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Perfil del Operario
Diez rasgos esenciales
por Julio García Velasco
Cuadernos Mosén Sol
4
Tortosa
1991
Contenido
Presentación
1. Grandeza de carácter
2. Abierto y comunicativo
3. Capaz de trabajar y vivir en equipo
4. Desprendido y libre
5. Amplitud ilimitada de horizontes
6. Disponible
7. Diocesano
8. Amigo de los jóvenes
9. Apóstol de las vocaciones
10. Profundamente eucarístico
Presentación
Querido amigo:
Tengo el gusto de presentarte el Perfil del Operario. Son diez rasgos que constituyen, a mi manera de ver, un conjunto de actitudes, un modo de ser y un estilo de vida sumamente atrayente para jóvenes vocacionalmente inquietos, cuando lo ven encamado en operarios de carne y hueso. Es lo que ha ocurrido en múltiples ocasiones, a lo largo de la historia de la Hermandad de Sacerdotes Operarios. Y es algo que continúa suscitando hoy el interés entre muchos jóvenes, incluso seminaristas. Para estos jóvenes, y para aquellos otros, jóvenes o adultos, que conociéndonos un poco quieren saber algo más acerca de nosotros, escribo este Cuaderno.
He descrito este Perfil del operario, sirviéndome al máximo de las palabras del Fundador de la Hermandad, el Beato Manuel Domingo y Sol, de modo que yo no me he inventado el retrato.
Esas palabras, aun cuando en algunos casos suenen a viejas, son las verdaderas, las que contienen la esencia del operario, el estilo propio que debe caracterizarlo. A ver si te impresionan a ti como me ocurrió a mí y a tantos otros que tuvimos un día la suerte de encontrarnos con la figura y la obra del que ha sido llamado por el Papa Pablo VI «Santo Apóstol de las vocaciones sacerdotales».
A esas palabras del Fundador he añadido algunas cosas que han dicho las últimas Asambleas Generales de la Hermandad intentando traducir al momento histórico que vivimos, el carisma original.
Nada más. Espero que el retrato te guste y lo coloques, al menos, en el marco íntimo y caliente de tu corazón. ¡Gracias!
Salamanca, 29 de enero de 1991
Fiesta del Beato Manuel Domingo y Sol
1
Grandeza de carácter
La condición o requisito fundamental y primero para ser un buen operario es la «grandeza de carácter». Esto es más importante que el estar dotado de una notable capacidad intelectual o destacar en otros aspectos o dimensiones de la personalidad. Nuestro Fundador, el Beato Manuel Domingo y Sol, lo repetía una y otra vez cuando hablaba a los operarios acerca de la selección de los miembros de la Hermandad:
«Todos los operarios han de ser distinguidos sacerdotes bajo algún concepto, y en algunos conceptos más que en otros. Ilustración, talento, grandeza de carácter y criterio, espontaneidad, seguridad de virtud» [1].
Don Manuel, como le llamamos desde niños muchos de nosotros, no era un hombre que buscara el prestigio, el figurar, los honores y privilegios, todo lo contrario, era la sencillez y humildad personificadas. Si exigía esa distinción en los operarios, ello era debido a la naturaleza «especialísima» de la Obra, llamada a trabajar en la formación de los sacerdotes y en la pastoral juvenil, tareas de grandísima responsabilidad y trascendencia.
La necesidad de tener que ser modelos, guías y formadores, exigía ciertamente condiciones especiales en los candidatos a la Hermandad. Ahora bien, don Manuel afirmaba que entre esas condiciones o cualidades, «las condiciones naturales son lo principal».
A la condición del buen carácter añadía la del corazón. Es decir, que los operarios habían de ser:
«distinguidos en talento y sobre todo de buen carácter y juicio, hombres de corazón» [2].
Eso era él, un hombre a quien no le cabía el corazón en el pecho. Si leéis su vida veréis que no exagero, al comprobar las mil empresas apostólicas en las que se embarcó y la tenacidad y constancia con que las llevó a feliz término.
Grandeza de carácter y ternura de corazón. Ambas cualidades unidas definen a los hombres grandes, a las personalidades equilibradas y maduras, como era él, grande en sus empresas y proyectos, y muy tierno y sensible en sus relaciones y afectos.
Sabemos por sus biógrafos que se conmovía fácilmente en sus largos coloquios con Cristo en la capilla, o en los fervorines que frecuentemente pronunciaba en la celebración eucarística, o ante cualquier necesidad humana, como la de aquella pobre castañera aterida de frío, en una vieja calle de Roma, a quien, en un arranque de compasión, le compra toda su mercancía, o el pobre andrajoso a quien abraza efusivamente en el confesonario quedándose, como premio, con un buen número de sus piojos.
Buen carácter, hombre de corazón: es lo primero y fundamental en la identificación del operario.
El corazón es lo que define al hombre, y esto es lo que D. Manuel deseaba ver reflejado ante todo en sus operarios, que fueran hombres:
«Nuestra misión no la podemos desempeñar -decía- sin ser muy espirituales, santos, y hombres de corazón... Y no basta tener esa santidad sacerdotal, no basta que seamos sacerdotes muy espirituales, tenemos necesidad de algo más los operarios: Hemos de ser hombres» [3].
Interesante, ¿verdad? Don Manuel era, sin duda, un hombre profundamente espiritual, un santo, pero no se andaba por las ramas y menos por las nubes, al contrario, pisaba muy fuerte en la tierra y, sin haber realizado estudios de especialidad en estas materias, era un excelente pedagogo. Y sabía muy bien que el corazón es el hombre, y que un buen corazón asimila las ideas y sentimientos y los va transformando en energías vitales de crecimiento personal, de amor y de servicio.
La conclusión de todo lo dicho es clara: la primera cualidad del operario, su característica peculiar ha de ser la grandeza de carácter, el ser «hombres de corazón», es decir, personas equilibradas, amables, comprensivas, en modo alguno intransigentes o intolerantes, sensibles y aptas para la amistad, de ánimo firme y estable al mismo tiempo, paciente y magnánimo, optimista y reconciliador. Como era él, Manuel Domingo y Sol: todo un hombre, y un hombre todo corazón.
2
Abierto y comunicativo
El operario ha de ser una persona abierta y comunicativa. Don Manuel daba una importancia extraordinaria a este aspecto o rasgo de la personalidad, hasta el punto de que llega a decir:
«La manifestación sincera de sí mismos es el gran medio de ser santos y de salvarnos de todos los peligros» [4].
Era evidente para él que la persona que se encierra en sí misma por orgullo y autosuficiencia o por timidez y complejos, se empobrece notablemente al no acoger lo que los otros le ofrecen, y niega al mismo tiempo a los demás la participación de lo bueno y positivo que esconde en su interior.
Si el hombre, ser social, no puede encontrar su plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás, la apertura y comunicación son el medio indispensable para dicha entrega. Por lo mismo, el operario, que está llamado ante todo a ser un hombre, no podrá lograrlo si no es una persona abierta y comunicativa.
Los operarios formamos una familia y, por ello, la obra de cada uno no es algo que le pertenezca en exclusiva, sino más bien cosa de todos, tarea común. Por eso nos advertía insistentemente Don Manuel:
«No seamos cerrados y reconcentrados. Todos nuestros intereses son comunes. Seamos abiertos, y sepan todos lo que estudiamos y nuestras aficiones, y nuestros sentimientos, y sobre todo nuestros caminos y operaciones, fuera de lo que es de conciencia y puramente de espíritu. Hemos de obrar como si lo hiciésemos todo en medio de la plaza; fuera misterios y tortuosidades de conducta, ni excentricismos de carácter. Expansión y abertura» [5].
Como vemos, D. Manuel nos invita a la comunicación de los sentimientos. No era esto práctica habitual en aquella época en la que predominaba el pudor y la reserva para hablar del mundo de los impulsos y emociones, de las reacciones íntimas de diverso tipo que todos experimentamos. El hacerlo podía experimentarse como un signo de debilidad y, en ocasiones, hasta de falta de virtud. Hoy, sin embargo, en el campo de las relaciones humanas, le damos gran importancia a este tema, convencidos de que el hombre es un ser racional, pero también y sobre todo, un ser emocional. Don Manuel estaba en lo cierto.
Si queremos saber quiénes somos y damos a conocer realmente a los demás, hemos de tomar conciencia de nuestros sentimientos y compartirlos, con naturalidad y sencillez, en el momento oportuno, movidos siempre por el amor.
Sabemos que Don Manuel poseía una gran riqueza de sentimientos que le impulsaron constantemente a una acción apostólica intensa, gozosa aun en medio de las dificultades y crisis, y sumamente eficaz. Y que se dejaba llevar de su espontaneidad para comunicarlos a los demás, a los operarios y amigos sobre todo. En las cartas comunicaba frecuentemente sus estados de ánimo, sueños y proyectos, las buenas noticias que recibía de los operarios, sus preocupaciones y sufrimientos y, en ocasiones, hasta sus mismas experiencias espirituales. En su conducta no hacía si no imitar a Jesús sacramentado con quien se desahogaba en sus largos ratos de oración. Efectivamente, Jesús en la última cena abrió de par en par el corazón a sus discípulos tratándolos como amigos, y ya antes, al acercarse su hora les había dicho «me encuentro profundamente abatido...» (Jn 12, 27), sufrimiento que en el huerto llegaría al mismo límite humano: «siento una tristeza mortal» (Me 14, 34). Jesús, pues, compartía sus sentimientos.
También nosotros estamos llamados a comunicamos profundamente: las alegrías y las penas, los éxitos y los fracasos, las cosas importantes y los pequeños detalles de la vida. Comunicación sencilla y familiar, propia de hermanos que se estiman de verdad y se aceptan como son, con sus cualidades positivas y sus limitaciones y carencias, aciertos y errores, historia pasada y realidad presente.
Y junto a la comunicación, Don Manuel colocaba siempre la corrección fraterna, acerca de la cual decía:
«Este es un punto cardinal. Lo veo de tanta necesidad, atendida nuestra fragilidad humana, las asechanzas continuas del enemigo y lo que puede el hábito y la costumbre en el obrar que, si se aflojare en esta práctica, podría peligrar el espíritu de la Obra y con él la Obra misma... Con todo, si he de decir verdad, esta práctica la ve bastante difícil y temo no se practique con fidelidad. Porque tenemos todos nuestro amor propio y, por franqueza y amor que nos tengamos, una advertencia de un igual nos hiere; y más nos hiere, si con frecuencia caemos en la misma falta y acabamos por resentimos y mirarlo aquello como una nimiedad; y, si el otro llega a observar que, aunque manifestemos conformidad en lo interior, nos resentimos, es bastante para que se vuelva remiso y desaparezca el fruto de esta laudable práctica... Pero] no la olviden los individuos... que no la olviden los superiores, porque Dios les pedirá cuenta. De esto depende el porvenir de la obra» [6].
La importancia tan grande que concedía a la corrección fraterna se explica fácilmente desde la conciencia tan viva y delicada que tenía de la transcendencia del ministerio presbiteral y el deber de ejemplaridad y testimonio que conlleva. Si la sal pierde el sabor, no sirve para nada. Si los individuos de una Institución no se esfuerzan en corregir sus fallos y defectos, la institución misma peligra. Precisamente, para que la Hermandad sea un instrumento vivo y lo más perfecto posible al servicio del Reino de Dios tenemos los operarios, entre otros, el medio importantísimo de la comunicación y la corrección fraterna.
3
Capaz de trabajar y vivir en equipo
Los operarios formamos una familia llamada Hermandad, sin más, sin ningún adjetivo. Es el nombre de casa, la concreción perfecta del título institucional y jurídico de «Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos del Corazón de Jesús».
Nos decía el Fundador:
«No olviden jamás los operarios que Cor Iesu congregavit nos in unum y que, por tanto, ha de reinar entre ellos la caridad más fraternal y delicada, vínculo de toda perfección, para que pueda decirse que somos cor unum et anima una para la promoción de los intereses de la gloria de Dios» [7].
Desde sus orígenes, la esencia de la Hermandad consiste en la unión de sus miembros para trabajar juntos por la gloria de Dios.
He aquí, de entre tantos que podíamos elegir, unos textos significativos de Don Manuel:
«El fin, la naturaleza de la obra es la unión sacerdotal para trabajar mancomunados en los intereses de la gloria de Dios» [8]. «No es la esencia de nuestra Obra el fomento de vocaciones, Corazón de Jesús, etc., sino la unión de sacerdotes seculares, unidos con el vínculo de la caridad y de una dirección común, para multiplicar los intereses de Jesús en las diócesis, sin la base del vínculo religioso» [9]. «Es una obra puramente sacerdotal. Es el sacerdote en el mundo, pero sin querer ser más que sacerdote... Y el constituir este espíritu sacerdotal en un estado permanente forma la esencia y naturaleza de nuestra Obra. Ahora bien, y notadlo: ese espíritu dificilísimamente lo hubierais conservado individualmente» [10]. «El espíritu de nuestra Obra y los fines que perseguimos es el que presidiría a la idea de una unión de cuatro o cinco o más sacerdotes de una capital que, aún teniendo el cargo de un beneficio, cátedra, etc., como medio para residir en la población, movidos por su piedad y su celo, se mancomunaran y comprometieran a ayudarse mutuamente y sustituirse en las obras de piedad y propaganda que de común acuerdo resolviesen establecer o fomentar mediante una prudente dirección común» [11].
La Hermandad, pues, se define como una fraternidad apostólica formada por sacerdotes que se unen para una mejor vivencia de su vocación ayudándose en todos los aspectos de su vida y para trabajar juntos, en profunda y concreta comunión eclesial, desde el carisma específico que les distingue dentro de la Iglesia.
Lo que pretendía Don Manuel con la fundación de la Hermandad era sencillamente:
«El dar forma a ese espíritu sacerdotal, latente en muchos corazones, y que son más de los que nosotros tal vez pensemos, de corazones rectos y grandes a quienes no llena ningún destino particular ni llama la vocación monástica ni aun religiosa, y que van tras del ideal de una vida sólidamente piadosa y aprovechada y de apoyo mutuo en medio del mundo» [12].
Esto se lo decía a los primeros operarios, interpretando su propia vida, el motivo de su vocación e ingreso en la Hermandad. En realidad, él no había inventado nada nuevo que no existiera ya en la conciencia y en el corazón de muchos sacerdotes. Simplemente se limitó, movido por el Espíritu, a «dar forma» y organizar los anhelos e inquietudes apostólicas que existían en todos ellos. Por eso continuaba diciendo:
«Nadie ni nada la ha fundado. Existía ya, y Jesús, sin saber cómo, nos ha puesto en ella, dándole organización por medio de nuestro objetivo singularísimo y único hasta hoy en el mundo, del fomento de vocaciones eclesiásticas, religiosas y apostólicas» [13].
Es claro que lo que él deseaba era la vivencia más real y concreta posible de lo que ahora llamamos «fraternidad presbiteral».
Esta fraternidad se concreta en la Hermandad en el equipo de uida y de trabajo, que es lo que la vertebra y configura hacia dentro y la especifica hacia fuera en su modo de ser y de actuar.
La Asamblea General XV (1972) resumió perfectamente lo que significa el equipo en la vida y acción de la Hermandad:
«Creemos que el equipo de vida y de trabajo, con todas las exigencias que comporta, es el medio privilegiado para ofrecer nuestro testimonio como sacerdotes y como operarios. El equipo nos hermana como hombres cristianos comprometidos en el ministerio pastoral, nos lo hace más eficaz, nos realiza humana y espiritualmente al obligarnos a salir de nosotros mismos para llegar a la comunión personal, íntima y profunda, nos ayuda, por la revisión continua, a emprender caminos más eficaces en la tarea pastoral y, finalmente, nos lleva a la experiencia de la oración comunitaria» [14]. «Es propio de la Hermandad el que sus miembros estén realmente integrados en equipos de vida y normalmente también en equipos de trabajo. El equipo es la auténtica base de la organización de la Hermandad y la célula de vida, actividad y renovación de la misma» [15].
Esta vida de equipo no es, con todo el respeto y admiración por la misma, la vida en común de los religiosos. Es sencillamente la expresión más lógica y natural de nuestro ser una familia, una auténtica Hermandad.
La capacidad, pues, de trabajar y vivir en equipo, es otro de los rasgos esenciales del operario.
4
Desprendido y libre
El operario de Don Manuel es un sacerdote que no busca «hacer carrera», escalar puestos importantes en la Iglesia, o «situarse bien» en la vida. Al contrario, es alguien únicamente preocupado por servir al Evangelio, sin sentirse apegado a nadie y a nada: cargos, lugares, actividades, dinero o afán de prestigio.
Por otra parte, en el marco de lo jurídico, es un hombre libre de ataduras, de normas o reglas que no sean las mínimas y propias de la condición sacerdotal.
De sí mismo confesaba, sencilla y sinceramente, nuestro querido Fundador:
«Gracias a Dios no teníamos, aun antes de nuestra ordenación, ninguna mira humana, ni aun de ésas que son lícitas en la carrera eclesiástica» [16].
Y recordándoles su vocación e ingreso en la Hermandad, se dirigía en estos términos a los operarios durante unos Ejercicios Espirituales:
«Si os preguntara si solas vuestras aspiraciones eran trabajar donde fuese y como Dios quisiera y a la voluntad del Prelado y lo que las circunstancias os proporcionaran, pero con verdadero celo de las almas, según vuestras fuerzas y sin buscar ninguna comodidad en vuestro estado, me contestaríais que sí. Pues ése es el espíritu que se necesita para nuestra Obra, y el mantenimiento de este espíritu -quiero decir mejor- el constituir este espíritu sacerdotal en un estado permanente, forma la esencia y naturaleza de nuestra Obra» [17].
Lo más importante y consolador para él era que los operarios de su tiempo respondían perfectamente al tipo de sacerdote que él mismo había dibujado:
«Lo que más gozo me da en los operarios es el desprendimiento, desasimiento y desvalijamiento de casi todos en lo que atañe a sus personas, ambiciones y comodidades» [18].
El unía siempre ambas cosas en la definición del operario: el desprendimiento y la libertad de ataduras propias de la vida religiosa:
«El operario es el sacerdote en el mundo, pero sin querer ser más que sacerdote. No párroco, ni beneficiado, ni otro cargo, sino sacerdote libre, sin ambiciones ni deseos más que el de trabajar por la gloria de Dios» [19].
Entre las condiciones que había que exigir en los candidatos a la Hermandad, además de las distinguidas cualidades de talento y buen carácter, las primeras Constituciones señalaban:
«El deseo de una vida sacerdotal sólidamente piadosa y ajena a toda ambición de cargos y dignidades» [20].
Sacerdotes desprendidos y libres, ése era el gran sueño de Don Manuel para revolucionar evangélica y pastoralmente las diócesis:
«Esta vida sacerdotal de celo, deseosa de su santificación en medio del mundo, libre de trabas y ambiciones y con la mirada atenta a las obras de la gloria de Dios, constituye el espíritu y ha venido a tomar forma y completar nuestra Hermandad, con la unión de sus individuos, los cuales, sin la atadura de la pobreza individual, y con la libertad constante en sus votos, pero con los vínculos de la caridad, de una cordial obediencia y en vivienda común, se consagran al fomento de los intereses de Jesús en las diócesis, bajo una dirección general y permanente [21].
Ahí tenemos perfectamente descritos el espíritu, los objetivos y el estilo de vida de aquel pequeño grupo de sacerdotes que pusieron en marcha la Hermandad.
Don Manuel amaba profundamente la vida religiosa y a los religiosos, fundó varios conventos de vida contemplativa, fomentó y acompañó espiritualmente muchas vocaciones religiosas, pero comprendió que para su obra no convenían en modo alguno los votos religiosos:
«No necesitamos ciertas ataduras, el espíritu es el que vivifica» [22].
El quería, digámoslo una vez más, una Asociación, una Hermandad de sacerdotes seculares, totalmente desprendidos y apostólicos:
«La vida, pues, que se propone la Hermandad, no es en el fondo y según su espíritu, sino lo que sería la vida sacerdotal del que, ajeno a todo deseo de cargos, dignidades y aun empleos determinados, se dedicase, en medio del mundo, a su santificación y a promover libremente todas las obras» [23].
Ese espíritu de desprendimiento y libertad de ambiciones y de ataduras ha acompañado siempre a la Hermandad a lo largo de su historia, ya desde los mismos tiempos del Fundador cuando las circunstancias obligaron a los operarios a desempeñar cargos estables en los colegios de Vocaciones y en la dirección de los Seminarios. A las frecuentes ofertas de títulos y beneficios que les llegaban, la respuesta de los operarios ha sido siempre, si la Iglesia no se empeñaba en lo contrario, la no aceptación. La libertad total para el Reino ha sido siempre, a pesar de nuestros fallos e infidelidades, y confiamos en que lo seguirá siendo, estilo característico del operario, un rasgo esencial de su personalidad.
5
Amplitud ilimitada de horizontes
Otro rasgo del operario, que se deriva del desprendimiento y libertad, es la amplitud ilimitada de horizontes. Es un hombre que se esfuerza en superar la tendencia natural a instalarse en el horizonte estrecho de la propia tarea o lugar de trabajo: el seminario, la parroquia, el colegio, la profesión o ministerio, incluso la propia diócesis o nación. Más bien, procura mantener la mente y el corazón siempre abiertos al mapa de la iglesia universal, a las necesidades más urgentes del mundo y de la misma Iglesia.
Amplitud ilimitada de horizontes quiere decir estar siempre dispuesto a romper barreras y superar los límites que marca la comodidad, el miedo o la falta de pasión evangelizadora. Es dejarse llevar de aquella «ambición santa» que se apoderó del corazón de Don Manuel, de la que él mismo hablaba a los primeros operarios, releyendo con ellos la historia de sus inquietudes apostólicas:
«Ante todo -decía- creo interpretar y leer vuestro corazón, examinando el mío. El Señor en su misericordia nos había entresacado y escogido para sacerdotes suyos y dispensadores de sus misterios. En este estado le servíamos y deseábamos servirle entre las fatigas de nuestro ministerio, inciertos de los caminos por donde querría conducimos. Como, por la misericordia de Jesús, y todos, antes de nuestra ordenación, no teníamos ninguna mira humana, nos preocupaba menos lo que en otros forma un pensamiento de colocación o destino. Esto mismo nos tenía, en cierta manera, poco satisfechos de nuestras obras. La misma sinceridad de nuestro corazón, el quererle servir en el estado sacerdotal sin ninguna mira humana, era para nosotros una pena y una congoja. El Señor, en el fondo de nuestras almas, parece que quería exigir otros trabajos. El Señor despertaba en nosotros santas y superiores aspiraciones. El celo por su gloria nos tenía poco satisfechos en nuestras obras sacerdotales o en las que, antes de ordenarnos, se presentaban a nuestra vista. Y una ambición santa parecía que hubiera querido lanzamos a todos los campos. Al pensar en el estado de algunas parroquias... veíamos las necesidades que nos rodeaban... nos venían al pensamiento aquellos pobrecitos infieles... nos compadecíamos de los pobrecitos jovencitos lanzados a todos los peligros... hubiéramos querido, como por instinto, tener medios para todos, y aunar nuestros esfuerzos los que pensábamos del mismo modo, y unirnos y ayudarnos, y hacer entre todos ciertos ministerios de celo... para remediar todos los campos» [24].
«Todos los campos», todos los intereses de la máxima gloria de Dios, ése era el horizonte de los afanes pastorales de Don Manuel y sus compañeros operarios.
Para poder realizar esos anhelos, Dios mismo le inspiró el medio más eficaz:
«Y el Señor, sin merecerlo, sin advertirlo nosotros casi,sin pensarlo ni poderlo prever, descubrió la cortina y nos presentó un bello panorama, y nos mostró un campo vastísimo, de facilísimo cultivo, de resultados indudables, campo en el cual, y con una vida puramente sacerdotal, pudiéramos impulsar, coadunados, todos los intereses de su máxima gloria, que nuestra piadosa imaginación y nuestro ardiente /celo/ pudiera soñar jamás» [25].
Será el fomento, sostenimiento y cuidado de las vocaciones sacerdotales, religiosas y apostólicas el medio providencial para promover «todos los intereses de la gloria de Dios en las diócesis», para el apostolado universal que soñaba realizar. Así lo daba a entender a los seminaristas de Toledo, habiéndoles, en cierta ocasión, de la Hermandad:
«¿Qué nos proponemos? Fomentar todos los intereses de la gloria de Dios, y sobre todo cultivar el campo de las vocaciones eclesiásticas que Jesús quiera confiar a nuestras manos, para formar con él un ejército de apóstoles, y por medio de este clero que el mundo hoy necesita, multiplicar los intereses de Jesús, y formarle reparadores de su amor, para que él pueda ver cumplido su deseo: "He venido a traer fuego a la tierra y qué deseo sino que se encienda?"» [26].
En el origen de la Hermandad hay, pues, un espíritu misionero y universal que, por obra del Espíritu, encuentra el cauce de actuación en el carisma institucional del que hablaremos más adelante.
He aquí los objetos que le señaló Don Manuel:
«Los objetos principales de la gloria de Dios que se propone la Hermandad son: 1.º el fomento, sostenimiento y cuidado de las vocaciones eclesiásticas, religiosas y apostólicas; 2." el fomento de la piedad en la juventud; 3.º el aumento de la devoción y espíritu de reparación al Corazón de Jesús principalmente en el sacramento de su amor» [27].
La Asamblea General XIII (1966), en su conclusión 20, tradujo esos tradicionales objetos de la Institución del modo siguiente:
«Los objetos de la Hermandad, marcados por Don Manuel y recogidos en nuestros Estatutos, se traducen hoy en: atender a la ancha problemática vocacional de la Iglesia, que arranca del ser cristiano y se realiza en los diversos campos; sacerdotal, religioso y laical; contribuir a la construcción de la humanidad futura, estando junto a la juventud, no sólo estudiantil, sino también trabajadora, y ayudándola a realizar su parte en la Iglesia y en el mundo; impregnar el vivir cristiano, nuestro y de cuantos tratemos, de un profundo sentido cristocéntrico y litúrgico».
Estos objetos, traducidos a la luz del Vaticano II, responden perfectamente al carisma de la Hermandad, pero no agotan lo que entraña la naturaleza y el espíritu de la misma. El mismo Don Manuel lo explicaba muy bien que sus charlas a los operarios acerca de la naturaleza de la Hermandad:
«En su esencia y su espíritu y en su instinto y en su origen, el carácter de la obra es el del apostolado sacerdotal en medio del mundo, para promover los varios intereses de Jesús en las diócesis, y sobre todo los objetos principales que se ha propuesto la misma Obra, y sobre todo el principalísimo que Jesús nos ha confiado» [28].
El objeto principalísimo no es otro que la formación de los seminaristas, la formación del clero que él mismo considera la «llave de la cosecha en todos los campos de la gloria de Dios» [29].
Cada uno de los operarios tendrá su trabajo, una tarea concreta a realizar, pero en su espíritu estará abierto y preocupado por los «varios intereses de la gloria de Dios» en la diócesis en la que vive y en la Iglesia universal. Este será siempre un rasgo característico de su personalidad.
6
Disponible
He aquí uno de los lemas fundamentales del operario:
«Que no tenga que remordernos y que no pueda decirse de un operario que pudo hacer algún bien y no lo hizo» [30].
Refiriéndose a las relaciones con los párrocos, decía Don Manuel a los primeros operarios:
«Que estén persuadidos de que somos para todo. Que se haga proverbial que al operario, a no ser por ocupación o imposibilidad, siempre se le encuentra para todo» [31].
En aquellos primeros años de la Hermandad, la relación de los operarios con los párrocos era muy intensa, teniendo en cuenta que muchos de ellos habían sido alumnos de los Colegios de Vocaciones establecidos por la misma Hermandad. Por otra parte, a finales del siglo pasado no había apenas especializaciones pastorales y, por eso mismo, un sacerdote bien formado servía «para todo». Este era el caso del operario.
La disponibilidad es el fruto espontáneo y natural del desprendimiento de sí mismo y de las cosas que, dijimos, es uno de los rasgos característicos del operario. El desprendimiento de sí engendra la humildad, virtud de los hombres verdaderos, y el desprendimiento de las cosas, la pobreza, actitud básica de los que siempre confían y esperan, y ambas virtudes, hacen posible la libertad de espíritu al servicio del reino en disponibilidad absoluta e incondicional.
La disponibilidad del operario tiene, pues, una doble faceta o dimensión. La primera consiste en esa actitud permanente de servicio para hacer en todo momento el bien posible. La segunda se refiere al desapego interior respecto a cargos, actividades y lugares, para ir a trabajar allí donde necesidad lo reclame y la dirección de la Hermandad ordene.
Los dirigentes de la Institución procurarán, en todo caso, que cada uno desempeñe el trabajo o ministerio pastoral allí donde, de acuerdo a sus aptitudes y preparación, pueda ser más útil y eficaz. Por su parte, el operario antepondrá siempre los intereses y compromisos pastorales de la Hermandad a los personales y propios, por interesantes que puedan parecer.
Respecto a la obediencia nos dejó esta hermosa consigna Don Manuel:
«Ha de ser una obediencia cordial; no con el fin de un deber, sino por voluntario ofrecimiento. Por lo tanto, hemos de estar dispuestos siempre y en todo, pero con cordialidad, sin necesidad de mandato» [32].
En la práctica, el operario se esfuerza en avivar y hacer operativo el espíritu de disponibilidad por medio de:
el diálogo abierto y cordial con los superiores, la renuncia a apetencia de cargos, puestos, dignidades, etc., el tomar conciencia de que todo lo de la Hermandad atañe a todos, el ofrecimiento espontáneo para trabajar en cualquier parte del mundo, la persuasión de que, siguiendo a Don Manuel, «somos para todo», dentro de nuestras capacidades y posibilidades concretas [33]. En cuanto hombre disponible, el operario tiene la oportunidad de enriquecerse personalmente al entrar en contacto con otras realidades culturales y eclesiales, desempeñar nuevos ministerios y establecer nuevos vínculos y relaciones personales. La Hermandad, por su parte, mediante dicha disponibilidad, podrá responder con mayor agilidad y eficacia a las urgencias pastorales que reclaman su servicio.
El modelo supremo del operario será siempre Jesús quien en todo momento hizo la voluntad del Padre y no la suya, que no vino a ser servido sino a servir, que fue siempre el totalmente disponible y, como atestiguó solemnemente San Pedro, «pasó por el mundo haciendo el bien» (Hech 10, 38).
7
Diocesano
«El operario se denomina diocesano por su dedicación a tareas de carácter general en las diócesis o al servicio de ellas; su condición de sacerdote secular debe manifestarse por su unión con el obispo en cuya diócesis trabaja y su colaboración estrecha con los sacerdotes de la misma [34].
Don Manuel decía que la Hermandad es «una obra sacerdotal diocesana organizada» [35]. Y las primeras Constituciones determinaron lo siguiente:
«Los operarios, correspondiendo al nombre de diocesanos, y siéndolo en verdad, promoverán las obras de carácter más universal y más en consonancia con los objetos de la Hermandad, cuando la diócesis lo requiera, bajo la dirección del obispo» [36].
Como sacerdotes seculares que somos, nos esforzamos en vivir no sólo unidos al obispo, de cuyo ministerio participamos por el sacramento del orden y por la misión canónica, sino insertados plenamente en la pastoral de conjunto, haciendo que todo cuanto la Hermandad y nosotros mismos realizamos en el plano diocesano sea, de hecho y efectivamente, para el servicio de la diócesis [37].
La integración diocesana la entendemos no como algo simplemente conveniente por razones humanas o pastorales, sino como un deber:
«Es un deber de los operarios la colaboración en los apostolados del clero diocesano y la participación en sus reuniones y actos» [38].
Desde la conciencia de la diocesaneidad, el operario procura abstenerse de todo lo que pueda distinguirle o separarle como elemento extraño o miembro de un grupo aparte dentro del clero secular, admitiendo únicamente aquellas diferencias normales que se derivan del propio carisma, puesto al servicio de los sacerdotes y de la misma diócesis. A ser posible, se vincula, a título de ordenación, con su propia diócesis. En estos casos, la Hermandad.
«Pide a los operarios que conservan su título de ordenación de servicio a la diócesis, que manifiesten su vinculación con la suya propia, manteniendo aquellas relaciones que parecen oportunas en un sacerdote secular, ausente por razones de ministerio» [39].
ºPuesto que formamos una auténtica asociación sacerdotal y somos Hermandad, nos sentimos llamados a ofrecer, sencilla y humildemente, a los hermanos sacerdotes el testimonio vivo de la fraternidad sacramental del presbiterio. La Asamblea General XV (1972) dijo a este respecto:
«La Hermandad, en su esencia y en su origen, es y ha querido ser, con mayor o menor acierto en la historia, un intento de poner de relieve la esencial fraternidad sacramental del presbiterio» [40].
Somos conscientes de que esto nos exige mucho, pero no podemos renunciar a ese testimonio porque de otro modo seríamos infieles a nuestros orígenes y a nuestra propia identidad, al nombre que siempre ha de distinguirnos: sacerdotes operarios diocesanos.
El deseo de vivir a fondo la diocesaneidad será siempre para nosotros una urgencia constante. En este sentido, la Asamblea General XVIII (1990);
«asumiendo lo acordado en asambleas anteriores, urge a todos los operarios la necesidad de una mayor integración en la vida y actividades del Presbiterio Diocesano [41] .Esa diocesaneidad nos pide también, como nos recuerda la misma Asamblea XVIII, el estar «siempre dispuestos a acoger, atender y ayudar fraternalmente a los sacerdotes en sus diversas situaciones [42].
Por todo lo dicho, es claro que el perfil de operario sería incompleto y estaría gravemente desfigurado sin este rasgo de la diocesaneidad.
8
Amigo de los jóvenes
Otro rasgo característico del operario es su cercanía a los jóvenes, su preocupación por toda la problemática que rodea al mundo juvenil.
Don Manuel dedicó sus mejores energías al trabajo con los jóvenes. Organizó la «Juventud Católica» de Tortosa, dirigió la Congregación de San Luis, fundó la revista «El Congregante de San Luis», y puso en marcha un Gimnasio para recreo y formación de los jóvenes. La juventud fue para él una especie de sana e incurable obsesión:
«La formación de la juventud, ¡esa es la gran obra! El salvar a la juventud ha sido por muchos años mi sueño dorado. Creo que para realizarlo he puesto más trabajos y desvelos que por la misma Hermandad» [43].
Quería que los jóvenes se comprometieran a fondo: «los jóvenes hoy deben ser apóstoles» [44]. Y que cada uno llegara a descubrir su vocación y a ocupar su puesto en la Iglesia:
«De las juventudes deben salir, por un lado, vocaciones eclesiásticas que pueblen los seminarios, y por otro, hombres prácticamente católicos y fervorosos que lleven la vida a las parroquias» [45].
El objeto de sus afanes y desvelos se llamaría más tarde Acción Católica, una fuerza apostólica de primera línea en la vida de la Iglesia.
Como todos los santos, fue un hombre clarividente y audaz. Su «ambición santa» le llevó a decir:
«Aspiro a formar una gran red que arrastre a las juventudes de todos los pueblos de España» [46].
En su trato y apostolado con los jóvenes no pretendía ser, ni lo era en modo alguno, un líder estrella o un paternalista, sino un padre y amigo a la vez; y tenía muy claro lo que hay que hacer al trabajar con ellos:
«Me ocuparé siempre en ser padre y amigo de la juventud» [47]. «Con los jóvenes, más que trabajar, es preciso hacerles trabajar, que es el máximo trabajo» [48].
Se hizo viejo y murió soñando que un día la Hermandad llegaría a encontrar «la palanca» que ponga en marcha a la «juventud tan amada». Y para eso habría que «formar una sección de colaboradores que recoja a jóvenes y hombres en quienes infundir el amor al apostolado por la juventud» [49].
Siguiendo su ejemplo y enseñanzas, la Hermandad desea, hoy que «el reto de los jóvenes se hace cada vez más urgente, revitalizar su segundo objetivo y llevarlo a cabo con nuevo ardor, con nuevos métodos y con nuevas expresiones» [50].
La realidad actual de secularización e increencia reclama una nueva evangelización que cale no sólo en las personas sino en la cultura y en la sociedad. Por eso, hacemos nuestras las palabras de Juan Pablo II a los obispos europeos (11 de octubre de 1985):
«Es preciso plantear el problema de la evangelización en términos totalmente nuevos (...). La obra de evangelización, en la situación peculiar que se encuentra hoy Europa, está llamada a proponer una nueva síntesis creativa entre el evangelio y la vida».
Creemos que estas palabras valen también para los otros Continentes, si bien cada uno tiene sus características peculiares. Lo cierto es que los individuos, la humanidad y la civilización entera se encuentran hoy en una encrucijada, en busca de una salida, y «urge en todas partes rehacer el entramado cristiano de la sociedad» [51].
Por otra parte, junto a la utopía de algunos crece hoy en muchos jóvenes la anti-utopía, como desencanto total y previsión de un catástrofe de dimensiones cósmicas; realidad juvenil que se da también en el ámbito de lo religioso.
En estas circunstancias, los operarios queremos estar, como amigos, junto a los jóvenes para ayudarles a que se preparen a encarar los desafíos históricos con la esperanza que viene de la resurrección.
Concretamente, nos hemos comprometido a impulsar «La creación de servicios pastorales que contribuyan a que los jóvenes lleguen a un compromiso adulto en la fe y sean factor de cambio en la sociedad, según el espíritu del evangelio» [52].
En el campo de la enseñanza, la Asamblea General XVI (1978) nos señaló lo siguiente:
«En los centros de enseñanza y educación de los jóvenes, los operarios considerarán como principal tarea la educación en la fe y la promoción vocacional» [53].
Hoy menos que nunca se puede improvisar o trabajar aisladamente. Por eso, la Hermandad tiene un Proyecto de Pastoral Juvenil orgánica que sirve de marco de referencia para el trabajo en las parroquias, los colegios, los centros de orientación vocacional, los Movimientos y otras plataformas pastorales.
Los destinatarios del trabajo pastoral en este campo son todos los jóvenes (estudiantes, trabajadores, marginados...), con una opción preferencial por los más necesitados [54].
En esta acción pastoral, como en todas las demás, el operario se inserta en los Proyectos de Pastoral juvenil o Movimientos en los que trabaja, teniendo presente su propio Proyecto, para un mutuo enriquecimiento y para desarrollar la dimensión vocacional que le caracteriza.
Decía Don Manuel que «cuando Jesucristo apareció entre los hombres diciendo "Yo soy la Vida", hizo al cristianismo el magnífico regalo de una juventud perpetua» [55].
El operario está al servicio de la vida, para que los jóvenes sean, en medio del mundo dominado por la tristeza y la muerte, signo vivo y esperanza de esa «juventud perpetua».
9
Apóstol de las vocaciones
Si hubiera que elegir un único rasgo de identificación del operario tendríamos que quedarnos con éste: apóstol de las vocaciones, es decir, es un hombre cuya mayor preocupación e interés en la vida consiste en ayudar a los jóvenes y adultos para que descubran su vocación y se capaciten para realizarla en el mundo y en la Iglesia con la mayor fidelidad y eficacia posibles.
Don Manuel empleaba siempre tres palabras que hemos heredado los operarios como lema fundamental de nuestra vida: fomentar, sostener y cuidar las vocaciones. Se trata de lo que hoy decimos en pastoral vocacional descubrimiento, acompañamiento y formación.
Al hablar de los objetos de la Hermandad nos decía:
«Entre estos objetos, el primero y preferente y que ha querido el Señor confiar de un modo providencial a! celo y vigilancia de la Hermandad, el que ha sido ocasión de su origen, y que debe siempre caracterizarla, es el fomento, sostenimiento y cuidado de las vocaciones eclesiásticas, religiosas y apostólicas» [56].
Es indudable que le preocupaban todas las vocaciones, pero insistía de un modo especial en las vocaciones sacerdotales, hasta el punto de afirmar que «la formación del clero es lo que podríamos llamar la llave de la cosecha en todos los campos de la gloria de Dios» [57].
Hoy todos estamos convencidos de que es necesario promover, acompañar, formar y cuidar todas las vocaciones, para que la convocación de todos en la única Iglesia de Jesús pueda desarrollar en el mundo la misión única que el Señor ha confiado a sus discípulos. A finales del siglo pasado, sin embargo, las cosas no estaban tan claras. ¿Quién pensaba entonces, por ejemplo, en el apostolado seglar? Pues bien, Don Manuel repetía una y mil veces:
«Hoy que el sacerdote ha de hacer apóstoles a ios seglares, no lo podrá hacer si no es santo, no a medias sino del todo» [58]. «Oh, si todos los cristianos correspondieran al deber de cooperadores de Dios en las almas en el círculo que les ha señalado» [59]. «¡Cuan pocas veces hemos puesto nuestra palabra, nuestro talento, nuestra influencia, nuestros intereses al servicio de la gloria de Dios y para la salvación de las almas! ¡Cuan poco hemos meditado que Dios nos quería para cooperadores suyos, cada uno según sus facultades y su vocación! Sí, todos debemos ser auxiliares de Dios; todos tenemos esta vocación. No sabemos si estamos destinados a ser un río rápido que haga florecer a sus orillas jardines amenos, o si hemos de parecemos a la gota de rocío que envía Dios en el desierto a la planta desconocida; pero, más brillante o más humilde, nuestra vocación es cierta; no estamos destinados a salvarnos solos» [60].
La Hermandad es consciente de que, aunque el deber de fomentar las vocaciones afecta a toda la comunidad cristiana, y pertenece especialmente a la misión presbiteral, se necesitan Instituciones que, con dedicación generosa, se entreguen plenamente a esta tarea esencial de la Iglesia. Por eso, renueva también en esta época su opción prioritaria por la pastoral vocacional, como expresión de su propia identidad [61].
Para el desarrollo de esta opción pastoral, cuenta con Institutos Vocacionales, Centros de orientación Vocacional y Editoriales, y fomenta la presencia y el trabajo de los operarios en las Delegaciones diocesanas de vocaciones y en otros organismos de pastoral.
Concretamente, para hacer frente a la crisis de vocaciones que atraviesa la Iglesia, los operarios nos esforzamos en favorecer, por todos los medios, la sensibilización vocacional de la comunidad cristiana y la preparación de agentes de pastoral vocacional, y estamos comprometidos en la formación y animación de comunidades vivas, especialmente familiares, juveniles y parroquiales, de las que deben surgir los militantes cristianos y los ministros y servidores del Pueblo de Dios [62].
A lo largo de su historia, la Hermandad ha concentrado la mayor parte de los esfuerzos en las vocaciones sacerdotales, mediante la dirección de seminarios. Ese interés y compromiso lo mantiene hoy, en sintonía con la realidad y organización pastoral de la Iglesia y las necesidades de las diócesis en que trabaja, con distintas formas de presencia y de trabajo.
También entra de lleno en nuestro carisma vocacional, el servicio a las vocaciones religiosas, para que continúen prestando al mundo, además de otros muchos, el inestimable testimonio de que no puede ser transformado y ofrecido a Dios sin el espíritu de las bienaventuranzas. Y así mismo, el servicio a las vocaciones de laicos consagrados para el establecimiento del reino de Dios en el mundo.
Por último, el operario empeña su vida en el servicio a «¡a vocaciones de laicos, que guiados por el espíritu del evangelio contribuyan a la transformación del mundo desde dentro, a modo de fermento, laicos apóstoles que sean auténticos "líderes" cristianos en medio de la comunidad eclesial» [63].
En este sentido, la Asamblea General XVIII (1990) ha relanzado fuertemente a la Hermandad en esta dimensión pastoral.
El objetivo que nos proponemos en el apostolado con los laicos es el «que éstos, una vez evangelizados,
asuman su vida de laicos como vocación; se comprometan como evangelizadores, en la construcción de la Iglesia y de la sociedad; ejerzan servicios o ministerios laicales, y se conviertan en agentes de pastoral vocacional [64]».
Nosotros hoy, al igual que Don Manuel, encontramos en la pastoral vocacional «el medio universal y eficacísimo para la promoción de todos los demás intereses de la gloria de Dios» [65].
Se trata de un trabajo «en las raíces del bien», que hemos de desarrollar, lleno el corazón «de gratitud y fidelidad al Señor que [nos] ha llamado a una obra de tanta trascendencia para su gloria y bien de la Iglesia» [66].
10
Profundamente eucarístico
La Eucaristía es la fuente de la vida apostólica, el gran misterio de la fe. Para Don Manuel, el amor a Jesús sacramentado lo explica todo:
«El amor a Jesús Sacramentado, y el deseo de la salvación de las almas, y el deseo de repararle, y el de proveer a todo el mundo de apóstoles... es lo que ha de santificarnos y conservarnos» [67].
No podía ser de otro modo, pues la Hermandad nació una mañana fría de enero, en el corazón ardiente de Don Manuel, mientras daba gracias de la Misa, devotamente arrodillado junto al altar del Convento de Santa Clara, en Tortosa. El siempre recordará emocionado:
«Nuestra Obra ha brotado del Corazón de Jesús Sacramentado, silencioso, olvidado, desconocido, ultrajado». Por eso, el amor a Cristo en la Eucaristía «debe ser el sentimiento peculiar, constante, tierno, interior de nuestros corazones» [68]. Se trata de un sentimiento de gratitud profunda y adoración, que mueve al mismo tiempo al compromiso apostólico y la entrega total:
«Este amor y este sentimiento encierra y produce la perfección, es la fuente de bendición para las obras todas de nuestras manos, el que nos excita a activar nuestros objetos y la fortaleza para todas nuestras circunstancias» [69].
Es la caridad pastoral, el amor que santifica al sacerdote en el ejercicio mismo de su ministerio y lo define espiritual y existencialmente como apóstol y pastor
A este propósito, decía Don Manuel: «el sacerdocio no es una carrera..., es el apostolado, es ser otro Cristo» [70]. «Por esto, conviene más que nada la formación del corazón. No bastan los conocimientos» [71]. El Corazón de Jesús sacramentado es ei modelo del corazón sacerdotal que es preciso formar en los seminaristas. Sin ese corazón y ese amor no podemos ser sacerdotes. Siendo la Eucaristía ¡a expresión máxima de ese amor y la fuente de donde mana, la conclusión de Don Manuel es perfectamente lógica:
«Jesús Sacramentado ha de ser el apoyo, aliento, consuelo y anhelo de todo nuestro corazón, la llama que ha de vivificamos, el distintivo, en fin, interior de nuestra Obra» [72]. «Nuestra vida ha de ser el amor y reparación al Corazón de Cristo Jesús» [73], puesto que «a él hemos consagrado nuestro cuerpo, alma, intereses, ambiciones, fuerzas y cuanto tenemos» [74]. Es el amor que explica su entrega total por las vocaciones sacerdotales:
«Si descendiéramos al fondo, al manantial de los sentimientos de nuestra piedad, tal vez encontraríamos lo que no habíamos reparado ni discurrido; que el origen de nuestro deseo por el bien y el fomento de las vocaciones eclesiásticas, de que Dios tenga muchos y buenos sacerdotes... ha sido nuestro instintivo amor a Jesús Sacramentado... Yo creo que es así. Es la fuente de todas las gracias en nuestras empresas» [75].
La santificación personal y la acción apostólica del operario en medio del mundo únicamente pueden ser posibles desde la espiritualidad eucarística. Don Manuel lo decía expresamente:
«Ser sacerdotes y santos en medio del mundo es un milagro, y ese milagro lo haremos, y este milagro no se hará sin combates, tentaciones, penas, contradicciones, desmayos, temores, escrúpulos. Pues cuando las tentaciones nos persigan y las ocasiones nos atemoricen y las dudas nos aflijan y las contradicciones nos desmayen y las pasiones nos agiten, si estamos acostumbrados a acudir a Jesús Sacramentado, aunque nos parezca no tener fe y estar en tinieblas, una visita silenciosa al tabernáculo arrancará una compunción, tal vez una lágrima, que disipará nuestras dudas, calmará nuestra agitación y temores, devolverá la alegría y la paz. La experiencia os lo dirá» [76].
La devoción al Corazón de Jesús era, como sabemos, la más extendida y arraigada en aquel tiempo. Seguramente para algunos o muchos, esa devoción y la reparación que le acompañaba, consistía en meras prácticas piadosas, cargadas de fuerte sentimentalismo, pero no era éste el caso de Don Manuel, para quien la reparación consistía en «proveer a todo el mundo de apóstoles». Este era el verdadero «consuelo» que valía la pena ofrecer al Señor.
«Ya sabéis -decía a sus operarios- que la devoción al Corazón de Jesús consiste en estudiar sus sentimientos... El vio el oficio de Redentor. El Padre le presentó a su alma creada el encargo de Salvador y las fatigas que le aguardaban. Y Jesús enseguida se entregó a su voluntad. Ecce venio. Sin dilación, al momento aceptó. ¡Qué ejemplo para nosotros!» [77].
La espiritualidad eucarístico-reparadora nos exige también hoy a los operarios una entrega, como la de Cristo, hasta el sacrificio total. Concretamente, nos pide «apropiarnos» los sentimientos de Cristo Siervo, Profeta y Pastor, en la oración de cada día; acoger en la celebración eucarística el don que el Padre nos hace en Jesucristo «muerto por nosotros y resucitado para justificación nuestra» (Rom 4, 25), y comprometernos a hacer todo lo posible para que los demás también puedan compartirlo.
Con palabras de la Asamblea General XV, los operarios «consideramos la vivencia de la Eucaristía como fuente y culmen de nuestra existencia sacerdotal, y por esa vivencia nos comprometemos, como distintivo peculiar de nuestra espiritualidad, con el destino redentor y reparador de Cristo» [78]; queremos poner nuestra vida «al servicio de la Eucaristía, fuente y cumbre de la vida cristiana, por la que se realiza y crece la comunidad, seriamente comprometidos contra la injusticia que domina en el mundo, dispuestos a reparar la justicia de los hombres con Dios y entre sí, y a edificar la comunidad universal» [79].
Don Manuel construyó un Templo de Reparación en Tortosa, donde reposan sus restos. Y hubiera querido establecer uno, al menos, en cada diócesis de España, para que se encendieran en el amor de Cristo todos los corazones. Hoy la Hermandad atiende varios templos de éstos, como auténticos «oasis» en el desierto de la vida, faros de la Luz en medio de la tiniebla de este mundo.
En la Hora Santa que, desde los primeros días de la Hermandad, celebramos en la noche del jueves, renovamos la conciencia de nuestra solidaridad con Cristo en su misión redentora del hombre, y nos enraizamos más profundamente en quien es el árbol de la vida y la Vid que nos vivifica y alimenta.
Hombre profundamente eucarístico, reparador de la injusticia, reconciliador y agente vivo de comunión, éste es el espíritu del operario, su distintivo espiritual, el rasgo esencial que configura y sostiene todos los demás.
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