MOSÉN SOL, UN SOL DE CURA

Pedro González Candanedo

 
Este artículo apareció en “Vida Nueva”, 28 marzo 1987.

Un cura de Tortosa

      Nació Manuel Domingo y Sol a hora muy temprana: eran las tres de la madrugada del 1 de abril de 1836, en la ciudad de Tortosa, cuando estaba como comenzando la solemnidad del Viernes Santo. Sus padres, Francisco Domingo y Josefa Sol habían tenido ya diez hijos y aún tendrían otra hija más después de Manuel. Tortosa es una ciudad única y sus hijos -que viven a caballo entre Barcelona y Valencia- dicen que ellos no son ni catalanes ni valencianos: son tortosianos. Los padres aprovecharon la fiesta del Sábado Santo y, sobre una artística pila de la parroquia de la catedral -que como surtidor había adornado los jardines del Papa Luna-, hicieron bautizar a su undécimo hijo, Manuel Domingo y Sol.
     Por entonces las cosas no iban demasiado bien para la Iglesia en España. Se encontraba como blanco de todos los frentes; lo mismo de la llamada revolución burguesa -que la tachaba de oscurantista- que de la combativa revolución industrial -que la acusaba de capitalista-. Los españoles se destrozaban unos a otros en su vivir o no vivir religioso solapadamente, hasta en las inútiles carlistadas que asolaron el país. Abundaban los sectarismos y crecían las intolerancias. La pobreza se enseñoreaba de campos y ciudades. Y, en hermosa paradoja, es dentro de la propia Iglesia donde venían naciendo figuras señeras que trataban de poner remedio, a través de las instituciones que fundaron: entre el año en que nace Manuel Domingo y Sol (1836) y el que finiquita el «siglo de las luces», 57 nuevos institutos religiosos brotaron en aquella España para tratar de paliar tantas necesidades: hospitales, asilos, leproserías, educación, misiones, catequesis...
     En casa de los Domingo-Sol la cristianía era de solera y la madre mantenía el pulso de la educación de tan numerosa prole, mientras el padre trataba de defender su negocio de tonelería y administrar una mediana fortuna en el campo. Payeses acomodados, les decían.
     Para aprender las primeras letras había poco donde escoger en aquella ciudad de 20.000 habitantes. Aparte de lo que se enseñaba en casa y en la catequesis puede que el pequeño Manuel asistiera a las clases del maestrillo Insa hasta que ingresó en el colegio de San Matías. En 1845 no había obispo en Tortosa; administraba la diócesis el arzobispo de Tarragona, monseñor Echánove Zaldívar, que confirmó a Manuel cuando andaba por los nueve años. Tres más tarde, recibía la Primera Comunión.

Por qué se hizo sacerdote

     En realidad nadie lo sabe. Un misterio de Dios, que suele producirse en ambientes religiosos como aquellos en que viven y vivían no pocas familias. El caso es que lo enviaron a estudiar latines con un dómine llamado Sena. En el seminario no entraban los chicos hasta que no tenían 15 años. Y en él se educaban lo mismo los aspirantes al sacerdocio que los hijos de hogares cristianos, que preferían sus enseñanzas. Por eso, se llamaba colegio-seminario de San Matías.
     Cuando se matriculó en 1.º de Filosofía tenía otros 38 compañeros. Dos años más filosóficos, siete de Teología y uno de Derecho Canónico completarían su formación. Para estudiar la Teología pasó al seminario de la calle Moncada, un viejo caserón que había servido de colegio a los jesuitas anteriormente.
     Fue un alumno normal. Si algún punto especial puso relieve en su vida seminarística fue el de una tierna y sólida devoción mariana, que definió su vida espiritual. Tonsurado -y clérigo, por tanto- al entrar teólogo, cinco años más tarde recibió las órdenes menores y se comprometió con el subdiaconado, pero en Tarragona, porque la diócesis tortosina estaba otra vez sin obispo, tras la muerte de monseñor Gordo, cuatro años antes. Por aquel tiempo, como ya ordenado, se aplicó a uno de los apostolados que más le sedujeron siempre: la catequesis. Tenía para ello un gran maestro, que lo era también de aula, el sacerdote Sanz y Forés -predicador luego en su primera misa y futuro cardenal-. Para su diaconado también tuvo que peregrinar a Vich en 1859. No tenían obispo. De presbítero sí; de presbítero le ordena su obispo, don Miguel José Pratmans, la mañana del 2 de junio de 1860. Dispuso de una semana para preparar su cantemisa en la iglesia de San Blas, muy cercana a su casa. Su preparación interior quedaba así retratada: «inexplicable indiferencia a todo cargo o empleo. Dejarme a las eventualidades de la Providencia. Repulsión a todo beneficio colativo. Inclinación o compañerismo. Afecto a la dignidad sacerdotal». La vuelta al seminario para el estudio de Derecho Canónico le hace tropezar con su primera dedicación apostólica.

Misionero diocesano y cura de pueblo

     Lo de las misiones fue al contacto con una obra, nacida a impulsos del entonces vicario capitular don Ramón Manero, que por el 1861 hizo un llamamiento a sus curas para que le ayudasen por todas las parroquias de la diócesis, a levantar el espíritu de los cristianos, tan maltratados por los vaivenes políticos de una sociedad cada vez más laicizante y laicizada. Pretendía, incluso, instalar en el abandonado convento del Jesús un colegio para misioneros diocesanos. Manuel Domingo y Sol dio su nombre y el vicario extendió el nombramiento. Pero quien realmente le impactó fue el canónigo Sanz y Forés metido también en el tinglado. Se inauguró la definitivamente llamada «Casa Diocesana de Misiones y Ejercicios». Mosén Sol -así llamaban a los curas por aquellos lugares- iba a recorrer la diócesis de punta a cabo predicando la Palabra de Dios. La diócesis de Tortosa no era en aquellos tiempos tan pequeña. Además de la parte correspondiente de Tarragona; comprendía la actual provincia de Castellón y el distrito de Falcet de Teruel: 13 arciprestazgos, en total, con 251 curas para servirlos. Casi 200 andaban desparramados por los pueblos mientras una cincuentena se ocupaba de la propia ciudad de Tortosa. Luego, crecieron bastante con las sucesivas ordenaciones y la incorporación de los exclaustrados, al disolverse las órdenes religiosas.
     Pocos meses más tarde iba a recibir un nombramiento más concreto: el de regente de un pequeño pueblo, llamado La Aldea, poblado de caseríos en el mismo delta del Ebro y presidido por un santuario de la Virgen que hacía de iglesia. No era un pueblo eclesiásticamente muy apetecible, ya que años después el obispado se vio obligado a incentivar a los curas que quisieran ir allí. Mosén Sol fue allí sin más. Y en La Aldea estuvo hasta que el recién nombrado obispo monseñor Vilamitjana se fijó en aquel cura de aldea y de La Aldea y lo mandó a hacer grados en Teología a la Universidad de Valencia -con ese pomposo nombre se conocía al seminario valenciano-. Un año para la licenciatura y para encariñarse con la obra de las adoratrices, que allí acababan de fundar, hasta contactar con la misma madre Sacramento.

De párroco a profesor de instituto

     De vuelta a Tortosa, su obispo lo nombra ecónomo de Santiago, una parroquia «pobre, siempre vacía y con poca frecuencia de sacramentos». Tres fueron los temas más fundamentales de su acción en ella: la frecuencia sacramental, el catecismo y la predicación. Los niños y los jóvenes le atraen de una manera especial en su asistencia formativa. Y las largas horas de confesonario apuntalan una formación, que se seguirá haciendo a lo largo del tiempo y en otros destinos, porque sus «clientes» lo buscan allá donde esté.
     Precisamente esa acción pastoral entorno a los jóvenes hace que su obispo lo nombre profesor de religión y moral del instituto, dejándole libre del cargo parroquial, pero adscribiéndole a la parroquia de la catedral. Tiene sólo 27 años. Se lleva bien con los compañeros de claustro, que lo nombran, además, secretario del centro. Cuatro cursos completos desempeñó la cátedra, porque la revolución septembrina de 1868 suprimió su asignatura en los lugares de enseñanza del Estado. Pero lo que la revolución no pudo impedir fue su labor entre los jóvenes, en la que se había zambullido a través de los que frecuentaban el instituto. Precisamente, al suprimirse, después, el instituto tortosino, hasta pensó en un posible colegio privado para chavales, donde educarlos cristianamente.
     Aprovechó su estancia en el instituto para estudiar él también; y la salida del mismo para oficializar sus estudios: la Universidad de Barcelona le otorga su Bachillerato en Artes -condición para ejercer en los institutos y él parece no haber perdido sus esperanzas- y se acerca hasta Valencia otra vez para volver con el doctorado en Teología. Humanamente parecían abrírsele los más fáciles caminos. Con todo, a nivel de cargos diocesanos se quedaría gran parte de su vida como simple y sencillo confesor de monjas.

En un convento de franciscanas

     Porque eso le nombran en marzo de 1868: vicario y confesor del convento de Santa Clara. Cargo extraño, en aquel entonces, para un cura de 31 años. Y, además, sin paga. Inicia una relación asidua con aquellas 35 monjas que iba a durar 23 años. Un capellán que establece junto a ellas como su segunda casa; que sufre con ellas el, peligro de la supresión del convento, por un decreto que lo iba a convertir en hospital militar, y que felizmente no lograron que se llevara a efecto.
     Los que hablan de mosén Sol por estos tiempos hablan de su carácter «atrayente, dulce y pacífico». Más concretamente aseguran que «no era ni taciturno ni locaz sino prudente y atento. No era amigo de burlas; su única graciosidad era la sonrisa. Jamás se inquietaba ni estaba de mal humor. Su temperamento era tranquilo y tolerante sin que por ello fuera insensible. Sabía dominarse y si era caso, también resistir e imponerse. Era de estatura regular, más bien alto y un poco gordo». Y le gustaba fumar, o mejor dicho sorber unos polvos de rapé de vez en cuando. Vive en la casa «pairal» con su madre y hermanos. Pero su madre iba a durarle poco -el padre había muerto en 1861 de una apoplejía-porque se le muere con 64 años en 1884 y él queda desolado. Aquella mujer, madre de doce hijos, había significado tanto en su vida que jamás, después, lograba nombrarla sin una visible emoción. La figura del joven cura -«siempre con manteo y sombrero»- iba siendo ya muy familiar por las calles de Tortosa camino de Santa Clara.
     Con las monjas y demás personas, que le iban siguiendo de confesonario en confesonario a medida que cambiaba de cargo, consigue una dirección espiritual tan prudente y discreta que apenas se notaba si no era por las largas «sentadas» y por las innumerables vocaciones femeninas con que pobló los conventos. Y las ayudas que prestó para la fundación de otros: como el de la Divina Providencia de Vinaroz o los de las concepcionistas de Benicarló y Vall de Uxó.

Los jóvenes en el punto de mira

     Cuando cesa como profesor del instituto, ni las mismas monjas -a las que oficialmente lo dedican- le hacen olvidarse de sus jóvenes. Escribe él mismo: «España estaba bajo la atmósfera asfixiante de desbordamiento de pasiones y casi diríamos de impiedad, en aquel orden de cosas, después de la tempestad del 68. Se me acercaron entonces dos o tres jóvenes de los que habían sido mis discípulos en el instituto pidiéndome una organización semejante a la que había iniciado la Juventud Católica de Madrid...». Pasó rápidamente a la acción; convocó a sus mejores muchachos; nombró presidente al joven abogado Antonio Dolz y estableció que las reuniones, de momento, se celebraran en su propio domicilio. Luego, ya definitivamente, en la antigua iglesia de la Merced. Aquella juventud cambió allí «la atmósfera» por completo y salvó su fe gracias a los círculos, veladas, funciones religiosas... Años más tarde, 1878, es mosén Sol en persona quien encabezó la representación de la Juventud Católica tortosina en la gran peregrinación a Roma. Poco antes, un año antes, había organizado en su ciudad una «Asamblea de Asociaciones Católicas»-la primera celebrada en España-, donde reúne 748 muchachos, presididos por el obispo.
     Los jesuitas habían fundado en 1866 en el arrabal del Jesús la Congregación Mariana de San Luis Gonzaga. En 1880 nombran director de la misma a mosén Sol -los jesuitas habían tenido que abandonarla como otro resultado más de la «gloriosa»-. Reforma los reglamentos para acomodarlos a las nuevas circunstancias; y como lazo de unión de afanes y miembros funda, un año más tarde, la primera revista que en España tuvieron las Congregaciones Marianas: «El Congregante de S. Luis». En ella va a asentar la plataforma de lanzamiento de muchas ideas formativas y fórmulas de colaboración cristiana. Fue su primer director. Luego -fundada ya la Hermandad- serán los operarios Andrés Serrano y Joaquín García quienes la lleven. «A la vejez -diría- he sentado plaza de periodista». Manejaba bien la pluma. Sus escritos dieron mucho trabajo en el proceso de beatificación: llegaron a ocupar 65 no pequeños volúmenes.
     Sus jóvenes; sus muchos jóvenes, necesitan espacio para su vitalidad, y para garantizar su constancia. «Es una lucha la que es preciso sostener con esos jóvenes inconstantes. Por eso yo estaba desalentado de poder reunir un número regular de jóvenes que quisieran practicar la piedad, y no vi otro medio que el de establecer medios de recreación...». Y se atrevió con ello. Compró terrenos (2.700 metros cuadrados) y les hizo un gimnasio, del que colocó la primera piedra en 1882. Lo dirigen ellos mismos a través de una junta rectora; con dos sectores, uno de estudiantes y otro de artesanos. Va poco a poco agrandándolo hasta coronarlo con la construcción de la capilla en 1889. Se sirve de la Juventud Católica y de la Congregación Mariana para un cúmulo de actividades que van desde los Círculos Obreros hasta la Liga de la Salvación. El caso es no tener a los jóvenes parados. Mientras pudo, hasta 1888, él materialmente llevaba los asuntos de los jóvenes tortosinos. Luego, iría delegando funciones. En todo caso, todavía tuvo tiempo para organizar y llevar a buen término, en septiembre del 91 -centenario de la muerte de San Luis Gonzaga-, una peregrinación nacional de jóvenes congregantes de San Luis a Roma. Vivió siempre pletórico o nostálgico de juventud.

Primeras inquietudes respecto al tema de las vocaciones

     Con todo... nota «que está muy solo en la empresa». Y ¿por qué estar solo? se pregunta... Un día, cualquiera de aquellos días, se dio cuenta de algo que le venía preocupando hacía largo tiempo. No eran muchos los sacerdotes a los que les podía pedir ayuda. En una carta se lo confía a un amigo: «Van falleciendo muchos sacerdotes y se ordenan pocos. Pida a Jesús por el aumento de vocaciones eclesiásticas y por la desaparición de las leyes de quintas, que han venido a mermar las pocas vocaciones que había. ¡Pobre España nuestra...!».
     La revolución de 1868 lo iba marcando todo. Un cierto espíritu laico, antirreligioso, revolucionario invadió el país. Tocó ir detrás de los curas con palos. Se cerraron la mayoría de los seminarios españoles; se anularon las asignaciones concordatarias... Y los pobres obispos tuvieron que recurrir a todo lo imaginable: seminaristas externos; curas de carera breve; sacerdotes que en los pueblos malenseñaban a los pobres con vocación sacerdotal el poco o mucho latín que ellos antes habían aprendido; escuelas de gramática y latines, también pueblerinas; que se agregaron a los seminarios; colegios privados dentro de los seminarios donde a la par estudiaban seminaristas y no seminaristas, que pretendían soslayar la ida a los institutos estatales...
     Tortosa cuenta entonces, 1871, con 685 clérigos y menos de la mitad dedicados al servicio parroquial. En cuatro años se mueren 82 y apenas se ordenan 40. Nadie en la ciudad piensa en nada -fundación, escuela, colegio...- que alivie la suerte de aquellos seminaristas pobres que patean la ciudad, sin apenas cobijo y mendigando mendrugos de pan para llenar el estómago.

De la idea a la acción: un encuentro y un colegio

     Y uno de aquellos seminaristas, uno de tantos, tropezó una tarde con algo y alguien que fue la suerte de muchos. Ramón Valero iba ya por 2.º de latines cuando le sorprendió «la gloriosa»; cuando se cerró el seminario al que había llegado desde su pueblo castellonense de Cincotorres. A él tuvo que volver para acabarlos con el dómine Sebastiá en Morella, mientras aporreaba puertas pidiendo limosna con que poder comer y poder también continuar. Y a Valero, aquella tarde, bajo el arco del Romeu, le vino Dios a ver. Con él había comenzado 39 condiscípulos el estudio del primer año de Gramática, pero cuando volvió a Tortosa, para su Filosofía, ya no quedaban más que cinco. Los otros habían quedado en sus pueblos o por los caminos muertos de hambre. Venía Valero de las «sobras» que le daban otros dos estudiantes, con más posibles que él, que compartían pensión en una casuca de la calle de Santa Ana. Su habitación era un cuarto abuhardillado que allí mismo una pobre mujer le prestaba. Estaba empezando segundo año de Filosofía y con el año aumentaron sus desdichas, porque los estudiantes de las «sobras» se habían ya ordenado y habían llevado con ellos su miserable pucherillo. Los filósofos tenían su clase en el palacio del obispo. Aquella casi noche de febrero, a la salida de clase, se encontró con mosén Sol. Los saludos de rigor entre seminaristas y cura de prestigio. Y... ¿a dónde vas? Iba el pobre a comprar una vela con que alumbrar su estudio porque sus nulas posibilidades no le daban para pagar el escote del gasto del petróleo. Vivían, entonces, ocho en la misma casa: cinco «ricos, a quienes preparaba la comida la señora Eulalia», y tres tan pobres, tan pobres que tienen cada día que ir a buscar un poco de sopa en casa de mosén Boix -buen cura- y engañan también el estómago con lo poco que de su comida les queda a unas señoras del piso de abajo. Una pregunta de sopetón: «¿Cuánto necesitaríais para pasarlo bien?». Y una respuesta tristísima con mueca de risa: «Con un pan cada tres días tendríamos bastante». Hasta final de aquel curso tuvieron su pan. Pero cuando se cerró el año académico también tuvieron una, hasta cierto punto enigmática proposición por parte de Mosén Sol: «Hasta octubre, hijos míos, que entonces ya estaréis mejor».
     Para octubre parecía haber cuajado una idea en la mente del cura tortosino: abrir una casa, llamada de San José, para recoger, sustentar y educara los jóvenes pobres, aspirantes al sacerdocio. Un ensayo que duró todo el curso de 1873 al 74, pero que al siguiente fue obra cuajada con el definitivo nombre de Colegio de San José. Y como había que sostenerlo, pide limosnas, picapuertea donde puede. Los 24 alumnos del primer curso se convirtieron en 37 el segundo. Ya no cabían en los pisos de la plaza de San Isidro y tuvieron que pasar a una más amplia casa de la calle de Zarralde. El obispo Vilamitjana estaba más que contento y el clero tortosino, al que tan sabiamente había «sableado», contemplaba pasmado aquel gozoso invento. Para el curso 1875-76 los 57 colegiales rebosaron la casa y el prelado hace nombramientos oficiales de directores y administrador. Hasta aprueba las bases por las que tenían que regirse.
     En el entretanto, aquel cura, tan independiente en sus anteriores formas de apostolado, parece ver claro el camino más recto para plasmar sus interiores inquietudes. Tiene bien informados -una buena fórmula de éxito- a los párrocos de su diócesis de cuanto hace en el colegio. Ello le abre las puertas en los momentos de agobio -que lo son a cada instantes al acercárseles en petición de ayuda. Al cuarto año de existencia ya rozan los alumnos el centenar: son 98 en concreto. Y los superiores se ven obligados a la anexión del palacete de San Rufo, un edificio separado tan sólo por un patio interior de la casona de Zarralde. Decimos lo de la anexión, porque la propietaria, doña Magdalena de Grau, no sólo no les cobra renta alguna, sino que, por su cuenta, hasta les arregla los desperfectos del palacio.

Nuevo desde los cimientos

     Como es costumbre -y se mantendrá en los demás colegios- los alumnos de San José viven (con todo lo que esa palabra significa) en su edificio propio, pero asisten a las clases que se imparten en el seminario. El invento crecía como la espuma: al quinto año ya eran 190 los chicos, y hubo que buscar más agujeros donde meterlos. Hasta que..., hasta que mosén Sol decide levantar un colegio de planta, nuevo, para sus alumnos; bien proyectado. Muchos se llevaron las manos a la cabeza; alguien se atrevió a tacharle de loco. Pero no desistió. Compró los terrenos ese mismo quinto curso y el 11 de abril se atrevió a colocar la primera piedra. Ahora sí que tuvo que intervenir de veras San José. Mosén Sol de su bolsillo pone lo que puede. Y vuelve a pedir, pide lo que nadie sabe. Habla de montar en cada parroquia la «Asociación para el fomento de vocaciones eclesiásticas»; propone la institución de la «Pequeña Obra» por la cual cada niño al hacer la Primera Comunión entrega una limosna para el fomento de vocaciones al sacerdocio; llegó a inventar la suscripción de una especie de acciones con el enorme interés del 3 por 100. Todo el mundo -curas especialmente-respondía lo que podía y como podía. La obra tenía que ser de todos. Hasta que en 1880, allá por noviembre, se instaló definitivamente el Reservado en la capilla del nuevo colegio. Una fiesta esta del Reservado que iría ligada cada año a fecha tan fausta en cuantas casas brotaran a impulsos de mosén Sol. Porque Jesús, en su Eucaristía, tenía que ser centro y vida de todas las que nacieron.
     Para 1887 estaban ya casi terminadas las obras del colegio de San José de Tortosa, y en él vivían los 300 alumnos que se habían reunido. Pero no por eso dejó de funcionar S. Rufo, donde habitaban otros 100. Aquel año ya se ordenaron 14 nuevos sacerdotes, de los que 13 habían respirado los ambientes josefinos.
     Es que para entonces don Manuel había dejado muchas de sus anteriores «cosas» para dedicarse de lleno a potenciar la «Obra del Fomento de Vocaciones eclesiásticas y apostólicas». Y es que, para entonces también, estaba ya fundada la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos.

En la unión está la fuerza

     Dicen los historiadores que los seminarios habían sido creados en un momento de emergencia tras la sacudida que supuso el Concilio de Trento; pero también aseguran que, a pesar de todo, no fueron capaces de resolver completamente el problema vocacional que atosigaba a la Iglesia. Se les tachaba de clasistas porque muchos jóvenes, con vocación y sin medios, no podían traspasar sus dinteles. Las becas eran insuficientes. Algunas personas echaban de menos instituciones especializadas con particular dedicación a promover por las diócesis las Vocaciones más seguras y cualificadas. Brotaron algunas en la Iglesia y por lo general duraron poco. En España, siglo y medio antes de que se le ocurriera a don Manuel, un cura de Barbastro había pensado en algo similar y hasta con nombre semejante -Sacerdotes Píos Operarios, que no llegó a ver los finales del siglo XVIII.
     El obispo tortosino había ido nombrando sacerdotes afectos a mosén Sol para encargarse de las tareas de dirección en el colegio creado y ya tan fructífero. Allá por 1883 en privado, casi como de puntillas, cuatro de esos sacerdotes se metieron con don Manuel en una Pía Unión o Hermandad, que tres años más tarde -1 de enero de 1886- quedó canónicamente establecida. De momento estaba ligada a la dirección del colegio tortosino. Pero la idea había bullido en la mente de mosén Sol durante algunos años.
     Cuando redactaron las bases del nuevo instituto –en el pintoresco convento del Desierto de las Palmas asomado a los azules del Mediterráneo- los cuatro curas (don Manuel incluido) y un subdiácono resolvieron que los «objetivos constantes» de la incipiente obra habían de ser: fomento de la piedad en los jóvenes, des, y sostenimiento de las vocaciones eclesiásticas y apostólicas, y extensión del culto y reparación al Corazón de Jesús -el inspirador de todo-. No desdeñaron otros posibles apostolados o ,fines como posibles, pero los intuyeron siempre como secundarios.
     La nueva Hermandad tan sólo aspiraba a ser «una reunión de sacerdotes seculares, unido por el vínculo de una dirección común para promover la gloria de Dios y sus más caros intereses».
     Al hacer en 1886 los primeros compromisos los siete operarios que los suscribieron, ya se había metido don Manuel en la construcción del colegio de Valencia.

Se multiplican los Colegios

     Era Valencia una diócesis especialmente importante y podía dar un sólido posicionamiento a Hermandad naciente. Como siempre primero asentó sus reales en un viejo caserón situado en el Huerto llamado de las fresas de la calle Alboraya, y muy cerca del seminario. Pero, como aquel cura aspiraba siempre a más, compró los terrenos del Huerto de la Trinidad y empezó la construcción de un nuevo colegio de planta el 2 de septiembre de 1885. Para 1889 ya se le alegraban los ojillos al cardenal Monescillo con los más de 350 alumnos que lo habitaban. Pero hubo más que dificultades. No obstante, las crónicas aseguran que de él salieron no menos de 2.000 -sí, dos mil- sacerdotes para la diócesis valenciana en los años de su existencia. Y de él salieron también los Operarios para fundar en Murcia y Orihuela. Aquélla fue una hermosa cadena que engarzó después a Plasencia y Almería y llegó hasta la mismísima Lisboa. ¿Y Castilla? Se comenzó el colegio de San José de Burgos, tras la primera visita que mosén Sol hizo a la «cabeza de Castilla» en 1895, una hermosa mañana de abril de 1897. Luego siguió el de Toledo.
     ¿Por qué esta febril actividad de don Manuel en la creación de tantos centros de educación sacerdotal? Cuando comienza tan tremendo ajetreo anda por los 40 años y había vivido una intensa actividad en todos los campos apostólicos, que podían ofrecerse a un cura joven. Todo le parecía poco. Pero no estaba absolutamente satisfecho. Al tocar el fondo de los problemas siempre se encuentra con el mismo dato: la escasez de clero: Una escasez producida por la inseguridad, las revoluciones, los levantamientos de aquella época nefasta de la última mitad del siglo XIX, y agravada por una infinita pobreza en que se debatía el clero. ¿Quién podía aspirar a ser cura? Con todo ello, don Manuel se convence de algo que tiene que definir su vida: «Convence a entender que la formación del clero es lo que podríamos llamar La llave de la cosecha en todos los campos de la gloria de Dios. El Señor pone el remedio al lado de las necesidades de cada época. ¡Mucho clero y bueno! Es la única solución».
     De ahí su mimo por aquilatar la función de sus colegios, que no quieren suplantar a nada ni a nadie. Pero que quieren estimular a todo el mundo a hacer las cosas -aquí y ahora se trata de sacerdotes- lo mejor posible. Quiere educadores, y los quiere de lo mejor; quiere lugares donde educar y los pretende los más eficaces. Su espíritu educativo va a basarse en la vida de familia; busca lugares de esparcimiento para sus muchachos; y ordena la vida colegial de tal forma que estudio, oración y diversión la llenen por completo. Todo perfectamente reglamentado. Era un hombre tan con los pies en la tierra que dejó a los directores de sus casas frases con un sabor tan hogareño como ésta que puede esquematizarlo todo: «la capilla, el estudio y la cocina son los tres goznes sobre los que gira el colegio; si se desnivela alguno no habrá equilibrio».
     El espíritu familiar no sólo lo pretende en el vivir de cada casa, sino también de las casas entre sí. Ideó, por ello, una revista de intercomunicación que llamó “Correo Josefino”. Incluso llegó a la experiencia de encuentros intercolegiales. La Obra de las Vocaciones -muy a su pesar porque le gustaba también seguir con sus viejas fórmulas apostólicas (díganlo, si no, hasta los conventos de monjas por él fundados- absorbió ya de lleno a don Manuel.

El Colegio español de Roma

     Por España comienzan a soplar fuertemente aires de renovación. Las cosas se habían puesto tan mal, tan mal, que la necesidad del remedio se dejaba sentir imperiosamente. Los obispos quieren elevar el nivel científico de su clero. Por lo menos algunos. San Pío X, desde Roma, trataba de seguir con vivo interés y muy de cerca los avatares del catolicismo español. La formación académica que se daba en los seminarios -a sus clases acudían también los alumnos de los colegios de San José- rara vez sobrepasaba la «mediocridad característica». En muchos seminarios -con pomposo nombre de universidades-se conceden grados académicos sin que ello signifique especial elevación intelectual del clero. Se habla de la creación de una Universidad Católica Nacional, pero el proyecto se queda en agua de borrajas. Alguien mira, entonces, hacia Roma «donde todas las naciones tienen un seminario eclesiástico y sólo España carece de él». La Santa Sede estimula a los obispos españoles a crearlo. Solamente uno se atreve a intentarlo y envía a la Ciudad Eterna a nueve de sus alumnos en 1884. Pero el santanderino obispo Calvo Valero fracasa porque ninguno más le secunda; y apenas unos años más tarde el llamado Colegio Hispánico muere por inanición.
     Mosén Sol descubre que la idea es buena; y que quizá desde sus colegios españoles pueda ponerse en vía segura. El año 1889 se decide a fundarlo. Y su fundación es casi una novela por entregas. Siempre pensó en la Gregoriana como centro de estudios. Pero había que buscar casa donde albergar a los estudiantes. Le hablan a don Manuel de un hermoso convento trinitario, habitado por escasísimos frailes y situado en plena Vía Condotti. Inicia sus gestiones por él mismo; y su vía-crucis acaba en la más cruel crucifixión, a pesar de la intervención de obispos y cardenales. No hubo Condotti pero sí hubo colegio, porque su fundador se lió la manta a la cabeza y hacia la Ciudad de los Papas hizo llegar a sus once primeros colegiales un 1 de abril de 1892 -los que saben aseguran que esa fecha del 1 de abril jugó siembre papel importante en la vida de mosén Sol- para que tomaran contacto con las instituciones romanas. Es la fecha de su inauguración. Años de dudas y vacilaciones habían quedado atrás. Los alumnos se alojan, de momento, en los locales de la iglesia española de Montserrat. Eran los mejores chicos de sus colegios de España. El Vaticano intuye que lo del colegio español va en serio, a pesar de los solos tres meses que viven los colegiales en Roma. En el verano los obispos españoles se dan cuenta de la importancia del tema. Y don Manuel se da también cuenta de la provisionalidad de la estancia en Montserrat y lucha contra el tiempo para encontrar alojamiento en un curso que va a ser ya definitivo. Patea lugares, pregunta, hace gestiones. Pasan el verano en la hermosa Tivoli, tras el curso completo desarrollado en las aulas de la Gregoriana, y a su vuelta les tienen buscada posada en el palacio Altieri. Son ya 42 alumnos.

Un regalo papal

     El pensamiento del buen Papa León XIII se posa frecuentemente en los contratiempos de aquellos sus seminaristas españoles que cada mañana marchan alegres, a pesar de los pesares, camino de su Universidad. Quiere dar una solución definitiva al problema: no pueden seguir viviendo de prestado. Y un día, precisamente en la celebración de su jubileo episcopal, en plena basílica de San Pedro, el Papa disipa toda suerte de dudas, desbarata intrigas, deshace suspicacias... Ante los obispos y fieles que habían llegado de España para homenajearle pronuncia unas cuasisacramentales palabras: «...y como los ministros del altar deben ser cooperadores en la misión nobilísima de santificar y pacificar a los pueblos, de común acuerdo con nuestro episcopado hemos querido que se fundase en Roma y bajo la vigilancia del Pontífice, un colegio de vuestra nación en donde jóvenes escogidos de las diferentes diócesis se preparen para el ministerio sacerdotal... Ha sido esto, amadísimos hijos, una nueva y valiosa prueba de nuestra solicitud hacia vosotros y hacia vuestra patria». Antes, muy poco antes, el cardenal Sanz y Forés -tan amigo de mosén Sol desde que le predicó en su primera misa- había agradecido al Papa la cesión del Palacio Altemps, propiedad de la Santa Sede, como definitivo asentamiento del joven y «peregrino» colegio. Al también joven rector-don Benjamín Miñana tenía tan sólo 27 años cuando fue encargado de dirigir los destinos colegiales romanos- se le echaba encima una no fácil tarea. Con fuertes dificultades: personales, porque el palacio estaba ocupado por inquilinos con el rango incluso de cardenal; y económicas, porque había que hacer frente a extensísimos gastos de instalación y acondicionamiento. Pero tenía el colegio ya su casa. ¡Y qué papel tan importante jugó en toda la trama de la fundación romana el gran cardenal español Merry del Val! Todo se daba por bueno cuando el curso 1894-95 lo comenzaron ya en el Altemps 52 seminaristas españoles representantes de hasta 24 diócesis. Vida de familia en casa; intensa actividad académica en la Universidad Gregoriana de los jesuitas, el centro de estudios más prestigiado de la Ciudad Eterna. Cuando el colegio cumplió sus bodas de diamante -75 fecundos años- un elenco de los que habían pisado sus corredores nos habla de 2.037 españoles -la infinita mayoría llegó al sacerdocio- con 62 obispos y 5 cardenales a la cabeza. Hemos celebrado su centenario y las cifra habrán felizmente aumentado.
     La dirección siguió y sigue en manos de la Hermandad. Años más tarde -la munificencia del llorado Juan XXIII hizo posible un nuevo y moderno edificio para el colegio, inaugurado personalmente por Pablo VI -el cardenal de Toledo, don Marcelo, emitía su juicio sobre lo que el Colegio Español había significado para la Iglesia de España con estas palabras: «A don Manuel le cabe la honra indiscutible de haber sido el primer eclesiástico español que concibió y realizó un plan a gran escala para reformar por completo el sombrío panorama de los seminarios españoles». Y es que de Roma llegaron numerosas personalidades que dejaron sentir su influjo en la marcha y dirección de fundamentales instituciones de todas y cada una de las diócesis españolas. Principalmente de sus seminarios.

También los seminarios

     ¡Los seminarios españoles! Mosén Sol había querido siempre que sus colegios estuvieran a la vera de los seminarios de las respectivas diócesis. Pero nunca soñó con ejercer tareas de dirección dentro de los mismos. Sus operarios eran pocos, muy pocos. Y los colegios necesitaban una atención creciente, que no le permitía distraer ni tan sólo a uno. Además, sentía una como especie de miedo en meterse en un trabajo para el que, humildemente, juzgaba no se encontraba con las fueras suficientes. Los obispos -algunos obispos- parece que no pensaban lo mismo. Y es que la vida, en muchos de aquellos centros, dejaba demasiado que desear tanto desde el punto religioso como desde el aspecto moral y disciplinar. El propio don Manuel, con harta pena, los había definido como «matorral abandonado» y hasta se atrevió a escribir que «un cambio radical en el modo de ser de los seminarios no se ve, por hoy, posible». Y había lamentado con pena intervenciones de las autoridades civiles ante hechos verdaderamente escandalosos que, no por mera incidencia, se habían dado en algunos de ellos.
     Seguramente porque no pocos obispos habían pensado que tan sólo la capacidad de aguante y sacrificio de aquellos sencillos hombres, capitaneados por mosén Sol, fueran capaces de poder dar un vuelco a sus casas de formación, o acaso porque algunos sanamente «envidiosos» habían compulsado y comentado la vida del colegio de San José que les caía más cerca o la del de Roma a su paso por las visitas papales... el caso es que poco a poco se fueron atreviendo a buscar el modo de cómo obligar a don Manuel a aceptar la dirección de su seminario. El se sintió obligado, muy a pesar de los pesares, a hacerlo, horque estaba absolutamente convencido de que «del clero depende todo». Por otra parte, su pedagogía era muy clara y hasta simple. Se basaba en serios principios de selección, clima familiar, fraternidad universal, intensa vida espiritual y una renovación constante.
     El primer obispo que se acercó a don Manuel para pedirle que se encargara de su seminario fue el escolapio Mons. Alonso Salgado, que lo era de Astorga, en 1897. Su seminario tenía 240 alumnos internos y hasta 500 externos. A los operarios se les confía «la dirección religiosa, disciplinar y administrativa» del mismo. Y en el tema entran con tal libertad de espíritu que, en su contrato, hacen constar que el prelado puede prescindir de ellos cuando lo crea conveniente. Esto será una constante en la vida de la Hermandad: va cuando la piden porque la necesitan, y se marcha cuando se estima que su presencia ya no es necesaria.
     Luego vino América. Obispos hispanoamericanos habían conocido en Roma el desarrollo de la vida del Colegio Español y a la Hermandad que lo dirigía. Sus necesidades son inmensas y alzan las manos suplicantes. Sobre todo, los mejicanos. En noviembre de 1898 se embarcan en Barcelona los primeros operarios, rumbo a América, para hacerse cargo del seminario de Chilapa. En diciembre de 1899 inician la atención del culto en el templo expiatorio de San Felipe che Jesús en la capital del distrito federal. Meses más tarde aceptan la dirección del seminario de Cuernavaca; y un año después del de Puebla de los Ángeles. Las solicitudes de Colombia quedan aparcadas para mejores tiempos.
     Entretanto, en España, el cardenal Sancha les confía en 1898 su seminario central de Toledo; y pocos meses más tarde es el arzobispo de Zaragoza el que decide que gobiernen el suyo. El rosario seguirá con Cuenca y Sigüenza en 1901, Badajoz en 1902; Baeza en 1903; Jaén, Ciudad Real y Málaga en 1904; Barcelona en 1905 -ya lo había solicitado años antes-; en 1906 Segovia; en 1907 Almería, y Tarragona en 1908. Hasta ahí pudo llegar don Manuel. No le fue posible aceptar otros muchos.

La obra se consolida

     La aceptación de los seminarios -jamás se dejaron los colegios de San José; es más, mosén Sol acostumbraba a establecer uno en cada ciudad de cuyo seminario se hacía cargo- imprime un nuevo ritmo de vida a la Hermandad.
     Una obra, como la de las vocaciones, que tan humildemente había brotado en Tortosa, avanzaba a pasos de gigante. Los obispos reclaman insistentemente a los «Josefinos» -hermoso mote nacido de los aires de los colegios de San José- para poner en sus manos lo más íntimo y selecto de sus diócesis: el seminario.
     Pero los operarios son muy pocos y no pueden llegar a tanto. A veces tuvieron que hasta echar manos de auxiliares, sacerdotes amigos o con indicios de posibilidad de integración en la obra. A finales de la vida de don Manuel apenas llegan a 75 los miembros de su querido instituto. Les hace trabajar a tope; duplicarse; vivir día y noche a pie de tajo. La verdad es que están muy cohesionados, que poseen ideas muy claras de lo que pretenden y que viven una existencia muy unida para conseguirlo. Sólo así lograban trabajar en tantos sitios como trabajaban.
     Cuando en el mes de enero de 1909 -fiesta de la Conversión de San Pablo- don Manuel muere, deja a cargo de la Hermandad de Sacerdotes Operarios- sus sacerdotes, sólo sacerdotes; y diocesanos, muy diocesanos secundando siempre las directrices episcopales- la tarea de sacar adelante eficazmente los destinos de 10 colegios de vocaciones llamados de San José, 18 seminarios diocesanos apellidados conciliares, 2 templos de Reparación y... el Colegio Español de Roma.

El apóstol muere ansioso pero tranquilo

     Aquel pobre cura tortosino anda ya por los 73 años y sigue viajando. Ha peleado mucho, se ha machacado mucho, y los achaques va para cinco años que le vienen de una u otra forma torturando. Sigue aceptando obras, sigue aconsejando, sigue escribiendo, sigue escuchando..., pero la salud le viene fallando; su organismo, absolutamente minado, empieza a desmoronarse. Pero no sus ansias de hacer más. Diez días antes de su muerte escribía a su rector del seminario de Zaragoza: «Al recibir peticiones de personal, y ante el vasto campo que se abre aquí y allá, me contristo y quisiera lanzarme a abrazarlo todo; pero puesto en la presencia de Dios, me quedo tranquilo, porque ya ve Él que no podemos».
     Eso. Ansioso pero tranquilo dormía en la paz de Dios un mediodía del lunes de la última semana de enero de 1909. Muchos lo lloraron: cardenales, obispos, curas, religiosos, monjas, pobres gentes del pueblo... Pero todos acertaron al premiarle, con Pablo VI, con el hermoso título de «santo apóstol de las vocaciones sacerdotales».