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UN HOMBRE QUE SUPO DARSE Manuel Domingo y Sol 1836-1909
por Juan de Andres
Salamanca
1959
CENSOR:
Eugenio Sánchez
PUEDE IMPRIMIRSE:
Jaime Flores
Director General
IMPRIMASE:
+ Fr. Francisco,
Obispo de Salamanca
23 de abril de 1959
Depósito Legal: S G. 38-1959
Talleres tipográficos -El Adelantado de Segovia»
1
«POR SUS FRUTOS LOS CONOCERÉIS»
«Pasó haciendo el bien, y curando a todos los oprimidos..., porque Dios estaba con él.» (Act. 10, 38.)
Tortosa, 25 de enero de 1909.
(Esta carta la dicta, en voz alta, el corazón espontáneo del pueblo. Como aquella que nos trasmitió San Lucas en el capítulo 11 de su Evangelio.)
El Colegio de San José es un desfile de oraciones y comentarios.
Las campanas de la ciudad doblan a muerto.
Mosén Sol descansa en el seno del Padre, y sus restos mortales conservan la paz buena de su alma grande.
La capilla ardiente parece, en miniatura, la apoteosis de una canonización.
Es un panegírico de lágrimas y silencio.
Ha dejado una estela de luz, que se polariza en recuerdos.
Todos los caminos se encuentran en Tortosa la tarde fría del 25 de enero.
Las oficinas de Telégrafos rubrican, con ritmo de España entera, virtudes ignoradas y glorias conocidas.
El luto parece fiesta.
Mosén Sol no ha muerto.
Descansa, sencillamente, en el Señor.
Los rezos y las lágrimas suenan a aclamación.
En todos hay pena; pero en todos hay paz.
* * *
Aquella viejecita, ajada de miserias, rugosa de años, agradecida de amor, ha llegado hasta el féretro, con muchos pobres, para besar las manos de D. Manuel.
La viejecita ha llorado porque las manos de Mosén Sol estaban frías...
Y camina torpemente por los pasillos bien sabidos del Colegio, donde siempre encontró eco positivo su desgracia.
Cruzaba un Operario, con prisa distraída en trámites de Funeraria y luto de orfandad.
Apenas se entera de que le han dirigido la palabra.
-«Una limosna, por amor de Dios.»
Era la necesidad, y era la costumbre.
A la casa de Mosén Sol se iba a pedir con seguridad absoluta.
Sigue caminando el Operario con obsesión de pena.
La viejecita, desilusionada, no reprime el impulso espontáneo.
Sin acusar a nadie, bendice al bueno:
-«¡Él siempre me daba!»...
* * *
Hace un minuto besó unas manos frías, que eran millonarias de cariño y de larguezas.
«Él siempre me daba...».
Era el panegírico de un Santo por aclamación popular.
Era la definición exhaustiva de Manuel Domingo y Sol.
Vino al mundo para dar.
Y llenó cumplidamente su misión.
* * *
Tortosa, 25 de enero de 1909.
Hemos querido empezar por el fin, porque es el resumen preciso de una vida intensa, sencilla y fiel.
«Él siempre me daba» ...
2 SUS RAÍCES
«Cuando Dios creó al hombre, te hizo a imagen de Dios» (Gén. 5, 1)
«Adán engendró un hijo a su imagen y semejanza» (Gén. 5, 3.)
«Dios los predestinó a ser conformes con la imagen de su Hijo» (Rom. 8, 29.)
En Cataluña dicen «Mosén» al Sacerdote.
Es título privativo, mezcla de respeto y cariño.
Menos enhiesto que el «Don», tan castellano; menos sumiso que el «Padre», tan de hoy.
«Mosén» es un título sabroso, que sabe a fruta casera, que suena a predilección.
Es íntimo, y no es vulgar.
Don Manuel acaparó el monopolio entre sus conocidos, que no le hubieran sabido llamar de otra manera.
Lo dicen repetidas veces.
Aunque ostentara dignidades, siempre sería Mosén Sol, el de atractivos irresistibles, el venerado por todos, el padre de cuantos le necesitaron.
No conoció mal sin tratar de remediarlo, ni surgió bien que no fomentara.
Sabía ser todo para todos.
Y nunca defraudó.
Mosén Sol no conoció eclipses de egoísmo.
* * *
Nació el día primero de abril de 1836.
El 1 de abril es una fecha curiosa a lo largo de su vida.
El 1 de abril de 1892 inauguró el Colegio Español de Roma.
El 1 de abril de 1898 aceptó el primer Seminario de América.
El 1 de abril de 1901 comenzaron las obras del Templo de Reparación de Tortosa.
Obsequios de cumpleaños, que le iba haciendo el Padre, que es Amor.
El día que nació Mosén Sol era Viernes Santo.
Se abrió a la luz cuando el Sol caía en el Monte...
Nunca se borrará de sus ojos limpios la estampa del Calvario.
Su vida entera es un grito de claridad, hecha reparación, para consolar al Cristo que sigue padeciendo.
Porque sufría Cristo en España durante aquel turbulento siglo XIX.
«Le crucificaban de nuevo, le exponían a pública ignominia» (Hebr. 6, 6), cuando el mal asfixiaba al bien, porque eran muchos los ignorantes instigados por algunos malos, y... porque los buenos eran poco buenos y poco audaces.
No es latiguillo de polémica.
Años más tarde lo expresa, enardecido, Mosén Sol, enrostrando a los cómodos su apatía, su egoísmo larvado en pasividad estéril e inexplicable.
Eso que resulta contrabando de lesa paz ficticia en los que llamamos hombres de bien.
Es frecuente en España canonizarnos víctimas de paciencia, cuando apenas llegamos a campeones de aguante por espíritu de negligencia.
Así hemos visto a la Patria en muchas páginas de la Historia.
A la sombra de un heroísmo duermen lustros de pereza.
Así la vio D. Manuel con pena.
«No se llora el bien sino cuando se ha perdido; y no sabemos conservarlo.»
«Dios sabe hasta cuándo ha de permitir el mal, y si los católicos ponemos lo que está de nuestra parte, Dios hará lo demás. Si no lo hace, es porque los católicos no cumplimos como debemos, y nuestras miserias nos conducen a la división y a esterilizar nuestros trabajos.»
Dos pinceladas que reflejan muchas épocas.
Que retratan, además, aquellos años que le tocaron en suerte a Mosén Sol.
Como él era eficaz, la vibración de su vida fue «vencer al mal con la abundancia del bien» (Rom. 12, 21).
Era Viernes Santo el 1 de abril de 1836.
Mosén Sol nació en Tortosa, junto a la comba dúctil del Ebro, que bordea la ciudad con perseverancia flexible.
De él aprendió dulce tenacidad para doblegar con garbo dificultades asombrosas.
Al día siguiente recibió el bautismo, en la parroquia de la Catedral, resucitando con Cristo en las aguas recientes de óleo.
Sus padres le quisieron en seguida hijo de Dios.
Es muy significativo el dato, por la influencia de los padres en los hijos.
Porque para descifrar a un hombre, hay que enfrentarse con sus raíces.
También se hereda la bondad.
Hablándonos del Bautista, se fija San Ambrosio en las alabanzas que la Sagrada Escritura dedica a sus padres.
La herencia de la virtud-nos quiere decir---se trasmite con frecuencia por línea de sangre.
Honradez profunda, cristianismo sólido: esas son las raíces de Manuel Domingo y Sol.
Sólo conservamos una carta de su casa.
Se la escribió su hermano Francisco-el padre ya había fallecido-, cuando Mosén Sol cursaba, en Valencia, los estudios para adquirir grados de Teología.
Pocas líneas y bien aprovechadas.
Resumen sencillo del código de vida en una casa pairal de solera auténtica.
En nombre de todos, le dice Francisco, el mayor:
«El hombre que no falta a su deber y cumple con sus obligaciones, cada uno las de su estado, está apreciado de todo el mundo, y Dios le tiene una senderita reservada para guiarlo en todas sus tareas y necesidades.»
Filosofía popular y ascética familiar, centrada en el deber, camino primerísimo de cristianismo y de perfección.
En tal surco nació tal hombre.
Francisco, María, José, Rosa, Manuel... y los otros siete hermanos, aprendieron bondad en la escuela de su madre, que sabía imprimir carácter en la educación de sus hijos.
Si falta raigambre de hogar, los argumentos de fuera son postizos y artificiales-de eficacia dudosa y de lejanía cierta-, para formar al hombre.
En todo caso, las excepciones confirman la regla.
Son muy importantes-no me atrevo a decir imprescindibles-las lecciones totales de una casa donde los padres son ejemplo, para perfilar los rasgos profundos que supone la gracia para actuar convenientemente.
En Mosén Sol es marcadísima esta herencia familiar. Bastaría citar la devoción constante y fervorosa al Santo Ángel.
Es distintivo peculiar en su vida, que arranca del patrimonio más neto.
La carta de Francisco termina así:
«En fin, lo que deseamos de corazón por momentos es el estar todos juntos en nuestra casa, frente a la capilla del Santo Ángel, al que tanta devoción tenemos.»
Don Manuel recuerda en muchas cartas y en algunas pláticas la figura de su madre.
Es la impresión más honda en su niñez.
El estilo materno -robusto y afectivo- grabó en su espíritu convicciones profundas.
Manuel Domingo y Sol ha captado la raíz más sincera de aquella vida cristiana.
Porque no era D.ª Josefa Sol una rezadora superficial con diploma constelado de novenas y medallas. La hondura del cristianismo no se monopoliza en rezos.
La oración nutre la vida.
Pero la vida es más que plegaria.
El contacto con Dios, cuando es sincero, no admite interrupciones.
La piedad, en sentido pleno, nos coloca amorosamente de cara a Dios Padre, y no tolera desvíos.
Al cristiano se le conoce por el amor.
El único carnet valedero que reconoce el Evangelio, así en la tierra como en el cielo, se llama caridad.
A imagen y semejanza de Dios.
La caridad es la expresión auténtica de la vida verdadera.
Es la madurez espontánea de la profundidad interior.
Así lo entendió, por la gracia de Dios, D.ª Josefa Sol.
Amaba mucho y amaba a todos.
Sólo tuvo una preferencia descarada: los pobres.
Como el Maestro.
Este aspecto de su vida lo ha puesto de relieve providencialmente el tamiz enclenque de espíritus pequeños, que todo lo ven excesivo.
Nunca faltan corazones chicos a quienes todo lo grande se les antoja superfluo.
Se erigen en norma de conducta, y todo lo bueno rebasa el molde enano de su ritmo milimetrado.
A D.ª Josefa Sol le tacharon de pródiga en sus larguezas, maniática limosnera.
Siempre daba y daba cuanto podía.
Le reprenden sus «excesos de caridad»; y ella, que sabe de Evangelio vivo y de corazón de Dios, replica con desenfado, aludiendo a las dos puertas de su casa: «Las limosnas salen por una puerta y entran por otra.»
Pero había aprendido mucho más.
La madre de un Santo tiene que forjarle en la ley del ejemplo.
Jesucristo ha enseñado que no sepa la mano izquierda lo que hace la derecha.
Y D.ª Josefa hace en secreto sus mejores caridades, sólo por amor.
Era dichosa porque no recibiría recompensa de agradecimiento, sino del Padre que ve lo íntimo de las almas.
En las tiendas de Tortosa sabían muy bien que varias familias menesterosas podían retirar cuanto necesitaran, a cuenta de D.ª Josefa Sol.
Sólo ha exigido una condición: que jamás se enteren de la mano bienhechora.
Es el rasgo profundo que define a Mosén Sol: «Él siempre me daba.»
Y daba sin humillar, con amor.
Al recibir una visita D. Manuel, jamás pensó qué le reportaría.
Su obsesión se centraba en obsequiar:
«¿Qué donaré a n' estes animetes?»
No es anécdota al azar..
Es la constante de su vida.
Desde que fue nombrado Vicario de Santa Clara, ni la nómina, ni los estipendios de las misas, salieron del atrio de la iglesia.
No se oxida el dinero en los bolsos de D. Manuel.
Los pobres le conocían muy bien, le señalaban, con aire de infalibilidad, cuando le encontraban en la calle con otros sacerdotes: «A ésos, no; pide al que va en medio; ése sí que da.»
Se le escapaba el corazón tras los menesterosos. Los adivinaba, los socorría, los amaba.
En Roma, sus grandes amigos, los pobres, pregonaban -el nombre de Mosén Sol en dulce italiano: «Ah, D. Manuel é molto buono, molto buono.»
No conoció el fastidio cuando le asediaban.
Sólo le molesta que los demás no soporten las impertinencias de los necesitados.
El Colegio de San José, en Tortosa, tiene guardia permanente de mendigos, que no respetan horas ni protocolos.
Un Operario quiere convencer a D. Manuel de que hay que fijar horarios y ciertas distancias. Lleva un rato aduciendo razones comedidas, que fluyen macizas de silogismos muy pensados y muy prudentes.
Mosén Sol mueve la cabeza, muy serio, muy respetuoso y muy en desacuerdo con tanta prudencia malgastada:
«No hay más remedio, hijo; debemos practicar la caridad cuantas veces sea conveniente; y, una vez convencidos de la necesidad, socorrerla, aunque para ello nos veamos en el trance de vender hasta la camisa.»
«Dad limosnas», repetía, obsesionado, a sus Operarios.
«Sean de corazón ancho y no pertenezcan a los caracteres roñosos.»
Y les dejó como norma de conducta para siempre:
«Debemos tener presente que vamos a dar más que a recibir, y, sin buscarnos a nosotros mismos, nuestro desprendimiento y nuestros servicios en bien de los demás, aun de las personas que menos lo hubieran merecido, han de ser tales, que podamos aparecer como «enriquecedores de muchos; porque es mejor dar que recibir.»
«No hemos de trabajar por las gratitudes.»
* * *
Así era Mosén Sol.
Tenía a quién parecerse.
No se trata de cazar coincidencias fortuitas a la hora de escribir su biografía.
Hay testimonios espontáneos, que avalan esta herencia de madre a hijo.
Mosén Sol vive con sus hermanos en la casa pairal, y María, que sabe de cuentas diarias y de fines de mes, no pone muy buena cara, porque comprueba frecuentemente que su hermano ha cambiado la ropa nueva con Sacerdotes pobres, y porque le exige comprar más cantidad de pescado para «sus nobles estudiantes de San Rufo», y porque sabe que, estando su hermano en casa, no tiene seguro ni el puchero de cada día.
Ha dado órdenes concretas de que ningún pobre, que llegue a la puerta, sea tratado con aspereza, ni se vaya sin la limosna correspondiente, aunque resulte importuna su pesadez de miseria.
María recuerda el estilo de su madre y le dice con reproche cariñoso :
«Tienes a quién parecerte»...
Mosén Sol repite convencido, como si dijera una oración:
«La pobreza merece siempre todos los respetos y atenciones.»
Nació para dar y colmó su misión.
Pudo insistir ante los Operarios, sin rubor de no ser modelo :
«Que no se diga que un Operario ha podido hacer un bien y no lo ha hecho.»
Era la herencia que le dejaron sus padres.
El del cielo, que es caridad...
Y los de la tierra, que también le modelaron a su imagen y semejanza.
3 ANTORCHA EN TINIEBLAS
«Venturoso el varón irreprensible..., que pudo hacer el mal y no lo hizo... La Iglesia contará sus alabanzas» (Ecle, 31, 8-11)
Los muchachos de Tortosa conocen al Dómine Sena por experiencia directa y personal.
Refugia su apetito en el latín y castellano, que ma. chaca en el Colegio de San Matías desde hace muchas generaciones.
Su autoridad definitiva se refugia en una vara de roble, que es un prodigio de agilidad y buen tino.
La figura del «Dómine» ha quedado esculpida en trazos magistrales de literatura clásica.
Don José Sena cumple los cánones de la descripción.
Para el Dómine no hay argumento tan convincente como un reglazo oportuno.
Cada vibración estratégica de la grácil varita consigue un minuto de silencio en la república traviesa de sus clases.
Los verbos y las declinaciones desfilan marciales a muchas voces y a son de regla y mesa.
Las categorías de Dómine Sena arrancan de un axioma mutilado: «El principio de la sabiduría es el temor»; y terminan en habilidad pulida de roble limpio.
Puede ufanarse de que con él se estudia en regla y sin metáforas.
Por eso no se olvidan el latín y el castellano.
Y, además, porque hay interregnos sabrosos de grandes travesuras entre la gente menuda.
Que... aunque los vistan de leña..., los chicos, chicos se quedan.
Manuel Domingo y Sol estudió Humanidades con el Dómine Sena.
Pero no hay regla sin excepción.
Aunque sea de roble y aunque sea de Dómine.
Doña Josefa Sol sabe que el hambre es mala consejera, y pone en juego toda una pedagogía de regalos sustantivos, que suavizan la eficacia de cualquier refrán.
Porque... «la letra con sangre entra», a no ser que los miércoles o los sábados supla una cestita de buen yantar...
Más adelante Mosén Sol inicia una suscripción pública para remediar la situación penosa en que vivía su maestro, D. José Sena.
La vejez le había dejado hambre sin latines, y hasta el roble había perdido su garantía.
* * *
En el año 1851- a los 15 de su edad- ingresó al Seminario de Tortosa, para cursar Filosofía en la carrera eclesiástica.
Nos cuesta trabajo imaginar un Seminario de la época.
A cien años de distancia, puede parecer que se cargan las tintas al describirlo.
Estamos acostumbrados a una disciplina, cada vez más perfecta, porque cada día es más cordial.
Pero ¡cuánto hubieron de bregar nuestros mayores hasta abrir una línea definitiva!
Ahora vemos los Seminarios bajo el prisma del espíritu que rezuman.
Bulle en sus ámbitos sana inquietud de superación, después de las sapientísimas normas dictadas por los Sumos Pontífices, después de los horizontes luminosos que abrió la mano amplia y segura del Papa Pío XII.
Nos extraña, nos duele, la situación precaria de un Seminario siglo XIX.
Todo es susceptible de mejoras; pero podemos afirmar que los Seminarios hoy llenan su misión.
No ocurría otro tanto en la época que le tocó vivir de seminarista a Mosén Sol.
La guerra había dejado su huella en el Santuario.
La escasez de Clero abrumaba a los Obispos españoles.
Es muy elocuente, en este sentido, la estadística que aporta el Prelado de Tortosa.
La impiedad filtraba su veneno por resquicios abundantes.
Aquel tipo de Seminario hoy resulta inverosímil.
Era válido para formar cristianos mediocres.
Y no parezca dura la afirmación.
Cuando Mosén Sol encontró su destino providencial en la Iglesia, como Fundador de la Hermandad, decía a los Operarios: «No es posible comprender cómo es taba la formación de los jóvenes en mí época, y algo anterior, y bastante posteriormente, en estudios, en piedad, en disciplina y vigilancia y pruebas de vocación.»
El espíritu de formación brillaba por su ausencia.
«Una plática al año, y nada más.»
Ni Ejercicios Espirituales, ni frecuencia de Sacramentos.
Era un lamentable «ir tirando», con anemia crónica sacerdotal.
No culpamos a nadie.
Era signo de la época, decadente y rutinaria.
* * *
Quizá en las sombras agudas de este cuadro destaquen con más vigor las recias figuras sacerdotales, que entonces brillaron en la Iglesia española.
La Providencia de Dios tiene recursos desconocidos.
De esas sombras surgió Mosén Sol, luz de Dios sobre un haz de tinieblas.
Los escasos rasgos que nos han llegado de él en estos años de Seminario, acusan una personalidad espiritual decidida.
No en vano quisimos destacar la solera cristiana de su madre.
Dios perfila a los elegidos con el cincel más oportuno.
Sus compañeros recuerdan que ya entonces «era un modelo, muy activo y celoso».
Nunca fue D. Manuel de los que se guardan su bondad para saborearla en paladeo moroso de egoísmo.
Le urgía contagiar el bien, porque los talento no se reciben para soterrarlos, sino para que rindan en todas sus dimensiones.
Tenía muy arraigada la devoción a la Santísima Virgen.
Conservamos la consagración que hizo el día del Carmen de 1855, y que fue repitiendo con fidelidad, el mismo día, cada año, hasta 1885.
Aquellos años de Seminario, sin dirección espiritual, sin orientación de Superiores, era una gracia extraordinaria encontrar un compañero bueno.
Manuel Domingo y Sol hablaba, con entusiasmo convencido, privadamente, a los amigos más necesitados; les invitaba a ofrecer obsequios a la Señora, valiéndose de festividades marianas, del mes de mayo.
Él mismo reconoce que su ingenuo apostolado transformó a bastantes seminaristas.
Al año siguiente de ingresar al Seminario, dice Mosén Sol que «empezó a saberle decir cosas al Corazón de Jesús».
En su lenguaje expresivo quiere decir que sabía orar, hablar con respeto de íntima confianza con el Padre que está en los cielos.
Sobre todo, se alimentó de Cristo.
Es muy difícil «crecer en Cristo», sin comer a Cristo.
San Pío X abrió los Sagrarios, a principios de siglo, y rompió las distancias de los hombres con el amor. En los Seminarios del xix pasaba por muy piadoso el seminarista que comulgaba una vez por mes.
Lo corriente llegó a ser tres o cuatro veces al año.
Lamentable; pero verdadero.
De Mosén Sol sabemos directamente por su libreta de «Communiones anni», que comulgaba dos veces cada semana.
Cosas de D.ª Josefa, que era buena.
Cosas de Dios, que nutrió con el Cuerpo de su Hijo al futuro apóstol de la Eucaristía, espíritu obsesivamente reparador, que hizo mote de su vida aquellas palabras de San Pablo, glosadas en su estilo de sinceridad: «Mihi vivere Christus in Sacramento». Mi vida es Cristo en el Sacramento.
Pero la piedra de toque más auténtica, para ver la reciedumbre de su espíritu, es, sin duda alguna, el cumplimiento del deber.
En los Seminarios del XIX tampoco eran los estudios la pasión dominante.
Se explica, dado el ambiente, que no tiraran mucho los libros.
Había mucha capacidad de distracción. Y mucha facilidad, por desgracia.
Las almas superficiales se ingenian para matar el tiempo.
Es el capítulo más intenso de muchas vidas desilusionadas.
«¡Cuánto trabajamos para no trabajar!», comentaba hace muchos siglos San Agustín.
Por una parte, la escasez de Clero empujaba a lo que se llamó «carrera breve». Un barniz muy periférico de Dogma y de Moral capacitaba oficialmente a los seminaristas de carrera breve en cuanto a ciencia.
Por otra parte, el descontrol más elemental facilitaba a los alumnos sumarse a un torbellino de tonterías, que no estaba muy de acuerdo con las profundidades escolásticas.
Mosén Sol estudió concienzudamente. Trabajó con tesón y sin desmayos.
Además de los tres años de Filosofía, cursó en el Seminario de Tortosa siete años de Teología y uno de Derecho Canónico. Siendo ya Sacerdote, obtuvo el Licenciado y Doctorado en Teología, en el Seminario Central de Valencia.
Tenemos una confesión propia, que guarda el perfume de aquella sinceridad tan peculiar de su genio.
Exhortaba un día al trabajo asiduo a los colegiales de Tortosa., y les decía:
«08 digo, en verdad, que desde tercero de Filosofía (año 1853 = 17 años de edad) no sé lo que es sobrar tiempo; no sé lo que es no tener nada que hacer.»
Una de las preocupaciones más hondas de Mosén Sol fue la formación intelectual del Clero, robusta y amplia.
Para ello trabajó decididamente, con empeño heroico.
Tendremos tiempo de comprobarlo a lo largo de estas páginas.
4 EL SELLO DEL ESPÍRITU
«Ha jurado el Señor, y no se arrepentirá Tú eres Sacerdote para siempre» (Salm. 109, 4.)
«¿Quién subirá al monte de Yahvé, y está en su lugar santo? El hombre de, manos limpias y corazón puro; el que no defrauda a su* hermano ni se deja arrastrar por la mentira» (Salm. 23, 3-4.)
Hemos de ser objetivos.
No fue todo labor personal en la formación de don Manuel.
El Lectoral de la Catedral de Tortosa tiene un alma muy grande y un talento claro y visión apostólica.
Don Benito Sanz y Forés llegará a ser una gloria de la Iglesia y de España.
Es Profesor del Seminario e influye poderosamente en muchos seminaristas.
A Mosén Sol le quiere con predilección.
Además de las relaciones escolares, los unen lazos de amistad profunda, que no rompen ni la mitra de Oviedo, ni el palio de Valladolid, ni el capelo de Sevilla.
El día 9 de junio de 1893 decía el Cardenal Sanz y Forés a Monseñor Merry del Val y a Monseñor Della Chiesa, en Roma: «Quiero mucho a la Hermandad. Es mi hija. Don Manuel fue mi discípulo y ha descansado siempre poniendo en mis manos todas sus cosas.»
Don Benito, cuando está en Tortosa, no sabe salir de paseo sin Mosén Sol.
Cuando es Obispo y Cardenal, le escribe con frecuencia, animándole en sus empresas, y contándole sus penas.
Siempre le trata con respeto y con cariño de alma grande.
Fue su maestro profundo.
Fue un amigo verdadero.
El 29 de mayo de 1896 -a los siete meses de morir el Cardenal Sanz y Forés- Mosén Sol se acercó a Sevilla, para celebrar la Misa sobre el sepulcro de su amigo.
Le dolió el silencio frío que cercaba su recuerdo:
«Ya no se piensa en él, y allí está olvidado en el rincón de una capilla. Así pasa la gloria de este mundo.»
El Lectoral de Tortosa se ha convertido en alma de la «Asociación de la Doctrina Cristiana», que instituyó el Obispo de la Diócesis el año 58.
Don Benito despliega a los seminaristas mayores por las parroquias de la ciudad, que él va recorriendo para adiestrarlos en este apostolado.
Todos los seminaristas que ya habían recibido la Tonsura se ejercitaban en la Catequesis los jueves, los domingos y durante toda la Cuaresma. Bajo la maestría indiscutible de Sanz y Forés rindió cuantiosos resultados.
Don Manuel cobró afición convencida a este ministerio.
Mosén Sol no sabe hacer las cosas a medias, porque en todo pone corazón.
Habla a los niños con sencillez, con unción profunda.
Sabe que los niños merecen todo respeto, y escribe cuanto predica, escribe hasta la advertencia más insignificante que debe hacer.
Mosén Sol es todo un caballero, que odia cordialmente la improvisación.
La palabra del educador siempre influye, y debe ser palabra madura, perfecta, definitiva.
Pero no era la catequesis de D. Manuel elucubración fría en gracia a tanta preparación.
Mosén Sol escribe con garbo y habla con vida, porque siente lo que enseña, porque se dice al hablar.
Mosén Sol amaba cuanto hacía.
Cuando el primer destino sacerdotal le arrancó de la catequesis, pudo decir con plena sinceridad: «catequesis era mi ídolo, mi afán.»
No era un pasatiempo.
Para Mosén Sol era una sagrada obligación.
Los frutos confirmaron sus trabajos.
Son múltiples los testimonios de personas maduras, que reconocen a Sanz y Forés y a Mosén Sol como maestros de su espíritu y de sus convicciones, desde aquellos días lejanos del catecismo.
Mosén Sol atraía con sus dotes irresistibles de naturaleza y de gracia.
Lo recuerdan sus catecúmenos con regocijo, lo comentan largamente en conversaciones de muchos días, cuando hablan de su niñez.
Mosén Sol era un estratega de premios.
Tenía una especie de gracia de estado para darlos oportunamente y para quitarlos a su debido tiempo.
Los remolones, los alejados, eran los más favorecidos. No faltaba su pizquita de envidia en los buenos. Nunca empezará, ni acabará, de otra manera la parábola del Hijo Pródigo.
Pero, cuando esos endurecidos quedaban cautivados, Mosén Sol sabía despojarles de sus premios, que tenían que seguir conquistando nuevos pusilánimes entre la gente menuda.
Ya de seminarista fue descubriendo D. Manuel su vocación de «amigo y padre de la juventud».
* * *
Con ese espíritu de amor a Dios y a los hombres, fue acercándose al Sacerdocio, más consciente cada día de la santidad del estado a que aspiraba, y con decisión firme de aceptar íntegramente sus exigencias.
Ha vivido con ilusión, ha trabajado con intensidad.
Quiere ser útil y fiel.
A eso tienden los propósitos de Ejercicios, que practicó antes de recibir el Presbiterado.
Son una síntesis acabada de intensidad de espíritu y claridad de alma. Aspiración de generosidad con el Padre y los hermanos.
En sus apuntes espirituales van saltando los propósitos, luminosos, prácticos, con madurez precisa, con espontaneidad de entrega.
«Piedad robusta, prontitud en los ministerios, pureza de intención para sacrificar la vida en bien de los demás, estudio constante, desprendimiento absoluto.»
«No trabajar para que me estimen.»
«Conociendo lo desprendido que debe estar el Sacerdote de todas las cosas, y lo feo que resulta ser interesado, procuraré, con anuencia de mi Director, en las festividades principales quedarme sin nada.
Y en este estilo sigue redactando su programa de vida, intenso, sencillo, hondamente evangélico.
Lleva diez afios en el Seminario.
Ha superado muchos obstáculos de ambiente nada propicio; ha presenciado muchas ruindades, y en medio de tantas ruinas ha edificado un temple de autenticidad.
«Venturoso el varón irreprensible, que pudo prevaricar y no prevaricó, que pudo hacer el mal y no lo hizo. La Iglesia pregonará sus alabanzas.»
Uña carta de los últimos meses de curso revela su espíritu ante el Sacerdocio inminente:
«Yo, querido tío, continúo en ésta, cursando el séptimo de Teología y disponiéndome para el Presbiterado.
Pienso pedir Ordenes para las próximas Témporas.
No sé si me hallo con fuerzas y luces suficientes para ascender el último escalón del Santuario; pero la pureza de intención es lo único que parece animarme a tan grande empresa.»
Y no era pequeña garantía.
«Venturoso el varón irreprensible», que puede responder sinceramente de su pureza de intención.
Con eso, Dios hace milagros.
* * *
Y llegó el 2 de junio de 1860.
La iglesia del Jesús, extramuros de Tortosa, vive en expectativa pentecostal.
El Arcediano ha llamado, uno por uno, a los que han de recibir el Sacerdocio.
Se presentan ante el Obispo, anhelantes, humildes, entregados.
Vibra la voz de la Iglesia por labios del Pontífice:
-«¿Sabéis si son dignos?»
La misteriosa semilla de la vocación va a llegar a su plenitud.
-«En cuanto puede afirmarlo la fragilidad humana, sé y certifico que son dignos.»
-«Demos gracias a Dios.»
Los ordenandos, revestidos de alba y estola cruzada sobre el pecho, se humillan, cuerpo a tierra.
Aletea la emoción sobre el silencio de las almas.
Con el canto isócrono de la Letanía, irrumpe un desfile glorioso de Santos, que interceden ante Dios por ellos, con gemidos inenarrables.
El pueblo canta y llora en presencia del misterio.
El Cristo total se estremece de júbilo y de esperanza.
Se levanta el Pontífice, solemne, mayestático, y con plenitud de poderes rasga el silencio en tres cruces, sobre los hombres postrados:
-«Que te dignes bendecir a estos elegidos.»
-«Que te dignes bendecir y santificar a estos elegidos.»
-«Que te dignes bendecir y santificar y consagrar a estos elegidos.»
Va imponiendo sus manos sobre la cabeza de los ordenandos, y el Espíritu Santo signa con beso invisible y eterno el alma de los nuevos Sacerdotes.
Manuel Domingo y Sol ha sido constituido Sacerdote para siempre.
Es Cristo entre los hombres para gloria del Padre, que se complace en los cielos; para bien de las almas, que reciben al hombre de Dios.
Continúa la ceremonia, magnífica, sobria, sin igual.
-«Recibe la vestidura sacerdotal, por la cual se entiende la caridad; pues poderoso es Dios para aumentar en ti la caridad y consumar su obra.»
Y para que sus manos sean caritativas, con suavidad de amor, para que aprendan el tacto fino de las almas, el Pontífice unge sus manos con óleo santo.
Las manos ungidas son un poema de bendiciones.
-«Recibe el poder de celebrar Misas por los vivos y por los difuntos. En el nombre del Señor.»
Por encima de las palabras hay un diálogo callado, que el espíritu recoge en un sollozo.
Los trigales maduros blanquean en él viento.
En la quietud matinal tiembla el pálido gorjeo de las esquilas de un rebaño.
-«Manuel, hijo de Dios, ¿me amas?»
-«Señor, Tú lo sabes todo. Tú sabes que te amo.»
-«Apacienta mis corderos.»
El canto gregoriano, íntimo, suave, profundo, susurra un madrigal:
«Ya no te llamaré siervo, sino amigo.»
La Omnipotencia de Dios sigue colmando de poderes a los hombres:
«A quienes perdones los pecados, les serán perdonados.»
Si los Ángeles tuvieran capacidad de fariseos, repetirían asustados: «¿Quién es éste, que hasta los pecados perdona?»
* * *
La pequeña Tortosa no se conmovió de júbilo.
Todo sigue el ritmo normal de su monotonía.
«El Reino de Dios viene sin ostentación aparatosa.» (Luc. 17, 21.)
Sólo en la iglesia del Jesús hay una emoción tan honda, que necesita lágrimas y silencio.
El pequeño hijo de Dios ha sido consagrado para los hombres.
Mosén Sol, Sacerdote de Cristo para siempre, y padre de muchos Sacerdotes.
* * *
El día 9 de junio celebró su primera Misa solemne, en la iglesia de San Blas.
La torre suelta una bandada de alondras, que encienden cataratas de alegría junto al sol.
Don Benito Sanz y Forés, en el púlpito, dice maravillas que hace Dios en los hombres para bien de los hombres.
La Historia consagrada sonríe en el trono de unas manos recién ungidas.
El pueblo unge de besos la fragancia del óleo y de las bendiciones.
Y eso es todo.
Casi todo ...
Los pobres se regocijan, porque Mosén Sol les hace participar de su dicha con limosnas de caridad espléndida.
Sólo podía iniciar su ministerio sacerdotal evangelizando a los bienaventurados del Reino de Dios.
5 INCOGNITA
«Se volvió Pedro y vio que seguía el discípulo a quien amaba Jesús, ... y le dijo: Señor, ¿y éste, qué?» (Jn. 21, 20-21.)
¿Qué será de Mosén Sol?
Es la interrogante que flota sobre su reciente Sacerdocio.
Las ciudades pequeñas se prestan más para los dimes y dirétes.
Surgen rumores ingenuos entre compañeros que le estiman.
Quieren cosas grandes para el joven Presbítero, porque es un hombre de esperanzas.
Y surgen rumores nerviosos entre algunos que temen sus cualidades indiscutibles.
La envidia ve sombras por todas partes.
Para ciertos individuos la vida es una lotería, y cada hombre nuevo resta posibilidades.
Por eso acechan y fiscalizan detalles para sorprender algún desliz en el adversario y derrocarle con vergonzosa zancadilla.
La envidia ve un candidato peligroso en cada prójimo, cuando el ideal tiene talla de oposiciones...
¿Qué será de Mosén Sol?
Su vida, intensa y limpia, no se mece a los vaivenes de ese juego, que la va subrayando desde afuera, como un acompañamiento subterráneo.
La incógnita de un hombre sólo la despeja Dios.
* * *
Don Esteban Monfort y Mosén Falcó salen de paseo con D. Manuel, cuando pasa algún día de vacaciones en Vinaroz.
Le quieren sin remedio, porque es mejor cada día.
Le admiran con entusiasmo, porque es sencillo y es grande.
Después de cada entrevista con D. Manuel, rubrican, a solas, un comentario sin solución.
Les duele que a Mosén Sol no le coloquen en cimas señeras : «¡Si fuera de otra Diócesis! ... Le tendríamos por un valor nacional.»
Mosén Monfort y Mosén Falcó quisieran tener capacidad de Bulas auténticas para hacerle Obispo.
En seguida les parece poco.
«Sería achicar su figura. Don Manuel es más que Obispo.»
Decididamente no encuentran escalafón.
Mosén Sol está fuera de serie.
Don Esteban Monfort y Mosén Falcó se quedan con... Mosén Sol. . .
* * *
También se preocupan los agoreros de signo adverso.
La turbamulta agazapada en trincheras de murmuración, que en toda obra nueva proyecta el luto de su miopía.
Los «prudentes» anquilosados, que ni hacen, ni dejan hacer.
Aquellos de quienes decía D. Manuel: «Para impedir hacer, se necesita poco. Para hacer es para lo que se necesita, y cuesta. Y los que nunca han hecho nada, no lo saben, y se figuran que todo es bufar ampolles.»
Anda Mosén Sol, siempre activo, levantando por Roma una polvareda de gloria de Dios.
Los agoreros se ponen en guardia.
¿Para qué puede un simple Cura hacer tantos viajes a la Ciudad Eterna
¿Qué trama Mosén Sol?
Eso les suena a novedad.
Eso les sabe a canonjía.
«Piensa el ladrón ... »
Cada uno interpreta las cosas a medida de sus deseos.
Cada uno retrata el corazón en sus palabras,
A D. Manuel no le afectan críticas y murmuraciones.
Jamás perdió el tiempo, paralizado por los gritos del camino, cuando tiene que avanzar.
Mosén Sol encuentra una excusa delicada para los ojos menos limpios, que todo lo enturbian.
Prefiere no darle importancia.
«¿Que busco una canonjía? Cosas de algún despreocupado, o de algún apasionado por mí.
No busco una canonjía.
Busco mucho más.
Pretendo nada menos que conseguir el cielo.»
* * *
Pero... ¿qué será de Mosén Sol?
Ni él mismo lo sabe, cuando se encuentra con el Sacerdocio, aquella noche primera del 2 de junio de 1860.
Dios hace andar los caminos que llevan a plenitud, abriéndolos suavemente a los pasos del hombre de buena voluntad.
Don Manuel no sabe más que ha sido llamado y elegido «para servir, no para ser servido».
A un alma de su temple no le zarandean preocupaciones mínimas.
A un hombre de Dios no le satisfacen aspiraciones terrenas.
Pudo confesar abiertamente que «nunca supo lo que eran ambiciones egoístas».
Por eso, la inicial del Sacerdocio de Mosén Sol es simplemente perfecta.
La noche de su ordenación sacerdotal habló largamente con Dios, confiado, agradecido, cordial, como él sabía dialogar con el Padre en los ratos prolongados de oración.
Después se sentó a la mesa de su escritorio, en su casa de la calle del Ángel, y en cuatro rasgos, que le dictó el Espíritu, estampó la radiografía total de su alma :
«Mi ordenación. Inexplicable indiferencia para todo cargo o empleo. Dejarme a las eventualidades de la Providencia. Repulsión a todo beneficio colativo. Inclinación a compañerismo. Afecto a la dignidad sacerdotal.»
Cada frase es una característica de su vida. Una lección sacerdotal.
Llenando ese esquema, se colma una vida.
La primer noche de su Sacerdocio, el diario de Mosén Sol guarda el germen de su vida y de sus obras.
La radiografía de su alma era el esbozo primero de la Hermandad de Sacerdotes Operarios.
* * *
Cuando ya han pasado muchos años, recuerda con paz aquellos días primeros.
No hay sombras en el horizonte.
No hay estorbos en el camino.
El recuerdo de su ordenación está ungido de gracia y de luz, con plenitud de entrega, con ilusión de trabajo.
«El Señor, en sus misericordias, quiso llamarnos y elegirnos para sacerdotes suyos y dispensadores de sus misterios. En este estado queríamos servirle con las fatigas de nuestro ministerio.
Como, gracias a Jesús, no teníamos, aun antes de nuestra ordenación, ninguna mira humana, ni aun de esas que son lícitas en la carrera eclesiástica, nos preocupaba menos lo que en otros podía constituir un pensamiento fijo de destino ti ocupación determinada.»
Ninguna mira humana ha enturbiado la luz que Dios encendió en su alma.
Así es la inicial del Sacerdocio de Mosén Sol.
Viaja sin angustias de equipaje.
Los comentarios de los hombres, buenos y malos, subrayan su vida, como un acompañamiento sordo.
Pero la melodía surte limpia y clara con trasparencia de verdad.
Mosén Sol está sencillamente dispuesto para que rindan los talentos que Dios le lia confiado.
No se enreda en el vértigo de preocupaciones humanas.
Por eso, el Espíritu no se extingue dentro de su corazón.
Por eso cada mañana estrena intacta la ilusión y la fuerza del Sacerdocio eterno.
El instrumento de Dios es dócil en manos de la Providencia, que le utiliza.
Y el que es Todopoderoso hace cosas grandes...
6 BUEN PASTOR
«Yo soy el Buen Pastor, y conozco a mis ovejas, y ellos me conocen, y pongo mi vida por los ovejas» (Jn. 10, 14-15.)
«Nos hicimos en medio de vosotros como una madre que cría sus hijos; y nos complacíamos en daros no sólo el Evangelio, sino también nuestras propias vidas. Tanto os amábamos» (1 Tes. 2, 7-8.)
La Aldea es un pueblecito de corto metraje.
En las estadísticas de los hombres, que se basan en números y cantidad, tiene muy baja categoría.
Según el Boletín Eclesiástico de Tortosa, servir a La Aldea suponía méritos para el ascenso.
La Aldea tiene una Virgen muy famosa, que atiende las oraciones de los tortosinos en tiempos duros de epidemia y de sequía.
Cuando acechaba el mal, se iban a La Aldea y traían a la Virgen en procesión hasta la Catedral de Tortosa.
¡Tres leguas de procesión!
Se dice pronto; pero tres leguas de procesión necesitan mucha fe y devoción suficiente para abrir cataratas en el cielo y barrer microbios en la tierra.
La Virgen de La Aldea comprende maravillosamente a los tortosinos, y es muy generosa con ellos.
Les da cuanto le piden y muchas cosas más que no entran en el capítulo de epidemias y sequías; y que, a veces. tampoco entran en las plegarias un tanto interesadas.
Las madres adivinan todas las necesidades de sus hijos, y las socorren inmediatamente.
La Aldea tiene muchas cosas en su recinto breve.
Tiene hasta un sacristán, que es un perfecto calavera.
Algunos le llaman escéptico, y el sacristán se pone muy ancho, porque «escéptico» le suena a filigrana de diccionario.
Pero es demasiado esdrújulo el adjetivo para un pobre «cara-dura», ignorante, burlón y descuidado.
Al sacristán de La Aldea le tira poco su oficio de iglesia.
Si no fuera por el pan de cada día...
Lo que mejor le sale son las burlas chabacanas a la gente sencilla que acude al templo y que se asusta de sus audacias e irreverencias. Hay viejecitas timoratas que se santiguan con prisa, apenas le ven.
Vale por muchas sequías de espíritu y es una epidemia crónica para el señor Cura.
Pero La Aldea tiene muchos corazones grandes cubiertos de sencillez y curtidos de trabajo.
Tampoco faltan, desde luego, los siete sabios de Grecia, muy frecuentes en cada pueblo, que han hecho oposiciones para no pisar la iglesia -«¡pues qué se ha creído el Cura!»-, y que ocultan mucha ignorancia en palabras desteñidas.
Más vagos que el común de ciudadanos, han leído alguna novela de segunda mano y están suscritos a un periódico liberal, que nutre con retraso su cerebro débil.
Son la preocupación del pueblo y el coco de los buenos.
El día 7 de marzo de 1862, la Virgen de La Aldea regaló a sus vecinos un Cura joven y santo, que se llamaba Mosén Sol.
Era el primer pueblo que le confiaba su Prelado.
Hasta entonces siguió estudiando, como alumno externo del Seminario, Derecho Canónico.
Los domingos y días de fiesta atendía la Capilla del Carmen, a hora y inedia de Tortosa.
Además podía dedicarse a la catequesis con redoblado interés.
Y durante algunos meses recorrió varios pueblos de la Diócesis, como Misionero Diocesano.
* * *
Desde el día en que llegó a La Aldea, «trabajó como buen soldado de Cristo de Jesús» (2 Tim. 2, 3).
Se dio por completo a la cura de almas, con desinterés heroico. Podía repetir con el Apóstol: «No busco vuestras cosas, sino a vosotros; pues no son los hijos los que deben atesorar para los padres, sino los padres para los hijos» (2 Cor. 12, 14).
Visitó, una por una, todas las casas de sus feligreses; los buscó en sus trabajos; les atendió en sus apuros materiales y espirituales; los cautivó para siempre.
Recordando, mucho más adelante, sus tiempos de Regente en La Aldea, comentaba Mosén Sol: «No descansaba, ni dormía.»
Había llegado a su primer destino con toda la ilusión de su reciente Sacerdocio, decidido seriamente a «hacerse todo para todos, para salvarlos a todos» (1 Cor. 9, 22).
«Siempre estaré dispuesto a recibiros y escucharos con toda la caridad que el Señor me inspire, de día y de noche.»
Se lo dijo en el primer sermón, y los vecinos de La Aldea pudieron comprobar la sinceridad de su palabra.
Aquel Sacerdote joven que les había regalado la Virgen de La Aldea, no podía olvidar un diálogo sin palabras, que se encendió en su alma el día de la Ordenación:
-«Manuel, ¿me amas? ... »
-«Apacienta mis ovejas.»
Y se hizo como el Buen Pastor.
La oveja perdida es siempre la predilecta.
Lógica de Cristo, lógica de amor.
Mosén Sol se preocupó, sobre todo, de los más reacios, valiéndose de cuantos recursos le dictaba su celo.
Se conservan frases rápidas que escribía, seguramente a algunos de los «siete sabios», para llegar a sus corazones endurecidos :
«Lo hago por usted; y antes de acostarme, y al levantarme por la mañana, voy a pedir a la Virgen de La Aldea la bendición para usted, para que le dé salud y gracia para hacer una buena confesión en esta Cuaresma, para que, ya que vivimos en la tierra tan separados, podamos, al menos, hallarnos juntos en el cielo.»
El amor sincero y sencillo es irresistible.
La misericordia de Dios puso en La Aldea el corazón bondadoso de D. Mannel, que marcó huella profunda a su paso.
* * *
Las madres adivinan las necesidades de sus hijos. La Virgen de La Aldea era también Abogada contra epidemias de espíritu y sequías de corazón.
Por encima de las plegarias concretas, escuchaba los anhelos íntimos que buscan a Dios.
El día 7 de marzo de 1862 les regaló un Cura joven y santo, que no entraba en el equipo de sus rezos.
Pero los vecinos de La Aldea nunca olvidaron a Mosén Sol.
Ni él pudo olvidar las primicias de su ministerio.
... Han transcurrido 47 años.
Don Manuel sufre en el lecho su última enfermedad.
Es el 25 de enero del año 1909.
Cuatro horas antes de morir, recordaba candorosamente:
«Si oigo por la calle que me llaman Pare Vicari, sin duda se trata de algún vecino de La Aldea.»
* * *
La Aldea es un pueblecito de corto metraje...
Pero hay que añadir en las estadísticas un dato muy interesante, que eleva su categoría.
Su tierra está santificada, porque en ella vivió un hombre de Dios.
En La Aldea cupo un corazón muy grande...
7 «JUVENTUD, DIVINO TESORO»...
«Le preguntó un joven: Maestro bueno, ¿qué haré para poseer la vida eterno?... Jesús, fijando en él su mirado, le amó.» (Mc. 10, 17-21.)
«Os escribo a vosotros, jóvenes, porque sois fuertes, y la palabra de Dios permanece en vosotros, y habéis vencido al maligno» (1 Jn. 2, 14.)
«La juventud es mi ideal», resume Mosén Sol.
Pero ha escrito con sinceridad absoluta la noche de su Ordenación : «Dejarme a las eventualidades de la Providencia.»
No puede buscar su ideal con afán desasosegado. Ha de ser Dios quien haga coincidir los caminos.
Mucho tiempo después...
Era una tarde fría de invierno, triste de nostalgias para Mosén Sol.
Los años han minado su robustez física; pero no han logrado menguar los anhelos de su espíritu.
La inquietud apostólica aureola su ancianidad.
Don Manuel ha llegado penosamente al Jesús, para entrevistar al Padre Llusá, S. J., que acaba de ser nombrado Director de la Congregación Mariana y de San Luis.
Mosén Sol quiere interesarle por la juventud, quiere inyectarle el fuego que no resisten sus muchos años.
Fatigado de lustros, joven de espíritu, habla emocionado, convencido:
«Padre, ¡la formación de la juventud, ésa es la gran obra!
Salvar a la juventud de Tortosa ha sido por muchos años mi sueño dorado.
Creo que para realizarlo he puesto más trabajos y desvelos que para la misma Hermandad, y Dios no ha querido, hasta el presente, que lo viera realizado.»
Mosén Sol habla con pena, suplica con esperanza.
No hay quien ayude a los jóvenes con entrega total, entusiasta, vigorosa.
El ha gastado su vida, y físicamente no puede más.
Sus ojos arrasados de lágrimas son un grito de sinceridad.
El esfuerzo postrero de una obsesión sublime.
«La juventud es mi ideal.»
* * *
Dios conoce las sendas que han de recorrer los hombres, y las abre a su paso con sencillez.
El 10 de mayo de 1862 ha tomado posesión de la Diócesis de Tortosa D. Benito Vilamitiana: criterio grande, espíritu observador, temple de apóstol.
El Obispo Vilamitjana es un gran conocedor de hombres.
En la primera entrevista con el Regente de La Aldea admiró las cualidades excelentes de Mosén Sol, y le envió a Valencia para cursar los estudios de Licencia y Doctorado en Teología.
Piensa confiarle una Cátedra en el Instituto de Segunda Enseñanza y dedicarle al apostolado entre los jóvenes tortosinos.
Finalizados los estudios en Valencia, le nombró Ecónomo de la Parroquia de Santiago, en Tortosa, y le propuso como Profesor del Instituto, donde, además, le nombraron Secretario de Estudios.
Con una capacidad de trabajo verdaderamente asombrosa, 27 años de edad, mucha vocación, y espíritu generoso, Mosén Sol se entregó de lleno al apostolado.
El estilo es el hombre.
Don Manuel es fuego en el corazón, claridad de visión amplia, entrega absoluta.
Porque es auténtico, es eficaz.
Ganó para siempre la voluntad de los jóvenes discípulos.
La Revolución del 68 expulsó la Religión de la enseñanza, y Mosén Sol tuvo que salir del Instituto.
Pero los jóvenes no le abandonaron.
Nos lo cuenta el mismo D. Manuel.
«España estaba bajo la presión de una atmósfera asfixiante de desbordamiento de pasiones, y casi diríamos de impiedad, en aquel nuevo orden de cosas, después de la tempestad del 68.
Se me acercaron entonces dos o tres jóvenes de los que habían sido mis discípulos en el Instituto, pidiéndome una organización semejante a la que había iniciado la Juventud Católica de Madrid.»
Mosén Sol no vacila.
Urge salir al paso con soluciones oportunas.
Obtiene inmediatamente la aprobación del Prelado, y pone en marcha la Juventud Católica, que empieza celebrando sus reuniones en el domicilio de D. Manuel, hasta que les consiguió local independiente.
«El resultado fue asombroso. Baste decir que la atmósfera que reinaba cambió por completo.»
Los jóvenes secundaban, enardecidos, a Mosén Sol-
Don Manuel tiene una pedagogía simplista y radical.
Ha repetido innumerables veces la frase de un autor contemporáneo : «El amor es el secreto de Dios»; y, sobre todo, la ha encarnado en su vida.
Es la norma primera de su apostolado.
«Diríamos que el distintivo, la fisonomía particular en el carácter de Jesús, es el amor a la infancia y a la juventud.
En esto está el secreto de educarles y hacerles felices y buenos.»
Y, luego, les hace trabajar.
«Más que trabajar -dice D. Manuel-, hay que hacer trabajar, que es el máximo trabajo.»
Mosén Sol no es partidario de centralismos.
El alma no se estanca, no se localiza para brillar por sí misma; vitaliza al conjunto.
Don Manuel exige colaboración, urge responsabilidad.
Todos son necesarios y a todos estimula.
Vibran con él en la brecha.
Forma a los jóvenes concienzudamente, y proyecta la vitalidad interior en actividad concreta.
La Juventud Católica de Tortosa, en la Asamblea de 1878, reunía 748 jóvenes.
El éxito de Mosén Sol estriba en la vida interior, que es el alma de todo apostolado; y en la acción audaz y oportuna, que es el fruto de toda vida interior.
No comulga D. Manuel con los que llaman prudencia a la cobardía, y equilibrio a la
comodidad.
Espolea los ánimos, enardecido, indignado contra «la apatía y el estupor que domina en los hombres de orden, en los de corazón católico y monárquico, cuando la situación que atravesamos les marca tan claramente sus deberes y la línea de conducta que deben observar».
Hay posturas inconcebibles, cuando hay convicciones hondas.
«No podemos comprender la duda, la vacilación, y, menos, la cobardía.
Cuando todos convenimos en que ha llegado el momento de la actividad para lograr el triunfo del catolicismo, no comprendemos la resignación de algunos, resueltos a no salir de su cómodo quietismo, apoyados en la ilusión de un feliz porvenir, sin poner siquiera su mano para conducir una piedra para el edificio que es indispensable levantar.»
Esa línea, definida y valiente -hoy dirían, juvenil y deportiva- arrastra los corazones generosos de la juventud.
Mosén Sol late al unísono con la autenticidad de los jóvenes, cansados de tanto «mal menor», y de compases de espera, que son treguas que facilitan al enemigo su labor de zapa.
Mosén Sol se fía de la juventud.
La juventud descansa en Mosén Sol.
«Mucho ha sido mi amor a la juventud.
Desde el día en que, recién ordenado Sacerdote, se me colocó en el Instituto, he tenido interés por la juventud varonil.
Aunque no hubiera sido por mi natural afecto, la experiencia de la importancia que tiene este campo, los resultados de gloria de Dios y bien de la sociedad, y por lo tanto de bien de la juventud, serían bastante motivo para mirarla con predilección.»
Mosén Sol no destruye las características de la juventud, como algunos que intentan conseguir en sus trabajos una vejez precoz, que sería una lacra imperdonable.
La quiere como es, dinámica, ardiente, optimista.
La Juventud Católica de Tortosa logró mucho en ese estilo de entrega, y decisión combativa.
Cuando vino la paz bonachona, ese remedo de paz que anestesia los espíritus y mutila las ilusiones, fue decayendo lamentablemente su vigor.
Lo confiesa, abiertamente apenado, Mosén Sol:
«Cesó aquella lucha, que era la que alimentaba el entusiasmo y unía a todos en un mismo parecer, sin distinción de opiniones, y aquella pléyade de valientes se retiró a sus campamentos.»
Los héroes se desvanecen en la vulgaridad, acariciando palmas y laureles del pasado.
Clamaba Jesucristo:
«No vine a poner paz, sino espada» (Mt. 10, 34).
«La paz mía os doy; no como la da el mundo, os la doy yo» (Jn. 14, 27).
La vida es milicia sin tregua.
Quienes descansan antes de tiempo, merecen la condenación del siervo malo y haragán, que sólo supo enterrar sus cualidades.
La jubilación prematura no es humildad auténtica.
Es comodidad indigna y pereza de primera magnitud.
* * *
El año 1880 fue nombrado Mosén Sol Director de la Congregación Mariana y de San Luis, en Tortosa.
La aceptó con ilusión crecida y ferviente, avezado a formar y entusiasmar juventudes.
«Luego, más adelante, se me colocó al frente de la Congregación, y resolví sacrificar mi quietud y hasta mis intereses por el bien de la juventud, no sólo la estudiantil, sino la artesana y labriega.»
Don Manuel no entiende de cicaterías y pequeñeces.
Cuanto llega a sus manos crece como una bendición.
No se resigna a monte acotado y lindes de parcela.
El cristianismo es vida y comunicación.
Muchas obras mueren de asfixia, acorraladas en peña casera, sin expansión de comunidad.
Mosén Sol concibe en seguida una Revista, que estreche la unión de todas las Congregaciones españolas, que haga vibrar los entusiasmos dispersos.
La Revista de Mosén Sol se convirtió pronto en antena que captaba y trasmitía los ideales y realizaciones de todas las Diócesis, e hizo sentir por doquier la ósmosis y exósmosis juvenil cristiana.
En diciembre de 1881 salió el primer número de «El Congregante», que adquirió nombradía en toda la Península.
«Merece singularísima mención por haber sido el primer periódico de las Congregaciones Marianas», escribe el Padre Antonio Pérez Goyena, equivocadamente «El Congregante» entre las publicaciones que deben su origen a los Jesuitas.
Mosén Sol fue el fundador de la Revista y el Director inmediato de la misma los primeros años.
Más tarde confió la dirección a los Operarios don Andrés Serrano y D. Joaquín García Girona, hasta que en 1897, ante imperiosas necesidades de los Seminarios, que absorbían íntegra la labor de la Hermandad, tuvo que sacrificar D. Manuel su Revista.
Peregrina de España e Hispanoamérica, recogió ideas grandes y corazonadas múltiples de Mosén Sol, que pulsó, desde sus columnas, los ánimos juveniles y levantó inquietudes vigorosas.
Desde «El Congregante» reclutó D. Manuel la primera peregrinación de Congregantes a Roma, en 1891.
En «El Congregante» dialogó por vez primera con el público de su proyectada Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos.
* * *
Como Director de la Congregación trabajó incansable con su estilo de totalidad, procurando a los jóvenes cuanto necesitaban para una formación robusta y duradera.
A Mosén Sol no le gusta perder el tiempo en insistir, con pesadez rancia y caduca, sobre peligros reales o imaginarios.
Es partidario de soluciones positivas.
Catalogar sombras es bastante fácil y bastante ineficaz.
Lo práctico es abrir la luz y realizar el bien.
La vida avanza y no conoce marcha atrás.
Quienes se empeñan en detener su ritmo, fracasan ahora y siempre indefectiblemente.
Sólo consiguen desbandadas.
Y, luego, se resignan a llegar tarde, y a hurtadillas, con remiendos insípidos, que no paralizan el mal y que tienen sabor de caricatura.
Hay que vencer con la abundancia del bien en los campos necesarios.
Mosén Sol abomina los métodos contraproducentes de reducir el apostolado a predicaciones hueras de añorar tiempos pasados y lamentar actuales pendientes resbaladizas.
Estudia posibilidades y ataja peligros, implantando lo bueno y lo mejor, antes que el mal imponga sus actuaciones.
Mosén Sol ve que los jóvenes necesitan esparcimiento y atracciones, que deben procurarse de primera mano, en vez de resignarse a sanear ambientes ya infectados, con más trabajo y con menos eficacia.
Encuentra oposición. Pero lucha.
Dice D. Manuel, siempre animoso, con la visión clara que le hacía sondear los problemas en su raíz :
«El mal abre centros de recreación y logra inocular veneno en las juventudes.
Ha logrado introducir desamor a la vida de familia y relajación de costumbres.
Dada la existencia de esos centros, creemos que la sociedad no poede ser cambiada radicalmente, volviéndola otra vez a la vida patriarcal de otros tiempos.»
Le arguyen los cómodos, los rutinarios, los incrédulos, que basta la piedad.
Mosén Sol contesta: «El corazón y la experiencia nos dicen lo contrarío.»
Sabe que los propósitos abstractos mueren en la rutina.
Y da una contestación definitiva y total, lanzándose a una empresa de envergadura, dispuesto a gastar todos sus haberes, si hace falta.
Ha localizado unos espléndidos terrenos en el Ensanche del Temple, y el día 30 de noviembre de 1881 ya tiene comprados 2.700 metros cuadrados para levantar un Centro apto para los jóvenes.
«La gente de orden», tan prudente, tan sosegada, mira con gesto pesimista aquellas «utopías» de Mosén Sol.
«Estoy muy solo en la empresa», dice en cartas privadas a sus amigos.
Pero a un hombre de su talla ni la soledad, ni el vacío le desalientan.
Se crece ante las dificultades.
La gente buena le deja solo.
Es postura muy frecuente, la conocemos demasiado.
La vida ofrece muy poca originalidad en ciertas esferas.
La gente buena le deja solo.
Pero los malos...
Hace 20 siglos nos decía el Maestro Divino:
«Los hijos de este siglo son más sagaces que los hijos de la luz en el trato con sus semejantes» (Luc. 16, 8).
Los de la acera contraria se ponen en guardia, y le hacen competencia, con mejores recursos económicos, erigiendo el «Ateneo Libre».
Mosén Sol se felicita porque el enemigo esta vez combate a cara descubierta.
Se lo dice al Sr. Obispo de Tortosa en una carta:
«Se va a establecer en ésta el hace tiempo proyectado «Ateneo Libre», obra de masones avanzados.
Gracias que han puesto el «Libre»; de otro modo, me, hubiera espantado más; pues habían resuelto poner sólo «Ateneo de Tortosa», con el fin de arrastrar a algunos semicatólicos.
Ahora temo menos, a pesar de los 7.000 duros que tienen.»
* * *
El 26 de diciembre de 1882 pudo inaugurar Mosén Sol su Gimnasio, con biblioteca, teatro, salas de juego y un maravilloso parque. Más adelante terminó la capilla.
En el Gimnasio estableció escuelas nocturnas y dominicales. a cargo de los Congregantes mejor formados.
Reunió más de 150 jóvenes entre los estudiantes, y otros tantos entre los artesanos y labriegos.
De allí surgieron animosos propagandistas, y almas entregadas al servicio de la caridad fraterna.
Los pobres, los encarcelados, los enfermos, recibían periódicamente, con la limosna material, cariño, instrucción, consuelo, en las frecuentes visitas de los Congregantes.
El año 1906, absorbido por la Hermandad y los Seminarios, tuvo que traspasar el Gimnasio, que lo vendió a los Hermanos de las Escuelas Cristianas, para que establecieran un Colegio.
Pero Mosén Sol no había renunciado a la juventud.
Era su ideal.
Y lo dejó, como herencia, a la Hermandad, en uno de sus objetos principales.
Los hombres de Dios nunca envejecen, porque viven de la perennidad de Dios.
8 «TRABAJA COMO BUEN SOLDADO DE CRISTO JESÚS»
«Es preciso orar en todo tiempo y no desfallecer.» (Luc. 18, 1.)
«No nos cansemos de hacer el bien... Por consiguiente, mientras hay tiempo, hagamos bien a todos, especialmente a los hermanos en la fe» (Gal. 6, 9-10.)
Las noches de Tortosa se acumulan en las calles estrechas que suben al Convento de Santa Clara.
Paz de misterio ronda en las sombras hasta el amanecer.
La audacia angosta de la ciudad antigua tiene más acento moruno en la soledad de la noche.
El 10 de marzo de 1868, antes de la aurora, rasgó las tinieblas un tanteo débil de luz humilde.
¿Habrá madrugado el alba sin permiso oficial de Primavera?
Se ha roto, antes de tiempo, el concilio medroso que brujas y duendes celebran en la espesura de las calles estrechas.
Las noches de Tortosa ya no pueden prolongar su pereza intacta.
Tendrán que acostumbrarse a la linterna de gas, que alumbra los pasos de Mosén Sol.
Ha sido nombrado Vicario de Santa Clara, y madruga más que el alba, para llegar a la iglesia del Convento.
«Las horas de sueño son las que más me duelen.»
Es la queja de un Sacerdocio activo, que «no puede alcanzar el término de sus deseos».
Don Manuel ora ante el Sagrario largamente -«mi vida es un milagro de Jesús Sacramentado»-, hablando al Amo de muchas cosas, de mucha gente.
Como tiene mucho que hacer, tiene mucho que rezar.
Trabaja en colaboración con Cristo.
Mosén Sol aprendió mucho amor de rodillas.
Sabe que Jesús lo sabe todo. Pero a Cristo y a Mosén Sol les agrada dialogar íntimamente de sus hermanos, de todos los intereses de la gran familia del Padre.
Y está a solas con el Señor hasta que empiezan a llegar los hombres.
* * *
Mosén Sol despliega un celo pasmoso en el confesonario.
Tiene don de almas.
Sabe ser exigente y bondadoso, lleno de cordialidad y de respeto.
Cada día aumentan los penitentes, y parece que cada día aumentará el tiempo de D. Manuel.
Atiende a los jóvenes de la Congregación en el Gimnasio, atiende a la Juventud Católica y el Colegio de San José, se ata sin prisas al confesonario, predica con solicitud; las monjas de clausura pueden contar siempre con sus pláticas y sus consejos y con su ayuda desinteresada.
Y todavía le queda tiempo para muchas delicadezas.
Todo eso, sin contar la correspondencia de Mosén Sol, que merecería un capítulo muy denso.
Cuanto mas hace, más puede hacer.
El éxito de D. Manuel como Director de espíritus es indiscutible.
Ha poblado los conventos de monjas.
Pero Mosén Sol no abandona a sus dirigidas a la puerta del claustro, porque también necesitan ayuda y formación las almas consagradas, después de su entrega al Señor.
No le gusta que se pierda el tiempo en burlas y murmuraciones sobre las monjas.
Por desgracia, sobran los críticos agudos.
Y es orientación segura y constante, que no pullas zumbonas y de poco gusto, lo que hace falta a esas almas.
Alguien dejó caer la especie de que todas las jóvenes que confesaban con Mosén Sol terminaban Religiosas.
Él corrigió. sencillamente:
«No lo digan en esos términos, sino al revés: todas las jóvenes que quieren ser Religiosas vienen a confesarse conmigo.»
* * *
La dirección de D. Manuel es orientadora y segura; pero no desvirtúa la personalidad de nadie. No asume la exclusiva de responsabilidad.
Lo manifestaba, aconsejando, en frase gráfica:
«Poner aceite en las lámparas, y, luego, dejarlas estar.»
Y reprendía a ciertos novatos monopolizadores de conciencias, y a ciertos intrusos en derechos personalísimos de las almas:
«No os dejéis llevar del celo de hacer muy santas a las almas. Eso ya lo hará el Espíritu Santo.»
Mosén Sol es asiduo en tan penoso ministerio.
Tiene pasta de confesor, es decir, paciencia inagotable.
Y no es que le agrade humanamente. El confesonario y la dirección espiritual le han hecho sufrir lo indecible.
Actúa por convicción, porque sabe que es un apostolado de auténtica eficacia.
Mosén Sol vive como propios los problemas de los demás.
«El confesonario es lo más enojoso y, en ciertas ocasiones, y muchas, lo más amargo.»
Tiene tacto exquisito para tratar a las almas.
Se lo enseñó el Maestro, manso y sencillo, todo corazón.
Hay un Sacerdote amigo, que no se explica los progresos de las almas que acuden a Mosén Sol.
No se explica trasformaciones radicales.
No se explica tantas cosas...
«Yo las confesaba años y más años con la mejor voluntad, y no conseguía hacerlas salir de los moldes ordinarios.
Iban a Mosén Sol, le trataban sólo unas cuantas semanas, y volvían sabiendo de materias de oración, con muchos deseos de mortificación, ganosas de amar a Jesús y ser reparadoras y comulgaban con mucha frecuencia.»
Don Manuel descubre la clave, tan sencilla como eficaz :
«Es asombroso el efecto que produce el amor a Jesús en las almas.
En el ejercicio del propio ministerio me encontré muchas veces con criaturas que no sabían absolutamente nada de las cosas de Dios.
Bastó iniciarlas en estas materias de amor y reparación, para que se obraran cambios tan radicales en su manera de ser y de comportarse que parecían otras, como si les hubieran cambiado el entendimiento, la voluntad y el corazón.
Al calor de estas sencillas ideas, las he visto encenderse en ansias de sufrimiento, de amor, de mortificación.
Y se entregaban animosas al apostolado del bien.
Yo mismo quedaba maravillado de tan radical mudanza, que sólo puede y sabe producir y explicar el amor.»
La mentalidad se cambia con el amor. La consistencia radica en el amor. Las exigencias cristianas se colman con amor.
Es lo único que no se olvida. Lo único que no cansa. Es lo que urge más.
Porque el hombre ha nacido del amor y liara el amor.
«Nuestro progreso en la vida espiritual -dice Mosén Sol- nace del amor, y el amor es al mismo tiempo cansa y efecto.»
En esta línea del amor encuentra la raíz y el resorte para urgir a las almas.
No le satisfacen espíritus pusilánimes y asustadizos.
Quiere hijos de Dios.
«Porque no habéis recibido espíritu de esclavitud, para reincidir de nuevo en el temor, sino que habéis recibido Espíritu de filiación adoptiva, con el cual clamamos: ¡Abba! ¡Padre!», como enseña San Pablo (Rom. 8, 15).
Escribe D. Manuel a una persona, tentada de angustias y miedos abundantes:
«No quiero que le abrumen tanto los juicios de Dios; quiero sea más bien hija que esclava de Jesús.»
Y no quiere esto decir que haga caso omiso del temor de Dios. Es que los hombres de Dios comprenden el cristianismo con visión certera.
Sabe D. Manuel que nadie teme tanto ofender a Dios como aquel que le ama con todo el corazón y con todas las fuerzas.
El amor incluye el respeto más delicado, la sumisión más perfecta.
El temor, que es santo y saludable para abrir los ojos a la luz, sólo empieza la obra, que culmina en la perfección del amor.
Lo enseña decididamente San Juan en su carta primera :
«En la caridad no hay temor, pues la caridad perfecta echa fuera el temor; porque el temor supone castigo, y el que teme no es perfecto en la caridad» (1 Jn 4, 18).
Comenta sabrosa y sabiamente San Agustín:
«El temor prepara el lugar a la caridad; mas una vez que la caridad viene a habitar allí, despide fuera al temor que le preparó el lugar.
Cuanto la caridad crece, tanto el temor decrece. Cuanto aquélla se hace más íntima, tanto más arroja a éste fuera.
Mas si no hubiera ningún temor, no tendría la caridad por donde entrar. Al modo que vemos, cuando se cose algo, que el hilo entra detrás de la aguja, mas si la aguja no sale, no entra el hilo; así el temor ocupa primero el alma; pero no puede quedarse allí, porque entró precisamente para introducir la caridad.»
Ese era el estilo exacto de D. Manuel, al destacar tan fuertemente el amor en la dirección de las almas. Las empuja, sin titubeos, a la perfección.
«No quiero que le abrumen tanto los juicios de Dios; quiero sea más bien hija que esclava de Jesús.»
Un temor excesivo mutila posibilidades preciosas que Dios quiere eficaces en las almas.
Es penoso caer en manos que se gozan en las cargas insoportables que denunció Jesús a los fariseos.
A veces, extravían por humildades ficticias, que rematan en acoquinamiento inerte, en el que no puede complacerse Dios, que nos ha puesto para dar fruto.
«En esto será glorificado mi Padre, en que deis mucho fruto, y así seréis mis discípulos» (Jn. 15, 8).
Por eso D. Manuel aconseja con sublime y santa audacia la paradoja del desprendimiento en el uso total de los talentos :
«No me sabría mal que le entrara vanidad de su persona y condiciones, porque así las emplearía mejor, o con más desprendimiento, para lo que convenga a la gloria de Dios.»
Y Prevenía contra las desviaciones, solapadas de humildad, a la Abadesa de un Convento :
«Puntos hay donde, al quererlas sencillas, las confunden con las simples, y, al creerlas humildes, se ostentan pusilánimes.»
Por algo temía a los confesores primerizos, que arrollan, impetuosos, a las almas con dureza tétrica; y mucho más a los nimbados veteranos endurecidos, que se erigen en tronadores perpetuos de plagas inefables, y en pregoneros rutilantes del León de Judá.
Quizá olviden, en el fragor de su vocabulario sinaítico, la mansedumbre irresistible del «Cordero de Dios que quita el pecado del mundo» (Jn 1, 29).
Don Manuel repetiría la escena de Samaria:
«Volviéndose Jesús, les reprendió diciendo: No sabéis de qué espíritu sois; porque el Hijo del hombre no vino a perder las almas de los hombres, sino a salvarlas» (Luc. 9, 55 . 56).
Mosén Sol recuerda, lo mismo a confesores, que a predicadores embravecidos:
«Dígale que se deje de molestar en sus sermones, pues se ha de predicar ad aedificationem et non ad destructionem.
Y en esto suele mediar, más bien que el celo, el carácter y la vanidad.
Así que fuera diatribas y apóstrofes.»
Es comprensivo, porque tiene equilibrio de autenticidad, a la luz del Evangelio.
Porque conoce a Dios, no le convierte en espía inexorable de nuestras miserias y debilidades, siempre al acecho, para descargar el látigo de su ira sobre los hombres.
No olvida la ley hermosamente divina de setenta veces siete (Mt. 18, 22).
Urge con perseverancia el estímulo infalible de que somos hijos de Dios.
Y, porque vive y comunica la verdad, consigue frutos verdaderos.
Don Manuel puede presentar, en las personas que dirige, finura de alma para Dios y para los hombres, ansias de perfección, entrega generosa al servicio de todos, abnegación sincera y constante.
Y nos puede decir con seguridad experimentada:
«Eso sólo lo puede producir y explicar el amor.»
El amor no crea espíritus melosos, como pueden temer algunos.
El amor es fuerte, decidido, total.
El amor hace a imagen y semejanza de Dios, porque Dios es amor y el amor procede de Dios (1 Jn. 4, 7, 8).
Mosén Sol apura, en lógica precisa, las consecuencias del amor.
Porque el amor cristiano exige necesariamente la austeridad del cristianismo.
En esta vida el sufrimiento suele ser el termómetro del amor.
Sólo se causa de sufrir el que ama poco.
Repite innumerables veces Don Manuel:
«El que no sufre, no ama.»
«Aquel que no padezca, no es bueno.»
«Aquel que se fatiga de sufrir, no es apto para este reino copioso de las «gracias del Señor.»
Y es que todas las virtudes están enraizadas en la caridad.
Sin amor, no valen nada. Los teólogos las llamarían informes, sin médula, sin vida.
Caprichos de virtudes.
Fuegos artificiales, que mueren en el brillo de su explosión.
Mosén Sol está convencido de que se consigue más, incomparablemente más, con amor que con estridencias.
Se lo enseñó Cristo, que es víctima y alimento en un trono de amor.
* * *
A D. Manuel le gusta ir a las raíces.
Combate el egoísmo, antípoda descarado del amor.
Aboga, infatigable, por el desprendimiento de uno mismo, que es indispensable para el progreso espiritual.
Lo que nace de amor es bueno necesariamente; lo que nace de egoísmo está viciado en raíz.
«No puede el árbol bueno dar frutos malos, ni puede el árbol malo dar frutos buenos» (Mt. 7, 18).
Pero jamás ha confundido D. Manuel ese desprendimiento propio, esa abnegación de sí mismo, con la sequía de los corazones, con la desvitaminización del sentimiento y la terrible y áspera aridez voluntaria, que, además de ser inhumana, desasosiega las conciencias e inhabilita para captar la verdad con rectitud.
«El vacío de Dios y de, las criaturas -escribe don Manuel- es el estado peor para un alma.»
Es muy importante este punto en las directrices de Mosén Sol, porque olvidamos con frecuencia, en la práctica, que lo sobrenatural no destruye al hombre.
«La gracia supone la naturaleza», dice el axioma de la Teología católica. La eleva, la perfecciona; pero no la aniquila.
En los hombres lo que no es humano, nunca llega a ser divino.
Don Manuel tenía una sensibilidad exquisita, y se empeñaba tenazmente en formar el sentimiento en los demás. Eran sus pláticas preferidas a los Ordenandos de los Colegios.
Sabía perfectamente que Dios hizo las cosas, y son buenas. Son un regalo del Padre.
Un gesto despectivo hacia las criaturas no responde a reacción sincera de la gracia.
Tenemos contacto con las criaturas por disposición del Creador.
La creación entera vibra con el hombre. Sufre angustias tremendas, esperando la revelación de los hijos de Dios.
Vive asociada a su conducta.
Las cosas no son malas, no pueden ser malas, porque tienen sello de bondad en su contextura.
El mal nace dentro de nosotros.
Con esa clarividencia aconsejaba Mosén Sol a una persona, que intentaba matricularse en la dureza de corazón.
«No tiene usted necesidad de hacer votos para desprenderse de las criaturas; que ya lo debe estar bastante. De quien ha de desprenderse es de usted misma.»
Ese es el punto crucial; porque lo que es malo es el egoísmo, que envenena de envidia y de soberbia y de injuria y de pereza, los medios que puso el Padre en nuestras manos.
Envenena hasta la virtud de quienes se llegan a creer profesionales exhaustivos y exclusivos de la vida espiritual.
El egoísmo endurece los corazones, que llegan a despreciar todo, que llegan a ese vacío tan pernicioso que desenmascara D. Manuel. Porque la dureza de corazón, o esclaviza a las criaturas en satisfacción personal intransitiva, extrayendo sus quilates en violenta egolatría de tirano; o esteriliza la sensibilidad e impide ver a Dios en sus obras, y servirle con ellas.
El vacío de Dios y de las criaturas inutiliza la capacidad y la libertad que nos ganó Cristo.
El hijo de Dios usa con elegancia de las cosas y hace mejor a cuanto toca.
No somete al imperio de la pasión lo que debe regular el sentido amplio del cristianismo, ni se cierra en desprecio hermético a las criaturas, que deben entrar ' por los hombres, en la filiación adoptiva.
Porque nada es malo, cuando el hijo de Dios es a imagen y semejanza de Cristo.
El camino del amor, que propugna indefectiblemente Mosén Sol, excluye nada, ni obstaculiza nada.
Don Manuel entendió maravillosamente la raíz de todo.
Amar es el único imperativo del Evangelio.
Amar es la única redención y la única perfección.
«El que no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor» (1 Jn 4, 8).
Mosén Sol lo entendió porque era sencillo, lo vivió porque era bueno, lo predicó porque era sincero y fiel.
Muy claramente se lo escribía a una de esas almas pusilánimes y encogidas de escrúpulos:
«Por amor de Jesús, no me sea tan patidora. No le espanten esos afectos sensibles y de simpatía, que le será imposible arrancar, pero que no son malos.
No somos tan insensibles y desagradecidos, que dejemos de sentir afecto a los que nos han amado.
No tema ese interés.
Si no, se le hará una lligasa en su imaginación, que lo creerá todo pecado, y no sabrá discernir, y ante Jesús se encontrará como llena de ellos, y no sabrá abrazarse a Él, y el corazón sentirá vacío, sin tener a Dios ni a las criaturas.
Y nada hay peor para un alma que ese estado.»
Mosén Sol habla sin titubeos. Nada hay peor para un alma que ese estado...
Nos lo dice constantemente la experiencia.
Nos lo dice el cansancio aburrido de los que pasan la vida matando energías, con muy buena voluntad desorientada.
Viven en continua alarma sin motivo
Se les vuelve pecado la luz y la sombra.
Suspiran por un nirvana imposible.
Se mueren de frío en claridad de hielo.
Secarían, gustosos, la raíz del bien, porque puede mezclarse en ella polvo del camino.
No sienten paz, y lo que es peor, no dejan vivir en paz.
Se alejan de todo y se alejan de Dios, porque no conocen al Padre,
Terminan en desconfianza absoluta, y siembran congojas inútiles en las conciencias.
Olvidan que un día el Maestro dijo para siempre:
«Mi yugo es suave y mi carga ligera» (Mt. 11, 30).
Olvidan la palabra del Espíritu:
«Los mandamientos de Dios no son pesados» (1 Juan 5, 3).
No les cabe en la cabeza un cristianismo así.
Preferirían cargas insoportables, que buscan desasosegados, pellizcando partículas ásperas en versículos truncos del Evangelio, recurriendo a tradiciones humanas, gloriándose en lo difícil.
«La agricultura de Dios» (1 Cor. 3, 9) en sus manos, sería una cosecha de cardos espinosos, porque les duele el color de las flores, les duele la grácil espiga.
* * *
Mosén Sol, bondadoso por naturaleza y más bondadoso por la gracia de Dios que habita en él, se hace todo para todos, y señala el camino sencillo y claro de la verdad a cuantos se te confían.
Enseña a amar, porque ama mucho.
Todos se sienten preferidos. Todos le buscan con interés. Todos le encuentran sin dificultad.
Ha venido para servir, no para ser servido.
Cuando surge la gloria de Dios y el bien de los hombres, Mosén Sol no conoce dilaciones ni obstáculos.
Sólo un rasgo entre muchos.
Era una joven pueblerina, sencilla y pobre, que no puede entrar Religiosa por falta de dote.
Un día llegó al confesonario de D. Manuel casualmente, Y se lo contó resignada, con esa paciencia que enseña la vida humilde.
Mosén Sol resuelve inmediatamente. Mañana vienes a mi casa.
Y a la mañana siguiente le decía a su hermana, presentándole a aquella joven : «Esta chiquita estará con nosotros. Que te ayude a limpiar la casa e irá a aprender.»
Don Manuel le pagaba las clases de solfeo, para que pudiera ingresar al Convento sin aportar dote.
«Cuando el maestro dijo que ya estaba bien preparada para el canto, me quedé sin voz» -dice la interesada, en su relato.
Mosén Sol no se inmuta. Se ha cerrado un camino; pero quedan muchos todavía.
Y le costeó todos los cursos de piano, para que ingresara como organista.
Cuando todo estaba en marcha definitiva, vino el tifus a decir que la joven desistiera de conventos y emprendiera otra ruta.
Mosén Sol estaba contento, porque hacía el bien. Doña Filomena Tarragó termina así su relación:
«Por espacio de cuatro años estuve en su casa, y cada día tenía ocasión de ver la gran caridad de Mosén Sol.»
* * *
«A mí no me gusta el descanso» -escribe, convencido, D. Manuel.
Y no le dejan descansar.
«Quisiera que cada día tuviera cuarenta y ocho horas.»
Porque hace mucho, le encomiendan cada día más cosas. Es ley reconocida: Sólo tienen tiempo de hacer los que verdaderamente trabajan.
Será porque el ocioso se dedica a matar bonitamente el tiempo.
Le encargan edificar el Convento de las Religiosas Franciscanas de la Providencia en Vinaroz, y llevó a cabo la fundación en medio de graves dificultades.
Funda y levanta los Conventos de la Providencia, en Benicarló, y el de la Purísima, en Vall de Uxó.
Las Oblatas del Santísimo Redentor saben las preocupaciones del Dr. Sol, para que pudieran establecerse en Tortosa.
Don Enrique de Ossó, su gran amigo, descansa en los consejos Y alientos de D. Manuel, que le ayuda en todas sus empresas apostólicas, en sus fundaciones, que colabora asiduamente en sus publicaciones periódicas. que siempre está dispuesto a secundar.
Todo lo grande y todo lo bueno encuentra eco en su corazón inmenso.
Las múltiples actividades intensas de Mosén Sol son cifras elocuentes del empuje de una personalidad recia para extender el Reino de Dios.
Pudo llegar a todo, porque el amor no se cansa.
Y Mosén Sol, como escribía impresionado un Sacerdote, al conocerle, «tiene un corazón que cabe en él el mundo entero».
Supo unir en su vida los dos ejes del cristiano auténtico: oración y acción.
Denunciaba un día la raíz de muchos males:
«La mayor parte de los que oran, no obran bastante, y los que obran, no oran tampoco como deberían.» «Son las dos obligaciones del católico de hoy, igualmente esenciales, igualmente necesarias.»
Mosén Sol, hombre de Dios para los hombres, trabaja infatigable.
Pero no está satisfecho...
9 «Y VENDIÓ TODAS SUS COSAS»
«Es semejante el reino de los cielos a un tesoro escondido en un campo, que quien lo encuentra lo oculta y, lleno de alegría, Yo, vende cuanto tiene, y compra aquel campo. Es también semejante el reino de los cielos o un mercader que busca perlas preciosos, y hallando una de gran pecio, va, vende todo cuanto tiene y la compro» (Mt. 13, 44-45.)
Mosén Sol tiene vocación de todo.
Los horizontes están cargados de nubes y quiere disiparlas a un tiempo.
Nerón, con instinto de verdugo, deseaba que los hombres tuvieran una sola cabeza, para degollar de un tajo a la humanidad entera.
Mosén Sol, con instinto de redención, quisiera que las dificultades, que angustian al Reino de Dios, tuvieran una raíz, para sanarla.
«A pesar de nuestra indiferencia y sinceridad de corazón, ni nos dejaban satisfechos nuestros voluntarios ministerios, ni nos llenaban bastante los que se presentaban a nuestra vista, que pudieran sernos prescritos por la obediencia.
En el fondo de nuestra alma despertaban mayores aspiraciones, y una ambición santa parecía querernos lanzar al mismo tiempo a todos los campos.»
Mosén Sol tiene vocación de Párroco, porque las almas necesitan una columna que las respalde.
«Al pensar en las necesidades de algunas parroquias y en la indolencia de algunos párrocos, nuestro corazón se excitaba al deseo del cultivo de aquellas almas necesitadas.»
Tiene vocación de Misionero.
«Y nos venían al pensamiento aquellos pobrecitos infieles que allí, en lejanas regiones, estaban sentados en las sombras de la muerte.»
Comprende la eficacia de una dirección espiritual perseverante.
«Entre los campos que nos rodeaban, veíamos la conveniencia de un asiduo confesonario para el fomento de la piedad mediante una constante dirección; pero aun esta ocupación, muy agradable a Dios, no bastaba para henchir las velas de nuestros deseos.»
Le ilusiona, sobre todo, la juventud.
«Y nos compadecíamos de los pobrecitos jóvenes, lanzados a todos los peligros en la edad de las ilusiones, almas tan amadas de Jesús, y, sin embargo, tan poco atendidas.
Y, con todo, no podíamos disponer, en favor de ellos, más que del medio de una acción individual, impotente para precaverlos y formarlos.»
Mosén Sol tiene vocación de todo.
«Hubiéramos querido tener en nuestra mano medios para atender a todo.
Tal era nuestro instinto santo.»
¡Si Mosén Sol encontrara un resorte definitivo, un punto de apoyo para renovarlo todo con eficacia! ...
Era su ilusión, y era su angustia.
Trece años de apostolado intenso, abrumador, polifacético, no han colmado sus aspiraciones.
¿Dónde encontrará la raíz del bien, para quemar las naves y llenar su destino?
* * *
Ramón Valero es un seminarista de Tortosa.
Además de estudiar segundo curso de Filosofía, como alumno externo del Seminario, tiene un título glorioso: Ramón Valero es pobre de solemnidad.
Uno de los pocos que frecuentan las aulas, porque la revolución del 68 consiguió una diáspora alarmante: Cinco alumnos en primero de Filosofía; en tercero de Gramática sólo se han matriculado tres.
Los Seminarios, despojados, empobrecidos, no pueden sostenerse. Mucho menos pueden sostener alumnos gratuitos.
Los externos, mal atendidos en todos los órdenes, comen de limosna, viven en buhardillas.
Conocen excesivamente la libertad y el ayuno.
Gitanillos que estudian cuando pueden.
Valero es simpático y es bueno.
Mejor que sus vestidos, hechos de deshechos.
Mejor que su formación, que es de milagro.
Pajarillo del campo, que cuenta... con la Providencia.
Es el alto 1873, por febrero.
Ramón Valero sale de clase, cantando la alegría de su pobreza larga.
En el portal del Romeu encuentra a Mosén Sol.
La bondad amplia de D. Manuel cobija de cariño la miseria grande del estudiante.
Y se hizo la luz.
-¿Adónde vas?
-Voy a comprar un cuarto de cerilla a casa Barjau. La lección de mañana es muy larga...
-Y sin la cerilla, ¿no podrías estudiar?
-No, Señor. No hay sitio en la mesa para todos. Otros dos y yo quedamos fuera, porque no podemos contribuir al gasto del petróleo.
-¿Cuántos estudiantes sois en la casa en que estás?
-Somos ocho. Cinco, ricos. La señora Eulalia les prepara la comida. Tres, pobres; Mosén Boix nos da un plato de sopa.
-¿Tenéis bastante para comer?
-Nos va medianamente. Tenemos algo de pan, demasiado pequeño, demasiado blanco y demasiado blando...
-Pues, bien, todo se arreglará. Mañana, a las once, venís los tres a mi casa.
Ramón Valero, al besar la mano de Mosén Sol, encontró la primera limosna, que ya no se agotaría.
Y no volvió a conocer necesidad.
* * *
Don Manuel ha visto claro.
Dar pan y amor, ilusión y formación a los seminaristas.
El Sacerdote surge íntegro, total, para formar Sacerdotes.
Así fue la semilla. Pequeña, fortuita.
Mosén Sol aquella noche repasa en su Diario: «Mi Ordenación... Inexplicable indiferencia para todo cargo o empleo. Dejarme a las eventualidades de la Providencia. Repulsión a todo beneficio colativo. Inclinación a compañerismo. Afecto a la dignidad sacerdotal.»
Ha dado con la síntesis de un Sacerdocio neto, que llena sus aspiraciones y colma cumplidamente la vocación para todo de aquel corazón inmenso.
Ha dado con la piedra preciosa, y vende todo para comprarla.
Era el mercader de la máxima gloria de Dios en sus más caros intereses.
Ya tiene el punto de apoyo para llegar a todo de una vez.
«Nosotros más que apóstoles parciales, hemos de ser moldeadores y formadores de apóstoles, para que se pueda decir de cada uno de nosotros, aunque en diferente materia, lo que se puso sobre el sepulcro del Profesor Deza, en su epitafio: Alii, scripta; scriptores ego dedi mundo.»
Mosén Sol ha encontrado la clave de su destino.
Todo lo demás para él ya es secundario.
«La Obra del fomento de las Vocaciones debe absorber mi vida.»
Lo repite, convencido, más que gozoso, mientras se desprende de los múltiples ministerios, que le abruman, para dedicarse a la raíz.
Diez años después, cuando se le abren los horizontes de la Hermandad, en perspectiva luminosa y estable, escribe a un futuro operario, desahogando sus sentimientos:
«El Señor me ha hecho gustar, y en abundancia, de todos los consuelos y sinsabores de los varios campos del ministerio sacerdotal: Cura de almas, enseñanza, monjitas, etc., etc., y, últimamente, fomentador de Vocaciones Eclesiásticas; y de todo, esto último es lo que forma y formará mi gozo y mi corona. »
Un corazón gigante necesita una obra definitiva de amor.
Una visión genial necesita un campo sin límites.
Mosén Sol no descansa en parcelas reducidas. Quiere (da llave de la cosecha».
Su instinto santo de vocación para todo se colma en la formación del Clero, apostolado de eficacia máxima dentro de la Iglesia.
Parroquias, misiones, confesonario, juventud... todo queda asegurado en el haz prieto del Sacerdocio.
Su acendrado espíritu de reparación a Jesús Sacramentado se dilata en los Sacerdotes, que le atiendan con fina y varonil delicadeza; se goza ofreciendo a los hombres medios de ser mejores y de acercarse a Dios.
10 LA SEMILLA
«El reino de los cielos es semejante a un grano de mostaza, que tomo uno y lo siembra en su campo. Es la más pequeña de todos los semillas. Pero, cuando se ha desarrollado, se hace un árbol, y vienen los aves del cielo a cobijarse en sus ramos» (Mt. 13, 31-32.)
El Callejón de San Juan devana aburrimiento y jubilación de vida, en su escondite de Tortosa.
Hace mucho tiempo espera -arpa de Bécquer- la mano que pulse sus últimas vibraciones.
Octubre de 1873 tiene habilidad de mago.
La paz cansada del Callejón de San Juan se acli. mata, gustosa, al bullicio de 24 seminaristas.
Todos los que caben en la casa del número siete.
Todos los que han solicitado admisión.
* * *
Mosén Sol no vive de lamentos.
Sobran plañideros en el mundo, que necesita mano de obra.
Llorar cuesta menos.
Por eso se llora tanto.
Ramón Valero y sus dos amigos han seguido visitando a Mosén Sol, desde el encuentro famoso en el portal del Romeu.
Los pobres suelen ser agradecidos.
Porque D. Manuel oculta su mano limosnera en la figura venerable de D. Mariano García, su confesor, su consejero.
Mosén Mariano suministra el pan de cada día a los tres estudiantes.
Mosén Sol les da ilusión sacerdotal y oportunos consejos.
Pan y cariño llevan a Dios.
Un día de tantos Mosén Sol ha dejado intrigados a los tres seminaristas
«Tenéis que rezar por un proyecto de gran utilidad para los aspirantes al Sacerdocio.»
Y los chicos rezan, porque Mosén Sol lo dice, aunque no pueden adivinar los planes del bienhechor.
Pero han comentado aquella frase sencilla de don Manuel, y han subido de categoría delante de ellos mismos.
Adquieren conciencia de su importancia.
Hay quien se preocupa de ellos...
Terminado el curso, se despiden de Mosén Sol, que les aclara el misterio :
«Hasta octubre, hijos míos, que entonces ya estaréis mejor.»
La sonrisa bondadosa de D. Manuel es una limosna grande para muchos corazones.
«En octubre estaréis mejor»...
Y se fueron cantando, como pájaros del cielo, su pobreza redimida.
* * *
A mitad de verano los Sacerdotes de la Diócesis reciben una Circular, que leen con fruición.
En la ciudad de Tortosa se abre una casa, llamada de «San José», para dar albergue, sustento conveniente y formación sacerdotal adecuada a los seminaristas pobres.
La carta circular tiene la firma de Manuel Domingo y Sol, Sacerdote.
El Callejón de San Juan despierta su monotonía desvencijada con bulla de juventud.
Octubre de 1873.
24 seminaristas, y una casa muy humilde.
«Sólo así crecen las buenas semillas» -recuerda, emocionado, muchas veces Mosén Sol.
* * *
El 1 de marzo de 1874 hubieron de trasladar la Casa de San José a la espaciosa de Zarralde, donde habían arrendado un piso más capaz.
Al terminar el curso, el Sr. Obispo de Tortosa concedió el título de «Colegio de San José», nombrando Director a D. Mariano García, Sub-Director a D. Manuel Domingo y Sol, Administrador a D. Buenaventura Pallarés.
Aquel verano escribieron una carta al Clero tortosino, solicitando ayuda, que fue muy generosamente acogida.
Para poder admitir en el Colegio a los 50 alumnos que solicitaron ingreso para el curso siguiente, compró D. Manuel toda la Casa Zarralde.
El Colegio de San José iba haciendo progresos evidentes en todos los sentidos.
Pero Mosén Sol no estaba satisfecho.
En el curso 1876-1877 el número de alumnos ascendía a noventa y ocho.
Los Directores del Colegio pensaron alquilar el Palacio de San Rufo, cercano a Casa Zarralde.
La dueña del edificio lo cedió gratuitamente, cargando a propia cuenta las reparaciones necesarias, para acomodarlo a su nuevo destino.
Zarralde... San Rufo...
Todo se quedaba pequeño, porque bendecía Dios.
Al curso siguiente, eran ciento noventa los alumnos del Colegio de San José, y hubo de ser alquilada otra casa, para alojar treinta seminaristas.
Era demasiada dispersión, para lograr una formación cabal.
No basta la buena voluntad de los Directores; no basta el esfuerzo y el cariño.
Mosén Sol propone la iniciativa de levantar un Colegio nuevo, capaz de albergar trescientos seminaristas, y con las condiciones necesarias para que sea eminentemente formativo.
Lo lleva pensando desde hace tiempo y ve la conveniencia urgente de llevarlo' a la práctica.
Comienza el capítulo de la oposición.
Algunos Canónigos lo miran con malos ojos. Resulta que Mosén Sol tiene más autoridad que todos ellos.
Los mismos colaboradores no secundan sus deseos.
Mosén Mariano García le tacha de visionario e iluso.
Don Manuel sufre.
Pero no se desalienta.
Ve con claridad, y obra con energía.
Lo que a todos parece innecesario e imposible, para Mosén Sol es urgente y hacedero.
Y se lanzó a la empresa, contra todos.
Lo exige la gloria de Dios. Lo necesitan las almas.
Contra esas razones no hay argumentos válidos.
«Cuando hay necesidad de una cosa, se hace, sin preocuparse del dinero.»
Es la teoría de D. Manuel.
Retractamos. Es la teoría del Evangelio de la Providencia.
Los Santos creen en Dios más que en el Banco.
Tienen crédito infalible, porque Dios no falla.
* * *
El 1 de marzo de 1878 Mosén Sol compró terrenos en el Ensanche del Rastro.
El 10 de marzo presentó los planos al Sr. Obispo.
El 11 de abril se colocaba la primera piedra.
Lo que cae en manos de Mosén Sol adquiere ritmo de actividad.
Pero los ladrillos no tienen tanta agilidad como un corazón entregado.
Si no, hubiera admitido Mosén Sol, en el curso 1878-1879, todos los alumnos que le pedían ingreso al Colegio.
El 20 de febrero de 1879 pudo habilitar un pabellón para cuarenta alumnos de los estudiantes de San Rufo. Con eso, piulo admitir gratuitamente otros cincuenta, que vagaban por casas particulares.
La esperanza de Mosén Sol crece entre dificultades.
No fue pequeña la salida de Tortosa del Sr. Vilamitjana, nombrado Arzobispo de Tarragona, el día 28 de mayo de 1879.
El Obispo Vilamitjana quería a Mosén Sol de verdad, y era su apoyo indeficiente.
Pero más duro todavía fue para Mosén Sol el golpe que recibió con la muerte de D. Mariano García, el 23 de septiembre del mismo año.
«Pierdo en él un consuelo, un apoyo y un padre, que no podrá ser reemplazado.»
Le veló con mimo en su enfermedad. Le lloró sinceramente en su muerte.
«Hace cinco días que no duermo, velando a mi íntimo amigo y padre, Mosén Mariano García. Estoy muy afectado.»
Mientras tanto, la cal y el ladrillo cantaban un salmo rutinario de pesada lentitud.
Mosén Sol liaría crecer las paredes con su mirada anhelante.
Entre críticas y dolores, entre esperanzas sin mengua, llegó el 11 de octubre de 1819.
El Colegio de San José de Tortosa queda oficialmente inaugurado en su nuevo edificio.
El Canónigo Camps bendice la Capilla.
Mosén Sol, en el fervorín, recuerda la figura venerable de D. Mariano García, ante los trescientos alumnos de San José, y los otros cien, que alberga en el Palacio de San Rufo.
El 10 de marzo de 1880 fue nombrado Mosén Sol Director de su Colegio.
Los alumnos son muchos.
Los gastos muchos más.
Don Manuel recorre la Diócesis, levantando entusiasmos por la Obra de las Vocaciones.
Logra interesar a todos. Ya han amainado las críticas, vencidas por la espléndida realidad que se alza ante todos en arquitectura sencilla y Colegio estable y definitivo.
Mosén Sol trabaja con valentía y hace trabajar con ilusión.
Sacerdotes amigos le ayudan en su cruzada vocacional por los pueblos.
Las jóvenes que se dirigen con D. Manuel no se avergüenzan de ir recogiendo limosnas por las casas, para el Colegio.
Mosén Sol pone en movimiento a cuantos se le acercan.
Con frecuencia se desplaza con un grupo de colegiales, que saben ofrecer veladas recreativas de gusto popular a la gente sencilla de las aldeas tortosinas.
Don Manuel sabe que la gracia de Dios también usa cauces de simpatía humana.
Hay limosnas que valen una vocación.
Hay aplausos que valen una vida.
Y hay trabajos, macizos de oración, que valen todo un cielo.
La semilla del Callejón de San Juan se ha convertido en árbol frondoso.
Y a su sombra descansan muchas almas.
Mosén Sol sueña gozoso en la máxima gloria de Dios.
11 «SERÁS PADRE DE MUCHAS GENTES»
«Porque aunque tengáis diez mil pedagogos en Cristo, no tenéis muchos padres. Quien os engendró en Cristo, por el Evangelio, soy yo. Os exhorto, pues, a ser imitadores míos» (1 Cor. 4, 15-16.)
Los esfuerzos individuales no tienen garantía de perennidad. Su eficacia muere con el hombre.
Mosén Sol vive obsesionado la formación del Clero.
No puede renunciar a la empresa que Dios ha puesto en sus manos.
Es algo muy serio para dejarlo a capricho de las circunstancias.
El Colegio de San José le ha enseñado muchas cosas.
Es un vivero de agobios e inquietudes.
Las deudas y las dificultades gravitan sobre los Directores, que tienen fe de roca y abnegación heroica para vencerlas.
Hace falta vocación muy grande para ser eficaces y perseverantes en la formación de los seminaristas.
Y hace falta asegurar el porvenir incierto con responsabilidad genuina.
* * *
Don Manuel ha ido madurando estos pensamientos, día a día, en silencio de oración, entre números de facturas, entre alegría de jóvenes.
El hombre pasa y los problemas permanecen.
Mosén Sol desea una solución definitiva, una solución más amplia que el problema.
* * *
Fue una mañana de enero...
Como todos los días, desde hace catorce años, ha subido al Convento de Santa Clara, a celebrar la Santa Misa.
Algo le pasa a Mosén Sol, que prolonga, más que de ordinario, la acción de gracias.
Dos días completos vive ensimismado, absorto, como fuera del tiempo y del espacio.
Algo le pasa a Mosén Sol...
Una luz especial invade su alma en claridad inefable.
Las palabras textuales dicen así:
«Jesús Sacramentado le inspiró la Obra de los Operarios Diocesanos el 29 de enero de 1883, después de la Misa, en el Convento de Santa Clara, durante la acción de gracias, a las siete y media de la mañana; y la concepción de todo el plan y la intuición de sus resultados, entre ese día y el día 30, completándose lit idea y la organización, que escribió en un papel.»
Con esa sencillez franciscana, queda dicho todo, con ese concatenamiento de detalles, con esa paz jubilosa.
«Estuve bajo la influencia de aquella inspiración sobrenatural dos días.»
Fue una explosión de luz.
Había recibido el carácter luminoso de su destino en la entrevista con Valero.
Se han cumplido exactamente diez años de entrenamiento.
Hoy fue la confirmación de su Obra con rasgos definitivos, que no hubo de corregir.
Y que no permitió le corrigieran.
Dios se vale del medio que quiere para cada empresa y da las cualidades precisas al que elige entre los hombres, para que llene su misión en la Iglesia.
* * *
Como es imprescindible una garantía humana, Mosén Sol pone su proyecto en manos expertas.
«Lo necio de Dios es más sabio que los hombres, y lo flaco de Dios es más fuerte que los hombres» (1 Cor. 1, 25).
Las manos expertas tienen afán de añadir y de quitar.
Los hombres peritos también gozan de buena voluntad.
Pero las manos expertas pueden deformar una inspiración.
Mosén Sol pide consejo humildemente, prudentemente. Pero defiende con tenacidad la luz clara, que una mañana de enero ungió su vida para siempre.
Lucha tesonero contra muchos sabedores de estructuras, que dejan poco margen a la iniciativa de Dios.
Todavía en 1901 se desahoga con los Operarios de Roma:
«Si al extender en febrero del 83, en dos o, tres ratos, mis famosas «Bases y Reglas», para enseñarlas al Padre Vigordán, que me parecieron una obra completa y suficiente; si entonces, digo, hubiera podido sospechar que aquel croquis, salido espontáneamente del corazón más que de la cabeza, debería subir a esas alturas y a esos exámenes romanos..., lo hubiera echado todo a perder, o hubiera entregado mi croquis a otras manos más expertas, que me lo hubieran estropeado, como casi todos los que han tenido que tocarlo, desde Sanz y Forés hasta el Padre Conrado.»
Dios elige a quien quiere y le llena de su Espíritu, «para que vuestra fe no estribe en sabiduría de los hombres, sino en la fuerza de Dios» (1 Cor. 2, 5).
Mosén Sol vio con claridad meridiana, y escribió al impulso de la inspiración.
Para tiempos nuevos, actuaciones nuevas.
A dificultades grandes, soluciones definitivas.
Le costará mucho tiempo y muchas contrariedades, para que llegue por trámites oficiales la aprobación de una Obra, que no encaja en moldes hechos.
Mosén Sol no ceja, y la verdad se impone.
Quiere una Hermandad de Sacerdotes Seculares, con deseos de perfección, al servicio del Sacerdocio, unidos con vínculos de obediencia, pero sin voto de pobreza.
No hay cauce jurídico prefabricado.
Era una cosa inédita, que se abriría camino a través de mucha oposición.
A la mitad del siglo xx un Papa dirá oficialmente que Mosén Sol tenía razón.
Don Manuel ve muy claro que se puede compaginar la estabilidad de un Instituto con todas las ventajas de la formación del Clero Secular.
En 1883 era un riesgo muy comprometido ser Fundador en tal estilo.
Pero el amor al Sacerdocio -a la Iglesia, a las almas- que desborda el corazón de D. Manuel, es irresistible.
El amor puede más que la adversidad.
El Sacerdocio vale más que la vida.
Y nada merece una consagración como el ideal sublime, y casi temerario, de la formación cabal de futuros Sacerdotes.
Es el apostolado raíz.
El que buscó toda su vida.
Sólo eso llenaba su alma.
Era cosa de Dios, y la Providencia guió sus pasos en el laberinto desconocido a que se lanzaba.
29 de enero de 1883.
Mosén Sol ha encontrado la luz en la realidad concreta de su destino.
Durante todo el mes de febrero meditó largamente la inspiración de Dios; y «en dos o tres ratos» delineó el esquema de la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos.
* * *
En el Jesús de Tortosa había recibido el Sacerdocio Mosén sol.
Hace 23 años que sintió las manos del Obispo sobre su cabeza.
Hace 23 años que el Espíritu Santo selló su alma con unción eterna.
En el Jesús de Tortosa se consagró Misionero Diocesano año y medio después.
«Alzad vuestros ojos, y mirad los campos, que ya están blancos para la siega» (Jn. 4, 35).
Mosén Sol recorrió la heredad del Dueño de la mies, y la vio tan abundante, la vio tan a punto de siega, que... se comprometió con toda.
La quiere abrazar en una gavilla.
Una mañana de marzo, primer viernes de mes, viene a la fuente de su Sacerdocio a bautizar sus nuevas rutas.
El Rector del Colegio Máximo de los Jesuitas es un hombre de mucho espíritu, de gran experiencia, de ponderado equilibrio.
Mosén Sol, acompañado de D. José García, subió el día 2 de marzo de 1883 a presentarle las Bases que ha redactado, y a exponerle sus planes sobre la Hermandad.
El Padre Vigordán escucha con interés, atiende con respeto las iniciativas que va abriendo D. Manuel.
Aprobó la idea con entusiasmo.
Más aún, intimó a Mosén Sol ante Dios, para que no abandonase la empresa.
«Es cosa de Dios -le dice-, pero conviene garantía humana. Recurra usted a un Obispo que apruebe sus planes.»
El Padre Vigordán desconoce en absoluto la íntima amistad de Mosén Sol con el actual Arzobispo de Tarragona, Sr. Vilamitjana.
Por eso, D. Manuel se alegra lo indecible, cuando el Rector del Jesús señala con preferencia al Arzobispo de Tarragona.
En el Jesús de Tortosa se ha encontrado toda la fuerza de su Sacerdocio.
Mosén Sol baja acunando la Hermandad.
* * *
La pluma de D. Manuel no conoce, vacaciones.
Vibra con rapidez en los pliegos, llevando el ritmo de su corazón.
La pluma de D. Manuel desborda sinceridad y optimismo.
El día 6 de marzo volcó su confianza más segura en la carta al Sr. Vilamitjana.
Espera un visto bueno inmediato, indudable.
«Queridísimo Padre y Prelado»: ...
Y toda la ilusión del Fundador aflora en rápidos trazos, que lleguen al Palacio Arzobispal de Tarragona.
«Un objeto especial me obliga a escribirle hoy, para exponerle un asunto que bulle en mi ardiente cabeza.»
El corazón obsesionado late entre líneas.
«Se trata de la juventud varonil, generalmente menos atendida que la femenil, y más necesitada, y, sobre todo, del fomento de las Vocaciones Eclesiásticas y Religiosas, cuya Obra cada día me entusiasma más.»
En párrafos macizos brota toda la grandeza de su alma entre«ada a una idea.
«Esta Obra necesita una permanente organización; de lo contrario, será de escasos resultados.
Me siento constantemente impulsado a ensayar una «Unión» de unos pocos Sacerdotes Operarios Diocesanos, dedicados exclusivamente al fomento de la piedad de los jóvenes, y al desarrollo y sostenimiento, bajo la protección y anuencia de los Prelados, de las Vocaciones Eclesiásticas y Apostólicas, y todo bajo la divisa del amor al Corazón de Jesús, descuidado también.»
Mosén Sol recurre al Arzobispo de Tarragona, convencido de su aprobación amplia y segura.
«Lo he consultado, por iniciativa de mi confesor, con una sola persona, la que ante Dios ha parecido mejor y más apropiada para dar un consejo en esta materia, y lo ha creído una Obra providencial para estos tiempos.
Pero no estaría tranquilo, ni me adelantaría a dar un paso, como así lo resolví en mi corazón, sin el parecer y bendición de V. E.
El Rector de los Jesuitas de aquí, que es a quien lo expuse, el Padre Vigordán, persona de mucho peso, me dijo que, en su concepto, debía esto exponerse a un señor Obispo, y que ninguno mejor que el de Tarragona, y después al de esta Diócesis.»
Don Manuel escribe con una sinceridad admirable.
«Me sorprendió vivamente esta salida, pues no creo que él supiera nada del afecto y confianza que siempre me había inspirado V. E., y le contesté, pues le tengo muy poca libertad, porque es muy súpito, que si era éste su parecer, así lo haría.»
Mosén Sol espera animoso la contestación del señor Arzobispo de Tarragona.
Pero todos no veían tan claro como D. Manuel.
El 11 de marzo, cuatro líneas escuetas, casi un telegrama, capaz de sembrar el desaliento, nublan los ojos de Mosén Sol:
«Su asunto, en la parte que he comprendido, está en el terreno de los imposibles.
Orar y esperar.
No sabe decir más el pobre Arzobispo de Tarragona.»
Era mucho hombre D. Manuel para caer de un plumazo.
Cuando Dios ha encendido una vida, se irradia la luz, se contagia la evidencia.
En la carta al Sr. Arzobispo de Tarragona le prometía un viaje para explicarle detenidamente el plan, los motivos y medios.
Y el día 15 de marzo se presentó en Tarragona.
Fue larga la entrevista, porque era profundo el tema.
Don Benito Vilamitjana, convencido y complacido una vez más, aprueba decididamente los planes, y bendice el proyecto de aquel hombre de Dios.
Abrumado de afanes apostólicos, cada día más entusiasta, cada día más entregado, a la máxima gloria de Dios, que es el máximo bien de los hombres, sigue Mosén Sol elaborando la idea de la Hermandad.
En los primeros días de mayo habló a su Prelado del propósito que abrigaba; y el día 8 le informó más ampliamente por escrito.
El Obispo de Tortosa, Sr. Aznar y Pueyo, aprobó verbalmente la Obra de D. Manuel el día 17 de mayo de 1883.
* * *
Mosén Sol necesita colaboradores.
Busca hombres de temple, sin otra ambición que el Sacerdocio rindiendo al máximo para bien de la Iglesia.
Habla a sus compañeros del Colegio de San José, habla a sus amigos, habla a los Sacerdotes de buena voluntad.
Se repite el Evangelio de la gran Cena.
-«He comprado un campo y necesito ir a verlo. Te ruego me des por excusado.»
-«He comprado una yunta de bueyes y voy a probarlos. Te ruego me des por excusado» (Luc. 14, 18-19).
El capítulo de las excusas es tan largo como la paciencia del Señor, que invita.
«Vende cuanto tienes..., ven y sígueme» (Mateo, 19, 21).
Es difícil dejarlo todo, para avanzar al paso de Cristo.
Pero Dios los tenía predestinados: tres Sacerdotes y un Subdiácono.
Queden sus nombres en esta página para gloria de su generosidad:
Don José García.
Don Francisco Osuna.
Don Francisco Ballester.
Don Elías Ferreres.
Cinco hombres bastan, cuando los une Dios.
* * *
Los colegiales de San José lucen sus premios de exámenes en vacaciones bien merecidas.
Ha quedado el Colegio añorando su alegría enorme.
Y ha quedado Mosén Sol libre, para empezar la ruta.
Los cinco llamados y elegidos, se reúnen en el Desierto de las Palmas, junto a Benicasin, en el Convento de los Carmelitas Descalzos.
Lejos del mundanal ruido, y cerca del silencio fecundo de Dios, redactaron las Bases permanentes y Reglas provisionales.
«No deseamos otra cosa, en esta Obra, sino servir exclusivamente a los objetos de la máxima gloria de Dios.»
Así rubrican en la tierra las cinco piedras angulares de la Hermandad de Sacerdotes Operarios.
El Dueño de la mies se complacía en el cielo...
Era el 19 de julio de 1883.
Más adelante, D. Manuel presentó al Prelado de la Diócesis las Bases de la Hermandad.
El Obispo de Tortosa fechaba la aprobación oficial el día 2 de febrero de 1884.
La Virgen de la Purificación encendía una luz nueva en la Iglesia de Cristo...
12 LEVADURA DE DIOS
«Vuestra vida está escondido con Cristo en Dios. Cuando se manifieste Cristo, vuestra vida, entonces también os manifestaréis gloriosos con Él» (Colos. 3, 3-4.)
El estilo de Mosén Sol cabe en dos trazos: visión clara y corazón grande.
Eso le daba una agilidad de acción, que se proyecta en Obras, intensas y numerosas, que agotarían una generación.
Cuando se consideran serenamente los proyectos y las realizaciones de este hombre, lleno de paz y lleno de audacia, hay que recordar el gesto de San Pablo, que pudo decir de sí mismo:
«Por la gracia de Dios soy lo que soy, y la gracia que me confirió no ha sido estéril, antes he trabajado más que todos ellos, pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo» (1 Cor. 15, 10).
El Espíritu de Dios vela sobre la tierra y suscita en cada momento el hombre oportuno con el remedio eficaz.
«Confiad: Yo he vencido al mundo» (Jn. 16, 33), nos tiene asegurado el Señor. «Las puertas del infierno no prevalecerán» (Mt. 16, 18).
Todos los enemigos de Cristo se estrellan frente a su Iglesia. Y todas las flaquezas humanas, que parecen agrietada, quedan restañadas por la fuerza de Dios, que saca bien de los males.
La panorámica de muchos Seminarios españoles, en el siglo XIX, resulta francamente lastimosa.
Es muy difícil sustraerse al contagio, cuando se vive en atmósfera enrarecida.
Y era difícil que los Seminarios no registraran la presión espiritual que vició a España en aquellas oleadas de liberalismo y de masonería.
Las consecuencias fatales de la guerra y de la revolución también se acusaron en un desnivel, que reconoce toda crítica sincera.
Don Manuel abarcó el problema en su totalidad, hasta la raíz.
Un hombre de visión clara no se acoge a facilidades de lamento prolongado, dejando resbalar sus ojos por la periferia de los tiempos.
Profundiza y soluciona. Al menos, lo intenta, decidido.
El impulso de su corazón grande buscaría solución urgente y hasta fácil. Porque el éxito de muchas soluciones certeras radica en su enfoque, más que en su aparato exterior.
La necesidad de la fundación de Mosén Sol es tan evidente, que bastarían cuatro pinceladas sobrias, acusando la decadencia de espíritu, el declinar de la disciplina más elemental, el déficit intelectual, la desvirtuación de la moral en los Centros de formación.
Preferimos no citar casos concretos, más propios de un trabajo científico, y que desdorarían la sencillez de esta biografía.
Nos bastan los toques someros que denuncia en sus escritos D. Manuel.
Afirma su decisión por la Hermandad, y dice:
«Cuando pienso en la conducta de mis contemporáneos, y los inmediatos a mi época, no lo puedo sufrir.»
Esa frase rápida cataloga un conjunto de sombras, bastante común, que reclamaba enmienda.
Mosén Sol tiene plasticismo denso, cuando aborda el problema de los Seminarios, que, según dice, «parecían un matorral».
Pero él no podía contemplar pasivamente los fenómenos que se enseñoreaban de la situación.
Aquel matorral tenía aptitud de sementera.
Y su ilusión más grande era roturarlo y hacerlo florecer en espíritu y verdad.
Mosén Sol refleja constantemente dos obsesiones respecto a los Seminarios.
Las repite con tanta frecuencia, que se nos antojan ideas fijas en su vocación peculiar de formador del Clero.
La primera -negativa y urgente- guarda el escalofrío que provocaba en su alma buena aquel trance angustioso: «Apartar lobos del Santuario».
Sólo con esto daba él por bien fundada la Hermandad.
Sólo con esto sabía que su Obra se hacía acreedora, ante Dios y la Iglesia, de grandes merecimientos.
La segunda, netamente positiva, brota de su convicción generosa de vencer al mal con la abundancia del bien.
La sintetiza en la formación verdaderamente sacerdotal del Clero en los Seminarios.
Un párrafo, entre muchos, nos descubre estas facetas, que le urgen con impaciencia de celo:
«Es incalculable la gloria de Dios que puede conseguir nuestra Obra. Y esto, aunque nuestros resultados se limitaran a ser negativos, esto es, prescindiendo de la verdadera formación sacerdotal que nos proponemos, y sólo con impedir que entren algunos lobos en el Santuario.»
* * *
Entre la angustia y la esperanza de su amor y de su fe, Dios le inspira clara y sensiblemente la necesidad de su Hermandad de Sacerdotes Operarios.
Mosén Sol, siempre generoso, entierra su Obra, con vocación de raíz, en el silencio fecundo de los Seminarios.
Y Mosén Sol, siempre sencillo, no iza airones de triunfo.
Se oculta, trabaja y espera.
Tiene conciencia de que el bien hace poco ruido.
Le gustaba «la vida escondida con Cristo en Dios», porque sabía que el amor grande sólo cabe en las obras, y se desvanece en las palabras; sólo discurre por cauces de normalidad, como la buena salud, que apenas se siente mientras verdaderamente es buena.
Al recordar, en síntesis, la labor ingente que Mosén Sol ha realizado con su Obra, íntegramente oculta por decenios, viene al pensamiento con espontaneidad la parábola de la levadura, que se hunde en la masa, y la hace fermentar, sin exterioridades.
Era necesidad imperiosa que un espíritu fuerte y nuevo rejuveneciera formas caducas y controlase ambientes desgarrados.
Don Manuel supo elegir lo más vital, lo más efectivo, lo de más repercusión, «el corazón de las Diócesis».
Lo veía tan claro, que lo repetía hasta la saciedad:
«La formación del Clero es lo que podíamos decir la llave de la cosecha en todos los campos de la gloria de Dios.
La impiedad no teme más que al Clero.
La Historia nos enseña que el pueblo es lo que sea el Sacerdote.
Si el Clero fuese no más que medianamente bueno, no habría que temer ni a la revolución.»
Quizá estas mismas frases de Mosén Sol explicarían muchas zozobras de muchos tiempos, muchos vaivenes desafortunados, muchas escisiones y enfrentamientos que parecen absurdos.
«Cuando la sal se desvirtúa, ¿con qué se la salará? Para nada aprovecha, sino para tirarla y que la pisen los hombres» (Mt. 5, 13).
Don Manuel recuerda que la Historia nos dice que el pueblo es lo que sea el Sacerdote.
Cuando el pueblo no está en sazón, y hasta le vemos en contra de la sal, hay que llegar con valentía, con heroísmo, si es preciso, a vitalizar la sal de la tierra.
* * *
La realidad con que se enfrentó Mosén Sol era dura y muy negra.
Pero era capaz de redención sublime.
Y D. Manuel la amó con celo dinámico, enloquecido por Cristo y por su Iglesia.
Se compromete a ingratitudes e incomprensiones, porque el amor sincero ni pacta con el miedo, ni sabe de cálculos mezquinos.
Se compromete a todo, y sólo espera la recompensa de Dios.
Al hombre de Dios le corresponde darse y trabajar.
Y el Padre que ve en lo oculto prepara, con mimo, recompensas verdaderas.
Se lo dice a sus Operarios, analizando con serena valentía las causas que han podido concurrir a aquel declinar vertiginoso de los Seminarios, y demostrando, con optimismo esperanzador, la renovación a que estaban llamados por su Obra:
«Nuestra misión y nuestras fatigas, que Dios recompensará, son para procurar, en cuanto podamos, la formación del Clero, y la de apartar del Santuario los lobos, que hay peligro de que sean devoradores de almas, o impidan el bien que la Iglesia y la sociedad esperan del celo del Clero.
Mas ya lo sabéis: el Clero no se ha formado ni se ha podido formar, y no extrañéis la proposición.
Han desaparecido las corporaciones religiosas, de cuyo seno brotaban tantos apóstoles.
Los trastornos políticos y la timidez de los Obispos, asediados por leves opresoras; los cambios de sillas de los mismos; las condiciones de algunos de ellos, por su edad, o por otras causas; el mismo decrecimiento del Clero, que les obligaba a pasarlo todo; la indolencia y disipación, que no han podido remediar por faltarles los medios exteriores que en otros tiempos tenían; sin personal en muchas Diócesis para formarlo, etc. ; son causas que explican la falta de formación.
El Clero, en muchas Diócesis, no es lo que debe ser.»
«Y notad que a este Clero no pueden hoy informarlo ni reformarlo los Seminarios, y no os escandalicéis de la afirmación.»
Analiza largamente los motivos de esta afirmación, aduciendo las causas internas y externas, que trastornan los Seminarios, y desemboca en la necesidad urgente de la Hermandad, y en la responsabilidad que gravita sobre sus miembros.
«Al ingresar en nuestra Obra, contraemos el compromiso de mayor santidad y gravedad sacerdotal, por lo mismo que liemos de ser molde de los demás Sacerdotes.»
* * *
Era difícil la misión que D. Manuel cargó sobre sus hombros. No es fácil justipreciarlo hoy que los cauces se han normalizado totalmente.
Tan difícil era, que un Sacerdote decía a los Operarios que tomaban la dirección de un Seminario: «Hace falta tener vocación de mártires, para dedicarse a esa misión.»
Pero las dificultades sólo servirán para espolear el alma grande de Mosén Sol.
El no tuvo tiempo de saborear, con regusto de autobombo, vocaciones de martirio.
Prefirió ver la vocación de savia, que trabaja en silencio la vitalidad del árbol.
Prefirió ver su vocación de levadura, oculta y eficaz, para bien de las afinas en la Iglesia.
Y, cuando la luz lloraba de frío en las sombras, osó rescatarla y hacerla brillar en su esplendor.
* * *
Dios es muy bueno. Es la Bondad.
Y antes de morir Mosén Sol, quiso decirle, con realidades, que había acertado, porque había sido fiel.
Puede escribir un día serenamente, con objetividad estupenda:
«Muchos de los nuestros han podido ver ya lo presente, comparándolo con la cloaca que encontraron.»
No es hipérbole de justificación personal.
No responden los epítetos de Mosén Sol a crítica amarga y apasionada.
Es la verdad al vivo, descarnada, pero auténtica y sincera.
Por eso trabajó con ahínco. Por eso vivió preocupaciones sin número, y de muy buena gana gastó sus cosas y se desgastó a sí mismo por las almas. (2 Corintos, 12, 15.)
Escribía en otra ocasión
«Más de un Prelado me ha dicho, sin ningún reparo, que en algunas Parroquias ya se conoce la ida de los jóvenes salidos del Colegio y de alguno de nuestros Seminarios.»
No cabe duda de que Mosén Sol ha contribuido muy eficazmente a conseguir el alto nivel espiritual que hoy presenta el Clero español.
13 VENCE AL MAL CON EL BIEN
«Alzad vuestros ojos, y mirad los campos, que ya están blancos para la siega» (Jn. 4, 3 5.)
«Mi inquietud anhelante de cada día es una preocupación por todas las iglesias» (2 Cor. 11, 28.)
Urge la formación cabal del Clero, con apremio de primera necesidad.
Mosén Sol no vacila.
Establecida la Hermandad, levanta Colegios de San José en varios puntos de España, agotando los recursos físicos y económicos de la Institución, para dar cobijo apropiado y formación conveniente a los seminaristas que pululan por las calles, sin más norte que su juventud inquieta, sin más freno que su buena voluntad, o... sus pasiones.
En algunas diócesis urge fomentar las Vocaciones con medios benéficos.
En todas hay que insistir la selección.
Los Colegios de San José implantan una vida de Seminario familiar y acogedora, hondamente espiritual y laboriosa, con amplitud de miras en ambiente netamente sacerdotal.
Todo arrancó del Colegio de Tortosa.
Después el dedo de Dios le señala la gran urbe levantina.
Mosén Sol camina hacia Valencia.
Don Ignacio Guillén de Soto es un prestigioso Sacerdote valenciano.
Ha llegado a Tortosa, el año 1883, acompañando al señor Obispo de Mallorca.
Tortosa era una ciudad reducida.
En el ámbito clerical la llenaba el Colegio de Mosén Sol.
Don Ignacio Guillén de Soto lo visita, lo admira y lo desea para Valencia.
¡Cuenta tantas cosas D. Ignacio! ...
Mosén Sol, enamorado del Sacerdocio al servicio de las almas, se estremece de prisas anhelantes.
Valencia hierve de seminaristas externos, que hormiguean sin rumbo, viviendo como Dios les da a entender.
Bueno, eso de como Dios les da a entender, es un tópico bonito y un eufemismo pasable.
Porque de los mil seminaristas externos, la mayoría ni barrunta lo que Dios da a entender.
No ha pasado desapercibido el problema; pero el Cardenal Barrio murió antes de que fuese una realidad duradera su Casa-Huerto para seminaristas pobres.
Mosén Sol vibra y actúa.
Busca informaciones más precisas, y busca una carta de presentación para el señor Arzobispo de Valencia.
Se la ofrece D. Benito Vilamitjana.
El 24 de julio de 1884 llega Mosén Sol a la capital de Levante, con D. Francisco Osuna y D. Elías Ferreres.
* * *
En la fundación de Valencia, la Providencia de Dios tiene nombre y apellidos, y viste sotana de Sacerdote bueno.
Es un amigo de D. Elías Ferreres, compañero de estudios en el Seminario de Valencia.
Alma fina y delicada, talento claro, corazón hermoso.
Se llama D. Vicente Vidal, Profesor de Derecho actualmente en el Seminario, y Notario en la Curia, que cautivado por Mosén Sol y su obra, no tardó en consagrarse a la Hermandad.
Su ayuda fue incomparable.
La primera entrevista de Mosén Sol con el señor Arzobispo fue halagüeña sobre toda ponderación.
El señor Arzobispo se felicita abiertamente de que alguien se preocupe de resolverle el problema agudo de la formación de sus futuros Sacerdotes.
Pero D. Manuel no se forja muchas ilusiones. Tiene convicciones muy arraigadas por la experiencia de la vida y por la luz de Dios.
«No sé si los dolores y gozos constituyen la vida de todos: la mía, sí.»
«Toda obra buena y de gloria de Dios y de bien de las almas, necesita víctimas.»
Por eso, no le extraña que, al día siguiente, haya cambiado completamente el panorama.
El señor Arzobispo se manifiesta muy receloso en la segunda entrevista, lleno de frialdad.
Almas pequeñas le habían prevenido, con mucha prudencia, de que el futuro Colegio de San José, supondrá una sangría considerable en las colectas diocesanas...
El dinero sigue siendo mal asesor para las cosas grandes.
Pero los Santos no se entretienen en contar calderilla.
Su ideal trasciende la Casa de la Moneda.
Mosén Sol no se asusta, cuando las dificultades sólo suben del bolsillo.
No viene a pedir. Ha nacido para dar.
Don Manuel no tiene recovecos de política rastrera. Habla con mucha franqueza al Prelado de Valencia.
El clima del amor es la sinceridad.
El Señor Arzobispo concede amplio permiso.
* * *
La calle de la Unión, en Valencia, guarda una anécdota peregrina.
No la saben muchos valencianos.
En el número 2 hay una casa, que puede hacer competencia a «la casa de la Troya».
Es un rasgo de caridad con estrambote.
Como algún soneto de Cervantes.
El estrambote quita formalidad al soneto.
Viene a ser un apéndice con urgencia de intervención quirúrgica.
La Casa de la Unión, número 2, es un rasgo de caridad estrambótico.
Cobija la pobreza radical de unos cuantos seminaristas que se forman (¡ !) bajo la experta férula de una vieja setentona.
La vieja ha monopolizado el mando, a trueque de recoger limosnas para su grey.
Tiene autoridad reconocida en su diploma indiscutible de abundantes canas.
Tiene pose de alcaldesa en su bastón indefectible.
Tiene, sobre todo, conciencia clara de Rector vitalicio...
Su prestigio se basa en manutención gratuita, columna de granito, que empequeñece a las de Hércules.
El hambre pacta cláusulas incondicionales.
El Mayordomo del Seminario, sencillo y bondadoso, tiene gran interés en que Mosén Sol instale en esa casa el Colegio de San José.
A D. Manuel no le agrada mucho; pero por complacerle, acude a la calle de la Unión, número 2.
Quiso parlamentar con la Rector vitalicio...
La viejecita esgrimió setenta y pico años de genio, escoltando sus derechos con formalidad de alboroto inminente...
A los setenta y tantos, no se abdica más que ante la guadaña de la muerte, y se tiene estrategia bruja para defender el puesto de mando.
Dicen que... «sabe más por viejo, que por diablo ... »
Imposible parlamentar serenamente con aquella pequeña desviación de Abadesa frustrada e inamovible.
Mosén Sol sonríe compasivo, y deja a la ancianita su feudo de la Unión.
No puede discutir rarezas, desde el día que llegó don Ignacio Guillén de Soto a Tortosa, abriendo un panorama urgente para Valencia.
* * *
En la calle Alboraya, número 52, hay un lugar de nombre sabroso: «Huerto de las fresas», con una espaciosa vivienda alquilable.
Muy cerca está el Seminario. Facilidad estupenda para la asistencia a clase.
Al lado tienen su Convento las monjas Trinitarias. Y las monjas siempre prestan gozosas su iglesia, para que los alumnos de Mosén Sol oigan la santa Misa.
En el «Huerto de las fresas» inauguró D. Manuel su Colegio de San José, el día 1 de octubre de 1884, con cincuenta y cuatro alumnos.
«A tener local -se lamenta- hubiéramos tenido doscientos.»
Don Francisco Osuna queda como Director del Colegio. Don Elías Ferreres, Subdirector. Don Vicente Vidal, Operario ya de corazón, enfervoriza a los colegiales en frecuentes pláticas de formación, y les atiende asiduamente como Director Espiritual.
Era una semilla.
Muy pequeña para necesidad tan grande.
El día 5 de mayo de 1885, D. Manuel firmó la escritura de los terrenos adquiridos, en la misma calle Alboraya, para edificar un Colegio de planta, con capacidad para 350 seminaristas.
* * *
Los Colegios de Mosén Sol tienen argamasa de dificultades.
Las obras de Valencia crecen con lentitud.
Se declaró la epidemia del cólera, que fue un parálisis para la edificación del Colegio.
Para el próximo curso alquiló D. Manuel unas dependencias contiguas al «Huerto de las fresas», y pudo admitir ochenta alumnos.
El 2 de febrero de 1887 pudo instalar solemnemente el Santísimo en la capilla provisional del Colegio nuevo, donde ya residían 350 seminaristas.
Pero a Mosén Sol le dolía aquella capilla improvisada.
Tenía obsesión de Eucaristía, y quería Casa grande y digna para el Amo.
Su espíritu, delicadamente reparador, ambicionaba un trono majestuoso para Cristo.
Puso todo su entusiasmo piadoso en ello, y pronto vio surgir la hermosa iglesia del Colegio de Valencia, que, gozoso, llamaba su «Catedral Josefina».
El Colegio era una realidad espléndida con los 354 alumnos, bien seleccionados.
* * *
De Valencia a Murcia, las noticias no conocen distancia.
Levante tiene capacidad de exportación.
El mar es una ruta que abre iniciativas, y favorece sueños.
Castilla, recogida en montañas, se presta para la ascesis, y boga por los mares del cielo cuando llega a plenitud.
Pero si quiere volverse soñadora, se asoma al mar, y entonces se embarca sin remedio.
Levante es ágil como la palmera.
Castilla es lenta como el pino, que madura en silencio raíces hondas.
Las dos cualidades son buenas.
Para la propaganda fácil vale más la agilidad.
De Valencia a Murcia corren las nuevas con brisa de mar.
* * *
El celoso Párroco de San Pedro de Murcia se ha enterado de que funciona en Valencia el nuevo Colegio de Vocaciones Eclesiásticas, y le falta tiempo para visitarlo.
Era el año 1888.
Habla con los Operarios y les informa de la situación de su Diócesis en el aspecto vocacional.
Don Manuel se hace eco sin dilaciones.
Y el 24 de mayo de 1888 llega a Murcia, con don Vicente Vidal, dispuesto a hacer el bien al por mayor.
El Rector del Seminario los recibe con expresivas muestras de satisfacción y les acompaña fielmente en todas las correrías de los comienzos.
Fue con los Operarios a visitar al Sr. Obispo, que manifestó su alegría sincera por la fundación del Colegio de San José.
Mosén Sol alquiló el Palacio de los Condes de Vinadel, para abrirlo sin demora.
Siembra con ilusión y espera con seguridad que el Padre que está en los cielos haga crecer la semilla.
El día 28 de mayo, al despedirse del Sr. Obispo, le garantiza para muy pronto un Colegio nuevo, capaz para trescientos alumnos.
El Sr. Obispo no sale de su asombro ante el optimismo de D. Manuel :
«Si esto fuese, tendríamos que cantar 300 aleluyas.»
Es el comentario gozoso del Prelado, entre brumas de sueño desconfiado. Pero pronto tendrá que comenzar su canto. Porque Mosén Sol es hombre de palabra, puesto que es honibre de mucha fe.
El 15 de octubre de 1888 ya andaba comprando don Manuel el solar para el nuevo edificio, acomodado a las necesidades.
* * *
Hay manejos subterráneos, dirigidos por mano aviesa, que entorpecen los deseos del Fundador.
El demonio forcejea ante la estrategia eficaz de Mosén Sol, que le mina los campos vitales, en que dormía sueños de ruinas.
Hasta el 8 de octubre de 1889 no pudo presenciar don Manuel la bendición de la primera piedra.
Luego, el Colegio fue subiendo con gracia de optimismo, a prueba de amarguras.
La incomprensión de quienes deberían alentar la empresa, cimentaba la Obra de la máxima gloria de Dios.
Don Francisco Belló, Rector del Seminario, siempre fiel a Mosén Sol, le escribía con frecuencia, quejándose de los «pseudo-apóstoles y obreros tramposos» -como diría San Pablo-, que acumulaban interferencias desabridas y desleales.
Al pobre Rector del Seminario le vigilan hostilmente, espiando su trato con los Operarios.
Él lo evita prudentemente, «para no aumentar la increíble exaltación de algunos elementos».
Mosén Sol no pierde la paz.
Sabe muchas cosas, desde que encontró el punto de apoyo definitivo para renovar el mundo.
«Para impedir hacer se necesita poco. Para hacer es para lo que se necesita y cuesta. Y los que nunca han hecho nada, no lo saben, y se figuran que todo es bufar ampolles.»
Para la hombría de D. Manuel las dificultades son un estímulo.
No pierde el tiempo en acobardarse.
Las dificultades se vencen con amor y con elegancia; y, luego, se sigue adelante hasta la meta.
«Nuestro Señor le premie los ejercicios de paciencia que nos proporcionó.»
Son los rápidos comentarios de su alma grande.
El 23 de febrero de 1891 ya visitó Mosén Sol a sus colegiales en el nuevo edificio de Murcia, que había levantado para gloria de Dios y bien de los hombres, sus hermanos.
* * *
Los Trinitarios Calzados tuvieron antaño un Convento en Orihuela.
A fines del siglo XIX era una selva de ruinas, con muchos dueños.
Sólo quedaba en pie la capilla del Convento.
Las ruinas, sin interés de turismo, se catalogan en escombros, y los dueños se desprenden fácilmente de ellas.
Así pudo comprar en poco tiempo lo que había sido Convento de Trinitarios, el Provisor y Arcipreste de la Catedral de Orihuela.
Es hermano del Rector del Seminario de Murcia, y se le ha contagiado el afecto sincero a la Obra de Mosén Sol.
Quiere hacer un Colegio y regalárselo a la Hermandad.
El 9 de febrero de 1889 fue D. Manuel a Orihuela, liara acordar la conveniente distribución del edificio para Colegio.
En octubre se inauguró, aunque no completamente terminado.
Don Manuel nombró Director al joven Operario don Benjamín Miñana.
Al año siguiente reanudó las obras, por su cuenta, Mosén Sol, y adquirió más terreno para recreos de los colegiales.
Don Manuel no disimulaba su preferencia por el Colegio de Orihuela, «el más pequeño, pero el más bello de los Colegios que poseía la Hermandad».
14 EL ESPÍRITU DE SU OBRA
«He sido aprisionado por Cristo Jesús» (Filip. 3, 12.)
«No nos ha dado Dios espíritu de temor, sino de fortaleza, de amor y de templanza» (2 Tim. 1, 7.)
«Donde está el Espíritu del Señor, hay libertad» (2 Cor. 3, 17.)
Cuando en 1862 Mosén Sol cursaba, en Valencia, los estudios de Licencia y Doctorado en Teología, le impresionó profundamente una visita a ciertas Religiosas, dedicadas a la Beneficencia.
Fue acompañando a un respetable Sacerdote, de más edad, de más experiencia.
El respetable Sacerdote, hablando con una Hermana sobre el género de vida tan exterior, tan preocupado por los demás, que llevaban aquellas Religiosas, hacía hincapié obsesivo en que no tenían Votos Solemnes, que custodiaran su entrega al servicio del prójimo.
Para aquel Sacerdote, tan respetablemente maduro, las fronteras de los Votos perpetuos eran la garantía casi única, algo así como un Arcángel invencible a la puerta de su destino.
La Religiosa, joven y convencida, contestó resueltamente, en arranque de sinceridad:
«¿Para qué esas ataduras?»
Y ante el respetable desconcierto del Sacerdote venerable, y ante el asombro intuitivo de aprobación de D. Manuel, señalando el Crucifijo que había en el recibidor, dijo:
«Allí tengo todos los Votos y todas las ataduras. Por Él vine, y por Él continúo y continuaré. Que si esa atadura no me detuviera ahora aquí, o en otra parte, poco miedo me harían las otras.»
Mosén Sol escuchaba sus deseos y su conciencia en la voz de la Religiosa.
Fue el impacto que hirió la generosidad de su alma para siempre.
Cada vez que tiene que exponer a los Operarios la idea de la Hermandad, recordará con fruición esta anécdota.
En ella encajaban perfectamente los puntos fundamentales en que insistía reiteradamente, para destacar las líneas fundamentales que presiden su inspiración.
Don Manuel comentaba sencillamente:
«Y ciertamente que no las necesitamos. No ciertas ligaduras. El espíritu es el que vivifica.»
* * *
Vive preocupado mientras las Constituciones de la Hermandad peligran en manos de oficinistas.
Ha rechazado desde el principio que declaren a la Hermandad Congregación Religiosa.
«No queremos ser más que Sacerdotes, y Sacerdotes santos, Y trabajar, a ser posible, en unión con otros.»
Su Obra de la máxima gloria de Dios está concebida con «fisonomía puramente sacerdotal».
«Un carácter estrictamente religioso la desfiguraría, o la desliaría.»
Es tajante en afirmarlo y en repetirlo hasta la saciedad.
«No queremos ser de otra manera de la que somos.»
Mosén Sol ha redactado las Constituciones a la luz de Dios, y ha pensado seriamente cada palabra, cada frase. Ha pensado hasta las incorrecciones literarias.
«Nada me satisface tanto como lo puesto en la primera impresión, y toda supresión, o cambio, me atormenta.
Hasta las palabras impropias y antigramaticales me repugna alterarlas, porque no hay apenas ninguna otra que me exprese mejor, para mí, que la que he escrito.»
Los técnicos profesionales tienen facilidad y tendencia a enrielar sus Constituciones en el común de Religiosos.
Eso desvirtúa la inspiración, destruye la idea.
«Si tuviéramos que perder nuestro carácter secular, si tuvieran que imponerse a la Obra los Votos y las trabas que muchas veces se imponen a otros Institutos, y que les atan las manos para muchas cosas materiales, creo que, en bien de la Obra, debemos estar contentos con nuestra humildad y carácter libre.»
Se prolonga el forcejeo.
Mosén Sol ve con claridad las ventajas de su idea para bien de la Iglesia.
Los censores estudian en frío, a la luz de sus saberes, y les gusta pulir aristas hasta que la inspiración se ajuste a un patrón preconcebido.
* * *
Al principio D. Manuel ni pensó elevar sus Bases a una aprobación Pontificia.
Más adelante le movieron dos razones imperiosas:
«Saber que no andamos equivocados.»
«Podernos presentar ante algún Obispo con el sello de la aprobación Pontificia.»
El encantado en Roma de censurarlas, no acaba de entender un Instituto que busca la perfección sin voto de pobreza.
Graniza animadversiones y dificultades.
Resulta un oficinista pesado en quejas y reclamaciones.
Don Manuel se desahoga con el Rector del Colegio Español:
«No conoce el novel censor bastante prácticamente las Instituciones modernas, que cada día van limitando el ejercicio del voto de pobreza, y tardará en convencerse de que no tratamos de ser más que una «Pía Unión», con la menos cantidad posible de Congregación Religiosa.»
Mosén Sol era un Sacerdote cabal.
«El tipo más característico de Sacerdote santo, que he conocido» -como dijo el Obispo de Jaén.
Estaba enamorado del Sacerdocio. Tenía plenitud de vocación sacerdotal, y quería dedicar su Obra al Sacerdocio.
Dios le había inspirado un Instituto netamente sacerdotal al servicio del Sacerdocio.
Y lo defenderá hasta el extremo.
«Me repugna otro modo de ser que el de una vida decorosamente sacerdotal. Y tendría que hacer actos heroicos de conformidad a la voluntad de Dios, si Él exigiera que tuviéramos otro modo de ser.
Por eso, la casi única razón de desear la aprobación de las Constituciones, era por adquirir esa seguridad de que no andamos equivocados; que es camino seguro y el que a nosotros nos conviene.»
Don Manuel es muy explícito en estos Puntos.
Dice abiertamente a los Operarios que, si alguno se siente llamado a la vida religiosa, no debe desoír la voz de Dios; pero no debe permanecer en la Hermandad.
Quiere espíritu profundo, vivo, distinguido; pero sin apariencias exteriores.
Porque la Hermandad es una organización sacerdotal, debe ser de perfección mayor.
Porque es tina organización netamente sacerdotal, debe ser sin trabas.
«No estamos para votos de pobreza, que muchas veces se convierten en simulacro. Mejor es el espíritu, si no ha de ser bien cumplido el voto.
Y tengo la convicción de que cumpliremos mejor nosotros la pobreza y desprendimiento, atendida la índole de la Obra, sin voto, que no el día que nos entrase el voto, que nos excitaría a tener todo lo posible y nos llenaría de continuos escrúpulos.»
«Lo demás es ir contra la índole de nuestra Institución; y así -afirma tesonero, como un día Ignacio de Loyola-, aut sint ut sunt, aut non sint.»
Es gráfico en las expresiones que nacen de su convicción inalterable :
«La menos cantidad posible de Congregación Religiosa.»
«No tenemos ni queremos tener nunca voto de pobreza.»
Y no era desprecio.
Al contrario, estima tanto la pobreza, que teme no se pueda cumplir.
Además, lo exigen así los fines de la Hermandad.
Lo exige, sobre todo, el mayor rendimiento en bien de las almas.
Y ante eso, D. Manuel no vacila.
Ni él tiene vocación de Religioso, ni vale para la Hermandad quien tenga esa vocación.
Es Sacerdote Secular, con tendencia marcada a la vida común, sin muchas trabas, con mucho espíritu; sin muchas leyes, con mucho celo.
Sueña una Institución, cuyo nervio más profundo sea el vínculo de la caridad, bajo una dirección común.
Don Manuel no reconocería su Obra en otro esquema.
Le asustan «los engorros de las leyes», y propugna una libertad de movimientos amplia y segura.
«Nuestra Obra no es una Religión estrecha, sino una Obra de libertad sacerdotal.»
No le agrada una Hermandad forastera entre el Clero Diocesano.
La quiere íntima, compenetrada, entrañablemente secular; que pueda ayudar al Sacerdote, sin ataduras, sin prejuicios, sin recelos.
Por eso, con audacia espontánea, escribe sin ambages:
«Cuantas menos estrecheces canónicas tengamos, mejor.»
Sólo admite la independencia necesaria para su completo desarrollo, siempre que no pierda su fisonomía puramente sacerdotal.
Intuía con visión clara medios nuevos de salir al paso de serios y graves males actuales.
No le importa la novedad. Le importa la verdad.
«No estamos acostumbrados a ver más que Institutos Religiosos, atados con sus correspondientes votos, y, por ello, no concebimos posible más que esto.»
«Nuestra Obra no lo es más que en su espíritu.
Es una Obra puramente Sacerdotal. Es el Sacerdote en el mundo, pero sin querer ser más que Sacerdote.
Nuestra Obra es especial, porque todas las Obras están acomodadas a las circunstancias de los tiempos.»
Quería un camino obvio, para influir más hondamente el espíritu sacerdotal en la formación de los futuros Sacerdotes.
* * *
Enemigo de muchas leyes, tampoco prescribió en la Hermandad penitencias y mortificaciones concretas. Al no señalarlas -dice-, se deja margen más amplio al individuo.
Por principio, y por temperamento, no era muy partidario de penitencias tasadas.
Sabía que la vida de Seminario lleva muchas consigo.
Además, la contabilidad excesiva, frecuentemente endurece, engríe, empequeñece.
A Mosén Sol no le agradan moldes únicos.
Hay tantos caminos para llegar a la Casa del Padre...
Sólo quiere de común el espíritu de reparación al Corazón de Jesús Sacramentado.
La Eucaristía fue su obsesión más honda.
Y debe serlo de todo Operario.
Mejor dicho, sería inexplicable que no lo fuera de todo Sacerdote.
El espíritu de reparación da finura de alma, celo auténtico, espíritu de sacrificio.
«Es el espíritu interior, que deseo no sólo vivifique, sino que sea un carácter permanente, visible, y que se incruste en los Operarios, que han de hacerlo todo por espíritu de reparación a Jesús Sacramentado.»
Para D. Manuel el espíritu de reparación no se reduce a lamentación plañidera.
Es amor en marcha.
Profundamente enamorado de Cristo, sólo podía descansar viendo la Obra de Cristo prolongada en un Sacerdocio a la medida de los deseos del Redentor.
El nervio de la reparación está en un Sacerdocio apto, útil, santo.
Hay quien se erige en reparador estéril, abominando de los hombres.
Se constituye, por obra y gracia de su vanidad oculta, en excepción de bondad, hablando mal de sus hermanos pecadores.
Esa reparación, tan mal entendida, equivale a una parábola, que predicó un día Jesucristo a ciertos soberbios impolutos:
«¡Oh Dios!, yo te doy gracias de que no soy como el resto de los hombres: ladrones, injustos, adúlteros..., ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana, pago los diezmos de todo lo que poseo ... » (Luc. 18, 11-12).
La reparación auténtica es muy profunda.
Con el sentimiento acongojado de las ofensas a Dios, hay un amor muy sincero a los pecadores.
Involucra radicalmente hacer buenos a los extraviados, hacer mejores a los buenos.
La reparación al Corazón de Jesús es más completa, cuando se ama al prójimo de tal manera, que se le prestan medios eficaces, para que viva más fácilmente en gracia de Dios.
Cuando se le dan facilidades de cercanía con Cristo e intimidad con Dios.
Se repara cuando se suple, cuando se construye, cuando se colabora con el Padre para la edificación de la Iglesia.
Repasar ruinas no es edificar.
Don Manuel vio certeramente que toda la economía
de los Sacramentos y del Sacrificio, toda la vida de Dios en nosotros, tiene relación muy honda con el Sacerdocio.
Fue a la raíz, sin titubeos, porque tuvo vocación de amor.
Al morir Mosén Sol, pudo escribir de él D. Antonio Sánchez Santillana, que le conocía profundamente en el aspecto reparador:
«Don Manuel no era un católico plañidero y adolorido infecundo, sino que era un Sacerdote reparador.»
Ese espíritu, preocupadamente constructivo, finamente exquisito, quiere que unja la brega dura y monótona de los Seminarios.
La reparación da grandeza de ánimo en los abatimientos, y es síntesis de ideales.
Es el nervio de la Hermandad.
¡Resulta tan delicada, tan difícil, tan sobrenatural, la misión de formar Sacerdotes! ...
Sólo a la luz de la Eucaristía se acierta plenamente con la Pedagogía total de los Seminarios.
Así lo ve Mosén Sol.
Así lo rubrica la experiencia.
15 EL ESTILO DE SU OBRA
«Apacentad el rebaño de Dios, que os ha sido confiado, no en fuerza, sino en blandura según Dios; ni por sórdido lucro, sino por inclinación de corazón; no como dominadores sobre la heredad, sino sirviendo de ejemplo el rebaño» (1 Pedr. 5, 2-3.)
No se puede hacer un bosquejo de la Hermandad, según la mente del Fundador, sin aquilatar las cualidades que exige en sus miembros.
En este punto es tremendamente explícito Mosén Sol.
Lo fundamental, lo básico para D. Manuel, queda expresado en esta frase favorita:
«No quiero medianías.»
Lo repite incansablemente en charlas, en cartas, en mil oportunidades.
«Los Operarios han de ser todos distinguidos.»
Es inflexible, radical.
Cuando le instan los Operarios a admitir algún candidato, poco probado aún, se queja sinceramente, sin dar el brazo a torcer ante razones que se apoyan en sentimentalismo :
«Me apeno cada vez que veo que se contentan con tan poco.»
«No os haga gozo el número de los que han de venir, mas sí la calidad.»
La escasez de personal fue el agobio más abrumador de sus empresas.
Eran los comienzos de una Obra necesaria.
Apenas surgió, los Obispos intuyeron su eficacia, y llovían peticiones de todas partes.
Aceptando muchas casas, podría Mosén Sol haber dado la impresión externa de que la Obra crecía con pujanza de milagro.
Pero no le ilusionan apariencias, ante la misión trascendental de la Hermandad.
Es fiel a su consigna, y no acepta candidatos que a otros parecen buenos.
El Cardenal Sanz y Forés le urgía a reclutar vocaciones, para extender el radio de acción de la Obra.
Mosén Sol contesta sencillamente:
«Han pretendido entrar más de treinta Sacerdotes, y no los hemos admitido.»
En otra ocasión escribía:
«De los veintitantos Sacerdotes que han solicitado, todos ellos buenísimos para cualquier otro Instituto religioso, sólo cuatro han sido admitidos.»
«Quiero gente de talento y buen carácter.»
Son las bases humanas que exige necesariamente, para que puedan ser útiles en la tarea difícil que la Iglesia les confía.
Mosén Sol rechaza a los sabihondos avinagrados, cerradamente especulativos, sin sentido práctico, engoladamente soberbios, que trituran a su paso con engreimientos inverosímiles.
Rechaza a los que tienen vocación hermética de Biblioteca, con úlcera evidente de malhumor.
Y rechaza, con la misma energía, a los cortos «buenazos», pero incapaces de ver con claridad y orientar con amplitud y seguridad.
A estos «bonifacios» -como el dice-, no puede admitirlos a una Obra que tiene misión directiva, ardua y seria, porque carecen de las dotes elementales de gobierno.
Don Manuel no quiere a los soberbios, que ahuyentan la gracia de Dios.
Pero teme también a los cortos, que difícilmente siguen el ritmo acelerado de la vida.
Y teme mucho más a los cortos con ínfulas mesiánicas y espíritu unilateral, porque no captan de la verdad más que las partículas mínimas, en que se encastillan.
Un corto dirigiendo, de ordinario, es tan fatal, por lo menos, como un soberbio, porque desemboca en un centralismo totalitario, que consume las energías do los súbditos en accidentalidades y parcialismos sin consistencia.
Asfixia a los subordinados, porque necesita aupar su autoridad susceptible en pedestal tonante.
Recorta posibilidades estupendas y mengua eficacia, porque mutila a capricho.
El dirigente corto pone luto en cuanto mira, porque tiene miopía desesperante.
Hace falta mucha agilidad para dirigir acertadamente a la juventud estudiosa, con ansias legítimas de superación.
Hace falta mucha elasticidad para no herir inoportunamente, invirtiendo el tiempo de formación en hospital de primeras curas.
Y, al mismo tiempo, hace falta mucho peso, mucha madurez de criterios y solidez de espíritu, para que una dirección ágil y elástica no se convierta en veleidoso ensayismo estéril.
Es difícil el puesto de mando.
Y se trata de una misión capital en la Iglesia.
Don Manuel insiste:
«Los que han de venir, han de ser de condiciones especialísimas.»
«En cuanto a mí personalmente, puedo decir que no quiero medianías, sino gente de talento y buen carácter, o sea, que tengan base para ser hombres, pronto o tarde.»
El hombre da garantía. Cuando falta «el hombre» no hay capacidad de llenar papel de importancia en la vida.
«Los cerebritos pequeños son muy difíciles de corregir. »
Lo expresa crudamente. Y tiene razón.
Los cerebros pequeñitos, por no ver, ni ven sus defectos.
Se creen impolutos e impecables y en posesión exclusiva de la verdad y del bien.
Y, como son capaces de tan poco, trazan lindes raquíticas, anquilosando facultades y haciendo sufrir inútilmente.
Hablan en primera persona, sobre cualquier cosa, con más aplomo que nadie. Dogmatizan como sabios infalibles.
No pueden ser abiertos, porque tienen mucho miedo a todo lo que supera sus concepciones minimistas.
Y una cerrazón hermética inutiliza tristemente lo más fecundo.
Se aíslan y pretenden aislar consigo a los demás.
Y el agua estancada termina por corromperse.
El día 25 de enero de 1909, Mosén Sol, en el lecho de muerte, llama a uno de los Operarios en quien tiene más confianza.
Ha dejado las cosas en marcha. Sólo le resta morir.
Pero le preocupa una idea, le duele un panorama posible, que pretende evitar a toda costa. Le tortura que sus sucesores sean fáciles en admitir personal.
Y, como un testamento definitivo, como una consigna inviolable, repite con energía:
«No admitáis a los cortícolis.»
Tan profunda llevaba esta convicción en el alma.
* * *
El resumen de las múltiples y dispares condiciones que debe reunir el Operario, según el Fundador de la Hermandad, se reducen a esto:
«Sentido común. Criterio práctico. Talento y buen carácter. Y, sobre todo, magnanimidad de corazón y seguridad de virtud.»
Antes que nada, espíritu sobrenatural, porque, en última instancia, ha de ser obra de la gracia la formación de los Sacerdotes de Cristo.
Pero, de ley ordinaria, Dios quiere servirse de instrumentos aptos, bien capacitados, para poner en sus manos misión tan delicada.
Por eso, D. Manuel quiere hombres, muy hombres, que son los que tienen capacidad para ser santos.
Con gente de esa talla se compromete Mosén Sol a realizar una labor eficaz y segura.
«Magnanimidad de corazón.»
Hombres capaces de amar mucho, de sufrir sin desalientos, de trabajar sin egoísmos.
Sólo un corazón grande vibra en ese estilo.
Dice Mosén Sol:
«El Superior que no padece, no es bueno.»
«Aquel que confía con exceso en sus propias fuerzas, está engañado.»
«Aquel que se rinde a la fatiga en el ejercicio de tan importante ministerio, no es apto para este reino copioso de las gracias del Señor.»
* * *
Sólo reuniendo las cualidades que él exige, podrán llevarse a feliz término los métodos de formación que propugna.
Métodos claves, cuando están subrayados por una hombría cabal.
Amar hasta el extremo.
Es lo primero para Mosén Sol.
Es la fuente.
«El secreto de educar a la juventud está en amarla como Jesús la amó.»
El amor supone la entrega completa, perseverante.
«El Operario ha de estar siempre a merced de todos y ser todo para todos.»
Las cualidades íntegras que Dios le ha dado, tiene que explotarlas incondicionalmente al servicio de la misión que la Hermandad le confía.
Se lo recomienda audazmente a un Operario de fachada humildona.
A muchos les parecerá poco ascético el consejo de don Manuel, porque nunca han entendido la misión que Dios les ha confiado, porque nunca han saboreado detenidamente la parábola de los talentos, que pronunció Jesús para que rigiera nuestra conducta.
«No me sabría mal que le entrara vanidad de su persona y condiciones, porque así las emplearía mejor, o con más desprendimiento, para lo que convenga a la gloria de Dios.
Y serían más apreciadas, si se quitara un poco el mal genio, y tuviera más grandeza de corazón, que le falta.»
Es una orientación sencillamente maravillosa, porque es exacta, verdadera.
A otro meticuloso, que quiere enterrar sus cualidades, para no contagiarse de autosuficiencia, le escribe también:
«No interpreta usted bien el texto del Evangelio, en cuanto al minui et crescere.
El Precursor preparó los caminos al Señor: ésta fue su misión.
Si ésta es la nuestra, no es preciso que disminuya la Obra, sino que el movimiento sea tan grande, que Jesús lo llene todo de Instituciones, de celebridades, etcétera, etc.
Si hemos de ser Precursores, hemos de tener mucha nombradía, como la que adquirió San Juan, como condición para hacer fruto.»
Mosén Sol quiere hombres resueltos y de prestigio auténtico, para implantar sus métodos, aboliendo toda rigidez innecesaria, y conquistando los corazones por medio de una constante amabilidad.
Quiere un sistema de educación que destierre miedos y rigores.
«En nuestras casas la disciplina no es militar, sino paternal.
Queremos que se obre por convicción y por educación.
En estas casas no se necesitan castigos.
Esto no es ninguna cárcel.
La puerta de la cárcel está abierta; al que no le venga bien el molde, ya sabe el camino.»
Eso prácticamente no lo llega a entender el Superior corto, que se pone blandamente en manos de cuatro paniaguados que le manejan caprichosamente contra el bien de la mayoría, o que se vuelve un nido de suspicacias y recela de todo y de todos.
No lo llega a entender el duro de corazón, que necesita esgrimir su autoridad en cada momento, porque le falta prestigio, y porque le falta capacidad de comprensión.
Tiene que castigar, para demostrar y demostrarse que goza de autoridad.
El ideal de Mosén Sol queda claramente manifiesto en estas palabras suyas:
«Me sorprende gratamente que sepa usted ser un Superior democrático.
Es lo mejor, y lo más difícil.
Por ese camino ha de bendecir Dios la obra de nuestras manos.»
Y ciertamente, esa democracia, sana y equilibrada, es el único medio de formación verdadera.
No puede un Superior ser más totalitario que Dios.
Y Dios respeta sublimemente la libertad de los hombres.
El Superior dirige, orienta; pero no obliga.
Sólo obligan los tiranos.
El despotismo consigue tanto orden externo, como hipocresía interior; tanto miedo, como antipatía y despecho. Consigue tanta paz ficticia, como ansias de verdadera rebelión.
Quien llega a conseguir eso, que no se atreva a decir que está formando, porque deforma inicuamente.
Por eso, D. Manuel reprende duramente a los Rectores absorbentes y centralistas, que no valen para supervisar, porque tienen afán desmedido de monopolizar todo.
No llegan a realizar cosa de provecho, porque el centralismo totalitario es producto de miedo, de cortedad y de envidia.
La susceptibilidad hace ver males que no existen, y abultar insignificancias intrascendentes, y poner el acento en ridículas menudencias, que no merecen tanto consumo de energías.
Con dureza, que suavizan su buen humor y su grande caridad, llama la atención a un Rector, afiliado a la aspereza:
«Nadie puede crecer a su sombra, y no es hombre para tener padres, ni tampoco muchos hermanos, y sí sólo tener hijos.»
«Mejor es llevar a los demás, no como a inferiores, sino con respeto y como a iguales, puesto que son miembros del mismo Cuerpo.
Así, peque usted más por amabilidad, que por corrección, y ya verá cómo le va mucho mejor.»
Y el mismo sistema que exige al Rector con los Superiores subalternos quiere se tenga con los alumnos.
Mosén Sol descarta todo plan negativo, abogando decididamente por un plan enteramente positivo, que es el único que da resultados en la formación.
«No abrume a los alumnos con demasiados pecados.
Deles a Cristo guisado en todos los guisos, y aún le irá mejor.»
* * *
No defiende con esto Mosén Sol una blandenguería fofa y sin sustancia, una pasividad amorfa y desteñida.
Sabe conjugar, en armonía de virtud, las cualidades más opuestas. «Suaviter in modo, fortiter in re», es el consejo de siempre.
Exige mucha entereza de carácter, una personalidad muy acusada, que es base imprescindible para todo educador.
Cabeza bien puesta y corazón bien centrado, para que «la virtud que se nos recomienda no degenere en excesiva familiaridad, que, entonces, sería altamente perjudicial a los mismos alumnos».
«Repito que no le emboben las almitas: que, a veces, más que virtud, es melosidad.»
Este criterio lo da clarísimo, cuando se trata de Confesores para el Seminario, y para selección de vocaciones.
En este punto es tajante, precisamente por amor, por grandeza de corazón; por caridad para el individuo que va a ser un desgraciado en una misión para la que no es apto, y por caridad para la Iglesia, que necesita, que merece Sacerdotes dignos y servidores totales.
«En punto a Confesores, no me gustan los de manga ancha.
Y hasta convendría, al darles algún refresco, cayera la conversación sobre la necesidad de algún rigorismo...
Obren como vean conviene más a la unicidad de dirección, a pesar del peligro de que alguno quede resentido.
Primero es la gloria de Dios y la formación de los jóvenes.»
* * *
Gráficamente resume estas cosas en dos frases intensas, saladas :
«Santa diplomacia.»
«Tunería con sólida piedad.»
Don Manuel prefiere la virtud equilibrada.
Ni dureza aristada, ni melosidad enclenque.
Quiere hombres de cabeza y de corazón.
Ni déspotas «capitanes en sus torres», ni incautos bobalicones.
Su método es: Santidad resuelta y bondad comprensiva de almas grandes.
Así hay capacidad para educar. De otro modo, se pierde el tiempo, se causan males incalculables en un campo tan delicado, del que dependen muchas y muy graves cosas.
«Déjense de malas caras, y sean de corazón ancho.»
16 HACIA ROMA
«La mies es mucha y los Operarios pocos. Rogad al Señor de la mies que envíe obreros a su heredad» (Mt. 9, 37.)
«La mies es mucha y los Operarios pocos.»
Mosén Sol urge al Padre con palabras de Cristo. para que su oración tenga más resonancia en los cielos.
Y hace rezar a cuantos le tratan, con insistencia de fe viva, para que el bloque compacto (le la oración unida, abra un camino irresistible a Dios.
«Rogad al Señor de la mies que envíe operarios.»
Le duele la tierra fría, después que el Hijo vino a traer fuego.
Los hombres han paralizado el ritmo de la luz.
Si dejaste la luz en nuestras manos, ¿por qué nos dejaste libertad de esconderla bajo costra ruda de pereza y de miserias?
«La falta de Sacerdotes, y, sobre todo, los Sacerdotes poco dignos, arrancan gemidos al Corazón de Cristo.»
Don Manuel arde y se consume, porque vibra con fuego de Dios, y no puede contagiar sus llamaradas con la prisa de sus deseos.
* * *
«Rogad al Señor de la mies que envíe Operarios.»
Ha levantado, cuatro Colegios de Vocaciones Eclesiásticas. Ha fundado la Hermandad. Tiene a su cargo la Juventud de Tortosa. Ha erigido los Conventos de Vinaroz, Benicarló y Vall de Uxó. Ha trasformado Comunidades enteras. Dirige multitud de almas. Viaja sin descanso. Predica con celo. Escribe con entusiasmo. Proyecta planes ambiciosos de máxima gloria de Dios. Y, sobre todo, reza; apremia a Jesús con gemidos inenarrables.
Unge de vida interior intensa su fecundo apostolado.
Un día de tantos huyó de sus labios, con sinceridad acongojada, la denuncia de muchos males:
«La mayor parte de los que oran, no obran bastante; y los que obran, no oran tampoco como deberían.»
Mosén Sol tiene convicción de hijo.
Por eso, tiene convicción de apóstol.
«Los católicos de hoy han de llenar dos deberes igualmente esenciales: el uno para con Dios, y el otro para con sus semejantes.»
Don Manuel ve con claridad la clave del cristiano: Ni anclarse en comodidad pseudo-piadosa, porque urge el mandato de Cristo: «Id y predicad a todas las gentes», «os haré pescadores de hombres», «apacienta mis corderos»; ni disiparse en agitación estéril, de mucho ruido y mucho vacío, porque «todo don perfecto viene de arriba», y porque «sin Mí no podéis hacer nada».
Mosén Sol armoniza en su vida los dos polos.
Ora y trabaja.
A Dios le agrada el trato con sus hijos.
Y Dios quiere hijos eficaces.
Dios le ha elegido como ministro, para que saque adelante la obra de su gloria.
Y Dios se complace en el hijo consecuente.
Es un Padre muy rico, infinitamente feliz, lleno de amor y de grandeza.
Pero la familia de Dios vive necesitada en la tierra.
Los intereses del Padre están en manos de sus hijos, para bien de todos.
Ama de verdad a Dios, sinceramente, constantemente, el hijo que redime sus intereses y se preocupa de su familia.
Le ama mucho más acertadamente, que si pasara noche y día contemplando su grandeza, en romanticismo anémico.
Le ama el que cumple su voluntad.
Le ama... el que apacienta sus corderos.
Mosén Sol siente con Cristo, y el mundo es pequeño para sus ansias.
Lo abarcaría entero, si le llegaran los brazos.
Los prolonga cuanto puede, para dejar su limosna de amor en todos los reductos que lloran ausencia de luz.
Pero sólo tiene doce Operarios.
Como Cristo en su vida de apostolado.
Doce hombres para incendiar la tierra.
«Rogad al Señor que envíe Operarios a su heredad.»
* * *
Sardá y Salvany recoge la angustia de Mosén Sol, y escribe artículos encomiásticos en su «Revista Popular».
Habla de la Hermandad con vibración entusiasta, había de sus fines, de sus planes.
Adolfo Claravana ha conocido la Obra de D. Manuel, y la propaga en sus escritos.
Dios hace lo demás.
Y... lo que es imposible para los hombres, resulta muy hacedero, cuando se cuenta con Dios.
La Omnipotencia es factor definitivo.
* * *
El Sr. Arzobispo de Tarragona conoce profundamente a Mosén Sol.
Cuando era Obispo de Tortosa, y ahora desde Tarragona, le ha visto colmar los proyectos más audaces en los momentos más difíciles.
Ha palpado gestas inauditas, que florecían en las manos de D. Manuel como un milagro de fe y de tenacidad.
El Arzobispo de Tarragona, admirado y convencido, no puede reprimir un gesto de entusiasmo, y le dice a Mosén Sol:
«Es usted muy emprendedor. Así me gusta.»
Y se lo decía a mitad de su camino.
Aún le quedaban a Mosén Sol pasos de gigante.
A los 52 años, la vida de D. Manuel está constelada de espléndidas y concretas realidades.
Con ese balance, muchos hubieran descansado, seguros de haber llenado una misión.
Mosén Sol descubre horizontes siempre, nuevos.
«A mí no me gusta el descanso.»
«Me apremia la mies vastísima; y me parece muy poco lo que hemos hecho, por lo mucho que hay que hacer.»
Ese era su estilo.
Esa era su vocación.
Y con doce hombres, y mucha fe, se lanza a la empresa titánica de la fundación del Colegio Español de Roma, que merece por sí sola una historia detallada.
* * *
No es un aventurero desaprensivo.
Es un Fundador (le mucha talla, que siente hondamente las necesidades más urgentes, y ve con claridad los remedios más oportunos.
Mosén Sol tiene fe de roca y visión de genio.
Mosén Sol tiene, sobre todo, un corazón inagotable.
Ve muy lejos, a perspectiva de siglos, porque en él vibra la Luz.
Y, al mismo tiempo, lleva entre manos, con detalle minucioso, los hilos más tenues de cada jornada.
Tiene capacidad increíble.
Sabe dar sin medida; pero sabe exigir con energía serena.
Sabe impulsar con eficacia; pero sabe humillarse con sencillez.
Conoce las minucias más solapadas de las redes que le tienden, y las vence con una dosis escalofriante de amor.
Conoce, la diplomacia de los que se llaman grandes, cuando le quieren envolver en buenas palabras y muchas promesas; y adivina, perdonando, las zancadillas vergonzosas, que le tienden los ruines en la sombra de la adulación y de la calumnia.
Está en todo sin fatiga.
Lleva al dedillo la contabilidad de sus fuerzas, y nunca olvida el sumando definitivo: «Patrem habemus»...
Conoce la voluntad de Dios -tiene el corazón limpio y los ojos claros-, a través de los renglones torcidos, que continuamente emborronan los hombres.
Mosén Sol vive en Dios, y vive al día.
El Sr. Meseguer y Costa, Obispo de Lérida, lo asegura en una carta, cuando empiezan los trámites del Colegio Español de Roma:
«Mi estimado amigo: No abrigo ninguna desconfianza de sus cosas. Basta que sea de usted, lo considero inspiración del Corazón de Jesús; porque desde su audaz acometida de levantar el Colegio de Tortosa al día siguiente de la Revolución, le he considerado a usted como hombre de tino y en inteligencia con Dios.
Pero crea usted que el Colegio Romano tiene serias dificultades.»
Más de las que sospechaba el Sr. Obispo de Lérida.
Tenía...
Las que sólo conoce Mosén Sol, que las supo vivir con entereza, que las supo resolver con serena abnegación.
La historia no puede fotocopiar exactamente la vida.
Pero ya está dicho.
Don Manuel es un hombre de tino y en inteligencia con Dios.
Lo suficiente para realizar cosas grandes.
* * *
Tortosa... Valencia... Murcia... Orihuela...
Para sus grandes alas era pequeño el nido.
Dios le hizo águila, y Mosén Sol voló.
* * *
Es el 1 de enero de 1888.
El Padre que está en los cielos se preocupa de su heredad en la tierra.
Don Manuel ha sentido de nuevo la inspiración de lo alto.
En claridad de relámpago ha visto, sin titubeos, que debe fundar un Colegio Español en Roma.
Urge la formación total del Clero.
Ha iniciado el remedio eficaz con los Colegios de Vocaciones, que se multiplican en sus manos, que satisfacen a los Obispos, que abren una línea definitiva de formación sacerdotal.
Se palpan los resultados con evidencia.
Toda la responsabilidad de Mosén Sol gravita sobre la formación genuina de los futuros Sacerdotes.
Es idea fija en sus pláticas a los Operarios.
«¡Hay tanta falta de Sacerdotes buenos un el mundo!... Sacerdotes buenos no hay nunca demasiados en la Iglesia de Dios. Los malos sobran todos.»
«Cuando pienso en la conducta (le la mayor parte de mis contemporáneos y los inmediatos a mi época, no lo puedo sufrir.
Y, al ver la indolencia de algunos de los nuestros, y pensar que los Sacerdotes salidos de nuestros Colegios pueden llegar a ser tan sólo una cosa negativa, no me lo sufre el corazón.
En otra época podrían pasar y hubieran pasado; pero hoy, si habían de salir de nuestros planteles como salían antes, que Jesús envíe rayos y abrase todos nuestros Colegios.»
Ha iniciado el remedio eficaz; pero hay que mirar muy lejos y desde muy alto.
No se puede descuidar la parte intelectual.
Los estudios eclesiásticos en España habían declinado, en medio (le las convulsiones que hirieron a los Seminarios.
La repercusión más honda, y más rápida, hay que esperarla de Roma.
Junto a la Roca de Pedro se dan cita el espíritu universal del catolicismo y la profundidad dogmática de las ciencias eclesiásticas.
Mosén Sol escribe convencido:
«Del Colegio de Roma han de salir los apóstoles de las Diócesis españolas.»
Don Manuel ha visto claro el 1 de enero de 1888.
No vacila.
Pero madura en silencio de oración y de días el impulso que vibró en su alma, aquella mañana primera del año.
Sólo doce meses después manifiesta sus deseos a la Hermandad, reunida en Valencia.
La reacción de los Operarios es de franca sorpresa ante lo inesperado.
Mosén Sol ha pensado mucho; pero no fuerza los acontecimientos.
Quiere que todos mediten la empresa, ungiéndola de oración durante otro año completo.
Cuando el 1 de enero de 1890 insiste en la idea, pesando ventajas y dificultades, y exponiendo los ardientes deseos de la Santa Sede, los Operarios rubrican la iniciativa de Mosén Sol con el entusiasmo mas cordial.
Don Manuel tiene la convicción absoluta de que la Hermandad puede realizar este proyecto mejor que nadie, por sus fines y por su carácter netamente sacerdotal.
Desde aquel día se volcó en la idea.
Consulta, se orienta, pulsa el ambiente para medir posibilidades.
Don Benito Sanz y Forés -Arzobispo de Sevilla y el Sr. Obispo de Tortosa, aprueban la decisión; pero encarecen de tal manera las dificultades que entraña el proyecto, las encarecen tanto, que echarían por tierra a los espíritus más animosos.
Le hablan con detalle minucioso de tentativas, frustradas a las primeras contradicciones.
Le hablan de lo poquito que ha llegado a realizar el Sr. Obispo de Santander, que envió a Roma nueve seminaristas y un Canónigo. Le hablan del menguado eco que ha encontrado en las diócesis españolas.
Muchos Prelados recelan del ambiente romano para el espíritu y formación de los seminaristas.
Muchos Prelados intentan volcar su atención sobre alguna Universidad española, y se desentienden de lo demás.
Muchos Prelados prefieren lo bueno conocido a lo mejor por conocer.
Le pronostican poco éxito.
Mosén Sol no se acobarda.
La luz de Dios es más fuerte que las objeciones de los hombres.
* * *
Hay un Obispo que puede informar con más conocimiento de causa.
El Sr. Obispo de Murcia ha cursado sus estudios en la Academia de Nobles Eclesiásticos de Roma.
Don Manuel recurre inmediatamente a él.
El Sr. Obispo de Murcia omite el innegable capítulo de dificultades, y le anima con todo empeño a no cejar.
Hay argumentos que no se agotan.
«Potuit... Decuit... Ergo fecit ... »
Es conveniente, y basta.
* * *
La entrevista con el Sr. Obispo de Murcia fue muy luminosa. Aporta un dato tentador.
Hace cuatro años, estando en Roma con el Cardenal Guisasola, el Sr. Obispo mantuvo una conversación interesante con el Rvdmo. Padre Antonio Martín y Bienes, Superior General de los Trinitarios Calzados.
Tienen estos Padres un Convento en Via Condotti, el único ya de la Orden en el mundo, y en él viven -mejor dicho, van muriendo- cinco Padres a punto de jubilación forzosa.
El menos viejo cuenta 64 años de edad y un cúmulo de achaques.
El Padre Martín les rogó se reuniesen algunos Prelados españoles, para enviar seminaristas a su Convento, que, de no convertirlo en Colegio, será incautado por el Gobierno español o el italiano.
Los datos del Sr. Obispo de Murcia tienen categoría de espuela para un ánimo resuelto.
Con la oportuna recomendación del Obispo de Tortosa, D. Manuel escribe en seguida al Rvdmo. Padre Martín, para entablar diálogo sobre el Convento de Condotti.
Los 84 años del Padre Martín excusan suficientemente una contestación menos rápida por su parte.
Son, además, motivo suficiente para acelerar los trámites, una vez obtenido su beneplácito.
Mosén Sol gestiona en la Nunciatura de Madrid las formalidades requeridas, cuyo feliz término impiden muchas fuerzas coaligadas.
Era empresa radical y sublime para no encontrar dificultades desde los comienzos.
Pero Mosén Sol, en el nombre de Dios, echa las redes.
Sin esperar más altibajos de política, emprende su viaje a Roma.
17 EN ROMA
«Tantae molis erat romanam condere gentem.» (Eneida. 1, 33.)
La imaginación tiene un campo peligroso.
Sueña las cosas en hábil fantasía.
Luego, choca más la realidad.
La Roma de nuestros sueños es un ideal imposible.
Y es que la verdad de la vida siempre desilusiona un poco, por no ajustarse al colorido plusquamperfecto de la imaginación.
Los primeros pasos de Mosén Sol en Roma coinciden con una anécdota, que es todo un símbolo en la trayectoria de la fundación del Colegio Español.
La escalera es un invento de los hombres con fines tan prácticos y tan sencillos como subir y bajar.
Una escalera, discretamente suntuosa, tiene elegancia de pedestal aristocrático.
Lo malo de la escalera es cuando se entusiasma en peldaños y se encarama con ímpetu...
Dios inventó las alas de los pajarillos, con gracia de vuelo y facilidad para remontarse.
Las alas pesan menos porque no se apoyan en tierra.
Y, si ha de subir el Hijo, Dios arrodilla la ley de la gravedad en gesto de rendimiento, porque la Ascensión es triunfo de apoteosis.
Ante el Hijo de Dios están genuflexos la tierra, los cielos y los infiernos.
Los hombres han remedado un bosquejo en el ascensor.
Pero no pueden prescindir de un cartelito frecuente : «No funciona», para dejar paso a la escalera.
En la tierra es penoso subir hasta el final.
El día 5 de octubre de 1890 no existía la gracia fácil de los ascensores.
Mosén Sol tuvo que subir muchos peldaños. Tantos, que hasta los contó.
Porque una escalera de quince peldaños no despierta interés. La tentación de contar escalones sólo se consiente cuando son casi innumerables.
Trescientos dieciocho justos hasta el piso del Cardenal Rampolla, en la Secretaría de Estado.
«Ciento cuatro más de los que hay en el Miguelete de Valencia», anota en una carta D. Manuel.
El Cardenal Rampolla le recibió con gran amabilidad, le trató con cariño, le distinguió con su ayuda, le comprendió al instante.
Las almas grandes se encuentran en seguida.
Pero son muchos escalones para 54 años de trabajos intensos, ininterrumpidos.
En la tierra es muy difícil llegar a la cima, cuando los peldaños se llaman libertad de los hombres» y «ambiciones humanas».
La fundación del Colegio Español de Roma culmina una escalera mucho mas alta que la del Cardenal Rampolla.
Y tiene tramos de campeonato.
Monseñor Vico, Auditor de la Nunciatura en Madrid, escribe con frecuencia a Mosén Sol, y un día le recuerda oportunamente:
«Es menester que una obra buena tenga las contradicciones por cimiento.»
Don Manuel apunta más hondo todavía:
«Toda obra buena y de gloria de Dios y de bien de las almas, necesita víctimas que le sean gratas a Él, y cuya pérdida nos amargue a nosotros.»
El cimiento -víctima de su fundación en Roma le iba a amargar terriblemente.
Era su mejor Operario, su predilecto, D. Vicente Vidal, que se ofreció a Jesús, y le aceptó.
Las obras grandes nacen de amor.
Por eso, nacen en dolor profundo.
Como los hijos.
Y no es que los hombres sean malos.
Es que el demonio encuentra resquicios insospechados, para impedir el bien.
No hace muchos años oí al Fundador de una Obra, que trabaja con éxito en los campos difíciles de la Iglesia:
«Nos persiguen todos los malos y... muchos buenos.»
Es evidente que el Ángel de las tinieblas sigue disfrazándose de Ángel de luz.
Le da resultado el camuflaje.
Y busca aliados inconscientes hasta en lo que llamamos buena voluntad de muchas gentes.
Se vale de miras humanas, que parecen lícitas, porque no rompen ningún canon de los libros de Moral.
Si no puede impedir el bien, lo valla con fronteras mínimas, que los hombres abultan en caprichos partidistas.
El Ángel de las tinieblas es muy cuco director del complicado teatro Guiñol de los humanos.
* * *
El día 4 de octubre de 1890, llegó Mosén Sol a Roma, acompañado de D. Vicente Vidal.
La primera entrevista con el General de los Trinitarios se celebró a las cinco de la tarde.
El anciano Padre Martín ve por los ojos de don Estanislao Sevilla, Agente de Preces, duende diplomático, que le acompaña como una sombra.
Es consejero, secretario y numen de sus ochenta y cuatro años bien corridos.
Las condiciones que propone el Padre Martín, para convertir su Convento en Colegio Español, son francamente aceptables.
Por eso, resultan más misteriosas las frases cortadas, que cierran esa noche el Diario de Mosén Sol:
«Dudas y temores. Reservas. Y el Sr. Sevilla ... »
Al día siguiente escribe a Tortosa, después de otra entrevista, bajo la misma impresión:
«Aún vemos las cosas muy turbias.»
Y nunca se pudieron aclarar.
Porque todos los trámites con el Superior de los Trinitarios estaban velados de indecisiones inexplicables para un hombre tan sincero y tan leal como don Manuel.
Estaban sencillamente viciadas en raíz.
Cada entrevista acumula exigencias nuevas, reservas más agudas.
Cada conversación con el anciano General de los Trinitarios resultaba una edición más turbia de un doble juego nada limpio.
La verdad escueta es que el Padre Martín andaba en tratos simultáneamente con los PP. Agustinos, con los PP. Claretianos, y, posteriormente, con los Padres Dominicos y unas Religiosas inglesas muy patrocinadas por la Reina María Cristina. Y todo ello con desconocimiento absoluto por parte de Mosén Sol.
La balanza del pobre anciano se inclinaba arbitrariamente según las intrigas, según las conveniencias.
Don Manuel sigue anotando: «Más dudas y temores.»
No puede ver claro. Pero quiere evitar a todo trance el remordimiento de no haber hecho lo posible para una Obra de capital trascendencia en la formación del Clero español.
Esa rectitud de intención supera todas las contradicciones. Le mantiene en pie de brega, frente a poderes desconocidos, que forcejean contra sus planes.
Cada relámpago de esperanza presupone cerrazón de tempestad.
El barómetro de su Diario acusa alta tensión
«Visita a Benomar, y fatales nuevas. Visita a Sevilla, y depresión de éste. Tarde agitada. Temores de que hagan atmósfera en el Vaticano.»
Mosén Sol quiere hacer el bien sin molestar a nadie; pero se siente zarandeado en la criba de Satanás.
«Todo en conjunto -escribe- constituye un estado que no sólo me aflige, sino que quiere introducir la desconfianza y extinguir el entusiasmo en ni¡ corazón.
No soy hombre de lucha, y me repugnan las luchas, y, con todo, estamos en medio de un combate, que me hace sufrir.
Tal vez Jesús quiere sólo humillarnos y hacernos ver que hemos de obrar con pureza de intención y con la sola confianza en Él.
En fin, cúmplase su voluntad dulcísima y en lo que sea de su mayor gloria: si bien me parece que nuestra Obra, con su gracia, podría darla más fácilmente.»
Don Manuel no pierde el sentido providencialista en medio de sus afanes.
Está contagiado profundamente de la serenidad del Padre que está en los cielos, por encima de las fluctuaciones humanas.
Cuando todo rechina fragor de tormenta, y las nubes se rompen en desesperación de lluvia, y la naturaleza se crispa en vendaval sin freno, entonces impresiona más eficazmente la serenidad inmutable del Todopoderoso:
«El Señor está sentado sobre el diluvio» (Salmo 28, 10).
El hombre de Dios nunca pierde la paz.
Y Dios se encarga de abrir camino.
* * *
A fines de noviembre de 1890, tuvo ocasión de conocer a dos hombres sinceros, justos, cordiales. Le entregaron, de una vez para siempre, su amistad, su apoyo inmutable, su influencia.
Por un asunto, ajeno a los fines del Colegio, tuvo que visitar al Rvdmo. Padre Llevaneras.
Pero Mosén Sol inevitablemente habla con todos de su soñada fundación en Roma.
Apenas surgió la conversación de los planes que don Manuel traía entre manos, el futuro Cardenal Vives y Tutó levantó las manos al cielo, con alegría inmensa.
«Me dijo que se alegraba más que si fuese una obra propia suya. Que el Papa estaba contristado y dispuesto a enviar Legados a España para la fundación del Colegio. Se ofreció para todo.»
Y lo cumplió con fidelidad exquisita.
Don Manuel estaba encargado en España de organizar la peregrinación de los Congregantes al sepulcro de San Luis.
Con este motivo hubo de visitar a Monseñor Merry del Val.
Hablaron de la peregrinación.
Y en seguida hablaron del Colegio, idea fija de Mosén Sol en aquella época.
Monseñor Merry del Val se interesó de tal modo en los planes de D. Manuel, que desde entonces fue «el Ángel del Colegio», como decía gozoso Mosén Sol.
También le ayudó eficazmente, con orientaciones precisas, dándole ánimos en los momentos cruciales, Monseñor Della Chiesa, futuro Benedicto XV.
Gloriosa letanía de hombres célebres, que en aquel entonces pusieron al servicio de Mosén Sol la buena voluntad de su alma generosa y la eficacia de sus primeros pasos diplomáticos.
Pero el ambiente seguía enrarecido. Era imposible descifrar el jeroglífico.
El 1 de diciembre todavía se quejaba D. Manuel en una carta:
«Nuestros asuntos aquí, a paso de tortuga. En cambio, todo son señales de que Jesús lo quiere.»
El día 7, sin ver claro todavía, la esperanza afluye a la pluma de Mosén Sol, que escribe al Vice-Director General de la Hermandad:
«De hoy al 15 confío la solución.»
Y, efectivamente, el día 15 de diciembre de 1890, aprobadas por León XIII las Bases para el contrato entre el Padre Martín y D. Manuel, lo firmaron ambos en la celda del Superior General de los Trinitarios Calzados, siendo testigos el abogado del Padre Martín y el imprescindible ubicuitario Sr. Sevilla.
El Colegio se titularía de San José y de la Santísima Trinidad.
Los cinco supervivientes de la antigua alianza vivirían en el Colegio, que abonaría una cantidad fija a la Comunidad de Trinitarios.
El Convento pasaba, con sus rentas, a ser propiedad del Colegio.
Don Manuel garantizaba todo con la hipoteca de dos casas del Convento y con la de los Colegios de Tortosa y Orihuela.
* * *
Así terminaba aquella etapa inicial, constelada de incertidumbres, de temores, de recelos.
El Rvdmo. Padre Antonio Martín y Bienes rubricó su firma con un sollozo, que conmovió profundamente a Mosén Sol.
Aquella trasferencia significaba prácticamente la extinción de su Orden en el mundo.
Quizá un sollozo pueda explicar la actuación ambigua del venerable anciano.
Don Manuel volvió contento a España.
El día 27 de diciembre recibía una carta del Padre Pedro Alba, Trinitario, comunicándole de parte del Padre Martín, que el contrato había sido aprobado por la Santa Sede.
Que el Papa había hecho cesión del Convento de Condotti a la Hermandad de Sacerdotes Operarios españoles.
31 de diciembre de 1890.
Los Operarios, según costumbre de los primeros años en la Hermandad, están reunidos en Valencia.
Don Manuel cierra el año, con ellos, tributando de todo corazón un homenaje de perpetua gratitud al Rvdmo. Padre Antonio Martín y Bienes.
Es declarado unánimemente Protector especialísimo de la Hermandad.
Mosén Sol cree en los hombres...
La historia no termina aquí.
18 EN ROMA (HORIZONTES TURBIOS)
«De pronto, se produjo una gran agitación en el mar, de suerte que las olas cubrían la nave.» (Mt. 8, 24.)
En la vida hay una capacidad abrumadora de murmuración.
Los ociosos acortan los días en conversaciones inútiles y en teorías versátiles.
Piensan; bueno, pensar, no piensan; hablan a la medida de su interlocutor.
Los parásitos se ceban en la fama de su prójimo, porque resulta fácil y entretenido.
Tienen vocación de musiquilla estriada de mosquito.
Los cobardes bravucones tienen mucha fuerza en la lengua.
Luego, les falta para la acción.
Hay una gama interminable de espectadores curiosos, muertos de envidia ante las obras que superan su comodidad burguesa.
Quisieran mellarlas a dentellada implacable, abonados a sesión continua de murmuración.
Se dedican a defender tradiciones para no molestarse en avanzar.
Los ineptos, de ley ordinaria, se crean complejo de hipercríticos, para destacar en algo.
Pero no aciertan en su juego de cábalas:
-«Mosén Sol busca privilegios peregrinos para su Obra.»
-«Mosén Sol quiere independencia absoluta para hacer cuanto le plazca.»
-«Mosén Sol busca una Canonjía.»
-«Mosén Sol quiere darse importancia.»
-«Mosén Sol ... »
Es traído y llevado en corrillos de sacristía y en paseos de solana.
Apasiona más que una jugada de tresillo.
No les cabe en la cabeza que se trabaje con desinterés por la gloria de Dios, por el bien de los hombres.
Don Vicente Vidal sufre, porque conoce a Mosén Sol, y en la Valencia de aquellos días hay gente murmuradora que se disputa la palma contra reloj.
Pero Mosén Sol no se altera.
«Mi corazón no cambia ni en las amarguras y resentimientos.»
Mosén Sol sigue trabajando, porque ama mucho.
* * *
Todavía no lleva un mes en España, y ya tiene que afirmar :
«En Roma se trabaja para arrebatarnos lo que. San José quiere darnos.»
El Colegio Español está amasado con tribulaciones increíbles de Mosén Sol.
El 25 de enero de 1891, el Sr. Sevilla urge la presencia de D. Manuel en Roma, «pues no faltan intrigas».
El 12 de febrero le apremian a Mosén Sol, «por las intrigas e insistencias continuas de otras Congregaciones, que aspiran a la adquisición del Convento».
A pesar del contrato, de las firmas, de la aprobación del Papa, sigue turbio el oleaje, en resaca fuerte, interminable.
En la vida hay muy poca formalidad.
Por eso, abundan las formalidades.
Y no hay cosa peor que un plural desorbitando la sencillez perfecta del singular exacto...
Por fin, el 4 de marzo, puede llegar D. Manuel a Roma.
El Padre Martín es un ovillo de incertidumbres, de trámites, de dilaciones.
El Cardenal Rampolla, con todo su prestigio e influencia, parece favorecer otra causa.
El Embajador de España sospecha de Mosén Sol, y echa la culpa -¿cómo no?, sería la primera vez que se vieran libres- a los Jesuitas.
Le considera nada menos que un agente secreto de la Compañía de Jesús, que le inspira misteriosos fines contra el Gobierno.
El Padre Llevaneras -siempre fiel- le advierte que dentro del Vaticano han propalado calumnias contra don Manuel y contra los Operarios.
Le tachan de espía al servicio del Gobierno español.
Ambiente turbio, descorazonador. No hay quien lo entienda y sería para reírse, de no ser tan serio el asunto.
La madeja se enreda angustiosamente.
«Hasta el Papa -escribe Mosén Sol- parecía querer matar nuestra Obra, plantando otra mayor en lugar de la nuestra pobrecita, y Jesús le va desviando la mano, para que no bendiga sino la nuestra, que luego confío le dará más consuelos que la que él proyecta.»
Don Manuel no pierde la paz.
* * *
En los primeros días de su llegada a Roma, subiendo la famosa escalera que lleva a las oficinas de la Secretaría de Estado, los ojos de D. Manuel se clavaron en un cuadro magnífico.
Lo que para el vulgo es mero recuerdo artístico, para el santo es un profundo toque de gracia.
Mosén Sol entabla diálogo con Dios por medio de todo.
Nada significa el azar, cuando se cree de verdad en la Providencia.
Don Vicente Vidal, que le acompaña, ya había cambiado su entusiasmo inicial por la más convencida desesperanza.
Las contrariedades jugaban con su ánimo menos fuerte.
En el rellano de la escalera emerge la evocación de un hecho, que recogió la paleta de un artista.
Junto a la paz soberana de Jesús compasivo, avanza Pedro titubeante sobre el camino rugoso del mar alborotado.
Mosén Sol rompe el tiempo y el espacio y señala el cuadro a D. Vicente: «¡Mira, mira!»
Y va leyendo despacio la frase del Evangelio:
«¡Poca fe!, ¿por qué has dudado?» (Mt. 14, 31).
El Evangelio es perenne.
«Jesucristo es el mismo ayer y hoy y por los siglos» (Hebr. 13, 8).
Ha sido una inyección definitiva para Mosén Sol.
Fue de Dios el mandato, y basta.
Camina sobre olas de contratiempos con fe total en el Señor todopoderoso.
Cuando arrecian las dificultades y el vaivén de la marejada amenaza sus proyectos, confía con más audacia.
En estos días tiene frases embrujadas de pura luz:
«Estamos en día de tinieblas, y las tinieblas alumbran las noticias.»
«Nuestro asunto debe ir muy bien, cuando nos va tan mal. Es señal de que Dios quiere amasonarlo mucho.»
Sigue viendo claro con sus ojos limpios.
Y Cristo no defrauda.
«No puedo explicar las nubes diarias de contradicciones de buenos y malos, y que el Señor las va disipando de una manera que me asombra.»
El Gobierno español toma cartas en el asunto, complicando radicalmente la situación.
La gente diplomática es muy suspicaz.
Un Colegio español en Roma, al margen de lo gubernamental, es un hilo que escapa a los poderes humanos, donde no podrán influir sus manejos políticos.
Un Colegio español en Roma... Al Gobierno Español le sabe a un Gibraltar intolerable.
Pretende que se tramite la fundación por el Ministerio de Gracia y Justicia.
A Mosén Sol le hace muy poca gracia tanto lío de justicia.
Ve muchos «amaños» -escribe él mismo-, y no quiere entrar por esa «carretera real».
Y el 16 de abril propone el Padre Martín tajantemente prescindir de tantos rodeos innecesarios y contraproducentes, para abrir inmediatamente el Colegio.
Mosén Sol ya tiene preparados los alumnos en sus Colegios de España, para llevarlos en el momento preciso.
Sería ya más práctico y eficaz.
Pero el Padre Martín es una cueva de recelos.
Don Manuel escribe con el corazón en la mano:
«Nunca he orado con más pureza de intención, para que Jesús convierta este asunto en bien de las almas y de España, aunque fuese con la humillación nuestra,»
Le interesa el bien al por mayor y cuanto antes, porque apremia la necesidad.
No le interesan enredos, ni transacciones estériles.
Ni le interesa figurar.
Mosén Sol quiere soluciones rápidas.
Pero los hombres se empeñan en abultar el problema, prolongándolo para fines egoístas.
Los ochenta y cinco años del Padre Martín son una tentación irresistible para el Gobierno, que prefiere incautarse del Convento.
El Señor sigue disipando nubes.
Cuando Mosén Sol califica de «madeja enredadísima» el estado de las negociaciones, León XIII pronunció una palabra meta: «Altemps».
Merry del Val la recogió sin entusiasmo, y habló sinceramente al Papa.
El Palacio Altenips está muy cerca del Apolinar, y Mosén Sol y Mons. Merry prefieren que los alumnos asistan a las clases de la Gregoriana.
De todos modos, D. Manuel se alegra de que el Papa viva concretamente la preocupación del Colegio Español.
A Merry nunca le satisfizo Altemps.
Mosén Sol, poco a poco, fue haciéndose a la idea, y, conseguida la asistencia de los alumnos a la Gregoriana, lo aceptaba, gustoso de acabar una situación tan penosa.
Un año después, cuando Mosén Sol ya había inaugurado el Colegio en otra parte, León XIII persiste en la idea de Altemps.
Merry pone dificultades al Papa.
Mosén Sol se limita a comentar:
«No sé por qué Merry le recusó Altemps.»
* * *
La oferta del Papa enardece al Embajador, que, con dos eclesiásticos españoles, empieza a soñar castillos en el aire.
Condotti... Monserrat... Altemps...
Un tríptico precioso, sonoro, encantador...
Ambiciona crear la «Gran Casa Española», complicada, de museo.
«Grillos en su cabeza -escribe Mosén Sol-. Quieren una cosa solemne y de bombo.»
Don Manuel no transige.
Prefiere una realidad concreta, aunque más sencilla, para ofrecerla inmediatamente a los Obispos españoles.
Mosén Sol tiene experiencia de fundaciones.
«De poco a mucho se va mejor.»
«Sólo así crecen las buenas semillas.»
Es un hombre práctico, que sabe medir sin hipérboles, y sabe realizar sin echar las campanas a vuelo.
Merry del Val está completamente de acuerdo con este punto de vista de D. Manuel.
A Mosén Sol le entorpecen las ambiciones grandilocuentes y hueras de los utópicos trasnochados, que prefieren lucimiento a realidad.
«Mi asunto está pasando por la mayor de las tribulaciones que ha tenido.
En medio de todo, tengo una gran confianza.»
Son muchos los que quieren mezclarse en la realización de sus proyectos, porque ven definitivamente la trascendencia del Colegio Español en Roma.
Todos van quedando eliminados por las continuas dificultades.
Dios las permitía para acrisolar la autenticidad de una misión y un destino.
* * *
El 31 de mayo, tuvo que partir Mosén Sol a España, para ultimar la peregrinación de los Congregantes al sepulcro de San Luis, y para solucionar, ante el Gobierno español, las continuas trabas, que detienen la marcha feliz de la fundación del Colegio en Roma.
Monseñor Merry del Val se ofrece para gestionar en Roma todos los mandatos de D. Manuel.
Son dos almas que vibran al unísono.
Le acompañó a la estación, para despedirle, y allí queda un momento solo, triste... y esperanzado, porque se fía de Mosén Sol.
19 EN ROMA (EL ÉXITO)
«Entonces, levantándose, habló con imperio a los vientos y al mar, y se produjo grande bonanza.» (Mt. 8, 26.)
El Colegio de San José quedó convertido en Cuartel General de la Peregrinación, la noche del 5 de junio de 1891, en que Mosén Sol llegó a Tortosa.
Todo el peso de la propaganda y preparativos gravita sobre D. Manuel, que es Presidente efectivo de la Junta Nacional.
El tiempo que roba una peregrinación de tal envergadura, y las preocupaciones que acarrea, sólo se comprenden al caer en la santa y abrumadora tentación de hacerse responsable, para facilidad de muchos.
Y para Mosén Sol no podía ser trabajo exclusivo.
El Colegio Español le absorbe.
Tiene que deshacer continuamente dificultades ante el Gobierno; tiene que acelerar los trámites sin concederse treguas.
El 14 de junio ya tiene redactada la Circular que piensa enviar a los Prelados españoles con la oferta del Colegio que la Hermandad va a abrir inmediatamente en Roma.
«Pidan a Jesús que me de cuarenta y ocho horas cada día, y me quite la necesidad de dormir» -escribe a sus amigos y Operarios.
Se acumulan circunstancias urgentes y dolorosas, en asedio trágico de lucha y desgracia.
El día 15 de junio un luto familiar desgarra su corazón profundamente cariñoso.
Muere en Tortosa su hermana María.
Monseñor Merry del Val le consuela con una carta de amistad sincera, y le envidia tantos sufrimientos.
Pero Mosén Sol no ha perdido su entereza de ánimo.
Ama con eficacia. No es plañidero de oficio.
Desde Roma, el Padre Martín urge, con empeño tozudo, que sea reconocida la Hermandad como Orden, o Congregación Religiosa, por el Gobierno español.
Don Manuel, consecuente en su línea, se opone taxativamente.
No traiciona un ápice la inspiración de la Obra.
Ha dicho de una vez para siempre que quiere la Hermandad con «la menos cantidad posible de Congregación Religiosa».
Está decidido a comenzar el curso en Roma, prescindiendo de todo lo que haga falta prescindir.
Sólo le detiene el temor de ofender al Padre Martín.
Porque Mosén Sol no pierde la delicadeza ni con los que le zahieren.
Ha encargado a Mons. Merry tramite facilidades en la Gregoriana, para la admisión de los alumnos, aunque no puedan llegar antes de Navidad.
Los Padres de la Gregoriana favorecen abiertamente, desde los comienzos, a Mosén Sol.
El Superior de los Trinitarios no teme apremiar con amenazas injustificadas, y exigir condiciones imposibles, y cada vez más arbitrarias.
Don Manuel derrocha paciencia hasta poder dar lecciones a Job.
* * *
El éxito de la peregrinación y las palabras alentadoras de León XIII, en la audiencia privada que le concedió, compensan tribulaciones, e inyectan nuevo optimismo a sus actividades.
Vuelve a España contento y dispuesto a contagiar su entusiasmo por el Colegio en todas las Diócesis.
En esto, la Providencia de Dios le reserva uno de los golpes más duros.
Mosén Sol no oculta su pesar.
«Mirad cómo le amaba» (Jn. 11, 36).
Con lágrimas en los ojos, ha cerrado los del Operario más distinguido, D. Vicente Vidal, que descansó el día 10 de noviembre de aquel año.
Muy enfermo, reclamaba la presencia de D. Manuel. No quería morir sin hablar al Fundador.
Le atormentaba un escrúpulo, que prefería dejar en sus manos.
Nos lo cuenta el mismo D. Manuel:
«En vista de las contradicciones que sufría la Hermandad en la fundación del Colegio de Roma..., ofreció la vida al Señor, y le ocurrió si podría ser acaso un acto de vanidad pensar que pudiera ser digno de que Dios le aceptase.
El Director le tranquilizó sin darle a conocer la dulce y grata emoción que le había causado, y levantando el corazón a Dios, ya no le dolió ofrecérselo, pues más bien que un castigo, lo miró como una bendición que Dios le concedía.»
Y, entre lágrimas de amistad sincera -D. Manuel sabía amar mucho-, ve surgir la confianza definitiva de un Colegio seguro, porque tiene raíces profundas de generosidad limpia y sincera.
Se cumplía la teoría de Mosén Sol:
«Toda obra buena y de gloria de Dios y de bien de las almas, necesita víctimas que le sean gratas a Él, y cuya pérdida nos amargue a nosotros.»
Don Manuel ama, trabaja y sufre.
Es su lema.
Y no es que le guste sufrir. Al contrario, le pide con insistencia a Jesús que no permita sufrimientos. Pero los acepta con magnanimidad, cuando Él los quiere.
Sobre iodo, confía, porque obra con buena voluntad.
El 21 de diciembre recibe carta de Mons. Merry:
«La resistencia incomprensible del Padre Martín es el único obstáculo para que vengan.
No sé si intentar una entrevista con el Padre Martín. Mándeme usted.»
El Superior de los Trinitarios empieza a hablar con claridad.
Quiere deshacer a toda costa el contrato firmado y aprobado, para entregar su Convento a otra Congregación.
Don Manuel le escribe con todo respeto y con toda entereza, defendiendo sus legítimos derechos, y poniendo las cosas en su punto.
Los sufrimientos coronan para Mosén Sol el año 1891.
* * *
Amanece un año nuevo, turbio de tempestad.
Don Manuel está cansado de tolerar arbitrariedades del Padre Martín.
«Si tuviera que dejarme llevar de los ímpetus de mi corazón, hoy mismo marchaba a Roma, daba un puntapié a Condotti, y me ponía en un albergue con los colegiales.
Pero me hago miedo a mí mismo.»
Ampliará su capacidad de espera todavía.
En los primeros días de febrero, el Padre Martín está abiertamente tratando con los PP. Dominicos.
Don Manuel le escribe con serenidad y fortaleza.
Pero, sin más dilaciones, encarga a su gran amigo don José María Caparrós, Arcipreste de la Catedral de Madrid y, a la sazón, Asesor de la Embajada cerca del Vaticano, que gestione la posibilidad de que sean admitidos los colegiales provisionalmente en el Hospital anejo a Monserrat.
El Gobierno español comunica oficialmente a Mosén Sol que autoriza el Colegio en Condotti, nombrando el mismo Gobierno Rector al Padre Martín, con facultades de elegir los Directores que quiera.
Además el Gobierno se reserva la facultad de nombrar siempre Rector, y de señalar los estudios y Universidades Romanas a que deben asistir los Colegiales.
El Superior de los Trinitarios, al enterarse de esto, se asusta más que nunca.
Don Manuel se felicita de este desamparo total del Gobierno.
Ya tiene totalmente libres las manos.
Don José María Caparrós le felicita igualmente.
Y el 26 de marzo de 1892, salió Mosén Sol para Roma con los once primeros alumnos, y con el Operario D. Benjamín Miñana, primer Rector del Colegio Español en Roma.
Se alojaron en el Hospital de Monserrat.
Monseñor Merry les acompaña solícito en los primeros pasos.
El Padre Llevaneras abraza efusivamente a don Manuel, felicitándole por «este golpe de estado».
* * *
Humildemente, con la sencillez y facilidad que siempre había soñado Mosén Sol, realizó su proyecto.
«Sólo así crecen las buenas semillas»...
El día 1 de abril de 1892 -primer viernes de mes-, cuando cumplía exactamente los 56 años de edad, en una plática familiar, de intimidad cordial y hogareña, declaraba D. Manuel abierto y formalmente instituido el Colegio Español de San José en Roma.
Era un regalo de cumpleaños que le hacía su Padre Dios.
Los hombres complicaban las cosas, jalonando dificultades.
El Padre que está en los cielos, abría un camino sencillo, entre la maraña tupida de la tierra:
«Si el Señor, al inspirarnos el pensamiento, nos hubiera descubierto tantas montañas de contradicciones, y tantas alarmas y contrapesos, quizás hubiéramos desmayado, cuando era una cosa tan sencilla la que habíamos propuesto, y tan fácil de ejecutar, si no hubieran sobrevenido esas ambiciones y ampulosidades y grandezas de proyectos, que Dios ha permitido, Él sabe por qué pero que nosotros no deseábamos vinieran.»
Eran el crisol de una vida sencillamente grande.
Nosotros, ahora, lo vemos claramente. Como lo veía Mosén Sol en los demás:
«Y, si no, ya observarás que los que no sufren mucho, no sirven para cosas grandes.»
El amor empuja la vida.
Y el amor, en la tierra, desemboca siempre en el dolor.
* * *
Monserrat es una limosna precaria, casi de estraperlo.
Posada peligrosa por la cercanía del Gobierno español.
Don Manuel quiere asegurar casa definitiva e independiente.
Le ofrecen conventos, palacios, casas, y todo barato.
Pero el Cardenal Rampolla no se resigna a que el Padre Martín rescinda bonitamente el contrato.
Quiere que D. Manuel haga valer sus derechos.
Sobre todo, le empuja en este sentido Mons. Della Chiesa, que urge constantemente a Mosén Sol para que entable oficialmente reclamación judicial contra el Superior de los Trinitarios. y
Después de muchas consideraciones, Mosén Sol accede.
El Padre Martín envía al Vaticano un escrito contra la Hermandad, capcioso y calumnioso.
Mosén Sol escribe en estos días:
«Aquí estamos albergados en Monserrat y suspendidos en el aire, con la probabilidad de perder Condotti, y sin la seguridad de obtener esto.»
Efectivamente, el juez falló contra los Operarios, y Mosén Sol perdió Condotti.
El Gobierno español recela del Colegio instalado en Monserrat, y quiere despachar de allí a D. Manuel y los colegiales, porque los considera elementos peligrosos.
Pero el Cardenal Rampolla exige definitivamente una compensación para la Hermandad, y, en nombre del Papa, pide al Gobierno español que prorrogue un año la estancia del Colegio en Monserrat.
Al hacerse pública esta decisión, se levantó en Roma una tromba de clamores, de murmuraciones y de intrigas contra D. Manuel.
La Providencia de Dios seguía escribiendo claro entre líneas oscuras de hombres.
León XIII, desde el fallo contra la Hermandad, cobró más cariño por la Obra de Mosén Sol, y tomó la causa del Colegio como cosa propia.
Monseñor Della Chiesa escribe frecuentemente a don Manuel, dándole orientaciones precisas, inyectándole ánimo.
El curso 1892-1893 comenzó con 32 alumnos en el Colegio.
Las intrigas no amainan.
Tampoco los consuelos.
Mosén Sol se ha impuesto con sencillez cautivadora y con entereza de gigante, en el ambiente más sano de la Curia romana.
A fines de marzo del 93, el Embajador de España
recibe órdenes concretas de que salga el Colegio, cuanto antes, de Monserrat.
La reacción de Mosén Sol es maravillosa:
«Patrem habemus ... »
El Cardenal Rampolla, Sanz y Forés, Mazzella, y los Padres de la Gregoriana, Mons. Della Chiesa, Merry del Val, el Nuncio de España, están favoreciendo abiertamente a D. Manuel.
Rampolla dice sin ambages que «desde el primer día me ha llamado la atención la idea de la Hermandad, y la creo necesaria para la Iglesia en estos tiempos».
A Mosén Sol le abruman los beneficios de Dios, que anulan toda intriga.
«Las noticias de Roma nos llenan de tanto consuelo, que nos causan espanto.
¡Ver tres o cuatro Cardenales, no sólo interesados, sino conspirando, junto con otros personajes del Vaticano, por el éxito de la empresa!...»
Y no era hipérbole de fruición.
Era realidad tangible y consoladora.
La última palabra siempre la tiene el corazón grande, único capaz de la verdad sincera.
Mosén Sol se ha impuesto definitivamente.
* * *
Los alumnos pudieron terminar el curso en Monserrat, porque Mosén Sol ha cautivado también al Embajador, que va dando largas a las órdenes del Gobierno.
Y, después de un éxito destacado en los exámenes, reconocido con admiración por el Secretario General de la Gregoriana, fueron los colegiales, con los Operarios, a pasar el verano en Tívoli.
Nómadas alegres de una causa enorme.
Iniciales sublimes del Colegio Español en Roma, que tanta influencia ha tenido en las Diócesis españolas.
Salieron de Monserrat para siempre.
Pero León XIII se compromete a ceder el Palacio Altemps para el próximo curso.
El Ángel de España y el Ángel de Roma han presentado cada mañana el Sacrificio de Mosén Sol ante los ojos del Padre.
El Diario de Misas de D. Manuel es de una elocuencia extraordinaria en este sentido.
Mosén Sol está en contacto continuo con el Delegado de sus Ángeles, que se llama Rafael Merry del Val.
* * *
A principios de curso, no ha podido ser habilitado el Palacio Altemps.
Pero el Papa no ha olvidado su promesa.
Cede provisionalmente el hermoso Palacio Altieri, donde Merry del Val espera a los Superiores y alumnos, que regresan de vacaciones el día 21 de octubre de 1893.
El día 30 recibió D. Benjamín Miñana los primeros ejemplares de la Carta, en que León XIII hacía donación de Altemps para Colegio Español.
Los Ángeles de Roma y España llevan a la presencia de Dios la Hostia, que Mosén Sol consagra en acción de gracias.
Don Manuel ardía en deseos de establecerse definitivamente en Altemps, que se iba desalojando, muy poco a poco, de inquilinos.
El 22 de septiembre vibró de gozo con tres palabras de un telegrama.
Se lo decía a D. Esteban Ginés, en carta de aquella fecha :
«Desde el lunes que tenemos en la imprenta la Circular para los Obispos, y no podíamos dar órdenes de hacer la tirada, por no venir el telegrama ansiado.
Al fin, a las tres de esta tarde, sábado, se ha recibido el siguiente telegrama: Director Colegio Joséfino, Tortosa, Spagna. -Tomada posesión Altemps. Benjamín.
Digan, pues, algo al Corazón de Jesús, a la Virgen y a San José.»
La toma de posesión fue emotiva en su sencillez.
Don Benjamín Miñana, en nombre de Mosén Sol y de España, colocó aquella mañana un cuadro de San José en el mejor salón del Palacio.
El Colegio está consolidado.
Don Manuel llega a Roma, para hacer los preparativos y reformas de la casa, que le pareció «un palacioto desvalijado y grande».
«El 11 de noviembre pondremos la Reserva.
Queríamos invitar al Cardenal Di Pietro para esto; pero no quiero privarme de este consuelo.»
* * *
La paz de Cristo y la eficacia de su amor sellaban los trabajos del siervo bueno y fiel.
Terminaron las intrigas, los cabildeos, los abandonos.
Sabe a profecía la carta, que, en los momentos más críticos, escribía el Auditor de la Nunciatura a Mosén Sol:
«Pertenece usted a una raza de hombres, que difícilmente se acobardan ante las dificultades.
Por lo cual, después de la protección divina, espero muy fundadamente que su constancia ha de ser recompensada por el éxito favorable.»
Cuatro años de penoso Vía-crucis.
Lo merece la formación del Clero.
Lo merece Cristo.
* * *
Mosén Sol acaba de subir todos los peldaños de una escalera más audaz que la del día 5 de octubre de 1890...
Los hombres no son malos.
Mosén Sol ve la clave total de tantas penalidades y entorpecimientos.
En frase gráfica dice así:
«El Demonio ha penetrado la malicia de nuestra Obra.»
Pero Dios no conoce rivales.
Es el Señor.
Y con mano de Padre fue abriendo camino andadero en la selva abigarrada de confusiones impenetrables.
20 «SOMOS COLABORADORES DE DIOS»
«Fuisteis llamados por Dios a la sociedad íntimo con su Hijo, Jesucristo, Señor nuestro» (1 Cor. 1, 9.)
«Hijitos míos, por quienes sufro de nuevo dolores de parto, hasta que se formé Cristo en vosotros» (Gál. 4, 19.)
«Él constituyó a unos apóstoles..., a otros postores y doctores..., para la edificación del Cuerpo de Cristo..., hasta que todos alcancemos la medido de su plenitud» (Efes. 4, 11-14.)
Toda vida intensa radica en una idea grande, que se vuelve convicción, e impulsa las obras y sustenta el entusiasmo.
Cuando no hay raíz, mengua la vida y desfallece.
Cuando no hay alma, se desmorona el cuerpo y se deshace.
El pensamiento hondo, que empuja a Mosén Sol, que late sus empresas y es raíz definitiva de su celo constante, lo reduce él mismo a esta idea:
«Todos debemos ser auxiliares de Dios; todos tenemos esta vocación.»
Bajo el peso de esa convicción forma las conciencias, y vive personalmente la responsabilidad de un Sacerdocio auténtico.
Los hombres de Dios sienten la urgencia de ser sus colaboradores constantes, al estilo de Cristo
«Mi Padre sigue hasta el presente obrando, y yo también obro» (Jn. 5, 17).
Asociados a Cristo, vibran con Cristo, van a su paso.
Escribe D. Manuel:
«¿Qué es lo que descuella en primer lugar en la
vida pública de Jesús? Su trabajo continuo, su actividad incansable.
Además del cumplimiento de la voluntad del Padre, el ansia de la santificación de las almas, el ganar los corazones, el deseo de arrebatar las almas que el Padre le dio.»
La entrega total a Dios a través de los hermanos es idea fija en la mentalidad robusta de Mosén Sol.
No concibe otro cristianismo.
«Este amor, este cariño, esta compasión para con el prójimo, ha sido el distintivo de todos los enamorados de Jesús.
Es lo primero que nos enseña Él en su vida pública : trabajo constante, acompañado del deseo de la salvación de los hombres.»
Los Santos, mejor que los simples estudiosos, penetran la autenticidad del misterio del cristianismo.
La profundidad de las verdades, la da el Espíritu de Dios, que sondea la intimidad inescrutable de su Vida, y la revela a los limpios de corazón.
Muchas veces llamamos intuición a la luz que el Espíritu enciende en los hombres de buena voluntad.
Los que tienen la Unción del Santo lo saben todo, afirmaría San Juan, en su maravillosa epístola primera. (1 Jn. 2, 20. 26-27.)
«Somos auxiliares de Dios.»
Mosén Sol ha comprendido la profundidad rica de esta idea.
El Padre no ha querido descartar a los hijos de la misión del Hijo.
Cristo no quiere hacer solo.
Nos ha asociado.
De ahí surge para Mosén Sol la hoguera del celo más contagioso y eficaz.
Auxiliares de Dios, asociados a Cristo.
Esta verdad impone en el cristianismo la solidaridad más estrecha.
No hay individuos desconectados, yuxtapuestos.
Somos uno en bloque macizo de unidad perfecta.
Somos en Cristo. Somos Cristo.
Todo repercute en todos, porque somos miembros de un Cuerpo.
Por eso, la actuación de cada cristiano edifica al Cristo, o produce un déficit en la Iglesia.
Nuestra vida -inserta en el misterio de Cristo- conmociona en cada obra, en cada omisión, al Cristo total.
Somos para todos en unidad misteriosa y real y viva y perenne.
De esa verdad plena brota la auténtica responsabilidad del cristiano, liberada de egoísmo de autoperfección sospechosa.
En esa raíz se vitaliza el celo ardiente y desinteresado, para que todos los hombres tengan vida, para que Cristo sea todo en todos.
* * *
En el apostolado clave de Mosén Sol para la formación del Clero era necesaria esa base.
Las necesidades apremiantes de las Parroquias, las sombras que envuelven a los infieles, el fomento de la verdadera piedad en las almas, la formación cabal de la juventud, y todos los campos de la gloria de Dios v salvación de los hombres, los resume Mosén Sol en la «formación del Clero, que es lo que podríamos decir la llave de la cosecha en todos los campos de la gloria de Dios».
«Todo el bien de la Iglesia y de las almas y de la sociedad y del mundo, depende de la formación del Clero.»
Esa convicción total tiene que estar necesariamente incardinada a la idea, a la realidad vivida del Cuerpo Místico de Cristo.
Es la vibración escondida en todas sus empresas.
Cuando se siente la responsabilidad de «formar a Cristo en los hombres», nada parece excesivo, ni el dolor ni el trabajo, porque todo contribuye a una misión que supera toda inquietud.
Así se entiende perfectamente su espíritu de reparación, así se entienden sus obras macizas de tribulaciones y de constancia, así se entiende, en medio de todo esto, su alegría serena y su paz imperturbable.
Lo decía San Pablo, inspirado por el Espíritu:
«Ahora me gozo en mis padecimientos por vosotros, y cumplo, por mi parte, lo que faltaba de las fatigas de Cristo en mi carne por su Cuerpo, que es la Iglesia.
De la cual fui hecho ministro..., para anunciar el misterio escondido desde el origen de los siglos y generaciones, y ahora manifestado a sus santos, ... que es CRISTO EN VOSOTROS, la esperanza de su gloria» (Col. 1, 24-27).
Viviendo conscientemente en Cristo, se ve con ojos de Cristo, con mentalidad de Cristo, a los demás.
Que es el modo más fácil-el único-de ver a Cristo en todos.
«Que Él crezca»...
Son las ideas constantes de Mosén Sol. Presiden sus decisiones, sus consejos, sus obras.
Don Manuel insiste en que cada cristiano debe poner al servicio de todos su talento, su prestigio, sus intereses, su vida. Y debe ponerlos en el estado y condición en que sean de mayor rendimiento.
Nada puede ser indiferente, porque todo está en cercanía de intimidad, de familia. Todo en Cristo y Cristo en todo.
El cristiano es levadura para trasformar la masa, y no puede aislarse en individualismo intransitivo.
A quien no le preocupan todos, no ha entendido su vocación, no colma su destino.
El cristiano nunca es solitario, porque siempre es solidario.
Mosén Sol no reserva estas ideas para seminaristas o religiosas.
Son el nervio de sus artículos y predicaciones a todos los fieles, Congregantes, Obreros, Patronos, a todos los hombres de buena voluntad.
Preferimos dar un extracto de su doctrina, con palabras textuales :
«El objeto de la misericordia del Señor es salvar almas, hacer que vuelvan al hogar doméstico todos los hijos de Dios que andan dispersos por el desierto de este mundo.
«Pero no entra en los designios de la Providencia que sea Él solo quien lleve a cabo esta obra.
«Esta sed de la salvación de las almas, Cristo la trasmite a la Iglesia, es decir, a todas las almas cristianas de toda condición.
«Si estos deseos de Dios se frustran, es por la desidia de los hijos de la fe.
«Por el olvido de la ley de la caridad entre los cristianos.
«Por la ignorancia voluntaria del precepto de que cada uno debe tener cuidado de su prójimo.
«La salvación no depende sólo de la libre cooperación de aquellos a quienes la divina Providencia procuró salvar, sino del celo, de los esfuerzos de los que se hallan ya en camino de salvación, y a quienes invita Dios a que conduzcan a sus hermanos.
«¡Oh, si todos los cristianos correspondieran al deber de ser coooperadores de Dios en las almas, en el círculo que les ha señalado! ...
«Todos somos más o menos culpables de los males de la sociedad.
«Ocasiona muchos estragos la apatía de los buenos, que podían impedirlos y no los han impedido.
«La prevaricación de algunas almas privilegiadas, y, sobre todo, la infidelidad de ese gran número de cristianos, que pasan la vida en el abandono y la molicie, inutilizan los esfuerzos de la Iglesia en la salvación de la sociedad.
«Todos debemos ser auxiliares de Dios; todos tenemos esta vocación.
«No sabemos si estamos destinados a ser un río caudaloso, o si hemos de parecernos a la gota de rocío, que envía Dios en el desierto a la planta desconocida; pero más brillante, o más humilde, nuestra obligación es cierta : no estamos destinados a salvarnos solos.
«No debemos estar sin posteridad en el cielo.
«No podemos ser estériles.
«Si este deseo nos animara, aparte la cooperación que podríamos ofrecer a Dios con nuestras oraciones diarias y continuas, cuyos resultados en favor de las almas sólo en el cielo podremos conocer, no dejaríamos tampoco de aprovechar las ocasiones que nos ofrece a cada paso.
«Y pondríamos al servicio de Dios nuestro talento, nuestro prestigio, nuestros intereses.
«No habría obra buena que no nos interesara, ni asociación de propaganda que no mereciera nuestra ayuda y nuestra simpatía, ni acontecimiento triste en la Iglesia que no nos lastimara.
«Ni las almas más remotas nos serían indiferentes, ni las que Dios ha puesto cerca de nosotros dejarían de percibir el calor de nuestra influencia.
«Si se comprendiera este designio, si todos quisiéramos servir, brillaría sobre el mundo un día hermoso, y atraeríamos todo, hasta los elementos más refractarios.»
* * *
Esa es su doctrina.
Y ésa es su ejemplaridad.
«De mí sé deciros que el ver el extravío de tantas almas, el ver a Jesús tan olvidado, el ver las continuas necesidades de las almas, es lo que más me anima para trabajar por la gloria de Dios.»
En esa línea de responsabilidades, en ese sentido de utilidad y eficacia en el Cuerpo Místico, urge a los ordenandos de sus Colegios, haciéndoles ver que es el único medio de colaborar en la misión del Sacerdocio, y de vivir con plena satisfacción y alegría.
«Cuando se piensa en la actividad que absorbe a un comerciante, a un bolsista, a un campesino, a un jugador... Ni los placeres, ni los convites les llenan; son casi cosas secundarias. ¡El negocio, la pasión del resultado! ...
Y que el Sacerdote, que no puede recibir consuelos verdaderos más que del fruto de sus trabajos, no viva en esta agitación de celo en su campo, en su bolsa, en multiplicar sus conquistas y cosechar para los graneros de la eternidad; repito, que no se concibe.
Poco hemos hecho; nada; pero os puedo asegurar, et non mentior, que desde el Subdiaconado mi cabeza no ha vivido sino de combinaciones y proyectos y temores y sobresaltos y alegrías y penas sobre los intereses de Dios.»
Esa inquietud se apaga solamente con su vida.
«Ya soy anciano y poco puedo; pero ganas de hacer sí que tengo, y no quisiera morirme, sino vivir y revolucionar el mundo. Di a Jesús que no estoy contento.»
* * *
El concepto claro del Cuerpo Místico presidía sus decisiones, ante la elección de estado de las almas que con él se dirigían.
Es frecuente encontrar en sus cartas frases así
«Tú no has de ser Religiosa. Haces falta a tu familia.»
«Te necesita Jesús en el mundo.»
Copiamos los párrafos de una carta, que escribe a una joven, ante su próxima entrada al Convento, señalándole esta línea de vocación:
«Sólo tres cosas te encargo, que no quiero olvides jamás:
1) Debes proponerte ser santa. Si sólo tuvieras que ser buena, no permitiría tu entrada en la religión. Al lado de tu familia, padeciendo más o menos, también podrías serlo, y hasta podrías servir para la gloria de Dios en muchas almas.
2) Quiero seas víctima en favor de tus semejantes.
Al darte el Señor la fe y la piedad, muchos caminos podías seguir para servirle.
Mira esas pobres almas que se dedican al ejercicio de la caridad en apartadas regiones, en fétidos hospitales, en los campos de batalla, etc., etc. : se sacrifican por amor a Jesús en bien de sus hermanos.
Ya que el Señor te ha llamado por este camino, no te dispensa el que te asocies a sus sufrimientos en favor de los pecadores.
Jesús murió y sufrió tormentos en su Corazón para salvarte a ti y a todos; y para completar su obra necesita víctimas que se asocien a Él, para derramar su gracia a los demás por medio de aquellos sufrimientos.
No olvides, pues, repetir a Jesús aquellos ofrecimientos que escribiste estos días.
Quiero que lleves traspasado tu corazón con la espada del continuo sentimiento por la pérdida de tantas almas.
Jesús quiere y desea y pide que arrebates del Padre, juntamente con Él, estas gracias de conversión, obligándole con continuos gemidos y súplicas y santos enfados y penitencias.
¡Qué sería de ti, si tal vez no hubieran mediado las oraciones de otras almas!
3) No quiero pedirte nada para mí; pero, en cambio, sí que te pido no olvides rezar constantemente por los individuos de mi familia, alguno de los cuales tal vez me sirve de espina.
Cedo cuanto puedas hacer por mí, para que lo hagas en favor de ellos.
Que seas como el ángel tutelar de tu familia y de todos cuantos Dios haya encomendado a tu cariño.»
El concepto claro del Cuerpo Místico, el vivirlo con intensidad ininterrumpida, le daba un instinto de caridad auténtica para todos, especialmente para los inferiores.
«Nadie puede odiar su propia carne»-nos enseña San Pablo-. Y «todos somos miembros del mismo Cuerpo». (Efes. 5, 29-30.)
Mosén Sol sufría, cuando alguien, abusando de su cargo, o autoridad, trataba con poca consideración a los inferiores.
Así debe entenderse la caridad dentro del Cristo, como nos enseña el Apóstol en comparación expresiva :
«A los miembros del cuerpo que pensamos ser menos honrosos, a ésos los cercamos de mayor honor» (1 Cor. 12, 23).
Escribía D. Manuel a un Rector de escasa paciencia:
«A ése, que es de muy buena voluntad, aunque tenga aferramiento a sus ideas, es cuestión de saberlo llevar.
Y mejor es llevar a él, y a los demás, no como a inferiores, sino con cierto respeto y como a iguales, puesto que son miembros del mismo Cuerpo.
Así, peque usted más por amabilidad, que por corrección, y ya verá cómo le va mucho mejor.»
Ya hemos visto su predilección por los pobres.
Cuando alguno los juzgó inoportunos en llegar al Colegio de Tortosa con demasiada frecuencia y excesiva confianza, Mosén Sol intervino decididamente en favor de ellos:
«¿No sabes que esta Casa es la Casa de la Providencia?»
Ni le molestaba que le exigieran la limosna como una paga fija y comprometida.
Mosén Sol sabía agradecer sinceramente el honor de que la recibieran.
Cuando alguno trataba con poca delicadeza y consideración a los criados, le dolía más que si la falta fuera contra él mismo :
«Eso se hizo para mortificarme a mí, pues deseo favorecer a todos los que nos han servido, y oponerme a la poca caridad de aquellos que no miran como hijos a los dependientes.»
Los Operarios de México le contaron, como anécdota curiosa de aquellas tierras, que también en el Templo de San Felipe de Jesús, los indios se apartaban instintivamente de los blancos.
Escribe inmediatamente con pena:
«Decidles que todos somos hermanos, hijos del mismo Padre, miembros del mismo Cuerpo.»
Todos tenemos categoría de hijos de Dios.
Mosén Sol había entendido maravillosamente la unidad del cristianismo.
Conforme a la doctrina de San Pablo, «se había despojado del hombre viejo, con todas sus obras, y se había revestido del hombre nuevo, que sin cesar se renueva para lograr el perfecto conocimiento, según la imagen de su Creador, en quien no hay griego ni judío, circuncisión ni incircucisión, bárbaro o escita, esclavo o libre, porque CRISTO LO ES TODO EN TODOS» (Col. 3, 9-11).
21 TRES PREMIOS Y ...
«Dios no se deja vencer en generosidad.»
Solemos repetirlo con intrascendencia de tópico, con rutina de frase hecha.
Y es la realidad evidente, que nos sale al paso cada vez que hemos sabido ser generosos de verdad.
Mosén Sol lo tiene muy comprobado.
Le gusta afirmar que su vida es un tejido de dolores y gozos.
Pero un gozo de Dios vale por muchos sufrimientos.
La fundación del Colegio Español de Roma rozó lindes de tragedia, le quitó muchos años de vida:
«Me dicen que este último viaje a Roma me ha puesto en los setenta años»-escribía en octubre de 1891.
La Providencia de Dios le premia en abundancia.
No fue escasa satisfacción para D. Manuel ver engrosadas sus filas con elementos muy prestigiosos en el Clero español.
Varios Sacerdotes distinguidos, atraídos por los fines de la Hermandad y por las cualidades de Mosén Sol,
dieron su nombre y su vida a la Obra en los momentos más críticos para el Fundador.
Merece destacarse el nombre de D. José María Caparrós, Arcipreste de la Catedral de Madrid.
Trató de cerca a D. Manuel en los días de la fundación del Colegio de Roma.
Hombre cabal, Sacerdote santo, tenía fama bien merecida por su talento, su celo, su exquisita caridad que se prodigaba en limosnas ininterrumpidas, y por su espíritu de reparación.
Se consagró a la Hermandad el día 12 de agosto de 1892, en el Colegio de Valencia.
A los tres meses de ser Operario, fue propuesto don José María Caparrós para el Obispado de Zamora.
Dejó la decisión en manos de Mosén Sol, que, después de pensarlo con serenidad, le comunicó renunciara al Episcopado.
La grandeza sencilla de D. José María quedó estereotipada en la concisión de un telegrama: «Conforme.»
El Sr. Obispo de Tortosa, asombrado del gesto de Caparrós, no se explica tanta obediencia.
Don Manuel ni se asombra, ni se admira.
«Yo hubiera hecho lo mismo.»
Pero cuatro años después, le hizo admitir la Sede de Sigüenza, asistiendo a su Consagración Episcopal, el 2 de agosto de 1896.
Pocos meses pudo gobernar su Diócesis D. José María, porque una seria enfermedad le hirió de muerte.
El 25 de enero de 1897 recibió aviso D. Manuel, a las once y media de la noche, de la gravedad alarmante del Obispo de Sigüenza, que se había trasladado cerca de Murcia, por prescripción facultativa. Quería que Mosén Sol recibiera su último suspiro.
El 26 ya estaba D. Manuel a la cabecera del moribundo y le atendió día y noche, sin descanso, hasta que a las dos y media del día 27 le cerró los ojos.
«No pensaba más que en la Hermandad y sólo de ella hablaba.»
«Murió pobrísimo. No tenía un céntimo. Ni un pectoral, ni una mitra. No pudo ser trasladado a Sigüenza, ni siquiera a la Catedral de Murcia, por falta de fondos.»
Es el panegírico estupendo que D. Manuel hace de él en cartas de aquellos días.
Delante de Dios sólo tenemos lo que hemos dado.
Don José María Caparrós, que dejó a Mosén Sol «heredero de sus deudas», debe ser riquísimo en el cielo.
No le queda en la tierra más que un epitafio glorioso, de cristianismo evangélico cien por cien, que canta su grandeza en la sobriedad de tres líneas
«Omnia sua pauperibus largiens
pauper vixit, pauper mortuus, pauperrime sepultus.
Sit dives in suprema felicitate.»
Habiendo dado todas sus cosas a los pobres, vivió pobre, murió pobre, fue enterrado paupérrimamente.
Sea rico en la suprema felicidad.
«La pobreza merece siempre todos los respetos y atenciones»-había dicho Mosén Sol.
Nunca pasará por Murcia, sin llegarse al Santuario
de Nuestra Señora de la Luz, donde descansan los restos mortales de su amigo, Obispo y pobre.
El 27 de enero, todos los años, desde entonces, recordaba con nostalgia a sus dos grandes amigos: don Enrique de Ossó, muerto el año anterior en la misma fecha, y D. José María Caparrós.
«Hoy, 27 de enero, he aplicado la Santa Misa por nuestros Ossó y Caparrós.»
* * *
Después de la fundación del Colegio Español de Roma, Dios le tenía reservados tres premios a Mosén Sol.
Los Colegios (le España habían encontrado resonancia en muchas Diócesis; pero el Colegio de Roma le ponía en contacto inmediato con todos los Prelados.
La tormenta angustiosa que se levantó en torno a la Hermandad, contribuyó poderosamente a darle nombradía y consolidación.
Dios vela con eficacia sobre sus elegidos y convierte los argumentos contrarios en puntuales inconmovibles.
Dios no tiene rivales.
Es el Señor.
El Colegio Español de Roma atraía las miradas sobre la empresa de Mosén Sol.
Era una garantía indiscutible de amplio y sólido prestigio.
En circunstancias similares el único peligro radica en que los hombres duerman sobre sus laureles.
«A ésos-dice Mosén Sol-los ha engañado el enemigo.»
Mosén Sol no se dejó engañar.
Ha repetido muchas veces, con sentimiento de profunda sinceridad:
«A mí no me gusta el descanso.»
«Me parece que nada hemos hecho por lo mucho que hay que hacer.»
Se dilatan los horizontes a su paso, y cada día intuye perspectivas nuevas de la máxima gloria de Dios.
A principios de julio de 1893, tomaba posesión del Colegio de Vocaciones de Plasencia, «sin fatigas de fundaciones y con muchas ganancias».
Esta vez se rompe la monotonía de los sufrimientos, y Dios premia los trabajos del siervo bueno y fiel.
Don Esteban Ginés Ovejero es un Sacerdote placentino, que desde muy joven sintió arder en el alma impulsos de apostolado.
La ficha del Sr. Obispo de Plasencia es elocuente:
«Excelentes cualidades. Deja un vacío que no se llena fácilmente.»
Sin conocer a Mosén Sol, sigue una línea gemela de actividades y aspiraciones.
Todavía seminarista, organizó en Plasencia la Congregación de San Luis y de la Inmaculada, que cultivó con todo esmero y bastante eficacia.
La claridad de las cifras hablan muy alto a su favor: En 1894 asistían con regularidad 175 congregantes, bajo la dirección de D. Esteban.
Explicó Filosofía y Teología, durante varios años, en el Seminario Diocesano, donde tuvo también cargos de Administración; y palpó la necesidad de que alguien se preocupara intensamente en la formación de los jóvenes aspirantes al Sacerdocio.
A través de la Revista «El Congregante», se puso en contacto con Mosén Sol.
Conoció los fines de la Hermandad, y vio que coincidían con sus deseos de apostolado, de gastar la vida en la formación de la juventud.
En el mes de abril de 1887, viajó a Tortosa, para conocer directamente el funcionamiento de los Colegios de Vocaciones de D. Manuel.
Vio de cerca al Fundador y a la Obra, y el 6 de agosto del mismo año volvía a Tortosa, decidido a consagrarse a la Hermandad.
El Sr. Obispo de Plasencia rogó a D. Manuel que aplazase algún tiempo el ingreso de D. Esteban, porque no podía aún desprenderse de él.
A su regreso a Plasencia concibió la idea de hacer un Colegio a imagen y semejanza de los de la Hermandad, para incorporarlo a ella más adelante.
El 17 de enero de 1888, el Prelado de Plasencia bendijo y aprobó los proyectos de D. Esteban.
En una casa bastante holgada, bastante humilde y bastante vieja, inauguró el Colegio, en octubre de 1888.
En 1890, con dinero propio, compró D. Esteban la casa solariega de los Varonas, donde estableció definitivamente el Colegio de Plasencia.
* * *
Don Manuel siguió en contacto epistolar con D. Esteban, que en 1893 se consagró a la Hermandad para siempre, entregando el Colegio a Mosén Sol.
Mucho más que el Colegio le interesaba a D. Manuel el nuevo Operario, en quien cifraba, fundadamente, grandes esperanzas.
Se lo dice abiertamente en una carta:
«Quiero a usted primero, y el nombre del Colegio, luego; pero postrero éste, por no decir que me importa poco.
Con usted no faltaría un Colegio luego en seguida, si queremos.
Lo que importa es que no se me haga usted viejo.»
Plasencia y D. Esteban cicatrizaron muchas heridas a Mosén Sol.
* * *
El Colegio de Almería llegó también a manos de don Manuel, sin tribulaciones de fundación.
Andalucía le atrae con predilección, por la escasez de Clero, que aporta características alarmantes en toda la región, por aquel tiempo.
Almería, con sus 40.000 almas, sin un Instituto religioso, con muy poco Clero secular, era un grito desgarrador para el celo de Mosén Sol, en 1894.
El Sr. Obispo le ofreció la dirección del Colegio de San Juan, fundado para seminaristas pobres.
El 21 de agosto de 1894, fue D. Manuel a la ciudad, para tramitar personalmente las cosas.
En septiembre, publicaba el Boletín Eclesiástico la transformación del Colegio de San Juan en Colegio de Vocaciones Eclesiásticas de San José, bajo la dirección de la Hermandad de Operarios Diocesanos.
* * *
Desde 1894 requerían en Burgos a Mosén Sol, para establecer un Colegio de San José.
Apenas contó con personal disponible, fue D. Manuel a Burgos, y quedó prendado de Castilla.
«Es un campo vastísimo para nuestra Obra, y creo será una bendición, y el Colegio tal vez de más consuelos, a pesar de las contradicciones que nos aguardan.»
En septiembre de 1895, se encargó la Hermandad de los Colegios, ya existentes, de San Carlos y San Esteban.
En San Carlos vivían los teólogos; en San Esteban, los filósofos y latinos.
Pero Burgos merecía un Colegio de primera categoría.
«Vale más que tres Diócesis», decía Mosén Sol.
En junio de 1896, ya bahía comprado D. Manuel los terrenos para edificar el nuevo Colegio de San José.
Lo visitó con frecuencia, lo amó con ilusión.
Levantó un edificio capaz y hermoso, al que apellidaba «Rey de los Colegios Josefinos».
En 1923 el Colegio de Burgos había dado a la Iglesia 340 Sacerdotes.
Diploma de honor que la Providencia otwgaba a don Manuel Domingo y Sol.
22 ...Y UNA TENTACIÓN
Monseñor Antonio Vico, Auditor de la Nunciatura en Madrid, ya es muy conocido en esta biografía.
Trató mucho a Mosén Sol en los trámites del Colegio Español de Roma, y entabló profunda amistad con él.
Monseñor Vico admira la enteraza de D. Manuel, y la serenidad de su alma, y la grandeza de su corazón.
Monseñor Vico admira la entereza de D. Manuel, y Hermandad en los Colegios de Vocaciones.
No regatea alabanzas y aplausos.
El año 1893 pasó a la Nunciatura de Lisboa.
Vio el panorama portugués, que ofrece una estadística deplorable, en aquella época, en el aspecto religioso
«Gente bonachona; pero país muerto a toda vida religiosa. Clero inerte, convertido en autómata de la ingerencia estatal y de la masonería, incapaz de recibir sello, vida, ni iniciativa, a no ser formando una generación nueva levítica.»
Monseñor Vico se acuerda de D. Manuel y de su Obra.
No hay otro remedio que renovar los Seminarios.
Apremia a Mosén Sol con ruegos insistentes, para que vayan los Operarios a desplegar sus fuerzas en la nación vecina.
Portugal se ha convertido, desde hace tiempo, en tentación continua para el celo de D. Manuel.
Antes de que Mons. Vico le insinuara algo, ha escrito Mosén Sol artículos vibrantes a las juventudes españolas, interesándoles por la portuguesa.
Le extraña que captemos más fácilmente la pulsación cristiana de otros países.
«Sabemos más cuánto hacen, o dejan de hacer, los jóvenes franceses, italianos o americanos, como discípulos de Jesucristo, que lo que hacen, o dejan de hacer, los jóvenes portugueses.
No suele hablar de esto la prensa buena, ni la mala.
Diríase que, reñidos los vecinos del entresuelo y del principal, no se cuidan para nada los unos de los otros.
Los españoles y los portugueses ganarán ayudándose mutuamente.»
Mosén Sol quiere poner en contacto a los Ángeles de España y Portugal.
¿Por qué ha de abrir el alma distancias que borra la geografía?
La invitación de Mons. Vico remueve todos los anhelos de su corazón.
Le crecen las energías cada vez que piensa en Portugal.
Sólo tiene una dificultad, mayor que las fronteras, la única que detiene el paso de D. Manuel:
«¿De dónde sacaremos obreros?»
Monseñor Vico habló al Patriarca de Lisboa sobre la Hermandad y su labor en los Colegios de San José, hasta hacerle desear su presencia allí.
El 19 de abril de 1895 salió Mosén Sol de Madrid a Lisboa, para tratar las bases del nuevo Colegio de la Hermandad en la capital portuguesa.
Don Manuel, Caparrós, Osuna y Ginés, se reúnen con Vico en la Nunciatura de Portugal, echando líneas para la redacción de las bases.
El Nuncio les favorece con entusiasmo, porque ve un remedio oportuno a males muy enraizados.
Un compás de espera, que dura varios días, arranca acentos de calor italiano a Mons. Vico por las dilaciones de Su Eminencia José III, Cardenal Netto, Patriarca de Lisboa.
Monseñor Vico no entiende aquellas vacilaciones, cuando llega la hora de actuar.
Por fin, se llega a un acuerdo con el Patriarca, a quien pudieron entrevistar después de la antesala de unos días.
Hay solemnidades en la vida que paralizan eficacias.
Hay protocolos que merecen jubilación.
Pero cada hombre tiene su temperamento, y cada pueblo tiene su estilo.
El Eminentísimo Sr. Cardenal ofrece un Palacio, cerca de su residencia, para Colegio.
Ofrece, además, un título muy largo:
«Pequeño Seminario de Jesús, María y José, y Colegio de San José y San Antonio, de Vocaciones Eclesiásticas, y para Misioneros de las Colonias Portuguesas.»
Todo un resumen de Historia Peninsular.
* * *
Mientras se habilita el Palacio de Lisboa, establece el Seminario en una magnífica quinta, llamada «Farrobo», residencia veraniega del primer dignatario eclesiástico lusitano.
Demasiado título... Demasiada quinta...
Monseñor Vico escribe a Mosén Sol el día 31 de agosto de 1895 :
«Esta obra de Lisboa necesita mucha, muchísima asistencia, paciencia y más sacrificios.»
Demasiado título... Demasiada quinta... Demasiada paciencia...
Lo puede asegurar D. Andrés Serrano y sus colaboradores, que, desde el 10 de septiembre de 1895, en que inauguran el Colegio, con 60 alumnos, no dejan de sufrir angustias e intranquilidades, hasta el final.
Farrobo de Portugal, y después Lisboa, son un archivo de preocupaciones para D. Manuel y para la Hermandad.
Escribía Mosén Sol:
«Se necesitan muchas bendiciones para lograr algo en esta tierra necesitada.»
Portugal atraviesa una crisis profunda, y Mosén Sol siente las manos atadas para hacer tanto como desea.
«Mi ambición Do se satisfaría con todo Portugal entero.»
Las ingerencias del Estado y las ingerencias de la masonería no consiguen reacciones oportunas y eficaces en la inercia del Clero.
Hay momentos en que la resignación deja de ser virtud, y se convierte en el vulgarísimo «ir tirando».
Don Manuel gime con audacia sincera:
«Encargaré a los nuestros pidan a Dios la persecución contra el Clero, hasta lograr la separación de la Iglesia del Estado.»
A males radicales no sirven paños calientes.
Urgen remedios definitivos.
Llegan ciertas circunstancias en que es un crimen de lesa vocación cristiana tolerar abusos e influencias extrañas e injustificadas.
Es una utopía entresacar epítetos de caramelo, aunque se revistan de un entrecomillado para llamarlo «mal menor».
Muchas veces el mal menor crece como el cáncer, oculto, solapado, y su zarpazo es de mal absoluto.
Mosén Sol ve con claridad de entrega a la Iglesia de Jesucristo, Y liabla sin remilgos de concesiones:
«Persecución contra el Clero, hasta lograr la separación de la Iglesia del Estado.»
* * *
El año 1896, el Pequeño Seminario de título magnánimo se trasladó al Palacio de Lisboa.
Dios oyó a D. Manuel.
Y la persecución empezó por casa.
El año 1901 fueron violentamente expulsados los Operarios por instigaciones masónicas y cobardía del Estado...
El 9 de marzo un periódico lisboeta azuzaba los ánimos para perseguir a los Operarios «con más encono aún que a los mismos Jesuitas».
Don Manuel sonríe en la persecución, con serenidad de alma que otea tiempos mejores:
«Si la Providencia de Jesús quisiera que saliéramos por motivo de los masones, sería una salida muy gloriosa. Sería una bendición.»
El 10 y el 11 de marzo, la Policía defendió el Seminario contra grupos muy gritones, que pretendían asaltarlo.
El Ministro portugués declaró que eran jugadas de la masonería; pero intimó la salida de los Sacerdotes españoles en el plazo de ocho días.
El día 16 recibió el Patriarca un apremiante aviso del Presidente del Consejo, para que apresurasen la salida, «pues no respondía de lo que pudiera pasar».
* * *
Así acabó la aventura de Mosén Sol en Portugal. «Sobre no haber recibido un céntimo de beneficio, nos dejaremos entre las zarzas más de seis mil duros, que no me preocupan gran cosa, si podemos salir de aquel campo con la tranquilidad de que no se ha perdido por culpa nuestra.»
Demasiado título... Demasiada quinta... Demasiada paciencia...
Lo decía, en son de humorismo, una carta de don Manuel, que era un presagio de este desenlace, ya en junio de 1896:
«¡Farrobo de mi alma! ¡Tema de encanto para los poetas!
¡Deliciosa soledad para los espíritus contemplativos!
¡Ambicionable estancia para el Cardenal! ¡Encanto de almas superficiales!
Pero para mí y la Obra, prisión para purgar nuestros pecados y origen y causa de todos los males de nuestra santa empresa.
Nido de sufrimientos y quebrantos materiales y morales.
En fin..., una tentación no vencida ... »
«El Demonio ha penetrado la malicia de la Hermandad.»
23 SEMINARIOS
«Os elegí para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca.» (Jn. 15, 16.)
«Vuestro tristeza se volverá en gozo.» Jn. 16, 203
Los Colegios de San José imprimieron un sello especial en la formación de los seminaristas.
«Más de un Prelado me ha dicho, sin ningún reparo, que en algunas Parroquias ya se conoce la ida de los jóvenes salidos del Colegio.»
Dieron una pauta, entonces nueva, que cada vez se abre camino más amplio, mejorada con experiencias de muchos años.
El matiz benéfico, que ordinariamente caracterizaba a los Colegios de San José, facilitó un régimen familiar, de compenetración entre alumnos y Superiores.
Estos podían influir más directamente y con mayor eficacia en la formación de los seminaristas.
Este clima destacaba en abierto contraste con la atmósfera común de los Seminarios del siglo xix.
El Colegio iniciaba una época sin lastre, sin atavismos anémicos, sin rutinas perniciosas, que marcaban la ruta en otros Centros.
El Colegio, libre de taras endémicas, nacía ágil para romper la marcha.
Pero, sobre todo, exigía un estilo cordial, abierto, Mosén Sol, experto conocedor del hombre y hábil maestro de juventudes.
«Todo salía del corazón en aquel hombre nacido para la patria del amor»-escribía un Sacerdote, a la muerte de D. Manuel.
Mosén Sol fue enemigo declarado de asperezas.
Conjugaba, en síntesis perfecta, la energía del Director y la amabilidad del padre.
No toleraba que los Superiores se encastillaran en sus puestos de mando, muy poseídos de su autoridad.
«Claro es que conviene más comunicación entre Superiores e inferiores, y así suele suceder cuando los Superiores nuestros no llegan a considerarse como capitanes en sus torres.
Por esto, tal vez la experiencia enseñará que haya «daltabaix» de vez en cuando.»
La autoridad es un talento que Dios confía al hombre para servir a los demás.
No es un título para que los súbditos vivan genuflexos.
El más alto debe servir con más eficacia.
«Como el Hijo del hombre, que no vino a ser servido, sino a servir (Mc. 10, 45).
Don Manuel se hacía respetar por amor, que es la única fuente del respeto sincero y total.
Le veneraban porque le querían.
Mosén Sol se imponía por las obras, que son el argumento definitivo a la hora de la verdad.
No vivía en los Colegios desconectado de los alumnos, en pedestal ficticio de aislamiento, y con aureola fría de distancia.
Ni permitía que viviesen así los Operarios.
Escribía a uno, que lo buscaba en ciertas circunstancias :
«Creo muy bien que necesitaría usted estos días, o más bien, esta temporada, hacerse invisible dos o tres horas, para que le dejaran quieto; y, si tuviera que darle un mal consejo, le diría lo que hace un Administrador, que usted conoce; pero no se lo doy; que el Operario ha de estar siempre a merced de todos, y ser todo para todos.»
Pretendía en las Casas una formación robusta y honda, que sólo se consigue en régimen de confianza y amplitud de espíritu, rubricado de abnegación constante y ejemplaridad noble por parte del Superior.
Lo exigía de aquellos que ponía al frente de los Colegios, y reprendía con paternal dureza a quienes trataban de angustiar los cauces.
Los Operarios tienen que vivir para los alumnos hasta desvivirse por ellos.
Más que los consejos, vale el ejemplo.
Más que las palabras, vale la vida.
Don Manuel podría haber dicho, sin rubor de no aparecer modelo: «Sed imitadores míos» (1 Corintios 4, 16).
Porque Mosén Sol se preocupaba, con solicitud incomparable, de todo lo que afectara al más pequeño de sus colegiales.
Alegrías, penas, éxitos, fracasos, enfermedades, vocación, familia, todo lo que estuviera relacionado con un alumno, nunca fue ajeno al corazón de Don Manuel.
Vivía con ellos y vivía para ellos.
Y sin esperar recompensa.
Les había dicho muchas veces a los Operarios la consigna de su misión:
«No debemos trabajar por las gratitudes.»
Había entendido maravillosamente el estilo de San Pablo, y lo encarnaba en su vida:
«No os seré gravoso; que no busco lo vuestro, sino a vosotros. Porque no deben los hijos atesorar para los padres, sino los padres para los hijos. Y yo con sumo gusto gastaré y me desgastaré a mí mismo en bien de vuestras almas; aunque, amándoos yo más a vosotros, sea menos amado» (2 Cor. 12, 14-15).
Y en esa línea estructuró la Hermandad y quería a sus miembros.
Esta generosidad ganó a todos.
Se explica perfectamente el cariño sincero que los antiguos alumnos profesan a los Colegios de San José, donde encontraron la prolongación del hogar, sin asfixia de espíritu, sin hermetismos enojosos, sin recelos hirientes, sin minucias artificiosas.
Eran un oasis en el clima habitual de los Seminarios, que atravesaban una época desquiciada.
Los Colegios de San José ganaron admiración justificada, y la Obra de Mosén Sol brilló oportunamente como remedio eficaz, para encauzar Centros de formación eclesiástica.
No los excluía la idea de D. Manuel.
«No es contra nuestra Institución, sino muy conforme a ella»-escribe, al aceptar el primer Seminario.
Pero en los comienzos no se basó en tales pretensiones.
Jamás quiso dar lecciones a nadie.
Pero Dios habló por las circunstancias.
* * *
El año 1894, el Sr. Obispo de Granada ofreció con insistencia la dirección de su Seminario a la Hermandad.
Mosén Sol estaba embarcado con varios Colegios nuevos, y no pudo acceder a sus ruegos, por falta de personal.
Lo sintió profundamente, porque le atraía el campo andaluz, más necesitado en tales años que otras regiones españolas.
Siguieron los Prelados acosándole con ruegos apremiantes, y en 1897, aceptó en Astorga el primer Seminario que regentó la Hermandad.
Dado aquel paso, fue tomando, en años sucesivos, la dirección de otros muchos Seminarios, según iba aumentando el personal de la Obra.
En 1898 se hizo cargo del Seminario de Toledo, donde, además, inauguró un Colegio de Vocaciones el año 1899.
Desde entonces no se interrumpe el desfile rumoroso en los puntos más opuestos de España, que pedían una limosna de amor al corazón sacerdotal más grande, que en muchos tiempos ha visto la recia tierra española.
Barajando fechas y nombres, surge un poema glorioso en honor de Mosén Sol.
1901 = Zaragoza, Sigüenza y Cuenca.
Y en Cuenca, además, el Colegio de San Pablo.
1902 = Badajoz.
1903 = Baeza.
1904 = Jaén, Ciudad Real y Málaga.
1905 = Barcelona.
1906 = Segovia.
1907 = Almería.
1908 = Tarragona.
Los claustros de los viejos Seminarios españoles sintieron, en la hora más crítica de su vida, el latido robustamente cariñoso del Apóstol de las Vocaciones Eclesiásticas.
El Pilar de Zaragoza y la Alcazaba malagueña se unían en brazos de Mosén Sol.
Las gloriosas peinetas roqueñas, de aristocracia milenaria, dialogaban en el Correo Josefino, desde Tarragona y Segovia.
Andalucía rezaba piropos gitanos a Castilla y Barcelona.
España vibraba a la luz de aquel Sol.
Era el ocaso de gloria del Sacerdote íntegro, Padre de muchos Sacerdotes.
Manuel Domingo y Sol muere bajo el peso ingente de 24 Casas de formación sacerdotal, que brinda a la Iglesia para gloria de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote.
* * *
No hace falta puntualizar la brega de la Hermandad-de Mosén Sol-al hacerse cargo de los Seminarios.
Ya hemos señalado en capítulos anteriores el lastimoso estado en que yacían.
«Hace falta tener vocación de mártires, para dedicarse a esa misión»-es todo el comentario que ya oímos pronunciar a un Sacerdote.
No se le oculta a Mosén Sol, que habla largamente a los Operarios de estas y otras dificultades.
Los Seminarios no eran la Casa nueva que iniciaba su ruta.
Resulta duro confesarlo; pero eran el matorral que merecía espigas.
Fue labor titánica sanar en pocos años lacras viejas de triste deformación sacerdotal.
Don Manuel ve las dificultades con evidencia:
«Tratar con alumnos, que no son fruto de nuestra beneficencia, y a quienes será difícil comprender nuestro desinterés, y que, por lo tanto, no nos mirarán como padres, sino, a lo más, como cualesquiera otros Superiores, que tenemos en ello nuestra ocupación o destino, como otro destino cualquiera eclesiástico o de conveniencia nuestra.
Todo esto si es que no nos miran como Superiores impuestos, o instituidos para desplegar mayor rigor, como si significara semejante Institución malas condiciones en ellos, que ex¡-,¡eran mayor disciplina.»
Lo ve claramente, lo advierte noblemente; pero no se deja minar por el microbio fatal de la cobardía.
Cristo y su Iglesia-las almas-necesitaban mano vigorosa para barrer el mal, mano delicada para cultivar el bien.
Y Mosén Sol no vacila.
Nació para dar...
Y dio entera su Obra a los Seminarios-corazón de las Diócesis-, para que, viviendo oculta, como la raíz, callada, como el espíritu, vitalizase la anemia de muchos lustros con valentía de hombres, con mansedumbre de víctimas.
Y trabajaron como buenos, los obreros de Mosén Sol, porque era Cristo quien lo exigía.
Antes de morir, pudo ver D. Manuel mismo grandes progresos en la labor de los Seminarios:
«Hoy se va reconociendo el resultado, a medida que van pasando las prevenciones; y aun muchos de los nuestros han podido ver ya lo presente, comparándolo con la cloaca que encontraron.»
Fue dura la brega.
«Si el grano de trigo no cae en la tierra ... » (Juan, 12, 24).
Y Mosén Sol. sembró su Obra en los Seminarios.
Así es la verdad.
Y así ha vuelto a salir el sol, después de muchas tinieblas.
Y así ha brotado la cosecha opima, después de inviernos de escarcha.
La incomprensión más cerrada suele ser, en la tierra, recompensa de los héroes.
Los fiscalizadores de motas en ojo ajeno, levantan el grito de alarma, hipócrita, inhumano, poniendo en las cumbres más visibles un desacierto, y señalando bien con el puntero de su murmuración.
Son inevitables algunos desaciertos en toda obra de hombres.
Pero olvidamos, con mucha frecuencia, que la cumbre está hecha de aciertos colosales y sublimes.
Es muy fácil airear un error en cimas logradas.
Pero es muy difícil elaborar la cima.
Debemos ser justos y honrados, reconociendo a nuestros grandes humildes antepasados el mérito de su entrega total, en situación crucial.
Estamos de acuerdo: hoy no valen íntegramente los métodos de ayer.
Pero estamos también de acuerdo: los métodos de hoy no hubieran servido para ayer.
Hay que arrancar y destruir, para plantar y edificar.
Hay que limpiar para pulir.
Y mirar con ojos hipercríticos de «ultra-hoy» una labor necesaria de poda, de limpia, de saneamiento urgente, a la luz de un nivel espiritual que no existía, equivale a no tener ojos, equivale a no tener entendimiento.
Sería un disparate imperdonable empeñarse en mantener hoy día en los Seminarios ciertos métodos caducos, porque pasó la avalancha destructora.
Sería imperdonable querer empezar siempre, cuando se debe continuar, porque resta mucho camino hasta la meta.
Tacharíamos de equivocado, con deber de jubilación inmediata, al que intentara anclarse en concepciones pretéritas, que ni existen, ni deben volver a retoñar.
Es evidente. Redundan explicaciones.
Pero es tan disparatado, tan imperdonable y tan erróneo, juzgar, a nuestra luz, tiempos urgentes y calamitosos, que necesitaban, para gloria de Dios y bien de las almas, actuación de Sumarísimo.
Y digámoslo muy alto, en honor de los próceres, que abrieron surco de fecundidad, roturando yermos: Ellos no eran así. Ellos necesariamente tuvieron que estar así.
Eran como Manuel Domingo y Sol: corazón grande y espíritu abierto.
Pero no temieron.
Amaron a la Iglesia más que a su prestigio.
Amaron a los demás más que a sí mismos.
Estamos completamente de acuerdo: hoy no vale todo lo de ayer.
Pero, gracias a ellos, en los Seminarios de España brilla la luz.
Como lo soñó aquel hombre de Dios, que se llamó Manuel...
24
AMÉRICA
«Por todo la tierra se difundió su voz, y hasta los confines del orbe su pregón» (Rom. 10, 18.)
El salón de estudio del Colegio de Valencia no había conocido tanta seriedad, como el día 12 de agosto de 1898.
Acostumbrado a travesuras inocentes en víspera de fiestas, y a nerviosismo juvenil, cuando amenazaba el susto de los exámenes, debió crecer ante sus propios muros.
Hay actos que aumentan el prestigio y la categoría de las paredes.
El salón de estudio del Colegio de Valencia se dio mucha importancia aquel 12 de agosto.
La Hermandad de Sacerdotes Operarios entró a su recinto para celebrar el «Primer Capítulo General».
Siempre tienen las primicias una emoción inédita de recuerdo imperecedero.
Doce días antes, expidió el Cardenal Prefecto de la Congregación de Obispos y Regulares el «Decretum Laudis» para la Hermandad.
A Mosén Sol le ha costado mucho empeño, mucho tiempo y mucha preocupación, mantener incólume la «fisonomía puramente sacerdotal» de su Obra.
Por fin, la Autoridad legítima aprobaba oficialmente su camino.
No ha sentido arranques de exaltación por ello.
Estaba muy seguro de que así lo quería Dios.
Le escribe a un Operario, comunicándole la noticia:
«Hoy, cuatro de la tarde, recibo el telegrama del Decretum Laudis.
Aunque no me ha producido el gozo, que en otra ocasión y circunstancias me hubiera vuelto loco, con todo, he ido silenciosamente a la capilla, y he dado gracias, y prometido ser más bueno.»
Obtenido esto, venía inmediatamente el Capítulo.
* * *
Mosén Sol, elegido Director General por unanimidad de los capitulares, habla con entusiasmo, con optimismo:
«A la sombra de este árbol nuestro es de esperar se forme la nueva generación sacerdotal, que el mundo de hoy necesita, para que sea luchadora ... »
Habla con ilusión crecida, y termina oteando perspectivas lejanas :
«Siglos enteros están acechando nuestra aparición desde los montes de nuestras antiguas Américas, en demanda de auxilio para aquellas almas necesitadas.»
No es la primera vez que D. Manuel piensa en América.
Los hijos de Dios no se cierran en partidos.
Se apoyan en un punto concreto, en un pedazo de tierra, pero llegan a todas partes.
Mosén Sol quería llenarlo todo, constelar la tierra de luz sacerdotal.
La razón es siempre la misma:
«Me ilusiona América por la falta de Clero.»
Quiere estar donde le necesitan.
Quiere aportar su trabajo, su ilusión.
No ha nacido para nota de adorno en la Iglesia de Cristo.
Es auxiliar de Dios.
* * *
En las empresas de D. Manuel gravita una constante de amargura, que limita sus deseos sin contornos.
Lo dice en frase incorrecta, pero expresiva, cuando piensa en América:
«Miro la tela... y no coge para tanto.»
Pero la tela de España da mucho de sí, cuando se asoma al Atlántico.
América es imán irresistible a todo español.
Tenemos la mitad del alma a bordo de «Santa María», en los caminos anchos del mar.
América cautiva el corazón.
La imaginamos hermosa y grande, como un cuento oriental; estremecida de selvas; crucificada de estrellas; como una esperanza virgen, como un mundo de sueños bogando en el océano.
Bella durmiente en el azul.
América es grande, porque le nació a España una noche que se durmió en las olas, soñando imposibles.
Surgió entre espumas y tormentas, suave y poderosa, y enorme-sin norma-, porque emerge sin ajuste a viejo ejemplar.
América es hermosa como un sueño.
América es el mundo nuevo, grande, sin terminar.
Tiene una fuerza de gravedad que arrastra a los españoles.
Se nos escapó el corazón en los ojos de una Reina, que valía un Imperio sin fronteras.
Se nos escapó en conquista de misión, de enviados,
Y no volvió del todo, porque se aclimató a la pampa, y a la selva impenetrable, y a los Andes coronados de majestad y dulzura.
El manto de Isabel podía acunar un mundo.
Era ecuador de cariño.
Y América aprendió en español encantos y bravura y generosidad caballerosa.
Aprendió hasta la Cruz de Cristo, que estaba sin nombre y sin bautismo en sus cielos anhelantes.
Aprendió a bautizarse en ríos como mares.
Y todo lo aprendió en español...
* * *
Mosén Sol también vivía en América, porque era un apóstol, que es ser universal; y porque era de España, que es ser algo americano, desde que el índice de la Península-en la Punta de Tarifa-señala rutas de ultramar.
América le llamaba con simpatía y con urgencia.
Y en España siempre se escucha con ilusión el grito de América.
En 1891, entre brumas densas de Roma, la brújula del corazón ya le indicaba sus tierras, sin facilidad de vuelo, porque el hombre es concreto y limitado.
Pero siete años después...
Era el 1 de abril de 1898.
Mosén cumplía 62 años de edad.
México es inicial de letanía americana.
Tiene una Virgen trigueña, con bautismo de España-Guadalupe-, en la cima de un monte azteca -Tepeyac-.
«Santa María» rompió las olas en sesgo incierto, al azar, mientras fue carabela, para abreviar mares y unir tierras.
Santa María de Guadalupe sintetiza, en vértice de gracia, a España y América, rumbo al cielo.
México es inicial.
También lo fue para Mosén Sol.
* * *
El Sr. Obispo de Chilapa le conoció en Tortosa, el día 1 de abril de 1898.
Antes había tratado mucho a los Operarios del Colegio Español de Roma.
Vino a Tortosa para ofrecer su Seminario a don Manuel, con argumentos irrefutables.
Era un regalo de la Virgen para el cumpleaños de Mosén Sol.
No se podía negar.
El 25 de noviembre embarcó la expedición de los primeros miembros de la Hermandad, que, en su nombre, fueron a dar un «sí» a la Virgen guadalupana.
El 11 de enero de 1899 tornaron posesión del Seminario de Chilapa.
México quería más,
Hay en la capital un templo nuevo, suntuoso, espléndido, levantado en la calle más importante.
Muy pronto se lo ofrecieron a la Hermandad.
Mosén Sol quemó las naves.
Dio todo lo que tenía.
Muerto su último hermano, vendió la casa pairal, para costear el viaje de la segunda expedición.
«He vendido la casa mía de la calle del Ángel.
Me he desprendido, pues, de la casa pairal.
Tenemos el viaje de los mexicanos encima...
Sólo siento la separación de mi Ángel, ante el que nací.»
El 15 de diciembre de 1899 entregaron a la Hermandad el Templo Nacional Expiatorio de San Felipe de Jesús, «con el objeto principal de desarrollar en él el culto a Jesús Sacramentado».
México fue inicial efectiva de la obsesión reparadora de Mosén Sol.
* * *
Todos los españoles tienen la mitad del alma al otro lado del mar, cautiva de América, que parece tierra de promisión.
Escribe D. Manuel:
«Como, duermo y sueño con México, y estoy dando vueltas al problema de ayudar allí.»
Los hijos de Dios no se asfixian en fronteras.
«Si tuviéramos veinte Operarios, arrebatábamos todas las almas del antiguo Imperio mexicano.»
Pero ante el vasto campo de América-lo confiesa él mismo-, tiene que ser «mártir de deseos».
Y todavía, en 1900, pudo aceptar el Seminario de Cuernavaca, donde pocos años después hubieron de encargarse también los Operarios del culto en la Catedral.
«El campo de América es vasto, y no podremos recorrerlo, si no vienen otras ayudas.»
«A pesar de la falta de personal-idea que casi me pone enfermo-»..., tiene que aceptar aún el Seminario de Puebla de los Ángeles, en las postrimerías del año 1902.
España... Roma... México...
Los Ángeles de las Naciones baten palmas en Puebla, porque el grano de mostaza se ha convertido en árbol frondoso, para cobijar muchas ilusiones grandes, de eficacia perenne.
El gozo de Mosén Sol es un prefacio de hosannas, bajo el cielo y sobre el mar.
25 CORAZÓN GRANDE
«Testigo me es Dios de cuánto os quiero a todos en las entrañas de Jesucristo. Y, por esto, ruego que vuestra caridad crezca más y más» (Filip. 1, 8-9.)
Fuera del comercio, las cosas no se miden ni se pesan.
Nada hay pequeño cuando lo toca un corazón grande.
La caricia de una madre vale una vida.
Las cosas no son grandes ni pequeñas.
Dan la talla del corazón que las unge.
Es, al fin, la enseñanza plástica de Jesucristo, sentado frente al gazofilacio.
Pasan los ricos, con rumboso desprendimiento hipócrita, apagando en tintineo de exhibición el humilde susurro de dos ochavos.
Y dice Jesús:
«Esa pobre viuda echó más que todos, porque echó cuanto tenía» (Luc. 21, 1-4).
Los contornos solemnes pueden mentir grandezas vanas.
Sólo es verdad el amor.
Y el amor no entiende de medidas, porque sólo sabe de totalidad.
El corazón grande es un don espléndido de Dios.
Bienaventurados quienes lo poseen, porque se parecen mucho a Él.
* * *
Es la característica más acusada en la personalidad de Mosén Sol.
Dejó la impronta de su grandeza en todo: en rasgos heroicos y en sencillos detalles de la vida.
Don Manuel destierra de un plumazo estrecheces, congojas, caprichos minimistas, y unge de amplitud cuanto cae en sus manos.
Reflejó su espíritu maravillosamente en la concepción abierta de la Hermandad, donde ha incrustado rasgos indelebles de su íntima profundidad.
El capítulo de la obediencia guarda el sello de su anchura de alma.
Don Manuel está convencido de que se consigue mucho más con amabilidad, que con trabas acumuladas y atenazamientos innecesarios.
Dice:
«La obediencia debe ser completa, y, mejor que completa, cordial, en los Operarios.»
«La nuestra no ha de ser una obediencia militar.
Somos milicia más voluntaria, y siempre hemos de ser voluntarios de Cristo.
En cambio, ha de ser una obediencia cordial; no con el fin de un deber, sino por voluntario ofrecimiento.
Por lo tanto, hemos de estar dispuestos siempre y en todo, pero con cordialidad, sin necesidad de mandato.
Este debe ser el distintivo.»
Mosén Sol no concibe un Operario remolón, desencajado, tozudo.
Esos estorban siempre, y en todas partes.
El Operario siempre da más que le piden.
Adivina y complace, sin necesidad de imperativos, que siempre son enojosos; sin airear su entrega, que siempre implica soberbia; con la espontaneidad con que el rosal brinda sus flores.
Por eso dice abiertamente:
«Creo innecesario el ejercicio de la obediencia, atendida la cordialidad con que nos hemos ofrecido a los ministerios sacerdotales de la Obra.»
Prefiere la armonía perfecta, el acuerdo cabal, entre Superiores y súbditos.
Prefiere el diálogo fraterno al imperio centralista y dictatorial.
«Debo deciros que no es opuesta, como tal vez lo sería en otras Instituciones, la manifestación ingenua de la repugnancia que pueda causarnos su cumplimiento en todos los casos particulares, atendida la índole sacerdotal de la Obra; sino que será virtud de santa sencillez y de mayor complacencia la manifestación de su timidez, o de los inconvenientes que acaso puedan preverse, siempre con la cordial disposición de cumplir la voluntad de Dios.»
Don Manuel quiere Superiores a su imagen y semejanza: amplios, comprensivos, de corazón paternal y de visión clara.
Se consigue más así, que con durezas fulminantes y autoritarismos estridentes.
Y quiere súbditos entregados, convencidos, llenos de sentido común y llenos de confianza.
«No debemos procurar hacerla nunca necesaria, bastándonos para obrar, más que la obediencia, las meras indicaciones que se nos hagan, ya porque es mejor obediencia, ya porque, por lo común, las indicaciones son preceptos de suavidad, que deben movernos con más fidelidad y dulzura a su cumplimiento.»
Esta armonía cordial garantiza la eficacia de una Obra destinada a empresas grandes.
Pero esta armonía supone en Superiores y súbditos mucha grandeza de alma, y mucha convicción de amor y de generosidad.
Elimina radicalmente dos planos paralelos y distanciados, en que los Superiores viven aislados de los súbditos.
Don Manuel es partidario de la compenetración íntima y sincera, que facilita las cosas y asegura el rendimiento.
Quiere que los súbditos colaboren con la Autoridad en los puntos difíciles de la obediencia; que aporten sus razones, que el Superior debe atender si son convincentes, aunque tenga que retractar sus órdenes o sus puntos de vista.
También quiere que los súbditos allanen dificultades en los mandatos menos halagüeños, aceptando de buen grado condiciones menos satisfactorias, pero necesarias.
Todo esto es fácil, cuando reina la confianza mutua, cuando reina el amor, cuando hay nobleza de alma en quien manda y en quien obedece.
Mosén Sol sabe-y lo dice-que el Superior no es infalible, por el mero hecho de ser Superior.
Sabe que el Superior también es limitado.
Por eso, dice que es un acto de caridad hacerle ver sus equivocaciones, sus fallos, sus caprichos. Porque, por muy buena voluntad que acompañe a estas cosas, no dejarán de ser equivocación, fallo, o capricho.
Los súbditos también tienen obligación de ayudar al Superior, para que sea más bueno, como miembros que son del mismo Cuerpo.
Lo escribe con sinceridad a un Operario, descubriendo su modo de hacer en este punto concreto:
«Mucho me complace la buena disposición de ánimo a la santa obediencia, indispensable en el miembro de toda Institución.
Cuando se ve claro, y es indispensable, se resuelve con toda decisión, aunque a veces tenga que ser con pena.
Y entonces ciertamente es muy dulce obedecer un mandato, aunque éste sea penoso, por otra parte, por lo difícil de su cumplimiento.
Y aun en esto no obro nunca sin consejo, que si no está conforme con el mío, lo evidencian las razones, y al fin convencen.
Pero hay otras cosas, que se ven útiles, aunque no sean necesarias, y se duda de que sean factibles, y entonces se proponen.
Y en este caso, toca, en cierta manera, a los que lo han de ejecutar, el ofrecerse y aun alentar al Superior y allanarle los medios y aminorar las dificultades que puedan intimidarle.
Esto es condición para el buen éxito.
De otro modo, los que obedeciesen tendrían su mérito; pero el mandato podría ser caprichoso.»
Mosén Sol está convencido de que la obediencia es fácil, cuando hay grandeza de corazón por ambas partes, cuando Superior y súbdito pueden fiarse mutuamente uno del otro.
El Superior siempre tiene obligación de tener motivos para lo que manda.
Siempre tiene obligación de buscar el bien común.
De eso no le dispensa la autoridad, que es un servicio, más que un prestigio.
Así lo entendía y así lo inculcaba Mosén Sol:
«No fue un aferramiento, ni tengo interés particular en que sea así, pues no debemos desear ni deseo más que el bien de los alumnos.
Así, discurran y propongan, y consultaremos y resolveremos, no como yo quiera, que no quiero quererlo, sino como parezca mejor.»
* * *
El corazón grande de Mosén Sol se revela en todos los detalles de su vida. en todas las orientaciones que dicta.
Escribía con plena convicción de la verdad positiva :
«No abrume a los alumnos con demasiados pecados. Deles a Cristo guisado en todos los guisos, y le irá a usted mejor.»
A D. Manuel le asusta la dureza mal entendida de algunos hombres, que se vuelven ásperos para todo, que desconocen la bondad, porque se han matriculado en cursillos intensivos de sequía de corazón.
Sufría cuando sus Operarios no atendían con esmero a los demás.
Refiriéndose a dos casas, donde los Superiores consideraban virtud el ser poco complacientes, escribía . «Los nuestros, endurecidos. No se puede con gente que tiene pocas necesidades y es penitente.»
El olvido personal debe redundar en solicitud por los otros, para que sea auténtico y válido.
Don Manuel puede escribir con toda sinceridad sobre su «sempiterno pecado de excesivas solicitudes por los otros», mientras para él «nada quiere, más que olvido y penas».
Le preocupaba intensamente que los alumnos de sus Colegios obtuvieran sólida formación, que les capacitara para captar con sensibilidad exquisita todo lo grande, todo lo bello.
El Sacerdote debe ser sensible a todo, para «gozarse con los que gozan, y llorar con los que lloran» (Rom. 12, 15). Debe ser «compasivo y fiel Pontífice», como Cristo (Hebr. 2, 17), «capaz de ser indulgente con los ignorantes y extraviados» (Hebr. 5, 2).
Porque nada hay que perjudique tanto a los ministerios sacerdotales, como esa costra híspida, que anestesia la sensibilidad, en afán hosco de autodefensa egoísta.
Las pláticas habituales de D. Manuel a los Ordenandos versaban con preferencia sobre la formación del corazón.
Decía en una carta:
«Es incalculable el bien que produce esta semilla de la educación del sentimiento.»
Cuando sus muchas ocupaciones le impidieron dedicarse personalmente a los alumnos de Tortosa, escribía con añoranza:
Don Esteban, trabajando mucho; y ya le he endosado mis pláticas semanales a los Ordenandos, aunque casi con sentimiento, por ser lo que con más interés hacía yo.»
Y es que en este capítulo Mosén Sol podía ser maestro, en lo grande y en lo pequeño.
* * *
Eran los primeros días de febrero del 94.
Muy recientes todavía las desastrosas informalidades y disgustos, que le proporcionó en Roma el Padre Martín, recibe la noticia de su muerte.
Toda la película detallada revive, con crudeza, en su recuerdo.
«Me afectó la carta de usted de que estaba agonizando el Padre Martín.
Al día siguiente supe su muerte.
Casi no podía dormir, pues la cadena de hechos y permisiones de Dios, y la imagen de D. Vicente, que tanto sufrió ahí, y el porvenir de Condotti, y las misericordias de Dios sobre nosotros, desfilaban en tropel por mi imaginación, y encomendé mucho a Dios al Padre Martín, pues rebrotaba en mi pecho la compasión mas bien que el enfado contra él.
¡Pobre Padre Martín! ¡Pobre Orden de la Trinidad!
¡Casi tengo remordimiento de no haberme ofrecido a hacerla retoñar!»
Es un rasgo que define a un hombre.
Conocidas las peripecias absurdas del Padre Martín, las menguadas travesuras de aquella «segunda infancia», se puede calibrar la grandeza del corazón de Don Manuel.
Era magnánimo, era total, en el perdón.
Puede asegurar sin asomo de mentira :
«Las grandes tribulaciones y persecuciones contra la Obra, en Roma, Valencia, Murcia, etc., etc., no han llegado a perturbar mi ánimo, ni menos me han inquietado el espíritu con aversión ninguna a las personas.»
La venganza de Mosén Sol se llama comprensión con los incomprensivos, bondad con todos.
«Que Dios le premie los ejercicios de paciencia que nos ha hecho hacer.»
Es todo el comentario a los ataques apasionados, a los obstáculos frecuentes, que algunos hombres iban poniendo en su camino.
* * *
Un corazón grande unge de grandeza cuanto toca.
El arte de dar está en darse.
Así nada es pequeño.
Don Manuel siempre se dio del todo. Lo mismo cuando obsequiaba al acólito vergonzoso, que no sabía exigir su paga; que cuando sentaba a su mesa al colegial paliducho, con síntomas de hambre bastante retrasada.
Ponía grandeza de alma en la caja de rapé que enviaba al Santo Papa Pío X, y en el membrillo que hacía llegar al Cardenal Vives o a Monseñor Della Chiesa.
No eran cosas grandes.
Sólo era grande el amor.
Pero el amor informa hasta al obsequio ingenuo.
Por eso, los obsequiados pulsaban grandeza de corazón en el detalle intrascendente.
El Ilmo. Sr. D. Vicente Alda y Sancho, Arzobispo de Zaragoza, infunde respeto grave por su seriedad mayestática y solemne.
Es el año 1902.
El Rector del Seminario de Zaragoza está francamente preocupado, porque Mosén Sol tiene ocurrencias peregrinas.
Le ha encargado un obsequio insignificante para el Sr. Arzobispo, porque en la entrevista Mosén Sol -«Cosa extraña en mí»- se olvidó regalarle alguna cosa.
El Rector se avergüenza de presentar al Prelado una menudencia casi pueril.
Más de una vez ha detenido el pensamiento, rozando las lindes de calificar aquello como «chocheces de viejo».
Pero ama a D. Manuel y respeta su voluntad.
Llega un día a Palacio, y habla de muchas cosas con el Arzobispo, antes de cumplir el encargo del Fundador.
Y, al entregarle «aquella cosita», prodiga preámbulos y excusas, para evitar un desaire, para no herir la gravedad proverbial del Sr. Alda y Sancho.
Mayor fue su sorpresa, al comprobar la alegría sincera y las manifestaciones expresivas e inusitadas, que el recuerdo de Mosén Sol arrancaba al hierático Arzobispo.
No hay cosas pequeñas, cuando las contagia un corazón grande.
El amor, la delicadeza, dejan su vibración en todo, y se percibe misteriosamente.
* * *
Podían multiplicarse las anécdotas, en mosaico prodigioso.
Atento a las necesidades de las almas, ayudó con todo empeño al establecimiento de las Oblatas en Tortosa.
Perito en adversidades de fundación, previno hasta el detalle minúsculo que pudiera echarse de menos.
La Fundadora de las Oblatas cuenta, y no termina, las delicadezas de Mosén Sol.
Al llegar a la ciudad, ya tenía alojamiento, y camas nuevas del Colegio de San José. Tenían preparada la comida. Todo estaba a punto.
Don Manuel les había proporcionado hasta una muchacha de servicio, que parecía un milagro, o una brujería, porque, a la vuelta del mercado con
todas las vituallas, devolvía íntegro el dinero de la compra.
Estilo de Mosén Sol.
Era indulgente con las rarezas de carácter, y extremadamente solícito en agradar a los enfermos cuando se vuelven quisquillosos y suspicaces.
«Quiero que me cuiden y dejen cuidar mucho a ese pobrecito, pues debemos compadecer no sólo los males, sino las miserias.»
«Tengan paciencia, pues manietas son enfermedad, y merecen cariño.»
Vivía en Tortosa una señora de bastante buena posición, y de bastante más tacafiería.
Para colmo de males tenía poca salud.
Bastante menos que genio, desde luego.
Hacía pasar hambre a las muchachas de servicio, que difícilmente le aguantaban más de ocho días.
Mosén Sol le aconsejó oportuna e inoportunamente, para que corrigiera su genio y su bolsillo.
Pero hay males que se grapan de por vida.
Predicó en desierto.
Como estimaba a aquella pobre señora rica, y no podía sufrir que padeciesen sus criadas, tomó la resolución de afrontar el problema en una corazonada.
Por medio de un Sacerdote, proporcionaba a la sirvienta dinero suficiente para que se mantuviera al margen de D.ª Sargento, y hasta para que comprase mejores alimentos a la señora, y así estuviera de mejor talante D.ª María la Brava.
* * *
Sobre todo, le preocupaba el bienestar espiritual y material de los pobres y de los Sacerdotes.
Eran francamente sus preferidos.
No podía sufrir que sufrieran sus hermanos.
Es una tarde fría de Roma.
Mosén Sol se dirige a la iglesia de San Claudio a visitar al Santísimo, acompañado de D. Juan Estruel.
Cerca de la iglesia hay una viejecita, con su nieta, arropadas de frío, arrecidas de invierno a la intemperie.
Malvenden castañas asadas y «melocotte» a los cuatro transeúntes compasivos, capaces de sacar las manos, para remendar la pobreza de las vendedoras con escasas liras.
A Mosén Sol le duele el frío de los pobres, y dice a su acompañante:
«Anda, cómpraselo todo. ¡Pobrecillas!»
El corazón de D. Manuel irradiaba generosidad.
Por eso, todos le buscaban con alegría, todos le dejaban con pena.
Decía a los Operarios, hablando del trato que quería que la Hermandad diese a los Sacerdotes.
«El afecto e interés por el bien espiritual, y aun temporal del Sacerdocio, ha de ser nota dominante de la Obra y de los individuos de ella.»
Reconvenía al Director de un Colegio, que se quejaba de que acudían demasiados Sacerdotes al Colegio :
«Tenga paciencia con los Sacerdotes. ¡Por Jesús!, no diga usted que prohibamos venir huéspedes Sacerdotes! ¡Ojalá vinieran todos los cojos y mancos a guarecerse a nuestras casas!
Molestia darán; pero son Sacerdotes; y la nota característica de nuestra Obra ha de ser el amor al Sacerdocio en lo espiritual y temporal.
Déjense de malas caras, y sean de corazón ancho.»
Los hombres grandes tienen tiempo de muchas delicadezas.
Nunca se les agota el corazón.
Mosén Sol sabía preocuparse con cariño de todos cuantos le necesitaban, porque -como alguien ha dicho de él- «recibió el don de Dios de obsequiar a los demás, olvidándose de sí mismo.»
Quienes le trataban, tenían que amarle sin remedio, porque el amor verdadero deja huella perenne en los hijos de Dios.
Un día recibió una carta muy significativa, en que contrasta la conducta ordinaria de los hombres con la amabilidad auténtica de Mosén Sol. Le decía aquella persona:
«El mundo me va enseñando que el afecto y la amistad son muy egoístas sin Dios.
¡Qué tristeza me da eso!
Verdaderamente, yo no pensaba que hubiera tanta dureza de corazón en el mundo.
Jesús sí que estuvo bien generoso con usted.
Le dio un corazón que habría para cien.»
26 CON LAS MASAS
«Bienaventurado el que piensa en el pobre: en el día malo Yahvé le librará. Le protegerá Yahvé y le dará vida. Será bienaventurado sobre la tierra, pues no le entregará el odio de sus enemigos» (Salm. 40, 2-3.)
«El que maltrata al pobre, injuria a su Hacedor; el que tiene piedad del pobre, honra a Dios» (Prov. 14, 3 l.)
Mosén Sol no se ha desentendido de problema alguno que necesitara solución.
No conoce la teoría fácil -la práctica cómoda- de inhibirse.
Donde hay necesidad, se encuentra a D. Manuel.
Es la doctrina que predicaba a sus Colegiales en charlas de formación:
«El Salvador huyó de los placeres y acudió a las necesidades.
En los sitios del dolor y de la desgracia, es donde está nuestro lugar.»
Lo predicó, y lo hizo.
* * *
Hay problemas que parecen sin solución.
Tienen actualidad candente, desbordada, hoy como ayer.
No sabemos por qué.
O no se han planteado adecuadamente al egoísmo de quienes pueden evitarlos, o es que nunca ha de perder la sociedad cristiana su carácter de milicia en vela y lucha.
La cuestión social es tan moderna como hace siglos, tan aguda, tan erizada.
Mosén Sol trató muy de cerca a los obreros.
Y los amó.
Le preocupaban sus desviaciones, y adivinaba sus cualidades.
Trabajó con ahínco para darles pan y luz, bienestar y verdad.
Ningún Santo puede estar al margen de los humildes, de los que riegan la tierra con sudor que exprime el trabajo.
Merece mucho amor y mucho respeto el hombre curtido en la brega diaria, maltratado por la vida, dolorido de pobreza, angustiado de escasez.
Los humildes son medida de Cristo.
«A Mí me lo hicisteis» (Mt. 25, 40).
* * *
En 1869 fundó en Tortosa la «Juventud Católica», que asoció entusiasmos juveniles y fomentó grandes esperanzas, a raíz de la Revolución.
Una de las primeras iniciativas que hizo llevar a cabo fue la de crear «Escuelas Nocturnas para Obreros y Artesanos», con el fin de facilitar ilustración conveniente a los faltos de recursos.
Tuvo interés especial en que adquirieran sólida formación cultural y religiosa.
Colaboró eficazmente con D. Enrique de Ossó en la fundación y sostenimiento de un periódico vibrante,
«El Amigo del Pueblo», para salir al paso de las soeces publicaciones sectarias, que en la ciudad contaminaban, sobre todo, a los obreros.
Desde sus columnas combaten, enardecidos, los dos apóstoles de Tortosa.
Don Manuel sacudía, con gritos de alerta, las conciencias apoltronadas, «a los parapetados detrás de su ciego egoísmo».
Escribe urgiendo deberes, señalando metas, llamando a la acción conjunta.
«No podemos comprender la duda, la vacilación, y menos la cobardía.
Cuando todos convenimos en que ha llegado el momento de la actividad para lograr el triunfo del catolicismo, no comprendemos la resignación de algunos, resueltos a no salir de su cómodo quietismo.»
Y fue delante con el ejemplo de su vida.
Mosén Sol no admite dificultades que nacen de la comodidad.
Su lema decisivo lo estereotipó en estas frases
«Cuando hay que socorrer una necesidad, y no se puede, se hace lo imposible, en la seguridad de que la Providencia acudirá, pero muy visiblemente.»
Mosén Sol experimentó constantemente la congoja de no poder solucionar el problema, y experimentó el favor de la Providencia, que jamás te abandonaba.
* * *
Es muy de hombres el cansancio.
Queremos la victoria a corto plazo.
Queremos triunfos sin lucha.
Don Manuel ni ceja, ni se acobarda.
Escribe, en soledad de lucha, cuando trataba de solucionar el problema obrero en Tortosa:
«No puede pensar mis tareas de estos días por la cuestión obrera, que me preocupa y quisiera arrancarla de las garras del socialismo en esta localidad.
Y me desalientan todos, y yo no quiero abandonarlo.»
Conservamos los apuntes de las múltiples conferencias de Mosén Sol en Círculos Católicos, donde alentaba a los obreros, sacudía las conciencias de los patronos, y exponía a todos, con valentía, con sencillez, sus derechos y sus deberes.
No dudó en calificar al movimiento que surgía para impedir la descristianización de las masas, «Cruzada de más trascendencia que la de los siglos medios».
Don Manuel organiza, sostiene y anima toda centella que puede contribuir a irradiar la luz.
Trabaja y hace trabajar con entusiasmo.
Los jóvenes que vinieron al amparo de su reciente Sacerdocio, buscan ahora al venerable Sacerdote de 64 años, para refugiar en él sus esperanzas.
Están seguros de que el ánimo de Mosén Sol no ha decaído.
En 1902, le escribe un famoso Abogado tortosino, para que los organice y los lance a la lucha :
«Piense que Dios le pedirá cuenta si no nos hace trabajar.»
Dios exige más del grande corazón de usted.
Por lo mismo que las masas ya no son nuestras, hay que reconquistarlas.
No debemos poner la mira tanto en los ricos como en los obreros.»
Estaba seguro de Mosén Sol.
Les había enardecido con su palabra ardorosa y con sus realizaciones fecundas.
Habían escuchado de sus labios sinceros la verdad sin ambages, los remedios oportunos.
Y por eso volvían a recurrir a él, cuando arreciaba la lucha, cuando era inminente la acción decidida y sin rodeos.
Don Manuel no ocultaba las dificultades a quienes se le entregaban.
Son un estímulo para los valientes.
«No os faltarán contradicciones de buenos y de malos.
Es el sello de toda obra útil.
Para sufrirlas, una sola cosa basta: la unión y la constancia.»
Mosén Sol acepta la invitación y sigue trazando caminos.
Les habla con crudeza de experiencia larga, para conjurar males endémicos, que se filtran en los movimientos de esta clase: rencillas, ligerezas, aburrimientos que minan la buena voluntad.
Por eso, exige hombres resueltos. Y se lo dice:
«Si no, no vengáis.»
Y, con celo desapasionado, con equilibrio de hombre total, pero con fervor crecido, organizó en Tortosa el «Patronato de Obreros o Liga de Propietarios, para promover los intereses materiales y morales de los Obreros, y para defenderse de las imposiciones injustas de éstos».
* * *
Le urgió de por vida este apostolado difícil y necesario.
Sintió en lo más vivo, con ilusión, la audacia clarividente del gran Pontífice de la Rerum Novarum.
Anatematizó sin escrúpulos a la burguesía gregaria, que se escandalizó estúpidamente de que el Papa izara una bandera revolucionaria.
Los fariseos siempre han sido pusilánimes y suspicaces, en marco estrecho de prudencia inerte y de equilibrio mentiroso.
En el «Círculo Católico», expuso claramente sus criterios.
En medio de la desorientación, que bulle en la sociedad, destaca su visión clara y audaz.
Habla D. Manuel con energía, y dice:
«Hemos visto personas muy buenas, y, sin embargo, de criterios opuestos.
Unos combaten los Círculos, otros los apoyan.»
Mosén Sol desenmascara con valentía las razones en que estriban los que prefieren no hacer nada, y las refuta sin temor.
La primera razón que aportan es:
«El espíritu de innovación.»
Es el punto vitando para todos los que descansan a la sombra epicúrea de un buen vivir.
No sospechan nada mejor que lo suyo.
No intuyen perspectivas que superen sus tópicos.
Don Manuel habla con dureza:
«No comprenden la época.
Cada época -sigue diciendo- tiene su fisonomía.
Nuestra época ha perdido el carácter de vida de familia. El enemigo ha sacado al varón del seno del hogar, y le ha abierto Centros de disipación, y los ha organizado.
Es un mal.
Sin embargo, existe.
Y, lo que es peor, no se remedia.»
Mosén Sol está harto de plañideros melindrosos, que sueñan detener la evolución de las cosas con lamentos desgarradores e ineficaces.
No le satisfacen los espectadores de la tragedia, que se cruzan de brazos, para soñar, al calor de sus acentos quejumbrosos, tiempos pasados en que todo iba sobre ruedas.
Era mejor lo de antes -dicen lastimeros.
Es mejor remediar lo actual -contesta D. Manuel.
«Los Círculos Católicos de Obreros son una necesidad. Hay que convertir esa necesidad en bien.»
Mosén Sol no tolera remiendos inconsistentes.
No sufre a los comodones, que quieren ir a la zaga del mal con parches de corto calibre.
Hay que adelantarse.
Es el único modo de ganar la partida.
«Se establecerán -dice- después que venga el mal.
¿No es mejor adelantarnos?»
La experiencia de muchos siglos nos viene diciendo que llegar tarde es un crimen de leso apostolado.
Llegar tarde, a pesar de muchos refranes, es peor que no llegar.
La innovación descompone a los caducos, que no saben otear el porvenir.
Y a los cobardes, que temen librar batallas.
Y a los pseudo-prudentes, que prefieren cuevas de comodidad.
Don Manuel sigue afrontando el problema sin tapujos:
«La otra cosa, que ha hecho temibles a los Círculos, es el peligro que llevan en sí.
Por una inclinación natural, tendemos a la emancipación, a la independencia.
Somos democráticos por naturaleza; y, de aquí, que en Círculos, empezados con la mejor intención, luego entran las ambiciones, las rivalidades.
Además, el enemigo malo tiende a malearlos, Y. en muchas partes, la misma masonería se ingiere, pone la mano, y los convierte en centros de impiedad.»
Mosén Sol lo prevé y quiere remediarlo a tiempo.
Busca puntales efectivos, que impidan esas dificultades, antes de que puedan brotar.
Traza proyectos que consoliden su realización.
Insiste en apuntalar lo fundamental, en hacerlo indestructible.
Pero insiste, al mismo tiempo, en que nadie se empeñe en estancar lo accidental.
Todo lo susceptible de alteración, que se vaya renovando, que se vaya mejorando, con tal permanezca intacto lo esencial, el espíritu que debe vivificar los Círculos.
Para esto, les invita reiteradamente a la unión y a la constancia, y a que todo lo impregnen de fe y de caridad.
Certeramente les previene contra un peligro frecuente en las asociaciones católicas, condenando la postura de muchos hombres de bien, inconsecuentes ante el peligro.
Dice fuertemente D. Manuel:
«Los buenos se retiran, y el campo queda para los malos, y organizado.
Eso sí que es un mal.»
Lustros después, la autoridad indiscutible de Pío XII señalaría esta raíz de tantas calamidades que nos asedian:
«El cansancio de los buenos.»
* * *
Don Manuel se llevó de calle a obreros y patronos, porque era consecuente con sus ideas, y constante en la brecha, y valiente y ejemplar.
Don Manuel se llevó a todos de calle, porque su espíritu no envejecía, «ni su heroico esfuerzo de enérgica acción católica, consagrado totalmente a las batallas por Cristo».
Así hablaba de él un prestigioso seglar, al llorar su muerte.
Cuando la carne era flaca, con lastre de años y enfermedades, su corazón latía con vigor de generosa entrega y decisión.
27 UN SUEÑO DE SIEMPRE
«Me gozo en mis padecimientos por vosotros, y suplo en mi carne lo que falta a los tribulaciones de Cristo, por su Cuerpo, que es la Iglesia» (Col. 1, 24.)
No es posible agotar los manantiales.
Surten, sin fatiga, «cantando siempre el mismo verso, pero con distinta agua».
Los hizo Dios perennes.
Se nutren de silencios profundos, filtrando lluvias, aflorando en claridad turbios oleajes.
El Padre Omnipotente da más que pueden necesitar sus hijos.
«Tiene medida buena, apretada, colmada, rebosante» (Luc. 6, 38).
Mosén Sol es un don de Dios a los hombres.
Y no se agota.
Todavía no liemos contado su vida.
¡Es tan difícil contar la vida de un Santo!...
Hay que reducirla a tres o cuatro perfiles, que acusen su personalidad, y nunca puede quedar uno satisfecho.
Pasa lo que ante un paisaje espléndido, donde es imposible recorrer hoja por hoja.
Cualquier detalle es significativo, cualquier postura, aleccionadora.
Mosén Sol es intenso y múltiple en unicidad de espíritu.
Acumular hechos, sería eclipsar su alma.
Seleccionar facetas, equivaldría a omitir valores.
Las antologías nunca satisfacen del todo, porque nunca resultan perfectas.
Uno cataloga, y muchos saborean. Y el gusto es muy subjetivo.
No es posible un trabajo exhaustivo, que refleje vigorosamente la autenticidad exacta.
Mosén Sol desborda estadísticas.
La letra ahoga al espíritu, que no puede ajustarse a moldes, que rompe límites.
Siempre supera el deseo a la realidad conseguida.
Siempre rebasa el Santo las fronteras de su biografía.
* * *
Pero en todos hay un estilo que rubrica los actos, el común denominador de la vida rota en anécdotas.
Es impulso y es meta; es aliciente y es congoja; es anhelo y es realidad.
En Mosén Sol se llama espíritu de reparación al Corazón de Jesús Sacramentado.
La reparación fue el nervio de su vida, y lo constituyó nervio de su Obra.
Así hablaba a los Operarios, exponiendo la idea de la Hermandad:
«Nuestra vida interior es Jesús Sacramentado y olvidado.»
La fina delicadeza de su alma, los trabajos continuos de su apostolado, la constancia heroica en sus empresas, los Colegios, los Seminarios, la Hermandad..., todo brotó de su espíritu de reparación.
Ya hemos dejado escrito que para D. Manuel reparar no equivale a lamentarse.
Equivale a suplir, a edificar.
El mejor modo de reparación es vivir y vibrar con eficacia en el Cuerpo Místico de Cristo. Amar los intereses del Padre con amor efectivo.
A imagen del Padre, que amó al mundo hasta entregarle su Unigénito.
Los intereses del Padre son sus hijos.
Reparar es amar, facilitando a los hijos de Dios cuanto necesitan para ser mejores, trabajando y sufriendo siempre hasta que se forme Cristo en ellos (Gal. 4, 19).
Amar al Cristo total.
Trabajar por el Cristo, para que crezca, para que lo lene todo con su Espíritu, que es vida.
Sentir lo mismo que Cristo, que nos compensó eficazmente ante el Padre.
Buscar las cosas que le interesan a Jesucristo, no las cosas propias (Filip. 2, 21).
Porque Dios ha repartido los dones para la edificación del Cuerpo de Cristo, hasta que todos alcancemos la medida de su plenitud (Efes. 4, 11-14).
* * *
Ese espíritu de reparación late en las obras y escritos de D. Manuel, que sólo aspira a «engendrar hijos verdaderos para Jesús».
Por eso no le duele el sufrimiento.
Como a la madre, que se goza con el hombre nuevo que ha dado al mundo.
«Arnar, trabajar y sufrir -escribe Mosén Sol-, ha de ser el lema de nnestro corazón.»
No se puede dividir al Cristo del Sagrario del Cristo Místico.
El Sacerdote, Ministro de la Encaristía, es también servidor de las almas.
Don Mannel quiere formar Sacerdotes muy finos en el trato con el Señor, muy exquisitamente entregados a los hombres.
Lo deja entrever siempre que habla de este espíritu de reparación:
«Lo que ha de sostener la Obra y obtener gracias, es el mantenimiento del espíritu que ha de vivificar a sus individuos, de ser reparadores de Jesús Sacramentado, de su amor, y, como fruto de ello, de todos sus intereses en las Parroquias.»
El espíritu de reparación es el motor de su alma y el móvil de todas las actividades en la Hermandad:
«El origen de nuestro deseo del bien y del fomento de las Vocaciones Eclesiásticas, de que Dios nos dé muchos y buenos Sacerdotes, de que no entren futuros sacrílegos y maleadores de almas, ha sido nuestro instintivo amor a Jesús Sacramentado, aun sin darnos cuenta de ello.»
Y, porque ese espíritu de reparación abarca cumplidamente los deseos de Cristo, y sintetiza la voluntad del Padre, porque se nutre de los dos mandamientos grandes en el cristianismo, D. Manuel asegura que ahí estriba la perfección.
«Este amor y este sentimiento encierra y produce la perfección; es el que nos excita a cultivar nuestros objetivos y la fortaleza en todas nuestras circunstancias. »
* * *
Pero Mosén Sol quería, además, algo concreto, algo externo, que impulsara el espíritu, que recordara constantemente la intención.
Quería Templos de Reparación, que fueran dejando en los fieles este poso de amor por los demás, que es amarles mucho.
Por otra parte, en los Templos de Reparación podían actuar algunos Operarios quebrantados en la brega dura, monótona y cansada, de la vida intensa de los Seminarios.
Cuando uno tiene que ceder la espada, le quedan brazos para estar en la montafla orando, como Moisés.
Se lo decía a un Operario en carta animosa:
«A ver si con sus oraciones logra usted que la Reparación se establezca, y le haríamos reparador una temporada, para descansar de las fatigas de la vida/ activa. '
Esto deseo para muchos Operarios.»
El Templo de Reparación era idea vieja en Mosén Sol.
Le asaltó a los 18 años, un día de la Ascensión, en la Nona solemne de la Catedral.
La maduró a los 23 años, recién ordenado de Diácono, cuando podía repartir a los fieles el Cuerpo de Cristo, y exponerle a pública adoración.
En la vida de Mosén Sol es obsesionante la soledad de Cristo en la Eucaristía.
Quería unir el corazón de los hombres, necesitados de amor, con el Corazón vivo de Cristo, que es todo amor.
Por este camino encauzaba el fervor de las almas que se dirigían con él, y este espíritu le absorbió para siempre.
Escribía a unas religiosas:
«No me hagan mucha penitencia; pero sí amen mucho al solitario y dulce Prisionero.»
Le abandonaban las fuerzas, cuando la vejez minaba su organismo; pero no le abandonaban los deseos:
«Si fuera joven, levantaría un Templo de Reparación en cada pueblo.»
Las circunstancias más adversas fueron dilatando su ilusión, el sueño de su vida.
Y Mosén Sol no se resignaba a llevarse sus anhelos al sepulcro.
«Deseo no morir sin dejar iniciado el movimiento de nuestros Operarios hacia la reparación a Jesús Sacramentado.»
* * *
El año 1900, empezó a quebrantarse seriamente la salud fuerte de aquel hombre grande.
Entonces le entran prisas de llevar a cabo su obsesión reparadora en algo concreto y visible.
«Mi entusiasmo por esta idea es tan fijo, que tendría remordimientos de no realizarla antes de morir.»
Decididamente planea edificar un Templo de Reparación en Tortosa.
Don Esteban Ginés le dice que es un proyecto utópico.
Mosén Sol contesta sencillamente:
«Si no es más que utopía, entonces con que lo vea usted hecho, estará conforme.»
Y empezó a realizar.
* * *
El 1 de abril de 1901 D, Manuel cumplía 65 años.
En la vida hay piedras insignificantes, que uno se encuentra en el camino, y sólo esperan una bendición de mucha fe, para crecer.
Parecen semillas.
Se las entierra con cariño de esperanza, y florecen en realidad vivas.
Son las cinco de la mañana del 1 de abril de 1901.
En las calles de Tortosa se palpa el silencio denso de la madrugada.
Sólo la luna estrella, entre nubes, su gracia de almidón, acariciando las sombras.
A las cinco de la mañana, camino de la Merced, va un corazón muy grande, lleno de fe, roto de amor.
El silencio del alba se asusta de los 65 años de Mosén Sol, y hace más sonoros sus pasos.
Don Manuel camina despacio y seguro, diciéndole cosas de sencillez honda al Señor que hizo la noche y la aurora.
Llega a la Merced.
Tiene tantos recuerdos en su vida aquel paraje...
Allí había enardecido a la «Juventud Católica» de Tortosa, en sus primeros años de Sacerdocio.
De allí habían salido falanges entusiastas para trabajar como buenos soldados de Cristo Jesús.
El Sr. Obispo de Tortosa le había regalado, días antes, el solar para edificar su Templo de Reparación.
Don Manuel se arrodilla con ternura.
Sólo le vieron los cielos que se abrían a la primera luz.
Cava un hoyo en el suelo, bendice una piedra pequeña y la entierra en el solar.
Todavía no sabe cuándo podrá comenzar las obras.
Pero Mosén Sol es justo, y vive de fe.
Hace siete días, el 25 de marzo, prometía en una carta ir a sembrar la piedra de su Reparación.
Era el 25 de marzo, aniversario de muchas centurias, en que la Piedra era Cristo, que se hizo muy pequeño, para sembrarse en la tierra humilde de la Esclava del Señor...
Hay piedras que no son inertes.
El día 25 de marzo dejó escrito Mosén Sol en aquella carta:
«El día 1 del mes que viene, iré por la mañanita, a las cinco, a un local de aquí, y haré un pequeño hoyo, y pondré una piedrecita, y la bendeciré, para que brote pronto el Templo de Reparación y Expiación a Jesús Sacramentado.»
La fe surtió eficacia.
Inesperadamente «en casa de una señora desconocida recibíamos los primeros dos mil duros para la Reparación».
Y el día 1 de abril, por la mañana, un repique de gloria -picos, cal y ladrillos- llenó el solar que había visitado Mosén Sol.
La piedra bendita había empezado a florecer.
* * *
Las obras crecen, y el Templo sube, y Mosén Sol se goza, con triunfo de niño, porque va consiguiendo el regalo primero, que soñó un día en Tortosa, al recibir el Diaconado.
La enfermedad de D. Manuel ha encontrado una droga de esperanzas, que puede más que la vejez, más que los trabajos acumulados sobre sus canas.
El día 3 de noviembre de 1902, acarició la campana, que rasgaría los aires con júbilo de bronce, llamando a los fieles cerca del Amor.
El sueño de joven está casi terminado.
Pero Dios exige a los amigos sacrificios pequeños, que convierte en amor grande.
Un día lejano llamó al Caudillo de Israel a la cumbre del monte, y le mostró, desde la altura, la tierra de promisión.
El amor se acrisola en la renuncia.
Y a los amigos se la exige Dios.
Los médicos...
¡Ay!, los médicos son un capítulo interesante en la vida de los hombres.
Arreció la enfermedad de Mosén Sol, y los médicos le destierran a Valencia.
Le han trazado un plan riguroso.
No puede celebrar Misa.
Ni le dejan leer, ni le dejan rezar.
No le dejan recibir, ni contestar cartas.
Mosén Sol, que pedía cuarenta y ocho horas diarias para el trabajo, sólo puede salir de paseo, un rato, a ver cómo embarcan las naranjas en «el Grao».
22 de noviembre de 1902.
Las olas del mar se rizan en juegos de capricho, temblando en la brisa.
Aumentan, decrecen, se rompen, se vienen, se van...
Parecen el eco de una campana, que está repicando en Tortosa las fiestas de la Reparación.
Mosén Sol tiembla con olas de años, como tiemblan aquellas naranjas del «Grao».
El sueño es realidad.
El Templo de la Reparación de Tortosa ha sido inaugurado.
Sólo faltaba Mosén Sol.
Temieron que la emoción desbordase su vida.
Jesús les pague la caridad, y a su amor ofrezco el sacrificio.»
La reparación incluye sufrimiento.
La piedra pequeña, bendecida y multiplicada, se oculta en el solar.
Nadie la ha visto.
Sólo Dios.
La piedra angular «vive escondida con Cristo en Dios» (Colos. 3, 3).
* * *
El Templo de Reparación de Tortosa era el refugio de Mosén Sol.
«Ya no sirvo más que para el cuartel de inválidos.»
El Templo de Reparación está ungido de fervores, de súplicas, de amor.
Don Manuel quedaba solo en el coro, y hablaba al Señor con sencilla intimidad, con amor de confianza, con seguridad de ser oído.
Como él sabía rezar.
Oraba como los Santos, como el Hijo.
Daba gracias, porque Dios es tan bueno. Y le pedía que pasara el cáliz, cuando arreciaban las tormentas. Y se quejaba con fe a quien lo puede todo.
Tan vivamente sentía su diálogo con Dios, que muchas veces hablaba en voz alta, creyéndose solo en el coro de la Reparación.
Eso sí, le mortificaba mucho si le sorprendían en estas íntimas expansiones.
Al darse cuenta que un día le oía un Operario, desde el ángulo opuesto, a quien no había visto, le dijo:
«Bien habrías podido toser.»
El Templo de la Reparación -su sueño de siempre era el corazón, el hogar, de sus últimos años.
«¿Que adónde voy? A la Reparación. A juguetear con Nuestro Señor.»
Y en la Reparación descansan sus cenizas, como una plegaria continua, como una entrep de amor por los hombres cerca del Amor.
28 CEDIENDO EL PASO
«Cuando te hagas viejo, extenderás tus manos, y otro te llevará...» (Jn. 21, 18.)
El calendario es inexorable.
Vive en otoño perenne, deshojándose a ritmo isócrono, «sin pausas y sin prisas».
Los hombres nos resignamos con dificultad a la fuga del tiempo, que nos arrastra.
Siempre encontramos un asidero de permanencia, que nos conserve en primera fila; un pedestal que autorice nuestra importancia; un título que subraye nuestra categoría.
La juventud se abre en un poema de esperanzas, la edad madura se asienta en plenitud de posibilidades, la vejez cifra su trono en la experiencia.
Y hay mucho de verdad en todo.
Y hay mucho de utopía en cada cosa.
Siempre queremos imponernos. Siempre queremos ser cabeza.
Es difícil encontrar el equilibrio del hombre que sabe ceder el paso.
Ocurre lo que en el ritual de urbanidades:
-«Pase usted.»
-No, no, primero usted.»
Y siempre hay colisión de paso, porque decimos y no hacemos, porque todos nos juzgamos el primero.
Mentimos educación.
Pero nadie se cree sinceramente segundón.
El joven que empieza, vibra de inquietudes y abomina el paso lento que le dictan los mayores.
El hombre maduro quiere monopolizar el ritmo de la vida, deteniendo la avalancha juvenil, que le empuja -«¡son unos inexpertos!»-; y sufriendo de mal grado la mirada retrospectiva de los viejos, que presumen de experimentados -«¡chocheces de abuelos! ¡Segunda infancia! ».
Y el anciano, siempre benemérito, siempre respetable, jamás se convence de que pasó su hora, aunque tenga que limitarse a soñar despacio que «cualquiera tiempo pasado fue mejor».
Cuando yo era joven...
Y hablan pausadamente los ancianos, saboreando morosamente sus recuerdos.
Cuando yo era joven... hasta la lluvia caía más a tiempo, y eran más solemnes las nevadas... Aquello sí que era verano, y no estos veranillos insípidos, en que el sol parece irse de vacaciones...
* * *
Hay excepciones, que valen mucho más por ser muy contadas.
Y una excepción fue D. Manuel Domingo y Sol.
Se mantuvo en equilibrio sereno hasta el final.
No le han engreído las empresas que ha llevado a feliz término.
No le han confirmado en gracia de mando sus títulos de Fundador.
Dios le ha concedido una cabeza sin prejuicios, y una visión muy clara.
Hasta los últimos días de su vida puede hablar de su «cabeza joven», sin apegos a miserias y caprichos.
Tenía mucho miedo a volverse viejo.
«No quiero ser viejo, y veo que ya tengo frío de viejo.»
Temía a la anemia de corazón, que suele entrar con la vejez; tenía pánico verdadero a las raíces que se prolongan con los años, criando rarezas y manías propias de la edad.
Mosén Sol sabía que se puede entorpecer la buena marcha de una empresa por someterla a Paso de tortuga.
Lo ve claro, y no quiere impedir el ritmo normal de las cosas.
Ya le escribía en este sentido a D. Esteban Ginés, el año 1893:
«Lo que importa es que no se me haga usted viejo; que, cuando nos hacemos viejos, nos entran unos apegos a nosotros ruismos, que nos exponen a infidelidades con la gracia, y ponemos en peligro los designios de Dios en el campo de su máxima gloria.»
Y se lo explica, días después:
«Le decía lo de viejo, porque, cuando nos hacemos grandes y dejamos de ser niños ante Dios, nos vienen temores y apegos, y recelos, y faltas de generosidad y de fe para con Jesús.»
Y es que muy frecuentemente, el viejo consumado quisiera detener la evolución y la marcha de la vida. A falta de otros argumentos más consistentes, recurre a tradiciones muy baratas:
«Así se ha hecho siempre, y así tiene que ser.»
Don Manuel tiene miedo a esa tesitura fácil, y, antes de que le turben pequeñeces intrascendentes, escribe con plena sinceridad:
«Creo en mis deseos de completa jubilación.»
Los años y los achaques van mermando su capacidad asombrosa para el trabajo, y ve que no puede rendir tanto como exige su cargo de Director General de la Hermandad.
Se esfuerza más de lo que el médico le tasa, y acepta, gustoso, que le «riñan por sus alientos y presunciones».
Pero lo que más le duele son las convalecencias.
Le duelen mucho más que las enfermedades, porque no le permiten atender sus graves responsabilidades.
Lo dice, con frase humorística, en una carta:
«En mi primera convalecencia, por tener que ir tan despacio, daba más quejas y gemidos y suspiros, que una devota de cuatro suelas.
Es que no he entrado todavía en el estado de valetudinario habitual, y por esto me falta la gracia de estado.
Por otra parte, no le tengo gran devoción a ese estado, y, a no ser para mucha gloria de Jesús, le pido a Éste que lo aplace.»
Y, porque ve con claridad y con entereza, y, porque no le han anestesiado alabanzas merecidas, no se cree imprescindible por los consejos constantes y orientaciones ineludibles, que ha de seguir prodigando.
Al año siguiente de ser elegido Director General, en el Primer Capítulo, escribe con toda serenidad sus deseos:
«Desearía que no faltaran todavía cinco años, para
dejar la carga y poner la mochila en algún joven, como confío obtenerlo de los nuestros, si vivo; a no ser que entonces me hayan entrado ya las miserias de viejo; que no confío.»
Esta insistencia de ser relevado, es constante en los últimos años del primer sexenio.
Y no es capricho de una humildad mal entendida.
Se lo dicta la conciencia del deber.
Mosén Sol sólo entiende de totalidad, cuando una misión urge; y no le agradan parcialidades voluntarias o forzosas.
Escribe con esta amargura y con esta esperanza:
«Sufro de no poder atender a todo.
Esto prueba que ha de pensarse seriamente en relevar a esta carranca, y conviene.»
* * *
El día 12 de agosto de 1904, el calendario, que no conoce caminos de vuelta, marcaba exactamente, en la vida de Mosén Sol, 68 años, 4 meses y 12 días.
En la sala rectoral del Colegio de Valencia se va
a celebrar el Segundo Capítulo General de la Hermandad.
Don Manuel, que no quiere saber nada de diplomacias hipócritas, está seguro de que los Operarios se van a fijar de nuevo en él, para reelegirle.
Conoce a sus Operarios, y sabe que le quieren de verdad.
En días anteriores, con lino certero, ha escrito minuciosamente las observaciones que juzga oportunas para la elección.
«He estado siempre convencidísimo de que, faltando yo (y no es efecto de humildad), la Hermandad irá mejor.»
Lo afirma con sinceridad robusta, con sencillez estupenda.
Y lo razona fríamente:
«Una cosa es la iniciativa, que Dios da a quien quiere, y otra es la conservación y el desarrollo, que Dios concede al que elige para ello. Uno es el que siembra, otro el que recoge.»
A Mosén Sol no le han entrado miserias de vejez.
Siempre ha buscado lo mejor posible.
Por eso, ha resuelto, después de la enfermedad, que no le deja actuar con la intensidad conveniente, renunciar irrevocablemente al cargo de Director General.
Pero los electores prefieren a D. Manuel, y le reeligen por unanimidad.
Mosén Sol no está conforme.
Sabe que en estas cosas también entra a la parte un formalismo inevitable.
Les ruega, después de reiterar sus observaciones, que repitan la votación, teniendo muy en cuenta las razones que él aporta para bien de la Obra.
Los Capitulares se oponen rotundamente a repetir la votación, y ofrecen, en cambio, su colaboración incondicional al único Director que quieren y eligen.
Don Manuel tiene que aquietarse: «Non recuso laborem».
Y siguió ascendiendo por el repecho de su Calvario, con la cruz de la autoridad y de los achaques, amando y sufriendo, que es lo que sabe y puede hacer con maestría.
Le obligan; pero él quiere ceder el paso:
«Me halagaba quitarme el peso de la responsabilidad, que cada día me intimida más ante Dios; y, porque, como alguien dijo: No es saludable, ni lo mejor a los que tienen ciertos cargos o autoridad, morir en ellos, para que así tengan tiempo de escarmentar y hacer penitencia de sus deficiencias y descuidos, antes de morir.»
Porque no tenía miserias, sabía ceder el puesto.
Porque era grande, no quería empequeñecer con anemias y lentitudes lo que debía aumentar y desarrollarse con prisa y seguridad.
29 DESCANSA EN PAZ
«Oí una voz M cielo, que decía: Escribe: Bienaventurados los que mueren en el Señor. Sí, dice el Espíritu, para que descansen de sus trabajos, pues sus obras los siguen.» (Apoc. 14, 13.)
La cuesta de enero tiene fama bien adquirida por España...
Se dan cita la nieve y las noches largas, que arropan de frío a los árboles disecados en la intemperie.
El viento pasea sus triunfos iconoclastas entre ramas ateridas, desnudas.
La tierra cruje estrofas de escarcha.
Se congela hasta el latir del corazón.
La cuesta de enero es un tramo difícil para los viejos.
Mueren un mucho cada enero, y resucitan un poco en primavera.
* * *
Llegó el de 1909.
Mosén Sol ha cruzado con garbo setenta y tres veces el invierno.
Pero hay días de enero, rebeldes contra el sol, que se apaga pronto, que parece batirse en retirada desde la aurora desteñida.
No emerge en la mañana turbia y perezosa.
En los primeros días, escribe Mosén Sol, con dejo de nostalgia, al Sr. Obispo de Málaga:
«Pida a Jesús que, si es de su agrado, podamos vernos sobre la tierra, un rato al menos.
Yo sigo hecho una ruina, y tirando del carrito, aunque con la cabeza de joven.»
Un cuerpo, en ruinas de 73 años, resulta endeble mástil para una cabeza joven.
La enfermedad, unida a los trabajos, ha minado las fuerzas físicas del siervo fiel.
El día 17, sufre, escribiendo con rapidez vertiginosa, para despachar la correspondencia abundante, que espera contestación.
«Tengo más de cien cartas sobre la mesa.»
Pero sufre intensamente, sobre todo, porque no puede más, porque los deseos destacan enormemente sobre las posibilidades.
Llueven peticiones de los Obispos, que quieren confiar sus Seminarios a la Hermandad, y D. Manuel no puede acudir a remediarlo todo.
«Ante el vasto campo que se abre, me contristo, y quisiera lanzarme a abrazarlo todo.»
La escasez de personal ata las manos pródigas de Mosén Sol, que nació para dar.
«Puesto en la presencia de Dios, me quedo tranquilo, porque Él ya ve que no podemos.»
Él ya ve que no podemos.. .
Era el consummatum est de una vida, que ha dado cuanto tenía, de un corazón colmado de generosidad.
Era la última carta de Mosén Sol.
La última de la serie interminable que salió de su pluma, siempre a impulsos de amor.
* * *
La cuesta de enero tiene fama bien merecida...
«No me encuentro nada bien» -decía el día 18, por la tarde, con escalofríos constantes, cerca del brasero.
... Enero turbio, el de las noches largas, que parecen fundirse con el día...
El médico diagnostica «gripe».
Es una palabra neutra, que encierra polivalencias en su vaguedad.
La ciencia diagnostica gripe.
Pero Mosén Sol asegura que aquello no es como otras veces.
No puede levantarse en días sucesivos, y la fiebre le hace delirar con mucha frecuencia.
«Tengo los miembros como sacos de serrín.»
Se le va apagando la vida, en un hilo de oración.
«Señor, el que amas está enfermo», va repitiendo como un niño a su padre, como María y Marta, que conocen a Jesús.
Era la oración que surtía de sus labios resecos.
Y el Señor respondía, en silencio de gloria:
«Esta enfermedad no es para muerte, sino para gloria de Dios», es para vida eterna (Jn. 11, 4).
Se lo dijo al oído, una noche, víspera del nacimiento para el cielo.
Sólo lo oyó él.
Señalando al Corazón de Jesús que tenía bajo la almohada, le decía a su enfermero:
«Éste me ha dado un consuelo, que me callaré.»
Y el consuelo de Cristo selló sus labios en la muerte.
* * *
El 25 de enero, amaneció Mosén Sol bastante inquieto.
Los médicos no sospechan todavía.
La muerte no suele pasar, tan a las claras, su tarjeta de visita.
Con el día, se serenó el enfermo.
A las diez de la mañana, ha contado a la monjita, que le atiende, muchas cosas de ingenua sencillez.
«Cuando voy por la calle ... »
Mosén Sol adivina el punto cardinal de la voz que le reclama.
Es millonario de nombres.
Si le dicen Mosén Manuel, se trata de alguna devotita.
Los Operarios le llaman D. Manuel.
Si le dicen Mosén Sol, son sus discípulos del Instituto, sus colegiales de San José, sus paisanos.
Cuando le llaman Dr. Sol, adivina seriedad catalana y barcelonesa, solemne y litúrgica.
Sus compañeros de estudios le dicen Mosén Domingo.
Si le llaman Pari Vicari, es algún vecino de La Aldea.
Mosén Sol es millonario de nombres.
Y de sencillez profunda.
Y de humorismo candoroso.
Y de gracia de Dios.
* * *
Durmió un rato, desde las doce.
Y soñaría la gama de nombres, con que bordaban un palio las almas, en la tierra y en el cielo...
A la una de la tarde, despertó para morir.
Ante los síntomas de la agonía, D. Juan Estruel, su enfermero, avisó a los Operarios.
Don Bernardo Curto, su confesor, le dio la absolución.
Don Elías Ferreres le administró la Extremaunción.
El Doctor Vilá llegó corriendo, para salvar la vida de D. Manuel, y sólo pudo certificar que había muerto...
Sin estridencias. Sin aparatosidades.
Sencillamente. Como se pone el sol...
Pero dejó a la tierra ungida de luz.
Era el ocaso.
Tristeza de crepúsculo...
Belleza incomparable, en los cielos, que anuncian resurrección...
* * *
Tortosa, 25 de enero de 1909.
Decía un Sacerdote, de los primeros que contemplaron su cadáver:
«Ahora es cuando descansa Mosén Sol.
Bien merecido lo tiene.»
Y el Padre que está en los cielos, había dicho, con voz de eternidad, con voz de amor:
«Siervo bueno y fiel.... entra en el gozo de tu Señor.»
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