Escritos del Beato Manuel Domingo y Sol - Cartas Volumen 23
Indice del volumen volver al índice

 

La fraternidad sacerdotal
en el Beato
Manuel Domingo y Sol


por Afrodisio Hernández Casero

Cuadernos Mosén Sol
2

Tortosa
1989


Contenido





Presentación
La fraternidad: contenido teológico y existencial
La vida en equipo: expresión de fraternidad
Un modelo de «fraternidad» presentado por la Iglesia
Un hombre, un ambiente y una idea
Objetivos y fines
Medios para vivir la fraternidad
Otros medios

Presentación




   Nos llega el segundo volumen de Cuadernos Mosén Sol. Con un tema actual y sugerente: La fraternidad sacerdotal.
   El sacerdote actual, hombre de este tiempo que no necesita ni quiere salir del mundo en el que le toca vivir, puede verse batido por dos realidades de este mismo mundo: la soledad o el torbellino de una actividad desbordante.
   Una y otra pueden germinar en ambientes tan distintos como el rural, desierto de infancia y juventud o el barrio impersonal de la masificada y apresurada ciudad. El sacerdote, para no perder su norte, necesita un extraordinario equilibrio interior y, porque no le debemos exigir ser un héroe permanente, unas ayudas externas.
   El equilibrio le vendrá de una personalidad bien ajustada y de una relación personal, amistosa y continua con Cristo en cuyo nombre ejerce el ministerio.
   El medio exterior más eficaz es la vivencia de la fraternidad sacerdotal.

   El beato Mosén Sol, conocedor como nadie de los sacerdotes, piensa y realiza «una verdadera fraternidad sacerdotal tanto en el estilo de vida como en la forma de trabajo».
   Es el beato Mosén Sol quien, siguiendo el estilo marcado para la colección de estos cuadernos, habla de este tema. El autor del presente volumen,
Afrodisio Hernández Casero, con larga experiencia en tareas formativas y de gobierno en la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos en Latinoamérica y en España, le hace hablar y, además, a lo largo de la lectura del texto nos permite adivinar la conducta ejemplar y la eficacia pastoral de un hombre que encontró en la fraternidad «la clave para configurar realmente su existencia sacerdotal».
   La lectura de este pequeño volumen nos puede ayudar a vivir el sacerdocio con mayor alegría y a compartir el ministerio en una cultivada fraternidad sacerdotal.

LOPE RUBIO PARRADO
Director General de los Sacerdotes Operarios Diocesanos

La fraternidad sacerdotal




   Llamamos «hermano» a aquella persona que tiene los mismos padres que otra, o que pertenece a la misma comunidad o institución. «Hermano», por tanto, viene a significar una entidad personal con determinadas características. La «fraternidad» es la unión y buena correspondencia entre aquellos que son o se tienen como «hermanos». La fraternidad es una prerrogativa, o como diría Pastor Hermas: «un estilo de vida». Entre los componentes fundamentales de la fraternidad sacerdotal podemos señalar:


1. Contenido teológico:

   Al hablar de fraternidad sacerdotal se trata de designar un tipo peculiar de relaciones interpersonales, la creación de unos «lazos» que van configurando el ser y el hacer de un grupo de personas.

   Los componentes de estas relaciones interpersonales son tres:

   a) Unidad. Cristo nos llama hermanos, nos constituye en un sólo cuerpo, del que él mismo es la cabeza, y nos convoca a la unidad como signo externo de credibilidad. «Se unen entre sí en íntegra fraternidad» (L.G.28). «En la unidad de la caridad está el amor fraterno». S. Agustín.

   b) Igualdad. En Cristo todos somos iguales, sin distinción de razas, lenguas o culturas. El hermano es colega en la jerarquía y en el ministerio. Todos se hallan en un mismo plano, sin diferencias de categorías, a pesar de los distintos cargos que ocupen.

   c) Trato mutuo y cercano. San Ignacio de Antioquía dice que hay que hacerse hermanos «por medio de la amable benignidad». Decirse «hermano» comporta un testimonio existencial visible, implica la manifestación de objetivos y contenidos tangibles. Lleva consigo la ayuda mutua en todos los órdenes. Así pues, la naturaleza de esta relación fraterna se define como «sacramental e íntima».
   Sacramental, por proceder del mismo y único sacramento del orden. No es, por tanto, algo optativo, sino constitutivo y necesario. Y por ser sacramental, es «íntima», ya que afecta al más profundo centro existencias de los presbíteros, a su misma entraña.


2. Contenido existencial:

   La relación de fraternidad abarca las exigencias y realizaciones de la vida concreta.
   Entre las exigencias o actitudes podemos señalar las siguientes:
   - El espíritu fraterno, que supone la aceptación incondicional del otro, el trato afectuoso y la comunicación abierta.
   - La corresponsabilidad: colaboración derivada de saberse insertados en un ministerio y proyecto común.
   - La solidaridad: ayuda y colaboración permanente y en todos los aspectos de la vida diaria.
   Entre las realizaciones concretas se pueden presentar distintos grados. La teología y la vida, la psicología y la fe comparten unos mismos objetivos y se mueven por unas mismas veredas.
   - Ayuda mutua: referida fundamentalmente al «compartir» lo que se tiene, ayuda material.
   - «Comunión en el trabajo»: compartir lo que se hace.
   - «Comunión de vida»: compartir lo que se es. Vida común, intercambio frecuente de ideas, proyectos y vivencias. Y todo aquello que pueda servir para un mayor crecimiento en la vida sacerdotal.
   Al hablar de la «fraternidad» en el beato Manuel Domingo y Sol tenemos en cuenta los diversos aspectos reseñados, ya que de una a otra forma aparecen muy claros en su contenido ideológico y vivencial.
   Sin duda es una concreción muy actual y válida de esta «fraternidad».

La vida en equipo: expresión de fraternidad




   Trabajar y vivir en fraternidad ha sido una tendencia constante del sacerdote a lo largo de la historia de la Iglesia.
   Santos padres y maestros de espiritualidad han recomendado con interés la vida en equipo.
   Por no citar más que algunos ejemplos orientativos:
   Dionisio de Alejandría habla de la «concordia fraterna» que debe haber entre los presbíteros. De los primeros siglos nos llegan noticias de sacerdotes que viven en comunidad sin formar una comunidad religiosa.
   Obispos como Martín de Tours, Agustín de Nipona, Paulino de Nola, etc., se esforzaron por establecer entre sus clérigos la «vita communis».
   Y durante toda la Edad Media y Moderna ha habido un continuo vaivén entre la «soledad» del sacerdote y la vida en «comunidad».
   La vida en común no tenía otra salida que la «institución religiosa». Sin embargo el sacerdote siempre ha querido conservar su carácter diocesano. Vivir en común sin formar una comunidad religiosa.
   El concilio Vaticano II habla de la «íntima fraternidad sacerdotal que forman entre sí los presbíteros en virtud de la ordenación: sintiéndose responsables los unos de los otros, acogiéndose y ayudándose mutuamente, trabajando con espíritu de equipo, viviendo en común, si hace falta, e incluso organizándose en asociaciones sacerdotales» (P.O.8).
   También dice el concilio en el «Christus Dominus»: «Para hacer más eficaz la misma cura de almas se recomienda encarecidamente la vida en común de los sacerdotes, en particular de los adscritos a la misma parroquia, pues dicha convivencia, al mismo tiempo que favorece la acción apostólica, de a los fieles ejemplo de caridad y unidad» (nº 30).
   Hoy son muchos los sacerdotes diocesanos que buscan la santificación personal y la eficacia de su apostolado mediante la unión con otros sacerdotes. Es un nuevo rasgo de la espiritualidad sacerdotal:
   «La íntima fraternidad sacramental entre los presbíteros lleva consigo la comunión en la oración, en la fraternidad sacramental y en la misión. Los presbíteros han de compartir este amor, en la comunidad de vida, de dones y de bienes. Llegar a tener un corazón y un alma, viviendo en familia o encontrándose en familia con frecuencia». (Simposio, pg. 153).

Un modelo de «fraternidad» presentado por la iglesia




   El 29 Marzo 1987, en una ceremonia presidida por Juan Pablo II y concelebrada por 600 sacerdotes, incluidos cardenales y obispos, era declarado «Beato» el tortosino Manuel Domingo y Sol.
   Por primera vez en una beatificación, y a petición de la Hermandad de Sacerdotes Operarios, concelebró tan gran número de sacerdotes. La «fraternidad sacerdotal» era el elemento aglutinador y expresamente buscado como signo representativo de una vida y de una institución.
   En las distintas esferas eclesiales esta «fraternidad sacerdotal»» se veía como una herencia recibida del nuevo beato y transmitida a muchos sacerdotes a través de la formación en los seminarios dirigidos por la Hermandad.
   Al día siguiente, 30 de marzo, bajo este mismo espíritu, el Papa concedió una audiencia al numeroso clero, obispos, sacerdotes y seminaristas, que acudió a la ceremonia.
   Recalcamos algunas palabras del Papa, de indudable valor por el momento y las personas a las que iban dirigidas:

El nuevo beato dejó su Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos, fundada como una verdadera fraternidad sacerdotal, tanto en el estilo de vida como en la forma de trabajo.

   Después de ensalzar la dedicación de D. Manuel a los sacerdotes, termina diciendo:

Os aliento a ser difusores de sus virtudes en la comunidad eclesial y en la sociedad española.

   Poco tiempo antes, el mismo Juan Pablo II, en carta dirigida a los sacerdotes operarios con motivo de los cien anos de su fundación:

   Don Manuel supo no sólo indicaros pautas adecuadas a conseguir la perfección mediante la ascesis personal, sino también daros con su conducta ejemplar y sus escritos la clave para configurar realmente la existencia sacerdotal.

   Son bastantes los obispos españoles que han puesto de manifiesto el modo de vivir la fraternidad en el espíritu y en la obra de D. Manuel. Como indicativo señaló solamente alguno de ellos:

La figura de D. Manuel Domingo y Sol puede ser en nuestros días un estímulo extraordinario para los sacerdotes, que pueden encontrar en él la realización del ideal sacerdotal... Ayudaría a esta tarea de identificación sacerdotal... (Cardenal Vicente E. y Tarancón).

El carisma de D. Manuel Domingo y Sol conserva todo su valor en el momento presente... será de espiritual provecho para toda la Iglesia y de singular estímulo para una mayor apreciación del sacerdocio (Cardenal Narciso Jubany).

   La Iglesia ha visto en D. Manuel una forma de vivir la «fraternidad sacerdotal» y nos la propone como un posible modelo referencial.

Un hombre, un ambiente y una idea




Un hombre

   Manuel Domingo y Sol nace en Tortosa, ciudad cercana a la desembocadura del Ebro, el 1 de abril de 1836.
   Ordenado sacerdote, queda a la plena disponibilidad de su obispo para el servicio de la diócesis: «Una ilusión santa parecía querer lanzarnos al mismo tiempo a todos los campos». ¡Veía tantas necesidades...! ¡Tantos campos faltos de brazos...! ¡Quería estar siempre dispuesto para ir allí donde su obispo le enviase, donde hubiera necesidades más urgentes. Ya desde entonces trató de apartarse de cargos, dignidades, prebendas... y de todo los que pudiera significar una «atadura» humana o sacerdotal.
   Es enviado a una pequeña parroquia. No estuvo mucho tiempo, ya que poco después le mandan a Valencia para obtener el título de doctorado en Teología. De regreso va destinado como ecónomo a la parroquia de Santiago, en Tortosa. Ante la insinuación de su obispo se hace cargo de la cátedra de religión del instituto. Allí comienza una extensa labor de apostolado juvenil.
   Su inquietud por los jóvenes pasa del aula a la calle; del estudiante al obrero. D. Manuel sabe que en la juventud se juega el futuro de la familia y de la sociedad, y se vuelca sobre ella con imaginación y entusiasmo. «La juventud es mi ideal», dirá. Y lo primero que hace es organizarla. Su lema: «Hacer que hagan». O con otras palabras: «Practicar la enseñanza del congregante por el congregante mismo».
   Compra terrenos, levanta un «gimnasio» (lugar de recreo, de formación cultural, de encuentros y de compromisos apostólicos). Allí se ofrece una rica y variada gama de posibilidades juveniles. Pronto siente la necesidad de un equipo. «Estoy muy solo en la empresa», dirá.
   En su trato con los jóvenes advierte la influencia de la prensa con el espíritu laico y anticlerical. De su celo por este apostolado saldrán folletos, estampas, pequeños libros de devoción, circulares y otros papeles de propaganda. Idea la creación de una editorial y abre una «librería católica». En 1881 funda «El congregante», la primera revista juvenil de España.
   Una obra tan amplia no la puede abarcar una sola persona. Hay que unirse y trabajar en equipo. Lo exige la eficacia y la continuidad.
   A la misma conclusión llegará cuando intente dar solución a los graves problemas que viven muchos seminaristas. Muchos de ellos, por falta de medios económicos, atravesaban situaciones de gran necesidad. La atención al sacerdote y a las vocaciones se convertirá para él en objetivo de su vida. Así fueron naciendo los colegios vocacionales de san José por distintos lugares de la geografía española: Tortosa, Valencia, Murcia, Orihuela, Plasencia, Almería, Burgos y Toledo. El de Lisboa, en Portugal, y el de Roma en Italia, que tantos beneficios ha reportado y sigue dando a la Iglesia española.
   Ninguna de estas obras podía llevarla una sola persona. Y... ¿cómo darlas continuidad? Es una labor de equipo de vida y de trabajo.
   Un equipo que tenga un objetivo común, unos mismos ideales y carismas. Un equipo que comparta lo que es y lo que tiene. Es decir, vivir en «fraternidad». Así nació la Hermandad de Sacerdotes OperariosDiocesanos.
   Y el año 1909, «con las manos vacías y el corazón lleno de nombres», como dirá uno de sus «hijos», muere en su ciudad natal de Tortosa. Un grupo de sacerdotes cogía el «relevo» y continuaba su obra.
   Cuando D. Manuel muere, muere con fama de santo. Uno de sus biógrafos resumirá toda su vida con el siguiente título: Un hombre que supo darse. Así lo reconocía la gente sencilla que le trató. Pío X, que le conoció personalmente, dice de él poco después de su muerte: ha sido «llamado por el Señor a recibir el premio correspondiente a sus virtudes y santas obras».
   Y los dos periódicos de Tortosa abundan en la misma impresión: «Una voz interior nos decía: era un santo». Con palabras muy parecidas se expresan los dos periódicos de Castellón.
   Importante es dar todo lo que uno tiene: «él siempre me daba», recordará una mujer pobre. Cuando paseaba con otros, los pobres siempre se dirigían a él para pedirle. Pero más importante es «darse». Toda su vida fue un continuo «quehacer» pastoral, sin embargo lo fundamental era el «ser». Ser santos. Se hace desde lo que se «es». Por eso, la finalidad principal de esta «fraternidad sacerdotal» no es el hacer tareas, sino la «propia santificación». La eficacia apostólica dependerá en gran parte del testimonio de vida personal.
   Hay muchos caminos para llegar a la santidad; uno, según el beato Mosén Sol, es vivir en fraternidad: «Lo difícil que es individualmente que ese celo no venga a agostarse y, a veces, de malísima manera, y nos hubiera sucedido a la generalidad de nosotros... Todo esto... es para ver lo dificilísimo de este sostenimiento del espíritu sacerdotal y de celo individual que se requiere como preliminar para nuestra obra, que es lo que viene a allanarlo, facilitarlo y organizarlo» (Escritos, 1, 5, 22).
   «El fin de nuestra humilde Hermandad es nuestra más fácil santificación» (Escritos 1, 6, 54).
   Este es Mosén Sol, un hombre que, como él mismo nos dice, «desde que tenía 16 anos no sabía lo que era perder el tiempo», pero que por encima de todo está su unión con Dios. Un hombre que busca eficacia y continuidad a sus obras de apostolado, pero que, por encima de ello, convoca a los sacerdotes, para que mediante la fraternidad, se ayuden en la propia santificación.


Un ambiente

   El clero diocesano.

   En líneas generales era bueno el clero que D. Manuel conocía. Entregado a su tarea pastoral y preocupado por la situación eclesial.
   Pero se notaba un envejecimiento progresivo, lo que unido a la baja de vocaciones, comenzaba a ser alarmante. A este envejecimiento hay que añadir la frecuente soledad y aislamiento en que desarrollaba gran parte de su vida y apostolado.
   Algunas obras de carácter general o supraparroquial no estaban atendidas por falta de personas liberadas para ello.
   Los cargos, puestos y otros nombramientos (a veces ciertas prebendas y honores) ataban demasiado para dejar tiempo e ilusión con el que atender otras necesidades.
   No faltaban, como es natural, los intereses personales, situaciones «estables» difíciles de cambiar, los desánimos, la falta de fuerzas o de iniciativas.
   A estas dificultades personales se unían las apostólicas: tareas que requerían la unión en forma de equipo estable, tareas comenzadas y terminadas con la persona. Disponibilidad total al prelado, carencia de ataduras a cargos, lugares, familia, etc., esto es lo que D. Manuel quería para lograr una vida y un trabajo más eficaz.

   Los religiosos.

   A pesar de las grandes dificultades socio-políticas a las que se veían sometidos, D. Manuel admiraba su espíritu religioso y su compromiso apostólico. Jesuitas, dominicos, franciscanos, se presentaban como modelo constante de referencia para él. La vida en fraternidad y las tareas comunes era una meta que siempre tenía ante sus ojos.
   Pero su forma de vida, de trabajo y espiritualidad no eran transplantables al clero diocesano. Constituían dos formas distintas de encarnar el sacerdocio. Le hubiera gustado encontrar una tercera con características elegidas de ambas. Pero eso no existía en la Iglesia. Habría que fundarlo. Y D. Manuel se lanzó a esa empresa: formar una fraternidad sacerdotal, en la que el sacerdote diocesano fuera solamente eso, pero que tuviera algunas cualidades del religioso.
   Sacerdotes unidos y reunidos que, deseando su mayor santificación sacerdotal, se dedicasen a promover los intereses de Dios en las diócesis, libres de todas otras atenciones.


Una idea

   ¿En qué consistiría este estilo de fraternidad sacerdotal? ¿Cual sería su naturaleza?


1. Unión de sacerdotes seculares con el vínculo de la caridad.

   «En su esencia y en su espíritu... es el apostolado sacerdotal en medio del mundo». Es una obra «puramente sacerdotal», «sacerdotes y nada más que sacerdotes». Recalca las características estrictamente sacerdotales y diocesanas para evitar cualquier posible confusión con la vida religiosa. No existía un cauce, oficialmente aprobado por la iglesia, en el que cuadrase plenamente la idea de D. Manuel, tenía el peligro de no distinguirse del sacerdote diocesano o de confundirse con el «religioso». Y, sin embargo, es algo nuevo y, por tanto, distinto de ambos.
   Son sacerdotes «a quienes no llena ningún destino particular», por una parte; «ni llama la vocación monástica ni aún religiosa», por otra; pero que «van tras el ideal de una vida sólidamente piadosa y aprovechada y de apoyo mutuo en medio mundo» (P. y E. 12).
   Para ser y para parecer más sacerdotes seculares, no quiere ninguna clase de votos o de ataduras, propias de la vida religiosa. Más tarde, para poder ser aprobados por la Iglesia habrá que aceptar el voto de obediencia.
   Esta «fraternidad» será una unión de sacerdotes, «pero sin querer ser más que sacerdotes», «los cuales, movidos por su piedad y celo, se mancomunasen y comprometiesen formalmente a ayudarse y sustituirse en las obras que de común acuerdo resolvieran fomentar y favorecer» (P. y E. 13).
   El espíritu de esta unión de sacerdotes estaría en trabajar «donde fuera y como Dios quisiera y a la voluntad del prelado y en lo que las circunstancias os proporcionaran, con verdadero celo, según vuestras fuerzas y sin buscar ninguna comodidad en vuestro estado» (P. y E. 15).
   Algunas de estas características se modificarán con el tiempo, bien porque así lo exigían para la probación de la obra por parte de Roma, bien por la misma eficacia pastoral o para dar la mayor continuidad a ciertas tareas apostólicas. Así por ejemplo: la supradiocesaneidad, de pendencia del director general, disponibilidad, mayor estabilidad en cargos, etc.
   Sin embargo el espíritu de «unión sacerdotal» permanece como esencia.
   «En espíritu debemos ser más que orden religiosa, pero no quisiéramos ni el nombre de congregación». Este juego, frecuente en él, entre «ser» y «no parecer»; y «parecer», pero «no ser», no se entiende si solamente nos fijamos en la misión. D. Manuel quiere la «fraternidad sacerdotal» para aumentar la eficacia pastoral, pero sobre todo, «para lograr una más fácil santificación personal». Y en los medios para lograr esta santificación cree que hay muchas cosas válidas en la vida religiosa que pueden aprovechar los sacerdotes diocesanos.
   Por una parte «no pertenecemos a la clase común de sacerdotes que viven aislados en sus tareas o beneficios o parroquias en medio del mundo y desatados completamente»; pero menos aún, a un instituto religioso, ya que las «condiciones y ataduras de éstos no permiten atender a esos campos y a esos intereses particulares más que de un modo general. Nuestra obra está destinada a vivir con el sacerdocio». «No debemos olvidar... que el afecto o interés por el bien espiritual y aún temporal del sacerdocio ha de ser nuestra nota dominante» (P. y E. 19).
   El beato Mosén Sol quiere el máximo de libertad exterior, pocas normas y leyes establecidas por decreto, pero una profunda exigencia interior, reflejo del espíritu evangélico. Mucha libertad para poder moverse fácilmente en el quehacer por los intereses del reino, pero una fiel observancia en lo que dice referencia al «ser» y a la santificación personal, soporte y garantía de cualquier misión apostólica.
   De esta forma «podemos acercarnos mejor a campos que, muchos de ellos, son poco menos que inaccesibles a los religiosos». «Nuestra obra está destinada a vivir con el sacerdocio y a trabajar por medio del sacerdocio» (P. y E. 19).
   Somos sacerdotes, pues, y nada más que sacerdotes, «somos lo que seríamos sacerdotes libres, en nuestras casas», pero reunidos formando equipo de vida y de trabajo. Y compartiendo lo que somos, hacemos, tenemos o ganamos.
   El fundador resume estas características diciendo:
   «Espíritu que debe tener quien pretenda pertenecer a la Hermandad: a) no querer ser más que sacerdote; b) y sacerdote y santo; c) trabajar en cuanto se pudiere por la gloria de Dios: somos operarios diocesanos y, por lo tanto, universales; d) trabajar en unión con otros».
   En cuanto a las ataduras de los votos, como decíamos más arriba, la Hermandad, para poder ser oficialmente reconocida, hubo de admitir el voto de obediencia. El espíritu del beato es claro: «no necesitamos, no, ciertas ataduras».
   ¿Para qué? En Cristo tenemos todos los votos y ataduras... que si esta atadura no me detuviere ahora aquí, o en otra parte, poco miedo me harían las otras. Y ciertamente que no las necesitamos. El espíritu es el que vivifica, no ciertas ligaduras» (P. y E. 23.)
   Con el mismo afán con que busca la liberación de ataduras externas, D. Manuel quiere una buena organización, característica que él suele ver reflejada en las instituciones religiosas. «Aunque este es el espíritu que debe animarnos, no por eso debemos dejar de tener el espíritu fisionómico de una congregación de santa fraternidad y estrecha organización.» Todo esto «facilitará más nuestros trabajos y nos expondrá a menos pruebas, (se refiere a no tener voto de pobreza), remordimientos e inquietudes».
   Lo esencial no debe estar en lo que sobra o en lo que falta. Eso sería como sembrar en los caminos. La misión y la vida tienen sentido desde lo que se es y desde lo que se hace, desde la identidad personal e institucional. Las «ataduras» o leyes minuciosas no son más que «andaderas», más o menos útiles según las personas, su espíritu y sus circunstancias personales. Una auténtica vida de equipo será el medio fundamental para los que quieran vivir y trabajar en la Hermandad.
   Nada recomendaba tanto D. Manuel como esta vivencia comunitaria:
   «Deben tener su mayor complacencia en la santa unión y comunicación mutua... sólo con esta caridad y unión «erit jucundum habitare frates in unum», y podremos saborear los frutos de la dulcísima vida sacerdotal en nuestra amadísima Hermandad».
   La Asamblea XVII, de la Hermandad de Sacerdotes Operarios, comentando esta idea, nos dirá: «Para que el equipo sea signo y agente de comunión en la Hermandad es necesario: el máximo nivel de convivencia, un proyecto común apostólico, encuentros periódicos, oración comunitaria y comunicación de bienes».
   Y, en otro momento, clarifica aún más: «El equipo de vida y de trabajo es lo que debe caracterizar la vida de los operarios. Estamos llamados a ser en la Iglesia un signo vivo de la fraternidad sacramental del presbiterio diocesano».
   En la «fraternidad» es donde ha de resaltar el espíritu de familia. De una familia adulta en la fe y en la caridad, ya que su misión es el testimonio apostólico en medio del mundo.
   La vivencia de nuestra «fraternidad sacerdotal» es una concreción de nuestra filiación divina y de nuestra solidaridad con el mundo. Estas son las ataduras «familiares» que enmarcan nuestra opción fundamental. El «ser», el «tener» y el «hacer» puestos al servicio del reino.
   Desde esta perspectiva «fraternal» todo adquiere una nueva dimenión, los matices se convierten en «signos».
   Si la obediencia «ha de ser cordial», en la virtud de la pobreza se ha de manifestar «nuestro espíritu de unión compartiendo fraternalmente lo que somos y tenemos ... evitando toda superfluidad, especialmente en lo que atañe a sus personas y cosas» (Asamblea XVII).
   En esta vida de familia, en la que todos viven como hermanos, nadie tiene nada propio (excepto los bienes patrimoniales), todo es de todos. Y nadie pasará necesidad. Pero cada uno tendrá la libertad y responsabilidad de administrar lo que gana, como miembro adulto de una familia a la que debe dar cuenta periódicamente. De esta forma nadie buscará trabajos influido por intereses personales, sociales, económicos, etc... Y «todo lo que se obtiene por el ministerio o con ocasión de él es de exclusivo derecho de la Hermandad» (P. y E. 27).
   En esta vida de «fraternidad sacerdotal» la libertad y la exigencia marchan parejas, no tienen más límites que los que pueda marcar la ley del amor. Y es aquí donde cada uno pone su sello personal y se define. «Ama et fac quod vis».

2. Una dirección común

   Como todo grupo humano que vive unido y trabaja por un mismo fin, con medios comunes, también la Hermandad ha de tener una dirección.
   Toda su actividad como equipo de vida y de trabajo debe estar empapado por un carácter de estructura familiar. Este, quiere el fundador, que sea uno de los distintivos más visibles de la nueva Hermandad. «Que sean uno como el Padre y yo somos uno», y que «sean uno para que el mundo crea».
   El lograr la «comunión plena en la Hermandad ha de ser el objeto primordial del gobierno de la misma».
   Estos son, según el beato Manuel Domingo y Sol, los oficios del que ejerza la misión de director general:

Promover los intereses generales de la Hermandad, velar por la conservación del espíritu en ella, la observancia de las constituciones, cuidar que los superiores cumplan sus respectivos cargos y atender el bien espiritual y temporal de todos los individuos de la obra. Su distintivo ha de ser obrar por amor y con amor (C.A. 49).

   Para ello potenciará al máximo su servicio de «animación» a los operarios y a los equipos (Asamb. XVIII).
   Este espíritu fraternal propicia un diálogo constante entre el director general y cada uno de los miembros de la institución: la obediencia, en este ambiente de familia, «debe ser completa y, mejor que completa, cordial en los operarios. «Dispuestos siempre y en todo, pero con cordialidad, sin necesidad de mandato. Bastándonos las meras indicaciones que nos hagan. Es la mejor obediencia».
   En otro momento añade: «Ya que el Señor nos ha reunido para trabajar y vivir en equipo ha de reinar entre nosotros la caridad más fraternal y delicada, vínculo de toda perfección» (P. y E. 77).
   D. Manuel tiene muy claro la necesidad de que los sacerdotes vivan en fraternidad su ministerio. La santificación personal y la eficacia y continuidad de los apostolados se lo reclaman como exigencia ineludible.
   Esta fraternidad, vivida en profundidad y sin otros intereses personales, hará necesarias otras ataduras externas. La misión de dirigir o de obedecer nacerán de este espíritu de familia al servicio de los valores del Reino. La pobreza será un compartir como hermanos lo que se es, se hace o se tiene. Sin más ambiciones que las nacidas del mensaje evangélico.
   D. Manuel ve esta unión como una nueva forma de vivir el sacerdocio. Es un nuevo estilo. De aquí partirá la naturaleza y finalidad de esta agrupación de sacerdotes. Así recalcará:

Nuestra Obra es una obra puramente sacerdotal. Es el sacerdote en el mundo, pero sin querer ser más que un sacerdote... No queremos ser de otra manera de la que somos; nuestra institución no puede ni debe alterarse en manera alguna sustancial en su modo de ser amplio, modesto y humilde. Porque perderíamos la fisionomía puramente sacerdotal; se distanciaría nuestra comunicación con el clero... (P. y E. 14.32).

   Un grupo, pues, de sacerdotes unidos como hermanos, con un fuerte espíritu interior y un celo apostólico universal a toda prueba.
   La unión y dirección se entienden desde la vivencia de la fraternidad.
   Para que el servicio de dirección y el servicio de obediencia se realicen en un clima de auténtica fraternidad se requiere que sus miembros acepten una jerarquía de valores éticos comunes, que fomenten la comunión e intercambio de viviencias entre ellos y que organicen eficiente y escrupulosamente los encuentros comunitarios. A estos detalles, como veremos más adelante, baja la atención del beato Manuel Domingo y Sol.
   Al releer sus escritos y compararlos con algunos párrafos del concilio Vaticano II, se aprecia un gran paralelismo, aunque con cien anos de separación. «Los presbíteros se unen entre sí en íntima fraternidad, que debe manifestarse en espontánea y gustosa ayuda mutua, tanto espiritual como material, tanto pastoral como personal, en las reuniones, en la comunión de vida, de trabajo y de caridad» (L. G. 28).
   Este talante tan actual es el que ya D. Manuel quería y recomendaba a sus operarios. Cuando reina este talante de «fraternidad» el mandar y obedecer dejan de ser una carga y se convierten en una mutua colaboración.

Objetivos y fines




Objetivos

   No basta estar juntos, es necesario estar de acuerdo en por qué estamos juntos. Solamente se puede hacer comunidad si se está de acuerdo a cerca de su naturaleza y finalidad. La comunidad está para los valores del Reino, que son los que justifican el estar juntos. Lo que une y solidariza es un ideal compartido, una tarea común. A este respecto decía Ortega y Gasset: «No nos unimos para estar juntos sino para hacer algo juntos». Lo otro, el estar juntos sin una tarea común, sin un objetivo compartido, puede formar comunidades a las que Mauriac llamaba: «rebaño de soledades yuxtapuestas». Al final se perdería la identidad personal e institucional y vendría la división. La «fraternidad» como toda relación humana estable ha de alimentarse de ideales comunes. «Unirse es el punto de partida, permanecer unidos es progresar, trabajar hombro con hombro es el éxito», decía Henry Ford.
   Es natural que D. Manuel, a este grupo de sacerdotes unidos en fraternidad, le marcase unos objetivos comunes, en cuya dirección fueran encaminados sus proyectos apostólicos y sus programaciones. Es la unidad de acción y de intereses específicos. Aceptados y aprobados oficialmente por la Iglesia constituyen la «misión» propia como Institución. Y es lo que le distingue, en su tarea, de otros grupos eclesiales.
   Mosén Sol los presenta así:
   a) «Objeto especialísimo y medio universal eficacísimo para promover todos los intereses de la gloria de Dios: el fomento, sostenimiento y cuidado de las vocaciones eclesiásticas, religiosas y apostólicas.
   b) El fomento de la piedad en la juventud...
   c) La propagación de una intensa devoción al Sagrado Corazón de Jesús y de un delicado espíritu de reparación a El, especialmente en el Santísimo Sacramento (P. y E. 37).
   Objetos de gran actualidad y trascendencia. La juventud, como presente y futuro de la sociedad. Las vocaciones sacerdotales y apostólicas, como presente y futuro de la Iglesia. Y la eucaristia como fuente de vida cristiana.


Fines

   ¿Qué es lo que se pretende conseguir con esta forma de vida en equipo?

   - Por una parte, «nuestra mayor y más fácil santificación». Compartir problemas e ilusiones, compartir proyectos y tareas, compartir la fe, la esperanza cristiana y la misión por el Reino, es una forma de crecer espiritualmente. No todos estamos llamados y preparados para la soledad.

La mayor santificación ha de ser el deseo habitual de nuestra vida, este deseo debemos arrancarlo y hacerlo actual todos los días ofreciéndolo con sinceridad a Jesús Sacramentado (Idea. 303).

   - Por otra parte, lograr una mayor eficacia apostólica. Es decir: Promover los más convenientes intereses de la gloria de Dios.

   La unión hace la fuerza. La unión fraterna desarrolla las ideas, le hace a uno mas creativo y anima a realizarlas.

Medios para vivir en fraternidad




   Las relaciones interpersonales, ámbito donde se encuentran y mezclan ideas y sentimientos, costumbres, educación y proyectos, han de sustentarse en una vivencia profunda de fe y de equilibrio psicológico. La comunidad es un lugar de trascendencia y de maduración humana. Esta llamada a vivir y a trabajar en equipo exige unos medios que posibiliten una respuesta gozosa y eficaz.

   El beato Manuel Domingo y Sol enumera los siguientes:


Selección de sus miembros

   Uno crece en la medida en que se adhiere vitalmente a valores trascendentales. En esta misma medida se vincula a la comunidad y se proyecta como personalidad definida.
   Estos valores transcendentales (objetivos propios de la institución), son los que determinan cómo, cuándo, por qué... estar juntos. Es lo que señala la vocación de cada persona en función de sus actitudes y lo que mantiene la individualización, el ser íntimo y característico de cada uno de los miembros, su nombre propio, con todo lo que esto significa; pero el mismo tiempo le confiere el sentido de pertenencia a una familia que te da su apellido y te identifica.
   No todos tienen la capacidad necesaria para vivir en equipo o compartir los mismos objetivos. Como no todos la tienen para vivir en clausura, en la soledad o en la vida religiosa. Los que pretendan entrar en esta fraternidad sacerdotal llamada Hermandad, más que elegir, son elegidos por la propia institución, una vez conocidas sus cualidades.
   El beato Mosén Sol los resume con estas palabras:
   «Las condiciones que estos fines exigen a los que pretenden asociarse a la obra, además de las distinguidas cualidades de talento y buen carácter, son:
   1. El deseo de una vida sacerdotal sólidamente piadosa.
   2. Un celo animoso, vivificado por el más delicado y constante sentimiento de reparación al Corazón de Jesús.
   3. Una espontánea claridad de espíritu y consiguiente docilidad de corazón.
   En otro de sus escritos concreta más aún:

Sacerdotes libres, sin ambiciones de cargos, dispuestos siempre a acudir donde una necesidad se hace presente y los objetos de la Hermandad le llamen.


Fidelidad

Al ser una obra puramente sacerdotal, con gran libertad de vida y de acción y sin unos medios externos propios de las instituciones religiosas, es natural que ha de tener unos vínculos internos que garanticen esta unión sacerdotal.
   La fidelidad, libre y cordialmente practicada, crea una armonía entre los valores transcendentales, los objetivos del grupo y la propia vocación. Esta armonía, que por una parte es signo de valoración y respeto, es, por otra, fuente de serenidad en la convivencia. «Pobres de nosotros, dice D. Manuel, si no nos posesionamos del deber de la fidelidad». Y en otro momento: «La fidelidad es el único medio de conservar el espíritu interior de la obra».
   En algunas de sus pláticas nos recuerda la fidelidad de Dios para con el hombre: «Tenemos que orar al Dios fiel para obtener de El la fidelidad» (1 Re. 8, 56). Y Cristo se nos presenta como «testigo fiel de la verdad» que permanece fiel hasta la muerte.
   La fidelidad individual es un nervio de suma importancia para el progreso del sacerdote y de la propia institución. Fidelidad a las constituciones, a los compromisos adquiridos, a las prácticas de piedad individual y al modo de obrar en los actos del ministerio.
   Mediante esta fidelidad se conservará el espíritu interior de la obra, y la santificación personal.
   El fundador insiste de una forma especial en la fidelidad como consecuencia de la fraternidad y solidaridad común:

Porque ya lo sabéis, formamos un cuerpo que se propone un mismo fin; cada uno, pues, somos solidarios de cuanto atañe al bien o al mal del cuerpo. El pecado de uno en una entidad atrae males sobre ella; y el mérito de uno puede obtener y obtiene bendiciones sobre los demás y sobre ella misma.


Apertura de corazón

   Así como la cabeza se considera el centro de la vida intelectual, el corazón viene a serlo de nuestra vida sensitiva, de las relaciones entre unas personas y otras, de los afectos y modos de vida.
   El corazón viene a ser como el resumen de toda personalidad. Tener buen corazón, equivale a ser un hombre bueno. Y apertura de corazón es sinónimo de personalidad clara y transparente; elementos indispensables en toda relación dentro de un grupo.
   En la Biblia se habla con frecuencia de la necesidad de tener «un corazón puro», «un corazón limpio», «un corazón de carne», y de él deben salir todas las buenas acciones.
   Después de la fidelidad, que es el nervio interior, D. Manuel habla de un «nervio exterior que apriete, sostenga y conserve el verdadero espíritu de Hermandad». Es tan importante, que lo considera el tercer apoyo para cumplir la sublime y delicada misión que Jesús encomienda a los operarios.
   Este medio tiene una doble vertiente: «la abertura de corazón», por parte del individuo, y la «corrección fraterna», por parte de la comunidad.
   Son signos de amistad, de sencillez, de confianza mutua y deseo de perfección. Propios de una verdadera vida de familia.
   Abertura de corazón en todo lo que uno sienta o en las cosas que puedan sucederle:

No ser corazones cerrados, ni caracteres abstraídos, de los que no se sabe nunca ni por qué caminos andan. Todos nuestros intereses son comunes. Seamos abiertos. Hemos de obrar como si lo hiciésemos todo en medio de la plaza. Fuera misterios y tortuosidades de conducta y excentricismos de carácter. Expansión y abertura. Sencilla y constante manifestación de nuestro estado, de las circunstancias que nos rodean. Dar a conocer... lo que hacemos, lo que pensamos y lo que pensamos hacer (Idea. 791).

   Como complemento de la apertura de corazón, D. Manuel añade la corrección fraterna.
   Es también, un complemento de la espontaneidad, «esta es para decir lo que hace... aquella es para corregir lo que se dice o no se advierte». «Esta manifestación de sí mismo es el gran medio para ser santos y, para salvarnos de todos los peligros. Este deseo de que todo conste y nos sea corregido, aun lo que no advertimos, es la piedra filosofal que nos salvará y salvará la obra».
   Tanto la abertura como la corrección son temas delicados y han de hacerse con suma discreción. Es consciente de ello. Pero será el termómetro que vaya marcando el grado de fraternidad sacerdotal y de exigencia apostólica.
   No tendría sentido pleno fuera de un ambiente de espontánea familiaridad.
La corrección fraterna es un medio necesario para el progreso espiritual. Dios siempre ha corregido a los hombres (Lv 26,23). Es una corrección eficaz y profunda, debido al conocimiento que Dios tiene del hombre (Sal 94). La Biblia llega a detalles concretos sobre, cómo, a quién, cuando... hay que hacer la corrección. D. Manuel toma estos medios y, con su fina psicología, los lleva a la vida de equipo. Antes les aconseja: «Todos deben admitir con gratitud las advertencias que se les hagan, aunque sean repetidas y de defectos al parecer insignificantes» (Idea. 341).

Otros medios




   La fraternidad, como el matrimonio, se hace y deshace a base de pequeños detalles. Son estos la sal de cada día. Gestos vacíos o llenos de contenido que conservan el sabor del hogar o lo hacen insípido. En la vida de los sacerdotes que forman equipo se toca lo transcendental y lo insignificante; cuándo es lo uno o lo otro, se sabe por la cantidad de amor que encierra.
   Precisamente porque la vida de «fraternidad» no tiene muchas normas ni prescripciones, por eso ha de valorarse cada gesto, o el espíritu interior con que se actúa, de una forma especial.
   D. Manuel, además de los medios de carácter general anteriormente señalados, indica otros que son de gran utilidad.


La vida espiritual

   Para lograr la santidad lo primero que se necesita es «querer ser santos». «Deseo de una vida sacerdotal solidamente piadosa... este deseo es la primera condición para lograrlo» (Idea. 193-194).
   Ya que vivimos en equipo, hemos de ayudarnos a santificarnos los unos a los otros. Nuestra primera «misión» va dirigida hacia los más cercanos: «No sabemos si estamos destinados a ser río caudaloso, o si hemos de parecernos a la gota de rocío que envía Dios en el desierto a la planta desconocida, pero, más brillante o más humilde, nuestra obligación es cierta: no estamos destinados a salvarnos solos». Si en una vida de fraternidad todo se debe compartir y comunicar, más el deseo de perfección. Pero nos dice que «este deseo no basta... es preciso que se manifieste... que se vea hecho realidad en cada uno por medio del buen ejemplo... no sólo para con los de fuera, sino también para los de dentro» (Idea. 316).
   Entre los medios concretos que señala, además de los personales, está la oración común. Recalca la necesidad de ser fieles a la oración personal, al menos «una hora diaria». También recomienda la visita diaria al Santísimo. «Con cinco minutos de pensamiento en la eternidad y una visita a Jesús sacramentado desaparecerá toda aspereza de corazón». El origen de toda «fraternidad» ha de venirnos de Dios, que nos une como Padre, y Cristo que nos reúne como hermanos. Es la cercanía de un Dios encarnado, vivido a nivel personal y «familiar».
   La hora santa de los jueves nos recordará nuestro espíritu eucarístico y que «el amor y reparación al Corazón de Jesús Sacramentado» ha de ser el centro de la vida de los operarios (P. y E. 93).
   El retiro mensual y los ejercicios espirituales anuales completarán la pequeña lista de actos prescritos.
   D. Manuel ve en estos actos que van formando la vida de piedad, no solamente resortes de trascendencia, sino también plataformas de encarnación fraternal. Momentos en los que el disgusto se diluye, la paz se hace abrazo, y la cercanía borra las posibles distancias.


Comunicación

   Vivimos en el siglo de los grandes medios de comunicación social donde: «nada hay oculto que no llegue a saberse», pero también es el tiempo de la soledad, de la falta de diálogo familiar y social. Este es, según los psicólogos, uno de los grandes traumas que está sufriendo el ser humano.
   En la vida de relaciones interpersonales todo el mundo recomienda cercanía, comunicación y diálogo. La comunicación nos ayuda a conocernos, a aceptarnos, a transmitir al otro nuestros valores al tiempo que recibimos los suyos, y a potenciar lo que somos y tenemos. Es una forma ideal para evitar susceptibilidades, tan frecuentes en la vida de comunidad. Si alguien necesita «compartir», con mucha más razón el sacerdote, por su forma peculiar de vida. Los expertos en espiritualidad sacerdotal lo saben muy bien.
   El beato Manuel Domingo y Sol lo tiene en cuenta cuando piensa en sus equipos sacerdotales. La comunicación, dice, ha de abarcar todos los aspectos de la vida:

   - Comunicar «lo que se siente, piensa, hace o quiere hacer». Así se fomenta la amistad, la confianza, y se «evitarán celos, susceptibilidades o malas interpretaciones provenientes de personas extrañas». La comunicación ha de ser motivo de serena alegría y de paz interior. Convertida en oración se hace «comunión»:
   «Deben tener su mayor complacencia en la santa unión y comunicación mutua, siendo todos y cada uno objeto de nuestro amor, de nuestra solicitud, y de nuestras continuas oraciones» (Idea. 459).
   - Es en el recreo y en el tiempo de ocio donde la fraternidad se manifiesta con más espontaneidad. Necesitamos los tiempos de expansión, como necesitamos los de oración. D. Manuel sabe que si no nos desahogamos en familia, corremos el peligro de buscar otros ambientes, fuera del equipo, que, poco a poco, nos van aislando y alejando:
   «El acto acostumbrado de recreo... es obligatorio para todos, en el lugar más acomodado que se escoja, y en la forma que permitan establecerlo las condiciones de cada casa... imponiéndose todos el deber de entretenerlo útil y agradablemente» (Idea. 671).
   «La expansión y comunicación, -seguirá diciendo-, es un sentimiento natural del corazón humano. Lo único que ambiciono en nuestros operarios es que tengan alegría espiritual. Aún las personas más abstraídas y contemplativas tienen necesidad de un desahogo». El tiempo de recreo es un momento propicio para «estrechar los lazos de fraternidad, para comunicar las alegrías y las penas... o para disipar las asperezas y tiranteces que pueden existir». (Idea. 216, 711.717, 718).
   - Lecturas. Lo recomienda con vivo interés. Compartir lo que se lee, bien sea de carácter formativo-doctrinal, o bien de tipo literario. Además de informarse de lo que uno personalmente no ha tenido tiempo de leer, se va creando una unidad de pensamiento entre los que comparten la misma vida y apostolado. Tan importante para crear fraternidad es compartir ideas como vivencias. Lo uno lleva a lo otro. Esto irá creando unas inquietudes e ilusiones comunes que fácilmente se concretarán en proyectos compartidos.
   - Lo que nos sucede dentro o fuera de casa: «Se estrechan lazos de fraternidad con la común comunicación de alegrías y penas, con las noticias que se reciben de otras partes, o en las crisis que se están pasando en la propia casa, o con los felices acontecimientos que han podido tener lugar en la misma» (Idea. 719).
   - La «fraternidad» lleva consigo el cuidado atento y valorativo del estado, edad o proceso espiritual, psicológico, etc., en que se encuentra cada uno de los miembros que componen la familia.
   En una comunidad de hermanos a cada uno se le acepta, valora y acompaña en su etapa vital y, desde la dirección, se le asigna una misión dentro de la tarea común. Se comparte lo que se «es» y lo que se «tiene», ya sea fortaleza o debilidad. En la verdadera fraternidad se aprende a crecer juntos, vivir unidos, envejecer en compañía y morir rodeados por el calor de los hermanos. El beato Mosén Sol demuestra una fina psicología en estas circunstancias. Baja a detalles que en la realidad de cada día son de suma importancia.
   Con los enfermos: «Quiero que cuiden mucho a..., pues debemos compadecer no sólo los males, sino también las miserias, que todos tenemos muchas... Así, no le mortifiquen y tengan mucha caridad» (Escritos II, 16).
   Con el temperamento particular de cada uno: «Tengan paciencia con... pues manietas son enfermedad y merecen cariño, como todos los males. Denle dinero para que pueda por sí comprarse lo que crea conveniente. No permita que le mortifiquen con bromas» (Escritos II, 16).
   Con la edad: «No sea Vd. muy rígido y hágase cargo de las edades y de las inclinaciones naturales. Ya los transformarán luego las circunstancias, que son las que hacen al hombre. F. T. era timidísimo y hoy hace maravillas en Almería» (Escritos II, 9).
   Con las aptitudes de cada uno: «el heroísmo no puede imponerse siempre y menos no siendo cosa de casa o que medien circunstancias especiales que obliguen a ello, y ni podemos exigir ni esperar de los otros el calor que sentimos en lo que a nosotros nos interesa particularmente» (Escritos II, 15).

   Podríamos seguir enumerando detalles y circunstancias. ¡Cómo baja a detalles el amor! Eso es, en definitiva, la santidad: lo pequeño bien hecho, vivido con amor. Estas dos frases pueden ser el compendio de la forma de hacer fraternidad: «Dejar molestado a alguien me repugna», «Nuestra presencia ha de ser en todos los lugares motivo de alegría».
   Ha sido un breve recorrido por el pensamiento y el espíritu de este hombre «bueno y audaz», como le definió uno de sus biógrafos. Un hombre enamorado del sacerdocio y de los sacerdotes que supo comprender el valor de la «fraternidad» y a ella dedicó gran parte de su vida, y que la unión es un medio de eficacia apostólica y de santificación personal.
   Creo que para los sacerdotes, este modelo de vida fraterna propuesto por la Iglesia, nos puede servir de estímulo.

CITAS

P. y E.: Pensamiento y Espíritu del siervo de Dios Manuel Domingo y Sol. Textos originales. Tortosa, 1956.

Idea: Idea de la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos. Tortosa, 1957.

C.A.: Constituciones Antiguas. Edición 1904.

Escritos: Roma, Archivo general de la Hermandad.

Asamblea XVII.: Boletín «Hermandad», Nº 328. Julio-Agosto, 1984.

Simposio: «Espiritualidad del presbítero diocesano secular» , Edice. Madrid, 1987.