Con mucho gusto presentamos el tercer volumen de «Cuadernos Mosén Sol», al sumarse a la colección.
Preparado por Juan de Andrés, tal vez el mejor conocedor de la vida y del pensamiento del Beato Mosén Sol, se nos ofrece con un gran sentido de la oportunidad.
Le viene ésta del hecho de que la doctrina que nos presente está íntimamente relacionada con la temática señalada para el próximo Sínodo de los Obispos a celebrarse en otoño de este ano 1990: la formación del sacerdote actual.
A los veinticinco anos de la promulgación del Decreto «Optatam totius» sobre la formación sacerdotal, la invitación que se nos hace para revisar y pensar sobre la formación sacerdotal puede verse enriquecida con la lectura de este cuaderno. Resultan actuales las ideas que nos brinda el Beato Mosén Sol sobre aspectos formativos como: la pastoral, la preparación para la dirección espiritual, la experiencia pastoral, la unión íntima y personal del seminarista con Cristo, la preparación para el ministerio en campos como la predicación, la vida sacramental y la dedicación especial a los pobres. Llama la atención especialmente la importancia que concede a la preparación de los laicos.
Todo ello realizado desde un ambiente educativo en el que domine el clima familiar, el trato directo, la presencia continua y cercana del educador.
Como ya hizo el autor en el primer cuaderno, nos vuelve a ofrecer la oportunidad del encuentro directo con los textos del Beato apóstol de las vocaciones.
Escuchar en este breve cuaderno su doctrina, cuajada de experiencias, nos puede servir a todos para estudiar, valorar y motivar las tareas del próximo Sínodo sobre un tema siempre actual como la formación de los pastores actuales para la Iglesia y el mundo.
Madrid, 1 de mayo, 1990
LOPE RUBIO PARRADO
Director General de los Sacerdotes Operarios Diocesanos
Una de las preocupaciones más acentuada en el Beato Manuel Domingo y Sol fue la de formar apóstoles. Trabajó para ello desde siempre; pero de modo muy peculiar desde que encontró «la llave de la cosecha..., la llave del remedio universal de las almas»
[1] con la formación de los futuros sacerdotes.
Dimensión eminentemente pastoral
¡Cómo hubiera gozado «el santo apóstol de las vocaciones sacerdotales»
[2] con el Decreto
Optatam totius del Concilio Vaticano II, sobre la formación sacerdotal!
Este Decreto pone el acento incisiva y reiteradamente en la formación pastoral, que es lo que intentó con todas sus fuerzas el Beato Manuel Domingo y Sol. Dice el Concilio que en los Seminarios «toda la educación de los alumnos debe tender a la formación de los verdaderos pastores de las almas, a ejemplo de nuestro Señor Jesucristo, Maestro, Scerdote y Pastor... Por lo cual, todos los aspectos de esta formación, el espiritual, el intelectual, el disciplinar, deben estar conjuntamente dirigidos a esta finalidad pastoral»
[3].
Todo debe tender a esto. Y precisamente era esto lo que más se descuidaba en los seminarios españoles de la época, y a los que quiso poner remedio Mosén Sol.
Sólo se piensa en la carrera
Había en los Seminarios cierta inquietud intelectual, aunque no siempre ni en todos. Dice el Beato Manuel Domingo y Sol: «¡Qué lástima es que en muchos Seminarios no se piensa más que en la carrera científica y literaria! Hay entusiasmo en los Prelados y rectores en discurrir y pensar en los estudios de sus alumnos. Laudable
es: pero se mira con menos
interés todo lo que afecta a la
formación... ¿Por qué? Porque se mira la carrera sacerdotal como una carrera, y no es
carrera» [4].
Es idea casi obsesiva
en él la de que el sacerdocio no es una simple carrera. Es mucho más. Es algo muy distinto de las carreras, que se hacen y luego se pueden ejercer, o no. El sacerdote es siempre sacerdote. Queda marcado para siempre, «pues la Ordenación es como otra creación, y somos destinados a otro fin, y éste es casi exclusivo: el salvar almas y, con ellas, la nuestra
[5].
Por lo tanto, hay que formar no sólo para la carrera, sino para el estado. «Muchos Obispos discurren sobre estudios. Aunque la piedad la deseen, dicen que puede arreglarse con unos pocos ejercicios. No parece sino que sólo se piense en la carrera.
El sacerdocio no es
carrera» [6].
Y a pesar de todo, no resultaban los Seminarios de entonces emporios de ciencia. «Se han fijado más en la
carrera que en el estado, y aun en la carrera no han faltado deficiencias, debido, más que al amor de la tradición, a una rutina estacionaria, sostenida por la vanidad y el recuerdo de algunas glorias literarias pasadas»
[7].
Bastaría recordar la tristemente célebre «carrera breve», a la que Mosén Sol no dudó en calificar como «carrera de ignorantes»
[8]. Hasta los llamados Seminarios Centrales no brillaban a mucha altura en la parte científica: «Los Centrales se limitan a conferir los grados, y no son sino como los otros Seminarios y tal vez, tal vez, alguno, menos»
[9]. No faltaba Central que se llevaba el premio en vacaciones. En el mes de enero del año 1904, en cierto Seminario Central, «después de un mes de vacaciones, han tenido ahora cinco días consecutivos. La ciencia aquí es infusa»
[10]. Y en este mismo Seminario, y en ese mismo año, en marzo, «dieron vacaciones el 16 y hasta el 12 de abril»
[11].
Cuanto más se estudie, mejor
El Beato Manuel Domingo y Sol no estaba contra los estudios. Ni mucho menos. «La adquisición de conocimientos es
conditio sine qua non para el estado y el ejercicio del ministerio. Más diré: cuanto mayor y más sólida sea la copia de conocimientos, más eficaz será su acción en los ministerios, y diré que hasta eso puede serviros para vuestra más fácil santificación»
[12].
Y hace ver a sus alumnos la gravísima obligación que tienen de estudiar mucho y bien. «Y prescindo de hablar del deber que tenéis de la adquisición de estos conocimientos para vuestros ministerios. Si un abogado, un médico debe saber lo de su carrera –de otro modo,
vosotros ni le absolveríais-, mucho más
el sacerdote» [13].
Pero sigue insistiendo, para dejar todo muy claro: «La enseñanza literaria
no es lo único de la carrera sacerdotal. O lo diré mejor: la enseñanza es necesaria a la carrera como carrera; mas
la carrera sacerdotal no es
sólo carrera, es un
estado; y la carrera no es más que parte y medio para el estado. Y para el estado se requieren otras cosas esencialísimas»
[14].
Y estas cosas esencialísimas se descuidaban lamentablemente y las quiso cuidar y cultivar con todo esmero el Beato Manuel Domingo y Sol. Había más preocupación por formar «opositores» a canongías que verdaderos pastores, sacerdotes llenos de santidad y de celo. No se formaba el espíritu. Y «es tan esencial en la Iglesia
el buen
espíritu en el Clero, que de él depende todo: es la llave»
[15].
Constataba con pena que «faltan los conocimientos relativos a la formación del espíritu para sí y para los demás; los conocimientos y la práctica verdadera de su celo, si quiere cumplir con su misión. En los Seminarios -y no quiero acusar a éstos, porque si no se hace más, es porque no se puede-, aparte de la enseñanza, más o menos esmerada,
se mira como muy
secundario lo relativo a la
formación del celo sa
cerdotal» [16].
Colegios de San José
Mosén Sol fundó los colegios de San José para Vocaciones Eclesiásticas, con el fin de formar a los futuros sacerdotes como auténticos pastores de almas. Cada nuevo colegio de San José que inauguraba colmaba de dicha su corazón: «Gozo en pensar que tenemos una casa más, un plantel de futuros apóstoles»
[17]. Porque «un Colegio de San José debe ser un noviciado
de futuros apóstoles de la gloria de Dios y fomentadores de su amor Sacramentado»
[18].
Veía con toda claridad que «nuestra España necesita apóstoles»
[19]; por lo que decía a sus colegiales: «Habéis de ser apóstoles, y nosotros os empujaremos»
[20]. Su santa ambición era formar un apostolado compacto entre todos sus alumnos para restaurar España: «Ha de formarse de los colegiales de San José un
apostolado para todas las obras convenientes en las Parroquias»
[21].
El año 1891
decía a sus operarios: «Practicaremos el celo, estando siempre dispuestos con nuestro trabajo y nuestra fatiga y gastando nuestra existencia en
aumentar los apóstoles, salvadores de almas, y
en infundirles ese espíritu de celo, para que lo explayen en todos los campos de la Iglesia»
[22].
En la mente del Beato Manuel Domingo y Sol el SAcerdote Operario Diocesano tiene que ser -por el hecho de trabajar en la formación del clero-, no sólo apóstol, sino forjador de apóstoles. Escribe así a un operario, el 19 de marzo de 1892: "Dios le quiere no sólo para apóstol, sino para formar apóstoles"
[23]. Y a otro, el 11 de marzo de 1894: "Nosotros, más que apóstoles parciales, hemos de ser modeladores y formadores de apóstoles, para que se pueda decir de cada uno de nosotros, aunque en manera distinta, lo que se puso sobre el sepulcro del profesor Deza, en su epitafio: "alii scripta, scriptores ego mundo dedi"
[24].
Práctica pastoral práctica
Formaba a sus colegiales en piedad sólida y en celo apostólico, preparándolos exquisitamente para el ministerio, por medio «del curso de reflexiones sobre la práctica pastoral práctica»
[25], ya que vio la necesidad de formarlos en esta dimensión tan esencial. Componen este curso 113 lecciones, que abarcan: La vocación sacerdotal; la santidad del sacerdote; la formación del clero; las virtudes teologales y las virtudes específicas del sacerdote; los ministerios; las relaciones con las diversas clases de personas.
Dejó establecido que los Sacerdotes Operarios dieran estas charlas semanalmente a los ordenandos
[26], y él lo hacía personalmente en el Colegio de Tortosa: «Está prescrito en nuestra Obra que se den a los ordenandos de nuestros Colegios unas reflexiones semanales sobre Ascética, Mística y Práctica pastoral práctica. Así lo hago yo en Tortosa»
[27]. Decía el año 1896 a los colegiales del Pontificio Colegio Español de Roma: «Si yo tuviera que dirigir una serie periódica de consideraciones, como lo hago semanalmente a nuestros colegiales de Tortosa, claro es que podría ofreceros a vuestra meditación ideas particulares y prácticas, no sólo para la vida espiritual y los medios de conseguir la santidad, a que debéis aspirar, y los ejercicios de piedad y de las virtudes todas, sino también sobre vuestro comportamiento en todo el tejido de las varias circunstancias de la vida, así privada, como la de vuestros ministerios»
[28].
El fin que se proponía era «la buena cultura del entendimiento
y formación del corazón en lo espiritual, e ideas prácticas para el desempeño del ministerio, para la completa adquisición de la perfección sacerdotal; el modo de hacer provechosos estos ministerios, el espíritu que debe informarlos.
«Además, recordaros las ideas propias
para la formación del corazón sacerdotal; esto es, la ascética, o medios de perfección para gobierno vuestro y de las almas, y algunas ideas de teología mística, y esto con dos objetos:
1.º para que se evite el desprecio que algunos hacen de ciertos caminos de perfección y de las almas que acaso puedan ser conducidas por dichos caminos; lo cual significaría falta de fe; y
2.º para evitar engaños y demasiada credulidad en dichas cosas de espíritu»
[29].
Formar en la dirección espiritual
Es decir, el Beato Manuel Domingo y Sol preparaba a sus alumnos en la dirección espiritual de las almas, como indica el Decreto
Optatam totius: «Con toda solicitud fórmense en la dirección espiritual de las almas, para que puedan formar a todos los hijos de la Iglesia, en primer lugar, para una vida cristiana plenamente consciente y apostólica y, además, para el cumplimiento de las obligaciones propias de su estado. Con idéntico interés aprendan a ayudar a los Religiosos y Religiosas a perseverar en la gracia de su propia vocación y a progresar según el espíritu de los diversos Institutos»
[30].
Al mismo tiempo, los formaba en su vida espiritual y en el espíritu apostólico, propios del buen pastor: «Conviene recordar el fin, objeto y materia de estas reflexiones. El fin es la formación del espíritu sacerdotal. El objeto es, con este espíritu, formar el corazón en la santidad por medio del conocimiento de las prácticas individuales y las del ministerio. Materia es el conocimiento de los medios»
[31].
Se lo repite multitud de veces: «Ya sabéis que estos ratos que dedicamos a los que estáis próximos a vuestra Ordenación tienen por objeto dos cosas: formaros un concepto práctico de vuestra santidad sacerdotal y daros ideas, también prácticas, para el desempeño de vuestro ministerio y su eficacia. O, en otros términos: ilustrar vuestro entendimiento y aun formar vuestro corazón para vuestra santificación y el ejercicio fructuoso del ministerio»
[32].
«Habiendo de configurarse a Cristo Sacerdote por la sagrada Ordenación, habitúense a unirse a El, como amigos, con el consorcio íntimo de toda su vida»
[33]. Así se expresa el Concilio Vaticano II, y añade que se les enseñe a buscar a Cristo, sobre todo, en la Eucaristía.
El Beato Manuel Domingo y Sol, ardiente enamorado de la santísima Eucaristía, cuidaba este punto por encima de todos, haciendo ver a sus alumnos que Jesús Sacramentado es la fuente de toda acción pastoral. «Que sea la fuente donde bebáis las saludables aguas de la gracia, y con ellas pueda el Señor hacer fecundo vuestro ministerio y poder ser instrumentos dóciles a sus adorables designios»
[34].
Quería a los futuros sacerdotes muy amigos de Jesús, que está por nosotros y para nosotros en el Sagrario: «que seáis verdaderos compañeros de Jesús, que os admite a habitar en su propia casa»
[35].
«La sagrada Eucaristía debe ser objeto de vuestra devoción especialísima y sobre todas las demás. Es tan santa, tan razonable esta devoción y tan fecunda, que no es posible descuidarla, si se tiene fe ilustrada»
[36].
El futuro sacerdote ha de tratar mucho con el Señor, porque va a ser «el continuador de la obra de Jesús sobre la tierra»
[37], porque «El os ha llamado para que le améis»
[38]; porque «habéis de ser un día portadores de Jesús y guardadores de su Cuerpo para bien de las almas»
[39].
Todo nace de la Eucaristía: «Esta es la fragua donde se calienta el corazón para santificarse por sus hermanos»
[40]. «Prometedle que le trataréis mejor y haréis visitas»
[41].
No basta la piedad
Dice el Concilio Vaticano II: «Foméntense intensamente los ejercicios de piedad recomendados por la venerable costumbre de la Iglesia. Cuídese, sin embargo, que la formación espiritual no consista sólo en ellos y no cultive únicamente el afecto religioso. Aprendan los alumnos, más bien, a vivir según la forma del Evangelio; a cimentarse en la fe, la esperanza y la caridad, para alcanzar, con la práctica de estas virtudes, el espíritu de oración, conseguir la fortaleza y defensa de su vocación, lograr el vigor de las demás virtudes y aumentar en el celo por ganar a todos los hombres para Cristo»
[42].
Mosén Sol es muy explícito también en este aspecto: «Conviene, más que nada, la formación del corazón. No bastan los conocimientos. Más aún,
no basta la piedad [43].
«El fin de estas sencillas y familiares conferencias es la formación del corazón sacerdotal. Os afanáis todo el curso, y durante los cursos de la larga carrera, en adquirir los conocimientos necesarios, que son la base, es cierto, para el estado sacerdotal. Os formáis el corazón en la piedad.
Mas ni aun esto basta. Es preciso saber cómo se ejerce esta piedad y este celo sacerdotal. De lo contrario, sería tener armas y no saber cómo se manejan.
«El fin de estas pláticas es cómo se ha de haber el celo en el gobierno de sí mismo y de los fieles. Para ello tratamos de ascética y mística y práctica pastoral práctica. ¡Es tan esencial! Muchos ignoran cómo han de gobernarse. Esterilizan el ministerio»
[44].
Los formaba en la práctica de las virtudes teologales. «Os exponía en los últimos días del curso anterior la necesidad de las virtudes teologales en el sacerdote, para ejercer su ministerio con provecho propio y con fruto de las almas»
[45].
«Debéis ser un Evangelio práctico»
[46]. El sacerdote debe ser imitador fiel, seguidor constante de Cristo, ya que «somos
otro Cristo, porque precisamente nos ha constituido para continuar su misión. Si hubiese querido salvar sin nosotros, o de otro modo, lo podía hacer. Ahora bien, si somos
otro Cristo, debemos seguir sus huellas»
[47].
Vida de familia
Para lograr mejor sus objetivos, el Beato Manuel Domingo y Sol tenía sumo interés en crear en sus Colegios un ambiente de familia.
Feliz coincidencia con lo que recomienda el Concilio Vaticano II: «Adviertan bien los superiores y profesores que de su modo de pensar y de su manera de obrar
depende en gran parte el resultado de la formación de los alumnos. Bajo la guía del Rector, establezcan una muy estrecha unión de espíritu y de acción y formen entre sí y con los alumnos una familia»
[48].
Era un punto capital para Mosén Sol. El 22 de abril de 1908 escribía al Sr. Arzobispo de Granada: «Toda la fuerza de nuestra institución no consiste en las condiciones o cualidades personales, pues muchos de nosotros las tenemos bastante flojas para gobernar jóvenes, o chicos, sino en que formamos entidad, por lo tanto, unión en el fin, y unidad de acción, administración, vigilancia, régimen y sistema, celo para con los alumnos, sin temor a rozamientos de unos con otros. Un individuo solo, por excelente que fuere, y más teniendo que valerse para la ejecución de miembros que no forman un mismo cuerpo, es casi imposible y con sus resistencias pasivas inutilizarían la mejor acción, como sucede en algún seminario que usted conoce, aunque aparezca exteriormente otra cosa»
[49].
Deben formar una familia entre sí. Y también con los alumnos. Cuando el Beato Manuel Domingo y Sol visitaba sus Colegios, y luego los Seminarios, su primera plática versa casi invariablemente sobre este punto tan vital, que facilita la formación apostólica de los futuros sacerdotes. Les dice que no forman sólo un Centro de estudios, sino, antes que nada y por encima de todo, una familia. Los superiores son como padres y jefes de dicha familia, que se entregan por vocación a ellos. «En cambio, nada os exigimos más que amor y piedad, que seáis un día apóstoles que podáis salvar almas»
[50]. «Esta es una casa como de familia, en la que los que guían lo hacen por amor y por cariño; y los que vienen aquí deben estar poseídos de un compañerismo fraternal»
[51].
Así define a sus Colegios: «Un Colegio es una familia»
[52]. «Superiores y alumnos no tenemos más que unos mismos intereses, unos mismos sentimientos y aspiraciones. Formamos una sola cosa, en fin, una familia»
[53]. «Formamos, pues, una familia, un apostolado con los alumnos»
[54].
Disciplina de cordialidad
Consecuente con este espíritu de familia, quería en sus Colegios una disciplina cordial, sin estridencia, llena de amor.
Dice el decreto «
Optatam totius»: «Obsérvese la disciplina de modo que se convierta en aptitud interna de los alumnos, por virtud de la cual la autoridad de los superiores se acepte por íntima convicción o, lo que es igual, por razones de conciencia y por motivos sobrenaturales»
[55].
Dice el Beato Manuel Domingo y Sol: «En nuestras casas la disciplina no es una disciplina militar, sino bien paternal. Queremos que se obre por convicción y por educación. Los que no obren por educación y convicción del deber, en estas casas no necesitan castigos, y por ello ningún castigo se ha de imponer a los mayores. Aquí no es ninguna cárcel; la puerta de esta cárcel es la puerta abierta. Al que no le venga bien el molde, ya sabe el camino»
[56].
Cuando funda el Colegio de Vocaciones en Lisboa, el Sr. Cardenal Neto apremiaba a Mosén Sol, para que hiciera un Reglamento muy de tallado y muy exigente. El Beato Manuel Domingo y Sol le contesta en estos términos: «El Reglamento de nuestros Colegios es muy sencillo y se limita al horario y distribución de tiempo, por tratarse de jóvenes de carrera eclesiástica, que no necesitan los formulismos y multitud de prescripciones ceremoniosas, propias de una disciplina de jóvenes de otras carreras. En las pláticas viene mejor ir formando el espíritu y el comportamiento religioso y social»
[57].
Formación sacerdotal, formación para el apostolado
Estaba muy convencido de que «el sacerdote no puede cumplir sin ser un apóstol, y para serlo se necesita ser santo»
[58].
Por eso, quería sacerdotes que fueran auténticos pastores de las almas, llenos de ciencia, sí, pero también llenos de amor, que se manifiesta en el celo apostólico. «El que no tiene celo, no ama. Y si no sentís celo y compasión por las almas, no tenéis amor a Dios.
No debéis ser sacerdotes» [59].
Veía con pena que había poco celo entre los sacerdotes, poca inquietud pastoral: «El clero de España no está bien. No se trabaja. Son buenos. Creen que con meterse en casa y en la iglesia, basta. Y hoy no basta.
¡Apostolado!» [60].
Veía y lamentaba que «lo que se ha hecho no basta.
Es preciso la formación del apostolado» [61].
Mosén Sol sintetiza el sacerdocio como apostolado, porque «el sacerdote es el hombre de la caridad»
[62]. Por eso, «no se concibe sacerdote sin celo; no puede existir celo sin amor; o viceversa, si queréis, no puede haber amor a Dios sin celo; no puede concebirse sacerdote sin amor»
[63].
Dice repetidamente: «El sacerdocio no es una carrera, es un estado, digo mal,
es el apostolado, es ser otro Cristo. Y para ello no bastan los conocimientos»
[64].
Para ello hay que aprender a vivir según el Evangelio.
Así quería Mosén Sol a sus colegiales: «Queremos que seáis apóstoles, santos
sacerdotes, santos y llenos
de celo. Estáis llamados a salvar almas»
[65].
Y para conseguirlo, «es indispensable formar en la santidad y saber ejercitar el ministerio. Y nunca se dirá bastante»
[66].
El resultado de sus esfuerzos nos lo ofrece el mismo Mosén Sol: «No es posible comprender cómo estaba la formación de los jóvenes en mi época y algo anterior y bastante posteriormente... Y hoy se dilata el corazón, al
ver el gran número
de jóvenes de celo que van sustituyendo a aquella generación» [67].
«Más de un Prelado me ha dicho a mí sin reparo que en algunas Parroquias ya se conoce la ida de los jóvenes salidos del Colegio»
[68].
Obligaciones pastorales
El Decreto «
Optatam totius» concreta con detalle algunos puntos en los que se debe formar a los aspirantes al sacerdocio: «La preocupación pastoral, que debe informar por entero la formación de los alumnos, exige también que éstos sean cuidadosamente preparados en todo aquello que se refiere de modo particular al sagrado ministerio, especialmente en la catequesis y en la predicación, en el culto litúrgico y en la administración de los sacramentos, en las obras de caridad, en el deber de ayudar a los que viven en el
error o en la incredulidad y en todas las demás obligaciones pastorales»
[69].
Todos ellos eran temas muy frecuentes en las pláticas del Beato Manuel Domingo y Sol a los ordenandos.
Catequesis
El, personalmente, era un catequista consumado. Hablaba con entusiasmo de la catequesis. «No miréis este ministerio como inferior. Cuesta más la preparación para la catequística que para pláticas-misiones. En algunas parroquias es el único medio. Amad este ministerio»
[70].
Predicación
Dedicaba varias lecciones a este punto, porque la predicación -les decía- es la gran palanca del bien, establecida por Jesucristo
[71]. La base para una buena predicación es la Teología y la Sagrada Escritura
[72]. Y «la primera condición: orar mucho y meditar mucho»
[73]. Si no somos hombres de oración, no predicaremos»
[74]. «Los Apóstoles lo comprendieron: «
orationi» et
«verbo». La predicación es el gran medio de la Providencia. ¿Se ha aprovechado bastante? No. Y menos en nuestro siglo. Parece imposible el descuido que hay, y no se cumple»
[75].
Les da consejos prácticos para la predicación: «No dilatéis la predicación. Es una tentación dilatarla»
[76]. «Guardaos de ser atrevidos y dogmatizadores»
[77]. «Evitar exageraciones, truenos y relámpagos, alusiones personales. Algunos no parece sino que tienen vinagre en el corazón. Siempre con dulzura, que es hija de la humildad; es la llave de los corazones; es la virtud del sacerdote. Sin ella se paraliza el ministerio»
[78].
Les aconseja que preparen bien la predicación, porque no prepararla «es burlarse del pueblo»
[79]. Y se exponen a decir lo que no deben: «Hay quienes tienen condiciones; pero son fábricas de palabras. ¡Qué lástima! Les falta fondo y, a veces,
les sobran errores»
[80].
Por eso les recomienda escribir; pero «no escribir sino después de la meditación y lo que se ha meditado»
[81].
Sacramentos
Les habla de «la santificación propia por medio de aquellas acciones que diariamente nos veamos precisados a practicar. Y, para empezar por lo más general, la administración de sacramentos. No del deber de administrarlos, ni en la forma en que deben hacerse conforme a las prescripciones de la moral y en cuanto tienen relación con el bien de los fieles, sino en cuanto pueden servirnos para nuestra mayor santificación propia. Ya que hemos de hacerlos, que nos sirvan para nosotros»
[82].
Trata de todos los sacramentos, pero se fija especialmente en el de la Penitencia, que tiene la ventaja sobre la predicación de estar hablando concretamente a una persona. Se tocan las llagas y se sanan. «No sólo se enseña el infierno, sino que se lo cierra con una absolución»
[83].
Les dice que «hay que hacer afluir todo el ministerio a la conversión, al confesionario, como la hacen los misioneros»
[84]. «Tengamos horas fijas, aunque no vengan. Adquirir el nombre de ”confesador”»
[85].
«Es mi cargo, salvador de almas. Con los pecadores, hasta traerlos al confesionario, no debéis parar»
[86].
Les encarga muy encarecidamente que atraigan a los desviados: «¡Cuántos hijos pródigos!, pecadores que debéis tenerlos clavados en el corazón»
[87].
Para esto, tienen que ser hombres de celo, verdaderos apóstoles y pastores de almas, y no conformarse con ser «oficinistas»
[88], y actuar «meramente como un obrero»
[89].
Los más débiles
Dice el Concilio Vaticano II: «Si es cierto que los presbíteros se deben a todos, sin embargo, de modo especial se les encomiendan los pobres y los más débiles»
[90]. Por lo cual, dice también que se enseñe a los futuros sacerdotes a buscar a Cristo «en los pobres, los niños, los enfermos, los pecadores y los incrédulos»
[91].
Temas que aborda con frecuencia y con gusto el Beato Manuel Domingo y Sol. «Necesita de la limosna
y celo por los pobres para
el resultado del ministerio. La caridad corporal o material le es necesaria al sacerdote. Sin ella es inútil casi el ministerio»
[92].
Y predicaba, antes que nada, con el ejemplo. Sus colegiales eran testigos de que «en el Colegio de San José se reparten todos los días 400 raciones a los pobres, y viene allí toda la miseria de Tortosa»
[93].
Los pobres son los primeros. Y cuando hay que atender una necesidad urgente «y apenas se puede, pues remediarla «
sin poder, hacer este
imposible, con la seguridad de que la Providencia acudirá pero muy visiblemente»
[94].
Previene a sus alumnos contra ciertos prejuicios, que van a escuchar con frecuencia: «No escuchéis a los que dicen: Hoy los sacerdotes, con tan escasísimos donativos, ¿cómo pueden ser limosneros? Los que dicen eso son, en general, los que reúnen más dinero y son menos dadivosos...
No escuchéis a los que sirve de tapadera para sus avaricias el decir que tienen que prevenir sus necesidades para la vejez... Para éstos nunca llega la vejez, porque, aun siendo viejos, tienen el mismo espíritu de ahorramiento y, aunque llegaran a los cien años, aún previenen contra la vejez, y mueren ricos, verificándose aquello de que viven pobres para morir ricos, y va a parar a manos del diablo...
Al fin y al cabo, si después de haber cumplido con celo nuestro ministerio y haber tenido medios de vivir mejor y ahorrar, y por no haberlo hecho -por levantar las necesidades de los pobres-, fuéramos a morir a un hospital, ¡oh qué señal de predilección sería ésta! Yo me tengo ofrecido.
Insisto tanto en esto, porque veréis mucho de estas miserias y muchos caeréis en ellas, lo mismo si tenéis poco que mucho, si os entra la carcoma de la avaricia»
[95].
Pero, además de la caridad material, es importantísima
la caridad espiritual con los pobres. «Jesucristo lo quiere. Están más privados de medios que ninguna clase y se los abandona más, aun por sacerdotes buenos. Porque, si no se va a ellos, no vendrán... Se quejan ellos de que para los ricos es todo el cuidado»
[96].
Pobres y débiles son
los enfermos, y «hay que aprovechar la desgracia y el dolor para la gloria de Dios y el bien de las almas...
El gran medio para adquirir el buen nombre de caritativos es la asiduidad y cuidado con los enfermos... Prometed a Jesús este celo»
[97].
Forjar apóstoles seglares
El Concilio Vaticano II indica que se prepare a los futuros sacerdotes «para suscitar y fomentar la acción apostólica de los seglares y promover las diversas y más eficaces formas de apostolado»
[98].
Se trata de algo muy entrañable para el Beato Manuel Domingo y Sol. Veía en esto el medio más práctico y eficaz de multiplicar el celo sacerdotal y de potenciar y ampliar el bien.
«El gran medio de producir fruto es buscar cooperadores»
[99]. «¡Cuánto bien puede hacer un sacerdote! No obstante de lo mucho que puede hacer solo, individualmente considerado, claro está que será mucho menos que si sabe asociarse a la mayor masa posible de fieles para trabajar con él. Que procure no practicar el bien aisladamente, sino promover y poner en movimiento las masas, asociándolas a las buenas obras y formando de muchas almas como bases de operación»
[100].
Estimula a sus alumnos a que, cuando sean sacerdotes, promuevan a toda costa el apostolado seglar: «¿Lográis un joven que sin rubor practica la piedad? Pues hacedlo un apóstol. Presentadle un plan de campaña»
[101].
Porque a la gente joven hay que hacerla trabajar: «A un joven no lo dejéis en la inacción»
[102].
Y siempre que sea posible, organizar el apostolado, por medio de asociaciones, buscando las más adecuadas para cada Parroquia
[103]. «¿Hay otros jóvenes en la población? Puede pensarse en una Congregación»
[104]. Es preciso «hacer apóstoles, excitando el celo de las personas piadosas. No se hace en general. Hay pueblos donde una sola persona vivifica al pueblo. ¿Por qué no muchas?
[105].
«Hay que formar a todos en celo y algún apostolado»
[106].
Pero para formar apóstoles, el sacerdote debe ser santo. «Hoy que el sacerdote ha de hacer apóstoles a los seglares, no lo podrá, si no es santo, no a medias, sino del todo»
[107].