida que la femenil, y más necesitada, y sobre todo el deseo del fomento de vocaciones eclesiásticas y religiosas, cuya Obra cada día me entusiasma más por el consuelo indecible que causan estos jovencitos tan devotos en los primeros años de su carrera, y cuya Obra necesita una permanente organización; de lo contrario ... 1 será de escasos resultados, Me impulso constantemente a ensayar una «Unión» de unos pocos PP. Sacerdotes Operarios Diocesanos, dedicados exclusivamente al fomento de la piedad de los jóvenes por medio del establecimiento de las congregaciones y gimnasios, y el desarrollo y sostenimiento, bajo la protección y anuencia de los prelados, de las vocaciones eclesiásticas y apostólicas, y todo bajo la divisa del amor y culto al Corazón de Jesús, descuidado también.
Y según la aceptación y resultado que esto ofreciera, que a no dudarlo sería pronto y vasto, podría procederse a la formación de reglas con que se rigiese esta asociación, que no habría inconveniente en llamarla Congregación.
Lo he consultado, por indicación de mi confesor, con una sola persona, la que ha parecido ante Dios mejor y más propia para dar un consejo en esta materia, y lo ha creído una obra providencial para estos tiempos. Pero no estaría tranquilo, ni pasaría a dar ningún paso, como así lo resolví en mi corazón, sin el parecer y la bendición de V.E.
No lo creo un remedio o consecuencia de lo que proyecta M. Enrique [de Ossó] 14, que me parece no lo ha sido y aunque lo hubiera sido, no tendría esto que ver cuando son tan diferentes los objetos preferentes. Con el número de seis operarios sería suficiente para una diócesis y me creo poder prometerme de cuatro 0 cinco de los más distinguidos por sus condiciones para este objeto.
Si[a] V. E. le pareciere bien en principio yo haría un viaje y el expondría el plan y los motivos y medios... Tuve que consultarlo con el padre Vigordán, a pesar de que de todos modos no hubiera dado un paso, como lo resolví en mi corazón, sin tener el parecer y bendición de V.E. (Veritatem dico et non mentior). Dicho Sr. Rector, que es una persona de mucho peso, después de oírme con calma, me dijo que le parecía ésta una obra providencial y nueva para estos tiempos; pero que en su concepto esto debía exponerse a un señor obispo y que en su concepto nadie mejor que el de Tarragona, y después, acaso, el de ésta. Me sorprendió vivamente esta salida, pues no creo que él supiera nada del afecto y confianza que siempre me había inspirado y le contesté, pues le tengo muy poca libertad, porque es muy súpito, que si era éste su parecer, así lo haría... 15
El 11 recibía don Manuel la contestación del arzobispo de Tarragona formulada en estas desconsoladoras palabras:
Muy señor mío y amigo: No acabo de hacerme cargo del proyecto de V. Tampoco comprendo por qué ha debido venir a mí. ¿No sabe V. que soy muy desconfiado siempre que se trata de obras en que han de intervenir muchos?... En mala ocasión vino la carta de Vd., que, a decir verdad, está, en la parte que he comprendido, casi casi en el terreno de los imposibles. Orar y esperar. No sabe qué decir más el arzobispo de Tarragona 16.
Sin desanimarse don Manuel por esta respuesta, que califica de «evasiva», se presentó el día 15 en Tarragona y habló y convenció al señor Vilamitjana; alcanzó su aprobación y bendición, acompañada del consejo de que no comenzase la obra hasta contar con seis o siete colaboradores. Dedicóse a buscarlos don Manuel, y en lo restante de aquel mes invitó a cuatro sacerdotes amigos, entre éstos, el 29, a don Francisco Osuna 17 y a don Francisco Ballester 18. El lo de abril escribía a su primo el padre Joaquín Marro, S.J.:
Mi ambición no está satisfecha, querido primo. Hemos hecho muy poco, y la mies es muy grande. Mi caliente cabeza está barruntando un proyecto vastísimo y de grandísimos resultados, y por otra parte, es muy sencillo y hacedero, si Dios quiere bendecirlo. Es para el fomento de vocaciones eclesiásticas y apostólicas, fomento de piedad en los jóvenes y extensión de la devoción al Corazón de Jesús. Lo he consultado a dos personas, una de ellas el padre Vigordán, y éste me dice que no debe abandonarse, que es una obra necesaria de estos tiempos. Nada me hace temer tanto como el que me hago viejo y no tengo las fuerzas físicas tan robustas como convendría. Lo demás parece no arredrarme. Así, pues, muy encarecidamente le pido que ore y haga orar, si tiene ocasión, por la realización de esta idea de gloria del Corazón de Jesús y de bien de las almas. Que me haga Jesús un apóstol de su Corazón y podamos proporcionar vocaciones para todos los campos religiosos. Espero, pues, que lo hará... Y basta, mi primo... Hágame santitos a esos jóvenes que están a su cargo y envíenos unos cuantos al colegio de San José, que los devolveremos ya sacerdotes; pero, mande con ellos muchos millones 19.
El 4 de mayo, primer viernes del mes, dio por vez primera noticia del proyecto a su propio prelado, el señor Aznar y Pueyo, y el 8 tornó a informarle más ampliamente sobre el mismo, y le presentó las Bases, que iban acompañadas de una carta, de cuyo borrador copiamos las siguientes frases:
Mi venerable Padre y Prelado: Adjunto acompaño un sencillo proyecto que me ha inspirado la necesidad de atender a carísimos intereses, hoy abandonados, y sin Cuyo medio no encuentro modo de sostenerlos, remediarlos, ni salvarlos. Medio, sin embargo, que, aunque de mucha vocación, no lo veo irrealizable, y ha de ser obra de muchos consuelos. Como no se trata más que de un ensayo, no le daré publicidad. De aquí que no lo he dicho todavía a mis compañeros de colegio. Sólo lo he comunicado a dos personas. Una de ésas es el padre Vigordán, que no sólo lo ha aprobado, sino que lo ha llamado una obra necesaria para estos tiempos, y se ha ofrecido a recomendarlo a V.E. 20.
3. Bases de la Hermandad
El proyecto que don Manuel presentó al padre Vígordán y al ilustrísimo señor Aznar y Pueyo, titulado Fomento de vocaciones eclesiásticas, comprendía los siguientes puntos:
Primero: Exposición: Entre las necesidades de la diócesis una muy especial es la de atender a la formación de la juventud varonil, siempre más descuidada que la femenil. Las congregaciones de San Luis, insuficientes para lograr tal fin, por falta de un impulso permanente.
Segundo: Verdad, llorada por todos los prelados, la de la escasez de vocaciones sacerdotales. Los esfuerzos de los reverendísimos señores obispos no logran los apetecidos resultados, por no haber quien promueva las vocaciones y se cuide de allegar medios para sostenerlas.
Tercero: La devoción al Corazón de Jesús está en decadencia por no haber unión entre los propagadores de ella. Necesidad de sacerdotes, libres de otro cargo, que se dediquen a esta empresa.
Por tanto, se proyecta y ensaya una 'Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos', que teniendo por distintivo el amor al Corazón de Jesús y la propaganda de su culto, se consagre con preferencia al fomento de la piedad en los jóvenes, por medio de congregaciones y gimnasios, y particularmente al sostenimiento de vocaciones eclesiásticas, con arreglo a las siguientes:
Bases para una Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos, Reparadores del Sagrado Corazón de Jesús:
1.ª Unidad y permanencia por el voto de obediencia.
2.ª Espíritu y práctica de desprendimiento, por la vida en común, sin voto de pobreza. Lo que se obtenga por el ministerio y con ocasión de él será de la Hermandad y para los objetos de ella.
3.ª La residencia habitual será la casa central o los colegios de Vocaciones.
Objetivos preferentes:
1.º Culto del Sagrado Corazón por el Apostolado de la Oración, Pía Unión ' 1.º otro que se adopte, con una práctica, además, que sea como el distintivo de la Hermandad, que podrá ser, vgr., la «Vela o Corte continua de reparación»...
2.º Predicación asidua y propaganda de estas prácticas como lazo de unión y medio de introducirse en los pueblos y lograr con eficacia la realización de los dos fines preferentes de la Hermandad.
3.º El aumento de vocaciones eclesiásticas y apostólicas, por todos los medios posibles, y en particular por la creación de colegios centrales diocesanos, colectas periódicas, suscripciones, etc...
Serán Operarios auxiliares los que promuevan y favorezcan dichos fines.
Y terminaba el documento diciendo.
Si, como es de esperar del celo de V.S.I., se digna bendecir y aprobar este proyecto, se pondrán a V.S.I. en su día las Reglas por que debería regirse la Hermandad, si ésta, con la gracia de Dios, lograra el desarrollo conveniente y el número de individuos necesarios. – M.D. y S. 21.
El 17 de mayo aprobó verbalmente el prelado la proyectada fundación, y encargó a don Manuel que, absteniéndose de decir palabra, sometiera el plan de la misma a la revisión y consulta del padre Vígordán.
Apretóse don Manuel a la propaganda y desarrollo de su empresa, y a darle, aunque veladamente, estado público desde la prensa. El 19 de junio escribía al padre Marro: «Creo le indicaba en mí anterior un proyecto de mayor gloria de Dios. Tengo la bendición del prelado de ésta; y así, pida al Corazón de Jesús un feliz resultado. Fíjese usted cuando reciba el número próximo de la revista de San Luis de este mes de junio, en la «Recomendación», donde está esbozadamente manifestado el plan para el bien de la juventud y fomento de vocaciones» 22.
Efectivamente: en El Congregante de San Luis de aquel mes y año, en la sección Recomendación particular para este mes, y con el subtítulo: Los objetos de la mayor gloria de Dios, publicó don Manuel el siguiente artículo:
Es un hecho que la juventud varonil ha estado generalmente menos atendida por Parte del celo sacerdotal. La índole de la misma, no tan dispuesta a la piedad como la juventud femenil, ha sido tal vez el motivo de que se haya dedicado con preferencia a ésta, como campo menos trabajoso.
Aun las congregaciones de jóvenes de San Luis... han ido desapareciendo por falta de cuidado, de uniformidad y de un lazo entre ellas que las hermanara. La revista de San Luis quiso suplir en parte esta falta de unión que se dejaba sentir. Esto, sin embargo, no es bastante para dar vigor y sostener las congregaciones de jóvenes. El cambio de un director y otras mil circunstancias imprevistas, son a veces suficientes para paralizar la marcha de una congregación.
Necesitan, pues, las congregaciones de otro medio permanente de sostenerlas.
Es, además, una lamentable verdad, deplorada por todos los prelados, y aún por las órdenes religiosas, la escasez cada día mayor de vocaciones eclesiásticas.
Muchas diócesis han acudido a remediar este mal, pero la mayor parte sin resultado, o al menos, no con todo el que la necesidad exige. Y esto debido principalmente, al parecer, a que esta obra del fomento de vocaciones ha sido promovida por la sola iniciativa oficial de los prelados, sin otros recursos que los que están a su mano, y sin tener quien se dedique a promover estas vocaciones y cuide de escogitar y allegar los medios para su sostenimiento.
Y si la multitud de vocaciones eclesiásticas y religiosas de otros tiempos no serían hoy quizás bastantes ya para llenar el vacío de necesidades siempre crecientes Y el vasto campo abierto en tantos países por los institutos religiosos, merced a la facilidad de comunicaciones, ¿qué será ahora que estas vocaciones apenas pueden llenar las más precisas obligaciones diocesanas? Con más razón que nunca parece decirnos el Corazón de Jesús: Messis quidem multa, operar¡¡ autem pauci.
Finalmente, la devoción al Corazón de Jesús, y la reparación a su amor Sacramentado, prenda de tantas gracias para España, no ha tenido en ésta el desarrollo que era de esperar, y va rezagada en comparación de otras naciones de menos fe, a pesar de los esfuerzos de muchos celosos sacerdotes, y en particular de los distinguidos padres de la Compañía de Jesús.
Formadas diversas asociaciones y prácticas, según el espíritu de cada uno de los que las han promovido; abandonadas también a sí mismas, han ido decayendo por faltarles un lazo de unión y quien mantuviese el fuego de la devoción a estas prácticas.
Ahora bien: para subvenir y atender a estas necesidades y objetos de la mayor gloria de Dios, ¿no sería conveniente en las diócesis una obra sacerdotal, que, libre de otras atenciones, se dedicara a su fomento y a su remedio?
¿No sería de eficaz resultado una pequeña hueste de Operarios libres, que, teniendo por base el amor a Jesús Sacramentado, se dedicara al cultivo de la piedad en la juventud varonil y al desarrollo de las congregaciones por medio de su predicación y de su celo?
El Señor, que pone el remedio al lado de las necesidades de cada época, no dejaría de venir en auxilio de ésta.
Sólo falta que nosotros lo sepamos pedir.
En este mes, pues, dedicado al Corazón de Jesús, nos sentimos inclinados a recomendar eficazmente a nuestros congregantes una súplica especial para que nuestro angelical Patrono, San Luis, cuya fiesta vamos a celebrar, y nuestra Madre Inmaculada, obtengan de aquel divino Corazón la inspiración y la realización de una obra apostólica, que sea como el Angel tutelar de las congregaciones y la cooperadora de los trabajos de sus directores 23.
En una de sus cartas de aquel tiempo, aludiendo al proyecto de Hermandad, tal como nos lo deja expuesto él mismo, dice don Manuel: «Esto hace años lo sentía, pero no sabía darle forma. Ahora me parece adivinar los remedios, que creo serán eficaces con el tiempo, pues es obra del porvenir más que del presente. Tengo la aprobación del obispo de aquí y la bendición del de Tarragona» 24.
Más tarde, en 1894, lo aclararía largamente en la memoria que manda al Congreso Católico de Tarragona. «Esta ––escribe en ella– no es por hoy, propiamente, orden religiosa en el sentido estricto de la palabra. Es la reunión de sacerdotes seculares que, libres de todo otro cargo y atención, y en vivienda común, unidos por el vínculo de la obediencia y dirección común, deben dedicarse a promover la gloria de Dios en sus más caros intereses en las diócesis... El objeto primordial de la Hermandad, entre otros de los especiales –de promover la piedad en la juventud varonil por medio de Congregaciones y la devoción –al Corazón de Jesús Sacramentado– es el fomento de las vocaciones eclesiásticas, religiosas y apostólicas por todos los medios posibles, y en particular por el establecimiento de colegios diocesanos bajo la inspección de los prelados y la absoluta autoridad de los seminarios, a cuyas clases deben asistir [los alumnos] en la parte científica y literaria» 25.
Algún tiempo después, en carta a don Esteban Ginés, discurría don Manuel de esta forma sobre la idea que él se había forjado de lo que debía ser la Hermandad:
¿Quién le ha dicho que no nos consagramos y debemos de lleno a la Obra? Completamente. Y es mi único objeto y anhelo, y ha de ser el de los que Dios llame. Si atiendo a otras cosas accidentalmente, es porque me veo precisado a no poder moverme de ahí, con acuerdo de los compañeros y que indirectamente redundan en bien de la misma...
No se tomarán [alumnos] sino en reducidísimo número, para poder formar el molde según el ideal que perseguimos y que irá perfeccionándose con las prácticas que la experiencia nos va dictando... Pero, eso sí, sin abandonar la idea primordial del sostenimiento del mayor número posible.
Gloria de Dios sería el formar una sección reducidísima de sacerdotes superiores y distinguidos, pues que éstos no pueden ser muchos ... ; mas la nuestra es formar muchos buenos, formándolos en la piedad y celo hasta inundar las parroquias y los institutos religiosos.... buscando los medios materiales que sólo una institución puede obtener. Del objeto de la nuestra no hay hasta hoy, que yo sepa, otra en el mundo... Nos convertiremos en ayudas y servi servorum de los valerosos y de los héroes de abnegación, y les buscaremos plantas para sus jardines, que ellos cultivarán y nos los convertirán en apóstoles, y de cuyos resultados tendremos parte; y sacaremos vástagos para darlos a las parroquias, y percibiremos parte de su jornal diario, sin otra pena ni cansancio: y todo, sin necesidad de ser sabios, ni predicadores, ni apóstoles, sino solo con humildad y mansedumbre y oraciones, buen carácter, longanimidad.. .
Y si a esta modestísima obra podemos añadir con nuestros esfuerzos otra que no podríamos realizar con esfuerzos individuales, nos dedicaremos a plantar congregaciones de jóvenes, que cultivaremos con el riesgo de nuestras visitas y ejercicios espirituales, si fuésemos apóstoles resueltos, qué sí lo seremos, y amaremos los intereses de Jesús, y propagaremos el amor a su Corazón Sacramentado. Y de este modo, sin haber merecido la aureola de apóstoles y misioneros (puesto que no tenemos vocación para tanto), si a la hora de la muerte le ofrecemos a Jesús muchas vocaciones fomentadas directamente, y muchísimas más indirectamente, y le dejamos establecidas con nuestros esfuerzos unas cuantas velas nocturnas, a las que tal vez no sabríamos dar consistencia con nuestros esfuerzos personales aislados, y que continuarán después de nosotros con los cuidados de los otros, ¡oh! este sencillo apostolado ya nos consolará en la hora de la muerte.
Y para ello no se necesitará mucho personal: con cinco amigos en cada diócesis, libres, pero unidos en una obediencia común, bastará.
Si se tratara de una obra grande, de esas que la Providencia levanta en algún siglo, otros debieran ser los instrumentos: pero ahora, basta celo, amabilidad, alegría santa y amor a Jesús Sacramentado, y nada más. Y con abundancia de satisfacciones en medio del trabajo; sin pobreza, pero con ataduras de dirección y obediencia comunes... 26
El título de «Hermandad» se lo sugirió su propio espíritu, propenso, como el mismo don Manuel confiesa, a trabajar con los demás sacerdotes en cualquier empresa comunitaria; el de «Operarios», a más de la sugerencia evangélica, pudo tomarlo de aquellos «operarios misioneros» de la diócesis, que se estilaban en la misma Tortosa 27; «Diocesanos», porque habían de promover en cada diócesis, a las órdenes de los diversos prelados, cuantas empresas de gloria de Dios les fueran encomendadas 28.
4. En busca de colaboradores
Lo que de momento le urgía a don Manuel era buscar y encontrar colaboradores. No le resultó empresa fácil. A muchos de los que fue visitando, hallóles reacios y se desentendían de su llamamiento; algunos, precisamente los que más ligados habían estado a él en mancomunidad de intereses y trabajos apostólicos, hasta se le mostraron hostiles. Comenzaba a recorrer la vía dolorosa de todos los fundadores 29.
Tres sacerdotes tan sólo, don José García, don Francisco Osuna y don Francisco Ballester, y el subdiácono don Elías Ferreres 30, respondieron a su voz, y con ellos se reunió, del 16 al 19 de julio de 1883, en el Desierto de Carmelitas Descalzos de las Palmas junto a Benicasim, por el que don Manuel, desde sus primeros años de sacerdocio, sentía especial predilección 31.
En un paraje pintoresco –un valle desigual ondulado de verdes colinas y suaves barrancos que bajan desde el norte, de la montaña de San Miguel, hasta los verdeantes naranjos de la costa y se extienden en impresionante cornisa hasta el antiguo castillo de Montarnés–, al viejo convento de la reforma carmelitana, rodeado de una serie de ermitas perdidas entre las floresta: de San José, Santa Teresa, del Santo Angel de la Guarda, San Miguel Arcángel, San Antonio y San Pablo, Montserrat, Nuestra Señora de los Desamparados, etc., y de grutas naturales bautizadas como de San Elías, San Juan de la Cruz, Santa María Magdalena, Santa María Egipciaca o Santa Eufrosina, le había sucedido otro de nueva planta, de la segunda mitad del siglo XVIII 32, al que se acogen ahora don Manuel y sus compañeros en fecha tan memorable como aquella de la Virgen del Carmen. Era prior del convento, que hacía a la vez de casa de Ejercicios, el padre Manuel de Santa Teresa Eloegui y en él vivía, en plan de retiro, el obispo de Daulía, don José Serra, OSB, buen amigo de don Manuel y cofundador, como dejamos indicado, de las hermanas oblatas del Santísimo Redentor 33.
En esos días de retiro los noveles Operarios redactan las Bases permanentes y Reglas provisionales de la Hermandad, y, a decir de los mismos, con «unánime y feliz acuerdo,». Resolvieron que los «objetos constantes» de la misma serían el fomento de la piedad de los jóvenes por medio de las congregaciones de San Luis, el desarrollo y sostenimiento de las vocaciones eclesiásticas y apostólicas, y la extensión del culto de amor y reparación al Corazón de Jesús, principalmente en el Sacramento de su Amor. Tales objetos serían invariables. Como posibles y secundarios, señalaron la promoción de alguna obra particular, vgr., la creación de alguna iglesia, convento, etc., el fomento de círculos obreros, dar ejercicios a religiosas y asociaciones de mujeres, debiendo «tener muy presente los superiores al patrocinar semejantes obras, que no distraigan demasiado a los individuos de los objetos preferentes, ni de su espíritu principal de reparadores de Jesús».
La Hermandad aspiraba a ser una «reunión de sacerdotes seculares, unidos por el vínculo de una dirección común para promover la gloria de Dios en los más caros intereses». El sostenimiento de los Reparadores –así llamaban simpliciter a los Operarios– correría a cargo de la Hermandad. «Podrá permitirse –decían– la estancia más o menos ¡limitada en sus casas particulares, siempre que estén libres y dispuestos para los actos que la Hermandad les designe». Escogieron para titulares de la misma al Corazón de Jesús, la Inmaculada y san José; por santos Protectores, a san Luis Gonzaga, san Francisco de Asis y los santos Angeles, y por Abogado, al santo Angel de España. La práctica especial y característica de reparación a Jesús Sacramentado consistiría en una hora de vela nocturna los jueves, de doce a una. Se recomendaba a los Reparadores que en sus lecturas y meditaciones no olvidasen la preferencia que debían dar «a los afectos y penas del Corazón de Jesús, cuyos sentimientos debían irse apropiando».
Tales fueron, extractados por nosotros, los acuerdos tomados en aquella primera reunión de Operarios; acuerdos que fueron comunicados por don Manuel el 20 de enero de 1884 al ilustrísimo señor Aznar y Pueyo, solicitando de él al mismo tiempo la aprobación oficial de la Hermandad, «a fin de dedicarnos luego –decía don Manuel– a esta Obra con todo el celo que el Corazón de Jesús nos sugiera. Y esperamos con mayor motivo obtener esta gracia, por cuanto no deseamos otra cosa en esta Obra sino servir exclusivamente a los objetos de la máxima gloria de Dios... » 34
El día 21 visitó don Manuel, por encargo del prelado, al padre Vigordán para presentarle las «Bases y Reglas» con el fin de que las revisara de nuevo 35. El 22 escribía a uno de sus amigos: «Ruega por la Obra que otras veces te he encargado, para que pueda ser apóstol del Corazón de Jesús e ir por toda España; pero el Centro, Tortosa» 36. El 29 volvió a presentar las Bases al prelado, el cual aprobó oficialmente la Hermandad el 4 de febrero, pero poniendo la fecha del 2, fiesta de la Purificación de la Santísima Virgen 37. «Hace mes y medio –escribía don Manuel por aquellos tiempos– que, si había de vivir de este modo una obra sacerdotal que proyecto, habré de dejar la mitad de lo que tengo entre manos» 38.
5. El joven Andrés Serrano
Uno de los sujetos en quien don Manuel había puesto la mira para atraerlo a la Hermandad –y esta vez no le engañó el corazón– era el seminarista de Ciudad Real, Andrés Serrano y García–Vao, del que dejamos hecha mención al tratar de «El Congregante de San Luis» 39.
Por haber llegado a ser uno de los más distinguidos Operarios, queremos detenernos un poco en declarar la génesis de su vocación. Hallábase don Manuel en comunicación con él desde octubre de 1883, fecha de la publicación en El Congregante del primer trabajo que espontáneamente envió Serrano para la revista. La correspondencia epistolar que se entabló desde entonces entre ambos, fue haciéndose cada día más frecuente, así como más regular y más selecta la colaboración literaria del seminarista y congregante manchego.
El 19 de febrero de 1884 decíale don Manuel «Apreciabilísimo señor mío... Estamos ultimando la realización del pensamiento de la Obra recomendada para el bien de la juventud. Como muestra de mi afecto y confianza, le remitiré pronto las Bases de esta Obra, para la cual tengo ya la bendición de mi prelado. ¡Quién sabe si un día podremos vernos por estas tierras, o si Dios destina a usted para futuro fundador de esta Obra en su diócesis y en otras! ... » 40.
Contestóle don Andrés el 26 de febrero, hablando en su carta, la de más antigua fecha que se conserva de las incontables suyas a don Manuel, de sus trabajos y aficiones literarias. «Pláceme en extremo –le dice– ver el celo con que trabajan ustedes por el bien de la juventud, y me consideraré dichoso, si en algo puede ayudarles mi inutilidad» 41. Una composición, que enviaba para El Congregante, remitióla don Manuel, con la carta de don Andrés, al padre Xercavins, y éste escribió en ella estas palabras: «Lo de Serrano no necesita corrección ni adiciones. 0 yo no entiendo nada, o ese joven promete mucho» 42.
La esquela del padre Xercavins que contenía juicio tan laudatorio se la envió don Manuel al aludido, añadiendo por su cuenta esta coletilla: «Le mando, a usted que la guarde para vergüenza y confusión, hasta que yo se la pida» 43. De esta suerte se ingeniaba don Manuel para cazar almas buenas para su empresa. Pero, con todo, los resultados eran muy escasos. El 27 de abril decía al padre Marro: «Sigo sin novedad, mi querido primo; si bien con las mismas tareas, pues mis pecados impiden que Jesús me acabe de enviar los Operarios que necesito. Tenía ya los suficientes, y tres se han vuelto atrás. Así pues, insiste mucho al Corazón de Jesús para que no me haga sufrir: pues no me gustan estos sufrimientos» 44.
Por lo que toca a don Andrés, habiéndole preguntado don Manuel qué año, estudiaba, contestóle el 2 de mayo declarando que cursaba tercero de Filosofía, que tenía 17 años y que vivía en compañía de un tío suyo, beneficiado de la catedral de Ciudad Real y profesor del seminario. A don Manuel, con esta respuesta, se le vinieron abajo los ánimos.
El 29 de junio escribió a don Andrés Serrano la siguiente carta, reveladora de su estado de espíritu:
Muy señor mío y amigo: Por fin voy a pagar mis atrasos. Recibidas sus gratas y gracias y gracias mil por sus trabajitos.
Indiqué a usted en una de las mías que le daría a conocer un proyecto. Pero, hijo mío, su último de usted me ha desilusionado y hecho perder las ganas de decírselo. Tiene usted un pecado, que aunque sé que ha de irse corrigiendo cada día y de prisa, no tanto como yo deseara. Es el pecado de ser tan joven, Pero... ¿ha mirado bien su partida de bautismo? No obstante, como prueba de mi afecto y gratitud, no quiero ocultárselo a usted, siquiera para que lo encomiende al Corazón de Jesús. Si llegara a cuajar la cosa, que es un problema de difícil planteamiento, por la falta de personal en un principio, pero de infalibles resultados (y de abundante personal después), ¿no querría usted venir a pasar un año de su carrera en alguno de nuestros centros diocesanos, al menos para conocerle y tratarle y trazar proyectos de la gloria de Dios? Tenía el asunto bastante adelantado, pues contaba con cinco compañeros más, y no quedamos más que tres. No desisto, sin embargo, y creo que Dios lo bendecirá, y que esta obra ha de venir; si bien, es fácil que el Señor quiera valerse de otros instrumentos mejores que nosotros. La he puesto en conocimiento del rector del Colegio Máximo de la Compañía de esta provincia y me ha dicho que es voluntad de Dios. Tengo la aprobación de mi prelado.
No todos los jóvenes de carrera eclesiástica tienen vocación para ser religiosos. Pero muchos habrá que querrán ser apóstoles en una vida sacerdotal y libre.
Es obra, además, de muchos consuelos.
El Señor me ha hecho gustar, y en abundancia, de todos los consuelos y sinsabores de los varios campos del ministerio sacerdotal: cura de almas, enseñanza, monjitas (de las cuales estoy cargado todavía con 50), asociaciones de mujeres, etc., etc., y, últimamente, fomentador de vocaciones eclesiásticas; y de todo, esto último es lo que forma y formará mi gozo y mi corona. Iniciarnos aquí un centro de vocaciones, y hemos logrado levantar de planta un edificio que alberga 250 jóvenes, y vamos a habitar otro local que teníamos, primitivo, y habrá 100 en éste, y 200 en el nuevo; todos con muy pequeñas cuotas para su manutención. Además, las congregaciones de jóvenes en los pueblos van desanimadas, porque no hay una mano que vaya a regarlas de vez en cuando. ¿Cómo no interesarse por esta obra de tanta gloria para Dios?
He aquí, pues, el proyecto, mi estimado en Jesús. Si es de Dios, no dudo en sus resultados. Es para mí tan fácil y tan evidente, que no necesita más que una bendición ordinaria de Jesús. Así, pues, repito, encomiéndelo a Jesús... Si no ha de serle molesto, estimaría me devolviera el borrador del proyecto... ¿No podríamos un día volar hacia esas tierras? Aunque los Operarios deberían estar dispuestos a ir temporalmente a la diócesis que convenga, lo regular es, para las conveniencias de la Obra, que la mayor parte de los Operarios sean de la misma diócesis 45.
6. Primeras contradicciones
En septiembre de 1884, sufrió don Manuel una gran contrariedad 46. Para iniciar la Hermandad sólo contaba con los cuatro Operarios que en julio del 83 se reunieron con él en el Desierto de las Palmas; y para establecerla con mayor solidez había juzgado conveniente ensanchar el círculo de su influencia y empezar a trabajar en la fundación del colegio de Valencia, cuando uno de los que había de ir a ella, don Elías, que ordenado de sacerdote había cantado su primera misa el 21 de septiembre, recibió orden del prelado de Tortosa de ir a desempeñar la coadjutoría de Ares.
Don Manuel sintió el golpe en lo vivo. El 27 de aquel mes escribió al excelentísimo señor Aznar y Pueyo, la siguiente apremiante carta:
Muy venerable prelado: Dispénseme que me dirija a V.E. por escrito, pues es sólo para poder expresar mejor mis conceptos. Los sufrimientos a que nos sujeta la actitud de V.E., impidiendo la libre instalación de la Hermandad de Operarios Diocesanos, son indecibles, tal vez sin comprenderlo V.E.; y así continuaríamos, trampeándolo todo con pena y fatiga, como pudiéramos, conformados con las permisiones divinas, si no fuera que nuestra situación es insostenible. Porque, aparte de cien razones que V.E. no podrá atinar, porque es preciso tocarlo para comprender el tejido de dificultades que han de vencerse en una empresa de esta naturaleza, existen además: la inacción a que nos obliga este estado de cosas, incierto e inseguro, que no sólo nos estantiza, sino que nos agobia en las mismas tareas que nos resolvemos a emprender; la ninguna importancia que adquiere esta obra, no sólo a los ojos de los demás, que tanto conviene para su prestigio, sino de los mismos que son llamados a este ministerio de completo sacrificio, por el poco interés que les inspirará, desposeídos del único aliciente que podría sostenerles, que es la seguridad; el espantoso déficit que nos amenaza para este año en el colegio de Tortosa, por la sola manutención, según las previsiones del administrador, y que nos será dado sostener como hasta ahora con nuestra responsabilidad personal; la necesidad ineludible en que estamos de realizar en Valencia el empréstito y de sus intereses tendrán que depender también de responsabilidad personal, responsabilidad que ni en conciencia podríamos arrostrar sin estar basada en una entidad que no haya de morir: pues nunca hubiéramos soñado la Obra sin la perspectiva y seguridad de la Hermandad; la necesidad de atraer Operarios de otras diócesis, que se hubieran asociado ya indudablemente, a haberles podido presentar la Obra como establecida ya; la mayor necesidad todavía de obtener la aprobación y beneplácito de las diócesis donde podamos establecernos, no sólo que los antedichos Operarios puedan alcanzar el consentimiento de sus Superiores, sino también para que nuestra Obra tenga una existencia canónica en las mismas diócesis; la conveniencia y necesidad de atender pronto a alguna otra diócesis, vgr., la de Zaragoza, a donde es posible nos invite pronto la Providencia; la urgencia del remedio, y en grande escala, del mal que se trata de remediar, no sólo con el objeto principal de la Obra, sino también con los otros secundarios; el peligro de que pueda desaparecer el proyecto y los trabajos empezados, si faltamos algunos de nosotros, o sobreviniera alguna calamidad pública sin habernos sujetado y solidado con el lazo de verdadera institución; la paralización en que tenemos el proyecto de fabricación de la Casa Central en ésta, debido exclusivamente a este estado incierto; las deudas personales que por varios conceptos relativos a los objetos proyectados y a sus preliminares nos agobiarán bien pronto; la fatal marcha que empiezan a seguir, y que ha de aumentarse tanto en la moral como en lo material, el Colegio de Tortosa y el de Valencia por falta de personal para su verdadera organización, etc., etc...
Todas estas razones y otras que, repito, se sienten y palpan, nos obligan a exponer nuestras situación a V.E., y pedirle que nos consienta la libre e independiente instalación de la Hermandad, antes de terminar este curso, y con las bases siguientes:
1.ª La libre admisión de los cinco actuales: Osuna, Ballester, Elías Ferreres y yo, y mosén José García (si bien éste tal vez no sea indispensable salga de la ciudad), y a más, otros dos de la diócesis que se ofrecen a venir, y que en junto no excede el número que aceptó V.E.
2.ª La admisión libre para esta Obra, de los sacerdotes de otras diócesis que puedan venir con la autorización competente.
3.ª El reconocimiento de los jóvenes (que no por esto serán muchos) que estén consagrados a nuestra Obra un año al menos antes de ordenarse in sacris.
Todo bajo la inspección de V.E., como está consignado en las Bases y Reglas Propuestas y aprobadas por V.E.; Bases y condiciones que serán las que expondremos a los prelados de las diócesis que quieran admitir nuestra Obra, pues no hemos pensado acudir –por conducto de V.E. y de otros prelados, que se hubieran ofrecido a una recomendación– a una aprobación de Roma, no sólo porque de todos modos convendría antes la experiencia práctica de las Reglas de nuestra Asociación, sino porque creemos, y hasta tenemos la más íntima convicción, que nos bastará para el desarrollo el consentimiento de los prelados, que la recibirán con gusto y la protegerán. Ya ve, pues, V.E., que no le exigimos más que lo más indispensable.
Si consideraciones de otra índole de las que hasta ahora nos ha indicado V.E., le impidieran acceder a nuestra petición, tal vez en este caso nos resolveríamos, si la Obra es de Dios, como se nos ha asegurado, por aquellos a los cuales sujetamos la resolución, a suplicar otra vez a V.E. que nos dejara libres para irnos a otra diócesis, que acaso quisiera admitirnos, para instalar allí desahogadamente nuestra Hermandad, sin perjuicio de poder venir aquí a ejercer el ministerio en los objetos de la misma. Si ninguna de estas cosas nos fuere factible, no me consideraría con ánimo de continuar por de pronto el Colegio de aquí, y al fin de curso tendría que declinar la propiedad del edificio actual en las personas que V.E. designara, arrostrando las deudas de la Casa, y como puede V.E. pensar lo haría, como se lo he indicado en alguna ocasión, con la convicción triste y amarga de que el fomento de vocaciones eclesiásticas no se sabría ni podría continuar, ni hoy ya, y mucho menos cuando venga un cambio de circunstancias menos favorables.
Así, esperamos que V.E. nos dará el anhelado permiso y la libertad necesaria para esta Obra, al parecer de resultados prontos e infalibles para la máxima gloria de Dios 47.
Cuenta una religiosa clarisa, refiriéndose a estas contradicciones de don Manuel, que un día le dijo éste, viéndose del todo apurado, que se hallaba determinado a salir de Tortosa. «Los que me habían de ayudar –le decía– son los que más me desalientan». Añade la religiosa que fue don Manuel el 15 de octubre de aquel año a contar sus tribulaciones al arzobispo de Tarragona, su protector y amigo, y que éste «le consoló como cariñoso padre y hasta le acarició, porque todo lo necesitaba. Después de este sacrificio, que exigía de él, le manifestó el Señor claramente que El solo basta» 48.
El 26 de noviembre escribía don Manuel a don Andrés Serrano: «Estoy pasando una terrible tribulación de mi propio prelado. Aprobadas por él las Bases, y admitidos los seis sacerdotes que se ofrecieron a iniciar la Obra en forma, ahora me aplaza el consentimiento del permiso para los mismos, porque está agobiado, dice, de falta de personal, y quiere que aguarde un poco. Yo no quiero aguardar, y estoy meditando el modo de romper este impedimento» 49.
El 13 de marzo de 1885, el padre Vigordán, que intervenía en favor de don Manuel, le escribe a Valencia, donde se hallaba pasando no pocas penas con la fundación de aquel colegio: «Amigo mío: Ayer recibí su muy grata del 11... Veo que mi carta de nada valió. Paciencia. Ya me temía yo... Todo sea por Dios. Y por El sólo podía usted soportar las contradicciones, los apuros y malos ratos, que aquí, como ahí y en todas partes, tendrá que soportar, por lo mismo que lleva entre manos una obra de Dios... Anímese, pues, amigo mío. Ármese de mucha paciencia, y ponga en Dios su confianza. Con esto ha de inclinar a Dios para que haga desaparecer todas las dificultades». A su vez don Manuel escribía por aquel entonces a su amigo don Froilán Beltrán: «Crea que Jesús me impone sacrificios... Pida, amigo mío, a Jesús por nuestra Obra, que es por su fin y resultados de la máxima gloria de Dios, y no nos faltan más que brazos. Sardá insiste en querer hablar de ella pronto, y está entusiasmado. Dígame cositas de vez en cuando, que me alientan entre tanto trabajo y contradicciones, sobre todo, de los que más libertad debían darme» 50.
FUNDACION DE LA HERMANDAD
1. Primera consagración
La prueba por que pasaban tanto don Manuel como sus colaboradores, no les hizo desistir de sus propósitos, y el 2 de junio de 1885, reunidos todos excepto don Elías Ferreres, que seguía de coadjutor en Ares, y agregándose a ellos don Vicente Vidal, en el colegio de Tortosa, hicieron la siguiente «Primera promesa de consagrarse a la Obra», que, en gran parte, servirá en adelante de fórmula ordinaria para la solemne oblación de los que ingresan en la Hermandad:
¡Dulcísimo Jesús Sacramentado, amable Salvador de mi alma! ¡Cuán bueno sois para conmigo! Postrado a vuestros pies, os reconozco y adoro como mi Padre y la causa única de. mi felicidad. No contento con haber tenido sobre mí fija vuestra imagen y semejanza, me habéis redimido con vuestra sangre y disteis el don de la fe, colocándome en el seno de la Santa Iglesia, derramando sobre mí las influencias de vuestra grada y alimentándome cm vuestros sacramentos. Más aún, con un exceso de vuestra bondad, y a pesar de mis rebeldías, me habéis entresacado de entre millares, escogiéndome para ministro vuestro, pregonero de vuestras grandezas, tutor de vuestra Humanidad Santísima, y depositario de los tesoros de gracia del Espíritu Santo.
¿Qué os daré, Dios mío, en cambio de tantas misericordias? Yo quisiera tener en este momento las vidas y los corazones de todas las criaturas para consagrarlas a vuestro Corazón; pero, ya que esto no me es posible, aceptad el mío con todos sus afectos, y mi alma con todas sus potencias, y mi cuerpo con todos sus sentidos. Y como una prueba de estos mis sentimientos, y deseoso de cooperar a la máxima gloria de Dios y de sus más caros intereses, hago voto de procurar por todos los medios posibles la instalación y desarrollo de la Hermandad de Operarios Diocesanos, Reparadores del Sagrado Corazón de Jesús, aun con el sacrificio de mi consagración en ella, si esto fuera indispensable para dicha instalación.
Aceptad, Jesús mío, esta promesa, estos sentimientos, y hacedme la gracia de recoger los frutos de este mi ofrecimiento, pudiendo ver realizados mis actuales propósitos de la mencionada Obra, y poder trabajar en ella, si así lo tenéis dispuesto en los designios de vuestro adorable Corazón, para mayor gloria vuestra y bien de mi alma.
Tortosa, 2 de junio de 1885.
Jesús, María y José, os doy el corazón y el alma mía, y os pongo por fiadores de éstas mis resoluciones. Manuel Domingo y Sol. – Francisco Osuna, Pbro. – Vicente Vidal Mompó, Pbro.
José García, Pbro. – Francisco Pallarés, Pbro. Adherido a este voto, lo ofrezco en Ares a 7 de julio de 1885, Elías Ferreres, Pbro. 52.
2. Constitución canónica
Obtenida, por fin, en el mes de octubre la deseada liberación de don. Elías, acordaron el 4 de diciembre los futuros operarios reunirse en los últimos días del mes en el Desierto de las Palmas para emitir sus votos y constituirse canónicamente. Desparramados andaban por los alrededores de Castellón, predicando durante las vacaciones de Navidad por los pueblos de la comarca la cruzada del «santo billete», de que ya hablamos en otro lugar (52), y el 29 juntáronse en Castellón todos ellos para trasladarse de nuevo al Desierto carmelitano de las Palmas e inaugurar en él un nuevo género de apostolado en la Iglesia.
El mimo día 29, ya en el Desierto, lo dedicaron al retiro espiritual. El 30 por la mañana celebraron la primera de las sesiones deliberativas en una de las habitaciones particulares del convento. Resolvieron en ella «reformar, cuando se establecieran reglas definitivas, el preámbulo de los objetos de la Hermandad», «de modo –decían– que aparezca como objeto principalísimo de la Obra, sobre todos los demás, el fomento de las vocaciones eclesiásticas, religiosas y apostólicas». En la reunión vespertina, entre otros acuerdos, tomaron el de que la revista «El Congregante» y el gimnasio de San Luis de Tortosa pasaran a ser propiedad y empresa de la Hermandad. En la sesión de la mañana del 31, después de adoptar algunas resoluciones de índole personal y económica, don José García se ofreció a la Hermandad por tres años, «a condición de poder cumplir las obligaciones del cargo de beneficiado de la catedral de Tortosa, para el que acababa de ser nombrado, y demás que el prelado pudiera confiarle; pero con ánimo de abandonar dichos cargos siempre que la Hermandad se lo exigiera, y si, por circunstancias especiales no pudiera abandonarlos, se comprometía a quedarse de auxiliar».
Don Vicente Vidal ofrecióse a la Hermandad, «supuesta la aprobación de las Bases de la misma por el señor arzobispo de Valencia, y en cuanto su actual consagración no menoscabase la obediencia que a su prelado tenía prometida». Todos los demás lo hicieron sin reservas. Convinieron en que el traje de los operarios dentro de casa sería el balandrán y bonete; fuera de ella sotana y manteo. Se darían el tratamiento de don y no el de mosén, «que se da –decían– a los sacerdotes en algunas diócesis de España».
Los sacerdotes congregados con don Manuel en el Desierto de las Palmas y que constituyen el grupo de operarios fundadores de la Hermandad, eran, según dejamos ya indicado don José García Serrano, don Francisco Osuna, don Vicente Vidal y Mompó, sacerdote de Valencia, relacionado con don Manuel desde los preliminares de la fundación del colegio de San José en aquella ciudad; don Francisco Ballester y don Elías Ferreres.
El 31 de diciembre celebró don Manuel la misa en la ermita de Santa Teresa, a medía legua del convento. El entonces estudiante del colegio de Tortosa, y más adelante operario don Felipe Tena, que le ayudó en ella –nos dice–. «Irradiaba tal fervor don Manuel, y su rostro estaba tan resplandeciente, que yo no sé que sentí, y decía para entre mí: Así desearía yo celebrar la santa misa».
Reunidos los operarios el 1.º de enero de 1886 en el oratorio del noviciado del convento, luego de oída la misa, que celebró don José García, y recitado el Veni Creator, hicieron voto trienal de obediencia como miembros de la «Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos Reparadores del Sagrado Corazón de Jesús, para el fomento de vocaciones eclesiásticas». Don José García y don Vicente Vidal emitieron el suyo con las consabidas reservas. La Hermandad quedaba definitiva y formalmente constituida. Terminaron el acto con el canto del Te–Deum y con la recitación de algunas otras preces, y firmaron después el acta todos ellos y los que habían actuado de testigos de aquella memorable ceremonia, a saber: el citado obispo de Daulía, ilustrísimo padre Serra, el padre Isidoro de la Cruz, prior del convento; don Andrés Serrano que habíase ya trasladado de Ciudad Real al lado y al servicio de don Manuel, y los alumnos del colegio de Tortosa don Felipe Tena y su primo don Gonzalo Tena, ambos de Villafranca del Cid.
Celebraron a continuación los operarios la primera junta general de la Hermandad, en la sala de visitas del convento, y por votación unánime eligieron Director General de la Hermandad a don Manuel; socio del General, prefecto de moral, director espiritual y administrador de la misma, a don José García; y prefecto de oratoria a don Vicente Vidal. Los cargos eran por cinco años.
El Director General designó a continuación los operarios que debían trabajar en los colegios de Tortosa y Valencia 54.
Con indelebles caracteres quedó grabada en el corazón de don Manuel la fecha de la fausta jornada de la consagración en el Desierto, y de ella hizo mención durante toda su vida innumerables veces en sus cartas. El 1.º de enero de 1889, evocando las impresiones de aquellos días, decía a sus operarios en Valencia:
Hace cuatro años que, unidos ya algunos de nosotros en el pensamiento de realizar nuestra Santa Hermandad, ante el peligro de una epidemia que nos amenazaba, ofrecimos a Jesús el compromiso de no abandonar la empresa, aunque alguno desapareciese por efecto de aquella tribulación. Y hace tres años, precisamente estos mismos días, que en el Desierto de las Palmas pudimos inaugurar canónicamente nuestra obra, y ofrecer con gozo de nuestro corazón, y como tributo de gratitud al Señor, nuestra primera consagración. ¡Sea bendita aquella montaña, señalada por Dios desde la eternidad para realizar en ella nuestro primer sacrificio por su gloria! Montaña, santificada antes por tantas oraciones y penitencias y actos heroicos de humildad y abnegación de tantos religiosos. Montaña, en fin, cuya vista no puede menos de causarnos dulcísimas emociones siempre que pasamos en el ferrocarril por el pie de ella, y al dirigir un saludo de gratitud a la Virgen Reina de aquellos collados. Allí, en aquella agradable soledad, pudimos la mayor parte de los que estamos aquí reunidos entonar un himno de acción de gracias en la mañana del 1.º de enero de 1886. Allí pudimos acordar ya algunas disposiciones relativas al desarrollo y organización de nuestra obra. Y han pasado tres años: tres años de oraciones, de angustias, de contradicciones, de trabajos y de temores, pero también de consuelos, esperanzas y de resultados gratísimos. Y Jesús nos ha conservado la vida y la salud y nos ha permitido, al terminar el año 88, y principiar el 89, poder realizar esta segunda y deseada reunión en esta casa nueva, que es nuestra casa, la casa de San José. ¡Bendito sea el Señor, que así ha querido obrar en nosotros sus misericordias!... 55.
Desde allí escribía, algunos días después, a su amigo don Froilán Beltrán: «El 1.º de enero del año de gracia de 1886, hicimos nuestra consagración a Jesús. Puede usted disponer en todo y para todo de la Hermandad de Operarios Diocesanos y de su primer jefe... sin soldados» 56. Allí recibió también, para aliento y consuelo suyo, una carta de su amigo el señor Sanz y Forés, arzobispo ya de Valladolid, fechada el 1.º de enero y concebida en estos términos:
Querido: Piensa usted que no me acuerdo y ya ve que no es verdad. No he escrito para su día, pero en su día escribo. No necesitaba usted recibir mí carta ayer para saber que le deseo un día y un ano muy santo y muy feliz. Que le deseo muchísimo amor de Dios y gran celo por su gloria, fuerzas para trabajar y tesoros de gracias del Corazón divino de Jesús. Buen año tenemos, querido. Empieza en día consagrado al amantísimo Corazón de Jesús, y viene enriquecido con un jubileo universal, además del de Santiago. Año Santo. Animo, pues. Viva Jesús. Sursum corda y adelante! Si nacen espinas, se convertirán en rosas. Este es el juicio del año: Año de Jesús, año de misericordia. Reinará Jesús, si no le cerramos el camino. Todo menos eso. Abierto de par en par para El y para sus espinas, su cruz y sus amores. Cerrado a todo lo que no es Jesús. Corrió la pluma. Adelante. Ya está escrito y no quito una letra. Viva Jesús. Viva su Corazón. Viva su amor. Prenda usted fuego en muchos corazones y ya verá qué bien se lo paga El. Y ¿sus obras? Y ¿su gente? ¿Adelante todo, todo?. – Suyo affmo. amigo, El Arzobispo de Valladolid. – Saludo a todo su rebaño, cerrado y abierto, y a cada oveja en particular bendigo 57.
Comunicóle don Manuel la efeméride del Desierto de las Palmas, y el 18 de febrero le contesta el señor Sanz y Forés:
Querido: Han llegado juntas la carta, sin firma, y el complemento. Ante todo, gracias por la dedicatoria. Dios se lo pague, aumente el celo y el fervor, multiplique a los Reparadores, centuplique las vocaciones y envíe los recursos necesarios para la santa obra. Santa es, y Dios la bendecirá. Me avergüenzan trabajando tanto por la gloria de Dios, y les envidio. Sea Dios bendito por haberla inspirado, y benditos ustedes porque los ha escogido. ¿Quién es el valenciano de tanto fervor?... La venerabilis sor Mercedes estará muy buena. Dios la bendiga. Ella y usted tendrán corona allá arriba. Yo, pobre de mi, quedaré muy atrás. Sean santos, ya que no lo soy yo, que debiera serlo. Amen por mí al divino Corazón, y pídanle alguna limosnita para este infeliz. Y la demás gente, ¿cómo anda? Me pide carta sabrosa. No sé qué sabor ha de dar el que es insípido. Fuego, fuego es lo que hace falta. Pero estoy en tierra fría, y yo más frío. Dígame sus cosas, que me placen 58.
No dejaba de servir todo ello de acicate y aliento para don Manuel.
NOTAS
1. Citemos entre otras la «Congregación de Oblatos de San Ambrosio» promovida por san Carlos Borromeo para sus seminarios de Milán; las fundaciones pro–sacerdotales llevadas a cabo, dentro de la escuela sacerdotal francesa del siglo XVII, por Pedro de Bérulle, Adrián Bourdoise, san Vicente de Paúl, J. J. Olier, san Juan Eudes, etc., el «Instituto de Clérigos Seculares» del alemán Bartolomé Holzhauser de 1640, los oratorianos de san Felipe Neri... (Sobre estos movimientos y sus realizaciones, cf. F. Martín Hernández, Los seminarios españoles, 190 s.; L. Sala'– F. Martín, La formación clerical en la Iglesia, 102–104).
2. Sobre esta congregación–. F. Martín Hernández, Los Sacerdotes Píos Operarios, formadores del clero español en el siglo XVIII: Seminarios 11 (1960) 91–126; Id., Los seminarios españoles en la época de la Ilustración. Ensayo de una pedagogía eclesiástica en el siglo XVIII, Madrid 1973, 57–59.
3. Cf. supra, p. 53.
4. Datos para la fundación..., 9,10.
5. Ibid., 5–6. Lo mismo repite en la también citada ponencia que manda al Congreso de Tarragona en 1894: se necesitaba «una Institución permanente que consolidara la Obra Y que por medio de una federación eficaz pudiera extender sus esfuerzos (a. c., p. 4)». «El fin que se propuso el Siervo de Dios con la fundación de la Congregación –aclara igualmente el señor Valero– fue principalmente asegurar en los Colegios las Vocaciones eclesiásticas y de proveer de personal a propósito para la dirección de los Colegios de San José» (PO, f. 246v).
En Datos para la fundación..., y en Noticia de la Obra don Manuel habla de siete sacerdotes; en la ponencia mandada al congreso de Tarragona, de seis, y este número acepta A. Torres cuando transcribe y corrige el primer documento citado (Vida, 226).
6. Tortosa, 1890, 1.
7. Sus colaboradores en el colegio, que ya conocemos.
8. E.III, Varios, 3.º, 3. papel suelto.
9. «Al dar gracias en el pasillo intermedio, entre la sacristía y el presbiterio» (PO, declarac. de don José Curto, Pbro., f. 176v). En lo que queda del convento, quemado en 1936, puede todavía localizarse el lugar exacto donde ocurriera el hecho.
10. Sobre ello declara más tarde el mismo don J. B. Calatayud: «En el orden sobrenatural el origen de nuestra congregación tuvo un principio eminentemente extraordinario. El día 29 de enero de 1883, estando el Siervo de Dios en la iglesia del convento de Santa Clara dando gracias a Dios después de celebrada la santa misa, tuvo una inspiración del cielo de fundar la congregación de los Operarios Diocesanos, y al día siguiente, 30 de enero, en el mismo lugar, vio con claridad toda la extensión que podía tener su obra.
El Siervo de Dios que ordinariamente atribuía las iniciativas y el resultado de sus obras a las gradas ordinarias de Dios y a las amabilidades del Sagrado Corazón de Jesús rarísimas veces muestra haber recibido gracias extraordinarias o favores especialísimos. Por esto es bien de notar que el Siervo de Dios ponga por escrito, de modo tan explícito, esta inspiración de lo alto ... » (PO, f. 140r).
11. Había nacido en Corbera, en 1850. Se ordena en 1875 y luego de ejercer varios cargos en la diócesis, es nombrado beneficiado de la catedral y vicario del convento de la Purísima de Tortosa. Suele acompañar al prelado en sus visitas pastorales; organiza misiones por la diócesis; buen moralista y excelente teólogo, lo toman como consejero los sacerdotes; es el primer vicedirector de la Hermandad y brazo derecho de don Manuel. De su muerte, el 23 de noviembre de 1900, daremos cuenta más tarde (cf. T. Torres, Vida, 250).
12. De este padre escribe el mismo don Manuel: «Rvdo. P. Ramón Vigordán, ex–provincial de la Compañía de Jesús en Aragón, consultor, resolvedor, animador, etc., de la fundación de la Hermandad de Operarios Diocesanos; por cuyo consejo se decidió la fundación de la Hermandad; a cuyo consejo se sujetó y a cuya resolución enérgica se debió Su...» (III, Varios, 3.º, 3).
13. El croquis a que hace referencia, en: E.II, Cartas, 14.º, 51.
14. Los «misioneros teresianos» que dice don Manuel en una de sus cartas, y que luego quería llamar los «misioneros josefinos».
15. E.II, Cartas, 21.º, 135. En sus notas apunta don Manuel: «A últimos de enero de 1883.–La forma del pensamiento. El primer viernes de marzo consulté al P. Vigordán. Víspera de Santo Tomás: carta al arzobispo.. – 11 de marzo: contestación. – 15 de marzo: visita al arzobispo. – Primer viernes de mayo: Bases. – 8 de mayo entrega al prelado. – 17: aprobación del prelado. – 3 de julio: visité al prelado para ir al Desierto. – Días 17, 18, 19, 20: Bases en el Desierto» (III, Varios, 3.º, 2).
Para darnos cuenta, en resumen, de lo que iba ocurriendo por estas fechas, recogemos lo que escribe en otro de sus diarios: «1883: Fechas sobre la institución de la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos. Enero, día 29 a 30: concepción de la obra de Operarios Diocesanos para el fomento de Vocaciones Eclesiásticas y sostenimiento. Fue después de la misa, en la acción de gracias, en Santa Clara, en Tortosa. Del 29 al 30 completó la idea y la organización que se escribió en un papel.
«Día 2 de marzo, primer viernes: visita al R. P. Ramón Vigordán, rector del Jesús, con José García para consultarle y dejar a su resolución la realización del proyecto de la Hermandad. Aprobación de ésta, y con amenaza del P. Vigordán ante Dios de no dejarla. Consejo de exponerlo al Sr. Vilamitjana, arzobispo de Tarragona, para mayor tranquilidad.
«Día 6 de marzo: carta al Sr. Vilamitjana, pidiéndole parecer y aprobación. 12: contestación evasiva de éste.
«Día 15 de marzo: visita al Sr. Vilamitjana. Aprobación y bendición de éste. Condición de que no empezáramos sin contar con seis o siete.
«Día 19: conocimiento de la Obra a Rubio y Valero; y luego, el 29, a Osuna y Ballester.
«Mayo, primer viernes: visita y consulta del proyecto al Sr. obispo Aznar y Pueyo.
«Mayo, día 8: presentación de las Bases.
Mayo, 17, aprobación verbal del prelado: que lo pusiéramos a la revisión y consulta del P. Vigordán.
«Mayo, 30: predico octava del Sacramento.
«Julio, 3: visita al obispo. 17, 18, 19, 20: en el Desierto de las Palmas.
«1884. Enero, 20 y 25: presento las Bases al obispo ... » (Ibid., vol. 10, doc. 14).
16. RAH, «Cartas a don Manuel», carp. 2, leg. 41, doc. 8.
17. Don Francisco Osuna Canelles nace en 1842 en Onda, diócesis de Tortosa y provincia de Castellón. Recién ordenado de sacerdote, don Manuel le pone al frente de los 20 seminaristas que recogió en la casa de la plazuela de San Juan, cuando inicia su obra de vocaciones eclesiásticas. Con el tiempo, sería vice–director de la Hermandad, a la muerte de don José García Serrano, hasta la suya propia el 28 de noviembre de 1919 (A. Torres, Vida, 251).
18. Don Francisco Ballester y Ferreres, por achaques de salud y por dificultades de índole familiar, sólo permaneció en la Hermandad hasta marzo de 1888 (Ibid., 252).
19. E.II, Cartas, 1.º, 151.
20. A. Torres, Vida, 231. A Torres le seguimos en todo este relato.
21. III, Varios, 3.º, 31. En el mismo lugar encontramos otro documento de don Manuel, que dirige al señor obispo, donde van incluidas las citadas Bases. Van firmadas, el 20 de enero de 1884, por don Manuel y cinco operarios más. La aprobación del señor Aznar y Pueyo es del 2 de febrero (8 ff.)
22. E.II, Cartas, 1,º, 154.
23. El Congregante de San Luis (junio de 1883) 5–7.
24. Cartas a don Andrés Serrano, 19 febrero 1884: II, Cartas, 2.º, 7.
25. E.III, Varios, 5.º, 87.
26. Carta de 1891: E.II, Cartas, 4.º, 174.
27. Cf. por ejemplo, p. 61, nota 29.
28. «No escuche usted ––escribía el 13 de mayo de 1891 al operario, don Jesús Herrero– las sugestiones de don José [María Caparrós] respecto al título de nuestra Obra, esto es, sobre lo de ‘Diocesanos', pues es, precisamente, lo que nos específica, más que lo de Reparadores. Los sacerdotes son operarios todos ellos en la diócesis, pero no son operarios diocesanos.» (E.II, Cartas, 1.º, 51).
29. «Este trabajo que parecía fácil y simple, dado el ascendiente del Siervo de Dios, resultó, al contrario, laboriosísimo y penoso»: el mismo obispo de Tortosa, que en principio había aprobado y bendecido la Obra, ponía impedimentos a quienes quisieran entrar en la nueva Congregación (PO, declarac. de D. J. B. Calatayud, f. 1004r–v).
De los apuntes de don Manuel, copiamos la siguiente nota: «Operarios que se han ofrecido: Manuel Domingo y Sol, presbítero. –José García Serrano, presbítero; Francisco Osuna, presbítero. – Manuel Pech, presbítero. – Manuel Gimeno y Gimeno, presbítero. –Francisco Ballester y Ferreres, diácono. – Elías Ferreres y Climent, subdiácono. También han manifestado deseos de ofrecerse, si bien no están definitivamente propuestos, don Tomás Llop, presbítero y don Bernardo Vergés, presbítero» (E.III, Varios, 3.º, 4).
A este respecto, es interesante la declaración que nos hace el mismo don Ramón Valero: «Un día del año 1883 el Siervo de Dios me invitó a ir al convento de Santa Clara; fue también allí otro sacerdote, capellán del hospital de esta ciudad, que no recuerdo cómo se llamaba. Recuerdo que el Siervo de Dios, extendiendo ambas manos sobre nuestras cabezas, nos avecinó a ambos junto a él. Como anteriormente el mismo Siervo de Dios me había consignado escritas las Bases para la fundación de la Congregación que pensaba hacer, y me había dicho que yo era el primero a quien se las consignaba, comprendí que aquel acto no era sino un modo de elevación que nos hacía, para que fuéramos sus primeros discípulos o hermanos... Recuerdo que el Siervo de Dios me habló de la Congregación, pero yo me excusé diciéndole que no podía entrar en ella, pues era profesor del colegio de San Luis. Por entonces desempeñé durante algún tiempo, interinamente, el oficio de director del mismo colegio, y era tanto mi trabajo que comprendí que no podía comprometerme, a pesar de que respetase y amase tanto a don Manuel y de que le estuviera tan aficionado. Mi negativa no enfrió para nada nuestras relaciones, pues cuando al años siguiente, como pasara a ser profesor del seminario y cayera enfermo, tal vez por exceso de trabajo, por lo que hube de irme a mi casa, el Siervo de Dios me siguió favoreciendo con sus ayudas económicas y con su decidida protección» (PO, ff. 246v–247r).
30. Nace en Cinctorres en 1860. Cursa parte de sus estudios en el seminario de Valencia y luego en el de Tortosa. Conoce a don Manuel en su pueblo cuando éste va allá a establecer la vela nocturna. «Me inspiró –diría más tarde– gran confianza por su amabilidad y natural atractivo». Canta misa, miembro ya de la Hermandad, el 21 de septiembre de 1884 (A. Torres, Vida, 253).
31. A él solía retirarse, a veces, en compañía de su amigo don Enrique de Ossó (cf. carta a don Froilán, 15 diciembre 1872: 11, Cartas, vol. 1, doc. 22). «Del Desierto –––escribe en el mismo año– te diría muchas cosas: que me gustó mucho... ¡Qué vida aquella! ¿Qué penitencia!... ¡aquel noviciado de más de veinte jóvenes con los ojos bajos y que no sientan más que en la tierra, y apenas hablan! y algunos ¡de solo quince años!...; ¡Pobrecitos; y ¡aquellas ermitas por la montaña y aquella soledad de bosques y de pinos!.––– En fin, es una casa devota y regalada. Fortuna que Dios no me llama allí; si no, allí me quedo ... » (carta 22 julio 1872: Ibid., doc. 24).
32. Construido el primer convento en 1697, a poca distancia del actual, tiene, desde el primer momento, gran importancia entre los demás conventos de la reforma carmelitana de Levante. Como se hiciera inhabitable a causa de las inundaciones, se edifica el nuevo en la fecha indicada, que, por fortuna, no fue afectado por la drástica exclaustración de 1835. Cuenta su historia el padre Silverio de Santa Teresa, O.C.D., Historia del Carmen Descalzo en España, Portugal y América XI, Burgos 1943, 68–80; XII, 744–746; XIII, 357–367. Pueden consultarse, asimismo, P. Plácido María del Pilar, El Desierto de las Palmas, Valencia 1935; P. Pedro de la Madre de Dios, El Desierto de las Palmas, Valencia 1915.
33. Registro de los títulos, letras testimoniales y comendaticias, 1858–1884, TAPE, f. 26r. Desde 1876 venía funcionando como Casa de Ejercicios diocesana. El obispo Serra muere en el mismo convento el 8 de septiembre de 1886, a poco de presidir, como veremos enseguida, el primer capítulo de la Hermandad (Silverio, Historia del Carmen... XIII, 560).
34. A. Torres, Vida, 238.
35. Cf. las notas tomadas por don Manuel: supra, nota 15.
36. E.II, Cartas, 2.º, 4.
37. A. Torres, Vida, 239; PO, declarac. de J. B. Calatayud, f. 1005r.
38. Carta de 7 enero 1884: E.II, Cartas, 2.º, 2.
39. Natural de Manzanares (Ciudad Real). Pide pertenecer a la nueva Congregación en 1884, quien desde entonces le sufraga los estudios de su seminario así como los que supusieron su exención del servicio militar (Notas de don Manuel, en E.III, Varios, 3.º, 53).
40. E.II, Cartas, 2.º, 7.
41. RAH, «cartas a don Manuel», carp. 2, leg. 33, doc. 3.
42 Don J. Bautista Calatayud dice que se trataba de un soneto (PO, f. 1004).
43. E.II, Cartas, 2.º, 13.
44. Ibid., doc 17.
45. Ibid., vol. 2, doc. 22.
46. Ya en 2 de mayo, confiaba a su amigo don Froilán: «Yo me estoy aquí gastando la paciencia. Ya le contaré las inconstancias de actos chuferos que me han servido de lección. No creía que el oficio de fundador necesitara tanta longanimidad. Hubo momentos que estaba a punto de ser infiel a la gracia, queriéndome enfadar y vengarme de ellos, paralizando un poco el movimiento de la Obra en ésta (abandonarla no, porque hace falta), pero al fin miré a Jesús y me avergoncé de mi falta de fe y paciencia» (carta 2 mayo 1884: E.II, Cartas, 2.º, 19).
47. A. Torres, Vida, 245.
48. Ibíd., 245; PO, declarac. de J. B. Calatayud, f. 1005v. Este aclara que en lo que toca a El solo basta, no nos consta cuándo y dónde escuchara el Siervo de Dios estas consoladoras palabras de Jesús.
49. Carta 26 noviembre 1884: E.II, Cartas, 2.º, 32.
50. A. Torres, Vida, 246.
51. Don Vicente Vidal y Mompó nació en Valencia el 4 de febrero de 1856. Licenciado en Derecho civil en julio dei 1876, se ordena de sacerdote en 10 marzo 1881. En 1884 se doctoraba en ambos Derechos en la Universidad de Madrid. Cuando en este año conoce a don Manuel por medio de su antiguo condiscípulo don Elías Ferreres, andaba proyectando un colegio para seminaristas pobres en Valencia (A. Torres, Vida, 251). De él hablaremos en los capítulos siguientes.
52. «Primera promesa de todos de consagrarse a la Obra, en 2 de junio de 1885»: copia ms. de don Manuel (E.III, Varios, 3.º, 4 y 13). Falta el original.
53. Cf. supra, p. 173.
54. Copia ms. de don Manuel: E.III, Varios, 3.0, 4.
55. E.I, Predicación, 5.º, 19.
36. E.II, Cartas, 2.º, 83.
57. RAH, «cartas a don Manuel», carp. 18, leg. 1, doc. 9.
58. Ibid., leg. 1, doc. 10.
II
Expansión de la obra
10
Nuevos colegios en España y Portugal
I. COLEGIO DE SAN JOSE DE VALENCIA
Con la fundación de la Hermandad encuentra don Manuel el medio más apropiado para ir extendiendo poco a poco su obra de vocaciones, traspasando ,con ello los límites de su diócesis de Tortosa, y, sin que al principio lo pensara, dándole aires de movimiento, primero nacional, y luego, con el tiempo, internacional.
1. Necesidad de la nueva obra
Como acabamos de ver, el 2 de febrero de 1884 el obispo de Tortosa había aprobado las bases generales de la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos. Don Manuel piensa que para dar solidez a su obra debía «ensanchar el círculo de su objeto principal, que debía ser el del fomento de vocaciones eclesiásticas, con la erección de algún otro colegio, además del de Tortosa» 1.
Sabemos que éste tenía ya una fama bien ganada. Y el obispo de Tortosa lo enseñaba a sus visitantes, como uno de los proyectos diocesanos que mejores resultados estaba dando, para resolverle el angustioso problema de las vocaciones. Estaba contento de su fundación y lo estaba de su funcionamiento.
Una de las visitas que recibió el colegio fue la del sacerdote valenciano, Ignacio Guillén del Soto, «cura de Santos Juanes, y piadoso sacerdote» 2. Este visita despacio el colegio, se entera de los fines y proyectos de la Hermandad y manifiesta abiertamente la necesidad que tenían en Valencia de un colegio semejante al de San José de Tortosa.
Don Manuel vio una posibilidad para el «ensanche» de su Obra y, según su frase favorita, «empezó a acariciar el pensamiento y a tantear el terreno para el establecimiento de una casa–colegio en Valencia, en vista de las ventajas que para el bien [de] la juventud y nombre de la Hermandad podrían obtenerse en aquella importante diócesis tan inmediata, por otra parte, a la de Tortosa» 3.
Por estos años se calcula en un millar los seminaristas externos que pululan por las calles de Valencia, «expuestos a deficiencias en su formación y a mil peligros en su conducta y en su perseverancia». Para remedio de la situación, el difunto cardenal Barrio 4 había alquilado una casa donde reúne a un grupo le estudiantes pobres. El proyecto del cardenal no tuvo tiempo de desarrollarse L causa de su pronto fallecimiento, pero quedaba en Valencia otra casa–huerto, !n la calle de La Unión número 2, donde «se cobija la pobreza radical de unos cuantos seminaristas, que se forma (!) bajo la experta férula de una vieja sesentona» 5.
A esta casa se acercará un día el infatigable don Manuel, en busca de nuevas empresas.
2. Se dan los primeros pasos
Al cardenal Barrio le sucede en el gobierno de la diócesis el arzobispo Monescillo, más tarde cardenal de Toledo y primado de España.
Don Manuel escribe cartas a Valencia, donde tiene varios amigos. No están demasiado lejanos los años de sus estudios y don Ignacio le había asegurado que la idea tendría una gran aceptación por parte «de los buenos».
Uno de los primeros en contestar lo hace a principios de julio. Se llamaba Domingo Enrich. La carta llega a Tortosa el 4 y en ella «comunica que existía en Valencia una casa que podía servir muy bien de base para el proyecto, puesto que era costeada por las limosnas de varias personas para el albergue de estudiantes pobres de carrera eclesiástica» 6.
Don Manuel está ya decidido a encaminar sus pasos hacia Valencia. Pero antes escribe al arzobispo de Tarragona, antiguo obispo de Tortosa y confidente suyo, como ya –hemos visto, en los momentos de la fundación del colegio tortosino y de la Hermandad. En su carta al arzobispo Vilamitjana, además de comunicarle el pensamiento de su nueva fundación, le indica la conveniencia le que previniera, con una recomendación a su favor, al arzobispo de Valencia. El 13 le contesta, asegurándole que puede emprender su viaje, pues ese mismo lía escribirá al arzobispo.
Don Manuel, acompañado de dos de sus primeros sacerdotes operarios, don Francisco Osuna y don Elías Ferreres, llega a Valencia el día 24 de julio.
Aquí tenía don Elías un condiscípulo de sus tiempos de estudiante en el seminario, buen sacerdote, inteligente y joven, don Vicente Vidal Mompó, beneficiado de la iglesia de Santa Catalina. Se habían encontrado, a principios de aquel año, cuando don Vicente andaba preocupado por encontrar el lugar y el modo donde su ministerio sacerdotal fuera más eficaz. Don Elías le contó la Fundación de la Hermandad y sus proyectos; y le comunicó, sobre todo, que él había dado su nombre a la nueva institución. Desde ese día don Vicente pidió repetidas noticias sobre la Hermandad, y el 25 de julio, al recibir la visita de los operarios, les prometió su colaboración. Los días sucesivos les acompañó en sus incesantes visitas, y «dejó traslucir sus deseos y aun sus propósitos de consagrarse a la Hermandad ... ».
Don Manuel, además de comenzar la fundación de su colegio, conseguía un excelente sacerdote. Tan preclara adquisición para la Hermandad, en ciertos círculos valencianos será considerada como pérdida irreparable y no ahorrarán ocasión o motivo para manifestarlo y, sobre todo, haciendo de la vida de don Vicente Vidal un continuo purgatorio, que, como más tarde veremos, sirvió para afianzar definitivamente la fundación de Valencia, para purificar los primeros pasos de la Hermandad y para proporcionar uno de los consuelos más profundos al fundador de uno y otra 7.
El arzobispo de Tarragona había cumplido; y sin duda, debido a su presentación elogiosa, el de Valencia «les recibió en su mismo despacho particular –cosa que acostumbraba a hacer a muy pocos– y los trató con inusitada deferencia» 8.
Don Manuel con sus colegios de vocaciones quiere ser siempre ayuda y no servir de estorbo a los planes diocesanos, y por ello le expone sus propósitos al arzobispo Monescillo, quien de palabra lo aprueba todo, concediéndole el permiso que solicitaba para promover y recibir limosnas con las –que el colegio se pudiera fundar y sostener.
Por eso, a continuación de la visita al arzobispo, don Manuel desea informar verbalmente al rector del seminario. Este, don Baltasar Palmero, aceptó la idea tanto por su contenido como por estar entre los iniciadores uno de sus antiguos alumnos, don Elías Ferreres.
Los operarios deseaban una aprobación escrita por parte de la autoridad eclesiástica. Además de la licencia para fundar, pedían autorización para recoger limosnas con qué sostenerlo y hacían constar claramente que los alumnos del colegio estarían sujetos al seminario solamente en la parte «escolar y literaria», y que la «moral y religiosa estaría bajo la dirección de los operarios e inmediata inspección del prelado, pudiendo éste examinar las cuentas del colegio siempre que lo creyera conveniente».
La solicitud fue escrita en el mismo seminario y presentada en el arzobispado el día 28.
3. Dificultades e incomprensiones
Las cosas iban demasiado bien para los operarios. Convenía, pues, que encontraran la piedra donde tropezar. Esto les servirá para ahora y para el futuro, cuando intenten llegar a Roma o a Lisboa. Y la encontraron en los círculos más allegados al arzobispo. La solicitud produjo «recelos y prevenciones en una de las oficinas del palacio», temerosos de que las limosnas de los fieles se desviasen hacia la nueva fundación, cuando ellos estaban «recogiendo y aun exigiendo» del clero limosnas para otra empresa que llevaban entre manos. Por esta o por otras causas, no se pudo conseguir el decreto solicitado; ni ahora ni más tarde. Don Manuel anotaba en sus escritos: «También se notó en el señor arzobispo, al visitarlo otra vez, cierto embarazo y ciertas excusas de protección material atendidas las muchas necesidades de la archidiócesis, si bien repitió su aprobación» 9.
Nuevos recelos volvieron a surgir dos años más tarde, cuando don Manuel presente solicitud para la aprobación de la Hermandad en la diócesis de Valencia. Volveremos sobre el asunto. Pero, a fin de esclarecer el por –qué de esta silenciosa negativa, trasladémonos en el espacio y en el tiempo y contemplemos esta nueva escena.
Es en Roma, 23 de noviembre de 1894. El director del colegio español, recibe la visita inesperada de los sacerdotes de Valencia, don Aureo Carrasco, canónigo de la catedral y don José Cru, sacerdote de la misma diócesis. Los dos eran conocidos por el director «y, por cierto, que las noticias que de ellos tenía no eran muy favorables a los operarios y colegios de San José».
La sorpresa de aquel llega a sus límites, cuando oye de labios de sus visitantes «alabanzas intempestivas al colegio, a los operarios y de un modo especial al señor Sol, a quien, decía el señor Carrasco, apreciaba mucho y había favorecido sus planes en el colegio de Valencia cuando era secretario del señor Cardenal Monescillo».
Sin duda, el señor Carrasco se sobrepasó en sus alabanzas y no tuvo el cuidado de informarse de quién era aquel joven rector del colegio español, creyendo ganárselo con una sarta bien nutrida de alabanzas genéricas. Pero el director sabía muy bien «que era precisamente todo lo contrario, porque conocía en detalle la historia del doloroso calvario que el colegio de Valencia sufrió durante el pontificado del señor Monescillo, y precisamente por parte del señor Carrasco, secretario del arzobispado» 10.
El director se da cuenta de que ambos sacerdotes habían llegado a Roma para llevar el proceso de beatificación de la madre Sacramento, fundadora de las adoratrices. Cuando lo presentaron al cardenal Parochi, vicario del Papa y ponente de la causa, éste les dijo «que el postulador había de ser el director del colegio español». En el camino, entre la visita al cardenal y al director del colegio, no sabemos qué comentarios harían. Lo cierto es que a don Benjamín Miñana, director del colegio, le «manifestaron que habían visto con mucho agrado el nombramiento... y le pedían encarecidamente que lo aceptase, y tomase la causa con mucho interés».
Nuevo golpe de escena para el director, pues también sabía que «el origen y la causa de los disgustos que el señor cardenal Monescillo y el señor Carrasco dieron a los superiores del colegio de Valencia fue precisamente la casa que las adoratrices tenían en aquella ciudad. El señor Monescillo y sus familiares protegían de un modo extraordinario a las adoratrices de Valencia, cuya casa e iglesia estaban levantando con limosnas de la diócesis, y al ver que los operarios empezaron a levantar también casa, y recogían limosnas con este objeto.... temieron que todas las limosnas de la diócesis fuesen al colegio, y empezaron contra éste aquella terribilísima persecución que sin una asistencia especial del Señor no se explica cómo hubiese podido subsistir...».
Todavía hay más. Estaba precisamente en Roma don Manuel. Con él consultó el director el asunto. No quería que el rector se distrajera en cosas externas a la vida del colegio. Pero tampoco quería desagradar al cardenal, cuyo comportamiento en la fundación del colegio de Roma era tanto de agradecer. Al día siguiente el director se entrevista con el cardenal Parochi «y supo que las adoratrices y el señor Cru ni remotamente habían pensado en el director..., pero que al hablar con el señor cardenal Parochi sobre el nombramiento de postulador, espontánea y resueltamente dijo éste que el postulador de la causa había de ser el director del colegio español» 11.
Este largo paréntesis nos ha permitido dar una explicación autorizada a las excusas, recelos y temores, y encontrar la piedra de toque en que se afinarán las intenciones y se purificarán los intereses de la nueva fundación. La Madre Sacramento sonreiría desde el cielo y se acordaría de aquella mañana del 63 en que un cura joven, estudiante en Valencia, tenía reparos en aceptar un desayuno, por lo que le dice con cierto gracejo «Para que no le de vergüenza, voy a tomar el chocolate con usted» 12.
4. La fundación del colegio.
A pesar de estos primeros recelos palaciegos, decidieron los operarios dar los pasos convenientes para la fundación, apoyándose sólo en la autorización verbal del arzobispo.
Como en Valencia existía la casa antes citada, donde se recogían un grupo de estudiantes externos 13, el mayordomo del seminario, don Antonio Lleó, tenía interés en que el colegio comenzara en ella. Sus intenciones, sin duda, eran el aprovechar las limosnas, la casa y el carácter que ya tenía en la diócesis.
No es que le gustara gran cosa a don Manuel, pero para «complacer al sencillo» mayordomo visita la casa–albergue e intenta dialogar con la «dirección» de la misma. Diálogo que enseguida se vería entorpecido por «los recelos de la anciana que, temerosa de que se le arrebatara la dirección, invocaba con frecuencia la autoridad y nombre de sus escasos protectores ... » 14. Podemos imaginar cuál sería la formación recibida por los seminaristas en la calle de la Unión. Sin duda no recordaba esto el cardenal Monescillo, cuando, al despedirse de su diócesis, cantaba las glorias de su seminario 15; y tampoco lo tendrá demasiado en cuenta el rector del seminario dos años después, cuando estudie las bases para la aprobación del establecimiento de la Hermandad en Valencia, hecho al que nos referiremos un poco más tarde.
Don Manuel deseaba «un lugar en las afueras, que pudiera tener terreno para esparcimiento» y que no estuviera lejos del seminario. Estas condiciones las encontraron provisionalmente los operarios en la calle Alboraya, número 52, que no estaba lejos de aquél. Para empezar arrendaron una «casa grande del huerto llamado de las fresas, determinando... abrir casa–colegio en el próximo curso» 16. Al frente del mismo estaría don Francisco Osuna 17. En el primer curso se reunirían 40 colegiales, «que iban todos los días... a oír misa en el inmediato convento de religiosas de la Santísima Trinidad». A final del curso sumaban 54.
El 30 de septiembre estaba nuevamente don Manuel en Valencia y el 1 de octubre de 1884 se inauguraba el «Colegio de Vocaciones Eclesiásticas de San José». En el saludo a los primeros colegiales don Manuel usa la expresión de san Pablo: «Gaudio... sí; porque gozo es el pensar que ya tenemos una casa más, un nido más, un plantel de futuros apóstoles..., de almas escogidas» 18.
Nuevas contradicciones se presentaron a los pocos días de comenzar el curso, que fueron superadas por el director del colegió, si bien afectaban profundamente a don Vicente Vidal, que cada día estaba más abiertamente entregado a la empresa de los operarios 19. A pesar de todo, «el curso fue siguiendo tranquilamente y la obra iba siendo conocida y apreciada, sobre todo, de sacerdotes muy distinguidos». Don Manuel piensa en la construcción de un edificio nuevo y comienza a buscar para ello terrenos y dinero.
5. El huerto de la Trinidad
El terreno ha de ser amplío y cercano al seminario, ya que a él debían asistir mañana y tarde los colegiales para recibir las clases. Por esta razón pensaron buscarlo «en las mismas afueras del portal y puente de la Trinidad, es decir, en los alrededores de donde de hecho se encontraba el colegio».
A principios de marzo de 1885 ya estaba don Manuel en Valencia; estancia que se prolonga viendo distintas posibilidades, que una tras otra iba rechazando por los inconvenientes que encontraba. El 23 escribía: «San José me está ejercitando. Quince días que estamos buscando un terreno y no se encuentra. Cuando lo encontremos, hemos de ver cómo se arregla para buscar el dinero.. . » 20.
A primeros de abril ya estaban resueltos a comprar «cien mil palmos de terreno del mismo huerto de las fresas, en cuya casa estaba instalado el colegio». Y es entonces cuando intervienen las religiosas de la Santísima Trinidad. Ellas ven todos los días en su iglesia a los alumnos del colegio, sabían de los planes de sus fundadores y «tenían vivo interés por su buen resultado». Había junto al mismo convento un huerto, que hasta la desamortización les perteneció y ahora tenían noticias de que el dueño estaba dispuesto a desprenderse de él. «El terreno costaba seis mil duros, a dos reales el palmo, medio real más caro que el huerto donde estaba la casa del colegio. A pesar de ello, la mayor proximidad de este terreno al puente y – el no tener más vistas que las del convento, inclinaron el ánimo de todos los que estaban interesados, a aceptarlo» 21.
Don Manuel ya tenía a su disposición setenta mil palmos de terreno; lo que no tenía eran los seis mil duros y comenzó a buscarlos. Su amigo, el párroco de los Santos Juanes, don Ignacio Guillén del Soto, quiso ayudarle, sacando esa cantidad de los fondos de su parroquia para prestársela. Claro que don Ignacio, para realizar tal operación, necesitaba la «aprobación conveniente de la autoridad eclesiástica». Esta era la misma que ya había dado a entender sus recelos a la obra, la misma que no llegó nunca a dar la aprobación escrita y la que hacía unos meses había calentado la cabeza del director del colegio. La autoridad eclesiástica no dio la conveniente aprobación y «hasta negó a perturbar a dicho buen señor» 22.
Otras personas de la ciudad, que se habían ofrecido incondicionalmente a apoyar la obra, cuando se les pidió que avalaran con firmas en el banco para sacar dicha cantidad, aun dándoles la seguridad de levantarles el compromiso antes de un mes, «se excusaron, queriendo presentar en cambio varios proyectos y medios del todo irrealizables». Esto ocurría en la noche del 8 de abril. El dueño del terreno comenzaba a amenazar con rescindir el compromiso y a don Manuel le apenaba perder un terreno tan a propósito para su obra.
Al día siguiente se encontraron nuevamente don Manuel y don Vicente Vidal en Santa Catalina. Un amigo de don Vicente les sugirió la solución, dándoles el nombre de una persona que tenía firma reconocida y «previniéndoles para deshacer las objeciones que pudiera ofrecerles».
En realidad, don Vicente Rivera, sacerdote y secretario del seminario, que era quien iba a prestar su firma, no puso dificultades especiales, sino que le allanaran el camino en el banco. Y ellos sabían que el camino estaba allanado, pues el joven amigo de don Vicente que propuso la solución, era hijo del gerente del Banco de España, donde se deseaba realizar la operación 23. Se pudo sacar la cantidad deseada y «poco después se le libró al señor Rivera del compromiso, y luego se fue devolviendo la cantidad poco a poco».
Por fin, el 5 de mayo de 1885 se hizo la escritura de la compra del huerto de la Trinidad 24, y se nombró una junta protectora a fin de conseguir los medios económicos necesarios para resarcir la deuda. Formaban la misma don Ignacio Guillén, don Vicente Vidal y don Pedro Aparisi. Visitaron juntos una serie de familias conocidas, logrando, «además de las muchas acciones que recogieron, el que fuese más conocida la obra, y disponer así los ánimos favorablemente para ulteriores limosnas y suscripciones» 25.
Mientras tanto, el grupo de colegiales había seguido su vida normal de estudio y piedad al margen de las preocupaciones que llevaban entre manos los operarios. El 18 de abril la Junta Provincial de Instrucción Pública de Valencia contesta a la solicitud que se le había presentado y da su «autorización con objeto de instalar un colegio de estudiantes pobres para seguir la carrera eclesiástica» 26. La autorización va dirigida a don Vicente Vidal Mompó.
6. Nuevo edificio
Al finalizar el curso de 1884–1885 se había declarado el cólera en Valencia, y el nuevo curso no pudo comenzarse hasta noviembre. A pesar de estas circunstancias, se resolvieron los operarios a poner la primera piedra del nuevo edificio. Y eligieron como fecha el 2 de septiembre, «fiesta onomástica del señor arzobispo», a quien invitaron para que la bendijera. El arzobispo delegó para tal acto en el rector del seminario. La función tuvo lugar a las seis de la tarde.
Don Vicente Vidal nos ha dejado el borrador autógrafo del acta, por la que sabemos de la asistencia al mismo del delegado del señor cardenal–arzobispo: el rector del seminario y deán del cabildo de la metropolitana iglesia de Valencia, «varios canónigos, gran número de representantes del clero parroquial y de sociedades religiosas, literarias y benéficas de Valencia y protectores de la obra ... ». «En el hueco de la piedra se colocaron los últimos números del Boletín– Oficial del arzobispado, del Congregante de San Luis y varias monedas y medallas».
Precisamente el mismo don Vicente, en funciones de secretario de la junta a que hemos aludido, leyó una memoria en la que resaltó el hecho del descenso de vocaciones eclesiásticas y cómo había de facilitar el camino a quienes se sintieran llamados por la voz de lo alto; la atención que se debía a quienes se vieran privados de medios económicos, pero favorecidos por talentos que podrían quedar infecundos para el bien de la Iglesia y de la Patria. Otra parte de la memoria está dedicada a la atención que se debe prestar a los llamados para que no se pierdan y a contar la historia de la fundación hasta verse la necesidad de la construcción de un edificio nuevo y amplio, donde pueda darse una formación conveniente a quienes han de recibir más tarde el ministerio sacerdotal 27. «Al terminar la bendición dirigió el señor Palmero la palabra a los concurrentes, haciendo resaltar el objeto y la importancia presente y futura del edificio, cuya primera piedra se acababa de colocar» 28.
Las obras fueron encomendadas al maestro Benet de Tortosa, a quien ya conocemos de la fundación de aquella ciudad, y quien va a acompañar a don Manuel hasta la ciudad Eterna.
7. Progresos del colegio
El número de colegiales subió a 80 al comenzar el curso 1885–1886, siendo nombrado por don Manuel director del colegio don Elías Ferreres. Como no cabían en la casa arrendada el año anterior, se habilitó otra que había en el huerto comprado, al frente de la cual estaba el operario don Manuel Marzá. Los alumnos tenían los actos comunes en la primera, seguían acudiendo a misa a la Trinidad y a las clases al seminario; «en los ratos de recreo se les permitía ir al huerto a presenciar las obras de edificación, que eran visitadas por muchas personas» 29. Don Vicente Vidal les daba frecuentes pláticas espirituales y «cuatro días de ejercicios en los de carnaval».
Las obras seguían su ritmo y a primeros de enero de 1886, levantada el ala de poniente, se habilitó para capilla, bendiciéndola el párroco del Salvador, don Sebastián Galindo. A finales de ese mismo año el colegio recibió la visita del señor Cervera, obispo de Mallorca, quien había visitado el colegio de Tortosa acompañado de don Ignacio Guillén de Soto en 1883. Los colegiales le obsequiaron declamando algunas poesías.
En el verano de 1886 las obras tuvieron que paralizarse por falta de recursos. Para poder atender la demanda de ingresos, los operarios acomodaron en el edificio nuevo la capilla, salones de estudio, cocina y comedores. Para dormir, los alumnos seguían usando las casas de los cursos anteriores y una parte del pabellón nuevo.
Seguían al frente del colegio los mismos operarios. Don Manuel los visitaba con frecuencia desde Tortosa. Don Vicente Vidal dedicaba al colegio todas las horas que le dejaban libres sus otras ocupaciones. Los alumnos llegaron este curso a 250, que repartían su tiempo entre las clases del seminario, los ejercicios espirituales, las veladas literarias 30, y algunas salidas al campo.
Don Manuel era un alma de espiritualidad eucarística; espiritualidad que transmitía a sus operarios y a los alumnos de sus colegios. Por eso no se sentía a gusto en éstos , mientras no conseguía tener «el consuelo y satisfacer su deseo de tener a Jesús Sacramentado permanentemente». Le dolía que los colegiales tuvieran que salir de casa para asistir a misa y que no pudieran visitar con frecuencia la Eucaristía. Por eso se resolvió instalar el Reservado. A don Manuel estos acontecimientos le gusta celebrarlos con solemnidad. Manda preparar la mejor pieza de la casa, adornarla y preparar con esmero los actos. Eligió el 2 de febrero de 1887. Hubo misa de comunión y cantada. Por la tarde «Paseó» el Señor por vez primera por la calle interior y patio del colegio... «Acudieron muchas personas invitadas, en especial muchos sacerdotes..., quedando todos los asistentes gratamente complacidos y admirados del número de colegiales y del asombroso desarrollo de aquella obra, que les constaba había sido tan combatida» 31.
En las notas que ha dejado autógrafas don Manuel en este curso, hay una de especial interés. Es la número 7: «Pasó por el colegio don Esteban Ginés al ir a Tortosa para el tiempo de probación». Es importante que anotemos ya este nombre, como aspirante a operario, por ser el fundador del colegio de vocaciones de Plasencia al que nos referiremos más adelante.
Durante el verano del 87 aprovecharon los operarios y aspirantes a la Hermandad para celebrar sus reuniones en el Desierto de las Palmas. En ese mismo verano falleció el conocido rector del seminario don Baltasar Palmero. Don Manuel anota la fecha con exactitud: el 3 de julio. Había tenido mucho que ver con la fundación del colegio y, como veremos enseguida, con la aprobación de las bases de la Hermandad en Valencia.
El nuevo curso comenzó el 1.º de octubre con una matrícula de 302 colegiales, «que ocupaban, además del edificio del colegio nuevo, las casas antiguas que continuaron arrendadas».
Tres acontecimientos especiales anota don Manuel en las notas adicionales de este curso; la visita del arzobispo Sanz y Forés, a quien veremos inseparablemente unido a la historia de la fundación del colegio de Roma; la solicitud que presentó don Vicente Vidal para ingresar en la Hermandad con el consiguiente disgusto de algunos sacerdotes de Valencia; y la visita que hizo con don Vicente Vidal a Murcia el 24 de mayo para «tratar de la fundación del colegio» 32.
8. La Hermandad en Valencia
Don Manuel no había conseguido licencia escrita para su colegio de vocaciones eclesiásticas; no obstante, deseaba obtener la aprobación de las Bases y Reglas de la Hermandad. Para conseguirlo, las presenta a finales del 85 al examen y aprobación del prelado señor Monescillo. El arzobispo las remite para su estudio e informe al rector del seminario, don Baltasar Palmero, «el cual, aunque no tenía prevención alguna contra el colegio y la Hermandad, no obstante tenía recelos de disgustar, mediante su favorable informe, a los adversarios de la Obra que ocupaban cierta posición oficial». Por esta o por otras razones, el rector tuvo las bases en estudio durante varios mieses sin dar respuesta. Don Manuel, además de la aprobación de las antedichas bases, en su solicitud pedía se consintiera la entrada en la Hermandad «de cuatro o cinco sacerdotes, que acaso quisieran ingresar en los objetos de la misma» 33. Sin duda estaba pensando en don Vicente Vidal y en algún otro que pudiera ingresar enseguida.
Lo cierto es que, impacientes ya los operarios por tanto retardo, y sabiendo que sus papeles estaban en manos del rector, deciden provocar un encuentro personal a fin de clarificar el asunto. No fue fácil encontrar al rector del seminario, pero al fin lo consiguen en el vestuario de la catedral. A las propuestas de don Manuel no supo dar una contestación fácil, a no ser hablar de la objeción futura de que la Hermandad quisiera hacerse con la enseñanza de los colegiales o parte de la misma en el seminario. Don Manuel insiste una vez más en que el objeto de la obra era el del «fomento y sostenimiento de las vocaciones eclesiásticas y con ello el aumento de los alumnos internos del mismo seminario». Y para confirmarlo, le explica lo sucedido en Tortosa. El rector del seminario, aunque pareció convencido, «tardó algunos meses» en presentar sus observaciones, y al requerimiento del arzobispo contestó «que ya vería y que lo dejase en sus manos, que ya arreglaría él a aquellos catalanes». Y añade don Manuel: «todo por temor de que su informe pudiera ser luego reprobado por los adversarios de la obra».
Por fin, don Baltasar Palmero da su informe el 30 de marzo de 1886 y el secretario de cámara llama a don Manuel para informarle del mismo. El secretario es el señor Carrasco, a quien ya conocemos, pero que en estas fechas estaba «un poco más propicio al colegio».
Las observaciones del informe se referían: una, a la cláusula del ingreso de algunos sacerdotes en la Hermandad; y el resto, al colegio de vocaciones. En cuanto a la primera, indica que sea permitido en cada caso y que sigan al servicio de la mitra hasta que la obra «revista carácter de Congregación aprobada por la Iglesia, precediendo entonces como se hace con los que se obligan por medio de sus correspondientes votos». En cuanto al colegio, hace siete anotaciones encaminadas a la total dependencia del mismo del prelado y del rector del seminario, por lo que se refiere a la selección del alumnado, nombramiento del director, redacción de su reglamento interior; igualmente, a que el establecimiento del colegio no dé derecho alguno al establecimiento de cátedras, ni que la estancia en el mismo dé también derecho a la ordenación, o a la dispensa de los dos años de internado en el seminario conciliar; y, finalmente, que no puedan ser admitidos en el colegio alumnos extradiocesanos 34.
Naturalmente, algunas de estas condiciones no agradaban a don Manuel, que se resistió en la entrevista con el secretario de cámara, a pesar de que éste se esforzaba en demostrarle «que aquello no tenía el alcance que parecía y que sería letra muerta, y que no se había puesto si no por poner algo»... Don Manuel, desilusionado, apunta en sus escritos: « ... quedando, al fin, en dejarlos así, importándole ya menos al director la aprobación, que sin ella seguiría la Hermandad de la misma manera su camino» 35.
El arzobispo da el decreto de aprobación de las bases de la Hermandad el 12 de abril de 1886, recogiendo en el mismo todas las enmiendas del informe del rector del seminario.
Aquello que el secretario consideraba letra muerta, va a servir para alimentar y motivar continuas prevenciones contra el colegio en los cursos siguientes.
9. El colegio durante el pontificado del cardenal Monescillo. Cursos 1888–1889 a 1891–1892
En los cursos siguientes el número de alumnos sigue aumentando y se prolonga el edificio en la medida en que las posibilidades lo permiten. El curso 88–89 son 354 alumnos y 350 el siguiente. Podemos decir que el colegio entra en una fase normal de desarrollo y organización.
En el otoño del 89 se celebra en Valencia el concilio provincial y varios de los obispos asistentes visitan el centro. Debido a la sugerencia de alguna de las comisiones en el concilio, se estudió «la necesidad y conveniencia de establecer colegio o colegios subsidiarios para los jóvenes de menor fortuna». La propuesta no dejaba de ser peregrina para Valencia y Orihuela, donde ya existían, a no ser que los padres conciliares quisieran resucitar la idea del cardenal Barrios o sencillamente marcar el sentido de subsidiariedad de dichos colegios y su dependencia del seminario.
En la historia de los colegios de don Manuel, nos interesa anotar que en el de Valencia se reunían los operarios al final de cada año para hacer su retiro, y en dos de esas reuniones les presenta la idea de la fundación del colegio de Roma. También salieron de Valencia, el 12 de septiembre del 89, los fundadores del colegio de Murcia.
En el verano de 1890 se nombra un nuevo rector del seminario central de Valencia. Los recelos y prevenciones siguieron haciéndose patentes y llegaron a amenazar la vida del colegio. En efecto, en el Boletín Eclesiástico, de Valencia 36, se publicaba una circular, que el secretario de cámara envía a «Don Vicente Vidal, vicerrector del colegio subsidiario del seminario conciliar de esta ciudad», el día 4 de septiembre de 1891 37. En ella, apoyándose en la disposición del concilio provincial, a que ya hemos hecho referencia, se desfiguraba la naturaleza del colegio, reduciendo a los operarios a meros administradores. Se cambiaba del colegio hasta el nombre; se reservaba exclusivamente al prelado el nombramiento de todo el personal directivo y se modificaban las bases y constitución del centro, quedando los operarios como simples colaboradores de otras personas, a quienes se entregaría la dirección disciplinar y espiritual de los alumnos.
Don Manuel, después de consultar al arzobispo Sanz y Forés y de informar personalmente al Nuncio, escribe una carta al señor secretario de cámara con la intención de que se la hiciera conocer al arzobispo, reivindicando para la Hermandad y los operarios la organización y dirección total del colegio. En ella le recuerda la historia de la fundación, la aprobación del mismo y sus condiciones; cómo se acordó que los colegiales «estarían sujetos al seminario sólo en la parte relativa a la enseñanza, pero sólo a los operarios...: en la parte moral y religiosa»; cómo la Hermandad adquirió los terrenos, construyó el edificio nuevo... y todo «en beneficio de la archidiócesis y sin ningún provecho propio, y sin percibir un céntimo». Don Manuel termina su, carta pidiendo y esperando que queden sin efecto las disposiciones de la circular 38.
El asunto salió a la calle y como la opinión pública es siempre Peligrosa, y para evitar más publicidad, el oficio de nombramiento de director del colegio se hizo a favor de don Vicente Vidal, que era de la diócesis de Valencia, pero de hecho ya era operario. Don Manuel aceptó este nombramiento. A la muerte de don Vicente Vidal, el arzobispo quiere arreglar las cosas, «de modo que estuvieran bien para todos».
Don Manuel, en las cartas de este tiempo, refleja su preocupación y hasta ,su disgusto, pero termina confesando en sus escritos: «todos estos contratiempos se hicieron públicos y apareció visible la inquina contra el colegio, y su resultado fue producir mayor interés en favor del colegio en los afectos al mismo, en particular en el clero parroquial que empezaba a mirarle con sumo cariño» 39.
En los primeros meses del curso 91–92, exactamente el 10 de noviembre, sufrió el colegio y su fundador una sensible pérdida: la muerte de don Vicente Vidal Mompó. «Muchos habían sido los sinsabores que el bondadoso don Vicente Vidal había tenido que soportar por ser miembro de la obra y por su representación en el colegio y su fundación en Valencia: primeramente por motivo de su viaje a Roma con, el director para la fundación del colegio allí y luego los ocurridos con motivó de la guerra del colegio en ésta ... » 40.
Estos y otros quebrantos personales fueron minando la salud de don Vicente Vidal. El verano del 91 lo hubo de pasar, retirado de toda actividad, en su casa de Albaida, sin que se notara mejoría alguna y, «echando de menos la presencia y la compañía de sus queridos colegiales, se trasladó a Valencia otra vez en octubre».
Don Manuel le visita varias veces en sus idas a Madrid para mover la fundación del colegio de Roma, le asiste en sus últimos momentos, recoge su testamento espiritual y lo que habría de ser un gran dolor y una gran pérdida, se convierte al mismo tiempo en uno de los consuelos más profundos e íntimos de su vida. El mismo lo contará poco tiempo después en la reunión de fin de año de todos los operarios. «Al repetiros este saludo con la gratitud más viva de mi alma para con Dios, dos recuerdos me ocurren, me ocupan y agitan y han agitado estos días: de amargura el uno, de satisfacción y consuelo el otro». El recuerdo de amargura es el fallecimiento de don Vicente. El consuelo le venía «de la manifestación candorosa del mismo [don Vicente] en sus últimos momentos, de que moría víctima por la obra y para alcanzar gracias y consuelos para ella» 41. Esta confesión produjo tan dulce emoción en don Manuel que escribe en sus notas personales: «...levantando el corazón a Dios ya no le dolió ofrecérselo, pues... lo miró como una bendición que Dios le concedía como prenda de futuros consuelos y gracias para la Hermandad 42.
Los consuelos no se dejaron esperar: «se han conjurado las espantosas crisis en esta diócesis, y de una manera providencial e inesperada, y terminadas con Presentimientos de días mejores, en este segundo colegio de nuestra obra, que de tantas esperanzas es» 43.
Además de la paz en Valencia, la Hermandad obtuvo enseguida otra gran compensación. El ingreso en la misma de los excelentes sacerdotes, don Felipe Tena 44 y don José M.ª Caparrós, arcipreste este último de la catedral de Madrid y más tarde obispo de Sigüenza 45.
Los funerales de don Vicente fueron una manifestación pública del afecto 'de los buenos valencianos a su personalidad y al colegio de vocaciones eclesiásticas 46. Este iba creciendo y dándose a conocer, siendo repetidas veces visitado por el arzobispo Sanz y Forés y en el curso 91–92 por el señor Meseguer y Costa, obispo de Lérida y amigo personal de don Manuel.
10. Pontificado en Valencia del cardenal Sancha
En 1892 ocupa la sede levantina el cardenal Sancha y es nombrado rector del seminario central don Vicente Rocafull Vélez 47. Don Manuel se preocupa de que el nuevo arzobispo de Valencia conozca la situación del colegio y de la Hermandad en la diócesis. En esta ocasión pudo contar como intermediario al entonces arzobispo Sanz y Forés, quien informó detalladamente al nuevo prelado de «las pretensiones que en época pasada no lejana se habían tenido de querer aprovecharse y arrebatar el edificio de vocaciones, previniendo así a aquel prelado para otras amañas semejantes que con el tiempo pudieran surgir» 48.
La postura oficial ante el colegio cambió de signo, aunque cierta persecución siguió latente y de vez en cuando aparecía en forma de disposiciones o anuncios en que seguía abrogándose el rector del seminario derechos sobre el colegio de vocaciones 49.
Para una información más completa del arzobispo, don Manuel hizo una relación de la fundación del colegio, y la envió a Valencia para que se diera a conocer al arzobispo si convenía. Es una lástima que dicho documento no haya llegado hasta nosotros, pues aclararía definitivamente las posturas y a él hace referencia expresa en sus manuscritos posteriores 50. De hecho no hubo necesidad de utilizar dicho escrito, pues cuando los señores Rafael Cepeda y Timoteo Guillén intentaron hablar del asunto al arzobispo Sancha en uno de sus viajes a Mallorca, apreciaron que tenía un conocimiento exacto, de la situación y no «excusaron presentarle o leerle los escritos que se les había dado».
Hasta aquí hemos podido seguir la historia del colegio de vocaciones de la mano de los apuntes del mismo fundador. En la noche del 12 de mayo de 1931 el colegio sufre, como el seminario, el asalto y saqueo de los extremistas valencianos 51. Se pierden cosas y papeles, por lo que no es fácil reconstruir el resto de su historia.
Le prestó su protección también el cardenal Guisasola. El número de alumnos sigue siendo elevado 52. Las relaciones con el seminario son de estrecha colaboración. Desde 1896 el colegio tenía facultad de impartir clases de latín en el mismo centros 53.
El 29 de agosto de 1932, el arzobispo Melo separa el seminario mayor y menor, y «de acuerdo con el Superior General y Consejo de Operarios Diocesanos, hemos tenido a bien establecer el 'Seminario Menor' en el actual colegio de vocaciones eclesiásticas de San José». «En el seminario menor se cursarán los años de latinidad, debiendo matricularse en el mismo todos los alumnos de latín» 54.
Desde esa fecha hasta 1948 en el colegio de vocaciones funcionó el seminario menor de, Valencia confiado a la dirección de la Hermandad de Sacerdotes Operarios. En julio de 1948 el colegio vuelve a quedar a la entera disposición de la Hermandad 55, pues la diócesis disponía de nuevo edificio para seminario menor. Las becas, cuya mayor parte se fundaron con la cláusula de que si el colegio dejase de funcionar podía la Hermandad trasladarlas a otra casa o centro de la misma, fueron donadas a la diócesis todas 56, excepto cuatro que fueron fundadas con la condición explícita de que fueran para la Hermandad.
Vistos y repasados muchos nombres y fechas, consta que el colegio ha dado a la iglesia de Valencia unos 800 sacerdotes y ha nutrido con 70 alumnos al colegio de Santo Tomás y con unos 50 al del Patriarca.
II. EN LA DIOCESIS DE MURCIA (1888)
La fundación y el desarrollo del colegio de Valencia sirve de ocasión para las sucesivas fundaciones de Murcia y Orihuela. De la primera nos dice don Manuel: «Animada la Hermandad con los resultados de la fundación del colegio de Valencia, y aun estimulados por las mismas contradicciones experimentadas, se encontraban los operarios con alientos para extender su acción aunque fuese a más remotas regiones, si así lo indicaba la voluntad de Dios ... » 57.
1. Los primeros pasos
El colegio de Valencia era visitado por sacerdotes de la diócesis y de fuera de ella. Entre éstos últimos, un sacerdote de Murcia tuvo oportunidad de visitarlo repetidas veces, cuando el colegio estaba ya en pleno desarrollo. Era en el curso 1887–88, y más de dos centenares de alumnos llenaban la casa y alegraban con sus juegos a los vecinos de la Trinidad.
El hecho llamó la atención del sacerdote que dio a conocer la obra a uno de los párrocos de Murcia, el de la parroquia de San Pedro, Ramón Fernández Asensio. Este toma contacto más tarde con los operarios, desplegando ante sus ojos el mapa de las necesidades de su diócesis, y haciendo hincapié en la escasez de vocaciones y en el estado lamentable en que se encontraba la formación de los sacerdotes.
«Don Manuel sintió reverdecer en sus entrañas sus sueños ambiciosos de apóstol de las vocaciones» 58. Y comenzó una de sus etapas de oración y proyectos. Los padres de la Compañía, que acudían al colegio para la atención espiritual de los alumnos, hicieron de intermediarios con quien había de ser la pieza clave, en Murcia, de la fundación del nuevo colegio: don Francisco Belló, rector del seminario. Este recibió una carta del padre Requesens donde le daba a conocer la obra de los operarios. La carta produjo en el rector una explosión de alegría y «fue tal el gozo y el entusiasmo que produjo, que contestó que se había apresurado a exponer al señor obispo 59 la idea del establecimiento de un colegio de vocaciones y que éste estaba conforme y deseoso de la realización; y por lo tanto, sí estaban dispuestos los operarios podían escribir, o mejor ir, para conferenciar este asunto» 60.
Con tal motivo se cruzaron varias cartas entre don Manuel y el rector del seminario, quien había pensado alguna vez en la posibilidad de fundar un seminario para seminaristas pobres. Por esto, ante la presencia de una institución que promoviera y realizara tal idea, se convirtió en el mejor instrumento y en la mejor ayuda para la empresa de los operarios.
El 3 de mayo le contestaba al padre Requesens alegrándose del establecimiento de la obra de vocaciones eclesiásticas en Murcia, y anunciando que el obispo de la diócesis, cuando tuviera noticia, se alegraría más aún. Termina su carta diciendo a los fundadores que pueden «hacer sus cálculos, contando con que el personal todo del seminario se hará lenguas en favor de la obra, que estimo necesaria en nuestros días» 61. El padre Requesens envía la carta el 5 y el 12 le contesta don Manuel 62. Siguen nuevas misivas y la invitación para que vaya a Murcia con el fin de ver aquello y elegir casa.
2. Don Manuel en Murcia
El 24 de mayo por la noche, llegaron don Manuel y don Vicente Vidal a la ciudad de Murcia, con la decisión tomada de emprender, cuanto antes, la fundación. Durmieron en una pensión y a la mañana siguiente celebraron la primera entrevista con el rector del seminario. Este procuró enterarse meticulosamente del funcionamiento de la obra: sus fines, objeto e historia, el régimen de los colegios, reglamento, su relación con los seminarios, medios de allegar recursos, cuentas, y de cuantos otros detalles estimó oportunos para obrar con conocimiento de causa 63.
Los operarios sólo deseaban tener la esperanza de poder conseguir un anticipo, para cuando debieran levantar edificio o comprarlo, si encontraban alguno a propósito. Ellos se comprometían a pagar el anticipo y a correr con el resto de todos los gastos 64.
Satisfecho por las explicaciones de los operarios se declaró abiertamente a su favor y se ofreció a presentarlos al prelado. Este «les recibió con vivas muestras de satisfacción y agrado, y se enteró de los pormenores del proyecto» 65.
Después de la visita al obispo, pasaron a conocer el seminario, siempre acompañados del rector, que no se recataba de presentarlos a los profesores del mismo, ni de declarar el objeto de su visita a la ciudad de Murcia.
El resto del día y el siguiente, siempre guiados por la bondadosa compañía de don Francisco Belló, recorrieron la ciudad buscando un lugar adaptado para instalar el colegio de vocaciones que ya veían sin duda los ojos esperanzados de don Manuel.
El 26 fueron a pasarlo los operarios con los jesuitas de Orihuela y en el último tren de la tarde volvieron a Murcia a fin de continuar «pateando» la ciudad, pues don Manuel no quería marcharse sin haber elegido casa para el futuro colegio. Después de varios días de correrías por la bella ciudad del Segura, viendo casas y terrenos, se fijaron «en una que había desalojada y arrendable en la plaza de Vinadell, palacio de los condes de este título, que había servido antes para escuela normal, conviniéndose en el contrato y arriendo» 66.
A fin de dar a conocer la obra, propusieron los operarios la creación de una junta de protectores. Al mismo tiempo se ofrecerían a encontrar recursos. Naturalmente dicha junta estaría encabeza por el rector del seminario y pasaron a formar parte de la misma ilustres personalidades del clero murciano, todas ellas propuestas por el mismo rector 66.
A fin de dar a conocer la obra, propusieron los operarios la creación de una junta de protectores. Al mismo tiempo se ofrecerían a encontrar recursos. Naturalmente dicha junta estaría encabeza por el rector del seminario y pasaron a formar parte de la misma ilustres personalidades del clero murciano, todas ellas propuestas por el mismo rector 67.
Formada la junta, se redactó un llamamiento a la diócesis, suscrito por los miembros de la misma y los operarios. El 28 se despidieron estos del prelado, manifestándole sus proyectos y expresando su alegría de poder verlos realizados pronto. Igualmente se despidieron de todas las personas que los habían ayudado Y acompañado y, en especial, del rector del seminario, «que en medio del gozo que experimentaba, les pedía oraciones para que el diablo no diera algún rabotazo a todo» 68.
El 29 regresaron a Valencia, confiando abrir en el próximo curso un nuevo 1 colegio de vocaciones.
3. Nuevas dificultades
La junta de protectores, con su llamamiento a los sacerdotes de la diócesis, consiguió una presentación brillante de la obra; pero su gestión no fue nada eficaz y los operarios comenzaron el camino de pruebas, preocupaciones y apuros económicos. Es el camino que va marcando las obras de don Manuel. Murcia no será una excepción; y antes de entonar las aleluyas profetizadas por el obispo, hubieron de recorrer los operarios el penoso camino de un calvario más en su vida de apóstoles de las vocaciones 69.
El buen rector del seminario, don Francisco Belló, que tan desinteresadamente se había convertido en protector y guía de la fundación, escribía apenado a don Manuel el 26 de julio: « ... Las suscripciones hasta hoy, nada; y se va a recordar a los señores curas su importancia. Veremos lo que va resultando. Si el principiar despacio nos da solidez, no hay por qué sentirlo. Aquí no iremos tan deprisa como en Tortosa y Valencia, si no me engaño; pero será todo más meritorio, en atención a que son mayores las necesidades» 70. No sabía don Francisco que los colegios de don Manuel se regaban con dificultades.
Se arrienda la casa que había servido de escuela normal, pagando por su alquiler un duro diario , y a principios de septiembre don Manuel envía a Murcia a don Vicente Vidal, y a don José M.' Tormo. Llevan el encargo de comprar lo necesario para comenzar el curso. La casa se adecentó, adquirieron mesas, enseres de cocina y el material imprescindible para la apertura del curso. Naturalmente todo por cuenta de los operarios, pues las suscripciones seguían sin llegar.
A mediados de verano, aunque no había dinero, tenían ya unos treinta aspirantes a colegiales. Esta era la seguridad mayor para lanzarse definitivamente a la fundación.
Y comenzó el colegio felizmente con el curso 1888–1889, quedando al frente de él don Remigio Albiol, ayudado por el joven operario don José M.ª Tormo, ya citado. Don Vicente Vidal vuelve a Valencia.
Como una de las primeras preocupaciones de los operarios era la de instalar el Santísimo en sus colegios, prepararon la mejor estancia de la casa y el 15 de octubre, fiesta de santa Teresa, se celebró con toda solemnidad la bendición de la capilla. El obispo, que tan cariñosamente había recibido a los operarios y que con tanta atención seguía los primeros pasos de la obra, regaló al colegio un precioso cáliz para la primera misa que se dijera en la misma.
El nuevo director «tuvo que sufrir un fuerte temporal adverso, movido por ciertos elementos que veían con animosidad la actitud tan bondadosamente deferente del rector del seminario para con los recién llegados, considerados allí como intrusos» 71.
Sin embargo, la obra iba calando. El 26 de octubre le escribe a don Manuel el chantre de la catedral, don José Cánovas, anunciándole que la marcha del colegio es muy satisfactoria. En esa semana había enviado una nueva comunicación a los sacerdotes, invitándoles a una suscripción a favor del colegio. «Dios ponga en esto su mano, porque de tejas abajo, no espero mucho de ella» y deja el colegio a la protección de san José 72.
4. Sede definitiva del colegio
Don Manuel no estaba satisfecho, ni descansaría, mientras no pudiera dar una sede definitiva al nuevo colegio. A tal efecto, consiguieron los operarios un empréstito a principios del año 1889, y los días 24 al 30 de enero don Manuel se encuentra nuevamente en Murcia, buscando terrenos donde poder construir un edificio de nueva planta para el colegio. Tras un breve viaje a Tortosa, lo encontramos de nuevo en Murcia, acompañado de su maestro de obras de confianza, don Vicente Benet. Es febrero de 1889. Los dueños del terreno quieren aprovecharse de la necesidad e interés de don Manuel 73. Mientras se arreglan las cosas y se firma el contrato, hacen los planos del futuro colegio, y los presentan al prelado para su aprobación.
Don Manuel, en su interior, va librando una dura batalla apostólica. Está pensando y planeando ya la peregrinación de jóvenes congregantes de San Luis a Roma para realizarla el 1891; está a punto de comenzar la edificación de un nuevo colegio; las religiosas se le quejan y le piden que no prolongue más su ausencia de Tortosa. Tiene que elegir. Le duele dejar campos; quiere ser eficaz. Y abre su alma de par en par a la voluntad del Señor. Está a punto de Regar a su madurez espiritual y a su entrega absoluta a la pastoral de las vocaciones. Escribe el 10 de febrero: « ... En medio de las (dilaciones) que san José pone a esta obra, son muchos los consuelos que Jesús me da, y que ya contaré a usted. Todos me dicen que debo abandonar todo otro trabajo, y más el de las monjas, para no pensar más que en esto. Y el corazón mío se resiste y Jesús que me perdone, si no tengo valor para hacer del todo el sacrificio de esas mis almitas» 74.
Volvamos al colegio de Murcia. Los intereses de los hombres no iban tan aprisa como los proyectos del fundador, que en mayo, escribía diciendo que en esos días se empezaba la edificación de un «magnífico colegio allí, donde habrá 300 chicos, que confiamos tener en aquella vasta diócesis, tan necesitada de vocaciones eclesiásticas, y de que sean éstas muchas y buenas» 75.
Las cosas se fueron prolongando, hasta llegar a un acuerdo con los vendedores del terreno. Por otra parte, las personas contrarías a la obra seguían poniendo zancadillas, si bien las dirigían directamente contra don Francisco Belló, rector del seminario, que se ve obligado a apartarse externamente de la obra, pero cuya delicadeza de alma queda reflejada en la breve carta que dirige a don Manuel el 11 de julio. Ante las acusaciones de que era objeto, había optado por retirarse y callar, «pues tan inusitados e inverosímiles han sido los pareceres, que ha sido del todo inevitable mi retirada... Me da pena –sigue diciendo– el pobre don Remigio [director del colegio], cuyo prudente trato y comunicación evito contra sus deseos y los míos, por no dar lugar en estos días de increíble exaltación a que desconfíen de él, y le hagan participante de mis culpas y pecados. Por mí estoy sereno; por los demás sufro. Adiós don Manuel. Bonum est praestolari cum silentio, salutare Dei, como deseo a usted y a sus santas empresas» 76.
El colegio ha terminado felizmente su primer curso de existencia. Las peticiones de ingresos hacían insuficiente la casa de los condes de Vinadell, y los operarios se vieron obligados en el de 1889–1890 a alquilar otra nueva, para que sirviera de dormitorio a una de las secciones de los colegiales.
Por fin, el 8 de octubre de 1889, con la asistencia de don Manuel, se coloca solemnemente la primera piedra del nuevo edificio. Conservamos el borrador del acta que él mismo hizo y que fue depositada en el hueco de la piedra colocada en el ángulo oeste del edificio. Por ella sabemos de la asistencia de las primeras personalidades de la iglesia de Murcia. En ella dejó también don Manuel escrita su voluntad y su ruego: « ... se coloca la primera piedra de este edificio, destinado a colegio de vocaciones eclesiásticas de San José, y con el fin de que sean sus alumnos futuros apóstoles del Corazón de Jesús y reparadores de su amor Sacramentado... » 77.
Las obras comenzaron a buen ritmo. Don Manuel y el maestro Benet, con la experiencia que ya tenían de Tortosa y Valencia, hicieron los planos. Proyectaban un magnífico edificio, capaz para recibir a trescientos alumnos, –los que habían prometido al obispo– y donde pudieran desarrollar con amplitud un ambicioso programa de formación religiosa, intelectual y humana; en un clima de familia, en el que los colegiales contaran con amplios patios para su desarrollo físico y su expansión deportiva.
Fue sin duda, en los comienzos de este curso 1889–1890, cuando don Manuel dirige su primera plática a los colegiales de Murcia. En ella describe las impresiones que recibiera en su primer viaje a través de la fecunda huerta murciana y los afectos que brotaron en su corazón y cómo pidió a Dios que «bendijera la obra de nuestros ensueños y fuese multiplicada la gloria de Dios por nuestro conducto ... ; y sólo Jesús sabe lo que le dije, cuando al siguiente día pude ofrecerle en sacrificio ... ».
Dos años más tarde, cuando don Manuel estaba ya embarcado en la empresa de la fundación del colegio de Roma, vuelve a pasar por el de Murcia, y el 23 de febrero de 1891 habla nuevamente a los colegiales: « ... porque mi corazón –no podía sufrir al pasar por este país sin ver este colegio y esta nueva casa, este jardín de reparación a Jesús, colocado en medio de la florida y nunca bastante bien ponderada huerta de la distinguida y famosa Murcia» 78.
III. LOS COLEGIOS DE ORIHUELA, PLASENCIA Y ALMERIA
1. El de Orihuela
Los principios de la fundación del colegio de Orihuela fueron relativamente fáciles para don Manuel. Puede decirse que éste fue una consecuencia de la fundación de Murcia. El provisor de Orihuela y arcipreste de la catedral se llamaba don Ramón Belló; había sido rector del seminario de Plasencia y era hermano del rector del de Murcia, don Francisco Belló. Como viera lo complacido que estaba su hermano de la fundación del colegio de Murcia, «pensó, también él, en comprar una casa en Orihuela y ponerla a disposición de los operarios» 79. Don. Manuel añade que don Ramón tenía mucho celo por el bien y fomento de la juventud levítica.
Había en Orihuela un edificio, o mejor un montón de ruinas, del que había sido convento de trinitarios calzados. Sólo quedaban en pie lo que había sido capilla de la comunión y algunas otras dependencias. Pertenecía a varios dueños, que en esta época lo tenían prácticamente abandonado, y desde luego, estaban dispuestos a desprenderse de él, sin mayor dificultad. El edificio, por otra parte, no había tenido interés histórico.
En este edificio puso sus ojos don Ramón, lo compró y comenzó por su cuenta a reparar una parte del mismo y la antigua capilla de la comunión. Tenía prisa y deseaba que el nuevo colegio empezara a funcionar con el curso 1889–1890.
El 9 de febrero de 1889, don Manuel, que se encontraba en Murcia, se traslada a Orihuela con su maestro de obras, Benet. Con él acuerdan la distribución de la parte reparada del edificio y visitan al prelado, que les da la mas complacida aprobación verbal.
Las obras siguen despacio, pero en abril se termina la capilla y don Ramón desea que comience el curso «aun cuando estén con alguna incomodidad y sean pocos». Incluso él mismo se ofrece a don Manuel, para el caso de que no disponga de personal. En junio se bendice la capilla y en agosto, el obispo hace lo posible para que se abra el colegio y que «se le dé todo el impulso posible para que sea un segundo seminario» 80.
El principio del colegio de Orihuela fue obra exclusiva de don Ramón, quien sufre también, como su hermano en Murcia, la persecución y la soledad: «la oposición que en un principio se hacía, ha desaparecido en gran parte, y los pocos que hoy la sostienen no la hacen al colegio, sino a mí... Nadie me ha ayudado hasta hoy, ni espero me ayuden en lo sucesivo, y en parte me alegro, porque así, libres de todo compromiso y atenciones tanto ustedes como yo, podremos obrar con absoluta independencia» 81.
Cuando don Ramón escribía estas líneas, ya tenía don Manuel elegido director para el colegio de Orihuela. Un director joven, que dará mucho que hablar en la fundación del colegio de Roma. Quedémonos de momento con su nombre: Benjamin Miñana. De él escribía unos meses antes el mismo don Manuel que «era suficiente para iniciar por sí solo y dirigir un colegio» 82. Así lo va a hacer en Orihuela y más tarde en Roma.
Don Manuel, el 9 de agosto, presenta en el obispado la solicitud oficial para la fundación del colegio de vocaciones eclesiásticas; pide autorización para obtener limosnas para el sostenimiento del mismo y ofrece la obra sin otro fin que «el bien de la diócesis y el aumento de vocaciones en ella» 83.
Con fecha 15 de agosto envían una circular, anunciando la apertura del colegio en el ex–convento de la Trinidad, plaza del mismo nombre. Dirigen la llamada a todos los sacerdotes para que despierten y acompañen las vocaciones sacerdotales; y a los seglares católicos pidiendo su ayuda a la reciente institución 84.
El 24 de septiembre llega a Orihuela el director del colegio. Celebra en la capilla y recorre la parte edificada: «Un salón espacioso con piso de madera y techo muy alto, dos corredores y un pequeño departamento para refectorio... 85.
A pesar de todos los esfuerzos, los principios de aquella fundación fueron muy pobres. Don Manuel estuvo nuevamente en Orihuela los días de la inauguración. Los operarios tenían su dormitorio en el mismo de los alumnos y sólo disponían de una habitación independiente que les servía, a la vez, de comedor, despacho y recibidor. En alguna ocasión sirvió también de dormitorio a don Manuel 86. El primer curso fueron 45 los colegiales y a don Benjamín le ayudaba el aspirante a operario, Romualdo Soler Martí 87.
A partir de este primer momento, don Manuel y los operarios toman por su cuenta la obra del colegio de Orihuela y deciden completarla y ampliarla, Para este fin, se traslada nuevamente a dicha población el maestro Benet en mayo de 1890 y permanece en ella hasta ver completado el edificio.
Más tarde se compran terrenos, «lográndose con ello todas las condiciones de esparcimiento para los alumnos, y formando en su conjunto el más pequeño, pero el más bello y de más buenas condiciones de todos los colegios que poseía hasta entonces la Hermandad» 88.
El curso siguiente comienza con preocupación por los brotes de cólera que existían en la región. Si bien no llegó a declararse abiertamente como en Valencia, desde el 26 de octubre se cierran el seminario y el colegio hasta el 30 de noviembre. Los alumnos son 88 y además se ha venido a vivir con ellos el provisor de la diócesis, don Ramón Belló. Los operarios cuentan con 30 duros para sostener el colegio hasta Navidad 89.
El 21 de enero de 1892 falleció en el colegio el citado provisor y su hermano, el rector de Murcia, hace la escritura del colegio a favor de don Manuel, don Remigio y don Benjamín Miñana, en cumplimiento de las disposiciones testamentarias de don Ramón 90.
Don Benjamín sigue al frente del colegio hasta marzo de 1892, en que parte para Roma, cuando ya se contaba con 102 alumnos. Desde el curso siguiente, el director del mismo será don Remigio Albiol. Don Benjamín dejó un gran recuerdo en la ciudad de Orihuela. «A todos se los atrajo a sí y a todos fue simpático: todos le quisieron, todos le amaron. Hasta fue moda ser, amigo del ‘gitanillo meloso', como le llamaba el genio vivaz y chispeante del gran Claravana... » 91.
2. Nuevas perspectivas
Los años siguientes a la fundación de los colegios de Valencia, Murcia y Orihuela, los dedica don Manuel a la gran empresa de la fundación del pontificio colegio español de San José de Roma. Le llevó años de fatigas, pero el generoso esfuerzo del fundador se verá compensado con el feliz establecimiento, de dicho colegio, en la primavera de 1892, y su fijación definitiva en el palacio Altemps, dos años más tarde. La historia del colegio de Roma constituye un capítulo glorioso de la vida de don Manuel; por eso, hemos preferido separarlo del resto de los colegios de vocaciones eclesiásticas de San José.
Eso sí, una vez abierto camino y ganado prestigio con los colegios de vocaciones, y difundida la noticia a través de los alumnos de Roma, no es difícil prever que las llamadas fueron llegando cada vez más intensas a la cabeza y al corazón del ya conocido fundador. El, que por otra parte no necesitaba más, voces que las que resonaban en su interior, se entregará de por vida a la obra de las vocaciones.
Y así irán surgiendo nuevas casas de San José en distintos puntos de la. geografía española y en otras tierras más lejanas. Detrás vendrá el grito de los seminarios, lo que, dada la situación crítica porque atravesaban, no era difícil de esperar.
3. En Plasencia
La obra de don Manuel se extiende hacia el interior de la península con la incorporación del colegio de vocaciones eclesiásticas del Corazón de Jesús y de San José en Plasencia, efectuada en 1893.
En realidad, la historia de este colegio es la historia de un alma paralela a la de don Manuel. Don Esteban Ginés Ovejero 92, hombre de relevantes prendas de virtud nada común, tuvo en su vocación muchos puntos de semejanza con la del fundador de la Hermandad 93. Nacido en Plasencia en 1858, establece en su seminario, siendo todavía alumno, la Congregación de San Luis. Esta fundación le puso en contacto directo con la revista El Congregante y a través de ella con el pensamiento y la obra de don Manuel.
De manera especial le impresiona la obra de las vocaciones, y cuando tiene noticia de la fundación de los colegios de San José, no sosiega hasta poder conocer de cerca la organización de los mismos.
En 1887 encontramos a don Esteban en Valencia, donde conoce y trata Personalmente a don Manuel, a los primeros operarios y el funcionamiento de sus colegios. La institución de mosén Sol le impresiona tanto, que en agosto de ese mismo año renuncia a todos sus cargos en Plasencia y vuelve a Tortosa con el propósito de ingresar en la Hermandad 94. El obispo de su diócesis escribe a don Manuel el 4 de octubre, haciendo una apología de don Esteban, pero indicando que, «quizás por ciertas circunstancias, tendrá que volver a ésta [Plasencia] y suspender tal vez el tiempo de probación» 95.
Don Esteban tiene que volver a su ciudad, le nombran capellán del colegio de huérfanos de San José y se encarga en el seminario de la cátedra de lugares teológicos. No olvida, sin embargo, sus deseos de «consagrarse de un modo más especial a la juventud seminarística»... y vuelve con el propósito de «fundar un colegio análogo a aquéllos y de incorporarle más tarde a la Hermandad de Sacerdotes Operarios del Corazón de Jesús, si la obra llegaba a consolidarse» 96.
No pierde tiempo mientras tanto. A principios del nuevo año ha presentado ya las bases de su obra al obispo placentino, don Pedro Casas y Souto, «quien después de examinarlas, se dignó aprobarlas y darles su bendición el día 17 de enero de 1888» 97. Con tal permiso y aprobación, y con sus propios medios económico!, alquiló «una casa grande y vieja con un pequeño claustro central y un patio abierto, cuadrado y regularmente grande para recreo» 98.
En la fiesta de la Natividad de Nuestra Señora de 1888, ya vemos a don Esteban rodeado de un grupo de muchachos y viviendo con ellos en la casa de la Imprenta de la calle Coria. Los alumnos eran 24. En una habitación de la misma casa hacían sus prácticas de piedad, y oían la santa misa en la iglesia de San Vicente de los padres del Corazón de María. En 1889 consigue permiso para tener oratorio y Reservado. Se bendice aquél el día 1.º de octubre y el 15, siguiendo la costumbre de los colegios de San José, se celebra la fiesta del Reservado con toda solemnidad 99.
El 24 de abril de 1890, en pública subasta, compra don Esteban la casa solariega de la noble familia placentina de los Varona. En junio se hace el cambio a la nueva sede; bendice la casa el 17 de agosto y «se reservó el Santísimo Sacramento el día 4 de octubre» 100. En el verano de 1891 se construye la nueva capilla, que fue bendecida como pública el 26 de septiembre, dedicándola al Sagrado Corazón de Jesús.
El 1897 se comenzará el ensanche del colegio y su habilitación definitiva para poder albergar gramáticos, filósofos y teólogos.
La obra del colegio de Vocaciones de Plasencia se debe al trabajo y al continuo desvelo de don Esteban. Con bienes de su peculio personal compró la casa, amplió el edificio, pagó las escrituras; apenas si recibe alguna limosna y, sin embargo, cuando ingresa en la Hermandad, ya no debe nada. La obra nueva de 1897, a la que hemos aludido, como indica el mismo don Esteban, «se ha edificado ya por cuenta y riesgo de la Hermandad ... » 101.
También tuvo que probar don Esteban las contradicciones, que acompañaron a toda fundación de los colegios de vocaciones. El mismo nos lo ha dejado escrito: «He Pedido poco y me han dado menos; no han comprendido la trascendencia del pensamiento de un colegio de vocaciones eclesiásticas y no me han ayudado, habiéndolo así permitido el Señor para probarme y para que gane más. Ha habido muchas contradicciones y murmuraciones y descrédito del colegio sin conocerle, pues los que le han conocido le han amado y alabado. He sido tenido, y aún hoy, por un negociante que me he hecho rico con el colegio 102. Cuando don Esteban escribe estas páginas, la verdad ya se había abierto camino; el colegio estaba, en manos de la Hermandad con una lista de 76 alumnos. Era el 2 de diciembre de 1897.
La vida del colegio transcurre con toda sencillez: vida de trabajo y oración en un auténtico clima familiar. Uno de los antiguos alumnos nos lo cuenta, a propósito de la muerte del fundador del mismo: «recuerdo con verdadera fruición las escenas íntimas de aquellos felicísimos días, en que la vida del colegio no era de una comunidad, sino la de una familia ... » 103.
Igualmente, las relaciones epistolares de don Esteban con don Manuel siguen siendo continuas. Notemos que las cartas de éste durante tales años son un auténtico tratado de pastoral vocacional, cuando, vgr., don Esteban trata de defenderse, después de sus intentos de tiempo atrás, y don Manuel no cede. Más tarde daría a sus operarios un principio de esa pastoral vocacional, que iba siguiendo él mismo con don Esteban: «la vocación más que ellos, hemos de tenerla nosotros» a la hora de admitir nuevos miembros para la Hermandad. Y de este modo escribía también a don Esteban: « ... Temo que me repita que siempre estoy con sermones. Pero, ¿qué hacerle? Jesús me lo dio a conocer providencialmente y me inspiró la simpatía y me dio a conocer el valor de esa joya... Si El lo ha permitido sólo para que sufra la humillación de no poseerle, fiat voluntas tua... y si, al contrario, Jesús lo quiere, yo le prometo establecer una corriente de oraciones entre nuestros operarios que lo acabarán ... » 104. El 11 de enero de 1889 le habla de las necesidades de la obra, de los pocos operarios que eran y añade: «ya ve usted cuan poca tropa tenemos cuando tanta es la mies que nos aguarda, y así comprenderá mejor su pecado, que más bien debía decir el mío... No sé por qué, sin querer y sin poder, me alargo tanto con usted ... » 105.
Mientras tanto el colegio seguía su vida próspera y feliz. Don Esteban lo contemplaba con satisfacción, hasta que un pensamiento comenzó a turbar su paz. El colegio, su colegio, era obra de un hombre, suya, y él, como todos los –hombres pasaría. Y el temor de que su obra muriese con él le llevó, a través de una larga etapa de meditación, a pensar en una solución de continuidad. El mismo proceso que acompañó a don Manuel antes de fundar la Hermandad.
Con el fin de asegurar su obra, de perfeccionarla y desarrollarla, se decide a entregar el colegio a la Hermandad y consagrarse él a la misma como operario. El 2 de diciembre de 1892 escribe a don Manuel exponiéndole su pensamiento, y le dice que se siente inclinado a entregarse a él y que desea estudiar el reglamento de los colegios, «pues en cuanto a la Hermandad y objeto en general, es el mío y nada tengo que estudiar» 106. En su respuesta, don Manuel repite lo que le aprecia y lo que de él necesita la obra de las vocaciones 107. Al año siguiente, decidido ya su ingreso y la entrega del colegio a la Hermandad, le escribe de nuevo: «Quiero a usted primero... y el nombre luego del colegio; pero postrero a éste, por no decir que me importa poco. Con usted, no faltaría un colegio luego enseguida, si queremos ... » 108.
El 2 de julio don Manuel visita por vez primera el colegio y dirige al obispo de Plasencia la solicitud de aprobación de la obra y las bases para hacerse cargo del mismo 109. El primero de agosto don Esteban imprime una circular, haciendo pública la entrega del colegio a la Hermandad y el 11, en Valencia, se consagra a la misma como operario. Una vez en la Hermandad, don Esteban no tuvo más querer que el de los superiores de la misma. Continúa algunos cursos al frente del colegio de Plasencia, dejándolo sólo unos meses, en 1896, para ayudar en la fundación del de Lisboa.
Prueba de su entrega absoluta a don Manuel y a su obra, es el testamento del 14 de diciembre del mismo año, en que «instituye y nombra por único y universal heredero de todos sus bienes, presentes y futuros, y de libre disposición, a don Manuel Domingo y Sol...» 110. Posteriormente será rector en Zaragoza y Badajoz, más tarde director del Correo Josefino y fallece prematura–mente el 15 de mayo de 1908, siendo rector del seminario de Ciudad Real.
El colegio, bajo el título de «Colegio de Vocaciones Eclesiásticas de San José» seguiría en adelante una vida floreciente.
4. El colegio de Almería
La situación vocacional y la formación del clero en Almería no era mejor que en el resto de la península. Abundaban los externos y era muy frecuente seguir la carrera breve, como veremos enseguida por testimonio del mismo don Manuel.
Deseando remediar el problema de los seminaristas pobres, el obispo don José María Orberá y Carrión... 111 funda el colegio de San Juan; pero como su vida fuera lánguida, y el clero escaso, en el verano de 1894 ofrece la dirección del mismo a los operarios. Don Manuel, desde Murcia, vía Cartagena y después de una noche en barco, llega a la hermosa ciudad de Almería en la madrugada del 21 de agosto. Después de celebrar en la catedral, visita el edificio en el que se asentaba el colegio, cuyo edificio no le gusta. No dispone de espacio mas que para unos 70 alumnos, sin patios para juego y otras condiciones que él, cree imprescindibles.
Pero don Manuel, hombre práctico, lo acepta para poner pie en la diócesis. Ha descubierto sus necesidades y no quiere salir de ella sin haber ofrecido, su colaboración para remediarlas. Por eso, al aceptar el edificio, lo condiciona a la posibilidad de levantar otro nuevo con capacidad para albergar a 200 alumnos con todas las condiciones necesarias.
Con esos acuerdos verbales, redacta las bases y se las presenta al prelado e1,22, dedicando todo el día a recorrer la ciudad en busca de un terreno apropiado para el colegio que soñaba. Se fijó en uno que había sido convento de los dominicos y que se vendía por unos ocho mil duros. Don Manuel no se asusta y escribe: « ... le dijimos al obispo que nosotros nos embarrancaríamos en comprarlo y luego edificarlo ... ». Antes de marcharse, deja las bases de aceptación, para que el prelado se las envíe firmadas a Tortosa. Este hace una nueva redacción y, firmadas el 5 de septiembre, le llegan a don Manuel el 10 112. «Son muy favorables al prelado», escribe el mismo don Manuel; pero la angustiosa situación de la diócesis le había impresionado fuertemente y, como tampoco le resultaban perjudiciales y le dejaban amplia libertad, las acepta gustoso. En dos cartas autógrafas que conservamos, don Manuel nos ofrece numerosos datos sobre la formación del clero, la carrera breve y lo que ocurría en el seminario 113.
En septiembre hace pública, desde el Boletín Eclesiástico de la Diócesis, la transformación del colegio de San Juan en colegio de Vocaciones Eclesiásticas de San José 114, y en octubre comenzaron los operarios su tarea al frente del nuevo colegio de vocaciones.
Es muy poco lo que sabemos de los años siguientes de la vida del colegio. En el verano de 1906, el vicario capitular decide «confiar la dirección espiritual del seminario y la formación de sus alumnos a la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos del Sagrado Corazón de Jesús, que por espacio de tantos años tienen a su cargo el colegio de San Juan» 115. El 19 de octubre se añaden tres bases adicionales, en la segunda de las cuales se dice que «el sostenimiento del colegio de San José correrá a cargo del seminario, pasando su administración a la de éste ... ; los alumnos de San Juan vendrán a comer al seminario, siendo su alimentación la misma que allí tenían pagando la misma pensión que hasta ahora han satisfecho: que han de venir e ir siempre en comunidad y acompañados de un superior, bajo la inspección y vigilancia de un operario» 116.
Las bases de 1906 son elevadas a definitivas por el obispo don Vicente Casanova y Marzol, con fecha 9 de junio de 1909 117.
IV. LA OBRA DE VOCACIONES EN PORTUGAL: LISBOA (1895)
Como de «una tentación vencida»... 118 cataloga don Manuel la fundación y corta historia del colegio de vocaciones, fundado en Portugal.
La «tentación» venía de muy atrás, pues en las notas del dietario del fundador, ya desde 1889, vemos que frecuentemente ofrecía intenciones de su misa para que el Señor remediara la suerte de Portugal.
1. Portugal: situación religiosa–vocacional
Por este tiempo la problemática religiosa de Portugal era bastante parecida a la de España y don Manuel planeaba con el pensamiento y con la intención contribuir a resolver el problema de las vocaciones y dar una más sólida y completa formación a su clero.
Desde las páginas de El Congregante, en noviembre de 1892 lanza una llamada en favor de la ayuda a la juventud portuguesa. En el artículo, después de recalcar la ignorancia que en España se tiene de lo que sucede en el país vecino, pasa a señalar los problemas de tipo religioso, y concretamente, la falta de clero 119.
Frecuentemente habla a sus operarios de las necesidades de Portugal y sus deseos de prestarle ayuda, si las fuerzas y el número de operarios lo permitieran 120. En mayo de 1893, escribiendo a un futuro operario, le dice claramente:«No crea usted que es poco lo que daría a la obra, y por tanto, a la gloria de Dios. Además de su persona y del nombre de una diócesis más.... es un nuevo campo que podrá abrir otras, hasta llegar a Portugal, campo desde hace mucho tiempo desvastado... Así, a usted toca buscar y aprovechar las circunstancias e indicarme momentos y ocasión y medios» 121.
Por estas mismas fechas estaba intentándose la fundación de un colegio Madrid hecho al que aludiremos más tarde. Para realizar dicha fundación se encontraba en Madrid don Andrés Serrano; residía con don José María Caparrós y mantenía continua comunicación con monseñor Vico, auditor de la Nunciatura y que tanta parte tiene en la fundación del colegio de Roma.
Monseñor Vico, que desde 1887 residía en Madrid por su cargo en la Nunciatura, es trasladado con igual cargo a la de Lisboa. Don Manuel mantiene correspondencia ordinaria con él; ve en este cambio un paso claro para la penetración de su obra en Portugal, y el 15 de mayo le escribe a Serrano: «mañana escribiré a monseñor Vico y le diré que usted irá a despedirse personalmente en nuestro nombre. Háblele abiertamente de establecer nuestra obra en Portugal, y dígale que, si no se hacía nada en Madrid, tal vez usted aconsejara a la Hermandad se emprendiera para el año próximo, si allí había disposición» 122.
2. Primeros ofrecimientos
Monseñor Vico, una vez en Lisboa, se convierte en el más fervoroso y constante colaborador de la nueva fundación. El 2 de enero de 1894 reciben los operarios del el colegio español de Roma una carta suya, en la que les propone una nueva fundación de la Hermandad en Lisboa y les ofrece en nombre del cardenal patriarca, una casa y abundantes becas 123.
Comunicado a don Manuel el ofrecimiento, éste contesta en dos cartas sucesivas a Miñana, aceptando la invitación y señalando algunas condiciones. Así escribe el 15 de enero: « ... la única carta salada es la de Vico. Sobre ella contestaré a usted, apenas llegue a Tortosa» 124. Se encontraba entonces en Vinaroz y nada más llegar a Tortosa, el día 17, escribe nuevamente: «Portugal. Me crecen las energías al pensar en este país. Las proposiciones de monseñor Vico no son desentendibles. Pero creo o temo que el seminario, no está en la capital» y en este caso no puede pensarse en nada». Seguidamente le copia las bases, que más tarde servirían para la nueva fundación; y les indica que contesten a monseñor Vico, pero «con la condición sine qua non de que sea en la capital» y que permitan el ingreso de sacerdotes a la Hermandad, para evitar el carácter de extranjera que pudiera ofrecer» 125. Después de varias cartas a través de los operarios de Roma, monseñor Vico escribe directamente a don Manuel. En ella le propone que se haga presente un sacerdote de la Hermandad, pues el cardenal deseaba ponerse de acuerdo con la institución para la apertura de un seminario menor en Lisboa 126.
La respuesta de don Manuel es rápida, pues no quiere perder más tiempo en preparativos, como se deja decir enseguida a monseñor: «Es tal la fruición que nos causa ese nuevo campo de gloria de Dios y el deseo de corresponder a los bondadosos ofrecimientos del cardenal patriarca, y el interés de usted, que, sin aguardar el parecer y consejo de los nuestros de Tortosa, me atrevo a aceptar en principio y a reiterar nuestros propósitos a consagrar nuestros pobres trabajos a esa tierra del padre san Antonio ... » 127.
3. Los operarios en Lisboa
El 19 de abril de 1895 emprende don Manuel su viaje en dirección a Lisboa, acompañado de tres operarios. Llegan a la capital portuguesa en la mañana del 20. En las cartas de estos días cuenta don Manuel todos los pormenores del viaje, los primeros encuentros con monseñor Vico y con el nuncio, monseñor Jacobini, quienes les dan una amplía panorámica de la situación religiosa de la nación, y de los principales problemas del clero y de los seminarios 128.
Como resultado de los encuentros celebrados con el patriarca de Lisboa, convinieron en fundar un «pequeño seminario de Jesús, María y José» dependiente del seminario de Santarem y que llevaría, además, la denominación de colegio de vocaciones eclesiásticas y para misioneros de las colonias portuguesas.
El seminario funcionaría en Lisboa, pero mientras se habilitaba el palacio, el colegio se establece en Farrobo, «magnífica quinta, edificada cerca de Lisboa por el primer conde Farrobo, en los comienzos del siglo XVIII».
A fin de dar a conocer la nueva fundación, los operarios envían «a los reverendos señores sacerdotes y a las familias piadosas» una circular en la que, después de describir la situación vocacional en la iglesia y en Lisboa, les anuncian la fundación del colegio de vocaciones bajo la dirección de los operarios, y les envían las bases por las que se regirá el nuevo centro, que no son otras sino las de todos los colegios de vocaciones ya existentes, acomodadas a las circunstancias concretas del lugar 129.
En las bases firmadas con la diócesis, se estipulan las relaciones del colegio tanto con el seminario, como con el cardenal patriarca; establece el capital fundacional y las relaciones económicas con la Hermandad. Se introduce la idea de que se permita ingresar en la Hermandad a «los sacerdotes que a ella se sintieran llamados» 130.
Poco tiempo después, monseñor Vico escribiría a don Manuel una carta en la que, adelantándose a los sucesos, le dice lacónicamente: «esta obra de Lisboa necesita mucha, muchísima asistencia, paciencia y más sacrificios. Dios, dará, en fin, el premio» 131.
El 10 de septiembre de 1895 llegaban a Lisboa los operarios don Esteban Ginés, fundador y director del colegio de Plasencia, y don Andrés Serrano encargan de la dirección del nuevo colegio.
4. Primera vida colegial
El curso comienza con 60 alumnos en la quinta de Farrobo. La «tentación» comienza, pues, a tomar forma. Después de la visita a Lisboa, don Manuel había pensado en las causas de la situación de aquel país. Y, como en España, desea dar soluciones que toquen a la raíz y con garantías de continuidad: la formación de los sacerdotes. En ello piensa cuando escribe: «...Portugal, objeto de nuestras ansias y de nuestro celo, vasto campo, que aunque no llenara otro nuestra obra, esto es una obra sola dedicada a él sólo, ya sería de máxima gloria de Dios. Gente bonachona, pero país muerto a toda vida religiosa; clero inerte, convertido en autómata de la ingerencia civil del Estado y de la secta, incapaz de recibir sello, vida ni iniciativa, a no ser formando una nueva y completa generación levítica, y esto sólo por medio de nuestra obra, o de otras, que se apoderen de los seminarios. No se ve otro medio ... » 132.
En junio del año siguiente vuelve don Manuel a Portugal, acompañado esta vez por don Remigio Albiol, para tratar con el cardenal patriarca sobre la fundación de un colegio portugués en Roma, a la que nos referiremos más adelante, y sobre traslado del colegio de Farrobo a Lisboa.
Desde Farrobo escribe una deliciosa carta a Miñana en la que explaya su espíritu y vuelve a dejar claro su deseo de que los colegios estén en la ciudades y, no, apartados de ellas. «Quinta de Farrobo–Fiesta del Sagrado Corazón. Llegamos aquí la mañana del 9. ¡Farrobo de mi alma! ¡Tema de encanto para los poetas! ¡Deliciosa soledad para los espíritus contemplativos! ¡Ambicionable estancia para el cardenal! ¡Encanto de las almas superficiales! Pero... para mí y para la obra, prisión para purgar nuestros pecados y origen y causa de todos las males de nuestra santa empresa, nido de sufrimientos y quebrantos materiales y morales. Una casa... sin relaciones, sin esperanzas de limosnas... En fin, una tentación no vencida ... » 133.
5. Llegan las dificultades
En el diálogo con el cardenal, éste manifiesta que no desea casa en Lisboa a no ser en su palacio. A don Manuel no le gusta esta solución y le apena el asunto. En la carta antes citada confía: «Veremos; y que san Antonio lo bendiga: que muchas bendiciones se necesitan para lograr algo en esta tierra necesitada. Como más va, más temo; y como más va, más deseo este campo. Pero hemos empezado mal viniendo a Lisboa por primera diócesis».
El colegio, y sobre todo, su fundador comienzan a experimentar aquellas contradicciones con que se van amasando todos sus colegios de vocaciones. Pero cuanto más era el dolor, más palpable se hacía la conveniencia de la obra. «Nada le digo hoy de mis desmayos en lo de Portugal, por el estado fatal de aquella pobre iglesia, y encargaré a los nuestros pidan a Dios la persecución en ella contra el clero, hasta lograr la separación de la Iglesia del Estado» 134.
En el verano de 1896 el colegio es trasladado desde Farrobo a un pequeño palacio, contiguo al del cardenal patriarca. La vida interna del colegio sigue su ritmo espiritual y de formación humana, pero la situación económica sigue siendo preocupante, lo que obliga a los operarios a vivir siempre en trances de agobiadora angustia.
Don Manuel quiere consolidar la fundación y para esto le pide a don Esteban Ginés que «no pierda de vista por este año Lisboa», aunque ya está pensando en la posibilidad de establecerse en algún otro lugar de la nación, donde la situación de la obra sea un poco más cómoda. «Crea usted que me apena el asunto portugués, que enerva nuestras ambiciones en estos campos necesitados. Parece que tiene empeño el diablo en levantar crisis de apuros de todas clases para acobardarnos, y sentiría se posesionase la anemia de mi corazón, que a veces parece asomar, o es señal de vejez o necesito, como los viejos, que me aliente» 135.
6. Se deja el colegio de Lisboa
Cinco cursos de vida va a tener solamente el colegio lisboeta. A juzgar por las crónicas del Correo Josefino, el régimen de vida es de auténtica familiaridad; de una intensa vida religiosa y un buen complemento de vida cultural, artística y de tiempos libres 136.
Don Manuel había pedido para el clero la persecución. Y los primeros que van a sufrirla serán los operarios de Lisboa. Las convulsiones políticas y sociales de Portugal, en continua efervescencia revolucionaria, llevaron a una persecución continua de los «frailes españoles», hasta conseguir su expulsión en marzo de 1901.
El 9 de marzo un periódico lisboeta corrió la idea de que a los operarios había que perseguirlos con mayor encono aún que a los mismos jesuitas. La intervención del cardenal ante el gobierno impidió que fuera asaltado el colegio en las noches del lo y el 11, pero el 16 recibió un aviso del presidente del Consejo para que la salida de los operarios se efectuara cuanto antes. Entre el 15 y el 16 salen de Lisboa los cuatro operarios que trabajaban en el colegio de Lisboa 137. Dos días antes, les escribía don Manuel: «Si la providencia de Jesús quisiera que saliéramos por motivo de los masones, sería una salida muy gloriosa ante los obispos españoles y ante el mundo. Sería una bendición» 138. Encaja el golpe don Manuel con la serenidad de quien sabe que su obra es buena y que en la salida no ha existido culpa: «Estuve en Valencia a la inauguración de la grandiosa capilla, y tuvimos por la tarde una pedrea de los sectarios masones, Ahora nos están apedreando en Lisboa... Se ve que el diablo ha llegado a penetrar la malicia de nuestra obra...» 139.
7. Colegio portugués en Roma.
Don Manuel desea soluciones definitivas. Y así, una vez que conoce la situación del clero portugués, comienza a pensar en ofrecer algo más que un colegio de vocaciones en las afueras de Lisboa. Desea fundar en Roma el colegio portugués, como lo había hecho con el español. Para ello no ahorró preocupaciones, ni ceso en su empresa hasta después de haber tenido la seguridad de que el colegio era un hecho.
Ya en 1894, escribiendo a los operarios de Roma, recién establecidos en el Altemps, les confiaba, hablando de su proyecto de colegio portugués en Roma: «sería para nosotros mejor que el colegio de Lisboa, y principio, y fuente de muchas fundaciones en Portugal» 140. El 18 de mayo escribía aludiendo a este proyecto, a fin de que, por medio de su amigo monseñor Vico, le llegara al cardenal de Lisboa; incluso le ofrece recibir a los primeros colegiales portugueses en el colegio español y luego buscarles casa propia; piensa abrirlo, siquiera fuera provisionalmente, para el curso siguiente 141.
Ya hemos visto cómo en junio de 1896, en el segundo viaje que realiza a Lisboa, uno de los asuntos que trata con el cardenal es precisamente la fundación del colegio portugués en Roma. El patriarca no se encuentra decidido del todo, pues prefiere la fundación de un gran colegio en Coimbra 142. Con todo, acepta inicialmente la idea y comienzan a darse los pasos ante la Santa Sede.
El cardenal Rampolla escribe al Nuncio en Lisboa y le pide, en nombre de León XIII, que apoye la idea, pues es de tanta importancia para el país. Monseñor della Chiesa comunica la buena acogida de la iniciativa en los círculos más elevados del Vaticano. Igualmente monseñor Vico, por quien conocemos todos estos detalles, cree realizable a corto plazo el proyecto y comunica a los operarios que preparen la circular para los obispos portugueses. Termina su carta con esta expresión: «Faltaba Portugal. ¡Con cuánta complacencia abrazará el Pontífice a este Benjamín! ¡Adelante, pues!» 143.
Con estos ánimos de monseñor Vico don Manuel redacta las bases del futuro colegio 144, a las que hemos aludido. León XIII recomienda a los obispos portugueses el establecimiento de un colegio en Roma.
En abril de 1898 llegó a Roma don Antonio Barroso, obispo portugués «que ha sido de Mozambique... y ahora va a la India..., lleva el encargo de estudiar cómo se puede transformar San Antonio en colegio...» 145. Dicho señor Barroso fue visitado por el rector del colegio español el 15 de abril. «Después de los primeros saludos, dijo el señor obispo que había pensado visitar el colegio español y enterarse de su estado y condiciones porque hacía pocos días que había sido recibido por el Santo Padre y éste le había hablado mucho del colegio español y animado para que se fundase en Roma también un colegio portugués» 146.
Aunque las cosas se atrasaron, no desistía don Manuel de su intento, pues todavía el 27 de septiembre de 1899 escribía al rector del colegio de Roma: «No me han movido los objetos de gloria de Dios que usted enumera para decidirme a ir a Roma. Uno sólo me ha excitado un poquitín mis semiapagados entusiasmos de viejo: lo del Colegio Portugués. Así, explíqueme eso... que sería lo único que me movería ... » 147.
Cuando puede ir por fin a Roma, la fundación del colegio portugués había sido ya comenzada por otros caminos. Su pensamiento había encontrado varías dificultades, siendo una, y no de las menores, «la de que los portugueses, no pueden perder sus recelos y prevenciones contra todo lo que respire aire español» 148. Desde Roma, se lo cuenta él mismo al director del colegio de Lisboa: «He sabido aquí la historia del colegio portugués. Los stimattini son los que lo dirigen. Haga Jesús que vaya bien. De todos modos, se ha logrado que vayan a la Gregoriana ... » 149.
Monseñor de Castro, en su obra Portugal en Roma, dice que lo que más impresionó a los sacerdotes residentes en San Antonio de los Portugueses fue la inauguración del colegio español 150.
El colegio portugués comenzó a funcionar en 1898 con tres alumnos bajo la dirección de los padres Stimatinos; se estableció en la Iglesia de San Nicola dei Prefetti. En 1900 pasó su dirección a sacerdotes seculares de Portugal. León XIII lo constituyó el 20 de octubre de 1900 por la Carta Apostólica Re¡ Catholicae, haciéndole al mismo tiempo donación perpetua del palacio Senni para su sede definitiva 151.
V. GOLEGIO DE BURGOS Y DE TOLEDO
Entre tantas fundaciones, no había penetrado aún la obra de don Manuel en la «piadosa Castilla», como le gustaba llamar a la región central de la Península. Los intentos de fundación en Madrid no llegaron a cuajar nunca 152 . Después de los quebrantos sufridos en Portugal, bien merecían encontrar unas tierras más fecundas en frutos y de más fácil labor. Estas las encontró don Manuel en Burgos, «campo más fértil que el de Lisboa» como él mismo escribirá en junio de 1895.
1. El colegio de San José de Burgos
Por aquellos años, Burgos tenía 1.081 parroquias y contaba con dos colegios para seminaristas pobres: el de San Esteban y el de San Carlos, agregados de antiguo al seminario. En cada uno de ellos había de 80 a 90 colegiales. En el seminario eran 200. Del acondicionamiento de estos dos centros escribirá más tarde don Manuel: «Nuestro San Rufo resulta muy bueno comparado con San Esteban. No he visto un cuartel que pueda comparársele. San Carlos ya es otra cosa: más grande, mejor situado, más limpio, pero siempre deficiente para las necesidades de la diócesis...» 153.
Por estos años está haciendo una campana a fin de aumentar el número de colegiales para Roma. Y esto le da oportunidad para ponerse en contacto directo con el recién nombrado rector del seminario de Burgos, don Tomás Salado. Es este quien da los primeros pasos, en carta que le dirige el 7 de octubre de 1894 (163), para que aquel se haga cargo de «los dos seminarios o colegios de pobres seminaristas». Don Manuel le contesta el 11, haciéndole ver la imposibilidad de hacerse cargo para ese curso 154, pero sin dar una negativa, pues empezaba a intuir lo que escribirá el verano siguiente: «Es un campo vastísimo para nuestra obra y creo será una bendición, y el colegio tal vez de más consuelos, a pesar de las contradicciones que nos aguardan» 155.
El rector del seminario no quiere que se pierda la oportunidad y contestando unos días más tarde a la circular de don Manuel sobre colegiales para Roma, aprovecha la oportunidad para insistir en el tema, haciéndole una rápida descripción de cómo estaban las cosas: «los dos colegios son dos secciones de seminaristas pobres, que pagan media pensión y viven en todo como los que habitan en los colegios que ustedes tienen en Murcia y Orihuela. Son dos, porque todos (son 170) no caben en un solo edificio. Si usted aceptara mi proposición, acaso podría influir en el ánimo del señor Arzobispo 156 para que consiguiese local donde pudieran vivir todos reunidos, con lo cual usted no necesitaría mandar numeroso personal... » 157.
Finalmente, el 12 de diciembre le escribe de nuevo y como sabe que está intentando la fundación de Lisboa, le dice claramente que vaya a hacerse cargo de los dos colegios al curso siguiente. Termina su petición diciéndole a don Manuel: «Confío en que no serán preferidos los portugueses a los castellanos» 158.
En junio de 1895 hace don Manuel su primera visita a tierras burgalesas. Como resultado de ella, en septiembre se encargarán los operarios de la dirección de los dos colegios; en el de San Carlos se instalan los teólogos y en el de San Esteban los filósofos y latinos.
Un año más tarde vuelve a Burgos el infatigable fundador, pues desea construir un edificio amplio para sede definitiva del colegio. Don Manuel se había prendado de las tierras y de las virtudes de los hombres de Castilla; en las reuniones de los operarios de aquel verano, celebradas en Valencia, les decía entusiasmado: «surge Burgos, campo consolador... El sólo vale más que tres diócesis».
Como siempre, desea terrenos amplios, cercanos al seminario y en la ciudad. Los mejor situados para sus fines los encuentra «en los que posee la compañía del Norte lindantes con la estación ... ». El mismo nos da la descripción exacta: «el solar... es el que está limitado por el ángulo que forma el camino de la estación, el edificio de las adoratrices y otro camino que divide ... ».
En estos terrenos, junto a la estación del ferrocarril, cercanos al seminario, al lado de las adoratrices y mirándose en el histórico Arlanzón, edificará don Manuel el más suntuoso de los colegios de San José 159.
En marzo de 1897 comienzan los preparativos y el 22 de abril se coloca, la primera piedra del nuevo edificio, que se construye bajo la dirección del arquitecto diocesano, don José Calleja 160.
Terminado el edificio, se reúnen en él, los alumnos de San Carlos y San Esteban. Llevan un régimen de vida similar al del resto de los colegios de San José: asisten a las clases del seminario, hacen los ejercicios espirituales a principio de cada curso y celebran las fiestas típicas del Reservado y de san José.
Don Manuel visita muchas veces su querido colegio de San José de Burgos, y en todas ellas aprovecha para hablar a los colegiales y manifestar la importancia de la diócesis y la religiosidad de sus gentes 161. En Burgos pasa la fiesta de la Ascensión de 1897 162, disfruta de una temporada de reposo de una de sus enfermedades en la primavera de 1903 y en junio del año siguiente, en su última visita a la capital de Castilla, sufre una de sus más serias recaídas.
Precisamente en 1903, cuando dirige una plática a sus colegiales, hace un canto de gratitud al Señor por la fundación del colegio al que califica de «envidia para todos los otros» colegios de San José, mientras hace un breve recorrido de la historia de su fundación 163.
El colegio de vocaciones de Burgos seguiría, en adelante, un ritmo ascendente. Aquel que su fundador llamaba el rey de los colegios josefinos, había dado ya a la iglesia de Burgos, en 1923, 340 sacerdotes.
2. Toledo (1899)
Poco sabemos de la historia de la fundación del colegio de vocaciones de Toledo.
Los operarios se habían hecho cargo de la dirección del seminario central de Toledo al comenzar el curso 1898, e inmediatamente piensan en la conveniencia de la fundación de un colegio de vocaciones al estilo de los ya establecidos en otras diócesis.
La finalidad del centro la dejará clara el mismo don Manuel, cuando redacta las bases del mismo y hace un llamamiento a los sacerdotes de la diócesis para pedirles su colaboración. Dice de esta manera: «La Hermandad de sacerdotes operarios diocesanos, cuyo objeto primordial es el fomento, sostenimiento y cuidado de las vocaciones eclesiásticas, invitada por el eminentísimo señor Cardenal para encargarse de la dirección moral y disciplinar del seminario, no creería cumplir con ello bastante los fines de su institución sino procurando atender, principalmente en esta diócesis, al fomento y sostenimiento de las vocaciones eclesiásticas de los de más modesta fortuna, que es el objeto primordial de la misma ... » 164.
Los operarios del seminario de Toledo llevan todos los trabajos y relaciones de la nueva fundación a lo largo del año 98, pues deseaban que comenzara a funcionar el curso siguiente 165. De este modo, el nuevo colegio se inaugura el 4 de enero de 1899 y el día 2 de febrero se coloca en él el Reservado con 1a consiguiente fiesta tan típica de los colegios josefinos 166.
Parecer ser que ese curso contó ya con 44 alumnos, Estos asistían a las clases del seminario y por el Libro de crónicas podemos conocer su género de vida, totalmente igual al de los colegios que ya conocemos y al que los operarios comenzaban a implantar en el seminario toledano: vida de estudio y piedad, clima familiar, trato continuo con los operarios y una relación íntima con el seminario; se invitan mutuamente, celebran en común festividades religiosas y fiestas del calendario escolar, excursiones, etc., etc. 167.
El número de alumnos crece en los cursos siguientes, contándose ya con las secciones de Teología, Filosofía y Latinidad. Algún curso encontramos también canonistas. El Libro citado, 168 es un precioso documento para quien desee seguir al día la vida interna de un colegio de vocaciones de San José: arsenal de datos para reconstruir matrículas de alumnos 169, y las calificaciones obtenidas por cada uno de ellos; los horarios, el menú ordinario y el de los días festivos, las excursiones y los días de ejercicios.
El colegio de San José fue trasladado en 1925 al antiguo edificio del colegio–universidad de Santa Catalina durante el pontificado del cardenal Reig y Casanova, convirtiéndose en seminario menor diocesano.
Desde la fundación de Tortosa, hasta la del colegio de Toledo, don Manuel había abierto un largo camino en la pastoral de las vocaciones.
Suficiente camino y un buen manojo de obras para un apóstol, que se preparaba a celebrar el 63 aniversario de su nacimiento; e igualmente, suficientes trabajos para quebrantar la salud más robusta y suficientes méritos para ser admirado y recordado.
Pero la aventura de mosén Sol no ha terminado. Los ecos de sus colegios y especialmente del de Roma, se dejarán oír muy fuertes. Y se multiplicarán los encuentros, las llamadas angustiosas que un corazón como el suyo no puede dejar sin respuesta.
Don Manuel y sus operarios emprenden, ahora ya todos juntos, una nueva aventura apostólica. Dura, espinosa, fecunda, desconocida. Intentan responder a la llamada ciertamente angustiosa, de los seminarios. Aventura en la que nunca habían soñado y a la que, sin embargo, va a seguir sintiéndose llamada la Hermandad hasta nuestros días.
NOTAS
1. E.III, Varios, 11, 2.º, 1, f. 1.
2. Puede verse una breve biografía del mismo en Correo Josefino, septiembre 1897, D.» 9, p. 2.–Asimismo las cartas que envía a Ferreres: en RAH, carp. 3, especialmente las del 3–2–84; 14–7–84 y las escritas directamente a don Manuel hasta su fallecimiento.
3. E.III, Varios, 2.º, 1, fol. 2.
4. Don Mariano Benito Barrio Fernández nace en Huesca el 21 septiembre 1876: cf. Diccionario de Historia Eclesiástica de España 1, Madrid 1972, 195.
5. J. de Andrés, Un hombre que supo darse, 145.
6. E.III, Varios, 2.º, 1, f. 2.
7. Sobre don Vicente Vidal, cf. El Correo Interior josefino 3 (1897) 2–3.
8. E.III, Varios, 2.º, f. 3.
9. Ibid., f. 5.
10. En R.C.C.E. 1, 310–313 viene contada toda la escena a que nos referimos.
11. Ibid., 213. El nombramiento oficial está firmado el día 1 de diciembre de 1894 y se conserva en el Archivo del colegio y una copia literal en el mismo volumen citado, 348–349.
12. Cf. supra, p. 70.
13. Una descripción literaria, pero exacta, de la casa y de la «formación» que en ella se impartía, en J. de Andrés, Un hombre que supo darse, 144–146.
14. E.III, Varios, 2.º, 1, f. 5.
15. Cf. V. Cárcel Ortí, Segunda época del seminario conciliar de Valencia, 33.
16. E.III, Varios, 2.º, 1, f. 6.
17. Ibid., f. 7.
18. E.I, Predicación, 8.º, doc. 31, f. 1.
19. E.III, Varios, 2.º, 1, f. 7.
20. E.II, Cartas, 2.1, 47.
21. E.III, Varios, 2.º, 1, f. 8.
22. Ibid., f. 9.
23. El agente de negocios a que nos referimos es don Rafael Rodríguez de Cepeda, según consta en la nota del folio 12 de los mismos manuscritos de don Manuel.
24. La escritura se hizo a favor de don Ignacio Guillén, don Manuel Domingo y Sol, don Pedro Aparisi y don Vicente Vidal. Se hizo pro indiviso, pudiendo cada uno de ellos disponer siempre de la parte individual del terreno y edificios que se construyeran, pero a condición de que si no disponían de dicha parte durante su vida y taxativamente en testamento, se entendía que pasaba a los sobrevivientes para que el último dispusiera de la finca» (cf. E.III, Varios, 2.º, 1, f. 13). El 3 enero 1903 don Manuel Domingo y Sol es dueño de toda la finca por legado de don Vicente Vidal el 22 de marzo de 1892 y por fallecimiento de don Ignacio Guillén y de don Pedro Aparisi. Y la vende a la Hermandad, representada por los operarios don Juan Estruel, don José Pellicer y don Felipe Tena en la fecha señalada. La primera escritura se hizo ante el notario don Miguel Taso, de Valencia y se inscribió en el Registro de la Propiedad en el folio 144, tomo 473, libro 115 de las afueras, finca 3461, inscripción 5.º. Todos estos datos constan en el original y en una copia de la «Escritura de venta otorgada por don Manuel Domingo y Sol..., etc., el 3 de enero de 1903, ante el doctor don Vicente Sancho–Tello> notario de Valencia. Número 24», que se conservan en el archivo de la Hermandad (RAH, carp. 7, V.L.E.–col. 1 y 2).
25. E.III, Varios, 2.º, 1, f. 13 y 14.
26. Fomento, Instrucción Pública n.º 551 (original en RAH, carp. 7 «casas de la Hermandad», leg. l).
27. El borrador manuscrito del Acta y el discurso íntegro pronunciado por don Vicente Vidal se encuentra en RAH, carp. 7. V.L.E.–col. 1.
28. E.III, Varios, 2.º, 1, f. 14 y 15.
29. Ibid., f. 15.
30. Ibid., f, 18, nota 4.
31. Ibid., f. 17 y 18. En RAH pueden verse los originales de la solicitud para la celebración del Reservado del 28 de enero de 1888 y la concesión en esa misma fecha y en anos sucesivos (cf. RAH, V.L.E., col. l).
32. E.III, Varios, 2.º, 1, f. 20
33. CL copia autógrafa de la solicitud en RAH, 7, V.L.E. col. 1.
34. Ibid.
35. E.III, Varios, 2.º, 1, f. 23. – La copia manuscrita del decreto puede verse en RAH, 7, V.L.E., col. 1.
36. Cf. BEDV 19 (1891) 533–537.
37. La carta autógrafa del señor Carrasco, secretario de cámara, a la que adjuntaba el Boletín, se encuentra en RAH, 7, V.L.E. col. 1.
38. Cartas de don Miguel: véase la del 4 septiembre 1891 con el croquis que sigue a continuación, y la siguiente. El borrador para D. A. Carrasco y la carta «1891 M. I. Sr. D. Aureo Carrasco Díez del 8 sept. 1895, 5 folios.
39. E.II, Varios, 2.º, 1, f. 29.
40. Ibíd.
41. E.I, Predicación, 5.º, 30, f. 1–2,
42. Ibid.
43. E.I, Predicación, 5.º, 30, f. 4.
44. Felipe Tena: cf. El Correo Interior Josefino 119 (1932) 25–26.
45. Sobre la figura de don José M.ª Caparrós se hablará más despacio al escribir la fundación del colegio de Roma por la parte que toma en ella.
46. Sobre don Vicente Vidal, cf. A. Torres, Vida, 367–371.
47. Cf. V. Cárcel Ortí, Tercera época del seminario conciliar de Valencia, 56–57.
48. E.III, Varios, 2.º, 1, f. 36.
49. Recuérdese, por ejemplo, un hecho al que hace alusión don Manuel en sus escritos. El día 25 de agosto de 1893, y firmado por el rector don Vicente Rocafull y Vélez, aparece un oficio en el cartel de anuncios del seminario en el que se dice que quienes deseen ser alumnos internos del colegio deben presentar la solicitud en el rectorado, que será quien juzgue, investigue... y admita... (Copia autógrafa de dicho edicto: cf. RAH 7, V.L.E. col. l).
50. E.III, Varios, 2.º, 1, f. 36.
51. Cf. V. Cárcel Ortí, Tercera época.... 50–52.
52. Ibid., 29.
53. Original de solicitud y concesión del 23 septiembre 1896 por el cardenal de Valencia, puede verse en RAH 7, V.L.E. col. 1.
54. Cf. en BEDV 40 (1932) 277–278.
55. Las Bases en RAH, 12–6–1933 con la aprobación de la Sagrada Congregación de Seminarios y Estudios Universitarios. El 13 de julio de 1934 se añadió a las bases una adicional para el caso de que el convenio hubiera de rescindirse. La Sagrada Congregación aprueba el convenio definitivo con fecha 11 de diciembre de 1934. El original firmado por el arzobispo, don Prudencio Melo y Alcalde, y por el Director General y ratificado por la Sagrada – Congregación, véase en el RAH, carpeta–memoria de dicha transformación manuscrita, realizada por José M.ª Jiménez el 27 mayo 1933, en 20 pág. Cf. RAH, carta del arzobispo de Valencia, del 20 julio 1948 cediendo definitivamente a la Hermandad incluso los derechos que «pudiera» adjudicar la diócesis.
56. Cf. RAH, relación de don Andrés Roca, rector del seminario menor (colegio de vocaciones) y la carta contestación del arzobispo de Valencia, Marcelino Olaechea, del 30 de agosto de 1946 en que acepta las becas y agradece a la Hermandad este nuevo gesto de «su amor a la archidiócesis: y edificado de la altura de miras que a la Hermandad caracteriza».
57. E.III, Varios, 4.º, 1, f. 1.
58. G. Mártil, Manuel Domingo y Sol, 191.
59. Era obispo de Murcia don Tomás Bryan Livermoore; tendremos nuevamente ocasión de encontrarlo, con motivo de la fundación del Pontificio Colegio Español de Roma. Fue prelado de Murcia desde el 1885 a 1902.
60. E.III, Varios, 4.º, 1, f. 2.
61. RAH, carp. 2, doc. 16, fol. 2. Es la carta del 3 de mayo de 1888.
62. Ibid., doc. 17, f. 1: Carta del padre Requesens a don Manuel 14–5–88.
63. E.III, Varios, 4.º, 1, ff. 2–3.
64. Ibid., f. 3.
65. Ibid., f. 3.
66. Ibid., f, 6.
67. Formaron dicha junta con el rector del seminario: don José Cánovas, chantre de la catedral; don Félix Sánchez García, párroco de San Lorenzo y profesor del seminario; y don Ramón Fernández Asensio, párroco de San Pedro (cf. Ibid., f. 5–6).
68. Ibid., f. 6.
69. La alusión a las aleluyas tiene su origen en la visita de despedida que hicieron los operarios al obispo de Murcia el día 28 de mayo de 1888. El obispo «preguntó cuántos alumnos pensaban tener con el tiempo, y habiendo ellos contestado que antes de pocos años confiaban tener 300, replicó el prelado: si esto fuese, tendremos que cantar 300 aleluyas (cf. E.III, Varios, 4.º, 1, f. 6).
70. Carta de 26 julio 1888, citada en A. Torres, Vida, 267.
71. Cf. G. Mártil, Manuel Domingo y Sol, 193.
72. RAH, carp. 2, leg. 37, doc. 39. Es la carta de 26 octubre 1888.
73. Cf. Carta del 10 febrero 1889 a la madre Providencia: E.II, Cartas, 3.º, 10.
74. E.II, Cartas, 3.º, 10, f. 2–3.
75. Carta a su primo el padre Marro, S.J. del 9 mayo 1889. Cf. E.II, Cartas, 3.1, 23, f. 3. En dicha carta habla ya también del colegio de Orihuela y de la peregrinación de congregantes a Roma.
76. Carta de 11 junio 1889: cf. RAH, carp. 2, leg. 38, doc. 17. Es la carta autógrafa de don Francisco Belló a don Manuel.
77. E.III, Varios, 4.º, 2, ff. 1–2.
78. Los esquemas originales de las pláticas de don Manuel a los colegiales de Murcia pueden verse en E.I, Predicación, 8.º, 36–45.
79. E.III, Varios, 4.º, 6, f. 1.
80. Para todo el desarrollo de la fundación durante estos primeros meses véanse las cartas de don Ramón Belló a don Manuel en las que va informando puntualmente de todo. Merecen especial atención las del 18 de marzo, 2 de junio y 4 de agosto de 1889: cf. Torres, Vida, 270–271. Y las respuestas de don Manuel en E.II, Cartas, 3.º.
81. Texto de la carta de 4 de agosto: cf. Torres, Vida, 270–271.
82. Carta de don Manuel a don Esteban Ginés de 11 enero 1889: E.II, Cartas, 3.º.
83. Cf. RAH, carp. 7. Orihuela: el documento original manuscrito de don Manuel, firmado en Tortosa el 9 de agosto. En el mismo documento está la concesión del obispo,
firmada en Orihuela el 13 de septiembre del mismo año. Era obispo de Orihuela don Juan Maura y Gelabert, que lo fue desde el 2 de octubre 1886 al 24 de enero 1810.
84. El texto original de la circular; cf. E.III, Varios, 4.º, 3.
85. RAH, Miñana, Diario, cuaderno 1.º, f. 2.
K Cf. el testimonio de don Romualdo Soler, en A. Torres, Vida, 271.
87. Sobre don Romualdo Soler Martí, cf. El Correo Interior Josefino 416 (1931) 307308. Nada decirnos ahora sobre don Benjamín Miñana, pues nos ocuparemos ampliamente de él al tratar de la fundación y primeros años del colegio de Roma.
88. E.III, Varios, 4.º, 6, f. 3.
89. RAH, Miñana, Diario, cuaderno 1.º, 20–21.
90. Ibid., 35.
91. Es el testimonio de don Luis Almarcha, entonces canónigo de la catedral de Orihuela, citado en A. Torres, Vida, 377.
92. Sobre don Esteban, cf. El Correo Interior Josefino 165 (1908) 166 (1908) 200–206.
93. G. Mártil, Manuel Domingo y Sol, 196.
94. Cf. RAH, carp. 18–1. Las cartas de don Esteban a don Manuel de 3 y 4 abril 1887.
95. Carta de 4 octubre 1887, en RAH, carp. 2.
96. RAH, libreta Apuntes para la Historia.... 2–3–
97. Ibid., 3.
98. Ibid., 4.
99. Ibid., 12, 18–21.
100. Ibid., 12–13.
101. Ibid., 34. En páginas anteriores escribe don Esteban: «El colegio de vocaciones eclesiásticas de Plasencia no se ha fundado y edificado como otros con limosnas por no ser este país a propósito para estas postulaciones sino con el trabajo continuo del Pbro. Don Esteban Ginés y de algunos parientes y amigos a quienes aquí nombro como testimonio de gratitud deseando que nuestro Señor les premie en el cielo. Cuando el año noventa, día veinticuatro de abril, se compró la casa actual por una singular providencia de Dios, el que suscribe apenas podía disponer de mil pesetas; pero mi señora hermana doña Juana Ginés tuvo la atención y la caridad de prestarme seis mil pesetas en papel del Estado que se vendió y mi señor padre dos mil pesetas en metálico, que (con) las mil que yo tenía y otras mil que pude reunir hasta el día fijado para el pago del primer plazo suman diez mil... las restantes once mil pesetas se pagaron en tres años consecutivos con los ahorros que yo hice como capellán del colegio de San José, estipendio de misas y muchas clases particulares... No se han recibido en este colegio limosnas de consideración, pues la mayor no ha excedido de 200 pts. y esto una sola vez ... » (Ibid., 30–33).
102. Ibid., 36–37. Otros detalles sobre la compra de la casa, etc., en 41–42.
103. En El Correo Interior Josefino 166 (1908) 202.
104. Cf. A. Torres, Vida, 428.
105. E.II, Cartas, 3.º, 7.
106. RAH, Carta de 2 diciembre 1892, «carp. operarios», 18–1.
107. Carta de 11 diciembre 1892: E.II, Cartas, 5.º, 3.
108. Carta de 1 mayo 1892. E.II, Cartas, 5.º, 3.
109. Cf. RAH, carp. 7, «Casas de la Hermandad», leg. 1, el autógrafo de dicha solicitud firmada con fecha 2 julio 1893 y la concesión del obispo de 6 julio en el mismo documento.
110. La copia simple se conserva en RAH, carp. 7, l.º.
111. El obispo Orberá y Carrión ocupó la sede de Almería desde finales de 1875 hasta noviembre de 1886. Le sucedieron en el gobierno de la diócesis don Santos Zárate y Martínez (1887–1906), don Vicente Casanova y Marzo] (1907–1921) y don Bernardo Martínez Noval (1921–1934) en el tiempo a que nos vamos a referir.
112. Cf. en RAH las bases manuscritas y firmadas el 5 septiembre 1894 por «+ Santos, obispo, de Almería», carp. 7, 1.º.
113. Dado el interés de estas dos cartas y a fin de evitar repeticiones y citas continuas, damos un extracto de las mismas.
La primera es del 24 de agosto de 1894, escrita en Tortosa, a su vuelta del viaje a la ciudad de Almería (E.II, Cartas, 7.º, 138): «Día 20, lunes... a las 4 al vapor. Levantó anclas a las 6. Tiempo apacible. Era una delicia rezar en el barco. Dormimos bien y a las 4 de la mañana enfrente de la hermosa Almería. Día 21 –martes– A las 5 desembarcamos en el muelle, nos aguardaba el secretario del obispo y otro canónigo. Dijimos misa en la bellísima catedral. Visita al obispo. Comimos con él. Vimos el edificio colegio. No nos gustó. Dijimos al obispo que lo aceptaríamos pero... con la condición de levantar nosotros otro de planta para 200 alumnos pues allí no caben más de 70. Le agradó, pero se asustó. Por la tarde fuimos a recorrer la ciudad. Nos alojaro (mos) en el seminario. Día 22. – Redactamos bases que enseñamos al señor obispo y le gustaron. Corrimos un poco. Nos fijamos en un edificio que no tiene más que el terreno y que había sido convento de dominicos... Con todo, por hoy entraremos en el edificio–colegio pequeño; después Jesús dirá, pues creo que tiene designios sobre nuestra obra en este país de poco y flojo clero...»
La segunda está escrita el 11 de septiembre del mismo año y dirigida a don Esteban Ginés, director del colegio de Plasencia (E.II, Cartas, T', 143): «Supongo recibiría Vd. de Caparrós (José María, un operario) una carta que escribí refiriendo nuestro viaje a Almería. Así se lo encargué. Ayer recibí firmadas por el obispo de Almería las bases o condiciones de nuestra entrada en aquella diócesis. Son muy favorables al prelado, pero para nosotros no perjudican. Ocupación del edificio actual y entrega de sus camas y muebles para uso de la Hermandad. Libertad de poder hacer nosotros otro colegio si no queremos usar gratuitamente de aquel (el cual no nos gustó). Se me dice que el obispo está contentísimo y el cabildo también pues le ha consultado el obispo. ¡Qué diócesis para hacer el bien. Vez por Jesús de encontrarnos un par de operarios de celo que vayan a santificar aquella población de noventa mil almas sin tener ni un instituto religioso, y aquella diócesis, cuyos párrocos en su mayor parte son de carrera breve (es decir la carrera de ignorantes). ¡Si le dijera cómo va Jesús Sacramentado por las manos de algunos de ellos ... » (Los subrayados y paréntesis son del mismo don Manuel).
114. Cf. A. Torres, Vida.... 430.
115. RAH, carp. 7, 1.º en el documento de las bases firmado por el vicario capitular S.V. de la diócesis de Almería el 15 septiembre 1906, don José M.º de Rojas y Solís.
116. RAH, bases adicionales de 19 octubre 1906. Original en carp. 7.
117. Cf. RAH la copia de las bases firmadas por el prelado y por Sebastián Bover, Pbro., operario, en nombre de la Hermandad.
118. E.II, Cartas, 9.º, 122.
119. El Congregante de San Luis (nov. 1892), recomendación particular del mes.
120. Cf. carta 9 junio 1893 a Miñana (E.II, Cartas, 6.º, 103).
121. Carta a Esteban Ginés de 1 mayo 1893 (E.II, Cartas, 6.º, 54).
122. Carta 15 mayo 1893 (E.II, Cartas, 6.º, 81).
123. R.C.C.E. 1, 210. Es patriarca el cardenal Netto.
124. E.II, Cartas, 7.º, 4.
125. Ibid., 7.
126. RAH en cartas dirigidas a don Manuel, carp. 18, leg. 2, doc. 15. Es la carta de 10 noviembre 1894.
127. E.II, Cartas, T', 167.
128. Especial interés merecen las cartas de 22 y 24 de abril (E.II, Cartas, 8.1, 38 y 39).
129. E.III, Varios, 8.º, 21.
130. Ibid., 22.
131. RAH, cartas dirigidas a don Manuel, carp. 5, leg. 8, doc. 20.
132. E.II, Cartas 8.º, 41. –Es la carta de 14 mayo 1895 a Miñana.
133. E.II, Cartas, 9.º, 122.
134. Ibid., 135.
135. Ibid., 217.
136. Véase por ejemplo El Correo Interior Josefino 3, pp. 6–7; 4, pp. 4–6; 5, p. 1; 6, p. 4; 8, p. 3; 10, p. 4–6; 13, p. 5; 14, p. 6–7; 15, p. 5; 17, p. 4, etc.
137. Los operarios eran: Manuel Marzá, director, Sebastián Forner, Francisco Sojo y Pedro Grau.
138. E.II, Cartas, 14.º, 56.
139. Ibíd., 57.
140. E.III, Varios, 8.º, 63–71. Puede verse la carta del patriarca de Lisboa a los obispos portugueses sobre el colegio de Roma, el borrador preparado por don Manuel para la circular sobre el «colegio portugués de San José de estudios eclesiásticos en Roma» y otros documentos que guardan un natural paralelismo con los de la fundación del colegio español.
141. E.II, Cartas, T', 101.
142. E.II, Cartas, 9.º, 122.
143. Toda la correspondencia, puede verse en RAH. Cartas a don Manuel, carp. 17, leg~ 8.
144. E.III, Varios, 8.º, 21 y 22.
145. Carta de Serrano a Miñana: cf. RACE, Crónicas, 11, 25.
146. Ibid., 26.
147. E.II, Cartas, 12.º, 178.
148. RCCE, 111, 26.
149. E.II, Cartas, 12.º, 204: carta de 2 noviembre 1899 a don Andrés Serrano.
150. Cf. Seminaria Ecclesiae Catholicae, Roma 1963, 301–302. RAH, apuntes manuscritos de A. Torres, titulados El pontificio colegio portugués en Roma, 5 folios.
Para la historia del colegio portugués en Roma, cf. J. de Castro, Portugal en Roma II, Lisboa 1939, cap, IV, 425.
151. Ibid. 193–241.
152. RAH. Notas sobre la fundación de Madrid. Manuscritos de A. Torres, 3 folios en apuntes para una nueva edición de la vida de don Manuel, cap. XXXII. Sobre el proyecto de fundación en Madrid y circulares que don Manuel escribió sobre el mismo, cf. E.III, Varios, 1.º.
153. RAH, Ibid.
154. RAH, carp. 4, leg. 10, doc. 5.
155. E.II, Cartas, 7.º, 154.
156. Era arzobispo de Burgos don Gervasio María Aguirre y García.
157. Es la carta de 24 octubre 1894: cf. RAH, «cartas a don Manuel», carp. 4, leg. 10, doc. 29.
158. Carta de 12 diciembre 1894. RAH, «cartas a don Manuel», carp. 4, leg. 12, doc. 3.
159. Así nos lo describe el cronista en El Correo: «La fachada principal tiene 97 metros de larga, y desde sus extremos se prolongan dos pabellones hasta 53 metros, formando ángulo recto con el cuerpo de fachada, y dos cuadros abiertos con el pabellón central que, partiendo del medio del cuerpo de fachada, se prolonga hasta 33 metros, paralelo a los pabellones extremos; tres grandes escaleras facilitan la subida a los pisos, situadas una en cada extremo y otra en el centro. Habrá dos porterías, una en cada extremo del edificio, para las dos diferentes secciones de alumnos, en todo separadas... Que en dos grandes patios y mucha extensión de terreno en la parte posterior del colegio, para huerto y recreos, dando al mediodía, muy bien situados para invierno, que es lo principal en Burgos (Correo Interior josefino 9 [1897] 8).
160. Cf. El Correo Interior Josefino (5 mayo 1897) 3 y (9 septiembre 1897) 6 y 8.
161. E.I, Predicación, 8.º, 102. Las homilías, sermones y charlas de don Manuel a los colegiales de Burgos: cf. Ibid., doc. 102–106, y en vol. 5.º, doc. 18–67 entre los dirigidos a seminaristas.
162. El Correo Interior Josefino 7 (1897) 4.
163. E.I, Predicación, 8.º, 106.
164. E.III, Varios, 8.º, 65.
165. Cf. RAH, «cartas a don Manuel, carp. 6, leg. 11, doc. 41; leg. 12, docs. 24 y 37, etc.
166. El Correo Interior Josefino 28 (1899) 6.
167. RAH, véase, por ejemplo, en Crónicas del colegio de San José de Toledo, 23, 26, 28, 29, 53... etc.
168. Fuente inapreciable para seguir la vida del colegio es Crónica del colegio de San José de Toledo. Libreta manuscrita solamente numeradas las 79 primeras páginas y el resto sin paginación alguna. Abarca desde el comienzo del curso 1900–1901 hasta el día 9 de octubre de 1923.
169. Ofrecemos aquí el número de alumnos del colegio de vocaciones eclesiásticas de San José de Toledo tal como lo hemos podido rehacer a base del libro «Crónicas» al que aludimos continuamente y de la Hoja de personal y cargos de la Hermandad de sacerdotes operarios, que comienza a imprimirse el curso 1911–1912.
Enero 1899: 44 alumnos
Curso 1899–1900: 108 alumnos
Curso 1900–1901: 164 alumnos: 38 teólogos, 23 filósofos, 103 latinos
Curso 1901–1902: consta.
Curso 1902–1903: 199 alumnos: 54 teólogos, 50 filósofos, 95 latinos
Curso 1903–1904 no consta.
Curso 1904–1905: 76 alumnos: 19 teólogos, 23 filósofos, 34 latinos
Curso 1905–1906: 55 alumnos: 17 teólogos, 19 filósofos, 19 latinos
Curso 1906–1907: 43 alumnos: 26 teólogos y filósofos, 17 latinos
Curso 1907–1908: 21 teólogos y filósofos, latinos (no consta)
Curso 1908–1909: 46 alumnos: 14 teólogos, 2 filósofos, 30 latinos
Curso 1909–1910: 48 alumnos; 7 teólogos, 7 filósofos, 34 latinos
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Apóstol de las vocaciones
Puesto que en el fomento de las vocaciones sacerdotales, incluso en las circunstancias dificilísimas de su tiempo, no dejó nada por intentar, puede llamarse con toda razón «el Santo Apóstol de las vocaciones sacerdotales».
(Decreto de Venerable)
I. PASTORAL DE LAS VOCACIONES EN LA ESPAÑA DEL SIGLO XIX
Para centrar y valorar la contribución que supone la obra de mosén Sol a la pastoral de las vocaciones de su tiempo, hemos de comenzar haciendo un análisis de la misma, en el contexto socio–religíoso de la época: determinar el hecho, analizar sus causas y valorar los caminos de solución que se fueron explorando. Sólo después de este análisis, aunque no sea exhaustivo, podremos situar, en sus justos límites, la novedad que aportó mosén Sol con todas sus empresas en favor de las vocaciones y de los seminarios. No obstante, el apartado de seminarios lo estudiaremos más adelante, pues si es cierto que cabe totalmente dentro de la pastoral vocacional, es tal su volumen de importancia que merece ser tratado separadamente, aunque ya aquí se vayan apuntando datos de interés.
1. La escasez de vocaciones y sus causas
A lo largo de la segunda mitad del siglo XIX asistimos a un descenso notable de las vocaciones sacerdotales. Siendo más exactos diríamos que se produce un gran descenso de ingresos en los seminarios, un abandono elevado y una permanencia muy menguada. El fenómeno afecta tanto a seminarios diocesanos como a casas de formación religiosa. Geográficamente el hecho es bastante general en todas las naciones católicas, si hemos de hacer caso de las revista del tiempo 1, aunque por naciones católicas se entendiera fundamentalmente las europeas.
Las causas también generales en el espacio y en el tiempo son complejas, y de ellas hemos venido dando cuenta en este estudio: las frecuentes revoluciones y disturbios políticos, la persecución del clero, tanto regular –exclaustración, matanzas, destierros, desamortizaciones– como secular: expulsión de prelados, desamortización, negación de validez académica a los estudios cursados en los seminarios y otras de nivel más local.
En España el panorama no es tampoco muy halagüeño. Si la escasez de clero comienza a sentirse poco después de la revolución de 1868 2, hemos de concluir que los seminarios venían notando el vacío una serie de años antes.
Recordemos que el problema venía arrastrándose ya desde principios de siglo, de tal manera que el primer descenso notable de vocaciones eclesiásticas, en España, es consecuencia de la invasión napoleónica. Durante la guerra de la independencia fueron muy frecuentes los abandonos en masa de los seminarios y casas religiosas. Y no faltaron quienes, dejado el seminario, se enrolaron también masivamente en los cuerpos de defensa, cuando no eran ellos mismos los que formaban una compañía de escolares, como en Vich, que, como nos recuerda Casanova «sí bien ayudó a la defensa de la patria, a la fuerza había de ser una calamidad para su formación literaria y espiritual» 3. Los conventos, por otra parte, habían sido suprimidos por decreto de 18 de agosto de 1809.
Después de un tiempo de relativa paz –los años de Fernando VII–, en que los seminarios se repueblan, llega la persecución de 1834, las matanzas de 1835 en Zaragoza, Murcia, Barcelona, etc., y la supresión de conventos por el decreto de 25 de julio de 1835. La norma alcanzó a unos 900 conventos y llegaba precedida de la extinción de la Compañía de Jesús 4. La obra de desamortización se concluirá en los años exaltados del 40, con el destierro de varios obispos Y la nacionalización de bienes eclesiásticos.
En esta época tiene lugar la fundación, por parte del Estado, de los primeros institutos de segunda enseñanza y para favorecerlos se prohibe la admisión de alumnos externos en los seminarios 5.
A esta inseguridad, a las revoluciones y a los levantamientos, vino a añadirse la pobreza extrema que venía sufriendo el clero. Circunstancias que no creaban un clima propicio para que pudieran brotar y consolidarse las vocaciones eclesiásticas, como tampoco se consolidaron otras instituciones de tipo religioso que arrastran una vida desordenada e incompetente.
La calma que siguió a los años cincuenta, desapareció con la revolución de 1868. La revolución, enarbolando la bandera de las libertades, disuelve nuevamente la Compañía y pocos días después otras órdenes religiosas; suspende la contribución a los seminarios y se incauta incluso de varios de sus edificios.
Todos estos hechos repercutieron en un gran desprestigio del clero y una de sus primeras consecuencias fue la disminución de alumnos de los seminarios. Aun las diócesis más fecundas en vocaciones, acusaron los golpes recibidos en el bajón que sufrió su matrícula de seminaristas 6. En varias diócesis estos fueron enviados a sus casas, por no poder disponer de edificio o por falta de medios para sustentarlos 7.
Los obispos en sus cartas pastorales se hacían eco continuamente del problema y elevan peticiones al Congreso para que se remedie la suerte de los seminarios. «Apenas hubo obispo que no lamentara la escasez de clero y de vocaciones» 8.
Son especialmente significativas las llamadas, que desde sus boletines hicieron los arzobispos de Burgos, Granada y Zaragoza y los obispos de Córdoba, Almería y Tortosa, por sólo señalar algunos. Todos ellos coinciden en el análisis de las causas: dificultades socio–políticas, el menosprecio en que había caído la clase sacerdotal, la falta de educación religiosa de las familias y la influencia negativa de los medios de comunicación social 9.
Todos están de acuerdo, también, en que «el remedio era urgentísimo y dificultoso al mismo tiempo». Y vuelven su vista hacia las clases más necesitadas. «Es preciso, concluirá el de Granada, atraer al mismo a las clases pobres, facilitándoles el acceso al seminario».
2. Soluciones intentadas
Como solución a tan angustioso problema, surgen en distintos puntos de la geografía española diversos intentos de solución.
En esta línea hemos de apuntar el incremento de los seminarios mixtos, que, si bien venían funcionando como tales algunos de ellos 10, ahora, como ya dejamos apuntado, encuentran un acérrimo defensor en don Francisco de A. Aguilar, rector del seminario de Córdoba y más tarde obispo de Segorbe 11.
Otro de los medios de que se sirvieron los obispos para aumentar las vocaciones eclesiásticas, consistió en facultar a los párrocos para abrir clases de gramática y demás asignaturas de los primeros años de la carrera eclesiástica. Era menos costoso para los padres y bastaba un examen en el seminario al final de cada curso para seguir adelante 12. Son las llamadas escuelas rurales, que más tarde, darán origen a las preceptorías. Nos consta que existían en Córdoba 13, Salamanca y Ciudad Rodrigo 14, Almería, Tortosa 15, Tarragona y Valencia 16.
En muchas diócesis, tal vez forzados por la acuciante escasez de clero, se recurrió a las llamadas carreras breves o menores. «Los alumnos que hacían carrera breve solían ser ya de edad madura, fracasados en otros oficios, de familias muy humildes y, salvo raras excepciones, poco dotados intelectualmente» 17.
Pero, sin duda, la solución más general a que se recurrió fue a la creación de colegios para pobres, bien como una sección del mismo seminario, bien en edificios aparte. Así surgen la «Casa de Estudiantes Pobres» de Huesca en 1866 18, los colegios de San Carlos de Burgos en 1876 19, el colegio–seminario de Belchite en la diócesis de Zaragoza 20, el colegio de San Fernando en Granada 21, la, sección de pobres del seminario de Almería 22 y del de Ciudad Rodrigo 23, la «Obra Pía de estudiantes pobres de San Isidoro, Arzobispo de Sevilla» 24 y los primeros colegios de San José en Vich 25 y Córdoba 26, y el que hemos estudiado, de Tortosa. En otras partes recurrieron a la creación de becas o a otras formas, de ayuda para favorecer la entrada y permanencia en el seminario de los alumnos, hijos de familias necesitadas 27.
Esta era la situación y estas las principales iniciativas, que intentaron solucionar momentáneamente el angustioso panorama de los ingresos en los seminarios españoles de la segunda mitad del siglo XIX.
Numerosas y fecundas fueron las iniciativas, si bien adolecieron de localismo, y de falta de contextura interna, salvo raras excepciones, como puede ser el colegio de Vich o el de Córdoba. Muchos de los colegios desaparecieron con la persona que los fundó o el prelado que los protegía. Hubo intentos positivos, con grandes valores, fruto de recias personalidades, pero, como un signo más, del catolicismo español de la época, no hubo conexión; a pesar de las crónicas. de Carbonero y Sol y de Aguilar desde La Cruz, cada obra permanecía en el pequeño círculo de la ciudad donde había brotado, adoleciendo, por tanto, de un carácter universal y comunicativo que tanto necesitaba España.
El paso hacía una pastoral organizada de las vocaciones será la gran intuición y la fatigosa empresa de Manuel Domingo y Sol; primero, a través de su obra de las vocaciones eclesiásticas por medio de los colegios de San José, y más tarde en la renovación de los mismos seminarios.
La pastoral de las vocaciones no consistiría para él sólo en llenar sus colegios. Es hijo de su tiempo y víctima de los defectos de la formación que le tocó en suerte. No se contentará con lamentos. Creará una pastoral vocacional, unos centros de atención y cultivo de las vocaciones, una revista que los acompañe y sonará incluso con el apostolado organizado de los antiguos alumnos de sus colegios. Este es el último tramo de una pastoral de las vocaciones organizada y permanente.
II. MANUEL DOMINGO Y SOL, APOSTOL DE LAS VOCACIONES
1. «La formación del clero, llave de la cosecha»
Situemos de nuevo el personaje. Manuel Domingo y Sol está en la cota de los cuarenta, cuando se entrega de lleno a la obra de las vocaciones. Hombre dinámico y reflexivo, ha recorrido, como vamos viendo, un largo caminar de su vida sacerdotal y apostólica. También ha hecho camino en su vida interior.
El mismo nos contará su propia vocación de operario, es decir, de apóstol de las vocaciones 28. Hasta llegar a este punto –nos dice– recorrió los senderos del desprendimiento, no teniendo «ninguna mira humana, ni aun de esas que son lícitas en la carrera sacerdotal»; palpó la insatisfacción de los «ministerios voluntarios», sintió en propia carne de sacerdote joven «una ambición santa que Parecía querer lanzarnos al mismo tiempo a todos los campos» de la acción apostólica; quería llegar a las parroquias, a las misiones, dedicó muchas horas al confesionario y a la dirección espiritual, había empleado lo mejor de su tiempo con la juventud y los obreros.
A pesar de todo –confiesa «no nos llenaba completamente para henchir las velas de nuestros santos deseos y menos dependiendo los resultados de nuestro personal e individual trabajo expuesto a tantos cambios de dirección... y hubiéramos querido tener en nuestra mano medios para todo; y unirnos y ayudarnos... y establecer asociaciones varias, librándonos de los peligros de [la] inestabilidad».
Por su imaginación pasó el entrar en algún instituto religioso, para poder satisfacer estas aspiraciones. Había vencido ya la tentación del individualismo y del goce solitario de los triunfos personales. La incertidumbre de la llamada, las ataduras externas para ciertos actos de celo y lo que llamaba su poquedad le libraron de ser religioso. El espíritu de don Manuel se va afinando. Los trabajos le agobian, le entretienen, «nos mecían en la indolencia, en las alas de la duda y de la incertidumbre». Se encuentra dividido, sin saber a qué atender, «entre varios campos que nos rodeaban... nos malgastaban las energías». Su alma está a punto de estallar y de granar cuando escribía que «si había de vivir de este modo, no lo podría aguantar; y si Dios no me bendice pronto una obra sacerdotal que proyecto, habré de dejar la mitad de lo que tengo entre manos» 29.
Don Manuel llega al fondo cuando nos confiesa rotundamente: «Entonces comencé a entender que la formación del clero es lo que podríamos llamar la llave de la cosecha en todos los campos de la gloria de Dios. El Señor pone el remedio al lado de las necesidades de cada época. ¡Mucho clero y bueno! Es la única solución. Es la llave de la cosecha. Con esto todo puede esperarse. Sin esto, casi son inútiles los esfuerzos» 30.
Como hombre que es, fogoso y afectivo, le cuesta despegarse totalmente de sus otros compromisos. Y metido ya de lleno en sus tareas de fundador de colegios de vocaciones, no se avergüenza en confesar: « ... Todos me dicen que debo abandonar todo otro trabajo, y más el de las monjas, para no pensar más que en esto. Y el corazón mío se resiste, y Jesús que me perdone si no tengo valor para hacer del todo el sacrificio ... » 31.
2. La obra de las vocaciones
Don Manuel comienza su obra como había comenzado en otras partes. La ocasión de la fundación del colegio de Tortosa fue ese encuentro, que ya dejamos relatado, con uno de tantos seminaristas pobres y abandonados a sus propios impulsos e iniciativas.
Pero quiere que la obra de las vocaciones no sea sólo resultado de las ilusiones de un hombre que la crea, para dejarla más tarde morir o arrastrar una vida lánguida. El mismo nos lo cuenta en sus apuntes, al hacer historia del colegio de San José de Tortosa y de la fundación de la Hermandad en el verano de 1883:
Hasta entonces no se había hecho más que lo que en otras partes habían realizado con más o menos fortuna otras personas movidas por la misma necesidad e iguales circunstancias, estableciendo centros análogos. Y la experiencia de estas diócesis que veían cerrar dichos centros o que se encontraban en deplorable decadencia cuando la persona que los impulsaba fallecía o se ausentaba, hizo comprender más la necesidad de una institución permanente que consolidara la obra y que por medio de una federación eficaz pudiera extender sus esfuerzos y resultados a otras diócesis necesitadas, ofreciéndose a los prelados para la promoción y sostenimiento de las vocaciones 32.
Esta es, podríamos decir, la novedad que introduce mosén Sol a la obra de las vocaciones. Rompe los moldes locales y desea hacer de la misma una obra eficaz y duradera, convencido como estaba, por su experiencia de más de diez cursos de vida de su colegio de Tortosa, de que «una obra tan importante sostenida por iniciativa individual no podría ser duradera» 33. Es cuando surge en él la idea de dar consistencia a esta obra por medio de una asociación sacerdotal, que él mismo llama permanente y duradera.
En el mes de junio de 1883 podemos decir que es cuando lanza públicamente su llamamiento, pues hasta entonces sus circulares habían estado dirigidas al clero tortosino. Lo hace a través de El Congregante de San Luis, en la recomendación particular para el mes de junio:
Es además una lamentable verdad, deplorada por todos los prelados y aún por las órdenes religiosas, la escasez cada día mayor de vocaciones eclesiásticas.
Muchas diócesis han acudido a remediar este mal, pero la mayor parte casi sin resultado, o al menos no con todo el que la necesidad exige: y esto debido principalmente, al parecer, a que esta obra del fomento de vocaciones ha sido promovida por la sola iniciativa oficial de los prelados, sin otros recursos que los que están en su mano, y sin tener quien se dedique a promover estas vocaciones y cuide de excogitar y allegar los medios para su sostenimiento.
Y si la multitud de vocaciones eclesiásticas y religiosas de otros tiempos no serían hoy quizás bastantes ya para llenar el vacío de necesidades siempre crecientes, y el vasto campo abierto en tantos países por los institutos religiosos, merced a la facilidad de comunicaciones, ¿qué será ahora que estas vocaciones apenas pueden llenar las más precisas obligaciones diocesanas?
Con más razón que nunca parece decirnos el Corazón de Jesús: messis quidem multa, operarii autem pauci 34.
Unos meses antes había escrito a un primo suyo, jesuita, como ya hemos reseñado anteriormente, estas líneas que nos demuestran la obsesión de don Manuel por dar una respuesta definitiva al problema de las vocaciones: «Mí ambición no está satisfecha, querido primo. Hemos hecho muy poco y la mies es muy grande. Mi caliente cabeza está barruntando un proyecto vastísimo y de grandísimos resultados, y por otra parte es muy sencillo y hacedero si Dios quiere bendecirlo: es para el fomento de vocaciones eclesiásticas y apostólicas –fomento de piedad– en los jóvenes y extensión de la devoción al Corazón de Jesús ... » 35.
Cuando escribe en El Congregante y lo mismo cuando lo hace a su primo Joaquín, ya llevaba en su cabeza la fundación de la Hermandad de Sacerdotes Operarios. Desde ahora, sus esfuerzos e intenciones se irán encauzando cada vez más exclusivamente a la obra de las vocaciones. Escribe cartas, invita a sacerdotes amigos, da a conocer sus ideas. Los obispos de Tortosa y Tarragona y los jesuitas del Jesús, cerca de Tortosa, serán los primeros testigos de la obra que daría solidez y continuidad a la pastoral vocacional. La Hermandad, como sabemos, comenzaría en 1883 y se constituiría canónicamente el 1.º de enero de 1886.
Desde ahora la obra de las vocaciones y la Obra, con mayúscula, como llamaba don Manuel a la Hermandad, se entrelazan de tal manera que casi son una misma cosa.
Años más tarde, escribe la citada Memoria sobre el origen y desarrollo de la obra de vocaciones, para ser presentada en el Congreso Católico internacional de Lisboa 36. En ella cuenta los orígenes de la misma y la historia de las fundaciones de los primeros colegios de vocaciones: Tortosa, Valencia, Murcia, Orihuela. y Roma. Ya en este informe encontramos bien especificadas la naturaleza de los colegios y sus relaciones con el seminario y con el prelado diocesano, que pueden servirnos de elementos de juicio muy valiosos para conocer la organización interna y las líneas pedagógicas generales que regirán en todos sus colegios.
Esta será, en grandes líneas, la pastoral de las vocaciones promovida por don Manuel. Un objetivo claro: las vocaciones eclesiásticas y apostólicas. Unos medios eficaces: los colegios :de vocaciones de San José. Una institución que dé unidad y permanencia: la Hermandad. Y unos años más tarde, la primera revista para seminaristas que comienza siendo, el órgano de expresión y comunicación de los colegios de vocaciones y durante muchos años será la revista de los seminarios españoles.
3. Pedagogía educativa
Vocaciones en la Iglesia siempre las ha habido y las habrá. Tarea de la pastoral es crearles un clima en el que puedan brotar y crecer y desarrollarse hasta la perfecta madurez cristiana, que desemboque en el compromiso consciente, libre y gozoso de una vocación concreta.
Este principio, tan de nuestros días, era claro en la intención de don Manuel. Habla insistentemente de la promoción y sostenimiento. Sabe que en el ambiente de su época le bastaba anunciar comida abundante para abarrotar sus colegios. Pero no es eso. El ofrece un servicio a las diócesis: el de fomentar y sostener vocaciones sacerdotales que, una vez granadas, con la mayor alegría de su interior, las deposita ante el prelado para su ordenación.
Su meta es clara. En las bases que firma con cada obispo, antes de establecer uno de sus colegios, ofrece la fundación de la obra de vocaciones. Sólo pide la bendición y la libertad suficiente para buscar los medios necesarios. Quiere que el colegio sea una obra diocesana. Para conseguirlo, va siempre directamente a los prelados, a ellos está sujeto el colegio en su organización interna, a él dan cuenta anualmente de la situación disciplinar y económica 37; y la obra no se establece si no se cuenta con el permiso expreso del obispo.
Esmerado cuidado pondrá en las relaciones con los seminarios. No quiere suplantar a nadie, quiere ayudar. Es curioso observar la parte activa que van a tomar varios rectores de seminarios en la fundación de ciertos colegios como Murcia, Orihuela y, en parte, Valencia. Precisamente para ser ayuda, y sólo ayuda, don Manuel no quiere inicialmente que se imparta enseñanza en sus colegios. Van todos a las clases del seminario, y a su reglamento interior se sujetan mientras permanecen en él 38.
Es cierto que no todo lo va a poder lograr desde el principio y se lamentará de los fallos que existen, sobre todo, por falta de personal que se entregue de lleno a la obra. Esta será una pesadilla que le acompañará continuamente a lo largo de su vida. Y espera, como le escribe a don Esteban Ginés, fundador del colegio de Plasencia, que otros mejorarán lo hecho.
4. El colegio edilicio
Son clásicas las correrías apostólicas de don Manuel acompañado de su maestro de obras de confianza, Vicente Benet 39. Con él construye conventos para religiosas, con él hace los planos de los colegios de Valencia y de Murcia, él reforma el de Orihuela; es el constructor del «rey de los colegios josefinos» en Burgos y hasta don Manuel le lleva a Roma para que inspeccione el viejo palacio de los Altemps. Juntos viajan, comentan, planean, dibujan, estudian y afinan presupuestos... Construyen colegios. Se animan y se conocen. Benet llega a captar como nadie los gustos de mosén Sol. Y éste deposita en Benet toda su confianza. ¿Cuáles eran los gustos de mosén Sol?
Por origen familiar, diríamos que es hombre de casa grande. Enclavada en el centro de la ciudad, su casa solariega está siempre abierta; cualquiera es bien recibido.
Pero a estas alturas, sabe muy bien lo importante que son todas las componentes educativas de una pastoral vocacional. Don Manuel quiere para sus colegiales casa grande, bien situada, limpia, con buenos espacios para el juego y con un comedor bien nutrido. Tal vez por eso, el colegio de Burgos, plantado en plena meseta castellana, sin límites de tierra ni de cielo, le ganó totalmente el corazón.
Quería el colegio en la ciudad, no alejado. Para que los alumnos pudieran asistir a las clases. Cierto. Pero también porque no le gustaba sacarlos de su ambiente, no quería aislarlos, deseaba que estuvieran en contacto con la cultura, con la gente, con los movimientos. Más tarde veremos cómo deseaba también que los antiguos alumnos encontraran a mano el colegio en sus visitas a la capital de la diócesis y a los operarios dispuestos a satisfacer cualquier necesidad. Y atender a sus consultas. El colegio debía seguir siendo el centro de «sostenimiento» de las vocaciones sacerdotales. Y por eso no podía estar alejado, con difícil acceso, escondido...
Por esto luchará en Lisboa; no le gusta permanecer en Farrobo y no cesa hasta ver el colegio pegado al palacio del patriarca. Quiere que sea un edificio espacioso y cómodo. Funcional. Donde no falten los servicios de un centro educativo bien acondicionado. «Era preciso levantar un edificio grandioso y desahogado, acomodado al fin a que se le destina; un edificio que a su proximidad al seminario conciliar reuniera local suficiente para el esparcimiento de los jóvenes, apartado del bullicio de las gentes, de ambiente puro, de hermosos horizontes» 40.
Eran las condiciones precisas que don Manuel había señalado como imprescindibles para la adquisición del terreno... «un lugar en las afueras, que pudiera tener terreno para el esparcimiento» 41.
A los operarios les recomendará reiteradamente cuidar la limpieza, procurar a los alumnos comida nutritiva y tener un trato exquisito para con los enfermos 42.
III. ORDENACION DE LOS COLEGIOS
1. Vida colegial
Dos artículos señala don Manuel en su informe sobre la obra de las vocaciones que suponen todo un reglamento. Es en el apartado Régimen interior, dice así:
c) El horario del colegio se traza sobre el horario del seminario, del que los colegiales son alumnos, adaptándolo al carácter especial del colegio; de suerte que en el colegio tienen los alumnos diariamente: meditación, misa, horas de estudio y de recreo necesarias; semanalmente: confesión y comunión de reglamento; cada año: ejercicios espirituales.
d) En los colegios no hay fámulos. Se sirven mutuamente todos los alumnos por turno y bajo la vigilancia de los superiores 43.
Podemos disponer de varios bocetos autógrafos del «reglamento interior de los colegios de vocaciones eclesiásticas de San José» 44, que, con ligeras modificaciones locales estaba en vigor en todos ellos. También podemos disponer de los horarios concretos de varios colegios: de Tortosa, Plasencia, Toledo y Orihuela 45.
Para estudiar mejor la organización interna de la vida del colegio trataremos. separadamente cada una de sus partes. El reglamento estaba dividido en parte religiosa, moral, escolar, disciplinar, higiénica y económica.
Si hubiéramos de sintetizar la parte disciplinar de la vida en un colegio de vocaciones, diríamos que era una vida perfectamente reglamentada. Una exigencia fuerte, pero no de castigo. La presencia continua de los educadores era. una de las máximas pedagógicas.
El silencio, fuera de los tiempos libres, era fielmente exigido. También se, procuraba «la limpieza, esmero y aseo en sus vestidos». Asimismo insistían en, la limpieza en los lugares comunes. Se daba a los alumnos cada quince días «una conferencia sobre educación y urbanidad».
En un viejo papel del colegio de Plasencia encontramos manuscritas unas, «advertencias para directores de colegio» 46, que pueden servirnos de guía para, conocer los criterios que seguían los operarios en sus primeros tiempos: « 1.º La comunidad nunca esté sola. 2.º Visiten frecuentemente todos los departamentos. 3.º Clausura, limpieza y silencio. 4.º Eviten juegos y paseos peligrosos. 5.º Obren. acordes y para esto consúltense y comuníquense todo... 14.º No descuiden las pláticas espirituales, las de disciplina, urbanidad y rúbricas para la misa ... ». En otras le recuerda al director que «la capilla, el estudio y la cocina son los tres goznes sobre [los] que gira el colegio, si se desnivela alguno no habrá equilibrio».
También se le recuerda que todo lo que no sea la dedicación al colegio y esté fuera de él es secundario, porque estorba y resta tiempo del que se debe a los colegiales.
Don Manuel insistirá mucho en la vida familiar. Y como tal la recuerdan los antiguos colegiales: «recuerdo con verdadera fruición las escenas íntimas, de aquellos felicísimos días en que la vida de colegio no era la de una comunidad, sino la de una familia» 47.
Algún día tendremos que escribir la historia de los buenos operarios, injustamente llamados «prefectos de disciplina» y de los que conservamos páginas maravillosas en nuestros archivos. Con ellos habrá que contar a la hora de hacer la historia de la reforma del clero español contemporáneo. Con su presencia continua, con su cansancio y sus desvelos, con la selección paciente que fueron haciendo a lo largo de tantas horas de trabajo, de oración y de silencio.
2. Vida espiritual
Las prácticas religiosas de los colegios de San José serán: la comunión mensual de reglamento, los ejercicios anuales y demás actos prescritos por el seminario. No obstante, como quiera que la frecuencia de sacramentos sea el medio más eficaz para adquirir la piedad tan necesaria a los jóvenes que aspiran al sacerdocio, se desea que los colegiales de San José practiquen aquellos con la frecuencia que les permitan sus directores espirituales. Para ello tendrán a su disposición a los confesores de la casa los sábados y vísperas de días festivos por la tarde, a la hora que se señalará; «no debiendo olvidar los alumnos la conveniencia y aun necesidad de tener cada uno el director fijo» 48.
Uno de los pilares fundamentales de los colegios de vocaciones fue, sin duda alguna, la vida espiritual. Leyendo las pláticas de don Manuel a los colegiales 49, los reglamentos, los libros de crónicas de cada colegios 50 y más tarde repasando detenidamente los diversos volúmenes del Correo Josefino, podríamos sintetizar diciendo que la vida espiritual de los colegiales tenía, como fundamento, los sacramentos; con una distribución de actos fijos a lo largo del curso; con la ayuda expresa de la dirección espiritual. Luego, como complemento, una serie de devociones propias de la época y otras específicas de los colegios de San José.
Al recorrer la historia de las fundaciones de todos ellos, vemos cómo una de las primeras preocupaciones de don Manuel era la de garantizar a los alumnos la misa diaria y conseguir, cuanto antes, tener capilla propia para los actos religiosos y para poder tener en la casa el Reservado 51.
La misa iba precedida de media hora de oración, dirigida para los alumnos más pequeños y en silencio para los más avanzados. El acto comenzaba con un «ofrecimiento de obras» en común. Los domingos y días festivos la misa era cantada en gregoriano, con el «sermón» o el fervorín», homilía antes de la comunión, tan típica de don Manuel 52. Si la fiesta era de las más solemnes, entonces en el colegio tenían la misa normal a primera hora de la mañana y más tarde la misa cantada con todos los aderezos propios de aquel tiempo.
La eucaristía era uno de los puntos locales de la espiritualidad de don Manuel y procuró transmitirla a sus instituciones y a sus operarios. Por eso adquirirá especial importancia en los colegios la fiesta de la instalación del Reservado, cuyo aniversario se celebraba –y aún hoy se celebra– con el máximo esplendor. Para esta fiesta deseaba el fundador lo mejor de lo mejor. Invitaba a los amigos de la ciudad, especialmente sacerdotes, mandaba adornar la casa, pasear el Santísimo por los patios y corredores y a los colegiales, por turno, u hacer vela ante la Eucaristía que permanece expuesta durante todo el día 53. A don Manuel y a los primeros operarios les gustaba que los actos de la capilla estuvieran bien preparados, las ceremonias hechas con exactitud, y la música ensayada a conciencia para que no hubiera fallos 54.
Todo el día estaba salteado por actos fijos de piedad, que el reglamento puntualizaba con exactitud: «el rosario, examen y demás preces por la noche». Por los horarios de cada colegio, sabemos que tenían todas las tardes lectura espiritual comentada por alguno de los superiores y, una vez a la semana, se dedicaba a «rúbricas» para preparar las celebraciones en la capilla 55.
Los superiores atendían a los actos diarios de piedad; dirigían la meditación, la lectura espiritual y el resto de los ejercicios. Pero, además, los colegiales contaban con la ayuda concreta de los directores espirituales. Especial cuidado ponía don Manuel en escogerlos y se marchaba tranquilo cuando podía dejar a sus colegiales en buenas manos 56. Cuando los operarios eran pocos, llamaban en su ayuda a sacerdotes o religiosos de la ciudad, de tal forma que los alumnos tuvieran posibilidades para elegir 57.
Los directores espirituales eran considerados como un educador más. Frecuentemente vemos en las crónicas de los colegios cómo los mismos operarios les consultan en los momentos más delicados de la vida del colegio; figuran en los catálogos de los superiores de cada curso, etc. 58. Los directores dirigen con frecuencia charlas a los alumnos, son muchas veces los encargados de los retiros mensuales y de los ejercicios de cuaresma 59, y dedican horas a la atención personal de los colegios. Su tarea viene completada por los confesores, que eran nombrados por cada curso por el prelado a propuesta de los mismos operarios. Semanalmente visitaban el colegio, estando durante un cierto tiempo a disposición de los colegiales, que libremente, podían confesarse con quien prefirieran 60. Pasan a formar parte de la familia del colegio y los vemos asistir a las fiestas, tomar parte en los actos culturales y demás manifestaciones de la vida colegial.
Mensualmente dedicaban los colegiales una tarde al retiro, con una plática dirigida por los operarios o directores espirituales y una charla de temas más concretos para la buena marcha del colegio y la convivencia entre los alumnos 61; una vez al año practican los ejercicios espirituales 62, bajo la dirección de una persona ajena a la vida del colegio. En varios colegios encontramos que se encargan sistemáticamente de ellos los jesuitas. Más tarde, se intercambian a veces los mismos operarios de unos y otros colegios; pero siempre y «con tiempo» se busca a la persona que ha de dirigir los ejercicios espirituales.
En algunos colegios los harán al comenzar cada curso; en otros, en cuaresma. A la oración y misa se añaden varias charlas, tiempos de silencio, rosario, vía crucis y otros ejercicios de piedad según sea el tiempo. Los días de carnaval, en los colegios que no coinciden con los días de ejercicios espirituales, se celebran especiales actos de piedad, especialmente ratos de oración y ejercicios de reparación ante el Santísimo expuesto. La «Reparación» es una de las notas distintivas de la piedad eucarística de don Manuel, que deseaba que cada colegio fuera un centro de espiritualidad reparadora.
3. Las devociones
Las devociones más frecuentes que encontramos en la vida de los colegios, a lo largo del curso, son la novena de la Inmaculada 63, el mes de María 64, los domingos de san José, la felicitación sabatina en la tarde de los sábados, el mes del Sagrado Corazón, la novena de san José, el vía–crucis en cuaresma y la hora santa en la noche de los jueves 65.
De todas estas devociones, las que más arraigo van a tener en los colegios de san José serán las típicas de su fundador y de los operarios. Concretamente, la devoción eucarística, con frecuentes actos de exposición del Santísimo, y las diversas celebraciones en honor de San José, cuya fiesta será la principal del colegio 66, preparada en los siete domingos precedentes. Los alumnos mayores participarán con los operarios en la «Hora Santa» que éstos tienen por constituciones y cuya práctica procurarán introducir en los colegios. Era una hora de «reparación a Jesús Sacramentado», en la noche de cada jueves 67. La piedad típica de la Hermandad era la Eucaristía y ésta fue la que pasó a los colegiales y más tarde a los seminarios, cuya dirección les fue confiada.
Basten estas notas para hacernos una idea de cuál era el montaje y la orientación de la vida religiosa de los colegios de San José.
Con la vida de estudio, será la piedra angular de la vida interna en los colegios; una de las fuentes de exigencia y, muy pronto, medio seguro de selección y de orientación vocacional de los alumnos. A medida que los colegios se consolidan externamente y han podido los operarios resolver los problemas vitales más elementales, asegurando a sus alumnos casa y comida, vemos como la tarea educativa se va afinando cada vez más y, como consecuencia, se ve aumentar el nivel de los colegios en todos los aspectos de la educación.
Estamos haciendo un esfuerzo continuo, desde el principio de este capítulo, para evitar la comparación con los seminarios de la época. Seguiremos haciéndolo, hasta no llegar a tratar de ellos abiertamente; pero nos permitimos recordar que cuando en los colegios de San José se hace meditación diariamente, se asiste a misa y se confiesan y comulgan con frecuencia; cuando hacen retiro mensual y cuentan con directores espirituales, en varios seminarios españoles «se exigía la papeleta de cumplimiento pascual y un certificado del confesor de haberse confesado el último mes de curso para poder pasar a examinarse» 68.
Todo ello fue la obra de un hombre que se formó en una época y en un seminario, del cual él mismo dice: «No es posible comprender cómo estaba la formación en mi época, y algo anteriormente, y bastante posteriormente, en estudios, en piedad, en disciplina y vigilancia y pruebas de vocación... Formación de espíritu... Cuán de lamentar es que en ciertos seminarios no se piense en esto... Aquí mismo ha habido épocas en que una plática y nada más. Ni se sabía lo que era el Kempis. Los ejercicios para órdenes eran un juguete ... » 69.
4. Parte académica
Poco tenemos que decir sobre este apartado y poco indica el mismo reglamento de los colegios de vocaciones, ya que los alumnos asistían a las clases del seminario diocesano correspondiente. Sin embargo, el mismo reglamento 70, prevée una serie de actividades complementarias que, «sin perjuicio alguno de los estudios principales, ayuden a una mejor preparación de los alumnos. La literatura, la oratoria, los estudios en vacaciones, las lenguas modernas».
Dejando aparte el colegio de Roma, cuya contribución en este sentido es francamente extraordinaria, vemos inmediatamente aparecer en los colegios las academias literarias y musicales. Los superiores montarán veladas a fin de dar oportunidades y de valorar públicamente las adquisiciones. El teatro viene a completar esta parte literaria junto con los concursos literarios con que procuraban estimular a los alevines de escritores, poetas y músicos 71. Ni faltaban las exposiciones para animar a quienes deseaban desarrollar sus cualidades pictóricas 72; y encontramos los esfuerzos y milagros que se imponen a los operarios para conseguir un piano 73 y para ir construyendo poco a poco una biblioteca, no sólo de libros de interés científico, sino de lectura formativa en el plano religioso o simplemente recreativo.
5. Parte disciplinar
Cuando un alumno ingresaba en el colegio, se comprometía a cumplir fielmente –estrictamente– el reglamento. Bases del mismo son el estudio, el orden, el silencio, la igualdad entre los colegiales y el trato familiar con los superiores. No llevaban uniforme. Los «castigos oportunos» que prescribe el reglamento, no serán corporales. Pero los superiores serán intransigentes con las faltas de moralidad, la pérdida habitual del tiempo, cuando descubren contraindicaciones para la vocación sacerdotal y algún alumno tiene un carácter tan difícil e incorregible que puede ser un estorbo para la vida comunitaria 74, Como ya don Manuel indicaba en el informe sobre la obra de las vocaciones, en el colegio todos eran iguales 75 aunque su contribución económica fuera distinta.
Don Manuel desea, y lo cumple en la medida en que el crecimiento de la Hermandad lo permite, que los alumnos estén divididos en secciones: teólogos, filósofos y latinos y que cada sección tenga su ritmo de vida 76.
En algunas de las bases que firma con los obispos, señala incluso un número máximo para la atención de cada superior, además del rector y administrador 77. Cuando esto no puede hacerlo sólo con operarios, no tiene inconveniente en tomar auxiliares de la diócesis o de los mismos alumnos más adelantados para atender a los más pequeños.
El gobierno de la casa está encomendado a un director, responsable último ante el obispo y ante la Hermandad de la marcha de la casa. Pero la comunicación con los demás operarios será continua y con ellos, en sesión conjunta, resolverán los asuntos de mayor importancia. Para ello le recomienda la reunión diaria, a fin de que todos estén al tanto de todo lo que sucede y se responsabilicen del mejor funcionamiento del centro.
La dedicación absoluta a los alumnos era regla de oro para los operarios. De día y de noche estaban a la entera disposición de los colegiales. En capilla y en recreo, en el estudio y en las clases, en el comedor y en los dormitorios. La falta de dedicación era motivo suficiente para cambiar a un operario de una casa a otra, aunque fuera el mismo director y el centro de los más importantes de la institución, como tendremos ocasión de ver. El diálogo era continuo también con los superiores mayores de la Hermandad y con el obispo de la diócesis, y cuando la situación lo requería, la correspondencia era diaria y aun varias veces en un mismo día, si las circunstancias sufrían algún cambio digno de mención 78.
Este trato habitual de los superiores y colegiales, logró ir creando un clima familiar que vemos reflejado en las espontáneas crónicas del Correo Josefino, año tras año.
No fue nada fácil al principio conseguir que quienes estaban acostumbrados a una vida totalmente libre, aceptaran un reglamento y una disciplina que, por otra parte, era totalmente necesario para el ambiente en que crecían la mayoría de los seminaristas de aquel tiempo.
La última consecuencia era el trato individual, la conversación personal; el superior se convertía en el consejero y confidente, no haciendo separaciones excesivas entre aspectos espirituales y humanos 79.
El internado contribuía a un mejor conocimiento de los alumnos y a una cercanía más actual y continua. Por eso los primitivos superiores de los colegios luchaban por la desaparición del externado, aunque en alguno de sus colegios y por cierto tiempo, se vieron obligados a la admisión de alumnos de tal condición o semipensionistas.
Como volveremos sobre todos estos aspectos al hablar de los seminarios, podemos dar un paso más en esta introducción a la fundación de los colegios, de vocaciones.
6. Las diversiones
No es que encontremos alusiones precisas en el reglamento, pero sí podemos! conocer la vida de los colegiales en este aspecto tan importante de su formación.
Ya hemos apuntado con qué interés don Manuel procura que sus colegios tengan lugares de desahogo y esparcimiento y cómo no le gustan las casas cerradas. Los alumnos son jóvenes y necesitan moverse. Si hemos visto cómo existía un montaje de actos que garantizaba la vida de piedad, no era menos el interés que se había de poner en la parte agradable de la vida colegial. Aparte de los, recreos normales y de los paseos vespertinos de los domingos y fiestas que están en todos los horarios, en las crónicas de los colegios encontramos anotados los días de excursión al campo 80, andando o utilizando los medios de comunicación de la época.
Son muy frecuentes los contactos con el seminario diocesano, cruzándose las invitaciones cuando había velada musical, obras de teatro o cualquier fiesta que celebrar 81.
Incluso, y esto era una experiencia interesante, se ensayan los primeros encuentros intercolegiales. Contamos con la descripción detallada de uno celebrado en Santomera entre los colegios de Murcia y Orihuela. Sabemos que a las diez se celebró la misa cantada por la escolanía del colegio de Murcia; que la comida tuvo lugar en el huerto de don Manuel Campillo y que abundaron los dulces. Por la tarde celebraron función en la iglesia, en la que tomó parte el pueblo, y los de Orihuela obsequiaron a los de Murcia con una velada dramática, piezas musicales y una poesía titulada El abrazo de las llores, que debió, hacer un gran impacto en el público, pues el cronista nos la copia íntegra. La vuelta la hacen en coche... 82.
En casa juegan a la pelota de mano y tienen otra serie de entretenimientos, que no nos detenemos en precisar.
Van de vacaciones en navidad 83 y algunos en Semana Santa 84, si bien éstas, se fueron recortando a fin de que los colegiales gustaran mejor la riqueza litúrgica de esos días, viviéndolos en comunidad y celebrando los oficios en la misma capilla del colegio.
Las tardes de las grandes fiestas están amenizadas con veladas teatrales intercaladas en sus entreactos por cantos de la schola o poesías originales. A medida que van pasando los años, comenzamos a encontrar la palabra «cine» 85.
7. La revista de los colegiales
La imaginación de don Manuel no cesaba en su continuo devaneo por las vocaciones y ya más en concreto por los colegiales de San José. Una nueva idea comenzó a bullirle, apenas se consolidaba la Hermandad y los primeros colegios de vocaciones.
Una idea en la que derrochará interés, ilusiones, tesón y algunos enfados. Pero no se ahorraba nada, cuando se trataba de ayudar a las vocaciones. Nos referimos a la fundación de «El Correo Interior Josefino», la revista de los colegios de vocaciones eclesiásticas y enseguida de los seminarios. La primera.
La importancia de esta obra la enmarcamos ahora dentro de la pastoral de las vocaciones, prescindiendo de toda la tarea literaria y apostolado de la prensa que desarrolló don Manuel, por medio de El Congregante de San Luis y otras publicaciones, de que ya hemos tratado.
La obra de la revista de los colegios fue personalísima de don Manuel, convencido como estaba de la necesidad de un órgano de comunicación entre sus colegios. Ya en 1888 compró una máquina litográfica y con ella imprimió tres números en caracteres de escritura a mano. Deseaba que la revista tuviera el carácter de correspondencia familiar entre los alumnos de sus colegios. Las dificultades surgidas en aquella época y la falta de personal, no permitió seguir inmediatamente la publicación 86.
Pasan varios años de silencio, en los que don Manuel no cesa de insistir en sus cartas y en las reuniones de los operarios. En siete años de espera, la primitiva idea, tan sencilla en sus orígenes, va perfeccionándose. Y aunque se inquieta el fundador porque los operarios, pocos y excesivamente cargados de trabajo, no se daban toda la prisa que deseaba para llevar adelante el proyecto, no apura demasiado, pues quiere que sea una revista buena. Hubiera deseado que saliera ya para san José de 1894, pero al mismo tiempo vemos cómo rechaza artículos, por no ser suficientemente buenos para lo que deseaba que fuera la revista. «Para que salga es preciso que salga bien, y hasta ahora no hay trabajo ninguno bueno» 87. En las cartas a sus más íntimos, llegaba a impacientarse por el retraso.
En agosto de 1893 tenía ya idea clara de cómo deseaba que fuera la revista. Se lo indica a los operarios en la reunión celebrada en agosto y más tarde la repite a Serrano en la carta que acabamos de citar:
Las condiciones para que sea digno y corresponda... deben ser: 1.º, ameno, 2.º, josefino, 3.º, moral, 4.º, corto y variado. 1.º. Ameno. Fluidez y sal y garbo hasta en los artículos de fondo. No hasta poner capazos de tinta. Nadie los lee... 2.º, Josefino. Todo propio... 3.º. Moral. Aparte de la amenidad debe ser práctico. 4.º. Variado. Y con sal siempre creciente, hasta llegar si es preciso, hasta los límites de la jocosidad, como las veladas josefinas, pero que campee el ingenio. Las mismas cartas deben ser chispeantes, y no una retahíla de descripciones y noticias... Sólo así podría salir: si non, non... 88.
Hasta aquí, cuanto se refiere al estilo. Pero ¿qué objetivos se propone don –Manuel? Para él la revista es un instrumento de pastoral vocacional. Por medio de ella quiere que los alumnos de todos los colegios se comuniquen, se conozcan, transmitan experiencias. Los artículos de fondo les darán formación. La comunicación con los de Roma, universalidad, pues, aparte de estar en Roma, «los hay de un gran número de diócesis». Las páginas abiertas de la revista serán lugar de palestra literaria para los colegiales, lugar de cita para contarse sus fiestas y noticias, pasatiempo para los ratos de ocio.
Todo ello va contribuyendo a la comunicación y a la unidad formativa: don Manuel deseaba que la revista estuviera en la mano de todos los colegiales.
En enero de 1897 hizo su presentación el primer número de la misma en las galerías y salones de todos los colegios de San José. Ocho páginas de 32 x 23,50 que intentaban llenar todo lo que el fundador se proponía.
Podemos imaginar la reacción de los colegiales, que preparados desde tiempo por sus superiores, la esperaban con ilusión. Ya en el primer número se encontraban todas las secciones que don Manuel había previsto. Se dan cita en la poesía, la crónica de los colegios que abren Roma y Tortosa, los artículos literarios, la crónica general y el apartado de entretenimientos. El correo de los colegios acompañará a sus lectores, incluso en los meses de vacaciones veraniegas.
Don Manuel en el primer número desea proponer a educadores y alumnos cuáles son los objetivos que se proponía El Correo Interior Josefino. Lo hace en el artículo de fondo, después de la dedicatoria a san José y bajo el título de Nuevos propósitos 89:
El Correo se brinda a poner en fraternal comunicación a los colegiales de San José, a fomentar su mutuo estímulo en la piedad y en las letras, a proporcionarles expansión grata y honesta; y, de un modo principal, a servirles de palenque donde puedan adentrarse en las lides literarias vertiendo en composiciones fáciles y amenas el único tesoro de nobles ideas y levantados sentimientos que ardan en su pecho. Gran honra será también para El Correo poder consignar en sus columnas las obras de celo que, bajo la dirección de los superiores, puedan promover los colegiales...
De un modo especial esperamos recibir correspondencia de los colegios en los que, con viveza de estilo, se describan los hechos más salientes que en ellos ocurran...
Daremos cabida también, si el espacio lo permite, a una crónica general de las noticias más importantes sobre el estado de la Iglesia y de sus obras... para estar al corriente de lo que pasa en el mundo católico...
Desde enero de 1897 hasta junio de 1936 El Correo Josefino ha venido acompañando fielmente a los colegiales y seminaristas de España. A medida que aumentaban los colegios o que un seminario, era encomendado a la dirección de la Hermandad, el Correo admitía en sus páginas a un nuevo cronista sumando ilusiones y exigencias 90. A principios de 1907, y bajo la dirección de don Esteban Ginés, el Correo redujo sus dimensiones y multiplicó sus páginas hasta 32. Sus objetivos siguieron siendo los mismos.
Sus treinta y nueve años de existencia 91 son hoy, no sólo jardín de añoranzas para ancianos o curiosos, sino auténtico documento histórico para quien desee conocer por dentro, día a día, sin metáforas ni eufemismos la transformación de los seminarios españoles.
Don Manuel, una vez más, se nos presenta como apóstol integral de las vocaciones: fomentarlas y sostenerlas. Cuidarlas. El Correo Josefino, ha sido uno de los mejores educadores con que han contado los colegios y seminarios. Como todo educador, ha realizado su tarea con humildad y silencio. Hoy es historia viva, chispeante, como quería su fundador.
Por sus páginas han pasado, con la vista y con la pluma, Eijo Garay, Pla y Deniel, Antonio García, Agustín Rodríguez, José M.ª Bover, José M.ª Bueno, Vicente Enrique... Gabriel y Galán, Chillida, Pedro Alcántara...
Manuel Domingo y Sol, apóstol de las vocaciones.
Desde mayo de 1886 hasta febrero de 1887, El Congregante de San Luis dedica la recomendación particular de cada mes al tema de las vocaciones eclesiásticas y apostólicas. Son nueve artículos de don Manuel, que hoy se nos antojan un verdadero tratado de pastoral vocacional 92 de plena actualidad.
Analiza el hecho de la escasez de vocaciones y sus causas en el mundo y en España: fijándose especialmente en el estado moral de la sociedad, en las condiciones de la familia, los medios de comunicación social y la enseñanza impartida a los niños y a la juventud 93.
En los artículos siguientes presenta un plan de acción pastoral basado en la familia, en los centros de enseñanza y en la actuación de los sacerdotes. Ofrece cauces concretos de actuación en la escuela y en los movimientos apostólicos con la adolescencia y la juventud. Propone la creación de escuelas católicas gratuitas y presta sugerencias a párrocos y maestros para cultivar a quienes den señales de vocación y para desviar positivamente a quienes no ofrezcan un cuadro de cualidades humanas que garanticen un fundamento sólido para apoyar un futuro sacerdocio 94.
Después del análisis y del estudio, don Manuel, hombre práctico, propone los medios materiales para llevar a feliz término todo su programa. Y es aquí cuando ofrece a todos el servicio de los colegios de vocaciones y de la Hermandad de Sacerdotes Operarios al servicio total de la obra de las vocaciones 95.
Por entonces ya funcionaban los colegios de Tortosa y Valencia. Don Manuel dejaba todo y se entregaba en cuerpo y alma a la obra de las vocaciones. En la inauguración del curso 1883–84, les decía a los colegiales de Tortosa:
Aquí, en verdad, nos faltan muchas cosas, queridos colegiales. No tenemos las comodidades necesarias. Estamos como podemos... Vosotros comprenderéis que se hace lo que se puede. Mejor dicho: se hace lo que no se puede hacer...
Ya sabéis que vivimos para vosotros. Pudimos tener otros más honrosos empleos, pero preferimos dejar nuestra carrera y nuestro porvenir, para atender a vuestro cuidado.
Y con vosotros vivimos y con vosotros soñamos y por vosotros echamos líneas y discurrimos medios. Nos habéis costado más oraciones ante Jesús Sacramentado, de lo que vosotros podéis creer 96.
Don Manuel suelta todas sus anclas y se embarca en la aventura de su vida. La de ser apóstol de las vocaciones. Intentemos acompañarle por los caminos, no siempre llanos, de su aventura sacerdotal.
NOTAS
1. Cf. La Cruz 1 (1871) 575.
2. El artículo citado anteriormente termina diciendo: «Respecto a la falta de clero, también ésta empieza a sentirse notablemente en muchas provincias de España (Ibíd.).
3. 1. Casanova, Balmes, su vida, sus obras y su tiempo I, Barcelona 1942, 26. También en Badajoz, los seminaristas de San Atón constituyeron una compañía de artilleros: cf. P, Rubio Merino, El seminario conciliar de San Atón de Badajoz (1664–1964), Madrid 1964, 200.
4. V. de La Fuente, Historia eclesiástica de España III, Barcelona 1885, 489 ss.
5. En 1839 se crean los institutos de Guadalajara, Murcia, Avila, Cáceres, Logroño y Santander; en 1840 el de Burgos; en el 41 los de Albacete, Gerona, Lérida, Segovia y Soria; en 1842 los de Pamplona y Vitoria; los de Ciudad Real y Jaén en el 43, y en el 44 los de Cuenca y León.
6. J. M.ª Amenós, El fomento de las vocaciones eclesiásticas en España, durante la segunda mitad del siglo XIX: Seminarios 1 (1955) 61.
7. En Tortosa, el seminario estuvo en manos de la junta revolucionaría hasta el año 75. El curso 68–69 fueron enviados todos los seminaristas a sus casas y al año siguiente el prelado dispuso que se impartieran las clases en los bajos del palacio episcopal y en el claustro de la catedral. El alumnado, de 400 baja a un centenar escaso. El obispo de Tortosa Vilamitjana, se queja al ministro de Gracia y justicia en 1869 y dos años más tarde, en carta al Nuncio le habla de la «miseria extrema» en que se encuentra la mayor parte del clero... , (A. Torres, Vida, 152).
8. J. M.ª Amenós, art. cit., 58.
9. Especialmente insiste en estos aspectos el arzobispo de Granada don Bienvenido Monzón Martín en 1878 (cf. A. Torres, Vida, 223). Es especialmente angustiosa la llamada que hace el obispo de Tortosa en su pastoral del 6 de enero de 1877, donde en los últimos siete anos había bajado en 70 el número de sacerdotes y no había perspectivas de una mejora a ,corto plazo. (Ibid., 161).
10. Así por ejemplo, Astorga, Vich, Ciudad–Rodrígo, Tarragona, etc. Cf. especialmente el Boletín Eclesiástico de la diócesis de Salamanca y Ciudad Rodrigo, 25 (1878) 174–176; 27 (1880) 273–274.
11. La Cruz 2 (1878) 676–699. Véase en Amenós (art. cit., 63–65), la polémica entre Aguilar y Bellús sobre el particular.
12. En algunas diócesis podían incluso hacer el examen ante un tribunal, en el que tomaba parte el mismo preceptor: así, por ejemplo, en Córdoba: cf. La Cruz 2 (1887) 373.
13. Ibíd., 372–373; 698 ss.
14. BEDCR 22 (1875) 317–324.
15. Cf. A. Torres, Vida, 145.
16. Cf. V. Cárcel Ortí, Tercera época del seminario conciliar de Valencia (1886–1930, 7–13.
17. J. M.' Amenós, art. cit., 65. La carrera breve se da por supuesto en el Plan de Estudios que sigue al Concordato de 1851 (Tit. IV, cf. Cuenca, Notas para el estudio de los seminarios, 82.
18. J. M.' Amenós, art. cit., 67.
19. Cf. A. Torres, Vida, 223–224.
20. Ibid.; A. Torres, Vida, 224.
21. Cf. J. M.' Amenós, art. cit., 67.
22. Cf. A. Torres, Vida, 224.
23. Cf. BEDS y C. 27 (1880) 192.
24. Cf. J. M.' Amenós, art. cit., 67.
25. Cf. Ibid., 67–72. Ofrece un buen resumen de la vida y orientación de este colegio.
26. Cf. Ibid., 74–75.
27. Por ejemplo el cardenal Monescillo crea becas, medias becas, y las categorías de fámulos y sopistas o pobres de solemnidad en el seminario de Valencia, coincidiendo con el descenso de las vocaciones de los cursos 1878 a 1884: cf. V. Cárcel Ortí, Segunda época del seminario conciliar de Valencia (1845–1896), 286–289.
28. E.I, Predicación, 6.º, 22 y 23.
29. A. Torres, Vida, 239.
30. Pensamiento y espíritu, nn. 1 y 4.
31. E.II, Cartas, 3.º, 10: carta a la Madre Providencia: 10 febrero 1889.
32. E.III, Varios, 3.º, 2.
33. Ibid.
34. Cf. El Congregante de San Luis 19 (1923) 167.
35. Carta del 10 abril 1883 a su primo el padre Joaquín Marro, S.J.: E.II, Cartas, 1.º, 152.
36. Cf. E.III, Varios, 3.º, 14. Es la titulada Noticia de la Obra española de las vocaciones eclesiásticas. El informe parece que originalmente fue escrito en los primeros meses de 1893 o finales del año anterior. El Congreso de Lisboa fue en 1895; de hecho don Manuel estuvo en el Congreso Católico Nacional celebrado en Tarragona en 1894 e informó también en él de su obra de las vocaciones. Posiblemente utilizó el mismo esquema.
37. En la Noticia de la Obra española de las vocaciones ya citada, hay un apartado titulado Los colegios de San José y sus relaciones con los Rmos. Prelados. En ella se lee: «a) la Obra no vive como tal en ninguna diócesis, sin que el Rmo. Prelado, in scriptis, haya aprobado las Bases y Reglas de la misma y la solicitud para su instalación; b) Los colegios piden y tienen el gobierno e inspección inmediatos del prelado diocesano... c) Cada año presenta el colegio al prelado, a fin de curso, cuentas generales para su aprobación. De hecho también encontramos obispos que visitan con asiduidad el colegio». Cf. RAH, Crónica Orihuela, 44, 60, 65, 71, etc.
38. Ibid., apartado de los colegios y sus relaciones con los seminarios, a, b, y c.
39. El maestro de obras V. Benet, citado ya en otras ocasiones.
40. Del acta leída en la colocación de la primera piedra del nuevo edificio del colegio de Valencia: cf. supra, p. 208.
41. E.III, Varios, 3.º, 1, f. 6. Cf. la fundación del colegio de Almería, cuando dice claramente que no le gusta el edificio y pone como condición, para aceptarlo, la posibilidad de edificar uno nuevo que reúna las condiciones necesarias para el «conveniente desarrollo del colegio» (cf. RAH, carp. 7, Almería, Bases, 5 septiembre 1894).
42. Aspectos que encontraremos en todos los colegios, pero especialmente cuando tratemos del colegio de Roma. Véase, por ejemplo, Crónicas del colegio de San José de Toledo RAH), donde incluso quedan consignadas las comidas de los días ordinarios, de los festivos de ciertas fechas especialmente señaladas, etc.
43. Cf. E.III, Varios, 3.º, 14.
44. Cf. Ibid., doc. 16, 17, 18, 19, 20, 21 y 22.
45. Todos ellos en RAH, en la documentación correspondiente a cada uno de los colegios. El de Toledo, además, en Crónicas del colegio de San José de Toledo, 4. El horario era el siguiente:
Días ordinarios
Mañana
5: Levantarse
5,20: Capilla; meditación y misa
6,20: Estudio
8,20: Refectorio
2,30: Comida
Tarde
2,55: Recreo
1,45: Estudio
4,30: Merienda
5,15: Estudio
7,30: Recreo
7,40: Capilla: Rosario, lectura espiritual o plática
8: Cena
8,30: Ultimas preces Descanso
Días festivos
Mañana
6: Levantarse
6,30: Capilla: meditación y misa
7,45: Aseo
8: Almuerzo y recreo
9: Estudio
10,30: Recreo
11: Congregación
12: Comida; recreo
Tarde
1,45: Estudio
2,30: Oficio Parvo y Bendición
3: Paseo
5: Merienda
5,30: Estudio
6,30: Recreo
7,30: Capilla: Rosario, lectura espiritual o plática
8: Cena
8,30: Ultimas preces Descanso.
Nota: Había un ligero cambio según las estaciones. En invierno se atrasaba la hora de levantarse media hora.
46. Cf. RAH, 7, PLA – CVO. 1.
47. Cf. El Correo josefino 116 (1908) 202.
48. Del Reglamento interior de los colegios de vocaciones eclesiásticas de San José: E.III, Varios, 3.º, 18.
49. Los esquemas de las pláticas de don Manuel a los colegiales pueden verse todos en E.I, Predicación, 8.º, 1 a 153.
50. En RAH pueden verse los de Murcia, Orihuela, Toledo, Plasencia y los siete primeros tomos del colegio español de Roma.
51. Cf. por ejemplo, en Valencia (E.III, Varios, 3.º, 1, f. 7). Murcia (4.º, 6), etc.
52. Cf. E.I, Predicación, 3.º, 1 a 79 y 146–193. Son los fervorines de don Manuel dirigidos a los colegiales y seminaristas.
53. No es necesario dar las citas, pues saldrán todas al hacer los libros de crónicas, y ,en «El Correo Josefino» (cf. RAH, Crónica de Orihuela, 60, 63, 71, 85).
54. Una de las primeras preocupaciones en los colegios será crear la «schola cantorum» (cf. Crónica de Orihuela, 50, 52, etc.). En Roma los colegiales tendrán muy pronto fama de ser los que mejor hacen las funciones litúrgicas; de tal manera que les invitan de todas partes para actuar en el altar y para que actúe la «Schola»; la cosa llegó a tal punto que, unos años más tarde, tendrá que limitar el rector las salidas, con buen disgusto de algunos cardenales, religiosos, etc.: cf. E.III, Varios, 7.º, 1, ff. 17–18 (Valencia).
55. Cf. por ejemplo, los horarios de Plasencia y Toledo.
56. Veremos en concreto el caso de don Vicente Vidal en Valencia, el de Merry en Roma, etc:...: cf. Crónica de Orihuela, 45.
57. Cf., por ejemplo, en Murcia, los jesuitas; en Tortosa, los escolapios y agustinos en Roma, etc.
58. Cf. Crónica de Toledo, 5, 20, etc.
59. Cf. E.III, Varios, 3.º (Valencia) 1, f. 15.
60. Cf. Crónica de Toledo, Orihuela, Plasencia... Roma.
61. Cf., por ejemplo, Crónica de Orihuela, 85, 109, etc... En las Crónicas de Roma se encuentra puntualmente señalado el día de retiro, el tema del mismo, quien lo desarrolló, etc.
62. Crónica de Orihuela, 50, 58, 63, 68, 81, 103, etc. También constan en los demás libros de crónica cuándo se hacen y quién los dirige.
63. Crónica de Orihuela, 85.
64. Ibid., 79.
65. CL E.III, Varios, 3.º, 18. En RAH se encuentran las solicitudes y concesión para la bendición del vía–crucis de Valencia, Murcia, etc.
66. CL Crónica de Orihuela, 84, y cada año en las Crónicas de Roma.
67. Especial importancia van a tener en el colegio de Roma; de ellos encontramos abundantes citas en sus crónicas.
68. J. M.ª Amenós, art. cit., 59, nota 4.
69. E.I, Predicación, 6.º y 7.º
70. E.III, Varios, 3.º, 18, f. 5.
71. Crónica de Orihuela, 42, 71, 86, 95...
72. Ibid., 87.
73. Ibíd., 53. De esto es un caso extraordinario Roma, como veremos.
74. E.III, Varios, 3.º, 18, f. 6.
75. Ibid., doc, 14.
76. Crónica de Orihuela, 66.
77. En las bases firmadas con el obispado de Almería en 1906, en la base adicional 1.º se dice que «... además del que desempeñe el cargo de rector haya un operario por cada cincuenta alumnos o fracción de cincuenta» (cf. RAH, carp. 7. Bases manuscritas, 1906 y 1909).
78. En RAH se conservan carpetas con correspondencia cada una de un solo director de colegio. A través de ella podríamos hoy reconstruir con exactitud matemática la vida del colegio o seminario, vgr., la correspondencia del director de Plasencia, de Roma, y más tarde de algunos seminarios como Toledo, Burgos, Cuenca, etc...
79. Es impresionante ver en las crónicas del colegio de Roma y en el diario personal del rector, las horas que dedica al trato individual con los alumnos. Y cómo el mismo don Manuel recibe y habla con todos los alumnos en grupos y en particular...
80. Crónica de Orihuela, 60, 78, 85, 109, etc, En las crónicas de Roma se señalan itinerarios, visitas, comidas, invitados de estas excursiones, medio de locomoción, etc. También en Murcia, Toledo, etc.
81. Crónica de Orihuela, 108, etc...
82. Ibíd., 71–78.
83. Ibid., 85 ss.
84. Ibid., 61, 78: sobre vocaciones, su atención en ellas, etc.: cf. El Correo Josefino 2a (1898) 8.
85. Ibid., 85.
86. Cf. E.III, Varios, 6.º, 45; aquí se encuentran aquellos a que nos referimos. Son de diciembre de 1888 y 1899.
87.. E.II, Cartas, T', 46: en carta de don Andrés Serrano, marzo 1894.
88. E.II, Cartas, 7.º, 46.
89. Cf. El Correo Interior Josefino 1 (1897) 1–2.
90. Cf. Ibid. 25 (1899) 4–5; este año se incorpora Toledo; en 1900 Cuernavaca (México): Ibid., 47 (1900) 7 ss.
91. El Correo desaparece en junio de 1936. Más tarde será sustituido por la revista Sígueme.
92. Cf. El Congregante de San Luis (mayo 1886) 140–155; (junio 1886) 167–172; (julio 1886) 193–196; (agosto 1886); (septiembre 1886) 241–244; (octubre, 1886), 263–268; (noviembre 1886) 290–294; (enero 1887) 46–52; (febrero 1887) 71–76.
93. Especialmente importante, en este aspecto de análisis, el artículo de agosto de 1886..
94. Especialmente interesante el artículo de noviembre de 1886.
95. En el artículo de enero de 1887.
96. E.I, Predicación, 8.º, 6.
12
El Colegio Español de Roma. Antecedentes
Bien conocemos la trascendencia que este centro tan vinculado en su historia al Siervo de Dios, Manuel Domingo y Sol, y a la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos, ha tenido para la vida religiosa de la dilectísima nación española a la que ha enriquecido con sacerdotes que dieron y siguen ofreciendo ejemplar testimonio de virtudes ministeriales y de competencia científica 1.
I. SITUACION POLITICO–RELIGIOSA DE ESPAÑA (1850–1874)
Acabamos de ver la labor vocacionista de don Manuel. A la vez, hemos hecho referencia varias veces a la fundación del Colegio Español de Roma, una de las metas más acariciadas de mosén Sol, y que iremos exponiendo en los siguientes capítulos. Antes de adentrarnos en el tema, conviene que examinemos, de antemano, una serie de circunstancias que la fueron haciendo necesaria.
1. España, 1850
La obertura político–religiosa de la España del siglo XIX, que prepara el ambiente y crea la necesidad de la fundación del Pontificio Colegio Español, es una obertura disonante. Con momentos de éxtasis y espacios de silencio. Grandes figuras aisladas sobresalen en el panorama desolador de una España intranquila, cuya falta de sosiego no deja tiempo para una fecundidad política, social y religiosa 2.
En los tiempos de Pío IX se restablecen las relaciones diplomáticas entre España y la Santa Sede y se ratifican los nombramientos episcopales llevado a cabo por el gobierno de Isabel II.
En la España católica de 1843, conmovida por luchas intestinas, había llegado a haber 47 diócesis vacantes sobre un total de 62.
Los esfuerzos del nuncio Brunelli y del gran arzobispo de Tarragona, cardenal Costa y Borrás, dieron a luz el 16 de marzo de 1851 la firma del Concordato, que ofreció, al menos aparentemente, un respiro y un descanso en las azarosas relaciones de dos potestades siempre unidas y con tanta frecuencia separadas.
La reacción no se dejó esperar. Los seminarios se poblaron nuevamente. A pesar de todo, en 1868 la estadística del clero diocesano ofrece un déficit bastante notable, comparado con el número de sacerdotes de cuarenta años antes 3.
Decíamos aparentemente, pues de hecho el mismo Fliche–Martín nos hace caer en la cuenta de que la iglesia española, con el concordato, había quedado mucho más dependiente del Estado.
Los vaivenes políticos exigirían una flexibilidad tan asombrosa que no hay estamento social español capaz de soportar el cambio continuo de ritmo y movimiento. Tampoco escapó la Iglesia a esta norma, en unas ocasiones por no poder «negociar» con ciertos valores, y en otras por no poder atisbar el alcance de futuro de ciertos movimientos sociales o culturales.
En 1854 Espartero denuncia el Concordato. El 56 los conservadores vuelven a tomar las riendas del poder. La Iglesia se encuentra más cómoda en un período de paz, que se confirmará con la firma de un nuevo acuerdo con la Santa Sed en la primavera de 1860.
La Iglesia se compromete en el terreno político. El clero se inclina hacia una actitud conservadora y antimoderna, que le llevará, en breve espacio de tiempo, a menguar sensiblemente, por no decir que a perder, su influencia y a negar la entrada en el mundo de la nueva generación de intelectuales españoles.
A pesar de estos «errores de táctica», sigue habiendo en España una vida cristiana auténtica. Y entre sus pilares más seguros, figura una gran devoción a la Iglesia. Surgirán nuevos fundadores, se crearán nuevas revistas... El catolicismo español tiene raíces más profundas que las seguridades de un concordato o el asentamiento de una monarquía. Desgraciadamente, todo se vendría abajo, en algunos aspectos, a seguido de las convulsiones provocadas por la revolución de 1868, a que ya hemos hecho referencia.
2. La Restauración
Superados tanto la crisis republicana como los últimos movimientos revolucionarios, la restauración de la monarquía de Alfonso XII es recibida con alegría y esperanza. El ministro de Gracia y justicia envía una circular a los obispos y vicarios capitulares el 2 de enero de 1875. En ella presenta la proclamación de la monarquía como el término de los disturbios anteriores y el principio de una nueva era, en la que se garantizarán las buenas relaciones con la Santa Sede, protección a la Iglesia y sus ministros y la actuación en las mutuas relaciones con el consejo de «sabios prelados y de acuerdo con la Santa Sede».
Las medidas que se adoptan no logran, sin embargo, restañar la unidad religiosa de la nación. Comienza entonces una «vasta obra restauradora», potenciada por la jerarquía y realizada primordialmente por el clero regular, cuyas familias religiosas van a conocer durante este período su mejor momento de esplendor a lo largo del ochocientos.
Los pequeños incidentes que surgen en los años del reinado de Alfonso XII, el Pacificador, y los de la regencia de María Cristina, fueron causados de ordinario por la división existente entre los mismos católicos españoles y de su clero. León XIII expresará repetidas veces su afecto personal por España y su régimen, al que intentó consolidar 4.
3. El anticlericalismo
Este tiempo de paz en las relaciones entre la Iglesia y el Estado vendría a romperse por el brote del anticlericalismo, enfermedad que tal vez hoy podamos ya declarar crónica en el cuerpo del catolicismo español.
El anticlericalismo presidirá una serie de fenómenos en la cumbre de la cuesta del XIX. La «cuestión religiosa» fue el enemigo común y el blanco de tiro de los diversos partidos, que, a decir verdad, en este momento histórico carecían de otro. El positivismo, adquiere especial pujanza en el mundo del pensamiento. El movimiento republicano adquiere nuevo vigor. Las medidas adoptadas en Francia y Portugal en materia eclesiástica no podían pasar inadvertidas para los observadores españoles.
Estos y otros hechos de índole interna vinieron a conceder al anticlericalismo el papel de protagonista en las décadas puente entre el siglo XIX y XX.
La actitud política de Silvela sirvió de estímulo a sus oponentes. «Las alteraciones de orden público con motivo de las procesiones organizadas en cumplimiento del jubileo en honor de Cristo Redentor, concedido por León XIII, convirtió la 'cuestión religiosa' en el más importante de los problemas de la vida nacional».
Sagasta aprovecha la situación y «con más fuerza que convicción», enarbola la bandera del anticlericalismo, dictando unas medidas oportunistas con el fin de satisfacer reivindicaciones antieclesiásticas más que de expresar su auténtica ideología personal 5.
El anticlericalismo y el tema religioso van a dar materia para las campañas electorales de 1901 y para las discusiones parlamentarias, que nuevamente se plantean el tema del estatuto jurídico de las Ordenes y congregaciones religiosas.
En 1902 la Santa Sede y el gobierno español llegan a un «modus vivendi», que se prolonga hasta la revisión del Concordato.
Así, hasta 1910, en que sube al poder Canalejas, «la cuestión religiosa estuvo sujeta al pendularismo crónico de la vida parlamentaria española» 6.
En los períodos en que el país está bajo el dominio de los liberales, la corriente anticlerical aumenta su caudal, que llegará a su mayor crecida en el programa laico del gabinete López Domínguez, en 1906, calcado en las directrices¡ políticas de la nación francesa.
Nueva ruptura y nuevo empalme en los tiempos de Pío X, cuando el secretario de Estado era un joven cardenal español, que tanto tendrá que ver con la historia que vamos a contar 7.
4. El catolicismo español de la segunda mitad del XIX
Hagamos ahora una cala, aunque sea rápida, en el catolicismo y en la Iglesia de España, a fin de que desde esta plataforma podamos conseguir una aproximación mayor al estudio, a la interpretación y al alcance de la fundación del. Colegio Español.
El largo pontificado de Pío IX fue, sin duda, el que marcó una huella más, profunda en el catolicismo español, Por una parte, coincide con las mutaciones. de mayor alcance de nuestro siglo XIX 8: desde la consolidación de los moderados hasta la restauración, desde Espartero a la Revolución del 1868. Períodos capitales de la historia política española se desarrollan a lo largo de este pontificado: los grandes inventos, los comienzos de un desarrollo industrial a través del ferrocarril, las adquisiciones de la ciencia que comienzan a dominar el mundo; el ferrocarril, el teléfono, el desarrollo textil catalán, el capitalismo multinacional que se cita en la construcción de los caminos de hierro de España.
En el campo eclesial también ocurren acontecimientos que van a cambiar el rostro del catolicismo español. La desamortización trajo una serie de consecuencias que puso en entredicho el valor de estructuras seculares y desajustó cimientos tradicionales. La separación entre Iglesia y Estado, luego sancionada por la constitución de 1869, fue una dura sacudida a la que el Papa asiste impotente desde Roma.
A cambio, puede contemplar un episcopado unido, tal vez como ninguno. «La extensión del pontificado permitió que las consagraciones episcopales alcanzasen la cifra récord de 150, sin contar la de los superiores de las innumerables congregaciones brotadas como por arte de encantamiento en el suelo peninsular o resurgidas tras el no dilatado y efectivo eclipse de los decretos abolicionistas. de las etapas radicales» 9.
La cuantía de prelados y el recelo frente a la actitud del Estado explican el hecho de que los obispos españoles mantengan una postura definida a favor del poder pontificio, conciban como algo normal el centralismo romano y más tarde reaccionaran masivamente a favor de la infalibilidad pontificia. Dada la situación española, la aspiración máxima de su jerarquía «habría de escribirse con esta sola palabra: Autoridad». En efecto, la mayoría son ínfalibilistas y coma concluye Martín Tejedor, les interesaba «volver a España con el dogma de la infalibilidad ya conseguido, es decir, con la eficaz medicina de un magisterio definidamente autoritativo al que habría de someterse un pueblo como el español que al fin y a la postre, seguía llamándose católico» 10.
Desde esta postura ha de entenderse como lógica, la actitud de «permanente rechazo de su entorno temporal», que ha caracterizado a ciertos sectores de la cristiandad y de la jerarquía española de la historia contemporánea. Y así, sí en algún momento este principio lo es de forma mayoritaria, es precisamente en tiempos de Pío IX. «A través de grandes conversiones, que cambiaron de base algunas manifestaciones sustanciales de la vida del pueblo español, el programa pastoral y la posición del estamento clerical permanecieron petrificados» 11. Esta es su actitud ante fenómenos de cambio como el que se produce, en la prensa, en la universidad, la educación, las libertades cívicas y otras.
La jerarquía no acierta a galvanizar las fuerzas católicas del país y las grandes figuras del episcopado o callarán o no desplegarán su actividad hasta los tiempos de León XIII, como pueden, ser entre otros, Moreno, el P. Cámara,, Cascajares, Sanz y Forés y Sancha...
La consecuencia es «una Iglesia voluntariamente alejada de las fuerzas que con impetuoso dinamismo sacudían a la nación» 12.
Cuando cambien las circunstancias con la restauración, su incorporación a la vida nacional tardará mucho tiempo en producirse.
En realidad, «tampoco la coyuntura hispánica se mostraba muy propicia a la reconciliación de la Iglesia y la sociedad civil» 13. «El catolicismo español –concluirá Fliche–Martín– continuó aislándose cada vez más ante las aspiraciones de su época y acabó de perder su influencia en muchos espíritus cultivados, que ya no veían en el mismo sino una fuerza reaccionaria al margen del progreso» 14.
Y, a pesar de todo lo dicho, el período que comentamos es de una vitalidad cristiana impresionante. Brotan un sinnúmero de órdenes y congregaciones religiosas, círculos católicos, asociaciones... Sería ridículo pensar que todo ese movimiento brota y crece alejado de su ambiente cultural. Pero sí es cierto que dicho movimiento se va a poder representar más por unas líneas paralelas que por una fusión de corrientes.
En el pontificado de León XIII la iglesia española empieza a caminar por nuevos rumbos. Sin una preocupación obsesiva por su localización en el medio ambiente de los años anteriores, dedica sus esfuerzos a un programa renovador. Se transforman los métodos pastorales, se renuevan y se crean directrices catequísticas, se potencia la prensa católica y la enseñanza se hace más porosa a las corrientes de la cultura moderna.
Prelados insignes se proponen elevar el nivel científico de su clero, como Ceferino González, Marcelo Spínola y el padre Cámara. «Nunca como entonces fue tan intenso en los miembros del clero secular el deseo de cursar diversas licenciaturas». Si bien en ciertos casos fue afán coleccionista y deseo de una salida positiva de una existencia tediosa, también es cierto que hubo un afán noble de «perfeccionar el utillaje de su misión» 15.
En esta tarea de renovación toman parte activa los miembros del clero regular, sobre todo jesuitas, dominicos, agustinos...
La vida del clero seguía unos cauces tradicionales. El clero era bastante disciplinado, piadoso; con poca imaginación pastoral, distante de sus obispos, demasiado politizados tal vez, y no faltaban conductas privadas de algunos eclesiásticos que dejaban bastante que desear en su excesiva preocupación por el bienestar material y por la expansión de su afectividad.
La espiritualidad se manifiesta a lo largo de toda la segunda mitad del XIX, en formas de devoción que traducen una piedad externa y cálida. Las devociones principales serán la Eucaristía, el Sagrado Corazón, la Virgen María, y, después del concilio Vaticano I, la devoción al Romano Pontífice. La oración metódica y los devocionarios alimentaban tal espiritualidad. A medida que se adentró el pontificado de León XIII, comenzará la preocupación por un catolicismo social. A los tiempos de Pío X corresponderá el fervor por la liturgia, la música y arte sacro.
No se puede aún ofrecer una síntesis del pontificado de Pío X, si bien algunos autores señalan la influencia decisiva del mismo en los destinos del catolicismo español 16, identificando tal influencia con una vuelta al integrismo de Pío IX.
Esta apreciación puede venir, en el caso de España, de los problemas nacionales que hicieron reverdecer un cierto autoritarismo a fin de defender las posturas tomadas ante la libertad de enseñanza y el estatuto de las congregaciones religiosas 17.
Las «Ligas Católicas» no consiguieron crear la unidad de los católicos españoles y adoptaron en general una postura mas ofensiva que creadora ante el fantasma del «nefasto laicismo».
5. La formación académica en los seminarios españoles
Ya hemos apuntado anteriormente cual era el panorama externo de los seminarios españoles y la pastoral vocacional de la época. Más adelante entraremos en el análisis de la vida interna de estos centros.
Anotemos ahora solamente un avance de la situación académica y de las ,condiciones en que esta se impartía.
La teología que se da en las aulas es bastante «indiferente a todo lo que pasa a su alrededor» 18. También fuera de España. En el colegio romano se da una teología más escolar y menos científica que en las universidades alemanas. Sin embargo se da una gran importancia al fundamento bíblico (Patrizi), se presiente la importancia de la teología positiva (Perrone) que va a ocupar un lugar de preferencia gracias a los profesores Passaglia, Schrader y Francelin.
Los jesuitas serán los renacentistas de la teología tomista, que llegará a su cúlmen en la encíclica Aeterni Patris de León XIII. Los centros de Roma y Parma, la revista La Civiltá Cattolica y la multiplicación de los textos de santo Tomás serán los instrumentos del tomismo en Italia y España, mientras en las universidades alemanas comenzaba a brotar la teología histórica de Grey y Moehler.
¿Qué pasaba entre tanto en los seminarios y universidades españolas? Mientras esperamos un estudio completo de la historia de los seminarios españoles en la segunda mitad del XIX, recogemos el juicio que nos ofrecen varios autores al efecto.
«Aunque superiores a los períodos precedentes, la formación impartida en las aulas de los seminarios fue casi exclusivamente humanista, sin sobrepasar, sino rara vez, la mediocridad característica hasta fechas muy cercanas. Salvo muy aisladas excepciones, el episcopado no comprendió la necesidad de establecer un gran organismo docente que impidiese la estirilidad y la atomización de los esfuerzos de las diferentes diócesis.
El magno proyecto del padre Cámara de un Centro Eclesiástico de Estudios Superiores –primer paso hacia una futura universidad católica– no encontró apoyo entre sus compañeros de episcopado y defraudó, al materializarse en una institución de mediocres vuelos, las esperanzas que en un principio despertara en los círculos más progresivos del sacerdocio.
Debido también al predominio de una mentalidad corraleña en la jerarquía, el Colegio Romano fundado por Manuel Domingo y Sol en la Ciudad Eterna, tardó largo tiempo en granjearse la confianza de considerables núcleos episcopales» 19. Otros autores la definen como formación «anticuada, meramente pasiva y rutinaria». «Faltan profesores y faltan bibliotecas ... » 20.
Mientras en la España civil universitaria las letras conocían momentos de especial esplendor, con el «siglo de plata» de la literatura, al decir de Gregorio Marañón, la cultura clerical mantiene unos «tonos grisáceos que hacen resaltar aun más la brillantez de la labor de los hombres de 1898 y la generación de 1913» 21.
En los principios del XX, como finales del XIX, «la raíz más honda de desfasamiento entre una y otra cultura hay que buscarla en la mediocridad de la formación del clero», sintetiza Cuenca Toribio.
Hace un siglo, escribía un sacerdote español: «La formación del clero es lo que podríamos llamar la llave de la cosecha en todos los campos de la gloria de Dios» 22. Es Manuel Domingo y Sol, el fundador del Pontificio Colegio Español de San José de Roma.
Manuel Domingo y Sol es un hombre de su tiempo, formado en un seminario como el que hemos descrito; crecido en una sociedad conmovida por continuos devaneos; alimentado en una piedad de devociones; contemplando un clero inculto y dividido, conocedor de unos seminarios sin orientación intelectual y ,con una vida espiritual lánguida. Como ya hemos visto, en los años de su juventud sacerdotal escribió en periódicos y revistas; trabajó infatigablemente con la juventud, fue gran apóstol de las vocaciones sacerdotales, religiosas y apostólicas.
Cuando descubrió que la clave de todo el malestar y bienestar de España estaba en la formación del clero, a ella dedicó lo mejor de su vida, fundando colegios y atendiendo seminarios. Para dar seguridad y permanencia a su obra así como en 1883 funda la Hermandad de Sacerdotes Operarios, así, para una mejor formación intelectual y espiritual del clero establece en Roma el Pontificio Colegio Español.
Con estas coordenadas de la Iglesia y de España, podemos entrar en la historia del Colegio; interpretar mejor sus aciertos y limitaciones; valorar con objetividad su influencia en la renovación del clero y de la Iglesia de España contemporánea.
II. PRIMERA IDEA DEL COLEGIO (1865–1891)
Recordemos que con la aplicación del artículo 28 del Concordato de 1852 23, comenzaba una cierta reacción en cuanto se refiere a la formación académica de los aspirantes al sacerdocio. Un plan general se impone en todos los seminarios españoles. Algunos de ellos son elevados a la categoría de Centrales 24 con facultad para conceder grados en Filosofía, Teología y Cánones.
1. Una obra que se hace necesaria
Comienzan a abundar los grados, pero no por ello se puede decir que se eleve el nivel intelectual del clero. El seminario se convierte en uno de los pocos medios de formación que existen en algunas regiones. Aumenta el número de alumnos, pero este aumento no constituye ninguna ventaja. La formación humana deja bastante que desear; el cuadro de profesores y superiores es siempre incompleto; y el seminario, más que un centro especializado de formación, es «una especie de liceo o de instituto provincial» 25.
Surge en esta época la llamada «carrera breve», que provoca un sensible descenso del nivel cultural del clero, pues quienes seguían tal esquema académico, de manera ordinaria, eran alumnos poco dotados intelectualmente y llegaron a ser muy numerosos, como puede verse en las estadísticas de la época.
Algunos prelados españoles deseaban la creación de un centro de enseñanza eclesiástica donde, al menos los seminaristas mejor dotados, pudieran recibir una formación académica más profunda en las disciplinas sagradas 26. Incluso, andando el tiempo, se pensó en la posibilidad de crear una Universidad Católica Nacional 27, pero dicho proyecto no llegó a cuajar.
El problema no era sólo español. Y Roma «fue la primera en darse cuenta de la reforma que había que hacerse de las viejas estructuras en las que estaban encuadradas la enseñanza y la formación eclesiástica». Para lograrlo, a lo largo del siglo XIX, se restaura la antigua congregación de estudios, que en 1870 extenderá su acción a todas las universidades del mundo, luego se presta incluso una atención especial a la vida interna de los seminarios a través de los Concordatos. Con León XII (1823–1829) comienza una nueva corriente de renovación que seguirá hasta nuestros días 28. Se trata de la creación en Roma de colegios pontificios. En el pontificado de Gregorio XVI tiene lugar la fundación del colegio belga (1844) y del Convictorio de San Luis de los franceses (1845). En los años de Pío IX el colegio Beda (1852), el seminario francés (1853), el colegio Pío Latino–Amerícano (1858), el seminario lombardo de los santos Ambrosio y Carlos (1859), el colegio de los Estados Unidos de América del Norte (1859), el Instituto Teutónico «de Anima» (1859), el colegio polaco (1866) y el colegio teutónico «ad Campum Sanctum» (1876). León XIII continuó la línea, restaurándose durante su largo pontificado los colegios armenio (1883) y maronita (1891), y fundándose el canadiense (1888), Nepomuceno (1890), Español (1892), Ucraniano (1897), Portugués (1900) y el Ecuatoriano de María Inmaculada (1902) 29.
2. La idea en España
La Cruz es la primera revista que lanza a los obispos españoles un llamamiento para la creación de un centro de estudios en Roma: «Sensible es que teniendo todas las naciones un seminario eclesiástico en Roma, solamente España carezca de él. Muy importante sería para el clero y la Iglesia de España el establecimiento de un seminario a donde por lo menos fueran a perfeccionarse dos eclesiásticos de los más aventajados de cada diócesis o seminario de España con la cantidad de 4 ó 5.000 reales anuales. Rogamos encarecidamente a los señores obispos españoles acojan con benevolencia esta humilde indicación nuestra, que de seguro ha de ser altamente provechosa para las glorias de la Iglesia y de España» 30.
La llamada que desde ella hiciera su director, don León Carbonero y Sol 31, obtuvo el silencio por respuesta durante más de diez años 32.
El 2 de agosto de 1876, el doctor Antonio Calvete Salazar, gobernador eclesiástico «sede plena» de Málaga, publica, en nombre del obispo de aquella diócesis, doctor Pérez Fernández (Esteban José), una circular que apareció en el Boletín Eclesiástico y que luego recogerá La Cruz 33.
Es la primera manifestación directa de un obispo español a favor de un colegio nacional en Roma. He aquí algunos párrafos de dicha circular:
Importantísimo y laudable en el más alto grado por sus provechosas consecuencias para los intereses de la Religión, de la Iglesia y de los fieles, es el proyecto de que cada diócesis envíe a Roma algunos jóvenes de probado talento y virtudes, a fin de que en el Colegio Romano, que es el seminario central del orbe católico, completen sus estudios y adquieran un caudal inmenso de conocimientos y de doctrina la más sana, más segura y más sólida para difundirla después por medio de la enseñanza y de la predicación en sus mismas diócesis.
De esta suerte se remediará en gran parte la falta de que la católica España no tenga en la Ciudad Eterna un colegio como las demás naciones, en donde sus naturales puedan ampliar y perfeccionar sus estudios a la vista y bajo la protección o dirección del Vicario de Cristo y de sapientísimos profesores, porque sólo allí es donde puede darse y aprenderse en toda su extensión la enseñanza de determinadas materias y asignaturas, que hoy más que nunca debe saber el clero.
Naturalmente, no pasó desapercibida la publicación de dicha circular al señor Carbonero y Sol que, además de publicar íntegro el texto de la misma en su revista, se felicita y felicita al obispo de Málaga por su escrito, añadiendo de su cosecha:
Y pues las diputaciones provinciales y el gobierno destinan sumas al sostenimiento de jóvenes pensionados en Roma para el fomento de las artes, de desear sería que contribuyeran también para pensionar a jóvenes eclesiásticos que perfeccionaran en Roma su educación científico–religiosa, teniendo muy presente que las ciencias naturales son hoy, si no de absoluta necesidad, sumamente provechosas para el clero. Tampoco debe olvidarse que al estudio de la Teología debe añadirse, y con suma extensión, el de los cánones. Urge mucho hacer cuanto posible sea para aumentar el número de pensionados eclesiásticos en Roma. Si cada diócesis envía dos, son cincuenta pensionados, que renovándose cada seis u ocho años, darán anualmente al clero de España un contingente de cien eclesiásticos, por cuya virtud y vasta instrucción serán el gran poder para la restauración religiosa, social y científica del clero y del pueblo 34.
El 17 de julio de 1876, pocos días antes de la publicación de la circular del, obispo de Málaga, otra revista eclesiástica, El Consultor de los Párrocos, publicada en Madrid y dirigida por el apologista Miguel Sánchez, se hace eco del problema y comienza una campana encaminada a la fundación de un colegio nacional español en Roma. En la fecha señalada, después de ponderar en un largo artículo las ventajas de los colegios nacionales en la Ciudad Eterna, exclamaba: «España, por desgracia, no tiene en Roma ningún colegio de esta índole. ¡Qué triste es esto! ¡Que hasta América Meridional tenga lo que no tiene la nación católica por excelencia! » ( 35.
El 14 de agosto volvía sobre el tema: «Va cundiendo –escribía– la idea de enviar seminaristas de cada una de las diócesis de España a terminar o completar sus estudios en el Colegio Romano. Esto que siempre hubiera sido, muy conveniente, es hoy hasta una imperiosa necesidad. De esto ya nadie duda. Las objeciones únicas que por algunos se presentan van encaminadas, no a combatir la idea en sí misma, sino a hacer resaltar las dificultades económicas que ofrece su ejecución. En esto hay algo de verdad, pero hay no poco de terror y pánico. Los obstáculos son los que son, no los que la imaginación quiere que sean. La apatía puede querer confundir los obstáculos abultados con los obstáculos verdaderos. También se piensa bastante en fundar un colegio eclesiástico español en Roma... El colegio que ahora necesitamos en Roma debe hallarse bajo la inmediata vigilancia de Su Santidad y depender sólo de los señores obispos. Su carácter debe ser el de una institución exclusivamente eclesiástica ... » 36.
Y el 21 de diciembre: «Vuelve a hablarse de la fundación de un colegio eclesiástico español en Roma. La mayor dificultad que era la del local, acaso pueda vencerse sin gran sacrificio. Es posible, y aun probable, que en un plazo no lejano se ponga a disposición del episcopado español una casa espaciosa y bien situada, que con sólo algunos reparos, pudiera ser muy suficiente. Si así fuera, el Colegio Español en Roma se sostendría con gastos casi insignificantes... Todo se reduciría al alimento de los seminaristas y a lo indispensable para mantener a los cuatro o cinco padres de la Compañía de Jesús que se encargasen de la dirección espiritual de los jóvenes» 37.
La Santa Sede sigue insinuando a los obispos españoles la posibilidad de erigir en Ron–la un establecimiento análogo al de otras naciones. Años más tarde lo contará el fundador del colegio a los primeros colegiales: «Mas la Santa Sede que conocía muy bien el estado de los seminarios en España y que deseaba asociarse al movimiento que hacia los estudios eclesiásticos de Roma se iba produciendo en otras naciones, no dejó de llamar la atención de los prelados españoles. De aquí que Pío IX, que no sólo impulsó este movimiento sino que contribuyó tan eficazmente al establecimiento de su colegio Pío Latino Americano, no dejaba de aprovechar. en los últimos años de su largo pontificado, las ocasiones para ir indicando a los obispos de España la conveniencia de un establecimiento análogo, y León XIII ha ido repitiendo desde el primer día apremiándoles con más insistencia» 38.
3. El Colegio Hispánico
Sigue diciendo don Manuel a sus primeros colegiales: «Por efecto, sin duda, de estas excitaciones, se resolvió un joven y fogoso prelado (el señor Calvo Valero) a ensayar la fundación de un seminario enviando a Roma el 1884 nueve alumnos suyos bajo la dirección y cuidado de un prebendado de su catedral, presentando antes personalmente el proyecto y pidiendo la bendición del Padre Santo, dando cuenta al episcopado de aquella bendición, y haciendo un llamamiento al mismo para que cooperara a aquella empresa secundando los deseos del Papa. Mas no encontró eco y fracasó aquella empresa, así como otras que luego se intentaron» 39.
Efectivamente, el joven prelado de Santander y luego de Cádiz, Vicente Calvo y Valero 40 fue quien dio la primera respuesta seria hacia la creación de un centro nacional en Roma. Los intentos del obispo de Málaga, a que nos hemos referido anteriormente, tuvieron un carácter tan limitado y reducido al ámbito diocesano, que no influyeron en las instituciones posteriores.
Siendo obispo de Santander, Calvo y Valero se determinó a fundar en Roma el Colegió Hispánico. Con este objeto envió a la Ciudad Eterna el 8 de noviembre de 1883, nueve de sus seminaristas con el canónigo José María Ros. Se establece el Colegio Hispánico en una casa contigua a la iglesia de Santa Brígida, en la plaza Farnese.
León XIII recibe en audiencia a este grupo de seminaristas españoles el 26 de mayo de 1883, y el día 1 de junio, contestando a una carta del obispo Calvo y Valero, le escribía en los siguientes términos: «Por lo que hace al grandioso proyecto que meditas de que se forme en esta ciudad un colegio de la nación hispana, lo estimamos digno, en verdad, de tu piedad y de tu singular amor a esta romana cátedra, y tenemos por cierto que en él, si se llevase a cabo, ciertamente gozaríamos» 41.
Poco más sabemos de la vida de este centro. Asistían los alumnos a las aulas del seminario romano. A finales de diciembre de 1884, el señor Calvo y Valero encomienda su dirección a los padres del Inmaculado Corazón de María. Fue nombrado rector del colegio el padre Jerónimo Batlló, procurador general de la congregación, quien tenía como auxiliar al padre Antonio Naval. En 1887 se trasladó a una casa que en la vía Giulia habían adquirido los religiosos de San Antonio M.ª Claret para establecer en ella su Procura General. Sabemos también que envió un alumno el obispo de Vich y que continuó en la casa de vía Giulia, 164 42 hasta su desaparición 43.
Manuel Domingo y Sol no asistía impasible a los esfuerzos de este prelado en pro de los estudios eclesiásticos de los seminaristas españoles en Roma. Sabe que el señor Calvo y Valero es el primer obispo español que envía sus seminaristas a París y Roma en busca de una formación científica más profunda y universal, y desde El Congregante informa a sus lectores de las andanzas del prelado.
Años más tarde, el 8 de septiembre de 1890, cuando don Manuel está –dando los primeros pasos para la posible fundación, escribe al señor Calvo y Valero, entonces obispo de Cádiz, pidiéndole información del colegio Hispano por él fundado 44. Este le contesta el 21 con la carta siguiente:
Muy Sr. mío y de toda mi consideración y aprecio: Es tanto lo que me ocurre decir a V. sobre la fundación de un Colegio español en Roma que yo inicié en noviembre de 1883, que subsiste, y a la cual se refiere la apreciable carta de V. de 8 de este mes, que no cabría en otra por larga que fuese. Y me parece todo ello tan análogo y provechoso para lo que a la sazón proyecta la Hermandad de Vocaciones Eclesiásticas de que V. es digno director, que entiendo merecería tratarse amplia y francamente en una o varías conferencias.
Para celebrarlas, yo concurriría gustosísimo al lugar y en el día que se designase, si ahora y hasta un mes después por lo menos, no me impidieran salir de ésta la conclusión de la obra del nuevo seminario de ~ esta diócesis y algunos otros asuntos de la misma que me tienen ocupadísimo.
No me, atrevo a proponer a V. que venga al indicado efecto, porque el viaje es largo y penoso. Pero si espontáneamente quisiera hacerlo y aún con algunos individuos del Consejo, tendría la mayor satisfacción en hospedarles, aunque humilde, muy cordialmente en esta su casa, su muy atto. y afmo. s. y 1. que corresponde a sus ofrecimientos con los más expresivos y sinceros, se encomienda a sus oraciones y les bendice.
El obispo de Cádiz 45.
A lo largo del 91 seguirán teniendo contactos epistolares 46 que culminan con la entrevista celebrada en Barcelona el 30 de septiembre. En efecto, al regresar de la peregrinación Luisiana a Roma, «hallándose don Manuel en Barcelona, se presentó de incógnito en la fonda «La Verdad» donde se hospedaba el obispo de Cádiz, señor Calvo y Valero, para cambiar con él impresiones y ver de concertar puntos de vista en los respectivos planes sobre el colegio español en Roma» 47.
No sabemos lo que pasaría en este encuentro, pero no debieron llegar a un acuerdo en sus puntos de vista, a juzgar por el comportamiento posterior del obispo Valero, cuando se prepara la cesión del Palacio Altemps 48 en el año 1894 «porque perseguía aún la idea de fundir el nuevo colegio español con el antiguo que aún según él existía y tomar él, o quien los prelados designaran, la dirección» 49.
Cabe preguntarnos, antes de entrar de lleno en la fundación del colegio, por qué fracasó este primer proyecto. Esta misma pregunta se la hace a sí mismo don Manuel años más tarde y hablando a sus primeros colegiales da la respuesta. Merece la pena que la copiemos para evitarnos posteriores explicaciones.
En la audiencia que dicho señor Calvo tuvo con el Papa, y en la cual le expuso su pensamiento de un seminario español allí en Roma, le indicó, como consta en documento impreso (que envió a los demás señores obispos), los reparos que algunos de éstos opusieron al pensamiento de enviar jóvenes alumnos a Roma, y que se reducían principalmente a dos, a saber, que los seminarios de España profesaban muy sana doctrina y estaban sus estudios a la altura de los mejores, y a que de enviarlos a Roma, regresarían llenos de ínfulas y de omnisciencia y que por lo tanto serían ambiciosos e indomables. A lo cual dice él mismo que el Papa le contestó, que dejando a la apreciación de los obispos lo de las dificultades pecuniarias, lo demás era praeiudicium insanum, una necia preocupación. Y ciertamente que eran fútiles esas razones, o más bien, praeiudicium insanum. Porque, ¿qué significaba aquello de que volverían envanecidos por los grados obtenidos en Roma? El mismo argumento hubiera podido hacerse a los que iban a obtenerlos en las famosas universidades de España y aún del extranjero, y lo mismo respecto de los actuales alumnos de los seminarios de España que van a recibir los grados en los centrales. Para ello deberían desaparecer los grados académicos, canónicos, establecidos por la Iglesia en favor de los que lo merezcan, porque pueden engendrar la presunción.
En cuanto a la enseñanza segura y próspera de sus seminarios, cualquiera que ella fuere, nunca podría ser más segura, ni en España ni en ninguna parte, que la expuesta a la vista misma de Su Santidad, ni más pujante que la de la Gregoriana, por ejemplo, dada por un profesorado compuesto de lo más selecto que la Compañía tiene en las varias provincias y aún naciones del mundo, y que vosotros tendréis ocasión de conocer, ni la de la Minerva. Además de estos recelos revelados por el antedicho prelado, mediaban algunos otros prejuicios que no han dejado de significársenos a nosotros mismos, al exponer nuestro pensamiento de la fundación de colegio en Roma, tales como el de que se formarían en el espíritu italiano perdiendo el vigor del espíritu sacerdotal español; cuando ese espíritu, bueno o malo, lo adquirirían por nuestra formación sin intervención alguna de los italianos; y otros como el de la distancia y estar separados de la mirada de los prelados, siendo así que podría dárseles cuenta frecuente de su comportamiento, y que las distancias, hoy podemos decir que han desaparecido...
Mas sin dejar de conceder (o reconocer) que alguna de estas razones, o como quiera llamarse, de algunos, pero no es fácil explicar por ellas un retraimiento general, y tengo para mí que las verdaderas debían ser otras y más generales. Y la primera de ellas tal vez es debida a nuestro modo de ser hoy los españoles; no tenemos, el espíritu de ambición santa y de propaganda de nuestros antiguos; estamos aferrados a lo que vemos o tenemos, como si fuera lo mejor sin cuidarnos del movimiento que pueda observarse en otras partes, y esto lo mismo en arquitectura, que en comercio, que en literatura.
No se creaba atmósfera, ni se impulsaba esta idea, y estábamos estacionados, y era la única nación, fuera de Portugal, que no tuviera colegio en Roma, a pesar de tener tan cerca Francia, que amén de sus seminarios mayores y menores, y aún universidades, hacían fortuna en Roma los colegios que establecieron de esta nación. La segunda causa, a mi parecer, es la indicada, aunque veladamente, por el señor Calvo al Papa; vivíamos envanecidos con nuestras antiguas glorias teológicas, como si las conserváramos y poseyéramos hoy todavía, desconociendo o queriendo desconocer el desnivel en que nos encontrábamos de otras partes, y que tan fácilmente hubiéramos podido observar en las obras mismas de texto de nuestros propios seminarios, casi todas debidas a teólogos y moralistas extranjeros y contemporáneos, sin contar muchísimas otras obras religiosas cuyo mérito era reconocido por todos. Ultimamente, y quizá la principal, eran las dificultades que instintivamente se preveían para la institución de un seminario oficial en Roma, no existiendo iniciativas indiscutibles que pudieran imponerse y llevarse a cabo... Tal vez estos recelos y desconfianzas enervaban los, deseos y la acción de muchos prelados 50.
No cabe duda que la respuesta de don Manuel es profunda en cuanto al análisis que hace de la situación de los seminarios españoles de esos años.
Del concepto que algunos obispos españoles tenían de sus seminarios, baste recordar lo que escribía el cardenal Monescillo sobre el de Valencia al despedirse de sus diocesanos para ir a tomar posesión de la sede toledana: «A todas partes llega el crédito que bien adquirida tiene la instrucción sólida repartida a los jóvenes levitas en la escuela eclesiástica de Valencia, y nadie ignora la afluencia con que de varias diócesis de España acuden alumnos al Central de ,este arzobispado para obtener títulos académicos, que ostentan como credenciales para sus ejercicios literarios otorgados al mérito de jueces hábiles y prudentes» 51.
Precisamente en el seminario central de Valencia, como se recordará, había completado sus estudios Manuel Domingo y Sol en la década de los sesenta.
A todas estas causas apuntadas por don Manuel, añadiríamos otra más compleja. Una obra como la fundación del colegio no se puede hacer en un día,
puede realizar una persona sola por prestigiosa y culta que sea. Necesita el respaldo de una institución que le de continuidad y eficacia por encima de cambios y contingencias personales.
Iremos viendo cómo Manuel Domingo y Sol consulta a la Hermandad para fundación; es la Hermandad quien se compromete y responde, es a ella a quien desea unir inseparablemente la fundación y desarrollo del colegio español en Roma.
III. INTERVIENE DON MANUEL (1889–1890)
«Y así estaban las cosas... y así hubieran continuado por mucho tiempo a pesar de las excitaciones de la Santa Sede, y de irse extendiendo el sentimiento y deseo de complacerle, cuando el Señor, antes de conocer nosotros la historia de estos deseos y las causas del retardo de su realización, quiso sugerirnos, el año 1889, el pensamiento de establecer una casa de nuestra obra de vocaciones eclesiásticas para los jóvenes de los seminarios españoles que los obispos quisieran confiamos, o ellos prefirieran seguir sus estudios en Roma, facilitándoles ,los medios en cuanto estuviera de nuestra parte» 52.
1. La idea de don Manuel
La historia de la fundación del colegio de Roma tiene una parte que se escribe en dos líneas. Pero que suponen dos años para madurar «en silencio de, oración y de días». Años más tarde nos descubrirá el misterio el mismo don Manuel: «Bien por los augurios que me hace de los futuros resultados del colegio español en Roma para el bien de España y honra y desarrollo de nuestra obra en la misma, según los tuve en mis instintos desde el 1 de enero de 1888» 53.
En un primer momento concibió la idea como algo sencillo, humilde, un pequeño grupo de colegiales selectos, dispuestos a recibir la formación especial que se daba en los centros eclesiásticos romanos. Durante doce meses llevó solo consigo su secreto. Y el día 1 de enero de 1889 sorprendió a los operarios con la proposición que les presentó: «la necesidad y conveniencia de una Casa–Colegio de la obra en Roma, para los jóvenes que quisieran seguir sus estudios eclesiásticos en los grandes centros de enseñanza de aquella capital» 54.
Hacía tres años exactos que se había constituido la Hermandad. Don Manuel miraría a sus hombres y contemplaría la sorpresa de los mismos. Eran pocos. Demasiado ocupados. Tal vez por esto, «les encargó lo encomendaran a Dios» y les concede para ello un largo plazo de tiempo; «Así lo hicieron durante aquel año, excitándose en todos un deseo cada día más vivo de realizar aquella empresa, cuyas ventajas iban entendiendo» 55.
Quien escribe estas líneas en la primera página de las Crónicas del colegio es un sacerdote joven y listo, que, precisamente, ese 1 de enero de 1889 hace su ingreso en la Hermandad. Tiene 24 años. Se ordenará de sacerdote dentro de unos meses. Don Manuel escribía de él el 11 de enero: «es para iniciar por sí solo un colegio». Se llama Benjamín Miñana y desde ahora su nombre va a estar inseparablemente unido al nuevo colegio 56.
Dos años de paciente espera, que don Manuel aprovecha para enterarse del estado de las cosas, posibilidades, ventajas e inconvenientes.
En la reunión del año siguiente, 1 de enero de 1890, propone nuevamente la idea a los operarios para saber su parecer.
Les habla del interés manifestado por los pontífices Pío IX y León XIII, en sus entrevistas con los obispos españoles, para que enviasen seminaristas a Roma, indicándoles la conveniencia de fundar un colegio español en la Ciudad Eterna. Don Manuel añade que «la Hermandad era la que, al parecer, mejor que nadie podía producir aquel deseado movimiento de vocaciones, ya por constituir esto un objeto primordial suyo, ya por el carácter puramente sacerdotal de la misma» 57. Pensamiento que más tarde ampliará, hablando a los colegiales. «Este pensamiento tan modesto en nuestras primeras intenciones, fue tomando un vuelo y adquiriendo –una importancia tal, a consecuencia de las contradicciones que el enemigo de todo bien iba suscitando, que al realizarlo hoy se vislumbra y aparece el medio de que la Providencia ha querido valerse, como, el más propio, para hacer desaparecer los temores y recelos que acaso hasta ahora podían servir de pretexto. Porque esta empresa libra a los prelados, que de veras la desean, de las ataduras y compromisos a que acaso podían creerse obligados con el establecimiento de un seminario oficial» 58.
Los operarios aceptan con entusiasmo la idea y don Manuel comenzó a moverse con su asombrosa celeridad. El primer paso fue recabar información lo más completa posible sobre pensiones, casas alquilables cerca de la Universidad Gregoriana, colegios extranjeros que ya existían y precios de todo tipo. Don Manuel, hombre intuitivo se nos muestra una vez más el hombre práctico y eficaz.
2. Primeros pasos
En Roma tienen los operarios del colegio de Murcia un amigo, el doctor Francisco Medina, capellán de la Iglesia Nacional de Montserrat. Y a él se dirige don Manuel en el mes de marzo 59.
No se le ocultaba la enorme resonancia que estaba llamada a tener su empresa. Por esta razón, antes de dar un paso adelante, pidió, como lo hiciera en todas las ocasiones importantes de su vida, el parecer a personas de conocimientos y experiencia.
El primero a quien comunicó su proyecto para contar con su opinión, fue a su viejo amigo don Benito Sanz y Forés, arzobispo de Sevilla. Encontrándose el prelado en Valencia, allí lo visita don Manuel el día 13 de marzo. Con la confianza de siempre, le expone su proyecto. Y con no menos confianza «el prelado le presentó las muchas contradicciones a que estaba expuesto el proyecto, originadas particularmente por ciertos recelos y desconfianzas de muchos prelados en materia de estudios y formación del espíritu fuera de sus diócesis, y principalmente en Roma» 60; pero encargó no se abandonase el pensamiento.
Días más tarde contará el mismo don Manuel la entrevista en carta a uno de los operarios. En ella le dice también su propósito de poner el proyecto en conocimiento del obispo de Tortosa, el señor Aznar y Pueyo 61.
Así lo hizo el 6 de mayo, y éste «quedó algún tanto sorprendido, y manifestó desconfianza en el resultado de la empresa, indicándole algunas de las dificultades expuestas ya por el señor Sanz y Forés, refiriéndoles el fracaso de otras intentonas análogas, en particular la del celoso señor Calvo, y Valero, lo cual desconocían los operarios. Con todo no lo desaprobó; pero encargó viera antes el parecer del señor obispo de Murcia» 62.
Don Tomás Bryan y Livermoore era entonces obispo de Murcia. Pertenecía a una ilustre familia irlandesa refugiada en España durante la persecución contra los católicos en el siglo XVII. El señor Bryan era un gran entusiasta por los estudios en Roma, en cuya Academia de Nobles Eclesiásticos había él seguido los suyos 63.
La entrevista tuvo lugar el 13 de mayo y «fue la primera que puso alas en sus adormecidos entusiasmos». Antes de visitar al prelado, creyó prudente indicar al señor secretario de cámara, doctor don Tomás Salado, el asunto que pensaba sujetar al consejo del señor obispo. Dicho señor secretario se entusiasmó al oír el proyecto y para animarle le refirió «que estando, el año 1886 en Roma en la habitación del padre general de los Trinitarios, reverendísimo padre Antonio Martín y Bienes, el señor obispo de Murcia, el señor arzobispo de Santiago y otros dos prelados, les pedía el reverendísimo padre General que vieran de unirse algunos prelados para enviar jóvenes españoles a estudiar a Roma. Que él les cedería para el objeto aquel magnífico local, que valía más de seis millones, y que estaba expuesto a ser arrebatado por el gobierno italiano o el español apenas muriera él, si moría sin transformarlo en un colegio o instituto español... Que el mismo señor secretario presenció este ofrecimiento, y lamentaba en su interior que los obispos lo escucharan con tan poco interés, o pusieran dificultades, y que no lo aceptaban, como cosa de difícil realización. Que estuviera, seguro que el señor obispo de Murcia no sólo le animaría, sino que le ofrecería su apoyo».
Se celebró la entrevista y don Manuel concluyó: «efectivamente, el prelado confirmó estas noticias, alabó y animó el proyecto, ofreciéndose a cuanto conviniera por parte suya» 64.
¡El anciano padre Antonio Martín y su hermoso convento de Vía Condotti!
En el corazón de don Manuel brotó una inmensa corriente de simpatía hacia aquel venerable anciano, a quien aún no conocía. No podía adivinar aún los sufrimientos y trabajos que este nombre le reservaba en el porvenir. Ni menos pensar que la vía Condotti, elegante calle en, el cogollo romano, visitada por artistas y frecuentada por damas de la alta sociedad, se iba a convertir para él en una vía dolorosa de «dudas, temores y reservas», que tendrá que recorrer paso a paso a lo largo de tres largos años.
Don Manuel regresa a Tortosa rebosando optimismo. De camino encomienda a las oraciones de todos los colegiales de Valencia un proyecto que no les revela, «porque el asunto pudiera estar sujeto a contradicciones por su gran importancia y carácter general» 65.
En Tortosa pone en conocimiento de su prelado el parecer del de Murcia. Mientras tanto, su amigo, el arzobispo de Sevilla, se le brindaba para recomendar el proyecto al eminentísimo cardenal Rampolla, secretario de Estado, y al sustituto de la misma Secretaría, monseñor Della Chiesa.
Don Manuel decide establecer contacto directo con el padre Martín; y lo hace enviándole el lo de junio, por conducto y con la recomendación del obispo de Tortosa la siguiente carta, que dada su importancia ofrecemos íntegra al lector:
Muy reverendo padre y señor mío de todo mi respeto y consideración:
Con anuencia y aun encargo de nuestro señor obispo, me atrevo a molestar la atención de V.R. por un asunto de máxima gloria de Dios. Ante todo, debo decir a V.R. que tenemos establecida aquí en España una Hermandad o Congregación de Sacerdotes Operarios Diocesanos, que tiene por objeto principal el sostenimiento de vocaciones eclesiásticas, y el formarlas luego en el buen espíritu, y la cual Hermandad cuenta con colegios en algunas diócesis, siendo el Central este de Tortosa. Dicha Hermandad, en vista de que España es tal vez la única o de las pocas naciones católicas que no tienen en Roma Colegio de jóvenes que siguen la extensión de los estudios eclesiásticos en la universidad Gregoriana, como lo hacen los de otras naciones, he pensado, con el consejo de este prelado, ver si puede realizar esta obra, para la cual necesitamos obtener antes la aceptación y apoyo de unas cuantas diócesis al menos, y tenemos la confianza de obtenerlo. Con este fin, estando yo hace pocos días en Murcia, donde tenemos colegio, propuse nuestro pensamiento a aquel reverendísimo Prelado, el cual no sólo aceptó y aprobó la idea, sino que me añadió un dato que, a ser cierto, facilitaría en gran manera el logro de nuestra empresa. Según me dijo, estando dicho señor obispo el año 86 en la habitación de V.R., junto con el difunto señor Guisasola, arzobispo de Santiago, y otro prelado, les manifestó V.R. el deseo de que pensaran ellos el medio de establecer en el edificio convento de VV., un pequeño colegio de jóvenes españoles de carrera eclesiástica, con el fin de poder salvar el edificio de las manos del Gobierno español si acaso se extinguiera la comunidad, ofreciéndose usted a facilitarles por hoy parte del edificio para ese objeto. Me añadió que lo escribiéramos a V.R. Por esta razón, pues, con sumo placer y confianza nos dirigimos a V.R. para que nos diga si por parte de VV. Habría inconveniente en cedernos en caso parte del local del edificio que ocupan, y con las obligaciones materiales por nuestra parte, para el sostenimiento y reparaciones convenientes del mismo, que VV. creyeran necesarias. Y en este caso decirnos también qué participación y derechos tiene el Gobierno español en el edificio, y qué es lo que procedería hacer en este sentido; o si habría medio de prescindir de esta ingerencia del Gobierno, a ser posible. Si Jesús quiere allanarnos el camino de nuestros deseos por conducto de VV., abrigo la confianza de que la compañía de nuestros operarios y de nuestros colegiales, en lugar de serles molesta, llegaría hasta a serles grata.
Por estos motivos, pues, contando con los piadosísimos sentimientos de V.R., como lo indica la proposición hecha a los mencionados señores obispos, me atrevo a esperar nos contestará V.R. favorablemente, y nos ilustrará en este asunto. Pudiendo contar V.R., y demás religiosos de esa santa casa, con los servicios de nuestra obra y de todos sus individuos, se ofrece de V.R. afectísimo s.s. y capellán.
El Superior, Manuel Domingo y Sol 67.
Mientras recibe la respuesta del padre Martín, don Manuel va comunicando su proyecto de colegio en Roma a algunos obispos amigos, a fin de que, llegado el momento, pueda contar con los elementos humanos necesarios. Entre ellos escribió al señor Meseguer y Costa, obispo de Lérida que le contestó el 29 de junio con la siguiente carta:
Mi estimado amigo:
No abrigo ninguna desconfianza de sus cosas. Basta que sea de usted, lo considero inspiración del Corazón de Jesús; porque, desde la audaz acometida de levantar el colegio de Tortosa al día siguiente de la revolución, le he considerado a usted como hombre de tino, y en inteligencia con Dios. Pero crea usted que el colegio romano tiene serias dificultades... Sin embargo, si meditándolo bien, y viendo que otros lo aceptan, se me abre camino, no tengo inconveniente 68.
El 28 de julio recibió, por fin, don Manuel la ansiada carta del padre Martín, o mejor, las cartas con que éste contestaba a la del señor obispo de Tortosa. Decía así:
Excelentísimo y reverendísimo señor Obispo de Tortosa. Roma, 21 de julio de 1890.
Mi muy respetable señor obispo y de toda mi mayor consideración:
Dispénseme V.E.I. por no haber contestado antes a su favorecida del 9 de junio próximo pasado. El triste estado de mi salud no me ha permitido hacerlo antes. Hoy tengo el gusto de dirigirme a V.E.I. para decirle que precisamente hace tiempo vengo acariciando la misma idea indicada en su carta; pues habiéndome obligado el Gobierno italiano, por la ley de la fuerza, a que hiciera la transformación del convento, presenté el proyecto para convertirlo en un colegio español. Por manera que coinciden perfectamente la idea de V.E.I. con mi plan, y sería de desear que se pudiesen fundir una y otro para que fueran pronto un hecho nuestras aspiraciones. La transformación se verificaría creando un nuevo Ente moral el cual con la denominación de colegio Español de la Santísima Trinidad, adquiriría la propiedad del convento, que en baja tasación vale seis millones de reales; de su hermosa iglesia, con espaciosa sacristía, rica en ornamentos sagrados; de una biblioteca compuesta de seis mil volúmenes, y además, de una renta anual líquida de seis mil pesetas en títulos de la deuda consolidada. De todo ello sería verdadero propietario el nuevo Ente por medio de la transmisión que yo le hiciera en instrumento público y previo permiso del Papa. Creo conveniente poner en conocimiento de V.E.I. que esta orden no cuenta con otros medios de subsistencia que las seis mil liras del consolidado y lo que produce el alquiler de los pisos del convento, que están arrendados, pues los bienes que poseía la orden en España cayeron en poder del Gobierno el año 35 sin compensación alguna. De esto resulta, que una vez otorgada la escritura pública de transmisión de dominio y constituido el colegio español en dueño perfecto del convento, etc., quedaríamos nosotros sin ningún medio de subsistencia en los últimos años de nuestra vida; y para evitarlo, se hace necesario que el nuevo Ente moral se obligue, en la misma escritura pública de transmisión de dominio, a pagar una suma anual, que fijará de común acuerdo, a los frailes que vivimos en la actualidad. Podría suceder que en el primero o dos primeros años, el colegio español deba hacer algún pequeño sacrificio para completar aquella suma anual, por tener que ocupar uno de los apartamentos arrendados; pero si se tiene en cuenta que los cinco frailes que componemos hoy la comunidad, yo tengo 84 años, que el padre Güell está próximo a los 801 con varios sufrimientos, entre ellos uno orgánico, que puede concluir con él cuando menos se piense; que el padre Forgas ha debido ir a España con su familia por haberse iniciado otro padecimiento muy peligroso, y finalmente, que los otros restantes, un sacerdote y un lego, cuentan ya cerca de 70 años; si se tiene en cuenta todo esto, es muy probable que vaya decreciendo año por año la suma anual, o que pronto de–aparezca completamente.
Si se verificase la transformación, y conviniera el colegio instalarse pronto, podrían ocupar uno de los pisos, suficiente para colocar ocho alumnos, y algunos más en la parte que ocupamos nosotros. Aún ocupando este piso, cuya locación concluye pronto, los demás pisos alquilados producen más de siete mil libras anuales. Ha de tener también presente V.E.I. que la construcción del convento es tan sólida que se puede levantar fácilmente, y no con grandes gastos, otro piso más. Si con estos detalles creyese conveniente V.E.I. que se podría iniciar el asunto de la transformación, sería bueno que cuanto antes comisionasen en regla una buena persona que viniese a tratar conmigo, sin perder de vista que tengo 84 años, que el estado de mi salud es tristísimo, y que, muerto yo, no sería fácil realizar la transformación, porque tanto el Gobierno italiano como el español crearían no pocos obstáculos: pues el convento ocupa la mejor parte de Roma y procurarían apoderarse de él. En esta fecha escribo también al señor Director del Colegio Hispano Josefino, y para no repetirle lo anteriormente escrito, puede V.E.I., si lo creyera conveniente, leérselo. Con este motivo, tengo el gusto de saludarle respetuosamente y ofrecerme a su más atento S.S.G.B.S.A.
P. Maestro Antonio Martín y Bienes, Vicario General 69.
Lo era de la Orden a punto de extinguirse, de Trinitarios calzados españoles..
Con esta contestación se calmaron los temores del obispo de Tortosa. En los operarios, la comunicación de las noticias por parte de don Manuel produjo; la natural alegría. Y todos deseaban que se pusiera inmediatamente en camino.
Más que nadie deseaba hacerlo el mismo don Manuel. Pero dos causas hicieron que no pudiera fijar la fecha de la partida para tan deseado viaje. La primera, por las noticias alarmantes que llegaban desde Valencia sobre el cólera, que poco después invadió también la misma región de Tortosa. Esta causa no era suficiente para nublar el horizonte de don Manuel que estaba dispuesto a, abrir el colegio el próximo curso, aunque fuera con un número reducido de. alumnos. El arzobispo de Valencia le hace saber su conformidad con el proyecto del colegio en Roma al mismo tiempo que le habla de los intentos del, obispo Calvo y Valero.
La otra causa del retraso del viaje fue más compleja. Don Manuel deseaba caminar aprisa, pero seguro. Quiso dar cuenta de sus proyectos al Nuncio de Su Santidad en Madrid, monseñor Di Pietro. El señor Nuncio sabía bastante de la Hermandad y era importante que conociera el proyecto del colegio para que sirviera, también como recomendación en Roma. Para ello don Manuel se valió de su buen amigo, Manuel Sanahuja, rector de las Calatravas de la Corte 70.
El 19 de agosto contestó, en nombre del señor Nuncio, el joven auditor de la nunciatura, monseñor Antonio, Vico. Lo hace en carta dirigida a don Manuel Sanahuja en la que, después de aceptar la idea como excelente, pide que don Manuel presente una exposición amplia de sus planes y los medios. con que cuenta para llevarlos a efecto 71.
Don Manuel se apresuró a enviar la indicada exposición. Seguía soñando en la cercana realización de su proyecto. Nuevamente recaba el parecer de su amigo Sanz y Forés. El 26 le escribe una carta informándole de todo. Las cosas se iban complicando, ya que monseñor Vico, en su citada carta del 19 de agosto, indicaba que «eran inútiles las gestiones sobre Condotti por tener entendido que se cedía a otra institución» 72.
Sanz y Forés contesta a vuelta de correo desde Caldas de Oviedo:
Mi querido don Manuel:
Recibí ayer la suya. Me parece que no debe esperarse más, y que conviene activar cuanto antes lo de la transmisión de derechos del edificio. Vaya pues a Roma con los documentos o poderes necesarios, anticipando aviso para que el padre Martín prepare, por su parte, la autorización pontificia. Esté seguro de la benevolencia y apoyo del señor Rampolla. Yo escribiré a monseñor Della Chiesa, que fue secretario del señor Rampolla en Madrid y está empleado en la Secretaría de Estado en Roma. Todo lo de España pasa por su mano, y es de los que siempre han deseado colegio, español en Roma. Cuente con él para todo 73.
Don Manuel comienza a inquietarse por el retraso de noticias. Escribe nuevamente al padre Martín y más tarde le telegrafía dándole como motivo del retraso la situación sanitaria del país 74. Al mismo tiempo, le insiste en una respuesta para poder ponerse en camino. No eran infundadas las inquietudes de don Manuel, pues con fecha 13 de septiembre monseñor Vico le había escrito la siguiente carta que, en su diario califica de fatal:
Ilustre señor don Manuel Domingo y Sol. Muy señor mío y de mi distinguido aprecio:
Todavía estaba yo titubeando de si se debía dar o no a la exposición de usted el curso conveniente, movido por razones que la lectura de la exposición misma me dictara, cuando supe que la Casa religiosa a que usted alude, como conveniente para establecer en Roma el colegio consabido, ya no se podría comprar, porque está para apoderarse de ella el Gobierno italiano. Y tanto es así, que dos congregaciones religiosas a las cuales dicho establecimiento se había también ofrecido, han desistido de comprarle. En su vista, creo que usted agradecerá que no se haya hecho nada del asunto, y adjunto le devuelvo los documentos que me envió por conducto del señor Manuel Sanahuja 75.
Estando en estas perplejidades, el 22 de septiembre recibe don Manuel la amable carta del obispo de Cádiz que ya conocemos y otra de don Estanislao Sevilla, agente de preces en Roma, hombre de la entera confianza del padre Martín. En ella le indicaba que éste no había creído necesario contestar a su carta, porque en realidad nada había que contestar, sino esperar su llegada; también le comunicaba que cuanto antes llegara, antes podría resolverse el asunto..., y que el padre Martín tenía intención de volver pronto a Roma 76.
El 26, acompañado de don Vicente Vidal, sale don Manuel de Tortosa para Madrid. Así nos lo refiere él mismo en sus apuntes:
El mismo día de la llegada visitaron los viajeros, acompañados del señor Sanahuja a monseñor Vico. Este confesó que no estaba bastante enterado del asunto del edificio de los Trinitarios, que sólo sabía que habían mediado ciertos tratos entre el padre Martín y los padres Agustinos, y que éstos al parecer habían discutido por la inseguridad que ofrecía la adquisición de aquel edificio, expuesto a ser arrebatado por el Gobierno italiano; que había mediado también algún trato con los padres del Corazón de María y que por lo tanto convenía recibir informes seguros. En vista de esto el señor Sanahuja creyó prudente fueran al día siguiente 29 de septiembre con él al Ministerio de Estado, en donde estaba empleado su amigo don Manuel de Oriarte, Este examinó los documentos relativos a los edificios y asuntos españoles en Roma, y dijo que el Gobierno español tenía hecha reclamación del edificio de Trinitarios y tenía la confianza de que se aseguraría para España.
También les dio a conocer el señor Sanahuja a la condesa de Benomar, que se ofreció a recomendar los viajeros a su marido nombrado embajador del Quirinal por si podía convenirles y se obtuvo últimamente la seguridad de que el señor marqués de Pidal nombrado recientemente embajador cerca de la Santa Sede haría cuanto pudiera en favor de ellos.
Con estos datos visitaron luego al Nuncio Emmo. señor Di Pietro; éste les animó a ir a Roma, ofreciendo escribir al señor cardenal Rampolla, para el cual les daría además un encargo y salieron de Madrid la noche del 30 acompañados de don Francisco Medina, que había venido a España y regresaba otra vez a Roma a donde llegaron juntos el día 4 a las 12 de la mañana 77.
3. Mosén Sol en Roma
No era la primera vez que don Manuel visitaba Roma. Pero ahora traía un plan muy concreto de trabajo y una vez que llega, el 4 de octubre de 1890, desea conectar cuanto antes con el padre Martín 78. Concertada la entrevista para el día siguiente, veamos lo que de ella nos dice el mismo don Manuel: «Después de varios preámbulos les refirió largamente el padre Martín la historia de la fundación de aquel rico edificio. Sus deseos de convertirlo antes de morir en plantel de jóvenes seminaristas españoles. Los tratos con los agustinos que fueron unos miserables en no aceptarlo, y que luego deseaban y él no quiso ya. Estado en que encontraba la cuestión legal del edificio, del cual. era el único dueño, y podía trasferirlo como quisiera según las mismas leyes italianas. Indicó al mismo tiempo las condiciones que exigía, sumamente ventajosas y sin quebranto ninguno para los operarios. Los operarios las aceptaron desde luego y quedando luego de tener otra reunión al día siguiente junto con el abogado italiano del padre Martín para que les asesorara en aquel convenio y manifestara si podía encontrarse alguna dificultad en el Gobierno italiano, único, según el parecer del padre Martín, que debía intervenir en el negocio de la transformación» 79.
El libro de crónicas de la fundación nos indica cuales fueron las condiciones exigidas a los operarios y que éstos aceptaron: « ... consistía en el compromiso por parte de éstos de una pensión anual para los cinco religiosos trinitarios ancianos que quedaban, algunos de ellos en España, cuya cantidad la producían los alquileres de parte del edificio, y que se iría amortiguando por quintas partes a medida que fuesen falleciendo dichos religiosos» 80.
A pesar de que las cosas iban aparentemente muy bien, don Manuel anota en su diario estas misteriosas palabras: «Dudas y temores. Reservas. Y el señor Sevilla ... ». Al día siguiente el abogado del padre Martín le manifestaría «que nada podía objetarse a las bases que se sentaron, redactaron y convinieron» quedando ambos en agenciar el permiso del Gobierno italiano y «encargando a los operarios se valieran de la influencia de Benomar para que se obtuviera pronto el consentimiento del mismo gobierno italiano» 81.
La claridad de las primeras cartas, la limpieza y pronto acuerdo de la primera entrevista comienzan a turbarse. El padre Martín, tan deseoso de que «fueran pronto un hecho nuestras aspiraciones» y tan preocupado por su achacosa salud, comienza a poner nuevas exigencias que le harán escribir a don Manuel estas pesimistas palabras: «Encargos de reserva... más dudas y temores » 82.
Primeramente, el padre Martín pidió se hiciesen los operarios con atestados de los obispos de España, recomendando la Hermandad, para con ellos solicitar del padre Santo el Breve de transmisión del edificio en favor de la misma, con lo cual obligó a un trajín de cartas y comunicaciones que hubieran podido ahorrarse, aprovechando la estancia de los prelados en el Congreso Católico, de Zaragoza 83.
Luego exigió la hipoteca de los colegios de Tortosa, Valencia, Murcia y Orihuela, para que respondieran de la cantidad anual que la Hermandad se comprometía a sufragar a los cinco religiosos vivientes, lo cual, además de creerlo innecesario los operarios «debía ocasionar y ocasionó a los mismos una porción de gastos para obtener los poderes de los propietarios de los colegios y su legalización y sin–sabores, muchos de los cuales hubieran podido evitarse, habiéndolo advertido estando los directores en España antes de ir a Roma» 84.
La presencia de los operarios en Roma y sus frecuentes conferencias con el padre Martín hicieron pensar a los observadores, más o menos interesados, que se trataba de una transmisión posible y realizable.
Comienzan entonces a «brotar peticiones y peticiones por parte de varios institutos religiosos españoles para que se hiciera en su favor, y aun religiosas, llegando algunas de éstas a recurrir a las recomendaciones de la Regente de España, siendo todo causa de poner más en acecho al Gobierno español, y ocasión de otras muchas contradicciones futuras» 85. «No son para escritas ni se podrían comprender las fatigas y disgustos que durante aquel mes de octubre y el siguiente tuvieron que soportar los operarios, con las visitas enojosas, sobre todo de la embajada del Quirinal, con las alarmas y pretensiones sobre el edificio, con las dilaciones de los atestados que esperaban de España, con las noticias de las dificultades que ofrecían la extensión de los poderes, con las habladurías y aun calumnias propaladas 'sobre las intenciones aviesas de los operarios, y por las desconfianzas, por esto mismo, en algunas altas esferas eclesiásticas» 86.
Pero dejemos que el paso de las horas y los días nos vayan trayendo de la mano todos estos acontecimientos; por otra parte, no todo fueron «fatigas y contradicciones », también hubo «alivios y consuelos».
El día 6 de octubre don Manuel visita en el Vaticano al cardenal Rampolla, secretario de Estado. «Hemos tenido que subir 318 escalones, 104 más de los que hay en el Miquelet de Valencia, para subir al piso de Rampolla. Nos ha recibido muy bien» 87.
El 7 recibe carta de Madrid. El señor Sanahuja le notifica que a final de mes llegará a Roma el marqués de Pidal, embajador ante la Santa Sede; que a él le incumbía resolver sobre el asunto y que se hallaba muy interesado en favorecer a los operarios 88.
Don Manuel pide a España toda la documentación exigida: los atestados e informes de los prelados a favor de la Hermandad, los títulos de propiedad de los colegios de España; siguen las visitas continuas al padre Martín, al conde Benomar, embajador ante el Quirinal y a otras personas con las que va tomando contacto en Roma.
También escribe una serie de cartas, que son el mejor resumen de sus gestiones y al mismo tiempo reflejan la visión que tiene de Roma y la situación afectiva que íntimamente está viviendo su alma de apóstol infatigable. Trabaja, sufre, y no pierde nunca el humor. El día 13, escribiendo a monseñor Vico, entre otras cosas, le dice: « ... El asunto del Convento no es cosa perdida... Después de varias conferencias con el padre Martín, hemos sentado bases, que se han aceptado. El padre Martín hará la transformación del convento en colegio español y transferirá al Ente moral nuevo la propiedad de edificio, rentas, etc.... en cambio, nuestra obra se obliga, con la hipoteca de nuestros colegios de España, a atender a la subsistencia de los cinco religiosos mediante una cantidad anual, igual a la renta que hoy perciben. Para esto desea el padre Martín testimonios o atestados de algunos señores obispos... Fuimos a visitar al señor Della Chiesa, el cual tuvo la amabilidad de introducirnos él mismo al señor cardenal Rampolla, al cual entregamos los libros y la carta del excelentísimo señor Nuncio... Nos preguntó el objeto de nuestra visita a Roma, y le dijimos, la misión a que estábamos consagrados en España, en el fomento y sostenimiento de vocaciones eclesiásticas, y que veníamos por ver si nos era posible pensar en establecer aquí un colegio de jóvenes españoles. Elogió el pensamiento, encargándonos que procuráramos tuviera toda la importancia posible, y se ofreció para cuanto pudiera convenirnos» 89.
El 12 escribía a los monjas de la Purísima de Tortosa, hablándoles de su vida en Roma: «...Estamos visitando embajadas y gente gorda, que para un pobre confesor de monjas toda la vida, es la penitencia mayor. No es sólo regañar a monjas, sino andar muy estirados y graves para que nos tengan por personas importantes, ya que no lo seamos. Después de los primeros días, que tuvimos mucha ocupación y mucho que hablar y mucho que escribir, estamos ahora aguardando resultados y casi sin hacer nada... Esto es una Babilonia de carruajes y lujos y vanidades, que no se puede transitar por las calles. Y de todas estas cuatrocientas cincuenta mil almas, la mayor parte no poseen el amor de Dios, ni le conocen, y éste es un pensamiento que, a más de excitarnos al agradecimiento, nos debe mover a pedir de continuo por estas almas. Por otra parte, desde el año 70 hay un cambio radical. Hoy se ven ya iglesias protestantes en la misma capital del orbe católico, y muchos edificios religiosos han sido arrebatados. Por lo demás, no faltan aquí almas buenas, y los institutos religiosos van con libertad y sin ser insultados por estas calles, y se ven continuamente sacerdotes y religiosos de todas las partes del mundo, y bandadas
de religiosas, que es lo que menos me gusta, aunque van con bastante compostura. Nuestros asuntos en calma. A ver si las oraciones de ustedes los impulsan y podemos volver pronto sanos y salvos. Con que, hagan todas la bondad de estar buenas y cuidarse» 90.
¿Cómo respondieron los obispos españoles a la solicitud de don Manuel?
Del 19 al 25 de octubre fueron llegando los informes de los de Sevilla (Sanz y Forés), Lérida, Murcia, Orihuela, Burgos, Toledo, Tortosa, Mallorca, vicario capitular de Teruel y del arzobispo de Tarragona. Al remitirle el informe del de Tarragona, el doctor Corominas, secretario del obispado y amigo íntimo de don Manuel, le añade una carta particular en la que le dice: «En Zaragoza 91 hablé a algunos prelados del proyecto del colegio romano y noté tres corrientes distintas: unos, como el padre Cámara 92, están por un colegio superior en España, y tal vez en Salamanca mismo; otros, por un colegio o estudios superiores en diversas regiones, tal vez en cada provincia. Ni unos ni otros satisficieron, sin embargo, a mi pregunta: ¿De dónde sacar en ambos casos el profesorado superior? Finalmente, otros están por el colegio romano, aunque temen salga caro, a juzgar por lo intentado años atrás por el obispo de Santander, hoy de, Cádiz 93. Los pocos a quienes hablé del asunto que ustedes trataban con los Trinitarios, confesaron que es un buen negocio, pero no creían pudiese conseguirse. Fíjese usted mucho en su caso, en el modo de hacer la adquisición, de modo que sea verdadera propiedad alienable, absoluta, etc.» 94.
También se pudieron arreglar los poderes para garantizar los edificios de los colegios de Tortosa, Valencia, Murcia y Orihuela. «Con todo esto se resolvió el padre Martín a dirigir las solicitudes al Gobierno italiano y al Papa, y arreglar el contrato privado, que debía luego elevarse a escritura ante Notario y la intervención del Cónsul español» 95.
El Papa ordenó se expidiera el Breve de permiso al padre Martín por medio de la secretaría de Negocios Eclesiásticos Extraordinarios. El contrato privado entre la Hermandad y el padre Martín «se firmó la tarde del 5 de diciembre, echándose a llorar el padre Martín, porque aquella transferencia significaba la extinción de su orden de la Trinidad en todo el mundo por ser aquella la única casa que les quedaba. Si bien mitigaba un poco el dolor la esperanza de que quedaba para el bien de España y el bien de la juventud española. Se redactó enseguida el reglamento del futuro colegio que debía presentarse al Gobierno del Quirinal. Y seguidamente el padre Martín redactó la solicitud para el Papa» 96.
Se envió la solicitud al Gobierno italiano con el reglamento del futuro colegio... «El Gobierno italiano antes de dar decreto ni paso alguno, inquirió, noticias oficiosas de su Embajador en Madrid sobre la existencia de nuestra Asociación en España que afortunadamente se contestaron favorables» 97.
Con estos preliminares y mientras aguardaba el consentimiento del Gobierno español, que se supo había pedido aquel, consintió el padre Martín que los operarios pudieran regresar a España, quedando en volver apenas estuviera todo ultimado para la pública y legal transmisión del edificio.
Así lo harían don Manuel y don Vicente, partiendo de Roma el día 20 de diciembre. El 24 se hallaban en Tortosa.
IV. DESVELOS Y PREOCUPACIONES
1. «Noticias alarmantes»
Todo hubiera terminado demasiado bien, si a renglón seguido pudiéramos escribir que en tal día, todo ultimado, se hizo la «transmisión pública y legal» de Condotti a favor de los operarios. Volvamos a finales de octubre...
Los caminos de los hombres son tortuosos. Por una parte, las sucesivas: visitas al padre Martín fueron persuadiendo a don Manuel de que el anciano religioso no obraba con la claridad con que era de desear y con la cual ellos procedieron siempre.
A don Manuel le cuesta anotar en su diario que el día anterior se había enterado de que otra institución religiosa quería el convento. Se limita a escribir el día 30 de octubre: «Visita al padre Martín. Los del padre Claret: quieren el convento. Noticias alarmantes».
Había comenzado a experimentar la larga serie de dolorosos contratiempos, dilaciones, pruebas por las que había de pasar hasta ver realizado su proyecto.. El 31 escribía escuetamente en su diario: «Visita a Benomar, y fatales nuevas. –Visita a Sevilla y depresión de éste. Tarde agitada». Al día siguiente apunta veladamente las causas de tales sobresaltos: «Visita al padre Martín–Datos sobre visita de Oria 98 a él y a Sevilla del rector del padre Claret.–Temores de que hagan atmósfera en el Vaticano ... » 99.
El mismo día 1 escribía a don José García, dándole cuenta de sus asuntos en Roma: «Después de una noche nerviosa y de una mañana de súplicas al Corazón de Jesús por la intercesión de todos los Santos, hemos ido a ver al Padre Martín y contarle nuestra entrevista con Benomar, y si lo habíamos hecho bien o mal, y lo que éste nos dijo de Oria. Ha tomado la palabra –pues él deja hablar muy poco– y dijo: «A mí ya no me importa nada que se haga público», y que, si escribimos a algún obispo, le digamos abiertamente que el padre Martín trata y desea que sea para el colegio español y para los obispos, y a su inspección, como lo tenemos nosotros en las bases. (Por esto creemos se ha inclinado desde un principio más a nosotros, aunque naciente institución, que a un instituto religioso). Que, en fin, dificultades no faltan, pero que se han de superar; que no ponérnoslas nosotros; que él ya lo tiene todo Previsto, etc. etc:... Don Vicente se ha reanimado y no me habla hoy de irse... Si el Señor nos deja llegar a término, como quiero esperarlo de su Corazón, habrá sido una tan dulce y graciosa sorpresa de Jesús, que servirá para hundir perpetuamente los corazones de los operarios todos bajo el peso de la gratitud y de la fidelidad, atendidas las circunstancias, las dificultades que se presentan y lo trascendental de la empresa: que hasta esto nos ha ocultado el Señor, pues, a preverlo todo antes, tal vez hubiéramos desistido... Don Vicente ha comido hoy dos panecitos más que los otros días, a pesar de que ha dicho que nos preparemos para otra de San José, micens gaudia fletibus. Esta mañana ha llegado ya el marqués de Pidal, gracias a Jesús, pues Oria ya nada tendrá que ver, y esperarnos mucho de él, y que ha venido con Caparrós, canónigo de Madrid, amigo de Medina... Ahora súplicas, y que honren a Jesús Sacramentado; que yo, aunque me esté aquí todo el invierno, si don Vicente me es fiel ... » 100.
Las cosas iban marchando lentamente. Don Manuel multiplicaba las conferencias con el padre Martín y el señor Sevilla. También las celebró con el marqués de Pidal y con los obispos de Segorbe y Almería 101, que se encontraban en Roma. Las pretensiones de los padres del Corazón de María para lograr Condotti, y las dilaciones y las inexplicables y misteriosas exigencias y reparos del padre Martín, que «los tenía asustados»; las combinaciones que andaba ideando el obispo de Segorbe, como más tarde veremos, etc... proporcionaron a don Manuel muy malos ratos que le obligaban a escribir en su diario: «Malísimas impresiones», «Día triste», «mala noche»... De España le comunicaban que en Valencia «se burlaban» de la fundación que llevaba entre manos...
A estos sufrimientos externos se unían los desmayos y desalientos de su compañero don Vicente Vidal: «Don Vicente, aunque el pobre creo que hace ,esfuerzos, desde hace dos días va dando vueltas a la idea de irse él... Tendré que impedírselo, por más falta que haga allá, por no quedarme solo»... 102. «Don Vicente se ha reanimado... Ha comido dos panecitos más que los otros días ... » 103.
«Esta vida agitada le descorazonaba un poco. Principalmente, el tener que sostener sus derechos en lucha sonada contra pretensiones de los demás, sin duda también legítimas desde el punto de vista de ellos, y sufría más su corazón por tratarse de institutos religiosos a quien él, por instinto de delicadeza, tanto estimaba» 104.
Nuevamente podemos valorar los quilates del alma de don Manuel al releer estas líneas de su carta a un operario: «Todo en conjunto constituye un estado, que no sólo me aflige, sino que quiere introducir la desconfianza y extinguir el entusiasmo en mi corazón. No soy hombre de lucha, y me repugnan las luchas, y con todo estamos en medio de un combate que me hace sufrir. Tal vez Jesús quiere sólo humillarnos y hacernos ver que hemos de obrar con pureza de intención y con la sola confianza en El. En fin, cúmplase su voluntad dulcísima y en lo que sea de mayor gloria, si bien me parece que nuestra obra, con su gracia, podría darla más fácilmente» 105.
2. Los amigos
Otras personas, sin embargo, darán su apoyo y aliento al infatigable fundador.
El 1 de noviembre llegó a Roma el nuevo embajador ante la Santa Sede, marqués de Pidal. Con él se trasladó como asesor, don José M.ª Caparrós» 106.
Don Manuel se encuentra con Caparrós el día 3. Los lazos de amistad, que los fue uniendo fueron tan rápidos y fuertes que, como ya hemos indicado, dos años más tarde, ingresaba en la Hermandad de Sacerdotes Operarios.
Las cartas que le llegan desde España :son otra de las expresiones del apoyo y cercanía de los amigos de verdad. Citemos algunas más significativas: el 17 de noviembre le escribía desde Madrid el señor Castellote 107, canónigo de aquella catedral y luego obispo de Jaén: «Inútil es que diga a usted cuánto me interesa su obra en Roma. Ahí tengo yo un íntimo amigo mío, monseñor Pietro Pisani, maestro de ceremonias de Su Santidad y canónigo de San Marcos. Con que usted le diga que es amigo mío, le tendrá a sus órdenes. Es hombre activo y virtuoso. En la Embajada española está con el marqués de Pidal don José M.ª Caparrós, canónigo de esta catedral y persona muy influyente en el ánimo del señor Embajador. En mi nombre puede usted hacerle una visita. He hablado con el señor obispo del asunto de usted, y aunque le veo muy bien inclinado en favor de su obra, que aplaude y aprueba, no creo poder conseguir una recomendación escrita, pues no tengo con él la suficiente franqueza para hacer más presión que la que llevo hecha. Escribo antes de poder hablar con monseñor Vico. Si mañana cuando le vea, dice algo que interese, volveré a escribir. Cuente usted conmigo para todo...» 108.
El 20 le decía el señor Sanz y Forés: «Querido: Siento sus amarguras y siento el atraso forzado de sus gestiones. Póngale un memorial a su amigo san Luis. Me choca el silencio de Toledo. En cuanto me lo indicó usted, escribí al cardenal. ¿Será que sufrió extravío mi carta? Es chocante. Hoy le escribo a su sobrino. Veremos si produce más efecto. Quiera Dios que tras las ansiedades y amarguras, se logre lo deseado para su gloria ... » 109.
Y el 24, monseñor Vico: «Escribí al señor arzobispo de Burgos y espero que le habrá complacido. También volví a recomendar el asunto de usted a monseñor Della Chiesa, secretario del señor cardenal Rampolla. Pertenece usted a una raza de hombres que difícilmente pierden coraje frente a las dificultades; por lo cual, después de la proyección divina, espero muy confiadamente que su constancia ha de ser recompensada con el éxito favorable. Es la noticia que estoy esperando de usted. Mientras tanto, pediré a Dios Nuestro Señor que, le abra las puertas» 110.
Desde la secretaría de Estado, el inteligentísimo monseñor Della Chiesa favorecía cuanto estaba en su mano a los operarios, como más tarde podremos comprobar.
Conoció también, el 24 de noviembre, al entonces humilde fraile capuchino padre Llevaneras, más tarde famoso cardenal Vives y Tutó 111. De su entrevista escribía don Manuel al día siguiente: « ... Tuve una agradabilísima entrevista. Es hombre de mucho talento, y, al decirle en general el objeto de nuestro viaje, levantó las manos al cielo. Me dijo que se alegraba más que si fuera una obra suya, Que el Papa estaba contristado... Le conté la historia de nuestras contradicciones y no le extrañó en nada... Se ofreció para todo. Salí complacídísimo. Al contarlo a don Vicente, se volvió a entonar su corazón» 112. El padre Llevaneras cumplió con fidelidad franciscana su promesa.
Don Manuel estaba encargado en España de organizar la peregrinación de los congregantes de San Luis a Roma. Con este motivo, había enviado León XIII unas palabras de bendición y aliento a los promotores. Tal documento llegó al obispo de Tortosa por conducto de monseñor Merry del Val. Y el prelado, al despedir a don Manuel, le había encargado saludar y agradecer en su nombre a monseñor Merry.
Con este motivo, don Manuel se dirige, el 30 de noviembre, hacia la Academia de Nobles Eclesiásticos en la plaza de Minerva, donde Merry vivía entonces y completaba sus estudios. Hablaron de la peregrinación; pero, sobre todo, hablaron del colegio. De tal forma captó y se encariñó monseñor Merry del Val con el proyecto de don Manuel, que desde esa fecha va a trabajar y comprometerse con él como si se tratase de un asunto propio.
Las cartas de don Manuel a lo largo de aquel mes de diciembre son el mejor reflejo del rumbo que iban tomando las cosas.... y el rumbo que enfilaba su espíritu. Ambiente enrarecido, sinuosidades que hacen sufrir al pobre sacerdote tortosino. Todos estos acontecimientos le valieron a don Manuel para conocer más a los hombres... y para «persuadirle aún más de la importancia de su idea y de la necesidad de llevarla cuanto antes a término» 113.
Don Manuel confía en Dios y en los hombres. Por eso vuelve contento a Tortosa. Cualquiera podría pensar que de un momento a otro se cerraría definitivamente aquella etapa inicial, constelada de incertidumbres, de temores, de recelos.
Por si fuese poco, el 27 recibía en Tortosa una carta del padre Pedro Alba, trinitario. Le felicitaba las Pascuas y le comunicaba en nombre del padre Martín, que el contrato había sido aprobado por la Santa Sede. Además, añadía, en condiciones muy buenas, pues no se hacía la cesión del convento a ninguna persona particular, sino «a la Hermandad de Sacerdotes españoles del Sagrado Corazón de Jesús» 114.
Don Manuel se reúne con sus operarios a fin de año. Es buen momento, para hacer balance, para agradecer y para proyectar. Así lo hacen todos los años desde que constituyó la Hermandad. En una de estas reuniones don Manuel lanzó la idea del colegio de Roma; se iban a cumplir dos años. Reunidos en Valencia, cierran el año con una información amplia del fundador. Les hace ver las «...deferencias, interés y bondadosísimas disposiciones del reverendísimo padre Martín, y reconocerle como protector especialísimo de la Hermandad ... » 115.
Don Manuel cree en las palabras de los hombres, no entiende de política. Y va a ser ésta quien a lo largo de todo el año siguiente, impedirá «que las manos ya cansadas y anhelantes del perseverante fundador pudieran tocar la ansiada meta» 116.
3. Tiempo de trabajos, contradicciones, dudas y temores
Puesto el asunto en manos del Gobierno italiano, éste lo puso en conocimiento del español a través de su embajador en el Quirinal. Más tarde sabrá don Manuel que el Gobierno español «había telegrafiado y después oficiado que no diese el Gobierno italiano ningún consentimiento sin permiso del Gobierno español; a lo cual contestó el italiano, que así lo haría» 117.
Este era el motivo de la calma en la tramitación. El padre Martín no recibía el anhelado permiso del Gobierno italiano. El Gobierno español, mientras tanto, no tenía el asunto dormido. El Ministro de Gracia y justicia envió una circular reservada a los arzobispos de España, «pidiendo noticias de la Hermandad, su objeto, sus medios, etc., contestando muy favorablemente los de Tarragona, Sevilla, Toledo y Burgos, y aun el de Zaragoza; y que no conocía la obra por no estar instalada en su diócesis, los de Santiago.... y hablando en contra y de modo [¡legible] de la Hermandad, el de Valencia» 118.
Con estas respuestas, se elabora un informe desordenado y ambiguo que en nada aclara la existencia y situación canónica de la Hermandad.
Las religiosas de Santa Ana seguían intentando la adquisición del edificio y abrigaban la esperanza de obtenerlo por medio de sus influencias ante la Reina 119.
También a don Manuel se le aconsejó que se dirigiera directamente a la Reina para que se interesara en el asunto, y se expidiese por parte del Ministerio de Estado el oficio, dando su conformidad para que pudiera actuar el Gobierno italiano 120.
Don Manuel no se atreve a seguir tal consejo sin conocer antes el parecer del padre Martín, y escribe a éste poniéndole al corriente de cuanto estaba sucediendo y encargándole le telegrafiara su parecer. La respuesta le llegó inmediata en forma de un enérgico telegrama, en que le indicaba que abandonara todo procedimiento y que se presentara cuanto antes en Roma.
Habían pasado ya dos meses que el mismo fundador resumirá en una de sus cartas, como tiempo de «trabajos, contradicciones, dudas y temores» 121.
En otra carta habla de los «episodios de Madrid, y cómo se han enredado nuestros asuntos, aunque cada día tenga mayores esperanzas» 122.
En la misma idea de su traslado urgente a Roma insistieron el 26 y 27 de enero el señor Santoro y el padre Alba 123. Por otra parte don Alfonso Merry del Val, agregado en el ministerio de Estado, le escribía el 1 de febrero 124 aconsejándole que fuese a la corte a urgir, pues el asunto estaba parado. El 12 de febrero, Santoro le comunica que de no trasladarse a Roma, corría peligro la empresa, «por las intrigas e insistencias continuas y apremiantes de otras congregaciones, que aspiraban a la adquisición del convento» 125.
También le instaban a volver a Roma sus amigos Caparrós y Medina. Este último, al mismo tiempo, le invitaba a hospedarse en Montserrat.
Antes de partir para Roma, se acerca a Madrid. Toma contactos con el Nuncio, con monseñor Vico y otras personalidades, y regresa a Tortosa «llevándose los más tristes presentimientos de nuevas dilaciones y entorpecimientos, por lo que había podido observar en la conducta e instintos de aquellos centros y ministerios» 126.
El día primero de marzo «salió don Manuel para Roma acompañado de don José García, llegando a aquella capital el día 4, siendo alojados cariñosamente en Montserrat por las capellanes de aquel real edificio español, comenzando otra vez la interminable cadena de incertidumbres, entorpecimientos, alarmas de nuevos proyectos y dilaciones» 127.
El padre Martín, intentando obviarlas, pensó repetir al Gobierno italiano la solicitud que había presentado en diciembre anterior. Los operarios juzgaban inútil este proyecto, pues conocían los recelos y la actitud tomada por el Gobierno español en el asunto.
4. Proyecto de un seminario oficial español y otras noticias
Dos cartas de don Manuel, escritas desde Roma, nos dan el mejor resumen del cauce que van llevando las cosas de su fundación. La primera está escrita el 13 de marzo y dirigida al sacerdote operario don Felipe Tena. Merece la pena incluirla íntegra en el texto, por los distintos puntos que toca referidos al colegio nacional español, a sus relaciones con Montserrat, becas... y, naturalmente, porque manifiesta su estado de ánimo ante tales acontecimientos y propuestas:
Llegamos bien, el miércoles 4. Al llegar, supe que otras monjas andaluzas, además de las inglesas se habían acercado a pedir el convento; que Rampolla estaba, no por nosotros, sino por otros; que el Gobierno español, que hasta ahora no había intervenido en el asunto, se había alarmado, como ya me lo dijeron en Madrid, y mandaba al Embajador Benomar que fuese con tiento, y que viese si podía arreglarse el asunto para las inglesas. A pesar de todo esto, el padre Martín no lo consentirá y se aquietarán. En cuanto al Gobierno español, ayer salió el despacho de Pidal para Madrid, diciéndole al ministro que no sólo debe ser para nosotros lo de los Trinitarios, sino que conviene que Montserrat y sus rentas nos ayuden para que pueda ser, unidos Condotti y Montserrat, un gran colegio nacional español... Es, pues, cuestión de oraciones, y así impulsen a la Divina Madre y a San José... García lleva prisa, y ya me dejará solo cualquier día. Estamos albergados en Montserrat, en la sala rectoral del mismo, muy lujosamente arreglada y comemos con los cuatro capellanes de él y servidos por tres criados. Pero el padre Martín ya nos prepara las habitaciones en nuestra casa de Trinitarios, para apenas llegue el permiso para la escritura.
No puedo decirte las contradicciones de que ha sido objeto el edificio de nuestra pobre obra. En cambio, me espanta el vuelo que estas mismas contradicciones van dando a nuestro proyecto. El Papa ha dicho a Pidal que quiere colegio español. Este le ha dicho que está arreglando lo de nuestro convento de vía Condotti y que aún desea convertir a Montserrat en ayuda nuestra, poniendo cátedras de Derecho canónico español, etc., en Montserrat, para que los de vía Condotti tengan aquí toda clase de estudios; que quiere que de los fondos de Montserrat se funden becas en nuestro colegio, etc., etc. Y el Papa le ha dicho que lo haga y que cuente en todo con él. De modo que el mismo Gobierno español viene a pedirnos en cierto modo que formemos un gran colegio nacional español. Repito que me espanta casi la importancia que va tomando el asunto, si Jesús le bendice y nuestros pecados no lo impiden. Antes de tres o cuatro años confiamos que sea el primer colegio extranjero en Roma. Con que, así, no estés parado y gime ante Jesús Sacramentado, pues no veo otro remedio para las diócesis de España. Del colegio han de salir los apóstoles de ellas... 128.
En efecto, don José M.ª Caparrós que continuaba en Roma con la misión de estudiar una nueva organización para la provisión de capellanías y servicio de culto en la iglesia de Montserrat, propuso a la embajada un plan de reforma para dicha provisión. Su propuesta no fue bien acogida en las esferas vaticanas.
En vista de esto, y en su deseo de poder contribuir a la fundación del colegio español que tanto le halagaba y sin querer perjudicar al pensamiento que llevaban los operarios, sino a facilitarlo si era posible, concibió otro proyecto que tuvo la dignación de proponer al director, y escuchar las observaciones que éste creyó prudente hacerle acerca de él.
Consistía lo sustancial del proyecto en la fundación de un seminario español que se llamaría de la Santísima Trinidad y Montserrat, que estaría basado y lo constituirían los dos mencionados edificios. En Montserrat se establecerían las capellanías por oposición, algunos de los cuales, además de la obligación del culto tendrían la del desempeño de alguna cátedra de Derecho canónico de España o de Literatura española, etc., a las cuales podrían acudir en los días que se fijaran los jóvenes españoles de Roma, en especial los alumnos de Condotti, si así lo disponían los respectivos prelados y sin ningún perjuicio de los estudios en la Universidad sino como complemento de los mismos.
Aunque al padre Martín no le llenaba, no le pareció perjudicial al director, puesto que no estaba en lo más mínimo la futura acción de los operarios en la dirección del colegio de Condotti; y era de esperar además que de aprobarse desaparecerían más pronto las obstrucciones que el Gobierno español parecía poner a las transformaciones de Condotti. El embajador lo propuso al ministro de España, y contestó lo aprobaba en principio 129.
Don Manuel anota seguidamente en sus apuntes que «el proyecto encontró reparos y condiciones en otras esferas que lo paralizaron ... ».
En esas mismas fechas vinieron a Roma los obispos de Astorga y Oviedo 130. El embajador, señor marqués de Pidal, les propuso y explicó el proyecto del seminario español y les encargó hablaran de ello al Papa. Así lo hizo el obispo de Oviedo, manifestando éste haberle dicho el Papa «que se alegraba de que se arrancara Condotti para el objeto propuesto, pero que le parecía poco para seminario para la gran nación católica de España; que él había pensado alguna vez convendría más el magnífico palacio Altemps, que vieran si podrían agenciarlo los obispos con el Gobierno español por medio del embajador» 131.
Ante esta insinuación de León XIII se abandona el proyecto de Montserrat–Condottí. El embajador Pidal se apresura a comunicarlo al Gobierno español, deseando acceder a las indicaciones del Papa.
Este nuevo giro de los acontecimientos preocupó a los operarios, pues llevaba envuelto, en sí la antigua idea de un seminario oficial, con los inconvenientes que en esto encontraban 132; la posibilidad de que el Gobierno español se aprovechara de esto para encaminar sus gestiones a fin de destinar el edificio de Condottí a otros objetos, quedando perdido el proyecto de don Manuel, que era la fundación de un colegio independiente de ingerencias oficiales de ninguna clase. «Con todo se abrigaba la creencia de que aquella propuesta ofrecía muchas dificultades, pues no era mirada con agrado por algunas personas del mismo Vaticano, y había además fundamento para pensar que ni el Gobierno español estaría dispuesto para cooperar materialmente, ni los obispos se prestarían gustosos a grandes desembolsos para la adquisición del Altemps. Efectivamente, participado el pensamiento al Gobierno de Cánovas, se excuso éste manifestando la inoportunidad del asunto... Quiso volverse al proyecto de Montserrat–Condotti, que fue recusado igualmente» 133.
Don Manuel concluye este apartado en sus apuntes diciendo: «Así quedó abandonado aquel pensamiento sobre Montserrat–Condotti, que era un conflicto para los operarios por la incertidumbre y oscuridad en que los dejaba, respecto de proseguir sobre lo de Condotti» 134.
No lo habían sido otros, que se sumaron ahora para oscurecer aún más el panorama. Se intenta colocar en Condottí lo que quedaba todavía del intentado seminario de 1885, que, como ya indicamos, había sido encomendado a los religiosos misioneros del Inmaculado Corazón de María. Ni entonces ni después logró encontrar apoyo efectivo tal proyecto, a pesar de algunas simpatías con que contaba tanto en el Vaticano como en la embajada española.
En el mes de abril nuevos sufrimientos acompañan a don Manuel. Ahora no son proyectos. Son punzadas más íntimas y por tanto más dolorosas.
Por una parte el marqués de Pidal concibió la sospecha de que don Manuel era un «agente secreto de los jesuitas», y estaba inspirado por estos misteriosos fines; paradójicamente, y de otro lado, dentro del mismo Vaticano, también se sospecha: «A las alarmas continuas que los diversos proyectos que iban surgiendo nos ocasionaban, se añadían otras contradicciones y ejercicios de paciencia. Y juicios e interpretaciones sobre las intenciones e ideas de los operarios, y hasta calumnias, que alguien tuvo interés en propalar dentro del Vaticano, como la que nos reveló el reverendísimo padre Llevaneras, de que los operarios iban a adquirir el edificio de Condotti por medio de un convenio confidencial con el Gobierno español, para cederlo después al mismo Gobierno para Embajada del Quirinal; noticia que a pesar de ser tan estupendamente inverosímil, había llegado a infundir sospechas y recelos en alguien del Vaticano» 135.
5. «La tinieblas alumbran las noticias»
A pesar de que las dificultades no cesaban, don Manuel continúa con insistencia en su proyecto.
El 20 regresa a Roma el señor Benomar, que recibe enseguida la visita de don Manuel, y en la que manifestó aquel con cierto desenfado que el Gobierno español había hecho muy bien en reclamar y obtener la posesión de Condotti. Que las circunstancias eran muy diferentes de las de otros tiempos. Que el padre Martín debía convencerse del patronato que el Gobierno español debía ejercer en provecho, y para la mayor seguridad de aquella casa, que esto no perjudicaba ni impedía que luego pudiera obrarse conforme a los deseos del padre Martín» 136.
El padre Martín se convenció de la conveniencia de acudir directamente al Gobierno español de un modo oficial, por medio de una solicitud que hizo llegar a través de la embajada de la Santa Sede.
Nuevas preguntas del Gobierno, nuevas pruebas de la legitimidad de la Hermandad. Y nuevas dilaciones y respuestas que no llegan.
Don Manuel propone en esos días al padre Martín abrir el colegio en algunas dependencias de Condotti con el carácter de arriendo a los operarios, como tenía arrendadas otras a personas particulares. Pero esta idea, que posiblemente hubiera sido la fórmula más eficaz para apresurar el asunto, fue recibida con recelos por el anciano padre Martín y luego rechazada de plano.
Así las cosas, vistas las oscuridades que rodeaban la fundación, mosén Sol piensa volver a España. Lo propone al padre Martín, ya que cree que es en Madrid donde podría trabajar mejor a favor de su idea. Por otra parte llevaba entre manos la peregrinación de congregantes de San Luis a Roma, que debía :realizarse en el próximo mes de septiembre.
En la carta que le dirige a don José García el día 4 de mayo, se puede ver un resumen exacto de todo lo que fue pasando el fundador del colegio en esta su segunda estancia en Roma:
Supongo te habrán enterado los nuestros de los varios episodios de nuestro asunto en las últimas etapas. Parecen inverosímiles los recelos, contradicciones y, sobre todo, combinaciones y proyectos que el nuestro ha originado; y tal ha sido la cadena de ellos, que más de una vez me han fatigado y ejercitado mi paciencia, a pesar de los milagros con que la Providencia ha querido avergonzar mi falta de fe. He visto cuán conveniente y casi necesaria ha sido mi estancia aquí, aún sin hacer nada más que consumirme y estar solo a la vista de lo que ha ido ocurriendo. El obispo de Oviedo le dijo el 27 del pasado al Papa que sabía que iba muy bien el asunto de vía Condotti para colegio español, etc., etc. El Papa le dijo que sí, que se alegraba que el pobre padre Martín realizara esto, porque era tan anciano... y convenía asegurar el edificio, etc., etc., pero que para la gran nación española aquel local era poco; que el Papa había comprado hacía cuatro años el gran palacio Altemps, etc., etc... Esta noticia enardeció al embajador y a Caparrós, y junto con el señor obispo de Oviedo, se fueron a ver Altemps, que, según tengo entendido, no les gustó bastante (y el de Oviedo fue luego a ver la iglesia de Trinitarios), pero que fue suficiente para criar grillos en la cabeza de ellos, formando con Montserrat, Altemps. y Trinitarios, la gran casa española.
Yo visité¿ dos días después a Caparrós, el cual me dio a entender que eso de Altemps le parecía muy bien y que no perjudicaría a Condotti. Le repliqué que no sólo le perjudicaba sino que lo inutilizaba (reduciéndolo) a no quedar más que como una casa acaso de nuestra obra... El padre Martín, con su clarísimo talento y comprensión, me tranquilizó y dijo que eso del Altemps no podía ser. Yo repetí al padre Martín que lo creía esto una nueva tentación y una prueba de que todas esas combinaciones y proyectos de la embajada y de los demás, obedecían a falta de convicción en la solidez y resultados de los mismos proyectos; que nosotros no sólo teníamos convicción, sino que veíamos el problema tan fácil y claro, que nos parecía imposible pudiesen verlo de otra manera. Que ellos miran desde diferente punto de vista que nosotros. Que ellos quisieran comenzar haciendo una cosa solemne de bombo y nombre, y luego imponerlo a la aceptación de los señores obispos. Que nosotros no queríamos sino proponerlo, siendo un hecho ya realizado. Que desde nuestro punto de vista, sin anticipos, ni gastos, ni compromisos de los señores obispos> se les ofrece a estos una modesta casa que pueden aceptar o no aceptar muy libremente, y retirar su apoyo siempre que quieran independientemente, y sin tener que dar cuenta a nadie, y queda reducida la empresa a tener los alumnos que una obra, modesta se ha propuesto sostener... Si no fracasa –que no fracasará, pues los se. ñores obispos no tendrán más que ventajas, y sería cosa de cada obispo y no del episcopado–; si no fracasa, digo, y los obispos van entrando en la idea de su desarrollo por conducto nuestro, y según el resultado que den los alumnos en nuestras manos, entonces ni habría bastante con Trinitarios, y se podría pensar en cuantos Altemps convenga, y se podría comprar al Papa esto y cuanto quiera, estando el, Papa inclinado; y no faltarán moldes para hacer dinero: que muchos hay discurridos y facilísimos. El padre Martín, al cual comprendí que le caían bien mis consideraciones, me añadió otras, y se fue a Pidal a decirle que no se entusiasmara con Altemps... La idea de colegio español se va imponiendo cada día, por la insistencia, del Papa, que es conocida de todos los obispos. A pesar de las esperanzas, como, puedes comprender, me ha engendrado todo ello ratos de fastidio. Si el Señor, al inspirarnos el pensamiento, nos hubiera descubierto tantas montañas de contradicciones y tantas alarmas y contrapesos, quizás hubiéramos desmayado, cuando era una. cosa tan llana y sencilla la que nos habíamos propuesto, y tan fácil de ejecutar, si no hubieran sobrevenido esas ambiciones y ampulosidades de grandezas y proyectos, que Dios ha permitido. El sabe por qué, y sin duda para mayor bien de la obra, pero que nosotros no deseábamos que viniera.
En cambio de los sufrimientos, no han faltado algunos consuelos. El señor obispo, de Astorga me dijo que con la obra de los operarios le he arrebatado el pensamiento que él se había propuesto con el de los «Misioneros de Pío IX». El de Oviedo repitió al padre Martín sus ofrecimientos. El de Murcia me envía a decir que ¡ánimo! que esto será una gloria de España, y hasta el provisor Belló, tan refractario a la idea del colegio de Roma, escribe que quisiera dejarlo todo para venirse a ayudarme en la empresa... 137.
No estaba parado mosén Sol en su habitación de Montserrat. Desde ella ultimaba la peregrinación de jóvenes al sepulcro de san Luis Gonzaga en Roma; preparaba los borradores de las circulares a los obispos anunciando la apertura del colegio, escribía a los operarios que seguían de cerca desde España la marcha de los acontecimientos, y no cesaba en sus visitas para interesar a unos y a, otros en la obra que le tenia en «rehenes» en Roma.
Hemos de anotar dos datos antes de su partida para España. El 27 de abril llegó por primera vez a oídos de don Manuel el nombre del palacio Altemps. León XIII había hablado de él al obispo de Oviedo. Más tarde le hablará al embajador Pidal. Era el 5 de mayo. Pidal y Caparrós se entusiasmaron desde el primer momento con la idea del Altemps. No compartieron tal entusiasmo desde. un principio monseñor Merry del Val y don Manuel. A Merry no le gustaba por la cercanía al seminario de San Apolinar, «porque entonces los del colegio tendrían que ir al Apolinar, y que esto no convenía de ninguna manera; que es necesario que vayan a la Gregoriana ... » 138.
A don Manuel no le satisfacía; tal vez por la influencia de Merry del Val o tal vez por su ardiente ilusión por Condotti; ilusión que mantuvo toda su. vida... De hecho, más adelante, el mismo mosén Sol no termina de comprender por qué Merry es tan reacio a la aceptación del Altemps.
El celo del apóstol le empujaba a escribir: «Sigo aquí rodeado de las más estupendas tempestades que puedan imaginarse. A seguir mis deseos, hubiera dado por establecido el colegio, yéndome a España a sublevar a los obispos...»., Pero su fe no vacila... «estamos en días de tinieblas y las tinieblas alumbran las noticias» llega a escribir en uno de los días más oscuros 139.
El otro dato digno de tener en cuenta nos lo señala el mismo mosén Sol en sus apuntes: «En medio de esta situación amarga, no faltaron consuelos como en la estancia primera. El más sabroso y eficaz fue el que la divina Providencia les concedió con el apoyo y alientos que les dio el joven monseñor Rafael Merry del Val, que desde el día que escuchó con sumo gozo el proyecto del colegio español en Roma, que de tanta gloria de Dios, [y] bien de España comprendió podía ser, se puso al lado del director ofreciéndose incondicionalmente» 140.
Tampoco les faltó a los operarios el apoyo del padre Llevaneras, que siempre insistió en la idea de que ellos eran los llamados a realizar la empresa de la fundación del colegio «por el carácter de su obra sacerdotal».
En la tarde del 30 de mayo sale de Roma don Manuel 141. Le acompaña el padre Alba de la comunidad de Trinitarios de Condotti. A despedirle a la estación acuden monseñor Merry del Val, Santoro y los capellanes de Montserrat. El 5 de junio ya, está de nuevo en Tortosa, después de tres meses en que no había hecho, como él mismo decía, más que «consumirme y estar a la vista de lo que había ido ocurriendo». Monseñor Merry del Val se ofrece para, gestionar en Roma todos los mandatos de don Manuel.
6. Esperanzas y nuevas dilaciones
Durante aquel verano se intensificó la actividad ante el ministerio de Estado y de vez en cuando se recibían noticias un tanto satisfactorias que hacían brotar nuevas esperanzas.
Estas esperanzas aumentaron con una inesperada y eficaz entrevista de monseñor Merry del Val con el ministro de Estado, señor Duque de Tetuán. En efecto, la corte se había trasladado a San Sebastián, y la Reina había hecho, escribir a monseñor Merry, invitándole a que se trasladase allí una temporada con el carácter de preceptor de las Infantas. El ministro de Estado, que estaba también en San Sebastián, invitó un día a comer en su compañía a monseñor Merry, el cual aceptó la invitación, aprovechando la ocasión para hablarle y explicarle el estado del enojoso asunto de Condotti y para recomendarlo. El ministro manifestó que no tenía la menor preocupación en contra de la institución que lo pretendía, ni contra el padre Martín y prometió activarlo apenas llegara a Madrid, encargando se le mandaran allí las constituciones de la Hermandad. Monseñor le informó de que habían enviado los informes al ministerio de Estado y que en el de Gracia y justicia obraba el informe que antes se había pedido a los señores arzobispos 142.
El día 7 de agosto nuevamente escribe monseñor Merry a don Manuel, indicándole los documentos que debían presentar los operarios en el ministerio de Gracia y justicia y, entre otras cosas, le dice: «El ministro parece verdaderamente muy dispuesto hacia ustedes, como le dije en mi última carta; entre otros motivos, porque ve que la obra de ustedes es la única contestación práctica que puede dar a las instancias del Santo Padre sobre el colegio español en Roma ... » 143.
Parece que intercedió ante la misma Reina, según se puede deducir de su carta a don Manuel del 30 de agosto y, desde luego, consiguió activar el negocio del reconocimiento oficial de la Hermandad por el Gobierno. De hecho el 11 de agosto Pidal comunicaba a don Manuel que era deseo del Gobierno que estuvieran allí instalados el próximo curso 144.
Una mala inteligencia hizo creer en el ministerio de Gracia y justicia que se deseaba ver reconocida la Hermandad como congregación religiosa. Don Manuel, no sólo no lo había pedido, sino que se negaba a ello cuando se lo propusieron. Al fin, gracias a una nueva intervención de monseñor Merry, se aclaró el equívoco 145.
El padre Martín, desde Frascati hacía llegar sus noticias por medio del señor Sevilla. Apremiaba para que se consiguiera el reconocimiento legal de la Hermandad. Esta premiosidad traía desazonado a don Manuel y le hace desconfiar de las no todo rectas intenciones del venerable anciano dueño del convento de vía Codotti 146.
Mosén Sol, apenas llegado a Tortosa, comienza a redactar la circular que pensaba enviar a los prelados españoles, ofreciéndoles el colegio español. La circular queda lista, una vez sometida al juicio del señor Sanz y Forés que le hace sus correcciones en carta de 24 de junio 147.
El 16 de septiembre llegaba nuevamente mosén Sol a Roma. Esta vez dirigiendo la peregrinación de congregantes de San Luis. Pero ni el horario movido de actos de la peregrinación, ni las atenciones a tantas personas le hacían olvidar su proyecto de colegio español en Roma.
El conde de Benomar le hace llamar precisamente el mismo día que había tenido lugar la audiencia con León XIII, (el 23 de septiembre de 1891). El embajador le comunicó que, según despacho del ministro de Estado de España, se presentara en Madrid la aprobación legal de la Hermandad, reconocida tan sólo por el gobernador de la provincia donde ésta radicara según las leyes existentes, y que esto sería suficiente para ultimar el asunto 148.
Sin duda, tal cambio era consecuencia de la actuación delicada y silenciosa de monseñor Merry en San Sebastián.
El 27 salen de vuelta hacia Barcelona, donde llegan el día 29. Estando hospedado en la fonda «La Verdad», recibe la visita del obispo Calvo y Valero, a la que ya hemos hecho referencia al hablar de los intentos del inteligente obispo de Cádiz para llevar a efecto la fundación de un seminario español en Roma.
Desde Tortosa se agenció y se obtuvo prontamente de Tarragona la autorización legal de la Hermandad.
El padre Martín, en la última temporada se manifestaba descontentadizo, señalaba plazos fijos y amenazas al paciente mosén Sol. Este se traslada a Madrid acompañado de Don Jesús Herrero. En Madrid permanece desde el 11 de octubre al 2 de noviembre.
El día 14 se presentaron al Jefe del Negociado del Ministerio de Estado, que les pidió presentaran la solicitud. El 19 la presentaron junto con el documento del reconocimiento legal de la Hermandad.
No querían ahora los operarios dar pasos en falso. Y así pidieron al jefe del Negociado «que consultara con el señor Ministro de Estado, que llegaba de fuera aquel día, si era aquello lo que se pedía» 149.
Dos días más tarde se encontraron ocasionalmente con el marqués de Pidal y en su compañía visitan nuevamente al señor Osa quien les dijo que estaba conforme con la documentación presentada.
Al mismo tiempo el señor Pidal habló al ministro para que activara el asunto. También les habló Pidal de «los manejos del obispo de Cádiz en Madrid» 150.
Don Manuel tiene prisa; no quiere seguir perdiendo tiempo: «No hay otro remedio que empezar el curso allá. Si no hay ninguno que pueda ir, me iré yo a presidirlo, o me iré a estar al frente del de Orihuela y aguardaremos los designios de Dios» 151.
A las demás tribulaciones y angustias que pesaban sobre el corazón de mosén Sol, se une en el mes de noviembre el fallecimiento de don Vicente Vidal. Había acompañado a mosén Sol en su primer viaje a Roma para la fundación del colegio... y unos meses antes de morir «en vista de las contradicciones que sufría la Hermandad en la fundación del colegio de Roma, y también en la del de Valencia, y le había venido el pensamiento de ofrecer su vida para su remedio, y así lo hizo...» 152. «A pesar de estos pasos y del estado al parecer satisfactorio en que parecía quedar ya este negocio de Condotti, el temor de largas dilaciones excitaba vivamente el deseo de la Hermandad y estaba ésta resuelta a iniciar en aquel próximo noviembre, para no lamentar la pérdida de otro año escolar, el establecimiento del colegio de Roma en cualquier parte, aun con el arriendo de una casa particular, esperando así los resultados de aquel asunto cualquiera que ellos fueran. Pero les iba deteniendo la esperanza de una próxima y más gloriosa inauguración y más que todo, el temor de ofender al padre Martín, contrario a todo acto que pudiera dar pretexto a los adversarios de aquella empresa para nuevas dilaciones y obstruccionismos. No obstante no descuidaron obtener de la Gregoriana la seguridad de la admisión de los futuros alumnos aunque el curso hubiese empezado, atendidas las razones que motivaban el retardo» 153.
Las relaciones con la universidad las llevaba monseñor Merry, quien había establecido contacto directo con el Padre De María, prefecto de estudios de la Gregoriana, a fin de facilitar los trámites de ingreso de los futuros alumnos españoles.
El 9 de noviembre le escribía a Don Manuel: «Este buen padre (De María), como todos los de la Compañía en ésta, desean que se funde cuanto antes el colegio, y están dispuestos a ir al límite de lo posible para facilitarle todo... Lo que importa es venir lo más pronto posible» 154. Pero, «los días iban pasando y sólo se recibían de Madrid y Roma noticias vagas de tramitaciones y de buenas esperanzas, sin atinar qué manos... entorpecían los hilos del asunto, ni descubrir los manejos que acaso se tramaban».
Las cartas de Merry se sucedían. El 21 de diciembre le decía: « ... La resistencia incomprensible del padre Martín es el único obstáculo a la venida de VV ... ».
El 26 le comunica que el padre Martín le había dado este encargo: «Diga usted a don Manuel que yo he hecho todo lo que he podido. Sigo con mi preferencia para los operarios y deseo que venga cuanto antes el Decreto de transformación, pero tengo que velar por mi convento en conciencia, y si dentro de un par de meses no se arregla, tendré que nombrar otro Ente moral» 155.
Días antes el señor Sevilla había escrito también reflejando la vacilaciones y los misteriosos apremios del padre Martín 156. El 24 contesta don Manuel con una larguísima carta, a la que pertenecen los siguientes párrafos:
... En la última de usted proponía la conveniencia de que uno de los nuestros estuviera permanentemente en Madrid, y en las anteriores insiste en que lo activemos, y esto me mueve a vindicarme un poco. Ya puede usted pensar que si lo hubiéramos creído, no necesario, sino tan sólo conveniente, no lo hubiéramos omitido en asunto que tanto nos interesa. Podrá ser voluntad de Dios que no obtengamos lo que tanto pretendemos, o permitirlo por la malicia de los hombres, pero no me remorderá el que hayamos omitido nada de cuanto se nos ha propuesto, o hemos creído prudente en nuestra inexperiencia en estos caminos para nosotros desconocidos, desde el primer día y sin reparar en sacrificios ...
Hace una extensa y minuciosa historia de los pasos dados y de las influencias puestas en juego por los operarios, y apunta:
¿Qué más deberíamos hacer? Ahora, si existen combinaciones y fuerzas mayores que lo impidan, no es nuestra la culpa... Si hay manejos superiores, no nos valdrán actividades, ni somos nosotros los que podemos cortarlos apelando a resoluciones enérgicas, que no nos toca a nosotros, ni tenemos medios para ello... Por lo demás, nosotros habíamos resuelto ir a Roma con solas las modestísimas pretensiones, de una casa arrendada, lo cual suspendimos ante el bondadoso, inesperado y providencial ofrecimiento del reverendísimo padre General, que ensanchó nuestras ambiciones y confirmó nuestras presunciones de realizar en esa santa casa el pensamiento de convertirla en el colegio más numeroso de cuantos existen, extranjeros en Roma, y desviar con él todos los proyectos que han ido surgiendo durante este tiempo y que tanto nos han hecho sufrir. Si, después de todo, Jesús quisiera humillar nuestra obra y agostar todos nuestros pensamientos respecto de Roma, que atendida la importancia y publicidad que habían adquirido quedarían imposibilitados tal vez de toda realización en otra forma, inclinaríamos la cabeza ante Jesús, ofreciéndole la mira del sacrificio de una santa conformidad 157.
El padre Martín había comenzado a hablar con claridad. Quiere deshacer a toda costa el contrato firmado y aprobado para entregar su convento a otra congregación.
Y don Manuel contesta con todo respeto, pero también con entereza, defendiendo sus legítimos derechos.
Las intenciones a medias del padre Martín terminarán de aclararse con el nuevo año. Para don Manuel los sufrimientos coronan el año 1891. «Ojalá no lleguemos al término de 1892 sin ver establecido en Roma el colegio español que tanta falta nos hace ... ». Con estas palabras le felicitaba las Pascuas don Alfonso Merry 158.
NOTAS
1. Pablo VI, 1 diciembre 1967, en L'Osservatore Romano (7 diciembre 1967) 1.
2. Por todo este capítulo nos hemos inspirado principalmente en las siguientes fuentes: Fliche–Martín, Historia de la Iglesia XXIV: Pío IX y su época, Valencia 1974, 197 SS.; 437–439; 509–552; 213–242; 567–591; 563–680; J. M. Cuenca Toribio, Estudios sobre la Iglesia española del XIX, Madrid 1973, 85–114; 177–204; 219–266; J. Martín Tejedor, Los obispos españoles en el Concilio Vaticano I, en Fliche–Martín, Historia de la Iglesia, Apéndice, 653–680.
3. En 1868 el total de sacerdotes diocesanos era de 44.735, frente a 57.892, cuarenta años antes. En 1862 había 1.746 religiosos y 13.343 religiosas (cf. J, M. Cuenca Toribio, o. c.).
4. Ibid., 95 ss.
5. Ibid., 99–100.
6. Ibid., 103.
7. El cardenal Merry del Val, cf. J. M.ª Javierre, Merry del Val, Barcelona 1965, 403423. Y el juicio de Cuenca Toribio sobre el planteamiento de Javierre en Estudios.... 105,, nota 60.
8. J. M. Cuenca Toribio, en Historia de la Iglesia, de Fliche–Martín, 568.
9. Ibid., 570.
10. Véase sobre todo esto el trabajo de Martín Tejedor, Los obispos españoles en el Concilio Vaticano I, en Fliche–Martín, o. c., 653–680; y el artículo del mismo autor y sobre el mismo tema en Diccionario de Historia Eclesiástica de España.
11. J. M. Cuenca Toribio, o. c., 572.
12. Ibid., 578
13. Ibid.
14. Fliche–Martín, Historia de la Iglesia, 439.
15. J. M. Cuenca Toribio, Estudios sobre la Iglesia , 180–181.
16. Ibid., 219.
17. Ibíd., 220–221.
18. Fliche–Martín, Historia de la Iglesia, 214.
19. J. M. Cuenca Toribio, Estudios sobre la Iglesia..., 185–186.
20. L. Sala Balus–F, Martín Hernández, La formación sacerdotal en la Iglesia, Barcelona 1966, 140.
21. J. M. Cuenca Toribio, o. c., 238.
22. Pensamiento y espíritu del Siervo de Dios Manuel Domingo y Sol, Textos originales, Tortosa 1956, 5.
23. El artículo 28 del Concordato decía: «El Gobierno de S.M. Católica, sin perjuicio de establecer oportunamente, previo acuerdo con la Santa Sede y tan pronto como las circunstancias lo permitan seminarios generales en que se dé la extensión conveniente a los estudios eclesiásticos, adoptará por su parte las disposiciones oportunas para que se creen sin demora seminarios conciliares en las diócesis donde no se hallen establecidos, a fin de que en lo sucesivo no haya en los dominios españoles iglesia alguna que no tenga al menos un seminario suficiente para la instrucción del clero.
«Serán admitidos en los seminarios, y educados e instruidos del modo que establece el sagrado concilio de Trento, los jóvenes que los arzobispos y obispos juzguen conveniente recibir, según la necesidad o utilidad de las diócesis, y en todo lo que pertenece al arreglo, de los seminarios, a la enseñanza y a la administración de sus bienes, se observarán los decretos del mismo concilio de Trento.
«Si de resultas de la misma circunscripción de diócesis quedasen en algunas dos seminarios, uno en la capital actual del obispado y otro en la que se ha de unir, se conservarán ambos mientras el Gobierno y los prelados de común acuerdo los consideren útiles» (A. Mercati, Raccolta di concordati su materie ecclesiástiche tra la Santa Sede e le autoritá civili, Roma 1919, 785–786).
24. Inmediatamente después del Concordato (1852) fueron elevados a la categoría de centrales los seminarios de Toledo, Valencia, Granada y Salamanca. Puede verse interesante documentación sobre este particular en el Archivo Secreto Vaticano, Arch. Nunz. Madrid, 317, 338 434. Sobre el plan de estudios de entonces instaurado (4 cursos de Latinidad y Humanidades, 3 de Filosofía, 7 de Teología y 3 de Derecho Canónico), cf. V. Cárcel Ortí, Segunda época del seminario conciliar de Valencia (1845–1846). Más tarde (1897) fueron, elevados a centrales los seminarios de las sedes metropolitanas de Burgos, Santiago de Compostela, Sevilla, Tarragona, Valladolid y Zaragoza (M. de Castro Alonso, Enseñanza eclesiástica en España, Valladolid 1898): Cf. también Diccionario de Historia Eclesiástica Española,, artículo Facultades eclesiásticas, en vol. 11, 893–904.
25. L. Sala Balust–F. Martín Hernández, La formación sacerdotal, 140 y en nota 413.
26. Recuérdese las fundaciones del colegio de estudios superiores de Calatrava, del obispo Cámara y la universidad de Comillas (1881).
27. El proyecto fue presentado en el Congreso por don Isidro de la Fuente y Almazán. En su comunicación se lee: «Los seminarios conciliares, donde se estudian con solidez las ciencias eclesiásticas y se forman los jóvenes en la virtud, no tienen generalmente fondos con qué retribuir suficientemente a los profesores, ni permiten dar a la enseñanza la amplitud que fuera de desear y es hoy hasta necesaria; urge, por tanto, ayudar a los prelados aunando los esfuerzos individuales y fundar un centro que contrarreste la esfera de la ciencia y adelantos naturales que hace contra la Iglesia la moderna civilización, que pretende en cada uno de sus descubrimientos encontrar una conclusión contra las enseñanzas y dogmas católicos» (Crónica del segundo congreso católico nacional..., Zaragoza 1891, 534–544); cf. también L. Carbonero y Sol, Crónica del segundo congreso católico nacional español, celebrado en Zaragoza, Madrid 1890.
28. Cf. L. Sala Balust–F. Martín Hernández, o. c., 168–169.
29. Datos tomados de Seminaria Ecclesiae Catholicae, editado por la Sagrada Congregación de Seminarios, Roma 1963, 204–205.
30. La Cruz 1 (1865) 647.
31. Cf. Diccionario de Historia Eclesiástica de España I, Madrid 1972, 334–336.
32. A pesar de este silencio oficial, hemos de anotar la preocupación de algunos prelados aislados. Así el obispo Uriz y Lobayru, de Pamplona, quien, contestando al cuestionario preparatorio del Concilio Vaticano I, en 1869, «quiere que se adopten los textos de los colegios, eclesiásticos de Roma y que se establezca en la Ciudad Eterna un seminario para alumnos españoles» (cf. J. Martín Tejedor, Los obispos españoles en el Concilio Vaticano I, apéndice en la edición castellana de Fliche–Martín: Historia de la Iglesia XXIV: Pío IX y su época, Valencia 1974, 666). Sobre el obispo Uriz, cf. J. M. Cuenca Toribio, El pontificado pamplonés de don Pedro Cirilo Uriz y Lobayru (1862–1870). Contribución a su estudio: Hispania Sacra (1969) 43–44.
33. La Cruz 2 (1876) 295–296.
34. Ibid., 296–297.
35. El Consultor de Párrocos (Madrid) 33 (1876) 263–264.
36. Ibid., 39 (1876) 309–310.
37. Ibid., 52 (1876) 405.
38. RACE, Crónicas I, 358.
39. Ibid., 359.
40. Vicente Calvo Valero, nació en Sevilla el 10 de mayo de 1838, fue cura de Santa María de las Nieves de la misma ciudad y canónigo de Cádiz; nombrado obispo de Santander el 5 de julio de 1875 (Acta Sanctae Sedis 8 [1874–18751 500) y de Cádiz–Ceuta el 24 de marzo de 1884 (Ibid. 16 [1883–1.884] 359). Publicó Apuntes para un episcopado español y Misión sobrenatural de la Iglesia católica, además de otros escritos pastorales. Murió el 27 de junio de 1898 (Dict. d'Hist. et Géogr. Ecelesiast. XI, 494–495); cf. también P. B. Ganis, Series episcoporum Ecclesiae Catholicae, Leipzig 1931, suplemento, p. 47; J. Xigues, Obispos y administradores apostólicos de Ceuta: Boletín de la Real Academia de la Historia 18 (1891) 425–426; E. Juárez de Negrón, El Excmo. e Ilmo. Sr. Lic. D. Vicente Calvo y Valero, obispo de Cádiz: Revista Eclesiástica (Valladolid) 3 (1898) 24–28; Diccionario de Historia eclesiástica de España I (1972) 321.
41. Cf. A. Torres, Vida, 308.
42. RACE, Crónicas I, 94.
43. A. Torres, Vida, 308. Ibid., 318.
45. RAH, carp. 2, leg. 48, doc. 7.
46. Cf. Carta del señor Valero a don Manuel de 16 septiembre: RAH, carp. 1.
47. A. Torres, Vida, 354–355.
48. Cf. RACE, Crónicas I, 94, en carta a don Manuel de 4 mayo 1893; véase Apéndice 1.
49. Ibid., 257.
50. Ibid., 359.
51. Cf. BEDV 20 (1892) 105.
52. RACE, Crónicas I, 362–363.
53. A. Torres, Vida, 308–309.
54. RACE, Crónicas I, I.
55. Ibid., I.
56. Benjamín Miñana Ballester, nace en Cervera del Maestre, diócesis de Tortosa y provincia de Castellón en marzo de 1865, alumno del colegio de San José de Tortosa. Ingresa en la Hermandad el 1 de enero de 1889 y en abril del mismo año recibe el presbiterado. Coadjutor en la arciprestal de Villarreal y luego en Albocácer, director del colegio de Orihuela, lo lleva don Manuel como director a Roma, cargo en el que permanece hasta agosto de 1909 cuando es elegido Director General de la Hermandad. En este cargo permaneció dieciocho años. Promovió la publicación del Boletín Mater Clementissima del colegio de Roma y en su tiempo se fundó la revista Reparación (1914). Los últimos años de su vida los pasó en Tortosa, siendo Vicedirector General de la Hermandad hasta su muerte, acaecida el 8 de octubre de 1930. Cf. El Correo Interior Josefino 34 (1930) 321–326, y 406 (1930) dedicado íntegro a él, 353–400; A. Torres, Vida, 377–378; Mater Clementissima (diciembre 1930) 5–7.
57. RACE, Crónicas II, II.
58. Ibid., 363.
59. E.II, Cartas, 3.º, doc. 96.
60. RACE, Crónicas I, III.
61. Carta a don Felipe Tena, de 26 marzo: E.II, Cartas, 3.º, 90.
62. RACE, Crónicas I, III.
63. A. Torres, Vida, 310.
64. E.III, Varios, 4.º, 7, f. 2,
65. E.I, Predicación, 8.º, 34.
66. Carta de 30 mayo 1890. RAH, carp. 18, leg. 1, doc. 13.
67. E.II, Cartas, 3.º, 113.
68. RAH, carp. 2, leg. 45, doc. 7.
69. RAH, carp. 2, leg. 46, doc. 7. Con fecha 22 el mismo padre escribe a don Manuel la siguiente carta: «Muy señor mío y de toda mí consideración: Lo mismo que digo al señor obispo en esta fecha, repito a usted: que el triste estado de mi salud no me ha permitido contestar a su atenta carta del 9 de junio. Indico también al señor obispo que cedería con gusto el convento al colegio que usted dignamente dirige, manifestando otros pormenores que S.E.I. podrá comunicar a usted. Para no* repetir una misma cosa, me limitaré a decir a usted en la presente carta, para contestar a su pregunta, que el Gobierno de España no tiene otra participación y derecho en el convento que el de protección contra cualquier ataque del Gobierno italiano, pues fue construido todo él con capital de la orden según consta en documentos fehacientes que obran en mi poder. El convento, de construcción solidísima, como no se fabrica en el día, se encuentra en buenísimo estado, y no necesita reparación. Se construyó desde un principio para convento, y continúa en buena disposición para servir de Colegio, pues solo en los apartamentos que se alquilan se han hecho poquísimas variaciones. Todo lo demás que pudiese decir a usted, se lo hago presente al señor obispo, y me dispensará si no me extiendo más. Agradeciendo su ofrecimiento, yo también tengo el gusto de ponerme a sus órdenes y de suplicarle se acuerde en sus oraciones de este pobre viejo y S.S. que B.S.M., humilde capellán.
P. Maestro Antonio Martín y Bienes».
70. RAH, carp. 2, leg. 47, doc. 2; E.II, Cartas, 3.º, 126.
71. RACE, Crónicas I, IV.
72. Ibid. I, IV.
73. RAH, carp. 18, leg. 1, doc. 14, f. 1.
74. RACE, Crónicas I, V.
75. RAH, carp. 18, leg. 2, doc. 2.
76. Ibid., carp. 2, leg. 48, doc. 4.
77. E.II, Varios, 4.º, 7, f. 3.
78. El mismo padre había preparado hospedaje a don Manuel en la Via Delle Convertite, n.º 8, 2. La Via Delle Convertite está próxima a la Via Condotti. «En un piso magnífico de una casa muy limpia y lujosa» (carta de don Manuel a la Madre Providencia, de los días 5, 6 y 7: E.II, Cartas, 3.º, 145).
79. E.III, Varios, 4.º, 7, f. 4.
80. RACE, Crónicas I, VII.
81. E.III, Varios, 4.º, 7, f. 5.
82. Carta al obispo de Tortosa de 21 julio 1890; ya citada.
83. Se trata del segundo Congreso Católico Nacional celebrado en Zaragoza, del que da una crónica Carbonero y Sol y al que ya hemos aludido.
84. E.III, Varios, 4.º, 7, f. 5.
85. E.III, Varios, 4.º, 7, f. 6. El mismo fundador deja escrito en sus apuntes: «En una de las visitas al padre Martín encontramos los operarios que salían de la habitación de éste al P... (N. Batlló: nota de la Crónica), del Corazón de María. Se presentó particularmente al padre Martín de orden del General ofreciéndole la cantidad que quisiera. Unas monjas andaluzas de enseñanza ofrecieron obtenerlo del Gobierno español y dar al padre Martín una propina de 40.000 duros. Pero sobre todo los que perjudicaron más, fueron las monjas de Santa Ana, llamadas inglesas, que se valieron de la Reina» (Ibid.).
86. RACE, Crónicas I, IX.
87. Carta a la Madre Providencia: E.II, Cartas, 3.º, 145.
88. Carta del señor Sanahuja, fechada en Madrid el 4 octubre 1890: RAH, carp. 2, leg. 49, doc. 1.
89. E.II, Cartas, 3.º, 147.
90. Ibid., 150.
91. Había asistido al Congreso Católico Nacional.
92. Se trata del obispo de Salamanca, P. Cámara, OSA.
93. El señor Calvo y Valero, cuyos intentos ya conocemos.
94. RAH, carp. 18, leg. 9, doc. 12.
95. E.III, Varios, 4.º, 7, f. 6.
96. El documento fue entregado para su aprobación, al Gobierno italiano el día 19 de diciembre: cf. E.III, Varios, 4.º, 7, f. 6.
97. Ibid.
98. Agregado a la embajada de España ante el Vaticano.
99. E.III, Varios, 10, 21.
100. E.II, Cartas, 3.º, 151.
101. Se encontraban haciendo la visita «Ad limina» según carta de don Bernardo Lázaro, secretario del obispo de Segorbe, dirigida a don Manuel el 27 de octubre: RAH, Cartas, 2.º, leg. 49, doc. 10.
102. A don José García el 31 de octubre: E.II, Cartas, 3.º, 149.
103. En carta del 1.11.90: E.II, Cartas, 3.º, 151.
104. G. Mártil, Manuel Domingo y Sol, 162.
105. E.II, Cartas, 3.º, 153.
106. José M.ª Caparrós López nació en Cehegín (Murcia) el 2 de septiembre de 1838. Estudiante distinguido y catedrático después del Seminario de San Fulgencio de Murcia. Doctor en Teología y Derecho Canónico. Párroco de su pueblo natal durante 25 años. Canónigo y arcipreste más tarde de la catedral de Madrid; Director del Centro Eucarístico de la Confraternidad de Sacerdotes adoradores y de la Hermandad de la oración Nacional por el restablecimiento de la Unidad católica en España; organizador y ponente en congresos católicos Nacionales de Zaragoza, Sevilla, Valencia y Tarragona; asesor eclesiástico de la Embajada española ante el Vaticano; Operario Diocesano el 12 de agosto de 1892; propuesto aquel mismo año para el obispado de Zamora y no aceptado por consejo de don Manuel; consagrado obispo de Sigüenza el 2 de agosto de 1896. Fallece en el santuario de Nuestra Señora de la Luz de Murcia el 27 de enero de 1897. Sus restos que reposaron durante 75 años en el santuario de la Luz han sido trasladados a Cehegín en el verano de 1972. Cf. El Correo Josefino, 2 (1897) 2–3; A. Torres, Vida, 456–459.
107. Salvador Castellote y Pinazo, obispo primero de Menorca y luego de Jaén; más tarde fue preconizado arzobispo de Sevilla, muriendo repentinamente, antes de tomar posesión de su nueva sede, el 20 de octubre de 1906.
108. RAH, Cartas, carp. 2, leg. 50, doc. 9.
109. RAH, Cartas, carp. 18, leg. 1, doc. 18.
110. RAH, Cartas, carp. 18, leg. 2, doc. 3.
111. Nota bibliográfica, en El Correo Interior Josefino 33 (1899) 3–4.
112. Carta del 25 noviembre 1890 a don José García: E.II, Cartas, 3.º, 161.
113. G. Mártil, Manuel Domingo y Sol, 163.
114. RAH, carp. 2, leg. 51, doc. 5 y 6.
115. E.I, Predicación, 5.º, 27.
116. G. Mártil, Manuel Domingo y Sol, 165.
117. E.III, Varios, 4.º, 7, f. 8.
118. Ibíd.
119. Monseñor Vico, a la vista de la insistencia de tales religiosas y conociendo e contrato ya existente, «se resolvió a dirigirse a la superiora, haciéndole ver el contrato que mediaba, la inutilidad de sus esperanzas, teniendo en contra el verdadero dueño del edificio y el objeto a que debía destinarse, con lo cual dicha superiora le aseguró que daría a conocer inmediatamente a quien convenía que desistiera de toda pretensión» (cf. E.III, Varios, 4.º, 7, fol. 8).
120. Parece que quien tal aconsejó a don Manuel fue el mismo monseñor Vico, según se puede deducir de los apuntes de don Manuel sobre al fundación (cf. Ibid.).
121. Carta de 13 de enero a don Froilán Beltrán; E.II, Cartas, 4.º, 3.
122. Carta a la Madre Providencia de Vinaroz; E.II, Cartas, 4.º, 9.
123. RAH, carp. 3, leg. 1, docs. 7 y 8.
124. RAH, carp. 18, leg. 17, doc. 2.
125. RAH, carp. 3, leg. 2, doc. 6.
126. E.III, Varios, 10.º, 24.
127. RACE, Crónicas I, XIII.
128. E.II, Cartas, 4.º, 12.
129. RACE, Crónicas I, XIV y XV.
130. De Astorga: Juan Bautista Gray Vallespinés y de Oviedo: Ramón Martínez Vigil, OP.
131. RACE, Crónicas I, XV.
132. En efecto, el 16 de marzo don José M.ª Caparrós, que había tenido audiencia con el cardenal Rampolla, informa a don Manuel de que ya en 1854 se había intentado la fusión de Condotti y Montserrat.
133. RACE, Crónicas I, XVI.
134. E.III, Varios, 4.º, 7, ff. 10 y 11.
135. RACE, Crónicas I, XVI y XVII
136. RACE, Crónicas I, XVII
137. E.II, Cartas, 4.º, 46.
138. Carta a los operarios de Tortosa: 29.4.91: E.II, Cartas, 4.1, 36.
139. E.II, Cartas, 4.º, 52 y 19.
140. E.III, Varios, 4.º, 7, f. 11.
141. Tanto las crónicas como los apuntes de don Manuel señalan claramente la tarde del 30; Torres, sin embargo, indica la tarde del 31.
142. Carta de monseñor Merry a don Manuel el 7 de agosto de 1891: RAH, carp. 18, –leg. 4, doc. 7.
143. RAH, Ibid., doc. 8.
144. «El asunto sigue bien, pero estamos en el momento crítico. Por lo que me escriben de Madrid, un paso que di yo, bajo la inspiración de Dios, y al leer algunas reflexiones de usted, ha producido buenos resultados. La cosa es tan delicada, que no me atrevo a darle más detalles; pero si sale bien, le diré a quien, después de Dios, tiene que atribuirle el buen suceso. Por lo tanto ahora pidamos mucho a Dios: en sus manos está todo y nos ha de conceder lo que deseamos para su gloria, si nos mostramos un poco constantes. Dice usted muy bien que habría que partir de la base de que el Estado no ejerce verdadero patronato sobre Condotti, y este error es el que ha sido más difícil de combatir... He leído con interés lo que me ha mandado sobre la peregrinación. ¡Con qué ganas le diría que sí, a su pregunta de si me debe o no mandar el billete! Estoy clavado aquí, porque Jesús así lo ha querido, y es menester ofrecer el sacrificio. El motivo principal que me hace desear encontrarme con usted en Roma, es el pensar que no tendrán bastantes conocidos que quieran interesarse por nuestros amados peregrinos; en gran parte, por la coincidencia de su llegada con la de los franceses... Pero, en fin, ya se arreglarán las cosas... Casi me causa sentimiento el pensar que se marcha usted con los peregrinos, por ser quizás necesaria su presencia en España. ¿Tiene usted noticias del padre Martín? ... » (cf. RAC, carp. 18, leg. 4, doc. 104 y carp. 3, leg. 8, doc. 6).
145. El 20 de agosto escribía a don Manuel: «Mi querido don Manuel y amadísimo en el Corazón de Jesús: Mi buen hermano no estaba enterado de todos los pormenores del asunto, ni su historia, así es que creía que ustedes pretendían ser reconocidos como orden o congregación religiosa por el Gobierno español». Le dice que ya ha explicado él a su hermano por qué han tenido que tratar con el ministerio de Estado. No le parecía, con todo, a monseñor Merry, inútil el que se hubieran presentado las constituciones, «pues así –añade– se ha aclarado la situación de la Hermandad». Le significa «los vivos deseos que sentía de ver ultimado un proyecto que ha de dar mucha gloria a Dios». «Es menester –con–tinúa diciendo– pedir mucho a Jesús estos días. Mil gracias por el recuerdo de San Pascual. Mucho se lo agradezco. Cuánto gusto tendría en reunirme con ustedes para acompañarles y ofrecerles mis servicios. No sé cuándo me será dado volver a verle y hablarle de todo lo que tengo sobre el corazón. Será cuando Dios quiera. Bendito sea su nombre. Escribiré al señor marqués de Pidal rogándole que haga presente al señor ministro de Estado la situación en la cual nos encontramos. Hasta otro rato. Volveré a escribirle pronto. No me olvide en sus oraciones y Santos Sacrificios» (RAH, carp. 18, leg. 4, doc. 9).
146. Cartas de 15 y 21 de agosto: RAH, carp. 3, leg. 8, docs. 7 y 9.
147. Carta de 24 de junio a don Manuel: RAH, carp. 18, leg. 1, doc. 23.
148. E.III, Varios, 4.º, 7, f. 12.
149. E.III, Varios, 4.º, 7, f. 13.
150. Ibid.
151. A. Torres, Vida, 355.
152. Carta de 11 de noviembre a una religiosa: E.II, Cartas, 4.º, 138.
153. RAH, Crónicas I, XX.
154. RAH, carp. 18, leg. 4, doc. 11.
155. Ibid., carp. 18, leg. 4, doc. 14 y 15.
156. Ibid., carp. 3, leg. 11, doc. 9.
157. E.II, Cartas, 4, 161.
158. RAH, carp. 18, leg. 17, doc. 3.
13
El Colegio Español de Roma Fundación
I. HACIA UNA SOLUCION
La fundación del colegio de Roma va a ser para don Manuel un continuo sobresalto. El padre Martín, enigmático, vacilante, reservado hasta última hora, comenzaba a dar pruebas de que su juego no era claro.
Sus inexplicables apremios y amenazas obedecían a que, en su preocupación por asegurar, como él decía, la suerte de su convento, temeroso de que los operarios, por ser aún una institución humilde y poco conocida, no consiguieran nada del Gobierno, había entrado en tratos con otra institución distinta. De ahí sus prisas por desprenderse cuanto antes del contrato que había firmado con la Hermandad. Pero al mismo tiempo quería guardar con ella las apariencias de justicia, y quedar así ante la opinión pública como que era ésta quien le abandonaba a él.
Veamos cómo se llega al triste desenlace de unas negociaciones que duraron año y medio. Parece paradójico que al mismo tiempo que se pierde definitivamente Condotti quede asentada la fundación del colegio. Volvamos al rompecabezas de las cartas y las fechas.
1. Pérdida definitiva de Condotti
A primeros de enero de 1892 se recibió carta del señor Medina, desde Roma. En ella decía que el padre Martín había convenido con otra institución, al parecer de Misioneros del Corazón de María, la transferencia de Condotti.
Dos días después otra carta reservada de un amigo de Madrid le comunicaba que el padre Martín estaba tratando la transformación de su convento con los dominicos a través de Benomar 1.
Como eran distintas las instituciones que se indicaban «y tantas veces se había hablado de convenios propuestos al padre Martín», don Manuel no hizo demasiado caso 2. Pero a mediados de enero se recibió una carta del padre Martín. De «muy estudiada» califica el mismo don Manuel esta carta. En ella, alegando la demora en el despacho del asunto, «se fijaba el plazo de aquel mes de enero, pasado el cual nos abandonaría, para entenderse con otra institución ,que tuviese más influencia» 3.
El 6 de febrero nueva carta del padre Martín, y nuevas urgencias y prisas: «Sin embargo de todo ello y dispuesto a agotar mi paciencia para que no se diga que obro a la ligera, concedo a usted la prórroga del plazo hasta el 20 de este mes, en la inteligencia de que si para este día no se reciben en Roma... –me pondré de acuerdo y principiaré a tratar con otro ente moral» 4.
Don Manuel contestó con una «enérgica carta, recordándole la fidelidad con que habían procedido los operarios, la sumisión y exactitud con que habían seguido todas las indicaciones y caminos que les había marcado ... los gastos extraordinarios que con tantas tramitaciones les había ocasionado ... y últimamente le exigía un nuevo plazo para ver si lograban el éxito» 5.
Las posturas se iban clarificando. Que el padre Martín prescindía de los operarios era ya un hecho. No obstante, se multiplican ¡os intentos para obtener un oficio del Gobierno en tan breve plazo de tiempo. A este efecto el operario don José García se traslada a Castellón, donde se encontraba el obispo de Tortosa, señor Aznar y Pueyo, para interesarle nuevamente en el asunto. A las gestiones del obispo Aznar contesta el ministro que había dado ya la orden conveniente. «Esta sin embargo –comenta don Manuel– era una Real Orden parcial para que se reclamara el edificio como de España, en caso de que muriese el padre Martín» 6.
En los días siguientes se obtuvo un nuevo oficio también deficiente, pues se limitaba a facultar al padre Martín a establecer en Condotti interinamente el deseado colegio bajo su rectorado 7. Naturalmente el padre Martín no aceptó esta solución. Pero en lugar de esperar la rectificación del oficio... repitió una –nueva carta a don Manuel, diciendo que «como un acto, de su longanimidad» concedía un nuevo plazo hasta el 20 de marzo. Dicha segunda carta se recibió el 8, con lo cual quedó evidenciada la resolución y aun el nuevo convenio del padre Martín» 8.
Más tarde se sabe que en esas mismas fechas solicita del embajador que consiguiese por telégrafo autorización del Gobierno para que estableciesen los dominicos, en Condotti, un colegio para misioneros de la provincia de Filipinas 9.
En efecto, el padre Martín reconoce al embajador en una entrevista celebrada el 3 de marzo, que había comenzado a tratar con los dominicos para transformar el convento. Así queda explicado el que no se apresure a llamar a los operarios a pesar de la autorización del ministro de Estado 10. Y por esta misma razón el marqués de Pidal dice a don Manuel el 5 de marzo «su deseo de que se establecieran en Condotti, para facilitar sus gestiones ... ». Le recomendaba que «lo ejecutara cuanto antes, porque deseaba, con la fundación del colegio, favorecer a los operarios y dar gusto al Papa» 11.
De un lado, estaba claro que del padre Martín no había ya nada que esperar. Por parte del Gobierno de Madrid tampoco había claridad de comportamiento, ni interesaba demasiado a los operarios su patrocinio por las ingerencias posteriores que podrían implicar, como más tarde veremos, y como acertadamente escribía Caparrós a don Manuel el 18 de marzo: «Lejos de ser un inconveniente el abandono en que el Gobierno deja a los operarios, es una ventaja grandísima para el colegio, que se fundará y desarrollará sin la más pequeña intervención del Estado, que, con capa de protección, mataría el pensamiento ... » 12.
¿Qué postura adoptaba el Vaticano ante tales acontecimientos? Precisamente el mismo día que don Manuel recibe la carta «definitiva» del padre Martín –8 de marzo– monseñor Della Chiesa, escribía desde la Secretaría de Estado una carta reservada al mismo don Manuel. Merece la pena que incluyamos en el texto esta carta manuscrita del que más tarde será Benedicto XV y que ya conocía a don Manuel de sus años de trabajo en la Nunciatura de España:
Muy señor mío y estimado amigo:
Tengo deseo de saber en qué ha parado el asunto de usted, pues he sabido que el padre Martín trata con otra comunidad de frailes, lo que echaría abajo el proyecto de colegio español que parecía estar próximo a realizarse. Aun recientemente el embajador (que ahora está ausente) habló con el cardenal Secretario de Estado en el sentido de que en vía Condotti se pondría el colegio o seminario que había pensado V., pero ahora dicen que la congregación de V. no está reconocida ni por el Gobierno ni por la Santa Sede, que se le ha señalado y luego prorrogado a V. un plazo para alcanzar del Gobierno el reconocimiento que necesita para tener personalidad jurídica, que el plazo ha vencido y no lo ha alcanzado, por lo cual ha V. desistido de sus proyectos.
¿Es verdad todo esto? Le agradecería me lo diga a la mayor brevedad posible, pues el cardenal secretario de Estado lo pone en duda y sin embargo necesita saber de fijo en qué para el asunto de V. y, por si no ha desistido V. del proyecto, cuándo espera V. poderlo realizar.
Sabe que le aprecia de veras su aftmo. amigo s.s.q.b.s.m.
Santiago Della Chiesa 13.
Las preguntas de monseñor Della Chiesa son suficientemente claras para dar a entender el trasfondo del problema. Sin duda tal vez sobre su misma mesa o sobre la del cardenal secretario de Estado había una nueva solicitud del padre Martín.
En la misma fecha, monseñor Merry le recomienda que tome cuanto antes posesión de Condottí, aunque por las dificultades se vieran obligados más tarde a cambiar de casa. El mismo consejo le dan don José García desde Cervera, y monseñor Vico y Alfonso Merry desde Madrid 14.
Don Manuel estaba ya decidido a establecer el colegio en cualquier parte. Y el día 11 contesta a monseñor Della Chiesa con este lacónico telegrama: «Recibida suya. Estamos resueltos ir prontamente cualquier modo. Correo explicaciones. Sol» 15.
En su carta explica cómo, al parecer, «era el padre Martín el que nos había recusado... no sólo no habíamos abandonado el pensamiento de la fundación del colegio, sino que a pesar de aquel abandono iba a salir de España con algunos alumnos para establecer el colegio en cualquier parte» 16.
El Vaticano contesta a la nueva solicitud del padre Martín que, «habiendo, sido lo convenido el que fuese convertido en colegio para seminaristas españoles, mientras el embajador no retirase la proposición hecha en este sentido, el Papa no podía aprobar ningún otro proyecto».
Don Manuel determina salir cuanto antes con un grupo de alumnos hacia Roma. Pero, «antes de dar este paso telegrafía a monseñor Merry si creía que debía ir con los alumnos, y si éstos serían recibidos aún en la matrícula de la Gregoriana como ésta tenía ofrecido. Obtenidas tales seguridades se telegrafió al embajador señor marqués de Pidal, por conducto de don José M.ª Caparrós si podríamos contar con el alojamiento en Montserrat por de pronto, y asegurado que estuvo esto, se reunieron 11 alumnos de Orihuela, Murcia, Valencia y Tortosa, saliendo el 26 de marzo con el director (don Manuel) y don Benjamín Miñana, que debía estar al frente de ellos, llegando el 29 y alojándose en Montserrat, ofreciéndoles el embajador todo el piso 2.º, con dos habitaciones más para los superiores» 17.
En cartas de Caparrós desde Madrid el 11 y 18 de marzo se da por resuelto el hospedaje en Montserrat. El 21 le telegrafía monseñor Merry que podía ir con los alumnos. Y este mismo día cita don Manuel a los colegiales para que se juntaran en Valencia, pues ya los tenía preparados. Don Benjamín en sus Memorias ... nos dice:
Marzo, día 18: por la mañana recibimos telegrama de Tortosa diciéndonos que habíamos de salir don Domingo (Enrique), Santo (José), y yo para Valencia y Roma el domingo por la tarde...; por la noche recibimos otro telegrama mandándonos suspender la salida hasta segunda orden; día 21: a las 6 de la tarde recibo nuevo telegrama de Tortosa anunciando definitivamente debíamos salir el 24 ... ; día 25: todo preparado, a las 5 de la tarde salimos de Orihuela; día 26: a las 2 de la madrugada llegamos a Tortosa... y a las 5 de la tarde con el exprés salimos para Barcelona a donde llegamos a las 10 de la noche ... ; día 27: por fin nos decidimos a salir a las dos de la tarde... ; día 29: a las 9 de la mañana llegábamos a Roma término de., nuestro viaje... 18.
Como primer director del colegio había elegido don Manuel a don Benjamín Miñana, sacerdote operario, a quien desde este momento vamos a ver seguir día a día y en algunos de ellos minuto a minuto la trayectoria de la primera fase del colegio en Montserrat y su asentamiento definitivo en el palacio de los Altemps.
En dos grupos llegaron los 11 primeros alumnos del colegio, cuidadosamente elegidos por los operarios de entre los que tenían en sus colegios de España 19.
La inauguración oficial del colegio, tuvo lugar el día 1 de abril. Don Manuel cumplía aquel día 56 años. Habían pasado cuatro desde que por primera vez hablara a los operarios de la idea; y cinco desde que la había intuido El 4 de octubre de 1890 había tenido lugar la primera entrevista con el padre Martín... Cualquiera podría pensar que con la misa celebrada por don Manuel en la iglesia de Santiago de los Españoles en aquella mañana de su cumpleaños y con la reunión que más tarde tiene con sus primeros colegiales había terminado, felizmente un largo camino. Pero no es así. Aún le queda un largo trazado por recorrer al incipiente colegio español en Roma.
Trazado que va a encontrar salpicado de celos, desconfianzas, calumnias, pero también sombreado de buenas amistades y eficaces colaboradores: Merry del Val, Della Chiesa, Vives y... Benjamín Miñana.
2. El colegio en Montserrat
En Montserrat 20 ocupaban lo que había sido hospital, o sea, la mayor parte del segundo piso. Comprendía éste tres salones, que se dedicaron a dormitorio, capilla y sala de estudio. Los superiores tomaron dos habitaciones del mismo piso, pero fuera del hospital.
Los capellanes de Montserrat y especialmente don Francisco Medina, recibieron y atendieron con especial esmero a los nueve inquilinos. «Dicho señor Medina fue, podemos decir, el primer mayordomo del colegio español, y además a él se debe que durante mucho tiempo no se tuvo necesidad de comprar ni camas, ni platos, ni mueble alguno; porque todo lo proporcionó de lo que había en Montserrat, con el debido permiso del embajador» 21.
La primera visita de los colegiales fue para la Basílica de San Pedro, donde les esperaba monseñor Merry del Val. Desde el Vaticano el mismo Merry del Val les acompañó a la Universidad Gregoriana, donde los alumnos del colegio harían sus estudios. En una larga conferencia con el padre Miguel de María concretan el plan de estudios de los mismos.
En los días siguientes los operarios fueron presentados por monseñor Merry a distintas personalidades del Vaticano, y del vicariato de Roma. Los alumnos, el día 2 de abril, comenzaron a asistir a clase en la Gregoriana, y los operarios siguen su calvario hasta perder para siempre Condotti. «La llegada a Roma de los colegiales llenó de asombro y desagrado, y hasta de cierto coraje al padre Martín, alegrando en cambio a algunos del Vaticano que sentían fracasara otra vez la idea del colegio español en Roma» 22.
El día 30 de marzo «fuimos a visitar al padre Martín para saber definitivamente si podríamos tener alguna esperanza en la cuestión del edificio de Condotti. Estaba enfermo y después de dos visitas recibió a don Manuel, resultando de la visita que el padre Martín está entregado a los dominicos y nada podía hacer (según dijo) en favor nuestro» 23.
Mientras tanto, el padre Martín había presentado a monseñor Segna una nueva solicitud de transformación del convento de Condotti a favor de los dominicos para colegio de jóvenes españoles para Filipinas. Monseñor Segna, recientemente nombrado secretario de Negocios Eclesiásticos extraordinarios, nada sabía de la solicitud anterior a favor de los operarios y al presentar la actual al Santo Padre, éste, «sorprendido, dijo le parecía recordar que había mediado la concesión de un Breve para la cesión del edificio de Condotti en favor de otra institución» 24.
Monseñor Segna fue a registrar, y encontró realmente el Breve, suspendiendo, por lo tanto, la nueva concesión hasta que se resolviera el asunto oyendo a la parte lastimada; y así lo comunicó al padre Martín 25, quien se apresura a contestar en el mismo sentido que en anteriores cartas a don Manuel: «que no estaban legalizados y que por esto no los reconocía el Gobierno español ... » 26.
A fin de clarificar todo el asunto se les comunica a los operarios que serán llamados al Vaticano por monseñor Segna al efecto. Entrevista que, como veremos, se celebra el día 5.
El 2 de abril en el periódico de Roma (La) Voce, aparece la noticia, confusa, de la llegada de España de don Manuel Domingo y Sol con 11 jóvenes que han de formar el primer núcleo del colegio español que se va a establecer en el convento de Trinitarios de vía Condotti 27. Esta noticia compromete a los operarios ante el Padre Martín de tal manera que don Manuel escribe aquel mismo día: « ... todos los periódicos de Roma hablan ya de nuestra llegada y nos comprometen con sus noticias desfiguradas, sobre todo en la cuestión de Condotti ... » 28.
El 4 llega el embajador Pidal y les recibe el mismo día. Nuevo golpe para los operarios. «Sacamos en limpio –dice Miñana– que el Gobierno y él están por los dominicos, pero si pudiera arreglarse la cosa con nosotros no lo miraría con malos ojos puesto que esos son los deseos de la Santa Sede» 29.
Llega el día 5 y don Manuel, acompañado de don Benjamín Miñana, visita a monseñor Della Chiesa; le informan de la entrevista con el embajador y luego el mismo Della Chiesa les introduce en la secretaría de Segna. «Este les hizo contar la historia de todo lo sucedido; les dijo el argumento del padre Martín; les dio a entender que ellos estaban más favorables a la idea de colegio, que no a que pasara a ser una casa religiosa más en Roma; que por lo tanto vieran de presentar una legalización cualquiera para hacer justicia y, últimamente, que obtuvieran del padre Martín la afirmación de que nos recusaba» 30.
El resto nos lo cuenta el mismo fundador en sus apuntes personales. Están escritos casi dos años después de estas fechas. De aquí su forma lacónica, casi esquemática, siendo que él,, por constitución, era eufórico en la escritura: «El director le contestó que la legitimación que se les había pedido, y de un modo oficial, por boca del mismo Benomar en nombre del ministro de Estado, había sido presentada y aceptada; y constaba en el ministerio; que no obtendríamos Condotti de ningún modo para colegio, por los manejos, prevenciones o lo que fuera, que había observado en las oficinas del ministerio español, en las tramitaciones enojosas del asunto; pero que no dejaríamos de cumplir el obtener la notificación del padre Martín de que rompía el contrato con nosotros.
Insistiendo monseñor Segna en la presentación a aquella secretaría de algún documento legal de la existencia de la Hermandad, y dando a entender que daría tiempo para todo, ofrecimos procurarlo otra vez.
Al efecto el mismo día se telegrafió a Tortosa para que fuera don José García a Madrid, a fin de obtener una copia del documento legal que se presentó en octubre anterior, o a obtener una legalización nueva...
Así mismo en la tarde de aquel día (5 de abril) después de visitar a Segna, visitaron monseñor Merry y el director al padre Martín que estaba en cama. Preguntando éste si realmente estaba resuelto a no cumplir su primer compromiso, dijo que había aguardado 14 meses, y en vista de las pocas fuerzas que había tenido la Hermandad, a fin de asegurar el edificio antes de morirse, se había convenido con los dominicos, que en ocho días lo tendrían realizado, como lo aseguraba Benomar.
Monseñor Merry le advirtió que no debía fiarse de los diplomáticos y que presumía no iría tan deprisa; y se despidieron» 31.
Cierra esta parte don Manuel con estas dolorosas palabras: «Tal fue el fin y desenlace de la cadena de tantas fatigas, gastos y penalidades».
Pero la actitud de los visitantes en esta significativa audiencia, la calma y el silencio sospechoso a la contestación del oficio del P. Martín a monseñor Segna y las visitas de los operarios al Vaticano, alarmaron al padre Martín y a los dominicos, apresurándose a poner en la balanza de aquel negocio todo el peso de mayor influencia de que pudieron disponer.
Evidentemente el fiel de la balanza sabían muy bien los operarios donde terminaría por inclinarse. El cardenal Zigliara pesaba bastante más que dos curas españoles, aunque éstos contaran con el apoyo de algunos monseñores de gran prestigio por entonces en el Vaticano 32.
Dicho cardenal fue quien se presentó directamente al Papa, indicándole que de la posesión de Condotti dependía el porvenir de la orden en Roma. El Papa no tenía inconveniente en que Condotti se perdiera para colegio, pues «no lo consideraba bastante grande para digno seminario de España, y, sobre todo, porque él seguía pensando en Altemps. No obstante, cree que debe contarse con el embajador, ya que había sido él quien intervino desde el principio en tal asunto».
Seguidamente se entrevista con el embajador Pidal, indicándole que de él dependía la solución a favor de los dominicos. «El señor marqués (de Pidal) protestó que no dependía de él, puesto que había sido un contrato independiente de la Hermandad con el padre Martín, si bien él estaba interesado y había apoyado el asunto. No obstante se ofreció a poner en conocimiento de los operarios lo que el cardenal había dicho era la voluntad del Papa» 33.
Por si las cosas no estuvieran bastante complicadas, en estas mismas fechas el entonces rector de Montserrat denuncia al embajador que «nuestra presencia en Montserrat era peligrosa a los intereses de la casa ... ». Este peligro se desvaneció por el parecer contrario de los administradores de la casa, llamados al efecto por el señor embajador.
El padre Martín, irritado por la insistencia de los operarios, descendió a enviar un escrito injurioso para don Manuel al Vaticano, diciendo que carecía de medios para realizar la empresa, que lo que deseaban era vivir a costa de la Santa Sede y otras cosas que los cronistas nos ocultan bajo los socorridos etcéteras 34.
El embajador llama a los operarios y se celebró un encuentro al que asistieron don Manuel, don Benjamín Miñana y él, estando presente también el arquitecto.
El embajador les informa de todo lo sucedido en los últimos días; que «era casi segurísimo que Condotti sea para los dominicos y que nosotros sería bueno que desistiéramos. .. » 35. Días después, 18 de abril, se reciben cartas de Madrid. Tanto Caparrós como, Alfonso Merry dicen que «desistamos de obtener Condotti» 36.
Los acontecimientos se precipitan en pocos días. Continuo cruce de visitas entre Pidal, Rampolla, Segna, Zigliara. Y el fiel de la balanza. .. se inclina definitivamente a la parte opuesta de los operarios.
Monseñor Merry y monseñor Della Chiesa insisten a don Manuel para que presente reclamación ante la Curia Romana. Dado por perdido Condotti, se podría obtener una compensación, insistía Della Chiesa.
El 27 de abril el mismo monseñor Della Chiesa comunicó a don Manuel que se había fallado definitivamente a favor de los dominicos. Se había expedido el Breve facultando al padre Martín a continuar su convenio con los padres dominicos. El cardenal Rampolla, en compensación, facultó al embajador para que, en nombre del Papa, solicitara del Gobierno autorización expresa a fin de que pudiera seguir residiendo el colegio en Montserrat, al menos por un año 37.
Confiados los operarios en las seguridades que les daban tanto en el Vaticano como en la Embajada de su permanencia en Montserrat para el próximo curso, redactan una circular dirigida a los prelados de España informándoles de la instalación del colegio y poniéndolo a disposición de cuantos alumnos desearan enviar a realizar sus estudios en Roma.
Dicho proyecto, de circular fue presentado y leído al embajador y posteriormente se entregó en el Vaticano 38. Apuntamos este dato, pues más tarde creará nuevos problemas con el ministro de Estado. Indiquemos ahora solamente que don Manuel deja escrito en sus apuntes: « ... se redactó el proyecto de circular, habiéndose enviado, –antes [a la embajada] el párrafo relativo a la ocupación de Montserrat ... » 39.
Don Manuel sale para España el día 12 y llega a Tortosa el 14. Allí imprime y envía la circular, a todos los obispos de España, sobre el colegio español en Roma. La circular mereció la contestación de casi todos los prelados y el ofrecimiento de envío de algunos alumnos para el próximo curso.
3. «Suspendidos en el aire»
Intentemos penetrar en el interior de don Manuel Para ver cual es su estado de ánimo en medio de ese laberinto donde cualquiera se hubiera perdido por los senderos cautos de la crítica, el enfado o hasta el abandono.
Recordemos; don Manuel llega a Roma el 29 de marzo. El 3 de abril escribe a un operario: «Todos los periódicos de Roma hablan de nuestra llegada y nos comprometen con sus noticias desfiguradas, sobre todo en la cuestión de Condotti. Por lo demás, crea que era necesaria la empresa y además es facilísima y útil. Aquí formaremos una fraternidad de jóvenes de todas las diócesis, que, unidos entre sí, bajo nuestra mano, podemos convertirlos en instrumento de fomento de los intereses de la gloria de Dios en las diócesis. Además podemos enviar aquí, para estudiar, los aspirantes distinguidos que vengan a la obra. Estos resultados son naturales. Lo demás lo ha de hacer el tiempo y la gracia» 40.
Las cosas comenzaron a complicarse y don Manuel escribe: «Aquí estamos, albergados en Montserrat, y suspendidos en el aire, con la probabilidad de perder Condotti y sin la seguridad de obtener Montserrat. En cambio nos ofrecen la compra de conventos, palacios y casas muy baratas... Recibida aquí y aun en el Vaticano muy satisfactoriamente nuestra venida, que se hacía necesaria, y ojalá hubiera sido dos meses antes. Los chicos animosos» 41. El 15 escribe al mismo destinatario una larga carta mitad –crónica y mitad desahogo de todo lo que va pasando por su interior:
... ayer jueves Santo, recibí tu grata con la de Soler. No podéis pensar lo que alegran las cartas de la patria a los desterrados... La crisis que atravesamos, espantosa. De parte nuestra, para ocupar Condotti, tenemos: La Nunciatura de España; su secretariado y el secretariado de la Congregación que entiende el asunto; el cardenal Mazzella, que se ha ofrecido a hablar con el Papa, como lo hizo el año anterior, y con el cardenal, los padres de la Gregoriana. Además, en parte, al marqués de Pidal. Todos éstos quieren que sea colegio Condotti, y no Casa para misiones. En contra tenemos: al padre Martín, al conde de Benomar, al Gobierno español y a la gran potencia de los dominicos, con el cardenal Zigliara al frente, el cual ha ido personalmente al Papa a pedir Condotti, diciéndole que es cuestión de vida o muerte para la orden dominicana en Roma, que no tiene ninguna casa independiente. Con que, ya ves si ha tomado proporción la batalla. No tendremos, pues, Condotti, y, en cambio, es lo peor que hemos promovido este ruido, que es un compromiso para nuestra obra, que sin fuerzas y sin medios y sin prestigio y sin personal, la ponen en el caso de desarrollar el colegio (con Condotti o sin él) en grandes proporciones, atendida la publicidad que ha adquirido. No era este nuestro deseo ni nuestro «instinto», sino el de empezar modesta y calladamente, como es nuestro espíritu, y como corresponden además, a la pequeñez de una obra naciente. Jesús lo ha querido así: que se cumplan sus deseos amorosos.
Por lo demás, si Jesús bendice nuestra empresa, veo clarísimamente todos los resultados de gloria de Dios que puede dar. Roma puede ser punto céntrico para formar una falange de sacerdotes, que luego, bajo la mano de los operarios, pueden promover en España los intereses de gloria de Dios en las diócesis, como están destinados a promoverlos en las parroquias, bajo la misma mano, los sacerdotes salidos de nuestros colegios, y lo estamos practicando ya. Así, pues, ora y haz orar a esos colegialitos para que pronto podamos tener aquí la casa que Jesús nos quiera dar, y conserve en salud a los alumnos, y desarrolle la obra pronto. Me fatigan ya tantas dilaciones y tramitaciones y esperas, y mi apetito desea una solución. Creo con todo, que si perdemos a Condotti, como es fácil, no dejaremos de obtener cierta compensación de afecto cerca del Santo Padre, que no podrá menos de ver que estamos sufriendo los efectos de un abandono inverosímil, después de dos años de espera, y habiendo mediado un compromiso y aún un Rescripto del mismo Papa en favor nuestro. Me olvidaba decirte que entre los nuestros está el angelical Merry del Val, Camarero Secreto de S. Santidad. Anteayer, paseando con el Papa por los jardines, se atrevió a hablar a éste del nuevo colegio español, y le añadió que estaba interesadísimo. El Papa esquivó un poco la conversación, pero no dejó de preguntar dónde estábamos y si había local en Montserrat para nosotros; que los dominicos esperaban Condotti; y últimamente, que no quería impedir nuestra obra, pero, que él hubiera deseado Altemps, etc... Ya iremos dando noticias... Temo mucho, mis pecados que no estorben los designios de Dios... 42.
Don Manuel no pierde por eso el humor y el 19 escribe a una religiosa de Tortosa: «Llegué aquí el 29 de marzo con don Benjamín y siete chicos... Hacemos algunas excursiones por estos santos lugares... Hoy me han engafíado y he hecho lo, que no había hecho en las seis veces que he estado en Roma, esto, es, he subido a la cúpula de San Pedro, desde donde la gente de la plaza se ve como niños... Me he cansado bastante. Calaveradas de joven. Nuestro asunto de edificio, en el mismo estado, y temo que mis pecados harán que perdamos el convento, que era nuestro ya, y a haber venido dos meses atrás no se nos hubiera escapado, a pesar de que el Gobierno español no está por nosotros. Con que así, que oren esas almitas, para que los designios de Dios se cumplan en nosotros en esta empresa» 43.
El día 21 había enviado el padre Martín su famoso planfleto difamatorio contra don Manuel y éste escribe al día siguiente: «Mis asuntos en ésta, en los momentos más críticos, y siempre peor en cuanto a la consecución de Condotti. Mis pecados tienen sin duda la culpa principal, y mi falta de paciencia me hace pedir a Dios que se abrevie este estado violento, mediante una resolución u otra. Pero, si quiere que se alargue este sufrimiento, no quiero por mí abreviarlo... Jesús aún está serio. Verdad que no merezco más que látigo... Si, después de todo, Jesús quisiera humillarnos e inutilizar nuestros proyectos en Roma, inclinaríamos la cabeza, no pudiendo ofrecerle más que una conformidad llena de amargura...» 44.
Fallado definitivamente el asunto a favor de los dominicos, por todo comentario escribe el día 2 de mayo en una carta a las Puras de Tortosa: «No sé cuando regresaré, aunque creo no debe tardar ya. Nuestro asunto debe ir muy bien cuando nos va tan mal; es señal de que Dios quiere 'amasonarlo' mucho. Abandono de las criaturas, celos, desprecios, desconfianzas, calumnias, todo ha llovido sobre los pobres operarios. Hemos perdido Condotti (¡gracias a Dios!).. Nos despacharán de Montserrat (¡así sea!). Nos buscaremos un modesto Belén (¡Amén!); y allí vendrán los ángeles a entonar el Gloria in excelsis Deo,... Por lo demás, el Papa contento; pero está a ver lo que harán los operarios, porque le han dicho tantas cosas contra ellos, que al pobre le ha entrado temor de ellos. A nosotros nos hace reír todo esto, y si no fuera por mis pecados, aún me reiría mas. Los chicos buenos y bien, gracias a San Rafael. Aún no llevan el traje, pues Rampolla quiere uno y el embajador otro, y éste se va a enfadar. Todo son penas ... » 45.
Tal vez lo que mejor nos demuestre los quilates del alma de don Manuel, su fortaleza y caridad, su humildad y sencillez sea la respuesta que da cuando el embajador le llama para comunicarle es mejor desistan de sus planes sobre Condotti. Dejemos que sea él mismo quien nos lo cuente:
El director le contestó: que no debía procederse deprisa en este asunto; que los operarios estaban dispuestos a cederlo todo, no a un mandato, sino a una sola indicación, a un solo deseo del Padre Santo; que la Hermandad hacía tiempo había dado, por perdido Condotti, no sólo después de la debilidad del padre Martín, sino antes ya por los amagos, prevenciones y misterioso proceder por parte de los oficiales que habían intervenido, como el mismo marqués había visto y lamentado más de una vez; que no deseaban ya en lo más mínimo la posesión de Condotti, destinado de seguro, cualquiera que fuere la forma de dicha transformación a las perpetuas ingerencias y servil dependencia del Estado, que pronto o tarde atentaría la libertad del futuro colegio; que si habían anhelado con tanta constancia dicha posesión, no era por el edificio material que no llenaba ya sus santas ambiciones, sino por el nombre y prestigio que debía darles ante el episcopado un edificio tan conocido. Que, por lo tanto, era indispensable, antes de abandonar los derechos que tenían los operarios sobre Condotti, que se les compensaran los perjuicios morales que se les infligían, y los materiales que se les había ocasionado. Los morales, porque muchos o casi todos los prelados de España sabían o tenían noticia del ofrecimiento de Condotti y de las esperanzas de los operarios, y no sabrían explicarse el abandono del padre Martín y la aquiescencia de la Santa Sede, sin formar para ellos juicios desfavorables al buen nombre de la Hermandad. Que, por lo tanto exigía además de una compensación material de 36.000 reales, la posesión o más bien la estancia en Montserrat al menos por todo aquel curso y el inmediato, pero con autorización oficial, para así poderlo participar a los prelados. Añadió últimamente, que estas mismas pretensiones presentaría al Vaticano, si era verdadero el deseo del Papa 46.
Don Manuel sabe querer y perdonar. Dos años más tarde, con motivo de la enfermedad y muerte del padre Martín, nos recuerda en sus cartas el amor que tuvo a Condotti... y los sentimientos que brotan en él hacia quien había sido su dueño:
El 14 de febrero de 1894 escribía al rector del colegio.:
Me afectó la carta de usted de que estaba agonizando el padre Martín, que recibí en Vinaroz, y al día siguiente supe su muerte. Casi no podía dormir, pues la cadena de hechos y permisiones de Dios, y la imagen de don Vicente, que sufrió tanto ahí, y el porvenir de Condotti, y las misericordias de Dios sobre nosotros, etc., etc desfilaban en tropel por mi imaginación, y le encomendé mucho a Dios al padre Martín, pues «rebrotaba» en mi pecho la compasión más bien que el enfado contra él. ¡Pobre padre Martín! ¡Pobre orden de la Trinidad! ¡Casi tengo remordimiento de no haberme ofrecido a hacerla retoñar! Creo que en nuestras manos, y dándoles chicos nuestros, la hubiéramos restablecido y no hubiera desaparecido esta gloria, que es más de España que francesa. ¿Cómo ha quedado Condotti? Sé que se incautó el cónsul, y se me dice que protestó el padre Alba. Todas las noticias de su anterior sobre Condotti me interesaban, y así no deje de escribirme cuantas vaya sabiendo de aquella casa. ¡Me hizo sufrir tanto! ¿Cómo puedo olvidarla? ¡Aquellas imágenes de la «Madonna», de Crispi, y aquellos santos fundadores tienen tantos gemidos míos! Sobre todo, la carta de Coren me hizo feliz. ¡Qué buena comparación la de Benavides! «Prophetavit nesciens: fue un eclipse de Sol. ¿Si habrá visto él un eclipse de sol como yo le vi?... ¡Qué rayo más vivo el que se produce enseguida ... » Todavía el 16 de mayo le escribía: «Creo entender que el padre Alba se ha vuelto a España, y no me da usted detalles de esta tragedia, sabiendo cuánto me interesa todo lo de Condotti. Dígame pues, cosas de éstas. ¡Pobre Condotti mío! ¡Tengo tantos gemidos dados en aquellas paredes!... ¡Por la Santísima Trinidad, que no vaya a parar aquello a manos de la secta... 47.
Entre los papeles del archivo de la Hermandad hemos encontrado también una carta del señor Santoro en la que descubrimos cómo don Manuel ayudaba ,económicamente en España al padre Alba, que era uno de los «restos» de la comunidad de Condotti.
4. Un curso breve
«Entre tanto, y mientras pasaban estas tormentas por fuera, el colegio había iniciado y seguía tranquilamente sus tareas» 48.
El día 8 de mayo lucieron los colegiales por primera vez el uniforme del colegio. También en esto hubo sus más y sus menos que trajeron de cabeza a los operarios. El embajador deseaba que «vistieran la faja con los colores nacionales y para esto mandó hacer un boceto a un pintor español» 49. Deseo muy patriótico el del señor embajador, aunque a decir verdad no era tanto lo que el incipiente colegio español tenía que agradecer al Gobierno de Madrid como para ser un homenaje viviente y escaparate ambulante de los colores nacionales...
Los operarios preferían el traje de los seminaristas españoles. Al final, después de consultas y «desfiles» se optó por la sotana y esclavina que fue el modelo preferido por el cardenal Vicario de Roma monseñor Parochi, con el consiguiente disgusto, del embajador, como es fácil suponer.
El 17 hicieron lo que podríamos llamar su presentación en sociedad. Era el cumpleaños de Alfonso XIII y se celebró en Montserrat un solemne pontifical a las 10 de la mañana. Los colegiales oficiaron en el altar por deseo expreso del señor embajador. Desde distintas tribunas les contemplaban los cardenales Rampolla, Zigliara, Biarchi, Ricci... y el anciano padre Martín.
Los once primeros colegiales, acompañados de sus superiores y monseñor Merry del Val, terminado el curso, fueron recibidos en audiencia, –el 2 de julio, por León XIII, quien se felicitó por la fundación del colegio, les hizo preguntas muy precisas sobre su situación en Montserrat y les amonestó para que cada uno volviera a Roma el curso siguiente con dos o tres compañeros mas 50.
Aquel mismo día salieron para España. Habían pasado en Roma solamente tres meses, pero fueron suficientes para dar la voz de alerta y formar ambiente , favor de la nueva institución.
5. Tormentas de verano
El colegio había perdido para siempre Condotti; pero con la venida de los alumnos a pesar de lo avanzado del curso, se consiguió una cierta indemnización con la estancia en Montserrat, y que no fracasara una vez más la idea del colegio español en Roma.
Por otra parte, el Vaticano, desde este momento, toma con mayor interés la idea y la realización del colegio español. El cardenal Rampolla en la carta que escribe al embajador para pedir la permanencia del colegio en Montserrat por un año más, aprovecha la ocasión para «hacer con este motivo su elogio 1, de los operarios directores del colegio» 51.
León XIII preguntará con frecuencia a monseñor Merry del Val sobre la situación del colegio en Montserrat, y sigue dando vueltas a su idea de entregar el palacio Altemps.
Monseñor Merry al igual que monseñor Della Chiesa no desaprovechan ocasión para hacer su apología del mismo.
A pesar de las promesas de seguridad, el centro, este primer verano de su existencia, va a verse sometido a nuevas pruebas capaces de agostar a cualquier criatura recién nacida.
Por una parte, no todos los capellanes de Montserrat veían con buenos ojos la permanencia del colegio dentro de sus posesiones. Ya hemos visto cómo el rector había manifestado algún tiempo atrás que la estancia no era buena para Montserrat. En el verano del 92 las discrepancias entre ellos fueron tan grandes, tan notables, que en alguna de sus discusiones Regaron a las manos 52, causándole un buen disgusto a quien se manifestó defensor de la permanencia del colegio. Por estas fechas había perdido a su mejor defensor en Montserrat: don Francisco Medina, que en el mes de junio se había trasladado definitivamente a España pues había conseguido en oposición una canongía en el Sacro Monte de Granada 53.
La lucha contra el colegio no terminó con los contusiones a don José Sobrevías. Parece que el rector de Montserrat estaba dispuesto a no dejarles entrar sin un permiso escrito del señor embajador. La razón que aducían los capellanes de Montserrat para oponerse a la permanencia del colegio era que, si ocurría que algún español enfermaba en Roma, tenía derecho a la asistencia en Montserrat.
Nos atreveríamos a adelantar que la verdadera causa no era esa. Por vestigios que hemos encontrado en carta de unos y otros, tal vez la verdadera causa fuera el miedo a un cierto reajuste de capellanías... y que en dicho reajuste pudieran entrar a participar los del colegio.
Lo cierto es que «el bueno del rector», como le dicen las crónicas, intentó retirar todas las cosas en los primeros días de octubre, «porque así convenía mucho al colegio». Pero en estas fechas ya se encontraba nuevamente en Roma el director del mismo con tres colegiales como la mejor respuesta de que el colegio existía y estaba allí 54.
El embajador, que sin duda se encontraba entre la espada y la pared, visitó detenidamente Montserrat el 4 de octubre. Acompañado del rector y del señor Sobrevías recorrió todas las habitaciones del segundo piso, destinó algunas para hospital provisional y el resto lo dejó para dependencia del colegio.
La solución «oficial» del problema no fue obstáculo para que algunos capellanes siguieran trabajando solapadamente en contra del colegio y de los operarios, intentando comprometer en ello a los Trinitarios españoles de San Carlino 55.
Apuntemos para poner fin a estos episodios que el día 16 del mismo mes asistió el director con algunos colegiales al Tedeum que León XIII había mandado celebrar en San Juan de Letrán con ocasión de IV centenario del descubrimiento de América.
Al llegar a una de las puertas de la Basílica «se encontraron frente a frente con el padre Martín que salía de la misma acompañado de sus inseparables amigos el rector de Montserrat y uno –de los capellanes» 56. A los españoles, por el contrario, les acompañaba el sacerdote italiano Santoro... que se ganó una reprimenda del padre Martín. Tal vez este cruce y las compañías mutuas ,nos eviten muchas explicaciones.
6. El proyecto del obispo de Segorbe
«Mientras se iban recibiendo contestaciones de los prelados durante (los meses) julio y agosto,, y que anunciaban esperanzas de mucho consuelo, y cuando nada parecía que pudiera estorbar la marcha tranquila y desarrollo del colegio de vocaciones de Roma, nuevas agitaciones y temores volvieron a cernirse sobre la obra, y las más terribles de todas», sigue escribiendo don Manuel» 57.
¿Cuáles son estas agitaciones a las que el fundador no duda en llamar las más terribles?
Fue la primera que en aquel verano el señor marques de Pidal, que sin duda –seguía pensando en su proyecto del colegio hispano, propuso al ministro de Estado el nombramiento del obispo de Segorbe para obispo–rector de Montserrat en Roma. Este había aceptado «previa condición de desarrollar en el mismo edificio y bajo su dirección un seminario español con becas gratuitas, que se sostendrían de los fondos asignados a aquella iglesia (de Montserrat) y edificio y las cuales becas se ofrecerían a los prelados» 58.
La noticia llega a los operarios en carta del mismo marqués de Pidal a don José M.ª Caparrós que en estas fechas hacía su ingreso en la Hermandad. En la carta añadía el embajador que no era difícil que el ministro accediera a estas condiciones.
Si este proyecto se llevaba a efecto, para el colegio de don Manuel era un golpe definitivo y a pesar de que señala los inconvenientes de tal fundación por las ingerencias del gobierno y otras de orden interno, reconoce que «esta inesperada e inverosímil tribulación afectó a los operarios... por los resultados y entorpecimientos para la obra» 59.
De hecho sólo la posibilidad creó dificultades en algunos obispos para el envío de alumnos para el curso siguiente 60.
A fin de aclarar tal situación, los operarios informan de tal proyecto al arzobispo de Sevilla, Sanz y Forés, y al Vaticano. Y José M.ª Caparrós se encargó de ponerse en contacto con el embajador y con el obispo de Segorbe a fin de conocer las bases propuestas por este último y hacerles ver que la fundación del colegio español era ya un hecho por parte de los operarios.
Caparrós propuso, además, una entrevista del obispo con el embajador a la que pudiera estar presente también él. No se realizó la reunión tripartita, pero sí celebraron una larga entrevista el obispo de Segorbe y Caparrós, el 26 de agosto en Valencia. El obispo «refirió gozoso la historia y el estado del asunto, insistiendo, a pesar de las observaciones del señor Caparrós, en su resolución e ilusiones del proyecto de un seminario, ofreciéndose, eso sí, a atender y aceptar en él con preferencia a los josefinos actuales» 61.
Tanto desde Roma como desde Sevilla se les escribía a los operarios tranquilizándolos por lo difícil que aparecía la realización del proyecto del obispo de Segorbe 62.
Por fin, los primeros días de septiembre se sabe que el Gobierno sólo aceptaba lo del rectorado de Montserrat a favor del obispo; y el 21 del mismo mes que quedaba recusado aún el nombramiento del obispo–rector, pues el Gobierno «no quería reconocerle otras atribuciones que las que tenían los capellanes–rectores» 63.
El obispo no podía aceptar dignamente esta solución a pesar de ser «aficionado a colegios» como dice Sanz y Forés 64. Y abandona la idea definitivamente, recobrando, por esta parte, la tranquilidad los operarios.
Decimos por esta parte, pues aún no había pasado para ellos todas las tormentas de verano de aquel de 1892.
Recordemos. Los operarios perdieron definitivamente Condotti el 27 de mayo. A cambio, el cardenal Rampolla pidió la permanencia del colegio en Montserrat para el curso siguiente. A fin de dar a conocer el colegio, los operarios elaboran en Roma un esquema de circular que como ya hemos visto envían a todos los prelados los primeros día de junio.
Los operarios ya un tanto escarmentados, «antes de dar ese paso (la impresión y envío de la circular) se redactó el párrafo relativo a la autorización (para permanecer en Montserrat, el cual fue presentado y –leído por el señor Medina al embajador que dijo: está bien. Luego se entregó al Vaticano por conducto de monseñor Della Chiesa mereciendo la más cumplida aprobación 65.
Enviada la circular, algunos obispos la mandaron publicar en sus boletines. Entre ellos el de Avila 66. El boletín cae en manos del Ministro de Estado; no sabemos qué diligente secretario se apresuró a hacerlo. Lo cierto es que el ministro, indignado porque se hacía constar que el colegio estaba establecido en Montserrat provisionalmente con autorización del Gobierno 67, escribió al embajador que se encontraba en Biárritz «quejándose de él y de dicha manifestación, amenazando con escribir al obispo de Avila 68, obligándole a que desmintiera aquella afirmación, y dando a entender su deseo de que cuanto antes abandonara el colegio a Montserrat» 69.
El embajador escribe dos cartas a los operarios. Una el 18 de septiembre a don Manuel Domingo y Sol y otra el 23 a José María Caparrós 70.
En una y otra se lamenta de la indiscreción de los operarios, diciendo que no recordaba les hubiese autorizado en aquella forma; y que, de todos modos, nunca creía se hubiese dado a la publicidad aquella autorización. La dirigida a don Manuel concluye con este párrafo: «Y todo esto exige también aparte de la decisión que pueda venir del ministro, que logrado al menos en parte el fin principal que les llevó a poder decir a los obispos que estaban en Montserrat, se dedique usted a buscar local en Roma, cosa fácil allí y más tratándose de, locales algo grandes que están baratísimos» 71.
A la vista de los hechos, don Manuel escribió una carta al embajador, «recordándole fecha y circunstancias de la presentación que se le hizo del párrafo de la circular, a la cual había puesto él su conformidad. Que extrañaba mucho. los enojos del señor ministro en este asunto, puesto que hubiera podido complacer a la Santa Sede, a la cual había hecho tantas propuestas, y que sin embargo no se había dignado siquiera contestar al oficio que se le pedía de nuestra. permanencia en Montserrat, por un plazo limitado; que podía, en fin, decir al ministro que estuviese tranquilo en sus recelos, que ya abandonaríamos Montserrat cuando conviniese» 72.
El señor embajador, que se lamentaba de la «indiscreción» de los operarios, al recibir la carta de don Manuel bajó desde Biárritz a San Sebastián y tuvo la «discreción» de leérsela al señor ministro de Estado. No sabemos qué pasó en esta entrevista ni cuáles fueron los comentarios a la carta. La falta de discreción, si la hubo, por parte de los operarios era demasiado leve comparada, con la falta de diplomacia del Gobierno español para la Santa Sede.
Don Manuel cierra este apartado escribiendo: «sea efecto de esto (la carta) o por otras causas, así quedó el asunto sin que se repitieran más las amenazas,, m se inquietase al colegio por su estancia en Montserrat» 73.
El oficio de retractación al obispo de Avila no llegó a publicarse, a pesar de que su redacción estaba preparada; el embajador repitió sus lamentos al rector del colegio en los primeros días de octubre, pero su postura había cambiado bastante. El 5 de noviembre le visitaba don Manuel. Sin duda uno y otro recuerdan las cartas que se han cruzado. El embajador termina «casi suplicándoles que se fuesen pronto de Montserrat, al menos que no estuvieran allí más, que hasta el fin de curso» 74.
7. Nuevos colegiales
A pesar de todas estas contradicciones, los operarios no cesaron a lo largo de todo el verano de trabajar para asegurar la ¡da a Roma de un buen grupo de colegiales. Además de la circular a todos los obispos se enviaron cartas particulares y no se regatearon visitas del rector del colegio, especialmente a los ,obispos más conocidos y a quienes ya habían prometido que enviarían a alguno de sus seminaristas.
Las dificultades a que nos hemos referido más arriba comentando el proyecto del obispo de Segorbe, la declaración del cólera en Marsella y otras dificultades de tipo personal, hicieron que algunos obispos contestaran con evasivas o dando largas al asunto...
Pero la noticia de la fundación del colegio comunicada a los obispos se propagó con rapidez de juventud entre los seminaristas españoles. Y a las prudentes cartas de los prelados se añadieron «una lluvia de cartas escritas al Superior General (de la Hermandad) y a don Benjamín Miñana (rector del colegio) por seminaristas de todos los puntos de España indicando el deseo de ingresar en el colegio «como alumnos particulares» 75. En tal idea insisten también algunos ya sacerdotes.
La fatigosa tarea de propaganda y selección llevada a cabo a lo largo de todo el verano dio sus frutos. Don Benjamín, aconsejado por monseñor Merry y a fin de asegurar la permanencia en Montserrat, había llegado a Roma el día 3 de octubre acompañado de dos colegiales. En Montserrat había permanecido todo el verano Caparrós. Por fin, el 24 de octubre se recibieron noticias de la próxima llegada del fundador del colegio con un número de alumnos. Un fuerte temporal les retrasó un día en Génova. El día 28 a las 11 de la noche llegaban a la estación de Roma don Manuel, don Domingo Enrique y los nuevos colegiales para el curso 92–93.
Mientras tanto, se celebraba en Sevilla el Congreso Católico Nacional. A él asiste don José M.ª Caparrós y desde allí anuncia la buena disposición de algunos otros prelados dispuestos a enviar alumnos. De hecho poco después llegarán dos alumnos enviados por el obispo de Astorga.
32 alumnos y 12 diócesis representadas. Siendo el primer año formal de la vida del colegio, con los fracasos de anteriores tentativas y con todas las demás circunstancias que habían acompañado la fundación del mismo, era una respuesta que superaba todas las esperanzas de los operarios. En Roma y España se consideró como un verdadero triunfo. Monseñor Della Chiesa se asustó cuando supo el número. Don Manuel sacaría su sonrisa más ancha al abrazar a «don Benjamín, a los capellanes de Montserrat, a Santoro y a monseñor Merry y otros que les esperaban para darles la bienvenida».
Como el número de los colegiales creció más de lo sospechado, se hizo necesaria una nueva distribución del local disponible. El señor marqués de Pidal visitó nuevamente Montserrat acompañado del médico. Este se reservó dos pequeñas habitaciones para hospital, y el embajador cedió para el colegio todo el resto del segundo piso «incluso las habitaciones que ocupaban los capellanes, que bajaron al primer piso».
El día 3 de noviembre los alumnos comienzan las clases en la Gregoriana y el 6, en la casa, las clases de italiano de la mano del padre Homs, Procurador General de los Escolapios españoles.
II. LOS PRIMEROS CURSOS
1. Buscando casa
«Aquí estamos, corriendo y recorriendo casas, haciendo compras de boca. Sí llegan a saberlo, se nos echa Roma encima para que compremos... San José, que nos guarde la destinada para vivienda de sus hijos... » 76.
Los días que pasó don Manuel en Roma en el otoño de 1892 son jornadas infatigables. Visitas a los amigos del Vaticano, conferencias con el embajador, charlas a los alumnos del colegio... y, sobre todo, «patear» Roma palmo a palmo en busca de una casa amplia para futura sede del colegio. Los ratos de descanso eran para trazar planes de financiación y sostenimiento del colegio, ya que, con la módica pensión de seis reales diarios de los alumnos que podían pagarla, no podía éste sostenerse.
Pero lo que más urgía era la adquisición de casa. Tanto las situaciones creadas en Montserrat –que aún no han terminado,– como la estrechez en que viven los colegiales lanzan a los operarios a recorrer calles y plazas visitando edificios que pudieran convenir. Muchas veces les acompañará en estas continuas «excursiones» monseñor Merry del Val.
Los edificios que les gustan cuestan mucho; los que pudieran reunir las condiciones necesarias para albergar a un colegio no están a su alcance o lo están en lugares no aconsejables para una casa de estudios.
Después de ver muchas casas, dejando el colegio en marcha, el fundador sale para España el 15 de noviembre a fin de atender a los asuntos de los demás colegios de la Hermandad.
Los operarios que quedaban en Roma, sobre todo don Benjamín Miñana continuará la búsqueda en compañía de monseñor Merry. Visitan nuevas casas en Vía Arénula, en San Nicolás ín Tolentino, cercanías del Palatino. De todo pedían planos, fotografías y presupuestos que rápidamente eran enviados a España para ser estudiados por don Manuel. «Llegaron a cansarse de recorrer calles, subir escaleras, visitar pisos» 77.
Además de las visitas a casas y palacios, el director, a medida que avanzaba el curso, desplegó una actividad asombrosa interesando en el asunto, a cuantas personas podían estar de su parte en la empresa del colegio. A la urgencia se unían los acontecimientos y acusaciones que contra el colegio presentaban algunos capellanes de Montserrat: a los que nos referiremos más tarde.
A fin de urgir aún más una solución, el director visita al embajador, que a partir de febrero de 1893 lo era don Alfonso Merry. Presenta distintos proyectos de solución inspirados por el mismo don Manuel 78.
Pero el mismo Papa, León XIII, estaba preocupado por la situación de los. colegiales en Montserrat. Hace preguntas muy concretas. El cardenal Rampolla promete al embajador que «pronto se realizaría el gran proyecto que en favor del colegio español estaba el Papa preparando» 79.
León XIII ya tenía decidida la entrega del Palacio de los Altemps para sede del colegio, pero había dificultades de orden práctico que no permitían caminar aprisa en la cesión. De hecho el 28 de febrero monseñor Merry escribe y hace llegar al director la siguiente nota:
Vaticano, 28 de febrero. Mi muy estimado don Benjamín:
Imponiéndole la mayor reserva le suplico que no vaya a acostarse esta noche sin rezar un Te Deum en acción de gracias y mañana si tiene la intención libre que ofrezca el Santo Sacrificio por lo mismo. Estamos al final de nuestras penas; non nobis, Domine, sed nomini tuo da gloriam. No puedo más, la reserva y la emoción me obligan al silencio. Suyo.
Rafael Merry del Val 80.
La impresión que esta nota causó en el director del colegio ya nos la podemos imaginar. Pero el silencio que le obligaba a Merry y la diplomacia de su padre, el embajador, no pudieron ser rotas a pesar de los intentos del buen director 81. Pocos días después Merry le indicó que estuviera tranquilo por los operarios, pues si bien el edificio se daba al episcopado español, no era el proyecto perjudicial a la Hermandad, y que antes de terminar el mes quedaría todo arreglado. También le prometió que hablaría al Santo Padre o al cardenal Rampolla para pedir que no se ultimase el asunto sin comunicarlo antes al Director General de los operarios. Era el 9 de marzo. El 20 ya se indica al arquitecto de la Santa Sede que «estaba señalado otro edificio seguro para el colegio» 82.
El 18 de abril llegó a Roma el padre Cámara, obispo de Salamanca. No sabían los operarios cómo pensaba éste sobre el colegio, ya que como obispo de Salamanca podría considerar inútil enviar algunos fuera de España y además hacía tiempo que él mismo proyectaba fundar en Salamanca un gran colegio de estudios superiores para los seminaristas más distinguidos de la provincia eclesiástica y aun de toda España.
El ambiente a favor del colegio, lo prepararon el embajador Merry que en la comida con que le obsequió al día siguiente de su llegada no hizo sino hablarle del colegio; también le había escrito antes de su venida el arzobispo de Sevilla Sanz y Forés coincidiendo en las apreciaciones con el embajador. También la información de los alumnos de la diócesis de Salamanca 83.
En la primera entrevista que tuvo el director del colegio con el padre Cámara la conversación recayó sobre los estudios en Roma y en España. La visita no era privada y una desafortunada intervención del padre Panadero, a quien referiremos más adelante, fue cortada enérgicamente por el Padre Cámara hablando a favor del colegio.
Parece que el obispo no tenía ideas del todo claras de lo que era e intentaba el centro pues pensaba que el colegio de Roma podría servir para perfeccionar los estudios de los seminaristas que ya hubiesen terminado su carrera los seminarios de España.
El día 30 el padre Cámara fue recibido en audiencia privada por León XIII. Antes de dicha audiencia ya se habían vuelto a encontrar el obispo y el director del colegio. Ya conocía el padre Cámara las estrecheces de los alumnos en Montserrat y la necesidad de un nuevo edificio. Tal fue la convicción del obispo Cámara que deseaba contestar a la carta del cardenal de Sevilla «pidiéndole que lo comisionase oficialmente para arreglar el asunto del edificio para el colegio» 84. Por sí todo esto fuera poco, León XIII, como manifestaría después el mismo obispo, en su audiencia, «le habló mucho del colegio español. Cuando el señor obispo manifestó que los colegiales estaban muy mal en Montserrat, el Santo Padre contestó que ya lo sabía y lo lamentaba mucho y que por eso estaba él preparando la cesión de un gran palacio al episcopado español y entonces podrá el colegio estar desahogadamente en casa propia. El Papa le preguntó si el episcopado le ayudaría y si el óbolo que entonces le ofrecía el señor obispo era ya para este objeto. A lo primero contestó el prelado, que todos los, obispos españoles secundarían con gusto los deseos de Su Santidad y a lo segundo que lo que presentaba era únicamente para el dinero de San Pedro porque para el colegio se enviaría más, y si algunas diócesis por ser muy pobres no podían ayudar mucho, todo se haría entre las demás» 85.
El padre Cámara informa de la conversación tenida con el Papa en la comida que tuvo en la embajada el día 1 de mayo, a la que asiste también el director del colegio.
Antes de seguir con la pista de Altemps, digamos que el padre Cámara unos días después invitó al director del colegio y a los alumnos de Salamanca y «el día 13 celebró en la capilla del colegio y dio la sagrada comunión a los colegiales, después les hizo una plática y pasó casi toda la mañana en el colegio, y, el día 15 salió de Roma, habiéndole despedido en la estación el director con una comisión de colegiales».
La decisión del Papa sobre la cesión del palacio Altemps para sede del colegio estaba tomada. Pero se deseaba buscar una ocasión propicia para hacerlo. Por otra parte, no era fácil solucionar el problema de los inquilinos que aún habitaban el palacio.
El final se veía claro, pero en ocasiones lejano. En julio el cardenal Rampolla ya insinúa que «tal vez no podrá estar libre para el próximo curso». No obstante, el 5 de ese mismo mes despidiéndose el embajador Merry de León XIII, este le dice que todas las dificultades serían vencidas pronto y bien y que para ,el señor embajador sería una gloria muy grande el haberse fundado una obra tan importante siendo él el representante de España cerca de la Santa Sede» 86.
Pasó el mes de julio, los alumnos se trasladaron a Tivoli y el director no veía salida fácil al asunto del edificio para el próximo curso. El 11 de agosto recibe una llamada de Merry a quien visita el 12 a primera hora. Este le informa de que el Papa pensaba regalar Altemps, pero deseaba saber antes cual era las postura del episcopado español y cómo solucionar el problema del despido de los actuales inquilinos entre los cuales había un cardenal, altos empleados de congregaciones y oficinas del Vaticano en Roma.
A las dificultades del Papa contestaron por distintos conductos el cardenal Sanz y Forés, don Manuel y el mismo Merry coincidiendo en la idea de tomar posesión de la parte libre del palacio, como ya habían acordado los cardenales Sanz y Forés y Rampolla, dando el tiempo conveniente para que el resto de los ocupantes fueran saliendo poco a poco del edificio. Los obispos que habían conocido la obra, en su mayoría, la habían aprobado.
Sanz y Forés, además de contestar a Merry y al director del colegio, escribió directamente al cardenal Rampolla pidiéndole una carta suya o del Santo Padre para poder publicarla en España sobre el colegio. Tal vez en estos momentos lo que retrasó una solución rápida y definitiva fueron las «dudas y fluctuaciones» de Rampolla.
Finalmente, fuera por la influencia de la carta de Sanz y Forés o por otras desconocidas, el 27 de agosto recibió el director la siguiente carta de Merry:
Vaticano 26–VIII–93. 8½ noche.
Amadísimo J.C.J.:
Acabo de ver al cardenal Rampolla de despedida y me ha dicho: Escriba a su padre que lo del colegio va bien y que el Santo Padre se ocupará de alojar a los colegiales a su vuelta de Tivoli, y que lo del acto del Papa va bien. No tengo tiempo para hacer comentarios, me marcho feliz. Jesús mío, tibi soli honor et gloria. Comunique V. esto a don Manuel, por lo demás, calma–prudencia y silencio.
Dígale a don Manuel que lo del «decretum laudis» no puede marchar muy aprisa ni conviene en este momento.
Escribiré sobre todo esto. Te Deum Laudamus.
Suyo in C.J.
R. M.V. 87.
El 16 de septiembre el diario de Roma «Il Popolo» publicaba un suelto en el que decía que el Papa estaba preparando una encíclica al episcopado español haciéndoles cesión del palacio Altemps para establecerse en él definitivamente el colegio español.
En esa misma fecha, día 16, el director visita en Tivoli al arquitecto Begnoli a quien se habían encargado las obras de adaptación en Altemps. Le informa de la oposición a las obras por parte del cardenal vicario. El 21 recibió una llamada de monseñor Rinaldini, sustituto de la Secretaría de Estado para que se presentara en Roma al día siguiente.
Efectivamente, al proyecto de Altemps se oponía el «cardenal Serafini, por la Secretaría de Breves; el cardenal Vicario por las escuelas; el cardenal Aloysi Massella, porque vivía en el Altemps... Por todo esto el Papa se veía obligado a suspender la realización del anunciado proyecto» 88.
El día 22 le recibe el cardenal Rampolla que le espera en compañía del ingeniero jefe de los Palacios Apostólicos, conde Nespignani. El cardenal le informa «que no pudiendo estar libre el palacio Altemps para principiar el nuevo curso, el Santo Padre había dispuesto que se buscase una casa en donde el colegio pudiera alojarse provisionalmente hasta que se pudiera arreglar el traslado definitivo al palacio Altemps».
Nuevas idas y venidas visitando palacios vacíos, casas de reciente construcción... no son para describir las largas horas de búsqueda en el caluroso verano romano que concluyeron con el alquiler de una parte del palacio Altieri situado Piazza del Gesú, donde hacen su entrada los colegiales el día 31 de octubre, cuatro días antes de la fecha en que León XIII firma su carta de cesión de Altemps a los obispos españoles 89.
Dejemos a los alumnos en Altieri y volvamos atrás. ¿Cómo había ido la vida del colegio durante el curso pasado en Montserrat?
2. Vida interna y dificultades en el curso 1892–1893
No vamos a tocar ahora fondo sobre la orientación y reglamento del colegio español en Roma. Estos y otros puntos interesantes de la reciente institución, merecen capítulo aparte. Y se lo dedicaremos.
No obstante, a lo largo de este curso sigue pasando por una serie de dificultades de las que intentaremos dejar constancia brevemente.
La primera de ellas es la composición de la comunidad de alumnos del centro. Como reconoce el mismo director en las crónicas, «elementos muy heterogéneos formaban la comunidad... en este primer año. Había algunos que entraron en él ya cansados de la vida de seminario y a quienes se hacía muy pesada la disciplina del colegio» 90.
Las especiales circunstancias del local y otras muy explicables en el comienzo de toda fundación fueron un buen banco de prueba para quienes tal vez habían llegado hasta Roma con intenciones no del todo rectas o ideas confusas.
Campo de pruebas también para los educadores a fin de que no naciera viciada aquella nueva comunidad. El ambiente dejado en los seminarios de España y también en algunos centros de Roma 91 podían brotar en cualquier momento. Como surgieron de hecho, a pesar de las atenciones personales de los operarios a cada uno de los colegiales y a pesar de las ayudas de todo tipo de que eran objeto.
Al poco tiempo se comenzaron a notar brotes de regionalismo, acaloradas disputas políticas, discusiones de diverso tipo, y algunos abusos a los que más tarde nos referiremos. Naturalmente sólo eran unos pocos, pero el eco llegaba lejos, recogido y aumentado por algunos capellanes de Montserrat que si no lo favorecían desde la clandestinidad, sí lo recogían gozosos y se frotaban las manos mientras lo contaban en antecámaras cardenalicias o meriendas de sociedad.
El joven director, es consciente de su papel de fundador y, después de averiguar, consultar, dialogar una y otra vez con los interesados y con sus obispos o superiores inmediatos, decide aplicar un remedio enérgico. Así se produce la salida de tres alumnos del colegio. Cuando algún cardenal 92 tuvo la caridad de ir a comentar a monseñor Merry que algunos alumnos del colegio escandalizaban, monseñor pudo contestarle que lo sabía todo, y que el remedio ya se había puesto y muy radical, «como tal vez no se podía esperar en los principios del colegio» 93.
La anécdota hemos de entenderla a la luz de nuestros seminarios de fin del XIX. Lo cierto es que la comunidad entró de lleno en la vida de estudio y piedad y los responsables de los alumnos expulsados escriben al director agradeciendo la medida adoptada 94.
Había además otras dificultades externas que seguían amenazando continuamente al colegio.
Algunos capellanes de Montserrat seguían sin aceptar la presencia del mismo dentro de su palacio. Esto llevó al rector de dicho centro a enviar una carta al señor ministro de Estado llena de acusaciones contra el colegio que provocó un oficio al embajador para que saliera cuanto antes de Montserrat. Dejemos al director que nos lo cuente:
El día 1.º de Pascua al anochecer fue el director a la embajada para felicitar las pascuas a los embajadores y darles gracias por el regalo y felicitación que habían enviado al colegio. El señor embajador estaba en cama ligeramente indispuesto y no le pudo ver; pero vio a monseñor Merry del Val el cual se presentó muy triste diciendo: «tengo una espina muy grande, ¡qué día de Pascua tan amargo he pasado!». Este inesperado saludo sorprendió en gran manera al director, temiendo que el embajador estuviera más enfermo de lo que se decía; pero otra era la espina que amargaba a monseñor pues como añadió enseguida, el día anterior había recibido su padre del ministerio de Estado de Madrid un oficio juntamente con una larga carta firmada por el rector de Montserrat con terribles acusaciones que contra el colegio español hacía el mencionado rector al ministro de Estado. El rector de Montserrat se ensañaba de veras con el naciente colegio, dando a conocer su odio y las siniestras intenciones de destruir el colegio y matar la obra de los operarios en Roma. Entre otras cosas decía que el colegio era un foco de inmundicia, que los colegiales iban muy sucios y estaban llenos de miseria; pero sobre todo lo que con más fruición debía escribir el señor rector y lo que más daño podía causar al colegio fue la narración corregida y aumentada de lo que sucedió en el pasado mes de diciembre cuando se expulsaron del colegio los tres alumnos para terminar diciendo que el colegio no sólo era un peligro para la salud de los capellanes sino que también era la deshonra de los mismos. Motivos tenía monseñor para estar triste como lo estuvo el director para pasar el día, amarguísimo con grandes temores y ansiedades. Pero tampoco tardó el Señor en favorecer con sus auxilios visiblemente al colegio en esta gran tribulación. El día 7 de abril, pocos días después de lo que se acaba de narrar celebró el director la santa Misa en la capilla de la embajada y después tuvo una larga conferencia con el señor embajador. Este repitió lo que ya el director sabía por monseñor y después leyó la contestación que tenía ya preparada para enviarle al Gobierno. El señor embajador iba refutando una por una las acusaciones del rector de Montserrat explicando detalladamente cuanto el colegio había sufrido en Montserrat por parte del rector y capellanes y la causa y origen de aquella persecución. Tal vez los mismos superiores del colegio no habrían hecho una defensa propia contra las caricias del rector de Montserrat como la hizo el señor Merry del Val. De este modo Dios nuestro Señor conjuró este nuevo peligro 95.
Los capellanes –algunos– continuaban hostiles a la presencia en su casa, del colegio. Y no desaprovecharon ocasión para intentar que saliera definitivamente. En efecto, cuando ya estaban preparando su entrada en Altieri el embajador les informa del último intento, si bien éste más bien sería querer asegurar la no permanencia un curso más, pues cuando ocurre el compromiso estaba a punto de concluir. El hecho es que estando el embajador de vacaciones en España, el primer secretario de embajada, señor conde de Ebacón, le escribió diciendo «que el rector de Montserrat era de parecer que, acercándose el tiempo de la peregrinación española, convenía tener preparado el hospital, y para esto era preciso que saliera el colegio de Montserrat». La contestación del embajador fue rápida y contundente; enfadado. El cronista resume: «.. el señor embajador contestó al conde Ebacón que dijera a los de Montserrat que no se metieran en camisa de once varas, pues sólo él era responsable y vivamente deseaba favorecer al colegio, tan apreciado y bendecido por la Santa Sede» 96.
No cabe duda que siempre es molesto mantener en casa un inquilino a quien nunca se le abrió con franqueza la puerta. Pero la conducta continuada dé algunos capellanes y del rector de Montserrat nos hace sospechar, como ya apuntamos en otra parte, que había otros intereses Por medio, políticos y económicos que movían la lengua y la pluma.
No faltó tampoco algún español residente en Roma que se unió al coro de los capellanes y aprovechó alguna ocasión solemne para desacreditar al colegio. Tal, entre otros, el padre Panadero que, aunque por delante se había manifestado siempre muy adicto al colegio, aprovechó la oportunidad de la visita a Roma del obispo de Salamanca, padre Cámara, y en presencia de éste y del director les dijo «que los operarios hacían un gran daño a los seminarios y seminaristas de España fundando un colegio en Roma, porque en los seminarios de España se estudiaba todo mejor que en Roma» 97.
El cronista nos apunta que el mismo padre Cámara interrumpió al padre Panadero diciendo «que el colegio de Roma podría favorecer mucho a España y sobre todo lo quería el Papa y esto bastaba para que los prelados protegieran sin titubear el nuevo colegio».
El padre Panadero contestó al obispo que él no pensaba del mismo modo y que esas mismas ideas contrarias al colegio las había manifestado con insistencia a monseñor Cretoni para que éste no fuera a España con las buenas impresiones que manifestaban tener del colegio 98.
Los operarios perdieron para su causa al padre Panadero, pero ganaron al Padre Cámara. Un procurador por un obispo un franciscano por un agustino.
Al despedirse el obispo del director del colegio le susurró: «Tienen ustedes, muchos enemigos, eso es buena señal» 99.
No todo fueron penas para el colegio durante este primer curso de rodaje., El embajador en Roma; Merry del Val, y Della Chiesa en el Vaticano y el cardenal Sanz y Forés en España trabajaban incansablemente para que se consolidara definitivamente la obra. El éxito brillantísimo de los colegiales en los exámenes de fin de curso en la Gregoriana contribuyó a aumentar el prestigio, de la institución y a dar fuerzas para continuar a sus fundadores y favorecedores.
3. En el palacio Altieri
Tívoli ha sido desde siempre lugar de reposo y de paz. La bella ciudad asentada al lado del revoltoso Aniene tiene el embrujo del agua y del sol capaz de hacer olvidar el calor agobiante de Roma. Allí están los restos de la grandiosa «Villa Adriana»; los jardines y las fuentes de la Villa del Este y de la Gregoriana, famosos en todo el mundo.
Don Benjamín, el joven director del colegio español en Roma, pensó que los aires y el agua de Tívoli vendrían bien para descongestionar a los colegiales, después de un curso de estrecheces en Montserrat.
Y en Tívoli pasaron aquel verano de 1893, teniendo que salir ya de Montserrat y sin saber aún dónde irían a parar. Pero de esto se preocuparía el director y algunos más en Roma. Ellos debían descansar, perfeccionar el italiano, estudiar otras lenguas modernas y respirar profundo para un nuevo curso. Efectivamente, Tívoli les sentó bien; «a los pocos días estaban curados de todas, sus; enfermedades» 100.
El 21 de octubre vuelven a Roma. En el palacio Altieri les esperaba para «acomodarlos» monseñor Merry del Val. Les explicó la historia y el arte del palacio; les habló de Rossi su constructor y citándoles a un historiador les dijo, que era uno de los más espléndidos de Roma. Allí van a pasar este curso mientras se desaloja Altemps. Van a ser 42 alumnos.
El 28 de octubre llega a Roma don Manuel, acompañado del padre Panadero y del padre Alba de los Trinitarios de Condotti...
En la mañana del 29 llegaron a Roma 13 de los 15 nuevos alumnos con don, Andrés Serrano, nuevo vicedirector del colegio 101. Los otros dos llegaron al día siguiente.
Ese mismo día don Manuel celebró la primera misa en la nueva sede del colegio, deja el Reservado y cantan todos el Magnificat. El curso, comenzaba. con toda sencillez. Tres días después comenzaron los alumnos sus tareas escolares.
Mientras tanto, desde la atalaya del Vaticano el viejo León XIII no se, olvida de los españoles. Por estas fechas él hubiera deseado que por los pasillos del palacio de los Altemps se oyeran conversaciones hispanas. Personas de influencia se oponían. León XIII tenía demasiados años y demasiada ciencia para dejarse amedrentar por dimes y diretes.
El 17 de octubre Merry había llamado al director. Esta vez no le esperaba ninguna sorpresa desagradable. Merry le comunicó que «la suspirada carta del papa sobre la cesión del palacio Altemps al episcopado español para el colegio, estaba ya terminada y que se publicaría dentro de muy pocos días» 102.
El 25 León XIII firma la carta de concesión. Desde Tortosa un sacerdote escribe a Roma diciendo que salía al día siguiente con 15 nuevos alumnos. Era Manuel Domingo y Sol.
El 30, «al anochecer –puntualiza el director–, fueron sorprendidos los, superiores del colegio al recibir un gran pliego cerrado que nevaba el seno de la Secretaría de Estado de S. Santidad. Lo abrieron y fue inmensa su alegría. al encontrar seis ejemplares de la inspirada carta de Su Santidad sobre la cesión del Palacio Altemps. La saborearon antes bien los superiores que quedaron contentísimos de todos los extremos de la misma y después, reunida la comunidad, se leyó la carta a los colegiales que la recibieron con grande entusiasmo ... » 103.
Era el principio del fin. Manuel Domingo y Sol lloraría de alegría. Faltaba aún un año para que el colegio pudiera entrar en el Altemps como en casa propia.
La visita de don Manuel a Roma en este otoño de 1893 fue muy distinta de las anteriores. La reciente carta de León XIII y el número de alumnos que hizo ampliar el espacio alquilado en el palacio Altieri eran la mejor tarjeta de, visita para abrir las puertas. Las conversaciones se convirtieron en plácemes., Della Chiesa, siempre agudo en sus apreciaciones, le hizo caer en la cuenta de que el contrato con el príncipe Altieri sólo estaba firmado por un año, siendo señal evidente de que para el curso próximo podría trasladarse el colegio definitivamente a su palacio Altemps. Rampolla y Di Pietro le animaron. El embajador ante la Santa Sede le obsequia con un almuerzo, y el día del Pilar acepta el mismo embajador acompañar en la mesa provisional de Altieri al fundador,. operarios y colegiales 104.
Don Manuel salió de Roma el 15 de octubre. Dos meses más tarde, llegó para él una carta del Vaticano firmada por el cardenal Rampolla 105.
La empresa del colegio y la Hermandad quedaron ensambladas para siempre, aunque los documentos no terminen de reconocerlo y a don Manuel no terminen de satisfacerle, como no le gustó la carta del cardenal Rampolla ni la que los obispos españoles envían al Papa en respuesta a la suya. Más tarde volveremos sobre esto. Ahora intentemos seguir un poco de cerca la vida del colegio a lo largo de todo este curso y hasta que pueden entrar definitivamente en Altemps.
4. Jubileo episcopal de León XIII
Mirando hacia afuera la vida del colegio durante aquel curso podíamos catalogarla como curso de afianzamiento.
A este respecto fue una buena oportunidad la peregrinación española con motivo del jubileo episcopal de León XIII. Si bien es cierto que tal acontecimiento supuso una sobrecarga de trabajo sobre todo para los operarios, también fue ocasión de que muchos obispos españoles conocieran de cerca la fundación y la marcha del colegio. Son muchos los que a lo largo de los meses de abril y mayo de 1894 pasaron por el colegio, celebraron la Eucaristía y departieron con los operarios y alumnos de sus respectivas diócesis. Los obispos que hablaban con León XIII salían ganados para el colegio. El día 17 de abril tuvo lugar en la Basílica de San Pedro la ofrenda en nombre de España. El cardenal Sanz –y Forés leyó el ofrecimiento en nombre de los obispos y peregrinos españoles. Entre otras cosas dijo: « ... Gracias, santísimo Padre, por esta designación, añadida con singular amor con que honráis a nuestra Patria, entre las cuales nos place reconocer hoy muy reconocidos la generosa cesión del palacio Altemps, hecha en uso y usufructo del episcopado Español, para que en él pueda tener estabilidad y prosperar rápidamente el colegio de clérigos españoles,¡ fundado hace poco por la industria y celo de piadosos sacerdotes, en el cual los jóvenes elegidos de cada diócesis por sus prelados se dedican bajo el amparo de Vuestra Santidad a estudios que les perfeccionen intelectual y moralmente» 106.
La contestación del Papa fue un discurso en español que leyó monseñor Merry del Val. También en ella alude el Papa al colegio con las siguientes palabras: « ... Y como los ministros del altar deben ser nuestros cooperadores en la misión nobilísima de santificar y pacificar a los pueblos, de común acuerdo con nuestro episcopado liemos querido que se fundase en Roma y bajo la vigilancia del Pontífice, un colegio de vuestra nación en donde jóvenes escogidos de las diferentes diócesis se preparen al ministerio sacerdotal, proveyéndose de pura y sólida doctrina y de medios eficaces para combatir el error y difundir los esplendores de la verdad. Ha sido esto, hijos amadísimos, una nueva y valiosa prueba de Nuestra solicitud hacia vosotros y hacia vuestra Patria» 107.
Estas palabras del cardenal y del Papa servirán a los operarios y colegiales ,como la mejor recompensa a las fatigosas jornadas que para ellos supuso la peregrinación de más de 20.000 españoles que llegaron en estos días a Roma.
5. La entrada en el palacio de los Altemps
Despejado el ambiente de distracciones externas los alumnos se dedicaron profundamente al estudio como luego lo demostrarán en los resultados de sus exámenes.
No era tan sencillo el camino para los operarios que día a día tuvieron que ,enfrentarse con dificultades continuas tanto de tipo económico 108, como doctrinal 109 y humano. Don Benjamín demostró ser un hombre de categoría colosal.
Atender a todos estos problemas, entendérselas con los inquilinos del palacio Altemps, entre los que había cardenales, saber tratar a cada obispo español con un tacto especial para dejarle con buena disposición hacia el colegio, no es cosa fácil.
Pero él supo hacer todo esto con categoría humana y personalidad sacerdotal. El Director General desde Tortosa le acompañaba y aconsejaba: « ... Difícil te será atender y amelar a todos los obispos. Con todo, a unos inviten para decir misa en el colegio, a otros visita con un par de colegiales; a todos un ofrecimiento ... » y luego le da la lista de los más adeptos y de los más temibles... 110.
Don Benjamín busca alojamiento para religiosas, dinero para el colegio, celebra conferencias con el cardenal Sanz y Forés para planificar el futuro ¿el colegio y sabe tener la sonrisa a flor de labios para los obispos que les visitan. Y logra que la mayoría de ellos vuelvan a España agradecidos al colegio, dispuestos a apoyarlo y, lo que es mejor, prometiendo nuevos alumnos 111.
Una de las tareas que se propusieron e intentaron con más esfuerzo los operarios fue el intercambio y contacto directo con alumnos de otros colegios nacionales a lo largo del curso y durante las vacaciones. Los intercambios son continuos, sobre todo con los colegios alemán, americano e irlandés, a través de veladas, reuniones en días de vacaciones, excursiones y encuentros festivos 112.
Ni faltaban para los alumnos alguna salida hasta el Lago Albano o a Loreto para despejarse de exámenes o descansar de las actuaciones litúrgicas de Semana Santa 113. Desde el mes de abril procuraba el director asegurar el veraneo de los colegiales en Tívoli como lo había hecho el verano anterior.
También tuvo ratos amargos el director y por tanto dificultades el colegio, por parte de algunos alumnos. Desde el que se descentra psicológicamente, como fruto de problemas anteriores de tipo moral 114, hasta aquel a quien hay que negar órdenes por su comportamiento 115 pasando por la pérdida de uno de los colegiales, fallecido repentinamente durante una mañana de baño 116.
Algún quebradero de cabeza le costó al director un sermón del vicedirector que motivó un enfado de la señora del embajador, que no hubiera pasado a más si no se encarga de remover el asunto el ya conocido padre Panadero 117.
«El director consiguió apaciguar a la ofendida y poner las cosas en su debido lugar».
Sin duda los problemas que más preocuparon a los operarios durante este curso fueron el planteamiento sobre los estudios en la universidad Gregoriana, y el trabajo y la actividad desplegada para conseguir entrar en Altemps el curso siguiente.
Al tema de los estudios le dedicaremos un apartado más adelante y en él incluiremos las intervenciones del obispo de Oviedo, don Ramón Martín Vigil, ya citado en páginas anteriores.
Había quedado muy atrás Condotti 118; ya hacía un año que el colegio había salido de Montserrat 119 y no se veía fácil un pronto asentamiento definitivo para el colegio.
El diario de Miñana durante los meses de junio a octubre de 1894 son un documento de incomparable valor para seguir casi minuto a minuto este capítulo de la historia del colegio español 120. Los rasgos diminutos a veces, los puntos suspensivos, las abreviaturas, las numeraciones, el señalar las horas y tantos otros detalles serían un buen fundamento para un estudio psicológico del estado de ánimo del diligente director. Y para reconstruir el horario de todos los medios de transporte humano entre Roma y Tívoli...
El curso terminaba y nada seguro sabían los operarios sobre el traslado al palacio Altemps. Los sobresaltos que en otro tiempo acompañaban al fundador pasan ahora al director. Junio 9: «estamos sin noticias de Altemps... Monseñor (Merry) se lamenta y dice: Dios no quiera que estando tan adelantado (el asunto) no sea aún todo un puro sueño».
Sobresalto del director que cuenta sus cuitas al fundador y al bueno de don Benito Sanz y Forés. El Cardenal le contesta pidiendo datos concretos y ya le habla de comunicación a los obispos, de que algunos preguntan si pueden enviar chicos, etc... Don Manuel desde Tortosa se propone diversas soluciones.
Julio 7: «Monseñor viene hoy con los mismos temores y recelos, dando como seguro que no vamos a Altemps para el nuevo curso».
Merry y Della Chiesa trabajan y aprovechan cualquier oportunidad para hablar del colegio al cardenal Rampolla y al mismo Papa.
El director escribe al embajador el 16 de julio una larga carta que éste leyó pocos días después al cardenal Rampolla, insistiéndole éste en que estuvieran tranquilos los superiores, pues ya se estaba buscando locales para las escuelas que ocupaban Altemps 121.
El 23 el director escribe en su diario: «Visito las escuelas de Altemps. Con las habitaciones que ocupan éstas y otras desalquiladas del 2.º piso tenemos suficiente para tomar posesión. Me ha gustado sobre todo la capilla. Monseñor (siempre Merry) dará cuenta de nuestra visita al Santo Padre y activará la salida de las escuelas».
Mientras tanto, otros estaban trabajando para que no se realizara el traslado, ,o al menos, para que se atrasara lo más posible. Estaba por medio el cardenal Vicario protector de las escuelas. Estaban los cardenales que lo habitaban. Y estamos en agosto. Merry y el director se deciden a dar un golpe de gracia. El día 13 redactan una carta para entregarla directamente al Papa a través de su capellán monseñor Angelini. La carta es breve, penetrante. Saben los autores qué teclas del Papa han de tocar; y lo hacen. La entregan el 14 122.
Nuevas promesas del cardenal Vicario, y nuevas dilaciones para la salida de las escuelas. Desde Sevilla don Benito no se olvida del colegio. Escribe al cardenal Rampolla, escribe al embajador, da ánimos a don Benjamín 123.
Al fin, el cardenal Vicario se decide a visitar Altierí como lugar para las escuelas. Don Benjamín escribe en su diario con firmeza. Septiembre 10: «Voy a Roma... Hago limpiar bien para recibir la comisión. A las cinco en punto llegaron el cardenal Vicario y tres seglares. Recorrieron todas las habitaciones y quedaron satisfechísimos. Mandó el cardenal que el arquitecto hiciera los planos y la distribución, y hecho se lo entregué para que él a (su vez) lo pudiera presentar el sábado 15 al Santo Padre».
El 13 el cardenal Rampolla llama al director del colegio; desea saber si con el espacio ocupado por las escuelas y las habitaciones desalquiladas del 2.º piso, podría ser suficiente para la entrada del colegio.
El director estudia los planos, consulta, no desea condicionar con su respuesta futuros compromisos. Y logra el plazo de unos días para poder dar respuesta definitiva.
El 16 se entrevista con el cardenal Vicario «que me recibió muy contento porque el Santo Padre había aceptado el cambio... y está hecho ya ... ».
No pensaban lo mismo algunos profesores y el director de las escuelas que pocos días después visitaban Altieri aumentando los temores del pobre director.
Día 21: «como había sido jueves no nos despertamos a tiempo y perdí el tren... Nos quedaba el de las 10 pero nos venía muy justo para ver aquella mañana a Rampolla ... ». El cardenal le recibe enseguida y acoge la idea que le presenta el director de poder trasladar los muebles de Altieri a las habitaciones desalquiladas de Altemps.
Don Benjamín tenía prisa por entrar. Sabía que una vez dentro todo sería más fácil. Los de las escuelas siguieron haciendo visitas y retrasando las cosas.
El director consigue el 21 las llaves de las habitaciones y el 22 a primera hora, como quien es totalmente dueño de la situación, comienza el traslado de todo, ante la sorpresa de los inquilinos del Altemps. Estos avisan al cardenal Vicario... Pero «al poco rato volvió para decir que definitivamente las escuelas trasladarían sus muebles a Altieri antes de terminar la semana» 124.
Así lo hicieron el 26 y «aquella misma noche el director con un colegial (Frasno) y los criados cenaron y durmieron en Altemps» 125.
El 28 llega a Roma monseñor Merry a quien se apresura a dar la noticia el director. juntos planearon con el arquitecto las obras más imprescindibles. El día 16 de octubre escribe el director en su diario personal: «A las 3 y media salimos de Tívoli haciendo la entrada triunfal en Altemps a las 6 y media». El cronista concluye: « ... y por mucha prisa que se dieron, trabajando aun muchas noches, cuando los colegiales volvieron de Tívoli lo encontraron todavía lleno de obreros y andamios. De este modo tan novelesco entró el colegio español en el palacio Altemps» 126.
Efectivamente, de esta forma, después de cuatro años de trabajos y desazones, de apuros y de sobresaltos, el colegio español de San José de Roma entra en la que va a ser su casa para muchos años.
Don Benjamín, el día que consiguió las llaves del Altemps, y antes de que llegara ningún mueble, escribe: «Voy con el cuadro de San José, fundador, que lo pongo en lo más visible» 127. Ese mismo día telegrafiaba a Tortosa: «Tomada posesión de Altemps» 128.
Pocos días más tarde, el 30, písó lleno de gozo sus umbrales el humilde y gran organizador de toda aquella obra Manuel Domingo y Sol. El colegio está consolidado. Viene a la memoria unas líneas que en los momentos más críticos de esta fundación escribía desde Madrid el Auditor de la Nunciatura en Madrid, monseñor Vico: «Pertenece usted a una raza de hombres, que difícilmente se acobardan ante las dificultades, por lo cual, después de la protección divina, espero fundadamente que su constancia ha de ser recompensada por el éxito favorable» 129.
NOTAS
1. Carta de don Alfonso Merry: RAH, carp. 18, leg. 17, doc. 4.
2. E.III, Varios, 4, 7, f. 13.
3. La carta es la de 15 enero 1892: RAH, carp. 3, leg. 1, doc. 9.
4. Carta de 5 febrero 1892: Ibid., carp. 3, leg. 2, doc. 5.
5. E.II, Cartas, 5.º, 10 y 11.
6. E.III, Varios, 4.º, 7, f. 14. En realidad tal Real orden resultó ser un oficio al conde de Benomar con el fin de que reclamase el edificio para España, en caso de que muriese el padre Martín.
7. Ibid. I, XXII; en cartas de monseñor Vico y don Alfonso Merry a don Manuel, 18 febrero 1892, le dicen que el 17 había sido enviada la R.O. al embajador ante el Quirinal. El 19 lo notifica don Manuel al padre Martín y le pide permiso para marchar.
8. E.III, Varios, 4.º, 7, f. 14.
9. Carta de don J. Medina de 5 marzo 1892 (RAH, carp. 3, leg. 3, doc. 2) y carta de J. Corel de 20 marzo 1892 (Ibíd., carp. 3, leg. 3, doc. 10).
10. Carta de J. Medina antes citada.
11. No se puede dudar de las buenas intenciones del marqués de Pidal, a juzgar por la misma carta.
12. Carta de 18 marzo 1892: RAH, carp. 17.
13. Original de la misma: Ibid., carp. 18, leg. 7, doc. 1. Efectivamente el embajador ,estaba en España, según consta por carta de J. Medina a don Manuel de 5 marzo 1892: «El embajador salió anteanoche a Madrid, para traerse a la familia, si la salud de una niña que tiene enferma lo permite ... » (Ibid., carp. 3, leg. 3, doc. 2).
14. Ibid., carp. 18, leg. 4, doc. 20; y leg. 2, doc. 6.
15. E.II, Cartas, 5.º, 23.
16. E.III, Varios, 4.º, 7, f. 15.
17. Ibid.
18. RAH, Miñana, Diario, cuaderno I (1889–1894) 36–37.
19. Como nota curiosa, damos los nombres de los 11 alumnos fundadores del colegio español: Domingo Enrique, José Despóns, Bernardo Frasno, Mariano Royo, Domingo Ramos y Leandro Colom, del colegio de Tortosa; Jerónimo Peralta, del de Valencia; Carlos Larios y Fernando Campos, del de Murcia; José Santo, del de Orihuela; y José M.ª Caparrós, sobrino del arcipreste de la catedral de Madrid y más tarde operario y obispo de Sigüenza, que ya conocemos.
20. El moderno centro español de Montserrat (casa e iglesia) resulta de la unión de los dos antiguos templos españoles en Roma, es decir, el de Santiago y San Ildefonso «in foro Agonali» para el reino de Castilla y el de Santa María de Montserrat, en «Vía Monserrato» para el reino de Aragón (J. Fernández Alonso, Las iglesias nacionales de España en Roma: sus orígenes: Anthologica Annua 4 (1956) 9–96; Id., Instrumentos originales en el archivo de Santiago de los españoles en Roma: Ibid. 4 (1956) 499–547; Id., Santiago de los españoles de Roma y la Archicofradía de la Santísima Resurrección en Roma hasta 1754: Ibid. 8 (1960) 279–329. En esta casa están actualmente el Centro Español de Estudios Eclesiásticos y un convictorio sacerdotal.
21. RACE, Crónicas I, 3.
22. E.III, Varios, 4.º, 7, f. 15.
23. RAH, Miñana, Diario I, 37.
24. E.III, Varios, 4.º, 7, f. 15.
25. RACE, Crónicas I, 6.
26. E.III, Varios, 4.º, 7, f. 15.
27. La Voce, 2 abril 1892, 2; RAH, Miñana, Diario I, 38.
28. Carta de 3 abril 1892 a don Esteban Ginés: E.II, Cartas, 5.º, 36.
29. RAH, Miñana, Diario I, 38.
30. E.III, Varios, 4.º, 7, f. 15.
31. Ibid., ff . 15 y 16.
32. Hablamos de monseñor Merry, futuro secretario de Estado de Pío X, y de monseñor Della Chiesa, más tarde Papa con el nombre de Benedicto XV.
33. E.III, Varios, 4.º, 7, f. 17.
34. RAH, Miñana, Diario I, 40.
35. RACE, Crónicas I, 14. También les informó de los manejos del rector de Montserrat, añadiendo «que no podían continuar mucho tiempo en Montserrat porque el ministro de Estado, señor Duque de Tetuán, tenía muchos recelos ... ».
36. RAH, carp. 18, leg. 17, doc. 28.
37. No fue tan fácil ni rápida la transformación del convento de Condotti en casa de formación de los dominicos. El padre Martín muere el 28 de enero de 1894 sin ver realizados sus deseos. El Decreto de transformación lleva la fecha del 5 de mayo de 1895 y está firmado por Umberto I, rey de Italia. Gazzeta Ufficiale del Regno D'Italia año 1895 (Roma) 114 (martes, 14 mayo 1895).
38. RACE, Crónicas I, 13.
39. E.III, Varios, 4.º, 7, f. 17.
40. Carta a don Esteban Ginés de 3 abril 1892: E.II, Cartas, 5.º, 35.
41. Carta a don F. Tena, 7 abril 1892: E.II, Cartas, 5, 40.
42. Ibid., 43.
43. Carta de 19 abril 1892 a una religiosa de San Juan de Tortosa, en A. Torres, Vida, 384–385.
44. Carta de 22 abril 1892 a la madre Providencia del Salvador, abadesa de Vinaroz: E.II, Cartas, 5.º, 46.
45. Carta de 2 mayo 1892, en A. Torres, Vida, 387–388.
46. E.III, Varios, 4.º, 7, ff. 17–18.
47. E.II, Cartas, 7, 29.
48. E.III, Varios, 4.º, 7, f. 19.
49. RACE, Crónicas I, 16.
50. Ibid., 22–26; RAH, B. Miñana, Diario I, 44.
51. RACE, Crónica I, 19.
52. Nos dicen las Crónicas: «Pocos días después de haber salido de Roma los jóvenes, estaban reunidos después de comer los capellanes, entretenidos discurriendo sobre su tema favorito durante aquella temporada... Don José Sobrevías... no pudiendo resistir a tanta necedad, si no era malicia de aquellos señores, habló también, pero haciéndoles ver su incorrecto proceder. No sentó esto bien a los demás y se liaron palabras, se agrió la disputa y uno de ellos más fogoso tomó una silla y la echó con furia sobre el señor Sobrevías causándole varias contusiones, al recibir el golpe y caer largo en el suelo».
53. Ibid. I, 21.
54. Ibid. I, 41, 43, 44; B. Miñana, Diario I, 48.
55. Crónicas I, 40, Miñana, Diario I, 49; San Carlos el Niño, vulgarmente llamado en Roma San Carlino, pequeña iglesia situada en la calle del Quirinal.
56. Crónicas I, 42; Miñana, Diario I, 49. Se llamaron don Próspero y don Máximo. Fundación
57. E.III, Varios, 4.º, 7, f. 20.
58. Carta del señor marqués de Pidal, embajador de S.M. ante la Santa Sede, escrita a don José M.ª Caparrós desde Biarriz (RAH, carp. 17).
59. E.III, Varios, 4.º, 7, f. 21.
60. Así por ejemplo entre los prelados de Cataluña, a quienes el de Segorbe dio a conocer tal proyecto en la reunión que celebraron en Tarragona a mediados de septiembre. La postura de los obispos fue la de no enviar alumnos mientras no se aclarara el asunto.
Tenemos noticias muy precisas de estas reuniones en la correspondencia de don Juan Corominas, amigo personal de don Manuel, que en estas fechas era secretario de Cámara y gobierno de Tarragona. Sobre todo pueden verse las cartas del 13, 14 y 15 de septiembre (RAH, carp. 18, leg. 9).
Los obispos, después de discutir el asunto... «acordaron alabar la obra de, los colegios de vocaciones, y convinieron en que cada uno... contribuiría al colegio de Roma, según lo creyera Prudente, cuando estuviera aclarada la cuestión de la fundación» (cf. RACE, Crónicas I, 37–38).
61. Ibid. I, 36.
62. Pueden verse a este respecto las cartas de Sanz y Forés y de monseñor Merry (RAH, carp. 18, legs. 1 y 4).
63. RACE, Crónicas I, 36.
64. Carta de 22 septiembre 1892 a don Manuel (RAH, carp. 18, leg. 1, doc. 25).
65. RACE, Crónicas I, 13.
66. Cf. BEDA, 6 agosto 1892.
67. El párrafo a que se refiere dice textualmente: «Las dilaciones... obligaron a la Hermandad a iniciar la obra en este mismo año, estableciendo el colegio provisionalmente en el real edificio de Montserrat, con algunos seminaristas. Y habiéndose querido proponer a última hora la conversión del edificio de Condotti en casa para misiones de ultramar, lo cual podía allanar aquellas dificultades, la Santa Sede, en el interés de que no se abandonase, sino que se apruebe y promueva el colegio seminario español establecido ya, ha oficiado al Gobierno español manifestando su deseo de que dicho colegio continúe en el real edificio de Montserrat, con la ocupación en el mismo de dos grandes departamentos independientes, y así se ha autorizado, según comunicación oficial del embajador cerca de la misma Santa Sede».
68. Lo era entonces don Juan Muñoz Herrera.
69. RACE, Crónicas I, 39.
70. R.A.H, carp. 18, leg. 3, doc. 1.
71. Efectivamente, al oficio de la Santa Sede pidiendo al Gobierno la permanencia del colegio en Montserrat, no hubo respuesta (cf. carta de Caparrós de 4 de mayo), Sólo el 30 de 1.º mayo escribe al embajador el ministro de España, para que lo autorizara éste bajo su autoridad y responsabilidad.... advirtiéndole que procediera con cuidado (RACE, Crónicas I, 14)
72. E.III, Varios, 4.º, 7, 23.
73. Ibid.
74. RAH, Miñana, Diario I, 49–50.
75. Pueden leerse, como curiosas, algunas cartas copiadas en las Crónicas del colegio (Ibíd., 46–49).
76. Carta a Felipe Tena, 5 noviembre 1892 (E.II, Cartas, 5.º, 113).
77. RACE, Crónicas I, 55, 64.
78. Ibid. I, 91–92.
79. Ibid. I, 80.
80. Original en RAH, carp. 18, leg. 4, doc. 30.
81. RACE, Crónicas I, 81.
82. Ibid., 81 y 96; RAH, Miñana, Diario I, 56.
83. Tomás Cámara y Castro, OSA, obispo de Salamanca: cf. Diccionario de Historia Eclesiástica II, 322. Sobre su proyecto y realización de colegio universitario en Salamanca, véase la tesis aún inédita de Miguel Angel Orcasitas, El obispo Cámara de Salamanca.
En el colegio había ya dos alumnos de Salamanca, Nicolás Argibay y Ceferino Andrés, ya sacerdotes, recomendados por el padre Cámara, pero becados por la Universidad civil de aquella ciudad. A pesar de que les costaba la vida en el colegio y de que tal situación preocupaba a los operarios, ellos hablando con el penitenciario de Salamanca, don Primitivo Vicente, que acompañaba al padre Cámara en su visita a Roma, dieron muy buenas impresiones del colegio (cf. RACE, Crónicas I, 97–99).
84. Ibid. I, 98–99.
85. Ibid.; RAH Miñana Diario I, 60.
86. RACE, Crónicas I, 137.
87. RAH, carp. 18, leg. 4, doc. 33, f. 1.
88. RACE, Crónicas I, 154; RAH, Miñana, Diario I, 68–69.
89. Noticias más concretas de toda la tarea hasta llegar a entrar en Altieri, pueden verse en Crónicas I, 154–160; 168–170. En el Diario de Miñana puede también seguirse, minuto a minuto, toda la trayectoria (Ibid., 68–73). Sobre el palacio Altieri, cf. A. Torres, Vida, 409.
90. RACE, Crónicas I, 61.
91. Más tarde veremos el juicio que da el mismo Merry sobre el Apollinare.
92. El cardenal Ricci, que vivía en su palacio junto a Montserrat: RACE, Crónicas I, 63. 93. Ibid.
94. Uno de los expulsados fue José M.ª Caparrós, sobrino del otro José M.ª Caparrós, que ya era operario y luego sería obispo de Sigüenza. Contestando a la carta en la que el rector le explicaba las causas que motivaron la salida de su sobrino, decía don José M.ª: «Lejos de tener que perdonar a usted doyle un millón de gracias y aún de parabienes porque desempeña a conciencia el difícil cargo de rector del colegio. Ni usted ni yo tenemos la culpa de que se conviertan en obstáculos para su marcha los que debieran servir de alas a la obra» (Crónicas I, 23; RAH, carp. 5.º). Pueden verse también las cartas del obispo de Lérida en pp. 133 de las referidas Crónicas.
95. Ibid I, 90–91.
96. Ibid. I, 157. Puede verse también la abundante correspondencia de todo este curso entre el director del colegio, el Fundador, don Manuel y el embajador, que se conserva en RAH.
97. Padre Patricio Panadero, procurador de los franciscanos españoles en Roma.
98. Monseñor Cretoni, recientemente nombrado Nuncio en España (RACE, Crónicas I, 106–107; RAH, Miñana, Diario I, 59–60).
99. Cf. RACE, Crónicas I, 107; RAH, Miñana 1, 60.
100. RACE, Crónicas I, 308.
101. De Sevilla (2), Córdoba (3), Jaén (2), Avila (1), Tarragona (2), Barcelona (3), Oviedo (2).
102. RACE, Crónicas I, 17–5; RAH, Miñana, Diario I, 72.
103. Ibid. I, 175–176; Ibid., 73; carta de León XIII; contestación del obispado. Pueden verse ambas cartas en Apéndice 2.
104. Ibid. I, 185–186; Ibid., 73–74.
105. El texto íntegro puede verse en Crónicas I, 199–200.
106. RACE, Crónicas I, 331. Texto íntegro en 330–335.
107. Ibid I, 337–338. Texto íntegro en 335–339.
108. Don Benjamín Miñana, en el mes de febrero del 94, escribe: « 19. –Estamos sin un céntimo y con muchas deudas. Pido dinero a todas partes. 21.–Recibo milagrosamente de Angel una buena cantidad de dinero. Iremos conjurando la crisis». Con este texto y las cartas que en aquellos meses se cruzan el director y el director general de la Hermandad se comprenderán los apuros que pasaban los operarios de los colegios de Roma y Tortosa; y la generosidad del Fundador llegando a desprenderse de sus bienes personales. Crónicas I, 2219–20; Miñana, Diario I, 76.
109. Por aquellos mismos días recibe el director carta del obispo de Oviedo, en la que se queja de la doctrina molinista de la Gregoriana y la necesidad de buscar otro centro o hacer que lo sepa el Santo Padre (Miñana, Diario I, 76). Más adelante veremos el comportamiento de este prelado en el caso de los estudios de los alumnos del colegio en la universidad Gregoriana. Véase para todo este tema los apuntes personales de don Benjamín Miñana, en que va dando cuenta día a día de todos los acontecimientos, dificultades, posturas... (Miñana, Diario I, 81–89).
110. Carta de 1 abril 1894: Crónicas I, 287–289.
111. Pueden verse cartas de varios obispos en Crónicas I, 249–258.
112. Véase como botón de prueba, Crónicas I, 287–289; cf. Miñana, Diario I, 89–90.
113. Ibid., 78, 83, etc.
114. Ibid., 77; Crónicas I, 220–222.
115. Es interesante seguir todo el proceso del alumno «Solans», para ver la pedagogía que se seguía en estos casos: el diálogo con el interesado, la comunicación con su obispo, la consulta al Fundador del colegio y a los confesores del mismo... (Crónicas I, 283–286).
116. Miñana, Diario I, 85. Se trata del alumno Manuel Blázquez, de la diócesis de Avila, fallecido en Tívoli el día 23 agosto 1894.
117. Crónicas I, 212–213. La embajadora se dio por aludida en alguna de las apreciaciones del predicador, don Andrés Serrano, y el padre Panadero le habló luego de los «atrevimientos de Andresito». Se trata de doña Josefa Zulueta de Merry del Val, madre del cardenal Merry. Las relaciones de amistad entre ella y el director pueden conocerse por la abundante correspondencia de la misma a don Benjamín, que se conserva en el archivo de la Hermandad, y ese mismo año, con motivo de la muerte de uno de los alumnos del colegio (véase nota anterior), le dirige una preciosa carta que puede verse copiada en Crónicas I, 339.
118. Anotemos, sin embargo, que el padre Martín murió el 28 de enero de 1889. El director asistió a los funerales, como nos dicen las Crónicas. Murió el padre Martín sin tener el consuelo de ver ultimado y asegurado el traslado de su convento de los dominicos. «Apenas expiró el padre, el embajador y el cónsul de España (ante el Gobierno de Italia) se apoderaron de la iglesia y convento, hicieron inventario de todo lo que encontraron y cerraron y sellaron las puertas.... llevándose las llaves» (Crónicas I, 224). Recordemos que el Decreto de transformación no se firmará hasta el 5 de mayo de 1895, como ya anotamos en otra parte.
119. Los hechos acaecidos en Montserrat, después de la salida del colegio, las luchas intestinas de los capellanes y la intervención de la embajada obligando al rector, don Próspero Tuñón de la Escosura, a presentar la renuncia y salir cuanto antes de Montserrat, pueden verse en Crónicas I, 204. La carta del Vicariato al director del colegio español del 29 diciembre 1893 en p. 204 y en RACE, carp. «Documentos», leg. 1893.
120. RAH, Miñana, Diario I, 81–90.
121. Crónicas I, 271–272. Está el texto íntegro de la carta.
122. La carta fue redactada en italiano. Damos su texto íntegro: «Beatissimo Padre: Il Sottoscritto Rettore del Collegio Spagnolo umildemente espone, che no esendo piu sufficiente el locale che V.S. a messo con tanta benignitá a disposizione del sudetto Collegio nel palazzo Altieri egli si trova assolutamente costretto a respingere le venticinque demande gia presentate dai Vescovi nel prossimo Novembre il sottoscritto, prima pero di procedere ad un spinto che potrebbe compromettere lo sviluppo del Collegio singolarmente protetto dalla Santitá Vostra si crede in dovere di manifestare il vero stato delle cose per ricevere di V.S. le istruzioni che credessi oportune in proposito. Cogliendo questa occasione per esprimere di nuovo a V.S. la mia profonda gratitudine e quella degli alunni per tanti repetuti favori il sottoscritto chiede per se e per l'Istituto la benedizione apostolica.–Roma 14 Agosto 1894 – Palazzo Altieri – Benjamín Miñana, Rettore del Collegio Spagnolo» (Crónicas I, 290).
123. Ibid. 1, 291.
124. Ibid. I, 298; Miñana I, 89.
125. Ibid. I, 298.–No es exacto que el director durmiera esa noche en Altemps, pues en su diario dice: «Ya tarde vuelvo a Tívoli ... » y de hecho al día siguiente: «tempraníto celebro y con un ómnibus, etc ... » (cf. Miñana, Diario I, 90).
126. Crónicas I, 298–299; en las páginas 296–299 se encuentran los detalles de estos últimos días, que hacen terminar al cronista con la expresión de «novelesco».
127. Miñana, Diario I, 8.
128. No estará de más que antes de terminar este capítulo dejemos consignados algunos datos históricos relativos al palacio Altemps.
Según testimonio de Ludovico Pastor en su Historia de los Papas, lo mandó edificar Jerónimo Riario, sobrino de Sixto IV, en el último tercio del siglo XV. A la muerte del Papa (12 de agosto de 1484) el populacho romano saqueó el palacio del nipote, y, en su furia demoledora, no dejó del mismo sino las paredes. Reconstruyólo más tarde la familia de los Altemps, oriunda de Alemania de Alohenembs, o sea «Alto–Embs», de donde se formó, por corrupción, la palabra Altemps.
Algunos miembros de este antiquísimo y noble linaje sirvieron en la corte y en el ejército de Carlos V. Una rama de Altemps fijó su residencia en Roma. Wolfange, primer conde de Altemps –hasta él habían llevado sus antecesores el título de Barones– coronel general de las tropas de Carlos V que luchaban en la Lombardía contra los franceses, tomó muy principal parte en la batalla de Pavía y murió en aquella guerra. Había contraído matrimonio con Clara de Médicis, hermana del cardenal Juan Angel, más tarde Pío IV. Hijos de Wolfange y Clara fueron Jacobo, Aníbal, Marco Sitico y Gabriel. La elevación de su tío, el cardenal de Médicis al solio pontificio, les abrió el camino de. los más altos honores y de la opulencia. Jacobo, conde de Altemps, casó con Hortensia Borromeo el 6 de enero de 1595. Era Hortensia hermana de Carlos, Borromeo, a la sazón cardenal Nepote, secretario de Estado y futuro santo. A la muerte de Pío IV, Jacobo se trasladó a Alemania. Su hermano Marco Sitico Altemps se quedó de asiento en Roma. Nacido en 1530, soldado primero de los ejércitos de Carlos V, fue en el pontificado de Pío IV Prefecto del castillo de Sant'Angelo. Hízose después sacerdote y en 1561 fue nombrado obispo de Cassano y el 26 de febrero de aquel mismo año cardenal Legado de San Juan de Letrán, Penitenciario Mayor y Gobernador de Capránica, y en 1562 obispo de Constanza y Legado perpetuo de las Marcas. Inmensamente rico y fastuoso, amigo y favorecedor de las artes, restauró espléndida y magníficamente el palacio que habitaba junto a la iglesia de San Apolinar, ampliándolo y embelleciéndolo con la elegante, sobria y majestuosa arquitectura de Martino Lungui. Compró en 1579 el marquesado de Galesse, y alcanzó de Sixto V, Bulas para convertirlo en ducado. Muerto el 15 de febrero de 1595 fue sepultado en la capilla de Nuestra Señora de la Clemencia de Santa María in Trastévere.
Por ser su título cardenalicio, hizo que el arquitecto Lungui levantara en ella a funda, mentis dicha capilla, que escogió para sepultura suya y de su familia. Roberto, hijo de Marco Sitico, fue el primero que llevó el título de duque de Galesse. De su matrimonio con Cornelia Orsini nació Juan Altemps, el cual se distinguió por su afición a las bellas artes. En 1602, Clemente VIII le hizo donación del cuerpo de san Aniceto, Papa y mártir, recientemente encontrado en las catacumbas de San Sebastián. En 1617 escribió el duque y publicó en latín la «Vida de San Aniceto», que él mismo tradujo al italiano. Para guardar el cuerpo del santo construyó, en 1604, una magnífica capilla en su palacio, notable por su elegante estilo, por la riqueza de mármoles y jaspes en ella empleados, por sus preciados estucos y por el mérito de sus bellas pinturas, ejecutadas por los célebres artistas Octavio Leoni y Antonio il Pomerancío. Fue considerada siempre como iglesia pública. Estableció para servicio de ella un colegio de 12 capellanes y 10 cantores. En 1617 colocó debajo del altar mayor un preciosa urna, encontrada pocos años antes en la Vía Apia, que había sido sepulcro del emperador Alejandro Severo, y en ella depositó el cuerpo de San Aniceto, encerrado dentro de otra triple urna de ciprés, de plomo y de plata. Por este tiempo comenzó a celebrarse con toda pompa la fiesta anual en honor del santo, el 17 de abril, continuada hasta el presente. El escudo de armas de los Altemps lo forma un macho cabrío rampante, de oro, sobre fondo azul. El último duque Galesse, julio Hardiun, había sido, comandante del ejército francés de Napoleón III, enviado a Roma en tiempo de Pío IX. Conoció en esta ciudad a la última duquesa de Altemps, y contrajo matrimonio con ella. Muerta la única hija que tuvieron, y después de ella, también la madre, quedó como único heredero de las glorias y riquezas de los Altemps el soldado francés que tomó el título de duque de Gallesse. En noviembre de 1887, vendió éste el palacio Altemps a León XIII Por 1.300.000 liras, reservándose habitaciones de por vida para sí, su familia y criados. .
En el altar mayor de la capilla se venera la imagen de la Virgen de la Clemencia, copia de la que existe en Santa María in Trastévere traída a esta iglesia, según el historiador Mazangoni, en 795 y coronada por el Capítulo Vaticano en 1659. Ante ella oraron muchas veces santa Francisca Romana, san Felipe Neri y san Carlos Borromeo. La memoria de este gran santo está unida al palacio Altemps, porque cuando iba a Roma, siendo arzobispo de Milán, se hospedaba en él, por ser hermana suya la duquesa, como antes se ha dicho.. La habitación que ocupaba está hoy convertida en capilla. Consérvase todavía la rica y primorosa casulla que usaba san Carlos para celebrar en Altemps la santa Misa. Están asociados también al palacio Altemps los nombres de san Pablo de la Cruz, a quien hospedó en él, en una pequeña estancia, junto a la capilla de san Aniceto, el cardenal Carlos Rezzónico (más tarde Clemente IX, que lo visitó, y el de B. Juan Bosco, que pronunció conferencias en el lindo y aristocrático teatro del mismo (L. Pastor, Historia de los Papas, 422–424).
129. Carta de] 24 noviembre 1890 (RAH, carp. 18, leg. 2, doc. 3, f. 2).
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El Colegio Español de Roma en el palacio Altemps
I. CONTEXTURA INTERNA DEL COLEGIO
1. El primer curso en Altemps
Con la entrada de los colegiales en el palacio Altemps, termina la parte anecdótica de la historia de la fundación del colegio. Los 52 alumnos del curso 1894–1895 entran con pie firme, Representan a 24 diócesis. Don Manuel tendrá que esforzarse para contener su emoción al pisar por vez primera en Altemps. Emoción que dejará desbordarse en las fiestas de inauguración oficial y en la instalación del Reservado 1.
Ahora los operarios tendrían que empezar de verdad una doble tarea que llamaríamos de asentamiento y constitución.
Don Manuel decía de Altemps que era un «palacio grande pero desvalijado y desordenado, salottos y escaleras y galerías ... » 2. El sabía mucho de presupuestos, de obras, de casas viejas y nuevas. Hombre prevenido, se lleva a Roma, desde Tortosa a su maestro de obras Benet. Con él planearon y vieron posibilidades. Comenzaron unas obras que no terminarían nunca 3.
Pronto iban a pagar superiores y colegiales el tributo de vivir en una casa grande pero desatendida, sin condiciones higiénicas y sin tener medios económicos para una reforma rápida y eficaz 4. No es que en esto se diferenciara del resto de los colegios romanos ni mucho menos de los seminarios españoles de la época. El cronista del colegio no oculta la falta de condiciones higiénicas 5; y a dos meses escasos de la entrada el vicedirector y dos colegiales se vieron afectados por el tifus 6.
Esta circunstancia dolorosa en sí, fue también una razón poderosa para insistir ante las autoridades vaticanas a fin de que se desalojara cuanto antes el palacio de todos los inquilinos. El embajador tomó cartas en el asunto; hizo, una visita detenida recorriendo con el director todas las habitaciones de la casa, y como consecuencia de la misma, intervino ante el cardenal Rampolla para que se dieran «órdenes terminantes» de la salida de todos los inquilinos. Por su parte, y para un caso de urgencia, «puso a disposición de los superiores del colegio la casa de Montserrat 7.
También darán ocasión estos contratiempos a lo largo del curso para demostrar una vez más el interés y cuidado de los operarios por los alumnos, llegando cuando había enfermos, a dejar sus habitaciones para ellos, o trasladarlos a Tívoli, hacerles atender de personal especial 8 y prestándoles todos los cuidados humanos que estaban a su alcance.
Dejando aparte estas preocupaciones, el primer curso en Altemps se desarrolló con normalidad en cuanto a la vida disciplinar, espiritual e intelectual del mismo.
Se logra desalojar el palacio de inquilinos extraños 9, se hacen cargo los operarios de la administración de todo el palacio, lo que suponía la cesión de todo el edificio 10. Tuvieron sus apuros económicos 11, los alumnos continuaron su línea de aprovechamiento intelectual en la Gregoriana 12, los operarios contribuyeron a la concesión de facultades para el Sacro Monte de Granada 13 y se hicieron cargo de la causa de Beatificación de la Madre Sacramento 14.
Llegados a este momento que hemos llamado constitutivo para la vida del colegio, podemos detenernos en estudiar cual era el nervio, la vida del colegio en su contextura interna. ¿Qué era el colegio? ¿Por qué fue fundado? ¿Qué formación humana, intelectual y espiritual se daba a los colegiales aparte de la formación académica que recibían en la Gregoriana?...
Tratemos de dar respuesta a estos y otros interrogantes. Nos limitaremos a los años en que vivió y visitó el Centro el fundador del mismo, es decir, desde el curso 1892–1893 al 1908–1909.
2. Disciplina y reglamento
A principios del 1893 comienza a pensar, el director del colegio en el «reglamento interior por el que se había de regir la comunidad».
Desde España, al pedir información del colegio, deseaban conocer el género, de vida que en él se llevaba.
Don Manuel no es demasiado amigo de reglamentos. Ni lo fue para su obra, la Hermandad, ni lo fue para sus colegios. Sólo había lo que se llamaba el reglamento general de todos los colegios. El 4 de mayo escribe una carta al director en la que le expone claramente su pensamiento sobre el particular:
En cuanto al reglamento interior si puedo enviaré mañana el general de nuestros colegios, pues ya sabe V. que siempre me he opuesto y todos se convencieron de los inconvenientes que presenta el publicar en las diócesis un reglamento detallado que nos ate las manos.
El reglamento particular depende de la palabra y disposiciones de los superiores y las circunstancias pueden obligar a modificarlo en cada punto y así estamos más libres, y menos debemos comprometernos a un horario y distribución de prácticas de piedad, estudio, etc., en Roma en donde la experiencia tendrá que indicarnos lo que sea más eficaz para el bien, de los alumnos. Las bases particulares de nuestra circular 15 entrañan lo suficiente. No obstante en caso de que se necesitara presentar algo... 16
Para entender esta carta de don Manuel hemos de recordar que él prescribía a los operarios otros medios que sirvieran de apoyo a su vida como operarios y como educadores. Pensemos en la vida de equipo, en la presencia continua del operario entre los alumnos, en la reunión diaria del equipo donde se revisaba y planificaba... Y les insiste en la fidelidad a estas prácticas 17.
No obstante, ya en ella se apuntan algunos criterios como son: los inconvenientes de su publicación; la importancia de la evolución, del mismo de acuerdo con las circunstancias; que sea eficaz para el bien de los alumnos; localizado en Roma...
Sabía bien que la publicación de un reglamento detallado era peligroso. Basta recordar la situación de los seminarios en España, y los distintos criterios de los obispos, la falta de uniformidad formativa, tanto disciplinar como académica, para poder asegurar que lo que en una diócesis sería bien recibido e incluso aplaudido, en otra sería rechazado de plano.
Por otra parte, no todos los obispos conocían a los operarios, algunos eran contrarios a la obra y por ésta podían rechazar el colegio.
Tampoco en Roma existían unas normas uniformes de comportamiento, hasta el 1904 en que Pío X ordena una visita apostólica a los colegios y seminarios eclesiásticos de Roma 18 y da al cardenal Vicario una serie de normas insistiendo en la necesidad de una adecuada disciplina interna.
Lo que sí señala claramente el fundador son las condiciones fundamentales para convivir en el colegio y los medios para cumplirlas. Entre las primeras señala: contentamiento, igualdad y docilidad. El mismo lo explica a los colegiales. Nosotros lo tomamos de los esquemas que utilizará para sus pláticas a los mismos:
Contentamiento: En una familia, aunque sea pobre, todos están contentos de pertenecer a ella... ni envidiarán las otras... no quisieran pertenecer a otras más ricas, si tuvieran que abandonar la propia... Ved al niño, que dice San Gregorio, que si le enseñáis una reina ricamente vestida no la preferirá a su madre pobre y haraposa. Y si hay poco se contenta, y si hay mucho se alegran... Si viene una necesidad, una tribulación todos participan de ella... Y sí hay deficiencias y estrecheces no murmurarán ni se irá a manifestarse a los extraños... sino que lo sufrirá en el seno de la misma.
Igualdad: En una familia no se miran las ocupaciones de cada uno... están contentos en lo que a cada uno le toca hacer o se les señala... y están prontos a ejecutar lo que conviene para el bien de la casa... no hay ningún oficio ni ocupación humillante... El criado de una casa, por rica que sea, siempre está en un grado inferior a la misma, aunque su oficio sea distinguido y requiera muchos conocimientos. v. gr. administrador; pero en una casa cualquier ocupación sea mayor o menor, según la posición de la familia nunca será una ocupación baja, ni se ruborizará de hacerla; fuera de casa se lo parecería, en casa no, siempre se hace con gusto. Podrá haber pereza, podrá merecerse a veces castigo; pero creerse rebajado, nunca, y todo se hace por interés y amor a la casa.
Contentamiento, pues, docilidad, prontitud son las condiciones que debe revestir el afecto a la obra; y omito hacer por el momento aplicaciones, Tal vez haya deficiencias en esta casa; pero no debe olvidarse que no será por falta de afecto y buena voluntad.
Hablando de los superiores les decía:
Somos aquí nosotros más que unos meros superiores: somos cabeza de la familia que Dios quisiera concedernos, de los jóvenes que quiera enviarnos. Como padres, ... a ellos estamos consagrados, y por su bien, por el bien de la juventud eclesiástica, hemos sacrificado nuestra carrera... así nuestra vida y nuestros trabajos no pueden tener otro objeto que el interés y la vigilancia por vuestro bien, que ninguna recompensa (o ganancia) podéis darnos. De aquí que cuando no haya medios para vivir, los buscaremos, y si hay quebrantos procuraremos enjugarlos con nuestros sudores. Y aunque algunos satisficieran más que otros, el mimo afecto tendremos a todos... 19. Pero hay todavía otra condición inherente al deber de un afecto filial, y es el interés por la honra y buen nombre de la familia, de la casa. En una familia, si un individuo ha caído en alguna falta que pueda menoscabar el buen nombre de la casa, el sentimiento y la pesadumbre es general... Soportaremos una ofensa personal que se nos pueda inferir... mas una palabra denigrante contra el buen nombre de la familia no podremos consentirlo... En una familia todos se alegran de lo que a ella alegra y se entristecen por lo que a ella amarga, y todos desean su prosperidad y se entristecen por los quebrantos que puedan sobrevenirla. Pues este interés por la prosperidad de la obra de la cual sois miembros; la honra y desarrollo de la misma, debéis mirarla como cosa vuestra, como miran los hijos la honra de la propia casa.
Seguidamente les indica cuales eran, a su parecer, los medios para el cumplimiento de esos deberes: la aplicación al estudio, la verdadera piedad y un comportamiento digno «aquí y después al volver a vuestra diócesis» 20.
Esta aplicación la espera el Papa, la demanda el Estado de nuestra Patria, lo exige la honra de este colegio
Pero no solo vuestro carácter y la honra de esta casa os obligan al aprovechamiento en el estudio, sino más principalmente al deber de una piedad verdadera, no sólo la piedad necesaria e indispensable para el fin de vuestra vocación y de vuestro futuro estado, la cual se os procurará infundir con las reflexiones y prácticas establecidas en nuestros colegios; sino que debéis mostrar en esta ciudad y en este colegio una piedad más delicada que en otras partes.
Y últimamente como fruto de esta piedad delicada, debéis observar un comportamiento esmerado en todas vuestras acciones y conducta no solo religiosa sino también social ...
Explica cada uno de esos medios con su lenguaje directo, abierto, concreto, con ejemplos fácilmente inteligibles, terminando con una llamada a su responsabilidad de fundadores:
De aquí, A.M., que de vosotros y de los primeros que vayan viniendo, puesto que sois las primicias, y los que han de producir las impresiones según sea el crédito y desarrollo que adquiera, y las primeras impresiones difícilmente se borran. –En vuestras manos está el acrecentamiento o paralización de esta empresa según sea él crédito que adquiera y con ello poder o no aportar una piedra al buen nombre de España. Sois, pues, dueños de nuestro porvenir. Si queréis podéis arruinarnos. –Pero no debe olvidar ninguno de vosotros que si esta obra es de Dios según todas las señales, y atendida la solicitud e interés de la Santa Sede por su establecimiento, y si Dios tiene designios amorosos sobre ella en bien de España según la firme intuición y las esperanzas de León XIII, seríais responsables ante el mismo juicio de Dios, sí por culpa vuestra contribuyerais con vuestro comportamiento a menoscabar, o hacer estéril en todo o en parte los resultados que de ella pueden esperarse. Es todo obra del tiempo y de la gracia. –Tales son, A.M., los deberes y la responsabilidad que pesan sobre vosotros; y tal es la misión honrosa a la que por beneficio y elección de Dios sois llamados, y que podéis llenar con su gracia, si sois fieles a vuestra vocación, y no olvidáis cumplir y ajustaros a las instrucciones, que me he creído en el deber de expresaros, en la confianza de que no serán infructuosas para vosotros, ni para los que vayan viniendo a los cuales debéis transmitir estos sentimientos y estos conceptos.
Con estos criterios señalados por el fundador comienza a caminar el colegio. Pero, ¿que régimen disciplinar de hecho iba a imprimirse en su marcha concreta? Simplemente podríamos decir que los derivados de estas líneas maestras e' dejó y explicó don Manuel. El régimen disciplinar de los primeros años o que ser exigente por una serie de elementos que coinciden en la fundan del centro. Por una parte los operarios habían de asegurar la permanencia del centro; ésta en gran parte dependía del número de alumnos; pero al mismo tiempo, debían asegurar que el nacimiento fuera seguro, procurando evitar los defectos propios de todo internado y en concreto los que había en los seminarios españoles en estos años y adelantándose a los que podían ser específicos de un colegio en Roma. De entre los primeros había que empeñarse en crear un alto nivel intelectual a base de trabajo, exigencia y capacidad personal. En cuanto a lo segundo, evitar, desde el principio, todo brote de regionalismo y de discusión procedente del campo de la política y de las comparaciones.
No era fácil conjugar todos estos elementos en los primeros cursos. Algunos alumnos llegaban a Roma con ideas no demasiado claras de lo que era el colegio; otros un tanto cansados de la vida de seminario que habían vivido en su diócesis, otros ya sacerdotes, no acertaban a hacerse «cargo de las circunstancias» 21.
Para evitar tantos inconvenientes los superiores implantaron un régimen disciplinar exigente y procuraron que este se conociera a fin de que no se llamaran a engaño los futuros colegiales.
Como ya hemos anotado en otro lugar, no dudaron en proceder a la expulsión de algunos colegiales, ya desde el principio, cuando incurrían en faltas morales, amistades peligrosas, falta de aprovechamiento en el estudio, indisciplina frente a los superiores o en las relaciones con los compañeros y, naturalmente, cuando los síntomas de vocación se presentaban dudosos 22.
Desde el principio pensaron los operarios en la selección, del alumnado. En la memoria del curso 1895–1896 escribe el director: «Cada curso tenemos ocasión de notar la imperiosa necesidad de que se haga muy escrupuloso examen acerca de las condiciones que han de tener los alumnos enviados a este colegio, porque si alguna de las debidas condiciones falta o es escasa, produce por lo general graves consecuencias» 23.
Simultáneamente se va trabajando por una organización interna más estructurada y pedagógica. En la memoria del curso 1896–1897 se lee: «Para la más exacta vigilancia y especial cuidado de los alumnos está dividida la comunidad en cuatro secciones presididas por otros tantos prefectos elegidos de entre los más aprovechados en el estudio y la virtud. Estas secciones están completamente separadas unas de otras, no teniendo otra comunicación que las que imponen las exigencias del lugar, que son hoy capilla y refectorio» 24.
Por otra parte los superiores intentaban que todos los alumnos fueran «enviados» por los prelados. Esta ya era una selección y lo hacen notar. En el curso 1895–1896 «todos los alumnos excepto seis, han sido directamente mandado por sus respectivos prelados, siendo ésta la causa principal, sin duda, de la exacta disciplina y de tan satisfactorio estado moral y religiosa que hasta hoy se ha observado en este colegio» 25.
La selección del alumnado, la atención personal a los mismos por parte de los educadores, el nivel de vida espiritual y la altura académica se deja sentir muy pronto en el ambiente general de la casa. El rector puede escribir resumiendo el curso 1897–1898: «Los alumnos profésanse mutuamente cariño fraternal por lo que nunca se les sorprende en acaloradas disputas, ni mucho menos hay entre ellos razonamientos que desdigan de jóvenes bien educados» 26.
Lo que no hace descansar a los superiores ni creer que todo iba bien y no existían defectos.
No quiero decir con esto que el colegio español sea un jardín donde no se respira más que el perfume de la virtud 27.
Es verdad que trabajo, y no pequeño, necesitamos a veces para que los nuevos alumnos que van llegando al principio de cada curso se sujeten completamente a nuestro género de vida, no porque esta tenga en sí algo de singular, sino que como vienen de tantas diócesis de España cada uno con sus hábitos, costumbres, genio y manera de ser que da la región de donde proceden, no es fácil colocar en un mismo molde elementos en cierto sentido tan heterogéneos 28.
El régimen disciplinar del colegio era masivamente aprobado y alabado por los prelados españoles, especialmente por quienes tenían alumnos de su diócesis en el mismo, como se puede comprobar por las numerosas cartas existentes en el archivo del colegio y de la Hermandad. También queda constancia de ella en la información periódica que se da en los Boletines diocesanos sobre su marcha 29.
Baste ahora citar unas líneas del cardenal Marcelo Spínola, arzobispo de Sevilla y patrono del colegio 30, al comentar la memoria del curso 1903–1904: «En aquella casa, nosotros lo hemos visto por nuestros propios ojos, reina el orden más admirable, fruto de la severa disciplina que se guarda, organizándose por maravilloso modo la rigidez que nada perdona, con la suavidad que no conoce la violencia» 31.
Es en este momento cuando Pío X da una serie de normas insistiendo en la necesidad de una adecuada disciplina interna, evitando el externado y otros esquemas existentes en Roma 32.
La carta del Papa está fechada el 5 de mayo y dirigida al cardenal Vicario de, Roma. Los superiores del colegio español la reciben el 12 de junio 33. De alguna manera daba el espaldarazo a lo que se venía haciendo y exigiendo en el colegio, pues las disposiciones insistían en el internado, en que los estudiantes extranjeros residieran en los colegios nacionales (4.º), en la necesidad de contar con' la autorización del prelado para ser admitidos en los colegios (6.º) 34.
Los operarios cumplían fidelísimamente estas normas y el segundo decenio de la vida del colegio (podíamos decir que coincidente con el pontificado de Pío X) se caracteriza por una gran estabilidad, fruto de las medidas de los cursos anteriores. Es en estos años cuando los alumnos consiguen. sus mayores triunfos en la universidad Gregoriana, como puede comprobare por los documentos académicos de esta época.
3. Espiritualidad
Tanto el Concilio Vaticano I como los pontífices de la segunda mitad del siglo XIX insisten continuamente en la exigencia de una espiritualidad sólida. Pío IX pedirá a quienes aspiren al sacerdocio, «gravedad de costumbres, integridad de vida, santidad, doctrina y disciplina eclesiástica» 35.
León XIII da nuevas ideas sobre la disciplina y vida espiritual de los seminarios y concretamente, en lo que se refiere al director espiritual, «un tale ufficio che desideriamo non manchi in nesún seminario» 36.
Ya anteriormente algunos padres del Concilio Vaticano 1 habían insistido en el papel del director espiritual y en el valor de las prácticas de piedad. La plática semanal, la meditación diaria, el retiro mensual y los ejercicios espirituales anuales 37.
Don Manuel les hablaba a los colegiales de la necesidad de una «piedad verdadera» como constitutiva de la vida del colegio. Y a la consecución de medios eficaces para garantizarla dedicarán sumo interés los operarios. Fue una de las preocupaciones primeras del mismo fundador. Cada año, en la memoria que el rector envía a los cardenales patronos del colegio, ocupa el primer lugar la información del aspecto moral y religioso de los alumnos.
El medio más eficaz con que cuentan es el director espiritual. Y lo valoran. A lo largo de las crónicas, apuntes y diarios se ve la influencia de los directores espirituales que son consejeros natos de los superiores. Con ellos se cuenta tanto para determinar el traje que han de vestir, como para las salidas definitivas del colegio, la preparación de los actos de piedad...
Tuvieron suerte o buen acierto en la elección de los primeros directores espirituales. El fundador marcha contento porque a los primeros alumnos los deja en manos de monseñor Merry del Val, primer director espiritual del colegio. Al curso siguiente se hace cargo de la misma el padre Homs 38 y el cronista no duda en escribir: «Mucho se ha de hablar en estas crónicas del bondadosísimo padre Homs, el cual desde la fundación del colegio prestó a éste tan buenos servicios, que se puede decir que el haber Dios Nuestro Señor proporcionado al colegio la amistad de este padre fue uno de los mayores beneficios con que favoreció al naciente colegio» 39.
Incluso en vacaciones de verano acompañaba el padre Homs a los colegiales y la mejor, señal del aprecio y la valoración que hacían los operarios del director espiritual nos la da el mismo don Manuel cuando escribe: «No puede usted pensar el placer que me da de ir el padre Homs con ustedes. Es la noticia mejor y más grata que me ha dado en todo este tiempo y Jesús nos lo conserve como le pido para consuelo de nuestro colegio ... » 40.
El padre Horas fue director espiritual del colegio durante más de veinte años. También lo fue durante años el padre Pérez 41 procurador general de los Agustinos Recoletos y el padre Fernández, OFM, hasta que pudieron hacerse cargo de la dirección espiritual los mismos operarios.
Por lo demás la vida espiritual está asentada sobre una serie de actos típicos del tiempo, si bien los operarios introdujeron en la vida espiritual de los colegiales algunos actos propios de la Hermandad como enseguida veremos.
El curso comenzaba siempre por los ejercicios espirituales. Son continuas las referencias en los libros de crónicas, en el diario personal del rector del colegio y en las memorias que al final de cada curso se envía a los cardenales patronos y a la congregación de estudios 42.
Cada mes hacen un día de retiro que el diario del rector anota puntualmente así como la persona que lo dirige. Poco a poco insistiendo desde todos frentes se va afianzando la vida espiritual. En la memoria del curso 1895–1896, rector del colegio escribe: «La comunión frecuente que todos los alumnos practican, es la mejor prueba del espíritu de piedad que reina en esta comunidad. Todos confiesan cada ocho, días y comulgan tres o cuatro veces a la semana, algunos diariamente, dirigidos por celosísimos y prudentes confesores...» 43.
Diariamente asisten a la misa, rezan el rosario y tienen su rato de meditación particular a primera hora de la mañana en la capilla, inmediatamente antes de la celebración de la misa.
Además de estos actos, los operarios, como decíamos, fueron introduciendo los específicos de su institución. Teniendo en cuenta que uno de los pilares de la espiritualidad del operario era la Eucaristía, se introducen unos actos de piedad eminentemente eucarísticos.
Especial solemnidad revestía la celebración de la fiesta del «Reservado». Don Manuel daba una importancia extraordinaria en sus fundaciones a la permanencia en la casa de la Eucaristía. Y quería que se celebrara todos los años dicho aniversario con la mayor solemnidad posible. También ocurrió así en Roma, sobre todo el día en que tuvo lugar la instalación del Reservado en la capilla de Altemps, el 11 de noviembre de 1894. A don Manuel le gustaba que se adornara la casa, se invitara a los amigos y se celebrara una gran fiesta.
No quiso privarse este primer año de ser él quien instalara el Reservado: «queríamos invitar al cardenal Di Pietro para esto; pero no quiero privarme de este consuelo... » 44.
No faltaron los adornos ni las invitaciones a los amigos como puede verse en las crónicas de ese y de todos los años siguientes. El Santísimo estaba todo, 'el día expuesto y ante él pasaban todos los colegiales en actos de reparación y acción de gracias por haber venido a vivir en la casa.
Otro acto de piedad típico introducido por los operarios fue la «Hora Santa». Ellos tenían en sus constituciones pasar una hora de adoración y reparación ante el Señor en la noche del jueves al viernes. También en Roma la hacían y como consta en el diario del rector invitaron a los alumnos a participar en la misma. Efectivamente, la asistencia de los colegiales, totalmente libre, si bien los superiores invitaban a alguien que dirigiera una plática, la cuidaban en sus detalles y llegó un momento en que iban la mayoría de los colegiales llegando a ser una de las costumbres piadosas de la casa.
Las crónicas también nos hablan de los ejercicios especiales programados para los meses de mayo y junio, dedicados a la Santísima Virgen y al Corazón de Jesús 45.
Uno de los ejercicios que más se extendió fue el Vía Crucis, sobre todo en cuaresma. En este tiempo también asistían los colegiales a las estaciones celebradas en Roma participando activamente en las mismas.
También fue característico de los colegios fundados por mosén Sol la devoción al patriarca san José bajo cuya advocación los tituló todos. Con especial cuidado celebraban su fiesta, precedida siempre de «los siete domingos de san José» y de la novena que predicaban los mismos alumnos ya desde que estaban en Altieri 46.
A partir del año 1895 celebran con toda solemnidad en la capilla del colegio los oficios de la Semana Santa 47.
A través de las crónicas y diarios se puede comprobar el cuidado que ponían los operarios para que las funciones de la capilla fueran siempre dignas, ensayando antes cuanto se iba a realizar, tanto en las piezas musicales como en las ceremonias litúrgicas. Pronto llegaron a adquirir fama de ser «los más sencillos y los que mejor actuaban en las funciones litúrgicas de las basílicas romanas donde actuaban» 48.
4. Vida académica
a) Estudios en la Universidad Gregoriana
Ya antes de su primer viaje a Roma, mosén Sol había pedido informes sobre distintos aspectos de su futura fundación. Desea estar informado de la situación de los centros de enseñanza 49, y una de las primeras visitas que hace es a la universidad Gregoriana. La idea la tenía clara. Deseaba fundar el colegio de Roma, les dice a los operarios en la reunión de Valencia del 88–89, donde «fueran los jóvenes que quisieran ir a seguir sus estudios eclesiásticos en los grandes centros de enseñanza de aquella capital» 50.
Por otra parte conocía el desprestigio, en que habían caído los estudios en los seminarios centrales de España 51.
Sanz y Forés le hizo ver, antes de acometer la aventura de la fundación del colegio, «ciertos recelos y desconfianzas de nuestros prelados en materia de estudios y formación del espíritu fuera de sus diócesis, y principalmente en Roma» 52.
Manuel, conocedor de todas estas circunstancias no puede permitirse un margen de error a la hora de elegir centro de enseñanza, pues podía ser esto, si no iba bien, el golpe de gracia ante muchos prelados que verían confirmados sospechas y recelos.
Así escribía a los pocos días de encontrarse en Roma con los primeros alumnos: «estos, animosos; y todos son meritísimos, pues hemos tenido interés en que así fuesen lo primeros. Hemos escogido la Gregoriana para Centro, como el más acreditado, pues están al frente los padres jesuitas» 53.
Es cierto que cuando León XIII cedió el palacio Altemps a los obispos españoles para instalar en él el colegio español, algunos creyeron que lo había hecho pensando en que los colegiales asistieran a clase al Apollinare y hasta parece que el mismo pontífice manifestó de alguna manera estas intenciones hablando con el obispo de Salamanca, padre Cámara 54, y al de Oviedo, Martínez Vigil 55.
La idea de los estudios en el Apollinare no gustaba a monseñor Merry que, hecho ya en 1891, no aceptaba la propuesta del Altemps «porque entonces los del colegio tendrían que ir al Apollinare y esto no convenía de ninguna manera; que es necesario que vayan a la Gregoriana...» 56. Merry justificaba sus razones explicando que: «La vida lánguida que hace años tenían los demás centros docentes de Roma por falta de personal bueno y seguro, y que aun los buenos superiores de dichos centros estaban ocupados en otros asuntos extraños a las cátedras. Además, y de un modo especial en el Apolinar, casi todos los alumnos eran externos, y antes de la entrada de los profesores en las clases se confundían mucho, todos los estudiantes y se relacionaban demasiado y hablaban y discutían sobre dignidades y altos puestos, fomentando de ese modo las vanidades y aspiraciones peligrosas. Lo que no ocurría en la Gregoriana en donde hay un profesor para cada asignatura y por regla general ocupado exclusivamente en ella. Los alumnos son todos internos y la disciplina severa que allí rige evita los inconvenientes antes expuestos» 57.
Además de Merry también el cardenal Rampolla, insistía para que los españoles cursaran sus estudios en la universidad Gregoriana.
Don Manuel desde Tortosa seguía de cerca el asunto y expresa claramente sus preferencias en la carta que el 6 de mayo de 1893 escribe al director del colegio: «No pasamos de sustos. Anoche le escribí a don Benito [Sanz y Forés] eso de la indicación del Papa sobre Apolinar. Me deshojaría todas las ilusiones, y así le digo a don Benito que casi preferiríamos no haber tenido local allí...» 58.
Es muy seria la postura del fundador, cuando prefiere no haber tenido la idea, a permitir que vayan al Apollinare.
Como era de esperar, este exclusivismo académico a favor de la Gregoriana, motivó algunos incidentes. Las crónicas nos hablan claramente de ello. Y en especial del entonces obispo de Oviedo, padre Martínez Vigil, dominico.
Ya en enero de 1894 escribe al director y una vez agradecido de la información de sus alumnos, le habla de que «algún catedrático del colegio romano (Gregoriana) entiende a su manera las instrucciones de Su Santidad sobre la enseñanza tomista» 59 «Si esto fuera verdad sería necesario que los alumnos fueran a otro colegio para que el seminario español no fracasara... Aquí en España tenemos nuestra teología rancia que, en confianza se lo digo, no cambio por la romana. Por eso no he querido que mis alumnos estudien ahí teología ... » 60.
En la visita que hizo a Roma en abril del mismo año con motivo de la peregrinación española, visitó el colegio, acompañado del obispo de Osma: «todos los tiros iban contra la Gregoriana y como en los operarios veía tanta resistencia a sus planes se empezó a hablar contra la disciplina...». Para conseguir sus fines visita al cardenal Vicario pidiéndole «especialmente obligara a los alumnos a que asistieran a las clases del Apolinar».
Otros prelados no hicieron caso a las ideas del obispo de Oviedo ni él se permitió hablarle al Papa del asunto, según decía eran sus intenciones 61.
Don Manuel estaba puntualmente informado de todo; y esta postura del obispo de Oviedo da la oportunidad para que remache más su postura en este punto. En efecto, el 28 de abril escribe: « ... eso del señor Rampolla sobre la resolución de la Gregoriana me place pues estábamos resueltos a no transigir con ningún prelado sin expreso mandato del Papa, porque hubiera sido además de difícil la disciplina un nido de disputas dentro del colegio ... » 62.
Pero el obispo de Oviedo «salió de Roma con intenciones de continuar su guerra contra el colegio especialmente por lo de la Gregoriana» y el 17 de agosto del mismo año escribía de nuevo al director: « ... La piedad es necesaria en los aspirantes al sacerdocio, pero a Roma van principalmente para instruirse... quiero que mis alumnos se matriculen y asistan a las clases del seminario Apolinar. En esto obedezco a las insinuaciones del Sumo Pontífice y a mis propias convicciones. Si no pudiera ser, le ruego me lo comunique a la mayor brevedad para tomar otra determinación. Deseo que el colegio prospere y estoy dispuesto a ayudarle; pero quiero también que la enseñanza sea a mi satisfacción» 63.
La verdad es que el obispo Vigil estaba muy prevenido contra los Operarios y contra, los jesuitas que, creía, «sólo podrían dar a los alumnos una ciencia cruda» 64.
A pesar de las precauciones y de otros inconvenientes, durante muchos años se permite el ingreso en el colegio a quienes realizaran sus estudios en la Gregoriana, llegando a ser motivo de expulsión de quien intentara hacerlo en otro centro 65.
Este asunto seguirá dando ocasión de malestar entre alumnos y voluntad de sus obispos y, evidentemente, de los operarios 66.
Apuntemos para terminar, que el hecho de la presencia de todos los colegiales del español en la Gregoriana no supone que los operarios aprobaran de plano y sin reservas los contenidos doctrinales de sus enseñanzas y los sistemas utilizados. Como puede apreciarse en las impresiones que el rector del colegio da sobre la marcha de la misma. Si bien es verdad que se le dan «gratas en general», también se lamentó «de los apuntes, que martirizan a los alumnos», «del número de asignaturas con que recargan la ratio studiorum», «de la enseñanza de la moral, a manera de seminario diocesano» y de «la admisión de opiniones escolásticas, elevadas sin caridad, con escándalo de los jóvenes y con espíritu de partidismo, y no con criterio amplio y superior que es lo que se debe adoptar en toda materia disputable y no definida» 67.
b) Reconocimiento de estudios
Uno de los primeros problemas planteados al colegio y en el que pensaban los operarios desde el primer momento, fue la convalidación en España de los grados académicos obtenidos en Roma.
Cuando en abril de 1894 el cardenal Sanz y Forés va a Roma, presidiendo la peregrinación española, este es uno de los temas que el director –del colegio lleva en su agenda para tratar con el purpurado. Previamente el fundador del colegio, mosén Sol, desde España había enviado algunas indicaciones sobre derechos, modos y forma de hacerlo ante el Gobierno 68.
El director del colegio con el cardenal Sanz y Forés y con monseñor Merry acordaron que lo que había de pedirse era «el reconocimiento de los grados sin reválida ni pago de derechos» 69.
Presentado el proyecto al cardenal Secretario, éste indica que era necesaria la intervención del Gobierno español, puesto que era ley concordada la validez de los grados académicos y encargó al mismo Sanz y Forés para que explorara las disposiciones del mismo. Era entonces presidente del consejo de ministros de España, Sagasta. Al proponerle meses después el cardenal el asunto, Sagasta le contestó que lo arreglaran los prelados... y cuando la Santa Sede aprobara lo que los prelados hicieran, el Gobierno lo tendría como un hecho consumado 70.
Las inesperada muerte del cardenal Sanz y Forés, ocurrida el 1 de noviembre de 1895 interrumpió las negociaciones. El cardenal Monescillo que era por esas fechas el otro cardenal patrono del colegio por ser arzobispo de Toledo, nunca demostró interés por el mismo, y el nuevo arzobispo de Sevilla, monseñor Spínola, no había tenido aún tiempo de conocerlo; más tarde veremos que será uno de los mejores amigos de la obra durante su corta estancia como arzobispo de Sevilla.
Había llegado el nuevo curso. Don Manuel va a Roma y uno de los asuntos a que dedica mayor atención es precisamente a la consecución del reconocimiento de los grados académicos de los alumnos del colegio.
El día 25 de noviembre de 1896 celebraron una larga conferencia mosén Sol, monseñor Merry y el rector del colegio, don Benjamín Miñana 71. En ella acuerdan plantear la cuestión directamente al cardenal Mazzella, prefecto de la S.C. de Estudios (1893–1897). El rector la presenta, obtenida previamente la aprobación de los términos de su redacción por parte de Merry y del cardenal Rampolla, el 18 de diciembre; y el cardenal Mazzella le promete presentarla al día siguiente al Papa. Así lo hizo el 19 y León XIII pensó dar motu proprio para el reconocimiento «pero habiéndolo dicho antes al cardenal Rampolla, éste indicó la conveniencia de que se escribiera al cardenal Cascajares 72 para que explorase las disposiciones del Gobierno español y, a ser posible, obtuviese por escrito una declaración de que no se opondría a dicho reconocimiento» 73.
El cardenal Cascajares aceptó gustoso el encargo, escribiendo el 27 de marzo de 1897 al director «Tengo bastante adelantado la validez de los grados obtenidos, ahí, para efectos eclesiásticos» 74.
Al mismo tiempo que el cardenal Cascajares trabajaba oficialmente, el director del colegio habló personalmente con varios prelados españoles interesándoles en el asunto.
De una forma especial informó de todo al nuevo arzobispo de Sevilla, Spínola, y al Nuncio en Madrid monseñor Nava di Bontifé 75.
Las cosas, sin embargo no adelantaban. Habían salido ya varias levas de colegiales con sus títulos de Roma sin haberse conseguido la validez. El 28 de julio de 1897 escribía nuevamente el cardenal Cascajares lamentándose de la lentitud de las gestiones. Ya en esta carta apunta otra razón cuando dice: «Tenga usted presente que para todo, y de un modo especial para ese colegio por el que tengo tan vivo interés, es un obstáculo y una rémora el estado en que se encuentra hace años el cardenal de Toledo único protector oficial del colegio y, por tanto, el único que puede y debe obrar y secundar el deseo del Santo Padre» 76.
Los operarios, viendo así la situación, deciden intentar nuevamente el camino recto y el director del colegio, aprovechando una visita al cardenal Rama por otros motivos, el 27 de junio, le alude al asunto de los grados. El cardenal evadiendo un tanto la pregunta dice que «tenía el colegio todavía muchos obispos contrarios» y convenía tener paciencia 77.
El director sale desconcertado por lo que adivina puede haber detrás, y al día siguiente visita al ya sustituto de la secretaría de Estado, monseñor Della Chiesa. Este le explica lo que pasa: Cascajares había escrito «que por parte, Gobierno no hay dificultades, pero que los obispos recibirían mal esa concesión». Luego siguen las consabidas acusaciones de algunos de ellos al colegio. Monseñor Della Chiesa aconsejó «que dejáramos estar a Cascajares y buscáramos las influencias del de Sevilla» 78.
Parece que uno de los obispos que estaba por medio era el de Salamanca, padre Cámara, empeñado, entonces en la creación del colegio de estudios superiores de Calatrava 79.
El director no cede en su empeño y el 1 de julio visita al cardenal Mazzella,, prefecto de la Congregación de Estudios, y le informa de los últimos acontecimientos. «Se ha indignado al conocer los detalles de la inesperada interrupción y de ello hablará con el Santo Padre el sábado próximo» 80. Así lo hizo el cardenal puntualmente e informé al director de la decisión tomada: «León XIII, prescindiendo de los prelados, encargaría al señor embajador que había de ir pronto a España, hablase a la Reina y al Gobierno manifestándoles su voluntad en lo del reconocimiento de grados, y enseguida se publicaría un motu propio a los prelados de España» 81.
«Con esto se tranquilizaron los superiores, sobre todo viendo el interés que se tomaba el señor cardenal Mazzella, y pudieron tranquilizar a los ex–alumnos especialmente a Regueras de Oviedo y Rodríguez de Avila que con insistencia pedían noticias del estado de dicho asunto, necesitando el reconocimiento de los grados que obtuvieron en Roma» 82.
Termina el curso y los alumnos y superiores se trasladan a pasar las vacaciones de verano a Narni, principesca ciudad medieval a unos 85 Kms. de Roma. El director no olvidaba el tema de la convalidación de estudios. A finales de agosto hace un viaje a Roma «para ver las obras. Las obras del primer piso están muy adelantadas. Con monseñor Merry he pasado cerca de dos horas. He visto la comunicación que la Congregación de Estudios envía[rá] a los arzobispos de España. Entre otras cosas dice que los grados de Roma sean reconocidos en España a las 6 de la tarde volví a Narni» 83.
Mientras tanto, se había producido cambio de prefecto en la Congregación de Estudios. Y el nuevo cardenal Satolli (1897–1810), encontró en seguida modo de resolver el tema de las convalidaciones. En efecto, en septiembre de ese año, como ya indicamos, se concede la categoría de universidades pontificias a varios seminarios españoles y para ello se envía una circular a los obispos interesados el 15 de septiembre de 1897. En ella se declara que, en nombre y por deseo expreso del Santo Padre, tendrán validez en España todos los grados académicos obtenidos en Roma por los alumnos del colegio español, «cada vez más floreciente, bajo los auspicios del Pontífice y con universal gozo de la ciudad eterna, por la virtud, ciencia y laboriosidad de los alumnos» 84.
La carta fue publicada en todos los boletines oficiales de las sedes metropolitanas y en muchos de las sufragáneas, siendo la primera de éstas Salamanca 85, produciendo el consabido regocijo entre los antiguos alumnos del colegio que volcaron sobre el director felicitaciones por los muchos trabajos realizados para conseguir del Santo Padre tan señalado favor. En la memoria del curso 1896–1897 escribe el rector del colegio:
La prueba más notoria del presente curso, y que deseo conste en esta memoria como perenne obsequio de filial gratitud a tan buen padre, es la validez concedida a los grados académicos obtenidos en Roma ante los seminarios de España.
Uno de los mayores inconvenientes que se ofrecían a los señores obispos para enviar alumnos a este colegio y que por tanto dificultaba el desarrollo del mismo, era tener que añadir a los gastos ocasionados durante la estancia en Roma, los que eran necesarios para la revalidación de grados en España 86.
Completemos esta parte diciendo que León XIII seguía de cerca la marcha del colegio y le preocupaba que no aumentase más el número de colegiales, creyendo que la causa de este hecho era las concesiones hechas a los seminarios centrales de España llegando a pensar si no sería necesario remediarlo retirando los permisos dados. Naturalmente esta medida crearía un gran conflicto que hizo ver el cardenal prefecto de Estudios al Papa. No obstante, el Papa insistió para que se buscara un medio a fin de que los prelados conocieran su voluntad de que todos debían enviar alumnos al colegio. Así lo manifestó al cardenal Satolli y éste fue el motivo de la circular que el 28 de diciembre de 1898 envía la Congregación a todos los prelados de España recomendando el colegio Español.
En el diario personal de don Benjamín leemos el día 6 de febrero de 1899:
Recibo de la Secretaría de estudios la contestación a nuestra memoria. Al ir a dar las gracias nos han dicho que el Papa a fines de diciembre aprovechó la visita que le hizo el cardenal Sotolli, prefecto de estudios para hablarle del colegio español. Dijo el Papa al cardenal que estaba muy contento del colegio pero que veía con disgusto que todavía no llega a 100 el número de colegiales, y que tal vez de esto tenga la culpa la Congregación de Estudios por haber favorecido demasiado a los seminarios centrales de España, y que si esto era verdad, es necesario remediarlo aunque fuese deshaciendo lo hecho, es decir, quitando el privilegio de centrales a los recién creados tales. El cardenal se excusó de lo primero diciendo que él lo había encontrado todo hecho por su antecesor, no habiendo hecho más que firmar los decretos, y a lo segundo dijo que organizaría un grave conflicto si se quitara a los seminarios centrales los privilegios concedidos. Entonces el Papa insistió diciendo que si esto no, que buscara el cardenal un medio para que los prelados conocieran su voluntad de que todos enviaran alumnos al colegio español y que este sea pronto el primero de Roma. Por esto el cardenal envió en seguida a los seminarios recién creados centrales una carta con el único objeto de recomendarles el colegio español. En la Congregación nos han dicho que cuando los seminarios centrales pidan nuevas gracias se consultará o nos preguntarán si dichos seminarios tienen aquí alumnos 87.
Esta circular, lo mismo que la anterior, fue publicada por los boletines diocesanos de España 88 y el secretario de la Congregación se lo hace saber al director del colegio en la carta autógrafa en que agradece la memoria del curso anterior 89. Los operarios, y en concreto don Manuel, hubieran preferido una carta más directa y menos ampulosa a fin de que se vieran bien claras las verdaderas intenciones del Papa 90. No era fácil ser tan explícito estando tan recientes las concesiones a los seminarios centrales. Y lo que sí consiguió la circular fue que cambiara definitivamente la actitud de algunos obispos frente a los plantes de los operarios y, concretamente, en lo referente al colegio español.
c) Actividades académicas extraescolares
Como ya hemos apuntado en otro lugar, uno de los puntos en que insistieron los operarios desde los primeros cursos fue la selección del alumnado. También en el aspecto intelectual. Ya en la memoria del curso 1895–1896 se lee que «a más de las condiciones morales y religiosas cuya necesidad sería en vano encarecer, son indispensables gran desarrollo intelectual y abundancia de fuerzas físicas; en tanto grado que los alumnos faltos de salud pronto se inutilizarán por el continuo trabajo intelectual y moral que pesa sobre ellos; y los de poco talento o no aprueban los cursos o lo hacen con dificultad y muy poco lucimiento para ellos y para las diócesis que representa ... » 91.
La aplicación era buena y alguna vez hubieron de corregir los superiores el exceso en el estudio, según consta en la misma memoria.
Los operarios estimulaban a los alumnos por medio de concursos y premios, sobre todo a partir de la convalidación de grados académicos. La Congregación de Estudios lo conoce, lo aprueba y alienta a los operarios en esta línea 92.
Los colegiales españoles, en pocos cursos, alcanzaron un gran prestigio en las aulas de la Gregoriana y del Instituto Bíblico. Lo resultados obtenidos en los exámenes eran excelentes, y analizando las memorias anuales, se constata visiblemente la rapidez e intensidad con que sube el progreso intelectual de los alumnos del colegio 93. Los alumnos más sobresalientes eran reconocidos públicamente 94 por superiores y profesores.
Al trabajo ordinario en la universidad unieron los operarios iniciativas Concretas en el campo de la literatura, lenguas modernas, liturgia... y tenían los llamados «repetidores»: profesores que acompañaban en el colegio a los alumnos, les orientaban en sus estudios, etc.
Las vacaciones fueron el tiempo más propicio y mejor aprovechado para estos ejercicios literarios. Se conserva en el archivo de la Hermandad una libreta manuscrita con el título de Formación literaria de los alumnos donde se encuentran apuntes de literatura castellana: declamación, composición, improvisación, crítica... y las bases de certámenes literarios de 1900, 1901, 1902, 1903... 95. Muchos de estos temas luego pasarán a formar parte de los publicados en El Correo Interior Josefino.
Especial mención nos merece el comentario que los colegiales hicieron al Decreto Lamentabili 96. Durante las vacaciones de 1907 surgió la idea en el colegio de que los alumnos de las facultades de teología y cánones escribieran un comentario a cada una de las proposiciones condenadas. Los superiores aprueban la idea, y se forma una comisión encargada de distribuir los temas y darle forma.
Mientras estuvieron los colegiales de vacaciones en Senigaglia prepararon el temario que había de completarse en Roma, donde podían contar con bibliotecas y consultores entre los profesores de la Gregoriana. De entre éstos contaron con el apoyo y la orientación de los profesores Billot Van Laak, Reimsbach, Vidal, Medineau y Macchi.
A medida que el trabajo avanza, «se vio que no sólo no sería un atrevimiento tonto y ridículo el de la publicación de dichas disertaciones en uno o dos tomos, sino que había de resultar una obra muy completa y que indudablemente había de tener mucha aceptación». De esta misma opinión fueron varios religiosos españoles a quienes se pidió su parecer 97.
Con la ayuda económica de don Francisco García López, obispo auxiliar de Valencia y del padre Recocer se lanzaron a la publicación que salió con el título de Ensayo de comentario del Decreto «Lamentabili» por los alumnos de Teología y Derecho canónico (curso 1906–1907) del Pontificio Colegio Español de San José de Roma 98.
Pío X, L,Osservatore Romano, la Congregación de Estudios y numerosos obispos y periódicos españoles acogieron y comentaron favorablemente esta primera producción científica de los colegiales españoles en Roma 99.
d) Inicios de biblioteca
Un centro que se propone una buena formación de sus alumnos ha de disponer necesariamente de una buena biblioteca. «A medida que iba el colegio desarrollándose y creciendo el número de colegiales se dejaba sentir más la falta de una buena biblioteca a donde pudieran acudir los alumnos para consultar y ampliar sus estudios», anota ya en los primeros meses de 1895 el cronista 100. Cosa nada fácil para los fundadores del colegio, pues no disponían de medios económicos como para embarcarse en la costosa empresa de formar una buena biblioteca. «Por eso los superiores para atender en cuanto les era posible a tan urgente necesidad se dedicaron con interés a adquirir libros gratis o con muy poco precio en las ventas de bibliotecas por subasta tan frecuentes en Roma. Por este último medio adquirirían algunas obras, las más indispensables, habiendo podido reunir en el mes de febrero un centenar de volúmenes ... » 101.
También desde el principio comenzaron los amigos del colegio a contribuir con sus pequeños regalos de libros para ir engrosando el depósito de la biblioteca. Entre los primeros que desean «poner su granito de arena» en la creación de la biblioteca, hemos de señalar al obispo y al rector del seminario de Avila 102, al lectoral de Tortosa 103, al antiguo alumno Ceferino Andrés 104, el padre Enrique Pérez, ya conocido como confesor del colegio y el doctor Sarvá y Salvany que regala las obras hasta entonces por él publicadas 105. En 1904 Pío X, con motivo de declarar Pontificio el colegio envió un obsequio de libros 106.
Este es el origen, sencillo, callado, humilde, de la biblioteca del Colegio Español que hoy cuenta con una de las mejores colecciones de revistas de Teología, Filosofía, Derecho, Pastoral, Pedagogía, Liturgia, etc.... con una buena colección de Boletines de la mayoría de las diócesis de España, enciclopedias y un buen depósito de volúmenes.
5. Título de Pontificio: 16 de diciembre de 1904
Ya antes de salir para España en el verano de 1896 el director del colegio había pedido al cardenal Rampolla que se concediera al colegio el título de Pontificio 107. La idea fue muy bien acogida por el cardenal y, sin duda, el Santo Padre accedería gustoso a dar este título al colegio. A tal efecto presentó las preces convenientes a la secretaría de Estado. Antes de dar el Decreto el Pontífice desea saber el parecer de los patronos del colegio, arzobispo de Toledo y Sevilla.
Para conocer dicho parecer, se había escrito al Nuncio de España. «Era entonces cardenal arzobispo de Toledo el señor Monescillo el cual para nada había intervenido en los asuntos del colegio y se había mostrado siempre completamente retraído» 108. Arzobispo de Sevilla había sido nombrado, sucediendo precisamente al cardenal Sanz y Forés, don Marcelo Spínola y Mester que aún no había entrado en contacto con el colegio; y una estrecha amistad va a ligar al bondadoso don Marcelo con el director del colegio y éste (don Benjamín) le introducirá más tarde en la intimidad de Pío X que le creará cardenal en el Consistorio de noviembre de 1905.
Por estas razones el, director estaba casi arrepentido de haber hecho la petición. En efecto, el cardenal de Toledo contestó de una forma displicente diciendo «que hicieran lo que quisieran, que él no tenía nada que ver con las cosas del colegio español».
La contestación de Spínola dejaba al descubierto a los encargados de la dirección del colegio ya que una de las cláusulas de la carta de cesión del palacio Altemps les imponía la obligación de dar cuenta anual a los arzobispos de Toledo y Sevilla de la marcha del colegio 109. Y el Nuncio escribió al cardenal Rampolla quejándose del incumplimiento de dicha cláusula 110.
Monseñor Della Chiesa sabía lo ocurrido años anteriores y cómo si tal cláusula, no se cumplía lo fue por consejo del mismo cardenal de Sevilla, Sanz y Forés 111 ya que él seguía al día la marcha del colegio y el de Toledo, como ya el mismo Sanz y Forés escribía al rector del mismo el 21 de junio de 1895: «Cómo éste en su ancianidad no había tomado parte en nada que se refiera al colegio...» no se creyó prudente enviarla 112.
De la Chiesa una vez más, supo defender a los operarios, dar satisfacción al cardenal–secretario y Nuncio en España, y al mismo tiempo aconsejar que a partir de entonces se enviara la memoria del curso a los arzobispos protectores 113.
Por estas fechas, además, estaba planteado el asunto de los estudios en la Gregoriana y se produce la intervención del arzobispo de Santiago de Compostela, quejándose «porque enviaban a los alumnos a las clases de la Gregoriana» 114.
Aunque a las distintas acusaciones o dificultades se fue dando solución satisfactoria, no dejaron de impresionar al cardenal Rampolla; y el asunto del título de Pontificio queda un tanto olvidado.
Al comenzar el curso 1904–1905 estudian nuevamente los operarios la posibilidad de conseguir del Santo Padre el título de Pontificio para el colegio.
En la escena de la vida eclesial habían cambiado los principales personajes. Pío X y Merry sustituían a León XIII y Rampolla, y en España, tras el fallecimiento de Monescillo, ocupaba la sede toledana el cardenal Sancha y Hervás 115 y continúa en Sevilla don Marcelo Spínola Mestre.
Antes de dar el paso, consultan los superiores con los cardenales Vives 116 y Merry que «no solamente aprobaron la idea, sino que animaron al director para que se hiciese cuanto antes».
Rápido, don Benjamín redacta unas sencillas preces que el 25 de noviembre envía a Sevilla donde se encontraba entonces también el cardenal de Toledo 117 a fin de poderlas presentar con el visto bueno de los cardenales patronos. Estos contestan rápidos a la demanda del rector y éste puede el 10 de diciembre presentar la petición oficial al cardenal Merry, secretario de Estado.
Los superiores y el mismo cardenal Merry deseaban que la concesión se concediera cuanto antes pues querían que el catálogo de aquel año saliera ya a la luz con un flamante «Pontificio» y poder repartirlo el día 14 en el acto de la distribución de premios.
Pío X con la fiesta de la Inmaculada y las canonizaciones de aquellos días, no había podido firmar la concesión, pero como ya estaba concedida, el cardenal Merry autorizó la publicación del catálogo con el título de Pontificio 118.
Pío X firmó el Decreto el día 16 de diciembre y el 17 al anochecer lo recibían en el colegio y el 18 lo lee el rector a la «comunidad antes de la Plática» 119.
El documento es breve 120 «redactado en frases muy hermosas y laudatorias para el colegio. Se puso el diploma en un cuadro y se colocó en la sala de recibir. Además se hizo de él una tirada grande en la imprenta Vaticana y en cada catálogo se puso uno de dichos impresos, a medida que se enviaban aquellos a España».
Tanto en Roma como en España llamó mucho la atención el nuevo título con que el Papa honraba al colegio español. La mayoría de los boletines eclesiásticos de España reproducen textualmente el diploma y varios obispos aprovechan la oportunidad para elogiar el colegio 121.
Pocos días después, exactamente el 22, «el Santo Padre, queriendo demostrar su predilección al colegio español envió al director una grande y artística caja llena de libros, lujosamente encuadernados y muy escogidos para la biblioteca» 122.
Por esas fechas, don Manuel Domingo y Sol sufre una seria amenaza de ataque apopléjico. Precisamente el 16 de diciembre cuando se firmaba el diploma de pontificio para su querido colegio. Hasta el mes de mayo del año siguiente no se repondría totalmente su salud. Así se explica que no haya cartas de esta época referentes al acontecimiento que sin duda causaría en él una gran alegría 123. También había interrumpido sus viajes a Roma, conformándose con despedir a los colegiales en Barcelona hasta el mes de mayo de 1907 en que visitará por última vez Roma y el colegio 124.
II. NATURALEZA DEL COLEGIO
Recordemos que don Manuel, cuando inaugura el colegio de Roma el 1 de abril de 1892, cumplía 56 años, edad en la que los hombres han llegado ya a eso que se llama el techo estadísticamente hablando. Había pasado sus años de misionero diocesano y profesor; había fundado conventos de religiosas contemplativas; se había dedicado a la juventud y al mundo de los obreros...
Sobre todo había intentado dar una respuesta válida, positiva y duradera al problema de las vocaciones. Para esto funda los colegios de vocaciones eclesiásticas y para dar consistencia a todo había fundado la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos. Ya hemos visto cómo estaba la pastoral vocacional en la segunda mitad del siglo XIX en España. Más tarde, estudiaremos cómo se encontraban los seminarios en lo referente a formación humana, académica y espiritual.
En la síntesis de su vida sacerdotal, llega a la conclusión de que el remedio, el gran medio para atajar tantos males, era el clero; la formación del clero era para él la clave, el quicio sobre el que giraría toda su obra.
La mejor solución para la crisis de las vocaciones, para atender a la soledad de tantas parroquias, para elevar el nivel cultural de la Iglesia en España. «¡Hay tanta falta de sacerdotes buenos en el mundo!... Sacerdotes buenos no hay nunca demasiados en la Iglesia de Dios. Los malos sobran todos... Cuando pienso en la conducta de la mayor parte de mis contemporáneos y los inmediatos a mi época, no lo puedo sufrir... En otra época podrían pasar y hubieran pasado, por hoy, si había de salir de nuestros planteles como salían antes, que Jesús envíe rayos y abrase todos nuestros colegios».
No se puede descuidar la formación intelectual. Los estudios eclesiásticos en España habían declinado entre las continuas convulsiones del agitado siglo XIX. Los seminarios centrales no acertaron o no pudieron acertar. Don Manuel mira a Roma: «Del colegio de Roma han de salir los apóstoles de las diócesis españolas». Muchos sacerdotes, y buenos y bien formados quería don Manuel.
En este contexto y desde esta perspectiva hemos de contemplar la fundación del colegio de Roma. Desde el espíritu que acompañó al fundador en todas sus empresas.
Desde este espíritu. y desde la España empobrecida de ese tiempo hay que leer las pláticas de don Manuel a los primeros colegiales 125. Leyendo también los puntos suspensivos y los silencios llenos de contenido y adivinando lo que estaba en el subsuelo de sus palabras.
1. Dinámica de toda fundación
Don Manuel concibió la idea del colegio en Roma como algo sencillo, humilde, como un pequeño grupo de colegiales selectos dispuestos a recibir la formación especial que no se daba en los centros eclesiásticos romanos. De hecho, cuando presenta la idea a los operarios en la reunión del 1 de enero, de 1889 les habla de Ja necesidad y conveniencia de una casa–colegio de la obra en Roma, para los jóvenes que quisieran ir a seguir sus estudios eclesiásticos en los grandes centros de enseñanza de aquella capital» 126. Incluso cuando, ya fundado el colegio habla a los colegiales les dice: «El Señor... quiso sugerirnos el pensamiento de establecer una casa de nuestra obra de vocaciones eclesiásticas para jóvenes de los seminarios españoles que los obispos quisieran. confiarnos, o ellos prefirieran seguir sus estudios en Roma, facilitándoles los medios en cuanto estuviera de nuestra parte... » 127.
Don Manuel quiere una obra sencilla, como uno de sus colegios de España. Por eso no acepta la idea que le propone el marqués de Pidal de fundar un «seminario oficial español», ni la del Gobierno de unificación de Condotti y Montserrat para «formar un gran colegio nacional español ... me espanta casi la importancia que va tomando el asunto» 128.
Tal vez por esto no pensara desde el principio en un reglamento concreto y, como hemos visto, se limitará a enviar el general de sus colegios de España cuando el rector le habla del asunto. Pero la idea del colegio va tomando fuerza e importancia:
Este pensamiento tan modesto en nuestras primeras intenciones fue tomando un vuelo y adquiriendo una importancia tal a consecuencia de las contradicciones... que al realizarlo hoy se vislumbra y aparece el medio de que la Providencia ha querido valerse, como el más propio, para hacer desaparecer los temores y recelos que acaso hasta ahora podían servir de pretexto. Porque esta empresa libra a los prelados, que de veras lo desean, de las ataduras y compromisos a que acaso podían creerse obligados con el establecimiento de su seminario oficial... 129.
Don Manuel ya apunta aquí dos ideas claves que se van a repetir y por las que va a luchar: libertad de toda ingerencia oficial y elevación de nivel académico como dice a continuación: « ... y que puede allanar, si todos correspondemos, los caminos para la restauración de los estudios eclesiásticos en nuestra España, y mayores resultados que hubiera podido ofrecer la fundación de un seminario oficial» 130.
Idea que desarrolla a continuación ampliamente al hablar de la «importancia los estudios en Roma y sus ventajas» 131.
2. Fines que se propone Manuel Domingo y Sol con la fundación del Colegio
¿Qué significa, qué objeto se propone y viene a llenar el colegio español de San José en Roma? Preguntas que se hace a sí mismo don Manuel ante sus primeros colegiales y a las que intenta dar respuesta.
Después de explicar lo que es un colegio en Roma, que es lo que aparece el colegio español externamente, les dice:
... Mas este colegio español de San José significa algo más que un simple colegio, que un internado de seminario, que un colegio español. Si sólo hubiéramos intentado un seminario español, obra muy laudable hubiera sido, pero no habría producido en nosotros el entusiasmo que nos ha animado a soportar tantos desvelos y vencer tantos obstáculos como se han presentado para ello 132.
Don Manuel explica que si fuera un seminario más, la postura de los operarios hubiera sido otra en cuanto a economía relaciones con los alumnos, condiciones a los obispos, etc., y sigue:
... Mas nuestra fundación tiene otro origen y otra base y otro objeto mayor, y por medio de ella perseguimos fines más altos; y este objeto y estos fines imprimen en cada uno de nosotros un carácter muy distinto que el de meros individuos de un internado eclesiástico...
Colegio – Hermandad
Porque en primer lugar esta fundación no es obra de un cálculo, es fruto de nuestra. institución y tiene la misma base que la obra de los colegios de vocaciones eclesiásticas de San José en España, cuyo objeto es cooperar a los designios de Dios, apoyando las vocaciones que necesiten ayudas, alientos y cuidados. Y al instituir este colegio se propone, animada del mismo espíritu, producir en los jóvenes de España un movimiento hacia los estudios de Roma, facilitándoles los medios, admitiendo a cuantos el Señor nos indique...
Habla de la abertura y ofrecimiento a los seminaristas españoles, del ofrecimiento a los obispos añade claramente:
Es, en fin, una obra propia nuestra, hija de nuestro corazón y fruto de nuestra vocación, lo cual no sería nunca un seminario como lo son otros colegios o seminarios...
Escuela de apostolado organizado. –Equipos sacerdotales. –Instituto de renovación
Pero además de ser este el objeto y base de nuestra empresa, nos proponemos por medio de ella otros fines más altos propios y acomodados a los que tiene nuestra Hermandad. Hemos creído que esta casa puede ser como el punto céntrico más a propósito para la reunión y afluencia de los jóvenes más distinguidos de todas las diócesis de España, y reunidos aquí se conocerán y amarán más por lo mismo que están fuera de su patria, y así se formará entre ellos un lazo de fraternidad que los moverá a trabajar luego de mancomún por la gloria de Dios bajo la mano e impulso de nuestros sacerdotes operarios.
Pretendemos constituir con los colegiales de San José de Roma un compacto apostolado para la promoción de los intereses de Jesús: acariciamos, en fin, la esperanza de que este colegio sea un plantel de verdaderos auxiliares nuestros que secundados y confederados con nuestra acción, pueda ser capaz, con la grada de Dios, de renovar nuestra España 133.
Don Manuel sigue presentándoles lo que sería una acción conjunta de apostolado organizado y señalando el fallo de tantos medios como, se estaban experimentando: «¿Por qué fracasan hoy tantos proyectos saludables acordados en los Congresos Católicos, de reconocida utilidad y acogidos con entusiasmo? Porque falta el impulso de una acción general, constante y que pueda ser inmediata».
Está apuntando un dato serio, un fallo de la pastoral de su tiempo; y desea que el colegio sea escuela de pastoral organizada. «Se echa de menos el impulso de una acción inmediata y universal que los coordine, (a los sacerdotes), y esta acción no podrá ejercerla una institución por distinguida y apostólica que sea, si no está por su naturaleza e índole en contacto permanente con el clero».
Después de insinuar que este cometido puede ser propio de la Hermandad por su carácter «sacerdotal» y por la unión con el clero durante su formación y después en el apostolado, baja al terreno, concreto del colegio:
Ahora bien, pues: A esta empresa que nos proponemos de unión, sacerdotal y de movimiento de celo para la propaganda del bien, vimos que podrían contribuir más que ningunos otros y ser como el nervio de ella, los jóvenes salidos del colegio de Roma; y esto no sólo por la facilidad de relaciones entre sí, adquiridas durante su estancia fraternal en Roma, sino porque serían destinados ¿por qué ocultarlo?, a desempeñar cargos y ocupar destinos de más responsabilidad, sí, pero de más trascendencia también; y que por lo mismo los pondrían en situación de poder influir con más eficacia en los resultados de la propaganda del bien...
He aquí los fines que se propone la Hermandad; a esa acción universal y a ese movimiento y unión de celo aspiramos; y este ha sido uno de los móviles que nos han impulsado a la fundación de este colegio, como medio eficacísimo para ello...
Don Manuel había dado un vuelco a la pastoral vocacional. No se trataba sólo, como hemos visto, de reclutar, sino de cuidar, atender, unir y organizar a los sacerdotes. Cuando habla a los colegiales de Roma, ya está palpando todos estos resultados en la diócesis de Tortosa y se entretiene contánloles la experiencia de unos ciento cincuenta sacerdotes, salidos de su colegio de vocaciones eclesiásticas de dicha capital; cómo trabajan, cómo vienen al colegio «a nosotros escriben o consultan en sus apuros y contingencias, y nos confían sus encargos... De tal suerte que si el personal nos lo permitiera y pudiéramos tener un par de operarios libres en ministerio no sería difícil hoy mismo organizar en toda la diócesis y sostener luego con nuestra acción cualquier obra que quisiéramos o nos recomendara el prelado, como de carácter general».
Y termina este apartado haciendo las aplicaciones concretas y los frutos que pueden esperarse del colegio. Y vuelve a puntualizar su pensamiento sobre él.
3. Carácter particular que imprime esta obra
Visto lo que significa esta obra y los fines que nos proponemos, no extrañareis lo que hemos indicado antes, a saber: Que al venir aquí vosotros, al pertenecer a esta obra, aún sin haberlo antes conocido, adquiría un carácter distinto del de simples individuos de un internado eclesiástico, puesto que es otro concepto que entraña para nosotros y más para vosotros el nombre de colegio de San José. Por que con él y por él entráis a formar parte de una institución. Venís a ser miembros de una familia que no está circunscrita a los límites de esta casa sino que abraza a todos los jóvenes levitas que deben informarse y se informarán en el mismo espíritu sacerdotal bajo el manto de San José, y con los cuales os unen desde ahora los lazos de una verdadera fraternidad. A la manera que si dierais vuestros nombres a una institución religiosa o a una tercera orden os consideraríais y seríais en realidad miembros de aquel cuerpo moral, hijos de aquella familia, y hermanos de aquellos individuos por muy lejanos que estuvieran, así análogos lazos os unirán y os unen, mediante esta obra, con los jóvenes de los demás colegios nuestros. Allá estaríais atados por la vocación con los vínculos de vuestras promesas o prescripciones; aquí sin aquellos lazos, os sentiréis atados con los de un afecto filial, no por esto menos eficaz, y de una dependencia libre y espontánea, sí, pero adquirida por el suave convencimiento de nuestro carácter paternal, que continuará ejercitándose sobre vosotros, no sólo durante vuestra carrera, sino después de vuestros estudios en vuestros futuros ministerios; y sostenida por vuestra gratitud y vuestro propio interés. No lo dudéis, A.M., podrá haber alguno que otro entre los alumnos, que por su índole o carácter, o por circunstancias lamentables ocurridas durante su carrera, sientan apagado este afecto, y no aprecien o no se honren con este carácter, pero la generosidad no dejará de sentirse poseída del afecto propio, del espíritu de asociación y hasta de! entusiasmo en favor de la obra y de todos los hermanos del colegio.
Vosotros lo experimentareis, como lo experimentan hoy ya los actuales hijos de la obra, y cuando de aquí a unos años viajéis y os encontréis con algún sacerdote desconocido y entabléis conversación, hablareis, como es natural, de la diócesis a que pertenecéis, destinos que ocupareis, de la enseñanza que recibisteis, o del estado de ella en las respectivas diócesis, pero no os ocurrirá o no tendréis interés en preguntar quienes son los profesores o el rector, etc. Pero si llegáis a adivinar que han pertenecido a la obra de vocaciones eclesiásticas de San José, desde luego os interesará saberlo todo, y qué superiores conocisteis y conoció, y por dónde andan, y os sentiréis poseídos de una corriente de simpatía fraternal.
He aquí, A.M., el carácter que os da el ser colegiales de San José; esto es el de ser miembros de una institución, o más bien de una familia, y aún podría añadir, de un apostolado especial bajo nuestra dirección.
La lectura de estos textos del fundador del colegio, deja clara cual es su mentalidad y los objetivos que se propone; expone abiertamente a los colegiales sus intenciones y proyectos.
Años más tarde insistirá en este carácter especial del centro y en algunas características del mismo, sobre todo en las ventajas de los estudios en Roma, en el intercambio entre alumnos de varias diócesis y naciones, en la libertad de los obispos, etc. 134.
Es claro que don Manuel quería un colegio de los suyos; libre de toda ingerencia estatal. Si él hubiera aceptado una colaboración con el Gobierno tal vez se hubiera logrado la fundación de «la gran casa española en Roma» pero se hubiera perdido independencia, las ingerencias del Estado español hubieran sido continuas como se ve en Montserrat 135 y Condotti al morir el padre Martín 136 y en los intentos de nombramiento del obispo de Segorbe como obispo–rector de Montserrat que don Manuel nunca compartió.
El comportamiento del embajador ante el Quirinal, conde de Benomar, respecto al colegio no fue nada claro ni durante las negociaciones para adquirir Condotti ni aún después del establecimiento en Altemps 137 que llegó a provocar disgustos al colegio y cartas enérgicas del embajador ante el Vaticano y que tuvo que clarificarse todo mediante una real orden en diciembre de 1896 en que se le comunicaba que la embajada ante el Quirinal no pretendiera nunca intervenir en los asuntos del colegio español, debiendo los superiores y alumnos de éste entenderse en todo cuanto les concerniera con la embajada ante la Santa. Sede 138.
Por todo esto don Manuel, en el fondo, se siente liberado cuando pierde definitivamente Condotti; y así lo escribe claramente a unos de sus íntimos: «Anteayer llegué de Roma. Estoy tranquilísimo por la pérdida de Condotti. Creo ha sido una grada de Jesús para estar libres de ingerencias del Gobierno ... » 139.
III. RELACIONES COLEGIO ESPAÑOL – HERMANDAD DE SACERDOTES OPERARIOS
1. La eficacia de las obras.
Cuando don Manuel se propone la fundación del colegio de Roma tenía en sus haberes una larga experiencia apostólica. Como él mismo escribe, «los esfuerzos individuales no tienen garantía de perennidad. Su eficacia muere con el hombre». Por eso precisamente había fundado la Hermandad unos años antes 140.
Cuando tuvo la intuición del colegio, sin duda pensó inmediatamente en su continuidad. Y cuando lo propone a los operarios ya no es una obra suya; quiere que sea de la Hermandad. Recordemos cómo ya la primera vez que les habla del proyecto lo hace haciéndoles ver Ja necesidad y conveniencia de una casa–colegio de la obra en Roma ... ». Espera su parecer antes de lanzarse a la empresa, y es «la Hermandad la que, al parecer, mejor que nadie, podría producir aquel deseado movimiento de vocaciones ... » 141.
Y sólo cuando los operarios aceptan su idea, él se entrega totalmente a desarrollarla, pero, eso sí, siempre lo hará ya en nombre y como director de la Hermandad. Es ella quien ha quedado comprometida desde el primer día del año 1889, cuando aún el colegio era sólo una intuición. Su historia va a estar inseparablemente entrelazada con la de la Hermandad. Penas y glorias, apuros
y alegrías serán comunes. En común vivirán los apuros económicos y juntos celebrarán los triunfos de los colegiales. La Hermandad no dudará en hipotecar por el colegio sus casas y su prestigio: El primer obispo del colegio pondrá en su escudo los colores de la Hermandad. Desde un extremo al otro la cadena se compone de preciosos eslabones, como signos de una vida que sostienen. Los textos son interminables y el fundador tenía empeño en que este aspecto quedara bien claro: «Mas antes de dar paso alguno se creyó la Hermandad en el deber de consultar con el excelentísimo señor don Benito Sanz y Forés, arzobispo de Sevilla, el cual después de la muerte del excelentísimo señor Vilamitjana, es considerado como consejero de la Hermandad» 142.
El 10 de junio de 1890 escribe don Manuel al padre Martín: «Ante todo debo decir a V.R. que tenemos establecida en España una hermandad o congregación de sacerdotes operarios diocesanos... Y la cual hermandad cuenta con colegios en algunas diócesis, siendo el central este de Tortosa. Dicha hermandad, en vista de que España es tal vez la única o de las pocas naciones católicas que no tiene en Roma colegio de jóvenes... ha pensado ver si puede realizar esta obra... Pudiendo contar desde hoy V.R. y demás religiosos de esa santa casa con los servicios de nuestra obra (la Hermandad) y todos sus individuos ... » y firma «El superior» 143.
El padre Martín contestó con fecha 22 de junio (1890) «aceptando gustosamente el ofrecimiento de la Hermandad, e indicando ya en general las condiciones con que debería hacerse la cesión del edificio a favor de la misma» 144.
Puestos de acuerdo verbalmente en las condiciones de adquisición del edificio, el 6 de octubre de 1890 redactan unas bases de contrato «que fueron al día siguiente presentadas al abogado del padre Martín; y no habiendo nada que objetar a ellas, se convinieron». He aquí cómo dice el manuscrito de don Manuel en la minuta de dicho contrato:
Minuta de algunos artículos del contrato con el P. Martín.
1.º El Revdo. P. Martín, General de la orden de la Trinidad, obligado por las leyes italianas a la transformación del convento que posee en Vía Condotti, y obtenido el Rescripto de la Santa Sede para dicha transformación, conviene con don Manuel Domingo y Sol y don Vicente Vidal, superior el uno de la Hermandad, y director el otro del colegio de vocaciones de Valencia, y con poderes de la junta de la Hermandad, en lo siguiente:
El convento se transforma en colegio español de la Santísima Trinidad para el sostenimiento de jóvenes españoles que vengan a hacer sus estudios en Roma, bajo el cuidado y dirección de dicha Hermandad.
El Rvdmo. P. Martín transfiere a dicha Hermandad la propiedad del edificio de Vía Condotti, iglesia con todas las alhajas y ornamentos y ropas de culto, biblioteca, etc., etc., y la renta del consolidado consistente en...
El nuevo ente no podrá transferir, ceder, vender, etc., sino a ente moral español y que se componga de súbditos españoles.
La Hermandad se obliga a satisfacer al Rdmo. P. General o al que le sucediere la cantidad anual de 17.000 liras, para la subsistencia de los cinco religiosos que componen la comunidad, que quedan garantizadas con los edificios de San José de Tortosa, y de Orihuela, con poderes que han recibido de sus propietarios, y además con la cantidad de 90.000 liras con que quedará gravado el edificio. Esta cantidad se irá rebajando por quintas partes al fallecimiento de cada religioso.
Si por algún evento la institución desapareciera, se transfiere la propiedad del edificio a los arzobispos de Sevilla, Tarragona, Burgos y Toledo, que fueron pro tempore y se les suplica que juntamente con los demás prelados españoles procuren se continúe el objeto a que se dedica por la transformación.
Apenas se obtenga la aprobación del Gobierno italiano, se obligan los firmantes a elevar este contrato a escritura pública y legal.
Padre Martín
Manuel Domingo y Sol
Vicente Vidal
Testigos 145.
Don Manuel tiene que conseguir, a requerimiento del padre Martín, «atestados de los obispos de España recomendando la Hermandad para con ellos solicitar él (el padre Martín) del padre Santo el Breve de transmisión del edificio en favor de la misma» 146. Se consiguen de los señores arzobispos de Tarragona, Burgos, Sevilla y Toledo; de los obispos de Tortosa, Murcia, Orihuela, Lérida y Mallorca del Vicario capitual de Teruel» 147.
El padre Martín exigió además de la hipoteca de los colegios de Tortosa, Valencia, Murcia y Orihuela, que obtiene don Manuel a fin de que se presente la solicitud antes citada; e incluso el «reconocimiento legal de la Hermandad» 148.
El Ministerio de Gracia y justicia español, antes de dar su consentimiento envía «una circular reservada a los señores arzobispo de España pidiendo noticias de la Hermandad, su objeto, medios, etc., contestando muy favorablemente los de Tarragona, Sevilla, Toledo y Burgos, y aun el de Zaragoza, y que no conocía la obra por no estar instalada en su diócesis, los de Santiago... : y hablando en contra y de modo (ilegible) de la Hermandad el de Valencia» 149.
2. La Hermandad y el Colegio
Es la Hermandad la que está en juego. La única responsable, cuando surge el proyecto del colegio oficial español... «Esta nueva fase alarmó a los operarios, pues llevaba envuelta en sí la antigua idea de un seminario oficial de tan dudosos resultados, la incertidumbre respecto a la futura dirección del mismo; la posibilidad de que el Gobierno español se aprovechara de esto para encaminar sus gestiones a fin de destinar a Condotti a otros objetos profanos que hacía tiempo se tenía proyectado y no se atrevía a proponer (el embajador) y últimamente quedaba destruido y sin objeto el celoso pensamiento de la Hermandad, de la fundación del colegio independiente de ingerencias oficiales de ninguna clase» 150.
Cuando don Manuel determina influir ante el mismo Gobierno español, en verano de 1891, por medio de monseñor Merry del Val ante el duque de Tetuán, ministro de Estado entonces, éste pide incluso las constituciones de la Hermandad a pesar de que en el ministerio de Gracia y justicia se encontraba todo el informe anteriormente pedido, incluidas las respuestas de los arzobispos a que ya hemos aludido 151.
Más tarde se pide la «aprobación legal de la Hermandad, reconocida tan sólo por el gobernador de la provincia donde ésta radicaba según las leyes existentes, y que esto sería suficiente para ultimar el asunto». Así lo consiguen del de Tarragona y lo presenta en Madrid el día 18 de octubre de 1891 el mismo don Manuel 152.
A pesar de todos los retardos y demás complicaciones «el temor de largas dilaciones excitaban vivamente el deseo de la Hermandad y estaba resuelta a iniciar... el establecimiento del colegio de Roma en cualquier parte, aun con el arriendo de una casa particular» 153.
A principios de 1892 el padre Martín, en carta recibida el 10 de enero en Tortosa, ya indica un plazo y anuncia el comienzo de negociaciones con otras instituciones; y en carta del 20 le intimidaba oficialmente. Intimidación que se repite el 6 de febrero. Don Manuel contesta el 12 de febrero de 1892 una enérgica carta «recordándole la fidelidad con que habían procedido los operarios... los gastos extraordinarios que con tantas tramitaciones les había ocasionado. Que no contaba la naciente y humildísima Hermandad con las influencias ni siquiera medios materiales de otras instituciones... etc.» 154.
La legalización es pedida nuevamente por monseñor Segna cuando se trataba de conseguir el Breve de la Santa Sede a favor de los dominicos... hacia el 5 de abril de 1892 155.
Don Manuel acompañado de monseñor Merry visita al padre Martín el día 5 de abril por la tarde. El padre Martín estaba en cama. «Preguntado éste si realmente estaba resuelto a no cumplir su primer compromiso, dijo que había aguardado 14 meses, y en vista de las pocas fuerzas que había tenido la Hermandad, a fin de asegurar el edificio antes de morirse, se había convenido con los padres dominicos que en ocho días lo tendrían realizado como lo aseguraba Benomar» 156.
En todas las tentativas, don Manuel siempre habla y trata en nombre de la Hermandad 157 y cuando deciden presentar recurso por la pérdida de Condotti sólo lo hace por «el buen nombre de la Hermandad» 158.
Es la Hermandad la que responde siempre en los asuntos económicos: «habían agotado todas las existencias que don Manuel les dejó... Apuradísimo escribió el director a Tortosa y le contestaron que harían por enviarle auxilios... Así pasaron muchos días trampeando como pudieron hasta que llegaron fondos» 159.
Cuando se inaugura el colegio, deciden los operarios imprimir una carta–anuncio. Y lo hacen por medio de una carta de la que, dada su transcendencia, para las relaciones del colegio y la Hermandad transcribimos los párrafos más significativos, ya que el texto íntegro se encuentra en la parte de Documentación 160:
Por ello la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos establecida ya en algunos seminarios, y cuyo objeto primordial es el fomento y sostenimiento de vocaciones eclesiásticas, creyendo que estaba dentro de los fines de su institución el coadyuvar al logro de una obra de tanta conveniencia para las diócesis de España, se propuso ofrecer su cooperación a los señores obispos para el establecimiento de un colegio español en Roma con las condiciones económicas más ventajosas posibles y la seguridad de una cuidadosa dirección.
Este deseo de la Hermandad recibió mayor aliento con el ofrecimiento que hace dos años se le había hecho del edificio de Trinitarios de Vía Condotti para aquel objeto.
Mas las dilaciones que se iban presentando debidas principalmente a las dificultades que la transformación de dicho edificio religioso encontraba en los gobiernos cuya intervención era indispensable según las leyes existentes, obligaron a la Hermandad a iniciar la obra en este mismo año, como así lo hizo, estableciendo el colegio provisionalmente en el real edificio de Montserrat, con algunos seminaristas españoles. Y habiéndose querido proponer a última hora la conversión del edificio de Condotti en casa para misiones de ultramar, lo cual podría allanar aquellas dificultades, la Santa Sede, en el interés de que no se abandonase sino que se apruebe y promueva el colegio seminario español establecido ya, ha oficiado al Gobierno español manifestando su deseo de que dicho colegio continúe en el real edificio de Montserrat, con la ocupación en el mismo de dos grandes departamentos independientes; y así se ha autorizado, según comunicación oficial del embajador cerca de la misma Santa Sede. Con este motivo, pues, la Hermandad de Operarios se atreve a ofrecer, hoy más animosa, a los Rdmos. prelados de España sus servicios y el referido colegio español, bajo las siguientes bases y reglas que no duda proponer a su discreción y celo. Bases: 1.º El cuidado y dirección del colegio está a cargo de la Hermandad de Operarios Diocesanos en la parte disciplinar, moral y religiosa conforme a las bases y reglas de su institución; la enseñanza la recibirán los alumnos en la Universidad Gregoriana u otro centro que se prefiera e indique por los prelados. 2.º El colegio ofrece por de pronto la admisión de dos alumnos de cada una de las diócesis de España que quieran aceptarlo, con la sola pensión de seis reales diarios cada uno. Estos alumnos pueden ser de Filosofía, Teología, Cánones o Lenguas, o sacerdotes ya, que quieran perfeccionarse en sus estudios, quedando a la absoluta voluntad de los prelados la elección de dichos alumnos o por medios que aquellos crean más oportunos sus estudios en Roma se entenderán con la obra para fijar la pensión que será según los medios que cuente el colegio y confiando que no pasará por ahora de ocho reales diarios. 3.º Cada año se enviará a cada uno de los prelados que acepten el ofrecimiento nota de los ingresos y gastos y esta del colegio. 4.º El envío de los alumnos por los prelados no significará jamás por parte de éstos obligación ni compromiso ninguno para su libre conducta ulterior.
Esto en las circulares se repite siempre... Se añade «bajo la dirección de los Sacerdotes Operarios» 161.
En carta de Andrés Serrano al director del colegio, el 8 de febrero de 1893, con motivo de la entrega de la birreta cardenalicia a Sanz y Forés, escribe: Sanz y Forés ha dicho a Chiesa, y éste lo ha visto bien, que el Papa al proporcionar edificio se reserve sobre éste el dominio; y así queda claro el obsequio y atadas las garras de ambos gobiernos, y se disipen los temores de que en lo porvenir la Dirección del colegio quede a merced de la voluntad tornadiza de los prelados» 162.
Don Manuel se encargaría de buscar medios, presentar proyectos al cardenal Sanz y Forés 163.
Cuando León XIII está preparando el Decreto de la cesión del palacio Altemps escribe: «Se desprende de nuestras cartas y circulares y tal era mi constante idea que el colegio de Roma tuviese en la parte material el mismo carácter que los colegios nuestros de España: Esto es, todo para el colegio y para nosotros el trabajo y el quebranto» 164. En la carta adjunta para Merry prevee: «Tendríamos pues el uso y algo de la propiedad» 165. Prevee el futuro y quiere que quede claro en el documento del Papa la fundación del colegio por la Hermandad: el 4 de mayo de 1893, escribe a don Benjamín:
Si en el documento que publique el Papa no hay alguna alusión, por indirecta que sea o historia relativa al colegio existente y fundado por los operarios españoles, etc., etc., puede dar ocasión no sólo a interpretaciones, sino quizás a alguna tentativa de manejos...
A continuación le cuenta los manejos del obispo de Cádiz, señor Valero... y sigue:
Conviene, pues, para evitar dudas, interpretaciones y aún pretextos para nuevas combinaciones y proyectos que alguien... y dejar caer a Chiesa la conveniencia de que en el documento se haga un poco de historia o indicación o alabanza del colegio realizado ya para que aparezca ante el episcopado que se toma como base indiscutible. Chiesa no dejaría de hacerse cargo del fundamento y de la indicación, pues su entendimiento es agudo y no dejaría de hacerlo caer también al señor cardenal (Rampolla). De hacer ido don Benito (Sanz y Forés) todos los temores estos estarían de más, ahora no pudiendo estar monseñor (Sanz y Forés) ni el señor embajador (ya lo era Merry del Val) de por medio para la redacción del documento, todo puede producirnos alarmas... 166.
El 17 de ese mismo mes, el director del colegio le hace saber todo esto a monseñor Merry a quien encontró en Montserrat con motivo de la solemne función que se celebró por el cumpleaños del Rey. Merry le informa que parece aún no se está redactando el documento y que era posible que no se redactara hasta después del Consistorio ya anunciado para mediados de junio (1893) y añadió «que los operarios podían estar tranquilos porque el Papa haría, constar en la carta–cesión que regalaba el palacio para que a él se trasladara el colegio fundado en Roma por los operarios como deseaba don Manuel» 167.
El director en su diario personal dice: mayo, 17: «Te Deum en Montserrat, cumpleaños del Rey... Me dice Merry que ha visto al monseñor de quien se sirve el Papa para las Encíclicas... que no es difícil sino seguro que el Papa haga constar en la Encíclica que se trata del colegio de los operarios»... 168.
Dos días después de la carta anterior don Manuel vuelve a escribir a don Benjamín y le dice entre otras cosas: «Apenas sepa usted que está firmado o enviado telegrafíelo... o escriba en seguida diciendo la sustancia a fin de que en caso podamos redactar un suelto que, publicado aquí, prevenga las noticias averiadas y golpes de ciego, que suelen dar los periódicos y que podrían perjudicar el verdadero concepto con menoscabo del que nosotros deseamos que tenga» 169. Estaba por medio el problema de la compensación que el Vaticano, exigiera por el palacio... y prefería que fuera la Hermandad la responsable de todo para no predisponer a los obispos y seminarios... 170.
Entonces comienzan a hacerse con las agencias de algunas diócesis españolas como medio de ingresos 171. Don Manuel ya da por supuesto que «el futuro edificio no será nuestro ... » y que las capellanías «no nos darán más que para la pura subsistencia de los alumnos ... » e introduce un pequeño cambio respecto a los colegios de San José de la Hermandad. De hecho repite: «En un principio queríamos tuviese el mismo carácter que los de España, esto es, todo para el colegio y nosotros los quebrantos... Creí y así lo propuse que el colegio de Roma cambiase un poco de carácter, es decir, cobrar las pensiones y si nos falta pagarlo nosotros, y si sobra quedárselo la Hermandad, no el colegio, de lo cual no podrán quejarse nunca los obispos pues verán que no pagan sino lo estricto de la manutención».
Naturalmente, don Manuel piensa en esos fondos libres, si los hubiera, para utilizarlos para «enviar gratis o con. poca cuota a los que queramos y aun pagar viajes a los que nos parezca... y estar libres. Para enviar aspirantes o para favorecer vocaciones distinguidas que nos parezca convenir a la gloria de Dios y bien de las diócesis... Los colegiales que sean enviados a nuestros colegios, pero que no son de la Hermandad, debe pagarlos el colegio que los envía y de los fondos del mismo, puesto que son para el bien de la diócesis... Si estos alumnos ingresan en la Hermandad, aunque sólo sea con carácter de ayudantes, desde aquel día es la Hermandad la que debe sostenerlos en todo» 172.
El 6 de junio (1893) llega a Roma el cardenal Sanz y Forés para recibir el capelo cardenalicio. El 8 por la tarde celebraron una reunión en Montserrat el señor cardenal, monseñor Merry, monseñor Della Chiesa y el director del colegio, don Benjamín Miñana. En ella resolvieron los puntos concretos que el señor cardenal había de proponer al Papa. Eran éstos:
1.º Que éste (el Papa) conservara la propiedad del palacio Altemps. 2.º Que se consignara claramente en el documento de la cesión que los operarios se encargaban de la dirección del colegio. 3.º Que el Papa nombrara cardenal protector del colegio. 4.º La necesidad de que el colegio del Papa se (externara o estrenara) pronto. 5.º La urgencia todavía mayor de la salida del colegio de Montserrat.
Al comentar el cardenal al Papa el segundo punto, el Papa pregunta por la Hermandad de operarios, casas que tenían, etc. 173.
En carta de 4 de junio de 1893, distinta de la anteriormente citada, don Manuel distingue colegio–edificio y colegio ente moral. «Dos cuestiones se presentarán si como confiamos Jesús nos da la casa. La del edificio, su propiedad y conservación y la del Colegio» 174. La carta se refiere toda ella al edificio y de éste no quiere la propiedad, pues hace un estudio de distintas posibilidades y entre ellas contempla Ja de darle a nuestra Hermandad... mas este medio a mí no me placería» 175. Lo relativo al colegio ente moral a estas alturas don Manuel lo da por supuesto por las insistencias en sus cartas anteriores y las noticias que le iba dando el director del mismo.
El 25 de octubre de 1893 León XIII firma la carta de cesión del palacio Altemps a los obispos españoles 176. En ella se lee: « ... Por lo cual, y con la idea de que ha de ser útil hemos resuelto hacer que el colegio romano de clérigos españoles que fundó hace poco la piadosa (o prudentes = Sapiens) industria de piadosos sacerdotes, pueda no sólo tener estabilidad, sino prosperar rápidamente... Para tal obra creemos será sitio y casa conveniente el palacio que hay en Roma llamado de los duques de Altemps ... ». La carta llega al colegio el 30. El 28 había llegado don Manuel.
Al comenzar el curso 1893–1894 el colegio tenía un déficit de 20.550,00 liras. Los operarios «acudieron con repetidas instancias al colegio de Tortosa pidiendo auxilios». Don Manuel contesta el 2 de diciembre: «No tenemos dinero para los gastos de este colegio y Elías nos apremia, y pienso en ustedes, y el obispo de Seo no va, que les hubiera traído, y no se si ha enviado a Astorga, etc., etc., y el viaje de Despons y otras cosas nos enjugan el bolsillo y el invierno es largo todavía ... » El 6 escribía: « ... Por Dios, vean si encuentran liras. Hasta Navidad no irá don José García a Castellón para ver si con el papel que allí tenemos depositado en el Banco, podemos sacar algo más ... » 177. El 11: «Estas vacaciones irá a Castellón por si podemos sacar 1.000 duros por ahí ... » y el 12: «He enviado las cuentas por Frasno. Además le di 100 duros de los 250 que acababa en aquel momento de recibir de una devota que nos los deja al 5 %. Si no, ni éstos hubieran podido ir ... ». En otra carta del 13 dice: «Van los cinco duros para los retratos. Estoy robando diariamente billetes a mi hermano para ir tirando. Desde que he venido he sisado 400 duros y no tengo un céntimo pues he tenido que irlos dando». Y finalmente el 23... «Si no podían aguardarse ni estos días telegrafíe e irán en seguida pues no pueden pensar lo que sufro» 178.
Es una prueba más de la responsabilidad que la Hermandad y don Manuel siente por el colegio como algo suyo, llegando a usar en ello su propio patrimonio. Más tarde lo reconocerá el cardenal Rampolla en su carta del 20 de diciembre de 1893: «Su Santidad se ha dignado manifestar su satisfacción por ver enlazado el nombre de la Hermandad tan benemérita con la reciente fundación del colegio español en Roma ... » 179.
La carta fue entregada por Della Chiesa al director del colegio el día 8 de enero de 1894. El 15 de enero contesta don Manuel y en otra del 17. En ellas manifiesta su pensamiento de que hubiera deseado un reconocimiento claro de los «esfuerzos nuestros en el proyecto del colegio de Roma ... » 180.
El 18 de abril de 1894, León XIII recibe a la peregrinación española en la basílica de San Pedro. El cardenal de Sevilla, Sanz y Forés, hizo la presentación con un discurso en el que, entre otras cosas dijo:
Gracias Santísimo Padre por esta dignación añadida a tantas pruebas de singular amor con que honráis a nuestra Patria entre las cuales nos place recordar hoy muy reconocidos la generosa cesión del palacio Altemps hecha en uso y usufructo del episcopado español para que en él pueda tener estabilidad y prosperar rápidamente el colegio de clérigos españoles, fundado hace poco por la industria y celo de piadosos sacerdotes, en el cual... a estudios que los perfeccionen intelectual y moralmente 181.
León XIII contestó por medio, de un discurso redactado en castellano y leído por monseñor Merry. Haciendo alusión al colegio decía:
Y como los ministros del Altar deben ser nuestros cooperadores en la misión nobilísima de santificar y pacificar a los pueblos, de común acuerdo con nuestro episcopado hemos querido que se fundase en Roma y bajo la vigilancia del Pontífice, un colegio de vuestra nación... 182.
Don Manuel nuevamente piensa en la Hermandad, en los esfuerzos de los operarios y el 13 de abril dice en carta al rector del colegio: «Quería telegrafiar a usted que procurase monseñor ver la contestación al mensaje, y si se hablase en la contestación del colegio, se nombrase a los píos sacerdotes como nuevo sello de elección de parte del Papa. Véalo sí hay tiempo». Y el rector apostilla en sus apuntes: «No llegó a tiempo dicha carta, y nada pudo hacer monseñor Merry, el cual hubiera podido conseguir muy bien lo que don Manuel deseaba porque el Santo Padre estaba muy bien dispuesto; de tal modo que, con el mayor secreto, envió a los superiores del colegio las ideas generales de la contestación al mensaje para que las pusieran en español» 183.
Don Manuel recibe los discursos, los lee y comenta en carta del 21 del mismo mes de abril: «Hoy he recibido la del 18 con el mensaje. Bien por don Benito (Sanz y Forés) con la cita del colegio y la industria; pero se dejó el sapiens que vale un potosí y que ninguno lo ha traducido... No está bien la contestación. Eso de común acuerdo con el episcopado hemos querido se fundase podría haber sido de otro modo. ¿Dónde esta tan dormido nuestro ángel del Vaticano? Esa era la hora solemne para ponernos bien ante los obispos» 184.
El 20 de junio de 1903 muere León XIII. Pío X es elegido el día 4 de agosto y recibe por primera vez a todo el colegio el día 20 de diciembre 185:
El día 12 de mayo de 1907 llegó a Roma el Superior General de los Operarios, don Manuel Domingo y Sol, fundador del colegio español, siendo recibido en el colegio con manifestación de alegría, tanto más expresivas y entusiastas, porque hacía ya 6 años que por motivos de salud no había podido hacer la visita al colegio de Roma 186.
Don Manuel siente el colegio como uno más de los de la Hermandad. Estuvo unas tres semanas. El 18 da la Plática de retiro a los colegiales. Ese mismo día recibe al fundador Pío, X y el rector del colegio escribe en su diario: «Hoy he presentado al Santo Padre a don Manuel y compañeros. Han salido todos de la audiencia muy contentos y consolados. El Papa acarició mucho a don Manuel y le alabó y aplaudió en gran manera al colegio español».
El 1 de junio vuelve a encontrarse con el Papa para despedirse. El director lo había preparado todo. El Papa les recibe « distinguiéndonos el Santo Padre... hasta llamar la atención de los peregrinos» 187.
El día 2 preside la misa con los colegiales y les dirige un fervorín, y sigue anotando el rector en su diario: «Durante la mañana recibió en su habitación a todos los colegiales distribuidos en secciones y por la tarde a las 8,40 salió de Roma ... » 188.
Día de gran luto fue el 26 de enero (de 1909) de aquel año para el colegio y para todos los colegios y seminarios dirigidos por los sacerdotes operarios. El fundador de la Hermandad y Director General de la misma y fundador del colegio español, don Manuel Domingo y Sol había fallecido en Tortosa el día anterior...
Pío X escribe este autógrafo:
Después de implorar la paz de los justos para la bendita alma del venerado sacerdote Manuel Domingo y Sol, llamado por el Señor a recibir el premio correspondiente a sus virtudes y santas obras, hago votos para que sus plegarias en la presencia del Altísimo alcancen la gracia de que los sacerdotes de la Pía Hermandad por él fundada para formar a los jóvenes aspirantes al sacerdocio, le imiten en su ferviente piedad y sólida doctrina, y atraigan especialísimas bendiciones sobre el pontificio colegio español de San José, por él fundado y favorecido, a fin de que los amados alumnos del mismo, una vez terminada su educación, tornen a su patria convertidos en celosos apóstoles que difundan el buen olor de Jesucristo y cooperen en la católica España al glorioso triunfo de la fe.
IV. EL COLEGIO A LA MUERTE DE SU FUNDADOR
1. Una obra trascendental
Con la muerte del fundador del colegio se cierra una parte, la primera, de su fecunda historia. Cuando tal hecho ocurre, en enero de 1909, podemos decir que el colegio está plenamente consolidado. Más aún, lleva diecisiete años de andadura que si no son muchos, sí son los suficientes para que intentemos un adelanto de balance que nos ayude a valorar la trascendencia de su fundación para la reforma del clero español y el papel que en esta corresponde a Manuel Domingo y Sol.
Al día siguiente de la inauguración del colegio, el día 3 de abril de 1892, escribía el fundador: « ... Aquí formamos una fraternidad de jóvenes de todas las diócesis que, unidos entre sí, bajo nuestra mano, podemos convertirles en instrumento de fomento de intereses de la gloria de Dios en las diócesis... lo demás lo ha de hacer el tiempo y la gracia» 189.
Mosén Sol tuvo siempre fe absoluta en la empresa del colegio, fueran las que fueran las dificultades o contingencias que les acompañaran. El 30 de abril de 1894 escribía a un operario de su confianza: «Aunque muera el Papa, que no morirá, y aunque el otro Papa no confirmase lo del Altemps, que sí lo confirmará..., el colegio español de San José subsistirá y se desarrollará» 190.
Al mismo tiempo, era plenamente consciente de la importancia de su fundación para la renovación del clero español. Este pensamiento lo llevará al agradecimiento y a la responsabilidad. Es curioso leer hoy lo que decía a sus operarios en el verano de 1894, cuando el colegio estaba aún en ciernes:
La fundación del colegio de Roma... Beneficio que temo olvidamos quizá algún tanto, como nos sucede generalmente con otras gracias de Dios cuando las poseemos: porque, como dice el padre Faber muy graciosamente, cuando necesitamos una cosa, asediamos a Dios, importunarnos días y días y, apenas lo hemos arrebatado, somos como los niños que se apoderan de una golosina para olvidar aquellos deseos de poseerla, y nos envanecemos como si fuese cosa propia y olvidamos la gratitud conveniente a Dios.
El beneficio del colegio de Roma es tan singular, intrínseca y extrínsecamente considerado, que más que producirnos satisfacción, debe hundirnos en el abismo de la más profunda humildad, que es el mayor tributo de gratitud, al pensar que hayamos sido escogidos para esta obra, tal vez la más trascendental de todas las realizadas de algunos años a esta parte para la reformación del clero, y por lo mismo de la mayor gloria de Dios en nuestra España 191.
¿Qué se puede decir del colegio a la altura de 1909?
Un observador no demasiado exigente puede conformarse con la constatación que puede deducir de una mirada al catálogo de alumnos del colegio. En el verano de 1909 ha llegado el número 378; había 54 diócesis representadas y habían recibido la ordenación sacerdotal unos 150 alumnos.
Pero era algo más profundo lo que estaba cambiando. El ambiente intelectual era serio; tanto que el mismo Pío X llegó a decir públicamente que el español era, con mucho, el mejor de los colegios romanos.
Los resultados académicos pueden verse en los catálogos de la Universidad Gregoriana, en los libros de crónicas del colegio y en las memorias que envían a los cardenales patronos y a la Congregación de Estudios al final de cada curso académico.
La selección del alumnado y la atención individual que les dedicaban los operarios consiguió elevar en poco tiempo los niveles de exigencia espiritual de los alumnos hasta llevarlos a una «piedad verdadera», como deseaba el fundador.
Además de la piedad, la aplicación y un «comportamiento esmerado» en todas las acciones y en toda su conducta religiosa y social conforme a los criterios por el mismo fundador 192.
Don Manuel los quería espirituales, aplicados y educados. Y esto último imponía una atención continua, una dedicación total y la entrega absoluta de los ,educadores a su labor formativa.
Los libros de crónicas del colegio y el diario personal del primer rector del colegio son un semillero de gestos y atenciones para cada uno. de los alumnos. Desde la situación económica y espiritual hasta los signos más claros de caridad y entrega con los colegiales enfermos, a quienes en los primeros tiempos de estrecheces dejaban los operarios sus propias habitaciones 193.
El rector pasa horas y horas recibiendo individualmente a los alumnos, teniendo al día a sus respectivos prelados y al Director General de, la Hermandad; cuidan de las vacaciones de verano buscando lugares de descanso y provecho cultural; informan, acompañan, aconsejan y reprenden. Están cercanos. Don Manuel les había hablado para que formaran una auténtica «fraternidad». Es una delicia pasearse ahora por las innumerables cartas conservadas en el archivo del colegio o las copiadas al final de cada capítulo de los libros de crónicas. Naturalmente que para valorar en su justa medida lo que está pasando en el colegio de Roma hay que tener muy presente lo que ocurre en los seminarios españoles, como más adelante indicaremos.
Por el colegio fueron pasando todos los prelados españoles de la época. No todos eran amigos. En sus escritos después de las visitas, puede verse una evolución de cara a las posturas episcopales en favor del colegio.
En todo ello, además de las directrices del fundador, tuvo una gran parte el primer rector del colegio que con su carácter, con su preparación y sus excepcionales cualidades humanas supo imprimir una finura especial en el ambiente general del colegio. Diecisiete años de historia del colegio que van perfectamente uncidos a los diecisiete del rectorado de Benjamín Miñana, primer sucesor de don Manuel en el gobierno de la Hermandad y a quien sólo una intervención personal de Pío X libró del episcopado.
2. Esperanzas
No disponemos aún de suficientes ensayos escritos sobre la influencia que el colegio ha tenido en la renovación espiritual y científica del clero y de los seminarios españoles. Pero sí tendremos que contar, al hacer la historia de la primera mitad del XX español con la existencia de este centro de formación.
Tal vez el mejor comentario que podamos hacer ahora sean las frías estadísticas. Frías en la expresión, pero empapadas de contenido, nos permite atisbar lo que el colegio ha podido ser, y ha sido de hecho, en una época del catolicismo español, lo que ha supuesto para una serie de generaciones clericales y la influencia que ha tenido en el cambio de meridiano formativo de nuestros seminarios.
Recordemos. El fundador soñaba y esperaba mucho del colegio, cuando les decía a sus operarios que «del colegio de Roma han de salir los apóstoles de las diócesis españolas».
Lo que comenzó siendo un pensamiento modesto en sus primeras intenciones, «fue tomando vuelo y adquiriendo importancia». De tal manera que no duda en escribir muy pronto: «Roma puede ser el punto céntrico para formar una falange de sacerdotes que puedan promover en España los intereses de la gloria de Dios en las diócesis».
¿Qué intereses? Don Manuel habla a los primeros colegiales de las deficiencias intelectuales de los centros de enseñanza. Para esto intuye con claridad «la necesidad y conveniencia de una casa–colegio de la obra en Roma, para los jóvenes que quisieran ir a seguir sus estudios eclesiásticos en los grandes centros de enseñanza de aquella capital». Y añade: «obra que ha de ser, si Dios la bendice, la restauración científica y aun disciplinar del clero español».
Y también la organización pastoral. Hemos hablado de la falta de imaginación pastoral del clero español en la segunda mitad del XIX. Don Manuel es un hombre, por naturaleza, asociativo, cree en las obras de los hombres aislados. Pero cree aún más en la solidez y continuidad de una buena organización. «Pretendemos constituir con los colegiales de San José en Roma, un compacto apostolado para la promoción de los intereses de Jesús. Acariciamos la esperanza de que este colegio pueda ser capaz, con la gracia de Dios, de renovar nuestra España» 194.
La renovación de España. Para don Manuel era claro que tal renovación sólo la podría hacer un clero bien formado. Con una vida espiritual intensa; con una buena organización pastoral. Esta expresión, creo, puede ser traducción exacta de su fórmula «clero disciplinado».
Estudio, espiritualidad, disciplina, en una vida familiar. Estas son las bases de la organización interna del colegio. Y los pilares en los que desea asentar unas metas de futuro inmediato en el campo apostólico.
León XIII había apuntado en la misma dirección: « ... El principal cuidado de la Santa Sede había sido restaurar los seminarios españoles, como morada de piedad y de instrucción. Pero la desaparición de las antiguas universidades, había producido escasez de maestros competentes y los estudios no habían podido florecer, dando esperanzas de días gloriosos. A cubrir este vacío y obviar esta necesidad venía el colegio español de Roma» 195.
3. Los trabajos iniciales
¿Cubrió el colegio estas metas? ¿Respondió a las esperanzas que en él depositaron tanto el fundador como el Pontífice?
No es fácil cimentar y consolidar una obra. Sobre todo cuando en su seno, lleva toda la «malicia» de una obra renovadora. Por otra parte, ya el fundador repetía a sus operarios, «criticar es cosa fácil. Construir, construir es lo difícil».
Un antiguo alumno del colegio, describía hace mucho tiempo, con frescura de testigo, los primeros pasos del colegio 196:
No fueron nada fáciles los primeros días, ni para el colegio ni para los superiores. Omnem tribulationem passi sumus; foris pugnac, intus timores, puede decir con San Pablo el joven rector, y a todo hizo frente con su prudencia y tacto exquisito.
De puertas adentro éramos no un cuerpo orgánico, sino un conglomerado de aluvión, venido de muy diversas partes de España, con todos los resabios de formación, que distaba mucho de ser perfecta y uniforme en todos los seminarios, y con las ideas más disparatadas acerca de la vida del colegio y de los estudios en Roma. Era, pues, absolutamente indispensable comenzar por dar forma a este conglomerado y hacer de él un cuerpo sabiamente organizado. Pocos eran, en verdad los que al ir a Roma llevaron una orientación fija y acertada, y creo que éstos fueron los primeros en amoldarse a la forma josefina que se dio al colegio.
Otras dificultades provenían ¿por qué no decirlo? de estrecheces económicas y de penuria de medios de instrucción en el colegio. No olvidaremos nunca los años de vida heroica que pasamos en Montserrat y Altieri.
En España había que disipar un ambiente de recelos y prejuicios, cuando no de abierta hostilidad. Había que ganarse a los obispos y hacerles entender no sólo la conveniencia, sino la necesidad de un colegio español en Roma, de donde pudieran
salir sacerdotes de espíritu netamente romano que estrecharan los lazos de España con el Vaticano, y de superior formación teológica y filosófica que renovaran los estudios y toda la vida de nuestros seminarios.
Cualquier comentario nuestro correría fácilmente el riesgo de ajar la frescura narrativa del canónigo Nadal.
4. Los frutos
Los alumnos del colegio eran conscientes de lo que se esperaba de ellos, y tenían claros los objetivos a cubrir: «La promoción de los intereses de la gloria de Dios en España, como fin general de todo sacerdote español, y como específicos del colegio, la restauración espiritual y científica de los seminarios españoles y el apostolado de la ciencia general» 197.
A continuación, de la mano del autor de las líneas anteriores, demos una.. mirada a lo que ha supuesto el colegio en la vida del clero y en los seminarios españoles, si bien alargando las cifras hasta el año 1927.
Si en tiempos pasados los estudiantes españoles se habían hallado completamente ausentes de este centro universal de las ciencias sagradas que es Roma, no mucho tiempo después de la fundación del nuevo colegio habían ya cobrado crédito entre condiscípulos de otras naciones. Al terminar el primer curso, el prefecto de la Gregoriana comunicaba a don Benjamín que sus alumnos habían hecho unos exámenes, muy brillantes, y que, en conjunto, comparados con los de otros colegios, los del español se habían distinguido sobremanera. Así comenzó el colegio, y así ha continuado durante medio siglo.
Pero esto sería muy poca cosa, si no hubiera más. Algo pudiera ser porque indicaría la seriedad y el espíritu de trabajo que en el colegio se ha respirado, poco, porque los estudios y las notas son medios y no fin, y por desgracia son muchos los que dan el último fruto de su vida, cuando ganan el último sobresaliente de su gloriosa pero triste carrera. Por eso hemos de seguir a los colegiales hasta el campo de batalla, para conocer allí a los verdaderos valientes y no en las fáciles palabras de la retaguardia 198.
Acerquémonos, siquiera un momento, al baile de los números. Es el comentario gráfico a la prosa de la teoría. De los alumnos que pasaron por el colegio, en los 25 primeros años contamos: 4 cardenales, 6 arzobispos y 45 obispos, un obispo preconizado 199, un vicario general castrense, varios vicarios capitulares, 28 vicarios generales, 16 secretarios de cámara, 198 canónigos, 26 beneficiados y 27 con otros cargos en curias diocesanas. En la avanzadilla, 170 párrocos y coadjutores, 3 auditores de la Rota, 6 antiguos alumnos que pasaron a la vida religiosa y 69 que, siendo seglares, ocuparon puestos de notable importancia en la vida nacional, tanto en el campo de la ciencia como en el de la administración 200.
Volvamos al artículo de Ibáñez y Arana y recojamos al pie de la letra el comentario que dedica al trabajo de los antiguos colegiales en los seminarios y al apostolado intelectual en otros campos de la vida española:
Párrafo aparte y muy preferente merece la labor de los colegiales en los seminarios. Para entenderla hemos de volver la mirada a lo que el año mil ochocientos noventa y dos eran los seminarios españoles, en el espíritu sacerdotal, en los estudios, en la disciplina, y lo que son ahora y llevan trazas de llegar a ser en pocos años. Si nos preguntamos la explicación de este bendito cambio, la esperanza más firme de la iglesia española, seguramente que nos la darán una buena parte los 313 excolegiales que han sido rectores, prefectos de estudios, profesores y superiores de seminario. Yo diría que este ha sido el apostolado más típico, más delicado y más fructuoso de los colegiales romanos. El más típico, porque los señores obispos a él los han dedicado preferentemente; el más delicado, porque modelar almas sacerdotales es trabajar en oro de finísima ley; el más fructuoso, porque el seminario debe ser forja de santos forjadores de santos y la base de toda restauración espiritual 201.
Viene luego el apostolado de la ciencia fuera de los seminarios. Y aquí como el particularizar sería no terminar nunca, bastará aludir a obras, instituciones y actividades, que van pregonando con su solo nombre las glorias científicas de los que nos precedieron en esta casa. En primer lugar la Asociación para el Fomento de los Estudios Bíblicos en España (la AFEBE), principal promotor del resurgimiento escriturístico español. A ella van unidos inseparablemente los nombres del señor obispo de Madrid, doctor Eijo y Garay, que la sacó a la vida, la conservó y aumentó y la sostiene y empuja también hoy hacia un apostolado más activo y eficaz en el terreno de la investigación y vulgarización escrituraria, y los del vicepresidente, secretario, tres obispos del consejo y cuatro escrituristas de la junta de gobierno, todos antiguos alumnos.
Las múltiples actividades de la «Biblioteca Balmes» de Barcelona, con sus publicaciones de todas las especies y matices, sus cursos de alta cultura religiosa y su prestigiosa revista Analecta Sacra Tarraconensia. Creo no exagerar si digo que una buena parte se deben al trabajo e ingenio de muchos ex–alumnos...
5. El testimonio de los hombres
Los hombres han dado testimonio. Sobre todo los antiguos alumnos. Pero permitid que abramos este apartado con unas líneas del cardenal Merry del Val, cuando aún no era cardenal, y el colegio existía sólo en la cabeza y en el corazón de don Manuel. El día 9 de noviembre le 1891 le escribía al fundador: «Celebro con frecuencia el Santo Sacrificio a esta intención que tanto me interesa, pues cada día voy comprendiendo mejor la necesidad de este colegio y los grandes frutos que ha de dar para la gloria de Dios y salvación de muchas almas» 202. Un antiguo alumno –así se afirma– escribe en la revista del colegio:
Don Manuel y nuestro colegio; él fue quien concibió su idea, él quien la maduró, él quien la plasmó en la feliz realidad de su gloriosa fundación.
Lo que no ofrece lugar a duda ninguna es que don Manuel, formado en el ambiente de los seminarios españoles de entonces que, debido a las conmociones políticas de la época, era deficiente y anémico en todos los aspectos, y desconocedor, por otra parte, del de Roma, a la que sólo había visitado en calidad de peregrino, concibió tan perfectamente la idea integral de la fundación romana, que la vio desde luego enmarcada en sus cuatro perfiles fundamentales, inmutables, definitivos: escuela de selecta virtud, centro de cultura, venero de «romanidad» obra del más elevado patriotismo 203.
En las mismas ideas coincidirán los prelados españoles a la hora de ofrecernos una breve semblanza del fundador del colegio.
Uno de los alumnos predilectos de don Manuel, y más tarde cardenal protector del colegio Enrique Pla y Deniel, escribía: «Promovió, por fin, don Manuel Domingo y Sol una mayor cultura con la fundación del colegio español de San José en Roma, facilitando así a un gran número de seminaristas españoles la consecución de grados eclesiásticos en la que ha sido llamada por Su Santidad Pío XI Universidad Pontificia por antonomasia» 204.
Un obispo de Cartagena fue confidente y animador de don Manuel en sus primeros pasos de fundador 205. Y uno de sus sucesores nos dejará este comentario: «Para la mejor formación del clero español y mayor fomento de las vocaciones eclesiásticas, don Manuel Domingo y Sol fundó el colegio de San José en Roma y otros varios en nuestra patria y la Hermandad de Sacerdotes Diocesanos » 206.
Y otro obispo: «Vaya un pensamiento sobre la venerable figura de don Manuel Domingo y Sol... por su actitud prodigiosa en muchos aspectos de la vida religiosa española... sus anhelos más puros y su esfuerzo más perseverante se encaminó a la formación integral del sacerdote, considerando a éste, como lo es en realidad, instrumento indispensable, para una restauración sólida y duradera de la sociedad... esta orientación apostólica de sus actividades culmina con la fundación del colegio español de Roma, centro de elevada cultura eclesiástica, cuyos beneficios con respecto a España se distribuyeron entre todas las diócesis y cuya influencia, por nacer junto a la misma Cátedra de Pedro, ha de resultar a los fines intentados necesariamente más segura y más eficaz que ninguna otra influencia» 207.
Finalmente, monseñor Santos Moro Briz, obispo de Avila y antiguo colegial de Roma, nos da en pocas palabras una impresión cálida del ambiente interno del colegio: «Quien haya tenido la dicha de visitar despacio el colegio... podrá apreciar mejor el valor inestimable de este centro de formación sacerdotal. Con ser tan sobresalientes otras cualidades del mismo, lo que sin comparación sorprende y conmueve más... es la unción de vida sobrenatural, el sincerísimo espíritu de piedad sacerdotal –tan hondo y, al propio tiempo, tan suave– que allí se respira y con naturalidad verdaderamente evangélica impregnados los actos de la vida del colegio» 208.
Los años han pasado. Alumnos y superiores han acertado a pasarse el relevo. Los hombres han cambiado. El testimonio sigue unánime.
A la esperanza y al encargo que hicieran un día a don Manuel y León XIII contestan, cincuenta años después.
El cardenal Prefecto de la Congregación de Seminarios y Universidades: «Tal educación ha dado ya óptimos y consoladores frutos. Es suficientemente conocido cómo los alumnos se distinguen en los centros de estudio que frecuenta... Y no es menos sabido que, una vez vueltos a la Patria, –terminados sus estudios y ordenados sacerdotes– saben infundir los tesoros de virtud y de ciencia, adquiridos junto a la Cátedra de Pedro, al servicio de la Iglesia por la salvación de las almas y por el mayor bien de la grande y noble nación, aceptando con espíritu de sacrificio, con competencia y con docilidad los graves encargos del ministerio sagrado tanto en el más elevado como en el más humilde de la jerarquía eclesiástica» 209.
Pablo VI en la carta que envía al cardenal Bueno Monreal, arzobispo de Sevilla y protector del colegio, el 1 de diciembre de 1966, con motivo de los 75 años de la fundación del colegio, les dice: «Bien conocemos la trascendencia que este centro tan vinculado en su historia al Siervo de Dios Manuel Domingo y Sol y a la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos, ha tenido para la vida religiosa de la dilectísima nación española a la que ha enriquecido con sacerdotes que dieron y siguen ofreciendo ejemplar testimonio de virtudes ministeriales y de competencia científica» 210.
Hace más de veinte años, el actual arzobispo de Toledo y cardenal protector del colegio, escribiendo la vida de un gran amigo de don Manuel, hacía esta confesión: «A don Manuel le cabe la honra indiscutible de haber sido el primer eclesiástico español que concibió y realizó un plan a gran escala para reformar por completo el sombrío panorama (de los seminarios españoles)» 211.
Sin duda, uno de los pilares indiscutibles de ese plan fue la fundación del Pontificio Colegio Español de San José de Roma.
NOTAS
1. RACE, Crónicas I, 304–308.
2. Carta de 5 enero 1894 a la madre Providencia: E.II, Cartas, 7, 164.
3. RACE, Crónicas I, 314.
4. Ibíd. II, 57.
5. Ibid. I, 309–310; 11, 31–37 y 55.
6. Ibid., 309–310.
7. Ibid. 310; Miñana, l.º, 92.
8. Ibid., 33–34.
9. Ibid., 3–7, 31, 41.
10. Ibid., 48.
11. Ibid., 57.
12. Ibid., 70.
13. Ibid., 30.
14. Ibid., 310–313.
15. Se refiere a la de septiembre de 1892: E.II, Varios, 4.º, 58. Para todos los borra
Y dores manuscritos de las circulares de los primeros años, cf. E.III, Varios, 4.º, 46–62.
16. Carta de 4 mayo 1893; E.II, Cartas, 6.º, 60; Crónicas I, 105.
17. Cf. Constituciones de 1898, arts. 140–152; 181–257; Idea de la Hermandad, ed. 1957,
P. 237–337; nn. 559–862; en nota al 810 se explica el sentido que tiene para don Manuel
la palabra reglamento.
18. AAS 37 (1904–1905) 220–221; 283–388; Crónicas V, 38.
19. Crónicas I, 339.
20. Ibid., 382–387.
21. Ibid, I, 61–62.
22. RCA, I, 1, 5, 6, 8, 9, 13, 15; III, 194, 200, 238, 241, 250; IV, 48, 283, 319, 393, 395; VI, 593; etc.; Crónicas I, 62–63.
23. RCEM: año 1895–1896, p. 7; cf. Crónicas II, 261.
24. RCEM: memoria curso 1896–1897, 4–5; cf. Crónicas II, 280.
25. RCEM: memoria curso 1895–1896, 4.
26. Ibid., 1896–1898, 2.
27. Ibid., 1899–1900, 5.
28. Ibid., 1901–1902, 10–11.
29. Sobre todo los de Sevilla, Málaga, Badajoz, Toledo, Osma, Jaén, Solsona, Valencia... Cf. RACE, carp. «Documentos».
30. Marcelo Spínola y Maestre (1835–1906), obispo auxiliar de Sevilla en 1880, obispo de Coria en 1884, de Málaga en 1886 y arzobispo de Sevilla en 1895 (cf. J. M.ª Javierre, Don Marcelo de Sevilla, Barcelona 1961).
31. Crónicas V, 322.
32. Un resumen puede verse en Crónicas V, 38. Sobre la visita apostólica ordenada por Pío X en 1904 a los colegios y seminarios eclesiásticos de Roma, cf. AAS 37 (1904–1905) 220–221, 283–288.
33. Crónicas V, 38.
34. Ibíd.
35. Encíclica Qui pluribus, de 9 noviembre 1846 (E.C. 308). Cf. Documenta Ecclesia sacrorum alumnis instituendis, ed. de la S. Congregación de Seminarios y Universidades de Estudios, Roma 1938.
36. Carta Fin da principio a los obispos de Italia, 8 diciembre 1902, (E.C. 694).
37. E.C. 411–462.
38. José Calasanz Homs Recasens, Sche (Valls, Tarragona, 17 julio 1843–Roffla 14 mayo 1920). «Procurador General de las Escuelas Pías. Profesor en San Marcos (León). En 1889 pasa a Roma... confesándose con él y honrándose con su amistad cardenales... y muy especialmente clérigos del colegio español y el propio Papa, San Pío X. Fue rector del colegio Nazareno, asistente general, superior mayor de la provincia de Roma, rector de San Pantaleón.... y secretario del arzobispo de Florencia, futuro cardenal Mistrángelo, en su visita a España (1900)». Cf. «Diccionario de Historia Eclesiástica de España» 11, Madrid 1972, P. 1.100.
39. Crónicas I, 83.
40. Carta de 6 agosto 1893: Crónicas I, 150.
41. Enrique Pérez de la Sagrada Familia, ORSA. (Oña, Burgos, 14 abril 1854–Monteagudo, Navarra, 30 septiembre 1927). Visitador general en Colombia, procurador general en Roma y más tarde prior general de su orden hasta 1914. Cf. M. Carceller, en «Diccionario de Historia Eclesiástica de España» III, Madrid 1973, p. 1971.
42. Véase a modo de ejemplo, Miñana, Diario, 1.º, 90. En RAH, Libreta 1910 puede verse incluso el temario de los ejercicios, horarios, distribución de cada día, etc... «En el día 25, martedi ottobre, 1910. S.I. Los dirige el P. Cuevas». Los temas: Fin del hombre, Fin de las criaturas, oración, pecado, infierno, temor de Dios, muerte, juicio, mortificación, el hijo pródigo, encarnación, reino de Cristo, obediencia, tentaciones de Cristo, vocación de los apóstoles, banderas y binarios, reforma de vida, pasión, muerte, criterio de San Ignacio, resurrección y cielo, meditación final. Hay también el rezo del rosario, lectura espiritual, maitines, vísperas y completas.
43. Crónicas II, 264; RCEM, memoria curso 1895–1896, p. 7.
44. Carta de 9 noviembre 1894 a sor Dominga Gimeno (A. Torres, Vida, 417).
45. Crónicas I, 304–306.
46. RAH, Miñana, Diario I, 80.
47. Crónicas II, 21–25.
48. Ibid., 25–26.
49. Carta al señor Francisco Medina, capellán de Montserrat, en marzo de 1890, ya citada (cf. supra, p. 277, nota 59).
50. Crónicas I, I.
51. Ibid., 368–369. Más tarde veremos cómo el mismo León XIII y el cardenal Satolli, prefecto de la S. C. de Estudios, llegaron a pensar incluso en denegar las facultades concedidas a varios seminarios centrales o al menos no atender a nuevas peticiones (Crónicas III, 101–102).
52. Ibid. I, III; la carta de Sanz y Forés, en I, 27. Un texto que refleja claramente el concepto que algunos prelados españoles tenían de su seminario puede ser tomado de la carta con que el cardenal Monescillo saludaba a los valencianos en 1892, antes de su traslado a Toledo: «A todas partes llega el crédito que bien adquirida tiene la instrucción sólida repartida a los jóvenes levitas en la escuela eclesiástica de Valencia; y nadie ignora la afluencia con que de varias diócesis de España acuden alumnos al central de este arzobispado para obtener títulos académicos, que ostentan como credenciales para sus ejercicios literrios otorgados al mérito de jueces hábiles y prudentes» (BEDV 20 [1892] 105). El seminario de Valencia fue el más frecuentado de los centrales españoles, en la segunda mitad del siglo XIX, Regando a tener en el año 1867, 1.456 alumnos (V. Cárcel Ortí, Segunda época del seminario, 32).
53. Carta a Esteban Ginés de 3 abril 1892; E.II, Cartas, 5.º, 36.
54. Crónicas I, 96–97. Sobre el Apollinare, cf. Seminaría Ecclesiae Catholicae, 345–346. Sobre el obispo Ramón Martínez Vigil, dominico, puede verse en Diccionario de historia eclesiástica de España III, 1438–1439.
55. Crónicas I, 280.
56. Carta de don Manuel a los operarios de Tortosa de 29 abril 1891: E.II, Cartas, 4.º, 36.
57. Crónicas I, 104.
58. Ibid., 103–105; E.II, Cartas, 6.º, 72.
59. Ibid., 218. 60. El texto íntegro en Ibid., 217–218, es de 15 enero 1894.
61. Ibid., 259.
62. Carta de 28 abril 1894: Ibid., 261–262.
63. Ibid., 280–282. El cardenal Sanz y Forés escribía desde la capital de Asturias al rector del colegio, don Benjamín Miñana, el 21 de agosto de 1894: «El señor obispo de aquí está prevenido contra el colegio y los operarios. Dios sea bendito. Está ausente y me dice que lo hace a usted diciendo que los suyos se matriculen en el Apolinar y según le conteste tomará sus disposiciones. Si es posible matricúlense allí y desvíese el golpe. Por esto le escribo a V. Tiene apoyo en que el Papa le dijo que los alumnos podían y era su deseo que estudiasen en el Apolinar. Si contesta V. a él en uno u otro sentido sea diplomático, suave, etc. Basta hoy. Es solo voz preventiva» (Crónicas I, 280). Y mosén Sol escribía el 2 de septiembre: «De todas las demás cartas amargas, la que más lo ha sido, es la de Oviedo. Dios ha permitido que usted se resolviera sin mi consejo. El sabrá por qué, pues de otro modo no hubiera sido éste. Mis prevenciones y antipatías contra aquel señor y la gravísima trascendencia de este consentimiento me hubiera inclinado a ponerle batería negativa. Extraño la condescendencia de don Benito [Sanz y Forés]. Veo más desventajas en el consentimiento que en la negativa, y así lo diría al cardenal si me escribiese o se lo diré en Tarragona. Urgen aprovechar una ocasión para obtener del Papa, o al menos de Rampolla, una resolución aunque no sea más que verbal: 1.º para disponer las negativas a los obispos que puedan repetir lo mismo y para los alumnos díscolos que infaliblemente lo pretenderán escribiendo a sus prelados y 2.º para procurar ir formando un capítulo de inconvenientes que podemos presentar el año que viene al de Oviedo para que vea éste» (Crónicas I, 280–281). Otros testimonios confirman la actitud hostil del obispo de Oviedo hacia el colegio español y los operarios. D. José M.ª Caparrós, operario, escribía a mosén Sol: «Oviedo está tan prevenido contra ese colegio como hace algunos meses. Ni le gusta la marcha general del establecimiento, ni el criterio a que ésta responde, ni mucho menos del personal encargado a la dirección. Auribus nostris audivimus Pater ipse anunciavit nobis. Sólo el Apolinar puede tranquilizar al enojado señor. La Gregoriana y los jesuitas sólo pueden dar a los alumnos una ciencia cruda. Además, los operarios son pintadítos para los colegios de vocaciones de los pobres; pero para el colegio de Roma no tienen condiciones de ilustración, etc., ni se cuidan de proporcionar a los alumnos el conocimiento de revistas científicas, visitas a los museos, etc. Tenga V. presente que todo esto me lo ha dicho sin saber que hablaba con un interesado y en una ocasión en que otras personas nos interrumpieron y no me dejaron tiempo para deshacer tan equivocados conceptos».
64. Para toda la actuación del obispo de Oviedo puede verse también: RAH, Miñana, Diario I, 76, 79, 85 y 90. Acerca de la actitud del arzobispo de Santiago sobre el asunto de la Gregoriana, véase Crónicas II, 153.
65. Cf. RCA, 1892–1900, 1, 48.
66. Crónicas III, 159; VII, 46–49; RCEM, memoria curso 1924–1925, 6; y Crónicas VII, 205.
67. Crónicas VII, 87.
68. Ibid. I, 245–246.
69. Ibid, I, 246.
70. Ibid. I, 247.
71. Ibid. II, 156–157.
72. Antonio María Cascajares y Azara, entonces arzobispo de Valladolid y más tarde de Zaragoza: cf. M. de Castro Alonso, Episcopologio vallisoletano, Valladolid 1904, 476–498; Diccionario de historia eclesiástica de España I, 377.
73. Crónicas II, 157.
74. Ibid., 191. Al mismo tiempo estaban gestionando la forma de contribución económica de los obispos españoles para saldar la deuda de Altemps. También de este tema se encarga el mismo cardenal, dirigiendo una carta a todos los obispos, en la que les pedía que anualmente contribuyeran con una cantidad determinada. Este medio no les gustaba a los operarios y, sobre todo, a don Manuel que en carta de 6 de abril le decía al director del colegio que el plan del señor Cascajares «haría antipático al colegio español y era de dudosos resultados» y le encargaba que se trabajase para evitarlo (E.II, Cartas, 10.º, 50).
75. Información sobre la entrevista con el señor Nuncio la da don Manuel en su carta del 16 de junio al director del colegio. Cf. E.II, Cartas, 10.º, 74.
76. Crónicas II, 201. Alude a la enfermedad del cardenal Monescillo, primado de España, que moriría el 11 de agosto de 1897. Por otra parte, Monescillo nunca fue adicto a los operarios, como se vio en la fundación del colegio de Valencia; ni lo era del de Roma, por el concepto que ya tenía, siendo arzobispo de Valencia, de su mismo seminario (cf. supra, nota 52), «y en su ancianidad no ha tomado parte en nada que se refiera al colegio» (cf. Crónicas II, 242).
77. Crónicas II, 103; Miñana, Diario, 2.º, 59.
78. Ibid., 203; Ibid.
79. Así puede deducirse de Miñana, Diario II, 59, cuando escribe: «Vemos en todo esto la mano del obispo de Salamanca»; y don Manuel escribía el 2 de julio: «El señor de Salamanca me tiene castigado. Me era simpático.... pero sus arranques políticos le están poniendo en una pendiente». Recordemos que «el 5 de junio de 1896, siendo obispo de la diócesis fray Tomás Cámara y Castro, O.S.A., fue constituido por Su Santidad León XIII Universidad Pontificia con las facultades de Filosofía, Teología y Derecho Canónico» (cf. F. Martín Hernández Los seminarios españoles: historia y pedagogía, Salamanca 1964, 95).
80. Miñana, Diario II, 59.
81. Crónicas II, 204; Miñana, Diario II, 60.
82. Crónicas II, 204. Dichos alumnos necesitaban el reconocimiento para opositar a cátedras: cf. Ibid. 11, 234. Se trata de don Angel Regueras, que obtiene la cátedra de cánones en el seminario de Oviedo y de don Nicolás Rodríguez, profesor de humanidades en el seminario y párroco de la ciudad de Avila.
83. Miñana, Diario, 61, días 22 y 30 de agosto.
84. «Epistola Eminentissimi Cardinalis Praefecti S. Congregationis Studiorum ad praesules Hispanos, in quorum diocecesibus, erecta noviter sunt pontificia instituta»: AAS 30 (1897–1898) 362–635.
85. Crónicas II, 211.
86. RCEM, Memoria curso 1896–1897, pp. 1–2.
87. Miñana, Diario II, 91–92; cf. Crónicas III, 101–102.
88. Véase el rescripto Apéndice 3.º.
89. Original de la carta de monseñor Magno, febrero 1899. Puede verse en Memorias, curso 1897–1898, adosada al final. En ella entre otras cosas dice: «In questa occasione mi é grato render la consapevole, che sul finire del passato anno fu spedita ai Vescovi di quei seminari in cui furono ultimamente erette canonicamente la facoltá Filosófica, Teologica e Canonica, affinche facessero a gara di favorire quanto piú potessero il Collegio Spagnolo, ed in pari tempo conoscessero essere desiderio della S. Congregazione che i giovani, che ne escono siano prescelti alle cattedre d'insegnamento; e si mentre la Spagna risentirebbe subito i vantaggi provenienti dal Collegio, gli alunni di questo, sapendo di esser destinati ad insegnare nella loro patri, piu alacremente attenderebbero allo studio».
90. El 12 de enero de 1899 escribía mosén Sol al rector del colegio: «El cardenal Satolli no lo hizo bien... El único medio, y lo que debía haber hecho Satolli, y sin estos títulos tan rumbosos del latín, decir simplemente en una circular a todos los prelados por medio de la Nunciatura que el Papa extraña que no sean todavía 100 los alumnos del colegio español a pesar de que está bien montado, etc. Que ya que se concedió tantos centrales, urge envíen todos los obispos el mayor número posible de alumnos para que luego haya buen profesorado en los Centrales y en los no centrales. Lo demás es ir con paños calientes» (Crónicas III, 103–104)~
91. RECM, Memoria curso 1895–1896, p. 9.
92. Véase por ejemplo la carta de la S. C. de Estudios, que comenta la Memoria del curso 1898–1899, (Ibid.).
93. «La mayor parte han obtenido los grados con las mejores calificaciones: tres de ellos merecieron el optime cum laude, tan difícil de conseguir» (Memoria curso 1896–1897). Los resultados han sido altamente satisfactorios, porque, habiendo concurrido las varias congregaciones religiosas, ocupamos el segundo lugar entre los que más número de premio han obtenido; con la circunstancia de que gran parte de los mismos son de las asignaturas principales» (Memoria curso 1897–1898). «Baste decir que de los cuarenta centros entre comunidades religiosas y colegios que asisten a las clases de la Universidad Gregoriana, el colegio, español ocupa el segundo lugar en cuanto al número de premios obtenidos» (Memoria curso 1900L1901). «A pesar de un número tan considerable de exámenes y la severidad de los jueces, el colegio no tuvo más que siete suspensos (de 90 alumnos): tres en el examen para el doctorado en Teología, uno en la licenciatura de la misma facultad, dos en la licenciatura de cánones y uno en el bachillerato» (Memoria curso 1901–1902). «El resultado de los concursos de nuestros alumnos ha sido este año el triunfo mayor que ha obtenido el colegio español, hasta el presente, habiendo merecido 40 premios, unos 80 accésit, más de 100 menciones honoríficas y muchas simples menciones» (Memoria curso 1903–1904). «¿Qué podremos decir del triunfo señaladísimo obtenido este año, tanto por el número de 61 premios, que nunca podíamos soñar, como por la importancia de los mismos?» (Memoria, curso 1905–1906). «Quien sepa el saludable rigor con que se celebran allí (en el Bíblico) los exámenes y se dan las censuras, podrá apreciar lo que vale la común nota de nuestros alumnos» (Memoria curso 1923–1924).
94. Registro de alumnos, 1910–1913, IV, 352. Libreta...
95. RAH, Libreta.
96. Decretum... de 3 julio 1907: AAS 40 (1907) 470–478.
97. Entre otros los padres Vidal y Loinaz, S.J.
98. Roma, Imprenta Pont. del Instituto Pío IX, 1908. El vol. I comprende desde la proposición 1.ª a la 30.ª, con 668 páginas; el II desde la 31.ª a la 65.ª con 718 páginas.
99. La carta de Pío X al rector del colegio decía: «Sono graditissimo a Lei, Signor Rettore, del regalo, che si compiacque di farmi del lavoro compiuto dai giovani alunni di codesto collegio, perche questo ha accresciuto in me, se pur era possibile, la stima e l'afetto verso di loro, che pure é grandissima. Il cimento infatti sulle proposizioni del Decreto Lamentabili e le conseguenti spiegazioni sugli errori condannati dall'Enciclica Pascendi, fanno fede della loro piena conoscenza delle discipline filosofiche e teologiche a tal punto, che il lavoro farebbe onore e qualunche si é consagrato ex profeso a tali dottrine. La pietá poi, che si manifesta negli stessi lavori, é prova evidente della loro santa educacione. Mentre pertanto mi congratulo con Lei e con gli altri moderatori pel frutto consolante delle loro pure sollecie, ho non solo la speranza, ma la certezza del bene che faranno codesti buoni giovani ritornando alle loro diocesi, Quantunque infatti la Spagna sia immune. La Dio mercé, da certi errori a specialmente dalla peste del cosí detto modernismo, questi buoni sacerdoti informati a sicure dottrine e a spirito romano coll'amore al sacrificio e collo zelo di apostoli sotto la guida dei loro Vescovi opererando prodigi per ben educare gli aspiranit al sacerdozio e per mantenere nei popoli viva la fede» (Crónicas VI, 266–267). Esta carta autógrafa del Papa se encuentra en el segundo volumen de la citada obra. En el vol. VI de las Crónicas pueden verse otros comentarios interesantes sobre el citado trabajo.
100. Crónicas II, 16.
101. Ibid.; es el mes de febrero de 1895.
102. Monseñor Juan Muñoz Herrera y don José Cadena.
103. Don Ramón O'Callaghan.
104. De la diócesis de Salamanca, de 1892–1894.
105. Para todas estas noticias, cf. Crónicas II, pp. 37 y 58.
106. Ibid. I, 84.
107. Ibid. II, 151.
108. Ibid. II, 152.
109. «Archiepiscopos autem Toletanum et Hispalensem designamus qui Nobiscum et successoribus Nostris de negotiis Collegii gravioribus agant; ob eamque causam praecipimus, ut is qui collegio preaest, de re familiari, de disciplina moribusque alumnorum quotannis ad sacrum consilium nostrum studiis regundis, cum ad Archiepiscopos supra dictos scriptos referat ... » (AAS 26 [1893–1894] 203).
110. No era monseñor Nava di Bontifé, arzobispo de Catania. Parece que el que escribió la carta al secretario de Estado fue su antecesor, monseñor Cretoni, arzobispo de Damasco (Crónicas II, 154).
111. Crónicas II, 152; en 1, 299–300 está la explicación, dada la situación del arzobispo de Toledo.
112. Crónicas II, 242.
113. Así se explica cómo es precisamente el curso 1895–1896 cuando empieza el libro Memorias del colegio; si bien en las Crónicas hay constancia, al principio de cada curso, del desarrollo y resultados académicos de cada curso desde la fundación del colegio.
114. Crónicas II, 153.
115. Sancha y Hervás, Ciriaco María (1833–1909) nace en Quintana de Pidio, Burgos. Obispo auxiliar de Toledo (1875), obispo titular de Avila (1881), propuesto para la sede de Santiago de Compostela, fue, sin embargo, nombrado obispo de Madrid–Alcalá al ser asesinado su primer obispo, Martínez Izquierdo (1898), sustituyendo en ambas sedes al cardenal Monescillo. Cf. Diccionario de historia eclesiástica de España 111, 568. Encarga a la Hermandad la dirección del seminario de Toledo en 1898.
116. El cardenal Vives primer cardenal protector de la Hermandad, reside en el colegio a partir del 12 octubre 1906; cf. Crónicas V, 236, 358–360.
117. El cardenal Sancha se encontraba en Sevilla asistiendo a los actos de la coronación de la Virgen Nuestra Señora de los Reyes, que tuvo lugar el día 4 de diciembre. Cf. J. M.ª Javierre, Don Marcelo de Sevilla, 426.
118. Crónicas V, 83–84.
119. Ibid., 84.
120. El original se encuentra actualmente en RACE. Damos aquí el texto, dada su brevedad: «EX AUDIENTIA SANCTISSIMI, Die XVI decembris anno MDCCCCIV. SSmus Dominus Noster PIUS Divina Providentia PAPA X, Suam erga Hispanicum S. Josephi Collegium de Urbe voluntatem cupiens argumento novo profiteri, praemioque Collegium idem volens afficere, in quo nobilis Hispaniarum gens praeclarum fovet virtutis doctrinaeque domicilium, benigne iussit Collegium ipsum appellari Pontificium ita quidem ut clerici, ad Religionis ac patriae spem in eodem succrescentes, non modo praecellenti, ut antea, animorum studio aut explorata fidelitate Apostolicae Sedi coniungantur, verum etiam amplissimi dignitate nominis Pontifici Maximo adhaerean.
Daum e Secretaria Status, die, mense et anno supradictis.
L– S– R. Card. Merry del Val»
121. RACE, carp. «Documentos», leg. 1904.
122. Crónicas V, 84.
123. A. Torres, o. c., 541.
124. Ibid., 555–556.
125. Damos una selección de ellas en el Apéndice 4.º.
126. Crónicas I, 1.
127. Ibid., 262–263.
128. Carta a F. Tena del 13 marzo 1891 (E.II, Cartas, 4.º, 12).
129. Crónicas I, 363. El 18 de marzo del 92 le escribía a don Manuel el señor Caparrós– «Lejos de ser un inconveniente el abandono en que el Gobierno deja a los operarios, es una ventaja grandísima para el colegio, que se fundará y desarrollará sin la más pequeña intervención del Estado, que, con capa de protección, mataría el pensamiento» ( A. Torres, o. c., 377 y RAC, «Operarios» carp. 17).
130. Crónicas I, 363.
131. Ibid., 364–370.
132. Ibid., 370–371.
133. Se nota clara la idea que tiene don Manuel de una agrupación de sacerdotes. Sus palabras son casi idénticas a las que dirige a los operarios cuando define la Hermandad: «No es más que lo que harían un grupo de sacerdotes mancomunados ... ».
134. En carta al rector del colegio de 25 agosto 1896 (E.II, Cartas, 9.º, 162; Crónicas II, 136).
135. Crónicas I, 204.
136. Ibid., 224–226.
137. Ibid. II, 123–127, 134.
138. Ibid., 153–154.
139. Carta a Felipe Tena del 17 mayo 1892 (E.II, Cartas, 5.º, 53).
140. Recordemos que la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos había sido fundada en 1883 y constituida canónicamente el 1 enero 1886.
141. Crónicas I, II
142. Ibid. I, preliminares II y III.
143. Cf. supra, cap. XII, III, 2.
144. Ibid.
145. E.III, Varios, 4.º, 8.
146. Crónicas I, preliminares VIII.
147. E.III, Varios, 4.º, 7, f. 1–2.
148. Crónicas I, preliminares VIII y IX.
149. E.III, Varios, 4.º, 7, f. 8; Crónicas I, preliminares XIII.
150. Ibid., f. 21; Crónicas I, preliminares XV–XVI.
151. Crónicas I, preliminares XVIII–XIX.
152. Ibid., preliminares XIX.
153. Ibid., preliminares XX.
154. Cf. supra, cap. XIII, I, 1.
155. E.III, Varios, 4.º, 7, f. 16; Crónicas I, 6–8.
156. Ibid.; Ibid., 8.
157. Crónicas I, 9.
158. Ibid. I, 10.
159. Ibid. I, 22.
160. E.III, Varios, 7.º, 52, 57, etc.
161, Ibid., 52; Crónica I.
162. RAH, «Operarios» carp, 5, 2.
163. Crónicas I, 75–78.
164. Ibid. 84.
165. Ibid. 85.
166. Carta de 4 mayo 1893: E.II, Cartas, 6.º, 69.
167. Crónicas I, 96.
168. RAH, Miñana, Diario, 1.º, 61.
169. Crónicas I, 102.
170. Ibid., 102–103.
171. Ibid., 109–110.
172. Ibid., 110; Carta de 11 abril 1893: E.II, Cartas, 6.º, 55.
173. Crónicas I, 116; Miñana, 1.º, 62.
174. E.II, Cartas, 6.º, 96.
175. Ibid.
176. Cf. AAS 26 [1893–1894] 199–203.
177. Crónicas I, 196; E.II, Cartas, 6.º, 161 y 164.
178. Ibíd., 166, 167, 168 y 174.
179. Crónicas I, 219–222; 11, 57–58 y 97.
180. Ibíd., 199–200.
181. Ibid., 211.
182. Ibid., 248: texto integro en 330–335.
183. Ibid., 248: texto integro en 335–339.
184. Ibid., 248; E.II, Cartas, 7.º, 85.
185. Ibid., 249.
186. Ibid. IV, 241.
187. Ibid. IV, 43.
188. Ibid., 44–45. Para todo lo concerniente al palacio de Altemps y relaciones del colegio de la Hermandad, cf. Crónicas I, 239; 267–272, 289–299, 301–302; II, 3–10, 41–55, 77–79, 89–90, 92–93, 96–99, 251–253, 169–170, 191, 212–214, 215, 243; III, 35–47, 44–49, 72–73, 246247, 279, 290, 306, 316–322; IV, 8–10, 18, 26–33, (267–268), 43–44, 52–55, 68–71, (275,–277), 82–85, 94–96, 107–108, 123–124, 199–201; V, 51, 97–98, 119, 151–153, 162–163, 257, 275–278.
189. Carta de 3 abril 1892 a Esteban Ginés: E.II, Cartas, 5.º, 36.
190. Carta de 30 abril 1894 a Serrano: E.II, Cartas, T', 91.
191. E.I, Predicación, 5.º, 38, f. 2.
192. Crónicas 1, 385.
193. Ibid, II, 33–34.
194. No repetimos nuevamente las citas de cada texto, ya que todos ellos han sido utilizados a lo largo de la obra.
195. Tomado de la carta de León XIII, cediendo el palacio Altemps para sede definitiva del colegio.
196. Vicente Ramón Nadal, canónigo, escribe el 9 de noviembre de 1930 en «El Correo Interior Josefino» un pequeño artículo sobre don Benjamín Miñana, primer rector del colegio español en Roma. El artículo se titula: En la ciudad Eterna: Correo... 34 (1930) 387–389.
197. Ibáñez Arana, Los frutos del colegio en Recuerdo de unas fiestas (Bodas de oro del Pontificio Colegio Español de San José en Roma) 1942, 147. El artículo completo, en 147–150.
198. Ibid., 148.
199. Nos referimos a José Solé Mercadé, preconizado obispo auxiliar de Madrid y que posteriormente renunció a tal nombramiento.
200. Las cifras que damos no coinciden con las que da Ibáñez Arana en su artículo, pues él alarga la suma hasta el año 42, mientras que nosotros nos referimos a los alumnos que frecuentaron el colegio los cursos que estudiamos. Como complemento, recuérdese que en unas estadísticas de 1923 ya se cuentan entre los antiguos alumnos: «128 puestos en cabildos catedralicios; 10 en curias diocesanas; 90 en seminarios; 80 en parroquias; 13 en el ejército y la Armada; 32 en diversos cargos del ministerio sacerdotal» (cf. A. Torres, o. c., 558).
201. El autor hace en todo alusión a otro seminario no diocesano, pero no de menos importancia, «me refiero al seminario de misiones extranjeras de Burgos... Su fundador, don Emilio Rodero Reca, bebía por los años 1903 y 1904 raudales de catolicidad en sus mismas fuentes ... » Efectivamente don Emilio Rodero, en el catálogo de alumnos del colegio, edición de 1967, figura con el número 254. Las cifras que corresponderían a nuestra historia, en cuanto se refiere a seminarios, y según nuestro cómputo personal, son de 15 rectores y 140 profesores y superiores, muchos de ellos prefectos de estudios al mimo tiempo.
202. Cf. Mater Clementíssima (marzo 1936) 188.
203. Un antiguo alumno, La idea del colegio en su fundador: Mater Clementissima (marzo 1936) 174–179.
204. Mater Clementissima (marzo 1936) 169.
205. Nos referimos al ya citado monseñor Bryan y Livermoore.
206. Mater Clementissima (marzo 1936) 169.
207. Ibid., 169–170.
208. Ibid., 170.
209. Sacra Congregatio de Seminariis et Studiorum Universitatibus. Prot. num. 359/42/4. Roma, 1.º Aprile 1942. La carta está firmada por el cardenal G. Pizzardo. El original de la misma en ACE, copia puede verse en Recuerdo de unas fiestas, 56–57. En las páginas siguientes pueden verse testimonios del rector de la Gregoriana, del Instituto Bíblico, del Instituto de Estudios Orientales y de varios rectores de colegios nacionales.
210. Cf. L'Osservatore Romano (7 diciembre 1967) 10.
211. M. González Martín, Don Enrique de Ossó o la fuerza del sacerdocio, 186–187.
III
Un legado para la Iglesia
15
Constitución definitiva de la Hermandad
I. NATURALEZA INTERNA
La obra de mosén Sol había crecido mucho. La idea que había surgido en su claro talento una mañana fría de enero de 1883, se había hecho realidad en un grupo selecto de sacerdotes que atendían colegios de vocaciones y seminarios.
Aquella intuición primera; aquel carisma inicial tomaba cuerpo, crecía, se desarrollaba. El fundador contemplaba con mucha atención este desenvolvimiento de su obra, y día a día va perfilando sus líneas maestras: asienta principios, clarifica objetivos, señala medios, selecciona cuidadosamente las personas y escribe unas bases que le den uniformidad y permanencia.
Al par que la obra extiende sus medios de acción, se va marcando claramente su contextura interna.
1. Fraternidad sacerdotal
En las últimas definiciones que el mismo don Manuel nos deja de la Hermandad hay siempre una idea clara: «Somos sacerdotes seculares» 1. Así lo dejará en sus escritos; lo repetirá cada año a sus operarios, lo anotará en sus bases fundamentales y lo explicará a los mismos alumnos de los colegios y seminarios. «¿Qué somos? Pues sacerdotes seculares, simplemente, unidos tan sólo por el vínculo del celo y de la caridad bajo una dirección común ... » 2.
Sacerdotes unidos. Don Manuel había palpado en su propia carne y había denunciado en sus escritos la necesidad de dar continuidad a las obras apostólicas. También había señalado como uno de los fallos de su época el trabajo excesivamente individual que hace que las obras mueran indefectiblemente con su creador. Por eso él quiere fundar una «Hermandad sacerdotal, llamada de sacerdotes operarios... ; es la unión de sacerdotes libres de todos otros cargos y atenciones, unidos por la obediencia y una dirección común ... » 3.
Intuye lo difícil que resultará dar forma externa a una institución como la suya, pero no por eso cesa en su empeño:
No estamos acostumbrados a ver más que institutos religiosos, atados con sus correspondientes votos y por esto no concebimos posible más que esto... Nuestra obra es una obra puramente sacerdotal. Es el sacerdote en el mundo pero sin querer ser más que un sacerdote. No párroco, ni beneficiario, ni otro cargo, sino sacerdote libre, sin ambiciones ni deseos más que trabajar en la gloria de Dios. Es lo que fue san Alfonso... san Juan Cancio... El V. Ávila, pero estos pobrecitos (permitidme la expresión) lo hacían aisladamente... Nuestra obra es lo que serían tres, cuatro o cinco sacerdotes de una población... los cuales, movidos por su piedad y celo, se mancomunasen... Tal es el carácter de nuestra obra, la pía unión de sacerdotes seculares, para promover los intereses de Jesús mediante esta unión y sin trabas particulares... El espíritu, pues, de nuestra unión sacerdotal, es el fin y la naturaleza de la obra 4.
De aquí arrancará la vida de la misma Hermandad que ha de ser «una vida puramente sacerdotal»' y el espíritu que se requiere para formar parte de la misma, «un espíritu única, sólida y verdaderamente sacerdotal» 5.
Don Manuel remacha continuamente estas ideas, definiendo a sus operarios como «la clase media sacerdotal» 6 ya que no pertenecerán a la clase común de sacerdotes que viven aislados ni a «la aristocracia del sacerdocio apostólico, regular y penitente» 7.
No quiere que su institución sea una congregación en el sentido jurídico de la palabra, si bien desea que sus miembros sean religiosos en el sentido más profundo de la denominación:
No debemos perder de vista que nuestra obra es una obra especial, especialísima y casi diferente a todas las obras; ya lo es en sí por su carácter puramente sacerdotal y no religioso... Esta no es una orden religiosa y nuestra comunicación continua ha de ser con el clero... Los que hayan de venir, regularmente no serán los que tengan vocación de vida religiosa o estrecha; pero sí de los que desean consagrarse a una vida más que ordinaria de la de un simple sacerdote 8.
Su idea la dejará bien clara don Manuel en la memoria que presenta en el Congreso Católico de Tarragona 9.
Esta naturaleza tan original de su obra es lo que no cabe en la cabeza de algunos a quienes consulta y los consultores romanos no encontrarán dónde encasillarla. Veremos a don Manuel luchando para mantener intacta la naturaleza de su obra. Así es y así quiere que siga siendo:
Naturaleza de la obra, que es sacerdotal, 1. en su estado, 2. en sus prescripciones, 3... con las ventajas de la unidad y de la solidez de la perpetuidad en los campos de unos después de otros 10.
No queremos ser de otra manera de la que somos; nuestra institución no puede ni debe alterarse en manera alguna sustancial en su modo de ser amplio, modesto y humilde. Porque perderíamos la fisonomía puramente sacerdotal; se distanciaría nuestra comunicación con el Clero... y este carácter de revestirlo siempre y hacer que no desaparezca... porque así os penetráis de él y lo infundiréis a los que vayan viniendo... y tal vez convenga afirmarla exteriormente... 11.
Esta afirmación externa vendrá con las constituciones; mientras tanto, don Manuel repetirá insistentemente a sus operarios: «No querer ser, pues, más que sacerdotes, y nada más que sacerdotes, y santos, y trabajar cuanto pudieran por la gloria de Dios, y a ser posible en unión con otros» 12. Sacerdotes unidos: «Nuestra obra no es una obra de celo individual. Es una obra de celo común de todos los que pertenecemos a ella» 13. Para alimentar ese celo común, la institución tendrá unos objetivos comunes; para mantener la unidad el mismo don Manuel señalará los medios concretos. Naturaleza, objetos y medios constituirán la vertebración integral de la obra.
2. «El fomento, sostenimiento y cuidado de las vocaciones eclesiásticas, religiosas y apostólicas»
El dar a la Iglesia mucho clero y bueno y bien formado fue el móvil vital de don Manuel. Para esto fundó los colegios de vocaciones y más tarde aceptaría la dirección de seminarios. Convencido como estaba de que la formación del clero era la «llave de la cosecha» en todos los campos, funda una institución que de respuesta duradera al problema de las vocaciones. Conocía el problema y creía conocer el por qué de los fracasos de las tentativas hasta entonces iniciadas:
Es una lamentable y espantosa verdad llorada por todos los prelados y aún por las órdenes monásticas la escasez de vocaciones eclesiásticas y apostólicas. Algunas diócesis han acudido a remediar este mal, pero la mayor parte de ellas, casi todas, con escaso resultado, o al menos no con todo el que la necesidad exige: y esto debido principalmente, al parecer, por haber sido promovido este fomento de vocaciones eclesiásticas por la sola iniciativa de los prelados, sin que haya quienes promuevan estas vocaciones...
Don Manuel da el paso y señala los objetivos de su obra:
Para llenar estas necesidades parece que el Señor desea el establecimiento de una congregación de P.P. Sacerdotes que teniendo como base el amor al Corazón de Jesús Sacramentado... se dedique como objeto especial al fomento de la piedad de los jóvenes por medio de congregaciones y establecimientos de círculos y muy particularmente al desarrollo y sostenimiento de las vocaciones eclesiásticas y religiosas 14.
Es el triple objetivo que señalará en todos sus escritos y en las sucesivas redacciones de Bases o Constituciones 15. La juventud masculina, siempre más dejada que la femenina, el culto al Corazón de Jesús hasta llegar a perfilarse en la «reparación» que envolvía una gran devoción eucarística, y el aumento de vocaciones eclesiásticas y apostólicas por todos los medios posibles. A medida que va madurando su pensamiento, el fomento de las vocaciones va pasando a primer plano cada vez con más nitidez. En la Breve Idea de 1892 dice:
El objeto primordial de la Hermandad y que ha sido origen y causa de la inspiración de la obra y debe caracterizarla, es el fomento, sostenimiento y cuidado de las vocaciones eclesiásticas, religiosas y apostólicas en las diócesis.
Y en las constituciones de 1898, después de enumerar el triple objetivo, escribe en el artículo siguiente:
Entre estos objetos el primero y preferente y que ha querido el Señor confiar de un modo providencial al celo y vigilancia de la Hermandad, el que ha sido ocasión de su origen y que debe siempre caracterizarla, es el fomento, sostenimiento y cuidado de las vocaciones eclesiásticas, religiosas y apostólicas 16.
El fomento de las vocaciones fue la ocasión de la fundación de la Hermandad, fue el objeto especial de la misma y fue al mismo tiempo medio y fin de la obra 17. De aquí la fundación de colegios a que ya nos hemos referido, y la aceptación posterior de seminarios. Por vocaciones apostólicas don Manuel entendía las vocaciones de laicos apostólicos 18. Para la juventud masculina organizó la «juventud católica» de Tortosa; fue director de la Congregación de San Luis, funda la revista El Congregante de San, Luis, y el gimnasio o círculo de recreo, obras que ya han merecido nuestra atención en capítulos precedentes.
Para atender al tercer objetivo, el de la devoción y el espíritu de reparación al Corazón de Jesús además de todo su trabajo en la adoración nocturna, piensa y llegó a realizar los templos de reparación.
3. «El nervio de la obra»
Fraternidad sacerdotal para el aumento de vocaciones. La naturaleza y la finalidad están claras. ¿Cómo sostener este cuerpo? ¿Qué nervios internos le darán seguridad y permanencia?
Don Manuel les explica a sus operarios: «El nervio de nuestra obra consta de tres hilos: la exquisita elección de los miembros de ella. El cumplimiento de las bases y del reglamento individuales y comunes. La abertura de corazón» 19.
Dedicaremos un apartado especial a la elección que don Manuel hace de los miembros de su obra y los criterios que mueven a tal elección.
a) Fidelidad
Don Manuel en sus pláticas a los operarios insiste continuamente en los otros dos medios. Lo hace porque su obra es puramente sacerdotal y no piensa ni ha de tener los medios externos que las congregaciones religiosas. Los actos comunes son muy pocos, «poquísimos, quizás parezcan exclusivamente pocos. Pero nuestra vida sacerdotal y no religiosa y sobre todo, nuestra vida de operarios externa, no podía prestarse a ataduras de actos comunes, porque serían un entorpecimiento para la variedad de nuestras tareas, casi todas individuales, y sería casi contra el espíritu nuestro...No nos hemos prescrito, pues, más que los puramente necesarios... » 20.
Ahora bien, precisamente por esa falta de reglamentación, considera más importante la «fidelidad individual a las prescripciones más insignificantes del reglamento, a nuestras prácticas de piedad individual, de nuestro modo de obrar en los actos todos de nuestro ministerio, es el único medio de conservar el espíritu interior de la obra» 21.
La oración diaria, el «recreo en común», el silencio, las visitas al santísimo, la «hora santa» de los jueves, la formación literaria...
Fidelidad que, por otra parte, dependía de cada individuo 22, y por lo tanto era más fácilmente vulnerable dado, el temperamento individual y las múltiples ocupaciones a que los primeros operarios debían atender. De esta fidelidad hacía depender la santificación personal y el buen nombre de la obra. Pero, sobre todo, insistía en su necesidad por el concepto de la fraternidad y de responsabilidad común:
Porque, ya lo sabéis, formamos un cuerpo, que se propone un mismo fin; cada uno, pues, somos solidarios de cuanto atañe al bien o al mal del cuerpo. El pecado de uno en una entidad atrae más males sobre ella; y el mérito de uno puede obtener y obtiene bendiciones sobre los demás y sobre la misma 23.
Profundiza aún más don Manuel llegando a hacer depender de la fidelidad de cada uno la presencia de nuevas vocaciones para la institución y de su infidelidad la decadencia de la misma:
Y aun de instituciones, sino también casas religiosas particulares han debido el mantenimiento de su fervor, a las bendiciones o al influjo santo de los méritos de una sola alma...
A veces en una comunidad no hay vocaciones y van mendigando; puede ser que Dios tenga otras miras, pero... en general, es por falta de fidelidad a su vocación o espíritu...
Si, por el contrario, entrara en nuestra obra la disipación y la tibieza en sus individuos, la vigilancia en el cumplimiento de los deberes, y en general en la masa de ella y el espíritu y fervor que exigen los fines y ministerios a que es llamada, palparíamos la esterilidad...
¡Cuántas instituciones y aún comunidades particulares aletargadas en sus glorias... han venido a la esterilidad... y han ido mendigando vocaciones ... ! Que vuelvan al espíritu de su congregación, que no les faltarán alumnos necesarios, que si son Pocos serán buenos, que se ajusten a sus reglas y verán florecer los resultados de gloria de Dios...
Y así podremos decirlo: seamos fieles y nada nos faltará... 24.
b) Abertura de corazón
Después de la fidelidad, que es el nervio interior, diríamos personal, don Manuel, habla del «nervio exterior que apriete, sostenga y conserve el verdadero espíritu de la Hermandad» 25.
Este medio tiene una doble vertiente: La «abertura de corazón» por parte del individuo y la «corrección fraterna» en la comunidad. Partiendo de la idea de que la obra tiene un carácter de fraternidad sacerdotal, a fin de facilitar su gobierno y para el bien del operario, a falta de otros medios externos, don Manuel señala para suplirlos la espontaneidad y la corrección fraterna.
La espontaneidad es en don Manuel una transparencia total; de pensamiento y de acción. No se refiere solamente a la sinceridad sacramental de la penitencia o de la dirección espiritual, sino a «procurar toda abertura de corazón» con los superiores y con los iguales en todo lo que uno sienta o pueda sucederle. La vida interior, los trabajos en el colegio o seminario, las «conquistas espirituales» deben pasar por una comunicación espontánea de los operarios:
No ser corazones cerrados, ni caracteres abstraídos, de los que no se sabe nunca ni por qué caminos andan.
Hasta sería de desear que los acontecimientos ordinarios de la vida, de las relaciones que se adquieren... se diesen a conocer, hasta a los iguales, no siendo contra la discreción.
Esta especie de comunicación de bienes, tal vez,, evitará hasta peligros en el individuo. Abertura, pues, de corazón y con ello disposición para recibir cuantas advertencias serían convenientes 26.
Don Manuel es consciente de que esto cuesta muchas veces por falta de conocimiento propio o por tener un temperamento cerrado. Para ayudar a romper el silencio y preparar la comunicación, añade la corrección. Es complemento de la espontaneidad, «esta es para decir lo que hace... aquella es para corregir lo que no se dice o no se advierte, con el mismo fin de que esté todo sujeto a la discreción y aviso, siendo unos los ángeles de los otros ... » 27.
Se entretiene con sus operarios descubriendo tantos momentos de la vida en que estos pueden cerrarse a sí mismos y, por otra parte, la alegría de la. comunicación en el grupo de proyectos, correrías apostólicas, éxitos y fracasos sabiendo que todo va a caer bien 28. «Esa manifestación de sí mismo es el gran medio de ser santos y, de salvarnos de todos los peligros. Este deseo de que todo conste y nos sea corregido, aun lo que no advertimos, es la piedra filosofal que nos salvará y salvará la obra». No duda ni siquiera, en este campo, ponerse como ejemplo: «Os digo, con sinceridad que cualquiera de los actuales que me señalasen para decir todo lo que hago y puedo sentir y pensar, lo recibiré bien». Lo cual no va contra el carácter sacerdotal de la obra: «Sacerdotes, pero sacerdotes de corazón varonil, con la vigilancia espontánea; y estad seguros de vuestra debilidad» 29.
Después de la fidelidad y de la abertura de corazón, la corrección fraterna; es el punto cardinal. «Lo veo de tanta necesidad, que sin él, nuestra fragilidad humana,, las asechanzas continuas del enemigo y lo que puede el hábito y la costumbre en el obrar; que si se aflojase en esta práctica, podría peligrar el espíritu de la obra, y con él la obra misma» 30.
A pesar de su convicción, don Manuel sabe que este punto es difícil y no quiere ocultarlo, haciendo una amplía manifestación de los motivos de tal dificultad: «Con todo, si he de decir verdad, esta práctica la veo bastante difícil y temo no se practique con fidelidad. Porque todos tenemos nuestro amor propio, y por franqueza y amor que nos tengamos, una advertencia de un igual siempre nos hiere ... ».
Para paliar en lo posible las dificultades, señala también unas condiciones que la hagan más factible, señalando, entre otras, la caridad, la amistad, el hacerlo individualmente y, sobre todo, una gran delicadeza; delicadeza «no sólo para el comportamiento de nosotros mismos, sino también un celo delicadísimo por el bien y santificación de los demás» 31.
Vuelve nuevamente don Manuel a abrir su interior ante sus operarios «Yo de mí se deciros que quisiera tener sobre mí cien ojos ... ; y cuando se trata de 1 los nuestros, quisiera verlos a cien codos más altos que yo en todo género de perfecciones y de edificación aun en cosas que no practico; no lo tengo, pero me gusta que el otro lo tenga para perfección suya y bien de la obra» 32.
Termina don Manuel con sus reflexiones sobre la abertura de corazón y la corrección con un grito de esperanza y de optimismo, basado en estos medios, no solo para el presente, sino para la Hermandad en su futuro:
Nada cerrado, pues, en nuestro interior, ni respecto a la dirección de almas, a proyectos de propaganda, a nuestro modo de pensar o sentir, a nuestra Hermandad. Esto... nos dará seguridad en nuestro modo de obrar y dará seguridad a los iguales y compañeros, y nos librará de muchísimos peligros... El demonio... lo primero que encarga es el silencio y que no se manifieste... Estas tentaciones de encerramiento de corazón, se evitan con esa espontaneidad de corazón y carácter. Ojalá todos supiesen lo que hacemos y seríamos salvos. Abertura, pues, de corazón, siempre y no ocultan nada a los superiores... Y necesidad de corrección.
Estarnos en un principio y hay fraternidad; pero pueden venir tiempos... que no olviden los individuos la delación. Que no olvidéis los superiores la corrección; que Dios les pedirá cuenta. De esto depende el porvenir de la obra 33.
II. CONSTITUCIONES DE LA HERMANDAD
1. Bases genérales
En la mañana del 29 de enero de 1883 don Manuel vio como en un golpe de vista y en un impulso de corazón la obra que deseaba realizar. Este fue el primer esbozo, genial, intuitivo, que cruzó por su mente. Sugestionado por su luz pasó todo aquel día y el siguiente dando forma y contornos a su idea. Y entre los dos días dejó ultimado el proyecto en su interior y lo vertió de su mano en unas cuartillas.
Recordemos que pasó todo el mes de febrero meditando, madurando y retocando su proyecto. Consulta al padre Román de Vigordán, a quien el mismo don Manuel define como «persona de mucho peso», y, aconsejado por éste, escribe primero y luego visita al arzobispo de Tarragona, ganándoselo para su obra. El 4 de mayo comunica verbalmente su proyecto al obispo de Tortosa. Pocos días más tarde, el 8, vuelve a visitar a su obispo y, esta vez , le presenta ya un pequeño informe, en el que explicaba brevemente el origen de la obra. Le entregó además una copia de las «Bases y Reglas», que ya había visto el padre Vigordán.
Es un escrito breve, donde se expresa con total claridad el pensamiento de don Manuel, titulado Bases para una Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos, Reparadores del Corazón de Jesús 34. En estas bases ya señala don Manuel las líneas generales de la vida de la Hermandad para darle eficacia y permanencia: unidad y permanencia por el voto de obediencia; espíritu y práctica de desprendimiento, por la vida en común, sin voto, de pobreza, la residencia habitual de sus miembros será en la Casa Central o en los colegios de vocaciones.
Asimismo señala claramente los «objetos preferentes»: culto al Sagrado Corazón por el apostolado de la oración, pía unión y otro que se adopte, con una práctica además, que sea como el distintivo de la Hermandad ... ; el fomento de congregaciones de jóvenes, estableciendo o animando a la formación de círculos o gimnasios, visitando, dirigiendo ejercicios y otras prácticas para el fomento de la piedad en los jóvenes; el aumento de vocaciones eclesiásticas y apostólicas por todos los medios posibles y en particular por la creación de colegios centrales diocesanos.
Finalmente, anota la admisión de operarios auxiliares considerando por tales a los sacerdotes que se ofrezcan a promover los objetos de la Hermandad 35. Recordemos que don Manuel, cuando habla en todos sus esquemas de bases o similares, se está refiriendo siempre a la juventud masculina a la que considera, como dice en la introducción de este documento, «más abandonada por parte del celo sacerdotal».
El obispo se tomó unos días para estudiar el proyecto y el día 17 de mayo, siempre de 1883, comunicó a don Manuel su aprobación verbal.
2. Bases permanentes y reglas provisionales
En el verano de aquel año pudo reunir don Manuel «algunos compañeros celosos que se ofrecieron a la obra» y con ellos se reúne en el desierto de las Palmas. Allí pasaron del 15 al 20 de julio «y por unánime y feliz acuerdo se redactaron las Bases permanentes y reglas provisionales» 36.
En el retiro y la oración maduraron las ideas que nos dejaron plasmadas en documento más completo, más elaborado y que servirá de base a todos los escritos futuros hasta llegar a la redacción definitiva de las constituciones de la Hermandad 37.
La primera parte está dedicada a las Bases permanentes. En ella se señalan con precisión los objetos propios de la Hermandad:
Los objetos constantes de los operarios diocesanos son el fomento de la piedad en los jóvenes. Por medio del establecimiento de congregaciones; el desarrollo y sostenimiento de la vocaciones eclesiásticas y apostólicas y la extensión del culto de amor y reparación al Corazón de Jesús principalmente en el Sacramento de su Amor. Estos objetos serán invariables.
La Hermandad se define claramente como una agrupación de sacerdotes:
La Hermandad no tiene carácter exterior de una congregación en el sentido estricto de la palabra. Es más bien la reunión de sacerdotes seculares unidos por el vínculo de una dirección común para promover la gloria de Dios en sus más caros intereses.
Debe, sin embargo, tener el espíritu de verdadera congregación mediante el deber y la práctica de obediencia y el espíritu de pobreza y de celo y de caridad.
En cuanto a la vida común dice que «la residencia habitual de los operarios serán las casas centrales diocesanas o los colegios de vocaciones eclesiásticas ... », si bien los superiores podrían permitir la «estancia más o menos ilimitada en sus casas particulares, siempre que estén –libres y dispuestos para los actos que la Hermandad les designe y del modo que les señale».
El Consejo Directivo de la Hermandad lo compondrán un Director General, un socio [vice–general], dos directores espirituales, que serán los responsables de la parte espiritual que prescriben las reglas; dos prefectos de estudio, responsables asimismo de la parte académica; y un administrador general.
Las Bases señalan al obispo de la residencia del Consejo Directivo comer el árbitro supremo para la Hermandad. Terminan las Bases señalando los Santos titulares de la asociación, los protectores y poniendo al Angel de España como abogado.
Las Reglas provisionales regulan la vida espiritual y la formación científica de sus miembros; determinan las condiciones de ingreso y permanencia en la asociación y, finalmente, atienden a la organización del régimen exterior y las cargas dentro de la misma.
La hora diaria de oración, el examen al medio día y por la noche son las prácticas de cada día; la confesión semanal; el retiro mensual; ocho días de ejercicios según el método ignaciano cada año y un triduo anual para renovar la consagración. Como práctica especial de reparación, «harán una hora de, vela nocturna el jueves por la noche de doce a una». Los directores espirituales serán quienes aconsejen las lecturas y meditaciones para cada época del año.
En cuanto a la parte científica y literaria, se imponen la obligación de estar al día en las ciencias teológicas y más en concreto en teología moral, distribuyendo su estudio de tal manera que cada tres años le hayan dado un repaso total a todo el tratado.
Señalan las reglas con extrema meticulosidad las prácticas a realizar para el estudio de la oratoria sagrada, indicando trabajo a realizar, libros que deben conocerse, etc.
Apartado importante de las reglas es el titulado «Ingreso en la Hermandad y régimen de la misma». Nuevamente se recalca el carácter sacerdotal de la ,obra pudiendo ser admitidos como operarios solamente los sacerdotes y los ordenados in sacris. Los demás sólo como aspirantes por un año. La admisión de nuevos miembros ha de ser por mayoría absoluta de votos del Consejo Directivo. El tiempo de probación «será de un año ejercitándose los operarios durante él en los objetos de la obra».
Señalan también las reglas las condiciones a tenerse en cuenta para la dimisión de un operario de la Hermandad, tanto para motivarla como para tener en cuenta los deberes para con él. La última parte regula los cargos de la Hermandad, tiempo de su duración, sistema de elección y ocupaciones de los miembros del Consejo Directivo.
Don Manuel, sin duda, pasó nuevamente por la oración cada una de las determinaciones tomadas en el desierto de las Palmas, pues hasta el 20 de enero del año siguiente, 1884, no las presenta al prelado solicitando su aprobación escrita. Este quiere saber, una vez más, el parecer del padre Vigordán, y por fin el 4 de febrero llegó la aprobación oficial, si bien el obispo puso la fecha del 2 por ser la fiesta de la Purificación de la Virgen:
Tortosa, día de la Purificación de Nuestra Señora, 2 de febrero de 1884. Vistas y examinadas las precedentes Bases y Reglas provisionales Por las que ha de regirse y gobernarse la Hermandad de Sacerdotes Operarios diocesanos y confiando que Dios nuestro Señor iluminará y confortará a los hermanos que nos las han presentado, para llevar a cabo los Santos fines que se proponen: Por el presente y en cuanto a Nos toca las bendecimos y aprobamos.
Francisco, Obispo de Tortosa.
3. Constituciones de la Hermandad
Constituida canónicamente la Hermandad el 1 de enero de 1886 y una vez que su acción fue extendiéndose por diversas diócesis de España y más tarde del extranjero, se comienza a pensar en una nueva redacción de las Bases en forma de constituciones y solicitar su aprobación de Roma. La Hermandad había vivido como una modesta asociación, conforme con la sola aprobación de cada prelado donde la obra se establecía.
Fueron los operarios quienes propusieron a don Manuel dar este nuevo paso, que para él va a ser lento y en muchos momentos doloroso. No era fácil que todos comprendieran aquella intuición suya, cuando no había fórmulas donde enmarcarla.
a) Redacción de las mismas
Don Manuel no tenía prisa en retocar sus Bases y Reglas. A él le bastaban para gobernarse dentro de un clima de vida familiar como el que llevaban. Es más, la misma naturaleza de la Hermandad en la mente del fundador parece que no pedía otra cosa.
El sobrenombre de «diocesanos» caracterizaba perfectamente a los operarios; trabajar en las diócesis, bajo las órdenes inmediatas del prelado. Por otra parte, estaba bien claro que no querían ni don Manuel ni sus operarios que la Hermandad fuera una congregación. Y ¿cómo podía ser otra cosa, si no existía?, ¿Y cómo podía ser congregación si tampoco querían el voto de pobreza?
Pero la Hermandad se extendía, el trato con los obispos era cada vez más frecuente, el carácter supradiocesano era un hecho y la obra necesitaba un respaldo jurídico de Roma para poder presentarse con sus credenciales a punto. Y don Manuel, debido a estas razones y a los estímulos de don Vicente Vidal, ,se decide a comenzar la tarea. La elaboración fue lenta; una de las obras en que don Manuel se nos muestra como hombre de humildad, con un gran sentido de la responsabilidad y, corno en los momentos más serios de su vida, se ,toma tiempo para la oración y el estudio.
El 1 de enero de 1888, a los dos años de la constitución jurídica de la Hermandad, celebra la primera misa por esta intención. En mayo de 1889 escribía haciendo referencia a su trabajo de las constituciones: «Deseaba consagrarlo todo a un trabajo de la Hermandad, que necesita abstracción y recogimiento» 38 ; y en junio vuelve a escribir: «en las oraciones... no olviden mi negocio principal: el de la redacción de nuestras reglas; que necesito mucha luz del cielo. Asuntos que me tienen ocupados la mente y el corazón» 39. En noviembre la obra estaba terminada. Envía una copia a don Vicente Vidal y las comenta con todos los operarios en la reunión de Valencia de aquel año. Luego las ponen en vigor, como período de prueba, durante todo el año 1890.
El 1 de julio de 1892 envió a todos los operarios una circular para que, en el término de dos meses, cada uno emitiera su juicio sobre las constituciones ya experimentadas 40.
En las reuniones del mes de agosto, celebradas como de costumbre en Valencia, discuten y contrastan opiniones. Al mismo tiempo, don Manuel, a lo largo del curso siguiente, fue proponiendo al estudio de todos los operarios aquellos puntos que consideraba de mayor importancia o que merecían especial cuidado.
Reunidas y catalogadas todas las observaciones recibidas, en febrero de 1894, creyó llegado el momento de ponerse a trabajar en la redacción definitiva, si bien se nota en sus escritos como un ir buscando disculpas para retrasar esta tarea.
«Por falta de tiempo aún no he empezado la corrección de las constituciones» escribía el día 1 y el 15 le decía a Miñana: «Deseo emprender en esta cuaresma el arreglo definitivo de las constituciones de los operarios, y me coge temor, y oro y pido a Jesús y a todos los santos reparadores que guíen nuestra mano y nuestro espíritu ... » 41. Don Manuel encarga a todos los operarios oraciones: «Para el logro del conveniente arreglo y subsiguiente aprobación papal de nuestras bases» 42.
A mediados de marzo estaban ultimadas las «Constituciones y el Directorio o Reglamento» para poder ser enviados a Roma. Pero antes de dar este paso, quiso don Manuel, una vez más, consultar con su buen amigo don Benito Sanz y Forés: «Al felicitar por su santo al cardenal Sanz y Forés, le daré un mal rato, pues le enviaré como regalo nuestras constituciones, que hoy por fin, he acabado de arreglar, para que las mire... Son cortitas, no sé si se enfadará don Benito porque le quito lo del prepósito y otros nombres que él quería, y le digo que no me las cambie» 43. Don Benito no se enfadó ni le cambió nada, y don Manuel envía su precioso manuscrito a Roma para que lo examinara también el padre Llevaneras. El 2 de septiembre escribía a Roma: «Que la aprobación esté para el 1 de enero de 1896 es todo mi desideratum. Jesús nos conceda el consuelo que le pido en este asunto» 44. La tramitación del asunto va a resultarle a don Manuel un poco larga; comienza para él en Roma una nueva vía dolorosa.
Mientras las constituciones comienzan a encontrarse con las primeras dificultades «oficiales», volvamos un tanto atrás para escudriñar el trabajo anterior de don Manuel.
La labor de consulta abierta a todos los operarios fue costosa para don Manuel. Don Esteban Ginés, José García, Miñana, Juan Calatayud y Andrés Serrano fueron los operarios que más intervinieron. Desde Roma les orienta y ayuda el jesuita padre Bucceroni. Don Manuel recibe sus enmiendas, corrige estilo una y otra vez sin preocupación por su humillación. Cuando está seguro y se tocan puntos vitales es inflexible y se alegra de que no se lo toquen.
El 2 de abril de 1895, haciendo alusión a esta labor pluripersonal de examen, redacción y acoplamiento, escribe a Serrano:
Reglamento–No sé cuando lo dejaré listo con toda la tranquilidad de mi corazón. No he introducido ninguna innovación y nada me satisface tanto como lo puesto en la primera impresión, y toda supresión o cambio me atormenta, y hasta las palabras impropias y antigramaticales me repugna alterarlas, porque no hay apenas ninguna otra que me exprese mejor, para mi, que la que he escrito; y hay pocas palabras, y al menos, poquisímos párrafos, que no haya querido expresar algo en mi mente, hasta una coma; y no quisiera que estuviesen más que así, al menos las tres primeras constituciones de fin, naturaleza y objetos y gobierno. Mas, las observaciones que me han hecho, al tener que ser examinadas y luego leídas por todos con el tiempo, hieren mi amor propio, y lucho y sufro por cualquier alteración que tenga que verificarse en la redacción, por insignificante que sea. Ha habido párrafo que me han dicho que estaba menos claro, y he estado dos horas encima de él para variarlo y nada me lo aclaraba tan bien como el modo como estaba. Creo que lo dejaré así, aunque los literatos lo reprueben, y así ha de ser. Estoy resuelto ya, y solo la redacción de tres o cuatro párrafos he sujetado a don José García, y una vez terminado, puedo decir que está hecho ya, y haré escribir un borrador original y luego un par de copias para ahí y para los obispos. Deseo vivamente la aprobación, pero no sé cuándo podrá ser presentado. La duda principal que me ha agitado estos días ha sido la de si poner más en las Constituciones que en el Reglamento o Manual y, al fin me he inclinado a poner más en éste que en las Constituciones 45.
Tuvo siempre especial interés en que no le tocasen nada de los puntos fundamentales sobre fin, naturaleza y objetos de la Hermandad. Y, como él mismo dirá más tarde, estaba satisfecho, por que ninguna de las enmiendas presentadas afectaban a estos artículos.
Escrupulosamente trabajaba don Manuel en la redacción de las Constituciones. Pensaba y repensaba cada una de las palabras, escribía muchas veces un mismo párrafo hasta dar con la fórmula que reflejara, con mayor exactitud, su pensamiento. Entregaba sus escritos a los operarios, y si le parecía mejor que la suya propia alguna de las redacciones que le ofrecían o con sólo dudarlo, escribía humildemente al margen: «sea como usted pone».
Al mismo tiempo que un estilo literario correcto, deseaba que las Constituciones se expresaran también en un estilo religioso. No le gustaban las fórmulas ¡rías, aunque era consciente de la necesidad de precisión gramatical:
En cuanto a redacción de bases, celebro mucho la buena lima de Vd. y tijera, que por cierto nos faltaba, pues no tenía yo más que una de confianza, que le agradecía de corazón, la del reverendo Pallarés, al cual, como Vd. comprenderá, no podía yo confiarle cierto escrito de interés de la obra, pero que me era de suma confianza en los demás por lo inexorable, que es lo que se requiere. A éste sólo le faltaba, en la redacción de ciertos articulados, el tinte o baño pío que han de tener nuestros humildes escritos, tan diferentes de todos los otros oficinistas, por más que sean correctos y que no hemos de olvidar, sin faltar a la exactitud gramatical. Este instinto es el que ha hecho aparecer, en muchas ocasiones, confusos ciertos artículos, y que me es violento tocar. Haré, pues, una elección y cuando nos veamos les diré la razón de la mayor parte de las expresiones, que a pesar de ello, suprimiré, porque como Vd. dice, muy bien, lo han de ver todos 46.
No tiene inconveniente en aceptar las fórmulas de los demás conformándose con estilos y sacrificando sus gustos personales. Así escribirá años más tarde a uno de sus íntimos colaboradores:
Respecto a las Constituciones no sólo no me humilla ni poco ni mucho la corrección de la forma que tanto deja que desear; y tanto es así que he tenido condescendencia gustosa de dejar poner la mano a don Benito [Sanz y Forés], don Vicente [Vidal], don José [García], Vdes. etc., aunque algunas de las alteraciones, me parecieron lamentables... Parece que tengo solo la misión de sastre maestro, que corta las piezas y las entrega para no verlas más hasta que estén concluidas y completadas 47.
Terminada la redacción de las Constituciones en España, las envía don Manuel para que sean estudiadas y revisadas de nuevo antes de presentarlas oficialmente en la Congregación correspondiente.
b) Las Constituciones en Roma. Primera etapa: 1893–1895
En la primera quincena de agosto de 1893, don Manuel envía al rector ,del colegio español de Roma una copia de las Constituciones de la Hermandad junto con un ejemplar impreso de la Breve idea de la Hermandad y una reseña de la historia y del estado concreto de los colegios dirigidos por la misma.
No desea aún presentar nada a la S. Congregación por considerarlo prematuro. Lo que sí desea es la aprobación de la Hermandad por parte de la Santa Sede. Las Constituciones las presentarían después. Por eso, al enviar toda la ,documentación al rector del colegio, le acompaña una carta comenzada a escribir el 6 y terminada el día 16 de agosto, en la que expone una serie de puntos en los que manifiesta una vez más su pensamiento sobre la Hermandad y refleja con clarividencia extraordinaria las dificultades con que ésta y sus Constituciones se van a encontrar, en Roma:
Valencia, fiesta de la Transfiguración de nuestro Salvador, 6 de agosto. Amado Benjamín: Recibo hoy la suya... Envío: 1. la historia y breve idea corregida por don Benito [Sanz y Forés] y por mí. 2. Envío el escrito «Constituciones» condensado por don Benito... 3. Me repugna muchísimo presentar nada hoy todavía a la Sgda. Congregación, porque no es hora y debíamos poner las Constituciones en forma...
A fin de evitar precipitaciones, le propone la consulta privada a monseñor Merry, monseñor Della Chiesa y algún individuo de la Congregación que, una vez vistos los escritos y estudiado el asunto, aconsejen sí es llegado el momento de hacer una presentación de Constituciones. Y adelantándose a los acontecimientos continúa:
4. Como no tenemos ni queremos tener nunca el voto de pobreza no creo se apruebe como instituto religioso... Por eso pongo en la solicitud la aprobación y gracias que S. Santidad crea deber conceder... es asunto en el que voy a ciegas por no haber deseado por ahora más que la bendición. Don Benito me escribe otra vez y dice que no suframos, que Roma es una ciudad eterna...
También le aclara que en caso de suprimir alguna palabra del título se quede sólo como «Sacerdotes Operarios Diocesanos» 48.
Dedicó mucha atención don Manuel al asunto del título de la Hermandad. Y fue uno de los puntos que sometió a consulta a todos los operarios, pidiéndoles su parecer individual, una vez explicadas las razones 49.
El rector del colegio recibió las cartas y la documentación adjunta el 21 de agosto en Tívoli, donde pasaban el verano los colegiales romanos. Ese mismo día se fue a Roma y presentó a monseñor Merry toda la documentación. Merry y Della Chiesa estudiaron el asunto y aconsejaron que no se presentaran entonces, dando como excusa el paréntesis veraniego de las Congregaciones, por la necesidad de tiempo para traducir toda la documentación, porque se necesitaban atestados de los prelados en cuyas diócesis trabajaba la Hermandad y, sobre todo, «porque si se presentaban y la Sagrada Congregación ponía alguna dificultad para aprobarlas, en las circunstancias críticas en que se hallaba entonces el colegio Español, podría ocasionar a este grave daño» 50. El director del colegio telegrafió a don Manuel los resultados de sus consultas el día 22, y éste, que como hemos visto no tenía prisa en la presentación, le contesta esa misma noche: «Mucho me alegro se suspenda, pues, repito, temo hagamos mal papel... En fin, no llevemos prisa» 51.
Recibida la explicación más amplía de don Benjamín en carta del 23 52, don Manuel le contesta el 26 insistiendo en la mismas ideas y proponiéndole una serie de asuntos concernientes a las Constituciones y dificultades que preveía, etc. 53.
Ese mismo día escribía monseñor Merry desde Roma al director del colegio y, al final de la carta decía: «Diga a don Manuel que el Decretum Laudis no, puede ir deprisa ni conviene en estos momentos» 54.
Así quedan momentáneamente suspendidas las negociaciones sin haberse llegado a presentar nada en la Congregación. Durante todo el año 94 el texto de las Constituciones vuelve a someterse a continuas consultas y estudio principalmente por parte de los operarios de Roma, del padre Llevaneras y del padre Bucceroni. Don Manuel consulta nuevamente, retoca y va perfilando cada vez más su pensamiento sobre la Hermandad, especialmente en cuanto a que no deseaba para los operarios el voto de pobreza ni para la Hermandad ser congregación religiosa. El 22 de junio le escribe al rector de Roma en estos términos:
Bases. Mucho sentiríamos que no pudieran merecer la aprobación de las Constituciones por la falta del voto de pobreza, que no debe existir en los individuos de nuestra Hermandad, puesto que este pensamiento no precedió, ni presidió, ni acompañó la idea de la obra, que no debía ser sino «Pía Unión de sacerdotes» unidos con el vínculo de la caridad y de una dirección común para promover, libres de todos otros cargos, los intereses de máxima gloria de Jesús en las diócesis. Más aún. la Hermandad no sólo no es una orden religiosa, sino que aun conviene que no aparezca a los ojos de los demás como congregación religiosa siquiera...
Nuestra comunicación constante y continua ha de ser con el clero y ustedes saben que hasta el presente hemos aparecido como meros sacerdotes seculares, que nos hemos dedicado espontáneamente a las tareas de los colegios y demás, y casi ignoran, por completo el fuerte lazo de conciencia en nuestra santa obediencia. Somos pues, la clase media sacerdotal, o sea, el intermedio entre los religiosos y los sacerdotes individuales, aislados, y así a lo más, hemos de figurar.
El objeto de obtener la aprobación de la Santa Sede es casi tan sólo para presentarnos ante algún obispo con el sello de la aprobación pontificia, más bien que para la eficacia de los votos. Por otra parte, el voto de pobreza no es necesario ni conveniente siquiera a la Hermandad, para obtener los resultados legales ... ; no conviene, tampoco, el voto de pobreza a los individuos de nuestra Hermandad atendido nuestro modo de ser y nuestra vida individual y de correrías frecuentes. Y hay además varias ventajas para ello y para la Hermandad.
1. Es seguro que aportarán generalmente los operarios todos sus intereses a la Hermandad, conservando no sólo la propiedad radical, sino la administración y la inversión de sus bienes o usufructos. La experiencia nos lo enseña y es natural.
2. Deben tener la propiedad y derecho a su usufructo y uso, que servirá como motivo para continuar con tranquilidad y con agrado en la Hermandad. La experiencia nos lo dice ya.
3. La necesidad en que se verán los individuos de la Hermandad de ciertas munificencias en sus frecuentes excursiones y estancias en los pueblos, etc., et multos locupletantes, lo cual les engendraría ataduras y escrúpulos continuos.
4. Corno la Hermandad no tendrá nunca centros numerosos de operarios, pues siempre serán pocos éstos en cada punto, y su trabajo y su vida y sus ocupaciones serán bastante individuales e independientes, y les faltará el cuidado y vigilancia que otros institutos tienen para ver las necesidades y atenciones de sus individuos, éstas tendrán que ser remediadas y socorridas por sí mismos, y por lo tanto, germen de dudas y temores, sobre todo en sus usos y costumbres que son necesidades... A no ser que mediasen amplitudes en esta materia que convertirían la pobreza en una mera fórmula y para ello mejor es tener el espíritu y la práctica constante de actos de pobreza que no el voto, si bien en sí mismo sea más meritorio... Sobre esto, y sobre el efecto que me hacen muchos individuos, aun de las órdenes mendicantes, tendría mucho que disertar...
5. y principal: que no se ha entrado en la Hermandad con esta idea, y va bien, y es lo que más gozo da en los nuestros el desprendimiento, abstinencia, desasimiento y desbalijamiento de casi todo a lo que atañe a sus personas, ambiciones y comodidades. Conviene, pues, que el padre Bucceroni nos busque un portillo por donde pueda entrar la aprobación de nuestras Constituciones (que hasta en el nombre quisiera mejor Bases y Reglamentos), a fin de que no se toque esta base esencial. Me decía usted en la suya que, al recordar el P. Bucceroni lo de la Congregación de San Felipe Neri, contestó que no tenía más que nombre de congregación– Nosotros no quisiéramos precisamente ni el nombre, y nos contentaríamos con la aprobación que ellos tienen, pues nosotros tenemos el voto de obediencia, y por lo tanto tiene más condiciones de congregación todavía lo nuestro. Si de ningún modo pudiera lograrse la aprobación canónica de nuestra asociación o pía unión con los derechos de congregación, me ha ocurrido, como caso extremo, un medio, aunque, si fuese posible, no quisiera apelar a él: aceptar la Tercera Regla de San Francisco como base, v.g. Pero apareceríamos ya con carácter más religioso, y es lo que no debe ostentar nuestra Hermandad aunque en espíritu debamos ser más que orden religiosa 55.
Son las mismas ideas en que le hemos visto insistir continuamente en sus a los operarios hablándoles de la naturaleza de la Hermandad en las –reuniones anuales. En carta a Serrano, le dice: «Pero, repito, con las condiciones –sine qua non. Cuanto más va, más ganas tengo de la libertad del individuo en la obra, y en la naturaleza de la misma» 56.
Cuando más adelante, el censor de la congregación encuentre dificultades ,con este escollo de la pobreza, don Manuel escribirá tajante al rector de Roma:
... No conoce el novel censor bastante prácticamente las instituciones modernas, que cada día van limitando el ejercicio de voto de pobreza... y tardará en convencerse de que no tratamos de ser más que una «Pía Unión Sacerdotal, con la menor cantidad posible de congregación religiosa. Lo demás es ir contra la índole de nuestra institución; y así aut sint ut sunt, aut non sint.
No estamos para votos de pobreza, que muchas veces convierten en un simulacro. Mejor es el espíritu, si no ha de ser bien cumplido el voto. Y tengo la convicción de que cumpliremos mejor nosotros la pobreza y desprendimiento, atendida la índole de nuestra obra, sin voto, que no el día que nos entrase el voto, que nos excitaría a tener todo lo posible v n03 llenaría de continuos escrúpulos... 57.
Don Manuel visita el colegio de Roma, recientemente instalado en el palacio Altemps. Pasa en Roma todo el mes de noviembre y los primeros días de diciembre. Las crónicas del colegio y el diario personal del rector nos dejan anotado que «aprovechó aquel viaje para arreglar el asunto de la aprobación de las Constituciones de la Hermandad y que a este objeto tuvo varias conferencias con el padre Bucceroni S.J. y el padre Tomás de Forlí, capuchino, consultores de la Sagrada Congregación de Obispos y Regulares» 58.
Con las sugerencias recibidas, vuelve don Manuel a España y comienza una nueva etapa de correcciones bajo la mirada de los consultores romanos y de un reducido número de operarios.
c) Segunda etapa: 1895–1896
En abril de este año vemos nuevamente a don Manuel sobre sus Constituciones 59. Las cartas cruzadas con Miñana y Serrano son continuas. En octubre «aún no he concluido las Constituciones dichosas», le escribe a Miñana 60.
Vuelve una vez más don Manuel a Roma con los alumnos del colegio, y con sus Constituciones a punto para ser presentadas. Llega a Roma a finales de octubre. El 10 de noviembre, fiesta del Patrocinio de la Virgen y primer aniversario de la instalación del Reservado en la capilla de Altemps escribe y firma don Manuel la solicitud dirigida al Santo Padre y «se atreve a suplicar a Vuestra Santidad la aprobación de las Constituciones por las que se rige esta institución que toma el nombre de Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos del Corazón de Jesús» 61. Como dato curioso, anotemos que ese día se encuentran en el colegio monseñor Della Chiesa y otras personalidades que van a intervenir en los pasos futuros de las Constituciones de la Hermandad. Don Manuel sale para España el 2 de diciembre dejando en manos del rector los pasos sucesivos hasta la aprobación. Durante el mes de enero fueron llegando los atestados de los prelados en cuyas diócesis tenía casas la Hermandad 62 y de otros que la conocían. El rector del colegio prepara la traducción al italiano de toda la documentación. Todo está listo para su presentación a finales de febrero, «pero antes de hacerlo quiso asegurar más el buen éxito, mayormente tratándose de las Constituciones de un instituto que por no ser religioso no había de seguir los trámites ordinarios» 63.
Consultado el padre Llevaneras, aconsejó que se procurara que fueran nombrados consultores para dar su voto a la aprobación de las Constituciones o el padre Bucceroni o el padre Forli, puesto que los dos conocían ya el texto de las mismas y se facilitaría la tarea ganando tiempo y evitando nuevas interrupciones. Para conseguir que tal nombramiento recayera en alguno de los consultores antedichos, el rector visitó al cardenal Mazzella, jesuita, íntimo amigo del cardenal Verga, entonces cardenal prefecto de la Congregación de Obispos y Regulares, organismo encargado de toda la gestión de las Constituciones.
El día 6 de marzo entregó el rector las antedichas Constituciones con toda la documentación adjunta; el 7 el padre Llevaneras redactó unas preces pidiendo que se nombrara consultor al padre Tomás de Forli, que la comisión revisora de las Constituciones las estudiara pronto y que se dispensara de la cláusula ad tempus experimenti. Consulta el rector telegráficamente a don Manuel y obtenida su aprobación presenta dichas preces al cardenal Mazzella que aconseja se reformen pidiendo sólo dispensa de algún tiempo. El día 9 entregó las preces definitivamente redactadas al cardenal prefecto de Obispos y Regulares. El día 17 la Secretaría de la Congregación llama al rector para proponerle, en nombre del cardenal prefecto, que en vez del padre Forli se extendiera el nombramiento a favor del padre Panadero, franciscano. El 18, puesto que por parte de la Hermandad no se obstaculizaba tal nombramiento, la secretaría de Breves emitió el oficio nombrando al padre Panadero, quien recibió el nombramiento el 19, fiesta de san José. Durante el mes de abril y primeros de mayo el padre Panadero estudió las Constituciones entregando su informe el día 16 de mayo 64.
Don Manuel sigue de cerca todo lo que ocurre en Roma. Insinúa posibilidades, pregunta, se interesa y a medida que va pasando el tiempo comienza a impacientarse 65.
Como en la congregación habían puesto muchas esperanzas de que para el mes de agosto tendrían los operarios el decretum laudis, de sus Constituciones, don Manuel determinó aprovechar las reuniones acostumbradas de los operarios del mismo mes para celebrar el primer Capítulo General y elección canónica de cargos de la Hermandad. Sin embargo, el mes de julio avanzaba y de Roma no llegaban noticias; don Manuel conserva la calma, pero comienza a preocuparse. El 20 escribe al rector del colegio en estos términos:
En vista de que los días apremian estoy escribiendo a los nuestros que se aplaza la reunión o sea los ejercicios al 8 de agosto; cualquiera que sea el resultado de nuestras esperas de Roma. Si no viniesen, haremos los ejercicios y luego... Jesús dirá, aunque sería difícil reunir otra vez a la gente... ¿Qué augura V. sobre esto? ¿Podrá venir lo que esperamos antes de terminar los ejercicios, esto es para el 15? 66.
¿Qué estaba pasando en Roma mientras tanto? ¿Por qué se retrasaban tanto las cosas? El día 22 el rector del colegio fue llamado a la Secretaría de la Congregación de Obispos y Regulares. El mismo rector sigue contándonos:
Muy contento fue allá suponiendo que le llamaban para entregarle el deseado decretum laudis; pero vio con pena que éste se había retrasado por las cosas del padre Panadero 67.
En su diario personal el rector fue aún mas expresivo:
He ido a la cancillería llamado por el Auditor de Obispos y Regulares. «Nos la han pegado». Yo que creí encontrar el decreto de aprobación, me hallo con que secretamente estos días han dado las Constituciones a otro consultor (padre Corrado) para que prescindiendo de cuanto ha hecho el padre Panadero diera su voto y lo ha dado desastroso y no sé cómo me voy a entender... 68.
En efecto, el padre Patricio Panadero presentó su informe a la Congregación el 16 de mayo como ya hemos dejado señalado. Pero la Sagrada Congregación no lo consideró válido. El padre Panadero no había entendido la Hermandad y por lo tanto mucho menos le cabían en la cabeza sus constituciones.
En vista de esto, la misma congregación encargó el trabajo a un nuevo consultor, el padre Corrado, indicándole que emitiera su voto lo antes posible ya que todo tiempo que las constituciones estuvieran en manos del padre Panadero había sido tiempo perdido. El nuevo consultor emitió su voto con suma rapidez. Tan rápido fue, como el mismo reconocería más tarde, que lo emitió «sin conocer siquiera las Constituciones y sólo juzgando por las leyes generales de la sagrada Congregación» 69.
En la Congregación comunicaron al rector del colegio lo ocurrido y le manifestaron el nombre del segundo consultor por si creía conveniente visitarle explicarle y llegaban a un entendimiento. Así lo hizo el rector al mismo tiempo que tuvo que comunicar a don Manuel tan penosas nuevas. Este le contestaba pocos !días después: «Alabado sea Jesús. Si no puede ser ahora la elección será cuando se pueda. No debemos violentarlo. Vaya enviando observaciones; pero diga al reverendo padre Llevaneras que algunas de esas innovaciones que encuentran tengo la convicción que han de venir atendidos los tiempos que corremos. Que se fijen que no es una orden religiosa la nuestra» 70.
El rector y el padre Corrado celebraron varias sesiones de trabajo juntos y las observaciones o dudas de este último eran enviadas a don Manuel, que a su vez contestaba paciente pero enérgicamente defendiendo las ideas básicas de su obra. Así cuando le comunicaron que el padre Corrado no entendía la no existencia del voto de pobreza y que la Hermandad sea institución secular y no religiosa, y que ha de hacer constar todo esto en su voto, don Manuel escribe:
Y lo del padre Cortado, que no he llegado a entender, por Dios que se suspenda toda presentación hasta que vaya el padre Bucceroni y se aclare el asunto, pues debe ser como está puesto o sí no que no se pase a aprobación. Así, que se espere y que tarde cuanto quiera con tal se asegure. Parece mentira lo de esos noveles consultores.
¿No está ahí el reverendo padre Llevaneras? ¿no puede decir éste que el padre Tomás aseguró que no había dificultad ninguna ... ? Espero pues más noticias y sí es preciso no ir deprisa que no se vaya 71.
Pocos días después escribía lacónicamente: «Escribo a usted y repito lo mismo, esto es: 1. Que si no tiene seguridad del resultado, deje el asunto de las Constituciones ... » 72.
Por entonces quedaban paralizados todos los trabajos que se venían realizando encaminados a la aprobación de las Constituciones. El rector del colegio salió hacia España. Don Manuel celebró las acostumbradas reuniones con sus operarios sin tener aún el consuelo de contar con el Decretum Laudis que tanto anhelaba.
d) Tercera etapa: el decretum laudis: 1896–1 agosto 1898
Pasadas las vacaciones veraniegas, reanudan los operarios sus trabajos para poder llegar a la aprobación definitiva de sus Constituciones. Estos aún iban a ser largos. Dos años de continuo ir y venir, de cartas de don Manuel al rector de Roma y al padre Corrado. En noviembre del 96 el consultor se encuentra enfermo y es una circunstancia más para el retraso de la emisión de su voto 73. Los primeros meses del 97 fueron decisivos para la corrección de las Constituciones. Don Manuel respondía a cada una de las dificultades del consultor sobre cada uno de los artículos. En enero aún sueña con tener la aprobación para finales del mes 74. Pero pocos días después comienza sus envíos periódicos contestando a las animadversiones del padre Corrado que, naturalmente, siguen centrándose sobre el tema de la pobreza y el de no ser religiosos sino simple, mente sacerdotes seculares. En este sentido don Manuel clarifica su pensamiento sobre los derechos de los operarios y sus relaciones económicas con la Hermandad 75 y recalca una vez más el carácter secular de su obra: «Padre Corrado veo que está nel vero... sí, sí, pues, seculares, pero aprobada por la Sagrada, Congregación». Y un nuevo grito de esperanza: «¡Qué bien si pudiese ser presentado el día de san José! Para conservar esta fecha, pero si a usted no le place el voto, hágalo suspender y dígamelo... ¿ Qué día será el que merezca un telegrama? » 76. El telegrama que esperaba poder merecer don Manuel era el que comunicara la aprobación de sus Constituciones. De ahora en adelante al tiempo que envía sus respuestas, urge el trabajo en Roma, pues desea celebrar capítulo general para el verano próximo 77.
El 24 de mayo envía las Constituciones completamente corregidas: «Al fin hoy, fiesta de la divina madre de la Providencia, salen las Constituciones. Que ella las bendiga... malos días para usted; pero vea si el mes del Sagrado Corazón de Jesús logra el triunfo. Así, actívelo y ore». Tres días después remite anotaciones para el orden del articulado 78.
El consultor, con todo este material, preparará definitivamente su informe para la Congregación y don Manuel en el mes de junio insiste en la salida del decreto con renovados propósitos de celebrar capítulo general 79.
Las vacaciones romanas sirven para un nuevo paréntesis en el trabajo. El 16 de diciembre escribe el rector a don Manuel. En su carta le comunica su parecer de que el texto habrá pasado ya del consultor a la Congregación; de que le han dicho que serán pronto aprobadas, si bien en la Congregación de Obispo y Regulares hay instrucciones serverísimas para la aprobación de nuevas Congregaciones, llegando incluso a dar carpetazo a alguna de ellas 80.
Estas noticias alarmaron al fundador que le contestaba dos días después: «Ha logrado usted meterme un temor cerval con las noticias sobre las Constituciones. Esas reservas y esos carpetazos hacen posibles un desengaño que hoy sentiría más que si lo hubiesen hecho dos años atrás ... » 81.
Durante los primeros meses del 98, el rector del colegio trabajó intensamente a fin de que pudieran tener los operarios aprobadas las Constituciones para primeros de agosto. Don Manuel desde su rincón vigilante de Tortosa, le apremia en una mezcla de gran ilusión y de cierto desengaño. «Va viniendo el verano –escribe– y temo que no podamos verificar nuestra definitiva Constitución y elección, que está en suspenso hace dos años ... » 82.
A finales del mes de junio, don Manuel hace ejercicios en Valencia y desde su silencio vuelve a insistir dando entonces como motivación la necesidad de elección de cargos en la Hermandad, la extensión de la obra en América y otras 83.
Mientras tanto, en Roma, el padre Corrado había prometido presentar su voto en la Congregación el 1 de julio. Pero el día 4 le visita el rector y aún no lo ha hecho. En la misma entrevista le promete entregarlo el día 15 «y él se cuidaría de todo lo demás a fin de que a últimos de mes pudiera tener la deseada aprobación». Las nuevas promesas no dejaron contento al rector que optó definitivamente por contar con la ayuda de monseñor Merry para este asunto. Le visita el mismo día, le entrega toda la documentación y le pide intervenga ante el cardenal prefecto de Obispos y Regulares a fin de que consiga el decreto para la fecha que se deseaba. Pasados unos días éste visitó al cardenal prefecto, Vanutelli, «que precisamente estaba con el sustituto de la Sagrada Congregación tratando el asunto de las Constituciones que el embajador y monseñor Merry le habían encomendado y le prometieron que obligaría al Padre Corrado a que presentara el voto cuanto antes y enseguida la Sagrada Congregación haría lo demás» 84.
Los días iban pasando y don Manuel se impacientaba en España viendo que se iba acercando la fecha en que pensaba reunir a los operarios para el capítulo y no contaba con la aprobación por parte de la Santa Sede. La situación política de España contribuía para aumentar su turbación y nerviosismo. Así escribía ,el 10 de julio:
Mucho me placen sus buenas esperanzas sobre las Constituciones... yo tengo menos fe, atendidos los precedentes y sólo me lo afirmará un telegrama de V.V. diciendo que está concedido el Breve o que están aprobadas las Constituciones 85.
Y unos días después añadía:
Constituciones... Estamos a 17, y cuatro fechas esta carta son 21 y 4 la respuesta son 25... Yo había indicado a casi todos que los ejercidos empezarían el 3 de agosto por la tarde, a no ser que mediara telegrama de Roma que lo obligara a aplazar cinco o seis días más, pues más no puede ser, porque a últimos de agosto ya algunos han de partir a sus campos. Así, pues, si para el 24 6 25 no recibo telegrama o carta que manifieste la seguridad de que para antes de terminar la primera quincena de agosto hayamos de tener las Constituciones o el Breve ... , avisaré a los nuestros para la tarde del 3... Con que no descuiden las noticias o por carta o por telégrafo si se hace conveniente 86.
El 21 de julio escribe ya con cierto dolor:
Todo se conjura para producirme inacción, indecisión y para enervar mi ánimo: situación de España, estado particular de Valencia, dudas sobre aprobación, etc. 87.
El 21 presentó el padre Corrado su voto que, según su propia confesión, era favorable a la aprobación de las Constituciones: «El 26 se trató en la Sagrada Congregación el asunto de la aprobación acordando dar un decreto especial alabando a la Hermandad de Operarios» 88, El Decretum Laudis lleva fecha del 1 de agosto de 1898. No satisfizo del todo al rector del colegio, pues nada decía sobre las Constituciones. Le comunica el mismo 26 la noticia a don Manuel, que contesta esa misma noche:
... recibimos su telegrama anunciando para hoy el decreto. He de confesar que no lo creí. Hoy, 4 de la tarde, recibo el otro del decretum laudis. Aunque no me ha producido el gozo que en otra ocasión y circunstancia me hubiera vuelto loco, con todo he ido silenciosamente a la capilla y ante Jesús Sacramentado y la Virgen, y nuestro san José y la abuelita he dado las gracias y prometido ser más bueno... 89.
4. El decreto y las Constituciones
Sin duda no fue mayor la alegría de don Manuel al recibir el texto del decreto. Este, después de una breve descripción de la naturaleza de la Hermandad y su desarrollo, se limita a decir:
Así pues, su Santidad, después de atenta deliberación y teniendo en cuenta principalmente las cartas de recomendación de los cardenales de la Santa Iglesia Romana y de los Obispos y Regulares el día 18 de julio de 1898, se dignó recomendar y alabar con mucho elogio la dicha Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos del Santísimo Corazón de Jesús, como por el tenor del presente Decreto la alaba y recomienda...
No era demasiado lo que el decreto decía y no respondía a la petición presentada por don Manuel en la que solicitaba claramente «la aprobación de las Constituciones».
Tal vez tampoco podía dar mucho la Congregación, pues se trataba de una institución que no era ni deseaba ser instituto religioso. La Congregación no disponía de cauces apropiados para la originalidad que suponía la obra de don Manuel, Por otra parte, podemos observar que el Papa la aprueba en la audiencia del 18 de julio, siendo así que, como hemos dejado anotado más arriba, el consultor no presentó su voto hasta el 21. La Congregación lo trata en su congreso del 29 de julio y el decreto lleva la fecha del 1 de agosto.
En un papel manuscrito que encontramos en el dosier de la Hermandad en el archivo de la Sagrada Congregación de Religiosos se dice que no se tenga en cuenta el voto del padre Panadero, que se consulte privadamente al padre Corrado y se presente al congreso del 29 de julio 90. Todos estos datos nos inducen a pensar que la Congregación dio el decreto pensando exclusivamente en la Hermandad, pero sin meterse para nada en las Constituciones, cuya aprobación vendrá mucho más tarde. La originalidad de la nueva institución, sobre todo en cuanto se refería al tema de la pobreza sin voto y a no querer ser religiosa a pesar de la dirección común, voto de obediencia y residencia en común, les creaba una situación jurídica que era difícil de resolver... y optaron por la aprobación de la Hermandad, dando a estas implícitamente todos los privilegios y seguridades que daban a los institutos por ella aprobados, pero sin dar un veredicto sobre las Constituciones.
Don Manuel no queda satisfecho con el decreto, sí bien se hubiera conformado con muy poco más con tal «se hubiese indicado en él la aprobación de las Constituciones o al menos que se hubiesen puesto en ellas las enmiendas del consultor» 91.
No satisfizo, desde luego, a los operarios que comenzaron a pensar en una nueva presentación a fin de llegar cuanto antes a una aprobación clara de las Constituciones, De hecho, el 16 de noviembre, el rector de Roma las presentó de nuevo en la Congregación 92 y don Manuel, a instancia de los operarios, comienza pacientemente una nueva revisión de las mismas. El 18 de febrero de 1899 anota el rector de Roma en su diario personal:
Me ha llamado el auditor de Obispos y Regulares para decirme que el congreso de la Congregación no ha admitido mí solicitud de readmisión para la aprobación de nuestras Constituciones parque hace demasiado poco tiempo que se nos dio el primer decretum laudis y con este decreto quedamos sujetos y con todos los privilegios a Obispos y Regulares. Para el segundo decreto han de pasar al menos dos años. No lo creíamos así, ni [pensamos] que el decreto que se nos dio tuviera esos efectos 93.
Don Manuel se entera de lo ocurrido y contesta sin angustia alguna:
Recibí ayer su última con noticia del resultado de la petición nuestra a la Congregación. De todos los modos yo estaría completamente satisfecho con el decreto dado y casi no ambicionaría más si se hubiese indicado en él la aprobación de las Constituciones... Esto nos bastaría 94
Con las seguridades de privilegios y exenciones que de la Sagrada Congregación daban a los operarios en el decretum laudis del 1 de agosto del 98, no insistieron en conseguir por entonces otro decreto. Sí obtuvieron autorización para reformar las Constituciones de acuerdo con el voto del padre Corrado 95. De acuerdo con él empieza don Manuel una nueva redacción que fue aprobada en todos sus artículos por el consultor, pero no se presentaron más en vida de don Manuel, a la Sagrada Congregación.
El 18 de marzo de 1902, en una carta al rector del colegio, queda manifiesta la posición de don Manuel ante todos estos acontecimientos:
Lo único, y que deseábamos mucho, era la bendición y conocimiento y aprobación de la Santa Sede... Si el decretum laudis es verdadero, no hay necesidad de apremiar al señor cardenal pues nuestra vida sacerdotal y sin pobreza no aspira a preeminencias y privilegios que son indispensables a otros institutos que necesitan más independencia... y ni casi quisiéramos constara como congregación en los. registros impresos, Nos basta saber y poder presentar en algún caso nuestra aprobación canónica... Cuantas menos estrecheces canónicas tengamos, mejor... 96.
III. LOS OPERARIOS
Don Manuel se encontró a lo largo de su vida con un dilema difícil de resolver: el excesivo número de peticiones que rechaza y el escaso número de operarios. Dilema que hubiera sido de fácil solución, si hubiera abierto las puertas de su instituto a todos los que llamaban a ellas.
Sin embargo, a pesar de las urgencias y de las angustias de personal sigue fiel a su principio de la exquisita elección de los operarios 97. Y esta cuidada selección de miembros quiere que sea algo distintivo de la obra:
Hay en todos los institutos un espíritu que los distingue y un nervio que los sostiene. ¿Cuál es nuestro nervio?... El nervio de nuestra obra consta de tres hilos:... La exquisita elección de los miembros... 98
1. Don Manuel: su vocación de operario
Cuando don Manuel quiere explicar el espíritu de su obra y el que debe caracterizar a sus miembros, comienza contando a los mismos su propia vocación de operario: su elección como sacerdote, su falta de miras humanas, cómo no le dejaban satisfecho los ministerios que realizaba y su impulso vital que «parecía querer lanzarlo al mismo tiempo a todos los campos». Les cuenta sus trabajos por las parroquias, el apostolado del confesionario, sus afanes por la juventud, y cómo hasta llegó a pasar por su imaginación la incorporación a alguno de los institutos religiosos ya existentes para colmar sus aspiraciones., Los múltiples trabajos que le rodeaban, llegará a confesar, «nos malgastaban las energías».
Quiere trabajar libre de ataduras externas y al mismo tiempo, quiere dar consistencia y continuidad a su labor:
La incertidumbre de nuestro llamamiento, la vista de nuestra inutilidad (poquedad),. los lados oscuros que en ello se nos presentaban y aun las ataduras para ciertos actos espontáneos de celo no nos llenaban... hubiéramos querido tener en nuestra mano medios para todo; y aunar los esfuerzos piadosos de todos los que pensábamos del mismo modo, y unirnos... y ayudarnos para nuestra más fácil santificación y establecer asociaciones varias librándolas de los peligros de inestabilidad y hacer entre todos ciertos ministerios para así con nuestra cooperación y buen ejemplo, tener participación y mérito en todos, hacer más fácil nuestra santificación en medio del mundo y multiplicar la gloria de Dios en medio de nuestras necesidades.. Tal era nuestro santo instinto 99.
Don Manuel no desea ser religioso; no quiere que sus operarios lo sean,, pero sí desea una unión especial en el trabajo para garantizar la continuidad. Quiere que sean «sacerdotes y sólo sacerdotes, pero que deseen consagrarse a. una vida más ordinaria de un simple sacerdote, una vida de más perfección y como religiosa y mas regulada» 100.
Del carácter especial de su obra, habrían de derivarse las condiciones de quienes desearan formar parte de la misma.
2. La vocación del operario
Antes de pasar a señalar las cualidades y virtudes que debe poseer el candidato en la idea de don Manuel, anotemos dos pensamientos del mismo sobre la vocación del operario. El primero es de carácter general y el segundo es de una especial originalidad referido al origen de tal vocación. Les dice don Manuel a sus operarios:
Cuando uno se sienta en el orden espiritual [inclinado] a trabajar por la obra de Dios en ciertas tareas más que en otras o en una asociación mejor que en otra no, debe mirar para resolverse ni tanto la índole, importancia, la perfección (digámoslo así en teoría), sino primero y principalmente su aptitud respecto a ella, sus piadosos fines en relación a su inclinación, pero inclinación racional acomodada a su temperamento, a su salud, a su modo de ser y como viendo en ella sola, el descanso de su espíritu y la seguridad de su santificación... Creo que no habría ninguno de nosotros que al querer consagrarse a la Hermandad, no haya obrado por este instinto y por esta inclinación con preferencia a otras instituciones, por más que en ellas viera más perfección y prerrogativas y con preferencia a otros campos... Si no fue así, si se equivocó no obró con conocimiento de sus fines y su inclinación. No está bien en ella.
Debemos estar en nuestro centro, en el lugar que hemos escogido; y debemos desear no cambiarlo por ningún otro, aunque se presente con carácter de más espiritualidad, de más apostolado, o de más gloria humana. Así debe ser y yo que he probado los frutos de campos aparentemente más sabrosos de satisfacciones... y he visto el modo de ser de varías instituciones y muy de cerca, no lo cambiaría nunca por ninguna de ellas, ni siquiera por la estimación y aplausos de una parroquia afortunada... Así debe ser, y aún a veces como la única 101.
La vocación para ser miembro de la obra, antes que el interesado la ha de –tener la misma Hermandad, los que ya lo son. Es la mejor garantía de selección. En 1890 les decía don Manuel a sus operarios en la reunión celebrada en Valencia:
Más aún, casi podríamos decir que respecto a esto, podríamos apropiarles aquello de non vos me elegistis, sed elegi vos, porque antes de pretender ellos la obra, seremos nosotros los que acaso en nuestro interior y por el voto de la opinión común estarán como señalados por el dedo de nuestra elección, precisamente para nuestra obra 102.
Al año siguiente completaba su idea:
Tal es el fin de nuestra Hermandad, y tal es el espíritu que debe verse en los que quieran venir, o más bien en los que queremos invitar y estos serán más en número que los otros que vengan espontáneamente. Y no debe escandalizarnos esta idea. Y que muchas veces he emitido y no importa que se sepa, pues explicada se comprende... De aquí resulta que de los que deban venir a nuestra obra, la vocación, antes que a ellos nos debe entrar a nosotros, es decir, debemos tener el convencimiento de que son aptos, y no dejando luego a la prueba o experiencia; de modo que al pretender venir, hayamos dado nosotros el asentimiento, porque nos eran conocidos. Por ello he dicho que nosotros podemos invitar, puesto que esto no implica luego la vocación de ellos, que pueden consultar con Dios, con su corazón y con otras personas y elegir libremente. Y esto no ofrece tampoco los inconvenientes que a primera vista tal vez ocurran, de que esto pueda envanecerlos, al verse invitados o pretendidos; porque al contrario, si son de talento y buen criterio como deben ser y tienen condiciones, les llenará la obra, y será para ellos mayor motivo de gratitud y de humildad y el non me elegistis, sed ego elegí vos, será un estímulo mayor para su docilidad 103.
Desde estos presupuestos y desde los fines que la obra se propone, don Manuel dejará plasmadas, ya en sus primeras constituciones, las condiciones básicas para quien deseen formar parte de su obra:
Las condiciones que estos fines exigen de los que pretendan asociarse a la obra, además de las distinguidas cualidades de talento y buen carácter son:
1. El deseo de una vida sacerdotal sólidamente piadosa.
2. Un celo animoso, vivificado por el más delicado y constante sentimiento de reparación al Corazón de Jesús.
3. Una espontánea claridad de espíritu y consiguiente docilidad de corazón 104.
Si tuviéramos que resumir en una sola expresión lo que el fundador quería y exigía para sus operarios, tal vez eligiéramos su misma frase: «Sacerdotes libres, sin ambiciones de cargos, dispuestos siempre a acudir donde una necesidad se hace presente y los objetos de la Hermandad le llamen» 105.
La exigencia de don Manuel en la elección de los candidatos nos explica el lento crecimiento de la Hermandad. A pesar de ello, no cesa en su empeño. A un futuro operario le escribía a este respecto:
Ya sabes que la naturaleza y fines de nuestra obra exigirá que sean escogidísimos y especialísimos por su ilustración y sobre todo por su virilidad y especial carácter, los que hayan de venir a nosotros. Si hemos aceptado medianías ha sido únicamente por la escasez... Pero no serán en adelante... Por estos principios no debes extrañarte y habrás observado que los nuestros han fijado su vista y su corazón sobre ti y sufren de no poderte enganchar y eres objeto de las fervientes oraciones de algunos. Este espíritu de atracción para los que son señalados para la obra... Toca, pues, a nosotros escoger y proponerles abiertamente; a ellos sólo aceptar en caso. Nos espantamos cuando alguno solicita espontáneamente... Por esto los nuestros se han fijado en ti, porque por tu carácter, por tu posición, por ser conocido, por lo que podrás hacer, te creen a propósito para los intereses de la gloria de Dios, y de nuestra humildísima obra 106.
Al contrario, cuando se ha fijado en una persona que cree reunir las condiciones precisas para la obra, le atiende, le escribe, le ayuda, le apoya por todos los medios hasta que consigue entusiasmarlo y engancharlo para su Hermandad sacerdotal 107.
3. Cualidades del operario
Don Manuel parte de la base de que los que hayan de venir a la Hermandad serán ya personas adultas, con una serie de cualidades poseídas y probadas. Por la naturaleza de la Hermandad, institución sacerdotal, y por sus campos de trabajo, los aspirantes serán sacerdotes o alumnos de los colegios o seminarios que dirija la Hermandad. Y por esta causa no pone un período especial de preparación. Como él mismo dirá: «Nosotros no tenemos noviciado. Sólo un año en el ejercicio y la práctica de los objetos de la obra» 108.
Los operarios, han de ser los más distinguidos y excelentes sacerdotes de cada diócesis por su instrucción, valer, piedad y su particular carácter, o vendrán sacerdotes, que serán los menos o vendrán de entre los jóvenes de los seminarios o colegios. Si son sacerdotes ya, nos serán conocidos y un año de experiencia en nuestros campos y tareas será bastante para comprender si les llena la obra y sus fatigas y si son aptos para ella.
En cuanto a los jóvenes que vengan antes de su ordenación habrán dado de por sí ya espontáneamente lo que tienen, sus condiciones, sus aptitudes, su carácter y antes de pensar en nada en la obra, ya podríamos hacer su diagnóstico y este conocimiento y este diagnóstico será más sólido porque dependerá del juicio común de todos... 109.
Don Manuel va afinando en pláticas sucesivas a los operarios. Insiste una y otra vez en la igualdad de todos y en el desprendimiento característico del mismo:
No serían buenos operarios, ni hubieran entrado con el espíritu verdadero, los que tuvieran otras ambiciones en su corazón y quisieran singularidades y tuvieran excesivas solicitudes por sus familias 110.
En una de las charlas de 1902, don Manuel resume así hablando a los operarios:
Aptitud, pues, convencimiento de nuestra misión, fidelidad en el cumplimiento de nuestro reglamento. Todos los operarios han de ser distinguidos sacerdotes bajo algún concepto, y en algunos conceptos más que en otros, ilustración, talento, grandeza de carácter y criterio, espontaneidad, seguridad de virtud.
No procuréis conquistar medianías. No os haga gozo el número de los que hayan de venir, mas sí la calidad. Estoy creído que en esta parte, cada día se procederá con más conocimiento de prudentes. Por el mismo temor de que antes he hablado, se han dejado de contestar algunas peticiones, por sernos desconocidos y se han suspendido o desviado otras, de las cuales algunas os sorprenderían.
Así, instrucción. Nuestra obra no será una institución científica, o de ciencia. Ni la base de nuestros estudios, ni el estar dedicado a la enseñanza que es el gran medio de adquirirla, nos favorecen para adquirir este renombre; ni las tareas a que nos dedicamos nos permiten el sosiego que se necesita para obtenerla. Pero sí que debemos tener instrucción conveniente que nos ponga al nivel de los sacerdotes que pasan por suficientemente competentes en la ciencia del ministerio sacerdotal; y cuanto más, mejor y aprovechar el tiempo.
Si los medios materiales de nuestra Hermandad nos lo permitieran, enviaríamos a todos nuestros jóvenes aspirantes a los estudios de Roma u otros centros.
Pero no es sola la instrucción (puede suplirla el talento), ni es la primera condición, sino más bien el talento, y talento natural a base de aquellas y que las suple a veces y con creces; y con él no es difícil adquirirla. Pero no es tampoco lo principal el talento teórico, con o sin la instrucción, para los fines de nuestra obra. Hay muchos que fácilmente aprenden, y tienen aptitudes hasta para sutilezas metafísicas y que suelen ser dados a doctorerías y que fuera de esto pasan ante el concepto de todos como unos pobres hombres ( ... ) Que se están con sus libros solo y nada más. Les falta el sentido común (que se dice y es el que menos se encuentra comúnmente), no tienen criterio práctico para los asuntos de la vida social, y el juicio y discreción suficientes que deben guiarnos en todas las circunstancias y ocasiones. Es un hombre juicioso, es un hombre de criterio, decimos muchas veces y este buen concepto honra más que la ciencia y el talento. Este es el que necesitamos tener los que pertenezcamos a la Hermandad. Esta falta de discreción la notamos en muchos y la debemos poseer nosotros. Y sobre todo esto, y más que esto, magnanimidad de corazón y seguridad de santidad. Ser verdaderamente hombres...
Y seguridad de virtud in quantum fragilitas humana patitur; abertura de corazón... ligereza de carácter, sin afecciones, blandenguerías, vanidades se vean que son aptos para la santidad y poder... 111.
Y en la última plática que les dirigió volvía sobre el mismo tema:
Hemos de ser hombres. Hemos de tener y si no adquirir los que no las tengan, ciertas picardías santas; el sentido práctico en el trato social; de otro modo, en nuestras excursiones será fácil nos tomaran el pelo, como suele decirse, desvirtuaríamos todos nuestros ministerios. Los defectos naturales que nos conocemos, se pueden remediar, y procure remediárselos cada uno con el examen diario, en el día del retiro, los ejercicios, etc., etc., pero esa falta de carácter y de sentido común, cuesta mucho más y no se remedia tan fácilmente y esos cerebritos pequeños son difíciles de corregir.
Por lo mismo, A. M., al rogar todos los días por nuestra congregación debéis pedir que nos envíe Jesús buenas cabezas y buenos caracteres como los pedía santa Teresa. Y si al pedirlo se os acercaba alguno, y os los indicaba la casualidad, o más bien la Providencia, decidle al Señor, como lo decía la misma santa: 'Señor, esta sería buena para nosotros' si veía una buena cabeza y carácter franco y abierto, aunque no viera todo el aire de piedad que en otras se manifestaba en el exterior. Así, no dejarse llevar ni de la primera impresión natural o de simpatía o de la amistad o paisanismo. Talento natural, carácter dúctil, buen criterio y formal: he aquí las condiciones para recomendarlo a Jesús y en caso proponerlo; de lo contrario, toda la responsabilidad será para el proponente, aunque sea con celo e interés, por amor a la Hermandad.
Pues ya sabéis que no tenemos noviciado, y por esto no se admiten más que los que brotan de los colegios en donde son ya conocidos.
Tenemos docenas de cartas de párrocos y ecónomos, y no se les contesta o se les dice vayan al centro nuestro una temporada, para que vean y sean vistos; este es el noviciado y acaso, ir de auxiliares. Hemos de llegar a ser hombres, y hemos de procurar serlo, que el deseo como en la práctica vale 112.
Don Manuel baja más detalladamente hablando de las cualidades humanas de los operarios, que llama virtudes sociales, y entre las que enumera la amabilidad, la largueza, el amor a la obra, el silencio y el trabajo 113, la delicadeza, el orden, la limpieza, el desprendimiento 114, y sobre todos estos puntos quiere que los operarios repasen cada año su conducta práctica personal y el ambiente del colegio o seminario donde se encuentran.
4. Virtudes del operario
En sus pláticas de ejercicios, don Manuel hace una enumeración y un comentario prolongado de las virtudes que deben caracterizar al operario. El estudio de sus textos constituirían un fondo insuperable para trazar el perfil espiritual del fundador.
La obediencia es para él la primera virtud de la Hermandad. En ella cimenta el carácter universal de la obra y su organización. En sus esquemas acuna la fórmula clásica entre los operarios de que la obediencia ha de ser cordial: «Nuestra obediencia mejor que completa debe ser cordial y hemos de desear no tener más que indicaciones, en lugar de mandatos» 115.
Lo humildad, a la que considera «base de la conservación de nuestras almas en la obra, de la conservación y de la uniformidad de su espíritu». El tema de la humildad lo empalma con el de la abertura de corazón y la corrección fraterna. 116
Al buen ejemplo y al celo dedica don Manuel su plática a los operarios en enero de 1891. Señala las características del último y fijando su atención en la pureza de intención con que debe ser ejercitado y en la universalidad 117.
La devoción al Corazón de Jesús, tan característica de la época, será el distintivo de la espiritualidad de los operarios. En esta denominación incluye toda su dimensión eucarística y reparadora 118.
La fidelidad individual y colectiva a los prescripciones del reglamento es fundamental y reiterativa en don Manuel: «Este deber de fidelidad debemos incrustrarlo en nuestras almas con mayor razón por no tener sanción externa ... ; la fidelidad es el único medio de conservar el espíritu interior de la obra». Dentro de la fidelidad incluye el cumplimiento de las Constituciones y la observancia a los pocos actos comunes previstos por el reglamento 119.
Ya hemos aludido ampliamente más arriba a la abertura de corazón, como uno de los nervios de la Hermandad 120. En esta misma línea insistirá en que los operarios tengan un corazón grande, que no les permita perderse en casos pequeños:
Estamos en la tierra, y la tierra nos atrae, es tierra de lucha. Y unas veces el carácter, desvío o descuido de los superiores y sus preferencias otras las genialidades de los iguales y sus presunciones, hieren nuestro amor propio, y el trabajo y la fatiga nos malhumoran y exhalamos algún lamento, o crítica inconveniente y olvidamos acudir a Jesús Sacramentado, que con celo y un momento de pensamiento en la eternidad, podría quedar suavizado el corazón. Mejor es la delación caritativa, abierta u ocultamente como está tan encargado y con el fin del bien de la Hermandad y se pueden remediar muchas cosas y corregirse. Lo demás serían murmuraciones inútiles o pecaminosas.
Por eso huir de los caracteres cizañeros, que llevan la amargura a los corazones inexpertos. Tengamos un corazón grande. Con la piedad fruto de nuestras prácticas hechas fielmente y grandeza de corazón, disfrutaremos de la paz que da el trabajo de una vida verdaderamente sacerdotal... 121.
Sobre la pobreza, que don Manuel nunca quiso con voto para sus operarios, llegará a hablar de ella en común más no en particular 122.
Importancia especial concede don Manuel a la alegría que debe impregnar las relaciones de los operarios «y fortificar los vínculos de nuestra fraternidad alentándonos a nuestras empresas, excitarnos a la abnegación y al sacrificio, formar la unidad en el espíritu de nuestra obra, dilatar nuestro corazón a la alegría y gozos santos con las mutuas expansiones después de nuestras separaciones, porque jucundum est habitare fratres in unum» 123.
Y como complemento de la abertura de corazón, la corrección fraterna:
Nuestra obra no es una religión estrecha, sino una obra de libertad sacerdotal. No tenemos el vínculo o nervio de la manifestación propia, y no nos queda por lo tanto para sostener el espíritu íntimo y el barniz sagrado de la obra, [más que] el segundo medio que es la corrección fraterna mediante la manifestación o si se quiere delación caritativa de nosotros mismos. Hemos de ser ángeles unos de otros, y todos, ángeles guardadores del bien y del nombre de la obra, y del bien de las almas...
Este es un punto cardinal... lo veo de tanta necesidad, que sin él, nuestra fragilidad humana, las asechanzas del enemigo y lo que puede el hábito y la costumbre es el obrar; que si se aflojara en esta práctica, podría peligrar el espíritu de la obra y con él la obra misma 124.
En esta línea insistirá en el respeto y cariño que deben tener los operarios en sus conversaciones y comentarios y la caridad y amistad que debe presidir los actos de corrección entre los mismos y la obligación de guardar unos la. fama de los otros 125.
NOTAS
1. RAH, carp. 31, 3: autógrafo con las Bases de 1884; cf. E.I, Predicación, 5.º, 22, 23, 39, 48, 55; Breve idea de la Hermandad de 1890; C.H. de 1898 art. 16, etc.
2. E.I, Predicación, 8.º, 111; cf. también doc. 114.
3. E.III, Varios, 3.º, 42.
4. E.I, Predicación, 5.º, 88; Ibid., 6.º, 26 y 27; 5.º, 55.
5. Ibid., 5.º, 21.
6. Ibid., 27.
7. Ibid., 39.
8. Ibid., 6.º, 6, 7; 5.º, 36.
9. E.III, Varios, 5.º, 87.
10. E.I, Predicación, 5.o, 28.
11. Ibid., 5.º, 61; cf. Ibid., 5.º, 22, 26 y 27.
12. Ibid., 5.º, 55; cf. Ibid., 6.º, 26 y 27.
13. Ibid., 8.º, 113.
14. E.III, Varios, 9.º, 13 y 113.
15. Así en las Bases de 1883, en las primeras de 1884 aprobadas por el obispo de Tortosa, en su Breve idea de 1890; en las presentadas de Roma para su aprobación y en las definitivas de 1893.
16. C.H. art. 4.º, 28, 31, 32.
17. E.I, Predicación, 5.º, 21, 23, 41, 52, 55, 66.
18. Ibid., 7.º, 35, 89, 91, 92, etc.
19. Ibid., 5.º, 50.
20. Ibid., 36, 40.
21. Ibid., 34, 61; cf. 6.º, 80.
22. Ibid., 40.
23. Ibid., 61.
24. Ibid., 61.
25. Ibid., 37, 43., 50, 52; 6.º, 28, 78, 69.
26. Ibid., 5.º, 50.
27. Ibid., 50.
28. Ibid., 6.º, 78.
29. Ibid.
30. Ibid.
31. Ibid.
32. Ibid.
33. Ibid., 6.º, 86.
34. RAH, carp. «Historia» n.º 31 (Fundación). No repetimos–citas de fechas, ni otros detalles porque ya hacemos referencia en el capítulo IX, dedicado a la fundación de la Hermandad.
35. Véanse las bases para los operarios agregados en E.III, Varios, 3.º, 70; y fórmula de su primera consagración en Ibid., doc. 69.
36. RAH, carp. «Historia» n.º 31 (Fundación). El documento es manuscrito y está firmado por todos los participantes en la reunión.
37. Véase el texto íntegro en Apéndice V.,
38. E.II, Cartas, 3.º, 22.
39. Ibid., 3.º, 26.
40. E.III, Varios, 3.º, 6, 7, 8 y 151; E.I, Predicación, 5.º, 42...
41. E.II, Cartas, 7.º, 30.
42. Ibid., 41.
43. Ibid., 59: carta de 16 marzo 1894 a don Benjamín Miñana.
44. Ibid., II, 7.º, 140; carta de 2 septiembre 1894 a don Andrés Serrano.
45. Ibid., 8.º, 31: carta a don Andrés Serrano.
46. Ibid., 4.º, 51: carta de mayo de 1891 a Jesús Herrero. Se refiere a don Buenaventura Pallarés, que trabajaba en la curia de Tortosa.
47. Ibid., 13.º, 67: carta de 28 abril 1900 a don J. B. Calatayud.
48. La solicitud autógrafa, Ibid., 6.º, 129 y 130; un resumen de la misma en RACE, Crónicas, 1, 142–145.
49. En efecto, para resolver la cuestión envió don Manuel a cada uno de los operarios la siguiente circular: «Habiendo surgido la idea de si convenía modificar el título de nuestra obra, añadiendo algo a él, se propone a la consideración de usted para que, puesto ante Jesús, y con humilde y frecuente oración, y sin comunicarlo ni consultarlo por ahora con nadie, diga reservadamente su parecer. La duda es: Si debe titularse la obra, «Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos de San José, Reparadores del Corazón de Jesús», o como ahora: «Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos Reparadores del Corazón de Jesús», o sea, como comúnmente se nos dirá: «Operarios del Corazón de Jesús».
«Ventajas, al parecer, del primer título: 1.º El ser más conocidos exteriormente, atendido el objeto principal de la obra, y decírsenos más fácilmente «Los Sacerdotes de San José». 2.º Tener más facilidad los seculares para la designación de legados que acaso quisieran dejarnos, por lo mismo que seremos más conocidos por dicha obra de los colegios.
»Ventajas del segundo: 1.º El abarcar el fin general de la obra, de ser operarios de todos, los intereses del Corazón de Jesús, aunque el principal es el de fomento de vocaciones. 2.º Expresar más exclusivamente el espíritu interior de la obra, que es el sentimiento vivo y continuo de reparar al Corazón de Jesús, sobre todo en su Amor Sacramentado. 3.º El indicar con él que estamos dedicados más a promover la devoción al Corazón de Jesús que no a promover como objeto preferente la devoción a San José, corno podría aparecer con el primero.
»Como se trata de una mutación tan esencial y que ha de fijarse ya para siempre, antes de elevar la Regla a aprobaciones superiores conviene fijarse bien en todo esto, a fin de que desaparezcan para siempre ya las dudas y vacilaciones, una vez resuelto con el unánime parecer–Manuel Domingo y Sol» (Cf. A. Torres, Vida, 470).
50. RACE, Crónicas I, 147–148.
51. E.II, Cartas, 6.º, 132: carta de 23 agosto 1893 a don Benjamín Miñana.
52. RAH, carp. 14: carta de don Benjamín de 23 agosto 1893. En ella explica todas las razones anteriormente expuestas para la suspensión temporal de la presentación.
53. E.II, Cartas, 6.º, 133 y RACE, Crónicas I, 148.
54. Ibid., Crónicas I, 148.
55. E.II, Cartas, 7.º 114.
56. Ibid. 140.
57. Ibid.
58. RACE, Crónicas I, 314; RAH, Miñana, Diario I, 90–92; A. Torres, o. c., 470–471.
59. E.II, Cartas, 8.º, 31: carta a Serrano de 2 abril 1895.
60. Ibid., 114: carta de 21 octubre 1895.
61. RACR, Sez. M. n.º 1334/27, T. 36; leg. titulado «Madrid. Sacerdoti operari del S. Cuore di Gesù: Aprovazione». Es autógrafo de don Manuel. Actualmente existe fotocopia en el RAH, carp. 21; cf. para otras noticias: RACE, Crónicas 11, 64 y 66; RAH, Miñana, Diario II, 18–19.
62. RACR, leg. citado, donde se conservan las cartas de los obispos de Plasencia, Vich, Lérida, Burgos, Tortosa, Orihuela, Almería, Cartagena–Murcia y Urgel.
63. RACE, Crónicas II, 20.
64. RACR, leg. titulado «Atestados de los Rvdos. Prelados de España». Dentro se encuentra, entre otros documentos, el «Voto del P. Patrizio Panadero del 16 de maggio 1896». Para otros detalles de fechas, etc., cf. RACE, Crónicas II, 90, 95 y 96, y RAH, Miñana, Diario II, 24–29.
65. Cf. especialmente las cartas a Miñana de 19 de mayo, 12 y 22 de junio y de 3 de julio: E.II, Cartas, 9.º, 113, 122, 126 y 133.
66. E.III Cartas, 9.º, 145.
67. RACE, Crónicas II, 131–132.
68. RAH, Miñana, Diario II, 32.
69. RACE, Crónicas II, 132.
70. E.II, Cartas, 9.º, 152.
71. Ibid., 154: carta a don Benjamín Miñana de 2 agosto 1896.
72. Ibid., 155: carta a don Benjamín Miñana de 7 agosto 1896.
73. Ibid., 206: carta a Serrano de 1 noviembre 1896.
74. El 12 de enero le escribía a don Benjamín: «No lo deje de la mano. Si puede ser la fecha de mi inspiración [29 de enero] o de la Purificación en que fue aprobada la obra ... » Se refería a la aprobación diocesana de 2 de febrero de 1884. Cf. E.II, Cartas, 10.º, 8.
75. El 18 de enero escribe: «Todo lo que se obtiene por el ministerio y en ocasión de él es de la Hermandad. Por lo tanto, misas, sermones, limosnas... todo, todo es de la Hermandad. Sólo es de los operarios los bienes propios, los legados que le vayan como persona particular, las rifas que le hayan salido puesto el dinero propio, etc., etc... Así pues, todo, es para la Hermandad: lo del ministerio y [lo] que se obtenga con ocasión de él y esto estrictamente. Si la Hermandad da al operario más o menos para sus necesidades es porque la Hermandad lo quiere ... » (E.II, Cartas, 10.º, 12).
76. Ibid., 40: carta de 16 de marzo.
77. Ibid., dctos., 46, 49, 50, 52, 57, 60. El 30 de abril (doc. 56) escribe: «... lo haré tan aprisa como pueda, porque me apena ya la tardanza, pues desearía este verano el capítulo general primero».
79. Ibid., 86 y 95.
80. RAH, «operarios», carp. 14: carta de 6 diciembre 1897.
81. E.II, Cartas, 10.º, 175: carta de 10 diciembre 1897 a don Benjamín Miñana.
82. Ibid., 11.º, 61: carta a don Benjamín Miñana de 5 mayo 1898.
83. Ibid., 86: carta a don Benjamín Miñana de 28 junio 1898.
84. RACE, Crónicas III, 51; RAH, Miñana, Diario II, 74.
85. E.II, Cartas, 11.º, 94.
86. Ibid., 97.
87. Ibid., 99.
88. RAH, Miñana, Diario II, 75; RACE, Crónicas III, 52.
89. E.II, Cartas, 11.º, 102: Véase el texto del decretum laudis en Apéndice VI.
90. RACR, Sez. M. n.º 1334/27, T. 36, leg. titulado «Tortosa–Madríd 8700/14. En el mismo se encuentra un manuscrito que dice: «In Congr. d. 29 julii 98 Expeditur decretum iuxta modum, id est insertam minutam...»
91. E.II, Cartas, 12.º, 30: carta a don Benjamín Miñana de 23 febrero 1899.
92. RACE, Miñana, Diario II, 86.
93. Ibid., 92.
94. E.II, Cartas, 12.º, 30: carta a don Benjamín Miñana de 23 febrero 1899.
95. RACE, Crónicas III, 107.
96. E.II, Cartas, 15.º, 74: carta a don Benjamín Miñana de 18 marzo 1902.
Para conocimiento del lector, damos a conocer el siguiente esquema de las constituciones–
Parte primera: fin, naturaleza, objetos y gobierno
Capítulo primero: fin (arts. 1–6); naturaleza (T18); objetos (19–28).
Capítulo segundo: gobierno de la Hermandad (29–33); cargos de la Hermandad y sus atribuciones (34–58).
Capítulo tercero: ingreso y permanencia en la Hermandad (59–67); fondos de la Hermandad (68–72).
Capítulo cuarto: elecciones–disposiciones previas (73–79); acto de elección (80–92); capts. generales (93–101).
Parte segunda: virtudes, prácticas y deberes especiales de los Operarios
Virtudes (102–127); prácticas espirituales (128–140); prácticas científicas y literarias (141t3); prácticas comunes (144–152); correspondencia y visitas (153–156); deberes especiales de los operarios entre sí y con los extraños (157–172).
A ellas van unidas las «Ordenaciones o Reglamento de la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos», con los siguientes apartados:
Sección primera: devociones, sufragios y preces (173–211).
Sección segunda: prescripciones para el estudio de la moral y oratoria (212–217); día de retiro y exámenes (218–224); vestido, comida y demás usos (225–231); organización de los colegios y visita a los mismos (232–244).
Sección tercera: fórmulas (245–249); diplomas (250–252); apéndices (252–257).
97. E.I, Predicación, 5.º, 28,64,66, etc
98. Ibid., 31 y 50; C.H., art. 27.
99. E.I, Predicación, 6.º, 22 y 23.
100. Ibid., 24.
101. Ibid., 25.
102. Ibid., 5.º, 27.
103. Ibid., 55.
104, C.H., par. l.ª, cap. 1, art. 1.º, 3.
105. E.I, Predicación, 5.º, 50, 55; 6.º, 22, 23, 24, 25.
106. E.II, Cartas, T', 145: carta a don Esteban Ginés de 14 septiembre 1894.
107. Tal es el caso de Andrés Serrano: cf. en A. Torres, o. c., 278–280; sobre todos estos aspectos véase en la misma obra, 483–486.
108. E.I, Predicación, 5.º, 27. Interesantísima toda la charla para este terna y para conocer sus criterios sobre aspirantes, vocación, selección de operarios, años de prueba, etc.
109. Ibid.
110. Ibid., 55, B.
111. Ibid., 61.
112. Ibid., 66.
113. Ibid., 6.º, 72.
114. Ibid., 79, 88, 73; 5.º, 57, etc.
115. Ibid., 5.º, 24, 26; 6.º, 63.
116. Ibid., 5.º, 24; V, 64.
117. Ibid., 5.º, 29.
118. Ibid., 31; 6.º, 79.
119. Ibid., 5.º, 34, 36, 40, 47, 50, 53; 6.º, 80
120. Ibid., 5. % 50; 6.º, 81, 86, 87, 89.
121. Ibid., 5.º, 57.
122. E.III, Varios, 9.º, 13.
123. E.1, Predicación, 6.º, 19.
124. Ibid., 79, 80, 81, 86, 116, etc.
125. Ibid., 79 y 116.
16
expansión de la obra Se aceptan Seminarios
I. LAS NECESIDADES DEL SEMINARIO ESPAÑOL
1. Un problema que se le presenta a don Manuel
Don Manuel y sus operarios estaban tranquilos, trabajando en lo que él mismo llamaba sus «tiendas josefinas». Pero no podían evitar que los espectadores externos, los críticos y los curiosos siguieran muy de cerca el desarrollo de su obra. El silencio y la oscuridad, deseados y pedidos por el fundador, eran cada día más difícil mantenerlos, a medida que aumentaban los colegios de vocaciones. Medio centenar escaso de sacerdotes dedicaban sus cuidados a más de setecientos colegiales.
Algunas diócesis, donde años antes escaseaban las vocaciones, veían nutridas las aulas de sus seminarios. Comenzaron a salir de los colegios josefinos las primeras oleadas de sacerdotes jóvenes, piadosos, bien formados en el espíritu eclesiástico, finos, alegres y disciplinados. Se cerraban los tiempos de las casas de huéspedes y la mendicidad, la carrera corta y un buen porcentaje de externado, y todo, sin costar un sudor ni una lágrima a la diócesis.
Los obispos fueron los primeros en fijarse en la nueva obra que, con tanta fortuna, trabajaba en la formación de los seminaristas sin otra aspiración humana ni de cargos ni de recompensas.
Por si fuera poco, comienzan a llegar a España los primeros sacerdotes del colegio español de Roma, que en poco tiempo van a acaparar la atención, por su nuevo aire pastoral, por la profundidad de su formación científica y por su esmerada vida religiosa.
Los obispos comienzan a pensar y a razonar y hubo alguno que se dijo a sí mismo: «Estos abnegados sacerdotes que educan tan cumplidamente a los seminaristas en sus colegios ¿por qué no podían hacer lo mismo en los seminarios?»
El primer obispo que se hizo este raciocinio no sabía lo que iba a suponer para la humilde obra de mosén Sol. Otro cualquiera hubiera contemplado el hecho con inmensa alegría: era el reconocimiento público, la aprobación más ambicionada para una obra vocacional. La iglesia le hacía entrega oficialmente de sus viveros sacerdotales.
Para don Manuel es un momento de angustia y de temblor. Dudó, consultó a todos sus operarios, esperó.
A la primera oferta, el seminario de Granada en 1894, pudo encontrar excusa en la falta de personal. En 1896 es el obispo de Avila quien desea entregar la dirección de su seminario a la Hermandad 1.
El fundador se ve cada día más acosado y su corazón se sobresalta: «El intentó fundar una institución que se ocupase de los pobres seminaristas abandonados a su arbitrio en la libertad de las ciudades, sin recursos materiales y sin cuidados de formación. Quiso, además, contribuir a la solución del pavoroso problema de la inquietante escasez de vocaciones sacerdotales» 2. Y creyó que con sus colegios de vocaciones sacerdotales daba respuesta a la doble necesidad.
Don Manuel comienza a dar vueltas a sus ideas. El objeto primordial de su institución era el fomento, sostenimiento y cuidado de las vocaciones eclesiásticas. Y llegó a la conclusión de que la aceptación de seminarios estaba dentro de la naturaleza de su obra, si bien, repita una y otra vez, que esa no fue su idea primera y que de serlo la hubiera fundado de otra forma.
Los frutos de su trabajo escondido en los colegios de vocaciones tenían que aparecer a plena luz forzosamente y el ofrecimiento de la dirección de seminarios vino como por sus pasos, con la naturalidad de los acontecimientos cotidianos.
El 5 de septiembre de 1897 aceptó la dirección del primer seminario: el de Astorga.
Mientras los operarios se preparan para esta tarea, intentemos dar una mirada a los seminarios españoles.
Hemos visto en uno de los capítulos precedentes la escasez de vocaciones, la penuria externa de los aspirantes al sacerdocio en aquella revoltosa segunda mitad de nuestro siglo XIX. Ahora abramos la puerta de los seminarios y entremos para contemplarlos por dentro, de la mano de sus mismos habitantes que son quienes conocen las revueltas de las escaleras, los lugares de la oscuridad y de la luz, donde se perciben los peores olores. Sin miedo, porque ellos, conocedores de las largas galerías y hasta de las salidas no oficiales nos devolverán al aire fresco de la calle. Pero es imprescindible este paseo por el interior de los seminarios para otear al menos lo que ha supuesto la obra de la Hermandad en su reforma y en la formación del clero español...
En el silencio largo de los seminarios, sin exterioridades fulgurantes, dio vigor a la diócesis en lo más vital, en la repercusión más efectiva, formando un clero a la medida de los deseos de Cristo y de las necesidades de la Iglesia 3.
2. Panorama interior de los seminarios
Los seminarios españoles en el último tercio del siglo XIX arrastran una vida lánguida y empobrecida.
La organización académica, debido a la aplicación del Concordato de 1851, supuso un breve período de calma que sirve para que los seminarios se pueblen hasta el máximo de sus posibilidades. Pero hacen que este hecho, que podría aparecer como una ventaja, se convirtiera muy pronto en un serio inconveniente tanto para las clases como, sobre todo, para la vida disciplinar y la educación religiosa de los seminaristas.
Insuficiente el número de superiores e incompleto el cuadro de profesores, el seminario se convierte más que en un centro de educación especializada en una especie de liceo público 4, donde no se garantiza selección alguna de su alumnado.
Por sí fuera poco, la ventolera revolucionaria del 68, se lleva por delante edificios y alumnos, encajando uno de los golpes más duros que han sufrido los seminarios españoles a lo largo de su historia.
Con la instauración de las universidades pontificias en los tiempos de León XIII y la erección de nuevos seminarios en los últimos lustros del siglo, se intenta sanear la formación académica de los seminaristas.
Sin embargo, la gran renovación, en el campo de los estudios, se deberá a la iniciativa del padre Cámara fundando el colegio de Calatrava en Salamanca, en el que crea un Centro de Estudios Superiores 5; a la fundación de la universidad de Comillas 6 dirigida por la Compañía de Jesús y a la fundación del colegio español en Roma al que ya nos hemos referido.
La renovación en la vida espiritual y en la formación humana se deberá a dos grandes figuras de este tiempo. Al padre Claret que, inspirándose en las ideas de san Juan de Avila, abogará por una mejor selección del alumnado y a quien se ha de educar desde el principio en una profunda vida espiritual 7; y de una forma permanente y organizada, a Manuel Domingo y Sol. «A don Manuel le cabe la honra indiscutible de haber sido el primer eclesiástico español, que concibió y realizó un plan en gran escala para reformar por completo el sombrío panorama [de los seminarios]» 8.
Para clarearlo, concebirá un plan de acción y «su método se determina por una selección delicada de los candidatos, un ambiente de familia y de comprensión entre educando y superior y una vida de piedad sincera y profunda» 9.
¿Cómo encontraron don Manuel y sus operarios los seminarios? Es lástima que aún no podamos disponer de la historia de los seminarios en estos años puente entre dos siglos. Por esto ofrecemos un breve comentario sobre textos inéditos entresacados de la numerosa documentación que se encuentra en el Archivo de la Hermandad de Sacerdotes Operarios; archivo con el que habrá de contar quien desee historiarnos la primera mitad del siglo XX de los seminarios españoles. Algunas citas y algunos lugares nos serán suficientes para que, sin fatigarnos, podamos completar el cuadro:
Por aquellas décadas se encontraban los seminarios españoles en misérrimo, estado. En muchos de ellos asistían los alumnos corporativamente tres o cuatro veces al año a alguna parroquia o iglesia para confesarse y a otras tantas contadas veces se limitaban las comuniones 10.
Esto, cuando no eran los mismos prelados quienes obstaculizaban o al menos no favorecían la acción de los educadores. A los pocos años de hacerse cargo la Hermandad de un seminario, hace la visita el director general y anota en su diario:
Comí también con el prelado... Con todo el respeto le manifesté mis quejas: 1. Porque ha prohibido a los operarios que prediquen pláticas a los seminaristas. 2. Porque ha prohibido a los profesores que visiten a los operarios. 3. Porque obliga a teólogos y filósofos que a determinadas horas vayan al salón que ha destinado para los fumadores y en donde no es conveniente que entren los operarios. 4. Porque no quiere que los seminaristas comulguen con frecuencia... 11.
Así se explica que «sus confesiones más se parezcan a las de los soldados que a las de los verdaderos clérigos ... » 12. Era escaso el número de los que asistían a misa, siendo libre su asistencia. En algún seminario Ja comunión diaria hubiera sido escándalo... las meditaciones habladas nunca.. . nadie nos instruía acerca de la meditación y otros puntos ascéticos necesarios. El director espiritual tampoco nos llamaba: no teníamos ningún contacto con él. Pláticas nada... Bendición con el Santísimo en Carnaval y no sé si algún otro día. El objeto del seminario estaba centrado en las clases» 13.
Si la vida religiosa era tal, podemos adivinar cómo sería la organización disciplinar y el ambiente moral que existía. No hace falta que lo imaginemos. Valgan estos textos autógrafos, si bien son conocidas ciertas revoluciones en seminarios tales como Toledo, Segovia, Sigüenza, Badajoz... etc.
Los procedimientos penitenciarios eran, más que de cuartel, de cárcel. En los sótanos del seminario había una especie de caja de madera –algo así como un potro de tormento– donde colocaban boca arriba al alumno delincuente, atándole fuertemente de pies y manos durante un determinado número de horas 14.
Por este truculento dato puede fácilmente inducirse cómo andaría la disciplina y los métodos y espíritu de gobierno...
Antes de hacerse cargo la Hermandad, en algún seminario había habido «alborotos, revoluciones y asesinatos ... » 15.
Sin duda lo que más dejaba de desear era la vida moral de aquellos internados, desatendidos y sin vigilancia alguna. Eran frecuentes las salidas nocturnas del seminario para asistir a espectáculos públicos, en los cuales, a veces, se encontraban con algunos de sus mismos superiores. No es infrecuente la presencia de seminaristas en casas públicas de prostitución, algunos con hábito talar. Y aquéllos que no querían molestarse «daban la propina al portero y le llevaban la compañía al cuarto». El encuentro con mujeres públicas se daba en algunos lugares aprovechando los paseos e incluso «saltando una pared o tapia entraban para holgarse con profesores y alumnos ... ». Algún rector, cuando «iban los alumnos a pedirle permiso para ir al teatro, les decía: Bueno, al teatro bien; pero no a casas ». Y nos encontramos con superiores que llevan la misma vida de los seminaristas viviendo incluso dentro del seminario con su «familia» 16.
Tal vez uno de los fallos principales fuese la lejanía o ausencia de los formadores. «Cuando, después de los jesuitas... hasta que fue la Hermandad sólo verán a un superior –el vice– y a éste sólo en la merienda cuando repartía la correspondencia» 17.
En 1894 le escribía un seminarista a don Manuel:
En este seminario por desgracia, sin que por esto culpe al dignísimo obispo, la moralidad de los seminaristas y principalmente internos tiene mucho que desear pues hasta a los más buenos ha llegado la corrupción, tanto es así que sí hubiera tenido medios para seguir la carrera en otro punto en donde no hubiera peligro ya hace tiempo que lo hubiera hecho» 18.
En un manuscrito de un sacerdote hemos encontrado este precioso testimonio:
Estuve interno en el seminario de... al rector –canónigo–magístral– le vi dos veces en todo el curso, cuando entraba de la calle o salía estando los seminaristas en recreo, y el acceso al seminario era obligado por aquel lugar. El vicerrector nuestro no estuvo con nosotros en todo el curso en actos de comunidad y no había más presbíteros superiores encargados de nuestra sección... No entré, no supe cómo estaba, cómo era el cuarto, el despacho de los superiores. Nunca me llamaron para nada... 19.
Terminemos esta rápida exposición con unos textos del mismo don Manuel. Hablando a los operarios se expresaba en estos términos:
No es posible comprender cómo estaba la formación de los jóvenes de mi época –y algo anterior y bastante posteriormente– en estudios, en piedad, en disciplina y pruebas de vocación 20.
Quisiera poderles enviar algunas cartas. En X... escenas alarmantes. Se ha ordenado de presbítero un diácono profesor delatado por X... y que a pesar de la delación se le ordenó... El primer acto después de ordenado ha sido abofetear públicamente ante los seminaristas al vicerrector del seminario... 21
Estamos palpando diariamente en la diócesis en donde tenemos colegios y tanta porquería en los externos del cuarto y quinto de Teología, que apena el corazón amargamente pensar que hayan de entrar lobos en la Iglesia de Dios, hasta darse el caso, como nos consta, de haber ido alguno, el mismo día dé las órdenes, de los brazos de la manceba a la ordenación. Por esto, repito, veo trascendental cuanto se haga para alejar estos peligros... Hablo del seminario, que conocemos... y que está hecho una lástima cada día mayor, no sé si con conocimiento o sin él del prelado... sufro cuando voy a..., al oír lo que se dice; y, creo que... estará lo mismo, si no peor... 22.
Los textos de don Manuel y de los primeros operarios que van a trabajar en los seminarios pueden multiplicarse indefinidamente. La aventura en que se embarcaba la Hermandad lo era de silencio y de martirio. A veces la Hermandad era llamada en situaciones de especial dificultad.
En Toledo entraría después de una revolución seminarística que había puesto en jaque hasta a las fuerzas de orden público. El gobernador le dirá al primer rector operario que no había conocido «revolución tan fiera como ésta ... » y el entonces párroco de San Pedro de la ciudad, encontrándose con un operario de los destinados al seminario, pronunció la frase que se ha hecho clásica entre los operarios. «Se necesita tener vocación de mártir» 23.
En parecidas circunstancias, entran en. Sigüenza y Cuenca...
Hablando don Manuel a sus operarios en los ejercicios espirituales de 1902, sintiéndose en plena confianza y viendo los sacrificios y dolores que les estaba costando penetrar en tan espinoso campo, se expresa en estos términos: «No digo yo que, a pesar de esas espinas, debiéramos abandonar en absoluto ese campo, en general necesitado, y en algunos puntos (y aquí podemos decirlo) como matorral abandonado... » 24.
Dos años después, de nuevo con sus queridos operarios, hace en voz alta revisión del curso y no duda en afirmar: «...Y así ha sucedido. Hoy se va reconociendo el resultado a medida que van pasando las prevenciones y aun muchos de los nuestros han podido ver ya lo presente comparándolo con la cloaca que encontramos» 25.
Don Manuel intentará convertir el matorral en lugar de convivencia formativa y por los cauces de los seminarios correrá el agua fresca de una clara disciplina y de una profunda espiritualidad. Trabajos y penas no van a faltar para poder conseguirlo, pero don Manuel se atreve a predecir a sus operarios: «Y vosotros que sois jóvenes veréis los cambios que silenciosamente y sin producir ruidos se verificarán en algunos [seminarios] y si Jesús nos bendice por medio de nuestra modestísima obra» 26.
3. Se acepta la dirección de los mismos
Estamos en 1894; don Manuel, como es ya costumbre en la reciente institución, se reúne en Valencia con los operarios. Hacen balance de su actuación en las diócesis a través de los colegios de vocaciones. Otean las «futuras consecuencias de la obra en la reforma del clero» y en muchas otras obras de gloria de Dios. Son conscientes de que la presencia de los colegios están siendo ocasión de la reforma de los seminarios:
La disciplina y piedad de nuestros colegiales ha despertado, al menos, el amor propio de los seminarios, y como por instinto o aguijoneados por cierta envidia, les ha puesto sobre sí, y les ha ofendido el buen nombre del colegio y han tratado de reformarlo... y todo esto ha contribuido a que hayan visto al menos la posibilidad de otra cosa mejor de la que hasta entonces habían visto... La reforma se ha introducido indirectamente ...
Por otra parte, don Manuel pone de manifiesto ante los ojos de sus operarios que «un cambio radical en el modo de ser de los seminarios no se ve, por hoy, posible... Los obispos no harán sino lo que han visto y encontrado ... » 27. Es aquí cuando don Manuel hace una transposición de lo que más tarde se verá llegar hasta las últimas consecuencias: «En el estado actual de las cosas, en las circunstancias de España, mirándolo humanamente, este resultado no lo puede realizar más que nuestra obra u otra análoga, si Jesús la prefiere a la nuestra, o nos rechazara por nuestras infidelidades».
No ve por el momento que esto sea posible por el recelo que pueden crear las instituciones religiosas. Por eso, sigue pensando en la acción indirecta de los colegios de vocaciones. No obstante, se atreve a aventurar ante los suyos: «Y tal vez, tal vez, esta entrada pacífica y modesta en las diócesis sea ocasión en un día ¿quién sabe? de que se haga posible esa dirección interior de lo seminarios por medio de nuestra institución... Todo depende del tiempo y de la gracia» 28.
La gracia va a seguir su camino. El tiempo corre aprisa para don Manuel que, tal vez, entre sus papeles, tuviera ya guardada, reposando en el silencio de la oración y del tiempo, la oferta del seminario de Granada.
Verano de 1898. La Hermandad llevaba un año al frente de un seminario. Los operarios vuelven a reunirse. Don Manuel dirige nuevamente la revisión de un año de trabajo. Insiste una vez más en que la formación del clero es la clave de la cosecha en todos los campos de la gloria de Dios, y también insiste en que el estado de los seminarios en España no permite esperar de ellos la verdadera formación del clero.
El dilema, para don Manuel, era ineludible. «Parece que somos nosotros los llamados a esta obra, sobre todo desde [que] empiezan a abrírsenos la puertas de los seminarios» 29.
La educación escolástica le obliga a apurar el argumento: «Ahora bien; s todo el bien de la Iglesia y de las almas y de la sociedad... depende de la formación del clero y nosotros somos por hoy los únicos llamados a realiza esta formación, ¿no es de espantar esta misión y la responsabilidad de est formación? Este argumento no tiene réplica ni vuelta de hoja».
Don Manuel había pensado en una obra para multiplicar las vocaciones Pero no pensó inicialmente en ser formador de sacerdotes. Y le asalta el temor «¿Estaremos a la altura de la piedad, de la ciencia, y aun de la cultura que serán indispensables?». Los horizontes que empiezan a abrirse parecían desbordar su carisma primitivo.
Me entra el temor que no me causaba la empresa con aquel primer carácter humilde y benéfico. Y aunque siempre deseé, aun entonces, que todos los que formaran parte de la obra fueran en su mayor parte graduados o de sólida instrucción, con todo, si hubiera previsto que eran mayores los designios de Dios sobre nuestra obra, hubiera fluctuado en la empresa o se me hubiera ocurrido fundarla con otras bases mayores que con el carácter benéfico con que se me presentó... y sin duda debía ser así y de otro modo tal vez no se hubiera logrado o hubiéramos excitado prevenciones ... 30.
De aquí sacará don Manuel las exigencias prácticas para la conducta de los operarios. Había tenido que resolver una pregunta previa: ¿entraba la aceptación de los seminarios en los objetos de la institución? Sin duda, como es costumbre en él, lo pasaría por largos ratos de oración, lo consultaría con sus hombres de confianza y como había hecho en otras ocasiones de importancia, se lanzó a este nuevo campo «si bien con temor y recelo y que no se abrazó sino después de discutido mucho y obtenido el asentimiento de todos» 31. La respuesta clara y definitiva la dará don Manuel en la carta que desde las playas de levante envía al obispo de Astorga, respondiendo a su invitación de aceptar la dirección de su seminario:
No es contra nuestra institución, sino muy conforme a ella, el aceptar el régimen religioso, moral y disciplinar de los seminarios si bien el primordial es el fomento, sostenimiento y cuidado de las vocaciones eclesiásticas de los alumnos que necesitan nuestra cooperación y formados en colegios, recibiendo la enseñanza que se da en los seminarios. Por ello, de buen grado aceptaríamos desde luego la invitación de V.E., y con mucha más razón teniendo la posibilidad, aunque no fuese en gran escala, de colegio de vocaciones para los alumnos externos en esa... 32.
Curiosa la última anotación. Don Manuel sigue pensando en sus colegios de vocaciones aun en aquellas diócesis en que la Hermandad va a dirigir el seminario: Astorga, Toledo, Almería...
II. PROGRAMA DE FORMACION SEMINARISTICA.
1. Idea de don Manuel
Dada la situación de los seminarios, era de esperar que la tarea de los operarios fuera dura y costosa. Don Manuel les indicaba que «el. Señor nos quería para mayores sacrificios, fatigas y aun peligros» 33.
Los operarios comienzan a probar las contradicciones. Los seminaristas les. recibían con prevención. Ciertos círculos del clero alto, con recelo; y aun los de buena intención no terminan de encajar el que sacerdotes extradiocesanos vayan a ocupar puestos en el, seminario. Sin faltar quienes desde el primer momento y para siempre se encargarían de «crear atmósferas contrarías» 34.
Era lógico que todo esto sucediera. Quienes aspiraban a preeminencias y prerrogativas por la escala del seminario, veían mermadas sensiblemente sus posibilidades.
Los alumnos, «a quienes les será difícil comprender nuestro desinterés y, por lo tanto, no nos mirarán como a padres sino a lo más como [a] cualquiera otros superiores... si es que no nos miran como superiores impuestos o sustituidos para desplegar nuestro mayor rigor ... » 35.
A don Manuel no le atemoriza ya el campo, se siente responsable: «Todo esto exige condiciones mayores que pedía nuestro modo de ser... ¿estaremos a la altura de nuestra misión y corresponderemos a las esperanzas que van concibiendo los obispos...? ¿seremos nosotros los llamados a la reformación de los seminarios y formación del clero español ... ?» 36.
Don Manuel era un profundo observador de los hombres; y en una de sus charlas a los operarios nos ha dejado estos párrafos, señal de su fina psicología: «Tal vez sea una aprensión; pero encuentro en los colegios, de los países que por su temperamento son más traviesos, una espontaneidad de afecto reflejada en sus caras y en sus demostraciones, que no encuentro en los otros centros nuestros». Y al decirle los operarios que con el tiempo la atmósfera cambiara, no duda en responderles: «Yo no lo creo tanto, y me figuro (o recelo) que siempre tendremos que bogar entre escollos y con más obstáculos que exigirán mayores prevenciones y mayores cualidades en los nuestros ... » 37.
Cuando se escriba la historia de la presencia de la Hermandad en los seminarios, daremos la razón a quien aventuraba un camino tortuoso. Las desconfianzas, los recelos, los cambios de humor en unos y otros han convertido esta historia en una vía dolorosa, si bien, como habrá de reconocerse a su debido tiempo, no ha sido menos fecunda para la Iglesia.
Aceptados los seminarios, planteará la pregunta definitiva cargada de futuro y compromiso: «¿Qué podemos hacer si Dios nos llama a sostener la labor en dichos campos? » 38.
2. La formación del clero y el seminario
Dos ideas fundamentales movieron la cabeza, el corazón y las manos de don Manuel a lo largo de sus fecundos años de vida apostólica: del clero depende todo. Mucho clero y bueno; y bien formado. Estas ideas fueron el quicio de todo su montaje institucional. Fomento, sentimiento y cuidado de las vocaciones. Quiere dar a, las diócesis sacerdotes bien formados.
La formación integral del sacerdote fue su máxima preocupación. Su insistencia es continua. No basta una formación parcial, por buena que ésta sea, para dar como fruto un buen sacerdote, La distinción entre instrucción y formación es neta:
Supuesto, pues dijimos que el clero es la llave de la cosecha: ¡cuánto importa formación e instrucción...! La formación del espíritu del clero. Muchos obispos discurren sobre estudios. Aunque la piedad la deseen, dicen que puede arreglarse con unos pocos ejercicios. No parece sino que se piensa en la carrera. El sacerdocio no, es una carrera. Por esto conviene más que nada la formación del corazón. No bastan los conocimientos. Más aún, no basta la piedad... 39.
Era aquí donde más fallaban los seminarios. Como hemos apuntado, hubo hasta un resurgir académico, pero no se cuidaban los demás aspectos formativos:
Hay seminarios bien montados respecto a las clases, hay [en] ellos cierta emulación, hasta han salido chicos brillantísimos, pero que en los demás ni se piensa en formar el espíritu... Qué lástima es que en muchos seminarios no se piense más qué en la parte científica y literaria...40.
No es que don Manuel la despreciara. Al contrario, deseaba que todos la recibieran en los mejores centros, como hemos visto en su incansable lucha para que los colegiales de Roma lo hicieran en la Gregoriana. Pero quiere colocar las cosas en su justo valor. Y deseaba que la obra formativa de los operarios fuera encaminada a completar la formación de los futuros pastores de la Iglesia.
Os afanáis en el estudio durante el curso y los cursos de toda la larga carrera. Bueno es: es la base y podríamos decir, conditio sine qua non. Más aún; cuanto más conocimientos adquiridos, más fácil podréis, no sólo santificaros sino ejercer con más desembarazo el ministerio. Mas esto no basta... sin el espíritu os será un peligro para vosotros y para la Iglesia.
Y se lamentaba de no haberla tenido a su tiempo... : « ... la formación de nuestro espíritu y práctica sacerdotal, ni la sabíamos. Fortuna que la presentíamos» 41. Fortuna que don Manuel lo intuyó y no se quedó en una crítica aséptica de los hechos: « ... y el clero no se ha formado en cincuenta años, sino deficiente... no están bien los seminarios... y nosotros somos llamados... Esto que no se enseña en los seminarios ni aun en los internados, constituye sólido fundamento ... » 42.
Conoce en qué circunstancias van a desarrollar su ministerio los aspirantes de sus colegios y seminarios. La sociedad cambiante ¡de aquel tiempo exigía un clero distinto, culto, educado y, sobre todo, apóstol, testigo:
Y no hay remedio amados míos; no hemos de formamos como se formaban en otros tiempos de más fe, en que al sacerdote todo se le perdonaba. Vamos llegan do a unos tiempos que es preciso nos revistamos de las virtudes de los primeros cristianos, si queremos restaurar el mundo, como ellos lo restauraron. Y el mundo no se restaurará sino por el sacerdocio. Y no basta una virtud ordinaria, sino apostólica y de continua reparación 43.
A esta tarea de formación integral es a lo que don Manuel y sus operarios se sienten llamados: «a esta formación nos ha llamado el Señor. A ella nos ha consagrado».
Desde esa perspectiva, se comprende por qué la Hermandad fue aceptando la formación y dirección religiosa, disciplinar y administrativa de los seminarios sin desear tomar la científica. Esta la recibían en los centros de enseñanza: universidades, seminarios centrales o simples seminarios. Sólo en caso de verdadera necesidad o escasez de clero admitieron clases los operarios a pesar de su preparación científica que, como más tarde veremos, sería profunda.
En el fondo late la idea que don Manuel tenía de cómo debiera hacerse la formación del sacerdote y el papel que en ello correspondería a los llamados seminarios.
El concebía un centro docente serio al que acudieran los seminaristas a recibir la formación científica; y una serie de centros a los que llamaba colegios o convictos, con suficiente libertad en el montaje interno de los mismos, para ser instrumentos idóneos de esta formación religiosa y apostólica que tanto faltaba.
La exposición clara de su pensamiento la encontramos en la carta que dirige al obispo de Lérida a finales de septiembre de 1892. Estaba éste dudando de enviar alumnos al naciente colegio español de Roma. Y esta duda le preocupa a don Manuel pues ocurría en vísperas de una reunión de los obispos de la provincia Tarraconense, en la que varios habían prometido en firme el –envío de seminaristas a Roma. Don Manuel teme que una intervención desafortunada del obispo de Lérida, dado su prestigio, pues se trata del más tarde arzobispo Meseguer y Costa, pueda hacer mudar la decisión de sus hermanos en el episcopado. Y con la confianza que le tenía le escribe una preciosa carta, de cuyo borrador autógrafo tomamos los siguientes párrafos:
Mí respetable señor y amigo ... : Veo los alientos que le animan en la empresa del seminario. Sí he de decirle sin embargo, lo que Deo inspirante sentimus; no veo grandes resultados para la gloria de Dios.
En mi concepto y por la experiencia que tengo, los seminarios deberían reducirse a ser el centro de enseñanza... lo demás debieran ser convictos o colegios puestos en manos de instituciones de celo, protegidos bajo la autoridad del prelado, pero con la suficiente libertad en la dirección, administración, etc...
Los seminarios de España no están bien ni pueden estarlo. Poquísimos obispos saben el estado de sus seminarios...
En mi concepto los seminarios, ya que no lo que son en alguna nación... debían ser convictos no bajo la dependencia y socorro inmediato del mismo seminario y en calidad de pobres, que esto siempre humilla... sino en convictos o colegios que le den carácter familiar. No deberían ser sino lo que son en Roma las universidades y centros de enseñanza respecto a los colegios particulares de las diversas naciones.
Y no importaría que esos convictos fuesen más de uno y a manos de diferentes obras de celo... No creo otro medio, y lo confío con el tiempo a la Providencia de Dios y de su Iglesia.
Lo demás es hacer brillantes jaulas para jilgueros, que satisfacen y tranquilizan los buenos deseos de los prelados, pero que ni producen el movimiento necesario de vocaciones, para que puedan ser luego recogidas, ni producen resultados permanentes de buena formación, porque están expuestos a las contradicciones... y creo que en esta materia spiritum De¡ babeo... 44.
Después de la lectura de esta carta terminamos de entender por qué no aceptaba inicialmente la enseñanza. Y comprendemos por qué en la mayoría de las bases que firma aceptando seminarios, pone como condición al menos la posibilidad de abrir en la misma ciudad colegio de vocaciones eclesiásticas.
Los colegiales recibirían la enseñanza en el seminario central, en la universidad eclesiástica. En el colegio, garantizada una buena selección, se les daría esa formación del corazón que, en ambiente de familia y en contacto directo con sus educadores, les capacitaría para una acción pastoral eficaz y realista en su futuro ministerio.
Crear un ambiente que posibilite estos objetivos será el gran principio inspirante del método educativo a seguir.
3. Principios de pedagogía
En realidad, los operarios iban a trasplantar a los seminarios la pedagogía que venían utilizando en sus colegios de vocaciones. Lo tenían bien experimentado. Los resultados eran buenos. En los colegios de San José habían adquirido, un nombre. No sin motivo y durante muchos años a los operarios se les conocería por el nombre de josefinos, que ellos no rechazaban.
Aparentemente sería fácil trasplantar sus métodos y su gente. De tal manera que para conocer la vida de los seminarios bastaría releer cuanto hemos dicho de los colegios de vocaciones.
Había, sin embargo, una gran diferencia. Los colegios eran algo suyo, totalmente suyo; libres de ingerencias externas y con un alumnado que se iba paulatinamente seleccionando. Y la selección va a ser la primera medida pedagógica utilizada en los mismos seminarios.
a) Selección
Por las circunstancias temporales que acompañaron a la entrada de los operarios en los seminarios, van a llegar a ellos con fama de reformadores. El elemento estudiantil tiene una capacidad especial para detectar el futuro inmediato. Los seminaristas tomarían sus contactos, hablarían unos con otros; les llegarían noticias de la vida de los colegios y hasta del régimen que regulaba la marcha del de Roma. Algunos, apoyados por fuerzas extrañas, presentaron resistencia desde el primer momento a las nuevas exigencias.
En Astorga, por ejemplo, los operarios entraron como en casa propia; los seminaristas encajaron perfectamente los nuevos moldes de formación. En Toledo, que llegan llamados por el cardenal Sancha, después de una revolución que obligó a tener cerrado el seminario casi durante todo un curso, «unos cien seminaristas por no poder acomodarse al nuevo espíritu» lo abandonaron. Y en Cuenca, «varios profesores aprovechan las circunstancias para azuzar a los seminaristas, prometiendo a los chicos impunidad primero, si se revolucionaban y la recompensa después; presentándose ellos mismos como ejemplo» 45. Situación que no cambiaría en los años de estancia de los operarios en dichos seminarios hasta la tristemente famosa revolución de Cuenca de 1912, que pronto esperamos poder historiar 46.
Estas primeras reacciones no extrañaron a los operarios, ya que conocían el terreno que iban a pisar. Ciertas situaciones venían muy de atrás y eran necesarios métodos precisos y rápidos. En temas de moralidad fueron exigentes, consiguiendo en pocos cursos una purificación de los internados. El consejo y la cercanía del fundador les daba ánimos. Los obispos, en gran parte, se fiaron plenamente de los operarios y los seminaristas fueron aceptando las nuevas exigencias formativas. La máxima de don Manuel, de que no les preocupara tanto el número como la calidad, tuvo pleno vigor y no dudaron en aplicarla con quienes podían ser sospechosos. Es frecuente la expulsión de seminaristas y, sobre todo, aprovechar las vacaciones para invitar a dejar el seminario a quienes no juzgaban poseedores de las cualidades humanas y psicológicas que garantizaran un buen soporte para un sacerdocio futuro.
Las citas podrían multiplicarse sacadas de las cartas que los operarios, sobre todo los rectores, enviaban frecuentes y puntuales a don Manuel. Incluso se conservan notas breves del mismo don Manuel que hacen referencia al hecho: «Zaragoza: estado lamentable de 37 sospechosos de moralidad y se despedirán once para pronto» 47. Ellos, los operarios, sabían, porque se lo había dicho don Manuel, que también había un método preventivo:
Aunque nuestros resultados se limitaran a ser negativos, esto es, prescindiendo de la verdadera formación sacerdotal que nos proponemos y sólo con impedir que entren algunos lobos en el Santuario. Si en un colegio y más aún un seminario, aunque estéis algunos años, lográis impedir que entren no más que una docena de lobos y notad que pueden serlo y lo serán indefectiblemente todos los que entren sin pureza de fin o sin haber domado antes sus pasiones; con el apartamiento, pues, no más de una docena que habían desgarrado el corazón de Jesús y destrozado algunas almas, con esto solo daremos más consuelo al Corazón de Jesús que con la reforma de una parroquia entera 48.
Naturalmente no se conformaban con esto, pues tenían como meta la formación integral del clero. Ese era el fin y el móvil principal de su entrega a este trabajo y con ese fin y celo soportaban «las contradicciones que el demonio pondrá y Dios permitirá» 49.
b) Clima familiar
La vida «en familia» era el distintivo de los colegios de vocaciones. Y lo va a ser muy pronto de los seminarios. Don Manuel insistirá en ello en sus continuas visitas a los mismos y hablando con operarios y seminaristas.
Y ser familia, para él, suponía una gran solicitud en todos, una gran unidad y un interés fraternal para todas las cosas del seminario. El seminario es de todos y todos son responsables de que tenga dentro y hacia fuera buen nombre 50.
La vida en familia suponía para él un clima de estudio, pues en más de un lugar insiste en el tema y hablando de otros lugares y de la carrera breve no duda en escribir: « ... en aquella diócesis, cuyos párrocos en su mayor parte son de carrera breve, es decir de carrera de ignorantes ... » 51.
Aplicación: estudiando, pensando que esto os sirve luego para el desempeño de vuestro celo... No debéis olvidar que los estudios y los trabajos de vuestra carrera son para habilitaros para trabajar luego holgadamente, y así... no os fatigue, ofreced a Dios... esos exámenes 52.
El estudio y la piedad son dos temas que se encuentran en todas las charlas de don. Manuel a los seminaristas y colegiales. Además de estos valores, y como instrumento de los mismos, hablará :de la importancia del silencio, de la educación, de la limpieza, bajando hasta los detalles más insignificantes; y serán puntos que mandará revisar a quienes después de él hagan la visita a las casas 53 de la Hermandad.
La disciplina era exigente, pero sin castigos. Estaba cimentada en la presencia continua de los educadores, en la corrección, en el aviso, en la repetición hasta que los alumnos obraran con convicción propia. Les decía don Manuel a los seminaristas de Toledo:
Si queréis dar buen nombre a este establecimiento basta se os vea en el cumplimiento del reglamento y en vuestras formas sociales. Guarda la regla y ella te guardará a ti, decían los antiguos. Y podemos decirlo con más verdad en nuestras casas, en donde la disciplina no es una disciplina militar, sino bien paternal.
Queremos que se obre por convicción y educación. Los que no obren por educación o por convicción del deber, en estas casas no necesitan castigo y por ello ningún castigo se ha de imponer a los mayores. Aquí no es ninguna cárcel. La puerta de esta cárcel es la puerta abierta. A quien no le venga bien el molde ya sabe el camino y al venir de vacaciones se le convencerá de qué es lo que le conviene y si esto no fuese bastante, al final de la carrera se le dirá con más suavidad... 54.
La misma idea repite en varios seminarios, terminando siempre con una llamada a la responsabilidad de la juventud y a la fidelidad a su vocación:
Si no tenéis ánimo, dejarlo. Nada hay tan infeliz como un sacerdote sin vocación... Pero si tenéis vocación, no retrocedáis, Nada busca el diablo tanto como a los jóvenes llamados al sacerdocio 55.
El instrumento humano más eficaz para conseguir este ambiente familiar, lo consiguieron a base de una dedicación plena y absoluta al trato con los seminaristas. Les acompañan a todas partes, están siempre a su disposición; dirigen los actos religiosos, las diversiones en el patio, las salidas, los paseos, les acompañan en la mesa y su habitación está siempre abierta para el encuentro.
En un manuscrito de un benemérito operario hemos encontrado una especie de canto a los tan mal llamados «prefectos de disciplina». En él nos cuenta la tarea de estos sacerdotes que con su labor callada, con su presencia continua, con su observación diaria han sido los auténticos reformadores del clero español: orientando, desviando, haciendo día a día y curso a curso una selección pausada de los candidatos; decantando auténticas vocaciones sacerdotales y acompañándolas pacientemente a través de la aturdida adolescencia y turbulenta juventud... 56. Don Manuel se lo dice a sus operarios; y quiere que lo sepan también los seminaristas:
Todo lo debemos querer para vosotros; porque así como un jefe de familia no trabaja para sí sino para el bienestar de toda ella... así nosotros individualmente considerados no podemos tener otro interés más que el de vuestro bien y la gloria de Dios, puesto que nos hemos consagrado a éstos por vocación y no con la mira de utilidad alguna material... Nos impone, pues, el deber de mayor solicitud y sacrificio para vuestro bien y vengáis a ser unos sacerdotes santos... 57.
A fin de que esta presencia y atención pueda mantenerse, don Manuel en las Bases que firma con los obispos señala incluso el número de operarios, indicando una proporción de un educador para cada grupo aproximado de cincuenta alumnos; además del director, que se considera liberado para las atenciones generales 58.
La vida de familia orientará también la diversión de los seminaristas bajo la mirada de sus superiores. Los paseos frecuentes, las excursiones, las veladas literario–musicales y tantas otras expresiones de una vida sana y alegre las encontramos contadas con minuciosidad en El Correo Josefino, palenque de ideas y foro de noticias de colegios y seminarios. Una lectura reposada de la revista nos permite, sobre todo a través de sus crónicas, reconstruir una vida de estudio profundo, de recia espiritualidad, de alegre convivencia a las que ya nos hemos referido hablando de los colegios de vocaciones de San José.
c) Fraternidad universal
A don Manuel no le gustaban los lugares cerrados. Era abierto y universalista; comunicativo y alegre. Compartía con los demás sus triunfos y sus penas. Y quiere que todas las casas de la Hermandad formen una fraternidad. Se comuniquen. Y hasta las personas concretas, los seminaristas, han de formar parte de esa gran familia.
Por eso, en la primera plática que dirige a los alumnos cuando toma posesión de un seminario, les habla de la Hermandad, de cómo empiezan a ser, todos miembros de la misma familia, responsables de su crecimiento o culpables de su deterioro. Merece la pena que escuchemos las primeras palabras de don Manuel a los seminaristas de Toledo.
Luego de contarles la impresión que le produjo la ciudad imperial en su primer viaje –descripción laudatoria que, sin duda, hace para captarse la atención de los espectadores– entra directamente en tema:
Nos encontramos, pues, aquí puestos única y exclusivamente por la voluntad de, Dios, mediante la invitación del prelado. Natural es que deseéis saber quienes somos nosotros. Lo que representamos o significamos o nos proponemos respecto a vosotros. En qué relación entráis respecto a nosotros. Y qué deberes os imponen estas relaciones.
Después de explicarles lo que es la Hermandad y los fines generales que se propone, continúa don Manuel:
Desde el momento en que entráis a nuestra dirección y esta dirección subsiste, no sois ya meros individuos de un seminario. Vais a ser hijos de una institución, sois miembros de una familia que os enlaza con las demás vocaciones eclesiásticas que constituyen este campo... Al aceptar nosotros la dirección del seminario, sois hijos de la obra 59.
A los de Astorga les había dicho:
No somos meros individuos del seminario de Astorga. Por medio de la Obra accedéis a ser miembros de una institución, miembros de un cuerpo vasto y formáis fraternidad universal de la Obra de Vocaciones. Y este carácter os impone deberes de afecto, de amor y de comportamiento... 60.
Ideas que les repetirá más tarde a los de Zaragoza, Barcelona... etc. . 61.
El ser una «fraternidad josefina» será la clave para la uniformidad educativa y para la mutua comunicación. Y para asegurarla y potenciarla fundará don Manuel «El Correo Interior Josefino», la primera revista del mundo para seminaristas y a la que ya dedicamos nuestra atención. 62
d) Vida espiritual
¡Qué lástima que en muchos seminarios no se piense más que en la parte científica y literaria! Hay entusiasmo en los, prelados y rectores en discurrir y pensar en los estudios de sus alumnos. Pero se mira con menos interés todo lo que afecta a la formación... Prácticas generales de piedad... y Dios sabe cómo van ciertos seminarios... Esto [la formación científica] es indispensable, pero no basta, sin la formación de nuestro espíritu. Sin ideas sanas sobre la verdadera piedad, sin el conocimiento práctico de lo que exige nuestro estado y el modo de ejercerlo... aún sería más peligrosa nuestra ciencia para nosotros y para la Iglesia.
Y con todo, en esto se piensa menos, los obispos proyectan edificios... economías tal vez, cada uno se propone dejar un recuerdo de su pontificado con alguna mejora material... Mas cambiar el modo [del ser de algunos seminarios en el sentido que hablo... no les ocurre 63.
Para don Manuel, que se expresaba en estos términos, la formación espiritual es uno de los Pilares de la formación sacerdotal. Y a ella van a dedicar lo mejor de sus atenciones los operarios.
Los diarios de los seminarios, las cartas de nuestros archivos están llenos de testimonios. La meditación, la misa, la visita al Santísimo y el examen de conciencia vespertino eran el engranaje diario de los actos programados.
La comunión se fue haciendo cada vez más frecuente hasta llegar a serlo diaria, coincidiendo con las nuevas corrientes litúrgicas del pontificado de san Pío X. Procuraron que hubiera confesores abundantes y variados, a fin de que se fuera caminando hacia la confesión semanal.
El curso comenzaba con los ejercicios espirituales, que se desarrollaban por secciones, en silencio y, normalmente, bajo la dirección de un padre jesuita.
Las principales fiestas de la Virgen, la solemnidad de san José y del Corazón de Jesús jalonaban el año escolar siendo tiempos fuentes de vida espiritual, además de la Semana Santa.
Poco a poco se va introduciendo la fiesta de la instalación del Reservado y el ejercicio de la «hora santa» en la noche de los jueves. Los operarios fomentaron también la devoción al Papa, influyendo en esto la presencia del colegio de Roma, tan cercano a los Pontífices León XIII, Pío X y Benedicto XV.
La liturgia y la música sagrada se preparan con mimo. Los actos de capilla eran lo más selecto de la casa.
Todo, podríamos resumir, como se lleva aún en los colegios de San José y más en concreto en el de Roma. Los jóvenes profesores venidos de Roma,, con sus cátedras recién conquistadas, con su prestigio intelectual y su presencia, fueron, en su mayor parte, íntimos colaboradores de los operarios en esta educación religiosa, litúrgica y musical.
Y como complemento y animador de todo, la presencia continua del director espiritual. El era quien programaba los ejercicios, concertaba los retiros, hablaba semanalmente a los alumnos, y los recibía particularmente en su despacho. Charlas bien preparadas, cargadas de teología y de experiencia práctica: muchas de ellas, manuscritas, todavía las podemos repasar en el archivo de la Hermandad 64.
Don Manuel les habla a los de Burgos de la «práctica de la oración, examen y ejercicio de las virtudes... ¡Ah, el día que faltéis por vuestras ocupaciones!» 65. A los de Zaragoza les hablará claramente de la perfección sacerdotal 66. A los de Plasencia les dará ánimos para no cansarse: «Piedad. No se forma ni en un día ni en un año... si tenéis vocación, no retrocedáis... » 67.
e) La comunicación
Don Manuel dio un arma especial a sus operarios que será una de las palancas de su eficacia pastoral: la comunicación. En la fidelidad a la misma, depositaba la seguridad del mantenimiento personal y la fuerza del grupo de trabajo y convivencia.
Para estos grupos el Reglamento prescribía: «El acto acostumbrado de recreo es obligatorio para todos y se tendrá en el lugar más propio que se escoja para no perder, a ser posible, de vista a los alumnos.
Dicho acto, que ha de servir de alegre pero modesta y santa expansión. Podrán en él comunicarse las noticias convenientes recibidas de otros colegios, de la conducta de los alumnos... imponiéndose todos el deber de interesarlo... 68.
A nivel de comunicación con la dirección de la Hermandad, disponían las Constituciones:
Los directores diocesanos darán a la dirección general cada mes noticias detalladas de la marcha de la casa o colegio y de cuanto ocurra respecto a la ocupación de los operarios, conducta y aplicación de los alumnos, etc., sin perjuicio de hacerlo siempre que sobrevengan asuntos de alguna importancia... Además, cada año mandarán una memoria general del estado del colegio y de la Obra en la diócesis. Los demás operarios, además de comunicar y denunciar al Director General o miembros de la junta cuantas veces lo crean oportuno ... y lo exija el bien de alguno de la Hermandad o el buen nombre de la misma ...
A cambio, «el Director General debe visitar una vez al año las casas y colegios de la Hermandad; y todos deben exponer sinceramente al visitador y dar razón de cuanto sientan y sepan con arreglo a la plantilla propuesta para la mencionada visita... » 69.
Hemos podido encontrar el autógrafo de don Manuel con la plantilla para la visita anual. En ella, además de los puntos que hacen referencia a las relaciones del operario con la Hermandad y de los operarios entre sí, se indica:
– Si hay asiduidad y celo en el cumplimiento de sus respectivos cargos y oficios.
– Si se observa el reglamento en el colegio y hay cuidado y celo por la piedad de los chicos.
– El estado de moralidad respecto a éstos.
– El concepto que tenga formado sobre cada uno [de los alumnos] en el carácter, instrucción, modales, comportamiento con el prójimo.
– Si hay limpieza y aseo en la casa y comida; cordialidad en las relaciones... 70.
Los operarios fueron fidelísimos en todos estos puntos. El archivo de la Hermandad conserva millares de cartas de los rectores y directores de las casas dirigidas a don Manuel primero y luego a sus sucesores 71. Fueron tan fieles a esta práctica que a través de las cartas se puede hacer la historia día a día de muchos de los colegios y seminarios. En los momentos de especial interés las cartas son diarias e incluso varias en un solo día, si los acontecimientos cambiaban.
Ya hemos visto un ejemplo en la historia del colegio de Roma, que en cuanto a comunicación se refiere, se repite en cada una de las casas.
El «recreo» fue derivando hacia la «reunión diaria», clásica en todas las casas de la Hermandad. Era un auténtica revisión del día: desde los horarios hasta los cantos; desde las pláticas espirituales a los menús de cada día de la semana. Todo pasaba por la reunión. Y el examen individual de cada uno. de los alumnos. En un clima de amistad y apertura, el director de la casa y todos los operarios seguían al minuto el desarrollo de las actividades del centro, y la trayectoria de los alumnos nominalmente. Era el momento diario de corregirse, de contrastar criterios y, sobre todo, de crear unidad en la dirección, pues los operarios, discutido un asunto y expuestos criterios diversos, una vez tomada una decisión, la defendían todos con el mismo calor, como sí fuera de su propia invención. Los primeros grupos de operarios eran auténticos equipos, de vida y de trabajo. Don Manuel seguía muy de cerca, por medio de la, correspondencia, la marcha de cada casa. Con sus cartas da criterios, corrige posibles abusos, anima en los momentos difíciles, recomienda paciencia a los más impulsivos, se preocupa de que se alimenten y atiendan mucho a su salud.
En sus frecuentes visitas a las casas, hablaba con cada uno despacio; mantenía las reuniones que fueran necesarias con superiores y alumnos. Recibía a éstos en grupos o individualmente. A los de cursos próximos a la ordenación los conocía prácticamente a todos. Les dirigía las meditaciones siempre que pasaba por una casa; presidía las veladas, al final de las cuales felicitaba o corregía para que los números artísticos o musicales se prepararan mejor; exigía que no se hiciera nada en la capilla sin estar previamente preparado y ensayado; hablaba con los profesores, con el obispo. Al final de la visita, nueva reunión con todos los operarios para darles su punto de vista, después de hablar con todos y trazar las líneas a seguir. Y luego las innumerables cartas a los operarios suavizando aristas, corrigiendo, consolando, sufriendo en común o quejándose cuando pasaba algún tiempo y no sabía nada de un operario o de una casa.
Finalmente, en las reuniones de cada año, a las que asistían todos los operarios para practicar los ejercicios espirituales, se hacía una revisión de la marcha general de la Hermandad. Don Manuel, con la información que tiene de todo, presenta la situación reconociendo los fallos y aceptando humildemente los resultados positivos 72. Al mismo tiempo anima a sus operarios para seguir, sin desfallecer en sus compromisos para un curso más. Todos hablan detenidamente con el fundador. Se hacen los cambios oportunos de personal o de métodos. Se intercambian experiencias, se comparan resultados, se toma conciencia de grupo... y cada uno vuelve con nuevo frescor al duro campo del trabajo ordinario.
Pero eso sí, habrá unidad, exigencia, fidelidad a los compromisos adquiridos. Todos los colegios y seminarios dirigidos por la Hermandad latirán al mismo ritmo, aunque algunos tarden en acompasarse. La comunicación de día y vuelta ha funcionado. Don Manuel se fía de los suyos. Y los operarios saben que hasta en el más mínimo detalle de su trabajo están siendo acompañados y mirados por el resto de la familia josefina.
Así se va haciendo la renovación de los seminarios. Acompasada, uniforme, sin grandes golpes de escena. Los operarios trabajan en la raíz de la renovación y las raíces no son demasiado amigas de la luz pública y de los acontecimientos clamorosos. Ni siquiera asisten cuando florece una flor o madura la fruta de su árbol.
f) La renovación
La Hermandad ha enterrado más de medio siglo en el servicio oculto que la Iglesia le pidió en un momento determinado de su historia. Era la urgencia del momento y la Hermandad respondió con generosidad y eficacia. El mismo don Manuel comenzó a gustar los frutos de este enterramiento:
Hoy se va reconociendo el resultado a medida que van pasando las prevenciones y aun muchos de los nuestros han podido ver ya lo presente comparándolo con la cloaca que encontramos... Más de un prelado me ha dicho a mí sin reparo que en algunas parroquias ya se conoce la ida de los jóvenes salidos del colegio [español de Roma] y los últimos de algunos de nuestros seminarios... 73.
Don Manuel sigue pensando que la renovación del pueblo vendrá por la renovación del clero y su ambición le llevará a pensar en la unión de todos los sacerdotes salidos de sus colegios y seminarios para formar un cuerpo uniforme de acción y renovación espiritual de las parroquias.
Para conseguir este fin, la acción del colegio y del seminario, según don Manuel, no termina con la ordenación de los alumnos. Ha de seguir siendo el centro de acción de la pastoral sacerdotal. Al seminario volverán a recuperar fuerzas, a revisar programas, a planificar proyectos de acción bajo la mirada de los educadores de siempre 74.
Le gustaba que los sacerdotes vinieran al colegio, que lo invadieran y que este fuera el lugar de reuniones al que espontáneamente acudieran con plena confianza de ser bien acogidos.
A fin de prevenir y preparar a los ordenandos para su inmediato ministerio, cada año dirigía personalmente las «conferencias» de carácter práctico.
En ellas les prepara, advierte, señala los medios más apropiados de santificación, presenta las dificultades con que pueden encontrarse en las parroquias; son especialmente interesantes las charlas que les daba sobre la colaboración mutua, la corrección, la vida de equipo, el trato con toda clase de personas, la formación permanente y el estudio habitual, el carácter, la formación de líderes laicos, etc. 75.
Don Manuel es consciente, lo ha repetido continuamente a sus operarios, de la influencia que a través de los seminarios y colegios se puede realizar.
Otra de las bendiciones que debemos recordar y agradecer a Dios [es] la influencia que estamos ejerciendo y ejercemos en otras diócesis... muchos de vosotros mismos, habréis podido proveer y quizás hayáis experimentado... las futuras consecuencias de las tareas de nuestra obra en la reforma del clero y en muchísimas obras de gloria de Dios en la diócesis...
Después de hablar de la influencia de los colegios de vocaciones en la reforma de los seminarios, texto al que ya hemos aludido, concluye:
Esto nos ha causado ejercicios de paciencia, y de sufrimiento y de prudencia; pero el resultado es gloria de Dios. La reforma se va introduciendo... y si este resultado indirecto es ya de tanta gloria de Dios, ¿qué será el que daremos en la diócesis en que podamos tener la mayoría de los escolares y sobre todo influir en la ordenación de los mismos ... ? ¿y qué será lo que luego podamos hacer con ellos y por ellos en las parroquias? 76.
Efectivamente. La reforma se iba introduciendo. Hoy la contemplamos hecha. Las hojas le crecieron a la Hermandad hasta llegar a ser más visibles que ella misma.
Debemos ser justos y honrados, reconociendo a nuestros grandes y humildes antepasados el mérito de su entrega total. Hoy no valen los métodos de ayer. Los métodos de hoy no hubieran servido para ayer 77.
Los primeros operarios, como don Manuel, tenían corazón grande y un espíritu abierto. No temieron. Amaron a la Iglesia. Amaron a los seminaristas. Y dieron a la luz un nuevo tipo de seminario, que nos ha sido válido para muchos lustros de nuestro siglo XX. Hasta de ellos hemos sacado la capacidad de criticarlos.
III. SEMINARIOS DE ESPAÑA Y DE AMERICA
1. El seminario de Astorga
Agosto de 1896. El rector del colegio español de Roma se encuentra en España interesando a los obispos en la empresa del colegio. Con el fin de poder encontrarse con un buen número de ellos, don Manuel lo envía al Congreso Eucarístico que se estaba celebrando en Lugo. El rector nos cuenta sus encuentros con casi todos los obispos congresistas y escribe en sus crónicas: «Con el padre Salgado, obispo de Astorga habló sobre el proyecto que tenía dicho prelado de encargar su seminario a los operarios» 78.
Don Vicente Alonso Salgado, obispo de Astorga, escolapio 79, había conocido personalmente a don Manuel durante el Congreso Católico de Tarragona, encontrándose en casa de un amigo común, el doctor Corominas. Fue el Congreso de 1894 en el que don Manuel había presentado una memoria sobre la Hermandad y sus colegios de vocaciones.
Sin duda desde este encuentro concibió el obispo la idea de entregar a la Hermandad la dirección de su seminario. En agosto del 96 lo indica al rector de Roma y, finalmente, el 28 de julio de 1897 le propuso a don Manuel, por escrito, su propósito rogándole fuera atendido 80.
Don Manuel contesta el 7 de agosto. Carta preciosa que ya conocemos, pues este ofrecimiento concreto le obliga a perfilar su pensamiento sobre la aceptación o no de seminarios 81.
A través del operario Remigio Albiol, director del colegio de vocaciones de Burgos, se llevan las negociaciones y el 5 de septiembre de 1897 acepta la Hermandad la dirección del Seminario de Astorga 82.
El seminario de Astorga tenía en aquella época «de 230 a 250 alumnos internos y 500 externos. La mayor parte habitan celdas estando dos en cada una; los otros están en camarillas al estilo esculapio». En una parte del mismo edificio vivía el obispo. Los claustros son húmedos y fríos. «Sólo hay un patio bueno y otro regular para el juego de pelota. Los externos teólogos visten sotana, manto y tricornio» 83.
En mayo de 1898 visita don Manuel, por primera vez, Astorga y dirige algunas pláticas a los seminaristas 84.
El primer convenio autógrafo que se conserva en el archivo de la Hermandad es del 12 de octubre de 1900. Los operarios se encargaban de «la dirección religiosa, disciplinar y administrativa», no tendrían intervención en la enseñanza, percibirán como merced de su trabajo además de la manutención... la pensión de quinientas pesetas anuales cada uno y ciento veinticinco para ayudar a los gastos de viaje...; el prelado puede cuando lo crea conveniente prescindir de los servicios de los operarios y éstos podrán, si lo creen oportuno, establecer un colegio de vocaciones eclesiásticas 85.
2. En México: los de Chilapa, Cuernavaca y Puebla de los Angeles
En 1898 se encargó la Hermandad del seminario de Chilapa, en Méjico 86. El obispo de aquella diócesis había tomado contacto con los operarios en Roma y, una vez conocida la Hermandad, le ofrece la dirección de su seminario. Los operarios de Roma transmiten la petición a don Manuel que, deseando en el fondo pasar a tierras americanas, se resiste un tanto por la falta de personal. El obispo insiste en ver a don Manuel y en su viaje de regreso a Chilapa se encuentran en Barcelona. El 1 de abril acordaron las condiciones y se encargó la Hermandad de la dirección de este nuevo seminario 87. Tenía 50 seminaristas. El 25 de noviembre salen los operarios de Barcelona, camino de América. Llegan a Chilapa el 7 de enero de 1899 y el 11 tomaron posesión del seminario. El obispo les ofrecerá más tarde ser profesores para un colegio nacional de misioneros y poco después se encargarán los operarios de la iglesia de San Felipe de Jesús en México 88. Era diciembre de 1899. Más tarde, en 1900, se hace cargo la Hermandad del seminario de Cuernavaca donde dos años más tarde aceptan el culto de la catedral 89. En 1902 aceptaron el seminario de Puebla de los Angeles.
En los seminarios mejicanos la Hermandad tomaba también a su cargo la formación científica de los alumnos:
El mismo fundador tuvo que convencerse al fin de que, a pesar de las repugnancias íntimas que hacia ello sintiera su humildad, su Obra, por natural evolución de las cosas, estaba llamado a abrazar en su día la entera formación de los aspirantes al sacerdocio, puesto que, de tal suerte, la labor es más fácil, más completa y más coherente 90.
El mismo don Manuel nos lo deja en sus apuntes:
El aumento del clero fue el primer instinto y la ocasión y el campo propio; y luego, Jesús parece que quiere añadirnos la formación de otro clero, aunque no sea tan propio, como lo es en los seminarios y por añadidura, nos ha obligado a lo que es casi contra nuestro primer objetivo, que es la enseñanza en aquellos puntos en los cuales no hay otro remedio, porque son campos nacientes y se ha de plantar ... 91.
3. Otros seminarios
En España, se encargó la Hermandad, en octubre de 1898, de la dirección del seminario central de Toledo. El cardenal Sancha, que conocía la Hermandad de su anterior pontificado en Valencia, hizo ir a don Manuel a Toledo, le expuso la angustiosa situación de su seminario que terminaba de ser cerrado como final de una revolución. Acuerdan las bases, y a partir de ese curso se encargarán de él los operarios 92. En mayo del 99 visita don Manuel el seminario y se entretiene con los seminaristas explicándoles lo que era la Hermandad, los objetos que se proponían y otras ideas a las que repetidamente hemos aludido.
El 15 de diciembre de 1898 el arzobispo de Zaragoza don Vicente Alda y Sancho escribe a don Manuel ofreciéndole la dirección del seminario de la archidiócesis 93. Don Manuel le contesta el 23 94. Puestos de acuerdo, firman las bases del convenio el 19 de abril de 1898 95 y los operarios comienzan su acción en el mes de octubre siguiente. En mayo de 1901 don Manuel visita el seminario, les cuenta a los seminaristas la invitación del ya difunto señor Alda y sigue:
... Y puse nuestra empresa a los pies de la Virgen del Pilar, a la cual hace años pedía por esta archidiócesis que tenía puesta dentro de mi corazón, pues la comunicación con varios sacerdotes de ella, de los pueblos lindantes con los nuestros, y que enviaban chicos a nuestro colegio de Tortosa, nos la habían hecho interesante ... 96.
Don Manuel cierra el siglo XIX con la fundación del colegio de vocaciones de Toledo al que ya hemos aludido anteriormente. Es el último colegio. El ritmo de la obra y su dedicación absoluta a la misma le impidieron seguir adelante en la para él irresistible tarea de nuevas fundaciones.
Pero en cambio, la avalancha de ofrecimientos para que aceptara seminarios no cesó. De haber tenido personal suficiente, la Hermandad en pocos años se hubiera podido hacer cargo de la mayoría de los seminarios de España y de un buen grupo de América Latina 97. En 1901 aceptan los de Cuenca y Sigüenza; en 1902 Badajoz; en 1903 Baeza; en 1904 Jaén, Ciudad Real y Málaga; en 1905 Barcelona; en 1906 Segovia; en 1907 Almería y en 1908 Tarragona 98.
Con la aceptación de los seminarios se imprime un nuevo ritmo a la difusión de la Hermandad. De los tiempos de las fundaciones heroicas, donde todo había de crearlo, se pasa a la sencilla aceptación de un campo, difícil sí, pero ya creado y con una tradición.
A don Manuel le sigue y le seguirá agobiando hasta su muerte, el peso de tanta responsabilidad y tanta gloria. En las reuniones de los operarios de 1903, vuelve sobre el tema:
El año anterior os indicaba mis temores cada [vez] más crecientes ante el campo que se iba abriendo... tan difícil, tan espinoso y de tanta responsabilidad... este temor se aumenta cada día... porque realmente se ve que los presentimientos de una tronada de compromisos nos amenaza y nos veremos obligados a aceptar Jaén.. .
Más seminarios tenemos nosotros en pocos años que se nos abren que todos los otros institutos... Hoy por hoy, parece llamada nuestra Hermandad a la labor de este distinguidísimo y fructuoso campo... 99.
La obra de vocaciones que tan humildemente había brotado en la plaza de San Juan de Tortosa, cuenta a la muerte de don Manuel con 25 casas de formación sacerdotal extendidas por casi todas las regiones de España y México. Los prelados solicitaban con insistencia poner en manos de los operarios lo que consideraban lo más íntimo y selecto de sus diócesis: el seminario.
Más de 2.000 alumnos atendidos cuidadosamente por los operarios constituían la mejor esperanza para la renovación del clero y de la iglesia española.
NOTAS
1. Recogemos lo anterior de RACE, Crónicas II, 137.
2. G. Mártil, Manuel Domingo y Sol, 207.
3. J. de Andrés, Un hombre que supo darse, primera redacción del capitulo XII, inédita: RAH, carp. «Notas para la historia», n.º 114.
4. L. Sala Balust –F. Martín Hernández, La formación sacerdotal en la Iglesia, 140.
5. A. Vázquez García, El padre Cámara, figura. preclara del episcopado español y fundador de los Estudios Eclesiásticos Superiores de Calatrava: Hispania Sacra 7 (1954) 327–358. Actualmente se prepara un estudio profundo sobre el padre Cámara, obra de M. A. Orcasitas, que llevará por título El obispo Cámara de Salamanca.
6. P. Camilo M. Abad. El Seminario Pontificio de Comillas: historia de su fundación y primeros años (1881–1925), Madrid 1928; N. González Caminero, La pontificia Universidad de Comillas: semblanza histórica, Comillas 1924.
7. L. Sala Balust–F. Martín Hernández, o. c., 141.
8. F. González Martín, Don Enrique de Ossó, 186–187.
9. L. Sala Balust–F. Martín Hernández, 141–142.
10. A. Torres, Un alma eucarística, Madrid 1947, 13.
11. RAH, Miñana, Crónica I, 77.
12. J. M. Viñas, San Antonio M. Claret, Madrid 1959, 473.
13. RAH, carp. «Seminarios dejados». Sobre «Situación antes de ir la Hermandad» [ms. de don Alberto Sabanés].
14. Ibid., [ms. de varios operarios].
15. Ibid.
16. Todos estos datos pueden comprobarse en el citado archivo, si bien preferimos callar los nombres de las diócesis.
17. En algún seminario «la corrupción había llegado a tal punto que los alumnos con arte diabólica, eran violentados desde los primeros años en una estancia llamada de pecado mortal ... » y el juicio escrito es de un eminentísimo cardenal: [Ibid].
18. RAH, «Cartas a don Manuel», carp. 4, leg. 8, doc. 12.
19. Ibid., carp. «Seminarios dejados», «situación ... », etc.
20. E.I, Predicación, 5.º, 38.
21. E.II, Cartas, 12.º, 10.
22. Ibid., 1.º, 4.
23. RAH, carp. «Seminarios dejados»: «situación ... ».
24. E.I, Predicación, 5.º, 61.
25. Ibid., 61.
26. Ibid., 38.
27. Ibid., 38.
28. Todas estas ideas las expone don Manuel a los operarios en la reunión de 1894 de 1894 –Valencia: cf. Ibid., 5.º, 38.
29. Ibíd., 52.
30. Ibíd.
31. Ibid., 61.
32. E.II, Cartas, 10.1, 101.
33. E.I, Predicación, 5.º, 61.
34. Ibíd., 63.
35. Ibid., 62.
36. Ibid.
37. Ibid.
38. Ibid.
39. Ibid,, 7.º, 22, 23, 25, 28.
40. Ibid., 28.
41. Ibid., 26, 28, 31.
42. Ibid,, 6.º, 7, 31 y 109.
43. Ibid., 7.º, 35.
44. E.II, Cartas, 5.º, 100.
45. RAH, carp. «Seminarios antes de la entrada de la Hermandad»; Ibid., «Cartas dirigidas a don Manuel», carp. 10, leg. 6; cf. en «El País» (18 octubre 1902) n.º 5552, el artículo titulado «El Seminario de Cuenca y otros excesos».
46. En RAH se encuentra todo el material de la revolución de 1912: el expediente completo, cartas y demás documentación para poder hacer una historia completa del hecho que costó la salida de la Hermandad, la retirada de la jurisdicción sobre el seminario al entonces obispo de Cuenca y la integridad psicológica a algún competente y extraordinario, operario.
47. E.III, Varios, 9.º, 7.
48. E.I, Predicación, 5.º 41,
49. Ibid.
50. E.I, Predicación, 8.º, 100.º y 101.º.
51. E.II, Cartas, 7.º, 143.
52. E.I, Predicación I, 8.º, 100 y 106.
53. Ibid., V, 101, 102, 103, 104, 111, etc., 114.
54. Ibid., 8.º 111.
55. Ibid., V, 101.
56. Manuscrito citado de don Alberto Sabanés, en RAH: «Seminarios dejados»... situación, etc.
57. E.I, Predicación, V, 111.
58. Pueden verse en RAH, carp. 7, «Residencias, Seminarios», todos los contratos firmados entre la Hermandad y los obispos.
59. E.I, Predicación, 8.º, 111.
60. Ibid., 107.
61. Ibid., 114, 117.
62. Cf. supra, p. 256.
63. E.I, Predicación, 7.º, 28.
64. Cf. vgr. RAH «Operarios», carp. 150, 1 y 2, correspondientes a don José María Peris; 108 a don Víctor Pujol... etc.
65. E.I, Predicación, 8.º, 105.
66. Ibid., 115.
67. Ibid., 101.
68. C.H., Manuscrito conservado en el archivo de la Congregación de Religiosos. Es un escrito de 1895: Art. 148, 149; Constituciones y ordenaciones de la Hermandad, edición de 1898, arts. 144, 145.
69. Ibid., art. 153; 149–150.
70. E.III, Varios, 3.º, 10.
71. RAH, Cartas dirigidas a don Manuel: carp. 0–20; y 21–38 dirigidas a su sucesor inmediato, así como las carpetas de operarios particulares, donde se conserva la correspondencia completa de algunos de ellos a don Manuel. Especialmente las carpetas: 2, 3, 7 (3), 8, 9, 10, 15 (2), 16, 17, 18 (2), 22 (2), 41, 42 (2).
72. En todas las pláticas de don Manuel a los operarios, en las reuniones generales, hay una parte que es «revisión» (cf. E.I, Predicación, 5.º, 18–67; 6.º, 1–121).
73. Ibid., V, 41.
74. Ibid., 8.º, 105, 107, 108...
75. Cf. todo el vol. 7.º de E.I, Predicación, especialmente los doc. 1, 23, 28, 32, 38, 53, 56, 57, 58 y 89 a 92 (1, 7.º),
76. Ibid., V, 38.
77. J. de Andrés, o. c., 279.
78. RACE, Crónicas, vol. II, p. 135.
79. Cf. Diccionario de historia eclesiástica de España 1, 46–47.
80. RAH, Cartas, carp. 6, leg. 7, doc. 29, y otros en carp. 7.
81. Cf. supra, nota 32.
82. E.II, Cartas, 10, 110 y 114; RAH, Cartas, carp. 7.
83. RAH, Cartas, carp. 6, leg. 9, doc. 11; E.II, Cartas, 10, 130.
84. E.I, Predicación, 8.º, 107–110.
85. RAH, carp. 7: «Residencias. Astorga. Seminarios». También se conserva el convenio autógrafo, firmado el 12 octubre 1906 por el nuevo obispo de Astorga, doctor don Julián de Diego y Alcolea.
86. Ya a primeros de año andaba vacilando don Manuel ante las tentadoras invitaciones que se le hacían para plantar allí la bandera josefina. El 14 de febrero escribía a don Benjamín Miñana–, «Estos chicos nuestros no pueden aguantarse, empezando por el grave don Elías, y quieren se vaya a América. Yo estoy espantado por la falta de personal, y se me cubre el corazón. Ventajas: el nombre para la Obra. Tomar posesión de un campo, tal vez vastísimo con el tiempo para los intereses de la máxima gloria de Dios... Pero ¿y el personal? Miro la tela... y no coge para tanto ... » Y el 8 de marzo: «Mucho me ilusiona la empresa de América por lo que oigo decir de la falta de clero allí ... » (E.II, Cartas, 11.º, 24 y 31).
87. Para toda la historia de la fundación de Chilapa, cf. E.II, Cartas, 11.º, 24, 31, 35, 68, 165, 173; E.III, Varios, 8.º, 31 a 36, 38; RACE, Crónicas, vol. III, pp. 12–31, 24–25, 38; RAH, «Cartas a don Manuel», carpeta personal, n.' 14.
88. Sobre la iglesia de San Felipe, cf. E.III, Varios, 8.º, 47–62, especialmente los nos. 54 a 57.
89. Sobre Cuernavaca, cf. E.III, Varios, 8.º, 63–64.
90. G. Mártil, o. c., 212.
91. E.I, Predicación, 5.º, 53.
92. Sobre la fundación en Toledo: E.I, Predicación, 8.º, doc. 111, 113; E.III, Varios, 8.º, doc. 65–70, especialmente el 68; en RAH, carp. 7, «Residencias. Toledo. Seminario mayor» puede verse el convenio del 8 julio 1898, manuscrito, firmado por el cardenal Sancha y Hervás y don Manuel Domingo y Sol. Aquí mismo se encuentran los convenios sucesivos de 1933 y de 1945. 93. RAH «Cartas dirigidas a don Manuel», carp. 6, leg. 12, doc. 10. 94. E.II, Cartas, 2.1, 229. 95. RAH, carp. 7, «Residencias, Zaragoza, Seminario»: convenio del 19 abril 1899, firmado por el arzobispo Alda y don Manuel.
96. E.I, Predicación, 8.º, 114.
97. En 1898 le ofrecen también los de Santa Marta (Colombia) y Goyaz (Brasil): ef. RACE, Crónicas, III, 38.
98. En RAH pueden verse los manuscritos de los convenios firmados por la Hermandad con Cuenca: 2 septiembre 1901; Badajoz: 5 julio 1902; Jaén: 22 agosto 1903 y 21 enero 1905; Ciudad Real: 7 junio 1904; Málaga: 8 septiembre 1904; Barcelona: 25 agosto 1905; Segovia: 14 septiembre 1906; Almería: 19 octubre 1906; y 9 junio 1909; y Tarragona: 5 septiembre 1908.
99. E.I, Predicación, 5.º, 63.
17
Ultimas realizaciones de don Manuel
I. ENFERMEDADES Y CONTRADICCIONES
1. Muere don José García
Fallecido el 21 de septiembre de 1888 su hermano Francisco, y el 15 de junio de 1891 su hermana María, había continuado don Manuel viviendo en. la casa de la calle del Angel con su otro hermano José. Pero, a la muerte de éste, acaecida el 19 de marzo de 1894, determinóse a fijar definitivamente su residencia en el colegio de San José de Tortosa.
El año 1900 reservaba en sus postrimerías a don Manuel una triste y trágica efemérides. En la noche del 20 de noviembre, al ir a practicar un acto de caridad, mientras arreciaba un fuerte vendaval, don José García –el hombre de confianza, principal consejero y brazo derecho de don Manuel–, sufrió una caída en las excavaciones practicadas junto a la catedral, que le produjo heridas de consideración en la cara y en particular. en el ojo izquierdo. Fue preciso someterle, el día 23, a una operación quirúrgica, en la cual falleció repentina e inopinadamente. Tenía cincuenta años. El desconsuelo de don Manuel,, aumentado por lo inesperado y rápido del fatal desenlace, no tuvo límites. El día siguiente al de la caída sufrida por don José, informando a las religiosas de la Purísima, de las que era éste vicario y confesor ordinario, les decía:
Mosén José está sin fiebre, pero queda el asunto del ojo. Al fin, parece han resuelto que se le haga una operación mañana, a las ocho y media de la mañana. Me aseguran que no hay peligro; pero es preciso orar para que vaya bien. Yo no se lo diré hasta una hora antes, y sin decirle en qué consistirá. Esta mañana me ha dicho que le quedaron tres ahí para confesar; pero, la verdad, ni tengo tiempo, ni humor... De todos modos, si se hace la operación, creo que esto va largo... Repita que en la salud general está bien, y sin fiebre; sólo me da pena la operación. El está tranquilo y hasta gasta bromas 1.
El mismo día de la muerte de don José, escribía don Manuel: «Esta mañana, apenas terminada la operación del ojo de nuestro don José García se me ha quedado muerto, causándome una impresión vivísima» 2. Y un mes más tarde, el 24 de diciembre, a don Froilán Beltrán: «Recibí su carta de pésame. Crea que ha sido para mí una verdadera tribulación y contradicción gravísima. No había tenido afectación mayor que ésta en tantos amados que he perdido» 3. «Era el finado –declaraba en otra carta– mi hijo y mi padre a la vez, y mi consejero» 4. El vacío que tal pérdida dejó en su corazón y en su vida no acababa de llenarse. Todavía en 1902, el 24 de julio, escribía desde Benicasim, declarando la pena de ausencia que allí le causaba el recuerdo de don José: «Aunque han venido varios operarios a visitarme, no me han llenado; porque es éste lugar de muy tristes recuerdos, y no me llena nada ... » 5.
2. Constitución física de don Manuel
El mismo año en que fallece don José García, don Manuel siente su salud cada vez más quebrantada. En su aspecto y constitución física, como ya indicábamos, era de talla más que regular, bastante corpulento, de complexión fuerte, tez blanca, rostro hermoso y simpático, ojos y cabellos castaños. Su mirada respiraba inefable mansedumbre y bondad. Su voz era dulce e insinuante, suavemente quejumbrosa, como si revelara siempre, aunque veladamente, la existencia en su corazón de alguna pena secreta, cuidadosamente disimulada. Por su costumbre de caminar con el cuerpo hacia adelante, aparecía un poco cargado de espaldas. Al verle cual era: cariñoso, afectuoso, venerable, hubo quien exclamó alguna vez: «¡Ah, ya tiene bien puesto el sobrenombre de Sol, ya! » 6.
El joven doctor Vilá, que fue médico de don Manuel en los últimos años de su vida, y continuó prodigando a aquél los servicios profesionales que su padre le había prestado anteriormente, declara que don Manuel fue siempre fisiológicamente anormal:
Su organismo –decía– no era de los más resistentes; su estado normal o de salud no correspondía, ni casi se asemejaba, al que en medicina se designa por fisiológico: era, en realidad, un individuo anómalo en el concepto de la morfología y funcionalismo orgánico. Siendo yo todavía muy niño, recuerdo que mi padre (q.e.p.d.) se preocupaba por el más insignificante trastorno que sufría mosén Sol. Estudiando los últimos cursos de mi carrera, fueron muchas las ocasiones en que mi buen padre me hablaba del anómalo y raro organismo de don Manuel. En las excursiones que el benemérito sacerdote realizó a los distintos colegios por él fundados, cuando por cualquiera indisposición que sufría se llamaba al médico, éste, si por primera vez le asistía, no podía menos que alarmarse al observar un caso tan raro y tan poco observado en la práctica, pues la constitución del ilustre enfermo y el funcionalismo de su organismo tenían ciertas particularidades que sorprendían a todos los médicos, extrañándoles cómo de aquella manera podía vivir. La particularidad principal de aquel organismo era, indudablemente, la bradicardia, tan rara, que son contados los casos en que se presenta un caso igual al del doctor Sol. Su corazón, algo hipertrofiado, mas sin soplo alguno que demostrase lesión orgánica en orificio ni válvulas, latía de una manera perfectamente rimada, pero con una frecuencia de 36 sístoles por minuto 7.
Describe luego el doctor Vilá la naturaleza de las anormalidades orgánicas de don Manuel y señala los trastornos que parecían deber seguirse de las Mismas: atonía de vigor físico y, sobre todo, del cerebro. Y, sin embargo, dice:
Nada de esto ocurría, pues resistía un trabajo cotidiano capaz de fatigar a cualquier individuo joven y perfectamente organizado... No se trataba de un individuo enclenque y enfermizo, que arrastrara una vida pobre y artificiosa, no: por sus manifestaciones exteriores, su cerebro percibía clara y distintamente las sensaciones y las graduaba; su ideación era de las privilegiadas; su memoria, envidiable; su voluntad, queda manifiesta en los actos por él realizados: las obras por él emprendidas y desarrolladas demuestran lo gigantesco de sus facultades psíquicas... ¿Cómo se explica que un cerebro tan pobre, tan sujeto a los continuos embates de congestión e izquemia y tan mal nutrido, pudiera soportar un trabajo intelectual tan grande como el que ejecutaba? ¿Cómo cabe comprender que un corazón tan vulnerable pudiera resistir los continuos sufrimientos que le proporcionaba el desarrollo de aquellos maravillosos proyectos por él realizados? ¿Cómo un ser que tenía sus dos órganos principales expuestos a enfermar, pudo resistir firme, como si se tratara de un hombre en plena y perfecta salud, de un organismo privilegiado? El por qué y la explicación de todo ello, ingenuamente confieso que no acierto a comprenderlo ni adivinarlo. ¿Eran todos sus actos y todas sus obras hijas de sus propias energías y de sus facultades? Creo que no: pues obsérvase una gran desproporción entre su constitución así como su funcionalismo físico y las obras por él emprendidas y realizadas. ¿Existía algo extraño a su organización, que le impulsaba a planear y ejecutar las obras por él llevadas a cabo? Así lo creo: pues si tales fenómenos no se explican racional y humanamente, no es aventurado afirmar que don Manuel mereció y obtuvo gracias abundantes y especialísimas del Supremo Hacedor para concebir y realizar las múltiples y sorprendentes obras ligeramente apuntadas.
Así lo creía también el propio don Manuel, el cual más de una vez declaró que «su vida era un milagro de Jesús Sacramentado ... » 8.
De su perenne actividad y plenitud de vigor físico, escribe don Juan Bautista Calatayud, que vivió muchos años a su lado:
Don Manuel llegó hasta los sesenta y cinco años con una exuberancia de vida y tal perfección en todas las funciones de su organismo, que nada se veía en sus potencias y sentidos que pudiera tomarse como indicio y señal de decadencia ' y menos de que pronto había de entrar en las fases que preceden a un ocaso definitivo. Trabajaba desde la mañana hasta la noche con actividad febril, sin experimentar apenas cansancio. Emprendía largos y molestos viajes; y en el tren, en las diligencias, entre el traqueteo de bajadas y subidas, arreglo de maletas, encargos a los ausentes y atenciones a los presentes, se rejuvenecía, y parece que se olvidaba del peso de los años y de las múltiples preocupaciones de su cargo y de las importantes obras que siempre llevaba en proyecto o entre manos. Comía de todo y a la hora que se estimara conveniente, sin que se le notaran jamás las repulsiones naturales del que se ve en la necesidad de alimentarse con los más extraños guisos, ni sintiera debilidades al variarse notablemente la hora de la comida, y esto que estaba habituado a la vida ordenada y metódica del reglamento.
Hasta sus últimos momentos conservó la lengua expedita, los oídos muy afinados y despiertos; para leer toda clase de letras y a la pobre luz de un quinqué, alimentado por petróleo, no echó nunca de menos las gafas. La voluntad de mosén Sol no conoció lo que se llaman indecisiones, debilidades y flaquezas; su memoria fue, en determinados aspectos, de las más felices que hemos conocido. Basta un solo detalle: a pesar de sus muchas relaciones y de que las mantenía vivas por medio de cartas, no tuvo libreta de direcciones, y eso que gustaba de ponerlas con exceso de pormenores, para facilitar en correos la tarea de la clasificación de la correspondencia. Y en cuanto al entendimiento, la potencia más noble del alma, no padeció más que ligerísimos eclipses, y aun momentos antes de desmoronarse lo que tiene de arcilla la naturaleza, a los repetidos golpes de la enfermedad que le ocasionó la muerte 9.
No es extraño, pues, que escribiendo el 7 de marzo de 1880 a la madre Juliana, se expresara don Manuel de este modo:
Acabo de levantarme de la cama, donde he estado tres días de un constipado. Doce años hacía que no había estado un día en la cama: de aquí es que me hace novedad el pensar que ya me vuelvo viejo; y no sé por qué no tengo ganas aún. Estoy muy poco desprendido. Habrá de hacerme un sermón la madre vicaria 10.
3. Aparece la enfermedad
El 19 de marzo de 1900 le sobrevino la primera enfermedad seria, en forma de gástrica catarral, que le obligó y ésta era su mayor pena, a estar sin poder celebrar misa hasta el 17 de abril. Ya convaleciente, el 18 de este mes se trasladó a Valencia, desde donde escribía el 19 a los operarios del colegio de Roma:
A pesar de comer carne, de no dejarme rezar ni escribir, van para ustedes casi las primicias de mi enmohecida pluma. Gracias por el interés de ustedes y por los consejos para que fuera obediente y paciente. En cuanto a obediencia, ha sido completa, según todos, y la he practicado hasta el heroísmo de aceptar las Siervas, que por ello sin duda ha sido, después de Dios, mí salvación... En cuanto a paciencia, yo me presumí que la había practicado hasta el heroísmo: pues, fuera de voltearme como una campana las treinta horas primeras, agobiado por dolores de vientre, inaguantables aun para el más experimentado, he estado muy quietecito. Los nuestros, para aquietarme en medio de la crisis, me ponían un pallé 11 de mantas, que me hicieron reventar los poros; y sus alientos me producían el efecto de aquel famoso no't quiexes 12, del no menos famoso Estevétur. Por lo demás, digo, muy quietecito. Luego sí, en mi primera convalecencia, por tener que ir tan despacio, daba más quejas y gemidos y suspiros que una devota de cuatro suelas. Es que no he entrado todavía en el estado de valetudinario habitual, y por esto me falta la gracia de estado. Por otra parte, no le tengo gran devoción a este estado, y, a no ser para mucha gloria de Jesús, le pido a Este que lo aplace. Pero cúmplese, con todo, su amorosísima voluntad 13.
El 28 de abril daba don Manuel cuenta de su enfermedad y de las lecciones en ella aprendidas, en estos términos:
Las dos cartitas y alguna otra escrita el martes santo, contra las prescripciones de Vilá, me produjeron unos dolorcillos neurálgicos en las sienes, dándome mal humor el verme hecho una flo de carabassera (l4) después de tres semanas de convalecencia. Quería escribir a usted y a otros aquellos días, y tuve que dejarlo. No sé si fue más el ruido que las nueces en mí enfriamiento o dengue, o lo que fuera; si bien alarmó un poco a Vilá, y la actitud de los nuestros Regó a hacerme pensar si era hora de dar algunas disposiciones verbales, cte. De todos modos, ha sido para mí una nueva misericordia de Dios, y un desencanto para algunas almitas, que no sabían darse cuenta de que contaban con un apoyo que se puede morir; y ocasión, además, de una demostración de interés y de afecto, que no podré pagar debidamente, pero que deseo olvidar, para que no se me borre una lección que hace pocos meses aprendí (y ¡esto, después de tantos años que me lo decía San Pablo!) de que todo... todo... todo es nada 15.
Restablecióse totalmente, y en lo restante de aquel año, durante el de 1901 y hasta noviembre de 1902, gozó de buena salud y pudo desarrollar su ordinaria actividad.
El 8 de este último mes, víspera de la fiesta del Reservado del colegio de Tortosa, estando arrodillado en el coro de la capilla, al mediodía, mientras los colegiales cantaban el Magnificat según costumbre en semejantes fechas, cayó al suelo con el primer ataque de anemia cerebral. No le dio importancia al lance, y bajó con los demás operarios al refectorio, donde de nuevo le sobrevino el mismo accidente. Ordenóle el médico que se acostara. No había de celebrar ya misa hasta el 3 de mayo de 1903. Estuvo unos días en cama, y el 28 de noviembre se pudo trasladar, con su familiar y secretario don Juan Estruel, a Valencia, a donde le enviaba el médico, prohibiéndole rigurosamente decir misa, rezar el oficio, escribir ni leer, preocuparse, admitir consultas, etc... Sólo le consentía y mandaba irse de paseo al Grao «para ver cómo embarcaban la naranja». Así lo hizo don Manuel, saliendo con Estruel mañana y tarde 16.
Le era imposible fijar la atención en nada. Sólo el oír misa le causaba fatiga. El 1.º de enero de 1903 le escribía desde Tortosa, en estilo entre serio y jocoso, don Santiago Vilá:
Ante todo, gracias mil por su recuerdo y obsequio. Sigue, luego, el desearle iguales felicidades a usted para el 1903. Creo que una observancia estricta durante el mismo de descanso y reposición de fuerzas, le ha de llevar al 1904 dispuesto a aumentar hasta cien el número de sus fundaciones. Mas, para que estos trabajos pueda realizar, se necesita que se disponga a ello, recogiendo y reuniendo fuerzas y no gastándolas hasta tanto que tenga tal repuesto de las mismas, que, aun después de llevados a cabo esos trabajos, se encuentre con un sobrante; pues que, de otro modo, se expondría a que a mitad de la empresa, o antes, tuviese que suspenderla y perder todo lo adelantado. No piense, pues, por ahora, en trabajo ninguno, por ligero que sea, ni en su venida a ésta mientras haya sorieres 17 que se acuerden del camino del colegio, y los correos lleguen directamente a ésta desde Murcia, Astorga, Badajoz, Roma, Chilapa, cte., etc... 18.
El 13 de aquel mismo mes, decía don Manuel a los superiores y alumnos de Roma:
Continúen orando para que la vita abscondita que me amenaza, o con la cual me amenazan, sea verdaderamente abscondita cum Christo in Deo 19.
Le permitieron hacer una rápida excursión a Tortosa, y de regreso a Valencia escribía el 15 de marzo a los operarios de Roma:
Aquí me estoy otra vez desde el 4 de éste, despachado de Tortosa... Estoy más animado... Ya me dejan escribir y saber cosas. Durante un mes casi me tuvieron sin noticia alguna. Todo sea por Jesús. Vayan, pues, diciendo, y continúen rogando a San Jorge por este inválido, para mayor gloria de Jesús y su santificación.
Aquí estoy otra vez –decía en la misma fecha a don Juan B. Calatayud–, hecho un mussol 20. No sé qué quiere Jesús de Mí. Diga a Jesús, a la Virgen y San José, todo lo que yo les digo y repítales lo que usted les dirá, y que podamos vernos para bien y santificación mutua. Estoy bastante más animado, después de tantos días de estar cerca de las soledades de Getsemaní en mi espíritu. Feliz día de San José. Aún no celebro ni rezo; y la comunión, algunos días, y pocos, y muy de mañana. ¡Ya ve cuánta miseria! 21.
A propósito de Getsemaní, comenta don Juan Calatayud: «En los años de la última enfermedad de don Manuel le oí la siguiente frase: 'Cuando me encuentro así, es un estado en que pienso cuál sería el desfallecimiento y terrible agonía de Jesús en el huerto'» 22. El 27 de aquel mes escribía a don Benjamín: «Voy siguiendo y pasando las horas, días y semanas y meses en lo banc de la paciencia, que dicen los payeses de mi tierra, y en fatigosa inacción, si bien con menos decaimiento de ánimo, gracias a las oraciones de las almas buenas» 23.
El 15 de mayo regresó a Tortosa:
No estoy bien aquí por el coret, que se enreda en cosas. Veamos lo que quiere Jesús y propone Vilá. Y Vilá le recetó un viaje a Castilla. Salió el 26 de Tortosa, para Burgos, donde llegó en 30 de junio, después de haber hecho escalas en Tarragona, Barcelona, Zaragoza, Sigüenza, Toledo y Madrid. Sentóle la excursión de maravilla, y Vilá le decía: «Le felicito, y cada vez me alegro más de mi mal genio y rareza en empeñarme en sacarle de ésta a todo trance» 24.
El 8 de julio escribía don Manuel desde Burgos:
Salgo pasado mañana, Jesús mediante... No saldría de aquí, porque estoy bien y me prueba, pero... la dichosa reparación me obliga, y es fácil que me hagan luego aplazar la fecha y casi me enfadaré. El 1.º de agosto empezaremos, si el Santo Angel de España lo permite, los ejercicios en Valencia... Pida a Jesús que pueda dirigir una palabra a los nuestros en aquel acto, y después. Lo cual haré, si el médico, no me lo prohibe, por si acaso tuviera que ser el canto del cisne, si Jesús dispone de mí... 25.
Después de la reunión de operarios en Valencia, escribía a Roma a don Juan Calatayud:
Me he agitado estos días y emocionado. El fervorín no lo concluí, porque las piernas me tremolaban ya por mi emoción, y corté. Sólo por dar gusto a usted, hice maniobrar a nuestros artistas ... ; pero no les iba bien la máquina, No crea que soy tan viejo como me han puesto en la fotografía 26.
II. SIGUEN LAS OBRAS DE APOSTOLADO
A pesar de las enfermedades que comenzó a padecer, y en la medida que le era posible, no descuidó don Manuel el cumplimiento de los graves y múltiples deberes que le incumbían como fundador y superior general de su instituto.
1. Operarios en ministerio Y labor pro vocaciones
Como complemento a la acción educadora del operario en los colegios y se––mínarios, pensó don Manuel en el apostolado de los que él llama en las constituciones «operarios en ministerio», consagrados a recorrer las parroquias de las diócesis dando ejercicios, predicando y confesando, erigiendo asociaciones piadosas e interesándose y favoreciendo la buena marcha y próspero suceso de las mismas; brindando a los sacerdotes ayuda, consuelos, alientos, y proporcioliándoles ocasión de un espiritual desahogo como de amigo a amigo, o de un paternal y desinteresado consejo. No le fue posible ver realizado tan hermoso ideal. Hubo de contentarse con dejar depositado el pensamiento y el propósito en el surco de las constituciones, y lamentarse de no poderlo ver puesto en marcha.
Aquí seguimos sin novedad –escribía desde Tortosa a uno de sus operarios–, atareadísimos todos, y haciéndolo como Dios es servido. Nos reclaman desde cinco o seis poblaciones, ya para fundar la cofradía del Corazón de Jesús, ya para ejercicios, ya para consolarse con nosotros un par de días en la Cuaresma, y no podemos acceder. Que Jesús nos dé fuerzas y vengan ayudas y operarios, pues esta diócesis va poniéndose en vías de la influencia que nuestra obra ha de ejercer en todas cuando esté desarrollada, principalmente con el aumento de sacerdotes educados ya por la Obra; desde luego necesitaremos media docena de operarios en el ministerio para atender a todo 27.
No perdía tampoco de vista don Manuel su anhelo del fomento de las vocaciones religiosas y apostólicas y deseaba que sus colegios fueran viveros de ellas.
He recibido –escribía en 1882 al padre Marro, S.J.– los dos ejemplares de los Anales de las misiones de Mindanao y Joló, y dos millones de gracias a usted. Daré a leer a mis colegiales de San José las crónicas de las misiones. No es preciso que se enfervoricen mucho, que bastante contingente da el colegio a la Compañía. Ya han ido ocho o nueve, y otros que me preparan. Tal vez antes de comenzar el curso, el Corazón de Jesús me exigirá el sacrificio (grato, no obstante) de una florecilla que tengo en dicho colegio 28.
Se lo exigió, en efecto; y don Manuel lo hizo generosamente, a pesar de que se trataba de un futuro operario.
El 22 de diciembre de 1894, hallábase don Manuel en el noviciado de los padres dominicos de Ocaña. Desde allí escribía a la abadesa de Vinaroz:
Vine a ésta, obligado por la familia de N.... que ayer ha venido para presenciar la profesión de éste, que la verificó ayer. Tuve una grande complacencia, pues de los cuatro que profesaron, el uno, además de N ... , era colegial nuestro de Valencia; y además, tenemos aquí otros cuatro, entre novicios y profesos, de nuestro colegio de Tortosa, con los cuales he podido hablar largamente, y aun esta tarde hemos repartido pasitssetes 29 a los 53 que hay, entre novicios y profesos, cuando estaban en el recreo. ¡Pobres angelitos!...
Alentaba don Manuel a sus operarlos a esta obra de proselitismo. A uno de ellos, que había prestado favor y ayuda a un grupo de novicios jesuitas que se hallaban en circunstancias apuradas, le dice:
Bien por los chiquitos del jesuita. Todo es para gloria de Dios y fomento de vocaciones eclesiásticas, religiosas y apostólicas, que es nuestro campo principal. Y la relación amistosa con la Compañía creo durará siempre en nuestra Obra... El campo de América es vasto, y no podremos recorrerlo si no vienen otras ayudas. Además de que las florecillas delicadas hemos de guardarlas para los invernaderos de España. De todos modos, nos place sobremanera fomente los alientos apostólicos, aunque tuviera que quedarse mártir de deseos... 30.
2. El templo de Reparación de Tortosa
Desde 1886 venía pensando don Manuel en establecer una fundación, que fuera eminentemente reparadora. Quiso ensayarla en Roquetas, pero el proyecto fracasó. El 28 de marzo de 1890 escribía resignado a la madre Providencia de Vinaroz: «¡Permisiones de Jesús! Sin embargo, no sé por qué no se me quiere quitar del corazón la idea de un santuario de reparación allí, y lo fío en manos de Jesús» 31.
Por este tiempo sueña en una «corte diocesana de amor y reparación». Luego, en 1892, con la entrada en la Hermandad de don José María Caparrós, arcipreste de la catedral de Madrid y director espiritual del Centro Nacional Eucarístico, trabaja, también sin los resultados apetecidos, por establecer en la Corte, junto con un colegio de vocaciones, un centro de reparación eucarística 32.
El no haber podido realizar don Manuel su proyectada fundación de Roquetas, no fue obstáculo para que siguiera con su pensamiento fijo en el futuro convento de «Operarías Diocesanas Reparadoras» de Tortosa. Para instalarlas, volvió a poner su miras, desde 1891, en el edificio de la Merced. Así estaban las cosas, cuando he aquí que –según el mismo don Manuel dejó anotado en una lista de «Fechas notables sobre el proyecto de fundación de la capilla de reparación de Tortosa»– el 8 de septiembre de 1897, al ir al seminario a presidir la junta de Camareras del Santísimo, «me ocurrió –dice– en dicha iglesia, que mejor que comunidad de religiosas podría ser de más resultados que fuese de hombres, y mejor que nadie los de la propia Hermandad». 33
El 27 de septiembre del año anterior escribía a don Andrés Serrano: «Tengo resuelto el problema de la promoción de reparación. Me falta el del bien de la juventud luisiana o no luisiana, sobre el cual ha de venir todavía la inspiración. De ese otro la recibí el día de la Natividad de la Virgen, Veré si dentro de tres días podré mandarlo. Vea pronto una iglesia o capillita de Lisboa, independiente, y la instalaremos» 34. Y unos días antes, el 17, a don Esteban Ginés:
He encontrado, al fin, la clave para sus deseos de arrebatar el campo eucarístico. Creo le gustará a usted el proyecto. Se lo mandaré a la aprobación de usted y de Serrano. ¡Oh, si pudiera estar usted libre un año tan sólo y poner a los primeros reparadores! Vea cuándo me dice usted que no hace f alta ni en Lisboa ni en Plasencia, y montaremos, entre usted y yo, la primera casa o centro diocesano de reparación... Deseo no morir sin dejar iniciado el movimiento de nuestros operarios hacia la reparación a Jesús Sacramentado; y por lo tanto, va el adjunto proyecto y espero pronto su aquiescencia, aprobación y alientos 35.
El proyecto se titulaba: «Pía Unión de Sacerdotes Reparadores»: «Obra de amor y reparación al Corazón de Jesús Sacramentado». Iba encaminado a realizar uno de los objetos primordiales de la Hermandad, mediante el establecimiento de la exposición diaria diocesana, por turnos, en todas las parroquias, con un centro en la capital, instalado en un templo o capilla «para culto, adoración y exposición diurna y aun nocturna, bajo el cuidado y servicio de la misma Hermandad». Así «podría ésta llenar una de las necesidades de España y el deseo de las personas que están al frente del movimiento católico».
Como auxiliares de los operarios, habría «sacerdotes agregados», aceptados, o más bien, escogidos por la Hermandad, los cuales formarían como una «Pía Unión de Sacerdotes Reparadores», en vivienda común con los mismos operarios y con las condiciones materiales que se convinieran con cada uno de ellos.
Formarían también parte del centro los seglares necesarios para el servicio de la casa, adoración, canto, etc... Objetos: aparte de la adoración personal, «promover entre los fieles el espíritu de verdadera piedad», asistencia a la adoración, confesionario, y dirigir «pláticas sencillas y breves en la propia capilla», organizar en la capital la corte de reparación, propaganda y sostenimiento de la misma en la diócesis, dirección de la vela nocturna, publicación del «Boletín de expiación diocesana», dirigir pláticas y ejercicios espirituales a comunidades, asociaciones, etc., organizar catequesis y otras obras de propaganda...
Reglas para la adoración: El instinto de la obra es de una reparación quieta y silenciosa a Jesús Sacramentado. Por lo mismo, no debe tener interés en la celebración de misas solemnes, aniversarios, etc... sino más bien en otros ejercicios sencillos, además de los ordinarios que se establecen antes de la bendición y reserva:
Mes de María, del Corazón de Jesús, de San José, novena de las ánimas, al Corazón de María, a san Antonio, preparación a la Navidad, etc., con cantos correspondientes.
Sólo podría instalarse templo o capilla de reparación en las capitales de las diócesis donde hubiese colegio de vocaciones eclesiásticas. Bastaría, para resolver la fundación, la seguridad de poderse sostener la exposición por espacio de tres o cuatro horas diarias entre mañana y tarde 36.
La respuesta de don Esteban Ginés a don Manuel no, fue ciertamente lisonjera. «Me dice usted –le replica éste en carta del 15 de octubre del año, citado de 1896– que es utópico el proyecto de reparación, pero no me dice si es de resultados, etc., etc... Si no es más que utopía, entonces con que lo vea usted un hecho estará conforme, y a la primera embestida confío tener Madrid, Valencia y Tortosa. Lo veo facilísimo y eficacísimo y de trascendencia grandísima, si logro encontrar un hombre». Y el 2 de noviembre: «No me sea usted malus nuntius en lo de reparación. Usted mismo confiesa que no hay campo más expedito para nosotros. Creo le haré quedar a usted mal si encuentro dos o tres jovencitos que se me ofrezcan; pero yo quisiera empezar con dos o tres casas: Madrid, Valencia y Tortosa, o Sigüenza. De palabra le haría ver claro lo fácil y eficaz». El 16, respondiendo a objeciones: «Veo que va viendo usted no tan perjudicial el proyecto de reparación, y, al fin, convendrá conmigo. No es, pues, una congregación distinta: es la obra, que lo hace por medio de auxiliares... El único argumento sólido, sí, es el del personal. Y ¿qué haremos del personal de la Hermandad cuando sobre? ¿No podrían dedicarse algunos a esta tarea, y entonces sin necesidad de tantos auxiliares?... Si tuviera media docena, no más, para empezar, desde luego el 1.º de enero empezaba por Madrid y Valencia... La cuestión, es, pues, de personal, y ésta es la que me atará por no hacerles ver que ustedes son falsos profetas» 37. No, fue don Esteban Ginés el único operario que le mostró disconformidad. Opúsose también al proyecto el vicedirector de la Hermandad, don José García, «cuyo criterio –decía don Manuel– me hace tanta autoridad».
Al principio de noviembre de 1897 estuvo en Tortosa don Antonio Sánchez y Santillana, presidente de la Adoración Nocturna Española, pasando unos días en compañía de don Manuel, al cual escribía el 14, de retorno en Madrid, con estos familiares términos:
Aquí me aguardaba trabajo retrasado para cuatro, y lo primero ha sido darle salida a lo urgente; por eso no he escrito antes, como pedían la cortesía y el agradecimiento a mi buen don Manuel. ¿Cómo va esa tertulia de la Biblioteca? Alguna vez me escuecen las orejas, y me figuro me tiran ahí de ellas lenguas murmuradoras, entre ripios y sorbos de la providencia de esa casa..., en esas conferencias de sobremesa gastronómico–político–filosófíco–literarias... Los encargos que allí se me dieron he comenzado a cumplirlos... Interin, ¡oremos! ¡oremos! Hemos logrado aquí la adoración nocturna diaria. ¿Se enteran ustedes? Diaria todas las noches. Con este motivo estamos revolviendo Roma (que lo diga don Benjamín), con Santiago (que lo diga el cardenal arzobispo de Compostela). Vamos a echar la casa por la ventana: se prepara magna vigilia en la iglesia de la Compañía para inaugurar el turno XXXI, patrón santo Tomás de Aquino, y se cantará el Tedeum hasta allí, o hasta el cielo, donde deseamos llegue y arme gran escándalo, a ver si nuestro Señor se compadece de este pobre reino de España. Preparamos un número extraordinario de La Lámpara. Veremos si sale un ramillete de piropos para ese real mozo del Sagrario, y una corona de requiebros para la Adoración Nocturna Española. ¡Con algo de sustancia hemos de distraer el hambre y sed de verdad y de justicia! Ordeno y mando a mosén Domingo y Sol, en virtud de la santa obediencia que me debe por razón de tantos ignorados títulos, que me remita cuatro líneas, una frase, un pensamiento dedicado a la Adoración Nocturna, como superior de los colegios de vocaciones, asilos de las secciones adoradoras nocturnas y de sus peregrinantes presidentes. Tamaño del autógrafo, el del papel de esquelas. Venga enseguida, pues el tiempo vuela... 38.
Don Manuel le remitió las siguientes líneas, que copiamos de uno de los dos borradores autógrafos de las mismas:
Muy señor mío y amigo:
Gratas me son las noticias que me da del desarrollo de las obras eucarísticas, y sobre todo, del admirable incremento de la Adoración Nocturna en esa capital. Me pide un pensamiento sobre acontecimiento tan consolador. Cuando el Amador de los Cánticos, en noche fría y tenebrosa, golpeaba a las puertas de la Amada, exponiéndole con voces lastimeras cómo caía sobre su cabeza el relente de la noche, ¡qué amargo debía serle el sopor y la indiferencia de la que no se apresuraba a ofrecerle su albergue! Una queja análoga parecíame dirigir a Madrid el Eterno Amador Sacramentado durante tanto tiempo. ¡Qué fría y dilatada noche de sopor y de indiferencia parecía soportar en esa capital! Mas, al fin, como la mística Esposa de los cantares, percibió en medio de su sopor la voz del Amado, y se apresuró a buscarle por las calles y plazas de la ciudad, sin reparar en las fatigas y en la crudeza de la noche. Madrid no ha querido hacerse por más tiempo sordo, y centenares de personas le abren sus puertas y se apresuran a adorarle, a pesar de las incomodidades de la estación y de las molestias de sus tareas. Que Jesús quiera completar, no sólo en Madrid, sino en toda España, ese movimiento de reparación hacia su Amor Sacramentado. Si esto sucede, bien podríamos esperar todavía la salvación de España. El día que logremos tener en cada capital la vela continua y en todas las parroquias la vela periódica diocesana, y tengan todas las familias, al menos, un adorador, el bienestar reinaría sobre la tierra, porque dominaría el imperio del amor. Esto pido incesantemente al Corazón de Jesús 39.
El 5 de abril del mismo año había tenido don Manuel noticias de que el señor obispo de Tortosa quería desprenderse del edificio de la Merced. Pocos días después, el 9, escribía: «Día de los Dolores: Pensamiento de ensayar en pequeño lo de reparación». Y en aquella misma fecha: «Conferencias sobre el cuartel de Santo Domingo». Pensó en él don Manuel en algún momento para convertir la antigua iglesia dominicana en templo de reparación 40. El día 17 decía a don Andrés Serrano:
Yo estoy esperando la aprobación de nuestras constituciones, y luego el capítulo, para obtener de la Hermandad el consentimiento y beneplácito para ensayar la reparación, si es que antes no me resuelvo a ensayarla en pequeño, y sin que esto signifique la realización del plan general, sino unas prácticas en Tortosa, si llego a obtener el local de la Merced de la Juventud Católica 41.
Tanto don Manuel como don Antonio Sánchez Santillana, se afanaban por incrementar el culto al Sacramento, y ambos sentían las mismas impaciencias por que realizara la Hermandad sus ideales de reparación.
Aprieten muy de veras para ver si pronto nace de la Hermandad la rama sacerdotal consagrada exclusivamente al «Real Servicio Eucarístico», pues las obras a él dedicadas lo han menester con apremiante necesidad. La operaria diocesana y el operario, agradecen sus finos recuerdos. Y V.P.R. mande como guste a su laico operario y buen amigo... 42.
El 9 de junio visitóle en Madrid don Manuel y don Antonio le comunicó el proyecto que tenía, y por cuya realización trabajó no poco, de obtener la iglesia del Olivar, de Madrid, y ofrecerla a los operarios para templo de reparación.
En agosto del 98, con ocasión de hallarse reunidos para los ejercicios espirituales en Valencia, decía don Manuel a sus operarios:
Va Jesús a abrirnos el segundo campo, tan deseado por nuestras aspiraciones, de la reparación y expiación a su Corazón Sacramentado, a fin de hacer converger hacia El el sentimiento herido y lastimado de tantos corazones que anhelan la paz y el reinado de Jesús en las luchas actuales, que parece que obligan a preocuparnos de los últimos tiempos, en que ha de faltar la hostia y el sacrificio... 43.
Don Manuel, al fin, quema sus naves, y contra viento y marea se lanza a levantar el soñado templo de reparación. El 21 de junio de 1900, fiesta de san Luís, visita al prelado, don Pedro Rocamora, pidiéndole que le ceda la iglesia de la Merced 44. El 20 de noviembre del mismo año, el prelado le hace gratuita donación del mismo para que levante en su solar el proyectado templo. Ya debió prometérselo en la visita que le hiciera en junio don Manuel, porque éste, a partir de aquella misma fecha, comenzó a consultar sobre la empresa a los más conspicuos operarios.
Dividiéronse las opiniones. A don José García, que seguía oponiéndose, le escribía don Manuel, el 17 de julio, la siguiente carta:
Me extrañan tus desficios... 45. No obstante, está seguro de que los ofrecimientos voluntarios que quieras prestar a la empresa ni te han de comprometer, ni ponerte en ciertas situaciones públicas, que tanto te repugnan, sino que ha de ser tu descanso y tu afición, y mejor lo diré, tu gozo y tu corona, sobre todo, si se imprime a la misma el instinto de amagadeta 46 y silenciosa. Mi entusiasmo por esta idea es tan fijo, que tendría remordimiento de no realizarla antes de morir; y si los nuestros se hubiesen opuesto, les habría pedido me lo dejaran realizar corno cosa mía, con o sin apoyo de la Hermandad, y sólo habría pedido se dignara la Hermandad estar a la mira y dirigirlo y ser dueña. Por lo tanto, depón toda alarma y no harás sino lo que te venga bien, pero, eso sí, con interés. Además, estoy comprometido con el obispo, Muchos años hace que rezo por ese edificio, y cuando me resolví, no dejaba de tener otro más céntrico a la vista, en caso de negación 47. Creo que te convencería de la conveniencia y de las ventajas para el bien de Tortosa y de las almas, y estoy pronto a exponerlas 48.
Falleció don José García en noviembre de aquel año, y en diciembre la Junta de la Hermandad otorgó, por fin, «aceptación completa y entusiasta» al proyecto de don Manuel, el cual se apresuró a comunicarlo a sus amigos y a agenciarse recursos económicos para realizarlo. «No me acobardo –escribía–; pero me intimida un poco la empresa». «Se me hace la boca agua –le decía el señor Sánchez y Santillana– con el proyectito de reparación a Jesús Sacramentado, semilla para un movimiento rápido de amor y reparación a Jesús en España. Esta noche, que estoy de guardia, pediré al mismo Señor Jesús bendiga el proyecto» 49.
No quiero retardar –escribía el 28 de diciembre a don Juan Bautista Calatayud el envío del proyecto del templo–capilla central y universal de reparación. Parece que Jesús lo quiere, después de tantos años que lo deseo y he estado detenido por los reparos y temores de los nuestros. Reunido con los reverendos Osuna, Elías y don Esteban, propuse el plan de campaña, las esperanzas, necesidades, ventajas, etc., etc., y lo aprobaron con gozo, y al mismo don Elías, antes refractario, le ha entrado deseo vivo de su realización. Tengo ya las siete almitas que me ofrecen ayuda, y espero obtener dos o tres más. El obispo me ha cedido gratis el patio y solar de la Merced. Conque, oraciones muchas. ¿Quién sabe los destinos y designios de Jesús sobre esta obra puesta en nuestras manos? Por de pronto, es una necesidad en esta población pecadora, que no tiene ni una residencia religiosa, y con ello la tendrá indirectamente y sin ruido ni aparato, y sin pérdida de personal por nuestra parte... 50.
En las cartas que durante los meses siguientes fue don Manuel escribiendo a sus amigos para informarles del proyecto, y suplicarles ayuda económica, repite muchas veces las ideas de que el templo de Tortosa tenía carácter de monumento «de reparación por esta ciudad pecadora» y había de ser «una especie de refugio a donde podrían acudir con facilidad las almas buenas». Juzgaba don Manuel que, aun no habiendo grandes esperanzas de recaudar mucho, debía pedirse a todos, ricos y pobres, porque deseaba que todos participasen en la buena obra, y dando algo para la misma, por poco que fuera, mirarían luego la Reparación como algo propio.
En marzo de 1901, trazó don Manuel, con el arquitecto don Juan Abril, los planes del futuro templo, El 7 escribía:
No puedo llevar esta vida de continua ocupación mental, y ahora, por añadidura, con los proyectos de plano de la capilla central de reparación universal, que me desvela alguna noche y m’aixuga lo cervell. He vuelto a los treinta años, y estoy cazando almitas, corno en mis verdes años, aunque para objetos distintos. Primero fueron monjas, luego San José, y ahora es Jesús Sacramentado. El me bendiga, corno parece demostrar querer hacerlo. Necesito buscar de diez a doce mil duros, de primera intención, para este objeto, y Jesús me hace vislumbrar esperanzas por donde menos lo pensaba, cuando las tenía todas perdidas o agotadas. No dejé de hacer algún encarguito de comuniones a las almitas buenas de esa casa. ¿Me concederá Jesús ver iniciado el segundo objeto primordial de nuestra obra? Sí lo deseo, para que no me desvíen las primeras líneas y me desfiguren su carácter. Y aún le pido a Jesús el poder ver iniciado el tercer objeto, o por otro predestinado para ello, puesto que no veo con igual claridad de intuición las líneas, si bien el plan general lo tengo concebido hace años 51.
Y el 23 de marzo decía:
El día 1.º del mes que viene, iré por la mañana, a las cinco, a un local de aquí, y haré un pequeño hoyo y pondré una piedrecita y la bendeciré para que brote pronto el templo de reparación y expiación a Jesús Sacramentado 52.
Efectivamente, así lo hizo; y aquel mismo día, 1.º de abril de 1901, comenzaron las obras. Y fue el templo surgiendo, poco a poco, con menos rapidez de lo que don Manuel deseaba, pero sin que fueran bastante causa para que el ánimo de éste desfalleciera con los múltiples contratiempos de diversa índole que se fueron presentando: trastornos atmosféricos reblandecimientos de terrenos, opiniones de operarios y de otras personas, que se manifestaban contrarias a la erección de la cripta, apuros económicos, huelgas, discrepancias entre el arquitecto y el maestro de obras, etc., etc...
No tema hacerse viejo –escribía a don Manuel el 9 de diciembre de 1901 la madre Saturnina, superiora general de las teresianas– por las cosas de la mayor gloria de Dios. La Reparación ya veo que lo tiene loco, pero ¡loco de amor! Locuras quisiera yo como ésa. Esa obra sólo es posible que nazca venciendo los imposibles de este mundo. Alégrese, pues, aunque sea prensado y estrujado. ¡Cuánta gloria dará a Dios! ... 53.
El 8 de enero de 1902, decía don Manuel a un operario:
La Reparación adelanta, pero más lentamente de lo que yo quisiera. A ver si con sus oraciones logra usted que la reparación se establezca en Sevilla, Granada o Córdoba, y le haríamos reparador una temporada para descansar de las fatigas de la vida activa. Esto deseo para muchos operarios 54.
Sobrevínole a don Manuel la primera enfermedad grave y tuvo que trasladarse a Valencia. Desde allí, el 23 de marzo, escribía a su amigo, don Luis Iñigo:
Continúe apremiando a San José; que ciertamente a las oraciones de las almas buenas atribuyo mi convalecencia, y de ellas espero mi curación, aunque tal vez ya no sirva más que para el cuartel de inválidos 55.
El 3 de noviembre comunicaba a don Juan Bautista Calatayud, que se hallaba en Roma:
Ya ha llegado de Barcelona la campana para nuestra Reparación; pero aún me fatiga Abril con sus calmas y me troncha los cálculos de fecha, y los apuros aumentan.. . Pida a Jesús me lo deje ver terminado, si es de su agrado, pues será una capilla muy buloneta 56, y digna de ser Central del movimiento de reparación a Jesús Sacramentado 57.
Un año después, el 22 de noviembre de 1903, se inauguraba con solemnísimas fiestas el nuevo templo. Antes de que llegase ese día, el 6 del mismo mes, había sido don Manuel desterrado a Valencia por su médico, que de acuerdo con el de esta ciudad, y con los operarios, no le permitió que presenciara tan halagüeño suceso, temerosos de que la emoción le dañase gravemente. Don Manuel, siempre dócil y humilde, ofreció al Señor el sacrificio.
Mañana se inaugura –decía en una carta– nuestra iglesia de la Reparación. No han querido que presenciara las fiestas por temor de que las emociones perjudicaran mi salud. Jesús les pague la caridad, y a su amor ofrezco el sacrificio 58.
En la alocución que pronunciara en tan memorable jornada, el entonces magistral de Tortosa don Rafael García, buen amigo de don Manuel, refiriéndose éste, exclamaba, interpretando los pensamientos de cuantos le escuchaban:
¡Bendecid, Señor, al sacerdote magnánimo, alma y nervio de esta empresa, Zorobabel celoso de vuestra gloria, que, sin desmayos ni vacilaciones, no se ha dado punto de reposo hasta restaurar este templo; nuevo Nehemías que, aunque no encontró más que aquam crassam allí donde fue escondido el fuego sagrado, ha tenido alientos y celo para restablecer vuestro culto. ¿Por qué, ¡Oh Señor!, no le habéis concedido el consuelo de que fueran las suyas las primeras lágrimas que bañaran ese ara? ¿Por qué no habéis querido que fuese el primero en adoraros aquí? Pero, aunque ausente, yo no lo dudo, la primera adoración que habéis recibido en ese trono, habrá sido la suya. Desde las riberas perfumadas del Turia, os habrá enviado un suspiro de amor, una adoración ardiente y fervorosa, en la que iba envuelta su alma. ¡Conservádnoslo muchos años para gloria de vuestro nombre, fomento de las vocaciones eclesiásticas y prez de nuestra diócesis...! 59.
El 22 de diciembre, ya en Tortosa, decía don Manuel a don Luis Iñigo:
A primeros de noviembre me despachó el médico a Valencia por no encontrarme bien. Me prometieron que volvería para la inauguración de la iglesia y me engañaron como a un niño. El 28 me dejaron venir... 60.
Dos preocupaciones tuvieron en adelante insatisfecho y descontento a don Manuel: no poder visitar con regularidad a Jesús Sacramentado en su nuevo templo, a causa' de las frecuentes recaídas de su enfermedad, lo que él atribuía a castigo del Señor por sus pecados; y la otra, el no acabar de ver logrados sus propósitos de multiplicar los centros de expiación eucarística, por los agobios de otros cuidados más urgentes, que absorbían su actividad. En febrero de 1904, le consolaba en estos términos una religiosa capuchina:
No piense que Jesús no le quiere reparador asiduo: todos lo son por usted. Claro está, siempre queda usted el primero. Déjelo todo en las manos de Dios, si no se hace tanto progreso en lo bueno como usted desea. Como le ama tanto, quiere que usted descanse en su Corazón Divino y no viva atareado. Bastante ha hecho. Jesús suplirá por usted 61.
El 12 de octubre de 1905 escribía don Manuel al padre Marro, S.J.:
Gracias a Jesús, que me ha permitido ver el culto deseado del Sacramento en ésta, pero que no me deja el consuelo de trabajar para desarrollarlo 62.
La Reparación –decía a una religiosa– continúa bien y estoy contento; pero mis ambiciones no están satisfechas. Pida a Jesús que, si es su voluntad, pueda ver una docena, al menos, de Reparaciones, y otras tantas cortes de amor y expiación diocesanas 63.
Para terminar este apartado, digamos unas palabras sobre el carácter que deseaba don Manuel que tuviese el culto eucarístico en sus templos de reparación. Escribiendo al superior del de San Felipe de Jesús de Méjico, le advierte:
Programas. –No se aferre usted demasiado a las ideas de esa gente para acomodarse a sus gustos. No olvide el carácter quieto y silencioso de nuestra obra de reparación; y así, prudentemente, como usted dice, vaya eliminando procesiones y comuniones generales: pues ahí, como en nuestra Reparación de aquí, todos los días son generales, pero sin la inquietud de movimientos que produce una comunión general. Que lo hagan en otras iglesias, que tienen ese carácter y necesitan esos bombos y excitaciones. Fiesta de San Felipe. –Bien por el feliz resultado. En ésta ya puede descartarse un poco el carácter de nuestro templo de su quietud y sencillez.
Gustaba –dice don Federico Domingo– de que las cosas pertenecientes al culto divino, como lectura, santo rosario, etc., se hicieran muy bien y con gran claridad. Cuando me encargó a mí la lectura de la hora santa en la media noche de fin de año en la Reparación, me dijo estas palabras: Fesho be i llitx ben xafadet 64.
En un papel de advertencias, dejó apuntado don Manuel: «Lentitud y devoción en el rezo del rosario. Soy amigo de la pesadez, pero ¡ah! ese apresuramiento me encojarían». «¿Ya se han buscado –preguntaba a los operarios de San Felipe, de Méjico– un buen lector y rezador? Es tema muy esencial; y que rece muy chaladito». Las pláticas en la Reparación quería que fueran «sermoncitos de quince minutos». De conformidad con la mente y las disposiciones de la Iglesia, especialmente de san Pío X, deseaba que los fieles tomasen parte activa en el culto.
Creo –decía– convendría dirigir una advertencia desde el púlpito para animar a las almas devotas a que se asocien a los cantos del Tantum ergo, etc., y sobre todo de las letanías. Hemos de trabajar para que el pueblo tome parte en el canto, como se hace en todas las otras naciones.
Tráiganos –encargaba a un operario que se disponía a regresar de Roma– todas las letanías de la Virgen que pueda, y además, la respuesta ordinaria que dan los romanos, o sea el pueblo, en el canto de las letanías. También deseo aquellos versitos o cantarella que suelen cantar después de la Reserva o entes del Benedetto, sia Dio.
Buscaba limosnas para que, al menos los viernes, hubiese más luces ante el Santísimo. «Padezco mucho –decía en cierta ocasión a la madre Rosalía del Niño Jesús–. Búscame quien provea para que podamos iluminar con más decoro al Jesús de la Reparación». «Las catorce velas solas para la Exposición –escribía a los de San Felipe de México– me parecen poquitas para mi Jesús. En el acto de la Reserva, al menos, pónganme más».
Esforzábase don Manuel en discurrir otras industrias para fomentar el culto, y el amor a la Eucaristía. «No eche usted hondas raíces ahí –decía a un operario de Méjico–. Si usted hubiese estado aquí este año, quizás hubiéramos publicado un libro de quinientas páginas de Coloquios eucarísticos y lo hubiéramos editado a costa nuestra» 65.
Más de una vez, a partir de 1901, encargó a don Juan B. Calatayud recoger materiales para el Boletín de la Reparación a Jesús Sacramentado. No, logró don Manuel verlo puesto en marcha, pero años después de su, muerte, lo llevaría a cabo aquél con la revista «La Reparación».
Entre los planes que preocupaban a don Manuel los últimos meses y días de su vida, algunos eran de índole reparadora. Tales, el aprovechamiento del palacio de San Rufo para obras eucarísticas, y el establecimiento de una. «Asociación Sacerdotal de Reparadores», para organizar con ellos turnos de vela ante el Santísimo.
El traslado de los venerandos despojos mortales de don Manuel al templo de la Reparación, vino a realizar un anhelo que él había sentido algunas veces. Cuando estaban dando sepultura a don José Moría Caparrós, obispo de Sigüenza, junto al altar mayor de la ermita de Nuestra Señora de la Luz, en Murcia, exclamó don Manuel, dirigiéndose a uno de sus operarios: «¡Qué envidia le tengo, por estar enterrado cerca del Sagrario! ... ». Quiso el Señor premiar el deseo de su siervo, pues, como luego veremos, finalmente había de ser enterrado junto al presbiterio de la iglesia de la Reparación.
3. De nuevo con los jóvenes
La necesidad de atender a los colegios y seminarios, forzó a don Manuel a poner en manos extrañas a la Hermandad, en 1906, la dirección y el cuidado de la congregación de San Luis de Tortosa. Decisión que no pudo por menos que resultarle dolorosa, pero que no le evitó el seguir cultivando un campo, que llevaba tan dentro, como el de la juventud secular. Siempre viviría, por otra parte, con la esperanza de que algún día podría la Hermandad realizar este apartado de su programa constitucional.
Al comenzar a publicarse, en 1897, El Correo, Interior Josefino, apremiado don Manuel por los suyos para que suspendiera El Congregante de San Luis,, rehusaba hacerlo; y razonando su resistencia, decía:
No me viene bien matar de un plumazo El Congregante, pues, aunque gustosamente lo cederemos, si alguien lo quiere recoger, ha de ser siempre con la esperanza de formar, pero bajo la Obra, la red de la juventud de fuera, de las principales capitales al menos; y si Dios me concediera cien años de vida más, creo encontraríamos la palanca para ello; y que, sin embargo, tal vez tengo que dejar para que la en––cuentre alguno de los futuros superiores de la Hermandad: pero, de todos modos, se me resiste no poder formar ya hoy a nuestra juventud levítica en el amor a esa juventud; y por esto quisiera que continuase algún hilo, por pequeño que fuese, en nuestras manos, que luego pudiera convertirse en fuerte cadena, y con derecho a ella por la misma fuerza y derecho de nuestra antigüedad en ese campo ... 66.
Con el fomento de las congregaciones de San Luis y otras parecidas, por parte de la Hermandad, pensaba don Manuel principalmente en el bien de los jóvenes seculares. Sobre el funcionamiento de ellas en los seminarios exigía circunstancias especiales, y no quería que se estableciesen sin un criterio de máxima oportunidad y conveniencia. De algunas cartas suyas a diversos rectores de los mismos, copiamos estos breves fragmentos:
–Diré sobre apostolado y San Luis. No somos amigos de congregaciones en los seminarios.
–No vayan de prisa en establecer prácticas de piedad, pues conviene se uniformen en todos los colegios. Si el apostolado no estaba establecido, no lo introduzcan; si lo estaba ya, sosténganlo sólo como estaba y luego ya veremos.
–Congregación de San Luis. Si la congregación es sólo de seminaristas, no lleve prisa y dilátelo usted; y mejor, dejarlo estar. La mejor congregación es la del seminario mismo, con sus prácticas y pláticas y días de retiro, etc., etc...
–Déjense absolutamente de guardias de honor...
Estimulaba, en cambio, a sus operarios, a trabajar por el bien de la juventud de! siglo, los seglares. A uno de ellos, al cual creyó don Manuel llamado por Dios para este apostolado, le decía:
Ya que Jesús le inclina a esa obra de celo y de tanta trascendencia, y para la cual se requiere una vocación apostólica, no olvide, para que el enemigo no se valga de las contradicciones y del cansancio para fastidiarle y hacerle abandonar este apostolado, al cual tal vez le tiene destinado para toda España, no olvide: 1.º Que más que trabajar, ha de pedir a Jesús la gracia de hacer trabajar, que es el máximo trabajo.–2.º Que el trabajo por la juventud, requiere indispensablemente un motor constante, que no se pare.–3.º Que, a consecuencia de la falta de este motor permanente, se han malogrado gran parte de los trabajos empleados en favor de las congregaciones. Que este motor no lo puede ser sólo ni un director celoso ni un presidente, faltando el cual, todo va a pique –4.º Que ha de procurar y discurrirse ante Jesús –que estoy con fe en que nos lo inspirará– ese motor permanente, que pueda continuar la obra en los pueblos, a pesar de las tibiezas de los directores –5.º Que por esto es preciso formar el cuerpo de preferencia de la sección de colaboradores que dice usted, el cual recoja, no a congregantes, sino a jóvenes u hombres en los cuales pueda infundirse el amor al apostolado por la juventud, y que formase como una tercera orden para interesarse por los jóvenes. Así, pues, persiguiendo este ideal –del fomento de las congregaciones– mediante la pequeña falange de colaboradores, que se ha de ir perfeccionando, puede usted ampliamente ensayar la obra y puede echar mano de la colaboración de todos los operarios, si los necesita para ello, puesto que es uno de nuestros objetos especiales. Tengo fe, a pesar de lo espinosa que es, en lo resultados de esta obra de máxima gloria del Corazón de Jesús, y que sólo los operarios pueden realizar, y de la cual, sí no correspondiéramos, Dios nos pedirá cuenta. Hoy me tranquilizo por la falta de personal 67.
Desinteresado como era, el 22 de agosto de 1891 escribía al padre Ricart, provincial de la Compañía en Tortosa, enviándole un proyecto encaminado «al fomento y sostenimiento de las congregaciones de la juventud piadosa en España por un medio permanente y eficaz»; y puesto que «la falta de personal no permitía a la Hermandad el dedicarse con todo desahogo a empresa de tanta gloria de Dios», le invitaba a que la tomase por su cuenta la Compañía, «quedando nosotros –añade– como espontáneos y constantes auxiliares de ese fomento de la piedad en la juventud, que desearía no lo apagaran» 68.
Corona y gozo de tantos afanes fue la peregrinación de congregantes marianos que, para conmemorar el Tercer Centenario de la muerte de San Luis Gonzaga, logra llevar a Roma en 1891.
Tres años pasaron desde que publicó su iniciativa en la revista El Congregante de San Luis, preparándola con admirable tesón y perseverancia. En agosto de 1888 tenía ya formada la Junta Nacional de la que él mismo era presidente efectivo; honorario y protector, el obispo de Tortosa, y miembros el futuro obispo de Lérida y arzobispo de Granada, don José Meseguer y Costa, a la sazón deán de Valladolid y fundador de varias congregaciones marianas; el lectoral de Burgos, don Zacarías Metola; el catedrático de la universidad de Barcelona, don Juan de Dios Trías y Giró; el de la de Valencia, don Rafael Rodríguez de Cepeda y el director del colegio de vocaciones de ésta última ciudad, don Vicente Vidal.
Actuaba de secretario don Andrés Serrano. Cooperó eficazmente al logro de tan feliz iniciativa, desde las páginas de su famosa Revista Popular, el insigne Sardá y Salvany, quien el 22 de agosto de 1890 escribía a don Manuel:
Excusado es que diga a ustedes que pueden contar incondicionalmente con nuestra humilde publicación para el hermoso proyecto de que se trata. Hablando de él hace poco con el director de los Luises de San Andrés de Palomar, decíamos que con la proyectada peregrinación se puede muy bien levantar el espíritu católico de toda España en el próximo año y promover un acto de gran resonancia 69.
El 21 de diciembre exponía El Congregante en estos términos la significación de aquel homenaje:
Merced a los trabajos coadunados de las congregaciones de San Luis y de las juntas diocesanas y locales de la peregrinación, ofrece la juventud española, hace algún tiempo, el bello espectáculo de buscarse y entenderse, congregándose bajo el nombre de María Inmaculada y de San Luis, para disponerse a hacer a la faz de España y del mundo todo lo que la revolución ha logrado en estos últimos años que se rehuya como cosa vedada. Vamos a hacer un firme y universal acto de fe, y lo vamos a hacer varonilmente, teniendo a mucha honra el abrazarnos, enardecidos, al aborrecido estandarte de Jesucristo, cuando más tiros recibe, cuando más lodo arroja a sus pliegues purísimos la mano desatentada de esa infortunada juventud, en cátedras, libros, folletos y periódicos. Firme y universal acto de fe vamos a hacer, y estamos ya haciendo, casi sin advertirlo, jóvenes españoles. Firme y universal acto de fe, que ha de conmover de alegría las cenizas de nuestros padres; que ha de poner espanto y respeto en el ánimo de los que no piensan como nosotros; que ha de animar el corazón medroso y acobardado de los débiles, y que ha de subir como incienso oloroso hasta el trono del Padre celestial en manos del Angel de España, atrayendo la faz benigna de Dios hacía nuestra nación, y derramando por doquiera las gracias que España necesita para volver a ser la hija predilecta de María y el pueblo amigo de Nuestro Señor Jesucristo 70.
Como preparación y por iniciativa de don Manuel se organiza en Tortosa, para el 21 de mayo de 1891, una procesión de más de 2.000 niños, presididos por el prelado, con banderas y cánticos, que recorrió las calles de la ciudad; y más tarde, un solemne triduo en honor de San Luis Gonzaga; se imprimieron 25.000 estampas del Santo, para repartirlas por todos los pueblos de la diócesis, y se celebró una magna velada literaria. En el mes de junio se cumplía la fecha centenaria de la muerte del patrono de la juventud, pero, a pesar de la ferviente actividad de don Manuel, no se pudo lograr que coincidiese la peregrinación con el acontecimiento que se deseaba conmemorar. El 30 de agosto escribía al agente que para promover la romería había enviado a Madrid: «Aquí estamos recibiendo cada día noticias de contradicciones y entorpecimientos propios de la empresa colosal de la peregrinación. No falta, en medio de ellas, consuelos. No me detengo a explicarlos hoy» 71. Y a principios de septiembre: «Las inercias y descuidos y apremios del tiempo me tienen algún tanto agitado respecto al asunto de la peregrinación, y la mayor parte ha de cargar sobre mí. Además he de estar a la expectativa de todos los otros acontecimientos que después diré. Y quisiera poderme multiplicar, pero no puedo» 72. Los fines de la romería eran: 1.º ofrecer un tributo especial de amor a San Luis. 2.º Servir de base para una federación de la juventud católica de España, con el objeto de promover empresas de fe y propaganda religiosa. 3.º Rendir un homenaje de filial afecto a la Santa Sede.
Si dentro de España fue general el entusiasmo por realizar esta iniciativa, dada a conocer y aplaudida y secundada por la prensa católica, fuera de nuestra patria, en América y en varias naciones de Europa, singularmente en Italia, halló un eco acogedor y provocó estímulos de emulación. El cardenal Mermillod, nombrado por León XIII presidente de la junta internacional para promover ante la juventud católica internacional análogos homenajes, concibió el pensamiento y el propósito de que no sólo los congregantes de España, sino también los de otras naciones europeas acudiesen a Roma en el verano de 1891 para rendir a su santo protector y patrono un fervoroso tributo de pública y universal veneración y cariño.
En Roma llevaba el peso de la propaganda y organización de la romería internacional el padre Nannerini, S.J., con el cual trabó sincera y cordial amistad don Manuel. El 7 de junio de 1890 el cardenal Rampolla dirigió una alentadora carta al prelado de Tortosa, comunicándole que el Santo Padre bendecía el pensamiento de la peregrinación y había tenido palabras de encomio para los iniciadores de la misma.
Monseñor Merry del Val formaba en Roma, con don Francisco Medina y don José Sobrevías, capellanes de Montserrat, una junta auxiliadora de la de Tortosa.
El 13 de septiembre de 1891 hallábanse congregados ya en Barcelona todos los peregrinos. El haberse tenido que diferir la fecha de la peregrinación, a causa de entorpecimientos y retrasos de las compañías extranjeras de ferrocarriles, impidió la asistencia a la misma de gran número –de catedráticos y escolares de las universidades españolas. Con todo, se reunieron más de quinientos romeros de todas la regiones de España. El mismo día 13 celebraron en la iglesia de la Merced una solemne función de despedida en obsequio de, la Virgen. Predicó en ella el padre Fourgóns, S.J., y cantaron el himno de la peregrinación, música de H. Gabriel Palau, S.J., y letra de don Andrés Serrano, cuya última estrofa decía:
¡Romero de España,
de San Luis id en pos,
con San Luis, a Roma,
con San Luis, a Dios!...
El día 14, a las doce y media, en tren especial, partieron de Barcelona despedidos por una gran multitud y por el vicario, general del obispado. El 15, a las siete de la mañana, llegaron a Marsella, donde oyeron misa y visitaron durante tres horas la ciudad. Allí se les reunió el señor obispo de Tortosa, que había de presidir la peregrinación. El 16, a las seis de la mañana, se detuvieron en Pisa por tres horas, y a las seis de la tarde entraban en Roma, donde los recibió un grupo de jóvenes de la colonia española y una comisión de la juventud católica italiana. Los días 17, 18 y 19 los dedicaron los peregrinos a visitar los monumentos de la Ciudad Eterna. El 20, celebraron en la iglesia de San Ignacio, ante el altar donde reposa el cuerpo de san Luis, una solemne función religiosa. Dijo la Misa y, previa una breve plática preparatoria, distribuyó la comunión a los peregrinos el obispo de Tortosa. A seguido, don Manuel dirigió, a los jóvenes una entusiasta alocución.
Por la tarde, a las cuatro, cantaron en el mismo lugar el Trisagio, y el 22 por la noche, en el palacio Ballestra, hubo velada literaria en honor de san Luis con asistencia y colaboración de la junta y miembros de la juventud católica italiana. Recibidos en audiencia por el Papa al día siguiente, el 29 estaban ya de vuelta en Barcelona 73. El 2 de octubre, desde Tortosa, escribía don Manuel a la abadesa de Vinaroz: « ... He llegado esta madrugada. Abatido de cuerpo y espíritu. Dios haga que no lo sea también de alma. Una vez y no más, a no mediar mucha gloria de Dios. Además, 6.000 duros de pérdida en los gastos de la peregrinación. Por lo demás, bien» 74. Y el 8, a don Felipe Tena, que se hallaba en Villafranca del Cid: «Al cura y a los de su santa casa, que oren; pues me dicen que este último viaje me ha puesto en los 70 años ... » 75.
Un deje de melancolía se nota ya en don Manuel. Añádase que, a poco de llegar, el 10 de octubre moría en Valencia su gran colaborador don Vicente Vidal 76. Menos mal que, en compensación, ingresaban en la Hermandad, al siguiente año, el referido don Felipe Tena y el ya conocido arcipreste de la catedral de Madrid, don José María Caparrós, que con este fin había renunciado antes a un obispado para el cual había sido propuesto por el Gobierno
4. Apostolado social
En estos mismos años sigue promoviendo don Manuel aquel apostolado social de sus años jóvenes. Es más, quiere que en ello se vea comprometida la misma Hermandad. «¿Puede la Hermandad –preguntaba a los operarios– en medio de un desquiciamiento general de la nación, actuar, y proponerse como uno de sus objetos, el de contribuir directamente a la salvación de los intereses religiosos, morales y materiales de la localidad o de la nación, sin afiliarse a ninguna bandera política determinada? Si puede, que lo prepare. Si no puede, por la especial naturaleza de ella, que funde o inicie una asociación con estos fines, para el caso de que sobreviniera esta crisis posible» 77. Titulaba esta asociación, de carácter diocesano y nacional, bajo la secreta dirección de la Hermandad, Liga de salvación para la defensa de los mencionados intereses en tiempos de convulsión revolucionaria. Pasada ésta, había de contribuir a consolidar el orden y la paz de los espíritus. En sus esquemas de organización dice que podía llamarse «Liga antianárquica».
En los primeros meses de 1887, andaba preocupado en redactar multitud de borradores en torno a otra iniciativa semejante: una Liga de defensa. Invitaba, para formar parte de ella, «a las personas todas de honradez y buena voluntad» para que, prescindiendo de teorías políticas, «se adunasen, con un espíritu verdaderamente regional, para defenderse, por todos los medios lícitos Y legales, de los atropellos, lo mismo personales que colectivos, extralegales, de que pudieran ser objeto, y para promover caritativamente, por iniciativas particulares y colectivas, los intereses materiales y morales de todas las clases, por los medios que se creyeran prudentes, y desvanecer con ello las prevenciones, conjurar los peligros y remediar las necesidades de ciertas clases sociales ... ».
Proponía don Manuel, para lograr estos fines: 1.º elevar recursos legales contra todo proyecto que pudiera perjudicar los intereses del país, y 2.º, constituir «Ligas de propietarios» para promover empresas útiles e influir en la buena administración municipal. Para el fomento de los intereses regionales: 1.º, creación de una sociedad cooperativa en favor de las clases agricultoras para facilitarles la adquisición de abonos, etc... 2.º, Cajas de ahorro; 3.º, establecimiento de Escuelas de Artes y Oficios; 4.º, fundación de círculos; 5.º, cursos de conferencias científicas, literarias, etc... 78.
Si no pudo dar vida, por falta de cooperación ajena, a esta serie de iniciativas y proyectos, reveladores de su constante preocupación por el bienestar, la prosperidad y la buena armonía de todas las clases sociales, logró fundar, y estuvo funcionando durante algún tiempo, presidiendo don Manuel las periódicas reuniones de la misma, una «Liga espiritual de los hombres de buena voluntad», cuyos miembros debían proponerse, «además de su santificación mayor posible en medio del mundo, velar y propagar las obras de celo» que les fueran propuestas por una junta diocesana encargada de ello expresamente.
Comprometióse a guardar reserva completa con los extraños a la liga sobre la actuación y finalidades de ésta, para evitar así la vanagloria y para poder trabajar con mayor eficacia, sin peligros de recelos y murmuraciones. Figuraban en la liga sacerdotes y seglares y tenían por patronos a la Inmaculada, San José y el Santo Angel de España. Y funcionó, en efecto, tan secretamente, que ni los mismos que convivían con don Manuel, intrigados a veces por lo inexplicable de ciertas reuniones que observaban, llegaron a sospechar el objeto de ellas.
En 1896 escogió don Manuel un grupo de los más distinguidos miembros de la congregación de San Luis y formó con ellos el «Apostolado de la juventud de Tortosa». Según leemos en el libro de actas, quedó constituida la asociación el 23 de, mayo, consagrándose los socios de la misma a Jesús Sacramentado en la misa de comunión, con fervorín, que celebró y les dirigió don Manuel en la capilla privada del colegio de San José. Aparte otras obras de celo, comenzaron a fomentar las catequesis en las parroquias, las escuelas dominicales, el gimnasio, las visitas al hospital y la cárcel, etc... 79.
Malograda pronto esta obra por la angustiosa escasez de operarios, que imposibilitaba para seguir dirigiéndola, más adelante, en 1901, reorganizó don Manuel la Juventud Católica. Desde 1900 le preocupaba este proyecto y venía aplicando por su realización, muchas veces, el santo sacrificio de la misa. Al siguiente año lo puso en ejecución. En la reunión preparatoria, después de haber recordado a sus jóvenes oyentes la génesis, el proceso y las glorias de la primera «Juventud Católica de Tortosa», les decía:
Luego, más adelante, se me colocó al frente de la congregación, y resolví sacrificar mi quietud y hasta mis intereses por el bien de la juventud, no sólo la estudiantil, sino la artesana y labriega, y me engolfé en una empresa superior a mis fuerzas, comprando el terreno y levantando el edificio del gimnasio, contando con un futuro apostolito, don José Rubio. El Señor me lo arrebató pronto, y todos mis esfuerzos se han ido estrellando, debido, en gran parte, a las circunstancias de vuestra edad. A pesar de ello, no me hubiera apartado todavía de este campo, pero otras ocupaciones no me permitían atenderlo, y quería abandonarlo, por si otras manos se sentían con vocación para ello. Pero se nos ha animado a un último esfuerzo, confiados en vosotros, en vuestras buenas cualidades, en vuestro celo y en las esperanzas que vosotros ofrecéis... y nos hemos lanzado a nuevos gastos que, nos abruman. Si no salimos bien de la empresa, no seremos responsables ante Dios de la perdición de la juventud tortosina. Yo, a decir verdad, no tengo gran confianza. Necesito ver ya para tener fe. Sé, por experiencia, las dificultades que se presentan para evitar los inconvenientes de rencillas, ligerezas, enfados, aburrimientos... Con todo, se quiere hacer un llamamiento, y se ha pensado en vosotros, para que seáis unos apóstoles...
Tenemos a la juventud ilustrada de hoy, hijos ya de aquellos para mí tan amados discípulos, y la vemos en la inercia e inactividad, cuando precisamente nos amagan circunstancias que, si no tan violentas como entonces, pueden ser, por lo mismo, más peligrosas... Estamos en circunstancias análogas de lucha, y por lo tanto, he creído oportunísimo proponer lo que en aquella época dio tan buenos resultados para el bien social de Tortosa, y para el bienestar de los propios jóvenes, que no han perdido la estrella de la fe, y en ella encontramos su consuelo y recuerdan con fruición aquellas campañas... No vengáis, si no os resolvéis. Pero, si os resolvéis, no habéis de ser soldados de fila, sino jefes de la bandera de Jesús... 80.
En junio de 1901 tenía ya en marcha la asociación, y poco después escribía:
He iniciado en ésta la Juventud Católica, y les he dado al magistral por consiliario, y por vice–consíliario a Bellpuig. Lo han tomado con fruición v tienen cincuenta estudiantes de carrera buscando local y dinero por esta ciudad. Espero mucho de la empresa en bien de esta disipada juventud. Haga un memento al Angel de España 81.
Las obras del templo de Reparación de Tortosa le hicieron conocer más de cerca la necesidad de preocuparse por la suerte de los obreros y se lanzó de lleno a trabajar por el bien de ellos. Ante el triste espectáculo de su situación espiritual, desmayaba su ánimo.
Cuando yo recuerdo –les decía en una conferencia– los años de mi niñez y los primeros de mi juventud, y recuerdo las grandes masas de labradores jóvenes de Tortosa agrupados alrededor de los confesionarios en las grandes festividades, la fe y la humildad junto con la jovialidad y alegría santa de nuestros artesanos, antes del 52, en que eran cor unum et anima una, un corazón y una alma, cuando se reunían los domingos y días festivos, entregados a diversiones todas ellas de buen genero..., no me siento con fuerzas para sanear la atmósfera de mi patria pecadora 82.
Con todo, puso manos a la obra de una «Liga popular para la defensa de los intereses propios y de las clases menesterosas». Desde los primeros días de enero de 1902 comenzó a poner, y continuó poniendo innumerables veces en los anos siguientes, entre las intenciones de la misa, ésta de la cuestión social de obreros y patronos. El 14 de aquel mes le llamó el prelado para que estudiase la posibilidad y discurriese sobre el modo de establecer cooperativas para los primeros. El 17 de mayo decía a uno de sus operarios, dándole cuenta de su actividad social:
No puede pensar mis tareas de estos tres días anteriores por la cuestión obrera de éstas, que me preocupa, y quisiera arrancarla de las garras del socialismo en esta localidad ... Y me desalientan todos y yo no quiero abandonarlo, y provoco conferencias ... No sé si podremos romper esas mallas, en bien de esas pobres y desgraciadas masas... Dígalo a Jesús y al Angel de Tortosa. Veremos 83.
Aquel mismo año trabajó también por establecer una «Liga Católica». El 24 de marzo le escribía desde Arnes el abogado tortosino don José María de Salvador:
Mi muy respetable y querido mosén Manuel:
Me apresuro a devolverle el adjunto proyecto antes de que usted se marche y a mí se me traspapele. Nada tengo que decirle respecto a él, sino que me tiene incondicionalmente a su disposición para ponerlo por obra. En cuanto a la realización práctica de la idea que con él se persigue, me parece que esa idea es demasiado limitada y en cierto modo egoísta, y que Dios exige más del grande corazón de usted. Por lo mismo que las masas ya no son nuestras, hay que reconquistarlas; y como reconquistarlas de la presente generación ha de ser sumamente difícil, deben encaminarse principalmente nuestros esfuerzos a formar católicamente la generación futura. La liga proyectada será, sin duda, un medio muy eficaz para contener más o menos la revolución, mas creo que no impedirá su triunfo...
Le sugiere que no se ponga la mira tanto en los ricos como en los obreros y, añade:
Piense que Dios le pedirá cuenta si no nos hace trabajar, y si no dedica algún tiempo a organizar algún plan para poder hacerlo con fruto. Poca cosa somos los amigos en ésa: pero mucho consuela el que ahora, al menos, todos estamos animados de buenos deseos, y, lejos de contrariarnos mutuamente, gozamos en aunar nuestros esfuerzos. Aprovéchese, pues, de ellos y no dé lugar a que se enerven las fuerzas con la inacción 84.
Con la colaboración del mismo señor De Salvador fundó un «Patronato de obreros o Liga de propietarios para promover los intereses materiales y morales de los obreros y para defenderse (o resistir) las imposiciones injustas de los mismos, que atenten a la libertad de dichos propietarios en las obras que quieren ejecutar», haciendo actuar en esta institución –cuya cuota mensual pagó don Manuel hasta su muerte– a los principales señores de Tortosa.
De los esfuerzos mancomunados de don Manuel y del señor De Salvador, surgió también un «Círculo Católico» 85.
El 18 de junio de 1903, el, señor De Salvador escribía a don Manuel, que se encontraba convaleciendo en Valencia: «El proyecto de Patronato' marcha, efectivamente, muy bien por ahora. Los estatutos se hallan ya terminados, y ha gustado mucho al señor obispo, y se halla conforme en mandarlos plantear como cosa de su iniciativa. No deje usted de encomendar este asunto a Dios en sus oraciones para que, si así conviene, termine tan bien como ha comenzado. Anteayer tuvo lugar en Palacio la reunión magna, convocada para la formación de la 'Liga Católica'. La concurrencia fue tan numerosa y escogida y variada como jamás se había visto» 86.
Establecido el «Círculo Católico de obreros», discurría don Manuel, escribiendo el croquis de una conferencia que pronunció sobre esos círculos:
Es inútil discutir sobre círculos de obreros y su conveniencia. Los unos los combaten, los otros los apoyan. Hemos visto personas muy buenas y, sin embargo, de criterios opuestos. Dos son las causas: 1.º El espíritu de innovación. 2.º Los resultados. Innovación: No comprenden la época. Cada época tiene su fisonomía. Nuestra época ha perdido el carácter de vida de familia; el enemigo ha sacado al varón del seno de la familia, y le ha abierto centros de disipación, y los ha organizado. Es un mal. Sin embargo, existe: y, lo que es peor, no se remedia. Hay que darle, pues, una medicina. Como tal, pues, los círculos católicos son una necesidad. Hay que convertir esta necesidad en bien; y cultivar estos centros, que son una necesidad, para convertirlos en centros para Cristo. ¿Y qué duda hay, si contamos ya con la aprobación de la Iglesia? ¿No ha bendecido al conde Mun, ese apóstol infatigable, que ha levantado al lado de los centros socialistas otros formidables centros, que pueden ser la regeneración de Francia? Se dirá que nuestra España no está en esas condiciones todavía. 1.º Debemos responder que, si no está hoy, lo estará dentro de poco. Y se establecerán después que venga el mal. ¿Qué pueblo hay donde no haya cafés influidos por la masonería, con periódicos y revistas? 2.º ¿No es mejor adelantarnos?
La otra cosa que ha hecho temibles los círculos, es el peligro que llevan en sí. Por una tendencia natural, hija del pecado original, tendemos a la emancipación, a la independencia, al mal. Somos democrático! por naturaleza; y de aquí que, en círculos empezados con la mejor intención, luego entran las ambiciones, las rivalidades. Además, el enemigo malo tiende a malearlos, y en muchas partes la misma ,masonería se ingiere, pone la mano y los convierte en centros de impiedad. Los buenos se retiran, y el campo queda para los malos, y organizado. En Tortosa, ¿qué ha sucedido a estos centros? Este sí que es un mal; ¿pero no puede precaverse? Sin duda. ¿Cómo? Fijando bien las bases del reglamento, poniéndolas al amparo de todo vaivén con el principio de autoridad. ¿Serán círculos católicos? Pues que lo sean; y pueden serlo también. Muchos círculos se han desvanecido por esto. Además, una federación...
Al efecto se ha pensado en solidar los círculos, mediante un fuerte reglamento en sus bases generales, como son: objetos, elección de junta, intervención inmediata y constante de la autoridad eclesiástica y parroquial; bien que en lo accidental pueden proponerse innovaciones en cosas susceptibles de alteración, como cuotas, clases de juegos, bebidas, etc. 87.
A raíz de la muerte de don Manuel, decía don Buenaventura Pallarés: «El inició el primer círculo católico que hubo en esta ciudad, en donde patronos y obreros le rodeaban, dispuestos a seguirle en su máximas y prácticas religiosas». Y don Luis de Travy escribía:
He leído con íntima pena la muerte del virtuosísimo varón don Manuel Domingo y Sol, al que si veneré en el breve tiempo de mi conocimiento con él por lo esforzado y heroico de sus actos de enérgica acción católica, estimé en el alma, admirando la suya, consagrada toda y exclusivamente a las batallas por Cristo... 88.
III. SU INTERÉS POR ESPAÑA
1. Por una España más católica
Preparando la peregrinación luisiana de 1891, don Manuel aludía desde El Congregante a la «España, que jamás ha cedido a otra nación en todo lo que se relaciona con los intereses de la Iglesia», y que «no puede desmentir en esta ocasión, como no desmentirá el renombre de católica que ha adquirido a la faz del mundo» 89. Como le interesa a principios de su apostolado 90, le sigue interesando también ahora, en los años más moderados de la Restauración, pero cuando todavía teme las maquinaciones de la revolución y de la masonería. Igualmente hace lo posible para infiltrar tales anhelos y preocupaciones en el alma de sus operarios. De varías de sus cartas a algunos de ellos, escritas por este tiempo, copiamos algunas frases significativas:
–No he recibido aún carta de Chilapa. Creo que los nuestros no podrán ir aún por agosto, sobre todo por la situación de España. ¿Ya sabe usted rogar mucho por nuestra pobre patria? Me tienen afectado los grandes intereses de nuestra nación y de las almas que peligran.
– ¿Ya oran por España esos chicos? Estoy apenadísimo, y no vemos más que el caos. ¿Qué querrá Jesús de España?
– ¿Ya hacen rogativas por la España desdichada?...
–Me tiene apenadísimo la situación de España, y no quisiera saber ni que me digan noticias. Oraciones, muchas. ¿Qué querrá Jesús de nosotros? Si esa pena nuestra es para su gloria, hágase la voluntad de Jesús. Propague el Santo Angel. –España. Vamos a lo desconocido y me tiene inquieto y amargado esta situación. Valencia es hoy la ciudad más temible de España, porque es la más trabajada por la secta, y organizada e insolente: baste decir que hasta Osuna ha llegado a estar poseído de pavor y me quitó a mi Jesús Sacramentado de la capilla por si venían los revolucionarios.
–No sé si la revolución española ha dado la consigna ya, creyendo que es su hora para barrer todo lo existente. Si es así, habremos de buscarnos un rinconcito en Méjico, si no tienen por ahí, en Roma, algún cuarto desocupado. ¡Rueguen por España!
–No dejen de orar por nuestra España y por los buenos prelados del Senado. Jesús y el Angel de España les dé acierto.
Idénticas recomendaciones que a sus operarios, hacía don Manuel a sus hijos espirituales, puesto su pensamiento en el bien y en el amor de la patria:
–No te olvides de la pobre España. Si esto que hay va mal, temo que sufran mucho los intereses de Jesús.
–Con que, oraciones muchas de usted y de mis otras almitas santas. Sobre todo, no me olviden a la pobre España.
–Pero, sobre todo –decía a unas religiosas una noche de Navidad–, procuremos importunar al Corazón de Jesús, para que mire con ojos de compasión a nuestra pobrecita España, a la que esperan quizás días amargos ... » Y en un sermón de la Inmaculada: «¿Quién podrá calmar nuestra agitación? ¿Quién podrá cicatrizar las Hagas que el espíritu del mal está haciendo en el corazón de nuestra España? ¡María Inmaculada! ¡Sólo Ella!...
Un año, el día de la festividad de santa Teresa de Jesús, exclamaba: «Pedidle a la Santa por las necesidades de la patria, agobiada por tantos quebrantos por manejos de la secta impía, y recordadla que es su patria. ¡Decidle a Jesús que no debe perecer la tierra que produjo esa planta!» 91.
«¡Iglesia santa de España! ¡Patria mía querida!», exclama en una de sus peregrinaciones a Roma; «todavía hay raíces de fe en ti, Patria mía, que son gérmenes de grandísima esperanza..., sobre las ruinas de nuestras antiguas glorias levantaremos nuestras tiendas... y enardecidos por el deseo del bien de nuestra Patria, nos convertiremos en apóstoles del Corazón de Jesús para que reine sobre ella ... ; nos lanzaremos a la pelea para devolver a España su antiguo esplendor. Este es nuestro deseo, y esta es nuestra esperanza» 92.
2. Haciendo un poco de política
Don Manuel, como hemos apuntado en otro lugar, pertenece a esa mayoría de sacerdotes españoles, conservadores y con matices más o menos tradicionalistas. Reaccionarios a toda idea republicana, buscan en la monarquía la solución del problema político español y no es raro que se inclinen a veces por la dinastía carlista frente a la restaurada monarquía constitucional alfonsina.
Buen número de clérigos en las últimas décadas del siglo se hallaban profundamente divididos en dos bandos antagónicos: el de los carlistas, dentro del tradicionalismo original que seguía al pretendiente don Carlos, y el de los integristas, seguidores, en el mismo carlismo, de la extrema derecha radicalizada, que acaudillaba don Ramón Nocedal, y cuyo órgano de expresión era El Siglo Futuro, que en su postura extremista llegaba a criticar y aun a desobedecer a los jerarcas eclesiásticos y a sus documentos públicos, aun los de Roma, tachándoles de demasiado benignos y condescendientes. Don Manuel estaba por lo primeros y a veces, si bien de manera velada, nos hace sentir sus opiniones:
Aquí no pudimos tener esbrafada 93 ninguna en la cuestión de El Siglo Futuro. Sólo con don Timoteo y don Ignacio Guillén. Este me dijo que obispo hay y enemigo de Nocedal, que sin embargo estaba y pensaba como él en alguna de las proposiciones injuriosas, porque de otro modo se van cercenando las facultades de los obispos... ¡Qué importancia la de El Siglo Futuro que, a pesar de los disparates a montón que todos los días ponen los diarios católicos, como La Epoca, El Imparcial, etc., etc., sólo en El Siglo, se fijan acechando algún lapsus en la Nunciatura y en la misma Roma, como que la Santa Sede (y me alegro) va resumiendo toda jurisdicción (y lo creo conveniente, atendido el estado de los episcopados nombrados a propuesta por los Patronos); por esto el latigazo, aunque dirigido a El Siglo Futuro, es una doctrina que han querido sentar para que lo sepan los obispos, pues en la actual disciplina no estaba muy claro esto. Es opinión mía tan solo 94.
En uno de sus viajes a Italia, don Manuel no dudó en acercarse a Venecia para saludar personalmente al Pretendiente; lo que hizo muy poca gracia tanto a la embajada española en Italia como al Gobierno de Madrid 95.
Y, por lo que a política se refiere, si es que en ella podemos encajarlo, reproducimos una especie de programa abierto, que hemos encontrado entre sus papeles. Son dos documentos sin fecha, un borrador de letra de don Manuel y una copia del mismo en limpio, algo retocada y de distinta mano. Llevan por título, el primero: La dinastía. Primates de los partidos. Rampolla; y la segunda: Temas y hechos.
Por la referencia que se hace del cardenal secretario de Estado del papa León XIII, monseñor Rampolla, creemos que se trata de un parecer que le pidieron a don Manuel desde la Secretaría Vaticana, bien directamente o bien por mediación de su gran amigo monseñor Merry del Val. Sea lo que fuere, no deja de ser un documento excepcional, hasta ahora inédito, de lo que sobre España y las relaciones Iglesia–Estado pensaba por entonces don Manuel. Lo reproducimos, pues, íntegramente:
Temas y hechos
1.º Representante de la Santa Sede debe tener siempre interés y honrar y venerar al Jefe de Estado sea rey absoluto, o constitucional o presidente de república puesto que ha sido aceptado por él; pero sin necesidad de alardes de excesiva benevolencia, que pueda ofrecer demasiado a las entidades no afectas a él.
2.º La República ha de venir atendida la extensión de estas ideas y las corrientes en las naciones latinas, con más razón por cuanto la actual Dinastía constitucional no gobierna sino gobiernan los ministros como sucedería en la República.
3.º Esta República con sus radicalismos, vendrá cuando lo crea oportuno la masonería universal, que es probable sea antes de los veinte años que Vd. augura,
4.º Esta oportunidad vendrá cuando se crea que las masas están preparadas para ello. Alrededor de la cual República bailarán igualmente los partidos políticos actuales, los cuales viven y vivirán sin programas definidos y que no forman hoy más que cuerpos de personas que tienen por fin vivir de la política.
5.º Aquella preparación se va logrando con las libertades prácticas de libertad de cátedras y de imprenta, y con golpes graves contra la Iglesia y contra los sentimientos religiosos, los cuales van embotando los arranques religiosos de las masas y el ardor de la fe.
6.º Los antedichos golpes han de ir viniendo lo mismo que dominen los liberales y demócratas que los conservadores, si bien éstos con más lentitud.
7.º Las masas honradas y católicas están dispuestas a ir contra todos los Gobiernos en las actuales instituciones y circunstancias; y sobre todo la generalidad del clero, que ha perdido la fe por igual en todos y más en los conservadores.
8.º La Historia dice que la actual Dinastía por su origen y por su historia fue y ha sido tomada por bandera de la revolución, mansa o fiera, y que por su situación y estado actual de cosas debe vivir necesariamente por el apoyo de los Gobiernos liberales, todos los cuales desde su principio han sido fruto y eco de la secta masónica, que más ha podido prevalecer en cada caso, (época, acontecimiento). Nota: Véase la Historia de las sectas se cretas por La Fuente 96.
CONSECUENCIAS
1.ª Que son de ninguna eficacia para el porvenir de la Iglesia de España las combinaciones y aun tratos que tengan por base los primates o personalidades políticas, expuestas a desaparecer con la muerte o ser contrariadas por cualquier acontecimiento y sujetas además al instinto e imposición de partido. Sería curar los males con paños calientes o detener una corriente con palillos de ocasión. La experiencia lo ha enseñado y debe ser así.
2.ª Que debe pensarse en una base de acción política, que esté libre para obrar lo mismo en las actuales instituciones como en cualquier otra forma de Gobierno que venga, y en catástrofes que puedan sobrevenir, y que vaya creando atmósfera antiliberal como la que está creada en las masas todas de hoy contra todo Gobierno que venga.
REMEDIOS
1.º Tal vez podría bastar formar un partido católico o más bien solidaridad católica sin vistas a ningún partido de los actuales ni a unión con ninguno de ellos, sino refractario a todos; y sin pretensiones de ser gobernables, que por hoy, y atendido el modo de ser establecido en tantos años y en la red extendida por todas partes, sería mejor no llegar a gobernar; pero que forme un núcleo fuerte y activo para imponer o hacer miedo a cualquier Gobierno y obtener ganancias positivas para la Iglesia y la Patria.
2.º Tal vez para lograr imponer por sí mismos candidatos, podrían éstos, deponiendo afecciones personales y aun dinásticas, nombrar en cada diócesis una junta electoral católica, pero que sea junta de verdad, compuesta de uno o dos carlistas, uno o dos integristas y uno o dos neutros y aun pertenecientes a algún partido de los actuales, que no dejan de haber en ellos personas de profundas ideas y aun prácticas religiosas; y dicha junta, Presidida por un sacerdote político y bien visto de todos, para que ella indique candidato católico netamente, y si este no pudiese ser de cualquier otro partido que sea un mal menor para el bien de cada distrito o región, obteniendo solamente la venia verbal del prelado y así presentar la candidatura sin discusión ninguna a los católicos. Así quedaría libre el prelado de compromisos ante el Gobierno, aunque todos sabrían su anuencia. Debería exigirse además, no siendo netamente católico, una declaración de mirar por el bien de los intereses de la Iglesia.
3.º Fomentar dicha solidaridad actos públicos de entusiasmo, romerías independientes de manos ocultas de los partidos actuales.
4.º Permitir y no combatir las peregrinaciones y otros actos que puedan promover los partidos que se llaman hoy católicos, aunque no sean bendecidos o apoyados ostensiblemente por los obispos.
5.º El apoyo de este núcleo o unión a cualquiera de los partidos liberales actuales, no servirá más que para apuntalar un poco la Dinastía, cuando la existencia de este Trust o Bloque católico independiente sería más a propósito para la conservación de la misma Dinastía, puesto que no se propone ninguna y evitaría que pasara a desleírse dicho núcleo en ningún otro partido liberal. De aquí que la pregunta única que V. hace o propone de si el representante 97 debe apoyar persona que atraiga las masas al partido conservador, opino y opinan todos que no, sino manifestarse indiferente para no entorpecer el Bloque católico y como se ha dicho desleírlo y desaparecer.
CONSEJOS
No es preciso manifestar ostensiblemente confianza o afecto a los partidos católicos; pero sí se puede y debe no darle bastonazos públicos, como más de una vez se ha hecho y basta sepan los primates que no se les tienen prevención, ya que no sea holgarles» 98.
NOTAS
1. E.II, Cartas, 13.º, 254.
2. Ibid., 255.
3. Ibid., 272.
4. Ibid., 266.
5. Ibid., 15.º, 196.
6. A. Torres, Vida, 516.
7. Ibid., 516–517.
8. Ibid., 517–518.
9. Ibid., 518–519.
10. E.II, Cartas, 1.º, 111.
11. Pajar, almiar.
12. No te quejes.
13. E.II, Cartas, 13.º, 53.
14. Flor de calabaza.
15. E.II, Cartas, 13.º, 67.
16. A. Torres, o. c., 521.
17. Correveidiles.
18. RAH «Cartas a don Manuel», carp. 11, leg. 1, doc. 1.
19. E.II, Cartas, 16.º, 4.
20. Mochuelo.
21. E.II, Cartas, 16.º, 17 y 18.
22. A. Torres, o. e., 522.
23. E.II, Cartas, 16.º, 23.
24. A. Torres, o. c., 522.
25. E.II, Cartas, 16.º, 70.
26. Ibid., 85.
27. A. Torres, o. c., 526.
28. E.II, Cartas, 1.º, 135.
29. Pasteles.
30. A. Torres, o. c., 527.
31. E.II, Cartas, 3.º, 93.
32. A. Torres, o. c., 679 ss.
33. E.III, Varios, 7.º, 101.
34. E.II, Cartas, 9.º, 179.
35. Ibid., 173.
36. En E.III, Varios, 1.º, 60–61 pueden verse diversos «Proyectos, bases y reglamentos» para la «Obra española de Reparación al Corazón de Jesús Sacramentado», «Obra de amor Y reparación al Corazón de Jesús Sacramentado», «Corte de amor y reparación al Corazón de Jesús Sacramentado», etc., de donde sacamos las frases anteriores. En Madrid don Manuel trata de adquirir para este propósito la capilla de San Andrés, llamada del obispo, cerrada en aquel entonces.
37. E.II, Cartas, 9.º, 197, 207 y 214.
38. RAH «Cartas a don Manuel», carp. 18, leg. 12, doc. 1.
39. E.II, Cartas, 10.º, 170.
40. E.III, Varios, T', 101.
41. E.II, Cartas, 1.º, 53.
42. RAH «Cartas a don Manuel», carp. 18, leg. 12, doc. 2.
43. E.I, Predicación, 5.º, 52.
44. En 1879, fecha en que estaba convertida en teatro, la compró al Estado el obispo Aznar y Pueyo. Había servido también después para sede de la Juventud Católica.
45. Catalanismo: desasosiego, impaciencia.
46. Escondida.
47. Se refiere a la iglesia de Santo Domingo.
48. No hemos dado con esta carta. La cita A. Torres, o. c., 690.
49. Carta 1 noviembre 1900: RAH«Carta a don Manuel», carp. 18, leg. 12, doc. 9.
50. E.II, Cartas, 13.º, 276
51. E.II, Cartas, 14.º, 64
52. Ibid.
53. RAH «Cartas a don Manuel», carp. 17, doc. 12.
54. E.II, Cartas, 15.º, 11.
55. Ibid., 82.
56. Linda.
57. E.II, Cartas, 15.º, 313.
58. Ibid., 16.º, 197.
59. A. Torres, o. c., 694.
60. E.II Cartas 16.º, 179
61. RAH «Cartas a don Manuel», carp. 17, leg, 12,
62. E.II, Cartas, 17.º, 244.
63. Carta a Rosalía Montagut, diciembre 1903: Ibid., 16.º, 189.
64. Hazlo bien y lee silabeando bien.
65. Citas de A. Torres, o. c., 696–698.
66. En carta a don Juan Bautista Calatayud, de 18 noviembre 1896: E. II, Cartas, 9.º, 216.
67. A. Torres, o. c., 529 s.
68. E.II, Cartas, 4.º, 107.
69. RAH «Cartas a don Manuel», carp. 2, leg. 47, doc. 5.
70. El Congregante (diciembre 1890) 2.
71. E.II, Cartas, 4.º, 110.
72. Carta a don Jesús Herrero, s.d.: Ibid., 118
73. Recogemos estas noticias de varios impresos y manuscritos de don Manuel, en E.III, Varios, 2.º, 85, 86 y 102, publicados también en El Congregante.
74. E.II, Cartas, 4.º, 128.
75. Ibid., 130.
76. Sobre sus últimos momentos y su muerte, cf. cartas de don Manuel a diversos operarios del día 9 de octubre de este año (Ibid., 131, 132 ss.).
77. Cf. E.III, Varios, 5.º, 91 s.
78. Ibid., 5.º, 94.
79. Ibid., 8.º, 90–93; 100.
80. Ibid., 5.º, 97.
81. E.II, Cartas, 14.º, 142: carta de 28 junio 1901 a don Juan Bautista Calatayud.
82. E.III, Varios, 5.º, 97.
83. E.II, Cartas, 15.º, 130.
84. RAH «Cartas a don Manuel», carp. 10, leg. 3, doc. 26.
85. E.III, Varios, 8.º, 107.
86. RAH«Cartas a don Manuel», carp. 11, leg. 6, doc. 19.
87. E.III, Varios, 8.º, 105.
88. A. Torres, o. c., 538.
89. El Congregante (octubre 1890) 1006.
90. Cf. supra, p. 86.
91. Las recoge A. Torres, o. c., 870–871.
92. E.III, Varios, 5.º, 99.
93. Equivalente a «desahogo».
94. E.II, Cartas, 2.º, 19.
96. V. de La Fuente, Historia de las sociedades secretas antiguas y modernas en España y especialmente de la franco–masonería, Lugo 1870–1881.
97. El borrador pone «Nuncio».
98. E.III, Varios, 5.º, 127 y 128. El borrador, con tachaduras y correcciones, responde casi por entero a la copia a que va unido. Al margen se indica también. «Serrano».
Don Manuel alude repetidas veces a la influencia de la masonería y se pone en guardia contra ella. «Al dar una mirada por el mundo –habla ahora a la juventud católica ; al mirar las ruinas que en el orden religioso ha causado la impiedad.... ninguna de esas ruinas
me parecen más lamentables que las causadas por la masonería entronizada en las huestes de operarios de la viña del Señor (Ibid. 125).
18
Enfermedad y muerte de don Manuel
I. PREPARÁNDOSE PARA EL ENCUENTRO
1. Segundo capítulo general de la Hermandad
Durante el año 1904 mejoró mucho la salud de don Manuel, pero no la recobró del todo. El 4 de abril, decía:
No sé cómo se me pasa el día sin hacer nada, y sobre todo, nada bueno. Jesús me quiere muerto y mortificado, y yo quisiera vivir para maniobrar, y me mortifica no poder hacer siquiera mis oficios de Semana Santa tan queridos... 1.
El 21 de aquel mismo mes emprendió un largo viaje a Valencia, Murcia, Orihuela, Toledo, Cuenca, Madrid, Sigüenza, El Escorial y Astorga. El 19 de mayo llegaba a Burgos, desde donde escribía el 23:
He podido soportar el viaje y a pesar de ir dos noches en el tren. Esto prueba que está lo coret más animoso, aunque no quiere aumentar sus débiles pulsaciones. Jesús ha escuchado las oraciones de las almas buenas, dándome plazo para que me ha santo, y no sé si lo logrará... Dos veces me ha dicho M... que ya no me verá, le contesté que no será profeta, pues parece que Jesús no quiere que me muera aún 2.
Y no lo quiso, en efecto, pero ya no volvió a gozar don Manuel de salud completa. Presenció en Burgos, desde los balcones del palacio arzobispal, el 2 de junio, las fiestas del Corpus, y el 3 asistió al Corpíllos en las Huelgas; pero el 8, al atardecer, sintióse indispuesto y cayó enfermo con una ligera gástrica. Llamaron al médico y éste, tomándole el pulso y volviéndose a la monjita que le asistía, no pudo menos de exclamar: «¿Cómo vive este hombre? y ¿cómo no piensan en darle el viático? Está muy mal y puede morirse». Con todo, pudo recuperarse, y el 20 sale de nuevo para Tortosa, desde donde escribía el 23:
Recibí la suya en Burgos y luego caí enfermo de gravedad el 8 de éste y estuve dos días en cama y el Corazón de Jesús obró otro milagro en mí. Anteayer llegué muy fatigado. Así, ore y diga algo 3.
Y en esto llegó el mes de agosto, en que debía celebrarse en Valencia el segundo capítulo general de la Hermandad. De tiempo atrás venía acariciando don Manuel la idea de dimitir del cargo de director general de la misma. El año anterior, en el mes de abril, hallándose convaleciente en Valencia, emborronó, como por distracción, unos apuntes, en que manifestaba su decidido propósito de que, por el precario estado de salud, se le jubilara del gobierno de la Hermandad. El 5 de junio y 10 de julio de 1904 escribía al rector del colegio de Roma:
Voy siguiendo regular, Como, duermo y paseo bastante: pero este coret no acaba de entonarse ni subir más de las 36 a 38 pulsaciones. Dicen que es porque empiezo otra vez a trabajar demasiado, aunque no lo creo. Esto prueba que ha de pensarse seriamente en relevar esta carranca, y conviene. Voy siguiendo no más que regular... Ha sido un nuevo milagro mi nueva curación o convalecencia, pero creo debería relevárseme, pues sufro de no poder atender a todo 4.
El 12 de agosto se celebró en la sala rectoral del colegio de Valencia el segundo capítulo general de la Hermandad. Fue unánimemente reelegido superior general don Manuel, el cual, antes de aceptar nuevamente el cargo, pronunció una razonada exposición de motivos para que le dispensaran de seguir al frente de la Hermandad:
He estado siempre convencidísimo de que, faltando yo (y no es efecto de humildad), la Hermandad irá mejor... Una cosa es la iniciativa, que Dios da a quien quiere, y otra es la conservación y el desarrollo, que Dios concede a los que elige para ello. Alius est qui plantat... Con este convencimiento, al ocurrir el golpe de mi enfermedad, y más aún durante mi convalecencia, resolví irrevocablemente dejar el cargo, llegada la elección. Y me causaba fruición el pensamiento y veía sus muchas ventajas para mí, y sobre todo, para nuestra Obra. Para mí, porque se me presentaba como un descanso; además, me halagaba quitarme el peso de la responsabilidad, que cada día me intimida más ante Dios; y porque, como alguien dijo: «No es saludable ni lo mejor a los que tienen ciertos cargos o autoridad, morir en ellos, para que así tengan tiempo de escarmentar y hacer penitencia de sus deficiencias y descuidos antes de morir ... » No obstante, para poder decir que non recuso laborem, quise consultarlo... 5.
Hasta aquí llega la minuta autógrafa de don Manuel. Por las actas del capítulo, sabemos que hizo algunas observaciones y ruegos a los operarios electores, para decirles que no aceptaría el cargo sino después de nueva votación, cuando hubiesen meditado bien las razones que acababa de exponerles, y con la promesa de redoblar sus esfuerzos en el cumplimiento de sus respectivos cargos y en la observancia de las constituciones y del reglamento, a fin de suplir las deficiencias que pudieran originarse de la falta de salud suya. Opusiéronse los electores a la idea de repetir la votación, ofreciendo, en cambio, todos su ayuda para hacerle menos pesada la carga del gobierno de la Hermandad. Aquietóse don Manuel con esta promesa y aceptó el mandato. Fueron elegidos para miembros de la Junta directiva, don Francisco Osuna, don Elías Ferreres y don Benjamín Miñana; para prefectos de estudios, don Esteban Ginés, y don Juan Bautista Calatayud, y para administrador general, don Luis María Albert. Escogió luego don Manuel para socio o vice–director, a don Francisco Osuna.
2. Recaída en la enfermedad
El 16 de diciembre de aquel año sobrevino a don Manuel una amenaza de ataque apoplético. Hasta el 3 de mayo de 1906 no pudo celebrar la santa misa; solo, sí, comulgar, y no siempre, unas veces en su habitación y otras en la capilla interior del colegio. Durante los meses de julio y agosto de 1905, pasó unas semanas en Valencia y en Benicasim, únicas ausencias que hizo de Tortosa.
El 5 de octubre de este año, en carta a otro operario, revelaba don Juan Estruel una de las mayores mortificaciones que la enfermedad proporcionaba a don Manuel:
Don Manuel, por ahora, sigue bastante bien, aunque no celebra todavía. Comulga algunos días y empieza a rezar. Dado su carácter, le es un martirio el tener que estar sin hacer nada. Así, que muchas veces quebranta la regla y luego lo paga...6.
En julio de 1907, a la vuelta de su último viaje a Roma, pudo disfrutar don Manuel de su acostumbrada temporada de baños en Benicasim, y en agosto asistir en Valencia a la reunión de los operarios, a los que hizo el último día un fervorín. Seguía gozando del consuelo de celebrar el santo sacrificio de la misa, pero su salud era muy deficiente. El 30 de abril de 1908, decía a una religiosa:
Varias veces he preguntado por usted, y siempre he sabido que puede decir con el Apóstol: Christo confixa sum cruci. Paga actos de conformidad, aunque sea sin devoción sensible, y le bastará. Yo también vivo crucificado en mis molestias y achaques, pero no sé si es con Cristo. Así, no me olvide ante El. Yo ya le enviaré alguna bendición. Afectos a todas esas almas santas 7.
Y el 9 de junio, escribiendo a otra religiosa, hace como un recuento de su vida, al ver que se le avecina la muerte:
... Recibí tus letritas de felicitación, tan exuberantes y jóvenes como hace esta cuarentena de años que Jesús puso a mi cuidado las tres primeras flores de ese jardín. Pero no lo recordemos porque esos años me caen encima y me espantan ante el juicio de Dios al pensar lo mal empleados que han sido, cuando debía haber llenado la tierra de la gloria de Dios y he hecho tan poco. Por Dios, ruegue siempre por m¡, que tengo mucho temor. Como más va, más me parece alejada la muerte, y no es bueno, pues los viejos vivimos de ilusiones y aun vivimos siempre con las raíces hacia la tierra a pesar de tantos desengaños y de tantos recuerdos tristes y de tantas espinas... 8.
El 9 de noviembre escribía a la abadesa de Benicarló:
No me creerá si le digo que mi cerebro no ha tenido cinco minutos de descanso en todos estos días, por proyectos de Reparación, de Gil de Federich, y de conferencias para adquirir por escritura el palacio de San Rufo, y otras cosas... Ciertamente, me conviene, no sólo salir un día, sino una temporadita, para aquietar mis nervios y sosegar los vahídos de mi cabeza, pero no podrá ser hasta de aquí a unas semanas, que pueda dejar satisfechas mis ambiciones 9.
El ocaso de la vida de don Manuel coincidió con un notable mejoramiento de su salud. Sin menoscabo sensible de ella, trabajaba mucho, y con la facilidad y expedición que en sus buenos tiempos atendía al gobierno de la Hermandad, y todavía encontraba ratos libres para dedicarse al proyecto y organización de nuevas obras. Hasta última hora se preocupó de los intereses espirituales del pueblo de San Mateo. «Unos ocho o diez días antes de morir don Manuel –dice el sacerdote don Juan Marín, en quien aquél tenía grandísima confianza– me escribió para comunicarme sus deseos y propósitos de que me trasladara de Villafranca a San Mateo para ser confesor de las agustinas y dirigir las obras de celo que allí tenía montadas. Que lo arreglaría él con el prelado, pero que aceptase su intimación» 10.
La glorificación de su santo paisano el nuevo beato fray Francisco Gil de Federich, se llevaba la mayor y mejor parte de la actividad de don Manuel por este tiempo. Ofrecióse al cabildo para costear la imagen del beato, a condición de que designase en la catedral un sitio a propósito para exponerla a la veneración de los fieles.
Alcanzada esta gracia, dedicóse por entero a organizar las fiestas religiosas. Comprometió para predicadores al chantre de Lérida don Rafael García y al carmelita padre Ludovico de los Sagrados Corazones, que aceptaron la invitación de don Manuel, al que ambos veneraban; entusiasmó y documentó él mismo a los periodistas tortosinos para crear atmósfera en la ciudad; se ocupó en la impresión y corrección de pruebas del oficio y misa del beato; proyectaba editar hojas de propaganda y nuevas estampas, y no hubiera cejado hasta enfervorizar por todos los medios a sus conciudadanos. Encargó la imagen del beato al escultor don Félix Ferrer, recomendándole que hiciese todo lo posible para que la obra inspirase verdadera devoción. Quiso ver el boceto, lo consultó con técnicos amigos suyos, hizo observaciones... pero ya no logró ver la escultura.
El 9 de enero de 1909, sintiendo no haber podido dedicar media hora de consulta a una sanjuanista de Tortosa, le pide excusas «por la temporada que he pasado tan ocupada con cartas, visitas y espinitas... y además la pereza de salir a la puerta, pues en dos meses he salido cuatro o cinco veces de casa, dos en tartana; me acobarda y temo no podré cumplirlo pronto» 11.
Como si hubiera querido el Señor que don Manuel mismo preparase su propia sepultura, en los primeros días de enero encargó una lápida nueva para el nicho que encerraba los restos de sus padres y hermanos, y visitó el día 15 por la mañana el cementerio, para presenciar la colocación de aquella. «Pasamos allí muchísimo tiempo –dice don Juan Estruel, que le acompañaba íbamos recorriendo aquellas sepulturas, y recordaba a tantas personas, y rezaba ... ».
En aquella misma fecha escribía al rector del seminario de Zaragoza:
Voy siguiendo regular, excepto unas neuralgias o dolores de muelas que me han mortificado bastantes días. No sé por qué don Joaquín Juste se extraña de que no haya contestado tan pronto a su felicitación, pues con ciento y pico, y además las ordinarias, que tengo sobre la mesa, no se puede dar avío en tan pocos días... 12. Las molestias neurálgicas que me han ejercitado una porción de días, las largas visitas de los días de Navidad y mi santo, etc., etc., no me han permitido ni siquiera la contestación de más de cien cartas que tengo sobre la mesa... Al recibir peticiones de personal, y ante el vasto campo que se abre aquí y ahí, me contristo, y quisiera lanzarme a abrazarlo todo; pero, puesto en la presencia de Dios, me quedo tranquilo, porque ya ve El que no podemos... Estos días estoy ocupadísimo con los preparativos para la fiesta de nuestro reciente beato Francisco Gil de Federich... 13.
¿Presentía, no obstante, don Manuel su próxima muerte? Una señora, que fue atendida por él cuando era ecónomo de Santiago, cuenta que pocos días antes de caer en cama don Manuel, en su última enfermedad, encontróla éste en la calle y le dijo con voz queda y misteriosa: «Quiero que vengas a visitarme en el colegio, pues deseo regalarte una cosa». Fue allá, en efecto, y salió don Manuel y hablaron largamente de cosas espirituales, y después sacó éste un crucifijo y se lo regaló, diciéndole: «Mira, toma este regalo y guárdalo siempre, pues éste será el último que yo te haré». Pocos días después, enfermó don Manuel y murió, y exclamaba la piadosa señora: «Mosén Manuel presentía ya su pronta muerte. Estoy tan contenta de poseer este crucifijo, que no lo cambiaría por todas las riquezas que hay en el mundo... » 14.
3. ¡Señor! quem amas infirmatur
El 18 celebró su última misa, que aplicó por los difuntos de su obligación. Doña Ramona Pasamonte, de Barcelona, declara haber tenido la fortuna de visitarle aquel mismo día, y consultarle algunas cosas por última vez. Por la tarde, sintió don Manuel los escalofríos precursores de la enfermedad que había de llevarle al sepulcro: una sencilla gripe. Pasó las últimas horas del día junto al brasero. Por precaución, se retiró a dormir más pronto que de ordinario. A las diez de la noche, el malestar general se acentuó, y ya dijo él: «No me encuentro nada bien». No dio el médico gran importancia a la indisposición, pero los operarios pasaron la noche velando al enfermo, que no descansó durante toda ella.
Extractamos a continuación el Diario 15 que de la enfermedad y muerte de ,don Manuel escribió, con minuciosa puntualidad, don Juan Bautista Calatayud:
Día 19. La misma indisposición, con la agravante del quebrantamiento de huesos y falta de fuerzas, que le imposibilitan para mantenerse en pie y hacen muy difíciles sus movimientos en la cama.
La palabra que usaba para expresar el fenómeno, era que sus miembros parecían sacos de serrín. Repitió que se encontraba mal, y que esta vez no se había metido en cama como las otras. ¿Presintió su próxima muerte? Empiezan a cuidarle las beneméritas Siervas de Jesús.
20. Ya el día anterior se observó en el paciente la tendencia al delirio, pero en el de hoy se pone de manifiesto, notándose extraordinaria excitación de nervios... El doctor Vilá siguió creyendo que se trataba de un catarro gripal. Por indicación de don Manuel, se Rama a su muy amigo el médico señor Besora... Se avisa a todas las casas para que pidan al Señor por la salud del superior general.
21. En las horas que don Manuel está libre de fiebre, conserva clara la inteligencia y se da cuenta de todos y de todo; no así cuando la temperatura sube de su estado normal. En este día fueron más frecuentes los delirios y por este medio conocimos que lo que preocupaba su corazón era la visita de las casas, fiesta del beato Gil de Federich, impresión de hojas e invitaciones, respuestas a algunas cartas urgentes y asuntos del gobierno de la Hermandad.
22. Amanece sin fiebre y muy despejado. Recuerda que era el día en que padeció el martirio el beato Gil de Federich, y pide a su inseparable enfermero Estruel que aplique la misa por el beato y San José. El 19 no pudo celebrar. «Cuando pueda –dijo– ya se la pagaré al Santo Patriarca». Pidió que le diesen a besar la reliquia del mártir, que llevaba siempre en los viajes y conservaba cuidadosamente en la habitación, añadiendo que la quería tener a la vista. Descansó durante el día y la noche, y esto nos hizo creer que aun el peligro remoto había desaparecido.
23. Las primeras horas de la mañana las pasa relativamente bien. El médico, al encontrarle sin fiebre, indica que puede dársele a mediodía una ligerísima sopa. A las once aparece de nuevo la calentura y se dejan de cumplir las órdenes del facultativo. Los semidelirios de este día le causan mucha molestia. No se da cuenta exacta de la realidad de lo que le rodea, y tan pronto le parece que está en Burgos, como en Valencia. Por la tarde Regó de Onda don Francisco Osuna, y le habla con gran lucidez, como si nada hubiera pasado. Recuerda que estábamos en vísperas de la fiesta de la Sagrada Familia, de la que era devotísimo, y se empeña en rezar el oficio divino.
24, domingo. Amanece con la resolución de oír misa. Se le dice no conviene se levante, y queda resignado. Por la tarde, encarga con insistencia preparen chocolate para los médicos, y a los señores Vilá y Besora obliga a que pasen de nuevo por su habitación después de tomarlo. La sierva que le cuida va un ratillo al coro de la iglesia para hacer la visita. Al irse, pregunta al enfermo qué quiere para Jesús Sacramentado: «Dígale –responde con viveza– que me dé todo lo que le pido y todo lo que necesito», y añade después: «¡Señor! quem amas infirmatur». Con alguna frecuencia se le oía exclamar: «¡Dios mío Sacramentado, no sé lo que queréis de mi!» Después hizo el ejercicio de los Siete Domingos, devoción que practicaba todo el año.
II. 25 DE ENERO DE 1909
1. Muere don Manuel
Debajo de la almohada tenía, como siempre que se entregaba al descanso, el escapulario del Sagrado Corazón con la leyenda: «Detente: el Corazón de Jesús está conmigo». Algunas veces, mostrándoselo a don Juan Estruel, exclamaba: «Este me ha dado un consuelo, que me callaré»; y se lo comunicaba con tal acento y semblante, que daba a entender que algo sobrenatural había pasado entre Jesús y don Manuel. Mirando de vez en cuando al crucifijo, suspiraba: «¡Señor, sea en remisión de mis pecados!».
Presintiendo su muerte, dio órdenes concernientes a determinados documentos y al futuro gobierno de la Hermandad. Poco tiempo le quedaba, según el referido Diario:
25. Según las alternativas de la fiebre, el presente día era de los malos. El enfermo apareció bastante inquieto. En la visita que por la mañana hacían los dos médicos, nada observaron que infundiera ni la más remota sospecha de que se avecinaba el fatal desenlace. A las diez, las circunstancias pusieron a don Manuel en la ocasión de hablar con la sierva de los distintos nombres con que era conocido. «Cuando voy por la calle –dijo– y oigo que me llaman mosén Manuel, seguro que es alguna devotita; los nuestros me llaman don Manuel; si me dicen mosén Sol, o son antiguos discípulos, colegiales o tortosinos; si oigo doctor Sol, ya sé que el que me llama o es catalán o educado en Cataluña; mosén Domingo no me lo dicen más que los amigos contemporáneos y condiscípulos; Pare Vicari .... sin duda que se trata de algún vecino del pueblo de la Aldea o del barrio de Santa Clara». Y después contó algunos inconvenientes que ha tenido el no expresarle bien el nombre. Desde las doce hasta unos minutos antes de la una, descansó. A la una, se notaron los síntomas precursores de la muerte. Don Juan Estruel, que había quedado de guardia mientras la sierva de Jesús comía, llamó a los operarios, que estaban en el refectorio. Subieron todos, con el afán e inquietud que es de suponer. Don Bernardo Curto le dio la absolución; don Elías el último Sacramento. El cariño dio alas al doctor Vilá, y Regó... no se cómo, pero aunque vivía prevenido para un ataque de la traidora enfermedad, no le fue ya posible disputar a la muerte ni un momento siquiera la preciosa vida de nuestro inolvidable fundador; sólo pudo certificarnos, con profundísima pena, que había dejado de existir. Quedó con el rostro apacible, como quien descansa en tranquilo sueño, la boca entreabierta, cual si quisiera hacernos las últimas recomendaciones; y recordaré siempre lo que dijo uno de los sacerdotes que primero contemplaron el cadáver: «Ahora es cuando descansa mosén Sol. Bien merecido lo tiene. Desde el cielo se interesará por todos nosotros».
2. Entierro, funerales y homenajes póstumos
La impresión que produjo en los colegiales la noticia de la muerte de don Manuel, fue dolorosísima e indescriptible. ¡Lo amaban como a padre y lo veneraban como santo! Cundió rápidamente la triste nueva por Tortosa. Y desfiló aquella tarde por el colegio cuanto valía y representaba en la ciudad. No faltó un buen número de pobres que, con lágrimas en los ojos y la plegaria en los labios, contemplaban por última vez aquellas manos, siempre abiertas para socorrerlos, y cerradas ahora para siempre, estrechando el crucifijo.
El seminario conciliar suspendió las clases. Comisiones del cabildo catedralicio y de las autoridades civiles se apresuraron a manifestar, con significativas muestras de afecto, su pésame por la desaparición del sacerdote santo y del patricio insigne, que era honor y gloria de todos. Religiosas de diversos institutos, colegiales y operarios –muchos de éstos llegados de seminarios y colegios fuera de Tortosa– pasaron la noche velando y orando ante el cadáver, que revestido con ornamentos sacerdotales fue expuesto en el oratorio privado del colegio, convertido en capilla ardiente. En ésta y en la del colegio se aplicaron misas de sufragio, desde las primeras horas de la mañana del 26 hasta las diez. A esta hora se celebró el solemne funeral de cuerpo presente.
Por la tarde, el entierro fue una imponente manifestación de sentimiento de Tortosa entera. Presidieron el acto el muy ilustre señor vicario general eclesiástico don Gabriel Llompar; don Francisco Osuna, vice–director general de la Hermandad; representaciones del cabildo y de todas las clases sociales; y seguía una inmensa multitud, en la que figuraban muchos sacerdotes de la diócesis, venidos expresamente a ofrendar este postrer tributo de cariño a don Manuel. Los balcones de las casas por donde pasaba el fúnebre cortejo ostentaban colgaduras negras. El féretro era conducido, por calles convertidas en verdaderos charcos de agua, por ocho alumnos del colegio. Del ataúd pendían seis cintas, que llevaban el muy ilustre señor don Julián Ferrer, en representación del cabildo de la catedral; el reverendo padre Juan Bautista Ferreres, por el colegio Máximo de la Compañía de Jesús; el reverendo don Buenaventura Pallarés, por los antiguos fundadores del primer colegio de vocaciones eclesiásticas; don Leopoldo Roch, por los párrocos de la ciudad; don Juan Bautista Villar, por el seminario conciliar y colegio de San Luis, y don Manuel J. Marco, por el clero beneficial.
También quisieron las religiosas siervas de Jesús, oblatas y hermanitas de los pobres, acompañar hasta el cementerio al que había sido de todas fiel consejero y constante bienhechor. Cantáronse responsos ante el templo de Reparación, frente a la casa donde nació don Manuel y a la puerta de la iglesia de San Blas, donde celebraron el funeral de cuerpo presente. 16
El 1.º de febrero, organizadas por el cabildo, se celebraron las honras fúnebres en la catedral, en sufragio de don Manuel, en los cuales tuvo la oración fúnebre el magistral de la misma, don Pascual Llópez.
Sendas oraciones fúnebres de don Manuel vinieron a ser también los sermones que en el mismo templo catedralicio, y con ocasión de las fiestas del beato Gil de Federich, predicaron, el día 3, el chantre de Lérida don Rafael García y el padre Ludovico de los Sagrados Corazones, carmelita descalzo.
La prensa católica de España entera –especialmente por las plumas de antiguos colegiales de Roma, esparcidos ya por todas las diócesis– entonó en obsequio del santo e ilustre finado un verdadero himno nacional del dolor, que era a la vez un cántico de gloria 17.
En Roma, en la capilla del colegio, el día 28 de enero se celebraron suntuosos funerales. Dijo la Misa el padre Joaquín de Llevaneras y asistieron varios cardenales, generales y definidores de todas las órdenes religiosas, y la colonia española. El 31, el Papa recibió a los superiores y a un grupo de alumnos para expresarles su sentimiento. El 20 de febrero, envió al rector del colegio el siguiente autógrafo, que traducimos:
Después de implorar la paz de los justos para la bendita alma del venerado sacerdote Manuel Domingo y Sol, llamado por el Señor a recibir el premio correspondiente a sus virtudes y santas obras, hago votos para que sus plegarias en la presencia del Altísimo alcanzen la gracia que los sacerdotes de la Pía Hermandad por él fundada para formar a los jóvenes aspirantes al sacerdocio, le imiten en su ferviente piedad y sólida doctrina, y atraigan especialísimas bendiciones sobre el Pontificio Colegio Español de San José, por él fundado y favorecido, a fin de que los amados alumnos del mismo, una vez terminada su educación, tornen a su patria convertidos en celosos apóstoles, que difundan el buen olor de Jesucristo y cooperen en la católica España al glorioso triunfo de la fe – Del Vaticano, 20 de febrero de 1.909 – Pío PP. X 18.
Los cardenales Merry y Vives –el último de los cuales, sabedor de la enfermedad de don Manuel, había pedido con vivo interés noticias del curso de la misma– al conocer el triste suceso se apresuraron a enviar expresivos telegramas de pésame a Tortosa.
El 22 de Febrero, y para el extraordinario del Correo Interior Josefino a la muerte de don Manuel, le dedicaron éstos cariñosos y encomiásticos autógrafos: «Fiel imitador de san José –decía el del cardenal Merry–, don Manuel atraía a todos por la dulzura paternal de su trato; nos edificaba por su piedad sin, afectación y por su celo sacerdotal; parecía llevar al niño Jesús en sus brazos: tan evidente era que lo llevaba en su corazón».
Y el cardenal Vives: «Glorioso Patriarca san José, modelo de sacerdotes y maestro de los que quieren ser dignos ministros de vuestro amabilísimo Jesús y pregoneros de las glorias y misericordias de vuestra Esposa Inmaculada, seáis mil veces bendito y alabado por las grandes cosas que en favor del clero habéis hecho, hacéis y haréis por medio de vuestro devotísimo siervo don Manuel Domingo y Sol; conservad y santificad más y más la mística viña de Operarios Diocesanos, que en nombre de Dios por sus manos habéis plantado, especialmente en Roma y Tortosa, y haced con vuestra intercesión que el espíritu del venerado Fundador, espíritu tan eucarístico y sacerdotal, permanezca siempre puro entre sus amados hijos presentes y futuros, y que todos sus colegiales sean educados según sus santas enseñanzas».
El Nuncio de su Santidad en España, monseñor Vico, contestando a don Manuel, su antiguo amigo, le había escrito el 1.º de Enero: «Muy amado don Manuel: ¡Qué gusto el leer hoy su carta, y qué gusto en ver que usted se acuerda de mí!... Pida mucho por mí, querido don Manuel, a fin de que esta misión tan delicada sea ventajosa a la Iglesia y al país... 19». Al enterarse del fallecimiento, telegrafiaba el 26 a Tortosa: «Apenadísimo, ofrezco a usted y a todos los Operarios profundo pésame y concedo indulgencias».
Un libro voluminoso podría escribirse con los elogios que tanto la prensa como un número incontable de ilustres personalidades tributaron a don Manuel. En gracia de la brevedad, nos limitaremos a reproducir solamente algunos de ellos.
El obispo de Tortosa dice: «Lleno de celo por la gloria de Dios y la salud de las almas, ávido siempre del resplandor del culto, protector generoso de la juventud aspirante al sacerdocio, brilló el reverendo doctor don Manuel Domingo y Sol como estrella refulgente en la casa del Señor, y pasó los días de su vida haciendo bien, edificando con el candor de su humilde palabra y dejando a la posteridad hermosos ejemplos de virtud que imitar. Sea su memoria ahora perfume de piedad que embalsame el ambiente que aspiramos».
El cardenal Sancha, arzobispo de Toledo: «Envíole sentido pésame por la sensible muerte del santo fundador del Instituto a quien tiene usted la dicha de pertenecer. No puede usted figurarse la dolorosa impresión que me ha causado la noticia... Este seminario conciliar está desconocido desde que llegaron a él los sacerdotes hermanos de usted. Dios pague al reverendo fundador el gran beneficio que dispensó al clero y fieles de esta diócesis con haberlos enviado a la misma».
El arzobispo de Sevilla, señor Almaraz y Santos: «El Señor habrá premiado una vida como es la de tan ilustre sacerdote, consagrada a darle gloria y salvar almas. ¡Ojalá que supiésemos imitarle! Aquí ha sido sentida su muerte por cuantos conocían sus virtudes y sus empresas».
El arzobispo de Granada, señor Meseguer y Costa: «Apliqué la misa por su eterno descanso; aunque creo estará gozando en el dedo el premio de tantas buenas obras como hizo. Siempre le tuve como un verdadero apóstol, y he dicho muchas veces, y en Tortosa en una velada que me dedicó el colegio de San José, que le consideraba de un mérito heroico por haber levantado el baluarte de las vocaciones eclesiásticas contra la audacia de la maldita Revolución septembrina, y en una ocasión en que nadie se acordaba más que de llorar los males de la religión y de la Patria. La iglesia española le debe el rescate de innumerables vocaciones, que sin su Obra se habrían perdido. Dios ha de premiar esta Obra, meritísima entre todas, y de efectos tan saludables como continuar la misión de la Iglesia, proporcionándole dignos ministros. He leído con entusiasmo lo que sus paisanos han hecho en Tortosa.' Bien está, porque todo lo merecía el finado».
El obispo de Jaén, doctor Laguarda: «Le reitero mi pésame más sentido, aunque don Manuel seguramente estará en el cielo... Habrá sido para ustedes motivo de muchísimo consuelo recibir tan expresivas manifestaciones de duelo. Las merecía el venerable don Manuel, tipo el más característico que he conocido del sacerdote santo. Todo lo suyo me enamoraba: pero especialmente aquella sencillez sublime de que revestía sus actos todos. Ejemplos hermosísimos deja a todos sus fervorosos operarios».
El obispo de Badajoz, doctor Soto y Mancera: «Se que era varón de grandes virtudes, y ya maduro para el cielo».
El de Osma: «Le envío la expresión de mi profundo sentimiento por la muerte de su virtuoso y santo fundador».
Y así podríamos centuplicar las citas. Queremos cerrarlas con las de dos egregios antiguos alumnos del Pontificio Colegio Español, intérpretes del sincero dolor y de la veneración entusiasta de todos los demás. El futuro obispo de Madrid y Patriarca de las Indias, entonces lectoral de Santiago de Compostela, señor Eijo y Garay, se expresaba así: «Escribo a ustedes con el corazón lleno de pena; pero, lo confieso, de una pena especial, como nunca la había sentido. Una pena que despierta en mi corazón sentimientos muy dulces; un dolor que se ahoga en los consuelos que él mismo sugiere. Y es, sin duda, porque yo no puedo ver la muerte de nuestro don Manuel como la de cualquier otra persona queridísima. Desde que yo tenía quince años le venero; su muerte para mí no puede ser más que su paso a la gloria, el final de la parte más breve de los trabajos que Dios confía a los santos fundadores y el principio de esta otra parte más eficaz y gloriosa: la protección desde el cielo. Era nuestro padre; ya no veremos más su rostro tan venerable, tan dulce, tan expresivo; no lo veremos con los ojos del cuerpo, que son un estorbo para ver bien con los del alma; pero está en el cielo, sin dejar de ser nuestro padre; nos ama más, nos ve mejor, nos protegerá más eficazmente; ha conseguido todo lo que deseaba para sí: ahora alcanzará todo lo que anhelaba para su Obra y para sus hijos. ¡Qué no hará él con la riqueza de los medios celestiales, si con los pobres medios humanos tanto bien hacía!... ¡Dichosos ustedes, los que han podido vivir a su lado, enfervorizados siempre al ardor de su celo y recibiendo los ejemplos de sus virtudes! ... ¡Oremos todos unidos por él, y porque Dios nos haga hijos dignos de tal padre! ... ».
Don Angel Regueras, que había de ser más tarde obispo de Plasencia y luego de Salamanca, y que al acaecer la muerte de don Manuel se hallaba predicando en Madrid, escribía al rector del colegio de Roma: «En cuanto tuve noticia de que el Señor había llamado a sí al inolvidable don Manuel (q.D.h.), hice dos cosas que tenía bien merecidas de cuantos tuvimos la fortuna de experimentar los frutos saludables de su espíritu privilegiado y de su bondadosísimo corazón: sufragar su alma con mis pobres oraciones y telegrafiar el más sentido pésame a Tortosa. Escribí, además, a Toledo, preguntando cuando se hacían allí funerales por el venerable fundador, para asistir a ellos, dando esta prueba pública de gratitud a quien tanto debe el clero español» 20.
3. Un monumento a mosén Sol
La ciudad de Tortosa, para enaltecer y perpetuar la memoria de este hijo suyo tan preclaro, colocó, el 27 de marzo de 1910, por iniciativa de don Ramón Vergés en su periódico La Libertad, una lápida conmemorativa en la casa natalicia de don Manuel, y aquel mismo día, el prelado de Tortosa bendijo y colocó la primera piedra del artístico monumento que en la popular plaza del Rastro erigieron a éste sus paisanos.
En la alocución con que invitaban a éstos a que contribuyeran con sus donativos a la erección de la estatua de don Manuel, decían los iniciadores: «Mereceremos bien de Tortosa, y al pasar por la plaza del Rastro nuestros hijos levantarán los ojos para leer escrita en piedra y bronce una de las más hermosas páginas de los anales de nuestra ciudad». Se brindó la ejecución del proyecto a otro tortosino ilustre, el genial escultor Agustín Querol, que aceptó con entusiasmo.
Mi mayor satisfacción –escribía éste– es identificarme con Tortosa en tan digno empeño... Excuso reiterarle el cariño con que he de dedicarme a esta obra, tratándose de Tortosa y de un varón tan preclaro como mosén Sol, de quien guardo recuerdos de mi infancia... El monumento a mosén Sol, tanto por ser yo hijo de Tortosa, como por amor a la persona cuya memoria se trata de perpetuar, lo he de ejecutar de la importancia y belleza artística que permita el total de la suscripción, sin que me guíe en esta obra idea alguna de lucro. Así es que les ruego no me hablen de presupuesto. Respecto a la observación que me hace de que vuela demasiado manteo, yo lo recuerdo perfectamente de cuando, siendo pequeño, entraba en su casa, donde nos enseñaba fotografías que traía de Roma, cuando subía por la cuesta de Santa Clara, y otros muchos detalles... Tengo interés en que esta obra resulte una joya para Tortosa... No me ocupo ahora más que de este proyecto, en el que trabajo día y noche con verdadero cariño y entusiasmo.
No pudo el insigne y generoso artista rematar su empresa. Falleció en Madrid el 14 de diciembre de 1909. Uno de los más aprovechados discípulos, tortosino también, Víctor Cerveto, acabó de ejecutar, con felicísimo éxito, la obra empezada por Querol. Las Cortes pidieron al Gobierno que regalase el bronce necesario para la estatua, y la demanda fue favorablemente despachada.
El 28 de abril de 1912 sería inaugurado solemnísimamente el monumento 21.
4. Traslado de los restos mortales al templo de la Reparación
El 21 de abril de 1926 los venerables restos de don Manuel fueron trasladados solemnemente del cementerio de Tortosa al templo de la Reparación, donde quedaron definitivamente depositados en el suntuoso y artístico mausoleo para este objeto erigido, y costeado por suscripción nacional entre los amigos, admiradores y devotos de don Manuel. Presidieron las ceremonias que con tal motivo se celebraron, el cardenal de Tarragona señor Vidal y Barraquer, y los señores don Félix Bilbao, don Leopoldo Eijo y don Enrique Pla y Deniel, obispos, respectivamente, de Tortosa, Madrid y Avila. Estos dos últimos, y lo mismo –el doctor Chillida, magistral de Valencia, que pronunció la oración fúnebre, eran antiguos alumnos del colegio español de Roma.
El acontecimiento revistió caracteres de apoteosis y resultó un verdadero plebiscito nacional confirmatorio de la fama de santidad del glorioso fundador de la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos 22.
5. Apertura del proceso de canonización
Al fallecimiento de don Manuel escribía en El Restaurador, de Tortosa, el distinguido literato don Francisco Mestre: «¡Elevemos el corazón a Dios, en acción de gracias por haberle conocido y haber visto en su edificante muerte la muerte de un santo!»
La Libertad, de la misma ciudad, decía: «Con el corazón transido de dolor, nos encaminamos al colegio de San José. Al llegar ante aquellos venerables despojos, ante aquel cuerpo tan querido, que era la primera vez que descansaba, nos descubrimos con respeto y besamos con filial cariño la santa mano, fría e inmóvil, de mosén Sol. Y allí lloramos... Rezamos maquinalmente, por cumplir con un piadoso deber, pues mientras los labios balbucían torpemente oraciones, que ahogaban los sollozos, una voz interior nos decía: ¡Era un santo! ... ».
Años adelante, el mismo periódico, después de discurrir sobre la lápida y el monumento con que los tortosinos se propusieron honrar y perpetuar la memoria de don Manuel, decía: «Todo esto está muy bien. Pero la deuda de gratitud, de justicia, de admiración, para con aquel hijo insigne de Tortosa, queda cumplida sólo a medias. ¡Era un santo! –dicen cuantos le conocieron–. ¡Era un santo!, están pregonando por doquier sus obras fecundas. ¡Tortosinos, hermanos de mosén Sol!, ¿permitiremos que los extraños nos tomen la delantera, y se lleven la palma y la prez de la iniciativa? ¿Por qué no ha de llegar nuestra voz hasta Roma, y resonar allí potente, repitiendo: ¡Era un santo!? ... ».
Los Debates, de Tortosa, el 3 de febrero de 1909: «Por primera vez se ha celebrado hoy la fiesta del nuevo beato Francisco Gil de Federich. En la iglesia catedral ha celebrado de pontifical el ilustrísimo señor obispo y ha predicado el elocuente carmelita de Tarragona padre Ludovico de los Sagrados Corazones. El orador evocó la memoria del también eximio tortosino mosén Sol, como un hombre privilegiado, como un apóstol verdadero, como un santo, en expresión del cardenal Vives y Tutó» 23.
Con razón ha podido escribir 24 el distinguido sacerdote tortosino don Tomas Bellpuig: «Tortosa, a despecho de la fama que se le ha querido atribuir de fría, indiferente y desagradecida para con sus hijos, dio muestras elocuentes de la alta estima en que tenía al preclaro fundador y de la intensa pena que le producía su muerte. El desfile imponente delante de su cadáver, el séquito innumerable de gentes de todas las clases sociales al acto del sepelio, el solemnísimo oficio funeral que le dedicó el cabildo catedralicio, los extraordinarios de la prensa, la estatua de bronce del templo de la Reparación, la muchedumbre que llenó las avenidas del cementerio y las calles de la ciudad y la espaciosa iglesia del seminario con motivo de las exequias, el día del traslado de sus venerandos restos, prueban, o que es injusta la imputación con que se ha querido denigrar a la ciudad de la Virgen de la Cinta, o que, en opinión de los tortosinos, era una figura tan extraordinaria la figura de mosén Sol, que valía la pena de interrumpir en honor de él la nada honrosa tradición que se les adjudica... Y bien: ¿será beatificado, será exaltado a los honores con que la Iglesia propone a la imitación de los fieles a sus hijos predilectos nuestro eximio compatricio el reverendísimo doctor mosén Manuel Domingo y Sol? Si hubieran de dar su voto eficaz los muchísimos admiradores del virtuoso sacerdote que asistieron el día 13 de noviembre de 1930 al memorable acto de incoar' el proceso dentro de los muros del templo que tanto amó él en vida, y ante la estatua orante del mausoleo, que perpetúa su actitud de adoración, tantas veces repetida y prolongada en aquel mismo lugar; si hubieran de darlo los tortosinos que le conocieron, que se edificaron con sus ejemplos, o recibieron consejos y orientaciones de sus labios, o limosna material de sus manos, no dudamos un punto en afirmar rotundamente que sí».
El periódico de Castellón de la Plana, El Cruzado, al anunciar el fallecimiento de don Manuel a sus lectores comenzaba por decir: «¡Ha muerto un santo! ».
En El Castellano, de Toledo, el publicista J. Martín del Campo (Chafarote), escribía el 8 de febrero de 1909: «Don Manuel, si se va a decir verdad, es de la talla de los mas egregios fundadores de congregaciones religiosas, digno de emparejarse con aquellos, santos gloriosísimos cuyas imágenes campan en la magnífica nave principal de San Pedro del Vaticano».
Don Maximiliano Arboleya Martínez, el 1.º de febrero de 1909, en El Carbayón, de Oviedo: «Pero por encima del hombre de acción, se destacaba el hombre espiritual, el hombre de oración. Más aún que en sus pláticas, lo advertíamos en sus conversaciones. Vivía el doctor Sol en pleno supernaturalismo.. . Todos veíamos en él, más que a un superior, a un santo».
La Provincia, de Castellón: «Era un santo. Y un santo de carne y hueso, que atraía por su ecuanimidad en todas las manifestaciones de la vida» 25.
El obispo de Sigüenza, fray Toribio Miguella, escribía: «No crea usted que por ser el último es menos sincero ni menos sentido, el pésame que doy a usted y a toda la Congregación, tan justamente apenada por el fallecimiento de nuestro queridísimo don Manuel. Yo le amaba mucho, como amaba y amo a la Hermandad, y ruego al Señor en mis pobres oraciones por el alma de aquél y la prosperidad de ésta. Era un santo: y más que nosotros por él, rogará él por nosotros».
El padre Fray Bartolomé del Santísimo Sacramento, carmelita descalzo de Valencia, declaraba en 1927: «Durante un año entero fui ocupado por la santa obediencia en cuidar y servir al reverendísimo señor arzobispo titular de Larisa y dimisionario de Verápoly, retirado en nuestro convento del Desierto de las Palmas... Me dijo que había conocido personalmente a don Manuel y hablóme muy bien de él, llamándole siempre venerable sacerdote, y afirmó que le tenía como un santo. Se lo comunico por si puede servirle de algo el testimonio de un prelado, que a la vez es otro santo».
Del entonces lectoral de Santiago, luego obispo de Madrid–Alcalá, doctor Eijo y Garay, son estas –significativas y cariñosas palabras: «Yo no puedo considerar su muerte como una cosa triste. Yo lo tenía en veneración como a un santo... Ahora su figura se agiganta, y esperamos más de él, para la gloria de Dios, sus hijos. ¡El vele sobre nosotros para que siempre merezcamos serlo! Especialmente, como hijo y colegial perpetuo (por el amor y por el deseo de vida santa y útil),de esa Casa de Roma, doy a usted el pésame más sentido».
Don Enrique Plá y Deniel, canónigo a la sazón de Barcelona y más tarde cardenal arzobispo de Toledo y primado de España, escribía: «Ya puede usted suponer que sentí muy de veras la noticia y que le he ofrecido mis pobres oraciones y sacrificios; si bien, algunas veces he demandado las suyas, como lo habrán hecho tantos otros, que conocían las virtudes de don Manuel».
Don Miguel Castillo, provisor y vicario general del arzobispado de Sevilla: «Envío a usted mi más sentido pésame con ocasión de la muerte del santo varón don Manuel Domingo y Sol, a quien yo conocía y veneraba, como venero y amo a todos los miembros de su bienhechora y ejemplar fundación».
Don Ramón Trinchant, presbítero de Borriol: «A decir verdad, más me inclino a que su alma en el cielo interceda por mí, que a que mis oraciones, puedan servirle de lenitivo en la otra vida».
«Yo a don Manuel –decía su familiar amigo el sacerdote don Buenaventura Pallarés– todavía no le he rezado un Pater noster: le pido por mí, como protector».
Don Facundo Manzana, presbítero de Vall de Uxó: «Determiné aplicarle el sacrificio de la Misa esta mañana, si bien veo que no necesitará de oración alguna el alma del santo que tantas veces nos alentó con su ejemplo... y cuya vida puede servirnos de espejo y ejemplar, a la que debemos ajustar la nuestra todos los sacerdotes... Grato recuerdo conservo de la última vez que pude estrechar y besar su mano después de los ejercicios de mayo último: un crucifijo indulgenciado, que guardaré como mi mayor tesoro toda la vida».
Don José Boada, canónigo de Tarragona: «Yo cumpliré gustosísimo y con constancia el deber ineludible que tengo de encomendarlo a Dios, aunque estoy segurísimo de que ninguna oración nuestra necesita su alma».
Don Diego Ventaja, canónigo del Sacro–Monte: «Acabo de saber la muerte de don Manuel y un río, de amargura ha subido del corazón a la garganta. Dios ha querido que la imagen de don Manuel quede esculpida en mi corazón con tal relieve, que al cerrar los ojos veo aparecer su venerable figura con los más insignificantes detalles, pero tal vez acentuada aquella sonrisa del cielo, capaz de disipar todas las tormentas del alma. El recuerdo de don Manuel ha sido para mí, en muchas ocasiones, bálsamo de paz y tranquilidad. No se por qué he llegado a quererlo tanto, tal vez porque estaba convencido de que él también me quería. ¡Dichosos los que hemos tenido la suerte de ser tan queridos de un santo! ¡Quiera el Señor que, al dejar usted los trabajos para la canonización del Beato Oriol en el punto de ser declarado Santo, empiece los de beatificación de nuestro amadísimo don Manuel!».
Don Domingo Audí, párroco de Calaceite: «Espontáneamente, sin darme cuenta de lo que hacía, antes de que brotara de mis labios un responso por su eterno descanso, fue mi primer impulso levantar mi corazón al cielo y encomendarme a la intercesión que gozará su alma cerca del Altísimo, pidiéndole me otorgara comunicar en su levantado espíritu».
Don Juan Marín, presbítero, de Villafranca del Cid: «Espero, si soy digno, de tener de mi Padre una memoria, o más bien, una reliquia. Digo esto, porque no se si encomendar su alma a Dios o pedirle a él que me recomiende a Dios desde la gloria».
El canónigo de Segorbe don Federico Guardiola: «Hace diez o doce años que vengo diciendo, y de ello he estado siempre firmemente persuadido, que yo he de poder rezar su oficio. Quiera Dios que sea pronto».
Don Federico Roldán, canónigo de Sevilla: «Me piden una líneas como homenaje a la ilustre memoria del varón insigne, cuya muerte llora hoy la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos, lloramos todos los que hemos pasado los mejores años de nuestra vida cobijados bajo el manto del glorioso Patriarca san José, y sienten cuantos tuvieron el consuelo de conocer al doctor Sol y admirar de cerca aquel espejo de sacerdotales virtudes; y yo, que podría escribir todo un libro de lo que siento acerca del venerable sacerdote, gloria de España y prez de la ilustre ciudad de Tortosa, en estos momentos de angustia y aflicción, apenas se decir otra cosa que ¡era un santo! En su semblante exterior, yo no me lo imagino más dulce, más venerable, más atractivo, más revelador de un alma grande, llena de Dios, en un san Alfonso María de Ligorio, en un san José de Calasanz, en un san Felipe Neri, en un Beato Bernardino Realino.... en todos esos santos, cuyo exterior dulce, suave, apacible, es proverbial en la Iglesia, y abona bastantemente para poder decir, el que contempla sus venerandas imágenes: ¡era un santo! Y el que, después de haber visto a don Manuel Sol, hubiera tenido la dicha de tratarlo, aunque no más que a la ligera, hubiera :salido de su presencia diciendo para sí: ¡es un santo!... ¡Sí, don Manuel Domingo y Sol era un, santo! ».
Don Julio de la Calle, canónigo de Málaga: «He llorado por don Manuel, mas no por su muerte, sino por nuestra pérdida, porque era un apóstol y un santo... Era un santo, sí. Lo he oído decir a cuantos le conocieron y trataron, y por lo que a mí toca, como de santo era la impresión que me produjo siempre su venerable presencia».
Don Miguel Dalmedo, doctoral de Menorca: «Aun recuerdo con fruición la afectuosa acogida que me hizo en Barcelona, camino de Roma, y su venerable figura no se me ha borrado jamás de la memoria. En un segundo viaje tuve el consuelo de besarle la mano con la convicción de que era un santo».
Don Samuel López, párroco de la Calzada de Oropesa: «Yo siempre dije, desde que le conocí en Roma: Si hay santos sobre la tierra, nuestro don Manuel es uno».
Don Jesús Queralt, presbítero: «Ha muerto un santo, un apóstol de la Iglesia, la honra del sacerdocio español, un serafín del sacramento eucarístico».
Don Federico Clascar, sacerdote de Barcelona: «Le doy no se sí el pésame o la enhorabuena por tener un santo fundador en el cielo; porque santo era, restituyendo a la palabra su valor etimológico en toda su fuerza... ¿Por qué hemos de aprovecharnos menos de un santo conocido y tratado, que de los que no sabemos más que por las Leyendas de Oro? Yo le ruego que pida a Dios y a su santo padre mosén Sol, que me deje vacía la gracia que Dios me hizo de conocerle y amarle a un tiempo mismo».
Don Gregorio Monge, presbítero, de Bilbao: «Todas las referencias que de él tenía, le proclamaban santo, y no juzgo temerario el esperar que algún día le proclame también la Iglesia».
Don Jerónimo Vidal, párroco de Fuente Alamo (Albacete): «Aunque creo que era un santo, y no necesitará de nuestras oraciones, sino al contrario, le encomendaré, sin embargo, a Dios Nuestro Señor».
Don Justo Echeguren, canónigo de Vitoria: «Casi dudo entre encomendarme a don Manuel o rogar por don Manuel. Más me inclino a creer que debo encomendarme a don Manuel».
Don Gaspar Archent, canónigo de Valencia: «Creemos, Señor, que su alma disfruta ya en el cielo, en vuestra eterna compañía, del premio que tenéis reservado a los justos. Si no necesita de nuestros sufragios, sirvan nuestras súplicas y oraciones para que nos dejéis entrever algunos resplandores y destellos de su gloria; para que la fama de sus milagros llegue a oscurecer las de sus virtudes, y así podamos tener la dicha y el consuelo de venerarle pronto en los altares».
Don Jaime Cararach, canónigo de Gerona: «He de serle franco: no sé encomendar a Dios a don Manuel. Sólo se encomendarme a él para que interceda por mí delante del Señor».
Don José Montagut, canónigo de Badajoz: «Ante la tumba de don Manuel llora la carne; el alma se siente inclinada, más que a ofrecerle sufragios, a demandar el apoyo de su eficaz intercesión...».
Don Francisco Marzal, deán de Ciudad Rodrigo: «Encomendaré a Dios al ilustre finado, por más que mis impulsos son de encomendarme a él. ¡Tan alto es el concepto que sus notorias virtudes me merecían!».
Don Jaime Bordas, antiguo alumno romano, de Gerona: «No cesaré nunca de rogar por él, como tampoco de dar gracias a Dios por haberle conocido en Roma. Tampoco dejaré de encomendarme a sus oraciones, pues estoy en la convicción de que tiene mucho poder delante de Dios».
Don José Hernández, canónigo de Zaragoza: «Recibí sus cartas y periódicos, por los que me enteré de la fatal noticia de la muerte de su amado padre don Manuel, a quien yo también veneraba como a un santo».
Don Juan de Dios Ponce, párroco de Guadix: «Por un periódico de Tortosa supe los pormenores de la muerte y entierro de nuestro queridísimo, y santo don Manuel... Mi primer impulso fue el de encomendarme a él: no podía persuadirme de que no estuviese en el cielo... Como prueba de agradecimiento de lo mucho que le debemos los que hemos sido educados por su inspiración en la vida eclesiástica, le pediremos al Señor que glorifique también en la tierra a quien tan fervorosamente ha procurado su gloria».
Don Francisco Herráiz, presbítero, de Vallehermoso, de la Gomera: «Acabo de ver en un periódico la noticia de la muerte de don Manuel. Esta noche apliqué por su alma un rosario, y me parecía que hacía un pecado rezando por un alma tan santa».
Don Ambrosio Martínez, de Guadix: «Unicamente Dios, que les ha arrebatado al padre y maestro, al santo, en una palabra, será el que los consolará».
Don Juan José Fernández Solana, canónigo de Badajoz: «Acabo de recibir la triste nueva de la muerte del santo don Manuel, dignísimo fundador del instituto de Operarios Diocesanos».
Don Juan Bautista Sendra, de Vinaroz: «Mucho sentí encontrarme mal de salud, pues mi satisfacción hubiera sido agregarme a los que tuvieron el honor de acompañar a la última morada a un santo... Si no fuese a ustedes molestia, y pudieran enviarme alguna estampita que fuese de uso frecuente de don Manuel, se lo estimaré mucho».
Don Juan Bautista Guimerá, párroco de La Jana: «Cuánto le agradecería me enviara una estampita o cualquier recuerdo que hubiera sido de él».
Don Francisco Sojo, director del colegio de Plasencia: «En vez de pedir a Dios por su alma, se me hace más fácil encomendarme a él, y así lo recomiendo».
Don José Cambra, director del colegio de Burgos: «Al recordar sus hechos y virtudes, nos consuela la esperanza de que un día le hemos de venerar en los altares. Para mí, don Manuel vive lleno de gloria en el cielo».
Don Pedro Ruiz de los Paños, luego director general de la Hermandad: «Crea usted que desde que recibí la noticia he esperado curar pronto por su intercesión. Quien en la tierra hizo tanto por los demás, es imposible que no lo haga desde el cielo».
Don Arturo Menán, lectoral de Almería: «El pésame, yo no sé si dárselo, porque estimo que es más natalis que día de luto».
Don Lucas Salomón, presbítero, de Santa Bárbara (Tortosa): «Quería ir, para delante del cadáver de nuestro amado don Manuel orar, no por él, pues lo creo en la gloria, sino por mí y por todos ustedes. Quisiera que me guardara alguna estampita para tener un recuerdo de don Manuel. Como está en gloria, casi no me he atrevido a encomendarle a Dios, y si algún ¡Descanse en paz! ha salido de mis labios, ha sido pronunciado con reparo, pues creo que no lo necesita. Lo que sí he hecho ha sido encomendarme a él».
El padre Ludovico de los Sagrados Corazones, C.D.: «Ayer supe la muerte del santo don Manuel. Sí, todos hemos perdido un santo; y digo hemos, porque don Manuel era un alma, un gran corazón, a quien todos debíamos finen de cariño, que él sabía prodigar con una bondad y sencillez que cautivaba a cuantos hemos tenido la dicha de tratarle. El luto ha de ser general. La iglesia española pierde al sacerdote que más ha hecho por ella. El clero secular, un modelo de eximias virtudes ocultas con el velo & la modestia más grande. La congregación de Sacerdotes Operarios Diocesanos ha perdido... a don Manuel. Usted sabe bien que en esta palabra subrayada está contenido todo lo que puedo decir. Don Manuel era un padre, un corazonazo tan grande como su fe.
En nombre de mí superior y comunidad, envió el más sentido pésame por tan sensible pérdida: aunque, si he de decir lo que me dicta mi fe, les felicito, porque el santo que tenían en la tierra, ahora, juzgando piadosamente, está en el cielo ... ».
El padre Lorenzo G. Sempere, O.P.: «Muy apenado escribo por la irreparable pérdida del santo don Manuel Domingo y Sol. No tengo la menor duda de que su alma está en el cielo, y sin temor de equivocarnos podemos decir muy alto que su memoria en la tierra in benedictione erit et nomen ejus requiretur a generatione in generationem».
El padre Dionisio de la Fuente, S.J.: «Le prometo acordarme de él en mis oraciones, aunque bien creo, que más bien nos encontramos nosotros en ocasión de encomendarnos a las suyas».
El padre Luis Beltrán, S.J.: «He venido en conocimiento de la muerte de nuestro muy querido Padre y amigo don Manuel. En seguida ofrecí por su alma el santo sacrificio de la Misa: no porque lo necesite, pues estoy persuadido de que en el cielo estará gozando de la corona de gloria a que se ha hecho acreedor por sus trabajos apostólicos».
El ilustre padre Juan Bautista Ferreres, S.J., no tuvo, reparo de afirmar: «Juraría que don Manuel es hombre de virtudes heroicas». Y el padre José María Bover de la misma Compañía: «Gracias a Dios que piensan poner mano en la causa de beatificación de don Manuel. ¡Cuánto lo he deseado! Porque era hombre a todas luces, de virtudes heroicas» 26.
A estos testimonios podríamos añadir otros muchos de personas seglares cualificadas y de religiosas.
El 13 de noviembre de 1930, se celebró en el templo de Reparación de Tortosa la solemne ceremonia de incoación del proceso de beatificación de don Manuel, presidida por el obispo de la diócesis, don Félix Bilbao y Ugarriza.
Copiamos, para dar cuenta de ella y como último homenaje a la vida y obra de mosén Sol, la completa reseña publicada aquel mismo día en el diario católico Correo de Tortosa 27.
INTRODUCCION DE UNA CAUSA DE BEATIFICACION
Como estaba anunciado, hoy ha tenido lugar, en el templo de Reparación, la solemne sesión primera con que se ha incoado el proceso de beatificación del ilustre Siervo de Dios Doctor don Manuel Domingo y Sol, paisano nuestro.
El templo estaba dispuesto con severa elegancia. Frente al tabernáculo y fuera del presbiterio, había un reclinatorio. Fuera también del presbiterio, al lado del evangelio y dando frente al de la epístola, había un escaño y sobre él una mesa con rico tapiz y un gran sillón para el prelado. En torno de este sillón y en último plano, los asientos para los jueces del tribunal. Frente al escabel, en la parte opuesta, una mesa para el notario de esta sesión inaugural, y asiento para el promotor de la Fe y demás escribanos. Los bancos habían sido retirados lo preciso para dejar el lugar suficiente a la disposición descrita.
En primera fila del centro y frente al altar mayor, estaba el reverendísimo don Joaquín Jovaní, acompañado de los reverendos don Juan Calatayud y don Pedro Ruiz de los Paños, rector del Colegio Español de Roma. En otra primera fila del lado derecho, los operarios diocesanos residentes en Tortosa, y además los reverendos don Mateo Despóns, rector del Seminario de Tarragona, don Inocente Colom, rector del de Barcelona, y don Lorenzo Insa, rector del de Zaragoza.
Los restantes asientos estaban distribuidos en la siguiente forma: los bancos de la extrema parte del evangelio, para el clero; los inmediatos, para los caballeros; los siguientes para las señoras, y los de la extrema parte de la epístola y los de debajo del coro, para el público que llegara a última hora.
De pie, en el rellano del altar lateral, estaban los alumnos del Colegio del Beato Juan de Ávila. En el coro, los del colegio de Vocaciones Eclesiásticas de San José.
A punto de las once, vemos llenos todos los asientos, con lo cual queremos indicar que la concurrencia de clero, caballeros y señoras, ha sido numerosa y selecta. Entre las señoras, se veían bastantes tocas monjiles.
A las once en punto se ha anunciado la llegada del prelado, al cual han ido a recibir a la puerta del templo el reverendísimo don Joaquín Jovaní y los reverendos Calatayud y Paños. Su señoría vestía sotana negra y manteo episcopal.
Ha orado un momento en el reclinatorio y ha tomado asiento en el estrado. Luego se ha puesto de pie, ha mandado a los asistentes sentarse y ha dado comienzo al acto con una sentida plática.
Ha anunciado el propósito de empezar con esta sesión solemne la causa de beatificación y canonización del venerable sacerdote don Manuel Domingo y Sol, cuya figura amabilísima ha evocado, como conocedor personal suyo que ha sido. Ha hecho una explicación sencilla y a la par docta, de lo que es una causa de este género, y ha ponderado la severidad con que las lleva y manda llevar la Santa Iglesia. Ha hecho destacar la gloria que acarrea a Tortosa el hecho glorioso de que en poco tiempo se hayan incoado dos causas de beatificación: la del venerable don Enrique de Ossó y ésta que ahora se incoa. Y termina dirigiendo un saludo paternal a los operarios diocesanos, que son la familia en la cual se perpetúa mosén Sol.
Después, su señoría ha descendido al reclinatorio, y la concurrencia toda, puesta de rodillas, ha entonado el Veni, Creator Spiritus, alternando con estrofas polifónicas, cantadas por la schola del colegio de San José.
Cantada por el prelado de oración, ha comenzado propiamente la parte protocolaria del acto.
Por el señor secretario, licenciado don Pedro Montserrat, se dio lectura al, documento expedido en Roma y revisado por la Sagrada Congregación de Ritos, por la cual el principal postulador, reverendísimo don Carmelo Blay, nombra vice–postulador en España al reverendo don José Avila Muñoz, operario diocesano.
Acto seguido se leen el supplex libellus, o sea la instancia en que el vice–postulador suplica al reverendísimo prelado que se incoe el proceso de beatificación y canonización del Siervo de Dios, Manuel Domingo y Sol, y el decreto del prelado aceptando la instancia y extendiendo el nombramiento del tribunal, que estará constituido en la forma siguiente: juez–presidente–delegado, el ilustrísimo señor doctor don Antonio Martínez, deán de la S.I.C.B.; –juez–presidente–delegado substituto, el muy ilustre doctor don Manuel Rius, arcipreste de la S.I.C.B.; jueces adjuntos, el muy ilustre doctor don Bernardo Frasno, arcediano y el muy ilustre deán don Jorge Abad, maestrescuela; jueces adjuntos substitutos el reverendo doctor don Salvador Milián, presbítero, y el reverendo don José Llidó, beneficiado de la S.I.C.B.; promotor de la fe, el muy ilustre doctor don Juan Bautista Villar, doctoral; promotor substituto, el reverendo don Juan Roda, presbítero; notario–actuario de la sesión inaugural, el reverendo don Manuel Beltrán; notario substituto, el reverendo don Enrique Marro, presbítero, y cursor, el reverendo don Joaquín Escorihuela, presbítero.
Aceptados los cargos por los designados para desempeñarlos, procedieron todos ellos, empezando por el señor obispo, a hacer juramento de guardar, acerca de lo que se trate en el proceso, el más inviolable secreto, bajo las gravísimas penas canónicas que se señalan como sanción.
El señor vice–postulador hizo en seguida entrega al promotor de la fe de la lista de testigos que han de declarar y de los artículos, resumen de la vida de mosén Sol, que han de servir de base para los interrogatorios y declaraciones. El mismo vice–postulador prestó también el juramento llamado de calumnia en que se compromete a proceder con verdad en todas sus actuaciones.
Después de designado el lugar para la celebración de las sesiones, que será una de las salas del palacio episcopal, se ha anunciado que el primero de los testigos citado para declarar es el decano del colegio de abogados de Tortosa don Víctor J. Olesa,
Enseguida se ha entrado en la segunda parte de la sesión, que se refiere al examen de los escritos del Siervo de Dios. Se han repetido la instancia del vice–postulador, la aceptación de la misma y el juramento del prelado, de los miembros y del vice–postulador.
Terminada esta ceremonia, el secretario ha dado lectura, en castellano, al edicto del reverendísimo prelado en que se anuncia la incoación del proceso, se hace una rápida enumeración de los principales hechos de mosén Sol, se citan los nombres de los que han de constituir el tribunal, en la forma antes dicha, y se ordena a todos los fieles que posean algún dato, favorable o adverso al mismo, que lo comuniquen al promotor de la fe en el término de cuatro meses, contaderos desde el primero del próximo diciembre.
Terminada así la parte protocolaria de la sesión, el reverendo doctor don José Avila pronunció un elocuente discurso de acción de gracias al prelado, alma de la solemnidad que acababa de celebrarse; a los jueces que han de formar el tribunal, a las distinguidas personas, eclesiásticas y seglares asistentes, y finalmente, ha dirigido un efusivo saludo a los benjamines de la Obra de mosén Sol, los colegiales de San José y los alumnos de la Casa de Probación de la Hermandad, en quienes veía representados a todos los seminaristas josefinos de España.
El señor obispo, con la exquisita suavidad que le es característica, aceptó complacido, en nombre propio y de sus diocesanos, el saludo del reverendo Avila y de los superiores de la Hermandad, e hizo votos porque se vean colmadamente cumplidos los deseos que a todos los habían congregado, de contribuir, si tal es la divina voluntad, a la glorificación del egregio tortosino mosén Sol.
Y para terminar, nos complacemos en trasladar aquí también el artículo de circunstancia que, como complemento de la antecedente información, publicada en el mismo número del Correo de Tortosa:
MOSEN SOL
En otro lugar de este número publicamos la reseña de un acto, cuya noticia llenará de satisfacción a nuestros lectores.
Se trata de la incoación del proceso para la beatificación y canonización, en su día, del Siervo de Dios mosén Sol. Acaba de celebrarse el primer acto de este proceso, bajo la presidencia del excelentísimo e ilustrísimo señor obispo, y con asistencia de los miembros principales de la congregación de Operarios Diocesanos y de otras personalidades que actuarán en el desarrollo de la causa.
De la importancia de este acontecimiento no hemos de hacer encomios, porque ella salta a la vista, pero no dejaremos de insinuar siquiera alguna cosa para noticia de la generalidad de nuestros lectores.
Todos, en Tortosa, sabemos quién fue mosén Sol. Veintidós años hará pronto que dejó este mundo, pero su recuerdo no se ha borrado, ni el perfume de su vida santa se ha podido extinguir un solo momento. Poco tiempo hace que Tortosa entera le tributó un ferviente homenaje con motivo de la traslación de sus restos; aquello fue una pequeña glorificación y un como presentimiento popular de algo más hondo, que aún no ha –llegado, pero que esperamos que llegará.
Con todo, ni el recuerdo de su vida, ni el otro más reciente de su triunfo, son lo principal para nosotros. Lo principal es el foco de caridad que ardió en su alma; lo principal es la semilla que aquí comenzó a producir y que esparció después por todas partes; lo principal es la glorificación que dio a Dios y la que Dios esperamos dé un día a su siervo. Y todo esto, que por ser interior ha sido oculto, y que por inicial no ha podido debidamente apreciarse, comenzará a germinar muy pronto, y crecerá y se extenderá para gloria de Dios y también ... muy justamente lo decimos, para honra de nuestra ciudad.
No sabemos cuándo ocurrirá; no queremos adelantarnos al juicio de la Iglesia; pero séanos permitido, en calidad de periodistas, aligerar un poco el curso de las cosas, y en alas de nuestro deseo imaginarnos en Roma, en peregrinación tortosina, quizá nacional, pero siempre con derecho de presidencia, y gozar allí de la exaltación de nuestro paisano, que llenando primero de bienes a su ciudad, la llenó también de honores después de su muerte.
Imaginarle así, después de todo, no es ninguna temeridad, ni por la persona, ni por sus obras, ni por la fama general de santidad de que siempre gozó.
Se trata de una figura que, como tal, por sus solas condiciones personales, hubiera sobresalido en cualquier parte. Se trata, además, de un sacerdote santo, de vida inmaculada, lleno de caridad, Heno de generosidad, que todo lo dio y todo se dio para beneficio de sus hermanos. Y si a esto se añade que fue un incansable sembrador del bien, que trabajó como un gigante –llenando él solo un hueco que quizá no hubiera llenado una legión; que tuvo ideas geniales y las dejó florecientes en el mundo; que fundó, sobre todo, la obra de las vocaciones sacerdotales, verdadera raíz de cuanto pueda hacerse en beneficio de las almas, y que fundó, además la Congregación de Operarios Diocesanos, cuya importancia, a pesar de cuanto ya se ha dicho de muchas maneras, aún no es ni puede ser suficientemente conocida, nadie podrá admirarse de nuestras imaginaciones periodísticas, ni creer excesiva nuestra esperanza.
Más aún: hablando en puridad, cuanto hemos dicho está en la conciencia de todos y estuvo ya en vida de mosén Sol. Mientras vivía, tuvo fama de santidad; y cuando murió, el clamor, levantado incluso por los de profundis de sus exequias, nos sonaban al himno de gloria in excelsis, como la cosa más natural del mundo. Las gotas del llanto, iluminadas por el sol de sus virtudes, nos hacían ver allí mismo el arco iris de su gloria.
El acto, pues, de hoy, reviste para nosotros extraordinaria importancia, porque es el primero de una serie que ha de venir muy pronto ensanchando su ámbito cada vez más; porque es el primer brote del árbol de la gloria, que confiamos ha de elevar sus ramas muy alto.
Por nuestra parte, por parte de Tortosa, sin exclusión ninguna, como promotores o como adyuvantes, como jueces o como testigos, dentro y fuera del tribunal eclesiástico, la introducción de esa causa es un acto de justicia, primero y más que otra cosa. Las virtudes de mosén Sol le hacen acreedor a ello, ciertamente; pero los beneficios que a todos nos dispensó, su amor por las cosas de Tortosa y el honor e influencia que la ciudad ha de recibir y desarrollar en el mundo, son motivos muy sobrados para excitar nuestro celo y contribuir a la glorificación de quien toda su vida glorificó a Dios y derramó beneficios entre los hombres. Esperamos, pues, que todos presten su cooperación, ya con declaraciones testificales los que le conocieron, ya con su simpatía o propaganda recogiendo cuantas noticias sean posibles, o ya, al menos, con sus oraciones para el buen éxito de la causa...
NOTAS
1. E. II, Cartas, 17.º, 13.
2. Ibid., 104.
3. Ibid., 122.
4. Ibid., 118 y 131.
5. E.I, Predicación, 6.º, 34.
6. Citado por A. Torres, Vida..., 542.
7. E.II, Cartas, 20.º, 81.
8. Ibid., 122: a la madre Angela Gaya. En otra del mismo día, se deja escapar esta exclamación: «¡Hoy 9! Aniversario de mi primera misa! ... ¡Cuántos recuerdos tristes!» (Ibid., 323).
9. Ibid., 265.
10. Cita de R. Torres, o. c., 562.
11. E.II, Cartas, 20.º, 323.–El día 1.º escribía a don Benjamín: «No estoy Peor, pero sólo las oraciones de las almas buenas pueden impedir el avance de mis achaques» (Ibid., 320).
12. Cita de A. Torres, o. c., 563.
13. Cartas del 17 y 18 de enero: E.II, Cartas, 20.º, 328 y 329.
14. Citado por A. Torres, o. c., 564.
15. Publicado en El Correo Josefino, número extraordinario: A la memoria del doctor don Manuel Domingo y Sol, Pbro., Fundador y Director General de la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos del Corazón de Jesús. Tortosa 1909, pp. 171–172.
16. Ibid., 172–174.
17. Ibid., 177.
18. Ibid., 65, 95 y 127.
19. RAH, «Cartas a don Manuel», carp. 18, leg. 2, doc. 19.
20. En El Correo Interior Josefino citado pp. 153 s. y n.º 169 (febrero 1911) 47–55.
21. Más detalles, con copia de cartas y documentos, en El Correo Interior Josefino 185 (junio 1912) 163–228.
22, Ibid., 352 (junio 1926) 161–180, donde se recoge el sermón del señor Chillida.
23. Número extraordinario de El Correo Interior Josefino, citado, 178.
24. «Mosén Sol», artículo publicado en La Paraula Cristiana (marzo 1931).
25. El Correo Interior Josefino 169 (febrero 1911) 70–94.
26. Ibid., 56–69.
27. Lo recoge A. Torres, o. c., 920–926.
Epílogo |
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