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Los valores humanos
en el apóstol de las vocaciones
por Urbano Sánchez García
Cuadernos Mosén Sol
7
Tortosa
1994
Contenido
Presentación
Personalidad excepcional
Exigía valores que testimoniaba
Vigor físico inexplicable
¿Defectos en la personalidad de Mosén Sol?
Todo un líder
Creatividad al servicio del amor
Con una afectividad rica y profunda
El arco iris de sus sentimientos
Corazón apasionado por dar y darse
Entusiasta y radical
Dinamismo exuberante y universal
Firme y muy valiente
Responsable y dueño de sí
Coherente con un proyecto
Presentación
Don Manuel como hombre, el beato mosén Sol visto desde los valores humanos, ha sido un tema que siempre me ha impresionado. He aquí a manera de presentación unas cuantas fechas que hablan por sí solas:
1954. Año de la Menti Nostrae que actualiza la necesidad de los valores humanos en el sacerdote. Ingreso en la Hermandad. Como probando estudio la figura de don Manuel. De manera especial me atraen sus valores humanos.
1961. Como operario sacerdote escribo bajo la dirección de don Buenaventura Pujol un trabajo extenso: Don Manuel en sus valores humanos.
Recibo una invitación que me llenó de gozo: ¡escribir un folleto sobre el beato mosén Sol! No dudo en el tema: rehago y actualizo lo escrito treinta años atrás. Con la base de la biografía de don Antonio Torres, he completado mi trabajo con las últimas biografías sobre don Manuel. Procuré dar el tono actualizado, de divulgación y sencillez, con viejos materiales. Mantengo el enfoque de «testimonios» para evitar una interpretación personal.
Presento mi nuevo trabajo: Valores humanos en el apóstol de las vocaciones, una interpretación del beato mosén Sol en sus valores humanos. Un trabajo centrado en frases del mismo don Manuel y en testimonios de quienes le trataron. ¡Y un homenaje de gratitud después de cuarenta años de haberle conocido! Me alegrará saber que este trabajo ha servido para conocer a don Manuel como hombre y para comprender mejor el alcance de la santidad del beato mosén Sol.
URBANO SÁNCHEZ México 1994
1
Personalidad excepcional
Los que trataron al apóstol de las vocaciones quedaban admirados: don Manuel era un santo y todo un hombre. Hoy podría traducirse esta frase en otra equivalente: don Manuel fue un sacerdote auténtico que gozaba de una personalidad excepcional. Sin profundizar en teorías elegimos un rasgo fundamental de la personalidad: plenitud integrada de los valores y facultades. Y a manera de introducción comprobaremos, con textos de quienes trataron a don Manuel, o lo conocieron a fondo como biógrafos, que mosén Sol gozó de plenitud en valores y virtudes humanas, poseyó los rasgos del líder social, logró la difícil ecuación entre corazón, cabeza y vida, y manifestó una madurez humana sorprendente.
1. Los que trataron a don Manuel
A lo largo de las biografías sobre don Manuel (especialmente en la de don Antonio Torres) leemos afirmaciones de quienes quedaron sorprendidos por la figura humana del apóstol de las vocaciones. Ellos no hablan de personalidad integrada pero sumando las opiniones sí que podemos asignar a mosén Sol una personalidad integrada, organizada y rica en valores: - Sencillez y firmeza: «Difícilmente se hallará un hombre más accesible, más amable, más llano, más sencillo...». (El poseía una) sensibilidad exquisita, firmeza de voluntad, completo imperio sobre sí mismo (788, 806, dr. José Solé) [1]. - Plenitud y armonía: «Lo que hace que la figura de don Manuel se destaque... es la integridad, la plenitud de sus cualidades» [2]. - Equilibrio: «No es posible concebir, en lo humano, espíritu más sensible, corazón más tierno, trato más dulce que el de don Manuel. Supo juntar... lo más grande y lo más pequeño... ser ejemplar de santa energía y tenacidad, no cejar ante ninguna dificultad, hacer triunfar por la dura constancia el propio criterio y a la par ser ejemplo de dulzura y delicadeza en todo y con todos. Ser hombre de una idea fija, de una idea que le absorbe todo el espíritu y no ser, a pesar de ello, hosco, intransigente y unilateral, sino ser modelo de ductibilidad y de flexibilidad» [3]. - Prudencia y tolerancia: «No era taciturno ni locuaz, sino prudente y atento. Sabía cuándo debía hablar y cuándo callar. No era amigo de burlas; su única graciosidad era la sonrisa. Tenía un carácter atrayente, dulce y pacífico. Jamás se inquietaba ni estaba de malhumor. Decía lo necesario para edificar, bien aconsejar y hacer agradable la virtud. Su temperamento era tranquilo y tolerante, sin que por ello fuera insensible. De carácter atrayente, afectuoso y afable. Era de estatura regular, más bien alto y un poco gordo. De temperamento equilibrado, no nervioso: reflexivo y por nada precipitado» [4]. - Simpatía y dignidad: «Difícilmente se encontrará quien tuviera una sola vez en su vida trato con nuestro don Manuel, que no quedara prendado de su persona... Todo en él era atrayente: su figura simpática y digna, su conversación deliciosa y a la vez edificante» (791, Juan Bautista Calatayud). - Todas las virtudes: «Temperamento equilibrado, bondadoso, trabajador, infatigable, podemos decir que don Manuel cultivó todas las virtudes por modo extraordinario» [5].
2. Así describen sus biógrafos al beato mosén Sol
Los biógrafos tienen una autoridad especial. No conocieron directamente al personaje pero a fuerza de estudiar al protagonista y de escuchar a cuantos le conocieron sacan unas conclusiones muy fundamentadas sobre su personalidad. Por orden histórico presentamos algunos juicios de los que escribieron sobre la vida de mosén Sol: - Antonio Torres: «Fue suave, dulce y apacible... alegre; de espíritu emprendedor y expansivo, optimista, abierto a todos los horizontes del bien, amplio y generoso...; firme y perseverante...» (5). - Germán Mártil: «Aquella vida extraordinaria, que había sido un torrente de luz y de bien para los hombres, un himno continuo, alto y vibrante a la gloria de Dios y un ejemplo bellísimo de abnegación y de trabajo...» [6]. - Juan de Andrés Hernansanz: «Corazón grande es la característica más acusada en la personalidad de mosén Sol. Dejó la impronta de su grandeza en todo: en rasgos heroicos y en sencillos detalles de la vida... Don Manuel está convencido de que se consigue más con amabilidad que con trabas acumuladas y atenazamientos innecesarios...» [7]. - Francisco Martín y Lope Rubio: «Difícil resumir una 'personalidad tan compleja y variada'». «De inclinación a la obesidad, en don Manuel brillaban las cualidades características de tales temperamentos: bueno y afable, abierto y atrayente, generoso a la vez que prudente, propenso a una ira que se empeña en reprimir y dispuesto a llevar siempre adelante, con tenacidad y un dejo de 'santo orgullo', todo aquello que se propone conseguir» [8]. - José María Javierre: «Al rematar este reportaje habré contado la historia de mosén Sol, un cura bueno y audaz: él creyó sinceramente que valía la pena vivir en las fronteras del misterio...». «¿Que cómo era mosén Sol? Un pedazo de cura bueno, ejemplar y piadoso; con una dosis de buen humor impagable. Humor rural, sano, de campesino...» [9].
2
Exigía valores que testimoniaba
¿Cómo interpretó el beato mosén Sol la personalidad a la hora de exigir valores y virtudes humanas a los operarios? Quizás don Manuel no fuera consciente, pero lo que exigía a los operarios —ser hombres-era su gran preocupación y su testimonio personal.
1. Ser hombres
Don Manuel no utilizó las frases modernas, tales como «personalidad integrada», «madurez intelectual, afectiva o social», cuando exhortaba a los operarios sobre la conducta a seguir. Sin embargo sus expresiones son equivalentes: - «Ser hombres. No basta que seamos sacerdotes muy espirituales, tenemos necesidad de algo más los operarios: hemos de ser hombres» [1]. - «Hemos de ser hombres. Hemos de tener, y si no adquirir los que no las tengan, ciertas picardías santas: el sentido práctico en el trato social». Que no nos tomen el pelo. Los defectos naturales se pueden remediar, «pero esa falta de carácter y de sentido común, cuesta mucho más y no se remedia tan fácilmente y esos cerebritos pequeños son difíciles de corregir» [2]. - Los operarios han de ser «distinguidos en talento y, sobre todo, de buen carácter y juicio, hombres de corazón» [3]. - «Hemos de estar a cierta altura por nuestro criterio bueno, por nuestra ilustración, por nuestro buen nombre, en cualquier sentido bueno» [4]. - «Todos los operarios han de ser distinguidos sacerdotes bajo algún concepto, y en algunos conceptos más que en otros, ilustración, talento, grandeza de carácter y criterio, espontaneidad, seguridad de virtud...» [5]. - «Sobre esto, y más que esto, magnanimidad de corazón y seguridad de santidad» [6]. - «El talento solo, aun con piedad, no nos bastaría si faltara el juicio, y en caso de menor talento y mayor juicio o carácter, será preferible éste al de mayor talento» [7].
2. La caracterología confirma la personalidad de mosén Sol
Coetáneos y biógrafos hablaron extensamente en el capítulo primero sobre la personalidad excepcional de don Manuel. Sí, nuestro protagonista era todo un hombre, poseía una personalidad integrada. ¿Se puede encajar a mosén Sol en algunas de las caracterologías para tener una visión más completa de su personalidad?
Si aplicamos la caracterología de Sheldon, don Manuel destaca por su gran sociabilidad, universal amabilidad, espíritu optimista, incansable capacidad de trabajo, fortaleza de voluntad, resistencia física. Presenta una viscerotonía acusada (V-4.2), una somatotonía equilibrada (S-3.2) y un tanto deficiente en cerebrotonía (C-3). En la tipología de Kretchsmer, don Manuel viene a ser una mezcla de pícnico y atlético, un tanto ciclotímico.
La persona de mosén Sol en Nicolás Pende queda configurada por ser un temperamento hipertiroideo-hipersuprarrenal, es decir, que se manifiesta como un colérico-sanguíneo por su rápida y aguda inteligencia, por su voluntad fuerte, tenaz e incansable dinamismo; todo un jefe por su espíritu de lucha. Como persona era elegante, algo impresionable, de gran espíritu social, fácil para la amistad y de buen corazón.
Dentro de la caracterología de Le Senne, mosén Sol llena perfectamente las constantes de emotividad y actividad pero no tanto la secundariedad. Se encuentra, por lo tanto entre el apasionado (EAS) y el colérico (EAP). Toda una personalidad.
3
Vigor físico inexplicable
La morfología y la salud física explican muchos de los valores y de las virtudes humanas. Asimismo, el vigor físico condiciona, aunque no determina la conducta de las personas. De todas maneras para comprender muchos rasgos de la personalidad humana de mosén Sol necesitamos tener presente su morfología, su vigor físico —inexplicable dada la anomalía cardiaca— y los rasgos generales de su psicología.
1. La figura externa
Existe una vinculación indiscutible entre las expresiones corporales de la persona y su dinamismo psicológico. Basta una ojeada al rostro de una persona para darnos una idea de lo que hay por dentro. Las caracterologías profundizan y fundamentan la correlación entre morfología y psicología. Nosotros lo analizaremos en don Manuel.
Como marco general mucho ayuda la descripción física que encontramos en la biografía de don Antonio Torres: «Era don Manuel en su aspecto y constitución física, de talla más que regular, bastante corpulento, de complexión fuerte, tez blanca, rostro hermoso y simpático, ojos y cabellos castaños. Al verle cual era: cariñoso, afectuoso, venerable... hubo quien exclamó alguna vez: ¡Ah, ya tiene bien puesto el nombre de Sol, ya!» (516).
José María Javierre, por su parte, describe así la figura externa de mosén Sol: «Fue don Manuel alto, quizá un metro setenta y cinco centímetros de talla, recio, de complexión vigorosa. Rostro agraciado, simpático, ojos y cabellos castaños, calvicie prematura. Mirada mansa, bondadosa. La voz dulce, insinuante, 'suavemente quejumbrosa'... Caminaba un poquillo inclinado hacia adelante, acogedor. Le rodeaba un aire atractivo, pacífico. Sonreía. Causaba impresión agradable» [1].
En su biografía, don Germán Mártil presenta la figura de don Manuel como: «Hombre de una pieza, aun en lo físico, alto, robusto, de esa talla fornida y bien hecha... de rostro simpático, atrayente, varonilmente hermoso, donde brillaban, amables, dulces ojos» [2].
Muchos de estos datos resaltan en las fotografías que conservamos de mosén Sol. Entre las numerosas que recoge Antonio Torres tres nos llaman la atención de manera especial: mosén Sol a sus 27 años; en plena madurez, como fundador del Colegio de Roma; y por último el gran don Manuel, tan venerable y paternal en su última fotografía (27, 795 y 538).
2. Vigor físico extraordinario hasta los 65 años
Para evaluar su vigor físico nadie mejor que uno de los médicos que le trataron. Es el joven doctor Vilá quien afirma: «Su organismo era de los más resistentes. De la bradicardia debería seguirse atonía de vigor físico, de cerebro. Pero nada de esto le ocurría, pues resistía un trabajo cotidiano capaz de fatigar a cualquier individuo joven...; las obras por él emprendidas y desarrolladas demuestran lo gigantesco de sus facultades psíquicas» (516).
Don Juan Bautista Calatayud, que convivió varios años con mosén Sol, ofrece otros datos muy interesantes: «Llegó hasta los 65 años con una exuberancia de vida y tal perfección en todas las funciones de su organismo que... trabajaba desde la mañana hasta la noche con actividad febril, sin experimentar cansancio. Emprendía largos y molestos viajes... Comía de todo y a la hora que se estimara conveniente, sin que se notaran jamás las repulsiones naturales... Hasta sus últimos momentos conservó la lengua expedita, los oídos muy afinados y despiertos; para leer toda clase de letras y a la pobre luz de un quinqué... no usó gafas» (518).
¡Buen panegírico fisiológico! Los médicos insisten en el buen funcionamiento de un estómago privilegiado. Practicó la natación atravesando en sus años jóvenes el Ebro por la parte más ancha: «Se bañó hasta los 70 años —afirma el canónigo tortosino don Julián Ferrer—. Un día estaba para tronar. Don Manuel invita, se lanzan, les sorprende la tormenta y se refugian en una caseta. Comentaba don Manuel: '¡Xiquet, xiquet, no digas a nadie que mosén Sol ha hecho a los setenta años esta calaverada!'» (774).
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¿Defectos en la personalidad de mosén Sol?
En toda personalidad, y por muy perfecta que sea, se encuentran defectos, antivalores. Don Manuel no fue una excepción. Su personalidad sigue siendo excepcional con las carencias físicas, psicológicas y morales que detectamos.
1. Sus carencias psicológicas y morales
Resumimos las páginas que José María Javierre dedica a los defectos de mosén Sol [1]. - Según el abogado del diablo: «A veces a don Manuel se le iba el entusiasmo cuando predicaba... Sus escritos y prédicas pecan de retóricas no muy académicas». - Sus cartas recogen expresiones airadas: «Estoy de mal humor, rabio, me enfado, riño». - Excesiva familiaridad con las monjas de clausura; exageró empujando chicas al convento, era un «ladrón de mujeres». A poco le mata un padre airado.
Tomaba pellizcos de tabaco en polvo, de rapé.
El agua en verano le apasionaba.
Era dormilón por naturaleza. - Y la inclinación instintiva de los corpulentos a comer mucho. Consiguió dominarse de tal modo, que ni los operarios sabían si un manjar le agradaba más que otro.
2. Los enfados de mosén Sol
La propensión colérica en don Manuel se manifestaba en algún que otro enfado que no pasaba del área psicológica: En las expresiones: - «Pida a Jesús que no me enfade... que de veras hago el propósito y no sé cumplirlo...» (626).
«Tengo los nervios siempre alterados por mi poca fe» (626). - Ante la apatía de los católicos en la revolución de 1868, «enardecíase singularmente y mostrábase pletórico de santa indignación al declamar contra 'el estupor y la apatía que domina... No podemos comprender la duda, la vacilación y menos la cobardía'» (138). - Comenta en un entierro en Roma con bandera del diablo: «Habíamos de venir los españoles con un ejército y echar a estos garibaldinos» (325). En ¡os hechos: - En la plaza del Ángel de Tortosa resuena una blasfemia. La escucha don Manuel que se levanta «como movido por un resorte eléctrico, de la silla... y dirigíase precipitadamente a la puerta de la calle, siguiéndole alarmados sus deudos» (653). - Don Manuel experimentó momentos de indignación y malhumor. Así lo dice expresamente a raíz de una visita al padre Martín (629). Muchas veces se vio en la necesidad de poner las cosas en su sitio y sabe vindicarse ante el padre Martín (373). - El obispo de Tortosa le niega los operarios y recibe una «fuerte» carta de don Manuel (243).
Rezar con excesivas prisas el rosario «le encoragina» (696). - En el apartado de los «defectos» que transcribe Javierre está la anécdota de la sacristana terca: rompe las vinajeras para que ponga otras mejores.
3. Anormalidad fisiológica y enfermedades
A los 65 años la salud de mosén Sol comenzó a deteriorarse. Pero lo extraño o milagroso es que no comenzara antes. El doctor Vilá explica su anormalidad que sorprendía a los médicos: «...extrañándoles cómo de aquella manera podía vivir. La particularidad era la bradicardia: su corazón latía de una manera perfectamente rimada, pero con una frecuencia de 36 sístoles por minuto» (516).
El corazón fue la gloria y muerte de don Manuel. Su anomalía cardiaca le ocasionó deficiencias de riego sanguíneo en el cerebro y debilidad general. Le produjo largas temporadas de inactividad, obligado a un reposo absoluto: una vez estuvo año y medio inactivo. Don Manuel se lamentaba: «Mi corazón no está ya para excitaciones; que ya no lo tengo muy bueno y me humilla». «El fervorín no lo concluí, porque las piernas me tremolaban ya por mi emoción y corté». «Voy siguiendo regular. Como, duermo y paseo bastante, pero el corazón no acaba de entonarse, ni subir más de las 36 o 38 pulsaciones». Su muerte: un ataque fulminante al corazón [2].
¿Alguna explicación? ¿cómo se explica esta deficiencia constitucional con su vigor físico extraordinario en todas las facultades y hasta los 65 años? ¿cómo un cerebro mal nutrido pudo soportar un trabajo intelectual tan grande y cómo su corazón «tan vulnerable» pudo resistir los continuos sufrimientos de sus tareas apostólicas? El doctor Vílá no acierta a comprenderlo e intuía que su dinamismo era una gracia de Dios. No le faltaba razón a don Manuel al comentar que «su vida era un milagro de Jesús sacramentado».
5
Todo un líder
Don Manuel, como las grandes personalidades, poseía los valores y virtudes que caracterizan al líder: inteligencia que manifiesta en los proyectos, dotes de persuasión e influjo, simpatía para captar amistades, decisión para organizar y mandar, habilidad para conseguir recursos, presencia agradable que inspira seguridad, entusiasmo que vive y comunica, etc. ¿Poseía don Manuel las virtudes sociales y las dotes de influencia propias del líder? ¿apreciamos en su personalidad la creatividad con matices propios? Presentamos la respuesta afirmativa en varios apartados.
1. Virtudes sociales del apóstol de las vocaciones
Afectividad profunda, dinamismo constante, libertad responsable y sociabilidad universal son los cuatro pilares sobre los que se asienta la personalidad de mosén Sol. Y dentro del área social, múltiples son las virtudes que manifestó don Manuel: extraversión, simpatía, afabilidad, amistad, gratitud, respeto, veracidad, comprensión, nobleza, fidelidad a la palabra, arte de conversar e influir en los demás, cortesía, tono sonriente... De los innumerables testimonios elegimos algunos más significativos: - «Su figura simpática y digna, su conversación deliciosa y a la vez edificante... apto para alternar lo mismo con las clases aristocráticas, que con los más humildes del pueblo»; se adueñaba tan pronto y tan por entero de los corazones que «difícilmente se encontrará quien no quedara prendado de su persona y con ganas de gozar más de su amable compañía y amena conversación» (791). - «Conversación efusiva y discreta, discreción suma para dosificar afectos, consejos; adueñándose de los corazones les comunicaba sus propios criterios; conocedor de los hombres, sabía ganarse cooperadores, colocar a cada uno en su puesto y pedirle el esfuerzo que podía rendir» (p. XIV, prólogo de A. Rodríguez).
Para un conocimiento más detallado de las virtudes sociales en don Manuel, cf. la 2ª parte de la biografía de A. Torres: amabilidad (capítulo XIV), obsequiosidad (capítulo XV), gratitud y sinceridad (capítulo XVI).
2. La personalidad social del operario según don Manuel
Comprenderemos mejor los valores y virtudes sociales de mosén Sol recordando cuanto pedía en esta área de la personalidad a los operarios: - «Su amabilidad (la de los operarios) debe ser constante, sin afectación; su conversación, alegre y amena, sin chocarrería; su templanza, edificante, evitando en lo posible delicadezas innecesarias y deseos de cosas determinadas. Cuando se haya de manifestar alguna necesidad, sea con comedimiento y afabilidad, alegrándose cuando se ven precisados a experimentar alguna privación. Sean deferentes con santa longanimidad en las conversaciones que les molesten o en los defectos que les mortifiquen; mas obren con discreta gravedad cuando se trata de desviar quejas y murmuraciones contra los demás, y tengan reserva en dar noticias indiscretas sobre asuntos y personas, a no tratarse de cosas muy conocidas...» [1]. - «No seamos cerrados y reconcentrados... Seamos abiertos, y sepan todos lo que estudiamos y nuestras aficiones, y nuestros sentimientos... fuera misterios y tortuosidades de conducta, ni excentricismo de carácter. Expansión y abertura» [2].
Se pueden leer los textos de don Manuel que recoge el librito Pensamiento y espíritu del siervo de Dios Manuel Domingo y Sol [3], sobre otras virtudes conectadas con la personalidad social.
3. Dotes para ganar amigos e influir en los demás
Dentro de las virtudes sociales destaca la capacidad para ganar amigos e influir en los demás. Es uno de los rasgos que más impresionaban a quienes conocieron a mosén Sol: — «Era de los que atraen desde el primer momento en que se les ve; era un verdadero conquistador de voluntades. Todos se acercaban a él con cariño y le dejaban con pena» (807, José Vergés). - «Imposible hablar con él sin quedar enamorado de su alma hermosa» (807, Ambrosio Martínez). - El célebre historiador tortosino Bayerrí, se sorprende al no encontrar a nadie que hablase mal de don Manuel. ¡Todos le querían! Los vecinos de la Aldea, alumnos del Instituto, dirigidas, religiosas, operarios, seminaristas, familiares... - «Sus hermanos, enamorados de su persona y santamente encantados de sus virtudes, eran a la vez sus admiradores y generosos e incansables proveedores de sus pobres... Lo amaban y respetaban, y siempre fue en aumento la veneración que sentían hacia él» (46). - «Había sabido conquistar amigos en todas partes y atraía involuntariamente hacia sí a los que parecían estar más alejados de él» [4]. - «Sólo el conocerle y tratarle bastaba para inspirar cariño, porque era un alma grande, generosa y sencilla, y esta sencillez se retrataba en toda su persona» [5]. - Dos de sus biógrafos aportan otros datos contundentes sobre la amistad de mosén Sol: «Desde primera hora don Manuel es hombre de amigos. De los 46 anchos volúmenes que conservamos de sus manuscritos, nada menos que 22 están dedicados a su correspondencia desde 1867 a 1909» [6].
4. El secreto de su liderazgo
¿Dónde está la raíz de su poderosa sociabilidad? Desde una perspectiva humana los factores radican en la fuerte emotividad orientada hacia los demás. Fue un hombre todo corazón, «amable», que necesitaba amar y darse a todos los que estaban unidos por cualquier vínculo:
«A todos amó, a todos cuidó con entrañas de padre» [7]. - «Tan sincero e intenso cariño profesaba él a todos y a cada uno, que son varios los que confiesan haber creído ser ellos los predilectos de don Manuel» (822). - «Cualquiera que tratase a don Manuel, quería convencerse de que le amaba con preferencia» (822). - «Virtud dominante, característica de su persona, era la dulzura de su carácter angelical...» [8].
6
Creatividad al servicio del amor
El líder es completo cuando se sitúa en una actitud creadora, pero moderada, sin radicalizaciones. ¿Apreciamos en la personalidad de mosén Sol una creatividad con matices propios?
1. Creatividad pastoral
Mosén Sol no fue un intelectual pero estuvo dotado de una inteligencia creadora de índole pastoral: ante los nuevos problemas que surgieron en la España del siglo XIX aportó respuestas nuevas.
Habría que recorrer todas sus actividades apostólicas y comprobaríamos cómo junto a la necesidad surgió su respuesta adecuada: obras de apostolado seglar, colegios de San José, especialmente el Colegio Español en Roma, ayudas a las diócesis en la dirección de los seminarios...
Y como obra clave y motora, la idea y fundación de la Hermandad. Sin emplear el término líder, sus contemporáneos le contemplaron como persona inteligente, sus biógrafos no eluden los factores de la creatividad y el mismo beato habla de sus deseos de responder adecuadamente a todos los problemas: - «Clarísima inteligencia... transparencia de pensamiento... con admirable clarividencia conoció las necesidades de su tiempo...» (p. XII-XV, prólogo de A. Rodríguez). - «Clarísima inteligencia, que acariciaba proyectos complicados, organizaba, reflexionaba, allanaba obstáculos» [1]. - «Espíritu emprendedor y expansivo, abierto a todos los horizontes del bien, amplio y generoso» (5).
«Sensible a los hombres y a los signos de los tiempos» [2].
Don Manuel habla de la ambición santa que le impulsaba a toda obra: «Una ambición santa parecía que hubiera querido lanzarnos a todos los campos». Para realizar sus planes surgió la inspiración de la Hermandad: «Y al calor de estos piadosos deseos cruzó por nuestra mente la idea de algún instituto religioso en donde pudieran verse colmadas aquellas aspiraciones» [3]. Será la Hermandad con los fines señalados por don Manuel: «1. el fomento, sostenimiento y cuidado de las vocaciones eclesiásticas, religiosas y apostólicas; 2. el fomento de la piedad en la juventud; 3. el aumento de la devoción y espíritu de reparación al corazón de Jesús principalmente en el sacramento de su amor» [4].
2. La caridad como raíz y la amabilidad como expresión social
Las virtudes teologales no son objetivo de este trabajo. Ahora bien, si no tenemos presente el influjo de su vida teologal es impensable la creatividad pastoral de don Manuel, «apóstol de las vocaciones». El secreto de toda la personalidad de mosén Sol radica en la caridad ardiente que profesó a Dios y a los hombres. Y una manifestación de este amor teologal fue la amabilidad, corazón de las relaciones sociales. Seleccionamos testimonios y anécdotas sobre la amabilidad en don Manuel que Antonio Torres recoge en un extenso capítulo.
Su dulzura, su incansable afán de derramar el bien le hacía conquistar los corazones (806). - Extremado en solicitudes: pide le hagan un carinyet al «abuelo» (Osuna); anima a Miñana a que coma salchichón para remediar sus males; se preocupa de la inapetencia de Vega, de la bilis de Ginés, de la garganta de Blay, de la cabeza de Caparrós, de las ropas de invierno de Jovaní (809-812).
Se preocupa por todos en los viajes, atiende con esmero a los huéspedes, cuida de manera maternal a los que embarcaban bendiciendo sus camarotes; prepara el caldo para un enfermo (812).
«Nadie salió de su lado sin llevarse algo bueno, una caricia, una estampita, una bendición. Iba cargado de 'cosillas': 'Mis bolsillos son inagotables'. Todo 'se le cae de las manos', decían de él; le gustaba tener en su cuarto 'un pequeño almacén de obsequios'» [5].
7
Con una afectividad rica y profunda
¿Cuál es el valor humano que define humanamente a don Manuel? Imagino que muchas serán las respuestas, dada la personalidad tan excepcional que poseyó. He aquí mi opinión: lo que caracteriza a don Manuel, desde la perspectiva de los valores humanos, es la capacidad de sintonizar con el mundo exterior transformando en sentimientos, emociones y respuestas coherentes los estímulos externos. De manera más directa: el rasgo prioritario de nuestro protagonista es su afectividad, profunda, rica y controlada. En él se dio una ecuación estable entre corazón, cabeza y obras.
1. Corazón grande y muy emotivo
La afectividad en don Manuel estaba integrada por unos sentimientos vigorosos, equilibrados y dominados. La afectividad era la raíz de su amor, el motor para su dinamismo y una clave para su influjo social. ¿Qué puesto asignar al corazón en la personalidad de mosén Sol? Como en toda persona, el corazón de don Manuel era una caja de resonancia para los sentimientos, pero se trataba de un corazón hipersensible y lleno de ternura. Como los muy emotivos, mosén Sol se conmovía profundamente ante acontecimientos grandes e insignificantes: - «No es posible concebir, en lo humano, espíritu más sensible, corazón más tierno, trato más dulce que el de don Manuel» [1]. - «Si alguna persona pobre le entregaba una pequeña limosna para la Reparación, se conmovía casi hasta llorar de agradecimiento» (853). - La muerte de sus amigos producía una herida profunda en «su sensible corazón» (445). - «Cuando falleció su madre, deshecho en lágrimas, no acertaba a separarse del cadáver repitiendo sin cesar: ¡Mareta meua! ¡Mareta meua!» (43). - El escribe ante la muerte de su amigo Enrique de Ossó: «Me afectó mucho. Estoy espantado de veras» (446-447). - Ante la agonía del padre Martín (que tanto le hiciera sufrir en vida), dice: «Casi no pude dormir» (413). - Cuando celebraba la santa misa, se emocionaba de tal modo, que hacía sentir aquella emoción a los que la oían. «Cuantas veces tuve la dicha de darle la santa comunión, temía no le diera un síncope, por lo delicado de su salud, al recibir al Señor con aquellos afectuosos suspiros que le hacían latir el corazón con violencia» (640, Tomás Cubells). - Viendo cómo se perdía la juventud tortosina —cuenta el padre Llusá— porque no había quien les ayudara a salvarse, «el rostro del venerable anciano se iba animando y encendiendo más y más, hasta que se le asomaron a los ojos las lágrimas» (209).
2. Afectividad y ternura
La sensibilidad—emotividad unida al amor se convierte en gestos de ternura. Son muchas las personas que experimentaron a don Manuel tierno como un padre o como una madre: - «Los cuidados de una madre tierna para con su hijo enfermo no igualarían sin duda a los que él me prodigaba estando yo sano y robusto» (Gaspar Anchón, canónigo de Valencia). - Tarda don Manuel en regresar a su casa. Le busca la criada en el confesonario y allí «le encontré abrazado a un ancianito, al cual con fuerte voz consolaba. Lloraba el ancianito a más no poder, y mosén Sol, con aquel corazón de buena madre, le estaba acariciando, apretándole contra su pecho». - Cuenta un colegial, José Hernández, que manifestaba aflicción en el sueño: «Se levantó de su cama y vino a despertarme con solicitud de madre. '¡Hijo mío! ¿Qué tienes? ¡Yo estoy aquí!'». - A un operario de México: «Me dice que no sabe ya qué decirme, y ¡tantas cosas como puede decirme! Pues quisiera estarlos viendo por esa iglesia, a todas horas, y qué comen y qué beben, y en el confesonario... y cómo van y vienen y pasean y duermen, y a qué horas, y si hace calor o frío...». - Comenta don Manuel la actuación de sus colegiales «titiriteros»: «el pueblo quedó muy contento, y a nosotros, los padres, graves, nos caía la baba de satisfacción».
8
El arco iris de sus sentimientos
Se comprende que la grandeza, hipersensibilidad y profundidad afectiva de mosén Sol se traduzca en toda la gama de sentimientos y pasiones. Como muestra, he aquí algunos ejemplos, además de los ya expuestos.
1. Dolor y tristeza
El que ama mucho, por fuerza ha de sufrir y gozar mucho. Porque amar es desear el bien a las personas amadas. Y cuando el objeto amado es tan universal como en el caso de don Manuel, ya se comprenderá que sufrirá mucho. - Dolores y gozos: «No sé si los dolores y gozos constituyen la vida de todos; la mía, sí» (620). «Van dos líneas para decirte nuestros dolores y gozos» (418). - Abandono completo: «Parecía que el infierno se había conjurado para lacerar nuestro corazón y matar muestras esperanzas. Inspirábamos recelos... Y aquellas oleadas de agitación acabaron en un abandono completo de los poderes de la tierra...» (418). - Contratiempos y desengaños: «¡Cuántos contratiempos y cruces he tenido que soportar, que yo solo me sé! ¡cuántos desengaños he recibido de parte de algunas personas...!». «Parece que tiene empeño el diablo en levantar crisis de apuros de todas clases para acobardarnos, y sentiría se posesionase la anemia de mi corazón... y necesito, como los viejos, que me alienten» (438, fundación en Portugal). - Dolor más profundo y espiritual a imitación de Cristo en Getsemaní: «Estoy avergonzadísimo de haberle indicado mi espina... Dígale al corazón angustiado de Jesús que, si es posible, pase pronto mi cáliz, que es el más amargo que he tenido en mi vida» (621). «En esos momentos comprendo y me explico los imponderables sufrimientos internos de Jesús en el huerto de los olivos...» (621).
2. Pero también momentos de gozo
Las mismas personas y obras que hicieron sufrir a mosén Sol también le proporcionaron momentos de gozo. En su biografía podemos ver lo que alegraba a mosén Sol:
Hablando a los primeros colegiales: «Me han dejado consoladísimo con sus alientos y ganas de honrar al Colegio» (128).
«Don Manuel —transcribe una teresiana— estaba fuera de sí de gozo con los triunfos de don Enrique» (128).
«Tan intensos afectos de gozo interior producía a don Manuel el dar, que decía abrigar el temor de que acaso perdiera mérito delante de Dios su limosna, por la satisfacción que experimentaba al notar la alegría con que era recibida por el pobre» (846). - Calumnian a don Manuel: busca una canonjía en Roma. Su respuesta: «Se rió largamente, porque le hizo mucha gracia la extraña ocurrencia» (367).
Como muestra de su respuesta ante el fracaso, recogemos un fragmento de una carta que escribe desde Roma: «Abandono de las criaturas, celos, desprecios... Hemos perdido Condotti (¡gracias a Dios!). Nos despacharán de Montserrat (¡así sea!)... A nosotros nos hace reír todo esto, y si no fuera por mis pecados, aún me reiría más» (387).
3. Alegría y humor constantes
El gozo era una vivencia ocasional en don Manuel pero la alegría era una actitud permanente. Estamos alegres cuando nuestro yo entra en posesión con estímulos favorables, posee una sensación de bienestar porque algo le satisface. ¿Un santo del buen humor, don Manuel?
«Nunca le abandonaba el buen humor» (845, Sanz y Forés).
«Y siempre con aquella sonrisa en los labios, más apacible que el arco iris» (807, Ramón Vergés). - También son expresión del buen humor de don Manuel: los «motes» que ponía a los operarios: «grave» a don Elías, «abuelo» a don Francisco Osuna, «tunante» a don Benjamín; a unas religiosas, lloronas, palomitas... - En sus bodas de plata sacerdotales: «¿No te da vergüenza? Yo viejo achacoso, y con tantos años mal pasados y ¡me parece que era ayer! ¡Ay! ¡qué es la vida! ¡todo se pasa! Aplica la comunión por ti y por mí. Va un queso rancio, no tengo más» (272). Algunos textos revelan el secreto de su alegría: — «Con cinco minutos de pensamiento en la eternidad y una visita a Jesús sacramentado desaparecerá toda aspereza de corazón» [1]. - «Tristeza es el mal más grave para el alma después del pecado» [2]. - «Si después de haber cumplido con celo nuestro ministerio... fuéramos a morir a un hospital, ¡oh que señal de predestinación!» (852). - «Por la carta de Roma verá la marejada y contradicciones y consuelos. Son tribulaciones que no me afectan. Al contrario, las miro como bendiciones de Dios» (415).
4. Entre el temor, el optimismo y la audacia
Incompleta sería la afectividad de mosén Sol si le faltaran gestos de abatimiento, de impotencia, de temor y espanto, de inseguridad ante lo desfavorable. He aquí algunos textos más significativos: - «Agitados nuestros corazones por el temor y la esperanza, en busca de la adquisición de un local» (418). - «No estoy desesperado, pero sí desesperanzado, y esta desesperanza ocasionará el desespero de continuar aquí» (343).
Pero podía más el optimismo. Unos cuantos retazos de su vida colocan a don Manuel en la categoría de los siempre optimistas, siempre audaces: - Cuando su obispo esperaba menos del Colegio, él responde que sí lo esperaba. Le preguntan por el número de colegiales murcianos. Don Manuel no peca por defecto: en pocos años, unos 300 (267). - ¿Será el primer Colegio de Roma el Español? «Antes de tres o cuatro años confiamos que sea el primer Colegio extranjero de Roma» (341). Y da muestras de un corazón grande ante desfallecimientos: - «No faltan a ustedes penas, y a nosotros nos sobran, y a mí me rebosan. Así, corazón grande, y hacer tranquilamente las resoluciones que convengan ante Jesús, y vengan penas» (624). - A un operario «desfallecido», le escribe: «Recibí la tuya. Más me ha hecho reír que otra cosa. Vengan tempestades. ¡Todo esto es consolador! Si supierais lo que me llenan esas rabotadas del diablo! El día que nos falten creo habremos de temer» (595).
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Corazón apasionado por dar y darse
La afectividad de don Manuel estuvo marcada por la entrega apasionada hacia los demás. Sus sentimientos y emociones estaban al servicio de un corazón grande, entusiasta y radical. En la personalidad afectiva predominó un don de sí que no conocía límites de personas ni de intensidad.
1. Un corazón grande
En la opinión popular, «corazón» es el símbolo de la vida moral y afectiva. Quien posee un buen corazón posee buenos sentimientos, especialmente el amor. Por el contrario, mal corazón se asigna a la persona insensible, propensa al odio, descontrolada en sus emociones. El corazón es la cámara de resonancia de la afectividad. El corazón salta de alegría, revienta de gozo, se parte de dolor, se consume por la tristeza. No faltan razones para afirmar que la persona de gran corazón posee una afectividad madura. De aquí que los que trataron a don Manuel usen estas frases para definirle: - «Corazón grande, sensible, generoso, ardiente. Todo salía del corazón en aquel hombre, criado para la patria del amor». De «sensibilidad exquisita» (785, dr. José Solé). - «Amaba y se hacía amar... con calor de humanidad. En su corazón había espacio para todos los grandes amores» (p. XIVs, prólogo de A. Rodríguez). - «Corazón todo dulzura y caridad que a nadie dejaba desairado». - «¡Don Manuel tiene un corazón, que cabe en él el mundo entero!». - «Dios le dotó de un gran corazón capaz de amar mucho a muchos, y su misión era ir ganando corazones por el amor» (762, cardenal E. Pía y Deniel). - También para las cualidades espirituales de don Manuel hay un piropo femenino: «Jesús sí que estuvo bien generoso con usted, le dio un corazón que habría para cien» (334). - «De modo tan maravilloso supo hermanar toda su vida el más rico corazón en ternura y bondad con inteligencia poderosa, acompañada de una virtud acrisolada en mil luchas y contradicciones» [1]. - «Corazón grande: la característica más acusada de su personalidad» [2].
2. Entrega universal
Por su capacidad de sintonizar con los demás, mosén Sol sentía una fuerte inclinación a considerar y tratar los intereses ajenos como propios. El vibraba de tal manera por el prójimo que no concebía otra manera de realizarse sino en el dar-darse y recibir de otro. Es común en los grandes hombres esta capacidad ilimitada de amar, pero existen personalidades — mosén Sol es una de ellas — , cuya área de entrega parece no tener límites en personas e intensidad.
«Dios le dotó de un gran corazón capaz de amar mucho a muchos» (762, cardenal E. Pla y Deniel). La capacidad de dar y entregarse en don Manuel fue universal. Es uno de sus rasgos más típicos. No se limitaba a no excluir a nadie de su amor teórico, sino que expresaba manifestaciones de amor para con todos.
«Amaba tiernamente a sus hermanos y cuidaba de ellos con abnegada solicitud» (44). Especialmente, manifestó amor a España y a Tortosa: «Juntamente con el amor a España vibró siempre en el corazón de don Manuel un entusiasta y ardentísimo amor a su patria chica, a Tortosa» (892). «En sus fervorines, jamás se olvidaba de hacer una vibrante y sentidísima deprecación por España, por nuestra patria» (869). «Nuestra ambición es... salvar a España» (870).
3. El amor al servicio de la fe
La entrega natural impregnada de la fe se convierte en caridad. Para probar esta donación teologal habría que repasar todas sus actividades apostólicas, las manifestaciones de amor a Jesús en la eucaristía, la devoción filial a María, etc. De aquí que a la hora de poner un título a su vida uno de sus biógrafos —Juan de Andrés— no dudase: «Un hombre que supo darse». — Por la candad de Cristo, mosén Sol amaba a la infancia, a la juventud laica, a los seminaristas, religiosas y sacerdotes... Todo el mundo cabía en su corazón: «Quisiera ir a lejanas tierras y atraerme a los pobrecitos indios y anunciarles que todos somos hijos... y por ende, que negros y blancos, rojos y amarillos, todos somos hermanos» [3]. - «Y de tal suerte debía ser este celo (don y entrega, diríamos nosotros), que no debíamos parar hasta decir con el profeta: Zelus comedit me. Este deseo, Señor, me está consumiendo el corazón y la vida» [4]. - «Mucho ha sido mi amor a la juventud... He tenido amor a la juventud. La juventud es mi ideal» (195). - En los seminaristas fusionaba su amor a la juventud y al sacerdocio. El amor a un seminarista pobre —Ramón Valero— sería la puerta para un torrente de entrega hacia los aspirantes al sacerdocio de España y de otras naciones. - «La nota característica de la Hermandad ha de ser el amor al sacerdocio en lo espiritual y temporal» [5].
La dinámica de su amor: «Dar, y recibir para dar, así gozaba». Así resume J. Mª Javierre la amabilidad en Reportaje a mosén Sol [6]. Algunos textos confirman a don Manuel como un corazón apasionado por dar y darse: - Se quejan de que un pobre venía muchas veces al Colegio. Don Manuel responde: «Debemos practicar la caridad cuantas veces sea conveniente; y, una vez convencidos de la necesidad, socorrerla, aunque para ello nos veamos en el trance de vender hasta la camisa» (329). - «Una viejecita le puso a mosén Sol el mejor epitafio, al besar la mano del cadáver en la capilla ardiente: 'El siempre me daba'» (329). - «La dulzura de carácter de don Manuel, su constante amabilidad, su incansable afán de derramar el bien en torno de sí, fue causa de que se le rindiesen los corazones de cuantos tuvieron la dicha de tratarle» (806).
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Entusiasta y radical
Junto a la grandeza de corazón, podemos calificar la personalidad de don Manuel como entusiasta y radical.
1. El entusiasmo
En el beato mosén Sol se daban cita, como en las grandes personalidades, unos criterios profundos y unas pasiones muy arraigadas, pero controladas, que daban origen a respuestas de entusiasmo. ¿Qué manifestaciones presenta la personalidad entusiasta? Toda la vida está impregnada de amor, dinamismo exuberante, gozo que se comunica, ímpetu ante las dificultades, radicalidad a la hora de llegar hasta las últimas consecuencias, decisión firme y constancia en los proyectos y gran dosis para comunicar a otros sus ideas. Veamos algunas expresiones, datos y opiniones que confirman este rasgo en la personalidad de don Manuel: - «Voz inflamada, vehemente, estilo tierno, fervoroso y cálido... La peroración saturada de calor explayando el fuego de su espíritu en afectos encendidísimos y en frases llenas de cordial emoción... Las ideas resultaban sumamente emotivas» (725).
Transmitía entusiasmo en sus sermones: «Lloré de ternura y devoción, y conmigo lloraban casi todos los colegiales» (749, Rafael García). - Su oratoria «encendía los corazones y saturaban las almas. Sus palabras caían «como carbones encendidos sobre nuestras almas juveniles y se abrasaban éstas al contacto». Tenía don Manuel el mérito de los grandes oradores: conmover al hombre, hacerle sentir hondo, apasionar rectamente su ánimo e impulsarle luego por la senda del bien y la práctica de la virtud (739, José Matamoros). - Se comprende que las religiosas por su mayor emotividad quedaran impactadas de manera especial: le contemplaban endiosado, y hasta a la profesa se le derrite en la mano la vela sin sentirlo (729, 730).
2. La radicalidad
La radicalidad de una persona va unida frecuentemente con una afectividad llena de entusiasmo. Mosén Sol manifiesta su radicalidad llena de entusiasmo de joven seminarista y mucho más en los ministerios sacerdotales:
Propósitos antes de ser ordenado sacerdote: «...y por tanto resuelvo: 1. no comer ni beber sino por necesidad; 2. no disfrutar en vestido, muebles, fiestas, etc. Siendo tan alta, tan sublime, la dignidad del sacerdote, resuelvo no rebajarla, ni en visitas inútiles, ni en paseos públicos, ni en conversaciones particulares...». «Procuraré en las festividades principales quedarme sin nada» (18).
En su consagración como misionero: «Desde hoy renuncio a todo lo que no es de vuestro gusto... a todas las satisfacciones peligrosas que el mundo quiera brindarme... Dadme un espíritu encendido, como el de san Juan Bautista; un celo ardiente, como el de vuestro apóstol san Pablo...» (29).
Escribía don Manuel: «No podemos comprender la duda, la vacilación y menos la cobardía... Cuando ha llegado el momento de la actividad... no comprendemos la resignación de algunos resueltos a no salir de su cómodo quietismo...» (138). - La radicalidad también estuvo presente a la hora de fundar la Hermandad: «Por haber querido responder al llamamiento y al acento de la voz de Jesús... La impiedad descarada quería ahogar las fuentes de las vocaciones. Había resonado en nuestros oídos con fuego mayor la voz de Jesús, de tierna compasión, que nos decía: ignem veni mittere in terram... y sin embargo la veo fría: fría... estéril, por tanta falta de operarios, ¡y abandonados mis intereses por sacerdotes tan poco dignos!» (273). - En la última etapa de su vida: «Ya soy anciano, y poco puedo, pero ganas de hacer sí que tengo, y no quisiera morirme, sino vivir y revolucionar el mundo» (725).
3. Manifestaciones en el área de la fe
El entusiasmo y radicalidad de don Manuel alcanzaron la mayor intensidad cuando se relacionaban con el amor a Dios. Fueron los intereses que más le afectaron. Como muestra, algunos textos: - «¡Ver tantos millones de almas! ¡ver la Iglesia combatida! ¡ver los jóvenes en peligro! y ¿no llorar, y no orar, y no trabajar? Qui non zelat, non amat» (724).
«Si supiera que la voluntad del Señor fuese que me enterrasen vivo, en la sepultura me echaba» (777). — Estaba tan abrasado de amor por las almas, que en un arranque de amor le dijo a Jesús: «Ponme, Jesús mío, en la boca del infierno, para que no caigan más almas en él! ¡estar por Jesús en la boca del infierno, es estar en el cielo!» (396).
Lo bueno, lo grande, lo noble, todo cabía en el corazón de mosén Sol. Su entusiasmo, como su alma, es flexible y universal. Le entusiasmaba la catequesis y la educación de jóvenes, se entregaba con fervor a la dirección espiritual y cuidado de religiosas. Enfervorizaba a sus paisanos; a los jóvenes españoles con su pluma; con la Hermandad y el Colegio de Roma quiere abarcarlo todo, salvar todas las almas, llegar a todas partes... Surge la idea de los templos de Reparación, fomentar la devoción al Ángel de España y, aunque viejo, no cejaba en su empeño.
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Dinamismo exuberante y universal
Si los valores afectivos están polarizados en la sensibilidad extrovertida y generosa, los valores del área volitiva están marcados por un dinamismo exuberante, firme en las convicciones y valiente ante las dificultades.
1. Dinamismo exuberante
En la caracterología de Le Senne, la actividad, la emotividad y la primariedad-secundariedad, son los factores decisivos para evaluar la personalidad. Los capítulos anteriores mostraron la gran emotividad de mosén Sol. Ahora presentamos su actividad como un dinamismo exuberante. Efectivamente, el impulso a la acción, a realizar cosas y responder prontamente a los estímulos, es otra de las características en su personalidad.
Como seminarista, pudo decir sin jactancia: «Os digo, en verdad, que desde tercer (año) de filosofía no sé lo que es sobrar tiempo; no sé lo que es no tener nada en qué ocuparse» (17).
Su vida estuvo llena de proyectos y temores: «Poco hemos hecho, nada; pero os puedo asegurar, et non mentior, que desde el subdiaconado mi cabeza no ha vivido sino de combinaciones y proyectos y temores y sobresaltos y alegrías y penas sobre los intereses de Dios» (724).
Su vida sacerdotal estuvo influida por este dinamismo exuberante. Así lo explicaba el mismo don Manuel a los ordenandos de Tortosa: «Cuando se piensa en la actividad que absorbe a un comerciante, a un bolsista... Ni los placeres, ni los convites les llenan... Y que el sacerdote no viva en esta agitación de celo en su campo... repito que no se concibe» (724).
Don Manuel, presionado por la gloria divina, sentía la necesidad de la acción: «¿Cuándo dirá usted a Jesús que me dé cuarenta y ocho horas al día y gente para que podamos ir por esas parroquias y animar las almas?» (744). «Pidan a Jesús —escribe a don Benjamín Miñana— que me dé cuarenta y ocho horas cada día y me quite la necesidad de dormir» (745).
Su martirio, la inactividad: «Recuerdo —dice don José Cambra— haber oído a don Manuel que el tiempo que más le dolía era el que había de emplear en afeitarse y comer: ¡Miserias, xiquet, miserias!» (745). Afirmaba su secretario de los últimos años, don Juan Estruel: «Dado su carácter, le es un martirio el tener que estar sin hacer nada» (542).
2. Servía para todo
La actividad de una persona se concentra en unas cuantas tareas. La amplitud del campo de operaciones es un factor para medir la madurez personal. Mosén Sol era de las personas que todo lo abarcaba, nada excluía. El sabe de obras y proyectos, organizar fiestas, ensayos, etc.
«Estoy tan metido entre piedra, cal, arena, pozos, que no suelo hacer otra cosa» (163). - «En cuanto al plano —de uno de los colegios—, lo he de hacer yo únicamente y no ningún arquitecto; que yo sé más que ellos. El plano del gran Colegio de Murcia lo ideé yo» (269).
«Don Manuel corrió al cuidado de trámites legales, negociaciones entre el obispo de Barcelona y el de Tortosa, dirección de obras, remedio para los apuros económicos...» (185, fundación del convento de Vinaroz).
«He tenido que quedarme a ser despensero y enfermero. Fortuna que lo hago muy bien» (324).
Efectivamente, don Manuel servía para todo. El ensayaba a los colegiales las veladitas. Y no tenía inconveniente en transportar una cama en la fundación del Colegio de Orihuela, o darle a los fuelles, como sucedió en la peregrinación de los luises a Roma. Fue párroco, brilló como orador, era único en asuntos de fundación de conventos, impulsó toda clase de obras sociales, manejó con garbo la pluma en periódicos y revistas por él fundadas, trató con todas las esferas sociales. La lucha interna no faltó y su actividad fue variada hasta que no encontró en la Hermandad la idea polarizante: «Fue su vida un batallar constante y, con la ayuda de la gracia divina, un continuo triunfo sobre las rebeldías de sus pasiones, los movimientos de su corazón...» (601).
Una fe ambiciosa le empujaba a toda actividad y ningún apostolado escapaba a su dinamismo: — «Naturalmente ambicioso en sus empresas de celo, pretendía don Manuel abrazarlas todas y en grande escala... A impulsos del vehemente afán de no dejar ninguno desatendido, surgió en su espíritu la idea de la Hermandad» (234) — «En el fondo de nuestra alma despertaban mayores aspiraciones, y una ambición santa parecía querernos lanzar al mismo tiempo a todos los campos...» (23). — «Quisiéramos misionar, ir a Filipinas, cuidar parroquias, llevar religiosas y religiosos a los conventos, dar ejercicios, asistir a los enfermos, promover los intereses materiales y morales de los obreros y patronos, atender a las juventudes, confederarlas, atraer a los seglares... Seremos como los ángeles continuos del sacerdocio formado por nosotros en santo espíritu en todas las diócesis...» (477).
Con humildad y sinceridad, don Manuel consideraba a la Hermandad «tal vez la más trascendental de todas las obras realizadas de algunos
años a esta parte para la reformación del clero, y por lo mismo, de
mayor gloria de Dios en nuestra España» (415), puesto que pretende
«la formación del clero (que) es lo que podríamos decir la llave de la
cosecha en todos los campos de la gloria de Dios» [1].
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Firme y muy valiente
El dinamismo exuberante tiene dos pruebas de fuego para la persona: ¿es firme en las decisiones? ¿reacciona con valor ante las dificultades? La personalidad madura es emotiva, activa y perseverante. El inmaduro se manifiesta inconstante en sus propósitos y con miedo ante el peligro. Mosén Sol sale airoso de la doble prueba. Su carácter firme, muy decidido, es captado en estas afirmaciones: - «Don Manuel, por convicción y por temperamento, cuando así lo demandaba el mayor bien de sus dirigidas, mostrábase enérgico y resuelto» (101). - «No me he engañado nunca en mujer de juicio y de cabeza hasta el presente; y ninguna me ha dominado, por más indomable que sea su carácter» (103). - «Mi corazón no se cambia, aun en las amarguras y resentimientos» (103). - En las correcciones «no fue don Manuel parco, siempre que lo creyó conveniente, en reprender con claridad y energía, llena de santa sinceridad y pureza de intención, a sus dirigidos» (498). - «Me apena —escribe a un operario— que habiéndole dado Dios buen juicio y condiciones para ser un buen operario respire siempre, por los poros de su temperamento bilioso y carácter poco humilde, ciertos resabios y desconfianzas» (500). - «Respecto a las pláticas, debo advertirle que debe usted prepararse cuanto pueda, pues son deficientes de doctrina y de meollo» (501). - En sus convicciones fue firme: «Eso del cardenal Rampolla sobre su resolución por la Gregoriana, me place, pues estábamos resueltos a no transigir sin expreso mandato del Papa...» (415).
La madurez afectiva y volitiva tienen su convergencia en la actitud fuerte para llevar adelante las decisiones, en el carácter valiente ante las dificultades. Nos encontramos ante uno de los rasgos que definen a don Manuel y que más impresionaron a los que le trataron: - Comentaba monseñor Vico que siguió de cerca la fundación del Colegio Español: «Pertenece usted a una raza de hombres que difícilmente se acobardan delante de las dificultades» (332). - Escribió un obispo que le trató de cerca, monseñor Rocamora: «Jamás se arredró ante los grandes y numerosos obstáculos que tuvo que vencer». - Parecido es el testimonio de P. Murall: «No se dejó intimidar nunca por respetos humanos. Constante en la virtud hasta la muerte. - En el prólogo varias veces citado, A. Rodríguez deja constancia de que «jamás se arredraba ante ningún género de dificultades. Actividad perseverante y tenaz». - Y en el mismo tono se expresa el operario J. B. Calatayud: «Su voluntad no conoció las indecisiones, debilidades y flaquezas». - Igualmente, el canónigo R. Chillida dice de él: «Santa energía y tenacidad, no cejaba ante ninguna dificultad» [1].
Para confirmar estas opiniones sobre don Manuel recordemos algunas respuestas de especial valor en su vida: - Una vez encañonan a mosén Sol con un revólver. El no se inmuta: «con toda serenidad y calma, le dijo: «Ya puede usted disparar, si quiere» (62). - Y cuando se propagó el cólera en Tortosa y muchos huyen, don Manuel pide permiso a su prelado para vivir junto a sus religiosas» (81). - Cuando estalló la revolución de 1868, ante los lamentos y la apatía generalizada, mosén Sol continúa formando a la juventud, enardece los ánimos desde las revistas porque él decía: «No podemos comprender la duda, la vacilación y menos la cobardía» (138). - El problema de las vocaciones en España era pavoroso. Lejos de lamentarse mosén Sol pone su grano de arena con los Colegios y la fundación de la Hermandad. - El Colegio Español puso a prueba de manera especial el valor del apóstol de las vocaciones: «Parecía que el infierno se había conjurado para lacerar nuestro corazón... las oleadas de agitación acabaron en un abandono completo de los poderes de la tierra... A pesar de ello, seguimos nuestro camino!» [2].
Además de la fortaleza de su temperamento, don Manuel tenía «un secreto» para su firmeza y valor: la fe que le unía a Dios. «Por la carta de Roma verá la marejada de contradicciones y consuelos. Son tribulaciones que no me afectan. Al contrario, las miro como bendiciones de Dios» (415).
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Responsable y dueño de sí
Si hubiera que reducir la personalidad a tres ejes, propondría los siguientes: la capacidad de amar, el dinamismo constante y la libertad responsable. Hasta ahora hemos examinado los dos primeros ejes en la personalidad de don Manuel. ¿Qué decir de su madurez ética expresada en el ejercicio coherente de su libertad? Esta dimensión axiológica es la más cercana al ascetismo cristiano y la que encierra unos valores humanos universales.
1. Responsable
Al hablar de responsabilidad y dominio de sí mismo nos encontramos con una persona que acepta unos valores y se compromete ante los demás y ante sí mismo. En nombre de la opción fundamental la persona libremente responsable impone la coherencia a todas las esferas y relaciones de la personalidad. ¿Cuál fue la respuesta de mosén Sol? Al encontrarnos ante el «beato» mosén Sol habría que enumerar muchas de las opiniones sobre la «santidad» de su vida. Como no es objetivo de nuestro trabajo, nos quedamos con dos de ellas: - Trabajador infatigable. «Temperamento equilibrado, bondadoso, trabajador, infatigable, podemos decir que don Manuel cultivó todas las virtudes por modo extraordinario» (Carta postulatoria). - Nada que reprocharle. Es lo que viene a decir una de las personas más cercanas a don Manuel, Juan Bautista Calatayud: «Aseguro que podría jurar en la presencia de Dios no haber observado jamás en mosén Sol nada desedificante, y sí mucho que alabar» (791).
2. Dueño de sus emociones
El mundo de las emociones no escapa a la responsabilidad. El amor, el temor, la ira, el gozo... pueden motivar respuestas coherentes o incoherentes respecto al proyecto de vida. El mundo de las emociones ¿fue una fuente de responsabilidad o irresponsabilidad en don Manuel? ¿gozó mosén Sol de una afectividad sin problemas? ¿fue un carácter sereno y pacífico por naturaleza? - Don Manuel supo dominar los impulsos de un carácter fuerte como nos dice su primer biógrafo, don Antonio Torres: «Uno de los más ordinarios ejercicios de mortificación de don Manuel era el de refrenar la natural vehemencia de su carácter, propenso a impacientarse e irritarse» (625). - Por supuesto que dominaba la rebeldía de las pasiones. «Fue su vida un batallar constante, y con la ayuda de la gracia divina un continuo triunfo sobre las rebeldías de sus pasiones, los movimientos de su corazón, las vehemencias de su carácter impetuoso y fácilmente irritable» (601). - Y hasta la legitima curiosidad controlaba don Manuel: «Mi muy apreciable y buena madre Escolástica: He recibido hoy la suya. He tenido la carta en mis manos las tres horas que ha durado la operación, haciendo al Señor el sacrificio de no leerla. ¡Tenía tantas ganas de abrirla!» (626).
3. ¿Siempre dominó sus emociones?
En el capítulo de los defectos transcribimos algunas frases y gestos donde aparece el carácter «fuerte» de don Manuel. ¿Cómo coordinar el espíritu paternal, humor constante, bondad sin límites, con ese «carácter impetuoso, fácilmente irritable»? En mosén Sol como en san Francisco de Sales triunfó la gracia y la educación sobre los defectos del carácter «fuerte», propenso a la agresividad. Una personalidad entusiasta, fogosa, con un criterio bien definido, tajante, tendrá que dominarse mucho para no explotar con frecuencia ante las deficiencias ajenas. Consta que mosén Sol era de un criterio que no estaba dispuesto a tolerar medias tintas. Algunas frases aparecen desconcertantes: - «Si la Hermandad no había de cumplir con su fin, que desaparezca y venga otro instituto más fiel!» (776). - «Si habían de salir de nuestros planteles como salían antes, que Jesús envíe rayos y abrase todos nuestros Colegios» (585). - «Nadie hay tan desgraciado como un sacerdote que no sea santo. Más le valdría no haber llegado al sacerdocio» (584). «No entréis para sólo seguir la carrera. Más vale ser carbonero» (585).
Se dan caracteres fuertes inaguantables. La menor ofensa basta para desencadenar la tormenta. Don Manuel supo dominar su carácter fuerte en situaciones un tanto difíciles:
Le vierten aceite y estropean el manteo en un jueves santo. No se altera. Otro día es la sopera hirviendo en la sotana. Sólo una leve queja: «¡Ay xiquet, xiquet!» (625). - «Uno de los más ordinarios ejercicios de mortificación de don Manuel, era el de refrenar la natural vehemencia de su carácter, propenso a impacientarse e irritarse» (625).
Con espontaneidad expresa mosén Sol sus movimientos «primarios», los primeros sentimientos propios de un carácter «fuerte». Así sobre la fundación de Roma, que puso a prueba su paciencia y autocontrol, escribía: «Si tuviera que dejarme llevar de los ímpetus de mi corazón, hoy mismo marchaba a Roma, daba un puntapié al edificio de Condotti, y me ponía en un albergue con los colegiales» (355). «A seguir mis deseos, hubiera dado por establecido el Colegio, yéndome yo a España a sublevar a los obispos» (350).
Los impulsos vehementes, sin embargo, pronto eran refrenados por su amor responsable. Como ejemplo, a propósito del Colegio de Valencia escribe: «Hubo momentos que estaba a punto de ser infiel a la gracia, queriéndome enfadar y vengarme; pero al fin... miré a Jesús y me avergoncé de mi falta de fe y de constancia» (621). «Las grandes tribulaciones y persecuciones contra la Obra en Roma, Valencia, Murcia, etc. etc., no han llegado a perturbar mi ánimo, ni menos me han inquietado el espíritu con aversión ninguna a las personas» (626).
Ante el dolor, era mayor su control. La serenidad ante el dentista en una extracción muy dolorosa. Tal fue la admiración del odontólogo que colgó el sillón en el techo para edificación y recuerdo (619). Por austeridad no usaba mosquitera. Le bastaban las pastillas Zampironi. Una noche, don Juan Estruel las puso en sitio distinto del acostumbrado: «No acertó a encontrarlas, y a pesar de que sabía que no le era posible conciliar el sueño por lo mucho que le desazonaban los mosquitos, prefirió pasar mala noche antes que despertarme» (618).
4. Control sobre el «ego» (humildad)
Estamos ante el área más difícil del amor auténtico a sí mismo y uno de los cometidos de la libertad responsable. Antonio Torres dedica un capítulo de su biografía a la humildad en don Manuel (603-615). A lo largo de su vida, mosén Sol supo abrazar toda verdad, aun la molesta, mantenerse sereno ante las ofensas, permanecer tranquilo en los fracasos y humillaciones y no resistir ante lo imposible. Resumo algunos textos seleccionados: — Don Manuel rehusaba todo lo que pudiera parecer derecho de superioridad, obligación de servirle. Jamás tocaba la campanilla para que acudiera el fámulo: arreglaba él su habitación y vertía las aguas (603).
Cuando hablaban de él en su presencia cortaba la conversación y ponía rostro severo. Al ver un cuadro suyo dijo: Este no soy yo. Y con una excusa lo quitó (604). Cuando ponderaban sus empresas decía que nada había hecho sino trastornar los planes de la providencia (605).
«Y, aun a riesgo de que no se me crea, quisiera eludir la dirección de la Obra, ser sustituido por los que con el tiempo, y estoy con-vencidísimo, lo harán mejor que yo» (612).
Le sorprendieron diciendo con las manos cruzadas e inclinada la cabeza: «No, no me espantan mis pecados, sino el peso de los beneficios de Dios» (608).
A sus pecados atribuía los reveses en las empresas, contradicciones y desgracias: «Mis pecados me impiden que Jesús me acabe de enviar los operarios que necesito» (611).
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Coherente con un proyecto
La personalidad requiere ante todo la plenitud armónica, integrada y organizada, de facultades y valores en orden a conseguir una opción fundamental. El hombre con personalidad logra integrar los valores de temperamento y carácter de manera independiente en su pensar, sentir y querer. En este contexto de plenitud integrada, surgen los valores y virtudes de la personalidad en las diversas áreas: intelectual, impulsiva, afectiva, volitiva, ética y social.
Los capítulos anteriores han expuesto cómo las diversas esferas de la personalidad de don Manuel estuvieron al servicio de su proyecto de vida. ¿Cómo vivió mosén Sol la coherencia en las tendencias relacionadas con el comer, el sexo y el placer?
1. En la comida, bebida y descanso
Don Manuel era una persona «normal». En efecto, como cualquier persona, comía y bebía. Recoge J. M.ª Javierre la «tentación del agua»: «Agua, en verano me apasiona» [1]. El beato mosén Sol cuenta cómo era su vida en alguna temporada en Roma: «Como le dije en mi anterior, nos damos buena vida: pasear, rezar y comer; aunque en esto de comer, nos hemos de contentar con la fritata de huevo todos los viernes y sábados. En cambio tenemos muy buena agua, abundante y fresca» (330).
«Cuando se hallaba en Tortosa tomaba parte en la recreación y luego dormía todos los días una breve siesta» (764).
Los veranos, en especial sus últimos años, debido al calor se alborotaban los nervios y se imponían las vacaciones en Benicásim. Allí echaba sus partidas al dominó, invitaba a horchata, se daba sus buenos baños.
Aunque por naturaleza tendía a comer y beber, mosén Sol manifestó desde seminarista su responsabilidad coherente con la ascética cristiana: - Obsequios a María, mayo de 1854: «Dejarse un plato o parte de él» (14). - Ejercicios de preparación para el sacerdocio: «Por tanto resuelvo: no comer ni beber sino por necesidad. Privarme de toda bebida que no sea necesaria» (17-18). - Propósitos de los ejercicios de sus últimos años: «Ayuno, dos días cada semana. Comida: privarse de todo lo muy grato y tomar de todo con parsimonia. Tampoco tengo afecto permanente a comida, bebida, fuera de las inmortificaciones o infidelidades, v.gr., agua en verano que tengo pasión» (616). - «Basura que me sirviesen tomaría» (617). - «Al reconvenirle sus hermanos porque no dormía, contestábales que las horas del sueño eran las que más le dolían» (45). «Siempre era escaso el tiempo que dedicaba al sueño. Y en los últimos años de su vida, andaba con escrúpulos de que fuese excesivo» (617).
Exigente consigo mismo pero muy humano con los demás. Aconsejaba a don Benjamín: «Fiebrecillas de usted. No me hacen gracia. Más que calor y cansancio, es miseria... Si conviene, váyase un par de días a Albano u otra parte a respirar aires más puros y a comer quesos y salchichón: que el caldo de ternera no es bastante» (809).
2. Castidad y austeridad
Mosén Sol poseía un carácter ardiente y mantuvo contacto con un sinfín de mujeres. ¿No tuvo tentaciones? ¿alguna crítica? ¿qué sentía él mismo? - Propósitos de ejercicios: «Pureza, apartar amabilidades, miradas, afectos tiernos, palabras cariñosas, tener prontitud en rehuir el afecto de las personas de uno u otro sexo. Para arrancar el afecto sensible... sobre todo de diferente sexo, no desear la compañía de amigos, ni sentir su separación. Puesto que no sólo he de evitar el pecado, sino la ocasión de él, insistiré fortiter et constanter en vigilar sobre la vista y afectos humanos de personas» (627). Y manifiesta la clave: «Romper para siempre y en todas ocasiones, como tributo a Jesús, todo afecto sensible a personas de diferente sexo» (627). - «¡Débiles somos: pero, Jesús mío, he oído tu voz! ¡no he sentido amores profanos!» (627). «Solo el imaginar posibilidades me remuerde» (626). - Y el mismo don Manuel cuenta una anécdota: «Dos distinguidas y elegantes cortesanas me siguieron cuando yo me retiraba a casa. ¡Pobres y desdichadas criaturas! Mucho las he encomendado a Jesús. Y, gracias a Jesús, que estuve tan soso, pues ¡llevaba un malhumor yo al venir del padre Martín!» (629).
Comenta J. Mª Javierre sobre las tentaciones en esta materia: «Fue tan 'mirado', decían en Tortosa, tan cuidadoso, que nunca murmuraron sobre tal tema contra él. Nunca, ni una palabra: y trató mujeres a miles. Al abogado del diablo le costaba convencerse» [2]. Resume don Antonio Torres: «¡Qué vigilancia tan constante ejerció sobre sí mismo y qué precauciones tomaba para evitar el más mínimo contagio! Llevaba de continuo recogida la mirada y regulaba con la más exquisita modestia los movimientos todos y las actitudes de su cuerpo. Fue particularmente remirado, precavido y escrupuloso en sus relaciones con mujeres» (626).
La libertad responsable también afronta el dominio sobre el impulso de conservación física para no caer en la pereza o en la comodidad que rompe con los valores del evangelio. Aquí la libertad responsable adopta el nombre de austeridad y pobreza. Son virtudes que entran plenamente en el área ascética. Para completar el cuadro, valgan algunos textos más significativos: - Estos propósitos son de don Manuel: «Conozco que para mantener el espíritu eclesiástico, esto es, la modestia, es necesario estar desprendido de todo, no tener apego a muebles y vestidos; (por lo tanto) procuraré, con anuencia de mi director, en las festividades principales quedarme sin nada» (18). - Esta presentación de don Manuel es de su primer biógrafo, don Antonio Torres: «Rico por su casa y patrimonio, vivió siempre despegado de todo afán de poseer y rehuyó toda suerte de regalos y comodidades para su persona. Dio cuanto poseía. Se satisfizo con tener pobre mesa y cama. En su trabajo, habitación, en los muebles y utensilios de ella, en sus costumbres y trato personal, resplandecía una sencillez y modestia franciscana» (864).
Sobre el dominio de sí mismo don Manuel reflexionaba y hacía propósitos continuamente en los ejercicios de seminarista: - «Por los claustros no esforzar la voz. En los actos de comunidad ni fuera de ellos, no hacer gestos, ni proferir palabras inoportunas, sino guardar una gravedad completa en todas las cosas. No levantar la vista, ni hablar sin necesidad. Tener presente siempre el age quod agís (17, ejercicios para el diaconado). - «Ser puntual en la oración. Recogimiento de los sentidos. Mortificación de la vista. Estar algunos ratos sin recostarme en la silla» (20, obsequios a María). - «Callar en todo enfado. Hablar despacio y con mansedumbre. Sufrir desatenciones. Paciencia con monjas, devotas» (620, propósitos de ejercicios).
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