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El Colegio Español de Roma
Cien años de servicio
a la Iglesia en España
por Lope Rubio Parrado
Cuadernos Mosén Sol
5
Tortosa
1989
Contenido
Presentación
Iniciativas previas
El beato Manuel Domingo y Sol
Montserrat: humilde cuna del Colegio Español
Naturaleza del Colegio Español
Vida interna del Colegio
100 años de vida. Un siglo de servicio
El Pontificio Colegio Español: instrumento eficaz del clero y de los seminarios
El testimonio de los Pontífices
Bibliografía básica
Presentación
La celebración del primer centenario de la fundación del Pontificio Colegio Español de Roma es también memoria, gratitud y compromiso para la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos. Han sido cien años de servicio a la Iglesia de España por medio del Colegio.
El beato Mosén Sol, fundador de la Hermandad y del Colegio, entrelaza ambas instituciones. La historia de la fundación de este último y su desarrollo posterior es parte integrante de la historia de la Hermandad. Con el Colegio, el fundador primero y luego la misma Hermandad, compromete sus proyectos, sus hombres y sus valores. Todo para el Colegio; para nosotros, el trabajo y el quebranto.
«Cuadernos Mosén Sol» se une con esta publicación a los actos conmemorativos. No todos tendrán fácil acceso a la documentada Historia del Colegio recientemente publicada, obra de paciente estudio y detenida investigación en fuentes directas, escrita por Juan de Andrés Hernansanz, conocedor como nadie del Archivo de la Hermandad y del Colegio.
Por otra parte, este breve texto tiene como base la tesis doctoral del autor sobre la influencia del Colegio en la renovación científica y espiritual del clero y de los seminarios españoles.
A lo largo de este año jubilar son muchos los que pondrán a nuestro alcance datos, aspectos, logros del Colegio. La Historia, el Catálogo del Centenario, los números extraordinarios de Mater Clementissima, cada uno de ellos y todos sumados, nos aproximarán a lo que ha supuesto la aportación del Colegio para la Iglesia en España en este siglo.
Ojalá que la lectura de este Cuaderno nos ayude a conocer la «categoría de aquella casa» y nos invite a comprobarlo «por nuestros propios ojos» como escribió, hace casi un siglo, el beato Marcelo Spínola, arzobispo de Sevilla y uno de los primeros Patronos del Colegio.
Roma, 1 de abril, 1992
JOSÉ LUIS FERRÉ MARTI
Secretario general de la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos
1
Iniciativas previas
El Colegio Español fue fundado en 1892 por el beato Manuel Domingo y Sol. Anteriormente brotaron iniciativas que nunca llegaron a feliz término. Respondieron al deseo de Pío IX a fin de promover la «educación romana de los futuros sacerdotes extranjeros». Como a otras Iglesias, también a España le invita a realizar este propósito en las instrucciones del nuncio Barilli en 1857.
Existían ya en la ciudad eterna una docena larga de Colegios nacionales, la mitad de los cuales fueron erigidos durante el largo pontificado del citado Pío IX.
El nuncio Simeoni y el auditor monseñor Rampolla insisten en tal invitación a varios obispos españoles en 1876. Solamente dio una respuesta positiva el obispo de Málaga enviando a dos de sus alumnos a realizar sus estudios en el Colegio Romano. El de Almería se contentó con una respuesta de buenas intenciones y» el director del Colegio Seminario de La Habana deseando que tal proyecto se llevara a efecto.
A todos los que querían oírle, Rampolla escribía encareciendo «la importancia transcendental de esta obra reparadora y destinada a levantar el clero español al alto grado de su antigua sabiduría, ilustración y piedad». Era el otoño de 1876.
Ya en 1865 La Cruz escribe: «Sensible es que teniendo todas las naciones un seminario eclesiástico en Roma, solamente España carezca de él» [1]. Once años más tarde, El Consultor de Párrocos, al dar noticia de la iniciativa de Málaga, se lamentaba: «España, por desgracia, no tiene en Roma ningún colegio de esta índole; ¡qué triste es esto!» [2].
El beato fundador del Colegio conoce estas invitaciones venidas desde Roma y el eco que las mismas producían en la Iglesia española. Años más tarde les contará a los primeros colegiales: «... Pío IX, que no sólo impulsó este movimiento sino que contribuyó tan eficazmente al establecimiento de su Colegio Pío Latino, no dejó de aprovechar en los últimos años de su largo pontificado, las ocasiones para ir indicando a los obispos de España la conveniencia de un establecimiento análogo, y León XIII ha repetido desde el primer día apremiándoles con más insistencia».
El mismo cuenta también la experiencia del obispo de Santander, Calvo y Valero, el prelado que dio la primera respuesta seria hacia la creación de un centro nacional en Roma.
Para llevarlo a efecto, el 8 de noviembre de 1882 envía a la ciudad eterna nueve de sus seminaristas estableciéndose el «Colegio Hispánico» en una casa contigua a la iglesia de Santa Brígida, en la plaza Farnese. A finales de 1884 encomienda la dirección del centro a los Padres del Corazón de María, quienes trasladan la sede, en 1887, a una casa de su propiedad en vía Giulia 164, donde se mantuvo hasta su desaparición, una vez fundado el Colegio Español.
¿Por qué fracasan todos estos intentos? El mismo Calvo y Valero se lo intenta explicar a León XIII al decirle que los obispos españoles pensaban que «los seminarios de España profesaban muy sana doctrina y estaban sus estudios a la altura de los mejores», además de los problemas de tipo económico, distancias y ciertas prevenciones sobre su proceder al regreso a las diócesis [3].
Autores actuales dirán que «al episcopado español le faltaba organización, unidad e interés para resolver graves problemas, tan graves como el de la formación de los sacerdotes» [4].
Lo cierto es que, en conjunto, «la vida religiosa española sufrió de anemia cultural por la postura defensiva que nuestros prelados adoptaron frente al lote de ideas esparcido sobre el continente a raíz de la Revolución francesa. Así contemplamos un desequilibrio notable entre las acciones pastorales de asistencia hospitalaria, caridad, vida sacramental, enseñanza primaria, y los niveles teológicos, culturales, del clero» [5]. No olvidemos que es el tiempo de numerosas fundaciones religiosas en España: Misioneros del Corazón de María, Consolación, Compañía de Santa Teresa, Siervas de San José, etcétera.
2
El beato Manuel Domingo y Sol
Al hoy beato Manuel Domingo y Sol, en su tierra le llamaron siempre y le siguen conociendo por Mosén Sol. Había recorrido un largo trecho de su vida. Apóstol de las vocaciones, había dado pruebas de saber formarlas en sus Colegios de vocaciones eclesiásticas. Era un hombre de instinto, talento y sentido práctico.
Precisamente la creación de sus Colegios de San José y el cuidado de los seminaristas le puso ante los ojos el bajísimo nivel de calidad científica de los seminarios. Comenzó a pensar que si él y sus operarios cuidaban la formación humana y espiritual de los seminaristas, habría que elevar, al mismo tiempo, el mediocre nivel intelectual del clero.
El mismo nos cuenta en sus apuntes personales que tuvo el instinto de crear un Colegio español en Roma a partir del 1 de enero de 1888:
«Y así estaban las cosas... y así hubieran continuado por mucho tiempo a pesar de las excitaciones de la Santa Sede... cuando el Señor, antes de conocer nosotros la historia de estos deseos y las causas del retardo en su realización, quiso sugerimos el pensamiento de establecer una casa de nuestra obra de vocaciones eclesiásticas para los jóvenes de los seminarios españoles que los obispos quisieran confiamos o ellos prefirieran seguir sus estudios en Roma, facilitándoles los medios en cuanto estuviera de nuestra parte» [6].
En un primer momento concibió la idea como algo sencillo, humilde, un pequeño grupo de colegiales selectos, dispuestos a recibir la formación especial que entonces se daba en los centros eclesiásticos romanos. Durante doce meses llevó solo consigo su secreto. Y el 1 de enero del año siguiente, 1889, sorprendió a los suyos con la proposición que les presentó: la necesidad y conveniencia de un colegio en Roma, para los jóvenes que «quisieran seguir sus estudios eclesiásticos en los grandes centros de enseñanza de aquella capital».
El beato Mosén Sol era también hombre de fe. No tiene prisa: «¡es encargó lo encomendaran a Dios... y así lo hicieron durante aquel año».
Todo este tiempo lo dedica el fundador a recoger información sobre casas, posibilidades e inconvenientes. Cuando vuelve a reunirse con sus operarios les informa del interés manifestado por los Pontífices Pío IX y León XIII, del resultado de sus entrevistas con obispos españoles para tantear su disposición a enviar seminaristas a Roma, y les habla claramente de la conveniencia de fundar un Colegio español en la ciudad eterna. Añadiendo que «la Hermandad era la que mejor que nadie podía producir aquel deseado movimiento de vocaciones, ya por constituir esto un objeto primordial suyo, ya por el carácter puramente sacerdotal de la misma» [7].
En estas palabras del profético fundador se entrevén las razones de los fracasos anteriores. Pasado el tiempo del silencio y la oración, pone manos decididas a la obra. Como hombre práctico que hemos dicho que era, a mitad de marzo del 1890 ya tiene datos precisos sobre los colegios extranjeros, profesores... y precios de alimentos, de casas en alquiler.
Simultáneamente, y siguiendo su comportamiento de siempre, consulta con personas de valía y confianza. Al arzobispo de Sevilla, Sanz y Forés, el proyecto le encanta: por la idea en sí y por venir de su amigo y discípulo Mosén Sol. El «obispo de Tortosa no lo desaprobó». Le dio además un excelente consejo: que consultara con el obispo de Murcia, don Tomás Bryan y Libermoore, antiguo colegial de la Academia de Nobles Pontificios [8].
En la antesala del obispado de Murcia recibe el fundador la primera noticia de que el padre Antonio Martín, Superior general de los Trinitarios Calzados, pedía a los obispos «que enviasen jóvenes a estudiar a Roma; él cedería su magnífico convento» de vía Condotti en el cogollo de Roma.
El alma limpia del fundador comenzó a volar. Recabó información por medio de cartas y comenzó a querer al padre Martín que tantos quebraderos de cabeza le iba a proporcionar durante mucho tiempo. De momento, el viejo religioso quiere y pide que Mosén Sol vaya cuanto antes a Roma a tratar sobre el asunto.
3
Montserrat: humilde cuna del Colegio Español
Los primeros años de existencia del Colegio van de sobresalto en sobresalto. Por una serie de circunstancias suficientemente aclaradas en otras publicaciones, Mosén Sol pierde la posibilidad de establecer su Colegio en el convento de Condotti. Por el contrario, encuentra a un amigo para toda la vida: Rafael Merry del Val. Es el 30 de noviembre de 1890. Las dificultades iniciales son tan grandes que llegará a escribir a uno de sus íntimos: «Si el Señor me hubiera descubierto, al inspirar la idea del Colegio, tantas montañas de contradicciones, tantas alarmas y contrapesos, quizá hubiéramos desistido» [9].
Quizá; porque Mosén Sol no desmaya fácilmente. Está dispuesto a fundar en Roma al estilo de Teresa de Jesús y colocar dentro media docena de estudiantes, buenos y listos estudiantes españoles. Luego, crecería. Y así lo va planeando.
Mientras tanto, el padre Martín, los gobiernos de España e Italia, y el Vaticano se ponen de acuerdo sobre el futuro de Condotti, a pesar del contrato firmado el 5 de diciembre de 1890 con la Hermandad. Prendido en el aire porque ve cómo todos sus planes se van a pique, en marzo de 1892 ordena preparar a los once seminaristas ya elegidos en los colegios de Tortosa, Valencia, Murcia y Orihuela. Da otro paso certero el fundador: designa rector del Colegio a un sacerdote joven, pero del que el mismo fundador había escrito un par de años antes que «es para iniciar por si solo un Colegio» [10]. Se trata del director del colegio de Orihuela, Benjamín Miñana.
La Santa Sede autoriza la venta de Condotti a los dominicos. Altos dignatarios aconsejan a Mosén Sol que exija compensaciones. No lo hace. Rampolla, desde la Secretaría de Estado pide al embajador de España que asegure al menos por un año la permanencia de los colegiales en la casa española de Montserrat.
Los primeros alumnos del Colegio llegan a Roma, con el fundador a la cabeza, el 29 de marzo de 1892. Se alojan «en la sala hospital de Montserrat» que será, al decir del joven rector, «la humilde cuna del Colegio Español» [11]. Con una misa celebrada el día 1 de abril en la iglesia de Santiago en la plaza Navona, «inauguración oficial». Mosén Sol redacta una carta-circular que envía a todos los obispos españoles: hay colegio en Roma y pueden mandar estudiantes para el curso 92-93. Al mismo tiempo su corazón sigue sufriendo. El padre Martín había escrito y difundido un panfleto difamatorio contra don Manuel. Perdido definitivamente Condotti, se explaya en una carta a la que pertenece este párrafo, y en el que se pueden vislumbrar los quilates de su alma, su fortaleza y caridad, su humildad y sencillez:
«No sé cuándo regresaré, aunque creo no debo tardar ya. Nuestro asunto debe ir muy bien cuando nos va tan mal; es señal de que Dios quiere amasonarlo mucho. Abandono de las criaturas, celos, desprecios, desconfianzas, calumnias, todo ha llovido sobre los pobres operarios. Hemos perdido a Condotti (¡gracias a Dios!). Nos despacharán de Montserrat (¡así sea!). Nos buscaremos un modesto Belén (¡Amén!), y allí vendrán los ángeles a entonar el Gloria in excelsis Deo... Por lo demás, el Papa contento: pero está a ver lo que harán los operarios, porque le han dicho tantas cosas contra ellos, que al pobre le ha entrado temor de ellos. A nosotros nos hace reír todo esto, y, si no fuera por mis pecados, aún me reiría más. Los chicos, buenos y bien, gracias a San Rafael...» [12].
El fundador, antes de salir para España, dejará hecho otro nombramiento: monseñor Merry del Val será el nuevo director espiritual y confesor de los alumnos.
Un curso breve
Hasta el verano son meses de tanteo; como de ensayo. Tomaron parte los alumnos en los acontecimientos principales de la colonia española. Y a primeros de julio los recibió el Papa León XIII. Todos vaticinaban que «el español ha de ser pronto uno de los primeros colegios de Roma». La prensa española se hizo eco del arranque: «un solo alumno que cada diócesis fuese enviando a Roma, qué bella corona formarían en torno al Vicario de Cristo». Los alumnos partieron de vacaciones hacia España. Llevaban prendida en los ojos y en el alma la consigna que les había dado el Papa: que cada uno regresara a Roma con tres compañeros.
Todavía en este verano se levantan tormentas. Al obispo de Segorbe le apetecía ir a Roma como rector de la casa española de Montserrat: y ofrece al gobierno resucitar la idea del «Colegio Hispánico oficial». Por otra parte, el ministro de Estado se molestó con la publicación de la circular de Mosén Sol en los Boletines de todas las diócesis. Y por si fuera poco, a un buen grupo de capellanes de Montserrat no les sentaba bien la presencia del Colegio en su casa: temían perder algunas ventajas económicas.
Los estudiantes cumplieron con el Papa. Regresaron de España y eran 32 alumnos, representando a doce diócesis. El movimiento hacia el Colegio estaba creado. Faltaba casa. León XIII comienza a pensar y a comentar sobre la posibilidad del palacio Altemps como sede definitiva para el Colegio. El fundador se va haciendo a la idea. A Merry del Val no le gusta. Temía que obligaran a los estudiantes a frecuentar las clases del Apollinare dada la cercanía del centro. El prefería la Gregoriana a la que ya habían asistido como oyentes los alumnos los meses del curso pasado.
Al terminar el curso, el secretario de la Universidad Gregoriana comunica los resultados al rector del Colegio. Felicitaciones. Los chicos han respondido con creces a las expectativas. El cronista en Roma lo cuenta también en la prensa: «Los alumnos del nuevo Colegio Español se distinguen tanto por sus hábitos sencillos y elegantes como por sus modales y bello tipo, que revela una clara inteligencia». El verano lo pasan en Tívoli. El agua y el sol les sentó de maravilla: «a los pocos días estaban curados de todas las enfermedades».
Los directores tienen una preocupación que no les deja gozar del descanso: ¿dónde vivirán el próximo curso?
El palacio Altemps
León XIII tiene el asunto decidido: en el palacio Altemps que piensa ceder para este fin a los obispos españoles. Pero la solución se retardará un año. Hay muchos inquilinos y difíciles de mover. Otro curso de provisionalidad. Lo van a pasar en una parte del palacio Altieri. Tiene la ventaja de que cada día pueden ver la iglesia del Gesù y les queda muy cerca de la Gregoriana. Serán 42 alumnos y comienzan felizmente el curso el día 2 de noviembre.
Desde la atalaya del Vaticano, León XIII no se olvida de los estudiantes españoles; pregunta frecuentemente por ellos. Si por él fuera ya estaría el palacio con otra cara teniendo dentro a los alumnos del Colegio. Personas influyentes seguían impidiéndolo. Pero el Papa tenía demasiados años y mucha sabiduría para arredrarse ante problemas temporales. El 25 de octubre de 1893 firma una preciosa carta en latín en la que cede el palacio en uso y usufructo a los obispos de España para que tenga allí su sede definitiva el Colegio. A los directores les encarga que cada curso den cuenta, por escrito, al Santo Padre y a los arzobispos de Toledo y de Sevilla sobre la marcha del mismo. Estos informarán al resto de los obispos españoles.
El 20 de noviembre los prelados españoles, reunidos en Valencia para el primer Congreso Nacional Eucarístico, contestan la carta del Papa. Le dan las gracias y prometen «fomentar con todo género de recursos» el Colegio.
Hasta la silenciosa Tortosa llegó para el fundador una carta firmada por el cardenal Rampolla. Encomia su trabajo y añade: «Su Santidad se ha dignado manifestar su satisfacción por ver enlazado el nombre de una Hermandad tan benemérita con la reciente fundación del Colegio Español en Roma» [13]. Si los historiadores nos cuentan la historia con los documentos, algunas veces corremos el riesgo los lectores de no saber la verdad. De sobra sabía Rampolla quién había inventado el Colegio.
Al beato Mosén Sol no le había satisfecho la carta de Rampolla ni la de los obispos españoles al Papa. Pero salta de alegría porque es el principio del fin; aunque todavía tarde un año en poder gozar de la posesión del Altemps como sede definitiva de su acariciado Colegio.
El 22 de septiembre de 1894, don Benjamín, tan pronto como tuvo en sus manos las llaves del viejo palacio, aunque aún no estaba completamente libre de inquilinos, tomó un cuadro de San José y lo colocó «en el sitio más visible». El 16 de octubre llegan los colegiales de Tívoli: «eran exactamente las seis y media de la tarde cuando un chorro de juventud penetró en el viejo palacio de los Altemps, subió a la capilla y rezó. Los chicos tropezaban con obreros y andamios. Les costaba creer que aquel palacio fuera su casa, regalo del Papa».
El curso 1894-95 serán 52 alumnos y representan ya a 24 diócesis. El 11 de noviembre celebran por primera vez la fiesta del «Reservado». El fundador instaló al Señor Sacramentado en el sagrario por la tarde. Poco después partía para España. El Colegio quedaba definitivamente asentado.
4
Naturaleza del Colegio Español
Llegados a este momento, dejemos la palabra al fundador. El explicó a los primeros colegiales su idea, los objetivos que se proponía y los frutos que con la fundación del Colegio deseaba alcanzar. Son sus mismas palabras felizmente llegadas hasta nosotros [14].
Algo más que un seminario
«¿Qué significa, qué objeto se propone y viene a llenar el Colegio Español de San José en Roma?... No es un centro de enseñanza, es el establecimiento de una casa. Esto es, un colegio en Roma, y tal aparece exteriormente el nuestro. Mas este colegio de San José significa algo más que un simple colegio, que un internado de un seminario, que un colegio español. Si sólo hubiéramos intentado un seminario oficial, obra muy laudable hubiera sido, pero no hubiera producido en nosotros el entusiasmo que nos ha animado a soportar tantos desvelos y vencer tantos obstáculos como para ello se han presentado. Mas nuestra fundación tiene otro origen y otra base y otro objeto mayor. Y por medio de ella perseguimos fines más altos; y este objeto y estos fines imprimen en cada uno de vosotros un carácter muy distinto que el de meros individuos de un internado eclesiástico; y este carácter viene a imponemos mayores deberes, los cuales han de proporcionar a nosotros resultados más consoladores».
El origen
«Esta fundación no es obra de cálculos, es fruto de nuestra Institución y tiene la misma base que la obra de los Colegios de vocaciones eclesiásticas de San José de España, cuyo objeto es cooperar a los designios de Dios apoyando las vocaciones que necesitan ayudas, alientos y cuidados. Y al instituir este Colegio se propone, animada del mismo espíritu, producir en los jóvenes de España un movimiento hacia los estudios de Roma, facilitándoles los medios, admitiendo a cuantos el Señor nos indique con el sello de su voluntad...; desea ayudar a los jóvenes de talento que lo deseen y que sin esta ayuda no podrían realizarlo... Es, en fin, ésta una obra propia nuestra, hija de nuestro corazón y fruto de nuestra vocación, la cual no sería un seminario, como lo son esos colegios o seminarios, aun los nacionales».
Pensando en la fraternidad sacerdotal
«Pero además de ser éste el objeto y base de nuestra empresa, nos proponemos por medio de ella otros fines más altos, propios y acomodados a los que tiene nuestra Hermandad. Hemos creído que esta casa puede ser como el punto céntrico más a propósito para la reunión y afluencia de los jóvenes más distinguidos de todas las diócesis de España, y reunidos aquí se conocerán y amarán más... y así se formará entre ellos un lazo de fraternidad que les moverá a trabajar luego en mancomunión por la gloria de Dios... Pretendemos constituir con los colegiales de San José de Roma un compacto apostolado para la promoción de los intereses de Jesús. Acariciamos, en fin, la esperanza de que este Colegio... secundado por los colegios y colegiales de España... pueda ser capaz, con la gracia de Dios, de renovar nuestra España».
Proyecto pastoral inmediato y universal
«Y no deben extrañaros estas afirmaciones y aspiraciones... de aquí a unos años, si Jesús lo bendice... nuestros operarios verán esparcidos en las parroquias centenares, tal vez miles de sacerdotes formados en el espíritu de propaganda y reparación... Entonces toda obra de Dios podrá ser promovida fácilmente... y para impulsar cualquier obra señalada como necesaria o indicada por la Santa Sede o propuesta por el Episcopado como de conveniencia general... ¿Por qué fracasan hoy tantos proyectos saludables acordados en los congresos católicos, de reconocida utilidad y acogidos con entusiasmo? Porque falta el impulso de una acción general constante y que pueda ser inmediata. Los prelados, para secundar esos proyectos, los dan a conocer y los recomiendan en sus boletines, y aun nombran juntas, y éstas oficialmente le presentan y cumplen su encargo por deferencia; y sólo obtienen algún resultado los que tienen la fortuna de tropezar con algún individuo de celo que por su iniciativa personal quiera promoverlos. Se echa de menos el impulso de una acción inmediata y universal que los coadune, y esta acción no podrá ejercerla una Institución por distinguida y apostólica que sea, sí no está por naturaleza e índole en contacto permanente con el clero».
Unión del clero
«A esta empresa que nos proponemos de unión sacerdotal y de movimiento de celo para la propaganda del bien, vimos que podíamos contribuir más que ninguna otra, y ser como el nervio de ellas, los jóvenes salidos del Colegio de Roma; y esto no sólo por la facilidad de relaciones entre sí adquiridas durante su estancia fraternal en Roma, sino porque serían destinados, ¿para qué ocultarlo?, a desempeñar cargos y ocupar destinos de más responsabilidad, sí, pero también de más transparencia, y que por lo mismo los pondría en situación de poder influir con más eficacia en los resultados de la propaganda del bien... A esa acción universal y a ese movimiento y unión de celo aspiramos; y éste ha sido uno de los móviles que nos han impulsado a la formación de este Colegio, como medio eficacísimo para ello...».
No sólo una utopía
«Y no creáis que esa santa ambición sea una apreciación utópica, una ilusión hija de nuestro buen deseo. Esto lo estamos tocando en pequeña escala, o mejor dicho parcialmente; en nuestra diócesis de Tortosa tenemos esparcidos por las parroquias unos ciento cincuenta sacerdotes hijos de nuestro Colegio... casi todos se sienten unidos a la Obra con lazos de afecto y de cierta cariñosa dependencia que les produce el carácter paternal de la misma consagrada al bien de la juventud eclesiástica... Esta influencia parcial puede nuestra Hermandad lograrla general en el clero, por el carácter sacerdotal de la misma y por sus objetos; y la misma ejercerá sobre vosotros».
Miembros de una familia
«Visto lo que significa esta obra y los fines que nos proponemos, no extrañéis lo que hemos indicado antes, a saber; que al venir aquí vosotros, al pertenecer a esta obra, aun sin haberla antes conocido, adquirís un carácter distinto de el de simples individuos de un internado eclesiástico, puesto que es otro el concepto que entraña para nosotros y más para vosotros el nombre de Colegio de San José. Porque con él y para él entráis a formar parte de una Institución. Venís a ser miembros de una familia que no está circunscrita a los límites de esta casa, sino que abraza a todos los jóvenes levitas que deben informarse y se informan en el mismo espíritu sacerdotal bajo el manto de San José, y con los cuales os unen desde ahora los lazos de una verdadera fraternidad...».
5
Vida interna del Colegio
Criterios
Digamos de entrada que el fundador del Colegio no era muy amigo de reglamentos escritos:
«El reglamento particular depende de la palabra y disposiciones de los superiores y las circunstancias pueden obligar a modificarlo... la experiencia tendrá que indicarnos lo que sea más eficaz para el bien de los alumnos».
Para entender su pensamiento, debemos recordar lo que él prescribía a sus operarios como apoyo para su vida sacerdotal y como sistema formativo: la vida en grupo, el trabajo en equipo, la presencia continua entre los alumnos, la reunión diaria para valorar y planificar la vida del centro.
Lo que sí señala claramente el fundador son las condiciones fundamentales para convivir en el Colegio y los medios para conseguir una convivencia familiar. Entre los primeros señala: contentamiento, igualdad y docilidad. El mismo lo explica a sus colegiales:
«Contentamiento: En una familia, aunque sea pobre, todos están contentos de pertenecer a ella... no envidiarán las otras... no quisieran pertenecer a otras más ricas, si tuvieran que abandonar la propia... Ved al niño... Si hay poco se contenta, y si hay mucho se alegra... Si hay deficiencias y estrecheces no murmurará ni se irá a manifestarse a extraños... sino que lo sufrirá en el seno de la misma». «Igualdad: En una familia no se miran las ocupaciones de cada uno... están contentos en lo que a cada uno le toca hacer o se le señala y están prontos a ejecutar lo que conviene para el bien de la casa... no hay ningún oficio ni ocupación humillante,..». «Docilidad: prontitud, son las condiciones que debe revestir el afecto a la obra... tal vez haya deficiencias en esta casa; pero no debe olvidarse que no será por falta de afecto y buena voluntad».
Medios
Seguidamente les indica cuáles eran, a su parecer, los medios para el cumplimiento de estos deberes:
«La aplicación al estudio, la verdadera piedad y un comportamiento digno de aquí y después al volver a vuestra diócesis».
Después de dar los motivos que exigen estos medios, vuelve la mirada el fundador al panorama clerical español:
«El clero español de hoy no tiene un gran nombre. Se le tiene sí por clero de sanas ideas y de carácter resuelto y animoso, pero revestido de cierta dureza, como si fuera gente más bien dispuesta a ser guerrilleros que a la mansedumbre del ministerio sacerdotal. Y quiera Dios que por otros no se nos mire como participantes del carácter que infundadamente se pinta a nuestro país...».
Responsabilidad compartida
Termina sus charlas a los colegiales, el buen fundador del Colegio, con una llamada a la responsabilidad: de ellos depende el presente y el futuro del Colegio:
«De vosotros y de los primeros que vayan viniendo depende el resultado, puesto que sois las primicias y los que han de producir las primeras impresiones, según sea el crédito y desarrollo que adquiráis, y las primeras impresiones difícilmente se borran... En vuestras manos está el acrecentamiento o paralización de esta empresa, según el crédito que adquiráis, y con ello poder o no aportar una piedra al buen nombre de España; sois, pues, dueños de nuestro porvenir. Si queréis podéis arruinarlo. Tales son los deberes y la responsabilidad que pesan sobre vosotros; y tal es la misión honrosa a la que por beneficio y elección de Dios sois llamados, y que podéis llenar con su gracia si sois fieles a vuestra vocación, y no olvidéis cumplir y aprestaros a las instrucciones que me he creído en el deber de exponeros en la confianza de que no serán infructuosas, ni para vosotros, ni para los que vayan viniendo, a los cuales debéis transmitir estos sentimientos y estos conceptos».
Con estos criterios y estos medios señalados por el fundador comienza a caminar el Colegio. Los directores querían conseguir elevar el nivel intelectual y al mismo tiempo que no hubiera diferencias entre los alumnos. No era del todo fácil conseguir lo segundo, pues algunos llegaban a Roma con ideas no demasiado claras de lo que era el Colegio.
Por ello, ya desde el principio, pensaron los responsables en la selección del alumnado, en su participación en la organización interna del Colegio y en la necesidad de exigir que todos los alumnos fueran enviados por sus prelados.
La selección del alumnado, la atención personal a cada uno de ellos por parte de los formadores, el nivel de vida espiritual y la altura académica se deja sentir muy pronto en el ambiente general de la casa. Una lectura comparada de las Memorias que el rector del Colegio elabora al final de cada curso nos dan el punto exacto en que se encuentra el grupo.
Dentro de estos parámetros hay que colocarse para entender el interés de Merry y de los operarios en que los alumnos del Español realizaran sus estudios en la Gregoriana, en conseguir el reconocimiento de los estudios, así como las actividades complementarias que se organizaban en el mismo centro o en los tiempos de vacaciones: lenguas modernas, música, teatro, formación literaria, etcétera.
Como colofón de toda esta primera etapa de la historia, señalemos que con fecha 16 de diciembre de 1904, el Papa Pío X le concede el título de Pontificio.
6
100 años de vida. Un siglo de servicio
Los 11 alumnos del curso de ensayo fueron multiplicándose. También la representación de las diócesis. En la que podemos llamar primera época, correspondiente a los años 1892 al 1909, la trayectoria es continuamente ascendente hasta llegar a los 104 del curso 1908-1909; las diócesis presentes con alumnos en el Colegio llegaron a 54.
Desde la fecha señalada hasta el curso 1935-36 se sostiene el número de la representación de las diócesis; el alumnado va oscilando entre los 75 y los 90 con el descenso explicable del curso 1918-19 debido a la situación política de Europa,
Una bajada notable se aprecia a partir del 1937 que se prolonga prácticamente hasta el 1945-46. Todos tenemos en la memoria la guerra española desde julio del 1936 a la primavera del 1939; y la desolación de Europa en los años siguientes que se corresponden con la segunda guerra mundial. El Colegio fue lugar de acogida para instituciones españolas: alimentos, residencia, gestiones de todo tipo. Un pergamino elegantemente enmarcado y que se conserva aún en el Colegio es testigo del agradecimiento de todos al corazón grande de don Jaime Flores Martín.
A partir del 1947 fue aumentando el número de los alumnos en correspondencia al resurgir espléndido de vocaciones en España. De los 99 alumnos del curso 1948-49 se llega a los 129 del curso 1957-58. El palacio Altemps ya no daba para más a pesar de los arreglos continuos.
El 1 de junio de 1951 la Congregación de Seminarios y Universidades aprueba los Estatutos.
En el año 1952 se comienza a pensar en la necesidad de una nueva sede. En el 1955 se adquieren los terrenos sobre los que se levanta el actual Colegio. El 12 de octubre de 1956 se bendice la primera piedra. Don Jaime Flores deja la rectoral del Colegio en el verano del 1957 al ser designado Director general de los Operarios Diocesanos. Tres años más tarde será nombrado obispo de Barbastro. Las obras del nuevo Colegio comenzaron el 24 de junio de 1959. Ya eran los tiempos de Juan XXIII y el rector don Germán Mártil.
El 13 de octubre de 1961 los seminaristas se trasladan al nuevo edificio; los sacerdotes continúan en Altemps. Pablo VI inaugura oficialmente la sede actual el 23 de noviembre de 1965. Los cursos 1962 al 1967 funciona el Colegio con dos sedes: un centenar largo de seminaristas en Torre Rossa y alrededor de 80 sacerdotes en Altemps. El curso 1967-68 ya está todo el alumnado en la sede única y actual.
En la primavera del 1970 los obispos españoles dan los últimos pasos y devuelven el palacio Altemps a la Santa Sede. Durante 75 años había sido Colegio Español de San José de Roma. Pronto podrán contemplarlo en su originalidad primera quienes en él vivieron los años centrales de su vida en este rincón de España en la ciudad eterna. Hoy es un moderno museo en el que han conservado y lucido su espléndida capilla y algunas otras estancias.
Nuevamente se deja sentir el descenso numérico del alumnado al comienzo de la década de los 70; en España la caída de las vocaciones es muy sensible y tiene su reflejo en el Colegio. Los años posconciliares, además de sufrir el descenso de los números, el Colegio vivió los vaivenes que zarandearon al clero español. Germán González y Antonio Castro fueron quienes llevaron el timón del Colegio en estos cursos. Los 80 han sido cursos de mayor serenidad. Julio García contribuyó a hacerlo crecer en interioridad.
La vida sigue bullendo en el Colegio. Con casi un centenar de alumnos, en su práctica totalidad sacerdotes. La dedicación al estudio ha seguido siendo muy notable. Los resultados, esperanzadores para el nivel cultural del clero español.
Hoy, el Colegio, en los meses en que se está desarrollando el programa de su primer centenario, con sus 85 alumnos en el curso 1991-92 es:
104 mártires; 85 obispos, de ellos 8 cardenales; 2835 alumnos; 2460 sacerdotes. 100 años de servicio a la Iglesia de España.
José Mana Piñero, Juan de Andrés, Pedro Recio y Afrodisio Hernández, en nombre de la Hermandad, siguen haciendo posible este servicio en esta primavera jubilar y centenaria del sueño de Mosén Sol.
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El Pontificio Colegio Español: instrumento eficaz del clero y de los seminarios
En abril de 1892, dos días después de la humilde inauguración del Colegio, escribía el fundador: «Si Jesús bendice esta empresa, veo clarísimamente todos ¡os resultados de gloría de Dios que puede dar. Roma puede ser punto céntrico para formar una falange de sacerdotes, que luego puedan promover en España ¡os intereses de la gloria de Dios en las diócesis» [15]. Terminado el primer curso, curso de ensayo como le hemos llamado, les dice a los suyos en Valencia: «El Señor ha hecho desaparecer ¡a montaña que separaba a la juventud eclesiástica de España de los Centros científicos de Roma; obra que ha de ser, si Dios lo bendice, la restauración científica y aun disciplinar del clero español» [16].
Así lo esperaba también monseñor Vico en su informe de 1891 sobre la situación de los seminarios de España. En 1942, al celebrarse los 50 años de la fundación, escribía uno de los antiguos alumnos: «Párrafo aparte y muy preferente merece la labor de los colegiales en los seminarios. Para entenderla hemos de volver la mirada a lo que el año 1892 eran los seminarios españoles en el espíritu sacerdotal, en los estudios, en la disciplina, y lo que son ahora... Si nos preguntamos la explicación de este bendito cambio, esperanza la más firme de la Iglesia española, seguramente que nos la darán en buena parte los 313 ex-colegiales que han sido rectores, prefectos de estudio, profesores y superiores de seminario. Yo diría que este ha sido el apostolado más típico, más delicado y más fructuoso de los colegiales romanos» [17].
Recordemos que por el Colegio de Roma pasó también el fundador del Seminario de Misiones Extranjeras de Burgos, Emilio Rodero Reca, deán y vicario general de su misma diócesis de origen y rector del mismo Seminario por él fundado en la ciudad de Burgos [18].
Intentando una síntesis sistemática, dejaremos constancia de la tarea de los colegiales en las siguientes áreas:
En el aspecto científico
Unió a España con la gran corriente de estudios de Roma:
Ya en 1942, del catálogo de alumnos han salido 15 rectores, 140 profesores y superiores, muchos de ellos prefectos de estudios.
La fundación de la Asociación para el Fomento de los Estudios Bíblicos en España. La creación, poco tiempo después, también por ex-alumnos de Roma, de la Casa de la Biblia, de los Cursos y Semanas Bíblicas así como de una versión nueva de la Biblia. En esta misma línea otro grupo de biblistas, en su gran mayoría procedentes del mismo centro y bajo la dirección de otro exalumno, acaban de ofrecernos una nueva versión de la Biblia con sus comentarios correspondientes.
Las múltiples actividades de la Biblioteca Balmes de Barcelona con sus publicaciones, sus cursos de alta cultura religiosa y su prestigiosa revista.
En el campo de las revistas, enumeremos: Revista Eclesiástica, Reseña Eclesiástica, Revista Española de Teología, Estudios Bíblicos... y en otro tono: Estría, Vida Nueva, etcétera.
El fomento de las Semanas de Estudios Eclesiásticos... y un cúmulo de publicaciones cuya sola enumeración desbordaría totalmente los límites de cualquier publicación.
Señalemos, finalmente, el fomento ya en el Colegio del estudio de lenguas modernas y los cursos ofrecidos para la renovación del clero.
En el aspecto formativo
La influencia del estilo formativo marcado en el Colegio de Roma se advierte claramente en la redacción de los Reglamentos de los seminarios españoles que se elaboran a raíz de la aprobación del Código de Derecho Canónico.
La idea de la necesidad de una gran selección del alumnado, tal como ya se aprecia en la Memoria del curso 1895-96.
La atención personalizada a cada uno de los alumnos; pieza clave de esta tarea formativa será la importancia de la vida y trabajo en equipo de los formadores con las consecuencias lógicas de la presencia continua, el estudio de la maduración vocacional de cada individuo.
Los antiguos alumnos llevarán a sus seminarios las consignas oídas y practicadas en Roma: aplicación al estudio, verdadera piedad y un comportamiento digno.
También se trasladarán con el tiempo la división de la gran comunidad en distintas secciones para un mejor acompañamiento y la participación de los alumnos en la organización de la vida interna del centro.
En la espiritualidad
El fundador pide, desde los orígenes, «piedad verdadera» como algo constitutivo del Colegio. Y como prueba de esta importancia, una de las primeras y continuas preocupaciones del mismo fundador y luego de sus continuadores, fue la de dotar al Colegio de uno o varios buenos directores espirituales.
El fomento de la frecuencia en recibir los sacramentos, especialmente la confesión semanal y la comunión diaria.
Los actos de piedad anuales, mensuales y diarios serán los que vamos a encontrar en todos los reglamentos de los seminarios españoles: los ejercicios espirituales, el retiro mensual, la misa diaria, el rezo del rosario, la oración personal en las primeras horas de la mañana...
La insistencia en la espiritualidad eucarística como distintiva del clero: la fiesta del Reservado, la Hora santa de los jueves, la Exposición del Santísimo todas las tardes de los domingos y grandes fiestas...
- Nota especialmente atendida en el Colegio fue la esmerada preparación litúrgica y musical de los alumnos y de todos los actos tanto internos como en sus actuaciones fuera del recinto colegial.
Podríamos decir que el beato Manuel Domingo y Sol y don Benjamín Miñana, fundador y rector primero, dieron al Colegio un tono caracterizado por estos tres elementos: cariño familiar, estudio serio y piedad profunda.
Dice un antiguo alumno, y con su testimonio cerramos este apartado: «Del Altemps, miles de sacerdotes guardamos huellas profundas: fuimos allí estudiosos, píos y además felices».
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El testimonio de los Pontífices
* San Pío X, 20 de febrero de 1909, a la muerte del fundador:
«Después de implorar la paz de los justos para la bendita alma del venerado sacerdote Manuel Domingo y Sol, llamado por el Señor a recibir el premio correspondiente a sus virtudes y santas obras, hago votos para que sus plegarias, en la presencia del Altísimo, merezcan la gracia de que los sacerdotes de la Pía Hermandad por él instituida para la buena formación de los jóvenes aspirantes al sacerdocio, le imiten en su ferviente piedad y sólida doctrina, y atraigan las más especiales bendiciones para el Pontificio Colegio Español de San José, por él fundado y favorecido, a fin de que sus amados alumnos, una vez terminada su formación, vuelvan a la patria convertidos en apóstoles celosos y difundan el buen olor de Jesucristo trabajando por el glorioso triunfo de la fe en la católica España».
* Pío XII, 8 de julio de 1943, al celebrar el 50 aniversario de la
fundación del Colegio:
«Habéis deseado clausurar dentro de la casa del Padre común las conmemoraciones del primer medio siglo de vida de vuestro hermoso Colegio, que tan grande puesto tiene en nuestro corazón, por pontificio y por español... que cuajó al calor de dos grandes corazones: León XIII y el de un español, gloria del sacerdocio hispano, don Manuel Domingo y Sol».
* Pablo VI, 1 de diciembre de 1967, con motivo de los 75 años
de la fundación:
«Bien conocemos la trascendencia que este centro tan vinculado en su historia al Siervo de Dios Manuel Domingo y Sol y a la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos, ha tenido para la vida religiosa de la dilectísima nación española a la que ha enriquecido con sacerdotes que dieron y siguen ofreciendo ejemplar testimonio de virtudes ministeriales y de competencia científica».
* Juan Pablo II:
- 29 de octubre de 1983 en la homilía de la celebración de la palabra durante su visita al Colegio:
«El Venerable sacerdote de la diócesis de Tortosa. Manuel Domingo y Sol, avezado en su interior al coloquio divino, con amor de hijo, tuvo la inspiración de fundar este Colegio, hace noventa años, aquí, en Roma, junto a la Sede de San Pedro. La labor realizada en su ya casi un siglo de existencia por el Colegio Español es una magnífica y consoladora realidad, que merece el reconocimiento y la gratitud de la Santa Sede y de todo el Pueblo de Dios. Y este reconocimiento va, en primer lugar, a la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos del Corazón de Jesús, fundada también por el mismo don Manuel Domingo y Sol, la cual tiene confiada por la Santa Sede la dirección de este Cenáculo sacerdotal...».
- 30 de marzo de 1987 en la audiencia a los sacerdotes y seminaristas que participaron en la beatificación del fundador del Colegio:
«Deseo manifestaros ante todo mi profunda satisfacción por tener este encuentro sacerdotal con vosotros con ocasión de la solemne beatificación de don Manuel Domingo y Sol, fundador de la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos del Corazón de Jesús y del Pontificio Colegio Español de San José de Roma, así como de otros centros vocacionales en la querida España...».
- 19 de marzo de 1992 en la carta con motivo del primer centenario de la fundación del Colegio:
«Después de este siglo de vuestra historia no ha sido vana la esperanza de los fundadores, que quisieron el Colegio como una siembra de buenos frutos para las Iglesias de España. Entre esos frutos me es grato recordar a los antiguos alumnos que honraron a la Iglesia en el servicio del episcopado; también el elevado número de alumnos, que han dedicado su trabajo durante tantos años a la formación de los seminaristas, principalmente de España; por fin recordamos a aquéllos que ofrecieron el ejemplo de sus virtudes en el ministerio pastoral y en el derramamiento de su sangre sacerdotal». El beato Manuel Domingo y Sol intuyó desde aquel 1 de enero de 1888 que el Colegio Español de Roma sería «el plantel de más interés para la gloria de Jesús en España». Considera al Colegio «tal vez la obra más trascendental de todas las realizadas en muchos años a esta parte para la reformación del clero y, por lo mismo, de mayor gloria de Dios en nuestra España» [19].
Efectivamente, junto con la Universidad de Comillas y más tarde la de Salamanca, son las instituciones que más han contribuido para elevar el nivel del clero secular español.
De hecho, de los 2.460 sacerdotes, alumnos del Colegio, han ejercido su ministerio en seminarios un 92%. No soñaba sino que esperaba el santo apóstol de las vocaciones sacerdotales.
Bibliografía básica
TORRES SÁNCHEZ, A., Vida de don Manuel Domingo y Sol, Tortosa 1934.
MARTIL BARBERO, G., Manuel Domingo y Sol, apóstol del sacerdocio, Madrid 1942.
V.V., Recuerdo de unas fiestas (Bodas de oro del Pontificio Colegio Español de San José en Roma), Roma 1942.
RUBIO PARRADO, L, El Pontificio Colegio Español de Roma. Historia y documentos, Roma 1975.
MARTIN HERNÁNDEZ, F.-RUBIO PARRADO, L, Mosén Sol, Salamanca 1978.
JAVIERRE ORTAS, J. M„, Reportaje a Mosén Sol, Madrid 1987.
ANDRÉS HERNANSANZ, J. de, Pontificio Colegio Español de San José. Cien años de historia, Roma 1992.
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