Escritos del Beato Manuel Domingo y Sol - Cartas Volumen 23
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El Beato
Manuel Domingo y Sol
y los jóvenes


por Jesús Rico García

Cuadernos Mosén Sol
6

Tortosa
1993


Contenido





Presentación
Opción por los jóvenes
Obras de apostolado
Características de la pastoral juvenil en Mosén Sol
La Hermandad y los jóvenes
Apóstol de las vocaciones
Un auténtico padre espiritual
Conclusión


Presentación




   El concilio Vaticano II pidió a los institutos religiosos una doble fidelidad: la fidelidad a su carisma original y la fidelidad a las necesidades del momento histórico concreto. La primera sin la segunda supondría un estéril ejercicio de arqueología institucional, y la segunda sin la primera, una aséptica funcionalidad sin identidad carismática eclesial.
   En esta doble fidelidad puede leerse el compromiso de la Asamblea XVII de la Hermandad: «Ahora que el reto de los jóvenes se hace cada vez más urgente, quiere revitalizar su segundo objetivo y llevarlo a cabo con un nuevo ardor, con nuevos métodos y con nuevas experiencias», y elaborar, en consecuencia, un proyecto de pastoral juvenil.
   En este nuevo Cuaderno Mosén Sol, «El beato Manuel Domingo y Sol y los jóvenes», Jesús Rico, rector del aspirantado «Maestro Avila» de Salamanca (España) y miembro del equipo de pastoral juvenil de la Hermandad en la delegación de España, nos acerca a esa real preocupación de don Manuel por el mundo de los jóvenes y su interés por la continuidad, por parte de la Hermandad, de su obra con la juventud.
   Se quiera o no, y al margen de fáciles halagos engañosos, los jóvenes representan en el tejido social siempre «lo nuevo», aunque esa novedad no coincida con lo que los distintos sectores sociales y eclesiales desearían como «novedad»; son nuevos valores, nuevas pautas de comportamiento, nuevos modelos y marcos de referencia, nuevo lenguaje... Ninguna generación reproduce exactamente la anterior, aunque los partidarios del «nihil novum sub sole» opinen lo contrario. Y a toda institución social (laica o religiosa) le supone siempre un esfuerzo extra «enganchar» con estos nuevos sujetos y trasmitirles sus mensajes, sus valores y sus visiones de la realidad. La actual apatía y desinterés de los jóvenes hacia las instituciones, que reflejan los estudios realizados, son buena prueba de ello.

   Por eso está bien recordar que son necesarios «un nuevo ardor, nuevos métodos
y nuevas expresiones». Sólo quien esté dispuesto a ser siempre nuevo podrá aceptar y vivir la novedad. Porque le es posible al cristiano «nacer de nuevo»... volver a entrar en el vientre de su madre.
   Los jóvenes hoy (quizá siempre) necesitan compañeros, pero también padres, hermanos, maestros. Un reto para la Iglesia, en general, y para la Hermandad, en concreto. Pero no un reto que nos encuentre desarbolados y sin raíces. Las actitudes fundamentales, el espíritu, la razón de la tarea y su sentido ya están en don Manuel. Nuestra fidelidad a él y a su obra nos exige re-novarlos y renovarnos.
FRANCISCO PÉREZ MIGUEL

1
Opción por los jóvenes




   Uno de los retos más importantes que tiene planteada nuestra Iglesia es la evangelización de los jóvenes. Por eso, la pastoral juvenil no puede ser concebida como algo parcial o marginal dentro de la pastoral de conjunto. Hoy se ha convertido en una de las prioridades en la mayoría de las Iglesias locales. «Esto implica atención preferente en el trabajo pastoral, subordinación de otras tareas y objetivos, dedicación prioritaria de mayores esfuerzos, cauces pastorales más eficaces, sacerdotes y educadores dedicados a este quehacer» [1].
   Esta urgencia de la Iglesia de hoy ya la sintió don Manuel en su tiempo. Se dio cuenta, asimismo, de que era necesario hacer una opción en su trabajo pastoral, y esa opción fueron los jóvenes. Pasados los años afirma:

«Mucho ha sido mi amor a la juventud. Desde el día en que, recién ordenado, se me colocó en el instituto, como profesor y como secretario, he tenido interés por la juventud varonil. Aunque no hubiera sido por mi natural afecto, la experiencia de la importancia que tiene este campo, los resultados de la gloria de Dios y el bien de la sociedad, y por lo tanto el bien de la juventud, serían bastante motivo para mirarla con predilección» [2].

   El ministerio catequético, ejercido por don Manuel en los primeros años de sacerdocio, le ayudó a darse cuenta de la importancia del apostolado juvenil. Sobre lo que supuso este trabajo, y la dedicación y esmero que puso en él, su primer biógrafo, don Antonio Torres, nos narra lo siguiente: «La primera obra de celo en que se ejercitó y por virtud de la cual nació en él una santa afición a fomentar otras muchas, fue la enseñanza del catecismo, que le puso en providencial contacto con el alma de los niños y de los jóvenes, y le fue ocasión de erigirse en director de espíritus». Más adelante sobre el mismo tema afirma: «Tan a pecho tomaba y tan por lo serio don Manuel la práctica de la enseñanza del catecismo, que entre sus papeles forman verdadero montón los destinados a preparar explicaciones de cada día, y no en simple apunte, sino por extenso y minuciosamente. Escribía hasta las advertencias que por razones muy particulares quería hacer a sus catecúmenos» [3].
   Poco a poco Mosén Sol fue madurando su opción por la juventud, hasta convertirse en algo prioritario y central en su vida apostólica.

«El salvar a la juventud ha sido por muchos años mi sueño dorado. Creo que para realizarlo he puesto más trabajos y desvelos que por la misma Hermandad» [4].

   El apostolado con los jóvenes será la clave en la que leerá toda su actividad pastoral. Aspiraba «a formar una gran red que arrastre a las juventudes de todos los pueblos de España» [5]. Don Manuel cree y confía en la juventud; por eso no la utiliza, ni se sirve de ella, sino que sirve a la juventud y le da el protagonismo que le corresponde. Su trabajo con los jóvenes podría resumirse en cuatro puntos o. dicho de otra manera, cuatro opciones que configuran su pastoral juvenil: presencia en el mundo de los jóvenes; protagonismo de éstos en la comunidad cristiana; una educación integral en la fe. e interés por lograr una pastoral juvenil coordinada. Con el lenguaje de su tiempo, Mosén Sol sintetiza lo que quería ser su pastoral de la juventud con estas palabras:

«El trabajo por la juventud seglar es una vocación apostólica, espinosa, pero de resultados de máxima gloria de Dios. Para que las contradicciones del enemigo no engendren cansancios y fastidio y no hagan abandonar este apostolado, es preciso tener presente: a) que más que trabajar, se ha de pedir a Jesús la gracia de hacer trabajar, que es el máximo trabajo: b) que el trabajo por la juventud requiere indispensablemente un motor constante que no se pare; c) que, por falta de este motor permanente, se han malogrado gran parte de los trabajos empleados en favor de las juventudes: d) que ha de procurarse y discurrirse ese motor permanente y eficaz que pueda continuar la obra en los pueblos a pesar de la posible tibieza de los directores; e) que, por eso. es preciso formar el cuerpo de preferencia de la sección de colaboradores, el cual recoja a jóvenes u hombres en los que pueda infundirse el amor por el apostolado de la juventud y que forme como una tercera orden para interesarse por los jóvenes. Poco a poco se irá perfeccionando esa pequeña falange de colaboradores» [6].

   Para lograr todo esto, don Manuel puso empeño, dinero, tiempo e ingenio, pero sobre todo amor. El sabe que sólo educa quien ama y que es el amor al joven la única llave que puede abrir hasta las puertas más ocultas de su persona. Por eso, afirma: «Debemos amar a la infancia y a la juventud como Jesús la amó; en esto está verdaderamente el secreto de educarlos y hacerlos felices y buenos» [7].
   La verdadera arqueología -dice Pronzato, refiriéndose a los santos- es la que «hace revivir, resucitar a las personas perdidas. La arqueología más creíble trabaja no sobre el pasado, sino sobre el futuro» [8]. A lo largo de estas páginas contemplaremos a don Manuel mirando al futuro. El supo darse y desvivirse por la juventud. Antes que nosotros ha recorrido el camino, tantas veces arduo, de la pastoral juvenil. Desde su entrega a los jóvenes y desde su enorme trabajo y obras de apostolado con ellos, hoy Mosén Sol nos sirve de modelo e ilumina a tantos animadores que, como él, han optado por los jóvenes, los aman y confían en ellos, y lo hacen desde el seguimiento de Jesús.

2
Obras de apostolado




   Hemos visto cómo don Manuel hizo una opción clara por el trabajo con la juventud. Los primeros pasos de sacerdote los dio en el instituto de Tortosa como profesor y secretario. El mismo afirma:

«Me ocuparé siempre y todos los días de mi vida en esta obra de ser amigo y padre de la juventud, confiando en que entre todos no dejará de haber algunos que correspondan a las inspiraciones de la gracia» [9].

   Prueba de su dedicación, ingenio y esperanza en los jóvenes son las obras de apostolado que mantuvo y creó. Enumeramos algunas de ellas por ser significativas y por la luz que pueda desprenderse para nuestras organizaciones juveniles que tanto trabajo nos cuesta mantener.


1. Juventud católica

   A finales de 1869, don Manuel propone a un grupo de amigos organizar en Tortosa la Juventud católica. Sobre su origen escuchemos al propio don Manuel:

«Se me acercaron entonces dos o tres jóvenes de los que habían sido mis discípulos en el instituto, pidiéndome una organización semejante a la que había iniciado la Juventud católica de Madrid. Consulté con el prelado señor Vilamitjana, que la aprobó, y provoqué una reunión en una casa de la plaza del rastro que servía de escuela de latín, porque el seminario estaba arrebatado por la revolución... Les expuse el pensamiento de constituir la Juventud católica con las bases de la de Madrid y un reglamento particular que allí se empezó a discutir» [10].

   Una de las características en sus trabajos es evitar todo tipo de personalismos; para ello siempre esboza y estudia una especie de proyecto (reglamento) que pueda dar continuidad a la obra. El reglamento que en aquella reunión comenzó a discutirse giraría en torno a los siguientes elementos [11].

Objetivos:

«se instruyan con asiduidad los socios de la misma en los principios de la ciencia y de la fe católica»;

«animarse mutuamente a encender en sus corazones el fuego de la religión»;

* «propagar por todos los medios legítimos y defender con todos los esfuerzos los derechos, preceptos y disposiciones del catolicismo».

   Los objetivos que se propone van dirigidos a la formación, a la cohesión del grupo, a compartir la fe y, finalmente, al testimonio en el ambiente donde los jóvenes se desenvuelven.

Medios:

la lectura de periódicos, folletos, «libros selectos» de moral católica, de historia, de literatura; conferencias privadas y públicas, el asesoramiento de personas cualificadas;

una biblioteca escogida para uso de los asociados;

escuelas nocturnas para obreros y artesanos.

Organización:

   Es curioso observar cómo, a pesar del dirigismo característico de la época, las empresas de Mosén Sol descansan en los mismos jóvenes. La Juventud católica en Tortosa queda constituida con un presidente, vicepresidente, secretario y tres vocales.
   Para entender la seriedad y el nivel de esta asociación, sirvan como dato las conferencias que sobre geología y paleontología se imparten durante el curso de 1880. También en aquel momento la Juventud católica de Tortosa es sensible, si bien con el estilo de la época, al tema del centenario del descubrimiento de América, celebrando el 16 de octubre de 1892 con una velada literaria el cuarto centenario de dicho acontecimiento.
   Durante algún tiempo, las reuniones se celebraban en la casa de Mosén Sol, hasta que se logró un local propio. Sobre los resultados de esta fundación y el clima que se creó entre la Juventud católica de Tortosa, nos dice el propio don Manuel:

«Baste decir que la atmósfera que reinaba cambió por completo; y con veladas, peregrinaciones, funciones religiosas, etc., salvaron la fe» [12].

2. La Congregación de San Luis

   El trabajo en la congregación fue, tal vez, su labor más brillante y fructífera. Fundada en 1866 por los jesuitas del Arrabal de Tortosa, al ser expulsados en 1868 y tras la dirección de la misma durante algunos años por el canónigo don Juan Corominas, don Manuel es nombrado en 1880 director. Al tomar la dirección piensa en un proyecto mucho más amplio. Se propone aunar las diversas congregaciones y «aspirar a una red, que arrastre a la juventud de los pueblos de España» [13]. Para ello funda la revista El Congregante de San Luis. Su primer número sale a la luz en 1881 con 22 páginas. Quiere que sea órgano de expresión de la congregación de Tortosa y lazo de unión entre las que estaban establecidas en la nación. «Hemos publicado una revista -escribía a un primo suyo, misionero en Filipinas- que sea órgano de las congregaciones de San Luis» [14]. Don Manuel quería que fuese la Compañía de Jesús quien publicase la revista, pero ante la negativa de ésta, fue él, respaldado por la Hermandad, quien llevó la empresa a término. Esta revista salió ininterrumpidamente hasta 1897, año en que fue sustituida, con harto pesar de don Manuel que se resistió a ello, por El Correo Interior Josefino, órgano de expresión de los jóvenes que se formaban en los seminarios. En diciembre de 1896 se despedía de la revista con estas palabras:

«Quince años hace que salió a la luz nuestra revista... Podríamos citar no pocas congregaciones que deben su existencia a nuestra revista, otros muchos, a cuya reorganización y aumento de piedad ha contribuido en gran manera; la peregrinación al sepulcro de san Luis... Hoy las circunstancias han cambiado. Las congregaciones de la santísima Virgen han adquirido notable desarrollo. Algunas tienen órgano propio en la prensa...» [15].

   Han sido quince años de una infatigable labor y de ilusiones, proyectadas en El Congregante. Le duele a don Manuel tener que cerrarla pero «los signos de los tiempos» le exigen desprenderse de una obra tan querida para lanzarse por otros derroteros.


3. El gimnasio

   Don Manuel concebía la educación como una tarea integral. Había que llegar a la persona del joven en su totalidad, sin dicotomías. Se da cuenta de la importancia del tiempo libre en la vida del joven y responde a esta necesidad con la fundación del gimnasio o círculo de recreo. Para ello adquiere, en el llamado ensanche del Temple de Tortosa, dos mil setecientos metros cuadrados, donde planta gran cantidad de árboles y lo acomoda para gimnasio. Mosén Sol justifica y concibe esta obra como una respuesta a la evangelización de los jóvenes.

«No se diga que los cuidados de una madre y aun de una asociación puramente piadosa, sin otro entretenimiento que las prácticas de piedad, serían suficiente para sostener a la juventud. El corazón y la experiencia nos dicen lo contrario. Y los que han empleado su celo en bien de la juventud varonil han podido saber cuan difícil ha sido poder conducir a ésta con el solo atractivo de la piedad, y cuan inconstantes han sido los propósitos de los que una vez fueron atraídos» [16].

   El 9 de julio de 1882 pone la primera piedra de lo que sería el nuevo gimnasio, que llegó a tener hasta ciento cincuenta asociados, fundamentalmente estudiantes. El gimnasio constaba de capilla, biblioteca, salas de juego y de representaciones, bar... Estaba concebido como un medio de formación humano-cristiana al servicio de la congregación. Una formación que fomentaba tanto el aspecto cultural y religioso, como el de las relaciones humanas de los jóvenes. Esta idea queda plasmada en el siguiente «reglamento provisional»:

Artículo 1: El gimnasio de los luises es el local destinado a la recreación y honesto esparcimiento de los congregantes de San Luis.
Artículo 2: Es condición indispensable para pertenecer al gimnasio que estén inscritos en la congregación, al menos como aspirantes a ella.
Artículo 3: La junta de la congregación es la que está al frente del gimnasio o círculo y tiene en él iguales atribuciones, bajo la absoluta autoridad del director de la congregación.
Artículo 4: Se establecerán toda clase de juegos y demás medios de recreación, acordándolos antes la junta. Esta indicará además las cantidades que pueden ponerse en cada uno de los juegos, así como también el precio de lo que se crea prudente proveer y expender en el gimnasio.
Artículo 5: La cuota mínima de los asociados al gimnasio es de dos reales mensuales. No obstante, la junta podrá acordar para los que individualmente manifiesten dé palabra o por escrito no poder con esta cuota, la de un real mensual.
Artículo 6: La insolvencia de la cuota respectiva por tres meses consecutivos, indicará darse de baja el insolvente, y no podrá de nuevo ser admitido sin nueva solicitud.
Artículo 7: La junta cuidará de que cada día festivo, o en los que se determine abrir el gimnasio, haya al cuidado de él un individuo de la misma, asociado a uno o más prefectos. Estos están obligados a este turno, no mediando razón para excusarse, que en este caso expondrá al presidente.
Artículo 8: Todos estos cuidarán del orden en el gimnasio, y sus disposiciones serán atendidas, como si fueran emanadas de la junta, pudiendo despedir interinamente a cualquier individuo, si lo creen conveniente, dando después cuenta de sus disposiciones a la junta.
Artículo 9: Se procurará todos los meses una representación teatral, una sección literaria, y habrá una función mensual según el reglamento de la congregación.
Artículo 10: La falta de asistencia por tres veces consecutivas, o cinco al año, a la función religiosa, sin fundar antes la no asistencia al prefecto respectivo, o al presidente, será motivo para la expulsión del gimnasio, y aún de la congregación.
Artículo 11: La tarde de la función religiosa, no se admitirá en el gimnasio a ningún individuo durante el tiempo que dure aquel acto.
Artículo 12: Las composiciones para las secciones literarias, así como también los dramas que se representen, deberán ser antes revisados por el director, o por otro comisionado por el mismo.
Artículo 13: La junta podrá acordar la expulsión temporal o perpetua del gimnasio de cualquier individuo, sin estar obligada a darle explicaciones.
Artículo 14: Los que sean dimitidos, lo mismo que los que dejen de pertenecer voluntariamente al gimnasio, no tendrán derecho a reclamación alguna, respecto de cuota y demás del gimnasio.
Artículo 15: Ningún acuerdo tendrá efecto sin la voluntad y asentimiento del director, el cual es, asimismo, y será el único propietario del gimnasio, y de cuanto a él perteneciere.
Artículo 16: Los aspirantes a la congregación, que, según el reglamento, pueden serlo los que todavía no comulgan, podrán ser admitidos al gimnasio, pero resolviéndose antes por la junta para cada individuo en particular, según su edad y condiciones.
Artículo 17: Los protectores de la congregación, según el reglamento de la misma, podrán pertenecer al gimnasio, satisfaciendo la cuota de los socios efectivos [17].
   Que don Manuel con los suyos haga un reglamento, nos da indicios de que piensa en una obra que tenga continuidad y no esté a merced de los gustos de los que en cada momento la dirigen. El conoce mejor que nadie los vaivenes de los jóvenes y no quiere que en los trabajos reine la improvisación.
   No están pensadas la congregación y el gimnasio como algo cerrado, sin relación con el ambiente en el que el joven vive; por ello Mosén Sol da importancia y anima a los jóvenes a adquirir compromisos: recogida de ropas, visitas a la cárcel, catequesis, etc. En esta línea son de destacar las escuelas nocturnas que se crean para clases bajas y las llamadas escuelas dominicales. También para los obreros funda don Manuel una congregación, llamada Congregación de artesanos. Prefirió que funcionase separada de la de estudiantes, con el mismo reglamento de la de éstos, pero con dos capítulos específicos. El unir ambas congregaciones en una sola pensaba Mosén Sol que no era positivo, ya que el peso que los estudiantes pudiesen tener anularía la participación activa de los jóvenes obreros. Esto le lleva a crear dos grupos, con el fin de que los obreros vean la congregación como algo suyo y no cosa de estudiantes.
   El quería un tipo de joven cristiano comprometido; por eso aspiraba a que de la congregación salieran, «más que de otra parte, tanto las vocaciones eclesiásticas como hombres prácticamente católicos y virtuosos» [18].
   Como conclusión a esta labor de don Manuel citamos unas palabras de uno de sus biógrafos, que resumen de una manera clara lo que fue su trabajo con los jóvenes. «A unos y otros les inculcó inquietudes sociales: quiso que abrieran los ojos a la pobreza de las casuchas de la periferia, los llevó a visitar presos en la cárcel, les adiestró para hablar en público. En realidad Mosén Sol creó con el grupo de jóvenes más capaces una verdadera "escuela de líderes", y me pasma el hallazgo un siglo antes de las nuestras: en ellos pensaba don Manuel apoyar la expansión de otros gimnasios, escuelas nocturnas y dominicales, bibliotecas, publicaciones» [19].
   Tanto la Congregación de San Luis como el gimnasio tienen una clara identidad diocesana, no están concebidos como una asociación o movimiento entre otros, provenientes de instituciones religiosas, sino como vehículo de articulación de la pastoral juvenil de la diócesis. La idea de una pastoral juvenil coordinada fue una constante en el trabajo de don Manuel con los jóvenes, que vio hecha realidad ocho años antes de su muerte en el Apostolado de la juventud de Tortosa, El Protectorado de la juventud y el Gimnasio de los luises. En estos grupos quedan aglutinados todos los movimientos de jóvenes cristianos de Tortosa.


4. Peregrinación a Roma

   Es la empresa más destacada de la congregación y que merece atención especial por lo que supuso como actividad apostólica y por la laboriosidad de su ejecución. Trece años antes (1878) había emprendido don Manuel una empresa similar, ostentando la responsabilidad de la Juventud católica tortosina, en la peregrinación nacional organizada por la Juventud católica de Barcelona [20]. Sin embargo, llevar a Roma quinientos jóvenes no es ninguna broma. Mosén Sol no contaba con agencias de viajes que se lo diesen todo resuelto. En aquella peregrinación veía una oportunidad única para coordinar y organizar sobre unas bases comunes las distintas congregaciones de España. Esta esperanza le mantuvo en las dificultades del viaje y le hizo dar por buenos todos sus esfuerzos. En su mente estaba organizar una especie de asociación que aglutinase todas las congregaciones. Tres años estuvo trabajando duro don Manuel como director de la junta nacional que se había preparado para tal acontecimiento. Por sus cartas sabemos que en esta empresa perdió dinero y energías. «Al señor cura y a los de su santa casa -escribe-, que oren, pues me dice que este último viaje me ha puesto en los 70 años» [21]. Por esa fecha Mosén Sol andaba por los cincuenta y seis. Vencidas muchas dificultades, por fin, el día 13 de septiembre de 1891, medio millar de peregrinos se dan cita en Barcelona y se congregan todos en la iglesia de la Merced para pedir la protección de la Virgen. Al día siguiente, a media mañana, en un tren especial partieron para Roma. Allí estuvieron del 16 al 19 visitando los diversos monumentos de la ciudad.
   En Roma quieren confirmar su fe. Han ido no como turistas, sino como peregrinos. Celebran el tercer centenario de la muerte de san Luis. Corren tiempos difíciles en España, tiempos de postración religiosa. Don Manuel pretende levantar el ánimo de los jóvenes cristianos y sacarlos del complejo de inferioridad en que están sumidos. Los quinientos jóvenes de las diversas congregaciones de España han de tomar conciencia de la importancia de su vocación cristiana. Los objetivos de la peregrinación podrían resumirse en los siguientes:

ofrecer un tributo especial de amor a san Luis;

servir de plataforma para organizar sobre bases comunes una federación de la juventud de España para promover el apostolado;

rendir un homenaje de filial afecto a la santa sede.

   Esta es la finalidad principal de la peregrinación, que don Manuel resume de la siguiente manera:

«Que sea el principio de nuevas bendiciones para las congregaciones de la juventud piadosa de España. Que esta peregrinación sea ocasión de más estrecho lazo entre las mismas, a fin de promover mejor los intereses de la gloria de Dios, a que ellos puedan dedicarse. Que se extienda el reinado de amor de Jesús en la juventud» [22].

   El día 20, en la iglesia de San Ignacio celebran la eucaristía ante el altar donde reposan los restos del san Luis. Allí don Manuel dirigió la palabra y enfervorizó a los peregrinos. Tres días más tarde asisten a la misa del Papa y son recibidos por él.
   El día 27 dejan Roma. Han cumplido con creces los objetivos del viaje. En el centro del candelabro de plata de cinco brazos, donado a la iglesia de San Ignacio, quedan los nombres de los miles de donantes que habían colaborado a costearlo y el testimonio de la apasionante aventura cristiana de los «luises» de España.

3
Características de la pastoral juvenil en Mosén Sol




   Expongo brevemente los rasgos más característicos que se desprenden de las respuestas pastorales que Mosén Sol ofrece a los jóvenes de su tiempo. Ellas, a su vez, reflejan el talante y la sensibilidad pastoral de don Manuel.


1. Encarnarse

   Una de las características de don Manuel en su trabajo con los jóvenes es la cercanía. Entra en su mundo, en su historia, en sus problemas. Ellos son su único interés. Los acepta, confía en ellos. Es admirable ver cómo Mosén Sol no se deja vencer por los resultados. Se da a fondo perdido, sin fijar plazos. Al final de su vida llega a afirmar:

«He tenido amor a la juventud. Y no sólo por afecto, sino que he visto los resultados. Tengo suma complacencia en estar en medio de vosotros. La juventud es mi ideal» [23].

   Mosén Sol está en medio de los jóvenes, pero su presencia no es una presencia cualquiera. El está en el ambiente de los jóvenes como testigo y como maestro. El beato Manuel Domingo y Sol cree de corazón en el evangelio de Jesucristo y tiene experiencia personal de su fuerza liberadora; por eso puede evangelizar, «porque para evangelizar de verdad hay que "reproducir" la experiencia de Jesús que es el primer auténtico evangelizador del mundo» [24]. El es ante todo un testigo, que comunica a los jóvenes «lo que ha visto y oído» (1 Jn 1, 1-2), pero a la vez es maestro. Su historia y su madurez pueden sostener con serenidad los altibajos a los que la vida somete el crecimiento de la fe de los jóvenes. El diálogo personal, el acompañamiento espiritual, fue uno de los servicios más característicos que don Manuel prestó a la juventud. Testigo y maestro. Así ven los jóvenes a don Manuel. En él se hacen realidad las palabras de Pablo VI: «El hombre contemporáneo escucha más a gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan, o si escucha a los que enseñan es porque dan testimonio» [25]. Un modo importante de su testimonio fue su presencia constante entre los jóvenes. Está convencido, y así se lo inculcará a sus operarios, de «que la educación no es labor de tormenta o torbellino, sino de lluvia suave, que cala, empapa, fecunda y transforma. Cree en el contagio y la osmosis más que en los truenos y relámpagos de amenazas y castigos» [26].


2. Una pastoral coordinada

   El coordinar las distintas iniciativas de pastoral juvenil, tanto a nivel diocesano como nacional, fue una de las obsesiones de Mosén Sol y una de las constantes de todas sus empresas. La creación de El Congregante de San Luis y la peregrinación a Roma son un exponente claro de esta preocupación. Quería evitar uno de los peligros constantes hasta nuestros días en la pastoral con jóvenes: el «personalismo» y el «ensayismo». Aún hoy son dos peligros reconocidos en la Iglesia en España: «A pesar de los esfuerzos realizados se echa todavía de menos la existencia de una pastoral de juventud programada y coordinada. Coexisten en las diócesis líneas muy divergentes, de modo que no se puede hablar de pastoral de juventud, sino de pastorales de juventud. A nivel diocesano es escasa la coordinación entre los diferentes departamentos y delegaciones, que de una u otra manera, inciden en los jóvenes. Y esta falta de coordinación se traduce, muchas veces, en diferentes planteamientos» [27]. Don Manuel era consciente de que las personas desaparecen y permanecen los proyectos. En esta línea, la pastoral juvenil que promueve tiene como nota distintiva la diocesaneidad. No crea ningún movimiento aparte o asociación propia, trabaja en el ámbito de su Iglesia local de Tortosa, no pretende nada para él, sino trabajar con los jóvenes y desde los jóvenes en la construcción del Reino. Aunque no emplea el término «pastoral de conjunto», sí entendió que «es muy importante que los diferentes movimientos, asociaciones y comunidades eclesiales, que trabajan con los jóvenes, fortalezcan la pastoral de juventud en su conjunto, en su globalidad e integralidad haciéndose partícipes de la pastoral de conjunto de cada diócesis» [28]. Este rasgo de capital importancia lo captó perfectamente don Manuel y trabajó para que los diversos grupos de las distintas parroquias o asociaciones de la diócesis pudiesen asociarse y coordinarse.


3. Los jóvenes, apóstoles de los jóvenes

   «Los jóvenes deben ser apóstoles» [29], repetía constantemente don Manuel. Por su talante, y fruto de su convicción, piensa que han de ser los mismos jóvenes los protagonistas de la misión de la Iglesia en el mundo. Sus obras, si bien él está detrás animando y asesorando, descansan en los mismos jóvenes. Le duele que no sean testigos entre sus compañeros. Evitará en su trabajo con ellos quedarse y potenciar meramente lo afectivo, da una gran importancia a la formación cristiana, científica, etc., evita construir grupos cerrados en sí mismos, intimistas e inoperantes con temor a dar la cara. Uno de los nervios de su apostolado, como hemos visto en sus obras, son los compromisos apostólicos que logra que los jóvenes vayan adquiriendo a lo largo de su proceso de fe (cárcel, alfabetización, catequesis, recogida de ropa, etc.). No tiene miedo a acercar a los jóvenes a esas necesidades. Sabe, por experiencia, que son mediaciones privilegiadas para el encuentro con el Señor y el fortalecimiento de la fe. Está convencido de lo que, años más tarde, nos recordará el concilio Vaticano II: «Los jóvenes, deben convertirse en los primeros apóstoles de los jóvenes, ejerciendo el apostolado personal entre sus propios compañeros, habida cuenta del medio social en que viven» [30]. A esto les anima múltiples veces en sus pláticas y en el diálogo personal.
   En aquellos momentos de excesiva clericalización de la estructura eclesial era difícil entender que los jóvenes reclamasen «protagonismo» en la Iglesia, pero más raro era concedérselo. Don Manuel lo entendió y se lo dio. «Con los jóvenes -decía-, más que trabajar, es preciso hacerles trabajar, que es el máximo trabajo» [31]. Este era su lema y lo que él practicó. Práctica en la que todavía hoy hay muchos pasos que dar, porque «admitir el protagonismo de los jóvenes en la Iglesia lleva consigo una serie de actitudes y compromisos para toda la comunidad. Adoptar una actitud de escucha atenta de la cultura, costumbres, psicología de los jóvenes; que se construya "desde" ellos y "con" ellos y no solo "para" ellos» [32]. Esto llevará necesariamente a nuestras comunidades a buscar canales eficaces que garanticen la participación de los jóvenes, dado el marcado carácter educativo que ésta tiene en la pastoral de dicha etapa [33].
   Todos estos planteamientos que hoy, al menos teóricamente, parecen claros, don Manuel los intuyó en su tiempo. De hecho, tanto en la Congregación de San Luis como en el gimnasio, los jóvenes no se sentían como «invitados», sino miembros activos, en su propia casa.


4. Educación integral

   Don Manuel no concebía la educación en la fe de los jóvenes como un «añadido» o complemento a todo lo que el joven recibe en otras instancias. Mosén Sol, con la creación del gimnasio, pretendía poner en movimiento las potencialidades que el joven lleva dentro de sí: inteligencia, afectividad, dimensión social... En el gimnasio se conjuga el tiempo libre, la discusión sobre temas de formación, la sensibilidad por la problemática social que en aquellos momentos está viviendo España, la experiencia de fe, etc. Don Manuel no cree que primero haya que hacer hombres y después cristianos, sino que intuyó que la fe en Jesús, la opción por su persona, unifica la vida del cristiano. Es lo que después hemos llamado integración fe-vida. Intenta, sin desprenderse de la mentalidad de su época, que el joven realice su vida desde la fe. Esto sigue siendo una de las asignaturas pendientes en nuestra pedagogía de la fe. No logramos llevar a la práctica el proceso de Emaús que maravillosamente nos describe san Lucas. Nos queda mucho por recorrer para poder afirmar que en nuestra catequesis es asumida con seriedad la vida de los jóvenes, que es una catequesis de la experiencia. Porque no podemos olvidar que el proyecto del joven «será creyente en la medida en que la fe sea percibida como un camino hacia la felicidad, como dinamizadora y potenciadora de la vida. Y no como algo que disminuya o aminore las posibilidades de ésta» [34].
   Antes de terminar, creo que es importante destacar la importancia que don Manuel da a la experiencia de grupo. Descubrió las posibilidades que éste ofrece para la educación en la fe, por lo que se esfuerza en crear un clima de familia en los ambientes juveniles. El talante de cercanía, cariño y comprensión fue uno de sus rasgos que, posteriormente, pedirá a sus operarios en el trabajo.

4
La Hermandad y los jóvenes




   Don Manuel quería que su labor con la juventud se prolongase y tuviese continuidad. Le dio vueltas a la idea y se propuso juntar a un grupo de sacerdotes para que trabajasen con los jóvenes y extendiesen las congregaciones y gimnasios. Así se expresaba el 6 de marzo del año 1883 en una carta dirigida al arzobispo de Tarragona:

«Mi queridísimo padre y prelado: Un objeto especial me obliga a escribirle hoy, para exponerle un asunto que hace muchísimo tiempo, y hasta años, que bulle en mi ardiente cabeza, y me agita, y no me deja tampoco en los momentos de calma ante el Señor, y de día en día más... El estado de la juventud varonil, generalmente menos atendida que la femenil, y más necesitada, y sobre todo el fomento de las vocaciones eclesiásticas y religiosas... Me impulso constantemente a ensayar una "unión" de unos pocos padres sacerdotes operarios, dedicados exclusivamente al fomento de la piedad de los jóvenes por medio del establecimiento de las congregaciones y gimnasios y el desarrollo y sostenimiento, bajo la protección y la anuencia de los prelados de las vocaciones eclesiásticas y apostólicas, y todo bajo la divisa del amor y culto al Corazón de Jesús, descuidado también» [35].

   En el proyecto que presentó al padre Vigordán y al obispo Aznar y Pueyo, titulado «Fomento de las vocaciones eclesiásticas», declara en la exposición del mismo lo siguiente:

«Entre las necesidades de la diócesis, una muy especial es la de atender a la formación de la juventud varonil, siempre más descuidada que la femenil. Las congregaciones de San Luis, insuficientes para lograr tal fin, por falta de impulso permanente... Por tanto se proyecta y ensaya una "Hermandad de sacerdotes operarios diocesanos", que teniendo por distintivo el amor al Corazón de Jesús y la propaganda de su culto, se consagre con preferencia al fomento de la piedad en los jóvenes, por medio de las congregaciones y gimnasios y particularmente al sostenimiento de las vocaciones eclesiásticas» [36].

   Sobre este mismo tema, en el mes de junio de ese año, aparece en la revista El Congregante de San Luis un artículo de don Manuel donde insiste en la necesidad de atender a los jóvenes y en la urgencia de descubrir la forma de que esta atención sea continuada.

«Las congregaciones de jóvenes de San Luis han ido desapareciendo por falta de cuidado, de uniformidad y de un lazo entre ellas que las hermanara. La revista de San Luis quiso cumplir en parte esta falta de unión que se dejaba sentir. Esto, sin embargo, no es bastante para dar vigor y sostener las congregaciones de jóvenes. El cambio de un director y otras mil circunstancias imprevistas, son a veces suficientes para paralizar la marcha de una congregación. Necesitan, pues, las congregaciones de otro medio permanente de sostenerlas» [37].

   Junto a esta necesidad don Manuel vuelve a insistir en la urgencia, cada vez mayor, de vocaciones eclesiásticas.
   Por fin, Mosén Sol encuentra tres sacerdotes amigos que secunden su idea y, superadas ciertas dificultades, se reúnen en el Desierto de las Palmas para redactar las Bases permanentes y Reglas provisionales de la Hermandad. «Resolvieron que los "objetos constantes" de la misma serían el fomento de la piedad de los jóvenes por medio del establecimiento de las congregaciones de San Luis, el desarrollo y sostenimiento de las vocaciones eclesiásticas y apostólicas, y la extensión del culto de amor y reparación al Corazón de Jesús, principalmente en el sacramento de su amor» [38].
   Dos años más tarde, en las discusiones que el primer grupo de operarios tienen a finales de 1885 sobre la Obra (Hermandad) «acuerdan reformar, cuando se establecieran las normas definitivas, el preámbulo de los objetivos de la Hermandad, de modo que aparezca como objeto principalísimo de la Obra, sobre todos los demás, el fomento de las vocaciones eclesiásticas, religiosas y apostólicas» [39]. Por eso, en las Constituciones de la Hermandad los objetivos de la misma quedan reflejados de la siguiente manera:

El fomento, sostenimiento y cuidado de las vocaciones eclesiásticas, religiosas y apostólicas.

El fomento de la piedad en la juventud.

El aumento de la devoción y espíritu de reparación al Corazón de Jesús, principalmente en el sacramento de su amor [40].

   Como vemos, aunque la necesidad apremiante de vocaciones que existía en la Iglesia de su tiempo lleva a don Manuel y a los mismos operarios a desplegar y centrarse, casi exclusivamente, en el primer objetivo, «el cultivo de la piedad de los jóvenes» es considerado, desde el primer momento como una de las dedicaciones «preferentes» de los operarios. Por ello, la Hermandad, en la Asamblea XVIII, quiere responder a una de las urgencias de este momento eclesial, recuperando este objetivo. «La Hermandad -nos dice- respondiendo a su primer objetivo, impulsó en la Asamblea XVII su proyecto de pastoral vocacional. Ahora que el reto de los jóvenes se hace cada vez más urgente, quiere revitalizar su segundo objetivo y llevarlo a cabo con nuevo ardor, con nuevos métodos y con nuevas expresiones. Por eso, se compromete a desarrollar durante el próximo sexenio ese objetivo, a saber: la pastoral juvenil» [41]. Con esto no ignora la importancia del primer objetivo, sino que tiene en cuenta algo que, con ser evidente, no siempre ha estado presente en nuestros trabajos: la relación existente entre pastoral juvenil y pastoral vocacional, que más adelante abordaremos.
   Como concreción de su segundo objetivo, la Hermandad está presente en diversos ámbitos de pastoral juvenil e intenta responder a sus necesidades con el talante y entusiasmo de su fundador. A continuación destacamos alguna de las tareas más significativas que se están realizando en este campo.

Colegios

   La Iglesia en su misión evangelizadora ha comprendido siempre y sobre todo en los últimos años que uno de los problemas más serios que está condicionando la proclamación de la buena noticia es la evangelización de la cultura. Problema que afecta a todas las acciones de la Iglesia y a todos los sectores y ámbitos de la misma. «La ruptura entre el evangelio y la cultura es, sin duda alguna, el drama de nuestro tiempo» [42]. Dentro de esta gran tarea eclesial, uno de los aspectos fundamentales es la educación cristiana de la juventud, donde la escuela tiene un papel decisivo. Así lo afirma el concilio Vaticano II:

«Entre todos los medios de educación, tiene especial importancia la escuela, la cual, en virtud de su misión, a la vez que cultiva, con asiduo cuidado, las facultades intelectuales, desarrolla la capacidad de recto juicio, introduce en el patrimonio de la cultura conquistado por generaciones pasadas, promueve el sentido de los valores, prepara para la vida profesional y fomenta el trato amistoso entre los alumnos de diversa índole y condición, contribuyendo a la mutua comprensión» [43].

   Lo específico de la escuela respecto a otras plataformas educativas (familia, ambiente social, etc.) es que en ella se desarrolla una transmisión sistemática, orgánica y crítica de la cultura. A pesar de la actualmente comentada crisis de la escuela y de su capacidad para educar, la Iglesia ha reconocido a ésta como uno de los ámbitos importantes y una exigencia concreta de su misión evangelizadora. En esta misma línea la Asamblea XVIII de la Hermandad reconoce y «valora el trabajo de los colegios en cuanto garantizan el ser centros de formación humano-cristiana, apostólica y vocacional» [44].
   Después de todo lo visto sobre el talante de Mosén Sol con los jóvenes y del análisis de sus obras, cabe preguntarnos cuál sería la nota distintiva de los colegios de los operarios. Sin duda que el clima de fraternidad (hermandad) y su dimensión orientadora (vocacional) son las dos características que más deben destacar en los Colegios de la Hermandad.
   El clima de fraternidad es algo que los operarios, desde un principio, se propusieron como objetivo fundamental a crear en sus centros. El mismo don Manuel, hablando de sus colegios, afirma:

"Esta es una casa como de familia, en la que los que guían lo hacen por amor y por cariño; y los que vienen aquí deben estar poseídos de un compañerismo fraternal» [45].

   El clima de fraternidad es, por tanto, una de las características definitorias de los colegios de la Hermandad. Característica que se ha de manifestar, en primer lugar, en el equipo que dirige el centro y extenderse posteriormente a todas las demás personas que colaboran en la acción educativa, de modo que se llegue a crear ese ambiente de familia por el que suspiraba el beato Manuel Domingo y Sol.
   La dimensión orientadora (vocacional) ha de ser la nota distintiva de todos los trabajos del operario y sobre todo con jóvenes. Debe ayudarles a descubrir los valores y posibilidades personales, como llamada a su compromiso de vida. Por eso esta dimensión obligará a un centro educativo a que la organización en todos sus aspectos manifieste esta función orientadora (proyecto educativo, proyecto curricular del centro, etc.). Un trabajo en esta línea ayuda al alumno tanto a desarrollar sus cualidades personales, como a tener una opción vocacional clara de acuerdo con sus capacidades, inclinaciones, creencias y compromisos.
   Estas dos dimensiones, cultivadas y potenciadas, son las que darán a los colegios de la Hermandad ese talante y estilo educativo, típico de los seguidores de Mosén Sol y los distinguirá de otros centros que hacen, desde su carisma, una lectura distinta de la realidad juvenil.

C. O. V. (Centro de Orientación Vocacional)


   El centro de orientación vocacional está concebido como un servicio de pastoral juvenil-vocacional de la Hermandad en las distintas estructuras pastorales que tiene la Iglesia, dirigido a la juventud [46]. Es una instancia de pastoral juvenil que garantiza un proceso de discernimiento vocacional. El COV está insertado plenamente en la realidad de la Iglesia local, asumiendo el desafío que la pastoral juvenil-vocacional presenta. Su objetivo es acompañar a los adolescentes y jóvenes en el discernimiento y elección responsable de un estado de vida dentro de la Iglesia y de la sociedad de la que forman parte, intentando generar en ellos una conciencia crítica, positiva y responsable de su propia cultura, abriéndose oportunamente a un compromiso eclesial y social que exprese el testimonio de su identidad cristiana como vocación personal. Son centros concebidos para los jóvenes y desde los jóvenes. Ellos son los auténticos protagonistas de la vida del COV. Si bien el sacerdote asesor es el responsable último del COV, sin embargo, toda la estructura y funcionamiento descansa sobre sus miembros: los jóvenes. Estos centros no sólo han asumido, sino que llevan a la práctica el citado consejo de don Manuel: «Con los jóvenes, más que trabajar, es preciso hacerles trabajar, que es el máximo trabajo» [47].

5
Apóstol de las vocaciones




   Hoy admitimos con facilidad la estrecha relación que existe entre la pastoral juvenil y la pastoral vocacional. Sin embargo, durante bastante tiempo la pastoral vocacional se ha planteado al margen de la pastoral juvenil y ésta ha ignorado el planteamiento vocacional inherente a la misma, quedando ambas empobrecidas. La Asamblea XVIII de la Hermandad resume de una manera clara la relación entre pastoral juvenil y pastoral vocacional afirmando que "la pastoral juvenil y la pastoral vocacional son complementarias. La pastoral específica de las vocaciones, que tiene como objetivo ayudar a discernir y madurar las vocaciones, encuentra en la pastoral juvenil su espacio vital. A su vez, la pastoral juvenil sólo es completa y eficaz cuando se abre a la dimensión vocacional» [48]. Ya el I Congreso internacional de vocaciones definía la pastoral vocacional como «aquella específica y compleja actividad de la comunidad eclesial por la que, en íntima unión con la pastoral general y como factor integrante de la misma, se compromete en la tarea de suscitar, acoger, acompañar y proporcionar la adecuada formación de las vocaciones de especial consagración» [49]. Asumir bien esto es decisivo para nuestro hacer pastoral, ya que nos lleva a que todas nuestras pastorales estén animadas por esta dimensión, «porque no es lo mismo pastoral vocacional que promoción de vocaciones, puesto que la pastoral vocacional realiza tareas más amplias que la mera promoción de las vocaciones que, en definitiva, es objeto primordial de una pastoral vocacional bien planteada» [50].
   Don Manuel entendió que era necesario tener una pastoral juvenil bien organizada, en la que se situase la pastoral vocacional. El esperaba que del trabajo de las congregaciones y gimnasios saliesen, «más que de otra parte, tanto vocaciones eclesiásticas, como hombres prácticamente católicos y virtuosos» [51]. Sin tantas distinciones como nosotros ahora hacemos, Mosén Sol se dio cuenta de que era necesario un proceso lógico, como es ahora necesaria una pastoral que ayude «a los jóvenes a descubrir, seguir y anunciar a Cristo dentro de las comunidades concretas hasta conseguir una madurez tal que los capacite para optar vocacionalmente en la Iglesia en alguno de los estilos de vida (laical, religioso o sacerdotal) y comprometerse históricamente en la liberación integral del hombre y de la sociedad, llevando una vida de comunión y participación» [52]. Desde esta perspectiva podemos entender que el centro de la pastoral juvenil es ayudar al joven a realizar su proyecto de vida. Esto implica que la dimensión vocacional ha de estar siempre presente en toda dimensión educativo-pastoral. Sin embargo, una pastoral de vocaciones «no entroncada en la pastoral juvenil resulta ineficaz y peligrosa por la desorientación que provoca en los jóvenes y por el desgaste de energías en los agentes de pastoral» [53]. Esto lo intuyó don Manuel en su calidad de director espiritual, cuando escribiendo a una joven dirigida suya le dice que no le ha inclinado a la vida religiosa, «para asegurarme más y más de tu vocación» y, continúa diciendo, que la ha dejado sola y únicamente «he estado de centinela para examinar tu corazón y tus peligros» [54]. Es necesario respetar el ritmo de crecimiento del joven en su proceso de fe. Por eso, los principios que inspiran la pastoral juvenil sirven para cualificar la pastoral vocacional y situarla. Ambas se necesitan mutuamente. Podríamos decir que toda pastoral juvenil bien planteada termina en pastoral vocacional y que la pastoral vocacional, si no quiere reducirse a acciones aisladas, ha de enmarcarse en una pastoral juvenil coherente.
   Esta relación entre pastoral juvenil y pastoral vocacional que hoy nos parece tan clara, no lo ha sido durante los últimos decenios. La Hermandad la ha mantenido a lo largo de su historia, aunque durante mucho tiempo se haya centrado en el acompañamiento de la vocación sacerdotal en el campo de los seminarios. Nunca ha olvidado lo que repetía su fundador:

«¡Cuan pocas veces hemos puesto nuestra palabra, nuestro talento, nuestra influencia, nuestros intereses al servicio de la gloria de Dios y para la salvación de las almas! ¡cuan poco hemos meditado que Dios nos quería para cooperadores suyos, cada uno según sus facultades y su vocación! Sí, todos debemos ser auxiliadores de Dios; todos tenemos esta vocación. No sabemos si estamos destinados a ser un río rápido que haga florecer a sus orillas jardines amenos, o si hemos de parecemos a la gota de rocío que envía Dios en el desierto a la planta desconocida; pero más brillante o más humilde, nuestra obligación es cierta; no estamos destinados a salvarnos solos» [55].

   Hoy, en sintonía con toda la Iglesia, la Hermandad es consciente de que es necesario promover, acompañar y cuidar todas las vocaciones. Para ello cuenta con institutos vocacionales que con su reflexión y estudio prestan un gran servicio a los agentes de pastoral; centros de orientación vocacional de los que hemos hablado anteriormente; potencia el trabajo de operarios en las delegaciones diocesanas de pastoral vocacional; posee editoriales que nos ayudan en la reflexión y trabajo sobre el tema y tiene en sus parroquias grupos que, en el día a día, acompañan a los jóvenes en el proceso de maduración en su fe y los van llevando a un mayor compromiso apostólico que los haga discernir cuál es la voluntad de Dios en sus vidas.
   Una plataforma importante, donde la Hermandad ha establecido ese diálogo entre pastoral juvenil y pastoral vocacional, ha sido el seminario menor, que a lo largo de los tiempos, aún manteniendo una clara orientación vocacional que lo especifica, ha revestido formas diferentes. El seminario menor ha prestado y presta una valiosa ayuda a las comunidades parroquiales, familias y movimientos que entre sus miembros adolescentes manifiestan disponibilidad hacia el sacerdocio y no pueden ser atendidos por dichos grupos.
   A imitación del beato Manuel Domingo y Sol, se nos pide imaginación y esfuerzo para ir creando diversos grupos de acompañamiento vocacional. No olvidemos que «cada vez más surgen vocaciones en ambientes familiares y lugares descristianizados. En estos casos el campo en el que se produce la llamada es, por lo general, una comunidad cristiana viva, una parroquia, un movimiento o grupo eclesial» [56]. Frente a tanto grupo y movimiento que existe en el actual contexto eclesial, hemos de hacer el esfuerzo de acompañar a estos jóvenes, dándoles la dimensión vocacional necesaria para su propio crecimiento. Hace más de un siglo (1876), ya estuvieron preocupados y discurrían, según sus luces, la forma de acompañar vocacionalmente a los jóvenes que veían más conscientes de su vida de fe. El rector del seminario de Córdoba realiza la experiencia, muy discutida y contestada, que permite convivir junto con los seminaristas menores a otros jóvenes de buen criterio y de ambientes conocidos de modo que puedan ser sensibilizados hacia el sacerdocio [57].
   Hoy, ante el problema de vocaciones, no podemos quedar anclados en los esquemas de siempre; la Iglesia nos pide discernir, como hizo don Manuel, los signos de los tiempos e ingeniárnoslas para responder de una manera eficaz a las necesidades de los jóvenes, creando aquellos cauces más en sintonía con el momento actual, en los que se pueda dar un progresivo caminar en la fe y un acompañamiento espiritual adecuado.

6
Un auténtico padre espiritual




   Después de unos años en que, por circunstancias diversas, se puso en tela de juicio la dirección espiritual, hoy este servicio eclesial vuelve a ser valorado y se mantiene desde una perspectiva nueva como un ministerio eclesial al servicio del Espíritu en la vida cristiana. El acompañamiento espiritual es uno de los elementos importantes en el proceso de fe de nuestros jóvenes. Acompañamiento de grupo y acompañamiento personal han de ser dos elementos complementarios en los procesos de fe. Es importante que junto a nuestras comunidades esté la figura del sacerdote, religioso(a) o seglar cualificado que pueda cumplir la tarea del diálogo pastoral con cada joven del grupo. No debemos olvidar que la decisión por Jesús es, en última instancia, una opción personal. Al respecto, siguen siendo actuales aquellas palabras de Pablo VI en su discurso al IV Congreso mundial de vocaciones. Decía él que «no hay vocación que madure sin un sacerdote que la asista. No madura por sí sola. Es rarísimo que un joven encuentre la vía y sepa comprenderse a sí mismo y la llamada de Dios sin una persona cercana. Es necesaria esta institución que va desapareciendo y, sin embargo, urge recuperar: la dirección espiritual» [58].
   Sobre la necesidad de este ministerio Mosén Sol se expresa así:

«Entre los campos que nos rodeaban veíamos la conveniencia de un asiduo confesionario para el fomento de la piedad, mediante una asidua dirección espiritual» [59].

   Esta fue una de sus tareas más destacadas; así nos lo afirma su primer biógrafo, Antonio Torres, cuando nos dice: «ejerció don Manuel en todo momento el ministerio de la dirección de almas con un íntimo sentimiento y una arraigada y viva convicción de la importancia y trascendencia que encierra y de las graves responsabilidades anejas al mismo, juzgándose obligado, por virtud de ello, a prestar los oficios propios de una eficiente paternidad espiritual» [60]. Don Manuel entendió y practicó este ministerio como una acción mediadora y pastoral. Comprendió y supo encarnar la actitud del Bautista: «es preciso que él crezca y que yo mengüe» (Jn 3, 30). «Me he dejado -decía- subyugar voluntariamente, aunque me haya conducido hasta el ridículo, por la gloria de Dios» [61]. Posibilita a sus acompañados el encuentro con Dios y les ayuda a ir progresando en su vida de fe. Por talante y convicción es una persona sumamente adecuada para este ministerio. No olvidemos que en el campo del acompañamiento, más importantes que las actividades o técnicas que podamos emplear son las actitudes del acompañante. En la edad de la adolescencia-juventud lo que realmente estabiliza al joven es ver un educador-acompañante estable y coherente entre su actuar y lo que pretende proponer. Don Manuel era una persona «suave y predominantemente compasivo; por convicción y por temperamento, no obstante cuando así lo demandaba el mayor bien de sus dirigidas, mostrábase enérgico y resuelto» [62]. Mosén Sol supo estar atento a los «momentos claves» que se dan en la vida de toda persona, especialmente en los jóvenes, y que condicionan y purifican la fe. Sabe que Dios no pasa ni por el viento impetuoso, ni por el terremoto, sino por el ligero susurro (cf. 1 Re 19, 11-12); por eso, escribiendo a una joven, dirigida suya, le dice:

«Desgraciadamente, para mayor confusión y para mayor sacrificio ha venido a interponerse esa crisis, durante la cual no está usted para resolver. ¿Qué le diré, pues? Que no tema nada ni esté en confusión; que el espíritu de Dios es muy pacífico. Y cuando se sienta agitada no resuelva nada, ni en uno, ni en otro sentido: que la resolución ha de ser muy suave y quieta y con gran luz y claridad. Asi, bien quieta que ya vendrá la luz» [63].

   Don Manuel supo compaginar con equilibrio en su pastoral con los jóvenes el acompañamiento de grupo (círculos, congregaciones, gimnasio) y el acompañamiento personal. Sabía que la presencia cercana y delicada del acompañante es clave para que el joven sea capaz de encontrar el camino que el Señor le pide. Es a través de la dirección espiritual como el beato Manuel Domingo y Sol ayudó a muchas personas a madurar su opción por la vida religiosa o el sacerdocio.
   Desde su experiencia como director espiritual se permite dar unos consejos a los ordenandos de Tortosa que recogemos por lo que tienen de prudentes.
   1. Hacernos perder el tiempo. Reconoce la necesidad de paciencia, pero esto no debe excusarnos para la pérdida de tiempo. Es necesario escuchar e ir al fondo de los problemas; sin embargo, es conveniente -dice- «no largas conferencias en el confesonario, y menos en visitas, aunque sean conferencias espirituales. Los que hemos pasado el golfo podemos hablar con conocimiento y lamentamos el tiempo que no solo hemos gastado, sino malgastado» [64].
   2. Evitar familiaridad. «Antes me extrañaban -comenta- ciertas sentencias de los santos: sermo brevis et rigidus, etc. Me parecían temores infundados. Hoy no» [65]. Advierte sobre las excesivas familiaridades. El, que era un hombre sumamente cordial, entendió que es preciso acercarse al otro sin intención posesiva, respetando todas sus potencialidades, como individuo independiente. Comprendió la necesidad de una prudencial distancia psicológica con el acompañado.
   3. Independencia. El servicio del acompañamiento, como todo ministerio eclesial, es un servicio desinteresado. Insiste don Manuel en que el director espiritual no debe aprovecharse de su situación. «Independencia para no dejarnos llevar de motivos humanos, ni por el aprecio que se las debe, ni por el bien que puedan reportarnos» [66].
   4. No hacer demasiado caso de las grandes tribulaciones, ni fiarse de muchos fervores. Advierte al acompañante del peligro de sentirse atrapado por el mundo emocional de su acompañado y el riesgo de llegar a una identificación emocional con él, que le impediría cualquier tipo de ayuda.
   Don Manuel mantuvo siempre este apostolado que sabía era eficaz. Fue notoria su habilidad y disposiciones como director espiritual; así lo muestra la cantidad de personas que a él acudían. Un sacerdote de su diócesis comenta que no llegaba a explicarse cómo se las ingeniaba Mosén Sol para encauzar a los que a él iban. «Yo -explica- las confesaba años y más años con la mejor voluntad, y no conseguía hacerles salir de los moldes ordinarios. Iban mis feligresas a Tortosa, se las recomendaba a Mosén Sol, o daban ellas casualmente con su confesonario, le trataban sólo unas cuantas semanas y salían sabiendo de materias de oración... Quedaba yo maravillado y confundido de estas súbitas e inesperadas metamorfosis en simples mujeres de pueblo» [67]. Tal vez, la clave de su éxito esté en la afirmación de una de sus dirigidas, cuando expresa: «Tenía don Manuel el don de infundir en el alma la paz de que él gozaba siempre» [68].

Conclusión




   Mosén Sol fue un hombre bueno y trabajador. El mejor panegírico se lo hizo aquella viejecita, al besar las manos de su cadáver en la capilla ardiente: «¡El siempre me daba!». Su éxito en el trabajo con los jóvenes, «entre todos los apostolados, el más ventajoso y transcendental», le vino porque supo darse. A ellos les dio lo mejor que tenía, su persona. No escatimó tiempo, ni esfuerzo. «La apremiante y primordial necesidad de atender a los colegios y seminarios, forzó a don Manuel a poner en manos extrañas a la Hermandad, en 1906, la dirección y el cuidado de la Congregación de San Luis de Tortosa. Grandísima contrariedad y dolorosísimo paso fue éste para don Manuel, el cual no renunciaba, sino transitoriamente, hasta que las circunstancias lo permitieran, a cultivar el campo del fomento de la piedad en la juventud secular. Vivió con la esperanza de que algún día podría la Hermandad realizar esta parte de su programa constitucional» [69]. El mismo don Manuel llegó a afirmar:

«Si Dios me concediera cien años más, creo encontraríamos la palanca para organizar bajo la Hermandad la juventud seglar, de las principales capitales al menos. Tal vez tengo que dejarlo, para que lo encuentre alguno de los futuros superiores de la Hermandad. Hoy la Obra no está en disposición de cultivar este campo, hasta que venga quien encuentre la palanca que dé movimiento a esa juventud tan amada. Movimiento que la Hermandad, mediante sus "operarios en ministerio", puede promover con éxito fuera de las grandes capitales» [70].

   La juventud fue su «sueño dorado, su ideal». Con razón fue proclamado por Pablo VI como «santo apóstol de las vocaciones»; con justicia nosotros podemos definirle como «apóstol de la juventud». A todos, como a aquella viejecita, puede, también hoy, darnos algo.

   A los jóvenes, sin duda que les regalaría el mensaje del concilio:

«Sois vosotros los que, recogiendo lo mejor del ejemplo y de las enseñanzas de vuestros padres y de vuestros maestros, vais a formar la sociedad del mañana; os salvaréis o pereceréis en ella... La Iglesia os mira con confianza y amor... Miradla y veréis en ella el rostro de Cristo» [71].

   A los adultos, nos estimula a mantener la ilusión en la animación de la juventud; ellos buscan en nosotros no a los grandes especialistas que todo lo resuelven, y sí a esperanzados testigos que contagian alegría y ganas de vivir. Porque «todos debemos ser auxiliadores de Dios; todos tenemos esta vocación» y «más brillante o más humilde, nuestra obligación es cierta; no estamos destinados a salvarnos solos» [72].