La reparación en el Beato Manuel Domingo y Sol
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La reparación
en el Beato Manuel Domingo y Sol


por Afodisio Hernández Casero

Cuadernos Mosén Sol
8

Tortosa
1995


Contenido




Presentación
1. La reparación, compromiso de la vida de Don Manuel
2. La repración en el tiempo
3. Teología y espiritualidad de la repración
4. Concepto de repración en el B. Manuel Domingo y Sol
5. Otras clases de repración
6. La repración, espíritu vivificador de la Hermandad
7. La repración de don Manuel y los operarios
8. Reparación y vida diaria

Presentación




   Presentar, en nuestros días, un estudio sobre la «reparación» no es tarea fácil; resulta incluso algo incómodo; no tanto por el tema en sí, cuanto por sus connotaciones pietistas, más propias quizás de una espiritualidad de otras épocas, en las que predominaba lo afectivo, se exaltaba la fuerza del sentimiento y adquiría su máxima expresión en manifestaciones entusiastas de piedad y múltiples devociones.
   A pesar de ello, consideramos muy importante incluir esa temática en la colección «Cuadernos Mosén Sol», al concebirse esta serie de publicaciones como cauce para un mejor conocimiento de la personalidad humana y sacerdotal del beato Manuel Domingo y Sol.
   Difícilmente podríamos llegar a comprender la razón de tantos desvelos, de la entrega generosa y actividad constante, del celo apostólico, del compromiso solidario de mosén Sol con los demás, si no intentáramos descubrir la realidad profunda que se esconde detrás del término «reparación». Sólo a través de ella podremos adentramos en su intimidad, descubrir uno de los nervios más ricos de su espiritualidad, auscultar los latidos de su corazón apostólico, apreciar las distintas facetas de sus ministerios y captar mejor la originalidad de la Hermandad por él fundada.
   La competencia y seriedad del trabajo vienen avaladas por el autor de estas páginas, Afrodisio Hernández Casero; conocido tanto por sus estudios y especialización en temas de espiritualidad como por su amplia experiencia pastoral en Europa y en América Latina.
   Con la publicación de este nuevo título de la colección queremos contribuir a un mejor conocimiento de los escritos del fundador, a una vivencia más auténtica del espíritu eucarístico-reparador que debe caracterizar a los sacerdotes operarios diocesanos, y favorecer una mayor sensibilización con el sentido del «dolor de Dios» y del mundo, que se traduzca en un auténtico compromiso.

Roma, 23 de junio, fiesta del sagrado Corazón, 1995

JOSE LUIS FERRE MARTI Secretario general

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La reparación, compromiso de vida en don Manuel




   La vida espiritual del beato Manuel Domingo y Sol aparece continuamente movida por dos polos de fuerza: la eucaristía y el sagrado Corazón. La eucaristía es para D. Manuel «la fuente y la culminación de toda su predicación evangélica»; él, como sacerdote, hace de la eucaristía el centro de su vida, y la eucaristía le va haciendo a él como sacerdote. Cuentan sus amigos que tenía un «olfato» especial para descubrir la presencia sacramental de Cristo apenas llegaba a un pueblo o ciudad, y a ese lugar se dirigía su primer saludo. La devoción al sagrado Corazón aflora en infinidad de gestos a lo largo de su vida. Es una devoción más sensible, más imaginativa, más llena de sentimientos y afectos; un poco a lo Teresa de Jesús con el Cristo de la pasión, de la que él era tan admirador. Y entre eucaristía y sagrado Corazón hay un puente que lo convierte en forma de vida: la reparación. Es el amor hecho compromiso.
   El pensamiento, la doctrina del Beato sobre esta devoción se entenderá mejor si antes ofrecemos algunos hechos concretos que manifiestan el valor de sus vivencias.
   Las múltiples obras de apostolado emprendidas por mosén Sol tienen una finalidad: «agrupar a todos en una constante plegaria de amor y reparación» [1]. Escribe en «El Congregante», en «El amigo del pueblo», en «El correo josefino»; es nombrado director diocesano del Apostolado de la prensa, abre una «Librería católica», da pasos para crear una editorial..., siempre con la misma idea: el amor ofendido debe ser reparado; a una fuerza que se afana por sembrar el mal hay que oponer otra que esparza semillas del bien. Los «círculos obreros» o los «gimnasios» juveniles, además de buscar mejoras con sus reivindicaciones laborales, y cultura y pasatiempo en los tiempos libres, tienen un objetivo claramente definido: orientar hacia una renovación cristiana y una reparación espiritual.
   La «Asociación de maestros católicos» quiere que sirva para «promover el bien de la juventud... y el espíritu de reparación a Jesús».
   La reparación no es una idea circunstancial que en un momento determinado le pasa por la mente y vuelve a quedar en el olvido hasta que alguien la descubre y la vuelve a dar actualidad. Para don Manuel la reparación es un estilo de vida que mueve todos sus pasos.
   Fruto de este espíritu reparador es la idea de erigir un monumento al sagrado Corazón en el centro de España, «que tuviera por objeto desagraviarle de los pecados del mundo». Trabaja por extender esta devoción en Tortosa y en toda España. A sus religiosas, las «Claras» y las de San Juan, les hacía rezar su «oficio litúrgico». Entre las señoras de la ciudad promovió varios coros de la «Pía Unión del Corazón de Jesús». El mismo, en 1871, hace su consagración al Corazón de Jesús y un año más tarde se compromete a dedicarse a extender esta devoción. Por este motivo recorre toda la diócesis, regala o hace regalar altares con esta advocación, inaugura en numerosos pueblos el apostolado de la oración y la vela nocturna. Soñaba y aspiraba a ser «el apóstol del Corazón de Jesús en España».
   Corazón de Jesús, eucaristía y reparación son ideas que van siempre unidas en la mente del Beato.
   En 1886 el obispo de Tortosa nombra a don Manuel director del sub-centro diocesano de adoración nocturna con el encargo de establecerla en las parroquias y vigilar su marcha. Otro tanto hizo con las Camareras del Santísimo.
   Pero no bastaba el espíritu y la acción, mosén Sol quería también disponer de lugares apropiados para este culto. Su ilusión era llenar España de templos de reparación. Comenzó por Tortosa, siguieron Valencia, Murcia, Madrid... Su cuidado se lo encomendó a los operarios con especial predilección.
   Todo lo que hacía procuraba marcarlo con este sello «reparador». Hasta su misma Hermandad. Al fundarla quiere que sea un grupo de «sacerdotes que teniendo como base el amor a Jesús sacramentado... se dedique...». Y que este espíritu figure en su mismo nombre como institución. Así un breve escrito sobre la Hermandad lo titula: «Bases para una Hermandad de sacerdotes operarios diocesanos, reparadores del Corazón de Jesús»; y entre los objetivos señala «la extensión y el culto de amor y reparación al Corazón de Jesús principalmente en el sacramento de su amor. Estos objetivos serán inamovibles [2].
   En 1890 publica un folleto en cuyo título aparecen una vez más las mismas expresiones: «Breve idea de la Hermandad o pía unión de sacerdotes operarios diocesanos, reparadores del Corazón de Jesús».
   Se ve claramente que el espíritu de reparación empapa toda la vida y apostolado del beato Manuel Domingo y Sol. Es lógico que los operarios busquen en él las fuentes de su espiritualidad.

¿De dónde le venía a mosén Sol esta devoción?


2
La reparación en el tiempo




   «La reparación es un acto de amor a Dios, en la persona de Cristo, como respuesta al amor que él nos tiene». Así lo definen algunos; para otros, es «la participación del cristiano en la obra redentora de Cristo, tanto en su aspecto negativo —en cuanto expiación del pecado—, como en su aspecto positivo —en cuanto restauración o renovación de la obra de Dios en nosotros y en las criaturas — ».
   El amor crea semejanza: en ideas, en sentimientos, en formas de vida. De la semejanza y del amor nace el deseo de participación: compartir lo que se tiene, lo que se hace, lo que se siente. Amar a Cristo es hacer propia su «vida» de entrega y servicio, con los gozos y tristezas que le acompañaron. Es compartir su «verdad» y traducirla en mensaje evangélico. Es aceptarle como el único «camino» que debemos recorrer día a día y a lo largo de toda nuestra vida. En definitiva, es encarnar en cada uno el plan de la redención por el que Cristo dio la vida.
   Esta redención se prolonga a través de los tiempos y se actualiza en cada momento histórico y en cada persona concreta. Cristo sigue amando, sufriendo y muriendo por el hombre hasta el final de los tiempos. Y el hombre, que se siente unido a la Cabeza, hace suyo este amor, este sufrimiento y esta muerte redentora [1].
   La muerte de Cristo va unida al pecado del hombre, por una parte, y a la gracia de Dios, por otra. El hombre, al mismo tiempo que es responsable de su pecado, se hace solidario de los pecados de los demás. Siente el gozo del Reino y sufre por la cizaña que nace y crece junto al trigo. Y del sentimiento pasa a la acción: «id...»; «amaos unos a otros como yo os he amado»; «os he llamado para que vayáis, deis fruto y vuestro fruto permanezca». «El que dice que ama a Dios y no ama al prójimo es un mentiroso», sabiendo que «lo que hagáis por uno de vuestros hermanos, por mí lo hacéis».
   La reparación, pues, entra dentro del sentido más evangélico y teológico de la «comunión» y de la «misión» propia de todo cristiano. Formamos un solo cuerpo en el que Cristo, la Cabeza, y nosotros, los miembros, participamos de la misma gracia divina; y todo lo que sucede a la Cabeza o a cualquiera de sus miembros hace referencia al cuerpo total. San Pablo, haciendo suyas las alegrías y sufrimientos de Cristo exclamará: «Ya no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí».
   Este acto de amor abarca e integra todas las manifestaciones de la vida del creyente.
   Aunque como forma concreta de espiritualidad tiene su inicio en el siglo XVII y se extiende principalmente en el siglo XVIII y XIX, sin embargo su raíz está en lo más profundo del corazón del hombre cuando se pone en contacto con la divinidad.
   Es frecuente ver en el antiguo testamento cómo uno de los objetivos de los actos que personal y comunitariamente hace el pueblo judío va dirigido a reparar las infidelidades a Dios: sacrificios, rituales, ofrendas, penitencias colectivas, conversión de la propia vida, etc.
   El nuevo testamento nos habla del cuerpo, en el que Cristo es la Cabeza; de la vid y los sarmientos... y nos hace responsables de la conducta y vida del hermano por el que Cristo muere en la cruz y se queda en la eucaristía [2].
   Esta idea de compartir el amor de Cristo, de reparar la ofensa de nuestros pecados, y de restaurar lo estropeado ha sido constante en toda la historia de la Iglesia. Y ha presentado unidos: ofensa-reparaciónsatisfacción. Recordar alguno de los momentos más significativos puede servir de ilustración para comprender mejor su sentido, su valor y su influencia en la vida de mosén Sol.
   Santa Teresa habla con frecuencia del sufrimiento de Cristo por nuestros pecados, de nuestra cercanía a su dolor y del compromiso como respuesta a su llamada. Así escribe al hablar de la oración:

Procuraba representar a Cristo dentro de mí, y hallábame mejor —a mi parecer— en las partes donde le veía más solo. Parecíame a mí que estando solo y afligido, como persona necesitada, me había de admitir a mí... en especial me hallaba muy bien en la oración del Huerto: allí era mi acompañarle, pensaba en aquel sudor y aflicción que allí había tenido; si podía, deseaba limpiarle aquel penoso sudor; mas acuérdome que jamás osaba determinarme a hacerlo, como se representaban mis pecados tan graves. Estábame allí lo más que me dejaban mis pensamientos con él, porque eran muchos los que me atormentaban [3].

   En santa Teresa y en la vida de muchos santos vemos como tratan de unir la reparación de los pecados a la eucaristía y al Corazón de Jesús. A la eucaristía: presencia real de Cristo, presencia olvidada, a veces profanada y manifestación de un amor solitario; al Corazón, como expresión de la persona humana: contemplación de la pasión, escenas de la cruz... Y todo ello actualizado en cada momento.
   Santa María Magdalena de Pazzi (t 1607) repite con frecuencia la necesidad que todos tenemos de «amar al Amor» y cómo debemos «reparar las ofensas» que le hacemos.
   San Francisco de Sales recalca la «prontitud del amor para responder al amor que Jesús ha manifestado a cada uno» e invita a reparar las ofensas hechas al «corazón humano de Dios». Siguen una línea parecida san Juan Eudes y el beato C. de la Colombiér.
   Santa Margarita de Alacoque (1647-1690) representa el momento histórico de mayor énfasis en el tema de la reparación. «Cristo, corazón que sufre, busca consuelo y reparación», reprocha nuestras indiferencias y hace una invitación a «reparar las ingratitudes de sus miembros y a devolver amor por amor a este divino Amor». Tiene presente la imagen del «corazón que sufre siempre y siempre debe ser reparado».
   Esta devoción se extendió después por todo el mundo: en España recordamos a B. F. Hoyos; a san Alfonso Mª de Ligorio en Italia, además de varias encíclicas papales. Son muchas las instituciones religiosas y asociaciones que llevan como nombre una referencia a la reparación o al Corazón de Jesús y que lo han vivido con un espíritu especial. El mejor y más cercano ejemplo lo tenemos en la misma Hermandad fundada por el beato mosén Sol. Nos da la explicación de su Obra:

La devoción al Corazón de Jesús está en decadencia por no haber unión entre los propagadores de ella. Necesidad de sacerdotes, libres de otro cargo, que se dediquen a esta empresa. Por tanto, se proyecta y ensaya una 'Hermandad de sacerdotes operarios diocesanos' que teniendo por distintivo el amor al Corazón de Jesús y la propagación de su culto... [4].

   Y al poner las Bases de lo que será esta fundación une la reparación al Corazón de Jesús:

Bases para una Hermandad de sacerdotes operarios diocesanos, reparadores del sagrado Corazón de Jesús [5].

   En 1853 aparece en Londres el primer tratado orgánico sobre la «reparación»: All for Jesus, siendo su autor: F. W. Faber, del «Movimiento de Oxford». Pío IX, en 1856, extiende la celebración de la fiesta del sagrado Corazón a toda la Iglesia. En 1884 el apostolado de la oración cuenta con 13 millones de miembros «que ofrecen diariamente sus oraciones, sus sufrimientos y sus obras al divino Corazón de Jesús en reparación por los pecados del mundo y por todas las intenciones por las cuales Cristo se sigue inmolando».
   Sabiendo la cercanía que don Manuel tenía con algunas formas de espiritualidad jesuítica, conviene hacer mención de la revista que éstos comienzan a editar en España en 1885, en plena madurez espiritual del beato mosén Sol: «El mensajero del Corazón de Jesús».
   Naturaleza de la reparación: Es un acto de amor mutuo. Es considerado como «la forma de todas las virtudes», ya que integra y abarca todos los actos de la vida cristiana. De aquí se deduce que la reparación es un apostolado en sentido pleno, no una mera devoción; y que afecta a la raíz de la espiritualidad cristiana. Siguiendo este pensamiento, Pío XI destaca tres aspectos: penitencia, compasión y ofrenda victimal. Un esquema que responde a la génesis histórica de la «reparación».
   Este esbozo puede ayudarnos, no solamente a dar una visión inicial de la reparación y su desarrollo histórico, sino también a ver las fuentes en las que pudo beber don Manuel y sus posibles influencias.

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Teología y espiritualidad de la reparación




   En el culto al Corazón de Cristo, la reparación por los pecados tiene un puesto central. Esto es así tanto en los documentos pontificios que describen las características esenciales de este culto, como en las revelaciones de Paray-le-Monial [1], las cuales desempeñan un papel decisivo en la devoción y el culto al sagrado Corazón.
   La reparación ha d tener tres dimensiones. La primera sería el reparar nuestros propios pecados, pues todos tenemos clara conciencia de la propia debilidad. Esta realidad no puede ni debe ser olvidada en nuestras relaciones con Dios como objeto de petición de perdón y de deseo de satisfacer.
   La segunda dimensión ha de tener un aspecto colectivo de solidaridad con los hombres: hemos de orar y satisfacer por las faltas de aquellos que, siendo pecadores, no reparan; este aspecto ha de estar penetrado por nuestra caridad hacia ellos desde un sentido de solidaridad sobrenatural.
   La tercera dimensión o aspecto de la reparación nos lleva a reparar a Cristo en su cuerpo místico, en la Iglesia. Este aspecto está recogido en la encíclica Miserentissimus Redemptor de Pío XI [2]. Lo que la Iglesia sufre en sus miembros es «sufrimiento» de Cristo; por tanto, padecimiento nuestro. Nuestra reparación será consolar y socorrer a nuestros hermanos, en quienes padece Cristo místicamente. Pero esta reparación «social», más que consolar, es remediar los efectos del pecado. Esta dimensión de la reparación, sustentada por las otras dos, es el soporte sobre el que se basa la tan anhelada civilización del amor de la que nos habla Juan Pablo II:

Juntoal Corazón de Cristo, el corazón del hombre aprende a conocer el sentido verdadero y único de su vida y de su destino, a comprender el valor de una vida auténticamente cristiana, a guardarse de ciertas perversiones del corazón humano, a unir el amor filial a Dios con el amor al prójimo. De este modo —y ésta es la verdadera reparación que pide el Corazón del Salvador—, sobre las ruinas acumuladas por el odio y la violencia del amor, construir el reino del Corazón de Cristo [3].

   El hombre en este acto de amor conoce más íntimamente a Dios, conoce su propia condición humana y conoce la realidad espiritual en la que viven los demás; del conocimiento amoroso brota la identificación
   De múltiples formas explica don Manuel estas dimensiones del acto reparador:

El hombre necesita de oblación para pagar a Dios sus deudas y, desde el primer pecado, necesita además de la expiación... Continuamente la gloria de Dios sufre menoscabo de nuestras imperfecciones, de las ofensas de tantas almas, de los males de la Iglesia, de los peligros de los inocentes, de las tramas de los impíos, de la disipación aun de los mismos que le están consagrados y he aquí, hermanos míos, una de las ventajas que proporciona la devoción al Corazón de Jesús, que al pensar en sus sufrimientos, al recordar las ofensas que se le hacen, el alma no puede menos de sentirse arrastrada a la dulce compasión, al deseo de reparación [4].

   El beato Manuel Domingo y Sol da el paso en el objeto de reparación, lo concretiza en Cristo, ya que Cristo es quien ha cargado con nuestros pecados y ha sufrido hasta la muerte por ellos.
   Los papas, en documentos posteriores, insisten en la misma idea. Este dolor real se hace un dolor compartido: «Dios no está lejos de cada uno de nosotros, porque en él vivimos, nos movemos y existimos» (Hech 17, 27-28). En Cristo hay gozo por el pecador arrepentido, pero también hay dolor p