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Manuel Domingo y Sol
La eucaristía
ROMA
2006
CONTENIDO
Presentación general del volumen
I.- El Corazón de Jesús (I, 1º, 97-134)
Introducción
1.- Sobre el Corazón de Jesús en general
2.- Sufrimiento del Corazón de Jesús
3.- Motivos para corresponder
4.- Amor al Corazón de Jesús
5.- Reparación
6.- Apostolado de la Oración
II.- La Eucaristía (I, 2º, 1-97; I, 3º, 1-193)
1.- Sermones
2.- Pláticas a las Camareras del Santísimo
3.- Fervorines
3.1.- A Operarios
3.2.- A Seminaristas
3.3.- A Religiosas
3.4.- Fervorines varios
Índice General
PRESENTACIÓN GENERAL DEL VOLUMEN
Dos textos son suficientes para hacernos entender lo que es y significa la Eucaristía en la vida espiritual y en la actividad apostólica del Beato Mosén Sol:
“Es Jesús sacramentado el centro de todo, de toda devoción, de todo afecto, considerado en sí. Él debía absorber toda nuestra vida... y una de las cosas que nos avergonzarían en el cielo, si pudiese haber confusión, sería el pensar que el hemos tenido en la tierra, y no nos absorbió toda la vida, todo nuestro corazón” (I, 2º, 68).
“De aquí es que la vida de la Eucaristía ha sido siempre para la Iglesia la fuente más vivificante de la santificación de los fieles. Ella es la que en todos los siglos ha formado los mártires, los confesores, las vírgenes. Ella es la que nos enriquece con los más ricos dones de Dios. Ella es la que nos instruye en las más heroicas virtudes.
Sin Jesús sacramentado, ¿qué sabríamos del amor, de la abnegación, del sacrificio? Sin embriagarnos en ese vino que engendra vírgenes, ¿conoceríamos la castidad? Sin unirnos íntimamente a esa víctima divina, ¿conoceríamos el espíritu del sacrificio? Sin acudir a ese festín de amor, ¿conoceríamos la caridad?
Ella es la que lanza al misionero en alas de su celo a las más remotas regiones, para atraer almas al amor de su Amado. Ella es la que arrastra hacia sí el corazón de tantas almas tiernas inocentes, que despueblan el mundo para consagrarse como ángeles del bien a favor de la humanidad doliente, o se sepultan en el retiro para víctimas de sacrificio” (I, 2º, 1).
“¿Qué sabríais sin Jesús sacramentado? Antes de haber gustado la eucaristía, ¿qué sabíais? Y, después de haberos familiarizado con ella, ¿qué ignoráis de la fe, de los preceptos divinos, de los secretos de la gracia, del conocimiento de vosotros mismos? Antes de embriagaros con este Vino, que hace germinar las vírgenes, ¿conocíais la castidad? Sin alimentaros con este Pan misterioso, en que Dios se anonada, ¿conoceríamos la humildad? Antes de unirnos tan íntimamente a la Víctima divina del Calvario, ¿conocíamos el espíritu de sacrificio? Sin asistir al festín del amor, ¿puede conocerse la caridad? Y después que la Eucaristía es el alimento habitual del alma, ¿qué ignora de los consejos del evangelio?” (I, 2º, 7).
“Esta es la fragua donde se calienta el corazón y se enardece para sacrificarse por sus hermanos” (I, 2º, 23).
La espiritualidad que Mosén Sol vive y propone es sacerdotal y, por tanto, basada en la Eucaristía, “centro y raíz de toda la vida del presbítero” (P.O. 14).
Devoción al Corazón de Jesús y reparación serán expresiones de ese “carácter permanente, vivible y que se incrustre en los operarios, que han de hacerlo todo por espíritu de a Jesús Sacramentado” (II, 6, en Carta a Benjamín, mañana del 6 de agosto de 1893 cuando trabajaban en la redacción de las Constituciones).
El Corazón de Jesús, dice, “no sólo es el emblema especial del sello de nuestra Humanidad, sino que debe ser el sentimiento peculiar, constante, tierno, interior de nuestros corazones” (I, 5º, 31).
Por otra parte, para él la Reparación-Eucaristía encierra y produce la perfección. Sin la Eucaristía Mosén Sol siente el vacío más profundo, le falta todo. Y así lo transmite a sus colegiales, a las religiosas y Camareras del Santísimo y no considera fundada una casa hasta que no está Jesús Sacramentado de forma permanente en ella (cfr. I, 3º, 10).
Y finalmente la Eucaristía es para él la fuente de todo apostolado, En ella, dice, “quiso Jesús encerrar su más rico medio de acción” (I, 2º, 7). A sus alumnos les predica para que sean “verdaderos compañeros de Jesús, que os admita a habitar en su propia casa. Que este lugar sea la fuente donde bebáis las saludables aguas de la gracia y, con ellas, pueda el Señor hacer fecundo vuestro ministerio, y poder ser instrumentos dóciles a sus adorables designios. Que este lugar sea donde se forme vuestro corazón para los combates que os prepara el mundo en medio de la tristeza de los tiempos presentes. Y empezar a ejercer vuestro apostolado por medio de la oración, porque más almas se han salvado con la oración, que con las fatigas de una predicación” (I, 8º, 2).
Por ello termina diciendo: “Sí, si no ha sido Jesús Sacramentado el origen y el principio de vuestra vocación, será indudablemente el móvil de todas vuestras operaciones. Y es la fuente de todas las gracias en nuestras empresas. No es preciso que lo demuestre. La experiencia nos lo demuestra todos los días y, por viles instrumentos que seamos, su gracia lo multiplica y lo hace crecer todo... Jesús Sacramentado ha de ser, pues, el apoyo, aliento, consuelo y anhelo de todo nuestro corazón, la llama que ha de vivificarnos. El distintivo, en fin, interior de nuestra Obra” (I, 5º, 31).
Así fue para él, ya que de su fervor eucarísticos levantará todas sus obras apostólicas que culminarán con la fundación de la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos Reparadores del Corazón de Jesús para dar continuidad y consistencia a las mismas. Pues bien, escribe el fundador: “Nuestra Obra ha brotado del Corazón de Jesús Sacramentado...” (I, 5º, 31).
Eucaristía, Corazón de Jesús, Reparación. Son los temas que se incluyen en este volumen, ya que, como veremos en los mismos textos y lo indicaremos en las introducciones a cada apartado, para Mosén Sol son temas plenamente entrelazados y complementarios.
Estructura del volumen
El presente volumen mantiene el orden de los textos tal como se encuentran en la colección de Escritos. Más en concreto, los que se encuentran en el apartado I, volúmenes, 1º, documentos 97-134; 2º, documentos 1-75; y 3º documentos 1-193.
Recordemos que los autógrafos se Mosén Sol se encuentran en el archivo de la Hermandad de Sacerdotes Operarios, en Roma, divididos en tres partes:
I.- Predicación
II.- Cartas
III.- Varios
Los textos incluidos en este volumen se encuentran, por tanto, todos ellos en el apartado I, donde se recogen sus escritos de predicación. Los ofrecemos divididos en las siguientes partes:
I.- El Corazón de Jesús
II.- La Eucaristía
Como en la publicación anterior de las Pláticas a los Operarios1, ofrecemos los documentos cuyo texto completo nos ha llegado. Si estuviera repetido, el más estructurado.
Del resto de documentos ofrecemos solamente la referencia para quien desee seguir la publicación completa, indicando si se trata sólo de un esquema, un apunte o una repetición.
I.- EL CORAZÓN DE JESÚS
INTRODUCCIÓN
1. La devoción al Corazón de Jesús
Desde el siglo XII se ha desarrollado en la Iglesia una forma especial de espiritualidad, inspirada en el Corazón de Jesús. A lo largo del tiempo ha ido tomando expresiones y matices diversos, pero en todos hay un elemento común: el culto al Corazón de Jesús y a su amor.
Teológicamente el término propio de dicho culto es el Corazón de Jesús, visto como símbolo de su amor. Idea que se extenderá hasta la encíclica Haurietis Aquas (1956) de Pío XII cuando dice: “la devoción es en sustancia el culto del amor que Dios tiene por nosotros en Cristo, y al mismo tiempo la práctica de nuestro amor hacia Dios y hacia los demás hombres” ( AAS 48 (1956) p. 345).
Como afirma Tessarolo, todas las escuelas espirituales de los siglos XII y XIII participaron de esa maduración, aportando cada una su huella particular. Recordemos los nombres de san Bernardo, santa Lutgarda Aywières, “ejemplo eminente de espiritualidad reparadora”. En la escuela benedictina citamos a santa Matilde y santa Gertrudis, para quienes el Corazón de Jesús es el “santuario glorioso del amor, donde se resume el culto que, desde toda la creación, sube hacia el trono del Altísimo”. Los franciscanos están especialmente representados por san Buenaventura que le da una vertebración teológica en su Vitis mystica. Y los dominicos, por las grandes figuras de san Alberto Magno y santa Catalina de Siena.
Aunque en los siglos siguientes siguió una decadencia general, florecerá con mayor vigor con san Juan Eules (1601-1680), para quien el culto al Sagrado Corazón de Jesús es el culto a su amor. En su obra El Corazón adorable afirma que en esta devoción lo que se honra es “el origen y la fuente de todos sus misterios y acciones”.
Santa Margarita María Alacoque (1648-1690) en sus escritos nos hace caer en la cuenta no tanto en la realidad física del Corazón de Cristo, cuanto en su valor simbólico, es decir, la persona que ama y la grandeza de su amor. Su encuentro “personal” con el amor de Dios la lleva a responder en plenitud por medio de la “Consagración”, y la experiencia de un amor olvidado y ultrajado la impulsa a la “reparación”.
A partir del siglo XVIII la devoción al Corazón de Jesús pasa a todas las clases sociales y se extiende por todas las naciones católicas debido a las predicaciones y escritos de Claudio de la Colombière, Gallifet, Craisset, y, sobre todo, san Alfonso María de Ligorio con su célebre Novena del Corazón de Jesús. La institución de la fiesta en 1765 contribuyó a su expansión y a disipar dudas y prevenciones.
El siglo XIX comienza con la obra del canónigo Muzzarelli (1806), Disertazione sulla devozione al Cuore di Gesù y Perrone la inserta en los manuales de teología.
Ya en el siglo XX Pourrat la define como “la forma actual de la devoción cristiana a la Persona del Redentor”. Se hacen populares las prácticas de la adoración reparadora, la hora santa, el primer viernes de mes y las imágenes. El P. Ramière funda el apostolado de la oración y el P. León Dehon el de la reparación. Al P. M. Evawley-Boevey se debe la obra de la entronización. A toda esta corriente de piedad popular se unieron la investigación y el magisterio eclesiástico al que debemos las encíclicas Annum Sacrum de León XIII (1899) y Miserentissimus Redemptor de Pío XI (1928).
La citada encíclica Haurietis Aquas de Pío XII es la expresión más autorizada y clarificadora de esta devoción. No se debe olvidar, como nos recuerda Tessarollo que “el tema del amor de Dios, al ser esencial al cristianismo, no puede nunca desaparecer de la vida de la Iglesia”. La historia de la espiritualidad cristiana no es más, en definitiva, que la historia de la formas con que el amor se ha vivido y expresado. En este contexto, la devoción al Corazón de Jesús es su forma más explícita, más actual, quizás la más sugestiva”.2
2. Mosén Sol y la devoción al Corazón de Jesús
Alusiones al Corazón de Jesús en Mosén Sol son permanentes en todos sus escritos , ya sean sermones, pláticas o cartas. Hijo de su tiempo, bebe en las fuentes de esta espiritualidad, la transmite y cuenta en sus escritos cómo para él es una devoción esencial, profunda en sus razones y tierna en sus afectos.
Vemos cómo la define, qué finalidad le asigna, cuáles deben ser los sentimientos de tal devoción y su influencia en el apostolado. Estas breves notas nos introducen en la lectura seguida de sus textos.
2.1. Definiciones
En total sintonía con los autores de su época, Mosén Sol nos deja, entre otras, las siguientes definiciones de la devoción al Corazón de Jesús:
- “Es el honrar y amar al Corazón de Cristo material, porque fue el asiento de los afectos del alma, y es el miembro que padeció más por nosotros, y además porque es el símbolo del amor” (I, 1º, 99).
- “Por devoción al Corazón de Jesús entendemos una voluntad pronta y eficaz para agradecer el inmenso amor que Jesucristo nos ha manifestado en sus padecimientos y sobre todo en la institución de la Eucaristía; reparando además con nuestra piedad, amor y santas obras los ultrajes, afrentas y sacrilegios cometidos contra Jesús en el Sacramento del Altar, precisamente por aquellos mismos por cuyo amor quiso quedarse entre nosotros hasta la consumación de los siglos. Es, pues, la devoción al corazón de Jesús propia de corazones generosos, de verdaderos cristianos, de hijos agradecidos” (I, 1º, 107).
- “Por devoción al Corazón de Jesús entendemos un afecto filial al amor que Jesús nos ha tenido sufriendo por nosotros las amarguras de una muerte afrentosa, y quedándose, por efecto de este mismo amor, sacramentado entre nosotros; y que por consiguiente nos pide un espíritu de reparación, por las ofensas que está recibiendo por habernos tenido este amor” (I, 1º, 122).
2.2. Objeto de la devoción al Corazón de Jesús
Cuando trata de expresar el objeto de tal devoción, Mosén Sol nos lo deja claramente dicho en dos textos. El primero es de junio de 1878 y el segundo de mayo de 1883:
- “La devoción al Corazón de Jesús tiene por objeto el estudiar y el posesionarnos de sus sentimientos, y como complemento o consecuencia de ellos, el amor y la reparación” (I, 1º, 105).
- “La devoción al Corazón de Jesús tiene por objeto el adorable Corazón del Divino Salvador y el amor infinito en que se ha abrasado por nosotros. En ella nos proponemos pagarle amor por amor, darle gracias sin fin por los beneficios que nos ha dispensado, y reparar los ultrajes que recibe, sobre todo, en el Sacramento de nuestros altares” (I, 1º, 126).
Por lo tanto, los fines de esta devoción serán:
+ El reconocimiento
+ La imitación
+ La reparación
+ Estudiar sus sentimientos
+ Identificarnos con ellos
+ El amor y la reparación.
Este último punto es clave. Por eso indicábamos que dentro del gran apartado de la Eucaristía entraba tanto la devoción al Corazón de Jesús como la reparación. Mosén Sol lo dirá claramente al afirmar: “La reparación es el punto capital de la devoción al Corazón de Jesús” (I, 1º, 131).
2.3. El mundo de los sentimientos de Cristo
Mosén Sol nos ofrece una especie de elenco descriptivo de los sentimientos de Cristo para motivar su y nuestra devoción al Corazón de Jesús.
Toma como texto base Flp 2,5: “Tened los sentimientos que corresponden a quienes están unidos en Cristo Jesús”, y enumera los sentimientos de Cristo hacia el Padre (I, 1º, 113):
+ Amor
+ Gratitud
+ Humildad
+ Anonadamiento
+ Conmiseración (Mc 8,2),
y hacia los hombres:
+ Compasión (Mt 9,18-22; Lc 8,40ss.).
2.4. Es propia de corazones generosos
Es la respuesta lógica que Mosén Sol encuentra en correspondencia al amor de Cristo. Por ello, afirma claramente: “Jesús nos ha amado. La devoción al Corazón de Jesús es propia de corazones generosos y nobles” (I, 1º, 100).
Por ello, también aquí enumera los sentimientos que deben acompañar a la respuesta del hombre (I, 1º, 122):
+ amor
+ gratitud
+ reparación
Derivados de la misma generosidad que afirma nuestra sensibilidad: “Aquella sensibilidad santa por Jesús; su honra y sus intereses...” (I, 1º, 122).
2.5. Conduce a la vocación apostólica
No se trata en Mosén Sol de una devoción pietista e introspectiva. Para él devoción y compromiso apostólico son inseparables. Por eso dirige a sus seguidores hacia:
2.5.1. La reparación como punto capital (I, 1º, 131)
“La reparación, fin especialísimo de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús” (I, 1º, 131).
2.5.2. El apostolado de la oración (I, 1º, 132-134)
Parte del texto de 1 Tim 2,1-3: “Te encargo ante todas las cosas que se hagan peticiones, oraciones, rogativas, acciones de gracias por todos los hombres”.
Pero sin olvidar que anteriormente había dicho que “todos somos cooperadores de los misterios de Dios, conducto de sus gracias para los demás hombres” (I, 1º, 132) y que a continuación añade: el nombre mismo que lleva esta empresa (apostolado) nos da ya a conocer que su principal resorte, su principal medio de acción... es la oración”. Todo ello en el marco de la colaboración con “los deseos y la voluntad del Señor de que todos se salven... y la obligación que todos tenemos de asociarnos a fin de secundar estos deseos de Dios”.
Subraya en este apartado Mosén Sol, como lo hace en todo y especialmente en su obra apostólica de las vocaciones y de la Hermandad, el carácter comunitario. Por eso hablará de “corazones unidos”, dejando claro cuál es el móvil de toda oración: “tan sólo puede serlo el Corazón de Jesús”(I, 1º, 132).
2.5.3. El apostolado
Apoyándose en San Pablo afirma que la salvación, el cumplimiento de los designios de Dios se realiza también “por el celo, las oraciones y los esfuerzos de los buenos... y porque no ha faltado y falta esta condición, no se cumplen los deseos de Dios en la salvación del mundo (I, 1º, 132).
Lleva este pensamiento hasta el campo social y termina afirmando: “Quién sabe, hermanos míos, si habrá alguno entre vosotros que ni siquiera había sospechado que se hallaba revestido del poder de salvar las almas de sus hermanos, y que estuviese llamado a ser el auxiliar y coadjutor de Dios; y sin embargo nada es más real que esa grande vocación apostólica, inseparable de nuestra vocación de cristianos”.
Tan fuerte es en él este pensamiento que llega a decirles a los aspirantes que “aquel que no sepa comprender este deber, pero sobre todo aquel que no se sienta poseído de una fe viva, de un deseo ardiente del bien de la almas... que no se aliste en el apostolado” (I, 1º, 132).
3. Temática de este apartado
Presentamos los textos de este apartado respetando la distribución de los mismo en el orden que nos los han hecho llegar los primeros recopiladores y que es el siguiente:
1.- Sobre el Corazón de Jesús en general (Docum. 97-107)
2.- Sentimientos del Corazón de Jesús (Docum. 108-114)
3.- Sufrimientos del Corazón de Jesús (Docum. 115-119)
4.- Motivos para comprender (Docum. 121-122)
5.- Amor al Corazón de Jesús (Docum. 123-127)
6.- Reparación (Docum. 128-131)
7.- Apostolado de la oración (Docum. 132-134).
1.- SOBRE EL CORAZÓN DE JESÚS EN GENERAL (Docum. 97-107)
Este apartado es como una gran obertura a todo lo que va a explicitar más tarde. En el encontramos:
+ Las definiciones de esta devoción (Docum. 99, 107)
+ El objeto (Docum. 105)
+ Devoción propia de corazones generosos (Docum. 107)
Ofrecemos los textos completos, pues el resto son sólo esquemas muy breves, a veces unas solas líneas. Por tanto, si no aparece, éste es el único motivo. Así ocurre con los dos primeros: el 97 y 98.
1.- El Corazón de Jesús, fuente de gracias (I, 1º, 99)
Sermón predicado en Cenia, parroquia de la diócesis de Tortosa.
Se trata de una plática o sermón introductorio. Se encuentra en el pontificado de Pío IX (1846-1878). Parte de la situación social de la Iglesia; comenta la indiferencia de muchos cristianos. Se pregunta si hay un remedio. “Dónde estará la esperanza”; y responde con la devoción al Corazón de Jesús. Da una definición de la misma e inicia una explicación histórica que sólo apunta.
“Mis amados hermanos en el Señor: ¡qué triste espectáculo, qué amarga mirada ofrece el mundo en medio del siglo décimo nono, en medio de la época presente!
Si miramos ciertos países, ¡cuántos yacen todavía sepultados en las tinieblas de la idolatría y de la muerte! Allá en lejanas regiones, después de 19 siglos de civilización cristiana, y mientras se las explota en el comercio, merced a la falicidad del vapor, por las naciones protestantes, se las deja olvidadas en orden a la salvación de su alma. Si miramos a las naciones civilizadas, ¡cuántas han caído todavía en el cisma del dogma y de la herejía!
Si volvemos la vista al catolicismo, ¿qué es lo que vemos? El Sumo Pontífice retenido y preso moralmente, en el cerco de hierro con que la impiedad, hasta ver si podía impedirle la libertad en el gobierno de la almas, la Iglesia sufriendo en tantas naciones, un día católicas, las leyes opresoras y de la tiranía, cercenados sus derechos, mermada su autoridad, multiplicadas las leyes opresoras de su ejercicio.
Y es en vano que el Pontífice y la Iglesia clamen, como en otros tiempos, el auxilio de las potestades de la tierra, pues entronizan la masonería en casi todos los gobiernos, y sólo no escuchan esta voz sino que miran con desdén sus sufrimientos. Y el mal se propaga, y las costumbres cristianas se aflojan y desaparecen, y crece la impunidad y se multiplican los escándalos, y las blasfemias son públicas en todas partes.
Y si, al lado de todo esto, miramos la masa común de los cristianos, que hoy más que nunca debía ser buenos y santos, ¿qué vemos? Una glacial indiferencia, y eso sin contar los escándalos sacrílegos cometidos por cristianos mismos en tantos pueblos de nuestros alrededores, que todos los días nos amargan.
¡Oh! ¿Quién remediará tantos males? ¿Quién abogará por nosotros? ¿Dónde está la esperanza? ¿Quién reanimará la fe en los corazones? ¿Quién podrá salvarnos de este naufragio general? ¿Quién podrá reparar a Dios de tantas ofensas? ¿Qué es lo que conservará nuestra fe?
¡Ah! No temamos, no: El Señor que ha puesto el remedio al lado de la necesidad de cada época, nos ha señalado un iris de esperanza y nos ha concedido un conducto de sus gracias.
Revelado un medio de reparación a tantos crímenes.
Concedido un refugio en medio de tantas en tempestades.
Un consuelo en medio de tantas aflicciones que nos causan las almas.
La fuente de gracias.
Un arma para fomentar los corazones tibios.
El que ha hecho plantar en la Iglesia la bandera del Corazón de Jesús, para que se reúnan bajo ella los buenos.
Él ha dado a conocer de un modo especial el amor del Corazón de Jesús como para los últimos tiempos.
¡Ah! Exclamaba Pío nono: se ora más. Yo confío.
He aquí el recuerdo de todas nuestras miradas, el consuelo de las penas.
Hoy, pues, que venimos a establecer públicamente el culto:
1º Lo que es el Corazón de Jesús y su devoción
2º Que es el medio más apropiado a estos tiempos
3º Lo que debéis hacer para cumplir
4º Las gracias.
Pero esta noche a la historia de la devoción.
Al hablaros de la historia de la devoción al Corazón de Jesús, debería deciros lo que es: Es el honrar y amar al corazón de Cristo material, porque fue el asiento de los afectos del alma, y es el miembro que padeció más por nosotros, y además porque es el símbolo de amor.
Se diferencia, por tanto, del Sacramento: 1º en su fin.
Ahora bien, me diréis: ¿No ha existido siempre esta devoción, este afecto particular al Corazón de Jesús? ¿Qué historia tiene esta devoción? Ciertamente ha sido conocida esta devoción particular, pero sólo por algunas almas privilegiadas.
No obstante, el común de los fieles: siglo 16
Y este Corazón os repite: fieles de Cenia, reparadme. ¿Cómo? Con celo y reparación.
Entretanto, pensad que Jesús no es un Ángel; que lo desea.
Sí, Jesús mío: responderemos; estudiaremos; no os negaremos”.
2.- La devoción al Corazón de Jesús, propia de corazones generosos y nobles (I, 1º, 100)
Parece que es el final del triduo al que pertenece el anterior. Aunque es un esquema, lo ofrecemos con las ideas apuntadas:
+ “Devoción propia de corazones generosos y nobles”
+ Al amor eterno de Jesús, corresponder con amor y con procurar que se le ame
+ En la idea del apostolado refleja las obras que lleva entre manos: catequesis, Luises, Colegio de vocaciones.
“Corazón de Jesús.
Termináis el triduo, y os despido.
¿Qué os diré del Corazón de Jesús? Os diré: 1º El objeto; 2º Las gracias; 3º El gran medio de renovar la sociedad y de reparar a Jesús.
Pero baste deciros que Jesús nos ha amado. La devoción al corazón de Jesús es propia de corazones generosos y nobles.
Jesús pensaba en nosotros, desde la eternidad. Y todos los días de su vida. Samaritana. Magdalena.
¡Si viniera un protestante, y viera a los cristianos cómo obran con Jesús!
Así, pues, debéis amarle. Procurar que se le ame. ¡Ojalá fuerais todos apóstoles de los intereses de Jesús, y sobre todo de la reparación de su amor!
Y entre tanto con oraciones por una obra
Despido. Dios nos ha permitido terminarlo con paz. Cada año de sosiego es una bendición de Dios. Así, pues, perdón y propósitos.
Propósitos. Este verano 1º Oración, Misa, visita, sacramentos.
2º Trato social con vosotros
3º Celo por la catequística. Luises. Fomento del Corazón de Jesús
Que podamos reunirnos otra vez, con paz. Oraciones: Por la Iglesia. España. Colegio-vocaciones. Difuntos. Quién sabe si alguno no volverá. Paz.
3.- Prepararse a la consagración y ser apóstoles de la devoción al Corazón de Jesús (I, 1º,101)
Dice el mismo autor que fue predicado en San Antonio el 3 de Mayo de 1889 y en Lucena (Parroquia de la diócesis de Tortosa) el 25 de Julio del mismo año. Entre paréntesis dice que está sacado de Claus.
Parte de la celebración del centenario de la aparición a Santa María de Alacoque y de la consagración de Tortosa y del devoción al Corazón de Jesús.
Prepararse a la consagración y ser apóstoles de la devoción al Corazón de Jesús:
+ En él debéis observar
+ Él es el Arca de Noé, la Puerta.
En cuanto a Claus, creemos que se trata de Henri CLAUS, abad de Wiblingen. O.S.B. Aunque fallecido en 1551, sus escritos se divulgaron sólo en el siglo XVIII. Puede tratarse de su obra: “Scripta poetica, oratoria philosophica, theologica, ascetica” (Cfr. Villier, Dictionaire de spiritualitè II, Paris 1953, p. 943).
El culto público al Corazón de Jesús
“Mis hermanos en el Señor: Una fecha memorable nos recuerda el año actual, una fecha memorable para los amantes del Corazón de Jesús: la del culto público a este divino Corazón.
Hace 14 años que aquí, en esta misma Iglesia, celebrábamos con entusiasmo el 2º aniversario secular de la primera aparición a la B. María de Alacoque el día 16 de Julio de 1876. Y con este motivo, el Excmo. Sr. Vilamityana, de santa memoria, quiso por sí mismo honrar este mismo acontecimiento, subiendo a este mismo púlpito, y promoviendo por si mismo la consagración del mundo al Corazón de Jesús, según los deseos de Pío IX. Y desde entonces aquella consagración del mundo fue el principio de mayor movimiento de las almas católicas hacia ese Corazón, como lugar de esperanza en medio de los males que nos rodean.
Y el Señor que nos quiso conceder la gracia de aquella fecha, nos repite otra nueva, pudiendo celebrar este año, no ya el centenario de la aparición, sino el 2º centenario del cumplimiento de aquella aparición, esto es, del primer culto público al Corazón de Jesús.
Y el mundo piadoso se prepara a celebrar este acontecimiento , por medio de actos de honra de amor y de reparación.
Mas sobre este hecho consolador, y común a todas las almas fieles, vamos nosotros a celebrar junto con él, otro acontecimiento que ha inspirado el Señor, y que nos va a ser propuesto por nuestro Prelado; y es el de la consagración de la ciudad y de la diócesis a este divino Corazón.
Con motivo del próximo centenario de la unidad católica en España, acontecimiento que se celebrará con un devoto triduo en la Catedral, y con procesión solemne, ha querido dicho Prelado unir el de la Consagración de esta ciudad al Corazón de Jesús, acto que se hará en la última tarde del triduo.
Nosotros, pues, hermanos míos, que nos honramos con el título de devotos del Sagrado Corazón de Jesús, nosotros que formamos parte de esta basta asociación de imitadores de sus virtudes por medio del Apostolado de la Oración, y adoradores de su culto por medio de la Archicofradía, nosotros debemos ser lo primeros en agradecer al Señor el beneficio del conocimiento de su devoción, y celebrar con más júbilo que los demás la memoria de la fecha en que recibió culto público, en el próximo Junio.
Y ya que a esta circunstancia se nos agrega la del acto especial y público de la consagración de nuestras familias y de nuestra ciudad, debemos ser los que con más entusiasmo debemos cooperar a que las almas ofrezcan este tributo al Señor, animando a todos a que se asocien a esta consagración.
Para ello, pues, en este primer viernes y para entretener vuestra devoción, reparemos el beneficio que el Señor no ha hecho en darnos su Corazón, a fin de que animados en este legado que él nos ha hecho nos esforcemos a verificar mejor nuestra consagración.
Y para comprender el amor con que Jesús quiso darnos su Corazón, y las gracias a él vinculadas, un piadoso escritor nos traslada con la consideración a aquellos momentos solemnes en que Jesús, en el árbol de la cruz realizó su testamento, y a más del testamento general, nos legó con su muerte y su sangre aplacando la ira de Dios, nos hace representar un testamento particular que hizo Jesús de cuanto poseía, según S. Ambrosio, distribuyendo a cada uno objetos de su piedad. Al Padre legó su espíritu; a su Madre le dio a Juan; a José y Nicodemus les legó su cuerpo; al buen ladrón el paraíso; y a los pecadores el perdón.
Para mí su Corazón
¿Más a quién dejó su corazón? continúa el mismo autor. ¿Para quién debía ser ese tesoro de todas las gracias?
¡Ah! para la porción escogida de los amadores de su Corazón. Para los asociados a la Santa Liga de su Congregación que se esmera en darle culto y en apropiarse los sentimientos de este mismo Corazón.
Pero más todavía: como quiera que en esta Archicofradía existan almas tibias, tal vez pecadores y almas verdaderamente amantes, ¿a cuál de ellas quiso legar su Corazón, y con él las abundantes gracias concedidas a la devoción del mismo?
Pues el Señor, amados míos, ha querido revelarnos las gracias, la devoción de este corazón, en primer lugar, a las almas justas.
Ellas son las que reclaman para sí ese legado preciosísimo, y no quieren consentir que nadie se lo arrebate.
Por eso a las almas justas lo ha abierto y lo ha manifestado por medio de la Beata Margarita María de Alacoque, cuando la invitaba a que amara su Corazón lleno de amor, a que lo reparara tan ultrajado por los pecadores.
A él han acudido las almas justas en sus tribulaciones y necesidades; en aquel Corazón han sabido descansar de sus fatigas; a Él han recurrido en todas sus penas y ansiedades.
A él miraba con placer san Bernardo, cuando exclamaba: ¡Oh! Que buen tesoro, que bella margarita es tu Corazón, oh Jesús, que hemos encontrando desenterrando y abriendo el campo de tu cuerpo. Para mí, tu Corazón, protestaba la devotísima María Maldonado, del Orden de Santo Domingo, que sufriendo sed ardentísima en las ansias de su muerte, pidió al Crucifijo que se le diera una sola gota de sangre de su Corazón para refrigerar el suyo, y el Señor desprendió sus brazos de la cruz, le aplicó la llaga de su costado a su boca, dándole a beber Sangre y agua de su Corazón.
Sólo es para mí tu Corazón, protestaba y exclamaba Sta. Gertrudis, que vio a Cristo crucificado en forma de Pelícano y derramando Sangre de su Corazón esparciéndola sobre los hombres.
Para mí tu Corazón, decía con razón Sta. Matilde, a la cual el Señor dio su mismo Corazón como prenda y arra de su eterna predestinación.
Para mí tu Corazón, podía decir Sta. Clara, que por afecto a los dolores de aquel Corazón divino, se encontraron en el suyo después de su muerte gravadas la cruz, espinas, clavos y demás instrumentos de la pasión.
Todo es para mí el Corazón de Jesús, podía decir el Conde Elzeario, franciscano, que escribiendo a su castísima esposa Sta Delfina la decía: si deseas verme, búscame en la llaga del costado de Cristo, pues sólo allí me hallarás.
Todo sea para mí y por siempre tu Corazón, podía decir San Edmundo de Cantorberi, que expiró en los ósculos de su Corazón.
Para nosotros tu Corazón, han podido exclamar tantas almas inocentes y amantes, que en el Corazón de Jesús pusieron su habitación, su amor y su descanso.
Y ciertamente, vosotras almas fieles, que me escucháis, a vosotras es debido este legado del Corazón de Cristo; el afecto de vuestra alma lo demuestra que sois los polluelos del divino Pelícano, que por vosotras abrió su Corazón para alimentaros de su Sangre; en el Debéis descansar; y como quiera que vuestra paga en el servicio de Cristo han de ser de ordinario las cruces, enfermedades, aflicciones, temores y desolaciones, tenéis derecho a arrebatar su Corazón para que sea el refugio en todas las adversidades.
Cuando el pacífico David, amados míos, huía de las iras de Saúl, se fue al desierto de Engadi, y escogió por su morada la cueva de Ondolla, y allí, en el hueco de una roca, encontró asilo seguro. Petra autem erat Christus (1 Cor 10,4). Aquella peña era Cristo, y el hueco de la peña la herida abierta del Corazón de Cristo. Y aplicándolo San Lorenzo Justiniano, nos dice: ¡Oh alma cristiana! si padeces las persecuciones de los enemigos de tu alma, si te ....... los males, entra en esa Caverna, y allí estará el lugar de su seguridad.
Si sobrevienen las aflicciones allí hallarás la medicina. ¿Cómo la encontrarás? Sólo depositándolas en su Corazón.
Nos refiere Claus de una alma fervorosa que soportaba con admirable paciencia y serenidad todas las contradicciones; tenía en la habitación una imagen grande del Crucifijo, y era grande la abertura de la llaga de su costado; al sobrevenirle una especial adversidad, la escribía en una cédula y la metía dentro del Corazón de Cristo con una viva confianza; y así había logrado alcanzar del Señor esa grandeza de ánimo. Al morir se encontraron todavía varias de esas piadosas cedulitas que decían: una grave murmuración, una calumnia, una grave enfermedad, dolores de cabeza, dolores de estómago.
Las almas piadosas, pues, que son las verdaderas depositarias del legado del Corazón de Cristo, que imiten ese santo ardid, y que depositen en el Corazón de Cristo las humillaciones de la detracción en aquel Corazón que siendo inocente consintió en morir como facineroso; los dolores, amarguras y enfermedades en aquel abierto Corazón que mayores males pasó por ellas, hasta no tener ni un miembro libre de dolor, y de esta manera será para ellos su Corazón.
Nuestra herencia
Mas hermanos míos, no consintamos que sólo las almas fieles; no es sólo ese legado del Corazón de Jesús para solas las almas santas. También podemos reclamar para nosotros esa herencia, tal vez con título más justo.
Sí: El es la puerta del Arca de Noé por donde entraron también los animalitos del campo. Él es redil fortificado para los escapados de las heridas del lobo. Y si Jesús ha constituido su Corazón como montaña para los ciervos ligeros que caminan por la perfección también lo ha hecho piedra de refugio para los herizos: Petra refugium herinaciis.
Nos refiere Mancio que estando los diputados de Macedonia celebrando una sesión en un campo público, de repente un pajarillo, que huía disparado de un halcón que le perseguía, y no sabiendo donde guarecerse, se posó en el pecho de un filósofo. Éste lo halagó con la mano y le escondió en su seno exclamando: Oportet suplicem protegere conviene proteger al que huye y suplica. He aquí, pues, el medio que se propone.
Las pobres almas, pues, escapadas tantas veces por las penitencias de las uñas del halcón furioso del pecado, semejantes al pajarillo de la historia, en el abierto seno del Corazón de Jesús, encontrarán la verdadera ciudad de refugio, que el mismo divino Salvador nos nombró en el Evangelio.
Pues que, ¿no es Jesús todo Él misericordia? ¿No es el que decía que no había venido a buscar a su regazo a los justos sino a los pecadores? ¿Qué nos dicen sus ojos amantísimos? Ellos fueron los que miraron a Zaqueo y sobre todo a Pedro, débil y pecador, y volvieron a ocupar un lugar preferente en su Corazón.
Sus oídos se abrían a las voces del alma más pecadora. Una sola palabra del buen ladrón resonada a sus oídos fue bastante para merecerle llevárselo con él al paraíso.
Sus pies recibían a la Magdalena, y la concedían no sólo el perdón de sus pecados, sino formar de ella el alma más amante y compasiva de su Corazón.
¿Y de dónde tanta clemencia y tanta virtud, sino de su Santísimo Corazón? Porque así como el corazón es la fuente y origen de la vida, así el Corazón de Jesús es...... de todas las gracias y bendiciones en las almas todas, aún de aquellas que han resistido a la gracia. Yo recuerdo en estos días de la resurrección a Tomás apóstol, incrédulo y persistente, y a pesar de lo sensible que era a Jesús esa incredulidad, merecer que el divino Salvador le hiciera tocar con los dedos su Corazón amoroso (Jn 20,26-29).
Yo recuerdo a la Beata Catalina Raconier pedir al Señor le librara a su corazón de tantas recaídas y miserias, y el divino Salvador se lo arrancó del pecho, le roció con su Sangre, y se lo devolvió puro y santo.
Yo recuerdo a la Beata Lutgarda enredada en lastimosos amores aparecérsele Jesús en la forma que tenía en su vida mortal, y apartándose el vestido de su pecho, enseñarle el corazón herido, y dirigiéndole estas palabras: Hic contemplas quod diligas. Mira aquí lo que debes amar. Con él te prometo las delicias de la pureza; y tales fueron los resultados de esta visión, que no sólo vivió piadosa y santamente, sino que no paró esta alma arrepentida hasta lograr de Jesús que como prenda de eterna salud, le sellara con el suyo su propio Corazón.
He aquí, pues, como también para las almas pecadoras ha sido legado el Corazón de Jesús.
Y si este legado lo hizo en la cruz, lo ha repetido de un modo especial y solemne para nosotros los que vivimos en estos últimos tiempos.
Y este legado lo ha hecho a los justos y a los pecadores.
A los justos...
A los pecadores...
Seamos agradecidos
Ya, pues, que vamos a celebrar la renovación de este testamento de amor, del legado de su Corazón, con el centenario de su primer culto público. Estando... seamos agradecidos a este beneficio, y en el próximo mes de Junio honrémosle con amor especial, y unámonos al concierto de voces que de todas partes se levantarán para saludarle.
Y ya que en el 2º Domingo tendremos el consuelo de presenciar la consagración de nuestras familias y de nuestra ciudad al Corazón de Jesús de un modo particular y público, repitamos en este día la consagración que privadamente le tenemos hecha, como asociados que somos a su Corazón.
Y en ese día hagámosle nuestro, y no nos le dejemos arrebatar lo mismo si somos justos que pecadores.
Sea para mí tu Corazón, deben decirle las almas, que fieles a sus voces quieren seguir las pisadas de su amor hasta la abnegación y el sacrificio; sólo para mí tu Corazón, deben decirle en ese día las almas que no temen ofrecerse víctimas por sus hermanos.
Para mí tu Corazón, deben decirle las almas tibias, que van arrastrando el peso de sus tibiezas, para que tu Corazón solide el mío y le...
Para mí, desde hoy y por siempre, tu Corazón, deben decirle las almas atribuladas, para que de hoy en más sea Él mi refugio, mi fuerza y mi descanso.
Y al consagrarle nuestro corazón, debemos pedirle que reine sobre él como dueño absoluto, de sus afectos, de su vida, de sus intereses.
Y que reine sobre nuestras familias, para que las bendiga y las consuele.
Que reine sobre quienes no le conocen ni le aman, para que de este modo pueda Él ser Rey verdadero de todos los corazones en nuestra ciudad y en la diócesis y en el mundo todo.
Para que reinando ahora por amor, reine con Él en la gloria.
4.- El culto más sublime (I, 1º, 103)
Pronunciado en Lucena, en Julio de 1889. Seguramente pertenece al cuerpo del triduo al que pertenece también el 101.
Como punto de partida toma Apoc. 5,12: “Digno es el Cordero...”
El Corazón, lugar donde se reflejan todas las penas de las personas.
El de Cristo agitado toda su vida... por amor al hombre.
Ofrece una breve historia de la devoción desde el siglo XIII hasta Pío IX.
Presenta las exigencias: amor y reparación. La devoción al Corazón de Jesús es eminentemente reparadora.
Termina con oración a Jesús para que bendiga el mundo.
Digno es el Cordero...
“Mis hermanos en el Señor: Al veros reunidos hoy ante Jesús sacramentado, para ofrecerle los primeros frutos solemnes de vuestra devoción a su Corazón adorable, no puedo menos de recordar y recordaros también aquella misteriosa visión que se ofreció al discípulo amado de Jesús, en su Apocalipsis.
Una multitud prodigiosa de animales enigmáticos, de ancianos venerables, de espíritus bienaventurados, postrados y humillados junto al trono del Rey de los Reyes, a sus pies y en su circunferencia, adoran sin interrupción aquella suprema Majestad, publican sus grandezas; se convierten al Cordero que tiene asiento en aquel trono, y exclaman: Digno es ese Cordero que ha sido muerto, de recibir la virtud, la divinidad, la sabiduría, el honor, la gloria y la bendición, pues con su muerte nos redimió a todos, nos levantó del barro, nos colocó entre los príncipes de su corte, y nos hizo grandes en su reino (Apoc 5,12).
Cántico sagrado, adoración misteriosa que explica el culto más sublime y la acción más fervorosa de reconocimiento. Reunión dichosa que nos presenta el más bello ejemplar para nuestra imitación.
Ahora bien, pues, hermanos míos, asociados al culto y al Apostolado del Corazón de Jesús: estos ardientes deseos del Apóstol tienen hoy en nosotros el esperado efecto. Jesucristo que tiene su habitación entre nosotros, su descanso en nuestros altares, es el Cordero divino de S. Juan, y su Corazón adorable está recibiendo un culto semejante de sus ministros, de sus fieles, y hoy cual nunca lo están recibiendo de santas agrupaciones, de fervorosas Congregaciones que reproducen en la tierra el ejercicio eterno de los espíritus celestiales. Gloria, honor, alabanza al Corazón de Jesús: he aquí el cántico que se eleva sinceramente al cielo en toda la redondez de la tierra.
Y ved que en toda nación, en todo pueblo, en todo lugar, aún se le venera y se le adora; y el culto al Corazón de Jesús en vez de desaparecer, se ha arraigado.
Sois adorado, ¡oh! Corazón de Jesús, no sólo en los magníficos templos de Europa, sino en los bosques de América, en los desiertos de África, en los arenales de Asia, en las playas de la Oceanía.
En todas partes, hermanos míos, hay todavía para el Corazón adorable de Jesús algunos granos de incienso; en todos los lugares hay almas buenas que le tejen coronas. Y en las populosas ciudades y en los pueblos y en los bosques y en las casas particulares, se ostenta el Corazón de Jesús, y se esmeran en darle culto, y en repararle de la indiferencia de los pecadores.
Bendito sea Jesús, que así ha querido manifestar su omnipotencia y los rasgos de su bondad, en medio de la frialdad del siglo XIX.
Y bendito sea el momento en que el cielo ha querido hacernos la gracia de asociarnos al culto y al amor de su dulcísimo Corazón.
Felices.
Yo me complazco en dirigirme a un auditorio conocedor de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús; que la tenía establecida en esta parroquia, que la practicaba, y por lo tanto, está como latente esta devoción en todos los corazones.
Definición
Ahora bien, hermanos míos: ¿qué os diré yo que pueda entretener vuestra devoción en este rato?
Al dar principio a este solemne triduo, para establecer el Apostolado de la oración a su Corazón divino, yo debiera detenerme en hablaros de la naturaleza de la devoción, que es el honrar el Corazón material de Cristo Jesús, unido al alma, y ambos a la persona del Verbo, y honrar en él el amor eterno de Dios.
Yo debiera explicaros la diferencia de esta devoción de la devoción al Sacramento, diferente en su fin.
Yo debiera manifestaros que aunque en su forma no, en su esencia íntima fue conocida y practicada por muchas almas distinguidas, como Sta. Gertrudis, S. Francisco de Asís, S. Bernardo, sin el carácter de culto público, que Dios ha querido tomara en estos tiempos.
Pero no: prescindamos de este deber de rigurosa justicia, puesto que sin Jesús nada seríamos; y examinemos este deber por los afectos de las emociones todas que experimentó su Corazón, su corazón de carne – el interés que le agitó todos los días de su vida por nuestro bien – los latidos que dio a favor nuestro, desde el día en que este Corazón fue animado por su alma santísima, unidos uno y otro a la persona del Verbo, no vivió ni latió sino para el hombre.
Y si no, trasladaos con el pensamiento a alguno de aquellos momentos silenciosos de la vida de Jesús, o en el regazo de su Madre, o en el retiro de Nazaret, o en los momentos de su oración, ¿qué es lo que piensa? ¿Qué es lo que siente? Oh, allí, está bien las almas todas que debían – le está señalando el Padre Eterno el campo que le había dado y que Él debía regar con su Sangre – y al contemplar en ese bello campo de la Iglesia esas flores de candor y de inocencia cuyo aroma se elevaría hacia el cielo, su Corazón se ensanchaba de alegría – y cuando veía brotar en medio de ese campo los abrojos de espinas y de pecados por la ingratitud de los hombres, oh, su Corazón se oprimía – U cuando los males del hombre, sus enfermedades se ofrecían a su pensamiento, el dolor y la amargura apenaban su Corazón tiernísimo. Y al considerar a través de los siglos y de las distancias, las aflicciones de sus escogidos – las persecuciones que debían sobrevenir a sus apóstoles – los tormentos de sus mártires – las penalidades de los justos, los peligros de las almas todas, oh, de su Corazón brotaban dulcísimos suspiros, a fin de alcanzar del Padre abundancia de gracias para esas almas queridas y para la constancia en sus sufrimientos, para el alivio en sus penas.
Su Corazón era donde se reflejaban todas estas penas, todas estas necesidades.
¿Lo dudáis? Como una muestra de las aflicciones continuas que agitaban su Corazón, echad una mirada sobre algunos rasgos de su preciosa vida. Cuando en las puertas de Naim los lamentos de una madre que lloraba la muerte de su único hijo hieren los oídos de Jesús, su Corazón se conmueve y echa mano de los tesoros de su poder para devolver el consuelo a aquella mujer afligida.
Al acercarse a su ingrata, aunque querida Jerusalén, poco antes de su pasión, al verla desde lejos, hieren su imaginación más vivamente los males que debían caer sobre ella, y de su Corazón brotan lágrimas amargísimas, y no pudo menos de exclamar: Oh, Jerusalén, hija de Sión, cuantas veces he querido congregarte bajo mis alas, como la gallina sus polluelos (para evitarte las iras del cielo), y tú no has querido: Oh, si comprendieses los sentimientos de mi Corazón y este día de mi vista. Pero todo está oculto a tus ojos (Mt. 23,37).
Cuando sobre el sepulcro de Lázaro ve en él la desgracia de un amigo, o más bien la imagen de la humanidad desgraciada, enseguida salen de su espíritu y de su Corazón lágrimas de compasión y de ternura (Jn 11).
Cuando, en fin, en su oración en el huerto, la pérdida de las almas se le representa en toda su viveza, no puede soportar la tristeza que esta idea le causa, y la Sangre que circula en su Corazón se abre paso por los poros de su cuerpo (Lc 22,44).
Corazón agitado toda su vida por el hombre
Sí, hermanos míos: su Corazón vivió agitado toda su vida, desde el día de su nacimiento hasta la cruz, sólo y exclusivamente por el hombre. Y sus bienes y sus males, y sus alegrías y sus tristezas – sus penas y sus quebrantos, todo tenía eco en su Corazón. Y en los días de su infancia y en los de su vida oculta, y en los años de su vida pública y en las horas amargas de sus sufrimientos, el Corazón de Jesús no nos olvidó jamás. – Y no sólo (de) día, sino aun de noche, semejante a la Esposa de los Cantares velaba su Corazón sobre nosotros. – Y por nosotros gemía y por nosotros se apesadumbraba, y por nosotros también se alegraba cuando alcanzaba del Padre gracias para nosotros. Uh. Si meditáramos bien esta verdad, y pensáramos que todos y cada uno de nosotros no hemos dejado de estar, ni un momento, presente en la mente de Jesús – Si reflexionáramos que no hay ninguna de las gracias que hemos recibido, desde las más grandes de nuestra vocación a la fe y a la participación en los sacramentos, hasta las más pequeñas que recibimos todos los días en la oración, en los remordimientos (hasta estas mismas gracias de estar meditando ahora estas verdades) que no hayan sido alcanzadas todas estas gracias por los latidos del Corazón, (¿)cómo sería posible que estos latidos que su Corazón daba cuando todavía no existíamos, cómo es posible, repito, que estos latidos no resonaran fuertemente en el nuestro, para no olvidar jamás(?)
El Corazón de Jesús, pues, hermanos míos, no sólo es señal, no sólo es símbolo de su amor para con nosotros, sino que también ha sido el conducto, el órgano principal de este mismo (amor).
Por ello, no extrañemos ya que Él mismo haya querido ser honrado principalmente en su Corazón; y he aquí otro motivo de justicia que nos debe obligar a esta devoción.
Historia de la devoción
Ya conocéis, sin duda, hermanos míos, cómo el Señor quiso manifestar esta voluntad; no ignoráis, tal (vez) la historia de esta devoción.
Así como en el siglo XIII, el Señor, para repararse de las injurias que se inferían por los herejes a la verdad de su adorable Cuerpo, y al amor de su existencia en el Sacramente, se valió de un alma humilde y santa para establecer la fiesta del Corpus-Christi (cuyas injurias no eran sino preludio, etc.)...
Así también más adelante, en el siglo XVII, para establecer la devoción a su Corazón, se valió de un alma humilde y santa, desconocida a los ojos del mundo, esto es, de la Beata Margarita María de Alacoque. El Señor le fue manifestando las riquezas contenidas en la devoción a su Corazón – el deseo que tenía de comunicar a los hombres estas riquezas – cómo la destinaba (a) ella a ser el primer apóstol de esta devoción; - hasta que un día de la octava del Corazón se le aparece el Señor, le enseña su Corazón que despedía vivísimas llamas – rodeado con una corona de espinas – y la cruz encima de él, y le dice: He aquí al que tanto ha amado a los hombres y que, en cambio, no recibe más que ingratitudes. – Pido, añadió el Señor, que el primer viernes, después de la octava del Santísimo Sacramento, se consagre una fiesta particular para honrar mi Corazón, comulgando en aquel día, indemnizándole por medio de un público desagravio de los ultrajes que ha sufrido durante el tiempo que ha estado expuesto en los altares. Tal fue, hermanos míos, el origen de esta devoción.
Pero, ah, así como en el siglo XIII, el infierno envidioso se valió de todos los medios para impedir el culto solemne y público que debía darse al Jesús sacramentado, así también en el siglo XVII, previendo los triunfos de gracia y amor que la devoción a su Corazón debía de alcanzar en las almas, se valió de todos sus ardides para sofocarla en su cuna. Y ora eran los Jansenistas que combatían esa manifestación de amor y de misericordia de Jesús, ya eran muchos sabios que se oponían a ella, con el pretexto de no introducir novedades, ya eran las potestades de la tierra las que ...
Pero, ah, todo era inútil. – La voz silenciosa que susurró en los oídos de la Beata Margarita encontró eco en los corazones bien nacidos, y, saltando montes y atravesando los mares, resonó por todos los ámbitos de la tierra, y las almas piadosas se apresuraron a saludar esa nueva de la gracia. Y nuestra España no quedó rezagada en ese movimiento de amor y de reparación – Y el Concilio provincial de Tarragona celebrado en 1735 – entre cuyos obispos se encontraba el de Tortosa, D. (Bartolomé Camcho y Madueño Ossorio).
Y como premio de esta devoción, todavía latente en los corazones, el Señor revelaba al Bienaventurado Padre Hoyos de la Compañía de Jesús que en España reinaría el Corazón de Jesús con...
Pero esto no bastaba todavía para el apoyo de esta devoción: y la Santa Sede se...
Y al colocarla el Sumo Pontífice Clemente XIII sobre los altares, apoya implícitamente esta devoción. Y no sólo implícitamente, sino que siendo una de las revelaciones la del establecimiento de la fiesta del Sagrado Corazón.... al bello oficio que en este día recitamos aprobado por .... es una explícita ratificación de las revelaciones de la Beata Margarita.
Y últimamente Pío IX, en el año 1875, segunda centuria de esta revelación, accediendo a las instancias de la Iglesia toda, consagró al mundo entero al Santísimo Corazón de Jesús.
Y desde entonces se han levantado templos, se multiplican las asociaciones – se le consagran monumentos – y un concierto de bocas se unen para elevar cánticos continuos de desagravios a su amoroso Corazón.
He aquí, hermanos míos, la historia de esta devoción. El mismo Jesucristo es su autor – él mismo se ha dignado manifestar su complacencia en ver honrados los sentimientos de su Corazón, bajo la figura de su Corazón de carne.
¿Podríamos mostrarnos insensibles a su llamamiento y a la vez de su amor?
Pero he dicho también, hermanos míos, que además de estos motivos de justicia y de gratitud , existen otros motivos de propia conveniencia – por los bienes que nos ha prometido a los que acuden a Él por medio de la devoción a su Corazón.
Y en primer lugar, hermanos míos, la devoción al Corazón de Jesús es un remedio especial que Dios ha querido aplicar a los males que desconsuelan a la Iglesia en estos últimos tiempos – es el último llamamiento al amor del hombre.
Al dar una mirada a la época
Así lo reveló el mismo divino Salvador a la Beata Margarita de Alacoque, dándola a entender que el haber enseñado a los hombres su Corazón era para ayudarles en estos últimos tiempos con el último esfuerzo de su amor.
Este mismo parece se reveló siglos antes a Sta. Gertrudis, cuando apareciéndosele S, Juan Evangelista, le preguntó la Santa, porqué habiendo estado él reclinado en el pecho de Jesucristo en la Última Cena, nada había dejado escrito sobre el movimiento de su Corazón. – A lo cual respondió el Santo estas notables palabras: “yo estaba encargado de escribir a la naciente Iglesia la palabra del Verbo encarnado. Dios se reservó dar a conocer la suavidad del movimiento de aquel Corazón, en la vejez del mundo, a fin de avisar la caridad, que se entibiaría de gran manera entonces.
Si queremos, pues, apresurar para el mundo todo su salvación y su retorno a Jesucristo, ningún medio más seguro y eficaz que la devoción a su Corazón.
Quien sabe si esas concesiones de Inglaterra, etc,...
Pero además de este fin y de esta promesa general, el mismo Jesús ha prometido gracias abundantes para todas nuestras necesidades. ¿Qué es lo que podemos desear? ¿Paz, consuelo, santidad?, pues el Señor ha querido prevenir todas las necesidades de nuestra alma, los deseos de nuestro corazón. Los tesoros de bendición y gracias que este sagrado Corazón encierra, dice la Beata Margarita María, son infinitos. Te prometo, le dijo un día Jesucristo, que mi corazón se dilatará para repartir abundantemente las influencias de su divino amor entre aquellos que le honren y procuren que otros le honren.
Fuente de perfección
Y a estas promesas generales, se añaden otras particulares para todos los estados.
¿Nos asusta el rigor de la justicia de Dios? Oh, ¿quién puede pensar en esta hora? Oh, cuan dulce es morir, nos dice la Bienaventurada Margarita María, después de haber profesado una tierna devoción al corazón misericordioso del mismo que nos ha de juzgar.
¿Vives en el mundo? Las personas del siglo, continua, hallarán por medio de esta grata devoción, los socorros necesarios a su estado, la paz en sus familias, la paciencia en sus trabajos, la bendición del cielo en sus empresas, el consuelo en sus infortunios.
Ah. Si los hombres de negocios supieran ponerlos dentro del Corazón de Jesús.
¿Aspiráis a ser perfectos? No sé que haya ejercicio en la vida espiritual más propio, para elevar un alma a la más alta perfección.
¿Estaréis ordenados a la tarea santa de la salvación de nuestros hermanos? El Señor les dio a entender que los que se emplearen la salud de las almas encontrarán el arte mover los más endurecidos corazones si se penetrarán ellos mismo de tan tierna devoción a su Corazón divino.
Y si deseamos atraer sobre nosotros la plenitud de estas gracias, no nos contentemos en ser solos nosotros devotos del Sagrado Corazón. Trabajemos para que sea conocido y honrado por otros.
Nuestro Señor, añade la antedicha virgen, me ha enseñado los grandes tesoros de amor y de mercedes, que guarda para las personas que se consagran a Él y hace que los demás rindan a su Corazón todo el honor y gloria y amor que les sea posible.
¿Qué más? Los nueve primeros viernes.
Yo os añadiría, hermanos míos que el Señor ha prometido. Aún más.
Oh, San Agustín.
Pero bastan estas ligeras indicaciones para afianzar vuestro corazón al deseo de amar al Corazón de Jesús.
Ahora bien, pues, hermanos míos, ¿qué es lo que debemos hacer para con ese Corazón, ya que tantos motivos de justicia, de gratitud y de utilidad nos mueven a ello?
Amor y reparación
Dos cosas exige la devoción al Corazón de Jesús – Amor y reparación.
Amor, porque nos ha amado y redimido, y nos esté amando, bendiciendo – amor, honra, bendición, acción de gracias y Jesús, que es lo único que pide a nuestros corazones: amor y gratitud es lo único que nos exige.
Ojalá que nuestros actos de amor, nuestras funciones y nuestros tributos al Corazón de Jesús sacramentado pudiesen ser continuados. – Dichosos, si no sólo un domingo al mes, y los primeros Viernes, sino todos los días pudiéramos ofrecerle el obsequio de exponerle a la pública veneración, para que las almas vinieran a renovarle sus efectos.
Felices, en fin, si con nuestro celo, nuestro desinterés y nuestro sacrificio pudiéramos formar una legión de adoradores, que no sólo de día sino aun de noche, como sucede en algunas poblaciones de España, afortunadamente en Valencia, se sucediese sin interrupción, velando y haciendo compañía ante el Corazón de Jesús sacramentado.
Ya que no tanto, procuremos al menos el domingo señalado y el primer viernes ofrecerle nuestros respetos.
Pero además de este amor, debemos ofrecerle reparación. – La devoción del Corazón de Jesús es eminentemente reparadora.
Jesucristo, hermanos míos, continúa sobre la tierra sacramentado, sufriendo místicamente las mismas injurias, las mismas infidelidades, que recibió en los días de su vida mortal. –Y ahora decidme, hermanos míos, si en los días de su vida mortal sobre la tierra, en medio de los abandonos que experimentó Jesús, en la pobreza y soledad de Nazaret, en las fatigas y persecuciones de su vida pública, en las angustias indecibles del Huerto, o de su prisión, o de aquellos momentos en que el mismo Padre Eterno dejaba caer sobre (su) alma toda la mirra del sufrimiento, alguna alma compadecida de las tristezas de Jesús, se hubiese acercado a su lado a hacerle compañía, y le hubiese protestado fidelidad, le hubiese recostado en su regazo enjugando el sudor de su frente, animándole, como aquel Ángel del huerto, con dulces palabras, ofreciéndose a acompañarle hasta la cruz y hasta morir con Él, oh, qué consuelo, qué lenitivo no hubiese sido este para su dolorido Corazón.
Pues, hermanos míos: el mismo Jesús de entonces vive hoy real, vive y verdadero entre nosotros, sacramentado y rodeado su Corazón de las espinas que le ponen los pecadores, de los ...
y está esperando de nosotros que lo consolemos, que le desagraviemos, que le reparemos de tantas infidelidades – que vengamos a ofrecernos víctimas por su amor – a ponernos a su disposición - a su voluntad - que vengamos a pedir por todas las almas.
¿Y le negaremos este tributo de reparación? Oh, no, dulcísimo Corazón de Jesús sacramentado, no – Desde hoy vendremos, desde hoy vendrán estos asociados a vuestro Corazón a haceros compañía en vuestra soledad, en el santo tabernáculo – y todos los meses vendrán a ofreceros el tributo de sus alabanzas y de su reconocimiento, y los primeros Viernes, a recordar vuestros amores – y de día y en medio de sus ocupaciones y aun de noche durante el descanso, como la esposa de los Cantares, os enviarán sus afectos y sus jaculatorias.
Y vendrán aquí a amaros por aquellos que no os aman y a conoceros más y más.
Acudirán aquí a pediros por todos los que os olvidan, y os pedirán por la conversión de los pecadores.
En cambio, Jesús mío, vos cumpliréis con ellos vuestras promesas, y derramaréis las gracias que tenéis ofrecidas a la devoción (a vuestro) Corazón.
Bendeciréis sus empresas; daréis paz a sus familias – los consolaréis en sus penas y seréis su refugio en la vida – y su esperanza en la hora de la muerte.
Y ya que hoy tomáis posesión nuevamente de sus corazones – ya que se consagran a vos de un modo especial – sea hoy un día de bendiciones especiales – para ellos y la Iglesia toda.
Bendecid, Jesús mío, en primer lugar al Sumo Pontífice León XIII – romped ese cerco de hierro con (que) la impiedad va encerrándolo, como a otro Pedro, para impedir su libre acción en la Iglesia universal.
Bendecid, Jesús mío, a nuestra España – que vuestro adorable Corazón conjure las tempestades que (se) ciernen sobre nuestra cabezas - y alcanzadnos días de paz para dedicarnos a propagar vuestra gloria y apresurar el reinado que has prometido de vuestro Corazón en España.
Bendecid, Jesús mío, también a ese venerable Párroco, y a ese clero para que puedan continuar la obra que les tenéis confiados de la salvación de las almas.
Bendecid, Jesús mío, a este pueblo, y puedas reinar en los corazones de todos.
Una bendición, Jesús mío, y os la pido en nombre de una población que es de tu Corazón, multiplicad las vocaciones eclesiásticas – pues ya sabéis las necesidades de operarios que hay en todas las partes del mundo.
5.- El objeto de la devoción al Corazón de Jesús (I, 1º, 105)
Dice el mismo autor que es una plática pronunciada en San Antonio, preparación de los ejercicios del mes de Junio. Es del 2 de Junio de 1878.
El tema principal es definir el objeto de la devoción al Corazón de Jesús y los fines de la misma:
- Estudiar
- Posesionarnos de sus sentimientos
- Como complemento, el amor y la reparación
La referencia a Jesús Sacramentado es bien explícita.
No tener temor a pedir.
Mis hermanos en el Señor: Al reunirnos otra vez ante el Corazón de Jesús Sacramentado para consagrarle los frutos de todo el mes de Junio, y a rendirle durante (él) nuestros respetos y nuestros homenajes, no puedo menos de recordar, y de recordaros también aquella misteriosa visión que se ofrecía al discípulo amado de Jesús, en el Apocalipsis.
Una multitud prodigiosa de animales enigmáticos, de ancianos venerables, de espíritus bienaventurados, postrados y humillados junto al trono del Rey de los Reyes, a sus pies y en su circunferencia, adoran sin interrupción aquella suprema Majestad, publican sus grandezas; se convierten al Cordero que tiene asiento en aquel trono, y exclaman: Digno es ese Cordero que ha sido muerto, de recibir la virtud, la divinidad, la sabiduría, el honor, la gloria y la bendición, pues con su muerte nos redimió a todos, nos levantó del barro, nos colocó entre los príncipes de su corte, y nos hizo grandes en su reino (Apoc 5,12).
¡Cántico sagrado, adoración misteriosa que explica el culto más sublime y la acción más fervorosa de reconocimiento!
¡Reunión dichosa que nos presenta el más bello ejemplar para nuestra imitación!
Ahora bien, hermanos míos, asociados al culto y al Apostolado del Corazón de Jesús: estos ardientes deseos del Apóstol tienen hoy en nosotros el esperado efecto. Jesucristo que tiene su habitación entre nosotros, su descanso en nuestros altares, es el Cordero divino de S. Juan, y su Corazón adorable está recibiendo un culto semejante de sus ministros, de sus fieles, y de toda la Iglesia de los justos, y en este es sobre todo y a estas mismas horas está recibiendo el homenaje de miles de corazones de santas agrupaciones que reproducen en la tierra el ejercicio eterno de los espíritus celestiales.
Gloria, bendición, honor, alabanza al Corazón de Jesús: he aquí el cántico que se eleva sinceramente al cielo en toda la redondez de la tierra.
¡Bendito mil veces el momento en que el cielo nos hizo la gracia de consagrarnos al culto y al amor del dulcísimo Corazón de Jesús!
Ahora bien, pues, hermanos míos; ¿ qué hemos de hacer para corresponder a los deseos de Jesús? ¿Qué hemos de practicar para merecer las gracias abundantes que el Divino Corazón derrama en este mes?
¿Qué fines nos hemos de proponer?
Puesto que la devoción al Corazón de Jesús tiene por objeto el estudiar y posesionarnos de sus sentimientos, y como complemento o consecuencia de ellos el amor y la reparación, estos deben ser los principales frutos de este mes.
Estudiar sus afectos
Y para posesionarnos y hacer nuestros los afectos del Corazón de Jesús, lo primero es estudiarlos. La consideración, pues, de estos afectos de Jesús debe ser nuestra asidua meditación. Además de este pequeño rato que dedicamos a estos afectos durante la Santa Misa, ellos deben ser el tema de nuestros ratos de oración durante este mes. No es preciso que busquemos otras verdades para nuestras meditaciones. Ellos nos darán materia abundante para todos los afectos de nuestra alma.
Más aún, la meditación de las virtudes de Jesucristo son las más propias para obrar nuestra santificación. Porque si el objeto del alma cristiana es la consideración de las verdades eternas y en los dogmas todos de nuestra religión, es la detestación del pecado, y nuestra unión con Dios, ¿dónde podrá encontrarse más rica mina para estos sentimientos que en los afectos encontrados del dulcísimo Corazón de Jesús? ¿Dónde mejor pueden reflejarse las ingratitudes de nuestro corazón que a la luz de aquel a quien de rechazo han ido a parar, y que llevó sobre él todas las iniquidades nuestras, según la expresión de Isaías?
¿Dónde facilitarnos el camino para la intima unión con Dios que por medio de aquel Corazón que es el camino, la verdad y la vida? Por ello, el P. Gautrelet, en el precioso libro que nos sirve de guía para los ejercicios de este mes, ordena las virtudes, las bellezas, la hermosura, los sufrimientos, el amor del Corazón de Jesús, de tal manera que al mismo tiempo que nos hace percibir prácticamente las emociones del Corazón de Jesús, arrebata los nuestros con suavidad a la práctica de todas las virtudes y nos sugiere y hace brotar casi espontáneamente los sentimientos y afectos que hemos de depositar a los pies de Jesús, que en vano encontraríamos por nuestro trabajo y por nuestras fuerzas, después de largos ratos de meditación. Éste es el más bello homenaje que podemos ofrecer a Jesús durante este mes.
Hemos de reunir esas flores olorosas y de salud que brotan de su divino Corazón. Los nuestros han de exhalar aromas.
Escuchar sus enseñanzas
Hemos de escuchar las enseñanzas que él desea dar a nuestro entendimiento.
Hemos de acercarnos a percibir los latidos de aquel Corazón que resonarán fuertemente a nuestros oídos, si nos acercamos a él, con el silencio de la consideración.
Hemos, en fin, de hacer de modo que lleguemos a poseer sus mismos sentimientos, para cumplir con el precepto del Apóstol, y lo que nos obliga nuestro carácter de asociados a su Corazón, procurando aplicar nuestro cuidado al punto práctico de la virtud meditada.
Y cada día, a más de este estudio de los afectos y virtudes de Jesucristo, que son como la base de los ejercicios de este mes, no debéis olvidar ni descuidar lo que forma también una parte integral de nuestra consagración a Jesús: esto es, los actos interiores y exteriores de adoración, de reconocimiento, de amor y de reparación.
Para ello, debemos, hermanos míos, asociarnos en espíritu a todos los actos que se practiquen en este mes, y asistir con puntualidad en cuanto lo permitan nuestras obligaciones, a la serie de actos públicos en las funciones de este mes, y la asistencia al santo sacrificio de la misa; y cuando esto no nos fuese posible, y si no fuera posible la comunión espiritual, hacer privadamente los actos de desagravios y de consagración, procurando no dejar pasar un día.
Conviene también no olvidar las jaculatorias diarias como medio fácil de sostener habitualmente el fuego de nuestra devoción.
Jaculatorias – práctica diaria – visitas – comunión espiritual - ¿Qué hemos de proponernos? Una visita. Una gracia.
Ahora bien, hermanos míos, este culto constante y siempre creciente hacia el amor de Jesús Sacramentado a través de los siglos, ¿no es un milagro visible del poder del mismo Jesús y que debe llenarnos de consuelo?
¡Oh! si: así como este amor de Jesús en su Sacramento ha sido el más obstinadamente combatido, ha sido el más reparado , gracias a su poder y a su bondad.
Cuando el divino Salvador de los hombres el anunciarles que les dejaría su Corazón para compañía y alimento suyo, ya recibió los escarnios y las blasfemias de los judíos. ¿Cómo puede darnos a comer su carne? ¿Quién tiene paciencia para escuchar estas palabras? Este fue el primer grito de guerra que el infierno lanzó contra Jesús Sacramentado.
Fueron siguiendo los siglos, y cuantas sectas se levantaron contra este misterio: en Inglaterra, en Francia, en Alemania. ¡Cuántos errores no esparcieron contra la existencia del Sacramento! ¡Y lo que no pudieron conseguir con la persuasión intentaron lograrlo por medio de la fuerza. Le arrebataron de los altares, le pisotearon con furor, le escupieron con escarnio, le proscribieron por leyes públicas, le entregaron al desenfreno del pueblo.
Y llegó el día en que este mismo Jesús quiso abrir a los hombres las riquezas encerradas en este Sacramento, mediante la devoción a su Sagrado Corazón, y ¡oh! ¡qué nuevos embates del infierno contra este Corazón adorable! No fueron ya sólo los herejes los que se levantaron contra los primeros propagadores; no sólo los jansenistas con su hipocresía y sus sofismas, sino hasta muchos de los cristianos arrastrados de una fe errónea y de un celo se oponían al culto y a la erección de esta última muestra de Jesús, y ¡cuántas sutilezas para ridiculizarlo! Y la impiedad de estos últimos tiempos ha esgrimido sus plumas por medio de periódicos y folletos, para arrancar la fe de los pueblos en el amor al dulcísimo Corazón de Jesús.
En vista de tan prolongada persecución, ¿quién no creyera que debíamos estar ya a la última semana de Daniel, en la que cese toda hostia y sacrificio?
¿Quién no pensara que en lo sucesivo ya el pueblo católico no se postraría ante el Corazón de Jesús sacramentado, ni Jesús tendría quien le adorase públicamente?
Y sin embargo no ha sido así. Tended la vista, y ¿qué vemos? Ved que en toda nación, en todo pueblo, en todo lugar, aún se le venera y se le adora; que el culto a su Corazón, lejos de desaparecer, se ha arraigado; que la fe en vez de extinguirse, ha tomado incremento. Sois adorado, oh Corazón de Jesús, no sólo en los magníficos templos de Europa, sino en los bosques de la América, en los desiertos del África, en los arenales de Asia, en las playas de la Oceanía.
En todas partes hay para el Corazón adorable de Jesús algunos granos de incienso, en todos (los) lugares hay almas buenas que le tejen coronas. Y en las populosas ciudades, y en los pueblos, y en los Colegios y en las casas particulares, se ostenta el Corazón de Jesús, y se esmeran en darle culto y en reparar la de la indiferencia de los pecadores.
Bendito sea Jesús que así ha querido manifestar la omnipotencia de su poder, y los rasgos asombrosos de su bondad en medio de la frialdad del siglo XIX.
Y bendito el momento también en que nos asociamos.
Y esta bondad nos admira aún más, si la consideramos a través de nuestra monstruosa ingratitud.
Y como medio de que no sea interrumpida esta cadena de actos de amor y de reparación, conviene no olvidar la jaculatoria diaria, que repetida con frecuencia sostendrá habitualmente el fuego de nuestra devoción.
Y en cambio de estos actos que proponemos ofrecer al Corazón de Jesús, ¿qué le hemos de pedir como premio y paga de los ejercicios de este mes?
No temamos pedir
¡Oh! no temamos pedir, hermanos míos; el Señor lo ha dicho expresamente para excitarnos a la confianza de su Corazón; el Señor ha protestado que dará a sus devotos todas las gracias necesarias a su estado; que les consolará en sus penas; que tendrá grabados sus nombres en su propio Corazón.
No temamos, pues, pedirle. Pidámosle, en primer lugar, la virtud especial que más necesitemos sea el don de oración, el de recogimiento, de desprendimiento de las criaturas, del triunfo de nuestra pasión principal.
Pidámosle además aquella gracia o favor especial que en la actualidad ocupa preferentemente nuestros deseos y nuestro corazón, si es que convenga para nuestro bien y su gloria; o aquella tribulación particular que tal vez esté esperando nuestro espíritu.
Y además de estos favores propios y particulares, no olvidemos los generales y que atañen a nuestros semejantes. Pidámosle a Jesús por la conversión de los pecadores para que se conviertan y amen a Jesús, por las necesidades del Sumo Pontífice, de nuestra España.
Pidámosle, hermanos míos, constantemente por el aumento del amor a Corazón de Jesús en esta nuestra ciudad, y nuestra patria para (que) a impulsos de esta devoción pueda un día ofrecerle homenajes más dignos aún de amor y de reparación.
Si así lo hacemos este mes de Junio, que simboliza la cosecha de los frutos principales del año, será abundante para nuestras almas, y recogeremos frutos de virtud, de consuelo y de amor; frutos que el Señor nos guardará para los graneros de la eternidad.
6.- Definición de la devoción al Corazón de Jesús (I, 1º, 107)
Predicado en los ejercicios del mes de Junio de 1879 al Apostolado de la oración.
Encontramos en este documento:
- Una definición de la devoción verdadera al Corazón de Jesús
- Que es propia de corazones generosos, de hijos agradecidos
- Necesita actos visibles
- Es fuente de gracia: Is 12,3 “Sacaréis aguas con gozo...”
- Estudio – Meditación – Propaganda
Mis hermanos en el Señor: Otra vez nos reunimos aquí para ofrecer nuestros homenajes al Señor, otra vez el Corazón de Jesús en sus inefables liberalidades nos permite acudir a su presencia para presentarle los frutos del mes de Junio.
Cortesanos de su amor, asociados a su culto, otra vez acudimos a las puertas de sus bondades, atraídos por sus inexplicables bellezas, por sus misteriosos atractivos, por la simpatía con sus sentimientos.
¿Y cómo no, hermanos míos? Si el Corazón de Jesucristo es todo para todos. Él es la piedra misteriosa que nos describe David, que sirve de refugio a los erizos, esto es a los pobrecitos pecadores que no se atreven como los ciervos a trepar a las altas montanas de la perfección.
Él es el arca santa en cuya puerta está ese divino Noé con los brazos abiertos para entrar dentro de ella a la paloma agitada que no tiene donde poner sus pies en medio de las aguas del mundo.
El Tabernáculo de refugio donde nos podemos guarecer entre las iras de la justicia de Dios provocada por nuestros pecados.
El Paraíso de celestiales delicias para las almas.
Dichosas las almas que saben penetrar en el Corazón de Jesús.
¡Dichosas las almas que saben comprender el valor y las ventajas de esta devoción!
Definición
Pero, ¿y qué es tener devoción verdadera al Corazón de Jesús? Por devoción al Corazón de Jesús entendemos una voluntad pronta y eficaz para agradecer el inmenso amor que Jesucristo nos ha manifestado en sus padecimientos y sobre todo en la institución de la Eucaristía; reparando además con nuestra piedad, amor y santas obras los ultrajes, afrentas y sacrilegios cometidos contra Jesús en el Sacramento del Altar, precisamente por aquellos mismos por cuyo amor quiso quedarse entre nosotros hasta la consumación de los siglos.
Es, pues, la devoción al Corazón de Jesús propia de corazones generosos, de verdaderos cristianos, de hijos agradecidos.
¿Quién sino el que no tenga corazón puede dejar de amar al que poe él muere de amor, sufriendo los dolores y las angustias de la muerte? ¿Cómo, pues, podríamos honrarnos con el nombre de cristianos (y devotos de su Corazón), si no amáramos a quien murió de amor por nosotros, y a quien por nosotros ve renovados los dolores de sus afrentas por la indiferencia, frialdad e irreverencias de las criaturas, puesto que por no abandonarnos y dejarnos solos en este valle de miserias, y ser nuestro perpetuo compañero nuestro amigo, nuestra fortaleza y nuestra vida, sufre, es la causa de sus ultrajes y de sus penas? Es, pues, el amor de Jesús para con los hombres el objeto principal de esta devoción.
Siendo por otra parte el hombre sensible y debiéndose ayudar de las cosas visibles para contemplar las espirituales e invisibles se dignó el Señor manifestarnos Él mismo cuál debía ser el objeto natural y visible de tan tierna devoción, mostrándonos al efecto su Corazón sacrosanto. El Corazón, pues, de Jesucristo, el mismo Corazón vivo y animado de nuestro Redentor, aquel Sagrado Corazón, fragua del divino amor, manantial de toda virtud y escuela de perfección, aquel Corazón de Jesús que vive y es sustentado por la persona del Verbo Eterno; aquel Corazón digno de toda honra por ser el Corazón de un Dios humanado, es el objeto de nuestros especiales cultos y adoraciones.
¡Oh!, hermanos míos, si el pequeño espacio de tiempo que dedicamos a estas pláticas de la mañana me lo permitiera, yo me complacería en exponeros las ventajas y los bienes que el Señor nos ha proporcionado con la manifestación de esta práctica.
Porque, en primer lugar, el mayor bien que el hombre puede alcanzar en este mundo es hacerse semejante a Jesús, y adquirir esta familiaridad íntima, que forma la base de la verdadera felicidad; y siendo el amor el medio más propio y eficaz para asemejarse e identificarse con el objeto amado. Claro está que debiendo ser nosotros semejantes a Jesús nuestro modelo y ejemplar, la devoción a su Sagrado Corazón que es toda de amor e imitación, proporcionaría a nuestra alma el mayor de todos los bienes, porque el amor tiende a juntar los objetos amados y hacerlos semejantes. Y si esto es así, ¿cómo podrá dejar de adquirir la mansedumbre el que ame e imite las virtudes de aquel manso cordero que clavado en la cruz pedía perdón a su Eterno Padre por los mismo que le escarnecieron?
¿Cómo dejará de ser casto y humilde el discípulo de aquel maestro que es la misma pureza y que siendo omnipotente, como olvidado de la grandeza y majestad, se anonadó a sí mismo para asemejarse a nosotros?
¿Cómo no practicará la obediencia y sumisión el discípulo del Corazón de aquel divino Niño, que siendo Señor de todo lo criado, quiso amorosamente a José y a María para darnos a todos el más sublime ejemplo de las virtudes domésticas?
En el Corazón de Jesús hallará consuelo, el soberbio humildad, el iracundo mansedumbre, y todos lo hallarán todo para ser hijos agradecidos, cristianos perfectos, verdaderos siervos de Dios, asemejándose a Jesucristo.
Sensibilidad y reparación
Otra ventaja nos proporciona también la devoción al Sagrado Corazón de Jesús; y es aquella susceptibilidad santa por los intereses de Jesús, y el espíritu de reparar cuanto se dirige contra su amor, sobre todo su amor sacramentado. Porque el fijar la vista de nuestra alma al Santísimo Corazón de Jesús abrasado en llamas de amor divino para darnos vida y devolvernos la honra perdida por nuestros pecados, y al lado de este Corazón los ultrajes a que se expone todos los días este amor que nos tiene, nos excita al agradecimiento por tan singulares beneficios, y repararle con nuestro amor y obras piadosas.
Por ello, esta es la devoción reservada para estos últimos tiempos, a fin de curar con ella los males que la frialdad, la indiferencia y el egoísmo han causado a los hombres y amargado el corazón de nuestra madre la Iglesia católica.
Esta devoción de amor, de generosidad y de santo celo es la que debe hacer renacer en la tierra la ardiente caridad de los primeros fieles; esta es la devoción destinada por la Providencia para avivar de nuevo en la tierra el santo fuego de la caridad que vino a traernos del cielo Jesucristo, Señor nuestro.
Yo os recordaría también, si me fuera posible, mencionaros las ventajas particulares prometidas por Jesús a la Beata Margarita, y que han experimentado ya los que tienen la dicha de ser verdaderos devotos del Corazón de Jesús.
Pero y qué, ¿necesitamos acaso de formal promesa hecha por el divino Salvador a su sierva para estar firmemente persuadidos de los especiales y abundantes frutos que han de recoger los devotos del Sagrado Corazón de Jesús? ¿No es acaso este divino Corazón aquella fuente perenne de gracia, de la que nos dice el Profeta Isaías: “ Haurietis. Sacaréis aguas con gozo de las fuentes del Salvador?” (Is 12,3).
¿No es por ventura Jesús una fuente perenne de agua viva que da la vida eterna, fuente abierta en su Corazón, cuando el ciego Longinos atravesó con una lanza su costado sacrosanto?
¿Qué gracia, pues, ni qué riqueza habrá por grande que sea, que no encontremos en el Corazón de Jesús, diciéndonos de Él el evangelista S. Lucas: Que Jesús saca todo bien del tesoro de su Corazón? ¡Ah! si no nos mueve.
¡Oh! No me extrrañan ya los sentimientos y el testimonio de algunos grandes santos y Doctores, sobre las ventajas de la devoción al Sagrado Corazón.
San Ambrosio hablando sobre el Salmo 18 dice de San Juan Evangelista que por haber reclinado este discípulo su cabeza en el pecho del Salvador el día de la última cena, escudriñó los más profundos misterios de la sabiduría; y hablando San Agustín del mismo Apóstol afirma de él que sacaba los más profundos arcanos de la bendición del Corazón de Jesús.
En este adorable Corazón, dice San Pedro Damiano, hallamos todas las armas propias para nuestra defensa; los remedios más oportunos, para la curación de nuestros males; las más dulces consolaciones para aliviar nuestras penas; las más puras delicias para llenar nuestra alma de alegría.
El Sagrado Corazón de Jesús, dice el célebre Laspario, es el asiento de todas las virtudes; pero aún es el manantial de las gracias con que se consiguen y conservan estas virtudes.
¡Oh, Dulcísimo Jesús, exclamaba San Bernardo, qué riquezas encerráis en vuestro Corazón! ¡Oh, cuán dulce y cuán agradable habitar en el Corazón de Jesús!
Le hablaré al Corazón, decía San Buenaventura, y estoy seguro de obtener cuanto le pida.
Pero, ¿qué cosa nueva o extraordinaria podían decirnos los santos del Corazón de Jesús, que este maestro de la almas y consuelo de los afligidos no haya dicho él mismo de sí? “Venid a mí, nos dice, todos los que estáis tristes y agobiados con el peso de vuestros trabajos, y yo os aliviaré... Aprended de mí que soy manso y humilde de Corazón, y hallaréis descanso en vuestras almas, (porque mi yugo es suave y mi carga ligera)” (Mt 11,29).
Si no nos mueve, pues, el amor y gratitud que debemos a Jesús, muévanos siquiera nuestro propio interés.
Entremos todos en el Sagrado Corazón de Jesús; busquemos y bebamos en él el agua viva de la divina gracia; abierto está para recibirnos a todos.
Acerquémonos siquiera a él, y nos quitará (como dice Ezequiel) nuestro corazón de piedra, y nos dará un corazón de carne.
Él ablandará nuestro corazón endurecido, y para hacernos accesibles al amor y a la gratitud, derramará sobre nosotros el suave y abundante rocío de su divina gracia.
Acercaos también las almas justas, y como castas palomas hagan el nido en el divino Corazón; sea él su morada donde no alcanzan los envenenados dardos del maligno espíritu.
Estudio y meditación de los sentimientos de Cristo
¿Cómo conseguiremos estas gracias durante este mes? Acostumbrados vosotros, hermanos míos, a practicarle en los años anteriores, no os serán difíciles las prácticas que le dedicaremos durante él.
El estudio y meditación de los sentimientos de Cristo Jesús es la práctica principal y el alimento que debemos saborear en los ratos que dediquemos en la compañía de Jesús, y además de ello las prácticas exteriores de los cultos que le dedicamos, que forman un tributo de amor y de reparación. Seamos puntuales en encontrarnos todos los días a esta cita de los asociados del Sagrado Corazón, para que nuestras reuniones sean un himno de alabanza y de desagravio, que se levante al trono de su amor.
No descuidemos aparte de todos estos medios, los demás que cada uno pueda practicar según su devoción. No olvidemos las flores o prácticas que propagan así como también las jaculatorias diarias que se indican. Hablando Santa María Magdalena de Pazzis en un célebre rapto del 4 de Abril de 1600 del singular amor que San Luis Gonzaga tenía al Sagrado Corazón de Jesús aún cuando vivía en este mundo, dice de él, que con sus fervorosas y ardientes jaculatorias asestaba saetas de amor al Corazón del Verbo encarnado.
También podría ser una práctica especial para todo el mes, y un propósito muy grato al Sagrado Corazón el de hacer lo más perfecto que podamos nuestras comuniones espirituales sobre todo al dar el reloj, y saludar aún cuando fuéramos de viaje, al Corazón adorable de Jesús sacramentado, olvidado en las Iglesias, y sobre todo en las iglesias del campo y pueblos pequeños, donde apenas y sólo de tarde en tarde van algunos adoradores a ofrecerle sus homenajes.
Trabajemos, en fin, en propagar esta devoción.
Y no olvidemos, hermanos míos, como objeto especial de todos estos cultos en alcanzar del Corazón de Jesús las gracias para la Iglesia y el Sumo Pontífice, las bendiciones sobre nuestra y nuestras familias; así como unirnos a todas las intenciones de los asociados al Sagrado Corazón de Jesús, y todas las particulares que el Apostolado de Tortosa depositará a los pies del Sagrado Tabernáculo para conseguirlas del Corazón de Jesús.
Haciendo así nos serán muy provechosos los ejercicios del mes de Junio, alcanzaremos cuanto pidamos, percibiremos los efectos prometidos a los devotos del Sagrado Corazón de Jesús en la vida y sobre todo en nuestra muerte, y los recogeremos sobre todo a los pies de Jesús en el cielo por toda la eternidad.
2.- SUFRIMIENTO DEL CORAZÓN DE JESÚS (Docum. 113-116)
Ofrecemos en este apartado los documentos 113 y 114 porque los anteriores son solamente breves esquemas que, por otra parte, están recogidos en alguno de los siguientes y los documentos 115 y 116 por su temática, aunque no estén completos.
7.- Sentimientos interiores del Corazón de Jesús (I, 1º, 113)
Predicado, anota el mismo Mosén Sol, en las Religiosas de Santa Clara de Tortosa en la “primera Domenica de Adviento de 1871” y en La Purísima de la misma ciudad, en febrero de 1873.
El texto fundamental es el de Flp 2,5-7: “se humilló a sí mismo...”
El tema central es el de los sentimientos interiores de Cristo:
+ Hacia el Padre:
- amor
- gratitud
- humildad
- anonadamiento
- conmiseración
+Hacia los hombres
- compasión
La pregunta: ¿tenemos nosotros los mismos sentimientos?
Imitar sus sentimientos y sus afectos
La mejor devoción al Corazón de Jesús es imitar sus sentimientos – sus afectos.
¿Y qué afectos dominaron, si podemos decirlo así, en el Corazón de Jesús? A su Padre – A los hombres – A las criaturas.
¿Qué sentimientos fueron los de Jesús respecto de su Padre? Los de amor y gratitud, de humildad y anonadamiento, de conmiseración.
El primer grito que salió del Corazón de Jesús al ser unido a su alma, y ambos a la Divinidad, fue el de amor, y gratitud. Hasta entonces no había habido amor que amara a Dios verdaderamente, pero desde ese día hubo sobre la tierra un corazón que le amó. Hoy lo hemos meditado. Día ocho.
Pero no: además de este amor producido por la belleza y majestad de Dios, el Corazón de Jesús prorrumpió en sentimientos de amor y gratitud. Aquella alma creada de la nada se ció primogénita entre todas las criaturas, destinada a ser reparadora de la humanidad, unida hipostáticamente a la Persona del Verbo. Al verse, pues, enaltecida de este modo, un torrente de gratitud salió de su corazón, recompensándole a Dios, y, dignamente, de todo lo que pudieran deberle las criaturas en comparación de los beneficios recibidos y concedidos a la humanidad. Bendito sea el Señor, que mediante el valor de esta gratitud podemos pagar unidos a su Corazón todo lo que debemos a Dios, y le pagamos tanto cómo tiene el derecho a exigir.
Y bien: ¿ estamos poseídos nosotros de estos sentimientos respeto de Dios? Al dar una mirada a lo que somos, a lo que hemos merecido respeto a la predilección con que Dios nos ha tratado, ¡oh, cuánta no debía ser nuestra gratitud para con Dios! Mientras ha dejado a tantos sumidos en las sombras de la infidelidad, mientras a nosotros nos ha tratado desde el día de nuestro nacimiento en el seno de su ternura, nos ha amamantado con la leche de la fe, de su doctrina, de sus sacramentos, de su gracia.
Y no contento con esto, nos ha escogido entre tantos millares de almas para...
De modo que estamos en el más alto escalón en el orden de las criaturas racionales.
¡Oh, si lo pensáramos! La gratitud sería nuestro alimento ordinario. Si el menor beneficio venido de la mano de Dios, no sería bastante para pagarlo como lo reveló el Señor a la...
¡Cómo nos faltaría el tiempo para pagar al Señor con amor y gratitud la larga cadena de los beneficios más grandes, y ni aún los que estamos recibiendo continuamente! Si estuviéramos penetrados de esta verdad, la santa alegría espiritual haría sabrosos nuestros ejercicios, y no nos parecerían grandes los sacrificios, y tendríamos por poca cosa los sufrimientos, y miraríamos como nada las contradicciones, y todo nos parecería demasiado (poco) lo que tenemos para lo que debemos a Dios.
La envidia no asomaría. Y al ponernos el pan en la boca y al respirar el aire, sólo comodidades.
Humillación
Pero hay otro afecto del Corazón de Cristo respecto a su Padre, y fue el de humillación.
Jesucristo no podía tener humildad de entendimiento, porque todo lo que había en él como Dios y como hombre, era digno de honor, de gloria y de alabanza.
Pero podía tener y tuvo humildad de corazón. Su alma santísima era creada, y al medir la distancia de la humanidad a la Divinidad, un sentimiento de profundo acatamiento era el que exhalaba en la presencia de Dios. Y allí adoraba, y alababa y reconocía, y...
Pero además de este carácter de creada, su alma se había revestido de pecadora, para pagar las deudas de la humanidad.
El Apóstol San Pablo nos dice – semetipsum exinanivit (Flp 2,7) –, tomando la forma de siervo, hecho en semejanza de los hombres, encontrado en su hábito como hombre.
Para comprender toda la viveza y extensión de su humildad en este carácter de siervo, era preciso saber toda la repugnancia que ofrece el pecado a los ojos purísimos de Dios.
¡El pecado! Baste decir que ni el más mínimo de ellos puede entrar en el cielo. ¡La ofensa de Dios! ¡Oh, cómo explicar su deformidad!
Pues bien, el Corazón de Jesús, tuvo que revestirse con estos harapos del pecado, su alma santísima tuvo que estar como cubierta de la sombra del pecado, y presentarse así ante la esencia clarísima de Dios. ¡Oh, este fue el tormento más grande de su Corazón! El Profeta David al anunciarlo lo expresaba con esta palabras: Scopebam spiritum meum (Sal 76,7). Limpiaba yo mi espíritu, escupía su Corazón a su espíritu, como para arrojar aquella fealdad horrible, que sin embargo voluntariamente aceptó, y las ansias, los temores, los escrúpulos, los remordimientos, la vergüenza que debíamos pasar por toda la eternidad en el infierno tuvo que pasar aquella alma.
Con este carácter, es decir, al presentarse como pecador, ante Dios para pedirle misericordia por aquella sombra de pecado, nada le parecía bastante – la muerte, la humillación, los desprecios, la corona de espinas, los azotes, el infierno – le parecía cosa ligera y no bastante para pagar aquella deuda.
¡Oh humildad espantosa de corazón! Este Corazón estuvo constantemente dispuesto al anonadamiento, a la destrucción de sí mismo.
Con razón San Pablo nos lo describe con esta palabra: Exinanivit, se anihiló al querer tomar nuestra forma de pecador.
Ahora bien, Jesús revestido con el disfraz del pecador delante del Padre; nosotros con la realidad del pecado en su presencia; él sólo con la apariencia de pecado y llama sobre sí la muerte, los castigos, las humillaciones como muy merecidas; nosotros con las graves manchas del pecado, ni siquiera sabemos atinar esta fealdad, y estamos lejos de desear la humillación y el abatimiento.
Él la inocencia misma, y sin embargo considerándose digno de todos los oprobios; nosotros nacidos en el pecado, crecidos en la corrupción, despidiendo podredumbre nuestra alma (como los gusanos del sepulcro), aún en medio de nuestras mismas obras buenas, y sin embargo nuestro corazón lejos de alegrarse en el sufrimiento para satisfacer estas deudas de castigo – vive satisfecho y lleno de resentimientos en medio de la más ligera humillación. ¿Qué somos?
Actos de arrepentimiento. Los santos se humillan. San Francisco de Borja.
La conmiseración, distintivo del Corazón de Jesús
Finalmente hay otro sentimiento, que forma como el distintivo del Corazón de Jesús, y fue su conmiseración, si así podemos decirlo, para con su Padre, por el desdoro de su gloria, por las ofensas de las criaturas.
El hombre necesita de oblación para pagar a Dios sus deudas y desde el día del primer pecado, necesita además de la expiación. Jesucristo vino a ser oblación por nuestras deudas de gratitud, y el Santísimo Sacramento es el medio de poder pagar a Dios sus beneficios, y con una paga que equivale a todo lo que Dios puede darnos.
Pero al mismo tiempo debía expiarlos con el dolor y el arrepentimiento, reparando las ofensas hechas a Dios, puesto que el pecado es la injuria hecha a Dios, y por lo tanto en cuanto está de su parte, el pecado quita la gloria a Dios.
Ahora bien, al ser criada el alma de Jesucristo vio en la visión beatífica, y también con conocimiento infuso todos los pecados, todas las ofensas que se habían hecho a la Divinidad desde Adán y que habían de hacerse hasta el fin del mundo. Y allí vio los desórdenes de aquellas generaciones de gigantes de antes del diluvio en que toda la carne había corrompido su camino, y que obligó ya en este mundo a la justicia de Dios, a borrar de la tierra a todos los hombres: y vio los crímenes de los pueblos después del diluvio levantando altares a todas las criaturas haciéndolas dioses, y arrebatando así el honor al verdadero Dios y la cadena de pecados de su mismo pueblo, que debían tener por término la muerte de él mismo como la última ingratitud.
Y vio todos los pecados de las naciones cristianas y los sacrilegios, blasfemias, profanaciones,...
Pues bien, todos estos pecados eran como una nube de saetas dirigidas contra la grandeza de Dios, era como un mar de fango asqueroso que las criaturas estaban lanzando con su mano continuamente para ensuciar la cara purísima de Dios.
¡Oh cómo estaría entonces su Corazón al ver este desdoro de la gloria de su Padre! ¡Oh! Entonces ya no le bastarían los sentimientos de respeto y adoración, ya no fueron bastante los actos de humillación y anonadamiento, queriéndose aniquilarse en su presencia, sino que prorrumpe en el amargo dolor de compasión y de conmiseración en vista de estos agravios. Entonces si que mil muertes no le parecen suficientes, para reparar a Dios esta gloria arrebatada. Aquellas lágrimas desprendidas de sus ojos.
Tal fue el afecto del Corazón de Jesús.
Respuesta del hombre
Y bien, ¿cuál es nuestra disposición en esta parte? Ya que hemos sido elegidos como reparadores con Cristo-Jesús de la gloria de su Padre, ¿comprendemos bien lo que Dios merece, lo que es un ultraje a su bondad? Es verdad que tenemos un sentimiento vago de las ofensas que se le hacen; cuando estas son de aquellas más graves, v.g. una blasfemia; ¡pero cuán pronto nos pasa este sentimiento!
Y además continuamente la gloria de Dios sufre menoscabo de nuestras imperfecciones, de las ofensas de tantas almas, de los males de la Iglesia, de los peligros de los inocentes, de las tramas de los impíos, de la disipación aún de los mismos que le están consagradas. Y no hay camino, ni viaje, ni fonda, ni ferrocarril en que continuamente no estén en peligro los intereses de Jesús, y con todo las almas aún piadosas apenas más que en sí, y en su bienestar, y en su salud, en sus ...... y en sus consuelos espirituales, en sus humillaciones, y no les hiere bastante el corazón la idea de esa continua gloria de Dios que está perdiéndose continuamente por el desvío de las criaturas, y que debía hacerles gemir, como tórtola angustiada, a los pies de Jesús.
Y sin embargo, éste es el distintivo de las almas de fe y de las almas generosas.
Si estuviéramos penetrados de esta verdad, de este desdoro de la gloria de Dios, de este afecto de Jesucristo, cómo prorrumpiríamos con aquellos sentimientos del P. S. Francisco, “cuando lloraba y con su llanto hacia las rocas llorasen, al decírselo él, por los pecados de los pecadores”.
Cómo seríamos como Sta. Magdalena de Pazzis, hija de noblezas de Florencia, y que sin embargo, encendido su rostro, salía por aquellas bellísimas calles de aquella capital, y prorrumpía en gritos por las plazas: ¡Oh!, el amor no es amado.
Cómo seríamos como Sta. Catalina de Siena, a la que el anuncio de un pecado que se había cometido le hizo caer sin sentido.
Y cuando en otra ocasión escuchó desde su habitación de noche, una ofensa hecha a Dios, no pudo dormir en toda la noche. Tres años después cuando ella no se acordaba de aquello, el Señor le reveló la corona de gloria que le tenía guardada por aquel sentimiento que había tenido.
El mismo Jesús en la cadena de apariciones a la Beata Margarita Alacoque, se destaca siempre el deseo de que las almas estén poseídas de este sentimiento de reparación por los ultrajes hechos a la divina Majestad.
De aquí el ofrecimiento (los sentimientos) de sí mismas, de las almas que comprenden bien esta verdad. De aquí el ofrecerse a reparar esta gloria con sus alabanzas, adoraciones y bendiciones. De aquí, sobre todo, el sentimiento de ofrecerse víctimas de padecimientos y hasta de la vid, por poder con ella dar un poco de gloria a Dios. De aquí aquella ternura de corazón para compadecer a Dios, como la que tenía S. Alfonso de Ligorio, cuando exclamaba lloraba: “¡Pobre Jesús!”
Y he aquí, hermanos míos, una de las ventajas que proporciona la devoción al Corazón de Jesús, que al pensar en sus sufrimientos; el recordar las ofensas que se le hacen, el alma no puede menos de sentirse arrastrada a la dulce compasión, al deseo de reparación.
Porque si meditáramos estos sentimientos de Jesús, ¿cómo podríamos permanecer insensibles a las ofensas que se hacen a nuestro Padre, a nuestro Rey, a nuestro Dios?
He aquí los afectos de Jesús para con su Padre y que nosotros debemos hacernos propios.
La misericordia
Pero he dicho también que otros afectos agitaban al Corazón de Jesús además de estos para con su eterno Padre: tales eran los que (le) animaban respeto de los hombres.
Al ser creada el alma santísima de Jesús, y destinada a ser mediadora de la humanidad con Dios, vio en la esencia divina, y por las especies infusas en esta alma, vi, digo, a esta pobre humanidad, ve a los (hombres) sumidos en las miasmas del pecado envueltos en los males del cuerpo, en la degradación, en la muerte. Pero, ¡ah!, qué envueltos en la culpa, eran hermanos suyos, vestidos con su misma naturaleza. Eran.
Y ve a los hombres, hermanos suyos, miembros de los cuales era constituido cabeza.
¡Oh, qué sentimientos brotaron de su Corazón! ¡Oh, el de la más tierna y dulce compasión! El de dolor más amargo, por el deseo de remediar los males de la pobre humanidad.
Y no creáis, no, que estos sentimientos de compasión, se limitaban a deplorar los males espirituales de las almas, sino que se extendían a la compasión por los males corporales del hombre, efecto del primer pecado, y también a las penas interiores de sus propios escogidos. Porque aunque Jesús no vino a curar los cuerpos sino las almas, como los males del cuerpo eran fruto del pecado, y su corazón era todo amor, no podía soportar las desgracias corporales y las miserias del hombre, prescindiendo de su carácter de justos y pecadores. ¿Queréis conocer el deseo que tenía por el alivio de los males corporales del hombre?
Ahora bien, ¿queréis comprender cómo sentía su Corazón los males físicos del hombre y sus necesidades corporales? Pues basta saber en qué se ocupó el Salvador del mundo durante los días de su vida mortal. Pasó, dice el Espíritu Santo, pasó dispensando beneficios y curando a cuantos se hallaban atormentados.
Cuando aquella muchedumbre que le seguía para oír su palabra, y curarse de sus enfermedades, se encuentran en el desierto, sin cuidarse de alimento, las entrañas de Jesús se conmovieron de compasión al ver la necesidad que tantas personas padecían, y exclamaba: Misereor super turbam (Mc 8,2). ¡Oh, qué lástima me da ese pueblo, que por seguirme hace tres días que no tienen qué comer y para socorrerle no dudó uno de los estupendos milagros!
Trasladaos a las puertas de Naín. Los lamentos de una madre que seguía tras el féretro de su hijo único, que se le había muerto, herían el aire. Jesús salía por casualidad por aquellas puertas, y los lamentos de la madre hieren sus oídos, y su corazón se conmueve, y acercándose a los que llevaban el cadáver, los hizo parar, y tomando de la mano al joven, le dice: joven, levántate; y el joven se levanta, y Jesús lo entrega a su madre, para acallar la pena de esta pobre mujer.
Recordad aquella otra mujer de Samaría. Habiendo sabido el amor de Cristo Jesús y su poder sobre todos los males, sale de sus confines para ir en busca de Jesús. Las turbas imprudentes rodeaban y apretaban a Jesús de tal suerte que le sofocaban, y aquella mujer impaciente por acercarse a Jesús logra al fin tocar la orla de su vestido, y Jesús clama: ¿quién me ha tocado? Y S. Pedro le contesta algo enojado: ¿Y preguntas quién os toca cuando se os echan encima y no os dejan caminar?
Y sin embargo, aquel contacto había significado una necesidad, y Jesús repite: ¿quién me ha tocado? Y al observar aquella mujer que Jesús se fija en ella, clama: “Señor, mi hija está enferma, dígnate curarla”; y Jesús le responde: Mujer, si no he venido más que para las ovejas dolientes de la casa de Israel. Pero, ¡ah, Señor!, responde aquella mujer extranjera; recordad que a los perritos no se les niega lo que sobra y cae de la mesa de los Señores, y el divino Salvador, como traspasando, si me es lícito decirlo así, sus facultades, no duda, en aras de su compasión, consolar a aquella madre (Mt 9,18-22; Lc 8,40ss.).
Y de día y de noche.
Se dolía. Mas eran precisas las enfermedades. Como la madre cura a un hijo. Con dolor de su Corazón. Mas la santifica. ¡Qué consuelo aún los que sufren!
Y si tal era su compasión por las criaturas al contemplar sus padecimientos corporales, ¿cuáles no debían ser las ansias y los desvelos de su Corazón por el bien de sus almas?
¡Oh! ¡Consideradle, hermanos míos, corriendo desalado los pueblos de la Judea, de la Palestina toda, llevado en brazos del deseo de la salvación de las almas! ¡Cuán hermosas aparecen las correrías que nos describen ligeramente los Evangelistas!
Mirad: una alma predestinada.
Y entonces al presentársele los apóstoles que habían ido en busca de él, y ofrecerle comida, les contesta: ¡ah!, mi alimento es hacer la voluntad de mi Padre (Jn 4,34).
Y no sólo de día, sino aún de noche, su Corazón viva agitado por el deseo y el bien de las almas.
¡Oh, quién pudiera penetrar, hermanos míos, en aquel Corazón divino, explicar sus emociones, sus suspiros, sus amarguras!
Cuando al considerar en su mente las inteligencias que se extraviaban, los corazones que se corrompían; al reparar en su pensamiento las almas que a pesar de su anhelo resistían su voz, se hacían rebeldes a su palabra, se precipitaban al abismo de perdición, e iban a perderse para siempre, ¿quién, repito, podrá llegar a comprender ni siquiera las ansias de su pecho?
¡Oh!, si hubiésemos podido expiar sus movimientos, durante los silenciosos ratos de su aparente tranquilo descanso, de su oración por la noche. ¡Oh, qué ardientes lágrimas recogeríamos brotadas de sus divinos ojos, perlas de valor infinito en la presencia de Dios!
Que tiernas quejas, aunque resignadas exhalaría su espíritu (a qué presión de amor y de sufrimiento no estuvo constantemente sujeto su corazón, hermanos míos) por el bien de la almas.
Por esto, al contemplar que con sus sacrificios y su muerte se apresuraría la salvación de sus escogidos, no podía contenerse en su espíritu y exclamaba: Baptismo debeo baptizari, ¡ay! cómo me veo oprimido hasta verlo verificado (Lc 12,50).
(Por ello, para ponderar a los hombres la intensidad de este amor, les aducía las comparaciones más bellas y exactas, como que eran la expresión más sincera de lo que estaba dispuesto a hacer por ellas).
Y ya les refiere el cariño de un pastor corriendo tras la oveja que allá en el desierto se ha quedado extraviada y expuesta a ser devorada. Ya les pinta aquel hijo pródigo que es recibido de nuevo en manos de un Padre cariñoso.
Apropiarse los sentimientos de Cristo
¡Oh!, hermanos de mi alma, si pudiéramos penetrar en estos sentimientos continuos del Corazón de Jesús, ¿cómo sería posible que no nos lo apropiáramos?¿Cómo sería posible que no fuéramos intermediarios para con Dios a favor de nuestros prójimos?¡Cómo ejercitaríamos nuestra influencia, nuestra caridad, nuestro prestigio, en favor, para el bien de la almas! Sobre todo, ¿cómo dejaríamos de acudir continuamente al Corazón de Jesús a fin de arrebatar de aquella divina fuente gracias copiosas, bendiciones para la Iglesia, para las naciones, para los herejes, pecadores todos? Pues, hermanos míos, este es uno de los objetos del Apostolado de la Oración, y no seríais verdaderos devotos de su Corazón sino procurarais revestiros de estos sentimientos de compasión en favor de las almas.
Pero he dicho también que no sólo el Corazón de Jesús estaba lleno de compasión por las necesidades corporales y espirituales del hombre, sino que aún manifiesto cuánto se interesaba por las penas interiores de sus propios escogidos.
¿Quién, decía el apóstol S. Pablo, quién de vosotros padece y yo no padezco?¿Quién de vosotros se quema y yo no me abraso?
Con más propiedad podía decir esto el Corazón de Jesús, en el cual tenían eco todas la amarguras de sus queridos.
Si no temiera molestar vuestra atención, yo os recordaría los ejemplos de esta ternura, de esta compasión por las penas de sus queridos. Pero un ejemplo solo bastará para demostraros toda la delicadeza de su ternura. La familia de Lázaro.
Pero he aquí que el hermano de éstas, Lázaro, enferma, y Jesús está lejos, y retarde el ir, y cuando llega, Lázaro ya ha muerto. Y hasta salen al encuentro de Jesús, y con lágrimas en los ojos, y el desaliento en su corazón, le dice: ¡Oh, Jesús! si fuisses hic, si hubieses estado aquí, no hubiese muerto Lázaro, mi hermano. Y Jesús se conmueve, et infremuit spiritu y se conturbó en su espíritu. Y para devolver el consuelo a aquellas almas suyas, a quienes él mismo había permitido esta tribulación resucita a Lázaro para llenar de consuelo su corazón (Jn 11,32-38).
Almas piadosas que me escucháis, ¡qué consolador es este pensamiento! ¡Pensar que Jesús nos oye, nos escucha y se compadece de nosotros en las tribulaciones, tan ordinaria en el camino de la vida! ¿Cómo sería posible que en lugar de buscar nuestros consuelos en los vanos (contentos) que nos pueden proporcionar las criaturas, (no) acudiésemos a Jesús que es el único que puede dar lenitivo a nuestros afligidos corazones?
A su Madre después de la Resurrección, a Magdalena, a los Apóstoles tristes. Que dichosa Sta. Magdalena de Pazzis y...
Había indicado finalmente, hermanos míos, los afectos del Corazón respecto de las demás criaturas, pero....... el tiempo no me permite extenderme en esta serie de consideraciones.
Bástelo indicar por hoy, para haceros ver los dulces sentimientos de Jesús respecto de su Padre, y respecto de nuestros males espirituales y corporales.
Pues bien, hermanos míos. El mismo Jesús que durante su vida mortal estuvo animado de estos sentimientos, es el que ahí, en el Sacramento de su amor, continúa no con los padecimientos físicos, porque está impasible, pero si con los sufrimientos místicos, y con los mismos afectos de su alma respecto de su Padre y para con nosotros, y siempre vivo, según la expresión del Apóstol, para interceder por nosotros.
¿Y esto es una verdad?
Y si lo es, ¿no amamos a Jesús?
8.- Misericordia de Jesús (I, 1º, 114)
Los primeros recapituladores de los manuscritos lo sitúan en la Parroquia de Benicasim (Castellón) el 13 de Agosto de 1890.
Sigue tratando los sentimientos de Jesús arrancados del llanto de Cristo sobre Jerusalén (Lc 19,41-42)
“Al llegar a ver a Jerusalén lloró sobre ella” (Lc 19,41-42)
Mis hermanos en el Señor: Entre los atributos de Dios, uno hay que él desea ostentar más que todos los otros; uno al cual desea que tengamos más devoción, si podemos decirlo así. Tal es el de su bondad y misericordia.
Bondad y misericordia
Ya en la antigua Ley, o mejor dicho desde el principio del mundo, al hablar Dios a los hombres, siempre y en todas las ocasiones les recuerda su amor y lo pronto que está a ceder a nuestras súplicas y a indicarnos el remedio de nuestros males.
Cría al hombre, y a pesar de no haberle impuesto más que un pequeño sacrificio, un pequeño precepto, el hombre lo traspasa; y a dejarse llevar Dios de su justicia, hubiera arrojado a aquellos primeros seres, tan queridos, al infierno; y con todo, para poder ser aplacado por aquel pecado, que era el de toda la humanidad, dispone en aquel momento, que su Hijo unigénito se ofrezca a venir a pagarlo en la tierra.
Toma luego su pueblo, y este pueblo al cual había sacado de Egipto, el cual...; mil veces le vuelve las espaldas, y mil veces se ve precisado a castigarle; pero en medio de aquellos castigos siempre, y en medio de los mismos castigos, hace resonar a sus oídos las promesas que le tiene hechas de perdón.
Y apenas aguijoneados por el temor o por los males, se vuelven a él, inclina enseguida su misericordia, como si no pudiera soportar el ver levantada su mano de justicia.
¿Qué digo? Si él mismo no se avergonzó de decir a aquel pueblo de dura cerviz, por medio de los Profetas; Decid a ese pueblo, si fueren sus pecados más rojos que la grana, yo los blanquearé como nieve (Is 1,18).
Si en el desierto a pesar de su desconfianza, claman a él, les envía maná. Si tiene sed y les está mojando.
Si piden recordando las ollas de Egipto, y él, al castigar aquella golosina, envía serpientes, luego les envía el remedio.
¡Oh! si yo os fuera recordando la historia del pueblo de Israel, no veríais sino una cadena de misericordias, de afectos de compasión hacia aquellos desagradecidos, y os molestaría.
Quiso amarnos con su Corazón
Pero vino la plenitud de los tiempos, y el Verbo divino no contento con habernos amado como Dios, quiso amarnos con su (corazón) de hombre, para sensibilizar los afectos que hacia ellos tiene.
Y.... ¿cómo podré, hermanos míos, haceros seguir con vuestro pensamiento y con vuestra imaginación los pasos de este Dios humanado, para ponderar los sentimientos de su Corazón?
Baste deciros que desde el momento en que aquella alma y aquel Corazón fueron creados y unidos a la persona del Verbo, formando una sola persona, en el seno de la Virgen, esta alma y este corazón no vivieron sino para la compasión del hombre y con amor divino.
Los afectos todos del Dios hombre, y este hombre Dios, no fueron sino para nosotros.
Trasladaos sino con el pensamiento a aquellos momentos silenciosos en el regazo de María.
Cuando Lázaro; las turbas en el desierto; Naim.
¡Oh! Si hubiéramos podido expiarle en aquellos momentos de oración, ¡qué lágrimas brotarían de sus ojos!
Y ¿cómo no? Si él con parábolas, El hijo pródigo. Si una oveja; y las cien.
Pero donde resplandece más esta misericordia y compasión es en el pasaje que nos ofrece la última Dominica, según nos dice S. Lucas.
¿Puede darse muestra más expresiva de su compasión?
Ahora bien, pues, hermanos míos, porque no queriendo molestaros. ¿A qué consideraciones no se prestan estos afectos de Jesucristo?
Sabemos este afecto y esta ternura de nuestro Dios. Sabemos este afecto, y nos compadecemos de aquella ciudad que no supo penetrar en los afectos de Jesús, y escuchar sus dulces amenazas.
Mas ¡ay!, que si de estas ideas generales pasamos a reflexionar y a entrar dentro de nosotros mismos, para aplicárnoslas estas ideas, ¡cuántas veces habremos merecido iguales reconvenciones de Dios!¡Cuantas veces fija su mirada sobre nuestra alma, habrá proferido estas quejas! ¡Cuantas veces al ver nuestros extravíos, nuestro olvido de él, ha querido cobijarnos bajo las alas de su misericordia!
Y si no, dad una mirada retrospectiva a nuestro pasado.
Cuando dormimos en el sueño de la culpa nos ha estado diciendo: ¡Oh! mira, que estás al borde del precipicio. ¡Mira que en un movimiento de tu cuerpo, puedes caer en el abismo de la eternidad desgraciada!
Mira, alma que estás en pecado, que un desmayo, una opresión de corazón, un ataque cualquiera puede hacerte desaparecer de la tierra de los vivos para pasar la puerta de la muerte.
Mira, nos ha dicho el Señor, que vendrán enemigos sobre ti, enemigos feroces que no dejarán sobre el edificio (de) tu alma piedra sobre piedra.
Y le hemos visto llorar místicamente, al ver la sordera de nuestro corazón.
Y eso que ha dicho el Señor sobre cada una de nuestras almas, lo dice también a los pueblos y a las naciones que se apartan de sus preceptos y de su ley.
Él ve como se traspasa el día festivo sin temor y sin remordimiento.
Él ve las muchedumbres correr tras la disipación y el olvido, buscando todos, como decía S. Pablo, en todas las cosas, lo que es suyo, sus comodidades, sus intereses; más no (lo) que es de Jesucristo.
Y para amenazarles, les hace ver que no se encuentra en todo lo que buscan, la felicidad.
Para despertarlos de su letargo, los amenaza con los azotes de que puede echar mano, y les enseña las enfermedades de que puede disponer.
Las guerras que son sus castigos.
El desasosiego de las masas que puede servirles de látigo; y no esperaba más, que las sociedades se vuelvan a él con el cumplimiento de su voluntad.
Y con todo, ya lo sabéis, las sociedades hacen llorar a Jesucristo.
Ahora bien, hermanos míos, y concluyo. Vosotros que tenéis fe, y que habéis acudido aquí para honrar a Dios y ofrecer vuestro tributo a Jesús.
No le hagamos llorar, sobre (todo) nosotros. Miremos si tiene algún motivo de queja. Examinemos si escuchamos la voz del remordimiento que nos grita. Miremos si estamos en estado de pecado. Pensemos si estamos dormidos en el sueño de una pasión culpable, si estamos en ocasiones malas; y ¡ay! Repito, no hagamos llorar a Jesús; que no tenga que descargar los castigos con que amenazó a Jerusalén, símbolo de los que caerán sobre nuestras almas, porque no tendremos motivos de queja.
Cobijémonos bajo las alas.
9.- Los tormentos del Corazón de Cristo (I, 1º, 115)
Sin datar. Es un esquema sobre Is 53,5-11: “Tomó sobre sí todas nuestras iniquidades.
Hoy celebremos el primer Viernes. Pero una circunstancia nos hace más interesante este Viernes: cae en el día de los Dolores, y es el Viernes de Pasión.
Día de los Dolores: Ella comprendió, y porque padecía por los dolores de Jesús; también nosotros nos compadeceremos si los meditamos.
Muchos al meditar los sufrimientos de Jesucristo se fijan en sus dolores corporales. Bueno es, pero no fue la principal pena de Jesús: fueron los tormentos de su Corazón.
¿Cuáles fueron éstos? Desde el día de su Encarnación. Al venir a este mundo. El hombre necesitaba un reparador. “Tomó sobre sí nuestras iniquidades” (Cfr. Is 3,5-11).
¿Queréis saber lo que afligía su alma? Trasladaos... Huerto.
Allí veía los pecados, las ofensas. ¡Oh si supiéramos lo que es el pecado! S. Andrés Avelino. Sta. Magdalena de Pazzis. ¿Cómo estaría el Corazón de Jesús?
2º La condenación de las almas. Voy a morir. ¿Qué es condenarse?
3º ¿La rebeldía de las almas?
4º El desvío de sus escogidos
Consolantem me quaesivi.
Y lo que más nos debe animar, que esto lo hacía por amor. Si hoy tuviese que hacerlo otra vez...
¿Cómo no pensar en Jesús? Consolantem. Amor y compañía. Besemos sus sudores, sus labios, y ofrezcámonos víctimas, un día sufrir por los pecadores. ¡Ah! en el ministerio ningún...
10.- Su Corazón latió y vivió para amar al hombre (I, 1º, 116)
Sin datar. Trata de los sufrimientos de Cristo partiendo del texto ya citado de Lucas, 19,41-42 sobre el llanto de Cristo sobre Jerusalén.
Se detiene en lo que le hacía sufrir.
El Señor nos llama. Quiere correspondencia.
En el domingo pasado nos puso la Iglesia a nuestra consideración el pasaje aquel de S. Lucas cuando se dirigía a Jerusalén en una ocasión. Nos dice que al llegar a la ciudad (lloró) (Lc 19,41-42).
¡Qué ideas!¡Qué reflexiones no brotan de estas palabras!
1º Los sentimientos del Corazón de Cristo. ¡Si los hombres los meditaran! Sabéis que Jesús vino sólo a remediar al hombre, a salvarle, a librarle de la esclavitud en que yacía. Ya sabéis que desde el día del primer pecado, estaba separado de Dios, tenía cerradas las puertas del paraíso.
Era preciso que viniera un mediador entre Dios y los hombres; y el Verbo divino, el Hijo del Padre se ofreció y tomó un cuerpo y un corazón humanos.
Pues bien, este corazón divino desde el día en que fue animado, desde el primer momento de latir, no latió ni vivió más que para el amor del hombre.
Al ser creada aquella alma, vio en la esencia de Dios, y por las especies que el mismo Dios le infundió, vio todos los males de todos los hombres desde Adán, y todos los que habría hasta el fin del mundo.
¿Qué pasó en aquel corazón al ver esto? ¡Ah! vio los males corporales, espirituales, las desgracias, la muerte; vio que en las desgracias eran de sus hijos, hermanos, miembros suyos; ¡cómo se pondría su Corazón! ¿Sabéis como se puso? Ecce venio.
Dies ultionis in corde meo (Is 63,4).
De aquí es que no sólo padeció en aquel acto; no sólo cuando lloró sobre Jerusalén; no sólo en la oración del huerto; en la cruz, sino todos los días; todos los momentos nos tenía a todos nosotros traspasados como una espina en su pecho. Si lo manifestaba alguna vez, era para que lo comprendiéramos.
De aquí es que aunque no había venido a curar los cuerpos, sino las almas, con todo, el deseo de aliviar los males del hombre, le obligaba a curar las enfermedades y resucitar los muertos. Ni uno hubo de los que se le acercaron, que no saliese curado. Transit benefaciendo (Hch 10,38).
Pero sobre todo lo que le hacía sufrir era el estado de las almas y su perdición. Por eso corre desalado tras las ovejas de la casa de Israel, predicando y muriendo en una cruz.
¡Si los hombres meditaran esto! Si supieran que hay un corazón, el Corazón de un Dios que se interesa por ellos: ¿cómo sería posible que no amasen a Jesucristo?
Pero notad, que hay otra cosa que hacia padecer más a Jesucristo, y le hacia padecer; y es el no querer aprovecharse de este amor. Mirad lo que dice al ver a Jerusalén: ¡Ay, no has querido conocer el tiempo tu visita! Por eso vendrán tus enemigos.
¡Oh, amados míos, qué dignas de reflexión son estas palabras!
El Señor quiere nuestro bien, nuestra salvación; pero quiere la correspondencia. No quiere hacer nada sin nosotros mismos.
El Señor nos llama; tiene contadas las gracias que quiere enviarnos. Si no las recibimos, estas gracias pasan.
¿Quién no ha experimentado las voces de Dios que nos ha llamado a cobijarnos bajo las alas de su misericordia? Una muerte, un remordimiento, un beneficio, el anuncio de una peste; todos los días.
¡Y no escuchamos los momentos de su visita!
¡Cuántas veces quizás ha llorado el Señor sobre nosotros!; ha visto el peligro en que hemos estado de condenarnos; el enemigo de nuestras almas ha dicho como en otro tiempo a aquel de la higuera: suscide illam; arranca esta alma; ut qui terram óccupat? (Lc 13,7).
Y quién sabe si aún ahora, nuestros ..........las gracias que nos envía.
Venient dies super te; y las persecuciones nos rodean y en la hora de la muerte.
Y no vendrán las gracias.
¿Qué hemos de hacer? Aprovechar los llamamientos de Dios; seguir sus voces.
Decidle: dimitte et hoc annum.
Señor, yo os prometo escucharos, oiros.
De este modo recibiremos el consuelo de que el Señor nos cobije bajo las alas de su misericordia, como a Jerusalén.
3.- MOTIVOS PARA CORRESPONDER (Docum. 121-122)
11.- Entrar en el interior del Corazón de Cristo (I, 1º, 121)
Se trata de una charla de un primer Viernes de mes.
Parte de la “indiferencia” de los cristianos.
Nuevo llamamiento de Dios por medio de esta devoción.
Hace historia de esta devoción como ya hemos visto en otros lugares, v.g. el Docum. 104.
Invita a:
+ Imitar las virtudes del Corazón de Jesús
+ Participar de sus sufrimientos
Al dar una mirada a la época presente, decía un ilustrado y piadoso escritos de nuestros días, dos caracteres opuestos encontramos en ella; uno que nos llena de consuelo, otro que nos causa pena profunda.
Por una parte vemos desplegarse en las almas generosas un celo puro y desinteresado por los intereses de Jesús, y por el espíritu de oración y de reparación. Veo, decía el malogrado, el inmortal Pío IX, que hoy se hora más y mejor.
Pero aparte de esta pequeña porción de reparadores de Jesús, ¿qué es lo que descuella en la actual generación y qué forma como el carácter distintivo de nuestra época?
Prescindamos de aquellos que aún en medio del Catolicismo, su objeto es afligir la Iglesia de Dios, verdaderos instrumentos del infierno para combatirla.
Glacial indiferencia
Sino mirando la masa común de los cristianos, ¿qué es lo que vemos? Una glacial indiferencia que hiela los corazones, un adormecimiento, un egoísmo moral, que tiene como en sopor las almas; un apartamiento, diríamos sistemático, de todo lo que atañe al alma, a Dios, a los intereses de la Iglesia, buscando en todas las cosas como dice S. Pablo, quae sua sunt (Flp. 2,21). Lo que atañe a su bienestar, no lo que conviene a Jesucristo.
Pues bien, en medio de esta general indiferencia, en medio de este lamentable sopor, la Divina Providencia ha hecho un nuevo llamamiento al corazón del hombre, como en otro tiempo a Samuel, para despertarle de ese letargo. Ha hecho crecer y desarrollar una devoción, dulce en su objeto, eficaz en sus resultados, una devoción simpática, llena de atractivos, cuyo solo nombre puede arrastrar tras de sí los corazones. Tal es la devoción al Sagrado Corazón de Jesús.
Nuevo y tal vez el último llamamiento al amor del hombre para con Jesús.
Y ciertamente, hermanos míos, que al fijarnos en el origen y objeto de esta devoción, al considerar el efecto que ha producido en muchas almas, la historia toda de esta devoción, no podemos menos de exclamar: digitus Dei est hic (Ex 8,19). El dedo de Dios es el que nos ha señalado esta devoción como la más proporcionada para alcanzar la salvación del mundo.
Al dedicarnos en este primer Viernes a los cultos que este Corazón nos exige, y que nuestra devoción nos inspira, para afianzarnos más al amor de este Corazón adorable, consideremos brevemente los motivos de justicia, de gratitud y de conveniencia que nos obligan a responder al llamamiento que Jesús nos hace de que seamos devotos de su Sagrado Corazón.
Al deciros, hermanos míos, que tenemos un deber de rigurosa justicia para amar al Corazón de Jesús, bastaría considerar que a él principalmente debemos nuestra salvación.
Si yo quisiera detenerme, antes de entrar en los motivos de gratitud que tenemos para con el Corazón de Jesús, (en) los deberes de justicia que nos obligan a amarle, bastaría recordaros lo que somos y lo que seríamos sin Jesús. Esclavos del pecado desde nuestro nacimiento, nuestro destino era la muerte y muerte eterna. Desterrados del cielo, no podíamos aspirar a aquella Patria querida. Necesitábamos quien nos redimiera, quien pagara nuestra deuda,... Y Jesús vino a satisfacer esta deuda de justicia, pagando por nosotros con el precio de su sangre. No es, pues, un deber mayor de rigurosa justicia el pagar con amor y reconocimiento esta fineza de su dulcísimo Corazón.
A Él debemos la luz de la fe, los Sacramentos que nos santifican.
Pero hay otros motivos sin estos de justicia, que nos obligan a amar de un modo particular al Corazón de Jesús, por las emociones todas que experimentó en favor nuestro. Como su existencia toda no tenía otro objeto que la felicidad del hombre, como no vivía sino por él, participaba de todas... se reflejaban en su Corazón los bienes y los males.
Y sus bienes presentes y sus males futuros tenían eco en su Corazón.
Cuando allá en el retiro de Nazaret, contemplaba en lontananza el campo que el Padre le había dado, y veía brotar en ese campo flores de belleza y de amor, cuyo aroma se elevaría hasta el cielo, su corazón se ensanchaba de alegría y de satisfacción.
Cuando durante los días de su vida pública, las enfermedades del hombre se encontraba a su paso, la muerte que se cernía sobre sus queridos (discípulos) apenaban su Corazón, y de él brotaban aquellas ardientes lágrimas que derramaban sus ojos, como sucedió sobre el sepulcro de Lázaro.
Cuando las amarguras del corazón del hombre herían sus oídos desgarraba su pecho la compasión, y se veía obligado a echar mano de su poder para consolarlos.
Naim.
Cuando en la oración del huerto se le presentaban esas almas resistentes a la gracia, y que habían de perecer, la opresión que esto le causaba.
Jerusalén.
En la alegría y la tristeza, nosotros éramos los objetos ............... y de día y de noche.
El Corazón de Jesucristo, pues, no (sólo) es símbolo y señal del amor de Jesús, sino también instrumento principal de este amor para con nosotros.
No es extraño, pues, hermanos míos, y es otro motivo que debe impulsarnos a su devoción, no es extraño, digo, que él haya querido ser honrado de un modo especial en su Corazón.
Ya sabéis, hermanos míos, cómo ha querido el Señor manifestarnos esta voluntad e imponernos esta obligación.
Historia de la devoción al Corazón de Jesús
Así como en el siglo XIII, el Señor en medio de las herejías que se levantaron para el honor y el amor de Jesús sacramentado, y que no eran sino el preludio de otras que se levantarían después contra el honor y el amor del Sacramentado, escogió a una alma humilde y santa, para que fuera la anunciadora de los deseos de su Corazón. Historia de la Beata María Margarita de Alacoque.
Y así también, como en la primera manifestación, el infierno.
Y ora eran los herejes los que combatían la verdad de esta nueva manifestación de Jesús, ora eran los Jansenistas los que mirando con malos ojos esta práctica y estas revelaciones que venían a familiarizar al hombre con el amor de su Dios; ora, en fin, eran algunas de las almas piadosas llevadas de un celo falso.
Pero, ¡oh! Que el eco de la voz que había sonado a los oídos de la Beata Margarita María, resonó más fuertemente en otros corazones, y su eco se repitió por todas partes, y saltando los montes y atravesando los mares, se dejó oír por todas las naciones, y las almas predestinadas escucharon los arrullos de esta voz que les llamaba a unión más perfecta con Jesús, y a ser reparadoras constantes del desamor de las criaturas.
Y para que nada faltara (a) la seguridad de este llamamiento, la Santa Iglesia......
Y al colocar el Santo Pontífice Clemente XIII sobre los altares a la que fue el primer Apóstol de esta devoción, aprueba implícitamente las revelaciones de esta alma privilegiada; y no sólo implícitamente, sino que siendo una de estas revelaciones la del deseo de Jesús de que se celebrara una fiesta dedicada a honrar este Corazón, el día inmediato a la Octava del Corpus, el bello oficio que este día se recita en la Iglesia universal, es (el) último sello de la voluntad que nos manda acercarnos a él mediante la devoción de su Sacratísimo Corazón.
Y para que nada faltara a la seguridad de nuestra fe, y al estímulo de nuestra piedad, vosotros recordaréis que hace dos años el bondadoso Pío recogiendo los deseos de los fieles todos, no encontró mejor medio para conjurar los males del mundo, y atraer las gracias sobre la tierra, y despertar los corazones, que consagrarlos todos al Dulcísimo Corazón de Jesús, el día dieciséis de Junio, segundo aniversario de esta revelación.
No es extraño, pues, que al oír esta palabra de la Iglesia, el mundo todo se levantara con entusiasmo a secundar esta consagración.
No extraño que miles de almas,
y que el Corazón sea adorado,
y se levanten templos,
Quién sabe
Cristo quiere ser adorado y reparado en su Corazón
La voluntad de Jesús es, pues, de ser adorado en su Corazón, y reparado de este modo en su amor.
Él mismo es el que ha querido personalmente manifestar esta voluntad al hombre. Él es el que le exige este tributo de cariño. Él es el que nos apremia y nos conjuga para que no desoigamos su voz. El Apóstol San Pablo decía: Charitas Christi urget nos. La caridad y el amor que Cristo nos ha tenido nos apremia y nos llama (2 Cor 5,14).
Mejor que el Apóstol podemos exclamar: el Corazón de Jesús nos apremia, llamándonos no sólo con la memoria de su amor, sino con su propia palabra a que acudamos a él. Anathema, pues, concluye S. Pablo, al que no ame a Jesús. Desgraciado de él podemos decir nosotros, el que no escuche la voz de Jesús que le impele a amarle.
Finalmente, hermanos míos, aunque no fuera por este deber de gratitud y de justicia, sólo por nuestro propio interés debíamos acudir solícitos al culto del amor del Corazón de Jesús, y sobre todo de este Corazón de Jesús Sacramentado.
Si Jesús lo es todo para nosotros, como decía él, su Corazón lo es de una (manera) especial, gracias a su misericordiosísima voluntad.
¿Qué es lo que podemos desear? ¿Paz, consuelo, santidad? Pues el Señor ha querido programar todos los deseos de nuestras almas, y las necesidades de nuestro corazón. Nada es más propio para lograr nuestra santificación como una devoción sincera al Corazón de Jesús. Yo aseguro.
¿Y cómo no, hermanos míos, si su Corazón es nuestro mejor modelo para nuestra imitación?
Si nos humilla la vista de nuestras miserias, él es la fuente viva de toda la gracia; fuente siempre abierta, fuente que mana siempre, y en la cual siempre podemos purificarnos.
Si echamos de menos la humildad, en él tenemos el corazón de un Dios verdaderamente escondido y anonadado, y ¡hasta qué extremo anonadado!
Cuanto más profundamente lo meditemos, tanto más profundo encontraremos el abismo de su humildad, y tanto mejor comprenderemos las grandezas de la benignidad con que su Corazón sufre y soporta tanto por nuestro amor, siempre manso y siempre suave para con todos.
Si deseamos el desprendimiento, su corazón colocado en medio del mundo hasta la consumación de los siglos, vive como ajeno al mundo y en una santa indiferencia en respecto de cuanto agita a los mortales en el brillo de las cosas perecederas, y su admirable soledad y recogimiento es el imán para las almas que saben atinar y comprender el secreto de la verdadera felicidad.
Si necesitamos la obediencia, el espectáculo de ese Corazón que a la voz de una criatura está preparado para cualquier cosa, no puede menos de confundirnos y aleccionarnos. Donde quiera que le ponen allí permanece resignado. De cualquier modo que le traten, aunque nos es insensible allí, así permanece y se considera dichoso.
Si deseamos, en fin, adquirir la piedad, el celo, la generosidad, la perseverancia, ¿dónde encontrarla mejor que en el centro de toda justicia y raíz de toda gracia, como el Corazón de Jesús?
El Corazón de Jesús es, pues, el camino más fácil para cumplir los deberes de nuestra santificación.
Y a este bien que nos viene de la devoción al Sagrado Corazón, se agregan los demás que se nos están ofrecidos. La paz, la paz del alma que supera todo sentido, según la expresión del Apóstol, está vinculada al amor de su Corazón.
¿Nos asusta el rigor del juicio de Dios? ¡Oh, cuán dulce es morir, nos dice la Beata Margarita María, cuán dulce es morir después de haber profesado una constante devoción al Corazón misericordioso que nos ha de juzgar!
¿Vivís en el mundo? Las personas del siglo hallarán por medio de esta grata devoción, los socorros necesarios a su estado, la paz en sus familias, la paciencia en sus trabajos, la bendición del cielo en sus empresas y el consuelo en sus infortunios.
Y si deseáramos atraer sobre nosotros la plenitud de estas gracias, no nos contentemos nosotros solos (en amar) al adorable Corazón de Jesús: trabajemos para que sea conocido y honrado por otros, Nuestro Señor, añade la antedicha bienaventurada, me ha enseñado los grandes tesoros de amor y de mercedes que guarda para las personas que se consagren y sacrifiquen a rendir por sí, y hacer que rindan los demás a su Corazón, todo el honor, gloria y amor que les sea posible. Tan grandes son los tesoros a que me refiero, que no sé cómo ponderarlos. Y éstos nos los promete Jesús. Y estas promesas salen de su divino Corazón y nos las ofrece para obligarnos más a responder a su dulce y divino llamamiento. Quién sabe si mucha parte de esa multiplicación de obras y empresas santas es debida a las gracias que hemos recibido.
¿Y seremos equívocos para con ese Corazón ya que tantos motivos de justicia, de gratitud y de propia conveniencia nos obligan a ello?
Ahora bien, pues, hermanos míos, ¿qué hemos de hacer para cumplir nuestros deberes con Jesús, y merecer las bendiciones que nos tiene ofrecidas?
Entrar en el interior de su Corazón
Además de la imitación de sus virtudes, fruto principal de nuestro afecto para con Jesús, debemos entrar al interior de su Corazón, ponderando sus afectos, sus tristezas, sus amarguras, los sentimientos todos de que estuvo (afectado) en favor nuestro; propagar su culto, con el fin de repararle los agravios que se le hacen. ¡Ojalá, hermanos míos, que nuestros tributos al Corazón de Jesús Sacramentado, pudieran ser continuados! Dichosos nosotros si no tan sólo los viernes primeros, (sino también) todos los días pudiéramos ofrecerle el obsequio de exponerle a la pública veneración, para que las almas vinieran a renovarle sus afectos.
Felices, en fin, si con nuestro celo, nuestro desinterés y nuestro sacrificio, pudiéramos formar una liga de adoradores que no sólo de día sino aún de noche, como afortunadamente se practica en alguna población de España, si se sucediese sin interrupción, haciendo compañía y velando ante el Corazón de Jesús Sacramentado.
De esta manera seríamos realmente una corona de gloria para con su dulcísimo Corazón.
Y de esta manera también se le daría la reparación que se merece, que es otro de los fines de esta devoción. ¡Ojalá...!
Debemos hacernos participantes de los sentimientos de Jesús alegrándonos por lo que a él alegraba, compadeciéndonos de lo que a él afligía, deseando lo que él ambicionaba, y condoliéndonos de lo que se dirige contra su amor. Porque si bien es verdad que el Corazón de Jesús no está sufriendo ahora físicamente las amarguras y dolores de su vida mortal (si bien de parte de los hombres está recibiendo los motivos que le afligieron), sin embargo, así como nosotros no existíamos, ni nuestros pecados actuales, a Cristo Jesús le causábamos dolor pues nos tenía en su mente y nos colocaba en su Corazón para ofrecernos todos al Padre, así también nosotros debemos sentir ahora con nuestras consideraciones y alcanzar con nuestros actos lo que Jesús padeció y mereció entonces puesto que los pecados actuales de ahora son la causa eficiente de sus dolores de entonces.
Por consiguiente las infidelidades de las almas son la causa de aquella amargura de Jesús, y por lo tanto nuestros actos de reparación actuales dejen ser los lenitivos del dolor que Jesucristo padeció por estas infidelidades.
Finalmente, hermanos (míos), en medio de las espinas que rodearon el Corazón de Jesús, endulzaba algún tanto la idea de la correspondencia de sus escogidos, y por consiguiente nosotros debemos llenar con nuestros actos, para completar y hacer efectivos estos sentimientos de gratitud que entonces experimentó y que ahora aguarda de nosotros.
Por ello, pues, debemos obrar con Jesús lo mismo que si nos encontráramos a su lado en los días de su vida mortal, y como si fuéramos compañeros de sus sufrimientos.
Y si no, decidme: si en medio de aquellos abandonos que experimentó Jesús, ya en la pobreza y soledad de Nazaret, en las fatigas y desengaños de su vida pública, en las angustias indecibles del huerto, o en la prisión, en aquellos momentos en que hasta el Padre Eterno había como suspendido su fuerza, dejando caer sobre aquella alma desolada toda la mirra del sufrimiento, alguna alma compadecida se hubiera acercado a su lado, le hubiera protestado fidelidad, le hubiera recostado en su regazo, enjugando el sudor de su frente; le hubiese animado (como el Ángel) con sus palabras, y ofrecídose a acompañarle hasta la cruz, y hasta ofrecídose a morir por Él. Oh, no hubiese sido esto un lenitivo para su amantísimo Corazón.
Pues esto es lo que hacemos cuando nos posesionamos de los sentimientos de Jesús, y esto es lo que esperaba de nosotros y nos pedía cuando experimentaba aquellas angustias, y esto es lo que nos exige (que) practiquemos para repararle hoy día, en que está recibiendo de los hombres los actos de infidelidad, que ocasionaron aquellas desolaciones.
Y además de esto, quiere el Señor como la mejor muestra de nuestro desagravio, que le tributemos nuestros cultos de amor y de veneración.
¡Ojalá...!
Ya que no tanto
De este modo, cumpliremos nuestros deberes como devotos asociados a su Corazón.
De esta manera nos haremos dignos de las bendiciones que Él tiene ofrecidas a los que son constantes en su culto.
12.- El objeto principal de la devoción al Corazón de Jesús (I, 1º, 122)
Predicado en Vinaroz (Castellón) en Junio de 1879
En este documento encontramos una de las definiciones de la devoción al Corazón de Jesús.
La insistencia en que es propia de corazones generosos.
Nos da sensibilidad.
El concepto de gratitud al haber recibido todo de las manos de Dios.
La correspondencia por medio del amor, agradecimiento y reparación.
Al dar una mirada a la época actual, decía un ilustre escritor de nuestros días, dos cosas vemos en ella. Una que nos llena de consuelo. Otra que nos causa pena profunda. Por una parte vemos un espíritu de fervor y de oración y de celo en algunas almas buenas: “Veo, dice ya Pío IX, que hoy se ora más y mejor”.
Pero aparte de este pequeño círculo de almas buenas, ¿Qué es lo que observamos en la mayor parte de los hombres? Prescindo de aquellos que sentados en las sombras de la impiedad, su objeto es amargar la Iglesia de Jesús, verdaderos instrumentos del infierno para afligir.
Sino que fijándonos aún en la mayoría de los cristianos, ¿qué vemos en la mayor parte de los hombres? ¡Oh! Un egoísmo general que domina todas las almas: una indiferencia que hiela los corazones. La mayor parte de las almas busca quae sua sunt, buscan lo que es suyo; no lo que es de Jesucristo.
¿Quién no lo ha lamentado más de una vez? ¿Quién, hermanos míos, al dar una mirada a esa muchedumbre de almas redimidas con la sangre de Jesús, y que viven como si éste no existiese, no se ha dolido y lamentado de esta indiferencia y olvido? Pues bien, la divina Providencia, para atajar este mal ha hecho un esfuerzo a su misericordia.
Ha suscitado una devoción simpática que atraiga los dormidos corazones y que al mismo tiempo sirva para estimular el fervor en las almas buenas.
Devoción simpática que el Señor nos ha concedido como último remedio en estos últimos tiempos, y que es la destinada a salvar al mundo. Tal es la devoción al Sagrado Corazón de Jesús.
Y ciertamente, hermanos míos, al considerar el origen de esta devoción, los efectos que ha producido, las gracias que ha derramado, las contradicciones que ha tenido, bien podemos decir: Digitus Dei est hic, el dedo de Dios es el que ha puesto esta devoción.
Yo bien quisiera, hermanos míos, (entretenerme) en deciros todo lo que encierra esta devoción, la diferencia que existe entre ella y el Sacramento de la Eucaristía. Pero en la imposibilidad de abarcar todas las ideas, os diré en qué consiste esta devoción, y a algunos motivos que nos obligan a amar al Corazón de Jesús, y de Jesús Sacramentado.
Por devoción al Corazón de Jesús entendemos un afecto filial al amor que Jesús nos ha tenido sufriendo por nosotros las amarguras de una muerte afrentosa, y quedándose por efecto de este mismo amor, sacramentado entre nosotros; y que por consiguiente (nos pide) un espíritu de reparación, por las ofensas que está recibiendo por habernos tenido este amor.
La devoción al Corazón de Jesús es propia por consiguiente de corazones generosos, de hijos fieles, de cristianos dóciles.
¿Qué corazón habrá que no ame al que por él muere de amor y sufre las angustias de una muerte afrentosa?¿Quién es el que no se compadecerá de quien por efecto de este mismo amor está sufriendo las afrentas por la indiferencia, frialdad y ultrajes de aquellos mismos por quienes se sacrifica?
Objeto
El amor de Jesús, pues, a los hombres y los sufrimientos e injurias que se le causan, he aquí el objeto principal de la devoción al Corazón de Jesús.
Pero como por otra parte el hombre es sensible, y necesita ayudarse de los objetos exteriores para la contemplación de las cosas espirituales e invisibles, he aquí que el mismo Señor ha querido manifestar nuestro amor y reconocimiento, señalándonos su propio Corazón. El Corazón, pues, de Jesucristo.
Ahora bien, pues, hermanos míos, ¿quién es capaz de comprender las ventajas de esta devoción? Porque, en primer lugar, el mayor bien que el hombre puede anhelar en esta vida, es el hacerse semejante a Jesús. Y cierto es que nada asemeja tanto al objeto amado.
Si el hombre, pues, debe asemejarse a Jesucristo, y siendo el amor el medio más fácil y eficaz, claro está que siendo la devoción al Corazón de Jesús todo amor, una devoción, ella será el gran medio que nos conduzca a imitar a Jesucristo.
Otra ventaja nos proporciona, y es aquella sensibilidad santa por Jesús, su honra y sus intereses.
Cuando al fijar nuestra mirada al Corazón de Jesús todo amor vemos a su lado las ofensas que se le hacen, ¿cómo es posible que el corazón, como por instinto, no se esfuerce en reparar esas ofensas?
Por eso los santos más delicados por la honra de Jesús, han sido los más devotos de su Corazón.
Yo me complacería también, si el tiempo me lo permitiera, en recordaros las ventajas de esta devoción, atendidas las promesas que el Señor tiene hechas a almas distinguidas.
San Juan, Santa Gertrudis.
No me extrañó de las ventajas que los santos nos dicen del Corazón de Jesús. San Ambrosio hablando de San Juan y San Agustín.
Es el asilo y el manantial.
San Bernardino: Es él todo para todos, para los combates, arma; y para las enfermedades, medicina; consuelo para las aflicciones.
San Bernardo: Cuán dulce
San Buenaventura: Hablaré a su Corazón.
Pero, ¿y qué motivos tenemos para honrar a este Corazón? Motivos de gratitud y motivos de justicia. De gratitud.
¡Oh!, hermanos míos, de todo lo de Jesús, lo que más parte tomó en nuestra salvación y en sus amarguras fue su Corazón.
Contemplad a este Corazón en los días de su vida mortal sobre la tierra.
Jesucristo que no vivía sino para el hombre, que no respiraba sino para su felicidad, en su Corazón era donde recibía las impresiones de estos afectos.
Cuando contemplaba el campo que el Padre
Cuando veía las necesidades de las turbas
Cuando veía que la muerte arrebataba a los objetos queridos, de su Corazón brotaban amargas lágrimas.
Cuando al pensar los males del hombre, se ofrecía a la justicia del Padre Eterno, no pudiendo contener la amargura de su Corazón: la sangre que en este corazón circulaba, se abría paso por los poros de su Cuerpo, como sucedió en el Huerto de los Olivos.
Por nosotros latía de dolor o de amor
En todos los momentos de su vida su Corazón latió por nosotros; y como nuestros bienes y nuestros males estaban siempre a su vista, los latidos de este Corazón eran incesantes. Y por nosotros latía de dolor o de amor.
Y por nosotros gemía, y por nosotros se apesadumbraba, y por nosotros se alegraba, cuando alcanzaba del Padre las gracias para nosotros.
¡Oh, hermanos míos! Si pensáramos que no hay ni uno de los beneficios que hemos recibido de las manos de Dios, que no hay ni una de las gracias que hemos experimentado, desde la más grande de la vocación a la participación de los Sacramentos, hasta la más insignificante que podamos recibir en la oración, que no hayan sido alcanzadas por los latidos del Corazón de Jesús, ¿cómo sería posible que estos latidos que entonces daba, y aún cuando todavía no existiéramos, cómo es posible, digo, que estos latidos no resonaran fuertemente en nuestro corazón para (no) olvidarnos jamás?
El Corazón de Jesús, pues, no sólo es símbolo de su amor, sino que ha sido el conducto principal de su amor: lo que más ha padecido.
No extrañemos, pues, que él tenga interés en ser venerado en su Corazón.
No extrañemos que él lo haya mandado expresamente.
No extrañemos que él no se haya dado vergüenza en decir: He aquí el Corazón que tanto ha amado a los hombres, y que en cambio no ha recibido más que ingratitudes. Dile a los hombres que me amen, pues que me consumo de amor por ellos.
De todas las devociones ninguna hay que haya sido establecida tan directamente por Jesucristo, como ésta de su adorable Corazón.
(Ya sabéis cómo)
Amor, gratitud, reparación
Y bien, ¿seremos nosotros insensibles a este llamamiento de Jesucristo? ¿No corresponderemos a esta voz?
¿Qué hemos de hacer pues?
Amor, gratitud, reparación. Amor.
¿Cómo le amaremos? Siguiendo sus divinas inspiraciones, estando prontos a los sacrificios que quiera imponernos, dóciles a sus preceptos. Repitiendo actos de amor lo más frecuentemente que podamos.
Cuando la enfermedad nos tenga postrados en el lecho del dolor, enviemos un suspiro.
Si al despertar por la noche, el insomnio nos sobreviene, enviemos una mirada cariñosa y de fe a Jesús que está en el tabernáculo, y seguros de que él os devolverá un saludo cariñoso. Cuando viajemos.
Y además reparación. Esto es lo que principalmente (entra) en la devoción a su dulcísimo Corazón.
Cuantos tiene de menos Jesús en el número de sus servidores ha de tener mayor reparación. Nada complace tanto a Jesús como sintamos las ofensas que se le hacen y el que procuremos repararle.
Suponed, hermanos míos, que hubiésemos estado en aquellas ansias del huerto, como los discípulos, o en aquella prisión.
Pues bien, Jesús continúa solitario.
Si lo hacemos así, Jesús cumplirá con nosotros las promesas que nos tiene hechas.
4.- AMOR AL CORAZÓN DE JESÚS (Docum. 124-126)
13.- Jesús es Señor nuestro (I, 1º, 124)
El mismo autor nos dice que fue predicada en San Antonio, el día 8 de noviembre de 1879, y en Vinaroz el 13 de enero de 1880.
Parte de la idea de san Pablo: “vosotros sois de Cristo, Cristo de Dios” (1 Cor 3,23).
Toma de Isaías el “amarás al Señor, salvador tuyo”.
Hace un recorrido por la creación.
Coloca el énfasis en Salvador tuyo.
Todas las cosas son vuestras, decía el Apóstol S. Pablo: pero vosotros sois de Cristo; Cristo es de Dios (1 Cor 3,23). Dios ha criado todas las cosas para el hombre; pero al hombre le ha criado para sí. Por su inefable dignación ha querido buscar en el alma humana su objeto especial, su compañera. Como si dependiera de la correspondencia del hombre su propia felicidad, ha querido hacerle heredero de su gloria, y no se ha avergonzado de decir que sus delicias es estar con los hijos de los hombres.
La ingratitud de los hombres
Supuesta, pues, esta consoladora verdad, ya no deben extrañarnos las quejas que el Señor ha dirigido en todos (los) tiempos por esta falta de correspondencia del hombre. La historia de los Profetas es la historia de las quejas de Dios, porque siempre han ido enumerando las ingratitudes del hombre.
Y estas quejas se han reproducido en estos últimos tiempos al hacer un nuevo llamamiento al amor del hombre, con la manifestación de las misericordias encerradas en su Santísimo Corazón.
Por ello no dudó decir a la Beata Margarita: He aquí este Corazón que tanto ha amado a los hombres; que nada ha dejado de hacer hasta agotarse y consumirse para darles testimonio de su amor; y que, sin embargo, no recibe sino ingratitudes.
Entre todo lo que (he) sufrido en mi pasión, lo que me causa más sufrimiento es esa ingratitud de los hombres; tanto que si ellos me pagaran amor por amor, en nada tendría todo cuanto por ellos dice; pero ellos no me pagan sino con desaires.
A lo menos dame el gusto de sufrir su ingratitud, en cuanto que sea posible.
He aquí, hermanas mías, las quejas del divino y amante Salvador.
Nosotros que deseamos unirnos a ese espíritu de santa reparación, estudiemos los motivos que tenemos para amar al Señor.
El Profeta Isaías decía ya en su tiempo: Diliges Dóminum Salvatorem tuum, amarás al Señor Salvador tuyo.
Le amarás porque es un deber de tu alma; pues él es tu Dios, tu Señor, tu Salvador, y este Salvador es todo tuyo.
Examinemos, hermanos míos, ligeramente estos títulos de amor que debemos a Jesús, a fin de corresponder a sus divinos llamamientos.
He dicho, hermanos míos, que tenemos el deber de amar a Jesús, porque es un precepto del que no puede rehuir Jesús como Dios, y nuestro Señor y este Dios y Señor es nuestro.
El Señor en medio de la inmensidad de su amor para con los hombres, no puede desprenderse del derecho que tiene al dominio de todas las cosas, y en particular sobre el hombre. El hombre debe al Señor el tributo de su servicio. Sólo con esta condición puede alcanzar el premio que se le tiene ofrecido. Más aún: a la falta del cumplimiento de este deber está atada su eterna perdición. Ante el hombre, la vida y la muerte, se le ha dicho: lo que él quiera esto se le dará.
El Padre Eterno ha jurado no reconocer sino a los que encuentre conformes a su imagen, por medio de su santísima voluntad.
Es, pues, un deber del hombre que Dios le exige como de rigurosa justicia.
Pero ¡ay, Jesús mío y Dios mío!, exclamaba San Agustín. ¿Y es preciso que me mandes que te ame?¿Que no sería bastante dicha para mí el permitirme el amarte? ¿Y es verdad, hermanos míos, que tengamos que recurrir a la idea de justicia para mover nuestro corazón? ¡Si sólo el pensar que podíamos aspirar a esta gracia, debía hacernos estar ansiosos de conseguirla! Pues sin embargo de esto, el Señor no se desdeña de halagar al hombre, poniéndole los alicientes que le muevan a cumplir este precepto. Diliges Dominum Salvatorem tuum. Ámale, se nos dice, porque es tu Dios y Señor, y este Señor es tu Salvador, y es tuyo; en cuyas palabras se nos señalan los motivos de amor a Jesús con amor de dependencia, de congratulación y de santa concupiscencia, como nuestro que es.
Jesús es Señor nuestro
La Santa Iglesia al considerar la dulce dependencia en que vivimos del Señor, y que nada tenemos que no sea suyo, hace repetir todos los días aquel fervoroso cántico de David: Venite, exultemus, venid, alegrémonos en el Señor, adorémosle y postrémonos ante su presencia, porque es el Señor y Dios nuestro.
Jesús es Señor nuestro, y este dominio ha tenido por fruto el acto de un amor eterno, que debe llenar de gratitud nuestro corazón. Él nos amó antes de que pudiéramos amarle; en caridad perpetua nos estimó; esto es, nos tuvo en su pensamiento y en su corazón. Nos amó espontáneamente, y nos está amando con el mismo amor, y esto no necesitando de nadie, porque da a todos la vida, la inspiración y todas las cosas; y este acto de amor es la fuente de donde han brotado sus inmensos beneficios a favor del mismo hombre.
Leva óculos tuos et vide (Is 40,26). Levanta tus ojos, podíamos decir al alma humana, y mira a lo alto, y veas quién ha criado todas estas cosas; quién contó la multitud de las estrellas, y conoció los pájaros del cielo, e investigó los peces del mar y los animales de la tierra.
¿No son tuyos este entendimiento y esta voluntad y estas potencias interiores, con las cuales ha sido elevada sobre todas las criaturas corpóreas?
¿De quién son, oh criatura racional, esos ojos brillantes con los cuales te es dado contemplar esas obras magníficas de la naturaleza, esas bellezas de la creación y disfrutar de ese panorama tan hermoso y tan variado, que sólo la costumbre puede dejar de producir las más dulces emociones?
¿No te ha dado tus oídos para escuchar las armonías más gratas, tu lengua para desahogar tu corazón? Di, alma humana, ¿ quod non accepisti? ¿Qué tienes que no lo hayas recibido?
Todo lo que tienes lo tienes del Señor, ¿y con qué título? ¡Ah! te crió sin ningún mérito tuyo, sólo porque le plugo y quiso hacerte esa distinción. Señor, ¿quién es el hombre, decía con razón David, que así te acuerdas de él? Le has constituido sobre las obras de tus manos; todo lo has puesto bajo sus pies. Y todas estas cosas manan de tu libertad, Señor, para uso y utilidad y para el placer del hombre; y todo sólo con un motivo, como un aliciente que obligue al corazón del hombre a amar a tan bondadoso Señor. Diliges Dóminum.
Jesús es tu Salvador
Y no contento con invocar este título, porque de él depende todo, porque suyo es y nos lo ha dado, añade para mover nuestra gratitud, que es nuestro Salvador.
Ecce Rex tuus Salvator tibi.
Si no merece tu cariño como Señor, a quien todo se lo debes ámale siquiera como Salvador.
Recuerdo en este momento la consideración de Santo Tomás de Villanueva (adjunta).
Pero esta amante Salvador pone todavía otro aliciente al corazón del hombre: Salvatorem tuum, al Salvador tuyo. ¿Por qué ha querido poner el tuyo? ¿No le bastaba poner el Salvador y Señor del universo? ¡Ah! sin duda que al pronunciar este tuyo, el Señor estaba henchido de las más tiernas emociones, el Señor se complace en dirigirlo a las almas en sus diferentes gradaciones. Dios es Dios del hombre, y es suyo, porque cuanto ha hecho lo ha hecho para él; y puede decirse que se desprende de sí mismo, de su omnipotencia, de su gloria para entregarla toda al hombre.
Suyo, porque así como uno que ama a otro, la fórmula más expresiva de su amor, y de que puede disponer de él, es decirle soy tuyo de corazón, así también Jesucristo, como para manifestar que se ponía a la disposición del hombre, se le ofrece con esta fórmula cariñosa.
Sin embargo, hermanos míos, aunque Jesús se ofrece a todos los hombres, se complace en dirigir con especialidad esta palabra a los que de un modo particular quiere acercar hacia sí.
Dios, al realizar su alianza con el pueblo de Israel, allá en el Sinaí, le exponía que era el Dios suyo, porque así como el pueblo de Israel representaba y era en realidad su porción escogida, así quería él también ser su Dios.
Pero si Dios quería ser el Dios del pueblo de Israel, éste no era sino figura de la grey escogida que en la ley de gracia recibiría el espíritu de adopción y podrían además exclamar: abba, Padre.
Y en la ley de gracia exige este amor, y pronuncia ese tuyo a las almas a quienes viste con la estola de su amistad, que participan de su vida, que son miembros suyos en espíritu por la caridad.
Pero, ¿dónde voy, hermanos míos? El Salvador pronuncia este tuyo, para los que a través de los siglos y verificada la redención, llamase hacia sí para que fuesen todo suyos, por medio de una total consagración. Y por lo tanto a vosotros principalmente, almas amantes de su Corazón, os dice el Señor con la voz del más acendrado cariño: Yo soy el Señor, Salvador tuyo.
El Profeta David que consideraba lo sabroso de esta palabra henchido su corazón se dirigía al Señor y le llamaba su heredad y su única poción (Sal 141,6).
Si esto pudo decir el Profeta, ¿cuánto más podéis decirlo vosotros, a quienes el Señor les ha dado a comprender que quiere ser todo vuestro por la comunicación íntima de sus sentimientos, y que ha querido constituirse nuestra herencia por la efusión de gracias reservadas a los devotos de su amantísimo Corazón? El día en que atraídos (adjunta).
¿Cómo corresponder?
Ahora bien, pues, hermanos míos, si Jesús nos manda que le amemos, si nos expone los motivos y alicientes de que (es) nuestro Señor y nuestro Salvador, al cual se lo debemos todo, si quiere ser nuestro, ¿cómo responderemos al acento de esta voz que nos dirige?
¿Cómo? Amándole con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma, con todas nuestras fuerzas, para siempre. Ex tota.
La causa de amar a Dios, dice San Bernardo, ha de ser Dios, modo sin modo, medida sin medida, porque es mayor que todo nuestro corazón, y nunca podremos amarle como él es digno y se merece.
Dios quiere el supremo lugar en nuestra alma. Quiere que este amor, sentado como en un trono, nuestro corazón, domine a todos los afectos de él. Dios ha hecho nuestro corazón un miembro solo, y lo ha hecho sin divisiones.
El día que atraídos por los amores de su Corazón, inscribimos nuestros nombres para ser participantes de sus afectos, él se apresuró a inscribirnos también con el nombre de suyos de un modo especial.
Como suyos él nos ha abierto y nos ha enseñado las riquezas que su Corazón encierra; ha iluminado nuestros entendimientos con las luces de su gracia; ha movido nuestros afectos; él nos ha contado sus tristezas y sus amarguras, a fin de que compadezcamos. Como suyos nos ha manifestado los deseos que tenía de nuestra reparación, en cambio de los agravios que se le hacen. Como suyos nos ha manifestado su voluntad para venir a comunicarse dentro de nuestro corazón.
Que sensible y amado será para él si después de tamañas muestras de cariño, no llegara a ser del todo el Dios de nuestro corazón. Al pueblo de Israel, aunque suyo, exclamaba en una ocasión, como poseído de la más viva indignación: Vos non pópulus meus. Vosotros no sois mi pueblo.
Que el Señor no tenga que pronunciar estas palabras a ninguno de los conocidos a su Corazón, sino que podamos decirle siempre: Sí, Vos sois Jesús el Dios de mi corazón.
¡Y oh, bondad de nuestro Dios!
En el antiguo tabernáculo había un altar adjunto.
14.- De amore hominis (I, 1º, 125)
Plática predicada en la cuarta doménica de Adviento de 1875 en La Purísima de Tortosa.
Lo titula:” De amore hominis”, amor de Dios para con los hombres.
Analiza los deberes de correspondencia.
Retoma ideas del documento anterior.
Sólo Dios puede darnos la felicidad.
Cita a San Agustín y a San Bernardo para indicar la causa de nuestro amor a Dios y las cualidades que debe tener.
Nuestro corazón como altar de Dios, dice, citando a San Gregorio.
Hace días que os hablé del amor de Dios para con los hombres sin distinción de ellos, hasta de los mismo pecadores, cuyo amor ya desde la eternidad le movió a crear todas las cosas para este mismo hombre, que después de su caída vino a rehabilitarle, y que aún después ha tenido que seguir tras sus huellas, buscándole en sus extravíos, hasta lograr hacerle suyo en el tiempo y en la eternidad.
Deberes de correspondencia del hombre para con Dios
Hoy, pues, examinemos los deberes de correspondencia del hombre para con su Dios. ¿Y qué deberes son éstos para pagarle, que le deba el hombre? ¡Ah! no deberes ásperos ni insoportables, ni que sacrifiquen sus hijos, ni se echen al fuego como prescribía el enemigo de la almas a los adoradores de los ídolos. No que hagan viajes peligrosos ni empresas arriesgadas, sino una cosa muy sencilla, y natural al mismo corazón del hombre. Amar, pero amar lo que puede llenar su corazón, lo que le puede hacer feliz, amar a su Dios. Pero a pesar de ser tan breve esta palabra, y tan dulce este deber, ¡oh, miseria de nuestro corazón! El hombre necesita todos los días estudiar este precepto, y poner a menudo ante su vista alicientes, y necesita buscar con esfuerzo medios con que pagar a Dios esta dulce obligación.
Siendo, pues, tantos los aspectos bajo los cuales (podemos) examinar esta materia, puesto que ella abraza y podemos decir que envuelve y encierra todas nuestras obligaciones, desentrañaremos las mismas palabras con que el Señor se vio obligado a recordar al hombre esta obligación.
Diliges Dóminum Deum tuum, ex toto corde tuo, ex tota ánima tua, ex tota fentitudine tua (Dtr 6,5).
Con estas palabras nos enseña la Escritura, 1º el precepto de amar: Diliges; 2º en segundo lugar, el motivo de amar: Dóminum Deum tuum; y 3º el modo de amarle: con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu fortaleza.
Alicientes para amar al Señor su Dios
Y en primer lugar, digo, nos impone el precepto de amar: hoc est máximum et primum mandatum. Éste es el grande y el primer mandamiento. Grande, por la gravedad de la obligación; grande por su dignidad.
Para haceros ver la grandeza de este precepto por la gravedad de su obligación, es decir, la justicia de este mandato, sería preciso evocar las ideas sobre el dominio de Dios sobre el hombre.
Ante el hombre, la vida y la muerte.
Dios no puede desprenderse.
Dignidad.
Pero ¡ay, Dios! exclamaba San Agustín. ¿Y es preciso que me mandes que te ame? ¿Que no sería bastante dicha para mí el permitirme el amarte? ¿Y es verdad que tengamos que recurrir a las ideas de justicia para mover nuestro corazón? ¡Si sólo el pensar que podíamos aspirar a esta gracia, debía hacernos estar ansiosos de conseguirla! ¡Si debíamos temer manchar la pureza y hermosura y grandeza de Dios, con el aliento de nuestra miseria!
Pues sin embargo de esto, Dios no se desdeña en alagar al hombre poniéndole los alicientes que le muevan a cumplir con este precepto: Dóminum Deum tuum.
Ámale, se nos dice, porque es tu Señor, y este Señor es tu Dios; y este Dios es tuyo, en cuyas palabras se nos señalan los motivos de amar de complacencia y congratulación; como Dios; y con amor de deseo y santa concupiscencia, como nuestro que es.
El Profeta David al considerar que Dios era su Señor; al considerar esa dulce dependencia en que vivía de él; y que nada tenía que no fuese suyo, exclamaba con aquel fervoroso salmo que la Santa Iglesia nos hace entonar todos los días: Venite, adoremus et procidamus ante Deum, quia fecit nos, venid, alegrémonos en el Señor; adorémosle y postrémonos ante su presencia, porque él es nuestro Señor y Dios nuestro.
El Ángel y el primer hombre llenos de una loca temeridad y de una inconcebible envidia, quisieron invadir este supremo dominio, fundado en la misma naturaleza, y en la relación de criatura y criador; cuando este dominio no tuvo por fruto y raíz sino el acto de un amor eterno de Dios, que debe llenar de gratitud nuestro corazón. Él nos amó antes que nosotros pudiéramos amarle: en caridad perpetua nos estimó, esto es, nos tuvo desde la eternidad en su mente y en su corazón; nos amó espontáneamente.
Nos amó eternamente y antes de hacer el mundo; y nos está amando con un amor infinito, ex parte actus, porque nos está amando con el mismo amor con que se ama a sí mismo, y ama al Espíritu Santo; y esto no necesitando de nadie, porque da a todos la vida la respiración y todas las cosas; y este acto de amor es la fuente de donde han brotado sus inmensos beneficios a favor del mismo hombre. Leva óculos tuos et vide, pon tus ojos y mira, podríamos (decir) a la alma humana, y mira a lo alto, y veas quién ha criado todas estas cosas, quién contó la multitud de las estrellas, y conoció los pájaros del cielo e investigó los peces del mar y los animales de la tierra.
¿No son suyos este entendimiento, esta voluntad y estos potencias interiores, con las cuales has sido elevada sobre todas las criaturas corpóreas? ¿De quién son esos ojos brillantes con los cuales te es dado contemplar esas obras magníficas de la naturaleza, esas bellezas de la creación, y disfrutar ese panorama tan hermoso y tan variado, que sola la costumbre deja de producir en nosotros las más dulces emociones?
¿No te ha dado tus oídos para escuchar las armonías más gratas, tu boca para desahogar tu corazón, tus manos para obrar, tus pies para caminar? ¿ Alma humana, quid aves quod nos accepisti? (1 Cor 4,7) ¿Qué tienes que no lo hayas recibido? Todo lo que tienes lo tienes de Dios. ¿Y con qué título? ¡Ah! te crió sin ningún mérito tuyo, sino porque le plugo, y quiso hacerte esta distinción. Señor, ¿quién es el hombre, decía con razón David, que así te acuerdas de él? Le has constituido sobre las obras de tus manos, todo lo has puesto bajo sus pies.
Y todo esto, todas estas cosas manan de tu libertad, Señor, para uso y utilidad, y para el placer del hombre; y todo sólo como un motivo, un aliciente que obligue al corazón del hombre a redamar a tan bondadoso Señor. Diliges Dóminum. Amarás al Señor porque de él depende todo y suyo es, y que te lo ha dado todo, por su única buena voluntad y por amor.
Recuerdo en este momento aquella consideración de Santo Tomás de Villanueva, que pasmado de la ingratitud del hombre para con el Señor que le ha amado de un modo tan distinguido, decía: Si tuvieses bajo tu poder un negro cautivo Etíope, que hubiese sido comprado, el cual supieras que te ama ardientemente y te tiene consagrado todo su cariño; a no ser tú un inhumano no dejarías de amarle, y te verías obligado a portarte bien con él; y si alguno te reprochara porque amas a un esclavo Etíope, le contestarías que porque te ama y trabaja con gusto por ti. Ahora bien, continúa el Santo: dime, alma cristiana, ¿amarías al Etíope, y con justicia porque él te ama? Y te ama Dios, y arde en tu amor, y con amor inmenso te hizo y te crió, y por tu amor padeció, ¿y no lo redamarás?
Y si este negro a impulsos de su cariño y viéndote en la necesidad, se ofreciese por ti a ser azotado, y se expusiera por (ti) al peligro y al dolor, a la fatiga y al cansancio, hasta encontrar una muerte ignominiosa, ¿cuál sería tu gratitud para con ese ser degradado? Le recordarías como a tu libertador todos los días de tu vida, y le venerarías como a un Dios, y no rehusarías poner los medios necesarios para perpetuar su memoria. Y ese Señor Rey del Universo que después de haberte criado, quiso voluntariamente venir a ofrecerse a la muerte y a la ignominia por tu amor, ¿tendrá necesidad todavía de poner ante tu vista, para que recuerdes y lo ames, que todo se lo debes a él?
¿Puede darse mayor prodigio de corrupción y de malicia, abusar de tantos beneficios contra el benefactor, y pagarle con tamaña ingratitud?
Pero no se ha contentado el Señor en poner a nuestra vista el primer motivo o título con que nos invita a su amor, esto es, que es Señor que nos ha criado, redimido y de quien dependemos; a quien le debemos todo, y que por consiguiente, la gratitud y la dulce dependencia debía ser el cántico continuado de nuestro corazón. Sino que añade:
A tu Señor, Dios; y ante ese nombre se despierta en nuestro corazón la idea de sus perfecciones, de su grandeza, de su hermosura, y que deben precisamente arrastrarle con amor de complacencia y congratularse en él como centro de su única felicidad; y en quien sólo puede saciar su amor. El corazón del hombre ha sido formado para el amor, así como su entendimiento para conocer.
Pero ¡ah!, vanos son los sentimientos del hombre en quien no está supeditada la idea de Dios; ni conociendo en las obras creadas quién es el artífice, sino que deleitados por el brillo de lo exterior no atienden a cuánto (es) más hermoso, aquel Dios que es sumo bien y eterno; con el cual no pueden compararse todas las obras criadas y de quien dimanan y dependen todas éstas.
Por ello el mismo Dios no para hasta llamarnos la atención, para que recordemos que es Dios, y que por lo tanto sólo Él puede darnos la felicidad. Dios, pues, es el objeto que se propone al hombre que ame. ¡Ah! si el hombre lo meditara, no se apartaría tan fácilmente atraído por el brillo de lo que pasa y que no puede llenar su objeto.
Es tan grande nuestro corazón. (Sermón del amor de Dios).
Tanto es así, hermanos míos, que San Agustín discurriendo sobre esta materia, nos dice que es tanta la complacencia que debía causar al corazón humano, la idea de ser Dios el objeto de su amor que aunque Dios hubiese podido y querido desprenderse del atributo de criador, y dejar al hombre en libertad para fijar su felicidad en el objeto que quisiera a su arbitrio, en ninguno podría fijarlo más que en Dios, principio de toda felicidad.
Pero este Dios pone todavía otro aliciente al corazón del hombre para amarle: tuum; al Señor Dios tuyo. ¿Por qué ha querido poner el Señor al tuyo? ¿No basta amar al Dios y Señor de todo el universo? ¡Ah! sin duda que a pronunciar ese tuyo, el Señor se complacía en dirigirlo en diferentes gradaciones.
Dios es Dios del hombre y es suyo, porque cuanto ha hecho lo ha hecho para él, y puede decirse que se desprende de sí mismo, de su omnipotencia, de su gloria para entregarla toda al hombre. Suyo, porque en el exceso de su cariño no quiere que nadie le arrebate ese amor que desea del hombre. Suyo, porque así como uno que ama a otro, la fórmula más expresiva de su amor, y de que puede disponer de él, es decirle “soy tuyo de corazón”, así también Dios como para manifestar que se ponía a la disposición del hombre, se ofrece de un modo total. Sin embargo, aunque Dios se ofrece a todos en general, pronunció estas palabras cuando realizaba su alianza con el pueblo de Israel que representaba su porción escogida; porque así como en realidad él era su pueblo, así también quería Él ser su Dios.
Pero si Dios quería ser el Dios del pueblo de Israel, esto no era sino figura de la grey escogida que en la ley de gracia recibiría el espíritu de adopción con el que podía clamar: Abba, Padre.
Y en la ley de gracia ............ este amor, y pronuncia ese tuyo a las almas a quienes viste con la estola de su amistad, que participan de su vida, que son miembros suyos en el espíritu por la caridad.
¿Pero dónde voy, hermanos míos? Dios pronunciaba ese tuyo para los que a través de los siglos, y verificada la redención llamaría hacia sí, para que fuesen todo suyos por una total consagración. Y por lo tanto a ti principalmente, hermano mío, te dice el Señor con la voz del más acendrado cariño: Yo soy el Señor Dios tuyo.
Así el Profeta David que consideraba toda la verdad de esta palabra, se consagraba a Dios y le llamaba su heredad: Dóminus pars haereditatis meae, tu es qui restitues hereditatem meam mihi (Sal 15,5).
Si esto pudo decir el Profeta, cuánto más puede decirlo tú, alma religiosa, a quien el Señor te dio a comprender que quería ser todo tuyo, y constituirse tu herencia, por medio del abandono de todas las cosas.
¡Ah!, da una mirada a tu pasado, y comprenderás que ha existido ese Dios sino para ganar tu corazón. Acaso...
El día que apareciste se apresuró a ser tuyo.
Él ha querido ser tuyo en la Comunión.
No contento con esto te apartó de las reuniones profanas.
¡Ah, si no llegara a ser el Dios de tu corazón! Vos non pópulus meus.
Sí, Dios mío, quiero que seáis el Dios de mi corazón.
Finalmente, hermanos míos, el Señor después de habernos puesto un precepto y habernos excitado con los motivos para atraer nuestro corazón; nos indica también el modo, o más bien la medida de este amor. Amarás a tu Dios de todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas.
La causa de amar a Dios, dice San Bernardo, ha de ser Dios, modo sin modo, medida sin medida, porque es mayor que todo nuestro corazón, y nunca podremos amarle como él es digno y se merece. Sin embargo, pide de nosotros:
1º Un amor sumo en el aprecio, que excluya todo otro amor.
2º Puro con la sencillez.
3º Ejercitado en las obras y no ocioso.
El amor a Dios debe ocupar todo nuestro corazón
Dios, pues, quiere el supremo lugar en nuestro corazón. Quiere que este amor sea todo como en un trono, sea en nuestro corazón, domine a todos los demás afectos de él, y que prefiera el beneplácito de Dios, a todo lo que más amar pueda este corazón; por más que este amor no consista ni en el ardor sensible de nuestro pecho, ni en la intensidad de este amor, sino en la determinación de la voluntad de no apartarse nunca del divino beneplácito.
Esta predilección, aunque muchas veces amargas para el corazón, exigía el divino Salvador cuando decía: el que ama a su padre y a su madre más que a mí, no es digno de mí; y el que quiere salvar su alma, la perderá (Mt 10,37).
Supuestas ideas, el amor de Dios debe ocupar nuestro corazón de tal modo que este corazón no sea conducido por ninguna facultad de nuestra alma, ni pasión alguna, ni afecto siquiera, que no sólo excluya el amor de Dios, sino que ni siquiera le disminuya.
Prescindo de aquellas cosas que en sí arrojan ignominiosamente el amor de Dios del corazón del hombre; sino que todos los afectos que puedan anidar en su alma, no puedan ser estimados por sí mismos, sino pueden ser supeditados y dirigidos al amor de Dios.
Pues, Señor, ¡y tantas que son las emociones del nuestro corazón! ¡Y tantos que son los objetos que le agitan! ¡Y tantas como son las inclinaciones, que semejantes a la aguja imantada, la llaman y la ponen en movimiento! Pues si fija su corazón en todos estos objetos, sin subordinarlos al amor de Dios, no le ama de corazón. Por ello San Agustín decía: Menos te ama, Señor, (el) que ama alguna cosa contigo, que no la ama por ti.
Cuantas veces queremos amar alguna (cosa) con Dios, si no le sujetamos a él con la indiferencia de la voluntad, no ejerce él su supremo dominio sobre el corazón.
Dios ha hecho nuestro corazón un miembro solo, y lo ha hecho sin divisiones. Dios quiérelo todo y solo. Él enemigo de nuestras almas por medio de nuestro amor propio y de nuestras pasiones, se contentaría con tenerlo dividido. Semejante a aquella mujer de Salomón que pedía se dividiere aquel niño sobre que pleiteaba, nos piden nuestras pasiones la posesión de la paz y de la felicidad dividiendo los afectos de nuestro corazón.
Sin embargo, el Señor nos dice: Dame tu corazón, y todo él o nada.
¡Oh, bondad de nuestro Dios! Esto que parece una excesiva exigencia de su voluntad, no es sino una nueva prueba, la más expresiva de su amor. Tal es el aprecio que hace de la correspondencia del hombre, que no se avergüenza en manifestar que tiene como celos de que nada llega a ocupar el corazón. ¿Qué digo? Él mismo no ha reparado en decirnos por boca de Moisés: Dóminus celotes nomen ejus, el Señor que tiene por nombre celoso. Semejante al esposo que poseído de la celotipia no puede consentir el menor afecto de su esposa a un tercero, así Dios como un perdido amante no quiere sufrir en el corazón del hombre ningún otro afecto que no sea para él. Y sin embargo, ¡cuántas veces le obligamos a Dios a prorrumpir en sentimientos de santo celo! ¡Cuántas veces el orgullo y la vanidad se introducen en nuestro corazón, y el amor de Dios no tiene bastante fuerza para dominarlos, y el pobre amor de Dios se ve obligado a estar (en) la misma habitación con ellos! ¡Cuántas veces el afecto a las criaturas, la disposición en las cosas exteriores, las alegrías vanas, los deseos inmoderados entretienen nuestro corazón, desviándolo e imposibilitándolo de dirigirlo y convertirlo toda a Dios!
La esposa de los Cánticos decía: que languidecía por el amor de su amado, ¿y cómo no? ¡Si nada le era dulce, nada apagaba su sed, nada le abastecía si no estaba condimentado con este alimento del amor de su amado!
¡Alma cristiana! ¡Alma religiosa! alimenta también tu corazón en todas las cosas con este deseo del amor de Dios; que sea el que vivifique todas tus operaciones sujetando a él cuanto amas en la vida; no admitiendo en él otros afectos, ni otros amores que puedan ofender los ojos del único esposo de tu alma, y desterrando de él.
Para que lánguido con este amor, puedas decir como David: Dóminus heréditas mea mihi. Dios es mi heredad para mí; y como él puedas repetir también: Quid mihi est in coelo, et a te quid volui super terram? ¿Qué hay para mí en el cielo? ¿Y, fuera de ti, qué quiero yo sobre la tierra? Deus cordis mei et pars mea Deus in aeternm. Tan sólo el Dios verdadero de mi corazón, y que es mi única porción y para siempre.
Y añade Dios otra circunstancia para la medida de este amor. Ex tota anima tua. Es decir, no sólo ha de ser con todo el corazón, arrojando de él todos los objetos que puedan contrariarle, sino que hasta el mismo amor de Dios debe ser puro, interior, sencillo, sin mezcla de nosotros mismos. No me extenderé en la explanación de esta circunstancia que Dios exige del alma humana, pero ello es cierto y vosotras lo comprenderéis muy bien, que en el mismo amor de Dios y en las cosas que nos parece amar, por(que) no le buscamos bastante directamente, es decir, no lo amamos por él, sino por medio de nosotros mismos, buscamos nuestra satisfacción, no a Dios.
Ya el Profeta Isaías decía al alma: vinum tuum mixtum est aqua (Is 1,22); tu vino, el vino de tus afectos está mezclado con agua. ¿Y qué otra cosa hacen, aún muchos de los que desean amar a Dios, sino echar a perder muchos de sus buenos actos, porque aunque nacidos de la raíz de la caridad, son mezclados después con el agua insípida de las inclinaciones humanas?
¿Cuántas veces en el amor de Dios buscamos únicamente nuestro placer y nuestra propia satisfacción? ¡Cuántas en el amor de nuestro prójimo se fomenta el afecto particular y la sola sensibilidad! ¿En el ejercicio aún de nuestros actos y cargos no entra muchas veces la actividad natural? Y si en el desempeño de ellos fuéramos contradecidos, ¡quizás encontraríamos la poca pureza de intención en nuestras acciones! ¿Es la indiferencia la que ocupa habitualmente nuestro corazón en las cosas de su servicio? Trabajamos todo el día: pocas horas tenemos ociosas y que no estén eslabonadas sabiamente por la obediencia; sabemos que todo cuanto hacemos debe ser de la gloria de Dios; y sin embargo, ¿en qué consiste que nos encontramos tan poco satisfechos de nosotros mismos, en medio de la cadena de tan santas ocupaciones? Tal vez las inquietudes y hasta remordimientos que más de una vez nos agitan, el desagrado de nuestra propia conciencia, no son otra cosa que el vino y el agua que luchan mezclados en nuestro interior, esto es, el amor a nosotros mismos y el deseo de agradar a Dios.
Por esto Kempis (La Imitación de Cristo, libro De, cap. XV, 2) dice: Muchas veces la caridad es más bien carnalidad, porque la natural inclinación, la propia voluntad, la esperanza de retribución y correspondencia de las criaturas, el afecto de comodidad no raras veces quieren tener participación mas el que tiene verdadera caridad, en ninguna cosas se busca a sí mismo, sino tan sólo desea hacer en todas las cosas la voluntad de Dios; y a él refiere a sí mismo y todas las cosas.
¡Ah! que no tenga el Señor que decirnos en muchas de nuestras obras: Acceperunt mercedem suam. Ya recibieron su premio y recompensa en la concesión del gusto y placer que deseaban.
Finalmente, hermanos míos, ex tota fortitudine tua, con toda tu fortaleza. El amor de Dios no es ocioso, y se manifiesta con las obras. Amemos, dice San Juan, no con la palabra y con la lengua, sino de obra y de verdad (1 Jn 3,18).
Y esta obra y esta verdad ha de manifestarse, y con el .............. en su servicio, y con la alegría en el cumplimiento de sus preceptos, y con la voluntad firme de aprovechar las ocasiones que nos ofrece para nuestra santificación, haciendo nuestros los intereses de Dios y de Cristo Jesús; gimiendo por lo que él gime y alegrándonos por lo que él se alegra, y deseando su gloria y correspondiendo a sus designios con nuestras oraciones, nuestras buenas obras y nuestros sacrificios. Y el amor que es fuerte como la muerte, hará que estas obras las multipliquemos, y ganaremos según la medida de la división de Cristo hecha para cada uno.
Amarás, pues, a Dios, y le amarás de todo corazón, con toda tu alma y con toda tu fortaleza.
Pero falta la circunstancia que debe acompañar a todas estas condiciones: la constancia, esto es, le amarás siempre.
Dios sigue amándonos
Dios nos amó desde la eternidad: y este mismo acto de amor que le movió a amarnos y derramar sobre nosotros sus beneficios, este amor de Dios que estamos meditando, no sólo consistió en aquel momento eterno, del modo como lo concibe nuestra imaginación, sino que está permanente y continuando siempre, y no hay un instante de nuestra vida en que no se ejercite sobre nosotros. En él vivimos, nos movemos y somos. Tal es la dependencia en que estamos de su voluntad, que si un instante dejara de pensar en nosotros con su voluntad, seríamos reducidos a la nada. A consecuencia de este acto continuado, llueven también continuas sus gracias sobre nosotros, por más que muchas veces nos las percibamos. El ángel que nos ha dado para nuestra custodia tiene también el encargo de no dejarnos ni un instante.
Si él nos ama constantemente, constante también debe ser nuestro amor para con él. En la antigua Ley había mandado Dios que se fabricase un altar, y en ese altar debía conservarse constantemente el fuego, que encendido por el dedo mismo de Dios, debía servir para encender el fuego de los sacrificios.
Aquellos altares fueron destruidos, porque apareció sobre la tierra el altar verdadero del Corazón de Cristo Jesús, y lleno de fuego vivo. Y este Cristo Jesús, que vino a poner este fuego sobre la tierra, quiere encenderlo en los altares de los corazones, para que allí arda sin cesar.
Altar de Dios es nuestro corazón, dice San Gregorio, en el cual se nos manda arder siempre el fuego, porque es indispensable que desde él suban incesantemente a Dios las llamas de la caridad.
Altar de Dios es el corazón de San Pablo, y estaba seguro que nada podía acontecerle que bastase a extinguir en él la llama de la caridad. Cierto soy, decía, que ni la vida, ni la muerte, ni los ángeles, ni los principados, ni las virtudes, ni lo que ahora me rodea, ni lo que ha de venir, ni la fortaleza, ni lo profundo, ni criatura alguna podrá separarme del amor de Jesucristo.
Altar de Dios eran los corazones de los mártires en los cuales ardía inflamada esta llama del amor de Jesús.
Altares, y muy agradables a Dios, eran el corazón de una Gertrudis, de una Teresa de Jesús, de un San Felipe Neri, en los cuales, semejantes a la esposa de los Cánticos, ardía este amor de Dios, en medio del ........... de sus ocupaciones.
Altar de Dios debiera ser nuestro corazón. Y si nuestra debilidad humana, y si la pesada carga de nuestro cuerpo y de nuestros sentidos, y si los vietos de nuestras pasiones, y las corrientes de nuestra imaginación, mientras vivamos en nuestra vida nos impiden tener siempre activa la llama del amor de Dios, agitémosla al menos, siempre que nos sea posible, y evitemos cuanto podamos amortiguarla. Semejante al fuego que durante la noche se conserva vivo bajo la capa de suave ceniza, para reproducirse después en nueva y ardiente llama, así también el amor de Dios, colocado en nuestro corazón, durante nuestras ocupaciones y descanso nuestro, se cobije con la suave ceniza de la santa humildad, libre del frío y de la disipación, para que no nos sea costoso el inflamarlo en la presencia del Señor, a fin de que sea más frecuente la llama que el Señor quiera encender en nosotros. He aquí la medida del amor de Dios. Haciéndolo así, hermanos míos, complaceremos al Señor y responderemos a los deseos que él tiene de nuestra correspondencia, y llenaremos los deberes que tenemos como asociados a su Corazón.
Faltaba hablaros de los medios.
Sí, dulcísimo Corazón de Jesús Sacramentado, haced que respondamos a las voces que nos dirigís: Vos nos decís que sois Señor y Dios nuestro y nuestro Salvador; reinad en nuestros corazones como Señor absoluto, y haced que sea nuestro corazón el altar perenne de vuestro amor, para que después de corresponder a vuestros designios amorosos en la tierra, podamos.
15.- Yo duermo, pero mi Corazón está velando (I, 1º, 126)
Sermón predicado en Vinaroz (1882), Tortosa (1883), Tivicsa (mayo de 1883), Benicarló (junio de 1883).
Parte del texto del Cantar de los Cantares 5,2: “Yo duermo, pero mi Corazón está velando”.
Define cuál es el objeto de la devoción: “... en ella nos proponemos pagarle amor por amor, darle gracias y repararle...”
El texto está publicado en: Manuel Domingo y Sol. Selección de Textos (Salamanca 1983), 35-41.
“Ego dormio,....” (Cant. de los Cantares 5,2).
Objeto de la devoción al Corazón de Jesús
La devoción al Corazón de Jesús, tiene por objeto el adorable Corazón del Divino Salvador y el amor infinito en que se ha abrasado por nosotros. En ella nos proponemos pagarle amor por amor, darle gracias sin fin por los beneficios que nos ha dispensado, y reparar los ultrajes que recibe, sobre todo, en el sacramento de nuestros altares.
Y este amor y esta devoción la exige de todos, porque todos los hombres son objeto de su ternura, todos han sido redimidos con su sangre preciosísima y han sido colmados de sus beneficios, y, además porque todos han traspasado de nuevo su corazón.
Pero si lo exige de todos, lo pide, los suplica de un modo particular de aquellos a quienes ha llamado a ser reparadores; de un modo especial de aquellos que se le han consagrado al culto, al servicio de su Corazón, que son apóstoles de su Corazón.
Nosotros, pues, que pertenecemos al apostolado, y al apostolado que más desea su Corazón que es el apostolado de la Oración, debemos corresponder a estos deseos de Jesús. Hace poco le honramos con los obsequios del mes de Junio que consagramos a su Corazón. Pero debemos continuar, según la práctica de nuestro apostolado, los obsequios de los primeros viernes. Dediquémonos durante estos viernes a meditar más asiduamente, los afectos, las ternuras, la constancia del amor de Jesús, a fin de gravar más fuertemente su amor en nuestras almas. Ponderemos sobre la perpetuidad y constancia de este amor.
Meditemos, pues, estas verdades; y obligado yo a deciros algo de estos amores eternos del Corazón de Jesús, no me ocurre para entreteneros expresión más hermosa y que simbolice mejor está cuidadosa caridad del Verbo eterno, que aquella que pronunció como Esposo misterioso en los Cantares: Ego dormio et cor meum vigilat, yo duermo pero mi corazón vela (Cant. 5,2).
¿Qué significa esta palabra? ¿Qué sentimientos entraña?
¿Por qué he querido escoger esta expresión como señal de la perpetuidad de su amor?
Meditémosla, repito, ya que se dirija a nosotros y ponderémosla en nuestro corazón para reanimar constantemente nuestra confianza. Pero imploremos los auxilios de la gracia.
Al proponeros, hermanos míos, las palabras de los Cánticos que nos sirven de tema para nuestra meditación, no puedo menos de haceros notar, ante todo, la sorpresa que causa esta expresión a primera vista. Si este Esposo eterno de la almas en lugar de decir “Yo duermo, pero mi corazón vela”, hubiera dicho tan solo “yo duermo”, en lugar de la suavidad y dulzura que derrama en todo nuestro ser aquella expresión, sólo hallaríamos un motivo de inquietud y de temor.
Jesucristo duerme, y el demonio, mi enemigo vela y anda alrededor nuestro como un león que ansía devorarnos. Jesucristo duerme y nuestros sentidos y mis pasiones constantemente en vela, acechan a mi alma para esclavizarla.
Jesucristo duerme, ¿quién velará por mí? Mi amor duerme, ¿con quién he de contar? Mi fuerza duerme, ¿quién me sostendrá? Mi esperanza duerme, ¿en quién esperaré? Pero, ¡ah!, El que lo es todo al mismo tiempo nuestro amor, nuestra esperanza, nuestra fuerza no nos deja mucho tiempo en esta inquietud y dice: Yo duermo, sí, mas mi corazón vela, y he aquí que de repente nos tranquiliza.
No es un sueño pesado el que deja velar al corazón: no es un sueño de olvido aquel en que el corazón no duerme.
Si su corazón vela es porque nos ama, si su corazón vela acudirá a nuestro auxilio. ¡Qué importa que todo duerma en Él, si su corazón vela! Jesucristo es su corazón ...
Dormid, pues, Señor, dormid, Jesús mío; ya estoy consolado, si vuestro corazón vela.
Pero procuremos ahora penetrar el misterio de esta palabra, puesto que el Esposo de los Cantares nos revela en ella dos cosas; que duerme y que en su corazón vela. Procuremos comprender como duerme sin que su corazón esté dormido.
¡Ah, mis amados! Si fijáis bien vuestra atención en Jesucristo, en su eterna existencia en el seno del Padre, en su nacimiento entre nosotros, en su vida, en su muerte, y, sobre todo, en su divina Eucaristía, veréis como siempre os ocurrirá a vuestro pensamiento como que dice esta palabra, “Yo duermo y mi corazón vela”.
Es la historia toda de Cristo
Esta palabra es la historia toda de Jesucristo. Consideremos, sino al divino Verbo en el seno del Padre, antes de la creación del mundo. Allí mora desde la eternidad. Nada existe de lo criado. ¿Qué hace, pues? ¿No se diría que duerme un sueño eterno?
A lo menos parece que así es, como relación al mundo que no estaba creado y a los hombres que no existían. Mucho más tarde será cuando saldrá de la profundidad de los cielos y atravesando el espacio que nos separa de él, vendrá a visitarnos en su bondad.
Pero al principio, y mientras mora en el seno del Padre, para su Padre es para quien parece vivir, así como también para el Espíritu divino que lo une con Él. Para nosotros queda inactivo; para nosotros duerme una eternidad.
Pero, ¡ay!, ¿qué es lo que digo? Esta palabra sería una blasfemia. Cuando el Verbo divino dormía en el seno del Padre, ya repetía sobre nosotros esta palabra. Ego dormio et cor meum vigilat.
Desde esta quieta eternidad mi corazón vela por vosotros.
Él mismo ha tenido cuidado de recordárnoslo por boca de un Profeta: Yo os he amado con un amor eterno; como si dijera: desde toda la eternidad mi corazón velaba por vosotros y sobre vosotros.
Si de toda la eternidad nos adoptaba por hijos suyos, si de toda la eternidad tenía fija su mente sobre nosotros y nos señalaba con el dedo para que viniéramos un día a la luz de la vida. Desde la eternidad contaba nuestros pasos y escogía el ángel que debía estar a nuestro lado. Si desde la eternidad había sabido nuestras faltas y elegido el sacerdote que había de levantar su mano sobre nuestra frente para perdonarlas.
De toda le eternidad, pues, ¿no ha podido decirnos con razón “Yo duermo y mi corazón vela”?
Vino la plenitud de los tiempos. El Verbo se hace carne y viene a habitar entre nosotros.
Nace en un pobre establo, y vedlo allí, recién nacido, dormido al parecer, en regazo de su madre. Apenas un primer movimiento, un suspiro, una lágrima anuncian la vida. Sus ojos en lugar de abrirse y fijarse en mí, parecen cerrados; sus brazos en lugar de extenderse rodean el cuello de su madre; sus pies están envueltos en pañales.
¿Y qué?, podríamos preguntar. ¿Es éste el que ha venido a salvar a Israel y duerme? ¡Oh! Podría decirnos Jesús en aquella profunda y misteriosa humillación, en aquel sueño: Ego dormio et cor meum vigilat, duermo pero mi corazón vela.
¡Cuánto amor hay en aquella humillación, en aquel suspiro, en aquella primera lágrima!
Su corazón que vela ahí está llamando a su lado a los ricos y a los pobres, a los grandes y a los pequeños, a través de todos los siglos. La voz de los ángeles que convoca a los pastores, es su Corazón que vela que les dice, “paz a los hombres de buena voluntad”.
La estrella que conduce a los magos, es su Corazón que vela y que los guía.
Pero sigamos todavía. Jesucristo pasa los treinta primeros años de su vida en la soledad de Nazareth; allí apartado de todas la miradas, olvidado de los hombres, sepultado en una profunda humildad, esta vida oculta y obscura se nos asemeja a un sueño.
Y no obstante todavía allí, nos dice Jesús. Porque pienso en vosotros, porque mi corazón vela, es porque me sujeto a esta vida de obediencia, de retiro, de recogimiento. Y desde aquella soledad dirige sus acentos a las almas todas a través de los siglos y de las distancias. Y allí le señala el Padre el campo que le había dado y veía brotar en las flores de inocencia y de candor, cuyo aroma se eleva hacia el cielo y su corazón se dilataba; y con sus suspiros y gemidos arrancaba gracia para sus queridos (hijos) y su corazón se alegraría.
¡Oh, mis amados! Si pensáramos que no hay ni una de las gracias que recibimos, desde la más grande de nuestra vocación a la fe y a la piedad, hasta la más pequeña inspiración que recibimos en la oración que no haya sido conocida en aquellos momentos silenciosos de Jesús, y, cuando aún no existíamos, como (no) podremos menos de exclamar: ¡Bendita soledad, bendito sueño de Jesús que así velaba sobre mi alma!
Y tal es el carácter dulcísimo con que este amante divino quiere ofrecerse a nuestro amor, que si recorremos aún la vida pública de Jesucristo, veremos que se está realizando en Él la palabra que meditamos. Ego dormio...
Un día se embarca con sus apóstoles en el lago de Genesareth; se levanta una tempestad, y las olas furiosas parecen que van a sumergir la navecilla; pero Jesús, dice el evangelista, dormía, los apóstoles azorados se acercan a Él, le rodean y le despiertan, y claman: Domine, salva nos, perimus, Señor, sálvanos, que perecemos. Y Jesús les responde. ¿Por qué teméis, hombres de poca fe? Como si les dijera: Yo duermo, pero, ¿no sabéis que aunque duermo, mi corazón vela por vosotros?
Pero había llegado el tiempo en que el divino Salvador debía ultimar la obra que le había traído a la tierra. Llegan los últimos momentos de su existencia. Miradle pendiente de la cruz. ¡Oh, ahora si que va a dormir un prolongado y verdadero sueño! Cerrados sus ojos, inclinada su frente: extinguiéndose la llama de su vida: apagándose su corazón, ¿cómo podrá velar por nosotros?
La Eucaristía, ¡qué profundo sueño!
Pero ¡ah, no temamos! Todavía parece decirnos por última vez, “ ergo dormio et cor meum vigilat”. Yo duermo y mi corazón vela. Yo muero enclavado en esta cruz, pero esta muerte es un sueño que no llega hasta mi corazón; yo abandono esta vida mortal, pero mi corazón de padre no os dejará huérfanos; yo cierro mis ojos a la cruz terrenal, una lanza abrirá mi corazón; pero de ese corazón entreabierto, y que siempre vela, brotará para vosotros la sagrada Eucaristía. Y, he aquí, hermanos míos, el último, el más misterioso y el más continuado sueño de Jesús, hasta la consumación de los siglos. Y he aquí también el término amantísimo de nuestros pensamientos en esta meditación.
Si me he complacido en explicar a Jesucristo todo entero desde el cielo, hasta el Calvario por medio de esta sencilla y consoladora palabra: “Yo duermo y mi corazón vela” es porque esta palabra me parece más que otra alguna la amable divisa de la Eucaristía. Si Jesús hubiera tenido que buscar una expresión que significase su estado de aparente dormición, junto con el amor más activo, cual el de la Eucaristía, sin duda hubiera escogido esta simbólica palabra del libro de los Cantares. Porque, ¿qué es la Eucaristía? ¡Ah, qué anonadamiento! ¡Qué tinieblas! ¡Qué silencio no interrumpido! ¡Qué profundo sueño! Ni una respiración, ni un quejido se oye, menos aún que cuando estaba envuelto en los paños de la infancia.
Como si estuviera insensible a los ruidos del mundo, pasa los días y las noches como si no se apercibiera de él. Envuelto en el blanco sudario de las especies eucarísticas, parece sumido en un eterno sepulcro.
Y, sin embargo, ya lo sabéis. En medio de este aparente sueño, Él es el centro de la humanidad; Él es el eje sobre el que giran todos los acontecimientos; Él es el foco que irradia sobre todas las inteligencias, que anima todos los corazones.
¿No admiramos la actividad del celo que despliega la Iglesia en todas las partes del mundo y durante todos los siglos? Pues de su corazón que vela, salen los torrentes de gracia que por millares de conductos llevan sin cesar la fecundidad y la vida a todas las almas.
Y desde los cuidados del Sumo Pontífice hasta los desvelos de las almas más desconocidas, les son conocidos en todas sus circunstancias.
Nada se hace en la economía de la salvación que no sea obra de Jesucristo. Y no hay ningún peligro de las almas (que no) les sea conocido, y no hay desvío de los corazones que le sea indiferente. Siempre y a todas horas desde el Sagrado Tabernáculo está diciendo a todas y cada una de las almas: Yo velo sobre ti en medio del sueño de la Eucaristía.
¡Oh, hombres!
Ahora bien, pues, y concluyo. El Corazón de Jesús, ni reposa ni duerme. Vela incesantemente sobre nuestros intereses más queridos; vela sobre nuestro espíritu para iluminarlo; sobre nuestro corazón para inflamarlo en su amor, sobre nuestros sentidos para calmarlos, sobre nuestros pensamientos para dirigirlos, sobre nuestras acciones para ennoblecerlas, sobre mi vida para divinizarla.
¡Oh! yo podía haceros ver que cuando padecemos.
¡Que consuelo para nosotros! ¡Pero al mismo tiempo que lección tan útil!
Entre nuestro corazón y el de Jesús, he aquí la diferencia: cuando Jesús parece que duerme, su corazón vela; nosotros dormimos (y) nuestro corazón no vela. Dormimos en el olvido de nuestros deberes. Dormimos en el sopor de la tibieza, en el sueño, quizá de la indiferencia, y éste es sueño del corazón.
Nuestros sentidos están dispuestos, nuestras pasiones activas, nuestro espíritu agitado; pero nuestro corazón duerme.
¡Ah!, que no sea así, desea el Corazón de Jesús. Y ya que queremos y nos preciamos de ser sus devotos, valemos sus intereses y respondamos al llamamiento de su Corazón y dirijámosle continuas miradas de comuniones espirituales y de cariñosas jaculatorias, aun en la hora de nuestro descanso para que podamos decirle también: “Yo duermo, Jesús mío, pero mi corazón vela”.
Sea así, oh dulce Jesús. Que podamos pasar nuestra vida amándoos, adorándoos y sirviéndoos con nuestro corazón, para que el día (que) nos llaméis hacia Vos, en el instante de exhalar nuestro último suspiro, nuestra última palabra sea ésta: Voy a dormir el sueño de la muerte, pero no duermo todo entero, mi corazón velará...
Velará cerca de Vos y en Vos durante la eternidad bienaventurada. Amén.
5.- REPARACIÓN (Docum. 131-132.134)
16.- La Reparación, fin específico de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús (I, 1º, 131)
Sin datar. El mismo autor dice que es una plática sobre el Corazón de Jesús. Por ello la incluimos aquí y porque la incluyeron los recopiladores de los textos.
También dice que está tomada de NOISONS doctrinales sobre el Corazón de Jesús.
En la Plática señala los fines de la devoción al Corazón de Jesús.
Subraya el tema de la reparación como punto capital de esta devoción.
El Señor no sólo vive sino que reside.
Ha querido no sólo quedarse, sino darse.
Entre otros testimonios de esta verdad, se leen aquellas palabras de dicha Beata a su superiora: Jesucristo reinará a pesar de sus enemigos y se hará dueño y poseedor de nuestros corazones, porque el fin principal de esta devoción es convertir a su amor las almas.
En este fin general, pues, que encierra los objetos particulares que la devoción al Sagrado Corazón de Jesús puede alcanzar, es útil distinguir y meditar los fines especiales que se desprenden de este fin general.
Estos fines especiales, en más de una ocasión los habéis oído detallar; son: el reconocimiento, la imitación y la reparación. El de reconocimiento, por los inmensos favores de que somos deudores al amor de Jesús, simbolizados en su divino Corazón; la imitación, pues como escribe la ....; y finalmente, la reparación, fin especialísimo de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, por los ultrajes a que este Corazón está expuesto incesantemente por parte de las criaturas.
La Reparación
Prescindamos, hoy por hoy, de los dos primeros, y fijémonos en el tercer fin especial: en la reparación, punto capital de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús.
Y ciertamente, hermanos míos, el cuidado con que el Señor ha querido señalar expresamente por sí mismo este objeto; la corriente irresistible que lleva hoy gran número de almas a la reparación; el poco empeño que la idea de reparación ofrece a muchos espíritus, deben obligar a los devotos del Sagrado Corazón a meditar estas ideas.
¿Quién duda que el amor con que el Señor se conmueve por nosotros no es correspondido la mayor parte de las veces sino con la ingratitud? ¿Quién puede dudar que tan indigno proceder le es soberanamente odioso, y de él se queja con razón? ¿Y quién ignora que nosotros podemos reparar tan lamentable desorden, y que somos llamados a ello?
¿Es verdad, digo, que el Señor derrama a manos llenas sus beneficios sobre nosotros, y que no recoge sino ingratitudes? Prescindamos de las ofensas que se hacen a su soberana Majestad, cuya Majestad se le disputa y se le rechaza; a su autoridad que se le insulta, pisoteando sus mandamientos; a sus promesas que se desdeñan; a sus amenazas de que se burlan.
Consideremos los atentados dirigidos personalmente a su amor: ¡qué horrible multitud de iniquidades no se comenten a cada instante! En el transporte de su caridad para con nosotros , un Dios se hace hombre, una vez se ha inmolado en el calvario, y aún cada día renueva y perpetua su sacrificio en el altar; reside de continuo cerca de nosotros en el tabernáculo, suspirando por el momento en que puede descender a nuestros pechos. ¿Se saben apreciar estas inefables muestras de su ternura? ¡Oh! que si la seráfica Magdalena de Pazzis volviera entre nosotros en el tabernáculo, tendría motivo para recorrer las ciudades y los campos derramando lágrimas, y exclamando como en otro tiempo: ¡Oh, el amor no es amado! A las urgentes instancias del adorable Corazón de Jesús, autor de estas maravillas, se responde habitualmente con la frialdad y la indiferencia, y aún algunas veces con un formal desprecio y sangrientos ultrajes.
Este Dios se inmola todos los días. Todas las horas del día y de la noche se ofrece esta hostia sacrosanta en las diferentes (partes) del mundo. Este ofrecimiento, esta misa, es la renovación del Calvario; y entre la inmensa muchedumbre de cristianos, ¿cuántos son los que se acuerdan de pagar un tributo de gratitud, aprovechando esta gracia, asistiendo a este sacrificio continuado, sin el cual el mundo no subsistiría ya?
El Señor reside
No contento con inmolarse sucesivamente, el Señor reside de continuo entre nosotros y ha entregado a nuestro celo el cuidado de darle hospitalidad, diciéndonos como en otro tiempo a David: “¿No me construirás una tienda (o tabernáculo) al lado de vuestras tiendas, donde yo pueda residir?” ( 2 Re 7,5).
Y sin embargo, ¿quién aprecia como es debido esta continua residencia del Señor, que quiere habitar entre nosotros? Entre la infinidad de cristianos ¿cuál es el número de los que cuidan visitarle?
Jesucristo permanece en el tabernáculo únicamente por nosotros. Sin duda que los ángeles le rodean y le hacen una fiel compañía. Pero no es a los ángeles a los que desea ver reunidos en torno suyo, es a nosotros. Su elección de permanecer aquí abajo no ha sido en favor de los ángeles; para ellos reside en el cielo; a nosotros es a quien tenía presentes al desterrarse hasta la consumación de los siglos; por nosotros prosiguió su peregrinación en la tierra; a nosotros convoca a su tabernáculo; a nosotros espera allí con la descendencia de Adán con la que ha contado para formar su corte. Y los hijos de Adán le abandonan, y apenas se acercan a su lado. Y alguna vez la mayor parte de ellos por unos instantes, que les ha parecido siglos. Bien podía decir el Señor a la mayor parte de los cristianos como a sus discípulos en el monte de los olivos: ¿No habéis podido pasar una sola hora a mi lado?
En su templo desierto permanece con las manos llenas de favores que su bondad nos ha preparado. No los conserva para sí. No sabe qué hacer de ellos; le incomodan, por decirlo así; tanto gustaría distribuirlos; pero los hombres no le permiten este goce.
Ved a Jesucristo en la Eucaristía; vedle como en cierta manera le estorban las gracias que ha amasado con tanto trabajo, y que su ternura le obliga a distribuirnos. Y los hombres tan crueles e insensatos no le dan el consuelo de dejarle que les enriquezca.
¿Quiénes son los que se representan a recoger sus larguezas? ¿Son los dichos del siglo? Estos creen no necesitar de él. No piensan en qué el dolor y la angustia pueden a cada instante asentarse en su hogar.
¿Son a lo menos los pobres y afligidos? Sus primeros pasos son hacia otra parte; únicamente cuando el caso es apremiante, es cuando se acuerdan del Dios de la Eucaristía.
¿Son los sabios los pensadores? Éstos creen que solamente sus fuerzas bastan para resolver todos los problemas que llevan entre manos.
¿Y cuánto no tendríamos que decir sobre las irreverencias de que es víctima el Señor en ciertos días y en ciertas festividades de la Iglesia destinadas a honrarle? La Iglesia saca entonces a Jesucristo del sagrario, lo expone, le honra con majestuosas procesiones; y en estos casos ¿qué género de irreverencias se le evita?
Para algunas almas seráficas a quienes su presencia penetra de respeto y de amor, cuantas hay frías que apenas murmuran con los labios algunas fórmulas a las que su corazón permanece extraño; cuanta indiferentes, tal vez endurecidas cuya actitud irreverente revela su indevoción.
Tal vez por respetos humanos, se evita concederle alguna muestra de respeto en su tránsito.
Tal es, hermanos míos, lo que recibe Jesús en cambio del beneficio de su perpetua permanencia entre nosotros.
Ha querido darse en la Sagrada Eucaristía
Finalmente el Corazón de Jesús no sólo ha (querido) quedarse en nuestra compañía, sino que ha querido darse en la Sagrada Eucaristía.
La Eucaristía no es solamente Belén, Nazaret, Jerusalén y el Calvario; es también el Cenáculo, y Jesucristo se abrasa allí por darse a nosotros como se dio a sus apóstoles antes de marchar a la muerte. Entendámoslo bien: al instituir el augusto Sacramento del altar , el Señor ha querido sin duda que le pudiéramos visitar a nuestra satisfacción; éste es uno de sus designios, mas no es el principal; el que sobre todo ha buscado es el de darse a nosotros, en la santa mesa se da liberalmente; no permanece en el Sagrario más que para darse. Una vez bajo las especies sacramentales, no cabe tener otro legítimo sepulcro que el corazón de un cristiano.
Su más ardiente deseo, su voluntad más imperiosamente expresada es que vayamos a recibirle. “Mis delicias, dice, son morar con los hijos de los hombres. Tengo necesidad de unirme estrechamente con ellos, es menester que los haga vivir de mi vida”.
Para obligarnos nos invita, suplica, manda, promete y amenaza. “Si no coméis la carne...” (Jn 6,54).
(No le basta que le recibamos de tarde en tarde, desea que nos presentemos con frecuencia a su sagrada mesa).
Respuestas de los cristianos
Ahora bien, ¿y qué hacen generalmente los cristianos? Como los convidados del Evangelio no se presentan; y entre los que se presentan, hay muchos a quienes les falta la necesaria disposición.
Si: prescindamos, hermanos míos, de la infinita muchedumbre de cristianos que no aprecian esta entrega de Jesús en sus corazones, que apenas se acercan a él, y que cuando lo hacen, indignamente; prescindamos aún también (de los) que si van, no con esta indignidad, pero que ni siquiera saben conversar con su Dios en los cortos momentos que le poseen; ni nada íntimo tienen que decirle; nada especial que suplicar.
Ved aún aquellos que parecen responder mejor a las invitaciones del Señor: el banquete eucarístico reconoce en ellos asiduos convidados; le reciben con frecuencia, pero ¡cuán imperfecta es la preparación de muchos! ¡Cuán lejos están de llevar a la recepción del pan de los Ángeles las debidas disposiciones! ¿Cómo explicar de otra manera esa frialdad desconsoladora que no procuran desechar ese entorpecimiento, letargo, que los paraliza, esa escasez de sólidas virtudes de que siempre carecen? En la Eucaristía, Jesús es aquel carbón encendido de que hablan las santas Escrituras lo guardan frecuentemente en su pecho, y no se abrasan; según el Concilio de Trento, es el antídoto que nos preserva de los pecados graves, y nos libra de las faltas diarias, a que nuestra fragilidad nos lleva; esas almas participan del divino remedio en cortos intervalos, y no se opera en ellas ningún cambio. ¡Oh, si agotáramos todas las formas! Estas almas después de tantos años su progreso en el bien es nulo. ¿De dónde viene este extraño y espantoso fenómeno? ¿La eficacia del Corazón de Jesús habrá perdido su vigor al llegar a nosotros, a través de los siglos? ¡Ah!, es que muchos de estas almas conservan en sí mismas impedimentos secretos que contrarían y dificultan la acción de la Eucaristía, no agradeciendo las bondades de su Dios.
Por esto el Señor se quejaba a la Beata Margarita. Lo que más siento es la ingratitud de las almas que me tienen ofrecido sus servicios.
¡Oh, hermanos míos, si agotáramos todas las formas, todos los grados de ingratitud respecto del Sagrado Corazón de Jesús! De las ofensas directas a él.
Hemos recibido un gran número de beneficios que nos ofrece; otros después de haberlos aceptado con frecuencia, los hemos usado con desprecio; no ha recibido en retorno ninguna muestra de agradecimiento; ha visto a la mayor parte de los cristianos abusar indignamente de algunos; y en fin, lo que pone el colmo a todo lo demás, es que a veces estos mismos cristianos han forjado armas para volverlas contra su amantísimo bienhechor.
¿No tendrá, pues, motivo el Corazón de Jesús para quejarse de estas ofensas directas a su amor, después de estarse ofreciendo todos los días, después de haberse querido quedar en nuestra compañía, y de querer entrar dentro de nuestro corazón?
¿Qué hemos de hacer, pues?
En vista de tantos y tan negros excesos como contristan almas amantes y más bondadoso de todos los corazones, es para nosotros un deber el trabajar en consolar este divino Corazón, y poner remedio a estos ultrajes (pues esto es lo que pide a los devotos de su Corazón).
Al sentir nuestras ofensas pasadas, debemos sentir también todas las que se le hacen alrededor del trono de su amor. Y sobre todo, ya que hay tantos que ni recuerdan el beneficio de su sacrificio, esa inmolación diaria que de sí mismo hace el Señor sobre nuestros altares, procuremos nosotros agradecerle, asistiendo a este mismo sacrificio todos los días, ofreciéndolo en acción de gracias y uniéndonos a todas las intenciones con que él se ofrece sobre el altar.
Y ya que tantas almas cristianas hay que apenas piensan que Jesús habita en nuestra compañía, que se ha hecho nuestro vecino, según la feliz expresión de Fray Luis de León, sean las visitas que nosotros le hacemos afectuosas, tiernas, reparadoras, a fin de que el Señor pueda quedar complacido.
Procuremos, en fin, que al responder a la invitación que nos hace de hospedarle en nuestros corazones, vayamos con las debidas disposiciones, con los sentimientos de gratitud que él deseó, con el amor que él se merece, con los sentimientos que nos exige; que lo hagamos con el espíritu de sacrificio y de reparación que él espera de los amantes de su Corazón.
Haciéndolo así, hermanos míos, llenaremos uno de nuestros deberes como asociados al Apostolado de la Oración. De este modo mereceremos las bendiciones prometidas por el divino Salvador.
Visitas. Sacramentos. Misa. Comuniones espirituales. Fiestas solemnes. Ornamentos de altares.
6.- Apostolado de la oración (I, 1º, 132)
15.- Objeto y eficacia del Apostolado de la Oración
Se trata de un sermón con motivo de la instalación, el 7 de enero de 1874, del Apostolado de la Oración.
En él Mosén Sol explica el objeto del Apostolado de la Oración: se trata de una oración común “que adquiere una eficacia que no puede darle el fervor aislado” (1 Tim 2,1-3).
Relación entre la voluntad salvífica de Dios y la contribución de los hombres contando siempre con que “tenemos en nuestro favor a Jesucristo”...
Juego de libertad y colaboración. Todos llamados al apostolado por nuestra vocación de cristianos.
Importancia de la presencia y el ejemplo de la Virgen en el trabajo apostólico de los Apóstoles.
Penetrarse de “los sentimientos de Cristo Jesús que no pensaba, ni vivía, ni respiraba sino para el bien de las almas”...
Mis hermanos en el Señor, si en el orden de las cosas establecido por la divina Providencia, hay un misterio capaz de turbar a la vez al corazón y a la inteligencia humanas, es sin duda el del escaso número de los escogidos, y de la aparente esterilidad de la Encarnación, de los sudores y de la Sangre del Hijo de Dios.
Al dar una mirada por el mundo todo, al ver ese caos de errores monstruosos, de vicios groseros, de religiones obscenas y sanguinarias; esa perpetua lucha de las pasiones y los intereses contra los principios y deberes casi siempre vencidos; al ver ese número de infieles sentados en las sombras de la muerte; esa muchedumbre de pecadores sumidos en el sueño del pecado, expuestos a perecer, ¿cómo explicar la acción de la divina Sabiduría y de la sangre divina derramada a torrentes, y de la cual una gota sola hubiera sido más que suficiente para salvar mil mundos?
Y muchos hotentotes.
Misterio incomprensible, hermanos míos, y que la impiedad hacer servir como de un arma contra la Providencia, por el ineficaz resultado de la Encarnación.
Bien es verdad que a esta impiedad podríamos contestarle con el Apóstol: Oh altitudo, oh profundidad de los misterios de la Sabiduría y ciencia de Dios, cuán investigables son tus caminos!
Quién es el hombre para abarcar con su débil mirada...
Es verdad que a esta impiedad podemos decirla: ¡Oh...!
Pero si es verdad que para confundir el orgullo de la razón humana podrá bastar esta respuesta, única que merece recibir y la mejor acaso que dársele puede, también es verdad que a la humildad de un corazón cristiano, que estudia y medita los designios de Dios, no para juzgarlos, sino para cumplirlos, puede quizás la fe reservarle otra respuesta tan saludable cómo satisfactoria.
Y ciertamente, hermanos míos, si se nos dijera que el no haber iluminado la luz de la fe todos los ámbitos del mundo, el estado de degradación de muchas almas, la infidelidad de tantas inteligencias, que no han abierto sus ojos a los resplandores de la gracia de Cristo Jesús, no es culpa exclusivamente de estos, sino que la tienen principalmente los demás hombres, sobre todo los cristianos, tal vez de nosotros. ¿Quién lo creyera? Pues ello es cierto que Dios quiere salvar las almas, que nos llama a nosotros a cooperar a este objeto, que la falta de cooperación de nuestra parte es el motivo de no haberse salvado muchas almas, y, por consiguiente, de que no haya llegado al riego de su sangre a miles de corazones.
Sí, todos podemos y debemos salvar las almas; todos somos cooperadores de los misterios de Dios, conducto de sus gracias para con los demás hombres.
Pero me diréis tal vez: y ¿cómo puedo yo cooperar a estos designios de Dios, miserable como soy, sin medios, sin instrucción, sin misión que me marque este destino, sin título para ejercer este apostolado arduo, sublime, de la salvación de las almas?
¿Cómo? Muy sencillamente, por medio de oraciones, y oraciones reunidas, y oraciones unidas al Corazón de Cristo Jesús.
El objeto del Apostolado de la Oración
Y tal es, hermanos míos, el objeto del Apostolado de la Oración al Corazón de Jesús.
El nombre mismo que lleva esta empresa, nos da ya a conocer bastante que su principal resorte, su gran medio de acción, la espada con que arma a los que alista en la cruzada santa destinada a hacer triunfar la causa de Dios en el mundo es la oración.
Mas la oración adquiere una eficacia que no puede darle el fervor aislado de cada cristiano; tal es la que procede de la reunión o asociación.
Pero esta asociación de oraciones para (la) salvación de las almas necesita un móvil; (a) esta liga de oraciones le falta un caudillo. ¿Cuál puede ser el caudillo de una expedición emprendida para la salvación del mundo? ¿Cuál es el móvil de los corazones unidos para atraer la gracia por medio de sus oraciones? ¡Ah! Tan sólo puede serlo el Corazón de Jesús; tales son los elementos de este apostolado que vamos a establecer, y tales son los puntos de vista con los que vamos a exponerlo a vuestra consideración en este día. Necesitamos orar, pues, y orar con los clamores de una familia ante su Padre y orar depositando nuestra plegaria en el Corazón de Jesús. De este modo cumpliremos con la...
Pero antes de explanaros la eficacia de la oración, y de la oración asociada, y unida al Corazón de Jesús, quiero como base de estas consideraciones, como idea preliminar, manifestaros los deseos y la voluntad del Señor de que todos se salven, y por lo tanto la obligación general que todos tenemos de asociarnos a fin de secundar estos deseos de Dios.
Debiendo, pues, ya en esta noche explanan la primera idea, os manifestaré: 1º El deber en que todos estamos de cooperar a los designios de Dios en la salvación de las almas; el medio principal, que todos debemos practicar, cual es la oración. Ave María.
Para haceros ver, hermanos míos, lo obligados que estamos a cooperar y responder al deseo de Dios en la salvación de los hombres, y los medios que debemos principalmente escoger para cumplir este deber, basta exponeros y explicaros las palabras del Apóstol San Pablo, dirigidas a su querido discípulo Timoteo, palabras que deseo grabéis bien en vuestra memoria para no olvidarlas nunca, como que deben ser las bases de las consideraciones que voy a exponer, y servirnos al mismo tiempo de un santo estímulo para el celo del bien de las almas.
“Te encargo, decía el Apóstol, te encargo ante todas las cosas que se hagan peticiones, oraciones, rogativas, haciendo de gracias por todos los hombres (por los Reyes, por todos los que están en la altura; 1 Tim 2,1-3). Porque esto es bueno y acepto delante de Dios, nuestro Salvador, que quiere que todos los hombres sean salvo y que vengan al conocimiento de la verdad. Porque uno es Dios y uno es el Mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre que se dio a sí mismo en redención por todos”.
Como aparece desde luego, estas memorables palabras del Apóstol encierran tres cosas. Primera, la afirmación de que la voluntad de Dios es que todos sean salvos. Segunda, el objeto práctico del Apóstol, que quiere que los cristianos contribuyan a esta salvación rogando por todos los hombres, y tanto predomina en este objeto, que repite las palabras de peticiones, rogativas, acciones de gracias. Como quien está dominado de un sentimiento fuerte, que agota todas las palabras del vocabulario cristiano para encarecer su necesidad e importancia.
Y tercera, como para prevenir nuestras dudas y desconfianzas que hace nos recuerda que tenemos en nuestro favor a Jesucristo, hijo de Dios por naturaleza, hecho hijo del hombre por libre elección, y que se dio a sí mismo en redención por todos.
Como para prevenir nuestras dudas y desconfianzas que hace nacer en el corazón del hombre el sentimiento de su indignidad, nos da en pocas palabras las más sensibles pruebas de esta afirmación consoladora. Porque uno es Dios, dice, y siendo este Dios el criador y dueño de todos los hombres, no puede menos de querer la felicidad de su criatura privilegiada. Porque uno es el Mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo, Hijo de Dios por naturaleza, hecho Hijo del hombre por su libre elección, y que al recibirnos por hermanos suyos, debió imponerse la obligación de reconciliarnos con Dios su Padre, y tanto que a sí mismo en redención por todos.
Primeramente, pues, hermanos míos, Dios quiera la salvación de todos los hombres. ¿Y para qué probarlo, hermanos míos? ¿Quién no comprende que si Dios es libre de crear o dejar de crear, es para él una necesidad de dar a los seres que crea un fin digno de sí mismo, y conforme a la naturaleza de éstos? ¿No faltaría Dios a la vez a su sabiduría, a su justicia y a su bondad, si al dar a su criatura racional, al hombre, facultades capaces de alcanzar lo infinito, con una inmensa necesidad de felicidad, le negase al mismo tiempo los medios absolutamente necesarios para conquistar este objeto único y esencial de sus aspiraciones? Si los errores y los crímenes de los hombres fuesen el resultado de un designio arbitrario de Dios, Dios sería responsable de ellos, y dejaría por tanto de ser santo, de ser veraz, de ser Dios, y el mal ya no sería mal. Dios, pues, debe querer la felicidad de sus criaturas.
Y esto que nuestra razón descubre sin esfuerzo, ¡de qué manera tan dulce nos lo ha dado a conocer el mismo Dios por boca de su Hijo, que es su Verbo consustancial, y su razón increada! Este deseo de nuestra salvación pasó desde la eternidad del seno del Padre al del Hijo, germen divino que ha producido la Encarnación (Dudar de que es Dios, Ap 8).
Y si no, ¿qué es todo el Evangelio sino la expresión de esta voluntad que se halla escrita en todas sus páginas?
¡Oh, si yo me detuviera en explanaros los clamores de su voluntad expresados de tan distintas maneras durante los días de su vida mortal. Los suspiros que exhalaba silenciosamente en el retiro de Nazaret, las lágrimas que brotaban de sus ojos en tantas ocasiones, ¿qué son, hermanos míos, sino la expresión más sincera del bien y de la salvación de los hombres? ¿Y cuántas fatigas para conducir al redil las ovejas extraviadas de la casa de Israel? Recordad aquella bella narración que nos (dice) S. Juan de su excursión a Samaría. Ved allí junto al pozo de Jacob.
Ved aquí las palabras que brotan del amante Corazón de Jesús: con ellas nos revela a la vez la voluntad de su Padre, el objeto único de su divina misión, e indicaba la causa del, al parecer, escaso resultado de dicha misión. Salvar las almas, hacer que vuelvan al hogar doméstico todos los hijos de Dios que andan dispersos por los desiertos de este mundo, derramar sobre la tierra el fuego del divino amor, tal es el objeto de su ambición.
Pero, ¡ah!, que no entra en los designios de la Providencia, que sea sólo quien lleve a cabo esta obra; necesita cooperadores, y estos cooperadores no debe hallarlos mientras esté en la tierra. Este alimento de que tiene hambre, ni hay quien se lo dé; y al pasear su mirada desde lo alto de la cruz, sobre el mundo, no verá en él más que almas rebeldes a la atracción de su amor, y abandonará la tierra dejando oír aquel angustioso grito de su misericordia frustrada: sitio, tengo sed.
Y esa sed de salvación de todos los hombres, la recibirá la Iglesia, representada en el Calvario en las personas de María, de Juan, y de las santas mujeres, y las transmitirá a los sucesores de aquel discípulo y de aquellas mujeres; esto es, al apostolado de la palabra y al de la oración.
Así pues, la voluntad de la salvación de todos los hombres es la razón de ser de la Iglesia, como fue la razón (de ser) de Jesucristo.
Y he aquí la primera lección que nos da San Pablo.
Libertad del hombre
Ahora bien, pues, hermanos míos, si no es el designio de ningún Dios la pérdida de las almas, ¿a quién debemos atribuir el estado actual del mundo y la pérdida de tantos millones de almas?
La respuesta que naturalmente se ofrece, y que se desprende sin esfuerzo de las palabras del Apóstol, es que debe atribuirse a la libertad del hombre. Si Dios quiere la salvación del hombre no la quiere con una voluntad absoluta y de (tal) suerte eficaz, que no quiera subordinarla en su ejecución a la libre cooperación de las criaturas. Dios quiere la salvación de todos no de un modo absoluto. Si (de) otra manera quisiera nuestra salvación, obraría él solo sin guardar nuestras oraciones, ni nuestro consentimiento.
Dios manda al sol que nos alumbre, a la lluvia que caiga, a la planta que germine, y alumbra el sol, cae la lluvia y germina la planta, porque ninguna de estas cosas tiene voluntad propia que puedan oponer a la de Dios. Pero no sucede así con el hombre. El hombre es libre y el terrible privilegio de su libertad consiste precisamente en que puede a voluntad suya, coadyuvar u oponerse a los designios de Dios, cumplir o frustrar las divinas voluntades (verdad que nunca sería superior al Todopoderoso; y que no podrá impedirle aún con sus resistencias, el que alcance sus fines; pero no lo es menos que puede negarse a ejecutar los primeros designios de Dios y hacer ineficaz una voluntad muy decidida de su Señor soberano). Jesucristo quería tocar el corazón de Judas en el jardín de los olivos, pero Judas quiso usar para su perdición de aquella libertad que hubiera debido hacer el mérito de su arrepentimiento, y el deseo del Salvador quedó frustrado (Sin duda no podía impedir Judas).
Apliquemos esto A. 12.
Por esto dice San Agustín, Dios quiere que todos se salven y que lleguen todos al conocimiento de la verdad; pero esta voluntad por sincera y formal que sea, no destruye el libre albedrío de aquellos a quienes desea salvar.
Todos tendrán sus días de salvación (Dor. 3), pero no todos se aprovecharán de ellos. Sentiránse todos atraídos hacia la verdad y el bien, mas no todos se abandonarán hacia esa atracción divina. Verdad es que para el mayor número de los hombres (sobre todo de lo que concebimos apartados de la fe) es imposible descubrir los misteriosos caminos por lo cuales ha llegado hasta ellos la divina misericordia, (de tal modo ha borrado su resistencia sus huellas). Únicamente en el día de las revelaciones sabremos el secreto de la luchas interiores de la gracia, y lo que haya trabajado Dios en las almas de los que parecen más abandonados de él.
Tal es la razón, bastante para resolver el problema que nos ocupa.
Pero ¡ay, hermanos míos!, que esta solución aunque verdadera, rigurosamente hablando, parece no dejar completamente satisfecho los instintos de nuestra fe.
(Una nación). No es verdad, hermanos míos, que el corazón cristiano se siente tristemente afectado (por el espectáculo de las numerosas víctimas de la ignorancia, del error y de la corrupción), y que no puede menos de preguntarse y pensar cómo han podido los deseos del Hijo del Dios espirando en la cruz quedar hasta el día de hoy tan imperfectamente satisfechos (Como es que tantas almas. A. 14).
Pues bien, el Apóstol San Pablo nos da otra razón, y nos manifiesta aún más claramente por qué no se realizan los designios de Dios en muchas almas: puesto que nos significa que el cumplimiento de su misericordiosísima voluntad, no depende únicamente de la libre cooperación de aquellos a quienes procura salvar, sino también del celo, de las oraciones, de los esfuerzos de los buenos, de los que se hallan ya en camino de salvación, y a los cuales invita Dios a que conduzcan a sus hermanos. Y porque ha faltado y falta esta condición, no se cumplen los deseos de Dios en la salvación del mundo.
Idea luminosa, hermanos míos, que al mismo tiempo que nos da una explicación del deplorable estado del mundo nos debe llenar de un santo temor.
Una mirada que demos al orden establecido por Dios en toda clase de seres será bastante para persuadirnos de esta verdad.
Mirad el orden físico: Dios aunque es la causa primera y universal de todo cuanto existe y se hace en el mundo, y que ni un átomo podría moverse si no recibiera de él el movimiento, sin embargo no hace deseemos este orden físico en la mutua acción que unos cuerpos ejercen sobre otros, de modo que apenas alcanzamos a descubrir en ellos el menor rastro de la acción inmediata del Creador. (Por todas partes vemos cuerpos que mueven a otros cuerpos). Ora es el sol que atrae a la tierra, ora la tierra que atrae a su vez los cuerpos que pueblan su superficie; ya es el agua que alimenta a las plantas, ya las plantas que sirven de alimento al hombre; ya, en fin, la luz que le ilumina, el agua que le refrigera, el fuego que le calienta. De esta suerte Dios lo hace todo, y sin embargo nada hace por sí solo (su acción que bastaría por sí sola para extenderse de un extremo a otro, aguarda para producirse y comunicarse el concurso de las criaturas).
Lo mismo pasa en el mundo social. Dios, autor de la razón del hombre y del don de la palabra, y de todo cuanto le distingue de los demás seres, no ha querido conducirle al uso de estos dones sino por el concurso de unos a otros. No habría enlace ni orden en la sociedad, si las voluntades libres de que se compone, pudiesen llegar a su fin y conseguir su dicha no completa independencia las unas de las otras. Las hombres nada deberían a sus semejantes ni aguardarían nada de ellos; pasarían como extranjeros que no se conocen; no habría que ejercer la abnegación, la fidelidad y las demás virtudes (que son la gloria de nuestra naturaleza); no existiría, en fin, la sociedad, ya que ésta no es más que un agregado de seres libres, obligados a ayudarse mutuamente para alcanzar un fin común (O lo que es lo mismo. A. 16).
(Y si la sociedad no alcanza este fin común social es porque no todos concurren como es debido al cumplimiento de sus deberes para con sus semejantes).
Colaboración del hombre
Ahora bien, pues. Si Dios ha establecido esta necesaria armonía tanto en el orden físico como en el orden social, ¿habrá dejado de establecer esta correlación, esta ley de mutualidad en el orden espiritual, en el orden de la gracia? ¡Ah! no, Dios es el que, sobre todo, en el orden de la gracia, es el autor, el principio de todo movimiento y de toda vida, de todo bien; es el que obra en todas las almas, y quien sacando una voluntad culpable (y degradada) del abismo del pecado, la conduce hasta las más altas cumbres de la perfección y de la dicha. Pero si bien obra en otras partes, en ninguna obra solo (sino que quiere que sus criaturas participen de su acción, como participan de su ser), salvo algunas raras circunstancias (en las cuales exige su sabiduría que se manifieste la omnipotencia de su brazo), subordina siempre su acción al concurso de las causas segundas.
Y esta facultad concedida a las causas libres (a los hombres) de cooperar a la ejecución de los designios de Dios en el orden de la gracia y de la salvación, bien así como en el orden físico cooperan a ella las causas necesarias, la ha concedido Dios no sólo para glorificación suya en el mundo, sino también para gloria del hombre, ya que por ella puede adquirir derechos al agradecimiento de su Criador).
Pero notad, hermanos míos, que esta facultad de poder cooperar libremente a la obra de Dios, en la salvación de las almas, lleva consigo la de oponerse a ella. (Al subordinar la ejecución de sus designios al concurso de nuestras voluntades, el Omnipotente ha debido concebir en que fuesen contrariadas por nuestras resistencias; de lo contrario, sería ilusoria la cooperación que nos permite).
Es, pues, evidente que esa ley de mutualidad, esa dependencia en que se hallan los hombres los unos respeto de los otros, en orden a la salvación, es como una espada de dos filos, que posee a la vez el poder de hacer y la virtud de ......... El día que entramos en la región de la fe, nos hallamos revestidos del poder de acercar o alejar de Dios a nuestros semejantes. Podemos aumentar a favor de ellos (en una proporción incalculable) los medios de salvación; pero podemos también disminuirlos hasta un grado imposible de señalar.
Y porque los cristianos, los hijos de la fe, no han cooperado a aumentar esos medios de salvación, es la causa de que tantas almas yazcan en las tinieblas de la infidelidad y del pecado. No, no es porque en el plan de la sabiduría divina se hallasen excluidos del festín preparado para todos los hombres, sino porque no ha encontrado en los que habían sido llamados los primeros una cooperación bastante para trasmitir a sus menos afortunados hermanos las ventajas de que gozaban ellos.
Pero ¿a qué detenernos en prolijas consideraciones, cuando todos los días confesamos esto mismo en nuestras conversaciones? Al ver los males de la sociedad, y como consecuencia los de la religión, decimos: los gobiernos han ocasionado estos males, tal clase de la sociedad que no ha hecho lo que debía, la apatía de los que debían impedirlo y no lo han impedido; pues bien: no es verdad que si cada uno, en orden al bien de la sociedad y de la salvación de las almas, a todos se nos puede dirigir esta reconvención; todos somos más o menos culpables. Y si no, dime, alma cristiana que me escuchas, ¿habías meditado alguna vez sobre este deber que el Señor te impone, de pensar, de cooperar, de trabajar por el bien espiritual de tus semejantes? Y si lo has comprendido alguna vez, ¿qué has hecho en favor de ellos? ¿Estabas convencida de que de ti puede depender la salvación o perdición de alguno?¡Ah!, que si descendiéramos al fondo de nuestra conciencia, ¡quién sabe cuánto nos acusaría por nuestra indiferencia en la pérdida de tantas almas! ¡Cuán pocas veces hemos puesto nuestro talento, nuestra influencia, nuestros intereses al servicio de la gloria de Dios, y para la salvación de los demás! ¡Cuán poco hemos (reparado) en que Dios nos quiere para cooperadores suyos, cada uno según sus facultades!
La Santa Iglesia no ha cesado ni un instante de promulgar este gran deber; ella ha repetido a todas las generaciones de...
Todos, pues, tenemos obligación. Sus hijos las recomendaciones del Apóstol, ¡y más! Cuántos de sus hijos se han negado a unir sus trabajos a sus trabajos, las oraciones suyas a sus oraciones. He aquí por qué el universo no es aún cristiano, y está tan lejos de serlo todavía; he (aquí) por qué sobre mil millones de hombres aproximadamente que pueblan la tierra, más de quinientos millones no conocen al Señor. Es que no se ha dado toda la importancia que se debía a esta palabra del Espíritu Santo (que reasume todos los deberes sociales); Dios ha confiado a cada hombre el cuidado de su prójimo.
He aquí ya resuelto, pues, el problema de tantos males en el mundo, e indicado el medio de repararlos.
Vocación apostólica de todo cristiano
Quién sabe, hermanos míos, si habrá alguno entre vosotros que ni siquiera había sospechado que se hallaba revestido del poder de salvar las almas de sus hermanos, y que estuviese llamado a ser el auxiliar y coadjutor de Dios; y sin embargo, nada es más real que esa grande vocación apostólica, inseparable de nuestra vocación de cristianos.
Un hombre eminente de la ciencia y virtud exclamaba. Exclamaba en la hora de la muerte. Todos, todos están llamados a ello. No creáis que sea propio de los genios extraordinarios el secundar o contrariar los designios de Dios: ese poder pertenece en algún modo u otro a todos los hombres por débiles que sean.
«No sabemos si estamos destinados a ser un río rápido
que haga florecer a sus orillas jardines amenos.
O si hemos de parecernos a la gota de rocío
que envía Dios en el desierto a la planta desconocida;
pero más brillante o más humilde
nuestra vocación es cierta:
No estamos destinados a salvarnos solos».
No me atormenta la memoria de mis pecados propios, pero algún temor de lo que haya hecho o dejado de hacer para con las otras almas.
Pero ello es cierto que todos tenemos señalada nuestra misión de la cual hemos de dar cuenta a Dios.
¿Cómo debemos hacerlo, pues, me repetiréis? ¿Cómo? Además de la cooperación que debemos a los designios de Dios en nosotros, poniendo a su servicio nuestro talento, nuestra palabra, nuestros intereses, tenemos un medio general, eficaz, infalible, del que podemos disponer, el principal, que Dios exige, esto es, la oración. ¿Cuál es el alma que puede excusarse de emplear este medio en favor de nuestros semejantes?
Por ello, y basado en este principio, y en vista del abandono de tantas almas, y ante el aspecto de tantas necesidades, surgió años hace el pensamiento del Apostolado de la Oración, esto es, la unión de todas las oraciones al Corazón de Jesús a fin de que enardecidos nuestros pechos (bajo la bandera de esta santa cruzada) arranquemos gracias abundantes para la tierra, por medio del Sagrado Corazón.
Aquel, pues, que no sepa comprender este deber, pero sobre (todo) aquel que no (se) sienta poseído de una fe viva, de un deseo ardiente del bien de las almas, del triunfo del Catolicismo, del remedio de tantas necesidades, que no se aliste al Apostolado. La vacilación de su fe y la frialdad de su corazón podrían entorpecer el caudal de gracias que el Señor ha prometido conceder a los que se asocien en su nombre. Al contrario, los que se sientan poseídos de un celo verdadero, los que comprendan que es su deber pensar y procurar la salvación de la almas.
¡Qué hermoso día brillaría sobre el mundo, si se comprendiese bien este designio, si todas las almas hijas de la fe, pusieran su influencia al servicio de su vida, Cristo Jesús que las ha elegido para ser sus órganos, atrayendo hacia ellas todo lo que les rodea, trasformando con el calor de su celo los elementos más refractarios, procurando cuando menos que desaparezcan al calor de la oración y de la caridad, la frialdad de tantas almas!
¿No es Dios acaso el que nos suplica que le demos esta gloria, en cambio de lo que él nos ha dado? ¿Consentiremos en dejar que se pierdan esas pobres almas que aguardan tal vez de nosotros su salvación, por nuestros sacrificios, comuniones, oraciones? ¿Será preciso que el Corazón de nuestro Dios renuncie a la esperanza que concibiera de hallar en nosotros auxiliares dispuestos a recoger la mies que él regó con su sangre y a difundir el fuego que vino a traer a la tierra? ¡Ah! ¡Ah!, no Jesús mío.
Lo mismo pasa en el orden social. Dios autor de la razón del hombre, del don de la palabra y de todo cuanto le distingue de los demás seres, no ha querido concederle el desarrollo de estos dones, sino por el concurso de unos a otros. No habría enlace, ni orden en la sociedad si cada uno pudiera llegar a su fin y conquistar su dicha con completa independencia de los otros. Los hombres nada deberían a sus semejantes, ni aguardarían nada de ellos; pasarían como extranjeros que no se conocen; no habría que ejercer la abnegación, la fidelidad y las demás virtudes, que son la gloria de nuestra naturaleza; no habría, en fin, sociedad ya que ésta no es más que un agregado de seres libres, obligados a ayudarse mutuamente para alcanzar un fin común.
Ahora bien, pues, si Dios ha establecido esta necesaria armonía tanto en el orden físico como en el orden social, ¿habrá dejado de establecer esta correlación, esta ley de mutualidad en el orden de la gracia y de la salvación?¡Ah! Dios es, sobre todo en el orden de la gracia, el autor, el principio de todo movimiento, de toda vida, de todo bien. Es el que obra en todas las almas. Él es el que las arranca del abismo de la degradación, el que las convierte, el que las conduce hasta la santidad, el que las inspira, las salva.
Pero si bien obra en todas partes, en ninguna obra solo. Salvadas algunas raras excepciones (en que quizá hace ver la omnipotencia de su brazo) en las demás quiere que las criaturas participen de su acción, como participaban de su ser.
Y Dios ha querido conceder a los hombres esta facultad de cooperar a la ejecución de sus designios en el orden de la gracia y de la salvación, no sólo para glorificación suya en el mundo, , sino también para gloria del hombre, para que pueda adquirir con ella derechos al agradecimiento de su Criador.
Pero ¡ay, hermanos míos!, que esta facultad de poder cooperar libremente a la obra de Dios en la salvación de las almas, lleva consigo la de oponerse a ella (al subordinar la ejecución de sus designios al concurso de nuestras voluntades, el Omnipotente ha debido consentir en que fuesen contrariadas por nuestras resistencias, de lo contrario sería ilusoria la cooperación que nos permite).
Y por lo tanto, esa facultad de mutualidad, esa dependencia en que se hallan los hombres los unos respeto de los otros en orden a la salvación, es una como espada de dos filos que tiene a la vez el poder de herir y la virtud de sanar. El día que entramos en la región de la fe nos hallamos revestidos del poder de acercar o de alejar de Dios a nuestros semejantes. Podemos aumentar a favor de ellos (en una proporción incalculable) los medios de salvación; pero podemos también disminuirlos hasta un grado imposible de señalar.
Y porque los cristianos, los hijos de la fe no han cooperado a aumentar estos medios de salvación, es la causa de que tantas almas yazcan en las sombras del pecado, y tal vez de la infidelidad.
He aquí resuelto el problema de la perdición de muchas almas.
Pero ¿a qué detenerme en prolijas consideraciones sobre esta verdad, cuando todos los días confesamos esto mismo en nuestras conversaciones? Y si no, decidme, ¿cuántas veces al ver los males de la sociedad, y como consecuencias de ellos los de la religión, decimos: tal clase de sociedad ha ocasionado estos males, la apatía de los que debían impedirlo y no lo han impedido. Al ver el extravío de ciertas criaturas, nos fijamos instintivamente en el descuido de ciertos padres, en los ejemplos que han recibido; y sin embargo, Dios es el que obra en los corazones, y el que puede reparar estos males, y evitar estos extravíos; pero es que (no) quiere hacerlo sino con el concurso de las criaturas libres, según el orden que tiene establecido.
Esto supuesto, hermanos míos, en orden al bien de la sociedad y de la salvación de las almas, a todos quizás se nos puede hacer esta reconvención: todos somos más o menos culpables. Porque ¡ay, si descendiéramos al fondo de nuestras conciencias, quién sabe cuánto nos acusarían por nuestra indiferencia en la pérdida de tantas almas! ¿Cuántas veces hemos dejado de poner nuestro talento, nuestra influencia, nuestros intereses al servicio de la gloria de Dios y para la salvación de los demás? ¡Bien poco hemos meditado que Dios nos quiere a todos para cooperadores suyos, cada uno según sus facultades y según el orden establecido por Dios!
La santa Iglesia no ha cesado ni (un) instante de promulgar este deber; ella ha repetido a todas las generaciones de sus hijos las recomendaciones del Apóstol.
Porque no creáis, no, que sea propio de los genios extraordinarios y de los apóstoles de la palabra el poder secundar o contrariar los designios de Dios; ese poder pertenece en algún modo u otro a todos los hombres por débiles que sean. No sabemos.
La oración, servicio a los semejantes
¿Cómo debemos hacer, pues, me repetiréis? ¿Cómo? Además de la cooperación.
Y sin embargo los hombres no contestan a Jesús, descuidan darle esta gloria, no miran por sus intereses. Entregados a las cosas del tiempo, olvidan los deberes del espíritu, verificándose lo que dice San Pablo: Quaerunt quae sua sunt, non quae Jesuchristi, buscan sólo sus cosas, no lo que es de Jesucristo. ¡Oh, si a lo menos pusieran al servicio de Dios sus oraciones en favor de sus semejantes!
Nosotros, hermanos míos, no olvidemos la importancia de este precepto, al cual principalmente el sostenimiento de la Iglesia.
¿Será preciso para alentaros que yo os recuerde hechos relativos a la eficacia de este medio para alcanzar gracias de Dios para las almas? Uno solo os recordaré. Trasladaos a Nazareth. Y de una vida tan preciosa como la de Jesús, sólo tres años dedica al Apostolado de la palabra; los otros treinta exclusivamente al Apostolado de la oración; para manifestarnos que tanto manifestaba la gloria del Padre y alcanzaba la salvación para las almas, haciendo resonar el eco de su voz por los campos (y) ciudades de Galilea y Samaría, como gimiendo silenciosamente por los hombres en su retiro de Nazaret.
Mirad también el principio de la Iglesia. Los apóstoles esparcidos por el mundo obraban su conversión de un modo prodigioso. ¿Sabéis qué era lo que principalmente contribuía a que creciera tan admirablemente la semilla del Evangelio? Pues era la Virgen Santísima desde su retiro de Jerusalén.
¡Oh, y cuántos ejemplos podría citaros de la verdad de las palabras de San Pablo! ¡Y cuántos apóstoles veremos en el cielo que han sido instrumentos de Dios en la salvación de las almas, y que sin embargo, han ejercido su ministerio en un rincón desconocido del mundo! Recuerdo haber leído en el Padre Faber, en su libro titulado Todo por Jesús, que un célebre misionero, jesuita español, recorría ciudades y provincias enteras, obrando conversiones admirables, de modo que la fama de su nombre resonaba por todas partes; Dios reveló, sin embargo, a una santa que aquellas conversiones eran debidas principalmente al hermano lego que lo acompañaba siempre, y que puesto en el extremo de la escalera del púlpito, postrado en tierra, pasaba el rosario derramando abundantes lágrimas, para que Dios convirtiera a los pecadores por la palabra del misionero.
San Francisco Javier desde las Indias escribía a sus hermanos de Europa de rodillas, pidiéndoles oraciones, porque sabía por experiencia que a ellas eran debidas muchas de las conquistas que hacía para Jesucristo.
Tan cierto es que Dios nos quiere para cooperadores suyos, sobre todo por medio de la oración.
Y mirad, hermanos míos, que no hay ni un momento en que no podamos ser cooperadores de Dios para con las almas por medio (de la unión) de nuestras oraciones al Sagrado Corazón de Jesús. ¡En este mismo instante cuántos miles de agonizantes hay por todas las partes del mundo, para los cuales depende de aquel momento toda una eternidad! Y quién sabe si para alguno de ellos, una súplica, un sacrificio nuestro, hará eficaz la gracia que el Señor quiera enviarles.
¿Cuántas blasfemias se levantan como negro humo irritando la justicia de Dios? ¡Y el Corazón de Jesús nos está pidiendo nos unamos a él en espíritu de sacrificio y de alabanza como en desagravio, para impedir los castigos para ellos y para nosotros!
No hay, pues, (que desperdiciar) ni un momento, que mil necesidades generales y particulares nos están pidiendo nuestro celo, nuestros sacrificios, nuestras oraciones. Cuántos niños infieles...
Penetrémonos, pues, bien de este deber. Apropiémonos los sentimientos del Corazón de Cristo Jesús, que no pensaba, ni vivía, ni respiraba sino para el bien de las almas. Obremos como si se confiara a cada uno el remedio de todas las necesidades, y agenciémoslas ante Dios como si se tratara de nuestra propia salvación, porque quién sabe cuántas necesidades hay que tiene resuelto remediarlas por nuestro conducto, por nuestro celo, por nuestras oraciones.
De esta manera, hermanos míos, daremos gloria a Dios, cumpliremos los deseos de la Iglesia expresados por el mandato del Apóstol, y tendremos el consuelo y la satisfacción de haber contribuido a la gloria de Dios en la salvación de las almas.
Sí, dulcísimo Jesús mío, de hoy más queremos asociarnos a vuestros sentimientos y a los deseos de vuestro Corazón.
Aquí vendremos deseosos de llenar el deber que tenemos de cooperar a vuestros amorosos designios.
Aquí vendremos a presentar ante vuestros ojos tantos enfermos a quienes podéis y deseáis curar.
Vendremos ante vuestros tabernáculos a haceros compañía en el olvido de las criaturas.
Y vendremos todos los primeros viernes de mes a desagraviaros de las ofensas de los hombres; fomentaremos la devoción a vuestro amantísimo Corazón, para bien nuestro y de los demás, de esta manera mereceremos alcanzar las gracias que tenéis prometidas a los devotos de vuestro Corazón en la vida, en la muerte, y para la eternidad, gracias que a todos os deseo. Amén.
16.- El apostolado propagado (I, 1º, 134)
Se trata de un esquema. Lo incluimos porque nos da el dato preciso de la fundación del Apostolado de la Oración en San Mateo, el día 11 de Marzo de 1876: “Desde hoy queda canónicamente establecido en este pueblo el apostolado de la oración...”
Yo debiera, hermanos míos, extenderme en explanar la naturaleza (de) la devoción al Corazón de Jesús, que tiene por objeto apropiarnos los sentimientos de Jesús, y que es la que más nos da a conocer a Jesucristo.
Yo debiera deciros que la devoción al Sagrado Corazón de Jesús diferencia de la devoción al Santísimo Sacramento, en su objeto, en su motivo y en su fin.
Yo debiera deciros el objeto de esta devoción, que es el corazón mismo material de Jesús como órgano de la vida física y la vida moral y de los afectos del alma de Jesucristo, y al mismo tiempo símbolo de su amor inmenso.
Pero en la imposibilidad de tocar todos estos puntos, que con el tiempo iréis sabiendo, y que vuestro digno director os irá exponiendo, me contentaré con indicaros algunos de los motivos que tenemos para amar y honrar al Sagrado Corazón de Jesús, y las gracias concedidas a esta devoción.
Por ello no extraño que al ver los males de la Iglesia y de la sociedad, y para contrarrestarlos se lleven oraciones y oraciones reunidas, y estas oraciones unidas al Sagrado Corazón de Jesús, a fin de alcanzar gracias para la tierra.
Desde hoy queda canónicamente establecido en este pueblo el apostolado de la oración.
El Apostolado propagado.
Para cumplir con el Apostolado.
Se gana indulgencia, como veréis.
Aunque el Apostolado no imponga ninguna otra práctica, ni otra obligación, deben procurar todos los asociados honrar al Sagrado Corazón de Jesús, del modo que mejor puedan. Tener alguna estampa.
O llevar medalla.
Además animar a otros.
Cuando se tenga alguna necesidad general, oportunamente rogar.
Por ahora todos los viernes primeros de mes, a la hora que indicarán se dirá una Misa y ejercicios, y todos los años.
Más adelante, si las limosnas lo permiten, se hará ...
Los que puedan, pues, inscribirse, se deben dirigir a los celadores y celadoras.
Hoy en la puerta.
Yo confío que este pueblo. Sí, Jesús ha prometido que al que tenga una imagen en casa ...
II.- LA EUCARISTÍA
En este apartado incluimos las intervenciones del Beato Mosén Sol, divididas en tres partes:
+ Sermones: I, 2º, 1-33
+ Pláticas: I, 2º, 34-75
+ Fervorines: I, 2º, 76-93
Los destinatarios son los sacerdotes operarios, seminaristas de los Colegios de vocaciones y alumnos de seminarios, los grupos de las 40 horas, personas que garantizaban que el Santísimo estuviera siempre acompañado por adoradores, y Cameras del Santísimo, señoras que además de la adoración y reparación al Sacramento se encargaban de cuidar la mejor dignidad de todo lo que rodea a la Eucaristía: cosas sagradas, altar, manteles, y demás instrumentos para el culto, especialmente el eucarístico. Mosén Sol fue creador de estos grupos o animador de los mismos en muchas parroquias de su diócesis como se constata en su biografía.
1.- SERMONES (I, 2º, 1-33)
Los temas a los que presta especial atención en sus sermones son los siguientes:
+ La bondad de Jesús en la Eucaristía (Docum. 1-5)
+ El amor de Jesús en la Eucaristía (Docum. 6-9)
+ La Eucaristía y la Pasión (Docum. 10-15)
+ Definición de la Eucaristía (especialmente Docum. 27).
Los textos se presentan divididos y con subtítulos para facilitar su lectura. Son de la edición a no ser que se entrecomillen o se diga otra cosa.
17.- La bondad de Jesús en la Eucaristía (I, 2º, 1)
Sermón pronunciado en Vinaroz (Castellón) el 15 de Enero de 1888. Dedicado a los participantes en las 40 horas con motivo del décimo aniversario del establecimiento del Santísimo en su sede.
El mismo sermón lo repetirá en Lucena (Castellón) el 25 de Julio de 1889.
Partiendo del texto inicial del profeta Isaías. Subraya cómo el de la Eucaristía, es “un Dios que va en busca de la criatura como amante enamorado”. Deseos del Corazón de Jesús de comunicarse con nosotros. Responde a la pregunta: ¿A qué viene a nuestro corazón? Presenta la Eucaristía como fuente de santificación y termina con su pregunta-pensamiento: “¿Qué sería de nosotros sin la Eucaristía?”
“Alégrate, Jerusalén, salta de gozo” (Is 66,10).
¿Y cómo no, hermanas mías? Hace unos años que este lugar era un lugar solitario, muy ajeno a las miradas de los hombres, y sin embargo señalado por el dedo de la Providencia para predestinación especial.
Y se levantó este edificio; y hace 10 años por manos del hoy Venerable Arzobispo de Tarragona se colocó Jesús Sacramentado en un lugar humilde de esta casa; y luego en alas de los deseos de las madres hace años que en estos días también, después de brotada esta Iglesia a impulsos del celo de las almas buenas, y en él fue colocado majestuosamente el Señor por el Obispo de Tortosa. Y esta Comunidad agradecida, le dedica anualmente estos cultos, para celebrar la venida del Señor.
¿Qué os diré, pues, que pueda interesar vuestro corazón?
Insistiendo en las palabras que acabo de indicar en mi tema, entretengámonos un rato en meditar las inefables bondades de haberse querido quedar permanentemente y poner habitación entre nosotros el Santo de Israel, nuestro amantísimo Salvador, Cristo Jesús sacramentado.
Ave María.
Dios desea comunicarse con el hombre
Entre los rasgos de la bondad de nuestro Dios descuella su deseo de comunicación con el hombre. Él infinitamente feliz en sí mismo, para nada necesita de la criatura racional; ¿al criador de las criaturas qué pueden darle las criaturas?
Y sin embargo, hermanos míos, el hecho que domina el mundo moral es .......... (Vide plática de Deus abscónditus; cfr. Docum 7).
Se refiere en la historia profana de Artemisa, esposa del rey Mausolo de Caria, que era tal el amor que tenía a su esposo, que muerto éste no sólo llamó a los más distinguidos oradores de aquel tiempo para que pregonasen públicamente las virtudes y hechos gloriosos de su marido, no sólo le levantó un sepulcro famoso, que llegó a contarse entre las siete maravillas, del cual han venido a tomar el nombre de mausoleos los sepulcros suntuosos, sino que para satisfacer de algún modo su cariño, mandó reducir a polvo sus huesos que mezclados con vino los fue bebiendo poco a poco, para que de este modo, en cuanto le era posible, no separarse y tener dentro de sí al que tanto ella amaba.
Y este hecho que la historia consigna, admira y pondera como rasgo asombroso de un corazón amante, palidece ante la bondad del Corazón de Cristo Jesús y sus deseos de comunicarse a nosotros; porque quiso adaptar de tal modo su cuerpo y su sangre bajo las especies eucarísticas, que pudiera ser comido, y de este modo venir a nosotros, mezclarse con nosotros y unirse a nuestro corazón.
A la manera de las antiguas bebidas amatorias, que leemos propinadas para atraerse el afecto, Cristo Jesús para poder comunicarse a nosotros, y atraer nuestro afecto y venir a nosotros y entrar dentro de nosotros, nos convida a tomar ese filtro celestial y esa bebida amatoria de su sangre y de su cuerpo sacramentado.
Pero hay más todavía, hermanos míos; y es la continuidad de este deseo, y la constancia de este amo y de esta comunicación.
Si al menos el Señor al querer rebajarse de tal manera hasta el hombre, hubiese puesto ciertas condiciones, ya para excitar y probar nuestra fidelidad y agradecimiento, ya también para que sirviese de escudo a su autoridad, parecería lo más conforme y lo más conveniente a su grandeza.
Grande hubiera sido su bondad si sólo en un lugar de la tierra hubiese querido fijar su asiento v.g. en el Tabor o en la ciudad de Roma, para que las gentes acudiesen a disfrutar de su presencia sacramental y recibir sus beneficios, y las almas fieles en continuas romerías, así como hoy van a saludar a su representante, tuviesen la dicha de acercarse a su amor inmenso, y adorar la hostia consagrada.
Si al menos ya que ha querido establecer su asiento en tantas partes, sólo en algún día de año se hubiese exhibido a nuestra adoración, aún así nuestra gratitud y nuestro entusiasmo debía romper nuestro corazón ante la bondad de Cristo Jesús.
Si, en fin, al menos, ya que él quiere comunicarse a las almas, hubiese escogido para comunicarse a esas almas distinguidas en santidad; si hubiese querido ponerse solo en el corazón y en la lengua de un S. Francisco de Asís, de un Luis de Gonzaga, de una Teresa de Jesús, toda la eternidad no hubiese sido bastante para tributarle los homenajes debidos a su amor.
Y sin embargo, hermanos míos, no sólo en un punto del globo, no sólo una vez en el año, no a ciertas almas, sino que ha querido fijar su tabernáculo en medio de todos nosotros, y en todas las partes de la tierra, y quiere venir a nuestros corazones, y no sólo de día, sino aún de noche quiere permanecer en aquella mística y voluntaria prisión en que le ha atado su amor, y esto hasta la consumación de los siglos, real, vivo y verdadero.
¡Oh, si en aquellos tiempos...!
No dice, hermanos míos, la antigüedad pagana, que muchas naciones tenían atada alguna de sus divinidades, para que no huyeran y los abandonaren, o para que no les fuese arrebatadas. De aquí es que se cuenta que los Lacedemonios tenían atadas con cadenas la estatua de Marte; que algunos pueblos las tenían con cuerdas de oro el simulacro de Hércules, dios de la fuerza, y ponían guardas a la estatua de Apolo para que no pudiese ser arrebatada.
Pero, ¡ah! no, no; no es preciso que despleguemos semejante solicitud para tener y retener a nuestro Dios y Señor; él está allí permanentemente en la Sagrada Escritura; y está atado dulcemente con las cadenas de oro de su ardiente caridad, y él quiere permanecer con nosotros y comunicarse a nosotros.
No es preciso, no, que le digamos como aquellos discípulos contristados: Mane nobiscum, Domine. Señor, permanece con nosotros (Lc 24,28).
No es preciso, no, que le busquemos ansiosos, cual la misteriosa esposa de los Cantares, ni donde tiene su descanso a mediodía, para poderle encontrar, porque él está allí aguardándonos para recibir nuestro abrazo para conversar con nosotros, para comunicarse a nuestras almas; él ha puesto aquí su propia vivienda, y nos repite como el día de la primera institución: Ecce vobiscum sum. Quiero estar con vosotros hasta la consumación de los siglos (Mt. 22,20).
Quam bonum Israel Deus. Cuan bueno es Dios para Israel, exclamaba aquel pueblo en medio de sus ingratitudes al primer momento de recibir los beneficios de Dios (Sal 73,1).
Mejor que ellos podemos decir: Cuan bueno para nosotros es el Dios de Israel, para nosotros que ha querido establecerse en medio de nuestra compañía y bajarse hasta nosotros y comunicarse a nosotros.
Bendito sea el Señor, hermanos míos, que ha querido poner su habitación en medio de nosotros.
Y si yo, hermanos míos, quisiera extenderme en estas consideraciones de las múltiples bondades de nuestro Dios, bastaría que expusiera a vuestra consideración lo que ha tenido que hacer para lograr los deseos de su bondad; los milagros que tiene que obrar para realizar sus designios, las ingratitudes que tiene que soportar, los desvíos y desdenes que tiene que sufrir; pero ¡ay! Echemos un velo a estas consideraciones tristes para no pensar sino en sus bondades para con nosotros.
Porque, ¿a qué viene a acercarse y unirse tanto a nosotros?
¿A qué viene el Señor?
¡Ah!, él no vino sino a obrar y a llenarnos de todos los bienes.
No viene a habitar entre nosotros como en un trono solitario que se ha escogido para su reposo; si habita en nuestro corazón es para consolarlo, transformarlo, bendecirlo.
Él ha querido llevar consigo los más ricos tesoros de gracia para la Iglesia y para las almas en su estancia sacramental. De aquí es que la Eucaristía ha sido siempre para la Iglesia fuente la más vivificante de la santificación de los fieles. Ella es la que en todos los siglos ha formado los mártires, los confesores, las vírgenes. Ella es la que nos enriquece con los más ricos dones de Dios. Ella es la que nos instruye en las más heroicas virtudes.
Sin Jesús sacramentado qué sabríamos, hermanos míos, del amor de la abnegación, del sacrificio? Sin embriagarnos en ese vino que engendra vírgenes, ¿conoceríamos la castidad?
Sin unirnos íntimamente a esa víctima divina del calvario, ¿conoceríamos el espíritu de sacrificio?
Sin asistir a ese festín de amor, ¿conoceríamos la caridad?
Ella es la que arrastra hacia sí el corazón de tantas almas tiernas e inocentes que despueblan al mundo para consagrarse como ángeles del bien a favor de la humanidad doliente, o se sepultan en el retiro para víctimas del sacrificio.
Y no sólo Jesús ha querido colocarse entre nosotros para obrar nuestra santificación, sino también para ser nuestro consuelo.
¿Qué sería de nosotros sin la Eucaristía?
¿Qué sería de mí, exclamaba un alma fervorosa sin Jesús sacramentado sobre la tierra?
¿Qué sería de nosotros, almas pecadoras, sin la compañía de Jesús sacramentado?
Cuando las tempestades del mundo tan frecuentes nos azoten, cuando las tribulaciones vienen a tocar tan frecuentemente a las puertas de nuestros corazones, ¿a dónde sabríamos acudir, con la fe que ahora tenemos, si no tuviéramos cerca de nosotros a Jesús sacramentado?
Hermanas mías. En medio de las noches oscuras del alma, en las soledades de nuestro corazón, en las angustias del huerto tan frecuentes en el camino del espíritu, ¿qué sería de nosotros si no tuviéramos cerca de nosotros esa lámpara solitaria, que cual otra estrella nos recuerda la presencia real de Jesús? ¿Quién nos daría fuerzas sino fuera ese abrazo eucarístico que él nos permite con tanta frecuencia?
¿Dónde podríamos encontrar las aguas de consuelo que ninguna de las criaturas puede darnos?
Con razón el Profeta entusiasmado nos enunciaba con júbilo el beneficio del día en que el Señor vendrá a poner su habitación en medio de nosotros, porque entonces sacaríamos gracias abundantes de las fuentes mismas del Salvador (Is 12,3).
He aquí, hermanas mías, lo que os había indicado.
Así lo ha comprendido, hermanos míos, esta Comunidad; y por esto para celebrar este beneficio consagra todos los años esta fiesta, aniversario de la venida de Jesús a esta casa, donde quiso fijar su habitación (Jesús) sacramentado.
Que sea la estancia de Jesús en este lugar prenda de nuevas bendiciones para todos nosotros; pidámosle a Jesús que bendiga a esas almas que le hacen compañía y las santifique; que sean esas almas un jardín de verdadera reparación al Corazón de Jesús; que se multiplique su gratitud a Jesús sacramentado.
Asociémonos también a los homenajes que ellas le tributan para que Jesús esté satisfecho de haberse buscado ese lugar para su habitación.
Sí, Jesús mío, en cambio de ese tributo anual de amor, y ya que no deseáis sino que os pidamos, enviad Jesús mío, una bendición a esta casa, para que puedan continuar sus obsequios a vuestro amor.
Envía una bendición a este mi amadísimo pueblo de Vinaroz, por el cual veláis con tanto interés.
Haced que se multipliquen las obras buenas en él, y broten almas reparadoras de tu amor sacramentado.
Haced, Jesús, que podáis formarnos pronto una falange de adoradores nocturnos que os hagan compañía de noche para reparar el olvido de tantas almas.
Concedednos, Señor, que podamos establecer pronto, y aquí en esta parroquia, la corte diocesana continua de reparación, para que día y noche tengáis almas que os acompañen, para honrar vuestra soledad en el huerto y visitaros en la Eucaristía.
Bendecid a la bienhechora de estas Cuarenta Horas.
Haced que podamos repetirlas para que de este modo... Amén.
18.- La Eucaristía, alimento de la fe (I, 2º, 2)
Documento sin datar. Se ve claramente que es una introducción para un sermón. Tal vez seguiría el texto del sermón anterior.
Lo incluimos por la referencia a la fe y a la Iglesia.
¿Queréis ver lo que es la Eucaristía dentro de la Iglesia? Es como una fuente en medio de un jardín. ¿Qué hace la fuente?
Así Jesús la riega personalmente; ¿quién sabrá decir las riquezas espirituales que le comunica? Allí vegeta la fe, etc.
Con todas estas riquezas. De aquí la dignidad.
De aquí el valor de todas nuestras obras.
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¿Qué debemos hacer, pues, hermanos míos? Si Jesucristo se oculta para comunicarse a nosotros, ocultémonos a los ojos del mundo para vivir la vida de Dios. El Apóstol S. Pablo: Mortuus sum.
Muramos al pecado; muramos al mundo, a sus pompas y vanidades, a los deseos desordenados de nuestro corazón – y de este modo no importa que vivamos desconocidos para el mundo – si tenemos la dicha de vivir una vida oculta en el seno de Dios.
Ya que el Señor se oculta para comunicarse a nosotros, oh no le neguemos abrirle la puerta de nuestra corazón. Desgraciado de aquel que se aparta de Jesús.
Así como una planta sin el agua muere, será y no es más que para el fuego, o ser desechada, así también el alma que no acude a recibir la gracia que Jesús quiere comunicarle.
Mas ¿por qué se oculta tanta gloria? ¿Por qué permanece en la oscuridad tanta belleza? ¿Cómo permanece silenciosa tanta armonía? ¿Cuál es la razón de este secreto?
Ah, la misma Eucaristía.
¿Y por qué el amor le ha obligado a Jesús a quedarse oculto?
¿Cuántas veces, hermanos míos, al pensar en los prodigios de Jesús los días de su vida mortal – al escuchar las relaciones de los Evangelios que nos descubren sus correrías – al pensar en las turbas que le seguían por el desierto – y que presenciaban la multiplicación de los panes, la resurrección de los muertos, nos llenamos de una santa envidia – y nos parece que seríamos más felices si pudiéramos verle, tocarle y admirarle?
Y sin embargo, porque si el amor le ha obligado a quedarse entre nosotros ¿cómo es que se ha querido quedar oculto?
¿Sabéis por qué? Para vivir más íntimamente en nosotros – para revelarse por medio de nosotros – y, por lo tanto, para nuestro mayor bien.
Y he aquí lo que voy a proponeros.
19.- El corazón humano, cuna, casa y sepulcro de Cristo Eucaristía (I, 2º, 3)
Sermón sin fecha ni destinatario. Por alguna expresión se deduce que fue pronunciado poco después de la fiesta de Navidad.
Al verle estos días pasados, hijos míos, atado a ese Verbo divino con las cadenas de la Humanidad, vestido de nuestra carne – hecho niño para acercarse mejor, depuesta toda su grandeza y además sujeto al sufrimiento, ¿no es verdad, hijos míos, que nos parecía más cercano que no contemplando sólo su divinidad?
Velos sagrados, etc.
Nacido en Belén, o durmiendo sobre las rodillas de María, estaba más cercano que en su alta generación.
Trabajando en el taller de Nazaret, o esperando luego en la cruz nos parece más cercano que allá, habitando en los cielos y servido por los Ángeles.
Por eso desea que lo amemos más, porque se ha unido más a nosotros.
Y bien, habiéndose acercado tanto a nosotros, haciéndose semejante a nosotros, ¿podía acercarse más?
¿Quería unirse mejor?
Ah, sí lo hará, y he aquí la última invención de su amor: se oculta, etc.
Más cercano, bajo la apariencia de pan, que allá, bajo la figura de hombre. Más cercano a en nuestros tabernáculos que vestido de nuestro ropaje allá, en Belén, y más cercano, sobre todo, en nuestro corazón.
Nuestro corazón: he aquí la cuna donde ha querido reposar – la habitación donde quiere habitar, el sepulcro donde quiere anonadarse. En ninguna parte más cercano, y, por lo tanto, en ninguna parte tan amable y tan lleno de bondad.
Los sermones 4 y 5, correspondientes a los documentos I, 2º,. 4 y 5, son breves esquemas. Por ello no los incluimos.
20.- “Os he amado. ¿En qué nos habéis amado?” (I, 2º, 6)
Un texto incompleto el que nos ha llegado, pero se ve que sus ideas eran muy estimadas por el predicador, pues nos dicen los coleccionistas de sus textos que lo usó el 13 de enero de 1883 en Vinaroz;, en el Colegio de San José de Tortosa en Febrero; en Tivisa y en Benicarló, pueblos de la diócesis de Tortosa en mayo y julio, y al apostolado de la oración, sin conocer la fecha, en el mismo año. Finalmente, en el Colegio de San José en octubre de 1888.
El autor indica como inspirador del sermón a Bonllorie.
“Dilexi vos... dicit Dominus, et dixistis: In quo dilexisti nos?” (Mal. 1,2)
Mis hermanos en el Señor: No conozco palabra más dulce salida de la boca de Dios, que la que dirigió a su pueblo, por medio del Profeta Malaquías: Os he amado: Ego dilexi vos; y al mismo tiempo no conozco lenguaje más duro e injusto que el que usó aquel pueblo para responder a esta palabra de ternura: ¿En qué nos habéis amado? In quo dilexisti nos? Este Dios que se dignó llamar el Dios de Abrahán, de Isaac y de David y de Jacob; que con el poder de su brazo había arrancado a Israel del yugo de Egipto, y lo había establecido rico y poderoso en una tierra fecunda; que no había cesado de alumbrarle con su luz y regocijarle con su presencia, de guiarle por medio de sus enviados y profetas; este Dios, digo, confiado en esta innumerable serie de beneficios que había hecho a su pueblo, cree poder recordárselos, reuniéndolos en una palabra. “Te ha amado Israel” le dice. Y aquel pueblo le responde con un insulto: ¿En qué nos habéis amado?
Pero ¡ah!, Israel, que no eres tu única nación a quien Dios ha dado innumerables pruebas de su paternal cariño, y a la que tiene derecho a decir: “Yo te he amado”; ni tampoco eres la única que dirige a Dios esta insultante respuesta “¿En qué nos habéis amado?”.
Nosotros también , pueblo cristiano, del cual Israel no era más que figura; nosotros también a quien el Señor calienta hace 19 siglos en el seno de su ternura, como la madre a su hijo en su regazo; que procura reunir como la gallina a sus polluelos, (que anhela desprender de la tierra y enseñar a volar hacia las altas regiones, como el águila a sus hijuelos); a nosotros es a quien dirige esta palabra de su profeta “Os he amado”; y nosotros somos también los que, más ingratos que Israel, sin temor le respondemos todos los días: “¿En qué nos habéis amado?” ¡Oh, qué respuesta tan amarga es esta para el Corazón de Jesús!
Que una criatura humana se atreviese, en su loco orgullo, a disputar a Dios su poder, y decir “¿En qué eres poderoso?”; o si midiendo con su vista de miope la profundidad de los divinos consejos tuviese la temeridad de acusar su justicia, diciéndole: ¿en qué eres justo? ¡Ay! Sería muy culpable y se expondría a un severo juicio de esa justicia desconocida. Mas ¿qué son estas palabras comparadas con aquella, la más cruel de todas para el corazón de Dios, porque es un ataque a su más cercano atributo, la bondad, porque le hiere en la pupila de sus ojos, es decir, en su ternura para con nosotros?
Pero si esta pregunta dirigida a Dios es culpable, cuando parte de un sentimiento de duda respecto de su bondad, no es lo mismo cuando tiene por objeto una investigación más atenta, más profunda, más dulce de los medios que Dios ha empleado para darnos pruebas de su ternura; porque entonces lejos de ser culpables, “dichosos, exclama, el Rey Profeta, dichosos los que escudriñan los divinos testimonios y se consagran de todo corazón a esta investigación”.
Así pues, nosotros, hermanos míos, que nos hemos reunido ante el Señor para darle gracias en estas 40 horas, por haber podido celebrar el 52 aniversario de su instalación en esta casa, escuchemos como nos dice en su adorable sacramento: Dilexi vos, os he amado.
Entremos en dulce coloquio con él, investigado en el fondo de nuestro corazón cómo se oculta tanto amor bajo los velos eucarísticos, y preguntémosle, no con un sentimiento de desconfianza, sino con el santo deseo de que se acreciente nuestro amor y nuestro agradecimiento: ¿Cómo, Señor, nos habéis amado?
Y he aquí, hermanos míos, lo que vamos a meditar por un momento: cómo nos ha amado el Señor en la Sagrada Eucaristía. Para que sus palabras produzcan efecto en nosotros pidámosle su gracia.
Ave María.
Mis hermanos en el Señor: Ya que el Señor no se desdeña en defenderse y litigar contra nuestra ingratitud la causa de su bondad, entremos en santa lucha, con Dios, seguros de que si discutimos con él, nadie podrá responderle uno por mil, según la expresión de Job, cualesquiera que sean las circunstancias en que se encuentre.
¿En qué me habéis amado? ¿Dirá tal vez el pobre? Mi vida es un trabajo rudo, y las sendas de este mundo no tienen para mí más que abrojos y espinas. El campo del rico no tiene espigas para alimentarme. Fortuna, placer, goce, lo que constituye la felicidad de todos, a mí me ha sido negado; ¿en qué, pues, me habéis amado?
Te ha amado, le responde el Señor, porque precisamente por ti, que eres un ser pobre he querido nacer pobre, vivir pobre y morir pobre; te he amado, y por eso, para santificar tu situación, cuando mi boca divina se abrió por primera vez, dijo: Bienaventurados los pobres. Te he amado, porque cuando todos te desampararon, yo que soy tu verdadero tesoro, jamás te abandono.
El campo del rico no tiene espigas para ti; pero el campo de mi Providencia germinará de continuo si eres fiel, para que no te falte tu pan de cada día.
Tú careces, es verdad, en este mundo, de la fortuna que el gusano devora, y que el ladrón roba, y de los placeres que corrompen el corazón y pasan con la vida; en cambio, si quieres tu...
21.- Por amor se oculta en la Eucaristía (I, 2º, 7)
Predicado en Tivisa en mayo de 1883, en Vinaroz sin conocer la fecha y en el Asilo de Benicásim el 30 de julio de 1888. Texto rico en ideas.
Parte del texto de Isaías en el que el Dios oculto es el Salvador.
Cristo por amor se oculta en la Eucaristía, “su secreto más íntimo y más querido”. Se ocultó para poder contemplarlo mejor.
La Eucaristía, fragua de apóstoles.
Se hace pan para transformarse en nosotros.
Dios escondido. Dios salvador
“Vere tu es Deus absconditus, Deus salvator” (Is 45,15)
“Sois verdaderamente el Dios oculto, oh Dios salvador”.
Entre todos los misterios de la religión cristiana uno es tal vez el más oscuro de todos, y sin embargo es más dulce que todos los demás. Diríase que es una noche profunda, y no obstante es el esplendor que me alumbra en medio de las más suaves delicias. Nox illuminatio mea in deliciis meis (Sal 138,11).
Diríase que es el más impenetrable silencio, y con todo es la palabra de la cual está escrito: Que es mi garganta como el rayo de miel, quam dulcia faucibus meis eloquia tua (Sal 118,103).
Diríase que es la inacción y la muerte, y sin embargo es una vida de tal manera divina, que el que la posee, exclama: No soy yo quien vive, sino Jesucristo quien vive en mí (Gal 2,20).
Este misterio, ya lo habéis adivinado, ya lo sabéis es la divina Eucaristía, y refiriéndose a ella, pudo decir el Profeta Isaías: - Vos sois verdaderamente el Dios escondido y oculto, oh Dios Salvador ( Vere tu...).
Cuanto más parece que este Dios procura ocultarnos su gloria más que esfuerzo en venerar el misterio donde tanta dulzura se esconde – cuanto más oscura me parece la Eucaristía, más me complazco en adorarla con luces centelleantes, y con brillantes y con preciosos metales; cuanto más silenciosa es la Eucaristía más procuro yo rodearla de alegres y armoniosos cánticos; cuanto más profundo es el secreto de mi fe, más exijo yo de mi amor que lo revele en todos los corazones.
¿Y cuál es, pues, este secreto?
Hoy vengo, Señor, vengo como un niño, alimentándome de ese pan oculto (así como de la leche de vuestro seno maternal) a preguntaros cómo hay tanto misterio es ese alimento tan dulce, y por qué tanta dulzura en ese misterio tan oscuro.
Pero la Eucaristía me responde desde luego.
No fijéis vuestra atención en mi oscuridad, el sol me ha quitado el color ( Nolite considerare quid fusca sim, quia decoloravit me sol; Cant 1,5).
Y qué sol es este, sino el ardor de amor, como explica S. Bernardo ( Decoloravit a sole, est ignescere charitate).
Por amor se ha escondido
Sí, esto es lo cierto: por amor se oculta Jesús en la divina Eucaristía. Pero, insistiendo todavía, pregunto: ¿por qué el amor obliga a Jesucristo a ocultarse bajo esos velos? Lo pregunto, y en lugar de proseguir debería dejar a cada alma el cuidado de responder a sí misma, porque cada uno sabe en el fondo de su corazón, porque el amor de Jesucristo le ha preparado la Eucaristía, y ese es su secreto más íntimo y más querido ( Secretum meum mihi; Is 24,16).
No importa: yo también diré el por qué Jesús se oculta en la Eucaristía ya que me veo obligado a entretener vuestra piedad en este rato.
Él se queda oculto para vivir más íntimamente con nosotros.
Para obrar con más eficacia en nosotros...
He dicho, hermanos míos, que Jesucristo ha querido quedarse oculto para vivir más íntimamente con nosotros.
El hecho que domina seguramente el mundo social, y señala a la humanidad el verdadero carácter de grandeza, es el de la sociedad, de la unión del hombre con Dios.
¿Qué es el hombre aislado de Dios? Su cuerpo es como el heno del prado que florece por la mañana y por la tarde se marchita; su alma es un soplo que pasa; su vida un vapor ligero que se disipa.
Por el contrario, acercándose a Dios, el hombre se engrandece y se eleva; su alma es la imagen de la Divinidad. Desde entonces se establecen entre Dios y el hombre lazos estrechos y recíprocos.
El hombre al nacer sale de las manos de Dios, a su muerte vuelve al seno de Dios: he aquí el principio y el fin; y en estrecharla cada vez más por medio de las invenciones de su amor. La religión no es otra cosa que la historia de estas divinas intervenciones.
Desde el principio del mundo, el Verbo eterno entra en relaciones con el hombre, se comunica a su inteligencia; la instruye en las verdades que debe creer, en las virtudes que debe practicar, sin embargo todavía no ha descendido ante él: habita encima de su cabeza y en la profundidad de los cielos. No es todavía el pan oculto que se une a él: sino más bien la voz sonante que conmueve los desiertos y rompe los cedros.
Éste es el Dios, del cual está escrito: el Señor es grande, es glorioso, es terrible sobre todos los dioses (Dan 3,45 y 52).
Este primer lazo no era bastante para su amor. Habiendo habitado largo tiempo encima de nosotros ahora quiere vivir con nosotros: se encarna y se hace hombre. Oh, cuánto más estrecho es ya este lazo, y cuántos más encantos tiene esta unión. ¿Más encantos digo? ¿Y por qué? Porque encarnándose la Divinidad hace dos cosas, que son igualmente necesarias y dulces para nosotros: se oculta y se acerca a nosotros. Si la Divinidad se acercase a nosotros sin ocultarse, nuestros ojos quedarían deslumbrados; si se alejase ocultándose, la conoceríamos menos y olvidaríamos amarle; se oculta, y pudiéndole contemplar mejor, nos regocijamos a la sombra de sus velos; se acerca y nuestra alma se adhiere más estrechamente a ella. In velamento alarum tuarum exultabo; adhesit anima mea post te (Sal 62,8).
Velos sagrados de la Encarnación, cuerpo adorable de nuestro Salvador, Manos divinas que ... (------------), pies que os habéis cansado en correr tras nosotros, Corazón Sagrado, que tanto nos habéis amado, oh cuántas cosas sois para mí.
El Señor es grande, dice San Bernardo, y digno de nuestras alabanzas; encarnándose se hizo pequeño, y sobre todo amable. Magnus Dominus et laudabilis nimis: parvus Dominus et amabilis nimis (Sal 47,2; 144,3; 95,4).
Naciendo en Belén o durmiendo sobre las rodillas de María, me parece más pequeño que su alta generación, y por esto le amamos.
Trabajando al lado de José en el taller de Nazaret me parece más pequeño que fabricando el mundo con sus manos divinas, y por esto le amo. Servido por Marta, amado y adorado por María en la casa de Lázaro, me parece más pequeño que habitando los cielos, le amo. Triste y sufriendo en su pasión, muriendo sobre una cruz me parece más pequeño que viviendo y reinando con su padre y con el Divino Espíritu en los siglos de los siglos y por eso le amo más. Parvus Dominus, et amabilis nimis.
Jesús Eucaristía, Pan de cada día
Ahora bien: si Jesucristo se oculta tan profundamente en la Encarnación, ¿cómo se ocultará más? Si tanto se acerca a mí tomando una carne semejante a la mía, ¿podía acercarse más?
Y sin embargo lo hace, y esta es la última invención de su amor. Se oculta, pues, bajo la apariencia de mi pan de cada día; se acerca hasta hacerse nuestro alimento cotidiano.
Se hace más pequeño y desde entonces más amable. Parvus Dominus et amabilis nimis.
Más pequeño bajo la apariencia de pan, que bajo la figura de hombre; más pequeño en el Tabernáculo que en Belén; más pequeño en el altar que en la cruz, más pequeño sobre todo en nuestro corazón.
Nuestro corazón: he aquí la cuna donde reposa, el salón donde trabaja, la región donde vive, el Calvario donde se inmola, el sepulcro donde se sepulta. En ninguna parte se hace más pequeño como en nuestro corazón, y por eso en ninguna sé amarlo más. Parvus Dominus, est nimis.
Y este lazo tan íntimo lo contrae con todos: su vida inmortal se había encerrado en los límites de una región estrecha en el corto espacio de 33 años; su vida eucarística se extiende desde un polo a otro polo, y dura tanto como el mundo. Durante su vida mortal muy pocos hombres le habían visto, muy pocos se habían acercado a Él, y le habían recibido en su casa, en su vida eucarística pertenece a todos los hombres: de siglo en siglo las generaciones pasan, y a medida que habitan este mundo, encuentran siempre al Dios de la Eucaristía en el Tabernáculo y sobre el altar.
Es aquí, hermanos míos, el objeto de quedarse Jesús tan oculto y escondido.
Sí es.
Pero hay otra razón de por qué Jesús se oculta en la Eucaristía y es para obrar con más eficacia en nosotros.
Sí, hermanos míos, Jesús no ha querido quedarse así más que para obrar: no viene para habitar entre nosotros como en un trono solitario que se ha escogido para su reposo; si habita en nosotros, en nuestro corazón, es para transformarlo; si mora en él es para hacerlo mejor, y no pasa por él sino para hacerle bien.
¿Y cómo es la Eucaristía para Él un medio tan eficaz de acción?
Entre la acción de Dios y la del hombre hay esta diferencia. El hombre no obra sobre sus semejantes sino por medios exteriores, y cuanto más fuertes son estos medios más poderosa es la acción.
Dios obra también indudablemente sobre el hombre, por el espectáculo externo de sus obras, por la serie de acontecimientos de este mundo; obra igualmente sobre él por su palabra que le hace oír por ejemplos que pone a sus ojos.
Pero estos medios exteriores nada son, si no los anima su acción interior y los vivifica, y esta acción es la gracia.
Y ¡oh!, bondad de Dios. Quiso ocultar el Señor sus más ricos tesoros de gracia bajo el signo sensible del pan eucarístico, y de encerrar en él, por esto mismo, su más rico medio de acción. Y de aquí que la Eucaristía ha sido siempre en la Iglesia la fuente más vivificante de la santificación de los fieles.
Ella es la que en todos los siglos ha formado a los mártires, los confesores, las vírgenes. Ella es la que nos enriquece con los más ricos tesoros de Dios; la que nos instruye en las más sublimes virtudes. Allí, hermanos míos, bajo aquellos velos silenciosos que la cubren, tiene una elocuencia inimitable, que la palabra humana no alcanza; allí nos enseña divinos secretos, que se escapan al lenguaje del hombre.
Almas piadosas aquí presentes, cualesquiera que seáis, si yo os preguntara, ¿qué me diríais? ¿Qué sabríais sin Jesús sacramentado? Antes de haber gustado la Eucaristía, ¿qué sabíais? Y después de haberos familiarizado con ella, ¿qué ignoráis de la fe, de los preceptos divinos, de los secretos de la gracia, del conocimiento de vosotras mismas?
Antes de embriagaros con este vino, que hace germinar las vírgenes, ¿conocíais la castidad? Sin alimentarnos con este pan misterioso, en que Dios se anonada, ¿conoceríamos la humildad?
Antes de unirnos tan íntimamente a la Víctima divina del Calvario, ¿conocíamos el espíritu de sacrificio?
Sin asistir al festín del amor, ¿puede conocerse la caridad?
Y después que la Eucaristía es el alimento habitual del alma, ¿qué ignora de los consejos del Evangelio?
Ah, si el Bautismo nos hace cristianos, la confirmación cristianos perfectos, la Eucaristía nos hace santos.
Y cuán dulce y amable es su enseñanza. Cuanto facilita el cumplimiento del deber.
Diríase, hermanos míos, que hay dos clases de cristianismo, una en que los mandamientos son siempre penosos; el yugo siempre duro, la carga siempre pesada; y otro en que los preceptos son fáciles, el yugo siempre suave y la carga siempre ligera.
El primero es el cristianismo de los que no conocen la Eucaristía, el otro es el de los que la aman y frecuentan.
Poned, si os place, en presencia de dos almas, la una que ame la Eucaristía y la otra que no la ama; poned, digo, el mismo precepto, la misma virtud, la misma obra; allí donde la segunda vacila, la primera no vacilará; allí la segunda tropieza, la otra volará. He aquí el poder de la Eucaristía; poder que debe alegrarme por la virtud oculta que derrama en nosotros.
Dios oculto y misterioso, verdaderamente sois el Salvador de nuestras almas. Deus absconditus, Deus Salvator.
Así pues, si nos examinamos. Veis un hombre que recibe a Jesús y no se enmienda.
Finalmente Él ha querido ocultarse para revelarse en nosotros y multiplicarse por medio de nosotros.
Jesucristo ha querido aniquilarse para residir en nosotros, y de este modo multiplicar en la persona de cada cristiano la manifestación de sus obras.
Ha querido revivir en todos los cristianos, que son sus hijos, de modo que así como el viejo Adán se había perpetuado en todos los hombres, hechos pecadores, Él, que es el Adán nuevo, se quiere continuar en las generaciones cristianas rescatadas y santificadas por Él.
Y por la Eucaristía Jesucristo obtiene este fin. Porque así como el pan material se convierte en carne del hombre, porque aquél es inferior a éste; al contrario, el pan eucarístico, que es más noble que el alma que lo recibe, la atrae, por así decirlo, y la transforma en sí. Por consiguiente, venimos a ser otro Cristo.
¿Y como tales debemos aparecer?
Si el Apóstol S. Pablo decía: Imitatores mei estote (1 Cor 4,16), si el mismo Jesucristo nos decía: Sed perfectos como vuestro Padre celestial, recibiendo la Eucaristía debemos ser y representar a Jesucristo, que nos transforma en Él.
Y debe resplandecer en nosotros su forma exterior, sus palabras y sus actos.
Su forma exterior, que Él ha querido ocultar. El Apóstol para expresar esta forma, no supo emplear más que esta sencilla palabra: Aparuit benignitas, la bondad apareció. Cuando Jesucristo se mostraba, su encanto indefinible lo atraía todo hacia Él (Tit 3,4).
Los mártires hablaban. Antes de ir al martirio comulgaban y era tanta la fe que se permitía elevarse al Señor en la comunión.
En segundo lugar, debemos reproducir las palabras.
Los primeros cristianos ........
¿Lo hacemos así? Ah, hermanos míos. ¿Revive Jesucristo en cada uno de sus cristianos, como es su deseo? ¿Somos ejemplares de Jesucristo? ¿Honramos con nuestras palabras y acciones a Jesús, que quiere aparecerse?
Oh, cuando veo la conducta de tantos cristianos, en tantas poblaciones, que tan contrariamente a la Ley de Jesucristo, no puedo menos de lamentar la deshonra que se le hace.
Si un moro
Los mártires
Inglaterra
¿Y por qué estas costumbres? ¿Por qué no se recibe la Eucaristía?
Amemos, pues, a este Dios oculto. Se esconde para entrarse mejor. Si hubiese ostentado su gloria, ¿quién le hubiera querido recibir?
Y en vista de esto, Exalta et lauda habitatio... (Is 12,6).
22.- ¿Cómo agradecer al Señor todo el bien que nos ha hecho? (I, 2º, 8)
Sermón predicado en Vinaroz el 13 de enero de 1879 en el aniversario de la fundación de las 24 Horas.
Lo repetirá en Tivisa en mayo de 1883 y en Burriol en 1887.
En el Convento de Sta. Isabel de Tortosa y en el Colegio de Valencia en el mismo año.
Tomando como base el ejemplo del Rey y Profeta David invita a recordar los beneficios recibidos para hacer la pregunta que es el centro del sermón: ¿Cómo pagar al Señor?
“Venid y ved las obras de Dios” (Sal 65,5)
Mis hermanos en el Señor: El fervoroso Rey y Profeta David cuando desde la altura de su meditación contemplaba los beneficios que había recibido de la mano misericordiosa de su Dios, henchido su pecho de gratitud y de entusiasmo, no podía contenerse, y daba un grito y exclamaba: Venid, venid, cuantos teméis al Señor, y os contaré las cosas que he hecho por mi alma ( Venite omnes qui timetis Deum, Sal 65,16).
¿Y qué beneficios son éstos, oh Rey Santo?
¡Ah! Me sacó de entre las ovejas de mi padre, de pastor me ha hecho sentar en el trono de Israel, me ha libertado de mis enemigos, ha cubierto mis pecados, me ha llenado de todos los bienes. Quid retribuam, Dómino. ¿Qué le podré dar (añadía), oh almas que teméis al Señor, qué le podré dar en cambio de tamaños beneficios? (Sal 115,12).
¡Oh, Santo Profeta! Justo es que des gracias a Dios por esos beneficios recibidos de sus manos misericordiosas; pero, ¡ah!, trasládate a los días de la gracia, ven en este momento a este santo templo, y te encontrarás lo que ha hecho por nuestra alma.
Él nos ha redimido de la esclavitud en que gemíamos; nos ha redimido con su sangre preciosísima; nos ha hecho hijos suyos, y nos ha hecho herederos del trono inmortal, y no contento con esto se ha hecho compañero a nuestra disposición hasta la consumación de los siglos.
Sí, mejor que David debiera dar un grito de entusiasmo y exclamar: Venid, venid criaturas todas y os contaremos lo que el Señor he hecho por nuestras almas.
Hoy, pues, hermanas mías que celebramos el aniversario de la toma de posesión de Jesús Sacramentado en este lugar, hoy que por primera vez le ofrecemos estas solemnes 24 Horas, como acción de gracias por sus beneficios, y sobre todo por haberse quedado en nuestra compañía, meditemos como el Profeta estas finezas de su amor sacramentado.
Si con el recuerdo de estas finezas, y con la memoria de estos beneficios, logro un acto más de amor y de gratitud hacia ese mi Jesús Sacramentado, mis deseos quedarán satisfechos.
Meditemos, pues, estas finezas de Jesús al dejarse por nuestro amor en este sacramento, y para que sean provechosas nuestras consideraciones pidámosle su gracia, por intercesión de la Bienaventurada Virgen María. Ave María.
“No supo qué darnos más”
Al querer exponeros las finezas del amor de Jesús Sacramentado, no puedo menos de recordar aquella gráfica expresión de S. Agustín, ante este beneficio imponderable, a saber: que Dios con ser omnipotente no pudo dar más; con ser sapientísimo no pudo discurrir más; con ser riquísimo no tuvo más que darnos.
Si yo hablara ahora a almas menos instruidas en los principios de nuestra fe, les expondría lo que hay encerrado en aquella hostia, que aparece ante nuestra vista.
Yo les diría que allí está el cuerpo sacratísimo de Jesús formado de la sangre purísima de la más inmaculada de las Vírgenes; aquellos ojos divinos que arrebataban los corazones; aquellas manos divinas que derramaban tantos favores; aquellas mejillas que son el encanto de los serafines.
Que allí está aquella alma santísima objeto de las complacencias de la Trinidad beatísima.
Que allí está el Verbo divino por quien fueron criadas todas las cosas, con los atributos de su Persona, y que por una concomitancia, inseparable están las tres Personas de la misma Trinidad beatísima. Y todo esto lo enseña el Señor en aquel pequeño círculo y lo entrega a nuestra disposición. ¿Qué más podría ofrecernos entre la omnipotencia de su poder?
Y notad, hermanas mías, las circunstancias que acompañan a la entrega de este don.
¿Cuándo realizó el Señor esta entrega? El Apóstol S. Pablo tiene buen cuidado en recordárnoslo. In qua nocte tradebatur: en la noche misma de su pasión (1 Cor 11,23).
La noche había extendido su manto sobre la tierra. Los habitantes de Jerusalén entregados al descanso olvidaban los beneficios que habían recibido de Jesús, y no se acordaban ya de aquel hosanna, que pocos días antes habían entonado en su triunfante entrada. Los enemigos reunidos estaban expiando el momento de prenderle. Y en aquellos mismos momentos es cuando Jesús hacía al mundo y a los hombres la entrega de tanta fineza. No en aquel día en que una mujer llena de entusiasmo le pregonaba bienaventurado; no en aquellos días (una entrega) tal se hubiera creído que era como recompensa de aquel tributo de (gratitud).
He dicho que con ser sapientísimo no supo qué darnos más. Suponed, hermanas mías, por un momento, que recostados allí en la cena, y que el Señor nos dice: Alma mía, ¿qué quieres que te deje? Quieres mi retrato.
Y si el Señor nos hubiese dicho, viendo nuestra timidez: quieres que venga todos los días a hablar contigo tras una cortina.
Pero Señor: ¿Y eclipsarás de tal manera tu gloria? Mirad que nos verán, ¿y qué se dirá de vuestro poder?
Pero ¿y cuántos milagros para conseguir tu objeto?
Pero, Señor, y tantos ¿cómo aún así no corresponderán a tu amor? ¡Ah!, no importa con tal sirva para bien y consuelo de mis escogidos.
No tuvo más que darnos
Finalmente, hermanas mías, con ser riquísimo, no tuvo más que darnos. Se nos entrega como pan, alimento, que es lo más íntimo del hombre, puesto que se convierte en su propia sustancia.
¡Oh, hermanas mías! Si el Señor hubiese prometido venir sacramentado a la tierra una sola vez al año para ofrecerse a nuestra adoración, por esto sólo las generaciones todas debían tributarle un himno de gratitud y de entusiasmo.
Si en un solo punto del globo hubiese fijado su residencia sacramental, ¡oh! las criaturas todas debían correr animosas por poder disfrutar de su adorable compañía.
Si al menos ya que había querido tener la dignación de entregarse a las almas, hubiera sido en la lengua y en el corazón de un P.S. Francisco, de una Sta. Teresa de Jesús, aún así grande hubiera sido nuestra admiración.
Pero, ¡ah! no: no sólo en un punto de la tierra, sino en todos los lugares; no un día solo, sino todos los días y a todas las horas está a nuestra disposición, y no sólo a estas almas distinguidas sino a cuantos quieran acercarse, es entrega a su disposición.
¡Oh, hermanas mías! Si en aquellos tiempos en que se llamaba el Dios de las venganzas y de los ejercicios y en que ...
Y este Dios habita entre nosotros y nos hace compañía y no sólo de día, sino aún de noche es nuestro continuo vigilante, y podemos acercarnos a él.
Y él es compañero de nuestra vida y es el consuelo de nuestras penas; y es nuestro continuo prisionero, a quien podemos apretar dentro de nuestro propio corazón.
¿Y qué se propuso el Señor con estas imponderables finezas?
¡Ay! En primer lugar llenar el vacío de nuestro corazón. Desde el día del primer pecado, el corazón del hombre estaba vacío de felicidad.
En segundo lugar llenar las ansias de su propio corazón. 4000 años había que se encontraba como separado del hombre; por ello cuando llega el momento concebido por el Padre, se deja del modo más íntimo que puede para que sea completa su unión con el hombre. Por ello, vedle en el momento de instituir este sacramento. Cuando al reunirse en el Cenáculo a la caída de la tarde.
¿Qué hemos de hacer?
¿Qué hemos de hacer, pues? Hermanas mías, ¿cómo hemos de corresponder a estas finezas de Jesús?
Con actos de amor y de reparación. He aquí lo único que nos exige.
Con actos de amor, alabanza y gratitud. El Evangelista S. Juan vio...
Anatema sit al que no ame a Jesús.
Pero además, reparación. A pesar de esta fineza de Jesús vosotros sabéis como le corresponden las almas. A pesar de su amor a través de los siglos, se repiten las escenas de los días de su vida mortal sobre la tierra, y ante esa frialdad de las criaturas quiere actos de reparación santa.
Trasladaos con el pensamiento a uno de aquellos momentos de Jesús, durante los días de su residencia en Nazaret.
Amor, pues, y reparación. Amor y gratitud sobre todo en estos días en que celebramos el aniversario de esta fundación. En estos días en que el Señor quiso escogerse este lugar como un nuevo trono de su amor sacramentado, en este lugar que se ha escogido para recibir los homenajes de sus almas predilectas. En este lugar que se ha escogido como fuente perenne de gracia para las almas. Continuad viniendo a ofreced vuestros respetos, vuestras plegarias, vuestros homenajes a este Jesús sacramentado, asociándoos a los que ofrecen día y noche estas santas religiosas, y el corazón de Jesús quedará complacido.
Y además reparación. Mientras hay tantos que olvidan a Jesús, que no quieren conocer sus amores, venid vosotros a recompensarle, a consolarle, a ofrecerle vuestro corazón.
Pedidle que perpetuamente pueda ser honrado y bendecido en este lugar santo. Que se puedan repetir estos cultos de gratitud y de desagravio, y siempre con más creciente pompa, y de este modo después de haber recibido los consuelos y las bendiciones de este Jesús sobre la tierra.
Los documentos 9 y 10 son esquemas de sermones y, por tanto, no los incluimos.
23.- Eucaristía y Pasión del Salvador (I, 2º, 11)
El mismo autor titula este sermón “Eucaristía y la Pasión”.
Es un sermón pronunciado en Vinaroz el primer viernes de abril de 1887. Lo repetirá el primer viernes de marzo de 1888 en la Capilla de San Antonio de Tortosa.
Enmarca el tema dentro del tiempo de Cuaresma.
Resalta la parte dolorosa y amarga de la Pasión, que queda endulzada por la permanencia en la Eucaristía; y que “a nosotros debe producirnos los mismos efectos una y otra idea”.
Alude a otros sermones en que él mismo pone en relación la Pasión y la Eucaristía, especialmente los documentos que se refieren a la amargura y soledad: “tristes y amargos eran los últimos momentos de Jesús. Pronto se verá en una soledad amarga en el huerto...” (I, 1º, 55).
Mis hermanos en el Señor: hemos entrado en el santo tiempo de cuaresma, y luego pondrá la Iglesia a nuestra consideración las amarguras de la cruz, los sufrimientos del Salvador. Estos sufrimientos nos son amargos porque fueron amargos al Salvador, y porque han sido ocasionados por nuestras culpas. Pero, estas amargas consideraciones las endulza una idea: la idea del amor de su Corazón sacramentado.
A Jesús le fue amarga la pasión, pero se la endulzó la idea de su permanencia en la Eucaristía, y a nosotros debe producirnos los mismos efectos una y otra idea.
Ya, pues, que celebramos este primer viernes de Marzo, estudiemos las analogías, las semejanzas místicas que hay entre los sufrimientos de Jesús y su amor sacramentado, así como también las semejanzas que hay para nuestro consuelo entre las amarguras que nos causa la memoria de los sufrimientos de Jesús, y la tranquilidad que nos produce su Corazón sacramentado.
La pasión nos es dura, he dicho.
Es decir, que la pasión fue dura para Jesús, y es dura para nosotros; pero la idea de dejar su Corazón sacramentado la endulza su Corazón y la alivia también el nuestro.
Ave María.
“La Pasión fue muy amarga al Corazón de Jesús”
He dicho, hermanos míos, que la Pasión fue muy amarga al Corazón de Jesús... (Cfr. I ,1º, 55). Tres cosas amargaban al Corazón de Jesús en su pasión:
1.º Los sufrimientos materiales. 2.º La separación de los hombres. 3.º La ingratitud de los hombres a sus sufrimientos; y sin embargo con la idea de dejarnos su Corazón sacramentado pudo consolarle de estas amarguras. Trasladaos con el pensamiento a la tarde y noche de antes de su Pasión. He aquí nos dice el Evangelista que siendo la víspera de la pascua, al caer de la tarde, dice Jesús a Pedro y Juan: Id enseguida a la ciudad y encontraréis un hombre que lleva un cántaro de agua, seguidle, y decid al dueño de la casa donde entréis: he aquí que quiero celebrar la Pascua con mis discípulos; y él os enseñará un salón grande y adornado; preparad allí el cordero pascual. Y he aquí que al reunirse allí con sus discípulos exclama con efusión: Desiderio desideravi. ¡Oh, cuánto he deseado celebrar esta Pascua con vosotros, antes de mi pasión! ¡Oh!, ¿qué pasaba por el Corazón de Jesús? ¿Por qué este deseo tan vivo, estando tan cerca de sus sufrimientos? ¿Qué consuelo podía darle aquella última reunión, estando tan cercano el cáliz que lo aguardaba?¡Ah! porque allí iba a instituir el Sacramento: Desiderio desideravi. Tomad y comed, este es mi cuerpo; tomad y bebed, esta es mi sangre. Como si dijera: he obtenido esto de mi Padre celestial, el poderme quedar sacramentado hasta la consumación de los siglos; obtenido este deseo tan ardiente, vengan ya ahora las burlas, los azotes, la muerte que ya nada me importan. Porque con esto quedan reparadas las amarguras todas que voy a sufrir (Lc 22,7-23).
Y ciertamente, hermanos míos, porque los sufrimientos, la pena de abandonarnos y las ingratitudes de los hombres quedan recompensadas con esto.
“Pan que fortifica y vino que alegra”
Grandes serán sus sufrimientos; pero como la idea de Jesús fue tan sólo amarnos y hacernos felices, con estos sufrimientos sabía que podía dejarnos todo su precio en su Corazón sacramentado.
Él veía su cuerpo desgarrado y su sangre vertida, pero consentirá gustoso en ser así molido como el trigo y prensado como la uva, porque se ha hecho anticipadamente el pan que fortifica y el vino que alegra. Él va a beber el cáliz amargo que le han proporcionado los pecadores, pero lo beberá hasta las heces, porque ya nos ha proporcionado para nosotros el cáliz de salud de su Sangre. En fin, espirando sobre la cruz, pensará con dulzura que esta cruz tan dura será la piedra en que las generaciones cristianas vendrán a recoger la miel y el aceite de la Eucaristía: mel de petra. He aquí, como el pensamiento de la Eucaristía endulza los sufrimientos de Jesús (Deut 32,13).
La otra amargura que acompañó a los sufrimientos de Jesús fue la de que su muerte va a arrebatarle de la tierra, de esta tierra que tanto ha amado, y la ha amado porque la ha rescatado con su Sangre, la ha amado porque en ella ha resonado su divina palabra, y se han manifestado sus maravillas; la ha amado porque comprende la necesidad que el hombre tiene de su divina presencia. Con más razón, pues, que el personaje de el libro de los Reyes puede exclamar: Sic me separat mors? ¿Así vas a separarme, amarga muerte?
Pero, ah, a esta separación dolorosa le ofrece un consuelo la Eucaristía. La muerte separa a Jesucristo de la tierra, pero la Eucaristía lo renovará y multiplicará sobre nuestros altares: ya no nos dejan huérfanos, porque la Eucaristía nos le conservará entre nosotros y nos devolverá a su Eterno Padre.
Todos los días de un extremo al otro del mundo, se repetirá esta palabra que ha resonado en el Cenáculo: Éste es mi cuerpo; y el cuerpo de Jesús unido a su alma y a la Divinidad se aparecerá en medio de nosotros (¡oh, vosotros los que estáis ciegos!).
En fin, lo que excede a la amargura de la pasión es el odio.
¿Qué cosa podrá consolarle? ¡Ah, sólo la Eucaristía!
Ésta producirá muchos ingratos, ¿pero cuántos sacrificios no creará? Al lado del traidor Judas, ¡cuántos amados discípulos descansarán su cabeza con placer sobre el seno del Maestro! Jesucristo ha formado en el Cenáculo una tribu santa y elegida que no tendrá otro amo ni otro alimento que su Corazón sacramentado.
Contemplad sino, hermanos míos, esta turba de almas fervientes de todos los países y de todos los siglos agrupadas con su pensamiento y su corazón al Corazón de Jesús sacramentado desde el Cenáculo hasta nuestros días.
¡Oh, cuántas nubes de incienso!
¡Cuántas lágrimas de contrición! ¡Cuántos propósitos de abnegación, cuántos actos de admiración! ¿Quién es capaz de contar las emociones de gratitud expresadas...?
Ved la obra de la Eucaristía. Este amor vehemente.
Ved aquí cómo la Eucaristía endulzó por medio de esta reparación la ingratitud de los hombres. Bendito sea el Señor que ha sabido consolarse de sus tres principales amarguras.
Pero he dicho también en un principio que la idea de su amor sacramentado nos endulza a nosotros las amarguras que nos causan los sufrimientos de su Pasión.
Tres son también las principales causas de sernos amarga la Pasión: los mismos sufrimientos de Cristo Jesús, el motivo de estos sufrimientos, y las duras lecciones que nos da.
¿Los sufrimientos de Cristo Jesús? ¿Cómo pueden ser los corazones cristianos insensibles a los padecimientos de Jesucristo? ¡Tener ante nuestros ojos aquella víctima inocente, el deseado de los collados eternos, hermoso entre los hijos de los hombres, el Príncipe de la paz, aquel por el que han sido hechas todas las cosas, Dios y hombre verdadero, clavado en una cruz y cubierto de ignominias!
Si somos sensibles y nos afectan ciertos males corporales aun de los que no amamos, aun de los desdichados criminales, como ser indiferentes a los azotes, a la corona de espinas, a las llagas sangrientas de este Rey de las almas; si nos oprimen las angustias de muerte de las personas que amamos, las afrentas de nuestros seres queridos, ¿cómo no angustiarnos, si lo meditamos, aquel cáliz amarguísimo, aquellas tristezas indefinibles, más amargas que los tormentos del infierno, que obligaban a exclamar a aquel Corazón afligido: triste está mi alma hasta la muerte?
Pero hay otra idea en los sufrimientos de la Pasión que nos la hace más amarga, y es la causa de estos sufrimientos. Recorred la cadena de estos padecimientos. ¡Pensad, aparte de estas tristezas mortales, los insultos exteriores de que fue objeto Jesús, aquella horrible bofetada, aquellos amargos azotes, aquella cruel y humillante corona, aquellos clavos, aquella cruz, aquella lanza, y pensar que hemos sido nosotros quienes lo hemos hecho! Que con la lanza de nuestros pecados hemos abierto miles de veces aquel costado; que con nuestros pensamientos de vanidad hemos apretado las espinas de la cabeza; que nuestros placeres han sido los azotes que han caído sobres sus espaldas. Pensar, en fin, que a no haber sido nuestras culpas, Jesús no habría padecido, porque no hubiera tenido necesidad de expiarlas. ¡Oh, qué amarga en este caso la memoria de la Pasión!
Pero sobre todo nos es dura por otro motivo, y es por las severas lecciones que nos da y los deberes que nos impone.
¡Qué ejemplo, en efecto, el de un Dios crucificado! ¡Cuán arduas las virtudes que nos enseña! La Pasión nos señala nuestro destino sobre la tierra, cual es del continuo padecimiento y de la expiación, como que es el estado de pecadora toda la humanidad. Ella nos impone el sacrificio de todo, la renuncia de todo, de nuestras pasiones, de nuestros afectos desordenados, de nuestros sentidos, de nuestras potencias, de nuestras comodidades excesivas; ella nos señala el perdón de nuestros prójimos, la resignación en los trabajos la paciencia en las enfermedades; todo esto es duro, ¿y quién podrá soportarlo?
La Paz de la Eucaristía
Y he aquí, hermanos míos, que el pensamiento de su amor sacramentado viene a dulcificar este rigor, como el aceite esparcido: Oleum effusum nomen tuum. (No es que la Eucaristía predique una doctrina diferente que la Pasión, sino lo que la Pasión nos enseña con voz austera, ella lo insinúa con un acento lleno de encantos).
Porque si, ante todo, nos amargan los padecimientos del Hijo de Dios en su pasión, nos lo mitigan la consideración de sus alegrías en el cielo, y su dulce descanso en el Tabernáculo, y nuestro espíritu se regocija y se fija con placer sobre la paz de la Eucaristía, opuesta a los horrores del Calvario.
En segundo lugar, si la Pasión nos recuerda los crímenes que hemos cometido, qué consuelo en cambio para nosotros pensar que en la Eucaristía ya por virtud de su sacrificio, ya por la de sacramento, nos ofrece el medio segurísimo de reconquistar la amistad de Dios. Porque la Eucaristía nos presenta la Pasión, no ya como dolorosa, ni como consecuencia dura del pecado, sino como una prenda de amor, como un testamento de paz, como un signo de reconciliación.
Y si, en fin, la Pasión nos da lecciones duras de sacrificio, la Eucaristía las endulza.
Bendito sea el Señor, hermanas mías, que, así como la Eucaristía, el dejarse su Corazón sacramentado fue motivo de consuelo para Él en medio de los sufrimientos de su Pasión, así también ha querido que su Corazón sacramentado sea nuestro consuelo en medio de las tristezas de su Pasión.
Bendito sea el Señor que ha hecho su cruz tan dulce y su Pasión tan amable, uniéndolas tan estrechamente a la Eucaristía divina.
Dichosas las almas que saben acudir con asiduidad a la meditación de los padecimientos de Cristo, porque como dice un piadosísimo escritor, si queréis saborear los dulces frutos de la comunión, penetraos de las amarguras de la Pasión.
Dichosas las almas que saben trepar las rocas del Calvario, porque esta piedra y esta roca se cambiarán en el altar en que les sea dado gustar la miel y el aceite del convite eucarístico. Mel de petra.
Dediquémonos, pues, hermanos míos, amantes del Corazón de Jesús a estos dulces pensamientos, a los sufrimientos de Cristo y a los amores de su Corazón sacramentado, y en ellos encontraremos la alegría, la dulzura, la felicidad.
¡Oh, Señor, en cada piedra...!
Los documentos 12, 13, 14 y 15 son esquemas de sermones sin datar y todos ellos del sermón predicado anteriormente.
24.- María y la Eucaristía (I, 2º, 16)
En realidad es un esquema amplio, no un sermón plenamente desarrollado.
El mismo autor dice que está tomado de Boullerie.
Parece que hay más de un sermón sobre este tema, ya que en el autógrafo dice “pronunciados en San Antonio. Primeros viernes. Diciembre 1882.
Los sermones sobre la Virgen se encuentran en el Vol. 4 de su Predicación.
Aquí relaciona “ el lirio que es María y el árbol de sabroso fruto del Altar”.
Mis hijos en el Señor: ¡Qué espectáculo tan triste ofrecía el mundo a los ojos del Señor desde aquel día fatal, en que se vio precisado a maldecir hasta la tierra, virgen aún, que acababa de salir de la nada, y que apenas había empezado a ofrecer las primicias al Criador.
Tan repugnante se presentaba este espectáculo a la vista del Criador, que, en su justo enojo ni aún para el hombre quiso que produjera la tierra más que abrojos y espinas. Spinas et tributos germinabit tibi (Gen 3,18).
¿En dónde, pues, podrá fijar su vista? Ah, el corazón de este Dios amante no podía sufrir tanta esterilidad, y determinó crear otra vez en medio de este frío y desierto campo del mundo una flor que amenizase, un árbol que produjese el fruto de bendición. Y he aquí que no pudiendo este amante divino detener la complacencia y perspectiva de esta belleza exclama en sus Cantares: Sicut lilium... (Cant. 2,2).
Bendita sea esta palabra de los santos Cánticos, que nos presenta bajo dos imágenes, los dos objetos más puros también de nuestro amor. Como el lirio entre las espinas, dice, así es mi amada entre las hijas de Sión. Como el árbol cargado de fruto entre los estériles de la selva, así es aquel a quien amo entre los hijos de los hombres.
¿Quién es este lirio y quién este árbol de fruto sazonado?
Lo adivino, hijos míos, sin trabajo, y me apresuro a decíroslo: el lirio es María, el árbol cargado de frutos es el corazón de Jesús en el sacramento de su amor, es la divina eucaristía.
La Iglesia nos ha sido designada con el símbolo de un huerto cerrado, hortus conclusus, huerto del cual el Paraíso terrenal no es más que su figura, y él a su vez no es otra cosa que la imagen anticipada del Paraíso celestial. Pues bien, lo que en el jardín de la Iglesia atrae nuestras miradas, y nos hace olvidar el mundo entero es el lirio y el árbol divino, que es María y la Eucaristía.
Que otros más embriagados con los espectáculos del mundo, o más seducidos con sus vanidades, busquen en otra parte lo que les encanta; que prefieran el brillo de las grandezas o la falsa alegría de los placeres, para nosotros, hijos míos, (...........) habiendo aspirado el perfume de lirio y saboreado los frutos del árbol, no pidamos nada a la tierra (ni al cielo) sino una vida humilde y oculta allí donde florece el lirio y donde el árbol nos presenta sus ramas cargadas. Queremos vivir y morir entre el lirio y el árbol, entre María y el Corazón de Jesús.
Hoy, pues, que por una feliz circunstancia ofrecemos los cultos el segundo día de este solemne novenario en honor de María Inmaculada (...........) y recordamos los afectos del Corazón de Jesús en este día del primer viernes he preferido escoger este doble símbolo de los Cánticos para exponerlo a vuestra meditación.
Consideremos separadamente desde luego el lirio que es María, sobre todo en su Concepción, y el árbol de sabroso fruto del Altar, y porque el Autor sagrado junta el uno con el otro como en un mismo pensamiento y en un mismo amor.
Breve he de ser. Y aunque sencilla, como siempre, mi exposición, necesito los auxilios de la gracia. Implorémoslos por medio de la que es Aurora, conducto, y Madre de él, María, saludándola con las palabras del Ángel. A.M.
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Semejante a lirio entre las espinas.
¿Pero en realidad es la Virgen Santísima a quien se dirigen estas palabras?
¡Ah! El mismo Autor de los Cantares nos lo enseña luego en otro pasaje, cuando la llama lirio de los valles. Lilium convallium (Cant. 2,1).
Valle de lágrimas este mundo desde el día de la culpa primera. Ella es la que vino a alegrar a la humanidad con el candor de la primera gracia perdida.
El profeta Isaías mirando en lontananza la aparición de esta flor divina, que debía brotar en el árido desierto del mundo, exclamaba: Egredietur radis... (Is 11,1), saldrá una vara de la raíz de Jesé, y brotará una flor de esta raíz, y descansará sobre ella el Espíritu de Dios. Sí, María es el lirio, es la flor por excelencia.
Trasladaos con el pensamiento, hijos míos, al principio del mundo: dos hermosas criaturas salen de las manos de Dios; puras como la aurora fueron colocadas en el paraíso, lugar de delicias, dueños del universo y de todas las criaturas (vide el sermón manuscrito en 1868 de la Concepción). (Se refiere sin duda a la que se encuentra en I, 4º, 1-11).
Los documentos 17, 18 y 19 son esquemas de sermones predicados en la fiesta del Corpus Christi en distintos pueblos de la diócesis de Tortosa.
25.- Sacramento de amor (I, 2º, 20)
También este documento es un sermón incompleto sin datar. Hace referencia al Sacramento del amor, a la presencia real del Señor en la Eucaristía, y cómo está presente y nos invita “para mover nuestros corazones..., para excitar nuestra reparación”.
La sublimidad del ministerio
Mis hermanos en el Señor: Si yo, al hablaros por primera vez del misterio augusto de nuestros altares, tuviera que dirigirme a un auditorio colocado en medio del Calvinismo, y en el que por tanto pudiesen tener lugar algunas prevenciones respecto de este dogma de nuestra fe, yo, en cumplimiento de mi encargo, debería extenderme en prolijas consideraciones, exponiéndoos los motivos de credibilidad, que hacen y deben hacer racional nuestras fe, según la expresión del Apóstol.
Yo recordaría para haceros ver la posibilidad de este dogma consolador, el poder de aquel Dios, que al sólo eco de un acto de su voluntad soberana sacó de la nada el mundo que admiramos; que según la expresión del profeta llama por su nombre a las estrellas y estas le responden con temblor: aquí estamos, que ha creado todas las bellezas de la naturaleza, y ha fijado propiedades a las especies, y leyes a todas las sustancias – y aquí así puede cambiar sus leyes y propiedades.
Yo os expondría como un argumento incontestable la sublimidad de este mismo misterio, superior al alcance del entendimiento humano o más bien, si puedo hacer así, la imposibilidad aparente, la repugnancia natural a la creencia de esta verdad, y que, sin embargo, fue anunciada por el Hijo del humilde artesano de Nazaret (por un judío crucificado) como única comida de felicidad y de salvación; verdad que, a pesar de esta repugnancia natural y que ya le echaron en cara y se burlaron los fariseos, debía ser creída todos los siglos y se impondría a todas las naciones y a todas las inteligencias, a pesar del cetro de los emperadores de la espada de los tiranos, del libro de los filósofos, de las heredadas preocupaciones de los pueblos, del orgullo de la razón humana; y todo esto en medio de los esplendores de la literatura y de la civilización pagana.
Y os descorrería a vuestra vista, para que os solazarais en este bello espectáculo, esa galería de hombres eminentes desde un Santo Tomás de Aquino, el más sabio de los filósofos que ha producido la humanidad, y el más grande de los teólogos que ha engendrado la Iglesia, cantor del Oficio del Sacramento, y que se postraba ante Él como el más sencillo aldeano, hasta Bosuet y Fenelón y Laínez y demás serie de sabios oradores y literatos y naturalistas que han rendido su fe y su ciencia ante ese Sacramento de amor.
Dios patentizaría los milagros públicos y auténticos, que la crítica más recelosa y severa no ha podido destruir, y que está expuestos y probados con toda rigidez en las actas de canonizaciones; hechos con que la Providencia ha querido de vez en cuando fortalecer y ayudar la fe del pueblo cristiano.
Y hasta podía presentaros como otra de las tantas pruebas esa misma guerra que el infierno ha hecho constantemente a esta verdad, levantando, para combatirla así los sofismas de la impiedad como el poder de los magnates, como el odio de los herejes que han profanado con un odio y un furor inauditos el augusto Sacramento: guerra y furor que no tienen explicación, si esta creencia fuese sólo una impostura o más bien una necedad.
Presencia real
Yo os diría... ¿Pero dónde voy, hermanos míos?
Si precisamente, y por fortuna, estoy hablando a un pueblo que al venir aquí no viene a investigar motivos, ni a preguntar razones, sino con el corazón henchido de entusiasmo, y que no desea sino escuchar con alborozo los amores de Jesús Sacramentado. Si tengo la satisfacción de hablar por primera vez a una Parroquia que entre las pocas no sólo de la Diócesis, sino de entre muchas Diócesis, ¿está ofreciendo este público homenaje popular, durante toda una octava, en honor de Jesús Sacramentado?
Pero..., si al menos yo, ya que no para fortificar vuestra fe, tratare con un auditorio que tuviese más olvidado lo que encierra este dogma, podría siquiera entretenerme en recordarle lo que se encierra en aquella ostia sacrosanta, y le diría que está allí real, vivo y verdadero, el cuerpo sacratísimo de Jesús, no..., pero sí místico, espiritual, sacramentado; que se encierra allí aquellos ojos divinos, que arrebatan los corazones en los días de su vida mortal, aquellas manos que derramaron tantos favores, aquellas mejillas que son el encanto de los serafines.
Que está allí aquella alma santísima, primogénita entre todas, objeto de complacencia de la Trinidad beatísima, y que por la unión hipostática está también el Verbo, por quien y en quien han sido hechas todas las cosas, y que por la circuncisión el Padre y el Espíritu Santo.
Yo recordaría las maravillas, que el angélico doctor Santo Tomás enumera hasta catorce, que se verifican en la transustanciación, por la cual el pan se convierte en cuerpo de Cristo y los accidentes subsisten sin la sustancia, y que su cuerpo no se empequeñece en una pequeña ostia, y no se multiplica en la división, ni se divide en la separación, yo os diría, pero perdonadme, repito, hermanos míos.
Me olvidaba que hablaba a unos católicos que todos los años, y desde vuestra infancia, y de voces más autorizadas habéis escuchado las enseñanzas de la fe relativas a este misterio. ¿Qué os diré, pues, yo, hermanos míos?
Ah. No: no vengo a hablar a vuestro entendimiento cultivado por la fe.
Hablaré sí, sólo el lenguaje del corazón, para mover vuestra piedad.
Os contaré las magnificencias y las glorias de Jesús Sacramentado, os hablaré de sus amores, y no os ocultaré sus misteriosos sufrimientos, para excitar vuestra reparación.
Y al querer deciros algo en este primer día, no podía escoger expresión más propia, para ponderaros el poder y el amor de Jesús, que aquella tan sabida de San Agustín, a saber, que siendo omnipotente no pudo Jesús daros más en este misterio, que siendo sapientísimo no pudo discurrir otra cosa mejor, que siendo riquísimo no pudo ya más que daros.
Siendo omnipotente, no.
Y para convencernos de ello,¿bastara, hermanos míos, examinar algunas muestras del poder de Dios y compararle con ésta? ¿En dónde encontraremos algunas muestras del poder de Dios? En la creación del mundo.
Más aún, este poder y esta prueba de la magnificencia de su poder, lo comunica al hombre.
Y cuando...
26.- El testamento de Jesús (I, 2º, 21)
Un texto muy breve y sin datar, pero lo incluimos por la intensidad de su contenido.
Como Jesús estaba en vísperas de morir, quiso, antes que llegase la hora, hacer testamento, y dejarle a su Esposa la Iglesia una manda señalada para su remedio, y dejóle la cosa más preciada... accipite... y con estas palabras queda instituida la... comida sabrosa y exquisita; manjar divino; pan de los Ángeles;... ¡qué cuadro tan conmovedor! ¡Qué escena tan tierna! El Corazón de Jesús está radiante de alegría, ha satisfecho ya sus deseos... por muchos años deseaba celebrar esta cena de fraternal amistad, y he aquí que ya lo ha logrado; voy a padecer, sí; voy a derramar mi sangre..., pero todo esto me parece poco, en comparación del extremado amor que os profeso y no me contento con menos que poniendo mi Cuerpo y Sangre en vuestras manos. Bien puede la Iglesia exclamar: nulla natio...
Qui non cellat non amat: San Agustín. Enemigo al revés: Qui non amat.
Los sermones siguientes son: el primero una introducción sin explayar; el segundo, también para la fiesta del Corpus es más amplio y toca el tema de la fortaleza de los santos que les viene del Sacramento. Están los dos sin datar.
27.- Jesús es el mismo amor (I, 2º, 22)
El atributo que más descuella en las obras de Dios es el amor...
San Juan no sólo nos dice de Jesús que ama, sino que es la misma caridad. Deus Charitas est. Reparad sino en algunas obras de Dios... creación, no se hizo sino por amor... redención. La Iglesia dice: mirabiliter condidisti sed mirabiliter reformasti...; pero en donde descuella de un modo admirable... Eucaristía. Aquí sí que brilla el incendio amoroso en que se abrasaba el corazón de Jesús.
Es uno de los últimos días que Jesús vivió con los hombres, estaba sumamente triste... lo dijo a sus discípulos... coartor supramodum...; por otra parte he de obedecer a mi Padre, que manda vaya a tomar posesión y recibir el premio...; por otra parte tan grande el amor..., que siento mucho el dejaros..., el amor no reconoce imposible, inventa un amoroso medio..., se conoce además su amor por las circunstancias en que lo instituyo...; mientras los hombres estaban tratando como quitarle la vida, mientras estaban concertando como... Jesucristo instituye el Sacramento que da la vida eterna... ¡Qué contraste!... Si san Pedro le hubiese dicho: oh maestro, ¿por qué pretendes quedarte sacramentado entre los hombres, por que te empeñas en instituir?... No ves cómo corresponden... ¿No reparas los insultos, atropellos, sacrilegios, que te esperan...? ¡Ah!, le hubiera respondido: no importa, con tal que haya algunos que se aprovechen, por todo pasaré... de buena gana lo toleraré con tal que ... Por cierto que esto es mucho amor, mucha humillación: bien puede la Iglesia exclamar: nulla natio (Offo. del Cor). Aún no se para aquí su amor, sale por nuestras calles, penetra en nuestras casas, sin hacer distinción entre pobres y ricos, sabios, nobles y plebeyos, lo mismo en los palacios de los príncipes que en las humildes chozas de los pastores... ¿Verdad que no habíais reparado en todo esto? Y todo esto lo hace con verdadero delirio... delitiae meae esse cum filiis hominum... Y para ello está dispuesto a recibirnos a todas horas... de día, de noche,... ¿y a pesar de tanta abnegación no se le corresponde? ¡Ah! la más negra ingratitud... sin hablar...
28.- El Santísimo es la vida de la Iglesia y la fuerza de los santos (I, 2º, 23)
“Panis quem ego dabo caro mea est pro mundi vita” (Jn 6,52).
Bibite nombre es una palabra latina, pero que la entienden todas las naciones y lenguas.
Exordio: la historia de la festividad... Proposición: el Santísimo ha sido, es y será la vida y el sostén de la Iglesia y de los fieles.
Primera parte: ha sido. Si no hubiera sido el Santísimo Sacramento, el Día de la Ascensión hubiera sido el más triste, pues en él hubiera concluido la Iglesia... La Virgen Santísima no hubiera podido vivir tan largo tiempo separada de la compañía de su amado Hijo y su vida fue sostenida por la Sagrada Comunión que recibía todos los días de la mano de San Juan.
Los Apóstoles en sus correrías, persecuciones, quebrantos, recibían la fuerza de la Sagrada Comunión.
Los mártires para arrostrar las iras y sostenerse en fuerza inquebrantable, en horrorosos tormentos,... en la comunión hallaban su fuerza y vigor... Quia bene manducaberat et bene biberat (dice San Agustín sobre el martirio de San Lorenzo). La Iglesia tenía buen cuidado de alimentar a sus hijos antes de entrar en el martirio con el Cuerpo y Sangre... Las Catacumbas de Roma aún existen, y allí puede ver el piadoso viajero un inmenso número de sepulturas de mártires, pero junto a ellos hallará también el autor sagrado en donde se inmolaba la Sagrada Ostia con la cual fortificaban su alma antes de entrar en la palestra.
2ª Es la vida... Francisco Javier se lanza a mares desconocidos; habita muchos años entre salvajes; dilata 6000 leguas cuadradas el reino de Cristo, y forma el proyecto de dar la vuelta al mundo entero únicamente por ganar almas...
¿Sabéis, pues, quién lo sostuvo cuando habitaba entre cafres? ¿Sabéis de dónde sacaba el vigor y el esfuerzo para domar aquellos bárbaros y reducirlos al yugo de Cristo? Pues no tenía otra ayuda que el Smo. Sacramento. Durante el día se entregaba a sus duras tareas, pero las noches las pasaba al pie del sagrario.
Y viniendo a nuestros días, ¿quién es el que mueve e impulsa al corazón del misionero que abandona a su familia, y arrostra con frente serena los mayores peligros?... Por eso...
Mirad también a esa vírgenes consagradas a Dios con votos perpetuos, que han dado un eterno adiós al mundo, encerrándose voluntariamente dentro de cuatro paredes, ¿han pisado sus riquezas, han renunciado sus honras, que duermen en dura cama y afligen su cuerpo con desmedida penitencia? ¿Cómo se concibe tanto sacrificio? ¿Cómo se explica tanto heroísmo? Mirad a ese sagrario. Ese es el que las sostiene... y sin ayuda suya no podrían sostenerse en esa vida emprendida. Por eso las demás religiones que no tienen Eucaristía no conocen el sacrificio, ni la caridad, ni mucho menos el heroísmo. Por eso los Protestantes no pueden presentar una sola Hermana de la Caridad, porque no tienen Eucaristía. Esta es la fragua donde se calienta su corazón y se enardece para sacrificarse por sus hermanos. Por eso también todos los herejes, el blanco donde dirigen sus ataques es la Eucaristía. Bien saben lo que hacen, pues conocen perfectamente que sin Eucaristía la Iglesia no podría subsistir. Pero los triunfos de ayer nos aseguran las victorias de mañana. Ya cuando Jesucristo quiso instituirlo dijeron algunos ( durus est hic sermo) y se apartaron de Jesús, los impíos de aquellos tiempos; pues esto mismo hacen los impíos de nuestros... Mirad los Jansenistas, mirad los Protestantes, mirad los impíos, como se apartan ellos y apartan a los demás...
El documento 24 es un breve esquema para un sermón en el Colegio de Valencia que sería pronunciado el 27 de mayo de 1894.
29.- Jesús Sacramentado rige todas las cosas (I, 2º, 25)
El mismo autor nos dice que es un sermón sobre la Eucaristía.
Comienzo por una exposición del Salmo 22 y dice que está sacado principalmente de Moreno Cebado.
Fue predicado en Vinaroz (Castellón) en enero de 1881 a los miembros de las 40 Horas y en Tivisa (de la diócesis de Tortosa) en mayo de 1883.
El motivo de la fiesta
Dominus regit me et nihil mihi deerit (Sal 22).
Al veros, hermanos míos, aquí reunidos con la mayor devoción en el recinto de esta modesta y santa capilla, al sentir estos armoniosos cánticos que se elevan al trono del Señor, me pregunto a mí mismo: ¿cuál es la causa de la emoción que hoy todos experimentamos? ¿cuál es el motivo de esta fiesta que conmueve hoy los corazones de esta Comunidad y llama a los fieles a su templo, para que participen de su alegría y devoción?
¿Es acaso algún acontecimiento agradable que ha sobrevenido de nuevo a esta Casa? ¿Es acaso alguna de aquellas bulliciosas fiestas que ponen en movimiento los corazones y tienen lugar en este recinto cuando se arranca alguna al mundo para consagrarla a los altares del Señor? Ah, no; la emoción de nuestros corazones me declara que es otro el objeto de estos cultos. Esta fecha me recuerda que son los aniversarios de la toma de posesión de Cristo Jesús de este lugar, que se ha escogido para descanso de su amor: que es aniversario del día en que quiso fijar su vivienda, su habitación y hacer compañía a corazones queridos, que le estaban anhelando. Que es el día en que estableció por primera vez su tabernáculo en este lugar predestinado para trono de sus gracias. ¿Cómo no entonar, pues, un cántico de amor y de gratitud a ese Dios de las bondades?
Tres años hace que nos permite repetir estos homenajes de gratitud y quiere continuar en este lugar y entre nosotros ese pacífico Salomón sobre ese trono de amor, recibiendo las adoraciones de esta Comunidad, y de este amante pueblo, y quiere permanecer allí este
Cordero Dios, oculto con el velo de las especies eucarísticas, para que sin temor ni sobresalto lleguemos hasta sus pies.
Saber agradecer el don del sacramento
Quid retribuam Domino? (Sal 115,12) ¿Qué gracias podremos dar al Señor por tamaño beneficio? ¿Qué le daréis al Señor, hermanas mías, por este don de haber escogido este jardín de reparación y a vosotras, flores de su santuario? Ah, sólo un himno de gratitud es lo que podemos ofrecer a sus pies, en acción de gracias por habernos dado la Sagrada Escritura.
Oh, ¿cómo no repetir un canto armonioso de gratitud y de acción de gracias? ¿Y cuál debe ser este cántico?
El Profeta David en su salmo 22 al meditar los beneficios le decía: El Señor es el que me rige – y nada puede faltarme – me ha colocado en el lugar de la abundancia – sobre el agua de refección me he educado. Me ha conducido por los caminos de la justicia, me ha puesto una mesa en mi presencia contra todos los que me atribulan – y un cáliz cuan preclaro. Su misericordia me seguirá todos los días de mi vida, hasta habitar en la morada del Señor.
Oh, ¿qué mejor cántico podemos ofrecer al Señor? Sin duda que el Profeta, al escribirle estaba viendo en lontananza los beneficios de Jesús Sacramentado en los días de la gracia – y la Santa Iglesia lo pone en nuestros labios en el oficio divino del Sacramento.
Este cántico vengo, pues, yo a ofreceros como homenaje de reconocimiento al beneficio que Jesús nos ha hecho de quedarse aquí entre nosotros y para nosotros.
Y será el mejor tributo que podamos ofrecerle, al conocimiento y meditación de estos beneficios.
Oh, Jesús mío: cuán dulce es cantar tus glorias y tu amor, os diré con S. Bernardo. Dadme gracia para descubrir los beneficios de tu inmensa caridad, para que sepamos agradecerlos. Y esta gracia os la pedimos por María. Ave María.
Jesús desde su trono sacramentado rige todas las cosas
Dominus regit me.
Se gloriaba el pueblo de Israel, reconociendo el favor que Dios le había hecho de estar delante de ellos, entre las sombras del tabernáculo, y el entusiasmo que esto les causaba, les obligaba a exclamar: Non est natio tan grandis...(Deut. 4,7). No hay nación que tenga sus dioses cercanos de sí como nosotros; y esto que ellos sólo descubrían el arca donde Dios fijaba su protección; miraban con respeto el calendario misterioso, la mesa de los panes de la proposición, y repetían: Dios está con nosotros.
Pero, ah, la Iglesia santa, enriquecida con los más bellos adornos del cielo, abre sus puertas, permítenos penetrar hasta el Sancta Sanctorum, lleguemos hasta aquel tabernáculo; no está allí el arca de la alianza y los signos que prometían la dicha que nosotros obtenemos; aquello ha desaparecido y se encuentra aquí la verdad prometida; allí está el Dios fuerte de Israel, dirigiéndonos y gobernándonos. Dominus regit me.
Sí, hermanos míos; es tanta su bondad que se digna habitar en medio de nosotros; desde ese trono oculto es monarca que preside y manda a los ángeles y a los santos – allí está el que rige y manda a su pueblo, y aunque en hábito vulgar, según la expresión de un Padre de la Iglesia, es Rey que manda como Dios y como hombre; Él es el príncipe y Señor de todas las naciones; el romano y el griego, el armenio y el persa, y cuantos habitan la tierra de uno a otro polo, participan, reconocen su dominación (firmando su reino no con la sangre de animales sino con su Sangre misma).
Y desde allí, como de su trono, dirige los cuerpos y las almas. Oh, si echáramos una mirada al mundo entero, veríamos que no hay obra buena, que todos los acontecimientos son dirigidos por Jesús, desde este trono. Prescindo de los acontecimientos sociales – que tampoco se escapan a su Providencia.
En la esfera de la Iglesia y en el orden espiritual, Jesús es quien rige todas las cosas. Mirad esos misioneros que van a remotas regiones en busca de las almas, esas almas que sacrifican todo el mundo y en bien de sus semejantes, los sacerdotes en sus trabajos, los apóstoles en sus fatigas, las almas todas, desde el Pontífice en su tribulación hasta el último de los fieles, ¿quién mueve esos corazones? Oh, hermanos míos. No hay ni una de las gracias, etc.
Jesús es, pues, el que me gobierna y me dirige: Dominus regit me. ¿Y qué podía faltarnos siendo Él el que nos rige? Nihil mihi deerit, in loco paschuae ibi me colocabit. Alrededor de este trono de donde nos gobierna ha colocado una Pascua abundante, donde nada puede faltarnos. In loco paschuae etc. Allí espléndida mesa, convite celestial, manjar divino; oh, penetremos, nos dice S. Crisóstomo, penetremos con nuestra consideración la mansión del cielo, miremos la dicha de los santos, escuchemos los cánticos de los ángeles; contemplemos en aquel Señor divino la esencia incomprensible y descendamos después a este templo, y acerquémonos después con la antorcha de la fe a aquel altar y exclamaremos: Nihil mihi deerit. En este Sacramento encontramos cuanto pudiéramos hallar en la felicidad eterna; allí los santos son sacados en el torrente inagotable de la divina esencia de Dios; aquí está el mismo Dios tan presente como a ellos; allí se encuentra y se adora a Dios en quien se halla la generación eterna e inmutable: aquí el esplendor del Padre, la imagen de su substancia, la sabiduría; la virtud, la sabiduría, la omnipotencia. Él ha formado, quedándose con nosotros un nuevo cielo de la tierra; nuestro pecho es su trono; habita en nuestro corazón y, comiendo este manjar, nos envidian los ángeles y Él lleno de amor habita con nosotros hasta la consumación de los siglos, y sólo el velo de los accidentes divide al reino invisible del visible – residiendo en este adorable Sacramento la plenitud de la Divinidad. Mejor que David podemos exclamar; in loco Paschuae etc.
Y continúa el Profeta en su salmo 22, cuya exposición veníamos comentando: - Super aquam refectionis educavit me – animam meam convertit (Sobre el agua de la refección me educó – y convirtió mi alma).
La Eucaristía, piedra y fuente de aguas vivas
Trasladaos con el pensamiento, hermanos míos, a aquel hermoso pasaje de la Escritura, cuando habiendo levantado el pueblo de Israel sus tiendas en la falda del Sinaí, para dirigirse otra vez para la tierra de promisión, el camino les fatiga, la sed les abrasa, y claman a Moisés – y golpeando éste la piedra brotó un raudal de aguas que, formando éstas un arroyo, les seguía por el camino que andaban; pudiendo apagar de esta manera su sed. San Pablo nos dice que significaba aquella peña: - Petra autem erat Christus (1 Cor 10,4). Aquella piedra era Cristo y de su Corazón Santísimo ha brotado para su pueblo la Eucaristía, fuente de aguas vivas, y nos ha colocado a nosotros junto a la corriente de estas aguas saludables.
Si el mismo David considera, en otro lugar dichoso al que como el leño de la selva, está plantado junto a la corriente de las aguas, cuanto más felices nosotros a quienes ha colocado junto al manantial de esas aguas, de las cuales, al anunciarlas el Profeta Isaías, decía: Aurietis aquas cum gaudio de fontibus Salvatoris (12,3). En aquel día, en el día de la gracia, en el día de la reparación, sacaréis aguas con gozo de las fuentes mismas del Salvador.
El Señor nos reengendra con las aguas del Bautismo, nos reforma y robustece con las gracias de los demás Sacramentos; pero en la adorable Eucaristía, agota las aguas de su omnipotencia, según comparación de S. Agustín, y nos pone junto al piélago insondable de su amor.
De modo que, según el Damasceno, el pensamiento primero que tuvo Jesucristo al quedarse con nosotros fue para que jamás faltasen las aguas de su amor, encontrando en Él el manantial de su amor. Y el Crisóstomo exclama: no, no una sola vez se ha colocado el Salvador en esta fuente, como en otro tiempo en el sitio donde debía acudir la Samaritana, para darle las aguas de su gracia, sino que cotidianamente está en nuestros altares, esperando no a la mujer pecadora solamente, sino a la Iglesia universal para llenar a todos los fieles; y a donde podemos acudir a todas horas, y sin peligro alguno, a beber las saludables aguas en esta fuente, que nos ha preparado el Salvador. En esta piedra, que es Cristo Jesús, mana el agua de la gracia que nos defiende de la sed y del calor.
Gracias mil, oh buen Jesús, por habernos colocado junto a esa fuente de aguas vivas de su Corazón, donde siempre se encuentra el consuelo, la felicidad, el amor. Super aquam refectionis, etc.
Y continúa el Profeta: Deduxit me super semitas justitiae propter nomen. Me ha conducido por los caminos de la justificación. Si Él nos conduce por el camino hermoso de la perfección y de la justicia, y hace crecer en nosotros las flores de las virtudes.
Si el alma se extravía, con el amor de Padre le llama desde el Sacramento; con un lenguaje inteligible al alma le instruye en un momento, enseñándole mil veces más que cuanto puede explicar la ciencia humana.
Y nos conduce por la senda de la justicia apagando la llama que devora al hombre en los deseos mundanos. Y nos eleva a los deseos del cielo, y es antídoto contra el pecado mortal y remedio contra el venial. Y reforma los desórdenes de nuestros apetitos. Y nuestra fe se robustece y nuestra esperanza se anima, y nuestro amor se desarrolla, y nuestro corazón se regocija, y nuestras potencias se ilustran. Con Él, en fin, corremos, como ciervos, a las montañas elevadas del espíritu. Deduxit me super semitas justitiae.
Y añade aún el Profeta: Nam et si ambulavero in medio umbreae mortis, no timebo mala, quoniam tu mecum es. Aunque andaré en medio de las sombras de la muerte no temeré, porque Él está conmigo.
Decía el pueblo de Israel en los días de su gratitud: Nada temo, porque mi consolador está delante de mí, por medio de nuestro caudillo Moisés, cuya vara obra prodigios, y al presenciar todos esos prodigios, es tan grande su consuelo en el desierto, que exclamaba: Videte et admiramini. Ved, naciones; ved, pueblos, y admiramos.
Oh, hermanos míos. Mejor que ellos estamos delante de Jesús que ha querido quedarse con nosotros y en su mano está el cetro del poder, y podemos acercarnos y estar junto a su trono, donde no hay relámpagos que deslumbren, ni ruido espantoso que conturbe, ¿qué podemos temer?
La adorable y venerada mesa
La enamorada.
¿Qué podía, pues, temer el hombre estando al lado de su Dios que vela por Él?
Y Él es quien nos da fuerzas divinas para pelear contra nuestras mismas pasiones, y los enemigos de nuestra alma que continuamente nos rodean, y Él nos guía y es nuestra luz contra las ilusiones del enemigo; y siendo luz y fortaleza, ¿qué podremos temer velando Él por nuestra propia conservación?
Virga tua et baculus ipsa me consolata sunt (Sal 22,4). ¿Qué es la vida del hombre sobre la tierra? Como caña movediza, expuesta a todo viento de tribulación; el dolor y llanto son el patrimonio que ha heredado del pecado original; la amargura y la aflicción son el alimento ordinario de su corazón. Y si este es el alimento del corazón del hombre, ¿quién podrá contar las fatigas en el orden del espíritu? Semejantes a Elías subiendo al monte Horeb, acosado por Jazabel, se rinde a la fatiga, así también entregada a la fatiga; y así como a aquel el pan subcinericio que le presenta el Ángel le sirve de confortativo, de aliento para llegar a la cumbre del monte, así también el Hijo Unigénito del Padre nos ofrece el consuelo y el aliento en nuestras aflicciones en esa adorable y venerada mesa donde se alegra nuestro corazón.
La aflicción que oprime el alma en su misma languidez, que sujeta a tantas imperfecciones e infidelidades, termina a la vista del adorable Sacramento, que mueve al alma a la misma ansiedad que hace correr al ciervo sediento a esa cristalina fuente de consuelo.
Baculus tuus: allí es el báculo que nos sostiene y nos consuela; y no sólo esto, sino que virga tua. No sólo nos consuela con su báculo, sino aún con su vara es nuestro bien.
Y si su castigo amoroso cae sobre nosotros, si el remordimiento y la humillación nos sobreviene para castigar nuestros desvíos, aún entonces podemos entonar: Bonum mihi, quia humiliasti me (Sal 118,75). Bien, Señor, porque me habéis humillado. Sí, un báculo y su vara son nuestro provecho y verdadero consuelo.
Parasti in conspectu meo mesam. Has preparado ante mí contra todos los que me atribulan, pero ¿dónde voy, hermanos míos? Os fatigaría, si tuviese que explanar con la extensión debida las palabras del Profeta aplicables al don que el Señor nos ofrece en la Eucaristía.
Has preparado una mesa, pero qué mesa, Mesa divina, espléndido convite, manjar celestial.
¿Qué tiene que ver el ponderado convite de Asuero ofrecido a los grandes de su reino? A este admirable convite asiste el rico y el pobre, el noble y el plebeyo, el sabio y el ignorante, el monarca y el vasallo, a todo admite gustoso, todos comen un manjar divino, y este manjar es el mismo Cordero que vio San Juan en su Apocalipsis, rodeado de los ángeles y de los ancianos que se postran y se rinden sus coronas: aquel Cordero sacrificado en la cruz, que pudo solamente desatar dos sellos, ese mismo es el que se entrega al hombre, constituyendo su mesa permanente.
“Impinguasti in oleo caput meum, et calix”.
Unges con oleo mi cabeza, rebosante está mi copa
Oh, cáliz embriagador de delicias. Allí en ese Sacramento se encuentran todos los bienes, todas las dulzuras más exquisitas y arrebatadoras. Díganlo las Teresas de Jesús, las Magdalenas de Pazzis, los Felipes Neri, los Bienaventuras, allí está el paraíso de delicias, el torrente del consuelo, el tesoro de la gracia.
Desde el día del primer pecado el corazón del hombre estaba vacío de felicidad. Rota la cadena que le unía con su Dios cuyo amor sólo podía darle felicidad; el hombre iba en pos de objetos que llenaran aquel vacío; pero como estos objetos eran más flojos que su propio corazón le producían el hambre, la necesidad.
De aquí que aún los justos del Antiguo Testamento unidos a Dios por el amor y por la fe, no obstante estaban lejos de poseer el colmo de la felicidad – porque les faltaba la estrecha unión con Dios.
Pero desde que el verbo se hace carne, y habita entre nosotros, y se nos deja en comida, quien podrá contar las almas que le han dicho al Señor: oh, Señor, basta ya; mi corazón no puede soportar el torrente de tus delicias y consuelos. – Calix inebrians, quam praeclarus est.
Por esto no extrañemos que el Profeta termine entusiasmado: et misericordia tua subsequetur me omnibus diebus vitae meae, para habitar in Domini, in longitudinem dierum.
Tu misericordia me seguirá. Dichosa el alma, hermanos míos, que sabe agradecer esta mesa del Señor. Dichosa el alma que sabe acercarse a este raudal de aguas vivas. La misericordia del Señor se seguirá.
El Señor decía en otro tiempo a la Samaritana. El que bebiere las aguas que yo le ofrezco no volverá a tener sed eternamente. El que come mi cuerpo y bebe mi sangre, nos dice Él por S. Juan, tiene en sí la vida eterna.
Sí, Él obra en nosotros la perseverancia. Así como el árbol de la vida nos dice S. Agustín, fue colocado en medio del paraíso como sabia divina que conservase la vida del hombre, comunicándole la inmortalidad, así también la Eucaristía es como el árbol de la vida colocado en el paraíso de la Iglesia, que al mismo tiempo que da la vida al alma le comunica la inmortalidad, y es como las arras de eterna salud.
“Ut inhabitet in domo Domini”.
Hasta habitar en la casa del Señor en la longitud de los días
Esto es lo que espera el Profeta, y mejor podemos esperarlo nosotros, si sabemos apreciar este don del Señor.
Ahora bien, hermanos míos, durante estos días de estas 40 Horas, que como tributo de gratitud ofrecéis a Cristo Jesús por haber querido establecerse en este lugar, meditad estas palabras del Profeta: el Señor es el que nos rige y nos gobierna, el que nos alimenta con tan saludables pastos, que nos cría a las orillas de las aguas de la misericordia, que nos conduce por las sendas seguras. Llegad, pues, a ese tabernáculo sin temor, gozad esas delicias eternas, hacedle compañía puestos a sus pies y los sentimientos que de estas ideas brotaran en vuestro corazón serán el mejor tributo que podáis ofrecer a los pies de Jesús.
Su misericordia nos acompañará todos los días de vuestra vida, os confirmará en la hora de la muerte, donec inhabitet, hasta que habitemos en la morada del Señor, por toda la eternidad.
Sí, divinos Jesús Sacramentado, aceptad este homenaje de alabanza que a nombre de esta Comunidad y de este pueblo, hemos elevado al pie de este trono, como un pequeño tributo de gratitud y de amor. Aceptadle, Jesús mío, ya que otra no podemos ofreceros, y sea él prenda de las gracias que esperamos alcanzar de Vos.
Bendecid, Jesús mío, a esta Comunidad que, en medio de su pobreza, no olvida principalmente vuestro culto. Bendecid a este pueblo, que se asocia a los cánticos de amor y de alabanza de este aniversario de la fundación de esta Casa.
Haced en particular, Jesús mío, que podamos ver pronto terminado el magnífico templo, donde queremos colocaros, para allí entonar mejor nuestras alabanzas a Vos y a vuestra Madre santísima.
Que podamos repetir estos aniversarios con mayores gracias bendiciones, y con aumento de vuestra gloria, y, después de haberos cantado aquí en la tierra, podamos alabaros en el cielo. Amén.
30.- “Mira que estoy a la puerta y llamo” (Apoc. 3,20) (I, 2º, 25)
El autor lo titula “Plática”. Fue pronunciada en Vinaroz el 5 de agosto de 1887.
Se pregunta quién es el que está a la puerta.
Llama para entrar, porque el corazón se da, no se violenta.
Relación entre Creación y Eucaristía.
Quién es el que llama
Ecce sto ad ostium (Apoc 3,20)
Mis asociados en el Corazón de Cristo. Entre las dulces expresiones salidas de boca de nuestro Dios, y en las que quiere manifestar su deseo, su ambición, si podemos decirlo así, por obtener el amor del hombre, hay una de estas expresiones, que por sí sola expresa y sintetiza un mundo de bellísimos y delicadísimos sentimientos de su amantísimo corazón. ¿Cuál es esta expresión? Sto ad ostium, et pulso. Mira que estoy a la puerta, y llamo.
¿Quién es, amados míos, el que dice estas palabras? ¿Es acaso Jesús el que está cerca de nosotros, y nos pide que le abramos? ¿O es que soy yo, que debemos ser nosotros los que debemos llamar a nuestro Salvador y a nuestro Dios, y los debemos llamar humildes al divino umbral de su misericordia, a fin de poder llegar hasta Él?
Ay, quién lo creyera. Es Él el que nos dirige esta palabra, por medio de San Juan en su Apocalipsis. Es Jesús el que dice primero esta expresión, porque es siempre Él que nos proviene, Él es el que nos solicita. Es Él el que, cuando dormimos, vela a nuestro lado. Es Él el que, cuando nos extraviamos, nos busca. Él nos llama cuando estamos lejos. Él, en fin, el que está a nuestra puerta y llama. ¿A nuestra puerta? ¿Qué es sino decirnos que esta a la puerta nuestro corazón?
Bendito sea el Señor, hijos míos, que así ha querido manifestar su solicitud por el amor del hombre.
Penetrar hasta el corazón del hombre, he aquí la única ambición de Dios. He aquí de lo que quiere ser dueño, pero con el asentimiento de este mismo corazón.
Todas las cosas son de Dios. El oro y la plata le pertenecen, y suyas son las posesiones de la tierra. Sólo el hombre tiene el triste poder de substraerse a su imperio.
Mas para poseer al hombre es preciso que Dios llegue hasta su corazón. Pero, ay, que el corazón es el profundo asilo, donde se reconcentra la majestad de nuestro ser. Nuestros miembros pueden encorvarse bajo el peso de la esclavitud, sin embargo no seremos esclavos. Mientras que nuestro corazón se halle libre, somos libres. Si nuestro corazón obedece, somos obedientes. Si nuestro corazón se halla en el mundo, somos mundanos. Si nuestro corazón está en Dios, somos de Dios.
“Mas el corazón se da, no se violenta”
Mas el corazón se da, no se violenta; abre su puerta, no se le fuerza, y el mismo poder de Dios se detiene ante ese impenetrable umbral.
Dios que ha hecho el corazón tan grande respeta a su criatura, y prefiere más inclinarse ante esa dignidad, ante esa libertad, dejándola toda entera, antes que aminorarla, avasallándola.
El corazón del hombres es grande y digno de ser poseído por Dios. ¿Qué hace, pues, Dios para hacerse dueño? Pues Él esperará. Se halla, nos dice, a la puerta de nuestro corazón y llama. ¿Cómo llama? He aquí, amados míos, la palabra que breve y sencillamente, siguiendo las indicaciones de un piadoso y conocido autor vamos a meditar en este rato, y en este primer viernes que le dedicamos a los amores de su Corazón. Mas... A.M.
Al criar Dios al hombre, pues ante él todas las maravillas de la creación, le señalo con el dedo esos astros del firmamento, que cantan la gloria de su poder, según la expresión del profeta encantó sus oídos con las armonías de la naturaleza – puso bajo su dominio todos los peces del mar y los animales de la tierra – le alimentó con todos los frutos de la tierra, y le embalsamó con los perfumes de la misma. Todo esto, ¿por qué? Para obtener el amor, el reconocimiento del hombre. Porque hablando así a nuestros sentidos llamaba Dios a las puertas de nuestro corazón. ¿Y cómo no, si el Apóstol mismo nos dice, que Dios ha hecho los objetos visibles para conducirnos al conocimiento y al amor de las cosas invisibles? Dichoso el hombre que al contemplar esas maravillas de la creación rinde su entendimiento y su corazón a la alabanza de su Criador. Dichosa la criatura que ante dones tan multiplicados, que a todas horas está recibiendo, abre su corazón a la gratitud, al culto, al amor de su Dios, que de este modo se lo pide.
Pero no sucedió, ni sucede así; el hombre en su extravío abrió y abre completamente su corazón a las obras creadas, sin dejar penetrar en él el conocimiento de su autor.
Tanto es así, amados míos, que pocos siglos habían transcurrido de la creación y cuando aquella tierra vigorosa y fértil, no alterada todavía por el diluvio, parecía que no respiraba sino motivos de gratitud y de alabanza al Creador, el hombre había corrompido todos sus caminos, y Dios se arrepiente de haber criado al hombre y en su indignación destruye todos los vivientes, que, en lugar de alabador, en lugar de ser voces que resonaran en el corazón del hombre no habían servido más que de medios para mayor olvido de este.
La Encarnación
Y entonces Dios, que no se cansa de llamarnos, estando siempre a la puerta de nuestro corazón, determina tomar carne semejante a la nuestra. Nace humildemente en un pesebre abierto; es mecido en las rodillas de una madre tierna, y niño ya sonríe al mundo y a nosotros. Aparece ante el mundo lleno de mansedumbre y de bondad. Pasa haciendo el bien, sufre sin murmurar, y muere perdonando. Y todo esto, ¿por qué? ¿Qué objeto se proponía el Salvador con su nacimiento, su vida, sus palabras, sus prodigios, sus sufrimientos, su muerte? No aspiraba más que a una cosa: a estar a las puertas de nuestro corazón, y llamar por todos estos medios. ¿Y qué sucedió? Ya lo sabéis: In propria venit et sui eum non receperunt. Vino a los que eran suyos ya, y los suyos no quisieron recibirle, y le cerraron las puertas de sus corazones (Jn 1,11).
¿Qué hará, pues, Jesús? Como si estos desvíos excitaran más el deseo de llamar cuanto más se acercaba a nuestra naturaleza y a nuestras miserias por su Encarnación y su Pasión, mas aún quería estar a las puertas de nuestro corazón, para penetrar en él.
Y he aquí que se oculta bajo las humildes apariencias de pan. Él ha dispuesto su mesa misteriosa, y nos ha dicho a todos: tomad y comed, mirad, que esto es mi mismo Corazón. ¿Podía decirnos más vivamente y con más expresión y amor: estoy a tu puerta y llamo y deseo entrar?
En efecto, amados míos, apenas el alma joven entra en posesión de sus nobles facultades, cuando empieza su espíritu a percibir la verdad y la virtud; cuando empieza su corazón a amar el bien, en el umbral mismo de su adolescencia encuentra ya al corazón sacramentado que le dice: Desde el día que naciste estoy a tu puerta y te llamo, y te aguardo. Y esta vida tan joven se abre tal vez en prontitud y regocijo al Dios de la Eucaristía. Feliz el alma que sabe permanecer fiel al divino Huésped que ha recibido, y no le cierra nunca la puerta.
Pero, ay, cuántas almas se abren por vez primera al Corazón de Jesús en la Eucaristía, y en seguida dicen como los hebreos: Este manjar no me produce más que asco. Y sin embargo, Jesús no renuncia a habitar en esas almas, y la llama otra vez.
Oh, amados míos, cuantas veces hemos arrojado a Jesucristo de nuestro corazón le habemos preferido a una pasión culpable. Cuantas veces lo hemos olvidado por la incesante preocupación de los intereses exteriores; cuantas hemos abierto las puertas de nuestros oídos y nuestro corazón a las doctrinas y máximas del mundo.
Es verdad que el Señor no se encuentra entre la confusión y el ruido de las cosas exteriores; mas aún así, alrededor de nosotros encontramos a Jesucristo, que está a la puerta y nos llama, y lo ha estado en la piadosa alma que rogaba por nosotros, y él ha estado en el recuerdo de nuestros cándidos años, y en el libro cristiano que cayó en nuestras manos, y Jesucristo ha estado en el desgaño que nos atormenta, en la pena que nos oprime. Jesucristo siempre y en todas partes está junto a nosotros y nos llama. Sto ad ostium...
Ni nuestros olvidos le retraen, ni nuestras iras le apartan, ni nuestros desdenes e infidelidades le desconciertan.
Cuantas almas en medio de sus fiestas ríen, y en medio de las alegrías vanas de la disipación Jesús se lamenta cerca de ellas con gemidos inenarrables. Cuantas veces, aún en nuestras soledades, los objetos peligrosos y los recuerdos de la vanidad llaman por medio de nuestra imaginación a las puertas de nuestra voluntad y olvidamos a Jesús, y éste no cesa de llamar también por medio del temor y de la espina del remordimiento. Y cuando la soberbia y la ira y la envidia nos piden franca entrada Jesús insiste con incomparables impulsos. Tanto es así, que no hay un día en que Jesús, sin cansarse, deje de llamar a la puerta de nuestra alma. ¿Qué digo ni un día? Según el P. Faber, no hay una hora ni un momento del día en que, si nos reconcentráramos dentro de nosotros mismos, no oyéramos claramente la voz de Jesús que nos habla a los oídos y toca a las puertas de nuestro corazón y nos dice lo que quiere, lo que desea.
Y si esto es así, ¿cuántas veces le habremos cerrado las puertas de nuestro corazón con nuestra sordera, con nuestra resistencia a las inspiraciones, con nuestras faltas de abnegación y de sacrificio, con nuestras infidelidades?
Ah, y Él no se cansa ni se rinde – augurada nuestra hora que es también la suya – y aún en aquella última hora, cuando va a cesar de latir nuestro corazón, si se lo abrimos a la última voz, nuestro Jesús que nos ama se precipita en él, y allí se instala y dice como en el Evangelio: He encontrado el alma que yo deseaba. Bendito sea, repito amados míos, el Señor, que así está tan solícito del amor en nuestro corazón.
Nuestra respuesta: humildad y oración
Ahora bien, amados míos, ¿qué debemos hacer en medio del rubor que nos causa esta palabra cariñosa en boca de Jesús, que ha pronunciado perpetuamente en nuestros oídos?
Ah, Él no desea otra cosa, en cambio de su longanimidad, si no que nosotros hagamos nuestra esta palabra, y le digamos, ya que con justicia debemos decírselo. Señor, yo estoy a la puerta de vuestro Corazón y llamo. Este lenguaje sea en nuestra boca, el de la humildad y el de la oración (Boullerie).
Mas si es verdad que sobre todo en la Eucaristía en donde su amor sacramentado se ha puesto para llamar a la puerta de nuestro corazón, así también nosotros ante el Santo Tabernáculo, donde está su corazón, debemos decirle: “Señor, estoy y estaré siempre a la puerta de vuestro Tabernáculo, y llamaré”.
Y ciertamente, amados míos, qué mejor que Él a nosotros, podemos decirle esta dulce palabra. Porque si bien Él es el Santo de los Santos y el Señor de los señores, con todo siempre está cerca y a nuestra disposición. Él es el que en su infinita misericordia ha descendido hasta nosotros. Él es el que permitía que los niños se acercasen hasta Él. Él es, en fin, el que nos ha dejado escritas aquellas palabras benditas que nunca debiéramos olvidar: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados que yo os aliviaré”.
Y con razón, que en ningún otro lugar debemos repetirle estas palabras de humildad y confianza, no es ya una puerta la que nos separa de Él, es la apariencia de una puerta, es sólo un velo, es el velo de las especies sacramentales, y tras esa ligera cortina escuchará nuestras voces, y los gemidos de nuestra alma.
Mas aún: todavía podemos salvar esa pequeña distancia. Puesto que Él desea le abramos nuestro corazón, abrámoslo y en él mismo podemos depositar y decirle como el centurión: Señor, ya estaré contento de llamar a tu Tabernáculo, no soy digno ni siquiera de que entres en mi pobre morada, porque mi corazón es estrecho para recibiros. Pero si así lo queréis el vuestro es espacioso para ocultarme y resguardarme en Él.
Dichoso el momento en que el alma, en la humildad de su oración, fuerza la puerta del Tabernáculo, y en el que Jesucristo, y el ardor de su amor, logra abrir la de nuestros corazones. Ya no llamemos a Jesús, porque Él entran y nosotros entramos. Él está en nosotros y nosotros en Él. Y podemos decir con el Apóstol: Vivo ego,... (Gal 2.20). Momento en que se verifica la petición que el Hijo de Dios hizo en el Cenáculo: “Esté yo en ellos, a fin de que todos seamos consumados en uno” (Jn 17,23).
Que Jesús cumpla, amados míos, en nosotros su deseo. Que no cesemos de llamar a la puerta de su Corazón. Que no le neguemos a Él su entrada en nosotros, para que unido en su Corazón en la vida...
31.- “Yo dormía, pero mi Corazón velaba” (Cant. C. 5,2) (I, 2º, 27)
Es un sermón sin datar y sin destinatarios seguros.
El mismo autor, en una nota final, da a entender que es un sermón que lo pronunció otro, don Elías Ferreres, uno de los primeros operarios que forma el grupo de formadores de la Hermandad de Sacerdotes Operarios.
Yo duermo, mas mi Corazón vela
Ego dormio et cor meum vigilat (Cant. C. 5,2)
El misterioso esposo de los Cánticos para manifestar la continuidad y constancia de su amor pronunció esta hermosa expresión: Ego dormio... Yo duermo, mas mi Corazón vela.
¿Qué significa esta palabra? ¿Qué sentimientos entraña?
¡Ah!, al proponernos a nuestra reflexión esta palabra de los cantares, no puede menos de haceros notar ante todo la sorpresa que causa esta expresión a primera vista. Si este esposo eterno de las almas, en lugar de decir “Yo duermo, mas mi Corazón vela”, hubiera dicho tan sólo “Yo duermo”, en lugar de la suavidad y dulzura que derrama en todo nuestro ser aquella expresión, sólo hallaríamos motivos de inquietud y de temor. ¡Cómo! ¿Jesucristo duerme? ¿Quién velará por mí? ¿Mi amor duerme? ¿Con quién he de contar? ¿Mi esperanza duerme? ¿En quién esperaré? Pero, ¡ah!, el que lo es todo para mí, mi amor, mi fuerza y mi esperanza, no me deja mucho tiempo en esta inquietud y añade, “Yo duermo, sí, mas mi Corazón vela”, y de repente me tranquilizo.
Dormid, pues, Señor, dormid, Jesús mío, yo estoy consolado si vuestro Corazón vela.
Pero..., procuremos ahora penetrar el misterio de esta palabra.
Procuremos comprender cómo duerme sin que su Corazón esté dormido.
¡Ah, señores!: si fijamos bien nuestra atención en Jesucristo, en su eterna existencia, en el seno de su Padre, en su nacimiento entre nosotros, en su vida, en muerte, y, sobre todo, en la divina Eucaristía, veréis como siempre parece que puede dirigirnos esta palabra: “Yo duermo y mi Corazón vela”.
Y si no, considerad al divino Verbo en el seno del Padre, antes de la Creación del mundo. Allí mora desde la eternidad. Nada existe de lo criado. ¿Qué hace, pues? ¿No se diría que duerme un sueño eterno? A lo menos, parece que así era con relación al mundo que no estaba criado y respecto de los hombres que no existían. Mientras que mora en el seno del Padre, para su Padre es para quien parece vivir, así como también para el Espíritu Divino que lo une con Él. Pero para nosotros queda inactivo; para nosotros duerme toda una eternidad.
Pero, ¡ay!, ¿qué es lo que digo? Esta palabra sería una blasfemia. Cuando el Verbo divino dormía en el seno del Padre ya repetía sobre nosotros esta palabra, “ Ego dormio...”. Desde esta quieta eternidad un corazón vela por nosotros. Él mismo ha tenido cuidado de recordárnoslo por boca de su Profeta: In caritate perpetua dilexite. Yo os he amado con un amor eterno. Como si dijera: desde toda la eternidad mi Corazón velaba por vosotros y sobre vosotros.
Sí, desde toda la eternidad nos aceptaba por hijos suyos; desde toda la eternidad nos señalaba con el dedo para que viniéramos un día a la luz de la vida; desde la eternidad contaba nuestros pasos, y escogía el ángel que debía estar a nuestro lado; desde toda la eternidad, pues, ha podido decirnos con razón “yo duermo, pero mi Corazón vela”.
Vino la plenitud de los tiempos. El Verbo se hace carne y viene a habitar entre nosotros. Nace en un pobre establo y vedlo allí recién nacido, dormido al parecer, en el regazo de su madre. Apenas un primer movimiento, un suspiro, una lágrima anuncia la vida. Sus ojos en lugar de fijarse en mí, parecen cerrados. Sus brazos en lugar de extenderse rodean el cuello de su madre. Sus pies están envueltos en pañales.
¿Y qué podríamos preguntar? ¿Es éste el que viene a salvar a Israel y duerme? ¡Oh! Podría decirnos Jesús en aquella misteriosa y profunda humillación, en aquel sueño, “Yo duermo, pero mi Corazón vela”. Y su Corazón que vela está llamando a su lado a los ricos y a los pobres. La voz de los ángeles que convoca a los pastores, es su corazón que vela; y la estrella que conduce a los magos es su corazón que vela y que los guía.
Pero, sigamos: Jesucristo pasa los treinta primeros años de su vida en la soledad de Nazareth. Allí apartado de todas las miradas, olvidado de los hombres, su vida oculta y oscura se asemeja a un sueño. Y no obstante, allí Jesús nos dice: “porque mi Corazón vela, me sujeto a esta vida de obediencia, de retiro, de recogimiento”. Y desde aquella soledad, dirige sus acentos a las almas a las que está contemplando a través de los siglos.
Y tal es el carácter dulcísimo con que este amante divino quiere ofrecerse a nuestro amor, que si recorriéramos la vida pública de Jesucristo veríamos que, aún en ella, se está realizando la palabra que meditamos.
Pero había llegado el tiempo en que el divino Salvador debía ultimar la obra que le había traído a la tierra. Llegan los últimos momentos de Jesús y vedle pendiente de la cruz. ¡Oh, ahora sí que va a dormir un prolongado y verdadero sueño! Inclina su frente, cerrados sus ojos, apagándose su Corazón, ¿cómo podrá velar por nosotros?
Pero, ¡ah!, no temamos. Aún allí parece decirnos por última vez: “ Ego dormio...”, yo duermo enclavado en esta cruz, pero esta muerte es un sueño que no llegará hasta mi Corazón. Yo abandono esta vida mortal, pero mi Corazón de padre no os dejará huérfanos.
Una lanza abrirá mi Corazón, pero de ese Corazón abierto y que siempre vela, brotará para nosotros la Sagrada Escritura.
La Eucaristía, el más misterioso sueño de Jesús
¡Oh, la Eucaristía! ¡He aquí el último, el más misterioso y el más prolongado sueño de Jesús hasta la consumación de los siglos!
¡Oh!, si el Señor hubiera querido buscar una expresión que significase su estado de aparente dormición junto con el amor más activo sin duda que hubiera escogido esta simbólica del libro de los Cantares: “Yo duermo y mi corazón vela”.
Porque, ¿qué es la Eucaristía? ¡Ah, qué anonadamiento! ¡Qué tinieblas! ¡Qué silencio no interrumpido! ¡Qué profundo sueño! Ni una respiración, ni un quejido se oye, menos aún que cuando está envuelto en pañales de la infancia, pasa los días y las noches allí, envuelto en el blanco sudario de las especies sacramentales.
Y, sin embargo, ya lo sabéis, en medio de este sueño, Él es el centro de la Humanidad; Él es el eje sobre el que giran los acontecimientos; Él es el foco que irradia sobre todas las inteligencias, que anima a todos los corazones.
¿No admiráis la actividad del celo que despliega la Iglesia en todas las partes del mundo y durante todos los siglos?
Pues de su Corazón que vela salen los torrentes de gracias que por millares de conductos llevan, sin cesar, la fecundidad y la vida a todas las almas.
Y no hay una pena que no le sea conocida, y no hay una lágrima que no le apene; y no hay un peligro que le sea indiferente. Siempre y a todas horas desde el Sagrado Tabernáculo, está diciendo a cada una de las almas, “Yo velo sobre ti en medio del sueño de la Eucaristía”.
¡Oh, Jesús mío! Ahora comprende todo el mérito de vuestra palabra, si que repito como en el principio: nada temo porque durmáis si vuestro Corazón vela por mí.
Haced, Jesús mío, que podamos pasar nuestra vida amándoos, adorándoos y dándoos a conocer, para que el día que nos llaméis hacia Vos, en instante de exhalar nuestro último suspiro, nuestra última palabra sea ésta: “Voy a dormir el sueño de la muerte; pero no dormiré todo entero: mi corazón velará; velará, sí, cerca de Vos y en Vos durante la eternidad bienaventurada”. Así sea
El documento 28 es un guión para un sermón “predicado en Benicásim”, pueblo de la provincia de Castellón y de la diócesis de Tortosa.
32.- Las bodas del banquete eucarístico (I, 2º, 29)
Se trata de un texto sin datar. Parece dirigido a jóvenes: “Él será vuestro apoyo durante los pasos incipientes de vuestra juventud”.
“Dichosos los invitados al banquete de las bodas del Cordero” (Apoc. 19,9)
Hubo un día en que el corazón del hombre fue feliz sobre la tierra.
Desde entonces sólo espinas pisaron sus pies y el hambre de dicha de gloria y de felicidad devoraba su corazón.
Para satisfacer esa hambre, y olvidando que sólo el sacrificio, la abnegación, eran los medios de conquistar la dicha, al menos de obtener la paz del alma, prefirió pedir a las criaturas el alimento para su felicidad, y se lanzó al goce de sus sentidos y al desenfreno de sus pasiones.
Mas este alimento era más flojo que su corazón, no era proporcionado a la anchura y necesidades y a la nobleza de su alma; no pudo acallar aquellas ansias, no podía llenar el vacío; no hacía sino...
¡Oh, qué significativa parábola es ésta, brotada de los labios del divino Salvador!
Porque ya lo sabéis.
El Rey inmortal de los siglos propuso con su misma bondad las bodas de su Hijo, despojándole a la Humanidad en el seno de una Virgen para así realizar la redención; y no contento con ese desposorio quiso convidar a todas las criaturas al festín que quiso prepararles instituyendo la sagrada Eucaristía, en ella su propia sangre y su propia carne, para atender de este modo sus desposorios con las almas todas (Apoc. 19,9; Mt 22,1-14).
Y por medio de la Iglesia y de los Apóstoles y de los predicadores está llamando a través de los siglos a todas las generaciones a esta cena divina, única que puede dar la felicidad.
¿Y qué sucede, amados míos? Lo mismo que sucedió en la parábola anunciada por el divino Jesús.
Los unos, engolfados en los negocios del mundo, único modo de satisfacer su sed de riquezas, de gloria y de felicidad, desoyen la invitación.
Otros, entregados al goce de los placeres, miran con desdén ese convite sabroso.
Y otros, no contentos con esos desdenes persiguen con contumelias, burlas y hasta darles la muerte a los invitados de ese Rey. Desgraciados homicidas, vaticinados por Jesucristo, cuya suerte les describe (Mt 21,33-46).
Y a pesar de estos desvíos el divino redentor no deja de enviar nuevos servidores – y llama a otras almas que reciben la fe y estas acuden al festín, y entre ellas vosotros, amados míos, criados en el seno del catolicismo, amamantados en los brazos de madres cristianas, y educados por celosos superiores, tenéis la dicha de haber podido responder al llamamiento de ese Rey eterno de las almas – y celebrar esta fiesta como un tributo de gratitud por haber merecido esta invitación y haber querido Él restablecer esta mesa eucarística en vuestra propia casa y en su designación amorosa repetiros esa cena y haceros comensales suyos permanentes. Y no sólo sois, sino también de los escogidos.
Y quiere comunicaros todas las delicias de este festín, y llenar el deseo de dicha y de felicidad de vuestro corazón, y ser el alimento que os conforte durante vuestra peregrinación por el camino de la vida, hasta que luzca para vosotros el día de la eternidad.
Y quiere comunicaros ese maná que, como a hijos de Israel, os sirva de alimento durante vuestra peregrinación.
Y quiere llenar de dicha vuestro corazón, puesto que sólo con Él y por Él vuestros corazones...
Oh, gratitud, reconocimiento, amor, fidelidad, correspondencia a sus voces e inspiraciones es lo que pide. Dichosos vosotros que entre tantos..., mientras ha dejado a tantos otros.
Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin traje de bodas?
Pero ¡ay!, amados míos, que hay una idea en esta parábola que debe llenarnos de temor. Había entre aquellos invitados uno que se atrevió a penetrar sin el vestido decente, propio de aquel convite real, y notado por el Rey no supo qué responder y a pesar de estar admitido a la cena, fue arrojado a las tinieblas exteriores.
Oh, qué desagracia si alguno se atreviese de participar de este convite de Jesús Sacramentado sin la vestidura blanca de la pureza, gracia, mediante una santa confesión. Oh, si alguno, como Judas, se atreviese a dar este ósculo traidor y comer de este pan. Tal vez pronunciara sobre él la sentencia de Jesús: Melius si no natus fuisset. Oh, que no suceda nunca jamás esta desgracia.
Sentimientos, pues, de gratitud a Jesús, promesas de docilidad, protestas de que le reparéis de tantos que no le conocen ni le aman y defenderéis vuestras convicciones católicas ante el mundo, y pisaréis los respetos humanos.
Si lo hacéis así, Él será vuestro apoyo durante los pasos inciertos de vuestra juventud, y el único que podrá daros la felicidad en esta vida y será vuestro viático en el paso del tiempo a la eternidad.
Si estos sentimientos le ofrecéis bien podéis...
Si haréis compañía, vendréis a recibir su bendición, acudiréis a Él en vuestras tristezas y turbaciones.
Si estos sentimientos...
Los documentos 30, 31, 32 y 33 los recapituladores de los originales del Beato Mosén Sol los titulan como fragmentos. Efectivamente, son sólo fragmentos de charlas en reuniones (30), sermones (31, 32 y 33). El documento 32 está en catalán. Lo ofrecemos en catalán-......... tal como aparece en sus originales y una traducción en castellano.
33.- “Cuan hay desitjat celebrá esta Pascua entre vosoltres” (Lc 22,17) (I, 2º, 32)
Carisims germans, al diurevos una paraula este momen no puc menos de recordarme de aquell acte solemne de la última cena de aquella escena sublime en que nostre señó Jesucrist áxecan los dia exec paraules. Ah y cuan hay desitjat celebrá esta pascua entre vosaltres; he aquí lo meu cos, he aquí la meua sang, feu tots los dies de la vostra vida no vos encomano mes que una cosa que cuantes vegades u fereu von recordeseu de mi.
Estes mateixes paraules, carisims germans, pareis que el Señor me dirixis a mi en este momen: Sacerdots meus he aquí lo meu cos, entregueulo als meus fills a eixes ánimes redimides en la meu sang, pera que sean recorden de mi.
Pero Señor, no sou Vos aquell Deu de la Magestad tan gran tan magestuos rodejat de Angels que vos adoren ......... sostenen la máquina del mon. ¿Com voleu pues entra dins de criatures miserables, polvo de la terra? Ah no importa, carisims germans, Deu nostre siñó mos estima y no desdeña el entra dins de la habitació de la nostra ánima. ¿Pero Señor no sou aquell Deu de pureza que va trová faltes hasta en los mateixos Angels, pues com vos atreviu Señor, a entrá de les nostres ánims tan tibies, tan imperfectes y que han sigut moltes vegades habitación del Diable? Ay no importa me diu nostre siñó Jesucrist, yo hay vingut a sintificá les ánimes y desitjo unirme a elles.
Carisims germans. ¿Que li donarem al señor que sigue digne dels seus ulls? ¿Qué li donarem en pago de tan gran amor?
Ah ya que no podrem pagarli de (altre) modo de donanli flos de humildad del nostre cor. Qui som... Humillemos.
Donemli tambié flos de amor. Qui vaurá entre nosaltres que no ame a este Deu tan bondados. Filles de Maria si ya alguna entre vosaltres que tingue lo cor partir entre Deu y el mon que no se atanse a recibí dins del seu cor al señor que María etc.
Pero sí que se atanse perque el Señor lo desitja, pero antes que purifique la seua ánima, que prometiga a Jesus entregarli totes les fibres del seu cor tots los dies de la su vida.
Humildad, pues, amor, confianza, he aquí lo que nos demana el Señor; no nos demana riquezas, intereses etc. Lo que cor es lo unic que vol pera ell, tot lo demés pera natros: y lou negarem etc.
Traducción
Carísimos (queridísimos) hermanos, al deciros una palabra en este momento, no puedo menos que recordarme de aquel acto solemne de la Última Cena, de aquella escena sublime en la que Nuestro Señor Jesucristo levantándose les dijo estas palabras: “¡Ah, cuánto he deseado celebrar esta Pascua entre vosotros! He aquí mi cuerpo, he aquí mi sangre. Hacedlo todos los días de vuestra vida. No os encomiendo más que una cosa: que cuantas veces lo hagáis os acordéis de mí”.
Estas mismas palabras, carísimos hermanos, parece que el Señor me las dirigiese a mí en este momento: Sacerdotes míos, he aquí mi cuerpo, entregadlo a mis hijos, a esas almas redimidas en mi sangre, para que se acuerden de mí.
Pero Señor, ¿no sois Vós aquel Dios de la Majestad, tan grande, tan majestuoso, rodeado de Ángeles que os adoran?..... sostienen la máquina del mundo. ¿Cómo queréis, pues, entrar dentro de criaturas miserables, polvo de la tierra? ¡Ah!, no importa, carísimos hermanos. Dios Nuestro Señor nos ama y no desdeña el entrar dentro de la habitación de nuestra alma. Pero Señor, ¿no sois aquel Dios de pureza que encontró faltas hasta en los mismos Ángeles?, pues, ¿cómo os atrevéis, Señor, a entrar en nuestras almas tan tibias, tan imperfectas y que han sido muchas veces habitación del Diablo? ¡Ah!, no importa, me dice Nuestro Señor Jesucristo. Yo he venido a santificar las almas y deseo unirme a ellas.
Carísimos hermanos, ¿qué le daremos al Señor que sea digno de sus ojos?, ¿qué le daremos en pago de tan grande amor?
¡Ah!, ya que no podremos pagarle de (otro) modo que dándole flores de humildad de nuestro corazón. Quienes somos...Humillémonos.
Démosle, también, flores de amor. ¿Quién vivirá entre nosotros que no ame a este Dios tan bondadoso. Hijas de María, si hay alguna entre vosotras que tenga el corazón dividido entre Dios y el mundo que no se acerque a recibir dentro (en el interior) de su corazón al Señor que Maria etc.
Pero que sí se acerque porque el Señor lo desea, pero antes que purifique su alma, que prometa a Jesús entregarle todas las fibras de su corazón todos los días de su vida.
Humildad, pues, amor, confianza. He aquí lo que nos pide el Señor. No nos pide riquezas, intereses, etc. El corazón es lo único que quiere para Él. Todo lo demás para nosotros: y se lo negaremos, etc
2.- PLÁTICAS A LAS CAMARERAS DEL SANTÍSIMO
Ya en la presentación del volumen “Pláticas a los Operarios” (Salamanca 2002), 12-13, se indicaba el sentido que tiene la palabra “plática” en los escritos de Mosén Sol.
No tiene la solemnidad del sermón; tiene un sentido más expositivo para mover a la oración personal. Incluso en ocasiones se aprovechan para señalar objetivos de un grupo, metodología de los encuentros y hasta anotaciones de dinámica.
En ocasiones se hacía en la capilla, pero también se daban en otro lugar. Por eso el mismo Mosén Sol la titula a veces “conferencia”.
Lo que sí es cierto es que la plática suele estar dirigida a un grupo homogéneo, no a un grupo abierto o diversificado como puede ser una parroquia.
Las Camareras del Santísimo
Junto con la “Adoración nocturna”, Mosén Sol emprendió otra obra de carácter Eucarístico. En efecto, el 20 de diciembre de 1883 funda el Centro de Camareras del Santísimo, aprobadas por el obispo de Tortosa el 6 de abril de 1886, al mismo tiempo que el reglamento de la Adoración nocturna (Boletín Eclesiástico de la Diócesis de Tortosa, 22 (1887-1888) 51). En el decreto de aprobación aparece Manuel Domingo y Sol como director de esta obra.
Las Camareras se dedicaban a “confeccionar, arreglar, componer y lavar los lienzos de inmediato contacto con el Cuerpo de Jesús Sacramentado; a proveer de ellos a las iglesias pobres”, así como también a otros objetos que tuvieran que ver directamente con el Cuerpo y la Sangre de Cristo como sagrarios, cálices, patenas, custodias, copones, porta viáticos, y a cuidad de la limpieza y aseo del altar del reservado, la lámpara y otros accesorios.
Mosén Sol los años que dirigió esta obra, además de cuidar estos aspectos señalados, les fue dando una mística, señalando el objeto y los fines de la misma, como puede verse en las pláticas que se adjuntan.
Dirigió la obra hasta 1895, en que la deja en manos del Canónigo de la Catedral don Juan José Hidalgo, “porque esta asociación, aunque sencilla, necesita cierta mano constante... Hoy la imposibilidad de atenderla es mayor..., pues la Obra del Convento de las Vocaciones eclesiásticas debe absorber mi vida” (cfr. I, 2º, 74 y 75. Mosén Sol. 143-144).
34.- Las Camareras, obra muy sencilla y de gran afecto (I, 2º, 34)
Es la primera plática que nos ha llegado del Beato Mosén Sol a las Camareras del Santísimo. La titula Conferencia. Tiene lugar en 3 de febrero de 1884 y en ella indica el objeto: “el afecto que debe acompañar a las cosas para el culto a Jesús Sacramentado” y encontramos una definición de esta obra eucarística.
El manuscrito tiene una segunda parte que es otra conferencia pronunciada el 4 de mayo. Entre uno y otro texto se encuentra una anotación del mismo fundador que dice: “2ª marzo. 1º domingo. Abril, no hubo”.
Quiere decir que se trata de los esquemas de esos primeros meses. El contenido de este documento se encuentra mejor estructurado en el 37, pero merece la pena tenerlo por ser el primero.
Mis Señoras Camareras:
Según el reglamento debe decirse por el Director dos palabras... a fin de excitar el ánimo a favor del pobre Jesús Sacramentado.
Hoy no obstante, por ser el primer día de los ratitos que cada mes dedicaremos a esta obra, prefiero deciros el objeto.
Y a decir verdad, debo repetir a varias personas. No pensaba, ni quería intervenir en esta obra:
1º Porque hay tantas obras...
2º Porque no veía una verdadera necesidad
3º Por ser siempre las mismas personas
Pero desde que oí que era una obra muy sencilla, de poco boato, de pocas obligaciones, y sobre todo más de afecto que de efecto, concerté en admitir mi participación.
Porque esta obra no es de hacer muchas cosas para el culto de Jesús Sacramentado, sino principalmente de acompañar con nuestro afecto a este servicio, y tener la gloria, el consuelo, de que al menos, en alguna parte, Jesús tenga una colocación más decente merced a mi pequeña cooperación. Es decir, que aunque no hubiera necesidad, el poder decir: yo he contribuido con mi óbolo, con mi oración, con mi presencia, con mis manos a que Jesús, en un lugar siquiera, esté dignamente.
Es, por tanto, una obra de amor; es poder como Marta prestarle un servicio de nuestra estimación.
Porque no sólo de lo que yo haré, sino de lo que harán los demás yo seré uno de sus cooperadores, y entraré en el mérito de todo lo que haga por Jesús, aunque no hiciera más que asistir.
Es, pues, una obra de cariño, una obra de compasión a Jesús, es un sentimiento delicado de nuestro corazón, es un acto de fe de la presencia real de Jesús, y repararle el abandono. ¡Oh, si supierais cómo está Jesús en alguna parte!
No se busca, pues, ni trabajo, ni dinero, ni mucho tiempo, sino sólo poseernos de estos sentimientos íntimos, de cuidar bien de la habitación de Jesucristo.
Ya que el Señor se digna aceptar este obsequio, y de mujeres Marta.
Y como cada uno en particular no puede dedicarse a esto, porque no tiene medios, lo puede de este modo hacer, y entrar en la participación de todo lo que se hará por Jesucristo Sacramentado. Amor, pues, estimación. Si hay alguna que no se encuentre poseída de este aspecto, dígasela que no entre en esta asociación.
Por lo tanto, esta obra no es sino la unión de corazones para obsequiar a Jesús en cuanto se pueda, para que esté decente.
De aquí la necesidad de que advirtáis a las que sean anotadas:
1º Que no hay obligación ninguna de pagar. Es voluntaria
2º Que no hay gran trabajo corporal
3º Que no se pierde tiempo.
Mayo, 4
Mis hermanas en Jesús Sacramentado:
Ante todo y tomando pie de las noticias que acabáis de leer en la revista relativas a nuestro Centro Eucarístico de Tortosa, dos sentimientos nos despiertan estas noticias:
1º De confusión, ya que ven U.U. que muy poco, por no decir nada, hemos hecho; que no hemos hecho otra cosa que darnos nuestros nombres, sacrificar tres o cuatro ratos hasta el presente y ofrecer nuestro pequeño óbolo mensual para el culto de Jesús Sacramentado; y alguna, pocas todavía, dedicar un ratito a la labor de los pocos corporales y purificadores hechos hasta el presente. Por consiguiente, poco hemos hecho; esos Señores de la Junta de Madrid sólo porque han visto nuestra asiduidad y nuestro número, han interpretado que nuestros sentimientos a favor de Jesús eran muy grandes, y han quedado complacidos. Nosotros podíamos decir aquello que decía Santa Teresa, cuando al llegar a alguna población, y ver las atenciones de que era objeto ella y sus monjas: “Ca, es que nos han tomado por otras”. Ella lo decía por humildad y nosotros podemos decirlo con razón. Esos Señores nos han tomado por diferentes de lo que somos, pues no hay motivo para ello.
2º Pero, por otra parte, esto debe producir en nosotros cierta satisfacción, porque esta obra, aunque tan modesta, está destinada a no dudarlo, a desarrollarse en España lentamente sí, pero con resultados indudables, porque se conoce que los iniciadores lo entienden y sabrán desde Madrid irle dando impulso, cosa que quizás no sabrían otras asociaciones hacer, y me parece que las asociaciones de esta clase que están establecidas en otras naciones, antes que en España, porque allí se presentaron más pronto las necesidades, pero que en España se van presentando y también se instalarán; de todas, digo, me parece que con el tiempo será la más importante. Y por esto, digo, debe llenarnos de satisfacción por ser de las primeras esta, y hoy, según dice la revista, dijo personalmente el Sr. Trellas, la más numerosa. Las obras de Dios aún las más grandes, empiezan muy modestamente y nos debe servir de consuelo el pensar que quizás nuestra pequeña cooperación puede servir a que se sepa más esta Obra, y sea ocasión a que en otras partes les ocurra el instalarse, y de este modo sin merecerlo, ser instrumento de la propagación de la gloria del Dios y del culto de Jesús Sacramentado.
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Esto quería decir, en primer lugar. Además, y con motivo de la festividad de hoy, patrocinio de San José y nuestra Obra. ¿Cuál fue el encargo y la misión de San José en el mundo? Una misión muy oculta y muy grande; tan oculto fue su encargo que sólo tres palabras nos dice el evangelista, pero que rebelan toda la grandeza de su misión. La misión de San José fue guardar, cuidar, acariciar a Jesús, pero en el silencio y la oscuridad. Por lo tanto, una vida de amor oculto, de amor íntimo, de amor desconocido.
El mundo no conocía a Jesús. En medio de vosotros ha estado y está, decía el Precursor a los judíos, Aquel a quien vosotros no conocéis.
Y en medio de aquel desconocimiento, de aquel olvido del mundo el amor humilde y firme de San José parece que resalta con más belleza. El mundo no le conocía, y San José que le conocía, era el que se dedicaba a proporcionarle el sustento, el lecho, el vestido. Pobre, si, tal vez este vestido, y esta cama, y esta habitación; pero rica, porque iba acompañada del oro del amor, del cariño.
Iba acompañado de la fe y de la humildad, porque en esto San José ni sospechaba que podía tener mérito.
Iba acompañado del sentimiento de esta misma pobreza de Jesús; Jesús el descendiente de la casa de David, por una parte. El Mesías preordenado por los Profetas. El príncipe de la paz y el deseado de los collados eternos. El hermoso entre los hijos de los hombres, anunciado por el mismo David. En fin, el Dueño de todas las cosas, el Verbo divino por quien todo fue hecho, y, sin embargo, tener que albergarse en aquella pobreza de habitación, de vestido,...; esto no podía menos de producirle el sentimiento delicado de compasiva reparación.
Pues bien, en medio de nosotros está y habita sustancialmente, vivo y verdadero el mismo Verbo divino humano, pero en estado sacramental; y para el mundo en general, como si no viviese porque le es desconocido.
Afortunadamente, por la misericordia del mismo Jesús a nosotros como a San José, nos es dado el conocerle, y por lo tanto el venerarle, cuidarle y repararle, puesto que no tiene otro medio para permanecer en su habitación que nosotros; como en la tierra, según el orden de la Providencia, no quiso tener más que el cuidado de José.
A nuestra disposición, a disposición de las almas fieles ha dejado el cuidado de su santa Casa, del alimento que necesita, del vestido que debe cubrirle dignamente.
Él hubiera podido escoger a los Ángeles, o valerse de otros medios, o prepararse en el mundo habitación por sí mismo. Y no obstante, lo ha querido confiar a otros.
Y como por otra parte su estado es estado de humillación y de desconocimiento, ¿no es verdad que existe cierta analogía entre la misión de José y la nuestra respecto del cuerpo de Jesús?
A los Apóstoles los destinó a pregoneros de su palabra, obradores de milagros, conversión de las naciones.
A José sólo el cuidado de su vida y de su cuerpo.
No parece, repito, sino que Jesús nos hace a nosotros en esta Obra, como representantes de San José; a aquél en la vida humilde de Jesús, a nosotros en su vida sacramental.
Pues bien, miremos las condiciones como San José cumplía su encargo, ya que a nosotros, por los sentimientos que se ha dignado inspirarnos y por habernos admitido a la participación de esta Obra de amor y cuidado, y cumplámoslo como él:
1º Cumplámosla con amor, que es lo que más agrada. Poco hacemos, poco podemos hacer; pero hagámoslo con el sentimiento de ternura, como al objeto que más amamos, y en quien más nos complacemos, a ejemplo de San José.
2º Con humildad y sencillez, pensando que es una gracia que el Señor nos concede el hacerlo; que no vale nuestro trabajo y sacrificio; y que gracias que Él quiere admitirlo.
3º Últimamente con sentimiento dulce, de la pobreza de su habitación. ¡Qué habitación tiene Jesús! ¿Qué comparación hay con el lugar en que está depositado con la de muchísimos mortales? ¿Qué digo? Tal vez no hay persona de mediana posición que no tenga más lujoso mueblaje y más aparatoso y más valiosa estancia y más decente habitación, que Jesús. Y, sin embargo, Él es: es el mismo que nos da todo a nosotros, y pensamos primero en nosotros y en nuestras comodidades y en nuestra vanidad, y no hacemos caso de la habitación de Jesús.
35.- La Eucaristía, gran consuelo para las almas del Purgatorio (I, 2º, 35)
Pronunciada esta plática en noviembre de 1884 y repetida en 1889.
Por el tema que aborda debió ser en fechas cercanas a la conmemoración de los fieles difuntos, la misma víspera, según se deduce del texto.
El tema es la Eucaristía como medio de la gracia obtenida por Cristo en la cruz para que llegue a todos y sea permanente; con la aplicación a los difuntos.
Esta tarde nos recuerda la Iglesia una fiesta triste y consoladora: triste porque es el recuerdo de los que fueron, y estuvieron a nuestro lado y amamos con nuestro corazón; y alegre porque es un día de gracias y de consuelos, por cuanto la Iglesia nos abre sus tesoros para aliviarlas.
La Iglesia solicita del bien de sus hijos muertos, viven sobre la tierra.
Y así como ayer nos presentó esa falange de almas escogidas, etc. nos señala hoy con el dedo otro lugar..., y nos reúne.
Pero ¿cómo poder aliviarles? Es cierto que todos nuestro méritos, acciones, buenas obras, sacrificios, serían ineficaces, si no fueran acompañados del sacrificio de Cristo.
Los sacrificios antiguos eran ineficaces, a pesar de que eran a veces dones magníficos y si tenían algún mérito era porque figuraban el sacrificio de Cristo. Infirma elementa.
De aquí es que sólo el sacrificio de Jesucristo vino a dar fuerza a aquellos antiguos, como también nos abrió la puerta para que nos aprovecharan en adelante.
Y al ofrecerse en el ara de la Cruz, al derramar su sangre divina, obtuvo el perdón y la remisión para todos cuantos pudieran ser lavados y tocados con aquella sangre; y con esta sangre todo se convierte en mérito, y nuestras fatigas y penas y enfermedades y actos de amor y todos se convierten en mérito, y en gracia, y en premio de vida eterna, vivificado por esa sangre de Cristo.
Pero era preciso que esa sangre se aplicara. Él vio que esa sangre brotaba en el Calvario hubiera quedado allí estancada en el Calvario si Jesús no hubiese abierto conductos por donde comunicar a las almas, y a las almas de todos los siglos. Y estableció los Sacramentos, que son los canales de esta gracia a fin de que se comunicara sobre las almas en sus diferentes necesidades.
Pero de estos medios de comunicar su gracia quiso establecer uno que fuera permanente, y además pudiese servir para que en nuestras manos aplicarlo a los demás, a diferencia de los otros que sólo son personales, es decir que no sirven más que para el que los recibe, como en el Bautismo, Confirmación, penitencia, etc.
Y que no fuese para un momento, sino que estuviese permanentemente día y noche a nuestra disposición.
Y este depósito permanente, ya lo sabéis, es la Sagrada Eucaristía. No sólo es la Eucaristía memoria viva de la pasión de Jesús, del sacrifico del Calvario, pues allí está la misma sangre, sino que diferencia y más perfecto que aquél, éste se encuentra permanente.
Y la Eucaristía sirve para nosotros, y para poder aplicar su fruto a los demás, no sólo vivos, sino difuntos, porque es una víctima a nuestra disposición.
Bendito sea el Señor, que ha querido poner su justicia a nuestra disposición, que podemos pagar dicha justicia, no sólo por nosotros, sino por los demás.
Ahora bien, mis amadas devotas de la Eucaristía. Aplicando estos principios y estas ideas generales a la fiesta que he indicado de mañana. La Eucaristía es el gran medio que Jesús nos ha dejado a favor de los difuntos. ¡Oh qué bellos son los misterios de nuestra fe! ¡Qué consoladores sus dogmas, aun los más insignificantes! ¡Cuán dulce no es pensar que por medio de Jesús nos ha dejado a favor de los difuntos y a través de la santa hostia nos ponemos en comunicación con nuestros amados difuntos! Que esta hostia es medianera entre ellos y nosotros.
Pensar que cuando nos abrazamos a Jesús podemos confiarle esas penas de nuestros padres, hermanos, amigos, y recomendárselos, y decirle a Jesús que los alivie, y que estas súplicas son eficaces.
Que este mérito nuestro, que esta comunión, este sacrificio, tienen indudablemente su eficacia, si bien Dios la distribuya este sacrificio como quiera.
Que esta fuente está siempre a nuestra disposición y podemos servirnos siempre de esta agua inagotable.
Dichosos los que tenemos fe. Desgraciados los que no la poseen. Suponed una que no tiene fe etc.
Agradezcamos, pues, a Jesús su sacramento. Agradezcámosle el santo sacrificio de la Misa, del cual decía el Vble. Ávila, que aunque no hubiese tenido la dicha más de una vez.
Y si este es el gran medio que Dios nos ha dejado para nuestro consuelo, si es la fuente de tantas gracias, lo será indudablemente para aquellos que se dedican a agradecer este favor, que se dedican a proveer a su culto, para nosotros que somos llamados a esta obra de amor hacia Él.
Uno de los títulos que el Profeta alegaba: Dilexi decorem domus tuae. Si esto lo decía por el culto que daba a aquel templo, ¿con cuánta más razón a nosotros, que lo dedicamos al templo cristiano?
Agradezcamos, repito, la Eucaristía que Jesús nos ha dado para alivio de las almas del Purgatorio.
El documento 36 es un esquema de la plática del mes de diciembre de 1884. La titula “La Purísima Concepción y la Eucaristía”, pero no está desarrollada.
36.- Las Camareras, una obra diferente (I, 2º, 37)
A las Camareras en la Junta General. Fechada el 4 de enero de 1885.
Da la definición de la Obra como “un sentimiento del amor a Jesús en aquello que está más en contacto con su cuerpo”.
Es una obra que exige fe, constancia y amor.
Como veis, celebramos la 1ª Junta general del Reglamento, para dar cuenta de los trabajos.
Mis amadas camareras:
Bendito sea el Señor que nos ha permitido celebrar el aniversario de la instalación de esta obra de amor a Jesús sacramentado. Bendito sea Él que nos concede todavía el año 85, como un nuevo plazo en que su condescendencia amorosa nos ofrece para que nos dediquemos a su culto, y multipliquemos nuestros méritos, con tan poca costa adquiridos.
Pero, ¿qué meritos?, me diréis. ¿Qué hemos hecho para que podamos ofrecerlo como un título de recompensa ante Jesús?
¿Qué méritos? Si alguna de nuestras obras reportara algún mérito delante de Dios, sería sin duda esta de las Camareras y la de la Vela nocturna a Jesús sacramentado. ¿Sabéis por qué? Por dos razones: 1ª Por modesta que es la obra. 2ª Por el objeto a que está dedicada.
Por la obra. Creo os dije la primera vez que presidí estas sesiones, que me había resistido. Teníamos ya tantas asociaciones, para el culto de la Virgen, cofradías de Santos, asociaciones del Corazón de Jesús, asociaciones de S. Vicente de Paúl,... que ya me parecía demasiado. Se hacen tantas funciones solemnes, tantos triduos, tantas novenas, que por lo mismo que son muchas, decaen por falta de animación, y parece que no se pueden tantas obligaciones.
Por esto me parecía que no era procedente establecer una más. Además que tratándose de una obra de culto, y en vista de que al parecer las Iglesias (gracias a Dios) no están descuidadas en su culto, me pareció en un principio de menos aprecio, porque le faltaba objeto.
Definición
Pero después de examinada, me resolví a aceptarla y fomentarla, porque revestía una forma diferente de todas las demás, y tenía un objeto más íntimo, respecto de Jesús, que las demás.
Una forma diferente. Porque todas las demás asociaciones tienen por lazo de unión ciertas prácticas externas, ciertos actos, ciertas devociones, y para esto es preciso tiempo, y tiempo determinado, y además en cierta manera hemos de exhibirnos exteriormente.
Mas la obra que nos ocupa es todo lo contrario. Es una obra que no está sujeta a ninguna práctica diaria, fuera del breve tiempo que a hora muy fija, y sólo para animarnos, nos reúne en este lugar cada mes.
Es además una obra interna, espiritual y quieta, que no se traduce en cada uno a ningún acto exterior, que no tiene ningún aliciente exterior, que es obra de amor secreto, íntimo, silencioso. Por eso he dicho en un principio que era nuestro trabajo de más mérito, delante de Dios, por lo mismo que es más interior.
Vamos con gusto a una función religiosa; el esplendor del culto nos atrae; la música de una gran función nos conmueve; vamos con gusto a oír nuevo orador sagrado que trae fama. Bueno es todo esto, porque Dios se vale de mil medios para atraer nuestros corazones materiales; pero por esto mismo, al buscar a Dios, buscamos en algo a nosotros mismos, necesitamos aquellos móviles, se empeña el mérito de nuestros cultos y de nuestros desagravios, a Jesús, damos para ello quizás con gusto nuestras limosnas. (Se trata de socorrer una necesidad).
Mas en la obra de Camareras de Jesús es todo lo contrario. Se necesita mucha fe, es verdad, porque no teniendo ni fiestas, ni reuniones, ni funciones, ni música, ni siquiera el poder exhibir nuestro trabajo, no tiene cada camarera cosa alguna que estimule su celo y devoción. Pero en cambio, si se fija en la obra, si piensa que con asistir aquí, con su pequeño óbolo desconocido, con un pequeño trabajo de manos, de vez en cuando unido este óbolo y este trabajo al de las demás, contribuye a un acto de fervor, de amor, de reparación a Jesús en el Sacramento; a que la habitación de él esté más decente; que sus paños sean más frecuentemente renovados; que, en fin, con sólo pertenecer a esta asociación contribuye a que Jesús tenga una porción de almas que como le quieren, estánle consagradas en su afecto a él; que quieren tenerle compasión por su pobreza en tantas partes donde se encuentra sacramentado. ¡Oh!, esto constituye una serie, una cadena de actos interiores, sobre todo, pero también exteriores de amor, de adoración, de reconocimiento, de compasión, de ternura; pero sin que el amor propio tome parte. (Por esto he dicho que tiene más mérito).
Espíritu de fe y afecto interior
No, no: no es la Asociación de Camareras de Jesús una asociación para allegar fondos a fin de proporcionar ornamentos ricos y preciosos para el Señor; es otra cosa más interior que todo esto. Si pudiésemos presentar aquí al cabo de años dos docenas de casullas de gran valor, ricamente bordadas, y vasos sagrados de oro y plata, y lo exhibiésemos al público, y se admiraran y se diesen gracias a Dios por todo este tributo de reparación, esto no sería nuestra asociación. Si pudiéramos obtener los tesoros de Rochil, y los sacrificáramos al culto del Señor, al levantamiento de un templo, y tuviésemos la satisfacción de haber hecho un gran edificio, esto no es nuestra obra. Bueno sería todo esto; pero esto, repito, no es nuestra obra.
¿Qué es nuestra obra, pues? Nuestra obra es un sentimiento de amor a Jesús que nos mueve a honrarle en aquello que está a más contacto con su cuerpo; nuestras silenciosas reuniones son una cita para hablar con Jesús y de su pobreza, y de compadecernos de él y ver de remediarle con nuestra pobreza, ya que no podemos hacerlo de otro modo. Nuestros trabajos de manos han de ser unos actos tiernísimos del corazón pensando que (............) será cosa donde se reposará el cuerpo de Cristo Jesús. Así como cuando un trabajo por sencillo que sea para una persona que ama; un hijo que prepara un objeto para sorprender gratamente, una amante madre (y permitidme la expresión) fabrica un bolsillo para el objeto amado; no es a primorosidad del objeto la que le hace trabajar con efusión, sino el pensamiento de que ha de servir para el culto del objeto amado la que le mueve interiormente; así este amor, este espíritu interior, esta devoción, este perfume de cariño es lo que constituye el espíritu y la esencia de nuestra asociación.
Por esto permitidme que os lo diga (a) procurad en todos los actos relativos a nuestra asociación, en nuestras limosnas, en nuestras reuniones, en nuestros trabajos de manos, revestiros de este espíritu de fe, de este afecto interior; de lo contrario, perderemos gran mérito, y además os cansaríais de esta asociación, puesto que en si es una cosa tan modesta, tan sencilla, y en el exterior una cosa tan sosa (si licet). Mas al contrario, si lo hacemos con espíritu, yo os prometo, os aseguro que el mérito de estos actos, tendrá grandísima recompensa, y serán como he dicho de más méritos que todas las funciones, y aún que todas las otras obras de limosnas que hacéis en las cuales entran la compasión y la sensibilidad natural, y por lo tanto nos buscamos la satisfacción del corazón.
El objeto de esta Obra
Pero he dicho también que además de tener un gran mérito porque es más modesta la obra, es muy excelente por el objeto a que se dedica, que es el culto de Jesús en lo que tiene más contacto con el Cuerpo de Jesucristo.
Yo quisiera poder extenderme para haceros ver lo grande de esta obra. El amor y el culto a Jesús en el adorno de sus altares y tabernáculos. Yo os diría que hacéis el oficio de la Virgen. Ella era la que con tanto amor y cuido.
Pero, ¡ah!, Jesús se fue al cielo, y su madre no puede cuidarle aquí sacramentado en la tierra, y Jesús se ha dejado al cuidado de sus servidores, y por esto todos los santos se han esmerado,...
Príncipes hubo. San Eduardo.
Pero, ¡ah!, las mujeres no pueden acercarse a su contacto, a cuidarle por sí mismo. Jesús las dice como a la Magdalena después de la Resurrección, ¿como satisfarán su amor? Por medio de actos de deseos; pero este deseo para traducirse en obras, necesita algo, y Jesús les ofrece que pueden servirle en los actos inmediatos al culto de su cuerpo y en obras materiales propias de su sexo. ¿Puede darse objeto más sublime y tierno? Poder (................) la sangre,
(..................) Jesús tendrá un corporal.
Además, ¿quién sabe lo que el Señor se prepara con las camareras y otras asociaciones análogas, relativas al culto de la Eucaristía? ¿Quién sabe si sois destinadas a desvirtuar la malicia de Satanás en los últimos tiempos? Está anunciado que en los últimos cesará la hostia y el sacrificio y Satanás quiere apresurar esto. La Lámpara nos dice que hay una sección entre los masones.
A esto obedece sin duda tantos robos y profanaciones.
Pues bien, que tenga Jesús unos guardas vigilantes de su tabernáculo, hoy cuidado de su culto inmediato y más adelante dispuestas a todo lo que Dios quiera.
Digo que me complacería en extenderme. Pero basta con... repetiros. Que es una obra muy meritoria porque es muy sencilla, modesta y oculta; y que por consiguiente exige fe, constancia y amor. Si no hay amor tierno os cansaréis de ser camareras, y el Señor escogerá a otras que os suplan y os arrebaten el mérito y la corona.
Y es muy sublime, porque es el oficio y empleo más solemne para las mujeres; y Jesús lo espera de vosotras este obsequio y la corona.
Yo me atrevo a pediros en esta Junta general: 1º Que os hagáis cargo de que es una obra de amor. 2º Que seáis constantes en esta vuestra tarea, sin repara en lo sencilla que es. 3º Que animéis a otras a entrar haciéndolas ver lo fácil que es, para el día que tengamos un ejército tengamos una base de operaciones para otras cosas, y podamos extender nuestra acción y atender a las necesidades de otros pueblos pobres.
Que Jesús Sacramentado nos permita terminar el 85, llenos de méritos de obras a favor de su cuerpo sacramentado y con aumento de socias.
Los documentos siguientes son esquemas para charlas sin desarrollar:
- El 38, de marzo de 1885, en el comienzo del mes dedicado a San José
- El 39, de junio de 1885, en la octava del Santísimo Sacramento
- El 40, de mayo de 1887, con motivo de la consagración de la diócesis
- El 41, de julio de 1887, en la festividad de la preciosa sangre.
37.- Todos estamos llamados a la santidad (I, 2º, 42)
Aunque se trata sólo de un amplio esquema, es significativo por la idea que presenta de la llamada universal a la santidad. Dice el mismo autor que es la plática del “primer día del Triduo de Camareras y para el día 28 de diciembre 1887. Santificación”.
Mis apreciadas Camareras:
Aunque debería ser meditación, serán dos palabras.
El Reglamento dice, días de retiro, no ejercicios; y aunque este breve tiempo no permite todo un plan, con todo acostumbradas a hacer los ejercicios, aunque sean temas aislados, servirán para reconcentrarnos. Porque no ha sido mal que se hayan puesto estos tres días de retiro o ejercicios.
Los santos hacían tanto caso de estos días de retiro... San Francisco.
Y en esto no hacían sino seguir el ejemplo de Cristo Jesús: ya sabéis que Jesús... él tan recogido...
Debemos, pues, dedicarnos. ¿Y cuál es el fin de esto? Pues nuestra mayor santificación.
¿Santificación he dicho? He aquí un tema que nunca debíamos olvidar, y menos nosotros que como amantes de Jesús Sacramentado hacemos profesión de piedad.
Santificación: Necesidad, obligación, posibilidad.
Que hemos de ser santos, nos lo dice la naturaleza, nos lo dice Dios, nos lo dice nuestra conciencia.
La naturaleza: la santidad consiste en perfeccionarnos.
Nos lo dice Dios: Sancti stote... (Lev. 11,44; 19,2)
Y el mismo San Pablo: Haec est voluntas Dei, sanctificatio... (1 Tes 4,3)
Ego sum via, veritas,... (Jn 14,6)
El Padre Eterno ha jurado...
Nos lo dice nuestra conciencia: ¿Qué alma hay que no haya sentido en su interior, no una sino mil veces, la voz de Dios que le ha dicho: No vas bien? No tengo afecto al pecado mortal, pero ¿Dios exige más de mí?
¿Cuántas veces, al rigor de una enfermedad, de una epidemia, oímos que debíamos seguir vida más perfecta?
Pues luego... nuestra debilidad, los objetos exteriores, las pasiones nos han adormecido (a nuestro paseo ordinario en la piedad). Y esto sucede de un modo especial en las almas piadosas. El pecador tiene remordimientos de los pecados, pero el alma piadosa de la vida tibia.
Pero me diréis tal vez: la santidad no es cosa para lo común de las almas; y las almas que la alcanzaron estaban libres de nuestras ignorancias y concupiscencias. Yo supongo que no seréis de aquellos que se forman la santidad en los dones extraordinarios del espíritu. En primer lugar, la santidad heroica y de dones extraordinarios no es de obligación común. Pero la santificación, el perfeccionamiento de cada día y según los designios de Dios, esto es de todos. Dios ha dado dos, cinco, diez talentos; pero en su esfera, todos, todos deben negociarlos igual; es cuestión de más o menos.
Además de que es un error el pensar que las almas que se han santificado, o eran de diferente materia, o más gracia u otras circunstancias.
¡Ah!, cuando nos ponemos a mirar las almas santas, nos parece...
No las hubiéramos encontrados dignas de sí...
No eran de diferente temperamento. Job.
Así nos lo dicen...
Otras circunstancias: es un error. (...................) S. Luis, S. Fernando, V. Juana de Arco.
Mayor gracia: la misma fe. S. Antonio. El Evangelio, el credo. Las mismas lecturas; pero en ellos caía super terram bonam, a nosotros super petram.
Los mismo sacramentos, y aún con más abundancia: non est abreviata manus Domini. Pelagio.
¡Y si yo me extendiera a otras consideraciones! Somos de Dios; nada tenemos; todo es de él; y de él debería ser nuestro constante servicio. Los dones que nos ha dado.
Más aún, por los resultados fatales:
1º Porque si no correspondemos es fácil que Dios nos deje
2º Porque Él ha atado a nuestra santificación la salvación de otras almas. ¿No os dan compasión las almas?
¿Qué hemos de hacer? En la imposibilidad de tocar los medios de santificación, basta... querer ser santos y grandes santos. Sto. Tomás.
Este deseo nuevo y constante basta. No hemos de acabar este tributo sin que estemos satisfechos de ofrecernos a Jesús Sacramentado.
Estos días proponed, un poco más de silencio y recogimiento.
Presencia de Dios, y actos de arrepentimiento de nuestras miserias pasadas.
Los documentos 43 al 51 son también sencillos esquemas que utilizaría para guiarse en sus pláticas. Son los de diciembre de 1883 (43 y44), los de 1888 (45-49) y 1889 (50 y 51).
38.- Presentación en el Templo y oferta de Jesús (I, 2º, 52)
Es la plática del primero de febrero de 1889, 1891 y 1892.
La idea que desarrolla es la oferta de Cristo en el Templo y lo que hará como víctima agradable al Padre que se continúa en la Santa Misa.
La oferta de Cristo al Padre
Mis Ap. Camareras:
Con el fin de consagrar una palabrita al objeto de nuestras reuniones mensuales, que es nuestro aumento de devoción íntima a Jesús Sacramentado, no puede menos de servirme de las ideas que nos ofrece la festividad de mañana: la Purificación y Presentación de Jesús.
Prescindo, porque no es nuestro objeto, hablar de la sublimidad de este misterio en lo que hace relación a la Virgen – y fijaos sólo en lo que representa Jesús en este día, con respecto al sacrificio de nuestros altares.
Jesús es ofrecido allí por manos de María.
Todos los primogénitos debían ser ofrecidos – y si no rescatados con dádivas – y los primogénitos de los hombres.
¡Cuántas víctimas se habían ofrecido allí en aquel templo! ¡Cuántos miles de corderos y de bueyes había ofrecido solamente Salomón al dedicarlos! ¡Cuántas víctimas de generaciones posteriores del pueblo de Israel! Y Dios aceptaba aquellos sacrificios, porque no hacía sino figurarle la víctima que hacía 4000 años que aguardaba allí, única que podía agradarle.
Y vino el día en que aquella víctima esperada entra por primera vez en aquel templo, y el Corazón de Cristo Jesús se ofrece al Eterno Padre, y exclama repitiendo el grito que había anunciado el profeta. Ecce venio, aquí estoy. Oblationes et holocausta noluisti. Corpus autem aptasti mihi (Hebr 10,5; Sal 39,7-8): y os ofreció este cuerpo y mi sangre, y mis trabajos, y mi honor y mi todo.
Y el Padre Eterno que no anhelaba sino el momento de proporcionarse este víctima la aceptó, y desde aquel momento lo destina a la ignominia, al dolor, a la afrenta, a la muerte, y muerte de Cruz – único medio que en su providencia quedaría para salvar al hombre.
¡Doloroso sacrificio para Jesús! ¡Precioso sacrificio para nosotros! Sacrificio matutino, sacrificio de la mañana de la vida de Cristo, que debía terminar en el sacrificio vespertino o de la tarde en la Cruz, puesto que no fue sino el complemento de aquel primero.
Pero ¡ah!, que este sacrificio visible, externo y cruento debía continuar incruento, invisible, místico, en la noche de los siglos, y en los altares de la ley de la gracia.
Y este sacrificio, ya lo sabéis, es la Santa Misa y es la Sagrada Eucaristía.
Se ofrece por medio de María
Ahora bien, en el primero y amargo sacrificio de Jesús una cosa le consoló sin duda: lo hacía en brazos de la Virgen Santísima, recostado sobre aquel tiernísimo Corazón de Madre, sobre aquel corazón que latía a impulsos del Corazón de Jesús. ¿Qué digo? Con más vehemencia que el de Jesús, porque la Virgen Santísima comprendía lo que significaba aquel acto, aquel sacrificio veía como lo estaba aceptando el Padre Eterno para la muerte, y aunque por esto latía fuertemente destrozado y sacrificado antes que llegara el sacrificio real de su hijo, y si bien se mira a María a aquel acto lo aceptaba, pero con los sentimientos de amargura, de amor, de abnegación.
Jesucristo, pues, realizaba su sacrificio en brazos de aquel corazón.
En las manos purísimas de María que le servían de altar. Manos que envidiaban y veneraban los ángeles.
Jesús lo hacía envuelto en los paños limpísimos trabajados por María – ¡y con qué esmero lo habría hecho para aquel sacrificio!
Nada, pues, faltaba a Jesús exteriormente que no le fuese consolador, que no le llenase de placer en aquel sacrificio interior que hacía.
Y aun en el sacrificio vespertino de la Cruz, no quiso que le faltase la Virgen que recogiera su sangre y le recibiera en sus brazos y con la sábana limpísima que le proporcionó el rico piadoso Nicodemus.
Pero ¡ah!, que en el sacrificio de nuestros altares, continuación de aquel sacrificio, Jesús no recibe estos consuelos. Ni nuestros corazones laten como el de María, ni nuestra fe es bastante viva para penetrar la realidad de aquel sacrificio, ni nuestra lengua, asiento de Jesús, es bastante pura, y ni los brazos de nuestra alma donde Jesús quiere ofrecerse pueden servir de blando lecho, como lo eran para él los brazos de María.
(Y si esto queremos añadir como le reciben los pecadores, los sacrilegios de que es objeto,... ¡oh, qué diferencias!)
Y para colmo de comparación, aun los lienzos mismos en que se deposita a Jesús para el sacrificio muchas veces son repugnantes, hasta para nuestros ojos.
Y la falta de fe en muchas partes le tiene a Jesús de una manera y con unos paños que no se atreverían a presentar al más insignificante convidado.
Revestirse de los sentimientos de María
Nosotros, pues, Amadas Camareras, que hemos sido llamados por Dios, mediante su vocación, para cooperar a la honra, adoración de su sacrificio Eucarístico.
1º Revistámonos de los sentimientos de la Sma. Virgen, con una fe viva de este sacrificio de nuestros altares, así como ella lo vio, asociándonos a aquel sacrificio, juntándolo al de Jesús, ofreciéndonos y consagrándonos, y consagrándole nuestro cuerpo, nuestro corazón, nuestra carne, y para cuanto quiera hacer de nosotros víctimas como él, que él se ofreció por nosotros.
Y como para reparar lo doloroso que le ha sido tantas veces el altar de nuestro corazón, que nos interesaremos por su culto, por la limpieza de sus altares, por el gusto de que esté bien en sus tabernáculos.
Y el Señor se dará por complacido, y cumpliremos nuestra misión de reparadores de Jesús de verdaderas camareras suyas. Amén.
Los documentos 53 a 64 son los manuscritos de esquemas de las pláticas de los años 1889 (53-54), 1890 (55-58), 1891 y 92 (59-60), 1893 (61 y 62), 1894 (63) y de febrero de 1895 (64).
39.- San José y la Eucaristía (I, 2º, 65)
Sabida es la especial devoción que el Beato Mosén Sol profesó siempre a San José, confiándole todas sus empresas apostólicas y muy especialmente la obra de las vocaciones y de sus Colegios de vocaciones eclesiásticas.
La plática que sigue es la pronunciada el3 de marzo de 1895 y presenta la figura de San José como modelo para las Camareras.
La figura de José en el A.T, que da a sus hermanos el pan
Mis amadas en Jesús Sacramentado:
Ya que tengo que decir una palabra para entretener este rato que sacrificáis a honra de Jesús Sacramentado, ninguna idea más oportuna que el recordaros que empezamos el mes de San José.
¿Quién duda que para el objeto de nuestra obra es idea muy propia para nosotros la figura de San José como modelo nuestro?
Muchos fueron los designios en las personas de este gran Santo. Muchos los cargos que la Providencia le confió, pero ... (vide anterior)
Pues bien, el antiguo José decía a su Padre y hermanos: Propter vestram salutem duxit me Deus in Egiptum. Venite et dabo vobis omnia bona Egipti et comedetis medulam terrae (Gn 45,18).
Propter vos deduxit in Egiptum. Por vosotros. Ya sabéis que el orden que estableció la Providencia para la Obra de la Redención, San José entra como instrumento de una manera especialísima, de modo que muy bien puede decir el Santo a las generaciones cristianas y a las almas todas, Propter vos...
Y cierto que en el Orden de la Providencia a San José debemos: la honra de la Santísima Virgen, la salvación de la vida de Jesús antes que consumara la redención, y aún la subsistencia y el alimento de este.
Et dabo vobis omnia bona Egipti; y ciertamente que a él debemos también los únicos bienes verdaderos. Estos bienes de Cristo Jesús. Los tesoros de su gracia, los dones del Espíritu. El conducto de ellos María.
Pero prescindiendo de todo esto, para el objeto que nos ocupa, y fijémonos en la expresión misteriosa que añade: y comeréis la médula, el meollo de la tierra.
El meollo ya sabéis que es lo más íntimo y escondido en el cuerpo animal, y aun a los vegetales a los cuales se aplica a veces, es lo más íntimo, lo más vetudo, lo más sabroso.
¿Qué podía significar, pues, en boca del Espíritu Santo, que lo pone en boca de José, esta expresión de que comerían ellos lo más selecto, el pan mejor y más sabroso?
San José nos da a Jesús
Ahora bien, aquel José no era signo, figura y por lo tanto al poner el Espíritu Santo esta expresión en boca de aquel es para ponerla luego en realidad, como lo pone la Iglesia en boca de José de la gracia. Esto es que esto nos proporcionaría el meollo de la tierra: y este meollo de la tierra no podía ser en su verdadero significado sino un pan exquisito y sabroso, lo más pingüe del pan, y por lo tanto no podría ser más que Jesús, pero Jesús en el concepto de pan de alimento especial.
Esta fue la misión de San José en el reino y lugar tenencia que le confió el Señor, el proveer y preparar en cierta manera el alimento de la salud del mundo, que era Cristo Jesús.
Este es el trigo brotado en el seno de la Virgen, fecundado por el Espíritu Santo, guardado por los cuidados de San José en los graneros de Nazaret durante los años de su vida oculta, y su corazón sacramentado es el pan amasado (................) con tantos tormentos, cocido con tantos afectos, verdadero meollo de la tierra.
De modo que en el orden establecido por la Providencia a San José debemos el poseer a Jesús. A él debemos el poder comer este meollo de la tierra, su corazón sacramentado.
Bellísima y significativa expresión con la cual quiso el Espíritu Santo expresarnos lo que estamos disfrutando en el reino de la gracia.
De aquí brota naturalmente la idea del cuidado de San José para conservarnos este místico trigo, y este exquisito alimento. Aquí podríamos reflexionar cómo la delicadeza, la exquisita diligencia para guardarnos este pan bajado del cielo, el amor y asiduidad con que se dedicaría a las fatigas para proveer a su subsistencia y desarrollo si podemos decirlo así de ese trigo confiado a su desvelo.
Prescindo del cuidado que sabemos puso para salvar su vida, y guardarle del furor de sus enemigos, de las ansias que pasó en su pérdida en el templo, y de tantas congojas que no sabemos y por las cuales le haría pasar la Providencia, de los sentimientos que le causarían la ingratitud de los suyos a los cuales vino y los suyos no lo recibieron, y de tantas y tantas otras consideraciones.
Sino que principalmente y fijándonos en la tarea que nos hemos impuesto de fomentar en nuestro corazón la delicadeza del amor a Jesús Sacramentado, pobre en su tabernáculo, podríamos muy bien discurrir la solicitud y reverencia y cuidad en el trato de su cuerpo y de su persona, el gozo que experimentaría al poderle proporcionar cama, humilde, pero decente.
Si las piadosas tradiciones que se leen de...
¡Oh, qué mina de afectos podrían producirnos estas alegrías y estos afectos de San José!
Nosotros que nos gloriamos y que queremos tener como título especial de esperanza en la hora de la muerte el haber sentido algo por Jesús sacramentado.
Al honrar a José estos días.
1º Él nos ha dado a Jesús
2º Sentimiento para trabajar por Jesús sacramentado cuidando de su Santísimo, que es el de Nazaret
3º Las disposiciones al recibirle
El documento 66 sólo contiene cinco líneas que son como la introducción a la plática que dice tratará sobre el mes del Rosario, ya que sería pronunciada en octubre de 1895. Dice que acababa de llegar de Roma.
40.- La Obra de las Camareras, dentro de la devoción a Jesús Sacramentado (I, 2º, 67)
Mosén Sol titula su manuscrito “Despido de las Camareras como Director de ellas”. 1895.
Como ya indicamos en la presentación de este apartado, Mosén Sol deja la dirección de esta obra por estar ya muy ocupado en las tareas que lleva a cabo como director y fundador de la Hermandad de Sacerdotes Operarios.
Sin embargo se conservan otras pláticas, ya dejado el cargo, lo que significa que seguía en contacto con las Camareras. Pasados los años y una vez construido el templo de Reparación de Tortosa, que se inaugura en 1904, en sus dependencias tenían su sede las Camareras.
El Corazón de Jesús Sacramentado, centro de todas las almas
Despido de las Camareras como Director de ellas. 1895.
Mis Amadas Camareras en Cristo Jesús:
Sabido es que el Corazón de Jesús sacramentado ha sido, es y será el centro de todas las almas. El incomparable amor que encierra este misterio, es y será siempre el asombro de todas las inteligencias y de todos los corazones, que por mucho que lo sondeen no podrán agotarlo jamás.
De aquí que, como devoción, no sólo es la reina de todas las devociones, sino que casi podría decirse que todas convergen hacia ella como a su término, y teniéndose ella se tienen todas.
La misma pasión de Jesucristo, objeto de tanta admiración y asombro, de tal suerte que ha sido ocasión de establecerse en la Iglesia instituciones dedicadas a meditar casi exclusivamente estos padecimientos, como entre otras la Congregación de los Pasionistas, de San Pablo de la Cruz, de hombres y mujeres y otras, aunque parece que sea ese el fin, es sin embargo al mismo tiempo un medio para excitar la devoción a Jesús sacramentado, puesto que es el memorial, el recuerdo permanente, pero real, de su Pasión. De aquí que un autor diga que si queremos obtener la devoción a Jesús sacramentado, conviene que meditemos la Pasión, que es una gran preparación para ella. Hasta el mismo Corazón de Jesús: esta devoción que Jesús nos ha descubierto para estos últimos tiempos, aunque es una gran devoción en sí aisladamente, no obstante, está tan enlazada, que casi no puede distinguirse más que especulativamente. El mismo Jesús, al decir a la Beata Margarita María la fiesta del Corazón de Jesús, encarga que comulgue aquel día para reparar la frialdad que se ha tenido durante el tiempo que ha estado sacramentado.
Más aún, el mismo Corazón de Jesús, símbolo de su amor, con sus espinas, cruz y lanza, por mucho que nos conmueva y arrebate, no nos moverá bastante, si no le consideramos que nos lo ha dejado en la Eucaristía.
Siendo, pues, Jesús sacramentado el centro de todas las devociones, no es extraño que la piedad haya ingeniado tantos medios de honrarle, y manifestarle agradecimiento. Sería largo enumerar todas las demostraciones exteriores de amor. La fundación de las 40 Horas, hace siglos, cuyo objeto era la continua adoración, día y noche, pero que por la circunstancia de los tiempos no pudo realizarse como se ideó.
Y este movimiento se ha encendido más en nuestros tiempos, por efecto de la devoción al Corazón de Jesús, y por los mayores injurias que el infierno.
Los Padres del Sacramento, María Reparadora, Velas nocturnas, Hora santa, culto continuo.
Ahora bien, al promoverse en España la adoración nocturnas, surgió del impulsador Sr. Trelles la idea de una cooperación por parte del sexo devoto, pero cooperación silenciosa, interna, de compasión a Jesús en los descuidos relativos a los objetos que la adornan en su estancia sacramental.
El que atendieran en lo posible a remediar estos descuidos, pero que esta tarea sirviera para excitar delicados sentimientos de amor hacia Jesús Sacramentado. Que hicieran los oficios de la Santísima Virgen, relativo al abrigo y a los vestidos de Jesús, y del modo que Ella, lo hacía. Tal vez no es de pensar que fuesen muy ricos; pero eso sí, aseados y limpios, y sobre todo acompañados de delicadeza y amor muy finos.
Estos sentimientos más bien que la grandeza de los dones, se propone el fundador, y por ello, rechaza las rifas, y demás que pudiese ser objeto de vanidad; y además lo que tiene más contacto inmediato con las especies sacramentales.
Hay otras instituciones. (..................) todo, pues, interior, de fe, de amor.
Esta práctica hubiese tenido sin duda su desarrollo, lo prueba la facilidad, pero con la muerte del fundador ha sufrido un paréntesis, como lo ha sufrido la Lámpara, hasta que venga una mano que la impulse; tal vez si se establece la comunión general de los asociados, de los (.................).
Entretanto ya que la tenemos, y hemos sido llamados a asociarnos, ofrezcamos este tributo que es grato a Dios:
1º Porque es una asociación modestísima, sin ostentaciones; porque las demostraciones externas excitan nuestra devoción sensible, pero es menos espiritual, aquí todo pura fe.
2º Porque podemos contribuir con nuestro óbolo y con el trabajo de vosotras a que Jesús estás más decente y más limpio; y pueblos ha habido que han sido remediados, y da lástima ver como están otros.
3º Por el poco sacrificio que exige de tiempo; otras devociones llevan en sí otras obligaciones que no fáciles de cumplir.
Deja la dirección para dedicarse totalmente a la Obra de las Vocaciones
Mas con todo, esta asociación, aunque sencilla, necesita cierta mano constante que la sostenga y vivifique. Cuando se me encargó, manifesté la imposibilidad de atender a ella. Hoy esta imposibilidad es mayor: mis frecuentes viajes que son preludios de otras, atendiendo el campo que se nos abre en la Obra de fomento de vocaciones, deben absorber mi vida.
Por eso necesitaba esta asociación otra mano directora, que pueda atender mejor, y más apta para ello.
El Sr. Chantre que con tanto entusiasmo ha aceptado el Prelado el encargo del fomento de la Exposición de Jesús Sacramentado, era el más indicado para sostener el espíritu de las Camareras.
Y con una bondad que revela sus sentimientos no ha dudado en acceder a nuestra invitación, y estar al frente de esta modestísima unión de almas devotas de Jesucristo Sacramentado.
Yo me atrevo a decir al Sr. Chantre que cuida una base de operaciones. Esto no quiere decir que nosotros nos ofrecemos a suplirle; y no sólo yo individualmente, sino la Hermandad de Operarios, uno de cuyos objetos es el promover todo lo relativo a Jesús sacramentado, le ayudarán en cuanto convenga.
Ojalá podamos realizar cuanto nos proponemos.
Desde hoy, pues, la Junta se entenderá con el Señor Chantre al cual puede proponer cuanto convenga (Se trata del Canónigo de Tortosa don Juan José Hidalgo).
Un día podré ir al Prelado y ofrecerle si quiere algo para alguna parroquia.
41.- Las Camareras, obra modesta y de fe (I, 2º, 68)
Mosén Sol, cumpliendo su promesa de suplir cuando conviniera al director, lo hace con la plática siguiente.
Es del 8 de septiembre de 1896.
Despliega su pensamiento sobre temas muy queridos para él: la adoración, obra de fe; Jesús Sacramentado, centro de todo y la vergüenza que debemos sentir de no haberle atendido convenientemente.
El espíritu de esta Obra, obra de fe
Mis amadas Camareras en Jesús Sacramentado:
Me es grato cumplir el ofrecimiento que os hice, al declinar la dirección de esta obra, en el celoso Sr. Chantre, de llenar su vacío siempre que fuese necesario.
Pero me es mucho más grato el pensar que habéis comprendido el espíritu de esta Obra, puesto que ve la constancia vuestra en ella.
Creo recordaréis que más de una vez he dicho que el gran inconveniente de esta asociación es su carácter modesto, oculto casi podríamos decir, y sin alicientes externos que promuevan nuestra devoción sensible.
En las funciones religiosas hay muchas cosas que nos halagan y alimentan nuestro fervor para la perseverancia. Hasta la visita a Jesús Sacramentado expuesto, la misma Hostia, consagración (que según el P. Faber no deja de ejercer al mirarla su influencia hasta en los mismos protestantes, él lo había sido) la ejerce sobre nuestros sentidos y nuestro corazón.
Mas en esta no hay ningún adminículo que sostenga vuestra inconstancia, y por la tanto se necesita mucha fe y el conocimiento de la Obra, la cual es..... que Jesús Sacramentado pueda estar más decente.
Por ello, esto me hace creer que obráis en esta asociación con aquella pureza de intención que da valor a las obras, pues por falta de esta intención se quedan con poco mérito muchas de las otras obras que hacemos.
Por esto ejerced esta fe, y recogeréis más recompensa que en otras, aún que en las limosnas mismas al prójimo, en las cuales entre la compasión y la sensibilidad natural con la cual se satisface nuestro corazón.
No dejéis, pues,...
Inútil es que yo para animaros a la constancia y a ofrecer con esa pureza de intención los pequeños sacrificios que hacéis de la asistencia a estos actos, del trabajo de manos,... que os recuerde los motivos que tenemos para consagrarnos por todos los medios a todo lo que tenga relación con Jesús Sacramentado.
Es Jesús Sacramentado el centro de todo, de toda devoción, de todo afecto, considerado en sí.
Él debía absorber toda nuestra vida, porque si el fin del hombre es conocer... y reverenciar, este amor y esta reverencia, por la inagotable bondad de este Dios, que nos lo ha facilitado este deber, reverenciándole real, vivo y verdadero en el Sacramento.
Vergüenza de no haberlo atendido
Y una de las cosas que nos avergonzarían en el cielo, si pudiese haber confusión, sería el pensar que le hemos tenido en la tierra, y no nos absorbió toda la vida, todo nuestro corazón.
Y con todo, aún las buenas almas, si nos miramos a nosotros.
Se modo que mirándolo sólo en sí sacramentado, en relación con nosotros, no debemos pensar sino en los medios de venerarlo, al pensar la gracia de estar en nuestra compañía; conocerle; recibirle.
Y si de esta consideración quisiéramos pasar a ver lo poco que se hace por él, y lo mucho que se hace contra él, sería motivo bastante, para querernos consumir ante él, como se consume una candela, derritiéndonos en penitencia, en fatigas, en actos de amor y reverencia, y fijo siempre nuestro pensamiento y nuestro corazón en él.
Tantos que mueren sin poderlo recibir.
Tantos que se ofrecen por rabia diabólica a profanarle, la cual rabia es una prueba de la verdad de la Eucaristía, como la rabia de los judíos, que no lo hubiesen hecho con ningún puro hombre, aunque hubiese sido el más malvado, sería motivo para que no pensáramos más que en Jesús.
Si un padre fuese maltratado en una prisión, y no pudiésemos consolarle, ni verle; pero la sola relación de lo que se hace nos ahogaría de pena.
Y creemos.
No quiero extenderme en deciros estos motivos externos, porque me extendería demasiado, y baste deciros que ese odio satánico de las sectas contra Jesús, tal vez puede ser preludio de los días postreros; y el Señor se escogerá para aquellos días generaciones de reparadores, que serán sus predestinados.
Y en esta guerra de la ciudad de Dios contra la ciudad de Satanás, que empezó en Abel y en el Calvario, y que durará hasta el fin del mundo, de guerra a Cristo de amor a Cristo, vosotros, vuestro sexo ha de tener una parte importante, al menos por la reparación.
Allí, en el Calvario, hubo un Nicodemus valeroso, capaz de presentarse ante Pilatos, para dar honrosa sepultura a Cristo; pero en las tinieblas de aquellas horas nadie le repara como las mujeres, no sólo con la compasión, con la solicitud de traer aromas y adornar su sepulcro,...
Esas sois vosotras, y la tarea tiene cierta semejanza.
Los documentos 69, 69 bis, 70, 71 y 72 son esquemas. El 69 corresponde al 3 de octubre de 1897; el 69 bis a diciembre de 1898. El resto están sin datar. Tampoco consta la fecha en el resto de los documentos (73-75). Ofrecemos algunos de ellos.
42.- Jesús Sacramentado, víctima inmolada por nosotros (I, 2º, 72)
Mis hermanas en el Señor:
En la sesión anterior (tomamos por tema) para consideración y entretenimiento de este breve rato, azote con que el Señor nos está amenazando e hiriendo.
Y dijimos que el Señor era el que permitía estas tribulaciones, unas veces para castigo, otras para aviso, otras para ejercicio; y que ya fuese para castigo, porque lo merecemos, porque lo merece la actual sociedad pecadora, ya fuese sólo para aviso, debíamos convertirlo en misericordia mediante nuestra humillación, reconociéndonos pecadores; mediante nuestros propósitos de ser mejores; y aún si Dios nos inspiraba el pensamiento, ofreciéndonos víctimas voluntarias.
Pero si no nos encontramos con fuerzas para ser víctimas ante Dios por nuestros semejantes, tenemos un medio más eficaz para aplacar la ira de Dios, si es por castigo, mejor que todos nuestros ofrecimientos; y si es por aviso, un gran medio también para nuestra santificación.
Tenemos una víctima placable, por nuestros pecado y por los de todo el mundo, y que en estas circunstancias, más que nunca hemos de presentar con frecuencia ante la justicia de Dios. Y esta víctima, que hemos de aprovechar en estas circunstancias, es Jesús sacramentado y sacrificado místicamente todos los días por nosotros (1 Jn 4,10).
Desde el día del primer pecado, el hombre necesitó de la aplacación. No sólo debía ofrecer dones por gratitud a Dios, como Abel sino que el sentimiento de la necesidad de aplacar a Dios por los pecados se había tan vivamente impreso en el corazón del hombre, que aún oscurecida esta idea en pueblos idólatras, sin embargo, el peso de sus propias miserias les hacía comprender la necesidad de acudir a buscar víctimas con que aplacar a Dios.
Pues bien, el pueblo de Dios ilustrado por la fe ofrecía víctimas y víctimas continuas; y había víctimas por el pecado, y víctimas en holocausto, en que se consumía toda la res, como señal de que merecíamos la muerte, y era sustituida por aquella víctima.
Pero ya sabéis que todas aquellas oblaciones y sacrificios, todas aquellas víctimas eran infima elementa, eran elementos flacos por sí mismos, porque en sí no tenían mérito intrínseco; y si Dios las aceptaba era porque representaban la víctima futura; y los que tenían fe y verdadero conocimiento de aquellas víctimas, como los Profetas y Patriarcas, al ofrecerlas se asociaban a la víctima futura.
Y vino esta víctima, y se inmoló esta víctima para aplacar la justicia de Dios por todos los pecados.
Pero esta víctima ya sabéis que ha querido permanecer perpetua entre el cielo y la tierra, y la tenemos continuamente a nuestra disposición.
Pero, ¡ah, cuán poco se aprovecha!
Sabemos que Dios, sub umbra está indignado, y acudimos a muchos medios humanos, bien que son buenos, porque Dios no deja de mandarlos, pero nos aferramos a ellos, como aquellos animalitos que ocultan sus rostros al verse perseguidos, y olvidamos acogernos a esta víctima viviente.
El Apóstol Pablo nos dice que está siempre viviendo para interpelar por nosotros (Hbr 7,25).
¿Cómo hemos de aprovecharnos de esta víctima? En este mes de Agosto, en insistiendo en la idea del mes pasado, unirse habitualmente a Jesús es estado humilde y suplicante. Al dar una mirada a los pecadores, dirigirme a la Víctima, unirnos a ella y decir: Señor, misericordia.
Si nos ocurren los pecados contra la Eucaristía, interponernos: Señor, ya se convertirán; Señor, en los otros pueblos se convierten.
Además, las comuniones hacerlas con espíritu de esta reparación.
Que no se santifican las fiestas.
Las comuniones espirituales, unirnos a Jesús, y en seguida levantar nuestros ojos: Señor.
43.- La humillación voluntaria de Jesús, motivo de nuestra adoración (I, 2º, 73)
La humillación de Jesús
Mis hermanas en el Señor:
Estamos en el mes de la fiesta del Corpus, y del Sagrado Corazón de Jesús; y por lo tanto, esta sesión o junta mensual sería la más propia para hablaros de nuestro deber, del deber que nos hemos impuesto de honrar a Jesús Sacramentado, en el modo más íntimo, esto es, en atender a la decencia de su habitación y de las cosas que tienen contacto con su cuerpo adorable y su Santísimo Corazón.
Pero como quiera que esté encargado por el reglamento que las palabras que aquí se dirijan sean sencillas y humildes, como lo es la obra, sólo os diré: los motivos que nos deben excitar al culto íntimo de amor y reparación con Jesús Sacramentado, y los mejores medios que él acepta.
Y el primer motivo es la humillación voluntaria que él mismo se ha querido imponer, el estado de insensibilidad, de víctima de muerte, que han adoptado en la Eucaristía: todo por nuestro amor.
¿Qué viene a ser el estado eucarístico de Jesús en todas sus partes? ¿Hay vista tan perspicaz que se atreva a descubrir a un Dios, en el que adora escondido en el Sacramento?
Aún en la humillación de su venida al mundo, en medio de la corteza de la humanidad, se escapaban rasgos de la Divinidad.
Nace pobre, ¿quién lo reconocerá Dios? Pero una estrella...
El pueblo le regatea los obsequios, y unos Reyes que vienen de regiones distantes, le resarcen con los dones que le ofrecen.
Durante los días de su predicación, no llega a tal punto su humildad, que no se dé a conocer con milagros.
Entre las confusiones y oprobios de su muerte, en el estado de moribundo se deja entrever al hijo de Dios.
Pero si le contemplamos en los velos de la Eucaristía, ¿cómo descubrir que es el Dios Autor de la naturaleza, como Dios mismo que tiene la tierra en sus manos,...? Gloria, poder, grandeza de todo se ha despojado.
Pues bien, esta humillación voluntaria es un motivo mayor para excitarnos a repararle, porque supone más fe y más escondido amor.
San Agustín hablando de la necesidad que tuvo Jesús de quedar de este modo, introduce dos amores en el día de la Ascensión; el uno le obliga a partir, el otro a quedarse.
Por lo tanto, al quedarse y quedarse de este modo, lo hace por amor.
Quedase aquí para Mediador, para que en tantos objetos que excitan la ira de Dios.
Quedase para ser propiciación por los pecados del mundo.
Quedase para consuelo y compañía de sus hijos.
He aquí, pues, uno de los motivos que nos obligan a reparar a Jesús: su propio y voluntario desconocimiento y humillación.
Y hay otro motivo: el desconocimiento voluntario de las criaturas racionales, de los mismos cristianos.
Es verdad, que la próxima fiesta del Corpus es un día de triunfo para Jesucristo y para nuestra fe. Aún Jesús es llevado triunfante en las calles y por las plazas; y lo mismo en las opulentas ciudades, que en las pobres aldeas; lo mismo en Europa que en las soledades del Asía y las pampas de América, donde hay fieles, Jesús recibe adoraciones, y esto en medio del siglo XIX; no hay duda, un triunfo.
Pero este triunfo no sería real, si no fuese acompañado de los verdaderos sentimientos de nuestro corazón. Porque al lado de estos actos, cuántos actos de desconocimiento, de irreverencia, tal vez de insultos, por parte de la impiedad.
¡Cuán pequeña es la porción de adoradores de Jesús comparada con la de los que le ofenden en este propio misterio!
¡Cuán pobre el cortejo que tiene en muchas partes al lado del movimiento de las diversiones!
No hay más que mirar vuestra ciudad. No hay más que ver la procesión del Corpus, que a pesar de ser la primera de todas las posesiones, tiene el Señor el cortejo de unos cuantos hombres, mientras los cafés y los paseos están inundados.
Pues bien, una reparación pide Jesús a estas humillaciones interiores y exteriores.
Amor delicado y escondido a Jesús. Reparación
¿Y qué reparaciones serán las más propias? Primero las humildes, interiores, llenas de fe y de efusión.
Vosotras, Camareras de Jesús, que os congregáis para excitar en vuestra alma el amor delicado y escondido a Jesús, en lo que más directamente toca al Sacramento, de vosotras espera el Señor estas efusiones interiores, estas reparaciones humildes.
¡Oh, si supiéramos cuánto agrada y complace a Jesús, cuando en alas de una fe viva nos arrojamos a transportarnos a su tabernáculo, y allí en el silencio de nuestro corazón le ofrecemos los homenajes de nuestra fe, de nuestro agradecimiento, de nuestra compasión, de nuestra ternura!
¡Si supiéramos cuánto le complacen los actos, cualesquiera que sean, que van acompañados de esta fe! Este óbolo que le ofrecéis con fe viva, para el culto; este pequeño trabajo que os tomáis para venir aquí, a participar de este espíritu de amor a Jesús; estos pequeños trabajos manuales en que deseáis ejercitaros por amor a Jesucristo, son los mejores para él, porque son más vivos. Y si siempre debéis ejercitaros, muy particularmente en esta temporada, este mes y la octava del Corpus. Multiplicad vuestros afectos, y yo os aseguro una correspondencia sobreabundante.
Pero además, para reparar a Jesús en sus olvidos y sus irreverencias exteriores, actos también exteriores; y por lo tanto, sacrificar un poco de nuestras ocupaciones, para honrar a Jesús sacramentado, asistiendo con reverencia a sus santos tabernáculos.
No haremos bastante, no. No hace mucho, el Director del Apostolado se quejaba que en una población de 30.000 almas, como en Tortosa, habiéndose establecido esta hora de vela diurna, haya apenas un centenar, y esto que es a hora cómoda.
Ya sé que no todos y todos los días, pero hemos de confesar que hay falta de fe y de afecto a Jesús.
Ya que el Señor nos ha llamado a esta vocación, satagite.
Y así esos próximos días, reparación interior y exteriormente; y así cumpliremos con nuestro deber.
3.- FERVORINES
Presentación
Dentro del género de la oratoria sagrada, el fervorín es una instrucción que no tiene la categoría ni la estructuración de un sermón ni es tampoco una plática de retiro tal como la definimos en su momento, ni equivalente a la actual homilía.
Más breve que un sermón, se mueve más bien en el terreno de los afectos, de la motivación para mover a los oyentes al “fervor” - de ahí su nombre - teniendo en cuenta que este vocablo, tiene mucha cercanía con devoción, piedad, afecto; y con fervor, que es sinónimo de ardor, y que nos recuerda la ebullición como fruto del calor.
Aunque la Real Academia lo define como “cada una de las jaculatorias que se suelen decir para enfervorizar”, en el caso de Mosén Sol, como los sacerdotes de su época usaban este género para enfervorizar, pero era algo más que una breve jaculatoria en forma de exclamaciones que indica gratitud, amor, dolor, o cualquier otro afecto o sentimiento.
Para entender el sentido que le da Mosén Sol hay que recordar que “es en la oración donde se mantiene y desarrolla el fervor; en la oración entendida no sólo como petición, sino sobre todo como adoración y glorificación de Dios” (Gennaro, C., en el vocablo fervor en Ancilli, E., Diccionario de espiritualidad, III, 120, Herder, Barcelona 1987).
Normalmente se pronunciaba inmediatamente antes de la comunión a fin de preparar a quien iba a recibirla y estimular el comulgante para agradecer el don de la presencia real de Cristo, en el sacramento y el de haberse hecho pan para ser comido y transformarse en parte del mismo receptor.
También se hacía, en algunas ocasiones, al comienzo de la celebración de la Eucaristía, desenvocando en el acto penitencial. En este caso es como una monición prolongada que preparaba a participar en la misma y a recibir en ella el Sacramento.
Téngase en cuenta que en el tiempo en que son pronunciadas – finales del siglo XIX principios del XX – no era costumbre habitual la comunión diaria ni siquiera en los seminarios. Por ello encontramos algunos fervorines que tienen lugar “el día de la comunión” o unidas a fiestas a las que se daba especial relieve en la celebración solemne de la Eucaristía y, dentro de ella, a la comunión de los participantes.
Mosén Sol será uno de los que más influye por medio de sus colegios de vocaciones y seminarios para extender la práctica de la recepción del Sacramento. Por ello, en sus fervorines insistirá en el carácter de don que tiene la Eucaristía, en cómo debe recibirse debidamente preparados, en la fidelidad y en la gratitud por el regalo recibido.
En esta parte de nuestra publicación se recogen textos de fervorines dirigidos a los sacerdotes operarios, a los alumnos de sus Colegios de vocaciones eclesiásticas de Tortosa, Valencia, Murcia, Orihuela y Roma. También utiliza este medio hablando a los Adoradores, Religiosas y otros grupos siempre relacionados con la Eucaristía.
(Para todo este tema y su sentido, véase: Brunet,R. et Philippe, M.D., en el artículo “Ferveur”, en Viller, Dictionnaire de Spiritualitè, II, 205-219. Más especialmente aún en el apartado 3º: L’Eucharistie, sacramente de la ferveur de la charitè, pp. 218-219, Paris 1964).
Como en los apartados anteriores de la obra, presentamos los documentos por destinatarios, indicando la localización de los mismos, los temas tratados, así como la dotación y el lugar y circunstancias en que el fervorín fue pronunciado.
3.1.- Fervorines a los Operarios (I, 2º, 73-93)
Se trata de fervorines dirigidos a los operarios en la Eucaristía final de los ejercicios espirituales. La solía presidir el fundador y en ella los nuevos miembros hacían su consagración a la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos, y todos la renovaban.
Por este motivo y en este contexto los temas recurrentes son:
· La elección al sacerdocio y a la Obra (76)
· La correspondencia por medio de la donación total (76, 77, 80)
· La santidad y el celo apostólico (80, 82)
· El cuidado y la formación de las vocaciones (78, 81, 92)
· Estando dispuestos a darlo todo y aguantar todo por ellas (76, 78)
· La presencia de Cristo en ese momento en la Eucaristía (78)
· La llamada de Cristo a los sacerdotes para asociarlos a su sacrificio (78)
· Llamada especial a los Operarios por parte del Corazón de Jesús (78, 81)
· La Hermandad (77, 79 y 81) y gratitud por el sacerdocio en ella (79)
· Llamada a Pedro y a los pastores por amor (89)
· Dos oraciones: + Vos sabéis que os amamos (89)
+ Disponibilidad
El resumen de todas las ideas lo encontramos en los documentos 76 (1895), 81 (1902), 89 y 92, estos últimos sin datar.
Los reproducimos íntegros. Los demás son repeticiones, especialmente del 81 (así el 86, 87, 91) o esquemas de los que se serviría como guión en sus intervenciones.
id="44">44.- Elección, gratitud y todo por las vocaciones (I, 2º, 76)
Es el fervorín que tuvo a los operarios al final de las reuniones y ejercicios de 1895 en Valencia. Es uno de los textos fundamentales en el que partiendo del cap. 24 de Josué, desarrolla los siguientes temas:
· La elección y la correspondencia con la donación total;
· El cuidado-formación de las vocaciones como respuesta agradecida;
· Por las vocaciones estar dispuestos a aguantar todo.
Mis amados Cooperarios en el Corazón de Jesús sacramentado: al tener que realizar ante Jesús sacramentado la consagración por unos, y la santa práctica de renovación, según nuestras prescripciones, ¿qué idea podré sugeriros yo que sea apropiada a preparar nuestro corazón para hacerlo con devoción?
Trasladaos con el pensamiento a aquel tierno pasaje del libro de Josué, en su capítulo 24, cuando introducidos los hijos de Israel ya en la tierra prometida y tan deseada acababa de hacerles la distribución por suerte, y colocarles en posesión de sus nuevas herencias y casas a cada uno de ellos, para que disfruten perpetuamente de ellas, con alegría y satisfacción.
Entonces fue cuando reunió a todas las tribus en Siquem, y allí llamó a los mayores de edad, a los príncipes, jueces y magistrados, y habló así al pueblo. Esto dice el Dios de Israel:
Yo soy el que tomé a vuestro Padre Abraan de los confines de la Mesopotamia, y le conduje a la tierra de Canaan y multipliqué su descendencia.
Yo soy el que a vosotros y a vuestros Padres os saqué de Egipto y llegasteis hasta el mar, que pasasteis a pie enjuto; y os perseguían los Egipcios con sus carros y caballos hasta el mar Rojo, y puse tinieblas entre vosotros y los Egipcios, y aduje sobre ellos el mar y los cubrió.
¿Te acuerdas, te acuerdas, oh Israel?
Y vuestros ojos vieron todas las cosas que hice en Egipto, y como habéis habitado luego en la soledad mucho tiempo.
Yo os introduje en la tierra de los Amorreos, que habitaban a esa otra parte del Jordán, y os los entregué en vuestras manos. Y sabéis como cayeron los muros de Jericó, y como eché fuera a todos los enemigos que os aterrorizaban, y esto no con tu espada y tu arco.
Y ahora acabo de daros esta tierra, la cual no trabajasteis y estas ciudades que no edificasteis, para que habitaseis en ellas; y estas viñas y estos olivares, que vosotros no plantasteis.
Ahora bien, bendice a Dios, oh Israel, y sírvele perfecto corde atque verissimo, y quita para siempre los dioses, a los cuales sirvieron vuestros Padres en Mesopotamia.
Pero mira, si no te parece bien servir al Señor, optio vobis datur, eligite hodie cui servire potissimum debeatis; elegid hoy a quien principalmente debéis servir: o a los dioses de vuestros Padres o a los de los Amorreos, en cuya tierra habitasteis o el Dios que os sacó de Egipto.
Y conmovido aquel pueblo ante tantos beneficios de Dios y ante la pregunta de Josué, exclamó: absit a nobis. Lejos de nosotros el abandonar al Señor. A Él solo serviremos, porque es nuestro Dios.
Y tomando Josué una piedra grande, lapidem pergrandem, la puso a modo de Altar bajo una encina que estaba en el Santuario del Señor y exclamó: esta piedra será para vosotros una señal y testimonio perpetuo de vuestras promesas. ¡Seréis vosotros mismos testigos de vuestra consagración en este día! Y un clamor de devoción y de entusiasmo resonó en el valle de Siquem. Testes, testes sumus.
Ahora bien, amados míos, durante estos días hemos meditado de las misericordias de Dios sobre nosotros. Cómo nos ha dado la fe, y mientras tantos millares de racionales yacen en la Mesopotamia, esto es, entre las tinieblas del paganismo, a nosotros nos ha colocado en el seno de la Iglesia católica, para que conociéramos a Cristo Jesús, nos sacó de la esclavitud del pecado y del mundo, para formar un pueblo escogido, mediante la vocación al Sacerdocio; nos ha alimentado diariamente con el maná de la Eucaristía, y no contento con esto nos ha introducido, para nuestra felicidad y nuestra mayor santificación en esta tierra santa de nuestra Obra; y hemos visto desaparecer poco a poco los enemigos que le amenazaban, y los peligros que amagaban y las contradicciones que nos atemorizaban; u el Señor nos está dando posesión de ella, de campos que no labramos, de viñas fértiles de Diócesis desconocidas, y olivares que no plantamos, y nos está todavía mostrando horizontes de otros campos vastísimos de su máxima gloria, para que sean nuestro gozo, nuestro consuelo y nuestro premio.
¡Oh! ¿Cómo no bendecir al Señor en este día? ¿Será, pues, preciso, hijos míos, que yo os pregunte como a los hijos de Israel, si deseamos continuar en el servicio del Señor, en este campo de su máxima gloria?
¡Oh, no!, dulcísimo Corazón de Jesús Sacramentado. No sólo queremos renovar nuestra consagración como un tributo de gratitud a vuestros beneficios, sino que nos ofrecemos a cuidar y trabajar no para nosotros, sino para Vos, esos mismos campos que nos regaláis.
Y en ellos formaremos apóstoles que sean el consuelo de vuestro Corazón y el alivio de las almas; y enviaremos Operarios para todos los campos, viñas y jardines de vuestra Iglesia; y soportaremos el peso del calor y del día (Mt 20,12), para hacer germinar la piedad en los campos áridos y muertos a todo movimiento religioso; y si fuera necesario el sacrificio de nuestra vida; ensancharemos las fronteras de vuestro reino en dilatadas regiones, y os consolaremos de esa frialdad e indolencia de tantas almas consagradas a Vos por el Sacerdocio.
Aceptad, Jesús mío, estos deseos y ofrecimientos; bendecidlos y depositadlos en vuestro Corazón, del cual deseamos ser perpetuos reparadores, en cualquier parte que nos encontremos; y sean ellos prendas de nuevas gracias y de nuevas bendiciones que esperamos de vuestro Corazón, para repetir con más gozo el año que viene nuestra consagración.
Los documentos 77 (1896: I, 2º, 77) y 78 (26 de agosto de 1897) son prácticamente el mismo texto. Damos el segundo por estar más estructurado.
45.- La mies es mucha. Santidad sacerdotal (I, 2º, 78)
¿Qué os diré al practicar el acto de la repetición de nuestra consagración a Jesús?
Al querer deciros una palabra me ha venido aquel pensamiento, aquellas palabras de amarga queja, que la Iglesia pone en boca de Jesús, como pronunciadas por el Profeta para Él.
He buscado quien se olvidara de los males propios para compadecer los míos; quien se afligiese conmigo, no en las tribulaciones momentáneas y ligeras del mundo, sino en la gran tribulación sin medida y sin fin, de la pérdida de las almas insensibles a mi amor, y no lo he encontrado. Quaesivi qui simul contristaretur et non fuit; o al menos, al menos quien me consolara en el amargor de mi Corazón, y tampoco lo encontré; et qui consolaretur et non inveni. Nadie ha intentado dulcificar el dolor de mi Corazón, y estoy solo en la tierra sin semejante en mis dolores, solo y sin consuelo: et ipse solus erat in terra. ¡Qué aislamiento de corazón!
Por ello, en el afán de asociarse almas que participen de esta solicitud, escoge a sus apóstoles, y que sin embargo están como dormidos.
A pesar de que Messis quidem multa; a pesar de que allá junto pozo de Jacob de los llantos sobre su Jerusalén, no penetraban en los sentimientos de Jesús, y la noche misma de la Cena disputaban sobre las preeminencias; y no obstante esta insensibilidad y tardos de corazón, quería asociarse en los momentos más críticos y en que se aproximaba su mayor aflicción a tres de sus allegados y los pone cerca de sí, como un tiro de piedra, y al subir en aquellas horas las oleadas de amargura a su Corazón, desbordarse y quererse compartir y traspasar, pasar parte de este cáliz o al menos aliviarlas con el desahogo, se ve precisado a exclamar: Simón, ¿dormís? ¡Dormís vosotros que tantas veces me habíais prometido morir conmigo! ¿Dormís, hasta en la participación de estos misterios, en que me consumo de amor por vosotros! Dormid, dormid, ya iré yo a inundarme por las almas y por vosotros.
¡Oh!, amados míos, quién es capaz de ponderar la inmensidad de aquel mar de deseos y de congojas por la salud de las almas; aquella exuberancia de amargura, en que rebosaba aquella alma y encontrarse solo; y fue preciso que un ángel bajara para confesarle y llorar aquel ángel de paz supliendo lo que no daban los hombres.
Pues amados míos, aquel mismo Jesús, ya lo sabéis, continúa en medio de la tierra real, vivo y verdadero, aunque oculto con los velos de la Eucaristía, y nos está diciendo que los mismos deseos le animan, y las mismas desolaciones le rodean místicamente, y las mismas llamadas hace y las mismas voces dirige cuan pocas son las almas que, olvidadas de sí mismas y de sus males, se aflijan solamente de ve el de la tribulación y del mal que será la herencia de las almas insensibles.
Y por ello llama al Sacerdocio para que se asocie a esta pena pase a él este camino; y pesar de ello cuantos son ajenos a la viva penetración de estos ayes de Jesús, y no dejan quae sua sunt in medio de los que es Jesuchristi, y tal vez viven envueltos en perpetuas discusiones de preeminencia y no faltan campos entregados a la esterilidad y los deseos no se ven satisfechos.
Y en medio de este sacerdocio – y entre tantos y entre los llamados a esta dignidad – nos llama a nosotros para tenernos más obligados a ir en medio del mundo y de la tierra, y para que sintamos más vivamente la vehemencia de sus deseos, y acudamos a asociarnos a su obra de salvación y escuchemos los latidos de su Corazón, y tomemos más parte en su anhelo.
¡Oh!, si al repetirnos su llamamiento en estos días, si al mostrarnos sus beneficios y la elección especial que ha hecho de nosotros, y al querernos (o mostrarnos) o comunicarnos las espinas que le atraviesan por los malos del mundo todo, tuviese que dirigirnos aquellas expresiones amargas y todas las represiones que dirigió a los discípulos, ¿tendríais valor para dormir en vuestra vocación, y velar constantemente conmigo, dormir en medio de las necesidades que me rodean? ¿Queréis continuar en el sopor de la tibieza cuando tantos crímenes horribles hieren mi corazón? ¿Queréis permanecer en la indolencia cuando se está librando la gran batalla? ¿Dormís, cuando estamos en los momentos críticos, y tantas almas necesitan nuestra actividad? ¿Seréis insensibles a mi voz?
¡Oh! No dulcísimo Jesús Sacramentado, no. Aquí venimos a consagrarnos de nuevo a Vos.
Y vigilaremos constantemente ante vuestro tabernáculo – y ante él labraremos nuestra santificación sacerdotal.
Y con nuestro ejemplo, nuestra doctrina y nuestro sacrificio os formaremos una generación sacerdotal de apóstoles que anuncien vuestro amor a las almas, y las acerquen alrededor de vuestro Corazón (para que se compadezcan de Vos).
Y velaremos los intereses de vuestra gloria en tantos campos abandonados por la indolencia de sus colonos.
Y haremos llamamiento a las almas todas para que escuchen los silbidos de vuestra voz amorosa.
Y ensancharemos las fronteras de vuestro Reino en cualquier parte del mundo a donde queráis enviarnos.
Y soportaremos por amor vuestro todo el peso del calor y del día, y si para ello fuera necesario el sacrificio de nuestra vida.
Tales son nuestros deseos, Jesús, al repetir nuestra especial consagración a vuestro servicio – bendecidlos y concededles además la gracia de que, cuando debemos repetirlos se haya obtenido la anhelada bendición, que esperamos, de vuestro Vicario en la tierra, para de ese modo repetirla con más gozo, y durante los días con más gozo de nuestro corazón.
46.- Gratitud por la llamada al Sacerdocio en la Hermandad (I, 2º, 79) |