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La espiritualidad
del sacerdote diocesano
en el Beato
Manuel Domingo y Sol
por Juan de Andrés Hernansanz
Cuadernos Mosén Sol
1
Tortosa
1989
Contenido
Presentación
Introducción
Llamada universal a la santidad en la Iglesia
Santidad sacerdotal, fundada en el orden sagrado
Santidad sacerdotal, consiguientemente, mayor
Repercusión de la santidad en los frutos del ministerio
El ministerio, medio propio para conseguir la perfección sacerdotal
La oración personal del sacerdote, medio de santificación
La Eucaristía, fuente de santidad y de caridad pastoral
Fraternidad sacerdotal, medio de santificación y de eficacia apostólica
Notas
Presentación
Con el presente volumen el Centro Mosén Sol de Tortosa comienza una colección de publicaciones titulada Cuadernos Mosén Sol.
Cuadernos, porque se desea un estilo directo, sencillo, sin llegar a la categoría de estudios, pero sabiendo el lector que cada afirmación está avalada por textos originales del Beato Manuel Domingo y Sol. Evitándole el cansancio de las citas continuas, pero dando las suficientes para que quienes deseen completar la información sepan donde encontrar el texto completo de referencia.
Mosén Sol: Así se conoció siempre en su diócesis y se le sigue llamando en Tortosa al hoy Beato Manuel Domingo y Sol. El quiso ser siempre sacerdote y nada más que sacerdote. Y nada más que eso fue a lo largo de su vida que se alarga desde 1836 a 1909 sin dejar de ser nunca miembro del clero tortosino.
El día 29 de Marzo de 1987 el Papa Juan Pablo II lo beatificó ratificando el título que le había dado Pablo VI: «El santo apóstol de las vocaciones sacerdotales». Porque Mosén Sol dedicó su vida sacerdotal a la juventud y a las religiosas, a la dirección espiritual y a las clases de religión. Pero al llegar a su madurez humana y ministerial centró sus energías en el fomento de las vocaciones sacerdotales, religiosas y apostólicas y a la formación de los sacerdotes.
Para conseguirlo fundó colegios de vocaciones, editó revistas, aceptó la dirección de seminarios diocesanos. Para una mejor formación intelectual del clero creó en Roma el Pontificio Colegio Español y para dar seguridad a sus empresas fundó la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos.
Como para él, también a sus sacerdotes los quiso sólo sacerdotes, dentro de una fraternidad sacerdotal, con una organización elemental que garantizara la continuidad de sus tareas apostólicas.
Se ha elegido este tema para abrir la colección ya que en la actualidad se está profundizando desde la teología y desde la pastoral en las raíces y en las manifestaciones de la espiritualidad sacerdotal. Y el Beato Mosén Sol hace derivar la perfección sacerdotal del sacramento del Orden y del ejercicio del ministerio. Creemos que su pensamiento es actual y puede ser una aportación valiosa y una experiencia concreta.
Juan de Andrés, el autor, es uno de los mayores conocedores de la vida y del pensamiento del Beato Mosén Sol. Tal vez, el mejor. Tiene además una larga experiencia en la formación sacerdotal: rector del Seminario de Plasencia y posteriormente del de Segovia, delegado de la Hermandad en España y, en la última década, director espiritual en el Colegio Español de Roma. No cae en la tentación de exponer su propio pensamiento, sino que se limita a ofrecernos los textos del verdadero autor convenientemente ordenados a la luz del Concilio Vaticano II.
El Centro Mosén Sol de Tortosa comienza así su andadura a fin de que con esta colección, el museo, la biblioteca y el centro de estudios sirva de cauce para conocer mejor la personalidad humana y sacerdotal del Beato Manuel Domingo y Sol.
Espero que la lectura de este pequeño volumen ayude especialmente a los sacerdotes, seminaristas y personas consagradas a profundizar en la espiritualidad sacerdotal que tiene su origen en el sacramento del Orden y en el ejercicio del Ministerio. Con el modelo de un sacerdote ejemplar, el Beato Mosén Sol, llegar a captar que el sacerdote no necesita otras exigencias externas ni otros medios extraordinarios para caminar por el sendero siempre exigente de la santidad que su mismo sacerdocio plenamente vivido.
Así lo espero y con esta esperanza se ofrece y presenta este primer volumen de una serie que tendrá siempre como base la doctrina del Beato Mosén Sol.
Madrid, 2 de Junio, Fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, 1989
Lope Rubio Parrado
Director General de los Sacerdotes Operarios Diocesanos
Introducción
El Beato Manuel Domingo y Sol fue un sacerdote que vivió con toda intensidad del Sacerdocio y para el Sacerdocio. Dice de su obra principal –la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos– que «está destinada a vivir con el sacerdocio y trabajar por medio del sacerdocio» [1].
«Es una obra puramente sacerdotal. Es el sacerdote en el mundo, pero sin querer ser más que sacerdote. No párroco, ni beneficiado, ni otro cargo sino sacerdote, libre de ambiciones y deseos, más que el trabajar por la gloria de Dios» [2].
Así explicaba a los primeros Operarios cómo tenían que ser para encajar plenamente dentro de la Hermandad: «No querer ser, pues, más que sacerdotes, y nada más que sacerdotes, y santos, y trabajar cuanto pudieran por la gloria de Dios y, a ser posible, en unión con otros» [3].
Personalmente, el beato Manuel Domingo y Sol había actuado en los más diversos sectores del ministerio pastoral; pero siempre aspiraba a más. «El Señor despertaba en nosotros santas y superiores aspiraciones. El celo por su gloria nos tenía poco satisfechos en nuestras obras sacerdotales, o en las que aun antes de ordenarnos se presentaban a nuestra vista. Y una ambición santa parecía que hubiera querido lanzarnos a todos los campos» [4].
Hasta que un día descubrió, a la luz de Dios, un apostolado de «tanta trascendencia, que no lo hay igual en el mundo para la gloria de Dios... La formación del clero es la llave del remedio universal de las almas» [5].
En el fomento, sostenimiento y formación de las vocaciones intuyó la solución para sus ardientes deseos apostólicos. «El Señor, sin merecerlo, sin advertirlo nosotros casi, sin pensarlo ni poderlo prever, descorrió la cortina y nos presentó un bello panorama, y nos mostró un campo vastísimo, de facilísimo cultivo, de resultados indudables, campo en el cual, y con una vida puramente sacerdotal, pudiéramos impulsar, coadunados, todos los intereses de su máxima gloria, que nuestra piadosa imaginación y nuestro ardiente celo pudiera sonar jamás» [6].
Escribía el día 25 de junio de 1884 al seminarista Andrés Serrano, que muy pronto ingresaría en la Hermandad: «El Señor me ha hecho gustar, y en abundancia, de todos los consuelos y sinsabores de los varios campos del ministerio sacerdotal: cura de almas, enseñanza, monjitas..., asociaciones, etc. etc., y últimamente fomentador de vocaciones eclesiásticas; y de todo, esto último es lo que forma y formará mi gozo y mi corona» [7]. Desde que descubrió esto, consagró su vida entera a la labor ardua, delicada, difícil de la formación sacerdotal, convencido de que estaba trabajando en la raíz del bien, ya que, como él mismo dice, «todo el bien de la Iglesia y de las almas y de la sociedad y del mundo depende de la formación del clero» [8].
Por su experiencia íntima de Dios y por su trabajo constante en la formación de los sacerdotes, puede ofrecernos una visión magnífica, e incluso actualizada, de la espiritualidad sacerdotal.
Este trabajo no intenta ser exhaustivo, sino tan sólo apuntar algunas de las líneas que marca el Beato Manuel Domingo y Sol.
Llamada universal a la santidad en la Iglesia
El Concilio Vaticano II ha dejado muy claro que la vocación a la santidad en la Iglesia es de todos, absolutamente de todos, sin exclusión de ninguno de sus miembros: «Todos los fieles cristianos están invitados y aun obligados a buscar insistentemente la santidad dentro del propio estado» [9].
En la época en que le tocó vivir al Beato Manuel Domingo y Sol las orientaciones solían ir por otros derroteros. Diríamos que, para que una persona fuera santa de verdad, lo corriente era que tuviera que encajar su espiritualidad dentro de unas líneas monásticas, ya se tratara de un sacerdote secular, o hasta de un laico del Pueblo de Dios. Sin querer, se los convertía en un remedo de monje, con prácticas de monje que, de ordinario, no podía cumplir, y entonces aquel seglar llegaba a la conclusión de que la santidad era para otros: para monjes y monjas.
Pero Mosén Sol ve las cosas de modo muy diverso, y predica constantemente que la santidad es para todos. Se basa en un razonamiento muy sencillo: Cuando Jesucristo habló, no había frailes ni religiosas. Habló a todos. Luego el Evangelio es para todos. Y, en consecuencia, exhorta a todos los fieles a que aspiren a la santidad, a la que todos debemos tender, dice, «por obligación, por un deber que no podemos eludir. Es verdad que Dios a todos indistintamente llama a la santidad» [10].
Es muy claro e insistente en este punto: «Algunos creen que la perfección es sólo para ciertos estados, y se engañan. Los estados, en sí, son unos más perfectos que otros, y exigen ciertas circunstancias. Pero cada uno debe tender a la semejanza de Cristo en su estado. Y es un error tan general, que nadie piensa en esta obligación. El demonio trabaja para que no se comprenda.
«Si por perfección se entiende el estado religioso, el abandono de todo, tienen razón: no estamos obligados. Más, si se entienden los otros consejos y, sobre todo, preceptos que Dios ha dispuesto, se enganan. Pero ¿qué? ¿A quiénes hablaban San Pablo, Santiago y Jesucristo? No había estados. La perfección no tiene límites» [11].
«Sed perfectos. ¿Quién lo dice? Jesucristo. ¿A quién lo dice? A todos. ¿En qué consiste? En el amor de Dios y del prójimo. Cada uno en su estado: monjes, casados, jóvenes» [12].
Santidad sacerdotal, fundada en el orden sagrado
El sacerdote, como todo fiel cristiano, debe aspirar a la santidad en virtud del sacramento del Bautismo. Dice el Concilio Vaticano II: «Ya en la consagración bautismal, como todos los fieles cristianos, recibieron el signo y el don de tan gran vocación y gracia, para que, aun dentro de la flaqueza humana, puedan y deban alcanzar la perfección a la que están obligados de un modo especial conforme a la palabra del Señor: "Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto"» [13].
Pero el sacerdote está obligado también de manera peculiar a conseguir la santidad, por la recepción del sacramento del Orden, que lo consagra de modo nuevo, lo convierte en instrumento vivo de Cristo Sacerdote Eterno, y prolongador en el tiempo de su obra admirable.
Por eso, dice el Concilio Vaticano II que «los sacerdotes están obligados de manera especial a alcanzar esa perfección» [14].
Dice el Beato Manuel Domingo y Sol: «El sacerdote, por razón de sus ministerios, debe tener mayor santificación personal que el simple religioso» [15]. Para él es evidente que el sacerdocio exige una santidad grande, ya que «la santidad es inherente a nuestro estado» [16]. Y repite hasta la saciedad que «como sacerdotes, sabido es que estamos obligados a mayor santidad» [17]. Porque el «sacerdocio... exige la perfección por su Orden y por sus oficios... Hemos dicho ya que el sacerdote, si bien no está en estado de perfección, por medio del cual estaría obligado a procurarla por los consejos, en cambio, y lo que es mucho más, debe no tender, sino poseerla por su Orden y oficios» [18].
No se cansa de repetirlo: «Debemos ser perfectos individualmente por el Orden y la dignidad. Esto es, la Ordenación supone conseguida la perfección individual... Por este concepto de Ordenación tenemos más obligación que los religiosos, porque éstos deben tender, y el sacerdote debe serlo» [19].
Cuando habla a sus alumnos teólogos, es iterativo en estas ideas: «Es preciso entender la alteza del ministerio que supone gracias extraordinarias de Dios y, por lo tanto, correspondencia y fidelidad. Y como esta fidelidad exige continuo esfuerzo y abnegación y sacrificio, con una vida buena, pero tibia, es imposible, y viene la cercenación de las gracias de Dios, y luego se deja de ser buenos para pasar a la tibieza, que en un sacerdote Dios no la puede sufrir» [20].
El sacerdote, por razón de sus ministerios, vive en intimidad constante con Dios, en familiaridad muy estrecha con Jesucristo, y esto también está pidiéndole santidad. «Y si, para penetrarnos de la alta santidad que exigen los ministerios y oficios, según el principio de Santo Tomás, quisiéramos ahondar en la consideración de dichos oficios, habría para impresionarnos y, diría, espantarnos. Miremos sus actos a la luz de la fe: siempre y casi continuamente en contacto con Dios, ejecutor de sus voluntades en orden a las almas, ministro de Jesucristo, continuador de su obra. Sólo la costumbre de verlo todos los días y de practicarlo nos hace casi insensibles y olvidadores de estos oficios... ¿Qué santidad requiere!... Prescindo de las gracias y familiaridad que Cristo ofrece y, por ello, le correspondemos, que esto exige. ¿Quiénes debían amar más a Jesucristo? ¿Por qué nos es más repugnante Judas que los judíos?» [21].
La cercanía con Cristo exige santidad, que es amistad sincera, intimidad profunda con El, porque el amigo que no ama, deja de ser amigo y se convierte en traidor. El Beato Manuel Domingo y Sol lo lleva muy profundamente clavado en el corazón: «El sacerdote, o ha de ser santo, o no sirve más que para Judas» [22].
La santidad consiste en la perfección de la caridad. Y esto quiere decir que el sacerdote debe ser especialmente santo, porque es el hombre de la caridad. Dice el Beato Manuel Domingo y Sol: «El sacerdote no sólo ha de santificarse a sí, sino a las almas, y siempre, siempre es sacerdote, mediador. Colocado en la fuente de las gracias, es encargado de repartirlas. No hay obra que no sea en bien de ellas, cuando ora, celebra, reza, administra, siempre, siempre» [23].
Por ser el hombre de la caridad, el sacerdote tiene que ser santo. Ha sido constituido en favor de los hombres. Es un expropiado por utilidad pública. Es para otros, no para sí mismo. Por eso, dice el Beato Manuel Domingo y Sol: «Debemos agitar la llama de la caridad para llegar a la perfección de la caridad debida, /puesto que/ el sacerdote es más de los otros que de sí. Jesucristo le ha escogido para esto... Además, en el ejercicio de los poderes sacerdotales, somos más para los otros que para nosotros: bautizamos, predicamos, absolvemos, decimos Misa. Verdad que hay profesiones sociales, v.gr.: abogado, médico, pero /lo son/ para sí también. El sacerdote, no. Es el hombre de la caridad y debemos practicarla hoy más que nunca» [24].
El haber sido llamados a la intimidad con Cristo, el haber sido consagrados está pidiendo santidad, que es amor. Como dice el Papa Juan Pablo II, «la consagración que recibís os absorbe totalmente, os dedica radicalmente, hace de vosotros instrumentos vivos de la acción de Cristo en el mundo, prolongación de su misión para gloria del Padre. A ello responde vuestro don total al Señor. El don total, que es compromiso de santidad» [25].
Y el Beato Manuel Domingo y Sol se expresa así: «¿Qué exige en mí este estado? Una gratitud constante. Una humildad profunda. Una santidad constante» [26]. Y, por esta razón, decía a sus seminaristas: «Si no tuviérais ánimo de ser santos, os lo suplicaría, no queráis ser sacerdotes» [27].
Santidad sacerdotal, consiguientemente, mayor
Ya hemos visto que, según el Concilio Vaticano II, los sacerdotes están obligados de manera especial a alcanzar la perfección.
El Beato Manuel Domingo y Sol predicaba con insistencia esta obligación, que era su tema predilecto: «El deber de ser santo. Es mi tema y lo es, porque /es/ esencial y es la base» [28]. Así solía hablar a los seminaristas: «¿De qué os hablaré, pues? De mi tema favorito: de la necesidad de la santificación sacerdotal» [29].
Aborda el tema muchísimas veces: «Cierto que todos son llamados a la santidad: "Esta es la voluntad de Dios: vuestra santificación". "Sed santos, porque yo soy el santo". Cierto que Dios da a todos las gracias necesarias para su santificación. Cierto que hay varios grados de santidad. Pero también es cierto que esta santidad y estos grados deben ser mayores en unos que en otros, que exige Dios mayor santidad a los que ha propuesto mayores fines, o destina a más sublime misión» [30].
De ahí deduce la mayor exigencia de santidad en el sacerdocio y precisamente por la misión específica y tan alta que Dios le ha querido confiar. «¿Qué santidad no exigirá Dios al sacerdote por su dignidad y sus oficios?» [31].
Y así sintetiza de modo terminante: «La santidad es inherente a nuestro estado» [32]. «El sacerdocio exige la perfección por su Orden» [33]. «Debemos ser perfectos por el Orden y la dignidad. Esto es, la Ordenación supone conseguida la perfección individualmente»' [34].
Así lo repetía sin cansancio: «Como sacerdotes, sabido es que estamos obligados a mayor santidad que los religiosos» [35].
Aunque el estado sacerdotal no esté incluido entre los «estados de perfección», el Orden Sagrado pide más, exige más. Dice Mosén Sol: «El sacerdocio, como estado, no está incluido en los estados de perfección, esto es, de obligación de tender a la perfección por medio de los consejos evangélicos, lo cual es propio del estado religioso; pero, por razón de su dignidad, ministerio y oficio, no sólo debe tender precisamente a la perfección, sino que debe suponerla ya, debe ser perfecto; de modo que, en este concepto, está en peor condición, -si es permitida la expresión- que el que está en el estado religioso, porque éste basta que tienda a conseguirla; el sacerdote debe poseerla actu» [36].
Y no basta una santidad que se conforme con los mínimos vitales, sino que debe irla perfeccionando hasta el heroísmo: «Hablando ya con rigurosa teología, el sacerdocio requiere la santidad, o sea, la perfección, pues dice Santo Tomás: "Ad idoneam executionem Ordinum nos sufficit bonitas qualiscumque, sed requiritur bonitas excellens"» [37].
Es tajante en la afirmación: «¿Qué os diré, pues? Una sola cosa: que seáis santos. Al deciros esta palabra, no creáis que es un nombre hueco -por decirlo así-, sino un nombre real: debéis ser santos y proponeros serlo. Vosotros sois llamados a una santidad heroica. ¿Qué digo? Nosotros somos llamados no sólo a la santidad, sino a un estado permanente de santidad. El estado religioso es el estado para caminar fácilmente a la santidad; pero para el sacerdocio es preciso ser santos ya, y caminar sin parar de producir frutos de santidad» [38].
Para el beato Manuel Domingo y Sol la razón es obvia: los sacerdotes «deben ser santos y con santidad sacerdotal, correspondiente a la alteza de su estado» [39].
Repercusión de la santidad en los frutos del ministerio
El Concilio Vaticano II enseña que «la santidad misma de los presbíteros contribuye en gran manera al ejercicio fructuoso del ministerio». Y añade: «Por tanto, este Concilio exhorta vehementemente a todos los sacerdotes a que, empleando los medios recomendados por la Iglesia, se esfuercen por alcanzar una santidad cada vez mayor, para convertirse, día a día, en más aptos instrumentos en servicio de todo el Pueblo de Dios» [40].
El Beato Manuel Domingo y Sol hace ver a sus alumnos de manera muy gráfica lo mucho que la santidad influye en la eficacia de los ministerios: «Para comprender la trascendencia que para la gloria de Dios y salvación de las almas, y cumplir nuestra misión, puede tener la mayor o menor santidad, -pero siempre santidad-, basta que comparemos la diferencia de resultados del sacerdote santo con los de un sacerdote bueno.
«Suponed que un San Vicente de Paul se hubiera contentado con ser bueno. Mucho hubiera hecho. Pero tal vez, tal vez los miles de almas que se han salvado por su celo y por sus Institutos, tantas miserias aliviadas, no lo hubieran sido.
«Un San Francisco Javier si sólo se hubiera dispuesto a ser bueno, esos millones de indios convertidos por su celo, quizá no lo hubieran sido.
«He aquí la diferencia de resultados. Pues por sola esta idea se comprenderá la necesidad que tiene el sacerdote de aspirar a la santidad y al mayor grado de ella a que Dios le tenga destinado, para así producir mayores resultados en su ministerio para gloria de Dios y bien de las almas. Sin santidad no se consiguen frutos» [41].
Insiste con mucha frecuencia sobre este aspecto: «No me propongo hablaros de la santidad del sacerdote en sí, por razón de su dignidad, por su estado altísimo, ni siquiera por la alteza de los ministerios que ejerce..., sino que quiero hablar de la necesidad de ser santos, sobre todo en estos tiempos, bajo el punto de vista del celo, esto es, por la trascendencia de nuestro ministerio para la salvación del mundo...
«Dadnos mucho y buen clero, y el mundo está salvado. ¡Qué inmensísima responsabilidad la nuestra! Ahora bien, ¿cómo cumpliremos nuestra misión ante esa inmensa responsabilidad?
«Pues el único medio es el deseo de ser santos, para llenar cumplidamente nuestra misión de celo. El anhelo de remediar todos los males con nuestro ardiente deseo de la salvación de las almas nos ha de mover a ser santos» [42].
«Pero he dicho, además, que le conviene al sacerdote la santidad para los resultados de sus misterios, y así corresponder a los designios que Dios tenga sobre él para su gloria y el bien de las almas, los cuales si no llega a realizar, expondrá, por eso mismo, su propia salvación.
«Ahora bien, para comprender la trascendencia que para la gloria de Dios y salvación de las almas, y cumplir nuestra misión, puede tener la mayor o menor santidad -pero siempre santidad- basta considerar que el sacerdote no se salva ni se condena solo» [43].
El ministerio, medio propio para conseguir la perfección sacerdotal
Como nos dice el Concilio Vaticano II, una misma es la santidad a la que tienden todos los seguidores de Cristo; pero a cada uno le corresponde ir hacia la santidad por su camino [44].
El Beato Manuel Domingo y Sol, cuando predica la santidad a los laicos de su tiempo, por ejemplo, nunca les habla de una santidad que pudiéramos llamar infravalorada, un santidad de «segunda división», o una santidad «de rebaja o saldo», como si se tratara de la perfección propia de parientes pobres en la familia de Dios, sino que les habla de la única auténtica santidad.
Lo mismo cuando tiene que hablar a seminaristas y sacerdotes. Pero señala a cada uno su camino propio, ya que, como escribía el Siervo de Dios Pedro Ruiz de los Paños, «todos los caminos son buenos, pero no son para todos los vehículos; todos los alimentos son buenos, pero no son aptos para todos los estómagos; todas las semillas son buenas, pero no dan los mismos frutos. Por el camino del Mar Rojo se salvaron los israelitas y perecieron los egipcios» [45].
Cada uno de los fieles cristianos debe seguir a Jesucristo por la senda que Dios le marca, según su estado y sus condiciones. Correr fuera de camino es lo mismo que extraviarse. Diría San Agustín: «Corriendo fuera del camino, te desviabas más que te acercabas. Tenemos que correr, pero dentro del camino. Quien corre fuera del camino, corre en vano; es más, corre para un mayor cansancio. Pues tanto más se extravía, cuanto más corre fuera del camino» [46].
Decía muy gráficamente el ya citado Siervo de Dios Pedro Ruiz de los Paños: «El motor de un• avión, aun cuando se adapte a un carro de bueyes, apenas podrá moverlo y, si lo moviera, lo destruiría, porque el carro no es apto para secundar el impulso del motor» [47].
¿Cuál es el camino -lo que llamamos la espiritualidad- del sacerdote secular?
El Concilio Vaticano II, hablando de la vocación universal a la santidad, dice: «Todos los fieles cristianos, en las condiciones de su vida, en su oficio o circunstancias, y precisamente por medio de todo esto, se podrán santificar cada día más, si reciben todo con fe de la mano del Padre celestial y cooperan con la voluntad divina» [48].
El sacerdote no es extraño al pueblo de Dios, sino que está plenamente integrado en él. Por lo tanto, también debe santificarse cada día más en las condiciones de su vida, en su oficio y circunstancias, y por medio de todo esto.
Es lógico, pues, que el mismo Concilio señale con toda claridad y reiteradamente el ministerio sacerdotal como medio primero para la santificación personal del presbítero.
«Los presbíteros conseguirán de manera propia la santidad, ejerciendo sincera e incansablemente su ministerio en el Espíritu de Cristo» [49].
«Así, pues, ejerciendo el ministerio del Espíritu y de la Justicia, con tal que permanezcan dóciles al Espíritu de Cristo que los vivifica y dirige, se robustecen en la vida del espíritu. Pues por sus cotidianas acciones sagradas, como por todo su ministerio íntegro, que ejercitan en comunión con el Obispo y con los Presbíteros, se encaminan a la perfección de vida» [50].
Así habla el Vaticano II en el decreto Presbyterorum Ordinis. Y lo mismo viene a decir en la constitución Lumem Gentium: «Los presbíteros... crezcan en el amor de Dios y del prójimo por el ejercicio cotidiano de su deber... No les sirvan de obstáculo las preocupaciones apostólicas, peligros y contratiempos, antes al contrario, logren escalar a través de ellos una santidad más alta» [51].
Es sencillamente impresionante la coincidencia del Beato Manuel Domingo y Sol, mucho más si se tiene en cuenta que era muy frecuente en su época establecer una especie de antagonismo entre vida interior y apostolado. «La actividad pastoral es vista casi como un peligro para la santificación personal del sacerdote» [52].
Dice el Beato Manuel Domingo y Sol: «¿Cómo podremos ser santos?... Con la práctica del celo, de modo que el celo tiene dos resultados: el bien de los demás y, de un modo indirecto, la santidad propia» [53].
No se trata de una idea esporádica en su mentalidad, sino que la repite incansablemente a los alumnos de sus Colegios de San José: «Al recibir el sacerdocio, debemos tener ya esta perfección y, para conservarla, es indispensable una tensión continua hacia la santidad personal; y añadiría yo: la asiduidad constante al cumplimiento de sus deberes y sus funciones» [54].
«¿Qué se requiere para que seamos sacerdotes que llenen su objeto? Ser santos. ¿Qué medio? El celo. Con la práctica del celo se santifican» [55].
Como fácilmente puede verse, es una idea entrañable en él. De hecho, les hablaba frecuentemente de ella a sus alumnos. «Hemos habla do en el último ano de los medios individuales de santificación del sacerdote. Quiero, pues, repetir los medios de santificación sacerdotal por medio del ministerio propio, esto es, cómo seremos santos, practicando bien el ministerio» [56].
Para la santificación del sacerdote es fundamental y esencial lo que el Beato Manuel Domingo y Sol llama celo y apostolado, es decir, la caridad pastoral. Para Mosén Sol casi son equivalentes sacerdote santo y sacerdote apostólico. «Si no aspiráis a ser santos, apostólicos, no seréis buenos» [57].
Y afirma varias veces con mucho énfasis: «El sacerdocio no es una carrera, es un estado, digo mal, es el apostolado, es ser otro Cristo sobre la tierra» [58].
Lo dice de mil modos, para que se enraíce hondamente en sus colegiales, futuros sacerdotes: «El sacerdote no puede cumplir sin ser un apóstol y, para serlo, se necesita ser santo» [59].
«Quiero hablaros del gran medio de nuestra santificación, esto es, el espíritu de celo. Si no sentís celo y compasión por las almas, no tenéis amor a Dios. No debéis ser sacerdotes» [60].
Y la razón está en que, como él mismo dice: «no se concibe sacerdote sin celo; no puede existir celo sin amor, o viceversa, si queréis, no puede haber amor a Dios sin celo; no puede concebirse sacerdote sin amor» [61].
La medida del amor la da el celo: «¿Queréis saber si amamos a Jesucristo? Pues midamos nuestro celo. ¿No hay celo?... No hay amor. ¿Hay poco celo? Soy tibio... ¿No vivo más que del celo? Soy santo» [62].
De hecho, es la medida que puso Jesús, antes de confiar a Pedro su misión de Pastor. Dice el Papa Juan Pablo II: «El secreto de esta caridad pastoral se encuentra en el diálogo que Cristo mantiene con cada uno de los elegidos, como lo mantuvo con Pedro... Es la pregunta acerca del amor especial y exclusivo hacia Cristo, hecha a quien ha recibido una misión particular y ha podido experimentar el desencanto en su propia debilidad humana.
«El Señor resucitado no se dirige a Pedro para amonestarlo o castigarlo por su debilidad o por el pecado que ha cometido, al renegar de El. Viene para preguntarle por su amor. Y esto es de una enorme, elocuente importancia para cada uno de vosotros: ¿Me amas? ¿Me amas todavía? ¿Me amas cada vez más?...
«Así, por medio de este amor, confesado por tres veces, Jesús resucitado confía a Pedro sus ovejas. Y del mismo modo os las confía a vosotros. Es necesario que vuestro ministerio se enraíce con vigor en el amor de Jesucristo [63].
De modo muy similar se expresaba, en uno de sus fervorines, el Beato Manuel Domingo y Sol: «Era después de la Resurrección... Se le ofrecían en el campo de la Iglesia tantas ovejas sin pastos, tantos corderos sin pastor, tantas almas extraviadas, tantas mieses sin operarios. Y quiere comunicar el deseo que le consume de buscar almas amantes, a quienes confiar estos corderos y estas ovejas de su corazón. Y sabe que sólo el amor hacia El puede producir este deseo; que sólo el amor hacia El podía soportar la tarea del apostolado verdadero; que el amor hacia El dará constancia en medio de las fatigas que causará el estado de estas ovejas y de estos corderos.
«Por esto, sólo exige esta condición indispensable: ¿Me amas? Si es así, y quieres probarlo, cuida de apacentar mis corderos y mis ovejas» [64].
Es la única prueba de amor que pide Jesús.
Siguiendo esta línea, una nota muy característica del Beato Manuel Domingo y Sol para la espiritualidad del sacerdote secular es que sea forjador de apóstoles.
«Vamos llegando a unos tiempos que es preciso nos revistamos de las virtudes de los primeros cristiano, si queremos restaurar el mundo, como ellos lo restauraron. Y el mundo no se restaura sino por el sacerdocio. Y no basta una virtud ordinaria, sino apostólica y de continua reparación... Y hoy que el sacerdote ha de hacer apóstoles a los seglares, no lo podrá, si no es santo, no a medias, sino del todo» [65].
El, personalmente, consagró desde siempre su vida de sacerdote a forjar apóstoles seglares, y no se explicaba cómo puede haber sacerdotes que no multipliquen de este modo su celo apostólico, habiendo -dice- «un medio tan fácil sencillo y eficaz. ¿Cual? El formar apóstoles. Parece imposible que esto generalmente no se practique. Sí, a veces se hecha mano de alguna persona... Pero, como sistema, como cosa que se procura establecer y preparar, como idea que nos domina no se hace. ¡Parece imposible!
«Cuando se piensa en la agitación que absorbe a un comerciante, a un bolsita, a un campesino, a un jugador, a un labrador: ni los placeres ni convites les llenan, son casi secundarios. ¡El negocio! ¡La pasión del resultado! Y que el sacerdote, que no puede recibir consuelos más que del resultado de sus trabajos, no viva en esta agitación de celo en su campo, en su bolsa, en multiplicar sus conquistas y cosechas para los graneros de la eternidad, repito que no se concibe» [66].
La oración personal del sacerdote, medio de santificación
El Concilio Vaticano II, dirigiéndose a los sacerdotes, dice que alimenten y fomenten «su acción en la abundancia de la contemplación» [67].
«La oración da ce lo» [68], dice el Beato Manuel Domingo y Sol. Sólo en unión con Jesús se puede llevar a cabo la obra que El nos ha encomendado realizar. Y en este sentido, el Concilio Vaticano II dice a los sacerdotes: «A fin de cumplir con fidelidad su ministerio, gusten de corazón del coloquio cotidiano con Cristo Señor en la visita y culto personal de la Santísima Eucaristía» [69].
Resulta evidente tal exhortación, ya que la unión con Jesucristo es la fuente en la que se bebe la eficacia auténtica del apostolado, El es la hoguera donde se enciende la verdadera caridad. Como dice el Concilio Vaticano II en el decreto sobre el apostolado seglar, «siendo Cristo, enviado del Padre, fuente y origen de todo el apostolado de la Iglesia, es evidente que la fecundidad del apostolado seglar depende de la unión vital de los seglares con Cristo» [70].
Lo mismo debe decirse de la caridad pastoral de los presbíteros.
Por eso, el Beato Manuel Domingo y Sol recomienda encarecidamente la oración, el trato íntimo con Jesús, como eje imprescindible de toda la acción pastoral y de la propia santificación. «La obra que más importancia tiene para la santificación del sacerdote, y que le conviene llenar todos sus días, es la oración... Sin ella es moralmente imposible la santificación sacerdotal» [71].
Del mismo modo que el celo -como ya hemos visto-, también la oración es una exigencia de amor. Dice el Beato Manuel Domingo y Sol: «La amistad pide una ejecución del amor recíproco; y, por esto, los que se aman con sinceridad se alegran de tratarse, y de este modo se pueden manifestar los afectos. Porque cuando uno ama a otro y éste no lo sabe, aquel amor oculto que el otro le tiene, es benevolencia, mas no amistad verdadera, que precisamente debe consistir en un amor recíproco.
«Este amor recíproco, está familiaridad, el Señor lo desea de nosotros... El tiempo de la oración entre todos los momentos es el más a propósito para este santo ejercicio de filial comunicación con Dios» [72].
Dice Mosén Sol que si amáramos de verdad al Señor, se nos escaparía el corazón hacia El constantemente, porque es el centro único de nuestro amor total. «¿Pensamos en Dios? Claro que sí, pero el corazón es el que dirige los pensamientos; la inteligencia los forma, pero el corazón los impone... ¡Si amáramos a Dios! Si estuviéramos poseídos de este amor, sin esfuerzo y con frecuencia se iría el pensamiento a El. Sería llamarle como el pulmón con aspiraciones incesantes. ¿Pensamos en El, no fría y confusamente, sino con tendencia piadosa y habitual? Más aún ¿pensamos con gusto preferentemente?... ¿Queremos saber lo que amamos? Lo que nos ocupa» [73].
La oración es muy importante en la vida sacerdotal. Pero ¿oramos los sacerdotes? Quizá hablamos mucho más de Dios que con Dios. Puede parecernos que apenas tenemos qué decirle. O sea, somos poco amigos, porque al amigo se le dice todo. ¡Cuántas veces negamos la palabra al que es la Palabra!
El Beato Manuel Domingo y Sol, que tenía una gran experiencia de lo que ocurría en su tiempo, constata con pena «que se practica no sólo poco, sino nada, por la mayoría del sacerdocio» [74]. Dios quiera que ahora no sea así, porque, como dice Mosén Sol, «la oración, con relación al sacerdote, es la vida del alma. Sin oración íntima, ni celo, ni luces...
«Ahora bien, ¿hacen oración los sacerdotes?
«El malo, no. No , lo sería. ¿Por qué se empieza? Se hace mal sacerdote por los pecados que empieza a hacer, o porque dejó la oración... Segurísimo que precedió el no hacer oración, o abandonarla...
«¿Hacen oración los sacerdotes tibios? Sí y no. Sí, sustancialmente. Sí; la hacen mal, la omiten algún día: un pretexto hoy, otro mañana... Y he dicho que no, porque es una sombra de oración...
«¿Hace oración el buen sacerdote? Sí. Y es raro falte a ella; pero tal vez no tanto como debía. Estimado de Dios y de los hombres, hace bien a la Iglesia. Su ministerio es honroso, cumple sus deberes..., quiere salvarse y salvar... Con todo, está sujeto a mucha miserias impropias de un sacerdote santo, a lo cual debemos aspirar: impaciencias, críticas, descuidos en el servicio de Dios, desalientos en los resultados. Limitan lo bueno, disminuyen los resultados... ¿Qué le falta para ser santo? Que haga bien la oración. La hace como un fin, como se pasea todos los días. Ha gastado ese rato, y ya está contento... ¿Qué necesita? Que la practique bien, no como fin, sino como medio...
«¿La hacen los santos? Sí. Y es su descanso... Antes vuestra oración era negativa, para el santo es oración positiva. El grano de trigo, aunque bueno, necesita tierra abonada» [75].
El sacerdote debe orar, pues, si tiene conciencia de que es instrumento vivo de Cristo y que sólo El da la eficacia. Por ejemplo, dice el Beato Manuel Domingo y Sol que «para la predicación , la primera condición: orar mucho y meditar mucho... Los apóstoles lo comprendieron: orationi et verbo... Es el gran medio de la Providencia. Nosotros echamos a perder este gran medio..., si no somos hombres de oración» [76].
En definitiva, se reduce todo a repetirnos una vez más lo que nos dijo Jesús: «Yo soy la vid, vosotros los sarmientos: el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante; por que sin mí no podéis hacer nada» [77].
Sirva de comentario lo que dice San Juan de la Cruz: «Adviertan, pues, aquí los que son muy activos, que piensan ceñir al mundo con sus predicaciones y obras exteriores, que mucho más agradarían a Dios -dejado aparte el buen ejemplo que de sí darían-, si gastasen siquiera la mitad de ese tiempo en estarse con Dios en oración... Cierto, entonces harían más y con menos trabajo con una obra que con mil, mereciéndolo su oración y habiendo cobrado fuerzas espirituales en ella; porque, de otra manera, todo es martillar y hacer poco más que nada, y a veces nada, y aun a veces daño. Porque Dios os libre que se comience a envanecer la sal que, aunque más parezca que hace algo por de fuera, en sustancia no será nada, cuando está cierto que las buenas obras no se pueden hacer sino en virtud de Dios» [78].
Celo y oración son los dos pilares de la santidad sacerdotal. Dice el Beato Manuel Domingo y Sol: «¿De qué medios hemos de echar mano para adquirir y sostenernos en esta indispensable santidad , desde el punto de vista de la gloria de Dios y de nuestra salvación? Pues los dos medios más eficaces son: la practica del celo y la fidelidad a los ejercicios de piedad y perfección señalados por los santos» [79].
Por eso mismo recomienda: «Aunque ocupados, y en cosas buenas, no debemos dejar la oración. Ora y en todas partes» [80]. «Ora y ora siempre y ora por todos» [81].
La Eucaristía, fuente de santidad y de caridad pastoral
El Beato Manuel Domingo y Sol fue un ardiente enamorado de la santísima Eucaristía. «Llena todos los anhelos de mi espíritu, y de fruición cor meum et carnem meam» [82].
Hablando a los futuros sacerdotes sobre la Eucaristía, les dice que sea «la fuente donde bebáis las saludables aguas de la gracia y, con ellas, pueda el Señor hacer fecundo vuestro ministerio» [83].
Es obvia la coincidencia con el Concilio Vaticano II cuando dice: «la caridad pastoral fluye ciertamente, sobre todo, del Sacrificio Eucarístico que es, por ello, centro y raíz de toda la vida del presbítero» [84].
De la santísima Eucaristía brota el amor y el esfuerzo, el sacrificio, la entrega, el apostolado todo de la Iglesia. Dice el Beato Manuel Domingo y Sol: «La Eucaristía ha sido siempre para la Iglesia la fuente más vivificante de la santificación de los fieles. Ella es la que en todos los siglos ha formado los mártires, los confesores, las vírgenes. Ella es la que nos enriquece con los más ricos dones de Dios. Ella es la que nos instruye en las más heroicas virtudes. Sin Jesús Sacramentado, ¿qué sabríamos del amor, de la abnegación, del sacrificio? Sin embriagarnos de ese vino que engendra vírgenes, ¿conoceríamos la castidad? Sin unirnos a esa víctima divina del Calvario, ¿conoceríamos el espíritu de sacrificio? Sin asistir a ese festín de amor, ¿conoceríamos la caridad? Ella es la que lanza al misionero en alas de su celo a las más remotas regiones, para atraer almas al amor de su Amado» [85].
Como dice el Concilio Vaticano II, en la Iglesia todo nace de la Eucaristía y todo se ordena a ella: «Los demás sacramentos, igual que todos los ministerios eclesiásticos y obras de apostolado, se unen con la sagrada Eucaristía y a ella se ordenan. Pues en la santísima Eucaristía está todo el bien espiritual de la Iglesia, a saber, el mismo Cristo, nuestra Pascua y Pan vivo que, por su carne vivificada por el Espíritu Santo, y vivificadora, da la vida a los hombres» [86].
Por eso, dice Mosén Sol: «Esta es la fragua donde se calienta el corazón para sacrificarse por sus hermanos» [87]. Para el Beato Manuel Domingo y Sol, la Eucaristía «es la fuente de todas las gracias en nuestras empresas... Jesús Sacramentado ha de ser, pues, el apoyo, aliento, consuelo y anhelo de todo nuestro corazón, la llama que ha de vivificarnos» [88].
El amor a Jesús en la Eucaristía debe ser la nota distintiva del sacerdote, que es por encima de todo el hombre de la Eucaristía. «En el misterio del Sacrificio Eucarístico cumplen los sacerdotes su principal ministerio» [89], como enseña el Concilio Vaticano II. Mosén Sol dice que la Eucaristía es el «objeto de nuestra devoción especialísima y sobre todas las demás... Es tan santa, tan razonable esta devoción y tan fecunda, que no es posible descuidarla, si se tiene fe ilustrada» [90].
El sacerdote es el hombre de la Eucaristía, porque nace sacerdote en ella, porque la Eucaristía no podía existir sin el sacerdote. Dice el Beato Manuel Domingo y Sol: «Al sacerdote debemos el tener entre nosotros constantemente a Jesús Sacramentado» [91]. El Papa Juan Pablo II nos ha dicho: « No se puede comprender al sacerdote sin la Eucaristía. La Eucaristía es la razón de ser de nuestro sacerdocio. Hemos nacido sacerdotes en la celebración eucarística. Nuestro principal ministerio y poder se ordena a la Eucaristía. Ella sin nosotros no podría existir; pero tampoco nosotros existimos sin la Eucaristía, o quedamos reducidos a larvas carentes de vida. Por esto, el sacerdote jamás podrá realizarse plenamente, si la Eucaristía no se convierte en el centro y raíz de su vida; de tal manera que su actividad no sea sino una irradiación de la Eucaristía» [92].
Y, porque es el hombre de la Eucaristía, dice Mosén Sol: «¿Cómo separarnos ni un momento de la compañía y de la presencia de Jesús Sacramentado?... ¿Cómo poderle perder de vista?» [93].
Los sacerdotes deben ser los mejores y más asiduos compañeros de Jesús, que los llama para que sean sus amigos. De hecho, la vocación sacerdotal supone una amistad íntima y profunda con Jesús. El Papa Juan Pablo II nos ha regalado la definición más bonita de la vocación: «Su llamada es una declaración de amor» [94]. Y amor con amor se paga. Por eso añade el Papa: «Vuestra respuesta es entrega, amistad, amor manifiesto en la donación de la propia vida, como seguimiento definitivo y como participación en su misión y en su consagración» [95].
En el paradigma de la vocación, tal como la describe San Marcos, Jesús llama para estar con El y para enviarlos a predicar [96].
Por otra parte, el sacerdote debe ser ejemplo de los fieles. Como buen pastor debe ir delante de las ovejas [97]. Dice el Beato Manuel Domingo y Sol: «Debemos acostumbrar a las almas a hacer compañía a Jesús» [98]. Y eso se enseña practicándolo.
Pero su espíritu se estremece, viendo la frialdad con que solemos tratar a Jesús en la santísima Eucaristía: «¿Cómo tuvo valor para quedarse sacramentado?» [99]. Y añade con verdadera pena: «¿Le tratamos siquiera con fe y con respeto? ¿Pensamos al menos que está aquí?» [100].
Sintetiza en una frase rápida y preciosa: «Una de las cosas que nos avergonzaría en el cielo, si pudiera haber confusión, sería que le hemos tenido en la tierra y no nos absorbió toda la vida, todo nuestro corazón» [101].
Además, el espíritu eucarístico llevará al sacerdote a multiplicar su celo, su caridad pastoral en bien de los hermanos. Porque, como dice el Concilio Vaticano II, «esta celebración, para ser sincera y plena, debe conducir tanto a las varias obras de caridad y a la mutua ayuda, como a la acción misional y a las diversas formas del testimonio cristiano» [102].
Por eso, el Beato Manuel Domingo y Sol habla de que vamos a recibir -y sólo damos lo que recibimos- en la medida que nos acerquemos a la fuente. «No sin razón el Espíritu Santo ha puesto en boca de la Iglesia aquellas palabras: "Sic nos Tu visita, sicut Te colimus". Como si dijera: las bendiciones y visitas de Jesús son a medida de nuestro culto y veneración hacia El. Probadlo y lo veréis» [103].
Y esas bendiciones de Jesús se volcarán en el ministerio, porque el encuentro eucarístico es también un encuentro de amor a nuestros hermanos, ya que «la autenticidad de nuestra unión con Jesús Sacramentado ha de traducirse en nuestro amor verdadero a todos los hombres, empezando por quienes están más próximos» [104].
Este amor a la santísima Eucaristía era el que enardecía el celo del Beato Manuel Domingo y Sol para trabajar denodadamente en el apostolado más trascendental de la formación de los futuros sacerdote. «Si descendiéramos al fondo, al manantial de los sentimientos de nuestra piedad, tal vez encontraríamos lo que no habíamos reparado ni discurrido: que el origen de nuestro deseo por el bien y el fomento de las vocaciones eclesiásticas, de que Dios tenga muchos y buenos sacerdotes... ha sido nuestro instintivo amor a Jesús Sacramentado... Yo creo que es así. Es la fuente de todas las gracias en nuestras empresas» [105].
Por eso, decía el Papa Juan XXIII: «Nada puede sustituir en la vida de un sacerdote a la oración silenciosa y prolongada ante el altar» [106].
Estar con Jesús, decía el Beato Manuel Domingo y Sol es lo que hará fructuosas nuestras obras. Por eso, «no debemos confiar en nuestros cuidados, ni satisfacernos con nuestra vigilancia en nuestras varias tareas en bien de la almas. Mejor a los pies de Jesús, y por medio de una vida de fe, hemos de negociar los intereses de Dios» [107].
Y es que, como dice el Papa Juan Pablo II, «las horas pasadas de rodillas ante el tabernáculo no detienen ni disminuyen el dinamismo de vuestro ministerio. Lo contrario es la verdad exactamente. Lo que se da a Dios nunca es perdido para el hombre. Las profundas exigencias de la espiritualidad y del ministerio sacerdotal, en su sustancia, permanecen inmutables por los siglos, y mañana, igual que hoy, tendrán su punto de apoyo y de referencia en el ministerio eucarístico... Un sacerdote vale lo que vale su vida eucarística, sobre todo su Misa. Misa sin amor, sacerdote estéril; Misa fervorosa, sacerdote conquistador de almas. Devoción eucarística descuidada o desamada, sacerdocio en peligro y que va difuminándose» [108].
En este mismo contexto dice el Beato Manuel Domingo y Sol: «Ser sacerdotes y santos en medio del mundo es un milagro, y ese milagro lo haremos, y este milagro no se hará sin combates, tentaciones, penas, contradicciones, desmayos, temores, escrúpulos. Pues cuando las tentaciones nos persigan y las ocasiones nos atemoricen y las dudas nos aflijan y las contradicciones nos desmayen y las pasiones nos agiten, si estamos acostumbrados a acudir a Jesús Sacramentado, aunque nos parezca no tener fe y estar en tinieblas, una visita silenciosa al tabernáculo arrancará una compunción, tal vez una lágrima, que disipará nuestras dudas, calmará nuestra agitación y temores, devolverá la alegría y la paz. La experiencia os lo dirá.
«Jesús sacramentado ha de ser, pues, el arroyo, el aliento, consuelo y anhelo de todo nuestro corazón, la llama que ha de vivificarnos» [109].
Íntimamente unido con este amor acendrado a la santísima Eucaristía encontramos en el Beato Manuel Domingo y Sol su típico y profundo espíritu de reparación, que pretendía contagiar a todos los fieles, pero de modo especial a los sacerdotes. «Grabad en vuestra mente esta idea de que habéis de amar a Jesús por los que no le aman» [110].
En la mente de Mosén Sol este espíritu eucarístico reparador «es la piedra de toque del verdadero amor. Es el cariño en su más expresiva significación» [111].
Pero el espíritu de reparación que propugna no se reduce a permanecer de rodillas ante el Sagrario. Abarca también la obras: «Sí; este amor y este sentimiento encierra y produce la perfección, es la fuente de bendición para las obras todas de nuestras manos, el que nos excita a cultivar nuestros objetos, y la fortaleza para todas nuestras circunstancias» [112].
Siempre une amor a Jesús, espíritu de reparación y celo por la salvación de los hombres. Decía a sus colegiales de Tortosa: «Veréis almas devotas que rezan mucho, tienen prácticas, son escrupulosas, frecuentan los sacramentos. En todo esto puede haber un amor egoísta a Dios, puede ser efecto del temor excesivo. Mas, si son delicadas en sus sentimientos de pena por las ofensas a Jesús, y de un deseo de la salvación de las almas, tienen verdadera y sólida piedad» [113].
Orar y trabajar son cosas inseparables para Mosén Sol. «El éxito depende del cumplimiento simultáneo de estas dos condiciones que, por desgracia, parecen incompatibles en muchos cristianos. La mayor parte de los que oran, no obran bastante; y los que obran tampoco ruegan como deberían.
«Verdad que rogar es obrar, y aquellos cuya especial vocación es la de orar, contribuyen tan eficazmente al feliz desenlace del combate, si llenan con constancia este deber y, sobre todo, cuando a la oración añaden el sacrificio.
«Pero los que la Divina Providencia ha colocado en disposición de obrar directamente sobre sus semejantes, se engañarían si creyesen poder reparar con sólo una oración inactiva el daño que su pereza o inacción ocasionan a la causa de Dios» [114].
El quería para el sacerdote ambas cosas: oración y apostolado. «Más puede un alma en el rincón de un Sagrario, que un apóstol con sus sudores» [115]. Pero, al mismo tiempo, se ha de tener en cuenta que «El Señor no quiere hacer nada sin nosotros mismos» [116].
Son necesarias ambas cosas. «Sin oración nuestros trabajos y esfuerzos serían estériles, porque no estarían vivificados por el rocío de la gracia... Hoy, como siempre, semejantes a aquellos guerreros de los días de Moisés, no basta pelear en el llano, sino que es preciso que allá, en la montaña de la oración y del sacrificio, estén nuestras manos levantadas» [117].
Fraternidad sacerdotal, medio de santificación y de eficacia apostólica
Uno de los medios que el Concilio Vaticano II propone a los sacerdotes para su más fácil y mejor santificación, así como para la eficacia de ministerio, es que «mantengan el vínculo de la comunión sacerdotal» [118], «pues por sus cotidianas acciones sagradas, como por todo su ministerio íntegro, que ejercen en comunión con el Obispo y con los presbíteros, se encaminan a la perfección de su vida» [119].
Una de las facetas más características en la espiritualidad sacerdotal, que propone el Beato Manuel Domingo y Sol, es la unión de los presbíteros entre sí, a fin de que logren con mayor facilidad su santificación en medio del mundo y promuevan más eficazmente todos los intereses de Jesús.
Personalmente lo deseó siempre, y no cejó hasta encontrar el modo de llevarlo a cabo. Dice que, desde los primeros anos de su sacerdocio, «hubiéramos querido, como por instinto, tener medios para todo, y aunar nuestros esfuerzos piadosos los que pensábamos del mismo modo, y unirnos y ayudarnos y hacer entre todos ciertos ministerios de celo, para multiplicar así la gloria de Dios y tener mérito en todas estas cosas, con esa mutua cooperación de unos con otros» [120].
Otra feliz coincidencia con el espíritu del Concilio Vaticano II, que dice: «En virtud de la común Ordenación sagrada y de la común misión, todos los presbíteros se unen entre sí en íntima fraternidad, que debe manifestarse en espontánea y gustosa ayuda mutua, tanto espiritual como material, tanto pastoral como personal, en las reuniones, en la comunión de vida, de trabajo y de caridad» [121].
Lo mismo que dice: «Ningún presbítero puede cumplir cabalmente su misión aislado y como por su cuenta, sino sólo uniendo sus fuerzas con otros presbíteros, bajo la dirección de los que están al frente de la Iglesia» [122].
Para conseguir estos cometidos, el Beato Manuel Domingo y Sol fundó la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos que, según él mismo dice, «es una obra puramente sacerdotal. Es el sacerdote en el mundo, pero sin querer ser más que sacerdote... Y el construir este espíritu sacerdotal en un estado permanente forma la esencia y la naturaleza de nuestra Obra. Ahora bien, y notadlo: ese espíritu dificilísimamente lo hubiérais conservado individualmente...
«Nuestra Obra es lo que serían, concretándolo a una parte sola, tres o cuatro o cinco sacerdotes de una población, aun teniendo un cargo, v. gr.: un beneficio, una cátedra u otro cargo que les sirviese de pretexto para residir en la población, y los cuales, movidos por su piedad y celo, se mancomunasen y se comprometieran formalmente a ayu darse y sustituirse, en las obras que de común acuerdo resolvieran fomentar y establecer, mediante una rígida obediencia.
«El espíritu, pues, de nuestra unión sacerdotal para la más fácil santificación y para promover mejor los intereses todos de Jesús, es el fin y la naturaleza de la Obra» [123].
Deja muy claro que el objeto primero y principal de la Hermandad -el fomento, sostenimiento y formación de las vocaciones eclesiásticas- no ha sido más que la ocasión y el medio «providencial y eficacísimo para el mejor logro de esta unión» [124].
Por lo cual, añade, con toda sencillez: «Y por esto nada, ni nadie la ha fundado. Existía ya y Jesús, sin saber cómo, nos ha puesto en ella, dándole organización por medio de nuestro objeto singularísimo del fomento de vocaciones eclesiásticas, religiosas y apostólicas» [125].
Es iterativo en dejar muy claro este punto. «Nuestra Obra es la unión de unos cuantos sacerdotes seculares, para su más fácil santificación en medio del mundo, libres de todo cargo determinado, y sin ambición de él, y para multiplicar así los intereses de la gloria de Dios» [126].
Una vez más debemos subrayar la coincidencia con el Concilio Vaticano II, cuando dice: «Para que los presbíteros encuentren mutua ayuda en el cultivo de su vida espiritual e intelectual, para que puedan cooperar mejor en el ministerio, y se libren de los peligros que quizá puedan surgir de la soledad, foméntese alguna especie de vida en común entre ellos» [127].
Y el mismo Concilio manifiesta que «deben estimarse en mucho y fomentarse diligentemente, una vez reconocidos sus estatutos por la competente autoridad eclesiástica, las asociaciones que favorecen la santidad sacerdotal en el ejercicio de su ministerio, mediante una apta y convenientemente aprobada ordenación de vida y mediante la ayuda fraterna, de tal manera que procuren así servir a todo el Orden Presbiterial» [128].
El Beato Manuel Domingo y Sol, con clarividencia de hombre de Dios, intuiría que todo esto habría de venir y llegaría a ser algo muy normal y querido en la Iglesia. Así lo manifiesta cuando, al presentar sus Constituciones, los encargados de revisarlas en Roma no eran capaces de hacerlas encajar en sus esquemas.
Escribe el día 27 de julio de 1896 al primer Rector del Colegio Español de Roma: «Diga al Rvdmo. P. Llevaneras que algunas de esas innovaciones que encuentran, tengo la convicción de que han de venir, atendidos los tiempos que corremos. Que se fijen que no es una Orden Religiosa la nuestra» [129].
El 1 de mayo de ese mismo ano 1896, escribe D. Andrés Serrano: «El P. Panadero con sus escrúpulos sobre las Constituciones. Quisiera amoldarlos a Fraile, y no queremos. Creo se irá allanando todo, y sólo hay una cosita o dos en las cuales insiste» [130]. Y decía al mismo el 24 de abril de 1896: «He estado atareadísimo estos días y ha sido la causa de no escribir a V. el haber tenido que contestar a las observaciones que va haciendo del P. Panadero, que como novel y fraile, se fija en pequeñeces y quisiera tuviese más carácter religioso, y he escrito a Benjamín reservadamente que eso de ningún modo» [131].
El quería una institución puramente sacerdotal «con la menos cantidad posible de Congregación Religiosa» [132]. Por eso, puede decir que su Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos, «es una de tantas fórmulas que el Señor ha querido suscitar para facilitar la santificación del sacerdote en el mundo, que la Iglesia desea promover, y para mayores resultados de gloria de Dios» [133].
Sabía muy bien que esa unión facilitaba la santificación propia y el trabajo apostólico, ya que así «las obras adquieren una solidez y un resultado que no tendrían las que cada uno hiciera por sí, por muy grandes que ellas fueran» [134].
A los primeros alumnos del Pontificio Colegio Español de Roma les insiste constantemente en esta unión que deben mantener y consolidar. Les facilitaría esto el estudiar juntos fuera de la patria: «Reunidos aquí, se conocerán y amarán más por lo mismo que están fuera de su patria, y así se formará entre ellos un lazo de fraternidad que les moverá a trabajar luego de mancomún por la gloria de Dios. Pretendemos constituir con los colegiales de San José un compacto apostolado para la promoción de los intereses de Jesús... Y entonces toda la obra de gloria de Dios será fácil. Y, como la unión hace la fuerza, esta unión producirá milagros en bien de la gloria de Dios y de las almas. ¿Por qué se empiezan proyectos saludables y desaparecen? Porque falta esa unión, porque no hay unidad» [135].
Como muy bien señala el Concilio Vaticano II, «la caridad pastoral pide que, para no correr en vano, trabajen siempre los presbíteros en vínculos de comunión con los Obispos y con los otros hermanos en el sacerdocio» [136].
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