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Don Manuel
hombre original
y con visión de futuro
por Francisco Martín Hernández
Cuadernos Mosén Sol
9
Tortosa
1996
Contenido
Presentación
Nota introductoria
La forja de un ideal
Originalidad y visión de futuro
Notas predominantes de la Obra
Novedad de organización
Los Colegios de vocaciones: innovación pedagógica
Seglares con vocación de apóstoles
Conclusión
Apunte bibliográfico
Presentación
Cuadernos Mosén Sol, fiel a su propósito de irnos presentando en sus textos distintos aspectos de la rica personalidad del fundador de la Hermandad, el beato Manuel Domingo y Sol, nos ofrece ahora el cuaderno escrito por el profesor de la Universidad Pontificia de Salamanca, Francisco Martín Hernández.
Siguiendo una de las últimas sugerencias de la Iglesia que recomienda a todos los institutos reproducir con valor la audacia, la creatividad y la santidad de los fundadores, nos ofrece un comentario breve y sugerente sobre la originalidad creativa del beato mosén Sol.
De su lectura sacamos la convicción de que el beato mosén Sol fue un fundador moderno. Su inspirada intuición le llevará a intentar todo un arco de respuestas para dar solución a las urgencias apostólicas de su tiempo. Desde la vida contemplativa hasta la juventud; los maestros católicos y los templos de reparación; los colegios de vocaciones y la atención a los seminarios.
Donde queda mejor marcada su originalidad fue en la metodología pedagógica que implanta en los colegios de vocaciones por él mismo fundados y en los seminarios cuya dirección le fueron confiando los obispos. Todo ello dentro de una gran visión para crear un método de pastoral vocacional hasta entonces no soñado y un modelo de seminario moderno que como líneas formativas se apoyara en la vida familiar de los alumnos, la comunicación continua entre los formadores, la confianza entre los colegiales y superiores, la espiritualidad profunda y sencilla, el amor a la vocación y el entusiasmo por la vida sacerdotal.
De igual manera le debemos también una visión nueva del trabajo pastoral con los laicos, especialmente con los jóvenes. No se conformaba con que fueran buenos cristianos. Quería y decía que había que llevarlos a ser apóstoles. «Nada hay más real que esa gran vocación apostólica, inseparable de nuestra vocación de cristianos. Todos debéis ser apóstoles... no importa la edad».
Para dar continuidad a sus obras y asegurar un estilo original de trabajo funda la Hermandad de sacerdotes operarios diocesanos, «una de tantas fórmulas que el Señor ha querido suscitar para facilitar la santificación del sacerdote en medio del mundo». Su originalidad fue tal que no vio aprobadas en vida las Constituciones de la Hermandad.
Francisco Martín, experto en temas de historia de la formación sacerdotal y autor de obras voluminosas, ha hecho un esfuerzo de síntesis comprometiendo su firma en un texto legible y atractivo que nos acerca a la originalidad del beato mosén Sol. Nos ahorra lecturas al tiempo que hace crecer en los lectores el deseo de profundizar en el tema leyendo las obras más extensas que él mismo nos recomienda al final de las páginas de esta publicación. LOPE RUBIO PARRADO Rector del Pontificio Colegio Español de Roma
Nota introductoria
El beato Manuel Domingo y Sol (mosén Sol, para propios y extraños) ha pasado a la historia como un hombre original, de los pocos que se dieron cuenta de la situación nada halagüeña en que se encontraba la Iglesia española de su tiempo y que buscaron medios eficaces para solucionarla a corto y a largo plazo. Fue para su época un hombre moderno, adelantado en ideas, proyectos y soluciones, y por eso mismo, con visión de futuro.
Su originalidad se manifiesta en la idea que tuvo de establecer la Hermandad de sacerdotes operarios diocesanos para remedio de aquella situación, en el modo de llevarla a la práctica y en la sugerencia que tuvo también de un apostolado moderno en el campo de los seglares. Se mostró original y sugestivamente creativo en unos años, los revolucionarios de la segunda mitad del siglo XIX, cuando en el campo de la Iglesia poco margen se daba a la propia iniciativa y menos a la innovación.
1. Le preocupa la situación en que se encuentra la sociedad española en que le tocó vivir, tan vapuleada por tantas revoluciones, desamortizaciones y ataques furibundos contra la Iglesia y todo lo sagrado, y busca el modo de salir a su encuentro y regenerarla. El medio que a él le parece más adecuado es la recta formación del clero, y que éste se cuide de la nueva evangelización y recristianización de la sociedad. Tal será el pueblo cuales sean sus sacerdotes, repetiría don Manuel, tomándolo de los antiguos. De la intuición que tuvo, del remedio que propone con la moderna Hermandad de sacerdotes operarios, y del modo novedoso de que se valió para sacarla adelante, nos cuidamos en los primeros capítulos.
2. Fue también original en la metodología pedagógica que implanta en los colegios de vocaciones eclesiásticas, que funda al principio de su apostolado y que más tarde le darán motivo para la fundación de la Hermandad. Frente a la situación encorsetada por viejas estructuras en que se encontraban los antiguos seminarios, supo dar vida a una nueva pedagogía, de más personalidad, intimista, vital y emprendedora, que serviría de modelo en adelante para la formación de los que aspiraran al sacerdocio.
3. Le debemos también una visión nueva y progresista del apostolado que deben llevar a cabo los seglares. En su tiempo poco se hablaba de esto, por lo que se ha dicho de don Manuel que fue uno de los precursores de la futura Acción católica. Lo veremos en los últimos capítulos de este estudio.
1
La forja de un ideal
El 1 de abril de 1836 nacía en Tortosa (Tarragona) el beato Manuel Domingo y Sol, penúltimo de los doce hijos del matrimonio formado por Francisco Domingo Ferré y Josefa Sol Cid.
A los 15 años de edad –1851– ingresa como alumno interno en el seminario de Tortosa, donde cursa tres años de filosofía, siete de teología y uno de derecho canónico. En 1863 obtiene el grado de licenciado en teología en el seminario central de Valencia y allí mismo el doctorado en 1867. Un año antes, había conseguido el bachillerato en Artes por la Universidad Literaria de Barcelona.
Recibe la ordenación sacerdotal el 2 de junio de 1860 y una vez ordenado, sigue estudiando como alumno externo en el seminario [1].
1. Al principio, quiere abarcar todos los apostolados: parroquias, juventud, obreros, religiosas, catequesis, etc. Pero pronto se da cuenta de que el remedio para recristianizar a la sociedad había que buscarlo en la misma raíz, en la savia que la trasformara y diera frutos sazonados a la Iglesia. Fue entonces cuando dio en la clave:
La formación del clero es lo que podríamos llamar la llave de la cosecha en todos los campos de la gloria de Dios.
Para conseguirlo, lleva a cabo la fundación de la Hermandad de sacerdotes operarios diocesanos, obra dedicada a la selección y recta formación del clero, que por sí misma ofrece una nueva y fecunda originalidad.
2. Desde el concilio de Trento no habían faltado algunos ensayos, con el mismo propósito de selección y recta formación de los aspirantes al sacerdocio; los hubo en Italia, en Francia y en Alemania [2]. En España se dio uno bastante importante, que desarrolló su labor apostólica por tierras de Aragón, Levante y Cataluña y fue conocido por el nombre de «Sacerdotes píos operarios evangélicos» [3]. Era a principios del siglo XVIII y su fundador don Francisco Ferrer, de la diócesis de Barbastro, estableció algunos seminarios para seminaristas pobres al lado de los diocesanos que ya venían funcionando. La institución se fue diluyendo a finales de este mismo siglo, pero el nombre de «pío operario», referido al padre espiritual, permaneció en algunos seminarios durante buena parte del siglo XIX.
Don Manuel debió tener noticia de éstas y de otras iniciativas, pero le urgía poner remedio inmediato ante el panorama tan desolador que presentaban los seminarios y la formación sacerdotal en la España de su tiempo.
Si habían salido perjudicados estos seminarios y la formación que en ellos se daba con motivo de las revoluciones, desamortizaciones y hasta persecuciones que se dieron en la primera mitad del siglo XIX, más trágica se iba haciendo su situación ante las medidas que se tomaron como consecuencia de la revolución de 1868. De los seminarios, unos tienen que cerrarse y otros son incautados por los elementos revolucionarios. Se suspende la asignación que hasta entonces tenían del Estado. Hay pocas becas; las que quedan son insuficientes y buen número de seminaristas han de seguir la triste y famosa carrera breve con pocos años de teología y menos de formación. A ella se acogen jóvenes bastante maduros, de familia humilde y salvo raras excepciones, poco dotados intelectualmente. Otros no tienen esta posibilidad y se quedan en sus pueblos, donde reciben lecciones de los propios curas o de algún «dómine» de turno que tuviera fama en la región. El espíritu laico, anti-religioso y sectarista que a golpe de revolución iba invadiendo a la sociedad, también ayuda para que no pocos jóvenes se desvíen del propósito que pudieran tener de hacerse sacerdotes.
3. Pero no todo se debía a aquellas circunstancias. Algo fallaba en los mismos seminarios, que si antes no era de tanta preocupación por el acomodo y la fácil vida en que se encontraban, ahora llega a tener caracteres de verdadera tragedia. Los seminarios están desorganizados, la desidia o la poca destreza hacen mella en quienes los dirigen o tienen en ellos alguna responsabilidad formativa. Se estudia poco y mal, no se observa la disciplina y de tal manera degeneran las costumbres que se habla de libertinajes y hasta de atentados contra la moral. Del suyo de Tortosa llega a decir el mismo don Manuel que no es posible comprender cómo estaba la formación en mi época, y algo anterior y bastante posteriormente, en estudios, en piedad, en disciplina y vigilancia y pruebas de vocación.
Así opinaban también otros personajes ilustres de su tiempo. Por ejemplo, el nuncio de la santa sede en Madrid, monseñor Cretoni, en 1895: La decadencia de la cultura literaria y científica del clero español es un hecho innegable... Unase a todo esto la mala organización de los seminarios en cuanto a la disciplina, el poco cuidado que se tiene de la parte moral, la proveniencia de los jóvenes, quedando hoy restringidas las vocaciones a las clases inferiores, y se comprenderá cómo la educación del clero deja, bajo todos los aspectos, mucho que desear. Mi sentencia –leemos en otro de los documentos– es que la principal y común causa de la ruina de los seminarios es la penuria de dirigentes que necesitan cada uno de ellos, para enseñar y educar a los jóvenes que los frecuentan... Faltan rectores, padres espirituales y profesores que se dediquen a su oficio y, alejados de otros menesteres, no descuiden el que les corresponde. De ordinario éstos ignoran qué sea una casa de educación, sobre todo eclesiástica, en lo que se refiere a las cosas espirituales y al régimen de conciencias, a la disciplina exterior, a la entera dirección del seminario y al oficio de enseñar [4].
4. Es casi a finales de siglo y por fortuna no habían dejado de tomarse algunas providencias para remedio de esta situación. Así en Cuenca, Burgos, Segorbe, Almería, Ciudad Rodrigo, Córdoba, Sevilla, Vich..., por citar algunas diócesis donde se lleva a cabo alguna que otra experiencia. Pero estas iniciativas no logran alcanzar estabilidad, ni consiguen los frutos apetecidos por falta de cohesión, ausencia de criterios comunes y sobra de personalismos. Se hacía necesaria una pastoral organizada de vocaciones, que solucionara de raíz los graves problemas que se presentaban. Fue la gran idea, innovadora y revolucionaria, si se quiere, de don Manuel. La lleva a cabo a través, primero, de su Obra de vocaciones, después por medio de los colegios de San José que funda en Tortosa (1873), Valencia (1884), Murcia (1888), Orihuela (1889), Plasencia (1895), Almería (1894), Burgos (1895) y Toledo (1899), además del de Roma (1892) que tanto influiría después en la formación del clero español; y más tarde, con la dirección, que acepta, de varios seminarios.
2
Originalidad y visión de futuro
En 1873, como vamos viendo, funda don Manuel en Tortosa el Colegio de San José para ayuda y promoción del clero diocesano, y al mismo tiempo para subvenir a las deficiencias de preparación que podía haber en el seminario conciliar de su misma diócesis.
1. Diez años más tarde cuenta el colegio con 392 alumnos y su labor de formación es valorada positivamente por el clero y buena parte del episcopado español. Para asegurar su permanencia y conociendo sus propias limitaciones, cree don Manuel que no puede dejar la obra comenzada expuesta a los azares de la improvisación, al arbitrio de personalismos individuales, y menos aún, a las apetencias que por causa suya pudieran suscitarse en el clero diocesano. Se da cuenta de que era necesaria una institución permanente que consolidara la Obra y que por medio de una federación eficaz pudiera extender sus esfuerzos y resultados a otras diócesis necesitadas, ofreciéndose a los prelados para la promoción y sostenimiento de las vocaciones.
Vendría a ser como un cuerpo o institucón de individuos que se dedicaran por vocación a este campo y que pudieran arrostrar los quebrantos de la obra y las eventualidades del porvenir.
En esto estriba la originalidad y la visión de futuro que tuvo don Manuel. La Iglesia necesitaba de una Obra especializada que sin otros compromisos ni aspiraciones se dedicara, con nuevas formas y métodos originales, a la selección y recta formación de los aspirantes al sacerdocio. La pondría a disposición de las diócesis y los que a ella pertenecieran seguirían siendo sacerdotes diocesanos. Nadie que sepamos lo había intentado antes en España, en el campo que hoy se ha dado en llamar de «pastoral de vocaciones». Esta fue la primera y la más llamativa originalidad de don Manuel.
2. Después de iniciar en Tortosa la Obra de vocaciones eclesiásticas, dio comienzo allí mismo don Manuel, en 1883, a la fundación de la Hermandad de sacerdotes operarios diocesanos. En una Hoja de Propaganda, de 1890, explica su origen de la siguiente manera: La necesidad de atender a la ayuda de ciertas obras generales en las parroquias, privadas hoy del provechoso apoyo de los institutos religiosos, hacía sentir, tiempo hacía, la conveniencia de una Obra que, libre de otras atenciones, se dedicara a ayudar a los párrocos en el fomento, organización y sostenimiento de los principales intereses de la gloria de Dios en las parroquias, mediante una permanente acción en ellas de parte de la misma Obra. Esta acción constante, ninguna otra podría lograrla mejor, tal vez, como una obra sacerdotal, que tuviera las condiciones de celo, de suficiente estabilidad y de libre apostolado, y que pudiera obtener el fácil acceso y frecuente contacto con las parroquias. Mas esta idea y este instinto santo por el bien de los intereses diocesanos, no hubiera podido quizá traducirse en hechos, si una nueva necesidad general no hubiera venido a darle forma. El decrecimiento de las vocaciones eclesiásticas causado por la revolución del 68 y por la malicia de los tiempos, obligó a muchas diócesis a acudir al remedio de este mal; pero la mayor parte de ellas, casi todas, sin resultado, o al menos no con el que la necesidad exigía; y esto debido principalmente, al parecer, porque esta Obra del fomento de vocaciones era promovida por la sola iniciativa oficial de los prelados, sin más recursos que los que éstos podían disponer, y sin tener quien se dedicara a promover estas vocaciones y cuidara de excogitar y allegar los medios para su sostenimiento. Pero en medio de este movimiento de celo por el fomento de vocaciones, brotó en una diócesis, debido al celo sacerdotal, una Obra que logró un desarrollo extraordinario, consiguiendo cobijar bajo su custodia trescientos escolares, cuando había quedado reducida a cuarenta alumnos la matrícula del seminario. Mas este mismo desarrollo no podía quedar a merced de un celo individual, so pena de un peligro seguro de amortiguarse o desaparecer, apenas faltara el animoso impulso de los primeros iniciadores. Con este motivo surgió en los mismos, y ante Jesús, la idea de darle consistencia por medio de una obra sacerdotal permanente y de carácter universal, que pudiera difundir a otras partes su acción en bien de las diócesis con el fomento de las vocaciones eclesiásticas, tan necesario en estos tiempos, y que podía, como se comprendió desde luego, realizar, cual ninguna otra, por la naturaleza de su principal objeto y por el espíritu de la misma, los demás fines y objetos del cuidado y remedio de las necesidades especiales de las parroquias. Esta idea fue la de la unión y reunión de sacerdotes, que deseando su mayor santificación sacerdotal en medio del mundo y poseídos de celo por la gloria de Dios, se dedicaran a promover sus intereses en las diócesis, libres de todas otras atenciones. Tal fue el origen de la Obra de sacerdotes operarios diocesanos del Corazón de Jesús [5].
3. Primero fueron los colegios y después los seminarios, aunque la aceptación de estos últimos no entrara al principio en los cálculos de don Manuel. Lo que él pretendía era formar una escuela sacerdotal propia, con aires de familia y no tanto de institución. La escuela, es decir, sus colegios de San José, estaría al servicio de los prelados para enriquecer al clero de sus diócesis, sin más apetencias ni compensaciones. Cuando, obligado por las numerosas peticiones y ruegos que le llegan, acepta el primer seminario, el de Astorga en 1897, escribe a su obispo el escolapio don Vicente Alonso Salgado, a modo de explicación y como si quisiera quitarse de encima algún que otro remordimiento: No es contra nuestra institución, sino muy conforme a ella, el aceptar el régimen moral y disciplinar de los seminarios, si bien el primordial es el fomento, sostenimiento y cuidado de las vocaciones eclesiásticas de los alumnos que necesitan nuestra cooperación, formados en los colegios y recibiendo la enseñanza que se da en los seminarios.
Poco antes, él mismo lo explicaba de la siguiente manera: En el estado actual de las cosas y en las circunstancias de España, mirándolo humanamente, este resultado (el de la sana dirección de los seminarios) no lo puede realizar más que nuestra Obra u otra análoga, si Jesús la prefiere a la nuestra, o nos rechazara por nuestras debilidades... Tal vez, tal vez, esta entrada pacífica y modesta en las diócesis sea ocasión en un día ¿quién lo sabe? de que se haga posible esa dirección interior de los seminarios por medio de nuestra institución... Todo depende del tiempo y de la gracia.
Esto hace que se decida, aunque siga todavía preocupado. «Parece –comenta con sus operarios– que somos nosotros los llamados a esta obra»; por lo que, «si todo el bien de la Iglesia, de las almas y de la sociedad depende de la formación del clero y nosotros somos por hoy los únicos llamados a realizar esta formación, ¿no es de espantar esta misión y la responsabilidad de esta formación? El argumento no tiene réplica ni vuelta de hoja... ¿Qué podemos hacer si Dios nos llama a sostener la labor en estos campos?» [6].
Cada vez lo fue viendo más claro. Ya no le asustaba la novedad, ni el miedo al fracaso, viendo los pocos medios de que disponía; al contrario, se felicitaba por haber tomado esta decisión.
3
Notas predominantes de la Obra
A estas alturas podemos preguntarnos: ¿dónde radica la originalidad de esta Obra de vocaciones y la de una Hermandad de sacerdotes con dedicación exclusiva a la selección y recta formación de los aspirantes al sacerdocio? ¿qué podían suponer de novedad para la Iglesia de entonces? ¿cuáles eran sus perspectivas de futuro? Podemos deducirlo de las siguientes consideraciones.
1. Don Manuel quería que su Hermandad fuera una asociación de sacerdotes seculares diocesanos, quienes, por encima del «estricto vínculo religioso», estuvieran unidos con el de la caridad y el de una dirección común, sin voto de pobreza y «con la menos cantidad posible de institución religiosa». Tan original quería presentar a la Hermandad que en Roma no acababan de verlo claro. Le costó tiempo, tesón y paciencia conseguir que se aprobaran al fin sus Constituciones. Tenía que ser algo nuevo, distinto y original.
Sin embargo, conserva el voto de obediencia al director de la Obra, el cual le daría sentido de universalidad, aunando los esfuerzos de los operarios para conseguir su santidad sacerdotal y al mismo tiempo promover con mayor eficacia los intereses de la gloria de Dios en todas las almas. Como si predijera el futuro, decía cuando se enteraba de las dificultades que para aprobar los Estatutos ponían algunos de la Congregación romana: «Quisieran amoldarnos a frailes, y no queremos»; o también: «Alguna de esas innovaciones que encuentran, tengo la convicción que han de venir, atendidos los tiempos que corremos»; la Hermandad era «una de tantas fórmulas que el Señor ha querido suscitar para facilitar la santificación del sacerdote en medio del mundo, que la Iglesia desea promover para mayores resultados de la gloria de Dios».
2. Don Manuel habla de intereses de la gloria de Dios. ¿De qué intereses se trata?
Como hemos visto, él mismo había tenido experiencias pastorales en diversos campos de su propia diócesis. Se esfuerza por conseguir aquella recristianización que necesitaba la sociedad de su tiempo, castigada con tantas revoluciones, exclaustraciones, sesión de las blasfemias, etc., y llega al convencimiento de que muchos de los esfuerzos quedarían inútiles si no mediara, como base indispensable, la recta formación del clero. Esta idea la tiene clara don Manuel y la repite constantemente: El objeto primordial de la Hermandad y el cual ha querido el Señor confiar providencialmente a su celo, desvelos y vigilancia; el que ha sido origen y causa de la inspiración de la Obra y que debe caracterizarla, es el fomento, sostenimiento y cuidado de las vocaciones eclesiásticas, religiosas y apostólicas.
«Objeto», «fomento», «intereses de la gloria de Dios»: vocablos usados en aquel tiempo, que tenían aires de novedad y eran signos de innovación.
La Hermandad se presenta, pues, como una respuesta organizada con la que se ayude a resolver el problema de las vocaciones, especialmente las vocaciones para el sacerdocio. Este campo era para don Manuel «el mayor entre los intereses de la gloria de Dios y de la Iglesia, por aquello de que el sacerdocio es el primum mouens de estos intereses, et primum mouens mouet omnia mota». Medio principalísimo y universal para solucionar los problemas de la Iglesia de todos los tiempos.
3. Promover y cuidar las vocaciones sacerdotales es la clave de la actuación y de la vida apostólica de los operarios. Esta labor ha existido siempre en la Iglesia; pero ahora, por medio de la Hermandad, habría de manifestarse de manera singularísima. El se daba cuenta y por eso insiste en que se trata de una «obra especialísima; nadie ni nada la ha fundado. Existía ya y Jesús, sin saber cómo, nos ha puesto en ella dándonos organización por medio de nuestro objeto singularísimo y único hasta hoy en el mundo, para los intereses de la gloria de Dios». Don Manuel estaba convencido de la novedad que su obra podía aportar en aquel momento a la Iglesia; y del bien que habría de seguir haciendo en el futuro. Si antes existieron movimientos más o menos parecidos, ninguno mostraba, a su parecer, esa organización especial, ni la unidad de medios y de acción que él quería dar a la Hermandad.
4. Porque a esta novedad añadía otra de no menos importancia. Era la «fraternidad sacerdotal» entre sacerdotes de la diócesis, a la que en ocasiones había aspirado el clero diocesano, sin que llegara a conseguirla del todo. San Juan de Avila lleva a cabo una primera experiencia en Andalucía, que de algún modo será imitada por los píos operarios del siglo XVIII. Pero todo quedó así, en meras experiencias. Don Manuel quiere que sea permanente y fundamental, por pertenecer a la misma naturaleza de la Obra. De aquí que, cuando los alumnos de sus colegios o de los seminarios le preguntaban por la idea que tenía de la Hermandad, él les contestaba: ¿Qué somos? Pues sacerdotes seculares, simplemente, unidos tan sólo por el vínculo del celo y de la caridad bajo una dirección común.
«Sacerdotes seculares», es decir, con toda la riqueza y la responsabilidad que para un sacerdote puede suponer la diocesanidad.
5. Sacerdotes unidos. Don Manuel había palpado en su propia carne y había denunciado la necesidad de dar continuidad a las obras apostólicas, por medio de una tarea mancomunada que quedara lejos de los individualismos y de los personalismos excesivos que tantos proyectos habían sofocado, o dejado a medias obras magníficamente proyectadas por muerte, cansancio o desaparición de sus protagonistas. Se hacía necesaria una fraternidad sacerdotal, unión de sacerdotes –él mismo lo dice–, que libres de todos otros cargos y atenciones, unidos por la obediencia y una dirección común, se dediquen a tareas apostólicas en el campo de las vocaciones.
Pero el arreglo no era tan fácil como a primera vista pudiera parecer; porque, ¿de dónde vendría esa dirección y a quién tendrían que dar su voto de obediencia los operarios: al obispo de la diócesis respectiva o al director que fuere de la Hermandad? También en esto se muestra original don Manuel, cuando algunos no acababan de ver claro que los operarios siguieran siendo sacerdotes diocesanos mientras daban su voto de obediencia a un superior extraño a la misma diócesis. Los de la Congregación romana tampoco lo acababan de entender; era algo raro, insólito y difícil de llevarse a la práctica.
Pero don Manuel no se cansaba de repetir que «el espíritu de nuestra unión sacerdotal es el fin y la naturaleza de la Obra»; tan consustancial a la misma, que no estaba dispuesto a seguir adelante en el caso de que no se lo admitieran. Declaraba en el Congreso católico de Tarragona de 1894 que, de no admitírselo, «sería desfigurar la Obra y quizá tener que abandonar los objetivos principales que no deben variar». Sólo la admitiría con las condiciones sine qua non: sin el voto de pobreza y permaneciendo diocesanos. Cuando le hablaban de las dificultades que ponían en Roma, saltaba enérgico y contundente: «A u t sint ut sunt, aut non sint» (o son como son los operarios, o dejan de ser tales). Nadie intentaría suprimir, ni tratar de disminuir lo que había de esencial en la naturaleza, los objetivos y los medios concretos, que constituían la vertebración integral de la que él mismo llamaba «la santa fraternidad».
4
Novedad de organización
Si original se mostraba en la idea que se fue forjando de su Obra, no fue menos la originalidad que tuvo en organizarla y llevarla a su plena realización. El nervio de nuestra Obra –explicaba en el verano de 1898– consta de tres hilos: la exquisita elección de los miembros, el cumplimiento de las bases y reglamento individuales y comunes, y la abertura de corazón.
Pocos, pero suficientemente claros.
1. Algo que desde el principio obsesiona a don Manuel y que tocante a los sacerdotes simplemente diocesanos no deja de tener visos de originalidad, es la «fidelidad personal» de los que pertenecen a la Obra, pues, como ya hemos indicado, quiere que ésta sea puramente sacerdotal, sin los ligamentos o compromisos que pudiera haber en las congregaciones religiosas. El operario tiene que ser protagonista de sí mismo, libre y voluntariamente fiel a la vocación que ha escogido y a las obligaciones a las que con ella se compromete. Por eso no pone muchos actos comunes; «poquísimos –dice él–, quizás parezcan excesivamente pocos», porque, añade: Nuestra vida sacerdotal y no religiosa y, sobre todo, nuestra vida de operarios externos no podía prestarse a ataduras de actos comunes, que serían un entorpecimiento para la variedad de nuestras tareas, casi todas individuales, y sería casi contra el espíritu nuestro... No nos hemos prescrito, pues, más que las puramente necesarias.
Para don Manuel no vale tanto la observancia comunitaria como la fidelidad individual a las prescripciones del reglamento, a las prácticas de piedad y al compromiso que cada uno adquiere en su propio ministerio: «Es –dice en otra parte– el único medio de conservar el espíritu interior de la Obra». Y porque es individual y no sujeta tan fácilmente a la inspección inmediata del cumplimiento de la regla, por eso mismo es mucho más responsable, tanto para la santificación del propio operario como para la eficacia de la tarea en común, es decir, el mantenimiento de la fraternidad y el buen nombre de la Hermandad. Formamos un cuerpo que se propone un mismo fin; cada uno, pues, somos solidarios de cuanto atañe al bien común o al mal del cuerpo. El pecado de uno en una entidad atrae más males sobre ella; y el mérito de uno puede obtener y obtiene bendiciones sobre los demás y sobre la misma.
Como puede observarse, don Manuel juega fuerte la carta de la libertad y de la responsabilidad personal. A finales del siglo XIX no era frecuente el uso de este lenguaje, ni se abrían perspectivas de futuro que pudieran darlo a conocer. Don Manuel trata con sacerdotes y se fía de ellos. Lo que no hagan por convicción no lo cumplirán por la fuerza de los mandatos. Es otro de los nervios fundamentales de la Obra, que además de la novedad, le da firme y duradera consistencia.
3. A esta fidelidad se une la «abertura de corazón», que se desdobla en aquella que es propia del individuo respecto del superior y en casos necesarios de sus compañeros, y en la que se convierte en «corrección fraterna» dentro de la comunidad; corrección fraterna, que ha de ser libre, espontánea y sincera, con total trasparencia de pensamiento y acción. Ha de extenderse a la vida personal de cada individuo y a los trabajos apostólicos que se le confíen. A este respecto escribe don Manuel unas frases que no tienen desperdicio:
No ser corazones cerrados, ni caracteres abstraídos de los que no se sabe nunca ni qué piensan, ni lo que tienen, ni por qué caminos andan... Esta especie de comunicación de bienes, tal vez evitaría hasta peligros en el individuo. Abertura, pues, de corazón y con ello disposición para recibir cuantas advertencias serían convenientes... Esta manifestación de sí m smo es el gran medio de ser santos yde salvarnos de todos los peligros.
Ambas cualidades, corrección fraterna y abertura de corazón, tienen que servir de adorno y ser la salvaguardia de los operarios y de la misma Obra. Lo expresa él mismo con las siguientes palabras: Lo veo de tanta necesidad –el ejercicio de estas virtudes– que sin él, nuestra fragilidad humana, las asechanzas continuas del enemigo y lo que puede el hábito y las costumbres, si se aflojase en esta práctica, podrían (hacer) peligrar el espíritu de la Obra y con él la Obra misma.
Y de su fiel cumplimiento hace depender, nada menos, que la acción apostólica y la supervivencia de la misma Hermandad. Es uno de los párrafos más señalados, que encontramos en los escritos de don Manuel. Nada cerrado, pues, en nuestro interior, ni respecto a la dirección de las almas, a proyectos de propaganda, a nuestro modo de pensar o sentir, a nuestra Hermandad. Esto... nos dará seguridad en nuestro modo de obrar y dará seguridad a los iguales y compañeros y nos librará de muchísimos peligros. El demonio lo primero que encarga es el silencio y que (uno) no se manifieste... Abertura, pues, de corazón siempre... y necesidad de corrección... De esto depende el porvenir de la Obra.
Era muy clara la idea, que sobre este punto tenía el Fundador.
5
Los Colegios de vocaciones: innovación pedagógica
Capítulo aparte, dentro de las novedades de organización, merece la nueva pedagogía por la que discurren los colegios que funda don Manuel en diversas diócesis españolas, junto al tan celebrado Colegio español de Roma.
1. Siempre ha habido y sabemos que siempre habrá vocaciones sacerdotales en la Iglesia. «Dios –escribe santo Tomás– no permitirá nunca que a su Iglesia le falten ministros idóneos y suficientes para las necesidades del pueblo cristiano, si se eligen los dignos y se rechazan los indignos» [7]. Tarea de pastoral vocacional es crear un clima favorable, del qe puedan brotar tales ministros, crecer y desarrollarse desde la perfecta madurez cristiana hasta el compromiso consciente, libre y gozoso de su vocación sacerdotal. Para ayudar a conseguirlo, se necesitan excelentes educadores, «de muy buena vida y experimentados –como pedía el concilio IV de Toledo del año 633–, a quienes tengan por maestros y testigos de sus acciones» [8]. Es el oficio por excelencia, afirmaba Pío XI en la encíclica Officiorum omnium de 1 de agosto de 1922: De todos los oficios más santos y que mejor llenen la amplitud del ministerio apostólico, ninguno es más grande, ni de campo más abierto, como el de procurar y hacer que la Iglesia cuente con un buen número de buenos ministros para llevar a cabo sus diversos ministerios [9].
Este principio, tan de nuestros días, era claro también en la intención de don Manuel, al hablar insistentemente de la fundación, protección y sostenimiento de sus colegios de vocaciones eclesiásticas. Sabe que en el ambiente de su época le bastaba anunciar comida abundante para atraer a ellos numerosos alumnos. Pero no era sólo eso. El ofrece a las diócesis el servicio de fomentar y sostener vocaciones sacerdotales y garantiza la adecuada formación sacerdotal que había de darse a los aspirantes al sacerdocio.
2. Sus colegios tenían que ser eminentemente diocesanos; y para diocesanos, con amplitud de miras, habrían de programarse sus reglamentos y su nueva organización.
De entrada, quiere que el colegio sea como una gran casa solariega, donde se desarrolle a pleno rendimiento la vida familiar; que los alumnos se consideren miembros de un nuevo hogar, rodeados de nuevos padres, hermanos y amigos; y que más tarde, cuando sean ya sacerdotes, vuelvan al colegio como si fuera algo suyo, a su propia casa. En uno de sus escritos lo describe de la siguiente manera:
Esta es una casa como de familia, en que los que guían lo hacen por amor y por cariño, y los que viven aquí deben estar poseídos de un compañerismo fraternal.
Y en otro lugar: El colegio ha de ser una familia, en la cual superiores y alumnos no tenemos más que unos mismos intereses y unos mismos sentimientos y aspiraciones. Formamos una sola casa; en fin, una familia... institución de una familia y de un apostolado.
Se cuida de que los edificios que levanta para ellos estén bien situados, que sean alegres, grandes, limpios, con buenos espacios para el juego y con un comedor bien nutrido. Que no estén alejados de la ciudad, para que los alumnos puedan asistir a las clases del seminario o de otros centros de enseñanza, y se mantengan en contacto con los movimientos religiosos y culturales de la ciudad. En el discurso que leyó cuando la colocación de la primera piedra del Colegio de Valencia en 1884, anunciaba a los presentes que «era preciso levantar un edificio grandioso y desahogado, acomodado al fin a que se le destina; un edificio que a su proximidad al seminario conciliar reuniera local suficiente para el esparcimiento de los jóvenes, apartado del bullicio de las gentes, de ambiente puro, de hermosos horizontes».
3. Horizontes nuevos quería don Manuel, que favorecieran en el colegio la vida de comunidad, el ambiente de familia, compañerismo y trato de hermanos, que alejaran definitivamente a los alumnos del ambiente cuartelero que se respiraba en algunos seminarios.
La vida de familia tenía que regularse también por una estricta y rigurosa disciplina. El miedo a que pudieran entrar «lobos en el santuario», como tantas veces repetía don Manuel, preocupa a los superiores y apremia a una continua vigilancia. El reglamento y la voz de la campana regirán a diario la vida de los colegiales, con una intensa vida espiritual cual pudieran tenerla los religiosos: actos de piedad, ejercicios y retiros espirituales, las virtudes sacerdotales de obediencia, humildad y castidad, reparación eucarística, mortificaciones. El colegial, como el seminarista, tenía que ser hombre de Dios y servir de testimonio a los demás. El inculcar estas ideas, tan natural para nuestro tiempo, para los de entonces se presentaba como una auténtica novedad.
La eucaristía es el punto clave para entender la espiritualidad de don Manuel, y así quiso que quedara de herencia en sus colegios. El mismo se inventa la fiesta del Reservado, conmemoración anual que se hacía en el aniversario de la instalación del Reservado en el colegio, y que se ha venido celebrando hasta nuestros días con ambiente de fiesta familiar. A la eucaristía y a la «reparación», unía la devoción mariana y la no menos novedosa devoción a san José.
4. Gran importancia se concede en estos centros al director o padre espiritual, el cual había de estar de continuo a disposición de los alumnos y que desde el principio es considerado como un educador más. Con él, a los demás educadores, «ángeles de la guarda» de los colegiales, quienes, además de superiores, habían de mostrarse con los alumnos como amigos y compañeros, aconsejándoles, avisándoles y corrigiéndoles si fuera necesario, aunque evitando el castigo en lo que pudieran y tratando de corregir a los alumnos por medio de la corrección fraterna. El castigo corporal –otra de las novedades de don Manuel– queda desterrado de la nueva pedagogía colegial. Más aún, ya se empieza a hablar de reglas de urbanidad, de comprensión y de delicadeza en el trato y en las palabras.
La dedicación absoluta a los alumnos se convierte en regla de oro para los operarios, los nuevos formadores. De día y de noche estarán a la entera disposición de los colegiales: en la capilla y en el recreo, en el estudio y en las clases, en el comedor y en los dormitorios. Este trato habitual entre superiores y colegiales fue creando poco a poco un clima familiar que pronto se hizo envidiable, aunque al principio no fuera tan fácil conseguir que quienes estaban acostumbrados a una vida más o menos libre, cual se daba en algunos seminarios, aceptaran de pronto un reglamento y una disciplina. El internado contribuía, además, a un mejor conocimiento de los alumnos y a un trato más cercano y por ende más constructivo. Esto explica que los superiores de los colegios, y después de los primeros seminarios, lucharan por la desaparición del externado y de la «carrera de ignorantes» como apellidaba don Manuel a la carrera breve. Mucho costó conseguirlo y así quedaron algunos, con detrimento de la sana y estricta pedagogía clerical que propugnaban los operarios.
5. Con las diversiones y entretenimientos al moderno estilo: juegos de patio y de salón, excursiones, veladas musicales, obras de teatro, etc., son de mencionar, en aras de buena pedagogía, los encuentros intercolegiales y demás medios de comunicación que se establecieron entre los distintos centros. En esto mostró don Manuel un interés especial, que respondía al propósito que siempre tuvo de formar la gran familia «josefina» entre todos los colegios de San José. Se conserva la descripción detallada de uno de estos primeros encuentros, que tuvo lugar en Santomera, donde se reunieron los colegiales de Murcia y Orihuela.
Para mantener y fortalecer estas relaciones, tuvo sumo empeño en publicar El Correo Interior Josefino, revista de los colegios de vocaciones eclesiásticas, que también serviría para los demás seminarios. Esta revista quedó enmarcada dentro de una pastoral de las vocaciones, como los artículos que él mismo fue publicando en El Congregante de San Luis, El Amigo del Pueblo, El Apostolado de la Prensa, etc.
6. El Correo Interior Josefino, novedad para su tiempo, es obra personalísima de don Manuel, el cual quería que los colegios tuvieran un órgano propio de comunicación, de correspondencia familiar entre sus alumnos, y sirviera a unos y a otros de instrumento pastoral. Era el mejor medio que podían tener a mano los colegiales para comunicarse, conocerse y transmitirse sus propias experiencias. Podían encontrar en él temas de formación leyendo los artículos de fondo; ganarían en universalidad al ponerse en contacto con los colegiales de Roma, de Portugal y de otros países de América; las páginas abiertas podían servirles de palestra literaria, de cita para hablar de sus fiestas y contarse las noticias, y de pasatiempo para los ratos de ocio y diversión. En enero de 1897 se tuvo la presentación del primer número, y desde entonces, hasta junio de 1936, El Correo ha venido acompañando a infinidad de colegiales y seminaristas, con posibilidad de que ellos mismos pudieran publicar en él sus artículos, poesías, crónicas, anécdotas, dichos y entretenimientos. «Gran honra será también para el Correo –escribe don Manuel en el primer número– poder consignar en sus columnas las obras de celo que, bajo la dirección de los superiores, puedan promover los colegiales».
7. Una vez más, se presenta aquí don Manuel como el apóstol original y novedoso de las vocaciones sacerdotales, fomentándolas y sosteniéndolas. El Correo Josefino fue uno de los mejores medios de educación humana y espiritual con que contaron desde entonces los colegios y seminarios. Labor de apostolado, humilde y silenciosa, pero de incontables beneficios. Hoy reconocemos sus méritos.
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Seglares con vocación de apóstoles
Don Manuel nos ofrece otros signos de originalidad y de novedad, para los tiempos en que le tocó vivir. No son ajenos a la idea primigenia que él tiene del sacerdote, como propulsor nato y necesario de la nueva evangelización o recristianización de la sociedad.
1. Por ejemplo, vemos que igualmente se muestra hombre moderno en su dedicación a los jóvenes, a los que busca no sólo para formarlos cristianamente, sino, también, para convertirlos en apóstoles comprometidos y dedicados a la evangelización.
Fue el obispo de su diócesis de Tortosa, don Benito Vilamitjana y Vila, quien se fijó en él para encomendarle el apostolado de la juventud tortosina. Por eso le envía a Valencia para obtener grados y a la vuelta, conferirle la cátedra de religión y moral en el instituto de segunda enseñanza de la misma ciudad.
El 1 de octubre de 1863 es nombrado auxiliar de la cátedra y el 5 de febrero del año siguiente se le declara catedrático de la misma. Duraría en el cargo hasta la revolución septembrina del 68, cuando quedó suprimida la enseñanza de la religión en estos centros oficiales.
2. Pero sus alumnos no le abandonaron; y algunos le pidieron que siguiera con ellos y les ayudara en la ilusión que tenían de hacer apostolado. Lo cuenta él mismo de esta manera: «España estaba bajo la presión de una atmósfera asfixiante de desbordamiento de pasiones y casi diríamos de impiedad, en aquel orden de cosas, después de la tempestad del 68. Se me acercaron entonces dos o tres jóvenes, de los que habían sido discípulos míos en el instituto, que entonces subsistía, pidiéndome una organización semejante a la que había iniciado la Juventud Católica de Madrid».
Consultó al obispo y como a éste le pareciera bien, no tarda en provocar una reunión de jóvenes, quienes, entusiasmados, aplaudieron también el proyecto. Como en toda labor apostólica, no le faltaron dificultades; pero «el resultado fue asombroso –sigue diciendo don Manuel–. Baste decir que la atmósfera que reinaba cambió por completo y con las veladas, peregrinaciones y funciones reliiosas, salvaron la fe».
3. Desde el primer momento manda a sus jóvenes a un apostolado eficaz y comprometido dados los tiempos que corrían. Con ellos crea Escuelas nocturnas y dominicales para obreros y artesanos, y difunde por la diócesis numerosos Círculos católicos y otros Círculos obreros. Les advierte que los «malos» y a veces hasta los «buenos» les pondrían dificultades, porque las tinieblas tienen que oponerse a la luz y «porque toda obra útil ha de tener este sello... y contradicciones de malos». Si estas instituciones cumplen sus fines y su misión, y se desarrollan y adquieren importancia, «estad seguros –les sigue diciendo– que la impiedad no os lo perdonará y, si les estorbáis, os suprimirán, a pesar de las promesas de libre asociación y de libertad», que garantizaba la nueva constitución revolucionaria de 1869.
4. En 1880 fue nombrado director de la Congregación de San Luis. Inmediatamente pensó en fundar una revista que fuera órgano de todas las Congregaciones españolas, sirviera de lazo de unión y alentara a los jóvenes que por vivir en lugares más pequeños, podían sentirse aislados y hasta incomunicados. El primer número vio la luz en diciembre de 1881. Se titulaba El Congregante de San Luis y era la primera revista de estas Congregaciones que aparecía en España.
Además, compró un terreno en el ensanche del Temple, de la misma Tortosa, donde edificó un Gimnasio para jóvenes, con capilla, biblioteca, salas de recreo y campo libre. Lo hizo a sus expensas, «sacrificando mi quietud y mis intereses», como dice de sí mismo.
5. Nunca abandonaría don Manuel el apostolado de los jóvenes. «Mucho ha sido mi amor a la juventud»; «la juventud es mi ideal», repite en sus escritos. Fue otro de los legados que dejó en herencia a la Hermandad de sacerdotes operarios, para que siguiera con su trabajo de evangelizar a los jóvenes y hacer de ellos auténticos apóstoles de la nueva vida cristiana que habían de ir implantando en la sociedad. «Nada es más real –comentaba– que esa gran vocación apostólica, inseparable de nuestra vocación de cristianos». Sin querer vienen a la mente otras palabras parecidas del concilio Vaticano II: «La vocación cristiana es, por su misma naturaleza, vocación también de apostolado».
A primera vista, el lenguaje de don Manuel da la sensación de ser un lenguaje moderno. En una de sus frases, muy repetida en nuestros días, aparece con extremada nitidez: No sabemos si estamos destinados a ser un río rápido que haga florecer a sus orillas jardines amenos, o si hemos de parecernos a la gota de rocío que envía Dios en el desierto a la planta desconocida; pero más brillante o más humilde, nuestra vocación es cierta: no estamos destinados a salvarnos solos.
Vocación de sacerdocio y de apostolado, que nos incumbe a todos los cristianos. «Salvarnos en cadena», como suele decirse hoy; semejante a lo de no salvarnos solos, que decía don Manuel.
6. Mucho era lo que él sabía del apostolado al que estaban llamados los jóvenes católicos. Veía con claridad que el apostolado dimana sencillamente de ser cristianos, ya que cada uno, como él decía, está llamado «a ser el auxiliar y coadjutor de Dios».Hoy –predicaba a los jóvenes de Tortosa– todos debéis ser apóstoles... No importa la edad. Los trabajos serán en proporción de las cualidades de cada uno.
No habían de contentarse con ser meros sujetos pasivos; al contrario, tenían que ser personas responsables y siempre activas. ¿Lográis –decía a los operarios– un joven que sin rubor practica la piedad?, pues hacedlo un apóstol; presentadle un plan de campaña..., no lo dejéis en la inacción.
No le cabía en la cabeza que los sacerdotes dejaran de buscarse apóstoles entre los seglares, para multiplicar la eficacia de su propio ministerio. El «¡hacer apóstoles!» y el «¡suscitar vocaciones sacerdotales y religiosas!» fue siempre el lema de su vida.
7. En este entorno caben los demás apostolados a los que fue dedicándose don Manuel: de religiosas, círculos obreros, maestros católicos, reparación eucarística... A todo se atrevía su ánimo decidido y emprendedor. «Pertenece usted –le dice en una carta monseñor Vico, de la nunciatura de Madrid– a una raza de hombres que difícilmente pierde coraje frente a las dificultades» [10].
Conclusión
Sin embargo, la obra modelo y altamente innovadora que va a llenar plenamente su vida y perdurará después de su muerte, fue y sigue siendo la Obra del fomento de vocaciones religiosas y de formación de los aspirantes al sacerdocio. Empezó en Tortosa con el colegio de San José, donde ensaya una de las mayores novedades que hubo en su tiempo en el campo de la educación para aspirantes al sacerdocio. Resalta la vida familiar de los colegiales, la confianza y comunicación entre superiores y alumnos, la espiritualidad profunda y sencilla, el amor y entusiasmo por la vocación sacerdotal. Eran los nuevos aires que iba tomando una institución, la de los seminarios españoles, que en aquellos tiempos tanto lo necesitaban.
La idea, pues, y la realización del seminario moderno se deben enteramente a don Manuel. Lo ha reconocido uno de nuestros prelados ilustres, el cardenal don Marcelo González Martín: A don Manuel –escribe– le cabe la honra indiscutible de haber sido el primer eclesiástico español, que concibió y realizó un plan en gran escala para reformar por completo el sombrío panorama (de los seminarios) [11].
Apunte bibliográfico
Para conocer la obra de don Manuel, además de sus numerosos escritos todavía inéditos y de los que publicó en su tiempo, como los Anales o crónica o historia de los Colegios de Vocaciones Eclesiásticas de San José y de la Hermandad de sacerdotes operarios diocesanos, y una Noticia de la obra española de las vocaciones eclesiásticas, que presentó en el Congreso católico internacional de Lisboa de 1895, contamos, entre otras, con las siguientes publicaciones.
- La Vida de don Manuel Domingo y Sol (Tortosa 1934) de don Antonio Torres, arsenal de noticias sobre la vida y empresas de mosén Sol. Además de utilizar a fondo sus escritos, particularmente sus cartas, el autor recoge el testimonio directo de numerosas personas que habían tratado y colaborado con don Manuel. Dado el tiempo en que fue escrita la obra y los elementos de juicio de que viene adornada, podemos considerarla como una auténtica fuente documental.
- Siguiendo el mismo género y con ágil distribución de la materia, Germán Mártil Barbero publica en Madrid, 1942, su Manuel Domingo y Sol, apóstol del sacerdocio, en el que se aprecia una marcada orientación vocacionista y sacerdotal.
- En 1951 Julio García Hernando publica en Salamanca una bella obra, que titula Fulgores de un Sol, manojo de escogidas y sugerentes escenas de la vida de don Manuel.
- De estilo parecido son los estudios de Julio García Velasco, Mosén Sol y la Hermandad (s. f., s. 1.) y Mosén Sol (Salamanca 1970); y de Juan de Andrés Hernansanz, Un hombre que supo darse y Mosén Sol (Salamanca 1959 y 1970, respectivamente), fáciles todos ellos de comprender y de agradable lectura.
- Una obra concienzudamente crítica y complexiva de la vida y obra de don Manuel, es la titulada Mosén Sol de Francisco Martín Hernández y Lope Rubio Parrado (Salamanca 1978), aceptada como la publicación más completa que sobre el mismo se ha hecho. Su figura y su obra quedan suficientemente explanadas en los tres grandes apartados en que viene dividida: el hombre y la idea; expansión de la obra; un legado para la Iglesia. El material que se aporta proviene de los fondos que obran en el Archivo de la Hermandad y de los escritos inéditos o publicados del mismo don Manuel. Es obra de lectura y de consulta obligada.
- En pura línea vocacional es la reciente obra de Abundio Cirujano Cirujano, Pastoral Vocacional. Manuel Domingo y Sol: un intento de solución para momentos de crisis (Madrid 1983). En ella aparece cómo el hoy beato Manuel Domingo y Sol, «santo apóstol de las vocaciones sacerdotales», en frase de Pablo VI, se adelantó a su tiempo en el siglo XIX, dando las pautas para una pastoral vocacional auténtica, que pervive en su obra, la Hermandad de sacerdotes operarios diocesanos.
- Añadamos los números de El Correo Josefino 146-147 (1909); 157 (1910); 169 (1911); 185 (1912), dedicados a la memoria de Manuel Domingo y Sol.
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