Vida del Siervo de Dios Don Manuel Domingo y Sol (Torres)
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Vida del Siervo de Dios Don Manuel Domingo y Sol, Apóstol de las vocaciones, Fundador de la Hermandad de Sacerdotes Operarios del Corazón de Jesús

escrita por D. Antonio Torres
Tortosa
1934


PROTESTA

   La hacemos de sumiso y rendido acatamiento a las declaraciones y Decretos de la Iglesia Católica, Y en especial de Urbano VIII Y de su Confirmación de 5 de julio de 1634. Y en consecuencia, es nuestra intención y deseo que a ninguno de los hechos que referimos se otorgue otra autoridad que la puramente humana, y cine al calificativo de santo, o cualquier otro equivalente, que aplicamos a Don Manuel, no se le dé otro valor que el que tiene vulgarmente hablando; sin que -sea nuestra voluntad prevenir el juicio, único infalible, de la Santa Sede.

El Autor.
LICENCIA DE LA HERMANDAD

IMPRIMI POTEST:

PETRUS RUIZ DE LOS PAÑOS,
Director Generalis.

LICENCIA DEL ORDINARIO

Nihil obstat:
El Censor,
Lic. CRISTÓBAL FALOMIR,
Canónigo.

IMPRÍMASE

Tortosa, 25 de enero de 1934.
+ FÉLIX, OBISPO DE TORTOSA.

Por mandato de su Excelencia Reverendísima
el Obispo, mi Señor,
Lic. PEDRO MONSERRAT, Pbro.
Pro-Secret. Cancel.
Al Clero secular español

   A nadie podíamos dedicar esta biografía sino a los beneméritos sacerdotes de nuestra patria, ya que fue la vida de Don Manuel una vida eminentemente sacerdotal y típicamente española.
Semejantes, por muchos conceptos, las actuales circunstancias a aquellas en que hubo de comenzar Don Manuel su animoso y fecundo apostolado-tiempos de ruinas y asolamientos, de persecuciones sectarias, de ensayos laicistas, y por consiguiente, de obligada y dificultosa labor restauradora en el orden religioso y social -aun por este concepto viene a resultar para la clase sacerdotal española un oportuno y perfecto modelo de lo que todos y cada uno de cuantos a la misma pertenecemos estamos obligados a ser para responder a la altísima misión que nos incumbe.
   Cultivo esmerado y fidelidad inalterable a la propia vocaci6n; estimación altísima de la dignidad sacerdotal y conciencia plena de sus tremendas responsabilidades; viva y operante convicción de la necesidad y de la urgencia de restaurar en Jesucristo instituciones y personas; amor ferventísimo y adhesión sin reservas a la Iglesia y al Papa; desinterés admirable y generosidad sin tasa, ni reservas para aplicarse a las más variadas manifestaciones del apostolado sacerdotal; actividad santa, hija de un celo tan ardoroso, que siempre le traía insatisfecho y, a la par, tan abnegado y resuelto, que jamás se arredraba ante ningún género de dificultades...; todo eso y muchas cosas más podrán ver, sacando de ello estímulo y provecho, los sacerdotes españoles con la lectura de la «Vida» de Don Manuel, que tan entrañablemente los amó y tan infatigablemente trabajó por el bien de ellos.
   ¡Gran figura sacerdotal, sobre todo para nuestros tiempos, la excelsa y providencial de Don Manuel! Parece como escogido por la mano de Dios para ejemplar y dechado de sacerdotes consagrados a la «acción sacerdotal" y, como derivación y complemento de la misma, a la «Acción Católica», tan encarecida y perseverantemente recomendada por S. S. Pío XI...
   No hay campo de apostolado que él no cultivara: ministerios parroquiales en aldeas y ciudades; cátedras de Instituto; periodismo y difusión de la buena prensa; misiones populares; congregaciones piadosas de jóvenes; establecimiento de círculos de estudio y de recreo; bibliotecas; escuelas dominicales; Juventudes Católicas; Congresos Católicos; conferencias e instituciones sociales para patronos y obreros; multiplicación y perfeccionamiento de las vocaciones sacerdotales; afán santísimo de que éstas, rebosando de los ámbitos de sus Colegios, se transformasen muchas de ellas en vocaciones religiosas y apostólicas... Como base de todo, el más perseverante cultivo de la propia vida interior; y como punto principalísimo de apoyo para el personal esfuerzo -en busca, del imprescindible auxilio divino, mediante la oración y el sacrificio- el apostolado infatigable de la dirección espiritual de almas consagradas a la perfección en el siglo y en el claustro y la fundación de institutos de religiosas, dedicadas unas a, la vida contemplativa, y otras a la vida mixta; y, finalmente, como contrapeso a la divina justicia, de tantas maneras y tan universalmente vulnerada y escarnecida, el establecimiento de asociaciones eucarísticas -«Camareras del Santísimo», «Adoración Nocturna, Archicofradías del Sagrado Corazón de Jesús y Templos de Reparación- impregnadas todas ellas del más acendrado espíritu de adoración y desagravio.
   Rasgo singularmente atractivo y simpático de la apostólica personalidad de Don Manuel lo constituye el empeño que mostró, pensando en el bien de su patria, para fomentar, aparte otras devociones genuinamente nacionales, la de los Santos Patronos y Protectores de España, por él siempre tan ardiente y prácticamente amada.
   Tales son los motivos que tenemos para dedicar esta Biografía al respetable Clero de nuestra patria, esperando que como en vida fue campeón insigne de cuanto a su perfeccionamiento y auxilio se refiere, así a hora les puede servir de aliento la relación de sus virtudes, persuadidos como estamos de que le formó él Señor para ser prototipo, modelo y ahogado de los ministros de su santa Iglesia.

PROLOGO



   Éramos muchos los que esperábamos con impaciencia esta VIDA de Don Manuel Domingo y Sol que ahora se publica. Le amábamos y le admirábamos; mas por eso mismo era mayor el deseo de volver a contemplar su figura venerable, de oír de nuevo sus palabras llenas de dulzura, de sentirlo más cerca de nosotros, por la evocación de su vida y de sus obras.
   Justas razones aconsejan de ordinario la demora en la publicación de libros semejantes. Con la muerte suele llegar la hora de las alabanzas, pero no la de la verdad completa. Es preciso dejar que las aguas se decanten y que el tiempo reduzca los elogios a sus justos límites, o que los consolide y refrende. Además, nuestra vida no es una unidad aislada o un compartimiento estanco, y menos aún lo son las vidas de los varones insignes que, por su mayor radio de acción y por el vuelo de sus, empresas, acaso suscitaron recelos, envidias, enemistades y persecuciones. Para conocer estas vidas plenamente es menester referirlas a otras vidas, situarlas en su ambiente propio, y en este ambiente, que es el fondo del cuadro, quizá no faltaron sombras. Esperar a que el tiempo, sin ocultarlas, las disimule un tanto en la lejanía era prudencia y era piedad.
   Afortunadamente para nuestro Don Manuel no sucede así. Su nombre crece con el tiempo, y su figura, respetada por los años, se yergue sobre el paisaje lejano con grandeza cada día mayor. Su vida hubiera podido escribirse a raíz de su muerte con la misma Seguridad que ahora, aunque no con la misma facilidad, porque no era fácil reunir todos los materiales, principalmente las cartas, que, como reliquia, conservaban sus afortunados poseedores. De aquí la obligada dilación.
Pero ahora ya están vencidos los obstáculos. Incoado el proceso para su Beatificación, tiene su memoria consagración, en cierto modo, oficial. Dar a conocer su vida no es adelantarse al juicio de la Iglesia, sino cooperar a su inapelable resolución; que, al fin, para que Dios glorifique a sus siervos y mediante ellos manifieste su poder, el camino que de ordinario escoge la Providencia es que los hombres los conozcan y, conociéndolos, confíen en su valimiento e imploren su intercesión.
   Tienen también las vidas de los Santos de nuestros días -permítasenos usar este nombre como expresión de nuestra admiración y siempre con acatamiento al juicio de la Iglesia- un altísimo valor educativo y apologético. Las historias de muchos Santos antiguos se reducen, con frecuencia, a la narración de sus virtudes heroicas, de sus milagros, de sus grandes empresas. Por falta de noticias o por menosprecio de lo anecdótico y de los pormenores secundarios, se esquematizó su vida, idealizándola tal vez, pero casi siempre deshumanizándola. Y así les contemplamos en las cumbres, pero no les vemos escalar, día por día, la áspera pendiente. De donde viene a suceder que nos persuadimos de que su santidad es como una planta de desaparecidas épocas geológicas, o puro don del Cielo; algo, en fin, inasequible para quienes vivimos en un siglo en que los progresos de orden material y las luchas políticas y sociales impiden el libre vuelo de las almas hacia Dios. Por eso, vidas como ésta de Don Manuel son altamente ejemplares y alentadoras. Ellas nos manifiestan cómo la Iglesia sigue siendo en nuestros días, no menos que en los tiempos antiguos, fecunda Madre de Santos.
   Estas vidas serán tanto más provechosas cuanto más ricas sean en pormenores y mejor nos muestren la complicada urdimbre de las acciones y reacciones que forzosamente han de producirse en el contacto o en el choque de las almas grandes con la dura realidad. Por fortuna, para escribir la VIDA de Don Manuel hay materiales abundantísimos. La Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos, con filial diligencia, recogió desde el primer día todos los recuerdos de su Padre y Fundador. Cada uno de estos recuerdos es como una voz que nos llega de lejos. Un papel amarillento por los arios, unas palabras, por sencillas que parezcan, nos recuerdan un latido del corazón, una preocupación, una lucha. Documentos oficiales, sermones, cartas y escritos íntimos de Don Manuel, frases recogidas de labios de quienes le trataron, informaciones publicadas en la prensa, todo fue reunido, ordenado y catalogado con solícito afán.
   Y para que nada falte, se ha conservado el espíritu del Venerable Fundador. Ese espíritu vive con perenne lozanía en las Constituciones de la Hermandad, en los Colegios de Vocaciones Eclesiásticas y en toda la obra de Don Manuel, y, de manera especial, en la tradición piadosamente guardada y transmitida por los que desde el principio fueron testigos de su vida.
Preparados ya los materiales y llegada la hora de darlos a la luz pública, sólo faltaba el artífice que, beneficiando tan rica cantera, nos diese, al fin, la biografía que esperábamos.
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   Apresurémonos a añadir que Don Manuel ha hallado, en don Antonio Torres, el biógrafo que merecía. La obediencia puso la pluma en su mano, y el cariño ha hecho lo demás. Un cariño, huelga decirlo, muy bien hermanado con la competencia, con la laboriosidad, con una sólida cultura, y con un cabal conocimiento no sólo de la vida y obras del preclaro Fundador de los Operarios Diocesanos, sino del tiempo en que vivió.
   El autor no ha tenido necesidad de llenar lagunas con hipótesis ingeniosas ni con estudiadas digresiones, ni, para enaltecer la persona de Don Manuel, le ha sido preciso tejer largos panegíricos, ya que, disponiendo de copiosa información, le bastaba dejar que hablasen los documentos. Y eso ha hecho. A lo largo del libro, ni por un instante se interrumpe nuestra comunicación con el protagonista de la historia. El mismo es quien, con sus escritos y principalmente con sus innumerables cartas, nos va diciendo sus planes y, proyectos, refiriéndonos sus preocupaciones y sus afanes, narrándonos las vicisitudes y etapas de sus obras, y descubriéndonos, sin quererlo ni pensarlo, su alma nobilísima y sus excelsas cualidades. Y cuando no es él mismo quien habla, Son personas que con él convivieron o que le trataron, y multitud de documentos que, encuadrados en un plan sencillo y armónico, ,nos dibujan con admirable relieve su fisonomía espiritual.
   Y será, cierto, regalado deleite para sus admiradores esta continua presencia de Don Manuel, que, reviviendo en cada una de las paginas de este libro, sigue hablándonos con su paternal y casera llaneza, en la que la muerte, sin embargo, puso una plácida serenidad que se eleva sobre los hombres y las cosas y sobre las ruindades y miserias de la vida.
   Tan amplia y completa es la información que por ventura alguno pensará que la sobreabundancia misma de noticias daña al interés del relato; que la multitud de pormenores oculta las líneas fundamentales; que, en resumen, la narración ocupa demasiadas páginas para que éstas sean leídas con interés en tiempos de fútiles libros de aventuras y de ensayos comprimidos.
   Mas, a nuestro ver, no ha sido el menor acierto del autor el método usado para componer este libro. Quizá algún día pueda escribirse una VIDA de Don Manuel más popular, más del gusto de personas que quieren leer muy de prisa, y aun más novelesca; que a tanto hemos llegado, que, aun en las historias de los Santos, se va notando cierta propensión a darles interés y amenidad - introduciendo en ellas elementos novelescos. Pero esta primera biografía no podía ser sino como es: una fotografía, no un estudio artístico. La fotografía no selecciona pormenores sino que los recoge todos, cada uno según su importancia y con su luz propia, y de ahí resulta el parecido con el modelo. En esto se diferencia del retrato artístico, en el que el artista, para obtener ciertos efectos estéticos, vigoriza unos rasgos y suprime o atenúa otros, siempre con riesgo de transformar, o acaso deformar el modelo, y de darnos como temperamento de éste el suyo propio. Un retrato artístico es bueno para exornar las paredes de un salón; mas para evocar el recuerdo del ser amado preferimos la fotografía sin retoques, en la que no se hayan borrado arrugas ni puesto sombras o luces caprichosas.
   Tanta es la veneración del autor hacia Don Manuel, que aun en el elogio es siempre parco, como quien está persuadido de que la verdadera virtud no necesita ditirambos ni ponderaciones. El mejor homenaje a la virtud es reconocerla y respetarla tal como ella es.
   Esta misma veneración le ha señalado un límite en su tarea de reconstrucción histórica. El objeto primero de la historia son los hechos. Deducir de éstos las ideas y preocupaciones de quien los ejecuta, penetrar en su espíritu y seguir sus movimientos, trazar el itinerario de la formación de su personalidad, señalar la trayectoria resultante de todas esas fuerzas que actúan en nuestra vida interior es algo que, saliéndose del campo del historiador, entra en el del psicólogo. Penetrar en este campo es ocasionado a sustituir la historia con las conjeturas. Porque ¿quién es capaz de escudriñar la compleja actividad de nuestras facultades y de conocer los misteriosos caminos de la gracia y de las demás influencias divinas? Y esta dificultad crece cuando se trata de almas santas que, recatando púdicamente sus dones porque saben el peligro de sacarlos a pública plaza, sólo nos dejan ver fugaces resplandores, insuficientes para que a su luz contemplemos en toda su magnífica realidad los panoramas del mundo interior. Caben los ensayos psicológicos en las novelas y aun en ciertas biografías; pero en la agiografía cristiana, en la que tiene tan principal parte el elemento sobrenatural, tales ensayos psicológicos, tan del gusto de nuestros días y de algunos autores, requieren mucho tino y discreción para que no vengan a parar en engañosos subjetivismos o en una suplantación de personalidad.
   No se ha abstenido el autor de asomarse a la vida interior de Don Manuel, pero siempre guiado por los hechos y sin avanzar un paso más de lo que éstos consienten. Por lo demás, son tantos los que refiere, y tienen lenguaje tan elocuente, que, por lo común, hacen inútil todo comentario. Hablan ellos por si mismos.
   En lo que sí ha puesto suma diligencia es en ordenarlos, en ilustrarlos con noticias complementarias, en restablecer con sobrias pinceladas el ambiente en que se desarrollaron, en dibujar aquí y allá lindos medallones de otras personas que se movieron en la órbita de atracción del personaje central. La composición de biografías como ésta requiere largo trabajo oscuro y silencioso, de más mérito que lucimiento. Don Antonio Torres no ha escatimado el trabajo y lo ha hecho aún más meritorio renunciando a toda exhibición personal, para que su libro, desde el principio al fin, sea tributo de veneración al Padre inolvidable. El lenguaje mismo es como a tal obra correspondía: grave sin afectación, sin alardes preciosistas, terso y noble. Todo en ella da la impresión de una obra acabada: hasta la nítida y esmerada impresión y las ,abundantes y escogidas ilustraciones gráficas.
   No será ésta la única VIDA que se escriba del esclarecido Fundador de los Sacerdotes Operarios Diocesanos; pero sí será la vida-tipo, a la cual hayan de ajustarse las demás. Ningún monumento mejor podía erigirse a la memoria de Don Manuel Domingo Y Sol para conmemorar el XXV aniversario de su nacimiento.
   Sí, de su nacimiento, porque en el lenguaje de la Iglesia el Dies natalis de los Santos no es aquel en que nacieron a la vida perecedera, sino aquel en que, a través de la muerte, entraron en la vida de la inmortalidad.
   Bien quisiéramos, a ejemplo de los antiguos miniadores, dibujar a la cabecera de este libro una graciosa viñeta que simbolizase toda la vida de Don Manuel Domingo y Sol; pero vidas tan llenas y multiformes como la suya, se resisten a toda síntesis.
   «¡Es un santo!» -decía la voz común. He ahí una síntesis, que es a la vez un elogio de subidos quilates. Pero, con decir mucho, aún no dice lo suficiente, porque la santidad es el denominador común de todos los siervos de Dios, y en éstos, como en las estrellas del cielo, hay diferencias y variedad de matices.
   Además, este elogio se repite con excesiva frecuencia y no siempre con la plenitud de sentido que de suyo tiene. En ocasiones elogiar la santidad es una sutil reticencia para insinuar la falta de otras cualidades. «¡Es un santo!» -se decía de Don Manuel-. Nadie dudaba de su virtud, pero acaso más de uno pensaba: ¿puede ser un varón en verdad extraordinario este sacerdote que no deja su vulgar paraguas, que vieja rodeado de paquetes y bultos de todas clases y que, como de Santa Teresa decían aquellas buenas monjas de Madrid, «come y duerme como los demás y habla sin ceremonias»?
   Algo, ciertamente, había en él que al punto le conquistaba afecto y admiración. Aquella apacibilidad de su rostro, aquel sereno y dulce mirar, aquella exquisita cortesía, señoril y paterna] aun tiempo; aquella conversación efusiva y discreta, grave y jovial y aun, a veces, con suaves ironías que siempre daban en el blanco. aquella piedad, en fin, tan sencilla, tan modesta y sin afectación., eran como destellos de un espíritu nada vulgar. Pero aquí se detenían muchos. ¿Es que se puede medir a simple vista la profundidad de los grandes ríos y basta, para conocer la longitud de su curso, calcular la distancia en línea recta entre el lugar de su nacimiento y el de su desembocadura? Tampoco era suficiente para conocer una vida tan profunda como la de Don Manuel un trato superficial y pasajero, ni sus partidas de nacimiento y defunción bastan para medir la longitud de una existencia que, como los ríos, se desviaba hacia un lado y hacia otro, es decir, hacia donde quiera que veía una obra en que pudiera glorificar a Dios. Aun muchos que creían conocerle, descubrirán, al leer esta VIDA, cualidades que no habían sospechado y una actividad que les llenará de admiración.
   Sean un ejemplo sus cartas y sus sermones. Si se imprimiesen, llenarían muchos volúmenes. Concedamos que no fue Don Manuel ni un escritor clásico, ni un erudito, ni un pensador genial. Pero tenía clarísima inteligencia y sabía manejar la pluma con muy gentil garbo. En sus cartas, acaso el más fiel espejo de su alma, hay, como en las de Santa Teresa de Jesús, espontaneidad, candor, frescura de ingenio, sana alegría, oportunidad, y, sobre todo, discreción suma para dosificar afectos, consejos, advertencias y reprensiones.
   No fue un orador, en el sentido moderno de esta palabra; pero en sus sermones hay orden, vigorosa argumentación, transparencia de pensamiento, unción persuasiva, a veces novedad en la exposición, y un estilo fácil, animado, insinuante y siempre acomodado a las ideas y a las circunstancias. Con igual desembarazo andaba por los caminos llanos que se elevaba de un vuelo a las cumbres de la ascética y de la mística. Adueñándose de los corazones, les comunicaba sus propios afectos, y con elocuencia ya dulce, ya arrebatadora, los llevaba hacia Dios. ¿Qué le faltaba para ser un gran predicador?
   Con admirable clarividencia conoció las necesidades de su tiempo y las buscó remedio conveniente. Los años que dedicó a la formación cristiana de la juventud constituyen un hermoso CAPÍTULO de la historia de la Acción Católica; y si este nombre, aplica do a aquellos tiempos, resulta menos propio, digamos que fue un precursor de la actual organización de las Juventudes Católicas. Los frutos que consiguió y los planes que acariciaba nos permiten adivinar hasta dónde hubiera llegado si otras dos obras-que en realidad son una sola-: los Colegios de Vocaciones Eclesiásticas y la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos, no hubieran absorbido su atención y su tiempo. Ocupado en estas obras, no pudo dedicarse ya tan de lleno a un apostolado personal; pero, pensando en los millares de sacerdotes que en sus Colegios y por sus Operarios habían de educarse, bien pudo decir con el héroe del Romancero: «Si yo no gané batallas, hijos engendré que las ganaran».
   Empresas como éstas no se ejecutan por quien no tenga, como ahora se dice, grandes cualidades de organizador. Don Manuel las tenía. Optimista por temperamento y por persuasión, no se arredraba ante los obstáculos. Conocedor de los hombres, sabía ganarse cooperadores, colocar a cada uno en su puesto y pedirle el esfuerzo que podía rendir. Tenía esa prudencia a lo divino que, con ilimitada confianza en la amorosa Providencia de Dios, pone muy alta la mira de sus pensamientos, pero a la vez proporciona sabiamente los medios a los fines para que cada hora produzca su fruto., De. esta manera, como quien de antemano señala en un mapa las etapas de un viaje, va recorriendo su camino con rápida lentitud y sin desandar nunca lo andado. Y cuando, en su ancianidad, los años y los achaques le obliguen al descanso, podrá consolarse en su forzosa inacción pensando que no ha sido un siervo inútil; en pos de sí deja, con los jirones de su salud y de su vida, una obra magnífica, que será espléndido florón de la corona de la Iglesia.
   Mas la prudencia en el planear y en el ejecutar no podía eximirle del rudo trabajo que tan vastas empresas exigían. No es la suya una actividad bulliciosa ni agitada ni a saltos e intermitencias, sino mansa, callada, perseverante y tenaz. Una actividad que se reparte entre multitud de obras, porque para las almas grandes ningún campo está acotado si en él puede germinar la planta del reino de Dios. Y así, Don Manuel confiesa, predica, da clases, redacta artículos, prepara fiestas, organiza peregrinaciones, escribe millares de cartas, edifica Conventos, dota a religiosas, levanta Colegios, funda y consolida su Hermandad, hace largos y frecuentes viajes, busca colaboradores o los forma, ruega, suplica y si es preciso, importuna; y todo esto, sin dar importancia a lo que hace, sin aires de, innovador, con una naturalidad que parece hallarlo todo fácil, y con una fe y constancia que convierten en realidad lo que hubiera podido tomarse, por quimera o sueño irrealizable.

***

   Una buena parte de los triunfos logrados por Don Manuel corresponde a su corazón, que, noble como era por su condición nativa, no supo amar sino cosas nobles y noblemente. Sus obras nacían en el corazón y de all1pasaban al cerebro. Por eso no hay en ellas ni en su desenvolvimiento sequedad ni rigidez. Amaba y se hacía amar. Un afecto llano y comprensivo que, rebosando de su corazón, se expandía por su semblante y por todos sus actos, borraba distancias y levantaba hasta sí aun a los de más humilde condición. Las almas que vuelan en las regiones superiores no siempre aciertan a descender a ras de tierra. Como Moisés, cuando descendió del Sinaí, llevan en su frente el resplandor de lo divino. En Don Manuel este resplandor se transforma en bondad atrayente; hay siempre en él calor de humanidad. En su trato y en su correspondencia aflora una ternura que no sabe disimularse. Aun detrás de la reprensión se adivina una sonrisa benévola e indulgente.
   Este amor halla ingeniosos medios de manifestarse. Unas veces es la frase delicada, otras el cuidado solícito de los enfermos o atribulados, otras la limosna generosa, el obsequio discreto, hasta la inocente estampita, que para él es un medio de apostolado. Tiene la santa pasión de dar. Da cuanto él tiene y cuanto recibe: su patrimonio familiar, su trabajo, su tiempo, su afecto. Y tal era su gracia y gentileza para «poner alas» -así decía él gráficamente- a cuanto caía en sus manos, que el más pequeño obsequio suyo se estimaba como inapreciable regalo.
   En su corazón había espacio para todos los grandes amores. Amó con particular cariño a la tierra en que nació y de ello dio en Tortosa pruebas reiteradas; pero sentía también -y no será inoportuno recordarlo en las circunstancias actuales- un amor cordial y ardoroso hacía España. Estos dos amores tuvieron felicísima expresión en dos devociones que se es forzó en propagar: la devoción al Ángel Custodio de Tortosa y la devoción al Ángel Custodio de España. Proyecto suyo -que estuvo en vías de ejecución- fue el erigir en el Cerro de los Ángeles un monumento al Ángel tutelar de nuestra nación, que hubiera sido un hermoso símbolo de la unidad española. Desde el Cielo se gozará en ver al Sagrado Corazón de Jesús imperando sobre España, desde ese mismo Cerro que él quiso santificar convirtiéndolo en centro de una devoción en que se unían la piedad y el patriotismo.

***

   Por si alguno pensare que hemos humanizado con exceso la figura de Don Manuel, añadiremos a todo lo dicho que, sobre las cualidades que hemos enumerado, hubo en su vida algo que era como la forma substancial de todas ellas: un encendido amor de Dios, que, nacido en él con la infancia y creciendo con los años, alimentado con la meditación, con el recuerdo de la presencia de Dios, con las visitas al Sagrario, con jaculatorias, que aun durante el sueño no se interrumpen, con los Sacramentos y con todos los divinos recursos de una piedad siempre activa y vigilante, era bálsamo en sus palabras, paz y serenidad en su rostro, elocuencia en sus sermones, fuerza en sus trabajos y motor primero y eficacísimo en todas sus acciones.
   El amor de Dios era en Don Manuel devoción al Sagrado Corazón de Jesús, a la Eucaristía, a la Santísima Virgen, a la Iglesia; era espíritu reparador, anhelo de salvar almas y de formar y multiplicar los sacerdotes santos. Era toda su vida. Y esta será la principal enseñanza del libro que presentamos al lector: mostrar cómo el amor de Dios puede prender en un alma, sobrenaturalizar una vida y hacerla maravillosamente fecunda.
   La lectura de esta biografía sugerirá comparaciones y semejanzas con otros siervos de Dios. Son puntos de coincidencia que realzan la figura de Don Manuel Domingo y Sol sin quitarle su relieve propio. Perteneció al esclarecido linaje de los creadores. Fue astro que brilló con luz propia. Luz de estrella, suave y amorosa, que desde el cielo nos llama y nos guía...

Agustín Rodríguez.

INTRODUCCION



   Al publicar la VIDA Y VIRTUDES DEL REVERENDÍSIMO DOCTOR DON MANUEL DOMINGO Y SOL, bien quisiéramos que hubieran alcanzado de Dios favorable despacho los votos que, a raíz de la muerte de Don Manuel, formulara una de las religiosas del convento de Concepcionistas de Benicarló, por él fundado: «Rogaremos -decía- para que el encargado de escribir la vida de Mosén Sol esté altamente inspirado, para que salga digna de tal santo, y su lectura mueva los corazones a la virtud, como a su paso por la tierra los atraía hacia Jesús, con sus palabras y su presencia, nuestro Padre».
   La empresa que la obediencia nos hubo de confiar era, si ciertamente honrosa, ardua en grado sumo. Por realizarla lo menos imperfectamente que nos ha sido posible no hemos escatimado diligencias ni esfuerzos. Plegue al Señor bendecirlos para bien de nuestros lectores.
   Una de las mayores dificultades estriba en la multiplicidad y riqueza de los variados matices que componen e integran la compleja personalidad de Don Manuel. Son tantos los aspectos de la misma, y tan atrayentes y sugestivos todos ellos, que no es fácil discernir a primera vista el rasgo predominante de su fisonomía moral. Lo ensayó todo y se ejercitó con éxito en todos los ministerios sacerdotales. Confesor y Director de espíritus, Vicario de monjas y Fundador de conventos de religiosas, Catequista, Regente de parroquias en una comarca rural primero, en la capital de su diócesis después; Periodista, Catedrático del Instituto, Propagandista de buenas lecturas, Educador de la juventud secular en la Congregación de San Luis, Fomentador de Asociaciones piadosas por las parroquias, Apóstol de las Vocaciones eclesiásticas mediante el establecimiento de los Colegios de San José, Propagador del culto eucarístico con la erección de Templos de Reparación, etc., etc... Siéntese latir en el fondo de todas y cada una de estas empresas una especie de fiebre ardorosa, e irreprimible afán de no dejar sin cultivo ninguno de los campos de gloria de Dios. El fuego del amor divino que inflamaba el corazón de Don Manuel le forzaba a ejercitarse en cada uno de ellos con ferventísimo entusiasmo. Iba Dios premiando este insaciable celo de su fidelísimo siervo con abrirle cada día nuevos y más dilatados horizontes, hasta señalarle como vocación definitiva -para cultivar en uno sólo todos los demás apostolados y unificar todas sus otras múltiples empresas- la de ser Fundador en su Iglesia de una Congregación dedicada a formar sacerdotes santos.
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   La Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos, culminación de todas las demás empresas de Don Manuel, será siempre por la sublimidad de su objeto y la trascendencia de sus resultados, su más alto timbre de gloria. Por lo mismo, al escribir su biografía, sin dejar de estudiar los demás aspectos de su multiforme personalidad, ha sido nuestro principal intento y cuidado dar la mayor extensión posible a todo lo que atañe a la fundación de la Hermandad, a su naturaleza y fines, y a las cualidades y dotes de que deben, según Don Manuel, hallarse adornados sus Operarios.
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   Por lo demás, en la ejecución de nuestro trabajo hemos procurado armonizar en lo posible el orden cronológico de la vida de Don Manuel con el del sucesivo desenvolvimiento de las diferentes obras de celo por él realizadas, agrupando todo lo relativo a cada una de ellas de modo que se pueda tener una visión de conjunto de la misma. Y decimos en lo posible, porque no siempre resulta labor fácil, ya que con frecuencia no se halla cada una de ellas totalmente desligada de las demás, y llenando por sí sola una determinada etapa de la vida de Don Manuel.
No ha sido, en cambio, liviano el esfuerzo que hemos tenido que hacer para ordenar, catalogar y clasificar el ingente montón de documentos manuscritos o impresos pertenecientes a Don Manuel. La copia o el extracto de los mismos hacíase sobremanera fatigosa, y en no pocas ocasiones imposible de realizar íntegramente, por el carácter, con frecuencia ilegible, de la caligrafía de Don Manuel, particularmente la empleada en sus apuntes o borradores. Por añadidura, el hecho de no llevar, por lo común, fecha sus cartas, nos ha obligado a una ímproba labor de averiguación de las de mayor interés, al menos.
   Ha sido, en cambio, una inapreciable fortuna para nosotros la costumbre que tenía de conservar, aunque sin orden ni concierto, amontonados y mezclados unos con otros, casi todos los esquemas de sus sermones, pláticas y proyectos; los borradores de una buena parte de sus1 cartas y casi todas las que recibió; y el que muchos de sus corresponsales, por la veneración y estima que le profesaban, hicieran otro tanto con gran número de las suyas. Unas y otras han servido de principalísima fuente para redactar la presente biografía.
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   Hemos utilizado también las Monografías autógrafas de Don Manuel sobre algunas de sus empresas. En 1888 escribió la «Crónica de la fundación del convento de Vinaroz». Comenzó a redactar los que él titula «Anales o Crónica o Historia de los Colegios de Vocaciones Eclesiásticas de San José y de la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos». Pero sólo dejó anotado, y esto con hartas lagunas, lo relativo a los Colegios de Tortosa y Valencia.
   Es más: como habían ya transcurrido varios años a partir de la fecha de dichas fundaciones cuando él puso manos a la labor de historiarlas, y escribía de memoria, dejaba en blanco muchos nombres y fechas, y no pocas veces se equivocaba en las que ponía.
   Al trasladarse definitivamente Don Manuel de su casa «pairal» al Colegio de San José de Tortosa, en 1894, destruyó una porción considerable de los documentos que guardaba. Él mismo parecía después arrepentido de haberlo hecho. El 16 de mayo de aquel año escribía a don Andrés Serrano: «Hoy he logrado dar fin al registro de mis cartas y papeles traídos de mi casa. He quemado dos quintales, y me duele. He guardado algunas todavía. No debían rasgarse, porque forman una Crónica. He rasgado todas las de mi época de Instituto y de los días de la revolución de septiembre del 68, mi larga correspondencia con Trelles, las de la campaña del santo billete de la rifa, etc., etc... Era todo un tesoro».
   Puso, en cambio, y por fortuna nuestra, especial cuidado en ir anotando todo lo concerniente a la fundación del Colegio de Roma. En 1897 tenía ya redactada una crónica de la misma. «Me dijo usted -escribía el 17 de marzo a don Benjamín Miñana- que no me dejé ahí ningunos papeles. No encuentro la crónica del Colegio de Tortosa y la del de Roma, y como si quisiera creer que me la llevé cuando fui. Sentiría vivamente la pérdida»1. Referíase sin duda Don Manuel al «Diario» que llevaba, y que se conserva, de todos los. trámites y peripecias porque hubo de pasar aquella laboriosísima y gloriosa fundación. Eran lacónicas y sucintas indicaciones, a propósito para servir de guía en una más extensa y detallada relación ulterior.
   Para secundar los deseos de Don Manuel, ocurriósele a don Benjamín Miñana la feliz idea de escribirla. Don Manuel, al saberlo, se llenó, de gozo. «Una buena noticia me da usted en su última-le decía el 22 de septiembre de 1901-. Precisamente hace tiempo quería encargarlo a usted o a Juan Calatayud, y temía por sus ocupaciones, y veo han entrado ustedes por el camino de darme gusto. Si le parece, puede enviarme los borradores de un par de pliegos, y pondré mi V.º B.º si me place la entonación, que no dudo por esto que será de mano maestra, y se los devolveré, y luego, apenas los tenga usted terminados, se litografían. En Valencia me perdieron los extensos apuntes que tenía de aquel Colegio, y crea que ha sido una lástima». Y el 7 de octubre: «Recibidas las hojas de la Crónica. Creo que mis preliminares llegaron hasta la instalación del Colegio y definitiva ruptura del P. Martín, y me parece altera el hilo de algunos hechos. No obstante, Jesús se lo pague, y deseo y quiero que lo continúe tan aprisa como le sea posible». Y ya no le dejó en paz hasta que vio terminado el trabajo. Fueron también incluidas en la Crónica de don Benjamín las pláticas que Don Manuel acostumbraba dirigir a los alumnos del Colegio de Roma, en los primeros años del mismo, al principio de cada curso.


   Y ya que del Colegio de Roma hablamos, nadie extrañará que hayamos alargado al relatar la fundación y desarrollo del mismo. «Cuando la Hermandad escriba su historia -decía don Juan Bautista Calatayud en el extraordinario dedicado por el «Correo I. Josefino» a la muerte del Cardenal Vives-, la parte mas interesante y gloriosa, juzgo que ha de ser la dedicada a narrar los trances variadísimos de la fundación del Colegio Español». Durante los años de nuestra venturosa permanencia en él, ,extractamos la «Memoria» escrita por don Benjamín; y luego, algún tiempo después, aprovechando la coyuntura de vivir de asiento en Tortosa, que nos permitía utilizar con el mismo objeto los papeles de Don Manuel, hubimos de redactar una voluminosa «Historia del Pontificio Colegio Español de Roma». Así, cuando nos fue confiado el encargo de escribir la biografía de Don Manuel, dudamos si sería mejor desglosar de ella, en lo posible, la parte relativa al Colegio de Roma, y publicar como obra aparte la historia de éste. Pero, como de cualquier manera, semejante historia no había de poder salir a la luz pública en muchos años, por razones de elemental discreción y prudencia, resolvimos adoptar el sistema de entremezclar con la historia de Don Manuel, la de aquella fundación suya, relatando con alguna extensión lo más principal de ella.
   Ocasión es ésta para advertir, de paso, que no ha sido tampoco nuestro intento escribir la historia de la Hermandad, ni era ello hacedero por motivos análogos a los alegados respecto de la del Colegio Español. Nos hemos limitado a referir sucintamente, lo más imprescindible. Día, llegará en que semejante empeño pueda realizarse, y no será, ciertamente, sin grande honor de la Hermandad, cuyo beneficioso y trascendental influjo en la marcha y progreso de los Seminarios de nuestra patria, resultará bien patente.
   La circunstancia de vivir todavía muchas de las personas de quienes se hace mención en la VIDA de Don Manuel, o de vivir aún quienes las conocieron, nos ha obligado a sustituir en muchos casos sus nombres propios con iniciales que no corresponden, a los mismos.
Bien hubiéramos deseado, en las citas que hacemos de cartas y documentos, anotar con precisión el lugar de donde están tomados. El no hallarse todavía definitivamente catalogados, lo ha hecho imposible. Sólo diremos que, salvo error material de trascripción, todas son exactas, y que hemos procurado guardar la mayor fidelidad al trasladarlas.
   Aun a riesgo de que se nos califique de prolijos, no hemos escatimado las citas tomadas de las cartas de Don Manuel, porque en ellas, y a veces en una sola frase, en una palabra, en un rasgo, se pinta él a sí propio con mayor verdad, viveza y encanto que podríamos hacerlo nosotros en largos capítulos. Otro tanto sucede con ciertas expresiones y modismos tortosinos por él usados cuando escribía o hablaba con sus paisanos o con sus más familiares Operarios.
   Y a lo dicho, con ser bien poco, nada queremos añadir, sino que ahí tienes, lector amigo, y sobre todo vosotros, la legión incontable de sus admiradores y devotos, que con tan vivas ansias la habéis estado deseando y esperando, la VIDA de Don Manuel.
   Tal como ha salido de nuestras manos os la ofrecemos, alentados con la esperanza de que, disimulando con vuestra generosa discreción las deficiencias nuestras, os dignaréis dispensarle favorable acogimiento; porque lo merece, con creces, de justicia la. excelsa y simpática personalidad del benemérito Fundador de la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos.
PARTE PRIMERA

VIDA Y EMPRESAS



CAPÍTULO I



Nacimiento.- Patria.- Familia.- Niñez

(1836-1848)



   En la casa que lleva el número 18 de la calle del Santo Ángel, de la hidalga y religiosa ciudad de Tortosa, a las tres de la mañana del día 1.º de abril de 1835, nació Don Manuel2. Fueron sus padres Francisco Domingo Ferré y Josefa Sol Cid.
   Era aquel día Viernes Santo; fecha, a la verdad, que parece providencialmente escogida, por hallarse tan en consonancia con el espíritu predominantemente compasivo y reparador de los dolores y angustias de Jesús, que había de constituir el rasgo más saliente y característico de la vida de aquel niño, que en tal día vino a la luz de este mundo. Recibió la de la gracia, por el bautismo, el siguiente, Sábado Santo, luego de terminada la solemnidad litúrgica de la bendición de la pila, en la parroquia de la Catedral, actuando de ministro el párroco de la misma, don Gabriel Duch, y de padrino el reverendo don Francisco Navarro, comensal de la Catedral de Tortosa.
   Fue Don Manuel el penúltimo de los doce    hijos que como otros tantos frutos de bendición, otorgó Dios a aquellos padres, modelos de esposos cristianos3, que, perteneciendo socialmente a la clase de payeses acomodados4, espiritualmente figuraban en el grupo de las familias más distinguidas por su práctica y tradicional religiosidad.
   Es Tortosa la metrópoli de la fértil y, sobre toda ponderación, pintoresca y amena comarca que lleva su nombre. Punto enlace entre Valencia y Cataluña, tienen sus naturales como lema de su especial etnología, y lo proclaman con noble orgullo, el de: «Ni cataláns ni valenciáns: ¡tortosíns!» Ufánanse, y con razón, de los gloriosos fastos de su historia, y de haber merecido para su ciudad el honroso título de «Fidelissima et Exemplaris», y recientemente el de «Muy Noble y Humanitaria», que ostenta su escudo.
   Bien pudiera aplicárseles a ellos lo que uno de nuestros clásicos dijo de los leoneses: que «no hay hombres más moridos de amores por su tierra». Si no todos saben expresarlo en la misma forma, todos piensan al igual que uno de sus más fervorosos y entusiastas folkloristas contemporáneos5:

«¡Quina desgracia sería
no haber nascut tortosí!»

   Tortosino de corazón, enamorado de su ciudad natal, fue siempre Don Manuel, en cuyo espíritu reflejábanse a maravilla las propiedades peculiares de su cielo y de su suelo.
   Fue suave, dulce y apacible, como su clima; equilibrado, como el sosegado curso de las aguas del Ebro, que baña y ciñe sus seculares muros; alegre, como la clara y sonriente luz del sol que fecunda sus huertas ubérrimas; de espíritu emprendedor y expansivo, optimista, abierto a todos los horizontes del bien, amplio y generoso, como las extensas vegas que a Tortosa circundan y engalanan; firme y perseverante, como las enhiestas montañas que la separan y comunican con Aragón; de alma nativamente piadosa, como genuino retoño de las generaciones patriarcales que la habitaron.
   Ciudad, Tortosa, de cristianísimo abolengo, de religiosas costumbres, hasta en su aspecto urbano y monumental, de iglesias y conventos, de viejas casonas solariegas y graves y señoriales palacios -de los Piñols, los Miravalls, los Grás, los Villoría, los Tamarít...-, de estrechas y empinadas calles, produce en el espíritu del que la visita la impresión de un pueblo saturado de un aristocrático y noble misticismo. De inquebrantable lealtad para con la Patria, siempre sirvieron a ésta los tortosinos con una generosidad sin reservas. Hermosa y acertadamente los definió en este sentido el autor del «Himne tortosí» e infatigable cronista de sus heroicas gestas, Federico Pastor y Lluis:

«Som los mateixos que-ls Reys portaven
a la vanguardia contra-ls muslins,
y les muralles primé assaltaven.
¡Som los de sempte! ¡Som tortosins!»

   La vida social de Tortosa se nutrió perennemente de la savia de la fe. Evangelizada, según cuentan antiguas tradiciones, desde los albores mismos del cristianismo, por San Rufo, su primer Obispo, bautizado y discípulo de San Pablo, con el que vino a España, conservó inmaculada y floreciente su fe, vigorizada, siglos después, por la predicación de San Vicente Ferrer, y mantenida a través de los tiempos gracias a los apostólicos desvelos de los religiosos de diversas órdenes -Franciscanos, Recoletos, Carmelitas, Mercedarios, Capuchinos, Dominicos, Trinitarios Calzados, Jesuitas...- que se fueron en ella estableciendo, y por virtud del ejemplo y las santas plegarias de las angelicales moradoras de sus observantes conventos de monjas. Presidía la vida del hogar la patriarcal figura del jefe de familia, respetado, obedecido y venerado; y desenvolvíase la vida social al calor del benéfico influjo de los innumerables gremios-el de la Derrama, el de los sastres, de los labradores de Santiago, de los alpargateros y cordeleros, tejedores, tintoreros, herreros, el de calafates, etc... colocados cada uno de ellos bajo la especial advocación de algún Santo: San José, San Pedro, San Telmo, Santa Lucía, la Santísima Trinidad, San Homobono..., etc., etc.
   Eran el más galano Ornato de la ciudad y demostración del espíritu religioso de Tortosa las numerosas hornacinas de Vírgenes y Santos venerados en sus calles y sobre -la fachada de las casas, a la altura del primer piso, como las ya desaparecidas de la Mare de Deu de Solicrú, de Vimparol, de Font de Quinto, del Miracle o de la Brecha; y las aun hoy existentes de Sant Domingo, Sant Dominguet, dels Angels, Sant Vicent, Santa Ana, de la Mare de Deu del Rosé, Sant Josep, de la Virgen de la Aldea, de la Providencia, de la Font de la Salud, y otras innumerables advocaciones. Todos los años -hasta no hace muchos- en el día correspondiente a la fiesta del Patrono de la calle, los vecinos de la misma cantaban el rosario, con acompañamiento de música, delante de la imagen.
   Pero el rasgo culminante de la religiosidad tortosina es sin disputa la devoción de los hijos de Tortosa a su excelsa. Patrona, la Virgen de la Cinta, así llamada por la que, en prenda de su predilección hacia ellos, se dignó entregarles por sus mismas manos, depositándola en las de un santo capellán de la Catedral, a quien se apareció en ésta la noche precedente al día de la Encarnación del año 1178. A partir de aquella faustísima fecha, no hay tortosino que no adore en su Madre la Santísima Virgen de la Cinta y no la entone con el corazón en los labios la estrofa del himno popular6:

«Es la Cinta nostra Reina,
nostra Mare, nostre tresor:
Estimem-la, adorem-la,
jurem defensar-la hasta la mort.
Cridem sempre ab veu plena:
¡Nostra Cinta sobre tot!

   Fue en este ambiente tan saturado de religiosidad donde se formó el espíritu de Don Manuel.
   Apenas nacido, apresuróse su madre terrena a presentarlo y ofrecerlo a su Madre del Cielo, la Virgen Santísima de la Cinta, siguiendo la antigua y piadosa costumbre de todas las, madres tortosinas.
   Otra alta protección tuvo Don Manuel desde su infancia: la del Santo Ángel Patrono de Tortosa y su comarca, bajo cuyas providentísimas alas se puede decir que nació, por hallarse la Capilla de este popular Abogado de la Ciudad a unos pocos pasos de la casa natalicia de Don Manuel, y a la vista de ella.
   Por aquellos años de la niñez de nuestro biografiado andaban los tortosinos, interrumpido su habitual sosiego, en perpetua y hervorosa exaltación política, a causa de la guerra civil7.
   En medio de estas agitaciones y turbulencias, la familia de Don Manuel, exenta de todo apasionamiento político, llevaba una vida tranquila, de profunda Piedad y de honrado trabajo.
   Entre los papeles de Don Manuel hállanse algunos documentos acreditativos del ambiente de religiosidad que se respiraba en aquel cristiano hogar. Por ellos . nos es dado conocer que los miembros del mismo lo eran de múltiples asociaciones piadosas: tales, entre otras, la Cofradía de la Santa Cinta, la de San Juan y la Corte de María. Perteneció, además, el padre a la «Adoración y Vela perpetua al Santísimo Sacramento del Altar» establecida en la Catedral desde 1831, «para rogar por las necesidades de la Santa Iglesia, de la Monarquía española y de Tortosa».
   Descúbrense asimismo en estos documentos indicios patentes de la devoción que la familia de Don Manuel profesaba a San José, a la Virgen de la Aldea, a Santo Domingo y muy particularmente al Santo Ángel Patrono de Tortosa; de la honesta moderación de sus ganancias en los negocios a que se dedicaban y de su cristiana y espléndida caridad para con los pobres, de los cuales singularmente la madre de Don Manuel era amantísima. Tenía la casa puertas a dos calles, y a los que calificaban de excesivas sus larguezas para con los menesterosos, solía responderles: «Las limosnas salen por una puerta y entran por otra». Muchas de ellas hacíalas en secreto. En cierta tienda de comestibles tenía dada orden de que a determinada pobre la surtiesen, a cuenta de ella, de, cuanto necesitare y pidiera; exigiendo en casos tales el más riguroso silencio acerca de la persona que proporcionaba el socorro.
   De la acendrada devoción de sus padres al Santo Ángel de Tortosa brotó en Don Manuel la robusta y perenne que profesó al Angelical Patrono de su ciudad querida, bajo cuya bendita sombra había nacido, y en obsequio del cual aprendería a cantar desde su niñez aquella sencilla estrofa de los populares «Gozos»:

«De este barrio los vecinos
dan mil gracias al Señor,
porque el Ángel Protector
les dirige en sus caminos».

   La convicción de esta angélica y bienhechora influencia, sin cesar experimentada, era sin duda la que inspiraba a uno de los hermanos de Don Manuel los nobles y piadosos sentimientos que vibran en un fragmento de la única carta de familia a él dirigida que hemos podido encontrar.
   Lleva la fecha de 9 de mayo de 1863, cuando se hallaba Don Manuel, ya sacerdote, cursando los estudios del doctorado en Valencia. «El hombre que no falta a su deber -le dice su hermano Francisco en nombre propio y de todos los de casa- y cumple con sus obligaciones, cada cual las de su estado, siempre está apreciado de todo el mundo, y Dios le tiene una senderita reservada para guiarlo en, todas sus tareas y necesidades... En fin, lo que deseamos de corazón por momentos es el estar todos juntos en nuestra casa, frente a la capilla del Santo Ángel, al que tanta devoción todos tenemos. Recibe los miles afectos de nuestra madre8 y tus hermanos que desean verte más que escribirte»...
   Era tan extremada y exquisita la solicitud por Don Manuel de su santa madre, que le hacía vivir en el internado del Seminario aun durante el verano; y declaraba el propio Don Manuel que disfrutaba allí de más amplia libertad de movimientos que en su propio hogar.
   Por lo demás, sus mayores travesuras se reducían a alguna que otra, escapatoria clandestina al Ebro, en compañía de los fámulos del Seminario, para zambullirse en sus tranquilas aguas. La de nadar fue siempre, hasta su vejez, una afición en él arraigadísima. Una de las veces que atravesó a nado el río, de una a otra orilla, y por el sitio de mayor anchura, decía luego a sus amigos: «Si lo supiera mi madre, no volvía a veranear fuera de casa».
   En tan apacible y piadoso hogar fue desarrollándose física y moralmente Don Manuel. Llevábale consigo su madre a las funciones religiosas, y preferentemente a las del Convento de las Claras. Andando los tiempos, en su primera plática de Vicario, a las monjas del mismo, decíales Don Manuel que al recibir del Prelado semejante nombramiento, «se le presentaba la santidad de aquel lugar, para mí -declaraba- respetable cual ninguno: sin duda son las impresiones que recibí en mi infancia, al visitar el umbral de este claustro, único que visité hasta después de mi ordenación».
   Y en un sermón de Nochebuena, en la iglesia de la Purísima, evocando los lejanos tiempos de su infancia, exclamaba: «Sobre cincuenta años hace que, conducido por una mano cariñosa, venía yo a estas horas a este templo, para ver al nuevo angelito, que me decían brotaba esta noche, a los pies de la Virgen»...
   El 18 de octubre de 1845 recibió Don Manuel el Sacramento de la Confirmación9, y en 1848, a las doce de su edad, por vez primera la Sagrada Comunión. ¡Con qué inefable gozo tomaría Jesús Sacramentado posesión de aquella alma; y qué raudal de bendiciones y de gracias derramaría, en tan fausta ocasión, sobre aquel inocente jovencito, que él tenía predestinado para apóstol celosísimo y reparador infatigable de su amor eucarístico!...

CAPÍTULO II



Vida de seminarista.-Ordenación sacerdotal

(1851-1860)



   Al suave calor de los edificantes ejemplos y cristianas enseñanzas de sus padres, con espontáneo impulso y lozanía brotó en -el corazón de Don Manuel, ya de suyo nativamente inclinado al bien y a la virtud, la exquisita y delicada flor de la vocación sacerdotal.
   Una vez instruido convenientemente en las primeras letras, estudió las Humanidades con don José Sena, catedrático de Latín y Castellano en el Colegio de San Matías10. Y el 1.º de octubre de 1851 ingresó Don Manuel en calidad de alumno interno en el Seminario Menor de Tortosa, instalado a la sazón en el histórico y artístico palacio, que es actual mansión del Colegio de San Luis Gonzaga. Cursó allí tres años de Filosofía; y en el edificio de la calle de Moncada11, antigua residencia de Jesuitas y sede hoy del Instituto Nacional, siete de Teología y uno de Derecho Canónico. Los tres últimos como alumno externo y todos con excelentes calificaciones.
   Durante todo el tiempo de los estudios de Don Manuel en el Seminario, fue Rector del mismo el Padre Dominico, exclaustrado, Fr. Buenaventura Grau, varón ilustre por su sabiduría y venerable por sus extraordinarias virtudes, que le granjearon merecida fama de santidad. Bajo su dirección y la de otros reputados y beneméritos profesores, fue adquiriendo Don Manuel aquel copioso caudal de conocimientos en las ciencias sagradas y aquel acendrado, espíritu eclesiástico de que había de dar después tan espléndidas muestras.
   Fueron tales su conducta disciplinar y su espiritual aprovechamiento, que uno de sus contemporáneos, el reverendo don Ramón Arnau, siendo ya Arcipreste de San Mateo, [decía muchas veces: «Don Manuel, cuando seminarista, era ya un modelo y muy activo y celoso». Y el ilustre señor Canónigo Magistral y Gobernador Eclesiástico que fue de la Diócesis de Tortosa, don Ángelo Sancho, decía de él que «era un ángel».
   Evocando recuerdos de sus tiempos de estudiante de Filosofía, escribía Don Manuel desde Roma en 1891 a una religiosa del convento de San Juan de Tortosa: «Roma 12 de abril, fiesta del Buen Pastor.- Mi pobrecita Dominga: He sabido por una palomita que aun vives. Hoy, pues, fiesta del Buen Pastor, va una bendición para la ovejita de San Juan. Ya he pedido hoy al verdadero Buen Pastor que se cuide de ella, y que desde allí, del Tabernáculo, hoy, día de tantos recuerdos para mí, le envíe a mi Dominga una miradita de piedad y me la cure de sus malicos, y la conserve para amar, y sufrir y hacerle compañía, y pueda yo encontrarla sana, salva y santa. Esto le he dicho desde aquí, ya que no he podido, este año visitar a mi Corazón de Jesús de San Juan, al cual hacía 39 años que visitaba, sin faltar ni uno, excepto el que estudié en Valencia. Y allí, a los 16 años, empecé a saberle decir cosas; y allí hubo años que en esta novena tuve muchas amarguras y... ¡¡¡cuántos recuerdos del Buen Pastor!!! Y este año he tenido que, pasarlo aquí, solitario, orando Y esperando y padeciendo y alegrándome algún ratito, aunque pocos...»
   Junto con el amor al Corazón de Jesús, comenzó a profesar Don Manuel, desde su juventud, una tiernísima y filial devoción a la Virgen Santísima. Poseemos un documento autógrafo suyo en latín, bien demostrativo de ello. En un trocito de papel, el año 1855, estudiando el primer curso de Teología, escribió a la Virgen este ingenuo y sentido Mensaje en favor de sí propio y de sus padres y hermanos:
   «A María.- Amadísima Madre: Yo, Manuel Domingo, lleno de confianza en tu protección y amor maternal para con los hombres, trayéndote a la memoria tu amor a la Eucaristía y a la Trinidad Santísima, e invocando los misterios y prerrogativas de tu Concepción Inmaculada, tu Natividad, tu Maternidad divina, tu Virginal Pureza, tus Dolores, tu Muerte, tu Asunción, tu dulcísimo Nombre de María, y el de Jesús, tu Hijo; a los Santos José, Joaquín y Ana, a los Ángeles y Santos del cielo y justos de la tierra, humildemente expongo, te suplico, y, por lo anteriormente dicho, con todas mis fuerzas te conjuro para que a mí y a los infrascritos, a los cuales pongo al amparo de tu protección (bajo los títulos de la Purísima y del Carmelo), nos ayudes, nos protejas en todas nuestras necesidades, y en especial a la hora de nuestra muerte nos salves y conserves; de suerte que, si así no lo hicieres, tendré derecho a quejarme de Ti, y dar por borrada de la historia aquella celebérrima sentencia de que ninguno de cuantos se han puesto bajo tu amparo e invocado tu ayuda haya sido jamás abandonado. Y esta demanda la repetiré todos los años el día 16 de julio y en las festividades de la Asunción, de la Madre del Amor Hermoso, etc., etc. -Tortosa, 16 de julio de 1855. Manuel Domingo.- Jesús, María y José»12.
   Debajo de este mensaje, dentro de un corazón, cuyo vértice arrancaba de su propio nombre, escribió los de sus padres y hermanos. Al final del curioso documento, como prueba de devota constancia, fue señalando los años en que cumplió su propósito, de repetir la fórmula. El último de que consta es el de 1885.
   De la Virgen del Carmen, en cuya fecha redactó este espiritual desafío a la Virgen, fue Don Manuel devotísimo de por vida. «¡Cómo habéis pasado el día del Carmen- -escribía a unas hijas.
espirituales que se hallaban veraneando.- ¡Cuántos recuerdos tengo del día del Carmen en mi corazón!. .. El año 54 tomé el hábito. En otros dos años tuve los dos más grandes disgustos que
he sufrido. En cambio, en otros he tenido consuelos. Dádmelos vosotras también, siendo muy buenas y amándome mucho al Corazón de Jesús y a su divina Madre ... »
   Durante el mes de mayo, el piadoso seminarista multiplicaba las demostraciones de su amoroso entusiasmo hacia su Madre del Cielo.
   A los dieciocho años de edad, el 1.º de mayo de 1854, comenzó la devota costumbre de escribir al principiar el mes de María una lista de obsequios espirituales que cada día del mismo había de ofrecerle. Se han conservado algunas de ellas. Las titula: «Guirnalda de flores, reunida por mí, Manuel Domingo, grandísimo pecador, para ofrecer a la Virgen María en la hora de mi muerte». Al lado de cada obsequio iba poniendo luego una cruz como señal de haberlo practicado. He aquí algunos: «Mandar decir una Misa por el alma del Purgatorio que fue más devota de María»; .«al vestirse y desnudarse, pedir la bendición de la Virgen y rezar de rodillas un Miserere»; «hacer un favor a quien nos ha ofendido y leer un libro piadoso, privándome del recreo»; «rezar una parte del Rosario, privándome del recreo, y rezar siete Ave-marías con los brazos en cruz»; «rezar tres De profundis, con las. manos bajo las rodillas, por el alma del Purgatorio que fue más, devota de María, y siete Padrenuestros a San José para que nos alcance de María la gracia de que nos visite en la hora de la. muerte»; «tres actos de, contrición, besando cada vez el crucifijo»;. «ayunar»; «dar limosnas»; «un Miserere con los brazos en cruz»:. «dejarse un plato o parte de él»; «rogar por la fe católica»; «por la prosperidad de las misiones»; «por la unión de los príncipes cristianos para ayudar a la Santa Sede»; «hacer tres cruces con la. lengua en la tierra», etc. «El 15 de junio, ofrecimiento de la guirnalda para la hora de la muerte». Continuó esta práctica mariana aun siendo ya sacerdote, escogiendo desde entonces como fecha para hacer el ofrecimiento, la del 2 de junio, aniversario de su ordenación.
   La índole de los obsequios pone bien de manifiesto cuán despierta y ejercitada estaba ya su alma en el cultivo de la vida espiritual.
   Tomábase la molestia de sacar él mismo copias de estas listas. para repartirlas entre sus compañeros y estimularlos a que practicasen idénticos obsequios a la Santísima Virgen. Aparte estas. ocasiones extraordinarias, en todo tiempo era fervoroso propagador entre ellos de la devoción a la Virgen. Tenía ya alma y obras de apóstol. El Prior de la Casa de la Misericordia de Barcelona, don Bernardo Vergés, escribía a raíz de la muerte de Don Manuel: «El Apóstol Santiago dice que se consiguen otras tantas coronas, cuantas son las almas que se ganan para el cielo. ¿Cuántas coronas habrá conseguido nuestro amado Dr. Don Manuel Domingo y Sol? Se alaban las obras de celo que emprendió, siendo sacerdote, pero yo quiero recordar lo que hacía a los quince, años de edad, estando de interno en el Colegio de San Matías. En aquella época ya llamaba la atención por su piedad, y repartía estampas, libritos y oraciones impresas y se valía de esas industrias para fomentar la devoción a la Madre de Dios. Yo era entonces también colegial, y tenla unos cinco años menos que él, y aun recuerdo que me preguntaba con frecuencia si era devoto de la Santísima Virgen. «Mira-me decía-que ser devoto de la Santísima Virgen es medio seguro para ir al cielo». Y para que no me olvidara del encargo de amarla mucho, me regalaba con muy hermosas estampitas. . ¡Oh, y como se grabaron estas palabras en mi memoria! La devoción a María es una señal de predestinación; medio seguro para ir al cielo. No lo he olvidado nunca, y muchas, muchísimas veces, lo he predicado; y, ¡cosa rara!, casi siempre, al hablar de tan piadosa materia, acudía a mi memoria el recuerdo del Dr. Sol». El propio Don Manuel corrobora la verdad de estas palabras, revelando discretamente, atribuyéndolo a otro, su afán de santo proselitismo, y confesando los fervores de su juvenil devoción a la Virgen en estas frases por él dirigidas a sus colegiales de Tortosa: «Si no podéis prometer a la Virgen grandes cosas, prometedle una: que propagaréis su culto. ¡Oh, hijos míos! Hace muy pocos, anos, era, ayer, yo me encontraba como vosotros. Anhelábamos. la venida del «Mes de Mayo» en el Seminario, que en mi época fue cuando se introdujo; y todos los días, y cada año con más fervor, se repetía... Entonces yo experimenté lo que vale la devoción a la Virgen Santísima. Algunos de mis compañeros introducían algunas prácticas de devoción, entre otras el ayuno del Sábado, y conseguíanse grandes resultados en la mejora de otros compañeros.»
   No podía faltar en Su vida de piadoso seminarista el que fue después rasgo principalísimo del espíritu sacerdotal de Don, Manuel: su amor a la Eucaristía. A juzgar por lo que reza una nota en latín sobre sus «Communiones anni ... » se infiere que comulgaba dos veces por semana, escogiendo para ello con preferencia las festividades del Señor, las de la Virgen y de los Santos de su predilección, aparte las fechas extraordinarias, como los días en que se preparaba para los exámenes o daba gracias por el feliz éxito de ellos, etc.
   El ambiente espiritual y moral de 4os Seminarios, muy deficiente a la sazón y muy anémico, debido en gran parte a las con mociones políticas, hace resaltar con caracteres de mayor encomio y de más subido valor la vida de fervorosa piedad de Don Manuel. «No es posible comprender -decía éste más tarde a los Operarios- cómo estaba la formación de los jóvenes en mi época, y algo anterior, y bastante posteriormente, en estudios, en piedad, en disciplina y vigilancia y pruebas de vocación». Y a los ordenandos de su Colegio de Tortosa, en una plática: «Formación de espíritu. Cuán de lamentar es que, en ciertos Seminarios no se piense en esto... Aquí mismo ha habido épocas en que una plática, y nada más. Ni se sabía qué era el Kempis. Los ejercicios para órdenes eran un juguete; los anuales no se establecieron hasta Vilamitjana». Efectivamente: en octubre de 1863, este celosísimo Prelado, desde el Boletín Eclesiástico, recomendaba a su clero: «que no mirasen con desdén la santa práctica de los Ejercicios anuales a los seminaristas y las diligencias más exquisitas que se emplean a fin de preservarlos en todos, los tiempos de los peligros del siglo y formarlos en la virtud desde los primeros años».
   El instrumento de que se valió el Señor para ir moldeando en el troquel de la virtud el alma de Don Manuel, fue un religioso exclaustrado de alto espíritu. De él hace mención Don Manuel en carta a una religiosa: «Yo también sufrí de escrúpulos -le dice- cuando estaba en el Seminario con mosén Cinto Dolz. Teníamos los dos por confesor al Padre Antonio Sena, Cartujo; y ambos entreteníamos tanto al pobre y paciente Padre, que mientras el uno se confesaba, el otro le hacía la horchata»...13
   Sobre su espíritu de aplicación y laboriosidad declaró más de una vez con santa ingenuidad el mismo Don Manuel a sus colegiales de Tortosa, exhortándolos a ella: «Os digo, en verdad, que desde tercero de Filosofía no sé lo que es sobrar tiempo»; «no se lo que es no tener nada en que ocuparse».
   El 26 de marzo de 1852, recibió Don Manuel la Prima Clerical Tonsura de manos de su Obispo, el doctor don Damián Gordo y Sáez, en la capilla del palacio episcopal de Tortosa; y en la del suyo de Tarragona, el Prelado de aquella archidiócesis doctor don José Domingo Costa y Borrás, le ordenó de Menores y Subdiácono el 18 y 19 de diciembre de 1857. El 24 de septiembre de 1859 el Obispo de Vich, doctor don Juan José Castañer y Ribas, le confirió el sagrado orden del Diaconado en la iglesia de Nuestra Señora de la Piedad de aquella ciudad.
Del fervor con que practicó los Ejercicios Espirituales para disponerse a recibirlo, podemos formarnos alguna idea por los apuntes que escribió, trazándose a sí propio normas para hacerlos fructuosamente.
   «Por los claustros14 -dice- no esforzar la voz». En los actos de comunidad ni fuera de ellos, no hacer gestos, ni proferir palabras inoportunas, sino guardar una gravedad completa en todas las cosas». «Cada hora del reloj, hacer la Comunión espiritual y hacer examen de haber guardado silencio en toda la hora»...
   Mortificaciones: «No levantar la vista, ni hablar sin necesidad. Privarme de toda bebida que no sea necesaria». «Tener presente siempre y recitar el «Age quod agis». «Al fin de los Ejercicios, ofrecerlos a los pies de Jesús, poniendo a María de la Merced por intercesora».
   Próxima ya su ordenación sacerdotal, he aquí sus humildes disposiciones de espíritu respecto de ella, reflejadas en carta que por entonces escribiera a un tío suyo:
   «Yo, querido tío, continúo en ésta, cursando el 7.º de Teología y disponiéndome para el Presbiterado. Pienso pedir Ordenes para las próximas Temporas. No sé si me hallo con fuerzas y luces suficientes para ascender al último escalón del Santuario, pero la pureza de intención es lo único que parece animarme a tan grande empresa». Afortunadamente la pureza de intención iba en él acompañada de la pureza de vida. Años adelante, oyendo a una persona piadosa lamentarse de los muchos pecados por ella cometidos en su vida pasada, declaróle confidencialmente Don Manuel: «Yo, no los he hecho en mi vida pasada. Mas me duelen los de la presente».
   Como si hubiera querido prepararse para el sacerdocio con un acto especial de devoción mariana, el 30 de marzo de 1860, habiendo ya tiempo atrás recibido la investidura del santo hábito de la Virgen de los Dolores de la Venerable Congregación de la misma en Tortosa, profesó, en ella, «como siervo e hijo legítimo de la Adolorida Madre».
   Buena prueba son también de su intensa y activa vida espiritual y de la excelente y edificante preparación para el sacerdocio, lo s siguientes «Propósitos de los Ejercicios» que practicó antes de recibirlo:
   «J. M. J. - Dios te ve, - Dios te mira, - Dios te ha de juzgar».
   «Siendo tan alta, tan sublime, la dignidad del sacerdote, resuelvo no rebajarla, ni en visitas inútiles, ni en paseos públicos, ni en conversaciones particulares, ni dando demasiada franqueza a los inferiores: sino modestia, silencio y palabras oportunas, aun con la familia.

*

   Conozco que para mantener el espíritu eclesiástico, esto es, la modestia, la inclinación y prontitud a desempeñar nuestro ministerio, es necesario estar desprendido de todo, y por tanto resuelvo: 1.º no comer ni beber sino por necesidad; 2.º no disfrutar en vestidos, muebles, fiestas, etc; 3.º no trabajar para que nos estimen.
   Conociendo lo desprendido que debe estar el sacerdote de todas las cosas, y lo feo que resulta el ser interesado, además de no tener apego a muebles y vestidos, procuraré, con anuencia de mi Director, en las festividades principales quedarme sin nada.

*

   He conocido cuánto vale el buen ejemplo, y así, además de la presencia de Dios habitual de Dios en todas las cosas, y del cuidado en las palabras y conversaciones, en el andar, comer y reír, procuraré tener presencia de Dios actual mientras esté en la iglesia y especialmente en las funciones religiosas.

*

   Conozco que me es necesario el prepararme y dar gracias después de la Misa, y para ello procuraré por nada omitirlo y si no puedo inmediatamente, procuraré prevenirlo, o arreglarlo después, y pedirme cuenta en la oración del cuidado que haya puesto en ella.

*
   Conozco que es necesaria mucha pureza de intención, para que así sacrifiquemos con gusto la vida; y así, antes de empezar alguna obra, en especial el trabajo de la predicación, me pondré en la presencia de Dios y se lo ofreceré todo, rogando a María Santísima.

*

   Conozco cuán fácil es, atendida la índole de nuestro corazón, el faltar a la fidelidad que debemos a Dios, y, por lo tanto, procuraré ir con mucho cuidado en evitar las causas que nos disipan, rompiendo con todo, aunque en ello aparezca la gloria de Dios; y procuraré, además, en todas las ocasiones dudosas de peligro,, pedir la anuencia del Director.

*

   Conozco el temor continuo con que debo estar de no tener la ciencia suficiente, y por lo tanto, procuraré rogar todos los días a Dios me dé las luces necesarias, procurando estudiar con constancia y método y que mis conversaciones sean de cosas útiles, preguntando lo que más me convenga en todo».

*

   Por aquellos mismo días, entre los obsequios diarios de la Guirnalda del mes de mayo de aquel año, apuntaba Don Manuel los, de «llevar encima la imagen de María y apretarla a menudo contra el pecho diciendo: «Yo os entrego para siempre, Virgen Santa, mi corazón»; «ser puntual en la oración»; «recogimiento de los sentidos»; «mortificación interior»; «mortificación de la vista»; «comuniones espirituales»; «lectura de libros piadosos»; «llevar un rato el instrumento de mortificación (el cilicio)»; «estar algunos ratos sin recostarme en la silla», y otros por el estilo, que revelan el ejercicio habitual de una vida práctica y sólidamente interior. Su preocupación por la salvación de las almas se trasparenta en otros obsequios, hechos en favor de los infieles, de las almas del Purgatorio y de los pecadores. Del celo que mostró en la enseñanza del Catecismo a los niños durante los últimos años de su carrera, diremos más adelante.
   Con tan excelente preparación y tan copioso caudal de virtudes, recibió Don Manuel el Presbiterado el 2,de junio de 1860, en la iglesia del Jesús, extramuros de Tortosa, de manos de su Prelado el Ilustrísimo y Reverendísimo doctor don Miguel José Pratmans. El día 9 de aquel mismo mes tuvo la inefable y ansiada dicha de consagrar y elevar en sus manos, en la iglesia de San Blas., próxima a su casa, el Cuerpo del Señor en su primera Misa, que celebró con toda pompa y esplendor, conforme deseó siempre después y procuró que hicieran todos los noveles sacerdotes. Para asociar a los pobres a su fiesta, distribuyó entre ellos abundantes limosnas. Predicóle en tan fausta ocasión su gran amigo, Lectoral entonces de la Catedral de Tortosa y más tarde egregio Cardenal de la Santa Iglesia, don Benito Sanz y Forés. Pero la nota de más relieve del solemne acto, la constituyó el edificante espectáculo que a todos ofreció -y que algunos de los allí presentes recuerdan todavía con viva emoción- con su juvenil y extraordinaria hermosura, su interesante figura, su angelical modestia y su gravedad en el altar, el misacantano. ¡Pareció a todos la primera Misa de un sacerdote Santo!...

CAPÍTULO III



Indiferencia santa.- Primicias del celo sacerdotal: La Catequesis. Misionero Diocesano.

(1860-1861)



   Cosa es en verdad algo extraña el que Don Manuel, dotado de un espíritu tan despierto y hervoroso, llegara al sacerdocio sin haberse formado un ideal concreto en punto a preferir estos o aquellos ministerios en su futura vida sacerdotal. Así aconteció, sin embargo. No acariciaba propósito ni aspiración alguna determinada. En un apunte autobiográfico, él mismo lo declara y se maravilla de ello: «Mi ordenación. Inexplicable indiferencia para todo cargo o empleo. Dejarme a las eventualidades de la Providencia. Repulsión a todo beneficio colativo. Inclinación a compañerismo. Afecto a la dignidad sacerdotal.»
   Con ser tan breves estas líneas, encierran ya en embrión los, que habían de ser rasgos característicos de su futuro, amplio, variadísimo apostolado. Santo sacerdote deseaba él ser; y nada más que sacerdote, dentro de la jerarquía eclesiástica. En esta misma vaguedad de sus deseos, en la tendencia a la libertad de movimientos, rehuyendo cargos y beneficios que se la limitasen, en la propensión a aunar sus esfuerzos con los de otros, está sin duda el germen de la vocación que ya instintivamente presentía, dado su carácter vehemente, activo y santamente ambicioso, dentro del campo del apostolado sacerdotal. Quería no atarse a nada, para poder acometerlo todo. Pretendía ser una especie de «guerrillero espiritual», para despertar su celo multiforme en toda suerte de empresas por la gloria de Dios y bien de las almas. En una de sus pláticas a los Operarios, historiando el interior proceso evolutivo de su propio espíritu sacerdotal, al interpretar el de sus hijos, se expresa de esta manera: «El Señor, en su misericordia, quiso llamarnos para sacerdotes suyos. En este estado queríamos servirle. Como, gracias a Dios, no teníamos aún, antes de nuestra ordenación, ninguna mira humana, ni aun de esas que son lícitas, nos preocupaba menos lo que en otros podía constituir un pensamiento fijo de destino u ocupación determinada. Le servíamos en nuestras obras espontáneas de celo. Mas a pesar de nuestra indiferencia y sinceridad de corazón, ni nos dejaban satisfechos nuestros voluntarios ministerios, ni nos llenaban bastante los que se presentaban a nuestra vista que pudieran sernos prescritos por la obediencia a nuestro Prelado. En el fondo de nuestra alma despertaban mayores aspiraciones, y una ambición santa parecía querernos lanzar al mismo tiempo a todos los campos. Al pensar en las necesidades de algunas parroquias y en la indolencia de algunos párrocos, nuestro corazón se excitaba al deseo del cultivo de aquellas almas necesitadas, no sin dejar de intimidarnos las ingratitudes y peligros que lleva consigo este paternal ministerio (milicia sedentaria). Y nos venían al pensamiento aquellos pobrecitos infieles...
   Entre los campos que nos rodeaban veíamos la conveniencia de un asiduo confesonario para el fomento de la piedad, mediante una asidua dirección; pero en esta ocupación, muy agradable a Dios, si va acompañada de la gravedad y pureza de intención que requiere, y se está a la mira de los peligros que ofrece,.no bastaba para henchir las velas de nuestros deseos. Y nos compadecíamos de los pobrecitos jóvenes, lanzados a todos los peligros de la edad de las ilusiones, almas tan amadas de Jesús, y sin embargo, tan poco atendidas; y con todo, no podíamos disponer en favor de e os más que del medio de una acción individual, impotente para precaverlos y formarlos en la piedad; y hubiéramos querido tener en nuestra mano medios para atender a todo, y aunar los esfuerzos piadosos de todos los que pensábamos del mismo modo y unirnos y ayudarnos para establecer asociaciones, librándolas así del peligro de la instabilidad. Tal era nuestro instinto santo. Y tal vez, tal vez, al calor, de estos piadosos deseos brotó en nuestra mente la idea de algún Instituto religioso en donde pudieran verse colmadas aquellas aspiraciones...; pero, con todo, la incertidumbre de nuestro llamamiento, la vista de nuestra poquedad, o tal vez de nuestra cobardía, la situación de la familia... Y así hubiéramos pasado los días y los años, sin norte fijo, en la vaguedad de nuestros deseos ... »
   En las alternativas e incertidumbres de los albores de su sacerdocio, optó Don Manuel por entregarse a «las eventualidades de la Providencia», como él dice. Y, pues eran tan puras, tan desinteresadas y tan generosas sus miras, Dios le fue conduciendo con su mano de campo en campo, a través de los que Don Manuel confiesa que atraían su corazón, y fuélos cultivando, uno en pos de otro, hasta llegar a encontrar, con la fundación de la Hermandad, tal como él la concibió desde el principio, el instrumento para trabajar en todos a la vez, según más adelante veremos.

***

La primera obra de celo en que se ejercitó, y por virtud de la cual nació en él una santa afición a fomentar otras muchas, fue la enseñanza del catecismo, que le puso en providencial contacto con el alma de los niños y de los jóvenes, y le fue ocasión de erigirse en Director de espíritus.
   Ya sacerdote, continuó dedicado a los estudios académicos. Como alumno externo del Seminario, matriculóse en Derecho Canónico en el curso de 1861 a 1862. El único cargo ministerial que se le confió fue el de ir a decir Misa los domingos y días festivos a la capilla rural del Carmen, sita en el término de Tortosa y distante hora y media de la ciudad.
   Aparte de esta incumbencia y la asistencia a las clases del Seminario, se consagró por este tiempo con redoblada solicitud a sus antiguos fervores de catequista. El canónigo don Salvador López cuenta a este propósito: «Desde mi juventud, más bien dicho, desde mi pubertad, conocí al Doctor Sol, antes de ser ordenado de Presbítero. Como preparación al alto ministerio sacerdotal ya se ocupaba entonces enseñando en la iglesia de San Antonio el Catecismo bajo la dirección de don Benito Sanz y Forés.» Efectivamente, el 13 de abril de 1858, el obispo de Tortosa, don Gil Esteve Tomás, instituyó la «Asociación de la Doctrina Cristiana», a la cual quedaban adscritos todos los sacerdotes, y los seminaristas desde la Prima Clerical Tonsura. El Prelado mismo era Presidente de la Junta Central.
   Fue el alma de la Asociación, y especialmente encargado de preparar el acto de la primera Comunión de los niños, el entonces joven Lectoral del Cabildo de Tortosa, y ya celebérrimo e infatigable apóstol de la vida de piedad en la capital de la diócesis, don Benito Sanz y Forés, universalmente querido y venerado, y ávida e insaciablemente escuchado como orador sagrado por los fieles todos de Tortosa, y en interminables y amenísimas charlas particulares por sus amigos, entre los cuales, en primera línea, figuraba ya Don Manuel, discípulo suyo en las aulas del Seminario y asiduo acompañante de él en sus cotidianos paseos. ¡Cómo acertaron a comprenderse y compenetrarse y quererse desde aquellos días y de por vida aquellas dos almas selectas, que eran almas gemelas! En unos apuntes necrológicos sobre el Cardenal Sanz y Forés, dice Don Manuel, hablando de la fructífera labor catequística del ilustre prebendado tortosino: -«1858. Establecimiento de la Catequística bajo su dirección. Se atribuye al mismo la redacción del Reglamento de la Obra del Catecismo. En dicha Catequística de Tortosa amaestró a todos sus discípulos, ocupándolos los domingos y jueves, y durante la Cuaresma, y distribuyéndolos en varias iglesias de la ciudad. Dio grandísimos resultados en bien de la juventud, y sobre todo en, la juventud femenil, de cuyo plantel brotaron luego muchas vocaciones religiosas. Todas ellas reconocieron su origen en la asistencia a las pláticas que les dirigiera don Benito, reuniendo todas las Secciones con frecuencia.»
   Una de las religiosas, cuya vocación brotó al doble calor de las instrucciones del señor Sanz y Forés y de los cuidados y desvelos de Don Manuel, se expresa así, hablando del uno y del otro: «En la Doctrina nos hacían renovar las promesas del Santo Bautismo, haciéndolo desde el púlpito, todo a lo vivo, y nosotros respondiendo a gritos; y nos dieron por Padrino a San Luis Gonzaga. Se me grabó tanto, que desde entonces le he considerado como a tal. Cuando me presenté por vez primera al Catecismo de San Blas, tenía sobre once o doce años. Se fijó Don Manuel en mí y me dio una estampita. Viendo las otras que me la daba le dijeron: «¡Mosén Manuel, ésta no viene!»; y contestó con aquella amabilidad que me robó el corazón para dárselo a Dios: «¡Ya vendrá, ya!» Continuó todos los días dándomelas, y cuando ya me tenía segura, entonces me pedía lo que yo tenía para dárselo a las otras. Me tomó tanto por su cuenta, que siempre me tenía empleada. Nos hacía practicar el coro de la Virgen de la Soledad, una hora cada una, hasta que cerraban la Catedral, y yo había de repartir las papeletas. El día de la Virgen del Carmen me daba dinero para pagar los escapularios a las niñas de la Doctrina, a fin de que se hicieran cofrades. En la Doctrina, a las más grandecitas, que ya la sabíamos, nos daba lecciones de Moral y nos hacía aprender de memoria los efectos que causan en el alma el pecado original y los demás pecados, exigiéndonos explicación de todo. Algunas veces hacía venir al señor Obispo para que nos escuchase. Nos obligaba a hacer la Corte del amor Hermoso. Me hacía llevar dos listas de los «Niños de la infancia»; y los domingos recoger las amiguitas para ir al Hospital a visitar unas enfermitas de que él se había hecho amigo, y nos decía que les leyéramos y les hiciésemos algún regalito. El día de su primera Misa, su íntimo amigo mosén Cinto Dolz, que también era de la Doctrina, me hizo que fuera a darle la enhorabuena con mis, amiguitas y nos dio un, cucurucho de dulces a cada una. Digo esto para que vea las atenciones que tenía con sus niñas y niños.»
   Tan a pechos tomaba y tan por lo serio Don Manuel la práctica de la enseñanza del Catecismo, que entre sus papeles forman verdadero montón los dedicados a preparar las explicaciones de cada día, y no en simple apunte, sino por extenso y minuciosamente. Escribía hasta las advertencias que por razones particulares quería hacer a sus catecúmenas.
   Bien se echa de ver el celo que desplegó en esta obra a través de las palabras, matizadas de prematuras desilusiones y desencantos, con que se despedía de sus niñas, al verse obligado a dejarlas, por haber sido nombrado Regente de la Aldea. «Ya que es -les dice- la última de las tardes en que tengo la dicha y la satisfacción de estar entre vosotras, y ya que con mucho sentimiento mío me veo precisado a separarme de vosotras por algún tiempo, es necesario que recordemos algunas de las ideas que tanto he pedido al Señor que se dignara grabar en vuestros corazones, y que, sin embargo, tan poco se han grabado en el de muchas. Digo que me separo con sentimiento, porque, de parte de la Catequística o Doctrina no he encontrado la correspondencia que me figuraba. Muchas no han correspondido al deseo que tenía de su aprovechamiento, y a los desvelos que yo he puesto, sin embargo, de mi parte, desde que hace tres años fui encargado, al salir del Colegio donde pasé mi juventud, de la Doctrina. Desde entonces ésta ha sido todo mi ídolo, todo mi afán; no porque creyese que habíais de recibir mucha instrucción; no: -porque viniendo tantas como venían al principio y de tan diferente capacidad, poca instrucción podían recibir; sino que ¡me entusiasmaba tanto la Doctrina!...; porque, si tengo que decir la verdad, la juventud es la que me ha inspirado siempre más compasión, y de aquí que aunque no fuera más que inclinaros a la piedad y a la religión, y libraros principalmente de los peligros que os rodean en los días festivos, ya me parece que se sacaba bastante fruto. Y ¡cuántas cosas he tenido que sufrir para sostener esta Doctrina! ¡Cuántas veces, si yo hubiera aflojado, ya se hubiera perdido quizás! ¡Cuántos contratiempos y cruces he tenido que soportar, que yo solo me sé! Y sin embargo de ello ¡cuántos desengaños he recibido de parte de algunas! ¡Cuántas resistencias a la gracia! Cuando yo me pongo a leer la lista de las de alguna edad, y que concurrían al principio, y con mucho fervor, y que después se han vuelto quizás peores que las del mundo, y considero el sacrificio que yo he tenido que hacer quizás por ellas, me entristezco, y parece que desmayo del todo.
   Sin embargo, y a pesar de ello, me ocuparé siempre y todos los días de mi vida en esta obra de ser amigo y padre de la juventud, confiado en que entre todas no dejará de haber algunas que correspondan a las inspiraciones de la gracia. Yo, entretanto, a las que han abandonado el camino de la virtud no dejaré de recordarlas, todos los días en la presencia de Dios en la Santa Misa, y muy particularmente a las que por la gracia de Dios han correspondido siempre mejor...» Y sigue una larga serie de consejos y avisos sobre el espíritu del mundo, tan atinados, discretos, mesurados, oportunos y llenos del espíritu del Dios, qué más que de un todavía imberbe sacerdote, parecen de un gran varón, ya encanecido en el apostolado. Y ¡qué preciosas confesiones las que hace! ¡La Catequística, su ídolo, porque la juventud era el objeto preferente de su compasión! A pesar de todo, esto es, no obstante las dificultades y los desengaños, él será «siempre y todos los días de su vida amigo y padre de la juventud...» Su misión futura está revelada en estas encantadoras palabras. La presentía. Su corazón le hacía profeta. Y, ¡vaya si cumplió a maravilla y con creces su promesa! Iba mostrándole ya Dios sus caminos.
   La labor catequística, sobre haber sido para Don Manuel provechoso campo de experimentación y de entrenamiento en el conocimiento de los espíritus, dejó depositada en las almas de sus niñas una semilla, sin él pretenderlo ni sospecharlo, incubadora de futuras vocaciones claustrales. Allí brotaron los primeros gérmenes del fecundo apostolado de Don Manuel como Director espiritual. Muchos años después, escribiendo a una de sus antiguas dirigidas, ya religiosa, luego de habarle de los beneficios que en la Catequesis Dios, por conducto de él, le había dispensado, añade: «Pasó algún tiempo; había concluido yo mi carrera y creía siempre que el campo que el Señor me guardaba sería lejos de mi Patria, y por consiguiente, creí que no tendría ya ocasión de ejercer alguna influencia sobre tu alma. Sin embargo, la voluntad divina, no sé por qué, ha querido que trabaje aquí, y apenas había empezado a ejercer mi ministerio, Dios te condujo a mí de nuevo; y como jamás creía que hubiese podido merecer tu confianza por la franqueza que anteriormente había usado contigo, tuve que mirar aquella tu presentación tan espontánea como un nuevo encargo que el Ángel de tu guarda me hacía para que velase por ti.»

***

   Santamente impaciente por ejercitar su celo en cuantas ocasiones y ministerios se le fueran presentando, brindóse por este tiempo Don Manuel a una empresa eminentemente evangelizadora.
   A fines de 1861, el Vicario Capitular de Tortosa, don Ramón Manero, hizo un llamamiento a los sacerdotes de la diócesis que -se sintieran con vocación al ejercicio de las Misiones, para que se lo comunicasen. Se trataba de instalar en el abandonado convento del Jesús, del arrabal de Tortosa, un Colegio de Misioneros diocesanos.
   Apresuróse Don Manuel a dar su nombre, y el 22 de diciembre de aquel año, le oficiaba el mencionado Vicario Capitular, nombrándole misionero y citándole para que se presentara en la iglesia del Jesús el día 29, fecha designada para celebrar, con una solemne función religiosa, la inauguración de la «Casa de Misiones y Ejercicios» en la diócesis.
   Predicó en tan señalada- ocasión el señor Sanz y Forés, que había cooperado eficacísimamente a la realización de tan laudable iniciativa.
   En aquella significativa fecha escribió Don Manuel la siguiente fórmula de fervoroso ofrecimiento al Señor, reveladora de las generosas disposiciones de su espíritu:
   «Soberano Señor Sacramentado, amable Salvador de mi alma: Yo, Manuel Domingo y Sol, aunque pobre Sacerdote e indigno de merecer vuestras amorosas miradas por mis continuas ingratitudes, me presento, sin embargo, de nuevo a Vos en el día de hoy, y os ofrezco y pongo a vuestra disposición mi cuerpo, mi alma, mi memoria, entendimiento y voluntad, mi salud y hasta mi vida. Ya sé, divino Salvador mío, que todo esto os es debido por mil títulos diferentes, y que es muy poca cosa para lo que merece vuestra grandeza y vuestra bondad; pero Vos, Señor, que os complacéis en las ofrendas de los hijos de los hombres, aceptadlos como salidos de un corazón contrito y humillado.
   Desde hoy, Jesús mío, renuncio a todo lo que no es de vuestro gusto; desde hoy no quiero obrar sino conforme y según vuestra voluntad; desde hoy renuncio a todas las satisfacciones peligrosas con que el mundo quiera brindarme.
   Deseo, Dios mío, castigar con mis ocupaciones y fatigas y dolores las satisfacciones culpables que he dado a mis sentidos. Deseo reprimir constantemente mi espíritu y mi corazón, andando todo lo, posible en vuestra presencia, en desagravio de las satisfacciones de este mismo espíritu, y de las complacencias que ha tenido en el amor a las criaturas.
   Deseo también, amable Salvador mío, resarcir con una gran pureza de intención todos los afectos desordenados y torcidas intenciones que haya podido tener en mis acciones y en el ejercicio de mi ministerio.
   En fin, Dios mío, deseo, quiero y propongo obrar en todo y por todo para vuestra mayor honra y gloria, provecho de mis hermanos y bien de mi alma.
   Completad, Señor, la obra que habéis comenzado; asistidme, constantemente con vuestra gracia, dadme un espíritu encendido, como el de San Juan Bautista; un celo ardiente, como el de vuestro Apóstol San Pablo; unos labios puros como los del Profeta Isaías. Dadme, también, Salvador mío, la ciencia necesaria, y suficiente para el desempeño de todas mis obligaciones, a fin de que pueda convertir a mis hermanos y conducirlos por el camino de la salvación y del amor de Dios. Dadme, al mismo tiempo, Jesús mío, si es de vuestro agrado, la salud suficiente para recobrar con mis obras presentes mis negligencias pasadas y dedicarme mejor al ministerio sagrado hasta el momento que sea de vuestra voluntad, disponer de mí.
   Haced, Bien mío, que pueda cumplir estos propósitos y estos deseos y repetirlos con más fruto todos los días de mi vida, todos los años en el día de mi Santo y fiestas principales, y principalmente en la hora de la muerte tenga el placer de haberlos practicado. Y si alguna cosa hiciere, Señor, que no sea del todo de vuestro agrado, dadme un espíritu de contrición vivo y continuo, como el del profeta David, para que en la hora de mi muerte, limpio de toda mancha, no quede en mí sino lo que sea de vuestra divina aceptación.
   Y Vos, Madre mía del Carmelo y de la Concepción, yo renuevo en el día de hoy el amor de hijo para con Vos. Cumplid en mí todo lo que he prometido y propuesto a vuestro divino Hijo Jesús; asistidme en todos los momentos de mi vida; aumentad mi devoción y mi confianza en Vos; salvadme a mi familia, como os lo he pedido tantas veces; y en la hora de la muerte pueda pronunciar dulcemente los nombres de Jesús y María y pronunciándolos expirar abrasado en el amor de estos Santos Corazones.
   Jesús, José y- María, os doy el corazón y el alma mía.
   Jesús, José y María, asistidme hoy, siempre y en mi última agonía.
   ¡Viva Jesús, María y José!

Tortosa y Convento del Jesús, 29 de diciembre de 1861.

MANUEL DOMINGO Y SOL, PBRO.»

   Acompañando a don Mariano García, de veneranda e inolvidable memoria entre el clero tortosino, recorrió Don Manuel como misionero algunos pueblos de la diócesis. La cruz que llevaba sobre el pecho en las misiones, la conserva como preciada reliquia el benemérito sacerdote tortosino don Salvador Rey. Entre la numerosa colección de sermones de Don Manuel, figura una buena parte de los que escribió para predicarlos como miembro de esta celosísima asociación que tan copiosos frutos de santidad y buenas costumbres ha reportado a la diócesis de Tortosa.

CAPÍTULO IV



Regente de la Aldea. - Estudios Superiores en Valencia. - Ecónomo de la parroquia de Santiago y Catedrático del Instituto de Tortosa. - Lauros académicos

(1862-1867)



   Predestinado Don Manuel para Fundador de una Congregación de sacerdotes consagrada a formar dignos y santos ministros del altar, quiso Dios hacerle experimentar las dificultades y las amarguras propias de la vida parroquial en una ciudad, poniéndole en ocasión de desempeñar la cura de almas en Tortosa, como luego diremos; pero le quiso dar a conocer primero las especiales circunstancias que rodean al sacerdote en las parroquias rurales. El 7 de marzo de 1862 fue nombrado Regente de la Aldea, pequeño caserío, distante tres leguas de Tortosa.
   Es Patrona y da nombre a aquel humilde y reducido vecindario, Nuestra Señora de la Aldea, advocación popularísima entre los tortosinos, los cuales en sus más apurados trances de necesidades colectivas, como sequías pertinaces, epidemias, etc., recurren a Ella, trasladándola procesionalmente, con transportes de ferventísimo entusiasmo y con desusada solemnidad, a la Catedral de Tortosa, para orar ante su venerada Imagen. Jamás ha dejado de atender y despachar favorablemente la Virgen de la Aldea las súplicas de sus hijos de Tortosa, premiando así la inquebrantable fe que en Ella tienen. Gustosamente aceptó Don Manuel el destino de Regente de la Aldea, no obstante ser éste uno de los más modestos de la diócesis. Pocos años después, el «Boletín Eclesiástico» de la misma, publicaba una circular invitando a los sacerdotes para que se brindasen a servir la coadjutoría ad nutum de la Aldea. Se les estimulaba con la asignación de 2.200 a 3.000 reales, y con la promesa de preferente interés en proporcionarles celebración; tendrían casa rectoral y se les consideraría el servicio como mérito especial para los ascensos.
   No reparaba Don Manuel en categorías, tratándose del servicio de Dios y de la Iglesia; y juzgaba, como San Alfonso María de Ligorio, «que una sola alma es diócesis bastante para un obispo». Así, pues, se dispuso a trabajar, y trabajó, entre aquellos humildes payeses, con un interés tan abnegado y constante, que hubo de declarar ingenuamente muchos años después a sus alumnos del Colegio de San José de Tortosa, exhortándolos a que fuesen santos, que él lo había sido durante aquel breve período y el de su actuación como Ecónomo de Santiago, «si no con el espíritu y desahogo y el desembarazo de tal -les decía-, al menos con la conducta».
   Se encuentra entre los documentos de Don Manuel la primera plática que dirigió a sus feligreses. Por cierto, que él, que siempre predicó en castellano, y en castellano redactó sus sermones todos y su inmenso epistolario15, con un alto y laudable sentido práctico, pues hablaba a gentes rudas, muy poco versadas en el conocimiento de la hermosa lengua de Cervantes, se sirvió para comunicarse con ellas del dulce y flexible lenguaje tortosino, que nosotros traducimos al castellano para más fácil inteligencia de las palabras de Don Manuel, aún a sabienda de que las despojamos de la frescura y el encanto que tienen en el idioma vernáculo:
«Carísimos hermanos: Al dirigirme a vosotros en este día, no puedo menos que pensar en las palabras que el profeta Moisés dijo al Señor, cuando éste lo enviaba para que hablase en su nombre a Faraón y a los hijos de Israel: «Señor, ¿quién soy yo para presentarme ante ellos de vuestra parte»? Y el Señor le contestó: «Ve; Yo estaré contigo».
   »Como Moisés, podía yo también decir al Señor: «¿Quién soy yo, Señor, el más indigno de vuestros ministros, para anunciar vuestras verdades a los hijos de la partida de Nuestra Señora de la Aldea?... »
   »Grande es la carga y la responsabilidad que pesa sobre mí; grande la cuenta que tendré que rendir a Dios de mi ministerio; pero confío en la bondad y misericordia de Dios Nuestro Señor, que me dará fuerzas para poderlo desempeñar. También de vosotros espero que no habréis de ser, como los hijos de Israel, reacios y sordos a las voces amorosas que el Señor os dirija por mi conducto en este santo tiempo de cuaresma; que seréis asiduos en asistir a los divinos oficios y en venir a escuchar mis instrucciones para disponeros a hacer una buena y santa confesión, y poder de ese modo presentaros puros y limpios al Señor para recibirle en la Sagrada Comunión. ¡Madre Santísima de la Aldea, Consuelo de la ciudad de Tortosa, he aquí la sagrada promesa, que os hago en nombre de estos mis feligreses, de los que Vos sois Patrona!...»
   Extraordinarios e infatigables esfuerzos hizo Don Manuel para que todos cumpliesen con el precepto de la confesión y comunión, antial. «No descansaba ni dormía», según declaró más tarde repetidas veces a uno de sus Operarios.
   Recorrió todas las casas de sus feligreses, A los que no podía encontrar en ellas por hallarse todo el día en las faenas del campo, iba allí a visitarles y hablarles, apareciendo entre ellos como por casualidad y cautivándolos con su trato humilde, jovial y cariñoso, a fin de ganarlos a su causa, dejando deslizar oportunamente un consejo, una reprensión, un estímulo, conforme lo pidiera el caso, y la persona.
   No nos es posible precisar a qué industrias y recursos de celo, o a que actos de mortificación o de caridad se refiere Don Manuel, al escribir, en ciertos papelitos que empleaba para atraer a los más reacios, estas palabras: «Lo hago por V.; y antes de acostarme, y al levantarme por la mañana voy a pedir a la Virgen de la Aldea la bendición para V., para que le dé salud y gracia para hacer una, buena confesión en esta cuaresma, para que ya que vivimos en la tierra tan separados, podamos al menos hallarnos juntos en el cielo.»
   En sus pláticas de los días festivos decíales que, pues muchas veces pecaban por ignorancia, y no por malicia, tendrían alguna excusa y menos responsabilidad ante Dios, «pero también es cierto -añadía- que muchas veces obráis sin aconsejaros, porque no queréis ser instruidos sobre las obligaciones, que tenéis... Yo, de mi parte, carísimos hermanos, en cuanto me sea posible, cumpliré el deber que pesa sobre mi conciencia para que no os falten los conocimientos necesarios para salvaros y para caminar por la senda de la virtud. Procuraré practicar el consejo y mandato del Apóstol San Pablo: «Esfuérzate por cuidar del rebaño que el Señor ha encomendado a tu custodia, predica la divina palabra, exhórtalos a su tiempo y aún fuera de tiempo ... » También yo, carísimos hermanos, aunque indigno del título de sacerdote y ministro de mi Señor Jesucristo, haré todo lo que esté en mi mano para satisfacer a esta obligación que tengo.
   Predicaré y os instruiré lo mejor que sepa, aunque hubiese de servir de ocasión de molestia y enfado a algunos de aquellos que se asemejan a las serpientes dormidas, como dice el profeta David.
   Siempre estaré dispuesto a recibiros y escucharos con toda la caridad que el Señor me inspire, de día y de noche; y procuraré al mismo tiempo corregiros, ya en público ya en privado, deseando, asimismo, que si alguna cosa observareis vosotros en mí no del todo buena o sospechosa, me lo advirtáis, estando seguros de que no sólo no he de enfadarme, sino que os lo agradeceré en lo más íntimo de mi alma y os lo pagaré encomendándoos al Señor muy encarecidamente ... »
   En sus afanes y desvelos por ganar para Dios los corazones de aquellos pobres payeses, tropezó Don Manuel con un obstáculo insospechado: su propio sacristán, que con sus burlas y palabras de desdén era causa de que aún los interiormente dispuestos a obedecer a las invitaciones de su celoso cura, dejaran de hacerlo por vergüenza. Enterado de el lo Don Manuel, para orillar semejante inconveniente, citaba a los más dominados por el respeto humano para que acudiesen a confesar y comulgar en las primeras horas de la mañana, cuando era todavía noche cerrada, para que no se percatase el curioso y burlón sacristán.
   Otro género de amarguras, que le llegaron al alma, por tratarse de Jesús Sacramentado, hubo de soportar Don Manuel de su empecatado servidor: el lamentable abandono en que éste tenía la lámpara del Santísimo. Era cosa corriente, que Don Manuel la encontrase apagada, lo que le producía íntimas e indecibles tristezas.
   Cada semana trasladábase durante algunos días a Tortosa para atender en el confesionario a su ya entonces numerosa clientela de hijas espirituales. Cuando años después iban algunas de éstas a las solemnes fiestas que anualmente se celebran en la Aldea, acostumbraba Don Manuel hacerles este encargo: «Rogad a la Virgen por el que tantas lágrimas vertió ante su presencia en la soledad de aquella iglesia.»
   No fueron, ciertamente, lágrimas estériles.
   Los vecinos de la Aldea llegaron a prendarse y a cobrar entrañable cariño a su joven y celoso Regente. Decían de él que era un santo. De tal suerte se le aficionaron, que nunca pudieron ya olvidarle.
   En los últimos momentos de su larga vida, en las postreras horas de ella, contaba Don Manuel: «Si oigo por la calle que me llaman Pae Vicari... sin duda que se trata de algún vecino de la Aldea o del barrio de Santa Clara ... »
   Seis meses solamente estuvo encargado Don Manuel de la Regencia de la Aldea. Habiendo tomado posesión de la diócesis tortosina, el 10 de mayo de aquel año, el ilustrísimo señor don Benito Vilamitjana, gran conocedor de los hombres, discerniendo, no bien le hubo tratado, las extraordinarias cualidades de Don Manuel, quiso tenerle en la capital, y pensó en él para hacerle des   empeñar una cátedra en el Instituto local de 2.ª Enseñanza de Tortosa, fundado en septiembre de 1848 e instalado en la antigua Residencia de la Compañía de Jesús, de la Calle de Moncada, sede después y hasta hace pocos años del Seminario Conciliar. Fue, pues, relevado Don Manuel del cargo de Regente de la Aldea el 9 de septiembre, con el fin de que pudiera trasladarse a Valencia para cursar en el Seminario Central de aquella ciudad los estudios de la Licenciatura y Doctorado en la Facultad de Sagrada Teología.
   En los primeros días de junio de 1859, había recibido el grado de Bachiller en la misma en el Seminario de Tortosa.
   El 1.º de octubre de 1862 encontrábase ya Don Manuel en la capital levantina, donde pasó todo aquel curso consagrado al estudio, pero sin abandonar del todo sus empresas de apostolado, proporcionando de cuando en cuando por escrito las luces, los consejos y alientos de su dirección sus hijas espirituales de Tortosa, y dándoles, a las veces, gritos de alerta, según la expresión de una de ellas. En Valencia ejercitó su celo y caridad en favor de las Religiosas Adoratrices, que padecían en aquella sazón las luchas y tribulaciones propias de los comienzos de toda obra que lleva el sello de la gloria de Dios. Confesaba con grandísimo fruto espiritual a las jóvenes que tenían recogidas, las cuales, como muestras de su gratitud, le obsequiaron, al partirse Don Manuel de Valencia, con objetos religiosos confeccionados y bordados por ellas mismas. Tuvo la fortuna Don Manuel de conocer y tratar allí a la hoy Beata Madre Sacramento16, la cual habiéndole invitado un día a desayunar en el Colegio, como advirtiese en él alguna timidez y encogimiento, con un rasgo de maternal y alentadora confianza, le dijo: «Para que no le dé vergüenza, voy yo a tomar el chocolate con usted». ¡Fue aquél, en verdad, el desayuno de dos santos!
   Hospedóse Don Manuel, que era alumno externo del Seminario, en la casa de una piadosa señora llamada doña Agustina Ragé, con quien vivía otra hermana. Ambas se convirtieron prestamente en fervorosas admiradoras de aquel joven y edificantísimo sacerdote, a quien consideraban y trataban como a un santo, y al cual siguieron queriendo y venerando como a tal mientras vivieron. Su casa fue desde entonces y en lo sucesivo el hogar de Don Manuel en Valencia, siempre que allá iba, hasta que fundó el Colegio de San José, y después la casa de confianza de sus hijos, los Operarios, de los cuales se convirtieron en diligentísimas recaderas e incansables ayudadoras. Llamábanlas éstos entre sí con la familiar y santamente equívoca denominación de «las Agustinas». Tal concepto tenía su patrona de la extraordinaria virtud de Don Manuel, que acariciaba, como dicha singularísima, el vehementísimo anhelo y la consoladora esperanza de que la ayudara y asistiera cuando llegase la hora de su muerte. Dios le concedió la gracia de que viese cumplido este piadoso deseo. Para satisfacérselo hizo Don Manuel varios viajes desde Tortosa a Valencia, hasta que con su bendición la despidió para el cielo el 23 de abril de 1897. Dejóle doña Agustina por heredero de su modesto caudal para que lo dedicase a obras piadosas.
   Hemos querido hacer aquí mención de una de las incontables amistades de Don Manuel, como prueba de los hondos y duraderos afectos y espiritual confianza que ya entonces,, en los primeros años de su sacerdocio, despertaban sus no comunes virtudes en las almas que le trataban.
   El 6 de mayo de 1863 fuele conferido el grado de Licenciado en Sagrada Teología.
   El 1.º de junio, quince días antes de que regresara a Tortosa, recibió Don Manuel el nombramiento de Ecónomo de la harto necesitada parroquia de Santiago de su ciudad natal17. Durante los cinco meses que la regentó, desarrolló en ella el mismo ardoroso celo que en la Aldea, según testimonio de personas que entonces le conocieron y trataron. Comenzó por instruir él mismo a sus fieles y ayudarse además para ello de predicadores ilustrados y santos. Formó catequesis para los niños y las niñas, que estaban totalmente abandonados. Dióse trazas para apartar a las jóvenes de bailes y diversiones mundanas y aficionarlas a la piedad y a la frecuencia de los Sacramentos. Siempre tenía el confesonario, donde pasaba muchas horas, rodeado de penitentes, entre los que figuraban no pocos jóvenes, algunos de los cuales, cuando cesó Don Manuel en su cargo, seguían yendo a confesarse con él en San Blas. Las jóvenes iban a Santa Clara.
   No escatimaba medios- ni sacrificios para hacer el bien y apartar del mal a sus feligreses. Cierta señora, hija espiritual de Don Manuel, y feligresa de Santiago, tomó de criada a una jovencita para apartarla del gran peligro en que estaba de perderse. Comunicó a Don Manuel el caso y la llevó a confesarse con él. Don Manuel se interesó por ella y le prometió que, si se portaba bien, él le daría de su propio peculio cuanto fuese menester para que atendiera a sus necesidades. Hizo la joven en lo sucesivo una vida en extremo edificante y Don Manuel cumplió su promesa hasta que la colocó en un convento del reino de Valencia, de donde tuvo que salir por falta de salud; fue después un modelo de señoras casadas. Al culto y al ornato y limpieza del templo alcanzó también muy principalmente el celo de Don Manuel, cuyos santos y fructuosos resultados duraban aún muchos años más tarde.

***

   Desde 1.º de octubre de 1863, explicó Don Manuel, en calidad de profesor auxiliar, la asignatura de Religión y Moral del Instituto de Segunda Enseñanza de Tortosa, por iniciativa del Excelentísimo señor Obispo Vilamitjana. A propuesta del mismo, el 5 de febrero de 1864, el Rector de la Universidad de Barcelona confirió oficialmente a Don Manuel la mencionada cátedra.
   Desempeñó tan honroso cargo -y desde el 18 de junio de 1865, el de Secretario además- hasta que, al triunfar la Revolución septembrina del 68, fue suprimida en los centros de enseñanza del Estado aquella asignatura18.
   No se limitó Don Manuel al mero y exacto cumplimiento de sus obligaciones de catedrático, sino que aprovechaba la natural influencia y ascendiente que como tal ejercía sobre sus discípulos, para aficionarlos a la virtud. Uno de ellos, el señor Camps, anciano y acreditado notario de Reus, dice que al salir de clase en el mes de mayo reunía Don Manuel a sus alumnos para practicar juntos el ejercicio de las flores en la iglesia de San Antonio, frente al altar de la Concepción. Algunos de sus discípulos se confesaban con él. Acostumbraba llevarlos de paseo en su compañía a las afueras de la ciudad, donde, bajo su vigilancia, se divertían y jugaban, mientras él se entretenía leyendo. Solía enviar a alguno de los chicos a comprar dulces para obsequiarles. Al regresar, tenía mucho cuidado de que marchasen directamente a sus casas. Siempre que tenía que dar alguna queja o algún aviso, lo hacía con tal bondad, que ganaba enseguida la voluntad de todos. Los quería entrañablemente.
   «Pocos días antes de su muerte -termina diciendo el señor Camps- me encontré con él, y después de conversar larga y paternalmente conmigo, me dio una cariñosa reprimenda:
   - Parece mentira: no te acuerdas ya de mí. ¡Tanto como yo te quiero! Vienes a Tortosa y no tienes un momento para dar siquiera fe de vida. No dejo yo por eso de quererte igual, y en esta casa siempre tendrás una celda para alojarte y un cubierto en el refectorio ... »
   Con ocasión de algunas festividades religiosas hacía Don Manuel pláticas a profesores y alumnos, estimulándolos a la práctica de la piedad.
   Esta asidua y cordial comunicación con sus discípulos sirvió para que se desarrollaran en el espíritu de Don Manuel sus nativas simpatías por la juventud, y para despertar en él generosos anhelos de dedicarse al apostolado de la misma, al cual con tanto entusiasmo y en tan grande escala se hubo de consagrar más adelante.
   Así lo deja entender él mismo en esta frase de su esquema de autobiografía: «Instituto: Afecto a los chicos y. resultados».
   Fue sin duda uno de éstos el de pensar en la fundación de un Colegio donde recogerlos y educarlos, preservándolos así de los peligros de la libertad en que vivían.
   En 1865 debía de andar planeándolo, a juzgar por la carta que el 2 de noviembre le escribiera, ofreciéndole su colaboración y preguntándole condiciones y cargas, un sacerdote amigo suyo.

***

   Cultivaba, además, Don Manuel por este tiempo sus aficiones literarias y sus estudios científicos y, sobre todo, los de Teología. Demuéstralo así el que con fecha del 2 de mayo de 1866, mereció el honor de ser nombrado socio de la «Academia Bibliográfico. Mariana», de Lérida; el 24 de diciembre, previos brillantes exámenes, recibió el título de «Bachiller en Artes» por la Universidad de Barcelona; y el 26 de febrero de 1867, en la Universidad de Valencia, el de Doctor en Sagrada Teología.

CAPÍTULO V



Vida de familia. - Sus amistades

(1860-1897)



   En los primeros años de su sacerdocio hubo de experimentar en dos ocasiones el tierno y afectuoso corazón de Don Manuel las tremendas sacudidas del más hondo de todos los humanos dolores: la temprana muerte de sus padres.
   Un mes antes de cumplirse el primer aniversario de su ordenación sacerdotal, a las seis de la tarde del diez de mayo de 1861, fallecía en sus brazos, por él mismo espiritualmente asistido en tan angustioso trance, el padre de Don Manuel. Poco más de tres años después, el 5 de septiembre de 1864, a las once de la mañana, volaba al cielo el alma de su santa madre, acompañada de las litúrgicas plegarias y las desconsoladoras lágrimas de su amantísimo hijo. En lo más hondo del corazón hirieron a éste una y otra desventura: pero con más íntimo y desgarrador sentimiento la última. Era una mutua y verdadera adoración la que se profesaron siempre madre e hijo. No podía aquélla vivir sin la compañía de éste.
   Adolescente todavía, estudiante en el Seminario Menor, fue Don Manuel en breve excursión a Morella. Aquellos pocos días se le hicieron a su amorosa madre tan largos, que se quejaba después porque no le hubiese dado él noticias de su salud en la corta ausencia. «Le amaba con locura», atestigua una señora que vivía en familiares relaciones con ellos. Siempre quería traerlo a su lado.
   Cada vez que recibía carta suya desde Valencia, durante el curso que pasó allí, fuera de sí por el extremado gozo que sentía, daba en albricias una peseta al cartero, y como le dijesen alguna vez que era excesiva la paga, apresurábase ella a contestar con viva efusión que aún le parecía escasa. Don Manuel, por su parte, correspondía con igual cariño, entrañable y tierno, al de su madre.
   Cuando falleció ésta, deshecho en lágrimas, con transportes de veneración y filial afecto, « no acertaba a separarse del cadáver, repitiendo sin cesar: «¡Mareta meua! ¡Mareta meua!...» Duróle a Don Manuel este cariño toda su vida. Hablaba con frecuencia de :su madre, y jamás lo hacía sin visible emoción.
   Casadas las otras tres, continuó viviendo con su hermana María y con sus dos hermanos José y Francisco, célibes los tres, en la casa pairal de la calle del Ángel.
   Hasta después del fallecimiento del último de ellos, su hermano José, acaecido el 19 de marzo de 189419, no abandona Don Manuel el hogar paterno, si bien desde que fundó el Colegio, de San José tenía en éste habitación y su residencia oficial, y en él pasaba la mayor parte del día.
   La vida de Don Manuel en el seno de la familia fue siempre en extremo edificante. Su virtud inspiraba veneración, no ya sólo a las gentes de fuera, que le veían como quien dice de lejos y raramente, sino a sus propios familiares. No parece sino que había adoptado como lema y norma, de conducta desde los primeros años de su sacerdocio las palabras de San Pablo a Timoteo20: «Nemo adolescentiam tuam contemnat, sed exemplum esto fidelium, in verbo, in conversatione, in caritate, in fide, in castitate».
   Amaba Don Manuel tiernamente a sus hermanos y cuidaba de ellos con abnegada solicitud. La que tenía por sus difuntos padres, en forma de sufragios-pues pasma y edifica el sinnúmero de Misas que les aplicó a todo lo largo de su vida, y eso que siempre tuvo abundancia de estipendios-Ia mostraba para con sus familiares vivos en continuas oraciones en favor de ellos. ¡Cuántas veces ofreció por la salud de los mismos, por la prosperidad de sus. negocios y en ocasiones por la común concordia puesta en peligro, el Santo Sacrificio del Altar! «No quiero pedirte nada para mí-escribía en 1874 a una hija espiritual que se disponía a ingresar en el Claustro: -Olvídame del todo... Pero, en cambio, sí que te pido no olvides rogar constantemente por los individuos de mi familia, algunos de los cuales21 tal vez me sirven de espina. Cedo cuanto puedas hacer por mí para que lo hagas en favor de ellos: y te lo encargo de un modo particular.» Si alguno de los. de su casa caía enfermo, olvidábase de las fatigas que le esperaban durante el día, que no eran pocas, y consagraba las horas de la noche a la oración y al estudio, y a cuidar del enfermo sin consentir que ningún otro se molestara en ayudarle, sino que con la paciencia y amabilidad característica de los santos, lo cuidaba él solo.
   Su pariente y amigo el P. Joaquín Marro, S. J., dice: «Mi primo, Mosén Manuel era un santo. Por esto guardaba yo como reliquias, sus cartas. Conocí bastante a su madre y sus hermanos. Su casa parecía un monasterio ... »
   En todo daba ejemplo Don Manuel de moderación y de religiosidad. Su comida era siempre muy frugal, y ayunaba indefectiblemente ciertos días de la semana con sus hermanos y servidumbre; y a veces, él solo disimuladamente.
   Eran muy escasas las horas que dedicaba al sueño, durante las cuales oíasele de continuo suspirar, recitar oraciones y jaculatorias y rezos litúrgicos. Al reconvenirle sus hermanos porque no dormía, contestábales que las horas del sueño eran las que más le dolían22. Antes del alba salía ya de casa para dirigirse al convento de Santa Clara. Por ser todavía noche cerrada, y muy deficiente el alumbrado público de gas, o por estar con frecuencia -apagados ya los faroles del mismo en las primeras horas de la madrugada, solía utilizar una modesta linterna, que dejaba en el banco de piedra del porche de la iglesia del monasterio, de donde la recogía, al clarear el día, su doméstica. Allí, a sus solas, pasaba Don Manuel largas horas ante el sagrario, desahogando los fervorosos sentimientos de su corazón, hasta que empezaban a ir llegando penitentes.
Terminadas las obligaciones anejas al cargo de Vicario de las Clarisas, marchaba cumplir sus otros deberes ministeriales, o entregábase de lleno al estudio, o a obras supererogatorias de celo, o al ejercicio de la caridad.
   Era visitadísima la casa por toda clase de indigentes y menesterosos. Recordando la condición limosnera de su madre, al observar la de Don Manuel, decíanle sus hermanos que tenía bien a quien parecerse. Habla dado orden a sus criados de que a ninguno de los que acudían a demandar socorro despidieran o trataran con aspereza, por más, importunos que se mostraran, pues «la pobreza-les decía-merece siempre todos los respetos y atenciones.»
   Aparte de estas limosnas públicas, hacía otras muchas en secreto, para las cuales sólo en casos extremos, en que no podía valerse de sí mismo, echaba mano de otros auxiliares, ministros de sus inagotables caridades para con los pobres vergonzantes, viudas desamparadas, madres de gemelos, etc., etc... A estas últimas acostumbraba pagarles los gastos de la nodriza de uno de sus hijos. Pobres había a los que tenía señalada una determinada pensión. Con frecuencia daba el encargo a su doméstica de llevar tazas de sabroso caldo y otras golosinas y regalos a enfermos necesitados.
   Sus hermanos, enamorados de su persona y santamente encantados de sus virtudes, eran a la vez sus admiradores y generosos e incansables proveedores de sus pobres.
   Era el más joven de ellos; pero de tal manera se portaba con todos, que más parecía un padre que un hermano. En la mesa servía a todos y a todos complacía y hacía amena y agradable la conversación. No se sentaban a la mesa, por tarde que fuese, hasta que él llegaba para bendecirla y presidirles. Lo amaban y respetaban, y siempre fue en aumento la veneración que sentían hacia él. Y no sólo los que vivían en su compañía, sino también sus hermanas casadas y los maridos e hijos de éstas.
   Por lo regular, al regresar a casa por la noche, encontraba en ella Don Manuel, esperándole, a gran número de personas que acudían a él con consultas y peticiones.
   Antes de ponerse a cenar había de satisfacer a todos; y sus hermanos soportaban la espera, en ocasiones demasiado larga, con mayor paciencia que el hermano de San Francisco de Sales.
   Y ¡de cuántas maneras tenían que soportarle cariñosa y santamente por sus pobres!... «Sucedió una vez -cuenta una de las que sirvieron como criadas en la casa- que tuve que ir en busca de Don Manuel para darle un recado de parte de su hermana. Eran ya las nueve de la mañana, cuando al entrar en Santa Clara, me dirigí al confesionario, donde le encontré abrazando a un ancianito, al cual con fuerte voz consolaba. Lloraba el ancianito a más poder, y Mosén Sol, con aquel corazón de buena madre, le estaba acariciando, apretándole contra su pecho. Yo, al ver que le tenía tan sobre él y que el ancianito tenía nevada la cabeza y con bastante cabello, tuve una sospecha, y no me equivoqué. Efectivamente, cuando el domingo por la mañana recogí las mudas, vi en la de Mosén Sol un quinto23, que sin exagerar, era como un grá de ordi24. Se lo dije a su hermana y le dio a ella por ver si había más, y al abrir la camisa por el cuello, vimos muchísimos más de todas clases. ¡Ay, su hermana, qué disgustada! Empezó por decir: ¿Qué dirán les bugaderes-25. En esto, se presentó Mosén Manuel, y su hermana se desahogó: Ya te dic yo, mossenye, cuánta gent mos has portat!26. -No te enfades, María -le contestó su hermano-, son viejecitos que vienen a confesarse y ¡son de aquelles costes!... ¡Guay, pero no te-ls arrimes tant!...27, le replicó ella. Tengo todavía presente aquella cara de bondad, al par que de compasión, de Don Manuel para con los pobrecitos. ¡Cuántas veces! oí que decían sus hermanas!: ¡Mossenye algún dia mos vindrá sense manteu; que-l aurá donat als pobres!»28.
   Y no lo temían sin razón. Mientras vivió su madre, tuvo Don Manuel en ella la providencia para todo, viajes, limosnas, etc.; pero a su muerte quedóse sin tesoro. Su hermana María díjole un día: «Hermano, hazte ropa, que vas muy mal», y él ingenuamente contestó: «No tengo dinero». No se necesitó nada más para que la hermana entendiese y pusiera el oportuno remedio para lo sucesivo. Hizo llamar al sastre para que se la hiciese, y desde aquel punto anduvo siempre mirando si iba bien. Pero iba siendo tanta la frecuencia con que tenía que volver a vestirlo, que concibió la vehemente sospecha de que cambiaba sus ropas con las de otros sacerdotes necesitados.
   «Estando mi hermano en casa -solía decir- no tengo nada seguro». Ni siquiera lo estaba del todo la comida del día, pues en ocasiones utilizaba Don Manuel alguna de las viandas ya preparadas para obsequiar a sus visitantes o a sus mendigos. Pues ¿qué, si se trataba de sus colegiales de San Rufo, «sus nobles estudiantes», como donairosamente los llamaba?
   Cuando su hermana había de traer pescado para casa, decíale Don Manuel: «Mira, compra mayor cantidad y envíalo a mis estudiantes pobrecitos».
   Para salir de los apuros que éstos le ponían a la continua con sus muchas necesidades, andaba siempre de un hermano a otro, implorando ayuda: «¡Aquellos niños -les decía- que necesitan tres onzas de carne cada uno y no podemos darle más que onza y medial...» Un año, días antes de la Pascua, se fue a una de sus hermanas casadas y le dijo: «Quisiera que me hicieses monas para los niños». Y eran unos doscientos. Su hermana, que le habría dado de muy buena gana el dinero necesario para comprar las monas, pero que tuvo miedo de meterse ella misma en aquella baraúnda, a que no estaba acostumbrada, se impacientó, y a pesar de todo el amor y respeto que le tenía, le contestó categóricamente: «No lo haré. Un huevo y una naranja para cada uno, sí».
   Con tal pasión le amaban sus hermanos, que cuando comenzó Don Manuel a menudear sus viajes para atender a sus empresas de celo, no acertaban a llevar con paciencia el tenerlo tantas veces ausente. José, el mayor, lamentándose candorosamente de ello, solía decir: «¡No me he querido yo casar por vivir en su compañía, y apenas si nos deja gozar de ella! ... »
   No era menor el afecto que Don Manuel les profesaba. Precisamente por no dejarlos desamparados y huérfanos de su, más que fraternal, paternal tutela, no quiso separarse de ellos mientras vivieron. Y si para con todo el mundo era pródigo en cuidados, atenciones, generosidades y condescendencias, mucho más para con los suyos. Pero siempre tenían éstas un límite obligado: el de su mayor provecho espiritual. Hallábase una vez en Valencia con una de sus hermanas y algunos otros familiares suyos, y se desvivía Don Manuel por entretenerlos y obsequiarlos, llevándolos a visitar todo cuanto hay de notable en aquella hermosa y artística ciudad. Cada día les daba cita en alguna de sus iglesias, para comulgar y oír su misa, y luego hacía que les enseñaran cuanto digno de verse hubiera en ella. Atrevióse un día su hermana a proponerle que, puesto que tantas cosas bellas y curiosas les habla hecho conocer, las permitiese asistir a una función de teatro, para que las niñas -una hija de ella y otra de una amiga que los acompañaba en su excursión- pudieran decir que lo habían visto todo. Y al punto respondió Don Manuel con gran entereza y resolución: «¡Ah! Eso sí que no lo verán tus ojos, mujer! ... »
   Todo el tiempo que sus obligaciones y obras de celo le dejaban disponible, pasábalo Don Manuel en su tranquilo y apacible hogar, entregado al estudio y a la oración. No era infrecuente que dedicase al uno y a la otra gran parte de la noche, según testimonio de una de sus domésticas, que a veces sentía sus pasos al abandonar Don Manuel el cuarto de trabajo para tomarse un breve descanso.
   En los apuntes espirituales de sus primeros años de sacerdocio adviértese un notable aumento en punto a mortificaciones corporales y en las interiores del corazón, para «reprimir- escribía -los afectos, aunque útiles». Delicadísimo de conciencia y lleno de santo temor de Dios, ejercitábase en actos de penitencia «por los escándalos que hubiera podido dar».
   Para mejor entender, con el recuerdo de la muerte, la variedad de todas las cosas de este mundo, hacía a veces su oración teniendo delante una auténtica y macabra calavera, que guardaba bajo llave con gran secreto en uno de los armarios de su despacho.
   Devotísimo del Santísimo Sacramento, no le sufría el corazón, por mal tiempo que hiciese, omitir su cotidiana visita al mismo. Acostumbraba hacerla con los que le acompañaban durante el paseo en alguna de las iglesias que encontraban al retirarse a casa.

***

   Fortuna grande fue para Don Manuel y extraordinaria merced la que Dios le hizo proporcionándole, fuera del hogar, y especialmente en los comienzos de su vida sacerdotal, perfectos y santos amigos, cuyas excelsas prendas y virtudes le sirvieron de estímulo y de ejemplo. Fue uno de éstos el reverendo don Gabriel Duch, párroco de la Catedral, que le había en ella bautizado. Admirábale Don Manuel y le encomió más tarde en estos términos: «Duch, -escribía- su conversación, su caminar, su colocación de manos, el concepto que yo tenía de su instrucción, el respeto que inspiraba, me producían una devoción y emoción extraordinarias, hasta que ya le traté con mayor intimidad; y aún después me encantaba ... »
   Fue otro el reverendo don Mariano García, prez y orgullo del clero tortosino, confesor durante mucho tiempo de Don Manuel, el cual dice de él que «a pesar de ser tipo tan diferente de don Gabriel Duch, y haberle tratado íntima y familiarmente (y es natural que la intimidad desvirtúe el mérito)... era, con todo, un espejo de imitación en su celo, en su ordenación de tiempo, en su aplicación, en todo ... »
   Era, por otra parte, Don Manuel aficionadísimo al trato y compañía de los religiosos exclaustrados que residían en Tortosa, los cuales llamábanle con cariño «nuestro Fray Manuel».
Continuas e íntimas fueron sus relaciones con los Padre Jesuitas desde que volvieron. a Tortosa en 1864, para establecerse en el antiguo convento de Franciscanos Recoletos del Jesús. Fueron desde entonces y en lo sucesivo, sus preferidos y predilectos consejeros. Comunicó su espíritu con el famoso y santo misionero de la Compañía de Jesús el P. Mach, hacia 1863, con ocasión de haber ido éste a dar ejercicios al clero en la Catedral de Tortosa; años después aún cruzaba con él, Don Manuel, alguna que otra carta.
   Pero ninguna otra amistad produjo tan profundo y saludable influjo en el espíritu de Don Manuel, como la que le unió desde los postreros años de su carrera eclesiástica con don Benito Sanz y Forés, Lectoral de Tortosa desde 1857, y futuro y egregio Cardenal de la Santa Iglesia. «Don Benito», solía llamarle familiar y cariñosamente Don Manuel. Del joven prebendado tortosino, escribe el canónigo don Salvador López que «era amado con delirio por Tortosa, que veía y admiraba el celo apostólico, la sabiduría y la caridad inagotable del que había de sft ilustre Purpurado.»
   Es copiosísima la correspondencia epistolar que se conserva de la que sostuvieron ambos amigos hasta la muerte del señor Sanz y Forés. Desde que le tuvo de maestro en el Seminario, vivió Don Manuel con él en trato continuo, como de camaradas. Eran compañeros de paseo, y cuenta Don Manuel, ponderando la locuacidad acaparadora e irrefrenable de su ilustre amigo, que a veces los que le acompañaban se conjuraban de antemano para no dejarle meter baza en la conversación, quitándose unos a otros, sin darle a él lugar de intervenir, la palabra de la boca, con lo que lograban exasperar y sacar de sus casillas al simpático y efusivo don Benito, sempiterno charlador.
   Con él trabajó y a su lado se formó Don Manuel en la catequesis, y con él colaboró también, ya sacerdote, en la dirección espiritual de las jóvenes piadosas de Tortosa.
   Al trasladarse a Madrid, en 1866, por haber sido nombrado Abreviador del Tribunal de la Rota, como preciada herencia, confió a Don Manuel la dirección de sus hijas espirituales. A una de éstas escribía desde la Corte: «Mucho me alegro que encuentres tan bueno y mejor en el confesonario a Mosén Manuel. Ya verás cómo te va bien y te servirá mucho.» Y a otra: «Aprovecha el tiempo y haz visitas al confesonario. Verás cómo Mosén Domingo te enseña a ser toda, toda de Jesús.»
   El 8 de noviembre de 1868 fue consagrado el señor Sanz y Forés, Obispo de Oviedo. Desde allá escribía a su entrañable amigo de Tortosa:
   «Querido Manolín: Diga cuanto quiera de mí. Paso por todo, menos porque me diga que no le quiero. Si estuviera usted aquí, vería cómo no tiene razón para quejarse de mi silencio. El callar yo no es razón-para que se calle usted. Hable, pues; que bien sabe ... »
   Muchas veces se nos ofrecerá ocasión, en el curso de nuestra historia, de hacer mención de los copiosos frutos que Don Manuel hubo de recoger de tan valiosa amistad29.
   Fraternal y de por vida fue también la que le unió con el santo Fundador de la «Compañía de Santa Teresa de Jesús», don Enrique de Ossó, cuya causa de Beatificación hállase al presente incoada. Conocióle Don Manuel, que le llevaba cuatro años de edad, siendo ambos estudiantes en el Seminario de Tortosa. Los últimos cursos de su carrera los pasó don Enrique en el de Barcelona. Asistió Don Manuel a la primera Misa de su amigo en el Monasterio de Montserrat el 6 de octubre de 1867, y concibió tal aprecio de sus buenas cualidades- refiere una religiosa teresiana- que, a su vuelta, no tenía bastante boca para alabarlo, y a todos parece que quería comunicar el deseo que él abrigaba de que le ayudase en las obras de celo. Hablando con una persona de su confianza decía: «Lo haremos venir, porque creo que hará mucho bien a Tortosa». Trató, en efecto, sobre ello con el Prelado, y con tal eficacia, que a pesar de haberle ya señalado el de Barcelona destino en su diócesis, al siguiente curso encontrábase don Enrique en Tortosa desempeñando una cátedra en el Seminario. Las grandes esperanzas que del celo de don Enrique había concebido Don Manuel viéronse cumplidas y con creces. Fue el apóstol de los niños y de la juventud femenil de Tortosa, como Don Manuel de la juventud masculina: labor ciertamente ésta más ardua y espinosa. La de don Enrique, a través de sus Teresianas, alcanzó a toda España y aún a otras muchas naciones. Tan mancomunadamente trabajaban uno y otro, aunque en campos diferentes, que el propio Don Manuel confesó más de una vez: «Me sentí movido a cooperar con don Enrique a la Obra de la Compañía de Santa Teresa de Jesús; mas, consultado el caso con persona para mí poco, simpática, me aconsejó que tendiera el vuelo por otra esfera: la que más adelante me ha sido -señalada por el espíritu divino».
   Unidos y compenetrados vivieron siempre estos dos siervos de Dios. Juntos hicieron piadosas peregrinaciones. Juntos trabajaron en muchas obras de celo. Fue Don Manuel el perpetuo consolador y confidente de don Enrique en las grandes tribulaciones que le acarrearon sus empresas de Fundador. Ni siquiera la muerte rompió del todo el lazo que los unía, pues fue Don Manuel, después de la de su amigo, el más fiel consejero y el principal apoyo, en lo humano, de la «Compañía de Santa Teresa», la más excelsa entre las fundaciones de aquel a quien él llamaba «su don Enrique» y acerca del cual, dando noticia de su fallecimiento, acaecido en el convento de Sancti-Spiritus (Valencia), el 27 de enero de 1896, escribía: «La noticia de su muerte se propagó rápidamente, sorprendiendo a todos mucho por lo inesperada, y más a nosotros, que tuvimos el consuelo de saludarle unos días antes, y ver que los trabajos continuos no le habían quitado alientos ni hecho mella en su robusta salud. Hijo de esta diócesis, hizo sus estudios en nuestro Seminario, del cual fue después Profesor, distinguiéndose siempre por sus condiciones de carácter, y atrayendo hacia sí el respeto de cuantos le rodeaban, aunque éstos se llamaran condiscípulos y amigos...
   Tortosa puede gloriarse con haber sido el campo que recibió las primicias de su apostolado... Nosotros que le conocimos y le tratamos, pudimos admirar más de una vez su talento, su actividad y su celo, y a él debemos también ciertos alientos y las normas para la propaganda de algunas empresas de gloria de Dios. Descanse en paz tan benemérito sacerdote, honra de nuestro Seminario, gloria de Cataluña, apóstol incansable de la Doctora Avilesa, y no olvide desde el cielo a los que en la tierra nos honramos con su amistad»30.
   Fue tan adelante Don Manuel en la emulación de los esclarecidos ejemplos de virtud de sus santos y admirados amigos, que una de las personas que más íntimamente le trataron por aquellos tiempos, dice de él: «Era dechado de sacerdotes. De manera, que los mismos enemigos de la Religión, decían: ¡Si todos los sacerdotes fueran como Mosén Sol, sería otra cosa!... Entre los eclesiásticos era considerado como un sacerdote muy superior a lo muy bueno que en aquella época florecía entre los sacerdotes jóvenes».

CAPÍTULO VI



Su apostolado en el confesonario: Fomentador de vocaciones religiosas. Incansable actividad y santa atracción

(1860-1891)



   Uno de los apostolados más intensos, perseverantes y fecundos de Don Manuel, fue, sin duda alguna, el de la dirección espiritual de las almas piadosas. Dióle el Señor especial vocación para tan delicado ministerio. Concibió desde bien temprano tan alta estimación y afecto hacia las almas consagradas a Dios en la vida religiosa, que a los quince años, ya que no podía hacer por ellas otra cosa, redactaba una solicitud para demandar limosnas con el fin de proporcionar la dote a una joven que deseaba ingresar en el claustro. Semejante colaboración, puramente literaria y caligráfica, tiene como visos de prematura iniciación en aquella su infatigable y ardorosa labor del fomento de las vocaciones religiosas, que tan portentoso desarrollo había de alcanzar más tarde.
   Simple ordenando todavía, ya hemos visto el interés que comenzó a mostrar por la dirección y formación espiritual de algunas de sus catequizadas. A una de ellas, cuando se disponía a ingresar en el claustro algunos años después, le escribía: «Llegaste a la edad de tu razón; tu imaginación inquieta ignoraba el norte a donde había de dirigirse, y Dios te proveyó de piadosos padres; y una buena educación de parte de tu familia te preservó de las ignorancias y travesuras de la niñez. Pasaron unos años. Ibas a entrar en la edad de tu juventud, en que el corazón desea un objeto que le ocupe, y el Señor te condujo, ¿a dónde?, a la Catequística o Doctrina. Sí, hija mía, el Señor te condujo allí y te condujo a mí. No lo dudes, aquel fue uno de los medios principales de que la providencia se valió para preservar tu alma. La afición que tomaste, la deferencia que todos te tenían, el interés que yo te manifestaba, la ocasión de las amigas que aquello te proporcionaba, hicieron deslizar suavemente los peligrosos días de tu primera juventud, sin que tú misma lo comprendieras ... »
   Desde 1864 comenzó a ir Don Manuel de tiempo en tiempo a Ulldecona en calidad de confesor extraordinario de las religiosas de un convento de clausura. En 1897, platicándolas, les decía: «Ya que he tenido la satisfacción de poder dedicar veinticuatro horas a esta visita, que en obsequio vuestro he hecho, ¿cómo no deciros una palabrita sencilla y paternal?
   Yo no puedo olvidar, y esta tarde lo recordaba, cuando jovencito estudiante todavía, se me invitaba -y yo aceptaba con sumo placer- a venir a este pueblo; invitación que se me hacía por personas muy queridas de mi familia y por los difuntos don Gaspar Mola y don Juan Navarro. Y luego, ya sacerdote, joven aun, dediqué algunos viajes, y me senté en el confesonario. Recuerdo a las dos hermanas religiosas de la Cenia, y tantas otras, que me ofrecieron su tributo de confesión.
   Y yo no puedo olvidar la historia del levantamiento de esta nueva iglesia, y pude presenciar la alegría de esta casa el día de su inauguración, en la cual se me honró, sin merecerlo, con ser el celebrante en aquella fiesta. Tareas y campos que el Señor me ha abierto posteriormente han cortado la cadena de aquellas comunicaciones exteriores, pero no el hilo de mi afecto a esta casa, que está basado en tantos recuerdos ... »
   Aparte las religiosas -como más adelante veremos-, eran numerosísimas las almas piadosas que vivían en el siglo que frecuentaban su confesonario, y verdaderamente extraordinaria la santa afición que le cobraban luego que comenzaban a tratarlo y beneficiarse de su dirección. Aludiendo a la que fructuosamente ejercitó durante el curso que pasó en Valencia, escribíale desde allí varios años después, embromándole con ponderaciones y fingidos aspavientos, un sacerdote íntimo amigo suyo: «Anteayer fui a ver a las Marías, y como V. puede suponer, nuestra entrevista fue cordial y afectuosa por demás. Mosén Manuel fue la salsa... No menos afectuosa y cordial fue la visita que hice ayer a las del Santo Hospital. Cuentan que cada vez que oían el silbato del tren pensaban que venía yo, llevándoles como fiel mensajero nuevas de su bienaventurado Padre... ¡Jesús, y qué hijas más amables! Todo lo sufren con gusto: penalidades, sufrimientos, sacrificios... Todo les causa placer: las. enfermedades, las mortificaciones, la cruz... Pero, con lo que no pueden, lo que se les hace imposible, es la pérdida de su Padre Mosén Manuel Sol ... »
   No escatimaba éste, por su parte, incomodidades, gastos y fatigas para ayudar y servir a sus dirigidas. El mismo las acompañaba a los conventos, a veces muy distantes, en donde habían de ingresar, y luego, cuando en sus viajes se le deparaba ocasión para ello, deteníase a visitarlas.
   Fue aprovechado discípulo, generoso auxiliar y heredero de confianza en estas empresas, de un tan excelente maestro como el señor Sanz y Forés. El 21 de octubre de 1867 escribíale éste desde Madrid pidiéndole ayuda económica para el ingreso en el claustro de una hija espiritual suya y después de Don Manuel, y le dice: «Doy por bien empleados los ratos que a su bien he consagrado, y V. deberá hacer lo mismo sin duda.... ¿Conque Cinta Sol es capuchina? ¡Te Deum laudamus! Ya que los pollos tortosinos no han entrado en orden con los sermones, la Catequística y el confesonario de este pobre hombre y de usted tenemos la satisfacción de haber entregado a Jesús algunas esposas. Bendito sea. Dígame algo de las otras, y también algo de usted y de cuanto quiera.»
   El 20 de mayo del 68 le felicitaba en esta guisa por su Vicariato de Santa Clara: «Reverendo señor Vicario de Santa Clara, Confesor de la Purísima, San Juan, etc., etc.: Dispense usted si tardo en darle la enhorabuena..., A ver si me santifica a su rebaño y se logra el fin propuesto. Dios le ha hecho a usted para monjas... ¡Con que C... ya es monja! Va usted a adquirir gran fama. Lo mismo fue salir yo de esa que hacer explosión las vocaciones comprimidas o en infusión, y poblarse los claustros, en cuanto a la tibieza de mis prisas y rabietas se sobrepusieron los ardientes rayos del Sol. ¡Bien!» Y el 22 de agosto, nombrado ya Obispo de Oviedo, torna a escribirle, y llamándole familiar y cariñosamente «amigo Nel», le demanda una vez más su cooperación para pagar la dote de otra pretendiente al claustro. «Lo que importa -le dice- es que entren buenas novicias. A usted toca hacerlas santas. Le cuestan a usted estas monjitas dinero y paciencia. Ya le encomendarán a Dios. Agradece mucho sus cartas y se ríe con gusto un rato, su afectísimo -Benito- P. S. De buena gana le oiría contar los episodios de M... sobre y con F. Mejor en la Montañeta. Se acabó esto ya. En adelante, centinelas de vista a todas horas. ¿Verdad que no es esto para mí? Me echan a perder».
   Alude el futuro ilustre Purpurado a su elección para la mitra ovetense y a sus antiguos paseos con Don Manuel por los alrededores de Tortosa, «sedentes a sero et colloquentes de utilitate animarum», como los Padres del yermo. El concepto que de la virtud y prudencia de Don Manuel tenía el señor Sanz y Forés, nos lo da a entender la religiosa tortosina Sor María de Padua con estas palabras: «Recuerdo haber oído contar a mi tía Cinta Andrés que desde pequeña la dirigía don Benito Sanz y Forés, el cual, al trasladarse a Madrid, dijo a mi tía que no podía seguir gobernando su espíritu, y le añadió: «Te he buscado un Director, que no te pesará jamás. Mira: es muy joven de edad, pero de mucha virtud. Yo te aseguro que es un sacerdote que promete y que dará mucha gloria a Dios». Tan satisfecha quedó mi tía del nuevo guía de su espíritu, que mientras vivió Don Manuel, no tuvo otro».
   Para fomentar la piedad entre las jovencitas aceptó Don Manuel, en 1866, el cargo de «Director espiritual» del Colegio de la Virgen de la Cinta, que aquel mismo año fundó para instruir y educar niñas la respetable y virtuosa doña Asunción González. Estaban las alumnas tan encariñadas con su santo y amable confesor, como se trasparenta en la carta que una de ellas, de temporada en cierta ciudad catalana, escribía a su maestra: «El sábado fuimos a ver la iglesia de Santa María y tuve una alegría inexplicable. La alegría fue que vi a un ministro del Señor muy parecido a Mosén Manuel, y en el momento en que lo iba a llamar, levanta la cabeza. ¡Dios mío! toda la alegría sé me volvió en tristeza al ver que no era el que yo me pensaba».
   Muchas jóvenes de fuera de Tortosa iban a confesarse con él. La Madre Rosalía del Niño Jesús, egregia teresiana, confiesa de si misma: «Mi santa madre, muy santa por cierto, enseñóme a conocer a este varón insigne, al preclaro hijo de la ciudad del Ebro. Contaba yo solo quince abriles cuando oí resonar en mis oídos el nombre de Mosén Sol. «Ponte buena, hija mía, -decíame mi madre- (parece ayer por lo vivo del recuerdo): disponte para ir a Tortosa con el intento de ver a Mosén Sol, al varón santo de Dios.» Imposible me parece pintar con viveza de colores la impresión que en mi corazón hizo la vista de aquel venerable sacerdote: venerable, digo, por el aire de santidad que se vislumbraba ya en aquel varón de solos treinta y ocho años. Comencé a trabar amistad con él, me preciaba. de su compañía, sentíame movida por el, atractivo de los dones de naturaleza y gracia con que le plugo al Señor adornar el corazón de su siervo. Oyóme luego de confesión, pues su trato, engolosinando las almas, cautivaba los corazones todos.
   Mezclando la gravedad con el agrado, llevaba tras sí las almas, porque con el señuelo de la blandura era bien quisto por doquiera. Mortificaba mucho a las que querían ser religiosas y sabía herir muy hondo».
   Luego de conocida como legítima la vocación de ellas, no escatimaba Don Manuel género alguno de industrias y sacrificios para ayudarlas a realizar sus santos deseos. Les costeaba parte de la dote; se servía de sacerdotes amigos para que las enseñasen a manejar el breviario, y a algunas hasta a leer y escribir; y de otras hijas espirituales, para que las instruyesen en otros menesteres, como de planchar, hacer flores, etc. A muchas, para que pudiesen entrar sin dote, del que totalmente carecían, les costeaba las lecciones de canto y música, para lo cual tenía alquilado un piso y un piano.
   Tenía el don singularísimo de conocer e intuir vocaciones. Ponderando estas dotes de Don Manuel, como excelente catador de espíritus, exclama con felicísima expresión su ferviente admirador don Juan Aragonés, párroco de Sierra Engarcerán: «¡Era un santo! Olía las almas buenas y con divino instinto las conocía.» Cuando -se ponía al alcance de su mano alguna de las que él entendiera ser «buena para amiga del Señor», según decía Santa Teresa, no la dejaba ya. Una religiosa del Real Monasterio de, San Juan de Jerusalén, Sor Josefina Sol, parienta de Don Manuel, escribe: «Mi primo hermano Mosén Sol venía a mi casa como visita de familia, pues amaba mucho a mis padres. Yo tenla pocos años y siempre le tuve por un ángel. Sus conversaciones eran edificantes, y cuando hablaba de las religiosas yo le escuchaba con mucho gusto. Me decía que eran ángeles, los pararrayos de la ciudad, víctimas por amor de Jesucristo. Sus dulces palabras quedaron grabadas en mi tierno corazón. No dudo que Dios Nuestro Señor, por medio de él, me llamó a la vida de clausura, con tanta fuerza, que nada del mundo me detuvo para entregarme enteramente a Jesús. El me amaba como un cariñoso padre, me decía palabras tan dulces, que llenaban de alegría mi corazón. Me proporcionó todo lo necesario para mis estudios, libros de música, papeles, etc. Ahora que estoy en la antesala del cielo desde hace más de 52 años, confieso que a él le debo, después de Dios, mi felicidad de vivir y morir en la Santa Casa del Señor ... »
   Doña Filomena Tarragó, antigua doméstica, de Don Manuel, cuenta su providencial encuentro con él en esta forma: «Hacia el año 1878 tuve la dicha de conocer al que entonces demostraba ser por su celo y caridad uno de los más grandes santos: Mosén Manuel Domingo y Sol; y fue de la manera siguiente: En aquellos tiempos había grande entusiasmo por acudir a Tortosa la gente de los pueblos a ver la procesión del Domingo de Ramos. Una amiguita mía se empeñó en que bajase con ella, mas mi buena madre no me dejaba por no tener en Tortosa ninguna casa donde hospedarme. Como yo tenía grandes deseos de bajar, conté al señor Cura, que lo era entonces Mosén Descarrega, lo que ocurría; el cual llamó a mi madre y le dijo que me dejase ir, que él me recomendaría a una familia de confianza, y que podría estar hasta después de Pascua. Accedió mi madre y bajé. Al llegar a ésta, me condujeron a la casa donde vivía el padre Mariano31 y también la señora María Cerveto a la que me recomendó el señor Cura. Al día siguiente la señora María me acompañó a Santa Clara a oír cantar a las monjitas. Vi en el confesonario un sacerdote que confesaba, y me acerqué y confesé, y después me dijo: «-Chiqueta, tú eres forastera. ¿De dónde eres? -De Aréns -le contesté. -¿Del pueblo donde está Mosén Descarrega? -Sí, señor. -Pues él y yo éramos condiscípulos». Y luego quiso saber por qué había bajado a Tortosa; le contesté que a ver la procesión y que pasaría las Pascuas en ésta. «-Pues, entonces, ya subirás otro día y hablaremos». Al oír esto, dije para mí: ¡Ay, madre! ¿qué me querrá decir? Al otro día, volví a Santa Clara. Apenas me vio, me preguntó en seguida: «-¿Te gusta Tortosa?, -Mire si me gusta, que siempre me estaría aquí. -Y ¿cómo deseas estar? -De cualquier manera. -¿Quieres ser monjita? -Sí... pero no tengo dote. -¿Tienes padres? -El padre lo perdí a los once años; sólo tengo madre. -Pues escríbela; y si te deja entrar, vendrás a mi casa y aprenderás... -Y ¿qué aprenderé? -El solfeo; y cuando sea hora, serás monja cantora». Al oír esto, exclamé: «-¡Qué celo más grande y qué caridad! Pues bien, escribiré al señor Cura, porque mi madre no sabe escribir ni leer». A los tres días, contestación favorable. ¡Ay, yo qué contenta! Otra vez a Santa Clara: «-Mosén Sol, mire la carta de mi madre! -¡Chica, qué: bien! Pues, mira, allá a las doce irás a casa». Así lo hice, y al presentarme a su hermana, le dijo: «Esta chiqueta estará con nosotros. Que te ayude a limpiar la casa, e irá a aprender ... » Y sin más ni menos, allí me quedé. Rasgo de caridad como éste no lo podía esperar de nadie. Sólo en aquel corazón, que siempre ardía en amor de Dios y amor al prójimo, pude observar cada día sublimes actos de caridad. A los pocos días, me envió al señor Maestro de Capilla para aprender el solfeo; y así pasaron algunos meses, teniendo de mi salud un cuidado esmeradísimo. Cuando el maestro le dijo que ya estaba bien preparada para el canto, me quedé sin voz. Y como si ahora lo viera, con aquella mirada tan compasiva, dijo: «Y ara ¿qué en farem d'ésta animeta?»32 Y pensó, que aprendiese el piano, para poder entrar de organista, pagando él todos los gastos. Pero, como Dios quería que yo le sirviera por otra vía, me dio la enfermedad del tifus, y así se acabó todo. Por espacio de cuatro años estuve en su casa, y cada día tenía ocasión de ver la gran caridad de Mosén Sol.»
   Don José María Tormo, miembro prestigioso que fue de la Hermandad hasta su muerte, contaba lo siguiente: «En el pueblo de X... celebró su primera Misa un Operario a quien Don Manuel distinguía mucho, y en acto tan solemne tomó parte activa, llevando la capa de honor. Luego se le vio también sentado a la mesa junto al nuevo sacerdote. Entre las jóvenes amigas de la familia del misacantano, había una que llamaba la atención por la pulcritud con que realizaba los oficios de buena y activa Marta, y todavía más por su modesto continente. También Don Manuel se fijó en la improvisada sirvienta, y aunque no la había visto ni hablado, penetró sin duda en el interior de tan noble criatura y vio los amorosos designios que tenía Dios sobre su alma. En la misma noche de aquel memorable día, mientras en el templo parroquial se celebraba una muy solemne función religiosa con extraordinaria concurrencia, Don Manuel se estuvo sentado en el confesonario estudiando la vocación de la joven que conoció durante la comida, y dirigiendo con sus luces, y consejos a otras, que quisieron aprovecharse del paso por el pueblo de tan santo y experimentado varón. A los pocos meses la joven de mi historia era ya religiosa, y por cierto, muy ejemplar. De las otras, una, que sepamos, consiguió aquella misma noche permiso de sus padres para entrar en el claustro.»
   «Fue -atestigua una religiosa- el firme sostén de muchas doncellas que tenían vocación para monjas con mucha contradicción de sus padres y familias, y él procuraba con sus buenas trazas allanar todas las dificultades.»
   Murmuraban sobre que las jóvenes a quienes confesaba, todas acababan siendo religiosas, y a esto respondía Don Manuel: «No lo digan en esos términos, sino al revés: que todas las jóvenes que quieren hacerse religiosas vienen a confesarse conmigo.»
   A causa de esa prevención, declara una de ellas que no la dejaban en casa que se acercara a su confesonario. A otra escribía años después el propio Don Manuel: «Aún recuerdo, hija mía, cuando con tanta ingenuidad me decías que no querías venir a confesarte conmigo porque no te hiciera monja.» En cierta ocasión resistíase a visitar su amado vivero espiritual de San Mateo, porque como sucedía al melifluo y angelical panegirista de la virginidad, San Ambrosio, con las de Milán, también las madres de la piadosa villa del Maestrazgo se alarmaban por el temor de que Don Manuel hiciese a todas sus hijas monjas.
   De lladre! - ladrón -llegaron a veces y en público a apostrofarle. ¡Robador de almas buenas!
   «Tienen razón, las pobres - comentaba él, sonriéndose-, Mosén Sol es un lladre y aun no saben todas sus mañas». La oposición que le hacían los padres de las aspirantes al Claustro pasó en ocasiones más adelante: «Estos días estoy atravesando una crisis terrible -decía Don Manuel en marzo de 1880- por una joven que quiere entrar en Santa Clara contra la voluntad de su familia. Creo entrará y moverá ruido su entrada». Poco después volvía a escribir: «El jueves último entró en el convento X... y hubo una tempestad horrorosa en casa al saberlo, y su padre quería matar a Mosén Sol y mis pobres hijitas me aconsejaban que me escondiera. Pero ya se ha pasado un poco la tormenta».
   Por idéntico motivo el padre de una novicia, confesada de Don Manuel, indignado contra éste salió un día en su busca, revólver en mano. Cuando le halló, apostrofándole airadamente declaróle su intento y la causa del mismo, y Don Manuel, con toda serenidad y calma, le dijo: «Ya puede usted disparar, si quiere». La dulzura de sus palabras aplacó las iras de aquel hombre, que se trocó en fervoroso amigo de Don Manuel y de aquella comunidad, y, a pesar de tener que hacer diez horas de camino, casi no pasaba semana que no fuese a visitar a su hija.
   De otro género de animadversiones y desabrimientos fue también blanco Don Manuel, y no una vez sola: los celillos de otros confesores. Entre otros casos que pudiéramos citar, había en cierto convento un Vicario que había envejecido en el cargo con gran aceptación de la comunidad, pero, habiendo las religiosas tratado en el confesonario a Don Manuel, encontraron en él tanto espíritu y fervor, que se vio el Vicario relegado. Tomo éste mucha ojeriza con él y lo manifestaba harto. Enterado Don Manuel del enojo, a todo trance quiso que cesara, y como humilde desagravio y compensación, iba a buscarlo y se confesaba con él.
   Como tan diestro «cazador» de almas distinguidas, y excelente «proveedor» de vocaciones que era, algunos Institutos religiosos acudían a él en demanda de novicias, y otros no querían recibir a ninguna que no llevase la licencia y aprobación de él.
   Fue, en verdad, asombroso el número de las que por sus consejos, alientos y ayuda se acogieron al claustro. Sólo el índice, ciertamente incompleto, de aquellas en cuya vestición de hábito o en cuya profesión nos consta, por sus apuntes, que actuó de predicador, pasma y maravilla. Refiriéndose a las de un solo convento, habiendo sido invitado a platicar en una profesión, escribía Don Manuel a la Superiora: «¿Y qué podré decir a la Gonzaga? Si usted pudiera decirme las varias ideas que he emitido en las profesiones, ¡qué bien! Pues así diría ideas nuevas. Mas ahora sufriré siempre, porque no diré sino las mismas rondallas.»
   A un su amigo y colaborador en estas empresas monjiles, escribía en 1881: «Tenemos tres o cuatro plazas más pedidas. ¿Qué haremos de tanta monja? Veo que no tenemos otro remedio que desmembrar unas cuantas y enviarlas a Tierra Santa ... ».

CAPÍTULO VI



Su apostolado en el confesonario: Fomentador de la piedad entre - las devotas seglares. - Confesor ordinario de las Religiosas de San Juan y de la Purísima de Tortosa

(1860-1891)



   Si es cierto que se complacía preferentemente Don Manuel en que el Señor escogiera para el claustro a sus hijas de confesión, con todo y con eso, hallábase muy lejos de tener criterio cerrado en ese particular de las vocaciones al estado religioso. No era monjero a carga cerrada y salga lo que saliere. Como en todas sus cosas, también en este punto era máxima su indiferencia,
determinándose tan sólo por aquello que entendía ser voluntad de Dios. Por lo mismo, no aconsejaba sistemática e invariablemente a todas sus dirigidas que abrazaran el estado religioso, sino aquel en el que conocía habían de alcanzar mayor santidad y practicar el bien en más alto grado, según el espíritu y las cualidades de cada una de ellas. «Tú no has de ser monja -decía a una de sus hijas- tú te has de quedar en el mundo para ser el ángel de tu familia. Tú te has de quedar en el mundo, porque entre los dos lo hemos de salvar. El Señor te tiene destinada para grandes cosas." Ya el primer día que te conocí, decía: «Esta almita ha de ser toda para Jesús. Pide a Jesús que te entre en la llaga de su costado, y que cierre bien la puerta y eche bien lejos la llave, para que nunca vuelvas a salir.» Y a otra a quien llamaba «su Benjamina»: «Que Jesús la haga muy sufrida y resignada y muy prudente y un apóstol del Corazón de Jesús en su casa, la santifique toda ella y pueda ser el consuelo de su padre y el ángel de sus hermanitas con sus oraciones y vigilancia; que sea una flor de consuelo a Jesús, en cambio de tantas espinas como amargan su Corazón por tantos pecados; y sobre todo, que Jesús me la haga muy fuerte y robusta, para que pueda ser víctima cuando El quiera consagrarla y consumirla en el fuego de la abnegación, de la penitencia, del amor y del sacrificio.» Esta joven, perteneciente a una piadosísima familia de fuera de Tortosa, llegó a sufrir horrorosas luchas sobre su vocación religiosa. Cierto sacerdote la impulsaba a ser monja y tenía ya señalado convento y fecha para el ingreso.
   Sin permiso de la familia fuése la joven a Tortosa para consultar con Don Manuel. Oyóla éste en el confesonario de la Purísima, la trató como padre, la animó y consoló en gran manera, diciéndole que dejara obrar al Señor; que aquel buen sacerdote no había acertado a ver los grandes designios de Dios. Durante tres años de lucha dióle constantes y prudentes normas de conducta que la dejaban tranquila, contenta y animada. Cuando se resolvió la joven a casarse, aplaudió Don Manuel su determinación, diciéndole que sólo deseaba que fuese santa donde el Señor la pusiera, y siguió favoreciéndola con sus sabios consejos. Muchas veces iba después ella a Tortosa a confesarse con Don Manuel, y alguna vez fue éste a visitar a ella y a su esposo. Llegó la piadosa joven a ser modelo de señoras cristianas.
   A otra de sus hijas predilectas, que le hablaba de haber visitado a unas religiosas muy queridas de Don Manuel, le escribe éste: «Mi A... : Yo deseaba que no hubiese tenido V. conocimiento ni relación con monjas, ni con ninguna cosa semejante. Deseaba que esta flor se fuese desarrollando en el apartamiento de todo, para que brotase con más espontaneidad. Yo ya sé que Jesús tiene designios amorosos sobre esa alma, quería que nadie me la tocara por ahora, quería que fuese como aquellos lirios que no pueden ser acariciados ni por mano de princesa, porque se evapora su perfume. Eso digo a Jesús, pero haré lo que El quiera, y nada más. Por esto le repito que no se me agite, ni perturbe, ni se fije, ni desee, ni ambicione. Tampoco quiero por esto que me esté dormida, sino usted solita con su Jesús se pone generosa en su presencia, y yo le prometo que hablará a su corazón. Usted me dirá con sinceridad, y me abrirá su espíritu, como lo ha hecho hasta ahora, y así andará tranquila. Estará, pues, donde Dios la quiera y la obediencia le propondrá. Sabe usted, hija mía, que al ponerla Jesús en mis manos, sin pensarlo usted ni yo, la ofrecí con santa indiferencia a cuanto quisiera El hacer de usted, y no inclinarme a ninguna cosa ni lugar, sino a lo que Jesús quiera.
   A pesar de que creo le dije que me figuro que Jesús le dará el golpe para El, con todo, y aunque esto me halaga más a mí, le digo a Jesús que estaré igualmente contento de que me la coloque en medio del mundo, sin consagrar, o consagrada también en medio del mundo; que yo la haría trabajar en cosas de su gloria, y que igualmente le daré gozoso mi bendición paternal. Adiós, mi hija».
   No era Don Manuel precipitado para resolver sobre vocaciones religiosas. Esta hija suya hízole pensar mucho y orar y dudar mucho. Hablando de ella escribía a la Abadesa de uno de los conventos por él fundados: «¿Qué querrá Jesús de esa almita? Si no fuera que se me dijo que la casa estaba retrasada, en mi próximo viaje a X... la resolvería definitivamente, pues se conoce que es un alma tan tímida, a pesar de su buena cabeza y de su travesura, que desea que yo le dé una espenta33 para su completa tranquilidad. Tiempo atrás me escribió una carta de sentimientos tan nobles para con Jesús Sacramentado, que no podían ser más que de un alma muy delicada de espíritu. Ahora no sé lo que haré todavía».
   Determinóse, al cabo, a dejarla en el siglo, donde bajo la dirección de él, desarrolló un incansable y fecundísimo apostolado. «Mi pobrecita A... : -le decía en cierta ocasión-. Acabo de recibir la suya y veo que ese coret echa chispas. ¿Cómo no decirle algo? Parece que todavía sea una novicia en los acontecimientos de la vida, y sobre todo, de la vida de celo. Con cuanto, mayor interés obre y con más pureza de intención, más le sobrevendrán los obstáculos y desengaños y abandonos, y el enemigo se los pondrá para que le entre la fatiga, y si pudiera ser, el aburrimiento y los deseos de abandonarlo todo. Pero, chiqueta, Jesús no quiere la paz de los que destina para la guerra, y a usted para ella la ha destinado en su pequeño campo, y por ahora no hay señales de que se le permita retirar; conque... al pie del cañón; que a los que quieren amar a Jesús «todo coopera para el bien», hasta los berrinches y nerviets, y más si es por obediencia: y usted la tiene para eso.
   Por lo demás, Jesús no deja sin recompensa nuestros sacrificios, y los resultados de ellos tal vez no los veamos. Además no debemos desconfiar nunca; que cuando menos lo pensamos, Jesús nos consuela repentinamente para hacernos ver que es El el que lo hace todo, premiando nuestros buenos deseos... Cuando esté usted en el cielo buscará una piedra para esconderse debajo de ella, al ver la providencia de Dios sobre su alma. No le ha dado usted su corazón: es El el que se lo tomó. Piense eso, y nada más, y ofrézcale en gratitud esas lagrimitas que le ocasionan las contradicciones de buenos. Conque, ¿lagrimitas y todo? ¡Mujer de poca fe! Pero no; ¡no será poca fe! Sino la mirrita
que Dios quiere poner a nuestros consuelos aun en las cosas de su gloria, y para que tengamos más mérito. «Confiad, pues; que yo he vencido al mundo», nos dice Jesús...»
   Hablando, a esta misma hija espiritual, de una amiga de ella, alma, inocentísima, que se había empeñado y logrado ingresar en el claustro, y, al cabo, hubo de salir del mismo por su deficiente salud, escribe Don Manuel: «El afecto que en Jesús he profesado y profeso a esa alma, que Dios ha confiado a mis desvelos, me obligó a hacer una calaverada de padre. Esto no significa nada, y sabe usted que estaré igualmente contento de que Dios nos la deje ahí, en el siglo, ya en otro estado, ya en el que está; pues ya la haremos aprovechar mucho para nuestros intereses de reparación de la gloria de Jesús Sacramentado. En cuanto a T... -dice de otra- que se esté en el mundo lloriqueando, y servirá esto para santificación suya y bien de los pecadores. Y, si no, cuando encuentre uno de esos conventos castellanos, que lo diga, y entonces le diremos... que lo deje estar también.»
   No establecía Don Manuel diferencias entre sus dirigidas con vocación religiosa y las que vivían y habían de ser para el mundo, en punto a cuidados, interés y desvelos. Por lo que hace a estas últimas, si por circunstancias especiales de familia, no podían ir a buscarlo en sus confesonarios habituales de Santa Clara y la Purísima, se ofrecía a confesarlas a, la hora y en la iglesia que ellas escogieran, y muchas veces se le vio ir, en el tiempo más caluroso del verano después de comer, a pedir que abrieran la iglesia que le habían indicado, y confesarlas. «Entre éstas -dice la Madre Rosalía del Niño Jesús- había muchas señoras casadas, que pasaban hartas penas, a pesar de su buena posición. Y como gustaba mucho Don Manuel de que las personas a quienes dirigía atrajesen al conocimiento de Dios y frecuencia de sacramentos a los de su familia y relacionados, a poco de confesarse con él aquellas señoras cambiaba de aspecto toda la familia; de modo que, si cada cual andaba por su lado, admiraba luego verlos tan unidos; sabían llevar y conllevar a sus maridos, moderaban el lujo, y aficionábanse a hacer limosnas. Cuando ya las veía fuertes en la virtud, dejaba insensiblemente Don Manuel de atenderlas como antes, y hacía que fuesen a confesarse a Santa Clara o a otra parte, donde confesaba él ordinariamente; y cierto, que causaba admiración ver personas acostumbradas toda su vida a sentarse muellemente en butacas, acurrucadas en el suelo, aguardando turno para confesarse».
   En su afán de practicar el bien, no se contentaba Don Manuel con derramarlo a manos llenas sobre estas almas, cuando espontáneamente se acercaban a él. Bastábale conocer una necesidad espiritual, saber que un alma sufría, para brindarle su ayuda y su amparo, y con el fin de proporcionárselo se ingeniaba para hacerla llegar hasta él. Esto hizo, entre otras, con una joven tortosina, de acomodada familia, que por especiales circunstancias, que la discreción nos veda revelar, se hallaba en una situación en extremó aflictiva y desoladora. Del relato que ella misma hace de su primer conocimiento con Don Manuel, plácenos entresacar algunas noticias: «De mi llorado Padre de mi alma ¿qué diré yo? Muy conocido era en Tortosa Mosén Sol; pero yo, joven y muy ocupada en casa, para mí no era visto ni tratado. A pesar de la contradicción y sufrimiento que experimentaba en mi familia, ni se me ocurrió, ni tal intención tenía de ir a tratar con él. Pero vino un día de providencia y consuelo para mí. Vino a casa una joven que no había estado nunca en Tortosa, y me vino muy bien para acompañarla a casa de don Enrique de Ossó; y nos entrevistamos con otra señorita, también forastera, que me dijo que Don Manuel me mandaba que hiciese una escapadita a Santa Clara... Temblorosa y palpitante, en circunstancias desesperantes, me encaminé allá a consultar con Mosén Sol. Pero, ¡qué, violencia me hice, y qué temor! Todos me parecía que me miraban para decirlo a los míos. En fin, llegué y encontré a Don Manuel solo, y confesando a las monjas. Me santigüé, y a la reja enseguida. No olvidaré nunca sus primeras palabras, después de tanta violencia mía: «Xiqueta, ¿com es que has tardat tant?»34. «Es porque apenas puedo dejar la casa.» «Pues disme-hu tot; ja hu arreglarem»35. Yo no sé lo que me pasó que quedé atada para siempre.
   Y se repitieron las entrevistas. Por fin, quedamos acordes en estar tranquila bajo su dirección. Me dijo no me dejaría en desamparo, y así fue. Y más lo hubiera sido, si yo no me hubiera mostrado algunas veces rebelde e ingrata a tan paternal y caritativo amor; que alguna vez aparecía yo desdeñosa y desagradecida, y en verdad, no era así; era todo una demasiada confianza y amor que tenía a su venerable y angelical persona. El ya lo comprendía que era carácter mío, y me decía algunas veces: «¡Qué mala eres! ¡Procura que yo te viva, que te conozco!»... Y es que yo no quería que se abajara tanto. Su virtud y humildad no tenían término,
ni su compasión a los más desgraciados y miserables, que sabía que sufrían. Era demasiado sensible, como lo experimenté para conmigo en mis tribulaciones y enfermedades. Pasó por todo antes que abandonarme y me sufrió en todas mis extrañas flaquezas, y cuidó como padre bondadoso de mi pobre alma. Hasta hoy me parece estar experimentando que no me pierde de vista desde la eternidad, y recuerdo sus palabras, antes de su última recaída, en el recibidor del Colegio. Yo le decía: «Padre, póngase usted bien. No quiero que se muera antes que yo; querría ofrecer mi vida por la suya. ¿Qué haría yo tan sola sin su sombra?» Y me contristé diciéndolo. Quedamos los dos callados breve rato, y dijo con resolución: «Tú vivirás, hija, y quedarás para encomendarme a Dios». En otra ocasión, de las últimas: -«¿Estás bien? -Sí, señor, y usted- -Yo ya no vivo. Ruega por mí. ¡Cuánto tiempo sin verte! Ya te dejo libre». Y levantó la mano y me dio la bendición como quien se despedía. Yo quedé tan suspensa, que no caí entonces en el significado. Después, sí que lo he recordado muchas veces. Padre mío, ¡cuántos sufrimientos pasaste y cuántas amarguras por el bien de la religión, gloria de Dios y bienestar de las almas!»
   Sabía Don Manuel aprovechar tan fructuosamente para Dios en oportunas obras de celo a las almas espirituales que espontáneamente o por juicio y determinación de él se entregaban por entero a la vida de piedad en el siglo, que no tenía que hacerse violencia alguna para dejarlas en él. Y casos se daban de esforzarse ahincadamente Don Manuel por retener en el mundo a algunas de sus dirigidas, con miras y esperanzas de mayor lucro para las almas, y no ceder ellas en modo alguno.
   A una de éstas, «alma distinguida», según la califica repetidas veces Don Manuel, pues tenía excepcionales prendas de instrucción y de carácter, y a quien él había destinado para cultivadora de planteles de juventud femenina en el mundo, le decía en la plática de su ingreso en el claustro: «Cuando al despertar ya de tu razón, una voz misteriosa resonó en tus oídos, la suave mirada de Jesús penetró en tu interior y formó tu encanto. Y, ¿para quién, sino para El, debía ser el tesoro de emociones y ternuras de tu corazón? Resuelta a su seguimiento y en el vasto campo que se ofrecía a tu vista en la viña del Señor, un secreto instinto te conducía a trabajar en ella por el camino de la soledad, y exclamabas: «¡La soledad, Jesús mío, la soledad!» Y ahora la logras para siempre».
   De todas suertes, confesaba Don Manuel que tenía mejor mano para monjero que para casamentero. «De F... -uno de sus Operarios- nada sé -escribía- a pesar de que me envió expresiones por un joven piadosísimo, al cual he dado hoy la bendición nupcial con mi hija C. A... No puedo enviar a usted un pedazo de la tortada de la bendición. Me va mejor de regalos en estas fiestas que en las de las monjas, aunque para aquello tengo mala mano, pues se me mueren las que bendigo yo... Y basta de buen humor, que no es hora de tenerlo ... »

***

   Aparte el de confesor extraordinario de las religiosas de Ulldecona, de que ya hicimos mención, si bien había fomentado con santo entusiasmo y óptimos resultados las vocaciones al claustro, no tuvo dentro de éste Don Manuel cargos ministeriales hasta las postrimerías del año 1867, en que a petición de ellas, nombróle el Prelado confesor ordinario de las monjas de San Juan de Tortosa, y algún tiempo después, y además, de las Concepcionistas de la Purísima. De la solicitud, el interés y los paternales desvelos empleados por Don Manuel para el provecho espiritual de estas dos comunidades, podremos formarnos idea en el capítulo siguiente, al declarar los que prodigó a la de las Clarisas, pues, salvo algunas diferencias a favor de éstas, por las facultades más extensas que sobre ellas tuvo, fueron idénticos en las tres.
   En cada una de ellas tuvo hasta su muerte hijas muy amadas en el Señor, y no interrumpidas relaciones de santa e íntima familiaridad. Aun desde lejos, cuando sus otras ocupaciones e incumbencias de Fundador de Colegios y Director de la Hermandad le obligaban a ausentarse de Tortosa, mantenía ordinario contacto con ellas por medio de sus cartas, que a la vez que lazo de unión afectuosa eran instrumento de dirección espiritual.
   En febrero de,1874 escribía a una confesada suya, que se disponía a ingresar en el convento de la Purísima: «Por lo demás, hija mía, que el Señor derrame sobre ti sus consolaciones; que seas una verdadera amiga de su Corazón; que puedas vivir en el convento hasta tu muerte, sin que mala bestia alguna venga a perturbar vuestro santo retiro de la Purísima. ¡Convento de la Purísima! ¡Oh, hija mía, y qué poco sabes los dulces recuerdos que este nombre me inspira! Este nombre absorbía mi mente y mi corazón los primeros años de mi sacerdocio. En él tenía puestas todas mis ilusiones, hasta que el Señor me marcó otro campo. Aunque Dios me destinara a otra parte de la tierra, jamás se me borrarían las dulces emociones que un día sentí por él. Estas emociones no han desaparecido, ni desaparecerán jamás. Ya ves, pues, que te deposito en un lugar donde ha habitado la mitad de mi corazón, y de donde no se separará jamás.»
   Aún después de haber cesado en su cargo de confesor ordinario de la Purísima, continuó asociándose a sus fiestas y aún predicando a veces en ellas. Hacia 1892 les decía, evocando el recuerdo de estas periódicas comunicaciones con sus hijas: «Ya que el Señor me hace la gracia de ofreceros aquí en este día, una vez más, con el júbilo de mi corazón, desde hace tantos años, desde los primeros fervores sacerdotales, este pequeño tributo, aconsejando a vosotras ya otras almas queridísimas que ya no existen, y duermen en este santo lugar, pedidle a Jesús por mí y que bendiga la obra de reparación que ha puesto en nuestras manos, y que nos conceda las gracias no obtenidas y que ya el año anterior le pedía desde la Ciudad Eterna, desde donde os saludaba y os recordaba...» Y en otra ocasión y en la noche de Navidad: «Mis hijas:. Otra vez el Señor nos concede reunirnos aquí, en este pequeño, humilde y santo lugar de tantos recuerdos para saludar la aurora de este día memorable. Otra vez más el Señor, en sus inagotables bondades, nos permite saborear aquí, en el silencio de esta noche, el fruto de vida nacido del corazón de María. Una vez más, venimos a percibir las claridades de esta fiesta y a gozar de las dulzuras de nuestra consagración a la Virgen. Veintiocho años hace que, revestido del carácter sacerdotal, santamente atraído y seducido por una anciana venerable de esta casa, he venido sin cesar, excepto ligerísimas interrupciones, y dejando todos los otros compromisos, a asociarme a vuestro regocijo, y a ayudar los sentimientos de vuestra piedad en este acto de la comunión. Y desde entonces, y durante este tiempo y estos años ¡cuántos recuerdos en este lugar! ¡cuántos acontecimientos! ¡Cuántos alegres cánticos han resonado en este recinto, en fiestas santamente bulliciosas! Mas también ¡cuántos actos de indecibles tristezas, al presenciar aquí flores queridas, arrancadas para siempre a nuestro cariño, ancianas venerables, hermanas amadísimas, hijas inolvidables, cuyo último suspiro recibí y cuyos ojos cerré durante este tiempo y estos años! ¡Cuántos acontecimientos, en los que, unidos y mancomunados mis afectos con los de las moradoras de esta casa, hemos participado de las mismas emociones, tantas y tan variadas! ¡Cuántos días de ansiedad y de angustia, cuando la impiedad revolucionaria se cernía sobre esta casa, y amenazaba esta vivienda, y teníamos que celebrar a puertas cerradas! ¡Qué encontrada s emociones en los días en que, por la idea del sacrificio, se arrancaron de nuestro seno otros miembros queridos para ir a extender la gloria de la Madre Purísima y darla a conocer a otros pueblos y a otras almas! ¡Qué cadenas de actos tan variados de glorias, fatigas, de tribulaciones interiores y de ejercicios exteriores, de afectos de alegría y satisfacción, de lágrimas dulcísimas de alegría, de dolores y gozos! Y han ido pasando sobre nuestro corazón esas olas encontradas de afectos y sentimientos y y el Señor ha querido continuar las tradiciones y las fiestas de esta casa, y os permite continuar sin quebranto en este santuario de vuestros amores, como retoño de olivo; y veis retoñar los vacíos que Dios y el tiempo os van dejando y nos permite repetir cum salute et pace una vez más esta fiesta, con la gratitud y alegría de nuestro Corazón. ¿Qué os diré yo, hijas mías, en este día que simboliza tantos recuerdos? Son tantas las ideas que os habré expuesto, que nada puede ofrecer novedad»...
   Con harta razón podían escribir las monjas de la Purísima a las Clarisas de Pedralbes, en una esquela que les enviaban por conducto de Don Manuel: «Este señor es muy de nuestra comunidad, y nosotras le queremos mucho y le tenemos mucha confianza... Es muy amigo de monjas; y, si quieren darle un buen rato, digan a la Reverenda Madre Abadesa que les permita cantarle una cancioncilla al Niño Jesús: que le gustan mucho.»

CAPÍTULO VIII



Vicario del Convento de Santa Clara de Tortosa

(1868-1891)



   Aludiendo a la multiplicidad de sus trabajos apostólicos, decía Don Manuel en diciembre de 1867 a un sacerdote amigo: «Yo, bueno; pero siempre corriendo, sin alcanzar jamás el término de mis propósitos». No bastaban a su actividad las clases del Instituto y el continuo ejercicio del confesonario, ya por esas fechas notablemente acrecentado con los de San Juan y la Purísima. Considerándose en situación interina y como de espera, conforme venía haciéndolos de vez en cuando desde años atrás, hasta fines de febrero de 1867, seguía poniendo entre sus intenciones la de «Pro destino». Bien pronto iba la Providencia a proporcionárselo, y muy acomodado a sus aptitudes y santas aficiones.
   El 10 de marzo de 1868 fue Don Manuel nombrado, por el Ilustrísimo Señor Vilamitjana, Vicario y confesor ordinario de las monjas franciscanas del convento de Santa Clara de Tortosa36. Tenía Don Manuel 32 años de edad. Esta circunstancia y las especiales dificultades que por entonces ofrecía el gobierno de aquella comunidad, daban a entender la excepcional estimación y confianza que su Prelado había concebido del joven sacerdote tortosino. ¿Qué impresión causó en éste tan insospechado nombramiento? El mismo va a decírnoslo con palabras de su primera plática a las religiosas de Santa Clara, cuyo borrador se conserva y queremos reproducir en gran parte, por lo interesante que es y la esplendorosa luz que arroja sobre el espíritu y la personalidad de Don Manuel: «El día de mi entrada en la Vicaría, 15 de marzo de 1868. Mis hermanas en el Señor, e hijas predilectas en el Corazón de mi Señor Jesucristo: Permitidme que os dé este nombre. Es la primera vez que lo dirijo a las religiosas. Y aunque debiera llenarme de santo rubor al pronunciarlo, me veo obligado a hacerlo. No es preciso deciros que Dios ha querido marcarme por medio de la obediencia, ha querido cargar sobre mis débiles hombros el cuidado de vuestras almas. Y al presentarme hoy por primera vez ante vosotras con este carácter, no puedo menos de confesaros y exponeros la lucha por que pasó mi espíritu cuando oí de la boca de mi Prelado esa comisión completamente inesperada y nunca jamás sospechada. Y al considerar en el silencio de la reflexión la obra que tenía que desempeñar, ocurrían a mi imaginación mil ideas encontrad-as, que no acertaré a explicar. Y se me representaba la santidad de este lugar, para mí respetable cual ninguno. Sin duda, las impresiones que recibí en mi infancia, al pisar el umbral de este claustro, único que visité hasta después de mi ordenación; aquellas ideas, digo, que me hacían consideraros como seres extraordinarios, renacían en mí en aquellos momentos y se me ofrecían vivas en mi imaginación vuestras santas antepasados, como estatuas graves y silenciosas, reprendiendo mi atrevimiento, por querer penetrar en el fondo de vuestro santuario; y contemplaba vuestras bellas virtudes, plantadas algunas de ellas, y cultivadas todas, por manos ¡ay! miles de veces más delicadas que las mías; y vuestra ilustración en materia de espíritu... y me confundía al considerar mi consentimiento, que había prestado. Y entonces, cuando para calmar mi intranquilidad quería buscar alguna idea consoladora que me animara, ¡ay!, tropezaba, para más amargura, con mi poca edad, con mi ninguna experiencia, con mi falta de conocimientos. ¡Cinco años sin haberme podido dedicar al estudio! ¡Novel en la dirección de los espíritus... Y mil otras ideas, que no es preciso os indique, me abatían verdaderamente el ánimo, en medio de la satisfacción, si es que alguna podía tener, por la deferencia de mi Superior....
   Pero, perdonad, hijas mías, si os ofendo con ello; era que entonces, en aquellos amargos momentos, no fijaba mi vista más que en mi insuficiencia; era que olvidaba completamente vuestra bondad, vuestra indulgencia para conmigo, y de la cual tantas pruebas tengo recibidas, vuestra caritativa y condescendiente virtud, Me olvidaba, perdonadme si me atrevo a presumirlo, me olvidaba de vuestra benevolencia y de vuestra futura, espontánea y bondadosa aceptación, y sólo esta idea, junto con la obediencia, pudieron calmar mi agitación y obligarme a aceptar con gusto este cargo. Vuestra benevolencia y la obediencia. Aún más: vuestra benevolencia, sin la ordenación superior, no hubiera sido bastante. Si alguna operación o influencia exterior mía hubiese mediado en este asunto, por más halagüeño y provechoso que hubiera podido ser para mí, y contando con todo vuestro cariño, el remordimiento que me hubiese causado el temor de contrariar los designios de la Providencia, y de no merecer su bendición, hubieran obligado a mi espíritu a desistir y acabar por abandonarlo. Sólo, pues, o al menos principalmente, la idea de la voluntad de Dios, ha sido la que me ha puesto en esta situación, más que hubiera podido hacerlo toda vuestra voluntad y espontánea manifestación, si hubiera tenido que hacerlo ella. Tal vez pueda incluir alguna dosis de ingratitud y desapego este modo de pensar mío. Sin embargo, dispensad, hijas mías, prefiero mi tranquila independencia, mi sosiego de espíritu antes que todas las consideraciones, que todo el cariño que puedan merecerme las criaturas; por más que el vuestro, y sea dicho de paso, sería para mí muy lisonjero, si hubiera merecido llegar a poseerlo.
   Pero, dejemos ya estas consideraciones, que no sé si he hecho bien o mal en exponerlas, ni quiero juzgar de la oportunidad. El caso es, hijas mías, que tengo confiado este encargo y al pronunciar el «Ecce ego» de Isaías a Dios, me he obligado al cumplimiento de mi misión. Justo es, pues, que os indique mis ideas y mis propósitos; y quiero hablaros con sencillez, con la sinceridad propia de mi genio: no es virtud, no, es más bien un defecto, una. debilidad de mi carácter, pero de la que me viene muy mal el tener que despojarme. Con esta sinceridad, pues, con esta sencillez quiero hoy hablaros y ¡ay! no quisiera que hablara mi boca, quisiera, sí, dirigiros el lenguaje del corazón... Y ante todo, un siniestro y amargo instinto me quiere hacer comprender que este destino va a ser una cruz, y cruz pesada, para mí; pero, gustoso me he abrazado con ella, ante el Corazón de Jesús, y por lo tanto me será agradable desde este momento.
Tal vez, con el tiempo, podrá ser un motivo de quebranto a mi ya no muy buena salud; pero ya casi la. he depuesto a los pies de Jesucristo, y en aras de mi afecto hacia vosotras, en el caso de que fuera necesario su sacrificio.
   Como os he indicado antes, jamás había soñado en la posibilidad de estar al frente de vosotras, pero desde hoy os he puesto las primeras en mi corazón en la presencia de Dios. Vuestro soy, por consiguiente, todo, y todo cuanto tengo. Una sola cosa no puedo ofreceros del todo por ahora, hijas mías: es el tiempo. Necesito mucha parte para el cumplimiento del otro destino, al, frente del cual me han puesto también mis Superiores; y parte también para mis, numerosas confesadas, con las que no he de romper de roñdón. Lo restante, pero de todos modos antes que la demás, vuestro es.
   En cambio, hijas mías, vosotras, ¿y cómo no?, tendréis que dispensar con vuestra caridad e indulgencia cuanto pueda ofender vuestra delicada modestia, cuanto pueda herir vuestra susceptibilidad, vuestra virtud, en fin. Porque, mirad, hijas mías, los que estamos en el mundo, y yo en particular, llevamos siempre en nuestro trato, en nuestros modales, ciertos resabios, que, sin advertirlo, están muy lejos de acomodarse a la verdadera modestia y a la perfección cristiana; y, como por desgracia, vivimos aisladamente sin ejemplos que nos estimulen y sin una voz caritativa que nos corrija¡ de ahí es que, al cabo, se nos llega a hacer habitual; Por ¡ello he pensado alguna vez que el Clero secular no sea, tal vez, el más a propósito para cargos que tengan relación con Institutos religiosos. Pero, no hay remedio: las circunstancias y los tiempos nos ponen en esta situación.
   Volviendo a la indulgencia que necesito de vuestra parte, no sé, hijas mías, el designio que la Providencia tendrá respecto de mí y de vosotras, ni el tiempo que el Señor nos concederá para ayudarnos con nuestras oraciones, y con nuestras mutuas relaciones; pero acaso pudiera suceder que, atendidas las ideas de uniformidad que abrigan nuestros Superiores, viniera tiempo en que yo llegase a ser también una cruz para vosotras, por mí carácter, por mi poca aptitud y demás circunstancias desfavorables que poseo. ¿Quién sabe si soy el instrumento de que Dios quiere valerse para satisfacer vuestros deseos de sacrificios, dé sufrimiento y de abnegación...? Y entonces tendríais que sufrirme. Y en este caso, hijas mías, mucho lo sentiría, sería muy amargo, para mi corazón ese cáliz, puesto que no sería efecto de mi voluntad; pero, a pesar de ello, hijas mías, no abandonaría mi cruz por mi sola voluntad; si la obediencia no me la hiciera declinar, me contentaría con ofrecer tal desconsuelo al Corazón amargadísimo de Jesús, y pediría a El que la aligerara o la descargara del todo, si era ésta su voluntad. Dios haga no llegue este momento.
   Yo quisiera también exponeros mi modo de opinar sobre ciertos asuntos, sobre el confesor y sobre otras cosas relativas a vosotras, y por ello había sido mi primer pensamiento haceros un triduo de retiro; pero, por otra parte, no son las circunstancias más a propósito para hacerlo; sólo, sí, me contentaré con deciros, y espero me creeréis, que todo cuanto yo pueda deciros en adelante desde este lugar, os lo podría decir ahora mismo, antes de conocer las disposiciones de esta comunidad, y sin Conocer el espíritu de ninguna de vosotras; y por consiguiente, no debéis creer jamás que sea efecto de alguna cosa que haya observado, o efecto de algún motivo particular, si os hago alguna vez alguna reflexión o reclamo contra algún abuso, o si os prevengo contra algún peligro. Será tan sólo porque lo comprendo ahora ya, y lo he comprendido siempre así, aún antes de tener ningún roce con personas religiosas.
   Sólo, sí, a pesar de que hoy no intento deciros nada, no puedo dejar, ya que estoy aquí, de indicaros algo sobre la dirección. Según opinión de mi, Prelado, de la cual no disiento, el uso de la confesión semanal, y aun ligera, es suficiente para el alimento de cualquier espíritu, excepto alguno que otro, agitado por los tormentos de la turbación. Un espíritu bien educado, disciplinado, puede ahorrar mucho tiempo para sí mismo, para los demás y para Dios.
   No creáis, hijas mías, que yo deje de comprender todo el fruto y el bien de la frecuente confesión, sobre todo en las que traen las disposiciones debidas; que es el único desahogo espiritual de las conciencias; el bálsamo que alimenta, cura y alienta para seguir el camino espinoso de la perfección; pero, también puede suceder muy bien que su frecuencia en algunos sea causa de menos disposiciones; puede suceder que este desahogo de espíritu, este deseo de consuelo, fuese acompañado de alguna dosis de carácter, de algún tanto de egoísmo, de menos desprendimiento de nosotros mismos, y nos buscáramos algo a nosotros, más bien que a Dios. No extrañéis este lenguaje, hijas mías; no es mío: es de personas muy respetables, y sobre todo, de maestros sabios y santos de hoy día, que desean hacerlo todo bien, pero sin dejar de ser avaros del tiempo. Hoy día debemos multiplicarnos, atendido lo, reducido de nuestro personal. Repito, hijas mías, que deseo no os haga mal efecto mi lenguaje; pues, por lo demás, yo sé cuánto deben ser atendidas las necesidades del corazón humano.
   Quiero concluir diciendo que vengo con los mayores deseos de vuestra santificación... Para dirigiros no es preciso que tenga vuestras virtudes...»
   En el fondo, como ya se transparenta en sus mismas palabras, aceptó Don Manuel el encargo, si con temor, también con íntimo gozo, por responder de lleno a sus aficiones y tendencias de apostolado de entonces y de siempre.
   El mismo Don Manuel confesaba qué el nombramiento de Vicario de Santa Clara le pareció tan glorioso como si fuera a la conquista del Perú.
   Años adelante, decía a un sacerdote, hijo espiritual suyo, el cual le comunicaba haber sido nombrado capellán y confesor de unas religiosas: «Mi buen N..:, Recibí ayer tarde la tuya, que rebosa satisfacción. También la tuve un día yo, cuando a los 32 años me encargaron de las Claras de Tortosa. Pero... todos aquellos mis entusiasmos pasaron.»
   Del fervoroso afán con que se aplicó al desempeño de sus deberes como Vicario, del acierto que mostró y de los excelentes resultados que obtuvo, dejemos hablar a sus religiosas.
   «El año.1868 -dice una de ellas- el señor Obispo Vilamitjana le nombró Vicario y confesor de esta comunidad, desplegando en el cargo sus ardientes fervores, de manera qué pronto se nos pegaron a nosotras las chispitas de los mismos con grandes deseos de perfección. Con su porte sencillo, amable y cariñoso, llevó la comunidad fácilmente por el camino de: la observancia y perfección de las reglas de nuestro Instituto. Era incansable. No escatimaba sacrificio ninguno por el bien de las almas. Era tan humilde, que además de encomendar sus empresas a las religiosas, les atribuía a ellas el buen éxito de las mismas.
   Sobre todo, a las almas más fervorosas se lo encargaba con más interés, pidiéndoles oraciones dobladas, con algún acto de mortificación, como disciplinas, y algún ayuno a pan y agua, a fin de poder alcanzar las fundaciones de los colegios para la Obra de la máxima gloria de Dios. A las religiosas nos hacía unas platiquitas y fervorines en los primeros años, en que estaba más desocupado, y en particular unas exhortaciones, que eran capaces de encender los corazones más helados.
   Un día le dijo una religiosa: «Hoy se conoce que está usted embriagado con el mosto del espíritu Santo»; y él la hizo callar. Sobre todo, hablando del Corazón de Jesús parecía un serafín o un apóstol, porque le salían las palabras como un torrente. Entre las muchas gracias que el cielo le concedió fue una la de ver nuestras, conciencias tan claramente como si estuviesen expuestas delante de su vista. Muchas veces nos adivinaba lo que nos daba pena, diciendo al alma que tenía a sus pies las faltas más claramente que ella misma las pudiese ver en su propia conciencia.
   Tenía grande sagacidad y libertad para decir todo lo que convenía a todas, sin herir a nadie, dejando a las almas tranquilas; y como más le tratábamos, más confianza le teníamos y más deseos de conferenciar sobre nuestras conciencias con él. Con una palabrita que nos dijese, nos bastaba. Siempre nos decía: «Estáte tranquila, que ya lo sé todo»; y verdaderamente era así, que todo lo sabía.
   A veces, para más humillarnos, nos hacía postrar con la cabeza en tierra, y en esta posición, después de decirnos algunas cositas para movernos a más dolor de nuestros pecados, nos daba la santa absolución. Una monjita le pidió permiso para postrarse todas las veces que había de recibirla, y se lo concedió, y lo practicó mientras pudo confesarse con el doctor Sol. Tenía también especial gracia para tranquilizar las conciencias perturbadas.
   Para corregir nuestras faltas y defectos lo hacía con mucha gracia; si convenía, suavemente, o usando de algún rigor o energía, dejando siempre al alma corregida y humillada ante Jesús, que es lo que él deseaba: sacar fruto de su trabajo, santificando a las almas que estaban debajo de su prudente dirección. A las religiosas les tenía un cariño de padre, y con las enfermas y delicadas tenía mucho cuidado, dándoles todos los consuelos que podía, tanto espirituales como temporales, porque su corazón de madre le hacía pensar en todo. Nunca olvidaremos sus santos consejos: que nos tenía embelesadas con sus fervores y virtudes. En una ocasión nos hizo rezar en comunidad la coronilla al Sagrado Corazón de Jesús todo un año seguido, y un día, riéndose, me dijo: «¡Pobres monjas! ¡Ellas mismas se hacen la sentencia!»... Quería decir con esto que tendría que dejarnos por sus empresas; y me lo decía porque sabía que era lo que más sentíamos el que nos dijese que nos dejaría por las muchas ocupaciones que tenía con sus colegios: lo que llegó un día, con grandísimo sentimiento nuestro. Y difícilmente se llenará este vacío.
   No es mi intención ofender a ninguna persona digna de este cargo, pero hasta ahora no he conocido otro semejante a Don Manuel Sol. Dios Nuestro Señor tiene poder para hacer otro Mosén Sol. Así lo creo. Pero hasta ahora no lo he conocido».
   Durante el largo espacio de 23 años, casi un cuarto de siglo, tuvieron las afortunadas Clarisas la dicha de beneficiarse de la santa dirección de Don Manuel, que se desvivid por ellas, en todo el rigor de la palabra. No cesó un punto de adoctrinarlas, predicarles, darles tandas de Ejercicios espirituales, hacerles fervorines y pláticas en las principales festividades; y en algunas fechas especiales, como el día de la renovación anual de votos, etc..., estaba siempre dispuesto a acudir al llamamiento de ellas cuando lo necesitaban, a defender sus intereses materiales, a ser el sempiterno socorredor de su pobreza.
   Uno de los principales y venturosos resultados que para las Clarisas se 1 siguieron del vicariato de Don Manuel, fue el de haber logrado éste, a fuerza de celo, discreción y fortaleza de carácter, reducirlas a la total y perfecta vida común,, pues en ésta, como en tantas otras comunidades religiosas, perdido con el transcurso de los tiempos el primitivo rigor y observancia constitucional, se habían introducido no pocos abusos, hasta el punto de que cada religiosa aderezaba por sí misma y tomaba sus refecciones en la propia celda.
   De lo que sufrió y trabajó Don Manuel por librar el convento de las intentonas de usurpación con que desde la Revolución del 68 se vio amenazado, diremos más adelante. Todo lo acometía y arriesgaba él por sus hijas: hasta la propia vida. Una de las ocasiones en que el azote del cólera visitó a Tortosa, siendo él ya Vicario de Santa Clara, fue tan general el pavor y la desbandada consiguiente, que hasta la misma familia de Don Manuel, que otras veces no lo había hecho, huyó de la ciudad. Como en aquel trance se presentara Don Manuel un día en el Palacio Episcopal, el Ilustrísimo Señor Vilamitjana se alarmó, pensando que iba a pedirle permiso para ausentarse, dejando así desatendidas las religiosas. «No, de ninguna manera -se apresuró a decirle Don Manuel-. Deseo sólo la licencia de V. S. I. para que se me arregle una habitación en el convento; y de ese modo no tendré que abandonarlas ni estar lejos de ellas.» Gustosísimamente vino en ello el Prelado, e instalóse Don Manuel en su nueva morada, que utilizó después en no pocas ocasiones. A su convento de Santa Clara se acogía para esconderse de las gentes en ciertas fechas: por ejemplo, algunos años, el día de su santo. En el de 1901 escribía a uno de sus Operarios: «Debía ir a pasar mi santo a Ulldecona... y al fin, me subí a mi Santa Clara, a las nueve de la noche de la víspera, les canté la Misa de media noche, y fervorín magno, que doce años no habían oído, etc., etc... Después de comer allí con Sales, Rey y Estruel, me bajé al Colegio, y así corté mareos.» En tal ocasión, y como introito y lema de la carta, pone esta rememorativa y simbolizadora cuarteta:

Convento de Santa Clara,
cuántos suspiros me debes!...
¡Cuántas veces he besado
la sombra de tus paredes!...

«Así decía -añade- una canción que oí por la calle, y por la noche, hace muchos años ... » Don Manuel la modificó para acomodarla a sus sentimientos del momento.
   Durante varios años, desde que comenzaron a multiplicarse sus tareas apostólicas, anduvo Don Manuel, ante la necesidad de atender de lleno a éstas, tentado de dimitir el cargo de Vicario de Santa Clara. Pero siempre acababa por ceder a las súplicas de sus monjitas, y a su propia inclinación y espiritual afecto hacia ellas. En 1881 le escribía desde Tarragona, donde era ya Arzobispo, su antiguo Prelado y gran amigo, el Excelentísimo señor Vilamitjana:
   «Salude usted a sus monjas. Y ¿va de veras el querer dejarlas?» Por fin, hizo el sacrificio. El 27 de febrero de 1891, el ilustrísimo señor Aznar y Pueyo37 le exoneraba de su oficio de Vicario y confesor ordinario de las Clarisas, con infinito pesar e indecible desconsuelo de éstas, que ni sabían, ni querían, ni juzgaban posible resignarse a tamaño sacrificio. Nunca dejó Don Manuel en lo sucesivo de servirlas y amarlas. Pocos meses antes de su muerte, el 9 de junio de 1908, aniversario 48. de su primera Misa, escribía a la Madre Ángela Gaya esta melancólica y enternecedora carta: «Recibí tus letritas tan exuberantes y jóvenes como hace 40 años, cuando Jesús puso a mi cuidado las tres primeras flores de ese jardín. Pero no lo recordemos, porque esos años me caen encima y me espantan ante el juicio de Dios, al pensar lo mal empleados que han sido; cuando debía haber llenado la tierra de gloria de Dios, y he hecho tan poco. Por Dios, ruega siempre por mí, que tengo mucho temor. Como más va, más me parece alejada la muerte; y no es bueno: pues los viejos vivimos de ilusiones, y aun, vivimos siempre con las raíces hacia la tierra, a pesar de tantos desengaños, y de tantos recuerdos tristes, y de tantas espinas. ¡Felices vosotras, que no necesitáis experimentar las que trae el comercio y trato con el mundo y sus desencantos! Y basta de lamentaciones...
   A mi pobilla38 Nieves quería hacer dos líneas; pero mejor sería una charrada o colación espiritual de un par de horas en la enfermería, rodeado de la colleta39 de pobillas, y hablaríamos de los tiempos pasados y presentes, y de mi Obra, y de las espinas y dolores y gozos de ella, y de tantos recuerdos de personas y de cosas, etc., etc. Pero no veo medios, y hasta pienso si Jesús quiere privarme de todos esos consuelos sensibles, aunque sean espirituales; que lo tengo muy merecido, y debo ofrecerlo en sacrificio de expiación... No os he enviado cosas esta temporada, aunque las he tenido, porque no había piara todas, ni para las enfermas o pobillas. Las estampitas, otra vez.»

CAPÍTULO IX



Director Espiritual: Afecto y desvelos paternales



   Ejerció Don Manuel en todo momento el ministerio de la dirección de las almas con un íntimo sentimiento y una arraigada y viva convicción de la importancia y trascendencia que encierra y de las graves responsabilidades anejas al mismo, juzgándose obligado, por virtud de ello, a prestar los oficios propios de una eficiente paternidad espiritual. Cuando él llama hijas a sus dirigidas, con toda la espontánea efusión de su corazón, no enuncia una simple fórmula de afecto, sino que pronuncia una palabra significativa de una condición real de verdadera filiación y paternidad espirituales, de ellas para con él, y de él para con ellas, respectivamente; la cual palpita y se trasluce en todas sus obras y palabras, sintiéndose a sí propio Don Manuel como depositario de aquellas almas, en el nombre de Dios, que las ponía en sus manos sacerdotales para que las condujese hacia El. Explícanse así sus desvelos, sus perseverantes cuidados, sus zozobras, sus santos temores en orden a la suerte de ellas.
   «Iré a Vinaroz -escribe a la abadesa de allí- y luego pasaré unas horas en Benicarló. Todo, si me lo permite el estado de doña Serafina Jordana, que está muy grave, y de mi Cinta Andrés, que no está buena. No se puede ser padre por ningún dinero.»
   «Desde el día en que la Providencia te condujo a mí -decía a una confesada suya, de harto complicado espíritu, por cierto- te he mirado siempre como un depósito sagrado, del cual debo dar cuenta especial, pues especial y maravilloso fue el resorte de que se valió el Señor para hacerte caer en los lazos de su gracia. Ahora bien, cuando considero que, a pesar de mis desvelos y de mis ansias, no puedo llenar el encargo de la Providencia, me contristo, temeroso de que mis descuidos o negligencias, o mis condescendencias, puedan dar ocasión a ello, por no reprenderte más o por no ofrecerte los medios de salir de este laberinto.» Le recuerda después, enumerándolos, los esfuerzos que llevaba realizados en favor de ella, y termina con esta pregunta: «Después de esto, ¿qué más quieres que haga por ti, hija mía?»
   La víspera del día en que otra de sus dirigidas se disponía a ingresar en las Clarisas, le escribe esta hermosa carta, que es la conmovedora historia de sus afanes en favor de aquella alma: «Mi muy apreciable y distinguida hija en el Sagrado Corazón de Jesús: Cercano está ya el suspirado momento. Mañana te serán abiertos los umbrales del claustro, y el jardín de Francisco te recibirá como flor arrancada del mundo. Omito el felicitarte, hija mía. Día vendrá, si el Señor en su bondad me lo permite, en que podré hacerlo cumplidamente. Por hoy sólo, y cumpliendo un deber, quiero recordarte el cariño de Dios para contigo, y las promesas que quiero le ofrezcas antes de darte mi última bendición; y quiero que los consejos que voy a darte los mires como cláusulas de mi testamento para contigo. El Señor te ha bendecido de un modo especial. Piensa que aun no habías nacido y ya estabas en la mente de Dios, que te tenía en su corazón y te escogía para este estado. Viniste al mundo, y al rededor de tu cuna nadie pensaba en ti, y el Señor encargaba al ángel de tu guarda que vigilase sobre tu existencia, porque te quería para El. Llegaste a la adolescencia... ¡Ay hija mía!, cuando pienso en las misericordias de Dios para contigo me enternezco. Nunca te lo había manifestado, pero creo es llegado el momento de no esconderte las bondades del Señor.
   Llegaste, digo, a tu adolescencia, y... el Señor, te condujo, por fin, a mí. La primera vez que viniste, lo recuerdo muy bien, yo no sé lo que sentí. A pesar de tus pocas palabras y reservada cobardía, parecía que el Señor me señalaba con el dedo tu alma, como un depósito que El quería confiarme. Pasó algún tiempo. Apenas te conocía personalmente, cuando indicaste tu inclinación a la vida religiosa. Lo recibí con frialdad. Pero la Virgen, que cuidaba de ti, no quiso que lo mirara con indiferencia.
   El domingo próximo a aquél en que me manifestaste tu deseo estaba yo en un rincón de la Purísima. Entraste tú y te pusiste ante el altar del Amor Hermoso. A pesar de lo muy cercanos que estábamos, no te apercibiste de mí... y en un momento un halo de luz te cubrió y la Virgen Santísima me dio a comprender la verdad de tu vocación, y desde aquel día te miré como una planta especial que el Esposo divino quería confiar a mi cuidado. Nueve años han transcurrido y pocos días ha habido que no te haya enviado una bendición después de la Santa Misa, aún en medio de mis viajes. Nueve años hace, y a pesar del interés que he tenido por ti, apenas te he inclinado a la vida del claustro; ¿Para asegurarme más y más de tu vocación te he dejado a ti sola, y únicamente he estado de centinela para examinar tu corazón y tus peligros... ¡Ay de ti, si un día no correspondes! Durante estos años, tal vez no has comprendido lo que me has hecho padecer por tus ligerezas de carácter...
   En este momento mismo me ocurren algunas de tus cosas que me han hecho sufrir, y confío que, a la luz de la meditación, tu Esposo Jesús te las hará llorar un día muy amargamente. Fuera de esto y de tu carácter pronto, que también me ha mortificado, por lo demás, no estoy descontento de ti... Tres cosas te pido para ,que pueda ser de consuelo para mí tu entrada: 1.º Que te propongas ser, santa, pero santa del todo. Si yo supiera que no habías de desear sino ser buena, te lo aseguro, no te admitiría. Has de prometerlo hoy a los pies de Jesús. Porque mira, hija mía, pasarán unos años, yo habré desaparecido ya de la tierra, y ya no te podré echar en cara si eres tibia o infiel a Dios, pero creo que del sueño de la tumba me levantaría para castigar tu infidelidad. El eco de esta voz que hoy te dirijo resonaría en tus oídos y te. perseguiría hasta la hora de tu muerte. Encargo al Ángel de tu guarda que no te dé un momento de sosiego. Quiero, pues, que desees ser santa, aunque para ello hayas de parecer singular y pisar el amor propio. 2.º Quiero que desees cada día más la estrechez de la vida religiosa... 3.º Iba a pedirte que encomiendes a Dios a mi familia y mis empresas. Pero esto te lo perdono, como también el que te olvides de mí, cuando el Señor disponga de mi existencia. Con tal que ames a Jesús y seas perfecta en todo, ya ,daré por bien, empleados los cuidados que por ti he tenido, aunque tal vez sin tú pensarlo. ¡Que pueda yo desde el cielo mostrarte como una flor agradable a Jesús! ¡Que puedas un día ser mi corona y mi gloria! ¡Que no tenga que arrepentirme de haberte apreciado y de haberte conocido! ¡Que nos podamos encontrar un día los dos en el regazo del dulcísimo Jesús!... Semejante a Jacob al bendecir a José, que caiga sobre ti, hija mía, el rocío de la gracia; que el Señor te guarde y te conserve; que el Ángel te acompañe en los pasos de tu vida; que el Corazón de Jesús sea tu consuelo en la hora de la muerte y tu gloria en la eternidad»...
   En idéntica ocasión escribía a otra dirigida suya: «Mi estimada hija en el Corazón de mi Señor Jesucristo: La hora de tu, entrada en el claustro ha sonado ya... Cuando fijo mi consideración en los admirables rodeos de que la Providencia se ha valido para llevarte a Dios, no puedo menos de llenarme de un santo entusiasmo... Pero ¡ay, qué años me has hecho pasar, hija mía! Tu espíritu, felizmente embobado, me angustiaba para el porvenir. Era tan delicado tu espíritu, que iba con mucho cuidado de tocar la más ligera fibra de tu corazón. Por eso, ya sabes cuán poco extenso era, y cuán poco salía de mi boca la palabra «elección de estado», ni nada absolutamente que pudiera estorbar tu calma. Pero el Pastor divino se cuidó bien pronto de hacer caer los golpes de su suave cayado y te indicó que era llegado el momento de tomar las armas de la vigilancia. El mundo creyó oportuna la hora de arrojar su disfraz, y de tenderte los lazos que tiempo hacía te tenía preparados, y se aumentaron tus tribulaciones... Sólo Dios sabe lo que padecí entonces. Permíteme un desahogo a mi corazón, ya que tal vez será el último. Cuántas veces tenía que sofocar, para no alarmar tu conciencia, los gemidos que me arrancaban tu situación, el temor de que perdieras tu tranquilidad, tu sosiego, tu candor, y cayeras en el abismo de los escrúpulos y de la desesperación...
   Si puedes, no dejes de enviar alguna súplica al Corazón de Jesús en mi favor. Lo principal que yo deseo es, que seas muy santa. Con esto daré por bien empleados los momentos que he dedicado a ti y que son más de los que tú puedas presumir. Cuando estemos en el cielo podrás apreciar debidamente los ratos de angustia que me has hecho pasar, aún en la oración, y los suspiros que me obligabas a dirigir a la Concepción Inmaculada, que era todo mi aliento y confianza .. »
   Repasando el «Dietario de Misas» de Don Manuel, resulta verdaderamente incontable el número de las que celebró para pedir la gracia de la vocación para sus hijas, para la remoción de obstáculos a la misma, para la perseverancia en ella, y luego que habían ya profesado, en hacimiento de gracias.
   A veces ofrecía por alguno de estos fines, novenarios enteros de misas o septenarios a San José. Tanto a sus hijas religiosas como a las de fuera del claustro, en determinadas ocasiones, sobre todo si se hallaban necesitadas, dedicaba oportunos obsequios y delicadas atenciones y hasta discretas ayudas económicas. Enviaba, una vez entre tantas, un tarro con extracto para refrescos o no sé qué golosinas a sus Claras, y les decía: «Creo que podréis tomarlo hasta en los días de jueves y viernes santo, y así Jesús se reirá un poquito en medio de sus tristezas. Santa Gertrudis se tomó un día que tenía mucha sed un racimo de uvas frescas para aliviar la sed de Jesús.»
   Muestras son de un corazón de padre tales atenciones, regalos y cuidados de Don. Manuel para con sus hijas. Pues, ¿qué, si llegaban a caer enfermas? «Su caridad -añade la Madre Victoria, Priora de las Concepcionistas de Benicarló- no conocía límites, ni le sufría el corazón verme apenada bajo ningún concepto. Si alguna vez, al despedirme en el sagrado tribunal, le parecía que yo no estaba satisfecha, me llamaba con ternura: «Hija mía, ¿qué tienes?, ¿no estás bien?, quédate tranquila...», y otras expresiones semejantes, que bastaban para sosegar el ánimo más turbado, del mundo. Una vez que estuve delicada en el convento de Tortosa, quiso él enviarme algunas cositas de regalo para alivio de mi enfermedad. Más adelante, estando ya en este convento de Benicarló, y habiendo sufrido grave quebranto mi salud, era para alabar a Dios ver las diligencias que hizo para curarme. No hay madre tan solícita y cariñosa que así se desviva por la salud de una hija querida, como mi amado Padre se desvivió por mí en aquella ocasión.
   No perdonó consultas de médicos, y se propuso hacer venir aquí uno de Tortosa, pero no siéndole posible al médico venir, se vino él a darme, instrucciones facultativas y ver qué podía hacer por mí. Después que se marchó de aquí me escribía cada dos o tres días. Copio un trocito de una carta suya: «Mi Victoria! ¡Pobre, hija mía, del que tiene mal! Que los que no lo tienen no llevan prisa nunca. No es culpa mía la tardanza. Al momento escribí al médico para ir a esa el día siguiente. Vino a verme, y sólo para decirme que antes de poner las órdenes por escrito, quería que yo mandase a usted que lo cumpla; y esta tarde debía haberme enviado el escrito y el régimen. A ver si iremos él y yo mañana». En otra carta: «Hablé al médico y le expliqué mis impresiones. Me dijo que si observa usted estrictamente lo que tiene prescrito, sin cansarse, haciéndolo todo, todo, él la sacará adelante, y quedará bien. Conque, leche, medicinas, a pesar de la nausea, y a pesar de todo; y yo se lo pido por amor de Jesús que lo cumpla y haga los imposibles. Escríbame cada tres o cuatro días, o haga escribir ... » Por demás está hacer comentarios sobre lo dicho. Pintado está el corazón paternal y compasivo de mi Santo Padre Don Manuel en estos rasgos de su bondad».
   Bien se muestra también que lo tenía como de padre en lo que nos revela una monjita de Santa Clara: «Solía entretenerse con nosotras -dice-, contarnos sus cosas y atender a nuestras menudencias, como si no tuviera otra cosa que hacer. Deseaba que fuéramos todas reparadoras del amor ultrajado del Corazón de Jesús y que nos ofreciéramos víctimas para consolarle en la Eucaristía. Y ¡cosa rara!... después de ofrecernos víctimas, si el Señor nos daba alguna enfermedad, no paraba hasta vernos restablecidas. De modo, que el amor que nos tenía obraba en su tierno corazón estos efectos tan en contraste: quería que fuésemos víctimas... sin padecer». A una de sus hijas espirituales de San Mateo, que se hallaba gravemente enferma, escribía: «Mi C...: No me viene bien que te mueras, hija mía. No obstante, si mi sentimiento ha de ser causa de que Jesús prolongue tus sufrimientos, no lo quiero; y así, te doy mi bendición para que Jesús cumpla en ti sus designios amorosos. Pido y pediré por ti, y haré pedir, y cuando vaya ahí te prometo una comunión general de todas esas almitas»...
   A otra de sus hijas en el siglo, a la cual había aconsejado Don Manuel que se ofreciese al sufrimiento y al holocausto, viéndola luego padecer, le dice: «Mi A... : Crea, hija mía, que me da alguna compasión el ver tantas permisiones de Jesús al diablo para que la ejercite en esas nuevas embestidas del mundo. Humíllese, y al mismo tiempo dé gracias a Dios, que le da ocasiones de ofrecerle algo por su amor teniendo que pasar ese coret tantas agitaciones. Una abrazada a Jesús Sacramentado... y todo se irá pasando. ¿Ve usted cómo tengo motivo para quejarme de usted? Si sé cómo anda, estoy tranquilo. Si no, ya puede pensar que no puedo estarlo. Y no lo tome por desconfianza que tenga de su firmeza y buena cabeza.... sino tan sólo como efecto de mi interés por su alma. Así, vaya escribiendo».
   A ésta su corresponsal aludía, escribiendo a la Abadesa del convento de Vinaroz: «Aunque sea un momentito quiero que me conozca y me bendiga a esa ovejita algún tanto rebelde, que el Señor, en mi apostolado, me ha hecho encontrar al pie de la montaña de la Virgen de los Ángeles, donde vagaba incierta, y a la cual el Corazón de Jesús ha querido confiar a mis cuidados. Dígale usted a Jesús que realice sobre ella sus designios amorosos, y pueda ser mi gozo y mi corona en el modo y manera que el Señor quiera disponer de ella. A ver si usted me sabrá decirle una palabrita de aquellas que a usted le dice Jesús Sacramentado».
   Pero, he aquí que la ovejita enfermó de gravedad. Una amiga de ella, dirigida también de Don Manuel, se lo deja entender a éste vagamente, para no impresionarle demasiado, y él contesta: «Ayer concluía mi carta diciéndote: «¡Cuánto me cuestas, hija mía!» Hoy debo empezarla diciéndote con más razón: ¡Cuánto me habéis hecho pensar y discurrir y sufrir! ¡Si será la gravedad de ésa, o de la otra, o de ti!... Y ¿si no es enfermedad? Anoche estaba para ir a ésa en carruaje, y se me disuadió... Aún no sé nada, si bien parece que Jesús me ha inspirado lo que podía ser. Ora y no sufráis».
   Al fin, un primo de la enferma, sacerdote piadosísimo y agente de Don Manuel en asuntos espirituales, se lo comunica. El corazón paternal de Don Manuel se alarma. Escribe al punto al mencionado sacerdote: «Estos días estaba yo rumiando el silencio, de A.. y presentía no estuviese bien. La suya me ha sorprendido, Vaya usted allá, y no para un día, sino para los que convenga, y déjese ahí un encargado; y si no lo encuentra, avíseme, por si puedo mandarle uno. Si está para ello, llévese ahí a la enferma, a pesar de sus tiquis miquis; y si quiere, y si quieren, y aún mejor, tráigamela aquí un par de meses y estará con C... No estoy con usted respecto a que Jesús se la lleve. Más vale padecer y no morir, que morir. Así, que viva para padecer. No me siento inclinado a ese acto de generosidad todavía. Que la cuide usted y no repare en darle cuanto necesite a cuenta mía, y después me lo dirá usted ¡Por Dios, no deje de irme escribiendo su estado y las líneas que ustedes hayan echado! ... »
   El Señor le ahorró este sacrificio, pero no mucho después le exigió otro aún mayor, llevándose al cielo a una de sus predilectas hijas espirituales, lugarteniente y colaboradora, principal de Don Manuel en el cultivo de uno de sus más ubérrimos campos de apostolado femenino. Andaba Don Manuel a la sazón ausente y lejos de Tortosa, ocupado en la fundación de uno de sus Colegios, y al saberlo se apresura a escribir a la que le había comunicado tan triste nueva: «Anoche, martes, antes de cenar, recibí el telegrama de Tortosa, participándome el fallecimiento de mi queridísima J... Me encontró en mala disposición, porque había tenido un día disipado y de consuelos, y ya puede usted pensar el trastorno que me causó y el efecto que me hizo.
   Se me presentaba esta hija de mi alma muriendo sin mí, tanto como yo deseaba recibir su último suspiro y colocarla con mis propias manos en el seno de Jesús, como se lo había prometido y ofrecido. ¿Por qué habrá querido Jesús privarnos a ella y a mí de este consuelo? ¡Qué ganoso es Jesús de mirras y de sacrificios! Y se me presentaban esas otras hijitas suyas y mías, y ese plantel colocado y confiado a sus cuidados, y la Escuela Dominical... y tantos proyectos como tenía formados en ésa por medio de ella. ¿Por qué lo habéis hecho, Jesús mío? ¿por qué? Adoro vuestras amorosísimas disposiciones; y si es para despojarnos más de los afectos de la tierra, ¡sea así, sea así!
   Acabo de celebrar la Santa Misa por ella, y he apretado fuertemente al Corazón Sacramentado para que, ya que El me la ha robado visiblemente sobre la tierra, la tenga Él ya en sus brazos y en su regazo de gloria, donde sé que continuará mirando con interés por mi alma, y velando y rogando por mis obras, por las cuales más de una vez se ha ofrecido víctima. ¡Víctima, que Jesús ha aceptado, aunque con amargura mía!
   Sin duda, en el momento que escribo -diez de la mañana- estarán ustedes en el entierro, y yo me asocio desde este lejano país, con mi espíritu, al fúnebre cortejo de ustedes y de todas esas almitas tristes, y las acompaño en el dolor y les envidio esa triste satisfacción de acompañar su cadáver. Perdóneme usted, hija mía, perdóneme este desahogo; que son varias las emociones de mi corazón, y recuerdo en este momento lo que he sufrido por ella, y lo muchísimo e indecible que ella ha sufrido, sólo comparable con los sufrimientos interiores de los mártires. Confío que Jesús los habrá aceptado todos, y yo le ofrezco lo que he sufrido de verla sufrir tanto. A Jesús la consagré y consagrada a El estaba para siempre, y no dudo tendrá la doble corona del martirio y de la virginidad. Que me perdone ella las desedificaciones que haya podido causarle yo a su delicadísimo espíritu; pues ustedes la conocían y sabían lo delicada que era esa alma predestinada. Perdóneme otra vez... y anímeme a esas criaturas y déles el pésame de mi parte. No se desalienten y continúen el mismo, lazo de unión y de piedad, y déme usted el consuelo de que yo, pueda disponer de usted, si Jesús lo quiere, para apóstol y continuadora en parte, de la misión de ella sobre alguna de esas almas. Escríbame enseguida y dígame de su enfermedad, de su muerte, entierro, de las niñas, situación de su mamá, etc., etc.»
   Otra de las dirigidas de Don Manuel, de fuera de Tortosa, declara: «Interés por mi alma tuvo, mucho, apartándome de los peligros, y dándome a mí sola ejercicios. He hecho otros, pero, los de más provecho los que hice con él. Me los hizo hacer muy bien. ¡Qué sacrificios se imponía por mí! Una vez estaba yo en Tortosa algo indispuesta y no quería decirlo al médico, por temor a las medicinas, y él me engañó: me dijo que fuese al Palacio Episcopal, a una habitación de las del patio, donde tenía venta de libros piadosos y estampas, diciéndome que vería cosas bonitas. Yo fui... y me encontré a un amigo suyo y médico nuestro también. Le había él llamado para que me recetase. Tuve que tomar las medicinas, pues a más que era para mi bien, Don Manuel se hubiera enfadado. Recuerdo que me dijo una vez que cuando se muriera le echaría mucho de menos. Tenía razón, pues es difícil encontrar quien le reemplace. Para mí era un padre.»
   Recibió Don Manuel un día una carta en la que una de sus confesadas le contaba las grandes tribulaciones por que estaba pasando. Leyósela a otro sacerdote y le dijo: «Debemos hacer mucha oración por esta alma, que sufre mucho.» Y no pudiendo, ir él mismo por entonces, envió a aquel sacerdote a la ciudad donde ella residía, con instrucciones suyas para que la consolara y animase.

CAPÍTULO X



Director Espiritual: Alentador y compasivo



Padre siempre, y tiernísimo, Don Manuel, si no esquivaba el reprender, sufría siempre que se veía precisado a hacerlo. «Mi pobrecita Sor...: -escribía. a una religiosa- Ayer te atormenté con mis riñas, y hoy me atormenta el que te hayas atormentado sin fundamento. Cuando seas dura en los combates, entonces ya no te admirarás de mis indiferencias.
   Como el Señor te ha. conducido como a la niña de sus ojos durante los días de tu feliz abobamiento, ahora te conturbas a los primeros asaltos de la bestia del infierno...
   No temas, pues, . ni padezcas por mis insulsos desvíos. Ellos te convienen. Desgraciada de ti, si hubieras encontrado una dirección melindrosa. Por esto, no creas que dejo de compadecerte ¡pues sé lo qué es el sufrir de las almas!
   No tardará en venir la calma, y Dios te premiará el sufrimiento; que no deja El sin recompensa ni un suspiro exhalado por su amor.»
   Más que tener que mostrarse severo y usar de saludable rigor p . ara conducir las almas a la perfección y probarlas, y preservarlas, placíale a Don Manuel, y se avenía mejor con su carácter amoroso y compasivo, consolar y alentar a sus dirigidas y serenar sus espíritus. «Mi pobrecita hija en Jesús: -decía a una de ellas-. Sé dócil y sencilla y sumisa: que ya sabes que Jesús lo quiere siempre, y lo debes tener presente todos los días de tu vida, porque Jesús es muy celoso de su voluntad en esto. Por lo demás, no temas...
   Dile a Jesús que ya estás conforme con que yo te castigue, pero que yo no debo hacerlo mientras sufras combates; que ya lo haré cuando sea ocasión; que El ya lo sabe y yo también. Ahora debo servirte de aliento, puesto que eres muy débil todavía. No me viene bien permitirte que te levantes, ni que hagas otras cosas parecidas, porque estás muy débil y podría hacerte perder la salud. Con todo, hasta que yo vaya, te doy licencia para que hagas lo que Dios te inspire. Mañana, día del Dulcísimo Nombre de María, pronúncialo 400 ó 500 veces, y ya verás cómo será bálsamo para    tu corazón: que ha sido tu Madre y lo será siempre. Y ni Jesús se atreverá a probarte mañana. Animo, pues, y no temas. Mañana    haré un mementito especial para ti en la Santa Misa»
   A otra: «¡Pobrecita mía! ¡pobrecita mía! decía el buen Jesús a la pecadora, pero gran penitente, Santa Margarita de Cortona. ¡Pobrecita mía! Y, a pesar de la dulzura de esta palabra, ella se deshacía en lágrimas de sentimiento y no estaba contenta. Y Jesús, que es tan bueno; riéndose de sus sentimientos, le dijo por fin: «¡Hija mía!, ¡pobrecita hija mía!»... Y al oír que había arrancado de los labios de Jesús la palabra de hija, la nena se tranquilizó, toda contenta. ¡Mi pobrecita Sor! ¡Qué días estás pasando! ¡Qué malos ratos quiere darte la bestia de la cola larga! Pero, no temas, ¡pobrecita!, ya pasará la tempestad, y entonces mejor que antes oirás de los labios de Jesús el dulce nombre de hija. No temas, repito. Es nada. lo. que tienes. Prepárate, sí, y prevente con las siguientes disposiciones: Docilidad y obediencia - Humildad ante Dios - Deseo de sufrimiento. No te creas todo lo que viene a la imaginación. Hiciste bien en comulgar... Cuando te encuentres muy triste, dile humillada al Señor: ¡Jesús mío, haced en mi vuestra voluntad! ¡Jesús mío, misericordia! ¡Jesús mío, aquí me tenéis! Conque adiós, pobrecita mía».
   «Mi pobrecita hija -escribe a una tercera-: Hemos tenido un día tan pesado, que casi puedo decir, como tú, que estoy cansado interior y exteriormente. Respecto de la situación, recuerda con frecuencia el salmo 42 de David: «Judica me: Júzgame, Señor, y distingue mi causa de la gente no santa que me persigue. Líbrame Señor, del hombre inicuo y doloso; porque Vos sois mi fortaleza. Et quare tristis incedo- ¿Por qué estoy triste mientras me aflige el enemigo? Quare tristis es, anima mea, et quare conturbas me- ¿Por qué estás triste, alma mía, y por qué me conturbas? Spera in Deo. Espera en Dios, que es mi salud y mi Dios». Repítelo con frecuencia, hija mía, y alienta a tu alma con la esperanza. Sobre lo que te pasa, no temas, y quiero que no hagas caso de todos los asaltos que te vengan. Y abre la boca, y respira bien, aunque hubiese de pasar una legión de enemigos por ella. Ya los arreglará el Corazón de Jesús. Has de obrar como, si no los temieras, y con desprecio, y como quien oye llover y no hace caso. En cuanto al llorar, si es muy dulce, bien puedes hacerlo ante el Corazón de Jesús: pero temo siempre que te degenere en tristeza y desaliento. Si no puedes aguantar, envíame a llamar. Jesús sea contigo, y te bendiga y guarde y te conserve. Sé animosa».
   Exigía Don Manuel de sus dirigidas una, completa apertura de razón y expansión de espíritu hacia él, acompañada de sencillez y sinceridad; y para con Dios, un corazón generosísimo.
   «Mi hija -dice a una de ellas-: Van unos momentitos para usted. Crea que Jesús me mortifica. Quisiera atender más a esa alma, que El me confía, y no tengo tiempo. Fortuna, que El lo hará como lo va, haciendo, y mejor que yo. No falta más que siga este camino de expansión y sinceridad. No me cae bien que usted diga que siente repugnancia en decir las cosas. Le tengo dicho que su mal único de toda la vida ha sido ese reconcentramiento. Válgale que Jesús la obligó, casi sin saber usted cómo, a entregar el hilo de ese capdell40 de su corazón; que, si no, hubiera ido vagando a merced de todos los vientos. Así, pues, sencillez y claridad, y no oculte ninguna de esas contradicciones que le parecen tan extrañas en su alma: que en nada da tanto gusto a Jesús y a mí. Vaya continuando así. No se deje la hora de oración diaria; y siempre que tenga alguna tentación, tranquilícese enseguida diciendo al Señor que usted no hará sino lo que se le mande, aunque sea con repugnancia».
   «Mi amadísima A... : No deje usted de ser repentista, que es cuando lo hace bien y se retrata mejor, aunque yo haya de sufrir. Crea que he hecho propósito de encomendarla más eficazmente a Jesús. Repito que como más tiempo va pasando, más interés siento por esa alma misteriosa... ¿Que harás, Jesús mío, de esa alma predestinada? Quisiera dar un golpe de gracia y me intimida y tendré que buscar el auxilio de otro, que me ayude a levantar el brazo para sacrificar esa víctima a la voluntad de Jesús; pues, como ella es tan santamente egoísta, quiere la tranquilidad de la obediencia, y así estará como un ángel bobo
, sufriendo, pero sin hacer nada. Tengo para mí que Jesús la quiere para santa, y aun para muchas cosas de su gloria. Así, hija mía, continúe con su sencillez y sinceridad».
   A una joven del siglo -alma piadosa pero extremadamente sensible y un tanto enigmática y compleja- de la cual fue Don Manuel mientras vivió padre, mentor y guía, y que a la sazón experimentaba un doloroso contratiempo, le dice: «Cuando yo esperaba una santa expansión de su, corazón lacerado, se me sale usted por no sé dónde; es usted como las anguilas, que se escapan de las redes, y aún de las manos, y se sumergen. Piense que ha de ser muy humilde; y que uno de los rasgos de la humildad es la franca expansión. Diga, pues, cómo está ese espíritu y ese coret. Si no lo merezco, es otra cosa. No obstante, yo la perseguiré con mis oraciones ante Jesús. Sabe usted que no quiero otra cosa sino que me sea espontánea siempre, como lo ha sido hasta ahora.» Al fin, lo fue del todo, abriendo de par en par su corazón a Don Manuel, y éste se apresura a contestar: «Gracias por su obediencia, aunque pasaron las 48 horas, y gracias por su escrito. No le sepa mal el decirme esos gemidos que le obligo a dar. Piense que los desahoga en quien se interesa vivamente por usted y que comprende lo que es el corazón humano. Quiero lo que Jesús quiera para usted. Pero lo quisiera con la calina de la santa indiferencia y sin espinas de apasionamientos; las cuales, al producir desengaños, son éstos amargos y perjudiciales, que en lugar de causar desprendimiento suave de las cosas de la tierra y no traen sino sequedad, desabrimiento e ira. Cuando, por el contrario, se obra con calma de corazón, los desengaños producen tristezas suaves y ante Jesús se pasan muy bien-Por esto, la compadezco y temo al mismo tiempo; y esto me obliga a repetirle la obediencia y sinceridad y sencillez. Ya sabe que he pedido a Jesús para usted penas y desengaños y golpes; y casi me arrepentiré de ello, si ha de sufrir demasiado en esas luchas y dudas y desvíos. Pero si Jesús lo quiere, y la quiere a usted para sufrir y para otros designios, ¿por qué no ha de ser generosa? No sabe todavía lo que le conviene, hija mía. Así, por amor a Jesús, no deje atar su corazón demasiado. El mundo es un loco; y ni comprende ni sabe pesar el mérito y valor de un alma y sus sacrificios, la mayor parte de las veces; y si Dios permitiera que así fuese (como tantas veces lo he pedido), sea usted más grande que el mundo... ¿Ya me practica el rato de compañía a Jesús los jueves por la noche?, Ahora, en invierno, la media horita en compañía de Jesús en el Huerto, le será a Él muy grata.»
   ¡Qué larga serie de interiores gozos debió experimentar Don Manuel, sintiendo -según la feliz frase de Concepción Arenal- el consuelo que se halla consolando, a juzgar por el número incalculable y casi continuo de ocasiones en que hubo de ejercer el piadoso y compasivo oficio de buen Samaritano para con las almas doloridas y tentadas!
   A una de ellas, víctima por algún tiempo de zozobras y dudas sobre su vocación, no se cansaba de escribirle una y otra y otra vez, sin abandonarla un momento; hasta que se calmó la tempestad, y tornó a reinar en el turbado espíritu la luz de la serenidad. Copiamos algunos fragmentos de las cartas de Don Manuel a su atribulada hija: «Mi pobrecita: Acabo de recibir la suya de anteayer, que concluye pidiéndome la bendición. Se la di en el acto de leerla, y con efusión y piedad. Ya sabe, y se lo recuerdo, que Jesús permitió que el primer día que vino a mí, sin yo saber quién era, la animé a no tomar ese estado. Después que la conocí, Jesús me inspiró una indiferencia santa, porque para todo me daba gozo, pues confiaba me sería un apóstol. Posteriormente, cuando la he conocido más, y en vista de sus declaraciones sinceras, me he sentido más inclinado a que se consagrara por entero a Jesús; pero esos misterios de angustias y temores me han hecho suspender todo juicio, aguardando a que Jesús le dé el golpe de gracia. Y a El lo fío. El se lo dará, sea para quedarse así, sea para otra cosa mejor. Desgraciadamente, para mayor confusión y para mayor sacrificio, ha venido a interponerse esa crisis, durante la cual no está usted para resolver. ¿Qué le diré, pues? Que no me tema nada ni esté en confusión; que el espíritu de Dios es muy pacífico. Y cuando se sienta agitada no resuelva nada ni en uno ni en otro sentido: que la resolución ha de ser muy suave y quieta y con gran luz y claridad. Así, bien quieta: que ya vendrá la luz... De todos modos, no quiero temores, ni sufrimientos; y se han de acabar pronto; que no sé cómo vive ya. Tiene usted recio corazón, como decía de sí propia Santa Teresa, y se vuelve tímida -como una paloma atontada... Por lo demás, no piense demasiado en el aislamiento de su porvenir. Yo no puedo hacerle grandes promesas, pero sí, que mientras yo viviere y pudiere, no repararía en ofrecerle el apoyo material y determinado que tenía ofrecido¡ a N.. para el día que lo hubiese necesitado. Ningún heredero de ella es para mí mejor que usted y con más derecho. Adiós, mi hija. Escriba, escriba ... »
   -«Mi pobrecita: Por amor de Jesús, no me sea tan patidora. No le espanten esos afectos sensibles y de simpatía, que le será imposible arrancar, pero que no son malos...
   Podrían ser acaso peligrosos con el tiempo, pero hoy no son malos. Como usted dice muy bien, no le puede ser indiferente la situación de X..., y no somos tan insensibles y desagradecidos, que dejemos de sentir afecto a los que nos han amado. Mas, como usted sabe que no es dueña de sí, sino que el dueño es Jesús, dígale a Este que hará usted lo que nosotros le mandemos en su nombre, y que por nada del mundo se apartará de su voluntad; que yo ya sé que así lo hará usted; y así, se tranquiliza. No tema ese interés; si no, se le hará una lligasa41 en su imaginación, que lo creerá todo pecado, y no sabrá discernir, y ante Jesús se encontrará como llena de ellos, y no sabrá abrazarse a El, y el corazón sentirá vacío, sin tener a Dios ni a las criaturas: y nada hay peor para el alma que ese estado. Con tal vaya diciéndolo todo, y con estar dispuesta a hacer la voluntad de Dios, esté segura. Sabe usted que Jesús la ama mucho; porque lo sé. Creo que, al fin, no tendrá usted otro remedio que ser toda de El. Aun después de ser toda de El, ese corazón de. usted, tan apasionado, la hará sufrir, pero dominará usted el sufrimiento y lo ofrecerá a Jesús. Crea de veras que quisiera poder darle un alivio. Con una parladeta se le calmaría la oleada de ese ánimo alborotado. ¡Ojalá fuera usted un pajarito y pudiera dar una voladita hasta aquí, y salir de esa atmósfera unos días! Que con esto sólo se encontraría otra. Respire y esté tranquila; pero sin dejar de decirme cuantas corrientes pasen por ese corazón y esa cabeza; que su cabeza hoy es todavía como la cabeza del puente de barcas de ésta: que pasa y repasa mucha gen-te y nadie se detiene. No le ha dado usted a Jesús su corazón, sino que El se lo ha tomado, a pesar de ser como es. ¿Qué hizo usted para merecerlo? El poder penetrar por la fe en el interior de Jesús, y verse unida a El, sin saber cómo; y que otras almas no lo penetran, siendo de mejores condiciones... ¿No la derrite esto? Estése, pues, contenta, aunque no tenga lo demás. Y prou42 ¿verdad? Me da pena hacerla escribir tanto. Con todo, hágalo, y tan frecuente como pueda ... » -«Mucho me placieron los nobles sentimientos de su alma. ¡Pobrecito corazón! Cuán lejos estaba y está usted de sospechar que iría desgajándose a pedazos a los golpes de los sacrificios que Dios le debía pedir, y a las sacudidas del remordimiento, del desengaño y de las penas, hasta que no le quedará más que un solo pedazo, libre de los humores de la tierra, y aun entonces para ser clavado con la completa abnegación en la cruz de Cristo. ¡Pobrecilla mariposa, que va dando vueltas alrededor de atracciones diversas y encontradas, sin saber qué llamas abrasarán al fin las alas de sus indefinidos deseos, dudas y perplejidades! Hasta ahora, en sus inconscientes travesuras, Jesús no le había, dado más que leche de tranquilidad y tal vez de consuelos, y El le guardaba el pan duro, pero sustancioso, de los temores, de la abnegación y del sacrificio. ¿Quiere digerirlo bien? Pues sea generosa para con El, y todo se le hará fácil y llano. Pero hágalo con paz y sin agitaciones... Así, pues, continúe sus plegarias, que tanta gracia me han hecho; que Jesús bendecirá la oración sencilla y candorosa. Y no me oculte ni uno de los pliegues de su pobrecita alma... Lo mejor que puede tener es que deje correr con sinceridad su alma sobre el papel cuando me escribe, y de palabra cuando me hable».
   -«No quiero que la abrumen tanto los juicios de Dios: quiero sea más bien hija que esclava de Jesús. Dígale que no le importa que le envíe la muerte y el infierno, con tal sea pudiéndole amar; que Jesús la tranquilizará. Ya sabe que El la ama, y que la ha conducido con cadenas dulcísimas de misericordia y de amor, y que ha contado todos sus pasos con amorosa solicitud. Y ¿quiere usted que se pierda esa alma que tanto le ha costado? ¡Ah, no! No sólo no se perderá, sino que El la convertirá en instrumento de su gloria para el bien de las almas, mediante el amor y el sufrimiento, y la hará una flor de su Corazón, que le suavizará las espinas de que está rodeado. Cuando pueda, ya le mandaré una estampa grande donde está escrito: «Después de esto, sólo amor y sacrificio».
   Consolando a una madre apenada por el ingreso de uno de sus hijos, hijo espiritual también de Don Manuel, en la Compañía de Jesús, donde ha desempeñado y desempeña muy altos y honoríficos cargos, escribía:
   «Muy estimada hija en Jesús: No tuve tiempo para dirigirle dos líneas por conducto de nuestro buen F... ¿Qué le diré? Le diré tan sólo, que en medio de la amargura que debe causarle este paso, debe llenarla de una santa satisfacción. Varias veces recuerdo haber advertido a usted la obligación que tenía de salvarme a su hijo por medio de sus oraciones, y se ve que usted lo ha cumplido, y quizás a ellas se debe la elección que Jesús hace del alma de él, y usted entrará a la parte en el mérito de todas las acciones que él practicará. Y si un día el Señor le destina para salvación de las almas, éstas en el cielo bendecirán a la madre del instrumento de las misericordias del Señor en favor de ellas.
   ¡Cuántas almas en el cielo bendecirán las lágrimas de una Mónica y de una madre de San Gregorio el Grande!... Bien quisiera animarla más, pero creo que no necesitará mis reflexiones, y que, puesta ante Jesús en la Sagrada Comunión, y abrazada con El, El derramará sobre usted las luces y consuelos que le compensarán la mirra de su corazón de usted. Sea, pues, generosa con Jesús, y yo le aseguro que El no le escatimará la recompensa.
   Dios sabe cuánto yo lo siento; y sólo el no oponerme a la voluntad de Dios me hace sujetar a sus disposiciones. El es el dueño, y debemos consagrarle estos mismos frutos de consuelo que su mano nos había proporcionado. Y Dios ha querido que le estimáramos tanto, para que fuera mayor este sacrificio, al pedírnoslo. Basta, hija mía ... »
   -A una de sus dirigidas de Tortosa, que se le quejaba con filial confianza, de que, no la atendía en la medida que ella deseaba, le responde: «Mi pobre hija: Dos palabras no más.
   No sé por qué se forma en la mente el que yo no quiero soportar sus penas. Soy de Jesús, y debo recibir las almas que me envía, pero quiero que sean humildes. Siempre que pueda le daré un ratito. Suba con frecuencia. Y aunque muchos días irá de prisa, porque ya sabe que no puedo ir de otro modo, otro día ocurrirá que no tendré a nadie y me ocuparé más. Además, instrucciones no necesita: porque ya le tengo dicho que todo lo de usted está reducido a sufrir, sufrir, sufrir y estar serena. Consuelo, sí que necesita: y por eso la animo y la animaré. Tenga franqueza y libertad, pensando que soy un amigo de Jesús y suyo».
   No se crea, con todo, que fuese la de Don Manuel una dirección espiritual acaramelada, pusilánime y sistemáticamente endeble y contemporizadora. Si no se puede decir de él en todo rigor lo que del dulcísimo San Francisco de Sales decía Santa Juana Francisca de Chantal: que era «el más mortificante de los hombres»; suave y predominantemente compasivo Don Manuel, por convicción y por temperamento, no obstante, cuando así lo demandaba. el mayor bien de sus dirigidas, mostrábase enérgico y resuelto. «Sabía -dice una de éstas- pisar muy hondo, hasta dar con la vena de los capitales siniestros, siendo este ahínco parte para que algunos penitentes hurtasen el cuerpo a su provechosa férula».
   «No sólo debes ser víctima del Señor -escribía a una de sus clarisas-, sino que también debes serlo mía en algunas ocasiones. Así como Dios hace pagar el mal humor de los pecados de las criaturas en las almas buenas, y les envía cruces y penas, desagraviándose en ellas, así no extrañes también, y debes estar contenta, que descargue algún porrazo de mis arrebatos sobre tus espaldas. Y no quiero que lo sientas».
   «No admitía réplicas a sus ordenaciones en el sagrado tribunal -declara la Madre Victoria del Sagrado Corazón-. Permitió el Señor que por algún tiempo estuviese mi alma como un mar alborotado, combatido de dudas y ansiedades crueles. Aquí desplegaba el sabio piloto toda su actividad y celo, y con grande autoridad imponía sus mandatos.
   «Jesús ha querido humillarla -me escribía- en lo que más extraño podía ser a su juicio y carácter. Bañeta43 ya sabe lo que se hace. Así, pues, repito con energía que obedezca hasta echarse al infierno con la obediencia...»
   Así consiguió desvanecer mis angustias y devolver a mi alma la paz del Señor. Cuando comenzó a tratarse de la fundación de este convento de Benicarló, pronto me indicó que eran sus intentos echar mano de mí para esta obra, y como yo me resistiese, alegando mi nulidad para empresa tan grande de la gloria de Dios, con su acostumbrada autoridad me mandó lo siguiente: «Ahora mismo, sin salir de este lugar, ponga la boca en el suelo y prométame que obedecerá a mis mandatos»; lo que yo ejecuté al momento sin réplica, y nunca más me resistí a su ordenación.
   A otra monja muy tímida, a la que se le oprimía el corazón al pensar si la mandaría venir, le dijo que no temiese, pues a ella la tenía destinada para estarse en Tortosa debajo de la chimenea. De lo que todas nos reímos mucho.»
   Era Don Manuel muy claro y sincero para decir a sus hijas sus faltas y reprenderlas, ora de un modo directo y terminante, ora embozando la censura en palabras cariñosas y frases de buen humor. «Seas breve en el confesonario -dice a una- y no seas melindrosa; que me ofende. Celebro te haya recibido bien Mosén M... No le seas tan pesadita como le son sus monjas... y todas las monjas.»
   «No tiene usted necesidad -escribía a una religiosa- de hacer votos para desprenderse de las criaturas: que ya lo debe estar bastante. De quien ha de desprenderse es de usted misma.»
   «No me he engañado nunca -escribe a la Superiora de un convento- en mujer de juicio y de cabeza hasta el presente; y ninguna me ha dominado, por más indomable que sea su carácter; pero, eso sí, me he dejado subyugar voluntariamente, aunque me hayan conducido hasta el ridículo, por la gloria de Dios. Y no me he arrepentido de haberlo hecho, aunque viniese un rompimiento; porque mi corazón no se cambia, aun en las amarguras y en los resentimientos. Si tiene confianza en mí, y mientras la tenga, déjeme obrar y piérdase todo44, por más mal que yo lo haga, con tal no falte a su conciencia: que no la haré faltar. Sólo, si, le digo que si los dos somos mandones y hemos nacido para mandar, piense que los hijos deben obedecer, y sobre todo, con humildad.»

CAPÍTULO XI



Director espiritual: Defensor de la «clase devota». -Afectuosa y agradecida correspondencia de sus dirigidas. -Normas de prudencia



   En tan alto grado estimaba Don Manuel a las personas piadosas y tenía una tan íntima convicción, revalorada por una larga experiencia, del mucho bien que las mujeres consagradas a la virtud en medio del mundo podían hacer, que no dejaba de formular una formal protesta, o al menos, de dar muestras de sentirse molesto y malhumorado, cada vez que advertía que se las trataba con desdén o con burlas. No podía sufrir con paciencia que las motejasen despectivamente de «beatas». -A uno de sus Operarios de Méjico le escribe: «En la anterior me decía usted a las devotas con el nombre de beatas. Ayer, en la plática mensual de los ordenandos, les decía que debía desterrarse este nombre; sino, sólo devotos y devotas, y mejor, personas piadosas».
   En efecto, conservase entre los papeles de Don Manuel el borrador de la aludida plática a los ordenandos del Colegio de Tortosa, y de ella transcribimos algunos fragmentos. «Trato con las personas piadosas» es el título de la misma, y como preámbulo del tema hace Don Manuel una fervorosa apología de las devotas.
   «Entre los sacerdotes -dice- se falta por prevención contra la clase piadosa... 1.º Prevenciones injustificadas... Es una cosa lamentable, y que me ha repugnado siempre desde estudiante, el modo cómo cierta clase del clero habla de las personas piadosas, aunque algunos queriendo hacer gracia, y lo mismo tratándose de los hombres que de las mujeres, sobre todo respecto de éstas, tratándolas con cierto desprecio. Con el pretexto de querer expresar con estos desprecios los defectos, no la piedad, hablan de esta clase (porque clase constituyen en el mundo de la religión); y no comprenden que esto no es ir contra los defectos, sino contra la clase misma.
   Tanto es así, que si este argumento valiera, lo mismo podrían decir los impíos cuando hablan pésimamente del clero: «no hablamos de las cosas buenas, sino de los defectos». Así, pues, creo debo salir a la defensa de esta clase. Y lo primero que se ha de evitar es tratarla con desprecio y ponerle motes.
   Hay, entre otros, un mote con el que se la ha designado por la impiedad, y le ha salido bien y ha hecho fortuna; y por lo mismo, lo hemos de procurar desterrar completamente, a ser posible. Tal nombre es el de beatos o beatas. A lo más, devotos y devotas, y mejor, personas piadosas. Las razones que deben movernos son: 1.ª El origen. Es casi indudable que la impiedad, y si no se quiere tanto, el espíritu del mundo, es el que lo ha propagado, sin que muchos de los sacerdotes se den cuenta de ello, al hacerse eco, autorizándolo sin pensarlo. Para muchos este mote ha sido una tapadera para excusar su falta de prácticas de piedad, y no confesarla a la descubierta. Es lo mismo que sucede a los impíos, y hasta a los separados de la religión católica. «Sí, han dicho muchos impíos, hay hombres, entre los que no tienen fe, que son mucho más honrados que muchos católicos, y más formales, y me fiaría más de ellos». Y a veces, es verdad. Y con todo, les argumento para hablar así del catolicismo y de los católicos- Sólo el origen deberá bastar para no hablar así y rechazar el mote.
   2.ª Por sus consecuencias. Ya sabéis la fuerza que tiene, y cuánto puede el respeto humano para impedir ciertas obras buenas, y cuánto bien reporta al infierno el qué dirán. Pues no pueden ponderarse las consecuencias que en las personas jóvenes de ambos sexos y en las almas débiles en la piedad, en seminaristas y hasta en sacerdotes, ha ejercido el temor de singularizarse en las prácticas de la piedad para que no se les diga y se les tenga por beatos.
   ¡Cuántas almas delicadas se han agostado en flor! Jovencita ha habido, a la cual se le ha dicho que frecuente los sacramentos, y ha contestado: «Yo quiero ir a la iglesia y al rosario el domingo, que van las otras... pero no quiero ser beata». Y lo dicen con candor, como si aquello otro fuera un espantajo, porque han oído hablar mal de las beatas... Y esto sucede principalmente en los pueblos donde hay poca piedad y poca frecuencia de sacramentos. En los pueblos donde haya mucha no habrá tanto reparo. No se criticará que un joven o una joven se den un poco a la disipación, porque el mundo lo cohonesta con las exigencias de la edad, con los compromisos de la sociedad, con que otras personas muy bien vistas, y aún religiosas, van al baile y al teatro, etc... Sólo para el bien hay respeto, humano. ¿Por qué? Si filosofáramos, veríamos que el origen ha sido el desprecio que se ha hecho de la clase piadosa. Se concibe que entre amigos sacerdotes se haga a veces un poco de broma de ciertas pesadeces, defectos y aún extravagancias de algunas de las almas que frecuentan la piedad. Hasta el mismo San Ligorio, para prevenir a los sacerdotes del trato con personas piadosas de cierta calidad, distingue (como en Italia hacen, con ese mismo espíritu del mundo) a las malas devotas con el nombre de hizzoche45. El P. Gassó en los ejercicios que dic aquí a las Teresianas, reprobando la falsa piedad de algunas, las decía «devotas de mala casta», y así bromeaban después ellas, diciéndole a alguna: «Eres de las de mala casta...»; porque las así calificadas por el Padre son el descrédito de la piedad. Esto, en ejercicios, y con delicadeza, combatir la falsa piedad, puede pasar. Pero, atendidos los malos resultados, debe prescindirse de hablar mal, y sobre todo de ponerles motes.
   Y no sólo esto, sino que debemos defenderlas, y excusar ciertos defectos ante el mundo y los detractores de la piedad, no dando pábulo a esas murmuraciones contra las personas piadosas, tanto hombres como mujeres. Alguna vez he oído murmurar de alguna persona seglar, hombre o mujer, de éstos que frecuentan los Sacramentos, y se ha hablado de su genio endemoniado e insufrible, de su dureza con los de casa, de su locuacidad y aun lengua murmuradora, etc., etc... Y era verdad todo. Y se puede contestar: «Dígame: Si esos defectos de carácter y esos sentimientos no tuvieran esa barrera de la piedad, el contrapeso de esa monomanía, si se quiere llamar así, de prácticas y de rezos ¿qué serían esos caracteres y esos temperamentos? Serían unas furias, unas de esas personas secas y sin corazón, o unas perdidas. De modo que, aunque con estos defectos, no se les debe echar en cara sus prácticas de piedad, porque, no por ellas, sino a pesar de ellas, tienen esas miserias. Esto es lo que puede contestarse a los mundanos que hablan mal de las personas piadosas. Mas, a los sacerdotes podría aún sugerírseles otros ejemplos. Porque, al fin y al cabo, esas personas, por lo general, no sólo están en gracia ,de Dios, sino que de entre ellas salen los únicos instrumentos para el bien y las que dan algún consuelo. Si leemos la historia de la Iglesia, veremos que desde San Pablo hasta el último misionero de hoy, han sido esas almas instrumentos de gracia en sus manos y ayuda y consuelo. Los primeros discípulos de Santiago, al venir a España, en Guadix fueron acogidos por una modesta mujer. De San Pablo, una simple criadita mereció que él la tuviese siempre presente en sus oraciones. Hace pocos días leía en la Vida del Venerable Gil de Federich que en las persecuciones sufridas en China se veían pobres mujeres, que eran las que iban buscando dinero para sobornar a los guardias del tirano. Un pobre labriego era el que lo acompañaba por las montañas en los peligros. ¡Cuántos ejemplos! Además, ¿de quién recibe Jesús reparación? ¿Quién sostiene el culto y ciertas obras de propaganda?... Se dirá que esas personas piadosas son las que más se meten en las cosas de la parroquia, y más murmuran de los sacerdotes. ¿Con quiénes han de tener cuestiones y de quiénes han de hablar sino de los que conocen y tratan? ¿Quiénes han de ver los defectos y descuidos más que ellas? Los que no van a la Iglesia no sabrán lo que pasa.
   Mal está aquel pueblo, donde no se fijan en el cura ni hablan de él. Un párroco me decía, lamentándose, «Estoy muy tranquilo. Nadie se cuida de mí. De casa a la iglesia, y a paseo. No vienen, y me dejan estar...» Concluyamos, pues, que nunca hemos de hacer burla de la clase piadosa con pretexto de que lo que se reprueba son sus. defectos; ya porque el hacerlo supone espíritu del mundo, ya por las consecuencias que ocasiona a otras almas, que podrían ser muy buenas y no practican la piedad para que no las tachen con motes; que habemos de abstenernos de esos motes, y aun nunca llamarles beatos o beatas, sino devotos y devotas; que hemos de defenderlas y excusarlas, aduciendo que es genio o temperamento, y publicando, en cambio, sus buenas cualidades...»

***

Al constante interés de Don Manuel por servir y defender a sus hijas, correspondían éstas con ternísimo y agradecido afecto y con filial confianza. Rivalizaban en amarle y disputábanse su predilección, mostrándose las religiosas de los diversos conventos en que confesaba y trataba, santamente celosas por parecerles que Don Manuel prefería y estimaba más a alguno de los otros. Le llamaban con el suave y regalado título de padre,
pero no por pura fórmula, sino por espontáneo y vivo sentimiento y arraigada convicción de que lo era; y en los últimos años, cariñosa y familiarmente, con el de abuelito; así como Don Manuel a ellas «mis nietecitas».
   Una religiosa le escribe: «Carísimo e inolvidable padre: permítame el que así le llame, puesto que más que de tierno padre, son de cariñosa madre para conmigo los afectos de usted. Y, además de esto, yo no sé qué nombre darle que le sea más propio que el de padre de huérfanos...» Si lo ven o lo suponen atribulado, lo consuelan y animan. «¡Cuántos días que nada sabemos de usted! -le dice un grupito de sus dirigidas del siglo, a raíz de la muerte de una compañera de ellas, que había causado profundo, sentimiento en el corazón de Don Manuel.- ¡Por el amor de Jesús, escriba y no nos haga padecer, Padre! ¿Ya no tiene tanta afición a nuestro pueblo...? ¿Que le causa dolor la pérdida de tal hija? Pues aquí tiene otras, que si no llenan el vacío de la que ya goza de la presencia de Jesús, al menos le darán algún consuelo. Y de mí ¿qué le diré? Ya que no sirvo más que para hacer sufrir, tómelo, con paciencia y no me deje: pues yo, en cambio, ya pediré a Jesús que endulce las amarguras de su corazón. Y si en alguna cosa le puedo dar consuelo, dígamelo, o mejor, mándemelo, que yo lo haré con la ayuda de Jesús... Yo, por mi parte, renuevo el sacrificio y me ofrezco víctima en satisfacción de mis pecados y de los pecados e ingratitudes de, todos los hombres. Sus hijas, desconsoladas y llenas algunas de sufrimientos y pruebas, pero valerosas para pelear y vencer. La Escuela sigue. Las chicas hacen algunas visitas y se reúnen algunas veces en la habitación de nuestro antiguo consuelo, y ahora lugar de lágrimas, pero de reflexiones santas...»
   Si tenían que vivir lejos de su lado, no aciertan a olvidarlo y suspiran por él: «Recibí la de usted -le escribe una Teresiana-. Mucho me alegré de ver letra de mi estimado Padre. Las lágrimas asomaron y rodaron por mis mejillas recordando aquellos primeros impulsos de la gracia venidos a mi alma por mediación de usted. No, amado Padre en el Señor; no puedo olvidarle en mis pobres oraciones y pequeños sacrificios...»
   Pues ¿qué, si le sabían enfermo? «¡Mi padrecito enfermo! -exclama otra Teresiana-. ¡Qué caro de sustos y oraciones! ¡Jesús nos le conserve sano y largos años, o nos dé, en cambio, gran caudal de resignación y paciencia a todos los que en el Señor tanto le amamos!»
   «¡Cuán vivamente siento su malestar! -le dice otra religiosa-. Con todo, no puedo persuadirme de que Jesús nos prive aún de su compañía, la cual sabe nos es necesaria para consuelo, amparo y dirección de muchos... Redoblaremos nuestras oraciones y obligaremos a Dios a que nos conceda algunos años más el beneficio de su preciosa vida».
   «No, no se canse de vivir, Padre mío -le escribe desde Valencia una hija espiritual-. Yo creo que hay alguna alma que le cede a V. R. graciosamente todos los años de vida que el Señor quiera, a fin de que dilate más y más el reino de Cristo en todos los corazones. Y después, ¡qué premio tan grande va a tener, Don Manuel!»
   Pero cuando con mayores apremios y más ardorosas ansias le reclamaban sus hijas, y también cuando con preferencia a cualquier otro trance anhelaba Don Manuel y se esforzaba por hallarse a su lado, era cuando alguna de ellas se hallaba en la hora de la muerte. Todas ansiaban despedirse de la vida asistidas por él, y del alma de todas y cada una deseaba Don Manuel hacer personal entrega en las manos del Creador. Tenía arte y virtud especiales para ayudar en aquellos momentos, y apasionada afición a prestar a los que amaba este postrimer auxilio. «Cuando teníamos -cuenta una clarisa- a alguna de las hermanas a punto de muerte, el modo de ayudarla Don Manuel a bien morir nos tenía a todas enfervorizadas, escuchando de su boca las dulces palabras que le decía. Otro tanto hacía con las personas seglares: no las dejaba hasta cerrarles los ojos y enviarlas al cielo. Así, que todas deseábamos morir entre sus brazos». «Un día -dice otra-, asistiendo a una .religiosa moribunda, le dije que descansara, y me contestó con un fervor inefable: «¿Piensas que es poco acompañar a un alma »que se va a gozar de Dios?» Y en otra ocasión, lleno de ansiedad y de pena de ver una religiosa que se le moría sin poder recibir a Nuestro Señor, se resolvió, por fin, a dárselo. Pero ¡cuánto sufrió de ver que no podía la enferma pasar la Sagrada Forma! ¡Qué angustias! ¡Qué miradas a donde estaba yo! Parecía como decirme con los ojos: ¡ayúdame! Y después, cuando me habló, me dijo: -Qué, ¿no has notado mis apuros?»
   «Aunque es inoportuno mi ofrecimiento -escribía Don Manuel a una de sus hijas espirituales enferma- le digo que si un día Dios agravase sus dolencias (que no quiero lo haga por ahora), y mi asistencia en la hora de su muerte debía servirle de consuelo espiritual, no repare en decirlo, haciendo escribir una carta al Obispo pidiéndole el permiso: que a pesar de mis ocupaciones, haría gustoso el sacrificio. Es lo único que puedo ofrecerle en mis pobrezas, y a no ser que la obediencia me lo impidiera».
   «He ido a ver esta tarde -dice a un Operario- a la Rosa de Jericó. No quiso morirse a últimos de diciembre, que yo la tenía como una manteca, y humilde y agradecida. Pero... no está bien, y no sé cuándo podré enviar el angelito al cielo».
   Hallábase en cierta ocasión peregrinando Don Manuel por los Colegios y escribía, a raíz de la muerte de seres para él muy queridos: «Recibí ayer aquí otra carta hablándome de una pobre ,mujer de Tortosa, que murió clamando que fuese Mosén Manuel. Oren ustedes por mis difuntos. Casi me he puesto afectado y he sentido vivamente creer a Benet, que no me dejó detenerme ahí y en Benicarló: pues, de otro modo, hubiese podido asistir a los tres y a Josefina también. Todo sea por Jesús»...
   Sabedor de que se hallaba gravísimamente enferma una de sus dirigidas de fuera de Tortosa, avisa por carta a un sacerdote, íntimo amigo suyo y confidente: «Yo no quisiera que usted la abandonara... Si no fuera por dar publicidad con mi oficiosidad, aún haría el, sacrificio de ir, si supiera que ha de morir, y yo tuviera cualquier pretexto, pues quisiera presentar aquella almita a Jesús. Pero Jesús quiere que haga este sacrificio. En fin, déme noticias frecuentes. Déle la bendición en nombre mío y hágala renovar su consagración a Jesús y que se ofrezca víctima por las almas, por España y por los intereses de nuestra Obra...»
   «El martes por la noche-escribe en otra ocasión-dormiré á, Mataró. Recibo carta de allá, de la Madre Escolástica, en que me dice que la Madre Vicaria pregunta que si no voy, y me lo pide por todos los Santos: que se va a morir y quiere que yo le dé a ella un consuelo ... »
   «¿Qué es esto ?pregunta a una hija espiritual- de querer dejar este mundo antes que yo- Ha de quedar aquí quien ruegue por mí cuando yo falte. Con todo, ya convengo en ello, con tal que usted viva cincuenta años santificándose y trabajando, y luego... ya la enviaré al cielo por mis manos».
   En época de epidemia escribíale una devota: «Yo sólo quisiera no morirme sin estar usted.: pues quisiera que Dios recibiera mi alma de sus brazos. Y me parece que no lo conseguiré». Don Manuel le responde: «¿Conque tienes ganas de morirte para que te encomiende a Dios? Precisamente por esto deseo que mis hijas vivan, para que lo hagan por mí; conque, no sé quién ganará».
   La Superiora de las Concepcionistas de Benicarló, la Madre María de la Concepción Victoria, alma distinguidísima y de excepcional virtud, escribíale el 30 de mayo de 1889, festividad de la Ascensión, rememorando los años del Vicariato de Don Manuel en Santa Clara: «Amadísimo Padre mío en Jesús: La, cartita que recibí de usted me consoló y animó mucho. Gracias, Padre, por sus saludables consejos. Ya sabe usted que, ayudada de la gracia divina, estoy dispuesta a sufrirlo todo, a abrazarlo todo, a renunciarlo todo, según exija la gloria de Dios. No quiero ser mezquina con El, sino generosa. Por tanto, Padre, deseo me ayude usted de vez en cuando con sus amonestaciones, que le digo de veras me ayudan mucho, y siempre con sus santas y fervorosas oraciones. Todos los días, en el noviciado se reza un padrenuestro a San José por las intenciones, asuntos y deseos de usted. Hoy, que es un día tan hermoso para los que aman a Jesús y se gozan de su entrada gloriosa en el cielo, se han duplicado las oraciones. Sé que es usted muy apasionado de esta festividad y recuerdo haber sido Varias veces testigo de sus fervores en aquel tiempo en que la Madre Santa Clara me quería por hija y yo daba vueltas alrededor de aquellas rejas y de aquel confesonario, hecha un mar de lágrimas y de angustias. ¡Cómo pasa el tiempo, Padre mío! Aquellos fervores de usted han crecido extraordinariamente hasta convertirlo en un grande apóstol del Sagrado Corazón de Jesús, pero mis lágrimas y angustias, los vivos deseos que entonces me animaban de ser toda de Jesús, han dado muy escasos resultados. También he pensado mucho esta mañana en la hermosa platiquita que me imagino habrá usted hecho a nuestras monjitas en el acto de la Sagrada Comunión; y aunque no he podido oírla, he estado presente con el espíritu. El buen Jesús, en cambio del sacrificio de no poder estar ahí en realidad, me ha dicho una palabrita al corazón, que vale más que todas las pláticas del mundo y que todos los sermones de los más elocuentes oradores. Pero ¡qué habladora soy! Pero, usted es mi Padre, y no llevará Jesús a mal que se lo haya dicho... ¡Cuántas emociones siente mi corazón al escribirle, y cuántos recuerdos sagrados se agolpan a mi mente de aquellos tiempos en que bajo su sombra protectora se deslizaba tranquila mi existencia, llena de santas y hermosas ilusiones, propias de un corazón joven y ardoroso! A usted debo mi felicidad de ser religiosa concepcionista, título para mí más inestimable que el de emperatriz de todo el mundo. En aquellos tiempos todo lo contemplaba yo bajo un prisma encantador: las monjas de Santa Clara me parecían ángeles, usted un santo y la iglesia un paraíso. Para mí no existían goces mayores en el mundo que asistir a alguna de esas funciones a recogerme solitaria en algún rinconcito de aquel santo templo, lleno de hechizos para mi alma. ¡Todo se ha pasado...!»

***

   Convencido Don Manuel de la grande utilidad y bienes que se derivan del acertado ejercicio de la dirección de las almas, no desconocía empero los peligros que ofrece. En una de sus pláticas a los ordenandos de Tortosa, les aleccionaba y prevenía para que se guardasen de ellos con estas oportunas y prácticas advertencias: «Precauciones respecto de la clase piadosa.-Puesto que hemos hablado de los sacerdotes que, por prevenciones injustificadas hacia ella, hablan y autorizan los dictados del espíritu del mundo, debemos decir dos palabras para prevenir los inconvenientes que puede ofrecer su trato, por lo mismo que son almas buenas y la piedad ejerce siempre ciertos atractivos. Hay algunos que tienen pusillus grex y creen que por sacar alguna monja tocan el cielo con las manos, y no piensan en nada más. Bueno es, pero... Así pues, hemos de tomar precauciones...
   1.º Hacernos perder el tiempo. -En general, sobre todo, si son monjas, son largas y hasta pesadas en su conversación, y no creen que hay otros asuntos que los suyos, y éstos son para ellas los más interesantes del mundo, como si no hubiese otra cosa más. Claro, que ha de mediar paciencia, y mucha; pero hemos de excusar cuanto se pueda la pérdida de tiempo. A San Ignacio le daban más tarea y más que hacer media docena de devotas, con las cuales estaba en relación, que toda la Compañía junta. Por esto, sin duda, puso en sus Constituciones que no tuvieran cargos fijos fuera de los objetos generales. Así, no largas conferencias en el confesonario, y menos en visitas, aunque sean conferencias espirituales. Los que hemos pasado el golfo podemos hablar con conocimiento y lamentamos el tiempo que no sólo hemos gastado, Sino malgastado con cierta clase de personas, aun con monjas. Cierto, que las sólidamente piadosas causan respeto y son menos temibles. Las semi son peligrosas...
   2.º Evitar familiaridad. -Antes me extrañaban ciertas sentencias de los santos: el «sermo brevis et rigidus», etc... Me parecían temores infundados. Hoy, no. Así, siempre con respeto. No excesivas familiaridades. Recibirlas, de modo que os vean siempre los de casa."
   3.º Independencia, por altas y distinguidas que sean, no buscando sino aprovecharlas para las obras de celo y gloria de Dios. Según Valuy, hemos de hacer como con las lámparas: poner aceite y dejarlas, para no ocuparnos más de ellas. Independencia, para no dejarnos llevar de motivos humanos, y por su aprecio; y, lo que sucede con frecuencia, por el bien que puedan reportarnos, si nos dan limosnas o misas. San Felipe Neri dice que, si se tiene fija la mirada en el bolsillo, piérdese de vista el bien del alma, y sucederá tener con ellas ciertas tolerancias para con sus defectos, que no sufriremos en otras si son pobres. Independencia, pues, y evitaremos llamar la atención y celos y murmuraciones.
   4.º No hacer demasiado caso de las grandes tribulaciones, que su imaginación exagera. Ni fiarse de sus muchos fervores... De esto hablaremos al tratar del modo de portarse en el confesonario.
Las razones que deben movernos a tomar todas estas precauciones son: 1.º La cabeza de las mujeres. No abunda en ellas el talento. Son halagadoras, tenaces y engendran celos y hacen pasar malos ratos. Estad seguros de que si os llegáis a entusiasmar por las virtudes y condiciones particulares de alguna, sufrís más desengaños: porque son como las mulas, que aun las mansas dan coces, cuando uno menos se piensa. 2.º Por el peligro que comprenderéis que naturalmente ofrece la comunicación con el otro sexo, aunque sea con ocasión del ministerio. No por ello debemos abstenernos de hacer el bien, no nos suceda lo que a aquel Obispo, amigo de San Francisco de Sales, del cual el Santo se burlaba graciosamente, diciéndole que no era pastor más que de la mitad de su rebaño, porque no quería confesar a ninguna mujer. Pero, sí, que no debemos olvidar estas enseñanzas, y echar mano de los remedios, no sea que nos suceda aquello que decía un párroco ingenioso: «Con esta clase de gentes, la piadosa, hay las más de las veces lucrum cessans, damnum emergens, periculum sortis". Si se trabaja en favor de esa clase con pureza de intención y con las precauciones debidas, tal vez no recojamos nosotros los resultados, pero otros los recogerán un día. Hace poco que un joven sacerdote, prebendado ya, de talento y de prestigio, que no se dedica al confesonario, me decía que extrañaba que yo alentase y fuese partidario de !a asiduidad, en él, y le dije que realmente lo era, si bien lamentaba no haber tenido más experiencia para evitar pesadeces; que si se iba con pureza de intención y con desprendimiento, se podía dar mucha gloria a Dios: 1.º, en las jovencitas, las cuales, entretenido su corazón y su imaginación con las cosas de piedad y frecuencia de Sacramentos, pasan así los años más peligrosos en el amor de Dios, y confianza y afecto, si se quiere, a su Director, y luego serán madres cristianas, o pueden ser religiosas; 2., si son casadas, mucho bien puede hacerse por medio de ellas en la educación de la familia y en obras de beneficencia; 3.º, si viudas sin hijos o solteras ya de edad, aunque sean de pobre posición, pueden hacer mucho en obras de caridad, pues no dejarán de tener algún celo por la gloria de Dios. Precisamente ese joven sacerdote tenía un famoso albaceazgo para obras pías, de una anciana. Le dije que, esa anciana, con otras dos hermanas suyas, las tres devotas, habían sido la carga del Padre Grau, Rector del Seminario, y le entretenían muchas veces, y no podíamos hablar al Rector, y murmuraban de ellas, etc. El Padre Grau no recibió el fruto, pero la gloria de Dios que resultaba ahora le era debida».
   A un joven sacerdote, muy su amigo, escribíale Don Manuel en estos festivos términos el 2 de agosto de 1868: «Si no estuviera usted tan cansado, y no lo fuera yo tanto, aprovecharía un momento y buscaría hilos para tejerle una gacetilla, que es lo único a que puede aspirar mi numen, o cuando más, algún discursillo monjil, dándole algunas reglas de mística parda, ya que, según dice usted y por cierto que debe saberlo, cuando lo dice un Doctor, puede ésta revestirse de varios disfraces o ropajes. Y yo, como ducho que soy en la materia, y sin que falte por ello a la modestia, le proporcionaría uno que le serviría y le guardaría de frío y calor, y le valdría para las mil circunstancias en que sin duda se verá y se encontrará, sin quererlo, en este mísero mundo. Por hoy lo dejo, porque quiero ser indulgente con su fatigosa cansera y con mis piernas, que están pidiendo misericordia por las muchas visitas porciúnculas de hoy, y desean ir a la cama».
   Otro novel sacerdote le consulta y pide instrucciones para desempeñar su cargo de Vicario de monjas, y Don Manuel le contesta: «No veo inconveniente en que acepte el nuevo destino. No lo tengo tampoco en ilustrarle respecto del nuevo cargo, y creo que con un par de lecciones tendrá bastante, si cumple mis prescripciones. Sobre el apego a sus almitas también hablaremos y entrará en la misma lección sacro-monjil».
   Un sacerdote, muy estimado de Don Manuel, había recomendado una postulante a cierta Abadesa, y Don Manuel aconsejaba a ésta que la vieran, «aunque, como suele decirse, -escribe- en visita todos somos buenos; y hay otro adagio que reza que «debajo de »una mala capa se encuentra a veces un buen bebedor». Así, pues, véanla; pues ya se ve que los informes del confesor no son bastantes, y sobre todo, si el confesor es primerizo: pues los padres estimamos demasiado a las hijas, y se dejan engañar fácilmente. Y esto sucede también a ciertas comadres, a las cuales acontece lo que a aquel que se enamoraba de las legañosas... No me parece exacta la versión de usted de que pueden ser muy buenas fuera y ,dentro no servir, pues no he visto ninguna que haya valido nunca fuera, si dentro ha sido poca cosa. Lo que puede acontecer muy bien, y de esto tengo experiencia, es que no todas son para unos mismos lugares. Puntos hay, donde al quererlas sencillas, las confunden con las simples, y al creerlas humildes, se ostentan pusilánimes. Y otros puntos hay, donde al quererlas discretas, se convierten en traviesas o remilgadas. Y basta por punto de doctrina cristiana».
   Dando consejos a ciertos Operarios designados para confesores de monjas, adviérteles Don Manuel: «No sean ustedes largos en reflexiones; al contrario, muy cortos. Eso sí, si son de clausura, necesitan ellas un poquito de desahogo, y así tengan paciencia, y que vean interés en ustedes por su alma, y no manifiesten nunca desagrado. El ganar la confianza es el primer paso. Así, ligeritos, pero siempre amabilidad. Según Cóncina, se requiere: multa scientia, magna prudentia, máxima patientia. Jesús que los ilumine. Y, sobre todo, no se dejen llevar del celo de hacerlas muy santas. Esto ya lo hará el Espíritu Santo».
   Respondiendo a otro Operario, que le consultaba sobre ciertas gracias extraordinarias recibidas por una confesada suya, dícele Don Manuel: «Acerca del otro asunto, se conoce que esa alma no es tonta, y tiene orden y claridad en la exposición de sus cosas. Pero no son por hoy más que pías imaginaciones de una alma buena, las cuales pueden muy bien escucharse y nada más, y sin hacer hincapié en ellas. A lo más, podrían ser aquellos juguetes que dice el P. Fáber hace Dios a algunas almas, que muchas veces no pasan de eso, y alguna vez son preludios de otros designios de Dios; en general, no pasan de ahí. Así, pues, escucharlo, o mas bien, oírlo, pero con indiferencia y sin dar importancia... Hace bien con mostrarse indiferente en las gracias extraordinarias, no gastando demasiado espacio con las que las tengan, no olvidando que es campo difícil de penetrar, y ha de dejar casi a Dios solo: como las lámparas, poner aceite y luego dejarlas estar».

CAPÍTULO XII



Director espiritual: Paciente. - Enfervorizador. -Su retraimiento de este ministerio.



   Se equivocaría quien pensara que sólo satisfacciones y gustos espirituales cosechó Don Manuel en el ministerio de la dirección de las almas. «Si es verdad -dice la Madre Rosalía del Niño Jesús- que tuvo consuelos, también lo es que experimentó muchos disgustos». Como no podía ser menos, hubo de cosechar en éste, como en los demás campos de apostolado, abundante copia de espinas y abrojos. Aparte el agobiador trabajo anejo al no interrumpido esfuerzo, saboreó la mirra amarga de desengaños, deslealtades, ingratitudes, contratiempos y murmuraciones.
   «El confesonario -decía Don Manuel- es lo más enojoso de nuestro ministerio, y en ciertas ocasiones, y muchas, lo más amargo». En los últimos años de su vida escribía a la Abadesa de Vinaroz: «No la olvido, aunque no la recuerde con la frecuencia que debiera. Por lo demás, es cierto que en la vida no se ven más que desengaños, y sólo en Jesús no se encuentran. Mi vida, como siempre, de gozos y dolores, pero de éstos los que más recibo son de los residuos que me quedan de monjas y devotas. Y lo peor es que no lo sé ofrecer ya a Dios, sin duda porque habré perdido la vocación para ese campo».
   Sentía hondísima pena si acertaba a saber que alguna de sus dirigidas se desviaba de los senderos de la virtud. «He sabido también lo otro de mi inolvidable N... -escribía en una de tales ocasiones- ¿Por qué me dio Jesús esa alma de tan buenísimas condiciones para hacerme sufrir y no poder remediarla? ¡Cuánto temo el abuso de las gracias que el Señor le ha concedido...! No sufra usted demasiado, hija mía. Acuda, sí, al Corazón de Jesús, que El la escuchará. Yo también se lo diré. No puedo avenirme al extravío de esa alma tan buena».
   ¿Y qué decir de las angustias y contradicciones que experimentó como fundador de conventos de religiosas? «Sufro más de lo que usted puede figurarse en estos asuntos -declaraba a una de ellas-; pues en los otros, aunque Jesús me pone apuros de corazón, no me afectan como éstos. Y ahora mismo, que voy a poner la mano en el gravísimo negocio del Colegio Hispano Romano, estoy tan tranquilo, que Jesús me Va siempre delante; y en estos otros siempre tengo sinsabores e intranquilidades. No obstante, le ,diré con San Martín: «Si sum necessarius, non recuso laborem». Si Jesús lo quiere, sufriré; pero que me quite esos sufrimientos de tener que tratar con mujeres y curats46, que no me prueban al espíritu mío. Pida a Jesús que, ya que sufro por ustedes, que me sea de mérito el sufrimiento y me bendiga las demás cosas de tanta gloria de El».
   Hablando de tres hermanas, hijas espirituales suyas, dice:
   «N... quería pagarme el viaje para ir a buscarlas. ¡Pobre N... Si hubieran de pagarme lo que me deben de suspiros y gemidos por ellas, no tendría dinero bastante...» Y escribiendo a las tres el día en que hicieron su entrada en un mismo convento, háblales en estos términos: «Mis amadísimas en el Señor: sin tiempo más que para enviarles mi bendición. Quisiera, en el día de su entrada, darles la bendición de Isaac, pidiendo para ustedes bendiciones de rore caeli, de todos los rocíos de gracias del cielo, y aun de pinguedine terrae, de abundancia de salud, y aun de intereses, ya que todos los han querido consagrar a la gloria de Dios; o darles algunas bendiciones de consuelos y esperanzas, de las que Jacob dio a los más queridos de sus hijos; o las que Elías quería dar a su amado Eliseo; y más las que Tobías dio a su hijo en su viaje peligroso. Pero no tengo tiempo, y se las doy todas con el afecto. Y muy bien puedo dárselas, porque han sido para mí Benjaminas, esto es, hijas de mi dolor. Porque desde el día en que el Señor quiso pusiera las manos sobre esas almas, a través de las rejas del confesonario de San Juan, siéndome tan desconocidas, no puedo decir los malos ratos, y pasos, y cálculos, y fatigas, y temores y sinsabores que me han causado, en mi ambición de que sirvieran para máxima gloria de Dios. Y enfermedades de N.... y abandonos de otros, y contradicciones de Superiores, y otras cosas que me callo, se amontonaron para ejercitarme en el Señor en mis ardientes y excesivos deseos. Por postres, algunos enfados de algunas, y murmuraciones de todos para con Mosén Sol, que sabe sacar tantos miles. Todo lo doy por bien empleado, con tal Jesús sea amado de esas palomitas y glorificado en las almas necesitadas de Vall de Uxó, en donde estoy creído brotarán algunos lirios delicados para Jesús, y ejemplos de edificación en muchas familias hoy dormidas en el sueño de la ignorancia e indiferencia. Para mí nada quiero, más que olvido y penas; si bien me es costoso el ofrecer esta mirra y este cáliz repugnante, por mi poco valor y mi falta de santidad».
   Aludiendo a cierta religiosa, hija espiritual suya, decía: «Haga Jesús que me sirva de consuelo y me ahorre penas; que no estoy para muchas. Y no obstante, sin penas no se crían hijos, y menos hijas».
   «Estoy aquí -escribía desde Valencia a una devota- sin agobios, ni correrías, ni nervios, ni enfados, ni malos humores, y sin penas de hijas, que son las más angustiosas. En cambio, no faltan otras penitas más hondas y de más trascendencia, por las contradicciones que Jesús permite de parte de buenos, que, según Santa Teresa, son las más dolorosas. Pero Jesús Sacramentado todo lo puede y El lo arreglará todo».
   Y a otra hija espiritual: «El lunes o martes subiremos al Desierto de las Palmas y estaremos. unos días en santa quietud y penitencia; aunque de ésta soy poco devoto; si bien no sé si la necesito, teniendo bastante con la penitencia de monjas y almitas. ¡Jesús que me perdone!»
   A un sacerdote, a quien por segunda vez habían nombrado Vicario de religiosas, le dice: «Ya se ve que usted, por sus pecados, está destinado a ser damnatus... ad monachas».
   «Mi pacífica D... -escribía a una religiosa-. Eres la única alma que no me atormenta y me deja en paz. Jesús te pague tu apacibilidad y quietud... No te falta mi bendición diaria»
   «Ayer vino -contaba a otra- la señora X... Estará hasta el sábado. Es una santa alma, pero capaz de hacer santos a los que ella tiene confianza». Y hablando de otra santa por el estilo: «Sí que desearía que Z... fuera a ver a usted. Ya tendría usted bastante con una visita, y compadecería entonces al Dr. Sol, que la ha sostenido ¡siete años...!»
   «Nunca olvidaré -le dice una Sanjuanista- lo mucho que ha hecho por mí y la paciencia en recibir mis cotidianas visitas cuando estaba V. R. en el confesonario de debajo de nuestro órgano. Todo ha pasado, Padre mío. Ahora no hay ya Parets47, como V. R., de tanta paciencia».
   Probó también el Señor a Don Manuel con ingratitudes y penas provenientes de aquellas mismas comunidades en favor de las cuales más se había él sacrificado. «¿Qué pecados he hecho, Señor ?exclamaba- que me queréis meter en tantos asuntos monjiles-» Desahogándose en los postreros años de su vida con la Abadesa de uno de los conventos por él fundados, le dice: «Mi amadísima y predilecta hija en Jesús: Estoy avergonzado, y mi corazón no está ya para excitaciones; que ya no lo tengo muy bueno, y me humilla y me remuerde. Parece mentira que a la vejez me ocupen el corazón cosas de niño... y que lo que ha sido mi gozo y mi orgullo y mi corona (así lo confío), tenga que convertirse en tribulación y mirra. Veo que Jesús nos quiere muy desprendidos, pero no pensaba que fuese hasta tanto. Veo que Jesús quiere amargar aún los consuelos más sencillos y espirituales. Siento el remordimiento de mi mal obrar con mis entusiasmos y apasionamientos con las criaturas. Todo esto siento en mí; pero, por otra parte, siento también en mí un deseo verdadero de apartarme de todo lo que pueda intranquilizarme».

***

   La prudente y perseverante labor de Don Manuel en el apostolado de la dirección espiritual, fue de una maravillosa eficacia, y abundantísimo el fruto que recogió de sus santos afanes, como premio por Dios otorgado a su ejemplar abnegación y desinterés y a su exquisita pureza de miras.
   Declaraba un sacerdote de la diócesis de Tortosa que no sabía explicarse cómo se las arreglaba Don Manuel para encauzar en breve tiempo y hacer entrar a las almas por los senderos de la perfección. «Yo-decía-las confesaba años y más años con la mejor voluntad, y no conseguía hacerlas salir de los moldes ordinarios. Iban mis feligresas a Tortosa, se las recomendaba a Mosén Sol, o daban ellas casualmente con su confesonario, le trataban sólo unas cuantas semanas, y volvían sabiendo de materias de oración, con muchos deseos de mortificarse, ganosas de amar a Jesús cada día más y ser sus reparadoras, y comulgaban con mucha frecuencia. Quedaba yo maravillado y confundido de estas súbitas e inesperadas metamorfosis en simples mujeres del pueblo. Tengo todavía algunas, y de las más modestas familias, que practican don asiduidad edificante, levantándose a media noche, la Hora Santa todos los jueves del año. Y la resolución de prestar este servicio a Jesús data de la primera vez que se confesaron con Don Manuel».
   La clave de semejantes éxitos nos la ofrecen estas palabras del mismo Don Manuel: «Es asombroso el efecto que produce el amor de Jesús en las almas. En el ejercicio del propio ministerio me encontré muchas veces con criaturas que no sabían absolutamente nada de las cosas de Dios; jovencitas criadas en el campo, y (le familias muy modestas, que jamás oyeron hablar de las finezas de Jesús y de su inexplicable cariño a las almas. Bastó iniciarlas en estas materias de la vida espiritual, descubrirles el modo fácil de agradar al perpetuo morador del Sagrario, poderle consolar, reparando a la vez las ofensas que recibe de continuo de parte de ingratos pecadores, para que se obraran cambios tan radicales en su manera de ser y de comportarse, que parecían otras, como si les hubieran cambiado el entendimiento, la voluntad y el corazón. Al calor de estas sencillas ideas las he visto encenderse en ansias de más sufrimiento, en arrebatos de amor seráfico, y pedían que les enseñara la manera de mortificarse, presintiendo la existencia de, instrumentos de penitencia, que no habían visto jamás... Y se entregaban tan animosas al apostolado del bien, que yo mismo quedaba maravillado de tan radical mudanza... que sólo puede y sabe producir y explicar el amor...»
   «Nuestro Padre -dice una clarisa- era un sol que iluminaba pon su luz y calentaba con su fuego. El fervor con que pronunciaba las palabras que nos decía, hablando de la perfección, no podía dejar de producir sus efectos. Paso -en silencio lo que nos decía del Corazón de Jesús, pues ya lo saben los que le conocieron. Si hablaba de la Santísima Virgen María, aunque estuviera en el confesonario se paraba para saludarla, y después, con qué ternura le decía, aquella estrofa: «Maria, Mater gratiae...»
   Una devota de las del siglo, infatigable y fidelísima coadjutora espiritual de Don Manuel, se expresa de esta forma: «Creo que desde mí juventud Don Manuel me persiguió con sus oraciones, y se comprende que, sin yo apercibirme de ello, en cuantas ocasiones tenía me acercaba a Jesús, introduciéndome en caminos de poderle hallar con mayor perfección; de modo que puedo asegurar debe mi alma a tan santo varón el haberse enamorado de Jesús y los deseos de servirle que más vivamente he sentido».
   «En el confesonario -refiere otra- infundía cierta veneración y respeto que edificaba, dando sabios consejos sobre la pureza».
   Conducíase a veces en este ministerio con un candor santamente infantil y rebosante de afecto paternal. «Las temporadas en que yo estaba delicada -declara una religiosa- y después de hablar unas cuantas palabras ya no podía más, me decía: Siéntate y descansa; entretanto hablaré yo. Entonces me contaba sus penas y sus gozos. Después rezábamos el avemaría entre los dos y decía: Ya está cumplida la penitencia. Contaba yo 18 años y había de elegir confesor. De tres que tenía en la imaginación, era él uno, pero la franqueza que siempre le había tenido hacia que de ninguna manera me pudiera vencer para escogerlo. Por otra parte, parecía que el Señor me, inspiraba con mucha fuerza que había de ser él y nadie más. Probé de hacer suertes y me salió él. Aquí me acabé de apurar, y de ninguna manera me podía resolver. Por fin, determine ir a aconsejarme de él, pero le nombré a los otros dos solos y me contestó: Escoge al que quieras; que al que escojas yo le avisaré que te confiese cuando y a la hora que puedas. Mas los fuertes golpes que daba el Señor a mi corazón hicieron salir de mi boca las siguientes palabras: Y si vengo a usted, ¿le sabrá mal? -¡Ay! no, hija, no. Palabras que se me grabaron en el corazón y nunca se me han olvidado. Y me entregué. ¡Ay, si yo supiera explicar con la pluma las gracias que el cielo ha derramado sobre mi alma por medio de su santa dirección! ¡Desgraciada de mí, si me hubiera hecho la sorda y no me hubiese vencido en dichas repugnancias! ... »
   «Cuando nuestra reverenda Madre -le dice una religiosa de Benicarló- nos habla o nos da noticias de usted, estoy contentísima; y más si es en ocasión en que yo puedo preguntar o tomar parte en la conversación ¿No sabe usted que cuando yo era pequeñita le dio el Señor la gracia de que me enfervorizasen el corazón sus palabras? Y el bien que hizo eso a mi alma no lo puedo olvidar».
   «Conocí dos jóvenes -cuenta Sor Josefina. Sol, Sanjuanista de Barcelona- muy mundanas y callejeras. Tomólas Don Manuel bajo su dirección, y una de ellas se hizo una cristiana fervorosa y otra llegó a ser modelo de religiosas».
   «Tenía Don Manuel -atestigua Sor María de Padua, de las Religiosas de Jesús-María-el don de infundir en el alma la paz de que él gozaba siempre. Por más turbada que una fuera a él, salía pacificada y fervorosa, pues no sé qué tenían sus palabras; y es que estaba lleno de Dios, y por eso lo daba a los demás».
   Un joven seminarista -cuyo nombre nos reservamos, pero que es hoy honor y lustre de la Iglesia española- escribía en cierta ocasión a Don Manuel: «He recibido esta mañana su carta, que ha hecho muchísimo bien a mi alma, pues le ha dado gran caudal de paz y tranquilidad. Deudor le quedo de un gran beneficio, y quisiera poder hacer algo más de lo que puedo para pagárselo; aunque me consuela pensar en que Dios, y no una pobre criatura, es quien ha de recompensar sus trabajos, cuidados y desvelos... Aunque es verdad que no siente mi corazón grandes entusiasmos sensibles por nada, no puede menos de agradecer, y agradecer hasta conmoverse, consuelos y favores como el que usted me ha dispensado. Yo propongo ante Jesús seguir sus consejos de obediencia y docilidad en mis ansiedades...»
   Una religiosa, aludiendo a un sobrino suyo, que perdido de escrúpulos se hallaba a punto de salir del noviciado de la Compañía de Jesús, suplicaba a Don Manuel: «Desearía que le escribiese usted para darle algún consuelo, pues recuerdo que la otra vez que los tuvo me dijo que, si no hubiera sido por usted, hubiera perdido la cabeza...»
   Otra religiosa, al pie de una carta autógrafa de Don Manuel, que nos remite, pone estas palabras: «Esta carta me la escribió en circunstancias en que por permisión de Dios estaba yo hecha una loquita de escrúpulos y penas del alma, y con ella logró sosegar mucho mi espíritu».
   «Mucho consuelo tuve al recibir su cartita -decíale una tercera- y se serenó un poco el nublado que me rodea. Con cinco minutos de usted, creo desaparecería la turbación en que estoy sumida».
   «Madre: -escribía a una religiosa cierta jovencita de Tortosa- el Señor me ha dado un padre. Me parece que más que padre: porque me parece que es un santo. Tantas veces como me hallo en presencia de él, Nuestro Señor se digna comunicarme la virtud de ser apóstol de la fe y de la oración».
   Finalmente, una clarisa daba a Don Manuel, en estos términos, la enhorabuena por la apertura del Templo de Reparación de Tortosa: «No puedo menos de felicitarle porque ya se cumplieron sus grandes y fervorosos deseos de la adoración perpetua a Jesús Sacramentado. Al pensar en las grandes dificultades que se oponían, y que V. R. ya pensaba en ponerlo en Valencia, me fui a mi Jesús y le pedí que las allanase con todo mi corazón, y con aquellos ímpetus de fervor que V. R. sabe derramar sobre mí».

***

   No abandonó nunca del todo Don Manuel este apostolado, que sabía ser tan santamente fecundo, de la dirección espiritual de las almas, pero a medida que, con el trascurso de los años, íbanse multiplicando sus otras empresas de celo, sin serle posible ya abarcarlas todas, fuese desentendiendo cada vez más de este ministerio, hacia el que tanta predilección sentía. Forzábanle a ello, por añadidura, la razonada oposición de sus Operarios y sus propias enfermedades.
   «Mi retraimiento de tratar con monjas -excusábase Don Manuel en noviembre de 1889- es porque no puedo con todo y me hace escrúpulo el tiempo que he gastado y gasto con ellas, pues falto a mis deberes y temo que me vaya mal lo demás, a no ser que ellas lo suplan con oraciones». Y en mayo del 90 decía a la Superiora de una Comunidad religiosa: «No interprete usted mal lo que dije que no hace bien a mi espíritu; sino que, como son cositas pequeñitas siempre las que se mezclan en esos asuntos de devotas y monjas, y yo quiero cosas muy grandes, por eso no me satisface el tener que ir contando con temores y veleidades y cosas así».
   Una de las resoluciones que tomó en los Ejercicios espirituales de aquel año, fue la de «dejar las monjas». Pero no acababa de romper con ellas, y en agosto de 1891 escribía a la Abadesa del convento de Vinaroz: «No me mortifica con los escritos, y hágalo siempre. Aunque el tunante de Serrano ya conoce la letra, y se sonríe, no importa. Ya saben que las monjas me tienen engañado. Pero es el caso que temo, y no lo quisiera, que los hijos imiten al padre, pues veo que a ellos les están engañando las Puras y las Claras para todo lo que quieren, y yo me estoy burlando de ellos».
   El 29 de abril del 92 tornaba a escribir desde Roma a la misma: «Los míos me dicen que no debo entender en monjas, teniendo tantos cabos que atar. Y veo que no sólo yo, sino tampoco los otros pueden meterse en asuntos de monjas, pues vivimos a lo militar». «No me muevo de casa -decía en mayo de 1900 a un Operario- y no puedo hacer más que lo del día y tengo mucho atrasado, y aun me fatigo, y no sé si por la vejez. La Abadesa de Vinaroz quiere vaya el 24 allá, pero no iré. Me espanta todo lo de monjas».
   «Voy siguiendo regular -escribía el 19 de marzo de 1904-. Hoy ha sido el primer día, en año y medio, que he dicho misa en iglesia. Las Puras no tenían misa, he ido, y he tomado el desayuno con Margenat en el locutorio, y me han mareado los gemidos de aquellas buenas almas, a las que dos años hacía no había visitado».
   Lamentábase Don Manuel con frecuencia, en los últimos días de su vida, ante don Juan B. Calatayud, del tiempo que había empleado con las monjas y devotas.
   No obstante, su deliberado ostracismo monjil no le impidió hasta el postrer momento de su vida estar siempre dispuesto a atender a las, demandas y despachar las consultas de sus hijas. Pocos meses antes de su muerte, el 8 de septiembre de 1908, enviaba estas líneas a una sanjuanista: «Mi Sor D...: Recibidas tus cartitas últimas, sobre todo la del 40.º aniversario de tu vestición y 44.º que por vez primera viniste a la Catedral, toda ruborosa y fingiendo hasta la voz, etc., etc. ¡Cuántos recuerdos! No has sido de las que más me hicieron sufrir en la carrera de la vocación, pero sí de las que me inspiraron más interés y más confianza. Y por esta confianza te quería enviar a Tarragona, aunque no sin sacrificio, pues pensaba entonces que aquello era de mayor gloria de Dios; y El premió mi buena intención y desprendimiento haciendo que te quedaras aquí cerca. Y aquí no he omitido mi interés por tu alma y bienestar, gastando bastantes ratos en tus desahogos, tus penas y tus cargos. Por esto no es verdad que me excuse de ir. Pero mis achaques me dan mucha pereza para salir de casa y para ciertas cosas. Y parece que el Señor me quiere para vida retirada y escondida con Cristo. No obstante, si tenías alguna necesidad de mi presencia personal o consejo verbal, sabes que lo haré; y más, si vienen días buenos; e iría a la sacristía o al confesonario, con permiso de tu Superiora. ¿Qué más quieres?»

CAPÍTULO XIII



Durante la época revolucionaria: Ayudando a Ossó. -Defensor de las Clarisas. -La «Juventud Católica». -Apóstol de la Buena Prensa. -Su primer viaje a Roma el año 70.

(1868-1872)



   De tristísimas y funestas consecuencias, al igual que para España entera, fue también para Tortosa la Revolución septembrina de 1868. Expulsados de la ciudad los Jesuitas el 1.º de octubre, fue convertida en Hospital su casa del Arrabal del Jesús; en el Seminario, del cual se incautó la Junta revolucionaria, fueron instalados los Juzgados; y el Colegio de Santiago y San Matías, asaltado violentamente por el populacho, destinado a cuartel de «los Voluntarios de la Libertad».
   Años de agitaciones, de zozobras y continua angustia fueron aquellos para los pacíficos moradores de Tortosa. Decretado por el Ayuntamiento el matrimonio civil, comenzaron a celebrarse algunos en la ciudad. Al mismo tiempo se declaraban suprimidas las misas que por tradición secular venían diciéndose en el Oratorio dedicado al Santo Ángel, Patrono de Tortosa, en la Casa, del Concejo municipal. Quedó prohibido llevar pública y solemnemente el viático a los enfermos, y al clero asistir a los entierros. Comenzaron a venderse en ferias y mercados libros y folletos protestantes. En el teatro de la Merced, hoy templo de la Reparación, blasfemaban a su talante en mitinescas asambleas Roque Barcia y Suñer y Capdevila. En 1870 ordenó el Ayuntamiento a los serenos que sustituyeran el tradicional y cristiano «¡Ave María Purísima!» por el grito de «¡Viva la Soberanía nacional!» repetido por tres veces, y en 1873 por el de «¡Viva la República española!». Las sangrientas y brutales represalias de los revolucionarios, exasperados por el número verdaderamente exorbitante de tortosinos alistados en las filas del ejército carlista; los encarcelamientos en masa, destierros y malos tratos infligidos a honrados y pacíficos ciudadanos, y aun a sacerdotes; las frecuentes incursiones de los carlistas en la ciudad; el merodeo continuo de uno y otro ejército por sus alrededores, y otras causas semejantes, hacían vivir a los tortosinos en constante temor y desasosiego.
   Tal era el sombrío cuadro que ofrecía por aquellos infaustos años de revueltas políticas, y el ambiente en que se desenvolvía, la vida religiosa y social de Tortosa, y el campo en que debía operar y desarrollarse el intrépido y- ardoroso celo de Don Manuel.
   Fue su primer cuidado cooperar eficazmente con sus alientos y consejos, con sus prestaciones económicas y con su colaboración ministerial, a la múltiple y portentosa labor apostólica emprendida por su santo amigo Don Enrique de Ossó48.
   «Don Manuel -declara una religiosa teresiana- estaba fuera de sí de gozo con los triunfos de don Enrique, y ambos formaban un solo corazón».
   Desde entonces y por muchos años, fueron compañeros de espirituales excursiones por la diócesis tortosina y fuera de ella, «Tengo -escribía Don Manuel a un amigo sacerdote- muchas ganas, si no necesidad, de irme a descansar unos días, y las circunstancias me las quitan, Ossó me ha escrito tres cartas desde Borriol y el Desierto a fin de que fuese allá, y prometiéndome pasar después a Valencia y recorrer un poco la Plana, y no me he atrevido a acceder».
   Por testimonio del que fue párroco de Cinctorres, don Matías Boix, sabemos que el 24 y 25 de julio de 1892, hallábanse allí Don Manuel y don Enrique para establecer la «Archicofradía Teresiana», «en la cual -dice- ha encontrado y encuentra asilo seguro y refugio confortable la juventud femenina. El calor de aquellos fervorines, pláticas y sermones, déjase sentir aún hoy, y está en la memoria de todos su recuerdo».

***

   No bien se hubo posesionado Don Manuel de su cargo de Vicario de Santa Clara, vióse obligado, por efecto también del movimiento revolucionario, a desplegar toda suerte de actividades e industrias a fin de impedir que se cumpliera la amenaza de expulsión de las religiosas de su monasterio, decretada por el Gobierno, para convertirlo en hospital militar de guerra. Ante semejante peligro, «el caritativo corazón de Don Manuel -dice una clarisa- se destrozaba de dolor y pena. ¡Cuánto trabajó y sufrió, junto con otras personas que le querían49, sacrificándose de día y de noche, ya con promesas, ya con dádivas, para poder conseguir dejarnos. en el retiro del claustro, diciéndonos a nosotras: «Hijas mías, vosotras con oraciones y penitencias, mortificaciones »y sacrificios, y yo cansando personas, y poniendo de mi parte »todo lo que pueda, hemos de alcanzar la misericordia de Dios...» Verdaderamente, fue para nosotras un cariñoso padre, que siempre vivirá en nuestros corazones».
   A más de celebrar misas y orar él y hacer a otros orar a esta intención, redactó Don Manuel en 1868 los borradores de varias patéticas cartas que, firmadas luego por la Abadesa, enviaban las monjitas a la Condesa de Reus, doña Francisca Agüero, esposa del general Prim, suplicando que interpusiera en favor de ellas la poderosa influencia de su marido para que se frustraran los impíos planes del Gobierno revolucionario. La intervención de la Condesa obtuvo felicísimo resultado. Asesinado el general Prim, a fines de diciembre de 187050, no dejaron por eso las clarisas de acogerse al amparo de su caritativa viuda en otras dos idénticas ocasiones, y con el mismo favorable éxito: en 1871 y 1872. En demostración de su agradecimiento enviáronle, como humilde y piadosa ofrenda, un facsímil de la Santa Cinta, de la celestial Patrona de Tortosa.
   Una carta de pésame por la muerte de su esposa, dirigida a don Estanislao Figueras, a nombre de las religiosas de Santa Clara, encontrada entre los papeles de Don Manuel, hácenos sospechar que también a esta señora debieron demandar aquéllas protección en tan apurados trances.
   Aludiendo al primero en que hubieron de encontrarse, decía Don Manuel a sus hijas de, Santa Clara, en la plática del primer domingo de Adviento de 1869: «Hace un año, venerables Madres y hermanas en el Señor, hace un año, que en esta domínica y desde este mismo lugar, reunidas, por la misericordia de Dios, todas las que ahora me escucháis, os recordaba, antes de empezar mi discurso, la situación triste en que nos encontrábamos. El horizonte político y religioso, encapotado; una terrible tempestad nos amenazaba y se oía el sordo rugir del trueno y la justicia de Dios vibrando sobre nuestras cabezas, mediante la permisión de un amargo decreto humano, que angustiaba nuestro corazón. Y en medio de aquella crítica situación, os aconsejaba que, abstrayéndoos de todo, y ya que la bondad divina nos lo permitía, nos entregásemos al silenció y gemidos de la oración y a la preparación de la venida del Mesías, respondiendo al acento que la Iglesia nos dirigía. ¿Quién había de creer, hijas mías, que habíamos de pasar un año en igual situación; que habíamos de permanecer en medio de las iras de nuestros enemigos, bajo el omnímodo poder de los que han jurado nuestro completo exterminio, y que, sin embargo, nos conservaríamos ilesos en medio de la catástrofe que amenazaba ser general? Colocados bajo la protección del Cielo, hemos podido, exclamar, como David: «Verdaderamente, el Señor es nuestro refugio y nuestro sostén; con su escudo nos ha defendido; ha embotado las saetas de nuestros adversarios; nos ha libertado de los temores de la noche y de las asechanzas del demonio meridiano, y no ha permitido que se acercaran a nosotros; porque el Señor ha puesto altísimo refugio y por esto no ha podido llegar el azote a nuestro defendido tabernáculo; porque El ha mandado a sus ángeles que nos guarden en los caminos de la vida; y hemos podido escapar del áspid de las maledicencias, de las calumnias, del desprecio y del basilisco de la profanación...» Y ¿por qué todo esto, hijas mías? Clamabit ad me, et ego exaudiam eum. Porque supimos clamar a El en los días de la angustia; porque supimos afligir nuestro corazón como David en la presencia de Dios, y El se complace en estar más cerca de nosotros cuando nadamos en la tribulación -cum ipso sum in tribulatione-; y el Señor se complació en escuchar nuestros lamentos y las humildes, súplicas de nuestras almas... Pero ¡ay, hijas mías! que el azote continúa levantado, la tormenta ruge allá en lontananza, el porvenir se presenta oscuro y negro, su aspecto quebranta el aliento aun de los menos tímidos, y, nadie puede prever el desenlace de los acontecimientos que pueden sobrevenir sobre nosotros y sobre la Iglesia. Los que no fían sus cálculos más que en el poder y en la fuerza del hombre auguran fatalmente.
   Es que tal vez el Señor exige algo más; es que tal vez no hemos llenado el objeto que se proponía. ¿Quién sabe si en medio de las tribulaciones, cuando el Señor nos arrancaba promesas y le protestábamos fidelidad, se dejó engañar santamente, si se me permite la expresión, y ahora, viendo nuestra poca correspondencia, esté suspendiendo todavía el castigo?... Con mayor motivo, pues, que el año anterior, puedo deciros que os abstraigáis de todo ... »
   No tan sólo las clarisas, sino las religiosas de Tortosa en general, y más especialmente las de la Purísima, viéronse envueltas por aquellos turbulentos días en amenazas de expulsiones. Acérrimamente batalló Don Manuel a favor de todas ellas desde la prensa, publicando vibrantes artículos en defensa de los conventos de religiosas, «eternos centinelas -escribía- de las generaciones, a través de la noche de los siglos, que nos elevan de continuo a la idea de una vida superior a la del cuerpo...» «Son las religiosas -decía- lámparas del Santuario, dedicadas a arder ante Dios durante el sueño de nuestra tibieza y de nuestra indiferencia. Son, en medio de las pasiones, vicisitudes y quebrantos de nuestra vida, como aquellos ángeles que nos pinta un poeta, que se interponen ante Dios en las tempestades...»
   En este linaje de artículos. llegaba a lo sumo la exaltación ascética y lírica de Don Manuel, cuando a la par que sus sentimientos religiosos sentía heridas las fibras de su ardoroso amor a Tortosa. El que escribió en defensa del histórico convento de la Concepción Victoria, es un entusiástico y enardecido canto a las seculares, gloriosas y santas, tradiciones de su patria chica,

***

   Para contrarrestar los efectos desastrosos de la Revolución en el orden religioso y social, concibió Don Manuel la idea de realizar dos obras acomodadísimas a las necesidades del momento.
   Con el fin de aplacar la ira del cielo y ofrecer al Señor una compensación y contrapeso ante las ofensas de los hombres, y para hacer que descendiesen sobre éstos las misericordias de Dios, proyectó la fundación de una comunidad religiosa de clausura, a base de las clarisas, consagrada exclusivamente a expiar y reparar al Corazón de Jesús. No dejó de dar en este sentido algunos pasos, escribiendo a una dama de alta alcurnia y muy piadosa para invitarla a que proporcionase el necesario apoyo económico.
   No correspondió la dama a las esperanzas de Don Manuel, y quedaron sin realización los santos anhelos de éste.
   Era, por otra parte, urgentísimo combatir contra la Revolución en el terreno social, y para salvar a los jóvenes, enamorándolos de la religión y haciendo de ellos adalides de la Iglesia y de la patria, organizó Don Manuel en 1869 la «Juventud Católica» de Tortosa.
   «Mucho ha sido -confesaba años más tarde- mi amor a la juventud. Desde el día en que, recién ordenado, se me colocó en el Instituto, como profesor y como Secretario, he tenido interés por la juventud varonil. Aunque no hubiera sido por mi natural afecto, la experiencia de la importancia que tiene este campo, los resultados de gloria de Dios y bien de la sociedad, y por lo tanto de bien de la juventud, serían bastante motivo para mirarla con predilección.
   Vilá, Franquet, Olesa, los Tallada, en los revueltos días del 68, fueron objeto de nuestra solicitud y salvaron sus convicciones en medio de aquellas borrascas. Otros, que no miraron, o no se cobijaron bajo esta sombra, naufragaron. Y aunque algunos se han cogido, al fin, a una tabla de salvación, otros desgraciados se hundieron en la impiedad... España estaba bajo la presión de una atmósfera asfixiante de desbordamiento de pasiones, y casi diríamos de impiedad, en aquel nuevo orden de cosas, después de la tempestad del 68. Se me acercaron entonces dos o tres jóvenes de los que habían sido mis discípulos en el Instituto, pidiéndome una organización semejante a la que había iniciado la juventud católica de Madrid. Consulté Con el Prelado Señor Vilamitjana, que lo aprobó, y provoqué una reunión en una casa que servía de escuela de latín, porque el Seminario estaba arrebatado por la revolución. Entre los concurrentes estaban don José Franquet Ferreres, don Víctor Olesa, don Santiago Vilá, don Domingo Grego y otros. Les expuse el pensamiento de constituir la Juventud Católica con las bases de la de Madrid y un reglamento particular, que allí se empezó a discutir. Les indiqué para Consiliario al Magistral de entonces, el malogrado señor Vilaret. No sólo se recibió muy bien la idea, sino con entusiasmo tal, que no se presentó dificultad que no se venciera, dispuestos no sólo a defender las convicciones católicas que habían recibido de sus familias, sino a combatir con denuedo por la palabra y por la propaganda del bien.
   El resultado fue asombroso, y estimulamos ahora al señor Vilá para que haga una memoria de los triunfos obtenidos, de las empresas realizadas por aquella pequeña grey de corazones ardientes. Os asombraría. Baste decir que la atmósfera que reinaba cambió por completo, y con veladas, peregrinaciones, funciones religiosas, etc., salvaron la fe.
   Mas vinieron después otros acontecimientos, cesó aquella lucha, que era la que alimentaba el entusiasmo y unía a todos en un mismo parecer, sin distinción de opiniones, y aquella pléyade de valientes se retiró a sus campamentos.
   Perdonadme este recuerdo, tan grato para mí y que tanto me consuela ante Dios ... »
   «El objeto de esta Asociación -decía el reglamento de la «Juventud Católica», de Tortosa- es el que se instruyan con asiduidad los socios de la misma en los principios de la ciencia y de la moral católica; animarse mutuamente a encender en sus corazones él fuego de la religión; propagarle por todos los medios legítimos y defender con todas las fuerzas los derechos, preceptos y disposiciones del catolicismo, vindicándole de todos los ataques e injurias proferidas contra él. Serán medios para instruirse: la lectura de periódicos, folletos, libros selectos de moral católica, de controversia, de historia y literatura; las conferencias privadas y las públicas y periódicas, como también las consultas con personas instruidas...
   Para atender debidamente al primer modo de instrucción, se procurara, aparte las suscripciones ordinarias a revistas, periódicos, etc., etc., formar una biblioteca escogida, para uso de los asociados, en el local de las reuniones...
   La Junta se compondrá de, un presidente, un vice-presidente, dos secretarios, un tesorero y tres vocales...
   Las sesiones públicas se verificarán en fechas variables, a juicio del presidente, que las señalará con la oportuna anticipación. En ellas se leerá algún discurso sobre un punto de moral, historia, disciplina, ajustado al criterio exclusivamente católico y en defensa de él. Podrán hacerse objeciones con la mira única del mayor esclarecimiento de la cuestión... Además del discurso ordinario, en estas sesiones podrá cualquiera de los asociados, con permiso del presidente, leer algún artículo de oportunidad, poesía, etc., etc.
   Serán medios para propagar la idea católica, además de los discursos de las sesiones públicas, la impresión de hojas y folletos, el establecimiento de alguna biblioteca popular, la enseñanza voluntaria y gratuita, etc ... »
   Fue nombrado primer Presidente de la «Juventud Católica» el abogado tortosino don Antonio Dolz Rossell. Celebraban sus reuniones los socios de la misma, al principio, en el propio domicilio de Don Manuel; andando los tiempos, en una casa de la plaza del Hospital, primero; en la calle de Gil de Federich, después; y, finalmente, en el magnífico edificio de la antigua iglesia de la Merced. Logró adiestrar Don Manuel en el manejo de la palabra a un distinguido grupo de jóvenes, de los cuales se mostraba santamente ufano. «Queda usted encargado -escribía en noviembre de 1871 a don Froilán Beltrán- de predicar el sermón de primera clase a mis Purísimas el día de su Patrona. Estaba por darle el de la «Juventud Católica», pero tal vez podamos aprovechar a otro este año y dejaremos a usted para el que viene... El día de la Purísima tiene sesión pública la «Juventud». Tendrá usted el gusto de oír a nuestros jóvenes. Tal vez hable Foguet, el abogado y casi diputado...»
   Ostentando la representación de la «Juventud Católica» de Tortosa fue Don Manuel a Roma en octubre de 1878, formando parte de la Peregrinación organizada por la «Juventud Católica» de Cataluña, y al regresar dio en el Círculo de aquélla una conferencia relatando las impresiones de su viaje.
   Una de las iniciativas de la Academia de la «Juventud» fue la ,de establecer «Escuelas nocturnas para obreros y artesanos», siendo nombrado Don Manuel Director espiritual de las mismas «por el voto unánime -le comunicaban- de los señores de la Junta, que del celo e interés con que siempre ha mirado cuanto a esta Sociedad se refiere, espera acepte el mencionado puesto ... »
   Aparte de las energías de orden moral e intelectual que derrochó Don Manuel en esta empresa de celo, contribuyó también económicamente al desarrollo de la misma, como suscriptor siempre y como Mecenas muchas veces, según consta en sus libretas de cuentas.

   En octubre de 1880 organizó la «Juventud Católica» un curso de conferencias científicas sobre Geología y Paleontología, desarrolladas por sabios tan ilustres como don José Landerer y el P. Vicent, S. J.; y para las tradicionales fiestas de la Santa Cinta de 1883 una magnífica «Exposición agrícola» de productos del país, que fue inaugurada el 3 de septiembre en el Colegio de Santiago y San Matías.
   Del 7 al 11 de diciembre de 1887, en su domicilio social, que lo era a la sazón el local del hoy templo de la Reparación, se celebró, organizada por la «Juventud Católica», una Asamblea de Asociaciones Católicas. De tan notable acontecimiento decía la prensa católica de aquellos días: «La diócesis de Tortosa ha sido la primera en España que ha llevado a la práctica este gran pensamiento y esta obra predilecta de León XIII». No ha faltado quien haya escrito que fue aquella Asamblea la causa de que germinase la idea de los futuros Congresos Católicos Nacionales; por lo menos, bien puede asegurarse que fue como un ensayo y anticipado simulacro de los mismos. Reuniéronse en aquélla hasta 748 asambleístas. Presidió las sesiones el Prelado de Tortosa, ilustrísimo señor don Francisco Aznar y Pueyo. De ellas dice el distinguido escritor tortosino don Ramón Vergés Pauli, que «por lo esplendorosas y severas y por las conclusiones aprobadas, parecían tener el carácter de aquellos antiguos concilios en que todos los estamentos sociales ponían a contribución sus energías pro aris et focis». Hablaron en las sesiones oradores tan ilustres como don Rafael Rodríguez de Cepeda, Vilaret, Jardiel y el entonces jovencito Cristóbal Botella, el señor Obispo Aznar y Pueyo, Don Manuel, que actuó de Ponente en la Sección Primera («Obras de fe y de piedad») y el Presidente de la «Juventud Católica», don Ramón Foguet.
   Sobre este joven, culto y elocuentísimo abogado tortosino, tenía fundadas Don Manuel extraordinarias esperanzas y concebidos grandes proyectos. En diciembre de 1890 escribía desde Roma a don José García: «La carta de Foguet no ha llegado... No diciéndome tú nada, supongo que irá por sus espacios espirituales... Respecto a la candidatura, no sé qué decir... Si pudiera ser diputado, siendo sacerdote ... »
   El 16 de octubre de 1892, celebró la «Juventud» una solemnísima velada literaria en honor de Colón, para conmemorar el Cuarto Centenario del Descubrimiento de América.
   Para formarlos en sólida piedad, dirigía de cuando en cuando Don Manuel sermones y pláticas a sus queridos jóvenes.

***

   En su incesante afán de combatir el mal por todos los medios posibles, sirvióse también Don Manuel, según dejamos indicado, del arma poderosa de la prensa.
   Con el fin de salir al paso y contrarrestar los disolventes efectos producidos por cierta sectaria y blasfema publicación tortosina, en unión y por iniciativa de don Enrique de Ossó, comenzaron a editar ambos, en 1871, un periódico, semanal titulado «El Amigo del Pueblo», «que recibieron -dice Don Manuel- con gozo indecible los buenos católicos en aquellos aciagos días».
   El 9 de julio de 1872, escribíale desde Barcelona don Enrique: «Ayer leí «El Hombre» infame de ésa, que vuelve a salir. Su primer artículo es «Guerra a la fe divina». Es, pues, urgente que vuelva a aparecer «El Amigo». Si podía ser esta semana, mejor. Por mi cuenta corre el artículo de fondo, si queréis. Hoy escribo a don Jacinto51 y a Mosén Altés, para que continúe, y os mando las «Cartas de Aldea». Avistaos con don Jacinto y Mariano52. Y ¡ánimo! ¡Adelante y no cejar!... Acabo de recibir carta de Llasat53. Avístese con él ... »
   Según leemos en «Efemérides Tortosinas» de don Ramón Vergés Pauli, en 1878 publicaba Don Manuel, en colaboración con don Luis Bernis, otro periódico titulado «El Bien Público». Sinceramente confesamos que, a pesar de nuestras, investigaciones en este sentido, no nos ha sido posible hallar ninguna otra referencia sobre este particular.
   Por la lectura de los borradores que se conservan de artículos de Don Manuel, nos es dado apreciar que su estilo periodístico era siempre vivo y ardoroso. Sus composiciones fácilmente se convierten en soflamas. Al hacer la presentación al público de «El Amigo del Pueblo» y exponer cuáles eran las aspiraciones simbolizadas en la bandera que se disponía a enarbolar «con débil mano, aunque esforzado corazón», declaraba que descendían al palenque de la prensa para defender sus convicciones religiosas y defender al catolicismo de las calumnias de sus enemigos. «Grande es la empresa -decía- pero no estamos solos. Valientes adalides se han levantado en toda España, y ondeando al viento la bandera en cuyo centro se encuentra aquel emblema que apareció a Constantino la víspera de la victoria, seguiremos nuestra cruzada unidos a la que se hace en España entera... Y esta campaña gloriosa de corazones y de plumas, como las trompetas bíblicas, derrumbará la Jericó revolucionaria, pronto o tarde, dejando a Dios la oportunidad...»
   Enardecíase singularmente y mostrábase pletórico de santa indignación al declamar contra «el estupor y la apatía que domina-escribía-en los hombres de orden, en los de corazón católico y monárquico, cuando la situación que atravesamos les marca tan claramente sus deberes y la línea ineludible de conducta que deben observar. No podemos comprender la duda, la vacilación y menos la cobardía. Cuando todos convenimos en que ha llegado el momento de la actividad para lograr el triunfo del catolicismo y de la monarquía, no comprendemos la resignación de algunos resueltos a no salir de su cómodo quietismo, apoyados en la ilusión de un feliz porvenir, sin poner siquiera su mano para conducir una piedra para el edificio que es indispensable levantar ... »
   En sus apuntes autobiográficos, declara Don Manuel haberle sido ofrecida por estas fechas una cátedra del Seminario y haber renunciado a ella para poderse dedicar con mayor desembarazo a sus variadas empresas de celo. Aceptó, en cambio, el nombramiento que de él hizo el Prelado, el 1.º de enero de 1872, para Bibliotecario o Director de «El Apostolado de la Prensa» o «Biblioteca Popular», que tenía por objeto propagar por la diócesis lecturas piadosas y morales. Fue Don Manuel el alma y el principal agente de aquella oportuna y beneficiosa Institución, instalada en los-bajos del Palacio Episcopal.
   En la Circular que redactó para anunciar el establecimiento y fines del «Apostolado de la Prensa», ponderaba Don Manuel las excelencias de ésta como medio eficacísimo de difundir el bien y reprimir el mal. «Ha sido la prensa -decía- la que más ha contribuido al extravío de tantas inteligencias, poco ha vivificadas por la luz de la fe y de la piedad. ¿Quién no, ha visto el empeño del protestantismo y de las sectas para introducir, sobre todo en las clases modestas de la sociedad y en los talleres, el virus del error por medio de la fácil y barata publicación de folletos, periódicos, novelas, etc.? El espíritu del mal ha creído encontrar en el invento de Guttenberg la palanca con que arrancar la fe, si le fuera posible, del pueblo español. Poseídos de esta triste verdad, y para contrarrestar los efectos del mal y sostener a las almas fieles, hemos visto, de tres años a esta parte, levantarse en España un sinnúmero de asociaciones destinadas a la propaganda de buenas lecturas... No se nos diga, no, que el mundo no está ya más que para apostolados de hierro y de fuego. Eso no sería más que la excusa de los que, parapetados detrás de su ciego egoísmo, y a pesar de llamarse católicos, quieren eludir el asociarse y trabajar por levantar de su postración a las almas y disminuir los males que nos agobian y las catástrofes que nos amenazan. Es cierto que por nosotros mismos, por grandes que fueran nuestros esfuerzos, nada podríamos, que la obra de la regeneración de la sociedad es toda de Dios. Pero Dios cuenta con la libré cooperación nuestra para realizar por la prensa sus grandes designios sobre la sociedad. Tal es el deber de cada católico, en mayor o menor grado, según su posición y talento. La victoria es segura: Sólo falta para alcanzarla un poco de calor religioso de parte de todos los que sienten en su pecho algo de abnegación, de sacrificio para curar los corazones heridos por el error y la mentira; un esfuerzo constante hacia el bien: un poco de celo, en fin. Lo de más, toca a Dios; así como también el señalar la hora y el momento del triunfo del bien, y del resultado de nuestra pequeña cooperación... Y si tal fuera el designio de Dios, que por la apatía de los que teniendo obligación de cooperar se cruzan de brazos, descargara sobre la sociedad el brazo de su justicia por medio de un horrible cataclismo, no serían los egoístas los que dejarían de recibir su especial merecido castigo, mientras que los que han trabajado infatigablemente por evitar la catástrofe tendrían entonces el consuelo de levantar al cielo sus miradas en medio de la tempestad, tranquilos de haber hecho cuanto podían por conjurarla; Seguros de haber cumplido su deber... »
   A impulso de este celo y entusiasmo que él sentía en orden a propagar las buenas lecturas, concibió Don Manuel posteriormente, y planeado lo tenía, aunque no pudo ponerlo por obra, el proyecto de una Editorial, que había de llamarse «Imprenta Católica de San José».

***

   Ha sido siempre el «romanismo» una de las características de los grandes santos, quienes, considerando a Roma como su patria espiritual, la profesaron vivo e indeficiente amor. Al igual que San Felipe Neri y San José de Calasanz, también desde su juventud sintió Don Manuel en el fondo de su corazón una voz misteriosa que le gritaba: «¡A Roma! ¡A Roma!» Por eso, cuando, muchos años después, impulsado por esa espiritual atracción, concibió la idea de establecer en la Ciudad Eterna un hogar y una escuela para la juventud eclesiástica de su patria, que sirviera como de reflector, que derramara sobre España los resplandores de santidad y de ciencia que emanan de la Cátedra de Pedro, jamás sintió desfallecimientos su optimismo y su fe, y en medio, de los formidables y múltiples contratiempos que hubo de experimentar, le parecía escuchar en el fondo de su espíritu las palabras de Jesús a Ignacio de Loyola y sus compañeros, cuando por vez primera se acercaban a la Ciudad de los eternos destinos: Ego vobis Romae propitius ero!
   «Todos los santos -decía Don Manuel a sus colegiales de Tortosa- se han distinguido por su amor a la Santa Sede. En este siglo los errores se han multiplicado, y el infierno ha dispuesto dirigir sus tiros a la Cabeza de la Iglesia. La ocupación de Roma no es sólo un acto político. tiene otro objeto. De aquí es que el instinto católico se ha dirigido también, cual nunca, hacia la Cabeza. Por eso hoy el distintivo de los católicos verdaderos es el amor al Papa. Demos hoy amor al Papa, es decir, amor a la Iglesia, a sus enseñanzas, porque en esto está todo simbolizado. Por esto conviene hablar del Papa. Se han de desear más que nunca sus bendiciones, porque son más necesarias ... »
   Tenía Don Manuel, desde los primeros años de su sacerdocio, vehementes anhelos de visitar la capital del orbe católico. Logró por vez primera semejante ventura en 1870. Ya en los primeros días del mes de mayo andaba pidiendo al Señor luces sobre la conveniencia de emprender o no la soñada excursión. El 24, escribía a su amigo don Froilán Beltrán: «He resuelto ir a Roma y así lo tengo indicado a mi familia. Desde que me resolví a hacerlo me ha sobrevenido una aprensión tal, que no sé si es tribulación, mal presentimiento o que no es la voluntad de Dios. Mañana, D. m., lo pondré en manos de El y me resolveré. En caso afirmativo, saldríamos ya el domingo próximo, 29, junto con el cura de Alfara y el de Mora y Ossó, y tal vez Corominas. Encomiéndeme a Dios, y que nos bendiga, si marchamos». Estas extrañas inquietudes de Don Manuel las vemos también reflejadas en una carta que por aquellos días le dirigía desde Toulouse (Francia), su amigo el P. Ferigle, S. J.: «Amadísimo Don Manuel: Acabo de leer su favorecida última. Me alegro infinito que lleguen a su realización los sueños dorados que tanto tiempo ha bullían en su imaginación... No sé por qué tiene temor de emprender un viaje tan hermoso. Nada hay que temer por ahora...» La agitación política de Francia, donde acababa de descubrirse un complot contra Napoleón III y en vísperas de su desastrosa guerra con Prusia, y la situación de Italia, conmovida por las sectas revolucionarias que habían de consumar bien pronto, el 20 de septiembre de aquel año, la total usurpación de los Estados Pontificios, eran sin duda la causa determinante de las aprensiones de Don Manuel. Triunfaron, al cabo, estas sus ardientes ansias de venerar aquellos Sagrados lugares, y en compañía de don Enrique de Ossó partió de Tortosa el 29. Por Barcelona, Gerona y Perpignán, dirigiéronse a Marsella, a donde llegaron el 1.º de junio, y en cuyo puerto, a la siguiente mañana, embarcaron en el vapor «Esteban» con rumbo a Civitavecchia. Muy accidentada debió ser la travesía, porque durante ella, a continuación de la palabra «Malestar...», añade Don Manuel en su «Diario» estas otras dos harto significativas: «Un voto...» «Otro voto...»
   A las tres de la tarde del día 3 de junio arribaron a Civitavecchia y a las siete llegaban a Roma. Antes de dirigirse a su propio alojamiento, fueron a saludar a su Prelado el Excelentísimo Señor Vilamitjana, que se encontraba en la Ciudad Eterna con ocasión del Concilio Vaticano. Al siguiente día apresuráronse a visitar al Obispo de Oviedo señor Sanz y Forés, que figuraba también entre los Padres del Concilio, y comenzaron sus peregrinaciones por las iglesias y monumentos de Roma, celebrando cada día la Santa Misa en distintos templos, entre los más venerandos.
   Asistieron a algunas de las sesiones conciliares y a las funciones en que por aquellas fechas tomó parte Pío IX. Acompañábales con frecuencia en estas piadosas excursiones y, sobre todo, en los paseos vespertinos, el entrañable amigo de ambos señor Sanz y Forés, y algunas veces también el Obispo de Tortosa. El día 16, festividad del Corpus Christi, pudieron presenciar la solemnísima procesión alrededor de la plaza de San Pedro. Don Manuel apuntó en su «Diario»: «Bello efecto de Pío IX con el Sacramento. Entrada en la Basílica. Subida al Palacio. Recogimiento de Pío IX. Vuelta a, casa con el Prelado de Tortosa. Calor en el puente ... »

   En la tarde del día 12 visitó Don Manuel por vez primera el edificio de Montserrat -iglesia y hospital nacional de los españoles- y saludó al Rector del mismo; el 20 celebró la Santa Misa. y penetró por vez primera también en el convento de Trinitarios españoles de vía Condotti: lugares ambos que tanta importancia habían de tener, años después, en la vida de Don Manuel, sin que pudiera ni de lejos sospecharlo él entonces. Ese mismo día 20 fueron recibidos por Su Santidad en audiencia, que les colmó de espiritual gozo y efusivo entusiasmo.
   El día 21 celebró Don Manuel el Santo Sacrificio de la Misa en el Noviciado de la Compañía de Jesús, y escribía luego en su. cuaderno de notas: «Misa en San Andrés de los Jesuitas, en el altar de San Estanislao. Primera impresión. Ofrecimiento de mi vida a Jesús...»
   El día 4, en la iglesia de S. Andrea delle Fratre, con ocasión de unas solemnes exequias que en ella se celebraban, habían conocido al entonces joven zuavo pontificio, Príncipe Alfonso de Borbón, hermano de don Carlos, de cuyo devoto continente quedaron vivamente impresionados. Visitáronle luego el día 8 para hacerle entrega de una Santa Cinta que para él habíanles dado en Tortosa.
   El 5, a la salida de la sesión conciliar, fueron presentados en la plaza de San Pedro por el Obispo de Tortosa al Excelentísimo P. Claret, de cuya gravedad y modestia, pues no lograron verle los ojos, fijos en el suelo, recibieron grande edificación. Bien podría decirse que fue aquélla una reunión en Roma de tres santos españoles.
   El día 30 de junio partieron de Civitavecchia para Marsella, a donde llegaron el 2 de julio, y el 11 encontrábanse de regreso en Tortosa.
   Sólo una carta se conserva de las escritas por Don Manuel en Roma durante aquella primera excursión suya a la Ciudad de los Papas. La dirigía a una hija espiritual, y a vuelta de otros asuntos más principales de conciencia, le comunica algunas de las impresiones de su estancia en Roma: «No me encuentro -le dice- muy bien esta tarde y he dejado ir a mis compañeros, y aprovecho un momento para ti, por mas que no tenga mucho humor. Puedes creer que quedé muy complacido de tu carta, pues estaba como ansioso de saber algo de ésa. Dios te lo pague. Yo te lo recompensaré encomendándote a Dios y enviándote alguna bendición. Además de la satisfacción de la carta, el día 7 tuve una tarde feliz. Fuimos con don Benito54 y demás a Santa María la Mayor, donde había rogativas y acudían infinitas vestas55 de mujeres en procesión, comunidades religiosas, etc. Hicimos un ratito de oración y después pasamos a Santa Práxedes, que está muy cerca, y donde se conserva la columna de los azotes, a la cual fue atado el Señor y donde se guardan las reliquias de más de 2.300 mártires. Dimos un gran paseo, yendo los dos solos delante, pero como sabes que don Benito es tan charlatán, no salimos de la conversación sobre el Concilio. Él creía que podríamos vernos todos los días y está algo resentidito, pero no ha podido ser hasta ahora... ¿Qué te diré de Roma? Hay muchas cosas buenas, muchos recuerdos, etc., etc.; pero, no sé, tengo el corazón demasiado pequeño, y después de verlo todo, no encuentro aquella satisfacción que observo tienen los demás. Te confieso que casi desearía volverme, pero no lo digo a los compañeros. Sin embargo, no por arrepiento de haber venido, porque al menos descansaré una temporada...»







CAPITULO XIV

Fomentador de las vocaciones eclesiásticas: El Colegio de San José de Tortosa

(1873-1876)

   Con entera justicia le ha sido adjudicado a Don Manuel el título de apóstol de las vocaciones eclesiásticas en nuestra Patria, como principal aureola de su gloriosa y ubérrima labor sacerdotal.
   ¿Cuál fue la génesis de la grandiosa «Obra del Fomento y sostenimiento de las vocaciones eclesiásticas»? Un sencillísimo suceso: el providencial encuentro que tuvo Don Manuel cierto día con un humilde estudiante del Seminario de Tortosa. Cedemos la palabra, para que nos haga el sugestivo relato de aquel lance, sin importancia al parecer, pero que tan venturosos resultados tuvo, al propio protagonista, que nos lo cuenta con simpático desenfado y precioso estilo, acertando, por añadidura, a trazar una sabia, pintoresca y exacta descripción del ambiente de estrecheces a que se hallaba sujeta por entonces la vida de los seminaristas tortosinos, al par que señala las primeras fases de la fundación del primero de los Colegios de Vocaciones Eclesiásticas de San José. El narrador, don Ramón Valero56, actualmente párroco de Arnes, en la diócesis de Tortosa, dice así:
   «Estimulado por un deber de gratitud a los innumerables favores beneficios que he recibido del bondadoso y nunca bastantemente llorado Don Manuel Domingo y Sol, me propongo dar a conocer un hecho que es, en mi concepto, la base de todas las alabanzas, tan merecidas por cierto, que desde el día de su fallecimiento le viene tributando la prensa católica de España, y en especial la de Tortosa. Hecho, íntimamente enlazado con la providencial fundación del primitivo Colegio de San José, en la que tengo el honor de haber sido la causa ocasional, por mi completa carencia de medios para seguir los estudios.
   Para poder explicar con la debida claridad esta primera corazonada de Mosén Sol, han de permitirme mis amables lectores una pequeña digresión, y no parar, mientras en el atrevimiento que supone hablar, siquiera sea por unos momentos, de mi humilde persona.
   En el Seminario de Tortosa, estudié como sopero el primer año de Latinidad, allá por el curso de 1867 a 68; y al principio de mi segundo año de carrera, o sea a fines de septiembre, ocurrió la Revolución por efecto de la cual quedó cerrado el Seminario, y los estudiantes nos vimos en la necesidad de volvernos a nuestras respectivas casas. Dos años estuve en la mía dedicado al oficio de mis padres. Por septiembre de 1870 abrió en Morella cátedra de gramática latina, el docto y célebre catedrático de Tortosa don Agustín Sebastiá. Tan pronto como lo supe, le manifesté mis deseos de continuar los estudios, pero que el estado de pobreza de mis padres no lo consentía; y sin más recomendaciones, me admitió gratuitamente. Para mi manutención apelé, por consejo del mismo profesor, al antiguo sistema de los estudiantes pobres, e iba todos los sábados a mi pueblo, distante unas tres horas, y daba una vueltecita pidiendo limosna de puerta en puerta, diciendo: «¡Al estudiant d-esta aldea, si fan caritat!»
   Al año siguiente, bajé a Tortosa, para el estudio de la Filosofía, sin. un céntimo, ni esperanzas de tenerlo para lo, más indispensable de la vida. Pero, como la providencia de Dios nunca falta al que es guiado por un fin, recto... Fui a manifestar mi situación a dos paisanos, ya ordenados, que vivían en el 5.º piso de una casa situada en la plaza de Santa Ana, los cuales, a pesar de ser estudiantes, se compadecieron de mi situación y me autorizaron para que fuese todos los días a buscar las sobras de sus comidas. La señora de la casa no quiso ser menos compasiva que los estudiantes, y me ofreció gratis un cuartito en la buhardilla. Muy pronto las sobras estudiantiles fueron reforzadas por otras que me daban unas señoras que vivían en la misma casa. Yo, entretanto, para que mis padres no padecieran por mi suerte, les escribía que estaba muy bien, que no me faltaba nada... de todo lo que tenía. Porque la verdad era que, como apenas podía probar el pan mi buen apetito tomaba de hora en hora proporciones muy alarmantes, y ¡bien lo recuerdo! sólo quedaba saciado algunos jueves en que mi amigo Jaime Sánchez me invitaba a pasarlo en su casa del Jesús, y allí comía pan y alguna otra cosilla. ¡Benditos jueves!...
   De los treinta y nueve condiscípulos que comenzamos el estudio de la Gramática, al llegar al primero de Filosofía sólo quedábamos cinco: tres de la ciudad y dos forasteros. Y otro tanto sucedía con relación a bajas en los otros cursos, y todavía más en los de Gramática, pues el tercero sólo contaba tres alumnos. Lo que prueba cuán desastrosos fueron los efectos de la Revolución; de manera, que a no haberse fundado en tiempo oportuno el Colegio de San José, pronto el Seminario hubiese quedado en cuadro, o poco menos: pues es, desgraciadamente, un hecho innegable que las familias ricas apenas dan hijos a la Iglesia; y los pobres, que no han cerrado todavía los oídos a la voz del Señor, que los llama, no hubieran podido corresponder a la vocación por falta de medios.
   Pero el verdadero conflicto para mi apetito, se presentó en el segundo curso de Filosofía. Bien puedo asegurar que fue el de las vacas flacas. Cantaron misa los ordenandos y me quedé sin las consabidas sobras. ¿Qué hacer? Bien dice el refrán que Dios aprieta pero no ahogo. No sé a ciencia cierta por indicación de quién, aunque lo presumo, Mosén Boix, Vice-Rector del Seminario, prometió darnos diariamente al que suscribe y a dos estudiantes más, un puchero de arroz y judías y medio pan de seis cuartos a cada uno, con lo que teníamos escasamente para una sola comida. Para la noche me venía de perlas lo de las señoras; y después, hasta la una de la tarde del día siguiente, ayuno riguroso. A pesar de todo, yo estaba siempre de buen humor y animaba con mis dichos la conversación dondequiera que se reunían más de dos estudiantes. Hasta en la clase llegué a excitar más de una vez la ,hilaridad de mis tan respetables profesores, como lo eran don Enrique de Ossó y don Salvador López, quienes me trataron siempre con el más afectuoso cariño.
   No recuerdo bien a cuál de los compañeros de armas y fatigas se le ocurrió que, como recreo, podíamos ensayar y representar la «Vida de San Luis Gonzaga», y a mí me encargaron el papel de Zuanio, o sea, el de gracioso. La compañía no debía portarse tan mal, cuando habiendo llegado a conocimiento del sabio catedrático de Teología y celoso Director de la Congregación de San Luis, doctor Corominas, nuestras aficiones artísticas, vino un día a la casa, y después de haber presenciado el ensayo, nos manifestó que mandaría arreglar un teatrito en el entonces deshabitado convento del Jesús, para esparcimiento de los congregantes, y la representaríamos allí, como así lo hicimos repetidas veces, con aplauso de todos. Aunque mi papel era el menos importante de la obra, era yo quien hacía reír, y esto bastó para que estudiantes y sacerdotes se fijasen en el mal forjado Zuanio. Si a esto se añade mi irregular modo de vestir, digo, la falta de uniformidad en las prendas de mi indumentaria, pues como el sastre no me tomaba las medidas, cuando el chaleco me venía corto, sobraba ropa en la chaqueta, y si al difunto no le habían sobrado un par de zapatos, iba yo con alpargatas, y mis calcetines eran siempre del color de la carne. ¿Qué extraño que Mosén Sol se fijase un día en mí, y quisiera saber mi vida y milagros? De aquella conversación guardo gratísima memoria. De su trascendencia juzgarán mis pacientísimos lectores.
   Era a mediados del segundo trimestre del curso de 1872 a 73 y al salir una tarde del palacio episcopal, donde teníamos los filósofos las clases, me dirigía a la casa Barjau, y en el portal del Romeu encontré a Mosén Sol, que venía en sentido opuesto. Me acerqué a él para besarle la mano, y después de haberle dado esta manifestación de respeto, noté que me miraba de arriba a abajo, y con aquella sonrisa bondadosa tan suya, me preguntó:
   - A dónde vas ahora-
   - Voy -le contesté- a comprar un cuarto de cerilla a casa Barjau, porque el Catedrático nos ha señalado para mañana uña lección mucho más larga que de ordinario, y, si no estudio de noche, me temo que no la podré aprender.
   - Y ¿sin la cerilla no podrías estudiar?-
   - No, señor; porque en la mesa donde estudian los otros no hay sitio para todos, y otros dos y un servidor quedarnos fuera, por que no podemos contribuir apagar el gasto del petróleo.
   - ¿Cuántos estudiantes sois en la casa en que tú estás?
   - Somos ocho cinco ricos, a quienes la señora Eulalia prepara la comida; y tres, pobres, que vamos a la sopa, a casa de Mosén Boix.
   - ¿Y qué tal os va? ¿Tenéis bastante que comer?
   - Nos va medianamente; porque con lo que nos dan en, casa de Mosén Boix no tenemos apenas para la comida de mediodía. Sin embargo, como dispongo, para la cena, de las sobras de unas señoras que viven en los pisos de abajo, podría ir tirando si tuviese bastante pan. Ya nos dan a mediodía, pero es demasiado pequeño, demasiado blando, y demasiado blanco, y resulta que no tenemos para empezar.
   - Y ¿Cuánto necesitaríais para pasarlo bien?
   - Con un pan cada tres días tendríamos bastante, pero había de ser moreno.
   - Pues bien, con la ayuda de Dios, todo se arreglará. Mañana, a las once, vendréis lOs tres a mi casa.
   Rebosando alegría, le beso de nuevo la mano, y él deposita en la mía una limosna, que fue la primera de una serie interminable, puesto que desde aquel feliz día ya no volví a conocer lo que es la necesidad.
   Al día siguiente, a la hora señalada, fuimos los tres a casa de Mosén Sol y después de un ratito de conversación, en la qué procuró informarse del género de vida que llevábamos, nos dijo que fuésemos a buscar el pan que cada tres días nos daría el Padre Mariano García. Este señor, aunque de carácter muy serio, nos recibió con manifiestas pruebas de cariño, nos entregó el pan, moreno, como lo deseábamos, y que recibimos sumamente agradecidos y muy contentos.
   Nuestras visitas al P. Mariano continuaron todo el curso, cada tres días, rigurosamente exactos, y muy pocas veces ocurrió el que la caridad del pan no fuese acompañada de la caridad de los buenos consejos, que harto los necesitábamos, viviendo como vivíamos a nuestras anchas y más libres que los pájaros en el aire y los peces en el mar. Dios habrá premiado ya la caridad del padre Mariano y de Mosén Sol, y se lo pagará, sin duda, a Mosén Buenaventura Pallarés, que fueron verdaderos padres para los estudiantes pobres y luego los fundadores del primer Colegio de San José.
   Entretanto, aunque el encargado de darnos el «pan nuestro» cada tres días era el P. Mariano, no por esto nos olvidábamos de Mosén Sol; antes al contrario, íbamos de cuando en cuando a su casa para darle las gracias de todo. El nos recibía y hablaba con el mayor afecto, y hubo vez que nos encargó, con gran extrañeza de nuestra parte, encomendásemos a Dios la realización de un proyecto sobre el que estaba meditando, que, de realizarse, había de ser de gran utilidad para los aspirantes al sacerdocio, y, sobre todo, de mucha gloria de Dios y bien de la Iglesia, pero sin manifestarnos en qué consistía.
   Terminado el curso, fuimos a hacerle la visita de despedida, y entonces ya nos dijo claramente: «Hasta el octubre, hijos míos, que entonces ya estaréis mejor».
   Durante las vacaciones recibió el señor cura de mi pueblo, como supongo lo recibirían los demás de la diócesis, una especie de carta-circular, firmada por Don Manuel Domingo y Sol, en la que, en sustancia, se le decía que se abría en Tortosa una Casa, llamada de San José, para dar albergue y la sustentación conveniente a los estudiantes pobres, y que para su sostenimiento se le suplicaba cooperase a tan importante obra con alguna limosna. Me la enseñó el reverendo señor cura, e inmediatamente dirigí a Mosén Sol mi carta de solicitud y fui admitido.
   Terminadas las vacaciones, a medida que íbamos llegando a Tortosa, después de la oportuna presentación a Mosén Sol, y mediante un volantito de éste, que identificaba nuestra personalidad, éramos recibidos por el Superior de la Casa, con expresivas muestras de alegría y cariño de parte de los que habían llegado antes, hasta que completamos el número de veintidós, que era el de los que lo habían solicitado y sido admitidos. Y quedaba fundada la Casa de San José. Era al principiar el curso de 1873 a 7457.
   Para finalizar, añadiré solamente, que el primer llamamiento oficial a la caridad de los católicos del Obispado para el sostenimiento de la Casa de San José, que publicó el «Boletín de la Diócesis», lleva la fecha de 30 de junio de 1874, es decir, al final del curso que llamaríamos primer ensayo del Colegio. Entonces fue cuando los tres reverendos sacerdotes protectores presentaron el lamento al Excelentísimo señor don Benito Vilamitjana, con la circular que deseaban publicar; y ambos documentos fueron aprobados por el Prelado, de feliz memoria, con notabilísimas alabanzas para los iniciadores de tan excelente pensamiento. Y desde aquella fecha la Casa de San José tuvo ya carácter oficial con el nombre de Colegio de San José.»

***

   Los grandes designios de Dios sobre Don Manuel comenzaban a cumplirse. Desorientado éste hasta entonces, meditaba consagrarse a la vida independiente y suelta de los ministerios sacerdotales en forma de correrías apostólicas, como espiritual guerrillero, por los pueblos de la diócesis. En una Memoria, titulada «Noticia de la Obra española de las vocaciones eclesiásticas», presentada al Congreso Católico de Lisboa, dice Don Manuel, hablando de sí mismo en tercera persona: «Un sacerdote de la diócesis de Tortosa acariciaba el propósito de dejar toda ocupación para dedicarse a misiones en las parroquias de su diócesis y para estar a disposición de los párrocos y de todas las necesidades de las parroquias. Su Prelado, el Excelentísimo señor Vilamitjana, le facultó para el logro de sus deseos, y la Providencia cuidó de poner en sus manos una obra de celo, por la que al mismo tiempo se remediase una gran necesidad, llorada por todos los prelados, y mediatamente resultase hallado el medio más eficaz para realizar su primera aspiración».
   En sus apuntes autobiográficos, relata los pormenores del incidente generador de sus desvelos en pro de los seminaristas. «La divina Providencia -dice Don Manuel-, que no deja de poner remedio a las necesidades de cada época, se ha mostrado de una manera maravillosa en nuestros tiempos...
   A consecuencia de la desastrosa revolución española de septiembre de 1868, hubo un gran decaimiento de vocaciones eclesiásticas en todas las diócesis. Aun las más fecundas en vocaciones, como la de Vich, se resintieron grandemente de aquel choque, y particularmente la de Tortosa. Arrebatado el Seminario, por la Junta revolucionaria para ser convertido en oficinas civiles58, estuvo hasta el 75 en poder de la Revolución59. En el curso de 1868 al 69 marcharon todos los alumnos a sus casas por disposición del Prelado.
   Al año siguiente dispuso que se establecieran las clases en su palacio y en varias casas particulares; pero de los 400 alumnos de que constaba la matrícula, quedaron escasamente un centenar, sin dar muestras de mayor aumento en los años sucesivos. Y aun agravó la situación la guerra civil. Esta escasez de vocaciones apenaba al virtuoso Prelado más que todas las amarguras que tuvo que devorar en aquellos arios infaustos. Aunque privado el Seminario de Comunidad de internos por falta de local, se dispuso, no obstante, se continuara dando la sopa a los escolares más pobres, los cuales se procuraban la demás comida acudiendo-a la caridad de algunas familias. Uno de éstos era el joven don Ramón Valero, que preguntado por Don M. D. y S.60, en la puerta del palacio episcopal61, un día de los últimos meses del curso de 1872 a, 187362, sobre su situación, le expuso la estrechez en que vivían él y tres compañeros más, lamentando, sobre todo, la falta de aceite para estudiar cómodamente por las noches. Esta relación hizo surgir el pensamiento de hacer algo en favor de estos estudiantes pobres, y de cuantos después acaso, pudieran necesitarlo, y puede decirse muy bien que fue el principio de la Obra del fomento y sostenimiento de las vocaciones eclesiásticas. El sacerdote comunicó a su confesor, el respetable don Mariano García, Ecónomo de la parroquia de la Catedral, su deseo de encargarse de socorrer a aquellos seminaristas por todo el curso, y aceptada por éste la idea con fruición, se inició una suscripción mensual, siendo los dos primeros, que se ofrecieron con sumo interés don José Jordana y don Miguel Camps, presbíteros, con los cuales se consultaron y convinieron algunos otros medios para lo porvenir. Con estas suscripciones se socorrió a los necesitados durante aquel curso, al final del cual el número de alumnos había ascendido a siete u ocho. Se proyectó para el inmediato acudir a las familias principales de la ciudad, y, sobre todo al gremio de labradores de San Antonio que, compuesto de labradores y propietarios, solían en tiempos antiguos sostener cada uno un estudiante, para que siguiese aquella tradición. Mas todas esas tentativas no tuvieron resultado, y se resolvió extender las suscripciones y reunir a los que debieran ser socorridos en vivienda común bajo un sencillo reglamento y la inspección de los iniciadores».
   Terminado el curso, en el verano de 1873, se apresuró a enviar Don Manuel a algunos de los sacerdotes de la diócesis copias manuscritas del siguiente documento: «Tributo de gratitud al Corazón de Jesús». -«Asociación de sacerdotes para el fomento de las vocaciones eclesiásticas». «Messis quidem multa, operarii autem pauci». (Luc. 10-2).- Al indicar el pensamiento que indica el título, inútil nos parece exponer la situación en que se encuentra la Iglesia de España y la crisis amarga que está atravesando. Desde tres siglos hasta hace poco, el clero secular español podía muy fácilmente cumplir con sus obligaciones y atender, si quería, casi exclusivamente a su santificación propia, merced a la existencia de corporaciones religiosas que con su celo y prestigio soportaban la mayor parte del trabajo en la dirección de las almas, y hasta coadyuvaban al desempeño de los deberes del ministerio parroquial. Desde el día en que fueron suprimidas las corporaciones religiosas, el clero ha tenido que ir soportando un trabajo cada día mayor y con menos resultados favorables al bien de las almas, por la falta de la cooperación que aquéllas le proporcionaban. Sobre este mal, tan lamentable, por no decir a consecuencia de él, la impiedad ha ido introduciéndose poco a poco en nuestra patria, y, por fin, una revolución descarada se ha enseñoreado de ella.
   Y en su odio a la Iglesia, ya que no ha podido destruirla de raíz, ha intentado cegarla en su origen, tratando de sofocar el plantel donde se formaban los jóvenes que debían continuar después en la dirección de los fieles. Ha suprimido las rentas de los Seminarios; ha arrebatado sus edificios, y, en cambio, ha abierto establecimientos en donde la incauta juventud vaya a disipar el resto del, patrimonio de una educación medianamente religiosa. Más aún: ha denegado al clero lo que de justicia le pertenecía; ha vomitado calumnias contra esta clase, procurando presentarla como un oprobio a los ojos de la sociedad. De ahí que lo que antes se tenía como una joya en muchas familias, viene a mirarse ya con indiferencia. Cuando leemos los nombres de familias ilustres que tenían a honor contar entre sus individuos algún sacerdote, se contrista el corazón al ver este avergonzamiento, esta apostasía, si podemos decirlo así, de las clases acomodadas y distinguidas, que impiden las vocaciones que sin duda germinarían en muchos de sus hijos si los inclinaran a las carreras, haciéndoselas mirar no con el prisma del egoísmo y del bienestar material, sino a la luz de la fe católica, que nos enseña, que somos instrumentos de Dios; que a El solo pertenece señalar al hombre el estado en que le quiere. Y este apartamiento de las clases acomodadas ha inficionado también a las clases modestas y piadosas, a quienes deja de halagar la idea del sacerdocio para sus hijos... Contrista el ánimo la insignificante, cifra de matriculados durante estos últimos años; se anubla el corazón de amargura al presentir la situación de las almas en, nuestra, Patria en un porvenir no lejano...»
   Termina Don Manuel demandando una limosna para la proyectada obra de caridad en favor de los estudiantes pobres, ingresando así en la «Asociación» protectora de la misma, exclusivamente formada por sacerdotes. De varias partes le escribieron suscribiéndose.
   Acerca de esta iniciativa de propaganda, decía Don Manuel por aquellos días a don Froilán Beltrán: «No me resuelvo por ahora a imprimir el proyecto. Sería mejor cuando definitivamente estuviese adoptado y aprobado el reglamento. Por lo tanto, copie con su buena letra, si tiene buen humor, un par de ejemplares de dicho papel, y se lo enseña tan sólo a los de confianza, y me manda una lista de treinta millones. Ya tenemos avisados tres o cuatro neófitos de los pueblos y aun no tenemos vivienda. En caso necesario, aprovecharé el ofrecimiento de las Hermanas de la Consolación, de que usted dispone. Aunque este asunto ya está en manos de Mosén Mariano». El 1º de septiembre de 1873, alquilaron unos pequeños pisos de la casa número 7 del retirado callejón de la plaza de San Isidro vulgo de San Juan, contigua al convento de las Sanjuanistas. En aquella pobre casita se albergaron 24 alumnos durante el curso de 1873 a 74. En el mes de febrero del 74, resultando ya insuficiente el mencionado local, arrendaron el segundo piso de la espaciosa y antigua casa de Zarralde, que hacía el número 7 de la calle de San Felipe, y a la cual se trasladaron los estudiantes el 1º de marzo. «En el mes de junio de aquel año (1874) -escribe don Mariano García en su «Cuaderno de memorias del Colegio de San José»- con aprobación del ilustrísimo señor doctor don Benito Vilamitjana, Obispo de esta diócesis, la Casa pupilaje de estudiantes pobres se denominó «Colegio de San José», y su Ilustrísima tuvo a bien nombrar por director de dicho Colegio al que suscribe, sub-director del mismo a Don Manuel Domingo y Sol, Presbítero, y administrador a don Buenaventura Pallarés, Pbro. Ita est.» Era el reverendo don Mariano García el sacerdote más venerado y prestigioso de la diócesis, amigo, consejero y confesor de Don Manuel; don Buenaventura Pallarés, natural de Tortosa, hacía sólo cuatro años que había sido ordenado de presbítero: en su primera Misa, celebrada en el convento de la Purísima, le predicó Don Manuel, del cual fue después el señor Pallarés un perpetuo, abnegado, entusiasta y experto colaborador en multitud de empresas de gloria de Dios. Firmada por los tres, el 24 de junio de aquel año, apareció una circular, impresa, publicada luego, el día 30, en el «Boletín Eclesiástico de la Diócesis», y en la que daban a conocer la «humilde casa de pupilaje», que habían abierto a los principios del último año escolar, y a la cual no se habían atrevido hasta entonces a dar el nombre de Colegio,. pero que en lo sucesivo se denominaría «Colegio de San José»63. Seguía la aprobación y recomendación del excelentísimo señor Obispo y la promulgación oficial del nombramiento del ya mencionado personal directivo.
   «Se propuso al Prelado -escribe Don Manuel- hacer un llamamiento a toda la diócesis para que contribuyera al desarrollo de la obra comenzada, el cual fue aprobado y recomendado por el ilustrísimo señor Obispo, publicándolo éste en el «Boletín» de 30 de junio de 1874, disponiendo se fijara además una cuota gradual, a cada uno de los alumnos que solicitaran. El clero respondió generosamente al llamamiento, y se multiplicaron las limosnas y suscripciones». La cifra de alumnos fue de 28 en el curso de 1874 a 75, y continuaron en el segundo piso de la casa Zarralde. En el tercer curso -1875 a 76- fueron 59 los colegiales, y se hizo necesaria la compra de toda la casa «con la idea principal -dice Don Manuel- y la esperanza de obtener, tal vez, con el tiempo, de la noble y piadosa señora doña Magdalena de Grau y de Gras, la casa palacio llamada de San Rufo, que divide sólo por un gran patio, interior, propio del mismo, la antedicha casa de San Felipe; con lo cual se lograba un magnífico edificio para colegio, debidamente habilitadas ambas casas, con condiciones de esparcimiento para los jóvenes». Adquirió la casa Zarralde el ilustrísimo señor Vilamitjana por 15.000 pesetas, y se hizo la escritura a nombre de Don Manuel, el cual, para asegurar el futuro destino de ella, el, 29 de mayo de 1875 otorgó testamento ante el notario don José Costa y Albesa, y en plica aparte declara: «Una casa sita en esta ciudad, calle de San Felipe, número 11, que por título de compraventa he adquirido en esta misma fecha de las hermanas doña María de las Mercedes y doña Trinidad Zarralde. Mis albaceas, de acuerdo con el Prelado, dispondrán que dicha casa continúe sirviendo para el objeto que hoy tiene, que es el de casa- habitación para estudiantes pobres dedicados a la carrera eclesiástica; y, si esto no pudiera ser, o porque dichos estudiantes reunidos hoy allí con el nombre de Colegio de San José, estuviesen trasladados a otro local, o porque las circunstancias de entonces u otros motivos lo impidiesen, procedan a la venta de dicha casa, invirtiendo la cantidad, en limosnas para pobres de la diócesis, o en otros objetos u obras piadosas, todo a indicación del Prelado.
   En agosto de 1876 publicaron los directores del Colegio una segunda circular dando cuenta a los sacerdotes de la diócesis de los prósperos y lisonjeros resultados, del mismo y agradeciendo la cooperación que les venían prestando. «Inútil es -escriben- exponer la necesidad del fomento de vocaciones eclesiásticas, ya que tantas dificultades se aúnan para, impedir su desarrollo. El escaso personal de las parroquias (aun de aquellas que hace poco se: veían servidas por un número más que suficiente), el excesivo trabajo de los que tienen cura de almas y la reducida matricula del Seminario, son datos tristemente ciertos y bastantes por sí solos para ,despertar nuestro interés por el aumento, de jóvenes destinados al sacerdocio. Usted comprenderá, pues, que la mejor obra de un sacerdote hoy día es el estar a la mira y hacer germinar las vocaciones que el Señor quiera darle a conocer y confiar a su desvelo».
   Sugieren algunos medios para el reclutamiento de las mismas, tales como las pláticas de primera comunión, el ofrecerse a enseñarles el latín, hablar de esas materias en las catequesis, congregaciones de Luises, sermones de fiestas solemnes, etc..., y encarecen los buenos resultados que algunos sacerdotes con semejantes industrias van logrando.
   El 15 de aquel mismo mes y año distribuyeron otro impreso dirigido a los «señores suscriptores y demás benefactores del Colegio de San José», a los cuales decían: «Dos años han transcurrido desde la publicación de nuestro humilde escrito intitulado y dirigido «A las personas que tienen celo», en el que, al señalarles como la más terrible prueba que está sufriendo la Iglesia de España la imposibilidad de la formación de sus ministros, nos atrevíamos a hacerles un caluroso llamamiento para que nos ayudaran a realizar la institución de. un Colegio de jóvenes con vocación eclesiástica, complemento o continuación de una idea iniciada un año antes en una humilde casa de pupilaje, como un medio, si no del todo: eficaz, muy poderoso para aminorar los funestos. efectos de aquel mal, cada día más grave. Y esta obra, al ser bendecida y aprobada por nuestro Prelado, no dudó éste en calificarla de «altamente, recomendable y muy necesaria».
   Nuestra débil y desautorizada voz no fue, desatendida y encontró eco en el corazón de almas, nobles y piadosas, que nos prestaron su decidida cooperación... Al dar, hoy, cuenta de, la marcha. del Colegio, después de bendecir y dar gracias al glorioso San José, cuya advocación tomó, por la visible protección que ha dispensado a esta empresa, cúmplenos darlas muy cordiales, primeramente a nuestros hermanos en el sacerdocio, que, en medio de las circunstancias graves bajo todos conceptos por que han pasado, a ellos se ha debido el principal sostenimiento del Colegio; y las. damos también, en segundo lugar, a todas aquellas personas que, comprendiendo la importancia suma de esta obra, la han secundado...
   Son cincuenta y siete los jóvenes que en el curso que acaba de finir han podido recibir, su manutención en todo o en parte bajo el manto protector del glorioso Patriarca. El buen comportamiento, y la aplicación en general de los alumnos, como aparece de las censuras obtenidas en sus exámenes, es un motivo más de justa satisfacción para cuantos se interesan en esta obra, y nos permite augurar que esta semilla confiada a sus esfuerzos dará un día frutos de bendición y de consuelo en favor de la diócesis y de las almas en general.
   Sin embargo, nuestro corazón no está satisfecho, como tampoco lo estará el de las personas a quienes nos dirigimos. El mal que se trata de remediar es *muy grave; las filas del sacerdocio van, decreciendo, y cegados los medios con que podía contarse en otros tiempos para el sostenimiento de los que se dedicaban a la carrera eclesiástica., es menester un nuevo esfuerzo de celo y de abnegación de parte de todos para llenar el vacío que va notándose de día en día, y que aumentará dentro de poco en todas las parroquias.
   Afortunadamente, no faltan por el presente, y parece van aumentando cada día en las clases menos acomodadas, las vocaciones verdaderas, y son numerosas las peticiones que recibimos de los reverendos párrocos, que nos suplican un lugar en el Colegio para algunos que la tienen probada...
   Reiteramos nuestras súplicas a nuestros hermanos en el sacerdocio, y a todas las demás personas piadosas, para que interpongan su celo, por todos los medios que estén a su alcance, en el fomento de esta obra de primera necesidad, seguros de que, aparte el galardón que el Corazón de Jesús tiene ofrecido a los que acogen a algunos de los suyos en su nombre, recibirán ya en el tiempo los de consuelo y satisfacción que les proporcionará esta obra su gloria»...

CAPÍTULO XV



Fomentador de las vocaciones eclesiásticas - El Colegio de San José de Tortosa (Conclusión)

(1876-1892)



   Como al cuarto año de existencia del Colegio de San José -1876-77- el número de los alumnos ascendiera ya a 98, viéronse obligados los Directores del mismo a alquilar el edificio llamado palacio de San Rufo, separado, solamente por un callejón, de la casa Zarralde. «Este resultado -dice Don Manuel- animó a los iniciadores, y llamó la atención y llenó de consuelo el corazón del excelentísimo señor Vilamitjana. Se elevó una petición al administrador de doña Magdalena de Grau para lograr el arriendo de su palacio de San Rufo, y la piadosa señora no sólo cedió el uso de la casa gratuitamente, sino que mandó que se hicieran las reparaciones convenientes bajo las indicaciones de los mismos Directores, pagando ella los 18.000 reales que costaron las obras. Con la casa Zarralde unida a San Rufo, se logró un magnífico local».
   Urgentísima era, y provechosísima había de resultar la labor del fomento de vocaciones eclesiásticas realizada por los fundadores del Colegio de »San José, que hubieron de acertar con el remedio del más agudo y trascendental peligro que amenazaba a la diócesis, según confesaba el propio Prelado en la pastoral que publicó el 6 de enero de 1877:
   «Después de una interrupción de ocho años -escribe- motivada por los gravísimos acontecimientos de que ha sido teatro España, ha podido, al fin, reanudarse el curso de las Misiones en la diócesis ... » Aplaude el magnífico éxito conseguido en las que se acababan de dar en algunos pueblos, y añade: «¿Cuánto durará este hermoso estado de cosas? ¡Triste fatalidad de estos tiempos, en que así se multiplican las causas de la perdición de los pueblos! ¡Si tuviéramos, a lo menos, muchos y poderosos medios para contrarrestarlas ¡Pero no es así, no los tenemos! Nos falta la antigua protección, nos falta el antiguo ascendiente de nuestra clase, nos faltan recursos para atender a perentorias necesidades de cosas y de personas, nos faltan, y esto es lo más grave, nos faltan hombres. La inexorable muerte menudea sus golpes, y los claros que sin cesar abre en las filas del Sacerdocio no pueden llenarse. En los últimos siete años han fallecido en la diócesis 150 sacerdotes, y añadiendo a este número los que por un motivo u otro se han ausentado, pasan de 160 los que en el expresado tiempo ha perdido el clero diocesano. Ahora bien: en el mismo tiempo han ascendido al sacerdocio 87 jóvenes únicamente. Resulta, por tanto, una disminución de 70 sacerdotes. La cifra es aterradora; porque si ya hace años el servicio parroquial se resentía de falta de personal, ¿Qué sucederá ahora?, y ¿Qué sucederá más adelante? Triste es el presente de nuestras iglesias, pero más triste es el porvenir. Hasta que vino la Revolución de 1868 a desquiciar en España todas las cosas, y sobre todo las religiosas, teníamos un plantel de sacerdotes, si no abundante, a lo menos regular, en los alumnos del Seminario. No podíamos, en verdad, llenar todos los puestos que la muerte y otras causas dejaban vacíos, pero sí los más necesarios. Personas animadas de gran celo por la gloria de Dios y la salvación de las almas vinieron en nuestra ayuda, hicieron y continúan haciendo esfuerzos para salvar la presente ruina, promoviendo las vocaciones eclesiásticas, arbitrando recursos para sostenerlas y perpetuar entre nosotros el sacerdocio católico. Ya se comprende que hablamos del Colegio de San José, de sus fundadores y favorecedores. Dios les de la merecida recompensa. Por nuestra parte, apreciamos en lo que vale su generosidad y desprendimiento ... »
   En el curso quinto -1877 al 78- los colegiales llegaron a 190. Tuvieron que alquilar los Directores otra casa en el Callejón de Capellanes, número 4, en la cual se alojaron unos treinta alumnos. Pero, no reuniendo las condiciones precisas para el objeto a que se la destinaba, se hizo necesario pensar en levantar para Colegio un edificio de planta, que pudiera albergar 300 escolares. No descansaba un punto Don Manuel, desplegando aquella su actividad característica en las cosas en que ponía mano. «Mi proyecto de San José -escribía el 26 de noviembre de 1877 a la Madre Escolástica, de Mataró- no está muy bien. Encomiéndelo al Patriarca San José. Dirá que siempre le digo lo mismo. Cada loco con su tema.»
   La iniciativa de la erección del Colegio partió de Don Manuel, el cual tuvo harto que sufrir por la oposición de algunos canónigos y sacerdotes de la ciudad y aun de sus mismos colaboradores en la obra de socorrer a los estudiantes pobres, que juzgaban la empresa innecesaria y de imposible realización. Tanto arreció la contradicción a sus generosos planes, que, en vista de ella, consultó Don Manuel por escrito sobre lo que debía hacer a su íntimo amigo el santo y prudente cura de Villafranca del Cid don Manuel Ferrer, el cual le contestó: «¡Adelante! Que es pensamiento y cosa de Dios...» Con lo que Don Manuel se resolvió a realizar sus propósitos y en grande escala. Quería un edificio holgado y espacioso para centenares de seminaristas. Don Mariano García, al declarar Don Manuel que era insuficiente y escaso el terreno comprado, le contestó: «¡Es usted un visionario! ¡Se forja usted demasiadas ilusiones!» Por Don Manuel se hubiera adquirido mucho más terreno; desde luego, todo el que más adelante, para ensanchar el Colegio y poder albergar a los numerosos alumnos que solicitaban el ingreso en él, fue preciso comprar. El tiempo vino a darle la razón en todos los sentidos.
   En orden al levantamiento del nuevo edificio, «se redactó -dice Don Manuel- un proyecto, en el cual se proponían varios medios, entre otros, la emisión de acciones de 500 reales al 3%. Se presentó al señor Obispo, que lo aprobó sonriendo de satisfacción y mirando en aquella obra el verdadero y útil porvenir del clero en la diócesis, y ofreciendo para ella toda su cooperación. Muchas dificultades se presentaban para la realización del pensamiento, sobre todo por la escasez de terreno edificable en los ensanches de la población cercanos al Seminario. Mas la Providencia, por modo admirable, proporcionó muy económicamente, y por conducto de don Vicente Benet, la adquisición del único terreno espacioso que quedaba edificable en el ensanche llamado del Rastro, propiedad de don M. de Córdoba. Se hizo la escritura de compra, que quiso pagar el señor Obispo, el día 1.º de marzo de 1878; el 10 se le presentó el plano, y el 11 de abril, fiesta de San León, se puso la primera piedra».
   El 23 de mayo, escribía Don Manuel a la Madre Providencia, de Vinaroz, «No me acordaba ya de su fiesta, ni casi de su nombre. Estoy tan metido entre piedra, cal, arena y pozos, que no sueño otra cosa: y de ahí es que hasta estoy disipado en mi espíritu. Pídale, pues, a Jesús que no me sirva de estorbo para amarle esta vida que traigo de negociante. Y el caso es que por ahora no llevo intenciones de enmendarme».
   Don Mariano García y Don Manuel, por medio de prospectos y cartas, desarrollaban una incansable e intensa propaganda para colocar acciones del empréstito entre los sacerdotes amigos. «Deseamos -decía Don Manuel a uno de éstos el 11 de marzo- que cada parroquia esté representada y tenga derecho a un pedazo del edificio... En el proyectado (cuyo presupuesto es de quince mil duros) habrá un departamento de habitaciones reservadas para los sacerdotes benefactores, que, al venir aquí, -quieran habitar en el Colegio, ya que el Seminario nunca ha sabido atender a esta necesidad... Hagamos algo por Jesús en pago de nuestra vocación»,
   Entretanto -escribe en sus «Memorias autógrafas»- se habían promovido las acciones y los donativos, que se encabezaron por don Francisco Torrebadella, Provisor del Obispado, primero con diez, cedidas luego, y luego otras diez, que cedió a su fallecimiento, y por la excelentísima Marquesa de la Roca, con cuatro, también cedidas. Favoreció la adquisición de limosnas para el edificio el pago de los atrasos del clero, suspendido por espacio de cinco años, por lo cual la mayor parte del clero de la diócesis puso su óbolo a esta empresa, que les era tan simpática, a lo cual les alentaba y daba ejemplo la generosidad del Obispo ... »
   En julio, desde el «Boletín Eclesiástico», volvieron a dar cuenta los Directores de la buena marcha del Colegio. En el curso sexto -1878 al 79- fueron 161 los alumnos no otorgándose el ingreso a otros muchos por falta de local para poderlos recibir en el Colegio, y fue forzoso apresurar las obras del nuevo, con el fin de habilitar una parte del edificio en construcción para colocar en ella una pequeña sección de la Comunidad, ya aquel mismo curso. Por todo el año de 1879 continuaron las obras con regular actividad. El 10 de febrero nombró el Prelado el primer Presidente vigilante, que lo fue el presbítero don Juan Juncosa, el cual había de actuar bajo la inspección de la Junta directiva. El 13 facultó a ésta el Rector del Seminario para que por aquel curso pudieran oír misa en el Colegio los días de clase los alumnos del mismo. El 20, se trasladaron 40 colegiales de San Rufo al edificio nuevo.
   El 28 de mayo de aquel año salió de Tortosa para Tarragona, de cuya Sede había sido nombrado Arzobispo, el excelentísimo señor, Vilamitjana. Fue ésta una no pequeña contrariedad para los Directores del Colegio, del cual habíase siempre mostrado el señor Vilamitjana entusiasta, perseverante y generoso protector. El 2 de enero había escrito Don Manuel a una religiosa: «Ya supongo que sabrán que el Obispo se nos marcha a Tarragona. Esto me tiene muy afectado. Haga Jesús que sea para bien de todos, ya que es tan gran sacrificio». Con el traslado del señor Vilamitjana «perdía la empresa -dice Don Manuel- su principal apoyo. Vino a examinar las obras y a despedirse de los colegiales en el nuevo local. Los alumnos y Directores le dedicaron tiernas frases de despedida¡ y conmovido. el Prelado, dijo que se llevaba en el corazón el sentimiento de no haber podido ver terminada aquella obra, que era la preferente en su corazón de cuantas había realizado o impulsado en la diócesis; pero que no la olvidaría jamás. Así lo cumplió ampliamente más adelante, dejando en su testamento su biblioteca y la tercera parte de cuanto podía pertenecerle después de su muerte. Sirva este pequeño recuerdo histórico de tributo de gratitud a la memoria del excelso varón, al cual debe el Colegio de San José principalmente su levantamiento, y la Hermandad de Operarios sus alientos, no debiéndole olvidar jamás».
   Recibió el Colegio, de la testamentaría del excelentísimo señor Vilamitjana, la respetable suma de 6.666 duros.
   Otro grave contratiempo experimentó pocos meses después la empresa del Colegio, y singularmente Don Manuel, que dice, aludiendo a ello: «El 23 de septiembre del mismo año falleció don Mariano García, primer Director del Colegio, que formaba su gozo y su corona, y al cual consagró desde el primer momento su celo, su actividad y sus intereses, perdiendo con él la empresa el principal apoyo que le daba su nombre; venerable y su prestigio en todo el clero de la diócesis». Llégale al alma a Don Manuel semejante pérdida. El mismo día del fallecimiento de don Mariano, escribía a una religiosa: «Mi Madre Juliana: Dos líneas. Hace cinco días que no me he desnudado, velando a mi íntimo amigo y padre Mosén Mariano García. Esta tarde le he cerrado los ojos. Pierdo en él un consuelo, un apoyo y un padre, que no podrá ser reemplazado. Era el primer sacerdote de la diócesis, confesor del señor Vilamitjana y del actual Obispo y Director del Colegio de San José. Estoy muy afectado. El Arzobispo de Tarragona me exigió noticias diarias de su estado». Murió pobre, y de su escaso peculio dejó 2.000 reales para el Colegio.
   El 19 de julio de 1879 había hecho su entrada solemne en Tortosa el nuevo Prelado, ilustrísimo señor don Francisco Aznar y Pueyo64.
   Avanzaban, entretanto, las obras del Colegio en construcción, y el 11 de octubre bendijo la capilla del mismo el canónigo don Gerardo Camps, y el 12 se dijo en ella la primera misa, que celebró el Rector del Seminario, muy ilustre señor don Francisco Vilaret. Predicó en tan fausta ocasión Don Manuel, que dedicó un piadoso recuerdo al difunto y amado don Mariano: «Al proporcionarme Dios esta alegría -exclamaba-, ha querido mezclarla con la mirra amarga de la tribulación. Un vacío se siente en esta solemnidad, la ausencia de un amigo querido, de un padre cariñoso, de un varón necesario, de vuestro primer Director, con el cual habíamos compartido los sinsabores de esta Obra del fomento de vocaciones eclesiásticas, a la cual tenla consagrados sus afectos, su corazón, sus desvelos. Que su memoria no se apague en nosotros, y que sea esta capilla un monumento que la conserve». No fueron escasos los sinsabores, que como dice Don Manuel, tuvieron que experimentar por aquellos años los celosos apóstoles de las vocaciones eclesiásticas. Con ocasión de haberse formulado en el «Correo Interior Josefino» el intento de historiar en sus páginas la fundación del Colegio de San José de Tortosa, el santo Cura de Villafranca, don Manuel Ferrer, escribía a Don Manuel el 28 de junio de 1897: «Aunque se indica que se explicará con más extensión la fundación del Colegio de Tortosa, espero que no sea deficiente. Debe hacerse una reseña del celo de Mosén Mariano; de las habladurías contra Mosén Sol, ahora, este mes hace 21 anos, por haberse quitado 900 duros a la cuenta de los algarrobos, y treinta de la escritura; y las contradicciones que surgieron; y que San José lo venció todo, etc., etc... También merece ilustre señor Vilamitjana, gran bienhechor del Colegio. Y quizá, para que se sepa cómo el bendito San José iba preparando la propagación de los Colegios, algún día se, explique quién regaló el cuadro de San José, y la historia sangrienta del cura que lo donó al ilustrísimo Vilamitjana. Ustedes verán si es o no oportuno. Yo tengo la convicción de que el señor Cura de Nules murió como un mártir de su deber parroquial, pues la primera palabra que salió de su boca fue decir a su asesino: «Te perdono». Yo conservo el libro «Dulce y santa muerte» que me regaló ya hace 43 años».
   «Los alumnos -dice Don Manuel- echaban de menos la presencia permanente de Jesús Sacramentado en la capilla, y elevaron una exposición al Director, pidiéndole se obtuviese la facultad para el Reservado, y prometiendo por su parte corresponder a esta gracia con actos de continua reparación a Jesús Sacramentado. Se pidió y obtuvo el Breve de Roma, y el día 14 de noviembre de 1880, domínica 2.ª del mes, fiesta del Patrocinio de la Virgen, y de San Rufo, primer Obispo de Tortosa, celebróse una solemnísima, fiesta con procesión con el Sacramento por la, calle interior del Colegio, y cantándose motetes ante un vistoso altar, con asistencia del nuevo señor Obispo y de gran muchedumbre de fieles, que habían sido invitados, y salieron complacidísimos. Tan grata y solemne fiesta se perpetúa todavía, celebrándose con entusiasmo todos los. años con igual esplendor e iguales cultos, el segundo domingo de noviembre, fecha que se considera como prenda de gracias para el Colegio».
   Años adelante, en su tradicional fervorín deja anual conmemoración de aquella faustísima efeméride, decía Don Manuel a los colegiales:
   «El 14 de noviembre de 1880, fiesta del Patrocinio de la Virgen, en aquel día en que alguno de vosotros todavía no existía, y algunos, erais muy jovencitos, aquí, en esta capilla, estando todavía este Colegio a la mitad de su edificación, se dignó Jesús fijar su morada sacramental, habiendo precedido el día anterior una protesta de los colegiales de entonces de honrar con sus actos de amor y reparación a tan distinguido Huésped, y se le ofreció el propósito, como señal de gratitud, de recordar a los venideros, por medio de esta fiesta anual, la bondad de nuestro Dios, que venía a habitar entre nosotros ... »
   «El número de alumnos -escribe Don Manuel en sus «Memorias»- iba aumentando cada año, distribuidos entre los dos edificios, continuando lenta la terminación del Colegio de San José. Además de los admitidos, daba el Colegio la sopa a más de 50 que, no pudiendo pagar la pequeña cuota, vivían en modestas casas particulares. Con el deseo de atender también a éstos, y de que se formaran mejor en la disciplina y en el recogimiento propios de un Colegio, se discurrió recogerlos en el antiguo edificio dé San Rufo, manteniéndoles gratuitamente con la ayuda del Seminario, que se ofreció a ello, y con sola la pensión, por parte de los jóvenes, de un duro mensual, que era lo que gastaban en el pago de sus viviendas. Así se hizo, estableciéndose la Casa-Colegió de agregados, bajo la dirección y cuidado de los mismos Directores del Colegio. Pronto se llenó también dicha Casa, hasta llegar al número de 100, que con los 300 del Colegio de San José, forman actualmente la afluente principal del Seminario, que cuenta, junto con los internos del mismo, y algunos externos, una matrícula mayor que la que tenía antes de 1868».
   El 10 de marzo de 1880, el Prelado nombró a Don Manuel «Director del Colegio de San José, sucursal del Seminario Conciliar de la diócesis»; «plaza, dice, que está vacante desde que falleció el benemérito don Mariano García, uno de los tres edificantes sacerdotes que iniciaron y llevaron a cabo tan recomendable establecimiento». El cargo de Vice-Director recayó en don Joaquín Cedó.
   El 28 de agosto de aquel, año publicaron en el «Boletín Eclesiástico» una circular, demandando encarecidamente de los sacerdotes de la diócesis una eficaz ayuda para. enjugar el déficit, que por lo que se refería al último curso, y por el Solo concepto de manutención, ascendía a 14.443 reales, y para terminar la construcción del edificio, a medio levantar todavía. Ya en 1878 habían aumentado las cuotas mensuales de los alumnos, fijándolas en un mínimum de 70 reales y en un máximum de 90. Ahora, además, solicitaban de los encargados de las parroquias, con el beneplácito del Prelado, que el domingo de cada mes que mejor les pareciese una colecta en la Misa mayor a favor del Colegio, estila caridad de los fieles con argumentos y consideraciones que ellos mismos les sugerían y apuntaban brevemente en el mencionado documento. El Prelado aprobaba la idea, recomendaba que se trabajase por ella y concedía indulgencias.
   Sin caudal suficiente los Directores para costear y cubrir siquiera los gastos de la manutención de los alumnos, llevaban éstos en todos los órdenes una vida de estrechez y de pobreza. «Lo que necesitaban para la capilla del Colegio -dice una clarisa- para decir misa y hacer alguna funcioncita, lo pedía Don Manuel a sus monjas de Santa Clara: candeleros, ornamentos sagrados, sillas para la iglesia, cruz procesional... El vino para celebrar la Misa, a botellitas lo pedía a la sacristana».
   Para subvenir a las necesidades de sus alumnos demandaba constantemente Don Manuel socorros pecuniarios y limosnas en especie de sus amigos. Por encargo suyo algunas de sus hijas espirituales iban por las casas de la ciudad pidiendo para el Colegio y recogiendo pan, capazos de higos, etc. Una de ellas, Cinta Curto, llevaba a determinadas personas cartas de Don Manuel solicitando ayuda económica. «Mientras yo las, repartía -dice la caritativa mensajera- quedábase Don Manuel, de rodillas, como una estatua de mármol, con los brazos caídos, ante el sagrario de la, capilla de comunión de la Catedral, hasta que llegaba yo con los resultados».
   El P. Francisco Tena, S. J., nos revela una de las santas industrias de Don Manuel para recaudar fondos con que socorrer a sus colegiales. «Su desprendimiento -dice- llegó a tal punto, que no contento con gastar sus bienes en la obra del Colegio de San José, no se desdeñaba de ir en persona a pedir limosna a los bienhechores. Recuerdo ahora un hecho, insignificante, si se quiere, pero curioso. En vísperas, de Navidad mandaba una comisión de colegiales a felicitar a los bienhechores del Colegio. Íbamos para ello con un Niñito Jesús, recostado en la cuna, y en ella una cuarteta, que decía poco más o menos:

El Hijo de San José
saluda a sus protectores,
y les ofrece este día
mil celestes bendiciones.

   Lo curioso era que, además, el Niño llevaba en una de sus manecitas, una bolsa, donde depositaban los bienhechores que se daban por aludidos su óbolo o limosna. Confieso que la primera vez que fui yo con la comisión tuve vergüenza al ver la bolsa y advertir las bromitas que sobre ella se hacían. Pero, al pensar que un hombre de la posición y condiciones de Don Manuel no reparaba en pedir estas limosnas, me animé, y por decirlo así, me desvergoncé, pidiendo por amor de Dios limosna para nuestro Colegio de San José».
   Pero el medio más peregrino y eficaz que se le ocurrió a Don Manuel para salir de los apuros económicos, que le agobiaban en extremo, fue el conocido con el nombre de «el santo billete», famoso en los anales de la diócesis tortosina. Era a fines del año 1885, fundada ya la Hermandad. «Robustecida la Obra de las vocaciones eclesiásticas -cuenta Don Manuel- con el fundamento de la Pía Unión de sacerdotes operarios diocesanos, que aseguraba su porvenir y permitía hacer frente a todas las eventualidades, se dedicaron los asociados a escogitar medios para enjugar el déficit, que había ido engrosando, que pesaba sobre el Colegio, y poder atender con más desahogo al sostenimiento del mismo; y uno de ellos fue el de una rifa diocesana: pensamiento que fue aprobado y recomendado a los párrocos por el ilustrísimo señor don Francisco Aznar y Pueyo. Se redactó el llamamiento para esta rifa y se obtuvieron tres ricos premios: del ilustrísimo señor Obispo, de doña Magdalena de Grau y Gras, y de la excelentísima señora Marquesa de la Roca, y otros menores de otras personas. El 26 de diciembre de 1885, reunidos en Villarreal los sacerdotes de la Hermandad con algunos otros, que se ofrecían a promover y organizar en la diócesis dicha limosna, el Director Don M. D. y Sol, subió al púlpito en el ofertorio de la misa mayor, exponiendo a aquellos fieles la necesidad del fomento y sostenimiento de las vocaciones; la necesidad que experimentaban tantas naciones y países, lo mismo de América que de Europa; lo grato que a Dios debía serle; los Santos, que la habían mirado con tanta predilección; el clamor de los Institutos religiosos, faltos de personal -messis quidem multa...-; la situación del personal en la diócesis, comparada con la de cuarenta años atrás; desprovista hoy de los Institutos religiosos... Explicó, luego, la historia y estado actual del Colegio de vocaciones en la diócesis, y concluyó excitándoles a cooperar a su sostenimiento por medio, de aquella limosna que se les proponía, recomendada eficazmente por el Prelado, y a la cual podrían ir contribuyendo hasta el día de la Purísima de 1886, en que sería el sorteo de los objetos. La tarde del mismo día pasaron a promover la rifa algunos de los sacerdotes que habían acudido a Castellón y Burriana, aprovechándose de las vacaciones de Navidad».
   Así concertado el plan, y dada la característica actividad de Don Manuel, bien se deja entender que no se dic en adelante punto de reposo. El 28 de aquel mes -fiesta de los Inocentes- escribía desde Castellón de la Plana a un grupo de sus hijas espirituales de Tortosa: «Ya que es mi santo, quiero convidaros al pan, queso y rechupete, y flor y nata de este país, esto es, naranjas mandarinas. Haced partícipe a Bernardo, para que ruegue mucho a la Madre Purísima por nosotros, viajeros universales. La cosa nos va muy bien. No tenemos bastantes billetes, y nos quedamos cortos en todas las poblaciones, y es una lástima. Os espantará cuando os lo cuente. He estado anteayer en Villarreal, donde prediqué en la misa, y por la tarde, plática a las Hijas de María del Rosario. El domingo, ayer, fui a Nules, confesé a muchos hombres, di la comunión con plática, y por la tarde el sermón de vocaciones, en el, púlpito. A las seis de la tarde, llegó el doctor Vidal y predicó en el Círculo de obreros. Cenamos, y en el tren de las ocho y media de la noche nos fuimos a Burriana; esto es, tres pueblos en un día. Mosén Cedó, en Burriana ha hecho, una campaña famosa. Hoy hemos venido a Castellón, donde los colegiales harán una sesión literaria. Mañana... al Desierto. Desde allí el día 1.º os enviaré la bendición. Vosotras rogad mucho el 31. -Castellón- Día de Inocentes».
   El 15 de enero de 1886, decía desde Tortosa a su íntimo amigo el doctor Corominas: «Es fácil esté aquí toda la semana, y luego a San Mateo, Cálig... He recorrido los pueblos de Villarreal, Nules, Castellón, Alcora, Lucena, Alcalá, Benicarló y Vinaroz, y tengo repartidos, a pesar de haberlo, echado a perder con tanta prisa; cerca de 20.000 billetes, o sean, 20.000 pesetas que, dicho sea inter nos solos, confío duplicar. No puedo más, que voy a galope, y no vivo en Tortosa, que me atormentan, y deseo respirar libertad».
   Durante todo aquel año, particularmente durante los meses de las vacaciones de verano, siguióse promoviendo la limosna extraordinaria por toda la diócesis.
   Los pueblos que visitó personalmente Don Manuel -algunos de ellos dos veces- en esta piadosa cruzada de la rifa fueron: Villarreal, Nules, Burriana, Castellón, Lucena, Alcora, San Mateo, Tírig, Salsadella, Benicarló, Vinaroz, Cálig, Peñíscola,. Corbera, Mora, Onda, Vall de Uxó, Villavieja, Calaceite, Gandesa, Pinell, Vallibona, Rosell, Benicasim, Albocácer, Villafranca, Castellfort, Cinctorres, Bot, Horta, Arnes, Cretas, Batea, Fatarella, Flix, Ascó, Borriol, Villafamés, Ribesalbes, Tivisa, Darmós, Masroig, Marsá, Sierra de Almos, Masriudoms, Morella y San Jorge. El 20 de diciembre de 1886 hallábase en este último pueblo.
   José Pitarch, párroco de La Llosa, dice, hablando de aquella excursión de Don Manuel: «¿Qué parroquia de la tan dilatada diócesis de Tortosa habrá, que no visitara su celo apostólico? Vallibona, distante unos 20 kilómetros de Morella, país bastante escarpado y montañoso, de difícil acceso, pues con dificultad se viaja en caballería, muy apartado de la capital de la diócesis, fue visitada por Don Manuel en 1886. Allí, cual Crisóstomo, cantó las glorias del misterio de la Eucaristía en la fiesta del Santísimo Corpus Christi, asunto, a mi parecer, para él el predilecto.
   ¡Cómo abrasó al humilde y cristiano auditorio aquel día y el siguiente con el fuego del divino amor! Animó y excitó a los jóvenes a aumentar el plantel josefino, cuyos resultados luego, se tocaron. Recuerdo ahora, como si lo refiriese en estos momentos, como decía a su amigo, don José Valldeperes, entonces cura de Vallibona: «Las aguas fuertes de estas montañas me prueban »mucho. No he notado desarreglo alguno en el estómago, ni ahora »ni en varias ocasiones que he andado por estos cerros». Su celo lo suplía todo. Porque celo se necesitaba, y no poco, para ir a predicar de Tortosa a Vallibona, con sus años a cuestas, yendo en coche hasta la Cenia, y de allí hasta Vallibona en caballería, y estando de continuo en peligro de caer en profundos barrancos. ¿Quién sería el que se arriesgara por aquellos vericuetos, sino Mosén Sol, y esto por celo de la mayor gloria de Jesús, y con tal de ganar almas y aumentar su plantel josefino?»
   Detalle pintoresco y sugestivo de estas excursiones de propaganda fue la cooperación que hubo de prestar a la misma un grupito de colegiales, ensayados y amaestrados durante el curso por Don Manuel, para que en algunas de las poblaciones visitadas por él, celebrasen una veladita, que resultaba siempre por demás amena y simpática. Uno de los colegiales pronunciaba un discursito de presentación y saludo e invitaba a los asistentes al acto para que contribuyesen al éxito de la rifa.
   Otros recitaban poesías, cantaban algunas composiciones de música fácil y agradable, y finalmente, con la representación de alguna piececilla cómica provocaban la alegría y las risas de los sencillos y piadosos espectadores. Quedaban éstos satisfechos y entusiasmados de la gracia y desparpajo de aquellos avispados estudiantillos de Mosén Sol, al cual, según confesión propia, «se le caía la baba de gusto» ante las habilidades y proezas de su «trouppe».
   Alguno de aquellos improvisados y despiertos comiquillos, ocupa hoy altísimo puesto jerárquico en la Iglesia de España. Uno de los de la «compañía», don Juan Bautista Muñoz, actual párroco de Roquetas, nos dice: «Quiero hablar; siento como una necesidad de corazón de ocuparme de Mosén Sol, como organizador de veladas cómico-literarias. Tenía falta de recursos para terminar las obras del Colegio de Tortosa y del fomento de vocaciones, que parecían dormidas después de las revoluciones y las guerras. Y, hombre fecundo en iniciativas, envía a sus escasos compañeros a predicar a pobres parroquias, dejando para sí las más difíciles y que podían dar mayores frutos. Conocedor de su tiempo y de los hombres, y necesitando que el efecto de su campaña fuese rápido, se prepara, formándose un cuerpo de músicos y cómicos, en quienes la buena conducta y celo corriesen parejas con las disposiciones y el amor al arte. Chicos éramos y capaces de cualquier desaguisado, artistas embrionarios, con peligro de no llegar jamás al ser, pero, en sus manos y para su intento, instrumentos habilísimos. Este por feo y el otro por místico, aquél por alegre y travieso, el de más allá por tristón y ensimismado, se adaptaban perfectamente a sus planes, y todos no teníamos otro deseo que agradarle, ni otro temor que desagradar al público, a, quien Mosén Sol trataba de hacerse suyo por medio de sus colegiales. No trataba nuestro llorado Padre de dar a conocer piezas del repertorio clásico. ¡Buenos éramos nosotros para codearnos con los clásicos! Ni tampoco quería hacer aplaudir el arte de aquellos improvisados cómicos, sino sólo divertir a un público creyente y piadoso, inspirándole admiración por aquellos frutos patentes de la sólida piedad e instrucción que se daba a los josefinos, y excitar deseos en los hijos del pueblo de ser como los que peroraban, aspirantes a predicadores de verdad.
   De los recursos para la obra hablaba sobriamente en las pláticas que daba desde el púlpito con unción verdaderamente evangélica. Y conseguía su intento a maravilla. Llovían antes de septiembre las peticiones de ingreso en el Colegio. Y la memorable rifa, que fue como el punto final de tan originales misiones, no defraudó las esperanzas del apóstol.
   Mas, para llegar a tales resultados, ¡cuánta paciencia y abnegación se necesitaba! Todos sabemos, que nuestro Superior era de familia distinguida, de posición desahogada y hombre que desde joven gozó de prestigios singulares, y no obstante, vedle ocupar sus recreos en el invierno adiestrando su compañía, haciéndose ayudar por los que tenían de ello alguna idea, y, sobre todo, vedle cómo en verano se presenta en los pueblos importantes con tan heterogéneos elementos, confiando que Dios coronará con el éxito más lisonjero tantos esfuerzos y trabajos.
   Y viajábamos todos a su costa, y nos mantenían gratis sus amigos, y aun, al final de la excursión, recibía cada uno su recuerdo, como si no lo constituyeran de sobra sus caritativos desvelos y cuidados. Cálig, Benicarló, Alcora, Artana, Castellón, Cinctorres, Villafranca, y muchas otras poblaciones de la diócesis, no olvidarán fácilmente nuestros cantos y representaciones teatrales; pero mucho menos los que tuvimos la dicha de formar parte activa, dirigidos por el incansable Mosén Sol. Los viajes se acortaban con sus conversaciones santas, y se amenizaban con aquellas preguntas, que sólo pueden aprenderse de una madre: -«¿Estás enfermo?... ¡Como tienes tan mal color! Estamos ya cerca. Ya diré que te den caldo así que lleguemos». -«¿No tienes tú más zapatos que ésos?... Recuérdamelo al llegar a ... », -«Y tú, hijo, ¡qué cabello más...! Mira, cuando en B. venga el barbero para mí, estarás también tú y ... » Me haría interminable. Lo repito, y lo diré mil veces, que yo admiro más a Mosén Sol en estas menudencias que en las mismas obras que le han conquistado justo renombre. Si la caridad es ingeniosa, nuestro inolvidable Padre debía tenerla muy encendida».
   No habiendo sido posible verificar el sorteo de los objetos de la rifa y de las 500 oleografías el día prefijado para ello -8 de diciembre de 1886- se efectuó el 23 de enero de 1887 en el Colegio de San José, bajo la presidencia del ilustrísimo señor Obispo. Pronunció antes el alumno don Benjamín Miñana, que había venido prologando con otro parecido las «sesiones» de «los cómicos de la legua» por los pueblos, un discurso de acción de gracias, que luego, se imprimió, junto con un documento que se envió a los párrocos agradeciéndoles la parte que habían tomado en el buen resultado de la limosna extraordinaria, que ascendió a cerca de 8.000 duros.
   Don Domingo Llopis, sacerdote de Castellón de la Plana, nos cuenta la siguiente anécdota, reveladora de las optimistas esperanzas que Don Manuel abrigó siempre acerca del éxito de su apostólica empresa de la fundación del Colegio de Tortosa: «En una visita que el doctor Sol hizo al señor Obispo don Francisco Aznar para felicitarle las Pascuas, se llevó algunos colegiales consigo: un servidor fue uno. Llenándose de gozo el Obispo Aznar, al saber el número de colegiales y aumento y prosperidad de la obra, decíale al siervo de Dios: «¿No es verdad que no esperaban que el Colegio ascendiera a tanto?» «¡Ah, Señor!, sí lo esperábamos: porque el Señor favorece a las obras que son de su gloria». El señor Obispo escuchaba, sin darse por enterado de esta negativa, y luego de un rato le volvía a preguntar: «¿No es verdad que el Colegio ha excedido a sus esperanzas?» «Ah, no, ilustrísimo Señor, aún habrá más ... » Y en esta santa porfía lidiaron varias veces los dos, aquél creyendo que el hecho excedía a las esperanzas, éste que las esperanzas excedían al hecho. Nos confesó una vez que entre las obras de su ministerio, una sola le había llenado completamente, y era el Colegio de San José de Tortosa».
   No escatimó, en efecto, Don Manuel ni energías físicas, ni fervorosos entusiasmos, ni personales gastos económicos, ni actividad incansable para llevar adelante la obra comenzada. Hasta que la vio concluida no respiró tranquilo. «Esta mañana -decía a las monjas de la Purísima- he llegado a tener tentación de predicar, pero he desistido, porque no tengo en mi cabeza más que piedra, cal, pozos, madera, etc., etc., y, por consiguiente, creo saldría una plática de ladrillos. Hagan que se acabe pronto el Colegio de San José, y después les haré sermones».
   ¿Qué no había hecho, pudiendo hacerlo, Don Manuel en todos los órdenes por el bienestar y regalo de sus colegiales? «Aquí, en verdad -les decía- nos faltan muchas cosas. No tenemos las comodidades necesarias. Estamos como podemos. Vosotros comprenderéis que se hace lo que se puede. No digo bien: se hace lo que no se puede hacer. Ya sabéis que no vivimos sino para vosotros. Pudimos tener otros más honrosos empleos, pero preferimos dejar nuestra carrera y nuestro porvenir por atender a vuestro cuidado. Y con vosotros vivimos, y con vosotros soñamos y por vosotros echamos líneas, y discurrimos medios...»
   Noblemente correspondieron sus alumnos, mostrándose, siempre agradecidos al desinteresado amor y a los paternales desvelos de Don Manuel. Más todavía que quererle, le veneraban como a un santo. En 1892, en la fiesta del Reservado, se inauguró el rico y artístico altar mayor de la capilla del Colegio, que por iniciativa y suscripción de los sacerdotes, antiguos alumnos del mismo, como espontáneo tributo de gratitud y de cariño, regalaron a Don Manuel.
   Aun en esta vida premió Dios de otra forma a Don Manuel sus esfuerzos por fundar el Colegio de San José de Tortosa: aquel plantel de vocaciones eclesiásticas para la diócesis tortosina, ha sido al mismo tiempo y continúa siendo semillero fecundo de vocaciones para la Hermandad, tan providencialmente, que de otra y suerte, y, humanamente pensando, no se hubiera podido establecer, ni mucho menos, desarrollar. De los beneficios que del Colegio de San José se siguieron, en orden a los fines con que fue establecido, baste decir que en 1927 habían salido de su seno cerca de 800 sacerdotes.

CAPÍTULO XVII



La «Escuela Dominical». - El Apostolado de la Oración. - Peregrinación Teresiana. - Profesor del Colegio de San Luis. - Fundación del convento de la Providencia de Vinaroz. - La «Librería Católica». - Su segundo viaje a Roma

(1873-1871)



   Por los cuadernos de cuentas de Don Manuel nos consta que ya en 1865 existía en Tortosa una «Escuela Dominical», para cuyo sostenimiento daba él cada mes una cantidad fija, aparte las ocasiones extraordinarias de rifas, etc... Debió extinguirse, empero, puesto que en los primeros meses de 1873 intervino Don Manuel activa y eficazmente, con su iniciativa y esfuerzos personales, en el establecimiento de la que todavía hoy subsiste y que ha sido y continúa siendo , bajo la dirección de una de sus más distinguidas hijas espirituales, fecundo manantial de instrucción cristiana, de bendiciones y de gracias y de santas expansiones para las jóvenes que se dedican al servicio doméstico.

***

   En 1873 dic Don Manuel principio a su ardorosa propaganda para extender por toda la diócesis la devoción y el culto al Sagrado Corazón de Jesús.
   Ya desde 1871 venía haciendo rezar el Oficio del mismo a las religiosas del convento de San Juan y tenía formados entre ellas y sus dirigidas del siglo varios coros de la «Pía Unión del Corazón de Jesús». Celebraba frecuentemente la santa Misa en el altar del mismo en el, templo de las Sanjuanistas, a la cual imagen tenía especialísima devoción. Ante ella se consagró al Corazón divino el 3 de enero de 1871 e hizo el 31 de mayo del 72 protestación de trabajar por que se multiplicasen sus devotos.
   Para cumplir su promesa, el 9 de enero de 1874 estableció pública y solemnemente en la iglesia de San Antonio el Apostolado de la Oración y la Congregación del Sagrado Corazón Jesús, o, como otras veces la titula: El Apostolado del Corazón de Jesús, a modo de ramificación especial de la Archicofradía del Apostolado de la Oración, al cual se exigía pertenecer previamente, para formar luego en esta «Liga de corazones consagrados a amar y extender el culto y amor al Corazón de Jesús, a fin de apresurar su reinado en España». Complemento de esta .obra era la Corte de Reparación para dar «culto continuo al Corazón de Jesús mediante la compañía o vela perpetua».
   Obra suya fue el altar y la imagen del Corazón de Jesús que se venera en la mencionada iglesia, en la cual -conforme testifica la Madre Rosalía del Niño Jesús- reunía «a toda clase de personas, imprimiendo a todos los actos del culto una grandiosidad que encantaba. Transformaba el altar de modo que todo hablase del Corazón de Jesús. Del coro pendía un gran estandarte con insignias. La iluminación era espléndida, y como no disponía de tantos candeleros como quería, enviaba a pedir a otras iglesias, y algunos encargados de éstas se enojaban y le mandaban a decir si había de hacer las dominicas con llumaneres65.
   Organizaba la vela de caballeros y señoras de tal manera que atendía hasta a los menores detalles: las personas más desocupadas la tenían en horas en que otras no hubieran podido hacerlo, y discreción aumentaba el fervor en todos. Cuando predicaba en las funciones, lo hacía de un modo tan elevado y se internaba en el Corazón de Jesús de manera que parecía que le :eran manifiestos sus movimientos. Las personas versadas un poco en la piedad quedaban encantadas».
Fomentó igualmente Don Manuel el desarrollo de la Asociación de Nuestra Señora del Sagrado Corazón, fundada y establecida años atrás en la misma iglesia de San Antonio por iniciativa de la piadosa dama doña Celestina Hany de Montserrat, al celo de la cual se debió también la erección de la magnífica imagen de Nuestra Señora del Sagrado Corazón en 1875. Fue esta advocación una de las más fervientes devociones de Don Manuel, porque veía en ella aunados y armonizados, complementándose mutuamente, sus dos grandes y apasionados amores: el Sagrado Corazón de Jesús y la Santísima Virgen.
   En cuanto al primero, soñaba Don Manuel y aspiraba a ser «el apóstol del Corazón de Jesús en España». Y se esforzó, efectivamente, por llegar a serlo. El Superior de una Residencia de Padres Jesuitas nos escribe:
   «De su ardiente devoción al Corazón de Jesús habría mucho que decir. Era conocida de todos. Se pegaba o nos la pegaba como un contagio. Nunca olvidaré aquellas funciones del Sagrado Corazón en la iglesia de San Antonio, de Tortosa, a donde iba él con tanta devoción y nos mandaba para hacer de monaguillos; y sobre todo, aquellos fervorines o pláticas de comunión en que nos conmovía hasta derramar lágrimas. Recuerdo, sobre todo, el sentimiento con que pronunciaba aquellas palabras: Si scires donum Dei¡ ¡Cristiano, si, supieras el don de Dios encerrado en su Corazón...!
   No contento con haber, establecido el Apostolado del Corazón de Jesús en Tortosa, quiso hacer otro tanto en las parroquias de la diócesis y recorrió muchas de ellas con este piadoso objeto. Hablando de la de Villafranca del Cid, dice el reverendo don José Machí: «Visitó varias veces esta parroquia en tiempo del cura Ferrer, con quien le estrechaba íntima amistad, hospedándose siempre en esta casa-abadía y ocupando la habitación que se ha quedado con el nombre de Mosén Sol, y en la que se ha puesto un cuadrito con su retrato para perpetua memoria. Como recuerdo de su paso por esta villa, está el haber cooperado eficazmente a la fundación del Apostolado de la Oración, predicando con este fin66. Aun quedan algunas almas que recibieron su sabia dirección. Entre ellas están doña Avelina Falcó, Sor Patrocinio, religiosa clarisa de Nules, y Sor Juana Tena, Superiora General de las Hermanas de la Consolación... En general, puedo asegurar a usted que el nombre de Mosén Sol se pronuncia en ésta con veneración».
   Estableció el Apostolado en Tivisa, en compañía del P. Martorell S. J. y en 1.883, del 27 de mayo al 3 de junio, predicó allí un octavario de sermones al Sagrado Corazón.
   En aquel mismo año escribía Don Manuel a la Madre Escolástica: «Por fin, aunque tarde, va una palabrita para usted. El 6 de julio, salí para Benicarló y establecí el Apostolado de la Oración, con un triduo, y establecimos los Luises. De allí a Benicasim, donde estuve cinco días. De allí subí al monasterio o Desierto de las Palmas, que es de Padres Carmelitas (hay ya unos 40 entre Padres y novicios) y nos reunimos unos cuantos compañeros para tratar de nuestra futura Obra. De allí pasamos a Alcora, a donde hicimos acudir diez colegialitos de los pueblos de alrededor y cantaron la Misa y en las demás funciones para establecer el Sagrado Corazón, e hicieron la comedia de San Luis, y el pueblo quedó muy contento, y a nosotros, los padres graves, nos caía la baba de satisfacción.
   Al regresar debía pasar por Vinaroz, pero Vinaroz se quedó sin verme, y las monjas me escribieron dos cartas o tres diciéndome que el alma al infierno, por mentiroso, y Mosén Bautista me escribió enfadado, etc., etc... Tanto me azoraron, que tuve que volver el 6 de éste, y estuve allí 48 horas, y a pesar de esto, la Madre Providencia tuvo que decirme, al despedirnos, que, si había de ir tan de prisa, que no volviera más por allí. Ya ve usted si son gente descontentadiza. Al fin, les he medio prometido que volveré pronto; pero, como me han puesto fama de engañador, ya no me han creído. Celebré allí la Misa ofrecida por la Madre Juliana. Hubo fervorines. Si el 26 de éste voy al pueblo de Cálig, entonces me vendría bien, pues está cerca de Vinaroz... Y con tanto pasear ¡no poder ir a Barcelona y Mataró! Bien seria éste mi deseo, pero no hallo medio. Así, pues, Cinta que se compre lo Jesuset, o Infant, como dicen ustedes, y ya iré cuando pueda... ¿Qué más, mi Madre Escolástica? Que me encomiende a Jesús mi Obra, que va muy despacio, y los Operarios que yo deseo no vienen. Por Jesús, ruegue por esto. Hoy, fiesta de la Asunción».
   El año 1888, del 24 al 30 de junio, estuvo en Benasal, dando Ejercicios a las jóvenes teresianas y estableciendo el Apostolado, después de predicar un triduo de sermones sobre la devoción al Corazón de Jesús. «Implantó también -dice el entonces seminarista de aquel pueblo, y después benemérito Operario, don Joaquín García Girona- la práctica de los primeros viernes de mes, que desde entonces no se ha interrumpido». Arbitró la compra de un devoto cuadro y otros costosos objetos del culto para solemnizar las funciones al Sagrado Corazón. En alguna otra ocasión más hizo objeto de su celo a Benasal, aprovechando sus idas a Villafranca, blanco de sus amores por la amistad que le unía con su párroco señor Ferrer».
   En dos cartas habla Don Manuel de esta excursión suya a Benasal. «En Benasal di Ejercicios a las chicas -dice en una de ellas- y prediqué un triduo al Corazón de Jesús para establecer la Archicofradía del mismo. A pesar de que salí constipado de Tortosa, me probó bien, y trabajé muchísimo y he vuelto bueno»
   Y en la otra, que copiamos casi íntegra porque nos da idea de su incansable movilidad en estos viajes de apostolado, escribe: «El domingo pasado terminamos los Ejercicios y triduo del Corazón de Jesús en Benasal. El lunes se marchó Elías, con Serrano, a Ares y Cinctorres, y yo a Villafranca, acompañado de Juan Antonio Fabregat, Felipe Tena, Artemio Colom y Gonzalo Tena, que habían bajado a Benasal a buscarme para que no me escapara. El martes fuimos a ver al Cura de Iglesuela, que estaba grave. El jueves regresé a Benasal, y por la tarde a Albocácer. El viernes no tuve asiento en el coche, y me bajé a las Cuevas en un carrito. El sábado, en caballerías, para no tener otro chasco, bajé a Alcalá y tomé aún el tren burro, y me fui a Vinaroz para seguir la misma tarde en el exprés a Tortosa. Pero la abadesa quiso obligarme a que me quedara para una misteriosa función que debía celebrarse, y me resistí. Mas, como es una bruja angelical aquella criatura, lloró y la dejé llorando, y fui a buscar el coche, y Batet no vino y tuve que quedarme, y ganó la Santa Escolástica, que realmente lo fue. Fortuna..., fortuna, que me dieron una onza de oro en una pieza por mi pequeño trabajito... además de otras cosas... En fin, mi hija, ha sido un viaje triunfal de consuelos, satisfacciones, gratos trabajos, dineros, y creo que de gloria de Jesús. Sólo que he estado ocho días sin saber de nadie, pues estaba incomunicado con tanto movimiento, y no sabía de aquí, ni de Valencia, ni de Murcia, y, sobre todo, de... mis almitas de San Mateo; y sin poder ir a Cinctorres y a Forcall, ni a ésa, porque aquí hacía 19 días que no se habían confesado las nueve de la Purísima y muchas de Santa Clara, y... debo romper todo esto, y no puedo. Así, encomiéndame muchísimo a Jesús, que esto me hace sufrir y no puedo atender a todo... ¡Cuántas cosas querría contarte de mi viaje! ... »
   En 1888, el 4 de julio, le escribía el párroco de Torreblanca, don Joaquín Esteller, pidiéndole instrucciones y haciéndole consultas, y entre otras cosas le dice: «Mi respetable Don Manuel: Como embolicaors67 que somos, ahí va una cortita lista de unas 550 personas enredadas en la devoción del Sagrado Corazón. La semilla sembrada ha crecido que ha sido un prodigio. Todas ellas pertenecen a la comunión reparadora y han de ser inscritas en la Cofradía en ésa, hasta que usted se sirva pedir a Roma diploma para poder tener centro. en esta parroquia. Pesado es esto, pero se trabaja con gusto, porque los resultados son grandes y a la vista. Para los primeros viernes ya no bastaremos nosotros y habremos de llamar de fuera ... »
   En junio de 1889, predicó en Lucena un triduo al Corazón de Jesús para establecer el Apostolado. Desde 1873 lo había establecido en otros muchos pueblos de la diócesis, no mencionados por él, como Ulidecona, Alcanar, Gandesa, San Mateo, Santa Bárbara, etc.

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   En agosto de 1877, tomó Don Manuel parte en la peregrinación a la cuna y sepulcro de Santa Teresa de Jesús, organizada por el insigne teresianista don Enrique de Ossó. De Valencia partió para Madrid, el 21. Estuvo dos días en la corte; el 24, en Ávila; el 25 y 26, en Salamanca -el primero de los cuales días celebró la santa Misa en la capilla del Seminario, dirigido entonces por los Padres Jesuitas, y el segundo en la iglesia pública de éstos, la famosa Clerecía-; el 27 y 28, en Alba, y de nuevo, el 29 y 30, en Salamanca, desde donde se encaminaron a El Escorial, y luego, por Madrid y Zaragoza, deteniéndose en ambas ciudades, a Mataró. El 6 de septiembre, hallábase de regreso en Tortosa. Fue aquélla -escribe don Enrique en su «Revista Teresiana»- «la primera de las peregrinaciones que se han hecho en obsequio de la celestial andariega».

***

   En octubre de aquel mismo año se encargó Don Manuel del desempeño de la cátedra de Religión y Moral en el «Colegio de Segunda Enseñanza, agregado al Instituto provincial», que, bajo la advocación de San Luis Gonzaga, se inauguró aquel curso en Tortosa, fundado por otro gran amigo de Don Manuel, el doctor don Juan Corominas, que fue Director del nuevo Centro, a la vez que Rector del Seminario. Conocido el profundo y tierno amor de. Don Manuel a los jóvenes, ¡qué llena de verdad y sinceridad está la frase con que comenzaba los «Apuntes» para las explicaciones de Religión y Moral a sus alumnos en el curso de 1881 a 1882: «Vengo como un padre ... »!

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   A otra clase de empresas dic principio Don Manuel por este tiempo. Convencidísimo del bien inmenso que realizan las comunidades de religiosas, providencialmente puesto en circunstancias propicias para ello, se consagró a la fundación de nuevos conventos. El primero en que puso mano, para levantarlo de planta, fue el de Religiosas franciscanas de la Providencia en Vinaroz. La ocasión fue la siguiente. Había fallecido en la mencionada ciudad, en septiembre de 1872, la noble señora doña Concepción Esteller, y dejado en su testamento una manda para que se estableciese allí una Comunidad de franciscanas clarisas de la Enseñanza, con la condición de que la iglesia fuese dedicada a la Purísima Concepción. Eran los albaceas el Prelado de Tortosa «pro tempore» y el Director espiritual de la legataria, don Joaquín Gombau y Verdera. Venido a menos, por diversas causas, el capital fundacional, se le juzgó insuficiente, a la muerte de doña Concha, para ejecutar la piadosa voluntad de ésta. De la administración de los bienes se encargó, por comisión del Obispo Vilamitjana, el reverendo señor Gombau, y desde la muerte de éste, acaecida en octubre de 1873, su hermano don Antonio, también presbítero, y el Ecónomo de Vinaroz, don Gabriel Cardona.
   Terminada la guerra civil en 1875, habiendo ido don Antonio a Tortosa para dar cuenta de su administración al Prelado, le pidió que designase alguna otra persona que le ayudase a llevar adelante la empresa. El señor Vilamitjana, luego de recogerse un momento, le dijo: «Váyase usted, y el primer sacerdote que encuentre al salir del palacio, ése será el que le ha de ayudar». Hízolo así, y el primero a quien vio, ya en la calle, fue a su antiguo amigo Don Manuel, al cual habló del testamento de doña Concha. Estimulóle Don Manuel a no abandonar el proyecto de la finada y se brindó a auxiliarle en la ejecución del mismo, aun juzgando ser base insuficiente para ello el capital que restaba. Comenzó a orar Don Manuel y a hacer que orasen a esta intención sus devotos.
   De regreso de San Mateo, donde habla estado dando ejercicios espirituales a las religiosas agustinas, detúvose en Vinaroz, el 29 de septiembre de 1876, para entrevistarse con el señor Gombau y discurrir con él sobre la futura fundación. No tuvo la suerte de hallarle; pero aprovechó la ocasión para visitar la casa y huerto destinados por doña Concha para levantar en ellos el edificio, ya vendidos con pacto de retro-venta, y, para recorrer la población. «El aspecto de aquella ciudad -escribe Don Manuel en su «Monografía», inédita, sobre la fundación del convento- que, si bien bella por el desahogo de sus calles y plazas y su despejado horizonte, recordaba por sus desfavorables antecedentes y despertaba a la vista de sus habitantes la idea de una frialdad glacial en lo relativo al amor de Dios, y el no existir en ella ninguna comunidad religiosa, hizo comprender más y más al nuevo viajero la urgente necesidad de un pararrayos del cielo en medio de aquellos dormidos corazones y de un asilo donde la juventud femenil pudiese ser preservada de la viciada atmósfera que allí reinaba e informada en el santo temor de Dios. Alentado, pues, más para la ejecución de esta idea, que tanto tiempo hacía bullía en su mente, invocando la protección de San Miguel, cuyo día era, ofreció, como Jacob, que, si cum salute et pace, con feliz término, llegaba a levantarse el deseado monumento a la gloria de la Purísima Madre, sería escogido dicho Arcángel para ser, junto con San Antonio de Padua, Abogado particular de la casa que se edificaría en aquel pueblo».
   No conocía Don Manuel otras Comunidades de franciscanas dedicadas a la enseñanza, sino las llamadas de la Divina Providencia, con clausura, y las de la Tercera Orden, sin ella, ambas de Cataluña. Al conferenciar el Prelado sobre este particular con Don Manuel y con don Enrique de Ossó, se mostró pesimista, pero dispuesto a prestar favor a la empresa, y encargó al primero que, a ser posible, se llamase a las de la Providencia. Dirigióse el 8 de octubre Don Manuel a Barcelona y comenzó a recoger noticias e informaciones sobre el mencionado Instituto. Diéronselas excelentes acerca de la Casa que las religiosas tenían en Mataró, y allá se encaminó el día 11, para entrevistarse con la Superiora, la reverenda Madre María de Santa Escolástica. El resultado del largo y espiritual coloquio fue -dice Don Manuel- «conocer claramente en aquella alma y aquella observante Comunidad las destinadas a fecundizar con sus oraciones y con toda clase de cooperación la empresa proyectada, y a trasplantar por su medio una rama de la Divina Providencia a la otra parte del Ebro». Había sido fundada la mencionada Congregación por la Madre Teresa del Sagrado Corazón de Jesús, Terciaria franciscana de las Isabeletes de Barcelona, la cual, en un éxtasis, según ella refiere, el 8 de septiembre de 1844 recibió de Dios la misión de erigir un convento, que debía titularse de la Divina Providencia y tener por Patronos a San Francisco y Santa Clara, y por objeto la conversión de los pecadores. Tras muchos afanes y contratiempos, logró fundar uno en Gracia (Barcelona), y otro en Figueras en 1852.
   Comunicó Don Manuel las impresiones por él recibidas en Mataró a su Prelado, y exhortóle éste a continuar sus gestiones con santa libertad. Eligió, pues, en Vinaroz, el sitio que le pareció más conveniente, dentro de los muros de la ciudad, pero muy cerca de ellos, para facilitar de este modo el cumplimiento de los deberes religiosos a los vecinos de aquellas barriadas y proporcionar educación y asilo a las niñas de sus moradores, las cuales vivían en completo abandono moral y religioso. Compró Don Manuel el terreno por 29.500 reales el 16 de febrero de 1877. Como auxiliar suyo, en calidad de técnico, tomó a don Vicente Benet, de Tortosa, maestro de obras que había sido hasta la Revolución del 68 de las fortificaciones de aquella plaza, y el cual, por añadidura, era devotísimo Terciario franciscano. Ofreciósele éste sin reservas, levantó el plano y ejecutó con toda fidelidad y éxito el pensamiento de Don Manuel, del cual fue en lo sucesivo inseparable compañero y perseverante y fervoroso coadjutor en otras muchas semejantes empresas de gloria de Dios. Era el señor Benet de carácter vivo y un tanto adusto e irritable. Hallándose más tarde ocupado en la fundación del convento de Vall de Uxó, se lamentaba de ello la Superiora de Vinaroz en carta a Don Manuel, y éste le contesta: «No tema por el genio de Benet. Conviene esta pólvora para los valencianos, que son tan variables. Déle usted cuanto dinero usted quiera y pueda, y le digo que puede estar tranquila, pues cuenta hasta las agujas, y lleva cuentas semanales, y es delicado más de lo que yo sería. No manifieste usted nunca en esto desconfianza, que le heriría de mala manera. Vilamitjana le confió 150.000 duros para las obras del Seminario de Tarragona».
   El 1.º de marzo 1877 comenzaron las obras del convento de Vinaroz. Hasta que logró llevarlas a feliz término hubo de ingeniarse Don Manuel en arbitrar recursos, con empréstitos y limosnas, para suplir la insuficiencia del capital fundacional, sobre todo por la amplitud que fue dando al proyecto el mismo Don Manuel, al cuidado del cual corrió todo: trámites legales, negociaciones entre los Obispos de Barcelona y Tortosa, dirección de las obras, remedios y soluciones para los apuros económicos... Tuvo que sufrir desconfianzas y murmuraciones, éstas en Tortosa particularmente, por pedir para Vinaroz. Momento hubo en que llegó a pensar que le sería imposible seguir adelante. Y no obstante, a través de su copiosísimo epistolario de aquel tiempo, adviértese siempre en él una pasmosa imperturbabilidad, una serena confianza y un arrojo para cargar con todas las responsabilidades, que maravilla.
   El 7 de marzo escribe a la Madre Escolástica, de Mataró: «Hoy por hoy, mi pensamiento y mi corazón están en esa santa obra, y Dios haga no sea en perjuicio de mis obligaciones respecto de mis colegiales, de mi Archicofradía del Corazón de Jesús, de mis cincuenta religiosas, que no me encuentran ya siempre que me buscan...»
   Y a mediados de diciembre, después de hablarle largamente de preparativos para el ya cercano traslado a Vinaroz: «¡Cuántas cosas me quedan por decirle!... Perdóneme que la obligue a leer tanto y con mala letra y pluma (pues escribo en Santa Clara). Perdóneme, pues yo también estoy rodeado de libros, que me gritan y les digo que callen, pues lo primero es lo primero. No puedo, pues, más. Mis cordialísimos afectos a mis predilectas hijas (que me permitan este nombre), puesto que las saludo con toda la efusión de mi alma, y a quienes en este momento envío mi bendición con toda la ternura de mi corazón. Que sean benditas de Jesús y de María y del Padre San Francisco y de la Madre Santa Clara y del Padre San Antonio y del Arcángel San Miguel, Abogados estos dos últimos del futuro jardín de reparación. Que reciba mis ofrecimientos en particular la Madre Juliana, quien desde este momento tiene en mí un padre, o más bien un amigo, que procurará consolarla y compartir sus penas durante el prolongado destierro en que vivirá de su Madre Escolástica., ¡Oh, no quiero herir las fibras de su corazón! Ya nos vagara...
   Anoche no podía dormir. Estaba viajando a últimos de año hacia ésa, y pasaba el día de mi Santo en compañía de ustedes, y mi imaginación volaba y preparaba vagones y comida para el camino, y en la estación de Tortosa había mucha gente, etc., etc... Si no veo de aquietarme, mi espíritu se disipará. Pues, además de esto, tengo otro pensamiento que me exalta: el hacer un edificio de planta para el Colegio de San José, pues estamos muy mal y tiene que hacerse, y ni tengo dineros ni lugar. Encomiéndelo mucho al Señor, a la Divina Madre y a San José. Se lo pido de verdad».
   Del 1 al 3 de enero de 1878, bajo la dirección de Don Manuel estuvieron en retiro espiritual las religiosas del convento de Mataró, con objeto de prepararse al sacrificio de la separación de las nueve hermanas, ya designadas para fundar en Vinaroz. El mismo Don Manuel, como Delegado del Obispo de Tortosa, después de haber dispuesto todo lo concerniente al viaje, las acompañó en él. El 11 de enero por la tarde, salieron de Mataró, pasaron la noche en Barcelona, y el 12, a las dos y media de la tarde, llegaron a Vinaroz. En la estación de Tortosa se les unió el Prelado, muchos sacerdotes y gran número de familias piadosas. El recibimiento en Vinaroz, minuciosamente preparado por Don Manuel, fue verdaderamente triunfal y apoteósico, tanto por parte de las autoridades, eclesiásticas, civiles y militares, como de los habitantes de la población. Durante varios días se celebraron con inusitada pompa y fervoroso entusiasmo las, solemnes fiestas con que Don Manuel quiso dar relieve a la instalación de las religiosas en su nueva Casa. El día 14, en el fervorín que predicó en la capilla del convento, «después de describir las emociones que al Corazón de Jesús causaría, ya desde los días de su vida en Nazareth, la perspectiva de este otro día, y aquella corona de almas que por vez primera debían venir a adorarle y recibirle agradecidas en aquel nuevo lugar que quiso escoger para trono de sus misericordias, sobre todo en favor del pueblo de Vinaroz ... », recomendó Don Manuel a todos los asistentes que elevasen una súplica al Corazón de Jesús Sacramentado y a la Divina Madre, en favor de cuantos habían cooperado a levantar aquella «obra de reparación a su amor». El día 15, en nombre del Prelado, declaró -establecida la clausura, y señaló por intercesores especiales del nuevo convento a San Miguel Arcángel y a San Antonio de Padua. Y cierra Don Manuel en este punto su «Crónica», con las siguientes palabras: «Así terminó, tan felizmente, la empresa de esta obra santa, en la que el Señor quiso manifestar tan claramente los admirables ,designios de su misericordia para con todos aquellos que no buscan sino a Él, y confían sólo en los cuidados de su Providencia. Sea para Él la gloria. Y que el convento de la Providencia de Vinaroz sea perpetuamente el consuelo del Corazón de Jesús, honor de la Divina Madre, asilo generoso de corazones humildes y salvación de muchas almas».
   El 1.º de marzo de aquel año, asistió Don Manuel a la colocación de la primera piedra en la iglesia del convento, cuya fábrica quedó terminada y fue bendecida por el Obispo de Tortosa, presente también Don Manuel, el 10 de diciembre de 1884. De los óptimos frutos de bendición que Vinaroz ha recibido de la nueva Comunidad de religiosas de la Providencia, nos habla el operario don Isidoro Bover, hijo de aquella ciudad, en estos términos: «Ha sido uno de los más eficaces instrumentos de que Dios se ha servido en el pueblo para la cristiana preservación de las familias. En centenares de ellas, a no haber sido por las religiosas, no habría, humanamente pensando, una o varias excelentes mujeres, que han sido el rescoldo por donde la fe y la piedad se mantuvieron en días, desde el punto de vista religioso, muy lamentables». Don Manuel, por su parte, quedó santamente ufano y satisfecho de su obra.
   «He estado cuatro días en Vinaroz -escribía poco tiempo después- a ver aquella santa casa y a hacer la primera comunión, de las niñas que van a la enseñanza. ¡Ya son 150! ¡Aquello es un pequeño cielo! La Madre Escolástica es una Santa, pero de tipo dulce y agradable como Santa Teresa». Por de más está el decir que mientras, vivió no descuidó jamás Don Manuel los intereses espirituales y materiales del convento de Vinaroz, ni cesó un punto de atender las necesidades todas de las religiosas, hasta en las mismas enfermedades que padecían. Apenas sabía de alguna que andaba enclenque, ya estaba él prescribiendo remedios y advirtiendo que los gastos de la enferma corrían de su cuenta, «puesto, que las pobrecitas de Vinaroz-les decía-son y están pobrecitas». En cierta ocasión, al enviarles una gerreta de greix68, escribe. a la Superiora: «Que coman mucho las monjas y que no ayunen, pues trabajan demasiado. Ya ayunaré yo por ellas, y me lo ganaré todo yo; y ellas ganarán también no ayunando. No se apure usted, aunque sean pobres. Me han dicho que Catalina no está muy bien, y así cuídenla doblado... Un mementito por mi el primer Viernes, pidiendo a Jesús que llene mi corazón que está ambicioso, y por consiguiente, vacío. ¿Cuándo querrá llenarlo el Señor? Y ¿de qué querrá llenarlo? Y ¿dónde querrá llenarlo?»
   Con ocasión de cumplirse el primer aniversario del traslado de las religiosas a Vinaroz, las consuela Don Manuel, en carta del 2 de enero de 1879, en esta forma: «No puedo olvidar las emociones de estos días en el año 78. Por eso hubiera querido ir a consolar a las pobrecitas de Vinaroz, y Jesús no lo ha querido. Ya lo haré otro día. Que no derramen muchas lagrimitas las Providencias y Rafaelas, etc., etc... Y si las derraman ante tan dulces recuerdos, que las depositen en la mirra que ofrecerán al Niño Jesús. ¡Pobrecitas mías! Y ¡yo la ocasión de tanta amargura! Ya veo que no pueden estimarme. Pero ya pido a Jesús en verdad que las consuele y no las haga pensar demasiado en Mataró. ¡Ciutat ditxosa!»
   Predicando en la iglesia de la Providencia, el 5 de enero de 1888, exclamaba: «Envía, Señor, una bendición a este mi amadísimo pueblo de Vinaroz, por el cual veláis con tanto interés ... »

***

   Merece también ser mencionada una obra de celo en que se ocupó Don Manuel durante varios años, desde el 1877; porque, aunque la realizó muy silenciosamente, no por ser humilde dejaron de derivarse de ella grandes bienes. espirituales para la diócesis. Nos referimos a la «Librería Católica», que estableció en el Colegio de San Rufo, para difundir y fomentar la lectura de libros piadosos, cuya adquisición facilitaba vendiéndolos a precios económicos. Sólo en los dos primeros años, según consta en los cuadernos de cuentas de Don Manuel, se despacharon libros y objetos de propaganda religiosa por valor de 18.000 pesetas. Años después intentó fundar una asociación para divulgar la Sagrada Biblia, con el fin de contrarrestar la propaganda protestante en España.

***

   En octubre de 1878, ocho años después de su primer viaje a Roma, volvió Don Manuel a visitar la Ciudad Eterna, formando parte de la peregrinación nacional organizada por la Juventud Católica de Barcelona para prestar homenaje a León XIII, elevado al Solio pontificio el 13 de febrero de aquel año. Eran unos 2.000 los peregrinos. Ostentaba Don Manuel la representación oficial de la diócesis de Tortosa. Salió de Barcelona en la mañana del 10 de octubre con los 800 peregrinos que realizaban el viaje en el vapor «Santiago», y entre los cuales se encontraba el genial y cristiano vate catalán Mosén Jacinto Verdaguer, que cuenta sus impresiones de aquella que él llama «la Peregrinación de Santa Teresa» en su crónica «La Romería espanyola». Presidíala el Obispo de Huesca. La navegación fue apacible en extremo, y los peregrinos pasaron aquellas tranquilas horas santamente entretenidos con ejercicios. piadosos, con religiosas y patrióticas canciones, y celebrando una velada literaria sobre cubierta.
   El 12, al amanecer, dieron vista a Civitavecchia, y a las siete de la mañana arribaban a su puerto. Con el pretexto de que había en España casos de fiebre amarilla, prohibieron las autoridades italianas a los romeros desembarcar hasta que transcurrieran tres días. El 15, a bordo todavía del «Santiago», compuso Verdaguer, y dedicó a sus compañeros de peregrinación y de infortunio el lindísimo romance «Lo romiatge de Santa Teresa»:

En Barcelona la gran
una nau avuy pren vela,
una nau de pelegrins
ab una blanca bandera.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Mes, si de la patria exim,
un-altra patria-ns espera,
Roma, la patria del cor,
nova Sion de la terra.

   «No les entristecía -dice Verdeguer, refiriéndose a los peregrinos- abandonar las amadas playas españolas, porque a la parte allá del mar les espera otra patria, la patria común, cuyo nombre desde la infancia está escrito en el corazón junto al dulcísimo de España. Amigos dejamos en ésta, y amigos nos esperan en aquélla; hermanos dejamos aquí, y otros hermanos en la misma fe nos llaman desde allá; aquí quedan nuestros padres, y allí, con los brazos abiertos, nos espera el Padre común de todos los católicos, el gran León XIII, sucesor de los apóstoles, y representante de Jesucristo en la tierra ... »
   A las ocho de la mañana de aquel mismo día,15, permitieron las autoridades italianas que desembarcaran los romeros. «Omito -comenta Don Manuel- las escenas de las aduanas. Hacía ocho años que había pasado por allí, cuando eran de nuestro, común Padre, y las pasamos con las atenciones debidas. Ahora nos trataban como a gente conquistada». Después de visitar durante algunas horas el puerto y la ciudad, se trasladaron a Roma. El 17, a las ocho de la mañana, el Cardenal Borromeo les dijo la Misa y les distribuyó la comunión en el altar de la Cátedra de la Basílica de San Pedro. Predicóles el señor Obispo de Urgel, por el cual presididos, y cantando el «Miserere», dirigiéronse luego los peregrinos al sepulcro de Pío IX, donde, arrodillados, rezaron un «De profundis». «Es probable -anota Verdaguer- que serviría más para provecho de nuestras almas, que para el de la inmaculada suya». Reuniéronse a las doce en la Sala Ducal para ser recibidos por León XIII. Por no caber en ella, se trasladaron a la Regia. Media hora después, seguido de su Corte, de diez y siete príncipes y prelados, llegó el Papa, acompañado de cardenales, de los Obispos de Urgel y de Plasencia. Leyó el de Huesca un fervoroso mensaje de adhesión y de cariño, al que contestó León XIII, de pie, con una elocuentísima alocución, que provoco ardorosas manifestaciones de entusiasmo de los peregrinos, que entonaron seguidamente el himno «Profesión de fe». «¿Cómo pintar ?escribe Don Manuel- el efecto que me causó León XIII- Al verle, blanco el cabello, tan delgado, con el sello de un sufrimiento indefinible en su-semblante, el primer efecto que me produjo fue el de una reverente compasión. Se veía en su despejada frente el sello de su vasta inteligencia. Había en su conjunto un sello de dulce austeridad, que me hacía pensar: ¡Oh, tenemos Pontífice para poco tiempo!
   Terminado el discurso del Obispo de Huesca, se levantó como con fatiga, pero al desplegar aquellos brazos, al oír aquella voz argentina, aquellos ademanes tan vivos, aquella efusión de sentimientos, llenos de tanta naturalidad como elocuencia, desaparecieron mis temores y comprendí que toda aquella debilidad de cuerpo estaba compensada con una virilidad de espíritu consoladora. Aquella figura angelical, que descollaba sobre los demás, y en aquella actitud, con los brazos abiertos, parecía una visión».
   «Recibidos por el Papa -refiere Verdaguer- los homenajes y afectos de los delegados de muchos Obispos de España, se dignó descender de su trono y mezclarse humildemente entre nosotros, teniendo para cada uno una frase de afecto, dándonos a besar su sagrada mano y encendiendo nuestros corazones en el amor a Jesucristo y a su Santa Iglesia».
   Don Manuel, cuando le llegó el turno de entregar la limosna de la diócesis de Tortosa, se acercó al trono papal, y León XIII, al darle gracias por el óbolo que le ofrecía, apretó entre las suyas las manos de Don Manuel.
   El día 19, a las doce, volvió a recibir el Papa a los peregrinos, por diócesis, en la galería de los mapas. Duró la audiencia dos horas, y dic a besar León XIII su mano a todos los peregrinos.
   «Todos salimos -declara Don Manuel- poseídos de la convicción de que León XIII era un santo, y de que por sus maneras dignas y, por su diplomacia y sagacidad, era el hombre de estas, circunstancias».
   En obsequio de los romeros españoles organizaron magníficas veladas literario-musicales y prepararon espléndidos agasajos el Cardenal Borromeo, en su palacio Altieri, y los jóvenes católicos del Círculo de San Pedro, en el de Altemps. ¡Altieri! ¡Altemps! ¡Secretos de la Providencia! ¿Cómo hubiera podido ni imaginar siquiera Don Manuel, que aquellos dos nombres le habían de ser algunos años más tarde familiarísimos, y tan amados aquellos palacios, futuras residencias de su todavía ni soñado Colegio Español de San José? ...
   Dejó esta vez Roma en el ánimo de Don Manuel, una impresión más halagüeña que la que recibió en su primera visita a ella, el año 70. «En Roma -decía ahora- siempre se disfruta. No he encontrado quien haya sufrido desencanto o desilusión. Se sabe lo que hay en Roma, se lee; pero, al verlo, parece todo nuevo, como si nunca se hubiera oído hablar de ello».
   Terminadas las jornadas de la peregrinación, hizo Don Manuel, en compañía de otros dos amigos, un recorrido por Italia, desde el 24 de octubre al 4 de noviembre.
   Visitaron Foligno, Asís, Perusa, Florencia, Pisa, Bolonia, Padua Venecia, Milán, Turín y Génova. El 3 y el 4 de noviembre, se detuvieron en Marsella, y el 8 estaban de regreso en Tortosa.
   «¡Mi excursión por Italia! -exclamaba en una conferencia que dic sobre su viaje a Roma a la Juventud Católica de Tortosa-. Si no temiera cansaros, os la relataría. ¡Aquel valle desde Roma a Espoleto, cuajado de bellas poblaciones, alumbradas por un sol magnífico, que nos recuerda a los Tomás de Aquino y a los Benitos! ¡Aquella ciudad de Asís, que encierra tantos monumentos! Al recorrerla, se siente una devoción inexplicable... ¡Florencia, con aquel hermoso cielo, aquella catedral asombrosa, aquel baptisterio...! Venecia, la perla del Adriático, fabricada dentro del mar, con sus iglesias y plazas hermosísimas; Milán, Bolonia, con el cuerpo incorrupto de Santa Catalina, que hace trescientos años está sentada, flexible su cuerpo; la piadosa Turín, con sus bellos palacios y armerías; todo, en fin, forma un conjunto de grandeza, de monumentos, de recuerdos, que hacen de Italia el país más bello del mundo».
   Desde Tortosa, en una de sus cartas de aquellos días, escribía: «El 7 de noviembre llegué de mi excursión a Roma y por Italia. He visitado el sepulcro del Padre San Francisco y de la Madre Santa Clara; el de San Antonio de Padua, y he besado su lengua. He tocado las manos de Santa Catalina de Bolonia, y hasta le he dado en ellas golpecitos. He visto Venecia, Milán, Turín, Génova, etc., etc. ¿Cuándo iré a contarles todas mis santas impresiones?... Aun no he tenido tiempo para pensar en mí, porque no me dejan ni un momento las visitas de los que quieren saber del dulce y angelical León XIII, cuya figura es una visión»...
   Valiéndose del Secretario particular de León XIII, logró Don Manuel de éste dos autógrafos, uno para la Juventud Católica tortosina, y otro para sus colegiales de San José. Al dar a éstos la bendición en nombre del Papa, les decía: «Como sabéis, el Colegio tuvo su representación en el acto de adhesión y de protesta ante Su Santidad. A nombre del Colegio de San José nos postramos a los pies del Padre común de los fieles... Para colmo de consuelo, como premio de las fatigas de nuestro viaje, hemos traído dos recuerdos: el uno, un autógrafo suyo, bendiciéndonos; el otro, la facultad de daros en su nombre la bendición apostólica... Las bendiciones de un padre siempre son fecundas; mucho más las del Padre común de los fieles; y hoy, sobre todo, que las bendiciones del Papa salen de un corazón herido por la amargura...»

CAPÍTULO XVII



La Congregación de San Luis Gonzaga

(1880 - 1906)



   «En medio de la inagotable caridad de nuestro divino Salvador -escribía Don Manuel-, caridad universal, que a nadie excluye, a todos abraza, por todos se interesa, hay algunos rayos vivísimos de dulce predilección, que se distinguen con claridad en todos los actos de su vida, y diríase que forman, el distintivo, la fisonomía particular en el carácter amable de Jesús. Este distintivo, esta predilección, es el afecto especial del Corazón de Jesús para con la infancia y la juventud». A imitación de Jesucristo,, también sintió Don Manuel este amor de preferencia hacia los jóvenes. «Debemos concebir -decía- un verdadero respeto, una alta estima y un amor eficaz para cada una de esas almas tan queridas de Cristo Jesús. Debemos amar a la infancia y a la juventud como Jesús las amó: porque en esto está verdaderamente el secreto de educarlos y hacerlos felices y buenos. «Es el secreto de Dios», decía el P. Félix. Este amor nos obligará, como consecuencia, a procurar que sea impresa, por todos los medios posibles, la imagen del divino Salvador en lo más íntimo de sus corazones, blandos como la cera, no rehusando fatigas para ello...»

No las escatimó, en verdad, Don Manuel durante toda su vida para trabajar sin descanso y con entusiasmo por la juventud eclesiástica y por la secular. Su más brillante y fecunda labor en pro de esta última fue, sin duda, la que desarrolló al frente de la Congregación de San Luis Gonzaga de Tortosa. Fundada por los Jesuitas en el Arrabal del Jesús, en 1866, al ser desterrados de Tortosa por la Junta Revolucionaria el 1.º de octubre de 1866, fue trasladada a la ciudad, quedando en el Jesús un retoño de la primitiva. Fue Director celosísimo de los Luises, don Juan Corominas, Canónigo y Secretario de Cámara del Obispado. Al disponerse a marchar a Tarragona con el excelentísimo señor Vilamitjana, pensó que ningún otro tan indicado como Don Manuel para encomendarle la Congregación Mariana; y, en consecuencia, a primeros de noviembre de 1880, fue éste nombrado Director de la misma. No se le podía haber hecho a Don Manuel otro encargo de mayor fruto69. En las postrimerías de su vida, hablando a los jóvenes les decía: «He tenido amor a la juventud. Y no sólo por afecto, sino que he visto los resultados. Tengo suma complacencia en estar en medio de vosotros. La juventud es mi ideal». «Cierto -escribía a un Operario- que el apostolado de los jóvenes tiene sus amarguras y requiere una longanimidad y tolerancia sumas, a semejanza del labrador, que, como nos dice Santiago, patienter ferens, donec accipiat temporaneum et serotinum; mas, también es cierto que entre todos es el apostolado más ventajoso y de más trascendencia y no deja de ser bendecido por el cielo con copiosos frutos de dulces consolaciones». Muchas experimentó Don Manuel en esta obra de celo, a la cual se entregó de lleno, afanándose y desviviéndose por que rindiera copiosos frutos. Pero no sé contentaba con hacer el bien a los jóvenes de su ciudad natal; quería, ensanchar su radio de acción y de influencia educadora: «No está satisfecha nuestra ambición -escribía al cabo de algún tiempo-. La Congregación de San Luis de Tortosa tiene una misión providencial que cumplir. Por su historia, su naturaleza y sus medios, debe aspirar a formar una red, que arrastre a la juventud de los pueblos de España».
   Con objeto de realizar tales anhelos, concibió el pensamiento de fundar una revista que fuese órgano de la Congregación de Tortosa, y lazo de unión de cuantas había, establecidas en nuestra patria, a las cuales envió el 13 de noviembre de 1880 una circular, en la que, después de lamentarse de que las Congregaciones no diesen todos los resultados deseables, tornándose algunas estériles hasta llegar a desaparecer, proponía la creación de un vínculo común entre ellas, que sirviese de «incentivo que sostuviera la llama del entusiasmo juvenil». «Cuando en 1871 -decía Don Manuel-, en el 25.º aniversario de la coronación de Pío IX, la de Tortosa se dirigió a todas para un Mensaje, surgió la idea de una revista, que las demás confiaron a la de Tortosa; pero ésta, a su vez, a otra más importante. Diez años, y no se ha hecho».
   Los congregantes tortosinos, juzgando la iniciativa de entonces más urgente ahora que nunca, se declaraban resueltos a realizarla ellos mismos entre otras razones «por tener -dicen- en Tortosa el Colegio Máximo de los Padres de la Compañía, que nos alientan, y cuyos sabios consejos podremos recibir más inmediatamente». Señalaban como objetos de la futura publicación: 1.º, el desarrollo del espíritu del reglamento (culto e imitación de la Virgen y de San Luis); 2.º, el culto del divino Corazón y su fomento por las Congregaciones; 3.º, la propaganda de Gimnasios o Círculos de San Luis, y 4.º, el fomento de los demás medios de propaganda insinuados en el reglamento de las Congregaciones.
   Un año después, en diciembre de 1881, salió a la luz pública el primer número de la simpática revista mensual titulada «El Congregante de San Luis», con veintidós páginas de texto. Dirigióla personalmente Don Manuel hasta que, algunos años después, confirió la dirección de la misma a dos Operarios: don Andrés Serrano y don Joaquín García Girona, ambos distinguidos literatos. Vivió la revista hasta que en 1897 apareció el «Correo Interior Josefino». Colaboraron en ella, aparte de los tres mencionados directores el excelentísimo y reverendísimo don José Meseguer y Costa, ilustre y asiduo colaborador, el poeta y publicista don Juan Bautista Altés, el egregio canónigo don Juan Corominas, el atildado escritor tortosino don José Vergés Zaragoza, el Operario don Vicente Vidal, el novelista catalán Luis Viada y Lluch y don Maximiliano Arboleya, alumno entonces del Colegio Español de Roma y Deán hoy de la Catedral de Oviedo. Mantúvose siempre fiel a sus ideales, saturada de piedad, no ayuna de amenidad e ingenio y atenta al desarrollo de los intereses de las Congregaciones marianas de España, a las que prestó excelentes servicios y de las cuales publicaba frecuentes crónicas. Llegó a alcanzar fama, prestigio y carácter nacional. De la importancia que tuvo podrá juzgarse, por la rectificación -suum cuique- que creemos oportuno hacer al eruditísimo bibliógrafo de la Compañía de Jesús, el Padre Antonio Pérez Goyena, el cual,. en un artículo publicado en «Razón y Fe» (septiembre de 1916) bajo el título de «Las publicaciones de los Jesuitas», copia, al enumerar las de los españoles, éstas palabras del Padre Albers: «En Tortosa, de España, había ya nacido en 1881, el periódico que se titulaba «El Congregante de San Luis». Merece singularísima mención por haber sido el primer periódico de las Congregaciones marianas».
   Quiso, en efecto, Don Manuel que fuese la Compañía70 la que lo publicase, pero por haberlo ésta rehusado, fue obra exclusiva de él y de la Hermandad. Lo que sí hizo Don Manuel fue asesorarse y demandar oportuna ayuda literaria de los jesuitas de Tortosa, como él mismo declaraba a su primo el P. Marro, S. J., en cartas del 27 de enero y 27 de febrero de 1882: «Hemos publicado -le decía- una revista, que sea órgano de las Congregaciones de San Luis. Le envío los dos primeros números que han salido. Si se desea en esa alguna suscripción, me lo dirá... No extrañe, querido primo, que a la vejez haya sentado plaza de periodista. Se me encargó la dirección de la Congregación de San Luis de ésta, y lamentaba no hubiese una pequeña revista, órgano de las Asociaciones de España. Entusiasmé con la idea a alguno de mis amigos y a un congregante muy guapo que tengo, y me resolví a que se publicara. No para escribir yo mucho en ella, pues ya sabe que mis ocupaciones no me lo permiten, sino para ser sólo el protector y el propietario de la revista. Con todo, alguna cosita hago, pero sin nombre. Los articulitos D. P. Son míos. No se burle de ellos y de las garrafales que me han puesto los cajistas. Como tengo tantos deseos de que se establezcan los Círculos de San Luis, por esto me he resuelto a indicar yo su conveniencia. La revista no se inició sin la aprobación de nuestros, Padres del Jesús, en particular del P. Gació, y logramos obtener un Censor literario de entre los mismos Padres. El P. La Rua, de Barcelona, nos ha mandado muchas suscripciones. De los otros colegios de Padres nos han enviado muy pocas. Y de algunos, lo hemos extrañado. Además, hemos adquirido en el Temple un pedazo de huerto para ver si, ensayando allí un círculo de recreo, logramos animar a los congregantes. Los Padres nos animan a todo esto relativo a San Luis, y el P. Xercavíns tiene la amabilidad y la paciencia de revisar los, escritos de los que quieren enviar algo para la revista. Le repito que no lo olvide ante el Corazón de Jesús».
   Según él mismo deja indicado, había adquirido Don Manuel el 30 de noviembre de 1881, en el llamado Ensanche del Temple, de Tortosa, 2.700 metros cuadrados de terreno para establecer allí un Gimnasio o Círculo de recreo, y plantó gran cantidad de árboles. Razonando esta iniciativa suya, escribía en «El Congregante», de enero de 1882: «Diversiones para la Juventud. -Más de una vez se ha dicho, y es verdad, que uno de los medios de que se ha valido en estos últimos tiempos el espíritu del mal para atraer principalmente a la juventud, ha sido abrir centros de recreación desconocidos a nuestros padres, y con el pretexto de un solaz necesario en los días festivos, ha logrado introducir en los jóvenes la disipación y el desamor a la vida de familia primero, y después la relajación, atándolos allí con la cadena del respeto humano por las amistades adquiridas en estos lugares, impregnados la mayor parte de ellos de una atmósfera viciada por lecturas, ideas y ejemplos nada edificantes... Y no obstante, dada la existencia de esos centros, algunos. en apariencia indiferentes, creernos que la sociedad no puede ser cambiada radicalmente, volviéndola otra vez a la vida patriarcal de otros tiempos. Atendidas las costumbres actuales y la tendencia casi irresistible sobre todo de la juventud, ocasionada por la facilidad y atractivo que les presentan tales centros, se hace necesario atender a desvirtuar los, efectos que el espíritu del mal ha producido en ellos, formando otros, en condiciones tales, que los jóvenes bien nacidos puedan encontrar en ellos el pasatiempo y la recreación sin los peligros que la mayor parte de los otros centros de recreación ofrecen.
   ¿No se hace, pues, indispensable que la Juventud de San Luis, sin abandonar el carácter de altamente piadosa que la debe distinguir, tenga un lugar de recreación en los días festivos, o más bien, que el atractivo de la recreación y el deseo de sociedad con otros compañeros sea un medio de conducirlos a la piedad que debe respirarse en las Congregaciones? Más de una vez hemos oído a experimentados sacerdotes que en su ministerio han tenido ocasión de observar almas dóciles y bien nacidas, que, aisladas durante la semana por estar dedicadas a sus ocupaciones, apenas practican el mal; y han reconocido que, si estas almas, en particular los jóvenes, en vez de ciertas compañías y centros de disipación, casi inevitables para la mayor parte de ellos en los días festivos, tuvieran lugares donde entregarse a las mismas expansiones, sin otro valladar que el que de. por sí impone la sociedad de personas decididamente cristianas y piadosas, pasarían la juventud y aun la vida, los unos en la inocencia y la piedad, y otros sin adquirir esos malos hábitos de lenguaje que, distingue a muchos de la clase inferior de nuestra sociedad, y todos en la alegría santa y en la tranquilidad de convicciones que adquirieron en su infancia. Y no se nos diga que los cuidados de una madre y aun de una asociación puramente piadosa, sin otro entretenimiento que las mismas prácticas de piedad, serían suficientes para sostener a la juventud. El corazón y la experiencia nos dicen lo contrario. Y los que han empleado su celo en el bien de, la juventud varonil han podido saber cuán difícil ha sido poder conducir a ésta con el solo atractivo de la piedad, y cuán inconstantes, han sido los propósitos de los que una vez fueron atraídos. ¿Cómo no sentir, pues, los interesados en el bien de la juventud, la conveniencia de recoger por un medio halagüeño esas flores tiernas antes de que sean trasplantadas a los incultos campos de disipadas reuniones, o agostadas por el soplo de la desedificación y del mal ejemplo?»
   Nuevo acicate para llevar, adelante sus proyectos en bien de la juventud tortosina vino a ser para Don Manuel el que a su vez andaban realizando por entonces los sectarios tortosinos, y del cual habla así en una carta al Excelentísimo y Reverendísimo señor Aznar y Pueyo: «Se va a establecer en ésta el hace mucho tiempo proyectado «Ateneo Libre», obra de los masones avanzados. Gracias que han puesto el «Libre»; de otro modo, me hubiera espantado más; pues habían en un principio resuelto poner sólo «Ateneo de Tortosa», con el fin de arrastrar a algunos de los semicatólicos, como lo habían conseguido ya, y obtenido para socios nombres de personas que parece increíble no viesen la cosa, atendidas las ideas de los iniciadores., Ahora temo menos, a pesar de los 7.000 duros que tienen. Mal, no dejarán de hacer con las escuelas nocturnas, conferencias, etc. La Juventud Católica se encuentra con este motivo más animosa. Lástima que la actividad que quieren desplegar no esté más animada de espíritu, de sólida piedad. Por esto quisiera yo que se montase bien el Gimnasio de los Luises para coger los jovencitos: pero no me va bien este asunto. El dueño del terreno es un taimado y hace el esquivo, y no sé si podremos arreglarnos. Y por otra parte, no hay otro punto. Ruegue por mí. No sé si es que Dios no lo quiere, o que bañeta71 trabaja. Ruegue por mí y envíenos su bendición».
   Vencidas, al cabo, las dificultades que se ofrecían para la empresa,, compró Don Manuel terrenos para el Gimnasio, arbitró un empréstito y se dispuso a levantar un edificio donde poder instalar salones para capilla, biblioteca, teatro y juegos. Púsose la primera piedra del mismo el 9 de julio de 1882, fecha que solemnizaron los congregantes con una velada literario-musical.
   El 26 de diciembre se inauguró el Gimnasio, con lectura de poesías y la representación de «La vocación de San Luis», por los jóvenes de la Congregación. En la Memoria de los trabajos realizados desde que había sido nombrado Director de ella Don Manuel, se declaraba el propósito de formar una escogida biblioteca, celebrar sesiones científico-literarias cada mes, practicar la enseñanza del congregante por el congregante mismo, etc.
   Mientras iban avanzando las obras hacia su total terminación, no desatendía Don Manuel la marcha y la propaganda de la revista, la cual, al comenzar el segundo semestre de su publicación, era ya leída en toda la Península, en las Baleares y Canarias y en América. El 10 de junio de 1882 escribía Don Manuel a don Juan Corominas: «Cierto es que debía haber más comunicación entre los redactores principales de la revista. Cuando se resolvió su publicación dije yo que no podía ofrecerme, porque no era para escribir, más que a los percances materiales de dicha revista, y a engañar santamente a mis amigos para que trabajaran en ella, como lo han hecho algunos; si bien, sus originales, que conservo, no han podido ir, porque no han comprendido la índole de la publicación y muchos son demasiado rimbombantes. No debo tener, pues, en la publicación más que la paternidad, que de derecho me pertenece como a Director de la Congregación de Tortosa, a la cual pertenece la revista. De ustedes, pues, han de ser las glorias y las fatigas de «La Revista de San Luis». Bastantes fatigas, sin glorias, me tocarán a mí con el Gimnasio, si logro dar cima a esta empresa, en la que estoy muy solo». Y no muy acompañado se hallaba también en la revista. Don Joaquín Cedó, en carta de 7 de marzo de 1883, a don Juan Corominas, acusándole recibo de alguna suscripciones que había enviado, le dice:
   «El P. Gació, en Tortosa, cuando se proyectaba la revista, ofreció recomendarla a los de la Compañía en España. Trasladado antes de fundarse, nada pudo hacer. Así es que los Padres de varias provincias no han correspondido ni cooperado, de la manera que era de esperar, a una obra que tan de cerca les interesa. Y por lo que hemos podido comprender, parece se debe a la diferente organización que tienen las Congregaciones de San Luis, y hasta a la falta de unidad y de comunicación entre ellas; por manera, que tal vez la revista sea, a no tardar, el centro de unidad y de amor de todas las Congregaciones de España. Actualmente tiene el doctor Sol, sobre la mesa, catorce tarjetas de recomendación del P. Bombardó para dirigirse a otros tantos de sus amigos, de las provincias de Castilla. Por lo demás,. las cartas que se reciben de diferentes Directores de Congregación y sacerdotes celosos, están llenas de frases laudatorias para la revista, felicitando y animando a sus redactores. Y es que comprenden que sólo en la juventud de San Luis hay la verdadera, sólida y práctica piedad, y que de la Congregación deben salir, más que de otra parte, tanto las vocaciones eclesiásticas como los hombres prácticamente católicos o virtuosos, que es lo que se ha propuesto la revista para atraer y ganar a la juventud masculina para el servicio y amor del Corazón de Jesús».
   A fines de este año experimentó Don Manuel un notable contratiempo con la muerte, acaecida el 29 de diciembre, del brillante joven don José Rubio y Lluis, que, junto con la carrera eclesiástica, había hecho la de leyes en Barcelona. Hijo de una familia distinguidísima de Tortosa, tan rica en piedad como en bienes de fortuna, había consagrad o desde su niñez todos sus esfuerzos y talentos a la Congregación; era su Presidente, Director efectivo y el más acérrimo propagandista de la revista. Había ésta proporcionado a Don Manuel, entre otros excelentes resultados, el de ponerle en contacto y comunicación espiritual con otros dos sujetos de excepcionales prendas, que fueron después miembros ilustres de la Hermandad: el joven y celosísimo sacerdote placentino, profesor en el Seminario de su diócesis y fundador y Director de la Congregación de San Luis, de Plasencia, don Esteban Ginés Ovejero; y el seminarista de Ciudad-Real don Andrés Serrano, muy jovencito aún, pero que daba ya claras muestras de un talento literario nada común. A este último, que había de venir a ser, por sus pasos contados y no mucho tiempo después, Director de «El Congregante», escribía Don Manuel el 4 de enero de 1884: «Muy señor mío y de todo mi aprecio: el 29 de diciembre recibí el último suspiro de mi joven José Rubio, que era mi esperanza. Joven, de una familia riquísima, terminada la Teología, y después la carrera de Leyes, debía ingresar este año en el Seminario para irse ordenando y lanzarse a la revista (pues a su instancia e intuitu de él la fundé), y a la organización de las Congregaciones en nuestra diócesis con todo el ardor de su bello corazón. El Corazón de Jesús y San Luis quieren que usted trabaje un poquito en la revista, y me atrevo a mandarle en su nombre que no lo descuide, en cuanto se lo permitan sus tareas escolares; y así me lo ha encargado también nuestro censor, el Padre Xercavíns. Dirá usted que soy pedidor; pero no hay remedio; amigo mío; Dios no quiere ociosos los talentos que nos da ... » El 27 de abril decía al Padre Marro: «¿Recibe usted la revista de San Luis?... Se me murió el joven que, cuidaba de ella y la dirigía y tengo que cargar con toda la mecánica hasta que Dios me envíe un hombre». El hombre que Dios le tenía preparado era don Andrés Serrano. Ya veremos más adelante cómo le acercó Dios a Don Manuel.
   Fiel éste a los propósitos que abrigaba con la fundación del Gimnasio, no se limitó al cuidado espiritual de los congregantes, con sus pláticas, y con el cumplimiento regular de los ejercicios piadosos consignados en el reglamento de la Congregación, sino que, a medida que el avance de las obras del edificio en construcción lo fue permitiendo, sobre embellecer el terreno donde se levantaba con plantaciones de variadas flores y con hermosos paseos, adornados de acacias, eucaliptos y plátanos, para que sirvieran de amena, deleitosa y atractiva recreación a los jóvenes, les proporcionó gran copia de juegos, tanto de campo-bolos, birlas, «omnibus», tiros de ballesta, etc. -como de salón-dominó, damas; ajedrez, y otros, aun de naipes-. Y allí mismo se les servia en una especie de casinillo, café, cigarrillos, licores, meriendas... Todo, bajo la moderadora y discreta inspección de los directores de la Congregación, que les procuraban revistas y libros de amena lectura, y organizaban frecuentes veladas literarias y teatrales. De todos los medios honestos echaba mano Don Manuel para que estuvieran sus jóvenes alegre, gustosa y santamente entretenidos; y de esta forma los iba atrayendo y reteniendo junto a sí, es decir junto a Dios.
   Hasta en su propio hogar veíase Don Manuel, rodeado de ellos, agasajándoles con regalos, prestándoles libros, no escatimando esfuerzos ni industrias para lograr que «fuesen verdaderos cristianos -decía esos jóvenes de posición, por el bien que pueden ,hacer después en la sociedad».
«Siendo yo joven -escribe don José Miravalls, arcipreste de Tivisa-, de los 16 a los 22 años, traté mucho a Don Manuel. Iba con otros jóvenes frecuentemente a su casa, de la calle del Ángel, donde trataba de formarnos con sus santos consejos y nos ocupaba según nuestras facultades,,en lo que podíamos hacer en el Gimnasio del Ensanche. Si algunos no teníamos sobras de brazos para el trabajo, no nos faltaban ojos para ver a Don Manuel y admirar su celo y su continua presencia de Dios. Parece que no vivía sino para El y para las cosas de su mayor gloria. Bastaba verle andar por las calles, y con su manteo desplegado parecía anhelar se cobijaran a su sombra todos los jóvenes de Tortosa».
   No descuidó Don Manuel el fomento de los intereses espirituales y morales de los jóvenes de las clases inferiores. Fundó . en obsequio de ellos Escuelas Nocturnas, dirigidas y sostenidas durante muchos años por la Congregación de San Luis. Aplicó muchas veces, desde,1881, la santa Misa por la Congregación de Artesanos. Pero, por razones especiales, prefirió que funcionase separadamente de la formada por los estudiantes.
   Escribiendo el 27 de junio de 1882 al presbítero don Bartolomé Carpente, le dice: «También se le mandará el Reglamento de la Congregación. En cuanto a éste, fue arreglado en 1886 por los Padres Jesuitas del Colegio Máximo o Central de estudios que la Compañía tiene establecido en ésta. Era para estudiantes y artesanos: y se conoce que el que lo escribió tenía muy conocidas las Congregaciones de San Luis del extranjero. Dicho Reglamento se imprimió después, uno para estudiantes y otro para artesanos; ,siendo la diferencia de un capítulo o dos, pues en lo demás eran iguales. En la última edición se ha puesto todo en uno para no hacer dos tiradas, y sólo se ha añadido en un capítulo, al final, lo particular para los escolares. Como he dicho, se reunían escolares y no escolares en las mismas secciones. Pero ahora celebran las sesiones separadamente, con diferente Junta, pero, siendo el mismo el Director. Para las funciones anuales, de los cultos de San Luis, v. g., seisena y fiesta de San Luis, acuden todos, y los gastos van a cuenta de las dos secciones. En todo lo demás, cada sección tiene su bolsa aparte. Esto tiene la ventaja de que los no escolares ven que no es cosa de estudiantes, sino de artesanos, van viniendo cada día en mayor número y están más satisfechas. Las sesiones, que son todos los domingos, los seminaristas las celebran en el salón del mismo Seminario, y acuden los externos. Las de artesanos, a los cuales se agregan (si se reconoce como tales) los de segunda enseñanza del Colegio que hay aquí, las celebran en otra parte. Cuando, hace un año, el señor Obispo me puso al frente de la Congregación, vi la necesidad que había de una sencilla revista, órgano de las Congregaciones, y supe con placer que el año 1870 se había pensado en ello y que se había confiado la realización a la de Madrid, pera que ésta, a su vez, lo confió a la de Tortosa; pero que, al fin, se. quedó en deseos. Este fue el motivo de fomentar yo la idea ... »
   Llegó a reunir Don Manuel hasta 150 congregantes de la sección de estudiantes, a los que tenía divididos en diez coros. Para adiestrarlos en la propaganda social cristiana, estableció secciones destinadas a recoger ropas, que distribuían luego entre, los pobres; a visitar los jueves las cárceles, consolando y obsequiando y disponiendo a los presos para la recepción de los Sacramentos, e instruyéndolos en la doctrina cristiana; a prestar piadoso homenaje cada semana a la Santísima Virgen de la Cinta y al Santísimo Sacramento; a repartir entre las clases trabajadoras «La Lectura Popular»; a canjear libros de sana doctrina e instructivos, por otros que iban recogiendo, prohibidos o inmorales... «Todo -escribía «El Congregante»- para bien de nuestra población, tan trabajada por el indiferentismo religioso».
   Inaugurada la capilla del Gimnasio el 29 de junio de 1897, comenzaron a celebrar en ella los congregantes sus ejercicios y reuniones piadosas, que habían venido teniendo en la iglesia de San Antonio, primero, y luego en la de San Francisco.
   En el fervorín de aquel día, Don Manuel, transportado de santo. gozo al cantar el fausto acontecimiento, decía a sus amadísimos jóvenes: «¡Alégrate, Jerusalén! Lo que antes era árido se convirtió en estanque, y en los rincones que habitaban sólo los dragones brotará el verdor de la caña y el junco.
   Este pasaje, amados míos, me ha ocurrido al pensar en el acto presente. Y ¿cómo, no? ¿Quién sabe si el Profeta estaba viendo con su imaginación esta fiesta? Porque, ya lo sabéis, hace pocos años esto no era más que un campo secano, convertido en lugar más productivo por la industria de un tío mío, mas sin otro objeto ulterior de la gloria de Dios; un campo solitario, que no merecía las miradas del transeúnte. Y desde este día, el Señor viene a poner su morada en medio de él y se convertirá en fuente de aguas vivas para la juventud. Y aquí, aquí, brotarán afectos de amor, se elevarán cánticos de alabanza a María y a San Luis. Y un día, cuando tengamos el permiso conveniente, será conducido Jesús Sacramentado por este campo, y aclamado por entusiasta juventud. ¡Bendito sea Jesús, amados míos, que ha querido elegir este lugar para descanso de su Corazón! Este Jesús, pues, que está aquí, real, vivo y verdadero, como fuente de aguas vivas, os está diciendo: Omnes sitientes, venite ad aquas!... ¡Juventud, sedienta de amor, de dicha y de felicidad, ven a estas aguas, que brotan de su Corazón y que saltan hasta la vida eterna! ¡Venid aquí a aprender la verdadera felicidad, que sólo se, encuentra en las tranquilidades de una buena conciencia! ¡Venid a estas aguas, únicas que pueden fortaleceros contra los enemigos de vuestras almas! Que, sea un huerto cerrado... Que Jesús aleje de este lugar cualquier mal ejemplo. Que nunca se profane esta capilla. Que sea un lugar de reparación y consuelo para el Corazón de Jesús. Que mientras hay tantos jóvenes arrastrados por el espíritu de la impiedad, de la disipación, del olvido de Jesús, tenga Él aquí corazones que le amen y le alaben. Que sea esta capilla el lugar donde forméis vuestros propósitos de propaganda del bien. Pedidle que dirija los pasos inseguros de vuestra juventud. Pedidle que bendiga estas asociaciones y forméis una legión de esforzados adalides de la causa católica, hoy que tanto valor se necesita para ello. Pedidle fortaleza para defender vuestras convicciones católicas y contra el respeto humano».
   El 3 de julio de 1897, la Sagrada Congregación del Concilio otorgó la facultad de reservar el Santísimo en la capilla de la Congregación.
   Además de las Escuelas Nocturnas, en 1895, la Congregación fundó las Escuelas Dominicales en el salón de la Juventud Católica. En el sostenimiento de unas y otras se gastó Don Manuel grandes sumas de dinero de su peculio particular. Organizaba en, obsequio de los que a ellas asistían funciones religiosas en la iglesia de San Felipe y dirigíales, para enfervorizarlos, piadosas instrucciones.
   Para multiplicar las Congregaciones y proporcionarles elementos de conservación e interno desarrollo desde 1881 concibió y planeó Don Manuel un proyecto que intitulaba «Apostolado de San Luis» o «Protectorado de San Luis», que debía estar formado por un grupo selecto de jóvenes, o de caballeros, que además de atender a su santificación propia, adquiriesen la instrucción necesaria para defender sus convicciones católicas y promover el bien de la juventud, principalmente con el aumento, desarrolla, inspección y dirección de Gimnasios y Círculos de San Luis, bajo la autoridad del Director de la Congregación. Debían también consagrarse al apostolado social cristiano, estableciendo Escuelas Dominicales, Escuelas Nocturnas, Catequesis, Bibliotecas populares, propagando la prensa católica, etc., etc...
   Ideó años más tarde, en 1901, una especie de «Federación» y unificación de empresas de celo en pro de los jóvenes de Tortosa, formada, por tres asociaciones: «El Apostolado de la Juventud de Tortosa», bajo la dirección de los Operarios, de fines análogos a la anteriormente mencionada; otra, complementaria y sostenedora de «El Apostolado», llamada «El Protectorado de la Juventud», constituida por hombres ya casados; y una tercera, «El Gimnasio de los Luises», para proporcionar a éstos honestas y variadas recreaciones.
   Idéntico objeto al de esta última había de tener la «Juventud Josefina», si bien, consagrada a los jóvenes que no pertenecieran a la Congregación. «Sin dejar de ser piadosa -decía Don Manuel- debe predominar en ella el carácter de un medio de recreación en los días festivos, para así conducir a los jóvenes que a ella asistieren a una vida de mayor piedad».
   Hasta 1888 ocupóse Don Manuel personal e inmediatamente en todos los asuntos relacionados con la Congregación de San Luis. Desde esa fecha, sin desentenderse nunca enteramente de, los mismos,. delegó en sus Operarios el cuidado de presidir y regular la marcha y el progresivo desarrollo de la Congregación. De una de las más gloriosas efemérides de la misma -la Peregrinación de la Juventud Luisiana de España a Roma en septiembre de 1891, organizada por Don Manuel- hablaremos más adelante. Uno de los últimos días de la estancia de los peregrinos en Roma, reunió Don Manuel a los directores de Congregaciones allí presentes para exponerles uno de los principales objetos que la Peregrinación había tenido: el servir de ocasión y punto de partida ara organizar sobre bases uniformes y prácticas las Congregaciones de España, mediante una Confederación de todas ellas, discurriendo al mismo tiempo sobre los medios más eficaces para fundarlas y sostenerlas. Nada se hizo. Pero Don Manuel no desmayaba en sus ansias de trabajar con la mayor eficacia posible por los jóvenes, e ideó, para lograr los fines que había de realizar la «Federación, la «Asociación de la Juventud de San Luis» para evitar que las Congregaciones viviesen aisladas unas de otras y que su existencia misma estuviese a merced de las eventualidades y cambios del director de cada una de ellas. Proponía, pues, la formación de un «Consejo Central Diocesano», formado por sacerdotes distinguidos consagrados a la dirección y cultivo de las Congregaciones de San Luis. Tampoco pudo ver realizada esta iniciativa.
   El paulatino, pero constante desenvolvimiento de la Hermandad, que fue absorbiendo casi totalmente la actividad de Don Manuel, le impidió, bien a su pesar, el seguir consagrándose a una obra para él tan querida como la del fomento de las Congregaciones de San Luis, que había procurado ir implantando en diversos pueblos de la diócesis, y en la cual tenía cifradas tantas halagüeñas esperanzas de salvación para la juventud secular. Surgió, por añadidura, entre los. Operarios, con el fin de coordinar los esfuerzos de los mismos y mantener la comunicación entre los Colegios de Vocaciones eclesiásticas, el pensamiento de fundar una nueva revista, el «Correo Interior Josefino».
   El propio Don Manuel, como veremos, era el principal suscitador y estimulador del entusiasmo de sus hijos en favor de semejante iniciativa; pero se resistía al intento de suprimir para ello «el Congregante de San Luis». Le dolía demasiado. Estaba encariñado con el bien que la revista hacía, y podía hacer algún día en mayor escala aún, entre los jóvenes piadosos del siglo.
«Los quebrantos de la revista -escribía a don Andrés Serrano- suben a dos mil duros desde su publicación, y no conviene abandonarla después de catorce años». Y a don Benjamín Miñana: «Deseo escribir a los Colegios, por ver si obtienen algunas suscripciones para «El Congregante», que no debe morir, ni debe sernos tan gravoso como nos es, hasta que amanezca el día (que vendrá) de que salga el apóstol de la obra nuestra para el bien de la juventud secular... Y, repito, no debe morir la revista, porque sería más enojoso si un día debiera resucitar, como confío en las líneas que tengo trazadas en mi cabeza, si Jesús nos da vida, gracia y operarios.»
   Al cabo, como en tantas otras cosas, su humildad se rindió al ajeno parecer, y el 21 de diciembre de 1896 se despedía «El Congregante», de sus lectores. «Quince años hace -les decía- que salió a luz nuestra Revista... Podríamos citar muchas Congregaciones que le deben su existencia; otras muchas, a cuya reorganización y aumento de piedad ha contribuido en gran manera; la peregrinación al sepulcro de San Luis... Hoy las circunstancias han cambiado. Las Congregaciones de la Santísima Virgen han adquirido notable desarrollo. Algunas tienen órgano propio en la prensa ... »
   Suprimida la revista, siguió todavía Don Manuel, por medio de sus Operarios,- trabajando en favor de la Congregación., En 1897 escribía a uno de ellos: «M.... levantando obras en el Gimnasio. Si realiza los proyectos de bien de la juventud, tal vez podríamos pensar en promoverlos en otras diócesis, apenas tengamos personal». Pero el personal no llegaba ni llegó nunca para él. No obstante sus prodigiosos y sobrehumanos esfuerzos, veíase Don Manuel imposibilitado para atender a todo lo que deseaba abarcar. El 13 de enero de 1904 hacía, entre otros, este encargo a uno de los suyos: «Alta dirección de la Congregación de San Luis, si se cree que hay elementos entre los reparadores y los del Colegio para reavivarla». Fue su postrer esfuerzo por él intentado para no dejar morir sus ilusionadas esperanzas.
   En octubre de aquel mismo año entró en tratos con los Hermanos de las Escuelas Cristianas para venderles el campet del Roser y el local del Gimnasio. En los primeros días de enero de 1006 sé realizó el traspaso.
   No se le ocultaba a Don Manuel que estando los terrenos del Gimnasio en sitio obligado para la futura expansión y ensanche de Tortosa, podrían ser pagados ya entonces a precio elevadísimo, pero pensando sólo en el mayor bien y provecho de la juventud, todas las solicitaciones de compra hechas por personas seculares, y prefirió venderlos por una módica cantidad a una Congregación religiosa. Por añadidura, regaló a los Hermanos mil duros para que formasen, como lo hicieron, una Congregación Mariana. Los Hermanos instalaron en el antiguo Gimnasio uno de sus Colegios.
   Otra prueba más, aunque de distinta índole, de este santo des,..prendimiento suyo cuando se trataba de la juventud, la había dado mucho tiempo atrás Don Manuel, consintiendo en que, a, pesar de la agobiadora escasez de Operarios que padeció siempre, uno de los más distinguidos, don Andrés Serrano, estuviese algún tiempo al frente de la dirección del Colegio-Instituto de San Luis.
   La Congregación dirigida por Don Manuel y la que funcionaba en el Colegio de San Luis, se fundieron en una sola, de la cual fue director el presbítero don Tomás Bellpuig y pasó luego a los Padres Jesuitas.
   En 1889 había Don Manuel escrito al P. Luis Martín, S. J., diciéndole que si la Compañía quería encargarse de la revista, no tendría inconveniente en traspasársela «a pesar de los sacrificios -añadía- que nos ha costado el sostenerla por falta de personal y de cooperación...» Los Jesuitas no habían aceptado entonces la dirección de la revista, pero sí admitieron ahora la de la Congregación de Tortosa, a la que añadieron el nombre del Beato Gil Federich, poniéndola bajo su protección.
   Cuenta el P. Llusá, S. J., nombrado Director de la misma, que con Don Manuel, algún tiempo después, sobre la jóvenes de Tortosa, y lamentándose de que se perdían porque no había quien les ayudara a salvarse, «el rostro del venerable anciano -dice- se iba animando y encendiendo más y más, hasta que, al llegar aquí, recordando lo mucho que por los niños y por los jóvenes había hecho en las Doctrinas y, sobre todo, con la obra del Gimnasio, se le asomaron a los ojos las lágrimas -¡preciosas lágrimas!- y exclamó: «Ah, Padre. ¡La formación de la juventud, ésa es la grande obra! ¡El salvar a la juventud de Tortosa ha sido por muchos años mi sueño dorado! Creo que para realizarlo he puesto más trabajos y desvelos que para la misma Hermandad; y Dios no ha querido, hasta el presente, que lo viese realizado. Sólo El sabe con qué pesar me desprendí del local y edificio que a ello había destinado. Una cosa me templaba algún tanto el dolor, y era el pensar que en él los buenos Hermanos educarían sólidamente a los jóvenes, y había allí terreno para que algún día pudiese llevarse a término tan necesaria obra».
   Como prenda de amor dejó Don Manuel estampado en la segunda página del álbum de ilustres de la Congregación, este pensamiento: «Que la Inmaculada de la Santa Cinta y San Luis Gonzaga bendigan a los jóvenes piadosos de Tortosa y les hagan instrumentos aptos para reparar los intereses de la gloria de Jesús, ha sido y es mi constante anhelo. -M.» Bien pudo haber añadido: «Y lo será siempre»; porque para darle estado de perpetuidad, y con la confianza de que algún día, al correr de los tiempos, pudieran llegar a realizarse sus ardientes ansias de santificar a los jóvenes seculares, y precisamente por medio de las Congregaciones de San Luis, dejó a sus hijos, los Operarios, en las Constituciones de la Hermandad, el encargo de fomentar, como uno de los objetos principales de ella, éste tan caro a su corazón; y escogió, al efecto, al Ángel de Castellón como uno de los Patronos y Protectores de la «Pía Unión de Sacerdotes Operarios Diocesanos».
   Hasta su muerte siguió Don Manuel prestando su modesta, pero regular cooperación económica a la Congregación. ¡Cuántos y cuántos jóvenes tortosinos podrían exclamar, como lo hace en uno de sus libros, refiriéndose a Don Manuel, don Ramón Vergés: «¡Oh, bendita sea tu memoria, insigne hijo de nuestra ciudad, a quien se debe el que nosotros, árboles pequeñitos, creciésemos rectos para la vida cristiana; para la fe, que tan arraigada tenemos en nuestros corazones!»

CAPÍTULO; XVIII



Su cooperación al establecimiento de las Redentoristas en Tortosa: «La Adoración Nocturna». -Las «Camareras del Santísimo».

(1880-1886)



   El nuevo Instituto de las Oblatas del Santísimo Redentor, fundado por la reverenda Madre Antonia de Oviedo, antigua institutriz de doña Isabel II, y por el reverendísimo P. Serra O. S. B., Obispo titular de Daulia, introdújose en el reino de Valencia comenzando por la casa, de Benicasim. Un piadoso matrimonio -don Francisco Oliveros y doña Andrea Mut-, que residía en este ameno y pintoresco pueblecito situado a orillas del mar, en la provincia de Castellón, conoció la obra de la Madre Antonia en un viaje a Madrid. Ambos esposos ofrecieron su ayuda a la fundadora para que estableciese en Benicasim uno de sus beneméritos Asilos. Por abril de 1876 estuvo allí la Madre Antonia, y refiriéndose a la quinta que le brindaban, escribía: «En conjunto, una, casita palacio, que para mí no tiene más defecto que esta misma hermosura. Con lo que se ha gastado aquí, se haría un convento entero». Volvió allá en septiembre, acompañada del ilustrísimo P. Serra y de algunas religiosas destinadas a formar la nueva Comunidad. Fue ésta adquiriendo con el tiempo nuevos terrenos, y levantando en ellos otros pabellones y plantando hermosas huertas. «Paraíso terrenal» llama a aquella residencia la Madre Oviedo. «Todo es aquí encantador -dice- ; y el ambiente, perfumado por el exquisito aroma de los naranjos en flor y de los rosales cargados de rosas, que respiran. también paz y alegría». En 1877, el 4 de marzo, inauguraron las Oblatas la Casa de Valencia, en un piso alquilado, que tuvieron luego que abandonar, para trasladarse a la cercana población de Alacuás, en busca de mayor retiro. La instalación de las Redentoristas en Valencia, fue ocasión de que tuviese conocimiento del Instituto una joven y piadosa viuda tortosina, doña Teodora Grau y Huguet, la cual, a impulsos de su celo por las almas, había logrado sacar del fango a algunas jóvenes extraviadas. Como una de éstas recayese en sus pasados extravíos, apenada doña Teodora por su falta de medios para lograr que perseverasen en sus propósitos de regeneración, determinó consagrar su vida y su fortuna a este apostolado, ingresando en las Redentoristas. Por conducto de su Director espiritual, don Juan Delsors, se puso en comunicación, el 28 de febrero de 1878, con el P. Serra, manifestándole, a la par que su deseo de hacerse oblata, el de que se fundase una casa dé las mismas en Tortosa, y ofreciendo para la empresa 40.000 reales. El 8 de diciembre tomó doña Teodora el hábito en Ciempozuelos. Conocedor Don Manuel de semejante determinación y de los propósitos que la novicia tortosina abrigaba respecto de su ciudad natal, comenzó desde el mes de junio a celebrar misas por que se realizasen.
   En julio de 1879 solicitaba de las Redentoristas de Benicasim informes sobre si tendrían funciones de exposición. Al responderle éstas, decíanle que envidiaban a las religiosas de Vinaroz por «más privilegiadas en atraer a Don Manuel para ir allá los veranos a pasar la temporada de baños». El 5 y 6 de agosto hizo Don Manuel un viaje a Valencia para entrevistarse con la Fundadora de las Oblatas. El 19 escribía a doña Magdalena Colom: «He ido a Valencia por el asunto de una fundación en ésta de Redentoristas, que son religiosas destinadas a la obra de celo de recoger a las jóvenes extraviadas que quieren albergarse y santificarse en el regazo de Jesús. Pide a El que podamos realizar nuestros deseos en esta obra humilde, pero que es de suma importancia para la gloria de Dios». A principios de noviembre, estuvo la Madre Oviedo en Tortosa, acompañada de la ya Madre Teodora, para comprar terreno donde edificar. Pidiéronles por la finca donde actualmente se halla el Asilo, 4.500 duros. «Como la viuda sólo disponía -escribe la Madre Teodora- de 2.500, un amigo de la Obra, Don Manuel Domingo y Sol, propuso buscar 2.000 duros al 5% de interés, que se podría pagar con los 4.320 reales que entonces rentaba la finca». La Madre Oviedo, en una de sus cartas al Obispo de Daulia, le dice: «Salimos de Benicasim el día 7 de noviembre, llegando a Tortosa a la una de la tarde. Encontramos en la estación a don Juan Delsors, al doctor Sol, don Tomás Sales y don Buenaventura Pallarés. Nos metimos enseguida en el coche con don Juan, don Tomás y don Ramón Tedó, Secretario del Obispo, que, también nos esperaba. El doctor Sol y don Buenaventura Pallarés se fueron, a pie, y llegamos casi al mismo tiempo. A poco rato, vino el señor Capellán del Arrabal, don Francisco, tío del doctor Sol, que V. E., conoce... Se me olvidaba: a nuestra llegada encontramos una sala preparada, camas nuevas del Colegio de San José, y buena comida de arroz con pollo, y pollo con tomate, etc... El doctor Sol nos ha proporcionado una criadita, quien cuando se le da dinero, para la compra lo devuelve, y trae cestos llenos de cosas; de modo que no me deja pagar nada».
   Refiriéndose a la huerta adquirida -la de San Lázaro- escribía la Madre Fundadora el 11 de noviembre: «Realizadas las obras que se precisa, será el más delicioso de los Asilos nuestros». Se invirtieron en él 5.000 duros.
   También el P. Serra estuvo en Tortosa, donde le instaron a que acelerase la instalación de la nueva Casa. Esta, que tomó el nombre de «Asilo del Santo Ángel», inauguróse solemnemente el 7 de marzo de 1880. Algunos días antes escribía Don Manuel: «Acaban de decirme que las Redentoristas vienen el domingo, y no estoy para humor de trajín y de fiestas». Desde el 28 de febrero al 2 de marzo había estado enfermo en cama. Con todo, firmó como testigo la escritura de la compra de la casa y tomó activísima parte en las funciones con que se celebró la inauguración de la misma, y a las cuales asistieron el ilustrísimo señor, Obispo de Daulia y la Madre, Oviedo. Según la Crónica de la fundación de Tortosa, figura Don Manuel en la lista de las personas que cooperaron al establecimiento de ella con sus limosnas, y con su celo. Ofició de ministro en el Pontifical que, después de bendecir la iglesia, celebró el ilustrísimo P. Serra, y predicó en una de las funciones de la tarde. Entre los papeles de Don Manuel hemos encontrado algunos fragmentos del borrador de su sermón de aquel día, de donde tomamos los siguientes párrafos: «El Corazón de Jesús nos repite: Da mihi animas. Y al conjuro de este grito de su amor herido, han multiplicado asociaciones, han brotado nuevos frutos de bendición para consuelo de la Iglesia, y de la pobre humanidad... Uno de ellos es esta modesta Casa y esta nueva Capilla que hoy se consagra al Señor. Como Isaías podemos hoy exclamar: «Donde no había más que una roca desierta brotará el verdor de la caña y del junco, y en la que era guarida de insectos habitarán las palomas ... » Ya desde hoy tendréis, Señor, un nuevo lugar donde descansará vuestro Corazón fatigado, y os harán compañía en esta soledad almas distinguidas, y conducirán a vuestros pies hijas pródigas, a las que regenerará vuestro Corazón paternal... ¿Qué viene a significar, hermanos míos, esta nueva Fundación, este Asilo del Santo Ángel, cuya bendición se ha realizado felizmente en este día? Mirad, hermanos míos, pasarán unos años; nosotros habremos desaparecido de la tierra, y tal vez ya también los más queridos de nuestros hermanos y conocidos; dormiremos el sueño del sepulcro en ese próximo camposanto; las generaciones pasarán por delante de él y no habrá un corazón que dé latidos por nosotros... Pues si cooperamos a esta obra, viviremos en la memoria de estos corazones, que elevarán sus preces por nosotros, y tendremos, más que nada, el Corazón de Jesús, que velará el sueño de nuestro sepulcro...
   Bendecid, Señor, perpetuamente a esas venerables religiosas, a las que habéis llamado para corredentoras de las almas. Llenadlas, Señor, de vuestro amor, de vuestro celo, de vuestra constancia, para que sean instrumentos dignos de vuestras misericordias, víctimas hasta la muerte por vuestro amor. Bendecid a esos ilustres fundadores y proteged su ancianidad para bien de vuestra gloria y consuelo de los corazones. Una bendición particular, Señor, para esa joven amante y compasiva de vuestras penas interiores72, que ha sacrificado gustosa el sosiego y soledad de un claustro, objeto de sus suspiros, prefiriendo levantaros y ofreceros ese modesto establecimiento. Y Vos, ¡Santo Ángel mío!, Patrono de mi Patria querida, y desde hoy de este Asilo, ante cuya imagen se abrieron mis ojos a la luz por vez primera, y ante cuya imagen quiero cerrarlos a la vida, tomad posesión de esta Casa, que se pone bajo vuestra tutela ... »
   El día 9 celebró Don Manuel en el Asilo una Misa pro gratiis de la fundación, a la que miraba como cosa propia y a la cual no abandonó jamás en lo sucesivo.
   «No tengo tiempo -escribía el 3 de mayo de 1880 a la Madre Juliana- para moverme. Ayer lo pasé en día de retiro con las desamparadas del Asilo del Ángel, donde tenemos ya 13 recogidas. El día de la Ascensión, abrazadas a los pies de Jesús, no dejen de pedir una bendición para el pobre Vicario del Vinaroz de Tortosa».
   Con justo título podía santamente ufanarse Don Manuel de haber sido «él el Fundador», como hubo de decir en Orihuela en enero de 1894 al electo Obispo de Tortosa, ilustrísimo señor Rocamora, al darle noticia de las Comunidades religiosas de la capital de la diócesis y mencionar a las Oblatas.
   La Madre Teodora, que fue superiora del Asilo desde su fundación, y desempeñó el cargo durante veinticinco años,: mantuvo hasta la muerte de Don Manuel intensa y constante comunicación con él. «Era Don Manuel -dice la asilada María Consuelo- el corazón y el alma de esta comunidad. Todos los meses nos daba el retiro, por lo menos durante seis años, y en este día siempre había un extraordinario en la comida, seguramente a sus expensas. De vez en cuando se recibían limosnas y regalos de personas desconocidas, que resultaban ser confesadas de Mosén Sol. Algunas veces, al marcharse los chicos a vacaciones, mandaba a casa buena cantidad de comestibles; un día, hasta el pan cortado ya para hacer sopa. Muchas veces venía entre nosotras,, las asiladas, a repartirnos estampas, y al ver que no tenía para todas, decía con mucha gracia: «Xiquetes, no-n tinc per a totes: farem una rifeta»73. Y entonces todas las chicas aplaudíamos su idea, con lo que él disfrutaba mucho, y nosotras muchísimo también».
   «Un día -cuenta una Hermana- fuimos a visitar a Mosén Sol, y no tenía nada que darnos.. Llamó a Mosén Estruel y le dijo:
   -Mire, vaya a buscar unos cacahuets para estas chiquetas.
   El mismo año en que murió fuimos a felicitarle por su santo y nos dijo:
   -Os voy a regalar un cerdo grande, pero lo voy a matar en casa, no sea caso que la Superiora tenga necesidad de dinero y lo venda.
   Se enteró de que habíamos matado tres en casa, y nos cambió el cerdo por un saco de harina, por judías y arroz. Al ir a buscar todo esto, nos dijeron que había estado enfermo, y que se encontraba algo mejor, aunque todavía seguía grave. Esta noticia causó una pena grande en la Comunidad, pero fue extremadamente sensible la que a los pocos días recibimos de su fallecimiento».
   La actual Superiora, refiriéndose a los comienzos de la fundación del Asilo, dice: «Mosén Sol era Director espiritual de la Comunidad. Cuando íbamos a visitarle, siempre le encontrábamos
muy afable y cariñoso. Nos preguntaba:
   -¿D?aont veníu, xiquetes-74
   -Pues, Padre, de pedir, de Roquetas o del Jesús.
   -¿Dónde habéis comido?
   -Ya hemos comido, Padre.
   -No hu crec, xiquetes; no m-enganyareu75.
   Y mandaba inmediatamente freír unas longanizas y unos huevos, y nos decía con mucha gracia:
   -Anem al menjador. Menjeu i calleu76.
   Y se marchaba para que comiésemos con más libertad. Esto, como digo, se repetía siempre que íbamos a visitarle. Un día nos dice:
    -Xiquetes, ¿vos he promés alguna cosa?77 Hermana Rosa, ¿tienes el libro de Fr. Luis de Granada? Y ¿tú? -me preguntó a mí.
   -No, Padre.
   Llamó a un chico y se lo hizo ir a buscar a la librería, me lo dic, y nos despidió diciéndonos:
   -Sigueu sent bones xiquetes78.
   -Fui destinada a Valencia, y en una ocasión que fue Don Manuel por allá, la Madre Teresa de la Cinta (confesada suya cuando estaba en el mundo) y yo nos convinimos en ir a visitar a nuestro estimado Padre Mosén Sol. Fuimos, y al verle me impresione mucho. Lo encontré muy envejecido, pero jovial y complaciente como siempre. Después de saludarle, nos mandó que nos sentáramos, llamó a un fámulo y le dijo:
   -Chico, trae una bandeja con galletas y vino para estas ,Madres. Tomen esto tranquilas. Yo me voy, porque me esperan unos sacerdotes.
   -Se nos hizo tarde, y nos fuimos con pena de no poderlo ver más».
   Para la iglesia del Asilo de Tortosa regaló Don Manuel la magnífica imagen del Ángel de la ciudad, de más que mediano tamaño, que se halla en una de las capillas de la nave izquierda. No sólo por sus relaciones con la Casa de Tortosa, sino que además por su estrecha amistad y continua protección a las religiosas de la de Benicasim, a donde iba a tomar su tanda anual de baños durante los veranos, a Partir del de 1880 hasta su muerte, estuvo ligado Don Manuel al Instituto de las Oblatas. Hasta se dic la singular coincidencia de que el Obispo de Daulia, retirado, al Desierto de las Palmas, asistió en él como testigo, pocos meses antes de morir, al acto oficial de la, constitución canónica de la Hermandad. Fue Don Manuel perpetuo consejero de las Superioras de la Congregación en asuntos íntimos -y de conciencia, y contribuyó al establecimiento de la misma en Méjico.
   El 16 de septiembre de 1908, pocos meses antes de la muerte de Don Manuel, escribíale la Madre Superiora General, Sor Rosario de los Dolores: «Como sé lo que V. R. apreciaba a nuestros Padres Fundadores, sé también el aprecio que tiene a sus hijas, y sobre todo, a su santa obra, y así hará cuanto pueda en nuestra ayuda ... » Se refería a la fundación de Méjico., El 9 de octubre decía Don Manuel a uno de sus Operarios de allí- «Supongo recibiría usted una carta mía sobre la fundación de las Oblatas en ésa. Estoy esperando su contestación. En esta carta última no me habla ni de Teresianas, ni de las de Jesús-María, ni de mi Madre San Pablo Foguet... Así, no me sea perezoso en escribir con frecuencia ... »

***

   El 18 de noviembre de 1883 asistió Don Manuel a la bendición de la primera piedra para la erección de la iglesia y convento de Religiosas Mínimas Descalzas de San Francisco de Paula de la villa de Mora de Ebro, acompañando al Prelado de Tortosa, que celebró aquel día. de medio Pontifical. En el acta se decía que ,aquella obra se realizaba «por iniciativa, de la ilustre Sierva de Dios Sor Filomena de Santa Coloma, muerta en olor de Santidad el 13 de agosto de 1878, en el convento de Madres Mínimas Descalzas de Valls, cuyo expediente de beatificación se promovió en la Curia del Arzobispado de Tarragona el 9 de octubre de 1880 ... »
   Firmaban el acta, entre otros, el padre de Sor Filomena y Don Manuel. Este -según una crónica periodística de aquellos días-, una vez colocada la primera piedra, «subió al púlpito, y en breve pero elocuente discurso, además de congratularse y felicitar a todos por la significación de aquel hermoso acto, ante el triste espectáculo que ofrecen, a nuestra vista tantas glorias y monumentos artísticos derrumbados a impulsos de la impiedad, enumeró a grandes, rasgos los beneficios que en el orden moral y social producen, los Institutos religiosos, así como los bienes que aun en el orden material reportaría la villa de Mora de Ebro.
   «¡Oh!   -exclamaba- pronto el canal recorriendo vuestras campiñas y atravesando, vuestras, montañas, abrirá horizontes a vuestra actividad y vuestro comercio. Al lado de esa prosperidad material, Mora saludará con júbilo también otro medio de bienestar material y moral con la instalación de este convento... ¿Cómo no interesarnos todos por la pronta terminación de este edificio?... Yo os felicito, pues, hijos de Mora. Y un motivo especial me obliga a felicitaros. Tal vez en tiempo no lejano veamos realizada la beatificación de vuestra hija privilegiada Sor Filomena de Santa Coloma, a impulso de cuyo espíritu se comienza esta obra, anunciada por ella...» Terminó vitoreando al Sagrado Corazón de Jesús, a Sor Filomena, y a Mora de Ebro, siendo contestado calurosamente por miles de personas que le escuchaban.

***

   Profunda y ardentísima fue siempre en Don Manuel la devoción al Santísimo, e infatigable y ardoroso su: anhelo de propagarla por doquier. En su cristiano hogar había ya recibido los primeros ejemplos de este ferviente amor a la Eucaristía. Desde 1831 hallábase establecida en la: Catedral de Tortosa la «Adoración y Vela perpetua al Santísimo», y a ella pertenecía como socio activo el padre de Don Manuel. Invitado por éste, estuvo en Tortosa, en diciembre de 1883, don Luis Trelles, Director de la Sección 3.ª del Centro Eucarístico de Madrid, dedicada a propagar por España la Adoración Nocturna. Era intento de ambos el establecerla en Tortosa. Así lo hicieron, dando a la obra carácter de interinidad, el día 19, en una reunión de quince personas, celebrada en la sacristía de la iglesia de San Antonio. Adoptaron el reglamento aprobado por el Centro de Madrid, y fue nombrado Don Manuel Director espiritual de la Sección de Tortosa; Vicedirector, don José García, y Presidente, don Ramón Foguet. Aquella misma noche, en la capilla del Colegio de San José, con asistencia de diez y adoradores, se tuvo la primera vela, actuando de jefe de noche don Luis Trelles. Dióse Don Manuel, con su habitual entusiasmo, a fomentar esta empresa de culto eucarístico. El 17 de abril de 1886 le escribió don Luis desde Madrid, proponiéndole hacer juntos una excursión de propaganda por Castellón, Alcora, Benicarló, Villarreal y algunos otros pueblos de la Plana. «Entre tanto -le dice- nada más, sino que Dios pague a usted lo que hace en su servicio; que sí lo hará, como suele ... »
   En vista de los excelentes resultados que había producido la labor de Don Manuel en este género de apostolado, el 6 de, abril de aquel año fue oficialmente aprobado por el Obispo de Tortosa el reglamento de la vela nocturna de la capital de su diócesis y nombrado Don Manuel Director del Sub-Centro diocesano, confiándosele el encargo de establecer la Adoración Nocturna en las parroquias, y visitar y vigilar la marcha de la Asociación en ellas. El 17 de mayo hallábanse ya en Tortosa él, y Trelles, después de haber realizado su viaje de siembra eucarística con lisonjero éxito, y en Tortosa convocaron aquel mismo día una Junta general de adoradores de la ciudad en la iglesia de San Antonio, presidida, ausente el Prelado, por el Gobernador eclesiástico, con el objeto de promulgar el decreto de la aprobación canónica otorgada por aquél. Eran ya tres , los turnos, titulados: del Corazón de Jesús, Virgen del Pilar, y San José, con un total de sesenta y cinco adoradores que celebraban las velas en la capilla del Colegio de San José. Del reglamento del Sub-Centro de Tortosa, había escrito Trelles, felicitando por ello a Don Manuel, que «podía servir de modelo para todos los demás que se fueran estableciendo». A partir de aquella fecha, y durante los años siguientes, fue Don Manuel peregrinando por los principales pueblos de la diócesis, para fundar en ellos «su querida Vela. Nocturna».

***

   Otra obra, también de carácter eucarístico, emprendió Don Manuel, el 20 de diciembre de 1883: el «Centro de Camareras del Santísimo», aprobado por el Prelado de Tortosa el 6 de abril de 1886 en la misma fecha que el reglamento de la «Adoración Nocturna». Debían regirse las Camareras del Santísimo por el que para ellas había redactado la Sección cuarta del Centro eucarístico de Madrid, y dedicarse las que ingresaran en la mencionada asociación a confeccionar, arreglar, componer y lavar los lienzos de inmediato contacto con el cuerpo de Jesús Sacramentado; a proveer de ellos a las iglesias pobres, así como también de cortinas para el Sagrario, cálices, patenas, copones, porta-viáticos, custodias, viriles, etc... ; y, finalmente, a cuidar de la limpieza y aseo del altar del Reservado, de la lámpara del Santísimo, etc... Fue desde el principio Director espiritual de ellas Don Manuel.
   El 4 de enero de 1885, reunió éste a las Camareras en Junta General para celebrar el primer aniversario del establecimiento, de la Asociación, y les decía:
   «Si alguna dé nuestras obras tuviese algún mérito delante de Dios, sería esta de las Camareras y de la Vela Nocturna a Jesús Sacramentado. ¿Sabéis por qué? Por lo modesta que es la obra y por el objeto a que está dedicada. Me resolví a aceptar la de las Camareras y fomentarla, porque revestía una forma diferente de todas las demás asociaciones, y tenía un objeto más íntimo respecto de Jesús que las demás. Una forma diferente: porque todas las demás tienen por lazo de unión ciertas prácticas exteriores, ciertos actos, ciertas devociones; y para esto es preciso tiempo, y tiempo determinado, y además, en cierta manera, hemos de exhibirnos exteriormente.
   Mas la obra que nos ocupa es todo lo contrario: no está sujeta a ninguna práctica diaria, sino que por breve tiempo y a hora muy fija y sólo para animarnos nos reúne en este lugar cada mes. Es, además, una obra interna, espiritual y quieta, que no tiene ningún aliciente exterior. Es obra de amor secreto, íntimo, silencioso. Vamos con gusto a una función religiosa: el esplendor al culto nos atrae, la música, nos conmueve; acudimos con gusto a oír a un nuevo orador sagrado de fama. Bueno es todo esto, porque Dios se vale de mil medios para atraer nuestros corazones materiales; pero por esto mismo, al buscar a Dios, nos buscamos en algo a nosotros mismos. Mas en la obra de Camareras de Jesús Sacramentado, sucede todo lo contrario. Se necesita mucha fe, Es verdad. Porque no teniendo ni fiestas, ni reuniones, ni Música, ni siquiera el poder exhibir nuestro trabajo, no tiene la Camarera cosa alguna que estimule su celo y su devoción. No, no es nuestra Asociación de Camareras una asociación para allegar fondos a fin de proporcionar ornamentos ricos y preciosos para el Señor; es otra cosa más interior que todo eso. Es un sentimiento de amor, que nos mueve a honrarlo en aquello que está más en contacto con su cuerpo. Nuestras secretas reuniones son una cita para hablar de Jesús y de su pobreza, y compadecernos de El, y ver de remediarle con nuestra pobreza. Nuestros trabajos manuales han de ser actos tiernísimos del corazón, pensando que serán una cosa donde se reposará el cuerpo de Cristo Jesús. Así cuando se hace un trabajo, por sencillo que sea, para una persona amada, no es la primorosidad del objeto la que mueve a trabajar, sino el pensamiento de que ha de servir al objeto amado, así este amor, este espíritu interior, esta devoción, este perfume de cariño, es lo que constituye la esencia de nuestra Asociación... Yo os diría que hacéis el oficio de la Virgen, que con tanto amor cuidó a Jesús. Pero Jesús se fue al cielo. y su Madre no puede cuidarlo aquí Sacramentado en la tierra, y Jesús se ha confiado al cuidado de sus servidores ... »
   Instalóse la obra y celebrábanse las reuniones mensuales en la iglesia de San Antonio. Ya el 9 de marzo de 1884, expresaba Don Manuel a las Camareras de Tortosa su satisfacción por que excedía su número al que formaban la Asociación en otras poblaciones. Alentándolas a promover los objetos de la misma, les decía: «Dios se vale de las cosas más pequeñas para los más altos fines, y las mujeres con cosa tan insignificante como es la aguja pueden hacer cosas tan grandes como son las que sirven para la Casa del Señor. No debéis mirar quién lo hace más o menos bien: la que trabaja con más Amor ésa es la que mejor lo habrá hecho». Hasta 1895 dirigió personalmente Don Manuel la Asociación. En la reunión mensual de mayo de aquel año encargó de la dirección inmediata y ordinaria al Chantre de la Catedral de Tortosa, don Juan José Hidalgo, «porque esta Asociación -decía-, aunque sencilla, necesita cierta, mano constante que la sostenga y vivifique. Cuando se me encomendó, manifesté la imposibilidad de atender a ella. Hoy, esta imposibilidad es mayor. Mis frecuentes viajes, que son preludios de otros, atendido el campo que se nos abre en la Obra del Fomento de Vocaciones eclesiásticas, deben absorber mi, vida. Nosotros nos ofrecemos a suplir al nuevo Director: no sólo yo, personalmente, sino la Hermandad de Operarios diocesanos, uno de cuyos objetos es promover todo lo relativo a Jesús Sacramentado. ¡Ojalá podamos realizar cuanto nos proponemos!» No dejó Don Manuel, de cumplir su promesa. De cuando en cuando siguió . presidiendo a las Camareras y platicándoles, Luego de erigido el Templo de Reparación de Tortosa, se estableció en él la Asociación, y allí continúa con vida florecientísima, dirigida por los Sacerdotes Operarios.

CAPÍTULO XIX



Fundación de la «Hermandad»

(1883-1884)



   No fue Don Manuel el único que se preocupó del angustioso problema de la disminución de las vocaciones eclesiásticas en España y de darle solución en la forma por Don Manuel adoptada al fundar el Colegio de San José de Tortosa. Aparte el Colegio para estudiantes pobres de este mismo título existente en Vich ya en 1866, con idéntico propósito, había establecido en Huesca el Chantre de aquella catedral, don Saturnino López Novoa, la «Casa de estudiantes pobres». En 1878, el Arzobispo de Granada, excelentísimo don Bienvenido Monzón, se lamentaba de la general escasez de vocaciones y señalaba como causas que la habían provocado: la supresión del clero regular, la desamortización, la supresión de beneficios, capellanías y otros títulos canónicos de ordenación, el menosprecio de la clase sacerdotal en las modernas sociedades, las persecuciones políticas, la falta de educación religiosa en las familias, los malos ejemplos y la malsana influencia de libros y periódicos. El remedio, según él, era urgentísimo y dificultoso al mismo tiempo. Las familias ricas, viendo empobrecida a la Iglesia, habían desertado de su servicio, negándole sus hijos. Era, pues, preciso atraer al mismo a las clases pobres, facilitándoles el acceso al Seminario.
   «Considerando -escribía el 10 de diciembre de 1876 en el Boletín oficial de su Archidiócesis, el Arzobispo de Burgos- que no todos los jóvenes que se dedican a la carrera eclesiástica pueden vivir dentro del Seminario Conciliar, y que la pensión que en éste se paga no está al alcance de la fortuna de la mayor parte, por más que sea módica, atendido el elevado precio de los alimentos y los gastos indispensables en los establecim