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Manuel Domingo y Sol
Apóstol del sacerdocio
Fundador de la Hermandad de Sacerdotes Operarios
Diocesanos del Corazón de Jesús
Germán Mártil
MADRID
1942
AL LECTOR
TIENES entre tus manos, lector amable, un libro sin pretensiones. No busca más que darte a conocer una gran figura desconocida, de nuestro desventurado siglo XIX. Años tristes y agrios aquellos, en que culmina la decadencia de una Patria, otrora gloriosa y ya en franca descomposición. La gangrena del liberalismo -o sea la negación de nuestra, triple unidad: religiosa, imperial y política-, que corroía sordamente las entrañas de España, desde que, con bobaliconería de aldeanos deslumbrados, abrimos las puertas al veneno de moda de la Enciclopedia, comienza a manifestarse en algaradas, guerras intestinas, pronunciamientos y ensayos revolucionarios. Pobre siglo, que se abre con el bochornoso secuestro de los Reyes de España por un déspota extranjero, y se cierra con el ultimo desgarrón sangriento de nuestro inmenso Imperio de Ultramar. Todo en él es anodino, rastrero, vulgar, acomodaticio, y todo se desarrolla en un ambiente ruin, avezado a la zancadilla y a las murmuraciones de casino. ¡Qué pocas figuras recias, auténtica representación de la España noble, caballeresca, misionera, teológica, santa, en esa liberalesca centuria!
Pocas, cierto, pero las suficientes para dejar constancia de la supervivencia del imperecedero espíritu de la raza en tan infaustos días: en las armas, Zumalacárregui; en la Filosofía, Balmes, y en la santidad, Antonio María Claret, Micaela del Santísimo Sacramento y Manuel Domingo Sol. Sí, también Manuel Domingo Sol. Es lo que quiere demostrarte este libro.
Don Manuel Dominio Sol, sacerdote tortosino, que pasó por el teatro de la Historia en el último siglo, del año 1836 al 1909, es una gloria de España y gloria a la vez de la Iglesia universal. Sacerdote fervoroso, apóstol infatigable en todas las ramas del apostolado-juventudes, catecismos, ejercicios, misiones parroquiales-, director de almas escogidas, propagandista de la buena prensa y Fundador genial de una Hermandad de sacerdotes consagrada a la formación del clero y a la propaganda en favor de las vocaciones sacerdotales, obra que ha proporcionado a la Iglesia un número considerable de excelentes sacerdotes, en una época de especiales dificultades y frecuentes persecuciones. Todo esto, y mucho más que verá quien llegue a leer estas páginas hasta el fin, fue el humilde sacerdote español cuya vida historiamos, quien reúne en su haber, a nuestro juicio, sobrados títulos para ser considerado como una verdadera gloria nacional, puro reflejo, en el gris ambiente español del siglo XIX, de aquellas magníficas estampas de santos de nuestros mejores tiempos, colocado en otro marco distinto. Es hora de desempolvar nuestros archivos y reivindicar para la Patria sus verdaderas y legítimas grandezas.
Para colocar en su puesto la relevante personalidad de mosén Sol -como te llamaban cariñosamente sus conterráneos- he utilizado casi exclusivamente una fuente: la «Vida» del siervo de Dios, que publicó en Tortosa, en 1934, el sacerdote Operario Diocesano don Antonio Torres. No he tenido a mi disposición ningún otro documento que tratara directamente del tema. Y en realidad, no lo necesitaba. Mi objeto, más que investigar facetas nuevas de esta gran vida sacerdotal, era recoger en una síntesis luminosa las características y los matices que don Antonio Torres deja suficientemente dibujados en su voluminosa, documentada y logradísima obra. El mencionado autor tuvo a su disposición el archivo de la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos, con el riquísimo arsenal del epistolario de Don Manuel, que es su fuente primera y principal, y supo trasladar a las páginas de su libro los rasgos más interesantes de aquella alma excelsa.
Para mi fin, que era abreviar y destacar relieves, dando unidad y vigor al conjunto-ya que la difusión de aquel escrito deja a veces desdibujados los contornos y carentes de perspectiva las líneas, por el excesivo respeto que guarda a la parte documental, que no le permite detenerse mucho a comentar e interpretar por cuenta propia-, eran más que suficientes los datos que se ofrecen en aquella historia. Mi labor es, pues, sencilla, aunque expuesta a peligros a causa de su misma facilidad. He procurado, trabajar en ella con cariño.
Si algo hay de meritorio en este libro, más que al compilador y reajustador de los materiales, debe atribuirse en justicia al paciente y afortunado investigador del inmenso acervo manuscrito. A el van mis mejores sentimientos de gratitud, por la absoluta generosidad con que ha puesto a mi entera disposición su meritorio trabajo. Yo me contentaría con haber conseguido encerrar en pocas páginas, al alcance de todos, para que pueda fácilmente ser difundida su historia, el retrato espiritual de aquel insigne y santo varón, apóstol del sacerdocio en nuestra Patria, cuya obra incomparable perdura aun entre nosotros a través de sus hijos los Sacerdotes Operarios Diocesanos. .
HACIA EL SACERDOCIO
EL niño Manuel Domingo Sol abrió los ojos a la luz en una tibia madrugada de Viernes Santo, el uno de abril de 1836, en la ciudad de Tortosa. Primavera de cruz y de martirio en el cielo litúrgico de la Iglesia; primavera triste también para la Patria. En aquellos días lloraba la Iglesia uno de los no infrecuentes atropellos que contra ella se cometieron en el, por tantos conceptos, infausto -siglo XIX. Bajo la implacable mano de Mendizábal sufrían persecución las Órdenes religiosas, que eran injustamente disueltas y despojadas de sus bienes. La guerra civil, por otra parte, asolaba media España, y el estruendo de las armas se oía no muy lejos de la pacífica Tortosa, donde mes y medio antes del nacimiento de nuestro héroe, el 16 de febrero, había sido fusilada María Griñó, la infortunada madre del célebre general carlista Cabrera.
Fueron los padres del niño que en tan señalada fecha hacía su aparición en el mundo, don Francisco Domingo Terré y doña Josefa Sol Cid, matrimonio modelo, de rancio abolengo cristiano, como tantos otros españoles de aquellos tiempos, y singularmente de aquella tierra piadosa y buena. Tortosa, tendida a la margen izquierda del Ebro, con sus casonas amplias de labradores, sus viejos palacios señoriales, sus bellas y múltiples iglesias de severas líneas, coronadas por la negra mole de piedra de su hermosa Catedral gótica, es una ciudad provinciana, acogedora y tranquila, con pujos de capital y campechanía de aldea. Diremos mejor, Tortosa era todo eso en la época a que nuestra historia se refiere. Pero la guerra, la dura guerra de liberación, que comenzó el 18 de julio de 1936, ha cruzado muchas veces sobre sus carnes desnudas su enorme y temible látigo de fuego y de hierro. Casi un año entero lamió sus murallas el frente nacional. El Ebro fue por mucho tiempo la línea divisoria de los dos Ejércitos, y la vesania roja, obstinada inútilmente en prolongar un martirio doloroso, se encargó de reducir casi literalmente a ruinas la vieja y hermosa ciudad. Pocos y tristes vestigios ha dejado el huracán de lo, que fue un pueblo alegre, limpio y moderno.
La ciudad recuerda orgullosa sus viejos fastos guerreros. Desde los tiempos del Imperio Romano, pasando por la dominación árabe, hasta la guerra de la Independencia, Tortosa ha escrito hermosas páginas de heroísmo en las gestas de España. Pero Tortosa se gloria sobre todo de sus tradiciones religiosas. Un discípulo inmediato de San Pablo, San Rufo, hijo de Simón Cirineo, según cuentan las crónicas, fue su primer obispo y fundador de su sede, en la cual han ido sucediéndose prelados ilustres, prez de virtudes y de sabiduría, entre los cuales figura el Cardenal Adriano de Utrech, más tarde Papa con el nombre de Adriano VI.
Y que la semilla de la fe de Cristo no ha sido estéril en el generoso suelo tortosino lo atestiguan las almas santas allí nacidas, o que allí desplegaron las potentes alas de su virtud y de su celo, como el Beato Gil de Federich, mártir dominicano en Tonquín; don Enrique de Ossó, Fundador de la Compañía de Santa Teresa de Jesús; la Madre María Rosa Molas, Fundadora de las Religiosas de Nuestra Señora de la Consolación, y nuestro Don Manuel, con la multitud de hijos e hijas que los tres insignes fundadores engendraron para Dios; y lo pregona la vida de piedad exuberante de la hidalga ciudad, con sus numerosos conventos, sus artísticos templos y sus costumbres cristianas, reciamente patriarcales, supervivientes aún a las no escasas quiebras de los tiempos en el rico venero del cadencioso lenguaje popular tortosino, que es una cantera abundante de modismos y de fraseología, saturada de hondo sabor religioso.
El hogar del pequeño Manuel era un hogar tortosino de cepa en el sentido más noble de la palabra: profundamente cristiano, y estrechamente adherido a las costumbres y tradiciones locales. El día después de su nacimiento, Sábado Santo, 2 de abril, en las aguas recientemente bendecidas de la Santa Iglesia Catedral, olientes aún a crisma y a cirio pascual, fue reengendrado en Cristo el afortunado infante, undécimo vástago que acababan de recibir de Dios aquellos cristianísimos padres. Y poco más sabemos, hasta muchos años después, de la vida nueva que hoy comienza para nuestro héroe; la vida de la gracia, que en el Bautismo, segunda generación, se enciende en el alma como una luz divina puesta en el barro humano. y que el hombre ha de cuidar con su propio personal esfuerzo, y puede llevar a producir finuras de excelsitud, o puede arrojar lastimosamente al cieno.
Pero tenemos suficiente asidero para la, conjetura. En la familia de Manuel había un padre prácticamente cristiano, y una madre piadosa, limosnera y amantísima de sus hijos. Su padre era socio de la "Adoración y Vela perpetua del Santísimo Sacramento del Altar", establecida en la Catedral de Tortosa desde el año 1831. Tal vez una mera coincidencia, pero se dijera también que era éste un presagio de lo que, andando los tiempos, había de ser uno de los anhelos más puros de aquel pequeño, que en su hogar iba creciendo a la vista de tan hermosos ejemplos.
Su madre, principalmente su madre, esa que es sin duda la primera y más poderosa educadora del hombre, la que moldea el corazón del niño, como una cera blanda, con contornos que difícilmente cambiarán después su dirección fundamental aun a pesar de las luchas y las posibles claudicaciones; la madre de Don Manuel fue espejo de virtudes cristianas y familiares. Apenas nacido el nuevo pimpollo de su hogar, apresuróse a llevarlo a los pies de la Virgen de la Cinta, luz y guía de las buenas familias de Tortosa, y le puso así desde el principio bajo la protección de la Madre de Dios,
Don Manuel recordaba más tarde las innumerables visitas ave había hecho a los principales templos de su ciudad natal, llevarlo de la mano por su buena madre, quien, con todo el certero instinto del cariño maternal, iba infundiendo insensiblemente en el niño la afición a las cosas santas, al paso que crecía y se desarrollaba su cuerpo y su inteligencia. En su familia imperaba un criterio sobrio, honrado y cristiano de la vida. Sus padres pertenecían a la categoría social de artesanos acomodados. Tenían algunas posesiones, pero el jefe de familia ejercía el oficio de tonelero. Los hermanos de Manuel abrazaron ocupaciones similares.
La madre sentía en su corazón un especial atractivo por los menesterosos, satisfacía estos piadosos sentimientos con el ejercicio continuo de una larga caridad para con ellos: tanto que había quienes se creían obligados a llamarle la atención sobre su desmedida ansia de socorrer necesidades. Y la buena señora respondía con modesta gravedad, recordando sin duda la promesa evangélica del ciento por uno, que las limosnas no disminuyen los bienes de quienes las hacen, sino todo lo contrario. En ocasiones se ingeniaba para hacer caridades con tan exquisita delicadeza, valiéndose, por ejemplo, de los dueños de las distintas tiendas de comestibles, que ni los mismos favorecidos lograban adivinar de dónde les venía tan providencial y generosa ayuda. Veremos más adelante lo bien que supo copiar el que fue su hijo predilecto formas tan evangélicas de hacer la caridad.
Doña Josefa Sol pertenecía a varias asociaciones piadosas de la ciudad, y profesaba singular devoción a la Virgen Santísima de la Cinta, patrona de la ciudad y su comarca, amor y culto imprescindible en toda alma tortosina bien nacida, y al Santo Ángel, en cuya calle habitaban, y a cuya sombra había formado su hogar, junto a la capillita dedicada a este celestial mensajero, que se levantaba a pocos pasos de su morada. El cariño que sentía por sus hijos, singularmente por Manuel, el pequeñín, era extremoso, como salido de un corazón maternal ardiente y piadosísimo. No se hacía a tenerle lejos de sí. Y de las travesuras inocentes del niño, cuando éste empezó a valerse por sí mismo, las que más hondamente le disgustaban eran aquellas sus furtivas escapaditas al Ebro, cuando venían los calores. Porque Manuel, desde pequeñito, sintió un placer especial en zambullirse en las claras aguas del río, buscando alivio al bochornoso sofoco de Tortosa en los meses de verano.
No sabemos cómo brotó en el alma infantil del pequeño Manuel el primer movimiento de inclinación al Santuario. Pero deduciendo, por sus anhelos posteriores y el género de educación que en tan cristiano hogar recibió, las disposiciones de su espíritu en aquellos primeros años de la infancia, cuando el niño, a su manera, comienza a abrir los ojos interiores a la vida, podemos suponer que germinó sin ninguna violencia, con natural espontaneidad, aquella atracción hacia Jesús, que había de ser después norte de su vida. En octubre de 1851, a los quince años de edad, ingresó como alumno interno en el Seminario Menor de su diócesis, instalado por entonces en el Colegio de San Luis. Antes había completado su instrucción en las primeras letras, estudiando Humanidades con el dómine Sena, don José Sena, catedrático de Latín y Castellano en el Colegio de Segunda Enseñanza de San Matías.
De su vida espiritual íntima, hasta su ingreso en el Seminario, sólo se han salvado del olvido dos fechas. Recibió el sacramento de la Confirmación el 18 de octubre de 1845, a los nueve años, y la Primera Comunión, en 1848, a los doce. Sabido es que la costumbre en vigor entonces en la Iglesia tendía más bien a retrasar este acto solemne. El encuentro con Jesús Eucaristía era, pues, ya en época en que el niño podía hacerse perfecto cargo de lo que recibía. No nos es dado saber, con todo, lo que en este primer abrazo se dirían almas que tanto habían de amarse como la de Jesús y la de Manuel. El porvenir nos revelará muchos secretos, que en aquellos días quedaron por desgracia inasequibles a la futura curiosidad del historiador, ávido de encontrar vibraciones íntimas del espíritu en esa edad primera, que es un florecer de anhelos henchidos de promesas.
Algo más sabemos de sus años de Seminario. Manuel comenzó sus estudios de Filosofía en 1851. Tres años pasó en el Seminario Menor. Durante los cinco primeros cursos superiores que siguieron, estuvo interno en el llamado Seminario Mayor, sito en la calle de Moncada, sede actual del Instituto Nacional de Segunda Enseñanza. Al paso que iba perfeccionándose su formación intelectual en las diversas ciencias, progresaba también su vida espiritual. No es difícil hacerse cargo de las dificultades en que debió desenvolverse la disciplina en los Seminarios españoles por aquellos años del siglo pasado -del 51 al 60- de tan frecuentes convulsiones políticas, que repercutían a menudo lastimosamente sobre la Iglesia, a causa de las prolongadas sedes vacantes y de las persecuciones que se desataban contra ella, más o menos disimuladamente disfrazadas de fútiles pretextos legales.
La misma organización interna de los centros de formación sacerdotal, por estas y otras causas, dejaba mucho que desear. Con dos pinceladas dibujó más tarde Don Manuel, hablando a sus colegiales de Tortosa, el estado de postración en que se encontraba la vida espiritual y disciplinar del Seminario de Tortosa en la época de sus estudios. Para su instrucción espiritual no oían los alumnos más que una plática al año. No se conocía siquiera el libro de oro, hoy tan divulgado en nuestros Seminarios y aun entre la gente piadosa, de la Imitación de Cristo. Los Ejercicios espirituales para disponerse a los Sagrados Ordenes eran, es palabra suya, "un juguete". Los anuales no se establecieron hasta después de haber sido ordenado sacerdote nuestro seminarista.
En este marco, tan propicio a la disipación, a la holgazanería y a la tibieza, hubo de desarrollarse su vida durante los años de la primera juventud. Semejante circunstancia nos permite apreciar hasta qué punto debió luchar contra la corriente, adversa y halagadora al mismo tiempo, el joven y animoso seminarista, para mantener su vida interior en la tesitura en que de hecho la mantuvo de fervor constante y de continuo progreso.
Desde muy temprano comenzó a dar bien palpables muestras de una devoción tierna y encendida a la Santísima Virgen. En Don Manuel fueron siempre parejas la vida interior y la actividad externa. Su temperamento de exuberante vitalidad daba paso franco a las ideas y emociones que llenaban su espíritu. Por eso, no se contentó con dedicar en el silencio de su alma un culto asiduo y cordial a la Madre de Dios, sino que, por necesidad expansiva de su carácter, hubo de manifestarse este fervor mariano en su trato con los demás compañeros de Seminario.
La lista de obsequios que ofreció a la Virgen durante el mes de mayo de 1854, a los diez y ocho años de edad, nos da a conocer la cuidadosa vigilancia y la filial ternura que derrochó durante todo el mes para agradar con su vida a la Señora. Leyéndolos, se advierten dos directrices principales de su vicia por aquellas fechas: la oración y la mortificación. ¡Que bien supo dar con la entraña de la verdadera piedad en aquellos años críticos en que el joven, rebelde al freno de la obediencia y al yugo de la ley, fácilmente se desvía por caminos torcidos buscando la fruta prohibida, o se encierra en un soñador y peligrosísimo aislamiento! Los obsequios que el piadoso seminarista dedicó aquel florido mes de mayo a su adorada Madre del cielo consisten principalmente, o bien en preces vocales, que ofrecía por determinadas intenciones, como las almas del Purgatorio, las misiones, la Santa Sede, sus propias necesidades espirituales; o bien en pequeñas prácticas de abnegación, como ayunos, limosnas, demostraciones de amabilidad a los que le habían ofendido. Se trasparentan en ellos las preocupaciones dominantes de un alma que acaricia ya ambiciones elevadas en tan temprana edad.
El amor que él sentía por la Virgen deseaba pegarlo a los demás. Y esto revela con mayor elocuencia todavía los quilates de la virtud de aquel jovencito. Quienes fueron de ello testigos inmediatos aseguran que a los quince años llamaba ya la atención por su piedad. Y añaden que en aquel tiempo se ingeniaba para propagar la devoción a la Santísima Virgen entre sus compañeros repartiendo estampas, libritos, oraciones impresas y listas de obsequios para practicarlos en el mes de María; hermosa e incurable manía de Don Manuel que durante toda su vida fue incansable propagador de estas pequeñas cosas, tan apropiadas para atraer hacia el bien y mantener en la piedad a las gentes sencillas.
A un seminarista, cinco años más pequeñito que él, le hablaba con ternura del amor a María, y le preguntaba frecuentemente si era devoto de Nuestra Señora, amonestándole con encantadora gravedad, mientras le entregaba sus lindas estampitas: "-Mira que ser devoto de la Santísima Virgen es medio seguro para ir al cielo." Con esto conseguía el fervoroso estudiante dos victorias muy dignas de tenerse en cuenta a su edad: primero, sobre el respeto humano, señor astuto y artero, que tantos súbditos tiene a veces por desgracia aun en los Seminarios, sobre todo en la época crítica de los quince a los veinte años; y además, la que supone ya de suyo el esfuerzo por el cultivo de una intensa vida interior, y de ocupación noble en años tan expuestos para la virtud de los jóvenes.
No es extraño que Don Manuel hablara más tarde con tanto cariño a sus colegiales de Tortosa del ansia con que esperaba en sus días de seminarista la venida del mes de mayo, y del esmero con que se esforzaba en honrar a María y obsequiarla con oraciones y penitencias. Así se comprende también el fervor y la ingenua confianza con María que rebosa una consagración hecha por él a los diez y nueve años, en el día del Carmen de 1855. Está redactada en un latín espontáneo, y expresa con sencillez su entrega total en brazos de la Señora, a la cual quiere comprometer solemnemente, en justa reciprocidad, a que proteja de una manera especial a sus padres y hermanos y su misma persona, amparándolos singularmente en la hora de la muerte. Y termina su original ofrenda afirmando con candoroso desenfado que, si la Virgen no cumple esta demanda, se podrá quejar con razón de Ella, y la célebre frase de San Bernardo, de que no abandona a ninguno de los que a Ella acuden, habrá que borrarla de las páginas de la Historia: “ex Historia tolletur". ¡Hermoso corazón enamorado ardientemente de la Purísima Madre de Dios en sus diez y nueve prometedores abriles!
En aquellos días floridos comenzó también a apuntar en el alma de Manuel un amor, que fue luego motor de su vida entera: el amor a Jesús Eucaristía. Tenemos una desnuda frase suya, que en dos palabras es toda una revelación. Declaraba él mismo más adelante, y por cierto incidentalmente en una carta, que a los diez y seis años empezó "a saber decir cosas" al Corazón de Jesús. Indudablemente, estas palabras quieren significar un trato íntimo y cordial con el Señor; no pueden referirse solamente a oraciones vocales o de pura fórmula, que, a esa edad y dada su educación, debían ser ya en él cosa muy antigua y ordinaria. Indican con seguridad una comunicación consciente, en la cual el corazón del fervoroso joven comenzaba a caldearse al contacto con Aquel que iba a ser de por vida el imán de sus amores.
Sabemos además que por esta época comulgaba dos veces por semana; gran cosa para lo que entonces permitían las costumbres eclesiásticas. Aprovechaba para ello las festividades del Señor o de la Virgen, y las de Santos de su especial devoción, entre los cuales, según consta de las listas que se conservan de sus comuniones anuales, figuraba un grupo de los que más se distinguieron por su apostolado en favor del sacerdocio, como San Vicente de Paúl, San Pedro Damiano, San Felipe Neri, San José de Calasanz.
Comenzó también ya por entonces a manifestarse el fuego devorador que había de consumir más tarde sus entrañas en celo de la gloria de Dios. Desde tercero de Filosofía, cuando sólo contaba diez y ocho años, declaró Don Manuel, tiempo adelante, que no había conocido la inactividad, que no sabía lo que era estarse mano sobre mano, sin tener nada que hacer, no habiendo experimentado nunca después lo que es sobrar el tiempo. Y, siendo ya anciano, pudo decir una vez con humilde sinceridad que desde el Subdiaconado, que recibió a los veintiún años, "su cabeza no había vivido sino de combinaciones, y proyectos, y temores, y sobresaltos, y alegrías, y penas sobre los intereses de la gloria de Dios". Nobles ideales llenaban ya plenamente aquella distinguida inteligencia; amores purísimos ocupaban ya totalmente aquel gran corazón, y no le dejaban sosegar desde que pudo advertir la inmensa extensión y la sin igual medida de las necesidades de las almas.
Aquellas sus ansias de acción pudieron desahogarse en parte durante los últimos años de su estancia en el Seminario, de los que inmediatamente precedieron a la recepción de las Ordenes. En abril de 1858 se estableció en Tortosa de manera formal la Asociación de la Doctrina Cristiana, viniendo a cobrar con este motivo gran impulso la enseñanza del Catecismo a la infancia. El Obispo don Gil Esteve, encomendó la dirección de la Obra de los catecismos en la capital a don Benito Sanz y Forés, Lectoral de la Catedral, alma prócer de sacerdote dotada de grandes prendas de talento y no común celo apostólico. Manuel era discípulo suyo en las aulas del Seminario, y poco a poco llegó a trabar con él una estrecha amistad que había de durar toda la vida. Como en virtud de una disposición del Prelado quedaban incorporados a la Asociación de la Doctrina Cristiana todos los clérigos, nuestro seminarista, ordenado de Subdiácono desde diciembre del año anterior, se inundó de gozo al saber que la Iglesia exigía ya de él una labor a la que estaba deseoso de entregarse desde hacía tiempo.
Bajo la experta dirección de tan insigne maestro -como Sanz y Forés, el futuro Cardenal Arzobispo de Sevilla, se entregó Manuel con todo el fervor de su alma generosa a instruir en la fe a aquellos parvulitos y a ir sembrando en sus almas las semillas de las virtudes. El cultivó principalmente una sección de niñas. con las que obtuvo positivos y excelentes resultados. Cuidadoso, como lo fue siempre después durante su larga vida de apostolado, de no encomendar a la inspiración del momento el fruto de la palabra de Dios, anotaba de antemano, no solamente las instrucciones catequísticas que hacía a su menudo auditorio femenino, sino hasta los pormenores de las advertencias que acostumbraba a dirigirles en determinadas circunstancias.
Una de las pequeñas oyentes nos cuenta algunos detalles que patentizan dos principales afanes del ya maduro seminarista en la enseñanza del Catecismo. Le gustaba explicar las verdades a fondo y extensamente, dentro de lo que permitía la capacidad de sus discípulas, no contentándose con que aprendieran de memoria y someramente los principales artículos del Dogma. Le agradaba, además, atender desde muy temprano a la iniciación, también a fondo, de las pequeñas en la práctica de la virtud, adaptando, por supuesto, el ejercicio de la misma a las posibilidades de sus tiernas catecúmenas. "A las mayorcitas -nos dice esta aprovechada discípula, después fervorosa religiosa- les daba lecciones de Moral, y hacía aprender los efectos que causan en el alma el pecado original y los otros pecados. Y exigía explicación de todo. A las más aprovechadas les obligaba a hacer vela a la Virgen de la Soledad, durante una hora cada una, ante su altar en la Catedral, hasta que cerraban el templo. Lo mismo sugería en el mes de mayo con respecto a la Corte del Amor Hermoso."
Los domingos habían de ir juntitas las amigas a visitar a unas niñas enfermas al Hospital. En la fiesta de la Virgen del Carmen daba a alguna de ellas dinero para que pagara los escapularios a las otras niñas del Catecismo. Con estos recursos y otros parecidos, se ingeniaba el novel y aprovechado catequista para tener siempre santamente ocupado a su pequeño rebañito escogido, e ir inculcando en sus tiernas almas el amor de Dios y fortaleciéndolas en la práctica del bien.
Nada sorprende que de aquel modelo de Catecismo brotara, andando los años, un plantel de almas elegidas que se consagraron enteramente al servicio. de Dios, bien en la quietud del claustro o bien quedando en medio del mundo. ¡Qué Profundo sentido apostólico adquieren, al considerar este primer ministerio suyo, unas sinceras palabras de despedida que Don Manuel pronunció algún tiempo después, al dar el último adiós a su rebañito del Catecismo, cuando, ya sacerdote, recibió el primer nombramiento Para una parroquia! Les dice que el Catecismo ha sido "todo su ídolo, todo su afán", y recalca todavía que "¡le entusiasmaba tanto!..." "La juventud -añade- es la que me ha inspirado siempre más compasión. Aunque no fuera más que inclinaros a la piedad y a la religión y libraros, principalmente, de los peligros que os rodean en los días festivos, ya me parece que se sacaba bastante fruto." ¡Qué ingenua generosidad de alma enteramente entregada a los afanes apostólicos revelan estas sencillas frases, brotadas del corazón de un joven entusiasta, en los albores de su ministerio sacerdotal!
Sin duda que con estas primeras experiencias ministeriales fue templándose más y mejor su espíritu abierto y enardeciéndose sus anhelos de -propia perfección, anhelos que, con ocasión de recibir los Ordenes Sagrados. se robustecían cada vez más. Nuestro seminarista recibió la Tonsura, en conformidad con la disciplina canónica entonces vigente, a los diez y seis años, apenas entrado en el Seminario; las órdenes menores y el Subdiaconado, el 18 y 19 de diciembre de 1857, cuando contaba poco menos de veintiuno; y el Diaconado, dos años más tarde, el 24 de septiembre de 1859.
Poseemos las normas que escribió para hacer los Ejercicios espirituales del Diaconado con fruto. Por este piadoso escrito nos es posible medir los progresos que había alcanzado ya por entonces aquella alma distinguida. Adviértase que estos Ejercicios fueron hechos, según triste costumbre a la sazón en vigor, como ya hemos recordado antes con palabras del mismo Don Manuel, sin interés ninguno, por pura fórmula. Solían ser -nos lo ha dicho él mismo- un juego de niños. Así se puede apreciar mejor la energía de voluntad y la firmeza de virtud que suponen en un joven de veintitrés años las siguientes reglas para practicar seria y concienzudamente sus Ejercicios: "Por los claustros, no esforzar la voz. En los actos de comunidad, ni fuera de ellos, no hacer gestos ni proferir palabras inoportunas, sino guardar una gravedad completa en todas las cosas. Cada hora del reloj, hacer la comunión espiritual, y hacer examen de haber guardado silencio en toda la hora.. No levantar la vista ni hablar sin necesidad. Privarme de toda bebida que no sea necesaria. Tener presente siempre y recitar el age quod agis. Al fin de los Ejercicios, ofrecerlos a los pies de Jesús, poniendo a María de la Merced por intercesora."
Sin duda que el Espíritu Santo vendría complacido a aposentarse en aquella alma que tan esforzadamente se proponía servir de veras a Dios en el sacerdocio. Para mejor entender el mérito del propósito sobre la privación de bebidas, ha de tenerse en cuenta que eran los primeros días de septiembre, que en Tortosa suelen ser todavía excesivamente calurosos, y que Don Manuel sintió toda la vida "verdadera pasión"-son sus palabras-por el agua en tiempos de calor.
Hasta la recepción del Presbiterado pasaron más de ocho meses, que nuestro feliz ordenando debió ver correr con gran impaciencia, soñando en el gran día que se acercaba y trabajando con ahínco, entre tanto, en prepararse, lo menos indignamente que sus fuerzas le permitieran, para ser elevado a tan alta dignidad. Temía y deseaba a la vez la llegada de aquella fecha, que había de ser histórica en su vida. Estos dos sentimientos encontrados se reflejan en una carta escrita por entonces. "No sé si me hallo con fuerzas y luces suficientes -dice en ella- para ascender el último escalón del Santuario; pero la pureza de intención es lo único que parece animarme a tan grande empresa." El temor de la propia indignidad, que tanto hacía temblar a los Santos, y al propio tiempo la tranquilidad de conciencia, al considerar que iba a dar tan trascendental paso sólo por motivos de gloria de Dios. ¡Bella preparación para entrar en el sacerdocio! A lo largo de esta historia tendremos que ver muchas veces el alto aprecio que de la pureza de intención hacía siempre Don Manuel, hasta el extremo de que, en algunas ocasiones, el amor a esta gran virtud le llevó a ejecutar actos a todas luces heroicos.
No es improbable que por este tiempo, entre los temores y las esperanzas, asaltara a su alma la dolorosa enfermedad de los escrúpulos. Sabemos por confesión suya que los sufrió durante sus años de Seminario, y que con ellos dio no poco que hacer a un bendito padre cartujo exclaustrado que era su confesor. Pero este sarampión espiritual debió pasar muy pronto, aunque le dejó una exquisita delicadeza de conciencia, que conservó toda su vida.
Por confesiones más o menos veladas del mismo Don Manuel, hechas más adelante, mientras intentaba exagerar la importancia de lo que él llamaba sus pecados -posteriores, es lícito deducir que en los años de su preparación al sacerdocio fue absoluta la pureza de su alma. Oyendo lamentarse a otra persona de los pecados cometidos en su vida pasada, se le escapó ingenuamente esta preciosa confesión: "Yo no los he hecho en mi vida pasada; más me duelen los de la presente."
Buscando atar cada día más su corazón a Dios, había ingresado en la Tercera Orden del Carmen, de cuya advocación fue siempre devotísimo, cuando estudiaba todavía Filosofía; y ahora, poco antes de su ordenación de sacerdote, profesó en la Congregación de la Virgen de los Dolores de Tortosa. Su alma estaba ansiosa de unirse a Dio,; más estrechamente, y acudía para ello con certero instinto a la intercesión de su Madre Santísima.
Llegó por fin la fecha anhelada de su ordenación sacerdotal. Afortunadamente, conservamos íntegros los propósitos que escribió en los Ejercicios espirituales que inmediatamente la precedieron. Por ellos podemos rastrear las disposiciones con que su alma privilegiada se preparó a tan extraordinario acontecimiento, las ansias que llenaban su espíritu al asomarse a la dura y delicada vida de apostolado, y el programa de acción que se trazó para llenar la excelsa misión que la Iglesia iba a confiarle. Copiamos íntegro a continuación tan precioso documento.
"Siendo tan alta, tan sublime, la dignidad del sacerdote, resuelvo no rebajarla ni en visitas inútiles, ni en paseos públicos, ni en conversaciones particulares, ni dando demasiada franqueza a los inferiores; modestia, silencio y palabras oportunas, aun con la familia."
"Conozco que para mantener el espíritu eclesiástico, esto es, la modestia, la inclinación y prontitud a desempeñar nuestro ministerio, es necesario estar desprendido de todo; por tanto, resuelvo: 1.º, no correr ni beber sino por necesidad; 2.º, no disfrutar en vestidos, muebles, fiestas, etcétera; 3.º, no trabajar para que nos estimen."
“Conociendo lo desprendido que debe estar el sacerdote de todas las cosas, y lo feo que resulta el ser interesado, además de no tener anego a muebles y vestidos, practicaré, con anuencia de mi Director, en las festividades principales quedarme sin nada."
"He conocido cuánto vale el buen ejemplo y, así, además de la presencia habitual de Dios en todas las cosas y del cuidado en las palabras y conversaciones, en el andar' correr, reír, procuraré tener presencia de Dios actual mientras esté en la iglesia y especialmente en las funciones religiosas.
"Conozco que me es necesario el prepararme y dar gracias después de la Misa, y para ello procuraré por nada omitirlo, y si no puedo inmediatamente, procuraré prevenirlo o arreglarlo después; y pedirme cuenta en la oración del cuidado que haya puesto en ella."
”Conozco que es necesaria mucha pureza de intención, para que así sacrifiquemos con gusto la vida; y así, antes de empezar alguna obra, en especial el trabajo de la predicación, me pondré en la presencia de Dios, y se lo ofreceré rogando a María Santísima."
“Conozco cuán fácil es, atendida la índole de nuestro corazón, el faltar a la fidelidad que debemos a Dios; por lo tanto, procuraré ir con mucho cuidado en evitar las causas que nos disipan, rompiendo con todo, aunque en ello aparezca la gloria de Dios; y procuraré además, en todas las ocasiones dudosas de peligro, pedir la anuencia del Director. "
“Conozco el temor continuo con que debo estar de no tener la ciencia suficiente, por lo tanto, cuidaré de rogar todos los días a Dios me dé las luces necesarias, procurando estudiar con constancia y método y que mis conversaciones sean de cosas útiles, preguntando lo que más me convenga en todo."
¡Magnífico programa de vida sacerdotal! A través de estas líneas, escritas con el corazón en la pluma, se trasluce una madurez de juicio, una reciedumbre de temple, una solidez de virtud, una penetración psicológica de lo que es el alma humana, que nadie se atrevería a esperar de un joven de veinticuatro abriles, aún no amaestrado por las duras lecciones de la experiencia. Antes de lanzarse a la lucha, quiere tomar bien sus medidas Dará marchar con seguridades de victoria.
Con el claro concepto de la grandeza de la misión sacerdotal por delante, toma serenamente sus determinaciones para no "rebajarla", como él dice. Y llega de primera intención a encontrar la raíz misma de la santidad. Desprendimiento absoluto de todo, bienes materiales, propia estima, afectos humanos. Se diría que está hablando, más que un sacerdote que ha de vivir en medio del mundo, un religioso de vida rigurosamente recogida.
Siente preocupación dominante por el buen ejemplo, inquietud esta que le traerá temeroso toda su vida para no escandalizar a las almas débiles. Para ello, busca el remedio a fondo: la presencia de Dios. Más adelante veremos de qué recurso se valía para mantenerla. Devoción especialísima, desde el primer día de su vida sacerdotal, al Santo Sacrificio de la Misa. Ya veremos cómo precisamente en los momentos de su acción de gracias, que eran los mejores momentos del día para él, quiso el Señor bendecirle con favores especiales.
Pureza de intención a toda prueba en sus obras, porque él luchó siempre para conseguir que no se mezclara en sus actos la polilla de las intenciones humanas o el veneno de la vanidad. Desconfianza de sus propias luces y continua necesidad de consejo. Es uno de los rasgos que a primera vista sorprenden en una personalidad tan definida como la de Don Manuel. Por una parte, la arrolladora fuerza de su temperamento, predominantemente activo, emprendedor, decidido y enérgico, hasta la entrega total de su vida a empresas grandiosas de gloria de Dios, y, por otra, la continua desconfianza de sí mismo, el recurso constante al consejo de los demás, el temor de no llenar con sus obras los designios divinos.
Es la humildad, virtud básica y característica de los Santos, juntamente con el celo ardoroso. Para dosificar cumplidamente estas dos nobles aspiraciones de su alma, con-certera intuición, encontró Don Manuel desde el amanecer de su sacerdocio la gran solución: la dirección espiritual. Toda su vida, a pesar de su carácter de Fundador, de hombre de portentosas iniciativas y de bien cumplida experiencia en todos los ministerios, fue fiel a esta práctica que tanta seguridad da a las almas: él tuvo siempre su Director espiritual fijo, ante quien abría con el candor de un niño los senos más recónditos de la suya.
Los propósitos que escribió durante los Ejercicios espirituales para el Presbiterado no se marchitaron en su interior como flores de temprana primavera, con el correr de los días. Le fueron norma inmutable de conducta toda su vida. La lectura de la presente historia lo demostrará bien claramente. Es manifiesto que en el fiel cumplimiento de estos propósitos cifraba el fervoroso ordenando sus mejores esperanzas sacerdotales, contando desde luego con la gracia de Dios, que no le había de faltar. Aquel último mes de mayo que pasó en el Seminario madurando estas santas resoluciones a la vista de la próxima partida, fue un mes de María especialmente consagrado a hacer violencia al Corazón de su Madre Santísima por medio de súplicas ardientes y continuas mortificaciones, a fin de que la Señora quisiera ratificar con su bendición aquellos anhelos de santidad sacerdotal. Leyendo su lista de obsequios de aquel año se adivina este empeño obsesionante. "Yo os entrego para siempre, Virgen Santa. mi corazón"; "recogimiento de los sentidos"; "mortificación de la vista"; “comuniones espirituales"; "llevar un rato el-instrumento de mortificación", leemos en sus apuntes, como otros tantos suspiros de amor y gritos de llamada de aquel corazón abrasado.
Por fin, el 2 de junio de 1860 amaneció el día feliz. Don Manuel recibió aquella mañana la ordenación sacerdotal en la iglesia del Jesús, de manos de su Prelado, y el 9 del mismo mes celebró su primera Misa en la de San Blas, vecina a su casa. Predicó en ella el señor Lectoral, don Benito Sanz y Forés. El Señor nos quiso ocultar lo que en este otro amoroso encuentro, ya en pleno vigor juvenil y en conciencia ardorosa de amor, pasó entre Jesús y Don Manuel. Algo más y mejor sería sin duda de lo que se dijeron en el abrazo de la Primera Comunión. La fecha de su ordenación y primera Misa la recordaba todos los años después con visible nostalgia; y en los últimos de su vida, como con un dejo de amargura, a causa de lo que él llamaba sus pecados posteriores. Signo evidente de que aquel fue un dichoso día de luz y de fuego en su alma, sin la más pequeña nube de tristeza o de remordimiento.
En tan señalada fecha quiso que los desheredados participaran también de su alegría, repartiendo entre ellos abundantes limosnas. Las niñas del Catecismo, por su parte, quisieron también hacerse presentes en la fiesta de un maestro a quien tan sincero cariño profesaban ya por las evidentes muestras de amor que de él habían recibido. Animadas por un sacerdote, fraternal amigo del misacantano, fueron seriecitas a felicitarle a su casa. Y él las recibió con señales de inequívoco agrado, y las obsequió con abundantes golosinas., No es difícil creer que, entre las numerosas felicitaciones que recibiera en su primera Misa, esta de sus discípulas del Catecismo fue la que más gozosamente conmovió su agradecido corazón.
AMANECER DE SEMENTERA
LLAMA la atención el estado de espíritu con que Don Manuel dio comienzo a su vida sacerdotal. Un estado de indiferencia muy particular. El mismo la llama "inexplicable". No sentía inclinación ninguna a cargo determinado. Más aún, él nos dice que experimentaba positiva “repulsión a iodo beneficio colativo". Tenía repugnancia manifiesta para atarse a un lugar o a un ministerio concreto. Pero no era ni mucho menos, como a primera vista pudiera parecer, por razones de comodidad o de pereza. Todo lo contrario. Era para poder lanzarse decididamente a todos los campos donde viera aparecer una necesidad espiritual, a la cual pudiera él aportar remedio.
Imaginando, años más tarde, ante sus operarios, lo que ellos debieron haber sentido al llegar al sacerdocio y hablando a no dudarlo por lo que él mismo había experimentado, expone con toda claridad el estado de su alma en el blando amanecer de su ministerio, fijando con estas taxativas palabras lo que fue su ideal: "trabajar donde fuese y como Dios quisiera y a la voluntad del Prelado; pero con verdadero celo de las almas, y sin buscar ninguna comodidad." Este era, a los veinticuatro años, el sueño dorado de su alma de apóstol.
Sin ambición de cargos, que no la sintió jamás, buscaba llenar plenamente su sagrada misión. Y como veía tantos campos sin cultivar, su sed de almas le impulsaba a abarcarlos todos a la vez: "una ambición santa parecía querernos lanzar al mismo tiempo a todos los campos." El dice que pensaba en las necesidades de algunas parroquias, en la indolencia de algunos párrocos; le venían a la imaginación aquellos pobrecitos infieles que en lejanas tierras estaban sentados en las sombras de la muerte; percibía la conveniencia de un asiduo confesonario para el fomento de la piedad; se compadecía de los pobrecitos jóvenes lanzados a todos los peligros en la edad de las ilusiones. Toda esta inmensa mies abandonada abarcaba con su vista amorosa de apóstol el novel sacerdote, y a todo este mar sin riberas deseaba llevar el esfuerzo de su mano remera, fuerte y generosa. Por lo mismo, sentía repugnancia en colocarse establemente en un punto cualquiera, que, por mucha cosecha que proporcionara, le inutilizaría sin duda para atender a otras miserias, que él veía y anhelaba remediar.
La Providencia iba poco a poco, con tal suerte de inquietas hambres de ecuménica anchura sacerdotal, preparando el camino para la misión de Fundador a que le destinaba. Parece que, un momento al menos, cruzó por su mente la idea de hacerse religioso, para dar satisfacción a las aspiraciones de vida más perfecta que abrigaba en su interior, y para encontrar quizá con ello el medio de Poder dar salida a los impulsos íntimos, que tanto le atormentaban, de apostolado universal. Pero esta idea no llegó nunca a cuajar en algo positivo y concreto. Sin duda, por designios especiales de Dios sobre su persona,'no sintió jamás verdadero gozo interior en abrazar ninguna Congregación religiosa. Al contrario, él mismo confesó repetidas veces que la vida de ciertos religiosos le atemorizaba, a causa de su rigorismo o "abstracción", como él decía con palabra gráfica, aunque tal vez poco exacta.
Los caminos del Señor son variadísimos e insondables, y El quiso que un alma tan abnegada y desprendida de todo, como lo fue la de Don Manuel, mirara con cierto recelo la vida religiosa, porque le destinaba para hacer ordinario en la Iglesia un nuevo género de vida, intermedio entre el estado estricta y canónicamente religioso y el sacerdotal libre en medio del mundo. De ello hablaremos largamente más adelante.
Ordenado sacerdote, continuó todavía Don Manuel dos anos más frecuentando las clases del Seminario, aunque ya como alumno externo. El curso de 1860-1861 se matriculó en séptimo de Sagrada Teología, y el siguiente en primero de Derecho Canónico. Estos dos primeros años de su sacerdocio, sin cargo ninguno propiamente dicho, además de dedicarse al estudio, estuvo entregado de lleno a su Catecismo. Ya sacerdote, pudo explayar más libremente su celo entre aquellas almas infantiles, a quienes comenzó a guiar eficazmente por los caminos de la vida cristiana. Tuvo, además, por este tiempo el encargo de celebrar la Misa los 'días festivos en la capilla rural del Carmen, á hora y media de Tortosa.
En diciembre del año 1861 se inauguró en esta ciudad, en el convento del Jesús, una Casa de Misiones y Ejercicios, de la que podían formar parte los sacerdotes de la diócesis que se sintieran con especial vocación para recorrer los pueblos de la circunscripción eclesiástica tortosina, predicando a la apostólica las verdades eternas a las gentes adormecidas en la indiferencia religiosa o en el peca-, do. Era una coyuntura felicísima la que se presentaba al animoso sacerdote para dar rienda suelta a sus más caros anhelos. Ni que decir tiene que fue de los primeros en brindarse para la hermosa empresa. Su ofrecimiento fue aceptado, y el 29 de diciembre de 1861 tomó parte con todo entusiasmo en la función inaugural con que se dio por establecida la nueva institución.
Para hacer más firme y eficaz su entrega, escribió en tal fecha un encendido acto de consagración a Jesús Sacramentado, en el cual palpitan los mejores sentimientos de su hermosa alma. Después de poner total y definitivamente en las manos del Señor su persona y todas sus cosas, da a entender, al hacer algunas oblaciones especiales, los puntos flacos de su espíritu, por donde él presentía más duros y tenaces ataques del enemigo, o que ponían en temor especial la delicadeza de su conciencia. "Deseo, Dios mío -dice entre otras cosas-, castigar con mis ocupaciones, fatigas y dolores las satisfacciones culpables que he dado a mis sentidos. Deseo reprimir constantemente mi espíritu y mi corazón, andando todo lo posible en vuestra presencia, en desagravio de las satisfacciones de este mismo espíritu y de las complacencias que ha tenido en el amor a las criaturas. Deseo también, amable Salvador mío, resarcir con una gran pureza de intención todos los afectos desordenados y torcidas intenciones que haya podido tener en mis acciones y en el ejercicio de mi ministerio. En fin, Dios mío, deseo, quiero y propongo obrar en todo y por todo para vuestra mayor honra y gloria, provecho de mis hermanos y bien de mi alma."
La guarda del corazón fue uno de los empeños constantes de su vida. Dotado de una sensibilidad exquisita, y de un carácter amable en extremo, abierto y comunicativo, con excepcionales cualidades de simpatía natural y fuerza de atracción, era Don Manuel un imán irresistible que arrastraba hacia sí los corazones con dulce violencia. Por eso había de vigilar continuamente, más que para evitar apegarse sensiblemente él mismo a los demás, para impedir que los demás desviaran la calidad del afecto que le profesaban. De nuevo vibra poderosa en su interior la decisión irrevocable de conservar la pureza de intención en sus acciones, el esfuerzo por mantener en acto la presencia de Dios, y el propósito de quebrantar sus pasiones por medio de la mortificación. La conducta de nuestro joven sacerdote sigue la trayectoria rectilínea que se marcó el día de su ordenación.
En compañía de don Mariano García, fraternal amigo suyo, fervoroso sacerdote, de quien habremos de hacer mención más de una vez en la presente historia, fue recorriendo algunos pueblos de la diócesis en plan de misionero. No sabemos ni de los lugares por donde entonces pasó ni de las conquistas del bisoño soldado de Cristo. Pero su celo tendría ciertamente amplia ocasión de desplegar las alas con el fervor y el espíritu de sacrificio que le caracterizó siempre.
Antes de terminar el primer curso de Derecho Canónico, el 7 de marzo de 1862, le fue confiado el primer cargo eclesiástico oficial. En la indicada fecha recibió el nombramiento de Cura Regente de la Aldea, pequeño e insignificante poblado a unos quince kilómetros de Tortosa. El puesto era ciertamente poco apetecible, considerando las cosas desde un punto. de vista puramente humano. Una reducida aldehuela, poblada en su totalidad por pobrecitos labriegos ignorantes y rudos, que, para mayor desgracia, vivían bastante alejados de la Iglesia. Tan escasa atracción ejercía este destino en el ánimo de los sacerdotes de la diócesis, que, años después, para poder proveerle, hubieron las autoridades eclesiásticas de invitar públicamente al clero desde el Boletín Eclesiástico con el aliciente de especiales ayudas económicas, y de ventajas determinadas para ulteriores traslados. Don Manuel no necesitó de esta clase de argumentos. Allí había almas que salvar, y la voz de Dios, por medio de su Superior, le llamaba para llevarles esta gracia. Y allá se encaminó con el mismo ardoroso entusiasmo que él ponla en todas las cosas de Dios, acrecido esta vez con la perspectiva de la novedad. Era el Buen Sembrador que salía a sembrar por vez primera en una luminosa mañana de otoño.
Seis meses solamente regentó el cargo, pero ¡qué labor más a fondo la que desarrolló en tan corto espacio de tiempo! Apenas llegado, hizo a sus feligreses la primera plática, paternal, rebosando cariño e interés por ellos y por sus cosas. En ella les expuso sencillamente el que había de ser su plan de actuación: se resumía en una total entrega a su misión de pastor de aquellas almas. Consciente de la inmensa responsabilidad del cargo, les pide ahincadamente colaboración generosa. Desde la primera plática comenzó a preocuparse del cumplimiento pascual. Se encontraban dentro de la Cuaresma, y él puso desde el primer momento en juego todas sus no ordinarias energías, para que ni uno solo de sus feligreses dejara de cumplir tan grave precepto eclesiástico.
Para conseguir que su voz de pastor y padre llegara a todos los oídos, como sabía que muchos feligreses no habían de venir espontáneamente, fue él mismo a buscarlos a sus casas, recorriendo una por una todas las del pueblo, para ganarlos con la cálida elocuencia de su trato familiar. Si no los encontraba en sus hogares, no se consideraba por ello dispensado de su deber: se llegaba a visitarlos hasta las tierras de labor donde pasaban el día ocupados en las faenas agrícolas, y entonces se les hacía el encontradizo, trababa ingeniosamente conversación sobre los intereses y las preocupaciones de ellos, y conseguía al fin traerlos amablemente al terreno en que deseaba encontrarlos. No contento con este asalto improvisado, a aquellos que, a pesar de todo, se mostraban remolones, les enviaba en un volantito unas cuantas palabras,. que iban derechas al corazón.
Fue tal la intensidad de trabajo en aquella su primera Cuaresma de ministerio, que, según declaró después a persona de su confianza, ni dormía ni descansaba. Y se entregó tan sin reservas a sus fieles, conforme les decía una y muchas veces en sus frecuentes pláticas -que, por lo elevadamente familiares y lo entrañablemente comunicativas, a mí se me antojan muy parecidas a las amigables charlas de San Agustín con sus cristianos de Hipona-, que estaba siempre dispuesto a recibirles a cualquier hora del día y de la noche. Sus feligreses de la Aldea tenían bien sabido que nunca había de molestarse por ello, porque había venido solamente a servirles, y su más sagrado y gustoso deber era instruirles en la fe y alentarles en sus trabajos; y ellos, a su vez -según les había dicho- estaban obligados a advertirle, si alguna cosa veían en él menos conforme con la santidad de su estado.
En una palabra, realizó durante aquel medio año de vida parroquial el ideal del párroco, verdadero padre de los feligreses, el sueño dorado que hace de la parroquia una familia, algo más numerosa que las familias naturales, pero con las mismas condiciones de intimidad, confianza y sacrificio continuo. No fue, sin embargo, fácil su labor: muchas lágrimas le costó, como él mismo dijo alguna vez. Y el Señor premió con no escasos frutos tanto sacrificio, dándole, entre otros, el consuelo de ver acercarse a la mayor parte de sus hijos de la Aldea a la Sagrada Mesa.
Tan de lleno metido en su misión pastoral estuvo Don Manuel durante este tiempo, que, en un arranque de sinceridad, pudo decir años más tarde de sí mismo que él "había sido santo en esta época de su vida, al menos con la conducta, si no con el espíritu y desembarazo de tal". Quería referirse., a no dudarlo, a la absoluta generosidad de su entrega.
El 9 de septiembre de 1862 cesó Don Manuel en el cargo de Regente de la Aldea. El Obispo don Benito Vilamitjana, que en mayo de aquel año había tomado posesión de la diócesis y que conoció muy pronto las prendas nada comunes que adornaban al joven sacerdote, a quien tantas muestras de predilección y tan proverbial apoyo había de prestar en su no corto pontificado, decidió enviarle a Valencia para que tomara los grados en Teología en aquella Universidad Pontificia, porque tenía pensado confiarle después una cátedra en el Instituto de Segunda Enseñanza de la capital de su diócesis.
Don Manuel, que fue siempre obedientísimo a las indicaciones de sus Prelados y que, a pesar de los fervores apostólicos derrochados en la Aldea, no acababa de encontrar su ideal propio dentro del sacerdocio -hasta 1867, que sepamos, aparece de vez en cuando entre las intenciones de sus misas la significativa frase "pro destino"-, se dirigió, muy conforme con la voluntad de Dios, a la capital levantina, con el fin de doctorarse en Teología.
Pasó en la ciudad del Turia el curso de 1862 a 1863 completo, desde 1.º de octubre al 15 de junio. Su ocupación principal era, por supuesto, la asistencia a las clases y el estudio. Pero no descuidaba, en cuanto estos deberes primordiales se lo permitían, los trabajos del ministerio. Fue confesor ordinario de las chicas que tenían recogidas las religiosas Adoratrices, entonces en época de fundación y de lucha. Allí tuvo ocasión de conocer y tratar a la Madre Fundadora, Santa Micaela del Santísimo Sacramento, en compañía de la cual, por cierto, llegó a desayunar una mañana. La misma timidez de Don Manuel proporcionó la agradable sorpresa. Invitado por ella, mostró perplejidad y encogimiento, y entonces la Santa y amable Fundadora, comprensiva y maternal, como muy conocedora del mundo y de los hombres, para animarle, se sentó a la mesa y tomó su desayuno en compañía del joven sacerdote.
En mayo recibió Don Manuel, después de los oportunos exámenes, la Licenciatura en Sagrada Teología, y el 15 de junio estaba ya de vuelta en Tortosa. Unos días antes de su llegada había sido nombrado Cura Ecónomo de la parroquia de Santiago de su ciudad natal, lo cual indica el alto concepto en que ya le tenía su Obispo, cuando se dignó confiarle, a pesar de su juventud, un cargo de tanta responsabilidad. Tal vez lo que movió al Prelado a semejante insólito nombramiento fue precisamente el abandono en que se encontraba la citada parroquia, debido a la circunstancia de que el párroco era muy viejecito, y el coadjutor estaba siempre enfermo.
Don Manuel se entregó a sus feligreses, labradores y gente humilde en su mayoría, con el mismo ardoroso y abnegado celo con que había trabajado entre sus payeses de la Aldea. Inauguró su ministerio dando primero un toque de atención; para lo cual hizo desfilar por el púlpito de su iglesia varios predicadores competentes y apostólicos, por ver si lograban sacudir con la llama fulgurante de su celo aquella helada tibieza en que languidecían sus feligreses de Santiago. Todo esto, claro está, sin descuidar la obligación personal suya, que siempre consideró cosa sacratísima, de dar pasto de doctrina a aquellas almas que el Señor le había confiado.
Para atraer a Dios los niños y niñas, que se encontraban en un estado de lastimoso abandono, r)uso en marcha muy pronto una espléndida catequesis infantil. Se interesó mucho por separar a los jóvenes de bailes y diversiones mundanas durante los domingos y días festivos, y lo logró en gran parte. Fue esta una pesadilla constante de su alma, no sólo entonces, sino siempre luego durante su vida, como lo había sido ya en el amanecer sonriente de su apostolado entre los niños de su primitivo Catecismo, siendo todavía seminarista. El continuo temor por el escándalo de las almas sencillas es en la vida de Don Manuel una palpable demostración de la profunda delicadeza de su espíritu, constantemente en pena y en guardia por los pecados de los demás para con su Dios, pecados que repercutían siempre en su sensible y enamorado corazón.
Por este tiempo comenzó a dedicarse con esmero y asiduidad a un ministerio que había de llenar después muchas horas de su vida: la labor apostólica, silenciosa y sufrida del confesonario. Los jóvenes, sobre todo, iban poco a poco aficionándose a aquel sacerdote, también joven como ellos, que a tan finas y amables maneras unía un corazón generoso y un interés sobrenatural y verdaderamente sacrificado por sus almas. El elemento femenino, que ya le conocía desde sus tiempos de catequista, fue aumentando siempre en derredor de las rejillas de su confesonario. Las niñas de entonces eran ya jovencitas, que tenían especial complacencia en confiar su espíritu a la experta dirección de su antiguo catequista. Pero de esta importantísima faceta. de la vida multiforme de Don Manuel tendremos ocasión de hablar despacio más adelante.
En la parroquia de Santiago, en los cinco meses que estuvo encargado de ella, lo trasformó todo. El culto, que a él siempre le agradó tenerlo espléndido, el orden, la puntualidad, la limpieza. A su salida de la parroquia era desconocida en ella la desidia y el abandono de hacía pocos meses. Había pasado por allí un alma verdaderamente sacerdotal, consagrada de veras, con cariño e interés, a su nobilísima misión. Por todos sus feligreses, pobres y ricos, niños y adultos, se interesaba, como si fueran verdaderos hijos suyos. Enterado del grave peligro en que se encontraba para la salud de- su alma una criada de familia muy conocida suya, no paró hasta conseguir ponerla en buen camino, comprometiéndose, entre otras cosas, a pagar de su bolsillo cuanto necesitara para vivir. Tratándose de necesidades espirituales, jamás contaba el dinero.
Ya dijimos que el Obispo Vilamitjana le mandó a Valencia para que obtuviera títulos en Teología, con el fin de ponerle al frente de una cátedra en el Instituto de Tortosa. En 1.º de octubre de 1863, a instancias del mencionado señor Obispo, fue designado en efecto profesor auxiliar de Religión y Moral. A 5 de febrero del siguiente año el Rector de la Universidad de Barcelona confirmaba oficialmente tal designación, nombrándole titular de dicha asignatura, movido por las indicaciones del Prelado tortosino. Con este nombramiento se abrió al insaciable celo de Don Manuel otro nuevo campo, en el cual había soñado ya más de una vez, y en cuyo cultivo había de trabajar no poco y cosechar no escasos frutos de gloria de Dios.
Sabemos que la juventud le inspiró siempre una honda simpatía, llena de cristiana compasión. y que el abandono en que los jóvenes se encontraban y los peligros a que se veían continuamente expuestos, torturaban íntimamente su delicado corazón. Sacerdote antes que nada. él no podía limitarse a tejer atildadas disertaciones desde la cátedra aunque ellas versaran sobre temas tan específicamente sacerdotales como los de Religión y Moral. No podía contentarse con la frialdad de relaciones que de ordinario se establecen entre profesor y discípulos, en un plano estrictamente formalista y académico. A su temperamento comunicativo repugnaban estas formalidades vacías.
Por eso se dio de lleno, con inteligencia y corazón, a la formación de sus alumnos. Pronto se entabló una corriente de franca y confiada cordialidad entre ellos y el joven catedrático. Los días de fiesta solía salir de paseo en compañía de los escolares. Iban al campo a disfrutar del los puros aires de las frescas riberas del Ebro. Los estudiantes jugaban y se entretenían alegremente bajo la mirada vigilante y cariñosa del profesor, quien amenizaba los paseos y los juegos con su perpetuo hábito de dar, repartiendo entre ellos estampas y golosinas. Al fin, ya de tarde, volvían charlando animadamente, y el celoso mentor se cuidaba mucho de que los jóvenes tomaran el camino derecho de sus respectivas moradas, para evitar que sé desviaran hacia sitios peligrosos.
En días señalados de festividades especiales solla dirigir pláticas al claustro de profesores y a la comunidad de alumnos, reunidos todos en la iglesia del Instituto, enlazando de esta sencilla manera su condición de profesor con su carácter sacerdotal. Durante el mes de mayo, recordando sin duda sus buenos tiempos de seminarista, reunía a sus discípulos todas las tardes, al terminar las clases, y los llevaba a la iglesia de San Antonio, donde ante la imagen de Nuestra Señora practicaban el piadoso y siempre emocionante ejercicio de las flores, tan típicamente español.
Así se iba, poco a poco insinuando en el ánimo de los jóvenes y ganando la confianza de ellos, hasta tal punto, que muchos le tomaron como confesor. La corriente de mutuo afecto se intensificaba cada día más. El puro cariño que entonces nacía, al calor de un trato amigable, había de durar toda la vida en muchos de aquellos simpáticos. muchachos tortosinos, y era el primer eslabón de una cadena que ató después fuertemente a Don Manuel de por vida con los que, años adelante, habían de ser la mejor solera cristiana de Tortosa, grandes auxiliares del propio Mosén Sol en varias e importantes obras de celo para bien de su ciudad natal. Ansioso siempre de buscar remedio a todas las necesidades que pasaban a su alrededor, pensó por aquellos años en fundar un Colegio para recoger y cuidar a los jóvenes alumnos del Instituto. La Providencia comenzaba a enderezar sus caminos, haciéndole barruntar su grande y definitiva vocación.
El 18 de junio de 1865, el Claustro, satisfecho de las cualidades que le adornaban, le nombré Secretario del Instituto, cargo que, junto con el de profesor, vino desempeñando con competencia y general aplauso hasta la revolución septembrina de 1868. Cuando ella sobrevino, los nuevos gobernantes de la nación suprimieron la asignatura de Religión y Moral de los Institutos del Estado en nombre de la cultura. Don Manuel. había puesto en el desempeño de su cátedra el máximo interés que el asunto requería, no perdonando trabajos ni desvelos para ensanchar y hacer sólida la cultura religiosa de sus discípulos, para lo cual, además de la silenciosa labor diaria, había pronunciado en la apertura del curso de 1864 a 1865 un elocuente y documentado discurso en el estilo florido v recargado característico de la segunda mitad del siglo XIX, acerca de la "importancia del estudio de la Sagrada Escritura en el triple aspecto religioso, científico y literario".
Durante la época de su profesorado, impulsado por las circunstancias y por su propio espíritu, ávido siempre de ampliar los conocimientos que pudieran de alguna manera facilitar sus ministerios, Don Manuel cultivó con algún detenimiento los estudios literarios y científicos. Sufrió en la Universidad de Barcelona el examen para el Bachillerato en Artes, el 24 de diciembre de 1866, obteniendo el correspondiente título, En el mes de mayo de aquel mismo año la Academia Bibliográfico-Mariana de Lérida le nombró su socio, signo evidente de que había prestado en ella alguna relevante cooperación literaria. Y el 26 de febrero de 1867 coronó por fin los estudios comenzados en la Universidad Pontificia de Valencia, obteniendo en brillantes exámenes el Doctorado en Sagrada Teología. Don Manuel consideró siempre como obligación especial del sacerdote, para no desmerecer de la elevación de su ministerio, la preparación intelectual. El andaba siempre temeroso de no estar en este punto a la altura de su responsabilidad. Hasta estos pormenores llegaba la exquisita delicadeza de su conciencia y su peculiar y elevado concepto del sacerdocio.
En este tiempo, el hogar de Don Manuel había ido quedándose poco a poco desolado y triste. Su padre falleció en mayo de 1861, tres hermanas del joven sacerdote habían ya contraído matrimonio para estas fechas en que nos encontramos de su vida, y el 5 de septiembre de 1864 moría también su idolatrada madre. Golpe rudísimo siempre, especialmente para un corazón tan sensible como el del humilde profesor de Religión en el Instituto. No sabemos la reacción que tales dolorosos acaecimientos produjeron en su alma. Pero, conociendo la delicadeza de sus afectos, la profundidad de su cariño para con las almas a quienes amaba entrañablemente y sabiendo, además, el desconsuelo inmerso que le proporcionaron años adelante la pérdida de amigos queridísimos, podemos adivinar la pena que habría de embargar su corazón en estos primeros y más dolorosos trances de amargura.
Después de la muerte de su madre, continuó viviendo con sus tres hermanos solteros, José, María y Francisco. Don Manuel era el centro del cariño de todos, que le res petaban como si él fuera el mayor. La intensidad del afecto que le profesaban la da esta frase ingenua, pronunciada por José cuando más adelante, debido a las agobiadoras ocupaciones que sobre los hombros del Fundador pesaban y a los frecuentes viajes que debía emprender, se quejaba de las repetidas ausencias en esta forma: "-No me he casado yo por vivir en su compañía, y apenas si nos deja disfrutar de ella." Don Manuel correspondió siempre con todo cariño al afecto que su familia le profesaba. Rogaba insistentemente a la Santísima Virgen para que se los salvara a todos, según le había pedido en aquel candoroso acto de consagración de sus alegres años de Seminario; y, por temor a disgustar a sus hermanos, aun después de fundado el Colegio de San José de Tortosa y la misma Hermandad, continuó viviendo con ellos hasta la muerte del último.
No disminuyó Don Manuel en estos primeros años de su vida sacerdotal, algo más libres de ocupaciones que los que habían de venir bien pronto, el cuidado incesante de su propia vida interior. Todo lo contrario. Por testimonio de quienes vivían con él sabemos que madrugaba mucho, y que se dirigía inmediatamente a la iglesia, donde permanecía largo tiempo clavado de rodillas ante el Sagrario. jamás perdonaba, por muy ocupado que estuviera, su visita cotidiana y reposada al Santísimo por la tarde. Y en su hogar, las horas que le quedaban libres. las pasaba recogido, dedicado a la oración y al estudio. Tenía una calavera auténtica cuidadosamente oculta, ante la cual solía a veces hacer su oración. Por las noches, en las escasas horas que dedicaba al sueño, se le oía con frecuencia suspirar a Jesús, el Amado de su alma.
En estos años redobló sus mortificaciones. Ayunaba indefectiblemente ciertos días de la semana, y se dedicaba sobre todo a guardar cuidadosamente el corazón: "reprimir los afectos, aunque útiles", escribía en sus apuntes espirituales por este tiempo. Sus actos de penitencia los hacía frecuentemente, temeroso en su humildad de haber ofendido a Dios, "por los escándalos que hubiera podido dar", fórmula, que, en su misma vaguedad e indeterminación, expresa bien a las claras que no le remordía de nada concreto la conciencia.
En su casa comenzaron a sentir desde sus primeros años de sacerdocio los efectos de aquel corazón impenitentemente compasivo y largamente limosnero. Dinero, vestidos, la misma comida que su hermana tuviera preparada para los de casa, nada estaba seguro en sus manos. Los pobres lo sabían, y se aprovechaban. Le asaltaban a todas hora en sus salidas, y, validos de la confianza que les daba -tenían recibidas órdenes los suyos de que no despidieran a ningún mendigo con las manos vacías, porque "la pobreza, decía, merece todos los respetos y atenciones"-, se le entraban por las puertas a todas horas, y él los recibía siempre con agrado, y los despedía contentos. Tan pródigamente dadivoso se mostraba siempre con los necesitados, que su hermana le decía a veces, entre enfadada y risueña: "Hasta sin manteo nos va a volver a casa algún día; que se lo va a dar a los pobres". Era visitador asiduo por entonces del Hospital de Tortosa. Y estas visitas, decía con gracia que le proporcionaban consuelos y gastos.
De aquellos primeros tiempos, un poco más desahogados, de su ministerio, es la siguiente anécdota, reveladora de la caridad sin límites, caridad verdaderamente evangélica, que sentía por los menesterosos. En cierta ocasión, como tardara mucho en volver por la mañana a casa después de Misa, hubo necesidad de ir a llamarle, y fue una criada a la iglesia, enviada por su hermana. Al llegar, encontró a Don Manuel en el confesonario. Estaba abrazando cariñosamente a un ancianito sórdido y astroso, a quien consolaba con las palabras más tiernas. La avispada doméstica temió en seguida, por las trazas del mendigo, que éste hubiera dejado desagradable visita en las ropas de Don Manuel. Y no se engañó. Al recogerlas el domingo siguiente, encontraron, en efecto, entre los pliegues de sus prendas interiores, gran cantidad de importunos parásitos. Su hermana se sulfuró y le llamó la atención con enojo y descomedimiento. Y el santo varón procuraba calmarla, diciendo con acento de sincera compasión, sin dar gran importancia al molesto hallazgo: "No te enfades, María. Son viejecitos que vienen a confesarse. Y los pobrecitos ¡vienen de aquellas cuestas de Santa Clara!"
DIRECTOR DE ESPÍRITUS
La Providencia iba guiando a Don Manuel por caminos insospechados hasta hacerle dar, al fin, con su misión propia. Muchos años anduvo como a ciegas, dejado, como él dice, a "las eventualidades de la Providencia” poniendo, eso sí, en cualquier ocupación ministerial que se le ofreciera todas las, reservas de su talento y los tesoros inmensos de su corazón, pero sin acabar de encontrar aquel “algo" indefinido que presentía su celoso anhelo y que habría de satisfacer finalmente su acuciadora sed de trabajar por las almas. Dios le destinaba para ser padre y formador de una numerosa descendencia de almas sacerdotales escogidas, y, para ello, quiso que tocara primero de cerca la realidad de los más variados ministerios, y conociera así por experiencia la trama múltiple de necesidades, peligros, consuelos, de que está tejida la vida sacerdotal; obligándole, a mayor abundamiento, a ponerse en contacto con toda clase de personas, lo cual le proporcionó, además, el inapreciable beneficio de haber recorrido muchas veces los intrincados y oscuros caminos del corazón humano.
Uno de los ministerios que más profundamente absorbió la vida apostólica de Don Manuel fue el de la dirección de las almas. Desde su ordenación sacerdotal, en 1860, hasta la fundación de la Hermandad, en 1883, a esta santa ocupación dedicó en el espacio de veintitrés años de fervorosa vida sacerdotal muchas horas de sus días, y en tan fructuoso como difícil ministerio consumió gran copia de energías de su espíritu. Aun después de haber fundado la Hermandad no le abandonó en seguida del todo, sino que muchas de las personas que disfrutaban del don de sus consejos pidieron y suplicaron seguir gozando de él; y, en parte, lo lograron, como veremos.
En este como en otros aspectos de la vida que historiamos, sorprende una circunstancia muy digna de tenerse en cuenta. Don Manuel dedicó a un ministerio tan delicado, que de suyo parece exigir más bien la madurez de Juicio que dan los años y el dominio de sí mismo junto con el conocimiento de los hombres que proporciona la experiencia, precisamente las primicias de su vida sacerdotal, los años de su juventud, de los veinticuatro a los cuarenta y siete de su edad. Mérito indudable de no escaso valor el suyo, haber sabido mantenerse con esta desventaja de la poca edad, a la innegable altura de consumado maestro de vida interior y de experto guía de espíritus.
Puede decirse, conforme queda ya indicado, que todavía sin ser sacerdote comenzó el fervoroso ordenando catequista a ejercer el oficio de director espiritual con las niñas de su Catecismo, a las que, no contento con enseñar los rudimentos de la Doctrina cristiana, las empujaba ya suavemente a practicar las lecciones que en la doctrina aprendían. De aquí salió el primer núcleo de sus dirigidas, que, una vez ya sacerdote y establecido en Tortosa, continuaron solicitando y recibiendo los atinados consejos de su antiguo catequista.
A su paso por Valencia el año que allí estuvo dedicado a sus estudios, dejó también estela de luz en un grupo de almas escogidas que con él se dirigían y que quedaron santamente prendadas de su virtud y prudencia, a juzgar por una carta de un sacerdote valenciano amigo, en que festivamente le comunica los deseos de verle y de volver a gozar del don de su palabra que aquellas personas piadosas frecuentemente manifestaban.
La cátedra del Instituto fue en sus manos un magnífico anzuelo con que ir pescando para Cristo las almas de aquellos jóvenes estudiantes, que poco a poco se le fue, ron entregando casi en su totalidad. En 1864, a los veintiocho años de edad, iba ya de cuando en cuando al pueblo de Ulldecona, en calidad de confesor extraordinario de un convento de religiosas de clausura. Dos años más tarde fue nombrado Director espiritual de un Colegio de niñas fundado por una respetable señora tortosina, y titulado de la Virgen de la Cinta. Y por las mismas fechas, en 1866, cuando contaba treinta años, en plena efervescencia sus abrasados anhelos apostólicos y en pleno vigor de todas sus facultades, con la marcha a Madrid como Abreviador del Tribunal de la Rota de su venerado maestro y queridísimo amigo don Benito Sanz y Forés, recibió nuestro joven y piadoso sacerdote tortosino la herencia espiritual que tan egregio y virtuoso varón dejaba en la ciudad de la Cinta.
El señor Lectoral, quien llevaba once años de permanencia en Tortosa, dejaba tras sí un copioso reguero de obras buenas. Había fundado allí varias piadosas instituciones, había trabajado incansable y apostólicamente desde el púlpito y el confesonario, abriendo caminos iluminados de santidad a las gentes piadosas, por el ejemplo de su vida santa y la acertada orientación de sus instrucciones y de su dirección espiritual. Dejaba, sobre todo, al partir para la capital de España, un cogollito de almas escogidas que de él recibían consejos y alientos. En la escuela de tan excelente director de espíritus había ido formándose con su asiduo trato Don Manuel, y, atraídas al perfume de su virtud, iban ya acudiendo las almas buenas con ese instinto infalible que poseen las personas devotas para conocer prontamente al hombre verdaderamente de Dios, que puede llevarlas sin tropiezos por las sendas del bien y de la perfección.
Por eso, al marchar don Benito, como si se hubieran dado tácitamente cita, vinieron las dirigidas del Lectoral a ponerse en las manos de aquel otro sacerdote tortosino, con quien tan compenetrado le habían visto siempre y cuyas virtudes comenzaban a ponderar las gentes. El mismo futuro Cardenal de la Iglesia lo aconsejó explícitamente en algunos casos. A una de sus dirigidas le dijo textualmente al despedirse: "Mira, te he buscado un Director, del que nunca te ha de pesar. Es aún muy joven de edad, pero de mucha virtud. Yo te aseguro que es un sacerdote que promete, y que dará mucha gloria a Dios".
De esta suerte fue poco a poco atrayendo: en torno de sí a las almas más distinguidas de Tortosa. Y ya en esta época de su vida, como se trasluce por una carta del señor Sanz y Forés, comenzó a ir encaminando hacia el claustro a algunas de sus dirigidas. Era este un efecto muy ordinario en quienes comenzaban a tratar a Don Manuel en el confesonario. Insensiblemente iban caldeándose en el amor de Dios, y el fuego interior les impulsaba espontáneamente hacia alturas de mayor perfección. Con el tiempo alcanzó a ser tan grande el número de las jóvenes dirigidas por Don Manuel, que abrazaban el estado religioso, que se produjo un movimiento de recelo y animadversión en contra de él por este motivo. Familias hubo que llegaron a prohibir formalmente a sus hijas que se confesaran con aquel eficacísimo predicador de la virginidad.
Las madres de la villa de San Mateo, una población de la diócesis que visitó muchas veces en sus correrías apostólicas le llamaban públicamente “ladrón”, porque les robaba a sus hijas para Dios. Don Manuel llegó a enterarse del poco amable apodo que le aplicaban y, al oírlo, asentía sonriendo. Alguna vez el disgusto de las familias pasó más adelante, y hubo de sufrir no poco por tal causa el celoso sacerdote. En cierta ocasión el padre de una novicia confesada suya se dirigió a su encuentro, revólver en mano, dispuesto a cometer un atentado. La serenidad con que el humilde confesor le recibió, logró desarmarle tan eficazmente, que el enojado padre quedó convertido desde entonces en ferviente amigo y admirador de Mosén Sol.
Tenía intuición especial para conocer las almas que Dios llamaba al estado religioso, y un tino particularísimo, para llevarlas al puerto de sus afanes, a través de todas las dificultades. No que de buenas a primeras aconsejara a todas indistintamente entrar en religión. Al contrario, solía ser de ordinario en este particular excesivamente lento y reservado. Animaba siempre a las almas, eso si, ensanchando sus horizontes y llevándolas por caminos de amor y de generosidad. De tal suerte, conseguía elevar sus aspiraciones muy pronto, cuando se trataba de personas que guardaban fidelidad a la gracia. Pero, una vez que manifestaban su propósito de vida de mayor perfección, como experto conocedor del corazón humano, frecuentemente, veleidoso y tornadizo en sus deseos y determinaciones, solía aconsejar siempre calma, prudencia, reflexión y, sobre todo, oración. Y se dedicaba a estudiar detenidamente aquel espíritu y a encomendar muy mucho el negocio al Señor. En ciertas ocasiones, las probaba antes muy reciamente. Un alma distinguidísima a quien él dirigió toda su vida, que fue conducida por él al claustro y tenía motivos para conocerle bien, atestigua: "Mortificaba mucho a las que querían ser religiosas, y sabía herir muy hondo".
Una vez convencido, sin embargo, de la vocación de un alma, no había obstáculos humanos que pudieran detenerle en su camino. Si eran de orden económico, los resolvía a costa de su propio bolsillo, siempre abierto a toda clase de necesidades, o mendigando él mismo el dote, si era necesario. Cuando se trataba de oposiciones familiares, no reparaba en sacrificios hasta vencerlas. Y en los casos en que el inconveniente procedía de defecto de formación, él procuraba por medio de sacerdotes amigos o personas de confianza que las futuras religiosas adquirieran lo más pronto y lo más perfectamente posible los conocimientos musicales o domésticos o la formación literaria que fuese precisa, según los casos, con el fin de que pudieran obedecer la voz del cielo que las llamaba. En éste, como en todos los múltiples aspectos de su vida, la voluntad de Dios era para él norma única,, infranqueable, de conducta. Cuando llegaba a descubrirla, el impulso interior le movía irresistiblemente a abrazarse con ella, costase lo que costase. Lo demás no contaba gran cosa para él.
No siempre se mostraba Don Manuel tan lento en su proceder con las llamadas al estado religioso. En algunos casos, como si recibiera especial inspiración del cielo, era él quien se adelantaba a proponerlo. A veces, insinuándose cautamente y de modo indirecto, ponderando las excelencias de la vida religiosa, como le sucedió con una prima suya, en quien, valiéndose de las edificantes conversaciones de Don Manuel, cuando iba de visita a su casa, quiso el Señor depositar y hacer fecunda la semilla de la vocación religiosa. Otras veces era una luz especial que recibía para conocer y encauzar la vocación ya existente y cultivada; o bien era una pregunta directa, que lanzaba de pronto a quemarropa sobre la sorprendida penitente que tenía a sus pies, pregunta sencilla y abrasada en fuego santo, que logró en más de una ocasión trasformar una vida, orientándola por derroteros en los que tal vez no había soñado siquiera antes.
A este propósito, es chocante lo que le ocurrió con una de estas jóvenes. Se trataba de una dirigida suya que, al determinarse a dejar el mundo, se inclinaba decididamente a la vida de clausura. Don Manuel, que sintió toda su vida predilección especial por esta clase de religiosas, en aquella ocasión se opuso resueltamente, diciéndole con toda determinación: "El buen Jesús te quiere religiosa de enseñanza; Y aún más: te quiere de Jesús María". La pobre joven, que ni siquiera conocía a las aludidas religiosas, quedó estupefacta. El confesor insistía, y con la resolución que le caracterizaba cuando veía clara la voluntad de Dios, se prestó a acompañar a la joven a Valencia para que pudiera conocer allí la Congregación a que la destinaba. La primera impresión recibida en una visita preliminar a las religiosas en cuestión, fue poco agradable para la aspirante. Don Manuel, con todo, seguía en su idea. Pero, queriendo complacerla, la acompañó a visitar varios conventos de clausura. La extraña visitante se mostró contenta de uno de ellos, e intentó quedarse allí, Don Manuel negaba siempre, asegurando que veía clara la voluntad de Dios. Para asegurarse más, sin embargo, prometió volver a encomendar con fervor el asunto al Señor en su Misa del día siguiente. Y Li decisión fue la misma de antes: "No lo pienses más y obedece", dijo a su dirigida al terminar la Misa. Una nueva entrevista con las religiosas de Jesús María disipó las nubes de la primera, y allí entró por fin la piadosa joven, que, a los treinta años de vida religiosa, confesaba llena de gozo no haber sentido jamás, desde el momento de su entrada, un instante de vacilación en la seguridad del camino emprendido.
No siempre aconsejaba el experimentado Director a sus confesadas abrazar el estado religioso, Aun a pesar de exponer ellas reiterada y decididamente sus deseos, Don Manuel se resistía en algunos casos, daba largas al asunto, estudiaba la situación de aquella alma en estado de crisis, oraba mucho y hacía orar. No veía claro y recurría a todos los medios que la prudencia aconseja en tales circunstancias. Veces hubo en que rotundamente, desde el primer momento, se oponía en absoluto a que el alma que le consultaba abandonara el mundo. A algunas las impuso por obligación que se quedaran, para que fueran, como les decía, el ángel de la familia. Una joven que estaba sufriendo luchas horrorosas con los suyos a causa de su vocación, y a quien un sacerdote la empujaba de tal manera que ya le tenía señalado convento y fecha de entrada, pudo conseguir con mucha dificultad una entrevista con Don Manuel, quien la consoló paternalmente, la dio a entender que el Señor no la llamaba, y la sostuvo durante tres años de calvario. Cuando se decidió a abrazar el estado del matrimonio, el prudente confesor alabó su resolución. De hecho, fue después modelo de señoras cristianas. Cuando aconsejaba a alguna que se quedara en el siglo, lo hacía, desde luego, por móviles de gloria de Dios. Y casi siempre lograba después la cooperación de aquellas personas piadosas y apostólicas a sus múltiples obras de celo.
Don Manuel no dirigió solamente a jóvenes piadosas que se encontraran a dos dedos de las puertas del claustro. Contó también entre sus confesadas numerosas señoras de edad, y con ellas sucedía lo propio que con las jovencitas: al poco tiempo de tratarle, se comenzaba a sentir una transformación muy notable en sus vidas. Un testigo de autoridad asegura que a las no escasas damas de posición que con él se dirigían, se les advertía muy pronto la intervención espiritual de Don Manuel en el cambio de rumbo que tomaba la marcha de la familia. Desaparecían en seguida el desorden, el descuido en la educación de los hijos, los altercados familiares, el exceso en el lujo. Si aplicamos al caso esta clara norma evangélica, "por sus frutos los conoceréis", la dirección de Don Manuel tenía que ser excelente.
Con la autoridad que iba adquiriendo como confesor el joven sacerdote y que, por mucho que su humildad lo quisiera ocultar, no podía menos de trascender al exterior, nada extraño es que hacia fines de 1867, cuando contaba sólo treinta y un años de edad, fuera nombrado Don Manuel por su Prelado, a petición de las propias interesadas, confesor ordinario del convento de San Juan, que era de religiosas de clausura de la Orden de San Juan de Jerusalén. Poco tiempo después le hicieron, además, confesor ordinario de las Concepcionistas franciscanas de la Purísima, también de clausura. De este modo, la misma autoridad eclesiástica venía en cierta manera a poner su refrendo a la fama de sacerdote virtuoso y prudente director de que ya gozaba, y a dar alas con ello a los anhelos de su espíritu, que por entonces le empujaban en esta dirección. El veía el bien inmenso que con esta labor podía hacer y -la necesidad angustiosa que sentían de ella las almas, e impulsado por sus superiores jerárquicos, se entregó a ella con todo su fervoroso celo. Porque Don Manuel era un carácter tan entero, tan totalitario digámoslo así, que se consagraba sin reservas a cualquier ministerio, en que entendiera se complacía la voluntad de Dios. Cuanto más, si la obediencia se lo prescribía. Por eso decía él más tarde con sencillez elocuente: "¡Convento de la Purísima! Este nombre absorbía mi mente y mi corazón los primeros años de mi sacerdocio".
Pero cuando Don Manuel se sintió ya en plena seguridad destinado por Dios de una manera especial a este trascendental y delicado ministerio de la dirección de las almas, fue cuando, pocos meses más tarde, el 10 de marzo de 1868, aún no cumplidos sus treinta y dos años, recibió de su Obispo el nombramiento de Vicario o Capellán, y confesor ordinario de las religiosas franciscanas del convento de Santa Clara de Tortosa. La autoridad eclesiástica venía a señalarle una vez más, y ahora de manera inequívoca, la parcela de campo que él había de cultivar.
Quizá por eso mismo, ante la decisión manifiesta de la obediencia, aunque él no acababa de encontrar satisfechas aquellas sus vagas ansias de algo más, inconcreto y universal al mismo tiempo, tal como las sintió desde los primeros días de sacerdote, creyó que era este el puesto definitivo a que la Providencia le llamaba, y se quedó tranquilo en su apostólica misión. Desde esta época, ya no aparece más en su diario de misas la intención inquietante "pro destino".
Don Manuel atribuyó realmente a este nombramiento una importancia excepcional en su vida. Lo revela con toda claridad la primera plática que pronunció ante sus monjitas de Santa Clara, plática que descubre además muchas interioridades de aquella alma sencilla y diáfana como Pocas. Expone en ella primero las impresiones que le produjo la noticia del inesperado e insospechado nombramiento. Sintió temor, mucho temor. al considerar por una parte la virtud elevada de aquellas almas escogidas que le confiaban, y los conocimientos que tenían de las vías del Señor; y, por otra, su poca edad, su falta de experiencia, su escasez de luces: "¡Cinco años sin haberme podido dedicar al estudio!", exclama con acento dolorido. Pero pensó después en la indulgencia que las religiosas habrían sin duda de dispensarle, y. sobre todo, pensó que era la voz de la obediencia, que era Dios quien le imponía la carga sobre los hombros. Si él hubiera dado un solo paso por conseguir el cargo, habría sentido después un remordimiento tan grande, que le hubiera forzado a desistir por "temor de contrariar los designios de la Providencia". Y aquí les advierte oportunamente con sinceridad evangélica: "Prefiero mi tranquila indiferencia, mi sosiego de espíritu, antes que todas las consideraciones, que todo el cariño que puedan merecerme las criaturas".
Pasa luego a exponerles su programa de acción: "Con sencillez-dice-, con la sinceridad propia de mi genio". Presiente que "este destino va a ser una cruz" y cruz pesada para él, "pero gustoso-añade-me he abrazado con ella ante el Corazón de Jesús," y, por lo tanto, me será agradable desde este momento". Se ofrece después enteramente a ellas: "Vuestro soy por consiguiente todo, y todo cuanto tengo". Pide con la delicadeza de conciencia que le caracterizaba que le dispensen todo lo que en él pueda ofender la virtud de ellas, porque los que viven en el mundo llevan siempre en su trato "ciertos resabios, que, sin advertirlo, están muy lejos de acomodarse a la verdadera modestia y a la perfección cristiana".
Teme que con el tiempo les ha de resultar una cruz; sin pretenderlo, desde luego; pero aun entonces, "no abandonaría mi cruz-asegura-por mi sola voluntad, si la obediencia no me la hiciera declinar". "No debéis creer jamás -les amonesta aún con gran prudencia- que sea efecto de alguna cosa que haya observado, o efecto de algún motivo particular, si os hago alguna vez alguna reflexión, o reclamo contra algún abuso' o si os prevengo contra algún peligro." Y todavía, con mucha finura: "Según opinión de mi Prelado, de la cual no disiento, el uso de la confesión semanal, y aun ligera, es suficiente para el alimento de cualquier espíritu, excepto alguno que otro, agitado por los tormentos de la turbación. Un espíritu bien educado, disciplinado, puede ahorrar mucho tiempo para sí mismo, para los demás, y para Dios". Explica muy concienzudamente esta observación, y termina paternal y amablemente: "Por lo demás, yo sé cuánto deben ser atendidas las necesidades del corazón humano".
¡Qué impresión más agradable debió producir en la devota y venerable comunidad aquel lenguaje, quizá nuevo para ellas, del joven sacerdote que la Providencia les enviaba como guía de sus espíritus, quien, a la vez que se entregaba totalmente en presencia de Dios a su ruda y sacrificada tarea, sin reservas y sin segundas intenciones, les advertía, sin embargo, desde el principio con destreza de piloto consumado y con la sinceridad de su alma ingenua y angelical como la de un niño, los posibles escollos que quizá encontrarían en la larga y penosa travesía que iban a hacer juntos. Son más de notar estas cualidades, porque hablaba en circunstancias particularmente difíciles para aquella comunidad, a las cuales el Prelado había querido poner remedio, llamándole precisamente a él. Don Manuel se ganó muy pronto el corazón de sus nuevas dirigidas, que no tardaron en confiarse enteramente a su dirección.
Trabajó incansablemente con sus religiosas de Santa Clara, de las cuales fue capellán y confesor durante veintitrés años, hasta febrero de 1891. Cuando más adelante comenzó a sentirse abrumado por otro género de ocupaciones, principalmente con la fundación de los Colegios y luego de la Hermandad, intentó varias veces que le descargaran de este oficio. Las monjas se resistieron siempre y lograron triunfar de los escrúpulos de Don Manuel, que toda su vida las conservo un cariño especial por los muchos sudores, satisfacciones, consuelos, disgustos, sufrimientos y desvelos que el cuidado de aquel plantel de vírgenes del Señor le había proporcionado a lo largo de tantos años de ministerio.
En las varias ocasiones en que el cólera. azotó la ciudad del Ebro durante sus años de capellán, el abnegado sacerdote permaneció siempre impertérrito al lado de sus monjitas sirviéndoles de ángel consolador, incluso en una ocasión en que la desbandada fue tan general, que la misma familia de Mosén Sol dejó la ciudad. Don Manuel entonces, fue a pedir autorización. al, señor Obispo para que le prepararan una habitación dentro del convento, y así pudiera él atender mejor a las pobrecitas atacadas del funesto mal. El Prelado, que al verle llegar, se alarmó grandemente creyendo que hasta el generoso Mosén Sol iba a pedirle abandonar su puesto, vino de muy buena gana en complacer al fiel y sacrificado capellán.
Pero no siempre su actuación con las religiosas era para darles gusto. Cuando las exigencias del deber lo pedían, sabía herir en lo vivo. En el convento de Santa Clara, como en tantos otros por aquellos tiempos, se habían introducido relajaciones de monta en la vida claustral. La vida en común sufría continuas menguas, en especial en cuanto al régimen alimenticio. Llegaba hasta tal punto la absurda anomalía, que cada religiosa tenía libertad para preparar su propia comida y tomarla en la celda, separada de las demás, cuando y como le pluguiere. Don Manuel no podía avenirse bien con tal abuso, que era indudablemente en perjuicio de la mutua convivencia, de la caridad fraterna, y abría la puerta a otras mil infracciones de las reglas. Constante e inflexible en su noble empeño, insistió un día y otro, blandamente unas veces, con energía otras, hasta que logró que la disciplina volviera a sus cauces normales de caritativa cordialidad en todo, con arreglo a las enseñazas evangélicas.
Don Manuel, sin embargo, nunca fue partidario de pro ceder por la tremenda ni con maneras dictatoriales, sino que sentía siempre predilección por la suavidad y el agrado, al modo de San Francisco de Sales, de quien era devoto y asiduo lector. A veces, aun en medio de las humoradas de que gusta en sus cartas, sabía dar algunos oportunos toquecitos que. precisamente por ir envueltos en gracia y donaire, producían más saludable efecto. Así, en una carta escrita el día de Inocentes, a vueltas de mucha broma, les cuenta a sus monjitas dos cuentecillos que tienen mucha miga. Uno de ellos, el de aquella señora monja que aprendió a confesar sólo la "sustancia" con un ladino confesor que se durmió dos veces de mentirijillas mientras la buena penitente discurseaba sus faltas o lo que fuera, hasta que ésta, cansada de repetir a instancias del descuidado confesor, tuvo que decir en un solo minuto la sustancia de su discurso-confesión, que ya duraba una hora. Y entre fiestas y chistes inocentes, de que está llena toda la carta, les endilga unos cuantos avisitos muy serios y que venían de perillas.
Pero donde resplandecieron en todo su indudable valor y toda su exquisita excelencia las preclaras cualidades de Don Manuel, su virtud acendrada de hombre entregado en manos de Dios, su prudencia blanda y firme al mismo tiempo, su conocimiento profundo del corazón humano, su maestría en el modo de conducir a las almas por los caminos del amor de Dios, su amabilidad grave y atrayente, su poder de captación, que subyugaba con dulce imperio los corazones y dominaba las voluntades más enteras, fue en lo que constituye propiamente su incansable y abnegada labor de director de espíritus; y esto, lo mismo entre las personas consagradas a Dios en el claustro que entre aquellas que procuraban servirle con espíritu de piedad filial en el mundo.
Innumerables fueron las que disfrutaron la inapreciable dicha de sus consejos y sus palabras santamente encendidas en amor de Dios durante sus largos años de confesor. Y luego, cuando corriendo los tiempos, el Señor orientó su vida por otros derroteros, incontables fueron también los seminaristas y sacerdotes, formados por él o por los suyos, que acudieron- a los pies de Don Manuel en demanda de consejo, de luz o de consuelo. Y fueron sin número las almas de todas las clases sociales que se reconocían deudoras para con él de singulares beneficios de orden espiritual: una palabra de aliento, una orientación en horas de congoja o de oscuridad; una frase dulce que llevara el sosiego a un alma atribulada: tantos beneficios que él iba derramando por el mundo al paso, como sin darse él mismo cuenta,,a guisa de granos de trigo que se le escurrieran del zurrón al sembrador, camino de la besana con el hatillo a cuestas.
Sería faena interminable, aunque deleitosísima, ir recorriendo cartas y más cartas de personas que estuvieron en contacto espiritual con nuestro humilde capellán de monjas, y dan a conocer en frases sentidísimas, rebosantes de cariño y gratitud, alguna de las variadas facetas de insigne modelador de espíritus de aquel gran corazón sacerdotal. Quizá algún día nos sea dado saborear en edición completa el precioso tesoro de formación espiritual que sería su epistolario ascético. Buena parte de este trabajo se encuentra ya realizada en la "Vida" que escribió don Antonio Torres. A nuestro propósito basta por ahora recoger los rasgos salientes de su fisonomía en este aspecto tan interesante del apostolado de la dirección espiritual.
Primer efecto que producía siempre en las almas que dirigía: un aumento de fervor. El amor a Dios que a él le encendía interiormente, no podía menos de traducirse en sus palabras. Y., como el amor es contagioso, lo pegaba a los demás con natural espontaneidad. "Sobre todo, hablando del Corazón de Jesús-dice una dirigida suya-parecía un serafín o un apóstol, porque le salían las palabras como un torrente." Y un sacerdote escribe estas admirables líneas, que tienen más valor por la humildad generosa que las ha dictado: "Yo las confesaba años y más años con la mejor voluntad, y no conseguía hacerlas salir de los moldes ordinarios. Iban mis feligresas a Tortosa, se las recomendaba a Mosén Sol, o daban ellas casualmente con su confesonario, le trataban sólo unas cuantas semanas, y volvían sabiendo de materias de oración, con muchos deseos de mortificación, ganosas de amar a Jesús cada día más y ser sus reparadoras, y comulgaban con mucha frecuencia".
Su dirección era sencilla. Consistía sustancialmente en llevar a las almas por el camino suave del amor, sin estrecharlas con angustias o rigideces innecesarias. Había aprendido bien aquella lección tan llana, pero tan difícil de entender a veces en la práctica de la dirección espiritual, que propone San Agustín con la fuerza de expresión en él característica: "Ama, et fac quod vis". Ama, y después haz lo que quieras. Frase que, como todos los axiomas de carácter universal, se presta a interpretaciones torcidas, pero que, en la mente del Santo Doctor, es transparente. Una vez posesionada plenamente de un alma la caridad, no necesita de suyo, mientras obra bajo su influencia, de las rigideces de la ley. Porque el amor la empuja irresistiblemente a hacer lo que la ley ordena, y la mueve a ir todavía más allá. Don Manuel trabajaba al principio por prender en las almas la chispa del amor de Dios, y luego se quedaba en segundo término, de mero vigilante, como hace el labrador con los arbolitos, dice él delicadamente, mirando cómo van. "Nuestro oficio no es otro que ver cómo está el arbolito, como lo hacen los labradores. Con estar a la mira, basta. Lo demás, todo lo hace Dios con el alma."
A una persona que debía sufrir mucho de extrañas tentaciones y escrúpulos, le escribe paternal y dulcemente: "Sobre lo que te pasa, no temas; y quiero que no hagas caso de todos los asaltos que te vengan. Y abre la boca ,y respira bien, aunque hubiese de pasar una legión de enemigos por ella. Ya los arreglará el Corazón de Jesús". A otra, en circunstancias parecidas:, "Mi pobrecita Sor. ¡Qué días estás pasando! ¡Qué malos ratos quiere darte la bestia de la cola larga! Pero no te-mas, pobrecita; ya pasará la tempestad, y entonces mejor que antes oirás de los labios de Jesús el dulce nombre de hija. No temas, repito. Es nada lo que tienes. Prepárate, sí, y prevente con las siguientes disposiciones: docilidad y obediencia; humildad ante Dios; deseo de sufrimiento. No te creas todo lo que viene a la imaginación. Hiciste bien en comulgar... Cuando te encuentres muy triste, dile humillada al Señor: ¡Jesús mío, haced en mí vuestra voluntad! ¡Jesús mío, misericordia! ¡Jesús mío, aquí me tenéis!"
A lo largo de sus cartas de espíritu frecuentísimamente se le escapan frases como ésta: "Que no me tema nada, ni esté en confusión; que el espíritu de Dios es muy pacífico". Como no nos es posible insertar todas las interesantísimas recomendaciones de este género, queremos transcribir un sustancioso párrafo que vale por muchos capítulos de doctrina. No se sabe qué admirar más en él, si la finura de penetración para interpretar el estado de un alma, la prudencia extrema en la determinación del remedio o la ternura paternal y delicadísima en el modo de decir: "No le espanten esos afectos sensibles y de simpatía, que le será imposible arrancar, pero que no son malos. Podrían ser acaso peligrosos con el tiempo, pero hoy no son malos. Como usted dice muy bien, no le puede ser indiferente la situación de X., y no somos tan insensibles y desagradecidos que dejemos de sentir afecto a los que nos han amado. Mas como usted sabe que no es dueña de sí, sino que el dueño es Jesús, dígale a Este que hará usted lo que nosotros le mandemos en su nombre, y que por nada del mundo se apartará de su voluntad; que yo ya sé que así lo hará usted; y así se tranquiliza. No tema ese interés; si no, se le hará un lío en su imaginación, que lo creerá todo pecado, y no sabrá discernir, y ante Jesús se encontrará como llena de ellos y no sabrá abrazarse a El, y el corazón sentirá vacío, sin tener a Dios ni a las creaturas; y nada hay peor para el alma que ese estado. Con tal de que vaya diciéndolo todo, y con estar dispuesta a hacer la voluntad de Dios, esté segura. Sabe usted que Jesús la ama mucho; porque lo sé. Creo que al fin no tendrá usted otro remedio que ser toda de El. Aun después de ser toda de El, ese corazón de usted tan apasionado, la hará sufrir; pero dominará usted el sufrimiento y lo ofrecerá a Jesús."
Fuera de estas ocasiones en que la situación especial de las almas exigía derroche de caridad y blandura, Don Manuel sabía templarlas bien en la dura escuela de la humildad, la obediencia y el sacrificio. "No admitía réplicas a sus ordenaciones en el sagrado tribunal", dice un alma distinguida de las que él dirigió. Y él ordenaba a ésta misma, en ocasión en que se encontraba particularmente atribula-' da por 'dudas y ansiedades de conciencia: "Así, pues, repito con energía que obedezca hasta echarse al infierno con la obediencia". Y otra vez, que se resistía a cumplir sus órdenes: "Ahora mismo, sin salir de este lugar, ponga la boca en el suelo, y prométame que obedecerá a mis mandatos". A otra escribe perentoriamente: "No tiene usted necesidad de hacer votos para desprenderse de las criaturas; que ya lo debe de estar bastante. De quien ha de desprenderse es de usted misma". Y a cuántas de aquéllas, cuya virtud tenía conocida de antemano, les aconsejó, y en ocasiones les mandó, que se ofrecieran víctimas al Señor. Muchísimas fueron también aquellas a quienes aconsejaba especiales actos de reparación o de sacrificio, como ratos de vela nocturna, para desagraviar a Jesús Sacramentado de los pecados de los hombres.
La larga experiencia que había hecho de este ministerio le sirvió después para aconsejar a sus discípulos u operarios el modo de proceder en la dirección de las almas. i Y qué observaciones más sagaces, y más ajustadas a la realidad, y más prácticas, las suyas! "No hacer demasiado caso-dice a los ordenandos de Tortosa-de las grandes tribulaciones que su imaginación exagera. Ni fiarse de sus muchos fervores. La cabeza de las mujeres. No abunda en ellas el talento. Son hala' adoras, tenaces y engendran celos, y hacen pasar malos ratos. El peligro que comprenderéis que naturalmente ofrece la comunicación con el otro sexo, aunque sea con ocasión del ministerio. No por ello debemos abstenernos de hacer el bien, no nos suceda lo que a aquel Obispo amigó de San Francisco de Sales, del cual el Santo se burlaba graciosamente, diciéndole que no era pastor más que de la mitad de su rebaño, porque no quería confesar a ninguna mujer."
A unos operarios aconseja: "No sean ustedes largos en reflexiones; al contrario, muy cortos. Eso sí: si son de clausura, necesitan ellas un poquito de desahogo; y así, tengan paciencia, y que vean interés en ustedes por sus almas, y no manifiesten nunca desagrado. El ganar la confianza es el primer paso... Y, sobre todo, no se dejen llevar del celo de hacerlas muy santas. Esto ya lo hará el Espíritu Santo". Sobre la manera de conducirse con aquellas que declaran haber recibido gracias extraordinarias, aconseja a un operario, después de darle la doctrina de los autores sobre el caso: "Así, pues, escucharlo, o más bien, oírlo, pero con indiferencia y sin darle importancia". Y a los ordenandos acerca del trato con mujeres: "Evitar familiaridad. Antes, me extrañaban ciertas sentencias de los Santos; el sermo brevis et rigidus, etc. Me parecían temores infundados. Hoy, no. Así, siempre con respeto. No excesivas familiaridades. Recibirlas de modo que os vean siempre los de casa".
El, por su parte, se quejaba en su ancianidad del mucho tiempo perdido en el confesonario y de las pesadeces que había tenido que soportar. "Los que hemos pasado el golfo podemos hablar con conocimiento de causa, y lamentamos el tiempo que no sólo hemos gastado, sino malgastado con cierta clase de personas, aun con monjas. Cierto que las sólidamente piadosas causan respeto y son menos temibles. Las "semi" son peligrosas." Por eso podía decir también con profunda verdad y largas pruebas: "El confesonario es lo más enojoso de nuestro ministerio, y en ciertas ocasiones y muchas, lo más amargo".
Sin embargo, él, que había sufrido en este ministerio, tan enfadoso si se mira sólo por el lado humano, tantos desvíos, desprecios e Ingratitudes, no solamente nunca se negó cuando algún alma reclamaba su auxilio, aun años adelante encontrándose entregado de lleno a su misión de formador de sacerdotes, sino que, en lo poco que pudo, continuó ejerciendo su oficio de buen samaritano hasta el fin de su vida con muchas de las almas a quienes antes había dirigido, valiéndose de cartas que eran siempre esperadas y recibidas por ellas con transportes de júbilo, como beneficios especiales del cielo; y también por medio de entrevistas, cuando las necesidades lo exigían; o simplemente enviando los clásicos obsequios de Mosén Sol-estampas, libritos, rosarios, dulces-, pequeñeces con que las personas favorecidas se sentían satisfechas, por venir de quien venían.
Por su parte, las almas que tuvieron la dicha de gozar de su dirección le estimaban con verdadero y acendrado cariño, hecho de respeto y veneración confiada, como lo atestiguan numerosas cartas que aún se conservan de toda clase de personas. Estaban siempre anhelosas del regalo, de sus visitas o cartas, y muchas solicitaron de él el supremo consuelo de ser preparadas por su mano paternal para dar el paso definitivo a la eternidad. Y con qué cariño, al par que desconsuelo inmenso, cumplía el fervoroso director este sagrado oficio. Y cómo sufría, si en alguna ocasión sus repetidas ausencias le impedían ejecutarlo.
En retorno del cariño que ellas le profesaban, Don Manuel, sobre tratarlas siempre a lo largo de toda su vida, principalmente en sus comunicaciones espirituales, y de modo particular a las más atribuladas, con su característica amabilidad, paternal y respetuosa a la vez, supo ayudar las siempre, prestarles toda clase de servicios, aun de orden económico, para lo cual estaba a todas horas abierta su bolsa lo mismo que su corazón, y defenderlas con razonada energía.
Una muestra de ello es la detenida y estudiada defensa que, fundada en razones de honda psicología y encendido celo, hizo ante sus colegiales de Tortosa de la que él quería que se llamara clase devota, no consintiendo en modo alguno que le fuera aplicado cierto apodo burlón con el que comúnmente es conocida. Con el pretexto de poner en ridículo la falsa piedad, venía a decir en su seria y sentida diatriba, se pone en la picota del descrédito a la vez a la virtud genuina, siguiendo en ello la corriente de los impíos. Y hay almas tímidas que se retraen de un trato más íntimo con el Señor, por temor al terminito denigrante; sin contar con que semejante crítica mordaz adolece casi siempre de injusticia, puesto que, aun en las mismas personas que frecuentan la iglesia y los Sacramentos, y luego en su vida dejan mucho que desear, indudablemente esos defectos serían todavía mayores si no tuvieran el contrapeso de las prácticas religiosas, que siempre han de producir algún bien en ellas. Y terminó su encendida apología con un entusiasta elogio de esas almas piadosas, ignoradas de todos, que en la oscuridad de un rincón tanto bien hacen a la Iglesia, siendo los pararrayos de la justicia divina y las promotoras de tantas meritorias obras de celo. En todas sus cosas, la última raíz del proceder de Don Manuel, en el trato con cualquier clase de almas, lo mismo que en sus empresas más trascendentales o más insignificantes, si se ahonda un poco, se encuentra en el puro amor de Dios y en el celo abrasado por su gloria.
Esta misma es la clave para entender también sus especiales muestras de afecto para con algunas personas débiles en la virtud. Perfecto conocedor del corazón humano y de las necesidades de sus dirigidas, sabía graduar exactamente sus sentimientos, y así, a veces se mostraba reservado, severo, autoritario; y en otras ocasiones, amable, tierno, maternal, según lo exigieran las circunstancias o el modo de ser de las almas. Cuando la especial situación de la dirigida así lo reclamaba, Don Manuel, siempre tan mirado, no regateaba las atenciones y las muestras de confianza, con tal de ganar un alma, alentarla, sacarla del peligro o de la tentación. Era a Dios a quien buscaba, y, por El, le importaban poco los sacrificios, las humillaciones y las habladurías. Al verle así en ciertas ocasiones, había algunas personas que se conmovían, contemplándole tan humillado.
Lo que hacía era simplemente poner en acción la divina parábola del buen pastor. En la siguiente forma se desahoga él con una dirigida, con quien había tenido que trabajar mucho, y que al fin, después de una lucha larga y penosa, se disponía a entrar en un convento, diciéndole en son de remordimiento: "Te he dado excesiva franqueza, pero era porque creí que lo necesitabas; y sin ella, quizá, ¿cómo te hubiera ido? Sé también que te he tratado a veces con palabras demasiado duras, y sé que te mortificaban mucho mis reprensiones. Sin embargo, yo no sé si me arrepienta de ello, pues yo sé la intención con que obraba y convenía para tu amor propio. De todos modos, no quiero dejar pasar esta ocasión sin suplicarte que me perdones en la presencia de Dios". Hermosa alma que puede asegurar de la pureza de su intención, lo mismo cuando mima que cuando hiere, y que todavía, por una delicadeza de conciencia que es todo un elogio inapreciable para él, y un retrato acabado de su alma, pide perdón, por si hubiera habido, bien a su pesar, alguna falta en su conducta.
Con razón pudo escribir cierto día, hablando de sus luchas, fracasos, humillaciones y disgustos que le vinieron precisamente por el confesonario: "Mi corazón no se cambia, aun en las amarguras y en los resentimientos". Confesión preciosa, que abre la puerta para entender muchas vicisitudes de la vida de Don Manuel, y que descubre la alteza de miras de aquel espíritu privilegiado, que sabía amar a Dios en las criaturas. Por eso su afecto "no cambiaba” nunca, porque el fundamento de su amor era siempre el mismo en las más variadas y aun opuestas circunstancias que con relación a él se encontraran las almas, a veces agradecidas, a veces ingratas. Era inmutable, porque era divino. El ministerio de la dirección espiritual consiguió acercar aún más a Dios el corazón de Don Manuel, porque en él aprendió a conocer mejor la mutabilidad y miseria de los hombres y la inmutable misericordia y bondad divinas, y supo, sobre todo, llevar siempre a cuantos le abrían confiadamente su interior por el camino llano, seguro y sin tropiezos de la voluntad de Dios, que fue siempre su norte.
PRECURSOR DE LA ACCIÓN CATÓLICA
El enorme y agobiador esfuerzo que tuvo que desarrollar Don Manuel desde el confesonario y el púlpito, o la mesa de pláticas de sus religiosas, era de suyo suficiente para llenar y absorber y fatigar a un sacerdote de arrestos y competencia. Cualquiera creería que nuestro confesor y maestro de espíritus se dio tan de lleno a esta misión, que no le quedaron ni tiempo ni energías para pensar en otros afanes de gloria de Dios. En otro sacerdote, aun siendo él de gran virtud y de abrasado celo, quizá hubiera sido aquella ocupación bastante y aun excesiva. En Don Manuel Domingo Sol, no. A pesar de haber tomado él tan a pecho, como en realidad lo tomó, el ministerio de la dirección de las almas, no podía, con todo, dar satisfacción cumplida el cultivo de aquella reducida parcela de la Iglesia a quien, desde el risueño amanecer de su sacerdocio, había columbrado en lontananza tan dilatados horizontes de mieses, faltas de brazos que fueran
a recogerlas en los hórreos del Padre de familias.
El pensó entonces en las legiones sin número de infieles abandonados a su triste situación de orfandad; pensó en las pobres almas deseosas de perfección que no encontraban la mano amiga de un guía cariñoso que las llevara con seguridad por caminos inciertos y llenos de peligros; pensó con un suave dejo de tristeza en los pobrecitos jóvenes, abandonados a los deseos de su corazón turbulento en la edad de los peligros y de las ilusiones. De estos tres campos necesitados de cultivo, que su espíritu entreveía con ansias de apóstol, la Providencia de manera inequívoca le había confiado ya uno, el otro quedaba muy lejos del alcance de sus deseos sacerdotales; pero el tercero, la juventud., por la que siempre sintió especiales atractivos, la juventud que era su "ideal", como él mismo confesó, estaba allí, ante sus ojos, al alcance de sus brazos de apóstol, desamparada y sola, pero con luces de esperanza en los ojos y una llama de ilusión en la tersa frente, "Mucho ha sido -asegura él-mi amor a la juventud. Desde el día en que, recién ordenado, se me colocó en el Instituto, como profesor y como secretario, he tenido interés por la juventud varonil." Y en busca de la juventud salió también un día, en alas de su juvenil corazón.
Fue la revolución, la infausta revolución del 68, liberalesca y procazmente anticlerical, la que encendió en la sangre moza de nuestro sacerdote el deseo de ir al encuentro de la juventud, para ponerla en pie de guerra y llevarla de la mano al combate por Cristo y para Cristo. La semilla lanzada en sus años de profesor del Instituto comenzó a germinar entonces. Los mismos jóvenes, que saben intuir quién los ama de veras y los puede conducir a las alturas, le fueron a requerir. "En los revueltos días del 68 hacía historia del caso más adelante Don Manuel fueron objeto de nuestra solicitud y salvaron sus convicciones en medio de aquellas borrascas... España estaba bajo la presión de una atmósfera asfixiante de desbordamiento de pasiones, y casi diríamos de impiedad, en aquel nuevo orden de cosas, después de la tempestad del 68. Se me acercaron entonces dos o tres jóvenes de los que habían sido mis discípulos en el Instituto, Diciéndome una organización semejante a la que había iniciado la Juventud Católica de Madrid. Consulté con el Prelado, señor Vilamitjana, que lo aprobó, y provoqué una reunión en una casa que servía de escuela de Latín, porque el Seminario estaba arrebatado por la revolución... Les expuse el pensamiento de constituir la Juventud Católica con las bases de la de Madrid, y un reglamento que allí se empezó a discutir." Así, de esa manera tan llana y tan sobria, cuenta el gran varón esta feliz iniciativa. La Juventud quedó constituida en 1869. Y empezó en seguida a actuar con la rapidez y alegre dinamismo que caracterizaban a Don Manuel en todas sus empresas de celo.
El reglamento nos da una idea clara de la sólida orientación, de la seriedad de las actuaciones de aquella obra, tan de cerca parecida en su funcionamiento y en el espíritu que la animaba a las actuales organizaciones similares de Acción Católica. La finalidad de la Asociación podía concretarse en el que hoy es el lema de nuestras juventudes Católicas: piedad, estudio y acción. Decía así, textualmente, el reglamento: "El objeto de esta Asociación es el que se instruyan con asiduidad los socios de la misma en los principios de la ciencia y de la moral católica; animarse mutuamente a encender en sus corazones el fuego de la religión, propagarlo por todos los medios legítimos y defender con todas las fuerzas los derechos, preceptos y disposiciones del catolicismo, vindicándolo de todos los ataques e injurias proferidos contra él". Es en realidad, como se ve, la formación de la conciencia cristiana de los mismos jóvenes lo que primero se busca; la preparación para el apostolado, por medio de esa formación, y el mutuo aliento, después; y por último, como consecuencia y blanco de todos los esfuerzos, la propagación de la idea católica. Estamos en franco ambiente de apostolado seglar.
Medio aptísimo para ello había de ser el que, con tanto acierto, señalaba también el reglamento: "Las sesiones públicas se verificarán en fechas variables, a juicio del presidente, que las señalará con la oportuna antelación. En ellas se leerá algún discurso sobre un punto de Moral, Historia, Disciplina, ajustado al criterio exclusivamente católico y en defensa de él. Podrán hacerse objeciones con la mira única del mayor esclarecimiento de la cuestión". Tenemos aquí., aunque no el nombre desde luego, que aún no se había acuñado, nuestros flamantes Círculos de Estudio de hoy, con las ligeras variantes que las especiales circunstancias de la época, un poco pendenciera, aficionada a la apologética, a la controversia y a la retórica, exigían. Pero, en el fondo, intuyeron ya los fundadores el enorme poder formativo, que, para jóvenes despiertos, aficionados a discurrir por cuenta propia y a razonar sus convicciones, representa una reunión de amigos que han estudiado de antemano un tema fundamental, y se juntan para discutir y contrastar en el seno de la confianza, por puro amor a la verdad, los varios puntos de vista de cada uno, y los aspectos menos claros de la cuestión.
Los resultados de aquella valiente asociación no se hicieron esperar, y fueron realmente espléndidos. El presidente, que era desde luego un muchacho decidido, inteligente v entusiasta, escogido por el propio Don Manuel, y toda la Junta directiva, formada por chicos de capacidad y bríos, comenzaron a trabajar alegremente. Las reuniones se tenían al principio periódicamente en el domicilio de Don Manuel. Luego, poco a poco, a medida que iban ganando terreno los jóvenes. Fueron extendiendo progresivamente sus brazos, alquilando pronto un piso, hasta que consiguieron instalarse en el amplio edificio de la abandonada iglesia de la Merced. Don Manuel estaba en sus glorias y se multiplicaba para atender y proporcionar ocupaciones interesantes, provechosas y formativas a sus muchachos.
Él, tan parco de palabras para enjuiciar sus obras, resume así la positiva labor llevada a cabo en los primeros tiempos de actividad del Centro: "El resultado fue asombroso. Baste decir que la atmósfera que reinaba cambió p completo, y con veladas, peregrinaciones, funciones religiosas, etc., salvaron la fe". Este parece que era el primordial intento que perseguía Don Manuel con aquella organización, pues lo repite dos veces en pocas líneas: "salvar sus convicciones", "salvar la fe". Le atemorizaba el peligro de aquellas conciencias vírgenes, sin formación y sin defensas, abiertas a los ataques de una prensa desbordada contra la Iglesia, y una campaña tenaz del folleto y del libelo contra los principios religiosos.
Pero no sólo se mantuvieron incólumes en sus convicciones aquellos mozos decididos. Sino que hicieron una magnifica siembra del bien en Tortosa, levantaron el ánimo de los aterrorizados católicos con su viril ejemplo, y conservaron lozana y fresca en su alma la vida religiosa, siendo modelos de cristianos entusiastas. La Juventud, en sus anhelos de difundir el bien, fundó escuelas nocturnas para obreros y artesanos, proponiendo para Director espiritual de las mismas a Don Manuel. El mayor éxito del Centro tortosino de Juventudes fue el haber podido reunir en la capital en 1887, del 7 al 11 de diciembre, una Asamblea diocesana de asociaciones católicas, por medio de la cual se pusieron en contacto, todas las fuerzas vivas del catolicismo tortosino, en una gran parada intelectual, para hacer el recuento, organizar los cuadros y preparar las armas a un empleo más a fondo, más unificador, mas cohesivo y mejor organizado.
Se llegaron a reunir 748 asambleístas, lo más distinguido del elemento católico. con el Prelado a la cabeza, y tomaron parte activa los más destacados hombres de acción de toda la diócesis. A Don Manuel le fue encomendada la ponencia sobre Obras de fe y de piedad. Se llegó a afirmar que aquella Asamblea fue el punto de partida de los famosos Congresos Católicos Nacionales, que vinieron después, y siguieron en gran parte su pauta. Y aunque es cierto que los frutos no fueron todo lo duraderos y eficaces que debieran haber sido, como sucedió con otras reuniones parecidas de católicos en España por aquellas poco afortunadas calendas, la semilla estaba echada, y 1 a demostración de lo que podría haberse conseguido con organización y unidad, era palmaria.
En octubre de 1880 organizó la juventud Católica tortosina nada menos que una serie de conferencias sobre Teología y Paleontología. Sabido es que, a fines del siglo pasado, estaba de moda entre los librepensadores suscitar dificultades a la Biblia en el campo de los descubrimientos geológicos. Y los chicos tortosinos, que eran hombres de empuje, se sintieron con arrestos para salir al encuentro de la impiedad también en este terreno estrictamente científico. La cosa fue de vuelos, puesto que intervinieron en el cursillo hombres de tanta competencia en la materia como el P. Vicent, S. J., y don José Landerer. La Juventud de Tortosa, amantísima de las glorias patrias, celebró en octubre de 1892 una solemnísima velada en honor de Colón, en el cuarto centenario del descubrimiento de América. Y, para no dejar descuidado ningún aspecto de la vida social, se lanzó en septiembre de 1883 a organizar, durante las fiestas de la Virgen de la Cinta, una magnífica Exposición agrícola, en la cual se exhibieron, colocados y clasificados con gran gusto y arte, los variados y ricos frutos de la tierra tortosina.
La Asociación era eminentemente de orden religioso, y miraba de manera especial a formar a sus miembros en los principios católicos, considerados desde un punto de vista científico y apologético, porque tenía que responder a los ataques que del campo contrario se le dirigían, ya que la lucha con la impiedad era entonces muy viva, aunque no ciertamente muy peligrosa en el orden de los principios, pues en España nunca han sido del dominio público estas contiendas doctrinales, que bien pronto se deslizan de la cumbre ideológica al llano político y pasional. Por eso mismo, la flamante organización procuraba abarcar en cuanto le era posible todas las vibraciones de interés en la vida nacional, y, como no había un lindero claramente acotado y definido para las asociaciones de este género, que comenzaban a brotar entonces, a veces invadían dominios ajenos.
Pero la orientación era clara y definidamente formativa y apostólica, al menos en los comienzos, y Don Manuel se encargó de mantenerla en esta línea, con las frecuentes instrucciones que en pláticas o sermones dirigía a los miembros de su Centro de juventud. Más adelante, el fervoroso organizador parece que se desentendió de los jóvenes porque, como él explica en carta al Obispo Aznar y Pueyo, la orientación. que ciertos elementos advenedizos querían darle estaba falta "de espíritu de sólida piedad". Poco a poco, disminuida lentamente la necesidad de la lucha, que había congregado a aquellos corazones juveniles, fuese también apagando el entusiasmo y empezó a languidecer la Asociación, que, sin dejar del todo de existir, cesó de actuar con aquella rígida tensión cristiana de la primera llora. Dice Don Manuel prudentemente: "Mas vinieron después otros acontecimientos, cesó aquella lucha que era laque alimentaba el entusiasmo y unía a todos en un mismo parecer, sin distinción de opiniones, y aquella pléyade de valientes se retiró a sus campamentos". No es difícil descubrir a través de estas prudentísimas líneas la mano de algún extraño que vino a turbar la marcha progresiva, disciplinada y armoniosa de la juventud Católica de Tortosa.
Pero entonces precisamente, cuando la Juventud Católica comenzaba a declinar, vino la Providencia a poner a Don Manuel en la precisión de continuar ocupándose de la juventud tortosina, con su apostolado al frente de la Congregación de San Luis, que radicaba en la iglesia del Jesús, arrabal de Tortosa. A primeros de noviembre de 1880 había sido nombrado, en efecto, Director de la misma. Fundada la Congregación por los Padres de la Compañía de Jesús en 1866, vivió con vida floreciente hasta la fecha en que fueron desterrados los Jesuitas por la revolución de 1868. Entonces se encargó de ella el Canónigo don Juan Corominas, trasladándola a la ciudad. Y al marchar éste a Tarragona, quedó Don Manuel al frente de la misma.
En la Congregación de San Luis puso mayor entusiasmo, si cabe, y consiguió mejores y más positivos resultados aún que con los mismos jóvenes católicos. Tomaba a su cargo los luises ya en plena madurez, a los cuarenta y cuatro años, cuando la misma experiencia adquirida con la juventud Católica podía servirle tanto. Era la Congregación, tal como Don Manuel lo deseaba, una asociación franca y decididamente piadosa, y a sembrar y desarrollar la piedad en sus jóvenes la dirigió con bríos desde el principio el nuevo Director.
Animado por las santas ambiciones que le llenaban siempre, vio desde el primer momento que el movimiento de 'las Congregaciones marianas, bien dirigido e intensamente propagado a toda España, podía ser una palanca formidable para la Iglesia y un instrumento magnífico para la regeneración católica de la sociedad española, ya, en franca crisis de anemia liberal. Por este tiempo había vuelto Don Manuel a su cátedra de Religión y Moral con los jóvenes bachilleres, pero ahora no ya como profesor oficial del Instituto, sino como titular de aquella asignatura en un Colegio de Segunda Enseñanza agregado al Instituto, que había fundado precisamente su antecesor en el cargo de Director de los luises, don Juan Corominas, Rector del Seminario, gran amigo suyo. Comenzó sus tareas profesorales en octubre de 1877.
Concebido el plan de la magna campaña en favor de las Congregaciones, se lanzó bien pronto a propagarlo con su decisión de siempre. A los pocos días de posesionarse del cargo de Director, el 13 de noviembre, envió a todas las Congregaciones de España una circular, que es un valiente toque de llamada. Para poner remedio a la apática languidez en que se debatían algunas Congregaciones, y contribuir a la vez a mantener entre todas las de España bien tensos los vínculos del ideal y el entusiasmo común, propone la creación de un órgano propio en la prensa. Recuerda que ya en 1871 había existido el proyecto, cuya realización se encomendó a la Congregación de Tortosa. Esta declinó entonces el honor en la de Madrid; pero ahora, viendo que nada se había hecho en casi diez años de estéril espera, como los congregantes tortosinos estaban convencidos de la apremiante necesidad, se ofrecían ellos a llevar adelante el proyecto a la mayor brevedad posible, señalando de antemano el objeto de la futura revista.
Este era múltiple: 1.º El desarrollo del espíritu del reglamento, que era el del culto e imitación de la Santísima Virgen y de San Luis; 2.º El culto del Divino Corazón y su fomento por medio de las Congregaciones; 3.º La propaganda de Gimnasios o Círculos de San Luis; 4.º El fomento de los demás medios de propaganda insinuados en el reglamento. Obtenidos los imprescindibles apoyos y asentimientos, Don Manuel, que no se detenía mucho en proyectar, sino que era un espíritu eminentemente práctico, puso manos a la obra; y al año siguiente, en diciembre de 1881, apareció por fin el deseado periódico mensual "El Congregante de San Luis", que fue el primero de su género fundado en España, y tomó sobre sí desde entonces la misión de llevar a los cuatro puntos cardinales de la Península, como un clarín de combate, los acentos juveniles y ardientes de aquel puñado de muchachos cristianos y buenos, que, bajo la mirada y el impulso del gran corazón del humilde sacerdote tortosino, acariciaban en sus almas anhelos de renovación y de espiritualidad, en medio de la apatía, comodona y vulgar, de aquellos años ruines. A través de sus páginas llegaron muchas veces a muchos nobles jóvenes de España las palpitaciones de aquella alma enamorada de Dios y de la Iglesia, enfrascada continuamente en la meditación de problemas hondamente trascendentales para la Patria y la Religión. De la sencilla revista se sirvió Don Manuel en no pocas ocasiones para propagar las vastas empresas de gloria de Dios que aún tenemos que describir.
En las siguientes palabras estampaba un día el ardiente corazón de Don Manuel las grandiosas ilusiones que en la Congregación de San Luis había puesto su espíritu, siempre insaciable, siempre hambriento de más: "No está satisfecha nuestra ambición. La Congregación de San Luis .de Tortosa tiene una misión providencial que cumplir. Por su historia, su naturaleza y sus medios (aludía sin duda a la presencia del Colegio Máximo de la Compañía en Tortosa, adonde habían vuelto los Jesuitas en 1879, y con el cual contaba) debe aspirar a formar una red que arrastre ,a la juventud de los pueblos de España". No se circunscribió su celo a su rincón provinciano, ni volvía solamente ,la mirada a centros importantes más vecinos de, su región lo de su tierra; miraba con mirada profunda, amplia, españolísima, a todo lo ancho y lo largo de la Patria querida y necesitada.
La revista la dirigió al principio Don Manuel, hasta que, más adelante, fundada ya la Hermandad, pudo encomendársela a uno de sus operarios. Los PP. Jesuitas no quisieron encargarse de ella, aunque Don Manuel se la ofreció. Se contentaron con el papel de consejeros y censores. Colaboraban en las páginas de "El Congregante" algunos sacerdotes de renombre literario y muchos jóvenes que después han sido figuras distinguidas de las letras españolas. Se leía ya, al comenzar su segundo semestre de vida, en toda la Península, Baleares y Canarias, y de todas partes llegaban a su Director palabras de aliento.
En noviembre de 1881, al año de haberse encargado de la Congregación, pensó ya en adquirir en propiedad un edificio para instalar en él el domicilio de la misma, con capilla, biblioteca, teatro y salones de juego. El llamaba al centro que proyectaba Gimnasio o Círculo de recreo. Antes, le pareció obligado hacer desde las columnas de la revista una defensa de semejante iniciativa, porque el nombre y el motivo harían pensar en finalidades principalmente recreativas, y en las costumbres de entonces, más rígidas que las de nuestros días, esto parecía sonar a novedad bullanguera, en oposición con las tradiciones españolas, tan aferradamente apegadas al culto de la vida hogareña y a la sobriedad familiar. Don Manuel, hombre realista, como hoy se dice, fundaba la necesidad de tales centros en razones de mera utilidad. Dando por supuesta la existencia del mal, que poco a poco iba arrancando del hogar los días festivos a la Juventud, atrayéndola a centros peligrosos de diversión, y viendo que no era posible el remedio directo de la vuelta a la recogida vida de familia, porque los tiempos habían cambiado, proponía como la solución más indicada el oponer centros a centros, montando los católicos de suerte que no dejasen ellos nada que desear para el legítimo esparcimiento de los muchachos.
Y, como según norma suya de conducta, lo que se creía “necesario” para el bien de las almas había que hacerlo, fuera como fuera, el día 30 de noviembre de 1881 adquirió 2.700 metros cuadrados de terreno con este objeto, haciendo plantar en él gran cantidad de árboles para dar amenidad al paraje. Se apresuró más en esta empresa, porque las organizaciones sectarias de Tortosa proyectaban también por aquellos días su Ateneo libre, y él quería llegar antes. Surgieron, sin embargo, dificultades de varios géneros, y hasta el 9 de julio de 1882 no pudo ponerse la primera piedra del edificio, para lo cual se había hecho de antemano un empréstito. El 26 de diciembre pudo ya inaugurarse el Gimnasio con una veladita familiar de los congregantes, aunque las obras estaban todavía sin acabar. Don Manuel, siempre optimista, acariciaba vastos proyectos y nobles ambiciones, a la vista de aquel edificio aún en construcción, y, sobre todo, ante el espectáculo de aquel grupo de jóvenes animosos, en marcha segura hacia el ideal. Pensaba formar una biblioteca escogida, celebrar frecuentes e instructivas veladas científico-literarias, e incluso llegar a la formación para el apostolado con un puñado de chicos selectos, que se encargaran de instruir y preparar a su vez a los demás. Intuía ya el enorme poder formativo que proporciona el poner en juego la responsabilidad de los jóvenes, tendiendo al desarrollo de la propia personalidad, a base de convencimiento y libertad de actuación.
La Congregación vivió bajo su sombra unos años de innegable esplendor, tanto por lo que toca a la exuberante vida piadosa de los congregantes, como a la actividad exterior educadora de los mismos. A pesar de que se había inaugurado ya el Gimnasio, porque las alas de su celo volaban más rápidas que las manos de los obreros, las obras, que no habían terminado todavía, seguían avanzando con relativa lentitud. El se preocupó de embellecer la finca que rodeaba el edificio, proporcionar a los muchachos juegos de ejercicio al aire libre, y disponer un saloncito que servía de casinillo y sala de recreación. Se celebraban veladas frecuentemente para mantener en tensión la actividad y el entusiasmo de los jóvenes, y no dejaba de obsequiarles lo mejor que podía, ya en el mismo Centro, ya de vez en cuando en su propia casa.
Se llegaron a juntar 150 congregantes, solamente en la sección de estudiantes. Porque tenía dividida la Congregación en dos secciones, una para artesanos y otra para estudiantes. Y, aunque la división no era absoluta, él opinaba muy justamente que alguna separación debía haber, entre otras razones, para conseguir mayor asistencia de los de clase inferior, porque, si estaban mezclados, como predominaban los estudiantes, aparecía la Congregación como cosa de éstos y los otros se retraían. Formó varios grupos que se encargaron de diversas obras prácticas de apostolado. Unos se ocupaban en recoger ropas que debían repartir luego entre las familias necesitadas; otros habían de visitar las cárceles para catequizar y consolar a los reclusos; otros cuidaban de propagar lecturas católicas, recogiendo los libros impíos o inmorales que encontraran; otros, en fin, tenían encomendada alguna práctica privada de culto a la Santísima Virgen o al Santísimo Sacramento. De este modo se ingeniaba el apóstol de la juventud tortosina para tener a sus muchachos en constante ambiente de sobrenaturalidad y elevación espiritual, contribuyendo así, no sólo a formar a los mismos congregantes, sino, simultáneamente, a hacer el bien en medio de la sociedad tortosina.
Lo que él perseguía con tantos afanes y tantos sacrificios era que aquellos jóvenes "fuesen verdaderos cristianos; por el bien-decía-que pueden después hacer en la sociedad". O como les dijo en el fervorín de la Misa el día de la inauguración de la capilla del Gimnasio, que tuvo lugar el 29 de junio de 1897: "Que nunca se profane esta capilla, Que sea un lugar de reparación y consuelo para el Corazón de Jesús. Que sea esta capilla el lugar donde forméis vuestros propósitos de propaganda del bien. Pedidle fortaleza ¡)ara defender vuestras convicciones católicas contra el respeto humano". A los pocos días de inaugurada la capilla obtuvo facultad para reservar el Santísimo, porque él no sabía conformarse a tener una iglesia sin un sagrario. Como se ve, los objetivos a que Don Manuel apuntaba con sus tareas en favor de la juventud no podían ser más elevados: levantarlos al amor de Dios y hacerlos reparadores del Corazón de Jesús.
Para conservar sus almas en la línea del afán diario y del diario sacrificio, no perdonaba ocasión ni medios. La Congregación se encargo de fundar y dirigir primero unas escuelas nocturnas para jóvenes de clase humilde, fomentando de esta manera el contacto y la comprensión mutua entre las diversas clases sociales; y más adelante, se establecieron unas escuelas dominicales. En unas y otras hubo de gastar el abnegado promotor de tantas obras de gloria de Dios no despreciables sumas de su peculio particular. Pero él se consideraba bien pagado en todas sus empresas de celo, por mucho dinero que hubiera de desembolsar y muchos disgustos que tuviera que sufrir, con tal de ver la gloria de Dios aumentada y las almas mejoradas. Por eso mismo, él, siempre pródigo en el ministerio de la divina palabra en cualquier clase de obras que tuviera encomendadas a su cuidado, aprovechaba el funcionamiento de las escuelas para reunir en determinadas fechas a los que a ellas asistían y dirigirles fervorosas pláticas de instrucción y exhortación.
Incansable celador y cuidadoso guardián de la juventud, no se contentó con su labor personal en favor de ella. Ya por los años de 1878, a juzgar por las intenciones de su diario de Misas, andaba rumiando la fundación de un Instituto encargado de cuidar tan necesitada porción de la viña del Señor. No podemos concretar más cuál fuera su idea por entonces, porque no se han conservado otros datos. Era tal vez por los tiempos en que andaba preocupado con la deficiente marcha de la juventud Católica. Más adelante, en los primeros años de su tarea al frente de los luises, esbozó más detalladamente un proyecto, que tal vez sea la concreción de aquel anterior, entonces en embrión, desdibujado.
Le da el nombre de Apostolado de San Luis o Protectorado de San Luis, y había de estar compuesto por un grupo selecto de caballeros o jóvenes, formados concienzudamente en la doctrina católica, que pudieran dedicarse de lleno a la propaganda. Don Manuel, en mil rasgos y manifestaciones de su vida, se ve que adivinaba ya las necesidades específicas de la época moderna, presentía la llegada de las huestes de la Acción Católica, y con su maravillosa intuición fue un verdadero precursor, se adelantó a su tiempo.
Esta institución en proyecto había de tener un radio de acción amplísimo, tanto casi como el mismo apostolado jerárquico, pero iría orientada de un modo sistemático a la propagación de la idea católica en la sociedad. Habría de fundar y dirigir Gimnasios de San Luis, escuelas dominicales, escuelas nocturnas, catequesis, bibliotecas populares; habría de propagar la prensa católica. Años adelante, el infatigable ingenio de Don Manuel concibió todavía otros planes en bien de. su adorada juventud tortosina. Intentaba en su espíritu, esencialmente organizador y unificador, ensamblar en una federación armónica todas las obras católicas de Tortosa que tuvieran finalidades de apostolado, distribuyéndolas en tres grandes ramas: Apostolado de la juventud de Tortosa, que venía a coincidir con la asociación ya mencionada y debía estar formado por jóvenes propagandistas; Protectorado de la juventud, constituido por señores de edad dedicados también a la propaganda católica, y, por último, el Gimnasio de los luises, que había de tener finalidades más bien recreativas. Ninguno de tales proyectos pudo llegar a ver cuajados en realidad, quizá porque el ambiente, en un marco tan reducido como el de Tortosa, no estaba preparado para planes de tan vasto alcance.
El acto de más resonancia que llevó a término Don Manuel al frente de la Congregación mariana de Tortosa, fue la organización de la gran peregrinación nacional de las mismas a Roma, realizada en septiembre de 1891, para conmemorar el tercer centenario de la muerte de su Santo Patrono. Este fue el fin primordial y la ocasión de aquella magna movilización de juventudes hispánicas, a paso de peregrino, camino de la Roma Eterna. Pero en la mente de Don Manuel, al planearla y dar los primeros pasos para ella, había, al menos, otros dos fines elevados, muy dignos de tenerse en cuenta. Buscaba hacer a la faz, de España y del mundo una profesión pública y solemne de fe, de adhesión incondicional a la Cátedra de Pedro. Las circunstancias por que atravesaba el Pontificado, de una parte, y la cosa pública en España, de otra, parecían exigir este acto, para dar una sacudida briosa a la adormecida fe de los católicos españoles, y demostrar a la vez a los del campo opuesto que aún contaba la Iglesia con masas organizadas y decididas. Intentaba, además, Don Manuel otro fruto, la realización de un ideal que venía acariciando años hacía: unir, organizar sobre bases nacionales y centralizadoras las juventudes todas de España, para formar un dique infranqueable contra la impiedad que cada vez rugía más fuerte y cerraba más sus cuadros. Ida fundación de "El Congregante" había sido en su mente un primer paso en esta dirección. Con motivo de la peregrinación a Roma, insistió enérgicamente, como veremos, sobre el particular, sin obtener, con todo, mejores resultados.
La primera idea de la peregrinación se lanzó desde las páginas del simpático periodiquillo en 1888. En agosto de aquel año estaba formada la junta Nacional. El Obispo de Tortosa era el presidente honorario, el efectivo Don Manuel, y miembros de la misma calificadas personalidades de varias capitales de España: el Deán de Valladolid, el Lectoral de Burgos, un catedrático de la Universidad de Valencia, otro de la de Barcelona y un conspicuo Operario Diocesano, don Vicente Vidal, Director del Colegio de Vocaciones de Valencia.
El benemérito propagandista don Félix Sardá y Salvany se prestó a hacer la propaganda desde las columnas de su difundida "Revista Popular". Animado con las primeras adhesiones, exponía en estos encendidos términos "El Congregante", en 21 de diciembre de 1888, el objeto de tan inusitado acontecimiento: “Ofrece la juventud española hace algún tiempo el bello espectáculo de buscarse y entenderse, congregándose bajo el nombre de María Inmaculada y de San Luis para disponerse a hacer a la faz de ;España y del mundo todo lo que la revolución ha logrado en estos últimos años que se rehuya como cosa vedada. Vamos a hacer un firme y universal acto de fe, y lo vamos a hacer varonilmente, teniendo a mucha honra el abrazarnos enardecidos al aborrecido estandarte de Jesucristo, cuando más tiros recibe."
Para preparar los ánimos a la peregrinación organizó Don Manuel en Tortosa, en mayo del año 1891, una magna procesión infantil. Más de 2.000 niños tomaron parte en ella, y fue una novedad simpática y vistosa ver desfilar aquellas cándidas falanges inocentes, presididas por el Prelado, entonando cánticos piadosos y agitando en sus manos graciosas banderitas. Más tarde se celebró un solemnísimo triduo en honor de San Luis, se hicieron imprimir millares de estampas del Santo, que se distribuyeron por toda la diócesis, y tuvo lugar una velada conmemorativa. Con todos estos festejos intentaba Don Manuel, además de mantener en tensión el entusiasmo de sus muchachos, entretener un poco la natural ansiedad, porque la salida de la peregrinación, contra la voluntad de todos, por dificultades inesperadas, se iba retrasando más de la cuenta. Se había preparado para junio con el propósito de coincidir en Roma en las fiestas del Santo Patrono de la juventud, para lo cual tenían ya conseguida de antemano la bendición y el consentimiento del Papa.
Por fin, el 13 de septiembre pudieron reunirse en Barcelona los peregrinos. Eran más de quinientos de toda España. El gran retraso, debido principalmente a las dificultades de inteligencia con los ferrocarriles extranjeros, im. pidió que tomaran parte en ella gran número de alumnos y aun profesores de los centros de enseñanza del Estado, que habían comenzado ya las clases por aquellos días. Pero el entusiasmo, no obstante, estaba al rojo y no decayó un momento. En Barcelona se celebró una función religiosa para solemnizar la partida, en la iglesia de la Merced. Predicó el Jesuita P. Fourgons, y se estrenó allí el himno de los peregrinos, compuesto por el H. Paláu, S. J., con letra de don Andrés Serrano, Operario Diocesano.
El 14 salió por fin de la capital catalana la entusiasta peregrinación, ilusionada y alegre. Al día siguiente estaban en Marsella, donde se les unió el señor Obispo de Tortosa, que presidía la peregrinación. Y el 16, al atardecer, hacían su entrada triunfal en la Ciudad Eterna. En la estación los esperaba la colonia española y una representación de la Juventud Católica Italiana.
Siete días llenísimos pasaron los peregrinos en la capital del orbe católico. Los tres primeros los dedicaron a visitar tantos lugares y monumentos cristianos como conserva la inmortal ciudad. El día 20 lo consagraron los congregantes a honrar a su celestial Patrono. Celebró la Misa de comunión el señor Obispo de Tortosa en la iglesia de San Ignacio, sobre el sepulcro de San Luis, y después pronunció Don Manuel una encendidísima plática, que produjo extraordinaria admiración, por la unción que respiraba, en los sacerdotes peregrinos y hasta en algunos extranjeros fortuitamente allí presentes, uno de los cuales, hondamente conmovido por el acento sobrenatural del predicador, exclamó sin poderse contener: "Este sacerdote es un santo". Después de la función eucarística vespertina, en la cual Don Manuel, por propio ofrecimiento, desempeñó el modesto papel de entonador del órgano, ofreció al Santo el obsequio especial de la Peregrinación, que consistía en un hermoso candelabro de plata con cinco brazos, y en el centro un corazón hueco, en donde quedaron depositados los nombres de los millares de donantes.
Celebraron también una velada literaria con asistencia y participación de la Juventud Católica Italiana; pero el acontecimiento culminante de la peregrinación era sin duda ninguna, para todos, la audiencia del Papa. Don Manuel había organizado la piadosa romería, y se había desvivido tanto por ella, y por ella había sufrido tanto, con el principalísimo objeto de dar un dulce consuelo al atribulado corazón del Pontífice, prisionero y perseguido en aquellos días aciagos. La visión del momento supremo, en que habían ' de contemplarse congregados a los pies del Vicario de Cristo centenares de jóvenes venidos de todos los rincones de la Patria amada, había alentado el corazón de Don Manuel, tan hondamente enamorado del Papado, durante la larga y penosa preparación que tantos sacrificios, desvelos, contradicciones y gastos le había acarreado.
León XIII tuvo pruebas de especial delicadeza para con los jóvenes españoles; les celebró él mismo la Misa en -la sala ducal y, después de la visita que hicieron a continuación los peregrinos a los Museos Vaticano, les acogió paternal y gozosamente en el señorial recinto de la sala clementina en una audiencia larga y cordialísima. El Prelado de Tortosa dirigió primero unas palabras de homenaje y saludo, y el Pontífice se explayó luego en un discurso ternísimo, lleno de singular afecto para España y para aquellos jóvenes piadosos y decididos.
Terminada la audiencia solemne, tuvo Don Manuel el consuelo de ser recibido privadamente por el Papa acompañando a su Obispo, y oyó de labios del Vicario de Cristo paternales palabras de congratulación y elogio. A su llegada a Tortosa, resume así Don Manuel su estado de ánimo, como resultado de la peregrinación, cuyo peso había cargado todo sobre sus espaldas, y que tantas preocupaciones le había proporcionado durante varios meses: "He llegado esta mañana. Abatido de cuerpo y de espíritu. Dios haga que no lo sea también de alma. Una vez, y no más; a no mediar mucha gloria de Dios. Además, 6.000 duros de pérdida en la peregrinación. Por lo demás, bien". Y aun hubo quien se atrevió a decir que Don Manuel, con todo aquel afán, buscaba una canonjía. Cuando lo supo el desprendido sacerdote rió de buena gana.
Don Manuel quiso aprovechar la magnífica coyuntura que le brindaba aquella Peregrinación Nacional, como queda indicado, para poner en marcha uno de los proyectos que con más ilusión acariciaba: la unificación de todas las Congregaciones marianas de España. Durante los días de estancia en Roma reunió, en efecto, a los Directores de los distintos Centros allí presentes para proponerles una confederación nacional de, todas las organizaciones luisianas, con el doble fin de dar uniformidad de orientación a todas ellas para que pudieran prestarse ayuda mutua, y de fijar objetivos concretos y prácticos de actuación. La buena semilla no germinó, debido indudablemente a las dificultades que entrañan siempre los movimientos amplios de este género, si no cuentan con apoyos elevados y entusiasmo difuso en la masa. Pero la idea se echó a volar, y el deseo manifiesto del gran apóstol quedó bien patente. La organización actual de la Acción Católica ha venido a dar, a medio siglo de distancia, una respuesta mejor aún que la que él podía esperar a aquellos sus apremios apostólicos de gran vidente de los problemas nacionales.
Con la fundación de la Hermandad y el crecimiento de sus Colegios, Don Manuel vio tan enteramente absorbida su actividad, que hubo de ir desentendiéndose, bien a pesar suyo, de la Congregación. Mejor dicho, de las Congregaciones, porque había conseguido establecer varias en algunos pueblos de la diócesis. No se desentendió, sin embargo, de golpe, porque le costaba mucho arrancarse de sus jóvenes, y, por otra parte, esperaba siempre que el aumento, constantemente esperado y que nunca llegaba, de sus Operarios, le permitiría lanzarse de lleno a este campo de la juventud, que tanto le ilusionó toda su vida. El desprendimiento, para hacerlo menos doloroso, fue por etapas.
En 1888 comenzó a delegar funciones de su cargo de Director en alguno de sus Operarios. En 1897, cuando se trató de la fundación del "Correo Josefino" para los Colegios de Vocaciones, le llegó la hora del sacrificio a "El Congregante". Se resistía a hacerle desaparecer, a pesar de los dos mil duros de déficit, pensando que las dos revistillas podrían convivir amigablemente, porque tenían campos muy distintos. El decía, además, que "El Congregante" era un hilo que deseaba conservar en sus manos para poder encargarse más adelante, cuando tuviera hombres disponibles, del movimiento de juventudes seglares. Por fin, modesto y dócil siempre, se rindió al parecer de los demás, y el 21 de diciembre de 1896 se daba en las páginas de aquel periodiquito, que tan puras ilusiones había alimentado en su alma, la triste noticia de su próxima desaparición. Con lágrimas debió escribir Don Manuel aquellas líneas en que, con pretexto de que las Congregaciones habían crecido y algunas tenían ya órgano propio, se despedía para siempre la simpática revista de sus lectores.
Por Ultimo, le llegó la vez a su amado Gimnasio, el cual tantos sudores le había costado. Hizo todos los esfuerzos imaginables por retenerlo. Al fin se convenció de que no había por entonces forma viable de que la Hermandad siguiera encargada de las Congregaciones, y cedió también con humildad en este punto al parecer ajeno. Pero sólo entró en tratos para traspasar el local cuando encontró un comprador que lo había de dedicar precisamente a la educación de la juventud. Fueron los Hermanos de las Escuelas Cristianas. Lejos de todo sentimiento de mercantilismo o de lucro, aunque el edificio, por estar emplazado en un sitio vecino al ensanche de la ciudad, había subido de valor, lo vendió por un precio módico. Y no contento con eso, regaló mil duros a los Hermanos para que instalaran allí una Congregación mariana. Tan encendidamente práctico era su amor a la formación cristiana de la juventud. Entró en tratos con ellos en 1904 Y se realizó el traspaso en enero de 1906. Y aquel mismo año tuvo, al fin, que romper Don Manuel, con gran dolor de su alma, todas las ligaduras que aún le unían con sus amados congregantes, resignando en manos extrañas a la Hermandad la dirección de la Congregación.
A pesar de todas estas apariencias de fracaso -que no lo eran, puesto que venían. impuestas por un nuevo apostolado, aún más importante que el de la misma juventud, que para entonces había adquirido ya vuelos insospechados- no se rindió nunca su espíritu al pensamiento aplanador de abandonar por entero a la juventud seglar. Todo lo contrario. Uno de los objetos primordiales de la Hermandad, como veremos más adelante, es precisamente este de la educación de la juventud. Los últimos años de su vida andaba continuamente dando vueltas en su cabeza, siempre hirviente en iniciativas y soluciones geniales para los problemas de apostolado, al modo práctico de realizar este ideal tan bello de la Hermandad. Y decía que no había de morir contento si no lo encontraba.
A sus Operarios no dejaba de importunarles para que no abandonaran semejante campo. A uno de ellos, considerado por él con especialísimas aptitudes para esta delicadísima labor, le da, entre otros, los siguientes atinadísimos consejos, que revelan de paso cuáles eran su intención y sus propósitos acerca de la juventud, y sus ansias siempre en ebullición para hallar la forma de entroncarla con su obra: "El trabajo por la juventud requiere indispensablemente un motor constante que no se pare. A consecuencia de la falta de este motor permanente, se han malogrado gran parte de los trabajos empleados en favor de las Congregaciones. Este motor no lo puede ser sólo ni un Director celoso ni un Presidente, faltando el cual, todo va a pique. Ha de procurar y discurrir ante Jesús-que estoy con fe que nos lo inspirará-ese motor permanente, que pueda continuar la obra en los pueblos, a pesar de las tibiezas de los Directores. Que, por esto, es preciso hacer formar en el cuerpo de preferencia de la sección de colaboradores que dice usted, no a congregantes, sino a jóvenes u hombres en los cuales pueda infundirse el amor, al apostolado por la juventud, y que formase como una tercera- orden para interesarse _por los jóvenes".
Continuamente asoman a los puntos de su pluma, indudablemente porque llenaban su espíritu, estas ideas de apostolado seglar, de formación de selectos, de "tercera orden", que dice él con frase feliz, muy semejante a aquella de "lunga manus" del Pontífice de la Acción Católica. El sabía muy bien las reservas de energía que se necesitaban para trabajar con la juventud. "Un motor que no se pare", o sea, una magnanimidad a prueba de desengaños e ingratitudes, una pureza de intención absoluta, como la que él sabia poner en sus obras. Tan encariñado estaba con este recurso para dar eficacia a las juventudes marianas, que, viendo la imposibilidad de que la Hermandad lo llevara adelante debido a su escasez de personal, en agosto de 1891, en plena preparación de la peregrinación de los luises, presentó con ingenuo y celoso desinterés al Provincial de la Compañía un proyecto para el "fomento y sostenimiento de las Congregaciones de la juventud piadosa en España por un medio permanente y eficaz". Él se ofrecía generosamente con sus Operarios a ser espontáneos y constantes auxiliares de ese fomento de la piedad en la juventud". Y concluía su propuesta, diciendo con toda humildad "que desearía no lo apagaran".
En dos o tres ocasiones intentó Don Manuel, hacia el fin de su vida, reorganizar otra vez a los jóvenes de Tortosa; pero ya con menos éxito que en los floridos tiempos de su edad madura. En 1896 ideó una "Escuela de piedad", para fomentarla entre los seglares. especialmente entre los jóvenes, que habría de funcionar de forma algo parecida a los Círculos de piedad de las organizaciones actuales de Acción Católica. Con un grupo, escogido «por él, de sus congregantes, fundó en 1897 el "Apostolado de la Juventud". Se consagraron al Corazón de Jesús en una Misa que les celebró él mismo con su correspondiente fervorín. y comenzaron a trabajar en las Catequesis, Escuelas Dominicales, Cárceles y Hospitales.
Incansable en su afán de salvar a la juventud, aun en las postrimerías de su vida, tuvo alientos para comenzar la reorganización de su carísima juventud Católica. Venía desde 1900 aplicando a veces la Misa por esta intención, porque algunas almas generosas le propusieron que se decidiera a ello, ya que él solo podía sacar adelante lo que era una necesidad para Tortosa. En 1901 quedó de nuevo constituida. En la primera reunión les expuso claramente su programa. Le habían animado a hacer un último esfuerzo en favor de la juventud, y el , a pesar de sus años y de los resultados de su labor anterior, no reparando-como dijo- en "nuevos gastos que nos abruman", y en las dificultades de "rencillas, ligerezas, enfados, aburrimientos", se decidió a comenzar con sus mejores deseos. "Se quiere hacer un llamamiento-les dice-y se ha pensado en vosotros para que seáis unos apóstoles." Les recuerda que están en ,días de lucha, como en los ya lejanos de la mocedad de sus padres, a, quienes él agrupó y organizó y llevó al combate; y termina solemnemente: "No vengáis, si no os resolvéis; pero, si os resolvéis, no habéis de ser soldados de rila, sino jefes de la bandera de Jesús".
Y los chicos respondieron con entusiasmo. "Cincuenta estudiantes de carrera -dice él en una carta de junio de 1901- buscando local y dinero por esta ciudad. Espero mucho de la empresa en bien de esta disipada juventud. Haga un memento al Ángel de España." Vuelve a amanecer el impenitente optimismo de sus mejores tiempos en el alma de aquel infatigable anciano, insensible al trabajo, enamorado de toda la vida por la formación de la juventud para el apostolado.
Con cuánta razón podía decirles a aquellos mismos muchachos tortosinos ya en los tiempos de su decrépita ancianidad: "He tenido amor a la juventud. Y no sólo por afecto, sino que he visto los resultados. Tengo suma complacencia en medio de vosotros. La juventud el mi ideal". Y en la misma época de su vida, en tono de confidencia, con un sensible dejo de amargura, brotándole rebeldes las lágrimas de sus hermosos y serenos ojos infantiles, declaraba a un ilustre Padre Jesuita, paseando por los alrededores de su querida Tortosa: "¡Ah, Padre, la formación de la juventud! ¡Esa es la grande obra! El salvar a la juventud de Tortosa. ha sido por muchos años mi sueño dorado. Creo que para realizarlo he puesto más trabajos y desvelos que para la misma Hermandad. Y Dios no ha querido hasta el presente que lo viera realizado. Sólo El sabe con qué pesar me desprendí del local y edificio que a ello había destinado. Una cosa templaba algún tanto el dolor, y era el pensar que en él los buenos Hermanos educarían sólidamente a los jóvenes".
A pesar de que su cuerpo se doblaba ya al peso de los años y los sufrimientos, aún ardía en su alma la llama siempre joven del entusiasmo: "¡Mi ideal', ¡mi sueño dorado!". Palabras que llevan auras frescas de juventud a un corazón anciano que ha sufrido mucho, pero que no envejece. "Dios no ha querido hasta el presente." Cómo aletea bajo estas palabras aparentemente desesperanzadas la indomable energía de una voluntad que espera todavía, contra toda esperanza, en lo imposible. Y no es que no hubiera conseguido maravillosos frutos con la juventud de Tortosa y, en cierta medida, con la de toda España. La peregrinación, la revista, el Gimnasio, la perfecta formación de un buen núcleo de muchachos distinguidos de Tortosa, lo decían bien alto y bien claro. Pero es que su inmenso corazón no se satisfacía con tan poca cosa.
LAS VOCACIONES SACERDOTALES
EN los primeros días de febrero de 1873, un suceso trivial vino a interponerse de tal forma en la vida de Don Manuel, que llegó a cambiarla radicalmente con el tiempo, imprimiéndola un rumbo completamente nuevo, insospechado hasta entonces para él mismo. Había alcanzado la cima de los treinta y siete años sin acabar de encontrar el modo concreto de realizar el ideal en que soñaba desde los primeros días de su sacerdocio. El hubiera deseado poner mano en tantas necesidades de las almas cuantas en todas las direcciones advertía. Fascinado por esa misma ansia universal, no quiso nunca ligarse voluntariamente a un puesto o una misión determinada, para disfrutar de mayor libertad de movimiento. La obediencia, resorte muy poderoso en su vida, le había señalado más tarde un camino. Cuando él recibió de manera completamente inesperada el nombramiento de capellán y confesor de las monjas de Santa Clara, creyó ver determinada y definitivamente manifestada la voluntad de Dios sobre su vida. Era aquel un campo vasto, necesitado, y aunque humilde, muy a propósito para cosechar frutos de gloria de Dios. El cargo le permitía además bastante holgura para poder dedicarse a otros ministerios de su particular afición: la juventud, la propaganda religiosa, las misiones populares. Y con ello si no del todo satisfecho, parece que Don Manuel quedó conforme en el rumbo de una vida entregada enteramente a sembrar el bien y cuidar las almas.
Pero es cierto que no estaba del todo satisfecho. Llegó a pensar alguna vez en abandonar todos sus cargos y dedicarse solamente a dar misiones, en plan de apóstol andariego a lo Juan de Ávila, por los pueblos de su diócesis. Y, de pronto, la Providencia vino a interponerse en su camino haciéndole dar un viraje rápido a todos sus proyectos y aspiraciones. No hay por ningún lado indicios de que Don Manuel, antes del sencillo encuentro con el pobre seminarista tortosino Ramón Valero, se hubiera preocupado gran cosa por la triste situación en que se hallaban los jóvenes aspirantes al sacerdocio. Y eso que él experimenté y lamentaba las deficiencias de que adolecía la formación en su tiempo, deficiencias que aumentaron considerablemente a raíz de la revolución del 68. Parece como si el Señor se hubiera querido reservar El personalmente la iniciativa, encendiendo, como suele muchas veces su admirable Providencia, una luz nueva en una vida, por medio de un hecho insignificante, ante el cual hemos pasado quizá frecuentemente sin que nos descubriera nada extraordinario, hasta el preciso momento en que Dios quiere decirnos un pensamiento nuevo con palabras muy viejas y muy oídas por nosotros.
Así sucedió, en efecto, en la vida de Don Manuel. Indudablemente habría visto a menudo por las calles de Tortosa muchos seminaristas en la misma traza, un sí es no es desarrapada y picaresca, de aquel despierto estudiante. El número de alumnos externos era entonces muy elevado y Don Manuel se mostró siempre demasiado preocupado por el bien de la juventud para no parar mientes en aquellos pobres chicos, futuros sacerdotes, que vagaban quizá con harta frecuencia a la ventura por aquellas benditas calles. Pero aquel día dichoso de febrero de 1873 fue otra cosa. Aquel día quería Dios que reparara en lo que antes no había considerado, y así sucedió.
Se dirigía Don Manuel hacía el Palacio Episcopal a trabajar en su Biblioteca popular, allí instalada, y caminaba revolviendo en su interior vastos proyectos de propaganda católica, cuando de repente, a pocos pasos de la puerta, se cruzó con un joven mal trajeado, pero limpio, con cara despejada y simpática, y ese aire inconfundible de sana y pícara jovialidad que delata a la legua al estudiante contento con su suerte, a pesar de los apuros económicos. El chico, como buen seminarista, se acercó a saludar respetuosamente al venerable sacerdote. Y éste se paró de pronto, le miró de arriba abajo con aquella su mirada franca y acariciadora, y le preguntó con inusitado interés, mientras le tendía la mano: "¿A dónde vas, muchacho?" El despreocupado estudiante se puso repentinamente serio, y explicó en seguida a su interlocutor que iba a comprar un cuarto de cerilla para poder estudiar la lección del día siguiente, que era larga. intrigado Don Manuel por aquellos apuros estudiantiles de tan noble origen, vino a saber de labios del inteligente seminarista, en respuesta a ulteriores preguntas, que se albergaba en una casa con otros siete estudiantes más, cinco de ellos ricos que podían sufragar los gastos del petróleo y sentarse durante las veladas de invierno a la mesa redonda para estudiar; los tres restantes tenían que arreglárselas adquiriendo sus céntimos de cera.
La comida habían de mendigarla en distintos sitios. La del mediodía, es decir, la "sopa", consistente en un puchero de arroz y judías y medio pan de seis cuartos, se la proporcionaba a los tres indigentes el bondadoso Mosén Boix, que era Vicerrector del seminario; para la cena se tenían que conformar con las sobras de unas caritativas señoras que vivían en el piso bajo de su misma casa; y hasta la una de la tarde del día siguiente, "ayuno riguroso". Lo que más sentían era la escasez de pan para llenar de algo sólido el estómago. Don Manuel se enteró minuciosamente de lo que necesitaban "para pasarlo bien", y le ordenó que a la mañana siguiente se presentaran los tres en su casa. "Desde aquel feliz día-apostilla el afortunado protagonista-ya no volví a conocer lo que es necesidad."
Y desde aquel feliz día -añadamos nosotros- comenzó la Obra de las Vocaciones Eclesiásticas, se inició la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos, con todos los innumerables y copiosos frutos que el Señor ha proporcionado a la Iglesia, singularmente a la Iglesia de España, por su medio. Don Manuel se puso en seguida a rumiar las consecuencias de aquel encuentro. Como si de pronto hubieran descorrido un velo ante sus ojos, dirigió su vista al Seminario, y comenzó a meditar en la situación por que atravesaba, tristísima en todos los órdenes. A partir de los infaustos días de septiembre del 68, por el Seminario de Tortosa, como por tantos otros de España, había pasado un turbión asolador. La Junta revolucionaria se incautó del edificio, y el señor Obispo, sin medios para suplir su falta, se vio obligado a cerrarlo y a enviar a los alumnos a sus casas. Al año siguiente, el Prelado no podía resignarse a dejar indefinidamente en suspenso la vida de un centro de tan vital interés para la diócesis.. Aunque la junta revolucionaria seguía en posesión del edificio del Seminario, el curso 1869-70 pudo desarrollarse con muy relativa normalidad. Las clases se tenían en el Palacio Episcopal y en casas particulares, con no pequeñas dificultades, claro está.
Pero las consecuencias de la revolución no tardaron en dejarse sentir. El porcentaje de matrículas cayó de una manera vertical por demás alarmante. De 400, que era el número ordinario, quedaron reducidos a unos 100. La tercera guerra civil que estalló en 1872 vino a complicar angustiosamente la situación. Desde luego, la vida en comunidad, sin edificio a propósito, era imposible. Los seminaristas vivían distribuidos en casas particulares y como podían. Muchos de ellos, al igual que Ramón Valero, malcomiendo lo que lograban mendigar de la caridad pública, Ya se deja entender lo que esta situación influiría en la disciplina y en la formación espiritual de los alumnos. Fue una verdadera providencia de Dios que aquello no se viniera del todo abajo. Valero cuenta que de 39 alumnos que habían comenzado los estudios juntos, llegaron cinco a primero de Filosofía. En el tercero de Latín había matriculados solamente tres estudiantes. Para las necesidades de una diócesis tan extensa como la de Tortosa, era la muerte que se avecinaba a buen andar.
Mas la Providencia, que mide y pesa las necesidades y los remedios proporcionando los hombres y las instituciones a las angustias especiales de los tiempos, destinaba precisamente a Don Manuel para poner un dique a tanto mal. Impensadamente, cuando se hallaba preparado ya con sus empresas anteriores de apostolado llevadas a término, templado su espíritu en las obras de abnegación y de celo, con fama de santo y celoso sacerdote, y, sobre todo, con positiva e imprescindible base de vida interior, le puso en el trance de que advirtiera las necesidades e intentara, como él hacía siempre cuando descubría una nueva, el medio apto de remediarla. A partir del 12 de febrero de 1873, en efecto, un nuevo horizonte se abre en su diario de Misas, ese libro pequeñito y lacónico. que tantas interioridades de su alma nos revela. Desde el primer momento midió el enorme alcance del peligro, e intuyó con penetración de genio el modo más adecuado para soslayarlo. En tan remota fecha-12 de febrero del 73-se lee ya en su diario la palabra reveladora: "por el Colegio de Tortosa, por las vocaciones eclesiásticas".
Al día siguiente del inolvidable encuentro con Valero, Don Manuel recibió en su casa a los tres afortunados seminaristas, que acudieron puntualmente a la cita. Procuró averiguar con exquisita habilidad el género de vida que llevaban aquellos pillastres, les dio algunos consejos y les envió a don Mariano García, un sacerdote muy venerable, Ecónomo de la parroquia de la Catedral, amigo y confidente en quien Don Manuel tenía depositada una absoluta e ilimitada confianza, pues era su director espiritual e imprescindible consejero en todas sus empresas.
Puesto de antemano en autos de la entrevista con el estudiante, había recibido don Mariano instrucciones concretas de su dirigido acerca de la manera de socorrer a aquellos tres seminaristas necesitados. Habían de ir periódicamente a su casa a recoger el pan de que habían menester. Don Manuel juzgó más conveniente hacer la limosna por tercera persona, tal vez porque el mismo don Mariano contribuía a sufragar los gastos, tal vez porque desde el primer momento pensó en una organización sacerdotal para socorrer a los seminaristas pobres. De hecho, ya aquel mismo curso, para establecer una forma fija de socorro al grupo de seminaristas que los solicitaban-en el mes de mayo llegaron a ser siete u ocho-se comenzó una suscripción mensual entre algunos sacerdotes de la ciudad. Bien pronto se unió a los dos primeros iniciadores el joven sacerdote don Buenaventura Pallarés.
El encargado de proveerlos era don Mariano, pero los agradecidos estudiantes no olvidaban a su primer favorecedor, verdadera causa original de tantos bienes, y acudían de cuando en cuando a casa de Mosén Sol, que los recibía con su paternal amabilidad de siempre. Poco a poco fueron tomando cariño y confianza con aquel señor tan bondadoso que desde el primer momento les había ganado el corazón. En aquellas entrevistas, más de una vez les dijo seriamente Mosén Sol que encomendaran a Dios un proyecto que venía meditando, de gran utilidad para los seminaristas y de mucha gloria de Dios. Al marcharse a vacaciones, terminado el curso, les despidió con estas significativas y enigmáticas palabras: "Hasta octubre, hijos míos, que entonces ya estaréis mejor".
Durante los últimos meses de aquel curso histórico, Don Manuel oró mucho, meditó, planeó, pidió consejo. Fruto de estas oraciones, meditaciones y consejos fue un proyecto que, al terminar el curso, estaba ya maduro en su cabeza, en cuanto a las líneas fundamentales, y, sobre todo, estaba maduro en su voluntad: aquella situación de los futuros sacerdotes de la diócesis en período de formación, tristísima en todos los aspectos, no podía durar ni un día más. Había que remediarla a toda costa. El modo era bien sencillo: reunir aquellos jovencitos dispersos y abandonados a su capricho en una edad tan peligrosa, recogerlos a todos en una casa, e introducir en ella una vida normal de disciplina y formación sacerdotal. En otras palabras: crear un organismo que sustituyera al Seminario. El edificio de éste seguía incautado. Por otra parte, tal como funcionaba, no podía recibir a gran número de estudiantes de familias humildes, incapaces de subvenir a los gastos de la pensión. Y, para mayor desgracia, el descenso de vocaciones iba en un crescendo aterrador. Era, pues, necesario de toda necesidad fundar una institución que los recogiera a todos, singularmente a los de familias necesitadas, mucho más numerosos que los de clases altas, y les proporcionara techo, alimentación, vida en común, y, por encima de todo, educación apta.
El objetivo era claro e inaplazable; su necesidad, imperiosa; pero, para llevarlo a cabo, hacían falta medios económicos no insignificantes, y se hacía necesario buscarlos. El dinero, para Don Manuel nunca fue inconveniente mayor, cuando se trataba de una obra en que se apreciaran con toda claridad las señales de la voluntad divina. Así era manifiestamente en este caso. El Señor ayudaría, pues. Pensó primeramente en extender la suscripción para los seminaristas necesitados a las familias acomodadas y, singularmente, al gremio de labradores y propietarios de San Antonio, que desde antiguo había venido favoreciendo a los estudiantes pobres. Se dieron algunos pasos en este sentido, y Don Manuel advirtió bien pronto que no respondían debidamente. Entonces no dudó un momento en plantear la cuestión en toda su amplitud con la máxima publicidad. Y no dudó tampoco hacia dónde debía dirigir los tiros.
Conocedor perfecto del alma generosa del sacerdote, a él se dirigió primeramente en demanda de auxilio. Y acertó. Envió en efecto en aquellas vacaciones una circular escrita a mano a determinados sacerdotes de la diócesis, probablemente a los más conocidos por él, hablándoles en tono confidencial, pero a la vez apostólico y solemne, Les proponía el establecimiento de una Asociación de sacerdotes para el "fomento" de las vocaciones eclesiásticas. Y esta es indudablemente la primera vez que en nuestra Patria se usó la palabra que luego ha hecho fortuna, aunque tal vez no sea muy feliz. Después de exponer la triste situación en que había venido a encontrarse el clero en España a causa de la supresión de las Ordenes religiosas y de la persecución descarada de la impiedad, se lamenta sentidamente de la escasez alarmante de sacerdotes, exacerbada en los últimos años con la apostasía de las clases acomodadas que cierran las puertas del sacerdocio a sus hijos, apostasía que comienza a sentirse también entre las familias humildes. "Contrista el ánimo-añade-la insignificante cifra de matriculados durante estos últimos años; se anubla el corazón de amargura al presentir la situación de las almas en nuestra Patria en un porvenir no lejano." Terminaba la emocionante circular anunciando que en el próximo curso se abriría en Tortosa una Casa-Colegio para estudiantes pobres, y solicitando una limosna para socorrerlos. De tal forma ingresarían los favorecedores en la Asociación que se proyectaba, formada exclusivamente por sacerdotes con el fin de ayudar a los futuros ministros del Señor. Es significativo el título con que encabezaba la circular: "Tributo de gratitud al Corazón de Jesús". Porque Don Manuel juzgaba que el don del sacerdocio poseído exigía esta prueba de gratitud a la inefable predilección amorosa del Señor.
Con la modesta cooperación que se les proporcionó se atrevieron los iniciadores a dar el primer paso decisivo, inaugurando, todavía en proporciones muy modestas, el Colegio. Alquilaron en septiembre unos pisos en una casa retirada del callejón de San Isidro e hicieron pequeños preparativos para recibir la primera nidada, que no se haría esperar. Las circulares de los sacerdotes llegaron también a los seminaristas de los pueblos. Los que conocían ya del año anterior la caridad y el bondadoso corazón de Mosén Sol se apresuraron a mandar sus nombres a los directores de la Casa. Entre ellos venía el del afortunado Valero. A ellos se agregaron algunos otros que de oídas conocían la inagotable bondad de aquellos sacerdotes, y entre todos llegaron a juntarse al comenzar el curso hasta 22 seminaristas, que se albergaron llenos de alegría en la modesta casita. Al llegar, se presentaban a Don Manuel, quien les daba un volante para que pudieran ser admitidos por el Superior de la Casa, don Mariano García. Tan sencillamente comenzó la nueva institución. Tenía el modesto carácter de una casa-pupilaje para estudiantes pobres. Pronto resultó insuficiente el primitivo local, y ya en febrero de aquel primer curso se tuvo que alquilar un piso de una casa mucho más espaciosa, la llamada casa Zarralde, en la calle de San Felipe, a la cual se trasladaron los estudiantes a primero de marzo.
Aquel curso de ensayo no hizo más que aumentar en los fundadores el deseo de continuar adelante con el generoso proyecto, cuyo alcance comenzaban a medir en toda su grandeza. Era preciso lanzarse decididos a realizar plenamente el ideal de una más perfecta formación sacerdotal de la juventud seminarística, acudiendo para ello a todos los medios y buscando todos los apoyos necesarios. Y, seguros con la experiencia de un curso, se presentaron ya al señor Obispo para que él aprobara y bendijera la empresa. El Prelado los recibió con todo cariño y les ofreció toda su generosa ayuda, haciendo propia la idea de los fundadores, que, a fines de junio, habían redactado un escrito dirigido a toda la diócesis, en el que, después de dar cuenta de la existencia de aquella institución, a la cual, ellos no se atrevían aún a llamar Colegio, exponían el propósito de seguir adelante con la obra, dándole mayor amplitud.
Desde entonces se llamaría Colegio de San José, según había determinado el Prelado, a quien propusieron varios nombres. El señor Vilamitjana, que fue siempre, y sobre todo desde esta efemérides de la fundación del Colegio, sincero admirador y seguro amparo de Don Manuel en todas sus empresas apostólicas, hizo insertar en el "Boletín Eclesiástico " aquel llamamiento de los tres piadosos sacerdotes fundadores, introduciendo personalmente en él algunas reformas, tales como la de que los alumnos habían de pagar una cuota mínima proporcionada a sus recursos. A continuación aprobaba y recomendaba la obra, nombrando el personal directivo -del Colegio de esta forma: Director, don Mariano García, que era persona de más categoría; Subdirector, Don Manuel, y Administrador, don Buenaventura Pallarés, Quedaba fundado con todas las formalidades de rigor el Colegio de San José de Tortosa.
Bien pronto comenzó a crecer, de manera inesperada. Al llamamiento episcopal respondió generosamente el clero, y afluyeron las limosnas y menudearon las suscripciones. El segundo curso de 1874-1875 los alumnos fueron todavía solamente 28 y se instalaron en el piso de la casa Zarralde; pero el siguiente, a medida que el Colegio iba siendo conocido, fueron aumentando las demandas. El año 1875-1876 llegaron a ser 59 los seminaristas, y hubo que comprar ya toda la casa Zarralde. La adquirió el Obispo en 15.000 pesetas, y la escritura se hizo a nombre de Don Manuel.
Al terminar el segundo curso de vida del flamante Colegio de San José, pudieron sus directores ponerse de nuevo en contacto con los sacerdotes para darles cuenta de la marcha favorable del mismo y alentarlos a nuevas y más generosas ayudas, principalmente en lo relativo a la propaganda para cubrir la falta de vocaciones. En la circular que enviaron al efecto. hablan con insistencia de los huecos que iban aumentando de día en día en las filas del sacerdocio. "Usted comprenderá, pues dice con familiar y sincero apremio el referido documento, que la mejor obra de un sacerdote hoy día es el estar a la mira y hacer germinar las vocaciones que el Señor quiera darle a conocer y confiar a su desvelo." Y su encendido celo por el sacerdocio les hace adelantarse a proponer a sus hermanos varios modos prácticos para reclutar las vocaciones.
Por aquellos mismos días publicaron otro documento enderezado a los suscriptores y bienhechores del Colegio, en el que, después de comunicar los lisonjeros resultados obtenidos con los seminaristas durante el curso anterior, -dan a conocer los huecos más urgentes que hay todavía que rellenar. Los chicos habían respondido muy bien.; pero ellos insisten, sin embargo: "Nuestro corazón no está satisfecho". El mal que se trata de remediar es muy grave; es-dicen con angustioso acento-"la más terrible prueba que está sufriendo la Iglesia de España, la imposibilidad de la formación de sus ministros". Por lo mimo, se ven en la precisión de excitar el celo de todos hacia un problema tan vital para la Iglesia. El Colegio aseguran modestamente, "si no del todo eficaz, es un medio muy poderoso para aminorar los funestos efectos de aquel mal".
A todo esto, el Colegio crecía como la espuma. Iba, puede decirse, acaparando todas las vocaciones de la diócesis. En el curso de 1876 a 1877, cuarto año de su existencia oficial, ingresaron en él 98 alumnos. A las claras podía ver todo el mundo que la idea había sido feliz, y su realización iba desarrollándose con pie seguro. Las vocaciones aumentaban, su cultivo era digno y conveniente. La primera autoridad de la diócesis vino a reconocer públicamente, además, los méritos de aquella labor oculta y sacrificada de los superiores del naciente Colegio.
En enero de 1877, en una carta pastoral que trataba principalmente del problema pavoroso de la escasez de clero en ¡a diócesis, después de ex-poner esta necesidad en toda su crudeza, el Prelado termina agradeciendo: "Personas animadas de gran celo por la gloria de Dios y la salvación de las almas vinieron en nuestra ayuda, hicieron y continúan haciendo esfuerzos para salvar la presente ruina promoviendo las vocaciones eclesiásticas, arbitrando recursos para sostenerlas y perpetuar entre nosotros el sacerdocio católico. Ya se comprende que hablamos del Colegio de San José, de sus fundadores y favorecedores. Dios les dé la merecida recompensa".
En lugar de dormirse sobre los laureles, el alma intrépida de Don Manuel buscaba modos de ampliar la obra. Aquel mismo curso, para dar cabida a tan enorme afluencia de alumnos que la casa de Zarralde no podía ya contener, tuvieron que alquilar el llamado palacio de San Rufo, que solamente estaba separado de aquélla por un callejón. La piadosa dama doña Magdalena de Grau lo cedió gratuitamente en usufructo, y lo reparó y adaptó convenientemente por su cuenta. Pero el curso siguiente ya fue también insuficiente el viejo palacio. Llegaron a ser 190 los colegiales. Se alquilé otra casa, donde se albergaron 30 alumnos. Y ya se vio claro que, al paso que iba tomando el aumento de las vocaciones y el predicamento del Colegio, no había más remedio que pensar en un edificio nuevo, construido a propósito.
Ya en el curso anterior, marzo de 1877, escribía Don Manuel en carta íntima: "Tengo otro pensamiento que me exalta: el hacer un edificio de planta para el Colegio de San José, pues estamos muy mal, y tiene que hacerse, y ni- tengo dineros ni lugar". Se ve que para él era cosa decidida y clara desde hacía tiempo. En su desbordante optimismo, comenzó a planear una casa para 300. Los demás no compartían sus entusiasmos, ni aun los mismos colaboradores íntimos; mucho menos los extraños, que llegaron a tildarle de visionario y a organizar en la ciudad, una fuerte oposición.
Como no era cerradamente apegado a su propio parecer, se creyó en la obligación de consultarlo con persona de autoridad, quien, desde luego, le aseguró de lo razonable de sus propósitos, afirmando resueltamente que era voluntad de Dios ir adelante. Al saber esto, el corazón de Don Manuel se llenó de gozo y, seguro ya, se dedicó con fe a preparar la realización de sus planes. Para recoger fondos, se pensó en una emisión de acciones de 500 reales al 3 por 100. El Obispo sonreía de satisfacción cuando se lo propusieron, y dio su consentimiento con las más amplias bendiciones.
Entonces llegó ya la hora difícil de la actuación, erizada de espinas y contradicciones, que, en lugar de echar para atrás el ánimo bien templado de Don Manuel, se diría que ponían alas a su entusiasmo y espuelas a su energía. Se echó a buscar terrenos para edificar. Y no fue pequeño inconveniente el no encontrar cerca del Seminario un área tan extensa como las dimensiones del futuro edificio requerían. Por fin se presentó una bonita ocasión de adquirir a precio económico un solar espacioso a las afueras de la ciudad, en el barrio llamado del Rastro. El 1.º de marzo de 1878 se firmó el contrato de venta, el 10 estaban hechos los planos y fueron presentados al Prelado, y el 11 de abril se puso la primera piedra. Al fundador del Colegio no le gustaba perder tiempo en preparativos cuando la necesidad era urgente.
Y comenzaron los trabajos. Desde entonces, Don Manuel se metió de lleno en la ruda faena de tratar con maestros de obra, albañiles y carpinteros, contratistas y proveedores de todo género, moviéndose continuamente para darles prisa y estar a la mira de las obras, sin dejar, por otra parte, de atender a sus múltiples ministerios. Todos ellos, sin embargo, iban cediendo poco a poco ante la absorbente importancia del Colegio. Las cartas de aquellos días nos dan a entender claramente las preocupaciones dominantes que llenaban su alma. En mayo, a un mes de comenzadas las obras, escribía: "Estoy tan metido entre piedra, cal, arena y pozos, que no sueño otra cosa. Pídale, pues, a Jesús. que no me sirva de estorbo para amarle esta vida que traigo de negociante. Y el caso es que por ahora no llevo intenciones de enmendarme". Es un hombre que ha encontrado su centro. Unos meses antes, hablando de su Colegio en otra carta, comenta él mismo muy acertadamente: "Cada loco con su tema". Exactísimo. Era ya una obsesión de su espíritu el Colegio de San José. Es sencillamente un enamorado de su ideal, que ha sabido encontrarle, lo posee, y se entrega a él sin reservas.
De ahora en adelante, el Colegio va siempre progresando en número y en calidad formativa. El esfuerzo de los fundadores hubo de dirigirse principalmente a remediar las dificultades de orden económico, siempre en aumento, porque ahora tenían que atender a la vez a la manutención regular de los colegiales y a las obras del nuevo edificio. Pero no perdían ni un momento el ánimo.
Había que hacer ambiente ante todo a favor de las acciones emitidas. para la construcción. Y, como siempre que del Colegio se tratara, Don Manuel no encontraba mejor campo adonde dirigirse que el clero diocesano, a quien urgía con razones puramente sacerdotales: "Hagamos algo por Jesús-dice a un sacerdote-en pago de nuestra vocación". Y los sacerdotes respondieron admirablemente, a pesar de sus propias estrecheces. "La mayor parte del clero de la diócesis-dice Don Manuel-puso su óbolo a esta empresa que les era tan simpática."
Al comenzar el curso de 1878 a 1879 se hizo preciso, a pesar de la buena voluntad de todos, poner un límite a los ingresos y cerrar las puertas a muchos que lo solicitaban, porque aquella aglomeración en locales insuficientes era perniciosa para la vida del Colegio. Por ello se imprimió un ritmo más rápido a las obras para trasladar, apenas fuera posible, al menos un grupo de colegiales al nuevo edificio. Gracias a esta celeridad, a medio curso, en febrero del año 1879, pudieron al fin descongestionar la casa Zarralde y el palacio de San Rufo, trasladando 40 alumnos al edificio aún en construcción.
El Señor quiso probar a última hora el ánimo esforzado de Don Manuel, quitándole sus dos mejores apoyos. El Obispo señor Vilamitjana fue trasladado al Arzobispado de Tarragona en marzo de aquel año, y don Mariano García falleció en los brazos del Fundador del Colegio, en septiembre. Dos pérdidas sentidísimas para él. Hablando de la marcha del Prelado, se lamentaba a persona amiga en los siguientes términos: "Haga Jesús que sea para bien de todos, ya que es tan gran sacrificio". En realidad, aquel dignísimo Obispo había conocido desde el principio el extraordinario temple del que, al llegar él a la diócesis, era todavía -un joven sacerdote sin nombre y sin cargo, y en todo momento le había asistido con su consejo y su válido apoyo. Singularmente el Colegio de San José era deudor para con el señor Vilamitjana de no pequeñas distinciones y favores.
Don Mariano García fue el brazo derecho de Don Manuel en los tiempos azarosos y críticos de la iniciación de la obra, y llenó con su indiscutible ascendiente de hombre sesudo y varón virtuoso el delicado papel de Director de la nueva casa. Su autoridad la revela el hecho de haberle escogido para confesor suyo el Obispo Vilamitjana y luego el sucesor de éste el poco tiempo que don Mariano sobrevivió a la partida del nuevo Arzobispo de Tarragona. Don Manuel sintió muy hondamente tan grave pérdida.
A estas penas del corazón hubieron de agregarse los sinsabores aún más amargos de la calumnia y la guerra sorda y solapada. Como Mosén Sol manejaba mucho dinero con ocasión de las obras y la suscripción de acciones, no faltaron desaprensivos que intentaran arrojar sobre su limpio nombre la baba de la infamia, sin cuidarse de advertir que, lo mismo en esta empresa que en otras anteriores, al abnegado apóstol de las vocaciones le tocaba casi siempre arrimar de su propio bolsillo alguna cantidad, cuando llegaban los apremios de pagos y la bolsa de la empresa no estaba suficientemente provista.
Sin afectarse mucho por los chismes de gentes miopes ni amilanarse por contratiempos de ninguna especie, Don Manuel seguía adelante animoso y alegre. El 19 de julio de aquel año 1879 había hecho su entrada en la capital de la diócesis el nuevo señor Obispo don Francisco Aznar y Pueyo, quien, desde el primer momento,.se hizo perfecto cargo de la importancia suma de la obra del Colegio y se interesó vivamente por ella. Poco a poco, demasiado lentamente para las impaciencias del fundador, iban progresando las obras. El 11 de octubre pudo ser bendecida la capilla, y al día siguiente celebró en ella la Misa para inaugurarla en esta forma solemne el Rector del Seminario.
Hubo un sermón muy fervoroso de Don Manuel, que veía finalmente cuajados en realidad sus mejores sueños. El contacto del Colegio con el Seminario fue en todo momento de amistad cordial. Unos y otros veían en la nueva institución una necesidad, una obra, que, lejos de suplantar al Seminario, venía a ayudarle proporcionándole alumnos numerosos y bien formados. Por eso no extrañan estas relaciones íntimas. Como no extraña el que en marzo del siguiente año de 1880, al ser nombrado Don Manuel por fin Director del Colegio, puesto que la muerte de don Mariano García había dejado la dirección vacante, el señor Obispo en la fórmula de nombramiento adoptara esta, a primera vista, chocante expresión: "Colegio de San José, "sucursal" del Seminario". Desde el primer momento el Colegio tuvo carácter oficial y apareció subordinado inmediatamente a la autoridad del Obispo diocesano, que nombraba su personal directivo, aprobaba su reglamento y determinaba y establecía modos de subvenir a sus necesidades económicas, Pero esta palabra, quizá poco ática, indica una conexión íntima con el Seminario, que realmente le da un carácter de más relieve, es cierto, pero -también de mayor dependencia del mismo. Es curioso el hecho de que necesitaran autorización del Rector del Seminario para poder oír Misa en el Colegio los días de clase, según dispusieron en 13 de febrero de 1879.
Al comenzar el curso de 1880 a 1881, en 14 de noviembre, consiguieron facultad de Roma para instalar el Reservado en la capilla del Colegio. Era una intranquilidad que no dejaba sosegar a Don Manuel hasta que lo logró. El escribe que los alumnos "echaban de menos la presencia permanente de Jesús Sacramentado en la capilla". Pero quien verdaderamente lo echaba de menos era su corazón ardorosamente enamorado de la Eucaristía, que, como sucedió siempre en todas las sucesivas fundaciones, no reposó hasta ver realizado este su ardiente deseo.
Y quiso solemnizar debidamente el acontecimiento. El día antes hizo prometer solemnemente a todos los colegiales que habían de "honrar con sus actos de amor y reparación a tan distinguido Huésped"; y, en señal de gratitud, se comprometieron todos a recordar a los alumnos que habían de venir, por medio de una solemne conmemoración anual, "la bondad de nuestro Dios que viene a habitar entre nosotros". Al día siguiente se hizo un verdadero derroche en la fiesta. Bajo la presidencia del Prelado desfiló una solemne procesión eucarística por la calle interior del Colegio. Los colegiales enronquecieron cantando al Amor de los Amores, llevado en triunfo por aquellos que ayer habían sido "campos de soledad" y comenzaban a ser viña mimada del Padre de familias. Don Manuel, fervoroso organizador y propagandista de esta fiesta, estableció con ello una solemnidad completamente nueva y desconocida, que luego se ha ido propagando por medio de sus Colegios: la fiesta del Aniversario de la Reserva.
Pero las obras, a pesar de todo, seguían sin terminar, y los alumnos, que aumentaban continuamente en número, se veían obligados a vivir repartidos en dos edificios: el de San Rufo y el nuevo. Aún se alargaba la caridad del Colegio a proporcionar alimentación a 50 seminaristas más que no podían sufragar siquiera la mínima cantidad señalada por el Prelado. Más tarde pudo recogerse también a éstos, que vivían dispersos en casas particulares, juntándolos en un Colegio de agregados que llegó a contar cien alumnos. El motivo que impulsó a reunir también a estos más humildes fue-dice Don Manuel-"el deseo de que se formaran mejor en la disciplina y en el recogimiento propios de un Colegio".
El Colegio de San José de Tortosa no podía ser una casa modesta de pupilaje solamente, ni siquiera un albergue de caridad para los alumnos, La causa ocasional de que se pensara en 61 fue ciertamente la miseria de aquellos pobres seminaristas abandonados. Pero no solamente ni principalmente la miseria material. Don Manuel lo dice aquí claramente: para aquellos cincuenta más necesitados había ya provisto modo de socorrerlos, permaneciendo ellos fuera de la vida de comunidad. Fue "el deseo de que se formaran mejor en la disciplina y en el recogimiento propios de un Colegio" el que le movió a dar los pasos en reunir también a aquellos pobrecitos desperdigados en un organismo con vida común y reglamento propio de Casa de formación sacerdotal.
Había sido ciertamente el empeño por lograr una mejor formación del clero, junto con el deseo de remediar la escasez de sacerdotes, lo que le lanzó a aquella empresa atrevida y heroica por amor a la Iglesia y a las almas. El lo dijo también más adelante, hablando en cierta ocasión de sus móviles al fundar la Hermandad. "Mi intento primero y mi ambición en la Obra era-escribe-multiplicar las vocaciones, en vista de la falta de personal, y, desde luego, formar a los alumnos en mejor piedad de la en que se formaban en la época de mis estudios y ayudarlos con medios materiales." Se adivina la gradación y la diversa importancia de los fines. El de la mejor formación es presupuesto indispensable, antes que los otros y por encima de ellos.
Y con qué plenitud de energías y de entusiasmo se entregó a su obra. A sus colegiales les decía en una ocasión, hablándoles de las estrecheces en que se veían obligados a vivir: "Aquí en verdad nos faltan muchas cosas. Estamos como podemos. Vosotros comprenderéis que se hace lo que se puede. No digo bien, se hace lo que no se puede hacer. Ya sabéis que no vivimos sino para vosotros". Qué confesión más humilde y más sincera y más elocuente. Era una absoluta y total entrega a su misión de formador de sacerdote. "Va sabéis -dice con gran verdad qué no vivimos sino para vosotros."
En estas palabras está sintetizado todo el programa formativo de Don Manuel, y luego de la Hermandad, que fue su grande obra. Sistema paternal, hecho de cariño y abnegación. El podía haber buscado aun dentro de la vida sacerdotal otro camino más cómodo, más holgado, más lucrativo, más honroso. No lo quiso. Primero, prefirió la vida libre del apóstol, caballero andante de Dios por pueblos y caminos y ciudades. Después, un día inolvidable, vio la luz del ideal en este encierro entre cuatro paredes, rodeado siempre de jóvenes ruidosos, volubles, desagradecidos tal vez, caprichosos, a quienes había que educar, a fuerza de paciencia y de magnanimidad, para la misión más alta de la tierra.
Y con ellos se encerró gustoso, renunciando a todo. Hasta a la mínima satisfacción de tener siquiera independencia en su apostolado. Porque no sólo dependía de la autoridad superior del Prelado, sino aun de_ la dirección del Seminario en todo lo concerniente a la vida científica. Y llevaba con gozo esta especie de "capitis diminutio", este carácter que daba a su Obra un tinte humilde de cosa benéfica, y un aire subsidiario de pura vigilancia paternal, sin intervención en la función noble y superior de la enseñanza, él, que tenía títulos adquiridos y probados por la experiencia para la cátedra. Precisamente cuando llegó para la Hermandad la hora de encargarse de los Seminarios era el primitivo carácter humilde de su Obra lo que' hacía fuerza a Don Manuel para negarse a aceptarlos.
Dentro del Colegio, Don Manuel se dedicaba de lleno, a la formación sólida de sus seminaristas. El dice que en sus Colegios "la disciplina no es una disciplina militar, sino paternal. Queremos -explica- que se obre por convicción y por educación. En estas Casas no se necesitan castigos; y por esto, ningún castigo se ha de imponer a los mayores. Esto no es ninguna cárcel". Y a un Operario le aconseja: "No abrume a los alumnos con demasiados pecados. Deles a Cristo guisado en toda suerte de manjares y les irá mejor". Esto, con respecto al modo lleno de suavidad y de cariño que deseaba para sus operarios en el trato con los alumnos.
Pero lo más importante era el fin. Y el fin que él buscaba con la fundación de sus Colegios era el mismo que la Iglesia persigue con sus Seminarios, el que tan apremiantemente han repetido los Sumos Pontífices, sobre todo en los últimos tiempos: la santidad sacerdotal. A esto tendió él con todas sus fuerzas en su labor formativa de los seminaristas. Nos lo revelan estas terminantes palabras pronunciadas con todo encarecimiento ante sus queridos colegiales de Tortosa: "No basta ser buenos. Os lo repetiré hasta la saciedad. Fijémonos en que no tenemos otro remedio que ser santos. El que no desea ser santo no llega a ser bueno. No esperéis a ser santos el último ano, que no lo seréis. Seríais desgraciados aquí y en la eternidad. Nadie hay tan desgraciado como un sacerdote que no sea santo. Más le valdría no haber llegado al sacerdocio. Algún día os acordaréis. No queremos que los sacerdotes de San José den ninguna espina a la Iglesia. Antes, ¡que se desplome el edificio!" Y a sus Operarios: "Si habían de salir de nuestros planteles como salían antes (se refiere a las deficiencias en la formación sacerdotal), que Jesús envíe rayos y abrase todos nuestros Colegios". No se puede expresar con mayor ahínco el interés máximo por conseguir de sus hijos y de sus alumnos una idea bien marcada acerca de punto tan importante.
Para conseguir este ideal máximo no reparaba en sacrificios. Por eso no sosegaba hasta ver terminado el edificio del Colegio, que era para sus sueños el gran troquel de sacerdotes santos. Iniciada ya y en pleno y prometedor progreso continuo la vida de su Colegio de Tortosa, en cuanto a la afluencia de vocaciones y a la preparación de los alumnos, hacía falta a toda costa verlos a todos reunidos en un centro a propósito, apto para desarrollar dentro de él un perfecto programa de formación. Como la cosa no marchaba todo lo aprisa que su celo deseaba, a pesar de la ayuda de las acciones emitidas, algunas de las cuales fueron cedidas por sus dueños en propiedad a la Obra, era necesario pensar en ulteriores recursos.
En agosto de 1880 volvió a insertar, debidamente autorizado para ello, una nueva circular en el "Boletín Oficial" de la diócesis, haciendo otro llamamiento a la inagotable caridad de los sacerdotes. Solamente por gastos de manutención el déficit iba aumentando de una manera pavorosa. Propuso que en todas las parroquias se hiciera una colecta a favor del Colegio un domingo cada mes y que los sacerdotes excitaran la fe de los fieles con algunos argumentos que en la misma circular se indicaban. El Obispo lo aprobaba todo y concedía especiales indulgencias a los bienhechores.
Ni aun con todas estas industrias y otras que no escatimó Mosén Sol-tales como pedir por medio de sus dirigidas a personas amigas de buena posición, o mandar a sus alumnos a felicitar las Pascuas con un Niño Jesús en su cunita extendiendo la mano en actitud de pedir una limosna-, ni con todos estos recursos de su ingenio al servicio de su celo pudo salir de apuros y dar el último empujón que necesitaban las obras. Entonces Don Manuel tuvo una idea genial, que fue-,un positivo acierto. Se le ocurrió sencillamente hacer una gran tómbola, que en toda la diócesis fu¿ famosa con el nombre de "rifa del santo billete". El señor Obispo y dos nobles y piadosas señoras, doña Magdalena de Grau y la Marquesa de la Roca, ofrecieron sendos y valiosos premios, y Don Manuel, ayudado por sus colaboradores y con el auxilio de los mismos colegiales, se dedicó alegre y afanosamente a predicarla, como una gran cruzada, por toda la diócesis.
Y no es profanar la palabra llamar a este movimiento de propaganda verdadera cruzada. Porque el predicador no se conformaba, ni mucho menos, con hablar de la rifa y de los premios. Su tema era de mucho más fondo. En aquellas múltiples e incansables correrías visitó al pie de cincuenta pueblos, sin parar mientes en si estaban situados a orillas del mar en las vías más cómodas de comunicación, o enclavados en las abruptas montañas del Maestrazgo, sin más acceso que un empinado sendero de cabras. En todas partes hablaba siempre del mismo invariable e inagotable asunto: el sacerdocio. Y lo trataba con elevación de miras, ahondando en la necesidad absoluta que de sacerdotes tiene el mundo para salvarse, ponderando con emocionadas palabras la escasez de clero en que se debatía la Iglesia, y principalmente comparando los tiempos de la España católica, reciamente religiosa y regiamente desprendida para con Dios, con aquellos otros tristes y desmedrados en que les había tocado vivir. Todo para despertar el celo del pueblo por una obra tan excelsa.
En muchos lugares predicaba varias veces llamando apasionadamente a la caridad de los fieles. De cuando en cuando llegaba acompañado por una comparsa de bullangueros alumnos, que hacían las delicias de los sencillos aldeanos con sus representaciones escénicas. Eran un magnífico cebo para cazar vocaciones y aun medios materiales con que sostenerlas. Los cómicos aficionados viajaban desde luego siempre de cuenta de Don Manuel, que se encargaba de todos sus gastos, y los obsequiaba además con su generosidad característica al final de la temporada.
Los que tuvieron la fortuna de acompañar en aquellas excursiones apostólicas y amenas por los pueblos al apóstol de las vocaciones, contaban luego milagros de su cariño maternal, que a todos atendía, que de todos se preocupaba si se sentían tristes o enfermos, si notaba algún vacío en su indumentaria, si triunfaban y los aplaudían, si era menester alegrarlos con golosinas u otras delicadezas. Todo ese derroche inapreciable de caridad que tanto brilla en las prosaicas menudencias cotidianas, baldías para los hombres vulgares, y que son para las almas delicadas y santas un venero de virtudes y un continuo reguero de amor, dejado a su paso como un perfume divino.
La iniciativa resultó tan fecunda que superó todos los cálculos más optimistas', menos los de Don Manuel, cuyas ambiciones en punto de gloria de Dios nunca se veían satisfechas. Publicada la cruzada en diciembre del 85 y predicada durante todo el año 86, principalmente en las vacaciones veraniegas, pudo al fin darse por conclusa y celebrarse la anunciada tómbola el 23 de enero de 1887. Se sortearon los premios prometidos, más quinientas lindas oleografías de Santos, en la solemne velada que se celebró en tal fecha bajo la presidencia del señor Obispo.
El resultado fue, además de la larga siembra apostólica de ideas sacerdotales, bien positivo. Muy cerca de 40.000 pesetas lograron reunir los fervorosos propagandistas, y con ellas pudieron al fin darse por terminadas las obras, y quedaron concentradas las energías todas en la vida interna del Colegio, que ha dado a la diócesis tortosina, desde su fundación hasta nuestros días, casi un millar de sacerdotes bien formados, un centenar cumplido de religiosos ejemplares, algunos Prelados insignes y una falange gloriosa de mártires en la reciente persecución marxista de 1936.
LA HERMANDAD DE SACERDOTES OPERARIOS
El espíritu inquieto de Don Manuel venía de tiempo atrás presintiendo vagamente lo que al fin Dios quiso darle a conocer con claridad, de manera súbita e intuitiva, con todas las trazas de ser una inspiración sobrenatural, en la mañanita del 29 de enero de 1883, poco antes de cumplirse los diez años de sus primeros barruntos interiores sobre el Colegio de Tortosa. En todo este tiempo fue tomando cuerpo y realidad tangible aquel vago sueño de sus primaverales anhelos de sacerdote recién ordenado, lleno de santas ilusiones.
Entonces, en sus primeros días de sacerdote, él soñaba con una vida ministerial desprendida de toda atadura de cargo fijo, para poderse dedicar libremente a la satisfacción de sus hambres de celo, exacerbadas por las múltiples necesidades acuciantes que en el campo de Dios advertía. Pero la Providencia, valiéndose del medio ordinario del gobierno de unos hombres por otros, fue polarizando aquellos anhelos en tres formas características de apostolado: la dirección espiritual de las almas piadosas, la conquista de la juventud y el amplio y movido y difuso campo de las misiones parroquiales.
Más tarde vino la luz del Señor a señalarle la ruta gloriosa y difícil de las vocaciones eclesiásticas. Y su alma comprendió que era este el mejor camino de todos los que habían hollado sus plantas de apóstol caminante. He aquí unas palabras reveladoras escritas en 27 de junio de 1884: "El Señor me ha hecho gustar, y en abundancia, de todos los consuelos y sinsabores de los varios campos del ministerio sacerdotal: cura de almas, enseñanza, monjitas, asociaciones de mujeres, etc., etc., y últimamente fomentador de vocaciones eclesiásticas. Y, de todo, esto último es lo que forma y formará mi gozo y mi corona". Tiene ya la suerte echada y el camino elegido definitivamente hace tiempo. Y siente en él especial complacencia y absoluta quietud de ánimo. Al fin, halló su centro.
En todos sus ministerios anteriores había presentido, ideado, alguna vez intentado, siempre al menos deseado, una cooperación eficiente, organizada, fija, continua, entre los sacerdotes, para ayudarse mutuamente en sus trabajos y dificultades. Desde el comienzo del Colegio de San José, esa cooperación fue ya un hecho entre los pocos sacerdotes que se encontraban al frente de la Obra. Pero las mismas vicisitudes de la fundación del Colegio y las crisis a que venía expuesta su vida en aquella forma aún insegura e inestable, absolutamente dependiente de la Curia diocesana para nombramientos; los apuros económicos que tuvo que soportar para ir adelante en medio de contrariedades no pequeñas, hicieron reflexionar largamente al feliz iniciador del Colegio durante aquellos años heroicos en el posible modo de dar estabilidad a su Obra.
Y sus preocupaciones y proyectos tuvieron al fin una clara y definida concreción en su mente la mañana del 29 de enero de 1883, mientras estaba dando gracias después de celebrar la Misa, de rodillas sobre la tarima del altar mayor de la iglesia de Santa Clara, como solía, hacia las siete y media de la mañana. En aquel momento vio de un golpe la utilidad máxima de formar una Institución sacerdotal, cuyos miembros, unidos entre sí con el vínculo de la obediencia y la vida en común, se consagraran de lleno al cuidado de las vocaciones sacerdotales. Este fue el primer esbozo genial que cruzó por su mente como un relámpago de luz vivísima en aquel momento verdaderamente histórico.
Su claro talento adivinó desde el principio la magna irradiación y el trascendental alcance que podría tener aquella idea, tan sencilla en apariencia. Sugestionado por su resplandor, pasó todo aquel día y el siguiente dando contornos precisos a aquel esbozo. Y entre los dos días memorables quedó ultimado en su interior, y en unas blancas cuartillas, de su mano, el gran proyecto.
Contaba a la sazón cuarenta y cinco años bien cumplidos. La madurez de su talento, de su experiencia y de su vida santa y abrasadamente consagrada al celo por los intereses de la gloria de Dios, eran las mejores garantías de que la hermosa Obra iba a cuajar muy pronto-en halagüeña realidad. Y poco a poco, en medio de dificultades y luchas no pequeñas, tal como suele suceder con todas las ,grandes obras,, pudo llevar a puerto, con indomable tesón, su anhelo, y ver plasmadas en frutos de bendición sus santas ilusiones.
Don Manuel, hombre de gran actividad, pero también de exquisita prudencia, pasó todo el mes de febrero meditando y madurando y retocando su gran proyecto. No quería que una Obra de trascendencia como la que soñaba fuera fruto de un entusiasmo irreflexivo, o de un apresuramiento contraproducente. Pensó y oró mucho durante aquellos días. Y después de haber reflexionado bien, y haber ultimado las líneas de- su plan, no se fié todavía de sí mismo. El necesitaba asegurarse de que aquello era Obra de Dios, y quiso acudir a uno de los medios ordinarios de que se vale la Providencia para gobernar a los hombres: buscó la luz del consejo en una persona autorizada. Fue ésta el Padre Ramón Vigordán, S. J., varón de mucha autoridad y reputación en Tortosa, que era Rector del Colegio de la Compañía instalado en el arrabal de Jesús.
Y allá se encaminó Don Manuel el 2 de marzo, Primer Viernes de mes, después de haber encomendado muy fervorosamente su Obra al Corazón de Jesús aquella mañana. Iba en su compañía don José García, beneficiado de la Catedral, que, a la muerte de don Mariano,, había sucedido a éste en la dirección del espíritu del Fundador, y era también persona de mucho peso y gran virtud. Don Manuel llevaba consigo lo que 61 llamaba "Bases y Reglas" de su futura Obra.
El P. Vigordán, de quién Don Manuel traza estos dos escuetos y expresivos rasgos: "persona de mucho peso", «muy súpito", y al cual había acudido por indicación de su confesor, vio con muy buenos ojos el proyecto, asegurándole que lo creía una obra providencial para aquellos tiempos. Y le aconsejó que lo expusiera cuanto antes a un Prelado, añadiendo que el más indicado le parecía el Arzobispo de Tarragona. Don Manuel se quedó sorprendido de la salida, porque no parece que el sesudo Jesuita conociese el particular afecto que de tiempo atrás unía a Don Manuel con el Excelentísimo señor Vilamitjana. Muy contento de descubrir sus planes a persona que tanto estimaba, escribió cuatro días después una carta muy explícita a su antiguo señor Obispo. En ella le expone detalladamente su idea de Pía Unión Sacerdotal, como él la llamaba al principio.
He aquí las palabras con que explana su pensamiento: "Me siento constantemente impulsado a ensayar una Unión de unos pocos sacerdotes operarios diocesanos, dedicados exclusivamente al fomento de la piedad de los jóvenes por medio del establecimiento de las Congregaciones y Gimnasios, y al desarrollo y sostenimiento, bajo la protección y anuencia de los Prelados, de las vocaciones eclesiásticas y apostólicas, y todo bajo la divisa del amor y culto al Corazón de Jesús, descuidado también". Aparecen ya bien claras en este primer estadio de la idea las tres finalidades que quedaron al fin consagradas como objeto propio de la Hermandad, aunque el orden de categorías es distinto; el mismo Don Manuel lo cambió bien pronto, como veremos.
Pocos días después recibió Don Manuel una contestación, que, para otra persona de menos ánimo que él, hubiera sido desconcertante. "Su asunto-le decía sin ambages el piadoso Arzobispo-está en el terreno de los imposibles. Orar y esperar." Aferrado sin duda a estas últimas palabras, que ofrecían una posible, aunque lejana, puerta abierta, nuestro fundador en ciernes no encontró mejor solución, para aclarar equívocos, que tener una entrevista con el Arzobispo, y ponerle en trance de dejar a un lado lo que Don Manuel llamaba una evasiva. Y muy pocos días después, el 15 de marzo, se presentó en Tarragona, dispuesto a tratar a fondo sobre terna de tan extraordinario interés; y tan encendidamente debió hacer la defensa de su proyecto y con tanta copia de argumentos, que el insigne Arzobispo quedó convencido, y no tuvo más remedio que aprobar y bendecir los generosos planes de un sacerdote tan santa y decididamente encariñado con su Obra. Conseguida la aprobación que deseaba, en seguida, con su rapidez de acción característica, se puso a buscar miembros para su futura Institución. Antes de terminar el mes de marzo, había ya invitado a cuatro sacerdotes amigos, dos de los cuales entraron, en efecto, más adelante en la Hermandad.
A todo esto, la cosa iba tomando paulatinamente cuerpo, y era preciso ponerlo en conocimiento de su propio Prelado. Así lo hizo el día 4 de mayo, Primer Viernes de mes. Su entrañable devoción al Sagrado Corazón de Jesús le movía a buscar fechas consagradas a su especial culto para dar los grandes pasos hacia la realización de su ideal. El Obispo Aznar y Pueyo debió pedir información amplia por escrito para estudiar con detención una Obra que tan santamente ambiciosa aparecía en sus principios.
El día 8 volvió Don Manuel a visitarle, y esta vez le presentó ya una carta en la que explicaba brevemente el origen de su Obra, y le entregó además una copia de aquellas "Bases y Reglas" que había visto ya el P. Vigordán. Por la claridad con que se expresa en ellas el pensamiento de Don Manuel y por encontrarse aquí tan certera, feliz y autorizadamente descrito en síntesis todo lo que ha sido y ha hecho la Hermandad, no resistimos a la tentación de copiarlas íntegras: "Bases para una Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos, Reparadores del Sagrado Corazón de Jesús: 1) Unidad y permanencia por el voto de obediencia; 2) Espíritu y práctica de desprendimiento, por la vida en común, sin voto de pobreza; 3) La residencia habitual será la Casa Central o los Colegios de Vocaciones.
"Objetos preferentes. 1) Culto del Sagrado Corazón por el Apostolado de la Oración, Pía Unión u otro que se adopte, con una práctica además, que sea como el distintivo de la Hermandad; podrá ser, y. gr., la "Vela o Corte continua de reparación"; 2) Predicación asidua y propaganda de estas prácticas como lazo de unión y medio de introducirse en los pueblos y lograr con eficacia la realización de los dos fines preferentes de la Hermandad; 3) El aumento de vocaciones eclesiásticas y apostólicas, por todos los medios posibles y, en particular, por la creación de Colegios centrales diocesanos, colectas periódicas, suscripciones, etc. Serán "Operarios auxiliares" los que promuevan y favorezcan dichos fines."
El Obispo se tomó unos días para reflexionar sobre el asunto, y el día 17 de mayo le comunicó por fin, de palabra, su aprobación, recomendándole que confiara al Padre Vigordán 'el proyecto, a fin de que éste pudiera revisarlo y aconsejarle acerca de su realización. Seguro ya Don Manuel con la aprobación del Prelado, pudo comenzar a ir dando a conocer, aun con ciertas reservas y sólo a personas amigas, su proyectada magna fundación. En "El Congregante" del mes de junio expone algo embozadamente. como una intención especial que recomienda a las oraciones de los luises, una Obra, sacerdotal que se dedique de lleno a poner remedio a las mismas tres necesidades perentorias de que había en las Bases.
Lo primero que necesitaba para poner en marcha la generosa idea eran hombres. Y este fue el gran desconsuelo de Don Manuel toda su vida; la claridad meridiana con la cual él veía los males que había que remediar, y el camino derecho para ello, que era la difusión de su Obra,-, y, por otra parte, la continua angustia en que tenía que consumirse su corazón abrasado, a causa de la escasez de brazos que se ofrecieran a la brega. Con todo, hombre de grandes deseos, es cierto, pero también fácilmente conformable con las realidades de que podía disponer, y por añadidura, alma de inflexible decisión, una vez conocida la voluntad de Dios, se lanzó a la empresa ardorosamente con los medios, pocos o muchos, que las circunstancias le permitieron.
En junio de aquel año pudo reunir hasta cuatro miembros para la naciente Obra. Eran éstos tres sacerdotes, don José García, don Francisco Osuna y don Francisco Ballester, y un Subdiácono, don Elías Ferreres, todos, desde luego, de la diócesis de Tortosa. El más caracterizado de ellos era don José García. Los demás, jóvenes piadosos, llenos de buenos deseos y fascinados por la palabra arrebatadora del Fundador. Con tan desmedrada hueste, se decidió ya a hacer su primera secreta y piadosa demostración.
Escogió para ello el hermoso y solitario convento que,, tienen los Carmelitas Descalzos en el llamado Desierto de las Palmas, ameno y delicioso lugar de la provincia de Castellón. Allí pasaron cuatro días, del 16 al 19 de julio de 1883, dedicados al retiro y a la oración, velando en tan propicio ambiente sus armas para la gran campaña que iban a comenzar. En la paz de aquel retiro pudieron sentar serenamente las bases permanentes para la Hermandad, y fijar, después de maduro examen y atenta discusión, las Reglas provisionales de la Obra. La Hermandad quería ser, según aquellos primeros acuerdos, una "reunión de sacerdotes seculares, unidos por el vínculo de una dirección común para promover la gloria de Dios los más caros intereses". Objetos constantes, invariables, de la misma habían de ser los tres ya indicados por Don Manuel al señor Obispo de Tortosa. En cuanto al tercero, o sea el culto al Sagrado Corazón, aparece ya clara y explícita la idea de reparación. Se llama además en este primer documento a los miembros de la Obra "reparadores". En aquellas reuniones del Desierto de las Palmas se indicaron algunos otros fines como posibles, pero había de ser con un carácter secundario. y se escogieron los tos Patronos, determinándose como práctica especial reparación eucarística una hora de vela ante el Santísimo los jueves, de doce a una de la noche.
Inflamados en apostólicos ardores y robustecidos en su ideal, bajaron de aquella montaña santa los cinco apóstoles dispuestos a encender el mundo en el fuego que ellos les consumía interiormente, soñando, como decía en cierta ocasión Don Manuel a un alma escogida, en difundir por todas partes el fuego del amor: "Ruega por la Obra que otras veces te he encargado, para que puedas ser apóstol del Corazón de Jesús, e ir por toda España". Hasta el 20 de enero del siguiente año de 1884 no presentó el Fundador al Prelado los resultados de las deliberaciones del feliz verano anterior en el Desierto de las Palmas, solicitando su alta aprobación para las conclusiones.
El Prelado, antes de tomar una determinación, quiso que viera las Bases el P. Vigordán. De buena gana sometió el humilde sacerdote el fruto de sus afanes y de sus sueños al juicio ajeno, si bien fuera éste de persona que no tenía sobre él autoridad ninguna. Al día siguiente de su conversación con el señor Obispo, se encaminaba de nuevo al Jesús, con paso tímido de mendigo implorante, Recibida, por fin, la decisión del autorizado Jesuita, pudo volver a Palacio el día 29 de aquel mismo mes para entregar a su Prelado el proyecto querido. Y finalmente el 4 del mes siguiente recibió con gran alegría la aprobación oficial de la jerarquía eclesiástica.
Todo este penoso y perseverante esfuerzo para que la Obra pudiera contar al fin con una situación jurídica algo estable, era simultáneo con su inquietante afán por reclutar Operarios para la empresa, los cuales no acababan de venir, a pesar de su fatigosa campaña en tal sentido, más acuciadora desde el momento en que comenzaron a abrírsele horizontes más amplios a su celo con la perspectiva de establecer un Colegio en Valencia, y luego en algún otro sitio más. No se daba punto de reposo, sembrando a voleo entre las almas que él preveía habían de ser a propósito, sus inquietudes por la formación sacerdotal, y requiriendo a todas horas instantemente de sus dirigidos o de las almas piadosas amigas oraciones con este fin.
Pero el Señor quería probarle, precisamente en este punto que era el más delicado. De los pocos que se le habían ofrecido, en lugar de aumentar con el tiempo, alguno flaqueó, y volvió la cabeza para atrás después de haber puesto mano en el arado. El 27 de junio del 84 dice sentidamente en una carta: "Tenía el asunto bastante adelantado, pues contaba con cinco compañeros más, y no quedamos más que tres". Uno de los que con más decisión se habían entregado a su Obra era don Elías Ferreres, e impensadamente dispuso de él el señor Obispo, nombrándole coadjutor de un pueblecito de la diócesis. A Don Manuel, que contaba con él para la fundación de Valencia en trance de ser ultimada, por el mes de septiembre de 1884, le resultó muy dolorosa la extraña determinación, acaecida el 21, a los pocos días de ser ordenado sacerdote don Elías.
No creyó oportuno pasar en silencio aquel contratiempo, que venía a truncar sus planes y amenazaba tal vez ser seguido de otros semejantes, después que el Prelado había dado su aprobación, a la Obra y al ingreso de los Operarios en la misma, y el 27 de aquel mismo mes escribió Don Manuel una carta a su Obispo, en la cual, respetuosa pero muy sinceramente, le da a conocer la situación desairada en que le dejaba y la muerte prematura a que abandonaba la Obra, con la actitud de incomprensión en que se había colocado.
Partiendo del hecho de la aprobación del mismo Obispo, señor Aznar y Pueyo, que se había comprometido además a permitir el libre ingreso en la Obra de un número determinado de sacerdotes diocesanos, le expone con toda libertad la angustiosa situación en que se veían siempre, ante la eventualidad de que él pudiera disponer para cargos de la diócesis de los individuos ya consagrados a la Hermandad. De tal suerte, no había seguridad, base indispensable para empresas del género de la suya; no podía haber satisfacción interior en los miembros actuales; no había posibilidad de dilatar el radio de acción de la Obra pensando en campos extradiocesanos que se iban abriendo: y existía continuamente el peligro de que, con la desaparición de alguno o algunos de los contados Operarios que formaban la. Institución, se viniera ésta abajo, pues la empresa del Colegio quedaba vinculada de este modo a las personas y no a la Obra, cosa que precisamente se había intentado evitar al fundar la Hermandad.
Había, además, razones poderosas de carácter económico que grababan su conciencia, porque las deudas del Colegio de San José pesaban directamente sobre los individuos, con el consiguiente daño de los acreedores. Por todas estas razones, Don Manuel se atrevía a solicitar de su Prelado varias cosas importantes: La libre entrada en la Obra con independencia de otros cargos eclesiásticos para los cinco Operarios que lo eran a la sazón y dos más que se ofrecían entonces; poder admitir a los extradiocesanos que se presentaran con la debida autorización; facultad para recibir definitivamente a los seminaristas que lo solicitaran, si ya llevaban un año consagrados a la Obra.
Si el Prelado, contra lo que hasta entonces había manifestado, veía inconveniente en ello, entonces quizá se hallarían en la necesidad de demandarle que les permitiera pasar a otra diócesis para instalarse en ella, sin perjuicio de seguir trabajando también en la de Tortosa. Si nada de esto les fuera permitido, forzosamente había de declinar él su cargo de Director del Colegio de San José al finalizar el curso, traspasando la propiedad del mismo en la persona que el Prelado designara y cargando él por su parte con las deudas. Muy amargada debía encontrarse su alma para llegar a escribir esta carta que rebosa honda pena por todas sus líneas. Con todo, al escribir con tanto apremio, él sólo intentaba hacerle abrir los ojos a su Obispo y arrancarle un consentimiento que era tan natural y les era además tan necesario. Por eso, concluye su escrito confiadamente a pesar de todo: "Así, esperamos que V. E. nos dará el anhelado permiso y la libertad necesaria para esta Obra, al parecer, de resultados prontos e infalibles para la máxima gloria de Dios". Su móvil purísimo de siempre.
El señor Obispo, agobiado por la falta de personal, se resistía a ceder a los legítimos deseos de Don Manuel, aunque le había autorizado en principio para disponer de los sacerdotes que se ofrecieran a la Hermandad. No fue poco lo que tuvo que sufrir por este motivo durante todo el curso de 1884 a 1885, sobre todo, porque su celo, siempre insatisfecho, se acrecentaba al contemplar los campos dilatadísimos ya abiertos a la Obra, y su corazón se apenaba al tener que luchar con aquellas escaseces.
En tal tribulación le fue de particular aliento la generosa intervención del P. Vigordán, que se había encariñado con la Obra y procuraba aprovechar las ocasiones para intervenir con su autoridad ante la resistencia del Prelado. No pudo conseguir tampoco gran cosa, mas contribuía a consolar y contener las impaciencias de Don Manuel con palabras alentadoras como las que siguen, escritas en 13 de marzo de 1885: "Veo que mi carta de nada valió. Paciencia. Ya me lo temía yo. Todo sea por Dios. Y por El solo podrá usted soportar las contradicciones, los apuros y malos ratos que aquí, como ahí y en todas partes, tendrá que soportar, por lo mismo que lleva entre manos una Obra de Dios".
Como don Elías Ferreres no acababa de ser desligado de su coadjutoría y era urgente poner en marcha la Obra, se reunieron los que quedaban libres, el 2 de junio de 1885, en la capilla del Colegio de San José de Tortosa, y allí hicieron solemnemente ante el Santísimo la primera pro'. mesa de consagración a la Hermandad. Estaban presentes, además de Don Manuel, don José García, don Francisco Osuna, don Francisco Ballester y don Vicente Vidal. Este último, insigne sacerdote valenciano, alma distinguidísima, de grandes virtudes y preclaras dotes de talento, que, después de ser abogado, había abrazado la carrera eclesiástica y andaba meditando fundar con sus pingües rentas un Colegio para seminaristas pobres. cuando, por mediación de don Elías Ferreres, conoció a Don Manuel y se encariñó muy pronto con la Obra y con la persona del Fundador.
Aunque muy poco a poco. la Providencia iba abriendo camino a la naciente Institución. El Prelado permitió al fin a don Elías Ferreres dar satisfacción a sus anhelos íntimos y a los vehementes deseos de Don Manuel. Como ansiaban todos tan ardientemente ver llegada la hora en que la Hermandad comenzara a tener formalidad de Asociación canónica, aunque fuera con tan desmedrado cuerpo, aprovecharon las vacaciones de Navidad para reunirse de nuevo en las evocadoras soledades del Desierto de las Palmas,- a los pies de la Virgen del Carmen y de la gloriosa Santa de Ávila, y echar a la sombra de tan poderosos abogados los cimientos de un edificio que aspiraba a cobijar dentro de sí multitud de almas escogidas.
El 29 de enero de 1885 10 pasaron en santo retiro dentro del convento, y al siguiente día comenzaron las sesiones para la constitución canónica de la Hermandad. En la primera acordaron con feliz oportunidad lo que en adelante ha, sido la verdadera base y norte de la Institución: "Que aparezca como objeto principalísimo de la Obra, sobre todos los demás, el fomento de vocaciones eclesiásticas, religiosas y apostólicas". La experiencia iba diciendo a todos con incontrastable elocuencia cuál era el camino regio que la Providencia señalaba a sus desvelos. Después de otros acuerdos de menor importancia, se ofrecieron los seis sacerdotes el día 31 a la Hermandad, haciendo voto trienal de obediencia.
Acordaron también aquellos días dos pormenores que indican cuál ha sido desde entonces la trayectoria de los Operarios. El traje propio de los miembros de la Hermandad había de ser el ordinario de los sacerdotes entre quienes vivieran y el titulo que se les concediera el de "don" y no el de Padre. Dos pormenores que testimonian el carácter "puramente sacerdotal" de la Obra, como repite muchas veces su Fundador, y su espíritu anchamente español, nada circunscrito a peculiaridades de región o provincia. Don Manuel miraba ya desde entonces en ésta, como en otras empresas suyas, a las necesidades y al provecho de la gran Patria española, sin aislarse en pequeños límites locales.
Aquel día, último de año, había celebrado Don Manuel su Misa en la ermita de Santa Teresa, monte arriba a media hora del convento, porque quería poner bajo el amparo de la gran Fundadora su naciente fundación, que comenzaba con la humildad de la de aquella Santa, y aspiraba a poblar España, como la Reforma Carmelitana, de palomares del Amor Sacramentado y vergeles de sacerdotes santos.
El primer día del año 1886, después de la Misa que celebró don José García, recitado el "Veni Creator", emitieron los seis noveles Operarios el voto de obediencia. Entonado el "Te Deum" en acción de gracias al Señor por tanta bondad para con ellos, se reunieron a continuación en la sala de visitas del convento para proceder a la elección de la junta de Gobierno. Don Manuel fue elegido por unanimidad Director General. En esta forma tan sencillamente solemne quedaba constituida la Hermandad que tres años antes había vislumbrado a los pies del sagrario el fervoroso apóstol, ya totalmente enamorado de su gran misión de formador de sacerdotes. Con este gesto deseaban poner en marcha el que fue supremo ideal suyo al fundar la Hermandad: "Responder al llamamiento de Jesús, cuando en el último tercio del siglo XIX-explicaba años más tarde a sus Operarios-nos exponía y repetía, por conducto de nuestros Prelados, la necesidad do sacerdotes en España y en el mundo"
Con existencia oficial y canónica la Obra, pudo ya dedicarse Don Manuel a darla a conocer, buscando sumar energías a su sueño. En mayo de 1886 comenzó a publicar una serie de artículos en "El Congregante" sobre la misma. Su buen amigo, el insigne publicista católico don Félix Sardá y Salvany, hizo lo mismo en su famosa "Revista Popular" a partir de agosto del 88, y el celoso y chispeante cuentista popular don Adolfo Clavarana, a quien conoció Don Manuel con motivo de su fundación de Orihuela, echó también su cuarto a espadas en favor de la Obra. El propio Fundador, que juzgaba de una importancia capital para el desarrollo de la Hermandad el que ella fuera conocida de todos, tuvo buen cuidado de enviar sendas memorias acerca de la misma a los Congresos Católicos Nacionales de Madrid (1890), Sevilla (1892), Tarragona (1894) y al Internacional de Lisboa (1895).
La Hermandad en sus manos intentaba ser una formidable palanca para remover a España, dormida en la inacción allá por la segunda mitad del siglo pasado. El mismo decía que deseaba por medio de sus Operarios reproducir las figuras sacerdotales señeras de San Alfonso María de Ligorio, San Juan Rancio, el Beato Maestro Juan de Ávila. Es decir, buscaba lanzar como un disparo salvador sobre la modorra deplorable de aquellos tiempos de decadencia, en que la vida espiritual de España languidecía lentamente a manos de un liberalismo estéril y bobalicón, el fuego llameante de cien palabras y cien afanes sacerdotales, metidos en medio de la sociedad agonizante como una levadura de resurrección y de vida. Y él ansiaba que sus huestes fueran de sacerdotes, nada más que sacerdotes. No quería para los suyos la aureola que da la condición de religiosos, porque ésta impone trabas y aleja permanentemente de las almas, y él quería un contacto continuo con ellas, el desembarazo espiritual que proporciona el ser no más que sacerdotes. Pero, a la vez, intentaba lograr la eficacia que da la unión, la mutua ayuda. la conspiración de muchas voluntades sacerdotales tendidas como un arco hacia un objeto único. Y pretendía conseguir la difícil conquista de la constancia, de la permanencia en una acción común a través de los tiempos y de la muerte. Todo eso anhelaba con su fundación de la Hermandad, Asociación estricta y esencialmente sacerdotal.
Don Manuel, alma apostólica, limpio corazón enamorado de Dios con amor puro y desinteresado, aborrecía las trabas que no fueran exigidas por la misma naturaleza de las cosas. Más bien propendía a la anchura de la caridad, que busca modos de hacer el bien, tendiendo amigable la mano a todos los infortunios. "Es la del Operario una alma puramente sacerdotal son palabras suyas. Es el sacerdote en el mundo, pero sin querer ser más que sacerdote. Ni párroco, ni beneficiado, ni sacerdote con otros cargos, sino sacerdote libre, sin ambiciones ni deseos. más que el de trabajar por la gloria de Dios. Es lo que fue San Alfonso por algunos años, dedicado a los instintos de su celo. Es lo que era San Juan Kancio. si bien éste todavía regentó por mucho tiempo una cátedra. Es lo que era el Beato Ávila. Pero estos pobrecitos-permitidme la expresión-lo hacían aisladamente, y plantaban, pero muchas veces no podían regar, y por eso sabemos del Maestro Ávila que rumiaba un medio de que aquellos trabajos suyos pudieran tener más solidez con la cooperación de otros. Nuestra Obra es lo que harían concretándolo a una parte sola, tres o cuatro o cinco sacerdotes de una población, aun teniendo un cargo, y. gr., un beneficio, una cátedra u otro que les sirviera de pretexto para residir en la población, y los cuales, movidos por su piedad y celo, se mancomunaran y' se comprometieran formalmente a ayudarse y sustituirse en las obras que de común acuerdo resolvieran fomentar y establecer mediante una rígida obediencia."
Don Manuel no se intimidaba ante la novedad que pudiera representar en la Iglesia una institución de este género. Al contrario, la veía muy natural, "porque-decíalas especiales necesidades de los tiempos exigen también remedios especiales". De tal forma concebida, es claro que ante la nueva Asociación se abría un panorama inmenso, imposible de abarcar de una sola mirada todo el inmenso panorama espiritual de la Iglesia. No se saciaba con menos el alma generosa de Don Manuel. El, que desde su juventud palpó, mejor dicho, intuyó los apremiantes problemas de orden pastoral que la Iglesia tenía planteados y cuya solución había que proporcionar con imprescindible urgencia, soñó muchas veces en sus horas luminosas y ardientes de sagrario en hallar un medio de atenderlo todo a la vez. Desde entonces anduvo dando vueltas en su mente a una organización eficiente de mutuo y abnegado apoyo entre el clero diocesano. Por fin, en 1883, al proyectar la Hermandad en aquella mañana de cielo, creyó haberlo encontrado.
Pero los años y la vida le habían enseñado ya muchas cosas que antes ignoraba. Es cierto que a los cuarenta y siete años seguía aún acariciando en su interior los mismos sueños magnánimos en favor de las almas con que a los veinticinco se enardecía su apostólico corazón juvenil. No obstante, la experiencia bien rica de un ministerio incansable y continuo y fecundo de veinte años le había hecho ver claramente que había ciertamente una extensión infinita de mies por recoger en los campos del bien; pero que "la llave de la cosecha", como él decía con frase gráfica, la solución virtual de tantos problemas gravísimos, el remedio último y profundo de tantas necesidades, estaba en la formación de un clero suficiente y selecto. Este había de ser, Pues, el objetivo primero de su Obra, como fue en realidad, según reconoce él mismo categóricamente en sus Constituciones, ocasión de su origen. Dice así: "Entre estos objetos, el primero y preferente y que ha querido el Señor confiar de un modo providencial al celo y vigilancia de la Hermandad, el que ha sido ocasión de su origen y que debe siempre "caracterizarla", es el fomento, sostenimiento y cuidado de las vocaciones eclesiásticas, religiosas y apostólicas".
No olvidé tampoco al fundar su Obra aquel primer impulso de su celo, que le empujaba a tomar parte en todos los afanes pastorales del sacerdocio, con su ayuda personal. Para eso señala como otro de sus fines "el fomento de la piedad en la juventud". Y para eso la ramificación peculiar de ocupaciones que él concibió dentro de la Hermandad, designando en cada Casa de Operarios algunos de ellos que, con el título de "Operarios en ministerio" ' habían de dedicarse preferentemente a la vida apostólica en medio del mundo, manteniendo el contacto entre el Colegio y los sacerdotes que de él hubiesen salido, por medio de su labor periódica de ministerio en las parroquias, organizando en ellas tandas de Ejercicios espirituales, misiones, difundiendo asociaciones piadosas y catequizando a los fieles sobre el tema vital del sacerdocio. Aunque no pudo ver organizada en este aspecto tan interesante su Obra más que en muy pequeñas proporciones, a causa de la falta de hombres, dejó consignado en sus Constituciones el principio, e inició él mismo este ministerio en sus correrías periódicas por la diócesis con indudable fruto, y quedó inaugurado definitivamente durante su vida con el establecimiento del primer Templo de Reparación, del cual se hablará más adelante.
Una vez que la Hermandad fue extendiéndose por diversas diócesis de España y del extranjero con la fundación de Colegios, hubo que pensar en dar mayor amplitud y solidez a la Obra, escribiendo sus Constituciones y solicitando la aprobación de Roma. Hasta entonces, había ido viviendo en un plano de gran modestia como Asociación, contentos con la aprobación de cada señor Obispo en las diócesis donde la Obra iba estableciéndose. Fueron sus hijos los Operarios los primeros en proponerle la oportunidad de dar este paso definitivo, y Don Manuel se resistía al principio, temeroso en su humildad de sacar la Obra de aquel cauce de sencillez en que desde el principio quiso colocarla. A él le bastaban sus primitivas y sobrias "Bases y Reglas" para gobernarse dentro de un régimen paternal, de vida de familia, como el que llevaban. Es más, la naturaleza de la Obra parece que de suyo lo pedía así en la mente del Fundador. El sobrenombre de "diocesanos" que dio Don Manuel-a sus Operarios, era un título que los caracterizaba perfectamente: trabajaban en las diócesis a las inmediatas órdenes del Prelado. Por otra parte, él no cesaba de repetir en cuantas ocasiones se le presentaban que su Obra no era una Congregación religiosa.
Precisamente en la batalla que tuvo que librar después para conseguir la aprobación de las Constituciones, fue este el principal escollo. Don Manuel se negaba en redondo a imponer a sus Operarios el voto de pobreza, según parecían exigir algunos censores de Roma, con estas terminantes palabras: "Mucho sentiríamos que no pudieran merecer la aprobación las Constituciones por la falta del voto de pobreza, que no debe existir en los individuos de nuestra Hermandad, puesto que este pensamiento no precedió, ni presidió, ni acompañó a la idea de la Obra, que no debía ser sino Pía Unión de sacerdotes seculares, unidos con el vínculo de la caridad y de una dirección común, para promover, libres de otros cargos, los intereses de la máxima gloria de Jesús en las diócesis. Más aún: la Hermandad no sólo no es una orden religiosa, sino que aun conviene que no aparezca a los ojos de los demás como Congregación religiosa siquiera".
Aunque Don Manuel no creyó conveniente las primeras veces que se lo propusieron escribir las Constituciones por las razones indicadas, se rindió más tarde al parecer ajeno, considerando la difusión que iba adquiriendo la Obra y la necesidad de tener una norma general sancionada por Roma para aplicarla en tan varios lugares como tendrían que actuar los Operarios. "El objeto de obtener la aprobación de la Santa Sede-dice Don Manuel-, es casi tan sólo para presentarnos ante algún Obispo con el sello de la aprobación pontificia."
La elaboración de las Constituciones fue muy lenta. Una de las obras en que más se echa de ver su humildad. su sentido de la responsabilidad y sus temores de ser obstáculo a la gracia. Su temperamento, tan decidido y emprendedor de ordinario, al llegar aquí vacila y teme. El día 1.º de enero de 1888 aplicó la primera Misa por esta intención, y desde entonces ¡cuántas oraciones hizo él mismo, cuántas súplicas a los demás para que encomendaran a Dios su trabajo, hasta que consiguió darle fin! En junio de 1889 escribía estas palabras, que dan a conocer su actitud interior en todo el tiempo que duró el quehacer: "No olviden mi negocio principal: el de la redacción de nuestras Reglas, que necesito mucha luz del cielo. Es asunto que me tiene ocupada la mente y el corazón", Y cierto, con toda la intensidad que él ponía siempre en sus obras.
Puesto al fin a la tarea, redactó un proyecto de Constituciones, que él llamó "Bases y Reglamento". En 5 de noviembre de 1889 estaba concluida la redacción. Envió primero a don Vicente Vidal, que fue quien más le había movido a escribirlas, una copia para que las examinara y le diera su parecer. Después se pusieron en vigor, en período de prueba, durante todo el año 1890, y el 1.º de julio del 92 mandó una circular a todos los Operarios, ordenando que le comunicara cada uno su Juicio particular acerca de las Constituciones ya experimentadas., Habían de enviarle la respuesta en el plazo de dos meses, con el fin de poder discutir y contrastar opiniones en la reunión anual que en el mes de agosto, con ocasión de los Santos Ejercicios, se celebraba periódicamente en Valencia. Todavía después dejó pasar dos años, en los cuales fue proponiendo al estudio de los Operarios diversos puntos más delicados o de especial importancia. que pensaba incluir en el texto de las Constituciones. Con toda esta mesura y aplomo quería él que se trabajara en un negocio tan esencial para la vida dela Hermandad.
En febrero de 1894 creyó, por fin, llegado el momento de ponerse a trabajar en la redacción definitiva, teniendo ante la vista las observaciones que sus hijos habían ido mandando en todo este tiempo. Y aún se sentía sobrecogido de temor antes de empezar su obra. Dijérase que en esta labor era en la que singularmente sentía conciencia clara del enorme peso de la responsabilidad que sobre sus hombros de Fundador cargaba. Y no encontraba mejor recurso que ampararse en las oraciones de todos. El 15 de febrero decía: "Deseo emprender en esta Cuaresma el arre-lo definitivo de las Constituciones de los Operarios, y me coge temor, y oro y pido a Jesús y a todos los Santos reparadores que guíen nuestra mano y nuestro espíritu". Mandó, en efecto, a todos los suyos que durante el mes de marzo rezasen cada día tres Padrenuestros a la Sagrada Familia con esta intención. El 16 de marzo de 1894 daba la última mano a su labor. Antes de enviarlas a Roma,.quiso que las viera su viejo amigo el Cardenal Sanz y Forés, y, recibido el juicio, por cierto muy encomiástico, de éste, salieron finalmente camino de la Ciudad Eterna para ser sometidas al examen de la Congregación de Obispos y Regulares, que entonces entendía en estos asuntos.
Aquí empezaron los sinsabores y las espinitas, que a un corazón tan sensible como el suyo no dejaban de punzar dolorosamente. Don Manuel quiso que las examinara privadamente, antes de entrar en la jurisdicción de la Curia Romana, el P. Bucceroni, S. J., insigne profesor de Teología Moral en la Pontificia Universidad Gregoriana, que estaba en relación con los Operarios a través del Colegio de Roma, fundado dos años antes. Hizo el Jesuita sus observaciones, y añadieron las suyas don Benjamín Miñana, Rector a la sazón del Colegio de Roma, y otros distinguidos Operarios. Y entonces comenzó en el interior del piadoso sacerdote una lucha penosa entre la humildad, por una parte, que le inclinaba a aceptar las indicaciones de los demás, que sinceramente le parecían mejor, desde el punto de vista gramatical, literario y aun jurídico, y sus sentimientos y vislumbres de Fundador, que se oponían, por otro lado, a que, con unos u otros pretextos, le deformaran su obra.
Ya queda hecha mención de la lucha que debió sostener para evitar que se les impusiera el voto de pobreza y se diera a la Hermandad un aire de Congregación religiosa que iba contra las intenciones y los fines de la Obra. En este punto, que reputaba fundamental, no transigió en modo alguno. Por lo mismo, cuando creyó llegado el momento, razonó amplia y detalladamente su repugnancia a aceptar el voto, fundándolo, no sólo en el origen de la Hermandad, sino en razones psicológicas de honda penetración, que brotaban de la misma naturaleza de la Institución. "Conviene, pues -escribe a los suyos de Roma-, que el P. Bucceroni nos busque un portillo por donde pueda entrar la aprobación de nuestras Constituciones-que, hasta en el nombre, quisiera mejor "Bases y Reglamento"-, a fin de que no se toque esta Base esencial.
Me decía usted en la suya que, al recordar al P. Bucceroni lo de la Congregación de San Felipe Neri, contestó que no tenía más que nombre de Congregación. Nosotros no quisiéramos precisamente ni el nombre."
No se vaya a creer, con todo, que esta insistencia por alejar de la Hermandad el carácter de Congregación religiosa fuera desconsideración o el más leve menosprecio de tan beneméritas instituciones eclesiásticas. La vida entera de Don Manuel bastaría para desmentir la absurda hipótesis. Era simplemente deseo de facilitar la labor del Operario, desembarazando su camino de recelos infundados. El deseaba que sus Operarios, en el interior, fueran más religiosos, es decir, más observantes, abnegados, unidos a Dios, que los más fervientes monjes del yermo; y, en el exterior, aparecieran simplemente como un sacerdote cualquiera, para que pudieran encontrar libre el paso en todas partes a sus afanes apostólicos. El decía ingeniosamente explicando esta idea: "No hemos de ser religiosos, pero sí parecerlo; o al revés: no hemos de parecer religiosos, pero sí serlo". Y, más claramente aún: "Así, pues, humildes y desconocidos, sin carácter de religiosos, con el aspecto de compañeros y con la sincera sonrisa de amigos, hemos de minar las parroquias y los Seminarios y las diócesis sin infundirles miedo".
Su condición y su clarividencia de Fundador le impedía allanarse a toda reforma que importara un falseamiento de su Obra. Por eso dice, aunque con cierta timidez, refiriéndose a las animadversiones que se hacían en Roma a sus Constituciones: "No quisiera que estuviesen más que así, al menos las tres primeras constituciones, referentes al fin, naturaleza, objetos y gobierno". También ponía interés en lo que él llamaba "tinte" o sabor piadoso del estilo, que tal vez no encaja bien en el aire curialesco u ordenancista de un articulado de reglamento. Aun el propio estilo suyo, reconociendo de buen grado sus incorrecciones y defectos, le resultaba molesto alterarlo: "Nada me satisface tanto-dice-como lo puesto en la primera impresión, y toda supresión o cambio me atormenta, y hasta las palabras impropias y antigramaticales me repugna alterarlas, porque no hay apenas ninguna otra que me exprese mejor, para mí, que lo que he escrito".
Aunque él decía humildemente que las observaciones que le hacían "herían su amor propio", era más bien la instintiva, aversión que todo hombre de empresas elevadas siente a las interpretaciones de ' su obra hechas por los demás, que difícilmente resultan exactas, porque, de ordinario, aunque sea sólo ligeramente, sus ideas y sus proyectos se deforman al pasar por otras manos o por otras mentes. Por lo demás, las correcciones, de suyo, no le inmutaban ni le turbaban lo más mínimo. El mismo lo dice francamente en carta particular, reconociendo sus deficiencias: "Respecto de las Constituciones, no me humilla ni poco ni mucho la corrección de la forma, que tanto deja que desear. Y tanto es así, que he tenido la condescendencia gustosa de dejar poner la mano a don Benito Sanz y Forés, don Vicente Vidal, don José García y ustedes (los Operarios de Roma), aunque algunas de las alteraciones me parecieran lamentables".
Por fin, el 1.º de agosto de 1898 se promulgó la aprobación de las Constituciones con el "Decretum laudis", que contenía palabras laudatorias para el humilde Fundador. El día 26 de julio, festividad de Santa Ana, había recibido anticipadamente por telegrama Don Manuel, hallándose en Valencia, tan fausta nueva. Preocupado su, espíritu por graves problemas de gobierno, no permitió el Señor que saboreara hondamente el regalo que le hacía. Pero su corazón se conmovió de fervorosa gratitud y se dirigió en seguida ante el sagrario, a derramarle en la presencia de Aquel por quien sufría y trabajaba en todas sus empresas. He aquí las hermosas palabras con que él mismo nos descubre su interior en tan señalada ocasión: "Hoy, cuatro de la tarde, recibo el telegrama del "Decretum laudis". Aunque no me ha producido el gozo que en otra ocasión y circunstancias me hubiera vuelto loco, con todo, he ido silenciosamente a la capilla, y ante Jesús Sacramentado, y la Virgen, y nuestro San José, y la Abuelita (Santa Ana), les he dado gracias y les he prometido ser más bueno". Candor de niño y humildad de santo respiran tan sencillas frases, como un perfume de cielo que deja el alma a su paso por las cuartillas.
A imitación de su Fundador, también la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos dio al Señor infinitas gracias cuando, el 1.º de agosto de 1927, fue para siempre confirmada por el Papa como Institución de derecho pontificio, y cuando sus Constituciones, que ajustadas al Código de Derecho Canónico habían merecido en igual fecha la aprobación para siete años "ad experimentum", quedaron luego definitivamente aprobadas por expresivo Decreto de la Santa Sede firmado el 23 de marzo de 1935.
LA OBSESIÓN DE ROMA
Desde los primeros días de su sacerdocio había soñado Don Manuel con hacer una visita a la Ciudad Eterna. Sentía una atracción oculta, íntima, misteriosa, hacia Roma. Las circunstancias históricas contribuyeron grandemente a desarrollarla y hacer más viva esa fuerza interior que sienten frecuentemente las almas elevadas por esta Ciudad única en el mundo, archivo de recuerdos inmortales, inmenso museo de todas las artes bellas, relicario vastísimo de las mejores figuras de la santidad, asiento de la indestructible cátedra de Pedro. El siglo XIX, en su encarnizado ensañamiento contra el Pontificado, hizo la figura del Papa aun más atrayente, al aureolarla con el nimbo de la persecución. Don Manuel, amante fervoroso de la Iglesia, desde sus más tiernos años aprendió a tener devoción y cariño especialísimo a la persona del Vicario de Cristo. Su espíritu, diametralmente opuesto a las teorías liberales, que tantos estragos hacían entonces en el mundo, por reacción natural, sentía cada día más tenaz y fervorosa adhesión a la cátedra de la verdad, cuanto más la perseguía y la intentaba desprestigiar el liberalismo. "Hoy el distintivo de los católicos verdaderos es el amor al Papa", decía él muy acertadamente a sus colegiales de Tortosa. Por eso fue una de las características de su nobilísima alma.
Visitó por vez primera la Ciudad de los Papas en junio de 1870, Poco tiempo antes de que fuera ocupada por las tropas italianas. Aunque sentía al emprender el viaje ciertos ocultos temores, originados sin duda por la incertidumbre de la situación política en Francia y en Italia, triunfó al fin su ardiente deseo y logró visitarla en paz y con gran deleite de su alma. Iba en compañía de su entrañable amigo don Enrique de Ossó, y asistió con él a algunas de las sesiones del Concilio Vaticano, que estaba celebrándose por aquellos días. Le impresionó vivamente la procesión del Corpus alrededor de la plaza de San Pedro. y, sobre todo, la noble y devota figura de Pío IX llevando el Santísimo. Tuvo ocasión de conocer y saludar allí al Beato Padre Antonio María Claret, de cuya modestia quedó cautivado. Después de recorrer muchos de los innumerables lugares de santos recuerdos que encierra la capital del orbe católico-algunos de ellos en compañía de su buen amigo el Obispo de Oviedo, don Benito Sanz y Forés-, volvió a la Patria con cierto dejo de insatisfacción.
Pero el hechizo único de la Ciudad de los mártires le había penetrado profundamente el corazón. Volvió, en efecto, muchas veces más a saborear el inexplicable deleite de la visita. La segunda vez fue en octubre del año 78, formando parte de la Peregrinación Nacional de la Juventud Católica, organizada por el Centro de Barcelona. El representaba a Tortosa. Eran dos mil los peregrinos, y entre ellos iba el gran vate catalán Mosén jacinto Verdaguer. Las impresiones de Don Manuel son distintas de las de la visita anterior. Tristeza por el cambio político operado en la Ciudad, que sus ojos despiertos notaron desde el primer momento en las aduanas de Ostia, al desembarcar, y una mezcla de reverencia y compasión ante la blanca y delgada majestad del Pontífice, ahora León XIII. Y volvió esta vez satisfecho, gozoso de su visita. "En Roma siempre se disfruta", escribía. Como coronamiento de la peregrinación consiguió Don Manuel una bendición autógrafa del Pontífice para su Colegio de Tortosa. Lleno de filial agradecimiento, recibió reverente la inapreciable distinción, que le inspiró este comentario ante sus colegiales: "Las bendiciones de un padre siempre son fecundas; mucho más las del Padre común de los fieles; y hoy, sobre todo, que las bendiciones del Papa salen de un corazón herido por la amargura".
En su primera visita, Don Manuel tuvo el consuelo .de celebrar en la iglesia que los Trinitarios Calzados españoles tenían en la Via Condotti, y conocer el templo nacional de España, dedicado a la Virgen de Montserrat. En esta segunda, los jóvenes católicos italianos les obsequiaron con sendas veladas en los dos viejos palacios de la nobleza romana, Altieri y Altemps. Condotti, Montserrat, Altieri, Altemps, cuatro nombres que resumen una larga historia de penas, de amarguras, de fatigas y de glorias: la historia del Pontificio Colegio Español de San José de Roma, obra insigne del virtuoso sacerdote y el gran apóstol que fue Don Manuel Domingo y Sol. Pero que habría de tardar aún algunos años en realizarse.
Hasta diez después de su segunda visita a Roma, no surgió en la mente de Don Manuel la idea de fundar uno de sus Colegios en la Capital del orbe católico. Mientras la Obra de las vocaciones iniciada en Tortosa no comenzó a difundirse con la institución de la Hermandad, que la había de dar solidez y consistencia, nadie podía pensar en una empresa de tales vuelos. Pero apenas vislumbró, con la expansión a tierras de Valencia y Murcia, la importancia que podía llegar a adquirir su Obra, el generoso corazón del Fundador comenzó a soñar en anchuras inmensas de dilatación para su peculiarísimo apostolado. No sabemos cuál fue la causa ocasional que le movió a pensar en las lejanías sagradas de Roma, como posible asiento de uno de sus palomarcitos sacerdotales. Tal vez el anhelo de encontrar un centro adecuado y fácil de propaganda universal. Lo cierto es que el 1.º de enero de í:888, a los dos años cabales de haberse constituido canónicamente la Hermandad, tuvo lo que él llama su "primer instinto".
Por el momento concibió la cosa, como le sucedía ordinariamente con todas las suyas, de una manera sencilla, modesta y reducida. La Providencia se encargaba luego de fecundar y multiplicar el granito de mostaza. Pensó en un pisito que albergara unos cuantos colegiales selectos, dispuestos a recibir la formación especial que se daba en los Centros eclesiásticos romanos de alta cultura. Uno de sus Colegios de San José, trasladado a Roma, bajo la absoluta dirección de la Hermandad. Pero, así y todo, vio el asunto desde el primer momento tan cargado de importancia y gravedad, que él, que solía lanzarse inmediatamente a la ejecución apenas concebía una empresa clara de gloria de Dios, creyó oportuno madurar aquel proyecto en la reflexión, el tiempo y la oración. Y lo dejó dormir durante un año entero. Transcurrido éste, el 1.º de enero de 1889, soltó por primera vez la idea ante los Operarios en Valencia. A la natural impresión de sorpresa de éstos, producida seguramente por la escasez de hombres, que los hacía vivir en angustiosas apreturas en las contadas -casas que entonces tenían, el benévolo Fundador se limitó a encomendar su audaz pensamiento a las oraciones de todos por espacio de otro año.
Pasados ¡así los dos de paciente espera, durante los cuales Don Manuel había ido enterándose del estado de la cuestión, posibilidades de realizar su plan, medios con que podía contar, apoyos posibles, ventajas e inconvenientes, se decidió a hablar de nuevo con mayor claridad a sus hijos, concretando ya los términos de un problema que él consideró desde el principio con certera intuición de vital interés para la difusión y supervivencia de la Obra, en 1.º de enero de 1890. Entonces les dijo que los últimos Pontífices, Pío IX y León XIII, se habían interesado con viva insistencia ante los Obispos españoles para que mandasen seminaristas de sus diócesis a estudiar a Roma, y les habían indicado la conveniencia de fundar un Colegio español en la Ciudad Eterna, donde había Casas de estudios eclesiásticos de casi todas las naciones de Europa, y aun de fuera de Europa, y España era una de las poquísimas ausentes. El perspicaz Fundador añadió por su cuenta con gran clarividencia que la Hermandad era la Institución más a propósito para llevar a cabo la benemérita y patriótica empresa, por su especial misión y "por el carácter puramente sacerdotal" de la misma. Los Operarios comenzaron a vislumbrar la importancia del proyecto y lo aceptaron ahora con entusiasmo.
Don Manuel, que no deseaba más, comenzó a moverse con su habitual y asombrosa actividad para poner cuanto antes en vías de realización la feliz idea. Tenía en Roma un sacerdote conocido, don Francisco Medina, capellán de la iglesia de Montserrat, con quien entró en relaciones por. medio de los Operarios de Murcia, y a él escribió pidiéndole informes sobre casas alquilables cerca de la Universidad Gregoriana, Colegios que a ella asistían, número de alumnos del Colegio Pío Latino Americano, precios de alquiler y de géneros alimenticios. Su paterna previsión pensaba en todo y por todo se interesaba.
Como no se le ocultaba la enorme resonancia que estaba llamada a tener la empresa, quiso antes de nada, él, amigo siempre y en todo del parecer ajeno, pedir consejo a personas de luces y de experiencia. Fue el primero su viejo amigo don Benito Sanz y Forés, a la sazón Arzobispo de Sevilla. Tuvo con él una entrevista en Valencia el 13 de marzo de 1890. El piadoso y genial Arzobispo aprobó en principio el generoso pensamiento, haciendo, sin embargo, algunas observaciones sobre las especiales dificultades que entrañaba. La de más importancia era que había que esperar fuerte oposición o al menos resistencia pasiva, por parte del Episcopado. Gran número de Obispos, en efecto, veían con desagrado la ida a Roma de estudiantes españoles, lo cual entendían que habría de ceder en descrédito de los Seminarios y Universidades de España, como si estos Centros de estudios eclesiásticos no pudieran proporcionar la misma elevada instrucción que cualesquiera otros del mundo. Más adelante, este criterio, llevado de un mal entendido patriotismo, llegó a la increíble obstinación, en algunos casos aislados, de negarse a reconocer los grados académicos conferidos por las Universidades de Roma.
Y había, además, otra no insignificante dificultad. Precisamente un Prelado español, el que había sido Obispo de Santander y lo era a la sazón de Cádiz, don Vicente Calvo y Valero, en su noble anhelo de complacer al Pontífice y favorecer la mejor formación de los seminaristas españoles, había intentado fundar un Colegio español en Roma en 1882, enviando allá algunos alumnos de su diócesis. ejemplo que siguió algún Obispo más. Pero no encontró los apoyos que esperaba, y, aunque el Colegio siguió viviendo algunos años con el nombre de "Colegio Hispánico", y fue confiado más tarde a los Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María, llevaba por entonces una vida lánguida, y al fin hubo de desaparecer más adelante, fundado ya el de Don Manuel.
Aun viendo desde entonces que su obra no había de estar exenta de trabajos, el intrépido corazón del apóstol no se abatió por ello. Siguió imperturbable su camino. El 6 de mayo confió a su propio Prelado el proyecto, pidiéndole la luz de su consejo. El señor Aznar y Pueyo no le desaprobó, pero le dijo también que existían aquellos dos inconvenientes de que el Arzobispo de Sevilla le había hablado, añadiéndole además que no diera un paso sin antes oír el parecer del Obispo de Murcia. Era éste el Excelentísimo señor don Tomás Bryan y Livermoore, oriundo de familia irlandesa, como se echa de ver por sus apellidos, que había hecho sus estudios en Roma en la Academia de Nobles Eclesiásticos, y conocía aquellos Centros de estudio y conservaba los mejores recuerdos de la inmortal Ciudad.
La entrevista con el Obispo de Murcia, verificada el 13 de mayo, fue la primera que puso alas en sus no adormecidos entusiasmos. Antes de hablar con el Prelado, tuvo una larga conversación con su Secretario, don Tomás Salado, el cual descubrió ante sus ojos una bella posible solución. Le dijo que él había oído al anciano Superior General de los Trinitarios Calzados, Padre Antonio Martín y Bienes, estando presentes el Obispo de Murcia y otros dos Prelados españoles, que estaba dispuesto a ceder su hermoso convento de Via Condotti a los Obispos de España, si ellos se comprometían a fundar en él un Colegio para seminaristas de las distintas diócesis. Se trataba de un magnífico edificio, que valía más de seis millones, y estaba en peligro de ser arrebatado por el Gobierno italiano, o tal vez por el español, a la muerte del ya decrépito Padre Martín. Una inmensa cordial simpatía brotó ya entonces en el pecho del sensible Fundador hacia aquel venerable anciano, que tan generoso se mostraba -Para con la Iglesia de España. No podía adivinar aún los trabajos y sufrimientos que aquel nombre le reservaba en el porvenir. El señor Obispo de Murcia, que le recibió con gran afabilidad, confirmé las buenas noticias de su Secretario, y, por su parte, como quien bien conocía el mérito de lo que intentaba, le animó con sus mejores palabras a seguir adelante en la laboriosa empresa, en la cual se comprometió a ayudarle lo mejor que pudiera.
Don Manuel volvió a Valencia rebosando santo optimismo. Decidido a conservar la natural reserva en un asunto que 61 veía desde el principio "sujeto a contradicciones por su misma grandísima importancia y carácter general", no lo declaró a los colegiales; pero su infantil y desbordante alegría le delataba en las palabras con que les recomendó muy encarecidamente a sus "diarias e incesantes oraciones" un asunto muy importante, "para que en día no lejano-les decía-os lo pueda manifestar, y ofrecer aquí al Sagrado Corazón y a San José un pequeño tributo de acción de gracias". Iba midiendo ya la inmensa resonancia que había de tener aquel proyecto. "Sería el paso trascendental", dijo con genial clarividencia por aquel tiempo.
Pero era preciso moverse. El señor Arzobispo de Sevilla se le había ofrecido a recomendar el negocio al señor Cardenal Rampolla, Secretario de Estado, y al sustituto de la Secretaría, Monseñor della Chiesa. Don Manuel juzgó conveniente ponerse, ante todo, en contacto con el buen Padre Martín. Y, para evitar recelos, quiso prudentemente hacerlo por mediación de su Obispo; éste recomendó gustoso la carta escrita por el Fundador el 10 de junio al Superior de los Trinitarios. En ella le daba cuenta de sus deseos de establecer Colegio en Roma; le comunicaba su conversación con el Obispo de Murcia, en la cual éste le enteró del ofrecimiento del Padre Martín, y se atrevía a hacerle un ruego en los siguientes términos: "Díganos-escribía-si por parte de ustedes habría inconveniente en cedernos tal vez parte del local del edificio que ocupan, con las obligaciones y condiciones por parte nuestra, para el sostenimiento y reparaciones convenientes del mismo, que ustedes creyeran necesarias. Y en este caso, sírvase decirnos también qué participación y derechos tiene el Gobierno español en el edificio, y qué es lo que procedería hacer en este sentido; o si habría medio de evitar esta ingerencia del Gobierno, a ser posible." Veía venir todas las dificultades, y quería prevenirse planteando desde el principio con toda claridad la cuestión.
La respuesta del Padre Martín se hizo esperar. Llegó, al fin, el 28 de julio, e iba dirigida al Obispo, como si fuera del Prelado la idea de fundar el Colegio. Le dice en ella que felizmente coinciden sus dos proyectos, pues él, obligado por el Gobierno italiano, había presentado uno para convertir el convento en Colegio Español. Propone, como medio práctico para realizarlo, que se cree una nueva entidad moral, llamada Colegio Español de la Santísima Trinidad, a la cual traspasará él, sin más, la propiedad del edificio, con la iglesia, la magnífica biblioteca de seis mil volúmenes y títulos de la deuda que rentaban anualmente seis mil liras. Como una vez verificado este traspaso los miembros del convento, que eran los únicos supervivientes de la Orden, quedaban sin ningún medio de vida, el Superior pedía que el Colegio se comprometiera a pagar a este objeto una suma anual que había de fijarse de común acuerdo. Los religiosos, además, seguirían habitando en el convento. Eran solamente cinco y todos ellos ancianos. El Superior contaba ochenta y cuatro años de edad. A su muerte, se extinguiría la Orden, lo cual había de crear probablemente conflictos, lo mismo con el Gobierno italiano que con el español, interesados ambos en apoderarse del hermoso edificio, emplazado en una de las calles más céntricas de Roma. Por todo lo cual el religioso Trinitario urgía en su carta el viaje a Roma de una persona debidamente autorizada con plenos poderes para tratar de ultimar el negocio. En la carta a Don Manuel, se remite a lo dicho al Prelado, y añade que "el Gobierno de España no tiene otra participación ni derecho en el convento que el de protección contra cualquier ataque del Gobierno italiano".
La alegría que en los Operarios suscitaron las prometedoras nuevas, comunicadas por Don Manuel rápidamente, fue desbordante. La carta del Padre Martín les conmovió a todos de cariño y de compasión hacia -el pobre anciano. Todos deseaban que Don Manuel se pusiese inmediatamente en camino, y quedaban con la angustia de- que el benemérito religioso llegara a morir sin poder dar cima a su caritativo pensamiento. Más que nadie 'sentía el propio Fundador vivísimo afán por llegar a tiempo. Pero dos entorpecimientos se cruzaron inesperadamente en su camino: el cólera, que comenzó a hacer estragos por aquellos días en Valencia y Tortosa, y el cuidado de proceder con pies de plomo para no dar un paso en falso en tan peligrosa senda. Por encima de todo, sin embargo, su carácter optimista y emprendedor le hacía ver el porvenir teñido de rosa, y echaba cuentas galanas, dispuesto, desde luego, a abrir el Colegio el próximo curso, aunque fuera con pocos alumnos.
Quiso antes de nada dar cuenta de sus propósitos al Nuncio de Su Santidad en Madrid, que lo era entonces Monseñor Di Pietro, valiéndose para ello de su buen amigo el Rector de las Calatravas, don Manuel Sanahuja. En nombre del señor Nuncio le contestó el joven Auditor de la Nunciatura, Monseñor Antonio Vico, el 19 de agosto, comunicándole que lo que procedía era hacer una detallada exposición de sus intentos y los recursos con que para ello contaba, dirigida al Cardenal Secretario de Estado. La Nunciatura se encargaría de tramitar el documento, pero convenía que fuera recomendado por el Obispo. Monseñor Vico le decía de paso que consideraba excelente la idea, aunque difícil de realizar para el próximo curso. Don Manuel se apresuró a enviar la indicada exposición.
Pidió entonces luz sobre lo que debería hacer al señor Sanz y Forés, que se hallaba veraneando en Asturias, y éste le contestó a vuelta de correo aconsejándole que se pusiera en marcha cuanto antes y que fuera provisto de los poderes necesarios para hacer en regla la transferencia del edificio. El le aseguraba de la buena acogida del Cardenal Rampolla y de Monseñor della Chiesa, a quien escribía con este fin. "Todo lo de España pasa por su mano terminaba diciendo de este último, y es de los que siempre han deseado Colegio español en Roma."
Pero Don Manuel no las tenía todas consigo. A medida que la cosa avanzaba, veía la importancia y la complejidad del asunto y los innumerables y altos hilos que era preciso tener entre las manos para poder darle solución. Le preocupaba, ante todo, la actitud que pudiera tomar el Episcopado con relación a su proyecto. Por lo mismo, se decidió a pedir informes al señor Obispo de Cádiz sobre el Colegio que él había fundado anteriormente. Le preocupaba, además, el inexplicable silencio del Padre Martín, a quien había escrito anunciándole su llegada a Roma con los poderes necesarios. Entre tanto, le llegó una carta de la Nunciatura que parecía echar abajo todos sus risueños planes. El 13 de septiembre comunicaba Monseñor Vico que le devolvía sus documentos porque consideraba ya inútil la tramitación del negocio, puesto que en la Nunciatura se tenían noticias de que estaba para apoderarse del edificio de Condotti el Gobierno italiano. Y añadía algo más el oficioso Auditor, algo que debió sumir en un mar de confusiones el sencillo espíritu de Don Manuel. "Tanto es así-decía la carta-, que dos Congregaciones religiosas, a las cuales dicho establecimiento se había también ofrecido, han desistido de comprarle."
A la vista de estas noticias, que delataban por una parte un doble juego poco noble en el Superior de los Trinitarios y, por otra, un peligro inminente de fracaso absoluto de todo trato acerca de su convento, Don Manuel se apresuró a telegrafiar pidiendo noticias al anciano religioso. Por fin, después de algunos días de espera, llegó una carta de Roma el 22 de septiembre, escrita, no por el Padre Martín, sino en nombre de éste, por el agente de preces don Estanislao Sevilla, persona de la intimidad del buen religioso, como que era quien había redactado también las dos anteriores. En ella le decía que el Padre Martín, por aquellas fechas en Frascati, no había creído necesario contestar a la carta de Don Manuel, porque en realidad no había nada que contestar, sino esperar su llegada, y le añadía que cuanto antes llegara antes podría resolverse el asunto.
Aquel mismo día se recibió también la contestación del Obispo de Cádiz. Era una carta muy amable, en que, para tratar del importante asunto del Colegio que él había fundado y todavía existía en Roma, tan análogo al que Don Manuel intentaba fundar, le proponía una entrevista amplia y franca entre los dos.
Por fin se decidió Don Manuel a emprender el viaje a Roma, lleno aún de optimismo, aunque advertía que ya las nubes iban ensombreciendo el horizonte. Quiso pasar antes por Madrid, adonde llegó el 28 de septiembre, para informarse lo mejor que pudiera sobre el negocio que llevaba entre manos en la Nunciatura y en el Ministerio de Estado. Supo allí que habían estado en tratos sobre el edificio de Condotti los Agustinos y los Misioneros del Corazón de María. Se enteré, además, de que el Gobierno español había reclamado el convento y tenía esperanzas de conseguirlo. Su visita a Madrid le valió de paso el conocimiento o la amistad de varias personas que podrían ayudarle más adelante. Habló repetidas veces con Monseñor Vico, visitó a la Condesa de Benomar, esposa del nuevo Embajador ante el Quirinal. Otros le prometieron que el Embajador ante el Vaticano, Marqués de Pidal, se interesaría por su asunto; el señor Nuncio le aseguró que escribiría al Cardenal Rampolla hablándole en su favor.
Salió, por fin, el 30 hacia Zaragoza, acompañado de don Vicente Vidal y del capellán de Montserrat, don Francisco Medina, a quien debía preciosos informes sobre la vida eclesiástica romana. El 1.º de octubre celebró Don Manuel en el Pilar, encomendando fervorosamente a la Virgen su ya glorioso proyecto.
Una vez llegados a Roma, al mediodía del 4 de octubre de 1890, después de convenientemente instalados y haber celebrado Misa don Vicente y comulgado en ella Don Manuel, su primera preocupación fue visitar al ya famoso Padre Martín. A las cinco de la tarde los recibió en su convento, donde tuvieron una larga entrevista. Estaba presente, circunstancia que no deja de extrañar, el agente de preces don Estanislao Sevilla. Desde el primer momento, a pesar de las buenas palabras y las beneficiosas condiciones que el anciano religioso presentaba, debió notar algo poco tranquilizador Don Manuel en el modo, en las reticencias, en las recomendaciones de sigilo, en la inseguridad con que el Padre Martín y su adlátere se manifestaban, pues escribe en su diario, después de la primera entrevista: "Dudas y temores. Reserva. Y el señor Sevilla". Al día siguiente, después de otra entrevista, decía en una carta: "Aún vemos la cosa muy turbia".
Es la más feliz definición de todas las largas y laboriosas gestiones que tuvo que llevar el incansable, pacientísimo y caritativo Fundador con el ya anciano y, quizá por eso, raro, desconfiado, inconstante Padre Martín. Las negociaciones con él fueron en todo momento una cosa muy turbia. Después de la visita del segundo día, escribió de nuevo en su diario Don Manuel: "Encargos de reserva. Más dudas y temores". Al recibir a los dos Operarios por tercera vez, la mañana del 6 de octubre, en su convento, estaba el Padre Martín acompañado por el imprescindible señor Sevilla y por un nuevo personaje, su abogado. Iban nada menos que a determinar las bases del contrato. No eran éstas poco enojosas para los dos ingenuos sacerdotes españoles, que llegaron a Roma con la ilusionada esperanza de comenzar en seguida en el magnífico edificio de Condotti, cedido por la generosidad del buen anciano, un nuevo Colegio Español, que había de estar funcionando al abrirse el ya cercano comienzo del curso académico. Pero aún tardarían en convencerse, bien a pesar suyo, de que el ambicionado convento no iba a ser para ellos.
Para garantizar la percepción de la suma anual que el Colegio se comprometía a pagar con miras a la manutención de los cinco religiosos, que había de ser igual a las seis mil liras de renta que el convento percibía de sus títulos de la deuda, más el precio de alquiler de algunas habitaciones del edificio entonces en arriendo, el buen Padre Martín exigía nada menos que la hipoteca de los Colegios que la Hermandad tenía en España. Y para realizar esta operación era necesario presentar documentos que acreditaran la propiedad de dichos Colegios. Como, aun así y todo, era de temer que el Gobierno italiano, que debía aprobar el contrato, pusiera dificultades, el Superior de los Trinitarios exigía, además, informes favorables de algunos Obispos de España.
A todo accedió gustoso Don Manuel. Le disgustaba un poco solamente el tener que esperar. Pero bien pronto se acomodó al género de vida que las circunstancias le imponían, entendiendo que lo que pretendía bien merecía la pena de aquella espera, y se formó su plan y su distribución de tiempo. Este, los días que no tenían visitas o gestiones que hacer, se lo llevaba principalmente la satisfacción de sus encendidos sentimientos de piedad. Celebraban de ordinario, cuando el impulso interior de su devoción no los llamaba a alguno de los innumerables templos consagrados por el recuerdo de un Santo, en la misma iglesia de los Trinitarios. Por las tardes solían recorrer monumentos artísticos o religiosos. Ningún día faltaba la visita a la iglesia de San Claudio, donde se hallaba expuesto continuamente el Santísimo, circunstancia que conmovía singularmente el tierno corazón de Don Manuel, hondamente enamorado de la Eucaristía. Sus cartas de entonces revelan más de una vez este fuego interior que le consumía de amores en su iglesita de San Claudio. Y después, durante el día, pasaba santamente el tiempo dedicado con especial atención a escribir cartas a sus numerosos corresponsales.
Los primeros días de su estancia en Roma hizo, además, algunas visitas a personas significadas. Estuvo en la Secretaría de Estado. Monseñor della Chiesa, a quien iban recomendados, tuvo la amabilidad de hacerlos pasar a ver al Cardenal Rampolla, quien, enterado de la misión que traían, mostró especial complacencia y les recomendó que procuraran dar a la obra toda la importancia posible. Don Manuel vela por momentos agrandarse las proporciones de su modesta idea. Visitó también al Conde de Benomar, Embajador de España ante el Quirinal, y estuvo en la Embajada del Vaticano. El Embajador era allí esperado a fines de mes y venía de España dispuesto a favorecer a los Operarios. Una de las primeras visitas de Don Manuel, como no podía menos, fue para la Universidad Gregoriana, en la cual pensé desde el primer momento matricular a los futuros alumnos de su aún nonato Colegio. Sus primeros brujuleos por Roma y sus contactos con las Embajadas y el Vaticano le hicieron comprender muy pronto que el Colegio Español era una necesidad, que todos lo deseaban, y que al fin tendría que abrirse camino la idea en una u otra forma. Si ellos no lo hacían, lo harían otros. Todo esto atenazaba de ardorosas ansias su espíritu dinámico.
Del 19 al 25 de octubre fueron llegando los informes pedidos a varios Prelados. Sanz y Forés y los Obispos de Murcia, Lérida, Orihuela y el Arzobispado de Tarragona enviaron los suyos encomiásticos. Pero las sucesivas visitas al Padre Martín le persuadieron finalmente que allí había mar de fondo y que el anciano religioso no obraba con ellos con la claridad que fuera de desear, y con la cual ellos procedieron siempre ingenua y santamente. El 29 se enteró que determinada Institución religiosa quería el convento, y al día siguiente anotó en su diario: "Visita al Padre Martín. Noticias alarmantes". Para agobiar aún más su espíritu, que ya comenzaba a sentirse atribulado por las dilaciones y la inseguridad, su acompañante, don Vicente Vidal, mostró viva intranquilidad y deseo de marcharse. Don Manuel, a pesar- de las tormentas que presiente, escribe con resuelta generosidad el 31 de octubre: "En cuanto a mí, estoy conformado a estar cuantos días Jesús quiera, pues no quiero que me remuerda la conciencia después, si viene un entorpecimiento por mi causa". Es la línea clara de la pureza de intención en todas sus cosas, que propuso al iniciar su sacerdocio, llevada hasta el fin. Pero, con todo, no era de piedra. A continuación de las firmes palabras trascritas, escribe: "Estoy afectadísimo".
Aquellos días había comenzado una revuelta marejada, que tenía por blanco el asendereado convento de Condotti. Por distintos conductos llegaban hasta Don Manuel barruntos de que los mencionados religiosos deseaban a toda costa el convento, haciendo intervenir en su favor a la Embajada de España ante el Vaticano. El 1.º de noviembre, para aclarar lo que hubiera sobre el particular, fueron inocentemente a ver al Padre Martín. Apenas se enteró del objeto de la visita, tomó el Padre la palabra, pues, como dice Don Manuel, "él deja hablar muy poco", y les endilgó una extraña historia de intrigas encaminadas todas a apoderarse del convento: quienes deseaban el edificio, habiendo echado primero por delante al Agregado de la Embajada ante el Vaticano para preparar el terreno, habían enviado después al Rector de la residencia de Roma con objeto de convencer al Superior de los Trinitarios; pero éste, según él mismo aseguraba, se mantuvo firme en respetar el compromiso contraído con los Operarios. Temía, sin embargo, que el Embajador señor Pidal quisiera interceder en favor de otra tercera entidad religiosa. El encogido pecho del Fundador se ensanchó de nuevo al oír las lisonjeras promesas de boca del locuaz religioso, que repetía una y otra vez con grandes aseveraciones su inquebrantable resolución de mantener, las promesas de cederlo a los Obispos españoles para Colegio, aunque no dejaba de prever las presentes dificultades y otras quizá mayores. Hasta el deprimido espíritu de don Vicente Vidal, cuyo abatimiento tanto preocupaba a Don Manuel, se reanimó aquel día,
a juzgar por los indicios, que no se escapaban al maternal interés de éste: "Don Vicente-dice en una carta de aquellas fechas-ha comido hoy dos panecitos más que los otros días".
Con todo, en aquella extraña tira y afloja de idas y venidas, intrigas' y pasos en un sitio o en otro, las horas de luz para los dos aislados Operarios, embarcados en aquella aventura por puro amor de Dios, no duraban mucho. Cuántas veces tuvieron que subir todavía las escaleras del vetusto convento en busca del viejo Superior, que "los tenía asustados-son palabras de Don Manuel-por su enigmática actitud, tan pronto franca y confiada, como llena de reservas, temores, exigencias, reparos, y continuamente sumido en indecisiones inexplicables". Los Operarios sabían, entre tanto, que alguien seguía trabajando por conseguir la casa, y que, además, la deseaban unas religiosas inglesas llamadas de Santa Isabel, que contaban en su favor nada menos que con el poderoso valimiento de la Reina Regente. A todo lo cual se unían, para el pobre Don Manuel, los desmayos y desalientos de su compañero don Vicente Vidal, que volvió en seguida a las andadas, cosa que hacía sufrir doblemente al intrépido Fundador, pues había de ahogar sus angustias para consolar las ajenas.
Esta vida agitada le descorazonaba no poco. Principalmente, el tener que sostener sus derechos en lucha sorda contra pretensiones de los demás, sin duda también legítimas desde el punto de vista de ellos, y sufría más su piadoso corazón por tratarse de Instituciones religiosas a quienes él, por instinto de delicadeza, tanto estimaba. Era esto quizá lo que más abatía su esforzado espíritu. Lo dice él mismo en carta confidencial muy delicadamente, manifestando de paso lo nobilísimo de sus limpias intenciones: "No soy hombre de lucha y me repugnan las luchas, y con todo estamos en medio de un combate, que me hace sufrir. Tal vez Jesús quiere sólo humillarnos y hacernos ver que hemos de obrar con pureza de intención y con la sola confianza en El. En fin, cúmplase su voluntad dulcísima y en lo que sea de su mayor gloria, si bien me parece que nuestra Obra, con su gracia, podría darla más fácilmente". Se ve la diáfana claridad de aquel alma, que, respetando y reconociendo todos los derechos de los demás, estaba persuadido, no obstante, de que el fin que perseguía él mismo era del agrado de Dios, y sólo por eso seguía adelante en su penoso caminar. Esta situación violenta, casi continua, la hubo de soportar dos meses y medio, del 4 de octubre al 20 de diciembre, en el extranjero, entre gentes desconocidas y viviendo en una casa de huéspedes.
Es cierto, con todo, que los Operarios no estaban enteramente solos. La Providencia les iba abriendo camino y deparando valedores donde y cuando -menos lo . esperaban. El 1.º de noviembre llegó, por fin, el señor Marqués de Pidal, Embajador del Vaticano, y Don Manuel respiró un poco. Venía en su compañía el Canónigo Arcipreste de la Catedral de Madrid, don José María Caparrós, persona muy de la confianza de Pidal. Apenas se conocieron Don Manuel y el señor Caparrós, intimaron de tal suerte, que dos años más tarde el piadoso canónigo entraba en la Hermandad como Operario. El señor Sanz y Forés, por su parte, seguía desde España trabajando con generoso celo por la causa, procurando inclinar favorablemente a ella el ánimo de los Obispos. Monseñor Vico se había convertido también desde su importante puesto de la Nunciatura de Madrid en un abogado más de la causa de la Hermandad ante la Secretaría de Estado. A Don Manuel le decía en una de sus-cartas de aquellos días palabras tan lisonjeras y exactas como éstas: "Pertenece usted a una raza de hombres que difícilmente se acobardan delante de las dificultades". Desde la misma Secretaría de Estado, el inteligentísimo Monseñor della Chiesa favorecía cuanto estaba en su mano a los Operarios. Por entonces hizo también conocimiento Don Manuel con otros dos insignes personajes, que habían de colaborar después con singular eficacia en la fundación y en el desarrollo del Colegio. Eran éstos el a la sazón humilde fraile Capuchino Padre Llevaneras, más tarde famoso Cardenal Vives, y el joven y piadoso sacerdote español Monseñor Merry del Val, años más tarde también Cardenal de la Santa Iglesia. Ambos, al conocer la misión que había llevado a Roma al venerable sacerdote tortosino, mostraron sincero y cordialísimo entusiasmo y le animaron a seguir adelante en sus gestiones.
Todos estos conocimientos le valieron a Don Manuel no sólo para ayudarle en su labor, sino también para persuadirle aún más de la importancia de la misma- y de la necesidad urgente de llevarla cuanto antes a término. Estaba convencido, por otra parte, desde tiempo atrás, de que la Hermandad era la Institución más indicada para intentarlo.
Poco a poco fueron llegando otros informes de Prelados. Los enviaron de Burgos, Valencia y Madrid. Llegaron también los papeles pedidos a las Casas de la Hermandad, y el Padre Martín fue humanizándose. El 6 de diciembre, recibidas las Bases de la Hermandad, se decidió al fin el buen Trinitario a solicitar del Papa la aprobación para el contrato de cesión del convento. Don Manuel comenzó a animarse y a proyectar su vuelta a España para antes de Navidades. El Padre Martín, con sus habituales inquietudes misteriosas, que en todas partes le hacían ver amenazas y peligros, no quería que marchara; pero Don Manuel confiaba "engañarle" a última hora. Llegó por fin la ansiada aprobación pontificia, y el 15 de diciembre, reunidos con el Padre Martín en la habitación del anciano Superior, además de Don Manuel y don Vicente, el señor Sevilla y el abogado de aquél, como testigos, se procedió ¿, la firma del contrato privado. En virtud de tal acto jurídico, el Colegio Español, que había de llamarse de la Santísima Trinidad, adquiría la propiedad del convento y todas sus dependencias y rentas. El Colegio, en cambio, se comprometía a pagar anualmente a los religiosos la cantidad de 17.000 liras, que irían disminuyendo proporcionalmente a la muerte de cada uno. Como garantía de esta suma, la Hermandad hipotecaba los Colegios de Tortosa y Orihuela y dos casas anejas al convento. Los religiosos seguirían ocupando sus habitaciones. El contrato había de elevarse a público, apenas se obtuviera la autorización de la Santa Sede y la del Gobierno italiano. Al firmar finalmente el pobre anciano, dejó escapar un profundo sollozo, porque, como él explicó, aquella firma significaba la muerte de su Orden. Tal vez esta especialísima situación de ánimo, junto con los achaques propios de la ancianidad, explique muchas incoherencias de su actitud para con los Operarios en el trascurso de todo este enfadoso negocio.
Solicitada la aprobación del Gobierno italiano el 19 de diciembre, Don Manuel pudo, al fin, salir para España al día siguiente, tranquilo y esperanzado porque, en fin de cuentas, el discutido convento de Via Condotti quedaba definitivamente por ellos, y la fundación del Colegio sería muy pronto una consoladora realidad. Tan agradecido quedó su espíritu sencillo y bondadoso a la conducta del Padre Martín, que el 31 de aquel mes., en la reunión que tuvo con los Operarios en Valencia, propuso que la Hermandad le, ofreciera un tributo de perpetua gratitud y le reconociera bienhechor especialísimo suyo.
Cualquiera creería, en efecto, como Don Manuel, que la cosa podría darse por ultimada de un momento a otro. Y, sin embargo, aún. había de pasar todo el año 1891, sin que las manos ya cansadas y anhelantes del perseverante Fundador pudieran tocar la ansiada meta. Puesto el asunto en manos del Gobierno italiano, éste se desentendió finamente, brindando al Gobierno de España, a cuya nacionalidad pertenecían los propietarios del convento, la solución del mismo. Y este paso fue el que dio origen a una larga serie de propuestas y contrapropuestas, esfuerzos de los interesados en obtener el edificio, combinaciones de vario género, en las cuales, sin pretenderlo, se vio envuelto el pacífico, Fundador.
El Embajador de España ante el Quirinal recibió altas indicaciones para que trabajara en favor de las religiosas inglesas de Santa Isabel. A su vez, otras Congregaciones religiosas, además de las ya aludidas, se movían para adquirir el convento tan traído y llevado. De Roma le llegaron a Don Manuel repetidas llamadas en el mes de enero para que se pusiera inmediatamente en camino, con el fin de evitar que, a río revuelto, procurasen pescar personas extrañas. De Madrid, el hermano de Monseñor Merry, don Alfonso Merry del Val, empleado en el Ministerio de Estado, le escribía que fuera a la Corte a mover el asunto, que estaba allí empantanado.
Dejando negocios que reclamaban su presencia en Tortosa, marchó a Madrid el 18 de febrero. Allí estuvo hasta el 23. Enterado de que el Gobierno estaba decididamente por las religiosas inglesas, emprendió con el consiguiente disgusto la marcha a Roma, después de visitar alguno de sus Colegios. El 4 de marzo llegaba a la Ciudad Eterna acompañado de don José García, hospedándose esta vez en la casa de los capellanes de Montserrat, aneja a la iglesia. Y pasaron, hasta el 31 de mayo, otros tres meses agotadores en Roma. Idas y venidas continuas otra vez, sin conseguir nada práctico. Nuevos peligros cada día para su empresa por nuevas complicaciones o ingerencias o desviaciones que surgían a cada paso. El señor Cardenal Rampolla, que les era antes favorable, aparecía ahora interesado en otra solución. A cada hora que pasaba, nubes más densas aparecían en el horizonte. Don José García, previendo que aquello iba para largo, le dejó solo el 23 de marzo, emprendiendo el viaje de vuelta a España. Don Manuel, como él dijo con frase hondamente expresiva, quedaba firme en su puesto, aunque sufriendo mucho, "en rehenes por Jesús y por la Obra".
El Marqués de Pidal, que se le mostraba favorable y sentía el calvario por que estaba pasando, le propuso un buen día, para cortar de raíz las dificultades, fundar un Seminario oficial español, que tendría doble sede: en Condotti y en la casa de capellanes de Montserrat. Habría capellanías por oposición con obligación de mantener el culto en la iglesia nacional de España y sostener algunas cátedras complementarias, como Derecho Canónico Español, Literatura Castellana; por supuesto, sin dejar de asistir los alumnos a sus clases de la Universidad. Contarían, desde luego, con la alta protección del Gobierno. Don Manuel no puso mala cara al ofrecimiento, pero el Padre Martín, al saberlo, frunció el ceño. El Papa, a quien el Embajador comunicó la idea, se manifestó también conforme con ella, porque tenía verdadero. interés en que se. fundara el Colegio cuanto antes.
Tal era la marcha regular del proyecto, que seguía empantanado de hecho en Madrid. De vez en cuando, sin embargo, sobrevenían incidentes que le hacían variar en un momento en sentido contrario con el balanceo de un carruaje desvencijado por una senda mal empedrada. El 22 de marzo le escribió de Madrid el señor Sanahuja que las religiosas inglesas desistirían y la Reina se inclinaba ya a favor de los Operarios, si bien todo había de ir muy despacio. Pocos días después, por el contrario, el señor Pidal, tan decididamente interesado por Don Manuel, cambia de pronto su simpatía en sorda sospecha, porque alguien le ha dicho que el sacerdote tortosino es un "agente secreto de los Jesuitas", que máquina no sé qué fieros males. En el Vaticano, en cambio, alguien propaló la especie, que llegó a hacer mella, de que Don Manuel estaba secretamente comisionado por el Gobierno de España, para adquirir el edificio de Condotti con destino a sede de la Embajada ante el Quirinal.
Don Manuel se mantenía incólume en medio del vaivén de tan encontradas olas, confiado en la inocencia de su causa. "Se ve que Jesús nos quiere para mirra", es todo su comentario a tan violentas tempestades. Algunas cosas le hacían hasta reír. "Es cosa de encomendarlo a Jesús escribía por aquellos días-, y nunca he orado con más pureza de intención para que Jesús convierta este asunto en bien de las almas y de España, aunque fuese con la humillación nuestra." Hermosa alma la que tales sentimientos abrigaba eh lo más cerrado de la tormenta.
De pronto, la cuestión dio un sesgo en el Gobierno. Hasta entonces la había llevado el Ministerio de Estado, por considerarse negocio concerniente a las relaciones con Italia; pero ahora, sin duda, vieron que se trataba de una casa española, que iba a confiarse a una Institución religiosa española, y creyeron más conveniente pasarla a la jurisdicción del Ministerio de Gracia y justicia. Esta solución importaba como consecuencia el reconocimiento oficial de la Hermandad por el Gobierno, lo cual fue causa de nuevas dilaciones y negociaciones, originadas en parte por falta de inteligencia de la cuestión en los que debían resolverla. El cambio de jurisdicción lo daba a entender el señor Sanahuja en carta que recibió Don Manuel el 13 de abril.
Este, fatigado ya de tantos entorpecimientos, quiso romper de un solo golpe la enmarañada madeja que se había ido formando en torno del edificio de Condotti, decidiéndose a comenzar sin más, por su propia cuenta, la vida del Colegio, trayéndose para ello a Roma unos cuantos alumnos e instalándose en el convento de los Trinitarios, con la esperanza de que,- una vez en marcha la Institución, sería más fácil deshacer tantos obstáculos. Así se lo propuso, el 16 de abril, al Padre Martín; mas el atemorizado viejo, que en todas partes vela peligros e intrigas, se manifestó receloso, y Don Manuel, que había concebido un gran afecto no exento de veneración hacia el buen religioso, lo dejó por entonces, aunque sin -desechar del todo aquel pensamiento, que le parecía tan natural y tan hacedero.
Por su parte, León XIII, para quien no eran desconocidos los trabajos y las gestiones del sacerdote español, y que tenía verdadero empeño en la fundación, el 27 de abril, en una audiencia al señor Obispo de Oviedo, hablando de las vicisitudes por que atravesaban los tratos para conseguir Condotti, le dijo que le alegraba mucho que la cosa marchara bien, pero él juzgaba que para España el convento de Condotti era muy poca cosa; él poseía un hermoso palacio, comprado cuatro años antes, llamado Altemps, que había de ser muy a propósito. En la Embajada ante el Vaticano, al enterarse, se comenzaron a hacer castillos en el aire, entusiasmados todos de la noticia. Sin embargo, a Monseñor Merry no le agradó gran cosa, porque, encontrándose el palacio Altemps junto al Colegio de San Apolinar, que era a la sazón Universidad Pontificia con facultad de Derecho Canónico, representaba para él un peligro de que se intentara inscribir en ella a los futuros alumnos del Colegio Español, y Monseñor Merry estaba trabajando con empeño porque fuera en la Universidad Gregoriana.
Don Manuel veía en estas cosas por los ojos de su "angelical Merry", como él decía, y recibió también el ofrecimiento pontificio como una amenaza de nuevos entorpecimientos, y trabajó decididamente por alejarla. Era tal el cariño que sentía, además, por su convento de Condotti, que no le sufría el corazón ver esfumarse la posibilidad de poseerle, al fin, después de tantas y tan accidentadas esperas. El Padre Martín ejercía, por otra parte, una profunda influencia en su persona. El interés oficioso que en las palabras mostró siempre el anciano por favorecer a los Operarios, y su misma venerable figura, con la cual tantas veces había tratado, contribuyeron a afianzar este hechizo. Tanto, que Don Manuel no vacila en atribuirle "clarísimo talento y comprensión". Y esto precisamente al dar cuenta de que el Padre había considerado como una nueva tentación el ofrecimiento de Altemps por el Papa. Pero León XIII, que no participaba de los temores del Padre Martín, de Monseñor Merry y de Don- Manuel en este punto, volvió a hablar de la conveniencia del viejo palacio a varías personas, entre ellas a los señores Obispos de Oviedo y Astorga. Y el tiempo había de dar la razón y la victoria al bondadoso Pontífice.
Don Manuel, decidido a abrir el Colegio fuera como fuera, comenzó el 29 de abril a corregir una circular que tenía ya redactada para enviarla al Episcopado español, anunciando la apertura y pidiéndole ayuda. Y tan enardecido se hallaba por entonces en sus propósitos, que a -no haber intervenido el Padre Martín recomendándole calma, dice el 16 de mayo, "hubiera dado por establecido el Colegio, yéndome yo a España a sublevar a los Obispos". Lo mismo él que Monseñor Merry veían más acertada esta solución, comenzando modestamente la casa, que no todos aquellos planes grandiosos que soñaba el Embajador con su Seminario oficial, y el mismo proyecto de Altemps, que le acobardaba. Entre tanto, viendo que en Roma no hacía nada y que en España era necesaria su presencia para trabajar en la organización de la peregrinación nacional de San Luis, abandonó el 31 de mayo la Ciudad Eterna, después de tres meses en que no había hecho, como él decía, más que "consumirse y estar a la vista de lo que había ido ocurriendo". Cierto que no fueron pocos los golpes que hubo de parar con su estancia allí.
Algo, aunque lentamente, progresó aquel verano la cosa. En Madrid se iban inclinando cada día más a su favor. La ida de Monseñor Merry a San Sebastián, donde pasó una temporada con el delicado cargo de preceptor de las Infantas, contribuyó no poco a este cambio favorable. Desde allí pudo influir el futuro Cardenal Secretario de Estado en el, ánimo del Ministro a favor de Don Manuel. Parece que intercedió ante la misma Reina, y desde luego consiguió activar el negocio del reconocimiento oficial de la Hermandad por el Gobierno. Una mala inteligencia hizo creer en el Ministerio de Gracia y justicia que se deseaba verla reconocida como Congregación religiosa. Don Manuel, no sólo no lo había pedido, sino que se negaba a ello cuando se lo propusieron. Al fin, gracias a la intervención de Monseñor Merry, se aclaró el equívoco. Monseñor seguía insistiendo en aconsejar, como recurso para facilitarlo rápidamente todo, establecerse en Condotti con los chicos cuanto antes. El 13 de agosto comunicaba Pidal a Don Manuel que era deseo del Gobierno que estuvieran allí instalados el próximo curso.
El descontentadizo Padre Martín exigía ahora, como trámite previo, el reconocimiento legal de la Hermandad por el Gobierno, y se negaba a permitir el establecimiento de los Operarios en el convento sin esta autorización formal, mientras urgía, por otra parte, con amenazas a plazo fijo, dicha autorización. Don Manuel estuvo en Madrid del 11 de octubre al 2 de noviembre para mover el asunto, no consiguiendo nada, sin embargo. Pero estaba ya resuelto a comenzar, fuese como fuese, el próximo curso. Tanto, que, por medio de Monseñor Merry, ya en Roma, comenzó a tratar con la Gregoriana a fin de que permitieran matricular a los chicos, aunque llegaran más tarde, algo adelantado el año escolar. Los Padres de la Gregoriana, singularmente el Prefecto de Estudios, Padre De María, dieron toda clase de facilidades, con tal que se hallaran en Roma antes de Navidad. "Lo que importa-apremiaba Merry-es venir, y venir pronto." Y más adelante, el obsequioso Monseñor, repitiendo indicaciones recibidas en la Universidad, donde se deseaba también ardientemente la fundación del Colegio, escribía: "Dicen que deben venirse, aunque sea a la mitad del curso, y que todo se arreglará, con tal que se den prisa y que se pueda decir que han empezado".
Pero la resistencia del Padre Martín, que Merry calificaba de "incomprensible", y el temor a ofenderle, tenían paralizado a Don Manuel para lanzarse a la fundación, aun sin Condotti, según pensaba ya finalmente. La muerte de don Vicente Vidal, acaecida el 11 de noviembre, con evidentes muestras de admirable ejemplaridad, que afectó profundamente al apenado Fundador, contribuyó a entorpecer más todavía el negocio. Tanto apremiaba por entonces el Padre Martín, lamentándose del poco interés por parte de la Hermandad y amenazando con dejarla y abrir negociaciones con otros, que Don Manuel se vio en la ineludible obligación de escribirle el 24 de diciembre una larga carta vindicatoria, en la cual, después de agradecer el interés del buen religioso por los Operarios, hace historia detallada de los tratos, señalando los trabajos, gastos y disgustos que había soportado la Hermandad en todo aquel largo período de espera, y agrega que si más hubieran creído deber hacer, más hubieran hecho en asunto que tanto les interesaba,
pero que de nada le remuerde la conciencia acerca del particular; terminando con estas hermosas palabras, salidas de lo más profundo de su alma: "Si, después de todo, Jesús quisiera humillar nuestra Obra y agostar todos nuestros pensamientos respecto de Roma, que, atendida la importancia y publicidad que habían adquirido, quedarían imposibilitados tal vez de toda realización en otra forma, inclinaríamos la cabeza ante Jesús, ofreciéndole la mirra del sacrificio y de una santa conformidad". Así eran de finos los quilates de aquel alma humilde, enteramente abandonada en los brazos amorosos de la Providencia.
Se veía llegar ya el triste desenlace de aquellas negociaciones melodramáticas, que duraban año y medio. El Padre Martín, enigmático, vacilante, reservado hasta última hora, comenzaba a jugar a las claras con dos barajas. Aquellos inexplicables apremios y amenazas obedecían a que, en su preocupación por asegurar, como él decía, la suerte de su convento, temeroso de que los Operarios, por ser una Institución tan humilde y desconocida, no consiguieran nada del Gobierno, había entrado en tratos con una Institución distinta, que quería fundar en el edificio de Condotti un Colegio de misioneros para las Posesiones españolas. De ahí sus prisas por desprenderse cuanto antes, guardando ciertas apariencias de justicia, de la Hermandad, pasando
por ser él el abandonado. El 20 de enero de 1892 comunicaba oficialmente a los Operarios, -en una carta que Don Manuel calificó muy acertadamente de ultimátum, que, si en el plazo de un mes no habían conseguido el decreto del Gobierno autorizando la fundación del Colegio en Condotti, él se consideraría libre de todo compromiso con ellos.
Por otra parte, aun en el caso de que la solución fuera favorable a la Hermandad, existía ya un absurdo acuerdo secreto entre el Padre Martín y el Embajador de España ante el Quirinal, Conde de Benomar, que ataba en absoluto las manos a los futuros superiores del Colegio, poniendo enteramente la Institución a la merced del Gobierno. El Estado español tomaba bajo su tutela el edificio contra posibles reclamaciones de las autoridades italianas. Pero adquiría. en cambio, derecho a nombrar el Rector del Colegio, aprobar el reglamento, determinar el número de alumnos, señalar los centros de estudio donde debían asistir, fomentar las visitas a museos y prescribir el estudio de lenguas en la Universidad civil de Roma. En suma, el Colegio Español hubiera sido, en virtud de este acuerdo, un organismo estatal supeditado enteramente a las órdenes de los hombres que, en un siglo, como el XIX, gobernaban desde Madrid.
Afortunadamente, la Providencia velaba por la obra y suscitó los instrumentos aptos en el tiempo oportuno. Monseñor Merry del Val, nombrado el 31 de diciembre de 1891 Camarero Secreto Participante de Su Santidad, vio venir la tormenta y estaba decidido a hacer lo posible por conjurarla. Comenzó por entonces a insistir más apremiantemente porque vinieran como fuera y cuanto antes los alumnos, prescindiendo, sí era preciso, del edificio de la calle Condotti. "Si resulta que hay que renunciar a Condotti -escribe angustiosamente el 12 de enero-, procure, por amor de Jesús, decidirse a venir en seguida y a abrir el Colegio en otra parte. Si no lo hacen ustedes en seguida, otros podían ocupar el terreno con alguna obra parecida, y todo se vendría al suelo." Tan a pecho había tomado la cosa el amable Monseñor, como si fuera obra personal suya.
Que el peligro a que alude la carta era más grave de lo que podría parecer, lo confirma el hecho de que, el verano anterior, elementos de gran autoridad habían intentado dar vida a la Institución que el año 82 fundó el señor Obispo de Cádiz con el nombre de Colegio Hispánico, y que seguía languideciendo por entonces. No encontraron, sin embargo, ambiente propicio en el Vaticano. El propio Obispo de Cádiz, iniciador de aquella obra, trataba de ponerse de acuerdo con Don Manuel, como lo intentó, visitándole de incógnito en Barcelona en septiembre del año anterior, tal vez con la mira de fundir las dos fundaciones. En vista de la marcha de los acontecimientos y de la inesperada actitud del Padre Martín, Don Manuel pensó de momento instalarse en Montserrat, para lo cual recomendó a don José María Caparrós, el 21 -de enero, que hiciera las oportunas gestiones ante el señor Embajador. Sabía ya que el Superior General de los Trinitarios estaba tratando formalmente con otra Institución, mientras a él le prorrogaba el plazo del ultimátum.
A pesar de ser hombre tan sufrido, creyó deber suyo justificarse delante del incomprensible Padre Martín, y a este fin escribió el 12 de febrero una larga y ponderada carta, en la que repite ideas expuestas anteriormente, justificando su actitud, que ha sido, dice, del mayor interés en todo momento por la Obra. La calma ha sido impuesta contra sus deseos, esfuerzos y sacrificios. Agradece, sin embargo, el empeño que siempre ha mostrado el Superior de los Trinitarios por la Hermandad; pero termina con estas doloridas frases: "No se ofenda si le añado que me infunden y causan tristes extrañezas sus apremios y ultimatums, precisamente en estas circunstancias y en estos momentos tan críticos en que, sin duda ninguna, va a darse por el Gobierno un golpe para nosotros favorable o adverso, que le colocaba a V. R. en posición honrosa, libre y desahogada. Esto-concluye apenado-estaba fuera de las previsiones en la historia de las contradicciones a que, naturalmente, debía estar sujeto el curso de estas negociaciones ".
Era claro que del Padre Martín había ya poco que esperar. Con todo, extremando las concesiones, sólo por dar gusto a sus exigencias, envió Don Manuel a dos Operarios a Madrid, sabiendo que su presencia allí no había de servir de nada. Por la constante, servicial y amabilísima correspondencia de don Alfonso Merry se enteró Don Manuel, el 5 de febrero, de que su asunto se iba a resolver, al fin, en el Ministerio. Pero, sin Ministerio o con Ministerio, sin Padre Martín o con Padre Martín, estaba ya resuelto, siguiendo las indicaciones de Monseñor Merry, a dar comienzo a la obra del Colegio. El 16 de febrero, Monseñor Vico le comunicaba que se estaba redactando el decreto aprobatorio; que prepararan los chicos las maletas. Dos días después, Vico y don Alfonso le decían que el decreto famoso había salido ya camino de la Embajada española ante el Quirinal. Don Manuel se lo anunciaba el 19 al Padre Martín, y le pedía que avisara cuándo podían marchar. El buen anciano juzgó prudente callar, indeciso entre los otros religiosos y el Colegio Español, que debería haber aguantado la carga aceptada unilateral e ilegítimamente por él de tan excesiva intervención oficial.
El 5 de marzo comunicaba el Marqués de Pidal a Don Manuel que era su deseo el que se establecieran en Condotti, para lo cual habían "nombrado" (sic) Rector del Colegio al Padre Martín, con facultades omnímodas. El 8, Monseñor della Chiesa, en nombre del Cardenal Secretario, le preguntaba qué pensaba hacer, porque sabían en la Secretaría de Estado que el Padre Martín trataba con otro Instituto religioso, y Pidal pedía, por otra parte, que se instalase el Colegio en Condotti. Don Manuel contestó que el embrollo lo debía resolver el Padre Martín, quien, al parecer, los rechazaba a ellos; pero que él pensaba establecer el Colegio en cualquier parte. Monseñor Merry, Vico, don José García y don Alfonso Merry le aconsejaban que se aposentara en Condotti, aun cuando después se viera obligado a abandonarlo, porque el Gobierno se negaba a autorizar el Colegio de misiones para Ultramar, a no ser que admitiera, además, jóvenes estudiantes del clero secular que pudieran volver luego a trabajar en España; y el Vaticano, por su parte, tampoco aprobaría lo de los religiosos mientras el Embajador no retirara la demanda presentada en favor del Colegio Español. El señor Caparrós, que por sus relaciones con la Embajada estaba enterado de todo, se felicitaba muy acertadamente con Don Manuel, el 18 de marzo, de que el Gobierno abandonara a los Operarios. Les valdría más que todas las protecciones su libertad de acción.
Por fin Monseñor Merry, contando con la plena confianza de Don Manuel, rompió por todo telegrafiando el 21 de marzo que se podían poner en camino. El 26, finalmente, salían para Roma Don Manuel, don Benjamín Miñana, nombrado Rector del nuevo Colegio, y algunos alumnos. El 29 llegaban a Roma, y después de descansar ligeramente, se dirigían a la Basílica de San Pedro para recitar ante su sepulcro el acto de fe y poner bajo su amparo la nueva fundación, Allí los esperaba ya Monseñor Merry, el San Rafael del Colegio en sus primeros tiempos, como le llamaba Don Manuel. Les acompañó a la Gregoriana, donde arreglaron lo concerniente a sus estudios. Como lo avanzadísimo del curso no permitía otra cosa, asistirían en calidad de meros oyentes aquellos meses finales.
El Colegio se inauguró oficialmente el 1.º de abril, Primer Viernes de mes y cumpleaños de Don Manuel. Celebró por la mañana la Misa en la iglesia de Santiago de los Españoles, ante la imagen de Nuestra Señora del Sagrado Corazón, el meritísimo Fundador, dando en ella la comunión a los colegiales. Por la tarde, reunidos en su nueva morada, les hizo unas breves reflexiones acomodadas a las circunstancias, y, después de un Padrenuestro a San José, declaró sencilla y solemnemente establecido el Colegio Español de San José de Roma, por el cual tan esforzada, generosa, sufrida, abnegada y perseverantemente había orado y trabajado desde hacía más de tres años, y singularmente desde el 4 de octubre de 1890, fecha de su primera entrevista con el pobre Padre Martín, hasta aquella histórica mañana primaveral del risueño y bendito día 1.º de abril de 1892, fecha gloriosísima en los anales de la Hermandad y en la vida de su santo Fundador.
El Colegio quedaba establecido de momento, por benigna concesión del Embajador señor Pidal, ante quien intervino eficazmente el señor Caparrós, en el edificio contiguo a la iglesia de Montserrat, propiedad de la "Obra Pía", cuyos bienes administraba el Gobierno español. Ocupaban lo que había sido Hospital, o sea, la mayor parte del segundo piso. Comprendía ésta tres salones, que se destinaron a dormitorio, capilla y sala de estudio. Los superiores tomaron dos habitaciones del mismo piso, pero fuera del Hospital. Los colegiales llegaron a ser, durante aquel simulacro de curso, once, venidos de todos los Colegios que poseía entonces la Hermandad: seis de Tortosa, uno de Valencia, dos de Murcia, uno de Orihuela, y el último, sobrino del Arcipreste de la Catedral de Madrid, don José María Caparrós.
Monseñor Merry puso aquellos días a los superiores en comunicación con algunas de las personalidades eclesiásticas de Roma; con el Cardenal Secretario, el Cardenal Vicario, el Cardenal Mazzella, Monseñor della Chiesa. Visitaron también al futuro Cardenal Vives, quien felicitó cordialmente a Don Manuel por lo que calificó ingeniosamente de "golpe de Estado".
Don Manuel fue a ver al P. Martín, que le recibió muy fríamente, y le dijo sin ambages que no les quería, por su poca influencia ante el Gobierno, y aseguró que ya estaba comprometido con otros religiosos. El humilde sacerdote vio claro que era inútil insistir ante contrincantes poderosos que contaban ya con el apoyo del Gobierno, y lo juzgaba además inconveniente, por la ingerencia oficial a que exponía su Colegio. Pero se consolaba pensando que la Santa Sede había de interesarse por ellos, al verlos víctimas de una "deslealtad"; es palabra suya, muy caritativa por cierto. El Vaticano había dado orden, en efecto. de suspender las negociaciones con los religiosos hasta tanto que la Hermandad no renunciara a sus derechos o cambiaran las circunstancias por parte del Gobierno español.
Pero, por encima de todo, Don Manuel rebosaba de gozo con la fundación felizmente llevada a cabo, y con los bienes innumerables que vislumbraba en lontananza de aquella humilde semilla, con tantos sudores depositada al fin en el surco. "Si Jesús bendice nuestra empresa-escribía el 15 de abril de 1892-, veo clarísimamente todos los resultados de gloria de Dios que puede dar. Roma puede ser punto céntrico para formar una falange de sacerdotes que luego, bajo la mano de los Operarios, pueden promover en España los intereses de la gloria de Dios en las diócesis. "
Con todo, el porvenir seguía incierto y amenazador. Su situación en Montserrat era precaria. Estaban allí de limosna, y de un momento a otro podían hacerles desalojar el edificio. En Condotti era preferible no pensar. Don Manuel, enemigo de toda lucha, y más aún entre personas religiosas, hubiera desistido de toda ulterior instancia, teniendo en cuenta la desproporción en que se encontraba la Hermandad contra "la potencia de los otros religiosos", como él decía, protegida por el Gobierno y defendida ante el Papa por la influencia extraordinaria de un Emmo. Señor Cardenal. Pero Monseñor Merry y Monseñor della Chiesa le aconsejaron que presentara reclamación judicial en regla ante la Curia romana. Aunque no se consiguiera el convento, como era de temer dada la desigualdad de- la lucha, observaba con aguda perspicacia el futuro Papa Benedicto XV, podrían luego reclamar como compensación el derecho a permanecer un año más en Montserrat. Ante tan autorizados consejos, se decidió Don Manuel a, interponer recurso. El P. Martín, irritado por la insistencia de los Operarios, descendió a enviar un escrito injurioso para Don Manuel al Vaticano, diciendo que carecía de medios para realizar la empresa.
El 27 de abril se falló el pleito en contra de la Hermandad; pero el Cardenal Rampolla, en compensación, facultó al Embajador a que, en nombre del Papa, solicitara del Gobierno autorización expresa a fin de que pudiera seguir residiendo el Colegio en Montserrat, al menos por un ano. Contra una demanda tan modesta y tan equitativa se levantó una terrible marejada de murmuraciones, que llegaron a impresionar. hasta al Ministro de Estado.
Pero entonces que parecía todo perdido brilló precisamente la luz de la más segura esperanza. El Papa y las personalidades del Vaticano, viéndoles abandonados y postergados injustamente, pensaron en aquella hora amarga, como había previsto Don Manuel, en tomarlos bajo su decidida protección. El 2 de mayo, en el colmo de sus penas, escribía Don Manuel esta edificante carta, modelo de heroica conformidad con la voluntad de Dios: "Nuestro asunto debe ir muy bien, cuando nos va tan mal; es señal de que Dios quiere amasonarlo mucho. Abandono de las criaturas, celos, desprecios, desconfianzas, calumnias, todo ha llovido sobre los pobres Operarios. Hemos perdido Condotti. Gracias a Dios. Nos despacharán de Montserrat. Así sea. Nos buscaremos un modesto Belén. Amén. Y allí vendrán los ángeles a entonar el Gloria in excelsis Deo. Por lo demás, el Papa contento; pero está a ver lo que harán los Operarios, porque le han dicho tantas cosas contra ellos, que al pobre le ha entrado temor. A nosotros nos hace reír todo esto, y si no fuera por mis pecados, aún me reiría más. "
En efecto, el Papa seguía pensando en Altemps y se preocupaba por las estrecheces en que vivían en Montserrat, aunque directamente no decía nada a los Operarios. Pero los Operarios tenían un buen ángel bien cerquita del Papa. El 11 de mayo salió Don Manuel para España, decidido a hacer la propaganda del Colegio allí para atraer la atención del Episcopado y reunir buen número de colegiales. Era lo que hacía falta, a fin de dar en el Vaticano la impresión de que se trataba de cosa importante y seria. Apenas llegado, comunicó con su amigo Sardá y Salvany para que comenzara en la "Revista Popular" una campaña, que el gran propagandista hizo en efecto aquel verano con su acostumbrado brío, dándole gran extensión e importancia. El, por su parte, envió una circular, recomendada por el incansable favorecedor de la Hermandad, Monseñor Vico, a todos los Obispos, dándoles cuenta de la apertura del Colegio y las condiciones de admisión, y rogando que enviaran alumnos. Monseñor della Chiesa se había compenetrado tanto con los intereses del Colegio, que aquel verano escribió dos cartas amabilísimas a Don Manuel animándole y felicitándole por los éxitos de la circular, y recomendándole que publicara en la prensa la buena acogida de los Obispos y los colegiales ya anunciados, para ir haciendo ambiente.
Los once primeros colegiales, terminado el curso, fueron recibidos en audiencia Con sus superiores, el 2 de julio, por León XIII, quien se felicitó por la fundación del Colegio y les amonestó paternalmente que había de volver cada uno a Roma el curso siguiente con dos o tres compañeros más. Aquel mismo día salieron para España. Habían pasado en Roma solamente tres meses, que fueron de puro ensayo, pero sirvieron de paso para dar la voz de llamada y formar ambiente a favor de la nueva Institución.
El 28 de octubre llegaba de nuevo Don Manuel a Roma con 26 colegiales, como fruto de su campaña de aquel inolvidable verano. Le había precedido don Benjamín anunciando la buena nueva a todo el que quería oírle. Monseñor della Chiesa se asustó al enterarse de que venían tantos. Los alumnos llegaron a ser 32 aquel segundo curso. En Montserrat estaban ya muy estrechos y, además, viviendo en perpetua incertidumbre sobre el mañana. Se hacia preciso pensar en otra cosa. El Papa volvió a manifestar sus deseos de entregar Altemps, y Monseñor Merry volvió a poner mala cara, fundado ahora en que era un palacio oscuro y no reunía condiciones. A Don Manuel, que vivía sobre ascuas sin saber adónde dirigir la vista en busca de albergue el día que les faltara aquél, no le agradaban ya estos escrúpulos del amable Monseñor que anhelaba algo mejor para su Colegio. Dejando confiadamente la Casa en marcha en manos de los superiores, partió el Fundador para España, donde le llamaban los deberes de su cargo, el 15 de noviembre. Felizmente, su sueño dorado del Colegio de Roma era un hecho que comenzaba con los mejores auspicios. Tenían la decidida protección del Vaticano, donde, para mayor seguridad, muy cerca del Pontífice, se encontraba el ángel tutelar del Colegio, Monseñor Rafael Merry del Val, que era, además, Director espiritual de los alumnos. Un buen formador, como decía complacido Don Manuel. ¿Qué más podían desear?
El Sr. Nuncio en Madrid consiguió por fin autorización del Gobierno para que continuara el Colegio en Montserrat. Para colmo de venturas, el padre del Director espiritual de sus chicos, Marqués de Merry del Val, fue nombrado a primeros de febrero del 93 Embajador de España ante el Vaticano. Desde el primer momento, el nuevo Embajador se preocupó, con interés por las cosas de los Operarios y, ayudado por su hijo, comenzó a trabajar por lograrles un edificio propio. En aquel mes pudo ya anunciar como cosa definitiva Monseñor Merry a Don Manuel-recomendándole reserva y sin declarar todavía de qué palacio se trataba en concreto que el Papa había resuelto ya en firme regalarles Casa. Era Altemps; pero había de pasar aún más de un año hasta que los inquilinos que lo habitaban lo dejaran libre.
A fines de marzo, la oportuna intervención, delicadísima y enérgica a la vez, del* Embajador ante el Vaticano, pudo-evitar un duro golpe al Colegio. Había recibido órdenes del Gobierno de hacer desalojar el Hospital de Montserrat cuanto antes; pero su fino tacto supo orillar sencillamente el incidente. Todos estos acaecimientos desagradables a que la malevolencia de ciertas gentes de Roma les podía exponer a cada instante, hacía más urgente el encontrar domicilio seguro rápidamente.
Desde España, trabajaba incansablemente por ellos el nuevo Cardenal Sanz y Forés, que llegó a Roma el 6 de junio con el fin de recibir el capelo cardenalicio, y se puso a conspirar es frase de Don Manuel con Monseñor della Chiesa, Monseñor Merry, don Benjamín y otros personajes, aun Cardenales, para dar el golpe de gracia al asunto del domicilio. El éxito brillantísimo de los colegiales en los exámenes de fin de curso contribuyó a aumentar el prestigio de la Institución y a animar a sus favorecedores.
Con todo, aquellas vacaciones fueron los alumnos a pasarlas a Tívoli, sin verse todavía claro el horizonte de la vuelta a Roma. La autorización del Gobierno para que permaneciesen en Montserrat, había caducado. El 26 de agosto.. finalmente, a punto de partir para Londres, pudo escribir emocionado Monseñor Merry a don Benjamín que el Papa se encargaba de proporcionar alojamiento a los colegiales a su vuelta a Roma. El piadoso sacerdote terminaba sus líneas con estas significativas palabras: "Me marcho feliz. Jesús mío, tibi sol¡ honor et gloria. Comunique usted esto a Don Manuel. Escribiré. Te Deum laudamus!"
Era el principio del fin. El Papa, en efecto, dispuesto a ceder Altemps, que no podía quedar libre todavía por algún tiempo, les pagó por su cuenta el alquiler de habitaciones capaces en el palacio Altieri, junto a la iglesia de Jesús, en el Corso Vittorio. Allí pasó el Colegio todo el curso 1893-1894. Eran ya 43 los alumnos. El 25 de octubre de 1893 firmó León XIII la carta en que cedía el palacio Altemps a los Obispos españoles en usufructo para domicilio del Colegio Español "que había fundado en Roma el celo de algunos piadosos sacerdotes". El 20 de diciembre, el Cardenal Rampolla envió una carta oficial elogiando la obra de la Hermandad y manifestando la "satisfacción del Padre Santo por ver asociado a la reciente fundación ,del Colegio Español de Roma el nombre de una Hermandad tan benemérita". El cielo coronaba cumplidamente los esfuerzos de aquel humilde varón que tanto había sufrido en la laboriosa empresa. "Acariciamos la esperanza -dijo alguna vez Don Manuel-de que este Colegio pueda ser capaz con la gracia de Dios de renovar nuestra España.”
El 22 de septiembre de 1894 pudo al fin tomarse posesión del anhelado palacio Altemps, y el 16 del siguiente mes de octubre hacían en él su primera entrada los alumnos al volver de vacaciones. Pocos días más tarde, el 30, pisó lleno de gozo sus umbrales el humilde gran organizador de toda aquella obra, que no quiso ceder a nadie el íntimo honor de colocar el Reservado en su capilla. Lo hizo con toda la pompa de que él deseaba ver rodeadas estas fiestas, el 11 de noviembre, y tomaron parte en la piadosa función todos los buenos amigos que tanto habían trabajado y sufrido con él en la fecunda y laboriosa tarea: la Embajada en pleno, Monseñor Merry, que llevó el Santísimo en devota procesión por los corredores de la casa; Monseñor della Chiesa y otras personas amigas del Colegio, y miembros de la colonia española. El fervorín de aquella mañana de gloria fue en los labios del Fundador un emocionado himno de gratitud a las misericordias divinas que habían llovido sobre el Colegio desde los lejanos y tormentosos días de los primeros pasos en su busca; y luego, una encendida protesta llena de temor de que en aquella capilla, que debía ser hoguera de amor y reparación, se pudiera albergar nunca algún judas infiel; y puso por testigo las cenizas del glorioso Mártir San Aniceto, allí presentes, en su patético apóstrofe, diciéndole que no quería ser responsable de las traiciones de ninguno.
El Señor escucharía complacido aquellos ardorosos acentos; más complacido aún, al ver en el remoto porvenir la gloriosa falange de esforzados capitanes de la Iglesia que en aquella fuente hablan de beber ardores de santidad apostólica. Los ubérrimos resultados obtenidos hasta el presente son los mejores pregoneros de su gloria. Más de 900 sacerdotes, repartidos por Parroquias, Seminarios, Catedrales, Curias episcopales o puestos distinguidos de Ordenes religiosas. De ellos, diez y ocho Obispos. Y, sobre todo, cimbrearían aquella primera hora, formando corona alrededor del Mártir San Aniceto, las noventa futuras palmas de otros tantos mártires del Pontificio Colegio Español de San José de Roma, que en la cruenta persecución del año 36 dieron su vida, víctimas de su sacerdocio, por Dios y por la Patria. De ellos, un Obispo, tres ex Rectores, y el resto, figuras destacadas de todos los rangos del clero español. Precioso sello de una obra excelsa.
DIFUSIÓN DE LA OBRA
Pasados los primeros años oscuros y laboriosos del Colegio de San José de Tortosa, aún de prueba, de ensayo y de preparación, avalorado todo con la incesante fatiga y el casi incesante sacrificio, la Providencia comenzó a abrir horizontes a la Hermandad, tan extensos y lejanos, que nadie, al ver los orígenes simples y humildísimos de aquella Obra, hubiera podido adivinar entonces la fuerza oculta que encerraba la oscura semilla desconocida. Los Seminarios de España atravesaron en el último tercio del siglo XIX una terrible crisis de vocaciones, a causa de la guerra y de la revolución, y una miseria no menos temible y espantosa en punto a formación eclesiástica Y a vida disciplinar. Era natural que, a medida que iba siendo conocida aquella Obra nueva que había llegado providencialmente a tiempo para remediar tantas calamidades, fuera también recibiendo solicitudes y apremiantes demandas.
Después de Tortosa, la primera diócesis que disfrutó, los beneficios de la nueva Institución fue Valencia. Por los días en que Don Manuel acariciaba en su interior la idea de dar vida a la Hermandad, acertó a pasar por Tortosa un sacerdote valenciano que, visitando el Colegio, no pudo menos de recordar por contraste la triste situación en que se encontraban los seminaristas de la hermosa capital del antiguo Reino de Valencia. Llegaba casi al millar el número de alumnos externos de aquel Seminario, que volaban libres como los pájaros por aquella tierra encantada. La formación tenia que ser forzosamente muy deficiente. ¡Qué bien hubiera venido un huertecito místico, como aquel de San José, a las amenas riberas del Turia! Uno de los últimos Arzobispos, el Cardenal Barrio, alquiló una casita donde se hospedaban algunos estudiantes pobres; pero, muerto él, la obra vivía agonizando, y no se veía modo de llevar adelante con el debido empuje lo que se necesitaba. El piadoso informador animó mucho a Don Manuel para que se resolviera a intentar allá la fundación de un Colegio.
El celo ardiente de Don Manuel, que no necesitaba muchas excitaciones, comenzó a encandilarse con tan tentadora empresa, y escribió a varios amigos valencianos pidiendo informes y consejos sobre el particular. El 4 de julio de 1884 le contestó uno de ellos comunicándole que podía contar con una casa apta para los comienzos. Era costeado su alquiler por algunas familias piadosas que recogían en ella a seminaristas pobres. No necesitó ya más, y, provisto de una buena recomendación del señor Vilamitjana para el Arzobispo de Valencia, se presentó en la ciudad del Cid el 24 de julio. Le acompañaban don Francisco Osuna y don Elías Ferreres. Este último los puso en relación con don Vicente Vidal, quien desde el primer momento se ofreció enteramente a los Operarios en una obra que era tan de su agrado, como que él mismo soñaba con una cosa semejante.
El señor Arzobispo, a quien visitaron el 26, les recibió muy amablemente, y, después de enterarse de lo que pretendían y conocer las bases de gobierno del futuro Colegio, les otorgó su aprobación. El Rector del Seminario se mostró también muy complaciente -con ellos y con la misión que llevaban. Animado con tales halagadoras demostraciones de afecto, Don Manuel, a quien no agradaba pasar mucho tiempo en preparativos, presentó la solicitud, para la fundación el día 28, junto con una copia de las' Bases y una demanda de autorización para recoger limosnas.
Esta última petición hizo cambiar ligeramente la actitud del Prelado en la segunda entrevista. Había por entonces en la capital valenciana algunos sacerdotes y almas piadosas que trabajaban en una obra parecida, en favor de la cual hacían repetidos llamamientos a la caridad de los fieles. El Arzobispo dio señales de un cierto embarazo, que no pasó desapercibido para Don Manuel, e hizo muchas '¡salvedades sobre la 'protección económica, que no podía otorgar, según dijo, atendidas las agobiadoras necesidades de la Archidiócesis. Pero, aunque no dio la aprobación escrita, la repitió de palabra, y con esto solo quedó conforme Don Manuel para comenzar la abrumadora tarea.
Inmediatamente se pusieron a buscar casa. No tardaron en dar con una, grande y destartalada, a orillas del Turia, en la calle Alboraya, en el llamado "huerto de las fresas y se determinaron a comenzar allí ya desde el próximo curso de 1884 a 1885. Después de no pocas fatigas y sufrimientos, proporcionados por los trabajos para la habilitación del local y por las murmuraciones de las gentes, iniciadas bien pronto, pudo al fin inaugurarse el nuevo Colegio muy humildemente el 1.º de octubre. Quedó de Director don Francisco Osuna. Como no disponían de lugar a propósito para instalar la capilla, los alumnos, que fueron cuarenta ya el primer curso, se veían obligados a oír la Santa Misa en la vecina iglesia de las religiosas trinitarias. En la primera plática les dijo Don Manuel, como dirá de ordinario después en los albores de todos sus Colegios, que aquello había de ser un plantel de almas eucarísticas reparadoras del Corazón de Jesús, a quien deberían consolar mucho. Y comenzó el curso, que, a pesar de las incomodidades de dentro y de las hablillas de fuera, se deslizó tranquilo y alegre. La Obra crecía a medida qué se la iba conociendo. En enero eran ya 54 los alumnos, y Don Manuel emprendió un viaje a Valencia para tratar de lograr, fuera como fuera, un edificio nuevo y apto, porque estaba convencido de que muy pronto, apenas hubiera local disponible, vendrían los alumnos a centenares.
Se echó a buscar terrenos por aquellas calles, y buen trabajo le costó encontrarlos. Al fin se decidió por un huerto de la misma calle Alboraya, contiguo al convento de la Trinidad. Como no tenía dinero, ni en Valencia crédito, obtuvo seis mil duros del Banco de España con la fianza del Secretario del Seminario, don Vicente Ribera. Compré !os terrenos el 5 de mayo de 1885, y en junio del mismo año, con ayuda de don Vicente Vidal y algunas otras personas caritativas, hicieron un nuevo empréstito de otros seis mil duros en acciones reintegrables de 25, para poder dar comienzo a las obras. Aquel verano hizo estragos el cólera en Valencia, y este contratiempo no permitió que la cosa marchara todo lo aprisa que la impaciencia de Don Manuel deseara; pero el 2 de septiembre pudo ya bendecirse la primera piedra. Se encargó de la construcción el ya empresario de Don Manuel en estos negocios, el maestro de obras tortosino don Vicente Benet. Como era imposible de todo punto pensar en el nuevo edificio para el curso que iba a abrirse, y por otra parte los colegiales llegaban hasta 80 y no cabían en la vieja casa del huerto de las fresas, hubo que echar mano de otra casuca cercana, donde moró aquel año una sección de alumnos bajo la dirección del nuevo Operario don Manuel Marzá. En la casa grande, con el grueso de la comunidad, vivía don Elías Ferreres como Director del Colegio. Aún no tenían holgura para disponer de una capilla digna, y habían de ir a oír Misa al convento de la Trinidad. Don Vicente Vidal, siguiendo en su cargo de beneficiado, hacía de Director espiritual de la comunidad.
El curso siguiente, 1886-1887, como el edificio en construcción no había podido rematarse por falta de recursos, y los colegiales alcanzaron ya la respetable cifra de 250, fue preciso habilitar en él locales para capilla, salón de estudio, cocina y refectorio. El número de alumnos exigía a toda costa una vida de comunidad normal, independiente y relativamente cómoda. Aquel mismo curso, en febrero, el día de la Purificación, hubo también que dar satisfacción a las vehementes ansias del corazón ardorosamente eucarístico de Don Manuel, colocando el Santísimo en la capilla con toda la gozosa solemnidad de que a él placía rodear la fiesta íntima. Y comenzó ya la vida próspera de aquel Colegio, uno de los predilectos del Fundador. El curso siguiente llegaron a 300 los alumnos, y este número se mantuvo en adelante y a veces fue sobrepasado. Las obras, entre tanto, fueron lentamente terminándose, hasta permitir la holgada instalación en el amplio edificio de una comunidad tan numerosa. Hasta 1901 no pudo verse rematada la espléndida capilla, que, por sus dimensiones y su estilo, más bien puede llamarse iglesia, a la cual Don Manuel apellidaba con paternal delectación "la catedral josefina". Con qué íntimo gozo pronunció en su inauguración, el 2 de febrero de 1901, fiesta del Reservado, el imprescindible fervorín en que desbordaba su alma ante los alumnos para decirles los sentimientos que albergaba en su corazón al pensar en fundarla, sus ansias amorosas de reparación, y el anhelo de que aquel nuevo templo de su Amor Sacramentado se convirtiera en fragua de almas reparadoras.
La fundación de Valencia encendió más vivamente aún en el alma de nuestro fervoroso sacerdote la sed de extender a otros puntos abandonados la Obra de las vocaciones. El mismo lo deja escapar cuando anota, al terminar de historiarla, esta candente súplica: "Quiera el Corazón de Jesús hacer fecunda la Obra de Sacerdotes Operarios Diocesanos, reparadores del Corazón Divino, para que, libres de otras atenciones, se dediquen al fomento de las vocaciones eclesiásticas, tan necesario en nuestros días, y más ante la negra perspectiva del porvenir, y puedan trasplantar esa naciente Institución a otras diócesis necesitadas." El Sagrado Corazón de Jesús lo quería, y el desvelo de Don Manuel se encargó de realizar bien pronto éste, que era además anhelo íntimo de su espíritu, porque la preocupación por las vocaciones sacerdotales traía ya inquieto y afanoso su corazón de apóstol. Era una idea que llevaba clavada en su interior como un torcedor oculto que le devoraba las entrañas. El escribió algunos años más tarde esta frase, que es todo el resumen de su vida en sus últimos lustros: "Mis frecuentes viajes, que son preludio de otros, atendido el campo que se nos abre en la obra del Fomento de vocaciones eclesiásticas, deben absorber mi vida". He ahí un gran lema para un apóstol: dejarse obsesionar por el empeño de buscar y formar sacerdotes.
La fundación de Valencia fue ocasión de emprender otra nueva poco tiempo después. La Providencia iba enlazando por manera sencilla y natural las cosas. Ahora le tocó su vez a Murcia. La vara de San José debía florecer primero a todo lo largo de la costa levantina. Un sacerdote de Murcia, que tuvo ocasión de visitar varias veces el Colegio de Valencia, en época en que estaba ya aquella Casa en pleno desarrollo floreciente, por los años 1887-1888, se interesó vivamente por la obra y la dio a conocer a uno de los párrocos de la capital de su diócesis, el cual, hablando más tarde con los Operarios, les pintó con vivos colores el estado lamentabilísimo en que aquélla se encontraba en cuanto a vocaciones y formación de sacerdotes. Don Manuel sintió reverdecer en sus entrañas sus sueños ambiciosos al enterarse, y, por medio de un Padre jesuita que frecuentaba el Colegio, se puso en contacto con el Rector del Seminario murciano, que lo era el piadoso sacerdote don Francisco Belló. El buen señor se llenó de gozo cuando tuvo noticias de la Hermandad, porque pensaba que sería una Obra venida como anillo al dedo para las angustias que allí padecían. El mismo pensó alguna vez fundar un Seminario para pobres; pero ahora desistía gustoso, ante la presencia de la benemérita Institución, y, por cuenta propia, se atrevió a proponerlo al Prelado, que felizmente participaba de los mismos sentimientos, y expresó su voluntad de ver fundado pronto allí un Colegio de Vocaciones.
No podían comunicarle noticia que más agradara al ya enardecido Fundador, y, sin esperar más, el 24 de mayo de 1888, se puso en camino para la gran ciudad que baila el Segura, acompañado de don Vicente Vidal, con ánimos de emprender rápida-mente la fundación. El Señor iba poniendo alas a aquel corazón que siempre había sentido ímpetus incontenibles de volar muy alto y muy lejos. ¡Qué paga mejor para su sed de alturas celestiales! Al día siguiente de su llegada tuvieron una larga e interesante entrevista con el Rector del Seminario, en la que éste procuró enterarse cumplidamente del modo como funcionaba la Obra. Satisfecha su legitima curiosidad, manifestó cordialmente su voluntad de apoyarlos en todo, y quiso acompañarlos él mismo a la presencia del señor Obispo, quien les recibió con las muestras de amabilidad que eran de esperar de su anterior espontánea manifestación de simpatía. El Rector llevó su deferencia hasta brindarse a guiarlos durante dos días consecutivos en el recorrido que hicieron de la ciudad en busca de un local a propósito donde instalar el Colegio de San José, que ya veían fundado los ojos soñadores de Don Manuel, pocas veces decepcionados en estos santos presentimientos. Los Operarios pidieron de la diócesis solamente el anticipo, que a su debido tiempo quedaría cancelado, de la cantidad precisa para el edificio. Y don Francisco Belló les dio todas las seguridades de que lo obtendrían.
Don Manuel no quiso marcharse de Murcia sin dejar ya escogida sede para el nuevo Colegio. Encontraron un edificio a propósito, bastante espacioso y fácilmente adaptable, que había sido Escuela Normal, enclavado en la plaza Vinadel, y lo alquilaron. Procuró además el Fundador en esta su primera visita que quedara formada en la capital de la diócesis una Junta de protectores de la Obra con la misión de dar autoridad y nombradía a la empresa, preocuparse de darla a conocer y recoger limosnas. La componían tres sacerdotes dignísimos, uno de ellos el Chantre de la Catedral, y los otros dos párrocos prestigiosos de la ciudad. La Obra entraba en Murcia por la puerta grande, como si Dios quisiera pagar con ello los sinsabores gustados en las dos fundaciones que la habían precedido.
Pero no fue más que la presentación lo que resultó brillante, Pronto vinieron también aquí los apuros y las fatigas y las contradicciones. El Rector, don Francisco Belló, convertido desde el primer momento en un entusiasta y desinteresado auxiliar de los Operarios, hubo de comunicar a Don- Manuel durante aquel verano que, a pesar de la flamante y autorizada Junta, las bolsas de los murcianos seguían tan indiferentes como el primer día por los intereses de la Obra de las vocaciones. Cierto que chicos habían pedido el ingreso ya, el 26 de julio, unos treinta; mas, como los medios no ventan, el Rector aseguraba que se volvería a hacer un llamamiento oficial a los sacerdotes, como ya se había hecho anteriormente, a ver si esta segunda vez se obtenía mejor resultado.
Don Manuel no se arredraba por pico más o menos, y al llegar el mes de-septiembre, dio órdenes a don Vicente Vidal y al nuevo Operario don José María Tormo, de que emprendieran el viaje a Murcia y empezaran sin más averiguaciones a hacer las compras necesarias de muebles y enseres, con el fin de que el edificio estuviera convertido en Colegio al inaugurarse el curso. Y comenzó en efecto felizmente, como Don Manuel, soñara. Y el Obispo, que tan cariñosamente los recibió desde el primer momento, tuvo un gesto de paternal delicadeza regalándoles un precioso cáliz para la primera Misa, que se celebró en la recién bendecida capilla el día de Santa Teresa de aquel año de gracia de 1888. Para entonces estaba ya de Director de la naciente comunidad don Remigio Albiol, quien al principio de su actuación tuvo que sufrir un fuerte temporal adverso, movido por ciertos elementos que veían con animosidad la actitud tan bondadosamente deferente del Rector del Seminario para con los recién llegados, considerados allí como intrusos.
Don Manuel, sin detenerse en pelillos, continuaba animoso en sus deseos de dar asiento definitivo a la nueva fundación, que marchaba con toda felicidad. A fines de enero de aquel primer curso estaba de nuevo en Murcia, con intención de buscar terrenos donde levantar el edificio del Colegio. Disponía para ello de diez mil duros que los murcianos le habían proporcionado en préstamo. Escogido el solar que pareció más indicado en los aledaños de la ciudad, volvió otra vez en compañía de Benet, el 7 de febrero, para presentar el plano al Prelado. Aun obtenida la aprobación de éste, no pudo darse todavía comienzo a las obras inmediatamente, como el anhelo del Fundador hubiera deseado, porque, después de contratado el terreno, los vendedores pedían más elevado precio, y en las alternativas consiguientes para ¡legar a un acuerdo hubo de pasar algún tiempo. Vencidas finalmente las dificultades, pudo colocarse la primera piedra el 8 de octubre de aquel año de 1889. En ella iba escrita esta hermosa petición del Fundador: "que sean sus alumnos futuros apóstoles del Corazón de Jesús y reparadores de su amor sacramentado". Aquel curso era ya incapaz de contenerlos el palacio Vinadel, y hubo que alquilar otra casa, donde iban a dormir algunos colegiales. Y comenzaron febrilmente los trabajos. Don Manuel había dirigido él mismo el trazado del plano, y proyectaba un magnífico Colegio, capaz para trescientos alumnos, los mismos que había asegurado al Obispo que llegaría a albergar el: aún inexistente edificio, ya en las primeras conversaciones que tuvo con él. Sus corazonadas raramente fallaban en estas piadosas empresas.
Después del Colegio de Murcia, y como consecuencia precisamente de esta fundación, le llegó la hora al de Orihuela. Puede decirse que a Don Manuel se lo impusieron las circunstancias, y él poco tuvo que hacer al principio, sino solamente dejarse llevar, con mucha satisfacción interior desde luego, de aquellos que se lo pedían. Era Provisor de Orihuela don Ramón Bello, hermano del Rector del Seminario de Murcia. Enterado por éste de la misión especial a que se dedicaban los Operarios, y, conocido el rumbo que llevaba su obra, por lo que en aquella ciudad estaban haciendo, sintió deseos de ver trasplantado a la huerta oriolana un vástago del hermoso árbol josefino. Tan interesado estaba el piadoso canónigo por la buena formación sacerdotal en su diócesis, que él mismo se apresuró a comprar una casa para ofrecer desde el principio sede propia a la Hermandad. Adquirió, en efecto, un antiguo convento de Trinitarios, casi abandonado y en ruinas, y comenzó a repararlo por su cuenta. Quedaba aún en pie la antigua capilla del Santísimo y procuró adecentarla convenientemente. Todo con el intento de poder abrir el próximo curso 1889-1890 el nuevo Colegio.
Don Manuel, en contacto con el animoso sacerdote por mediación del hermano de éste, se detuvo en Orihuela a la vuelta de uno de sus viajes a Murcia, el 9 de febrero de 1889, para ver las obras y tratar de adaptar a las necesidades de la comunidad las escasas posibilidades con que contaba el edificio. Le acompañaba Benet en calidad de técnico. Entonces se entrevistó por primera vez con el Prelado, quien concedió de buena gana su aprobación al proyecto. Durante aquella primavera y las vacaciones siguientes don Ramón se mantuvo en frecuente comunicación epistolar con Don Manuel, dándole cuenta de la marcha de las obras y ofreciéndose con animoso entusiasmo a los Operarios, incluso para encargarse él de dirigir provisionalmente el Colegio, si fuera preciso. Deseaba a toda costa que se abriera al comenzar el curso entrante. El propio Obispo manifestó también su complacencia en ver cuanto antes en marcha aquel Centro, que calificaba de "segundo Seminario". No faltaban oposiciones y críticas, pero iban más bien dirigidas contra el Provisor que contra los Operarios.
Al comenzar el curso se hallaba ya al frente de la nueva Casa el joven y distinguido Operario don Benjamín Miñana con el aspirante don Romualdo Soler. Todos los esfuerzos y la buena voluntad del Provisor no pudieron evitar que los principios de aquella fundación fueran muy pobrecitos. Don Manuel, que pasó por allí en los días de la inauguración, participó como uno de tantos de la estrechez inverosímil del local. Tenían los superiores el lecho en el mismo dormitorio de los alumnos, y una habitación de _que disponían había de hacer a la vez de comedor, despacho y recibidor, y en cierta ocasión, además, de dormitorio del venerable Fundador. Pero todo lo soportaba con serena alegría con tal de tener, como él decía, un nuevo
plantel de reparadores que habían de consolar mucho al Corazón de Jesús.
Don Manuel tomó por su cuenta al fin la terminación de las obras, que con tan recta intención como poca fortuna había emprendido el bueno de don Ramón Belló, y llamando en su auxilio al imprescindible Benet, pudo quedar perfectamente acondicionado para el curso siguiente el pequeño y airoso Colegio de Orihuela, que, completado más tarde en sus aledaños con el antiguo huerto del convento, quedó convertido, como escribe el Fundador, "en el más pequeño, pero el más bello y de mejores condiciones de todos los Colegios que poseía hasta entonces la Hermandad".
Durante los años 1890 a 1892 Don Manuel estuvo absorbentemente ocupado en la laboriosa y asendereada y gloriosa fundación del Colegio de Roma, de la cual, por su especialísima significación e importancia, ¡hemos hecho historia detenida más arriba. Abierto el no fácil camino con los cuatro primeros Colegio s---Tortosa, Valencia, Murcia y Orihuela-y difundido por las diócesis el nombre y los méritos de la nueva Institución, que acrecentó notablemente su radio de acción con el Colegio de Roma, no era difícil prever que, supuesto el estado crítico por que a la sazón atravesaban los Seminarios en España, habría de llamárseles muy pronto a otras tierras lejanas, aún no conocidas por el humilde Fundador de los Colegios de San José.
En 1893 fue el Colegio de Vocaciones de Plasencia, en cuya fundación tuvo bien poco que trabajar ni sufrir Don Manuel, puesto que se lo dieron todo hecho. Había sido fundado éste más de cuatro años antes, en septiembre de 1888, por el piadoso sacerdote placentino don Esteban Ginés. Alma de relevantes prendas y virtud nada común, tuvo su vocación muchos puntos de semejanza con la del Fundador de la Hermandad. Siendo todavía seminarista, estableció en Plasencia la Congregación de San Luis, después de no pocos disgustos y sinsabores. Y esta fue precisamente la ocasión de que se valió la Providencia para ponerle en relación con Don Manuel, cuya persona y cuyas obras comenzó a conocer y admirar en las páginas de la revista "El Congregante de San Luis", ya desde el año 1883.
Al llegar hasta él noticia de las primeras fundaciones de los Colegios, se sintió tan fuertemente impresionado, que no paré hasta hacer un viaje exprofeso para conocer de cerca la obra y la organización de los mismos, porque andaba de tiempo atrás pensando en una cosa parecida para su diócesis. Estuvo en Tortosa en abril de 1887 y quedó prendado de la Institución, en tan alto grado, que volvió a marchar a primeros de agosto, esta vez en viaje definitivo, renunciando a todos sus cargos, dispuesto a ingresar en la Hermandad. Pero la Providencia no lo quería Operario por entonces, y, por razones particulares, hubo de regresar a Plasencia el 11 de diciembre y volverse a encargar de su cátedras del Seminario y sus otros ministerios. La convivencia con Don Manuel había producido entre tanto sus frutos, y, apenas llegado a la diócesis, se consagró a la tarea de buscar medios con que fundar un Colegio de Vocaciones a imitación de los que dirigían los Operarios. El mes siguiente, y precisamente el 17 de enero de 1888, ya estaban las Bases aprobadas por el Prelado diocesano, y don Esteban no tuvo más que alquilar una casa holgada, aunque pobre, donde, al dar comienzo el curso siguiente, octubre de 1888, se hallaba en marcha el nuevo Colegio, que contaba con 24 alumnos. La casa resultó bien pronto incapaz, además de no reunir condiciones para su destino, y don Esteban, alma generosa, compró de su propio peculio una grande, amplía y confortable, que restauró y agrandó convenientemente; y en junio de 1890 se trasladó a ella el Colegio, llamado por él Seminario Menor del Sagrado Corazón.
Pero la antigua voz, que le llamaba desde las lejanas orillas del Ebro en tierras de Cataluña, no dejaba de sonar en su interior, aunque él a veces se hiciera la ilusión de que no la oía. Don Manuel se encargaba de vez en cuando con cartas cariñosas y delicadamente insinuantes de dar resonancia humana al llamamiento del Espíritu. Y al fin don Esteban, que se hallaba prendido en la noble y santa simpatía de aquel venerable sacerdote, se entregó por entero. Temeroso de que, a su muerte, peligrara la vida del Colegio que llevaba ya cuatro años de próspera existencia, se decidió a escribir, en diciembre de 1892, a Don Manuel proponiéndole, con su ingreso en la Hermandad, el traspaso del Colegio a manos de los Operarios. Y el Fundador, que no se dejaba ganar en generosidad, le contestó bien pronto, rebosando de gozo por la adquisición, que lo importante era que don Esteban figurase cuanto antes entre sus hijos: los Colegios ya vendrían después solos con él.
A primeros de julio de 1893, llegaba Don Manuel por vez primera a Plasencia para llenar las formalidades del traspaso. Pocos Colegios le costaron tan poco y fueron encomendados a la Hermandad en tan plena y exuberante vitalidad como éste, el primero de que se encargó en el centro de España. Don Esteban completó su obra realizando el acto de su consagración como Operario en agosto de aquel año.
En septiembre de 1895 plantaba sus reales la Obra de las vocaciones en tierras andaluzas, con la aceptación del Colegio de Almería, donde tuvo también muy poco que hacer el celo incansable del Fundador. El Obispo de aquella diócesis había fundado tiempo atrás un Colegio, llamado de San Juan, con el fin de recoger y educar en 61 a seminaristas pobres. Al llegar a su conocimiento la existencia y la vitalidad que iba adquiriendo la Hermandad, se apresuró a ofrecer a Don Manuel la dirección de aquel Centro. Don Manuel la aceptó de buen grado, pensando en la dilatada extensión de aquellas tierras poco cultivadas. "¡Qué diócesis para hacer bien!", exclamaba enardecido de fervoroso anhelo.
Los horizontes se iban abriendo en franca marcha de conquista evangelizadora. Eran ya varias las regiones de España que se disputaban las inquietudes de padre del corazón de Don Manuel, que por ellas había ido sembrando hambres de regeneración y semillas de nueva cosecha sacerdotal. Los granos del sembrador lanzados con brazo vigoroso habían salvado ya los linderos de la Patria y germinaban prometedores a orillas del Tíber, entre los muros santos de la Eterna Ciudad. Pero, aunque lejos de España, era todavía aquella tierra española por serlo sus miembros todos. Y ahora, no. Don Manuel sentía ansias acuciantes de llevar su Obra salvadora a otros campos sin cultivar. Portugal, la nación hermana, tan próxima a nosotros por razones de raza, religión, lengua y tradiciones, atraía de manera irresistible sus simpatías. La veía desgraciada y pobre, y, por eso mismo, ardía más en anhelos de ayudarla a levantarse de su postración. Los tristes acontecimientos que se desataron sobre ella fueron la ocasión de interesar su piedad. El lenguaje misterioso de las intenciones de sus misas nos dice que desde el año 1889 venía pensando en el infortunio de la noble nación peninsular y orando fervientemente por sus muchas necesidades.
Pero no era Don Manuel hombre que se contentara con orar en lo oculto de su alma, cuando le era posible además actuar en favor de aquello por lo cual se interesaba en la oración. Sabía practicar el sabio proverbio español: "A Dios rogando y con el mazo dando". Y con el mazo de su palabra emocionada despertaba en los jóvenes congregantes de San Luis el interés por las cosas de Portugal, escribiendo en "El Congregante" frases tan exactas e intencionadas como las siguientes, aparecidas en noviembre de 1892: "Sabemos más cuánto hacen o dejan de hacer los jóvenes franceses, italianos o americanos, como discípulos de Jesucristo, que lo que hacen o dejan de hacer los jóvenes portugueses. No suele hablar de esto la prensa buena ni la mala. Diríase que reñidos los vecinos del entresuelo y del principal, no se cuidan para nada los unos de los otros. Los españoles y los portugueses ganarán ayudándose mutuamente.
Ni quedaban en buenas palabras las suyas. El, experto en la vida y en la lucha, aguardaba la hora de Dios, pero venía meditando de tiempo atrás vastos planes generosos en favor de la nación hermana. La extensión de la Obra a Plasencia le acercó más la miel a los labios. En una de las cartas que cruzó con don Esteban, al ingreso de éste en la Hermandad, en mayo de 1893, descubre con bastante claridad. sus proyectos: "es un nuevo campo (Plasencia) que podría abrir otros-le dice-hasta llegar a Portugal, campo desde hace mucho tiempo devastado por extraneus ferus."
Y la hora de Dios le pareció llegada con el traslado de Monseñor Vico, amigo y admirador de Don Manuel desde la fundación de Roma, a la Nunciatura de Lisboa, como Auditor de la misma. Al escribir en mayo de 1893 a don Andrés Serrano, Operario que a la sazón se encontraba en Madrid, indicándole que fuera a despedirse del nuevo Auditor de la Nunciatura de Portugal, le dice con resolución: "Háblele abiertamente de establecer nuestra Obra en Portugal." Monseñor Vico no olvidó esta confiada recomendación en su nuevo cargo, y fue en grandísima parte debido a los buenos servicios del amable Monseñor si Don Manuel pudo llegar un día a pasar la frontera portuguesa en alas de sus ardientes deseos de apóstol de las vocaciones sacerdotales,
El 17 de enero del siguiente año 1894 ya había proposiciones concretas de Monseñor Vico, que, envió bases escritas de fundación. Don Manuel mandó sus contrapropuestas, indicando, como condición indispensable, que la. fundación había de ser en la capital, y aceptando en principio el ingreso en la Hermandad de sacerdotes portugueses. El Auditor comunicaba a fines de junio que el Cardenal Patriarca estaba conforme en abrir un Seminario para pobres en Lisboa.
En noviembre de aquel año, el infatigable favorecedor de los Operarios que era Monseñor Vico escribía a Don Manuel, anunciándole que, después de algunas conversaciones con el Patriarca sobre su asunto, había éste accedido en principio a la fundación de un Seminario Menor en una gran casa-palacio que poseía cerca de la capital con tierras anejas. El Cardenal deseaba tratar personalmente con algún Operario para ponerse de acuerdo sobre las condiciones de la fundación. Don Manuel contestó, como era de suponer, llenó de júbilo; pero, bien a pesar suyo, no pudo emprender, el ansiado viaje hasta el mes de abril del siguiente año 1895. Le acompañaron don Francisco Osuna, don José María Caparrós, Arcipreste de la Catedral de Madrid, ingresado en la Hermandad hacía tres años, y don Esteban Ginés.
Estuvieron en Lisboa siete días y no fueron ellos escasos de trabajo y movimiento. Visitas al Nuncio, que lo era Monseñor Jacobini, quien, enterado sin duda por el servicial Monseñor Vico de la misión que llevaban, los trató con afecto e interés; entrevistas con el Cardenal, que no debieron ser -muy agradables por lo que se trasluce en algunas veladas expresiones de las cartas de Don Manuel, y excursión a la famosa quinta de Farrobo, en las cercanías de la capital, donde se pensaba instalar el futuro Seminario.
El Patriarca debía exigir muchas condiciones y seguridades por una parte a los fundadores, y, por otra, no acababa de decidirse a cosa concreta con respecto a la orientación de la nueva Casa. Los buenos oficios del Nuncio y de Monseñor Vico y el deseo de Don Manuel de establecer la Obra en Portugal, acrecido a la vista del estado religioso de aquel noble y desgraciado país, le hicieron finalmente pasar por todo y resolverse a aceptar. Pudieron firmarse las bases, por las cuales se comprometían a fundar un Seminario Menor dependiente del de Santarem, donde se hallaba el Seminario Mayor. Se instalaba también en él un Asilo de huérfanos, futuros misioneros de las colonias portuguesas.
No tuvo empacho ninguno en aceptarlo todo. Las frases que se le escapan continuamente en sus cartas de aquellos días respiran una infinita compasión por el estado de la Iglesia en Portugal, singularmente por la frialdad religiosa y la escasez y apatía del Clero. "Hay aquí poco clero y flojo-escribe-y no quieren llevar traje sacerdotal. Es este un campo muy vasto y muy necesitado, y se necesitan apóstoles y muchas oraciones, para que podamos llenar este país de sacerdotes santos y de misioneros que hagan retornar la piedad antigua de Portugal, y haya muchas almas que reparen a Jesús, pues en esta ciudad no se conocen las obras de reparación, y hemos de ponerlas." Era su alma ardientemente sacerdotal volcándose siempre sobre las cuartillas, aun en simples cartas de amistad.
En septiembre de aquel año de 1895 llegó a Lisboa don Andrés Serrano, Director del nuevo Colegio, que se inauguró aquel mes comenzando con sesenta alumnos. Un año lo pasaron en Farrobo, bello y amenísimo lugar, pero que proporcionó a los Operarios muchos gastos y muchos quebraderos de cabeza, a pesar de no tener que pagar arriendo por el edificio. Don Manuel no veía el día de salir de aquella encantada encerrona en que vivían, aislados y ahogados espiritualmente, sus hijos. Al siguiente año se trasladó el Colegio a Lisboa, instalándose en un pequeño palacio, contiguo al del Cardenal Patriarca. Pero ni aun aquí pudieron disfrutar de espiritual sosiego los Operarios. En las cartas de Don Manuel sobre la fundación de Portugal se trasluce perfectamente este estado de inseguridad y de disgusto, debido al parecer a dificultades de adaptación y de inteligencia con los criterios y costumbres allí imperantes, Más de una vez se lamenta del desacierto que fue el ir de primera intención a la capital. Y, sin embargo, cada vez se manifiesta más inclinado a trabajar en Portugal a la vista de tantas miserias. En alguna carta se le escapan estas frases, que, salidas de un corazón tan amable como el suyo y tan abrasado por la gloria de Dios, dicen muy bien el estado de honrada preocupación de su alma por la desidia fría y enervante que entonces dominaba en aquella privilegiada tierra en una parte al menos del sacerdocio: "Nada le digo hoy de mis desmayos en lo de Portugal por el estado fatal de aquella pobre Iglesia, y encargaré a los nuestros pidan a Dios la persecución.”
Que las contradicciones y amarguras gustadas en tierras de Portugal, no lograban apagar sus entusiasmos por hacer bien al atribulado país hermano, lo dice claramente un hecho: desde 1894 hasta 1899 estuvo Don Manuel pensando y trabajando por fundar un Colegio Portugués en Roma, a imitación del Español ya fundado. Intentó dar todas las facilidades, ofreciendo, con la presunta anuencia de la Santa Sede desde luego, recibir a los primeros alumnos en su Colegio Español hasta que alcanzaran número suficiente para formar comunidad con casa aparte. Hubo un momento, en 1896, en que pareció que la empresa iba a tener feliz coronamiento; pero pasó la ocasión, y después poco a poco fue desviándose por otros caminos hasta que Don Manuel se desentendió absolutamente de ella.
Pero la fundación de Portugal, empezada y seguida en medio de contradicciones y penas, tenía que tener digno remate evangélico. En marzo de 1901, después de casi seis años de generosos esfuerzos, salían definitivamente los Operarios de Lisboa con la gloriosa aureola de la persecución en sus frentes. Se dijo en la prensa por aquellos días revueltos, de algaradas y motines, que en San Vicente de, Fora -palacio residencia del Seminario- vivían frailes españoles a quienes había que perseguir con más encono que a los mismos jesuitas. Hubo intentos de asalto de la chusma, que sólo pudieron ser contenidos con la intervención de la guardia de seguridad de a caballo. Y el Gobierno, por fin, reconociendo la injusticia del hecho, intimó a los Operarios la orden de salida, dando como excusa el socorrido pretexto revolucionario de que no respondía de lo que pudiera ocurrir. Y los Operarios salieron. Don Manuel, lejos de desconcertarse por los chispazos de la tormenta, comentaba de buen humor los desahogos de los sectarios portugueses: "Ahora nos están apedreando en Lisboa a los paes espanholes que cuidan el Colegio de aquella capital. Se conoce que el diablo ha llegado a penetrar la malicia de nuestra Obra." Y apostilla más tarde en otra carta, haciendo el recuento del resultado práctico de la fatigosa labor de aquellos años en Portugal: "Sobre no haber recibido un céntimo de beneficio, nos dejaremos entre las zarzas más de seis mil duros, que no me preocupan gran cosa, si podernos salir de aquel campo con la tranquilidad de que no se ha perdido por culpa nuestra. " De lo único que siente temor es de que haya habido negligencia o culpabilidad por parte suya en la salida; las pérdidas materiales y las fatigas apostólicas derrochadas no le preocupan. Hasta ese punto llegaba su pureza de intención y su desinterés en las obras de celo.
Dios compensé los afanes, los sudores y las penas de Portugal, que terminaron al fin tan -violentamente, con el gozo y la bendición de una nueva Casa, que fue desde el primer momento fecunda en consuelos y frutos de gloria de Dios. Aún no había sentido Don Manuel en su alma la voz materna y fuerte de Castilla, solar de España. Y Castilla le llamó también un día ardientemente desde las tierras viejas y heroicas del Cid. Burgos quiso recibir las benéficas influencias de la nueva Obra y pidió un Colegio a fines de 1894. En junio del año siguiente estuvo Don Manuel en la capital castellana., y como resultado de aquella visita la Hermandad tomó a su cargo en septiembre los Colegios eclesiásticos de San Carlos y San Esteban, que dependían del Seminario. En San Carlos se instalaron los teólogos y en San Esteban los latinos y filósofos, Pero el emprendedor apóstol de las vocaciones quería una sede digna de aquel Colegio, y en junio de 1896 volvió a Burgos para comprar terrenos e inaugurar la edificación de un hermoso y amplio edificio en que aposentar convenientemente aquella numerosa comunidad. Resultó en efecto un gran Colegio "objeto de santa envidia para todos los otros Colegios", como decía el Fundador, que siempre hablaba con un cariño especial y una complacencia íntima de la labor de los Operarios en la hidalga ciudad y del agradable carácter de los burgaleses.
La Hermandad iba en esta forma extendiendo de tal suerte sus ramas, que no le era posible ya pasar en el silencio y la oscuridad, deseada y pedida siempre por el Fundador para su Obra. Los Obispos habían de fijarse necesariamente en aquella nueva Institución que tan abnegada y acertadamente trabajaba en la formación de los seminaristas, por puro espíritu sacerdotal y amor a la Iglesia, sin aspiraciones ni afanes ruidosos o absorbentes. Los frutos tenían que aparecer a plena luz forzosamente. Aquellas diócesis donde pocos años antes escaseaban de manera alarmante las vocaciones, y donde los pocos sacerdotes que salían, educados muchísimos de ellos entre las casas de huéspedes y la mendicidad pública, a la buena de Dios, sin hábito de disciplina ni sólida instrucción piadosa, dejaban tanto que desear, habían de sentirse oreadas de consuelo al recibir anualmente un grupo de sacerdotes nuevos, piadosos, finos, bien formados en el espíritu eclesiástico. Y llegó el día en que algún Prelado se dijo a sí mismo: estos abnegados sacerdotes que educan tan cumplidamente a los seminaristas en sus Colegios, ¿por qué no podían hacer lo mismo en los Seminarios? Y vino naturalmente, por sus pasos contados, el ofrecimiento del régimen de los Seminarios a la Hermandad.
¿Quién lo diría? Fue un momento de temor, de indecisión, hasta de pena para Don Manuel. Su humildad lo hizo. Parecía natural todo lo contrario. Dando gracias a Dios porque al fin coronaba su Obra con la aprobación más ambicionada, puesto que la Iglesia le encomendaba oficialmente sus viveros sacerdotales, dedicarse con humilde satisfacción e ilusionado brío a aquella labor, que era al fin y al cabo la suya, el punto en que debía desembocar por la fuerza de las cosas la Hermandad. Pues no-paradojas de la santidad-; Don Manuel no se decidió en seguida con alegría, con gozo íntimo, como parecían exigirlo forzosamente todas las circunstancias. Dudó, consultó, esperó. En 1894 le habían brindado el Seminario de Granada, y entonces halló fácil la excusa, que no hubiera existido si se tratara de Colegios, en la escasez de personal, y se desentendió del compromiso.
Pero vino la ocasión que tenía que venir de plantear el problema de frente. El 28 de julio de 1897, el Obispo de Astorga, que había conocido al Fundador de la Hermandad en Tarragona durante unos días que convivieron en casa de don Juan Corominas, le rogó que se hiciera cargo de la dirección de su Seminario Diocesano. El 7 de agosto le contestaba el Fundador. Leyendo la carta se echa de ver muy pronto que aquella petición le había planteado un caso de conciencia, hondamente preocupado para él, aunque ya estaba definitivamente resuelto. A primera vista sorprenden estas palabras: "No es contra nuestra Institución, sino muy conforme a ella, el aceptar el régimen religioso, moral y disciplinar de los Seminarios, si bien el primordial (objeto) es el de fomento, sostenimiento y cuidado de las vocaciones eclesiásticas de los alumnos que necesiten nuestra cooperación, y formados en Colegios, recibiendo la enseñanza que se da en los Seminarios." Se percibe la inquietud que traslucen estas líneas. Al recibir la llamada a los Seminarios, el corazón del Fundador se sobresalta por el inesperado ofrecimiento, que, mirando a la finalidad modesta de su Obra, cree de primera intención que cae fuera de la órbita de sus objetos propios. El intentó fundar una Institución que se ocupase de los pobres seminaristas abandonados a su arbitrio en la libertad de las ciudades, sin recursos materiales y sin cuidados de formación. Quiso, además, contribuir a la solución del pavoroso problema de la inquietante escasez de vocaciones sacerdotales. Con sus modestos Colegios de Vocaciones, que tenían el doble carácter de obra benéfica para los alumnos pobres, y obra de apostolado, reclutando seminaristas. y formándolos en el espíritu de la Iglesia, él creyó que tenía por su parte, en la modesta proporción que le era permitido, resueltos los dos problemas. No le pasó por la imaginación siquiera que habían de confiarle un día el régimen de los Seminarios. La humildad de su Obra no le parecía valer para tanto.
Cuando llegó finalmente el inesperado ofrecimiento, pensó, reflexionó despacio, y vio que, en último término, no era opuesto a los fines de su Obra el encargarse oficialmente de la formación de los seminaristas; que era por el contrario muy conforme con la naturaleza de la misma, aunque para él seguía siendo fin primordial el que fue ocasión del origen de sus Colegios. Las palabras que escribe a continuación en la citada carta lo dicen aún claramente: ".Por ello-añade-de buen grado aceptaríamos desde luego la invitación de V. E. y con mucha irás razón teniendo la probabilidad, aunque no fuese en grande escala, de Colegio de Vocaciones para los alumnos externos que hay en ésa." Tan en primer lugar está en la mente del Fundador su misión primitiva, que hasta uno de los motivos de aceptar un Seminario es la esperanza de poder fundar un Colegio.
Por eso, aun después de aceptados los Seminarios, no se desentendió de los Colegios, ni dejó de sentir temor por la amplitud y elevación, cargada de responsabilidad, que con ello adquiría la Obra. Estas palabras, brotadas de la humildad de su corazón, como un desahogo y un lenitivo en la confianza de sus hijos los Operarios, lo explican todo cumplidamente: "La Obra del fomento de vocaciones eclesiásticas era un objeto nuestro, el que nos ha caracterizado. En nuestras manos ha alcanzado tal incremento este objeto, que las proporciones que ha tomado no pueden menos de intimidarnos. Más de una vez he expuesto aquí que la formación del clero es lo que podríamos llamar la llave de la cosecha en todos los campos de la gloria de Dios. Por una admirable providencia parece que somos nosotros los llamados a esta obra en los Seminarios. ¿No es para espantar esta misión y la responsabilidad de esta formación del clero? ¿Estaremos a la altura de la piedad, de la ciencia y aun de la cultura que serán indispensables? Mi intento primero y mi ambición en la Obra era multiplicar las vocaciones en vista de la falta de personal, y desde luego formar a los alumnos en mejor piedad de la en que se formaban en la época de -mis estudios, y ayudarles con medios materiales. Y este carácter benéfico y los medios adoptados, no sólo me colmaban de gozo, sino que, en mi presunción, la empresa tal vez me parece facilísima y hasta de vida holgada y de consuelos espirituales y aun humanos. Pero desde que Jesús nos muestra que quiere confiarnos el porvenir de toda la juventud eclesiástica me entra el temor que no me causaba la empresa con el primer carácter humilde y benéfico. Y, aunque siempre deseé, aun entonces, que todos los que formaran parte de esta Obra fueran en su mayor parte graduados o de sólida instrucción, con todo, si hubiera previsto que eran mayores los designios de Dios sobre nuestra Obra, hubiera fluctuado en la empresa, o me hubiera ocurrido formarla con otras bases que el simple carácter benéfico con que se nos presentó.' .' En 5 de septiembre de 1897 aceptó por fin la dirección del Seminario de Astorga, y aquel curso se encargaron ya de él los Operarios.
A medida que iba creciendo y desarrollándose la Obra, Don Manuel, atento siempre a la gran labor formativa que representa la comunicación frecuente, y más si es en letras de molde, de los que participan de los mismos ideales y sentimientos, había pensado desde antiguo en una publicación modesta que pusiera en contacto las diversas Casas fundadas por la Hermandad para mantener el espíritu de corporación y fomentar el bien. Quiso titularla, para mejor expresar sus cualidades de intimidad y de sencillez, "Correo Interior Josefino U, y le lanzó a luz, en litografía, -en diciembre de 1888. La falta de cooperación y de apoyo, debida principalmente al escaso número, de Operarios aptos para aquella labor y con la suficiente holgura de tiempo para mantener una colaboración regular, le hicieron bien pronto, al tercer número, desistir de su empeño por entonces.
Pero no se resignó a ver morir la naciente revistilla tan prematuramente. Continuó durante mucho tiempo exhortando, reprendiendo, Invitando, dando normas a sus Operarios para que le ayudaran a llevar adelante aquella obra en la que él había puesto tanto cariño y tanto afán. El mismo fijó atinadamente, en una conferencia a los Operarios reunidos en Valencia, las reglas a que debería ajustarse su publicación, y después de no poco trabajo la vio al fin salir flamante y juvenil, el 1.º de enero de 1897. Desde entonces hasta la revolución de 1936, a través de mil variadas modificaciones accidentales, ha ido visitando mensualmente los Colegios y Seminarios de la Hermandad, siendo palenque literario de adolescentes, después gloria de las letras patrias algunos de ellos, y llevando a todas partes auras sacerdotales, cargadas de amenidad ingenua y de sano buen humor.
El paso trascendental de la aceptación de los Seminarios imprimió un rápido ritmo a la difusión de la Hermandad. A partir de 1897, fecha en que se encargó del Seminario de Astorga, puede decirse que en este aspecto cerró Don Manuel el ciclo de sus fundaciones heroicas, en las que había, de regla ordinaria, que comenzar por el principio: un pequeño piso de alquiler, donde era necesario llevarlo todo, desde las sillas hasta los enseres de cocina y los ornamentos para celebrar; y al poco tiempo un nuevo edificio, que se levanta con apuros y sudores y sin cuartos, pero que llega a ser muy pronto un magnífico Colegio poblado de risas y cantos y oraciones juveniles, donde se alaba a Dios y se le sirve alegremente, pensando siempre en un próximo o lejano mañana de esplendores sacerdotales. Ahora, no; todo se reducía a un ofrecimiento que se hacia, y se aceptaba al fin sacando los Operarios de donde no los había para tomar sobre los hombros la carga de un Seminario más. ya en marcha más o menos próspera. Así se fueron aceptando muchos en España y fuera de España. Porque aún queda una parte del mundo donde se derramó pródigamente la Obra de Don Manuel en vida del Fundador. Fue América.
En noviembre de 1898 se encargó la Hermandad del Seminario de Chilapa, en Méjico. Los Operarios de Roma habían trabado amistad con el Obispo de aquella diócesis, quien hizo cuanto pudo porque la Hermandad tomara su Seminario. Don Manuel se resistió al principio, aunque
lo deseaba ardientemente, fundado en sus estrecheces de siempre. Pero el Prelado, aprovechando su paso por Barcelona, tuvo una entrevista con él, y el corazón de Don Manuel no supo resistir, "por no oponernos a los designios de Dios", explica él píamente. A fines de noviembre de aquel año partieron de Barcelona rumbo a Méjico los primeros Operarios que iban a plantar la Obra en tierras del nuevo mundo. Abierta así la puerta, la expansión de la Hermandad en aquel suelo fecundo, ubérrimo, pero necesitadísimo de brazos labradores, fue una necesidad, porque las peticiones llovían. Y el corazón inmenso de Don Manuel, que deseaba abarcarlo toda, se deshacía en ansias y en un penoso tira y afloja con los reducidos peones con que contaba para tantos campos y tantas llamadas de angustia. En diciembre de 1899, después de algunos meses de apremiantes demandas, pudo la Hermandad encargarse del Templo Nacional Expiatorio de San Felipe de Jesús, en la capital de la República, donde por voluntad expresa de Don Manuel se establecieron las primeras prácticas de reparación que organizó la Hermandad, y donde comenzó a realizarse también su aspiración acerca de los Operarios en ministerio.
Más tarde, en 1900, vino el Seminario de Cuernavaca, donde más adelante, 1902, se hicieron los Operarios cargo del culto catedralicio. En 1902 aceptaron Puebla de los Ángeles, con la particularidad de que en los Seminarios mejicanos la Hermandad tomaba también a su cuenta la formación científica de los alumnos. El mismo Fundador tuvo que convencerse al fin de que, a pesar de las repugnancias íntimas que hacia ello sintiera su humildad, su Obra, por natural evolución de las cosas, estaba llamada a abrazar en su día la entera formación de los aspirantes al sacerdocio, puesto que, de tal suerte, la labor es más fácil, más completa y más coherente.
En 1898, al año siguiente de haberse encargado del Seminario de Astorga, aceptó Don Manuel, apremiado por el Cardenal Sancha, que le hizo ir para ello a la Imperial Ciudad, la dirección del Seminario de la diócesis primada. Poco más de un año después, el 1.º de enero de 1899, siguiendo sus irresistibles deseos, fundó Don Manuel en la misma capital un Colegio de Vocaciones. Fue el último. El ritmo acelerado que llevaba la Obra, y los años, que ya le iban pesando -contaba a la sazón casi sesenta y seis, le impidieron entender en adelante en la agobiadora tarea de nuevas fundaciones. Pero, en cambio, los Seminarios que tomó la Hermandad iban aumentando continuamente. En octubre de 1899, Zaragoza; en 1901, Cuenca y Sigüenza; en 1902, Badajoz; en 1903, Baeza; en 1904, Jaén, Ciudad Real y Málaga; en 1905, Barcelona; en 1906, Segovia; en 1907, Almería, y en 1908, Tarragona.
Qué inmenso peso de responsabilidad y de gloria para la Hermandad. La Obra humilde de las vocaciones, que tan sencilla y modestamente había comenzado en el pobre de la plaza de San Juan, en Tortosa, contaba a la .,,muerte de su Fundador con veinticinco Casas de formación sacerdotal en tres naciones distintas, y sobre todo en varias importantes regiones de España, tales como Cataluña, Valencia, Murcia, Andalucía, Extremadura, las dos Castillas. Más de media España sentía las influencias benéficas de aquella Obra. Los Prelados solicitaban con encarecimiento poner en sus manos lo más delicado y lo más florido del porvenir de su diócesis. La Iglesia oficialmente le confiaba- la formación de sus ministros. ¿Qué mejor corona y -qué premio más valioso para la humilde y oculta y sacrificada labor del celoso sacerdote, quien ante tan clara bendición del cielo sólo sabía temblar? Temblar y exigir en sus Operarios una rigurosa selección.
"Los que han de venir-recalcaba exigente-han de ser de condiciones especialísimas. No debemos cargarnos con medianías. Me apena cada vez que veo que se contentan con tan poco." Y en cuanto al criterio sobre la vocación para la Obra, el suyo era originalísimo. "La vocación decía debíamos tenerla nosotros y debíamos llamar a aquellos que por sus condiciones nos fueran gratos y nos parecieran aptos y buenos." Respecto a las prendas que debían adornar a sus Operarios, reconociendo que los que se dedicaran a la labor penosa y nobilísima de los Seminarios habían de tener una serie de cualidades distinguidas de virtud y de talento-por lo cual aspiraba, como le hemos oído decir -hace poco, a que el mayor número posible de los suyos tornara grados e hiciera los estudios en Roma, insiste, sobre todo, con la machaconería del que está prendado de una idea: "han de tener, por encima de todo, buen criterio, buen carácter, han de ser hombres de recio temple y fina prudencia e inagotable magnanimidad". Es la gran piedra de toque del educador de sacerdotes: ese conjunto armónico de cualidades diversas que forman un algo indefinible, mezcla de prudencia, sencillez, humanidad, buen sentido, comprensión y tino, prendas todas tan necesarias a quien debe plasmar en el joven inquieto e irreflexivo al hombre maduro en condiciones de ser apóstol y director de los demás.
La conciencia clara de la responsabilidad de su misión le hacía ser en extremo exigente por lo que se refiere a este particular, a pesar de las apreturas en que se veía continuamente por falta de hombres. Por eso presintió y deseó el establecimiento de una Casa propia de formación para la Hermandad, donde se educaran los aspirantes con la mira atenta a la que ha de ser labor del Operario en sus años de ministerio. Lo que él no pudo ver realizado, lo consiguió la Hermandad años adelante.
En 1921 fundó en Tortosa el Aspirantado del Beato Maestro Juan de Ávila, para teólogos y filósofos. En 1934 creó en Astorga otro Colegio igual para sus alumnos de Humanidades. El 16 de noviembre de 1940, este segundo Colegio fue erigido por la Santa Sede en "Seminario Menor del Beato Juan de Ávila", a cargo de Profesores de la Hermandad por lo que se refiere a toda la enseñanza y sujeto directamente a la Sagrada Congregación de Seminarios, que, complacida, se dignó aprobar su Reglamento y su Plan de Estudios. Uno y otro Aspirantado-dos comunidades independientes entre sí, cuyos alumnos, pertenecientes a todas las regiones de España, llegan ya a los doscientos quedarán instalados desde el curso 1941-1942 en Salamanca, en edificio propio, apto y amplísimo, adquirido por la Hermandad expresamente para ese fin. Así los alumnos de los cursos superiores podrán asistir a las clases de la Universidad Pontificia y recibir grados académicos en las ciencias eclesiásticas.
DIVINAS INQUIETUDES
Ni el ministerio de la dirección de las almas, ni su afanosa labor entre los jóvenes, ni la abrumadora tarea de Fundador de la Hermandad y de los Colegios de Vocaciones, eran ocupaciones que absorbieran de tal manera el ánimo y las energías de aquel hombre verdaderamente extraordinario, que no le permitieran dedicarse a otros trabajos no menos importantes y agotadores por la gloria de Dios. Al principio de su sacerdocio él nos ha dicho que sintió aquel impulso interior que le movía a lanzarse a todos los campos a la vez. Y, en la parte que le fue posible, realizó tan incontenible afán de su alma santamente impaciente por derramar el bien a manos llenas por donde quiera que pasaba. Obras de apostolado del más diverso género atrajeron su atención, siempre en acecho de nuevas faenas, y ocuparon sus infatigables esfuerzos, en toda ocasión prestos para la brega.
En varias ocasiones se le escaparon frases muy significativas, reveladoras de esta sed insaciable, que le atormentaba continuamente, de moverse, de actuar en todas partes, de remediar todas las necesidades espirituales. Era casi, diríamos apurando la frase, una obsesión morbosa dé su espíritu eminentemente dinámico y enfebrecidamente enamorado del bien de sus hermanos los hombres. "Un mementito por mí el primer viernes, pidiendo a Jesús que llene mi corazón que está ambicioso, y, por consiguiente, vacío. ¿Cuándo querrá llenarlo el Señor? ¿Y de qué querrá llenarlo? ¿Y dónde querrá llenarlo?" "Pida, pues, mucho al Corazón de Jesús por mí, para que sepa corresponder yo a sus designios amorosos y podamos salvar todas las almas del mundo." "No quisiera morir, sino vivir y revolucionar el mundo." Frases de este tenor afloran con harta frecuencia en sus cartas a los puntos de su pluma, porque tales deseos hervían incesantemente en su espíritu y llenaban de cálido entusiasmo su corazón.
Por los años de 1869 a 1876 llevó a cabo en Tortosa otro varón insigne, don Enrique de Ossó, Fundador de la Compañía de Santa Teresa, sus principales empresas en favor de la infancia y la juventud, especialmente la femenina, por cuya cristiana educación tan esforzada y fructuosamente trabajó aquel venerable sacerdote. Don Manuel y don Enrique eran fraternales amigos desde los tiempos del Seminario, y esta amistad fue estrechándose con los años, ya que llenaban sus almas los mismos anhelos santos de elevación propia y celo por los demás. Don Manuel, que nunca sintió en su interior los tirones del amor propio para admitir pelillos de honor personal en obras de gloria de Dios, se brindó espontánea y gozosamente a ayudar a Ossó, como él le llamaba familiarmente, en sus numerosas empresas de celo. juntos hicieron correrías apostólicas propagando por los pueblos de la diócesis la "Archicofradía Teresiana", de la que don Enrique era iniciador. En las horas de lucha y contradicción, Don Manuel estuvo siempre al lado del devoto apóstol teresiano para aconsejarle y alentarle. A veces tuvo que ayudarle también con recursos económicos, lo mismo que Mosén Sol los recibió de otros amigos suyos en trances apurados, y lo hizo con el generoso desprendimiento que le caracterizaba. En su testamento hay una última muestra de la delicadeza de Don Manuel para con su amigo.
Pero el Fundador de la Hermandad no se podía sentir satisfecho cooperando solamente a una determinada obra de celo, por muy importante que ella fuera. Su inquieto dinamismo le forzaba a vivir siempre en movimiento. Durante la época revolucionaria hubo de actuar en repetidas ocasiones para impedir que las autoridades entronizadas por la revolución llegasen a perpetrar los atropellos que meditaban contra las Ordenes religiosas en Tortosa. Singularmente como capellán de las clarisas se creyó obligado a tomar a pechos enérgicamente su defensa, consiguiendo al fin ver frustrados los intentos sectarios de incautarse del antiguo monasterio de Santa Clara. Para lograrlo, su característica movilidad hubo de echar mano de todos los recursos. La esposa del General Prim recibió por aquellas fechas varías cartas suplicantes de la Abadesa de Santa Clara, pidiéndole apenada que intercediera ante su marido con el fin de que el Gobierno desistiera en su, idea de convertir en Hospital Militar el convento, según había proyectado. Lo mismo parece que hicieron con la esposa de don Estanislao Figueras. Por supuesto que el verdadero autor de las enternecedoras y angustiosas misivas era el oscuro capellán de las religiosas, que no cesaba de moverse pidiendo oraciones y buscando influencias, a Dios rogando y con el mazo dando, hasta que consiguió su nobilísimo intento. Parecidas amenazas sufrieron en aquellos días aciagos otras Casas de religiosas, en especial las de la Purísima, dirigidas asimismo por Don Manuel. En su favor se afanó también entonces, y en defensa de las Ordenes religiosas en general publicó en las horas de la persecución, en la prensa local, unos vibrantes y encendidos artículos, en los que fácilmente el estro, ordinariamente templado y sencillo, de nuestro sacerdote se elevaba a alturas de una grandilocuencia lírica muy de la época y muy conforme con su temperamento fogoso, que llameaba siempre que de defender a la Iglesia se tratara. En estas páginas entusiastas solía mezclar, para llegar al corazón de las gentes sencillas, argumentos de carácter patriótico, con los que el alma tortosina, noblemente orgullosa de las tradiciones de su querida ciudad, se enardecía fácilmente.
Para hacer frente a las furias del mal, que se hallaban desbordadas en la prensa periódica y en el libelo vergonzoso, Don Manuel se decidió a fundar en 1871, en colaboración con don Enrique de Ossó, un batallador semanario católico que titularon "El Amigo del Pueblo". Iba directamente enderezado contra una publicación sectaria tortosina, titulada "El Hombre", procazmente irreligiosa. Sus artículos aparecían siempre escritos en el estilo inflamado que pedían los tiempos y las circunstancias. Los animosos redactores se sentían solidarios en su humilde campaña apostólico-patriótica "con los valientes adalides que se habían levantado en toda España". Eran días de lucha apasionada y ellos no rehuían su puesto en la vanguardia. Por eso arremetió con bríos el candente periodiquín en más de una ocasión contra los fríos y comodones del campo propio, como nuevo Matatías, en defensa de las tradiciones patrias. El semanario debió durar poco tiempo. En julio de 1872 había desde luego dejado de publicarse, probablemente porque enmudeció también el odiado contrincante. Pero como en aquel mes volviera a salir el indigno papelucho, llevando por artículo de fondo una blasfema arenga titulada "Guerra a la fe divina", don Enrique, que lo leyó en Barcelona, pedía angustiadamente a Don Manuel que "El Amigo" le presentara batalla. En 1878 publicaba Don Manuel, en colaboración también y con los mismos fines que el anterior, otro periodiquillo titulado "El Bien Público". La fina percepción del peligro y de las necesidades propias del momento, de que estaba dotado, no dejaba punto vulnerable sin cubrirle con su sombra de apóstol y de sacerdote.
Por este tiempo le fue ofrecida una cátedra en el Seminario y renunció a ella para dedicarse con más desembarazo a las exigencias de su insaciable celo. En enero de 1872 el Obispo le encomendó la dirección del "Apostolado de la Prensa" o Biblioteca Popular, asociación que se dedicaba a propagar las buenas lecturas por la diócesis, y estaba instalada en los bajos del Palacio Episcopal. Como director de la misma llevó a cabo Don Manuel durante muchos años una intensa labor de propaganda. Apenas tomó posesión del cargo, se apresuró a difundir copiosamente una circular en que explicaba el objeto de la obra. En ella hace un concienzudo análisis del mal inmenso que había producido la mala prensa en España. "El espíritu del mal -dice, entre otras cosas-ha creído encontrar en el invento de Gutemberg la palanca con que- arrancar la fe, si le fuera posible, del pueblo español." Su espíritu esencialmente positivo y optimista, en lugar de perderse en lamentaciones estériles, propone combatir el mal con sus mismas armas, difundiendo incansable y sistemáticamente buenos libros, avisando de antemano la responsabilidad enorme que contraen los apáticos y los egoístas, que creen hacer bastante con cruzarse de brazos y encerrarse en su hogar a la vista de la tempestad que ruge amenazadora sobre sus cabezas. Más adelante, fundado ya el Colegio de San José, estableció en 1877, en el edificio de San Rufo, una Librería Católica destinada a proporcionar toda clase de obras buenas a precios económicos. En los dos primeros años de vida despacharon libros y objetos religiosos por valor de diez y ocho mil reales, respetable suma, índice clarísimo de lo logrado de la propaganda en tiempos en que no existía la desbordada afición a leer que hoy padecemos. Viendo los esfuerzos de la propaganda protestante, como todo lo quería abarcar su celo absorbente, trató de establecer, sin conseguirlo, una sociedad católica para difundir la Sagrada Biblia.
Pero el gran sacerdote tortosino era, más que un apóstol de la buena prensa, un trabajador apostólico, bracero de la dura brega diaria. Desde 1873 se dedicó Don Manuel con todo fervor y ardorosa intensidad a propagar la devoción al Corazón de Jesús por los pueblos de la diócesis. Todo hace suponer que este encendimiento de su apostolado era fruto de una consagración especial o de un voto bien pensado. Así nos es permitido conjeturarlo por ciertos indicios manifiestos. En el verano de 1870, con ocasión de su primer viaje a Roma, dejó escritas algunas palabritas enigmáticas en sus apuntes, que revelan una fermentación especial de su espíritu por aquellos días. El viaje fue por mar, y durante la travesía, que debió tener momentos de peligro, escribió: "Un voto". "Otro voto". Ya en Roma, consignando sus impresiones de la Misa celebra da en San Andrés del Quirinal, noviciado de la Compañía de Jesús, en cuya iglesia se venera el cuerpo de San Estanislao de Kostka, escribe: "Ofrecimiento de mi vida a Jesús. " A partir de aquella fecha notamos en su apostolado una dirección nueva francamente orientada hacia el culto del Sagrado Corazón. Ante la imagen del Corazón Divino que se veneraba en la iglesia de las religiosas de San Juan, por la cual sentía una especialísima devoción, que le ¡ni ..-pulsaba a celebrar frecuentemente la Misa en su altar, hizo su solemne consagración personal el 3 de enero de 1871. Era el primer paso por un rectilíneo camino lleno de luz. Aquel mismo año de 1871 introdujo en la comunidad de San Juan la práctica de rezar el oficio del Sagrado Corazón, y formó con las religiosas y sus dirigidas seglares varios coros de la Pía Unión del Corazón de Jesús. El 31 de mayo de 1872 se comprometía con especial promesa a propagar el amoroso culto.
Y comenzó la campaña por su ciudad natal, como era obligado, trabajando primero por pegar el fuego de tan , hermosa devoción a las almas piadosas de Tortosa. A este fin constituyó en centro de sus actividades en favor de este apostolado la iglesia de San Antonio. Se encargó lo primero de todo de adquirir una preciosa imagen del Sagrado Corazón a su gusto, que tenía exigencias muy particulares para ello, colocándola en un altar nuevo proporcionado igualmente por su abnegado celo, y organizando después su culto con todo esplendor en cuanto a iluminación, candeleros, flores. Pedía a todo el mundo cuanto necesitaba, con tal de tener bien cuidado el servicio religioso, porque sabía la importancia de este elemento accidental para atraer a las gentes, muchas de las cuales se dejan llevar tanto por estos motivos y detalles exteriores. Ponía cuidado especial en ordenar las funciones con gran esmero y puntualidad, con el fin de que todo contribuyera a hacer amables las prácticas piadosas. En aquella iglesita recogida y devota fundó, en 9 de enero de 1874, el Apostolado de la Oración y la Congregación del Sagrado Corazón de Jesús. Era esta última una institución peculiar suya, por la cual había de pasarse previamente como antesala para entrar en el Apostolado. Creación suya fue también la Corte de Reparación encaminada a dar culto continuo al Sagrado Corazón por medio de la vela perpetua. Porque,, como un tormento incesante, sentía su alma este aguijón interior que le impulsaba a unir a todas las devociones el espíritu de reparación, enseñando a las almas a hacerse violencia y ejercitar el sacrificio, para mostrar de forma practica la verdadera piedad y llevarlas por tal caminó a las alturas del verdadero amor, que es en todo momento generoso y sacrificado. El distribuyó las horas de vela para señoras y caballeros, con tan minuciosa atención que cada uno tenía señalado el tiempo más a propósito para que no se viera obligado a perderlo durante sus ocupaciones. Predicaba con frecuencia del tema suavísimo del Divino Corazón, y lo hacía con un fervor extraordinario. "Nos lo pegaba como un contagio", dice de su amor al Corazón de Jesús un Padre jesuita que asistió muchas veces de niño a aquellas devotas funciones.
El ambicionaba ser-son sus palabras-"el apóstol del Corazón de Jesús en España". Y en sus pláticas y sermones, como en las asociaciones que fundaba, buscaba "apresurar su reinado en España". Con este fin se dio más tarde de lleno a las correrías apostólicas por los pueblos. Fundó el Apostolado de la Oración en Villafranca del Cid; en Tivisa, donde predicó con esta ocasión un octavario de sermones; en Benicarló, con triduo preparatorio; lo mismo que en Benasal, donde implantó además la práctica de los primeros viernes; en Alcora, Lucena, Ulldecona, Alcanar, Gandesa, San Mateo, Santa Bárbara. En todas partes solía predicar para preparar el ambiente, a veces tres, a veces ocho o nueve días, y en ocasiones era acompañado el establecimiento de la piadosa asociación de una tanda de Ejercicios espirituales. Y toda esta movilidad incesante, en una época en que tenía ya sobre sus espaldas de apóstol la carga de la Hermandad y la preocupación de los Colegios. Pero él sabía multiplicarse y corría afanosa y jovialmente buscando campos nuevos donde desahogar su sed incesante de encender en los demás el amor a aquel Corazón que tenía perdidamente enamorado el suyo.
Por los años de 1875, en pleno vigor de sus treinta y nueve, se arriesgó Don Manuel a poner mano en un género de apostolado abnegado y difícil, y expuesto a muchos sinsabores y disgustos. El, tan ardientemente abrasado por hacer y trabajar en favor de la gloria de Dios, juzgaba muy apostólica y evangélicamente que el valor de la oración y el sacrificio en lo escondido del alma, de la vida interior puramente contemplativa, es de una trascendencia incalculable en la Iglesia. En los días de mayor efervescencia revolucionaria había dado la cara resueltamente en defensa de las Ordenes religiosas, de clausura principalmente, fundando su desinteresada apología en el bien inmenso, aunque oculto, que hacen en medio de la sociedad cristiana. Más adelante se le ofrecieron ocasiones de mostrar con obras esta convicción íntima. Y supo ser consecuente consigo mismo.
De una manera verdaderamente providencial se vio metido, sin él sospecharlo siquiera, en la primera fundación de un convento de religiosas, que fue el de la Divina Providencia, de Vinaroz. Había muerto en 1872, en aquella ciudad, una señora doña Concepción Esteller, que dejó en su testamento una cantidad para fundar allí un convento. con condición que había de ser de Clarisas de la enseñanza, y que la iglesia fuera dedicada a la Purísima Concepción de María. Hasta después de la terminación de la guerra civil no fue posible a los albaceas de la señora, que lo eran el Obispo de Tortosa y el sacerdote de Vinaroz don Joaquín Gombáu, pensar en el cumplimiento de la voluntad de la difunta, porque las circunstancias no lo permitieron en modo alguno. Entonces se presentó ante el Prelado un hermano de don Joaquín, también sacerdote, llamado don Antonio, que había sucedido a la muerte de aquél en la testamentaría, para dar cuenta de su administración y pedir la colaboración de una persona que le pudiera ayudar en el enojoso asunto.
El Prelado, dejando la solución a la Providencia, le dijo que se confiara al primer sacerdote que tropezara al salir de Palacio. Y la Providencia quiso que éste fuera precisamente Don Manuel, quien, enterado del negocio, con su optimismo emprendedor e infatigable, se ofreció sin reservas para llevar adelante aquella piadosa empresa que el Señor tan inesperadamente le confiaba. Comenzó en seguida, según solía siempre como medida de primer orden, a encomendarlo y hacerlo encomendar al Señor. El que no fuera suficiente para el objeto a que se destinaba el capital fundacional, conforme le dijo el albacea, era un inconveniente de poca importancia para él. Prudente y avisado, sin embargo, quiso conocer de antemano el terreno en que iba a desenvolver una actividad enteramente desconocida, y en septiembre de 1876, de vuelta de una de sus excursiones de apostolado, se detuvo en Vinaroz para conocer de cerca el teatro de sus futuras operaciones. Visitó la casa y la huerta que había legado la dama para convento; pero visitó principalmente, y con estudiada intención, la ciudad, haciéndose cargo en poco tiempo, con esa mirada escrutadora y profunda del apóstol, que va derecha a la sustancia de las cosas, de la situación y del ambiente. Y aquella visita hizo en él más fuerza que todos los argumentos económicos o crematísticos para lanzarle impetuosamente a realizar aquel anhelo. Vio el estado espiritualmente poco floreciente de la población, aunque por otra parte fuera rica en bellezas naturales y en achaques de modernización urbana, y se decidió a hacer de su parte cuanto pudiera por remediar tanto mal. De sí mismo en aquella ocasión dice él que "el aspecto de aquella ciudad hizo comprender más y más al nuevo viajero la urgente necesidad de un pararrayos del cielo en medio de aquellos dormidos corazones, y de un asilo donde la juventud femenil pudiera ser preservada de la viciada atmósfera que allí reinaba." Y se dedicó desde aquel momento a buscar, con la anuencia del Prelado, una Casa de religiosas franciscanas de clausura dedicadas a la enseñanza, para ver si podía tomar de entre ellas el número imprescindible con que poblar el nuevo palomar de la Inmaculada. Le hablaron de las franciscanas llamadas de la Divina Providencia, que tenían un convento en Mataró, y allá se encaminó animoso el flamante fundador de religiosas.
En la primera larga entrevista con la Superiora de aquella Casa, la Madre María de Santa Escolástica, con la cual le unieron desde entonces especiales lazos de espiritual afecto, tuvo ocasión de conocer el espíritu de la Congregación, y desde aquel momento determinó en su interior que las monjitas de Mataró habían de ser el vivero de la nueva fundación. De vuelta de aquella población, dio cuenta al Obispo de sus gestiones, y, autorizado por él, marchó a Vinaroz a buscar terreno donde edificar el nuevo convento. Con ojo certero de apóstol señaló una parcela a las afueras de la ciudad, en el sitio espiritualmente más estratégico por estar emplazado en lugar vecino a extensas barriadas nuevas, en gran abandono religioso. Y comenzó sin más los tratos para comprarlo. El 16 de febrero de 1877 adquirió el solar por 29.500 reales, e inmediatamente encargó de trazar los planos y comenzar la construcción el 1.º del siguiente mes ya se estaba trabajando en ella al maestro de obras de toda su confianza, Vicente Benet. que tan buenos servicios había de prestarle más tarde en la fundación de algunos de sus principales Colegios.
Y llegó entonces la etapa obligada de todas las grandes empresas de gloria de Dios. Para llevar adelante los trabajos iniciados hacían falta recursos, que no podía proporcionar la menguada herencia de la dama fundadora, porque se había casi agotado en la compra de los terrenos, y Don Manuel, sin dejarse abatir por el desaliento, recurrió a empréstitos, a limosnas, a cuantos expedientes viables le sugería su espíritu emprendedor. Tuvo que echar sobre sí el peso de todas las intrincadas intervenciones que requiere una obra de esta naturaleza: trámites canónicos con las dos Curias diocesanas interesadas en el asunto; trato con empresarios y proveedores y obreros; conversaciones con las mismas religiosas que habían de ir a fundar, derrochando en ellas una finura especialísima de tacto para conseguir el número y la calidad de personas dispuestas a arrostrar los sacrificios de una comunidad que comienza a vivir en medio de soledad, privaciones y sacrificios. No le faltó siquiera el amargo cáliz de las murmuraciones y críticas, singularmente de los desocupados que en Tortosa no veían con buenos ojos aquellos afanes y aquellas limosnas para una cosa forastera. Es de notar que los trabajos por la fundación del convento de Vinaroz fueron simultáneos con los de la construcción del nuevo edificio para Colegio de San José en la ciudad de la Cinta. Todo lo supo llevar con la serena energía y la noble pureza de intención, que era su mejor descanso y escudo en las horas de amargura. Y, gracias a su imperturbable constancia, antes de haberse cumplido el año del comienzo de las obras, quedó ultimada la casa y el nuevo nido dispuesto a recibir las blancas palomas que venían a él de la otra orilla del Ebro.
Del 1.º al 3 de enero de 1878 estuvo en Mataró dirigiendo un triduo de retiro a las religiosas para templar el ánimo de sus monjitas ante la prueba de la separación. Don Manuel llevaba allí la delegación expresa del Prelado de Tortosa para representarle en todas las funciones de trámite jurídico. Con tal representación acompañó en su viaje a las nueve religiosas fundadoras. En Tortosa se incorporó el Obispo a la comitiva, a la cual se agregaron además sacerdotes y personas piadosas de la ciudad. Y el 12 de enero de 1878, en las primeras horas de la tarde, hacían su entrada triunfal en la pintoresca y acogedora Vinaroz, recibidos con todo entusiasmo por el vecindario con las autoridades a la cabeza, tal como lo había previsto y organizado todo cuidadosamente de antemano el verdadero fundador del nuevo convento, quien no abandonó a las religiosas hasta que, después de las solemnísimas fiestas con que se celebró el dichoso acontecimiento, celebración en la que Don Manuel tuvo por supuesto un papel especial con sus abrasados fervorines y pláticas, dejó encerradas definitivamente a las monjitas, declarando establecida la clausura en nombre del Prelado. Desde entonces se consideró Don Manuel ligado con especiales vínculos a aquella comunidad y las religiosas en retorno se mostraron siempre fervorosamente agradecidas a tantos favores como le debían y siguieron recibiendo de él hasta el fin de su vida.
De manera impensada, como con las religiosas de la Divina Providencia, de Vinaroz, se vio también mezclado el celo de Don Manuel en la fundación de las Oblatas del Santísimo Redentor, de Tortosa. Las conoció el año 1879, con ocasión del ingreso en la recién fundada Congregación de una piadosa dama tortosina que intentaba de esta suerte poner su persona y su fortuna al servicio del oscuro y meritorio apostolado que estas religiosas desarrollan en favor de las jóvenes en peligro. Ella deseaba con gran interés fundar una casa de la Congregación en Tortosa. Don Manuel, al saberlo, comenzó inmediatamente a preocuparse del asunto, encomendándolo primero mucho al Señor, según aparece en sus intenciones de Misas de junio de aquel año. En agosto se entrevistó en Valencia con la Madre Fundadora del Instituto de las Redentoristas, y desde aquel momento se dedicó, con la intensidad que él sabía Poner en sus obras, a trabajar por la fundación de Tortosa, porque, como él decía, aquella era "una obra humilde, pero de mucha importancia para la gloria de Dios".
Cuando en el mes de septiembre llegó la Fundadora a Tortosa para tratar de edificar, Don Manuel, siempre servicial, supo presentarse generosamente a tiempo para sacarlas de un no pequeño apuro financiero. La finca donde querían edificar estaba tasada en cinco mil duros, y la viuda, ya religiosa, disponía sólo de dos mil quinientos. El espontáneo y desinteresado colaborador se ofreció en seguida a buscar la cantidad restante al 5 por 100 pagable con las rentas de la finca. Más adelante, al llegar las religiosas para instalarse, encontraron por obra y gracia de la exquisita solicitud de Don Manuel, "una sala preparada, camas nuevas del Colegio de San José y buena comida", según cuenta una de las fundadoras, que añade por contera este otro rasgo típico de la caridad de Mosén Sol: "E! Doctor Sol nos ha proporcionado una criadita, que, cuando se le da dinero para la compra, lo devuelve, y trae cestos llenos de cosas; de modo que no me deja pagar nada". En una de las funciones con que se celebró la inauguración de la Casa predicó él, y luego fue durante algunos años Director espiritual de la misma, y en todo momento continuo favorecedor. En la fundación de Méjico, años más tarde, las ayudó mucho por medio de sus Operarios.
En 1883 estableció Don Manuel en Tortosa la Adoración Nocturna. Era ésta una asociación que tocaba en lo vivo las fibras más delicadas de su alma, por el carácter de silencio, de sacrificio y de reparación que lo envuelve todo en ella. Sentía él tan fuertemente atraído su corazón ya desde joven al trato íntimo, silencioso, de desagravio ferviente, con Jesús Sacramentado en las horas de mayor abandono, que nada tiene de extraño verle poner el máximo empeño en esta obra tan hermosa. Puesto en relación con el piadoso caballero don Luis Trelles, que era por entonces Director de una de las secciones del Centro de Madrid, y conocido el espíritu sólidamente piadoso y profundamente eucarístico de este cristiano padre de familia, le invitó a hacer una visita a Tortosa en plan de apostolado. Vino en efecto, don Luis, y no tardaron en ponerse los dos de acuerdo acerca de la labor que había que desarrollar. Muy pronto quedó establecida de una manera provisional la Adoración Nocturna tortosina, después de haber convocado para ello a unas cuantas personas piadosas, conocidas de Don Manuel, en la sacristía de su iglesia de San Antonio. Adoptaron en período de prueba el reglamento de Madrid, se nombró Director espiritual a Mosén Sol, e inmediatamente, como era de esperar de aquellas dos almas decididas, comenzó a funcionar el Centro de Tortosa. El 19 de diciembre de 1883 se tuvo la primera vela en la capilla del Colegio de San José.
A partir de aquella fecha, Don Manuel se dedicó a propagar por los pueblos la piadosa asociación, yendo acompañado en algunas de estas apostólicas excursiones por el pro-,)¡o don Luis Trelles. Entre tanto, en la capital de la diócesis fue poco a poco desarrollándose y arraigando entre las personas devotas, y el 6 de abril de 1886 creyeron llegada la hora de establecerla oficial y solemnemente, como se hizo con aprobación del Obispo, quedando Don Manuel nombrado Director del Subcentro diocesano. El se encargó de redactar el reglamento definitivo, y a él le fue confiada también oficialmente la para él agradabilísima tarea de difundir la asociación por la diócesis y visitar los Centros existentes. El de Tortosa contó muy pronto, gracias al incansable esfuerzo del Director, con tres turnos, que hacían sus velas correspondientes en la capilla del Colegio de San José. Y todo esto era simultáneo con sus afanes de Fundador de la Hermandad, entonces en crítico periodo de iniciación.
Contemporáneamente a la Adoración Nocturna, quiso Don Manuel poner en marcha otra asociación que movilizara a las señoras-es sabido que en la Adoración Nocturna sólo forman hombres-para que pudieran profesar también ellas pública y organizadamente un culto tierno, delicado y compasivo al Amor de sus amores, la Divina Eucaristía. Con tal fin estableció la asociación de "Camareras del Santísimo Sacramento". Se inauguraba por las mismas fechas que la Adoración Nocturna, y fue aprobada definitivamente el mismo día. Don Manuel fue nombrado también Director espiritual de la obra, que tuvo una vida próspera y fervorosa desde el principio. Todos los meses reunía a las asociadas para dirigirles una breve plática espiritual. Hasta literariamente son bellas algunas de estas exhortaciones sentidísimas, en las que el enamorado corazón del apóstol había en la intimidad del recogimiento a aquellas almas escogidas de las soledades y la pobreza de Jesús Sacramentado y de la delicadísima miel que puede fabricar su espíritu mientras sus dedos pasan y repasan la aguja por los lienzos que han de estar en inmediato contacto con el adorable Cuerpo de Cristo. ¡Cómo se caldeaba en santos amores el apóstol de la Eucaristía al hablar de este delicioso tema! Precisamente el silencio y la oscuridad en que iba envuelta la obra era lo que le daba mayor atractivo a sus ojos. "Es obra de amor secreto, íntimo, silencioso-dice él-este amor; este espíritu interior, esta devoción, este perfume de cariño, es lo que constituye la esencia de nuestra asociación. Yo os diría que hacéis el oficio de la Virgen, que con tanto amor cuidó a Jesús." Por muchos años se mantuvo Don Manuel al frente de sus Camareras del Santísimo, hasta que en 1895 resignó en otras manos la dirección de la obra por falta material de tiempo para atenderla con el interés que él deseaba poner en ello. La experiencia de los sufrimientos y trabajos que le proporcionó la fundación del convento de Vinaroz no le había quitado los ánimos para seguir pensando en empresas de la misma índole. Don Manuel era impenitente cuando se trataba de abrazar sacrificios por la gloria de Dios, si entendía que ellos eran de su divino agrado. Y en esta ocasión no fue que la Providencia le llamara a intervenir de repente, cuando la obra estaba iniciada ya por otro. Fue él mismo quien llevó la iniciativa y el Tieso de toda la labor desde el principio. En abril de 1882 estaba ya pensando, y encomendando insistentemente a Dios, y pidiendo oraciones con esta intención a los demás, en fundar un convento de Concepcionistas franciscanas, de la misma familia que las de la Purísima de Tortosa, en Benicarló. Parece que la razón que le movió a dar este paso fue el triste espectáculo de aquella hermosa población, espiritualmente muy necesitada, que había de recibir un gran bien con el establecimiento en ella de una comunidad religiosa. Y no le arredraba poco ni mucho el saber de antemano que los medios con que se contaba eran del todo insuficientes. La falta de dinero nunca fue obstáculo insuperable para él cuando estaba convencido de la necesidad de una obra.
El 21 de octubre de 1882 estuvo en Benicarló viendo la ciudad y planeando el futuro emplazamiento del convento. Le agradó sobre manera una huerta que era propiedad del Conde de Creixel, y sin pararse en muchos preámbulos, le escribió una carta a nombre de tercera persona muy influyente en el ánimo del Conde, pidiéndole cediera gratis o vendiera su finca para edificar en ella el monasterio. El Conde se avino fácilmente a venderla, y Don Manuel se echó a buscar una bolsa, o mejor dicho, un corazón bondadoso que la quisiera proporcionar. Lo halló pronto en una piadosa señora desconocida, y cuando iba decidido a ejecutar la compra, tropezó con una inesperada dificultad: era necesaria una autorización del Gobierno para verificar el traspaso. Fue solicitada en seguida, pero tardaba más de la cuenta, y las obras no podían comenzar entre tanto, porque el Prelado no lo permitía sin recibir el real permiso.
Por fin, el 16 de diciembre de 1883 pudo bendecir el Obispo la primera piedra del futuro convento. En las fiestas que con este motivo se celebraron predicó el celoso patrocinador de la obra. Pero, lo mismo que cuando trató de fundar en Vinaroz, era necesario amasar con dolor la piadosa faena. Comenzaron las auras de la maledicencia y los vientos de la incomprensión a herir sus oídos y atormentar su espíritu, si bien él había aprendido ya a continuar tranquilo el camino que la Providencia abiertamente le señalaba y la autoridad eclesiástica le confirmaba con toda seguridad. Después de más de dos años de sufrimientos y afanes y esperas, el 31 de julio de 1886 salieron del convento de la Purísima de Tortosa las cinco profesas que escogió personalmente Don Manuel para fundadoras. El las acompañó hasta Benicarló, donde fueron recibidas con ,general entusiasmo, y, pasados los días de fiestas con que se solemnizó la fundación, y en las cuales actuó el Prelado, quedaron definitivamente instaladas en su nueva Casa el 4 de agosto. Desde aquella fecha hasta la de su muerte siguió Don Manuel siendo consejero y paño de lágrimas de aquellas buenas religiosas, una de las cuales, precisamente la Superiora, Madre Concepción Victoria, alma de muchos quilates, era dirigida suya desde la primera juventud, cuando se encontraba aún en el siglo.
Otra fundación en la que tuvo que intervenir años más tarde, aunque bien a pesar suyo, fue la del convento de la Providencia de Vall de Uxó. Tres piadosas hermanas tortosinas dirigidas de Don Manuel deseaban fundar un convento de religiosas en homenaje de gratitud al Señor por los beneficios recibidos, buscando además con ello difundir el bien y hacer apostolado. Propuso Don Manuel, que conocía bien las necesidades de los pueblos de la diócesis, que fuera en Vall de Uxó, localidad muy minada por la propaganda impía, y que las religiosas salieran del convento de la Providencia, de Vinaroz, de vida ya tan exuberante que podía comunicarla a otros. Procuró, sin embargo, desentenderse él personalmente del asunto, indicando a la Superiora de Vinaroz que se pusiera en contacto con las tres jóvenes iniciadoras de la obra, y pidiera al señor Obispo la autorización correspondiente y la designación de una persona de su confianza en quien abandonar la dirección de la empresa. Así lo propuso, en efecto, la Superiora al Prelado, y éste le contestó sencillamente: "Para estas empresas no hay otro como el Doctor Sol", que era la mejor alabanza y el más fino reconocimiento de lo acertado de su labor en este campo.
A pesar de todo, Don Manuel seguía resistiendo. Los sufrimientos que había tenido que soportar en ocasiones parecidas y las injustas críticas y burlas que contra él se dirigieron, junto con la abrumadora carga que sus Colegios le proporcionaban, no eran razones de poco peso para justificar semejante resistencia. Los mismos Operarios no dejaban de hacerle fuerza para., que diera de -mano a negocios que le distraían de su principal incumbencia. Pero llegó a ver clara la voluntad de Dios, y poco a poco fue cediendo a sus ansias incontenibles de hacer el bien fuera donde fuera. Después de disculpar razonadamente su inclinación a la pasividad en este asunto, escribiendo a la Superiora de Vinaroz, termina de esta forma, dándole a entender claramente cuáles eran los verdaderos motivos últimos, elevadísimos, de su conducta: "Con todo, como no quiero resistir ni apartarme de la voluntad de Dios, a pesar de que en este asunto sabe usted que he sufrido mucho y pasado una humillación y unas burlas que ni las soñaba, no escatimaré ningún consejo ni trabajo que sea necesario, siempre que llegue a comprender que se trata de una cosa racional y que vea que es realizable." Palabras en que manifiesta, junto con su indefectible generosidad de alma, una prudencia extremada, tal vez con sus puntas de desconfianza ante la triste experiencia pasada.
Al fin puso todo su entusiasmo en la empresa, y gracias a ello pudo salir la cosa adelante. La polvareda que se levantó en el pueblo de Vall, al enterarse las gentes de lo que se preparaba, no fue pequeña. Elementos interesados en que la educación , de la juventud femenina no fuera confiada a las religiosas, revolvieron la hez del pueblo, ya propicia a la oposición, y trataron de amedrentar los apostólicos intentos hasta con lo que hoy llamamos poco españolamente actos de "sabotaje". "En fin, el infierno que rabia -daba por todo comentario Don Manuel-por que ve que va a ser un hecho de tanta gloria de Dios y bien de las pobrecitas jovencitas." Por fin terminaron las obras en las que hubo que hacer derroche de paciencia, además del de dinero, y el 1.º de febrero de 1894 volvió otra vez el ya veterano fundador a recoger en Vinaroz el pequeño grupo de religiosas que iban a formar el nuevo hogar de Vall de Uxó; las acompañó a su Belén, organizó espléndidas fiestas, a las cuales el vecindario, conquistado al fin para la causa, prestó entusiasta cooperación, incluso con una inesperada y nutrida comunión general. Y lo mismo que
había acontecido en los otros conventos que él plantó por su mano, hubo de regarlo después, como buen hortelano, con los sudores de sus cartas de padre, de sus visitas de consolador, de sus limosnas frecuentes y delicadas, de sus pláticas aleccionadoras, o del cuidado de sus Operarios.
Un ministerio por el cual sintió predilección Don Manuel toda su vida fue el de las correrías apostólicas por los pueblos en auténtico atuendo de misionero andariego. Correrías que nada tenían de recreación, sino muy mucho de fatigoso trabajo. Con unos u otros motivos, siempre de gloria de Dios y casi siempre de propaganda de alguna asociación piadosa, como la Adoración Nocturna, el Apostolado de la Oración, o simplemente la predicación de unos Ejercicios espirituales o un triduo, había temporadas que las dedicaba a recorrer algunas localidades derramando el bien de su palabra, su consejo, sus sagrados ministerios, a todo el que quería aprovecharse de ellos. El pueblo de la diócesis que más frecuentemente visitó, y donde más profunda huella espiritual dejaron sus apostólicas visitas, fue la villa de San Mateo, en el Maestrazgo. Por los años de 1876 había inaugurado ya sus piadosas excursiones con una tanda de Ejercicios espirituales a las religiosas agustinas de aquel pueblo. Y en aquella primera plática preparatoria les dice ya arrebatadamente con ímpetu de Dios y arrestos de juvenil fervor: "Quiero robar vuestras almas, arrancarlas a vosotras mismas y darlas a mi Jesús, que suyas son". Volvió años más tarde a dar Ejercicios a las mismas religiosas, y una prueba del espíritu auténticamente sacerdotal y, eclesiástico que le animaba siempre fue el conseguir de aquella comunidad, como lo había hecho antes con las Clarisas de Tortosa, que volvieran al régimen de vida común, porque también allí tenía vigor de ley el abuso de preparar cada monja su comida en su celda a gusto del propio talante.
Con el tiempo, prendido en el hechizo de aquellas cristianas y sencillas gentes, y ellas en el soberano atractivo de aquel fervoroso sacerdote, fue después extendiendo su labor apostólica a todos los fieles de la devota parroquia. En julio del año 1886 fundó allí la Adoración Nocturna y el Apostolado de la Oración. Y para que no se retrajeran los tímidos de acudir, fue él mismo casa por casa buscando y conquistando los hombres para Cristo, con aquel ímpetu de celo que llenaba su alma como una verdadera obsesión, sin respeto ninguno humano, para que aquellos
buenos hijos de San Mateo se resolvieran a hacer compañía de amor y reparación al Amor de sus amores durante las horas silenciosas de la noche. Por supuesto, que no se olvidó tampoco de las Camareras del Santísimo. Fundó también allí un Centro de esta asociación. Y fueron luego muchísimas las veces que volvió a visitar la parroquia, principalmente para dar Ejercicios a los adoradores o a las archicofrades de Santa Teresa. Ejercicios aquellos siempre concurridísimos y fructuosos. En alguna ocasión, a pesar de no ser cerrados los Ejercicios, las jóvenes observaron tan perfectamente el recogimiento, que iban en riguroso silencio por las calles al volver de la iglesia. Sobre los efectos de sus predicaciones conservan aún insignes recuerdos aquellas buenas gentes: meditaciones devotísimas que terminaban a lágrima viva de todo el conmovido auditorio, confesiones numerosísimas, cosechas desmedradas que inesperadamente se convertían en abundantes y espléndidas con la consiguiente maravilla de los sencillos labriegos, que atribuían el milagro a la bendición del fervoroso predicador, vocaciones que surgían de improviso a una sola palabra suya. Una de ellas fue curiosísima. Se le ocurrió un buen día decir, indudablemente por inspiración especial, a una chica., de buenas a primeras: "Tú has de hacerte religiosa", y lo mismo ella que su madre asintieron con toda seriedad, diciendo que no se atrevían a negar nada a aquel santo.
Su interés por aquella afortunada parroquia le llevó a proyectar la fundación de un Colegio de Segunda Enseñanza para los jóvenes, proyecto que no llegó a realizarse. Pero lo que no consiguió con los chicos lo obtuvo en parte y con creces con las Jóvenes. Valiéndose de un grupito escogido de chicas piadosas, a quienes él dirigía, fundó una Escuela Dominical, que era un verdadero modelo en su género. Hasta los últimos años de su vida mantuvo correspondencia frecuente con aquel cenáculo, verdadera fragua de almas profundamente piadosas y abnegadamente apostólicas. De él salieron gran número de ejemplares religiosas. Tan sólida y fervorosamente marchaba aquel Centro, que tenían diarias reuniones de las más aficionadas al apostolado en casa de la presidenta, y en ellas se entretenían en hacer lectura espiritual, oración mental, o se dedicaban a conversaciones de índole espiritual. Este grupo, al que Don Manuel llamaba con frase feliz "su noviciado de San Mateo", llevaba con tanto rigor su funcionamiento y, por otra parte, era considerado por todas como un honor tan alto pertenecer a él, que no había castigo mayor para sus miembros que verse privados de la asistencia a las reuniones, cuando habían cometido alguna falta. Así de reciamente sabía infundir Don Manuel, aun a almas simples que vivían en medio del mundo, el verdadero espíritu de Cristo. Para ello, con la fina táctica pedagógica de exigir siempre más para elevar a mayor altura, las empujaba cada vez más alto por la senda del amor, exigiéndoles el sacrificio, la gran piedra de toque de la verdadera virtud. "Quiero víctimas", les decía, y les proponía la continua presencia vigilante de guardia ante el Señor y la incesante ansia de hacer bien, corro recurso para mantener en tensión aquellos espíritus. "Que no me olviden a Jesús, siendo pequeños apóstoles de su amor sacramentado", amonestaba a las pequeñas.
Don Manuel tuvo todavía algunas otras iniciativas de menor envergadura en el campo del apostolado. De menor envergadura porque se quedaron en el terreno de los meros proyectos, a pesar de su buena voluntad y de su temperamento pragmático, activo y emprendedor. Pero no era posible que un solo hombre, por muy animoso que fuera y mucha capacidad d e trabajo que desarrollara, pudiese llevar adelante tantas empresas formidables, alguna de las cuales hubiera bastado para llenar cumplida y provechosamente una vida entera. Desde el año 1883 al 1896 estuvo preocupado-las intenciones de sus Misas, que eran el gran índice de las preocupaciones de su espíritu, lo dicen muy elocuentemente-por la fundación de una Institución de Maestros Católicos. En 1886 decía que se hallaba en vísperas de ultimarlo. Llegó a redactar el reglamento por el cual deberían gobernarse las futuras Casas de Maestros Seráficos o Maestros Católicos, que de las dos maneras nombra la Institución. Hubiera sido un Instituto consagrado a formar buenos maestros. En los Colegios habrían vivido vida de internado con asistencia a las clases de la Normal, llevando una disciplina rigurosa y una intensa vida de piedad. Cuidado especial se hubiera tenido en su formación religiosa. Y, al terminar sus estudios, habrían seguido en contacto con sus educadores, los Operarios, para ayudar después a la Hermandad en sus ministerios.
En los primeros tiempos del Colegio de Vocaciones de Valencia pensó en fundar en aquella ciudad su primer Colegio de Maestros Seráficos, y escogió incluso el local y todo, poniéndose en comunicación con los Operarios que allí trabajaban para que informaran acerca de la viabilidad del proyecto. Más adelante, con ocasión de hallarse en Madrid dos Operarios conspicuos e influyentes, hizo presión sobre ellos con el fin de que se movieran algo en este sentido buscando ayudas económicas. Con -su optimismo habitual, que no conocía eclipses, les dice jovialmente: "Hoy envío a don José María Caparrós mi proyecto detallado sobre maestros, que él me pidió a Valencia. He tenido que hacerlo a sorbos y mal redactado. Sí él encuentra cincuenta mil duros de un Salamero o un Comillas, es cosa facilísima y de grandes consuelos y resultados.` En 1896 paso dos días en el Sacro Monte con don Andrés Manjón, informándose sin duda de la organización y funcionamiento de sus famosas Escuelas del Ave María. El siguió todavía acariciando su idea, que no coincidía del todo con la del canónigo granadino. Pero al fin hubo de resignarse a abandonarla, vistas las dificultades, la escasez de personal y el ningún apoyo que encontró en los suyos.
También intentó alguna vez Don Manuel intervenir en el campo social. Cuando comenzó a sentir los primeros rugidos de la bestia que se avecinaba a España, aún en son de lejana amenaza, sintió las primeras preocupaciones, y en su carácter práctico trató de excogitar medios de defensa. Con certera visión del porvenir pronunció Don Manuel estas proféticas palabras, hablando de la enorme labor que estaba desarrollando el socialismo en Francia con sus numerosos y bien montados centros y de la reacción vigorosa del catolicismo francés en sentido opuesto: "Se dirá que nuestra España no está en esas condiciones todavía. Debemos responder que, si no está hoy, lo estará dentro de poco. Y se establecerán después que venga el mal (los centros católicos). ¿Qué pueblo hay donde no haya cafés influidos por la masonería con periódicos y revistas? ¿No es mejor adelantarnos?" Se conservan borradores de varias conferencias que pronunció en Círculos Católicos sobre la urgencia y la necesidad de oponerse resueltamente a las corrientes socialistas, fundando Centros Católicos perfectamente organizados, donde los obreros tuvieran, además de un lugar de sano esparcimiento, un punto de reunión y de apoyo para la defensa de sus derechos en plena armonía desde luego con los patronos católicos. Y defendía esta innovación contra las tendencias excesivamente conservadoras que se manifestaban en ciertos medios del campo católico, opuestos a estas que juzgaban novedades peligrosas. Su argumentación era realística e incontrastable: se nos ha planteado ahí la lucha, y en ese terreno es menester que demos la batalla.
Varios proyectos informes borrajeó Don Manuel sobre Ligas de Defensa o Ligas Católicas en distintas épocas de los últimos veinte años de su vida. Todas eran asociaciones encaminadas a poner remedio al problema obrero, que comenzaba a apuntar y a preocupar a las gentes sensatas. Se trataba de organizaciones mixtas, o sólo de obreros, con cooperativas, cajas de ahorro, círculos, escuelas de artes y oficios, conferencias científicas y sociales. Su diario de Misas nos dice que desde enero de 1902 la cuestión social inquietaba mucho su corazón, y se lamentaba por el abandono religioso en que se encontraban las clases trabajadoras y los avances de la impiedad en el campo obrero. El se agitaba constantemente buscando remedio a tan inmensa desgracia. Por su parte, puesto que no se podía contentar con frías lamentaciones, realizó lo que estaba en su mano, En junio de 1903, a pesar de sus enfermedades y de sus agobiadoras ocupaciones, consiguió poner en marcha en Tortosa un Círculo Católico de obreros.
Otra dirección de sus actividades fue la propaganda de los Ejercicios espirituales entre seglares. Valiéndose de los conocimientos con los sacerdotes amigos ó salidos de su Colegio de San José, Don Manuel procuraba que los fieles de las parroquias tuvieran facilidades para disfrutar del inmenso beneficio de tan hermosa práctica en las tandas que periódicamente daban los jesuitas en su Casa del Jesús. Los ejercitantes, conducidos por Don Manuel, pasaban. antes por el Colegio, donde se encargaba de obsequiarles con todo cariño, como él sabía hacerlo, y unirlos a sus empresas de celo, porque una de las finalidades de esta provechosa propaganda era hacer a los asistentes "apóstoles nuestros", como decía el Fundador de la Hermandad.
Los últimos años de su vida, cuando ya gravaban sobre su alma, además de las pesadas tareas de su cargo, las consecuencias de sus continuas y fatigosas enfermedades, aún tuvo ánimos para pensar en obras de gran importancia, que no tenían conexión directa con las ocupaciones propias de su oficio de Superior General de la Hermandad. Es específica y característica muy singular de Don Manuel la devoción a los Santos Ángeles. Y como en él la fuerza interior tendía irremediablemente a expansionarse hacia afuera, y su expansión era siempre conquista y apostolado, trabajó lo indecible por difundir esta devoción íntima suya entre los demás. Guardaba especial cariño para los Ángeles Custodios, no solamente al propio personal suyo o de sus prójimos, sino también a los de la ciudad, diócesis, congregación en que él interviniera o trabajara. Con todos estos espíritus angélicos, que él se complacía en considerar como enviados por Dios con el fin particular de vigilar por estos entes morales, lo mismo que cuidan los otros de las personas, tenía una tierna e ¡limitada confianza y comunicación. Pero, entre todos ellos, distinguió siempre al Santo Ángel de España. Son incontables las veces que en sus cartas o sermones encomienda de un modo singular personas o empresas a la protección de esté espíritu soberano, en cuyo honor estaba concedida ya por el Papa León XII para España la fiesta el 1.º de octubre con oficio de segunda clase y octava.
Desde los revueltos días del 68, cuando vio a la Patria en peligro inminente de ruina, comenzó a invocar fervorosamente su auxilio y a celebrar misas en honor del Santo Ángel de España, pidiéndole su protección sobre la nación católica, entonces atribulada y en trance de dolor. Pero más adelante, persistiendo las mismas necesidades para la pobre España, que en manos de Gobiernos ineptos se deslizaba cada vez más a prisa por una senda peligrosa, no se contentó él ya con rogar personalmente a tan valioso Patrón; comenzó a difundir esta devoción al Santo Ángel del Reino con su entusiasmo peculiar. Y comenzó de manera sencilla y humilde. En 1880 andaba pensando en una Pía Unión de oraciones al Santo Ángel de España y planeando editar una gran tirada de estampas con fines de propaganda. Mucho tiempo anduvo, interrumpido frecuentemente por sus otras absorbentes ocupaciones, buscando modelo a su gusto y casa editora a propósito. Por fin, en 1897 encontró en Barcelona dibujante que le satisficiera, y allí mando hacer una copiosa edición de la devota imagen. En mayo de aquel año publicó un trabajito en "Correo Interior Josefino" sobre la Pía Unión, en el cual, después de exponer el fundamento teológico de la devoción al Ángel del Reino, había de las necesidades espirituales por que atravesaba la Patria y la gran conveniencia de recurrir a la intercesión de su Ángel Tutelar para remediarlas. Proponía la erección de Centros diocesanos de la Pía Unión en sus Colegios, y en las diócesis donde no los hubiera, en los Seminarios. El 4 de mayo aprobó con indulgencias la obra el Obispo de Tortosa, poco después también el de Lérida, y ya pudo comenzar Don Manuel muy animado su campaña. En medio año hizo editar ochenta y cinco mil estampas y noventa mil hojas de propaganda, que llegaron, en su alocado vuelo por las anchuras de los cielos de España, hasta los Seminarios de Oviedo y Ávila, donde no estaba establecida la Hermandad. Como alguno de los suyos juzgara razonable mostrarse reacio a semejante apostolado propagandístico, Don Manuel se vio obligado a justificar debidamente esta su actividad misionera, dando, entre otras razones, la siguiente: "Las circunstancias críticas de España reclaman acudir a El, como se debía acudir a Santiago, que también está olvidado."
Inevitablemente se siente uno impulsado a reconocer que los acontecimientos posteriores han venido después a dar la razón en tantos atisbos felices e 'intuiciones de verdadero apóstol a este hombre extraordinario, que en las postrimerías del siglo pasado tuvo tan clara visión de nuestros grandes problemas y de nuestros grandes remedios. Como en la afanosa campaña en favor del apostolado seglar de la juventud, como en su celo por la difusión de la propaganda y de la prensa católica, como en su interés por la cuestión obrera, como en su preocupación por la formación cristiana del magisterio, también en su apostolado en favor del culto asiduo y confiado al Santo Ángel Patrono de España, con su feliz alusión al de Santiago, el tiempo le ha hecho profeta. Sus esfuerzos. infatigables por extender en España el culto al Santo Ángel, que en diciembre de 1897 le habían llevado ya a la fundación de catorce centros diocesanos y traído como consecuencia el gasto de su bolsillo particular de más de dos mil pesetas, se vieron coronados años después de su muerte con la erección en la capital de la nación de la "Real Asociación Nacional del Santo Ángel Custodio de España", a la que pertenecían las personas de la Real Familia y miembros distinguidos de la aristocracia y del clero, la cual consagró a su Santo Patrono un artístico altar en la iglesia de San José de Madrid; y aleccionada y movida por el actual Obispo de Madrid y el entonces Canónigo Penitenciario de Málaga y hoy Arzobispo de Valladolid, ambos alumnos del Colegio Español de Roma, inició un poderoso movimiento de espiritual simpatía por esta españolísima devoción.
Pero aun en otro aspecto de este mismo apostolado ha sido Don Manuel elocuentemente premiado en sus afanes por hechos posteriores. Movido de su devoción al Santo Ángel de España y de sus ansias de propagarla entre sus compatriotas, tuvo un día la feliz ocurrencia de proyectar un monumento en su honor en el Cerro de los Ángeles, nombre evocador y centro geográfico de la Península. Desde 1900 andaba discurriendo modos de dar realidad plástica a esta iniciativa en unión con el joven sacerdote don Luis Iñigo, recién salido de su Colegio de Roma y muy entendido en asuntos artísticos. En abril de 1902 hizo una visita exprofeso al ya histórico cerro para "echar. líneas" -frase favorita suya-sobre el terreno. Sus frecuentes enfermedades y sus abrumadoras ocupaciones le impidieron dar cima a esta obra, por la cual estuvo preocupado hasta muy poco antes, de morir. En cartas a Iñigo y a alguno de sus Operarios se le ve con la idea fija del proyecto, y, al darse cuenta de que él no podrá ya realizarlo, piensa. en dejarlo como herencia sagrada a quien se sienta con energías y entusiasmo para ello. En la última entrevista que tuvo con Iñigo le hizo prometer solemnemente que no abandonaría su idea del monumento al Santo Ángel mientras viviese. La Providencia dispuso años más tarde que, en lugar del angélico Patrono de la nación, fuera el Rey de Reyes quien presidiera desde aquel significativo trono los destinos de la Patria. Sin duda que desde el cielo aprobaría con todo entusiasmo el ardiente apóstol de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús aquella rectificación de su pensamiento, que ciertamente hubiera abrazado en la tierra con todo el ímpetu de su amor.
Hasta los últimos días de su vida estuvo Don Manuel ocupado en obras de propaganda religiosa de este género, a que era tan aficionado. Hacia 1876 tuvo noticia del martirio de un venerable hijo de Tortosa, el dominico Fray Francisco Gil de Federich, y desde entonces empezó a encomendarse a su protección y a interesarse, con aquella llana y simpática cordialidad suya, por la marcha de la causa de Beatificación introducida en Roma tiempo antes, ya que el martirio acaeció en el Tonquín un siglo hacía, el 22 de enero de 1745. Se puso en comunicación con los dominicos pidiendo datos sobre el particular, y no tardó, a impulsos de su celo, contagio de su amor y a ruegos de los dominicos, en convertirse en entusiasta propagandista de aquella gloria de su tierra.
En 1898 imprimió por su cuenta unas estampas del venerable religioso. Valiéndose de sus Operarios de Roma pedía con frecuencia datos sobre el curso de la Causa de Beatificación. En septiembre de 1904, próxima ya la fecha del gran acontecimiento, para contribuir a divulgar el conocimiento de su santo paisano, pagó por su cuenta la edición de la Vida del Mártir dominicano. El 20 de mayo de 1906 tuvo lugar la solemne Beatificación, y Don Manuel comenzó a preparar con todo entusiasmo el triduo que había de celebrarse en su honor en Tortosa, repartiendo profusamente hojas de propaganda y ejemplares de la nueva Vida del Beato, y comprometiendo a sacerdotes amigos para que tomaran parte en las fiestas, que se celebraron con toda solemnidad en el templo catedralicio durante el mes de septiembre. A fines de 1908 estaba dedicado afanosamente a buscar recursos para la imagen y el altar, que por iniciativa suya había de dedicársele en el trascoro de la Catedral, y preparando las grandes fiestas religiosas con que quería solemnizar el acto de la inauguración. Y preparando el acontecimiento, con el mismo fresco entusiasmo con que en sus treinta abriles preparaba sus lecciones del Instituto, le sorprendió la muerte. En los delirios de su última enfermedad hablaba alguna vez de su Beato Gil de Federich. Tan de lleno entregaba Don Manuel su corazón a cualquier obra de celo, por humilde que ella fuera, con tal que viera claramente en ella los intereses de la gloria de Dios, por quien sólo vivía y a quien iban siempre dirigidos los suspiros de su alma, los alientos de su corazón. Aquella inquietud febril que le hacía prodigarse en todos los campos donde creyera ser necesaria su labor, era la inquietud sosegada y silenciosa, pero activísima y potente, del que ama y busca por todos los modos manifestar su amor e incendiar a los demás en las chispas de su propia hoguera,
REPARADOR EUCARÍSTICO
Hay un sentimiento que podemos llamar sin temor ninguno profundamente característico en la recia y compleja personalidad de Don Manuel, porque es inquietud permanente de su espíritu, que le condujo a hacer grandes cosas por amor de Dios. Es su tierna y apasionada inclinación a lo que comúnmente se conoce hoy-él también lo llamaba así-con el nombre de reparación eucarística. La pena oculta que atenazaba su alma ante las ofensas que continuamente recibe el amantísimo Corazón de Jesús era un torcedor continuo que le hacía sufrir intensamente de emocionada compasión, y le impulsaba a buscar por todos los medios consuelo y consoladores para su Divino Rey ofendido y abandonado.
Muy temprano madrugó el Señor a infundir en su pecho este delicado afecto, flor de cariño y de gratitud. En sus primeros años de sacerdocio hablaba ya el fervoroso joven de que debía pagar al Señor por los muchos pecados cometidos y vivir en su continua presencia en espíritu de desagravio por sus infidelidades. Pero donde se echa de ver las hondas raíces que tenía en su interior el amor de compasión para con Jesús es, sobre todo, en sus múltiples y variadas formas de apostolado. En el confesonario era este ya, por la frecuencia, no por la frialdad o rutina con que le inculcara, un asunto ordinario. Una religiosa de. Santa Clara afirma: "Deseaba que fuéramos todas reparadoras del amor ultrajado del Corazón de Jesús, y que nos ofreciéramos víctimas para consolarle en la Eucaristía." El mismo declaraba asombrado los efectos saludables y sorprendentes que obraba esta piadosa práctica en la dirección de las almas: "Bastó iniciarlas en estas materias de la vida espiritual-habla de almas sencillas y sin letras-, descubrirlas el modo fácil de agradar al perpetuo morador del Sagrario, poderle consolar, reparando a la vez las ofensas que recibe de continuo de parte de ingratos pecadores, para que se obraran cambios tan radicales en su manera de ser y comportarse, que parecían otras, como si las hubieran cambiado el entendimiento, la voluntad y el corazón.
El sentimiento por las ofensas de Jesús era tema favorito de sus predicaciones. Y, de un modo especial, terna predominante de un género de predicación que es absolutamente típico, si no exclusivo hasta entonces, en él. Me refiero a lo que él llamaba con palabra nueva, que después se ha hecho común, sus fervorines. Eran éstos encendidas endechas de amor que se escapaban de su corazón en los momentos inmediatamente anteriores a la comunión de los fieles, cuando alguna especial solemnidad hacia oportuna aquella manera- de preparar las almas al abrazo con Jesús Eucaristía, en ocasión de comuniones generales. Entonces, abierto el tabernáculo y el dorado copón, un momento apenas después de haber sumido él mismo las sagradas especies, se volvía con el rostro encendido, el alma hecha un volcán y la boca un ascua viva, y abría aquellos labios venerandos que dejaban caer con acentos de cielo palabras como brasas e ideas como estrellas. Un profesor de Oratoria Sagrada, que le había escuchado más de cuatro fervorines, no dudó en proponerle solemnemente como modelo único, inimitable, de este piadoso género oratorio. En tales coyunturas se explayaba su alma enamorada en afectos de delicadísima compasión para con el prisionero del sagrario, que iba a albergarse en los pechos humanos buscando calor de ternura contra el viento helado de afuera, en los amantes corazones de sus colegiales, de sus religiosas, de las almas fieles a quienes Don Manuel dirigía su inflamada alocución.
No eran sólo sus palabras las que iban saturadas de este aroma suavísimo. Eran principalmente sus obras. No es exageración afirmar que todas sus numerosas y variadas fundaciones estaban impulsadas por este secreto motivo. Ciertamente lo podemos afirmar, porque -hay testimonios fehacientes de ello, en la fundación de muchos de sus Colegios. A los alumnos de San José de Tortosa se lo declaró él públicamente, y lo mismo a los de Valencia, Murcia, Orihuela, Roma. Buscaba Don Manuel en cada uno de sus Colegios un semillero de sacerdotes reparadores de Jesús y consoladores de su corazón atribulado por tantos pecados. La Hermandad llevaba la idea reparadora en su primitivo título y la lleva actualmente en sus Constituciones, puesto que la reparación constituye una de sus tres finalidades principales. De cada uno de sus jóvenes congregantes de San Luis quería hacer él un fervoroso reparador. No digamos de sus monjitas. De su convento de Vinaroz, que él definió en su fervorín de inauguración del mismo como una "obra de reparación al amor" de Jesús Sacramentado, ya queda indicado cuál fue el motivo que últimamente le impulsé a dar cima a la empresa: el espectáculo de la frialdad religiosa de la población y la necesidad de "un pararrayos" divino en ella. Algo parecido podía decirse de los otros conventos que él levantó.
Tenía bien grabadas en el alma estas ideas que tan atinadamente expresó, por lo mismo que le salían de lo hondo: "El espíritu de desagravio es la piedra de toque del verdadero amor; es el cariño en su más expresiva manifestación, y, por esta razón, Jesús lo acepta con más complacencia de los corazones agradecidos." Es, en definitiva, el amor de compasión puro amor de Dios, que tiene por objeto a El en sí mismo, sin mezcla de relación a nuestro provecho, sin contenido de afecto a nosotros, aun del que es lícito y laudable. En sus frecuentes y prolongadas visitas al Santísimo, cuando se creía solo, se le oía pronunciar doloridamente en alta voz esta tierna y hermosa jaculatoria: "¡Mi pobre Jesús!" Exclamación que encierra todo un poema de amor y de compasión.
La razón de su empeño en propagar la Adoración Nocturna era el carácter marcadamente reparador de la institución, que, como él decía una noche a sus adoradores de Tortosa, se dedica a velar las soledades de Jesús, montando guardia de amor a la hora en que tantos le abandonan, le olvidan o le ofenden. "Haceos cuenta-les decía con ternura-que se desmaya en vuestro regazo y animadle con vuestras palabras y consoladle con vuestras protestas de amor y prometedle constancia en seguirle."
Pero su recio temple de apóstol, que no se podía contentar sin obras positivas, tenía necesariamente que empujarle a actuar poniendo en juego todos los insospechados recursos de su genio, de su espíritu rebosante ¿e felices iniciativas y de su voluntad enérgica e infatigable. Siendo todavía Diácono pensó ya en la conveniencia de establecer un templo o capilla de reparación; soñó levantarlo dando frente a una de las puertas de la iglesia catedral, por donde habían de salir los devotos tortosinos al terminar sus frecuentes visitas a Nuestra Señora de la Cinta, con el fin de proporcionarles ocasión oportuna para honrar al Santísimo, expuesto en perpetuo homenaje de desagravio. Lo que entonces su juventud, su inexperiencia y falta de medios no pudo conseguir, lo lograría muchos años más tarde, a fuerza de trabajo, de constancia y de sacrificio, su perenne ternura compasiva para con el Sagrado Corazón.
Siendo aún no más que un joven sacerdote enardecido de celo por los intereses de Jesús, planeó el establecimiento de un convento de religiosas dedicadas exclusivamente al culto reparador por los muchos pecados de su querida y desgraciada Tortosa. La primera idea es del año 1867; pero al año siguiente los estragos y desmanes persecutorios de la famosa revolución septembrina hicieron más hondo y persistente en su alma este angustioso deseo. Tan encariñado estaba con la piadosa obra, que conservó fiel y constantemente en su alma el fervoroso intento durante casi treinta años, desde 1867 hasta 1896, sin dejar de orar y preocuparse por él, con el perseverante anhelo de verlo al fin hecho viva realidad.
En junio de 1874 se decidió a comunicar su pensamiento a una piadosa señora tortosina que residía en Barcelona, en la cual, por lo que había oído decir de sus virtudes y prendas especiales, creyó que lograría encontrar el apoyo necesario para la empresa. Le daba cuenta en una carta de la causa ocasional de su determinación, que fueron los atropellos del 68 y el temor de que viniera un castigo del cielo sobre Tortosa, cosa que él quería alejar a fuerza de oraciones y sacrificios de las almas puras, particularmente de personas especialmente consagradas a este exclusivo objeto. Contaba con el ofrecimiento hecho por un alma santa-era su pariente Sor Josefina Sol-, la cual, sin que hubieran mediado inteligencias previas, pensaba en lo mismo. Esperaba poder establecer el nuevo convento en el palacio de San Rufo, ofrecido para este objeto por su dueña, doña Magdalena de Grau, agregándole algunas casas vecinas. Tendría como iglesia propia la contigua de San Felipe. Habla además la seguridad de nutrir de religiosas muy escogidas el nuevo hogar con las varias dirigidas suyas que Don Manuel venia preparando para ello.
No sabemos cuál fuera la respuesta de la piadosa dama, a quien Mosén Sol visitó unos meses más tarde en Barcelona. Pero él siguió acariciando animosamente la idea, como lo revelan dos cartas escritas a su Prelado, el señor Vilamitjana, en febrero de 1875. En ellas expone las mismas ideas que a la señora de Barcelona, repitiéndole ingenuamente la misma preciosa confesión que había hecho a aquélla al recordar los luctuosos tiempos del 68: "Algunas almas buenas-dice-se ofrecieron víctimas ante Dios y el Señor las aceptó. Yo también me ofrecí, y el Señor sin duda no me quería aún." Al Prelado le añade que cuenta para las obras con seis mil duros de una joven que deseaba hacerse religiosa en el futuro convento, y esperaba además hacer una suscripción popular en Tortosa, porque quería que el pueblo cooperara a levantar o restaurar la iglesia, que debería tener el carácter de monumento reparador de la ciudad.
El Obispo le propuso para poblar el convento a ciertas religiosas Terciarias Franciscanas con Casa en Tarragona. A Don Manuel le agradaba más ` y le parecía más conforme a su fin, que el convento fuera enteramente nuevo hasta en sus mismas Constituciones. Causas de diversa índole hicieron fracasar la combinación con las Terciarias, retardando y entorpeciendo la realización de sus sueños de convento, con el cual, a pesar de los obstáculos, seguía santamente ilusionado. Más adelante, en 1886, tres hermanas tortosinas, hijas espirituales suyas, le ofrecieron inesperadamente una considerable suma, suficiente para llevar á cabo la fundación, y creyó entonces otra vez llegada la hora de realizarla. Pensó erigir el convento de reparadoras en el arrabal de Roquetas, tomando como núcleo y levadura de la nueva Casa un grupito de sus religiosas de Santa Clara. Fracasado el plan también en esta ocasión, acudió a las de su convento de la Providencia de Vinaroz. Muchos disgustos, paseos, ¡das y venidas, consultas al Prelado, le costó el intento, que en algún momento creyó al fin ver en franca vía de éxito. Fracasó aun esta vez, y en 1890 renunció de momento a la nueva solución.
Donde él concentró sus esperanzas mejores para lograr una labor positiva de singular eficacia en cuanto al apostolado de la reparación, fue en su Obra por antonomasia, la Hermandad de Operarios. Al principio, y aun hasta que compuso las Constituciones, él se complacía en llamar a sus hijos "Reparadores" más bien que "Operarios", porque le parecía que aquel' nombre expresaba con mayor fuerza y exactitud el espíritu que debía ser alma y vida de la Institución. Desde el principio se afanó por buscar modos concretos de dar expansión y pábulo a este espíritu delicado e íntimo, que deseaba empapara hasta las más profundas junturas del alma todo el ser de los Operarios. La vela nocturna de los jueves, que fue práctica contemporánea con los primeros días de la Hermandad, era un síntoma y una revelación, El se mostró siempre fidelísimo a tan hermosa práctica de amor, hasta el extremo que, en los últimos años de su vida, durante sus frecuentes y largas enfermedades, había dado órdenes de que le avisaran a, la hora que estaban reunidos los Operarios en vela de amor ante el Santísimo, para unirse él espiritualmente a ellos desde el lecho del dolor.
Fruto de esta irresistible tendencia suya fueron las varias prácticas e iniciativas piadosas que introdujo Don Manuel en sus Colegios para fomentar el espíritu reparador, que era su obsesionante ideal. Las fiestas del Reservado eran en su pensamiento himnos de gratitud y desagravio al Sacramento. El difundió por las Casas de la Hermandad la "Coronilla de desagravios" al Sagrado Corazón, venida de Italia a principios del siglo XIX, hoy tan extendida entre las almas piadosas en España, y para la cual consiguió él indulgencias. El costeó una edición de estampas de San Pascual Bailón y otra del folleto "Alma Hostia", con los mismos nobilísimos fines; y pensó alguna vez organizar entre los seminaristas lo que llamaba la juventud Reparadora Josefina.
Pero sus ardores eucarísticos necesitaban algo más. No se contentaba siquiera con recomendar constantemente a sus Operarios, de palabra y por escrito, con ocasión de las penas y sacrificios en que es tan fecunda la labor del educador de sacerdotes, que fomentaran como un divino contrapeso en el dolor, que había de perfumar a la vez que dar valor y significado de santidad a los trabajos ocultos de su misión excelsa, este inapreciable y delicadísimo espíritu de reparación, _quintaesencia de los mejores sentimientos para con Dios. "Ante Jesús, llorar de pena-le dice a uno de sus hijos-; que bien merece Jesús este tributo nuestro; que para eso somos Operarios reparadores de su Corazón." Necesitaba su ambición apostólica encontrar un modo concreto para los Operarios, que pudiera servir de reparación colectiva pública, y al mismo tiempo fuera vehículo de semejante espíritu entre los fieles.
Durante muchos años aún anduvo atormentado con esta búsqueda santa, dando vueltas a varios proyectos, hasta que logró dar, ya en los últimos de su vida, con uno que enteramente le satisfizo. Pero antes tentó por varios medios de difundir entre los fieles este divino fuego que a él le abrasaba. Tres años-de 1886 a 1889-estuvo pensando y tanteando la fundación de una revista, que hubiera sido la encargada de dar impulso, orientar y propagar este movimiento renovador que él soñaba. Había de titularse "El Reparador". Habría de ser la llamada a dar vida a una congregación piadosa, que intentaba poner también en movimiento con el título de Asociación Reparadora Diocesana. Su objeto era agrupar en las parroquias a los fieles para formar con ellos turnos de vela al Sacramento, expuesto día y noche. La organización sería diocesana y tendría sus centros en los Colegios de la Hermandad. Para este fin preparó, además, Don Manuel el esquema de un devocionario que titulaba "El Manualito del Reparador". Tan bellos pensamientos no acababan de encontrar ambiente propicio ni forma viable de realización.
El seguía, sin embargo, meditando campos en que la Obra pudiera dar rienda suelta a sus fervores eucarísticos. Creyó posible combinar los trabajos de los Operarios en ministerio, que en vida suya tuvieron a veces plena efervescencia, de forma que sirvieran de cauce a un movimiento en favor de la Exposición permanente en las parroquias, a ejemplo de lo que él había hecho en sus correrías apostólicas con la Adoración Nocturna. En la Asamblea General de Asociaciones Católicas, celebrada en Tortosa del 7 al ii de diciembre de 1887, como ponente de la sección sobre Obras eucarísticas, propuso el establecimiento en regla en la diócesis de la Adoración Diurna del Santísimo. Esta ansia de procurar por todos los medios que el Señor multiplicara sus salidas de la cárcel del Sagrario para dejarse ver a plena luz, entre el temblor acariciante de los cirios y las fragancias suaves de las flores, las nubes de incienso y los esplendores de un culto solemne y devoto, era una exquisitez de su enamorado corazón y una forma práctica y aptísima de desagraviar con públicos y fervientes homenajes los olvidos y las ofensas. Por eso la propagaba con todas sus fuerzas y todo su ingenio.
Había encomendado mucho al Señor sus planes en favor de la Exposición perpetua durante el año 1889, y en 1890 lo propuso a los Operarios reunidos en Valencia. La falta de personal, escollo en que naufragaron tantas otras bellas iniciativas suyas, hizo naufragar también a ésta. Pero, inopinadamente, el ingreso de don José María Caparrós en la Hermandad, acaecido en 1892, iluminó por un poco de tiempo con fulgores de cielo sus ilusionados anhelos eucarísticos ante la perspectiva de una magna Obra de este género, de la cual podían hacerse cargo los Operarios. El señor Caparrós, Arcipreste de la Catedral de Madrid, era nada menos que Director espiritual del Centro Eucarístico Nacional. Desde este puesto pensaba el celoso canónigo lanzarse decidido y entusiasta a una propaganda eucarística a fondo por toda España. Don Manuel vio el cielo abierto al saberlo, considerando que podía ser aquél el providencial trampolín para dar el gigantesco salto que meditaba de abrasar a España entera en eucarísticos amores por medio de su Obra. A la primera, comunicación, todavía velada, que Caparrós le hacía de sus propósitos junto con sus planes de ingreso en la Hermandad, le contesta entre otras cosas: "Como en la suya deja caer la especie de la propaganda eucarística, que llena todos los anhelos de mi espíritu, objeto tan especial de la Herman dad, me ha puesto usted sin fuerzas a discreción de sus empresas. Explane, pues, el pensamiento, que estamos a su disposición. Tanto es el deseo de que Jesús nos escoja a nosotros para instrumento del amor eucarístico en España..." Recibida otra carta más explícita de Caparrós, se apresura a contestar rebosando de gozo: "No puede usted imaginarse la fruición que Jesús me depara con el pensamiento de ser llamados para cooperadores especiales de su Amor Sacramentado en España." Definido queda de mano maestra por él mismo, mejor que pudieran hacerlo todas las ponderaciones ajenas, su perdida locura amorosa por el apostolado eucarístico. La propaganda eucarística "llena -dice-todos los anhelos de mi alma y de fruición cor meum et carnem meam."
Ingresado Caparrós en la Hermandad, continué residiendo en Madrid, porque Don Manuel esperaba grandes cosas de él al frente del Centro Eucarístico Nacional. Para ayudarle en su labor le envió, sin poder, a don Andrés Serrano, Operario en cuyas dotes de talento, de escritor y de propagandista fiaba mucho el Fundador. Quiso aprovechar la estancia de Serrano en Madrid para que pusiera mano en "La Lámpara del Santuario", revista órgano de la Adoración Nocturna Española. En ella le daba entrada su antigua y cordialísima amistad con el Presidente de tan benemérita Institución, don Antonio Sánchez Santillana. Pensé en algún momento que la Hermandad tomara por su cuenta la mencionada revista, y así lo indicó a los Operarios en Valencia el año 1892. Y lo hacía pensando que era "un gran medio de reparación a Jesús", y por "no desviar los futuros designios de Dios".
La permanencia de los dos Operarios en Madrid le hacía devanarse el ingenio y el corazón excogitando modos de aprovechar aquella magnífica ocasión para imprimir un rumbo nuevo, amplio y rápido, derechamente encaminado a la conquista total del campo eucarístico, a sus fervores de compasión para con Jesús. En 1894 estaba trabajando por adquirir en la capital de España la capilla de San Andrés, llamada del Obispo, para instalar allí con todo esplendor y pujanza el culto eucarístico a cargo de los Operarios, comenzando desde luego por la vela nocturna. La empresa se presentaba erizada de dificultades, particularmente en su aspecto económico. Don Manuel calculó que se necesitaban para montar la obra, tal como él pensaba establecerla, unos setenta y cinco mil duros; por lo demás, no acababa de determinarse a ir a la corte sin tener allí Colegio. Dos años llevaba trabajando por fundarlo también, para lo cual llegó a tener ya hasta la autorización del Prelado, y no se lograba nunca su Colegio de Madrid, en el que tanto empeño había puesto, en parte también por dificultades económicas y en parte por sus muchas empresas que le robaban el tiempo y la atención, y, sobre todo, por el escaso número de Operarios de que podía disponer. Casi se decidió a tomar la iglesia sin el Colegio, pensando que aquélla traería éste. Ninguno de sus sueños sobre Madrid pudo realizarse al fin. Quizá influyó en ello el nombramiento de Caparrós para Obispo de Sigüenza, en 1896. "Se ve que Dios no lo quiere o no lo merecemos", comentaba tristemente al fin, pero resignado, el infatigable y humilde apóstol.
Dios, sin embargo, le dio a entender por fin cuál era el camino para llegar a algo práctico en el terreno de las obras eucarísticas de reparación. ¡Tantas vueltas como había dado al problema sin acabar de encontrar la solución, y la tenía delante fácil y asequible, al alcance de la mano! De pronto, cuando menos lo esperaba, el Señor le iluminó. El nos ha descrito los pormenores de la fecha y la hora, sin duda porque consideró de gran trascendencia el acontecimiento e inspiración de Dios la resolución, algo parecido a lo que le sucedió con la fundación de la Hermandad. El día 8 de septiembre de 1896, natividad de la Santísima Virgen, se encaminaba a la iglesia del Seminario, donde tenían su sede las Camareras del Santísimo, para presidir la junta mensual. Aún revolvía con cariño aquel ya lejano proyecto de sus años mozos, que le impulsó a fundar una comunidad de religiosas, que ahora llamaba ya Operarias Diocesanas Reparadoras, dedicadas exprofeso a desagraviar a Dios por los pecados de los días de la revolución de Tortosa. Había dejado ya su pensamiento de instalarlas en San Rufo, tenía abandonada por irrealizable la idea de Roquetas, pensaba más bien, ya hacía algunos años, desde el 91, en la abandonada y medio derruida iglesia de la Merced; y de pronto, como un relámpago de luz que rasgara el tupido velo de aquellas espesas tinieblas, iluminando intensamente un paraje que tuviera delante y en el cual jamás hubiera parado mientes, pensó: la fundación podía ser de hombres. Sería mucho más fácil establecerla y más eficaz su apostolado, se dijo en seguida. Y, repentinamente, mayor luz aún: la fundación de hombres podía ser de Operarios. Mucho más fácil su instalación, y mucho más eficaz su apostolado, pensó todavía. En un momento desaparecieron todas las dificultades, como castillo de naipes que un niño derriba con un soplo, y vio alzarse ante sus ojos, iluminados de gratitud y de ternura, las graciosas líneas de un nuevo templo, donde sus hijos los Operarios habían de dar culto perpetuo de amor y de desagravio a la Hostia Santa, y atraer muchas almas alrededor del trono de amores de Jesús Sacramentado. Tenía con ello, además, la solución del gran problema que tanto le atormentaba hacía años: el modo concreto y práctico con que pudiera realizar la Hermandad uno de los fines principales de su institución, según constaba en las Constituciones: el apostolado eucarístico reparador.
Con el desbordante y contagioso optimismo de su ardiente temperamento, vuelto a sus entusiasmos de los treinta años, a pesar de sus sesenta cumplidos, por obra y gracia de sus amores eucarísticos, comenzó a dar cuenta a los Operarios de la felicísima idea y a dar los pasos para ponerla por obra inmediatamente. A los pocos días, 27 de septiembre, escribía a don Andrés Serrano con infantil alborozo: "Tengo resuelto el problema de la reparación." Y el 1.º de octubre, a don Esteban Ginés con igual entusiasmo: "He encontrado al fin la clave para sus deseos de arrebatar el campo eucarístico. Creo le gustará a usted el proyecto. Se lo mandaré a la aprobación de usted y de Serrano. Deseo no morir-añade arrebatado de celo-sin dejar iniciado el movimiento de nuestros Operarios hacia la reparación a Jesús Sacramentado; y por lo tanto va el adjunto proyecto y espero pronto su aquiescencia, aprobación y alientos."
El humildísimo Fundador, no fiándose de sí mismo, sino más bien deseoso siempre de consejo y orientación ajenos, pone, como un joven inexperto en los caminos del apostolado, sus más caras iniciativas en manos de sus hijos, anhelando recibir de ellos luz y alientos. El proyecto era de una gran sencillez, y, al mismo tiempo, de una amplitud vastísima e ¡limitada, pues venía a abrazar en una tupida red de centros de sólida devoción y bien orientada propaganda eucarística todas las células vitales de la diócesis, y, con el tiempo, por la paulatina confederación de las diócesis, la entera nación. La obra aspiraba al establecimiento de la exposición diaria diocesana por turnos en todas las parroquias, con un centro en la capital, instalado en un templo o capilla que se propusiera "el culto, adoración y exposición diurna y aun nocturna, bajo el cuidado y servicio de la Hermandad". Podrían agregarse al templo sacerdotes auxiliares que convivieran con los Operarios. El templo de reparación debía ser además un foco de irradiaciones apostólicas. Se fomentaría en él la piedad en su más genuino sentido, por medio de la predicación de Ejercicios espirituales, retiros, pláticas e instrucciones sencillas, pero sustanciosas; asiduidad y solidez en el ministerio del confesonario; el movimiento de Adoración Nocturna y la Corte de Amor y Reparación, que habían de radicar en el templo aludido; orientando, en fin, toda la vida espiritual de tan trabajadora colmena apostólica hacia el culto eucarístico reparador. Este culto había de procurarse que fuera sencillo, sobrio y devoto, sin el boato de grandes solemnidades, procesiones o paradas religiosas de relumbrón, sino yendo más bien a lo práctico y positivo, que es de ordinario lo silencioso y recogido. El templo de reparación, centro motor de todo el movimiento eucarístico en la diócesis, se instalaría únicamente en las capitales donde hubiera Colegio de Vocaciones. Bastaban para llevarlo adelante con felicidad, en la mente de Don Manuel, pocos Operarios y mantener la exposición, al principio, de tres a cuatro horas diarias.
La empresa hubiera sido de gran facilidad y eficacia, y el Fundador pensaba que se podía dar comienzo a ella en Tortosa con rapidez y éxito seguro. No lo vieron así, sin embargo, sus colaboradores. Y no fue esta oposición semilla de escasos disgustos y ligeras espinas para su sensible corazón. De donde menos podía esperarlo le comenzaron a llover dificultades y reparos. Le decían que el proyecto era utópico, que era exponerse a un fracaso ruidoso, que no podía disponer la Hermandad de hombres para tanto. Don Manuel se dignaba contestar a todos con amable interés y fina caridad, resolviendo objeciones y aclarando su pensamiento. juzgaba que se podía empezar en plan de ensayo en dos o, tres sitios, Tortosa, Valencia y Madrid; y después todos se convencerían, y los obstáculos se allanarían. Solamente le impresionaba algo la dificultad de encontrar hombres. A él le bastaba uno para dar el sello a la obra, y aquel en quien pensaba se le mostró refractario. Le hacia fuerza, sobre todo, la oposición del que hacía de director espiritual suyo, don José García, con quien le unían lazos de fraternal amistad hacía muchos años y en cuya autoridad tanto fiaba.
Pero seguía acariciando, con todo, dulcemente en su interior el dorado sueño de la reparación, como lo demuestran estas apostólicas palabras de un articulo que envió, rogado por su amigo Santillana ` para un número extraordinario de, "La Lámpara del Santuario": "El día que lográsemos tener en cada capital la vela continua y en todas las . parroquias la vela periódica diocesana, y tengan todas las familias al menos un adorador, el bienestar reinaría sobre la tierra, porque dominaría el imperio del amor." La oposición de los suyos le contuvo aún por algún tiempo. En abril de 1897 sé le ocurrió, como solución- intermedia, «ensayar en pequeño lo de Reparación." Pensó en la iglesia de la Merced o en el cuartel de Santo Domingo, antigua iglesia dominicana, obteniendo previamente para mayor seguridad el beneplácito del Capítulo General de la Hermandad, que habla de reunirse en agosto, o bien empezar unas sencillas prácticas en Tortosa, para lo cual no creía necesario dar cuenta a nadie.
Pasaron años, y, como no encontraba campo propicio para la solución anhelada de gran alcance, decidióse por fin al ensayo de que venía hablando, hecho por su cuenta y riesgo. El 21 de junio de 1900 visitó a su Obispo, don Pedro Rocamora, para pedirle que le cediese el templo de la Merced, que había estado convertido en teatro y era entonces sede de la Juventud Católica. El Prelado se lo prometió formalmente, y Don Manuel comenzó a comunicar sus propósitos a sus Operarios. Don José García seguía poniendo reparos, poco fundados ciertamente.: el temor al ridículo parecía el principal. Don Manuel juzgó conveniente pasar por encima de su parecer, no sin antes haber tratado de convencerle y hacerle ver que para el propio don José, en fin de cuentas, no había peligro de ninguna clase, en una hermosa carta de donde son estos párrafos: "Mi entusiasmo por esta idea es tan fijo, que tendría remordimiento de no realizarla antes de morir; y si los otros se hubieran opuesto, les habría pedido que me lo dejaran realizar como cosa mía, con o sin apoyo de la Hermandad, y sólo habría pedido se dignara la Hermandad estar a la mira y dirigirlo y ser dueña." Admirable y candorosa humildad de quien al fin y a la postre era el Superior y tenía la responsabilidad de las iniciativas y la dirección.
Los demás Operarios ya no se oponían. La Providencia vino todavía a despejarle de todo escrúpulo su camino. En noviembre de 1900 moría don José García inesperadamente. Don Manuel, que tanto le estimaba y tan ardiente cariño sintió por él toda su vida, tuvo una crisis de dolor agudísima. En el mes de diciembre el condescendiente Fundador, a quien tanto le repugnaba obrar sin el consentimiento de--- sus colaboradores, obtuvo por fin de 'la junta de gobierno de la Hermandad "aceptación completa y entusiasta" de su plan. La siguiente carta, escrita el 28 de diciembre, explica su estado de ánimo en cuanto a este particular, dando a entender a la vez hasta dónde llegaba su humildad y los quilates de sus amores eucarísticos: "No quiero retardar el envío del proyecto de Templo-capilla central y universal. de Reparación-dice con cierta ponderada ironía-. Parece que Jesús lo quiere, después de tantos años que lo deseo y he estado-detenido por los reparos y temores de los nuestros. Reunido con los reverendos Osuna, Elías y don Esteban, propuse el plan de campaña, las esperanzas, necesidad, ventajas, etc., etc. y lo aprobaron con gozo. Conque, oraciones muchas. ¿Quién sabe los destinos y designios de Jesús sobre esta obra puesta en nuestras manos? Por de pronto, es una necesidad para esta población pecadora., que no tiene ni una residencia religiosa y con ello la tendrá indirectamente y sin ruido ni aparato, y sin pérdida de personal por nuestra parte." Era lo que necesitaba para lanzarse finalmente al trabajo con el ardoroso entusiasmo de sus mejores tiempos. El Obispo le había cedido gratuitamente lo que quedaba de la que fue iglesia de la Merced, en 20 de noviembre de 1900.
Y era preciso levantar en aquel solar un nuevo templo devoto, recogido y bello, que fuera un digno dosel del Rey de sus amores. Hubo que dedicarse a buscar dinero con empeño. El deseaba que contribuyeran a las obras el mayor número posible de hijos de Tortosa, para que todos tuvieran alguna parte en aquel monumento de la piedad eucarística tortosina. En marzo de 1901 estuvo tratando ya con el arquitecto del trazado de los planos; pero el dinero no había comenzado a llegar, y él decía que se necesitaban al menos de diez a doce mil duros para empezar. Y seguía pidiendo al Señor ver siquiera iniciado este "segundo objeto primordial de la Obra". "Lo deseo-decía--para que no me desvíen las primeras líneas y me desfiguren su carácter."
De modo inesperado llegó el primer regalo, que le enviaba San José para la Reparación, la víspera de su fiesta. Eran dos mil duros mandados por una piadosa señora desconocida. El 1.º de abril, fecha colmada de gratos recuerdos en el calendario de Don Manuel, a las cinco de la mañana, bendecía la primera piedra. Seguidamente comenzaron las obras¡ Y comenzaron también las penas. Parecía que hasta Última hora todo se ponía en contra del tanto tiempo proyectado y tan vivamente deseado templo de reparación. Hasta los elementos se conjuraban contra la modesta edificación, después de tantos sudores y oraciones, comenzada al fin. El mal tiempo y la poca consistencia del terreno donde se edificaba fueron factores que retardaron no poco la marcha de los trabajos. Vinieron después otros inconvenientes. A veces faltaba dinero; a veces los obreros, que comenzaban a ser envenenados por el marxismo, se plantaban en huelga; o el arquitecto y el maestro de obras no se entendían; o los Operarios y amigos no veían bien tal
detalle de la construcción. Todas estas menudencias adversas hicieron que la empresa estuviera constantemente sembrada de pequeñas espinitas, como si el Señor quisiera que todo en aquel proyecto, hasta la misma edificación del templo donde tantos actos de amor reparador iban a ofrecérsele, fuera ya para su afortunado iniciador un rosario de continuos sacrificios, que acariciaran ya desde entonces con temblores de amor los oros de la, futura custodia, en que El había de asentar su regio trono.
No se amilanaba Don Manuel entre tantos sinsabores; antes la lucha y el comienzo de aquellos sabrosos frutos que comenzaba a saborear parecían poner mayores ansias en su alma, que ya oteaba horizontes lejanos, adonde extender mañana el influjo salvador del fermento eucarístico. "La Reparación adelanta -decía el 8 de enero de 1902-, pero más lentamente de lo que yo quisiera. A ver si con sus oraciones logra usted que la Reparación se establezca en Sevilla, Granada o Córdoba." Estaba escrito, no obstante, que la obra de la Reparación había de serlo de veras para Don Manuel hasta el momento mismo de inaugurarse la iglesia ya terminada.
La inauguración oficial, solemnísima, tuvo lugar el 22 de noviembre de 1903. Más de un año antes había tenido Don Manuel el primer ataque grave de la enfermedad que algunos más tarde lo llevó al sepulcro. Pedía sólo en su lecho de dolor, como supremo regalo de Dios, al igual del viejo Simeón, poder ver su obra de la Reparación en marcha. "Ya ha llegado de Barcelona la campana para la Reparación-escribe alborozado como un niño con un juguete nuevo, el 3 de noviembre de 1902-; pero aún me fatiga Abril (éste era el nombre del arquitecto) con sus calmas y me troncha los cálculos de fecha, y los apuros aumentan, Pida a Jesús me la deje ver terminada, si es de su agrado, pues será una capilla muy mona y digna de ser central del movimiento de Reparación a Jesús Sacramentado."
Los médicos, que le habían prescrito una larga temporada de reposo absoluto, al acercarse la fecha de la inauguración, aunque se encontraba ya bastante bien y había vuelto a sus tareas ordinarias, temerosos de los efectos que la gran emoción de la fiesta produjera en su minado organismo, sobre todo en su debilitado corazón, le enviaron a Valencia, con la promesa de dejarle volver a Tortosa para el gran día. Fue una jugada para engañarle "como a un niño", según dijo después él mismo. El verdadero, autor de aquella obra no pudo gozar el grandioso y para él ambicionado momento. El Señor le exigió este último sacrificio como corona de los muchos que le había costado la empresa, y sobre los cuales vendría Jesús a descansar más complacido aún que sobre el trono de la -Preciosa custodia que su amor abrasado le proporcionó. El lo ofreció así con fervorosa humildad: "Mañana se inaugura-escribía el día anterior a la fiesta- nuestra iglesia de la Reparación. No han querido que presenciará las fiestas, por temor de que las emociones perjudicaran a mi salud. Jesús les pague la caridad, y a su amor ofrezco el sacrificio."
No satisfecho su corazón con un solo templo, los últimos años de su vida' vivió preocupado con el pensamiento de multiplicarlos por todas partes. "Si fuese joven-decía alguna vez-haría un templo de Reparación en cada pueblo para reparar a Jesús de las muchas ofensas que recibe." Al menos en alguna otra de las capitales donde tenía Colegios, lo hubiera intentado de buena gana; pero sus frecuentes enfermedades y achaques y la tarea abrumadora de Fundador y Superior General de la Hermandad le impidieron- realizarlo.
La encendida ternura de sus amores eucarísticos tenía que contentarse en cuidar con mimo de verdadero amante los más menudos y delicados pormenores del culto en su templo de Reparación. En cuanto a flores, velas, cantos, funciones, exigía siempre la más exquisita pulcritud, abundancia colmada y exactitud rigurosa. Hasta del lejano templo de San Felipe de Jesús, en Méjico, se cuidaba en sus cartas de que el culto fuera delicada y amorosamente espléndido, con detalles como el siguiente, que revela las filigranas de atención a que llega el verdadero amor: "Las catorce velas solas-escribía a Méjico-me parecen poquitas para mi Jesús. En el acto de la Reserva, al menos, pónganme más". Difícilmente puede alcanzar primores más regalados la ternura de una madre.
Ya que no pudo otra cosa-ni siquiera lograr, como lo deseó, la fundación de un Boletín de Reparación a Jesús Sacramentado, para propagar su culto y su amor-, gozaba al menos intensamente los postreros años de su vida, cuando se lo permitían sus achaques, en encaminarse con paso lento y fatigoso, al atardecer, las anchas y venerables espaldas dobladas bajo el peso de tan larga y laboriosa vida, a su bufoneta iglesia de la Reparación-piropo cariñoso que él empleaba en su lenguaje familiar para expresar la idea de lindo y bonito-y postrarse allí de hinojos en aquel recinto que sus ojos de vidente tantas veces habían vislumbrado en fiebre de amor, y sus ansias de apóstol tantas veces desearon con sobrenatural estremecimiento. Dios quiso premiar las fatigas que en la obra derrochó sin medida y sin ahorro, ordenando en sus designios amorosos que vinieran a descansar sus cenizas venerandas a los pies de aquel Sagrario. que fue uno de los más ardientes sueños de su vida santa.
LA FUENTE DE LAS AGUAS
Antes de poner fin a la narración de esta edificante historia, es menester dar una mirada de conjunto al artífice de tantas maravillas; hacer un rápido viaje escrutador al fondo de aquel alma que hizo cosas tan grandes y tan bellas en su vida; sorprender, en cuanto esto es posible al ojo profano, los últimos refugios del hombre, allí donde, por sentirse solo y sin testigos, no tiene empacho de suprimir el inconsciente disimulo o la artificial compostura, que es inevitable en todo mortal cuando vive o actúa ante espectadores; bucear en la hondura de aquella vida llena, robusta, pletórica, cargada de frutos sabrosos, para ver si podemos encontrar la raíz última, el punto exacto de donde mana y procede su hermosura.
La vida de Don Manuel, así como es múltiple, compleja y varia en sus manifestaciones exteriores, en sus innumerables e incesantes afanes de infatigable trabajador apostólico, es poliédrica y multiforme en el manar profundo y silencioso de su fuente interior. Hombre de una pieza, aun en lo físico, alto, robusto, de esa talla fornida y bien hecha que es el mejor residuo de una raza que ha conservado intactas las costumbres cristianamente sobrias de sus antepasados; de rostro simpático, atrayente, varonilmente hermoso, donde brillaban amables, dulces, dos grandes ojos negros rasgados y profundos, en los que había siempre una quieta luz de franca alegría, teñida de un tenue resplandor de oculta y mansa pesadumbre. De conversar ameno y grave, matizado a las veces de un jovial encanto comunicativo, pues Don Manuel gustaba de las inocentes expansiones y golpes de ingenio que tan irresistible hicieron a Santa Teresa, con quien guarda muchos puntos de contacto la amable y entera personalidad de nuestro héroe.
Con limpia y sana alegría, exenta de acrimonia, solía a veces comentar festivamente ante sus íntimos, sus colegiales o sus monjitas, las múltiples incidencias de que la vida está sembrada para un espíritu fino, atento al profundo sentido de las cosas. Este dejo de buen humor rezuma aún en muchas de sus cartas, como cuando, escribiendo a una religiosa que sufría de escrúpulos, le dice con gracia: "Su cabeza es todavía hoy como la cabeza del puente de barcas de ésta, que pasa y repasa mucha gente y nadie se detiene."
Su temple de espíritu era de una reciedumbre moral innegable. Sólo un gran carácter hubiera podido intentar y, sobre todo, llevar a cabo las grandes y numerosas empresas que él inició y vio coronadas con el más rotundo éxito. La fundación de Roma bastaría para acreditar de enérgico y constante-esa difícil cualidad de la constancia que no es precisamente dureza de juicio-a cualquiera. Aquellos dos años largos empleados en insistir con paciencia inflexible, sin quejas y sin abatimientos, lo mismo en Madrid que en Roma, donde a veces se pasó meses enteros sin hacer más que esperar; aquel buen ánimo con que aguantaba impávido los temporales, las calumnias, los desprecios, teniendo aún humor para escribir a sus hijos o a sus dirigidas palabras de consuelo y de optimismo, cuando no bromas inocentes; toda esa firme labor de resistencia en la espera, de aguante en la adversidad, de incansable actividad a la hora del trabajo y la iniciativa propia, son los trazos inconfundibles que revelan al hombre de carácter, al espíritu que no se doblega ante el sacrificio o la humillación.
Claro que esta heroica constancia no era pura tenacidad de carácter. En Don Manuel entraba a la parte por mucho la gracia de Dios, ese elemento sobrenatural de la paciencia, llevada en él a extremos difícilmente asequibles a una virtud ordinaria. No es que sufriera con paciencia los trabajos, es que se gozaba en las persecuciones y las deseaba. En los difíciles tiempos en que desgraciados enemigos de la Iglesia apedreaban sus Colegios de Lisboa y de Valencia, comentaba casi con gozo: "Se conoce que el diablo ha llegado a penetrar la malicia de nuestra Obra.” Y, refiriéndose a la probable salida de Portugal, explica. “Si la Providencia de Jesús quisiera que saliéramos por motivo de los masones, sería una salida muy gloriosa, sería una bendición." Ya los Hechos de los Apóstoles nos dicen de los primeros discípulos de Jesús que volvían gozosos de la presencia del tribunal porque habían sido considerados dignos de sufrir por el nombre de Jesús. Don Manuel conoció también la escondida e íntima dulzura de esta amarga alegría. Por eso animaba a sus Operarios: "Los sufrimientos de ustedes son prueba de designios amorosos. En toda empresa ha de haber víctimas de dolor y de sangre. Yo los sufrí en Roma y hasta llegué a creer que Dios no quería aquello por nuestra misma ambición." Con qué
serena sencillez escribía en los tiempos más oscuros de las persecuciones en Roma: "No faltan guerras oficiales por parte de España y oficiosas por parte de los traviesos de allá y ensancha el corazón esta rabia del infierno." Gozaba el varón de Dios con que le persiguieran.
El mejor termómetro para medir la santidad de una persona es apreciar los quilates de su humildad, esa gran virtud escondida en las profundidades del alma, que es cimiento insustituible de todo edificio sobrenatural, por cuya hondura hay que graduar la fuerza de resistencia del castillo interior. Con qué ingenua naturalidad se le escapaba el alma por la boca al Fundador de la Hermandad, cuando, en agosto de 1904, decía a sus Operarios reunidos en Valencia para convencerlos de que debían elegir a otro para la carga de Director General, que él ya no podía llevar sobre sus hombros por los muchos achaques: "He estado siempre convencidísimo-dice-de que faltando yo, y no es efecto de humildad, la Hermandad irá mejor. Una cosa es la iniciativa, que Dios da a quien quiere, y otra es la conservación y el desarrollo, que Dios concede a los que elige para ello. No es saludable ni lo mejor a los que tienen ciertos cargos o autoridad morir en ellos, para que así tengan tiempo de escarmentar y hacer penitencia de sus deficiencias y descuidos antes de morir."
Estaba bien convencido de que el cargo de Superior es un puesto en que Dios coloca al hombre para que sirva a todos sus súbditos sin pensar en sí mismo. Por eso rehusaba en su conducta con los demás toda manifestación que apareciera como muestra de superioridad. jamás llamó al colegial que había puesto a sus órdenes para los pequeños menesteres de la vida ordinaria, haciendo uso de la campanilla, sino que se levantaba e iba a buscarle a su habitación cada vez que necesitaba de sus servicios. Tampoco permitía que nadie hiciera la limpieza en su cuarto cada mañana. El mismo tomaba el cubo de agua sucia y llenaba el jarro de la limpia, cuando lo había menester. En uno de sus viajes a Burgos encontró en la Rectoral una gran fotografía suya sobre el muro haciendo juego con otra del Papa. Al verla no hizo más que este comentario: "Ese no soy yo. Me engañaron en Roma, y está mal sacada." Al día siguiente él se encargó de que desapareciera el retrato de su sitio. No permitía que pusieran mosquitera en su habitación, porque lo consideraba demasiado lujo. Persuadido de la necesidad de esta gran virtud, la inculcaba sin compasión a sus dirigidos, a quienes decía palabras tan expresivas como
éstas: "Ten por cierto que, si no te humillas, nunca harás nada." Una distinción extraordinaria a uno de sus Operarios le arranca este, al parecer, extraño comentario: " ¡Qué cosas hace Jesús! ¡Si fuéramos siempre humildes!"
Le repugnaba en gran manera que hablaran de él o se preocupasen de su persona. De aquí el interés con que repitió muchas veces en su vida que, después de gastarse en el servicio de Dios, anhelaba como premio morir olvidado de todos en un Hospital. Llevaba su empeño de evitar singularidades al extremo de no tomar las medicinas en el refectorio, porque "en el refectorio-decía-debemos igualarnos a los demás". Durante el invierno no pudieron hacerle usar nunca brasero. Su repugnancia a servirse de la mosquitera en verano le obligó en ocasiones a pasar toda la noche expuesto al molesto asalto de estos pequeños insectos que tanto mortifican, porque él acostumbraba a quemar antes de acostarse unas pastillas especiales para ahuyentarlos, y alguna noche que quien guardaba la caja de las pastillas se había retirado, dejó a los cínifes rienda suelta, por no molestar a los demás.
Lo que más admira en él era la humilde confesión ante cualquiera de lo que él llamaba sus pecados; pero no así en globo, como suelen hacer a veces los mortales, buscando el halago de la inevitable alabanza que se sigue, sino bien en concreto declaraba él los suyos: "He hecho muchos pecados-decía una vez describiendo un viaje-, pues me he envanecido." Hablando de los muchos trabajos soportados en la fundación de Valencia, escribía a un amigo: "Hubo momentos que estaba a punto de ser infiel a la gracia, queriéndome enfadar y vengarme, paralizando un poco el movimiento de la Obra en ésta-abandonarla, no, porque hace falta-; pero al fin miré a Jesús y me avergoncé de mi falta de fe y de constancia." Se siente palpitar en estas ingenuas palabras el ansia de los Santos porque todos conozcan sus pecados, para que los desprecien y los tengan en poco.
He aquí un hermoso rasgo que retrata de cuerpo entero su alma delicadísima, poniendo de manifiesto, a la vez que su profunda humildad, su finísima delicadeza de conciencia y aquel temor constante que tuvo toda su vida por evitar en sus palabras o en su conducta todo lo que pudiera ser piedra de escándalo para las personas sencillas. En una ocasión, recibiendo la visita de unas religiosas, se entabló conversación sobre el celo y los diversos Institutos religiosos. Don Manuel, a lo largo de la charla, dejó caer la especie de que algunos le parecían más celosos que otros, y debió dar nombres. Apenas salida la visita, sintió tan honda intranquilidad en su espíritu por lo que había dicho, que se puso incontinenti a escribir un billetito de retractación. recibido con edificante sorpresa por las buenas religiosas, no bien llegaron a casa. En ella el acongojado sacerdote les pedía humilde perdón, diciendo entre otras cosas: "Yo, que soy un haragán, y el que menos ha trabajado en la viña del Señor, me he entretenido en pasar el tiempo con apreciaciones tontas. Ruegue por mí y no tome mal ejemplo, que ya me confesaré antes de celebrar la Santa Misa." A una de las Siervas que le asistía en su última enfermedad le dijo con gran sentimiento una vez: "La Madre visitadora de ustedes y la Madre Anunciación han visitado este Colegio, y yo las he recibido, y no he avisado a don Elías y demás Superiores, como si yo lo fuera aquí todo y solo."
Ante estas filigranas de delicadeza espiritual, no extrañará que atribuyera con el acento de la mayor sinceridad a sus pecados las contradicciones en sus empresas, y que, en sus últimos años sobre todo, se quejara amargamente del tiempo perdido, de sus infidelidades y pecados. "No me olvides en tus oraciones-decía en carta, pocos meses antes de morir-; que cuanto más tiempo pasa, más necesito la gracia de Dios, porque tengo más temor de mi pasado, mi presente y mi porvenir." " Llueven noticias diarias y gratas de Roma-decía en otra ocasión-. Por Jesús, oren mucho, que yo temo mis pecados." Y en otra: "Lo peor es que no sé mirar las causas de esa permisión divina sino mirando mis pecados, que los creo causa de ello." Hablando de sus largos años de ministerio, pocos meses antes de su muerte, escribe: "Pero no lo recordemos, porque esos años me caen encima y me espantan ante el juicio de Dios, al pensar lo mal empleados que han sido, cuando debía haber llenado la tierra de gloria de Dios, y he hecho tan poco. Por Dios, ruega siempre por mí, que tengo mucho temor. Como más va, más me parece alejada la muerte;
y no es bueno: pues los viejos vivimos de ilusiones y aun vivimos siempre con las raíces hacia la tierra."
Yunque de la humildad es la paciencia en las injurias, y en soportar impertinencias y rarezas de criterio de los demás; sobre todo, cuando los demás son súbditos que debieran honrarnos y estarnos sujetos. ¡Cuánto se ejercitó en este campo la grandeza de alma de Don Manuel! El, que
era el Fundador y Superior General de la Hermandad, obraba en ocasiones como si fuera el último de todos, accediendo gustoso a oír el parecer de los otros en los negocios, principalmente en los de alguna importancia, porque nunca se fió de su propio juicio. Sobre un problema delicado de orden disciplinar en un Colegio, escribe: "Así, discurran y propongan, y consultaremos y resolveremos, no como yo quiera, que no quiero quererlo, sino como parezca mejor." Aun en las más grandes empresas que llevó a cabo en su vida-la Hermandad y el Colegio de Roma---, a pesar de estar convencido de su necesidad, utilidad y fácil realización, no se atrevió a dar un paso sin antes contar con la aquiescencia de los que juzgaba puestos por Dios para ello. Cuando estuvo fundada la Hermandad, eran ante todo sus consejeros natos los miembros de la Junta. Su espíritu era infantilmente humilde, aunque titánicamente emprendedor, preciosa combinación de cualidades que da por resultado el apóstol santo.
Pero su magnanimidad fue pródiga especialmente en soportar mansamente malos humores de los suyos. A un Operario que, por la confianza que le unía con él, se propasaba a veces a contradecirle o resistir a sus mandatos, el santo varón le decía sonriendo: "¡Piensa que tienes voto de obediencia!" Y si alguna vez el aludido Operario se encontraba malhumorado, a causa de esta dificultad de conformarse con el juicio del Superior, como una buena madre le animaba cariñoso: "¡No te enfades!" A otro, que escribía una carta de queja contra él, tan fuerte que no se
atrevió a enviarla directamente, sino por medio de uno de los miembros de la Junta, le dice con encantadora humildad, acusándose de ineptitud al mismo tiempo: "Recibo la suya dirigida a don Elías, con la advertencia de que me la entregue, si lo cree prudente, por si es demasiado fuerte, y van dos líneas. No tema ser fuerte y decirme directamente siempre cuanto le ocurra. Ya es sabido que yo he de tener siempre la culpa de todo, y es verdad, por no haber sabido nunca mandar; que si lo hubiera hecho, otra cosa sería todo lo de la Hermandad. No he hecho otra cosa que regañar, que me figuraba que era lo más suave, y no me ha ido bien, y menos después de mi enfermedad y estado de mi temperamento en todo choque. No repare, pues, en decírmelo todo, aunque sea regañando y quejándose." Seguramente que la precedente inesperada carta desarmaría al irritado Operario más que una reprimenda entonada y autoritaria.
Una vez, un atolondrado monaguillo tuvo la mala fortuna de verterle encima del manteo la lámpara colmada de aceite, y nuestro Don Manuel, en el primer momento de la desagradable sorpresa, no hizo más que decirle por toda reprensión la cariñosa muletilla que tenía siempre en los labios hablando con jóvenes: " ¡Ay, xiquet! ¡Qué xiquets! " Lo mismo exactamente que dijo a un distraído colegial de San José de Tortosa que un buen día, al servirle la sopa, le volcó toda la sopera hirviendo encima. En estos momentos, en que aun el sujeto más equilibrado, si no tiene mucho dominio de sí y continua atención a sus espontáneas manifestaciones, prorrumpe fácilmente en palabras descompuestas, Don Manuel conservaba la calma interior y el control de sus nervios.
Para un confesor que-miseria demasiado humana, no infrecuente por desgracia-sentía celos contra Don Manuel por la gran bandada de almas distinguidas que asaltaban de continuo su confesonario, el Fundador de la Hermandad, caritativo, manso y humilde de corazón, no halló mejor bálsamo que ir él mismo en persona a postrarse a' los pies del buen sacerdote y pedirle la absolución, después de confesar rendidamente sus faltas. Léanse estos propósitos de sus Ejercicios, que nos dan a entender bien claro la fuente de donde brotaba tanta hermosura: 'Tallar en todo enfado y ofrecerlo a Dios. Hablar despacio y con mansedumbre. Sufrir las desatenciones. Paciencia con monjas y devotas. Presencia de Dios ante seglares. Composición del cuerpo." Ya conocen nuestros lectores lo que el viejecito P. Martín hizo penar y sufrir a nuestro héroe en sus trabajos por la fundación de Roma, y la mala jugada que guardó para el fin. Pues, cuando supo Don Manuel que estaba enfermo de gravedad, florecían en su alma y en su pluma estas tiernas palabras, reveladoras de la paga cristiana que sabía dar a las injurias, devolviendo bien por mal: "Encomendé mucho a Dios al P. Martín, pues rebrotaba en mi pecho la compasión, más bien que el enfado contra él. ¡Pobre P. Martín! ¡Pobre Orden de la Trinidad! Casi tengo remordimiento de no haberme ofrecido a hacerla retoñar."
A la mansedumbre de corazón unía el espíritu, ya que no la práctica, de la obediencia, por serle ésta casi imposible de practicar, dada su condición de Superior, exceptuadas las prescripciones del Reglamento, a las que era fidelísimo. Una de las razones que le movían a pedir que le relevasen del cargo de Director General, a raíz de su enfermedad, era precisamente el poder ejercitar antes de morir la obediencia, esa gran virtud que rinde la voluntad y el juicio propio a otro hombre, sólo porque es representante de Dios, en una sumisión de todo lo más excelente que hay en nosotros, que es el mejor y más eficaz acto de humildad. Solamente pudo practicarla él, en algún modo, en relación con su Director espiritual, o con aquellos a quienes pedía consejo en casos determinados. De una cosa se quejaba, sin embargo, y era de que las veces que lo había demandado, casi siempre le habían dejado "en las astas del toro".
Hasta dónde llegara su humilde sujeción al Director, lo evidencia la siguiente carta escrita a don José García, que lo era suyo. En un asunto casi trivial se manifiesta dispuesto a acatar en todo la decisión ajena, aunque ve de antemano muchos inconvenientes: "Yo iré a comer al Colegio todos los días posibles; y, si crees que debo estar allí del todo, a pesar de que me impone la actitud de mi familia y su situación y preveo inconvenientes, con todo, si me lo mandas en nombre de Dios, lo haré, arrostrando todos los inconvenientes que preveo." Así debe entenderse la obediencia verdadera, que es sumisión absoluta de juicio al parecer ajeno. ¡Oh, si siempre le hubieran dicho abiertamente cuál era la voluntad de Dios, que era lo que él buscó continuamente en todos los trances de su accidentada vida! "Si usted tiene certeza de la voluntad de Dios -dice hablando de uno de sus grandes proyectos, que encontraba fuerte oposición-asegúremelo y lo pongo en seguida en práctica." Por eso, no extraña esta preciosa confesión: "A Caparrós, que me exigía resolución de obediencia, me puse ante Jesús Sacramentado, y le escribí que renunciara al Obispado. Me telegrafió que conforme. Lo dije al Obispo, y éste se asombró. Yo no, porque hubiera hecho lo mismo."
Perfecto complemento y salvaguardia de la humildad es la mortificación de las propias pasiones, que, dejadas a su albedrío, se revelan y hacen claudicar al hombre por el demasiado amor de sí mismo. Don Manuel, siguiendo el consejo de San Pablo, sabía también tener a raya a su cuerpo, tirando fuertemente de la brida para impedir que se le desmandara. Tenía destreza tan especial para disimular sus penitencias y privaciones que, cuando alguna vez se le sorprendía in fraganti, hallaba en su ingenio recursos para explicarlo del modo más natural. Observaba siempre como norma en la mesa, cuando se servían determinadas viandas, tornar la parte menos apetitosa y aprovechable. Así hacía con el pescado sirviéndose« las cabezas, y con la carne eligiendo los huesos. Como en alguna ocasión se le hiciera ver que de tal modo se quedaba sin comer, contestaba con gracia ingenua: "Es lo que más me gusta."
Véanse algunos de sus propósitos, que explican la verdadera razón de sus privaciones: "Una disciplina semanal o dos; al menos, una. Examen general. Penitencias: cilicio, disciplinas, polvo. Ayuno dos días cada semana. Soportar las molestias del calor. Alguna vigilia al Sacramento. Eliminar comodidades de la cama. No quejarse de dolores ligeros. Comida: privarme de todo lo muy grato, y tomar de todo con parsimonia. Dar ejemplo de abstinencia. Polvo: propósito de quitarle del todo." Esta lista de cosas aparentemente pequeñas se escribe muy pronto, y, leída a la ligera, parece tal vez que no representa gran cosa. Pero qué tejido más prieto de actos de inapreciable valor sobrenatural, de constante vigilancia sobre sí mismo, de continua negación del propio gusto, supone.
Y que él no se contentaba con escribirlo sobre el papel, nos consta por hechos fehacientes. Aún se conservan, con huellas bien marcadas de haber servido frecuentemente para la maceración de aquel inocente cuerpo, varios instrumentos físicos de penitencia, bien molestos por cierto: disciplinas de acero y cilicios de varias clases. Testigos oculares aseguran que, en más de una ocasión, se apreciaba visiblemente que sufría de intenso dolor de muelas, y con todo, sin quejarse lo más mínimo, se esforzaba por hacer amena la conversación y mantener vivo el interés del recreo. Y un buen dentista, que tuvo ocasión de extraerle una muela y un diente en una sola sesión, quedó tan admirado de la paciencia-nadie mejor que él podía asegurar si había llegado a la heroica-de que dio prueba el en verdad paciente operado, que tuvo la extraña ocurrencia de colocar el sillón ocupado por Don Manuel en lo alto del techo, para perpetua memoria del acontecimiento y como homenaje de honor al sufrido protagonista.
Sus repetidos propósitos sobre el "polvo" tienen una explicación. Se refería al uso del rapé, que le había recomendado el médico. Pero estaba siempre temeroso de desedificar con ello; aparte de que sentía remordimientos, porque, indudablemente, encontraba algún gusto usándolo. Delicado de conciencia hasta el extremo, no halló mejor recurso para encontrar la paz del alma en este detalle nimio de su vida, que a muchos hubiera parecido escrúpulo e insignificancia, que irse un buen día a su Director con una hoja de papel en la cual había escrito las razones en pro y en contra de su uso. Tenía bien asimiladas las sabias normas que da San Ignacio en sus Ejercicios para la elección y para quitar afectos desordenados. Pues aquella edificantísima esquelita iba encabezada con estas significativas y sinceras y humildes frases: "No tengo ataduras en el corazón, cargo, lugar, ni intereses. Tampoco afecto permanente a comida, bebida, fuera de las inmortificaciones e infidelidades, v. gr., agua en verano, que tengo pasión, pero no es un afecto permanente y puedo lograr la indiferencia." ¡Qué labor de continua y penetrante poda interior la que suponen esas palabras palpitantes, en las que un alma, toda ingenuidad y sencillez, se descubre ante su confesor, como ante Dios, en la oculta desnudez de sus más íntimos sentimientos! Pocas pinceladas más certeras para retratar a un Santo.
De su extremado amor a la pureza hablan bien claro dos hechos. Como buen conocedor de la fragilidad de este vidrio precioso que el más ligero soplo empaña, no quería nombrar el vicio contrario, ni apenas la virtud, que mejor se custodia con amor en el fondo del corazón, que no se da al viento peligroso de la calle. Tan alta estima tenían de su santo Director en este aspecto sus colegiales, quienes con ojos limpios de inocencia suelen penetrar bien pronto las profundidades de la verdadera virtud, que algunos de ellos, en los momentos de la tentación, juntaban al nombre y al recuerdo benditos de Jesús y de María el para ellos venerando de su Don Manuel.
Pero Don Manuel sabía muy bien que el trabajo de la santidad es principalmente positivo, de construcción. La lucha es imprescindible, puesto que hemos de ganar la meta llevando con nosotros este fardo pesado de la naturaleza corrompida que tira de nosotros constantemente hacia abajo. Pero Dios nos llama siempre a las alturas luminosas del amor. Y a esas cumbres cimeras tendió el alma de Mosén Sol en incesante vuelo desde su más tierna edad. Su corazón había nacido para amar. Dotado de una sensibilidad ardiente como pocas, de un natural tierno y afectuoso, por temperamento, bien pronto pudo preverse que cuando la gracia le conquistara definitivamente, como le conquistó en efecto por entero desde su florida juventud, había, por espontánea fuerza de las cosas, de arrastrarlo hacia el amor con ímpetu irrefrenable. Don Manuel fue un perfecto enamorado de Jesús. Esa es, sin género de duda, su virtud central, su característica, la que explica su vida v sus obras, y da unidad y sentido a aquella larga cadena de admirables empresas de celo y no comunes ejemplos de virtud de que está tejida su historia. El amor a Jesús lo ¡lumina todo: sus generosos afanes por servirlo, de seminarista; su celo de novel sacerdote en la catequesis y en la vida parroquial; su consagración prematura y predominante al ministerio de la dirección de las almas; su simpática atracción por la juventud; sus correrías apostólicas y sus trabajos por levantar nuevos conventos de esposas de su Señor; su empeño por la propaganda católica. El amor a Jesús es, sobre todo, la razón última de su consagración plena y definitiva a la Obra de las vocaciones, de sus Colegios, de la Hermandad, de la Reparación. Pensaba únicamente en que Jesús tuviera ministros en abundancia, enamorados de su Corazón y fervorosos reparadores de su amor eucarístico. Sería menester ir recorriendo aquí de nuevo todos los pasos de su santa vida, para descubrir en cada uno de ellos esa fuerza misteriosa del amor escondido, que agitaba su pecho, y encendía su alma, y ponía alas en sus pies cansados de peregrino ya viejo y achacoso para recorrer España de punta a punta, como tantas veces lo hizo, impulsado por este ardiente fuego que le abrasaba las entrañas.
Don Manuel amaba a Jesús. El amor engendra la confianza y lleva continuamente el pensamiento tras la persona amada. El nombre de Jesús estaba continuamente en sus labios, porque estaba en todo momento en su corazón. Y no pronunciaba Don Manuel el dulcísimo nombre de esa manera fría y rutinaria con que tantas veces le pronunciamos los hombres, aun las personas piadosas. Para Don Manuel, como para San Bernardo, era siempre "miel en los labios" la bendita palabra, miel que se le derretía en el alma con regusto de cielo. Eran continuos sus suspiros a Jesús por medio de ardientes jaculatorias. Aun durmiendo, observaron algunas personas que lo pronunciaba casi de continuo. Las gentes solían quedar fuertemente impresionadas al oírselo pronunciar con tales transportes de ternura. Un jovencito se lo oyó por primera vez mientras se confesaba con él, y aseguraba que no pudo olvidar nunca después la impresión de aquel acento. A una persona algo descuidada religiosamente le preguntó cierto día de sopetón si amaba a Jesús, con tal expresión de ternura, que la pobre rompió a llorar sin saber por qué.
La confianza con que trataba a Jesús podía parecer excesiva a quien no le conociera bien. Había aprendido de Santa Teresa, y se lo decía además su piadoso instinto, que el amor dice disparates. "No te pares hasta decirle cosas con excesiva franqueza-escribe a un alma-, pues, como dice Santa Teresa, no debernos parar hasta decirle a Jesús disparates."Y eso hacía él. Tenía comunicación tan íntima de todas sus cosas con el Señor, que le introducía en todas su empresas como autor principal. De ahí la familiaridad con que se le quejaba luego con frases como éstas, muy frecuentes en sus labios: " ¡No se lo perdono a Jesús! i Qué picardías nos hace el buen Jesús!" Así exclamaba profundamente dolorido con la inesperada muerte de don José García. Cuando encomendaba sus empresas a las oraciones de sus amigos, decía con un encantador y expresivo provincialismo: "¡Ya verás cómo Jesús se lo mirará!" 0 bien: "Jesús se dejará engañar como tantas otras veces." Cuando se le encontraba alguna persona conocida al caer de la tarde, camino de la Reparación, y le preguntaba dónde iba, respondía resueltamente una frase que, traducida, viene a decir una cosa tan tierna como ésta: "A hacer mimos a nuestro Señor." Para advertir a los demás que encomendaba sus cosas al Señor, usaba de frases que revelaban un continuo e íntimo trato con el Amado de su alma: "He dado un suspiro a Jesús por ti." "He dado una miradita a Jesús por ti." 0 también, con evidente pero expresiva incorrección: "He dado una apretadita a Jesús." Palabra con la que intentaba significar que, durante la Misa, había oprimido dulcemente entre sus manos el Sacramento mientras elevaba una ardiente súplica por la persona en favor de la cual iba dirigida esta oración sencilla y originalísima, quizá poco litúrgica, pero salida de un corazón todo fe y ternura para con Jesús Sacramentado. En una carta le dice a una dirigida que se ofrezca víctima al Señor, y le añade con gracia encantadora: "Pero yo ya le he dicho a Jesús que le prohíbo que te acepte para la muerte." ¡Qué tesoros de amor y de virtud encierran y encuentran los santos en las más sencillas cosas de la vida! Como entre padres e hijos, el amor no está hecho de exquisiteces alambicadas o discursos bien recortados, sino de entrega, de sacrificio y de confianza. Y esas cosas tan simples, y tan difíciles, los verdaderos amantes las hallan siempre al paso en el prosaísmo de la senda ordinaria de sus días monótonos. La santidad no hay que ir a buscarla a lejanas tierras, la tenemos todos al alcance de la mano.
Era también original y personalísima suya la manera de dar gracias después de la Misa. Arrodillado en la tarima del altar mayor, con la cabeza inclinada sobre el pecho, se sumía en profunda oración. Los curiosos, y sobre todo las curiosas, circunstantes, que nunca dejaban de escudriñar todos los actos de Don Manuel, notaron más de una vez que, durante estos momentos de cielo, levantaba frecuentemente la mano en actitud de bendecir y trazaba la señal de la cruz en el aire. Era que bendecía a las almas que le estaban particularmente encomendadas. Por eso es muy frecuente leer en sus cartas, en lugar de la expresión fría de recuerdos o saludos, la afirmación de que enviaba a sus corresponsales la bendición después de la Misa. En una de estas ocasiones le vio una vez un travieso colegial tortosino elevado algunos palmos del suelo de rodillas en el aire. Don Manuel, que se creía solo, juramentó al salir al amedrentado colegialillo que nunca habría de decir a nadie palabra de lo que había visto.
Tenía una sed y un hambre tan insaciable de Jesús en el Sagrario, que no podía hacerse en casa donde no le hubiera, por muy abundante que fuera en comodidades de todo género. Obligado por los médicos a pasar un período de convalecencia en el campo, fue invitado por una persona amiga a ir a la ermita de San Salvador de Onda, situada en un lugar pintoresco, bello y cómodo como pocos. La vida se deslizaba allí sosegada y feliz en un cálido ambiente de descanso y de intensa piedad. Una tarde le ocurrió al buen anfitrión preguntar a Don Manuel qué le parecía el rinconcito escogido para su recreo. "Excelente", contestó el interpelado; "pero-añadió con dejo de tristeza sólo nos falta una cosa para tenerlo todo". Turbóse un momento el buen señor pensando cuál sería la falta que pudiera notar el venerable huésped. Calmóse, sin embargó, bien pronto al oírle que añadía con ternura vivísima en la voz, mientras señalaba la puerta de la capilla: "Sólo nos falta que no estuviera vacío aquel Sagrario." Como el alma acongojada del Cantar de los Cantares, suspiraba noche y día por la presencia de su Amado. Por eso, por la viva fe y dulce ansia de amor que sentía hacia el Sacramento, no sorprende que una vez que se discutía en su presencia de imágenes del Sagrado Corazón, de actitudes y rostros bellos y expresivos, cortara de esta inesperada guisa la conversación: "Tengo un Corazón de Jesús tan precioso en el Sagrario, que no me puede gustar ninguna imagen suya."
El ansia de comulgar y de celebrar Misa era aún mayor que su hambre de Sagrario. Mil veces tuvo que hacer combinaciones difíciles en sus viajes por llegar a tiempo a celebrar. Un día se le vio ofrecer una gruesa propina a un cochero para que le llevara a toda velocidad, desde una estación de empalme donde esperaba el tren una hora, a la iglesia vecina, en la cual tuvo la dicha de celebrar el Santo Sacrificio. Y cuando no podía materialmente, debido a lo avanzado de la hora o a la fatiga del viaje, se sacrificaba al menos por llegar a tiempo para comulgar. Esta ansia de la comunión fue no infrecuente causa de sacrificios durante los últimos años de su vida. En sus convalecencias y largas enfermedades solían prohibirle los médicos la comunión. Qué tormento era éste para su amante anhelo. En sus cartas de entonces aparecen casi siempre estas dos exclamaciones encontradas, de gozo o de pena, según hubiera ya permiso o estuviera éste aún en suspenso. "Hoy he comulgado ya!" "¡Todavía no me dejan comulgar!" Sólo por tener la dicha de recibir al Señor los tres días de Semana Santa, solía ir todos los años a Vinaroz, para celebrar los Oficios en su convento de la Divina Providencia.
Porque amaba de veras a Dios, le tenía continuamente presente en su vida y en sus actos. Se podrían insertar aquí muchos y repetidos propósitos de sus Ejercicios acerca de la presencia de Dios, ya que ésta era la preocupación constante de su vida. Pero no sólo lo prometía, sino que sabía también cumplirlo. Un compañero de viaje de nuestro santo varón escribe: "Apenas podíamos darnos cuenta de los lugares y calles que atravesábamos-iban en coche por dentro de una ciudad-; pero ya desde un principio llamó mi atención la frecuencia con que Don Manuel interrumpía su conversación, siempre interesante y amena, con jaculatorias y saludos al Santísimo Sacramento. Esto, que tanto me edificaba, engendró en mí ciertas sospechas que vi bien pronto confirmadas, cuando, asomándome oportunamente a la ventanilla del vehículo, comprobé una y repetidas veces que aquellas jaculatorias y aquellos saludos coincidían siempre con nuestro paso por delante de alguna iglesia. Entonces dije para mí: este varón de Dios presiente la real presencia del Augusto Sacramento. Así lo creí entonces y continuaré creyéndolo siempre." Don Manuel tenía en efecto este modo personal de renovar y conservar la presencia de Dios, dirigiendo los afectos de su alma al Divino Prisionero del Sagrario. Era tan íntima y totalmente eucarística su vida espiritual, que no sabía dirigirse a Dios más que a través del Sacramento. Y lo que hizo en aquella ocasión en el recorrido de una ciudad, lo hacía siempre habitualmente, con gesto sencillo y palpitante, en sus largos y frecuentes viajes por España y el extranjero. Al pasar por delante de alguna iglesia, parecía como que adivinara su presencia, y entonces elevaba su mente a Dios y dirigía un fervoroso saludo al Jesús del Sagrario, acompañado de encendidas jaculatorias.
Sabía teorizar sobre las excelencias del ejercicio de la presencia de Dios, quien tan bien conocidas las tenía. "Lo que es el aire y la luz a las plantas-decía-eso es a las virtudes la presencia de Dios, y la práctica de la gratitud es la que haría en nosotros casi habitual la presencia de Dios, que continuamente está excitándonos a contemplar las divinas misericordias, que, de otro modo, no hubiéramos notado. " Tenía empeño en recordarla y prevenir sobre la necesidad de ella a sus hijos. "No dejes la meditación estos días-dice a uno de ellos-y que sea cumplida, porque en los viajes hay más disipación. Así, bien unido al Corazón de Jesús y ejercitarse en su divina presencia." Y a uno de los que trabajaban en Roma: "¿Ya está usted en acto segundo cuando sube las escaleras del Vaticano y va por esas calles? Por amor a Jesús, que lo ofrezca todo a sus sudores y angustias por nosotros. No pierda ni una partícula de tan propicias ocasiones."
Lo consideraba, como él dice muy acertadamente en uno de sus propósitos de Ejercicios, "medio universal",. puesto que es en definitiva empapar la vida entera en una atmósfera propicia y fresca de sobrenaturalismo, que hace practicar a todas horas simultáneamente actos de fe, esperanza y caridad. El tenía por costumbre, como atestiguan muchos de los que le conocieron, aun cuando estuviera tratando con los demás, cerrar los ojos un momento y llevarse la mano al pecho. Era que hacía un acto de reconciliación y de presencia de Dios. Y esta práctica la repetía con frecuencia, porque su alma, desprendida de la tierra y abrasada en amores celestiales, volaba rauda a anegarse en la dulce presencia de su Amado.
Y, porque vivía de continuo en Dios, obraba siempre por su amor, con gran pureza de intención. Fue una de las grandes inquietas preocupaciones y una norma constante de su vida. Lo vimos ya en sus felices años de Seminario cómo aquilataba y afinaba el móvil de sus intenciones. Su conducta a lo largo de su apostolado nos le ha demostrado, aun en las horas de persecución y de absoluto desamparo de los hombres, aferrado a esta tabla segura de salvación, aguantando impávido el golpear rugiente de las olas.
Muchas veces aplicó la Santa Misa para obtener pureza de intención. A sus hijos les recomendaba mucho, cuando habían de resolver algún negocio importante: "puestos ante Jesús, resuelvan", regla de oro de vida espiritual que él observaba puntualmente. Este constante empeño de su espíritu, elevado a norma de vida, le impulsaba a hacer con la mayor sencillez actos que a otros hubieran podido parecer heroicos y sobrehumanos. No era solamente que pudiera escribir en horas de tormenta desatada palabras tan maravillosas como éstas: "Son tribulaciones que no me afectan. Al contrario, las miro como bendiciones de Dios, que de los mismos choques saca interés, gloria y provecho para la singular empresa para la cual nos ha escogido. Que Jesús la complete." Es que muchas veces se atravesaban su afecto de padre y el interés espiritual de su Obra, por el cual todo lo había sacrificado, y sin embargo, apenas entendía que la voluntad de Dios le era en algún caso contraria, se desprendía alegre. y generosamente de aquel bien. Así acaeció en más de una ocasión, con sujetos a quienes él había preparado con mimo especial para su Obra, y, al llegar la hora de las Ordenes o tiempo antes, se sentían llamados a algún Instituto religioso. Aunque su corazón sangrara entonces, lejos de mostrar el más mínimo disgusto o la más ligera oposición, él mismo daba los pasos necesarios y se cuidaba con todo interés por facilitarles el ingreso. Varios dignísimos religiosos agradecen todavía hoy a Don Manuel este generoso desprendimiento. Y es que podríamos escribir como mote de su escudo y lema de toda su vida estas dos palabras que no se caían de sus labios: "La máxima gloria de Dios". Principio que tenía aplicación práctica hasta en los pormenores más triviales. Para hacer un viaje tenía que ver primero en ello suficiente motivo de gloria de Dios. A veces sus hijos le proponían alguno, y él, que tantos hizo y tan aficionado era a ellos, contestaba gravemente: "No veo suficiente motivo de gloria de Dios." Para escribir una carta, sumando tantos millares las que escribió, sentía escrúpulo de gastar el sello si no había razón que la justificara.
¡A qué actos de callado heroísmo le obligaba a veces este celo intransigente por mantener siempre en alto en todas sus empresas la bandera de la intención pura y recta! Porque Dios apretaba fuerte y había que conformarse enteramente con su santísima voluntad. En los momentos más amargos de la fundación de Roma, escribía, desolada pero resuelta y heroicamente: "Mis pecados tienen sin duda la culpa principal y mi falta de paciencia me hace pedir a Dios que se abrevie este estado violento mediante una resolución u otra. Pero, si quiere que se alargue este sufrimiento, no quiero por mí abreviarlo." Hasta en las mismas palabras parece éste un eco del divino duelo de Getsemaní entre las dos voluntades del Redentor. Esta misma lucha interior hubo de sostener en la muerte de don Vicente Vida!, que fue para él un golpe durísimo. "Es un alma tan grande a mis ojos -escribe a raíz de aquella desgracia-que me hace el efecto de un castigo el que -Dios nos lo arrebate, y no puedo completar un acto de conformidad." Sin embargo, lo completó, y bien meritorio por cierto, como él mismo afirma después, al enterarse de que el distinguido y piadoso Operario había muerto víctima voluntaria por la Hermandad, por la cual se había ofrecido a Dios para que remediara las dificultades que se atravesaban en las fundaciones de los Colegios de Roma y Valencia. Entonces, dice Don Manuel de sí mismo en tercera persona: "Levantando el corazón a Dios, ya no le dolió ofrecérselo, pues, más bien que un castigo, lo miró como una bendición que Dios le concedía aceptando aquella víctima."
El ternísimo amor de Dios, que le forzaba a vivir continuamente en su presencia y a obrar siempre por agradarle, le ponía además en el alma una incontrastable con fianza en la divina Providencia y en su amorosa misericordia. Confianza ciega, ¡limitada, que le hacía abandonarse enteramente en los brazos de su amor como un niño en el blando y seguro regazo materno. Es Don Manuel un varón de Dios del tipo de esos grandes Santos que se llaman Juan Bosco, José Cottolengo, Vicente de Paúl, Teresa de Jesús, que practicaban al pie de la letra el consejo evangélico: "Si tenéis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte: Anda y échate al mar, y el monte os obedecerá"; o aquellas otras divinas palabras: "No tengáis congojosa solicitud sobre lo que, habéis de comer o vestir; de eso ya se cuida vuestro Padre que está en los cielos." Llenos de una fe ardiente y práctica y de un amor sin límites, se entregaban con total entrega a sus obras de gloria de Dios, sabiendo que El no les había de f altar. Y no les faltaba. "Cuando hay necesidad de una cosa -decía Don Manuel- se hace sin preocuparse del dinero." Así obraba él, y Dios le bendecía. Del Colegio de Valencia escribía en sus principios: "Aquí, un movimiento excesivo. Tenemos entrando 240 chicos, y no tenemos ni agua, ni fuego, ni luz, ni local; pero se va remediando todo."
A sus Operarios, cuando los veía excesivamente pusilánimes, les animaba con palabras generosas y confiadas. "No tema por los empeños. Busque dinero, que luego San José y su apurada situación sacarán las habilidades." Hablaba así, porque tenía larga experiencia de apuros extremos, seguidos de sorprendentes y colmadas bendiciones del cielo. Por eso exclamaba un día, enardecido de fe: "Con gusto haría los Colegios de caña por veinte años, y luego la Providencia se encargarla de ellos." Un alma que le conocía muy bien decía de él que había sido "destinado por Dios para las empresas de pocos cuartos". Y los que estaban en contacto con él un poco de tiempo, se quedaban pronto admirados de su anchura de corazón. Un prestigioso jesuita le decía una vez a raíz de una de sus grandes iniciativas: "¿Quién le ha dado a usted ese corazón tan grande?"
Tan acostumbrado estaba ya a las grandes tempestades, que reía paternalmente cuando alguno de los suyos, bisoño en las duras lides de la vida, acudía acongojado a él con alguna de esas contradicciones de todos los días. Así escribe a un Operario: "Recibí la tuya. Más me ha hecho reír que otra cosa. Vengan tempestades. Todo esto es consolador. El día que nos falten, creo habremos de temer." El inexperto novicio debió quedar de una pieza al leer tan insospechadas palabras de consuelo.
Y estaba seguro siempre, porque era sólida la razón de su esperanza. No era la audacia irreflexiva, era la fe profunda y bien madurada y meditada, aquilatada en la experiencia y en la humildad. "Todo lo ha de hacer el Corazón de Jesús-escribe a un alma-, y El me lo hace todo, y más de lo que le pido, en lo que es de su voluntad y agrado, y no sé por qué miseria he de ser tan miserable en no acudir más a El, pues el día que más mal me porto, más me humilla con sus bendiciones." Tanta confianza tenía depositada en su Dios, que se extrañaba en las escasas ocasiones en que no le oía. "Yo confío-dice en una carta, hablando de una de sus empresas-porque, como he dicho a usted, es la única cosa en la vida que no había logrado, con la fe que' Jesús me inspiraba." Hasta en las ocasiones extremas, cuando en lo humano no quedaban resortes que tocar, tenía Don Manuel fe suficiente para demandar del cielo gracias extraordinarias, Y lo importante es que las obtenía. Navegando una vez de Almería a Cartagena con dos de sus Operarios, se levantó de repente una furiosa tempestad. Hubo un momento a medianoche en que el viento era tan deshecho que temieron naufragar. Don Manuel entonces, dirigiéndose a Dios, exclamó con un grito del alma más que con los labios: "¡Señor, compadécete de nosotros! Que no perezcan estos jóvenes. Yo soy viejo. ¡Jesús, estos angelitos!" Y, con el pasmo de los que lo presenciaron, el viento se calmó de repente y cesó la tempestad, contra lo que los mismos oficiales del barco, fundados en las observaciones barométricas, temían. Con razón pudo decir un día ante manifestaciones pesimistas de un alma: "Mujer de noca fe, ¿por qué no puedo hacer milagros yo?"
El amor de Dios es espuela incesante del celo. De Don Manuel no se puede decir más de lo que queda dicho. Sus sentimientos interiores pueden muy bien compendiarse en esta frase suya: "Yo nunca estoy contento, y siempre ambiciono más." O en esta otra: "Pidan a Jesús que me dé cuarenta y ocho horas cada día y que me quite la necesidad de dormir."
Espejo claro de la caridad para con Dios es el amor obsequioso y sacrificado para con el prójimo. Ese cuidado vigilante que trata de evitar molestias a los demás, ese interés y tino especial por desviar o cortar las murmuraciones apenas comenzadas, es fruto exquisito de la santidad, indicio manifiesto de una nobleza de espíritu, ajena a las pequeñeces y miserias que manchan y nublan la felicidad de los mortales, aun entre las almas especialmente consagradas a Dios. La caridad fraterna es flor delicada que sólo prospera lozana en las almas elevadas, en los corazones de recio temple. Refiriéndose a un Operario que, por sus extravagancias de carácter, suscitaba a veces la hilaridad de los demás, dice a otro: "Tengan paciencia con él, pues sus manietas son enfermedad y merecen cariño como todos los males. No permita que le mortifiquen con bromas." En su presencia no se podía permitir nadie mantener una conversación a costa de la reputación ajena. Era implacable en este punto.
Su caridad para con los pobres era extremada. Su vida está empedrada de interesantes anécdotas acerca de este particular. En todas las ciudades donde vivió algún tiempo y, sobre todo, en Tortosa, los pobres le conocían perfectamente, y sabían hallar modo de encontrarse con él, porque estaban seguros de que nunca habrían de volver con las manos vacías. Si iba por la calle y por casualidad no llevaba dinero consigo, su acompañante era el encargado de dar la limosna, que él consideraba desde luego como deuda sagrada y saldaba religiosamente apenas llegados a casa. En Tortosa tenían ya confianza y se atrevían a subir las escaleras en busca del amigo de los pobres, cuando los criados se descuidaban. En Roma, Burgos y otros puntos tenían conocidos los sitios estratégicos por donde pasaba, y se le hacían encontradizos. Y, como alguno de sus acompañantes se molestara por ello o advirtiera que alguno había recibido dos veces, Don Manuel no mostraba dar importancia al hallazgo. En alguna ocasión, después de una larga disertación de su interlocutor sobre la importunidad o falsía de los mendicantes, cuando el orador creía haberle convencido, le oía repetir frases de este tenor: "No hay más remedio, hijo; debemos practicar la caridad cuantas veces sea conveniente; y una vez convencidos de la necesidad, socorrerla, aunque para ello nos veamos en el trance de vender hasta la camisa."
Un medio de ejercer la caridad era el de socorrer a los pobres vergonzantes, familias de buena posición venidas a menos, que no se atrevían, por natural rubor, a pedir limosna. Don Manuel, con fino tacto, procuraba enterarse y sabía hallar modo de socorrerlas disimuladamente. Se valía entre otros recursos, de préstamos que luego perdonaba. Innumerables eran las familias a quienes pagaba el pan, el alquiler de la casa, medicinas, ropas. Otras veces abría suscripciones entre sus amigos o conocidos para aliviar desgracias especiales. Con frecuencia pagó dotes de religiosas, y eran continuas sus limosnas a las comunidades necesitadas, en dinero, sellos y especie. Tan enamorado y convencido estaba de la necesidad de esta virtud, que a sus colegiales les habló con apremio más de una vez de su práctica, como de un gran medio de apostolado, y a sus Operarios les decía con tono de ordenanza: "¡Dad limosnas, dad limosnas!" Esta su gran manía de dar fue una de las razones que le movió a no admitir el voto de pobreza en la Hermandad, para no tener escrúpulos después; aunque en los gastos que se referían directamente a su persona era tan parco, que habían de estar atentos sus familiares para ver cuándo necesitaba ropa o calzado, porque él sentía escrúpulo en gastar para sí. Le dolían los sellos gastados fútilmente y los pliegos de carta sin llenar. Podemos concretar su virtud de limosnero manirroto en esta hermosa frase pronunciada ante sus Operarios, refiriéndose a los estipendios del ministerio: "Más vale que nos tengan por benditos, que no que nos murmuren por avaros."
Su dadivosidad no se extendía sólo a los pobres. Era un espíritu tan generoso el suyo, que gozaba dando a todo el mundo, y sufría cuando no tenía que dar. Más de uno de los que le conocieron se sorprendió al verle en sus viajes siempre cargado de cestas y paquetes que iba dejando por las estaciones del recorrido, donde a veces recibía también bultos del mismo género. Eran obsequios que iba haciendo por el camino a sus numerosas amistades, o que recibía de sus amigos para darlos él a su vez. Porque era especialista en «poner alas" a las cosas, como él decía con gracia. Apenas recibía un regalo-libros, estampas, rosarios, dulces, frutas-, ya estaba pensando a quién podría regalar aquello. Y era ley inflexible que río conocía excepción: visitar a Don Manuel en su Colegio de Tortosa era, infaliblemente, recibir algún obsequio de su mano. En sus viajes tenía que llevar una lista de personas a quienes debía obsequiar con algo al llegar, y para quienes debía traer algo a la vuelta. Su corazón inmenso gozaba en hacerse todo para todos hasta en estas pequeñas menudencias, que por lo mismo que son pequeñas y menudas, indican mejor la delicadeza de aquel espíritu abnegado. Su amabilidad y su caridad conquistaron para la Hermandad dos vocaciones ilustres, don Esteban Ginés y don Andrés Serrano, a los cuales hizo objeto de una perseverante persecución cariñosa, hecha de continuos y discretos obsequios y atenciones, hasta que logré cautivarlos en sus dulces redes de amor.
Hay un concepto bastante extendido de la santidad, que la hace consistir en un estiramiento continuo de nervios, en una severidad solemne de rostro, en !una rigidez temible de conducta, y todo ello envuelto en nubes de incienso, luces misteriosas de éxtasis y revelaciones, y tremendos ejercicios espeluznantes de penitencia. Puede ser quizá ese un tipo de Santo. Pero, desde luego, no es el de San Francisco de Sales, San Juan Bosco, Santa Teresa de Jesús, Santa Micaela del Santísimo Sacramento. Tampoco es este el tipo de santidad que abrazó Don Manuel. Su temperamento amable, afectuoso, humanísimo, le inclinaba a la suavidad de trato y a la jovialidad de la vida sencilla y alegre en el Señor. Le agradaban mucho, como indicado queda, las bromas inocentes y él supo darlas. Espigando en sus cartas podría tejerse un bonito florilegio de gracias y golpes de festivo ingenio. De él decía su gran amigo el Cardenal Sanz y Forés que "nunca le abandonaba el buen humor". En sus Ejercicios tenía hecho este hermoso propósito: "Servicio de Dios alegre y agradecido, a pesar de trabajos, agobios o malestar." Propósito no sólo bello, sino además valiente y esforzado, porque mantener el espíritu en alegría y en paz en medio de las penas y luchas frecuentes de la vida es mérito reservado solamente a las almas santas que miran a Dios y no a sí mismo en sus actos.
Bien penetrado tenía su espíritu de semejante verdad quien escribía a uno de sus Operarios estas máximas dignas de una antología: "No olvides que la tristeza es el mal más grave para el alma después del pecado, y que el que obedece cumple la voluntad de Dios, y el que la cumple ya no puede tener motivo de tribulación. Es lo único que ambiciono en nuestros Operarios: que tengan alegría espiritual, que es la salsa de un buen apostolado. Con cinco minutos de pensar en la eternidad y una visita a Jesús Sacramentado, desaparecen todas las melancolías."
Su fina percepción psicológica, su profundo conocimiento del corazón humano, que le hacia tan expansiva y alegremente comunicativo con los demás, le enseñaba también a ser muy humano con las necesidades y miserias ajenas; y aun con las propias, muy comprensivo, como hoy se dice. Deseaba estar en continua comunicación con todos sus Operarios, sobre todo con los que se hallaban más alejados, porque sabía el gran alivio que es este género de expansión para los corazones oprimidos. Se quejaba, por lo mismo, de los que no le correspondían, y se ingeniaba por mantener abierta de continuo esta válvula de escape. "Ya me lamento yo-escribía-de no poder comunicar diariamente la lluvia de impresiones de esta temporada. Es la salsa de los pobrecitos corazones desterrados a lejanas tierras. Ya discurriré algún medio: tal vez un velógrafo me sacará de apuros." Como una madre tierna, se desvelaba pensando en todos, cuando sabía que alguno había caído enfermo, no reparando en llenar sus cartas con prescripciones médicas o recetas de terapéutica casera para aliviar el mal del ausente. En sus cartas se leen observaciones maternales, como las siguientes: "Vea por Dios eso de los dolores de cabeza por la aclimatación." "Por Dios, no me mate usted con la bilis. Cuídese y cure pronto. No se ponga malo, por Dios. Si no, le hago venir aquí, que yo sé cuidar." "Por Jesús, vea que se cuide esa cabeza de don José María. Que frote la cabeza, cuello y frente, con espíritu de vino fuerte." "No se abrigue demasiado al salir, de casa.-El abrigo, dentro. ¿Ya observa usted mi cura constipados de alcohol?" "¿Qué ropa de abrigo tienes para el invierno en Toledo?" La vida le habla enseñado que todos, aun los muy hombres, tienen necesidad en determinadas circunstancias del calor humano, de un poco de cariño sincero y abnegado. Por eso decía él muy filosóficamente en cierta ocasión: "No son las oposiciones, que poco me preocupan, ni los chicos los que me ocupan, sino los hijos grandes, que son grandes chicos, y necesito escribirles frecuentemente. "
Humano y comprensivo con los demás, no dejaba también de serlo consigo mismo en ocasiones. Así decía una vez con donaire para terminar una carta: "Por hoy lo dejo, porque quiero ser indulgente con su fatigosa cansera, y con mis piernas, que están pidiendo misericordia por las muchas visitas porciúnculas de hoy-era el 2 de agosto-y desean ir a la cama." Las vacaciones de Don Manuel eran un descanso para su cuerpo y un tonificante para su fatigado espíritu. Llegando los calores de julio y agosto, que en Tortosa se hacen sentir con pesadez extremada, era tal el desmadejamiento que se apoderaba de todo su organismo, los insomnios, las pesadillas; los humores herpéticos exacerbados le reducían a tal estado de abatimiento nervioso, que le era de todo punto imposible seguir su vida ordinaria, ni dar salida a sus innumerables cartas de asuntos graves relacionados con su cargo, tarea ésta que era casi la principal de su vida en los últimos tiempos y que despachaba ordinariamente con gran rapidez y soltura. En tal situación la experiencia le había enseñado lo indicados que eran para sacarle de su enervamiento los baños de mar. Por eso, aunque le repugnaba enormemente hacer gastos en provecho de su persona y dar satisfacciones al cuerpo y cada año se resistía más por ver si podía prescindir de los baños, que él consideraba como una gran miseria de su vida' no tenía más remedio que recurrir a ellos para encontrarse dispuesto a la enorme faena que debía desarrollar precisamente por aquel tiempo, en espera de los Ejercicios de los Operarios y las consiguientes reuniones en Valencia.
Solía marchar a la playa de Benicasim, y allí se hospedaba siempre en la Casa de las religiosas Oblatas del Santísimo Redentor, prescindiendo de otras invitaciones, porque allí podía contar con la presencia y trato continuo de Jesús Sacramentado. Iba siempre con algún Operario y sacerdotes amigos. Fuera del tiempo indispensable para tomar el baño, el resto del día lo empleaba en despachar la correspondencia-cosa que allí ya le era posible-, en atender a las visitas y consultas de amigos y conocidos, y en preparar las próximas reuniones de Valencia, sin olvidar sus ministerios, pues se sentaba largos ratos a veces en el confesonario. Y no olvidaba su finísima caridad a las jóvenes asiladas que allí tenían las religiosas, tanto, que era para su extrema delicadeza de espíritu un remordimiento continuo de conciencia el saberlas a pocos pasos sufriendo privaciones, mientras él disfrutaba de comodidades. Por eso, apenas pasaba comida en que no mandase retirar alguno de los mejores platos para las asiladas, y durante los días de su permanencia en Benicasim tenía que darles por lo menos una comida extraordinaria de su bolsillo, acompañada de rifa de objetos piadosos y otros regalitos. Buscaba entre los amigos limosnas con este fin, a veces hacia suscripciones para ellas, y durante todo el tiempo, las ganancias del juego de dominó, con el que entretenían los tiempos de recreación, iban a parar a un fondo común destinado a las pobrecitas jóvenes. Y todavía sentía vergüenza y remordimiento del ni-al ejemplo que daba con sus regaladas vacaciones.
Su amabilidad y su prudente comprensión no le impedían mostrarse enérgico cuando la ocasión lo reclamaba. A una Señora muy entonada, que se le quejaba amargamente considerándose ofendida en lo vivo por no haber aparecido su nombre en un documento oficial de fundación, le escribe con toda firmeza, después de darle las oportunas explicaciones: ";A qué queda, pues, reducida la cuestión? Permítame se lo diga: a una pequeña vanidad." Refiriéndose a una idea que a los principios de la fundación de Roma propusieron personas de autoridad sobre que se diese libertad a los alumnos del Colegio para asistir a las aulas del Apolinar o de la Gregoriana, y habiéndose enterado de la decisión contraria a semejante libertad del Cardenal Rampolla, escribe: "Eso del Cardenal Rampolla sobre su resolución «por la Gregoriana, me place, pues estábamos resueltos a no transigir sin expreso mandamiento del Papa. porque hubiese sido, además de difícil la disciplina, un nido de disputas dentro del Colegio." Con amable forma, pero con gran firmeza a la vez, ordenaba. a los Operarios de cierta casa: "Sobre confesores. No me gustan los de la manga ancha. Y hasta convendría, al darles algún refresco, cayera la conversación sobre la necesidad de algún rigorismo. Obren, pues, como vean conviene más a la unidad de dirección, a pesar del peligro de que quede alguno resentido. Así- lo hemos hecho en X., y alguno se ha extrañado de que no le hayamos invitado este año. Primero es la gloria de Dios y la formación de los jóvenes." No necesita comentario esta última afirmación, que es todo un magnífico programa de educación sacerdotal.
Las caminos de la gracia son múltiples, variados e insondables. Dios baja hasta las almas por mil sendas ignoradas que los hombres no son capaces de enumerar siquiera con la imaginación, porque, así como cada hombre tiene su rostro y su carácter y su manera de ser, que le diferencia de los demás, así cada alma tiene su fisonomía propia, que la hace ser tal y no otra; y la gracia ha de abrazar en su luz y su poder a todas ellas amoldándose a la singular contextura de cada una, lo mismo que el agua toma las más diversas formas según el recipiente que la alberga dentro de sí. La vida interior de Don Manuel tiene mil diversas facetas que la colocan en su medio personal único. Es un poliedro bellísimo en cuyas aristas transparentes se quiebra el sol en mil diversos matices. Dios derramó a manos llenas sobre él el caudal de sus dones naturales y la colmada abundancia de sus mercedes sobrenaturales. En una personalidad tan rica en colorido, tan varia en afanes, tan múltiple en empresas, es difícil al historiador, que ama la unidad y la síntesis y el golpe simplista de la visión impresionante, reducir a cifra desnuda la riqueza de sus líneas fisonómicas. Pero, por debajo de la multitud de fuerzas que agitaron su espíritu, entre el ramaje exuberante de la espesa ¡ronda que brotó de su corazón gigante, parece adivinar el fino observador, como bajo el tupido florecer del boscaje, el dulce son de la corriente cristalina y fresca de un arroyo que todo lo vivifica y lo nutre de sustancia. En la vida de Don Manuel, hay un hilo de plata que brota en las calladas honduras interiores y es la causa escondida de tanta grandeza y de tanta hermosura. El amor abrasado a Jesús Hostia, que le hizo humilde, y manso, y mortificado, y sencillo, y amable como El y, como El, incansable y audaz y multiforme trabajador de la gloria del Padre.
Un último hecho que retrata de cuerpo entero esas dos cualidades encontradas de su alma. Pocos días antes de morir, hallándose ya en cama enfermo, discutió ante su presencia la junta de la Hermandad sobre la admisión de un aspirante. Don Manuel se oponía a ello aduciendo razones determinadas. Pero, reflexionando después que marcharon los demás, creyó haberse excedido y faltado a la caridad, y no podía descansar por el desasosiego interior de su espíritu. Retirados ya todos los Operarios, hizo llamar a don Juan Bautista Calatayud, a quien expresó la causa de su turbación. Este procuró tranquilizarle diciendo que descansará en lo que determinaran los demás, y que no volviera a preocuparse del asunto. Todavía el anciano enfermo, antes de que marchara el Operario, volvió a preguntar con angustia de niño inocente: "Así, pues, ¿puedo estar tranquilo?" Así era el gran hombre: enérgico, constante, emprendedor, inflexible, sin miedo a la lucha, cuando entendía que se atravesaba por medio la voluntad de Dios; desprendido, humilde, sencillo e ingenuo como un niño, cuando se trataba de intereses o conveniencias suyas.
UN OCASO DE GLORIA
Don Manuel alcanzó la respetable edad de sesenta y cuatro años sin haber padecido enfermedad notable que alterara gran cosa la robusta complexión de su organismo y su envidiable salud. Hemos dicho que su organismo era robusto y sano, y así aparecía, en efecto, a todos, y así lo confirmaba al parecer la experiencia, puesto que hasta esta avanzada edad no tuvo necesidad de intervenciones médicas de importancia. Con todo, el médico que le asistió los últimos años de su vida, el doctor Vilá, asegura que su funcionalismo orgánico no era normal, y que así lo había oído decir ya a su padre, médico también de Don Manuel, muchos años antes. Explica en esta forma el mencionado doctor la anormalidad fisiológica que padecía el Fundador de la Hermandad: "La particularidad principal de aquel organismo era, indudablemente, la braquicardia, tan rara, que son contados los casos en que se presenta uno igual al del doctor Sol. Su corazón, algo hipertrofiado, mas sin soplo alguno que demostrase lesión orgánica en orificios ni válvulas, latía de una manera perfectamente rimada, pero con una frecuencia de 36 sístoles
por minuto."
El efecto propio de este defectuoso funcionamiento orgánico es la anemia, la carencia de vigor físico y del cerebro. En Don Manuel, sin embargo, no se conocieron estos efectos, puesto que su laboriosa vida demuestra todo lo contrario. Trabajaba de hecho de la mañana a la noche en continua actividad, sin que experimentara gran cansancio. Emprendía largos y penosos viajes. Comía de todo y a cualquier hora, sin que se resintiera su organismo por los más variados guisos y regímenes de alimentación, y horas de distribución de las comidas, que hubo de experimentar en tan diversas regiones y ciudades. Disfrutaba de una memoria prodigiosa, que podía retener las múltiples direcciones de sus numerosos corresponsales sin necesidad de llevar nota de ellas. Su voluntad fue enérgica y perseverante. Su entendimiento, lúcido. No sintió nunca necesidad de usar gafas. Oía perfectamente, y conservó hasta sus últimos momentos el uso expedito de la lengua. El médico anteriormente citado cree que tanto vigor no se explica fácilmente en un organismo como el suyo, y lo supone efecto sobrenatural.
Desde el 1.º de mayo de 1894 se trasladó Don Manuel definitivamente a su humilde habitación del Colegio de San José. Había muerto el 19 de marzo de aquel año su último hermano, José, que le tenía aún ligado a su hogar por especiales razones de caridad. Con estas cristianísimas palabras comentaba su muerte: "No sé si sabrá usted que mi último hermano, José, que era el mayor de toda la familia, murió. He quedado, pues, solo de los doce hermanos, y he podido decir: Dirupisti, Domine, vincula mea, y puedo consagrarme exclusivamente a la Obra de nuestros Colegios." El arreglo de papeles y de la administración de los bienes, que puso en otras manos, le entretuvo algún tiempo antes de poder "volar al rinconcito de San José", como él decía y anhelaba. El único lazo que le quedaba .era la casa "pairal", que fue nido feliz de aquel cristiano hogar. El 1.º de julio la vendió. "He vendido-escribía por entonces-por cinco mil duros la casa mía de la calle del Ángel. No quedan ya más que dos mil duros, y tenemos el viaje de los mejicanos encima, y otros aguieritos que hay que tapar. Ayer y hoy, a las cuatro de la mañana, he ido a dirigir la operación de trasladar todos mis muebles del piso de mi ex casa, en donde nacimos todos los hermanos. No me he afectado lo más mínimo-añade con su constante espíritu de fe-, porque todo se pasa; y sólo siento la separación de mi Ángel, ante el cual nací. El, que no me deje a mí.
Entregado de lleno a la Obra de sus Colegios, para la cual solamente vivía y por la cual lo sacrificaba todo, hasta los últimos restos de su patrimonio familiar, pasaba sosegadamente los días y los años en su rinconcito de San José, o sobre los ferrocarriles, camino de los innumerables hogares que había sembrado su amor por tantas partes, .cuando vino a llamar a sus puertas la primera enfermedad seria. Duróle ésta casi un mes, desde el 19 de marzo de 1900 hasta el 17 de abril, fecha en que pudo celebrar ya Misa, Pero aquello había sido una fiebre gástrica algo pesada pasó al fin pronto, y se restableció totalmente, pudiendo volver a sus habituales tareas de siempre. Fue solamente un aviso, y, como él explicaba, "una nueva misericordia de Dios y un desencanto para algunas almitas que no sabían darse cuenta de que contaba con un apoyo que se puede morir". Llegó finalmente el golpe fuerte dos años y medio más tarde, el 8 de noviembre de 1902.
Era aquel día la víspera de la fiesta del Reservado en Tortosa. Se hallaba Don Manuel arrodillado en el coro de la capilla, al mediodía, mientras los colegiales se disponían a cantar el "Magnificat" solemne, como se acostumbra en las Casas de la Hermandad en tan señaladas fechas, y, de pronto, cayó al suelo sin sentido. Era el primer ataque de anemia cerebral. Pudo volver en sí rápidamente y quiso bajar al comedor con todos, para evitar singularidades, cosa que tanto le repugnaba. Pero allí le repitió el ataque, y fue preciso llevarle a su habitación. El médico le obligó a guardar cama. Aquella naturaleza, aparentemente vigorosa, entraba en la decrepitud. Desde esta fecha no volvió ya a gozar nunca de completa salud. Pasados unos días en cama, el 28 de noviembre pudo trasladarse a Valencia, siguiendo órdenes del médico, que quería tenerlo lejos del abrumador ajetreo de Tortosa, donde tantos peligros tenía su incansable laboriosidad de dejarse tentar.
Fue a Valencia con esta prescripción terminante: prohibición absoluta de toda suerte de trabajo mental. No debía celebrar Misa, ni rezar el Breviario siquiera, dedicándose, en cambio, a dar buenos paseos mañana y tarde. El anciano Superior obedeció puntualmente, aunque con gran sentimiento de su alma, tan habituada al trabajo y tan hambrienta siempre de ocupación. La prohibición de decir Misa y de rezar fue un tormento dolorosísimo para su espíritu, pero es un indicio claro de la gran brecha que el mal había ya abierto en aquella erguida fortaleza de su cuerpo. Recibió, con todo, resignadamente la prueba con su acostumbrada sencillez y docilidad de espíritu. El 3 de enero de 1903 escribía: "Continúen orando para que la vita abscondita que me amenaza, o con la cual me amenazan, sea verdaderamente abscondita cum Christo in Deo." Y el 15 de marzo, algo más animado: "Ya me dejan escribir y saber cosas. Durante un mes casi me tuvieron sin noticia alguna. Todo sea por Jesús. Vayan, pues, diciendo y continúen rogando a San José por este inválido para mayor gloria de Jesús y su santificación." Y el mismo día: "Estoy bastante más animado, después de tantos días de estar cerca de las soledades de Getsemaní. Aún no celebro ni rezo; y la comunión, algunos días y pocos, y muy de mañana. ¡Ya ve cuánta miseria!" El Señor probaba bien aquel temperamento dinámico y absorbente.
El 3 de mayo pudo celebrar, al fin, después de casi seis meses de privación; pero la mejoría era muy lenta. Volvía a Tortosa el 15 de aquel mes, y él mismo se sentía a disgusto allí. "No estoy bien aquí -decía- por el "coret" que se enreda en cosas." Su incurable anhelo de hacer le traicionaba y le rendía, por hallarse todavía sin fuerzas. El médico tuvo la buena ocurrencia de recetarle, como la mejor medicina, un largo viaje a las Casas del centro de España, para que se distrajera, y se reanimara quizá. Y le sentó muy bien. Se encaminó a Burgos, habiéndose detenido a su paso en Tarragona, Barcelona, Zaragoza, Sigüenza, Toledo y Madrid. Desde la quieta ciudad castellana escribía muy animado el 17 de julio, sintiendo tener que abandonarla: "No saldría de aquí -dice-, porque estoy bien y me prueba." Los trabajos del templo de Reparación le obligaron, no obstante, a salir camino de Tortosa. En la misma carta habla de sus proyectos para los próximos Ejercicios de los Operarios en Valencia. "Pida a Jesús -añade-que pueda yo dirigir una palabra a los nuestros en aquel acto y después. Lo cual haré, si el médico no me lo prohíbe, por si acaso tuviera que ser el canto del cisne, si Jesús dispone de mí”. Estuvo, en efecto, presente en los Ejercicios, y hasta comenzó el fervorín, si bien no pudo terminarlo a su gusto. El lo contaba así a un Operario: "Me he agitado estos días y emocionado. El fervorín no lo concluí, porque las piernas me temblaban ya por mi emoción, y corté." Era ya un organismo enfermo en trance de decadencia. Pero su gran espíritu aún le hacía tenerse en pie y en la brecha.
El año 1904 lo pasó bastante mejorado, aunque débil de fuerzas. Gran pesar para su alma gigante. El 4 de abril, escribe: "No sé cómo se me pasa el día sin hacer nada, y, sobre todo, nada bueno. Jesús me quiere muerto y mortificado, y yo quisiera vivir para maniobrar." Tenía la gran sinceridad de todos los humildes de confesar y aceptar lo que a su edad y en sus circunstancias tantos otros se resisten a reconocer: la carga de la propia vida inútil después de muchos años de actividad y de mando. Recordando la benéfica influencia del gran viaje del año anterior sobre su corazón enfermo y fatigado, volvió a emprender aquella primavera otra gran vuelta por las Casas de la Hermandad. Pasó por Valencia, Murcia, Orihuela, Toledo, Cuenca, Madrid, Sigüenza, El Escorial, Astorga, y volvió también esta vez a detenerse en Burgos.
El viaje le reanimó nuevamente. El 23 de mayo escribía desde la capital castellana: "He podido soportar el viaje, y a pesar de ir dos noches en el tren. Esto prueba que está el corazón más animoso, aunque no quiere aumentar sus débiles pulsaciones. Jesús ha escuchado las oraciones de las almas buenas, dándome plazo para que me haga santo, y no sé si lo lograré." Los mismos sentimientos que no le abandonaban nunca. El 8 de junio cayó enfermo en Burgos con una ligera gástrica, que, dado su estado general, tan delicado, se convirtió en enfermedad alarmante. Pero el 20 del mismo mes pudo salir ya para Tortosa.
Desde su enfermedad de 1902, y durante su convalecencia en Valencia, había pensado larga y serenamente en la necesidad de dejar el cargo de Superior General de la Hermandad. Su delicadeza de conciencia no le permitía llevar sobre sus espaldas tamaña responsabilidad sin poderle dedicar todos los momentos de su vida y todas las fatigas de su espíritu. Tenía incluso redactado un escrito en que razonaba la decisión que había tomado con carácter irrevocable, y esperaba presentarla al Capítulo General que se reuniría en Valencia en agosto de 1904. Antes fue preparando el camino, dejando caer como al desgaire la especie en sus cartas. El 5 de junio escribía al Rector de Roma, uno de los Operarios más conspicuos, el cual le sucedió, a su muerte, en el Generalato: "Voy siguiendo regular. Como, duermo y paseo bastante, pero el corazón no acaba de entonarse, ni subir más de las 36 a 38 pulsaciones. Dicen que es porque empiezo otra vez a trabajar demasiado, aunque no lo creo. Esto prueba que ha de pensarse seriamente en relevar esta "carranca" y conviene." Y vuelve sobre lo mismo el 10 de julio: "Voy siguiendo no más que regular. Ha sido un nuevo milagro mi nueva curación o convalecencia, pero creo debería relevárseme, pues sufro de no poder atender a todo."
En el Capítulo fue reelegido por unanimidad. Hizo las observaciones que traía preparadas y se negó a aceptar, a no ser que meditaran primero los capitulares las razones ,que había expuesto. En caso de que insistieran en su decisión de elegirle, había que proceder a nueva elección y prometer todos los Operarios, singularmente los Superiores de las Casas, que se esforzarían con redoblado empeño por llenar cada uno las obligaciones del propio cargo. Los electores se opusieron a hacer nueva elección, prometiendo. en cambio, con todas veras cumplir fielmente cada uno su cometido. Por fin, hubo de ceder, descansando en las promesas de sus hijos, pero no sin escrúpulos.
La enfermedad, entre tanto, seguía minando aquella naturaleza ya en franco desmoronamiento. El 16 de diciembre, a los dos años del síncope anterior, tuvo una grave amenaza de ataque apoplético. El corazón caía cada vez más. Volvió a su régimen de absoluto reposo, ahora encerrado en su Colegio de Tortosa, donde pasó más de un año ,y medio recluido, sin hacer apenas nada, sin celebrar Misa ni rezar el Oficio Divino, comulgando sólo a veces en su habitación o en la capilla interior. Estuvo solamente unas semanas durante el verano en Valencia y Benicasim. Bien probaba el Señor el temple de aquella alma a los golpes duros de la enfermedad, y de una enfermedad precisamente la más a propósito para humillar a aquel varón nacido para el trabajo, la movilidad de la vida activa y la gloria de las grandes empresas de iniciativa y dirección. Momentos de Getsemaní amarguísimos los que pasé durante aquellos años, al verse reducido a la impotencia y a la inacción. "Cuando me encuentro así-decía él confidencialmente- es un estado en que -pienso cuál sería el desfallecimiento y terrible agonía de Jesús en el Huerto."
En la segunda mitad del año 1906 volvió a animarse un poco de su decaída salud. El 3 de mayo había comenzado a celebrar nuevamente. Al sentirse con fuerzas, volvieron muy luego a retoñar sus ansias de apóstol. El 12 de enero de 1907 escribía a Méjico, viendo en-la lejanía amarillear al sol las mieses de aquellas tierras dilatadísimas, donde los Onerarios trabajaban esforzadamente con grandes frutos: "El entusiasmo que me produjo su carta me ocasionó el pernicioso efecto de alargar las raíces del corazón hacia el apego a la vida, con las ambiciones de poderles ver otra vez y de poder ver esos campos." Y se le enternecía el corazón mirando a Roma, donde tantas penas había devorado y en cuyos surcos había sembrado con tantos sudores y tan generosos sueños de amor. De tiempo atrás encomendaba a sus hijos de allá que pidieran a¡ Señor la gracia "de poder ir un día a despedirme de ese Colegio-decía con pena-y de esa Ciudad de tantos recuerdos para mí, si ha de ser de su agrado. "
Al llegar la primavera de 1907 sintió rejuvenecer su espíritu y reverdecer en su pecho aquellos nobles deseos; pero su delicadeza de conciencia le ponía escrúpulo. "Tengo no más que tentaciones de viaje a ésa-decía a los de Roma---, a pesar de mis achaques; pero me pongo en la presencia de Dios, y, aparte de mi consuelo de despedirme de esos santos lugares, no acabo de ver si sería de alguna gloria de Dios." Hasta última hora vibraba con ardor siempre ir joven en su espíritu la cuerda bien templada de la rectitud de intención en todas las cosas. Sentía además aprensión o pereza, como él decía, y es que su cuerpo ya no obedecía como años atrás a su espíritu. Al fin se decidió a emprender el viaje, a pesar de "la poca gana". El 12 de mayo llegó a la Ciudad Eterna. Gran placer fue para 61 ver de cerca los notables progresos de su obra durante sus años de ausencia. Sus amigos de los tiempos heroicos habían cambiado mucho. Su "angelical Merry", el San Rafael de los primeros tiempos del Colegio, era nada menos que Cardenal Secretario de Estado del Santo Pontífice Pío X, y` su amadísimo y humildísimo Padre Llevaneras era ya el Eminentísimo Cardenal Vives, huésped de honor perpetuo del Colegio. Tan poderosos valedores le prepararon la gratísima sorpresa de una audiencia particular, larga y cariñosísima, con el Papa, el 18 de mayo. Aquella misma mañana, a pesar de la prohibición de los médicos, su corazón no había podido contenerse sin dirigir unas breves palabras de saludo a los colegiales en la Misa de comunión. Fue el último fervorín que pronunció en Roma sobre el para él palpitante tema de la santidad: todo les obligaba a ser santos, vino a decir de varios modos y con insistente urgencia a sus colegiales. El i." de junio salía por última vez de la Ciudad de los Papas, previendo claramente que no volvería ya a pisar su sagrado suelo. Pero tomó la vuelta de España consolado por aquel gran beneficio que le había otorgado la siempre amorosa Providencia de Dios.
Todavía pronunció otro fervorín, y éste sí que fue ya el último, el canto del cisne, en Valencia a sus Operarios en la reunión de agosto de 1907. Las fuerzas le iban abandonando lentamente, como si el Señor se quisiera complacer en irle haciendo experimentar poco a poco la nada de su arcilla. Y él iba engastando día por día perlas a su corona, a fuerza de sufrimiento. Así pasó el resto de 1907 Y todo el año 1908, en alternativas en que eran más frecuentes las temporadas de decaimiento e inactividad casi completa, que los períodos de vida algo normal. "Yo también vivo crucificado-decía en abril de 1908-con mis molestias y achaques; pero no sé si es con Cristo. Así no me olvide ante El." El decía en una ocasión muy acertadamente a una dirigida suya: "Se queja usted de que no sabe amar bastante a Jesús, y ésta es la pena más agradable al Señor. Tenga usted sentimiento de esto, que, cuanto más lo sienta, será señal de que le amará más." Aplicando esta sencilla regla de amor a su conducta, hay que confesar que en sus últimos años subió de quilates su ya valioso enamoramiento del Señor. A cada paso se le escapan en sus cartas frases como la trascrita de queja y de disgusto de sí mismo por falta de amor y conformidad con la voluntad de Dios. Los Santos nunca están contentos de su, vida.
El 22 de agosto de 1908 entraba por última vez en su querida Tortosa, donde el Señor quería que durmiera el sueño postrero, en pago a lo mucho que en ella y por ella había trabajado. Aquel verano había pasado unos días en Benicasim y luego en Valencia con sus Operarios. Los últimos meses de su vida fueron de gran lucidez y de no escaso trabajo. Como buen operario, iba a morir en su puesto, trabajando hasta última hora. Anduvo preocupado y afanoso preparando, entre otras cosas, las fiestas que habían de celebrarse en su ciudad natal en honor de su glorioso paisano el nuevo Beato Gil de Federich, y llevaba con entera normalidad el gobierno de la Hermandad. A primeros de enero de 1909 podía decir: "Yo voy siguiendo, hecho una ruina y tirando del carrito, aunque con la cabeza de joven." Recibió más de cien cartas de felicitación para su Santo, además de las ordinarias, y a todas. iba dando respuesta poco a poco. El 17 de enero, en una: de sus últimas cartas, vuelven a asomar sus hambres in-, saciables de toda la vida, aunque ya se conforma y se aquieta en su impotencia. Escribiendo a los operarios de Méjico, les dice: "Al recibir peticiones de personal, y ante el vasto campo que se abre aquí y ahí me contristo y quisiera lanzarme a abrazarlo todo; pero, puesto en la presencia de Dios, me quedo tranquilo, porque ya ve El que no podemos." Un anciano de setenta y tres años, que al borde de la tumba conserva aún frescas sus energías espirituales de siempre "-quisiera lanzarme a abrazarlo todo", dice, como decía unos cuarenta años atrás, a los comienzos de su apostolado y conserva además entera y vigorosa también aquella su fibra de joven sacerdote, cuando, al abrirse ante sus ojos ardientes el campo inmenso de su vida aún en promesas y el de su ministerio aún sin rumbos, escribía su mote en estas palabras: "procuraré tener presencia de Dios"; "conozco que es necesaria mucha pureza de intención para que así sacrifiquemos con gusto la vida"; pureza de intención, presencia de Dios, el gran lema de su vida, entrevisto ya en sus Ejercicios espirituales para recibir el Presbiterado. También ahora, a la hora del desmoronamiento definitivo, es la voluntad de Dios su descanso: "puesto en la presencia de Dios, me quedo tranquilo, porque ya ve El que no podemos". Su vida fue una línea recta sin desviaciones ni quebraduras.
El 18 de enero celebró su última Misa. Aquella tarde se sintió indispuesto con ligeros escalofríos, y la pasó encerrado en casa junto al brasero, yendo a acostarse por precaución algo antes de lo ordinario. El médico, llamado oportunamente, no dio gran importancia a la indisposición que no era más que un ligero catarro gripal. Pero los Operarios quedaron velando al querido enfermo, que no sosegó en toda la noche. Al día siguiente continuó el malestar general, agravado con quebrantamiento de huesos y falta de fuerzas, dejándole imposibilitado hasta para moverse en el lecho. El explicaba su mal gráfica y graciosamente diciendo que sus miembros parecían "sacos de serrín". Dijo este día 19 que se encontraba mal, y que esta vez no se había metido en cama como las otras. Tuvo presentimiento de su muerte próxima. Unos días antes había hecho un obsequio a una persona conocida, diciéndole que sería el último. Aquel día se llamó a las Siervas de Jesús para que le asistieran.
El día 20 padeció frecuentes delirios con extraordinaria excitación de, nervios. En sus pesadillas, la conversación giraba siempre acerca de las empresas de apostolado que traía entre manos: la iglesia de la Reparación, el Beato Gil de Federich, la visita a las Casas y otros asuntos del gobierno de la Hermandad. Los Operarios dieron aviso a todos los Colegios para que encomendaran al Señor la preciosa vida del venerado Fundador. Los momentos de delirio fueron más frecuentes el día 21, si bien en los momentos en que bajaba la fiebre volvía la lucidez y se daba cuenta de todo.
El 22 fue de descanso para el enfermo, que lo pasó bastante despejado. Recordando que era el día que había padecido el martirio el Beato Gil de Federich, rogó a don Juan Estruel que aplicara la Misa en honor del Beato y de San José; pidió que le dieran a besar la reliquia del Mártir y dijo que quería tenerla a la vista. Y, dándose cuenta de que el 19 no había celebrado en honor de San José, según acostumbraba todos los meses, prometió que pagaría al Santo Patriarca la deuda. El 23, cerca del mediodía, volvió la calentura y comenzaron los delirios, que le hicieron sufrir mucho. No se daba cuenta perfecta de dónde estaba; a veces creía encontrarse en Valencia, a veces en Burgos. Por la tarde tuvo períodos de lucidez, y recordando que era la víspera de la fiesta de la Sagrada Familia, hacia la cual sentía gran devoción, pretendía rezar el Oficio Divino.
El 24 fue domingo y despertó con la intención decidida de oír Misa. Su delicadeza de conciencia no le abandonó hasta el fin. Con todo, obediente y sumiso, se resignó cuando le dijeron que no le convenía levantarse. Con alguna frecuencia exclamaba fervorosamente: " ¡Dios mío Sacramentado, no sé lo que queréis de mí!" La Sierva que le asistía le preguntó al ir al coro para hacer una visita al Santísimo: 66¿Qué quiere para Jesús Sacramentado?", y el enfermo respondió sin titubear: "Dígale que me dé todo lo que le pido y todo lo que necesito." Y añadió con fervor: "¡Señor, quem amas infirmatur!" Aquel día hizo el ejercicio de los Siete Domingos de San José, práctica que observaba durante todo el año. Tenía, como siempre que se acostaba, debajo de la almohada un escapulario del Sagrado Corazón de Jesús. Varias veces dijo aquel día a su confidente don Juan Estruel, mientras se lo mostraba con infantil y enamorado acento: "Este me ha dado un consuelo que yo me callaré." Previendo su muerte, dio determinadas disposiciones sobre documentos y asuntos de la Hermandad.
Y amaneció el día 25, fiesta de la Conversión de San Pablo. De madrugada se mostró bastante inquieto; pero en la visita de la mañana, los médicos no advirtieron ningún síntoma alarmante precursor de la muerte, que estaba, sin embargo, tan cercana. Hacia las diez, estuvo hablando con la Sierva acerca de los diversos nombres con los cuales era conocido, diciéndole 'que al sentirse llamado averiguaba él ya de qué clase de personas se trataba. Después se quedó dormido un rato. Repentinamente, a la una de la tarde, entraba en la agonía. El Operario don Juan Estruel, queridísimo familiar y perseverante enfermero, que se hallaba velándole, fue a avisar con toda premura a los demás Operarios, entonces en el comedor. Llegaron precipitadamente, pero bien poco pudieron hacer para arrebatar a la traidora enfermedad, que rondaba la codiciada presa ya hacía seis años, aquella preciosa vida, que Dios llamaba a Sí. Era un ataque fulminante al corazón. Don Bernardo Curto, su confesor, le dio la absolución, y don Elías Ferreres, miembro de la junta Directiva de la Hermandad, le administró la Extremaunción. El médico, llamado con urgencia, pudo solamente certificar el fallecimiento.
Aquella vida extraordinaria, que había sido un torrente de luz y de bien para los hombres, un himno continuo, alto y vibrante a la gloria de Dios y un ejemplo bellísimo de abnegación y de trabajo, se apagó dulcemente en los brazos del Señor, como una pequeña candela que un ligero soplo basta a extinguir. Quedaba aquella pobre envoltura de barro, humilde vaso que contuvo tanta hermosura. Pero quedaba algo más, y por cierto bien valioso: un brillante reguero de obras santas, una blanca multitud de almas vírgenes que a él debían en gran parte su blancura inmaculada, y una falange ya nutrida de almas sacerdotales, que, sobre las huellas del valeroso caudillo, seguían caminando a la inmortalidad derramando, como él, el bien a su palo. ¿Quién podrá enumerar los sacerdotes que le deben su formación y, con ella, tantas gracias selectas para sí mismos y para los demás? Y quedaba, sobre todo, una Obra pequeña, humilde y silenciosa: la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos, Obra que él soñó en sus ardores de apóstol para no dejar rota y sin sucesión su meritoria labor formativa del sacerdocio. Por medio de ella, Don Manuel Domingo Sol sigue y seguirá laborando, como buen trabajador de Cristo, por la educación y la multiplicación del sacerdocio, que es, en su pequeña parcela, laborar por la educación y la formación de la Iglesia de Cristo, la Obra cumbre del Redentor, porque es continuación de El mismo sobre la tierra. Y, por encima de todo eso que dejaba acá abajo el apóstol de las vocaciones en su tránsito a la gloria, volaba rauda y derecha, desatada ya de las ligaduras terrenas, su inquieta, y hambrienta, y abrasada, y excelsa alma a abrazarse por fin en irrompible abrazo con el Amado de su corazón, por Quien tanto había suspirado y trabajado en este mundo.
El sentimiento por la inmensa pérdida fue general en Tortosa, más apreciable y ruidoso por lo inesperado del desenlace. Aquella tarde del 25 de enero desfiló ya por el Colegio la ciudad entera: el cabildo, el clero parroquial, las distintas Casas religiosas, sus innumerables amigos, discípulos y dirigidos, sus amadísimos pobres. Muchísimas personas, no contentas con tocar estampas, medallas, rosarios, a los venerando restos, intentaron llevarse furtivamente pedacitos de ropa o mechones de cabello del sagrado cadáver para conservarlos como reliquias. Y alguna lo logró, a pesar de la estrechísima vigilancia montada por sus carísimos colegiales en torno del amado padre. Durante la noche le velaron grupos de Operarios, colegiales y religiosas de varias Congregaciones. Se convirtió en capilla ardiente el .oratorio privado del Colegio, y en él estuvieron celebrándose Misas desde la madrugada del día siguiente hasta las diez, hora en que tuvieron lugar las honras fúnebres. El entierro, celebrado en la tarde del 26, fue un plebiscito de afecto de Tortosa entera. El i.' de febrero, el Cabildo Catedral celebró solemnísimas honras por el preclaro hijo de la ciudad y gloria del clero tortosino, durante las cuales hizo el elogio del venerado difunto el Canónigo Magistral.
Al conocer la triste noticia, enviaron sentidos pésames el Nuncio de Su Santidad y gran número de Obispos con el Cardenal Primado a la cabeza, llenos todos de sentidísimos elogios del insigne difunto. Le 'dedicó recuerdos necrológicos la prensa de toda España. Los antiguos alumnos de sus varios Colegios se unieron con mayor sentimiento y más hondo cariño al duelo general. Su amadísimo Colegio de Roma celebró muy solemne funeral en sufragio de su alma con asistencia de varios Cardenales y distinguidas personalidades. Los Eminentísimos señores Cardenales Vives y Merry del Val le dedicaron fervorosos recuerdos en el número extraordinario del "Correo Interior Josefino". Y hasta el Sumo Pontífice quiso participar personalmente su sentimiento a la Hermandad, dignándose recibir, el 31 de enero, a los Superiores del Colegio Español de Roma con un grupo de alumnos, ante los cuales manifestó su profundo dolor. Y todavía el 20 de febrero quiso hacer al mismo Colegio el rico presente de este hermosísimo autógrafo: "Después de implorar la paz de los justos para la bendita alma del venerado sacerdote Manuel Domingo Sol, llamado por el Señor a recibir el premio correspondiente a sus virtudes y santas obras, anhelo vivamente que sus plegarias en la presencia del Altísimo alcancen la gracia de que los sacerdotes de la Hermandad por él fundada para formar a los jóvenes aspirantes al sacerdocio, le imiten en su ferviente piedad y sólida doctrina, y atraigan especialísimas bendiciones sobre el Pontificio Colegio Español de San José, por él fundado y favorecido, a fin de que los amados alumnos del mismo, una vez terminada su educación, tornen a su Patria convertidos en celosos apóstoles que difundan el buen olor de Jesucristo y cooperen en la católica España al glorioso triunfo de la fe.-Del Vaticano, a 20 de febrero de 1909.-Pío PP. X." ¡Cómo le cubría de honores el Señor por la infatigable solicitud y la sencilla humildad con que había trabajado siempre por su gloria!
Tortosa no quiso mostrarse desagradecida a quien tanto por ella se había afanado. Por iniciativa del ilustre tortosino don Ramón Vergés, discípulo de Don Manuel, se colocó en la casa natal del apóstol de las vocaciones una lápida conmemorativa el 27 de marzo de 1910. Aquel mismo día bendijo el señor Obispo la primera piedra del monumento que, por suscripción popular, había de levantársele en la plaza llamada del Rastro, junto a su Colegio de San José, para el cual proporcionó gratuitamente el bronce necesario el Gobierno de Su Majestad, a petición de las Cortes. El 28 de abril de 1912 quedó solemnemente inaugurado el artístico monumento, obra comenzada por el gran escultor tortosino Agustín Querol y rematada por su insigne discípulo, hijo también de Tortosa, Víctor Cerveto. Años más tarde, la nefasta república proclamada en 14 de abril de 1934 por mano de su monterilla de Tortosa, ordenaba retirar la estatua de su emplazamiento, con el peregrino pretexto de una represalia a causa de los sucesos del 10 de agosto de 1932. El Cabildo Catedral la acogió muy honrado, colocándola en el atrio del primer templo de la diócesis.
El 21 de abril de 1926 fueron trasladados sus restos mortales, con solemnísimas fiestas, al templo de la Reparación, donde descansan en la actualidad en magnífico mausoleo costeado por suscripción nacional, junto a aquella Hostia Santa por cuya honra tanto trabajó y sufrió el excelso sacerdote tortosino, después de un paréntesis de tres años, los que sufrió la ciudad de la Cinta bajo la dominación marxista de 1936 a 1939. Fieles hijos suyos se encargaron de ocultar sus sagrados despojos a la furia antirreligiosa de aquellos infelices, para evitar una profanación.
Finalmente, respondiendo a las vivas ansias de cuantos le conocieron, el día 13 de noviembre de 1930 se introdujo solemnemente la Causa que el señor Obispo de Tortosa inició canónicamente en orden a la Beatificación del Siervo de Dios, el proceso "informativo" sobre su fama de santidad, sobre sus virtudes, sobre las seguridades que exige la Iglesia de que no se le tributó un culto prematuro y, asimismo, sobre sus escritos. Tan importante proceso quedó cerrado el 25 de enero de 1934, sin que haya habido en las trescientas sesiones una sola declaración adversa. Es, imposible recoger en estas páginas los innumerables testimonios de toda clase de personas, Obispos, sacerdotes, religiosos, seglares de toda condición, que aun antes del proceso atestiguaron ya su convencimiento acerca de la santidad de Don Manuel. Basten por todos estas significativas palabras del señor Obispo de Madrid-Alcalá, Dr. Eijo Garay, antiguo alumno del Colegio Español de Roma: "Yo le tenía en veneración como a un Santo. Ahora, su figura se agiganta y esperamos más de él para la gloria de Dios su hijos. ¡Él vele sobre nosotros, para que siempre merezcamos serlo! ".
Cerrado y sellado solemnemente el proceso diocesano de Don Manuel, fue llevado a Roma, con los escritos-treinta y ocho volúmenes-del venerado Fundador. El 28 de enero de '1941, la Sagrada Congregación de Ritos "Ordinaria" dictaminé que nada aparece en tales escritos que sea contrario a la fe ni a las costumbres. Ocho días más tarde, el Romano Pontífice confirmó con su autoridad suprema aquel dictamen. Ello fue un paso importantísimo para el comienzo del proceso "apostólico". Ahora más que nunca, los hijos todos y los admiradores de Don Manuel esperan confiados el favorable sucederse de las fases y etapas que son de rigor, hasta que, a su tiempo, se siga la sentencia definitiva de la Santa Madre Iglesia. Esta, desde luego, suele proceder lentamente, porque es inmortal y porque quiere pesar muy bien sus juicios en la balanza de lo eterno.
Entre tanto, debido a la fama de santidad del insigne apóstol del sacerdocio, cada día son más y más las personas que a él se encomiendan, pidiéndole y obteniendo remedio en sus necesidades de todo orden: curaciones corporales, tranquilidades de espíritu, discernimientos de vocación, reconciliación de familias enemistadas. y otras gracias particulares. Mucho pudiera apresurar la glorificación de tan insigne sacerdote español. un movimiento general de los fieles de nuestra patria en demanda sostenida y ferviente de su protección y de milagros en toda regla. Bien cabe esperarlos del favor de quien, a imitación del Divino Maestro, pasó por la tierra sembrando el bien, sanando a los contritos de corazón y mandando detrás de sí apóstoles y trabajadores al campo dilatadísimo del Padre de Familias que está en los Cielos...
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