Vida del Siervo de Dios Don Manuel Domingo y Sol (Torres)
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Vida del Siervo de Dios Don Manuel Domingo y Sol, Apóstol de las vocaciones, Fundador de la Hermandad de Sacerdotes Operarios del Corazón de Jesús

escrita por D. Antonio Torres
Tortosa
1934


PROTESTA

   La hacemos de sumiso y rendido acatamiento a las declaraciones y Decretos de la Iglesia Católica, Y en especial de Urbano VIII Y de su Confirmación de 5 de julio de 1634. Y en consecuencia, es nuestra intención y deseo que a ninguno de los hechos que referimos se otorgue otra autoridad que la puramente humana, y cine al calificativo de santo, o cualquier otro equivalente, que aplicamos a Don Manuel, no se le dé otro valor que el que tiene vulgarmente hablando; sin que -sea nuestra voluntad prevenir el juicio, único infalible, de la Santa Sede.

El Autor.
LICENCIA DE LA HERMANDAD

IMPRIMI POTEST:

PETRUS RUIZ DE LOS PAÑOS,
Director Generalis.

LICENCIA DEL ORDINARIO

Nihil obstat:
El Censor,
Lic. CRISTÓBAL FALOMIR,
Canónigo.

IMPRÍMASE

Tortosa, 25 de enero de 1934.
+ FÉLIX, OBISPO DE TORTOSA.

Por mandato de su Excelencia Reverendísima
el Obispo, mi Señor,
Lic. PEDRO MONSERRAT, Pbro.
Pro-Secret. Cancel.
Al Clero secular español

   A nadie podíamos dedicar esta biografía sino a los beneméritos sacerdotes de nuestra patria, ya que fue la vida de Don Manuel una vida eminentemente sacerdotal y típicamente española.
Semejantes, por muchos conceptos, las actuales circunstancias a aquellas en que hubo de comenzar Don Manuel su animoso y fecundo apostolado-tiempos de ruinas y asolamientos, de persecuciones sectarias, de ensayos laicistas, y por consiguiente, de obligada y dificultosa labor restauradora en el orden religioso y social -aun por este concepto viene a resultar para la clase sacerdotal española un oportuno y perfecto modelo de lo que todos y cada uno de cuantos a la misma pertenecemos estamos obligados a ser para responder a la altísima misión que nos incumbe.
   Cultivo esmerado y fidelidad inalterable a la propia vocaci6n; estimación altísima de la dignidad sacerdotal y conciencia plena de sus tremendas responsabilidades; viva y operante convicción de la necesidad y de la urgencia de restaurar en Jesucristo instituciones y personas; amor ferventísimo y adhesión sin reservas a la Iglesia y al Papa; desinterés admirable y generosidad sin tasa, ni reservas para aplicarse a las más variadas manifestaciones del apostolado sacerdotal; actividad santa, hija de un celo tan ardoroso, que siempre le traía insatisfecho y, a la par, tan abnegado y resuelto, que jamás se arredraba ante ningún género de dificultades...; todo eso y muchas cosas más podrán ver, sacando de ello estímulo y provecho, los sacerdotes españoles con la lectura de la «Vida» de Don Manuel, que tan entrañablemente los amó y tan infatigablemente trabajó por el bien de ellos.
   ¡Gran figura sacerdotal, sobre todo para nuestros tiempos, la excelsa y providencial de Don Manuel! Parece como escogido por la mano de Dios para ejemplar y dechado de sacerdotes consagrados a la «acción sacerdotal" y, como derivación y complemento de la misma, a la «Acción Católica», tan encarecida y perseverantemente recomendada por S. S. Pío XI...
   No hay campo de apostolado que él no cultivara: ministerios parroquiales en aldeas y ciudades; cátedras de Instituto; periodismo y difusión de la buena prensa; misiones populares; congregaciones piadosas de jóvenes; establecimiento de círculos de estudio y de recreo; bibliotecas; escuelas dominicales; Juventudes Católicas; Congresos Católicos; conferencias e instituciones sociales para patronos y obreros; multiplicación y perfeccionamiento de las vocaciones sacerdotales; afán santísimo de que éstas, rebosando de los ámbitos de sus Colegios, se transformasen muchas de ellas en vocaciones religiosas y apostólicas... Como base de todo, el más perseverante cultivo de la propia vida interior; y como punto principalísimo de apoyo para el personal esfuerzo -en busca, del imprescindible auxilio divino, mediante la oración y el sacrificio- el apostolado infatigable de la dirección espiritual de almas consagradas a la perfección en el siglo y en el claustro y la fundación de institutos de religiosas, dedicadas unas a, la vida contemplativa, y otras a la vida mixta; y, finalmente, como contrapeso a la divina justicia, de tantas maneras y tan universalmente vulnerada y escarnecida, el establecimiento de asociaciones eucarísticas -«Camareras del Santísimo», «Adoración Nocturna, Archicofradías del Sagrado Corazón de Jesús y Templos de Reparación- impregnadas todas ellas del más acendrado espíritu de adoración y desagravio.
   Rasgo singularmente atractivo y simpático de la apostólica personalidad de Don Manuel lo constituye el empeño que mostró, pensando en el bien de su patria, para fomentar, aparte otras devociones genuinamente nacionales, la de los Santos Patronos y Protectores de España, por él siempre tan ardiente y prácticamente amada.
   Tales son los motivos que tenemos para dedicar esta Biografía al respetable Clero de nuestra patria, esperando que como en vida fue campeón insigne de cuanto a su perfeccionamiento y auxilio se refiere, así a hora les puede servir de aliento la relación de sus virtudes, persuadidos como estamos de que le formó él Señor para ser prototipo, modelo y ahogado de los ministros de su santa Iglesia.

PROLOGO



   Éramos muchos los que esperábamos con impaciencia esta VIDA de Don Manuel Domingo y Sol que ahora se publica. Le amábamos y le admirábamos; mas por eso mismo era mayor el deseo de volver a contemplar su figura venerable, de oír de nuevo sus palabras llenas de dulzura, de sentirlo más cerca de nosotros, por la evocación de su vida y de sus obras.
   Justas razones aconsejan de ordinario la demora en la publicación de libros semejantes. Con la muerte suele llegar la hora de las alabanzas, pero no la de la verdad completa. Es preciso dejar que las aguas se decanten y que el tiempo reduzca los elogios a sus justos límites, o que los consolide y refrende. Además, nuestra vida no es una unidad aislada o un compartimiento estanco, y menos aún lo son las vidas de los varones insignes que, por su mayor radio de acción y por el vuelo de sus, empresas, acaso suscitaron recelos, envidias, enemistades y persecuciones. Para conocer estas vidas plenamente es menester referirlas a otras vidas, situarlas en su ambiente propio, y en este ambiente, que es el fondo del cuadro, quizá no faltaron sombras. Esperar a que el tiempo, sin ocultarlas, las disimule un tanto en la lejanía era prudencia y era piedad.
   Afortunadamente para nuestro Don Manuel no sucede así. Su nombre crece con el tiempo, y su figura, respetada por los años, se yergue sobre el paisaje lejano con grandeza cada día mayor. Su vida hubiera podido escribirse a raíz de su muerte con la misma Seguridad que ahora, aunque no con la misma facilidad, porque no era fácil reunir todos los materiales, principalmente las cartas, que, como reliquia, conservaban sus afortunados poseedores. De aquí la obligada dilación.
Pero ahora ya están vencidos los obstáculos. Incoado el proceso para su Beatificación, tiene su memoria consagración, en cierto modo, oficial. Dar a conocer su vida no es adelantarse al juicio de la Iglesia, sino cooperar a su inapelable resolución; que, al fin, para que Dios glorifique a sus siervos y mediante ellos manifieste su poder, el camino que de ordinario escoge la Providencia es que los hombres los conozcan y, conociéndolos, confíen en su valimiento e imploren su intercesión.
   Tienen también las vidas de los Santos de nuestros días -permítasenos usar este nombre como expresión de nuestra admiración y siempre con acatamiento al juicio de la Iglesia- un altísimo valor educativo y apologético. Las historias de muchos Santos antiguos se reducen, con frecuencia, a la narración de sus virtudes heroicas, de sus milagros, de sus grandes empresas. Por falta de noticias o por menosprecio de lo anecdótico y de los pormenores secundarios, se esquematizó su vida, idealizándola tal vez, pero casi siempre deshumanizándola. Y así les contemplamos en las cumbres, pero no les vemos escalar, día por día, la áspera pendiente. De donde viene a suceder que nos persuadimos de que su santidad es como una planta de desaparecidas épocas geológicas, o puro don del Cielo; algo, en fin, inasequible para quienes vivimos en un siglo en que los progresos de orden material y las luchas políticas y sociales impiden el libre vuelo de las almas hacia Dios. Por eso, vidas como ésta de Don Manuel son altamente ejemplares y alentadoras. Ellas nos manifiestan cómo la Iglesia sigue siendo en nuestros días, no menos que en los tiempos antiguos, fecunda Madre de Santos.
   Estas vidas serán tanto más provechosas cuanto más ricas sean en pormenores y mejor nos muestren la complicada urdimbre de las acciones y reacciones que forzosamente han de producirse en el contacto o en el choque de las almas grandes con la dura realidad. Por fortuna, para escribir la VIDA de Don Manuel hay materiales abundantísimos. La Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos, con filial diligencia, recogió desde el primer día todos los recuerdos de su Padre y Fundador. Cada uno de estos recuerdos es como una voz que nos llega de lejos. Un papel amarillento por los arios, unas palabras, por sencillas que parezcan, nos recuerdan un latido del corazón, una preocupación, una lucha. Documentos oficiales, sermones, cartas y escritos íntimos de Don Manuel, frases recogidas de labios de quienes le trataron, informaciones publicadas en la prensa, todo fue reunido, ordenado y catalogado con solícito afán.
   Y para que nada falte, se ha conservado el espíritu del Venerable Fundador. Ese espíritu vive con perenne lozanía en las Constituciones de la Hermandad, en los Colegios de Vocaciones Eclesiásticas y en toda la obra de Don Manuel, y, de manera especial, en la tradición piadosamente guardada y transmitida por los que desde el principio fueron testigos de su vida.
Preparados ya los materiales y llegada la hora de darlos a la luz pública, sólo faltaba el artífice que, beneficiando tan rica cantera, nos diese, al fin, la biografía que esperábamos.
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   Apresurémonos a añadir que Don Manuel ha hallado, en don Antonio Torres, el biógrafo que merecía. La obediencia puso la pluma en su mano, y el cariño ha hecho lo demás. Un cariño, huelga decirlo, muy bien hermanado con la competencia, con la laboriosidad, con una sólida cultura, y con un cabal conocimiento no sólo de la vida y obras del preclaro Fundador de los Operarios Diocesanos, sino del tiempo en que vivió.
   El autor no ha tenido necesidad de llenar lagunas con hipótesis ingeniosas ni con estudiadas digresiones, ni, para enaltecer la persona de Don Manuel, le ha sido preciso tejer largos panegíricos, ya que, disponiendo de copiosa información, le bastaba dejar que hablasen los documentos. Y eso ha hecho. A lo largo del libro, ni por un instante se interrumpe nuestra comunicación con el protagonista de la historia. El mismo es quien, con sus escritos y principalmente con sus innumerables cartas, nos va diciendo sus planes y, proyectos, refiriéndonos sus preocupaciones y sus afanes, narrándonos las vicisitudes y etapas de sus obras, y descubriéndonos, sin quererlo ni pensarlo, su alma nobilísima y sus excelsas cualidades. Y cuando no es él mismo quien habla, Son personas que con él convivieron o que le trataron, y multitud de documentos que, encuadrados en un plan sencillo y armónico, ,nos dibujan con admirable relieve su fisonomía espiritual.
   Y será, cierto, regalado deleite para sus admiradores esta continua presencia de Don Manuel, que, reviviendo en cada una de las paginas de este libro, sigue hablándonos con su paternal y casera llaneza, en la que la muerte, sin embargo, puso una plácida serenidad que se eleva sobre los hombres y las cosas y sobre las ruindades y miserias de la vida.
   Tan amplia y completa es la información que por ventura alguno pensará que la sobreabundancia misma de noticias daña al interés del relato; que la multitud de pormenores oculta las líneas fundamentales; que, en resumen, la narración ocupa demasiadas páginas para que éstas sean leídas con interés en tiempos de fútiles libros de aventuras y de ensayos comprimidos.
   Mas, a nuestro ver, no ha sido el menor acierto del autor el método usado para componer este libro. Quizá algún día pueda escribirse una VIDA de Don Manuel más popular, más del gusto de personas que quieren leer muy de prisa, y aun más novelesca; que a tanto hemos llegado, que, aun en las historias de los Santos, se va notando cierta propensión a darles interés y amenidad - introduciendo en ellas elementos novelescos. Pero esta primera biografía no podía ser sino como es: una fotografía, no un estudio artístico. La fotografía no selecciona pormenores sino que los recoge todos, cada uno según su importancia y con su luz propia, y de ahí resulta el parecido con el modelo. En esto se diferencia del retrato artístico, en el que el artista, para obtener ciertos efectos estéticos, vigoriza unos rasgos y suprime o atenúa otros, siempre con riesgo de transformar, o acaso deformar el modelo, y de darnos como temperamento de éste el suyo propio. Un retrato artístico es bueno para exornar las paredes de un salón; mas para evocar el recuerdo del ser amado preferimos la fotografía sin retoques, en la que no se hayan borrado arrugas ni puesto sombras o luces caprichosas.
   Tanta es la veneración del autor hacia Don Manuel, que aun en el elogio es siempre parco, como quien está persuadido de que la verdadera virtud no necesita ditirambos ni ponderaciones. El mejor homenaje a la virtud es reconocerla y respetarla tal como ella es.
   Esta misma veneración le ha señalado un límite en su tarea de reconstrucción histórica. El objeto primero de la historia son los hechos. Deducir de éstos las ideas y preocupaciones de quien los ejecuta, penetrar en su espíritu y seguir sus movimientos, trazar el itinerario de la formación de su personalidad, señalar la trayectoria resultante de todas esas fuerzas que actúan en nuestra vida interior es algo que, saliéndose del campo del historiador, entra en el del psicólogo. Penetrar en este campo es ocasionado a sustituir la historia con las conjeturas. Porque ¿quién es capaz de escudriñar la compleja actividad de nuestras facultades y de conocer los misteriosos caminos de la gracia y de las demás influencias divinas? Y esta dificultad crece cuando se trata de almas santas que, recatando púdicamente sus dones porque saben el peligro de sacarlos a pública plaza, sólo nos dejan ver fugaces resplandores, insuficientes para que a su luz contemplemos en toda su magnífica realidad los panoramas del mundo interior. Caben los ensayos psicológicos en las novelas y aun en ciertas biografías; pero en la agiografía cristiana, en la que tiene tan principal parte el elemento sobrenatural, tales ensayos psicológicos, tan del gusto de nuestros días y de algunos autores, requieren mucho tino y discreción para que no vengan a parar en engañosos subjetivismos o en una suplantación de personalidad.
   No se ha abstenido el autor de asomarse a la vida interior de Don Manuel, pero siempre guiado por los hechos y sin avanzar un paso más de lo que éstos consienten. Por lo demás, son tantos los que refiere, y tienen lenguaje tan elocuente, que, por lo común, hacen inútil todo comentario. Hablan ellos por si mismos.
   En lo que sí ha puesto suma diligencia es en ordenarlos, en ilustrarlos con noticias complementarias, en restablecer con sobrias pinceladas el ambiente en que se desarrollaron, en dibujar aquí y allá lindos medallones de otras personas que se movieron en la órbita de atracción del personaje central. La composición de biografías como ésta requiere largo trabajo oscuro y silencioso, de más mérito que lucimiento. Don Antonio Torres no ha escatimado el trabajo y lo ha hecho aún más meritorio renunciando a toda exhibición personal, para que su libro, desde el principio al fin, sea tributo de veneración al Padre inolvidable. El lenguaje mismo es como a tal obra correspondía: grave sin afectación, sin alardes preciosistas, terso y noble. Todo en ella da la impresión de una obra acabada: hasta la nítida y esmerada impresión y las ,abundantes y escogidas ilustraciones gráficas.
   No será ésta la única VIDA que se escriba del esclarecido Fundador de los Sacerdotes Operarios Diocesanos; pero sí será la vida-tipo, a la cual hayan de ajustarse las demás. Ningún monumento mejor podía erigirse a la memoria de Don Manuel Domingo Y Sol para conmemorar el XXV aniversario de su nacimiento.
   Sí, de su nacimiento, porque en el lenguaje de la Iglesia el Dies natalis de los Santos no es aquel en que nacieron a la vida perecedera, sino aquel en que, a través de la muerte, entraron en la vida de la inmortalidad.
   Bien quisiéramos, a ejemplo de los antiguos miniadores, dibujar a la cabecera de este libro una graciosa viñeta que simbolizase toda la vida de Don Manuel Domingo y Sol; pero vidas tan llenas y multiformes como la suya, se resisten a toda síntesis.
   «¡Es un santo!» -decía la voz común. He ahí una síntesis, que es a la vez un elogio de subidos quilates. Pero, con decir mucho, aún no dice lo suficiente, porque la santidad es el denominador común de todos los siervos de Dios, y en éstos, como en las estrellas del cielo, hay diferencias y variedad de matices.
   Además, este elogio se repite con excesiva frecuencia y no siempre con la plenitud de sentido que de suyo tiene. En ocasiones elogiar la santidad es una sutil reticencia para insinuar la falta de otras cualidades. «¡Es un santo!» -se decía de Don Manuel-. Nadie dudaba de su virtud, pero acaso más de uno pensaba: ¿puede ser un varón en verdad extraordinario este sacerdote que no deja su vulgar paraguas, que vieja rodeado de paquetes y bultos de todas clases y que, como de Santa Teresa decían aquellas buenas monjas de Madrid, «come y duerme como los demás y habla sin ceremonias»?
   Algo, ciertamente, había en él que al punto le conquistaba afecto y admiración. Aquella apacibilidad de su rostro, aquel sereno y dulce mirar, aquella exquisita cortesía, señoril y paterna] aun tiempo; aquella conversación efusiva y discreta, grave y jovial y aun, a veces, con suaves ironías que siempre daban en el blanco. aquella piedad, en fin, tan sencilla, tan modesta y sin afectación., eran como destellos de un espíritu nada vulgar. Pero aquí se detenían muchos. ¿Es que se puede medir a simple vista la profundidad de los grandes ríos y basta, para conocer la longitud de su curso, calcular la distancia en línea recta entre el lugar de su nacimiento y el de su desembocadura? Tampoco era suficiente para conocer una vida tan profunda como la de Don Manuel un trato superficial y pasajero, ni sus partidas de nacimiento y defunción bastan para medir la longitud de una existencia que, como los ríos, se desviaba hacia un lado y hacia otro, es decir, hacia donde quiera que veía una obra en que pudiera glorificar a Dios. Aun muchos que creían conocerle, descubrirán, al leer esta VIDA, cualidades que no habían sospechado y una actividad que les llenará de admiración.
   Sean un ejemplo sus cartas y sus sermones. Si se imprimiesen, llenarían muchos volúmenes. Concedamos que no fue Don Manuel ni un escritor clásico, ni un erudito, ni un pensador genial. Pero tenía clarísima inteligencia y sabía manejar la pluma con muy gentil garbo. En sus cartas, acaso el más fiel espejo de su alma, hay, como en las de Santa Teresa de Jesús, espontaneidad, candor, frescura de ingenio, sana alegría, oportunidad, y, sobre todo, discreción suma para dosificar afectos, consejos, advertencias y reprensiones.
   No fue un orador, en el sentido moderno de esta palabra; pero en sus sermones hay orden, vigorosa argumentación, transparencia de pensamiento, unción persuasiva, a veces novedad en la exposición, y un estilo fácil, animado, insinuante y siempre acomodado a las ideas y a las circunstancias. Con igual desembarazo andaba por los caminos llanos que se elevaba de un vuelo a las cumbres de la ascética y de la mística. Adueñándose de los corazones, les comunicaba sus propios afectos, y con elocuencia ya dulce, ya arrebatadora, los llevaba hacia Dios. ¿Qué le faltaba para ser un gran predicador?
   Con admirable clarividencia conoció las necesidades de su tiempo y las buscó remedio conveniente. Los años que dedicó a la formación cristiana de la juventud constituyen un hermoso CAPÍTULO de la historia de la Acción Católica; y si este nombre, aplica do a aquellos tiempos, resulta menos propio, digamos que fue un precursor de la actual organización de las Juventudes Católicas. Los frutos que consiguió y los planes que acariciaba nos permiten adivinar hasta dónde hubiera llegado si otras dos obras-que en realidad son una sola-: los Colegios de Vocaciones Eclesiásticas y la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos, no hubieran absorbido su atención y su tiempo. Ocupado en estas obras, no pudo dedicarse ya tan de lleno a un apostolado personal; pero, pensando en los millares de sacerdotes que en sus Colegios y por sus Operarios habían de educarse, bien pudo decir con el héroe del Romancero: «Si yo no gané batallas, hijos engendré que las ganaran».
   Empresas como éstas no se ejecutan por quien no tenga, como ahora se dice, grandes cualidades de organizador. Don Manuel las tenía. Optimista por temperamento y por persuasión, no se arredraba ante los obstáculos. Conocedor de los hombres, sabía ganarse cooperadores, colocar a cada uno en su puesto y pedirle el esfuerzo que podía rendir. Tenía esa prudencia a lo divino que, con ilimitada confianza en la amorosa Providencia de Dios, pone muy alta la mira de sus pensamientos, pero a la vez proporciona sabiamente los medios a los fines para que cada hora produzca su fruto., De. esta manera, como quien de antemano señala en un mapa las etapas de un viaje, va recorriendo su camino con rápida lentitud y sin desandar nunca lo andado. Y cuando, en su ancianidad, los años y los achaques le obliguen al descanso, podrá consolarse en su forzosa inacción pensando que no ha sido un siervo inútil; en pos de sí deja, con los jirones de su salud y de su vida, una obra magnífica, que será espléndido florón de la corona de la Iglesia.
   Mas la prudencia en el planear y en el ejecutar no podía eximirle del rudo trabajo que tan vastas empresas exigían. No es la suya una actividad bulliciosa ni agitada ni a saltos e intermitencias, sino mansa, callada, perseverante y tenaz. Una actividad que se reparte entre multitud de obras, porque para las almas grandes ningún campo está acotado si en él puede germinar la planta del reino de Dios. Y así, Don Manuel confiesa, predica, da clases, redacta artículos, prepara fiestas, organiza peregrinaciones, escribe millares de cartas, edifica Conventos, dota a religiosas, levanta Colegios, funda y consolida su Hermandad, hace largos y frecuentes viajes, busca colaboradores o los forma, ruega, suplica y si es preciso, importuna; y todo esto, sin dar importancia a lo que hace, sin aires de, innovador, con una naturalidad que parece hallarlo todo fácil, y con una fe y constancia que convierten en realidad lo que hubiera podido tomarse, por quimera o sueño irrealizable.

***

   Una buena parte de los triunfos logrados por Don Manuel corresponde a su corazón, que, noble como era por su condición nativa, no supo amar sino cosas nobles y noblemente. Sus obras nacían en el corazón y de all1pasaban al cerebro. Por eso no hay en ellas ni en su desenvolvimiento sequedad ni rigidez. Amaba y se hacía amar. Un afecto llano y comprensivo que, rebosando de su corazón, se expandía por su semblante y por todos sus actos, borraba distancias y levantaba hasta sí aun a los de más humilde condición. Las almas que vuelan en las regiones superiores no siempre aciertan a descender a ras de tierra. Como Moisés, cuando descendió del Sinaí, llevan en su frente el resplandor de lo divino. En Don Manuel este resplandor se transforma en bondad atrayente; hay siempre en él calor de humanidad. En su trato y en su correspondencia aflora una ternura que no sabe disimularse. Aun detrás de la reprensión se adivina una sonrisa benévola e indulgente.
   Este amor halla ingeniosos medios de manifestarse. Unas veces es la frase delicada, otras el cuidado solícito de los enfermos o atribulados, otras la limosna generosa, el obsequio discreto, hasta la inocente estampita, que para él es un medio de apostolado. Tiene la santa pasión de dar. Da cuanto él tiene y cuanto recibe: su patrimonio familiar, su trabajo, su tiempo, su afecto. Y tal era su gracia y gentileza para «poner alas» -así decía él gráficamente- a cuanto caía en sus manos, que el más pequeño obsequio suyo se estimaba como inapreciable regalo.
   En su corazón había espacio para todos los grandes amores. Amó con particular cariño a la tierra en que nació y de ello dio en Tortosa pruebas reiteradas; pero sentía también -y no será inoportuno recordarlo en las circunstancias actuales- un amor cordial y ardoroso hacía España. Estos dos amores tuvieron felicísima expresión en dos devociones que se es forzó en propagar: la devoción al Ángel Custodio de Tortosa y la devoción al Ángel Custodio de España. Proyecto suyo -que estuvo en vías de ejecución- fue el erigir en el Cerro de los Ángeles un monumento al Ángel tutelar de nuestra nación, que hubiera sido un hermoso símbolo de la unidad española. Desde el Cielo se gozará en ver al Sagrado Corazón de Jesús imperando sobre España, desde ese mismo Cerro que él quiso santificar convirtiéndolo en centro de una devoción en que se unían la piedad y el patriotismo.

***

   Por si alguno pensare que hemos humanizado con exceso la figura de Don Manuel, añadiremos a todo lo dicho que, sobre las cualidades que hemos enumerado, hubo en su vida algo que era como la forma substancial de todas ellas: un encendido amor de Dios, que, nacido en él con la infancia y creciendo con los años, alimentado con la meditación, con el recuerdo de la presencia de Dios, con las visitas al Sagrario, con jaculatorias, que aun durante el sueño no se interrumpen, con los Sacramentos y con todos los divinos recursos de una piedad siempre activa y vigilante, era bálsamo en sus palabras, paz y serenidad en su rostro, elocuencia en sus sermones, fuerza en sus trabajos y motor primero y eficacísimo en todas sus acciones.
   El amor de Dios era en Don Manuel devoción al Sagrado Corazón de Jesús, a la Eucaristía, a la Santísima Virgen, a la Iglesia; era espíritu reparador, anhelo de salvar almas y de formar y multiplicar los sacerdotes santos. Era toda su vida. Y esta será la principal enseñanza del libro que presentamos al lector: mostrar cómo el amor de Dios puede prender en un alma, sobrenaturalizar una vida y hacerla maravillosamente fecunda.
   La lectura de esta biografía sugerirá comparaciones y semejanzas con otros siervos de Dios. Son puntos de coincidencia que realzan la figura de Don Manuel Domingo y Sol sin quitarle su relieve propio. Perteneció al esclarecido linaje de los creadores. Fue astro que brilló con luz propia. Luz de estrella, suave y amorosa, que desde el cielo nos llama y nos guía...

Agustín Rodríguez.

INTRODUCCION



   Al publicar la VIDA Y VIRTUDES DEL REVERENDÍSIMO DOCTOR DON MANUEL DOMINGO Y SOL, bien quisiéramos que hubieran alcanzado de Dios favorable despacho los votos que, a raíz de la muerte de Don Manuel, formulara una de las religiosas del convento de Concepcionistas de Benicarló, por él fundado: «Rogaremos -decía- para que el encargado de escribir la vida de Mosén Sol esté altamente inspirado, para que salga digna de tal santo, y su lectura mueva los corazones a la virtud, como a su paso por la tierra los atraía hacia Jesús, con sus palabras y su presencia, nuestro Padre».
   La empresa que la obediencia nos hubo de confiar era, si ciertamente honrosa, ardua en grado sumo. Por realizarla lo menos imperfectamente que nos ha sido posible no hemos escatimado diligencias ni esfuerzos. Plegue al Señor bendecirlos para bien de nuestros lectores.
   Una de las mayores dificultades estriba en la multiplicidad y riqueza de los variados matices que componen e integran la compleja personalidad de Don Manuel. Son tantos los aspectos de la misma, y tan atrayentes y sugestivos todos ellos, que no es fácil discernir a primera vista el rasgo predominante de su fisonomía moral. Lo ensayó todo y se ejercitó con éxito en todos los ministerios sacerdotales. Confesor y Director de espíritus, Vicario de monjas y Fundador de conventos de religiosas, Catequista, Regente de parroquias en una comarca rural primero, en la capital de su diócesis después; Periodista, Catedrático del Instituto, Propagandista de buenas lecturas, Educador de la juventud secular en la Congregación de San Luis, Fomentador de Asociaciones piadosas por las parroquias, Apóstol de las Vocaciones eclesiásticas mediante el establecimiento de los Colegios de San José, Propagador del culto eucarístico con la erección de Templos de Reparación, etc., etc... Siéntese latir en el fondo de todas y cada una de estas empresas una especie de fiebre ardorosa, e irreprimible afán de no dejar sin cultivo ninguno de los campos de gloria de Dios. El fuego del amor divino que inflamaba el corazón de Don Manuel le forzaba a ejercitarse en cada uno de ellos con ferventísimo entusiasmo. Iba Dios premiando este insaciable celo de su fidelísimo siervo con abrirle cada día nuevos y más dilatados horizontes, hasta señalarle como vocación definitiva -para cultivar en uno sólo todos los demás apostolados y unificar todas sus otras múltiples empresas- la de ser Fundador en su Iglesia de una Congregación dedicada a formar sacerdotes santos.
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   La Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos, culminación de todas las demás empresas de Don Manuel, será siempre por la sublimidad de su objeto y la trascendencia de sus resultados, su más alto timbre de gloria. Por lo mismo, al escribir su biografía, sin dejar de estudiar los demás aspectos de su multiforme personalidad, ha sido nuestro principal intento y cuidado dar la mayor extensión posible a todo lo que atañe a la fundación de la Hermandad, a su naturaleza y fines, y a las cualidades y dotes de que deben, según Don Manuel, hallarse adornados sus Operarios.
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   Por lo demás, en la ejecución de nuestro trabajo hemos procurado armonizar en lo posible el orden cronológico de la vida de Don Manuel con el del sucesivo desenvolvimiento de las diferentes obras de celo por él realizadas, agrupando todo lo relativo a cada una de ellas de modo que se pueda tener una visión de conjunto de la misma. Y decimos en lo posible, porque no siempre resulta labor fácil, ya que con frecuencia no se halla cada una de ellas totalmente desligada de las demás, y llenando por sí sola una determinada etapa de la vida de Don Manuel.
No ha sido, en cambio, liviano el esfuerzo que hemos tenido que hacer para ordenar, catalogar y clasificar el ingente montón de documentos manuscritos o impresos pertenecientes a Don Manuel. La copia o el extracto de los mismos hacíase sobremanera fatigosa, y en no pocas ocasiones imposible de realizar íntegramente, por el carácter, con frecuencia ilegible, de la caligrafía de Don Manuel, particularmente la empleada en sus apuntes o borradores. Por añadidura, el hecho de no llevar, por lo común, fecha sus cartas, nos ha obligado a una ímproba labor de averiguación de las de mayor interés, al menos.
   Ha sido, en cambio, una inapreciable fortuna para nosotros la costumbre que tenía de conservar, aunque sin orden ni concierto, amontonados y mezclados unos con otros, casi todos los esquemas de sus sermones, pláticas y proyectos; los borradores de una buena parte de sus1 cartas y casi todas las que recibió; y el que muchos de sus corresponsales, por la veneración y estima que le profesaban, hicieran otro tanto con gran número de las suyas. Unas y otras han servido de principalísima fuente para redactar la presente biografía.
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   Hemos utilizado también las Monografías autógrafas de Don Manuel sobre algunas de sus empresas. En 1888 escribió la «Crónica de la fundación del convento de Vinaroz». Comenzó a redactar los que él titula «Anales o Crónica o Historia de los Colegios de Vocaciones Eclesiásticas de San José y de la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos». Pero sólo dejó anotado, y esto con hartas lagunas, lo relativo a los Colegios de Tortosa y Valencia.
   Es más: como habían ya transcurrido varios años a partir de la fecha de dichas fundaciones cuando él puso manos a la labor de historiarlas, y escribía de memoria, dejaba en blanco muchos nombres y fechas, y no pocas veces se equivocaba en las que ponía.
   Al trasladarse definitivamente Don Manuel de su casa «pairal» al Colegio de San José de Tortosa, en 1894, destruyó una porción considerable de los documentos que guardaba. Él mismo parecía después arrepentido de haberlo hecho. El 16 de mayo de aquel año escribía a don Andrés Serrano: «Hoy he logrado dar fin al registro de mis cartas y papeles traídos de mi casa. He quemado dos quintales, y me duele. He guardado algunas todavía. No debían rasgarse, porque forman una Crónica. He rasgado todas las de mi época de Instituto y de los días de la revolución de septiembre del 68, mi larga correspondencia con Trelles, las de la campaña del santo billete de la rifa, etc., etc... Era todo un tesoro».
   Puso, en cambio, y por fortuna nuestra, especial cuidado en ir anotando todo lo concerniente a la fundación del Colegio de Roma. En 1897 tenía ya redactada una crónica de la misma. «Me dijo usted -escribía el 17 de marzo a don Benjamín Miñana- que no me dejé ahí ningunos papeles. No encuentro la crónica del Colegio de Tortosa y la del de Roma, y como si quisiera creer que me la llevé cuando fui. Sentiría vivamente la pérdida»1. Referíase sin duda Don Manuel al «Diario» que llevaba, y que se conserva, de todos los. trámites y peripecias porque hubo de pasar aquella laboriosísima y gloriosa fundación. Eran lacónicas y sucintas indicaciones, a propósito para servir de guía en una más extensa y detallada relación ulterior.
   Para secundar los deseos de Don Manuel, ocurriósele a don Benjamín Miñana la feliz idea de escribirla. Don Manuel, al saberlo, se llenó, de gozo. «Una buena noticia me da usted en su última-le decía el 22 de septiembre de 1901-. Precisamente hace tiempo quería encargarlo a usted o a Juan Calatayud, y temía por sus ocupaciones, y veo han entrado ustedes por el camino de darme gusto. Si le parece, puede enviarme los borradores de un par de pliegos, y pondré mi V.º B.º si me place la entonación, que no dudo por esto que será de mano maestra, y se los devolveré, y luego, apenas los tenga usted terminados, se litografían. En Valencia me perdieron los extensos apuntes que tenía de aquel Colegio, y crea que ha sido una lástima». Y el 7 de octubre: «Recibidas las hojas de la Crónica. Creo que mis preliminares llegaron hasta la instalación del Colegio y definitiva ruptura del P. Martín, y me parece altera el hilo de algunos hechos. No obstante, Jesús se lo pague, y deseo y quiero que lo continúe tan aprisa como le sea posible». Y ya no le dejó en paz hasta que vio terminado el trabajo. Fueron también incluidas en la Crónica de don Benjamín las pláticas que Don Manuel acostumbraba dirigir a los alumnos del Colegio de Roma, en los primeros años del mismo, al principio de cada curso.


   Y ya que del Colegio de Roma hablamos, nadie extrañará que hayamos alargado al relatar la fundación y desarrollo del mismo. «Cuando la Hermandad escriba su historia -decía don Juan Bautista Calatayud en el extraordinario dedicado por el «Correo I. Josefino» a la muerte del Cardenal Vives-, la parte mas interesante y gloriosa, juzgo que ha de ser la dedicada a narrar los trances variadísimos de la fundación del Colegio Español». Durante los años de nuestra venturosa permanencia en él, ,extractamos la «Memoria» escrita por don Benjamín; y luego, algún tiempo después, aprovechando la coyuntura de vivir de asiento en Tortosa, que nos permitía utilizar con el mismo objeto los papeles de Don Manuel, hubimos de redactar una voluminosa «Historia del Pontificio Colegio Español de Roma». Así, cuando nos fue confiado el encargo de escribir la biografía de Don Manuel, dudamos si sería mejor desglosar de ella, en lo posible, la parte relativa al Colegio de Roma, y publicar como obra aparte la historia de éste. Pero, como de cualquier manera, semejante historia no había de poder salir a la luz pública en muchos años, por razones de elemental discreción y prudencia, resolvimos adoptar el sistema de entremezclar con la historia de Don Manuel, la de aquella fundación suya, relatando con alguna extensión lo más principal de ella.
   Ocasión es ésta para advertir, de paso, que no ha sido tampoco nuestro intento escribir la historia de la Hermandad, ni era ello hacedero por motivos análogos a los alegados respecto de la del Colegio Español. Nos hemos limitado a referir sucintamente, lo más imprescindible. Día, llegará en que semejante empeño pueda realizarse, y no será, ciertamente, sin grande honor de la Hermandad, cuyo beneficioso y trascendental influjo en la marcha y progreso de los Seminarios de nuestra patria, resultará bien patente.
   La circunstancia de vivir todavía muchas de las personas de quienes se hace mención en la VIDA de Don Manuel, o de vivir aún quienes las conocieron, nos ha obligado a sustituir en muchos casos sus nombres propios con iniciales que no corresponden, a los mismos.
Bien hubiéramos deseado, en las citas que hacemos de cartas y documentos, anotar con precisión el lugar de donde están tomados. El no hallarse todavía definitivamente catalogados, lo ha hecho imposible. Sólo diremos que, salvo error material de trascripción, todas son exactas, y que hemos procurado guardar la mayor fidelidad al trasladarlas.
   Aun a riesgo de que se nos califique de prolijos, no hemos escatimado las citas tomadas de las cartas de Don Manuel, porque en ellas, y a veces en una sola frase, en una palabra, en un rasgo, se pinta él a sí propio con mayor verdad, viveza y encanto que podríamos hacerlo nosotros en largos capítulos. Otro tanto sucede con ciertas expresiones y modismos tortosinos por él usados cuando escribía o hablaba con sus paisanos o con sus más familiares Operarios.
   Y a lo dicho, con ser bien poco, nada queremos añadir, sino que ahí tienes, lector amigo, y sobre todo vosotros, la legión incontable de sus admiradores y devotos, que con tan vivas ansias la habéis estado deseando y esperando, la VIDA de Don Manuel.
   Tal como ha salido de nuestras manos os la ofrecemos, alentados con la esperanza de que, disimulando con vuestra generosa discreción las deficiencias nuestras, os dignaréis dispensarle favorable acogimiento; porque lo merece, con creces, de justicia la. excelsa y simpática personalidad del benemérito Fundador de la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos.
PARTE PRIMERA

VIDA Y EMPRESAS



CAPÍTULO I



Nacimiento.- Patria.- Familia.- Niñez

(1836-1848)



   En la casa que lleva el número 18 de la calle del Santo Ángel, de la hidalga y religiosa ciudad de Tortosa, a las tres de la mañana del día 1.º de abril de 1835, nació Don Manuel2. Fueron sus padres Francisco Domingo Ferré y Josefa Sol Cid.
   Era aquel día Viernes Santo; fecha, a la verdad, que parece providencialmente escogida, por hallarse tan en consonancia con el espíritu predominantemente compasivo y reparador de los dolores y angustias de Jesús, que había de constituir el rasgo más saliente y característico de la vida de aquel niño, que en tal día vino a la luz de este mundo. Recibió la de la gracia, por el bautismo, el siguiente, Sábado Santo, luego de terminada la solemnidad litúrgica de la bendición de la pila, en la parroquia de la Catedral, actuando de ministro el párroco de la misma, don Gabriel Duch, y de padrino el reverendo don Francisco Navarro, comensal de la Catedral de Tortosa.
   Fue Don Manuel el penúltimo de los doce    hijos que como otros tantos frutos de bendición, otorgó Dios a aquellos padres, modelos de esposos cristianos3, que, perteneciendo socialmente a la clase de payeses acomodados4, espiritualmente figuraban en el grupo de las familias más distinguidas por su práctica y tradicional religiosidad.
   Es Tortosa la metrópoli de la fértil y, sobre toda ponderación, pintoresca y amena comarca que lleva su nombre. Punto enlace entre Valencia y Cataluña, tienen sus naturales como lema de su especial etnología, y lo proclaman con noble orgullo, el de: «Ni cataláns ni valenciáns: ¡tortosíns!» Ufánanse, y con razón, de los gloriosos fastos de su historia, y de haber merecido para su ciudad el honroso título de «Fidelissima et Exemplaris», y recientemente el de «Muy Noble y Humanitaria», que ostenta su escudo.
   Bien pudiera aplicárseles a ellos lo que uno de nuestros clásicos dijo de los leoneses: que «no hay hombres más moridos de amores por su tierra». Si no todos saben expresarlo en la misma forma, todos piensan al igual que uno de sus más fervorosos y entusiastas folkloristas contemporáneos5:

«¡Quina desgracia sería
no haber nascut tortosí!»

   Tortosino de corazón, enamorado de su ciudad natal, fue siempre Don Manuel, en cuyo espíritu reflejábanse a maravilla las propiedades peculiares de su cielo y de su suelo.
   Fue suave, dulce y apacible, como su clima; equilibrado, como el sosegado curso de las aguas del Ebro, que baña y ciñe sus seculares muros; alegre, como la clara y sonriente luz del sol que fecunda sus huertas ubérrimas; de espíritu emprendedor y expansivo, optimista, abierto a todos los horizontes del bien, amplio y generoso, como las extensas vegas que a Tortosa circundan y engalanan; firme y perseverante, como las enhiestas montañas que la separan y comunican con Aragón; de alma nativamente piadosa, como genuino retoño de las generaciones patriarcales que la habitaron.
   Ciudad, Tortosa, de cristianísimo abolengo, de religiosas costumbres, hasta en su aspecto urbano y monumental, de iglesias y conventos, de viejas casonas solariegas y graves y señoriales palacios -de los Piñols, los Miravalls, los Grás, los Villoría, los Tamarít...-, de estrechas y empinadas calles, produce en el espíritu del que la visita la impresión de un pueblo saturado de un aristocrático y noble misticismo. De inquebrantable lealtad para con la Patria, siempre sirvieron a ésta los tortosinos con una generosidad sin reservas. Hermosa y acertadamente los definió en este sentido el autor del «Himne tortosí» e infatigable cronista de sus heroicas gestas, Federico Pastor y Lluis:

«Som los mateixos que-ls Reys portaven
a la vanguardia contra-ls muslins,
y les muralles primé assaltaven.
¡Som los de sempte! ¡Som tortosins!»

   La vida social de Tortosa se nutrió perennemente de la savia de la fe. Evangelizada, según cuentan antiguas tradiciones, desde los albores mismos del cristianismo, por San Rufo, su primer Obispo, bautizado y discípulo de San Pablo, con el que vino a España, conservó inmaculada y floreciente su fe, vigorizada, siglos después, por la predicación de San Vicente Ferrer, y mantenida a través de los tiempos gracias a los apostólicos desvelos de los religiosos de diversas órdenes -Franciscanos, Recoletos, Carmelitas, Mercedarios, Capuchinos, Dominicos, Trinitarios Calzados, Jesuitas...- que se fueron en ella estableciendo, y por virtud del ejemplo y las santas plegarias de las angelicales moradoras de sus observantes conventos de monjas. Presidía la vida del hogar la patriarcal figura del jefe de familia, respetado, obedecido y venerado; y desenvolvíase la vida social al calor del benéfico influjo de los innumerables gremios-el de la Derrama, el de los sastres, de los labradores de Santiago, de los alpargateros y cordeleros, tejedores, tintoreros, herreros, el de calafates, etc... colocados cada uno de ellos bajo la especial advocación de algún Santo: San José, San Pedro, San Telmo, Santa Lucía, la Santísima Trinidad, San Homobono..., etc., etc.
   Eran el más galano Ornato de la ciudad y demostración del espíritu religioso de Tortosa las numerosas hornacinas de Vírgenes y Santos venerados en sus calles y sobre -la fachada de las casas, a la altura del primer piso, como las ya desaparecidas de la Mare de Deu de Solicrú, de Vimparol, de Font de Quinto, del Miracle o de la Brecha; y las aun hoy existentes de Sant Domingo, Sant Dominguet, dels Angels, Sant Vicent, Santa Ana, de la Mare de Deu del Rosé, Sant Josep, de la Virgen de la Aldea, de la Providencia, de la Font de la Salud, y otras innumerables advocaciones. Todos los años -hasta no hace muchos- en el día correspondiente a la fiesta del Patrono de la calle, los vecinos de la misma cantaban el rosario, con acompañamiento de música, delante de la imagen.
   Pero el rasgo culminante de la religiosidad tortosina es sin disputa la devoción de los hijos de Tortosa a su excelsa. Patrona, la Virgen de la Cinta, así llamada por la que, en prenda de su predilección hacia ellos, se dignó entregarles por sus mismas manos, depositándola en las de un santo capellán de la Catedral, a quien se apareció en ésta la noche precedente al día de la Encarnación del año 1178. A partir de aquella faustísima fecha, no hay tortosino que no adore en su Madre la Santísima Virgen de la Cinta y no la entone con el corazón en los labios la estrofa del himno popular6:

«Es la Cinta nostra Reina,
nostra Mare, nostre tresor:
Estimem-la, adorem-la,
jurem defensar-la hasta la mort.
Cridem sempre ab veu plena:
¡Nostra Cinta sobre tot!

   Fue en este ambiente tan saturado de religiosidad donde se formó el espíritu de Don Manuel.
   Apenas nacido, apresuróse su madre terrena a presentarlo y ofrecerlo a su Madre del Cielo, la Virgen Santísima de la Cinta, siguiendo la antigua y piadosa costumbre de todas las, madres tortosinas.
   Otra alta protección tuvo Don Manuel desde su infancia: la del Santo Ángel Patrono de Tortosa y su comarca, bajo cuyas providentísimas alas se puede decir que nació, por hallarse la Capilla de este popular Abogado de la Ciudad a unos pocos pasos de la casa natalicia de Don Manuel, y a la vista de ella.
   Por aquellos años de la niñez de nuestro biografiado andaban los tortosinos, interrumpido su habitual sosiego, en perpetua y hervorosa exaltación política, a causa de la guerra civil7.
   En medio de estas agitaciones y turbulencias, la familia de Don Manuel, exenta de todo apasionamiento político, llevaba una vida tranquila, de profunda Piedad y de honrado trabajo.
   Entre los papeles de Don Manuel hállanse algunos documentos acreditativos del ambiente de religiosidad que se respiraba en aquel cristiano hogar. Por ellos . nos es dado conocer que los miembros del mismo lo eran de múltiples asociaciones piadosas: tales, entre otras, la Cofradía de la Santa Cinta, la de San Juan y la Corte de María. Perteneció, además, el padre a la «Adoración y Vela perpetua al Santísimo Sacramento del Altar» establecida en la Catedral desde 1831, «para rogar por las necesidades de la Santa Iglesia, de la Monarquía española y de Tortosa».
   Descúbrense asimismo en estos documentos indicios patentes de la devoción que la familia de Don Manuel profesaba a San José, a la Virgen de la Aldea, a Santo Domingo y muy particularmente al Santo Ángel Patrono de Tortosa; de la honesta moderación de sus ganancias en los negocios a que se dedicaban y de su cristiana y espléndida caridad para con los pobres, de los cuales singularmente la madre de Don Manuel era amantísima. Tenía la casa puertas a dos calles, y a los que calificaban de excesivas sus larguezas para con los menesterosos, solía responderles: «Las limosnas salen por una puerta y entran por otra». Muchas de ellas hacíalas en secreto. En cierta tienda de comestibles tenía dada orden de que a determinada pobre la surtiesen, a cuenta de ella, de, cuanto necesitare y pidiera; exigiendo en casos tales el más riguroso silencio acerca de la persona que proporcionaba el socorro.
   De la acendrada devoción de sus padres al Santo Ángel de Tortosa brotó en Don Manuel la robusta y perenne que profesó al Angelical Patrono de su ciudad querida, bajo cuya bendita sombra había nacido, y en obsequio del cual aprendería a cantar desde su niñez aquella sencilla estrofa de los populares «Gozos»:

«De este barrio los vecinos
dan mil gracias al Señor,
porque el Ángel Protector
les dirige en sus caminos».

   La convicción de esta angélica y bienhechora influencia, sin cesar experimentada, era sin duda la que inspiraba a uno de los hermanos de Don Manuel los nobles y piadosos sentimientos que vibran en un fragmento de la única carta de familia a él dirigida que hemos podido encontrar.
   Lleva la fecha de 9 de mayo de 1863, cuando se hallaba Don Manuel, ya sacerdote, cursando los estudios del doctorado en Valencia. «El hombre que no falta a su deber -le dice su hermano Francisco en nombre propio y de todos los de casa- y cumple con sus obligaciones, cada cual las de su estado, siempre está apreciado de todo el mundo, y Dios le tiene una senderita reservada para guiarlo en, todas sus tareas y necesidades... En fin, lo que deseamos de corazón por momentos es el estar todos juntos en nuestra casa, frente a la capilla del Santo Ángel, al que tanta devoción todos tenemos. Recibe los miles afectos de nuestra madre8 y tus hermanos que desean verte más que escribirte»...
   Era tan extremada y exquisita la solicitud por Don Manuel de su santa madre, que le hacía vivir en el internado del Seminario aun durante el verano; y declaraba el propio Don Manuel que disfrutaba allí de más amplia libertad de movimientos que en su propio hogar.
   Por lo demás, sus mayores travesuras se reducían a alguna que otra, escapatoria clandestina al Ebro, en compañía de los fámulos del Seminario, para zambullirse en sus tranquilas aguas. La de nadar fue siempre, hasta su vejez, una afición en él arraigadísima. Una de las veces que atravesó a nado el río, de una a otra orilla, y por el sitio de mayor anchura, decía luego a sus amigos: «Si lo supiera mi madre, no volvía a veranear fuera de casa».
   En tan apacible y piadoso hogar fue desarrollándose física y moralmente Don Manuel. Llevábale consigo su madre a las funciones religiosas, y preferentemente a las del Convento de las Claras. Andando los tiempos, en su primera plática de Vicario, a las monjas del mismo, decíales Don Manuel que al recibir del Prelado semejante nombramiento, «se le presentaba la santidad de aquel lugar, para mí -declaraba- respetable cual ninguno: sin duda son las impresiones que recibí en mi infancia, al visitar el umbral de este claustro, único que visité hasta después de mi ordenación».
   Y en un sermón de Nochebuena, en la iglesia de la Purísima, evocando los lejanos tiempos de su infancia, exclamaba: «Sobre cincuenta años hace que, conducido por una mano cariñosa, venía yo a estas horas a este templo, para ver al nuevo angelito, que me decían brotaba esta noche, a los pies de la Virgen»...
   El 18 de octubre de 1845 recibió Don Manuel el Sacramento de la Confirmación9, y en 1848, a las doce de su edad, por vez primera la Sagrada Comunión. ¡Con qué inefable gozo tomaría Jesús Sacramentado posesión de aquella alma; y qué raudal de bendiciones y de gracias derramaría, en tan fausta ocasión, sobre aquel inocente jovencito, que él tenía predestinado para apóstol celosísimo y reparador infatigable de su amor eucarístico!...

CAPÍTULO II



Vida de seminarista.-Ordenación sacerdotal

(1851-1860)



   Al suave calor de los edificantes ejemplos y cristianas enseñanzas de sus padres, con espontáneo impulso y lozanía brotó en -el corazón de Don Manuel, ya de suyo nativamente inclinado al bien y a la virtud, la exquisita y delicada flor de la vocación sacerdotal.
   Una vez instruido convenientemente en las primeras letras, estudió las Humanidades con don José Sena, catedrático de Latín y Castellano en el Colegio de San Matías10. Y el 1.º de octubre de 1851 ingresó Don Manuel en calidad de alumno interno en el Seminario Menor de Tortosa, instalado a la sazón en el histórico y artístico palacio, que es actual mansión del Colegio de San Luis Gonzaga. Cursó allí tres años de Filosofía; y en el edificio de la calle de Moncada11, antigua residencia de Jesuitas y sede hoy del Instituto Nacional, siete de Teología y uno de Derecho Canónico. Los tres últimos como alumno externo y todos con excelentes calificaciones.
   Durante todo el tiempo de los estudios de Don Manuel en el Seminario, fue Rector del mismo el Padre Dominico, exclaustrado, Fr. Buenaventura Grau, varón ilustre por su sabiduría y venerable por sus extraordinarias virtudes, que le granjearon merecida fama de santidad. Bajo su dirección y la de otros reputados y beneméritos profesores, fue adquiriendo Don Manuel aquel copioso caudal de conocimientos en las ciencias sagradas y aquel acendrado, espíritu eclesiástico de que había de dar después tan espléndidas muestras.
   Fueron tales su conducta disciplinar y su espiritual aprovechamiento, que uno de sus contemporáneos, el reverendo don Ramón Arnau, siendo ya Arcipreste de San Mateo, [decía muchas veces: «Don Manuel, cuando seminarista, era ya un modelo y muy activo y celoso». Y el ilustre señor Canónigo Magistral y Gobernador Eclesiástico que fue de la Diócesis de Tortosa, don Ángelo Sancho, decía de él que «era un ángel».
   Evocando recuerdos de sus tiempos de estudiante de Filosofía, escribía Don Manuel desde Roma en 1891 a una religiosa del convento de San Juan de Tortosa: «Roma 12 de abril, fiesta del Buen Pastor.- Mi pobrecita Dominga: He sabido por una palomita que aun vives. Hoy, pues, fiesta del Buen Pastor, va una bendición para la ovejita de San Juan. Ya he pedido hoy al verdadero Buen Pastor que se cuide de ella, y que desde allí, del Tabernáculo, hoy, día de tantos recuerdos para mí, le envíe a mi Dominga una miradita de piedad y me la cure de sus malicos, y la conserve para amar, y sufrir y hacerle compañía, y pueda yo encontrarla sana, salva y santa. Esto le he dicho desde aquí, ya que no he podido, este año visitar a mi Corazón de Jesús de San Juan, al cual hacía 39 años que visitaba, sin faltar ni uno, excepto el que estudié en Valencia. Y allí, a los 16 años, empecé a saberle decir cosas; y allí hubo años que en esta novena tuve muchas amarguras y... ¡¡¡cuántos recuerdos del Buen Pastor!!! Y este año he tenido que, pasarlo aquí, solitario, orando Y esperando y padeciendo y alegrándome algún ratito, aunque pocos...»
   Junto con el amor al Corazón de Jesús, comenzó a profesar Don Manuel, desde su juventud, una tiernísima y filial devoción a la Virgen Santísima. Poseemos un documento autógrafo suyo en latín, bien demostrativo de ello. En un trocito de papel, el año 1855, estudiando el primer curso de Teología, escribió a la Virgen este ingenuo y sentido Mensaje en favor de sí propio y de sus padres y hermanos:
   «A María.- Amadísima Madre: Yo, Manuel Domingo, lleno de confianza en tu protección y amor maternal para con los hombres, trayéndote a la memoria tu amor a la Eucaristía y a la Trinidad Santísima, e invocando los misterios y prerrogativas de tu Concepción Inmaculada, tu Natividad, tu Maternidad divina, tu Virginal Pureza, tus Dolores, tu Muerte, tu Asunción, tu dulcísimo Nombre de María, y el de Jesús, tu Hijo; a los Santos José, Joaquín y Ana, a los Ángeles y Santos del cielo y justos de la tierra, humildemente expongo, te suplico, y, por lo anteriormente dicho, con todas mis fuerzas te conjuro para que a mí y a los infrascritos, a los cuales pongo al amparo de tu protección (bajo los títulos de la Purísima y del Carmelo), nos ayudes, nos protejas en todas nuestras necesidades, y en especial a la hora de nuestra muerte nos salves y conserves; de suerte que, si así no lo hicieres, tendré derecho a quejarme de Ti, y dar por borrada de la historia aquella celebérrima sentencia de que ninguno de cuantos se han puesto bajo tu amparo e invocado tu ayuda haya sido jamás abandonado. Y esta demanda la repetiré todos los años el día 16 de julio y en las festividades de la Asunción, de la Madre del Amor Hermoso, etc., etc. -Tortosa, 16 de julio de 1855. Manuel Domingo.- Jesús, María y José»12.
   Debajo de este mensaje, dentro de un corazón, cuyo vértice arrancaba de su propio nombre, escribió los de sus padres y hermanos. Al final del curioso documento, como prueba de devota constancia, fue señalando los años en que cumplió su propósito, de repetir la fórmula. El último de que consta es el de 1885.
   De la Virgen del Carmen, en cuya fecha redactó este espiritual desafío a la Virgen, fue Don Manuel devotísimo de por vida. «¡Cómo habéis pasado el día del Carmen- -escribía a unas hijas.
espirituales que se hallaban veraneando.- ¡Cuántos recuerdos tengo del día del Carmen en mi corazón!. .. El año 54 tomé el hábito. En otros dos años tuve los dos más grandes disgustos que
he sufrido. En cambio, en otros he tenido consuelos. Dádmelos vosotras también, siendo muy buenas y amándome mucho al Corazón de Jesús y a su divina Madre ... »
   Durante el mes de mayo, el piadoso seminarista multiplicaba las demostraciones de su amoroso entusiasmo hacia su Madre del Cielo.
   A los dieciocho años de edad, el 1.º de mayo de 1854, comenzó la devota costumbre de escribir al principiar el mes de María una lista de obsequios espirituales que cada día del mismo había de ofrecerle. Se han conservado algunas de ellas. Las titula: «Guirnalda de flores, reunida por mí, Manuel Domingo, grandísimo pecador, para ofrecer a la Virgen María en la hora de mi muerte». Al lado de cada obsequio iba poniendo luego una cruz como señal de haberlo practicado. He aquí algunos: «Mandar decir una Misa por el alma del Purgatorio que fue más devota de María»; .«al vestirse y desnudarse, pedir la bendición de la Virgen y rezar de rodillas un Miserere»; «hacer un favor a quien nos ha ofendido y leer un libro piadoso, privándome del recreo»; «rezar una parte del Rosario, privándome del recreo, y rezar siete Ave-marías con los brazos en cruz»; «rezar tres De profundis, con las. manos bajo las rodillas, por el alma del Purgatorio que fue más, devota de María, y siete Padrenuestros a San José para que nos alcance de María la gracia de que nos visite en la hora de la. muerte»; «tres actos de, contrición, besando cada vez el crucifijo»;. «ayunar»; «dar limosnas»; «un Miserere con los brazos en cruz»:. «dejarse un plato o parte de él»; «rogar por la fe católica»; «por la prosperidad de las misiones»; «por la unión de los príncipes cristianos para ayudar a la Santa Sede»; «hacer tres cruces con la. lengua en la tierra», etc. «El 15 de junio, ofrecimiento de la guirnalda para la hora de la muerte». Continuó esta práctica mariana aun siendo ya sacerdote, escogiendo desde entonces como fecha para hacer el ofrecimiento, la del 2 de junio, aniversario de su ordenación.
   La índole de los obsequios pone bien de manifiesto cuán despierta y ejercitada estaba ya su alma en el cultivo de la vida espiritual.
   Tomábase la molestia de sacar él mismo copias de estas listas. para repartirlas entre sus compañeros y estimularlos a que practicasen idénticos obsequios a la Santísima Virgen. Aparte estas. ocasiones extraordinarias, en todo tiempo era fervoroso propagador entre ellos de la devoción a la Virgen. Tenía ya alma y obras de apóstol. El Prior de la Casa de la Misericordia de Barcelona, don Bernardo Vergés, escribía a raíz de la muerte de Don Manuel: «El Apóstol Santiago dice que se consiguen otras tantas coronas, cuantas son las almas que se ganan para el cielo. ¿Cuántas coronas habrá conseguido nuestro amado Dr. Don Manuel Domingo y Sol? Se alaban las obras de celo que emprendió, siendo sacerdote, pero yo quiero recordar lo que hacía a los quince, años de edad, estando de interno en el Colegio de San Matías. En aquella época ya llamaba la atención por su piedad, y repartía estampas, libritos y oraciones impresas y se valía de esas industrias para fomentar la devoción a la Madre de Dios. Yo era entonces también colegial, y tenla unos cinco años menos que él, y aun recuerdo que me preguntaba con frecuencia si era devoto de la Santísima Virgen. «Mira-me decía-que ser devoto de la Santísima Virgen es medio seguro para ir al cielo». Y para que no me olvidara del encargo de amarla mucho, me regalaba con muy hermosas estampitas. . ¡Oh, y como se grabaron estas palabras en mi memoria! La devoción a María es una señal de predestinación; medio seguro para ir al cielo. No lo he olvidado nunca, y muchas, muchísimas veces, lo he predicado; y, ¡cosa rara!, casi siempre, al hablar de tan piadosa materia, acudía a mi memoria el recuerdo del Dr. Sol». El propio Don Manuel corrobora la verdad de estas palabras, revelando discretamente, atribuyéndolo a otro, su afán de santo proselitismo, y confesando los fervores de su juvenil devoción a la Virgen en estas frases por él dirigidas a sus colegiales de Tortosa: «Si no podéis prometer a la Virgen grandes cosas, prometedle una: que propagaréis su culto. ¡Oh, hijos míos! Hace muy pocos, anos, era, ayer, yo me encontraba como vosotros. Anhelábamos. la venida del «Mes de Mayo» en el Seminario, que en mi época fue cuando se introdujo; y todos los días, y cada año con más fervor, se repetía... Entonces yo experimenté lo que vale la devoción a la Virgen Santísima. Algunos de mis compañeros introducían algunas prácticas de devoción, entre otras el ayuno del Sábado, y conseguíanse grandes resultados en la mejora de otros compañeros.»
   No podía faltar en Su vida de piadoso seminarista el que fue después rasgo principalísimo del espíritu sacerdotal de Don, Manuel: su amor a la Eucaristía. A juzgar por lo que reza una nota en latín sobre sus «Communiones anni ... » se infiere que comulgaba dos veces por semana, escogiendo para ello con preferencia las festividades del Señor, las de la Virgen y de los Santos de su predilección, aparte las fechas extraordinarias, como los días en que se preparaba para los exámenes o daba gracias por el feliz éxito de ellos, etc.
   El ambiente espiritual y moral de 4os Seminarios, muy deficiente a la sazón y muy anémico, debido en gran parte a las con mociones políticas, hace resaltar con caracteres de mayor encomio y de más subido valor la vida de fervorosa piedad de Don Manuel. «No es posible comprender -decía éste más tarde a los Operarios- cómo estaba la formación de los jóvenes en mi época, y algo anterior, y bastante posteriormente, en estudios, en piedad, en disciplina y vigilancia y pruebas de vocación». Y a los ordenandos de su Colegio de Tortosa, en una plática: «Formación de espíritu. Cuán de lamentar es que, en ciertos Seminarios no se piense en esto... Aquí mismo ha habido épocas en que una plática, y nada más. Ni se sabía qué era el Kempis. Los ejercicios para órdenes eran un juguete; los anuales no se establecieron hasta Vilamitjana». Efectivamente: en octubre de 1863, este celosísimo Prelado, desde el Boletín Eclesiástico, recomendaba a su clero: «que no mirasen con desdén la santa práctica de los Ejercicios anuales a los seminaristas y las diligencias más exquisitas que se emplean a fin de preservarlos en todos, los tiempos de los peligros del siglo y formarlos en la virtud desde los primeros años».
   El instrumento de que se valió el Señor para ir moldeando en el troquel de la virtud el alma de Don Manuel, fue un religioso exclaustrado de alto espíritu. De él hace mención Don Manuel en carta a una religiosa: «Yo también sufrí de escrúpulos -le dice- cuando estaba en el Seminario con mosén Cinto Dolz. Teníamos los dos por confesor al Padre Antonio Sena, Cartujo; y ambos entreteníamos tanto al pobre y paciente Padre, que mientras el uno se confesaba, el otro le hacía la horchata»...13
   Sobre su espíritu de aplicación y laboriosidad declaró más de una vez con santa ingenuidad el mismo Don Manuel a sus colegiales de Tortosa, exhortándolos a ella: «Os digo, en verdad, que desde tercero de Filosofía no sé lo que es sobrar tiempo»; «no se lo que es no tener nada en que ocuparse».
   El 26 de marzo de 1852, recibió Don Manuel la Prima Clerical Tonsura de manos de su Obispo, el doctor don Damián Gordo y Sáez, en la capilla del palacio episcopal de Tortosa; y en la del suyo de Tarragona, el Prelado de aquella archidiócesis doctor don José Domingo Costa y Borrás, le ordenó de Menores y Subdiácono el 18 y 19 de diciembre de 1857. El 24 de septiembre de 1859 el Obispo de Vich, doctor don Juan José Castañer y Ribas, le confirió el sagrado orden del Diaconado en la iglesia de Nuestra Señora de la Piedad de aquella ciudad.
Del fervor con que practicó los Ejercicios Espirituales para disponerse a recibirlo, podemos formarnos alguna idea por los apuntes que escribió, trazándose a sí propio normas para hacerlos fructuosamente.
   «Por los claustros14 -dice- no esforzar la voz». En los actos de comunidad ni fuera de ellos, no hacer gestos, ni proferir palabras inoportunas, sino guardar una gravedad completa en todas las cosas». «Cada hora del reloj, hacer la Comunión espiritual y hacer examen de haber guardado silencio en toda la hora»...
   Mortificaciones: «No levantar la vista, ni hablar sin necesidad. Privarme de toda bebida que no sea necesaria». «Tener presente siempre y recitar el «Age quod agis». «Al fin de los Ejercicios, ofrecerlos a los pies de Jesús, poniendo a María de la Merced por intercesora».
   Próxima ya su ordenación sacerdotal, he aquí sus humildes disposiciones de espíritu respecto de ella, reflejadas en carta que por entonces escribiera a un tío suyo:
   «Yo, querido tío, continúo en ésta, cursando el 7.º de Teología y disponiéndome para el Presbiterado. Pienso pedir Ordenes para las próximas Temporas. No sé si me hallo con fuerzas y luces suficientes para ascender al último escalón del Santuario, pero la pureza de intención es lo único que parece animarme a tan grande empresa». Afortunadamente la pureza de intención iba en él acompañada de la pureza de vida. Años adelante, oyendo a una persona piadosa lamentarse de los muchos pecados por ella cometidos en su vida pasada, declaróle confidencialmente Don Manuel: «Yo, no los he hecho en mi vida pasada. Mas me duelen los de la presente».
   Como si hubiera querido prepararse para el sacerdocio con un acto especial de devoción mariana, el 30 de marzo de 1860, habiendo ya tiempo atrás recibido la investidura del santo hábito de la Virgen de los Dolores de la Venerable Congregación de la misma en Tortosa, profesó, en ella, «como siervo e hijo legítimo de la Adolorida Madre».
   Buena prueba son también de su intensa y activa vida espiritual y de la excelente y edificante preparación para el sacerdocio, lo s siguientes «Propósitos de los Ejercicios» que practicó antes de recibirlo:
   «J. M. J. - Dios te ve, - Dios te mira, - Dios te ha de juzgar».
   «Siendo tan alta, tan sublime, la dignidad del sacerdote, resuelvo no rebajarla, ni en visitas inútiles, ni en paseos públicos, ni en conversaciones particulares, ni dando demasiada franqueza a los inferiores: sino modestia, silencio y palabras oportunas, aun con la familia.

*

   Conozco que para mantener el espíritu eclesiástico, esto es, la modestia, la inclinación y prontitud a desempeñar nuestro ministerio, es necesario estar desprendido de todo, y por tanto resuelvo: 1.º no comer ni beber sino por necesidad; 2.º no disfrutar en vestidos, muebles, fiestas, etc; 3.º no trabajar para que nos estimen.
   Conociendo lo desprendido que debe estar el sacerdote de todas las cosas, y lo feo que resulta el ser interesado, además de no tener apego a muebles y vestidos, procuraré, con anuencia de mi Director, en las festividades principales quedarme sin nada.

*

   He conocido cuánto vale el buen ejemplo, y así, además de la presencia de Dios habitual de Dios en todas las cosas, y del cuidado en las palabras y conversaciones, en el andar, comer y reír, procuraré tener presencia de Dios actual mientras esté en la iglesia y especialmente en las funciones religiosas.

*

   Conozco que me es necesario el prepararme y dar gracias después de la Misa, y para ello procuraré por nada omitirlo y si no puedo inmediatamente, procuraré prevenirlo, o arreglarlo después, y pedirme cuenta en la oración del cuidado que haya puesto en ella.

*
   Conozco que es necesaria mucha pureza de intención, para que así sacrifiquemos con gusto la vida; y así, antes de empezar alguna obra, en especial el trabajo de la predicación, me pondré en la presencia de Dios y se lo ofreceré todo, rogando a María Santísima.

*

   Conozco cuán fácil es, atendida la índole de nuestro corazón, el faltar a la fidelidad que debemos a Dios, y, por lo tanto, procuraré ir con mucho cuidado en evitar las causas que nos disipan, rompiendo con todo, aunque en ello aparezca la gloria de Dios; y procuraré, además, en todas las ocasiones dudosas de peligro,, pedir la anuencia del Director.

*

   Conozco el temor continuo con que debo estar de no tener la ciencia suficiente, y por lo tanto, procuraré rogar todos los días a Dios me dé las luces necesarias, procurando estudiar con constancia y método y que mis conversaciones sean de cosas útiles, preguntando lo que más me convenga en todo».

*

   Por aquellos mismo días, entre los obsequios diarios de la Guirnalda del mes de mayo de aquel año, apuntaba Don Manuel los, de «llevar encima la imagen de María y apretarla a menudo contra el pecho diciendo: «Yo os entrego para siempre, Virgen Santa, mi corazón»; «ser puntual en la oración»; «recogimiento de los sentidos»; «mortificación interior»; «mortificación de la vista»; «comuniones espirituales»; «lectura de libros piadosos»; «llevar un rato el instrumento de mortificación (el cilicio)»; «estar algunos ratos sin recostarme en la silla», y otros por el estilo, que revelan el ejercicio habitual de una vida práctica y sólidamente interior. Su preocupación por la salvación de las almas se trasparenta en otros obsequios, hechos en favor de los infieles, de las almas del Purgatorio y de los pecadores. Del celo que mostró en la enseñanza del Catecismo a los niños durante los últimos años de su carrera, diremos más adelante.
   Con tan excelente preparación y tan copioso caudal de virtudes, recibió Don Manuel el Presbiterado el 2,de junio de 1860, en la iglesia del Jesús, extramuros de Tortosa, de manos de su Prelado el Ilustrísimo y Reverendísimo doctor don Miguel José Pratmans. El día 9 de aquel mismo mes tuvo la inefable y ansiada dicha de consagrar y elevar en sus manos, en la iglesia de San Blas., próxima a su casa, el Cuerpo del Señor en su primera Misa, que celebró con toda pompa y esplendor, conforme deseó siempre después y procuró que hicieran todos los noveles sacerdotes. Para asociar a los pobres a su fiesta, distribuyó entre ellos abundantes limosnas. Predicóle en tan fausta ocasión su gran amigo, Lectoral entonces de la Catedral de Tortosa y más tarde egregio Cardenal de la Santa Iglesia, don Benito Sanz y Forés. Pero la nota de más relieve del solemne acto, la constituyó el edificante espectáculo que a todos ofreció -y que algunos de los allí presentes recuerdan todavía con viva emoción- con su juvenil y extraordinaria hermosura, su interesante figura, su angelical modestia y su gravedad en el altar, el misacantano. ¡Pareció a todos la primera Misa de un sacerdote Santo!...

CAPÍTULO III



Indiferencia santa.- Primicias del celo sacerdotal: La Catequesis. Misionero Diocesano.

(1860-1861)



   Cosa es en verdad algo extraña el que Don Manuel, dotado de un espíritu tan despierto y hervoroso, llegara al sacerdocio sin haberse formado un ideal concreto en punto a preferir estos o aquellos ministerios en su futura vida sacerdotal. Así aconteció, sin embargo. No acariciaba propósito ni aspiración alguna determinada. En un apunte autobiográfico, él mismo lo declara y se maravilla de ello: «Mi ordenación. Inexplicable indiferencia para todo cargo o empleo. Dejarme a las eventualidades de la Providencia. Repulsión a todo beneficio colativo. Inclinación a compañerismo. Afecto a la dignidad sacerdotal.»
   Con ser tan breves estas líneas, encierran ya en embrión los, que habían de ser rasgos característicos de su futuro, amplio, variadísimo apostolado. Santo sacerdote deseaba él ser; y nada más que sacerdote, dentro de la jerarquía eclesiástica. En esta misma vaguedad de sus deseos, en la tendencia a la libertad de movimientos, rehuyendo cargos y beneficios que se la limitasen, en la propensión a aunar sus esfuerzos con los de otros, está sin duda el germen de la vocación que ya instintivamente presentía, dado su carácter vehemente, activo y santamente ambicioso, dentro del campo del apostolado sacerdotal. Quería no atarse a nada, para poder acometerlo todo. Pretendía ser una especie de «guerrillero espiritual», para despertar su celo multiforme en toda suerte de empresas por la gloria de Dios y bien de las almas. En una de sus pláticas a los Operarios, historiando el interior proceso evolutivo de su propio espíritu sacerdotal, al interpretar el de sus hijos, se expresa de esta manera: «El Señor, en su misericordia, quiso llamarnos para sacerdotes suyos. En este estado queríamos servirle. Como, gracias a Dios, no teníamos aún, antes de nuestra ordenación, ninguna mira humana, ni aun de esas que son lícitas, nos preocupaba menos lo que en otros podía constituir un pensamiento fijo de destino u ocupación determinada. Le servíamos en nuestras obras espontáneas de celo. Mas a pesar de nuestra indiferencia y sinceridad de corazón, ni nos dejaban satisfechos nuestros voluntarios ministerios, ni nos llenaban bastante los que se presentaban a nuestra vista que pudieran sernos prescritos por la obediencia a nuestro Prelado. En el fondo de nuestra alma despertaban mayores aspiraciones, y una ambición santa parecía querernos lanzar al mismo tiempo a todos los campos. Al pensar en las necesidades de algunas parroquias y en la indolencia de algunos párrocos, nuestro corazón se excitaba al deseo del cultivo de aquellas almas necesitadas, no sin dejar de intimidarnos las ingratitudes y peligros que lleva consigo este paternal ministerio (milicia sedentaria). Y nos venían al pensamiento aquellos pobrecitos infieles...
   Entre los campos que nos rodeaban veíamos la conveniencia de un asiduo confesonario para el fomento de la piedad, mediante una asidua dirección; pero en esta ocupación, muy agradable a Dios, si va acompañada de la gravedad y pureza de intención que requiere, y se está a la mira de los peligros que ofrece,.no bastaba para henchir las velas de nuestros deseos. Y nos compadecíamos de los pobrecitos jóvenes, lanzados a todos los peligros de la edad de las ilusiones, almas tan amadas de Jesús, y sin embargo, tan poco atendidas; y con todo, no podíamos disponer en favor de e os más que del medio de una acción individual, impotente para precaverlos y formarlos en la piedad; y hubiéramos querido tener en nuestra mano medios para atender a todo, y aunar los esfuerzos piadosos de todos los que pensábamos del mismo modo y unirnos y ayudarnos para establecer asociaciones, librándolas así del peligro de la instabilidad. Tal era nuestro instinto santo. Y tal vez, tal vez, al calor, de estos piadosos deseos brotó en nuestra mente la idea de algún Instituto religioso en donde pudieran verse colmadas aquellas aspiraciones...; pero, con todo, la incertidumbre de nuestro llamamiento, la vista de nuestra poquedad, o tal vez de nuestra cobardía, la situación de la familia... Y así hubiéramos pasado los días y los años, sin norte fijo, en la vaguedad de nuestros deseos ... »
   En las alternativas e incertidumbres de los albores de su sacerdocio, optó Don Manuel por entregarse a «las eventualidades de la Providencia», como él dice. Y, pues eran tan puras, tan desinteresadas y tan generosas sus miras, Dios le fue conduciendo con su mano de campo en campo, a través de los que Don Manuel confiesa que atraían su corazón, y fuélos cultivando, uno en pos de otro, hasta llegar a encontrar, con la fundación de la Hermandad, tal como él la concibió desde el principio, el instrumento para trabajar en todos a la vez, según más adelante veremos.

***

La primera obra de celo en que se ejercitó, y por virtud de la cual nació en él una santa afición a fomentar otras muchas, fue la enseñanza del catecismo, que le puso en providencial contacto con el alma de los niños y de los jóvenes, y le fue ocasión de erigirse en Director de espíritus.
   Ya sacerdote, continuó dedicado a los estudios académicos. Como alumno externo del Seminario, matriculóse en Derecho Canónico en el curso de 1861 a 1862. El único cargo ministerial que se le confió fue el de ir a decir Misa los domingos y días festivos a la capilla rural del Carmen, sita en el término de Tortosa y distante hora y media de la ciudad.
   Aparte de esta incumbencia y la asistencia a las clases del Seminario, se consagró por este tiempo con redoblada solicitud a sus antiguos fervores de catequista. El canónigo don Salvador López cuenta a este propósito: «Desde mi juventud, más bien dicho, desde mi pubertad, conocí al Doctor Sol, antes de ser ordenado de Presbítero. Como preparación al alto ministerio sacerdotal ya se ocupaba entonces enseñando en la iglesia de San Antonio el Catecismo bajo la dirección de don Benito Sanz y Forés.» Efectivamente, el 13 de abril de 1858, el obispo de Tortosa, don Gil Esteve Tomás, instituyó la «Asociación de la Doctrina Cristiana», a la cual quedaban adscritos todos los sacerdotes, y los seminaristas desde la Prima Clerical Tonsura. El Prelado mismo era Presidente de la Junta Central.
   Fue el alma de la Asociación, y especialmente encargado de preparar el acto de la primera Comunión de los niños, el entonces joven Lectoral del Cabildo de Tortosa, y ya celebérrimo e infatigable apóstol de la vida de piedad en la capital de la diócesis, don Benito Sanz y Forés, universalmente querido y venerado, y ávida e insaciablemente escuchado como orador sagrado por los fieles todos de Tortosa, y en interminables y amenísimas charlas particulares por sus amigos, entre los cuales, en primera línea, figuraba ya Don Manuel, discípulo suyo en las aulas del Seminario y asiduo acompañante de él en sus cotidianos paseos. ¡Cómo acertaron a comprenderse y compenetrarse y quererse desde aquellos días y de por vida aquellas dos almas selectas, que eran almas gemelas! En unos apuntes necrológicos sobre el Cardenal Sanz y Forés, dice Don Manuel, hablando de la fructífera labor catequística del ilustre prebendado tortosino: -«1858. Establecimiento de la Catequística bajo su dirección. Se atribuye al mismo la redacción del Reglamento de la Obra del Catecismo. En dicha Catequística de Tortosa amaestró a todos sus discípulos, ocupándolos los domingos y jueves, y durante la Cuaresma, y distribuyéndolos en varias iglesias de la ciudad. Dio grandísimos resultados en bien de la juventud, y sobre todo en, la juventud femenil, de cuyo plantel brotaron luego muchas vocaciones religiosas. Todas ellas reconocieron su origen en la asistencia a las pláticas que les dirigiera don Benito, reuniendo todas las Secciones con frecuencia.»
   Una de las religiosas, cuya vocación brotó al doble calor de las instrucciones del señor Sanz y Forés y de los cuidados y desvelos de Don Manuel, se expresa así, hablando del uno y del otro: «En la Doctrina nos hacían renovar las promesas del Santo Bautismo, haciéndolo desde el púlpito, todo a lo vivo, y nosotros respondiendo a gritos; y nos dieron por Padrino a San Luis Gonzaga. Se me grabó tanto, que desde entonces le he considerado como a tal. Cuando me presenté por vez primera al Catecismo de San Blas, tenía sobre once o doce años. Se fijó Don Manuel en mí y me dio una estampita. Viendo las otras que me la daba le dijeron: «¡Mosén Manuel, ésta no viene!»; y contestó con aquella amabilidad que me robó el corazón para dárselo a Dios: «¡Ya vendrá, ya!» Continuó todos los días dándomelas, y cuando ya me tenía segura, entonces me pedía lo que yo tenía para dárselo a las otras. Me tomó tanto por su cuenta, que siempre me tenía empleada. Nos hacía practicar el coro de la Virgen de la Soledad, una hora cada una, hasta que cerraban la Catedral, y yo había de repartir las papeletas. El día de la Virgen del Carmen me daba dinero para pagar los escapularios a las niñas de la Doctrina, a fin de que se hicieran cofrades. En la Doctrina, a las más grandecitas, que ya la sabíamos, nos daba lecciones de Moral y nos hacía aprender de memoria los efectos que causan en el alma el pecado original y los demás pecados, exigiéndonos explicación de todo. Algunas veces hacía venir al señor Obispo para que nos escuchase. Nos obligaba a hacer la Corte del amor Hermoso. Me hacía llevar dos listas de los «Niños de la infancia»; y los domingos recoger las amiguitas para ir al Hospital a visitar unas enfermitas de que él se había hecho amigo, y nos decía que les leyéramos y les hiciésemos algún regalito. El día de su primera Misa, su íntimo amigo mosén Cinto Dolz, que también era de la Doctrina, me hizo que fuera a darle la enhorabuena con mis, amiguitas y nos dio un, cucurucho de dulces a cada una. Digo esto para que vea las atenciones que tenía con sus niñas y niños.»
   Tan a pechos tomaba y tan por lo serio Don Manuel la práctica de la enseñanza del Catecismo, que entre sus papeles forman verdadero montón los dedicados a preparar las explicaciones de cada día, y no en simple apunte, sino por extenso y minuciosamente. Escribía hasta las advertencias que por razones particulares quería hacer a sus catecúmenas.
   Bien se echa de ver el celo que desplegó en esta obra a través de las palabras, matizadas de prematuras desilusiones y desencantos, con que se despedía de sus niñas, al verse obligado a dejarlas, por haber sido nombrado Regente de la Aldea. «Ya que es -les dice- la última de las tardes en que tengo la dicha y la satisfacción de estar entre vosotras, y ya que con mucho sentimiento mío me veo precisado a separarme de vosotras por algún tiempo, es necesario que recordemos algunas de las ideas que tanto he pedido al Señor que se dignara grabar en vuestros corazones, y que, sin embargo, tan poco se han grabado en el de muchas. Digo que me separo con sentimiento, porque, de parte de la Catequística o Doctrina no he encontrado la correspondencia que me figuraba. Muchas no han correspondido al deseo que tenía de su aprovechamiento, y a los desvelos que yo he puesto, sin embargo, de mi parte, desde que hace tres años fui encargado, al salir del Colegio donde pasé mi juventud, de la Doctrina. Desde entonces ésta ha sido todo mi ídolo, todo mi afán; no porque creyese que habíais de recibir mucha instrucción; no: -porque viniendo tantas como venían al principio y de tan diferente capacidad, poca instrucción podían recibir; sino que ¡me entusiasmaba tanto la Doctrina!...; porque, si tengo que decir la verdad, la juventud es la que me ha inspirado siempre más compasión, y de aquí que aunque no fuera más que inclinaros a la piedad y a la religión, y libraros principalmente de los peligros que os rodean en los días festivos, ya me parece que se sacaba bastante fruto. Y ¡cuántas cosas he tenido que sufrir para sostener esta Doctrina! ¡Cuántas veces, si yo hubiera aflojado, ya se hubiera perdido quizás! ¡Cuántos contratiempos y cruces he tenido que soportar, que yo solo me sé! Y sin embargo de ello ¡cuántos desengaños he recibido de parte de algunas! ¡Cuántas resistencias a la gracia! Cuando yo me pongo a leer la lista de las de alguna edad, y que concurrían al principio, y con mucho fervor, y que después se han vuelto quizás peores que las del mundo, y considero el sacrificio que yo he tenido que hacer quizás por ellas, me entristezco, y parece que desmayo del todo.
   Sin embargo, y a pesar de ello, me ocuparé siempre y todos los días de mi vida en esta obra de ser amigo y padre de la juventud, confiado en que entre todas no dejará de haber algunas que correspondan a las inspiraciones de la gracia. Yo, entretanto, a las que han abandonado el camino de la virtud no dejaré de recordarlas, todos los días en la presencia de Dios en la Santa Misa, y muy particularmente a las que por la gracia de Dios han correspondido siempre mejor...» Y sigue una larga serie de consejos y avisos sobre el espíritu del mundo, tan atinados, discretos, mesurados, oportunos y llenos del espíritu del Dios, qué más que de un todavía imberbe sacerdote, parecen de un gran varón, ya encanecido en el apostolado. Y ¡qué preciosas confesiones las que hace! ¡La Catequística, su ídolo, porque la juventud era el objeto preferente de su compasión! A pesar de todo, esto es, no obstante las dificultades y los desengaños, él será «siempre y todos los días de su vida amigo y padre de la juventud...» Su misión futura está revelada en estas encantadoras palabras. La presentía. Su corazón le hacía profeta. Y, ¡vaya si cumplió a maravilla y con creces su promesa! Iba mostrándole ya Dios sus caminos.
   La labor catequística, sobre haber sido para Don Manuel provechoso campo de experimentación y de entrenamiento en el conocimiento de los espíritus, dejó depositada en las almas de sus niñas una semilla, sin él pretenderlo ni sospecharlo, incubadora de futuras vocaciones claustrales. Allí brotaron los primeros gérmenes del fecundo apostolado de Don Manuel como Director espiritual. Muchos años después, escribiendo a una de sus antiguas dirigidas, ya religiosa, luego de habarle de los beneficios que en la Catequesis Dios, por conducto de él, le había dispensado, añade: «Pasó algún tiempo; había concluido yo mi carrera y creía siempre que el campo que el Señor me guardaba sería lejos de mi Patria, y por consiguiente, creí que no tendría ya ocasión de ejercer alguna influencia sobre tu alma. Sin embargo, la voluntad divina, no sé por qué, ha querido que trabaje aquí, y apenas había empezado a ejercer mi ministerio, Dios te condujo a mí de nuevo; y como jamás creía que hubiese podido merecer tu confianza por la franqueza que anteriormente había usado contigo, tuve que mirar aquella tu presentación tan espontánea como un nuevo encargo que el Ángel de tu guarda me hacía para que velase por ti.»

***

   Santamente impaciente por ejercitar su celo en cuantas ocasiones y ministerios se le fueran presentando, brindóse por este tiempo Don Manuel a una empresa eminentemente evangelizadora.
   A fines de 1861, el Vicario Capitular de Tortosa, don Ramón Manero, hizo un llamamiento a los sacerdotes de la diócesis que -se sintieran con vocación al ejercicio de las Misiones, para que se lo comunicasen. Se trataba de instalar en el abandonado convento del Jesús, del arrabal de Tortosa, un Colegio de Misioneros diocesanos.
   Apresuróse Don Manuel a dar su nombre, y el 22 de diciembre de aquel año, le oficiaba el mencionado Vicario Capitular, nombrándole misionero y citándole para que se presentara en la iglesia del Jesús el día 29, fecha designada para celebrar, con una solemne función religiosa, la inauguración de la «Casa de Misiones y Ejercicios» en la diócesis.
   Predicó en tan señalada- ocasión el señor Sanz y Forés, que había cooperado eficacísimamente a la realización de tan laudable iniciativa.
   En aquella significativa fecha escribió Don Manuel la siguiente fórmula de fervoroso ofrecimiento al Señor, reveladora de las generosas disposiciones de su espíritu:
   «Soberano Señor Sacramentado, amable Salvador de mi alma: Yo, Manuel Domingo y Sol, aunque pobre Sacerdote e indigno de merecer vuestras amorosas miradas por mis continuas ingratitudes, me presento, sin embargo, de nuevo a Vos en el día de hoy, y os ofrezco y pongo a vuestra disposición mi cuerpo, mi alma, mi memoria, entendimiento y voluntad, mi salud y hasta mi vida. Ya sé, divino Salvador mío, que todo esto os es debido por mil títulos diferentes, y que es muy poca cosa para lo que merece vuestra grandeza y vuestra bondad; pero Vos, Señor, que os complacéis en las ofrendas de los hijos de los hombres, aceptadlos como salidos de un corazón contrito y humillado.
   Desde hoy, Jesús mío, renuncio a todo lo que no es de vuestro gusto; desde hoy no quiero obrar sino conforme y según vuestra voluntad; desde hoy renuncio a todas las satisfacciones peligrosas con que el mundo quiera brindarme.
   Deseo, Dios mío, castigar con mis ocupaciones y fatigas y dolores las satisfacciones culpables que he dado a mis sentidos. Deseo reprimir constantemente mi espíritu y mi corazón, andando todo lo, posible en vuestra presencia, en desagravio de las satisfacciones de este mismo espíritu, y de las complacencias que ha tenido en el amor a las criaturas.
   Deseo también, amable Salvador mío, resarcir con una gran pureza de intención todos los afectos desordenados y torcidas intenciones que haya podido tener en mis acciones y en el ejercicio de mi ministerio.
   En fin, Dios mío, deseo, quiero y propongo obrar en todo y por todo para vuestra mayor honra y gloria, provecho de mis hermanos y bien de mi alma.
   Completad, Señor, la obra que habéis comenzado; asistidme, constantemente con vuestra gracia, dadme un espíritu encendido, como el de San Juan Bautista; un celo ardiente, como el de vuestro Apóstol San Pablo; unos labios puros como los del Profeta Isaías. Dadme, también, Salvador mío, la ciencia necesaria, y suficiente para el desempeño de todas mis obligaciones, a fin de que pueda convertir a mis hermanos y conducirlos por el camino de la salvación y del amor de Dios. Dadme, al mismo tiempo, Jesús mío, si es de vuestro agrado, la salud suficiente para recobrar con mis obras presentes mis negligencias pasadas y dedicarme mejor al ministerio sagrado hasta el momento que sea de vuestra voluntad, disponer de mí.
   Haced, Bien mío, que pueda cumplir estos propósitos y estos deseos y repetirlos con más fruto todos los días de mi vida, todos los años en el día de mi Santo y fiestas principales, y principalmente en la hora de la muerte tenga el placer de haberlos practicado. Y si alguna cosa hiciere, Señor, que no sea del todo de vuestro agrado, dadme un espíritu de contrición vivo y continuo, como el del profeta David, para que en la hora de mi muerte, limpio de toda mancha, no quede en mí sino lo que sea de vuestra divina aceptación.
   Y Vos, Madre mía del Carmelo y de la Concepción, yo renuevo en el día de hoy el amor de hijo para con Vos. Cumplid en mí todo lo que he prometido y propuesto a vuestro divino Hijo Jesús; asistidme en todos los momentos de mi vida; aumentad mi devoción y mi confianza en Vos; salvadme a mi familia, como os lo he pedido tantas veces; y en la hora de la muerte pueda pronunciar dulcemente los nombres de Jesús y María y pronunciándolos expirar abrasado en el amor de estos Santos Corazones.
   Jesús, José y- María, os doy el corazón y el alma mía.
   Jesús, José y María, asistidme hoy, siempre y en mi última agonía.
   ¡Viva Jesús, María y José!

Tortosa y Convento del Jesús, 29 de diciembre de 1861.

MANUEL DOMINGO Y SOL, PBRO.»

   Acompañando a don Mariano García, de veneranda e inolvidable memoria entre el clero tortosino, recorrió Don Manuel como misionero algunos pueblos de la diócesis. La cruz que llevaba sobre el pecho en las misiones, la conserva como preciada reliquia el benemérito sacerdote tortosino don Salvador Rey. Entre la numerosa colección de sermones de Don Manuel, figura una buena parte de los que escribió para predicarlos como miembro de esta celosísima asociación que tan copiosos frutos de santidad y buenas costumbres ha reportado a la diócesis de Tortosa.

CAPÍTULO IV



Regente de la Aldea. - Estudios Superiores en Valencia. - Ecónomo de la parroquia de Santiago y Catedrático del Instituto de Tortosa. - Lauros académicos

(1862-1867)



   Predestinado Don Manuel para Fundador de una Congregación de sacerdotes consagrada a formar dignos y santos ministros del altar, quiso Dios hacerle experimentar las dificultades y las amarguras propias de la vida parroquial en una ciudad, poniéndole en ocasión de desempeñar la cura de almas en Tortosa, como luego diremos; pero le quiso dar a conocer primero las especiales circunstancias que rodean al sacerdote en las parroquias rurales. El 7 de marzo de 1862 fue nombrado Regente de la Aldea, pequeño caserío, distante tres leguas de Tortosa.
   Es Patrona y da nombre a aquel humilde y reducido vecindario, Nuestra Señora de la Aldea, advocación popularísima entre los tortosinos, los cuales en sus más apurados trances de necesidades colectivas, como sequías pertinaces, epidemias, etc., recurren a Ella, trasladándola procesionalmente, con transportes de ferventísimo entusiasmo y con desusada solemnidad, a la Catedral de Tortosa, para orar ante su venerada Imagen. Jamás ha dejado de atender y despachar favorablemente la Virgen de la Aldea las súplicas de sus hijos de Tortosa, premiando así la inquebrantable fe que en Ella tienen. Gustosamente aceptó Don Manuel el destino de Regente de la Aldea, no obstante ser éste uno de los más modestos de la diócesis. Pocos años después, el «Boletín Eclesiástico» de la misma, publicaba una circular invitando a los sacerdotes para que se brindasen a servir la coadjutoría ad nutum de la Aldea. Se les estimulaba con la asignación de 2.200 a 3.000 reales, y con la promesa de preferente interés en proporcionarles celebración; tendrían casa rectoral y se les consideraría el servicio como mérito especial para los ascensos.
   No reparaba Don Manuel en categorías, tratándose del servicio de Dios y de la Iglesia; y juzgaba, como San Alfonso María de Ligorio, «que una sola alma es diócesis bastante para un obispo». Así, pues, se dispuso a trabajar, y trabajó, entre aquellos humildes payeses, con un interés tan abnegado y constante, que hubo de declarar ingenuamente muchos años después a sus alumnos del Colegio de San José de Tortosa, exhortándolos a que fuesen santos, que él lo había sido durante aquel breve período y el de su actuación como Ecónomo de Santiago, «si no con el espíritu y desahogo y el desembarazo de tal -les decía-, al menos con la conducta».
   Se encuentra entre los documentos de Don Manuel la primera plática que dirigió a sus feligreses. Por cierto, que él, que siempre predicó en castellano, y en castellano redactó sus sermones todos y su inmenso epistolario15, con un alto y laudable sentido práctico, pues hablaba a gentes rudas, muy poco versadas en el conocimiento de la hermosa lengua de Cervantes, se sirvió para comunicarse con ellas del dulce y flexible lenguaje tortosino, que nosotros traducimos al castellano para más fácil inteligencia de las palabras de Don Manuel, aún a sabienda de que las despojamos de la frescura y el encanto que tienen en el idioma vernáculo:
«Carísimos hermanos: Al dirigirme a vosotros en este día, no puedo menos que pensar en las palabras que el profeta Moisés dijo al Señor, cuando éste lo enviaba para que hablase en su nombre a Faraón y a los hijos de Israel: «Señor, ¿quién soy yo para presentarme ante ellos de vuestra parte»? Y el Señor le contestó: «Ve; Yo estaré contigo».
   »Como Moisés, podía yo también decir al Señor: «¿Quién soy yo, Señor, el más indigno de vuestros ministros, para anunciar vuestras verdades a los hijos de la partida de Nuestra Señora de la Aldea?... »
   »Grande es la carga y la responsabilidad que pesa sobre mí; grande la cuenta que tendré que rendir a Dios de mi ministerio; pero confío en la bondad y misericordia de Dios Nuestro Señor, que me dará fuerzas para poderlo desempeñar. También de vosotros espero que no habréis de ser, como los hijos de Israel, reacios y sordos a las voces amorosas que el Señor os dirija por mi conducto en este santo tiempo de cuaresma; que seréis asiduos en asistir a los divinos oficios y en venir a escuchar mis instrucciones para disponeros a hacer una buena y santa confesión, y poder de ese modo presentaros puros y limpios al Señor para recibirle en la Sagrada Comunión. ¡Madre Santísima de la Aldea, Consuelo de la ciudad de Tortosa, he aquí la sagrada promesa, que os hago en nombre de estos mis feligreses, de los que Vos sois Patrona!...»
   Extraordinarios e infatigables esfuerzos hizo Don Manuel para que todos cumpliesen con el precepto de la confesión y comunión, antial. «No descansaba ni dormía», según declaró más tarde repetidas veces a uno de sus Operarios.
   Recorrió todas las casas de sus feligreses, A los que no podía encontrar en ellas por hallarse todo el día en las faenas del campo, iba allí a visitarles y hablarles, apareciendo entre ellos como por casualidad y cautivándolos con su trato humilde, jovial y cariñoso, a fin de ganarlos a su causa, dejando deslizar oportunamente un consejo, una reprensión, un estímulo, conforme lo pidiera el caso, y la persona.
   No nos es posible precisar a qué industrias y recursos de celo, o a que actos de mortificación o de caridad se refiere Don Manuel, al escribir, en ciertos papelitos que empleaba para atraer a los más reacios, estas palabras: «Lo hago por V.; y antes de acostarme, y al levantarme por la mañana voy a pedir a la Virgen de la Aldea la bendición para V., para que le dé salud y gracia para hacer una, buena confesión en esta cuaresma, para que ya que vivimos en la tierra tan separados, podamos al menos hallarnos juntos en el cielo.»
   En sus pláticas de los días festivos decíales que, pues muchas veces pecaban por ignorancia, y no por malicia, tendrían alguna excusa y menos responsabilidad ante Dios, «pero también es cierto -añadía- que muchas veces obráis sin aconsejaros, porque no queréis ser instruidos sobre las obligaciones, que tenéis... Yo, de mi parte, carísimos hermanos, en cuanto me sea posible, cumpliré el deber que pesa sobre mi conciencia para que no os falten los conocimientos necesarios para salvaros y para caminar por la senda de la virtud. Procuraré practicar el consejo y mandato del Apóstol San Pablo: «Esfuérzate por cuidar del rebaño que el Señor ha encomendado a tu custodia, predica la divina palabra, exhórtalos a su tiempo y aún fuera de tiempo ... » También yo, carísimos hermanos, aunque indigno del título de sacerdote y ministro de mi Señor Jesucristo, haré todo lo que esté en mi mano para satisfacer a esta obligación que tengo.
   Predicaré y os instruiré lo mejor que sepa, aunque hubiese de servir de ocasión de molestia y enfado a algunos de aquellos que se asemejan a las serpientes dormidas, como dice el profeta David.
   Siempre estaré dispuesto a recibiros y escucharos con toda la caridad que el Señor me inspire, de día y de noche; y procuraré al mismo tiempo corregiros, ya en público ya en privado, deseando, asimismo, que si alguna cosa observareis vosotros en mí no del todo buena o sospechosa, me lo advirtáis, estando seguros de que no sólo no he de enfadarme, sino que os lo agradeceré en lo más íntimo de mi alma y os lo pagaré encomendándoos al Señor muy encarecidamente ... »
   En sus afanes y desvelos por ganar para Dios los corazones de aquellos pobres payeses, tropezó Don Manuel con un obstáculo insospechado: su propio sacristán, que con sus burlas y palabras de desdén era causa de que aún los interiormente dispuestos a obedecer a las invitaciones de su celoso cura, dejaran de hacerlo por vergüenza. Enterado de el lo Don Manuel, para orillar semejante inconveniente, citaba a los más dominados por el respeto humano para que acudiesen a confesar y comulgar en las primeras horas de la mañana, cuando era todavía noche cerrada, para que no se percatase el curioso y burlón sacristán.
   Otro género de amarguras, que le llegaron al alma, por tratarse de Jesús Sacramentado, hubo de soportar Don Manuel de su empecatado servidor: el lamentable abandono en que éste tenía la lámpara del Santísimo. Era cosa corriente, que Don Manuel la encontrase apagada, lo que le producía íntimas e indecibles tristezas.
   Cada semana trasladábase durante algunos días a Tortosa para atender en el confesionario a su ya entonces numerosa clientela de hijas espirituales. Cuando años después iban algunas de éstas a las solemnes fiestas que anualmente se celebran en la Aldea, acostumbraba Don Manuel hacerles este encargo: «Rogad a la Virgen por el que tantas lágrimas vertió ante su presencia en la soledad de aquella iglesia.»
   No fueron, ciertamente, lágrimas estériles.
   Los vecinos de la Aldea llegaron a prendarse y a cobrar entrañable cariño a su joven y celoso Regente. Decían de él que era un santo. De tal suerte se le aficionaron, que nunca pudieron ya olvidarle.
   En los últimos momentos de su larga vida, en las postreras horas de ella, contaba Don Manuel: «Si oigo por la calle que me llaman Pae Vicari... sin duda que se trata de algún vecino de la Aldea o del barrio de Santa Clara ... »
   Seis meses solamente estuvo encargado Don Manuel de la Regencia de la Aldea. Habiendo tomado posesión de la diócesis tortosina, el 10 de mayo de aquel año, el ilustrísimo señor don Benito Vilamitjana, gran conocedor de los hombres, discerniendo, no bien le hubo tratado, las extraordinarias cualidades de Don Manuel, quiso tenerle en la capital, y pensó en él para hacerle des   empeñar una cátedra en el Instituto local de 2.ª Enseñanza de Tortosa, fundado en septiembre de 1848 e instalado en la antigua Residencia de la Compañía de Jesús, de la Calle de Moncada, sede después y hasta hace pocos años del Seminario Conciliar. Fue, pues, relevado Don Manuel del cargo de Regente de la Aldea el 9 de septiembre, con el fin de que pudiera trasladarse a Valencia para cursar en el Seminario Central de aquella ciudad los estudios de la Licenciatura y Doctorado en la Facultad de Sagrada Teología.
   En los primeros días de junio de 1859, había recibido el grado de Bachiller en la misma en el Seminario de Tortosa.
   El 1.º de octubre de 1862 encontrábase ya Don Manuel en la capital levantina, donde pasó todo aquel curso consagrado al estudio, pero sin abandonar del todo sus empresas de apostolado, proporcionando de cuando en cuando por escrito las luces, los consejos y alientos de su dirección sus hijas espirituales de Tortosa, y dándoles, a las veces, gritos de alerta, según la expresión de una de ellas. En Valencia ejercitó su celo y caridad en favor de las Religiosas Adoratrices, que padecían en aquella sazón las luchas y tribulaciones propias de los comienzos de toda obra que lleva el sello de la gloria de Dios. Confesaba con grandísimo fruto espiritual a las jóvenes que tenían recogidas, las cuales, como muestras de su gratitud, le obsequiaron, al partirse Don Manuel de Valencia, con objetos religiosos confeccionados y bordados por ellas mismas. Tuvo la fortuna Don Manuel de conocer y tratar allí a la hoy Beata Madre Sacramento16, la cual habiéndole invitado un día a desayunar en el Colegio, como advirtiese en él alguna timidez y encogimiento, con un rasgo de maternal y alentadora confianza, le dijo: «Para que no le dé vergüenza, voy yo a tomar el chocolate con usted». ¡Fue aquél, en verdad, el desayuno de dos santos!
   Hospedóse Don Manuel, que era alumno externo del Seminario, en la casa de una piadosa señora llamada doña Agustina Ragé, con quien vivía otra hermana. Ambas se convirtieron prestamente en fervorosas admiradoras de aquel joven y edificantísimo sacerdote, a quien consideraban y trataban como a un santo, y al cual siguieron queriendo y venerando como a tal mientras vivieron. Su casa fue desde entonces y en lo sucesivo el hogar de Don Manuel en Valencia, siempre que allá iba, hasta que fundó el Colegio de San José, y después la casa de confianza de sus hijos, los Operarios, de los cuales se convirtieron en diligentísimas recaderas e incansables ayudadoras. Llamábanlas éstos entre sí con la familiar y santamente equívoca denominación de «las Agustinas». Tal concepto tenía su patrona de la extraordinaria virtud de Don Manuel, que acariciaba, como dicha singularísima, el vehementísimo anhelo y la consoladora esperanza de que la ayudara y asistiera cuando llegase la hora de su muerte. Dios le concedió la gracia de que viese cumplido este piadoso deseo. Para satisfacérselo hizo Don Manuel varios viajes desde Tortosa a Valencia, hasta que con su bendición la despidió para el cielo el 23 de abril de 1897. Dejóle doña Agustina por heredero de su modesto caudal para que lo dedicase a obras piadosas.
   Hemos querido hacer aquí mención de una de las incontables amistades de Don Manuel, como prueba de los hondos y duraderos afectos y espiritual confianza que ya entonces,, en los primeros años de su sacerdocio, despertaban sus no comunes virtudes en las almas que le trataban.
   El 6 de mayo de 1863 fuele conferido el grado de Licenciado en Sagrada Teología.
   El 1.º de junio, quince días antes de que regresara a Tortosa, recibió Don Manuel el nombramiento de Ecónomo de la harto necesitada parroquia de Santiago de su ciudad natal17. Durante los cinco meses que la regentó, desarrolló en ella el mismo ardoroso celo que en la Aldea, según testimonio de personas que entonces le conocieron y trataron. Comenzó por instruir él mismo a sus fieles y ayudarse además para ello de predicadores ilustrados y santos. Formó catequesis para los niños y las niñas, que estaban totalmente abandonados. Dióse trazas para apartar a las jóvenes de bailes y diversiones mundanas y aficionarlas a la piedad y a la frecuencia de los Sacramentos. Siempre tenía el confesonario, donde pasaba muchas horas, rodeado de penitentes, entre los que figuraban no pocos jóvenes, algunos de los cuales, cuando cesó Don Manuel en su cargo, seguían yendo a confesarse con él en San Blas. Las jóvenes iban a Santa Clara.
   No escatimaba medios- ni sacrificios para hacer el bien y apartar del mal a sus feligreses. Cierta señora, hija espiritual de Don Manuel, y feligresa de Santiago, tomó de criada a una jovencita para apartarla del gran peligro en que estaba de perderse. Comunicó a Don Manuel el caso y la llevó a confesarse con él. Don Manuel se interesó por ella y le prometió que, si se portaba bien, él le daría de su propio peculio cuanto fuese menester para que atendiera a sus necesidades. Hizo la joven en lo sucesivo una vida en extremo edificante y Don Manuel cumplió su promesa hasta que la colocó en un convento del reino de Valencia, de donde tuvo que salir por falta de salud; fue después un modelo de señoras casadas. Al culto y al ornato y limpieza del templo alcanzó también muy principalmente el celo de Don Manuel, cuyos santos y fructuosos resultados duraban aún muchos años más tarde.

***

   Desde 1.º de octubre de 1863, explicó Don Manuel, en calidad de profesor auxiliar, la asignatura de Religión y Moral del Instituto de Segunda Enseñanza de Tortosa, por iniciativa del Excelentísimo señor Obispo Vilamitjana. A propuesta del mismo, el 5 de febrero de 1864, el Rector de la Universidad de Barcelona confirió oficialmente a Don Manuel la mencionada cátedra.
   Desempeñó tan honroso cargo -y desde el 18 de junio de 1865, el de Secretario además- hasta que, al triunfar la Revolución septembrina del 68, fue suprimida en los centros de enseñanza del Estado aquella asignatura18.
   No se limitó Don Manuel al mero y exacto cumplimiento de sus obligaciones de catedrático, sino que aprovechaba la natural influencia y ascendiente que como tal ejercía sobre sus discípulos, para aficionarlos a la virtud. Uno de ellos, el señor Camps, anciano y acreditado notario de Reus, dice que al salir de clase en el mes de mayo reunía Don Manuel a sus alumnos para practicar juntos el ejercicio de las flores en la iglesia de San Antonio, frente al altar de la Concepción. Algunos de sus discípulos se confesaban con él. Acostumbraba llevarlos de paseo en su compañía a las afueras de la ciudad, donde, bajo su vigilancia, se divertían y jugaban, mientras él se entretenía leyendo. Solía enviar a alguno de los chicos a comprar dulces para obsequiarles. Al regresar, tenía mucho cuidado de que marchasen directamente a sus casas. Siempre que tenía que dar alguna queja o algún aviso, lo hacía con tal bondad, que ganaba enseguida la voluntad de todos. Los quería entrañablemente.
   «Pocos días antes de su muerte -termina diciendo el señor Camps- me encontré con él, y después de conversar larga y paternalmente conmigo, me dio una cariñosa reprimenda:
   - Parece mentira: no te acuerdas ya de mí. ¡Tanto como yo te quiero! Vienes a Tortosa y no tienes un momento para dar siquiera fe de vida. No dejo yo por eso de quererte igual, y en esta casa siempre tendrás una celda para alojarte y un cubierto en el refectorio ... »
   Con ocasión de algunas festividades religiosas hacía Don Manuel pláticas a profesores y alumnos, estimulándolos a la práctica de la piedad.
   Esta asidua y cordial comunicación con sus discípulos sirvió para que se desarrollaran en el espíritu de Don Manuel sus nativas simpatías por la juventud, y para despertar en él generosos anhelos de dedicarse al apostolado de la misma, al cual con tanto entusiasmo y en tan grande escala se hubo de consagrar más adelante.
   Así lo deja entender él mismo en esta frase de su esquema de autobiografía: «Instituto: Afecto a los chicos y. resultados».
   Fue sin duda uno de éstos el de pensar en la fundación de un Colegio donde recogerlos y educarlos, preservándolos así de los peligros de la libertad en que vivían.
   En 1865 debía de andar planeándolo, a juzgar por la carta que el 2 de noviembre le escribiera, ofreciéndole su colaboración y preguntándole condiciones y cargas, un sacerdote amigo suyo.

***

   Cultivaba, además, Don Manuel por este tiempo sus aficiones literarias y sus estudios científicos y, sobre todo, los de Teología. Demuéstralo así el que con fecha del 2 de mayo de 1866, mereció el honor de ser nombrado socio de la «Academia Bibliográfico. Mariana», de Lérida; el 24 de diciembre, previos brillantes exámenes, recibió el título de «Bachiller en Artes» por la Universidad de Barcelona; y el 26 de febrero de 1867, en la Universidad de Valencia, el de Doctor en Sagrada Teología.

CAPÍTULO V



Vida de familia. - Sus amistades

(1860-1897)



   En los primeros años de su sacerdocio hubo de experimentar en dos ocasiones el tierno y afectuoso corazón de Don Manuel las tremendas sacudidas del más hondo de todos los humanos dolores: la temprana muerte de sus padres.
   Un mes antes de cumplirse el primer aniversario de su ordenación sacerdotal, a las seis de la tarde del diez de mayo de 1861, fallecía en sus brazos, por él mismo espiritualmente asistido en tan angustioso trance, el padre de Don Manuel. Poco más de tres años después, el 5 de septiembre de 1864, a las once de la mañana, volaba al cielo el alma de su santa madre, acompañada de las litúrgicas plegarias y las desconsoladoras lágrimas de su amantísimo hijo. En lo más hondo del corazón hirieron a éste una y otra desventura: pero con más íntimo y desgarrador sentimiento la última. Era una mutua y verdadera adoración la que se profesaron siempre madre e hijo. No podía aquélla vivir sin la compañía de éste.
   Adolescente todavía, estudiante en el Seminario Menor, fue Don Manuel en breve excursión a Morella. Aquellos pocos días se le hicieron a su amorosa madre tan largos, que se quejaba después porque no le hubiese dado él noticias de su salud en la corta ausencia. «Le amaba con locura», atestigua una señora que vivía en familiares relaciones con ellos. Siempre quería traerlo a su lado.
   Cada vez que recibía carta suya desde Valencia, durante el curso que pasó allí, fuera de sí por el extremado gozo que sentía, daba en albricias una peseta al cartero, y como le dijesen alguna vez que era excesiva la paga, apresurábase ella a contestar con viva efusión que aún le parecía escasa. Don Manuel, por su parte, correspondía con igual cariño, entrañable y tierno, al de su madre.
   Cuando falleció ésta, deshecho en lágrimas, con transportes de veneración y filial afecto, « no acertaba a separarse del cadáver, repitiendo sin cesar: «¡Mareta meua! ¡Mareta meua!...» Duróle a Don Manuel este cariño toda su vida. Hablaba con frecuencia de :su madre, y jamás lo hacía sin visible emoción.
   Casadas las otras tres, continuó viviendo con su hermana María y con sus dos hermanos José y Francisco, célibes los tres, en la casa pairal de la calle del Ángel.
   Hasta después del fallecimiento del último de ellos, su hermano José, acaecido el 19 de marzo de 189419, no abandona Don Manuel el hogar paterno, si bien desde que fundó el Colegio, de San José tenía en éste habitación y su residencia oficial, y en él pasaba la mayor parte del día.
   La vida de Don Manuel en el seno de la familia fue siempre en extremo edificante. Su virtud inspiraba veneración, no ya sólo a las gentes de fuera, que le veían como quien dice de lejos y raramente, sino a sus propios familiares. No parece sino que había adoptado como lema y norma, de conducta desde los primeros años de su sacerdocio las palabras de San Pablo a Timoteo20: «Nemo adolescentiam tuam contemnat, sed exemplum esto fidelium, in verbo, in conversatione, in caritate, in fide, in castitate».
   Amaba Don Manuel tiernamente a sus hermanos y cuidaba de ellos con abnegada solicitud. La que tenía por sus difuntos padres, en forma de sufragios-pues pasma y edifica el sinnúmero de Misas que les aplicó a todo lo largo de su vida, y eso que siempre tuvo abundancia de estipendios-Ia mostraba para con sus familiares vivos en continuas oraciones en favor de ellos. ¡Cuántas veces ofreció por la salud de los mismos, por la prosperidad de sus. negocios y en ocasiones por la común concordia puesta en peligro, el Santo Sacrificio del Altar! «No quiero pedirte nada para mí-escribía en 1874 a una hija espiritual que se disponía a ingresar en el Claustro: -Olvídame del todo... Pero, en cambio, sí que te pido no olvides rogar constantemente por los individuos de mi familia, algunos de los cuales21 tal vez me sirven de espina. Cedo cuanto puedas hacer por mí para que lo hagas en favor de ellos: y te lo encargo de un modo particular.» Si alguno de los. de su casa caía enfermo, olvidábase de las fatigas que le esperaban durante el día, que no eran pocas, y consagraba las horas de la noche a la oración y al estudio, y a cuidar del enfermo sin consentir que ningún otro se molestara en ayudarle, sino que con la paciencia y amabilidad característica de los santos, lo cuidaba él solo.
   Su pariente y amigo el P. Joaquín Marro, S. J., dice: «Mi primo, Mosén Manuel era un santo. Por esto guardaba yo como reliquias, sus cartas. Conocí bastante a su madre y sus hermanos. Su casa parecía un monasterio ... »
   En todo daba ejemplo Don Manuel de moderación y de religiosidad. Su comida era siempre muy frugal, y ayunaba indefectiblemente ciertos días de la semana con sus hermanos y servidumbre; y a veces, él solo disimuladamente.
   Eran muy escasas las horas que dedicaba al sueño, durante las cuales oíasele de continuo suspirar, recitar oraciones y jaculatorias y rezos litúrgicos. Al reconvenirle sus hermanos porque no dormía, contestábales que las horas del sueño eran las que más le dolían22. Antes del alba salía ya de casa para dirigirse al convento de Santa Clara. Por ser todavía noche cerrada, y muy deficiente el alumbrado público de gas, o por estar con frecuencia -apagados ya los faroles del mismo en las primeras horas de la madrugada, solía utilizar una modesta linterna, que dejaba en el banco de piedra del porche de la iglesia del monasterio, de donde la recogía, al clarear el día, su doméstica. Allí, a sus solas, pasaba Don Manuel largas horas ante el sagrario, desahogando los fervorosos sentimientos de su corazón, hasta que empezaban a ir llegando penitentes.
Terminadas las obligaciones anejas al cargo de Vicario de las Clarisas, marchaba cumplir sus otros deberes ministeriales, o entregábase de lleno al estudio, o a obras supererogatorias de celo, o al ejercicio de la caridad.
   Era visitadísima la casa por toda clase de indigentes y menesterosos. Recordando la condición limosnera de su madre, al observar la de Don Manuel, decíanle sus hermanos que tenía bien a quien parecerse. Habla dado orden a sus criados de que a ninguno de los que acudían a demandar socorro despidieran o trataran con aspereza, por más, importunos que se mostraran, pues «la pobreza-les decía-merece siempre todos los respetos y atenciones.»
   Aparte de estas limosnas públicas, hacía otras muchas en secreto, para las cuales sólo en casos extremos, en que no podía valerse de sí mismo, echaba mano de otros auxiliares, ministros de sus inagotables caridades para con los pobres vergonzantes, viudas desamparadas, madres de gemelos, etc., etc... A estas últimas acostumbraba pagarles los gastos de la nodriza de uno de sus hijos. Pobres había a los que tenía señalada una determinada pensión. Con frecuencia daba el encargo a su doméstica de llevar tazas de sabroso caldo y otras golosinas y regalos a enfermos necesitados.
   Sus hermanos, enamorados de su persona y santamente encantados de sus virtudes, eran a la vez sus admiradores y generosos e incansables proveedores de sus pobres.
   Era el más joven de ellos; pero de tal manera se portaba con todos, que más parecía un padre que un hermano. En la mesa servía a todos y a todos complacía y hacía amena y agradable la conversación. No se sentaban a la mesa, por tarde que fuese, hasta que él llegaba para bendecirla y presidirles. Lo amaban y respetaban, y siempre fue en aumento la veneración que sentían hacia él. Y no sólo los que vivían en su compañía, sino también sus hermanas casadas y los maridos e hijos de éstas.
   Por lo regular, al regresar a casa por la noche, encontraba en ella Don Manuel, esperándole, a gran número de personas que acudían a él con consultas y peticiones.
   Antes de ponerse a cenar había de satisfacer a todos; y sus hermanos soportaban la espera, en ocasiones demasiado larga, con mayor paciencia que el hermano de San Francisco de Sales.
   Y ¡de cuántas maneras tenían que soportarle cariñosa y santamente por sus pobres!... «Sucedió una vez -cuenta una de las que sirvieron como criadas en la casa- que tuve que ir en busca de Don Manuel para darle un recado de parte de su hermana. Eran ya las nueve de la mañana, cuando al entrar en Santa Clara, me dirigí al confesionario, donde le encontré abrazando a un ancianito, al cual con fuerte voz consolaba. Lloraba el ancianito a más poder, y Mosén Sol, con aquel corazón de buena madre, le estaba acariciando, apretándole contra su pecho. Yo, al ver que le tenía tan sobre él y que el ancianito tenía nevada la cabeza y con bastante cabello, tuve una sospecha, y no me equivoqué. Efectivamente, cuando el domingo por la mañana recogí las mudas, vi en la de Mosén Sol un quinto23, que sin exagerar, era como un grá de ordi24. Se lo dije a su hermana y le dio a ella por ver si había más, y al abrir la camisa por el cuello, vimos muchísimos más de todas clases. ¡Ay, su hermana, qué disgustada! Empezó por decir: ¿Qué dirán les bugaderes-25. En esto, se presentó Mosén Manuel, y su hermana se desahogó: Ya te dic yo, mossenye, cuánta gent mos has portat!26. -No te enfades, María -le contestó su hermano-, son viejecitos que vienen a confesarse y ¡son de aquelles costes!... ¡Guay, pero no te-ls arrimes tant!...27, le replicó ella. Tengo todavía presente aquella cara de bondad, al par que de compasión, de Don Manuel para con los pobrecitos. ¡Cuántas veces! oí que decían sus hermanas!: ¡Mossenye algún dia mos vindrá sense manteu; que-l aurá donat als pobres!»28.
   Y no lo temían sin razón. Mientras vivió su madre, tuvo Don Manuel en ella la providencia para todo, viajes, limosnas, etc.; pero a su muerte quedóse sin tesoro. Su hermana María díjole un día: «Hermano, hazte ropa, que vas muy mal», y él ingenuamente contestó: «No tengo dinero». No se necesitó nada más para que la hermana entendiese y pusiera el oportuno remedio para lo sucesivo. Hizo llamar al sastre para que se la hiciese, y desde aquel punto anduvo siempre mirando si iba bien. Pero iba siendo tanta la frecuencia con que tenía que volver a vestirlo, que concibió la vehemente sospecha de que cambiaba sus ropas con las de otros sacerdotes necesitados.
   «Estando mi hermano en casa -solía decir- no tengo nada seguro». Ni siquiera lo estaba del todo la comida del día, pues en ocasiones utilizaba Don Manuel alguna de las viandas ya preparadas para obsequiar a sus visitantes o a sus mendigos. Pues ¿qué, si se trataba de sus colegiales de San Rufo, «sus nobles estudiantes», como donairosamente los llamaba?
   Cuando su hermana había de traer pescado para casa, decíale Don Manuel: «Mira, compra mayor cantidad y envíalo a mis estudiantes pobrecitos».
   Para salir de los apuros que éstos le ponían a la continua con sus muchas necesidades, andaba siempre de un hermano a otro, implorando ayuda: «¡Aquellos niños -les decía- que necesitan tres onzas de carne cada uno y no podemos darle más que onza y medial...» Un año, días antes de la Pascua, se fue a una de sus hermanas casadas y le dijo: «Quisiera que me hicieses monas para los niños». Y eran unos doscientos. Su hermana, que le habría dado de muy buena gana el dinero necesario para comprar las monas, pero que tuvo miedo de meterse ella misma en aquella baraúnda, a que no estaba acostumbrada, se impacientó, y a pesar de todo el amor y respeto que le tenía, le contestó categóricamente: «No lo haré. Un huevo y una naranja para cada uno, sí».
   Con tal pasión le amaban sus hermanos, que cuando comenzó Don Manuel a menudear sus viajes para atender a sus empresas de celo, no acertaban a llevar con paciencia el tenerlo tantas veces ausente. José, el mayor, lamentándose candorosamente de ello, solía decir: «¡No me he querido yo casar por vivir en su compañía, y apenas si nos deja gozar de ella! ... »
   No era menor el afecto que Don Manuel les profesaba. Precisamente por no dejarlos desamparados y huérfanos de su, más que fraternal, paternal tutela, no quiso separarse de ellos mientras vivieron. Y si para con todo el mundo era pródigo en cuidados, atenciones, generosidades y condescendencias, mucho más para con los suyos. Pero siempre tenían éstas un límite obligado: el de su mayor provecho espiritual. Hallábase una vez en Valencia con una de sus hermanas y algunos otros familiares suyos, y se desvivía Don Manuel por entretenerlos y obsequiarlos, llevándolos a visitar todo cuanto hay de notable en aquella hermosa y artística ciudad. Cada día les daba cita en alguna de sus iglesias, para comulgar y oír su misa, y luego hacía que les enseñaran cuanto digno de verse hubiera en ella. Atrevióse un día su hermana a proponerle que, puesto que tantas cosas bellas y curiosas les habla hecho conocer, las permitiese asistir a una función de teatro, para que las niñas -una hija de ella y otra de una amiga que los acompañaba en su excursión- pudieran decir que lo habían visto todo. Y al punto respondió Don Manuel con gran entereza y resolución: «¡Ah! Eso sí que no lo verán tus ojos, mujer! ... »
   Todo el tiempo que sus obligaciones y obras de celo le dejaban disponible, pasábalo Don Manuel en su tranquilo y apacible hogar, entregado al estudio y a la oración. No era infrecuente que dedicase al uno y a la otra gran parte de la noche, según testimonio de una de sus domésticas, que a veces sentía sus pasos al abandonar Don Manuel el cuarto de trabajo para tomarse un breve descanso.
   En los apuntes espirituales de sus primeros años de sacerdocio adviértese un notable aumento en punto a mortificaciones corporales y en las interiores del corazón, para «reprimir- escribía -los afectos, aunque útiles». Delicadísimo de conciencia y lleno de santo temor de Dios, ejercitábase en actos de penitencia «por los escándalos que hubiera podido dar».
   Para mejor entender, con el recuerdo de la muerte, la variedad de todas las cosas de este mundo, hacía a veces su oración teniendo delante una auténtica y macabra calavera, que guardaba bajo llave con gran secreto en uno de los armarios de su despacho.
   Devotísimo del Santísimo Sacramento, no le sufría el corazón, por mal tiempo que hiciese, omitir su cotidiana visita al mismo. Acostumbraba hacerla con los que le acompañaban durante el paseo en alguna de las iglesias que encontraban al retirarse a casa.

***

   Fortuna grande fue para Don Manuel y extraordinaria merced la que Dios le hizo proporcionándole, fuera del hogar, y especialmente en los comienzos de su vida sacerdotal, perfectos y santos amigos, cuyas excelsas prendas y virtudes le sirvieron de estímulo y de ejemplo. Fue uno de éstos el reverendo don Gabriel Duch, párroco de la Catedral, que le había en ella bautizado. Admirábale Don Manuel y le encomió más tarde en estos términos: «Duch, -escribía- su conversación, su caminar, su colocación de manos, el concepto que yo tenía de su instrucción, el respeto que inspiraba, me producían una devoción y emoción extraordinarias, hasta que ya le traté con mayor intimidad; y aún después me encantaba ... »
   Fue otro el reverendo don Mariano García, prez y orgullo del clero tortosino, confesor durante mucho tiempo de Don Manuel, el cual dice de él que «a pesar de ser tipo tan diferente de don Gabriel Duch, y haberle tratado íntima y familiarmente (y es natural que la intimidad desvirtúe el mérito)... era, con todo, un espejo de imitación en su celo, en su ordenación de tiempo, en su aplicación, en todo ... »
   Era, por otra parte, Don Manuel aficionadísimo al trato y compañía de los religiosos exclaustrados que residían en Tortosa, los cuales llamábanle con cariño «nuestro Fray Manuel».
Continuas e íntimas fueron sus relaciones con los Padre Jesuitas desde que volvieron. a Tortosa en 1864, para establecerse en el antiguo convento de Franciscanos Recoletos del Jesús. Fueron desde entonces y en lo sucesivo, sus preferidos y predilectos consejeros. Comunicó su espíritu con el famoso y santo misionero de la Compañía de Jesús el P. Mach, hacia 1863, con ocasión de haber ido éste a dar ejercicios al clero en la Catedral de Tortosa; años después aún cruzaba con él, Don Manuel, alguna que otra carta.
   Pero ninguna otra amistad produjo tan profundo y saludable influjo en el espíritu de Don Manuel, como la que le unió desde los postreros años de su carrera eclesiástica con don Benito Sanz y Forés, Lectoral de Tortosa desde 1857, y futuro y egregio Cardenal de la Santa Iglesia. «Don Benito», solía llamarle familiar y cariñosamente Don Manuel. Del joven prebendado tortosino, escribe el canónigo don Salvador López que «era amado con delirio por Tortosa, que veía y admiraba el celo apostólico, la sabiduría y la caridad inagotable del que había de sft ilustre Purpurado.»
   Es copiosísima la correspondencia epistolar que se conserva de la que sostuvieron ambos amigos hasta la muerte del señor Sanz y Forés. Desde que le tuvo de maestro en el Seminario, vivió Don Manuel con él en trato continuo, como de camaradas. Eran compañeros de paseo, y cuenta Don Manuel, ponderando la locuacidad acaparadora e irrefrenable de su ilustre amigo, que a veces los que le acompañaban se conjuraban de antemano para no dejarle meter baza en la conversación, quitándose unos a otros, sin darle a él lugar de intervenir, la palabra de la boca, con lo que lograban exasperar y sacar de sus casillas al simpático y efusivo don Benito, sempiterno charlador.
   Con él trabajó y a su lado se formó Don Manuel en la catequesis, y con él colaboró también, ya sacerdote, en la dirección espiritual de las jóvenes piadosas de Tortosa.
   Al trasladarse a Madrid, en 1866, por haber sido nombrado Abreviador del Tribunal de la Rota, como preciada herencia, confió a Don Manuel la dirección de sus hijas espirituales. A una de éstas escribía desde la Corte: «Mucho me alegro que encuentres tan bueno y mejor en el confesonario a Mosén Manuel. Ya verás cómo te va bien y te servirá mucho.» Y a otra: «Aprovecha el tiempo y haz visitas al confesonario. Verás cómo Mosén Domingo te enseña a ser toda, toda de Jesús.»
   El 8 de noviembre de 1868 fue consagrado el señor Sanz y Forés, Obispo de Oviedo. Desde allá escribía a su entrañable amigo de Tortosa:
   «Querido Manolín: Diga cuanto quiera de mí. Paso por todo, menos porque me diga que no le quiero. Si estuviera usted aquí, vería cómo no tiene razón para quejarse de mi silencio. El callar yo no es razón-para que se calle usted. Hable, pues; que bien sabe ... »
   Muchas veces se nos ofrecerá ocasión, en el curso de nuestra historia, de hacer mención de los copiosos frutos que Don Manuel hubo de recoger de tan valiosa amistad29.
   Fraternal y de por vida fue también la que le unió con el santo Fundador de la «Compañía de Santa Teresa de Jesús», don Enrique de Ossó, cuya causa de Beatificación hállase al presente incoada. Conocióle Don Manuel, que le llevaba cuatro años de edad, siendo ambos estudiantes en el Seminario de Tortosa. Los últimos cursos de su carrera los pasó don Enrique en el de Barcelona. Asistió Don Manuel a la primera Misa de su amigo en el Monasterio de Montserrat el 6 de octubre de 1867, y concibió tal aprecio de sus buenas cualidades- refiere una religiosa teresiana- que, a su vuelta, no tenía bastante boca para alabarlo, y a todos parece que quería comunicar el deseo que él abrigaba de que le ayudase en las obras de celo. Hablando con una persona de su confianza decía: «Lo haremos venir, porque creo que hará mucho bien a Tortosa». Trató, en efecto, sobre ello con el Prelado, y con tal eficacia, que a pesar de haberle ya señalado el de Barcelona destino en su diócesis, al siguiente curso encontrábase don Enrique en Tortosa desempeñando una cátedra en el Seminario. Las grandes esperanzas que del celo de don Enrique había concebido Don Manuel viéronse cumplidas y con creces. Fue el apóstol de los niños y de la juventud femenil de Tortosa, como Don Manuel de la juventud masculina: labor ciertamente ésta más ardua y espinosa. La de don Enrique, a través de sus Teresianas, alcanzó a toda España y aún a otras muchas naciones. Tan mancomunadamente trabajaban uno y otro, aunque en campos diferentes, que el propio Don Manuel confesó más de una vez: «Me sentí movido a cooperar con don Enrique a la Obra de la Compañía de Santa Teresa de Jesús; mas, consultado el caso con persona para mí poco, simpática, me aconsejó que tendiera el vuelo por otra esfera: la que más adelante me ha sido -señalada por el espíritu divino».
   Unidos y compenetrados vivieron siempre estos dos siervos de Dios. Juntos hicieron piadosas peregrinaciones. Juntos trabajaron en muchas obras de celo. Fue Don Manuel el perpetuo consolador y confidente de don Enrique en las grandes tribulaciones que le acarrearon sus empresas de Fundador. Ni siquiera la muerte rompió del todo el lazo que los unía, pues fue Don Manuel, después de la de su amigo, el más fiel consejero y el principal apoyo, en lo humano, de la «Compañía de Santa Teresa», la más excelsa entre las fundaciones de aquel a quien él llamaba «su don Enrique» y acerca del cual, dando noticia de su fallecimiento, acaecido en el convento de Sancti-Spiritus (Valencia), el 27 de enero de 1896, escribía: «La noticia de su muerte se propagó rápidamente, sorprendiendo a todos mucho por lo inesperada, y más a nosotros, que tuvimos el consuelo de saludarle unos días antes, y ver que los trabajos continuos no le habían quitado alientos ni hecho mella en su robusta salud. Hijo de esta diócesis, hizo sus estudios en nuestro Seminario, del cual fue después Profesor, distinguiéndose siempre por sus condiciones de carácter, y atrayendo hacia sí el respeto de cuantos le rodeaban, aunque éstos se llamaran condiscípulos y amigos...
   Tortosa puede gloriarse con haber sido el campo que recibió las primicias de su apostolado... Nosotros que le conocimos y le tratamos, pudimos admirar más de una vez su talento, su actividad y su celo, y a él debemos también ciertos alientos y las normas para la propaganda de algunas empresas de gloria de Dios. Descanse en paz tan benemérito sacerdote, honra de nuestro Seminario, gloria de Cataluña, apóstol incansable de la Doctora Avilesa, y no olvide desde el cielo a los que en la tierra nos honramos con su amistad»30.
   Fue tan adelante Don Manuel en la emulación de los esclarecidos ejemplos de virtud de sus santos y admirados amigos, que una de las personas que más íntimamente le trataron por aquellos tiempos, dice de él: «Era dechado de sacerdotes. De manera, que los mismos enemigos de la Religión, decían: ¡Si todos los sacerdotes fueran como Mosén Sol, sería otra cosa!... Entre los eclesiásticos era considerado como un sacerdote muy superior a lo muy bueno que en aquella época florecía entre los sacerdotes jóvenes».

CAPÍTULO VI



Su apostolado en el confesonario: Fomentador de vocaciones religiosas. Incansable actividad y santa atracción

(1860-1891)



   Uno de los apostolados más intensos, perseverantes y fecundos de Don Manuel, fue, sin duda alguna, el de la dirección espiritual de las almas piadosas. Dióle el Señor especial vocación para tan delicado ministerio. Concibió desde bien temprano tan alta estimación y afecto hacia las almas consagradas a Dios en la vida religiosa, que a los quince años, ya que no podía hacer por ellas otra cosa, redactaba una solicitud para demandar limosnas con el fin de proporcionar la dote a una joven que deseaba ingresar en el claustro. Semejante colaboración, puramente literaria y caligráfica, tiene como visos de prematura iniciación en aquella su infatigable y ardorosa labor del fomento de las vocaciones religiosas, que tan portentoso desarrollo había de alcanzar más tarde.
   Simple ordenando todavía, ya hemos visto el interés que comenzó a mostrar por la dirección y formación espiritual de algunas de sus catequizadas. A una de ellas, cuando se disponía a ingresar en el claustro algunos años después, le escribía: «Llegaste a la edad de tu razón; tu imaginación inquieta ignoraba el norte a donde había de dirigirse, y Dios te proveyó de piadosos padres; y una buena educación de parte de tu familia te preservó de las ignorancias y travesuras de la niñez. Pasaron unos años. Ibas a entrar en la edad de tu juventud, en que el corazón desea un objeto que le ocupe, y el Señor te condujo, ¿a dónde?, a la Catequística o Doctrina. Sí, hija mía, el Señor te condujo allí y te condujo a mí. No lo dudes, aquel fue uno de los medios principales de que la providencia se valió para preservar tu alma. La afición que tomaste, la deferencia que todos te tenían, el interés que yo te manifestaba, la ocasión de las amigas que aquello te proporcionaba, hicieron deslizar suavemente los peligrosos días de tu primera juventud, sin que tú misma lo comprendieras ... »
   Desde 1864 comenzó a ir Don Manuel de tiempo en tiempo a Ulldecona en calidad de confesor extraordinario de las religiosas de un convento de clausura. En 1897, platicándolas, les decía: «Ya que he tenido la satisfacción de poder dedicar veinticuatro horas a esta visita, que en obsequio vuestro he hecho, ¿cómo no deciros una palabrita sencilla y paternal?
   Yo no puedo olvidar, y esta tarde lo recordaba, cuando jovencito estudiante todavía, se me invitaba -y yo aceptaba con sumo placer- a venir a este pueblo; invitación que se me hacía por personas muy queridas de mi familia y por los difuntos don Gaspar Mola y don Juan Navarro. Y luego, ya sacerdote, joven aun, dediqué algunos viajes, y me senté en el confesonario. Recuerdo a las dos hermanas religiosas de la Cenia, y tantas otras, que me ofrecieron su tributo de confesión.
   Y yo no puedo olvidar la historia del levantamiento de esta nueva iglesia, y pude presenciar la alegría de esta casa el día de su inauguración, en la cual se me honró, sin merecerlo, con ser el celebrante en aquella fiesta. Tareas y campos que el Señor me ha abierto posteriormente han cortado la cadena de aquellas comunicaciones exteriores, pero no el hilo de mi afecto a esta casa, que está basado en tantos recuerdos ... »
   Aparte las religiosas -como más adelante veremos-, eran numerosísimas las almas piadosas que vivían en el siglo que frecuentaban su confesonario, y verdaderamente extraordinaria la santa afición que le cobraban luego que comenzaban a tratarlo y beneficiarse de su dirección. Aludiendo a la que fructuosamente ejercitó durante el curso que pasó en Valencia, escribíale desde allí varios años después, embromándole con ponderaciones y fingidos aspavientos, un sacerdote íntimo amigo suyo: «Anteayer fui a ver a las Marías, y como V. puede suponer, nuestra entrevista fue cordial y afectuosa por demás. Mosén Manuel fue la salsa... No menos afectuosa y cordial fue la visita que hice ayer a las del Santo Hospital. Cuentan que cada vez que oían el silbato del tren pensaban que venía yo, llevándoles como fiel mensajero nuevas de su bienaventurado Padre... ¡Jesús, y qué hijas más amables! Todo lo sufren con gusto: penalidades, sufrimientos, sacrificios... Todo les causa placer: las. enfermedades, las mortificaciones, la cruz... Pero, con lo que no pueden, lo que se les hace imposible, es la pérdida de su Padre Mosén Manuel Sol ... »
   No escatimaba éste, por su parte, incomodidades, gastos y fatigas para ayudar y servir a sus dirigidas. El mismo las acompañaba a los conventos, a veces muy distantes, en donde habían de ingresar, y luego, cuando en sus viajes se le deparaba ocasión para ello, deteníase a visitarlas.
   Fue aprovechado discípulo, generoso auxiliar y heredero de confianza en estas empresas, de un tan excelente maestro como el señor Sanz y Forés. El 21 de octubre de 1867 escribíale éste desde Madrid pidiéndole ayuda económica para el ingreso en el claustro de una hija espiritual suya y después de Don Manuel, y le dice: «Doy por bien empleados los ratos que a su bien he consagrado, y V. deberá hacer lo mismo sin duda.... ¿Conque Cinta Sol es capuchina? ¡Te Deum laudamus! Ya que los pollos tortosinos no han entrado en orden con los sermones, la Catequística y el confesonario de este pobre hombre y de usted tenemos la satisfacción de haber entregado a Jesús algunas esposas. Bendito sea. Dígame algo de las otras, y también algo de usted y de cuanto quiera.»
   El 20 de mayo del 68 le felicitaba en esta guisa por su Vicariato de Santa Clara: «Reverendo señor Vicario de Santa Clara, Confesor de la Purísima, San Juan, etc., etc.: Dispense usted si tardo en darle la enhorabuena..., A ver si me santifica a su rebaño y se logra el fin propuesto. Dios le ha hecho a usted para monjas... ¡Con que C... ya es monja! Va usted a adquirir gran fama. Lo mismo fue salir yo de esa que hacer explosión las vocaciones comprimidas o en infusión, y poblarse los claustros, en cuanto a la tibieza de mis prisas y rabietas se sobrepusieron los ardientes rayos del Sol. ¡Bien!» Y el 22 de agosto, nombrado ya Obispo de Oviedo, torna a escribirle, y llamándole familiar y cariñosamente «amigo Nel», le demanda una vez más su cooperación para pagar la dote de otra pretendiente al claustro. «Lo que importa -le dice- es que entren buenas novicias. A usted toca hacerlas santas. Le cuestan a usted estas monjitas dinero y paciencia. Ya le encomendarán a Dios. Agradece mucho sus cartas y se ríe con gusto un rato, su afectísimo -Benito- P. S. De buena gana le oiría contar los episodios de M... sobre y con F. Mejor en la Montañeta. Se acabó esto ya. En adelante, centinelas de vista a todas horas. ¿Verdad que no es esto para mí? Me echan a perder».
   Alude el futuro ilustre Purpurado a su elección para la mitra ovetense y a sus antiguos paseos con Don Manuel por los alrededores de Tortosa, «sedentes a sero et colloquentes de utilitate animarum», como los Padres del yermo. El concepto que de la virtud y prudencia de Don Manuel tenía el señor Sanz y Forés, nos lo da a entender la religiosa tortosina Sor María de Padua con estas palabras: «Recuerdo haber oído contar a mi tía Cinta Andrés que desde pequeña la dirigía don Benito Sanz y Forés, el cual, al trasladarse a Madrid, dijo a mi tía que no podía seguir gobernando su espíritu, y le añadió: «Te he buscado un Director, que no te pesará jamás. Mira: es muy joven de edad, pero de mucha virtud. Yo te aseguro que es un sacerdote que promete y que dará mucha gloria a Dios». Tan satisfecha quedó mi tía del nuevo guía de su espíritu, que mientras vivió Don Manuel, no tuvo otro».
   Para fomentar la piedad entre las jovencitas aceptó Don Manuel, en 1866, el cargo de «Director espiritual» del Colegio de la Virgen de la Cinta, que aquel mismo año fundó para instruir y educar niñas la respetable y virtuosa doña Asunción González. Estaban las alumnas tan encariñadas con su santo y amable confesor, como se trasparenta en la carta que una de ellas, de temporada en cierta ciudad catalana, escribía a su maestra: «El sábado fuimos a ver la iglesia de Santa María y tuve una alegría inexplicable. La alegría fue que vi a un ministro del Señor muy parecido a Mosén Manuel, y en el momento en que lo iba a llamar, levanta la cabeza. ¡Dios mío! toda la alegría sé me volvió en tristeza al ver que no era el que yo me pensaba».
   Muchas jóvenes de fuera de Tortosa iban a confesarse con él. La Madre Rosalía del Niño Jesús, egregia teresiana, confiesa de si misma: «Mi santa madre, muy santa por cierto, enseñóme a conocer a este varón insigne, al preclaro hijo de la ciudad del Ebro. Contaba yo solo quince abriles cuando oí resonar en mis oídos el nombre de Mosén Sol. «Ponte buena, hija mía, -decíame mi madre- (parece ayer por lo vivo del recuerdo): disponte para ir a Tortosa con el intento de ver a Mosén Sol, al varón santo de Dios.» Imposible me parece pintar con viveza de colores la impresión que en mi corazón hizo la vista de aquel venerable sacerdote: venerable, digo, por el aire de santidad que se vislumbraba ya en aquel varón de solos treinta y ocho años. Comencé a trabar amistad con él, me preciaba. de su compañía, sentíame movida por el, atractivo de los dones de naturaleza y gracia con que le plugo al Señor adornar el corazón de su siervo. Oyóme luego de confesión, pues su trato, engolosinando las almas, cautivaba los corazones todos.
   Mezclando la gravedad con el agrado, llevaba tras sí las almas, porque con el señuelo de la blandura era bien quisto por doquiera. Mortificaba mucho a las que querían ser religiosas y sabía herir muy hondo».
   Luego de conocida como legítima la vocación de ellas, no escatimaba Don Manuel género alguno de industrias y sacrificios para ayudarlas a realizar sus santos deseos. Les costeaba parte de la dote; se servía de sacerdotes amigos para que las enseñasen a manejar el breviario, y a algunas hasta a leer y escribir; y de otras hijas espirituales, para que las instruyesen en otros menesteres, como de planchar, hacer flores, etc. A muchas, para que pudiesen entrar sin dote, del que totalmente carecían, les costeaba las lecciones de canto y música, para lo cual tenía alquilado un piso y un piano.
   Tenía el don singularísimo de conocer e intuir vocaciones. Ponderando estas dotes de Don Manuel, como excelente catador de espíritus, exclama con felicísima expresión su ferviente admirador don Juan Aragonés, párroco de Sierra Engarcerán: «¡Era un santo! Olía las almas buenas y con divino instinto las conocía.» Cuando -se ponía al alcance de su mano alguna de las que él entendiera ser «buena para amiga del Señor», según decía Santa Teresa, no la dejaba ya. Una religiosa del Real Monasterio de, San Juan de Jerusalén, Sor Josefina Sol, parienta de Don Manuel, escribe: «Mi primo hermano Mosén Sol venía a mi casa como visita de familia, pues amaba mucho a mis padres. Yo tenla pocos años y siempre le tuve por un ángel. Sus conversaciones eran edificantes, y cuando hablaba de las religiosas yo le escuchaba con mucho gusto. Me decía que eran ángeles, los pararrayos de la ciudad, víctimas por amor de Jesucristo. Sus dulces palabras quedaron grabadas en mi tierno corazón. No dudo que Dios Nuestro Señor, por medio de él, me llamó a la vida de clausura, con tanta fuerza, que nada del mundo me detuvo para entregarme enteramente a Jesús. El me amaba como un cariñoso padre, me decía palabras tan dulces, que llenaban de alegría mi corazón. Me proporcionó todo lo necesario para mis estudios, libros de música, papeles, etc. Ahora que estoy en la antesala del cielo desde hace más de 52 años, confieso que a él le debo, después de Dios, mi felicidad de vivir y morir en la Santa Casa del Señor ... »
   Doña Filomena Tarragó, antigua doméstica, de Don Manuel, cuenta su providencial encuentro con él en esta forma: «Hacia el año 1878 tuve la dicha de conocer al que entonces demostraba ser por su celo y caridad uno de los más grandes santos: Mosén Manuel Domingo y Sol; y fue de la manera siguiente: En aquellos tiempos había grande entusiasmo por acudir a Tortosa la gente de los pueblos a ver la procesión del Domingo de Ramos. Una amiguita mía se empeñó en que bajase con ella, mas mi buena madre no me dejaba por no tener en Tortosa ninguna casa donde hospedarme. Como yo tenía grandes deseos de bajar, conté al señor Cura, que lo era entonces Mosén Descarrega, lo que ocurría; el cual llamó a mi madre y le dijo que me dejase ir, que él me recomendaría a una familia de confianza, y que podría estar hasta después de Pascua. Accedió mi madre y bajé. Al llegar a ésta, me condujeron a la casa donde vivía el padre Mariano31 y también la señora María Cerveto a la que me recomendó el señor Cura. Al día siguiente la señora María me acompañó a Santa Clara a oír cantar a las monjitas. Vi en el confesonario un sacerdote que confesaba, y me acerqué y confesé, y después me dijo: «-Chiqueta, tú eres forastera. ¿De dónde eres? -De Aréns -le contesté. -¿Del pueblo donde está Mosén Descarrega? -Sí, señor. -Pues él y yo éramos condiscípulos». Y luego quiso saber por qué había bajado a Tortosa; le contesté que a ver la procesión y que pasaría las Pascuas en ésta. «-Pues, entonces, ya subirás otro día y hablaremos». Al oír esto, dije para mí: ¡Ay, madre! ¿qué me querrá decir? Al otro día, volví a Santa Clara. Apenas me vio, me preguntó en seguida: «-¿Te gusta Tortosa?, -Mire si me gusta, que siempre me estaría aquí. -Y ¿cómo deseas estar? -De cualquier manera. -¿Quieres ser monjita? -Sí... pero no tengo dote. -¿Tienes padres? -El padre lo perdí a los once años; sólo tengo madre. -Pues escríbela; y si te deja entrar, vendrás a mi casa y aprenderás... -Y ¿qué aprenderé? -El solfeo; y cuando sea hora, serás monja cantora». Al oír esto, exclamé: «-¡Qué celo más grande y qué caridad! Pues bien, escribiré al señor Cura, porque mi madre no sabe escribir ni leer». A los tres días, contestación favorable. ¡Ay, yo qué contenta! Otra vez a Santa Clara: «-Mosén Sol, mire la carta de mi madre! -¡Chica, qué: bien! Pues, mira, allá a las doce irás a casa». Así lo hice, y al presentarme a su hermana, le dijo: «Esta chiqueta estará con nosotros. Que te ayude a limpiar la casa, e irá a aprender ... » Y sin más ni menos, allí me quedé. Rasgo de caridad como éste no lo podía esperar de nadie. Sólo en aquel corazón, que siempre ardía en amor de Dios y amor al prójimo, pude observar cada día sublimes actos de caridad. A los pocos días, me envió al señor Maestro de Capilla para aprender el solfeo; y así pasaron algunos meses, teniendo de mi salud un cuidado esmeradísimo. Cuando el maestro le dijo que ya estaba bien preparada para el canto, me quedé sin voz. Y como si ahora lo viera, con aquella mirada tan compasiva, dijo: «Y ara ¿qué en farem d'ésta animeta?»32 Y pensó, que aprendiese el piano, para poder entrar de organista, pagando él todos los gastos. Pero, como Dios quería que yo le sirviera por otra vía, me dio la enfermedad del tifus, y así se acabó todo. Por espacio de cuatro años estuve en su casa, y cada día tenía ocasión de ver la gran caridad de Mosén Sol.»
   Don José María Tormo, miembro prestigioso que fue de la Hermandad hasta su muerte, contaba lo siguiente: «En el pueblo de X... celebró su primera Misa un Operario a quien Don Manuel distinguía mucho, y en acto tan solemne tomó parte activa, llevando la capa de honor. Luego se le vio también sentado a la mesa junto al nuevo sacerdote. Entre las jóvenes amigas de la familia del misacantano, había una que llamaba la atención por la pulcritud con que realizaba los oficios de buena y activa Marta, y todavía más por su modesto continente. También Don Manuel se fijó en la improvisada sirvienta, y aunque no la había visto ni hablado, penetró sin duda en el interior de tan noble criatura y vio los amorosos designios que tenía Dios sobre su alma. En la misma noche de aquel memorable día, mientras en el templo parroquial se celebraba una muy solemne función religiosa con extraordinaria concurrencia, Don Manuel se estuvo sentado en el confesonario estudiando la vocación de la joven que conoció durante la comida, y dirigiendo con sus luces, y consejos a otras, que quisieron aprovecharse del paso por el pueblo de tan santo y experimentado varón. A los pocos meses la joven de mi historia era ya religiosa, y por cierto, muy ejemplar. De las otras, una, que sepamos, consiguió aquella misma noche permiso de sus padres para entrar en el claustro.»
   «Fue -atestigua una religiosa- el firme sostén de muchas doncellas que tenían vocación para monjas con mucha contradicción de sus padres y familias, y él procuraba con sus buenas trazas allanar todas las dificultades.»
   Murmuraban sobre que las jóvenes a quienes confesaba, todas acababan siendo religiosas, y a esto respondía Don Manuel: «No lo digan en esos términos, sino al revés: que todas las jóvenes que quieren hacerse religiosas vienen a confesarse conmigo.»
   A causa de esa prevención, declara una de ellas que no la dejaban en casa que se acercara a su confesonario. A otra escribía años después el propio Don Manuel: «Aún recuerdo, hija mía, cuando con tanta ingenuidad me decías que no querías venir a confesarte conmigo porque no te hiciera monja.» En cierta ocasión resistíase a visitar su amado vivero espiritual de San Mateo, porque como sucedía al melifluo y angelical panegirista de la virginidad, San Ambrosio, con las de Milán, también las madres de la piadosa villa del Maestrazgo se alarmaban por el temor de que Don Manuel hiciese a todas sus hijas monjas.
   De lladre! - ladrón -llegaron a veces y en público a apostrofarle. ¡Robador de almas buenas!
   «Tienen razón, las pobres - comentaba él, sonriéndose-, Mosén Sol es un lladre y aun no saben todas sus mañas». La oposición que le hacían los padres de las aspirantes al Claustro pasó en ocasiones más adelante: «Estos días estoy atravesando una crisis terrible -decía Don Manuel en marzo de 1880- por una joven que quiere entrar en Santa Clara contra la voluntad de su familia. Creo entrará y moverá ruido su entrada». Poco después volvía a escribir: «El jueves último entró en el convento X... y hubo una tempestad horrorosa en casa al saberlo, y su padre quería matar a Mosén Sol y mis pobres hijitas me aconsejaban que me escondiera. Pero ya se ha pasado un poco la tormenta».
   Por idéntico motivo el padre de una novicia, confesada de Don Manuel, indignado contra éste salió un día en su busca, revólver en mano. Cuando le halló, apostrofándole airadamente declaróle su intento y la causa del mismo, y Don Manuel, con toda serenidad y calma, le dijo: «Ya puede usted disparar, si quiere». La dulzura de sus palabras aplacó las iras de aquel hombre, que se trocó en fervoroso amigo de Don Manuel y de aquella comunidad, y, a pesar de tener que hacer diez horas de camino, casi no pasaba semana que no fuese a visitar a su hija.
   De otro género de animadversiones y desabrimientos fue también blanco Don Manuel, y no una vez sola: los celillos de otros confesores. Entre otros casos que pudiéramos citar, había en cierto convento un Vicario que había envejecido en el cargo con gran aceptación de la comunidad, pero, habiendo las religiosas tratado en el confesonario a Don Manuel, encontraron en él tanto espíritu y fervor, que se vio el Vicario relegado. Tomo éste mucha ojeriza con él y lo manifestaba harto. Enterado Don Manuel del enojo, a todo trance quiso que cesara, y como humilde desagravio y compensación, iba a buscarlo y se confesaba con él.
   Como tan diestro «cazador» de almas distinguidas, y excelente «proveedor» de vocaciones que era, algunos Institutos religiosos acudían a él en demanda de novicias, y otros no querían recibir a ninguna que no llevase la licencia y aprobación de él.
   Fue, en verdad, asombroso el número de las que por sus consejos, alientos y ayuda se acogieron al claustro. Sólo el índice, ciertamente incompleto, de aquellas en cuya vestición de hábito o en cuya profesión nos consta, por sus apuntes, que actuó de predicador, pasma y maravilla. Refiriéndose a las de un solo convento, habiendo sido invitado a platicar en una profesión, escribía Don Manuel a la Superiora: «¿Y qué podré decir a la Gonzaga? Si usted pudiera decirme las varias ideas que he emitido en las profesiones, ¡qué bien! Pues así diría ideas nuevas. Mas ahora sufriré siempre, porque no diré sino las mismas rondallas.»
   A un su amigo y colaborador en estas empresas monjiles, escribía en 1881: «Tenemos tres o cuatro plazas más pedidas. ¿Qué haremos de tanta monja? Veo que no tenemos otro remedio que desmembrar unas cuantas y enviarlas a Tierra Santa ... ».

CAPÍTULO VI



Su apostolado en el confesonario: Fomentador de la piedad entre - las devotas seglares. - Confesor ordinario de las Religiosas de San Juan y de la Purísima de Tortosa

(1860-1891)



   Si es cierto que se complacía preferentemente Don Manuel en que el Señor escogiera para el claustro a sus hijas de confesión, con todo y con eso, hallábase muy lejos de tener criterio cerrado en ese particular de las vocaciones al estado religioso. No era monjero a carga cerrada y salga lo que saliere. Como en todas sus cosas, también en este punto era máxima su indiferencia,
determinándose tan sólo por aquello que entendía ser voluntad de Dios. Por lo mismo, no aconsejaba sistemática e invariablemente a todas sus dirigidas que abrazaran el estado religioso, sino aquel en el que conocía habían de alcanzar mayor santidad y practicar el bien en más alto grado, según el espíritu y las cualidades de cada una de ellas. «Tú no has de ser monja -decía a una de sus hijas- tú te has de quedar en el mundo para ser el ángel de tu familia. Tú te has de quedar en el mundo, porque entre los dos lo hemos de salvar. El Señor te tiene destinada para grandes cosas." Ya el primer día que te conocí, decía: «Esta almita ha de ser toda para Jesús. Pide a Jesús que te entre en la llaga de su costado, y que cierre bien la puerta y eche bien lejos la llave, para que nunca vuelvas a salir.» Y a otra a quien llamaba «su Benjamina»: «Que Jesús la haga muy sufrida y resignada y muy prudente y un apóstol del Corazón de Jesús en su casa, la santifique toda ella y pueda ser el consuelo de su padre y el ángel de sus hermanitas con sus oraciones y vigilancia; que sea una flor de consuelo a Jesús, en cambio de tantas espinas como amargan su Corazón por tantos pecados; y sobre todo, que Jesús me la haga muy fuerte y robusta, para que pueda ser víctima cuando El quiera consagrarla y consumirla en el fuego de la abnegación, de la penitencia, del amor y del sacrificio.» Esta joven, perteneciente a una piadosísima familia de fuera de Tortosa, llegó a sufrir horrorosas luchas sobre su vocación religiosa. Cierto sacerdote la impulsaba a ser monja y tenía ya señalado convento y fecha para el ingreso.
   Sin permiso de la familia fuése la joven a Tortosa para consultar con Don Manuel. Oyóla éste en el confesonario de la Purísima, la trató como padre, la animó y consoló en gran manera, diciéndole que dejara obrar al Señor; que aquel buen sacerdote no había acertado a ver los grandes designios de Dios. Durante tres años de lucha dióle constantes y prudentes normas de conducta que la dejaban tranquila, contenta y animada. Cuando se resolvió la joven a casarse, aplaudió Don Manuel su determinación, diciéndole que sólo deseaba que fuese santa donde el Señor la pusiera, y siguió favoreciéndola con sus sabios consejos. Muchas veces iba después ella a Tortosa a confesarse con Don Manuel, y alguna vez fue éste a visitar a ella y a su esposo. Llegó la piadosa joven a ser modelo de señoras cristianas.
   A otra de sus hijas predilectas, que le hablaba de haber visitado a unas religiosas muy queridas de Don Manuel, le escribe éste: «Mi A... : Yo deseaba que no hubiese tenido V. conocimiento ni relación con monjas, ni con ninguna cosa semejante. Deseaba que esta flor se fuese desarrollando en el apartamiento de todo, para que brotase con más espontaneidad. Yo ya sé que Jesús tiene designios amorosos sobre esa alma, quería que nadie me la tocara por ahora, quería que fuese como aquellos lirios que no pueden ser acariciados ni por mano de princesa, porque se evapora su perfume. Eso digo a Jesús, pero haré lo que El quiera, y nada más. Por esto le repito que no se me agite, ni perturbe, ni se fije, ni desee, ni ambicione. Tampoco quiero por esto que me esté dormida, sino usted solita con su Jesús se pone generosa en su presencia, y yo le prometo que hablará a su corazón. Usted me dirá con sinceridad, y me abrirá su espíritu, como lo ha hecho hasta ahora, y así andará tranquila. Estará, pues, donde Dios la quiera y la obediencia le propondrá. Sabe usted, hija mía, que al ponerla Jesús en mis manos, sin pensarlo usted ni yo, la ofrecí con santa indiferencia a cuanto quisiera El hacer de usted, y no inclinarme a ninguna cosa ni lugar, sino a lo que Jesús quiera.
   A pesar de que creo le dije que me figuro que Jesús le dará el golpe para El, con todo, y aunque esto me halaga más a mí, le digo a Jesús que estaré igualmente contento de que me la coloque en medio del mundo, sin consagrar, o consagrada también en medio del mundo; que yo la haría trabajar en cosas de su gloria, y que igualmente le daré gozoso mi bendición paternal. Adiós, mi hija».
   No era Don Manuel precipitado para resolver sobre vocaciones religiosas. Esta hija suya hízole pensar mucho y orar y dudar mucho. Hablando de ella escribía a la Abadesa de uno de los conventos por él fundados: «¿Qué querrá Jesús de esa almita? Si no fuera que se me dijo que la casa estaba retrasada, en mi próximo viaje a X... la resolvería definitivamente, pues se conoce que es un alma tan tímida, a pesar de su buena cabeza y de su travesura, que desea que yo le dé una espenta33 para su completa tranquilidad. Tiempo atrás me escribió una carta de sentimientos tan nobles para con Jesús Sacramentado, que no podían ser más que de un alma muy delicada de espíritu. Ahora no sé lo que haré todavía».
   Determinóse, al cabo, a dejarla en el siglo, donde bajo la dirección de él, desarrolló un incansable y fecundísimo apostolado. «Mi pobrecita A... : -le decía en cierta ocasión-. Acabo de recibir la suya y veo que ese coret echa chispas. ¿Cómo no decirle algo? Parece que todavía sea una novicia en los acontecimientos de la vida, y sobre todo, de la vida de celo. Con cuanto, mayor interés obre y con más pureza de intención, más le sobrevendrán los obstáculos y desengaños y abandonos, y el enemigo se los pondrá para que le entre la fatiga, y si pudiera ser, el aburrimiento y los deseos de abandonarlo todo. Pero, chiqueta, Jesús no quiere la paz de los que destina para la guerra, y a usted para ella la ha destinado en su pequeño campo, y por ahora no hay señales de que se le permita retirar; conque... al pie del cañón; que a los que quieren amar a Jesús «todo coopera para el bien», hasta los berrinches y nerviets, y más si es por obediencia: y usted la tiene para eso.
   Por lo demás, Jesús no deja sin recompensa nuestros sacrificios, y los resultados de ellos tal vez no los veamos. Además no debemos desconfiar nunca; que cuando menos lo pensamos, Jesús nos consuela repentinamente para hacernos ver que es El el que lo hace todo, premiando nuestros buenos deseos... Cuando esté usted en el cielo buscará una piedra para esconderse debajo de ella, al ver la providencia de Dios sobre su alma. No le ha dado usted su corazón: es El el que se lo tomó. Piense eso, y nada más, y ofrézcale en gratitud esas lagrimitas que le ocasionan las contradicciones de buenos. Conque, ¿lagrimitas y todo? ¡Mujer de poca fe! Pero no; ¡no será poca fe! Sino la mirrita
que Dios quiere poner a nuestros consuelos aun en las cosas de su gloria, y para que tengamos más mérito. «Confiad, pues; que yo he vencido al mundo», nos dice Jesús...»
   Hablando, a esta misma hija espiritual, de una amiga de ella, alma, inocentísima, que se había empeñado y logrado ingresar en el claustro, y, al cabo, hubo de salir del mismo por su deficiente salud, escribe Don Manuel: «El afecto que en Jesús he profesado y profeso a esa alma, que Dios ha confiado a mis desvelos, me obligó a hacer una calaverada de padre. Esto no significa nada, y sabe usted que estaré igualmente contento de que Dios nos la deje ahí, en el siglo, ya en otro estado, ya en el que está; pues ya la haremos aprovechar mucho para nuestros intereses de reparación de la gloria de Jesús Sacramentado. En cuanto a T... -dice de otra- que se esté en el mundo lloriqueando, y servirá esto para santificación suya y bien de los pecadores. Y, si no, cuando encuentre uno de esos conventos castellanos, que lo diga, y entonces le diremos... que lo deje estar también.»
   No establecía Don Manuel diferencias entre sus dirigidas con vocación religiosa y las que vivían y habían de ser para el mundo, en punto a cuidados, interés y desvelos. Por lo que hace a estas últimas, si por circunstancias especiales de familia, no podían ir a buscarlo en sus confesonarios habituales de Santa Clara y la Purísima, se ofrecía a confesarlas a, la hora y en la iglesia que ellas escogieran, y muchas veces se le vio ir, en el tiempo más caluroso del verano después de comer, a pedir que abrieran la iglesia que le habían indicado, y confesarlas. «Entre éstas -dice la Madre Rosalía del Niño Jesús- había muchas señoras casadas, que pasaban hartas penas, a pesar de su buena posición. Y como gustaba mucho Don Manuel de que las personas a quienes dirigía atrajesen al conocimiento de Dios y frecuencia de sacramentos a los de su familia y relacionados, a poco de confesarse con él aquellas señoras cambiaba de aspecto toda la familia; de modo que, si cada cual andaba por su lado, admiraba luego verlos tan unidos; sabían llevar y conllevar a sus maridos, moderaban el lujo, y aficionábanse a hacer limosnas. Cuando ya las veía fuertes en la virtud, dejaba insensiblemente Don Manuel de atenderlas como antes, y hacía que fuesen a confesarse a Santa Clara o a otra parte, donde confesaba él ordinariamente; y cierto, que causaba admiración ver personas acostumbradas toda su vida a sentarse muellemente en butacas, acurrucadas en el suelo, aguardando turno para confesarse».
   En su afán de practicar el bien, no se contentaba Don Manuel con derramarlo a manos llenas sobre estas almas, cuando espontáneamente se acercaban a él. Bastábale conocer una necesidad espiritual, saber que un alma sufría, para brindarle su ayuda y su amparo, y con el fin de proporcionárselo se ingeniaba para hacerla llegar hasta él. Esto hizo, entre otras, con una joven tortosina, de acomodada familia, que por especiales circunstancias, que la discreción nos veda revelar, se hallaba en una situación en extremó aflictiva y desoladora. Del relato que ella misma hace de su primer conocimiento con Don Manuel, plácenos entresacar algunas noticias: «De mi llorado Padre de mi alma ¿qué diré yo? Muy conocido era en Tortosa Mosén Sol; pero yo, joven y muy ocupada en casa, para mí no era visto ni tratado. A pesar de la contradicción y sufrimiento que experimentaba en mi familia, ni se me ocurrió, ni tal intención tenía de ir a tratar con él. Pero vino un día de providencia y consuelo para mí. Vino a casa una joven que no había estado nunca en Tortosa, y me vino muy bien para acompañarla a casa de don Enrique de Ossó; y nos entrevistamos con otra señorita, también forastera, que me dijo que Don Manuel me mandaba que hiciese una escapadita a Santa Clara... Temblorosa y palpitante, en circunstancias desesperantes, me encaminé allá a consultar con Mosén Sol. Pero, ¡qué, violencia me hice, y qué temor! Todos me parecía que me miraban para decirlo a los míos. En fin, llegué y encontré a Don Manuel solo, y confesando a las monjas. Me santigüé, y a la reja enseguida. No olvidaré nunca sus primeras palabras, después de tanta violencia mía: «Xiqueta, ¿com es que has tardat tant?»34. «Es porque apenas puedo dejar la casa.» «Pues disme-hu tot; ja hu arreglarem»35. Yo no sé lo que me pasó que quedé atada para siempre.
   Y se repitieron las entrevistas. Por fin, quedamos acordes en estar tranquila bajo su dirección. Me dijo no me dejaría en desamparo, y así fue. Y más lo hubiera sido, si yo no me hubiera mostrado algunas veces rebelde e ingrata a tan paternal y caritativo amor; que alguna vez aparecía yo desdeñosa y desagradecida, y en verdad, no era así; era todo una demasiada confianza y amor que tenía a su venerable y angelical persona. El ya lo comprendía que era carácter mío, y me decía algunas veces: «¡Qué mala eres! ¡Procura que yo te viva, que te conozco!»... Y es que yo no quería que se abajara tanto. Su virtud y humildad no tenían término,
ni su compasión a los más desgraciados y miserables, que sabía que sufrían. Era demasiado sensible, como lo experimenté para conmigo en mis tribulaciones y enfermedades. Pasó por todo antes que abandonarme y me sufrió en todas mis extrañas flaquezas, y cuidó como padre bondadoso de mi pobre alma. Hasta hoy me parece estar experimentando que no me pierde de vista desde la eternidad, y recuerdo sus palabras, antes de su última recaída, en el recibidor del Colegio. Yo le decía: «Padre, póngase usted bien. No quiero que se muera antes que yo; querría ofrecer mi vida por la suya. ¿Qué haría yo tan sola sin su sombra?» Y me contristé diciéndolo. Quedamos los dos callados breve rato, y dijo con resolución: «Tú vivirás, hija, y quedarás para encomendarme a Dios». En otra ocasión, de las últimas: -«¿Estás bien? -Sí, señor, y usted- -Yo ya no vivo. Ruega por mí. ¡Cuánto tiempo sin verte! Ya te dejo libre». Y levantó la mano y me dio la bendición como quien se despedía. Yo quedé tan suspensa, que no caí entonces en el significado. Después, sí que lo he recordado muchas veces. Padre mío, ¡cuántos sufrimientos pasaste y cuántas amarguras por el bien de la religión, gloria de Dios y bienestar de las almas!»
   Sabía Don Manuel aprovechar tan fructuosamente para Dios en oportunas obras de celo a las almas espirituales que espontáneamente o por juicio y determinación de él se entregaban por entero a la vida de piedad en el siglo, que no tenía que hacerse violencia alguna para dejarlas en él. Y casos se daban de esforzarse ahincadamente Don Manuel por retener en el mundo a algunas de sus dirigidas, con miras y esperanzas de mayor lucro para las almas, y no ceder ellas en modo alguno.
   A una de éstas, «alma distinguida», según la califica repetidas veces Don Manuel, pues tenía excepcionales prendas de instrucción y de carácter, y a quien él había destinado para cultivadora de planteles de juventud femenina en el mundo, le decía en la plática de su ingreso en el claustro: «Cuando al despertar ya de tu razón, una voz misteriosa resonó en tus oídos, la suave mirada de Jesús penetró en tu interior y formó tu encanto. Y, ¿para quién, sino para El, debía ser el tesoro de emociones y ternuras de tu corazón? Resuelta a su seguimiento y en el vasto campo que se ofrecía a tu vista en la viña del Señor, un secreto instinto te conducía a trabajar en ella por el camino de la soledad, y exclamabas: «¡La soledad, Jesús mío, la soledad!» Y ahora la logras para siempre».
   De todas suertes, confesaba Don Manuel que tenía mejor mano para monjero que para casamentero. «De F... -uno de sus Operarios- nada sé -escribía- a pesar de que me envió expresiones por un joven piadosísimo, al cual he dado hoy la bendición nupcial con mi hija C. A... No puedo enviar a usted un pedazo de la tortada de la bendición. Me va mejor de regalos en estas fiestas que en las de las monjas, aunque para aquello tengo mala mano, pues se me mueren las que bendigo yo... Y basta de buen humor, que no es hora de tenerlo ... »

***

   Aparte el de confesor extraordinario de las religiosas de Ulldecona, de que ya hicimos mención, si bien había fomentado con santo entusiasmo y óptimos resultados las vocaciones al claustro, no tuvo dentro de éste Don Manuel cargos ministeriales hasta las postrimerías del año 1867, en que a petición de ellas, nombróle el Prelado confesor ordinario de las monjas de San Juan de Tortosa, y algún tiempo después, y además, de las Concepcionistas de la Purísima. De la solicitud, el interés y los paternales desvelos empleados por Don Manuel para el provecho espiritual de estas dos comunidades, podremos formarnos idea en el capítulo siguiente, al declarar los que prodigó a la de las Clarisas, pues, salvo algunas diferencias a favor de éstas, por las facultades más extensas que sobre ellas tuvo, fueron idénticos en las tres.
   En cada una de ellas tuvo hasta su muerte hijas muy amadas en el Señor, y no interrumpidas relaciones de santa e íntima familiaridad. Aun desde lejos, cuando sus otras ocupaciones e incumbencias de Fundador de Colegios y Director de la Hermandad le obligaban a ausentarse de Tortosa, mantenía ordinario contacto con ellas por medio de sus cartas, que a la vez que lazo de unión afectuosa eran instrumento de dirección espiritual.
   En febrero de,1874 escribía a una confesada suya, que se disponía a ingresar en el convento de la Purísima: «Por lo demás, hija mía, que el Señor derrame sobre ti sus consolaciones; que seas una verdadera amiga de su Corazón; que puedas vivir en el convento hasta tu muerte, sin que mala bestia alguna venga a perturbar vuestro santo retiro de la Purísima. ¡Convento de la Purísima! ¡Oh, hija mía, y qué poco sabes los dulces recuerdos que este nombre me inspira! Este nombre absorbía mi mente y mi corazón los primeros años de mi sacerdocio. En él tenía puestas todas mis ilusiones, hasta que el Señor me marcó otro campo. Aunque Dios me destinara a otra parte de la tierra, jamás se me borrarían las dulces emociones que un día sentí por él. Estas emociones no han desaparecido, ni desaparecerán jamás. Ya ves, pues, que te deposito en un lugar donde ha habitado la mitad de mi corazón, y de donde no se separará jamás.»
   Aún después de haber cesado en su cargo de confesor ordinario de la Purísima, continuó asociándose a sus fiestas y aún predicando a veces en ellas. Hacia 1892 les decía, evocando el recuerdo de estas periódicas comunicaciones con sus hijas: «Ya que el Señor me hace la gracia de ofreceros aquí en este día, una vez más, con el júbilo de mi corazón, desde hace tantos años, desde los primeros fervores sacerdotales, este pequeño tributo, aconsejando a vosotras ya otras almas queridísimas que ya no existen, y duermen en este santo lugar, pedidle a Jesús por mí y que bendiga la obra de reparación que ha puesto en nuestras manos, y que nos conceda las gracias no obtenidas y que ya el año anterior le pedía desde la Ciudad Eterna, desde donde os saludaba y os recordaba...» Y en otra ocasión y en la noche de Navidad: «Mis hijas:. Otra vez el Señor nos concede reunirnos aquí, en este pequeño, humilde y santo lugar de tantos recuerdos para saludar la aurora de este día memorable. Otra vez más el Señor, en sus inagotables bondades, nos permite saborear aquí, en el silencio de esta noche, el fruto de vida nacido del corazón de María. Una vez más, venimos a percibir las claridades de esta fiesta y a gozar de las dulzuras de nuestra consagración a la Virgen. Veintiocho años hace que, revestido del carácter sacerdotal, santamente atraído y seducido por una anciana venerable de esta casa, he venido sin cesar, excepto ligerísimas interrupciones, y dejando todos los otros compromisos, a asociarme a vuestro regocijo, y a ayudar los sentimientos de vuestra piedad en este acto de la comunión. Y desde entonces, y durante este tiempo y estos años ¡cuántos recuerdos en este lugar! ¡cuántos acontecimientos! ¡Cuántos alegres cánticos han resonado en este recinto, en fiestas santamente bulliciosas! Mas también ¡cuántos actos de indecibles tristezas, al presenciar aquí flores queridas, arrancadas para siempre a nuestro cariño, ancianas venerables, hermanas amadísimas, hijas inolvidables, cuyo último suspiro recibí y cuyos ojos cerré durante este tiempo y estos años! ¡Cuántos acontecimientos, en los que, unidos y mancomunados mis afectos con los de las moradoras de esta casa, hemos participado de las mismas emociones, tantas y tan variadas! ¡Cuántos días de ansiedad y de angustia, cuando la impiedad revolucionaria se cernía sobre esta casa, y amenazaba esta vivienda, y teníamos que celebrar a puertas cerradas! ¡Qué encontrada s emociones en los días en que, por la idea del sacrificio, se arrancaron de nuestro seno otros miembros queridos para ir a extender la gloria de la Madre Purísima y darla a conocer a otros pueblos y a otras almas! ¡Qué cadenas de actos tan variados de glorias, fatigas, de tribulaciones interiores y de ejercicios exteriores, de afectos de alegría y satisfacción, de lágrimas dulcísimas de alegría, de dolores y gozos! Y han ido pasando sobre nuestro corazón esas olas encontradas de afectos y sentimientos y y el Señor ha querido continuar las tradiciones y las fiestas de esta casa, y os permite continuar sin quebranto en este santuario de vuestros amores, como retoño de olivo; y veis retoñar los vacíos que Dios y el tiempo os van dejando y nos permite repetir cum salute et pace una vez más esta fiesta, con la gratitud y alegría de nuestro Corazón. ¿Qué os diré yo, hijas mías, en este día que simboliza tantos recuerdos? Son tantas las ideas que os habré expuesto, que nada puede ofrecer novedad»...
   Con harta razón podían escribir las monjas de la Purísima a las Clarisas de Pedralbes, en una esquela que les enviaban por conducto de Don Manuel: «Este señor es muy de nuestra comunidad, y nosotras le queremos mucho y le tenemos mucha confianza... Es muy amigo de monjas; y, si quieren darle un buen rato, digan a la Reverenda Madre Abadesa que les permita cantarle una cancioncilla al Niño Jesús: que le gustan mucho.»

CAPÍTULO VIII



Vicario del Convento de Santa Clara de Tortosa

(1868-1891)



   Aludiendo a la multiplicidad de sus trabajos apostólicos, decía Don Manuel en diciembre de 1867 a un sacerdote amigo: «Yo, bueno; pero siempre corriendo, sin alcanzar jamás el término de mis propósitos». No bastaban a su actividad las clases del Instituto y el continuo ejercicio del confesonario, ya por esas fechas notablemente acrecentado con los de San Juan y la Purísima. Considerándose en situación interina y como de espera, conforme venía haciéndolos de vez en cuando desde años atrás, hasta fines de febrero de 1867, seguía poniendo entre sus intenciones la de «Pro destino». Bien pronto iba la Providencia a proporcionárselo, y muy acomodado a sus aptitudes y santas aficiones.
   El 10 de marzo de 1868 fue Don Manuel nombrado, por el Ilustrísimo Señor Vilamitjana, Vicario y confesor ordinario de las monjas franciscanas del convento de Santa Clara de Tortosa36. Tenía Don Manuel 32 años de edad. Esta circunstancia y las especiales dificultades que por entonces ofrecía el gobierno de aquella comunidad, daban a entender la excepcional estimación y confianza que su Prelado había concebido del joven sacerdote tortosino. ¿Qué impresión causó en éste tan insospechado nombramiento? El mismo va a decírnoslo con palabras de su primera plática a las religiosas de Santa Clara, cuyo borrador se conserva y queremos reproducir en gran parte, por lo interesante que es y la esplendorosa luz que arroja sobre el espíritu y la personalidad de Don Manuel: «El día de mi entrada en la Vicaría, 15 de marzo de 1868. Mis hermanas en el Señor, e hijas predilectas en el Corazón de mi Señor Jesucristo: Permitidme que os dé este nombre. Es la primera vez que lo dirijo a las religiosas. Y aunque debiera llenarme de santo rubor al pronunciarlo, me veo obligado a hacerlo. No es preciso deciros que Dios ha querido marcarme por medio de la obediencia, ha querido cargar sobre mis débiles hombros el cuidado de vuestras almas. Y al presentarme hoy por primera vez ante vosotras con este carácter, no puedo menos de confesaros y exponeros la lucha por que pasó mi espíritu cuando oí de la boca de mi Prelado esa comisión completamente inesperada y nunca jamás sospechada. Y al considerar en el silencio de la reflexión la obra que tenía que desempeñar, ocurrían a mi imaginación mil ideas encontrad-as, que no acertaré a explicar. Y se me representaba la santidad de este lugar, para mí respetable cual ninguno. Sin duda, las impresiones que recibí en mi infancia, al pisar el umbral de este claustro, único que visité hasta después de mi ordenación; aquellas ideas, digo, que me hacían consideraros como seres extraordinarios, renacían en mí en aquellos momentos y se me ofrecían vivas en mi imaginación vuestras santas antepasados, como estatuas graves y silenciosas, reprendiendo mi atrevimiento, por querer penetrar en el fondo de vuestro santuario; y contemplaba vuestras bellas virtudes, plantadas algunas de ellas, y cultivadas todas, por manos ¡ay! miles de veces más delicadas que las mías; y vuestra ilustración en materia de espíritu... y me confundía al considerar mi consentimiento, que había prestado. Y entonces, cuando para calmar mi intranquilidad quería buscar alguna idea consoladora que me animara, ¡ay!, tropezaba, para más amargura, con mi poca edad, con mi ninguna experiencia, con mi falta de conocimientos. ¡Cinco años sin haberme podido dedicar al estudio! ¡Novel en la dirección de los espíritus... Y mil otras ideas, que no es preciso os indique, me abatían verdaderamente el ánimo, en medio de la satisfacción, si es que alguna podía tener, por la deferencia de mi Superior....
   Pero, perdonad, hijas mías, si os ofendo con ello; era que entonces, en aquellos amargos momentos, no fijaba mi vista más que en mi insuficiencia; era que olvidaba completamente vuestra bondad, vuestra indulgencia para conmigo, y de la cual tantas pruebas tengo recibidas, vuestra caritativa y condescendiente virtud, Me olvidaba, perdonadme si me atrevo a presumirlo, me olvidaba de vuestra benevolencia y de vuestra futura, espontánea y bondadosa aceptación, y sólo esta idea, junto con la obediencia, pudieron calmar mi agitación y obligarme a aceptar con gusto este cargo. Vuestra benevolencia y la obediencia. Aún más: vuestra benevolencia, sin la ordenación superior, no hubiera sido bastante. Si alguna operación o influencia exterior mía hubiese mediado en este asunto, por más halagüeño y provechoso que hubiera podido ser para mí, y contando con todo vuestro cariño, el remordimiento que me hubiese causado el temor de contrariar los designios de la Providencia, y de no merecer su bendición, hubieran obligado a mi espíritu a desistir y acabar por abandonarlo. Sólo, pues, o al menos principalmente, la idea de la voluntad de Dios, ha sido la que me ha puesto en esta situación, más que hubiera podido hacerlo toda vuestra voluntad y espontánea manifestación, si hubiera tenido que hacerlo ella. Tal vez pueda incluir alguna dosis de ingratitud y desapego este modo de pensar mío. Sin embargo, dispensad, hijas mías, prefiero mi tranquila independencia, mi sosiego de espíritu antes que todas las consideraciones, que todo el cariño que puedan merecerme las criaturas; por más que el vuestro, y sea dicho de paso, sería para mí muy lisonjero, si hubiera merecido llegar a poseerlo.
   Pero, dejemos ya estas consideraciones, que no sé si he hecho bien o mal en exponerlas, ni quiero juzgar de la oportunidad. El caso es, hijas mías, que tengo confiado este encargo y al pronunciar el «Ecce ego» de Isaías a Dios, me he obligado al cumplimiento de mi misión. Justo es, pues, que os indique mis ideas y mis propósitos; y quiero hablaros con sencillez, con la sinceridad propia de mi genio: no es virtud, no, es más bien un defecto, una. debilidad de mi carácter, pero de la que me viene muy mal el tener que despojarme. Con esta sinceridad, pues, con esta sencillez quiero hoy hablaros y ¡ay! no quisiera que hablara mi boca, quisiera, sí, dirigiros el lenguaje del corazón... Y ante todo, un siniestro y amargo instinto me quiere hacer comprender que este destino va a ser una cruz, y cruz pesada, para mí; pero, gustoso me he abrazado con ella, ante el Corazón de Jesús, y por lo tanto me será agradable desde este momento.
Tal vez, con el tiempo, podrá ser un motivo de quebranto a mi ya no muy buena salud; pero ya casi la. he depuesto a los pies de Jesucristo, y en aras de mi afecto hacia vosotras, en el caso de que fuera necesario su sacrificio.
   Como os he indicado antes, jamás había soñado en la posibilidad de estar al frente de vosotras, pero desde hoy os he puesto las primeras en mi corazón en la presencia de Dios. Vuestro soy, por consiguiente, todo, y todo cuanto tengo. Una sola cosa no puedo ofreceros del todo por ahora, hijas mías: es el tiempo. Necesito mucha parte para el cumplimiento del otro destino, al, frente del cual me han puesto también mis Superiores; y parte también para mis, numerosas confesadas, con las que no he de romper de roñdón. Lo restante, pero de todos modos antes que la demás, vuestro es.
   En cambio, hijas mías, vosotras, ¿y cómo no?, tendréis que dispensar con vuestra caridad e indulgencia cuanto pueda ofender vuestra delicada modestia, cuanto pueda herir vuestra susceptibilidad, vuestra virtud, en fin. Porque, mirad, hijas mías, los que estamos en el mundo, y yo en particular, llevamos siempre en nuestro trato, en nuestros modales, ciertos resabios, que, sin advertirlo, están muy lejos de acomodarse a la verdadera modestia y a la perfección cristiana; y, como por desgracia, vivimos aisladamente sin ejemplos que nos estimulen y sin una voz caritativa que nos corrija¡ de ahí es que, al cabo, se nos llega a hacer habitual; Por ¡ello he pensado alguna vez que el Clero secular no sea, tal vez, el más a propósito para cargos que tengan relación con Institutos religiosos. Pero, no hay remedio: las circunstancias y los tiempos nos ponen en esta situación.
   Volviendo a la indulgencia que necesito de vuestra parte, no sé, hijas mías, el designio que la Providencia tendrá respecto de mí y de vosotras, ni el tiempo que el Señor nos concederá para ayudarnos con nuestras oraciones, y con nuestras mutuas relaciones; pero acaso pudiera suceder que, atendidas las ideas de uniformidad que abrigan nuestros Superiores, viniera tiempo en que yo llegase a ser también una cruz para vosotras, por mí carácter, por mi poca aptitud y demás circunstancias desfavorables que poseo. ¿Quién sabe si soy el instrumento de que Dios quiere valerse para satisfacer vuestros deseos de sacrificios, dé sufrimiento y de abnegación...? Y entonces tendríais que sufrirme. Y en este caso, hijas mías, mucho lo sentiría, sería muy amargo, para mi corazón ese cáliz, puesto que no sería efecto de mi voluntad; pero, a pesar de ello, hijas mías, no abandonaría mi cruz por mi sola voluntad; si la obediencia no me la hiciera declinar, me contentaría con ofrecer tal desconsuelo al Corazón amargadísimo de Jesús, y pediría a El que la aligerara o la descargara del todo, si era ésta su voluntad. Dios haga no llegue este momento.
   Yo quisiera también exponeros mi modo de opinar sobre ciertos asuntos, sobre el confesor y sobre otras cosas relativas a vosotras, y por ello había sido mi primer pensamiento haceros un triduo de retiro; pero, por otra parte, no son las circunstancias más a propósito para hacerlo; sólo, sí, me contentaré con deciros, y espero me creeréis, que todo cuanto yo pueda deciros en adelante desde este lugar, os lo podría decir ahora mismo, antes de conocer las disposiciones de esta comunidad, y sin Conocer el espíritu de ninguna de vosotras; y por consiguiente, no debéis creer jamás que sea efecto de alguna cosa que haya observado, o efecto de algún motivo particular, si os hago alguna vez alguna reflexión o reclamo contra algún abuso, o si os prevengo contra algún peligro. Será tan sólo porque lo comprendo ahora ya, y lo he comprendido siempre así, aún antes de tener ningún roce con personas religiosas.
   Sólo, sí, a pesar de que hoy no intento deciros nada, no puedo dejar, ya que estoy aquí, de indicaros algo sobre la dirección. Según opinión de mi, Prelado, de la cual no disiento, el uso de la confesión semanal, y aun ligera, es suficiente para el alimento de cualquier espíritu, excepto alguno que otro, agitado por los tormentos de la turbación. Un espíritu bien educado, disciplinado, puede ahorrar mucho tiempo para sí mismo, para los demás y para Dios.
   No creáis, hijas mías, que yo deje de comprender todo el fruto y el bien de la frecuente confesión, sobre todo en las que traen las disposiciones debidas; que es el único desahogo espiritual de las conciencias; el bálsamo que alimenta, cura y alienta para seguir el camino espinoso de la perfección; pero, también puede suceder muy bien que su frecuencia en algunos sea causa de menos disposiciones; puede suceder que este desahogo de espíritu, este deseo de consuelo, fuese acompañado de alguna dosis de carácter, de algún tanto de egoísmo, de menos desprendimiento de nosotros mismos, y nos buscáramos algo a nosotros, más bien que a Dios. No extrañéis este lenguaje, hijas mías; no es mío: es de personas muy respetables, y sobre todo, de maestros sabios y santos de hoy día, que desean hacerlo todo bien, pero sin dejar de ser avaros del tiempo. Hoy día debemos multiplicarnos, atendido lo, reducido de nuestro personal. Repito, hijas mías, que deseo no os haga mal efecto mi lenguaje; pues, por lo demás, yo sé cuánto deben ser atendidas las necesidades del corazón humano.
   Quiero concluir diciendo que vengo con los mayores deseos de vuestra santificación... Para dirigiros no es preciso que tenga vuestras virtudes...»
   En el fondo, como ya se transparenta en sus mismas palabras, aceptó Don Manuel el encargo, si con temor, también con íntimo gozo, por responder de lleno a sus aficiones y tendencias de apostolado de entonces y de siempre.
   El mismo Don Manuel confesaba qué el nombramiento de Vicario de Santa Clara le pareció tan glorioso como si fuera a la conquista del Perú.
   Años adelante, decía a un sacerdote, hijo espiritual suyo, el cual le comunicaba haber sido nombrado capellán y confesor de unas religiosas: «Mi buen N..:, Recibí ayer tarde la tuya, que rebosa satisfacción. También la tuve un día yo, cuando a los 32 años me encargaron de las Claras de Tortosa. Pero... todos aquellos mis entusiasmos pasaron.»
   Del fervoroso afán con que se aplicó al desempeño de sus deberes como Vicario, del acierto que mostró y de los excelentes resultados que obtuvo, dejemos hablar a sus religiosas.
   «El año.1868 -dice una de ellas- el señor Obispo Vilamitjana le nombró Vicario y confesor de esta comunidad, desplegando en el cargo sus ardientes fervores, de manera qué pronto se nos pegaron a nosotras las chispitas de los mismos con grandes deseos de perfección. Con su porte sencillo, amable y cariñoso, llevó la comunidad fácilmente por el camino de: la observancia y perfección de las reglas de nuestro Instituto. Era incansable. No escatimaba sacrificio ninguno por el bien de las almas. Era tan humilde, que además de encomendar sus empresas a las religiosas, les atribuía a ellas el buen éxito de las mismas.
   Sobre todo, a las almas más fervorosas se lo encargaba con más interés, pidiéndoles oraciones dobladas, con algún acto de mortificación, como disciplinas, y algún ayuno a pan y agua, a fin de poder alcanzar las fundaciones de los colegios para la Obra de la máxima gloria de Dios. A las religiosas nos hacía unas platiquitas y fervorines en los primeros años, en que estaba más desocupado, y en particular unas exhortaciones, que eran capaces de encender los corazones más helados.
   Un día le dijo una religiosa: «Hoy se conoce que está usted embriagado con el mosto del espíritu Santo»; y él la hizo callar. Sobre todo, hablando del Corazón de Jesús parecía un serafín o un apóstol, porque le salían las palabras como un torrente. Entre las muchas gracias que el cielo le concedió fue una la de ver nuestras, conciencias tan claramente como si estuviesen expuestas delante de su vista. Muchas veces nos adivinaba lo que nos daba pena, diciendo al alma que tenía a sus pies las faltas más claramente que ella misma las pudiese ver en su propia conciencia.
   Tenía grande sagacidad y libertad para decir todo lo que convenía a todas, sin herir a nadie, dejando a las almas tranquilas; y como más le tratábamos, más confianza le teníamos y más deseos de conferenciar sobre nuestras conciencias con él. Con una palabrita que nos dijese, nos bastaba. Siempre nos decía: «Estáte tranquila, que ya lo sé todo»; y verdaderamente era así, que todo lo sabía.
   A veces, para más humillarnos, nos hacía postrar con la cabeza en tierra, y en esta posición, después de decirnos algunas cositas para movernos a más dolor de nuestros pecados, nos daba la santa absolución. Una monjita le pidió permiso para postrarse todas las veces que había de recibirla, y se lo concedió, y lo practicó mientras pudo confesarse con el doctor Sol. Tenía también especial gracia para tranquilizar las conciencias perturbadas.
   Para corregir nuestras faltas y defectos lo hacía con mucha gracia; si convenía, suavemente, o usando de algún rigor o energía, dejando siempre al alma corregida y humillada ante Jesús, que es lo que él deseaba: sacar fruto de su trabajo, santificando a las almas que estaban debajo de su prudente dirección. A las religiosas les tenía un cariño de padre, y con las enfermas y delicadas tenía mucho cuidado, dándoles todos los consuelos que podía, tanto espirituales como temporales, porque su corazón de madre le hacía pensar en todo. Nunca olvidaremos sus santos consejos: que nos tenía embelesadas con sus fervores y virtudes. En una ocasión nos hizo rezar en comunidad la coronilla al Sagrado Corazón de Jesús todo un año seguido, y un día, riéndose, me dijo: «¡Pobres monjas! ¡Ellas mismas se hacen la sentencia!»... Quería decir con esto que tendría que dejarnos por sus empresas; y me lo decía porque sabía que era lo que más sentíamos el que nos dijese que nos dejaría por las muchas ocupaciones que tenía con sus colegios: lo que llegó un día, con grandísimo sentimiento nuestro. Y difícilmente se llenará este vacío.
   No es mi intención ofender a ninguna persona digna de este cargo, pero hasta ahora no he conocido otro semejante a Don Manuel Sol. Dios Nuestro Señor tiene poder para hacer otro Mosén Sol. Así lo creo. Pero hasta ahora no lo he conocido».
   Durante el largo espacio de 23 años, casi un cuarto de siglo, tuvieron las afortunadas Clarisas la dicha de beneficiarse de la santa dirección de Don Manuel, que se desvivid por ellas, en todo el rigor de la palabra. No cesó un punto de adoctrinarlas, predicarles, darles tandas de Ejercicios espirituales, hacerles fervorines y pláticas en las principales festividades; y en algunas fechas especiales, como el día de la renovación anual de votos, etc..., estaba siempre dispuesto a acudir al llamamiento de ellas cuando lo necesitaban, a defender sus intereses materiales, a ser el sempiterno socorredor de su pobreza.
   Uno de los principales y venturosos resultados que para las Clarisas se 1 siguieron del vicariato de Don Manuel, fue el de haber logrado éste, a fuerza de celo, discreción y fortaleza de carácter, reducirlas a la total y perfecta vida común,, pues en ésta, como en tantas otras comunidades religiosas, perdido con el transcurso de los tiempos el primitivo rigor y observancia constitucional, se habían introducido no pocos abusos, hasta el punto de que cada religiosa aderezaba por sí misma y tomaba sus refecciones en la propia celda.
   De lo que sufrió y trabajó Don Manuel por librar el convento de las intentonas de usurpación con que desde la Revolución del 68 se vio amenazado, diremos más adelante. Todo lo acometía y arriesgaba él por sus hijas: hasta la propia vida. Una de las ocasiones en que el azote del cólera visitó a Tortosa, siendo él ya Vicario de Santa Clara, fue tan general el pavor y la desbandada consiguiente, que hasta la misma familia de Don Manuel, que otras veces no lo había hecho, huyó de la ciudad. Como en aquel trance se presentara Don Manuel un día en el Palacio Episcopal, el Ilustrísimo Señor Vilamitjana se alarmó, pensando que iba a pedirle permiso para ausentarse, dejando así desatendidas las religiosas. «No, de ninguna manera -se apresuró a decirle Don Manuel-. Deseo sólo la licencia de V. S. I. para que se me arregle una habitación en el convento; y de ese modo no tendré que abandonarlas ni estar lejos de ellas.» Gustosísimamente vino en ello el Prelado, e instalóse Don Manuel en su nueva morada, que utilizó después en no pocas ocasiones. A su convento de Santa Clara se acogía para esconderse de las gentes en ciertas fechas: por ejemplo, algunos años, el día de su santo. En el de 1901 escribía a uno de sus Operarios: «Debía ir a pasar mi santo a Ulldecona... y al fin, me subí a mi Santa Clara, a las nueve de la noche de la víspera, les canté la Misa de media noche, y fervorín magno, que doce años no habían oído, etc., etc... Después de comer allí con Sales, Rey y Estruel, me bajé al Colegio, y así corté mareos.» En tal ocasión, y como introito y lema de la carta, pone esta rememorativa y simbolizadora cuarteta:

Convento de Santa Clara,
cuántos suspiros me debes!...
¡Cuántas veces he besado
la sombra de tus paredes!...

«Así decía -añade- una canción que oí por la calle, y por la noche, hace muchos años ... » Don Manuel la modificó para acomodarla a sus sentimientos del momento.
   Durante varios años, desde que comenzaron a multiplicarse sus tareas apostólicas, anduvo Don Manuel, ante la necesidad de atender de lleno a éstas, tentado de dimitir el cargo de Vicario de Santa Clara. Pero siempre acababa por ceder a las súplicas de sus monjitas, y a su propia inclinación y espiritual afecto hacia ellas. En 1881 le escribía desde Tarragona, donde era ya Arzobispo, su antiguo Prelado y gran amigo, el Excelentísimo señor Vilamitjana:
   «Salude usted a sus monjas. Y ¿va de veras el querer dejarlas?» Por fin, hizo el sacrificio. El 27 de febrero de 1891, el ilustrísimo señor Aznar y Pueyo37 le exoneraba de su oficio de Vicario y confesor ordinario de las Clarisas, con infinito pesar e indecible desconsuelo de éstas, que ni sabían, ni querían, ni juzgaban posible resignarse a tamaño sacrificio. Nunca dejó Don Manuel en lo sucesivo de servirlas y amarlas. Pocos meses antes de su muerte, el 9 de junio de 1908, aniversario 48. de su primera Misa, escribía a la Madre Ángela Gaya esta melancólica y enternecedora carta: «Recibí tus letritas tan exuberantes y jóvenes como hace 40 años, cuando Jesús puso a mi cuidado las tres primeras flores de ese jardín. Pero no lo recordemos, porque esos años me caen encima y me espantan ante el juicio de Dios, al pensar lo mal empleados que han sido; cuando debía haber llenado la tierra de gloria de Dios, y he hecho tan poco. Por Dios, ruega siempre por mí, que tengo mucho temor. Como más va, más me parece alejada la muerte; y no es bueno: pues los viejos vivimos de ilusiones, y aun, vivimos siempre con las raíces hacia la tierra, a pesar de tantos desengaños, y de tantos recuerdos tristes, y de tantas espinas. ¡Felices vosotras, que no necesitáis experimentar las que trae el comercio y trato con el mundo y sus desencantos! Y basta de lamentaciones...
   A mi pobilla38 Nieves quería hacer dos líneas; pero mejor sería una charrada o colación espiritual de un par de horas en la enfermería, rodeado de la colleta39 de pobillas, y hablaríamos de los tiempos pasados y presentes, y de mi Obra, y de las espinas y dolores y gozos de ella, y de tantos recuerdos de personas y de cosas, etc., etc. Pero no veo medios, y hasta pienso si Jesús quiere privarme de todos esos consuelos sensibles, aunque sean espirituales; que lo tengo muy merecido, y debo ofrecerlo en sacrificio de expiación... No os he enviado cosas esta temporada, aunque las he tenido, porque no había piara todas, ni para las enfermas o pobillas. Las estampitas, otra vez.»

CAPÍTULO IX



Director Espiritual: Afecto y desvelos paternales



   Ejerció Don Manuel en todo momento el ministerio de la dirección de las almas con un íntimo sentimiento y una arraigada y viva convicción de la importancia y trascendencia que encierra y de las graves responsabilidades anejas al mismo, juzgándose obligado, por virtud de ello, a prestar los oficios propios de una eficiente paternidad espiritual. Cuando él llama hijas a sus dirigidas, con toda la espontánea efusión de su corazón, no enuncia una simple fórmula de afecto, sino que pronuncia una palabra significativa de una condición real de verdadera filiación y paternidad espirituales, de ellas para con él, y de él para con ellas, respectivamente; la cual palpita y se trasluce en todas sus obras y palabras, sintiéndose a sí propio Don Manuel como depositario de aquellas almas, en el nombre de Dios, que las ponía en sus manos sacerdotales para que las condujese hacia El. Explícanse así sus desvelos, sus perseverantes cuidados, sus zozobras, sus santos temores en orden a la suerte de ellas.
   «Iré a Vinaroz -escribe a la abadesa de allí- y luego pasaré unas horas en Benicarló. Todo, si me lo permite el estado de doña Serafina Jordana, que está muy grave, y de mi Cinta Andrés, que no está buena. No se puede ser padre por ningún dinero.»
   «Desde el día en que la Providencia te condujo a mí -decía a una confesada suya, de harto complicado espíritu, por cierto- te he mirado siempre como un depósito sagrado, del cual debo dar cuenta especial, pues especial y maravilloso fue el resorte de que se valió el Señor para hacerte caer en los lazos de su gracia. Ahora bien, cuando considero que, a pesar de mis desvelos y de mis ansias, no puedo llenar el encargo de la Providencia, me contristo, temeroso de que mis descuidos o negligencias, o mis condescendencias, puedan dar ocasión a ello, por no reprenderte más o por no ofrecerte los medios de salir de este laberinto.» Le recuerda después, enumerándolos, los esfuerzos que llevaba realizados en favor de ella, y termina con esta pregunta: «Después de esto, ¿qué más quieres que haga por ti, hija mía?»
   La víspera del día en que otra de sus dirigidas se disponía a ingresar en las Clarisas, le escribe esta hermosa carta, que es la conmovedora historia de sus afanes en favor de aquella alma: «Mi muy apreciable y distinguida hija en el Sagrado Corazón de Jesús: Cercano está ya el suspirado momento. Mañana te serán abiertos los umbrales del claustro, y el jardín de Francisco te recibirá como flor arrancada del mundo. Omito el felicitarte, hija mía. Día vendrá, si el Señor en su bondad me lo permite, en que podré hacerlo cumplidamente. Por hoy sólo, y cumpliendo un deber, quiero recordarte el cariño de Dios para contigo, y las promesas que quiero le ofrezcas antes de darte mi última bendición; y quiero que los consejos que voy a darte los mires como cláusulas de mi testamento para contigo. El Señor te ha bendecido de un modo especial. Piensa que aun no habías nacido y ya estabas en la mente de Dios, que te tenía en su corazón y te escogía para este estado. Viniste al mundo, y al rededor de tu cuna nadie pensaba en ti, y el Señor encargaba al ángel de tu guarda que vigilase sobre tu existencia, porque te quería para El. Llegaste a la adolescencia... ¡Ay hija mía!, cuando pienso en las misericordias de Dios para contigo me enternezco. Nunca te lo había manifestado, pero creo es llegado el momento de no esconderte las bondades del Señor.
   Llegaste, digo, a tu adolescencia, y... el Señor, te condujo, por fin, a mí. La primera vez que viniste, lo recuerdo muy bien, yo no sé lo que sentí. A pesar de tus pocas palabras y reservada cobardía, parecía que el Señor me señalaba con el dedo tu alma, como un depósito que El quería confiarme. Pasó algún tiempo. Apenas te conocía personalmente, cuando indicaste tu inclinación a la vida religiosa. Lo recibí con frialdad. Pero la Virgen, que cuidaba de ti, no quiso que lo mirara con indiferencia.
   El domingo próximo a aquél en que me manifestaste tu deseo estaba yo en un rincón de la Purísima. Entraste tú y te pusiste ante el altar del Amor Hermoso. A pesar de lo muy cercanos que estábamos, no te apercibiste de mí... y en un momento un halo de luz te cubrió y la Virgen Santísima me dio a comprender la verdad de tu vocación, y desde aquel día te miré como una planta especial que el Esposo divino quería confiar a mi cuidado. Nueve años han transcurrido y pocos días ha habido que no te haya enviado una bendición después de la Santa Misa, aún en medio de mis viajes. Nueve años hace, y a pesar del interés que he tenido por ti, apenas te he inclinado a la vida del claustro; ¿Para asegurarme más y más de tu vocación te he dejado a ti sola, y únicamente he estado de centinela para examinar tu corazón y tus peligros... ¡Ay de ti, si un día no correspondes! Durante estos años, tal vez no has comprendido lo que me has hecho padecer por tus ligerezas de carácter...
   En este momento mismo me ocurren algunas de tus cosas que me han hecho sufrir, y confío que, a la luz de la meditación, tu Esposo Jesús te las hará llorar un día muy amargamente. Fuera de esto y de tu carácter pronto, que también me ha mortificado, por lo demás, no estoy descontento de ti... Tres cosas te pido para ,que pueda ser de consuelo para mí tu entrada: 1.º Que te propongas ser, santa, pero santa del todo. Si yo supiera que no habías de desear sino ser buena, te lo aseguro, no te admitiría. Has de prometerlo hoy a los pies de Jesús. Porque mira, hija mía, pasarán unos años, yo habré desaparecido ya de la tierra, y ya no te podré echar en cara si eres tibia o infiel a Dios, pero creo que del sueño de la tumba me levantaría para castigar tu infidelidad. El eco de esta voz que hoy te dirijo resonaría en tus oídos y te. perseguiría hasta la hora de tu muerte. Encargo al Ángel de tu guarda que no te dé un momento de sosiego. Quiero, pues, que desees ser santa, aunque para ello hayas de parecer singular y pisar el amor propio. 2.º Quiero que desees cada día más la estrechez de la vida religiosa... 3.º Iba a pedirte que encomiendes a Dios a mi familia y mis empresas. Pero esto te lo perdono, como también el que te olvides de mí, cuando el Señor disponga de mi existencia. Con tal que ames a Jesús y seas perfecta en todo, ya ,daré por bien, empleados los cuidados que por ti he tenido, aunque tal vez sin tú pensarlo. ¡Que pueda yo desde el cielo mostrarte como una flor agradable a Jesús! ¡Que puedas un día ser mi corona y mi gloria! ¡Que no tenga que arrepentirme de haberte apreciado y de haberte conocido! ¡Que nos podamos encontrar un día los dos en el regazo del dulcísimo Jesús!... Semejante a Jacob al bendecir a José, que caiga sobre ti, hija mía, el rocío de la gracia; que el Señor te guarde y te conserve; que el Ángel te acompañe en los pasos de tu vida; que el Corazón de Jesús sea tu consuelo en la hora de la muerte y tu gloria en la eternidad»...
   En idéntica ocasión escribía a otra dirigida suya: «Mi estimada hija en el Corazón de mi Señor Jesucristo: La hora de tu, entrada en el claustro ha sonado ya... Cuando fijo mi consideración en los admirables rodeos de que la Providencia se ha valido para llevarte a Dios, no puedo menos de llenarme de un santo entusiasmo... Pero ¡ay, qué años me has hecho pasar, hija mía! Tu espíritu, felizmente embobado, me angustiaba para el porvenir. Era tan delicado tu espíritu, que iba con mucho cuidado de tocar la más ligera fibra de tu corazón. Por eso, ya sabes cuán poco extenso era, y cuán poco salía de mi boca la palabra «elección de estado», ni nada absolutamente que pudiera estorbar tu calma. Pero el Pastor divino se cuidó bien pronto de hacer caer los golpes de su suave cayado y te indicó que era llegado el momento de tomar las armas de la vigilancia. El mundo creyó oportuna la hora de arrojar su disfraz, y de tenderte los lazos que tiempo hacía te tenía preparados, y se aumentaron tus tribulaciones... Sólo Dios sabe lo que padecí entonces. Permíteme un desahogo a mi corazón, ya que tal vez será el último. Cuántas veces tenía que sofocar, para no alarmar tu conciencia, los gemidos que me arrancaban tu situación, el temor de que perdieras tu tranquilidad, tu sosiego, tu candor, y cayeras en el abismo de los escrúpulos y de la desesperación...
   Si puedes, no dejes de enviar alguna súplica al Corazón de Jesús en mi favor. Lo principal que yo deseo es, que seas muy santa. Con esto daré por bien empleados los momentos que he dedicado a ti y que son más de los que tú puedas presumir. Cuando estemos en el cielo podrás apreciar debidamente los ratos de angustia que me has hecho pasar, aún en la oración, y los suspiros que me obligabas a dirigir a la Concepción Inmaculada, que era todo mi aliento y confianza .. »
   Repasando el «Dietario de Misas» de Don Manuel, resulta verdaderamente incontable el número de las que celebró para pedir la gracia de la vocación para sus hijas, para la remoción de obstáculos a la misma, para la perseverancia en ella, y luego que habían ya profesado, en hacimiento de gracias.
   A veces ofrecía por alguno de estos fines, novenarios enteros de misas o septenarios a San José. Tanto a sus hijas religiosas como a las de fuera del claustro, en determinadas ocasiones, sobre todo si se hallaban necesitadas, dedicaba oportunos obsequios y delicadas atenciones y hasta discretas ayudas económicas. Enviaba, una vez entre tantas, un tarro con extracto para refrescos o no sé qué golosinas a sus Claras, y les decía: «Creo que podréis tomarlo hasta en los días de jueves y viernes santo, y así Jesús se reirá un poquito en medio de sus tristezas. Santa Gertrudis se tomó un día que tenía mucha sed un racimo de uvas frescas para aliviar la sed de Jesús.»
   Muestras son de un corazón de padre tales atenciones, regalos y cuidados de Don. Manuel para con sus hijas. Pues, ¿qué, si llegaban a caer enfermas? «Su caridad -añade la Madre Victoria, Priora de las Concepcionistas de Benicarló- no conocía límites, ni le sufría el corazón verme apenada bajo ningún concepto. Si alguna vez, al despedirme en el sagrado tribunal, le parecía que yo no estaba satisfecha, me llamaba con ternura: «Hija mía, ¿qué tienes?, ¿no estás bien?, quédate tranquila...», y otras expresiones semejantes, que bastaban para sosegar el ánimo más turbado, del mundo. Una vez que estuve delicada en el convento de Tortosa, quiso él enviarme algunas cositas de regalo para alivio de mi enfermedad. Más adelante, estando ya en este convento de Benicarló, y habiendo sufrido grave quebranto mi salud, era para alabar a Dios ver las diligencias que hizo para curarme. No hay madre tan solícita y cariñosa que así se desviva por la salud de una hija querida, como mi amado Padre se desvivió por mí en aquella ocasión.
   No perdonó consultas de médicos, y se propuso hacer venir aquí uno de Tortosa, pero no siéndole posible al médico venir, se vino él a darme, instrucciones facultativas y ver qué podía hacer por mí. Después que se marchó de aquí me escribía cada dos o tres días. Copio un trocito de una carta suya: «Mi Victoria! ¡Pobre, hija mía, del que tiene mal! Que los que no lo tienen no llevan prisa nunca. No es culpa mía la tardanza. Al momento escribí al médico para ir a esa el día siguiente. Vino a verme, y sólo para decirme que antes de poner las órdenes por escrito, quería que yo mandase a usted que lo cumpla; y esta tarde debía haberme enviado el escrito y el régimen. A ver si iremos él y yo mañana». En otra carta: «Hablé al médico y le expliqué mis impresiones. Me dijo que si observa usted estrictamente lo que tiene prescrito, sin cansarse, haciéndolo todo, todo, él la sacará adelante, y quedará bien. Conque, leche, medicinas, a pesar de la nausea, y a pesar de todo; y yo se lo pido por amor de Jesús que lo cumpla y haga los imposibles. Escríbame cada tres o cuatro días, o haga escribir ... » Por demás está hacer comentarios sobre lo dicho. Pintado está el corazón paternal y compasivo de mi Santo Padre Don Manuel en estos rasgos de su bondad».
   Bien se muestra también que lo tenía como de padre en lo que nos revela una monjita de Santa Clara: «Solía entretenerse con nosotras -dice-, contarnos sus cosas y atender a nuestras menudencias, como si no tuviera otra cosa que hacer. Deseaba que fuéramos todas reparadoras del amor ultrajado del Corazón de Jesús y que nos ofreciéramos víctimas para consolarle en la Eucaristía. Y ¡cosa rara!... después de ofrecernos víctimas, si el Señor nos daba alguna enfermedad, no paraba hasta vernos restablecidas. De modo, que el amor que nos tenía obraba en su tierno corazón estos efectos tan en contraste: quería que fuésemos víctimas... sin padecer». A una de sus hijas espirituales de San Mateo, que se hallaba gravemente enferma, escribía: «Mi C...: No me viene bien que te mueras, hija mía. No obstante, si mi sentimiento ha de ser causa de que Jesús prolongue tus sufrimientos, no lo quiero; y así, te doy mi bendición para que Jesús cumpla en ti sus designios amorosos. Pido y pediré por ti, y haré pedir, y cuando vaya ahí te prometo una comunión general de todas esas almitas»...
   A otra de sus hijas en el siglo, a la cual había aconsejado Don Manuel que se ofreciese al sufrimiento y al holocausto, viéndola luego padecer, le dice: «Mi A... : Crea, hija mía, que me da alguna compasión el ver tantas permisiones de Jesús al diablo para que la ejercite en esas nuevas embestidas del mundo. Humíllese, y al mismo tiempo dé gracias a Dios, que le da ocasiones de ofrecerle algo por su amor teniendo que pasar ese coret tantas agitaciones. Una abrazada a Jesús Sacramentado... y todo se irá pasando. ¿Ve usted cómo tengo motivo para quejarme de usted? Si sé cómo anda, estoy tranquilo. Si no, ya puede pensar que no puedo estarlo. Y no lo tome por desconfianza que tenga de su firmeza y buena cabeza.... sino tan sólo como efecto de mi interés por su alma. Así, vaya escribiendo».
   A ésta su corresponsal aludía, escribiendo a la Abadesa del convento de Vinaroz: «Aunque sea un momentito quiero que me conozca y me bendiga a esa ovejita algún tanto rebelde, que el Señor, en mi apostolado, me ha hecho encontrar al pie de la montaña de la Virgen de los Ángeles, donde vagaba incierta, y a la cual el Corazón de Jesús ha querido confiar a mis cuidados. Dígale usted a Jesús que realice sobre ella sus designios amorosos, y pueda ser mi gozo y mi corona en el modo y manera que el Señor quiera disponer de ella. A ver si usted me sabrá decirle una palabrita de aquellas que a usted le dice Jesús Sacramentado».
   Pero, he aquí que la ovejita enfermó de gravedad. Una amiga de ella, dirigida también de Don Manuel, se lo deja entender a éste vagamente, para no impresionarle demasiado, y él contesta: «Ayer concluía mi carta diciéndote: «¡Cuánto me cuestas, hija mía!» Hoy debo empezarla diciéndote con más razón: ¡Cuánto me habéis hecho pensar y discurrir y sufrir! ¡Si será la gravedad de ésa, o de la otra, o de ti!... Y ¿si no es enfermedad? Anoche estaba para ir a ésa en carruaje, y se me disuadió... Aún no sé nada, si bien parece que Jesús me ha inspirado lo que podía ser. Ora y no sufráis».
   Al fin, un primo de la enferma, sacerdote piadosísimo y agente de Don Manuel en asuntos espirituales, se lo comunica. El corazón paternal de Don Manuel se alarma. Escribe al punto al mencionado sacerdote: «Estos días estaba yo rumiando el silencio, de A.. y presentía no estuviese bien. La suya me ha sorprendido, Vaya usted allá, y no para un día, sino para los que convenga, y déjese ahí un encargado; y si no lo encuentra, avíseme, por si puedo mandarle uno. Si está para ello, llévese ahí a la enferma, a pesar de sus tiquis miquis; y si quiere, y si quieren, y aún mejor, tráigamela aquí un par de meses y estará con C... No estoy con usted respecto a que Jesús se la lleve. Más vale padecer y no morir, que morir. Así, que viva para padecer. No me siento inclinado a ese acto de generosidad todavía. Que la cuide usted y no repare en darle cuanto necesite a cuenta mía, y después me lo dirá usted ¡Por Dios, no deje de irme escribiendo su estado y las líneas que ustedes hayan echado! ... »
   El Señor le ahorró este sacrificio, pero no mucho después le exigió otro aún mayor, llevándose al cielo a una de sus predilectas hijas espirituales, lugarteniente y colaboradora, principal de Don Manuel en el cultivo de uno de sus más ubérrimos campos de apostolado femenino. Andaba Don Manuel a la sazón ausente y lejos de Tortosa, ocupado en la fundación de uno de sus Colegios, y al saberlo se apresura a escribir a la que le había comunicado tan triste nueva: «Anoche, martes, antes de cenar, recibí el telegrama de Tortosa, participándome el fallecimiento de mi queridísima J... Me encontró en mala disposición, porque había tenido un día disipado y de consuelos, y ya puede usted pensar el trastorno que me causó y el efecto que me hizo.
   Se me presentaba esta hija de mi alma muriendo sin mí, tanto como yo deseaba recibir su último suspiro y colocarla con mis propias manos en el seno de Jesús, como se lo había prometido y ofrecido. ¿Por qué habrá querido Jesús privarnos a ella y a mí de este consuelo? ¡Qué ganoso es Jesús de mirras y de sacrificios! Y se me presentaban esas otras hijitas suyas y mías, y ese plantel colocado y confiado a sus cuidados, y la Escuela Dominical... y tantos proyectos como tenía formados en ésa por medio de ella. ¿Por qué lo habéis hecho, Jesús mío? ¿por qué? Adoro vuestras amorosísimas disposiciones; y si es para despojarnos más de los afectos de la tierra, ¡sea así, sea así!
   Acabo de celebrar la Santa Misa por ella, y he apretado fuertemente al Corazón Sacramentado para que, ya que El me la ha robado visiblemente sobre la tierra, la tenga Él ya en sus brazos y en su regazo de gloria, donde sé que continuará mirando con interés por mi alma, y velando y rogando por mis obras, por las cuales más de una vez se ha ofrecido víctima. ¡Víctima, que Jesús ha aceptado, aunque con amargura mía!
   Sin duda, en el momento que escribo -diez de la mañana- estarán ustedes en el entierro, y yo me asocio desde este lejano país, con mi espíritu, al fúnebre cortejo de ustedes y de todas esas almitas tristes, y las acompaño en el dolor y les envidio esa triste satisfacción de acompañar su cadáver. Perdóneme usted, hija mía, perdóneme este desahogo; que son varias las emociones de mi corazón, y recuerdo en este momento lo que he sufrido por ella, y lo muchísimo e indecible que ella ha sufrido, sólo comparable con los sufrimientos interiores de los mártires. Confío que Jesús los habrá aceptado todos, y yo le ofrezco lo que he sufrido de verla sufrir tanto. A Jesús la consagré y consagrada a El estaba para siempre, y no dudo tendrá la doble corona del martirio y de la virginidad. Que me perdone ella las desedificaciones que haya podido causarle yo a su delicadísimo espíritu; pues ustedes la conocían y sabían lo delicada que era esa alma predestinada. Perdóneme otra vez... y anímeme a esas criaturas y déles el pésame de mi parte. No se desalienten y continúen el mismo, lazo de unión y de piedad, y déme usted el consuelo de que yo, pueda disponer de usted, si Jesús lo quiere, para apóstol y continuadora en parte, de la misión de ella sobre alguna de esas almas. Escríbame enseguida y dígame de su enfermedad, de su muerte, entierro, de las niñas, situación de su mamá, etc., etc.»
   Otra de las dirigidas de Don Manuel, de fuera de Tortosa, declara: «Interés por mi alma tuvo, mucho, apartándome de los peligros, y dándome a mí sola ejercicios. He hecho otros, pero, los de más provecho los que hice con él. Me los hizo hacer muy bien. ¡Qué sacrificios se imponía por mí! Una vez estaba yo en Tortosa algo indispuesta y no quería decirlo al médico, por temor a las medicinas, y él me engañó: me dijo que fuese al Palacio Episcopal, a una habitación de las del patio, donde tenía venta de libros piadosos y estampas, diciéndome que vería cosas bonitas. Yo fui... y me encontré a un amigo suyo y médico nuestro también. Le había él llamado para que me recetase. Tuve que tomar las medicinas, pues a más que era para mi bien, Don Manuel se hubiera enfadado. Recuerdo que me dijo una vez que cuando se muriera le echaría mucho de menos. Tenía razón, pues es difícil encontrar quien le reemplace. Para mí era un padre.»
   Recibió Don Manuel un día una carta en la que una de sus confesadas le contaba las grandes tribulaciones por que estaba pasando. Leyósela a otro sacerdote y le dijo: «Debemos hacer mucha oración por esta alma, que sufre mucho.» Y no pudiendo, ir él mismo por entonces, envió a aquel sacerdote a la ciudad donde ella residía, con instrucciones suyas para que la consolara y animase.

CAPÍTULO X



Director Espiritual: Alentador y compasivo



Padre siempre, y tiernísimo, Don Manuel, si no esquivaba el reprender, sufría siempre que se veía precisado a hacerlo. «Mi pobrecita Sor...: -escribía. a una religiosa- Ayer te atormenté con mis riñas, y hoy me atormenta el que te hayas atormentado sin fundamento. Cuando seas dura en los combates, entonces ya no te admirarás de mis indiferencias.
   Como el Señor te ha. conducido como a la niña de sus ojos durante los días de tu feliz abobamiento, ahora te conturbas a los primeros asaltos de la bestia del infierno...
   No temas, pues, . ni padezcas por mis insulsos desvíos. Ellos te convienen. Desgraciada de ti, si hubieras encontrado una dirección melindrosa. Por esto, no creas que dejo de compadecerte ¡pues sé lo qué es el sufrir de las almas!
   No tardará en venir la calma, y Dios te premiará el sufrimiento; que no deja El sin recompensa ni un suspiro exhalado por su amor.»
   Más que tener que mostrarse severo y usar de saludable rigor p . ara conducir las almas a la perfección y probarlas, y preservarlas, placíale a Don Manuel, y se avenía mejor con su carácter amoroso y compasivo, consolar y alentar a sus dirigidas y serenar sus espíritus. «Mi pobrecita hija en Jesús: -decía a una de ellas-. Sé dócil y sencilla y sumisa: que ya sabes que Jesús lo quiere siempre, y lo debes tener presente todos los días de tu vida, porque Jesús es muy celoso de su voluntad en esto. Por lo demás, no temas...
   Dile a Jesús que ya estás conforme con que yo te castigue, pero que yo no debo hacerlo mientras sufras combates; que ya lo haré cuando sea ocasión; que El ya lo sabe y yo también. Ahora debo servirte de aliento, puesto que eres muy débil todavía. No me viene bien permitirte que te levantes, ni que hagas otras cosas parecidas, porque estás muy débil y podría hacerte perder la salud. Con todo, hasta que yo vaya, te doy licencia para que hagas lo que Dios te inspire. Mañana, día del Dulcísimo Nombre de María, pronúncialo 400 ó 500 veces, y ya verás cómo será bálsamo para    tu corazón: que ha sido tu Madre y lo será siempre. Y ni Jesús se atreverá a probarte mañana. Animo, pues, y no temas. Mañana    haré un mementito especial para ti en la Santa Misa»
   A otra: «¡Pobrecita mía! ¡pobrecita mía! decía el buen Jesús a la pecadora, pero gran penitente, Santa Margarita de Cortona. ¡Pobrecita mía! Y, a pesar de la dulzura de esta palabra, ella se deshacía en lágrimas de sentimiento y no estaba contenta. Y Jesús, que es tan bueno; riéndose de sus sentimientos, le dijo por fin: «¡Hija mía!, ¡pobrecita hija mía!»... Y al oír que había arrancado de los labios de Jesús la palabra de hija, la nena se tranquilizó, toda contenta. ¡Mi pobrecita Sor! ¡Qué días estás pasando! ¡Qué malos ratos quiere darte la bestia de la cola larga! Pero, no temas, ¡pobrecita!, ya pasará la tempestad, y entonces mejor que antes oirás de los labios de Jesús el dulce nombre de hija. No temas, repito. Es nada. lo. que tienes. Prepárate, sí, y prevente con las siguientes disposiciones: Docilidad y obediencia - Humildad ante Dios - Deseo de sufrimiento. No te creas todo lo que viene a la imaginación. Hiciste bien en comulgar... Cuando te encuentres muy triste, dile humillada al Señor: ¡Jesús mío, haced en mi vuestra voluntad! ¡Jesús mío, misericordia! ¡Jesús mío, aquí me tenéis! Conque adiós, pobrecita mía».
   «Mi pobrecita hija -escribe a una tercera-: Hemos tenido un día tan pesado, que casi puedo decir, como tú, que estoy cansado interior y exteriormente. Respecto de la situación, recuerda con frecuencia el salmo 42 de David: «Judica me: Júzgame, Señor, y distingue mi causa de la gente no santa que me persigue. Líbrame Señor, del hombre inicuo y doloso; porque Vos sois mi fortaleza. Et quare tristis incedo- ¿Por qué estoy triste mientras me aflige el enemigo? Quare tristis es, anima mea, et quare conturbas me- ¿Por qué estás triste, alma mía, y por qué me conturbas? Spera in Deo. Espera en Dios, que es mi salud y mi Dios». Repítelo con frecuencia, hija mía, y alienta a tu alma con la esperanza. Sobre lo que te pasa, no temas, y quiero que no hagas caso de todos los asaltos que te vengan. Y abre la boca, y respira bien, aunque hubiese de pasar una legión de enemigos por ella. Ya los arreglará el Corazón de Jesús. Has de obrar como, si no los temieras, y con desprecio, y como quien oye llover y no hace caso. En cuanto al llorar, si es muy dulce, bien puedes hacerlo ante el Corazón de Jesús: pero temo siempre que te degenere en tristeza y desaliento. Si no puedes aguantar, envíame a llamar. Jesús sea contigo, y te bendiga y guarde y te conserve. Sé animosa».
   Exigía Don Manuel de sus dirigidas una, completa apertura de razón y expansión de espíritu hacia él, acompañada de sencillez y sinceridad; y para con Dios, un corazón generosísimo.
   «Mi hija -dice a una de ellas-: Van unos momentitos para usted. Crea que Jesús me mortifica. Quisiera atender más a esa alma, que El me confía, y no tengo tiempo. Fortuna, que El lo hará como lo va, haciendo, y mejor que yo. No falta más que siga este camino de expansión y sinceridad. No me cae bien que usted diga que siente repugnancia en decir las cosas. Le tengo dicho que su mal único de toda la vida ha sido ese reconcentramiento. Válgale que Jesús la obligó, casi sin saber usted cómo, a entregar el hilo de ese capdell40 de su corazón; que, si no, hubiera ido vagando a merced de todos los vientos. Así, pues, sencillez y claridad, y no oculte ninguna de esas contradicciones que le parecen tan extrañas en su alma: que en nada da tanto gusto a Jesús y a mí. Vaya continuando así. No se deje la hora de oración diaria; y siempre que tenga alguna tentación, tranquilícese enseguida diciendo al Señor que usted no hará sino lo que se le mande, aunque sea con repugnancia».
   «Mi amadísima A... : No deje usted de ser repentista, que es cuando lo hace bien y se retrata mejor, aunque yo haya de sufrir. Crea que he hecho propósito de encomendarla más eficazmente a Jesús. Repito que como más tiempo va pasando, más interés siento por esa alma misteriosa... ¿Que harás, Jesús mío, de esa alma predestinada? Quisiera dar un golpe de gracia y me intimida y tendré que buscar el auxilio de otro, que me ayude a levantar el brazo para sacrificar esa víctima a la voluntad de Jesús; pues, como ella es tan santamente egoísta, quiere la tranquilidad de la obediencia, y así estará como un ángel bobo
, sufriendo, pero sin hacer nada. Tengo para mí que Jesús la quiere para santa, y aun para muchas cosas de su gloria. Así, hija mía, continúe con su sencillez y sinceridad».
   A una joven del siglo -alma piadosa pero extremadamente sensible y un tanto enigmática y compleja- de la cual fue Don Manuel mientras vivió padre, mentor y guía, y que a la sazón experimentaba un doloroso contratiempo, le dice: «Cuando yo esperaba una santa expansión de su, corazón lacerado, se me sale usted por no sé dónde; es usted como las anguilas, que se escapan de las redes, y aún de las manos, y se sumergen. Piense que ha de ser muy humilde; y que uno de los rasgos de la humildad es la franca expansión. Diga, pues, cómo está ese espíritu y ese coret. Si no lo merezco, es otra cosa. No obstante, yo la perseguiré con mis oraciones ante Jesús. Sabe usted que no quiero otra cosa sino que me sea espontánea siempre, como lo ha sido hasta ahora.» Al fin, lo fue del todo, abriendo de par en par su corazón a Don Manuel, y éste se apresura a contestar: «Gracias por su obediencia, aunque pasaron las 48 horas, y gracias por su escrito. No le sepa mal el decirme esos gemidos que le obligo a dar. Piense que los desahoga en quien se interesa vivamente por usted y que comprende lo que es el corazón humano. Quiero lo que Jesús quiera para usted. Pero lo quisiera con la calina de la santa indiferencia y sin espinas de apasionamientos; las cuales, al producir desengaños, son éstos amargos y perjudiciales, que en lugar de causar desprendimiento suave de las cosas de la tierra y no traen sino sequedad, desabrimiento e ira. Cuando, por el contrario, se obra con calma de corazón, los desengaños producen tristezas suaves y ante Jesús se pasan muy bien-Por esto, la compadezco y temo al mismo tiempo; y esto me obliga a repetirle la obediencia y sinceridad y sencillez. Ya sabe que he pedido a Jesús para usted penas y desengaños y golpes; y casi me arrepentiré de ello, si ha de sufrir demasiado en esas luchas y dudas y desvíos. Pero si Jesús lo quiere, y la quiere a usted para sufrir y para otros designios, ¿por qué no ha de ser generosa? No sabe todavía lo que le conviene, hija mía. Así, por amor a Jesús, no deje atar su corazón demasiado. El mundo es un loco; y ni comprende ni sabe pesar el mérito y valor de un alma y sus sacrificios, la mayor parte de las veces; y si Dios permitiera que así fuese (como tantas veces lo he pedido), sea usted más grande que el mundo... ¿Ya me practica el rato de compañía a Jesús los jueves por la noche?, Ahora, en invierno, la media horita en compañía de Jesús en el Huerto, le será a Él muy grata.»
   ¡Qué larga serie de interiores gozos debió experimentar Don Manuel, sintiendo -según la feliz frase de Concepción Arenal- el consuelo que se halla consolando, a juzgar por el número incalculable y casi continuo de ocasiones en que hubo de ejercer el piadoso y compasivo oficio de buen Samaritano para con las almas doloridas y tentadas!
   A una de ellas, víctima por algún tiempo de zozobras y dudas sobre su vocación, no se cansaba de escribirle una y otra y otra vez, sin abandonarla un momento; hasta que se calmó la tempestad, y tornó a reinar en el turbado espíritu la luz de la serenidad. Copiamos algunos fragmentos de las cartas de Don Manuel a su atribulada hija: «Mi pobrecita: Acabo de recibir la suya de anteayer, que concluye pidiéndome la bendición. Se la di en el acto de leerla, y con efusión y piedad. Ya sabe, y se lo recuerdo, que Jesús permitió que el primer día que vino a mí, sin yo saber quién era, la animé a no tomar ese estado. Después que la conocí, Jesús me inspiró una indiferencia santa, porque para todo me daba gozo, pues confiaba me sería un apóstol. Posteriormente, cuando la he conocido más, y en vista de sus declaraciones sinceras, me he sentido más inclinado a que se consagrara por entero a Jesús; pero esos misterios de angustias y temores me han hecho suspender todo juicio, aguardando a que Jesús le dé el golpe de gracia. Y a El lo fío. El se lo dará, sea para quedarse así, sea para otra cosa mejor. Desgraciadamente, para mayor confusión y para mayor sacrificio, ha venido a interponerse esa crisis, durante la cual no está usted para resolver. ¿Qué le diré, pues? Que no me tema nada ni esté en confusión; que el espíritu de Dios es muy pacífico. Y cuando se sienta agitada no resuelva nada ni en uno ni en otro sentido: que la resolución ha de ser muy suave y quieta y con gran luz y claridad. Así, bien quieta: que ya vendrá la luz... De todos modos, no quiero temores, ni sufrimientos; y se han de acabar pronto; que no sé cómo vive ya. Tiene usted recio corazón, como decía de sí propia Santa Teresa, y se vuelve tímida -como una paloma atontada... Por lo demás, no piense demasiado en el aislamiento de su porvenir. Yo no puedo hacerle grandes promesas, pero sí, que mientras yo viviere y pudiere, no repararía en ofrecerle el apoyo material y determinado que tenía ofrecido¡ a N.. para el día que lo hubiese necesitado. Ningún heredero de ella es para mí mejor que usted y con más derecho. Adiós, mi hija. Escriba, escriba ... »
   -«Mi pobrecita: Por amor de Jesús, no me sea tan patidora. No le espanten esos afectos sensibles y de simpatía, que le será imposible arrancar, pero que no son malos...
   Podrían ser acaso peligrosos con el tiempo, pero hoy no son malos. Como usted dice muy bien, no le puede ser indiferente la situación de X..., y no somos tan insensibles y desagradecidos, que dejemos de sentir afecto a los que nos han amado. Mas, como usted sabe que no es dueña de sí, sino que el dueño es Jesús, dígale a Este que hará usted lo que nosotros le mandemos en su nombre, y que por nada del mundo se apartará de su voluntad; que yo ya sé que así lo hará usted; y así, se tranquiliza. No tema ese interés; si no, se le hará una lligasa41 en su imaginación, que lo creerá todo pecado, y no sabrá discernir, y ante Jesús se encontrará como llena de ellos, y no sabrá abrazarse a El, y el corazón sentirá vacío, sin tener a Dios ni a las criaturas: y nada hay peor para el alma que ese estado. Con tal vaya diciéndolo todo, y con estar dispuesta a hacer la voluntad de Dios, esté segura. Sabe usted que Jesús la ama mucho; porque lo sé. Creo que, al fin, no tendrá usted otro remedio que ser toda de El. Aun después de ser toda de El, ese corazón de. usted, tan apasionado, la hará sufrir, pero dominará usted el sufrimiento y lo ofrecerá a Jesús. Crea de veras que quisiera poder darle un alivio. Con una parladeta se le calmaría la oleada de ese ánimo alborotado. ¡Ojalá fuera usted un pajarito y pudiera dar una voladita hasta aquí, y salir de esa atmósfera unos días! Que con esto sólo se encontraría otra. Respire y esté tranquila; pero sin dejar de decirme cuantas corrientes pasen por ese corazón y esa cabeza; que su cabeza hoy es todavía como la cabeza del puente de barcas de ésta: que pasa y repasa mucha gen-te y nadie se detiene. No le ha dado usted a Jesús su corazón, sino que El se lo ha tomado, a pesar de ser como es. ¿Qué hizo usted para merecerlo? El poder penetrar por la fe en el interior de Jesús, y verse unida a El, sin saber cómo; y que otras almas no lo penetran, siendo de mejores condiciones... ¿No la derrite esto? Estése, pues, contenta, aunque no tenga lo demás. Y prou42 ¿verdad? Me da pena hacerla escribir tanto. Con todo, hágalo, y tan frecuente como pueda ... » -«Mucho me placieron los nobles sentimientos de su alma. ¡Pobrecito corazón! Cuán lejos estaba y está usted de sospechar que iría desgajándose a pedazos a los golpes de los sacrificios que Dios le debía pedir, y a las sacudidas del remordimiento, del desengaño y de las penas, hasta que no le quedará más que un solo pedazo, libre de los humores de la tierra, y aun entonces para ser clavado con la completa abnegación en la cruz de Cristo. ¡Pobrecilla mariposa, que va dando vueltas alrededor de atracciones diversas y encontradas, sin saber qué llamas abrasarán al fin las alas de sus indefinidos deseos, dudas y perplejidades! Hasta ahora, en sus inconscientes travesuras, Jesús no le había, dado más que leche de tranquilidad y tal vez de consuelos, y El le guardaba el pan duro, pero sustancioso, de los temores, de la abnegación y del sacrificio. ¿Quiere digerirlo bien? Pues sea generosa para con El, y todo se le hará fácil y llano. Pero hágalo con paz y sin agitaciones... Así, pues, continúe sus plegarias, que tanta gracia me han hecho; que Jesús bendecirá la oración sencilla y candorosa. Y no me oculte ni uno de los pliegues de su pobrecita alma... Lo mejor que puede tener es que deje correr con sinceridad su alma sobre el papel cuando me escribe, y de palabra cuando me hable».
   -«No quiero que la abrumen tanto los juicios de Dios: quiero sea más bien hija que esclava de Jesús. Dígale que no le importa que le envíe la muerte y el infierno, con tal sea pudiéndole amar; que Jesús la tranquilizará. Ya sabe que El la ama, y que la ha conducido con cadenas dulcísimas de misericordia y de amor, y que ha contado todos sus pasos con amorosa solicitud. Y ¿quiere usted que se pierda esa alma que tanto le ha costado? ¡Ah, no! No sólo no se perderá, sino que El la convertirá en instrumento de su gloria para el bien de las almas, mediante el amor y el sufrimiento, y la hará una flor de su Corazón, que le suavizará las espinas de que está rodeado. Cuando pueda, ya le mandaré una estampa grande donde está escrito: «Después de esto, sólo amor y sacrificio».
   Consolando a una madre apenada por el ingreso de uno de sus hijos, hijo espiritual también de Don Manuel, en la Compañía de Jesús, donde ha desempeñado y desempeña muy altos y honoríficos cargos, escribía:
   «Muy estimada hija en Jesús: No tuve tiempo para dirigirle dos líneas por conducto de nuestro buen F... ¿Qué le diré? Le diré tan sólo, que en medio de la amargura que debe causarle este paso, debe llenarla de una santa satisfacción. Varias veces recuerdo haber advertido a usted la obligación que tenía de salvarme a su hijo por medio de sus oraciones, y se ve que usted lo ha cumplido, y quizás a ellas se debe la elección que Jesús hace del alma de él, y usted entrará a la parte en el mérito de todas las acciones que él practicará. Y si un día el Señor le destina para salvación de las almas, éstas en el cielo bendecirán a la madre del instrumento de las misericordias del Señor en favor de ellas.
   ¡Cuántas almas en el cielo bendecirán las lágrimas de una Mónica y de una madre de San Gregorio el Grande!... Bien quisiera animarla más, pero creo que no necesitará mis reflexiones, y que, puesta ante Jesús en la Sagrada Comunión, y abrazada con El, El derramará sobre usted las luces y consuelos que le compensarán la mirra de su corazón de usted. Sea, pues, generosa con Jesús, y yo le aseguro que El no le escatimará la recompensa.
   Dios sabe cuánto yo lo siento; y sólo el no oponerme a la voluntad de Dios me hace sujetar a sus disposiciones. El es el dueño, y debemos consagrarle estos mismos frutos de consuelo que su mano nos había proporcionado. Y Dios ha querido que le estimáramos tanto, para que fuera mayor este sacrificio, al pedírnoslo. Basta, hija mía ... »
   -A una de sus dirigidas de Tortosa, que se le quejaba con filial confianza, de que, no la atendía en la medida que ella deseaba, le responde: «Mi pobre hija: Dos palabras no más.
   No sé por qué se forma en la mente el que yo no quiero soportar sus penas. Soy de Jesús, y debo recibir las almas que me envía, pero quiero que sean humildes. Siempre que pueda le daré un ratito. Suba con frecuencia. Y aunque muchos días irá de prisa, porque ya sabe que no puedo ir de otro modo, otro día ocurrirá que no tendré a nadie y me ocuparé más. Además, instrucciones no necesita: porque ya le tengo dicho que todo lo de usted está reducido a sufrir, sufrir, sufrir y estar serena. Consuelo, sí que necesita: y por eso la animo y la animaré. Tenga franqueza y libertad, pensando que soy un amigo de Jesús y suyo».
   No se crea, con todo, que fuese la de Don Manuel una dirección espiritual acaramelada, pusilánime y sistemáticamente endeble y contemporizadora. Si no se puede decir de él en todo rigor lo que del dulcísimo San Francisco de Sales decía Santa Juana Francisca de Chantal: que era «el más mortificante de los hombres»; suave y predominantemente compasivo Don Manuel, por convicción y por temperamento, no obstante, cuando así lo demandaba. el mayor bien de sus dirigidas, mostrábase enérgico y resuelto. «Sabía -dice una de éstas- pisar muy hondo, hasta dar con la vena de los capitales siniestros, siendo este ahínco parte para que algunos penitentes hurtasen el cuerpo a su provechosa férula».
   «No sólo debes ser víctima del Señor -escribía a una de sus clarisas-, sino que también debes serlo mía en algunas ocasiones. Así como Dios hace pagar el mal humor de los pecados de las criaturas en las almas buenas, y les envía cruces y penas, desagraviándose en ellas, así no extrañes también, y debes estar contenta, que descargue algún porrazo de mis arrebatos sobre tus espaldas. Y no quiero que lo sientas».
   «No admitía réplicas a sus ordenaciones en el sagrado tribunal -declara la Madre Victoria del Sagrado Corazón-. Permitió el Señor que por algún tiempo estuviese mi alma como un mar alborotado, combatido de dudas y ansiedades crueles. Aquí desplegaba el sabio piloto toda su actividad y celo, y con grande autoridad imponía sus mandatos.
   «Jesús ha querido humillarla -me escribía- en lo que más extraño podía ser a su juicio y carácter. Bañeta43 ya sabe lo que se hace. Así, pues, repito con energía que obedezca hasta echarse al infierno con la obediencia...»
   Así consiguió desvanecer mis angustias y devolver a mi alma la paz del Señor. Cuando comenzó a tratarse de la fundación de este convento de Benicarló, pronto me indicó que eran sus intentos echar mano de mí para esta obra, y como yo me resistiese, alegando mi nulidad para empresa tan grande de la gloria de Dios, con su acostumbrada autoridad me mandó lo siguiente: «Ahora mismo, sin salir de este lugar, ponga la boca en el suelo y prométame que obedecerá a mis mandatos»; lo que yo ejecuté al momento sin réplica, y nunca más me resistí a su ordenación.
   A otra monja muy tímida, a la que se le oprimía el corazón al pensar si la mandaría venir, le dijo que no temiese, pues a ella la tenía destinada para estarse en Tortosa debajo de la chimenea. De lo que todas nos reímos mucho.»
   Era Don Manuel muy claro y sincero para decir a sus hijas sus faltas y reprenderlas, ora de un modo directo y terminante, ora embozando la censura en palabras cariñosas y frases de buen humor. «Seas breve en el confesonario -dice a una- y no seas melindrosa; que me ofende. Celebro te haya recibido bien Mosén M... No le seas tan pesadita como le son sus monjas... y todas las monjas.»
   «No tiene usted necesidad -escribía a una religiosa- de hacer votos para desprenderse de las criaturas: que ya lo debe estar bastante. De quien ha de desprenderse es de usted misma.»
   «No me he engañado nunca -escribe a la Superiora de un convento- en mujer de juicio y de cabeza hasta el presente; y ninguna me ha dominado, por más indomable que sea su carácter; pero, eso sí, me he dejado subyugar voluntariamente, aunque me hayan conducido hasta el ridículo, por la gloria de Dios. Y no me he arrepentido de haberlo hecho, aunque viniese un rompimiento; porque mi corazón no se cambia, aun en las amarguras y en los resentimientos. Si tiene confianza en mí, y mientras la tenga, déjeme obrar y piérdase todo44, por más mal que yo lo haga, con tal no falte a su conciencia: que no la haré faltar. Sólo, si, le digo que si los dos somos mandones y hemos nacido para mandar, piense que los hijos deben obedecer, y sobre todo, con humildad.»

CAPÍTULO XI



Director espiritual: Defensor de la «clase devota». -Afectuosa y agradecida correspondencia de sus dirigidas. -Normas de prudencia



   En tan alto grado estimaba Don Manuel a las personas piadosas y tenía una tan íntima convicción, revalorada por una larga experiencia, del mucho bien que las mujeres consagradas a la virtud en medio del mundo podían hacer, que no dejaba de formular una formal protesta, o al menos, de dar muestras de sentirse molesto y malhumorado, cada vez que advertía que se las trataba con desdén o con burlas. No podía sufrir con paciencia que las motejasen despectivamente de «beatas». -A uno de sus Operarios de Méjico le escribe: «En la anterior me decía usted a las devotas con el nombre de beatas. Ayer, en la plática mensual de los ordenandos, les decía que debía desterrarse este nombre; sino, sólo devotos y devotas, y mejor, personas piadosas».
   En efecto, conservase entre los papeles de Don Manuel el borrador de la aludida plática a los ordenandos del Colegio de Tortosa, y de ella transcribimos algunos fragmentos. «Trato con las personas piadosas» es el título de la misma, y como preámbulo del tema hace Don Manuel una fervorosa apología de las devotas.
   «Entre los sacerdotes -dice- se falta por prevención contra la clase piadosa... 1.º Prevenciones injustificadas... Es una cosa lamentable, y que me ha repugnado siempre desde estudiante, el modo cómo cierta clase del clero habla de las personas piadosas, aunque algunos queriendo hacer gracia, y lo mismo tratándose de los hombres que de las mujeres, sobre todo respecto de éstas, tratándolas con cierto desprecio. Con el pretexto de querer expresar con estos desprecios los defectos, no la piedad, hablan de esta clase (porque clase constituyen en el mundo de la religión); y no comprenden que esto no es ir contra los defectos, sino contra la clase misma.
   Tanto es así, que si este argumento valiera, lo mismo podrían decir los impíos cuando hablan pésimamente del clero: «no hablamos de las cosas buenas, sino de los defectos». Así, pues, creo debo salir a la defensa de esta clase. Y lo primero que se ha de evitar es tratarla con desprecio y ponerle motes.
   Hay, entre otros, un mote con el que se la ha designado por la impiedad, y le ha salido bien y ha hecho fortuna; y por lo mismo, lo hemos de procurar desterrar completamente, a ser posible. Tal nombre es el de beatos o beatas. A lo más, devotos y devotas, y mejor, personas piadosas. Las razones que deben movernos son: 1.ª El origen. Es casi indudable que la impiedad, y si no se quiere tanto, el espíritu del mundo, es el que lo ha propagado, sin que muchos de los sacerdotes se den cuenta de ello, al hacerse eco, autorizándolo sin pensarlo. Para muchos este mote ha sido una tapadera para excusar su falta de prácticas de piedad, y no confesarla a la descubierta. Es lo mismo que sucede a los impíos, y hasta a los separados de la religión católica. «Sí, han dicho muchos impíos, hay hombres, entre los que no tienen fe, que son mucho más honrados que muchos católicos, y más formales, y me fiaría más de ellos». Y a veces, es verdad. Y con todo, les argumento para hablar así del catolicismo y de los católicos- Sólo el origen deberá bastar para no hablar así y rechazar el mote.
   2.ª Por sus consecuencias. Ya sabéis la fuerza que tiene, y cuánto puede el respeto humano para impedir ciertas obras buenas, y cuánto bien reporta al infierno el qué dirán. Pues no pueden ponderarse las consecuencias que en las personas jóvenes de ambos sexos y en las almas débiles en la piedad, en seminaristas y hasta en sacerdotes, ha ejercido el temor de singularizarse en las prácticas de la piedad para que no se les diga y se les tenga por beatos.
   ¡Cuántas almas delicadas se han agostado en flor! Jovencita ha habido, a la cual se le ha dicho que frecuente los sacramentos, y ha contestado: «Yo quiero ir a la iglesia y al rosario el domingo, que van las otras... pero no quiero ser beata». Y lo dicen con candor, como si aquello otro fuera un espantajo, porque han oído hablar mal de las beatas... Y esto sucede principalmente en los pueblos donde hay poca piedad y poca frecuencia de sacramentos. En los pueblos donde haya mucha no habrá tanto reparo. No se criticará que un joven o una joven se den un poco a la disipación, porque el mundo lo cohonesta con las exigencias de la edad, con los compromisos de la sociedad, con que otras personas muy bien vistas, y aún religiosas, van al baile y al teatro, etc... Sólo para el bien hay respeto, humano. ¿Por qué? Si filosofáramos, veríamos que el origen ha sido el desprecio que se ha hecho de la clase piadosa. Se concibe que entre amigos sacerdotes se haga a veces un poco de broma de ciertas pesadeces, defectos y aún extravagancias de algunas de las almas que frecuentan la piedad. Hasta el mismo San Ligorio, para prevenir a los sacerdotes del trato con personas piadosas de cierta calidad, distingue (como en Italia hacen, con ese mismo espíritu del mundo) a las malas devotas con el nombre de hizzoche45. El P. Gassó en los ejercicios que dic aquí a las Teresianas, reprobando la falsa piedad de algunas, las decía «devotas de mala casta», y así bromeaban después ellas, diciéndole a alguna: «Eres de las de mala casta...»; porque las así calificadas por el Padre son el descrédito de la piedad. Esto, en ejercicios, y con delicadeza, combatir la falsa piedad, puede pasar. Pero, atendidos los malos resultados, debe prescindirse de hablar mal, y sobre todo de ponerles motes.
   Y no sólo esto, sino que debemos defenderlas, y excusar ciertos defectos ante el mundo y los detractores de la piedad, no dando pábulo a esas murmuraciones contra las personas piadosas, tanto hombres como mujeres. Alguna vez he oído murmurar de alguna persona seglar, hombre o mujer, de éstos que frecuentan los Sacramentos, y se ha hablado de su genio endemoniado e insufrible, de su dureza con los de casa, de su locuacidad y aun lengua murmuradora, etc., etc... Y era verdad todo. Y se puede contestar: «Dígame: Si esos defectos de carácter y esos sentimientos no tuvieran esa barrera de la piedad, el contrapeso de esa monomanía, si se quiere llamar así, de prácticas y de rezos ¿qué serían esos caracteres y esos temperamentos? Serían unas furias, unas de esas personas secas y sin corazón, o unas perdidas. De modo que, aunque con estos defectos, no se les debe echar en cara sus prácticas de piedad, porque, no por ellas, sino a pesar de ellas, tienen esas miserias. Esto es lo que puede contestarse a los mundanos que hablan mal de las personas piadosas. Mas, a los sacerdotes podría aún sugerírseles otros ejemplos. Porque, al fin y al cabo, esas personas, por lo general, no sólo están en gracia ,de Dios, sino que de entre ellas salen los únicos instrumentos para el bien y las que dan algún consuelo. Si leemos la historia de la Iglesia, veremos que desde San Pablo hasta el último misionero de hoy, han sido esas almas instrumentos de gracia en sus manos y ayuda y consuelo. Los primeros discípulos de Santiago, al venir a España, en Guadix fueron acogidos por una modesta mujer. De San Pablo, una simple criadita mereció que él la tuviese siempre presente en sus oraciones. Hace pocos días leía en la Vida del Venerable Gil de Federich que en las persecuciones sufridas en China se veían pobres mujeres, que eran las que iban buscando dinero para sobornar a los guardias del tirano. Un pobre labriego era el que lo acompañaba por las montañas en los peligros. ¡Cuántos ejemplos! Además, ¿de quién recibe Jesús reparación? ¿Quién sostiene el culto y ciertas obras de propaganda?... Se dirá que esas personas piadosas son las que más se meten en las cosas de la parroquia, y más murmuran de los sacerdotes. ¿Con quiénes han de tener cuestiones y de quiénes han de hablar sino de los que conocen y tratan? ¿Quiénes han de ver los defectos y descuidos más que ellas? Los que no van a la Iglesia no sabrán lo que pasa.
   Mal está aquel pueblo, donde no se fijan en el cura ni hablan de él. Un párroco me decía, lamentándose, «Estoy muy tranquilo. Nadie se cuida de mí. De casa a la iglesia, y a paseo. No vienen, y me dejan estar...» Concluyamos, pues, que nunca hemos de hacer burla de la clase piadosa con pretexto de que lo que se reprueba son sus. defectos; ya porque el hacerlo supone espíritu del mundo, ya por las consecuencias que ocasiona a otras almas, que podrían ser muy buenas y no practican la piedad para que no las tachen con motes; que habemos de abstenernos de esos motes, y aun nunca llamarles beatos o beatas, sino devotos y devotas; que hemos de defenderlas y excusarlas, aduciendo que es genio o temperamento, y publicando, en cambio, sus buenas cualidades...»

***

Al constante interés de Don Manuel por servir y defender a sus hijas, correspondían éstas con ternísimo y agradecido afecto y con filial confianza. Rivalizaban en amarle y disputábanse su predilección, mostrándose las religiosas de los diversos conventos en que confesaba y trataba, santamente celosas por parecerles que Don Manuel prefería y estimaba más a alguno de los otros. Le llamaban con el suave y regalado título de padre,
pero no por pura fórmula, sino por espontáneo y vivo sentimiento y arraigada convicción de que lo era; y en los últimos años, cariñosa y familiarmente, con el de abuelito; así como Don Manuel a ellas «mis nietecitas».
   Una religiosa le escribe: «Carísimo e inolvidable padre: permítame el que así le llame, puesto que más que de tierno padre, son de cariñosa madre para conmigo los afectos de usted. Y, además de esto, yo no sé qué nombre darle que le sea más propio que el de padre de huérfanos...» Si lo ven o lo suponen atribulado, lo consuelan y animan. «¡Cuántos días que nada sabemos de usted! -le dice un grupito de sus dirigidas del siglo, a raíz de la muerte de una compañera de ellas, que había causado profundo, sentimiento en el corazón de Don Manuel.- ¡Por el amor de Jesús, escriba y no nos haga padecer, Padre! ¿Ya no tiene tanta afición a nuestro pueblo...? ¿Que le causa dolor la pérdida de tal hija? Pues aquí tiene otras, que si no llenan el vacío de la que ya goza de la presencia de Jesús, al menos le darán algún consuelo. Y de mí ¿qué le diré? Ya que no sirvo más que para hacer sufrir, tómelo, con paciencia y no me deje: pues yo, en cambio, ya pediré a Jesús que endulce las amarguras de su corazón. Y si en alguna cosa le puedo dar consuelo, dígamelo, o mejor, mándemelo, que yo lo haré con la ayuda de Jesús... Yo, por mi parte, renuevo el sacrificio y me ofrezco víctima en satisfacción de mis pecados y de los pecados e ingratitudes de, todos los hombres. Sus hijas, desconsoladas y llenas algunas de sufrimientos y pruebas, pero valerosas para pelear y vencer. La Escuela sigue. Las chicas hacen algunas visitas y se reúnen algunas veces en la habitación de nuestro antiguo consuelo, y ahora lugar de lágrimas, pero de reflexiones santas...»
   Si tenían que vivir lejos de su lado, no aciertan a olvidarlo y suspiran por él: «Recibí la de usted -le escribe una Teresiana-. Mucho me alegré de ver letra de mi estimado Padre. Las lágrimas asomaron y rodaron por mis mejillas recordando aquellos primeros impulsos de la gracia venidos a mi alma por mediación de usted. No, amado Padre en el Señor; no puedo olvidarle en mis pobres oraciones y pequeños sacrificios...»
   Pues ¿qué, si le sabían enfermo? «¡Mi padrecito enfermo! -exclama otra Teresiana-. ¡Qué caro de sustos y oraciones! ¡Jesús nos le conserve sano y largos años, o nos dé, en cambio, gran caudal de resignación y paciencia a todos los que en el Señor tanto le amamos!»
   «¡Cuán vivamente siento su malestar! -le dice otra religiosa-. Con todo, no puedo persuadirme de que Jesús nos prive aún de su compañía, la cual sabe nos es necesaria para consuelo, amparo y dirección de muchos... Redoblaremos nuestras oraciones y obligaremos a Dios a que nos conceda algunos años más el beneficio de su preciosa vida».
   «No, no se canse de vivir, Padre mío -le escribe desde Valencia una hija espiritual-. Yo creo que hay alguna alma que le cede a V. R. graciosamente todos los años de vida que el Señor quiera, a fin de que dilate más y más el reino de Cristo en todos los corazones. Y después, ¡qué premio tan grande va a tener, Don Manuel!»
   Pero cuando con mayores apremios y más ardorosas ansias le reclamaban sus hijas, y también cuando con preferencia a cualquier otro trance anhelaba Don Manuel y se esforzaba por hallarse a su lado, era cuando alguna de ellas se hallaba en la hora de la muerte. Todas ansiaban despedirse de la vida asistidas por él, y del alma de todas y cada una deseaba Don Manuel hacer personal entrega en las manos del Creador. Tenía arte y virtud especiales para ayudar en aquellos momentos, y apasionada afición a prestar a los que amaba este postrimer auxilio. «Cuando teníamos -cuenta una clarisa- a alguna de las hermanas a punto de muerte, el modo de ayudarla Don Manuel a bien morir nos tenía a todas enfervorizadas, escuchando de su boca las dulces palabras que le decía. Otro tanto hacía con las personas seglares: no las dejaba hasta cerrarles los ojos y enviarlas al cielo. Así, que todas deseábamos morir entre sus brazos». «Un día -dice otra-, asistiendo a una .religiosa moribunda, le dije que descansara, y me contestó con un fervor inefable: «¿Piensas que es poco acompañar a un alma »que se va a gozar de Dios?» Y en otra ocasión, lleno de ansiedad y de pena de ver una religiosa que se le moría sin poder recibir a Nuestro Señor, se resolvió, por fin, a dárselo. Pero ¡cuánto sufrió de ver que no podía la enferma pasar la Sagrada Forma! ¡Qué angustias! ¡Qué miradas a donde estaba yo! Parecía como decirme con los ojos: ¡ayúdame! Y después, cuando me habló, me dijo: -Qué, ¿no has notado mis apuros?»
   «Aunque es inoportuno mi ofrecimiento -escribía Don Manuel a una de sus hijas espirituales enferma- le digo que si un día Dios agravase sus dolencias (que no quiero lo haga por ahora), y mi asistencia en la hora de su muerte debía servirle de consuelo espiritual, no repare en decirlo, haciendo escribir una carta al Obispo pidiéndole el permiso: que a pesar de mis ocupaciones, haría gustoso el sacrificio. Es lo único que puedo ofrecerle en mis pobrezas, y a no ser que la obediencia me lo impidiera».
   «He ido a ver esta tarde -dice a un Operario- a la Rosa de Jericó. No quiso morirse a últimos de diciembre, que yo la tenía como una manteca, y humilde y agradecida. Pero... no está bien, y no sé cuándo podré enviar el angelito al cielo».
   Hallábase en cierta ocasión peregrinando Don Manuel por los Colegios y escribía, a raíz de la muerte de seres para él muy queridos: «Recibí ayer aquí otra carta hablándome de una pobre ,mujer de Tortosa, que murió clamando que fuese Mosén Manuel. Oren ustedes por mis difuntos. Casi me he puesto afectado y he sentido vivamente creer a Benet, que no me dejó detenerme ahí y en Benicarló: pues, de otro modo, hubiese podido asistir a los tres y a Josefina también. Todo sea por Jesús»...
   Sabedor de que se hallaba gravísimamente enferma una de sus dirigidas de fuera de Tortosa, avisa por carta a un sacerdote, íntimo amigo suyo y confidente: «Yo no quisiera que usted la abandonara... Si no fuera por dar publicidad con mi oficiosidad, aún haría el, sacrificio de ir, si supiera que ha de morir, y yo tuviera cualquier pretexto, pues quisiera presentar aquella almita a Jesús. Pero Jesús quiere que haga este sacrificio. En fin, déme noticias frecuentes. Déle la bendición en nombre mío y hágala renovar su consagración a Jesús y que se ofrezca víctima por las almas, por España y por los intereses de nuestra Obra...»
   «El martes por la noche-escribe en otra ocasión-dormiré á, Mataró. Recibo carta de allá, de la Madre Escolástica, en que me dice que la Madre Vicaria pregunta que si no voy, y me lo pide por todos los Santos: que se va a morir y quiere que yo le dé a ella un consuelo ... »
   «¿Qué es esto ?pregunta a una hija espiritual- de querer dejar este mundo antes que yo- Ha de quedar aquí quien ruegue por mí cuando yo falte. Con todo, ya convengo en ello, con tal que usted viva cincuenta años santificándose y trabajando, y luego... ya la enviaré al cielo por mis manos».
   En época de epidemia escribíale una devota: «Yo sólo quisiera no morirme sin estar usted.: pues quisiera que Dios recibiera mi alma de sus brazos. Y me parece que no lo conseguiré». Don Manuel le responde: «¿Conque tienes ganas de morirte para que te encomiende a Dios? Precisamente por esto deseo que mis hijas vivan, para que lo hagan por mí; conque, no sé quién ganará».
   La Superiora de las Concepcionistas de Benicarló, la Madre María de la Concepción Victoria, alma distinguidísima y de excepcional virtud, escribíale el 30 de mayo de 1889, festividad de la Ascensión, rememorando los años del Vicariato de Don Manuel en Santa Clara: «Amadísimo Padre mío en Jesús: La, cartita que recibí de usted me consoló y animó mucho. Gracias, Padre, por sus saludables consejos. Ya sabe usted que, ayudada de la gracia divina, estoy dispuesta a sufrirlo todo, a abrazarlo todo, a renunciarlo todo, según exija la gloria de Dios. No quiero ser mezquina con El, sino generosa. Por tanto, Padre, deseo me ayude usted de vez en cuando con sus amonestaciones, que le digo de veras me ayudan mucho, y siempre con sus santas y fervorosas oraciones. Todos los días, en el noviciado se reza un padrenuestro a San José por las intenciones, asuntos y deseos de usted. Hoy, que es un día tan hermoso para los que aman a Jesús y se gozan de su entrada gloriosa en el cielo, se han duplicado las oraciones. Sé que es usted muy apasionado de esta festividad y recuerdo haber sido Varias veces testigo de sus fervores en aquel tiempo en que la Madre Santa Clara me quería por hija y yo daba vueltas alrededor de aquellas rejas y de aquel confesonario, hecha un mar de lágrimas y de angustias. ¡Cómo pasa el tiempo, Padre mío! Aquellos fervores de usted han crecido extraordinariamente hasta convertirlo en un grande apóstol del Sagrado Corazón de Jesús, pero mis lágrimas y angustias, los vivos deseos que entonces me animaban de ser toda de Jesús, han dado muy escasos resultados. También he pensado mucho esta mañana en la hermosa platiquita que me imagino habrá usted hecho a nuestras monjitas en el acto de la Sagrada Comunión; y aunque no he podido oírla, he estado presente con el espíritu. El buen Jesús, en cambio del sacrificio de no poder estar ahí en realidad, me ha dicho una palabrita al corazón, que vale más que todas las pláticas del mundo y que todos los sermones de los más elocuentes oradores. Pero ¡qué habladora soy! Pero, usted es mi Padre, y no llevará Jesús a mal que se lo haya dicho... ¡Cuántas emociones siente mi corazón al escribirle, y cuántos recuerdos sagrados se agolpan a mi mente de aquellos tiempos en que bajo su sombra protectora se deslizaba tranquila mi existencia, llena de santas y hermosas ilusiones, propias de un corazón joven y ardoroso! A usted debo mi felicidad de ser religiosa concepcionista, título para mí más inestimable que el de emperatriz de todo el mundo. En aquellos tiempos todo lo contemplaba yo bajo un prisma encantador: las monjas de Santa Clara me parecían ángeles, usted un santo y la iglesia un paraíso. Para mí no existían goces mayores en el mundo que asistir a alguna de esas funciones a recogerme solitaria en algún rinconcito de aquel santo templo, lleno de hechizos para mi alma. ¡Todo se ha pasado...!»

***

   Convencido Don Manuel de la grande utilidad y bienes que se derivan del acertado ejercicio de la dirección de las almas, no desconocía empero los peligros que ofrece. En una de sus pláticas a los ordenandos de Tortosa, les aleccionaba y prevenía para que se guardasen de ellos con estas oportunas y prácticas advertencias: «Precauciones respecto de la clase piadosa.-Puesto que hemos hablado de los sacerdotes que, por prevenciones injustificadas hacia ella, hablan y autorizan los dictados del espíritu del mundo, debemos decir dos palabras para prevenir los inconvenientes que puede ofrecer su trato, por lo mismo que son almas buenas y la piedad ejerce siempre ciertos atractivos. Hay algunos que tienen pusillus grex y creen que por sacar alguna monja tocan el cielo con las manos, y no piensan en nada más. Bueno es, pero... Así pues, hemos de tomar precauciones...
   1.º Hacernos perder el tiempo. -En general, sobre todo, si son monjas, son largas y hasta pesadas en su conversación, y no creen que hay otros asuntos que los suyos, y éstos son para ellas los más interesantes del mundo, como si no hubiese otra cosa más. Claro, que ha de mediar paciencia, y mucha; pero hemos de excusar cuanto se pueda la pérdida de tiempo. A San Ignacio le daban más tarea y más que hacer media docena de devotas, con las cuales estaba en relación, que toda la Compañía junta. Por esto, sin duda, puso en sus Constituciones que no tuvieran cargos fijos fuera de los objetos generales. Así, no largas conferencias en el confesonario, y menos en visitas, aunque sean conferencias espirituales. Los que hemos pasado el golfo podemos hablar con conocimiento y lamentamos el tiempo que no sólo hemos gastado, Sino malgastado con cierta clase de personas, aun con monjas. Cierto, que las sólidamente piadosas causan respeto y son menos temibles. Las semi son peligrosas...
   2.º Evitar familiaridad. -Antes me extrañaban ciertas sentencias de los santos: el «sermo brevis et rigidus», etc... Me parecían temores infundados. Hoy, no. Así, siempre con respeto. No excesivas familiaridades. Recibirlas, de modo que os vean siempre los de casa."
   3.º Independencia, por altas y distinguidas que sean, no buscando sino aprovecharlas para las obras de celo y gloria de Dios. Según Valuy, hemos de hacer como con las lámparas: poner aceite y dejarlas, para no ocuparnos más de ellas. Independencia, para no dejarnos llevar de motivos humanos, y por su aprecio; y, lo que sucede con frecuencia, por el bien que puedan reportarnos, si nos dan limosnas o misas. San Felipe Neri dice que, si se tiene fija la mirada en el bolsillo, piérdese de vista el bien del alma, y sucederá tener con ellas ciertas tolerancias para con sus defectos, que no sufriremos en otras si son pobres. Independencia, pues, y evitaremos llamar la atención y celos y murmuraciones.
   4.º No hacer demasiado caso de las grandes tribulaciones, que su imaginación exagera. Ni fiarse de sus muchos fervores... De esto hablaremos al tratar del modo de portarse en el confesonario.
Las razones que deben movernos a tomar todas estas precauciones son: 1.º La cabeza de las mujeres. No abunda en ellas el talento. Son halagadoras, tenaces y engendran celos y hacen pasar malos ratos. Estad seguros de que si os llegáis a entusiasmar por las virtudes y condiciones particulares de alguna, sufrís más desengaños: porque son como las mulas, que aun las mansas dan coces, cuando uno menos se piensa. 2.º Por el peligro que comprenderéis que naturalmente ofrece la comunicación con el otro sexo, aunque sea con ocasión del ministerio. No por ello debemos abstenernos de hacer el bien, no nos suceda lo que a aquel Obispo, amigo de San Francisco de Sales, del cual el Santo se burlaba graciosamente, diciéndole que no era pastor más que de la mitad de su rebaño, porque no quería confesar a ninguna mujer. Pero, sí, que no debemos olvidar estas enseñanzas, y echar mano de los remedios, no sea que nos suceda aquello que decía un párroco ingenioso: «Con esta clase de gentes, la piadosa, hay las más de las veces lucrum cessans, damnum emergens, periculum sortis". Si se trabaja en favor de esa clase con pureza de intención y con las precauciones debidas, tal vez no recojamos nosotros los resultados, pero otros los recogerán un día. Hace poco que un joven sacerdote, prebendado ya, de talento y de prestigio, que no se dedica al confesonario, me decía que extrañaba que yo alentase y fuese partidario de !a asiduidad, en él, y le dije que realmente lo era, si bien lamentaba no haber tenido más experiencia para evitar pesadeces; que si se iba con pureza de intención y con desprendimiento, se podía dar mucha gloria a Dios: 1.º, en las jovencitas, las cuales, entretenido su corazón y su imaginación con las cosas de piedad y frecuencia de Sacramentos, pasan así los años más peligrosos en el amor de Dios, y confianza y afecto, si se quiere, a su Director, y luego serán madres cristianas, o pueden ser religiosas; 2., si son casadas, mucho bien puede hacerse por medio de ellas en la educación de la familia y en obras de beneficencia; 3.º, si viudas sin hijos o solteras ya de edad, aunque sean de pobre posición, pueden hacer mucho en obras de caridad, pues no dejarán de tener algún celo por la gloria de Dios. Precisamente ese joven sacerdote tenía un famoso albaceazgo para obras pías, de una anciana. Le dije que, esa anciana, con otras dos hermanas suyas, las tres devotas, habían sido la carga del Padre Grau, Rector del Seminario, y le entretenían muchas veces, y no podíamos hablar al Rector, y murmuraban de ellas, etc. El Padre Grau no recibió el fruto, pero la gloria de Dios que resultaba ahora le era debida».
   A un joven sacerdote, muy su amigo, escribíale Don Manuel en estos festivos términos el 2 de agosto de 1868: «Si no estuviera usted tan cansado, y no lo fuera yo tanto, aprovecharía un momento y buscaría hilos para tejerle una gacetilla, que es lo único a que puede aspirar mi numen, o cuando más, algún discursillo monjil, dándole algunas reglas de mística parda, ya que, según dice usted y por cierto que debe saberlo, cuando lo dice un Doctor, puede ésta revestirse de varios disfraces o ropajes. Y yo, como ducho que soy en la materia, y sin que falte por ello a la modestia, le proporcionaría uno que le serviría y le guardaría de frío y calor, y le valdría para las mil circunstancias en que sin duda se verá y se encontrará, sin quererlo, en este mísero mundo. Por hoy lo dejo, porque quiero ser indulgente con su fatigosa cansera y con mis piernas, que están pidiendo misericordia por las muchas visitas porciúnculas de hoy, y desean ir a la cama».
   Otro novel sacerdote le consulta y pide instrucciones para desempeñar su cargo de Vicario de monjas, y Don Manuel le contesta: «No veo inconveniente en que acepte el nuevo destino. No lo tengo tampoco en ilustrarle respecto del nuevo cargo, y creo que con un par de lecciones tendrá bastante, si cumple mis prescripciones. Sobre el apego a sus almitas también hablaremos y entrará en la misma lección sacro-monjil».
   Un sacerdote, muy estimado de Don Manuel, había recomendado una postulante a cierta Abadesa, y Don Manuel aconsejaba a ésta que la vieran, «aunque, como suele decirse, -escribe- en visita todos somos buenos; y hay otro adagio que reza que «debajo de »una mala capa se encuentra a veces un buen bebedor». Así, pues, véanla; pues ya se ve que los informes del confesor no son bastantes, y sobre todo, si el confesor es primerizo: pues los padres estimamos demasiado a las hijas, y se dejan engañar fácilmente. Y esto sucede también a ciertas comadres, a las cuales acontece lo que a aquel que se enamoraba de las legañosas... No me parece exacta la versión de usted de que pueden ser muy buenas fuera y ,dentro no servir, pues no he visto ninguna que haya valido nunca fuera, si dentro ha sido poca cosa. Lo que puede acontecer muy bien, y de esto tengo experiencia, es que no todas son para unos mismos lugares. Puntos hay, donde al quererlas sencillas, las confunden con las simples, y al creerlas humildes, se ostentan pusilánimes. Y otros puntos hay, donde al quererlas discretas, se convierten en traviesas o remilgadas. Y basta por punto de doctrina cristiana».
   Dando consejos a ciertos Operarios designados para confesores de monjas, adviérteles Don Manuel: «No sean ustedes largos en reflexiones; al contrario, muy cortos. Eso sí, si son de clausura, necesitan ellas un poquito de desahogo, y así tengan paciencia, y que vean interés en ustedes por su alma, y no manifiesten nunca desagrado. El ganar la confianza es el primer paso. Así, ligeritos, pero siempre amabilidad. Según Cóncina, se requiere: multa scientia, magna prudentia, máxima patientia. Jesús que los ilumine. Y, sobre todo, no se dejen llevar del celo de hacerlas muy santas. Esto ya lo hará el Espíritu Santo».
   Respondiendo a otro Operario, que le consultaba sobre ciertas gracias extraordinarias recibidas por una confesada suya, dícele Don Manuel: «Acerca del otro asunto, se conoce que esa alma no es tonta, y tiene orden y claridad en la exposición de sus cosas. Pero no son por hoy más que pías imaginaciones de una alma buena, las cuales pueden muy bien escucharse y nada más, y sin hacer hincapié en ellas. A lo más, podrían ser aquellos juguetes que dice el P. Fáber hace Dios a algunas almas, que muchas veces no pasan de eso, y alguna vez son preludios de otros designios de Dios; en general, no pasan de ahí. Así, pues, escucharlo, o mas bien, oírlo, pero con indiferencia y sin dar importancia... Hace bien con mostrarse indiferente en las gracias extraordinarias, no gastando demasiado espacio con las que las tengan, no olvidando que es campo difícil de penetrar, y ha de dejar casi a Dios solo: como las lámparas, poner aceite y luego dejarlas estar».

CAPÍTULO XII



Director espiritual: Paciente. - Enfervorizador. -Su retraimiento de este ministerio.



   Se equivocaría quien pensara que sólo satisfacciones y gustos espirituales cosechó Don Manuel en el ministerio de la dirección de las almas. «Si es verdad -dice la Madre Rosalía del Niño Jesús- que tuvo consuelos, también lo es que experimentó muchos disgustos». Como no podía ser menos, hubo de cosechar en éste, como en los demás campos de apostolado, abundante copia de espinas y abrojos. Aparte el agobiador trabajo anejo al no interrumpido esfuerzo, saboreó la mirra amarga de desengaños, deslealtades, ingratitudes, contratiempos y murmuraciones.
   «El confesonario -decía Don Manuel- es lo más enojoso de nuestro ministerio, y en ciertas ocasiones, y muchas, lo más amargo». En los últimos años de su vida escribía a la Abadesa de Vinaroz: «No la olvido, aunque no la recuerde con la frecuencia que debiera. Por lo demás, es cierto que en la vida no se ven más que desengaños, y sólo en Jesús no se encuentran. Mi vida, como siempre, de gozos y dolores, pero de éstos los que más recibo son de los residuos que me quedan de monjas y devotas. Y lo peor es que no lo sé ofrecer ya a Dios, sin duda porque habré perdido la vocación para ese campo».
   Sentía hondísima pena si acertaba a saber que alguna de sus dirigidas se desviaba de los senderos de la virtud. «He sabido también lo otro de mi inolvidable N... -escribía en una de tales ocasiones- ¿Por qué me dio Jesús esa alma de tan buenísimas condiciones para hacerme sufrir y no poder remediarla? ¡Cuánto temo el abuso de las gracias que el Señor le ha concedido...! No sufra usted demasiado, hija mía. Acuda, sí, al Corazón de Jesús, que El la escuchará. Yo también se lo diré. No puedo avenirme al extravío de esa alma tan buena».
   ¿Y qué decir de las angustias y contradicciones que experimentó como fundador de conventos de religiosas? «Sufro más de lo que usted puede figurarse en estos asuntos -declaraba a una de ellas-; pues en los otros, aunque Jesús me pone apuros de corazón, no me afectan como éstos. Y ahora mismo, que voy a poner la mano en el gravísimo negocio del Colegio Hispano Romano, estoy tan tranquilo, que Jesús me Va siempre delante; y en estos otros siempre tengo sinsabores e intranquilidades. No obstante, le ,diré con San Martín: «Si sum necessarius, non recuso laborem». Si Jesús lo quiere, sufriré; pero que me quite esos sufrimientos de tener que tratar con mujeres y curats46, que no me prueban al espíritu mío. Pida a Jesús que, ya que sufro por ustedes, que me sea de mérito el sufrimiento y me bendiga las demás cosas de tanta gloria de El».
   Hablando de tres hermanas, hijas espirituales suyas, dice:
   «N... quería pagarme el viaje para ir a buscarlas. ¡Pobre N... Si hubieran de pagarme lo que me deben de suspiros y gemidos por ellas, no tendría dinero bastante...» Y escribiendo a las tres el día en que hicieron su entrada en un mismo convento, háblales en estos términos: «Mis amadísimas en el Señor: sin tiempo más que para enviarles mi bendición. Quisiera, en el día de su entrada, darles la bendición de Isaac, pidiendo para ustedes bendiciones de rore caeli, de todos los rocíos de gracias del cielo, y aun de pinguedine terrae, de abundancia de salud, y aun de intereses, ya que todos los han querido consagrar a la gloria de Dios; o darles algunas bendiciones de consuelos y esperanzas, de las que Jacob dio a los más queridos de sus hijos; o las que Elías quería dar a su amado Eliseo; y más las que Tobías dio a su hijo en su viaje peligroso. Pero no tengo tiempo, y se las doy todas con el afecto. Y muy bien puedo dárselas, porque han sido para mí Benjaminas, esto es, hijas de mi dolor. Porque desde el día en que el Señor quiso pusiera las manos sobre esas almas, a través de las rejas del confesonario de San Juan, siéndome tan desconocidas, no puedo decir los malos ratos, y pasos, y cálculos, y fatigas, y temores y sinsabores que me han causado, en mi ambición de que sirvieran para máxima gloria de Dios. Y enfermedades de N.... y abandonos de otros, y contradicciones de Superiores, y otras cosas que me callo, se amontonaron para ejercitarme en el Señor en mis ardientes y excesivos deseos. Por postres, algunos enfados de algunas, y murmuraciones de todos para con Mosén Sol, que sabe sacar tantos miles. Todo lo doy por bien empleado, con tal Jesús sea amado de esas palomitas y glorificado en las almas necesitadas de Vall de Uxó, en donde estoy creído brotarán algunos lirios delicados para Jesús, y ejemplos de edificación en muchas familias hoy dormidas en el sueño de la ignorancia e indiferencia. Para mí nada quiero, más que olvido y penas; si bien me es costoso el ofrecer esta mirra y este cáliz repugnante, por mi poco valor y mi falta de santidad».
   Aludiendo a cierta religiosa, hija espiritual suya, decía: «Haga Jesús que me sirva de consuelo y me ahorre penas; que no estoy para muchas. Y no obstante, sin penas no se crían hijos, y menos hijas».
   «Estoy aquí -escribía desde Valencia a una devota- sin agobios, ni correrías, ni nervios, ni enfados, ni malos humores, y sin penas de hijas, que son las más angustiosas. En cambio, no faltan otras penitas más hondas y de más trascendencia, por las contradicciones que Jesús permite de parte de buenos, que, según Santa Teresa, son las más dolorosas. Pero Jesús Sacramentado todo lo puede y El lo arreglará todo».
   Y a otra hija espiritual: «El lunes o martes subiremos al Desierto de las Palmas y estaremos. unos días en santa quietud y penitencia; aunque de ésta soy poco devoto; si bien no sé si la necesito, teniendo bastante con la penitencia de monjas y almitas. ¡Jesús que me perdone!»
   A un sacerdote, a quien por segunda vez habían nombrado Vicario de religiosas, le dice: «Ya se ve que usted, por sus pecados, está destinado a ser damnatus... ad monachas».
   «Mi pacífica D... -escribía a una religiosa-. Eres la única alma que no me atormenta y me deja en paz. Jesús te pague tu apacibilidad y quietud... No te falta mi bendición diaria»
   «Ayer vino -contaba a otra- la señora X... Estará hasta el sábado. Es una santa alma, pero capaz de hacer santos a los que ella tiene confianza». Y hablando de otra santa por el estilo: «Sí que desearía que Z... fuera a ver a usted. Ya tendría usted bastante con una visita, y compadecería entonces al Dr. Sol, que la ha sostenido ¡siete años...!»
   «Nunca olvidaré -le dice una Sanjuanista- lo mucho que ha hecho por mí y la paciencia en recibir mis cotidianas visitas cuando estaba V. R. en el confesonario de debajo de nuestro órgano. Todo ha pasado, Padre mío. Ahora no hay ya Parets47, como V. R., de tanta paciencia».
   Probó también el Señor a Don Manuel con ingratitudes y penas provenientes de aquellas mismas comunidades en favor de las cuales más se había él sacrificado. «¿Qué pecados he hecho, Señor ?exclamaba- que me queréis meter en tantos asuntos monjiles-» Desahogándose en los postreros años de su vida con la Abadesa de uno de los conventos por él fundados, le dice: «Mi amadísima y predilecta hija en Jesús: Estoy avergonzado, y mi corazón no está ya para excitaciones; que ya no lo tengo muy bueno, y me humilla y me remuerde. Parece mentira que a la vejez me ocupen el corazón cosas de niño... y que lo que ha sido mi gozo y mi orgullo y mi corona (así lo confío), tenga que convertirse en tribulación y mirra. Veo que Jesús nos quiere muy desprendidos, pero no pensaba que fuese hasta tanto. Veo que Jesús quiere amargar aún los consuelos más sencillos y espirituales. Siento el remordimiento de mi mal obrar con mis entusiasmos y apasionamientos con las criaturas. Todo esto siento en mí; pero, por otra parte, siento también en mí un deseo verdadero de apartarme de todo lo que pueda intranquilizarme».

***

   La prudente y perseverante labor de Don Manuel en el apostolado de la dirección espiritual, fue de una maravillosa eficacia, y abundantísimo el fruto que recogió de sus santos afanes, como premio por Dios otorgado a su ejemplar abnegación y desinterés y a su exquisita pureza de miras.
   Declaraba un sacerdote de la diócesis de Tortosa que no sabía explicarse cómo se las arreglaba Don Manuel para encauzar en breve tiempo y hacer entrar a las almas por los senderos de la perfección. «Yo-decía-las confesaba años y más años con la mejor voluntad, y no conseguía hacerlas salir de los moldes ordinarios. Iban mis feligresas a Tortosa, se las recomendaba a Mosén Sol, o daban ellas casualmente con su confesonario, le trataban sólo unas cuantas semanas, y volvían sabiendo de materias de oración, con muchos deseos de mortificarse, ganosas de amar a Jesús cada día más y ser sus reparadoras, y comulgaban con mucha frecuencia. Quedaba yo maravillado y confundido de estas súbitas e inesperadas metamorfosis en simples mujeres del pueblo. Tengo todavía algunas, y de las más modestas familias, que practican don asiduidad edificante, levantándose a media noche, la Hora Santa todos los jueves del año. Y la resolución de prestar este servicio a Jesús data de la primera vez que se confesaron con Don Manuel».
   La clave de semejantes éxitos nos la ofrecen estas palabras del mismo Don Manuel: «Es asombroso el efecto que produce el amor de Jesús en las almas. En el ejercicio del propio ministerio me encontré muchas veces con criaturas que no sabían absolutamente nada de las cosas de Dios; jovencitas criadas en el campo, y (le familias muy modestas, que jamás oyeron hablar de las finezas de Jesús y de su inexplicable cariño a las almas. Bastó iniciarlas en estas materias de la vida espiritual, descubrirles el modo fácil de agradar al perpetuo morador del Sagrario, poderle consolar, reparando a la vez las ofensas que recibe de continuo de parte de ingratos pecadores, para que se obraran cambios tan radicales en su manera de ser y de comportarse, que parecían otras, como si les hubieran cambiado el entendimiento, la voluntad y el corazón. Al calor de estas sencillas ideas las he visto encenderse en ansias de más sufrimiento, en arrebatos de amor seráfico, y pedían que les enseñara la manera de mortificarse, presintiendo la existencia de, instrumentos de penitencia, que no habían visto jamás... Y se entregaban tan animosas al apostolado del bien, que yo mismo quedaba maravillado de tan radical mudanza... que sólo puede y sabe producir y explicar el amor...»
   «Nuestro Padre -dice una clarisa- era un sol que iluminaba pon su luz y calentaba con su fuego. El fervor con que pronunciaba las palabras que nos decía, hablando de la perfección, no podía dejar de producir sus efectos. Paso -en silencio lo que nos decía del Corazón de Jesús, pues ya lo saben los que le conocieron. Si hablaba de la Santísima Virgen María, aunque estuviera en el confesonario se paraba para saludarla, y después, con qué ternura le decía, aquella estrofa: «Maria, Mater gratiae...»
   Una devota de las del siglo, infatigable y fidelísima coadjutora espiritual de Don Manuel, se expresa de esta forma: «Creo que desde mí juventud Don Manuel me persiguió con sus oraciones, y se comprende que, sin yo apercibirme de ello, en cuantas ocasiones tenía me acercaba a Jesús, introduciéndome en caminos de poderle hallar con mayor perfección; de modo que puedo asegurar debe mi alma a tan santo varón el haberse enamorado de Jesús y los deseos de servirle que más vivamente he sentido».
   «En el confesonario -refiere otra- infundía cierta veneración y respeto que edificaba, dando sabios consejos sobre la pureza».
   Conducíase a veces en este ministerio con un candor santamente infantil y rebosante de afecto paternal. «Las temporadas en que yo estaba delicada -declara una religiosa- y después de hablar unas cuantas palabras ya no podía más, me decía: Siéntate y descansa; entretanto hablaré yo. Entonces me contaba sus penas y sus gozos. Después rezábamos el avemaría entre los dos y decía: Ya está cumplida la penitencia. Contaba yo 18 años y había de elegir confesor. De tres que tenía en la imaginación, era él uno, pero la franqueza que siempre le había tenido hacia que de ninguna manera me pudiera vencer para escogerlo. Por otra parte, parecía que el Señor me, inspiraba con mucha fuerza que había de ser él y nadie más. Probé de hacer suertes y me salió él. Aquí me acabé de apurar, y de ninguna manera me podía resolver. Por fin, determine ir a aconsejarme de él, pero le nombré a los otros dos solos y me contestó: Escoge al que quieras; que al que escojas yo le avisaré que te confiese cuando y a la hora que puedas. Mas los fuertes golpes que daba el Señor a mi corazón hicieron salir de mi boca las siguientes palabras: Y si vengo a usted, ¿le sabrá mal? -¡Ay! no, hija, no. Palabras que se me grabaron en el corazón y nunca se me han olvidado. Y me entregué. ¡Ay, si yo supiera explicar con la pluma las gracias que el cielo ha derramado sobre mi alma por medio de su santa dirección! ¡Desgraciada de mí, si me hubiera hecho la sorda y no me hubiese vencido en dichas repugnancias! ... »
   «Cuando nuestra reverenda Madre -le dice una religiosa de Benicarló- nos habla o nos da noticias de usted, estoy contentísima; y más si es en ocasión en que yo puedo preguntar o tomar parte en la conversación ¿No sabe usted que cuando yo era pequeñita le dio el Señor la gracia de que me enfervorizasen el corazón sus palabras? Y el bien que hizo eso a mi alma no lo puedo olvidar».
   «Conocí dos jóvenes -cuenta Sor Josefina. Sol, Sanjuanista de Barcelona- muy mundanas y callejeras. Tomólas Don Manuel bajo su dirección, y una de ellas se hizo una cristiana fervorosa y otra llegó a ser modelo de religiosas».
   «Tenía Don Manuel -atestigua Sor María de Padua, de las Religiosas de Jesús-María-el don de infundir en el alma la paz de que él gozaba siempre. Por más turbada que una fuera a él, salía pacificada y fervorosa, pues no sé qué tenían sus palabras; y es que estaba lleno de Dios, y por eso lo daba a los demás».
   Un joven seminarista -cuyo nombre nos reservamos, pero que es hoy honor y lustre de la Iglesia española- escribía en cierta ocasión a Don Manuel: «He recibido esta mañana su carta, que ha hecho muchísimo bien a mi alma, pues le ha dado gran caudal de paz y tranquilidad. Deudor le quedo de un gran beneficio, y quisiera poder hacer algo más de lo que puedo para pagárselo; aunque me consuela pensar en que Dios, y no una pobre criatura, es quien ha de recompensar sus trabajos, cuidados y desvelos... Aunque es verdad que no siente mi corazón grandes entusiasmos sensibles por nada, no puede menos de agradecer, y agradecer hasta conmoverse, consuelos y favores como el que usted me ha dispensado. Yo propongo ante Jesús seguir sus consejos de obediencia y docilidad en mis ansiedades...»
   Una religiosa, aludiendo a un sobrino suyo, que perdido de escrúpulos se hallaba a punto de salir del noviciado de la Compañía de Jesús, suplicaba a Don Manuel: «Desearía que le escribiese usted para darle algún consuelo, pues recuerdo que la otra vez que los tuvo me dijo que, si no hubiera sido por usted, hubiera perdido la cabeza...»
   Otra religiosa, al pie de una carta autógrafa de Don Manuel, que nos remite, pone estas palabras: «Esta carta me la escribió en circunstancias en que por permisión de Dios estaba yo hecha una loquita de escrúpulos y penas del alma, y con ella logró sosegar mucho mi espíritu».
   «Mucho consuelo tuve al recibir su cartita -decíale una tercera- y se serenó un poco el nublado que me rodea. Con cinco minutos de usted, creo desaparecería la turbación en que estoy sumida».
   «Madre: -escribía a una religiosa cierta jovencita de Tortosa- el Señor me ha dado un padre. Me parece que más que padre: porque me parece que es un santo. Tantas veces como me hallo en presencia de él, Nuestro Señor se digna comunicarme la virtud de ser apóstol de la fe y de la oración».
   Finalmente, una clarisa daba a Don Manuel, en estos términos, la enhorabuena por la apertura del Templo de Reparación de Tortosa: «No puedo menos de felicitarle porque ya se cumplieron sus grandes y fervorosos deseos de la adoración perpetua a Jesús Sacramentado. Al pensar en las grandes dificultades que se oponían, y que V. R. ya pensaba en ponerlo en Valencia, me fui a mi Jesús y le pedí que las allanase con todo mi corazón, y con aquellos ímpetus de fervor que V. R. sabe derramar sobre mí».

***

   No abandonó nunca del todo Don Manuel este apostolado, que sabía ser tan santamente fecundo, de la dirección espiritual de las almas, pero a medida que, con el trascurso de los años, íbanse multiplicando sus otras empresas de celo, sin serle posible ya abarcarlas todas, fuese desentendiendo cada vez más de este ministerio, hacia el que tanta predilección sentía. Forzábanle a ello, por añadidura, la razonada oposición de sus Operarios y sus propias enfermedades.
   «Mi retraimiento de tratar con monjas -excusábase Don Manuel en noviembre de 1889- es porque no puedo con todo y me hace escrúpulo el tiempo que he gastado y gasto con ellas, pues falto a mis deberes y temo que me vaya mal lo demás, a no ser que ellas lo suplan con oraciones». Y en mayo del 90 decía a la Superiora de una Comunidad religiosa: «No interprete usted mal lo que dije que no hace bien a mi espíritu; sino que, como son cositas pequeñitas siempre las que se mezclan en esos asuntos de devotas y monjas, y yo quiero cosas muy grandes, por eso no me satisface el tener que ir contando con temores y veleidades y cosas así».
   Una de las resoluciones que tomó en los Ejercicios espirituales de aquel año, fue la de «dejar las monjas». Pero no acababa de romper con ellas, y en agosto de 1891 escribía a la Abadesa del convento de Vinaroz: «No me mortifica con los escritos, y hágalo siempre. Aunque el tunante de Serrano ya conoce la letra, y se sonríe, no importa. Ya saben que las monjas me tienen engañado. Pero es el caso que temo, y no lo quisiera, que los hijos imiten al padre, pues veo que a ellos les están engañando las Puras y las Claras para todo lo que quieren, y yo me estoy burlando de ellos».
   El 29 de abril del 92 tornaba a escribir desde Roma a la misma: «Los míos me dicen que no debo entender en monjas, teniendo tantos cabos que atar. Y veo que no sólo yo, sino tampoco los otros pueden meterse en asuntos de monjas, pues vivimos a lo militar». «No me muevo de casa -decía en mayo de 1900 a un Operario- y no puedo hacer más que lo del día y tengo mucho atrasado, y aun me fatigo, y no sé si por la vejez. La Abadesa de Vinaroz quiere vaya el 24 allá, pero no iré. Me espanta todo lo de monjas».
   «Voy siguiendo regular -escribía el 19 de marzo de 1904-. Hoy ha sido el primer día, en año y medio, que he dicho misa en iglesia. Las Puras no tenían misa, he ido, y he tomado el desayuno con Margenat en el locutorio, y me han mareado los gemidos de aquellas buenas almas, a las que dos años hacía no había visitado».
   Lamentábase Don Manuel con frecuencia, en los últimos días de su vida, ante don Juan B. Calatayud, del tiempo que había empleado con las monjas y devotas.
   No obstante, su deliberado ostracismo monjil no le impidió hasta el postrer momento de su vida estar siempre dispuesto a atender a las, demandas y despachar las consultas de sus hijas. Pocos meses antes de su muerte, el 8 de septiembre de 1908, enviaba estas líneas a una sanjuanista: «Mi Sor D...: Recibidas tus cartitas últimas, sobre todo la del 40.º aniversario de tu vestición y 44.º que por vez primera viniste a la Catedral, toda ruborosa y fingiendo hasta la voz, etc., etc. ¡Cuántos recuerdos! No has sido de las que más me hicieron sufrir en la carrera de la vocación, pero sí de las que me inspiraron más interés y más confianza. Y por esta confianza te quería enviar a Tarragona, aunque no sin sacrificio, pues pensaba entonces que aquello era de mayor gloria de Dios; y El premió mi buena intención y desprendimiento haciendo que te quedaras aquí cerca. Y aquí no he omitido mi interés por tu alma y bienestar, gastando bastantes ratos en tus desahogos, tus penas y tus cargos. Por esto no es verdad que me excuse de ir. Pero mis achaques me dan mucha pereza para salir de casa y para ciertas cosas. Y parece que el Señor me quiere para vida retirada y escondida con Cristo. No obstante, si tenías alguna necesidad de mi presencia personal o consejo verbal, sabes que lo haré; y más, si vienen días buenos; e iría a la sacristía o al confesonario, con permiso de tu Superiora. ¿Qué más quieres?»

CAPÍTULO XIII



Durante la época revolucionaria: Ayudando a Ossó. -Defensor de las Clarisas. -La «Juventud Católica». -Apóstol de la Buena Prensa. -Su primer viaje a Roma el año 70.

(1868-1872)



   De tristísimas y funestas consecuencias, al igual que para España entera, fue también para Tortosa la Revolución septembrina de 1868. Expulsados de la ciudad los Jesuitas el 1.º de octubre, fue convertida en Hospital su casa del Arrabal del Jesús; en el Seminario, del cual se incautó la Junta revolucionaria, fueron instalados los Juzgados; y el Colegio de Santiago y San Matías, asaltado violentamente por el populacho, destinado a cuartel de «los Voluntarios de la Libertad».
   Años de agitaciones, de zozobras y continua angustia fueron aquellos para los pacíficos moradores de Tortosa. Decretado por el Ayuntamiento el matrimonio civil, comenzaron a celebrarse algunos en la ciudad. Al mismo tiempo se declaraban suprimidas las misas que por tradición secular venían diciéndose en el Oratorio dedicado al Santo Ángel, Patrono de Tortosa, en la Casa, del Concejo municipal. Quedó prohibido llevar pública y solemnemente el viático a los enfermos, y al clero asistir a los entierros. Comenzaron a venderse en ferias y mercados libros y folletos protestantes. En el teatro de la Merced, hoy templo de la Reparación, blasfemaban a su talante en mitinescas asambleas Roque Barcia y Suñer y Capdevila. En 1870 ordenó el Ayuntamiento a los serenos que sustituyeran el tradicional y cristiano «¡Ave María Purísima!» por el grito de «¡Viva la Soberanía nacional!» repetido por tres veces, y en 1873 por el de «¡Viva la República española!». Las sangrientas y brutales represalias de los revolucionarios, exasperados por el número verdaderamente exorbitante de tortosinos alistados en las filas del ejército carlista; los encarcelamientos en masa, destierros y malos tratos infligidos a honrados y pacíficos ciudadanos, y aun a sacerdotes; las frecuentes incursiones de los carlistas en la ciudad; el merodeo continuo de uno y otro ejército por sus alrededores, y otras causas semejantes, hacían vivir a los tortosinos en constante temor y desasosiego.
   Tal era el sombrío cuadro que ofrecía por aquellos infaustos años de revueltas políticas, y el ambiente en que se desenvolvía, la vida religiosa y social de Tortosa, y el campo en que debía operar y desarrollarse el intrépido y- ardoroso celo de Don Manuel.
   Fue su primer cuidado cooperar eficazmente con sus alientos y consejos, con sus prestaciones económicas y con su colaboración ministerial, a la múltiple y portentosa labor apostólica emprendida por su santo amigo Don Enrique de Ossó48.
   «Don Manuel -declara una religiosa teresiana- estaba fuera de sí de gozo con los triunfos de don Enrique, y ambos formaban un solo corazón».
   Desde entonces y por muchos años, fueron compañeros de espirituales excursiones por la diócesis tortosina y fuera de ella, «Tengo -escribía Don Manuel a un amigo sacerdote- muchas ganas, si no necesidad, de irme a descansar unos días, y las circunstancias me las quitan, Ossó me ha escrito tres cartas desde Borriol y el Desierto a fin de que fuese allá, y prometiéndome pasar después a Valencia y recorrer un poco la Plana, y no me he atrevido a acceder».
   Por testimonio del que fue párroco de Cinctorres, don Matías Boix, sabemos que el 24 y 25 de julio de 1892, hallábanse allí Don Manuel y don Enrique para establecer la «Archicofradía Teresiana», «en la cual -dice- ha encontrado y encuentra asilo seguro y refugio confortable la juventud femenina. El calor de aquellos fervorines, pláticas y sermones, déjase sentir aún hoy, y está en la memoria de todos su recuerdo».

***

   No bien se hubo posesionado Don Manuel de su cargo de Vicario de Santa Clara, vióse obligado, por efecto también del movimiento revolucionario, a desplegar toda suerte de actividades e industrias a fin de impedir que se cumpliera la amenaza de expulsión de las religiosas de su monasterio, decretada por el Gobierno, para convertirlo en hospital militar de guerra. Ante semejante peligro, «el caritativo corazón de Don Manuel -dice una clarisa- se destrozaba de dolor y pena. ¡Cuánto trabajó y sufrió, junto con otras personas que le querían49, sacrificándose de día y de noche, ya con promesas, ya con dádivas, para poder conseguir dejarnos. en el retiro del claustro, diciéndonos a nosotras: «Hijas mías, vosotras con oraciones y penitencias, mortificaciones »y sacrificios, y yo cansando personas, y poniendo de mi parte »todo lo que pueda, hemos de alcanzar la misericordia de Dios...» Verdaderamente, fue para nosotras un cariñoso padre, que siempre vivirá en nuestros corazones».
   A más de celebrar misas y orar él y hacer a otros orar a esta intención, redactó Don Manuel en 1868 los borradores de varias patéticas cartas que, firmadas luego por la Abadesa, enviaban las monjitas a la Condesa de Reus, doña Francisca Agüero, esposa del general Prim, suplicando que interpusiera en favor de ellas la poderosa influencia de su marido para que se frustraran los impíos planes del Gobierno revolucionario. La intervención de la Condesa obtuvo felicísimo resultado. Asesinado el general Prim, a fines de diciembre de 187050, no dejaron por eso las clarisas de acogerse al amparo de su caritativa viuda en otras dos idénticas ocasiones, y con el mismo favorable éxito: en 1871 y 1872. En demostración de su agradecimiento enviáronle, como humilde y piadosa ofrenda, un facsímil de la Santa Cinta, de la celestial Patrona de Tortosa.
   Una carta de pésame por la muerte de su esposa, dirigida a don Estanislao Figueras, a nombre de las religiosas de Santa Clara, encontrada entre los papeles de Don Manuel, hácenos sospechar que también a esta señora debieron demandar aquéllas protección en tan apurados trances.
   Aludiendo al primero en que hubieron de encontrarse, decía Don Manuel a sus hijas de, Santa Clara, en la plática del primer domingo de Adviento de 1869: «Hace un año, venerables Madres y hermanas en el Señor, hace un año, que en esta domínica y desde este mismo lugar, reunidas, por la misericordia de Dios, todas las que ahora me escucháis, os recordaba, antes de empezar mi discurso, la situación triste en que nos encontrábamos. El horizonte político y religioso, encapotado; una terrible tempestad nos amenazaba y se oía el sordo rugir del trueno y la justicia de Dios vibrando sobre nuestras cabezas, mediante la permisión de un amargo decreto humano, que angustiaba nuestro corazón. Y en medio de aquella crítica situación, os aconsejaba que, abstrayéndoos de todo, y ya que la bondad divina nos lo permitía, nos entregásemos al silenció y gemidos de la oración y a la preparación de la venida del Mesías, respondiendo al acento que la Iglesia nos dirigía. ¿Quién había de creer, hijas mías, que habíamos de pasar un año en igual situación; que habíamos de permanecer en medio de las iras de nuestros enemigos, bajo el omnímodo poder de los que han jurado nuestro completo exterminio, y que, sin embargo, nos conservaríamos ilesos en medio de la catástrofe que amenazaba ser general? Colocados bajo la protección del Cielo, hemos podido, exclamar, como David: «Verdaderamente, el Señor es nuestro refugio y nuestro sostén; con su escudo nos ha defendido; ha embotado las saetas de nuestros adversarios; nos ha libertado de los temores de la noche y de las asechanzas del demonio meridiano, y no ha permitido que se acercaran a nosotros; porque el Señor ha puesto altísimo refugio y por esto no ha podido llegar el azote a nuestro defendido tabernáculo; porque El ha mandado a sus ángeles que nos guarden en los caminos de la vida; y hemos podido escapar del áspid de las maledicencias, de las calumnias, del desprecio y del basilisco de la profanación...» Y ¿por qué todo esto, hijas mías? Clamabit ad me, et ego exaudiam eum. Porque supimos clamar a El en los días de la angustia; porque supimos afligir nuestro corazón como David en la presencia de Dios, y El se complace en estar más cerca de nosotros cuando nadamos en la tribulación -cum ipso sum in tribulatione-; y el Señor se complació en escuchar nuestros lamentos y las humildes, súplicas de nuestras almas... Pero ¡ay, hijas mías! que el azote continúa levantado, la tormenta ruge allá en lontananza, el porvenir se presenta oscuro y negro, su aspecto quebranta el aliento aun de los menos tímidos, y, nadie puede prever el desenlace de los acontecimientos que pueden sobrevenir sobre nosotros y sobre la Iglesia. Los que no fían sus cálculos más que en el poder y en la fuerza del hombre auguran fatalmente.
   Es que tal vez el Señor exige algo más; es que tal vez no hemos llenado el objeto que se proponía. ¿Quién sabe si en medio de las tribulaciones, cuando el Señor nos arrancaba promesas y le protestábamos fidelidad, se dejó engañar santamente, si se me permite la expresión, y ahora, viendo nuestra poca correspondencia, esté suspendiendo todavía el castigo?... Con mayor motivo, pues, que el año anterior, puedo deciros que os abstraigáis de todo ... »
   No tan sólo las clarisas, sino las religiosas de Tortosa en general, y más especialmente las de la Purísima, viéronse envueltas por aquellos turbulentos días en amenazas de expulsiones. Acérrimamente batalló Don Manuel a favor de todas ellas desde la prensa, publicando vibrantes artículos en defensa de los conventos de religiosas, «eternos centinelas -escribía- de las generaciones, a través de la noche de los siglos, que nos elevan de continuo a la idea de una vida superior a la del cuerpo...» «Son las religiosas -decía- lámparas del Santuario, dedicadas a arder ante Dios durante el sueño de nuestra tibieza y de nuestra indiferencia. Son, en medio de las pasiones, vicisitudes y quebrantos de nuestra vida, como aquellos ángeles que nos pinta un poeta, que se interponen ante Dios en las tempestades...»
   En este linaje de artículos. llegaba a lo sumo la exaltación ascética y lírica de Don Manuel, cuando a la par que sus sentimientos religiosos sentía heridas las fibras de su ardoroso amor a Tortosa. El que escribió en defensa del histórico convento de la Concepción Victoria, es un entusiástico y enardecido canto a las seculares, gloriosas y santas, tradiciones de su patria chica,

***

   Para contrarrestar los efectos desastrosos de la Revolución en el orden religioso y social, concibió Don Manuel la idea de realizar dos obras acomodadísimas a las necesidades del momento.
   Con el fin de aplacar la ira del cielo y ofrecer al Señor una compensación y contrapeso ante las ofensas de los hombres, y para hacer que descendiesen sobre éstos las misericordias de Dios, proyectó la fundación de una comunidad religiosa de clausura, a base de las clarisas, consagrada exclusivamente a expiar y reparar al Corazón de Jesús. No dejó de dar en este sentido algunos pasos, escribiendo a una dama de alta alcurnia y muy piadosa para invitarla a que proporcionase el necesario apoyo económico.
   No correspondió la dama a las esperanzas de Don Manuel, y quedaron sin realización los santos anhelos de éste.
   Era, por otra parte, urgentísimo combatir contra la Revolución en el terreno social, y para salvar a los jóvenes, enamorándolos de la religión y haciendo de ellos adalides de la Iglesia y de la patria, organizó Don Manuel en 1869 la «Juventud Católica» de Tortosa.
   «Mucho ha sido -confesaba años más tarde- mi amor a la juventud. Desde el día en que, recién ordenado, se me colocó en el Instituto, como profesor y como Secretario, he tenido interés por la juventud varonil. Aunque no hubiera sido por mi natural afecto, la experiencia de la importancia que tiene este campo, los resultados de gloria de Dios y bien de la sociedad, y por lo tanto de bien de la juventud, serían bastante motivo para mirarla con predilección.
   Vilá, Franquet, Olesa, los Tallada, en los revueltos días del 68, fueron objeto de nuestra solicitud y salvaron sus convicciones en medio de aquellas borrascas. Otros, que no miraron, o no se cobijaron bajo esta sombra, naufragaron. Y aunque algunos se han cogido, al fin, a una tabla de salvación, otros desgraciados se hundieron en la impiedad... España estaba bajo la presión de una atmósfera asfixiante de desbordamiento de pasiones, y casi diríamos de impiedad, en aquel nuevo orden de cosas, después de la tempestad del 68. Se me acercaron entonces dos o tres jóvenes de los que habían sido mis discípulos en el Instituto, pidiéndome una organización semejante a la que había iniciado la juventud católica de Madrid. Consulté Con el Prelado Señor Vilamitjana, que lo aprobó, y provoqué una reunión en una casa que servía de escuela de latín, porque el Seminario estaba arrebatado por la revolución. Entre los concurrentes estaban don José Franquet Ferreres, don Víctor Olesa, don Santiago Vilá, don Domingo Grego y otros. Les expuse el pensamiento de constituir la Juventud Católica con las bases de la de Madrid y un reglamento particular, que allí se empezó a discutir. Les indiqué para Consiliario al Magistral de entonces, el malogrado señor Vilaret. No sólo se recibió muy bien la idea, sino con entusiasmo tal, que no se presentó dificultad que no se venciera, dispuestos no sólo a defender las convicciones católicas que habían recibido de sus familias, sino a combatir con denuedo por la palabra y por la propaganda del bien.
   El resultado fue asombroso, y estimulamos ahora al señor Vilá para que haga una memoria de los triunfos obtenidos, de las empresas realizadas por aquella pequeña grey de corazones ardientes. Os asombraría. Baste decir que la atmósfera que reinaba cambió por completo, y con veladas, peregrinaciones, funciones religiosas, etc., salvaron la fe.
   Mas vinieron después otros acontecimientos, cesó aquella lucha, que era la que alimentaba el entusiasmo y unía a todos en un mismo parecer, sin distinción de opiniones, y aquella pléyade de valientes se retiró a sus campamentos.
   Perdonadme este recuerdo, tan grato para mí y que tanto me consuela ante Dios ... »
   «El objeto de esta Asociación -decía el reglamento de la «Juventud Católica», de Tortosa- es el que se instruyan con asiduidad los socios de la misma en los principios de la ciencia y de la moral católica; animarse mutuamente a encender en sus corazones él fuego de la religión; propagarle por todos los medios legítimos y defender con todas las fuerzas los derechos, preceptos y disposiciones del catolicismo, vindicándole de todos los ataques e injurias proferidas contra él. Serán medios para instruirse: la lectura de periódicos, folletos, libros selectos de moral católica, de controversia, de historia y literatura; las conferencias privadas y las públicas y periódicas, como también las consultas con personas instruidas...
   Para atender debidamente al primer modo de instrucción, se procurara, aparte las suscripciones ordinarias a revistas, periódicos, etc., etc., formar una biblioteca escogida, para uso de los asociados, en el local de las reuniones...
   La Junta se compondrá de, un presidente, un vice-presidente, dos secretarios, un tesorero y tres vocales...
   Las sesiones públicas se verificarán en fechas variables, a juicio del presidente, que las señalará con la oportuna anticipación. En ellas se leerá algún discurso sobre un punto de moral, historia, disciplina, ajustado al criterio exclusivamente católico y en defensa de él. Podrán hacerse objeciones con la mira única del mayor esclarecimiento de la cuestión... Además del discurso ordinario, en estas sesiones podrá cualquiera de los asociados, con permiso del presidente, leer algún artículo de oportunidad, poesía, etc., etc.
   Serán medios para propagar la idea católica, además de los discursos de las sesiones públicas, la impresión de hojas y folletos, el establecimiento de alguna biblioteca popular, la enseñanza voluntaria y gratuita, etc ... »
   Fue nombrado primer Presidente de la «Juventud Católica» el abogado tortosino don Antonio Dolz Rossell. Celebraban sus reuniones los socios de la misma, al principio, en el propio domicilio de Don Manuel; andando los tiempos, en una casa de la plaza del Hospital, primero; en la calle de Gil de Federich, después; y, finalmente, en el magnífico edificio de la antigua iglesia de la Merced. Logró adiestrar Don Manuel en el manejo de la palabra a un distinguido grupo de jóvenes, de los cuales se mostraba santamente ufano. «Queda usted encargado -escribía en noviembre de 1871 a don Froilán Beltrán- de predicar el sermón de primera clase a mis Purísimas el día de su Patrona. Estaba por darle el de la «Juventud Católica», pero tal vez podamos aprovechar a otro este año y dejaremos a usted para el que viene... El día de la Purísima tiene sesión pública la «Juventud». Tendrá usted el gusto de oír a nuestros jóvenes. Tal vez hable Foguet, el abogado y casi diputado...»
   Ostentando la representación de la «Juventud Católica» de Tortosa fue Don Manuel a Roma en octubre de 1878, formando parte de la Peregrinación organizada por la «Juventud Católica» de Cataluña, y al regresar dio en el Círculo de aquélla una conferencia relatando las impresiones de su viaje.
   Una de las iniciativas de la Academia de la «Juventud» fue la ,de establecer «Escuelas nocturnas para obreros y artesanos», siendo nombrado Don Manuel Director espiritual de las mismas «por el voto unánime -le comunicaban- de los señores de la Junta, que del celo e interés con que siempre ha mirado cuanto a esta Sociedad se refiere, espera acepte el mencionado puesto ... »
   Aparte de las energías de orden moral e intelectual que derrochó Don Manuel en esta empresa de celo, contribuyó también económicamente al desarrollo de la misma, como suscriptor siempre y como Mecenas muchas veces, según consta en sus libretas de cuentas.

   En octubre de 1880 organizó la «Juventud Católica» un curso de conferencias científicas sobre Geología y Paleontología, desarrolladas por sabios tan ilustres como don José Landerer y el P. Vicent, S. J.; y para las tradicionales fiestas de la Santa Cinta de 1883 una magnífica «Exposición agrícola» de productos del país, que fue inaugurada el 3 de septiembre en el Colegio de Santiago y San Matías.
   Del 7 al 11 de diciembre de 1887, en su domicilio social, que lo era a la sazón el local del hoy templo de la Reparación, se celebró, organizada por la «Juventud Católica», una Asamblea de Asociaciones Católicas. De tan notable acontecimiento decía la prensa católica de aquellos días: «La diócesis de Tortosa ha sido la primera en España que ha llevado a la práctica este gran pensamiento y esta obra predilecta de León XIII». No ha faltado quien haya escrito que fue aquella Asamblea la causa de que germinase la idea de los futuros Congresos Católicos Nacionales; por lo menos, bien puede asegurarse que fue como un ensayo y anticipado simulacro de los mismos. Reuniéronse en aquélla hasta 748 asambleístas. Presidió las sesiones el Prelado de Tortosa, ilustrísimo señor don Francisco Aznar y Pueyo. De ellas dice el distinguido escritor tortosino don Ramón Vergés Pauli, que «por lo esplendorosas y severas y por las conclusiones aprobadas, parecían tener el carácter de aquellos antiguos concilios en que todos los estamentos sociales ponían a contribución sus energías pro aris et focis». Hablaron en las sesiones oradores tan ilustres como don Rafael Rodríguez de Cepeda, Vilaret, Jardiel y el entonces jovencito Cristóbal Botella, el señor Obispo Aznar y Pueyo, Don Manuel, que actuó de Ponente en la Sección Primera («Obras de fe y de piedad») y el Presidente de la «Juventud Católica», don Ramón Foguet.
   Sobre este joven, culto y elocuentísimo abogado tortosino, tenía fundadas Don Manuel extraordinarias esperanzas y concebidos grandes proyectos. En diciembre de 1890 escribía desde Roma a don José García: «La carta de Foguet no ha llegado... No diciéndome tú nada, supongo que irá por sus espacios espirituales... Respecto a la candidatura, no sé qué decir... Si pudiera ser diputado, siendo sacerdote ... »
   El 16 de octubre de 1892, celebró la «Juventud» una solemnísima velada literaria en honor de Colón, para conmemorar el Cuarto Centenario del Descubrimiento de América.
   Para formarlos en sólida piedad, dirigía de cuando en cuando Don Manuel sermones y pláticas a sus queridos jóvenes.

***

   En su incesante afán de combatir el mal por todos los medios posibles, sirvióse también Don Manuel, según dejamos indicado, del arma poderosa de la prensa.
   Con el fin de salir al paso y contrarrestar los disolventes efectos producidos por cierta sectaria y blasfema publicación tortosina, en unión y por iniciativa de don Enrique de Ossó, comenzaron a editar ambos, en 1871, un periódico, semanal titulado «El Amigo del Pueblo», «que recibieron -dice Don Manuel- con gozo indecible los buenos católicos en aquellos aciagos días».
   El 9 de julio de 1872, escribíale desde Barcelona don Enrique: «Ayer leí «El Hombre» infame de ésa, que vuelve a salir. Su primer artículo es «Guerra a la fe divina». Es, pues, urgente que vuelva a aparecer «El Amigo». Si podía ser esta semana, mejor. Por mi cuenta corre el artículo de fondo, si queréis. Hoy escribo a don Jacinto51 y a Mosén Altés, para que continúe, y os mando las «Cartas de Aldea». Avistaos con don Jacinto y Mariano52. Y ¡ánimo! ¡Adelante y no cejar!... Acabo de recibir carta de Llasat53. Avístese con él ... »
   Según leemos en «Efemérides Tortosinas» de don Ramón Vergés Pauli, en 1878 publicaba Don Manuel, en colaboración con don Luis Bernis, otro periódico titulado «El Bien Público». Sinceramente confesamos que, a pesar de nuestras, investigaciones en este sentido, no nos ha sido posible hallar ninguna otra referencia sobre este particular.
   Por la lectura de los borradores que se conservan de artículos de Don Manuel, nos es dado apreciar que su estilo periodístico era siempre vivo y ardoroso. Sus composiciones fácilmente se convierten en soflamas. Al hacer la presentación al público de «El Amigo del Pueblo» y exponer cuáles eran las aspiraciones simbolizadas en la bandera que se disponía a enarbolar «con débil mano, aunque esforzado corazón», declaraba que descendían al palenque de la prensa para defender sus convicciones religiosas y defender al catolicismo de las calumnias de sus enemigos. «Grande es la empresa -decía- pero no estamos solos. Valientes adalides se han levantado en toda España, y ondeando al viento la bandera en cuyo centro se encuentra aquel emblema que apareció a Constantino la víspera de la victoria, seguiremos nuestra cruzada unidos a la que se hace en España entera... Y esta campaña gloriosa de corazones y de plumas, como las trompetas bíblicas, derrumbará la Jericó revolucionaria, pronto o tarde, dejando a Dios la oportunidad...»
   Enardecíase singularmente y mostrábase pletórico de santa indignación al declamar contra «el estupor y la apatía que domina-escribía-en los hombres de orden, en los de corazón católico y monárquico, cuando la situación que atravesamos les marca tan claramente sus deberes y la línea ineludible de conducta que deben observar. No podemos comprender la duda, la vacilación y menos la cobardía. Cuando todos convenimos en que ha llegado el momento de la actividad para lograr el triunfo del catolicismo y de la monarquía, no comprendemos la resignación de algunos resueltos a no salir de su cómodo quietismo, apoyados en la ilusión de un feliz porvenir, sin poner siquiera su mano para conducir una piedra para el edificio que es indispensable levantar ... »
   En sus apuntes autobiográficos, declara Don Manuel haberle sido ofrecida por estas fechas una cátedra del Seminario y haber renunciado a ella para poderse dedicar con mayor desembarazo a sus variadas empresas de celo. Aceptó, en cambio, el nombramiento que de él hizo el Prelado, el 1.º de enero de 1872, para Bibliotecario o Director de «El Apostolado de la Prensa» o «Biblioteca Popular», que tenía por objeto propagar por la diócesis lecturas piadosas y morales. Fue Don Manuel el alma y el principal agente de aquella oportuna y beneficiosa Institución, instalada en los-bajos del Palacio Episcopal.
   En la Circular que redactó para anunciar el establecimiento y fines del «Apostolado de la Prensa», ponderaba Don Manuel las excelencias de ésta como medio eficacísimo de difundir el bien y reprimir el mal. «Ha sido la prensa -decía- la que más ha contribuido al extravío de tantas inteligencias, poco ha vivificadas por la luz de la fe y de la piedad. ¿Quién no, ha visto el empeño del protestantismo y de las sectas para introducir, sobre todo en las clases modestas de la sociedad y en los talleres, el virus del error por medio de la fácil y barata publicación de folletos, periódicos, novelas, etc.? El espíritu del mal ha creído encontrar en el invento de Guttenberg la palanca con que arrancar la fe, si le fuera posible, del pueblo español. Poseídos de esta triste verdad, y para contrarrestar los efectos del mal y sostener a las almas fieles, hemos visto, de tres años a esta parte, levantarse en España un sinnúmero de asociaciones destinadas a la propaganda de buenas lecturas... No se nos diga, no, que el mundo no está ya más que para apostolados de hierro y de fuego. Eso no sería más que la excusa de los que, parapetados detrás de su ciego egoísmo, y a pesar de llamarse católicos, quieren eludir el asociarse y trabajar por levantar de su postración a las almas y disminuir los males que nos agobian y las catástrofes que nos amenazan. Es cierto que por nosotros mismos, por grandes que fueran nuestros esfuerzos, nada podríamos, que la obra de la regeneración de la sociedad es toda de Dios. Pero Dios cuenta con la libré cooperación nuestra para realizar por la prensa sus grandes designios sobre la sociedad. Tal es el deber de cada católico, en mayor o menor grado, según su posición y talento. La victoria es segura: Sólo falta para alcanzarla un poco de calor religioso de parte de todos los que sienten en su pecho algo de abnegación, de sacrificio para curar los corazones heridos por el error y la mentira; un esfuerzo constante hacia el bien: un poco de celo, en fin. Lo de más, toca a Dios; así como también el señalar la hora y el momento del triunfo del bien, y del resultado de nuestra pequeña cooperación... Y si tal fuera el designio de Dios, que por la apatía de los que teniendo obligación de cooperar se cruzan de brazos, descargara sobre la sociedad el brazo de su justicia por medio de un horrible cataclismo, no serían los egoístas los que dejarían de recibir su especial merecido castigo, mientras que los que han trabajado infatigablemente por evitar la catástrofe tendrían entonces el consuelo de levantar al cielo sus miradas en medio de la tempestad, tranquilos de haber hecho cuanto podían por conjurarla; Seguros de haber cumplido su deber... »
   A impulso de este celo y entusiasmo que él sentía en orden a propagar las buenas lecturas, concibió Don Manuel posteriormente, y planeado lo tenía, aunque no pudo ponerlo por obra, el proyecto de una Editorial, que había de llamarse «Imprenta Católica de San José».

***

   Ha sido siempre el «romanismo» una de las características de los grandes santos, quienes, considerando a Roma como su patria espiritual, la profesaron vivo e indeficiente amor. Al igual que San Felipe Neri y San José de Calasanz, también desde su juventud sintió Don Manuel en el fondo de su corazón una voz misteriosa que le gritaba: «¡A Roma! ¡A Roma!» Por eso, cuando, muchos años después, impulsado por esa espiritual atracción, concibió la idea de establecer en la Ciudad Eterna un hogar y una escuela para la juventud eclesiástica de su patria, que sirviera como de reflector, que derramara sobre España los resplandores de santidad y de ciencia que emanan de la Cátedra de Pedro, jamás sintió desfallecimientos su optimismo y su fe, y en medio, de los formidables y múltiples contratiempos que hubo de experimentar, le parecía escuchar en el fondo de su espíritu las palabras de Jesús a Ignacio de Loyola y sus compañeros, cuando por vez primera se acercaban a la Ciudad de los eternos destinos: Ego vobis Romae propitius ero!
   «Todos los santos -decía Don Manuel a sus colegiales de Tortosa- se han distinguido por su amor a la Santa Sede. En este siglo los errores se han multiplicado, y el infierno ha dispuesto dirigir sus tiros a la Cabeza de la Iglesia. La ocupación de Roma no es sólo un acto político. tiene otro objeto. De aquí es que el instinto católico se ha dirigido también, cual nunca, hacia la Cabeza. Por eso hoy el distintivo de los católicos verdaderos es el amor al Papa. Demos hoy amor al Papa, es decir, amor a la Iglesia, a sus enseñanzas, porque en esto está todo simbolizado. Por esto conviene hablar del Papa. Se han de desear más que nunca sus bendiciones, porque son más necesarias ... »
   Tenía Don Manuel, desde los primeros años de su sacerdocio, vehementes anhelos de visitar la capital del orbe católico. Logró por vez primera semejante ventura en 1870. Ya en los primeros días del mes de mayo andaba pidiendo al Señor luces sobre la conveniencia de emprender o no la soñada excursión. El 24, escribía a su amigo don Froilán Beltrán: «He resuelto ir a Roma y así lo tengo indicado a mi familia. Desde que me resolví a hacerlo me ha sobrevenido una aprensión tal, que no sé si es tribulación, mal presentimiento o que no es la voluntad de Dios. Mañana, D. m., lo pondré en manos de El y me resolveré. En caso afirmativo, saldríamos ya el domingo próximo, 29, junto con el cura de Alfara y el de Mora y Ossó, y tal vez Corominas. Encomiéndeme a Dios, y que nos bendiga, si marchamos». Estas extrañas inquietudes de Don Manuel las vemos también reflejadas en una carta que por aquellos días le dirigía desde Toulouse (Francia), su amigo el P. Ferigle, S. J.: «Amadísimo Don Manuel: Acabo de leer su favorecida última. Me alegro infinito que lleguen a su realización los sueños dorados que tanto tiempo ha bullían en su imaginación... No sé por qué tiene temor de emprender un viaje tan hermoso. Nada hay que temer por ahora...» La agitación política de Francia, donde acababa de descubrirse un complot contra Napoleón III y en vísperas de su desastrosa guerra con Prusia, y la situación de Italia, conmovida por las sectas revolucionarias que habían de consumar bien pronto, el 20 de septiembre de aquel año, la total usurpación de los Estados Pontificios, eran sin duda la causa determinante de las aprensiones de Don Manuel. Triunfaron, al cabo, estas sus ardientes ansias de venerar aquellos Sagrados lugares, y en compañía de don Enrique de Ossó partió de Tortosa el 29. Por Barcelona, Gerona y Perpignán, dirigiéronse a Marsella, a donde llegaron el 1.º de junio, y en cuyo puerto, a la siguiente mañana, embarcaron en el vapor «Esteban» con rumbo a Civitavecchia. Muy accidentada debió ser la travesía, porque durante ella, a continuación de la palabra «Malestar...», añade Don Manuel en su «Diario» estas otras dos harto significativas: «Un voto...» «Otro voto...»
   A las tres de la tarde del día 3 de junio arribaron a Civitavecchia y a las siete llegaban a Roma. Antes de dirigirse a su propio alojamiento, fueron a saludar a su Prelado el Excelentísimo Señor Vilamitjana, que se encontraba en la Ciudad Eterna con ocasión del Concilio Vaticano. Al siguiente día apresuráronse a visitar al Obispo de Oviedo señor Sanz y Forés, que figuraba también entre los Padres del Concilio, y comenzaron sus peregrinaciones por las iglesias y monumentos de Roma, celebrando cada día la Santa Misa en distintos templos, entre los más venerandos.
   Asistieron a algunas de las sesiones conciliares y a las funciones en que por aquellas fechas tomó parte Pío IX. Acompañábales con frecuencia en estas piadosas excursiones y, sobre todo, en los paseos vespertinos, el entrañable amigo de ambos señor Sanz y Forés, y algunas veces también el Obispo de Tortosa. El día 16, festividad del Corpus Christi, pudieron presenciar la solemnísima procesión alrededor de la plaza de San Pedro. Don Manuel apuntó en su «Diario»: «Bello efecto de Pío IX con el Sacramento. Entrada en la Basílica. Subida al Palacio. Recogimiento de Pío IX. Vuelta a, casa con el Prelado de Tortosa. Calor en el puente ... »

   En la tarde del día 12 visitó Don Manuel por vez primera el edificio de Montserrat -iglesia y hospital nacional de los españoles- y saludó al Rector del mismo; el 20 celebró la Santa Misa. y penetró por vez primera también en el convento de Trinitarios españoles de vía Condotti: lugares ambos que tanta importancia habían de tener, años después, en la vida de Don Manuel, sin que pudiera ni de lejos sospecharlo él entonces. Ese mismo día 20 fueron recibidos por Su Santidad en audiencia, que les colmó de espiritual gozo y efusivo entusiasmo.
   El día 21 celebró Don Manuel el Santo Sacrificio de la Misa en el Noviciado de la Compañía de Jesús, y escribía luego en su. cuaderno de notas: «Misa en San Andrés de los Jesuitas, en el altar de San Estanislao. Primera impresión. Ofrecimiento de mi vida a Jesús...»
   El día 4, en la iglesia de S. Andrea delle Fratre, con ocasión de unas solemnes exequias que en ella se celebraban, habían conocido al entonces joven zuavo pontificio, Príncipe Alfonso de Borbón, hermano de don Carlos, de cuyo devoto continente quedaron vivamente impresionados. Visitáronle luego el día 8 para hacerle entrega de una Santa Cinta que para él habíanles dado en Tortosa.
   El 5, a la salida de la sesión conciliar, fueron presentados en la plaza de San Pedro por el Obispo de Tortosa al Excelentísimo P. Claret, de cuya gravedad y modestia, pues no lograron verle los ojos, fijos en el suelo, recibieron grande edificación. Bien podría decirse que fue aquélla una reunión en Roma de tres santos españoles.
   El día 30 de junio partieron de Civitavecchia para Marsella, a donde llegaron el 2 de julio, y el 11 encontrábanse de regreso en Tortosa.
   Sólo una carta se conserva de las escritas por Don Manuel en Roma durante aquella primera excursión suya a la Ciudad de los Papas. La dirigía a una hija espiritual, y a vuelta de otros asuntos más principales de conciencia, le comunica algunas de las impresiones de su estancia en Roma: «No me encuentro -le dice- muy bien esta tarde y he dejado ir a mis compañeros, y aprovecho un momento para ti, por mas que no tenga mucho humor. Puedes creer que quedé muy complacido de tu carta, pues estaba como ansioso de saber algo de ésa. Dios te lo pague. Yo te lo recompensaré encomendándote a Dios y enviándote alguna bendición. Además de la satisfacción de la carta, el día 7 tuve una tarde feliz. Fuimos con don Benito54 y demás a Santa María la Mayor, donde había rogativas y acudían infinitas vestas55 de mujeres en procesión, comunidades religiosas, etc. Hicimos un ratito de oración y después pasamos a Santa Práxedes, que está muy cerca, y donde se conserva la columna de los azotes, a la cual fue atado el Señor y donde se guardan las reliquias de más de 2.300 mártires. Dimos un gran paseo, yendo los dos solos delante, pero como sabes que don Benito es tan charlatán, no salimos de la conversación sobre el Concilio. Él creía que podríamos vernos todos los días y está algo resentidito, pero no ha podido ser hasta ahora... ¿Qué te diré de Roma? Hay muchas cosas buenas, muchos recuerdos, etc., etc.; pero, no sé, tengo el corazón demasiado pequeño, y después de verlo todo, no encuentro aquella satisfacción que observo tienen los demás. Te confieso que casi desearía volverme, pero no lo digo a los compañeros. Sin embargo, no por arrepiento de haber venido, porque al menos descansaré una temporada...»







CAPITULO XIV

Fomentador de las vocaciones eclesiásticas: El Colegio de San José de Tortosa

(1873-1876)

   Con entera justicia le ha sido adjudicado a Don Manuel el título de apóstol de las vocaciones eclesiásticas en nuestra Patria, como principal aureola de su gloriosa y ubérrima labor sacerdotal.
   ¿Cuál fue la génesis de la grandiosa «Obra del Fomento y sostenimiento de las vocaciones eclesiásticas»? Un sencillísimo suceso: el providencial encuentro que tuvo Don Manuel cierto día con un humilde estudiante del Seminario de Tortosa. Cedemos la palabra, para que nos haga el sugestivo relato de aquel lance, sin importancia al parecer, pero que tan venturosos resultados tuvo, al propio protagonista, que nos lo cuenta con simpático desenfado y precioso estilo, acertando, por añadidura, a trazar una sabia, pintoresca y exacta descripción del ambiente de estrecheces a que se hallaba sujeta por entonces la vida de los seminaristas tortosinos, al par que señala las primeras fases de la fundación del primero de los Colegios de Vocaciones Eclesiásticas de San José. El narrador, don Ramón Valero56, actualmente párroco de Arnes, en la diócesis de Tortosa, dice así:
   «Estimulado por un deber de gratitud a los innumerables favores beneficios que he recibido del bondadoso y nunca bastantemente llorado Don Manuel Domingo y Sol, me propongo dar a conocer un hecho que es, en mi concepto, la base de todas las alabanzas, tan merecidas por cierto, que desde el día de su fallecimiento le viene tributando la prensa católica de España, y en especial la de Tortosa. Hecho, íntimamente enlazado con la providencial fundación del primitivo Colegio de San José, en la que tengo el honor de haber sido la causa ocasional, por mi completa carencia de medios para seguir los estudios.
   Para poder explicar con la debida claridad esta primera corazonada de Mosén Sol, han de permitirme mis amables lectores una pequeña digresión, y no parar, mientras en el atrevimiento que supone hablar, siquiera sea por unos momentos, de mi humilde persona.
   En el Seminario de Tortosa, estudié como sopero el primer año de Latinidad, allá por el curso de 1867 a 68; y al principio de mi segundo año de carrera, o sea a fines de septiembre, ocurrió la Revolución por efecto de la cual quedó cerrado el Seminario, y los estudiantes nos vimos en la necesidad de volvernos a nuestras respectivas casas. Dos años estuve en la mía dedicado al oficio de mis padres. Por septiembre de 1870 abrió en Morella cátedra de gramática latina, el docto y célebre catedrático de Tortosa don Agustín Sebastiá. Tan pronto como lo supe, le manifesté mis deseos de continuar los estudios, pero que el estado de pobreza de mis padres no lo consentía; y sin más recomendaciones, me admitió gratuitamente. Para mi manutención apelé, por consejo del mismo profesor, al antiguo sistema de los estudiantes pobres, e iba todos los sábados a mi pueblo, distante unas tres horas, y daba una vueltecita pidiendo limosna de puerta en puerta, diciendo: «¡Al estudiant d-esta aldea, si fan caritat!»
   Al año siguiente, bajé a Tortosa, para el estudio de la Filosofía, sin. un céntimo, ni esperanzas de tenerlo para lo, más indispensable de la vida. Pero, como la providencia de Dios nunca falta al que es guiado por un fin, recto... Fui a manifestar mi situación a dos paisanos, ya ordenados, que vivían en el 5.º piso de una casa situada en la plaza de Santa Ana, los cuales, a pesar de ser estudiantes, se compadecieron de mi situación y me autorizaron para que fuese todos los días a buscar las sobras de sus comidas. La señora de la casa no quiso ser menos compasiva que los estudiantes, y me ofreció gratis un cuartito en la buhardilla. Muy pronto las sobras estudiantiles fueron reforzadas por otras que me daban unas señoras que vivían en la misma casa. Yo, entretanto, para que mis padres no padecieran por mi suerte, les escribía que estaba muy bien, que no me faltaba nada... de todo lo que tenía. Porque la verdad era que, como apenas podía probar el pan mi buen apetito tomaba de hora en hora proporciones muy alarmantes, y ¡bien lo recuerdo! sólo quedaba saciado algunos jueves en que mi amigo Jaime Sánchez me invitaba a pasarlo en su casa del Jesús, y allí comía pan y alguna otra cosilla. ¡Benditos jueves!...
   De los treinta y nueve condiscípulos que comenzamos el estudio de la Gramática, al llegar al primero de Filosofía sólo quedábamos cinco: tres de la ciudad y dos forasteros. Y otro tanto sucedía con relación a bajas en los otros cursos, y todavía más en los de Gramática, pues el tercero sólo contaba tres alumnos. Lo que prueba cuán desastrosos fueron los efectos de la Revolución; de manera, que a no haberse fundado en tiempo oportuno el Colegio de San José, pronto el Seminario hubiese quedado en cuadro, o poco menos: pues es, desgraciadamente, un hecho innegable que las familias ricas apenas dan hijos a la Iglesia; y los pobres, que no han cerrado todavía los oídos a la voz del Señor, que los llama, no hubieran podido corresponder a la vocación por falta de medios.
   Pero el verdadero conflicto para mi apetito, se presentó en el segundo curso de Filosofía. Bien puedo asegurar que fue el de las vacas flacas. Cantaron misa los ordenandos y me quedé sin las consabidas sobras. ¿Qué hacer? Bien dice el refrán que Dios aprieta pero no ahogo. No sé a ciencia cierta por indicación de quién, aunque lo presumo, Mosén Boix, Vice-Rector del Seminario, prometió darnos diariamente al que suscribe y a dos estudiantes más, un puchero de arroz y judías y medio pan de seis cuartos a cada uno, con lo que teníamos escasamente para una sola comida. Para la noche me venía de perlas lo de las señoras; y después, hasta la una de la tarde del día siguiente, ayuno riguroso. A pesar de todo, yo estaba siempre de buen humor y animaba con mis dichos la conversación dondequiera que se reunían más de dos estudiantes. Hasta en la clase llegué a excitar más de una vez la ,hilaridad de mis tan respetables profesores, como lo eran don Enrique de Ossó y don Salvador López, quienes me trataron siempre con el más afectuoso cariño.
   No recuerdo bien a cuál de los compañeros de armas y fatigas se le ocurrió que, como recreo, podíamos ensayar y representar la «Vida de San Luis Gonzaga», y a mí me encargaron el papel de Zuanio, o sea, el de gracioso. La compañía no debía portarse tan mal, cuando habiendo llegado a conocimiento del sabio catedrático de Teología y celoso Director de la Congregación de San Luis, doctor Corominas, nuestras aficiones artísticas, vino un día a la casa, y después de haber presenciado el ensayo, nos manifestó que mandaría arreglar un teatrito en el entonces deshabitado convento del Jesús, para esparcimiento de los congregantes, y la representaríamos allí, como así lo hicimos repetidas veces, con aplauso de todos. Aunque mi papel era el menos importante de la obra, era yo quien hacía reír, y esto bastó para que estudiantes y sacerdotes se fijasen en el mal forjado Zuanio. Si a esto se añade mi irregular modo de vestir, digo, la falta de uniformidad en las prendas de mi indumentaria, pues como el sastre no me tomaba las medidas, cuando el chaleco me venía corto, sobraba ropa en la chaqueta, y si al difunto no le habían sobrado un par de zapatos, iba yo con alpargatas, y mis calcetines eran siempre del color de la carne. ¿Qué extraño que Mosén Sol se fijase un día en mí, y quisiera saber mi vida y milagros? De aquella conversación guardo gratísima memoria. De su trascendencia juzgarán mis pacientísimos lectores.
   Era a mediados del segundo trimestre del curso de 1872 a 73 y al salir una tarde del palacio episcopal, donde teníamos los filósofos las clases, me dirigía a la casa Barjau, y en el portal del Romeu encontré a Mosén Sol, que venía en sentido opuesto. Me acerqué a él para besarle la mano, y después de haberle dado esta manifestación de respeto, noté que me miraba de arriba a abajo, y con aquella sonrisa bondadosa tan suya, me preguntó:
   - A dónde vas ahora-
   - Voy -le contesté- a comprar un cuarto de cerilla a casa Barjau, porque el Catedrático nos ha señalado para mañana uña lección mucho más larga que de ordinario, y, si no estudio de noche, me temo que no la podré aprender.
   - Y ¿sin la cerilla no podrías estudiar?-
   - No, señor; porque en la mesa donde estudian los otros no hay sitio para todos, y otros dos y un servidor quedarnos fuera, por que no podemos contribuir apagar el gasto del petróleo.
   - ¿Cuántos estudiantes sois en la casa en que tú estás?
   - Somos ocho cinco ricos, a quienes la señora Eulalia prepara la comida; y tres, pobres, que vamos a la sopa, a casa de Mosén Boix.
   - ¿Y qué tal os va? ¿Tenéis bastante que comer?
   - Nos va medianamente; porque con lo que nos dan en, casa de Mosén Boix no tenemos apenas para la comida de mediodía. Sin embargo, como dispongo, para la cena, de las sobras de unas señoras que viven en los pisos de abajo, podría ir tirando si tuviese bastante pan. Ya nos dan a mediodía, pero es demasiado pequeño, demasiado blando, y demasiado blanco, y resulta que no tenemos para empezar.
   - Y ¿Cuánto necesitaríais para pasarlo bien?
   - Con un pan cada tres días tendríamos bastante, pero había de ser moreno.
   - Pues bien, con la ayuda de Dios, todo se arreglará. Mañana, a las once, vendréis lOs tres a mi casa.
   Rebosando alegría, le beso de nuevo la mano, y él deposita en la mía una limosna, que fue la primera de una serie interminable, puesto que desde aquel feliz día ya no volví a conocer lo que es la necesidad.
   Al día siguiente, a la hora señalada, fuimos los tres a casa de Mosén Sol y después de un ratito de conversación, en la qué procuró informarse del género de vida que llevábamos, nos dijo que fuésemos a buscar el pan que cada tres días nos daría el Padre Mariano García. Este señor, aunque de carácter muy serio, nos recibió con manifiestas pruebas de cariño, nos entregó el pan, moreno, como lo deseábamos, y que recibimos sumamente agradecidos y muy contentos.
   Nuestras visitas al P. Mariano continuaron todo el curso, cada tres días, rigurosamente exactos, y muy pocas veces ocurrió el que la caridad del pan no fuese acompañada de la caridad de los buenos consejos, que harto los necesitábamos, viviendo como vivíamos a nuestras anchas y más libres que los pájaros en el aire y los peces en el mar. Dios habrá premiado ya la caridad del padre Mariano y de Mosén Sol, y se lo pagará, sin duda, a Mosén Buenaventura Pallarés, que fueron verdaderos padres para los estudiantes pobres y luego los fundadores del primer Colegio de San José.
   Entretanto, aunque el encargado de darnos el «pan nuestro» cada tres días era el P. Mariano, no por esto nos olvidábamos de Mosén Sol; antes al contrario, íbamos de cuando en cuando a su casa para darle las gracias de todo. El nos recibía y hablaba con el mayor afecto, y hubo vez que nos encargó, con gran extrañeza de nuestra parte, encomendásemos a Dios la realización de un proyecto sobre el que estaba meditando, que, de realizarse, había de ser de gran utilidad para los aspirantes al sacerdocio, y, sobre todo, de mucha gloria de Dios y bien de la Iglesia, pero sin manifestarnos en qué consistía.
   Terminado el curso, fuimos a hacerle la visita de despedida, y entonces ya nos dijo claramente: «Hasta el octubre, hijos míos, que entonces ya estaréis mejor».
   Durante las vacaciones recibió el señor cura de mi pueblo, como supongo lo recibirían los demás de la diócesis, una especie de carta-circular, firmada por Don Manuel Domingo y Sol, en la que, en sustancia, se le decía que se abría en Tortosa una Casa, llamada de San José, para dar albergue y la sustentación conveniente a los estudiantes pobres, y que para su sostenimiento se le suplicaba cooperase a tan importante obra con alguna limosna. Me la enseñó el reverendo señor cura, e inmediatamente dirigí a Mosén Sol mi carta de solicitud y fui admitido.
   Terminadas las vacaciones, a medida que íbamos llegando a Tortosa, después de la oportuna presentación a Mosén Sol, y mediante un volantito de éste, que identificaba nuestra personalidad, éramos recibidos por el Superior de la Casa, con expresivas muestras de alegría y cariño de parte de los que habían llegado antes, hasta que completamos el número de veintidós, que era el de los que lo habían solicitado y sido admitidos. Y quedaba fundada la Casa de San José. Era al principiar el curso de 1873 a 7457.
   Para finalizar, añadiré solamente, que el primer llamamiento oficial a la caridad de los católicos del Obispado para el sostenimiento de la Casa de San José, que publicó el «Boletín de la Diócesis», lleva la fecha de 30 de junio de 1874, es decir, al final del curso que llamaríamos primer ensayo del Colegio. Entonces fue cuando los tres reverendos sacerdotes protectores presentaron el lamento al Excelentísimo señor don Benito Vilamitjana, con la circular que deseaban publicar; y ambos documentos fueron aprobados por el Prelado, de feliz memoria, con notabilísimas alabanzas para los iniciadores de tan excelente pensamiento. Y desde aquella fecha la Casa de San José tuvo ya carácter oficial con el nombre de Colegio de San José.»

***

   Los grandes designios de Dios sobre Don Manuel comenzaban a cumplirse. Desorientado éste hasta entonces, meditaba consagrarse a la vida independiente y suelta de los ministerios sacerdotales en forma de correrías apostólicas, como espiritual guerrillero, por los pueblos de la diócesis. En una Memoria, titulada «Noticia de la Obra española de las vocaciones eclesiásticas», presentada al Congreso Católico de Lisboa, dice Don Manuel, hablando de sí mismo en tercera persona: «Un sacerdote de la diócesis de Tortosa acariciaba el propósito de dejar toda ocupación para dedicarse a misiones en las parroquias de su diócesis y para estar a disposición de los párrocos y de todas las necesidades de las parroquias. Su Prelado, el Excelentísimo señor Vilamitjana, le facultó para el logro de sus deseos, y la Providencia cuidó de poner en sus manos una obra de celo, por la que al mismo tiempo se remediase una gran necesidad, llorada por todos los prelados, y mediatamente resultase hallado el medio más eficaz para realizar su primera aspiración».
   En sus apuntes autobiográficos, relata los pormenores del incidente generador de sus desvelos en pro de los seminaristas. «La divina Providencia -dice Don Manuel-, que no deja de poner remedio a las necesidades de cada época, se ha mostrado de una manera maravillosa en nuestros tiempos...
   A consecuencia de la desastrosa revolución española de septiembre de 1868, hubo un gran decaimiento de vocaciones eclesiásticas en todas las diócesis. Aun las más fecundas en vocaciones, como la de Vich, se resintieron grandemente de aquel choque, y particularmente la de Tortosa. Arrebatado el Seminario, por la Junta revolucionaria para ser convertido en oficinas civiles58, estuvo hasta el 75 en poder de la Revolución59. En el curso de 1868 al 69 marcharon todos los alumnos a sus casas por disposición del Prelado.
   Al año siguiente dispuso que se establecieran las clases en su palacio y en varias casas particulares; pero de los 400 alumnos de que constaba la matrícula, quedaron escasamente un centenar, sin dar muestras de mayor aumento en los años sucesivos. Y aun agravó la situación la guerra civil. Esta escasez de vocaciones apenaba al virtuoso Prelado más que todas las amarguras que tuvo que devorar en aquellos arios infaustos. Aunque privado el Seminario de Comunidad de internos por falta de local, se dispuso, no obstante, se continuara dando la sopa a los escolares más pobres, los cuales se procuraban la demás comida acudiendo-a la caridad de algunas familias. Uno de éstos era el joven don Ramón Valero, que preguntado por Don M. D. y S.60, en la puerta del palacio episcopal61, un día de los últimos meses del curso de 1872 a, 187362, sobre su situación, le expuso la estrechez en que vivían él y tres compañeros más, lamentando, sobre todo, la falta de aceite para estudiar cómodamente por las noches. Esta relación hizo surgir el pensamiento de hacer algo en favor de estos estudiantes pobres, y de cuantos después acaso, pudieran necesitarlo, y puede decirse muy bien que fue el principio de la Obra del fomento y sostenimiento de las vocaciones eclesiásticas. El sacerdote comunicó a su confesor, el respetable don Mariano García, Ecónomo de la parroquia de la Catedral, su deseo de encargarse de socorrer a aquellos seminaristas por todo el curso, y aceptada por éste la idea con fruición, se inició una suscripción mensual, siendo los dos primeros, que se ofrecieron con sumo interés don José Jordana y don Miguel Camps, presbíteros, con los cuales se consultaron y convinieron algunos otros medios para lo porvenir. Con estas suscripciones se socorrió a los necesitados durante aquel curso, al final del cual el número de alumnos había ascendido a siete u ocho. Se proyectó para el inmediato acudir a las familias principales de la ciudad, y, sobre todo al gremio de labradores de San Antonio que, compuesto de labradores y propietarios, solían en tiempos antiguos sostener cada uno un estudiante, para que siguiese aquella tradición. Mas todas esas tentativas no tuvieron resultado, y se resolvió extender las suscripciones y reunir a los que debieran ser socorridos en vivienda común bajo un sencillo reglamento y la inspección de los iniciadores».
   Terminado el curso, en el verano de 1873, se apresuró a enviar Don Manuel a algunos de los sacerdotes de la diócesis copias manuscritas del siguiente documento: «Tributo de gratitud al Corazón de Jesús». -«Asociación de sacerdotes para el fomento de las vocaciones eclesiásticas». «Messis quidem multa, operarii autem pauci». (Luc. 10-2).- Al indicar el pensamiento que indica el título, inútil nos parece exponer la situación en que se encuentra la Iglesia de España y la crisis amarga que está atravesando. Desde tres siglos hasta hace poco, el clero secular español podía muy fácilmente cumplir con sus obligaciones y atender, si quería, casi exclusivamente a su santificación propia, merced a la existencia de corporaciones religiosas que con su celo y prestigio soportaban la mayor parte del trabajo en la dirección de las almas, y hasta coadyuvaban al desempeño de los deberes del ministerio parroquial. Desde el día en que fueron suprimidas las corporaciones religiosas, el clero ha tenido que ir soportando un trabajo cada día mayor y con menos resultados favorables al bien de las almas, por la falta de la cooperación que aquéllas le proporcionaban. Sobre este mal, tan lamentable, por no decir a consecuencia de él, la impiedad ha ido introduciéndose poco a poco en nuestra patria, y, por fin, una revolución descarada se ha enseñoreado de ella.
   Y en su odio a la Iglesia, ya que no ha podido destruirla de raíz, ha intentado cegarla en su origen, tratando de sofocar el plantel donde se formaban los jóvenes que debían continuar después en la dirección de los fieles. Ha suprimido las rentas de los Seminarios; ha arrebatado sus edificios, y, en cambio, ha abierto establecimientos en donde la incauta juventud vaya a disipar el resto del, patrimonio de una educación medianamente religiosa. Más aún: ha denegado al clero lo que de justicia le pertenecía; ha vomitado calumnias contra esta clase, procurando presentarla como un oprobio a los ojos de la sociedad. De ahí que lo que antes se tenía como una joya en muchas familias, viene a mirarse ya con indiferencia. Cuando leemos los nombres de familias ilustres que tenían a honor contar entre sus individuos algún sacerdote, se contrista el corazón al ver este avergonzamiento, esta apostasía, si podemos decirlo así, de las clases acomodadas y distinguidas, que impiden las vocaciones que sin duda germinarían en muchos de sus hijos si los inclinaran a las carreras, haciéndoselas mirar no con el prisma del egoísmo y del bienestar material, sino a la luz de la fe católica, que nos enseña, que somos instrumentos de Dios; que a El solo pertenece señalar al hombre el estado en que le quiere. Y este apartamiento de las clases acomodadas ha inficionado también a las clases modestas y piadosas, a quienes deja de halagar la idea del sacerdocio para sus hijos... Contrista el ánimo la insignificante, cifra de matriculados durante estos últimos años; se anubla el corazón de amargura al presentir la situación de las almas en, nuestra, Patria en un porvenir no lejano...»
   Termina Don Manuel demandando una limosna para la proyectada obra de caridad en favor de los estudiantes pobres, ingresando así en la «Asociación» protectora de la misma, exclusivamente formada por sacerdotes. De varias partes le escribieron suscribiéndose.
   Acerca de esta iniciativa de propaganda, decía Don Manuel por aquellos días a don Froilán Beltrán: «No me resuelvo por ahora a imprimir el proyecto. Sería mejor cuando definitivamente estuviese adoptado y aprobado el reglamento. Por lo tanto, copie con su buena letra, si tiene buen humor, un par de ejemplares de dicho papel, y se lo enseña tan sólo a los de confianza, y me manda una lista de treinta millones. Ya tenemos avisados tres o cuatro neófitos de los pueblos y aun no tenemos vivienda. En caso necesario, aprovecharé el ofrecimiento de las Hermanas de la Consolación, de que usted dispone. Aunque este asunto ya está en manos de Mosén Mariano». El 1º de septiembre de 1873, alquilaron unos pequeños pisos de la casa número 7 del retirado callejón de la plaza de San Isidro vulgo de San Juan, contigua al convento de las Sanjuanistas. En aquella pobre casita se albergaron 24 alumnos durante el curso de 1873 a 74. En el mes de febrero del 74, resultando ya insuficiente el mencionado local, arrendaron el segundo piso de la espaciosa y antigua casa de Zarralde, que hacía el número 7 de la calle de San Felipe, y a la cual se trasladaron los estudiantes el 1º de marzo. «En el mes de junio de aquel año (1874) -escribe don Mariano García en su «Cuaderno de memorias del Colegio de San José»- con aprobación del ilustrísimo señor doctor don Benito Vilamitjana, Obispo de esta diócesis, la Casa pupilaje de estudiantes pobres se denominó «Colegio de San José», y su Ilustrísima tuvo a bien nombrar por director de dicho Colegio al que suscribe, sub-director del mismo a Don Manuel Domingo y Sol, Presbítero, y administrador a don Buenaventura Pallarés, Pbro. Ita est.» Era el reverendo don Mariano García el sacerdote más venerado y prestigioso de la diócesis, amigo, consejero y confesor de Don Manuel; don Buenaventura Pallarés, natural de Tortosa, hacía sólo cuatro años que había sido ordenado de presbítero: en su primera Misa, celebrada en el convento de la Purísima, le predicó Don Manuel, del cual fue después el señor Pallarés un perpetuo, abnegado, entusiasta y experto colaborador en multitud de empresas de gloria de Dios. Firmada por los tres, el 24 de junio de aquel año, apareció una circular, impresa, publicada luego, el día 30, en el «Boletín Eclesiástico de la Diócesis», y en la que daban a conocer la «humilde casa de pupilaje», que habían abierto a los principios del último año escolar, y a la cual no se habían atrevido hasta entonces a dar el nombre de Colegio,. pero que en lo sucesivo se denominaría «Colegio de San José»63. Seguía la aprobación y recomendación del excelentísimo señor Obispo y la promulgación oficial del nombramiento del ya mencionado personal directivo.
   «Se propuso al Prelado -escribe Don Manuel- hacer un llamamiento a toda la diócesis para que contribuyera al desarrollo de la obra comenzada, el cual fue aprobado y recomendado por el ilustrísimo señor Obispo, publicándolo éste en el «Boletín» de 30 de junio de 1874, disponiendo se fijara además una cuota gradual, a cada uno de los alumnos que solicitaran. El clero respondió generosamente al llamamiento, y se multiplicaron las limosnas y suscripciones». La cifra de alumnos fue de 28 en el curso de 1874 a 75, y continuaron en el segundo piso de la casa Zarralde. En el tercer curso -1875 a 76- fueron 59 los colegiales, y se hizo necesaria la compra de toda la casa «con la idea principal -dice Don Manuel- y la esperanza de obtener, tal vez, con el tiempo, de la noble y piadosa señora doña Magdalena de Grau y de Gras, la casa palacio llamada de San Rufo, que divide sólo por un gran patio, interior, propio del mismo, la antedicha casa de San Felipe; con lo cual se lograba un magnífico edificio para colegio, debidamente habilitadas ambas casas, con condiciones de esparcimiento para los jóvenes». Adquirió la casa Zarralde el ilustrísimo señor Vilamitjana por 15.000 pesetas, y se hizo la escritura a nombre de Don Manuel, el cual, para asegurar el futuro destino de ella, el, 29 de mayo de 1875 otorgó testamento ante el notario don José Costa y Albesa, y en plica aparte declara: «Una casa sita en esta ciudad, calle de San Felipe, número 11, que por título de compraventa he adquirido en esta misma fecha de las hermanas doña María de las Mercedes y doña Trinidad Zarralde. Mis albaceas, de acuerdo con el Prelado, dispondrán que dicha casa continúe sirviendo para el objeto que hoy tiene, que es el de casa- habitación para estudiantes pobres dedicados a la carrera eclesiástica; y, si esto no pudiera ser, o porque dichos estudiantes reunidos hoy allí con el nombre de Colegio de San José, estuviesen trasladados a otro local, o porque las circunstancias de entonces u otros motivos lo impidiesen, procedan a la venta de dicha casa, invirtiendo la cantidad, en limosnas para pobres de la diócesis, o en otros objetos u obras piadosas, todo a indicación del Prelado.
   En agosto de 1876 publicaron los directores del Colegio una segunda circular dando cuenta a los sacerdotes de la diócesis de los prósperos y lisonjeros resultados, del mismo y agradeciendo la cooperación que les venían prestando. «Inútil es -escriben- exponer la necesidad del fomento de vocaciones eclesiásticas, ya que tantas dificultades se aúnan para, impedir su desarrollo. El escaso personal de las parroquias (aun de aquellas que hace poco se: veían servidas por un número más que suficiente), el excesivo trabajo de los que tienen cura de almas y la reducida matricula del Seminario, son datos tristemente ciertos y bastantes por sí solos para ,despertar nuestro interés por el aumento, de jóvenes destinados al sacerdocio. Usted comprenderá, pues, que la mejor obra de un sacerdote hoy día es el estar a la mira y hacer germinar las vocaciones que el Señor quiera darle a conocer y confiar a su desvelo».
   Sugieren algunos medios para el reclutamiento de las mismas, tales como las pláticas de primera comunión, el ofrecerse a enseñarles el latín, hablar de esas materias en las catequesis, congregaciones de Luises, sermones de fiestas solemnes, etc..., y encarecen los buenos resultados que algunos sacerdotes con semejantes industrias van logrando.
   El 15 de aquel mismo mes y año distribuyeron otro impreso dirigido a los «señores suscriptores y demás benefactores del Colegio de San José», a los cuales decían: «Dos años han transcurrido desde la publicación de nuestro humilde escrito intitulado y dirigido «A las personas que tienen celo», en el que, al señalarles como la más terrible prueba que está sufriendo la Iglesia de España la imposibilidad de la formación de sus ministros, nos atrevíamos a hacerles un caluroso llamamiento para que nos ayudaran a realizar la institución de. un Colegio de jóvenes con vocación eclesiástica, complemento o continuación de una idea iniciada un año antes en una humilde casa de pupilaje, como un medio, si no del todo: eficaz, muy poderoso para aminorar los funestos. efectos de aquel mal, cada día más grave. Y esta obra, al ser bendecida y aprobada por nuestro Prelado, no dudó éste en calificarla de «altamente, recomendable y muy necesaria».
   Nuestra débil y desautorizada voz no fue, desatendida y encontró eco en el corazón de almas, nobles y piadosas, que nos prestaron su decidida cooperación... Al dar, hoy, cuenta de, la marcha. del Colegio, después de bendecir y dar gracias al glorioso San José, cuya advocación tomó, por la visible protección que ha dispensado a esta empresa, cúmplenos darlas muy cordiales, primeramente a nuestros hermanos en el sacerdocio, que, en medio de las circunstancias graves bajo todos conceptos por que han pasado, a ellos se ha debido el principal sostenimiento del Colegio; y las. damos también, en segundo lugar, a todas aquellas personas que, comprendiendo la importancia suma de esta obra, la han secundado...
   Son cincuenta y siete los jóvenes que en el curso que acaba de finir han podido recibir, su manutención en todo o en parte bajo el manto protector del glorioso Patriarca. El buen comportamiento, y la aplicación en general de los alumnos, como aparece de las censuras obtenidas en sus exámenes, es un motivo más de justa satisfacción para cuantos se interesan en esta obra, y nos permite augurar que esta semilla confiada a sus esfuerzos dará un día frutos de bendición y de consuelo en favor de la diócesis y de las almas en general.
   Sin embargo, nuestro corazón no está satisfecho, como tampoco lo estará el de las personas a quienes nos dirigimos. El mal que se trata de remediar es *muy grave; las filas del sacerdocio van, decreciendo, y cegados los medios con que podía contarse en otros tiempos para el sostenimiento de los que se dedicaban a la carrera eclesiástica., es menester un nuevo esfuerzo de celo y de abnegación de parte de todos para llenar el vacío que va notándose de día en día, y que aumentará dentro de poco en todas las parroquias.
   Afortunadamente, no faltan por el presente, y parece van aumentando cada día en las clases menos acomodadas, las vocaciones verdaderas, y son numerosas las peticiones que recibimos de los reverendos párrocos, que nos suplican un lugar en el Colegio para algunos que la tienen probada...
   Reiteramos nuestras súplicas a nuestros hermanos en el sacerdocio, y a todas las demás personas piadosas, para que interpongan su celo, por todos los medios que estén a su alcance, en el fomento de esta obra de primera necesidad, seguros de que, aparte el galardón que el Corazón de Jesús tiene ofrecido a los que acogen a algunos de los suyos en su nombre, recibirán ya en el tiempo los de consuelo y satisfacción que les proporcionará esta obra su gloria»...

CAPÍTULO XV



Fomentador de las vocaciones eclesiásticas - El Colegio de San José de Tortosa (Conclusión)

(1876-1892)



   Como al cuarto año de existencia del Colegio de San José -1876-77- el número de los alumnos ascendiera ya a 98, viéronse obligados los Directores del mismo a alquilar el edificio llamado palacio de San Rufo, separado, solamente por un callejón, de la casa Zarralde. «Este resultado -dice Don Manuel- animó a los iniciadores, y llamó la atención y llenó de consuelo el corazón del excelentísimo señor Vilamitjana. Se elevó una petición al administrador de doña Magdalena de Grau para lograr el arriendo de su palacio de San Rufo, y la piadosa señora no sólo cedió el uso de la casa gratuitamente, sino que mandó que se hicieran las reparaciones convenientes bajo las indicaciones de los mismos Directores, pagando ella los 18.000 reales que costaron las obras. Con la casa Zarralde unida a San Rufo, se logró un magnífico local».
   Urgentísima era, y provechosísima había de resultar la labor del fomento de vocaciones eclesiásticas realizada por los fundadores del Colegio de »San José, que hubieron de acertar con el remedio del más agudo y trascendental peligro que amenazaba a la diócesis, según confesaba el propio Prelado en la pastoral que publicó el 6 de enero de 1877:
   «Después de una interrupción de ocho años -escribe- motivada por los gravísimos acontecimientos de que ha sido teatro España, ha podido, al fin, reanudarse el curso de las Misiones en la diócesis ... » Aplaude el magnífico éxito conseguido en las que se acababan de dar en algunos pueblos, y añade: «¿Cuánto durará este hermoso estado de cosas? ¡Triste fatalidad de estos tiempos, en que así se multiplican las causas de la perdición de los pueblos! ¡Si tuviéramos, a lo menos, muchos y poderosos medios para contrarrestarlas ¡Pero no es así, no los tenemos! Nos falta la antigua protección, nos falta el antiguo ascendiente de nuestra clase, nos faltan recursos para atender a perentorias necesidades de cosas y de personas, nos faltan, y esto es lo más grave, nos faltan hombres. La inexorable muerte menudea sus golpes, y los claros que sin cesar abre en las filas del Sacerdocio no pueden llenarse. En los últimos siete años han fallecido en la diócesis 150 sacerdotes, y añadiendo a este número los que por un motivo u otro se han ausentado, pasan de 160 los que en el expresado tiempo ha perdido el clero diocesano. Ahora bien: en el mismo tiempo han ascendido al sacerdocio 87 jóvenes únicamente. Resulta, por tanto, una disminución de 70 sacerdotes. La cifra es aterradora; porque si ya hace años el servicio parroquial se resentía de falta de personal, ¿Qué sucederá ahora?, y ¿Qué sucederá más adelante? Triste es el presente de nuestras iglesias, pero más triste es el porvenir. Hasta que vino la Revolución de 1868 a desquiciar en España todas las cosas, y sobre todo las religiosas, teníamos un plantel de sacerdotes, si no abundante, a lo menos regular, en los alumnos del Seminario. No podíamos, en verdad, llenar todos los puestos que la muerte y otras causas dejaban vacíos, pero sí los más necesarios. Personas animadas de gran celo por la gloria de Dios y la salvación de las almas vinieron en nuestra ayuda, hicieron y continúan haciendo esfuerzos para salvar la presente ruina, promoviendo las vocaciones eclesiásticas, arbitrando recursos para sostenerlas y perpetuar entre nosotros el sacerdocio católico. Ya se comprende que hablamos del Colegio de San José, de sus fundadores y favorecedores. Dios les de la merecida recompensa. Por nuestra parte, apreciamos en lo que vale su generosidad y desprendimiento ... »
   En el curso quinto -1877 al 78- los colegiales llegaron a 190. Tuvieron que alquilar los Directores otra casa en el Callejón de Capellanes, número 4, en la cual se alojaron unos treinta alumnos. Pero, no reuniendo las condiciones precisas para el objeto a que se la destinaba, se hizo necesario pensar en levantar para Colegio un edificio de planta, que pudiera albergar 300 escolares. No descansaba un punto Don Manuel, desplegando aquella su actividad característica en las cosas en que ponía mano. «Mi proyecto de San José -escribía el 26 de noviembre de 1877 a la Madre Escolástica, de Mataró- no está muy bien. Encomiéndelo al Patriarca San José. Dirá que siempre le digo lo mismo. Cada loco con su tema.»
   La iniciativa de la erección del Colegio partió de Don Manuel, el cual tuvo harto que sufrir por la oposición de algunos canónigos y sacerdotes de la ciudad y aun de sus mismos colaboradores en la obra de socorrer a los estudiantes pobres, que juzgaban la empresa innecesaria y de imposible realización. Tanto arreció la contradicción a sus generosos planes, que, en vista de ella, consultó Don Manuel por escrito sobre lo que debía hacer a su íntimo amigo el santo y prudente cura de Villafranca del Cid don Manuel Ferrer, el cual le contestó: «¡Adelante! Que es pensamiento y cosa de Dios...» Con lo que Don Manuel se resolvió a realizar sus propósitos y en grande escala. Quería un edificio holgado y espacioso para centenares de seminaristas. Don Mariano García, al declarar Don Manuel que era insuficiente y escaso el terreno comprado, le contestó: «¡Es usted un visionario! ¡Se forja usted demasiadas ilusiones!» Por Don Manuel se hubiera adquirido mucho más terreno; desde luego, todo el que más adelante, para ensanchar el Colegio y poder albergar a los numerosos alumnos que solicitaban el ingreso en él, fue preciso comprar. El tiempo vino a darle la razón en todos los sentidos.
   En orden al levantamiento del nuevo edificio, «se redactó -dice Don Manuel- un proyecto, en el cual se proponían varios medios, entre otros, la emisión de acciones de 500 reales al 3%. Se presentó al señor Obispo, que lo aprobó sonriendo de satisfacción y mirando en aquella obra el verdadero y útil porvenir del clero en la diócesis, y ofreciendo para ella toda su cooperación. Muchas dificultades se presentaban para la realización del pensamiento, sobre todo por la escasez de terreno edificable en los ensanches de la población cercanos al Seminario. Mas la Providencia, por modo admirable, proporcionó muy económicamente, y por conducto de don Vicente Benet, la adquisición del único terreno espacioso que quedaba edificable en el ensanche llamado del Rastro, propiedad de don M. de Córdoba. Se hizo la escritura de compra, que quiso pagar el señor Obispo, el día 1.º de marzo de 1878; el 10 se le presentó el plano, y el 11 de abril, fiesta de San León, se puso la primera piedra».
   El 23 de mayo, escribía Don Manuel a la Madre Providencia, de Vinaroz, «No me acordaba ya de su fiesta, ni casi de su nombre. Estoy tan metido entre piedra, cal, arena y pozos, que no sueño otra cosa: y de ahí es que hasta estoy disipado en mi espíritu. Pídale, pues, a Jesús que no me sirva de estorbo para amarle esta vida que traigo de negociante. Y el caso es que por ahora no llevo intenciones de enmendarme».
   Don Mariano García y Don Manuel, por medio de prospectos y cartas, desarrollaban una incansable e intensa propaganda para colocar acciones del empréstito entre los sacerdotes amigos. «Deseamos -decía Don Manuel a uno de éstos el 11 de marzo- que cada parroquia esté representada y tenga derecho a un pedazo del edificio... En el proyectado (cuyo presupuesto es de quince mil duros) habrá un departamento de habitaciones reservadas para los sacerdotes benefactores, que, al venir aquí, -quieran habitar en el Colegio, ya que el Seminario nunca ha sabido atender a esta necesidad... Hagamos algo por Jesús en pago de nuestra vocación»,
   Entretanto -escribe en sus «Memorias autógrafas»- se habían promovido las acciones y los donativos, que se encabezaron por don Francisco Torrebadella, Provisor del Obispado, primero con diez, cedidas luego, y luego otras diez, que cedió a su fallecimiento, y por la excelentísima Marquesa de la Roca, con cuatro, también cedidas. Favoreció la adquisición de limosnas para el edificio el pago de los atrasos del clero, suspendido por espacio de cinco años, por lo cual la mayor parte del clero de la diócesis puso su óbolo a esta empresa, que les era tan simpática, a lo cual les alentaba y daba ejemplo la generosidad del Obispo ... »
   En julio, desde el «Boletín Eclesiástico», volvieron a dar cuenta los Directores de la buena marcha del Colegio. En el curso sexto -1878 al 79- fueron 161 los alumnos no otorgándose el ingreso a otros muchos por falta de local para poderlos recibir en el Colegio, y fue forzoso apresurar las obras del nuevo, con el fin de habilitar una parte del edificio en construcción para colocar en ella una pequeña sección de la Comunidad, ya aquel mismo curso. Por todo el año de 1879 continuaron las obras con regular actividad. El 10 de febrero nombró el Prelado el primer Presidente vigilante, que lo fue el presbítero don Juan Juncosa, el cual había de actuar bajo la inspección de la Junta directiva. El 13 facultó a ésta el Rector del Seminario para que por aquel curso pudieran oír misa en el Colegio los días de clase los alumnos del mismo. El 20, se trasladaron 40 colegiales de San Rufo al edificio nuevo.
   El 28 de mayo de aquel año salió de Tortosa para Tarragona, de cuya Sede había sido nombrado Arzobispo, el excelentísimo señor, Vilamitjana. Fue ésta una no pequeña contrariedad para los Directores del Colegio, del cual habíase siempre mostrado el señor Vilamitjana entusiasta, perseverante y generoso protector. El 2 de enero había escrito Don Manuel a una religiosa: «Ya supongo que sabrán que el Obispo se nos marcha a Tarragona. Esto me tiene muy afectado. Haga Jesús que sea para bien de todos, ya que es tan gran sacrificio». Con el traslado del señor Vilamitjana «perdía la empresa -dice Don Manuel- su principal apoyo. Vino a examinar las obras y a despedirse de los colegiales en el nuevo local. Los alumnos y Directores le dedicaron tiernas frases de despedida¡ y conmovido. el Prelado, dijo que se llevaba en el corazón el sentimiento de no haber podido ver terminada aquella obra, que era la preferente en su corazón de cuantas había realizado o impulsado en la diócesis; pero que no la olvidaría jamás. Así lo cumplió ampliamente más adelante, dejando en su testamento su biblioteca y la tercera parte de cuanto podía pertenecerle después de su muerte. Sirva este pequeño recuerdo histórico de tributo de gratitud a la memoria del excelso varón, al cual debe el Colegio de San José principalmente su levantamiento, y la Hermandad de Operarios sus alientos, no debiéndole olvidar jamás».
   Recibió el Colegio, de la testamentaría del excelentísimo señor Vilamitjana, la respetable suma de 6.666 duros.
   Otro grave contratiempo experimentó pocos meses después la empresa del Colegio, y singularmente Don Manuel, que dice, aludiendo a ello: «El 23 de septiembre del mismo año falleció don Mariano García, primer Director del Colegio, que formaba su gozo y su corona, y al cual consagró desde el primer momento su celo, su actividad y sus intereses, perdiendo con él la empresa el principal apoyo que le daba su nombre; venerable y su prestigio en todo el clero de la diócesis». Llégale al alma a Don Manuel semejante pérdida. El mismo día del fallecimiento de don Mariano, escribía a una religiosa: «Mi Madre Juliana: Dos líneas. Hace cinco días que no me he desnudado, velando a mi íntimo amigo y padre Mosén Mariano García. Esta tarde le he cerrado los ojos. Pierdo en él un consuelo, un apoyo y un padre, que no podrá ser reemplazado. Era el primer sacerdote de la diócesis, confesor del señor Vilamitjana y del actual Obispo y Director del Colegio de San José. Estoy muy afectado. El Arzobispo de Tarragona me exigió noticias diarias de su estado». Murió pobre, y de su escaso peculio dejó 2.000 reales para el Colegio.
   El 19 de julio de 1879 había hecho su entrada solemne en Tortosa el nuevo Prelado, ilustrísimo señor don Francisco Aznar y Pueyo64.
   Avanzaban, entretanto, las obras del Colegio en construcción, y el 11 de octubre bendijo la capilla del mismo el canónigo don Gerardo Camps, y el 12 se dijo en ella la primera misa, que celebró el Rector del Seminario, muy ilustre señor don Francisco Vilaret. Predicó en tan fausta ocasión Don Manuel, que dedicó un piadoso recuerdo al difunto y amado don Mariano: «Al proporcionarme Dios esta alegría -exclamaba-, ha querido mezclarla con la mirra amarga de la tribulación. Un vacío se siente en esta solemnidad, la ausencia de un amigo querido, de un padre cariñoso, de un varón necesario, de vuestro primer Director, con el cual habíamos compartido los sinsabores de esta Obra del fomento de vocaciones eclesiásticas, a la cual tenla consagrados sus afectos, su corazón, sus desvelos. Que su memoria no se apague en nosotros, y que sea esta capilla un monumento que la conserve». No fueron escasos los sinsabores, que como dice Don Manuel, tuvieron que experimentar por aquellos años los celosos apóstoles de las vocaciones eclesiásticas. Con ocasión de haberse formulado en el «Correo Interior Josefino» el intento de historiar en sus páginas la fundación del Colegio de San José de Tortosa, el santo Cura de Villafranca, don Manuel Ferrer, escribía a Don Manuel el 28 de junio de 1897: «Aunque se indica que se explicará con más extensión la fundación del Colegio de Tortosa, espero que no sea deficiente. Debe hacerse una reseña del celo de Mosén Mariano; de las habladurías contra Mosén Sol, ahora, este mes hace 21 anos, por haberse quitado 900 duros a la cuenta de los algarrobos, y treinta de la escritura; y las contradicciones que surgieron; y que San José lo venció todo, etc., etc... También merece ilustre señor Vilamitjana, gran bienhechor del Colegio. Y quizá, para que se sepa cómo el bendito San José iba preparando la propagación de los Colegios, algún día se, explique quién regaló el cuadro de San José, y la historia sangrienta del cura que lo donó al ilustrísimo Vilamitjana. Ustedes verán si es o no oportuno. Yo tengo la convicción de que el señor Cura de Nules murió como un mártir de su deber parroquial, pues la primera palabra que salió de su boca fue decir a su asesino: «Te perdono». Yo conservo el libro «Dulce y santa muerte» que me regaló ya hace 43 años».
   «Los alumnos -dice Don Manuel- echaban de menos la presencia permanente de Jesús Sacramentado en la capilla, y elevaron una exposición al Director, pidiéndole se obtuviese la facultad para el Reservado, y prometiendo por su parte corresponder a esta gracia con actos de continua reparación a Jesús Sacramentado. Se pidió y obtuvo el Breve de Roma, y el día 14 de noviembre de 1880, domínica 2.ª del mes, fiesta del Patrocinio de la Virgen, y de San Rufo, primer Obispo de Tortosa, celebróse una solemnísima, fiesta con procesión con el Sacramento por la, calle interior del Colegio, y cantándose motetes ante un vistoso altar, con asistencia del nuevo señor Obispo y de gran muchedumbre de fieles, que habían sido invitados, y salieron complacidísimos. Tan grata y solemne fiesta se perpetúa todavía, celebrándose con entusiasmo todos los. años con igual esplendor e iguales cultos, el segundo domingo de noviembre, fecha que se considera como prenda de gracias para el Colegio».
   Años adelante, en su tradicional fervorín deja anual conmemoración de aquella faustísima efeméride, decía Don Manuel a los colegiales:
   «El 14 de noviembre de 1880, fiesta del Patrocinio de la Virgen, en aquel día en que alguno de vosotros todavía no existía, y algunos, erais muy jovencitos, aquí, en esta capilla, estando todavía este Colegio a la mitad de su edificación, se dignó Jesús fijar su morada sacramental, habiendo precedido el día anterior una protesta de los colegiales de entonces de honrar con sus actos de amor y reparación a tan distinguido Huésped, y se le ofreció el propósito, como señal de gratitud, de recordar a los venideros, por medio de esta fiesta anual, la bondad de nuestro Dios, que venía a habitar entre nosotros ... »
   «El número de alumnos -escribe Don Manuel en sus «Memorias»- iba aumentando cada año, distribuidos entre los dos edificios, continuando lenta la terminación del Colegio de San José. Además de los admitidos, daba el Colegio la sopa a más de 50 que, no pudiendo pagar la pequeña cuota, vivían en modestas casas particulares. Con el deseo de atender también a éstos, y de que se formaran mejor en la disciplina y en el recogimiento propios de un Colegio, se discurrió recogerlos en el antiguo edificio dé San Rufo, manteniéndoles gratuitamente con la ayuda del Seminario, que se ofreció a ello, y con sola la pensión, por parte de los jóvenes, de un duro mensual, que era lo que gastaban en el pago de sus viviendas. Así se hizo, estableciéndose la Casa-Colegió de agregados, bajo la dirección y cuidado de los mismos Directores del Colegio. Pronto se llenó también dicha Casa, hasta llegar al número de 100, que con los 300 del Colegio de San José, forman actualmente la afluente principal del Seminario, que cuenta, junto con los internos del mismo, y algunos externos, una matrícula mayor que la que tenía antes de 1868».
   El 10 de marzo de 1880, el Prelado nombró a Don Manuel «Director del Colegio de San José, sucursal del Seminario Conciliar de la diócesis»; «plaza, dice, que está vacante desde que falleció el benemérito don Mariano García, uno de los tres edificantes sacerdotes que iniciaron y llevaron a cabo tan recomendable establecimiento». El cargo de Vice-Director recayó en don Joaquín Cedó.
   El 28 de agosto de aquel, año publicaron en el «Boletín Eclesiástico» una circular, demandando encarecidamente de los sacerdotes de la diócesis una eficaz ayuda para. enjugar el déficit, que por lo que se refería al último curso, y por el Solo concepto de manutención, ascendía a 14.443 reales, y para terminar la construcción del edificio, a medio levantar todavía. Ya en 1878 habían aumentado las cuotas mensuales de los alumnos, fijándolas en un mínimum de 70 reales y en un máximum de 90. Ahora, además, solicitaban de los encargados de las parroquias, con el beneplácito del Prelado, que el domingo de cada mes que mejor les pareciese una colecta en la Misa mayor a favor del Colegio, estila caridad de los fieles con argumentos y consideraciones que ellos mismos les sugerían y apuntaban brevemente en el mencionado documento. El Prelado aprobaba la idea, recomendaba que se trabajase por ella y concedía indulgencias.
   Sin caudal suficiente los Directores para costear y cubrir siquiera los gastos de la manutención de los alumnos, llevaban éstos en todos los órdenes una vida de estrechez y de pobreza. «Lo que necesitaban para la capilla del Colegio -dice una clarisa- para decir misa y hacer alguna funcioncita, lo pedía Don Manuel a sus monjas de Santa Clara: candeleros, ornamentos sagrados, sillas para la iglesia, cruz procesional... El vino para celebrar la Misa, a botellitas lo pedía a la sacristana».
   Para subvenir a las necesidades de sus alumnos demandaba constantemente Don Manuel socorros pecuniarios y limosnas en especie de sus amigos. Por encargo suyo algunas de sus hijas espirituales iban por las casas de la ciudad pidiendo para el Colegio y recogiendo pan, capazos de higos, etc. Una de ellas, Cinta Curto, llevaba a determinadas personas cartas de Don Manuel solicitando ayuda económica. «Mientras yo las, repartía -dice la caritativa mensajera- quedábase Don Manuel, de rodillas, como una estatua de mármol, con los brazos caídos, ante el sagrario de la, capilla de comunión de la Catedral, hasta que llegaba yo con los resultados».
   El P. Francisco Tena, S. J., nos revela una de las santas industrias de Don Manuel para recaudar fondos con que socorrer a sus colegiales. «Su desprendimiento -dice- llegó a tal punto, que no contento con gastar sus bienes en la obra del Colegio de San José, no se desdeñaba de ir en persona a pedir limosna a los bienhechores. Recuerdo ahora un hecho, insignificante, si se quiere, pero curioso. En vísperas, de Navidad mandaba una comisión de colegiales a felicitar a los bienhechores del Colegio. Íbamos para ello con un Niñito Jesús, recostado en la cuna, y en ella una cuarteta, que decía poco más o menos:

El Hijo de San José
saluda a sus protectores,
y les ofrece este día
mil celestes bendiciones.

   Lo curioso era que, además, el Niño llevaba en una de sus manecitas, una bolsa, donde depositaban los bienhechores que se daban por aludidos su óbolo o limosna. Confieso que la primera vez que fui yo con la comisión tuve vergüenza al ver la bolsa y advertir las bromitas que sobre ella se hacían. Pero, al pensar que un hombre de la posición y condiciones de Don Manuel no reparaba en pedir estas limosnas, me animé, y por decirlo así, me desvergoncé, pidiendo por amor de Dios limosna para nuestro Colegio de San José».
   Pero el medio más peregrino y eficaz que se le ocurrió a Don Manuel para salir de los apuros económicos, que le agobiaban en extremo, fue el conocido con el nombre de «el santo billete», famoso en los anales de la diócesis tortosina. Era a fines del año 1885, fundada ya la Hermandad. «Robustecida la Obra de las vocaciones eclesiásticas -cuenta Don Manuel- con el fundamento de la Pía Unión de sacerdotes operarios diocesanos, que aseguraba su porvenir y permitía hacer frente a todas las eventualidades, se dedicaron los asociados a escogitar medios para enjugar el déficit, que había ido engrosando, que pesaba sobre el Colegio, y poder atender con más desahogo al sostenimiento del mismo; y uno de ellos fue el de una rifa diocesana: pensamiento que fue aprobado y recomendado a los párrocos por el ilustrísimo señor don Francisco Aznar y Pueyo. Se redactó el llamamiento para esta rifa y se obtuvieron tres ricos premios: del ilustrísimo señor Obispo, de doña Magdalena de Grau y Gras, y de la excelentísima señora Marquesa de la Roca, y otros menores de otras personas. El 26 de diciembre de 1885, reunidos en Villarreal los sacerdotes de la Hermandad con algunos otros, que se ofrecían a promover y organizar en la diócesis dicha limosna, el Director Don M. D. y Sol, subió al púlpito en el ofertorio de la misa mayor, exponiendo a aquellos fieles la necesidad del fomento y sostenimiento de las vocaciones; la necesidad que experimentaban tantas naciones y países, lo mismo de América que de Europa; lo grato que a Dios debía serle; los Santos, que la habían mirado con tanta predilección; el clamor de los Institutos religiosos, faltos de personal -messis quidem multa...-; la situación del personal en la diócesis, comparada con la de cuarenta años atrás; desprovista hoy de los Institutos religiosos... Explicó, luego, la historia y estado actual del Colegio de vocaciones en la diócesis, y concluyó excitándoles a cooperar a su sostenimiento por medio, de aquella limosna que se les proponía, recomendada eficazmente por el Prelado, y a la cual podrían ir contribuyendo hasta el día de la Purísima de 1886, en que sería el sorteo de los objetos. La tarde del mismo día pasaron a promover la rifa algunos de los sacerdotes que habían acudido a Castellón y Burriana, aprovechándose de las vacaciones de Navidad».
   Así concertado el plan, y dada la característica actividad de Don Manuel, bien se deja entender que no se dic en adelante punto de reposo. El 28 de aquel mes -fiesta de los Inocentes- escribía desde Castellón de la Plana a un grupo de sus hijas espirituales de Tortosa: «Ya que es mi santo, quiero convidaros al pan, queso y rechupete, y flor y nata de este país, esto es, naranjas mandarinas. Haced partícipe a Bernardo, para que ruegue mucho a la Madre Purísima por nosotros, viajeros universales. La cosa nos va muy bien. No tenemos bastantes billetes, y nos quedamos cortos en todas las poblaciones, y es una lástima. Os espantará cuando os lo cuente. He estado anteayer en Villarreal, donde prediqué en la misa, y por la tarde, plática a las Hijas de María del Rosario. El domingo, ayer, fui a Nules, confesé a muchos hombres, di la comunión con plática, y por la tarde el sermón de vocaciones, en el, púlpito. A las seis de la tarde, llegó el doctor Vidal y predicó en el Círculo de obreros. Cenamos, y en el tren de las ocho y media de la noche nos fuimos a Burriana; esto es, tres pueblos en un día. Mosén Cedó, en Burriana ha hecho, una campaña famosa. Hoy hemos venido a Castellón, donde los colegiales harán una sesión literaria. Mañana... al Desierto. Desde allí el día 1.º os enviaré la bendición. Vosotras rogad mucho el 31. -Castellón- Día de Inocentes».
   El 15 de enero de 1886, decía desde Tortosa a su íntimo amigo el doctor Corominas: «Es fácil esté aquí toda la semana, y luego a San Mateo, Cálig... He recorrido los pueblos de Villarreal, Nules, Castellón, Alcora, Lucena, Alcalá, Benicarló y Vinaroz, y tengo repartidos, a pesar de haberlo, echado a perder con tanta prisa; cerca de 20.000 billetes, o sean, 20.000 pesetas que, dicho sea inter nos solos, confío duplicar. No puedo más, que voy a galope, y no vivo en Tortosa, que me atormentan, y deseo respirar libertad».
   Durante todo aquel año, particularmente durante los meses de las vacaciones de verano, siguióse promoviendo la limosna extraordinaria por toda la diócesis.
   Los pueblos que visitó personalmente Don Manuel -algunos de ellos dos veces- en esta piadosa cruzada de la rifa fueron: Villarreal, Nules, Burriana, Castellón, Lucena, Alcora, San Mateo, Tírig, Salsadella, Benicarló, Vinaroz, Cálig, Peñíscola,. Corbera, Mora, Onda, Vall de Uxó, Villavieja, Calaceite, Gandesa, Pinell, Vallibona, Rosell, Benicasim, Albocácer, Villafranca, Castellfort, Cinctorres, Bot, Horta, Arnes, Cretas, Batea, Fatarella, Flix, Ascó, Borriol, Villafamés, Ribesalbes, Tivisa, Darmós, Masroig, Marsá, Sierra de Almos, Masriudoms, Morella y San Jorge. El 20 de diciembre de 1886 hallábase en este último pueblo.
   José Pitarch, párroco de La Llosa, dice, hablando de aquella excursión de Don Manuel: «¿Qué parroquia de la tan dilatada diócesis de Tortosa habrá, que no visitara su celo apostólico? Vallibona, distante unos 20 kilómetros de Morella, país bastante escarpado y montañoso, de difícil acceso, pues con dificultad se viaja en caballería, muy apartado de la capital de la diócesis, fue visitada por Don Manuel en 1886. Allí, cual Crisóstomo, cantó las glorias del misterio de la Eucaristía en la fiesta del Santísimo Corpus Christi, asunto, a mi parecer, para él el predilecto.
   ¡Cómo abrasó al humilde y cristiano auditorio aquel día y el siguiente con el fuego del divino amor! Animó y excitó a los jóvenes a aumentar el plantel josefino, cuyos resultados luego, se tocaron. Recuerdo ahora, como si lo refiriese en estos momentos, como decía a su amigo, don José Valldeperes, entonces cura de Vallibona: «Las aguas fuertes de estas montañas me prueban »mucho. No he notado desarreglo alguno en el estómago, ni ahora »ni en varias ocasiones que he andado por estos cerros». Su celo lo suplía todo. Porque celo se necesitaba, y no poco, para ir a predicar de Tortosa a Vallibona, con sus años a cuestas, yendo en coche hasta la Cenia, y de allí hasta Vallibona en caballería, y estando de continuo en peligro de caer en profundos barrancos. ¿Quién sería el que se arriesgara por aquellos vericuetos, sino Mosén Sol, y esto por celo de la mayor gloria de Jesús, y con tal de ganar almas y aumentar su plantel josefino?»
   Detalle pintoresco y sugestivo de estas excursiones de propaganda fue la cooperación que hubo de prestar a la misma un grupito de colegiales, ensayados y amaestrados durante el curso por Don Manuel, para que en algunas de las poblaciones visitadas por él, celebrasen una veladita, que resultaba siempre por demás amena y simpática. Uno de los colegiales pronunciaba un discursito de presentación y saludo e invitaba a los asistentes al acto para que contribuyesen al éxito de la rifa.
   Otros recitaban poesías, cantaban algunas composiciones de música fácil y agradable, y finalmente, con la representación de alguna piececilla cómica provocaban la alegría y las risas de los sencillos y piadosos espectadores. Quedaban éstos satisfechos y entusiasmados de la gracia y desparpajo de aquellos avispados estudiantillos de Mosén Sol, al cual, según confesión propia, «se le caía la baba de gusto» ante las habilidades y proezas de su «trouppe».
   Alguno de aquellos improvisados y despiertos comiquillos, ocupa hoy altísimo puesto jerárquico en la Iglesia de España. Uno de los de la «compañía», don Juan Bautista Muñoz, actual párroco de Roquetas, nos dice: «Quiero hablar; siento como una necesidad de corazón de ocuparme de Mosén Sol, como organizador de veladas cómico-literarias. Tenía falta de recursos para terminar las obras del Colegio de Tortosa y del fomento de vocaciones, que parecían dormidas después de las revoluciones y las guerras. Y, hombre fecundo en iniciativas, envía a sus escasos compañeros a predicar a pobres parroquias, dejando para sí las más difíciles y que podían dar mayores frutos. Conocedor de su tiempo y de los hombres, y necesitando que el efecto de su campaña fuese rápido, se prepara, formándose un cuerpo de músicos y cómicos, en quienes la buena conducta y celo corriesen parejas con las disposiciones y el amor al arte. Chicos éramos y capaces de cualquier desaguisado, artistas embrionarios, con peligro de no llegar jamás al ser, pero, en sus manos y para su intento, instrumentos habilísimos. Este por feo y el otro por místico, aquél por alegre y travieso, el de más allá por tristón y ensimismado, se adaptaban perfectamente a sus planes, y todos no teníamos otro deseo que agradarle, ni otro temor que desagradar al público, a, quien Mosén Sol trataba de hacerse suyo por medio de sus colegiales. No trataba nuestro llorado Padre de dar a conocer piezas del repertorio clásico. ¡Buenos éramos nosotros para codearnos con los clásicos! Ni tampoco quería hacer aplaudir el arte de aquellos improvisados cómicos, sino sólo divertir a un público creyente y piadoso, inspirándole admiración por aquellos frutos patentes de la sólida piedad e instrucción que se daba a los josefinos, y excitar deseos en los hijos del pueblo de ser como los que peroraban, aspirantes a predicadores de verdad.
   De los recursos para la obra hablaba sobriamente en las pláticas que daba desde el púlpito con unción verdaderamente evangélica. Y conseguía su intento a maravilla. Llovían antes de septiembre las peticiones de ingreso en el Colegio. Y la memorable rifa, que fue como el punto final de tan originales misiones, no defraudó las esperanzas del apóstol.
   Mas, para llegar a tales resultados, ¡cuánta paciencia y abnegación se necesitaba! Todos sabemos, que nuestro Superior era de familia distinguida, de posición desahogada y hombre que desde joven gozó de prestigios singulares, y no obstante, vedle ocupar sus recreos en el invierno adiestrando su compañía, haciéndose ayudar por los que tenían de ello alguna idea, y, sobre todo, vedle cómo en verano se presenta en los pueblos importantes con tan heterogéneos elementos, confiando que Dios coronará con el éxito más lisonjero tantos esfuerzos y trabajos.
   Y viajábamos todos a su costa, y nos mantenían gratis sus amigos, y aun, al final de la excursión, recibía cada uno su recuerdo, como si no lo constituyeran de sobra sus caritativos desvelos y cuidados. Cálig, Benicarló, Alcora, Artana, Castellón, Cinctorres, Villafranca, y muchas otras poblaciones de la diócesis, no olvidarán fácilmente nuestros cantos y representaciones teatrales; pero mucho menos los que tuvimos la dicha de formar parte activa, dirigidos por el incansable Mosén Sol. Los viajes se acortaban con sus conversaciones santas, y se amenizaban con aquellas preguntas, que sólo pueden aprenderse de una madre: -«¿Estás enfermo?... ¡Como tienes tan mal color! Estamos ya cerca. Ya diré que te den caldo así que lleguemos». -«¿No tienes tú más zapatos que ésos?... Recuérdamelo al llegar a ... », -«Y tú, hijo, ¡qué cabello más...! Mira, cuando en B. venga el barbero para mí, estarás también tú y ... » Me haría interminable. Lo repito, y lo diré mil veces, que yo admiro más a Mosén Sol en estas menudencias que en las mismas obras que le han conquistado justo renombre. Si la caridad es ingeniosa, nuestro inolvidable Padre debía tenerla muy encendida».
   No habiendo sido posible verificar el sorteo de los objetos de la rifa y de las 500 oleografías el día prefijado para ello -8 de diciembre de 1886- se efectuó el 23 de enero de 1887 en el Colegio de San José, bajo la presidencia del ilustrísimo señor Obispo. Pronunció antes el alumno don Benjamín Miñana, que había venido prologando con otro parecido las «sesiones» de «los cómicos de la legua» por los pueblos, un discurso de acción de gracias, que luego, se imprimió, junto con un documento que se envió a los párrocos agradeciéndoles la parte que habían tomado en el buen resultado de la limosna extraordinaria, que ascendió a cerca de 8.000 duros.
   Don Domingo Llopis, sacerdote de Castellón de la Plana, nos cuenta la siguiente anécdota, reveladora de las optimistas esperanzas que Don Manuel abrigó siempre acerca del éxito de su apostólica empresa de la fundación del Colegio de Tortosa: «En una visita que el doctor Sol hizo al señor Obispo don Francisco Aznar para felicitarle las Pascuas, se llevó algunos colegiales consigo: un servidor fue uno. Llenándose de gozo el Obispo Aznar, al saber el número de colegiales y aumento y prosperidad de la obra, decíale al siervo de Dios: «¿No es verdad que no esperaban que el Colegio ascendiera a tanto?» «¡Ah, Señor!, sí lo esperábamos: porque el Señor favorece a las obras que son de su gloria». El señor Obispo escuchaba, sin darse por enterado de esta negativa, y luego de un rato le volvía a preguntar: «¿No es verdad que el Colegio ha excedido a sus esperanzas?» «Ah, no, ilustrísimo Señor, aún habrá más ... » Y en esta santa porfía lidiaron varias veces los dos, aquél creyendo que el hecho excedía a las esperanzas, éste que las esperanzas excedían al hecho. Nos confesó una vez que entre las obras de su ministerio, una sola le había llenado completamente, y era el Colegio de San José de Tortosa».
   No escatimó, en efecto, Don Manuel ni energías físicas, ni fervorosos entusiasmos, ni personales gastos económicos, ni actividad incansable para llevar adelante la obra comenzada. Hasta que la vio concluida no respiró tranquilo. «Esta mañana -decía a las monjas de la Purísima- he llegado a tener tentación de predicar, pero he desistido, porque no tengo en mi cabeza más que piedra, cal, pozos, madera, etc., etc., y, por consiguiente, creo saldría una plática de ladrillos. Hagan que se acabe pronto el Colegio de San José, y después les haré sermones».
   ¿Qué no había hecho, pudiendo hacerlo, Don Manuel en todos los órdenes por el bienestar y regalo de sus colegiales? «Aquí, en verdad -les decía- nos faltan muchas cosas. No tenemos las comodidades necesarias. Estamos como podemos. Vosotros comprenderéis que se hace lo que se puede. No digo bien: se hace lo que no se puede hacer. Ya sabéis que no vivimos sino para vosotros. Pudimos tener otros más honrosos empleos, pero preferimos dejar nuestra carrera y nuestro porvenir por atender a vuestro cuidado. Y con vosotros vivimos, y con vosotros soñamos y por vosotros echamos líneas, y discurrimos medios...»
   Noblemente correspondieron sus alumnos, mostrándose, siempre agradecidos al desinteresado amor y a los paternales desvelos de Don Manuel. Más todavía que quererle, le veneraban como a un santo. En 1892, en la fiesta del Reservado, se inauguró el rico y artístico altar mayor de la capilla del Colegio, que por iniciativa y suscripción de los sacerdotes, antiguos alumnos del mismo, como espontáneo tributo de gratitud y de cariño, regalaron a Don Manuel.
   Aun en esta vida premió Dios de otra forma a Don Manuel sus esfuerzos por fundar el Colegio de San José de Tortosa: aquel plantel de vocaciones eclesiásticas para la diócesis tortosina, ha sido al mismo tiempo y continúa siendo semillero fecundo de vocaciones para la Hermandad, tan providencialmente, que de otra y suerte, y, humanamente pensando, no se hubiera podido establecer, ni mucho menos, desarrollar. De los beneficios que del Colegio de San José se siguieron, en orden a los fines con que fue establecido, baste decir que en 1927 habían salido de su seno cerca de 800 sacerdotes.

CAPÍTULO XVII



La «Escuela Dominical». - El Apostolado de la Oración. - Peregrinación Teresiana. - Profesor del Colegio de San Luis. - Fundación del convento de la Providencia de Vinaroz. - La «Librería Católica». - Su segundo viaje a Roma

(1873-1871)



   Por los cuadernos de cuentas de Don Manuel nos consta que ya en 1865 existía en Tortosa una «Escuela Dominical», para cuyo sostenimiento daba él cada mes una cantidad fija, aparte las ocasiones extraordinarias de rifas, etc... Debió extinguirse, empero, puesto que en los primeros meses de 1873 intervino Don Manuel activa y eficazmente, con su iniciativa y esfuerzos personales, en el establecimiento de la que todavía hoy subsiste y que ha sido y continúa siendo , bajo la dirección de una de sus más distinguidas hijas espirituales, fecundo manantial de instrucción cristiana, de bendiciones y de gracias y de santas expansiones para las jóvenes que se dedican al servicio doméstico.

***

   En 1873 dic Don Manuel principio a su ardorosa propaganda para extender por toda la diócesis la devoción y el culto al Sagrado Corazón de Jesús.
   Ya desde 1871 venía haciendo rezar el Oficio del mismo a las religiosas del convento de San Juan y tenía formados entre ellas y sus dirigidas del siglo varios coros de la «Pía Unión del Corazón de Jesús». Celebraba frecuentemente la santa Misa en el altar del mismo en el, templo de las Sanjuanistas, a la cual imagen tenía especialísima devoción. Ante ella se consagró al Corazón divino el 3 de enero de 1871 e hizo el 31 de mayo del 72 protestación de trabajar por que se multiplicasen sus devotos.
   Para cumplir su promesa, el 9 de enero de 1874 estableció pública y solemnemente en la iglesia de San Antonio el Apostolado de la Oración y la Congregación del Sagrado Corazón Jesús, o, como otras veces la titula: El Apostolado del Corazón de Jesús, a modo de ramificación especial de la Archicofradía del Apostolado de la Oración, al cual se exigía pertenecer previamente, para formar luego en esta «Liga de corazones consagrados a amar y extender el culto y amor al Corazón de Jesús, a fin de apresurar su reinado en España». Complemento de esta .obra era la Corte de Reparación para dar «culto continuo al Corazón de Jesús mediante la compañía o vela perpetua».
   Obra suya fue el altar y la imagen del Corazón de Jesús que se venera en la mencionada iglesia, en la cual -conforme testifica la Madre Rosalía del Niño Jesús- reunía «a toda clase de personas, imprimiendo a todos los actos del culto una grandiosidad que encantaba. Transformaba el altar de modo que todo hablase del Corazón de Jesús. Del coro pendía un gran estandarte con insignias. La iluminación era espléndida, y como no disponía de tantos candeleros como quería, enviaba a pedir a otras iglesias, y algunos encargados de éstas se enojaban y le mandaban a decir si había de hacer las dominicas con llumaneres65.
   Organizaba la vela de caballeros y señoras de tal manera que atendía hasta a los menores detalles: las personas más desocupadas la tenían en horas en que otras no hubieran podido hacerlo, y discreción aumentaba el fervor en todos. Cuando predicaba en las funciones, lo hacía de un modo tan elevado y se internaba en el Corazón de Jesús de manera que parecía que le :eran manifiestos sus movimientos. Las personas versadas un poco en la piedad quedaban encantadas».
Fomentó igualmente Don Manuel el desarrollo de la Asociación de Nuestra Señora del Sagrado Corazón, fundada y establecida años atrás en la misma iglesia de San Antonio por iniciativa de la piadosa dama doña Celestina Hany de Montserrat, al celo de la cual se debió también la erección de la magnífica imagen de Nuestra Señora del Sagrado Corazón en 1875. Fue esta advocación una de las más fervientes devociones de Don Manuel, porque veía en ella aunados y armonizados, complementándose mutuamente, sus dos grandes y apasionados amores: el Sagrado Corazón de Jesús y la Santísima Virgen.
   En cuanto al primero, soñaba Don Manuel y aspiraba a ser «el apóstol del Corazón de Jesús en España». Y se esforzó, efectivamente, por llegar a serlo. El Superior de una Residencia de Padres Jesuitas nos escribe:
   «De su ardiente devoción al Corazón de Jesús habría mucho que decir. Era conocida de todos. Se pegaba o nos la pegaba como un contagio. Nunca olvidaré aquellas funciones del Sagrado Corazón en la iglesia de San Antonio, de Tortosa, a donde iba él con tanta devoción y nos mandaba para hacer de monaguillos; y sobre todo, aquellos fervorines o pláticas de comunión en que nos conmovía hasta derramar lágrimas. Recuerdo, sobre todo, el sentimiento con que pronunciaba aquellas palabras: Si scires donum Dei¡ ¡Cristiano, si, supieras el don de Dios encerrado en su Corazón...!
   No contento con haber, establecido el Apostolado del Corazón de Jesús en Tortosa, quiso hacer otro tanto en las parroquias de la diócesis y recorrió muchas de ellas con este piadoso objeto. Hablando de la de Villafranca del Cid, dice el reverendo don José Machí: «Visitó varias veces esta parroquia en tiempo del cura Ferrer, con quien le estrechaba íntima amistad, hospedándose siempre en esta casa-abadía y ocupando la habitación que se ha quedado con el nombre de Mosén Sol, y en la que se ha puesto un cuadrito con su retrato para perpetua memoria. Como recuerdo de su paso por esta villa, está el haber cooperado eficazmente a la fundación del Apostolado de la Oración, predicando con este fin66. Aun quedan algunas almas que recibieron su sabia dirección. Entre ellas están doña Avelina Falcó, Sor Patrocinio, religiosa clarisa de Nules, y Sor Juana Tena, Superiora General de las Hermanas de la Consolación... En general, puedo asegurar a usted que el nombre de Mosén Sol se pronuncia en ésta con veneración».
   Estableció el Apostolado en Tivisa, en compañía del P. Martorell S. J. y en 1.883, del 27 de mayo al 3 de junio, predicó allí un octavario de sermones al Sagrado Corazón.
   En aquel mismo año escribía Don Manuel a la Madre Escolástica: «Por fin, aunque tarde, va una palabrita para usted. El 6 de julio, salí para Benicarló y establecí el Apostolado de la Oración, con un triduo, y establecimos los Luises. De allí a Benicasim, donde estuve cinco días. De allí subí al monasterio o Desierto de las Palmas, que es de Padres Carmelitas (hay ya unos 40 entre Padres y novicios) y nos reunimos unos cuantos compañeros para tratar de nuestra futura Obra. De allí pasamos a Alcora, a donde hicimos acudir diez colegialitos de los pueblos de alrededor y cantaron la Misa y en las demás funciones para establecer el Sagrado Corazón, e hicieron la comedia de San Luis, y el pueblo quedó muy contento, y a nosotros, los padres graves, nos caía la baba de satisfacción.
   Al regresar debía pasar por Vinaroz, pero Vinaroz se quedó sin verme, y las monjas me escribieron dos cartas o tres diciéndome que el alma al infierno, por mentiroso, y Mosén Bautista me escribió enfadado, etc., etc... Tanto me azoraron, que tuve que volver el 6 de éste, y estuve allí 48 horas, y a pesar de esto, la Madre Providencia tuvo que decirme, al despedirnos, que, si había de ir tan de prisa, que no volviera más por allí. Ya ve usted si son gente descontentadiza. Al fin, les he medio prometido que volveré pronto; pero, como me han puesto fama de engañador, ya no me han creído. Celebré allí la Misa ofrecida por la Madre Juliana. Hubo fervorines. Si el 26 de éste voy al pueblo de Cálig, entonces me vendría bien, pues está cerca de Vinaroz... Y con tanto pasear ¡no poder ir a Barcelona y Mataró! Bien seria éste mi deseo, pero no hallo medio. Así, pues, Cinta que se compre lo Jesuset, o Infant, como dicen ustedes, y ya iré cuando pueda... ¿Qué más, mi Madre Escolástica? Que me encomiende a Jesús mi Obra, que va muy despacio, y los Operarios que yo deseo no vienen. Por Jesús, ruegue por esto. Hoy, fiesta de la Asunción».
   El año 1888, del 24 al 30 de junio, estuvo en Benasal, dando Ejercicios a las jóvenes teresianas y estableciendo el Apostolado, después de predicar un triduo de sermones sobre la devoción al Corazón de Jesús. «Implantó también -dice el entonces seminarista de aquel pueblo, y después benemérito Operario, don Joaquín García Girona- la práctica de los primeros viernes de mes, que desde entonces no se ha interrumpido». Arbitró la compra de un devoto cuadro y otros costosos objetos del culto para solemnizar las funciones al Sagrado Corazón. En alguna otra ocasión más hizo objeto de su celo a Benasal, aprovechando sus idas a Villafranca, blanco de sus amores por la amistad que le unía con su párroco señor Ferrer».
   En dos cartas habla Don Manuel de esta excursión suya a Benasal. «En Benasal di Ejercicios a las chicas -dice en una de ellas- y prediqué un triduo al Corazón de Jesús para establecer la Archicofradía del mismo. A pesar de que salí constipado de Tortosa, me probó bien, y trabajé muchísimo y he vuelto bueno»
   Y en la otra, que copiamos casi íntegra porque nos da idea de su incansable movilidad en estos viajes de apostolado, escribe: «El domingo pasado terminamos los Ejercicios y triduo del Corazón de Jesús en Benasal. El lunes se marchó Elías, con Serrano, a Ares y Cinctorres, y yo a Villafranca, acompañado de Juan Antonio Fabregat, Felipe Tena, Artemio Colom y Gonzalo Tena, que habían bajado a Benasal a buscarme para que no me escapara. El martes fuimos a ver al Cura de Iglesuela, que estaba grave. El jueves regresé a Benasal, y por la tarde a Albocácer. El viernes no tuve asiento en el coche, y me bajé a las Cuevas en un carrito. El sábado, en caballerías, para no tener otro chasco, bajé a Alcalá y tomé aún el tren burro, y me fui a Vinaroz para seguir la misma tarde en el exprés a Tortosa. Pero la abadesa quiso obligarme a que me quedara para una misteriosa función que debía celebrarse, y me resistí. Mas, como es una bruja angelical aquella criatura, lloró y la dejé llorando, y fui a buscar el coche, y Batet no vino y tuve que quedarme, y ganó la Santa Escolástica, que realmente lo fue. Fortuna..., fortuna, que me dieron una onza de oro en una pieza por mi pequeño trabajito... además de otras cosas... En fin, mi hija, ha sido un viaje triunfal de consuelos, satisfacciones, gratos trabajos, dineros, y creo que de gloria de Jesús. Sólo que he estado ocho días sin saber de nadie, pues estaba incomunicado con tanto movimiento, y no sabía de aquí, ni de Valencia, ni de Murcia, y, sobre todo, de... mis almitas de San Mateo; y sin poder ir a Cinctorres y a Forcall, ni a ésa, porque aquí hacía 19 días que no se habían confesado las nueve de la Purísima y muchas de Santa Clara, y... debo romper todo esto, y no puedo. Así, encomiéndame muchísimo a Jesús, que esto me hace sufrir y no puedo atender a todo... ¡Cuántas cosas querría contarte de mi viaje! ... »
   En 1888, el 4 de julio, le escribía el párroco de Torreblanca, don Joaquín Esteller, pidiéndole instrucciones y haciéndole consultas, y entre otras cosas le dice: «Mi respetable Don Manuel: Como embolicaors67 que somos, ahí va una cortita lista de unas 550 personas enredadas en la devoción del Sagrado Corazón. La semilla sembrada ha crecido que ha sido un prodigio. Todas ellas pertenecen a la comunión reparadora y han de ser inscritas en la Cofradía en ésa, hasta que usted se sirva pedir a Roma diploma para poder tener centro. en esta parroquia. Pesado es esto, pero se trabaja con gusto, porque los resultados son grandes y a la vista. Para los primeros viernes ya no bastaremos nosotros y habremos de llamar de fuera ... »
   En junio de 1889, predicó en Lucena un triduo al Corazón de Jesús para establecer el Apostolado. Desde 1873 lo había establecido en otros muchos pueblos de la diócesis, no mencionados por él, como Ulidecona, Alcanar, Gandesa, San Mateo, Santa Bárbara, etc.

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   En agosto de 1877, tomó Don Manuel parte en la peregrinación a la cuna y sepulcro de Santa Teresa de Jesús, organizada por el insigne teresianista don Enrique de Ossó. De Valencia partió para Madrid, el 21. Estuvo dos días en la corte; el 24, en Ávila; el 25 y 26, en Salamanca -el primero de los cuales días celebró la santa Misa en la capilla del Seminario, dirigido entonces por los Padres Jesuitas, y el segundo en la iglesia pública de éstos, la famosa Clerecía-; el 27 y 28, en Alba, y de nuevo, el 29 y 30, en Salamanca, desde donde se encaminaron a El Escorial, y luego, por Madrid y Zaragoza, deteniéndose en ambas ciudades, a Mataró. El 6 de septiembre, hallábase de regreso en Tortosa. Fue aquélla -escribe don Enrique en su «Revista Teresiana»- «la primera de las peregrinaciones que se han hecho en obsequio de la celestial andariega».

***

   En octubre de aquel mismo año se encargó Don Manuel del desempeño de la cátedra de Religión y Moral en el «Colegio de Segunda Enseñanza, agregado al Instituto provincial», que, bajo la advocación de San Luis Gonzaga, se inauguró aquel curso en Tortosa, fundado por otro gran amigo de Don Manuel, el doctor don Juan Corominas, que fue Director del nuevo Centro, a la vez que Rector del Seminario. Conocido el profundo y tierno amor de. Don Manuel a los jóvenes, ¡qué llena de verdad y sinceridad está la frase con que comenzaba los «Apuntes» para las explicaciones de Religión y Moral a sus alumnos en el curso de 1881 a 1882: «Vengo como un padre ... »!

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   A otra clase de empresas dic principio Don Manuel por este tiempo. Convencidísimo del bien inmenso que realizan las comunidades de religiosas, providencialmente puesto en circunstancias propicias para ello, se consagró a la fundación de nuevos conventos. El primero en que puso mano, para levantarlo de planta, fue el de Religiosas franciscanas de la Providencia en Vinaroz. La ocasión fue la siguiente. Había fallecido en la mencionada ciudad, en septiembre de 1872, la noble señora doña Concepción Esteller, y dejado en su testamento una manda para que se estableciese allí una Comunidad de franciscanas clarisas de la Enseñanza, con la condición de que la iglesia fuese dedicada a la Purísima Concepción. Eran los albaceas el Prelado de Tortosa «pro tempore» y el Director espiritual de la legataria, don Joaquín Gombau y Verdera. Venido a menos, por diversas causas, el capital fundacional, se le juzgó insuficiente, a la muerte de doña Concha, para ejecutar la piadosa voluntad de ésta. De la administración de los bienes se encargó, por comisión del Obispo Vilamitjana, el reverendo señor Gombau, y desde la muerte de éste, acaecida en octubre de 1873, su hermano don Antonio, también presbítero, y el Ecónomo de Vinaroz, don Gabriel Cardona.
   Terminada la guerra civil en 1875, habiendo ido don Antonio a Tortosa para dar cuenta de su administración al Prelado, le pidió que designase alguna otra persona que le ayudase a llevar adelante la empresa. El señor Vilamitjana, luego de recogerse un momento, le dijo: «Váyase usted, y el primer sacerdote que encuentre al salir del palacio, ése será el que le ha de ayudar». Hízolo así, y el primero a quien vio, ya en la calle, fue a su antiguo amigo Don Manuel, al cual habló del testamento de doña Concha. Estimulóle Don Manuel a no abandonar el proyecto de la finada y se brindó a auxiliarle en la ejecución del mismo, aun juzgando ser base insuficiente para ello el capital que restaba. Comenzó a orar Don Manuel y a hacer que orasen a esta intención sus devotos.
   De regreso de San Mateo, donde habla estado dando ejercicios espirituales a las religiosas agustinas, detúvose en Vinaroz, el 29 de septiembre de 1876, para entrevistarse con el señor Gombau y discurrir con él sobre la futura fundación. No tuvo la suerte de hallarle; pero aprovechó la ocasión para visitar la casa y huerto destinados por doña Concha para levantar en ellos el edificio, ya vendidos con pacto de retro-venta, y, para recorrer la población. «El aspecto de aquella ciudad -escribe Don Manuel en su «Monografía», inédita, sobre la fundación del convento- que, si bien bella por el desahogo de sus calles y plazas y su despejado horizonte, recordaba por sus desfavorables antecedentes y despertaba a la vista de sus habitantes la idea de una frialdad glacial en lo relativo al amor de Dios, y el no existir en ella ninguna comunidad religiosa, hizo comprender más y más al nuevo viajero la urgente necesidad de un pararrayos del cielo en medio de aquellos dormidos corazones y de un asilo donde la juventud femenil pudiese ser preservada de la viciada atmósfera que allí reinaba e informada en el santo temor de Dios. Alentado, pues, más para la ejecución de esta idea, que tanto tiempo hacía bullía en su mente, invocando la protección de San Miguel, cuyo día era, ofreció, como Jacob, que, si cum salute et pace, con feliz término, llegaba a levantarse el deseado monumento a la gloria de la Purísima Madre, sería escogido dicho Arcángel para ser, junto con San Antonio de Padua, Abogado particular de la casa que se edificaría en aquel pueblo».
   No conocía Don Manuel otras Comunidades de franciscanas dedicadas a la enseñanza, sino las llamadas de la Divina Providencia, con clausura, y las de la Tercera Orden, sin ella, ambas de Cataluña. Al conferenciar el Prelado sobre este particular con Don Manuel y con don Enrique de Ossó, se mostró pesimista, pero dispuesto a prestar favor a la empresa, y encargó al primero que, a ser posible, se llamase a las de la Providencia. Dirigióse el 8 de octubre Don Manuel a Barcelona y comenzó a recoger noticias e informaciones sobre el mencionado Instituto. Diéronselas excelentes acerca de la Casa que las religiosas tenían en Mataró, y allá se encaminó el día 11, para entrevistarse con la Superiora, la reverenda Madre María de Santa Escolástica. El resultado del largo y espiritual coloquio fue -dice Don Manuel- «conocer claramente en aquella alma y aquella observante Comunidad las destinadas a fecundizar con sus oraciones y con toda clase de cooperación la empresa proyectada, y a trasplantar por su medio una rama de la Divina Providencia a la otra parte del Ebro». Había sido fundada la mencionada Congregación por la Madre Teresa del Sagrado Corazón de Jesús, Terciaria franciscana de las Isabeletes de Barcelona, la cual, en un éxtasis, según ella refiere, el 8 de septiembre de 1844 recibió de Dios la misión de erigir un convento, que debía titularse de la Divina Providencia y tener por Patronos a San Francisco y Santa Clara, y por objeto la conversión de los pecadores. Tras muchos afanes y contratiempos, logró fundar uno en Gracia (Barcelona), y otro en Figueras en 1852.
   Comunicó Don Manuel las impresiones por él recibidas en Mataró a su Prelado, y exhortóle éste a continuar sus gestiones con santa libertad. Eligió, pues, en Vinaroz, el sitio que le pareció más conveniente, dentro de los muros de la ciudad, pero muy cerca de ellos, para facilitar de este modo el cumplimiento de los deberes religiosos a los vecinos de aquellas barriadas y proporcionar educación y asilo a las niñas de sus moradores, las cuales vivían en completo abandono moral y religioso. Compró Don Manuel el terreno por 29.500 reales el 16 de febrero de 1877. Como auxiliar suyo, en calidad de técnico, tomó a don Vicente Benet, de Tortosa, maestro de obras que había sido hasta la Revolución del 68 de las fortificaciones de aquella plaza, y el cual, por añadidura, era devotísimo Terciario franciscano. Ofreciósele éste sin reservas, levantó el plano y ejecutó con toda fidelidad y éxito el pensamiento de Don Manuel, del cual fue en lo sucesivo inseparable compañero y perseverante y fervoroso coadjutor en otras muchas semejantes empresas de gloria de Dios. Era el señor Benet de carácter vivo y un tanto adusto e irritable. Hallándose más tarde ocupado en la fundación del convento de Vall de Uxó, se lamentaba de ello la Superiora de Vinaroz en carta a Don Manuel, y éste le contesta: «No tema por el genio de Benet. Conviene esta pólvora para los valencianos, que son tan variables. Déle usted cuanto dinero usted quiera y pueda, y le digo que puede estar tranquila, pues cuenta hasta las agujas, y lleva cuentas semanales, y es delicado más de lo que yo sería. No manifieste usted nunca en esto desconfianza, que le heriría de mala manera. Vilamitjana le confió 150.000 duros para las obras del Seminario de Tarragona».
   El 1.º de marzo 1877 comenzaron las obras del convento de Vinaroz. Hasta que logró llevarlas a feliz término hubo de ingeniarse Don Manuel en arbitrar recursos, con empréstitos y limosnas, para suplir la insuficiencia del capital fundacional, sobre todo por la amplitud que fue dando al proyecto el mismo Don Manuel, al cuidado del cual corrió todo: trámites legales, negociaciones entre los Obispos de Barcelona y Tortosa, dirección de las obras, remedios y soluciones para los apuros económicos... Tuvo que sufrir desconfianzas y murmuraciones, éstas en Tortosa particularmente, por pedir para Vinaroz. Momento hubo en que llegó a pensar que le sería imposible seguir adelante. Y no obstante, a través de su copiosísimo epistolario de aquel tiempo, adviértese siempre en él una pasmosa imperturbabilidad, una serena confianza y un arrojo para cargar con todas las responsabilidades, que maravilla.
   El 7 de marzo escribe a la Madre Escolástica, de Mataró: «Hoy por hoy, mi pensamiento y mi corazón están en esa santa obra, y Dios haga no sea en perjuicio de mis obligaciones respecto de mis colegiales, de mi Archicofradía del Corazón de Jesús, de mis cincuenta religiosas, que no me encuentran ya siempre que me buscan...»
   Y a mediados de diciembre, después de hablarle largamente de preparativos para el ya cercano traslado a Vinaroz: «¡Cuántas cosas me quedan por decirle!... Perdóneme que la obligue a leer tanto y con mala letra y pluma (pues escribo en Santa Clara). Perdóneme, pues yo también estoy rodeado de libros, que me gritan y les digo que callen, pues lo primero es lo primero. No puedo, pues, más. Mis cordialísimos afectos a mis predilectas hijas (que me permitan este nombre), puesto que las saludo con toda la efusión de mi alma, y a quienes en este momento envío mi bendición con toda la ternura de mi corazón. Que sean benditas de Jesús y de María y del Padre San Francisco y de la Madre Santa Clara y del Padre San Antonio y del Arcángel San Miguel, Abogados estos dos últimos del futuro jardín de reparación. Que reciba mis ofrecimientos en particular la Madre Juliana, quien desde este momento tiene en mí un padre, o más bien un amigo, que procurará consolarla y compartir sus penas durante el prolongado destierro en que vivirá de su Madre Escolástica., ¡Oh, no quiero herir las fibras de su corazón! Ya nos vagara...
   Anoche no podía dormir. Estaba viajando a últimos de año hacia ésa, y pasaba el día de mi Santo en compañía de ustedes, y mi imaginación volaba y preparaba vagones y comida para el camino, y en la estación de Tortosa había mucha gente, etc., etc... Si no veo de aquietarme, mi espíritu se disipará. Pues, además de esto, tengo otro pensamiento que me exalta: el hacer un edificio de planta para el Colegio de San José, pues estamos muy mal y tiene que hacerse, y ni tengo dineros ni lugar. Encomiéndelo mucho al Señor, a la Divina Madre y a San José. Se lo pido de verdad».
   Del 1 al 3 de enero de 1878, bajo la dirección de Don Manuel estuvieron en retiro espiritual las religiosas del convento de Mataró, con objeto de prepararse al sacrificio de la separación de las nueve hermanas, ya designadas para fundar en Vinaroz. El mismo Don Manuel, como Delegado del Obispo de Tortosa, después de haber dispuesto todo lo concerniente al viaje, las acompañó en él. El 11 de enero por la tarde, salieron de Mataró, pasaron la noche en Barcelona, y el 12, a las dos y media de la tarde, llegaron a Vinaroz. En la estación de Tortosa se les unió el Prelado, muchos sacerdotes y gran número de familias piadosas. El recibimiento en Vinaroz, minuciosamente preparado por Don Manuel, fue verdaderamente triunfal y apoteósico, tanto por parte de las autoridades, eclesiásticas, civiles y militares, como de los habitantes de la población. Durante varios días se celebraron con inusitada pompa y fervoroso entusiasmo las, solemnes fiestas con que Don Manuel quiso dar relieve a la instalación de las religiosas en su nueva Casa. El día 14, en el fervorín que predicó en la capilla del convento, «después de describir las emociones que al Corazón de Jesús causaría, ya desde los días de su vida en Nazareth, la perspectiva de este otro día, y aquella corona de almas que por vez primera debían venir a adorarle y recibirle agradecidas en aquel nuevo lugar que quiso escoger para trono de sus misericordias, sobre todo en favor del pueblo de Vinaroz ... », recomendó Don Manuel a todos los asistentes que elevasen una súplica al Corazón de Jesús Sacramentado y a la Divina Madre, en favor de cuantos habían cooperado a levantar aquella «obra de reparación a su amor». El día 15, en nombre del Prelado, declaró -establecida la clausura, y señaló por intercesores especiales del nuevo convento a San Miguel Arcángel y a San Antonio de Padua. Y cierra Don Manuel en este punto su «Crónica», con las siguientes palabras: «Así terminó, tan felizmente, la empresa de esta obra santa, en la que el Señor quiso manifestar tan claramente los admirables ,designios de su misericordia para con todos aquellos que no buscan sino a Él, y confían sólo en los cuidados de su Providencia. Sea para Él la gloria. Y que el convento de la Providencia de Vinaroz sea perpetuamente el consuelo del Corazón de Jesús, honor de la Divina Madre, asilo generoso de corazones humildes y salvación de muchas almas».
   El 1.º de marzo de aquel año, asistió Don Manuel a la colocación de la primera piedra en la iglesia del convento, cuya fábrica quedó terminada y fue bendecida por el Obispo de Tortosa, presente también Don Manuel, el 10 de diciembre de 1884. De los óptimos frutos de bendición que Vinaroz ha recibido de la nueva Comunidad de religiosas de la Providencia, nos habla el operario don Isidoro Bover, hijo de aquella ciudad, en estos términos: «Ha sido uno de los más eficaces instrumentos de que Dios se ha servido en el pueblo para la cristiana preservación de las familias. En centenares de ellas, a no haber sido por las religiosas, no habría, humanamente pensando, una o varias excelentes mujeres, que han sido el rescoldo por donde la fe y la piedad se mantuvieron en días, desde el punto de vista religioso, muy lamentables». Don Manuel, por su parte, quedó santamente ufano y satisfecho de su obra.
   «He estado cuatro días en Vinaroz -escribía poco tiempo después- a ver aquella santa casa y a hacer la primera comunión, de las niñas que van a la enseñanza. ¡Ya son 150! ¡Aquello es un pequeño cielo! La Madre Escolástica es una Santa, pero de tipo dulce y agradable como Santa Teresa». Por de más está el decir que mientras, vivió no descuidó jamás Don Manuel los intereses espirituales y materiales del convento de Vinaroz, ni cesó un punto de atender las necesidades todas de las religiosas, hasta en las mismas enfermedades que padecían. Apenas sabía de alguna que andaba enclenque, ya estaba él prescribiendo remedios y advirtiendo que los gastos de la enferma corrían de su cuenta, «puesto, que las pobrecitas de Vinaroz-les decía-son y están pobrecitas». En cierta ocasión, al enviarles una gerreta de greix68, escribe. a la Superiora: «Que coman mucho las monjas y que no ayunen, pues trabajan demasiado. Ya ayunaré yo por ellas, y me lo ganaré todo yo; y ellas ganarán también no ayunando. No se apure usted, aunque sean pobres. Me han dicho que Catalina no está muy bien, y así cuídenla doblado... Un mementito por mi el primer Viernes, pidiendo a Jesús que llene mi corazón que está ambicioso, y por consiguiente, vacío. ¿Cuándo querrá llenarlo el Señor? Y ¿de qué querrá llenarlo? Y ¿dónde querrá llenarlo?»
   Con ocasión de cumplirse el primer aniversario del traslado de las religiosas a Vinaroz, las consuela Don Manuel, en carta del 2 de enero de 1879, en esta forma: «No puedo olvidar las emociones de estos días en el año 78. Por eso hubiera querido ir a consolar a las pobrecitas de Vinaroz, y Jesús no lo ha querido. Ya lo haré otro día. Que no derramen muchas lagrimitas las Providencias y Rafaelas, etc., etc... Y si las derraman ante tan dulces recuerdos, que las depositen en la mirra que ofrecerán al Niño Jesús. ¡Pobrecitas mías! Y ¡yo la ocasión de tanta amargura! Ya veo que no pueden estimarme. Pero ya pido a Jesús en verdad que las consuele y no las haga pensar demasiado en Mataró. ¡Ciutat ditxosa!»
   Predicando en la iglesia de la Providencia, el 5 de enero de 1888, exclamaba: «Envía, Señor, una bendición a este mi amadísimo pueblo de Vinaroz, por el cual veláis con tanto interés ... »

***

   Merece también ser mencionada una obra de celo en que se ocupó Don Manuel durante varios años, desde el 1877; porque, aunque la realizó muy silenciosamente, no por ser humilde dejaron de derivarse de ella grandes bienes. espirituales para la diócesis. Nos referimos a la «Librería Católica», que estableció en el Colegio de San Rufo, para difundir y fomentar la lectura de libros piadosos, cuya adquisición facilitaba vendiéndolos a precios económicos. Sólo en los dos primeros años, según consta en los cuadernos de cuentas de Don Manuel, se despacharon libros y objetos de propaganda religiosa por valor de 18.000 pesetas. Años después intentó fundar una asociación para divulgar la Sagrada Biblia, con el fin de contrarrestar la propaganda protestante en España.

***

   En octubre de 1878, ocho años después de su primer viaje a Roma, volvió Don Manuel a visitar la Ciudad Eterna, formando parte de la peregrinación nacional organizada por la Juventud Católica de Barcelona para prestar homenaje a León XIII, elevado al Solio pontificio el 13 de febrero de aquel año. Eran unos 2.000 los peregrinos. Ostentaba Don Manuel la representación oficial de la diócesis de Tortosa. Salió de Barcelona en la mañana del 10 de octubre con los 800 peregrinos que realizaban el viaje en el vapor «Santiago», y entre los cuales se encontraba el genial y cristiano vate catalán Mosén Jacinto Verdaguer, que cuenta sus impresiones de aquella que él llama «la Peregrinación de Santa Teresa» en su crónica «La Romería espanyola». Presidíala el Obispo de Huesca. La navegación fue apacible en extremo, y los peregrinos pasaron aquellas tranquilas horas santamente entretenidos con ejercicios. piadosos, con religiosas y patrióticas canciones, y celebrando una velada literaria sobre cubierta.
   El 12, al amanecer, dieron vista a Civitavecchia, y a las siete de la mañana arribaban a su puerto. Con el pretexto de que había en España casos de fiebre amarilla, prohibieron las autoridades italianas a los romeros desembarcar hasta que transcurrieran tres días. El 15, a bordo todavía del «Santiago», compuso Verdaguer, y dedicó a sus compañeros de peregrinación y de infortunio el lindísimo romance «Lo romiatge de Santa Teresa»:

En Barcelona la gran
una nau avuy pren vela,
una nau de pelegrins
ab una blanca bandera.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Mes, si de la patria exim,
un-altra patria-ns espera,
Roma, la patria del cor,
nova Sion de la terra.

   «No les entristecía -dice Verdeguer, refiriéndose a los peregrinos- abandonar las amadas playas españolas, porque a la parte allá del mar les espera otra patria, la patria común, cuyo nombre desde la infancia está escrito en el corazón junto al dulcísimo de España. Amigos dejamos en ésta, y amigos nos esperan en aquélla; hermanos dejamos aquí, y otros hermanos en la misma fe nos llaman desde allá; aquí quedan nuestros padres, y allí, con los brazos abiertos, nos espera el Padre común de todos los católicos, el gran León XIII, sucesor de los apóstoles, y representante de Jesucristo en la tierra ... »
   A las ocho de la mañana de aquel mismo día,15, permitieron las autoridades italianas que desembarcaran los romeros. «Omito -comenta Don Manuel- las escenas de las aduanas. Hacía ocho años que había pasado por allí, cuando eran de nuestro, común Padre, y las pasamos con las atenciones debidas. Ahora nos trataban como a gente conquistada». Después de visitar durante algunas horas el puerto y la ciudad, se trasladaron a Roma. El 17, a las ocho de la mañana, el Cardenal Borromeo les dijo la Misa y les distribuyó la comunión en el altar de la Cátedra de la Basílica de San Pedro. Predicóles el señor Obispo de Urgel, por el cual presididos, y cantando el «Miserere», dirigiéronse luego los peregrinos al sepulcro de Pío IX, donde, arrodillados, rezaron un «De profundis». «Es probable -anota Verdaguer- que serviría más para provecho de nuestras almas, que para el de la inmaculada suya». Reuniéronse a las doce en la Sala Ducal para ser recibidos por León XIII. Por no caber en ella, se trasladaron a la Regia. Media hora después, seguido de su Corte, de diez y siete príncipes y prelados, llegó el Papa, acompañado de cardenales, de los Obispos de Urgel y de Plasencia. Leyó el de Huesca un fervoroso mensaje de adhesión y de cariño, al que contestó León XIII, de pie, con una elocuentísima alocución, que provoco ardorosas manifestaciones de entusiasmo de los peregrinos, que entonaron seguidamente el himno «Profesión de fe». «¿Cómo pintar ?escribe Don Manuel- el efecto que me causó León XIII- Al verle, blanco el cabello, tan delgado, con el sello de un sufrimiento indefinible en su-semblante, el primer efecto que me produjo fue el de una reverente compasión. Se veía en su despejada frente el sello de su vasta inteligencia. Había en su conjunto un sello de dulce austeridad, que me hacía pensar: ¡Oh, tenemos Pontífice para poco tiempo!
   Terminado el discurso del Obispo de Huesca, se levantó como con fatiga, pero al desplegar aquellos brazos, al oír aquella voz argentina, aquellos ademanes tan vivos, aquella efusión de sentimientos, llenos de tanta naturalidad como elocuencia, desaparecieron mis temores y comprendí que toda aquella debilidad de cuerpo estaba compensada con una virilidad de espíritu consoladora. Aquella figura angelical, que descollaba sobre los demás, y en aquella actitud, con los brazos abiertos, parecía una visión».
   «Recibidos por el Papa -refiere Verdaguer- los homenajes y afectos de los delegados de muchos Obispos de España, se dignó descender de su trono y mezclarse humildemente entre nosotros, teniendo para cada uno una frase de afecto, dándonos a besar su sagrada mano y encendiendo nuestros corazones en el amor a Jesucristo y a su Santa Iglesia».
   Don Manuel, cuando le llegó el turno de entregar la limosna de la diócesis de Tortosa, se acercó al trono papal, y León XIII, al darle gracias por el óbolo que le ofrecía, apretó entre las suyas las manos de Don Manuel.
   El día 19, a las doce, volvió a recibir el Papa a los peregrinos, por diócesis, en la galería de los mapas. Duró la audiencia dos horas, y dic a besar León XIII su mano a todos los peregrinos.
   «Todos salimos -declara Don Manuel- poseídos de la convicción de que León XIII era un santo, y de que por sus maneras dignas y, por su diplomacia y sagacidad, era el hombre de estas, circunstancias».
   En obsequio de los romeros españoles organizaron magníficas veladas literario-musicales y prepararon espléndidos agasajos el Cardenal Borromeo, en su palacio Altieri, y los jóvenes católicos del Círculo de San Pedro, en el de Altemps. ¡Altieri! ¡Altemps! ¡Secretos de la Providencia! ¿Cómo hubiera podido ni imaginar siquiera Don Manuel, que aquellos dos nombres le habían de ser algunos años más tarde familiarísimos, y tan amados aquellos palacios, futuras residencias de su todavía ni soñado Colegio Español de San José? ...
   Dejó esta vez Roma en el ánimo de Don Manuel, una impresión más halagüeña que la que recibió en su primera visita a ella, el año 70. «En Roma -decía ahora- siempre se disfruta. No he encontrado quien haya sufrido desencanto o desilusión. Se sabe lo que hay en Roma, se lee; pero, al verlo, parece todo nuevo, como si nunca se hubiera oído hablar de ello».
   Terminadas las jornadas de la peregrinación, hizo Don Manuel, en compañía de otros dos amigos, un recorrido por Italia, desde el 24 de octubre al 4 de noviembre.
   Visitaron Foligno, Asís, Perusa, Florencia, Pisa, Bolonia, Padua Venecia, Milán, Turín y Génova. El 3 y el 4 de noviembre, se detuvieron en Marsella, y el 8 estaban de regreso en Tortosa.
   «¡Mi excursión por Italia! -exclamaba en una conferencia que dic sobre su viaje a Roma a la Juventud Católica de Tortosa-. Si no temiera cansaros, os la relataría. ¡Aquel valle desde Roma a Espoleto, cuajado de bellas poblaciones, alumbradas por un sol magnífico, que nos recuerda a los Tomás de Aquino y a los Benitos! ¡Aquella ciudad de Asís, que encierra tantos monumentos! Al recorrerla, se siente una devoción inexplicable... ¡Florencia, con aquel hermoso cielo, aquella catedral asombrosa, aquel baptisterio...! Venecia, la perla del Adriático, fabricada dentro del mar, con sus iglesias y plazas hermosísimas; Milán, Bolonia, con el cuerpo incorrupto de Santa Catalina, que hace trescientos años está sentada, flexible su cuerpo; la piadosa Turín, con sus bellos palacios y armerías; todo, en fin, forma un conjunto de grandeza, de monumentos, de recuerdos, que hacen de Italia el país más bello del mundo».
   Desde Tortosa, en una de sus cartas de aquellos días, escribía: «El 7 de noviembre llegué de mi excursión a Roma y por Italia. He visitado el sepulcro del Padre San Francisco y de la Madre Santa Clara; el de San Antonio de Padua, y he besado su lengua. He tocado las manos de Santa Catalina de Bolonia, y hasta le he dado en ellas golpecitos. He visto Venecia, Milán, Turín, Génova, etc., etc. ¿Cuándo iré a contarles todas mis santas impresiones?... Aun no he tenido tiempo para pensar en mí, porque no me dejan ni un momento las visitas de los que quieren saber del dulce y angelical León XIII, cuya figura es una visión»...
   Valiéndose del Secretario particular de León XIII, logró Don Manuel de éste dos autógrafos, uno para la Juventud Católica tortosina, y otro para sus colegiales de San José. Al dar a éstos la bendición en nombre del Papa, les decía: «Como sabéis, el Colegio tuvo su representación en el acto de adhesión y de protesta ante Su Santidad. A nombre del Colegio de San José nos postramos a los pies del Padre común de los fieles... Para colmo de consuelo, como premio de las fatigas de nuestro viaje, hemos traído dos recuerdos: el uno, un autógrafo suyo, bendiciéndonos; el otro, la facultad de daros en su nombre la bendición apostólica... Las bendiciones de un padre siempre son fecundas; mucho más las del Padre común de los fieles; y hoy, sobre todo, que las bendiciones del Papa salen de un corazón herido por la amargura...»

CAPÍTULO XVII



La Congregación de San Luis Gonzaga

(1880 - 1906)



   «En medio de la inagotable caridad de nuestro divino Salvador -escribía Don Manuel-, caridad universal, que a nadie excluye, a todos abraza, por todos se interesa, hay algunos rayos vivísimos de dulce predilección, que se distinguen con claridad en todos los actos de su vida, y diríase que forman, el distintivo, la fisonomía particular en el carácter amable de Jesús. Este distintivo, esta predilección, es el afecto especial del Corazón de Jesús para con la infancia y la juventud». A imitación de Jesucristo,, también sintió Don Manuel este amor de preferencia hacia los jóvenes. «Debemos concebir -decía- un verdadero respeto, una alta estima y un amor eficaz para cada una de esas almas tan queridas de Cristo Jesús. Debemos amar a la infancia y a la juventud como Jesús las amó: porque en esto está verdaderamente el secreto de educarlos y hacerlos felices y buenos. «Es el secreto de Dios», decía el P. Félix. Este amor nos obligará, como consecuencia, a procurar que sea impresa, por todos los medios posibles, la imagen del divino Salvador en lo más íntimo de sus corazones, blandos como la cera, no rehusando fatigas para ello...»

No las escatimó, en verdad, Don Manuel durante toda su vida para trabajar sin descanso y con entusiasmo por la juventud eclesiástica y por la secular. Su más brillante y fecunda labor en pro de esta última fue, sin duda, la que desarrolló al frente de la Congregación de San Luis Gonzaga de Tortosa. Fundada por los Jesuitas en el Arrabal del Jesús, en 1866, al ser desterrados de Tortosa por la Junta Revolucionaria el 1.º de octubre de 1866, fue trasladada a la ciudad, quedando en el Jesús un retoño de la primitiva. Fue Director celosísimo de los Luises, don Juan Corominas, Canónigo y Secretario de Cámara del Obispado. Al disponerse a marchar a Tarragona con el excelentísimo señor Vilamitjana, pensó que ningún otro tan indicado como Don Manuel para encomendarle la Congregación Mariana; y, en consecuencia, a primeros de noviembre de 1880, fue éste nombrado Director de la misma. No se le podía haber hecho a Don Manuel otro encargo de mayor fruto69. En las postrimerías de su vida, hablando a los jóvenes les decía: «He tenido amor a la juventud. Y no sólo por afecto, sino que he visto los resultados. Tengo suma complacencia en estar en medio de vosotros. La juventud es mi ideal». «Cierto -escribía a un Operario- que el apostolado de los jóvenes tiene sus amarguras y requiere una longanimidad y tolerancia sumas, a semejanza del labrador, que, como nos dice Santiago, patienter ferens, donec accipiat temporaneum et serotinum; mas, también es cierto que entre todos es el apostolado más ventajoso y de más trascendencia y no deja de ser bendecido por el cielo con copiosos frutos de dulces consolaciones». Muchas experimentó Don Manuel en esta obra de celo, a la cual se entregó de lleno, afanándose y desviviéndose por que rindiera copiosos frutos. Pero no sé contentaba con hacer el bien a los jóvenes de su ciudad natal; quería, ensanchar su radio de acción y de influencia educadora: «No está satisfecha nuestra ambición -escribía al cabo de algún tiempo-. La Congregación de San Luis de Tortosa tiene una misión providencial que cumplir. Por su historia, su naturaleza y sus medios, debe aspirar a formar una red, que arrastre a la juventud de los pueblos de España».
   Con objeto de realizar tales anhelos, concibió el pensamiento de fundar una revista que fuese órgano de la Congregación de Tortosa, y lazo de unión de cuantas había, establecidas en nuestra patria, a las cuales envió el 13 de noviembre de 1880 una circular, en la que, después de lamentarse de que las Congregaciones no diesen todos los resultados deseables, tornándose algunas estériles hasta llegar a desaparecer, proponía la creación de un vínculo común entre ellas, que sirviese de «incentivo que sostuviera la llama del entusiasmo juvenil». «Cuando en 1871 -decía Don Manuel-, en el 25.º aniversario de la coronación de Pío IX, la de Tortosa se dirigió a todas para un Mensaje, surgió la idea de una revista, que las demás confiaron a la de Tortosa; pero ésta, a su vez, a otra más importante. Diez años, y no se ha hecho».
   Los congregantes tortosinos, juzgando la iniciativa de entonces más urgente ahora que nunca, se declaraban resueltos a realizarla ellos mismos entre otras razones «por tener -dicen- en Tortosa el Colegio Máximo de los Padres de la Compañía, que nos alientan, y cuyos sabios consejos podremos recibir más inmediatamente». Señalaban como objetos de la futura publicación: 1.º, el desarrollo del espíritu del reglamento (culto e imitación de la Virgen y de San Luis); 2.º, el culto del divino Corazón y su fomento por las Congregaciones; 3.º, la propaganda de Gimnasios o Círculos de San Luis, y 4.º, el fomento de los demás medios de propaganda insinuados en el reglamento de las Congregaciones.
   Un año después, en diciembre de 1881, salió a la luz pública el primer número de la simpática revista mensual titulada «El Congregante de San Luis», con veintidós páginas de texto. Dirigióla personalmente Don Manuel hasta que, algunos años después, confirió la dirección de la misma a dos Operarios: don Andrés Serrano y don Joaquín García Girona, ambos distinguidos literatos. Vivió la revista hasta que en 1897 apareció el «Correo Interior Josefino». Colaboraron en ella, aparte de los tres mencionados directores el excelentísimo y reverendísimo don José Meseguer y Costa, ilustre y asiduo colaborador, el poeta y publicista don Juan Bautista Altés, el egregio canónigo don Juan Corominas, el atildado escritor tortosino don José Vergés Zaragoza, el Operario don Vicente Vidal, el novelista catalán Luis Viada y Lluch y don Maximiliano Arboleya, alumno entonces del Colegio Español de Roma y Deán hoy de la Catedral de Oviedo. Mantúvose siempre fiel a sus ideales, saturada de piedad, no ayuna de amenidad e ingenio y atenta al desarrollo de los intereses de las Congregaciones marianas de España, a las que prestó excelentes servicios y de las cuales publicaba frecuentes crónicas. Llegó a alcanzar fama, prestigio y carácter nacional. De la importancia que tuvo podrá juzgarse, por la rectificación -suum cuique- que creemos oportuno hacer al eruditísimo bibliógrafo de la Compañía de Jesús, el Padre Antonio Pérez Goyena, el cual,. en un artículo publicado en «Razón y Fe» (septiembre de 1916) bajo el título de «Las publicaciones de los Jesuitas», copia, al enumerar las de los españoles, éstas palabras del Padre Albers: «En Tortosa, de España, había ya nacido en 1881, el periódico que se titulaba «El Congregante de San Luis». Merece singularísima mención por haber sido el primer periódico de las Congregaciones marianas».
   Quiso, en efecto, Don Manuel que fuese la Compañía70 la que lo publicase, pero por haberlo ésta rehusado, fue obra exclusiva de él y de la Hermandad. Lo que sí hizo Don Manuel fue asesorarse y demandar oportuna ayuda literaria de los jesuitas de Tortosa, como él mismo declaraba a su primo el P. Marro, S. J., en cartas del 27 de enero y 27 de febrero de 1882: «Hemos publicado -le decía- una revista, que sea órgano de las Congregaciones de San Luis. Le envío los dos primeros números que han salido. Si se desea en esa alguna suscripción, me lo dirá... No extrañe, querido primo, que a la vejez haya sentado plaza de periodista. Se me encargó la dirección de la Congregación de San Luis de ésta, y lamentaba no hubiese una pequeña revista, órgano de las Asociaciones de España. Entusiasmé con la idea a alguno de mis amigos y a un congregante muy guapo que tengo, y me resolví a que se publicara. No para escribir yo mucho en ella, pues ya sabe que mis ocupaciones no me lo permiten, sino para ser sólo el protector y el propietario de la revista. Con todo, alguna cosita hago, pero sin nombre. Los articulitos D. P. Son míos. No se burle de ellos y de las garrafales que me han puesto los cajistas. Como tengo tantos deseos de que se establezcan los Círculos de San Luis, por esto me he resuelto a indicar yo su conveniencia. La revista no se inició sin la aprobación de nuestros, Padres del Jesús, en particular del P. Gació, y logramos obtener un Censor literario de entre los mismos Padres. El P. La Rua, de Barcelona, nos ha mandado muchas suscripciones. De los otros colegios de Padres nos han enviado muy pocas. Y de algunos, lo hemos extrañado. Además, hemos adquirido en el Temple un pedazo de huerto para ver si, ensayando allí un círculo de recreo, logramos animar a los congregantes. Los Padres nos animan a todo esto relativo a San Luis, y el P. Xercavíns tiene la amabilidad y la paciencia de revisar los, escritos de los que quieren enviar algo para la revista. Le repito que no lo olvide ante el Corazón de Jesús».
   Según él mismo deja indicado, había adquirido Don Manuel el 30 de noviembre de 1881, en el llamado Ensanche del Temple, de Tortosa, 2.700 metros cuadrados de terreno para establecer allí un Gimnasio o Círculo de recreo, y plantó gran cantidad de árboles. Razonando esta iniciativa suya, escribía en «El Congregante», de enero de 1882: «Diversiones para la Juventud. -Más de una vez se ha dicho, y es verdad, que uno de los medios de que se ha valido en estos últimos tiempos el espíritu del mal para atraer principalmente a la juventud, ha sido abrir centros de recreación desconocidos a nuestros padres, y con el pretexto de un solaz necesario en los días festivos, ha logrado introducir en los jóvenes la disipación y el desamor a la vida de familia primero, y después la relajación, atándolos allí con la cadena del respeto humano por las amistades adquiridas en estos lugares, impregnados la mayor parte de ellos de una atmósfera viciada por lecturas, ideas y ejemplos nada edificantes... Y no obstante, dada la existencia de esos centros, algunos. en apariencia indiferentes, creernos que la sociedad no puede ser cambiada radicalmente, volviéndola otra vez a la vida patriarcal de otros tiempos. Atendidas las costumbres actuales y la tendencia casi irresistible sobre todo de la juventud, ocasionada por la facilidad y atractivo que les presentan tales centros, se hace necesario atender a desvirtuar los, efectos que el espíritu del mal ha producido en ellos, formando otros, en condiciones tales, que los jóvenes bien nacidos puedan encontrar en ellos el pasatiempo y la recreación sin los peligros que la mayor parte de los otros centros de recreación ofrecen.
   ¿No se hace, pues, indispensable que la Juventud de San Luis, sin abandonar el carácter de altamente piadosa que la debe distinguir, tenga un lugar de recreación en los días festivos, o más bien, que el atractivo de la recreación y el deseo de sociedad con otros compañeros sea un medio de conducirlos a la piedad que debe respirarse en las Congregaciones? Más de una vez hemos oído a experimentados sacerdotes que en su ministerio han tenido ocasión de observar almas dóciles y bien nacidas, que, aisladas durante la semana por estar dedicadas a sus ocupaciones, apenas practican el mal; y han reconocido que, si estas almas, en particular los jóvenes, en vez de ciertas compañías y centros de disipación, casi inevitables para la mayor parte de ellos en los días festivos, tuvieran lugares donde entregarse a las mismas expansiones, sin otro valladar que el que de. por sí impone la sociedad de personas decididamente cristianas y piadosas, pasarían la juventud y aun la vida, los unos en la inocencia y la piedad, y otros sin adquirir esos malos hábitos de lenguaje que, distingue a muchos de la clase inferior de nuestra sociedad, y todos en la alegría santa y en la tranquilidad de convicciones que adquirieron en su infancia. Y no se nos diga que los cuidados de una madre y aun de una asociación puramente piadosa, sin otro entretenimiento que las mismas prácticas de piedad, serían suficientes para sostener a la juventud. El corazón y la experiencia nos dicen lo contrario. Y los que han empleado su celo en el bien de, la juventud varonil han podido saber cuán difícil ha sido poder conducir a ésta con el solo atractivo de la piedad, y cuán inconstantes, han sido los propósitos de los que una vez fueron atraídos. ¿Cómo no sentir, pues, los interesados en el bien de la juventud, la conveniencia de recoger por un medio halagüeño esas flores tiernas antes de que sean trasplantadas a los incultos campos de disipadas reuniones, o agostadas por el soplo de la desedificación y del mal ejemplo?»
   Nuevo acicate para llevar, adelante sus proyectos en bien de la juventud tortosina vino a ser para Don Manuel el que a su vez andaban realizando por entonces los sectarios tortosinos, y del cual habla así en una carta al Excelentísimo y Reverendísimo señor Aznar y Pueyo: «Se va a establecer en ésta el hace mucho tiempo proyectado «Ateneo Libre», obra de los masones avanzados. Gracias que han puesto el «Libre»; de otro modo, me hubiera espantado más; pues habían en un principio resuelto poner sólo «Ateneo de Tortosa», con el fin de arrastrar a algunos de los semicatólicos, como lo habían conseguido ya, y obtenido para socios nombres de personas que parece increíble no viesen la cosa, atendidas las ideas de los iniciadores., Ahora temo menos, a pesar de los 7.000 duros que tienen. Mal, no dejarán de hacer con las escuelas nocturnas, conferencias, etc. La Juventud Católica se encuentra con este motivo más animosa. Lástima que la actividad que quieren desplegar no esté más animada de espíritu, de sólida piedad. Por esto quisiera yo que se montase bien el Gimnasio de los Luises para coger los jovencitos: pero no me va bien este asunto. El dueño del terreno es un taimado y hace el esquivo, y no sé si podremos arreglarnos. Y por otra parte, no hay otro punto. Ruegue por mí. No sé si es que Dios no lo quiere, o que bañeta71 trabaja. Ruegue por mí y envíenos su bendición».
   Vencidas, al cabo, las dificultades que se ofrecían para la empresa,, compró Don Manuel terrenos para el Gimnasio, arbitró un empréstito y se dispuso a levantar un edificio donde poder instalar salones para capilla, biblioteca, teatro y juegos. Púsose la primera piedra del mismo el 9 de julio de 1882, fecha que solemnizaron los congregantes con una velada literario-musical.
   El 26 de diciembre se inauguró el Gimnasio, con lectura de poesías y la representación de «La vocación de San Luis», por los jóvenes de la Congregación. En la Memoria de los trabajos realizados desde que había sido nombrado Director de ella Don Manuel, se declaraba el propósito de formar una escogida biblioteca, celebrar sesiones científico-literarias cada mes, practicar la enseñanza del congregante por el congregante mismo, etc.
   Mientras iban avanzando las obras hacia su total terminación, no desatendía Don Manuel la marcha y la propaganda de la revista, la cual, al comenzar el segundo semestre de su publicación, era ya leída en toda la Península, en las Baleares y Canarias y en América. El 10 de junio de 1882 escribía Don Manuel a don Juan Corominas: «Cierto es que debía haber más comunicación entre los redactores principales de la revista. Cuando se resolvió su publicación dije yo que no podía ofrecerme, porque no era para escribir, más que a los percances materiales de dicha revista, y a engañar santamente a mis amigos para que trabajaran en ella, como lo han hecho algunos; si bien, sus originales, que conservo, no han podido ir, porque no han comprendido la índole de la publicación y muchos son demasiado rimbombantes. No debo tener, pues, en la publicación más que la paternidad, que de derecho me pertenece como a Director de la Congregación de Tortosa, a la cual pertenece la revista. De ustedes, pues, han de ser las glorias y las fatigas de «La Revista de San Luis». Bastantes fatigas, sin glorias, me tocarán a mí con el Gimnasio, si logro dar cima a esta empresa, en la que estoy muy solo». Y no muy acompañado se hallaba también en la revista. Don Joaquín Cedó, en carta de 7 de marzo de 1883, a don Juan Corominas, acusándole recibo de alguna suscripciones que había enviado, le dice:
   «El P. Gació, en Tortosa, cuando se proyectaba la revista, ofreció recomendarla a los de la Compañía en España. Trasladado antes de fundarse, nada pudo hacer. Así es que los Padres de varias provincias no han correspondido ni cooperado, de la manera que era de esperar, a una obra que tan de cerca les interesa. Y por lo que hemos podido comprender, parece se debe a la diferente organización que tienen las Congregaciones de San Luis, y hasta a la falta de unidad y de comunicación entre ellas; por manera, que tal vez la revista sea, a no tardar, el centro de unidad y de amor de todas las Congregaciones de España. Actualmente tiene el doctor Sol, sobre la mesa, catorce tarjetas de recomendación del P. Bombardó para dirigirse a otros tantos de sus amigos, de las provincias de Castilla. Por lo demás,. las cartas que se reciben de diferentes Directores de Congregación y sacerdotes celosos, están llenas de frases laudatorias para la revista, felicitando y animando a sus redactores. Y es que comprenden que sólo en la juventud de San Luis hay la verdadera, sólida y práctica piedad, y que de la Congregación deben salir, más que de otra parte, tanto las vocaciones eclesiásticas como los hombres prácticamente católicos o virtuosos, que es lo que se ha propuesto la revista para atraer y ganar a la juventud masculina para el servicio y amor del Corazón de Jesús».
   A fines de este año experimentó Don Manuel un notable contratiempo con la muerte, acaecida el 29 de diciembre, del brillante joven don José Rubio y Lluis, que, junto con la carrera eclesiástica, había hecho la de leyes en Barcelona. Hijo de una familia distinguidísima de Tortosa, tan rica en piedad como en bienes de fortuna, había consagrad o desde su niñez todos sus esfuerzos y talentos a la Congregación; era su Presidente, Director efectivo y el más acérrimo propagandista de la revista. Había ésta proporcionado a Don Manuel, entre otros excelentes resultados, el de ponerle en contacto y comunicación espiritual con otros dos sujetos de excepcionales prendas, que fueron después miembros ilustres de la Hermandad: el joven y celosísimo sacerdote placentino, profesor en el Seminario de su diócesis y fundador y Director de la Congregación de San Luis, de Plasencia, don Esteban Ginés Ovejero; y el seminarista de Ciudad-Real don Andrés Serrano, muy jovencito aún, pero que daba ya claras muestras de un talento literario nada común. A este último, que había de venir a ser, por sus pasos contados y no mucho tiempo después, Director de «El Congregante», escribía Don Manuel el 4 de enero de 1884: «Muy señor mío y de todo mi aprecio: el 29 de diciembre recibí el último suspiro de mi joven José Rubio, que era mi esperanza. Joven, de una familia riquísima, terminada la Teología, y después la carrera de Leyes, debía ingresar este año en el Seminario para irse ordenando y lanzarse a la revista (pues a su instancia e intuitu de él la fundé), y a la organización de las Congregaciones en nuestra diócesis con todo el ardor de su bello corazón. El Corazón de Jesús y San Luis quieren que usted trabaje un poquito en la revista, y me atrevo a mandarle en su nombre que no lo descuide, en cuanto se lo permitan sus tareas escolares; y así me lo ha encargado también nuestro censor, el Padre Xercavíns. Dirá usted que soy pedidor; pero no hay remedio; amigo mío; Dios no quiere ociosos los talentos que nos da ... » El 27 de abril decía al Padre Marro: «¿Recibe usted la revista de San Luis?... Se me murió el joven que, cuidaba de ella y la dirigía y tengo que cargar con toda la mecánica hasta que Dios me envíe un hombre». El hombre que Dios le tenía preparado era don Andrés Serrano. Ya veremos más adelante cómo le acercó Dios a Don Manuel.
   Fiel éste a los propósitos que abrigaba con la fundación del Gimnasio, no se limitó al cuidado espiritual de los congregantes, con sus pláticas, y con el cumplimiento regular de los ejercicios piadosos consignados en el reglamento de la Congregación, sino que, a medida que el avance de las obras del edificio en construcción lo fue permitiendo, sobre embellecer el terreno donde se levantaba con plantaciones de variadas flores y con hermosos paseos, adornados de acacias, eucaliptos y plátanos, para que sirvieran de amena, deleitosa y atractiva recreación a los jóvenes, les proporcionó gran copia de juegos, tanto de campo-bolos, birlas, «omnibus», tiros de ballesta, etc. -como de salón-dominó, damas; ajedrez, y otros, aun de naipes-. Y allí mismo se les servia en una especie de casinillo, café, cigarrillos, licores, meriendas... Todo, bajo la moderadora y discreta inspección de los directores de la Congregación, que les procuraban revistas y libros de amena lectura, y organizaban frecuentes veladas literarias y teatrales. De todos los medios honestos echaba mano Don Manuel para que estuvieran sus jóvenes alegre, gustosa y santamente entretenidos; y de esta forma los iba atrayendo y reteniendo junto a sí, es decir junto a Dios.
   Hasta en su propio hogar veíase Don Manuel, rodeado de ellos, agasajándoles con regalos, prestándoles libros, no escatimando esfuerzos ni industrias para lograr que «fuesen verdaderos cristianos -decía esos jóvenes de posición, por el bien que pueden ,hacer después en la sociedad».
«Siendo yo joven -escribe don José Miravalls, arcipreste de Tivisa-, de los 16 a los 22 años, traté mucho a Don Manuel. Iba con otros jóvenes frecuentemente a su casa, de la calle del Ángel, donde trataba de formarnos con sus santos consejos y nos ocupaba según nuestras facultades,,en lo que podíamos hacer en el Gimnasio del Ensanche. Si algunos no teníamos sobras de brazos para el trabajo, no nos faltaban ojos para ver a Don Manuel y admirar su celo y su continua presencia de Dios. Parece que no vivía sino para El y para las cosas de su mayor gloria. Bastaba verle andar por las calles, y con su manteo desplegado parecía anhelar se cobijaran a su sombra todos los jóvenes de Tortosa».
   No descuidó Don Manuel el fomento de los intereses espirituales y morales de los jóvenes de las clases inferiores. Fundó . en obsequio de ellos Escuelas Nocturnas, dirigidas y sostenidas durante muchos años por la Congregación de San Luis. Aplicó muchas veces, desde,1881, la santa Misa por la Congregación de Artesanos. Pero, por razones especiales, prefirió que funcionase separadamente de la formada por los estudiantes.
   Escribiendo el 27 de junio de 1882 al presbítero don Bartolomé Carpente, le dice: «También se le mandará el Reglamento de la Congregación. En cuanto a éste, fue arreglado en 1886 por los Padres Jesuitas del Colegio Máximo o Central de estudios que la Compañía tiene establecido en ésta. Era para estudiantes y artesanos: y se conoce que el que lo escribió tenía muy conocidas las Congregaciones de San Luis del extranjero. Dicho Reglamento se imprimió después, uno para estudiantes y otro para artesanos; ,siendo la diferencia de un capítulo o dos, pues en lo demás eran iguales. En la última edición se ha puesto todo en uno para no hacer dos tiradas, y sólo se ha añadido en un capítulo, al final, lo particular para los escolares. Como he dicho, se reunían escolares y no escolares en las mismas secciones. Pero ahora celebran las sesiones separadamente, con diferente Junta, pero, siendo el mismo el Director. Para las funciones anuales, de los cultos de San Luis, v. g., seisena y fiesta de San Luis, acuden todos, y los gastos van a cuenta de las dos secciones. En todo lo demás, cada sección tiene su bolsa aparte. Esto tiene la ventaja de que los no escolares ven que no es cosa de estudiantes, sino de artesanos, van viniendo cada día en mayor número y están más satisfechas. Las sesiones, que son todos los domingos, los seminaristas las celebran en el salón del mismo Seminario, y acuden los externos. Las de artesanos, a los cuales se agregan (si se reconoce como tales) los de segunda enseñanza del Colegio que hay aquí, las celebran en otra parte. Cuando, hace un año, el señor Obispo me puso al frente de la Congregación, vi la necesidad que había de una sencilla revista, órgano de las Congregaciones, y supe con placer que el año 1870 se había pensado en ello y que se había confiado la realización a la de Madrid, pera que ésta, a su vez, lo confió a la de Tortosa; pero que, al fin, se. quedó en deseos. Este fue el motivo de fomentar yo la idea ... »
   Llegó a reunir Don Manuel hasta 150 congregantes de la sección de estudiantes, a los que tenía divididos en diez coros. Para adiestrarlos en la propaganda social cristiana, estableció secciones destinadas a recoger ropas, que distribuían luego entre, los pobres; a visitar los jueves las cárceles, consolando y obsequiando y disponiendo a los presos para la recepción de los Sacramentos, e instruyéndolos en la doctrina cristiana; a prestar piadoso homenaje cada semana a la Santísima Virgen de la Cinta y al Santísimo Sacramento; a repartir entre las clases trabajadoras «La Lectura Popular»; a canjear libros de sana doctrina e instructivos, por otros que iban recogiendo, prohibidos o inmorales... «Todo -escribía «El Congregante»- para bien de nuestra población, tan trabajada por el indiferentismo religioso».
   Inaugurada la capilla del Gimnasio el 29 de junio de 1897, comenzaron a celebrar en ella los congregantes sus ejercicios y reuniones piadosas, que habían venido teniendo en la iglesia de San Antonio, primero, y luego en la de San Francisco.
   En el fervorín de aquel día, Don Manuel, transportado de santo. gozo al cantar el fausto acontecimiento, decía a sus amadísimos jóvenes: «¡Alégrate, Jerusalén! Lo que antes era árido se convirtió en estanque, y en los rincones que habitaban sólo los dragones brotará el verdor de la caña y el junco.
   Este pasaje, amados míos, me ha ocurrido al pensar en el acto presente. Y ¿cómo, no? ¿Quién sabe si el Profeta estaba viendo con su imaginación esta fiesta? Porque, ya lo sabéis, hace pocos años esto no era más que un campo secano, convertido en lugar más productivo por la industria de un tío mío, mas sin otro objeto ulterior de la gloria de Dios; un campo solitario, que no merecía las miradas del transeúnte. Y desde este día, el Señor viene a poner su morada en medio de él y se convertirá en fuente de aguas vivas para la juventud. Y aquí, aquí, brotarán afectos de amor, se elevarán cánticos de alabanza a María y a San Luis. Y un día, cuando tengamos el permiso conveniente, será conducido Jesús Sacramentado por este campo, y aclamado por entusiasta juventud. ¡Bendito sea Jesús, amados míos, que ha querido elegir este lugar para descanso de su Corazón! Este Jesús, pues, que está aquí, real, vivo y verdadero, como fuente de aguas vivas, os está diciendo: Omnes sitientes, venite ad aquas!... ¡Juventud, sedienta de amor, de dicha y de felicidad, ven a estas aguas, que brotan de su Corazón y que saltan hasta la vida eterna! ¡Venid aquí a aprender la verdadera felicidad, que sólo se, encuentra en las tranquilidades de una buena conciencia! ¡Venid a estas aguas, únicas que pueden fortaleceros contra los enemigos de vuestras almas! Que, sea un huerto cerrado... Que Jesús aleje de este lugar cualquier mal ejemplo. Que nunca se profane esta capilla. Que sea un lugar de reparación y consuelo para el Corazón de Jesús. Que mientras hay tantos jóvenes arrastrados por el espíritu de la impiedad, de la disipación, del olvido de Jesús, tenga Él aquí corazones que le amen y le alaben. Que sea esta capilla el lugar donde forméis vuestros propósitos de propaganda del bien. Pedidle que dirija los pasos inseguros de vuestra juventud. Pedidle que bendiga estas asociaciones y forméis una legión de esforzados adalides de la causa católica, hoy que tanto valor se necesita para ello. Pedidle fortaleza para defender vuestras convicciones católicas y contra el respeto humano».
   El 3 de julio de 1897, la Sagrada Congregación del Concilio otorgó la facultad de reservar el Santísimo en la capilla de la Congregación.
   Además de las Escuelas Nocturnas, en 1895, la Congregación fundó las Escuelas Dominicales en el salón de la Juventud Católica. En el sostenimiento de unas y otras se gastó Don Manuel grandes sumas de dinero de su peculio particular. Organizaba en, obsequio de los que a ellas asistían funciones religiosas en la iglesia de San Felipe y dirigíales, para enfervorizarlos, piadosas instrucciones.
   Para multiplicar las Congregaciones y proporcionarles elementos de conservación e interno desarrollo desde 1881 concibió y planeó Don Manuel un proyecto que intitulaba «Apostolado de San Luis» o «Protectorado de San Luis», que debía estar formado por un grupo selecto de jóvenes, o de caballeros, que además de atender a su santificación propia, adquiriesen la instrucción necesaria para defender sus convicciones católicas y promover el bien de la juventud, principalmente con el aumento, desarrolla, inspección y dirección de Gimnasios y Círculos de San Luis, bajo la autoridad del Director de la Congregación. Debían también consagrarse al apostolado social cristiano, estableciendo Escuelas Dominicales, Escuelas Nocturnas, Catequesis, Bibliotecas populares, propagando la prensa católica, etc., etc...
   Ideó años más tarde, en 1901, una especie de «Federación» y unificación de empresas de celo en pro de los jóvenes de Tortosa, formada, por tres asociaciones: «El Apostolado de la Juventud de Tortosa», bajo la dirección de los Operarios, de fines análogos a la anteriormente mencionada; otra, complementaria y sostenedora de «El Apostolado», llamada «El Protectorado de la Juventud», constituida por hombres ya casados; y una tercera, «El Gimnasio de los Luises», para proporcionar a éstos honestas y variadas recreaciones.
   Idéntico objeto al de esta última había de tener la «Juventud Josefina», si bien, consagrada a los jóvenes que no pertenecieran a la Congregación. «Sin dejar de ser piadosa -decía Don Manuel- debe predominar en ella el carácter de un medio de recreación en los días festivos, para así conducir a los jóvenes que a ella asistieren a una vida de mayor piedad».
   Hasta 1888 ocupóse Don Manuel personal e inmediatamente en todos los asuntos relacionados con la Congregación de San Luis. Desde esa fecha, sin desentenderse nunca enteramente de, los mismos,. delegó en sus Operarios el cuidado de presidir y regular la marcha y el progresivo desarrollo de la Congregación. De una de las más gloriosas efemérides de la misma -la Peregrinación de la Juventud Luisiana de España a Roma en septiembre de 1891, organizada por Don Manuel- hablaremos más adelante. Uno de los últimos días de la estancia de los peregrinos en Roma, reunió Don Manuel a los directores de Congregaciones allí presentes para exponerles uno de los principales objetos que la Peregrinación había tenido: el servir de ocasión y punto de partida ara organizar sobre bases uniformes y prácticas las Congregaciones de España, mediante una Confederación de todas ellas, discurriendo al mismo tiempo sobre los medios más eficaces para fundarlas y sostenerlas. Nada se hizo. Pero Don Manuel no desmayaba en sus ansias de trabajar con la mayor eficacia posible por los jóvenes, e ideó, para lograr los fines que había de realizar la «Federación, la «Asociación de la Juventud de San Luis» para evitar que las Congregaciones viviesen aisladas unas de otras y que su existencia misma estuviese a merced de las eventualidades y cambios del director de cada una de ellas. Proponía, pues, la formación de un «Consejo Central Diocesano», formado por sacerdotes distinguidos consagrados a la dirección y cultivo de las Congregaciones de San Luis. Tampoco pudo ver realizada esta iniciativa.
   El paulatino, pero constante desenvolvimiento de la Hermandad, que fue absorbiendo casi totalmente la actividad de Don Manuel, le impidió, bien a su pesar, el seguir consagrándose a una obra para él tan querida como la del fomento de las Congregaciones de San Luis, que había procurado ir implantando en diversos pueblos de la diócesis, y en la cual tenía cifradas tantas halagüeñas esperanzas de salvación para la juventud secular. Surgió, por añadidura, entre los. Operarios, con el fin de coordinar los esfuerzos de los mismos y mantener la comunicación entre los Colegios de Vocaciones eclesiásticas, el pensamiento de fundar una nueva revista, el «Correo Interior Josefino».
   El propio Don Manuel, como veremos, era el principal suscitador y estimulador del entusiasmo de sus hijos en favor de semejante iniciativa; pero se resistía al intento de suprimir para ello «el Congregante de San Luis». Le dolía demasiado. Estaba encariñado con el bien que la revista hacía, y podía hacer algún día en mayor escala aún, entre los jóvenes piadosos del siglo.
«Los quebrantos de la revista -escribía a don Andrés Serrano- suben a dos mil duros desde su publicación, y no conviene abandonarla después de catorce años». Y a don Benjamín Miñana: «Deseo escribir a los Colegios, por ver si obtienen algunas suscripciones para «El Congregante», que no debe morir, ni debe sernos tan gravoso como nos es, hasta que amanezca el día (que vendrá) de que salga el apóstol de la obra nuestra para el bien de la juventud secular... Y, repito, no debe morir la revista, porque sería más enojoso si un día debiera resucitar, como confío en las líneas que tengo trazadas en mi cabeza, si Jesús nos da vida, gracia y operarios.»
   Al cabo, como en tantas otras cosas, su humildad se rindió al ajeno parecer, y el 21 de diciembre de 1896 se despedía «El Congregante», de sus lectores. «Quince años hace -les decía- que salió a luz nuestra Revista... Podríamos citar muchas Congregaciones que le deben su existencia; otras muchas, a cuya reorganización y aumento de piedad ha contribuido en gran manera; la peregrinación al sepulcro de San Luis... Hoy las circunstancias han cambiado. Las Congregaciones de la Santísima Virgen han adquirido notable desarrollo. Algunas tienen órgano propio en la prensa ... »
   Suprimida la revista, siguió todavía Don Manuel, por medio de sus Operarios,- trabajando en favor de la Congregación., En 1897 escribía a uno de ellos: «M.... levantando obras en el Gimnasio. Si realiza los proyectos de bien de la juventud, tal vez podríamos pensar en promoverlos en otras diócesis, apenas tengamos personal». Pero el personal no llegaba ni llegó nunca para él. No obstante sus prodigiosos y sobrehumanos esfuerzos, veíase Don Manuel imposibilitado para atender a todo lo que deseaba abarcar. El 13 de enero de 1904 hacía, entre otros, este encargo a uno de los suyos: «Alta dirección de la Congregación de San Luis, si se cree que hay elementos entre los reparadores y los del Colegio para reavivarla». Fue su postrer esfuerzo por él intentado para no dejar morir sus ilusionadas esperanzas.
   En octubre de aquel mismo año entró en tratos con los Hermanos de las Escuelas Cristianas para venderles el campet del Roser y el local del Gimnasio. En los primeros días de enero de 1006 sé realizó el traspaso.
   No se le ocultaba a Don Manuel que estando los terrenos del Gimnasio en sitio obligado para la futura expansión y ensanche de Tortosa, podrían ser pagados ya entonces a precio elevadísimo, pero pensando sólo en el mayor bien y provecho de la juventud, todas las solicitaciones de compra hechas por personas seculares, y prefirió venderlos por una módica cantidad a una Congregación religiosa. Por añadidura, regaló a los Hermanos mil duros para que formasen, como lo hicieron, una Congregación Mariana. Los Hermanos instalaron en el antiguo Gimnasio uno de sus Colegios.
   Otra prueba más, aunque de distinta índole, de este santo des,..prendimiento suyo cuando se trataba de la juventud, la había dado mucho tiempo atrás Don Manuel, consintiendo en que, a, pesar de la agobiadora escasez de Operarios que padeció siempre, uno de los más distinguidos, don Andrés Serrano, estuviese algún tiempo al frente de la dirección del Colegio-Instituto de San Luis.
   La Congregación dirigida por Don Manuel y la que funcionaba en el Colegio de San Luis, se fundieron en una sola, de la cual fue director el presbítero don Tomás Bellpuig y pasó luego a los Padres Jesuitas.
   En 1889 había Don Manuel escrito al P. Luis Martín, S. J., diciéndole que si la Compañía quería encargarse de la revista, no tendría inconveniente en traspasársela «a pesar de los sacrificios -añadía- que nos ha costado el sostenerla por falta de personal y de cooperación...» Los Jesuitas no habían aceptado entonces la dirección de la revista, pero sí admitieron ahora la de la Congregación de Tortosa, a la que añadieron el nombre del Beato Gil Federich, poniéndola bajo su protección.
   Cuenta el P. Llusá, S. J., nombrado Director de la misma, que con Don Manuel, algún tiempo después, sobre la jóvenes de Tortosa, y lamentándose de que se perdían porque no había quien les ayudara a salvarse, «el rostro del venerable anciano -dice- se iba animando y encendiendo más y más, hasta que, al llegar aquí, recordando lo mucho que por los niños y por los jóvenes había hecho en las Doctrinas y, sobre todo, con la obra del Gimnasio, se le asomaron a los ojos las lágrimas -¡preciosas lágrimas!- y exclamó: «Ah, Padre. ¡La formación de la juventud, ésa es la grande obra! ¡El salvar a la juventud de Tortosa ha sido por muchos años mi sueño dorado! Creo que para realizarlo he puesto más trabajos y desvelos que para la misma Hermandad; y Dios no ha querido, hasta el presente, que lo viese realizado. Sólo El sabe con qué pesar me desprendí del local y edificio que a ello había destinado. Una cosa me templaba algún tanto el dolor, y era el pensar que en él los buenos Hermanos educarían sólidamente a los jóvenes, y había allí terreno para que algún día pudiese llevarse a término tan necesaria obra».
   Como prenda de amor dejó Don Manuel estampado en la segunda página del álbum de ilustres de la Congregación, este pensamiento: «Que la Inmaculada de la Santa Cinta y San Luis Gonzaga bendigan a los jóvenes piadosos de Tortosa y les hagan instrumentos aptos para reparar los intereses de la gloria de Jesús, ha sido y es mi constante anhelo. -M.» Bien pudo haber añadido: «Y lo será siempre»; porque para darle estado de perpetuidad, y con la confianza de que algún día, al correr de los tiempos, pudieran llegar a realizarse sus ardientes ansias de santificar a los jóvenes seculares, y precisamente por medio de las Congregaciones de San Luis, dejó a sus hijos, los Operarios, en las Constituciones de la Hermandad, el encargo de fomentar, como uno de los objetos principales de ella, éste tan caro a su corazón; y escogió, al efecto, al Ángel de Castellón como uno de los Patronos y Protectores de la «Pía Unión de Sacerdotes Operarios Diocesanos».
   Hasta su muerte siguió Don Manuel prestando su modesta, pero regular cooperación económica a la Congregación. ¡Cuántos y cuántos jóvenes tortosinos podrían exclamar, como lo hace en uno de sus libros, refiriéndose a Don Manuel, don Ramón Vergés: «¡Oh, bendita sea tu memoria, insigne hijo de nuestra ciudad, a quien se debe el que nosotros, árboles pequeñitos, creciésemos rectos para la vida cristiana; para la fe, que tan arraigada tenemos en nuestros corazones!»

CAPÍTULO; XVIII



Su cooperación al establecimiento de las Redentoristas en Tortosa: «La Adoración Nocturna». -Las «Camareras del Santísimo».

(1880-1886)



   El nuevo Instituto de las Oblatas del Santísimo Redentor, fundado por la reverenda Madre Antonia de Oviedo, antigua institutriz de doña Isabel II, y por el reverendísimo P. Serra O. S. B., Obispo titular de Daulia, introdújose en el reino de Valencia comenzando por la casa, de Benicasim. Un piadoso matrimonio -don Francisco Oliveros y doña Andrea Mut-, que residía en este ameno y pintoresco pueblecito situado a orillas del mar, en la provincia de Castellón, conoció la obra de la Madre Antonia en un viaje a Madrid. Ambos esposos ofrecieron su ayuda a la fundadora para que estableciese en Benicasim uno de sus beneméritos Asilos. Por abril de 1876 estuvo allí la Madre Antonia, y refiriéndose a la quinta que le brindaban, escribía: «En conjunto, una, casita palacio, que para mí no tiene más defecto que esta misma hermosura. Con lo que se ha gastado aquí, se haría un convento entero». Volvió allá en septiembre, acompañada del ilustrísimo P. Serra y de algunas religiosas destinadas a formar la nueva Comunidad. Fue ésta adquiriendo con el tiempo nuevos terrenos, y levantando en ellos otros pabellones y plantando hermosas huertas. «Paraíso terrenal» llama a aquella residencia la Madre Oviedo. «Todo es aquí encantador -dice- ; y el ambiente, perfumado por el exquisito aroma de los naranjos en flor y de los rosales cargados de rosas, que respiran. también paz y alegría». En 1877, el 4 de marzo, inauguraron las Oblatas la Casa de Valencia, en un piso alquilado, que tuvieron luego que abandonar, para trasladarse a la cercana población de Alacuás, en busca de mayor retiro. La instalación de las Redentoristas en Valencia, fue ocasión de que tuviese conocimiento del Instituto una joven y piadosa viuda tortosina, doña Teodora Grau y Huguet, la cual, a impulsos de su celo por las almas, había logrado sacar del fango a algunas jóvenes extraviadas. Como una de éstas recayese en sus pasados extravíos, apenada doña Teodora por su falta de medios para lograr que perseverasen en sus propósitos de regeneración, determinó consagrar su vida y su fortuna a este apostolado, ingresando en las Redentoristas. Por conducto de su Director espiritual, don Juan Delsors, se puso en comunicación, el 28 de febrero de 1878, con el P. Serra, manifestándole, a la par que su deseo de hacerse oblata, el de que se fundase una casa dé las mismas en Tortosa, y ofreciendo para la empresa 40.000 reales. El 8 de diciembre tomó doña Teodora el hábito en Ciempozuelos. Conocedor Don Manuel de semejante determinación y de los propósitos que la novicia tortosina abrigaba respecto de su ciudad natal, comenzó desde el mes de junio a celebrar misas por que se realizasen.
   En julio de 1879 solicitaba de las Redentoristas de Benicasim informes sobre si tendrían funciones de exposición. Al responderle éstas, decíanle que envidiaban a las religiosas de Vinaroz por «más privilegiadas en atraer a Don Manuel para ir allá los veranos a pasar la temporada de baños». El 5 y 6 de agosto hizo Don Manuel un viaje a Valencia para entrevistarse con la Fundadora de las Oblatas. El 19 escribía a doña Magdalena Colom: «He ido a Valencia por el asunto de una fundación en ésta de Redentoristas, que son religiosas destinadas a la obra de celo de recoger a las jóvenes extraviadas que quieren albergarse y santificarse en el regazo de Jesús. Pide a El que podamos realizar nuestros deseos en esta obra humilde, pero que es de suma importancia para la gloria de Dios». A principios de noviembre, estuvo la Madre Oviedo en Tortosa, acompañada de la ya Madre Teodora, para comprar terreno donde edificar. Pidiéronles por la finca donde actualmente se halla el Asilo, 4.500 duros. «Como la viuda sólo disponía -escribe la Madre Teodora- de 2.500, un amigo de la Obra, Don Manuel Domingo y Sol, propuso buscar 2.000 duros al 5% de interés, que se podría pagar con los 4.320 reales que entonces rentaba la finca». La Madre Oviedo, en una de sus cartas al Obispo de Daulia, le dice: «Salimos de Benicasim el día 7 de noviembre, llegando a Tortosa a la una de la tarde. Encontramos en la estación a don Juan Delsors, al doctor Sol, don Tomás Sales y don Buenaventura Pallarés. Nos metimos enseguida en el coche con don Juan, don Tomás y don Ramón Tedó, Secretario del Obispo, que, también nos esperaba. El doctor Sol y don Buenaventura Pallarés se fueron, a pie, y llegamos casi al mismo tiempo. A poco rato, vino el señor Capellán del Arrabal, don Francisco, tío del doctor Sol, que V. E., conoce... Se me olvidaba: a nuestra llegada encontramos una sala preparada, camas nuevas del Colegio de San José, y buena comida de arroz con pollo, y pollo con tomate, etc... El doctor Sol nos ha proporcionado una criadita, quien cuando se le da dinero, para la compra lo devuelve, y trae cestos llenos de cosas; de modo que no me deja pagar nada».
   Refiriéndose a la huerta adquirida -la de San Lázaro- escribía la Madre Fundadora el 11 de noviembre: «Realizadas las obras que se precisa, será el más delicioso de los Asilos nuestros». Se invirtieron en él 5.000 duros.
   También el P. Serra estuvo en Tortosa, donde le instaron a que acelerase la instalación de la nueva Casa. Esta, que tomó el nombre de «Asilo del Santo Ángel», inauguróse solemnemente el 7 de marzo de 1880. Algunos días antes escribía Don Manuel: «Acaban de decirme que las Redentoristas vienen el domingo, y no estoy para humor de trajín y de fiestas». Desde el 28 de febrero al 2 de marzo había estado enfermo en cama. Con todo, firmó como testigo la escritura de la compra de la casa y tomó activísima parte en las funciones con que se celebró la inauguración de la misma, y a las cuales asistieron el ilustrísimo señor, Obispo de Daulia y la Madre, Oviedo. Según la Crónica de la fundación de Tortosa, figura Don Manuel en la lista de las personas que cooperaron al establecimiento de ella con sus limosnas, y con su celo. Ofició de ministro en el Pontifical que, después de bendecir la iglesia, celebró el ilustrísimo P. Serra, y predicó en una de las funciones de la tarde. Entre los papeles de Don Manuel hemos encontrado algunos fragmentos del borrador de su sermón de aquel día, de donde tomamos los siguientes párrafos: «El Corazón de Jesús nos repite: Da mihi animas. Y al conjuro de este grito de su amor herido, han multiplicado asociaciones, han brotado nuevos frutos de bendición para consuelo de la Iglesia, y de la pobre humanidad... Uno de ellos es esta modesta Casa y esta nueva Capilla que hoy se consagra al Señor. Como Isaías podemos hoy exclamar: «Donde no había más que una roca desierta brotará el verdor de la caña y del junco, y en la que era guarida de insectos habitarán las palomas ... » Ya desde hoy tendréis, Señor, un nuevo lugar donde descansará vuestro Corazón fatigado, y os harán compañía en esta soledad almas distinguidas, y conducirán a vuestros pies hijas pródigas, a las que regenerará vuestro Corazón paternal... ¿Qué viene a significar, hermanos míos, esta nueva Fundación, este Asilo del Santo Ángel, cuya bendición se ha realizado felizmente en este día? Mirad, hermanos míos, pasarán unos años; nosotros habremos desaparecido de la tierra, y tal vez ya también los más queridos de nuestros hermanos y conocidos; dormiremos el sueño del sepulcro en ese próximo camposanto; las generaciones pasarán por delante de él y no habrá un corazón que dé latidos por nosotros... Pues si cooperamos a esta obra, viviremos en la memoria de estos corazones, que elevarán sus preces por nosotros, y tendremos, más que nada, el Corazón de Jesús, que velará el sueño de nuestro sepulcro...
   Bendecid, Señor, perpetuamente a esas venerables religiosas, a las que habéis llamado para corredentoras de las almas. Llenadlas, Señor, de vuestro amor, de vuestro celo, de vuestra constancia, para que sean instrumentos dignos de vuestras misericordias, víctimas hasta la muerte por vuestro amor. Bendecid a esos ilustres fundadores y proteged su ancianidad para bien de vuestra gloria y consuelo de los corazones. Una bendición particular, Señor, para esa joven amante y compasiva de vuestras penas interiores72, que ha sacrificado gustosa el sosiego y soledad de un claustro, objeto de sus suspiros, prefiriendo levantaros y ofreceros ese modesto establecimiento. Y Vos, ¡Santo Ángel mío!, Patrono de mi Patria querida, y desde hoy de este Asilo, ante cuya imagen se abrieron mis ojos a la luz por vez primera, y ante cuya imagen quiero cerrarlos a la vida, tomad posesión de esta Casa, que se pone bajo vuestra tutela ... »
   El día 9 celebró Don Manuel en el Asilo una Misa pro gratiis de la fundación, a la que miraba como cosa propia y a la cual no abandonó jamás en lo sucesivo.
   «No tengo tiempo -escribía el 3 de mayo de 1880 a la Madre Juliana- para moverme. Ayer lo pasé en día de retiro con las desamparadas del Asilo del Ángel, donde tenemos ya 13 recogidas. El día de la Ascensión, abrazadas a los pies de Jesús, no dejen de pedir una bendición para el pobre Vicario del Vinaroz de Tortosa».
   Con justo título podía santamente ufanarse Don Manuel de haber sido «él el Fundador», como hubo de decir en Orihuela en enero de 1894 al electo Obispo de Tortosa, ilustrísimo señor Rocamora, al darle noticia de las Comunidades religiosas de la capital de la diócesis y mencionar a las Oblatas.
   La Madre Teodora, que fue superiora del Asilo desde su fundación, y desempeñó el cargo durante veinticinco años,: mantuvo hasta la muerte de Don Manuel intensa y constante comunicación con él. «Era Don Manuel -dice la asilada María Consuelo- el corazón y el alma de esta comunidad. Todos los meses nos daba el retiro, por lo menos durante seis años, y en este día siempre había un extraordinario en la comida, seguramente a sus expensas. De vez en cuando se recibían limosnas y regalos de personas desconocidas, que resultaban ser confesadas de Mosén Sol. Algunas veces, al marcharse los chicos a vacaciones, mandaba a casa buena cantidad de comestibles; un día, hasta el pan cortado ya para hacer sopa. Muchas veces venía entre nosotras,, las asiladas, a repartirnos estampas, y al ver que no tenía para todas, decía con mucha gracia: «Xiquetes, no-n tinc per a totes: farem una rifeta»73. Y entonces todas las chicas aplaudíamos su idea, con lo que él disfrutaba mucho, y nosotras muchísimo también».
   «Un día -cuenta una Hermana- fuimos a visitar a Mosén Sol, y no tenía nada que darnos.. Llamó a Mosén Estruel y le dijo:
   -Mire, vaya a buscar unos cacahuets para estas chiquetas.
   El mismo año en que murió fuimos a felicitarle por su santo y nos dijo:
   -Os voy a regalar un cerdo grande, pero lo voy a matar en casa, no sea caso que la Superiora tenga necesidad de dinero y lo venda.
   Se enteró de que habíamos matado tres en casa, y nos cambió el cerdo por un saco de harina, por judías y arroz. Al ir a buscar todo esto, nos dijeron que había estado enfermo, y que se encontraba algo mejor, aunque todavía seguía grave. Esta noticia causó una pena grande en la Comunidad, pero fue extremadamente sensible la que a los pocos días recibimos de su fallecimiento».
   La actual Superiora, refiriéndose a los comienzos de la fundación del Asilo, dice: «Mosén Sol era Director espiritual de la Comunidad. Cuando íbamos a visitarle, siempre le encontrábamos
muy afable y cariñoso. Nos preguntaba:
   -¿D?aont veníu, xiquetes-74
   -Pues, Padre, de pedir, de Roquetas o del Jesús.
   -¿Dónde habéis comido?
   -Ya hemos comido, Padre.
   -No hu crec, xiquetes; no m-enganyareu75.
   Y mandaba inmediatamente freír unas longanizas y unos huevos, y nos decía con mucha gracia:
   -Anem al menjador. Menjeu i calleu76.
   Y se marchaba para que comiésemos con más libertad. Esto, como digo, se repetía siempre que íbamos a visitarle. Un día nos dice:
    -Xiquetes, ¿vos he promés alguna cosa?77 Hermana Rosa, ¿tienes el libro de Fr. Luis de Granada? Y ¿tú? -me preguntó a mí.
   -No, Padre.
   Llamó a un chico y se lo hizo ir a buscar a la librería, me lo dic, y nos despidió diciéndonos:
   -Sigueu sent bones xiquetes78.
   -Fui destinada a Valencia, y en una ocasión que fue Don Manuel por allá, la Madre Teresa de la Cinta (confesada suya cuando estaba en el mundo) y yo nos convinimos en ir a visitar a nuestro estimado Padre Mosén Sol. Fuimos, y al verle me impresione mucho. Lo encontré muy envejecido, pero jovial y complaciente como siempre. Después de saludarle, nos mandó que nos sentáramos, llamó a un fámulo y le dijo:
   -Chico, trae una bandeja con galletas y vino para estas ,Madres. Tomen esto tranquilas. Yo me voy, porque me esperan unos sacerdotes.
   -Se nos hizo tarde, y nos fuimos con pena de no poderlo ver más».
   Para la iglesia del Asilo de Tortosa regaló Don Manuel la magnífica imagen del Ángel de la ciudad, de más que mediano tamaño, que se halla en una de las capillas de la nave izquierda. No sólo por sus relaciones con la Casa de Tortosa, sino que además por su estrecha amistad y continua protección a las religiosas de la de Benicasim, a donde iba a tomar su tanda anual de baños durante los veranos, a Partir del de 1880 hasta su muerte, estuvo ligado Don Manuel al Instituto de las Oblatas. Hasta se dic la singular coincidencia de que el Obispo de Daulia, retirado, al Desierto de las Palmas, asistió en él como testigo, pocos meses antes de morir, al acto oficial de la, constitución canónica de la Hermandad. Fue Don Manuel perpetuo consejero de las Superioras de la Congregación en asuntos íntimos -y de conciencia, y contribuyó al establecimiento de la misma en Méjico.
   El 16 de septiembre de 1908, pocos meses antes de la muerte de Don Manuel, escribíale la Madre Superiora General, Sor Rosario de los Dolores: «Como sé lo que V. R. apreciaba a nuestros Padres Fundadores, sé también el aprecio que tiene a sus hijas, y sobre todo, a su santa obra, y así hará cuanto pueda en nuestra ayuda ... » Se refería a la fundación de Méjico., El 9 de octubre decía Don Manuel a uno de sus Operarios de allí- «Supongo recibiría usted una carta mía sobre la fundación de las Oblatas en ésa. Estoy esperando su contestación. En esta carta última no me habla ni de Teresianas, ni de las de Jesús-María, ni de mi Madre San Pablo Foguet... Así, no me sea perezoso en escribir con frecuencia ... »

***

   El 18 de noviembre de 1883 asistió Don Manuel a la bendición de la primera piedra para la erección de la iglesia y convento de Religiosas Mínimas Descalzas de San Francisco de Paula de la villa de Mora de Ebro, acompañando al Prelado de Tortosa, que celebró aquel día. de medio Pontifical. En el acta se decía que ,aquella obra se realizaba «por iniciativa, de la ilustre Sierva de Dios Sor Filomena de Santa Coloma, muerta en olor de Santidad el 13 de agosto de 1878, en el convento de Madres Mínimas Descalzas de Valls, cuyo expediente de beatificación se promovió en la Curia del Arzobispado de Tarragona el 9 de octubre de 1880 ... »
   Firmaban el acta, entre otros, el padre de Sor Filomena y Don Manuel. Este -según una crónica periodística de aquellos días-, una vez colocada la primera piedra, «subió al púlpito, y en breve pero elocuente discurso, además de congratularse y felicitar a todos por la significación de aquel hermoso acto, ante el triste espectáculo que ofrecen, a nuestra vista tantas glorias y monumentos artísticos derrumbados a impulsos de la impiedad, enumeró a grandes, rasgos los beneficios que en el orden moral y social producen, los Institutos religiosos, así como los bienes que aun en el orden material reportaría la villa de Mora de Ebro.
   «¡Oh!   -exclamaba- pronto el canal recorriendo vuestras campiñas y atravesando, vuestras, montañas, abrirá horizontes a vuestra actividad y vuestro comercio. Al lado de esa prosperidad material, Mora saludará con júbilo también otro medio de bienestar material y moral con la instalación de este convento... ¿Cómo no interesarnos todos por la pronta terminación de este edificio?... Yo os felicito, pues, hijos de Mora. Y un motivo especial me obliga a felicitaros. Tal vez en tiempo no lejano veamos realizada la beatificación de vuestra hija privilegiada Sor Filomena de Santa Coloma, a impulso de cuyo espíritu se comienza esta obra, anunciada por ella...» Terminó vitoreando al Sagrado Corazón de Jesús, a Sor Filomena, y a Mora de Ebro, siendo contestado calurosamente por miles de personas que le escuchaban.

***

   Profunda y ardentísima fue siempre en Don Manuel la devoción al Santísimo, e infatigable y ardoroso su: anhelo de propagarla por doquier. En su cristiano hogar había ya recibido los primeros ejemplos de este ferviente amor a la Eucaristía. Desde 1831 hallábase establecida en la: Catedral de Tortosa la «Adoración y Vela perpetua al Santísimo», y a ella pertenecía como socio activo el padre de Don Manuel. Invitado por éste, estuvo en Tortosa, en diciembre de 1883, don Luis Trelles, Director de la Sección 3.ª del Centro Eucarístico de Madrid, dedicada a propagar por España la Adoración Nocturna. Era intento de ambos el establecerla en Tortosa. Así lo hicieron, dando a la obra carácter de interinidad, el día 19, en una reunión de quince personas, celebrada en la sacristía de la iglesia de San Antonio. Adoptaron el reglamento aprobado por el Centro de Madrid, y fue nombrado Don Manuel Director espiritual de la Sección de Tortosa; Vicedirector, don José García, y Presidente, don Ramón Foguet. Aquella misma noche, en la capilla del Colegio de San José, con asistencia de diez y adoradores, se tuvo la primera vela, actuando de jefe de noche don Luis Trelles. Dióse Don Manuel, con su habitual entusiasmo, a fomentar esta empresa de culto eucarístico. El 17 de abril de 1886 le escribió don Luis desde Madrid, proponiéndole hacer juntos una excursión de propaganda por Castellón, Alcora, Benicarló, Villarreal y algunos otros pueblos de la Plana. «Entre tanto -le dice- nada más, sino que Dios pague a usted lo que hace en su servicio; que sí lo hará, como suele ... »
   En vista de los excelentes resultados que había producido la labor de Don Manuel en este género de apostolado, el 6 de, abril de aquel año fue oficialmente aprobado por el Obispo de Tortosa el reglamento de la vela nocturna de la capital de su diócesis y nombrado Don Manuel Director del Sub-Centro diocesano, confiándosele el encargo de establecer la Adoración Nocturna en las parroquias, y visitar y vigilar la marcha de la Asociación en ellas. El 17 de mayo hallábanse ya en Tortosa él, y Trelles, después de haber realizado su viaje de siembra eucarística con lisonjero éxito, y en Tortosa convocaron aquel mismo día una Junta general de adoradores de la ciudad en la iglesia de San Antonio, presidida, ausente el Prelado, por el Gobernador eclesiástico, con el objeto de promulgar el decreto de la aprobación canónica otorgada por aquél. Eran ya tres , los turnos, titulados: del Corazón de Jesús, Virgen del Pilar, y San José, con un total de sesenta y cinco adoradores que celebraban las velas en la capilla del Colegio de San José. Del reglamento del Sub-Centro de Tortosa, había escrito Trelles, felicitando por ello a Don Manuel, que «podía servir de modelo para todos los demás que se fueran estableciendo». A partir de aquella fecha, y durante los años siguientes, fue Don Manuel peregrinando por los principales pueblos de la diócesis, para fundar en ellos «su querida Vela. Nocturna».

***

   Otra obra, también de carácter eucarístico, emprendió Don Manuel, el 20 de diciembre de 1883: el «Centro de Camareras del Santísimo», aprobado por el Prelado de Tortosa el 6 de abril de 1886 en la misma fecha que el reglamento de la «Adoración Nocturna». Debían regirse las Camareras del Santísimo por el que para ellas había redactado la Sección cuarta del Centro eucarístico de Madrid, y dedicarse las que ingresaran en la mencionada asociación a confeccionar, arreglar, componer y lavar los lienzos de inmediato contacto con el cuerpo de Jesús Sacramentado; a proveer de ellos a las iglesias pobres, así como también de cortinas para el Sagrario, cálices, patenas, copones, porta-viáticos, custodias, viriles, etc... ; y, finalmente, a cuidar de la limpieza y aseo del altar del Reservado, de la lámpara del Santísimo, etc... Fue desde el principio Director espiritual de ellas Don Manuel.
   El 4 de enero de 1885, reunió éste a las Camareras en Junta General para celebrar el primer aniversario del establecimiento, de la Asociación, y les decía:
   «Si alguna dé nuestras obras tuviese algún mérito delante de Dios, sería esta de las Camareras y de la Vela Nocturna a Jesús Sacramentado. ¿Sabéis por qué? Por lo modesta que es la obra y por el objeto a que está dedicada. Me resolví a aceptar la de las Camareras y fomentarla, porque revestía una forma diferente de todas las demás asociaciones, y tenía un objeto más íntimo respecto de Jesús que las demás. Una forma diferente: porque todas las demás tienen por lazo de unión ciertas prácticas exteriores, ciertos actos, ciertas devociones; y para esto es preciso tiempo, y tiempo determinado, y además, en cierta manera, hemos de exhibirnos exteriormente.
   Mas la obra que nos ocupa es todo lo contrario: no está sujeta a ninguna práctica diaria, sino que por breve tiempo y a hora muy fija y sólo para animarnos nos reúne en este lugar cada mes. Es, además, una obra interna, espiritual y quieta, que no tiene ningún aliciente exterior. Es obra de amor secreto, íntimo, silencioso. Vamos con gusto a una función religiosa: el esplendor al culto nos atrae, la música, nos conmueve; acudimos con gusto a oír a un nuevo orador sagrado de fama. Bueno es todo esto, porque Dios se vale de mil medios para atraer nuestros corazones materiales; pero por esto mismo, al buscar a Dios, nos buscamos en algo a nosotros mismos. Mas en la obra de Camareras de Jesús Sacramentado, sucede todo lo contrario. Se necesita mucha fe, Es verdad. Porque no teniendo ni fiestas, ni reuniones, ni Música, ni siquiera el poder exhibir nuestro trabajo, no tiene la Camarera cosa alguna que estimule su celo y su devoción. No, no es nuestra Asociación de Camareras una asociación para allegar fondos a fin de proporcionar ornamentos ricos y preciosos para el Señor; es otra cosa más interior que todo eso. Es un sentimiento de amor, que nos mueve a honrarlo en aquello que está más en contacto con su cuerpo. Nuestras secretas reuniones son una cita para hablar de Jesús y de su pobreza, y compadecernos de El, y ver de remediarle con nuestra pobreza. Nuestros trabajos manuales han de ser actos tiernísimos del corazón, pensando que serán una cosa donde se reposará el cuerpo de Cristo Jesús. Así cuando se hace un trabajo, por sencillo que sea, para una persona amada, no es la primorosidad del objeto la que mueve a trabajar, sino el pensamiento de que ha de servir al objeto amado, así este amor, este espíritu interior, esta devoción, este perfume de cariño, es lo que constituye la esencia de nuestra Asociación... Yo os diría que hacéis el oficio de la Virgen, que con tanto amor cuidó a Jesús. Pero Jesús se fue al cielo. y su Madre no puede cuidarlo aquí Sacramentado en la tierra, y Jesús se ha confiado al cuidado de sus servidores ... »
   Instalóse la obra y celebrábanse las reuniones mensuales en la iglesia de San Antonio. Ya el 9 de marzo de 1884, expresaba Don Manuel a las Camareras de Tortosa su satisfacción por que excedía su número al que formaban la Asociación en otras poblaciones. Alentándolas a promover los objetos de la misma, les decía: «Dios se vale de las cosas más pequeñas para los más altos fines, y las mujeres con cosa tan insignificante como es la aguja pueden hacer cosas tan grandes como son las que sirven para la Casa del Señor. No debéis mirar quién lo hace más o menos bien: la que trabaja con más Amor ésa es la que mejor lo habrá hecho». Hasta 1895 dirigió personalmente Don Manuel la Asociación. En la reunión mensual de mayo de aquel año encargó de la dirección inmediata y ordinaria al Chantre de la Catedral de Tortosa, don Juan José Hidalgo, «porque esta Asociación -decía-, aunque sencilla, necesita cierta, mano constante que la sostenga y vivifique. Cuando se me encomendó, manifesté la imposibilidad de atender a ella. Hoy, esta imposibilidad es mayor. Mis frecuentes viajes, que son preludios de otros, atendido el campo que se nos abre en la Obra del Fomento de Vocaciones eclesiásticas, deben absorber mi, vida. Nosotros nos ofrecemos a suplir al nuevo Director: no sólo yo, personalmente, sino la Hermandad de Operarios diocesanos, uno de cuyos objetos es promover todo lo relativo a Jesús Sacramentado. ¡Ojalá podamos realizar cuanto nos proponemos!» No dejó Don Manuel, de cumplir su promesa. De cuando en cuando siguió . presidiendo a las Camareras y platicándoles, Luego de erigido el Templo de Reparación de Tortosa, se estableció en él la Asociación, y allí continúa con vida florecientísima, dirigida por los Sacerdotes Operarios.

CAPÍTULO XIX



Fundación de la «Hermandad»

(1883-1884)



   No fue Don Manuel el único que se preocupó del angustioso problema de la disminución de las vocaciones eclesiásticas en España y de darle solución en la forma por Don Manuel adoptada al fundar el Colegio de San José de Tortosa. Aparte el Colegio para estudiantes pobres de este mismo título existente en Vich ya en 1866, con idéntico propósito, había establecido en Huesca el Chantre de aquella catedral, don Saturnino López Novoa, la «Casa de estudiantes pobres». En 1878, el Arzobispo de Granada, excelentísimo don Bienvenido Monzón, se lamentaba de la general escasez de vocaciones y señalaba como causas que la habían provocado: la supresión del clero regular, la desamortización, la supresión de beneficios, capellanías y otros títulos canónicos de ordenación, el menosprecio de la clase sacerdotal en las modernas sociedades, las persecuciones políticas, la falta de educación religiosa en las familias, los malos ejemplos y la malsana influencia de libros y periódicos. El remedio, según él, era urgentísimo y dificultoso al mismo tiempo. Las familias ricas, viendo empobrecida a la Iglesia, habían desertado de su servicio, negándole sus hijos. Era, pues, preciso atraer al mismo a las clases pobres, facilitándoles el acceso al Seminario.
   «Considerando -escribía el 10 de diciembre de 1876 en el Boletín oficial de su Archidiócesis, el Arzobispo de Burgos- que no todos los jóvenes que se dedican a la carrera eclesiástica pueden vivir dentro del Seminario Conciliar, y que la pensión que en éste se paga no está al alcance de la fortuna de la mayor parte, por más que sea módica, atendido el elevado precio de los alimentos y los gastos indispensables en los establecimientos de enseñanza, con el fin de que ninguno, por escasez de recursos, se vea privado de las ventajas de la vida colegial, hemos determinado que, desde el 7 de enero próximo quede abierta en el Colegio de San Carlos una sección de nuestro Seminario Conciliar, donde los alumnos externos pobres, satisfaciendo la pensión de dos reales y medio, puedan ingresar y seguir su carrera eclesiástica bajo el reglamento que rige para los internos del de San Jerónimo y la dirección y vigilancia de un eclesiástico de nuestra confianza, que designaremos para ejercer el cargo-de Superior de la Casa con las facultades necesarias...»
   Dos años más tarde, en 1878, la revista católica «La Cruz», dirigida por don León Carbonero y Sol, daba cuenta de otras iniciativas por el estilo, tomadas por los reverendísimos Prelados de diversas diócesis de España. «Nos alegramos -decía-, porque las ideas que solos, o casi solos, veníamos predicando desde hace años en la prensa, han obtenido la aprobación clara y expresa de muchos Prelados. El Cardenal de Zaragoza tiene un Colegio Seminario en Belchite y abierta una suscripción permanente, que va dando oportunos resultados, para dar protección a buenos seminaristas pobres. El Arzobispo de Granada, ha establecido un «Seminario para pobres» desde el curso de 1878-79 en el local denominado «Colegio de San Fernando», como Sección económica del Seminario de San Cecilio. La pensión es de 0-75 céntimos. El de Sevilla, con el mismo objeto, ha fundado una «Obra pía de estudiantes pobres de San Isidoro, Arzobispo de Sevilla», con la misma pensión de 0-75. El Obispo de Almería, establece en su Seminario de San Indalecio, además de las clases de colegiales pensionistas y supernumerarios, otra tercera de supernumerarios de 2.ª clase, para pobres, que pagarán la pensión de 640 reales cada curso. El de Córdoba, ha autorizado a los párrocos para abrir aulas de Gramática, agregadas al Seminario, y proyecta crear un Colegio para seminaristas pobres bajo la advocación de San José, los cuales pagarán veinte pesetas mensuales».
   Era entonces Obispo de Córdoba el sabio e ilustre P. Fray Ceferino González, y-Rector de su Seminario el futuro Obispo de Segorbe, don Francisco de Asís Aguilar, el cual introdujo en la disciplina del mismo una novedad asaz discutida por aquellas fechas. Iniciativa. singularísima, inspirada sin duda alguna en loables intentos, pero de muy dudosos resultados. En el preámbulo del nuevo Plan de estudios, que dio a luz en 1876, llamaba la atención de los señores arciprestes, párrocos y sacerdotes, sobre «una reforma -decía- muy interesante: al lado de los jóvenes levitas podrán educarse con los mismos maestros, y bajo la misma dirección, aquellos alumnos de buenas costumbres, hijos de familias católicas, que no sintiéndose, llamados al sacerdocio, prefieran hacer sus estudios, bien para instruirse, bien para carreras civiles, a la sombra del Santuario y bajo la influencia inmediata de la Iglesia». No parece haber sido solamente en Córdoba donde se introdujo tal práctica, pues, hablando de ella, en son de alabanza, el mencionado señor Carbonero y Sol, en su revista, en 1878, proponía, como remedio de la escasez de vocaciones, «establecer en los Seminarios una sección para jóvenes seculares, según se hace, ya -afirmaba- en muchas diócesis». No faltaron ardorosas y bien documentadas impugnaciones de semejante alteración de la disciplina eclesiástica. Distinguióse por el celo que desplegó contra los Seminarios mixtos, el Vicerrector del de Solsona don Buenaventura Ballús, que publicó en 1879 un folleto titulado «Cuestión interesante sobre la enseñanza oficial en los seminarios», al que respondió desde la revista «La Cruz» el señor Aguilar, colaborador asiduo de la misma. En ella, y alrededor de este tema, se entabló una polémica, en la que tomaron parte varios eclesiásticos para declararse contra los Seminarios mixtos. Fueron éstos desapareciendo, afortunadamente, y a la hora presente no sabemos más que de una diócesis donde se halle todavía en vigor tan peregrino sistema de coeducación. Bien a las claras prueba cuanto, dejamos dicho que era general la preocupación por la suerte y el porvenir de los Seminarios, y el afán de prevenir y remediar los gravísimos males que iban derivándose de la disminución de las vocaciones eclesiásticas. Habíase, ciertamente, anticipado Don Manuel a señalar el camino salvador con la fundación de su Colegio de San José, que, en los planes de la Providencia divina, sirvió de causa ocasional para que el intento de Don Manuel, limitado en un principio a procurar el remedio de las necesidades de la diócesis tortosina, adquiriese después en su mente más vastas y generales proporciones en orden al fomento las vocaciones sacerdotales.
   Él mismo nos refiere, cómo surgió en su espíritu, al calor del deseo de dar estabilidad, a la obra ya, realizada, la idea y el proyecto de una más amplia esfera de acción y saludable influencia. «El establecimiento de la Casa de agregados -dice Don Manuel, hablando de la historia del Colegio de San José- y las deudas que habían tenido que contraerse para la terminación del edificio, agobiaban a los fundadores y directores, que se veían en más de un apuro pecuniario, que soportaban con fe y abnegación y conjuraban con celo; si bien, no les faltaba él socorro oportuno de la diócesis y el constante apoyo del clero. Pero estas mismas penalidades y apuros hicieron comprender que el desarrollo y sostenimiento de esta obra, tan útil y necesaria en la diócesis, no podía quedar a merced, del celo individual, que hasta entonces la había sostenido. so pena de un peligro seguro de amortiguarse o tal vez desaparecer, apenas faltase, él impulso de los primeros iniciadores; porque hubiera pasado con el tiempo el nombramiento de los encargados a ser un cargo oficial, como se empezaba a practicar; y por buenas que fueran las condiciones de los designados, no podía esperarse ni pedirse de ellos la abnegación y el celo de los que se habían consagrado a ella con especial vocación. Se vio, pues, la necesidad de un apoyo permanente, que sostuviera esta obra, y de una Institución para el fomento de vocaciones, que trabajara este campo. Con este motivo, se concibió ante Jesús Sacramentado la idea de una Pía Unión de sacerdotes, que libres de todos otros cargos ni empleos, se ofrecieran al fomento, sostenimiento y formación de las vocaciones eclesiásticas, religiosas y apostólicas, y a buscar los medios para su sostenimiento, y a promover los intereses de la gloria de Dios en la diócesis, extendiendo, si convenía, dicha acción a otras diócesis necesitadas. Dicha Pía Unión o Hermandad sacerdotal se convino o inició en 1883, quedando canónicamente establecida con seis sacerdotes en 1.º de enero de 1886».
   En multitud de documentos ha dejado Don Manuel, apuntados y precisados el día, la ocasión y el momento mismo en que Dios le inspiró, al cabo, el medio de realizar los anhelos que en orden al fomento de las vocaciones eclesiásticas venían desde tiempo atrás agitando su espíritu, según declara en un esquema que redactó para escribir la Historia de la Hermandad: «-Fundación de la Hermandad -dice. -Año en que empezó el proyecto o deseo. -Años que duró. -1.º Una Federación. -Los trabajos para encontrar dinero. -Vejaciones de X... y X... -Varias conferencias. -Claridad de la Obra en 29-30 de enero de 1883 después de la Misa. -Efectos que me causó en el alma».
   Empleando las mismas frases y aún palabras escritas por Don Manuel en varias partes, diremos que «Jesús Sacramentado le inspiró la Obra de los Operarios Diocesanos el 29 de enero de 1883, después de la Misa, en el convento de Santa Clara de Tortosa, durante la acción de gracias, a las siete y media de la mañana; y la concepción de todo el plan y la intuición de sus resultados, entre ese día y el 30, completándose la idea y la organización, que escribió en un papel».
   Confidencialmente se atrevió Don Manuel a declarar más tarde a don Juan Bautista Calatayud haber sido aquélla verdadera inspiración sobrenatural, y que estuvo bajo su influencia durante dos días. El haberlo revelado Don Manuel -contra su acostumbrado afán de ocultar semejantes fenómenos- y de una manera tan explícita y categórica, induce a creer ser éste el hecho más ciertamente sobrenatural que se registra en su vida.
   Durante el mes de febrero redactó Don Manuel el proyecto, y el 2 de marzo, primer viernes del mes, en compañía del futuro Vice Director de la Hermandad, don José García, visitó al P. Román Vigordán, S. J., Rector de la Casa del Jesús, para consultarle y someterse a su juicio y resolución. De aquella su primera minuta de Constitución de la Hermandad, escribía Don Manuel en 1901 a sus Operarios de Roma: «Si al extender en febrero del 83, en dos o tres ratos, mis famosas «Bases y Reglas» para enseñarlas al P. Vigordán, que me parecieron una obra completa y suficiente, como lo fueron por muchos años, para nuestro facilísimo gobierno; si entonces, digo, hubiera podido sospechar que aquel croquis, salido espontáneamente del corazón más que de la cabeza, debería subir a esas alturas y a esos exámenes romanos..., lo hubiera echado a perder todo, o hubiera entregado mi croquis a otras manos expertas, que me lo hubieran estropeado, como casi todos los que han tenido que tocarlo, desde Sanz y Forés hasta el P. Conrado. Porque es el caso que no han tocado ninguna idea ni principio sustancial, y en la forma nos han dado un trasiego de redacciones y de órdenes, que Dios haga concluya pronto ese cambio de posturas».
   Aprobó y aplaudió el P. Vigordán la idea de Don Manuel y le intimó ante Dios para que no abandonase la empresa. Le aconsejó que para mayor seguridad pidiera el parecer del Arzobispo de Tarragona, Excelentísimo señor Vilamitjana. Escribióle con este objeto Don Manuel el 6 de marzo la siguiente carta:
   «Mi queridísimo padre y Prelado: Un objeto especial me obliga escribirle hoy, para exponerle un asunto que hace muchísimo años, que bulle en mi ardiente cabeza, y me ,agita, y no me deja tampoco en los momentos de calma ante el Señor, y de día en día más... Se trata de la juventud varonil, generalmente menos atendida que la femenil, y más necesitada, y sobre todo del fomento de vocaciones eclesiásticas y religiosas, cuya Obra cada día me entusiasma más, aparte del consuelo indecible que causan estos jovencitos tan devotos en los primeros años de su carrera. Pero esta Obra necesita una permanente organización; de lo contrario, será de escasos resultados. Me siento constantemente impulsado a ensayar una «Unión» de unos pocos Sacerdotes Operarios Diocesanos, dedicados exclusivamente al fomento de la piedad de los jóvenes por medio del establecimiento de las Congregaciones y Gimnasios, y al desarrollo y sostenimiento, bajo la protección y anuencia de los Prelados, de las vocaciones eclesiásticas y apostólicas, y todo bajo la divisa del amor y culto al Corazón de Jesús, descuidado también.
   Y según la aceptación y resultado que esto ofreciera, que sería a no dudarlo, pronto y vasto, podría procederse a la formación de reglas con que se rigiese esta asociación, que no habría inconveniente en llamarla Congregación.
   Lo he consultado, por iniciativa de mi confesor, con una sola persona, la que ante Dios ha parecido mejor y más apropiada para dar un consejo en esta materia, y lo ha creído una Obra providencial para estos tiempos. Pero no estaría tranquilo, ni me adelantaría a dar un paso, como así lo resolví en mi corazón, sin el parecer y la bendición de V. E. El Rector de los Jesuitas de aquí, que es a quien lo expuse, el P. Vigordán, persona de mucho peso, me dijo que, en su concepto, debía esto exponerse a un señor Obispo, y que ninguno mejor que el de Tarragona, y después el de esta diócesis. Me sorprendió vivamente esta salida, pues no creo que él supiera nada del afecto y confianza que siempre me había inspirado V. E., y le contesté, pues le tengo muy poca libertad, porque es muy súpito, que si era éste su parecer, así lo haría...
   No lo crea un remedo o consecuencia de lo que proyecta Mosén Enrique [de Ossó]79, que me parece que no lo ha sido; y aunque lo hubiese sido, no tendría esto que ver cuando son tan diferentes los objetos preferentes. Con el número de seis operarios sería suficiente para una diócesis, y me creo poder prometerme el ofrecimiento de cuatro o cinco de los más distinguidos por sus condiciones para este objeto. Aunque lo sentía mucho tiempo [hace] en mi interior, no me atrevía a darle forma a la cosa.
   Si a V. E. le pareciera bien en principio, yo haría un viaje, y le expondría el plan y los motivos y medios...»
   El 11 recibía Don Manuel la contestación del Arzobispo de Tarragona formulada con estas desconsoladoras palabras: «Su asunto, en la parte que he comprendido, está en el terreno de los imposibles. Orar y esperar. No sabe decir más el pobre Arzobispo de Tarragona».
   Sin desanimarse Don Manuel por esta respuesta, que calificó de «evasiva», se presentó el día 15 en Tarragona y habló y convenció al señor Vilamitjana y alcanzó su aprobación y bendición, acompañada del consejo de que no comenzase la obra hasta contar con seis o siete colaboradores. Dedicóse a buscarlos Don Manuel, y en lo restante de aquel mes invitó a cuatro sacerdotes amigos, entre éstos, el 29, a don Francisco Osuna y a don Francisco Ballester. El 10 de abril escribía a su primo el P. Marro, S. J.: «Mi ambición no está satisfecha, querido primo. Hemos hecho muy poco, y la mies es muy grande. Mi caliente cabeza está barruntando un proyecto vastísimo y de grandísimos resultados, y por otra parte, es muy sencillo y hacedero, si Dios quiere bendecirlo. Es para el fomento de vocaciones eclesiásticas y apostólicas, fomento de piedad en los jóvenes y extensión de la devoción al Corazón de Jesús. Lo he consultado a dos personas, una de ellas el P. Vigordán, y éste me dice que no debe abandonarse, que es una obra necesaria en estos tiempos. Nada me hace temer tanto como el que me hago viejo y no tengo las fuerzas físicas tan robustas como convendría. Lo demás no parece arredrarme. Así, pues, muy encarecidamente le pido que ore y haga orar, si tiene ocasión, por la realización de esta idea de gloria del Corazón de Jesús y del bien de las almas. Que me haga Jesús un apóstol de su Corazón y podamos proporcionar vocaciones para todos los campos religiosos. Espero, pues, que lo hará. Y basta, mi primo... Hágame santitos a esos jóvenes y envíenos unos cuantos al Colegio de San José; que se los devolveremos ya sacerdotes, pero, mande con ellos muchos millones».
   El 4 de mayo, primer viernes del mes, dio por vez primera noticia del proyecto a su propio Prelado, el ilustrísimo señor Aznar y Pueyo, y el 8 tornó a informarle más ampliamente sobre el mismo, y le presentó las Bases, que iban acompañadas de una carta, de cuyo borrador copiamos las siguientes frases: «Mi venerable Padre y Prelado: Adjunto acompaño un sencillo proyecto que me ha inspirado la necesidad de atender a carísimos intereses, hoy abandonados, y sin cuyo medio no encuentro modo de sostenerlos, ,remediarlos, ni salvarlos. Medio, sin embargo, que, aunque de mucha vocación, no lo veo irrealizable, y ha de ser obra de muchos consuelos. Como no se trata más que de un ensayo, no le daré publicidad. De aquí que no lo he dicho todavía a mis compañeros de Colegio. Sólo lo he comunicado a dos personas. Una de ésas es el P. Vigordán, que no sólo lo ha aprobado, sino que lo ha llamado una obra necesaria para estos tiempos, y se ha ofrecido a recomendarlo a V. B.»
   El proyecto que Don Manuel presentó al P. Vigordán y al ilustrísimo señor Aznar y Pueyo, titulado «Fomento de vocaciones eclesiásticas», comprendía los siguientes puntos: «Primero. Exposición: Entre las necesidades de la diócesis, una muy especial es la de atender a la formación de la juventud varonil, siempre más descuidada que la femenil. Las Congregaciones de San Luis, insuficientes para lograr tal fin, por falta de un impulso permanente. Segundo: Verdad, llorada por todos los Prelados, la de la escasez de vocaciones sacerdotales. Los esfuerzos de los reverendísimos señores Obispos no logran los apetecidos resultados, por no haber quien promueva las, vocaciones y se cuide de allegar medios para sostenerlas. Tercero: La devoción al Corazón de Jesús está en decadencia por no haber unión entre los propagadores de ella. Necesidad de sacerdotes, libres de otro cargo, que se dediquen a esta empresa.
   Por tanto, se proyecta y ensaya una «Hermandad de Sacerdotes . Operarios Diocesanos», que teniendo por distintivo el amor al Corazón de Jesús y la propaganda de su culto, se consagre con preferencia al fomento de la piedad en los jóvenes, por medio de Congregaciones y Gimnasios, y particularmente al sostenimiento de vocaciones eclesiásticas, con arreglo a las siguientes:
   Bases para una Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos, Reparadores del Sagrado Corazón de Jesús: 1.ª Unidad y permanencia por el voto de obediencia. 2.ª Espíritu y práctica de desprendimiento, por la vida en común, sin voto de pobreza. Lo que se obtenga por el ministerio y con ocasión de él será de la Hermandad y para los objetos de ella. 3.ª La residencia habitual será la Casa central o los Colegios de Vocaciones.

   Objetos preferentes: 1.º Culto del Sagrado Corazón por el Apostolado de la Oración, Pía Unión, u otro que se adopte, con una práctica, además, que sea como el distintivo de la Hermandad, que podrá ser, v. g., la «Vela o Corte continua de reparación»... 2.º Predicación asidua y propaganda de estas prácticas como lazo de unión y medio de introducirse en los pueblos y lograr con eficacia la realización de los dos fines preferentes de la Hermandad. 3.º El aumento de vocaciones eclesiásticas y apostólicas, por todos los medios posibles, y en particular por la creación de Colegios centrales diocesanos, colectas periódicas, suscripciones, etc ...
   Serán Operarios auxiliares los que promuevan y favorezcan dichos fines».
   Y terminaba el documento diciendo: «Si, como es de esperar del celo de V. S. I., se digna bendecir y aprobar este proyecto, se pondrán a V. S. I. en su día las Reglas por que debería regirse la Hermandad, si ésta, con la gracia de Dios, lograra el desarrollo conveniente y el número de individuos necesario.-M. D. y S.»
   El 17 de mayo aprobó verbalmente el Prelado la proyectada fundación, y encargó a Don Manuel que sometiera el plan de la misma a la revisión y consulta del P. Vigordán.
   Aprestóse Don Manuel a la propaganda y desarrollo de su empresa, y a darle, aunque veladamente, estado público desde la prensa. El 19 de junio escribía al. P. Marro: «Creo le indicaba en mi anterior un proyecto de gloria de Dios. Tengo la bendición del Prelado; y así, pida al Corazón de Jesús un feliz resultado. Fíjese usted cuando reciba el número próximo de la revista de San Luis de este mes de junio, en la «Recomendación», donde está embozadamente manifestado el plan para el bien de la juventud y fomento de vocaciones».
   Efectivamente: en «El Congregante de San Luis» de aquel mes y año, en la sección «Recomendación particular para este mes», y con los subtítulos: «Una obra de celo en bien de la juventud» y «Los objetos de la mayor gloria de Dios», publicó Don Manuel el siguiente artículo:
   «Es un hecho que la juventud varonil ha estado generalmente -menos atendida por parte del celo sacerdotal. La índole de la misma, no tan dispuesta para la piedad como la juventud femenil, ha sido tal vez el motivo de que se haya dedicado con preferencia a ésta, como campo menos trabajoso. Aun las Congregaciones de jóvenes de San Luis han ido desapareciendo por falta de cuidado, ,de uniformidad y de un lazo entre ellas que las hermanara. La revista de San Luis quiso suplir en parte esta falta de unión que se dejaba sentir. Esta, sin embargo, no es bastante para dar vigor y sostener las Congregaciones de jóvenes. El cambio de un director y otras mil circunstancias imprevistas, son a veces suficientes para paralizar la marcha de una Congregación. Necesitan, pues, las Congregaciones, de otro medio permanente de sostenerlas.

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   Es, además, una lamentable verdad, deplorada por todos los Prelados, y aun por las órdenes religiosas, la escasez cada día Mayor de vocaciones eclesiásticas. Muchas diócesis han acudido a remediar este mal, pero la mayor parte sin resultado, o al menos, no con todo el que la necesidad exige. Y esto es debido principalmente, al parecer, a que esta obra del fomento de vocaciones ha sido promovida por la sola iniciativa oficial de los Prelados, sin otros recursos que los que están a su mano, y sin tener quien se dedique a promover estas vocaciones y cuide de escogitar y allegar los medios para su sostenimiento. Y si la multitud de vocaciones eclesiásticas y religiosas de otros tiempos no serían hoy quizás bastantes ya para llenar el vacío de necesidades siempre crecientes y el vasto campo abierto en tantos países por los Institutos religiosos, merced a la facilidad de comunicaciones, ¿Qué será ahora que estas vocaciones apenas pueden llenar las más precisas obligaciones diocesanas? Con más razón que nunca parece decirnos el Corazón de Jesús: Messis quidem multa, operarii autem pauci...

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   Finalmente, la devoción al Corazón de Jesús, y la reparación a su amor Sacramentado, prenda de tantas gracias para España, no ha tenido en ésta el desarrollo que era de esperar, y va rezagada en comparación de otras naciones de menos fe, a pesar de los esfuerzos de muchos celosos sacerdotes, y en particular de los distinguidos Padres de la Compañía de Jesús. Formadas diversas asociaciones y prácticas, según el espíritu de cada uno de los que las han promovido; abandonadas también a sí mismas, han ido decayendo por faltarles un lazo de unión y quien mantuviese- el fuego de la devoción a estas prácticas.

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   Ahora bien: para subvenir y atender a estas necesidades y objetos de la, mayor gloria de Dios, ¿no sería conveniente en las diócesis una obra sacerdotal, que, libre de otras atenciones, se dedicara a su fomento y a su remedio? ¿No sería de eficaz resultado una pequeña hueste de Operarios libres, que, teniendo por base él amor a Jesús Sacramentado, se dedicara al cultivo de la piedad en la juventud varonil y al desarrollo de las Congregaciones por medio de su predicación y de su celo? El Señor, que pone el remedio al lado de las necesidades de cada época, no dejará de venir en auxilio de ésta. Sólo falta que nosotros lo sepamos pedir. En este mes, pues, dedicado al Corazón de Jesús, nos sentimos inclinados a recomendar eficazmente a nuestros congregantes una súplica especial para que nuestro angelical Patrono San Luis, cuya fiesta vamos a celebrar, y nuestra Madre Inmaculada, obtengan de aquel divino Corazón la inspiración y la realización de una Obra apostólica, que sea como el Ángel tutelar de las Congregaciones y la cooperadora dé los trabajos de sus Directores».
   En una de sus cartas de aquel tiempo, aludiendo al proyecto de Hermandad, tal como nos lo deja expuesto él mismo, dice Don Manuel: «Esto hace, años lo sentía, pero no sabía darle forma. Ahora me parece adivinar los remedios, que creo serán eficaces con el tiempo, pues es obra del porvenir más que del presente. Tengo la aprobación del Obispo de aquí y la bendición del de Tarragona».
   La necesidad crea el órgano. Naturalmente ambicioso en sus empresas de celo, pretendía Don Manuel abrazarlas todas y en grande escala. Veía, por otra parte, que no alcanzaba por sí solo a, cultivar todos los campos en que, iba ensayando su celo, y le costaba mucho renunciar a ninguno de ellos. A impulsos del vehemente afán de no dejar ninguno desatendido, surgió en su espíritu la idea de la Hermandad, ya aún en este primer diseño de la futura constitución de la misma, tan clara, tan precisa, tan definida y completa. Más adelante, no tendrá que añadir ni quitar nada a su plan primitivo, el de su primera inspiración; habrá de limitarse puramente a contornearlo, darle forma canónica y ampliar la exposición de su primer pensamiento. Vemos ya: perfectamente declarados los objetos y fines que la Hermandad había de realizar, y el carácter que debía tener, todo en consonancia con la índole ,de los problemas que preocupaban a su fundador.
   Amigo Don Manuel, y en comunicación familiar y constante con religiosos de diversas órdenes, conocedor de los funestos ,resultados que en España había producido la supresión de las mismas, y sabiendo por informaciones directas la penuria de novicios que todas padecían, piensa en remediarla, fomentando las vocaciones religiosas y apostólicas, tanto de mujeres como de hombres. Fundador y Director de la Archicofradía del Corazón de Jesús en Tortosa, y arraigadísima en. él la devoción al Corazón divino, especialmente al Corazón Eucarístico de Jesús, y de manera todavía más particular bajo el aspecto de espíritu de reparación por el desamor y los ultrajes, que en el Sacramento del Altar recibe, eligió, como uno de los blancos de la Hermandad, el de propagar la devoción al Sagrado Corazón, y señaló a su obra funciones y carácter de reparadora. Enamorado de la juventud secular, en trato íntimo con ella en la Cátedra y en la Congregación de San Luis, quiso perpetuar y ensanchar por medio de la Hermandad los límites de este apostolado tan caro a su corazón. Y como principal ideal de sus ansias y preocupaciones de sacerdote, el reclutamiento, sostenimiento y santificación de la juventud levítica con la fundación de Colegios semejantes al de San José de Tortosa, de ,los cuales había de salir la legión de celosos párrocos, de abnegados misioneros, de perfectos religiosos, de santos directores de las almas devotas y de entusiastas apóstoles de la juventud varonil, con que soñaba su insaciable y santísima ambición.
   Algún tiempo después, en carta a don Esteban Ginés, discurría Don Manuel de esta forma sobre la idea que él se había forjado de lo que debía ser la Hermandad: «¿Quién le ha dicho que no nos consagramos y nos damos de lleno a la Obra? Completamente. Y es mi único objeto y anhelo, y ha de ser el de los que Dios llame. Si atiendo a otras cosas accidentalmente, es porque me veo precisado a no poder moverme de ahí, e indirectamente redundan en bien de la Obra. No se tomarán [alumnos] sino en reducidísimo número, para poder formar el molde según el ideal que perseguimos y que irá perfeccionándose con las prácticas que la experiencia nos va mostrando... Pero, eso sí, sin abandonar la idea primordial del mayor número posible. Gloria de Dios sería el formar una sección reducidísima de sacerdotes superiores y distinguidos, pues que éstos no pueden ser muchos; mas la nuestra es formar muchos y buenos, formándolos en la piedad y celo hasta inundar las parroquias y los Institutos religiosos, buscando los medios materiales que sólo una institución puede obtener. Del objeto de la nuestra no hay hasta hoy, que yo sepa, otra en el mundo... Nos convertiremos en ayudas y servi servorum de los valerosos y de los héroes de abnegación, y les buscaremos plantas, para sus jardines, que ellos cultivarán y nos los convertirán en apóstoles, y de cuyos resultados tendremos parte; y sacaremos vástagos para darlos a las parroquias, y percibiremos parte de su jornal diario, sin otra pena ni cansancio: y esto, sin necesidad de ser sabios, ni predicadores, sino sólo con humildad y mansedumbre y oraciones, buen carácter, longanimidad. Y si a esta modestísima obra podemos añadir con nuestros. esfuerzos otra que no podríamos realizar con esfuerzos individuales, nos dedicaremos a plantar Congregaciones de jóvenes, que cultivaremos con el riego de nuestras visitas y ejercicios espirituales, si fuésemos apóstoles resueltos, que sí lo seremos, y amaremos los intereses de Jesús, y propagaremos el amor a su Corazón Sacramentado. Y de este modo, sin haber merecido la aureola de apóstoles y misioneros (puesto que no tenemos vocación para tanto), si a la hora de la muerte le ofrecemos a Jesús muchas vocaciones fomentadas directamente, y muchísimas más indirectamente, y le dejamos establecidas con nuestros esfuerzos unas cuantas Velas Nocturnas, a las que tal vez no sabríamos dar consistencia con nuestros esfuerzos personales aislados, y que continuarán después de nosotros con los cuidados de los otros, ¡oh! este sencillo apostolado ya nos consolará en la hora de la muerte.
   Y para ello no se necesitará mucho personal: con cinco amigos en cada diócesis libres, pero unidos en una obediencia común, bastará.
   Si se tratara de una Obra grande, de esas que la Providencia levanta en algún siglo, otros debieran ser los instrumentos: pero, ahora, basta celo, amabilidad, alegría santa y amor a Jesús Sacramentado, y nada más. Y con abundancia de satisfacciones en medio del trabajo; sin pobreza, pero con ataduras de dirección y obediencia comunes» ...
   El título de «Hermandad» se lo sugirió su propio y nativo espíritu, propenso, como el mismo Don Manuel confiesa, a trabajar ,asociado con otros sacerdotes para empresas comunes de celo; el de «Operarios» lo recogió de los labios del mismo Jesucristo, que dio a sus Apóstoles ese nombre, al pronunciar aquellas palabras del Evangelio, que tanta mella hicieron siempre en Don Manuel: Messis quidem multa; operarii autem pauci; «Diocesanos», porque habían de promover en cada diócesis, a las inmediatas órdenes de los Pastores de ellas, y conforme a las peculiares necesidades de cada una, cuantas empresas de gloria de Dios les fueran encomendadas80.
   Lo que de momento le urgía a Don Manuel era buscar y encontrar colaboradores. No le resultó empresa fácil. A muchos de los que fue visitando, hallólos reacios, y se desentendían de su llamamiento; algunos, precisamente los que más ligados habían ,estado a él en mancomunidad de intereses y trabajos apostólicos, hasta se le mostraron hostiles. Comenzaba a recorrer la vía dolorosa de todos los fundadores. Tres sacerdotes tan sólo, don José García, don Francisco Osuna y don Francisco Ballester, y el subdiácono don Elías Ferreres, respondieron a su voz, y con ellos se reunió, del 16 al 19 de julio de 1883, en el Desierto de Carmelitas Descalzos de las Palmas, junto a Benicasim, para «redactar las Bases permanentes y Reglas provisionales de la Hermandad», lo que efectuaron con «unánime y feliz acuerdo». Resolvieron que los «objetos constantes» de la misma serían el fomento de la piedad en los jóvenes por medio del establecimiento de las Congregaciones de San Luis; el desarrollo y sostenimiento de las vocaciones eclesiásticas y apostólicas; y la extensión del culto de amor y reparación al Corazón de Jesús, principalmente en el Sacramento de su Amor. Tales objetos serían invariables. Como posibles y secundarios, señalaron- la promoción de alguna obra particular, v. g., la creación de alguna iglesia, convento, etc., el fomento de Círculos de obreros, dar Ejercicios a religiosas y asociaciones de mujeres, debiendo «tener muy presente los Superiores, al patrocinar semejantes obras, que no distraigan demasiado a los individuos de los objetos preferentes, ni de su espíritu principal de reparadores de Jesús».
   La Hermandad aspiraba a ser una «reunión de sacerdotes seculares, unidos por el vínculo de una dirección común para promover la gloria de Dios en los más caros intereses». El sostenimiento de los reparadores -así llamaban simpliciter a los Operarios- correría a cargo de la Hermandad. «Podrá permitirse -decían- la estancia más o menos ilimitada en sus casas particulares, siempre que estén libres y dispuestos para los actos que la Hermandad les designe». Escogieron para titulares de la misma al Corazón de Jesús, la Inmaculada y San José; por Santos Protectores, a San Luis Gonzaga, San Francisco de Asís y los Santos Ángeles, y por Abogado, al Santo Ángel de España. La práctica especial, y característica de reparación a Jesús Sacramentado consistiría en una hora de vela nocturna los jueves, de doce a una. Se recomendaba a los reparadores que en sus lecturas y meditaciones río olvidasen la preferencia que debían dar «a los afectos y penas del Corazón de Jesús, cuyos sentimientos debían irse apropiando». Tales fueron, extractados por nosotros, los acuerdos tomados en aquella primera reunión de Operarios; acuerdos, que fueron comunicados por, Don Manuel el 20 de enero de 1884 al ilustrísimo, señor Aznar y Pueyo, solicitando de él al mismo tiempo la aprobación oficial de la Hermandad, «a fin de dedicarnos luego -decía Don Manuel- a esta Obra con todo el celo que el Corazón de Jesús nos sugiera. Y esperamos con mayor motivo obtener esta gracia, por cuanto no deseamos otra cosa en esta Obra sino servir exclusivamente a los objetos de la máxima gloria de Dios...» El día 21, visitó Don Manuel, por encargo del Prelado, al P. Vigordán para presentarle las «Bases y Reglas» con el fin de que las revisara de nuevo. El 22 escribía a una de sus hijas espirituales: «Ruega por la Obra que otras veces te he encargado, para que pueda ser apóstol del Corazón de Jesús, e ir por toda España; el Centro, Tortosa». El 29 volvió a presentar las Bases al Prelado, el cual aprobó oficialmente la Hermandad el 4 de febrero, fecha del 2, fiesta de la Purificación de la Santísima Virgen.
   «Hace mes y medio -escribía Don Manuel por aquellos tiempos- que, si había de vivir de este modo, no lo podría aguantar; y si Dios no me bendice pronto una obra sacerdotal que proyecto, habré de dejar la mitad de lo que tengo entre manos».

CAPÍTULO XX



Fundación de la Hermandad (Conclusión)

(1884-1886)



   Uno de los sujetos en quien Don Manuel había puesto la mira para atraerlo a la Hermandad -y esta vez no le engañó el corazón- era el seminarista de Ciudad Real, don Andrés Serrano y García-Vao, del que dejamos hecha mención al tratar de «El Congregante de San Luis». Por haber llegado a ser uno de los más distinguidos Operarios, queremos detenernos un poco en declarar la génesis de su vocación. Hallábase Don Manuel en comunicación con él desde octubre de 1883, fecha de la publicación en «El Congregante» del primer trabajo que espontáneamente envió don Andrés para la revista. La correspondencia epistolar, que se entabló desde entonces entre Don Manuel y el piadoso seminarista y congregante manchego, fue haciéndose cada día más frecuente y más íntima, así como más regular y más selecta cada vez la colaboración literaria del imberbe escritor en la revista.
   El 19 de febrero de 1884 decíale Don Manuel: «Apreciabilísimo señor mío: Estamos ultimando la realización del pensamiento de la Obra recomendada para el bien de la juventud. Como muestra de mi afecto y confianza, le remitiré pronto las «Bases» de esta Obra, para la cual tengo ya la bendición de mi Prelado. ¡Quién sabe si un día podremos vernos por estas tierras, o si Dios destina a usted para futuro fundador de esta Obra en su diócesis y en otras!...»
   Contestóle don Andrés el 26 de febrero, hablando en su carta, la de más antigua fecha que se conserva de las incontables suyas a Don Manuel, de sus trabajos y aficiones literarias. «Pláceme en extremo -le dice- ver el celo con que trabajan ustedes por el bien de la juventud, y me consideraré dichoso, si en algo puede ayudarles mi inutilidad». Una composición, que enviaba para «El Congregante», remitióla Don Manuel
con la carta de don Andrés, al P. Xercavíns, y el Padre escribió en ella estas palabras: «Lo de Serrano no necesita corrección ni adiciones. O yo no entiendo nada, o ese joven promete mucho». La esquela del Padre que contenía juicio tan laudatorio se la envió Don Manuel al aludido, añadiendo por su cuenta esta coletilla: «Le mando a usted que la guarde para vergüenza y confusión, hasta que yo se la pida». De esta suerte se ingeniaba Don Manuel para cazar almas buenas para su santa empresa. Pero, con todo, los resultados eran muy escasos. El 27 de abril decía al P. Marro: «Sigo sin novedad, mi querido primo; si bien con las mismas tareas, pues mis pecados impiden que Jesús me acabe de enviar los Operarios que necesito. Tenía ya los suficientes, y tres se han vuelto atrás. Así, pues, inste mucho al Corazón de Jesús para que no me haga sufrir: pues no me gustan estos sufrimientos».
   Por lo que toca a don Andrés, habiéndole preguntado Don Manuel qué año estudiaba, contestóle el 2 de mayo declarando que cursaba tercero de Filosofía, que tenía 17 años y que vivía en compañía de un tío suyo, Beneficiado de la Catedral de Ciudad Real y profesor del Seminario. A Don Manuel, con esta respuesta, cayéronsele los palos del sombrajo.
   El 27 de junio escribió a don Andrés Serrano la siguiente interesantísima carta, reveladora de su estado de espíritu:
   «Muy señor mío y amigo: Por fin voy a pagar mis atrasos. Recibidas sus gratas y gracias mil por sus trabajitos.
   Indiqué a usted en una de las mías que le daría a conocer un proyecto. Pero, hijo mío, su última de usted me ha desilusionado y hecho perder las ganas de decírselo. Tiene usted un pecado, que aunque sé que ha de irse corrigiendo cada día y de prisa, no tanto como yo deseara. Es el pecado de ser tan joven. Pero... ¿ha mirado bien su partida de bautismo? No obstante, como prueba de mi afecto y gratitud, no quiero ocultárselo a usted, siquiera para que lo encomiende al Corazón de Jesús. Si llegara a cuajar la cosa, que es un problema de difícil planteamiento, por la falta de personal en un principio, pero de infalibles resultados (y de abundante personal después), ¿no querría usted venir a pasar un año de su carrera en alguno de nuestros Centros diocesanos, al menos para conocerle y tratarle y trazar proyectos de la gloria de Dios? Tenía el asunto bastante adelantado, pues contaba con cinco compañeros más, y no quedamos más que tres. No desisto, sin embargó, y creo que Dios lo bendecirá, y que esta obra ha de venir; si bien, es fácil que el Señor quiera valerse de otros instrumentos mejores que nosotros. La he puesto en conocimiento del Rector del Colegio Máximo de la Compañía de esta Provincia y me ha dicho que es voluntad de Dios. Tengo la aprobación de mi Prelado.
   No todos los jóvenes de cartera eclesiástica tienen vocación para ser religiosos. Pero muchos habrá que querrán ser apóstoles ,en una vida sacerdotal y libre.
   Es obra, además, de muchos consuelos.
   El Señor me ha hecho gustar, y en abundancia, de todos los consuelos y sinsabores de los varios campos del ministerio sacerdotal: cura de almas, enseñanza, monjitas (de las cuales estoy cargado todavía con 50), asociaciones de mujeres, etc., etc., y, últimamente, fomentador de vocaciones eclesiásticas; y de todo, esto último es lo que forma y formará mi gozo y mi corona. Iniciamos aquí un centro de vocaciones, y hemos logrado levantar de planta un edificio que alberga 250 jóvenes, y vamos a habilitar otro local que teníamos, primitivo, y habrá 100 en éste, y 200 en el nuevo; todos con muy pequeñas cuotas para su manutención. Además, las Congregaciones de jóvenes en los pueblos van desanimadas, porque no hay una mano que vaya a regarlas de vez en cuando. ¿Cómo no interesarse por esta obra de tanta gloria para Dios?
   He aquí, pues, el proyecto, mi estimado en Jesús. Si es de Dios, no dudo en sus resultados. Es para Mi tan fácil y tan evidente, que no necesita más que una bendición ordinaria de Jesús. Así, pues, repito, encomiéndelo a Jesús... Si no ha de serle molesto, estimaría me devolviera el borrador del proyecto... ¿No podríamos un día volar hacia esas tierras? Aunque los Operarios deberían estar dispuestos a ir temporalmente a la diócesis que convenga, lo regular es, para las conveniencias de la Obra, que la mayor parte de los Operarios sean de la misma diócesis».
   En septiembre de 1884, sufrió Don Manuel una grandísima contrariedad. Para iniciar la Hermandad no contaba más que con los solos cuatro Operarios que en julio del 83 se reunieron con él en el Desierto de las Palmas; y para establecerla con mayor solidez había juzgado conveniente ensanchar el círculo de su influencia y principiado a trabajar en la fundación del Colegio de Valencia, cuando uno de los que habían de ir a ella, don Elías, que ordenado de Sacerdote había cantado su primera misa el 21 de Septiembre, recibió orden del Prelado de Tortosa de ir a desempeñar la coadjutoría de Ares. Don Manuel sintió el golpe en lo vivo. El 21 de aquel mes escribió al excelentísimo señor Aznar y Pueyo, la siguiente apremiante carta: «Muy venerable Prelado: Dispénseme que me dirija a V. E. por escrito, pues es sólo para poder expresar mejor mis conceptos. Los sufrimientos a que nos sujeta la actitud de V. E., impidiendo la libre instalación de la Hermandad de Operarios Diocesanos, son indecibles, tal vez sin comprenderlo V. E.; y así continuaríamos, trampeándolo todo con pena y fatiga, como pudiéramos, conformados con las permisiones divinas, si no fuera que nuestra situación es insostenible. Porque, aparte de cien razones que V. E. no podrá atinar, porque es preciso tocarlo para comprender el tejido de dificultades que han de vencerse en una empresa de esta naturaleza, existen además: la inacción a que nos obliga este estado de cosas, incierto e inseguro, que no sólo nos estantiza, sino que nos agobia en las mismas tareas que nos resolvemos a emprender; la ninguna importancia que adquiere esta obra, no sólo a los ojos de los demás, que tanto conviene para su prestigio, sino de los mismos que son llamados a este ministerio de completo sacrificio, por el poco interés que les inspirará, desposeídos del único aliciente que podría sostenerles, que es la seguridad; el espantoso déficit que nos amenaza para este año en el Colegio de Tortosa, por la sola manutención, según las previsiones del Administrador, y que no nos será dado sostener como hasta ahora con, nuestra responsabilidad personal; la necesidad ineludible en que estamos de realizar en Valencia el empréstito de catorce o quince mil duros, la mayor parte del cual empréstito y de sus intereses tendrán que depender también de responsabilidad personal, responsabilidad que ni en conciencia podríamos arrostrar sin estar ,basada en una entidad que no haya de morir: pues nunca hubiéramos soñado la Obra sin la perspectiva y seguridad de la Hermandad; la necesidad de atraer Operarios de otras diócesis, que se hubieran asociado ya indudablemente, a haberles podido presentar la Obra como establecida ya; la mayor necesidad todavía de obtener la aprobación y beneplácito de las diócesis donde podamos establecernos, no sólo para que los antedichos Operarios puedan alcanzar el consentimiento de sus Superiores, sino también para que nuestra Obra tenga una existencia canónica en las mismas diócesis; la conveniencia y necesidad de atender pronto a alguna otra diócesis, v. g., la de Zaragoza, a donde es posible nos invite pronto la Providencia; la urgencia del remedio, y en grande escala, del mal que se trata de remediar, no sólo con el objeto principal de la Obra, sino también con los otros secundarios; el peligro de que pueda desaparecer el proyecto y los trabajos empezados, si faltamos algunos de nosotros, o sobreviniera alguna calamidad pública sin habernos sujetado y solidado con el lazo de verdadera Institución; la paralización en que tenemos el proyecto de fabricación de la Casa Central en ésta, debido exclusivamente a este estado incierto; las deudas personales que por varios conceptos relativos a los objetos proyectados y a sus preliminares nos agobiarán bien pronto; la fatal marcha que empiezan a seguir, y que ha de aumentarse tanto en la moral como en lo material, el Colegio de Tortosa y el de Valencia por falta de personal para su verdadera organización, etc., etc...
   Todas estas razones y otras que, repito, se sienten y palpan, nos obligan a exponer nuestra situación a V. E. y pedirle que nos consiéntala libre e independiente instalación de la Hermandad, antes de terminar este curso, y con las bases siguientes:
   1.ª La libre admisión de los cinco actuales: Osuna, Ballester, Elías Ferreres y yo y mosén José García (si bien éste tal vez no sea indispensable salga de la ciudad), y a más, otros dos de la diócesis que se ofrecen a venir, y que en junto no excede el número que aceptó V. E.
   2.ª La admisión libre para esta Obra, de los sacerdotes de otras diócesis que puedan venir con la autorización competente.
   3.ª El reconocimiento de los jóvenes (que no por esto serán muchos) que estén consagrados a nuestra Obra un año al menos antes de ordenarse in sacris.
   Todo bajo la inspección de V. E., como está consignado en las Bases y Reglas propuestas y aprobadas por V. E.; Bases y condiciones que serán las que expondremos a los Prelados de las diócesis que quieran admitir nuestra Obra, pues no hemos pensado acudir -por conducto de V. E. y de otros Prelados, que se hubieran ofrecido a una recomendación- a una aprobación de Roma, no sólo porque de todos modos convendría antes la experiencia práctica de las Reglas de nuestra Asociación, sino porque creemos, y hasta tenemos la más íntima convicción, que nos bastará para el desarrollo el consentimiento de los Prelados, que la recibirán con gusto y la protegerán. Ya ve, pues, V. E., que no le exigimos más que lo más indispensable.
   Si consideraciones de otra índole de las que hasta ahora nos ha indicado V. E., le impidieran acceder a nuestra petición, tal vez en este caso nos resolveríamos, si la Obra es de Dios, como se nos ha asegurado, por aquellos a los cuales sujetamos la resolución, a suplicar otra vez a V. E. que nos dejara libres para irnos a otra diócesis, que acaso quisiera admitirnos, para instalar allí desahogadamente nuestra Hermandad, sin perjuicio de poder venir aquí a ejercer el ministerio en los objetos de la misma. Si ninguna de estas cosas nos fuere factible, no me consideraría con ánimo de continuar por de pronto el Colegio de aquí, y al fin de curso tendría que declinar el cargo, y en este caso no tendré inconveniente en traspasar la propiedad del edificio actual en las personas que V. E. designara, arrostrando las deudas de la Casa, y como puede V. E. pensar lo haría, como se lo he indicado en alguna ocasión, con la convicción triste y amarga de que el fomento de vocaciones eclesiásticas no se sabría ni podría continuar, ni hoy ya, y mucho menos cuando venga un cambio de circunstancias menos favorables.
   Así, esperamos que V. E. nos dará el anhelado permiso y la libertad necesaria para esta Obra, al parecer de resultados prontos e infalibles para la máxima gloria de Dios».
   Cuenta una religiosa clarisa, refiriéndose a estas contradicciones de Don Manuel, que un día le dijo éste, viéndose del todo apurado, que se hallaba determinado a salir de Tortosa. «Los que me habían de ayudar -le decía- son los que más me desalientan». Añade la religiosa que fue Don Manuel el 15 de octubre de aquel año a contar sus tribulaciones al Arzobispo de Tarragona, su protector y amigo, y que éste «le consoló como cariñoso padre y hasta le acarició, porque todo lo necesitaba. Después de este sacrificio, que exigía de él, le manifestó el Señor claramente que El solo hasta».
   El 26 de noviembre escribía Don Manuel a don Andrés Serrano: «Estoy pasando una terrible tribulación de mi propio Prelado. Aprobadas por él las Bases, y admitidos los seis sacerdotes que se ofrecieron a iniciar la Obra en forma, ahora me aplaza el con sentimiento del permiso para los mismos, porque está agobiado, dice, de falta de personal, y quiere que aguarde un poco. Yo no quiero aguardar, y estoy meditando el modo de romper este impedimento». El 13 de marzo de 1885, el P. Vigordán, que intervenía en favor de Don Manuel, escribía a éste a Valencia, donde se hallaba pasando hondas amarguras con la fundación de aquel Colegio: .«Amigo mío: Ayer recibí su muy grata del 11 ... Veo que mi carta de nada valió. Paciencia. Ya me temía yo ... Todo sea por Dios. Y por El solo podía usted soportar las contradicciones, los apuros y malos ratos, que aquí, como ahí y en todas partes, tendrá que soportar, por lo mismo que lleva entre manos una obra de Dios... Anímese, pues, amigo mío. Ármese de mucha paciencia, y ponga en Dios su confianza. Con esto ha de inclinar a Dios para que haga desaparecer todas las dificultades». A su vez Don Manuel escribía por aquel entonces a su amigo don Froilán Beltrán: «Crea que Jesús me impone sacrificios... Pida, amigo mío, a Jesús por nuestra Obra, que es por su fin y resultados de la máxima gloria de Dios, y no nos faltan más que brazos. Sardá insiste en querer hablar de ella pronto, y está entusiasmado. Dígame cositas de vez en cuando, que me alientan entre tanto trabajo y contradicciones sobre todo, de los que más libertad debían darme».
   La tormentosa prueba por que pasaban el Varón de Dios y sus colaboradores, no les hizo desistir de sus santos propósitos, y el 2 de junio de 1885, reunidos todos, excepto don Elías Ferreres, que seguía de coadjutor en Ares, y agregándose a ellos don Vicente Vidal, en el Colegio de Tortosa, hicieron la siguiente «Primera promesa de consagrarse a la Obra», la cual, en gran parte, sirvió en lo sucesivo de fórmula ordinaria para la solemne oblación de los que ingresaban en la Hermandad:
   «¡Dulcísimo Jesús Sacramentado, amable Salvador de mi alma! ¡Cuán bueno sois para conmigo! Postrado a vuestros pies, os reconozco y adoro como a mi Padre y la causa única de mi felicidad. No contento con haber tenido sobre mí fija vuestra mirada desde toda la eternidad, y de haberme criado a vuestra imagen y semejanza, me habéis redimido con vuestra sangre y me disteis el don de la fe, colocándome en el seno de la Santa Iglesia, derramando sobre mí las influencias de vuestra gracia y alimentándome con vuestros sacramentos. Más aún: por un exceso de vuestra bondad, y a pesar de mis rebeldías, me habéis entresacado de entre millares, escogiéndome para ministro vuestro, pregonero de vuestras grandezas, tutor de vuestra Humanidad Santísima, y depositario de las gracias del Espíritu Santo. ¿Qué os daré, Dios mío, en cambio de tantas misericordias? Yo quisiera tener en este momento las vidas y los corazones de todas las criaturas para consagrarlas a vuestro Corazón; pero, ya que esto no me es posible, aceptad el mío con todos sus afectos, y mi alma con todas sus potencias, y mi cuerpo con todos sus sentidos. Y como una prueba de estos mis sentimientos, y deseoso de cooperar a la máxima gloria de Dios y de sus mas caros intereses, hago voto de procurar por todos los medios posibles la instalación y desarrollo de la Hermandad de Operarios diocesanos, reparadores del Sagrado Corazón de Jesús, aun con el sacrificio de mi consagración en ella, si esto fuera indispensable para dicha instalación. Aceptad, Jesús mío, ésta promesa, y hacedme la gracia de recoger los frutos de este mi ofrecimiento, pudiendo ver realizados mis actuales propósitos de la mencionada Obra, y poder trabajar en ella, si así lo tenéis dispuesto en los designios de vuestro adorable Corazón, para mayor gloria vuestra y bien de mi alma. -Jesús, María y José, os doy el corazón y el alma mía, y os pongo por fiadores de éstas mis resoluciones. -Tortosa, 2 de junio de 1885. -Manuel Domingo y Sol. -José García y Serrano, Pbro. -Francisco Osuna, presbítero. -Vicente Vidal Mompó, Pbro. -Francisco Ballester, presbítero. -Adherido a este voto, lo ofrezco en Ares a 7 de junio de 1885, Elías Ferreres, Pbro.»
   Obtenida, por fin, en el mes de octubre la deseada libertad de don Elías, acordaron el 4 de diciembre los miembros de la nueva Institución reunirse en los últimos días del mes en el Desierto de las Palmas para emitir sus votos y constituirse canónicamente. Desparramados andaban los futuros Operarios por los alrededores de Castellón, predicando durante las vacaciones de Navidad por los pueblos de la comarca la cruzada del «santo billete», de que ya hablamos en otro lugar, y el 29 juntáronse en Castellón todos ellos para trasladarse al místico Desierto Carmelitano, de las Palmas, como el que cantara San Jerónimo, «floribus Christi vernans», embellecido por las flores de austeros y santos religiosos, a buscar y gustar del recogimiento y la oración para llenarse del espíritu de Dios, al inaugurar un nuevo género de apostolado en la Iglesia.
   El mismo día 29, ya en el Desierto, lo dedicaron al retiro espiritual. El 30 por la mañana celebraron la primera de las sesiones deliberativas en una de las habitaciones particulares del convento. Resolvieron en ella «reformar, cuando se establecieran reglas definitivas, el preámbulo de los objetos de la Hermandad», «de modo -decían- que aparezca como objeto principalísimo de la Obra, sobre todos los demás, el fomento de las vocaciones eclesiásticas, religiosas y apostólicas». En la reunión vespertina, entre otros acuerdos, tomaron el, de que la revista «El Congregante» y el Gimnasio de San Luis de Tortosa pasaran a ser propiedad y empresa, de la Hermandad. En la sesión de la mañana del 31, después de adoptar algunas resoluciones de índole personal y económica, don José García se ofreció a la Hermandad por tres años, «a condición, de poder cumplir las obligaciones del cargo de Beneficiado de la Catedral, de Tortosa, para el que acababa de ser nombrado, y demás que el Prelado pudiera confiarle; pero con ánimo de abandonar dichos cargos siempre que la Hermandad se lo exigiera y si, por circunstancias, especiales no pudiera abandonarlos se comprometía a quedarse, de auxiliar».
   Don Vicente Vidal ofrecióse a la Hermandad, «supuesta la aprobación de las Bases de la misma por el señor Arzobispo de Valencia, y en cuanto su actual consagración no menoscabase la obediencia que a su Prelado tenía prometida». Todos los demás lo hicieron sin reservas. Convinieron en que el traje de los Operarios dentro de casa sería el balandrán y bonete; fuera de ella, sotana y manteo. Se darían el tratamiento de Don y no el de Mosén, «que se da -decían- a los sacerdotes en algunas diócesis de España».
   Los sacerdotes congregados con Don Manuel en el Desierto de las Palmas y que constituyen el grupo de Operarios Fundadores de la Hermandad, eran, según dejamos ya indicado, don José García y Serrano; don Francisco Osuna; don Vicente Vidal y Mompó, piadosísimo sacerdote de Valencia, relacionado con Don Manuel desde los preliminares de la fundación del Colegio de San José en aquella ciudad; don Francisco Ballester, y don Elías Ferreres.
   El 31 de diciembre celebró Don Manuel la Santa Misa en la ermita de Santa Teresa, a media legua del convento. El entonces estudiante del Colegio de Tortosa, y más adelante celoso Operario don Felipe Tena, que le ayudó en ella, nos dice: «Irradiaba tal fervor Don Manuel, y su rostro estaba tan resplandeciente, que yo no se que sentí, y decía para entre mí: Así desearía yo celebrar la Santa Misa».
   Reunidos los Operarios el 1.º de enero de 1886 en la capilla del oratorio del convento, luego de oída la Misa, que celebró don José García, y de recitado el Veni Creator, hicieron voto trienal de obediencia como miembros de la «Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos Reparadores del Sagrado Corazón de Jesús, para el fomento de vocaciones eclesiásticas». Don José García y don Vicente Vidal emitieron el suyo con las consabidas reservas. La Hermandad quedaba definitiva y formalmente constituida. Terminaron el piadoso y trascendental acto con el canto del Te-Deum y con la recitación de algunas otras preces, y firmaron después el acta todos ellos y los que habían actuado de testigos de aquella memorable ceremonia, a saber: el famoso y santo Obispo de Daulia, ilustrísimo P. Serra, cofundador de las Oblatas del Santísimo Redentor, que vivía allí retirado; el P. Isidoro de la Cruz, Prior del convento; don Andrés Serrano, que hablase ya trasladado de Ciudad-Real al lado y al, servicio de Don Manuel, y los alumnos del Colegio de Tortosa don Felipe Tena y su primo don Gonzalo Tena, ambos de Villafranca del Cid.
   Celebraron a continuación los Operarios la primera Junta general de la Hermandad, en la sala de visitas del convento, y por votación unánime eligieron Director General de la Hermandad a Don Manuel; Socio del General, Prefecto de Moral, Director espiritual y Administrador de la misma, a don José García; y Prefecto de oratoria a don Vicente Vidal. Los cargos eran por cinco años. El Director General designó a continuación los Operarios que debían trabajar en los Colegios de Tortosa y Valencia.
   Permítasenos dejar aquí consignados, como homenaje de veneración y de cariño, algunos datos biográficos de aquellos cinco Operarios que fueron con Don Manuel las primicias de la Hermandad.
   Don José García y Serrano, sobrino del venerable y tantas veces mencionado don Mariano García, había nacido en Corbera, diócesis de Tortosa y provincia de Tarragona, en 1850. Sacerdote desde 1875, fue por algún tiempo Coadjutor de Gandesa, y luego, sucesivamente, Custodio del antiguo convento del Jesús, en el que se hallaba establecida la casa de Misioneros Diocesanos; Coadjutor de la parroquia de la Catedral, y más tarde Beneficiado de ésta, y Vicario del convento de la Purísima: cargo este último, que desempeñó hasta su muerte. Secreta o ordinario de visita del Prelado, en varias ocasiones fue por éste enviado a algunas parroquias para reavivar en ellas el espíritu de piedad. Fue activo organizador y, predicador de misiones en la diócesis, y celoso y constante reclutador, en los pueblos de la misma, de caballeros para que acudiesen a Tortosa a practicar los ejercicios de San Ignacio; confesor asiduo en la cárcel y en el hospital; y sobre todo esto, eximio moralista y consejero predilecto del clero diocesano y de las comunidades de religiosas. Una perenne, alegría, impregnada de cautivadora sencillez, y una exquisita prudencia y don de consejo,, fueron siempre las cualidades más características de aquel ejemplar varón, que hasta su muerte -acaecida el 23 de noviembre de 1900- fue, -y esto constituye su mejor elogio- el brazo derecho y el más eficaz colaborador de Don Manuel.
   Don Francisco Osuna Canelles nació, en 1842 en Onda, diócesis de Tortosa y provincia de Castellón. Después de cumplido el servicio militar, sintióse con vocación al sacerdocio; y luego de haber estudiado el Latín en Onda, cursó la carrera eclesiástica en el Seminario de Segorbe primero, y después en el de Tortosa. Recién ordenado de sacerdote, púsole Don Manuel al frente de los veinte seminaristas que recogió en la casa de la plazuela de San Juan, al iniciar el fomento de las vocaciones eclesiásticas.
   Por su actividad y fortaleza de espíritu, por su carácter enérgico, que se crecía con las dificultades, por su sempiterno y animoso optimismo, sirvió don Francisco Osuna de providencial ayuda a Don Manuel en las azarosas circunstancias porque hubo de pasar en sus comienzos la Hermandad, de la que fue don Francisco Vice-director, después de la muerte de don José García hasta la suya propia.
   El doctor don Vicente Vidal y Mompó nació en Valencia el 4 de febrero de 1856. Cursó la carrera de Derecho en la Universidad, siendo por su aplicación y buenos ejemplos la edificación de sus profesores y de sus compañeros de estudios. Trabajó con santo entusiasmo en la Sección de Caridad de la «Asociación de Católicos» y como miembro de la Junta Directiva de la Congregación de San Luis y socio de la Juventud Católica.
   Licenciado en Derecho en julio de 1876, ingresó como alumno interno en el Seminario para hacer los cursos de Teología, y fue ordenado sacerdote el 10 de marzo de 1881, a título de un Beneficio en la iglesia de Santa Catalina de Valencia. En mayo de 1884 doctoróse en Derecho civil y canónico en la Universidad de Madrid.
   Andaba proyectando opositar a alguna cátedra de Universidad y emplear su rico patrimonio en la fundación de un Colegio para seminaristas pobres, cuando vino a conocer, en 1884, merced a un encuentro providencial con su antiguo condiscípulo don Elías Ferreres, la existencia y el objeto de la Hermandad, y luego de haber tratado a Don Manuel y de haberle comenzado a prestar generosamente su eficacísimo apoyo en la fundación del Colegio de Valencia, consagróse a la Hermandad «por voluntad divina», como él decía, y trasladóse a vivir en el pobre y desmantelado Colegio de Valencia, renunciando a la holgura y comodidades de su espléndido hogar, si bien hasta octubre de 1889 no hizo renuncia de su Beneficio en la parroquia de Santa Catalina.
   Del prestigio y estimación de que gozaba, dan claro testimonio los cargos que se le confiaron de Profesor de Derecho canónico, en el Seminario, Fiscal Castrense y Notario en la causa de Beatificación de la Venerable Inés del Espíritu Santo, y la invitación, por él rehusada, para el de Provisor, con que le honraron dos, reverendísimos Prelados.
   Tomó parte muy activa en el Congreso Católico de Madrid y fomentó con asiduos esfuerzos la «Congregación sacerdotal» de Valencia, de la que fue Presidente, haciendo compatible la no sencilla ni fácil tarea de dirigir el Colegio de San José de Valencia, con su frecuente y estimabilísima colaboración literaria en «El Congregante de San Luis» y con el ejercicio de otras prácticas de celo, como predicación de misiones, triduos, Ejercicios espirituales, visitas a cárceles y hospitales, etc... Pero más todavía que por su actividad y su cultura, admiraba por sus extraordinarias virtudes81. Sin que pretendamos enumerarlas aquí todas, no dejaremos de decir que era extremada y característica en él su filial devoción a la Santísima Virgen, que le impulsó a ir a Zaragoza para celebrar en el templo de Nuestra Señora del Pilar su primera Misa. Recitaba todos los días, a continuación del Oficio divino, el Oficio parvo. En el verano, en su casa solariega de Albaida, reunía a las tres de la tarde a toda la servidumbre para el rezo del santo rosario y la lectura del Flos Sanctorum. Era incansable en predicar y propagar por todos los medios posibles sus tres devociones predilectas: el Sagrado Corazón de Jesús, la Virgen y San José. Pasaba gran parte del día dedicado a la oración y no dejaba pasar ninguno sin visitar el Santísimo Sacramento. Era de genio Vivo, pero a fuerza de vencimientos aparecía siempre amable y suavísimo, sin que jamás se le viese airado. Su habitual modestia y gravedad sacerdotal edificaban a cuantos lo veían. Fue, en una palabra, uno de los sacerdotes más distinguidos y estimados del clero de su época en la archidiócesis de Valencia.
   El piadoso sacerdote don Francisco Ballester, por achaques de salud y por dificultades de índole familiar, sólo permaneció en la Hermandad hasta marzo de 1888.
   Don Elías Ferreres Climent, único actual superviviente del grupo de Operarios fundadores, nació en Cinctorres, de la diócesis de Tortosa, en el Alto Maestrazgo, el 21 de julio de 1860. Después de haber hecho los estudios del Bachillerato en Alcañiz, ingresó en 1877 en el Seminario de Valencia, donde cursó un año de Filosofía y cuatro de Sagrada Teología, y otros dos, como alumno interno, en el de Tortosa. El 24 de agosto de 1882, mientras se hallaba pasando las vacaciones en su pueblo natal, conoció allí a Don Manuel, que había ido a establecer la Vela Nocturna, y de sus cualidades quedó santamente prendado. «Me inspiró -dice- gran confianza por su amabilidad y natural atractivo». De regreso en Tortosa para continuar sus estudios, lo eligió para Director espiritual suyo, y al Seminario iba Don Manuel a confesarle. Celebró su primera Misa el 21 de septiembre de 1884. Como dejamos dicho, ya con anterioridad a su ordenación sacerdotal había dado su nombre a la Hermandad; si bien, por disposición de su Prelado, hubo de ejercer por un año el cargo de Coadjutor de Ares. El temor de lastimar su modestia, uno de los rasgos más característicos de su personalidad, nos impide hablar de él, pues aun vive. Una sola cosa diremos, pues es harto sabida del clero de la diócesis de Tortosa: que en calidad, más que de amigo, de confidente y de padre de los sacerdotes de ella, entre los que es venerado y popularísimo, ha sido y continúa siendo a este respecto el heredero espiritual de Don Manuel.
   Con indelebles caracteres quedó grabada en el corazón. de Don Manuel la fecha de la fausta jornada de la consagración en el Desierto, y de ella hizo mención durante toda su vida innumerables veces en sus cartas. El 1.º de enero de 1889, evocando las impresiones de aquellos días, decía a sus Operarios, en Valencia: «Hace cuatro años que, unidos ya algunos de nosotros en el pensamiento de realizar nuestra Santa Hermandad, ante el peligro de una epidemia que nos amenazaba, ofrecimos a Jesús el compromiso de no abandonar la empresa, aunque alguno desapareciese por efecto de aquella tribulación. Y hace tres años, precisamente estos mismos días, que en el Desierto de las Palmas pudimos inaugurar canónicamente nuestra Obra, y ofrecer con gozo de nuestro corazón, y como tributo de gratitud al Señor, nuestra primera consagración. ¡Sea bendita aquella montaña, señalada por Dios desde la eternidad para realizar en ella nuestro primer sacrificio por su gloria! Montaña, santificada antes por tantas oraciones y penitencias y actos heroicos de humildad y abnegación de tantos religiosos. Montaña, en fin, cuya vista no puede menos de causarnos dulcísimas emociones siempre que pasamos en el ferrocarril por el pie de ella, y al dirigir un saludo de gratitud a la Virgen Reina de aquellos collados. Allí, en aquella agradable soledad, pudimos la mayor parte de los que estamos aquí reunidos entonar un himno de acción de gracias en la mañana del 1.º de enero de 1886. Allí pudimos acordar ya algunas disposiciones relativas al desarrollo y organización de nuestra Obra. Y han pasado tres años: tres años de oraciones, de angustias, de contradicciones, de trabajos y de temores, pero también de consuelos, esperanzas y de resultados gratísimos. Y Jesús nos ha conservado la vida y la salud y nos ha permitido, al terminar el año 88, y principiar el 89, poder realizar está segunda y deseada reunión en esta Casa nueva, que es nuestra casa, la casa de San José. ¡Bendito sea el Señor, que así ha querido obrar en nosotros sus misericordias!...»
   Sentía Don Manuel especial atracción hacia este convento carmelitano, y lo visitaba de tiempo en tiempo para satisfacer su devoción a Santa Teresa, celebrando la santa misa en su ermita. Después de una de estas piadosas excursiones escribía a una hija espiritual: «Del Desierto te diría muchas cosas; que me gustó mucho. Prefiero guardarlo para una esbrafadeta82, pues es largo de contar. Veo que los hombres pueden ser más fervorosos que las mujeres. ¡Qué vida, aquélla! ¡Qué penitencia! Si C. C. lo hubiera vista, se nos queda enganchada allí, en aquellos solemnes y devotos corredores, en aquel noviciado de más de veinte jóvenes con los ojos bajos y que no se sientan mas que en la tierra y apenas hablan. Y algunos ¡de solos quince años!... ¡Pobrecitos! Y ¡aquellas ermitas por la montaña, y aquella soledad de bosques y de pinos!..., etc., etc... En, fin, es una casa devota y regalada. Fortuna, que Dios no me llama allí; si no, allí me quedo...»
   Desde el Desierto, cada Operario marchó a su respectivo destino. Don Manuel, el día 2 lo pasó en Castellón y después se dirigió a Valencia a entender en la organización de aquella Casa.

1.



VIDA Y EMPRESAS

255

Desde allí escribía, algunos días después, a su amigo don Froilán «El 1.º de enero del año. de gracia de 1886, hicimos nuestra consagración a Jesús. Puede usted disponer en todo y para todo de la Hermandad de Operarios Diocesanos y de su primer jefe... sin soldados».
Allí recibió también, para dulce aliento y consuelo suyo, una carta de su fidelísimo, amigo el y señor Sanz y Forés, arzobispo ya de Valladolid, fechada el 1.º de enero y concebida en estos santamente ardorosos términos: «Querido : Piensa usted que no me acuerdo y ya ve que no es verdad. No he escrito para su día, pero en su día escribo. No necesitaba usted recibir mi carta ayer para saber que le deseo un día y un año muy santo y muy feliz. Que le deseo muchísimo amor de Dios y gran celo por su gloria, fuerzas para trabajar y tesoros de gracias del Corazón divino de Jesús. Buen año tenemos, querido. Empieza en día consagrado al amantísimo Corazón de Jesús, y viene enriquecido con un jubileo universal, además del de Santiago. Año Santo. Animo, pues. Viva Jesús. Sursum corda y adelante! Si nacen espinas, se convertirán en rosas. Este es el juicio del año: Año de Jesús, año de misericordia. Reinará Jesús, si no le cerramos el corazón. Todo, menos eso. Abierto de par en par para El y para sus espinas, su cruz y sus amores. Cerrado a todo lo que no es Jesús. Corrió la pluma. Adelante. Ya está escrito y no quito una letra. Viva Jesús. Viva su Corazón. Viva su amor. Prenda usted fuego en muchos corazones y ya verá qué bien se lo paga El. Y ¿sus obras? Y ¿su gente? ¿Adelante todo, todo? -Suyo affmo. amigo, El Arzobispo de Valladolid. -Saludo a todo su rebaño, cerrado y abierto, y a cada oveja en particular bendigo».
   Comunicóle Don Manuel la gloriosa efeméride del Desierto de las Palmas, y el 18 de febrero le contesta el señor Sanz y Forés: «Querido: Han llegado juntas la carta, sin firma, y el complemento. Ante todo, gracias por la dedicatoria. Dios se lo pague, aumente el celo y el fervor, multiplique a los Reparadores, centuplique las vocaciones y envíe los recursos necesarios para la santa Obra. Santa es, y Dios la bendecirá. Me avergüenzan trabajando tanto por la gloria de Dios, y les envidio. Sea Dios bendito por haberla inspirado, y benditos ustedes porque los ha escogido. ¿Quién es el valenciano de tanto fervor?... La venarabilis Sor Mercedes estará muy buena. Dios la bendiga. Ella y usted tendrán corona allá arriba. Yo, pobre de mí, quedaré muy atrás. Sean santos, ya que no lo soy yo, que debiera serlo. Amen por mí al divino Corazón, y pídanle alguna limosnita para este infeliz. Y la demás gente, ¿cómo anda? Me pide carta sabrosa. No sé qué sabor ha de dar el que es insípido. Fuego, fuego es lo que hace falta. Pero estoy en tierra fría, y yo más frío. Dígame de sus cosas, que me placen».
   ¡En la escuela de tales maestros y tales amigos se formó y aprendió a incendiarse en las llamas del amor divino el corazón, ya de suyo fácilmente inflamable, de Don Manuel...

CAPÍTULO XXI



El Colegio de San José de Valencia. -Los de Murcia y Orihuela

(1884-1889)



   El origen de la fundación del Colegio de San José de Valencia, fue el siguiente: En 1883 estuvo en Tortosa acompañando a su amigo el ilustrísimo señor Obispo de Mallorca, don Jacinto Cervera, el doctor don Ignacio Guillén del Soto. Invitado a visitar el Colegio y enterado del carácter y de los fines de la Hermandad, hubo de declarar la gran necesidad que se sentía en Valencia de una obra por el estilo de la de Tortosa, pues eran cerca de mil los estudiantes externos de aquel Seminario que se veían precisados a vivir abandonados a sí propios, en medio de la viciada atmósfera de aquella populosa capital.
   Con el objeto de prestarles ayuda económica, el difundo Cardenal Barrio había arrendado una casa-huerto, donde se albergaban algunos estudiantes pobres; pero no había tenido tiempo para llevar más adelante los proyectos que abrigaba en este sentido. Aseguraba don Ignacio, que tendría entusiasta aceptación por parte de los buenos cualquiera empresa análoga que se intentase en Valencia, y ofrecía desde luego su fervorosa cooperación para realizarla. Por su propia familia y por la de los Rodríguez de Cepeda, con ella emparentada, hallábase relacionado don Ignacio con toda la nobleza valenciana, en la que tenía prestigiosísimo predicamento por sus virtudes sacerdotales.
   Con tales datos y otras noticias, concordes con los mismos, por él recogidas, comenzó a acariciar Don Manuel el pensamiento de establecer uno de sus Colegios en la capital levantina, «en vista de las ventajas -son palabras suyas- que para el bien de la juventud y nombre de la Hermandad podían obtenerse en aquella importante diócesis, tan inmediata, por otra parte, a la de Tortosa». Escribió a algunos de sus amigos de Valencia declarándoles sus propósitos y demandándoles consejo.
   El 4 de julio de 1884, le comunicaba el reverendo don Domingo Enrich que sabía de una casa que podía servir muy bien de base para la proyectada empresa, puesto que la costeaban con sus limosnas algunas personas caritativas, albergando en ella a seminaristas pobres. Previamente recomendado al Arzobispo de Valencia, señor Monescillo, por su gran protector el de Tarragona, señor Vilamitjana, allá se fue don Manuel el 24 con don Francisco Osuna y don Elías Ferreres. Por añadidura, había hecho a este último promesa de favorecerles su antiguo condiscípulo en las aulas del Seminario de Valencia, el joven, virtuoso y linajudo sacerdote valenciano doctor don Vicente Vidal y Mompó, Beneficiado de Santa Catalina. Habíanse casualmente encontrado ambos amigos en Valencia a primeros de aquel año, y al enterarse de la Obra a que don Elías había dado su nombre, don Vicente, que por aquel entonces andaba meditando dónde le querría Dios -según declaró más tarde- pidió entonces y repetidas veces después, por cartas a su amigo, nuevos y más amplios informes de la Hermandad. Entrevistáronse ahora con él el día 25, y se mostró el doctor Vidal tan vivamente interesado en favor de los Operarios, que no sólo les brindó su cooperación para cuanto conviniera y los acompañó constantemente durante aquellos días, sino que dejó traslucir sus deseos y su propósito de consagrarse a la Hermandad, no bien le fuera posible.
   Visitaron el 26 al señor Arzobispo, que, informado, de quiénes eran y qué pretendían por el de Tarragona, los recibió en su mismo despacho particular -deferencia que rarísima vez otorgaba- y los trató con inusitada deferencia. Escuchó con interés las informaciones que le hicieron acerca del objeto que los llevaba a Valencia, y luego de conocidas las, bases del futuro Colegio, otorgóles las más amplias aprobaciones y, bendiciones. Fueron luego a ver al muy ilustre señor don Baltasar Palmero, Rector, del Seminario, que se mostró muy complacido de la idea. El 2& presentaron al señor Arzobispo, según lo acordado con él, la solicitud y los bases escritas Para que firmase su conformidad. Además de la licencia -para fundar, demandaba Don Manuel autorización para recoger limosnas con que ayudar al sostenimiento del Colegio, y hacía constar que los alumnos del mismo estarían sujetos al Seminario solamente en la parte, «escolar y literaria», y que «la moral y religiosa estaría bajo la dirección de los Operarios e inmediata del Prelado, pudiendo éste examinar las cuentas del Colegio siempre que lo creyera conveniente». La presentación de la solicitud despertó recelos en los que hablan, de darle curso, temerosos de que las limosnas de los fieles se desviasen, con la nueva institución, de otra empresa análoga que ellos y, algunos seglares influyentes llevaban entre manos, y en favor de la cual venían estimulando con eficaz encarecimiento la caridad de los sacerdotes de la diócesis. Así, pues, en esta segunda entrevista de Don Manuel con el Prelado, «mostró éste cierto embarazo y expuso ciertas excusas de no poder otorgar protección material, atendidas las muchas necesidades de la archidiócesis; si bien, repitió su aprobación verbal». La escrita, ni entonces ni en lo sucesivo pudieron lograrla ya los Operarios, los cuales, sin arredrarse por ello se pusieron a buscar casa.
   El piso que les había indicado el señor Enrich, en el número 2 de la calle de la Unión, en el cual se albergaban unos pocos estudiantes pobres que recibían la sopa del Seminario, sosteníase a duras penas, y merced únicamente a las limosnas recogidas por la buena ancianita, que los asistía y cuidaba, sin que tuvieran otra dirección que la de ella. Aunque la casa, aun alquilándola toda, no ofrecía condiciones para la conveniente instalación del Colegio, pensaron iniciarlo en ella, por hallarse cercana al Seminario, por ser ya conocido el carácter benéfico. de la misma, y sobre todo «por complacer, -dice Don Manuel- al sencillo don Antonio Lleó, mayordomo del Seminario, que se les había bondadosamente ofrecido a ayudarles en cuanto pudiera» y los estimulaba para que se encargasen de ella. «Los recelos de la anciana, que temerosa, de que le arrebataran la dirección invocaba con frecuencia la autoridad y nombre de sus escasos protectores entorpecimientos y, reparos, hicieron desistir de idea, para buscar, un local en las afueras que tuviese para esparcimiento de los alumnos». Lograron arrendar el entresuelo, piso, principal y desvanes de una casa grande del llamado «Huerto de las fresas», en la calle de Alboraya, núm. 52, no lejos del Seminario. Determinaron publicar las bases y abrir ya para el próximo curso la Casa-Colegio. Comenzaron, pues, a trabajar y... a padecer. El 25 de septiembre escribía a Don Manuel la Abadesa del convento de Vinaroz: «Siento muchísimo lo que V. R. Sufre, y al mismo tiempo me consuela, porque pienso que debe ser obra de Dios la que tantas contradicciones tiene. De poco valor son nuestras oraciones en la presencia del Altísimo, pero las haremos con más fervor de aquí adelante».
   El 30 se encontraba Don Manuel en Valencia y el 1.º de octubre, bajo la dirección de don Francisco Osuna, se inauguraba el llamado «Colegio de Vocaciones Eclesiásticas de San José», con 40 alumnos, los cuales hacían sus prácticas de piedad en la mejor habitación, habilitada para este objeto, e iban cada día a oír la Santa Misa al inmediato convento de religiosas de la Santísima Trinidad.
   En su plática de salutación decíales Don Manuel: «Pax vobis! Mis hijos en Jesucristo: Al visitar por vez primera a nuestros colegiales de Valencia, permitidme que yo os diga como San Pablo: Gaudeo... Sí; porque gozo es el pensar que ya tenemos una Casa más, un nido más donde posarse las palomas para cantar los amores de Jesús; un plantel de futuros apóstoles del amor de Jesús: a las almas; de almas escogidas para reparar a Jesús... ¡Sois los primogénitos de nuestra Obra!»... Aunque continuaron las prevenciones de algunos, las murmuraciones y los chismorreos, «el curso -dice Don Manuel- fue siguiendo tranquilamente, y la Obra iba siendo conocida y apreciada, sobre todo, de sacerdotes muy distinguidos; y con esto, se creyó ya poder pensar en el levantamiento de un Colegio de planta». El 18 de enero de 1885 escribía a un su amigo: «Aquí me tiene usted hecho valenciano hace ocho días. He venido a girar visita a nuestro naciente Colegio, que tiene 54 alumnos muy guapos. A tener local, hubiéramos tenido este año más de 200».
   A principios, de marzo, andaba ya inspeccionando terrenos para el nuevo edificio. El 23 decía a una hija espiritual: «Desde el 7 que estoy en ésta, de mal humor y con sufrimientos por la calma de estos valencianos. Prometí estar en Tortosa para el día de San José, y todos están trinando contra mí, y ésta es la hora que aun no puedo decirles cuándo iré. San José me está ejercitando. Quince días que estamos buscando terreno y no se encuentra. Cuando lo encontremos, hemos de ver cómo se arregla para buscar el dinero. Por lo demás, la gente de por acá animada, y nos prometen oros y moros, y nos hacen pasar por las orejas muchas esperanzas. Quiera el Corazón de Jesús bendecirlo, y la Virgen y San José que nos consuelen, y no nos envíen y contradicciones; que no tengo vocación de ellas. Más vale que las envíe a las almas que, como usted, saben pedirle cruces». A primeros de abril, con la garantía de la firma del presbítero profesor y secretario perpetuo del Seminario, don Vicente Ribera, el Banco de España entregó a Don Manuel seis mil duros. Poco después, se le libró al señor Ribera del compromiso, poco a poco, fue devuelta la cantidad al Banco. Con ella compró don Manuel, a primeros de abril, el huerto contiguo, al convento de la Trinidad, arrebatado a las religiosas en tiempo de la desamortización. El 5 de mayo, se firmó la escritura de compra. El 5 de junio escribía Don Manuel: «Me encuentro bastante fatigado del trajín de la última temporada; pero no es hora todavía de descansar... Después de muchos apuros, he podido dejar en marcha feliz la obra del Colegio de Valencia. Se ha comprado un huertecito con seis mil duros. Y un Operario83 que el Señor nos ha dado allí, con otros dos respetabilísimos sacerdotes84 que se han asociado a la Obra, están buscando un empréstito de otros seis mil duros para las primeras obras, en acciones reintegrables de 25 duros. Y les va bien la cosa. A no ser el cólera, y si Dios nos da gracia, vida y salud, confío un resultado extraordinario en aquella diócesis, y que no será bastante el Colegio proyectado para 300 alumnos, sino que con el tiempo tendrá que pensarse en levantar otro edificio. Así, pida usted a Jesús en este mes por nosotros, que ya ve que lo necesitamos». Y el 7 de julio, a una devota: «En mi querida Valencia hace estragos el cólera; y, así, pide por mis tres apóstoles de allí. Hoy tengo carta de ellos, y están sin novedad, pero teniendo paralizada la obra».
   El 2 de septiembre se bendijo con toda solemnidad la primera piedra del edificio. Encomendó Don Manuel la dirección de las obras a don Vicente Benet. En el nuevo curso 1.885-1886 ascendió a 80 el número de colegiales, y no cabiendo ya en el «Huerto de las fresas», se habilitó la casa de entrada al mismo, al frente de la cual estaba el nuevo Operario don Manuel Marzá. Director del Colegio lo era don Elías Ferreres. Seguían oyendo la santa Misa en el convento de la Trinidad, al dirigirse a las clases del Seminario. El recreo lo tenían en una pequeña parcela del «Huerto de las fresas», si bien, por la generosa condescendencia del arrendatario, podían libremente disfrutar de todo él. Don Vicente Vidal hacía pláticas a los alumnos, y en el Carnaval de 1886 les dio cuatro días de Ejercicios espirituales. Don Manuel les visitaba a menudo, haciendo frecuentes viajes desde Tortosa. Al comenzar el curso de 1886-1887, paralizadas las obras por falta de recursos, se habilitaron locales para capilla, cocina, refectorio y salón de estudio. Continuaban al frente de la Comunidad los mismos Directores que en el curso anterior, más don Vicente Vidal, que pasaba en el Colegio todas las horas que tenía libres. Los colegiales llegaron ya a 250.
   El 2 de febrero de 1887, fiesta de la Purificación de la Virgen, celebróse solemnísimamente la instalación del Reservado en la capilla. En el curso de 1887-1888 pasaron los alumnos de 300, y en el de 1888-1889, llegaron a ser 354. El Colegio había entrado en una fase de regular y próspero desarrollo. Años más tarde, el 2 de febrero de 1901, se inauguraba la nueva y magnífica iglesia del mismo, que Don Manuel llamaba «la Catedral Josefina». En el fervorín de aquel día hablaba en esta guisa a sus alumnos: Hará pronto 17 años que, venidos a esta tierra, acompañados del Vicente Vidal, recorríamos estos alrededores, campos desiertos aún, para plantar en ellos la bandera de San José. Pronto advertimos los peligros y los obstáculos que nos rodeaban, y nos vimos asediados por los recelos de los que más debieran habernos animado, y agitados por las más inverosímiles contradicciones por parte de los poderosos del siglo, y obligados a exclamar ante Jesús Sacramentado: «¡Oh, Señor!, si cum salute et pace nos dejáis realizar la empresa de vuestra gloria que proyectamos para el bien de la juventud eclesiástica de esta diócesis; si estuvierais con nosotros , os ofrecemos un tributo de gratitud, instituyendo una fiesta anual que -perpetúe el recuerdo de vuestras bendiciones».
   Y allí, en una modesta estancia del «Huerto de las fresas», levantamos el primer altar para satisfacer la devoción de los primeros jóvenes que vinieron a cobijarse bajo el manto de San José, en la naciente Obra de las Vocaciones Eclesiásticas. Mas la modestia de aquel local no consintió pensar en instalar allí a Jesús Sacramentado, de un modo permanente... Alentados, luego, por almas piadosas, nos lanzamos a la empresa de levantar este edificio, y movidos por las súplicas de los colegiales de entonces, los cuales nos prometieron ofrecer homenaje constante de reparación y de amor a Jesús Sacramentado si se lograba la Reserva perpetua, invitamos a Jesús a que se dignara albergarse en nuestra compañía en la mejor estancia de nuestra casa, siquiera, fuese provisional. Y hace quince años, en la fiesta de la Purificación de María, fue paseado por primera vez públicamente por esta calle interior, y por este patio, que poco antes era un huerto solitario, con universal gozo de todos los corazones. Pero esto no bastaba. La pobreza de su habitación no nos satisfacía, y hasta hería los sentimientos de nuestra piedad, y hace años elevábamos nuestras oraciones y suspirábamos por proporcionarle un alojamiento menos indigno de El. Y, gracias a la piedad, de esta distinguida región valenciana hemos podido ofrecerle esta rica capilla, y hoy es el día en que hacemos la inauguración oficial de este nuevo albergue de Jesús»...
   Al terminar de escribir sus notas sobre la fundación del Colegio de Valencia, formulaba Don Manuel estos votos: «Quiera el Corazón de Jesús hacer fecunda la Obra de Sacerdotes Operarios diocesanos, reparadores del Corazón divino, para que, libres de otras atenciones, se dediquen al fomento de las vocaciones eclesiásticas, tan necesario en nuestros días, y más ante la negra perspectiva del porvenir, y puedan trasplantar esa naciente Institución a otras diócesis necesitadas».
   Semejantes anhelos iban a verse cumplidos muy en breve, con el establecimiento de otros dos Colegios.

***

   «Animada la Hermandad -escribe Don Manuel en sus Notas sobre el Colegio de Murcia- con los resultados de la fundación del Colegio de Valencia, y aun estimulados por las mismas contradicciones experimentadas, se encontraban los Operarios con alientos para extender su acción aunque fuese a más remotas regiones, si así lo indicaba la voluntad de Dios... Residía durante el curso de 1887 a 88 en Valencia un sacerdote de Murcia, que visitaba con frecuencia el Colegio, y lo dio a conocer a don Ramón Fernández Asensio, joven y celoso párroco de San Pedro de Murcia, que había venido a Valencia por unos días. Este dio noticias de lo vasto de aquella diócesis, de la escasez de personal en la misma, de la historia y situación de aquel Seminario, dando a entender lo conveniente que sería el establecimiento de la Obra de vocaciones en la capital, y que la daría a conocer allí, como lo hizo. Mientras se encomendaba mucho a Dios este asunto, hablando un día los Directores del Colegio de Valencia con dos Padres de la Compañía de Jesús que solían dirigir alguna plática a los chicos, de la conveniencia del establecimiento de la Obra en otras diócesis, y entre ellas la de Murcia, dijo uno de los Padres que le era muy conocido el Rector de aquel Seminario, don Francisco Belló, y le escribiría dándole a conocer y recomendándole nuestra Obra. Así lo hizo, y fue tal el gozo y el entusiasmo que produjo en el Rector, que contestó que se había apresurado a exponer al señor Obispo la idea del establecimiento de un Colegio de Vocaciones y que éste estaba conforme y deseoso de la realización, y por lo tanto, si estaban dispuestos los Operarios, podían escribir, o mejor ir, para conferenciar sobre este asunto y acordar lo necesario. Mediaron con este motivo algunas cartas entre aquel Rector y el Director de los Operarios»...
   Resolvióse Don Manuel a fundar allí, y el 3 de mayo de 1888, por conducto del. P. Requeséns, S. J., de Orihuela, decíale el Rector del Seminario de Murcia: «Tanto me alegra el establecimiento de la Obra de Vocaciones Eclesiásticas en esta ciudad, que, si llegara a realizarse, daría gracias a Dios de haberme impedido la formación de un Seminario de pobres que ya tenía convenida con el señor Obispo. No está aquí, para poderle hablar del contenido de su carta, pero creo se ha de alegrar más que yo, en atención a que más interesa a S. E. I. que a mí... El personal todo del Seminario se hará lenguas en favor de esa Obra, que estimo necesaria en nuestros días...» Y el 16 de mayo: «El señor Obispo, me ha repetido que de mil amores recibirá un Colegio en esta ciudad». Y le invitaba a ir para ver aquello y elegir casa.
   El 24 salió para Murcia Don Manuel, acompañado de don Vicente Vidal. Las impresiones de este su primer viaje por tierras murcianas las conocemos por el borrador de su primera plática a los alumnos del Colegio de Murcia: «Hace cerca de un año -les decía- me dirigía por vez primera a este país... Al recorrer con mis ojos desde el ferrocarril esta hermosa campiña y ver estos bellos bosques de palmeras, las doradas mieses que estaban a punto de ser recogidas, mi corazón se dilataba y casi me producía el espectáculo de vuestras vegas las emociones que producía a los hijos de Israel la tierra de promisión desde las alturas de Moab, antes de pasar el Jordán, cuando, ávidos, deseaban poseer aquella tierra que manaba leche y miel... Mas mi emoción se acentuó cuando desde lejos se nos señaló con el dedo la elevada cúpula de vuestra elegante torre de Murcia, y un profundo y humilde saludo a Jesús Sacramentado y al Ángel de Murcia y a sus esclarecidos Patronos, en especial a Santa Florentina, brotó de mi corazón, y les pedimos bendijeran la Obra de nuestros ensueños y fuese multiplicada la gloria de Dios por nuestro conducto... Y sólo Jesús sabe lo que le dije cuando al siguiente día pude ofrecerle en sacrificio»...
   Llegados el 24 por la noche, instaláronse en una fonda de la ciudad. «A las nueve de la mañana siguiente -escribe Don Manuel- tuvimos la primera conferencia con el Rector, el cual quiso informarse muy detalladamente del fin, objeto e historia de la Obra de vocaciones, régimen de los colegios, reglamento, su relación con los Seminarios, medios de allegar recursos, cuentas, y de cuantos otros, datos creyó deber enterarse para obrar con conocimiento de causa, y los cuales se le dieron a satisfacción. Enterado de todo, y resuelto a cooperar con toda eficacia al resultado de aquella empresa, que manifestó le causaba fruición, preguntó cuál era la ayuda que necesitaban los Operarios o esperaban de la diócesis. Contestaron que sólo deseaban tener la esperanza de poder obtener el anticipo de la cantidad conveniente para el día que debieran levantar parte del edificio para futuro Colegio, o debieran comprarlo, si se encontrase alguno a propósito, corriendo a cargo de ellos dicho capital, mientras no se satisficiese; que lo demás corría de su cuenta y riesgo. Calló un momento, y dijo que no sería difícil; e inmediatamente los invitó a visitar al Prelado en compañía de él. El Prelado los recibió con vivas muestras de satisfacción y agrado, y se enteró de los pormenores del proyecto. Pasaron a visitar el Seminario con dicho señor Rector, el cual no reparaba en manifestar a los profesores el objeto de la venida de aquellos sacerdotes... Aquel día y el siguiente los dedicó a acompañar a los Operarios, examinando casas, a fin de elegir una que fuera apropósito para instalación provisional o definitiva del Colegio en el curso próximo». El día 26, fiesta de la Santísima Trinidad, lo pasaron Don Manuel y don Vicente en Orihuela, en el Colegio de la Compañía, donde tenían antiguos amigos. «Allí conocimos -dice Don Manuel- por vez primera al celoso y modesto señor Claravana, director de «La Lectura Popular». En el último tren de la tarde regresaron a Murcia. En los siguientes días continuaron viendo casas, «fijándose últimamente en una que había desalojada y arrendable en la plaza de Vinadel, palacio de los condes de este título, que había servido antes para Escuela Normal, conviniéndose en el contrato de arriendo»...
   «Habiendo propuesto los Operarios al Rector el nombramiento de una «Junta de protectores de la Obra», que la dieran a conocer, que la honraran con sus nombres, y se ofrecieran a allegar recursos, el mismo señor Rector indicó y quiso invitar para formar parte de ella al muy ilustre señor don José Cánovas, Chantre; a don Félix Sánchez García, párroco de San Lorenzo y profesor del Seminario, y a don Ramón Fernández Asensio, párroco de San Pedro, los cuales se dignaron aceptar bondadosamente dichos cargos. Se redactó luego un llamamiento a la diócesis de Murcia, que suscribieron dichos señores, junto con los Operarios. Ultimados todos estos preliminares, el día 28 fueron a despedirse del Prelado. Alegre, les preguntó, cuántos alumnos pensaban tener con el tiempo, y habiendo ellos contestado que antes de pocos años confiaban tener 300, replicó el Prelado: «¡Si esto fuese, tendríamos que cantar 300 aleluyas!»... Al despedirse del Rector, éste, en fuerza del gozo que experimentaba, les pedía oraciones «para que el diablo no diera algún rabotazo a todo». El 29, regresaron a Valencia, y el 26 de julio escribía don Francisco Belló a Don Manuel: «Los pretendientes se pueden calcular en unos treinta, y tenemos bastante con la casa que servía de Escuela Normal. Se quedan ustedes con ella por un año y pagarán un duro diario. Así, desde allí se puede esperar. Las suscripciones, hasta hoy, nada; y se va a recordar a los señores Curas su importancia. Veremos lo que va resultando. Si el principiar despacio nos da solidez, no hay por qué sentirlo. Aquí no iremos tan deprisa como en Tortosa y Valencia, si no me engaño; pero será todo mas meritorio, en atención a que son mayores las necesidades». En septiembre se trasladaron a Murcia don Vicente Vidal y el joven Operario don José María Tormo, para ir adquiriendo bancos, mesas, enseres de cocina y demás cosas necesarias para la apertura del Colegio, próxima ya.
   Regresó a Valencia don Vicente, y sustituyóle en Murcia don Remigio Albiol. El 15 de octubre, con asistencia de los colegiales, fue solemnemente bendecida la capilla. El señor Obispo regaló al Colegio un precioso cáliz para la primera misa que se dijera en ella. El 26 escribía a Don Manuel don José Cánovas: «Por nuestros buenísimos Presidente y Vice-presidente del Colegio estará usted en detalles del mismo, cuya marcha me es hoy muy satisfactoria. Son excelentes Operarios, en los que veo la mano de Dios. Nuestro Protector San José sea Custodio de este nuevo Colegio, en el que ya veo obrar su poderoso patrocinio». El 9 de enero de 1889 decía Don Manuel a una de sus hijas espirituales: «Dentro de pocos días debo ir a Murcia, donde nos dejan diez mil duros para empezar el edificio del Colegio. Así, que oren por mí». En efecto, del 24 al 30 estuvo allí, escogiendo terreno en los alrededores de la ciudad para el nuevo edificio. Del 7 al 13 de febrero se hallaba de nuevo en Murcia, en compañía del maestro de obras tortosino don Vicente Benet. Presentaron el plano del futuro Colegio al Prelado y fue aprobado por éste. El 10 escribía Don Manuel a la Abadesa del convento de Vinaroz: «Me pide usted, y me piden otras, que no esté más tiempo por estas tierras, y ya habría salido, de ellas si San José no nos mortificara dilatando la compra del terreno, que ya estaba contratado y ahora piden más, y nos conviene el terreno, y no conviene manifestemos tantas ganas, y de ahí la dilación. En medio de las que San José pone a esta Obra, son muchos los consuelos que Jesús me da, y que ya contaré a usted. Todos me dicen que debo abandonar todo otro trabajo, y más el de las monjas, para no pensar más que en esto. Y el corazón mío se resiste, y Jesús que me perdone si no tengo valor para hacer del todo el sacrificio de esas mis almitas»... Y el 9 de mayo, al P. Marro: «No sé el tiempo. que hace que no le he hablado de nuestra Obra de la máxima gloria de Dios. Tenemos Casa-Colegio en Murcia, y estos días se empieza la edificación de un magnífico Colegio allí, donde habrá 300 chicos, qué confiamos tener en aquella vasta diócesis, tan necesitada de vocaciones eclesiásticas, y de que sean éstas muchas y buenas».
   No faltaron contradicciones y amarguras en la empresa del Colegio de Murcia. El 11 de julio decía a Don Manuel el señor Belló: «Me da pena el pobre don Remigio, cuyo prudente trato y comunicación evito, contra sus deseos y los míos, para no dar ocasión, en estos días de increíble exaltación, a que desconfíen de él y le hagan participante de mis culpas y pecados. Por mí, estoy sereno; por los demás, sufro. Adiós, Don Manuel. Bonum est praestolari cum silentio salutare Dei, como deseo a usted y a sus santas empresas».
   Al inaugurarse el curso de 1889 a 1890, resultando ya insuficiente la Casa Vinadel, se vieron precisados los Operarios a alquilar, además, otra, a donde iba a dormir una sección de colegiales. El 8 de octubre de 1889, con asistencia de Do , n Manuel, se colocó la primera piedra del edificio «destinado a Colegio de Vocaciones Eclesiásticas de San José, establecido con el fin de. que sean sus alumnos futuras apóstoles del Corazón de Jesús y reparadores de su amor sacramentado» según rezaba el acta en ella encerrada. Don Manuel mismo, experto ya en empresas de esta índole, diseñó el plano del Colegio.
   Escribiendo a la Madre Providencia, de Vinaroz, en 1890, sobre un proyecto, que no llegó a realizarse, para la erección de un convento en Roquetas, le decía: «En cuanto al plano, lo he de hacer yo únicamente y no ningún arquitecto; que yo sé más que ellos... No suceda lo que con el convento de ahí. Si yo hubiera entendido entonces de planos, no se hubiera hecho así. El plano del gran Colegio de Murcia lo ideé yo; y aun no estoy contento, porque voy detrás de hacer un Colegio modelo para todas las necesidades»...
   Tornó Don Manuel a Murcia el 23 de febrero de 1891, y en una plática a sus colegiales, les decía: «Mi visita ha sido inesperada. Asuntos urgentes de la Hermandad y por vuestro bien, me obligaron a ir a Madrid. Y aunque casi sin poder, he hecho el sacrificio de venir, porque mi corazón no podía sufrir el pasar por este país sin ver este Colegio y esta casa nueva, este jardín de reparación a Jesús, colocado en medio de la florida y nunca bastante bien ponderada huerta de la distinguida y famosa Murcia»...

***

   Fue el Colegio de Orihuela una derivación del de Murcia. «Viendo el muy ilustre señor Provisor de Orihuela y Arcipreste de aquella Catedral, el doctor don Ramón Belló -cuenta Don Manuel en sus «Apuntes»- lo complacido que estaba su hermano el Rector de Murcia de la fundación del Colegio de esta ciudad, pensó también él en comprar una casa en Orihuela y ponerla a disposición de los Operarios. Había sido Rector del Seminario de Plasencia y era mucho el celo que tenía por el bien y fomento de la juventud levítica. Para realizar su pensamiento trató y logró la compra del edificio que había sido convento de Trinitarios Calzados, que estaba derruido en su mayor parte, y pertenecía a varios dueños, y estaba en aquel entonces casi abandonado. Se dedicó luego a reparar una parte de dicho edificio y la antigua capilla de comunión de la iglesia única en pie, con el fin, de que pudiera inaugurarse el Colegio en el curso de 1889 a 1890».
   Encontrándose en Murcia Don Manuel en febrero del 89, se trasladó el día 9 a Orihuela con don Remigio Albiol y don Vicente Benet, y acordaron la conveniente distribución de la parte del edificio que se estaba reparando. Otorgó el Prelado la más amplia aprobación a la empresa. El 18 de marzo escribía don Ramón Belló: «La obra continúa y espero, tener terminada la capilla para primeros de abril... Mi hermano en Murcia no contará con un local como la Trinidad, pero cuenta con más elementos que yo». Y el 2 de junio: «Las obras van despacio. Creo que cabrán más, de 150 alumnos. Mis deseos son poder inaugurar el Colegio en septiembre, aun cuando estén con alguna incomodidad, y sean pocos. Si conviene abrirlo este año para los pocos que caben, me pondré yo al frente, auxiliándome otro eclesiástico, discípulo mío, que merece toda mi confianza, y que tal vez acabará por pertenecer a la Congregación. La capilla está terminada, y se bendecirá uno de estos días. Además, las maderas han subido de precio. Nada de esto me arredra. Llegaremos hasta donde se pueda, y el Santo Patriarca se encargará de lo demás».
   El 4 de agosto comunicaba a Don Manuel: «He conferenciado con el señor Obispo sobre la apertura del Colegio, y por él, no sólo no hay inconveniente, antes bien, desea que se abra, y se le de todo el impulso posible para que sea un segundo Seminario. Por otra parte, la oposición que en un principio se hacía ha desaparecido en gran parte, y los pocos que hoy la sostienen no la hacen al Colegio, sino a mí... Nadie me ha ayudado hasta hoy, ni espero me ayuden en lo sucesivo, y en parte me alegro, porque así, libres de todo compromiso y atenciones tanto ustedes como yo, podremos obrar con absoluta independencia. En el «Boletín» inmediato saldrá, si es posible el- anuncio de la apertura del Colegio». Coincidió ésta con la del curso escolar de 1889 a 1890. Nombró Don Manuel para Director en la nueva Casa al joven Operario, don Benjamín Miñana, y para auxiliar de éste al aspirante don Romualdo Soler, el cual declara que fueron harto pobres los principios de aquella Casa: «Cuando fuimos a fundarla -dice- era tal la estrechez del local, que en el salón-dormitorio de los colegiales, teníamos las dos camas de los Superiores. Durante aquellos días por falta de lugar, y de camas, veíase obligado Don Manuel a ir a pasar las noches en Murcia. Cierto día, después de comer, quería descansar y no molestar a nadie al mismo tiempo. Fuimos al dormitorio Don Manuel y yo, tomamos la cama de un colegial y la trasladamos a la habitación que hacía de comedor, recibidor y despacho a la vez, pues para todo servía. ¡Don Manuel tirando de la cama como un colegialito!... Quedé admirado, y recuerdo, con edificación este acto suyo de humildad».
   En mayo de 1890, volvió Benet a Orihuela con el objeto de habilitar convenientemente el local para el curso siguiente; y, dejó ya enteramente terminado el arreglo del edificio. Se adquirió más tarde el antiguo huerto del convento, lográndose con ello -dice Don Manuel- todas las condiciones deseables para el esparcimiento de los alumnos, y quedando así formado el más pequeño, pero el más bello y de mejores condiciones de todos los Colegios que poseía hasta entonces la Hermandad».

CAPÍTULO XXII



Propaganda en favor de la Hermandad. -Reclutamiento de Operarios. -Es reelegido Director General de la Hermandad

(1885-1891)



   Al cumplirse, el 9 de junio de 1885, los veinticinco años de su Primera Misa, cuidando de no dar publicidad a tan fausto aniversario quiso, no obstante, Don Manuel, celebrarlo de algún modo, pero recatadamente, a solas con sus monjitas. El día 8 escribía a una sanjuanista: «Ayer eché bastante rato sobre si iría a celebrar mis bodas de plata diciendo Misa en San Juan, por la razón de que de todas mis hijas (las que lo eran ya aquel día de mi Primera Misa) casi sólo estás tú, pues las demás se hallaban fuera. Pero, al fin, me resolví a hacer un poquito de fiesta en mis primogénitas las Puras...
   Las Claras están en Ejercicios, que, si no, allí lo hubiera hecho, y aun así se enfadarán de que no lo haga allí. Creo que tú tampoco te enfadarás de que no lo haga ahí.. Ya lo celebraremos otro día, u otro año; y si no, cuando celebremos las bodas de oro, esto es, a los 50 años, que tú tendrás más juicio, y yo seré un Padre jubilado. Pero ha de ser a condición de que yo haya levantado 50 colegios y otros tantos conventos, y que tú entonces no seas aún muy viejecita. Conque, que pases bien el día de tus 40 años. ¿No te da vergüenza? Yo, viejo, achacoso, y con tantos años mal pasados, y... ¡me parece que era ayer!... ¡Ay! ¿Qué es la vida? Era ayer, que tú tenías quince, y leías los Desengaños de San Francisco de Borja a tu pobrecita madre cuando la sacabas a pasear por el Rastro... Y ¡todo se pasa! Y ¡cuántos recuerdos me vienen!
   Demos gracias a Jesús, al menos, que nos ha alimentado con su cuerpo tantos años. Que nos sea prenda de vida eterna, y en el cielo nos reunamos alrededor de su mesa tú y tu Padre, que te bendice... -Aplica la comunión por ti y por mí. Va un queso rancio. No tengo más».
   Deseando con mayores ansias cada día hacer santamente fecundo su sacerdocio, una vez establecida canónicamente la Hermandad el 1.º de enero de 1886, se consagró Don Manuel con ardoroso entusiasmo a darla a conocer, para lograr así, con el desarrollo de la misma, el gran ideal que presidiera a su institución, el cual, según el mismo Don Manuel dejó una y otra vez declarado, no era otro que poblar de santos sacerdotes las diócesis de España, a la sazón tan necesitadas de ellos.
   «Cuando nos reunimos por vez primera para consagrarnos al Señor, allá en la montaña del Desierto de las Palmas -decía años después a sus Operarios en Valencia- fue por haber querido responder al llamamiento y al acento de la Voz de Jesús, cuando en el último tercio del siglo XIX nos exponía y repetía, por conducto de nuestros Prelados, la necesidad de sacerdotes en España y en el mundo... La impiedad descarada quería ahogar las fuentes de las vocaciones. ¡Ah! Había resonado en nuestros oídos con fuerza mayor la voz de Jesús, de tierna compasión, que nos decía: Ignem veni mittere in terram..., y, sin embargo, la veo fría: fría, con tantas injurias y pecados; fría, por tan pocos reparadores de mi amor; estéril, por tanta falta de operarios; ¡y abandonados mis intereses por sacerdotes tan poco dignos!... No debemos olvidar que precisamente esta necesidad, esta falta de sacerdotes, fue la que arrancó gemidos los más amargos al Corazón de Cristo en los días de su vida mortal; que para su aumento recomendó las más fervientes oraciones. Y esta ansía y este grito de su Corazón lo repite hoy desde el santo Tabernáculo en el siglo XIX, cuando la facilidad de comunicaciones abre cada día nuevos horizontes a la predicación del evangelio. Cuando la herejía domina en levíticas naciones, cuando tantas almas selladas con el sello del bautismo yacen en la ignorancia y languidecen por falta de alimento, como ovejas sin pastor, ve disminuirse los operarios. Con más razón que entonces parece decirnos: Rogate ergo Dominum messis!....»
   En mayo de 1886, para formar ambiente favorable y justificar los propósitos de la existencia de la Hermandad, comenzó a Publicar en «El Congregante» una serie de artículos acerca de los objetos de la misma.
   De vez en cuando llegaban a Don Manuel voces de aliento de su entrañable amigo el excelentísimo señor Sanz y Forés, Arzobispo de Valladolid, el cual, el 27 de diciembre de 1886,, le escribía: «¡Adelante con sus empresas para gloria de Dios! Bendito sea por haberle escogido. Mucho gozo me da esta predilección de Dios. No crea usted que le olvido, ni a mi querida Tortosa, pero Dios me ha puesto grillos y no me deja libre. Me sucede lo de San Pedro: Cum esses junior... Paciencia. Dominus est; quod honum est in oculis suis faciat. Bien me gustaría ver sus obras, sus conventos, sus colegios, sus círculos, y echar una parrafada o, como dice usted, una esbrafada. ¡Estamos tan lejos! Sino, le diría: véngase y tendremos unos buenos días... Mucha falta nos hace la esbrafada. Cuando Dios quiera... Cuando tenga un ratito, démelo; y yo haré lo mismo, aunque escriba a escape, como ahora. ¡Qué tiempos aquellos! Dios le bendiga y le haga santo, muy santo»
   Procuró Don Manuel que otras autorizadas plumas colaborasen con la suya en la laudable empresa de dar a conocer la Hermandad. A instancias suyas, el ilustre apologista católico Sardá y Salvany, con quien unían a Don Manuel lazos de amistad y mutua estimación, publicó, desde agosto de 1888, en su ya entonces divulgadísima, prestigiosa y benemérita «Revista Popular», de Barcelona, y bajo el título de «Una obra providencial», una serie de encomiásticos artículos sobre la Hermandad, su origen, y naturaleza; de los cuales, por ser ellos de quien son, queremos hacer un breve extracto.
   Principia Sardá observando que los más decididos ataques de la masonería iban dirigidos contra los sacerdotes, esforzándose por desprestigiarlos, empobrecerlos, desautorizarlos oficialmente con leyes sectarias, alejarlos de toda influencia en el mundo, y, desde luego, disminuir su número. «Sí -exclamaba- ; digámoslo ya en alta voz; porque no se curan los males con disimularlos. La disminución del clero es un hecho que empieza a traer alarmadas a varias. diócesis... Los pueblos necesitan hoy más que antes del ministro de Dios, porque éste ha de acudir hoy con su iniciativa y con sus desvelos a, gran número de urgencias, a que atendía antes por sí propio el Estado cristiano por medio de arraigadas instituciones con que había previsto a toda suerte de necesidades. Sin nombrar ahora más que las tres principalísimas del culto, de la enseñanza y de la beneficencia, dígasenos imparcialmente, ¿no es verdad que en tiempos no muy lejanos de los nuestros todo y organizado el sacerdote español, y que hoy, en cambio, todo esto debe él organizar y muchas veces crear por su propia cuenta y con solos sus escasos recursos?... ¿Cuál puede ser el resultado o balance de esa desproporción entre lo que llamaremos debe, y haber de nuestra vida católica, sino la más vergonzosa miseria?... Dios ha acudido, como siempre hace, con remedios oportunos. En todos los tiempos, según las necesidades, hace surgir hombres o instituciones. Y lo que en los actuales se ofrece como remedio a la. calamidad que hemos apuntado, aparece claro ya y floreciente ante nuestros ojos.

   Varios tanteos o ensayos, por decirlo así, se habían verificado en diferentes diócesis para lo que se llama el fomento de las vocaciones eclesiásticas, y apenas hay una de aquéllas en que no se haya procurado remediar el déficit de su personal eclesiástico con más o menos eficaces procedimientos. Hacíase sentir, empero, la necesidad de algo que fuese más que esos parciales ensayos; era de esperar la fundación de una Obra o Instituto que, con más amplitud de extensión, con recursos más duraderos, con carácter más general y uniforme, atendiese a este ramo singularísimo... Teníase derecho a creer que suscitaría Dios algo más consecuencia, más fecundo que los esfuerzos aislados de tal o cual dignísima autoridad diocesana.
   Ahora bien, creemos que a eso tiende, y que eso será, con el divino favor, a no tardar, la Obra, hace pocos años iniciada en Tortosa por algunos piadosísimos sacerdotes con el título, de Obra del fomento de vocaciones eclesiásticas, y apostólicas de San José», bajo la dirección y auspicios de aquel venerable Prelado. Y esto decimos, porque la tal Obra, después de haber permanecido durante un largo período con el mero carácter de diocesana, en los límites y jurisdicción de Tortosa, ha empezado ya a extenderse, con aplauso de los respectivos Ordinarios, en varias vecinas, como las de Valencia y Murcia, tomando, por consiguiente, desde ahora, un vuelo y trascendencia que la hace digna de ponerse al lado, si no a la cabeza, de las más importantes que en su género pueda mostrar en el presente siglo nuestra católica España.
   Con fervoroso entusiasmo y muy por extenso narra el señor Sardá los orígenes del Colegio de San José de Tortosa, la génesis de la Hermandad, a la cual llama «Obra gloriosísima», y refiriéndose al título que le diera Don Manuel de «Obra de la máxima gloria del Corazón de Jesús», añade:
   «Considerándolo mucho, no vemos exagerada la denominación, antes creemos es, la única que le corresponde para dar idea de su intrínseca y sobrenatural excelencia.. Es ésta, indudablemente, una de las empresas que más han de contribuir a la gloria y servicio de Dios en el presente siglo».
   La juzga merecedora de la ayuda de los fieles y se felicita de que en algún Boletín diocesano se vayan copiando estos artículos suyos, pues «hay -dice- entre los Prelados españoles quienes
conceden muy grande importancia al naciente Instituto. Y ¿cómo pudiera ser de otra suerte, tratándose de una obra destinada a auxiliar a nuestra Santa Madre la Iglesia en lo mas esencialmente vital que ella tiene, que es el sacerdocio? Quiso Jesucristo continuar su obra por los sacerdotes... No tiene hoy que trabajar en el campo de su Padre otros pies, ni otras manos, ni otra lengua, que los que, por decirlo así, le prestan estos sus miembros del orden sacerdotal. ¡Gran obra la del que se emplea en buscarle a nuestro Señor Jesucristo esos brazos y esos pies y esas lenguas! No sólo se presta, ayudando a esta obra, un servicio a Dios, sino juntamente a la Iglesia y a los fieles, hoy más que nunca de él necesitados.
   Porque proporcionarle hoy a la Iglesia y a los fieles buenos sacerdotes, es más que regalarles valiosas joyas, más que imprimirles elocuentes libros, más que dotar huérfanos y doncellas menesterosas, pues todas estas obras de misericordia reúne de un modo muy sobresaliente la excelencia de la Obra de que aquí se trata. Los que a ella cooperan, merecen en alto grado, pues predican con el futuro predicador, y con él enseñan, alientan, consuelan rigen parroquias, combaten a la impiedad, retornan almas a Cristo y hácense en su nombre verdaderos, redentores de almas como Él, proveedores del reino de los cielos, al Socorrer y propagar con todo empeño la que es verdaderamente, como han dicho y como también nosotros repetiremos siempre, la Obra de la gloria máxima del Sagrado Corazón».
   A su vez, otro ilustre publicista católico, amigo de Don Manuel y fervoroso admirador de la Hermandad, don Adolfo Clavarana, formulaba estos halagüeños augurios sobre la misma: «Yo, que fondo esta Obra, entiendo que en ella estriba quizá porvenir del sacerdocio en España y aun en otras partes, desde el momento que vayan a sus manos los Seminarios».
   Dejemos aquí consignado que, con la mira de formar ambiente favorable a la Hermandad, haciendo que fuese cada vez más conocida, y de acrecentar el prestigio de la misma, merced a las recomendaciones del Episcopado, procuró, Don Manuel aprovechar ocasiones tan propicias para ello como las de la celebración de los Congresos Católicos Nacionales, enviando oportunas Memorias a los de Madrid (1890), Sevilla, (1892) y Tarragona (1894). En los dos primeros hízose representar, respectivamente, por don Vicente Vidal y don José María Caparrós, y asistió personalmente al último, logrando del Congreso una amplia recomendación y un fervoroso elogio de los Colegios de San José, fundados y dirigidos por la Hermandad, como instrumentos y medios de reconocida eficacia para «fomentar, ayudar y sostener las vocaciones eclesiásticas»...
   También presentó una «Memoria sobre la Hermandad» al Congreso Católico Internacional, celebrado en Lisboa en 1895.

***

Labor ardua y de escasos resultados, ciertamente, era entretanto para Don Manuel la del reclutamiento de Operarios. A los tres años de fundada la Hermandad, el 1.º de enero de 1889, sólo contaba con doce colaboradores. El 9 de aquel mes y año escribía a una de sus hijas espirituales de San Mateo: «Recibí en nuestra santa casa de Valencia la felicitación que por mi Santo me enviaron esas palomitas y tortolillas de Jesús, amadísimas mías de San Mateo, y vi cuántas gracias pedían al Corazón de Jesús por mí. Sin duda que a estas súplicas debo el que Jesús me llenara de consuelo en aquellos días, pudiendo ver alrededor de Jesús Sacramentado (con media Exposición), a las diez de la mañana del día 1.º, doce retoñitos del rosal del Corazón de Jesús, futuros apóstoles de su Amor Sacramentado. Falta que Jesús los conserve y sostenga en su sublime vocación, y las oraciones de ellos y de esas almitas obtengan aumento mayor para el año que viene, y sobre todo para de aquí a dos años, o sea el 1.º de enero de 1891, en que pueda tener carácter canónico esta Obra providencial. Así, espero no dejarán de continuar sus suspiros ante Jesús esas almas reparadoras, en cuyas oraciones y gemidos tengo confianza. mucha. Y ellas lo harán con celo, sabiendo, como saben, que en toda la gloria que a Dios se dará por nuestra Obra, y las almas que se santificarán y vocaciones apostólicas que producirá, tendrán por sus oraciones igual mérito que si ellas hubieran salvado esas almas por sus manos; porque más puede un alma en el rincón de un Sagrario, que un apóstol con sus sudores...»
   Los nombres de los siete nuevos retoños del rosal del Sagrado Corazón cítalos Don Manuel en carta a su amigo don Froilán Beltrán, fechada el 1.º de enero de 1889: «En Valencia estuvimos en santo retiro tres días para realizar o renovar nuestra consagración trienal los viejos; y la primera trienal, Albiol85, presbítero, y Tormo86, diácono, y, Marzá87, subdiácono; y la de probación Miñana88, diácono, y la de aspirantes, Serrano89, Puig90, y Calatayud91, estudiantes. Conque ¡ya, ve qué pequeña grey! Y ¡con ella tenemos la presunción de conquistar el mundo! Fortuna que, si Jesús lo bendice, esos jovencitos serán unos apóstoles; y hoy nos avergüenzan ya. Ore mucho, y haga orar a esas almitas, que tanto pueden, para que el Corazón de Jesús multiplique y forme a sus futuros Operarios»...
   La vocación de su antiguo y joven Amigo don Andrés Serrano, de quien ya hablamos, había seguido cultivándola Don Manuel con discreto y perseverante , cuidado. El 5 de junio de 1885 le decía: «Espero irá entreteniéndose en favor de la revista92, huérfana tanto tiempo de Director, hasta que el Señor me envíe uno de los futuros Operarios reparadores del Corazón de Jesús sobre quien echar toda la carga. Si a usted Dios llamaba a esta Obra de la máxima gloria de Dios y del bien de la juventud, se le cedería la honra y la gloria»...
   El 25 de julio, con ocasión del cólera, tornaba a escribirle: «Y por ahí ¿cómo les va? La gota de aceite de Romero Robledo va extendiéndose y me temo llegue a manchar todas las provincias. Pero usted no debe temer. Dígale a Jesús que le aguardan muchas almas para ser usted de ellas su apóstol; y que las Congregaciones esperan sus piadosos trinos; y que ha de venir a visitar y fecundizar nuestros planteles de apóstoles, etc..., y ya verá usted cómo Jesús se lo mirará. Conque quiero, además, que destierre del todo esas intermitentes que le han molestado, y me diga prontito que ya lo ha cumplido. Yo ya le diré a Jesús que le haga obediente; que aguarde a más adelante, si conviene el constituirle víctima de enfermedades y sufrimientos. Por ahora, todavía no».
   En su contestación del 29 de agosto, decía don Andrés al final de la carta: «Ahora, para concluir, tengo que decirle que soy quinto del actual reemplazo; que si la suerte no me da un número algo favorable, tendré que ser «soldado de los ejércitos españoles». No la deseo, pero tampoco le temo a la vida militar. Si hay necesidad, como la habrá, porque soy útil por todos conceptos, de echarse al hombro el fusil, lo llevaré gustoso, acordándome de San Martín. ¿Qué será, que ya se me enciende la sangre al tratar de las Carolinas?... ¡Las soltarán!.. ¡Vaya si las soltarán!...»
Impresionado Don Manuel por este insospechado peligro de que se malograse aquella distinguida vocación, tuvo una de sus características corazonadas como la calificó el P. Xercavíns y el 3 de septiembre escribía a don Andrés: «No quiero que me vaya usted al servicio; que no le conviene. Si le toca a usted la suerte mala y no tiene medios y está resuelto a seguir la carrera eclesiástica, se vendrá a nuestros Colegios de Valencia o de Tortosa, y mejor a éste, y estará usted gratuitamente, bien tratado y a la mesa del sacerdote Operario nuestro que está al frente de la Casa. Y aunque estamos de deudas hasta la cabeza, le buscaremos los siete mil reales para la redención del servicio, y estará con nosotros y nos ayudará a trabajar por la máxima gloria de Dios. Y cuando usted llegue a ordenarse, seguirá con entera libertad el camino que Dios le inspire y el campo que sea más propio para su actividad. Conque, dicho está ya y debe usted obedecer».
   A vuelta de correo contestó don Andrés agradeciendo y aceptando la generosa oferta de Don Manuel. Su tío, el Beneficiado Maestro de Ceremonias de la Catedral, no podía redimirle del servicio, y menos aun sus propios padres, que aunque tenían un estanco y un taller de carretería, habían de sustentar once hijos, de los cuales uno solo estaba casado. «Yo mismo -dice don Andrés- cambié hace siete años el hacha y el formón por la gramática latina». Mostraba pena por la separación de los suyos y el 14 le escribe Don Manuel: «Mi amadísimo hijo en Jesús: No tema usted la dilatada ausencia; que ya le dejaremos hacer una correría de vez en cuando para respirar los aires de la Mancha ... » «Va un billete de dos cientos reales -le decía el 30 de septiembre- para ayudarle para el viaje ... »
   En los últimos días del mes de octubre, trasladó don Andrés su matrícula al Seminario de Tortosa, donde terminó sus estudios, y celebró solemnemente su Primera Misa el 8 de enero de 1891.

***

   De la reunión de Operarios en Valencia en los primeros días de 1890 decía Don Manuel en una de sus cartas: «Nuestra consagración fue devotita y feliz, gracias al Corazón de Jesús. Pida a Él perseverancia y que mantenga el fervor de nuestros jovencitos, pues algunos de ellos, si no me los roba el Obispo, serán un encanto».
   Como la primera elección de la Junta directiva había sido hecha para un quinquenio, para proceder a la renovación de la misma, el 1.º de enero de 1891, se reunieron en la llamada «Sala de San José» del Colegio de Valencia, los Operarios cuyos nombres ya conocemos.
   Por unanimidad fueron elegidos para el siguiente quinquenio: Director General, Don Manuel; Primer Director Espiritual, don José García; Segundo, don Vicente Vidal; Prefecto de Oratoria Sagrada, don Vicente Vidal; Prefecto de Teología Moral, don José García; y Administrador General, don Ellas Ferreres.
   Don Manuel eligió para Socio o Vice-Director General a don José García.

CAPÍTULO XXIII



Fundación de los conventos de Benicarló y de Vall de Uxó. -Favorecedor de Congregaciones de Religiosos

(1886-1908)



   No satisfecha la portentosa actividad de Don Manuel con los esfuerzos y preocupaciones de la fundación de la Hermandad y los Colegios de la misma, anduvo, además, durante estos años, santamente ocupado en la erección de conventos de religiosas. Fue uno de éstos el de la Purísima de Benicarló, sobre el establecimiento del cual hacía tiempo que venía meditando.
   «A las intenciones que le recomendaba en mis anteriores para el Colegio de San José, Gimnasio, etc. -decía el 28 de abril de 1882 al P. Marro-, quisiera que añadiese otra de la gloria de la Madre Inmaculada». Y el 29 de julio: «Sigo sin novedad. Acabo de llegar de un viaje que he hecho a varios pueblos de esta diócesis; uno de ellos Benicarló, donde proyectamos levantar un convento para religiosas de la Concepción. Ore usted por esta obra». El 29 de noviembre escribía al mismo Padre: «Pasé por Benicarló el 21 de octubre para ultimar la compra de un huerto para establecer allí un convento de religiosas de la Purísima Concepción. Y si Dios lo bendice, saldrán del convento de aquí, de Tortosa. Aguardamos el permiso del Gobierno para empezar las obras, para lo cual contamos principalmente con unas personas piadosas de allí. Así, pues, no lo olvide ante Jesús».
   Según se lee en el borrador de una carta que a nombre de tercera persona escribió al conde de. Creixell, de Benicarló, solicitando de él la donación o la venta de una huerta de su propiedad, por parecerle lugar oportunísimo para levantar en ella el futuro convento, deseaba Don Manuel que viniera a ser éste, «al mismo tiempo que un tributo de amor y gratitud al Señor y a su Madre Purísima, una mejora para el bien espiritual y moral de aquella población, cuya importancia hacía sentir la necesidad de semejante obra». «Si bien los medios con que se cuenta -añadía- son
hasta el presente insuficientes, la esperanza de que el Señor irá bendiciendo esta obra, obliga a las personas que la han iniciado, inspiradas sin duda por Dios, a procurar los que estén a su alcance para no desoír la voz de El». Los condes de Creixell accedieron a la venta, pero la realización de la empresa íbase retrasando más de lo que Don Manuel quería y esperaba. El 10 de abril de 1883 escribía a uno de sus amigos: «No hemos empezado todavía las obras del convento de Benicarló, porque el ilustrísimo señor Obispo no quiso las empezáramos sin tener antes el Real permiso; y casi me enfadé por esto. Aguardamos dicho permiso de un día para otro, si no nos engañan los agentes de Madrid».
   El 16 de diciembre bendijo el ilustrísimo señor Aznar y Pueyo la primera piedra de la iglesia y convento. En las solemnes fiestas con este motivo organizadas, predicó Don Manuel. La Madre Victoria del Sagrado Corazón, una de las fundadoras y Superiora que fue luego de la nueva Casa religiosa, dice: «Sabido es cuánto trabajó nuestro Don Manuel para realizar esta fundación, tantos años hacía proyectada, y los inmensos sacrificios que le costó; los que le recompensó el Señor permitiendo que por esta causa se levantasen contra él varias persecuciones, que disimuló nuestro santo Padre y soportó con gran prudencia, logrando así apaciguar los ánimos de los que indiscretamente le juzgaban. Asegurado de la voluntad de Dios, y puesta en El su confianza, empezó por comprar el terreno en que había de edificarse el convento a los excelentísimos señores condes de Creixell con cuantiosas cantidades que la Providencia le deparó, inspirando a una piadosa señora que se desprendiese de ellas para el efecto. Luego, dio principio a la obra el 16 de diciembre del año 1883».
   El 31 de julio de 1886 salieron del histórico convento de la Purísima Concepción Victoria, de Tortosa, cinco religiosas profesas, escogidas por Don Manuel, y propuestas por él a la aprobación del señor Obispo, para ir a fundar el de Benicarló, «siendo recibidas -dice la Madre Victoria- a la puerta de la clausura por varios señores sacerdotes y señoras, encargadas de acompañarnos a nuestra nueva Casa. ¡Tierno y conmovedor espectáculo se presentó a los ojos de los circunstantes al arrancarse las fundadoras de los brazos de sus hermanas, que las tenían fuertemente asidas, como si no quisieran consentir en verse privadas de tan amable y dulce compañía! Las lágrimas y sollozos fueron comunes de ambas partes, pero las destinadas a abandonar aquel recinto sagrado para promover en otra parte los intereses de Jesús y de su Madre Inmaculada, lo hicimos con intrepidez, desprendiéndonos de los brazos que nos aprisionaban e introduciéndonos en los carruajes que nos habían de conducir a la estación. En estos momentos era de ver cómo se multiplicaba nuestro Padre para atender a todo. Él era el alma de aquellos acontecimientos y su rostro brillaba con gozo inexplicable.
   Cuando las fundadoras íbamos a poner los pies fuera de los umbrales del claustro, un instinto secreto nos hacía retroceder hacia dentro, pero nuestro Padre, levantando fuertemente la voz, y llamándonos por nuestro propio nombre, nos infundió valor para dar el temido paso, siendo nuestro primer impulso, al salir, ir a cobijarnos bajo su sombra protectora. Durante el viaje nos visitaba cuando paraba el tren, para ver si estábamos tranquilas.
   Al entrar en la población, un vuelo general de campanas anunció la presencia del Prelado y de las religiosas, cuya venida por tanto tiempo habían deseado, y de cuyas oraciones esperaban su felicidad temporal y eterna. Las fiestas y regocijos fueron imponderables. Nuestro padre lo organizaba todo y estaba en todo. Llegado el día de la instalación, 2 de agosto, por la tarde, fuimos, conducidas en carruaje a la iglesia parroquial, donde se cantó un solemne trisagio. Terminada la función, se organizó una tiernísima y lucida procesión desde la iglesia al nuevo convento, en cuya capilla provisional se iba a colocar por vez primera el Santísimo Sacramento. El ilustrísimo señor Obispo, acompañado de gran número de sacerdotes, llevaba bajo palio al Señor de cielos y tierra Sacramentado. Las cinco religiosas le precedíamos modestamente con nuestros hábitos blancos y manto de color de cielo, cubiertos los rostros con un velo negro. Acompañábannos muchas, señoras, y cada una de nosotras llevaba dos especiales guardianas, que nos defendían con el mayor cuidado de la apiñada muchedumbre del pueblo. Llegada la procesión a la capilla, una de nosotras se adelantó un poco para solemnizar la entrada de S. D. M., tocando en el armónium la marcha real y algunas plegarias y motetes, mientras el señor Obispo daba la bendición y reservaba el Santísimo Sacramentado.
   El día siguiente, a las siete de la mañana, celebró la Santa Misa en la misma capilla el señor Obispo, distribuyendo el pan de los ángeles a las religiosas, y a otras muchas personas devotas. Acabada la Misa, la nueva Comunidad, con férvido entusiasmo, entonó el cántico de acción de gracias Te Deum laudamus. La clausura permaneció abierta hasta el día 4 de agosto, a fin de satisfacer la devoción de una gran multitud de personas de ambos sexos que iban acudiendo de varios puntos a visitar el convento y disfrutar de la compañía de las religiosas. Últimamente, el mismo día 4, por la mañana, reunidos en la Sala capitular el señor Obispo, las cinco fundadoras, nuestro padre Don Manuel y otros señores sacerdotes, se hizo el nombramiento de los cargos de la comunidad y distribución de los oficios; aprobados los cuales por el Prelado, se retiraron todos dejándonos a las fundadoras en posesión pacífica de nuestro convento. Volvióse nuestro padre a sus ministerios sagrados, pero no nos abandonó, sino que por medio de cartas y algunas visitas continuó siendo el sabio y celoso Director de esta naciente comunidad. ¡Que Jesús y la Virgen Inmaculada le recompensen con premio eterno, todo cuanto padeció, y trabajó en favor de esta Santa fundación!».
   «Mi pobrecita Mercedes -escribía poco después Don Manuel, hablando de una de aquellas buenas religiosas-, no tiene otra pena, aunque para ella es insoportable, que la de no tener allí a Mosén Manuel, su padre, que aunque la ha mortificado siempre, es el único que la domina y tranquiliza. ¡Pobres criaturas! ¡Qué buenas son! ¡Qué tabernáculo de mirra les he fabricado, levantando aquel edificio¡ Y allí las he dejado y abandonado, sin culpa mía...»
   «Recuerdo también -añade la Madre Victoria- que en una de las frecuentes visitas que nos hacía al principio de la fundación, como siempre le rodeaban tantos y se llevaban el tiempo destinado para nosotras, le hicimos quejas y le obligamos a quedarse un día más, y después decía a sus amigos: «Los lagrimones de Sor Mercedes y las lagrimitas de Sor Victoria me han forzado a quedarme en Benicarló». El 7 de enero de 1905, le escribía, ésta: «Por uno de los estudiantes de ese Colegio, envío a usted, un cajoncito pequeño con parte de nuestros postres de Navidad. Cómaselos usted muy a gusto, como venidos de la tierra de promisión de Benicarló, de esta tierra que le ha costado a usted tantos trabajos y sacrificios. En cambio, puede usted consolarse con que no han sido infructuosos, sino bendecidos por la mano del Señor». Había sido la madre Victoria, desde su primera juventud, todavía en el siglo, una de las hijas espirituales más distinguidas por sus relevantes cualidades, y, más queridas, de Don Manuel, el cual hasta al fin de su vida continuó dirigiéndola y consolándola, siendo su Padre y confidente. El 13 de diciembre de 1905, escribiendo a Don Manuel, el cual, de tiempo atrás, por sus habituales enfermedades, había interrumpido sus frecuentes visitas a Benicarló, le dice: «¡Cuántas cosas, Padre mío, me diría usted y cuántas le diría yo, si pudiéramos tener un rato de conversación! En diez y nueve años cumplidos desde que usted me mandó por santa obediencia con la boca en el suelo (no sé si usted lo recuerda ¡yo sí!), abandonar mi rinconcito de Tortosa para dar principio a esta fundación de Benicarló, ¡cuántas cosas han pasado! ... »

***

   Tres jóvenes tortosinas, hermanas por la sangre y hermanadas en un común sentimiento de sólida, y fervorosa piedad, hijas espirituales de Don Manuel, deseaban emplear su capital en la fundación de un convento. Propuso Don Manuel a la Abadesa de las religiosas de Vinaroz, que fuese del Instituto de ellas y en Vall de Uxó; que demandase la bendición y el oportuno consentimiento del Prelado, y que éste mismo eligiera y les designara la persona que hubiera de auxiliarlas, en la ejecución del proyecto. Hízolo así la Madre Providencia en agosto de 1890, y contestóle el señor Obispo: «Para estas empresas, no hay otro como el doctor Sol».
   Andaba Don Manuel un tanto reacio para poner manos en aquella obra, por ciertas contradicciones que había experimentado recientemente en otros parecidos intentos que se le habían frustrado. El 29 de agosto escribía a la Madre Providencia: «Yo veo lo de Vall de Uxó tan difícil -aunque sí creo que sería una obra de mucho bien- que, a decirle verdad... no tengo fe. Y para estas cosas es indispensable. No me busque, pues, a mí, que no haré sino ser un contrapeso. Ya me contentaré con admirar la fe de ustedes y del que se ponga al frente, y cuando se inaugure, si me lo permiten y tengo derecho, iré a hacer una esbrafada de entusiasmo con un fervorín al Ángel de la parroquia de arriba y a la de la Asunción de abajo... De todos modos, sí que iré a Vinaroz y creo que podrá ser a primeros de septiembre. Por lo tanto, no tenga inquietud y discurriremos los medios, que, en caso, puedan tantear la cosa. Antes de todo, sabe usted que me tiene, pero en lo que pueda y pueda ser útil. En fin, paciencia, y ya hablaremos... Estoy seguro que, si lo consulto con quien acostumbro93, me dirá que no debo meterme. Con todo, como no quiero resistir ni apartarme de la voluntad de Dios, a pesar de que en este asunto sabe usted que he sufrido mucho y pasado una humillación y unas burlas que ni las soñaba, no escatimaré ningún consejo ni trabajo que sea necesario, siempre que llegue a comprender que se trata de una cosa racional y que vea que es realizable».
   El 10 de septiembre se entrevistó en Vinaroz con la Madre Providencia, y el 13 de enero de 1891 estuvo en Vall de Uxó, a donde volvió el 13 de febrero, para ir promoviendo la empresa. Quejábasele discretamente la Madre de que no le veía desplegar en ésta la actividad que en otras análogas ocasiones, y Don Manuel le contesta: «Recibo la suya. Veo que quiere sacar la traza, y lo logra, de decirme que no tengo entusiasmo por mi Vall del Sol, y lo hace para excitarme más. ¿Qué no he hecho? o más bien, ¿qué he dejado de hacer por este negocio? Le he acercado las almitas94; las he desviado de Benicarló; he sacrificado a otras almas de aquí, que con esa base tenían proyecto de fundación, y se me han quedado enfadadas; he ido dos veces a Vall, gastando fatigas y tiempo; he dado consejos; he orado todos los días... Y, en cambio, acusaciones y desagradecimiento, y que estoy desprendido, cuando casi hago pecados, porque me dicen que no debo cuidar de estas cosas ... »
   Entregóse de lleno, al fin, y como dice una de las primeras religiosas que fueron a Vall de Uxó, «él fue el todo de esta fundación»... No fue poco lo que tuvo que sufrir en ella. A raíz de uno de los innumerables viajes que hizo para inspeccionar las obras, escribía a la Madre Providencia: «En resumen: que bañeta95 y que, a pesar de la índole blanda de ese país, estaremos, ejercitados hasta que Dios quiera. No he venido contento de las noticias de la atmósfera de la Vall, producida por el infierno... ¡Pobres parroquias y pobres almas mías de Vall de arriba y de abajo! No sé si usted sabe que la misma secta solapada rompió el tubo del agua. En fin, el infierno que rabia, porque ve que va a ser un hecho de tanta gloria de Dios y bien de las pobrecitas jovencitas de arriba, y más de las de abajo Oraciones y alientos; y no se deje llevar de rabietas e inquietudes, que Jesús no las quiere. Si la ha elegido a usted para darle esa gloria, hágase digna de ello».
   Terminadas ya las obras a fines de 1893, en el período álgido de la preparación de las fiestas del traslado de las religiosas, escribía el 1.º de enero de 1894 a Don Benjamín: «Estoy mareado con el convento de la Vall... El Vicario capitular con su calma... Los sermones... El pueblo... No sé si convienen a los Operarios estos negocios, aunque no sean permanentes. De aquí es que no hago nada: ni escribo, ni puedo enviar gacetillas... ni nada».
   El 1.º de febrero salió de Vinaroz acompañando a las religiosas de la Providencia de esta ciudad que habían de formar la Comunidad del de la Vall. Organizó Don Manuel del 2 al 4 un triduo de solemnísimas fiestas, en las que predicaron, los Operarios don Sebastián Bover y don Felipe Tena. Refiriéndose a ellas, escribía el 13 Don Manuel desde Tortosa: «Aunque rabiando, quiero empezar hoy. ¡Dichosos conventos y monjas! Y con todo, tres días que estoy aquí, y no puedo desenvolverme para escribir. Vall de Uxó. ¡La mar...! ¡Magníficos predicadores, ovaciones inesperadas a las monjas y a Mosén Sol, 900 comuniones en la capilla, y sin excitación ninguna; triunfo completo contra la secta, que está trabajando y corrompiendo aquella población y al sexo femenil con teatros y bailes!... Era una necesidad poner allí el corazón de la Vall, que será el convento, según expresión del orador Bover, que lo hizo muy bien, y al aire libre, hacia el garroferal96, en donde había una masa de infinitas cabezas»...
   El 5 de enero de 1922 la Abadesa de la Vall, Sor Matilde del Purísimo Corazón de María, se expresaba así: «Las que aun vivimos y recordamos el viaje de la fundación, no podemos sino decir que para nosotras fue un San Rafael, para todo lo que nos faltaba, animando a unas, consolando a otras, que de todo había necesidad; de manera que su ardiente caridad le hacía desvivirse por todas. Después que todo estuvo arreglado, y vuelto a Tortosa, no por eso dejó de cuidar de nosotras, sino que procuró enviar muchas veces Operarios para que diesen Ejercicios a las jóvenes que venían a la Escuela Dominical, ignorantes de las cosas de Dios hasta lo sumo, pues decían ellos que aquello parecía la China. Hubo muchas conversiones y surgieron muchas vocaciones. Él mismo vino varios años a celebrar los Oficios de Semana Santa, pues decía que, además del favor que nos hacía, tenía el gusto de poder comulgar. Aprovechaba estas ocasiones para hacernos algún fervorín, y, al mismo tiempo que él desahogaba su fervor, a nosotras nos comunicaba algo del fuego que había en su pecho hacia Jesús Sacramentado.
   No tan solamente de las almas cuidaba, sino, como buen padre, pues sabía que éramos pobres, nos hacía alguna limosna, y hasta al morir no pudo olvidarnos y dejó su partecita para su convento de la Vall. En particular, las que tuvimos la dicha de venir en su compañía a esta fundación, sabemos lo que tenía de padre y madre para todas».
   «Siempre figura -le decía a Don Manuel la Superiora en 1905- con preferencia V. R. en la lista de nuestros recomendados a Dios. Ya sabe que siempre le hemos mirado como nuestro Padre».

***

   Sus múltiples y agobiadoras incumbencias como Director de la Hermandad fueron insensiblemente desviando a Don Manuel de estas otras empresas de celo de erigir nuevos conventos. Pero él, que tenía por lema y por norma de conducta aquella que aconsejaba a sus Operarios, diciéndoles: «Hemos de favorecer a los Institutos religiosos, y ellos nos querrán», no cesó nunca de interesarse por cuantos pudo y en la medida que le fue posible.
   Cuidó, durante el resto de su vida, de dispensar toda suerte de beneficios a las religiosas.
   Sin nombrar, por innecesario, a las que moraban en casas por él mismo fundadas, o a las que habían tenido la fortuna de beneficiarse de su dirección espiritual, en calidad de vicario o confesor, queremos mencionar a algunas de las que fueron objeto de sus desvelos paternales.
   En primer término, las de la Compañía de Santa Teresa de Jesús, a las cuales miraba Don Manuel, en cierto manera, como suyas. Predicándoles en 1898, con ocasión de celebrarse las bodas de plata de la Archicofradía Teresiana, en la iglesia de San Antonio de Tortosa, les decía: «Hace 25 años que allí, en un modesto altar, se plantó el árbol de vuestra Asociación. Siete jóvenes distinguidas por su piedad, dos de las cuales, hijas de mi corazón, están hoy al frente de diferentes monasterios, fueron las primeras en cobijarse a la sombra de este árbol de Teresa de Jesús... Y ¿cómo no recordarlo también, amadas teresianas? El día que ofrecisteis la primera sagrada Comunión en esta misma fiesta, os dirigí la palabra en este mismo sitio; y en el mismo año, pocos meses antes, y en días aciagos, germinaba también silencioso un grano de mostaza, brotado del Corazón de Jesús, que debía extender sus ramas para cobijar y formar en la piedad a la juventud eclesiástica; y una de sus ramas va a ser transplantada en este mismo mes a la otra parte de los mares, para encontrarse otra vez, en este aniversario, los hijos de San José con las hijas de Teresa de Jesús... Pedidle, como recuerdo de gratitud, por el celoso Fundador de esta obra, compañero mío en nuestros primeros trabajos sacerdotales, que no ha podido celebrar este aniversario sobre la tierra, pero que desde el cielo contemplará el fruto de sus afanes»...
   El 21 de diciembre de 1899, la Madre General Teresa de Jesús Blanch, escribía a Don Manuel, a la sazón en Roma: «Estoy agradecidísima por los buenos servicios que a nuestra humilde Compañía, está prestando en ésa, y por lo que trabaja en nuestro favor, sobre todo con el eminentísimo Cardenal Vives y el P. Ruperto. Prefiero no decirle nada más, esperando su regreso para manifestarle verbalmente mi gratitud y conferenciar largamente sobre nuestros asuntos»..
   En mayo de 1900 se ocupó en examinar y hacer observaciones a las Constituciones de, la Compañía de Santa Teresa. «He concluido ayer -decía el 1.º de junio- la tarea sobre lo de las Teresianas, que me ha dado unos días de verdadero trabajo mental».
   «De mi primogénita teresiana Saturnina -escribía el 7 de julio de 1903 a la Madre Rosalía del Niño Jesús- no he sabido más. Dígame, por Dios, de las visitadoras apenas lleguen. Si está ahí nuestra Madre General Teresa Blanch, y si no cuando esté, dígale que cuando estuve ahí quería decirle a la orejita una cosa, pues tengo el don de ciertos secretos, pero no sé si lo merecía ella. Estoy contento de que haya seguido alguna vez mi consejo, y por bien siempre que los siga... Y prou..., que me vuelvo cansoné...97».
   Cuando en abril de 1908 se disponían las Teresianas a trasladar los restos de don Enrique de Ossó, de Sancti-Spiritus a Tortosa, decía a Don Manuel la Madre Rosalía: «Nuestra buena Madre su Saturnina, me encarga cumpla con usted muy bien... Estamos tramitando el traslado de los restos de nuestro venerado Fundador... y lo notificamos a ustedes, porque como de familia muy íntima los consideramos, y tendríamos gran satisfacción en que alguno de la familia operaria asistiera con nosotras a un acto tan del corazón». Después de la traslación, le escribía la Madre Saturnina del Sagrado Corazón: «Sepa usted que mañana, a la hora que usted quiera, se le espera en esta su casa para celebrar la santa Misa, y después descansaremos, hablando con usted, de todas las fatigas de estos días. No por nosotras ha de hacer esta fineza, sino por aquel a quien usted amó». El 28 de diciembre de 1908, pocas semanas antes de la muerte de Don Manuel, le decía desde Roma la misma Madre Saturnina: «Nuestros asuntos todos, arreglados admirablemente, gracias al Bambino Jesús, a los señores Cardenales, y a nuestros Josefinos, que con nosotras hacen los oficios de Ángeles Custodios». Nada tiene, pues, de extraño, que al saber que Don Manuel había fallecido, se expresara así: «Hemos recibido tan íntimo y sensible golpe con la pérdida del que para nuestra humilde Compañía fue siempre un segundo Padre, que no puedo menos de decirle: Nosotras necesitamos también ser consoladas».
   De las religiosas de la Consolación, de las que era entusiasta Protector su otro entrañable amigo el doctor Corominas, escribía a éste con harta verdad Don Manuel el 16 de junio de 1908: «No somos Patronos de ninguna Institución, pero si favorecedores de todas las que tratamos, y en particular de las Consolaciones, a las que hemos procurado fundaciones como las de Consuegra y Villafranca, y tal vez otra pronto en Córdoba. El ser Patronos o Protectores es de pocos». Efectivamente, sólo para el establecimiento del Colegio de las Hermanas de la Consolación en Villafranca del Cid, les proporcionó Don Manuel, de una persona piadosa, el no exiguo donativo de dos mil duros, que les entregó él mismo.
   Constantes y afectuosísimas fueron las relaciones que unieron a Don Manuel con las Religiosas de Jesús-María, durante toda su vida. En los últimos tiempos de ella, escribíale en estos términos la Madre Aloysia Pla Déniel: «La deferencia y afecto que en todas ocasiones manifiesta usted por nuestro Instituto y por cada uno de sus miembros, crea usted que queda correspondido por nuestra parte, si no debidamente, por lo menos en cuanto alcanzan nuestras pobres fuerzas».
   No menor devoción y gratitud le profesaron las beneméritas Siervas de Jesús, sobre todo desde que, merced a las gestiones y al celo del Magistral de la S. I. C., don Rafael García, y de don Buenaventura Pallarés, íntimos amigos de Don Manuel, se establecieron en Tortosa en junio de 1896. «Estos dos sacerdotes -dice la Madre Angélica- apreciaban mucho a Don Manuel y con frecuencia nos hablaban de sus bondades. Don Rafael García nos ponderaba mucho los fervorines de Don Manuel. «Trátenle -nos decía- que les gustará mucho». Tan pronto como lo hicimos, quedamos prendadas de su trato, y nos decíamos las unas a las otras: «¡Qué bondad! ¡Qué sencillez!... ¡Se parece a nuestra Fundadora!»... y acabábamos por decir: «Todos los fundadores son santos». Cuanto más fuimos tratando a Don Manuel, más fuimos apreciando sus virtudes. Le asistimos en sus enfermedades, incluso la última, y puedo decir que jamás vi en Don Manuel nada que me causara mala impresión, ni acción alguna desedificante. Otro tanto decían mis compañeras. Era sencillo y a la vez grave. No se permitía la menor libertad. Comunicábase por escrito con nuestra Madre Fundadora y nos solía decir: Me gustan mucho sus cartas. ¡Son tan espirituales! ¡Me gustaría conocerla!» Mucho nos atendió Don Manuel y muchas veces celebró el Santo Sacrificio de la Misa en nuestra capilla, regalándonos con sus fervorines y pláticas. El último que dirigió en su vida, poco antes de morir, lo pronunció en nuestra capilla. En ella fueron depositados sus restos cuando los trasladaron del cementerio al Templo de la Reparación. El Señor quiso que ya que tanto nos había apreciado en vida, tuviéramos la satisfacción de tenerle y contemplarlo, desde las diez de la mañana hasta las cinco de la tarde, varios años después de haber muerto».
   «Me mandan que vaya a Valencia -decía en una de sus convalecencias- y lo siento, porque no están allí las Siervas de Jesús para cuidarme. En Burgos me han cuidado las Siervas de Jesús y son lo mismo que las de Tortosa».
Cuando se disponían éstas a trasladarse de la casa en que vivían a la en que actualmente moran, como hubiese detrás y junto a ésta unos lavaderos, lugar ordinario de tertulia entre criadas y soldados, traía esto preocupado a Don Manuel, que no cesaba de repetir a Mosén Pallarés: «Ventura, aquéllas animetas, aquellas animetas, ¡cuánto van a tener que sufrir!... ¡Comprad los lavaderos, y que cuando se muden allá, ya no existan!» Y por consejo así se hizo.

CAPÍTULO XXIV



Apostolado en favor de las almas piadosas del siglo. San Mateo. -Ejercicios espirituales para caballeros. -Proyecto de los «Maestros Seráficos»



   Uno de los ministerios sacerdotales hacia el cual mostró siempre Don Manuel más decidida inclinación, y en el que se ejercitó con singular complacencia y perseverancia, y con abundantísimos resultados de gloria de Dios, fue, el de sus excursiones apostólicas por los pueblos de la diócesis. Su innata y personal, afición a ellas y la experiencia de los frutos por él en las mismas conseguidos, fue sin duda lo que le inspiró, al fundar la Hermandad, la idea de lo que habían de ser y practicar los que él llama en las Constituciones Operarios en ministerio.
   Entre las innumerables parroquias de la diócesis de Tortosa visitadas y cultivadas por Don Manuel con este género de apostolado -del que deseamos ofrecer alguna muestra- es la de San Mateo, populosa y cristiana villa del Maestrazgo, la que merece llevarse la palma de haber sido su parroquia predilecta. Fue a ella Don Manuel por vez primera el 4 de marzo de 1876 para dar Ejercicios espirituales a las religiosas Agustinas.
   Tornó a dar Ejercicios a las mismas en Marzo de l882. «Debido a su santo, celo -dice una de ellas- se introdujo en este convento la vida común, pues antes la tenían particular. De sus Ejercicios se guardan gratos y fervorosos recuerdos. Además, las religiosas aquí colocadas por sus gestiones y sus limosnas. En fin, que como en todas partes, sembró también en este convento la santa .semilla de la perfección».
   Al dar los primeros Ejercicios a las Agustinas, decía Don Manuel: «¿Cómo me encuentro aquí.? No lo sé. Muy lejos estaba de pensar que los primeros días de Cuaresma tuviera que hallarme fuera del lugar de mi cargo y de mis obligaciones y para dedicar mis tareas y mi corazón a almas para mí desconocidas y con las cuales no tenía otro lazo que el de la caridad... Sacerdote oculto allá en un rincón de mi patria, y sin sospecharlo, salgo de ella para dirigir mi voz y mi palabra a una porción escogida de la grey del Señor. ¿Es una casualidad o una providencia? Si hubiera mediado de mi parte alguna indicación, algún propósito, algún deseo, tal vez temería y hubiese venido con desconfianza. Pero he venido por la indicación de mi Prelado, ante la cual no sé resistirme, porque para mí es el conducto de la voluntad de Dios. Con esta condición nada debía reparar, ni en viaje, ni en privaciones, ni obligaciones... No miréis en mí al todavía joven sacerdote, desconocido a vuestros ojos, sin ningún título que me acredite. No os conozco, ni en particular ni siquiera en general... Nada deseo ni quiero de vosotras. Digo mal. Sí quiero robar vuestras almas, arrancarlas a vosotras mismas y darlas a mi Jesús, que suyas son. Eso y nada más quiero».
   Bien colmadamente se lograron sus deseos. Fue Don Manuel en lo sucesivo, durante su vida toda, el señor y dueño de los corazones, no sólo de aquellas religiosas, sino de todos los hijos de San Mateo, que sentían hacia él una veneración, una gratitud y un cariño sin límites, conquistado a puros desvelos por el bien de aquellas almas... «¡San Mateo -exclama una de ellas- ¿Cuándo le pagarás a Mosén Sol lo que ha hecho por ti?»
   El 25 de julio de 1886, previo un triduo de sermones, en el que tomó también parte don Vicente Vidal, estableció Don Manuel en San Mateo la Vela Nocturna y el Apostolado de la Oración: este último con 17 celadores y 622 asociados. Con el fin de inspeccionar la marcha de la Vela Nocturna y reavivar el espíritu de los adoradores, visitó a éstos el 27 y 28 de mayo del siguiente año, acompañado de don Luis de Trelles.
   «Cuando fundó la Adoración Nocturna -añade la testigo antes mencionada- andaba por las casas buscando hombres para obsequiar a Jesús Sacramentado, en compañía de algunos señores, que estaban todos embobados viendo el candor de Don Manuel... Y cuando compraron la Purísima, que vino él de Tortosa, ¿que diré de las cosas que nos hizo hacer a las jovencitas, hijas muy queridas de él? Nos hacía volar hacia Jesús. No cabía su corazón en su pecho de contento. Estaba abrasado de amor por la Virgen Inmaculada. Nos hizo hacer unas coronas y arcos... Todo él no sabía lo que le pasaba... Una vez nos dio Ejercicios y parecía un serafín. Estaba tan abrasado de amor por las almas, que en un arranque de amor le dijo, a Jesús:«¡Ponme, Jesús, mío, en la boca del infierno, para que no caigan más almas en él!».... y una almita le dijo; «Yo, Padre no quiero estar en la boca del infierno», y él contestó: «¡Estar por Jesús, en la boca del infierno, es estar en el cielo! «¡Qué amor tan grande el de Mosén Sol!»... exclamó esa almita que era una santa»
   Fundó, además, en San Mateo, un Centro de Camareras, de Jesús Sacramentado. Fue allá muchas veces a dar Ejercicios a los adoradores y a las jóvenes de la Archicofradía de Santa Teresa.
   Durante cinco o seis años sus visitas a San Mateo eran anuales, pasándose cada vez que iba horas y horas en el confesonario. Proyectó -y sus abrumadoras ocupaciones ulteriores le impidieron realizar sus planes- convertir el antiguo convento de San Francisco en Colegio para la educación cristiana de los jóvenes.
   El 24 de junio de 1888, al calor de su iniciativa y sus esfuerzos, se inauguró en San Mateo la Escuela Dominical para niñas, que fue un verdadero cenobio y un fertilísimo plantel de vocaciones religiosas para el claustro y de almas virginales consagradas al apostolado en medio del mundo. Sentía tan vivo interés por el venturoso y próspero desarrollo de esta empresa, que hacía que cada semana le escribiera la presidenta de la Escuela dándole cuenta de la marcha de la misma. Dirigíala Don Manuel desde Tortosa, descendiendo a todos los detalles. «Respecto al local -escribía a la presidenta- el que tú dices; y habéis de emprender la Escuela con la idea de ir teniéndolo todo propio, bancos, mesas, etc. No sé por qué siempre os intímida la cuestión de dinero. ¡Almas de poca fe! Respecto a socias, puedes ir invitando... pero, estáte prevenida, porque dentro de un año habrá de cargar todo sobre esas almitas, reparadoras, porque, como es cosa de celo y de sacrificio, muchas irán haciendo el maño. La grande dificultad, para vencer la cual son precisas todas vuestras oraciones y todos los suspiros, es la de la constancia de las niñas. Estad seguras de que al principio no faltará cosecha, pero, luego se os levantará cruzada, primero de los jóvenes de la clase baja con burlas a las chicas porque no van a fe l-ase98. Por aquellas desdichadas murallas, y luego por los jóvenes que no son de la clase baja, y hasta por otros que no serán jóvenes, y atendido el pobrecito coret y la volátil expansión de esas pobres hijas de su madre Eva, se acobardarán y se irán escapando muchas, como palomas asustadizas, si no desplegáis celo y Paciencia y prudencia... Recuerda a Mosén Andrés que procure que todos los domingos no les falte a las almas su explicacioncita de diez minutos. Ya le indicaré yo temas... No sé por qué me preocupáis tanto. Temo que Jesús no lo quiere ya, pues dejo otras atenciones por escribiros a vosotras».
   La Escuela llegó a lograr una espléndida floración. El Señor bendijo con larga mano los santos esfuerzos de las piadosas jóvenes que la dirigían, alentadas y aconsejadas por Don Manuel en frecuentes visitas y con sus casi diarias y a veces larguísimas cartas. En mayo de 1904 le escribía la presidenta: «En la Escuela hay en lista cerca de 300,chicas, y acude de todo: criadas y de otras clases, y, muchas que necesitan instrucción religiosa. ¡Cuántos suspiros, sufrimientos y hasta lagrimitas cuesta esta Escuela! ¡Todo por El!...» A El quería conducirlas a todas Don Manuel: a unas, proporcionándoles con la Escuela un amparo salvador contra los peligros de las diversiones y bailes domingueros, y deparándoles santa y saludable instrucción; a otras, ejercitándolas en la caridad hacia el prójimo, y haciéndolas caminar, bajo su acertada dirección espiritual, por las sendas de la perfección. Una buena parte de las niñas y jovencitas de la Escuela reuníanse todos los días en casa de la presidenta, donde tenían lectura espiritual, oración, meditación y conversaciones piadosas. Don Manuel llamaba al grupo de asistentes a estas reuniones «Su noviciado de San Mateo». Tal afición y gusto cobraban a estas reuniones, que el mayor castigo que se les podía aplicar para purgar alguna falta era privarlas por algunos días de ser admitidas en «el noviciado».
   Don Manuel conocía a todas y cada una, y a muchas de ellas escribía de vez en cuando. «Cuando fundó la Escuela -declara una religiosa- nos decía: «¡A ver quién de vosotras trabaja más y gana más almas para Jesús! Y, además, quiero víctimas. Si alguna quiere ser, que me lo diga». Y nos animaba como un cariñoso padre, que en verdad lo era, y más para las que eran más pobrecitas... Nunca se cansaba de enviarnos cosas: libros, estampas... Su celo era incansable». «Jesús -les escribía Don Manuel- quiere a mis amadas hijas de San Mateo para la cruz. Con todo, estén seguras de que Jesús las mira complacido y las escucha, aunque no lo parezca. No os debe desalentar la deserción de muchas alumnas. El bien siempre se hará a las que acudan, y el Corazón de Jesús aceptará, lo mismo el sacrificio; pero, no olvidando que con suspiros y sacrificios y oraciones debéis trabajar en favor de ellas, más que con vuestra, asistencia a la Escuela. No iré ahora. Prefiero exhibirme cuando el Círculo, aunque los liberales en esto me tengan coraje, como sucedió el año pasado, no más que por los Ejercicios de los hombres».
   Llegó a hacerse Don Manuel popular y queridísimo en San Mateo, cuyos habitantes le veneraban como a un santo y le atribuían gracias, que calificaban de milagrosas. Predicó un año en la fiesta del Corpus con su acostumbrado fervor, y como se temiese una escasa recolección de trigo, al resultar luego ésta copiosísima, un labrador, entre otras personas que pensaban lo mismo, exclamaba: «¡Ese santo que predicó el día del Corpus, nos bendijo y aumentó la cosecha!»
   Cuando andaba trabajando por establecer la Vela Nocturna, le propusieron para presidente de ella a un caballero muy distinguido de San Mateo. Rehusaba éste admitir el cargo, alegando su deficientísima salud, y Don Manuel; con mucha aseveración, le aseguró que ciertamente la tendría. Y así sucedió, con no poca admiración de la familia de aquel caballero, cuya crónica dolencia ofrecía pocas esperanzas de larga vida.
   En los primeros Ejercicios que dio a las jóvenes teresianas, muchas de éstas, reformando sus costumbres, comenzaron una vida de intensa piedad. Es voz pública en San Mateo, que jamás se practicaron allí, Ejercicios como aquellos. Las jóvenes iban por las calles sin hablar. Día hubo en que a las tres de la mañana le esperaban ya veintitantas de ellas en la iglesia para confesarse. Todavía perdura en ellas el recuerdo de la profunda impresión que les produjo la plática sobre la oración de Jesús en el huerto, en la cual, conmovidísimo en extremo Don Manuel, hízolas prorrumpir en generales y desoladores llantos.
   En cierta ocasión llamó a una de las jóvenes, y después de intimarla que dejase la compañía de determinadas amigas, porque de lo contrario no pasaría de ser una beata, y señalarle otras, le dijo: «Tú has de hacerte religiosa». Lo comunicó ella a su madre, y ésta respondió: «¿Qué puedo yo negarle a ese santo? Dile, hija mía, que disponga de ti, de mí y de todo lo mío». Con la bendición de Don Manuel, ingresó después la joven en el convento de las Agustinas.
   A esta fama de santidad que en San Mateo tenía Don Manuel se debe el que, hallándose gravemente enferma una señora que había sido en su juventud socia fervorosísima de la Archicofradía, Teresiana y había llevado siempre una vida de extraordinaria piedad, como se encontrara allí entonces Don Manuel, y a instancias del coadjutor fuese a prepararla para el Viático, las gentes comentaran: «Dios ha premiado la bondad de esa mujer, dándole por confesor a última hora a Mosén Sol».
   Al finalizar unos Ejercicios a las jóvenes, decíales Don Manuel: -«Debéis ser apóstoles del amor a Jesús y pregoneras de Él con el ejemplo... ¡Trescientas Teresianas! ¡Si hay para convertir un mundo!...»
   «Mucho placer me causa -escribía a la presidenta de la Escuela- el afecto que, según me dices, me muestran, sin yo merecerlo, esas buenísimos almas, a las que, no sé por qué, no acierto a olvidar, en medio, de mis barahúndas, trajines y malos ratos. Jesús que les recompense el consuelo que me proporcionan. Que no me olviden en sus oraciones; que, cierto, lo necesito mucho; y, sobre todo, que no me olviden a Jesús, siendo pequeños apóstoles de su Amor Sacramentado, ya que Jesús tiene tan pocos amadores generosos. Cuando vaya por ahí, que no sé cuándo será, renovaremos las alas de nuestros deseos de amar más a Jesús. Y basta; que, en pensando en San, Mateo, la pluma corre sin saber cómo, y el tiempo me llama a otras cosas».
   Espigando en varias de sus cartas, recogemos al azar algunas frases reveladoras de su predilección por San Mateo: «A esas hijas de San Mateo las miro como de mi especial adopción». -«No me olvido de mi predilecto San Mateo».- «Mis almitas de San Mateo son siempre las primogénitas».-«No sé porqué ha de ser San Mateo la parroquia mimada». A una de sus dirigidas de Tortosa, escribía: «Mucho me alegré que pasaras un día en San Mateo con aquellas alegres y sencillas almitas, que creas que dan consuelo. Y aun no las conoces todas. Hay otras mujeres de edad, que también son un encanto por su sencillez y buen corazón. Yo temo que disfruto demasiado al ir allá, a pesar de que me cuesta no poco caro». Aludía a la intensa actividad espiritual que allí desarrollaba, a la que había de sacrificar varias horas del ordinario descanso de la noche.
   No queremos dejar de mencionar uno de los venturosos resultados que produjo el fervoroso apostolado de Don Manuel en San Mateo: la vocación al sacerdocio, primero, y a la Hermandad, después, de algunos jovencitos de aquella parroquia. Entre ellos, merece ser nombrado el Director General de los Operarios, reverendísimo don Joaquín Jovaní, que a las visitas de Don Manuel a su pueblo, merced a la veneración que le cobró su santa madre, debió el ingreso en el Colegio de San José; a la generosidad de Don Manuel el poder continuar su carrera, y a los continuos consejos y paternal solicitud del mismo, su formación sacerdotal y de Operario.
   Disfrutaba en extremo Don Manuel con sus excursiones por la diócesis. El 12 de diciembre de 1894 escribía desde Tortosa a la presidenta de la Escuela Dominical de San Mateo, doliéndose de que no le consintieran ya el repetirlas sus otras perentorias y absorbentes ocupaciones: «¿Cómo sigue San Mateo? ¿Cuándo podré recorrer esas mis amadas parroquias? Veo que mi campo se extiende y no podré recorrerlo todo. Las visitas a los Colegios me absorberán parte de mi vida. En Roma, muy bien todo. ¿Cuándo les podré contar cositas?»...
   En fuerza de sus repetidas visitas a las parroquias de la diócesis, hízose popularísimo, querido y venerado en toda ella. Demostración del sencillo y jubiloso, entusiasmo con que le recibían es el acogimiento candorosamente festivo que la dispensó una vez cierto párroco. Tenía un organillo de manil, y sabida la hora en que llegaría Don Manuel a la abadía, lo colocó sobre la mesa del recibidor. Al subir aquél por la escalera, dio suelta a su brazo y empezó el instrumento a hacer sonar la marcha real, pero furiosamente. Llegó Don Manuel a la presencia del buen párroco, pero éste hacía como que no se daba de ello cuenta. Cuando ya le pareció que había bastante, suspendió su filarmónica tarea para ir a arrojarse a los brazos de su venerado huésped.
   En una de estas sus excursiones por la diócesis -el 4 de diciembre de 1886- ocurrióle un grave percance, que puso en peligró su vida. El 13, aludiendo a él, escribía a una hija espiritual: «He estádo en San Mateo y, en Morella. De poco te quedas sin padre, si no hubiera sido el ángel, que me guardó en una caída que tuve». Y a una religiosa de Santa Clara decía: «Ai, filla, quina caiguda hai tingut pe-l camí en la venta de la Serafina, i quán mal m-hai fet! Si descuida, te quedes sense paret!»99. Dirigíase a Morella y Cinctorres, desde San Mateo, y en la mencionada venta, al detenerse el coche para cambiar de tiros, apeóse Don Manuel, y se separó algún trecho, entre las sombras de la noche, con tan mala fortuna, que vino a despeñarse y, caer en una profunda sima. Volvió como pudo a la diligencia y continuó el viaje a Morella. El 8, al anochecer, llegó a Tortosa, extenuado y tiritando de frío. Con gran sorpresa de sus familiares, por ser contra su costumbre, al llegar a casa se acomodó en la cocina -única vez que le vieron en ella-, declarando que necesitaba, calentarse y tomar alimento. Reaccionó un poco y se retiró a descansar. Algunos días después, la lavandera se presentó a las hermanas de Don Manuel con las ropas interiores de éste empapadas de sangre, exclamando: «Qué ti el mosenye- Mirau! Ai, pobret d-ell, está llastimat!...»100. Alarmadas, acudieron a él para saber qué le había sucedido, y Don Manuel, con la mayor serenidad y sonriendo, se lo contó y les explicó cuál había sido la causa de no haber llegado a Cinctorres: pero les dijo que no sufriesen, pues él mismo se estaba curando y se encontraba bien.
   El 15 de enero del 87, escribía a sus hijas de San Mateo: «¿Conque, al fin, supisteis mi percance? Fortuna el Ángel de mi Guarda, que no se olvida de mí... que, si hubiera tenido que fiar de mis... lloronas hijas de San Mateo, sólo lo hubieran hecho, si hubieran llevado allí mi cadáver al día siguiente: que todo hubiera podido ser. Jesús no lo quiso. Y quiere que trabaje aún... para ellas».
   A sus peregrinaciones apostólicas por las parroquias quedó de por vida aficionado Don Manuel. En los postreros años de ella, añorándolas, escribía a un Operario: «Los nuestros, en sus nidos, pero cansándose del verano, menos alguno de los de la montaña... Si Jesús me da vida, gracia y salud, el año que viene hemos de aprovechar el mes de julio renovando en alguna forma las excursiones de antaño, para gloria de Dios y regocijo de algún pueblo, después de los Ejercicios, espirituales ... »

***

   Otra obra de celo iniciada por Don Manuel, si bien atendida y sostenida principalmente por don José, García, fue la de fomentar la asistencia de seglares piadosos de los pueblos. de la diócesis a las tandas de Ejercicios de San Ignacio que en determinadas: épocas del año daban en su Residencia de Tortosa los Padres de la Compañía de Jesús. Fue una labor que duró muchos años y que produjo abundantísimos frutos. «El impulso de este movimiento -escribía Don Manuel- se lo facilita al Colegio el conocimiento y relaciones constantes que éste tiene y mantiene con los párrocos y coadjutores de la diócesis, y, sobre todo, con los que han pertenecido al mismo».
   En 1890, el 7 de diciembre, decía Don Manuel desde Roma a sus Operarios de Tortosa: «Me sorprende, vayan 40 ejercitantes seglares. Supongo no haré falta para obsequiarles y hacerlos apóstoles nuestros». Y en marzo de 1893, a una religiosa: «Hoy, trajín, con la venida de 27 seglares para Ejercicios en Roquetas; y todos vienen antes al «Centro Diocesano de la gloria de Dios», esto es, al Colegio».

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A los comienzos de la instalación, canónica do la Hermandad preocupó a Don Manuel grandemente él deseo de realizar una empresa encaminada a la santificación en grande escala de la niñez mediante la cristiana formación de los maestros que habrían de educarlos más tarde. Ya desde 1883, venía aplicando algunas misas a esta intención, y siguió haciéndolo muchas, veces hasta 1896: señal cierta de que hasta esta fecha no había abandonado el propósito de dar vida a su proyectó de «Institución de Maestros Católicos» según la llamaba en 1886, en que se hallaba «en vísperas -dice- de ultimarlo». Más comúnmente le daba el nombre de «Obra de los Maestros Seráficos». De los muchos apuntes que sobre esta iniciativa suya nos ha dejado Don Manuél, sacamos en conclusión que soñaba santamente con fundar una «Hermandad de Maestros Católicos», levantando para ello Colegios ad hoc en las ciudades donde hubiese Normales, ayudarles económicamente y sujetarlos a vida de comunidad durante el tiempo de sus estudios para infiltrar en ellos un profundo espíritu cristiano. Terminada la carrera, cada cual en su destino, continuarían espiritualmente sujetos a la dirección de los Operarios para ser sus auxiliares, fomentando las obras de celo, propaganda y reparación al Corazón de Jesús, que les fueran recomendadas Tenía ya Don Manuel escrito el Reglamento de los Colegios, se denominarían «Colegios Josefinos (o Seráficos) de Maestros Católicos».
   «Le dije en mi anterior -escribía a don Vicente Vidal en los comienzos del Colegio de Valencia- que no desalquilara la «Casa de las fresas», porque no puedo apartar la idea de la fundación de los Maestros Seráficos. Y como al principio siempre va en pequeño la cosa, bastaría tal vez aquel local. Lo consultaré con usted, y en caso afirmativo, pues lo veo fácil, se iniciará ahí en Valencia: pues, aunque Tarragona está más cerca de aquí, creo estaría más patrocinada la Obra y es mejor clima». El 12 de febrero de 1887, exponíale don Vicente su opinión en estos desalentadores términos: «Mucho me agrada su pensamiento sobre esa Hermandad de Maestros. Creo que se puede hacer mucho bien y obtener un poderoso apoyo en nuestras empresas; pero no creo sea llegado aún el momento de su planteamiento... En resumen: el pensamiento, felicísimo; pero su resolución debería aplazarse». Lo aplazó, en efecto, Don Manuel, pero no desistió, ni cesó de encomendarlo a Dios. En diciembre de 1893 decía a don Andrés Serrano, que residía a la sazón en Madrid con el señor Caparrós: «Escribí a don José María enviándole el proyecto sobre Maestros, a cargo de la Hermandad. Se necesita un capital de 50.000 duros para establecerlo. No creo que don José María tenga trazas para encontrar por Madrid ninguna almita buena. Los aristócratas no saben tocar ciertas teclas. ¡Y tan bien que se podrían tocar en Madrid, si no fueran ustedes tan literatos!...» Y en otra: «Hoy envío a don José María Caparrós mi proyecto detallado sobre Maestros, que él me pidió en Valencia. He tenido que hacerlo a sorbos y mal redactado. Si él encuentra 50.000 duros de un Salamero o de un Comillas, es cosa facilísima y de grandes consuelos y resultados».
   El 27 y 28 de mayo de 1896 visitó y convivió Don Manuel en el Sacro-Monte con don Andrés Manjón y con el canónigo y profesor de aquella Universidad don Francisco Medina, antiguo conocido suyo e íntimo amigo en Roma; y en 1905, el 14 de septiembre, escribía a don José María Tormo la última palabra sobre este tanto tiempo acariciado y, por fin, frustrado proyecto: «Mi José María: Necesitaría renovar las alas de mi juventud (que están caídas) para pensar, otra vez en lo de los maestros, que cuando tenía las alas deseaba proponer y realizar. Celebro la idea del buen señor Manjón, pero lo nuestro era proyecto más vasto, si bien puede venir del actual ensayo, del Ave-María por los mismos iniciadores. Nosotros no podemos sino encomendarlo a Jesús ya».

CAPÍTULO XXV



El Colegio Español de Roma: Antecedentes. -Inspiración. -Primeros pasos

(1888-1890)



   Fue la empresa de la fundación del Colegio Español de San José, en Roma, la más alta, trascendental y gloriosa entre las muchas llevadas, al cabo por Don Manuel,-si exceptuamos la de la Hermandad.
   Era tan evidente lá falta, entre los varios Colegios eclesiásticos nacionales establecidos en la Ciudad Eterna, de uno que representase a la nación católica por excelencia, que desde mucho tiempo antes que Don Manuel concibiera el feliz y oportuno. propósito de llenar semejante vacío, veníase abogando en nuestra patria por la instalación en Roma de un Centro de estudios para los seminaristas españoles.
   Ya en 1865, la revista «La Cruz», de don León Carbonero y Sol, se lamentaba de que teniendo todas las otras naciones un Seminario en Roma, solamente España careciese de él, y estimulaba el celo de los reverendísimos señores Obispos para que lo estableciesen. En 1876, refiriéndose a esta iniciativa suya, escribía: «Hoy, gracias a Dios, después de once años, vemos acogida la idea por el señor Obispo de Málaga, según aparece de la siguiente Circular, que publica el «Boletín Eclesiástico» de dicha diócesis del mes de agosto: «Importantísimo y laudable en el más alto grado, por sus provechosas consecuencias para los intereses de la Religión, de la Iglesia y de los fieles, es el proyecto de que cada diócesis envíe a Roma algunos jóvenes de probad o talento y virtudes, a fin de que en el Colegio Romano, que es el Seminario Central del orbe católico, completen sus estudios y adquieran un caudal inmenso de conocimientos y de doctrina la más sana, más segura y más sólida, para difundirla después, por medio de la enseñanza y de la predicación, en sus mismas diócesis... Nuestro celoso y dignísimo Prelado, que para todo lo bueno se pone siempre al lado de los que procuran el bien, y que desea ardientemente hacer cuanto pueda para colocar su Seminario a la mayor altura, no sólo acogió con regocijo la idea desde el primer momento, sino que, considerando ser una necesidad ejecutarla, ha sido el primero en corresponder a ella, hasta el punto de tener ya buscados dos jóvenes de ejemplarísima conducta y de extraordinario aprovechamiento, con el fin de enviarlos al Colegio Romano en el próximo curso ... »
   «Felicitamos -terminaba diciendo el señor Carbonero y Sol- al señor Obispo de Málaga por el nombramiento de pensionados, y confiamos en que los demás señores Prelados seguirán su ejemplo... Querer es poder, y querer el bien es hacerle... En tiempos de lucha como los presentes, se necesitan grandes hombres. Roma es su escuela. ¡A Roma los jóvenes levitas, sostenidos por sus diócesis, mientras se trabaja por el establecimiento de un gran Seminario Español en Roma!»
   «El Consultor de los Párrocos», revista de ciencias eclesiásticas, que dirigía en Madrid el infatigable apologista don Miguel Sánchez, hacíase también eco de este general anhelo y lo recogió en una campaña periodística encaminada a lograr la realización del mismo. El 17 de julio de 1876, ponderando en un largo artículo las excelencias y ventajas de los Colegios nacionales en la Ciudad Eterna, exclamaba: «España, por desgracia, no tiene en Roma ningún Colegio de esta índole. ¡Qué triste es esto! ¡Que hasta América Meridional tenga lo que no tiene la nación católica por excelencia!
   Esta falta, que tan grave es, necesita repararse. ¿Hay los medios necesarios para fundar un Colegio español en la capital del orbe católico? No lo sabemos; pero el hecho es que, aunque los hubiere, un Colegio de esta clase no puede establecerse en pocos meses, ni quizá en dos años. Por esto, para evitar pérdida de tiempo, se ha apelado al recurso de hacer que algunas diócesis envíen jóvenes de vocación, inteligencia y aplicados, a la Ciudad Eterna, para que, hospedados del modo que ofrezca menos inconvenientes, puedan cursar algunos años en el Colegio Romano. Nos consta que se trabaja para conseguir esto en Málaga, Salamanca, Santander, Orihuela y algunas otras partes».
   El 14 de agosto volvía sobre el tema. «Va cundiendo -escribía- la idea de enviar seminaristas de cada una de las diócesis de España a terminar o completar sus estudios en el Colegio Romano. Esto, que siempre hubiera sido muy conveniente, es hoy hasta una imperiosa necesidad. De esto ya nadie duda. Las objeciones únicas que por algunos se presentan van encaminadas, no a combatir la idea en sí misma, sino a hacer resaltar las dificultades económicas que ofrece su ejecución. En esto hay algo de verdad, pero hay no poco de terror pánico. Los obstáculos son los que son, no los que la imaginación quiere que sean. La apatía puede querer confundir los obstáculos abultados con los obstáculos verdaderos. También se piensa bastante en fundar un Colegio eclesiástico español en Roma... El que tenemos en Bolonia ya no es suficiente. Además, por haber pasado a manos del Gobierno, ha perdido su antiguo carácter. El Colegio que ahora necesitamos en Roma debe hallarse bajo la inmediata vigilancia de Su Santidad y depender sólo de los señores Obispos. Su carácter debe ser el de una Institución exclusivamente eclesiástica». «Nos consta -tornaba a escribir el 26 de aquel mismo mes de agosto- de una manera positiva, que el Sumo Pontífice ha recibido con gran placer la noticia de que muchos Prelados españoles están adoptando las medidas necesarias para poder enviar algunos seminaristas al Colegio Romano ... »
   Y el 21 de diciembre: «Vuelve a hablarse de la fundación de un Colegio eclesiástico español en Roma. La mayor dificultad, que era la del local, acaso pueda vencerse sin gran sacrificio. Es posible, y aun probable, que en un plazo no lejano se ponga a disposición del Episcopado español una casa espaciosa y bien situada, que con sólo algunos reparos, pudiera ser muy suficiente. Si así fuera, el Colegio español en Roma se sostendría con gastos casi insignificantes... Todo se reduciría al alimento de los seminaristas y a lo indispensable para mantener a los cuatro o cinco Padres de la Compañía de Jesús que se encargasen de la dirección espiritual de los mismos».
   Al fin, el joven Prelado de Santander ilustrísimo señor don Vicente Calvo y Valero, se determinó a fundar en Roma el «Colegio Hispánico». Con este objeto envió a la Ciudad Eterna, el 8 de noviembre de 1882, nueve de sus seminaristas, que bajo la dirección del canónigo santanderino doctor don José María Ríos, se establecieron en la casa contigua a la iglesia de Santa Brígida. El 26 de mayo de 1883 fueron recibidos en audiencia por León XIII, el cual, contestando a una carta-mensaje del ilustrísimo señor Calvo y Valero, decía a éste el 1.º de junio: «De todo corazón aprobamos la determinación que has tomado de enviar a esta nuestra ciudad jóvenes clérigos de tu Seminario, que concurran a las escuelas en que se forma el clero romano. Por lo que hace al grandioso proyecto que meditas de que se forme en esta ciudad un Colegio de la nación hispana, lo estimamos digno, en verdad, de tu piedad y de tu singular amor a esta Romana Cátedra, y tenemos por cierto que con él, si se llevase a cabo, grandemente gozaríamos. Mas, porque para esto, cual tú mismo reconoces, requiérese el consentimiento y la máxima cooperación de muchos, Nos, por ahora, pediremos encarecidamente a Dios que se digne allanar los caminos a nuEstros pasos y otorgar adecuados recursos con los que pueda holgadamente ejecutarse lo que con sumo mérito proyectas y anhelas».
   Asistían los alumnos del Colegio Hispánico a las aulas del Seminario Romano. En los últimos días de diciembre de 1884, encomendó el ilustrísimo señor Calvo y Valero la dirección de su Colegio a los Padres del Inmaculado Corazón de María. Fue designado para Rector del mismo el reverendo P. Jerónimo Batlló, Procurador Gene-al de la Congregación, y como auxiliar el P. Antonio Naval. El señor Obispo de Vich envió un alumno de su diócesis. En marzo de 1887 fue trasladado el Colegio a la casa que en la Vía Giulia adquirieron los beneméritos hijos del P. Claret para establecer en ella la Procuradoría de la Congregación, y allí continuaron los alumnos hasta que, ya fundado por Don Manuel el Colegio Español de San José, dejó de existir el del ilustrísimo señor Calvo y Valero. No pasaron inadvertidos para Don Manuel los esfuerzos le este Prelado en pro de los estudios eclesiásticos de los seminaristas españoles en Roma, pues en 1882 y 1885 daba cuenta de ellos a los lectores de «El Congregante», con gacetillas recortadas de otras revistas.
   ¿Cuándo surgió en la mente de Don Manuel la idea de realizar él la fundación del Colegio Español? Él mismo ha dejado consignada la fecha en que tuvo la primera inspiración. Algunos años después de establecido el Colegio, escribía a un su amigo sacerdote, que acaba de regresar de Roma: «Bien por los augurios que me hace de los futuros resultados del Colegio Español en Roma para el bien de España y honra y desarrollo de nuestra Obra en la misma, según los tuve en mis instintos desde el 1.º de enero de 1888». Rumió el proyecto durante todo aquel año, y en igual fecha de 1889 habló por vez primera a sus Operarios, reunidos en Valencia, de la conveniencia y necesidad de fundar un Colegio de la Hermandad en Roma, para los jóvenes españoles que quisieran seguir sus estudios eclesiásticos en los grandes Centros de enseñanza de aquella capital, y les recomendó que orasen con ese fin. «Solté -dice Don Manuel- ante la pequeña grey la idea de una casita de San José en Roma, que, por lo mismo que sorprendió, se confió a las oraciones y a la meditación de todos por un año entero ».
   Transcurrido éste, el 1.º de enero de 1890, volvió a hablarles del proyecto, discurriendo sobre las dificultades y ventajas que ofrecía su realización, y les dijo que había sabido que la Santa Sede hacía tiempo deseaba vivamente se procurase promover el envío de jóvenes españoles a Roma, como lo habían repetidamente manifestado Pío IX y León XIII a los Prelados de España que iban a visitarles, y hasta les había alentado para que fundasen allí un Colegio; «que la Hermandad -añade Don Manuel- era la que, al parecer, mejor que nadie, podría producir aquel deseado movimiento de vocaciones, ya por constituir esto un objeto primordial suyo, ya por el carácter puramente sacerdotal de la misma».
   Aceptado con entusiasmo por los Operarios el proyecto, comenzó Don Manuel a moverse para realizarlo. Escribió a Roma pidiendo informes acerca del precio de los víveres, alquileres, etc., con el fin de fijar la cuota más módica posible y lograr de esta suerte que fuese más crecido el número de jóvenes que se determinasen a cursar sus estudios en la Ciudad Eterna. Tanto para estas informaciones como para otros muchos menesteres semejantes, le sirvió a maravilla el doctor don Francisco Medina, capellán de la iglesia nacional de Monserrat en Roma, y más tarde canónigo y profesor del Sacro-Monte de Granada101. El 13 de marzo entrevistóse Don Manuel en Valencia con su amigo y consejero el excelentísimo señor Sanz y Forés, para recabar su parecer. «No te conté -escribía el 26 a uno de sus Operarios- mi entrevista con el Arzobispo de Sevilla, al cual consulté nuestro proyecto de Colegio Hispano-Josefino. Lo aprobó en principio, y que no lo abandonemos; pero me hizo algunas observaciones para el mejor resultado. Mañana lo presentaremos al señor Obispo de Tortosa». Hízolo el 6 de mayo, y el señor Aznar y Pueyo, no lo desaprobó, pero recomendó a Don Manuel que oyera antes el parecer del señor Obispo de Murcia. Ambos Prelados -el de Sevilla y Tortosa- no se recataron de declararle las muchas y grandes dificultades que encerraba semejante empeño, nacidas sobre todo de ciertos recelos y desconfianzas de no pocos obispos en lo concerniente a estudios y formación del espíritu de sus seminaristas en Roma, y le refirieron el fracaso de otros intentos análogos, singularmente el del señor Calvo y Valero: «lo cual -dice Don Manuel- desconocían los Operarios».
   El 13 de mayo visitó al Prelado de Murcia, excelentísimo señor don Tomás Bryan y Livermoore, entusiasta por los estudios de Roma, donde los había él seguido en la Academia de Nobles Eclesiásticos. Pertenecía a una ilustre familia irlandesa refugiada en España durante la persecución contra los católicos de-su patria en el siglo XVII. Antes de ver al señor Obispo, manifestó Don Manuel al Secretario del mismo, el doctor don Tomás Salado, el objeto de la visita, «logrando entusiasmarle -dice- y teniendo el gusto de oír de sus labios que estando el año 86 en Roma, en la habitación del General de los Trinitarios, reverendísimo Padre Antonio Martín y Bienes, les pidió éste que vieran de reunirse algunos Prelados para enviar jóvenes españoles a estudiar en Roma; que él les cedería, para este objeto, aquel magnífico local, que valía más de seis millones y estaba en peligro de ser arrebatado por el Gobierno italiano o el español, apenas muriese él, si muriese sin transformarlo en un Colegio o Instituto español. El mismo Secretario presenció este ofrecimiento y lamentaba en su interior que los Obispos lo escucharan con poco interés, o pusieran dificultades, y que no lo aceptaran, como cosa de difícil realización».
   El excelentísimo señor Bryan y Livermoore confirmó después estas noticias, alabó el proyecto y animando a Don Manuel a ejecutarlo, le ofreció para ello su apoyo.
   De regreso, el 20, en Valencia, decía Don Manuel a los alumnos de aquel Colegio: «Y hoy podría anunciaros otra nueva importante; otra noticia que os llenaría de satisfacción y hasta de santo orgullo para los miembros todos de los Colegios de San José, pero que no me atrevo a revelaros porque el asunto pudiera estar sujeto a contradicciones por su misma grandísima importancia y carácter general y, por lo tanto, me contento hoy con recomendarlo a vuestras diarias e incesantes oraciones, para que en día no lejano os lo pueda manifestar, y ofrecer aquí al Sagrado Corazón y a San José un pequeño tributo de acción de gracias, que entonces os propondré». El 30, el señor Sanz y Forés se le brindaba para recomendar el proyecto al eminentísimo señor Cardenal Rampolla, Secretario de Estado, y al Sustituto de la misma Secretaría, Monseñor Della Chiesa.
   El 31 escribía Don Manuel a don Esteban Ginés: «Queda para encomendar el asunto de Roma. Este sería el paso trascendental». El 10 de junio enviaba al P. Martín, por conducto y con la recomendación del señor Obispo de Tortosa, la siguiente carta: «Muy reverendo Padre y señor mío de todo mi respeto y consideración: Con anuencia y aun encargo de nuestro señor Obispo, me atrevo a molestar la atención de V. R. por un asunto de máxima gloria de Dios. Ante todo, debo decir a V. R. que tenemos establecida aquí en España una Hermandad o Congregación de Sacerdotes Operarios Diocesanos, que tiene por su objeto principal el sostenimiento de vocaciones eclesiásticas, y el formarlas luego en buen espíritu, y la cual Hermandad cuenta con Colegios en algunas diócesis, siendo el central éste de Tortosa. Dicha Hermandad, en vista de que España es tal vez la única o de las pocas naciones católicas que no tienen en Roma Colegio de jóvenes que siguen la extensión de los estudios eclesiásticos en la Universidad Gregoriana, como lo hacen los de otras naciones, ha pensado, con el consejo de este Prelado, ver si puede realizar esta obra; para lo cual necesitamos obtener antes la aceptación y apoyo de unas cuantas diócesis al menos, y tenemos la confianza de obtenerlo. Con este fin, estando yo hace pocos días en Murcia, donde tenemos Colegio, propuse nuestro pensamiento a aquel reverendísimo Prelado, el cual no sólo aceptó y aprobó la idea, sino que me añadió un dato que, a ser cierto, facilitaría en gran manera el logro de nuestra empresa. Según me dijo, estando dicho señor Obispo el año 86 en la habitación de V. R., junio con el difunto señor Guisasola, Arzobispo de Santiago, y otro Prelado, les manifestó V. R. el deseo de que pensaran ellos el medio de establecer en el edificio convento de VV., un pequeño Colegio de jóvenes españoles de carrera eclesiástica, con el fin de poder salvar el edificio de las manos del Gobierno español si acaso se extinguiera esa comunidad, ofreciéndose usted a facilitarles por hoy parte del edificio para este objeto. Me añadió que lo escribiéramos a V. R. Por esta razón, pues, con sumo placer y confianza nos dirigimos a V. R. para que nos diga si por parte de VV. habría inconveniente en cedernos en caso parte del local del edificio que ocupan, y con las obligaciones y condiciones materiales por parte nuestra, para el sostenimiento y reparaciones convenientes del mismo, que VV. creyeran necesarias. Y en este caso, decirnos también qué participación y derechos tiene el Gobierno español en el edificio, y qué es lo, que procedería hacer en este sentido; o si habría medio de prescindir de esta ingerencia del Gobierno, a ser posible. Si Jesús quiere allanarnos el camino de nuestros deseos por conducto de VV., abrigo la confianza de que la compañía de nuestros Operarios y de nuestros colegiales, en lugar de serles molesta, llegaría hasta serles grata.
   Por estos motivos, pues, contando con los piadosísimos sentimientos de V. R., como lo indica la proposición hecha a los mencionados señores Obispos, me atrevo a esperar nos contestará V. R. favorablemente, y nos ilustrará en este asunto. Pudiendo contar desde hoy V. R., y demás religiosos de esa santa Casa, con los servicios de nuestra Obra y de todos sus individuos, se ofrece de V. R. afectísimo s. s. y capellán-El Superior, Manuel Domingo y Sol».
   El 29 de aquel mes escribía a Don Manuel el Obispo de Lérida, excelentísimo señor Meseguer y Costa. «Mi estimado amigo: No abrigo ninguna desconfianza de sus cosas. Basta que sea de usted, lo considero inspiración del Corazón de Jesús; porque, desde su audaz acometida de levantar el Colegio de Tortosa al día siguiente de la Revolución, le he considerado a usted como hombre de tino, y en inteligencia con Dios. Pero crea usted que el Colegio Romano tiene serias dificultades»... Alega, luego, que la escasez de clero que padece le dificulta el pensar en enviar alumnos a Roma y añade: «Sin embargo, si meditándolo bien, y viendo que otros lo aceptan, se me abre camino, no tengo inconveniente».
   El 28 de julio recibió, por fin, Don Manuel la ansiada carta del P. Martín, o mejor, las cartas con que éste contestaba a la del señor Obispo de Tortosa. Decía así:
   «Excelentísimo y reverendísimo señor Obispo de Tortosa. Roma, 21 de julio de 1890. -Mi muy respetable señor Obispo y de toda mi mayor consideración: Dispénseme V. E. I. por no haber contestado antes a su favorecida del 9 de junio próximo pasado. El triste estado de mi salud no me ha permitido hacerlo antes. Hoy tengo el gusto de dirigirme a V. E. I. para decirle que precisamente hace tiempo vengo acariciando la misma idea indicada en su carta; pues habiéndome obligado el Gobierno italiano, por la ley de la fuerza, a que hiciera la transformación del convento, presenté el proyecto para convertirlo en un Colegio Español. Por manera que coincide perfectamente la idea de V. E. I. con mi plan, y sería de desear que se pudiesen fundir una y otro para que fueran pronto un hecho nuestras aspiraciones. La transformación se verificaría creando un nuevo Ente moral, el cual, con la denominación de Colegio Español de la Santísima Trinidad, adquiriría la propiedad del convento, que en baja tasación vale seis millones de reales; de su hermosa iglesia, con espaciosa sacristía, rica en ornamentos sagrados; de una biblioteca, compuesta de seis mil volúmenes, y además, de una renta anual líquida de seis mil pesetas en títulos de la deuda consolidada. De todo ello sería verdadero propietario el nuevo Ente moral por medio de la transmisión que yo le hiciera en instrumento público y previo permiso del Papa. Creo conveniente poner en conocimiento de V. E. I, que esta Orden no cuenta con otros medios de subsistencia que las seis mil liras del consolidado y lo que produce el alquiler de los pisos del convento, que están arrendados, pues los bienes que poseía la Orden en España cayeron en poder del Gobierno el año 35, sin compensación alguna. De esto resulta que, una vez otorgada la escritura pública de transmisión de dominio y constituido el Colegio Español en dueño perfecto del convento, etc., quedaríamos nosotros sin ningún medio de subsistencia en los últimos años de nuestra vida; y para evitarlo, se hace necesario que el nuevo Ente moral se obligue, en la misma escritura pública de transmisión de dominio, a pagar una suma anual, que se Fijará de común acuerdo, a los frailes que vivimos en la actualidad. Podría suceder que en el primero o dos primeros años, el Colegio Español deba hacer algún pequeño sacrificio para completar aquella suma anual, por tener que ocupar uno de los apartamentos arrendados; pero, si se tiene en cuenta que de los cinco frailes que componemos hoy la comunidad, yo tengo 84 años; que el P. Güell está próximo a los 80, con varios sufrimientos, entre ellos uno orgánico, que puede concluir con él cuando menos se piense; que el P. Forgas ha debido ir a España con su familia por haberse iniciado otro padecimiento muy peligroso, y finalmente, que los otros dos restantes, un sacerdote y un lego, cuentan ya cerca de 70 años; si se tiene en cuenta todo esto, es muy probable que vaya decreciendo año por año la suma anual, o que pronto desaparezca completamente.
   Si se verificase la transformación, y conviniera al Colegio instalarse pronto, podrían ocupar uno de los pisos, suficiente para colocar ocho alumnos, y algunos más en la parte que ocupamos nosotros. Aun ocupando este piso, cuya locación102 concluye pronto, los demás pisos alquilados producen más de siete mil liras anuales. Ha de tener también presente V. E. I. que la construcción del convento es tan sólida, que se puede levantar fácilmente, y no con grandes gastos, otro piso más. Si con estos detalles creyese conveniente V. E. I. que se podría iniciar el asunto de la transformación, sería bueno que cuanto antes comisionasen en regla una buena persona que viniese a tratar conmigo, sin perder de vista que tengo 84 años, que el estado de mi salud es tristísimo, y que, muerto yo, no sería fácil realizar la transformación, porque tanto el Gobierno italiano como el español crearían no pocos obstáculos: pues el convento ocupa la mejor parte de Roma y procurarían apoderarse de él. En esta fecha escribo también al señor director del Colegio Hispano Josefino, y para no repetirle lo anteriormente escrito, puede V. E. I., si lo creyere conveniente, leérselo. Con este motivo, tengo el gusto de saludarle respetuosamente y ofrecerme su más atento S. S. Q. B. S. A.-P. Maestro Antonio Martin y Bienes, Vicario General».
   Lo era de la Orden, a punto de extinguirse, de Trinitarios Calzados españoles, y el convento se hallaba en la céntrica Vía Condotti.
   Con fecha del 22 escribía el mismo P. Martín a Don Manuel: «Muy señor mío y de toda mi consideración: Lo mismo que digo al señor Obispo en esta fecha repito a usted: que el triste estado de mi salud no me ha permitido contestar a su atenta carta del 9 de junio. Indico también al señor Obispo que cedería con gusto el convento al Colegio que usted dignamente dirige, manifestando otros pormenores que S. E. I. podrá comunicar a usted. Para no repetir una misma cosa, me limitaré a decir a usted en la presente carta, para contestar a su pregunta, que el Gobierno de España no tiene otra participación y derecho en el convento que el de protección contra cualquier ataque del Gobierno italiano, pues fue construido todo él con capital de la Orden, según consta de documentos fehacientes que obran en mi poder. El convento, de construcción solidísima, como no se fabrica en el día, se encuentra en buenísimo estado, y no necesita de reparación. Se construyó desde un principio para convento, y continúa en buena disposición para servir de colegio, pues sólo en los apartamentos que se alquilan se han hecho pequeñísimas variaciones. Todo lo demás que pudiese decir a usted, se lo hago presente al señor Obispo, y me dispensará si no me extiendo más. Agradeciendo sus ofrecimientos, yo también tengo el gusto de ponerme a sus órdenes y de suplicarle se acuerde en sus oraciones de este pobre viejo y S. S. que B. S. M., humilde capellán-P. Maestro, Antonio Martin y Bienes».
   Apresuróse Don Manuel a comunicar tan halagüeñas nuevas a sus hijos. Para juzgar de la gratísima impresión que les produjo y las impaciencias que despertó en el espíritu de ellos la carta de Don Manuel, copiamos este trozo de la que a éste dirigió el 31 de julio, desde Valencia, don Vicente Vidal: «He recibido la suya, y encargando la debida reserva, se ha leído en el recreo de esta tarde. Excuso decir a usted la inmensa alegría con que ha sido escuchada, llegando casi a hacer derramar lágrimas los párrafos del buen ancianito103. El recreo ha tenido que prolongarse hasta cerca de las tres para poder dar expansión a las impresiones recibidas, terminando en la capilla, a donde nos llamaba la necesidad de manifestar a Jesús nuestro reconocimiento. Pero, al par de la grande alegría recibida, todos han quedado impacientes, creyendo que no es ocasión de perder un solo momento. ¿Cuándo va Don Manuel a Roma? La grandeza del beneficio... y el P. Martín con 84 años... y enfermo... y ansioso de dejar pronto arreglado el asunto... ¡Oh, qué eterno remordimiento, si por alguna dilación se malograra el asunto, falleciendo el providencial anciano sin poder ver realizadas sus aspiraciones y entonar el Nunc dimitís! Esta es la impresión general. Así, pues, ¿qué día sale usted para Roma? ¿Me necesita usted para acompañarle? La gente no estará tranquila hasta tanto que anuncie usted su salida para la Ciudad Eterna... Esperamos nos determine las oraciones y penitencias que nos encomienda y que todos aceptan gustosísimos».
   Encaminarse a Roma cuanto antes deseaba también el propio Don Manuel, pero el cólera de Valencia, que se extendió después a Tortosa, forzóle a diferirlo. Se hallaba decidido a abrir el Colegio en el curso inmediato, aunque fuese con pocos alumnos. El Arzobispo de Valencia escribíale por tercera persona el 16 de agosto: «Conforme con el proyecto de Colegio Hispano Romano de Don Manuel, pero haz presente a dicho señor que el Obispo de Cádiz104 ya hizo algo en este sentido, apoyado por el Cardenal Arzobispo de Zaragoza y por el Obispo de Córdoba».
   Para ponerse en comunicación con el Nuncio de Su Santidad en Madrid, Monseñor Di Pietro, a fin de darle cuenta de su empresa y demandar su bendición, sirvióse Don Manuel del Rector de las Calatravas de la Corte, don Manuel Sanahuja, al cual escribía el 19 de agosto Monseñor Antonio Vico, Auditor de la Nunciatura: «Me he enterado del contenido de la carta del señor Don Manuel Domingo y Sol, y ciertamente que su idea es excelente, mas dudo que se pueda realizar para el próximo curso. De todos modos, lo que habría que hacer es que dicho señor Domingo hiciera una, exposición completa de su pensamiento al eminentísimo señor Cardenal Rampolla, Secretario de Estado de Su Santidad, indicándole al propio tiempo las bases de la Obra y los recursos con que cuenta, no sea que después de comprado el establecimiento105, no tenga para lo demás; y pida a Su Eminencia que recabe de Su Santidad una bendición en favor de la empresa. Esta exposición, que el señor Domingo la envíe al señor Nuncio, y éste la transmitirá a su destinación. No omita el señor Domingo de alcanzar de su señor Obispo un elogio y recomendación del pensamiento».
   El 23 envió Don Manuel a Madrid, para que fuese reexpedida a Roma, la exposición que se le demandaba106; el 26 escribió al señor Sanz y Forés, informándole de todo, y éste le contestaba el 28. desde Caldas de Oviedo: «Mi querido Don Manuel: Recibí ayer la suya. Me parece que no debe esperarse más, y que conviene activar cuanto antes lo de la transmisión de derechos del edificio. Vaya, pues, a Roma con los documentos o poderes necesarios, anticipando aviso para que el P. Martín prepare, por su parte, la autorización pontificia. Esté seguro de la benevolencia y apoyo del señor Rampolla. Yo escribiré a Mons. Della Chiesa, que fue Secretario del señor Rampolla en Madrid y está empleado en la Secretaría de Estado en Roma. Todo lo de España pasa por su mano, y es de los que siempre han deseado Colegio español en Roma. Cuente con él para todo».
   Preocupaba a Don Manuel el acogimiento que los Prelados de España dispensarían a su proyecto. Animándole, le decía el 5 de septiembre don Vicente Vidal: «Creo, como usted, que, D. m., con nuestros Colegios tenemos bastante para darle vida al Colegio Romano, caso de que los señores Obispos no tuvieran mucho interés en él». Y es que se iba dando cuenta Don Manuel de los vuelos que tomaba la empresa con la adquisición del convento de Trinitarios. No había pensado él en tanto. Dios, sin él sospecharlo, le forzaba a más. «El deseo de corresponder a las indicaciones de León XIII sobre el envío a Roma por los Obispos españoles de jóvenes seminaristas, nos intimó a tener una casita-escribía Don Manuel más tarde-Nuestra ambición se limitaba a un piso. Se nos ofreció Condotti»...
   En carta del 10 de septiembre mostrábase inquieto por el retraso de noticias. «De la Nunciatura -decía el 16 a don Luis Albert- me escriben malas noticias respecto al edificio nuestro romano, próximo a perecer bajo las garras del Gobierno italiano. Oren y quéjense ante el Corazón de Jesús. De aquí que estoy impaciente, aguardando últimas noticias del P. Martín». En efecto, con fecha del 13 le había escrito Mons. Vico la siguiente carta, que Don Manuel, en su diario, califica de fatal: «Iltre. Sr. Don Manuel Domingo y Sol.-Muy señor mío, de mi distinguido aprecio: Todavía estaba yo titubeando de si se debía dar o no a la exposición de usted el curso conveniente, movido por razones que la lectura de la exposición misma me dictara, cuando supe que la Casa religiosa a que usted alude, como conveniente para estable.cer en Roma el Colegio consabido, ya no se podría comprar, porque está para apoderarse de ella el Gobierno italiano. Y tanto es así, que dos Congregaciones religiosas a las cuales dicho establecimiento se había también ofrecido, han desistido de comprarle. En su vista, creo que usted agradecerá que no se haya hecho nada en el asunto, y adjunto le devuelvo los documentos que me envió por conducto del señor don Manuel Sanahuia».
   Había pedido informes Don Manuel al señor Obispo de Cádiz, excelentísimo señor Calvo y Valero, acerca del Colegio que había éste fundado en Roma, y el 22 recibió del mismo la siguiente contestación: «Muy señor mío y de toda mi consideración: Es tanto lo que me ocurre decir a usted sobre la fundación de un Colegio Español en Roma, que yo inicié en noviembre de 1883, que existe, y al cual se refiere la apreciable carta de usted del 8 de este mes, que no cabría en otra, por larga que fuese. Y me parece todo ello tan análogo y provechoso para lo que a la sazón proyecta la Hermandad de vocaciones eclesiásticas, de que es usted digno Director, que entiendo merecería tratarse amplia y francamente en una o varias conferencias. Para celebrarlas, yo concurriría gustosísimo al lugar y en el día que se designase, si ahora y hasta un mes después, por lo menos, no me impidieran salir de ésta la conclusión de la obra del nuevo Seminario de esta diócesis y algunos otros asuntos de la misma, que me tienen ocupadísimo. No me atrevo a proponer a usted que venga, al indicado efecto, porque el viaje es largo y penoso. Pero, si espontáneamente quisiera hacerlo, y aun con algunos individuos del Consejo, tendría la mayor satisfacción en hospedarles, aunque humilde, muy cordialmente, en esta su casa, su atento y afmo. S, S. y c., que corresponde a sus ofrecimientos con los más expresivos y sinceros, se encomienda a sus oraciones y le bendice, El Obispo de Cádiz». Acompañaba la carta con algunos ejemplares de un folleto, en el cual se leían recomendaciones y alabanzas tributadas por León XIII al «Colegio Eclesiástico Hispano Romano», en Rescripto Pontificio fechado el 1.º de junio de 1883.
   El mismo día 22, recibió Don Manuel de Roma otra carta del agente de preces don Estanislao Sevilla, en la cual le comunicaba hallarse enterado del asunto del Colegio, por haber sido él el redactor de la primera carta del P. Martín; que le habían entregado un telegrama recientemente enviado por Den Manuel al P. Martín, y que no sabiendo qué contestación darle, se había trasladado el 17 por la tarde a Frascati, donde el P. Martín se hallaba desde el 17 de agosto, atendiendo al restablecimiento de su quebrantada salud, y añade: «Habiendo leído el P. Martín el telegrama de usted, me dijo que había recibido su carta, en la cual le manifestaba que vendría usted a Roma a mediados de este mes con los poderes necesarios para arreglar el asunto consabido; que, si no contestó, fue porque nada se podía decir de nuevo en la carta más de lo manifestado en la dirigida al señor Obispo. Me añadió que todo depende de la venida de usted aquí, y que cuanto antes llegue, más pronto se darán los pasos para ultimar el asunto. Tiene intención el P. Martín de volver a Roma el 24 de este mes ... »
   El 27 se entrevistó Don Manuel en Valencia con el señor Sanz y Forés, y el 28 por la mañana llegaba a Madrid, con don Vicente Vidal, que debía acompañarle a Roma. De sus visitas a Monseñor Vico y al Ministerio de Estado, en el que vivía su amigo don Manuel de Uriarte, sacó Don Manuel en limpio que habían estado en trato sobre Condotti los Padres Agustinos y los del Corazón de María, que el Gobierno español tenía reclamado el edificio y abrigaba la confianza de asegurarlo para España. Presentados, por el señor Sanahuja, Don Manuel y don Vicente a la condesa de Benomar, ofrecióles ésta el apoyo de su marido, nombrado Embajador cerca del Quirinal; y por otras personas se les prometió que el marqués de Pidal, Embajador junto al Vaticano, haría cuanto pudiera en favor de ellos. En posesión ya de estos datos, visitaron al Nuncio, Monseñor Di Pietro, que les animó para que fuesen a Roma y ofreció escribir al Emmo. Sr. Rampolla, para el cual les dio un encargo.
   El 30 por la noche, acompañados de don Francisco Medina, capellán de Monserrat, que regresaba a Roma, partieron de Madrid para Zaragoza. Celebró Don Manuel al día siguiente la santa Misa en el altar de la Virgen del Pilar, para pedirle, por intercesión del Santo Ángel de España, el favorable despacho de los asuntos que le llevaban a la capital del orbe católico.

CAPÍTULO XXVII



El Colegio Español de Roma: Trabajando por Condotti

(1890)



Al mediodía del 4 de octubre de 1890, llegaron a la Ciudad Eterna Don Manuel y don Vicente Vidal. Dijo Misa éste y comulgó en ella aquél, en la iglesia de los Trinitarios. Instaláronse en una casa que les había preparado el P. Martín, en la Vía delle Convertite, núm. 8, 2.º107. A las cinco de la tarde conferenciaron por vez primera con el P. Martín, al cual acompañaba el señor Sevilla. Díjoles el Padre que él era el dueño del edificio y quería convertirlo antes de morir en plantel de seminaristas españoles. Las condiciones que puso a los Operarios parecieron a éstos tan ventajosas, que las aceptaron desde luego. No obstante, puso Don Manuel en su Diario, como comentario de la entrevista, estas misteriosas palabras: «Dudas y temores. Reservas. Y el señor Sevilla ... » El día siguiente escribía Don Manuel a Tortosa sobre esta su primera visita al P. Martín: «Va una línea desde esta desgraciada capital del mundo católico. Ayer, sábado, fiesta de San Francisco, a las doce de la mañana, llegamos aquí, y aun dijo Misa don Vicente y yo comulgué, porque debíamos decir Misa uno después de otro y no podía ser por la hora. Ayer tarde y hoy hemos tenido dos conferencias con el P. General de los Trinitarios, abuelo de 84 años, y aun vemos la cosa muy turbia; y mañana, otra conferencia. Hoy hemos ido a ver al Cardenal Rampolla en el Vaticano y hemos tenido que subir 318 escalones, 104 más de los que hay en el Miguelete de Valencia, para llegar al piso de Rampolla. Nos ha recibido muy bien.
Diga usted a mosén Bautista que diga a Marianeta que estamos en una casa o piso magnífico, casa muy limpia y lujosa, y que ya la he contratado para ella para la romería; que estarán servidas por una muy afable italiana. Aun no hemos pedido audiencia al Papa. El P. Llevaneras está fuera de aquí».
   Este mismo día aplicó Don Manuel la Santa Misa en obsequio de los Santos Angeles de España y Roma para confiarles el feliz éxito de su empresa. Son incontables las que desde aquella fecha ofreció por el mismo objeto al Santo Angel de España, a San José, a la Virgen y al Corazón de Jesús, sobre todo, y de un modo regular, en determinados días, como los de cada primer viernes de mes, los días 19, en las principales festividades, y en los momentos más críticos y apurados de sus gestiones diplomáticas. Durante esta etapa de su permanencia en Roma, acostumbraba celebrar el santo Sacrificio en la iglesia de los Trinitarios. Algunos días, para satisfacer su especial devoción a algunos Santos, o para impetrar con más eficacia de alguno de ellos el buen resultado de su proyecto, lo hacía en otras iglesias. Dedicábanse Don Manuel y don Vicente, durante el paseo de la tarde, a visitar los monumentos y recuerdos históricos de la Ciudad de los Papas.
   Sobre la segunda conferencia que tuvo con el P. Martín el día 5, escribe Don Manuel estas pesimistas palabras: «Encargos de reserva... Más dudas y temores». En la de la mañana del día 6 con el P. Martín, el abogado de éste y el señor Sevilla, se asentaron y convinieron las bases del contrato, y se comunicó a Don Manuel qué documentos debía presentar para proceder a la hipoteca.
   El 7 recibió Don Manuel carta de Madrid del señor Sanahuja, notificándole que a fines del mes llegaría a Roma el marqués de Pidal; que incumbía a éste resolver sobre el asunto y que se hallaba muy interesado en favorecer a los Operarios. En igual fecha escribía, a su vez, Don Manuel a don Felipe Tena: «Mi inolvidable Felipe: Estoy aquí desde el 4 con don Vicente... Estamos elaborando la cosa, y aunque convenidas las bases de la adquisición del convento, no puede decirse nada, porque han de pasar por la curia del Gobierno usurpador italiano y del Gobierno español. Lo que más me constipa es el tener que aguardar para activarlo documentos de propiedad de los Colegios nuestros de 15spaña 1, qué sé yo cuántos otros.
   Ayer visitamos a Rampolla, que estuvo amabilísimo. Besé el pie de bronce de San Pedro. Aun no he podido estar en San Luis, pero sí en Gesú y Universidad Gregoriana. He salido poco, porque las conferencias con el General de los Trinitarios nos han entretenido».
   Los siguientes días empleólos Don Manuel en visitar al P. Martín, al conde de Benomar y al P. Panadero, Procurador de los franciscanos españoles, y en escribir cartas a varios Prelados de España pidiendo los atestados e informes que se le exigían. Hasta el 19, los resultados de sus gestiones pueden resumirse en lo que él mismo cuenta en la carta que el día 13 había dirigido a Monsenor Vico:
   «Muy respetable señor mío: Dispense V. S. si he tardado demasiado en escribir y dar cuenta al excelentísimo señor Nuncio del cumplimiento del encargo que tuvimos el honor de recibir, pues deseaba decirles algo más concreto. El asunto del convento no es causa perdida. Según parece, conserva el carácter de internacional, y sólo se ve obligado por las leyes italianas a que sea transformado en Colegio.
   En su vista, y después de varias conferencias con el P. Martín, hemos sentado bases, que se han aceptado. El P. Martín hará la transformación del convento en Colegio Español y transferirá al ente moral nuevo la propiedad del edificio, rentas, etc... En cambio, nuestra Obra se obliga, con la hipoteca de nuestros Colegios de España, a atender a la subsistencia de los cinco religiosos mediante una cantidad anual, igual a la renta que hoy perciben del consolidado y de los arriendos de pisos, y la cual cantidad y obligación irá disminuyendo por quintas partes, a medida que vaya falleciendo cada uno de los religiosos. La única dificultad seria está en que las pase el Gobierno italiano, si bien creen que está esto dentro de la ley. Para esto desea el P. Martín testimonios o atestados de algunos señores Obispos.
   Hemos escrito al de Lérida y al señor Arzobispo de Sevilla, además de los Prelados de las diócesis en donde tenemos Colegio, y veremos si los recibimos para activar el asunto. A otros señores Obispos no nos hemos atrevido, porque no los conocemos, ni les es conocida nuestra Obra. Si V. S. comprendiera que podíamos dirigirnos a algún otro, estimaríamos nos lo indicara. Fuimos a visitar al señor Della Chiesa, el cual tuvo la amabilidad de introducirnos él mismo al señor Cardenal Rampolla, al cual entregamos los libros y la carta del excelentísimo señor Nuncio... Nos preguntó el objeto de nuestra visita a Roma, y le dijimos la misión a que estábamos consagrados en España, en el fomento y sostenimiento de vocaciones eclesiásticas, y que veníamos por ver si nos era posible pensar en establecer aquí un Colegio de jóvenes españoles. Elogió el pensamiento, encargándonos que procuráramos tuviera toda la importancia posible, y se ofreció para cuanto pudiera convenirnos».
   El 12 de octubre decía Don Manuel a sus monjitas de la Purísima de Tortosa, hablándoles de su vida en Roma: «Mis Francisca, Concepción y demás Madres graves, y demás gente menuda de mi convento de la Madre Purísima: Aunque supongo que el P. Vicariet108 les habrá dado noticias diarias de mi existencia y mis correrías, van dos letritas directas. Estamos visitando Embajadas y gente gorda, que para un pobre confesor de monjas toda la vida, es la penitencia mayor. No es esto regañar a monjas, sino andar muy estirados y graves para que nos tengan por personas importantes, ya que no lo seamos. Después de los primeros días, que tuvimos mucha ocupación y mucho que hablar y mucho que escribir, estamos ahora aguardando resultados y casi sin hacer nada. Por esto, como no tenemos monjas que nos hagan madrugar, ni chicos que nos ocupen, ni devotas que nos persigan, llevamos una vida santa. Por la mañana nos levantamos a la hora que señalamos, hacemos la oración quietecitos, luego a decir Misa a un lugar célebre; de modo que hasta las nueve todo para Jesús. Hemos dicho Misa en San Ignacio, San Luis, etc., y hoy he ido a Santiago, donde están los misioneros de Nuestra Señora del Sagrado Corazón, que antes era iglesia española y la vendió nuestro Gobierno. Ya pueden pensar que en todos estos lugares me acuerdo de las pobrecitas Puras para que Jesús las haga santas en su rinconcito de la calle de Moncada, rogando por este mundo, que afortunadamente no conocen. Esto es una Babilonia de carruajes y lujos y vanidades, que no se puede transitar por las calles. Y de todas estas cuatrocientas cincuenta mil almas, la mayor parte no poseen el amor de Dios, ni le conocen, y éste es un pensamiento que, a más de excitarnos al agradecimiento, nos debe mover a pedir de continuo por estas almas. Por otra parte, desde el año 70 hay un cambio radical. Hoy se ven ya iglesias protestantes en la misma capital del orbe católico, y muchos edificios religiosos han sido arrebatados. A los jesuitas solos les han tomado los dos mejores, el Colegio Romano y el Jesús. Este lo han convertido en parque de artillería. Ayer estuve en San Francisco in Ripa, que era la habitación de San Francisco en Roma, y les han quitado la mitad del convento, y los soldados han destrozado el naranjo plantado por el P. San Francisco, que se conservaba todavía. Por lo demás, no faltan aquí almas buenas, y los institutos religiosos van con libertad y sin ser insultados por estas calles, y se ven continuamente sacerdotes y religiosos de todas las partes del mundo, y bandadas de religiosas, que es lo que menos me gusta, aunque van con bastante compostura. Nuestros asuntos en calma. A ver si las oraciones de ustedes los impulsan y podemos volver pronto sanos y salvos. Conque, hagan todas la bondad de estar buenas y cuidarse. Bendice a todas su afectísimo P. en Jesús, Manuel»
   El 22 decía a las de Vinaroz: «Estamos aquí, dándonos buena vida y vida buena. Como no tenemos aquí ni devotas, ni chicos, nos levantamos tardecito... Además, tenemos a muy pocos pasos la iglesia, pequeña, pero linda, de los Padres del Sacramento109, que tienen día y noche expuesto al Señor. De aquí que, al ir y volver, podemos entrar y darle una miradita. Por la tarde, paseo a un punto notable, y a casa.
   Aquí veo que hay bastante piedad, por más que sea quizás algo italiana, y sobre todo veo a muchos hombres visitar al Sacramento: en proporción, más que mujeres. En cambio, apena el estado de esta población...; los escándalos de la impiedad, con entierros civiles y otras manifestaciones malas: ayer mismo enterraron un impío, que había sido diputado, y fueron las sectas con banderas, una de ellas la bandera del diablo, al cual venera aquella logia, y le canta un himno; el ver cómo se acostumbran ya todos a ver estos espectáculos, sin que les hieran ni protesten. Habíamos de venir los españoles con un ejército y echar a estos garibaldinos. Rueguen por esta ciudad. Por lo demás, cada día veo más que conviene aquí un Colegio Español; que, si no lo establecemos nosotros, lo hará otro, atendidos los deseos que hay en el Vaticano, y aun en las Embajadas españolas. Por lo tanto, pidan a Jesús que no nos hagamos indignos de ser instrumentos de esta obra tan gloriosa y tan útil; y así, golpes a Jesús y súplicas a la Divina Madre».
   El 24, sobre el mismo tema, escribía a una sanjuanista de Tortosa: «Recibí ayer tu esquelita del 17. Veo que deseas que te distraiga un poco diciéndote cosas de esta capital ... » Le repite, como a las anteriores, el método de vida que observaban, y refiriéndose a las visitas eucarísticas a San Claudio, le dice: «Creas que es la Exposición que me hace más devoción, y esta práctica me tiene encantado. Luego de la Misa, a casa, a escribir mucho... Los primeros días tuvimos que hacer varias visitas a las Embajadas y Vaticano. Para ver al Cardenal Rampolla tuvimos que subir 318 escalones, y cargados con media arroba de libros que nos había dad -Jc"c- -:11 Papa el señor Nuncio de Madrid. Ya casi no me quedaba coret. Nuestros asuntos, así así todavía, y con mucha calma. A ver si las oraciones de las almitas de esa santa Casa saben tener traza para apresurarlo y que termine todo bien; que dificultades se presentan bastantes. En cambio, aprovechamos el tiempo para preparar la Peregrinación a San Luis. ¿Qué te diré de Roma? Hay bastante piedad, frecuencia de Comuniones y asistencia a las Cuarenta Horas. En cambio, un lujo extraordinario desde que vino la corte garibaldina... El domingo se me invitó a decir Misa en el convento de monjas del Sagrado Corazón, francesas, y había una española, que conocía a Isabel Ribera, y pudimos hablar largamente...»
   Del 19 al 25 recibió Don Manuel los informes del señor Sanz y Forés y de los Obispos de Lérida, Murcia, Orihuela y Tarragona. Al remitirle el de esta última diócesis su entrañable amigo el doctor Corominas, le añadía estas noticias: «En Zaragoza110 hablé a algunos Prelados del proyecto de Colegio Romano, y noté tres corrientes distintas: unos, como el P. Cámara, están por un Colegio Superior en España, y tal vez en Salamanca mismo; otros, por un Colegio o Estudios Superiores en diversas regiones, tal vez en cada provincia. Ni unos ni otros satisficieron, sin embargo, a mi pregunta: ¿De dónde sacar, en ambos casos, el profesorado superior? Finalmente, otros están por el Colegio Romano, aunque temen salga caro, a juzgar por lo intentado años atrás por el Obispo de Santander, hoy de Cádiz. Los pocos a quienes hablé del asunto que ustedes trataban con los Trinitarios, confesaron que es un buen negocio, pero no creían pudiese conseguirse. Fíjese usted mucho, en su caso, en el modo de hacer la adquisición, de modo que sea verdadera propiedad, alienable, absoluta, etc.»
   El 29 anotaba Don Manuel en su Diario: «Visita al P. Martín. Los del P. Claret quieren el convento. -Amarguras de don Vicente». Y el 30: «Visita al P. Martín. -Noticias alarmantes sobre los del P. Claret».
   El 31 le escribía, desde Segorbe, su amigo don Bernardo Lázaro: «Entregué, así que recibí la tuya, la misma al señor Obispo, y hace media hora que me ha dicho que está conforme y deseoso de que tenga feliz éxito tu pensamiento, por cuya realización está dispuesto a hacer todo lo que pueda, pues que hace ya muchos años que abriga el deseo de que se funde en esa capital un Colegio Español, y será un motivo de satisfacción para él si esto se realiza. Más, me ha dicho que el jueves próximo saldría de aquí personalmente él mismo para hacer en ésa la visita «ad Limina», y llegará, si no tiene obstáculo en su viaje, a ésa el miércoles de la semana próxima, por la mañana, y se hospedará en la vía Giulia, número 163, que ha dicho es otro establecimiento español111. Allí, pues, le hallarás, y puedes estar seguro de que te recibirá bien, pues ha quedado en gran manera complacido de tu plan ... »
   Aquel mismo día 31, en carta a Don José García, se expresaba Don Manuel así: «Don Vicente, aunque el pobre creo hace esfuerzos, desde hace dos días va dando vueltas a la idea de irse él... Tendré que impedírselo, por más falta que haga allá, por no quedarme solo ahora que se acerca la hora de tratar con Pidales y Benomares... Por lo demás, en cuanto a mí, estoy conformado a estar cuantos días Jesús quiera, pues no quiero que me remuerda la conciencia después, si viene un entorpecimiento por mi causa. Estoy afectadísimo».
   Había ya comenzado a experimentar Don Manuel aquella larga serie de dolorosos contratiempos, vaivenes y dilaciones, a través de los cuales había de pasar hasta ver realizado su proyecto de establecer en Roma un Colegio Español. En las notas de su Diario correspondiente al día 31 de octubre, leemos: «Visita a Benomar, y fatales nuevas. -Visita a Sevilla, y depresión de éste. Tarde agitada». Y en las del 1.º de noviembre, apuntando veladamente las causas de los sobresaltos de la víspera: «Visita al P. Martín. -Datos sobre visita de Oria112 a él y a Sevilla. -Del Rector del P. Claret. -Temores de que hagan atmósfera en el Vaticano, etc., etc., etc.»
   Aquel mismo día daba Don Manuel cuenta a don José García del estado de sus negociaciones, con esta larga carta: «Después de una noche nerviosa y de una mañana de súplicas al Corazón de Jesús por la intercesión de todos los Santos, hemos ido a ver al P. Martín y contarle nuestra entrevista con Benomar, y si lo habíamos hecho bien o mal, y lo que éste nos dijo de Oria. Ha tomado la palabra -pues él deja hablar muy poco- y dijo que se le presentó Oria... y le dijo lo de los PP. de Claret, y le contestó que ya estaba comprometido, y que... Oria aun se atrevió a ir a Sevilla; que se le presentó el Rector del P. Claret, diciéndole, de parte del General, que había sabido que los agustinos no supieron aprovechar el ofrecimiento tan ventajoso que, según les habían dicho, les había hecho el P. Martín: que, por lo tanto, él, sin reparar en ninguna condición, venía a que dispusiera... Le contestó lo mismo que a Oria. Que hace dos años dijo a Monescillo que él quería el edificio, ya que se veía obligado a perderlo, para el Episcopado español... Que de Pidal no teme sino que todo lo quiere para los Dominicos, interesados también en que les cediera el edificio..., pero que, vamos, podemos hablarle; que él también le visitará, y si no le dice nada, en la primera visita no le dirá nada; pero que si habla, le dirá lo que hay... «A mí, ha continuado, ya no me importa nada que se haga público», y que, si escribimos a algún Obispo, le digamos abiertamente que el P. Martín trata y desea que sea el Colegio Español y para los Obispos, y a su inspección, como lo tenemos nosotros en las bases. (Por esto creemos se ha inclinado desde un principio más a nosotros, aunque naciente Institución, que a un Instituto religioso). Que, en fin, las dificultades no faltan, pero que se han de superar; que no ponérnoslas nosotros; que él ya lo tiene todo previsto, etc., etc...
   Don Vicente se ha reanimado y no me habla hoy de irse... Si el Señor nos deja llegar a término, como quiero esperarlo de su Corazón, habrá sido una tan dulce y graciosa sorpresa de Jesús, que servirá para hundir perpetuamente los corazones de los Operarios todos bajo el peso de la gratitud y de la fidelidad, atendidas las circunstancias, las dificultades que se presentan y lo trascendental de la empresa: que hasta esto nos ha ocultado el Señor, pues, a preverlo todo antes, tal vez hubiéramos desistido... Don Vicente ha comido hoy dos panecitos más que los otros días, a pesar de que ha dicho que nos preparemos para otra de San José, miscens gaudia fletibus. Esta mañana ha llegado ya el marqués de Pidal, gracias a Jesús, pues Oria ya nada tendrá que ver, y esperamos mucho de él; y que ha venido con Caparrós, canónigo de Madrid, amigo de Medina... Ahora, súplicas; y que honren a Jesús Sacramentado; que yo, aunque me esté aquí todo el invierno, si Don Vicente me es fiel ... »
   El día 2 de noviembre tornaba a escribir a sus monjas de la Purísima, dándoles noticias de su vida en Roma: «Casi veo que puedo estar aquí mucho tiempo, yendo la cosa con viento feliz. Por esto, sin duda, no deben decir bastantes cosas a la Madre Purísima, cuando van tan despacito nuestros asuntos, pues de ahí nos van enviando las cosas a sorbos. Haga Jesús que luego, después de tanto destierro, se nos muestre propicio. Como le dije en mi anterior, nos damos buena vida: pasear, rezar y comer; aunque en esto de comer, nos hemos de contentar con la fritata de huevo todos los viernes y sábados, y siempre que es vigilia, porque aquí dicen que no entra la bula. En cambio, tenemos muy buena agua, abundante y fresca... Estos días hemos tenido una tramontana tan viva como la del Ebro... después de las visitas de los primeros días, nos hemos hecho una composición de lugar y tiempo, y vivimos ordenados y tranquilos, como si estuviéramos en Tortosa. Sólo así podríamos pasar bien la expatriación tan larga. No tengo humor de escribir hoy, porque las espinas que nos rodean no dan lugar a ello, y todos nuestros sudores están pendientes de un hilo. Así, pues, diga a esas almitas graves y no graves que oren para que Jesús bendiga la Obra de su máxima gloria... A ver si tienen traza para que el fervorín de la Madre Purísima pueda hacerlo con alegría, si es que estoy ahí ya. Depende de Jesús, por ustedes ... »
   «Todo en conjunto -comunicaba a don Elías Ferreres el día 6- constituye un estado, que no sólo me aflige, sino que quiere introducir la desconfianza y extinguir el entusiasmo en mi corazón. No soy hombre de lucha, y me repugnan las luchas, y con todo estamos en medio de un combate que me hace sufrir. Tal vez Jesús quiere sólo humillarnos y hacernos ver que hemos de obrar con pureza de intención y con la sola confianza en El. En fin, cúmplase su voluntad dulcísima y en lo que sea de su mayor gloria: si bien me parece que nuestra Obra, con su gracia, podría darla más fácilmente».
   Lentamente iban marchando las negociaciones, y llegando, al fin, los atestados de Valencia, Madrid, Burgos... Multiplicaba Don Manuel sus conferencias con el P. Martín y el señor Sevilla, y las celebró también con el marqués de Pidal y con los Obispos de Segorbe y Almería, a la sazón en Roma. Las presiones de los Padres del Corazón de María para lograr Condotti; las pretensiones de las religiosas inglesas de Santa Isabel, que, favorecidas por la Reina Regente, lo deseaban también para establecer allí un Colegio de enseñanza; las continuas dilaciones y los inexplicables y misteriosos reparos y exigencias del P. Martín, que «los tenía asustados»; la tardanza en llegar de los informes de los Obispos de España; las combinaciones que andaba ideando el de Segorbe, etc.... proporcionaron a Don Manuel ratos muy amargos, que le obligaban a escribir en su Diario: «Malísimas impresiones», «Día triste», «Mala noche»... De España le comunicaban que en Valencia «se burlaban» de la fundación que llevaba entre manos, y en Roma los frecuentes desalientos y tristezas de don Vicente Vidal, que deseaba volverse... «En fin -escribía a don José García- que Jesús nos quiere para mirra». En medio de tantas tribulaciones Don Manuel manteníase firme, orando y haciendo «ofrecimientos a Jesús Sacramentado y propósitos de confianza», y promesas a los Santos para cuando llegase la hora del triunfo.
   Uno de los primeros días de su estancia en Roma, ascendiendo por la monumental escalera del Vaticano que conduce a las oficinas de la Secretaría de Estado, en uno de los rellanos toparon los ojos de Don Manuel con el magnífico cuadro en que se representa a San Pedro caminando sobre las aguas, y al punto, volviéndose a don Vicente Vidal, que le acompañaba y se hallaba bajo la influencia de sus frecuentes desmayos espirituales, le dijo para alentarle con el recuerdo de la escena evangélica: «¡Mira! ¡Mira!... Modicae fidei, quare dubitasti-» Parecióle a Don Manuel que aquel providencial encuentro, y en tal sitio, era como una interior y secreta palabra de esperanza con que quería Dios reavivar la que les iba faltando.
   Y, en efecto, no dejó de proporcionarles, tanto en España como en Roma, amigos y consoladores. De Madrid le escribía el 17 de noviembre el canónigo de aquella Catedral, y futuro Obispo de Jaén, señor Castellote: «Inútil es que diga a usted cuánto me interesa su obra en Roma. Ahí tengo yo un íntimo amigo mío, Mons. Pietro Pisani, Maestro de Ceremonias de Su Santidad y canónigo de San Marcos. Con que usted le diga que es amigo mío, le tendrá a sus órdenes. Es hombre activo y virtuoso. En la Embajada española está con el marqués de Pidal don José M.ª Caparrós, canónigo de esta Catedral y persona muy influyente en el ánimo del señor Embajador. En mi nombre puede usted hacerle una visita. He hablado con el señor Obispo del asunto de usted, y aunque le veo muy bien inclinado en favor de su obra, que aplaude y aprueba, no creo poder conseguir una recomendación escrita, pues no tengo con él la suficiente franqueza para hacer más presión que la que llevo hecha. Escribo antes de poder hablar con Mons. Vico. Si mañana, cuando le vea, dice algo que interese, volveré a escribir. Cuente usted conmigo para todo...»
   El 20 le decía el señor Sanz y Forés: «Querido: Siento sus amarguras y siento el atraso forzado de sus gestiones. Póngale un memorial a su amigo San Luis. Me choca el silencio de Toledo. En cuanto me lo indicó usted, escribí al Cardenal. ¿Será que sufrió extravío mi carta? Es chocante. Hoy le escribo a su sobrino. Veremos si produce más efecto. Quiera Dios que, tras las ansiedades y amarguras, se logre lo deseado para su gloria ... »
   Y el 24, Monseñor Vico: «Escribí al señor Arzobispo de Burgos y espero que le habrá complacido. También volví a recomendar el asunto de usted a Monseñor Della Chiesa, Secretario del señor Cardenal Rampolla. Pertenece usted a una raza de hombres que difícilmente se acobardan delante de las dificultades; por lo cual, después de la protección divina, espero muy confiadamente que su constancia ha de ser recompensada con el éxito favorable. Es la noticia que estoy esperando de usted. Mientras tanto, pediré a Dios Nuestro Señor que le abra todas las puertas».
   En Roma entabló Don Manuel estrecha amistad con el señor Caparrós, a quien visitó el día 3 de noviembre, no bien llegado aquél a la Ciudad Eterna con el marqués de Pidal. Tan íntimos lazos fueron uniéndolos, que no mucho tiempo después vino a ser Don José María miembro ilustre de la Hermandad.
   Favorecía también mucho a Don Manuel Monseñor Della Chiesa, que desde el principio se interesó fervorosamente por el buen logro de la empresa. El 24 trabó conocimiento Don Manuel con otro futuro y poderoso auxiliar suyo, el entonces P. Llevaneras, capuchino, y más tarde famoso Cardenal Vives. De su visita al mismo decía Don Manuel, el día 25, a Don José García: «Anoche, porque llovía, y Don Vicente no quiso salir, fui solo a ver al Rdmo. P. Llevaneras, con el pretexto de preguntarle a nombre de la Abadesa de Vinaroz, y... tuve una agradabilísima entrevista. Es hombre de mucho talento, y, al decirle en general el objeto de nuestro viaje, levantó las manos al cielo. Me dijo que se alegraba más que si fuese una obra propia suya. Que el Papa estaba contristado... y dispuesto a enviar Legados a España para esa obra... Le conté la historia de nuestras contradicciones y no la extrañó en nada... Que Rampolla, Simeoni y Bianchi, apenas lo sepan, nos recibirán con los brazos abiertos. Se ofreció para todo. Salí complacidísimo. Al contarlo a Don Vicente, se volvió a entonar su corazón».
   El día 30 de aquel mes fue uno de los merecedores de que Don Manuel los señalase entre los de perenne recordación. Aquella mañana visitó y conversó por vez primera con Monseñor Rafael Merry del Val. Andaba preparando Don Manuel por aquel tiempo la peregrinación a Roma de los congregantes españoles, con ocasión del tercer centenario de la muerte de San Luis. Había enviado León XIII unas palabras de bendición y de aliento a los promotores de la misma. Tan precioso documento llegó a manos del señor Obispo de Tortosa por conducto de Monseñor Merry del Val. Al despedirse Don Manuel de su Prelado, encomendóle éste que no dejase de dar las gracias a Monseñor Merry.
   Informóse Don Manuel de que vivía éste en la plaza de la Minerva, en la Academia de Nobles Eclesiásticos, y allá se encaminó. En la misma puerta del palacio de la Academia se encontró con un sacerdote jovencito, alto, de modesto continente, de formas distinguidísimas, al cual preguntó por Monseñor Merry. -¿En qué puedo servirle?... -respondió el interrogado, que invitó luego a Don Manuel a que pasara a sus habitaciones. Ya en ellas, declaróle Don Manuel el objeto de su visita y le informó después del que le había llevado a Roma y de las vicisitudes por que estaba pasando. Escuchóle monseñor con su característica amabilidad y se mostró interesadísimo por cuanto le decía, encaminado todo a la más sólida formación del clero de España. Desde aquella providencial entrevista, de tal suerte se encariñó Monseñor Merry113 con la idea y el proyecto de Colegio Español en Roma, que lo miró ya desde entonces y trabajó en adelante, según iremos viendo, como si se tratara de cosa suya. «Su angelical Merry» -según cariñosamente le llamaba después Don Manuel- había de ser la providencia visible de Dios y el ángel tutelar de la anhelada fundación.
   El 1.º de diciembre escribía Don Manuel a don Felipe Tena: «Nuestros asuntos aquí, a paso de tortuga. En cambio, todo son señales de que Jesús lo quiere. No puedes figurarte el efecto que ha producido aquí en los Institutos españoles que lo han sabido. Todos auguran felicísimamente, si logramos realizar la obra. Cada día veo nuevos horizontes para la importancia de nuestra empresa, si se logra. El Papa está interesadísimo en un Colegio Español que pueda desarrollarse. Si Jesús nos da el edificio, confío, y con fundamento, sacarle muchos miles de liras, pues más de una vez manifestó a los Obispos españoles su decidido propósito de apoyarlo. La idea de Colegios en Roma, y en particular el de España, es su pensamiento fijo; y sólo nuestra Obra podrá llenar este vacío... si logramos vencer las dificultades y, sobre todo, que se desarrolle. Y en cuanto a esto tengo tanta confianza, que he prometido cien alumnos antes de tres o cuatro años. Conque, ante Jesús Sacramentado no dejes este negocio; y que pueda para Navidad estar por ahí ya; pues el P. Martín me amenaza que no será, y yo sí que lo confío. Don Vicente, el pacientísimo, está tranquilo, y hasta contento, con las esperanzas que vamos teniendo».
   En la misma fecha decía a sus monjas de la Purísima: «¿Qué hacen esas almitas, que nos tienen aquí desterrados? ICómo permiten que Jesús nos envíe tantas tribulaciones- Nosotros aquí, y... mi pobre Mercedes fallecida. Tal vez era la víctima que Jesús quería para el logro de nuestra Obra aquí, y me ha hecho a mí participante de la pena de no poder recibir su último suspiro. Y la Madre Purísima se acerca, y no podré dirigir mi fervorinet, que hace veintisiete años dedico a mis escondidas Puras... Que no olviden en ese día, al menos, nuestro negocio; que yo desde aquí ¡cuántas cosas le diré!... Que los chicos114 vayan a obsequiar a la Madre Purísima en todo cuanto ustedes necesiten. Mucho les diría, pero hasta que no pueda decirles ya que todo está hecho, no quiero escribir. Conque, mis almitas pequeñitas que aprieten a la Madre Purísima, y las Madres graves que no vayan rezagadas a ellas...»
   Y a las Sanjuanistas, el día 4: «Nuestros asuntos, a paso de cangrejo. Es verdad que Jesús me bendice, dándome salud y disipando muchas nubes de contradicciones y dándome esperanzas de llegar al término de nuestros deseos, que creo han de ser de máxima gloria de Dios. Pero, en cambio, me mortifica teniéndome aquí prisionero. Creo, con todo, que pronto podré decir que voy. Así, apresuradlo con vuestras oraciones; que yo nunca estoy contento y siempre ambiciono más. Que pases feliz el día de la Madre Purísima. Yo, en el destierro, ya pediré por vosotras a la Purísima que hay en la Plaza de España, ya que no podré decirlo a la Purísima de la Purísima. Afectos a la Madre Priora, Sor Cinta y demás tropa menuda». «Mi muy apreciada Sor Raimunda: Recibo sus letritas. El día de la Beata Margarita oí un sermón, y le decía a la Santa el predicador: «¡Poverina tortolleta!, ¿che fará?»... Lo mismo digo a la pobre Sor Raimunda: «¡Pobre tortolilla!, ¿qué hará?»... Que no gima, que comulgue con desahogo, que se confiese en medio minuto y tranquila y nada más. Conque, pida a Jesús que luego vaya a darle una bendición su afectísimo P.-M. IQué hace la grave Madre Tomasa- Que me cuide bien al Corazón de Jesús y le repare de tantos pecados y que le diga tina cosita por mí».
   El día 7 escribía a don José García: «Querido José: La tuya se recibió ayer tarde y veo que está algo nutrida de noticias y nos entretuvo casi tres cuartos de recreo, pues como no tenemos otra distracción, toda noticia es comentada... Ayer fuimos al P. Martín con la copia de las Bases. Nos dijo que el día anterior había enviado al Papa, por conducto del Secretario particular de éste, la minuta para demandar su aprobación. Veremos si hoy o mañana sabemos el resultado. También nos leyó la mmuta que debe presentarse al Consejo de Estado para fundación del Colegio Español. De modo que, si hoy o mañana sabemos seguro lo del Papa, es fácil que el miércoles se presenten ya al Gobierno las bases del Colegio. Ayer fuimos a ver a la condesa de Benomar. Nos preguntó el conde por nuestro asunto y le dije que aun no había llegado el momento de que él rompiera lanzas con el Gobierno italiano. Me dijo que confiaba que no llegaría este caso y que se arreglaría todo sin conflicto... Yo confío ir por Navidad, y tengo preparado a don José Caparrós para que se quede aquí al frente del asunto, y ver si así engaño al P. Martín para que nos deje ir siquiera quince días, aunque haya de volver... De hoy al 15 confío la solución. El miércoles iré a Rampolla y preguntaré sobre la mente del Papa respecto a la época de la Peregrinación».
   El 11, al mismo: «Anteayer, 9, recibí la tuya del 6, bastante llena, y no sé por qué ha de costarte llenar las planas, cuando los menores detalles de ahí en lo religioso, moral, místico, escolar, civil, eclesiástico, higiénico, político, etc., etc., nos es interesante. Gracias a Dios por la lluvia. Ya habíamos empezado una novena al Santo Angel de España».
   Con igual fecha, a don Elías: «Ayer, 10, no escribí yo, porque no tenía humor, y luego por la tarde recibí la suya del 7. Es usted el más fiel corresponsal y buen cronista, que en pocas líneas nos da bastantes noticias, cada una de las cuales, aunque a ustedes parezcan insignificantes, nos sirven para un ratito de expansión y de comentarios... Ayer fuimos al P. Martín, a enseñarle la tarjeta y recomendación del Obispo de Cádiz..., y nada sabía aún del resultado del permiso del Vaticano. Hoy hemos vuelto y aun nada sabe. Que Jesús nos dé paciencia y la Virgen nos bendiga».
   El 12, a don José García: «Aún no ha contestado Monseñor Marzzolini115. Por lo tanto, nada sabemos de la licencia del Papa... Don Vicente, animoso y burlándose de mis prisas. Pero dice que me dejará luego... solo».
   Aprobadas, finalmente, por León XIII, las Bases para el contrato privado entre el P. Martín y Don Manuel, firmaron éstos el día 15, en la celda del primero, siendo testigos don Estanislao Sevilla y el abogado del P. Martín, y las presentaron el 19 a la aprobación del Gobierno italiano116. El 20 salieron de Roma Don Manuel y don Vicente y el 24 se hallaban en Tortosa. Con arreglo a las bases de este contrato privado, el Colegio Español habría de titularse, además, de la Santísima Trinidad. El Colegio debía pagar al Superior de la Comunidad de Trinitarios 17.000 liras anuales, cantidad que se iría disminuyendo por quintas partes a la muerte de cada religioso. El pago de dicha suma quedaba garantizado con las hipotecas de dos casas del convento (Condotti, 41, y Belsiana, 71) y los Colegios de Tortosa y Orihuela, hasta sumar un capital de 150.000 liras. El convento, todas sus dependencias y rentas pasaban a ser propiedad del Colegio. Los religiosos tendrían derecho a seguir ocupando en él las celdas y locales en que actualmente habitaban. Tales eran las principales condiciones. El contrato se elevaría a público y regular apenas se obtuviese la autorización oficial para ello de la Santa Sede y del Gobierno italiano.
   Esto fue todo lo que en aquella primera etapa de su permanencia en Roma consiguió Don Manuel. Con ello se dio por satisfecho.
   El 27 recibía en Tortosa una carta del trinitario P. Pedro Alba felicitándole las Pascuas y diciéndole que esperaba verlo pronto, pues el contrato estaba ya aprobado, y mejor que podía haberse creído, pues según carta que le remitía de don Giovanni Santoro, que había redactado las preces a Su Santidad, el Papa había hecho la cesión del convento, no a ninguna persona particular, sino «a la Hermandad de Sacerdotes españoles del Sagrado Corazón de Jesús», quod erat in votis. El Papa lo hacía constar así en el rescripto que días antes había enviado al P. Martín.
   El 31 de diciembre, reunidos en Valencia los Operarios, les dio Don Manuel «conocimiento del afecto, deferencias, interés y bondadosísimas disposiciones del reverendísimo P. Martín en favor de la Obra, y propuso y se aceptó por los Operarios con unánime aclamación se ofreciera un tributo de perpetua gratitud a dicho reverendísimo P. Martín, y reconocerle como Protector especialísimo de la Hermandad... »
   Rasgo es éste demostrativo de la delicadeza de espíritu, de la innata gratitud de Don Manuel y de la gran confianza que le habían inspirado las promesas del Padre Martín. Bien pronto iban a quedar fallidas sus esperanzas. Seguía entretanto orando él y haciendo orar a sus amigos e hijas espirituales por la realización de sus planes. «En cierta ocasión -cuenta una religiosa de Vinaroz- nos mandó hacer penitencias especiales por la fundación del Colegio de Roma, que llevaba entre manos. Aquel día, después de celebrar la santa Misa, se arrodilló ante el altar, que parecía un serafín. La Madre Providencia y yo estábamos observándole desde la tribuna, y veíamos que hacía algunos movimientos con las manos, ya cruzándolas en el pecho, ya como si conversara con alguien, contando con los dedos. Se conocía que algo le preocupaba. Fuimos después a la reja, y la Madre Providencia le dijo con gracia: -Pare Sol, ¿qué?¿Renyía a nostre Senyó?¿ Vol que li diga lo que li dia?...117 El se echó a reír, y le dijo: -Si lo adivinas, te diré bruja...- Y se lo adivinó. Era lo del Colegio de Roma». En España, los que desconocían el verdadero objeto que a esta ciudad había llevado a Don Manuel, hacían las más extrañas y peregrinas cábalas. Muchos, en Valencia sobre todo, según testimonio de don Vicente Vidal, creían que habían ido a Roma los Operarios a gestionar privilegios de independencia.

CAPÍTULO XXVII



El Colegio Español de Roma: Trabajando por Condotti (Continuación)

(1891)



   En 105 albores del siguiente año, 1891, las negociaciones para adquirir el edificio de los Trinitarios de Via Condotti, a fin de convertirlo en Colegio Español, continuaban erizadas de dificultades. «Si puedo -escribía Don Manuel el 18 de enero a un amigo sacerdote-, en otra ocasión le diré de mis trabajos, contradicciones, dudas y temores, que aun subsisten, de nuestra magna empresa de Roma, en donde aun se trabaja para arrebatarnos lo que San JOsé quiere darnos». El 21, contestando a una carta de Don Manuel, reflejaba don Vicente Vidal las impresiones pesimistas de éste: «He recibido la suya, que me contrista por lo de Roma, y verdaderamente no sé qué decir y qué pensar. Parece que los que nos debían dar prisa para volver son el P. Martín o Sevilla, y Caparrós o Medina, Y éstos nada dicen...» Desconfiaba don Vicente que la vuelta de él y de Don Manuel a Roma hubiese de contribuir a adelantar el éxito de la empresa, y se excusaba de acompañarle. En cambio, el 25 les urgía el señor Sevilla para que regresasen cuanto antes a Roma: «pues no faltan intrigas -decía-. No dejen ustedes pasar esta ocasión, que no se les ha de presentar otra. Estando ustedes aquí, habrá más actividad en todos y en todo ... ».
   El 26 le escribía Monseñor Vico: «Agradezco muy de veras sus felicitaciones, y se las devuelvo de corazón para usted, su pequeña Congregación y los asuntos que tiene entre manos, especialmente el de Roma. Ya se allanarán todas las dificultades; y es menester que una obra buena tenga las contradicciones por cimiento... Tendré mucho gusto en conocer los adelantos de su obra en Roma ... » El 26 y el 27, el señor Santoro y el P. Alba instaban también a Don Manuel para que apresurara su viaje a Roma. Por otra parte, desde Madrid, don Alfonso Merry del Val, a la sazón joven agregado al ministerio de Estado, puesto en relaciones con Don Manuel por conducto, sin duda, del hermano de aquél, Monseñor Merry, le escribía el 1.º de febrero aconsejándole que fuese a la corte a urgir, pues el asunto estaba parado. El 12, Santoro le avisa que, de no trasladarse al punto a Roma, corría peligro la empresa, «por las intrigas e insistencias continuas y apremiantes de otras Congregaciones, que aspiraban a la adquisición del convento». Especial actividad desarrollaban las religiosas inglesas, según informaban a Don Manuel los señores Caparrós y Medina. Este último invitábale al mismo tiempo, permitiéndolo así el Embajador, para que se hospedase en Monserrat.
   Anhelaba y sentía impaciencia Don Manuel por tornar allá, siquiera para que el P. Martín no le tuviese por informal y poco serio, pero la enfermedad de una de sus hermanas se lo impedía. Por fin, el 18 estaba ya en Madrid, donde permaneció hasta el 22. Conferenció con el señor Nuncio, con Monseñor Vico, con don Manuel de Uriarte, Presidente de la «Obra Pía» en el ministerio de Estado, y con otras personalidades. Sacó en consecuencia que el Gobierno italiano había prometido no hacer nada sin conocimiento del español, y que las religiosas de Santa Ana, protegidas por la Reina Regente, estaban muy esperanzadas de obtener Condotti. Salió Don Manuel de Madrid descorazonado, y luego de una rápida excursión por Murcia, Orihuela y Valencia, el 2 de marzo partió de Barcelona, acompañado de don José García. Llegaron el 4 a Roma, y se alojaron en Monserrat. Visitaron aquel mismo día al P. Martín, y vuelta a los mismos trámites, dilaciones e incertidumbres.
   En esto, el marqués de Pidal, para obviar dificultades, propuso a Don Manuel la fundación de un «Seminario oficial español», que se establecería en Condotti y Monserrat, y llevaría el título de Seminario Español de la Santísima Trinidad y Monserrat. Había capellanías por oposición, para levantar las cargas del culto, y con la obligación de explicar Derecho canónico español o Literatura castellana, etc..., sin que por ello dejasen de seguir los colegiales sus estudios en la Universidad, sino como complemento de éstos. No agradó el plan al P. Martín, y no desagradó, en cambio, a Don Manuel, que daba cuenta de él a don Felipe Tena el 13 de marzo en estos términos: «Llegamos bien, el miércoles, 4. Al llegar, supe que otras monjas andaluzas, además de las inglesas, se habían acercado a pedir el convento; que Rampolla estaba, no por nosotros, sino por otros; que el Gobierno español, que hasta ahora no había intervenido en el asunto, se había alarmado, como ya me lo dijeron en Madrid, y mandaba al Embajador Benomar que fuese con tiento, y que viese si podía arreglarse el asunto para las inglesas. A pesar de todo esto, el P. Martín no lo consentirá y se aquietarán. En cuanto al Gobierno español, ayer salió el despacho de Pidal para Madrid, diciéndole al ministro que no sólo debe ser para nosotros lo de los Trinitarios, sino que conviene que Monserrat y sus rentas nos ayuden para que pueda ser, unidos Condotti y Monserrat, un gran Colegio nacional español... Es, pues, cuestión de oraciones, y así impulsen a la Divina Madre y a San José... García lleva prisa, y ya me dejará solo cualquier día. Estamos albergados en Monserrat, en la Sala rectoral del mismo, muy lujosamente arreglada, y comemos con los cuatro capellanes de él, y servidos por tres criados. Pero el P. Martín ya nos prepara las habitaciones en nuestra casa de Trinitarios, para apenas llegue el permiso para la escritura.
   No puedo decirte las contradicciones de que ha sido objeto el edificio y nuestra pobre Obra. En cambio, me espanta el vuelo que estas mismas contradicciones van dando a nuestro proyecto. El Papa ha dicho a Pidal que quiere Colegio Español. Este le ha dicho que está arreglando lo de nuestro convento de Vía Condotti y que aun desea convertir a Monserrat en ayuda nuestra, poniendo cátedras de Derecho canónico español, etc., en Monserrat, para que los de Vía Condotti tengan aquí toda clase de estudio; que quiere que de los fondos de Monserrat se funden becas en nuestro Colegio, etc., etc. Y el Papa le ha dicho que lo haga y que cuente en todo con él. De modo que el mismo Gobierno español viene a pedirnos en cierto modo que formemos un gran Colegio Nacional español. Repito que me espanta casi la importancia que va tomando el asunto, si Jesús lo bendice y nuestros pecados no lo impiden. Antes de tres o cuatro años confiamos que sea el primer Colegio extranjero de Roma. Conque, así, no estés parado y gime ante Jesús Sacramentado, pues no veo otro remedio para las diócesis de España. Del Colegio han de salir los apóstoles de ellas...»
   Con la misma fecha decía a una religiosa sanjuanista: «Una palabrita tan sólo, para decirte que llegamos bien y seguimos bien. Por lo demás, muchas contradicciones... En cambio, Jesús parece estar por nosotros, y por su grande Obra de formar buenos sacerdotes, y nada podrán todos juntos contra Jesús, San José y el Ángel de España... Si te contara la historia de todo lo que media, te haría reír de ver cómo trabaja el diablo. Algunas cosas me afligen, por mi poca fe y mis pecados. Conque, así, di a Jesús que te los haga purgar a ti... Estoy bueno, y puedo aguantar los ayunos ... »
   El 16 se enteró Don Manuel, por el señor Caparrós, el cual había tenido audiencia con el Cardenal Rampolla, de que ya en 1854 se había intentado la fusión de Condotti y Monserrat. El 23 partió para España don José García. Aludiendo a la ¡da de éste, había escrito el día anterior Don Manuel a don Elías Ferreres: «Don José les dirá cómo quedo aquí en rehenes por Jesús y la Obra, hasta que su Corazón Sacramentado quiera. Continúe sus oraciones para que se me levante pronto este destierro». El 22 decía a las religiosas de la Purísima: «Vi la soledad en que quedó ese plantelito mío de la Madre Purísima... Yo me estoy aquí prisionero. El Señor me está haciendo milagros continuos de su Providencia, en medio de los malos humores que tengo por mi falta de fe. No puedo explicar las nubes diarias de contradicciones de buenos y malos, y que el Señor las va disipando de una manera que me asombra. Sin duda que Jesús quiere confundirme por mi poca fe. No es para escribir, sino para contar. Hasta el Papa parecía querer matar nuestra obra, plantando otra mayor en lugar de la nuestra pobrecita, y Jesús creo que le va desviando la mano, para que no bendiga sino la nuestra, que luego confío que le dará más consuelos que la que él proyecta. Así, pues, oraciones, y muchas, y ofrecimientos de víctimas, y que Jesús sea glorificado en nuestra Obra, y salvadas las diócesis -de España por medio de nuestros futuros reparadores. Yo poco puedo ofrecer, fuera de esta prisión. Estarme aquí, sin poder decir ni un fervorín a mis chiquitos de San José, ni a mis Providencias de Vinaroz, ni a mis Puras de la calle de Moncada, etc... Y no podré el día de la Ascensión decir a mis colegiales: «¿Y dejas, Pastor Santo, tu grey en este valle hondo, oscuro, en soledad y llanto?» etc., etc... Y Yo, en soledad y llanto, tendré que saludar desde aquí a Jesús Sacramentado del Colegio, de la Purísima, de las Claras, etc., etc. Al menos, un saludo a Jesús en mi nombre por parte de esas almitas, para que me abrevie el destierro. A ver si este día viene ya el golpe de gracia deseado... Bendice a todas el pastor no santo, Manuel D. Sol».
   El 22 le comunicaban desde Madrid el señor Sanahuja y el señor Uriarte, que las religiosas inglesas desistirían, que se había interesado a la Reina en favor de él, pero que iría todo despacio y así que tuviese calma.
   El 26 escribía Don Manuel a don José García: «Por la noche voy al P. Martín, desde las seis a las siete y media. Lo demás del día estoy en casa y en ninguna parte estoy mejor... Que Jesús arregle las cosas de manera que podamos posesionarnos de esta casa y convertirla en gloria de Dios, pues en el Hospital, que es muy grande, podemos colocar 50 chicos cuando faltase local en Trinitarios».
   Y el 27 a don Elías Ferreres: «Aquí me estoy muy bien, y capitán en mi torre, en lujosa habitación, pudiendo destinar toda la mañana a mi mesita, sin trabajos, sin nerviosidades, ni negocios, si no fuera lo que tengo que sufrir por lo distante y cercano y presente y venidero, que me agobia el pensarlo, y me pasan los días tan preciosos para impulsar y trabajar. La messis multa que veo en perspectiva, me oprime más de lo que puedan ustedes pensar, y me parece que nada hacemos, por lo mucho que hay que hacer. Ninguna noticia particular. Hoy Pacelli va al ministerio italiano, por si hay algo».
   El 29, Viernes Santo, decía a don Francisco Osuna: «Amadísimo Francisco: Ayer me obligaron a comer en Trinitarios... Estando en la mesa recibí la suya. Estamos en días de tinieblas, y las tinieblas alumbran las noticias. Nada sé... He quedado sorprendido de la gente que visitó los sepulcros. Por fuera, en las calles, no se conoció el día, pero en los templos no se podía entrar. Aunque muchos, por curiosidad. Pero, de todos modos, Christus regnat».
   El 30, a don José García: «¡Aleluya! No estoy desesperado, pero sí desesperanzado, y esta desesperanza me ocasionará el desespero de continuar aquí. De once a una he hecho lo siguiente: 11. Al P. Martín. Me ha dicho que acababa de marcharse Marzzollini, el cual, al decir al Papa anoche que hoy iría a felicitar al P. Martín, le dio una bendición, Y que le dijese se alegraba de lo que había leído en los periódicos de que tenía arreglado ya el asunto del Colegio. El P. Martín le ha contestado que dijese al Papa que tres meses que tiene presentada la solicitud, pero que los moderados de España eran los que lo entorpecían... -A las 11 1/2. Caparrós: «Nada sé, porque he salido de Ejercicios y aún no he hablado con Pidal». -12. Conde de Baquer, el cual se va a España, y es hermano del Secretario de Tetuán118. «Señor Conde, ¿cómo podríamos impulsar eso del P. Martín y nuestro? -Calle, hombre, parece imposible. -No sé por qué los reparos del Gobierno... -Creo que irá larguito»... -12-20. Benomar. «Me voy a España esta noche. -Y ¿cómo estamos? -Nada debo hacer yo ahora. Pidal, con el Gobierno, han de decir que está ya la cosa conforme, y entonces yo, en quince días, lo arreglo con el italiano. -Pues, habré de irme yo a España, porque es largo. -Hombre, puede usted esperar. Dentro de quince o veinte días vuelvo yo. -Pues bien, ¿puede usted hacer algo en España? -Yo, nada. Porque es cosa sola de Pidal y el Gobierno, y el ministro no me hablará a mí de esto». Resultado: que veo que, humanamente hablando, la cosa vendrá a nosotros; pero... veo que es largo. Según lo que me diga mañana Pidal, escribo a Sanahuja, y si ha de ser largo, que me telegrafíe, y me marcho».
   El 2 de abril escribía a la Madre Providencia, de Vinaroz: «Ante ayer, Domingo de Pascua, fui a ver al P. Llevaneras. No fui más pronto porque desde el día de San José supe que estaba delicado, aunque siempre tiene algo que sufrir de su estómago y asma. Estuve largo rato, casi una hora... Le hablé también de mis asuntos y me dijo lo encomendaría a Dios... Por lo demás, aquí me estoy, no haciendo nada más que escribir esquelitas y teniendo malos humores, pues en Madrid se duermen y dormirán hasta Dios sabe cuándo, y sufro ya por no estar en Tortosa, y paralizadas muchas cosas. Aquí, muchas funciones los días de Semana Santa, y mucha gente en las iglesias... En cambio, entristece el no permitir procesiones, ni aún el Viático. ¡Pobre Jesús! ¡Pobre Roma!»
   Por estos días, a las dificultades ya existentes vinieron a sumarse las derivadas de la sospecha que concibió el marqués de Pidal de que Don Manuel era un agente secreto de los Jesuitas, y estaba inspirado por éstos con misteriosos fines.
   En cambio, de otro lado, «a las alarmas continuas -escribe Don Manuel- que los diversos proyectos que iban surgiendo nos ocasionaban, se añadían otras contradicciones y ejercicios de paciencia. Y juicios e interpretaciones sobre las intenciones e ideas de los Operarios, y hasta calumnias, que alguien tuvo interés en propalar dentro del Vaticano, como la que nos reveló el reverendísimo P. Llevaneras, de que los Operarios iban a adquirir el edificio de Condotti por medio de un convenio confidencial con el Gobierno español, para cederlo después al mismo Gobierno para Embajada del Quirinal: noticia que, a pesar de ser tan estupendamente inverosímil, había llegado a infundir sospechas y recelos en alguien del Vaticano».
   Don Manuel, imperturbable y sereno, ocupaba sus ocios en comunicarse y consolarse con sus monjitas y con sus Operarios:
   «Hoy, fiesta del Buen Pastor -decía el 12 a una de ellas-, va una bendición para la ovejita de San Juan... ¡Cuántos recuerdos del Buen Pastor! Y este año he tenido que pasarlo aquí solitario, orando y esperando y padeciendo y alegrándome algún ratito, aunque pocos. ¿Dónde lo pasaré el año que viene? Quizás en América, a fundar algún colegio. Aunque ya voy dejando de ser joven y no puedo volar tanto, y habré de quedarme cerquita de otras ovejitas. Así, dile al Buen Pastor que, si es su voluntad, vaya yo pronto ahí».
   El 13, a sus Operarios de Tortosa: «De ayer a hoy veo muy cambiado el horizonte y se va despejando para una resolución. En carta que me escribe Sanahuja me dice: «Lo que usted me pedía por telégrafo y en su carta para el conde de Benomar, no es procedente, según el parecer del Ministerio de Estado. Lo que se hará, según me han ofrecido, es que por el Ministerio de Estado se mande al de Gracia y Justicia una R. O. para que éste pregunte al Obispo de Tortosa si la Obra de ustedes es canónica en España, y con la contestación que se reciba del señor Obispo, se adquirirá lo que desea del señor conde de Benomar... Ahí no hace usted nada de provecho... El asunto se ha de iniciar aquí y ultimarse... En el Ministerio la cosa va despacio. Si para el octubre que viene lo tiene usted concluido, se podrá dar usted por satisfecho»... Mañana debe ir Pidal a Rampolla, pero hoy ha sido llamado Caparrós por éste. En la carta en que le dice vaya, le indica que no había dificultad en lo de Monserrat, pero que en lo otro es cosa distinta, etc. . . Según lo que resultase, tengo el plan resuelto, que he propuesto a Sevilla y los dos propondremos al P. Martín, y si éste accede, actum est, y nosotros adelante, y venga lo que viniere ... »
   El plan a que Don Manuel se refiere era el de proponer al P. Martín-como lo hizo el 16-abrir al punto el Colegio. El Padre lo recibió con recelos. Don Manuel manifestaba en aquella misma fecha sus preocupaciones, escribiendo a los Operarios de Orihuela: «Nuestro asunto, según cartas de Madrid, creo que va a ser sacado del fango para entrar en carretera real. Tengo fundamento para temer que en los amaños que median se tienda a ver si se gana tiempo y muere el P. Martín o viene otro Gobierno... Es cosa de encomendarlo a Jesús mucho, y nunca he orado con más pureza de intención para que Jesús convierta este asunto en bien de las almas y de España, aunque fuese con la humillación nuestra...»
   El día 27 sonó por vez primera en los oídos de Don Manuel un nombre, que a la larga había de venir a estar unido a la definitiva solución de su empresa: ¡Altemps!... Fue el propio León XIII el que espontáneamente pensó en ofrecer dicho palacio, propiedad de la Santa Sede, para que en él se instalase el futuro Colegio Español. De «madeja enredadísima», que no podía abandonar para irse a España, había calificado el día 20 Don Manuel el estado de las negociaciones, y el 29 escribía a sus Operarios de Tortosa: «Variaciones atmosféricas. Barómetro espiritual. Mi muy amados en Jesús: Ayer, con la displicencia de mi situación, ocasionada por tantas oleadas y mis ¡das de Herodes a Pilatos, y mi pobre papel que represento aquí con rubor y vergüenza, tal vez dije inconveniencias. Hoy el barómetro no está tan alterado, y la noticia de anoche de última hora, y la visita de hoy del angelical Merry, han equilibrado otra vez el corazón. Ayer supe por Medina que, según carta que oyó leer en la embajada, Baquer había escrito que había hablado a Tetuán y que éste le dijo sobre el asunto del P. Martín, del cual aquél le habló, que no pudiendo ni conviniendo lo de las monjas inglesas, y que habiendo desistido la Reina, era mejor eso otro, y que se haría cuanto antes lo del P. Martín... Esta mañana ha venido Merry a decirme que había visitado a Pidal ayer y le dijo que no sé qué de Altemps (que está junto al Seminario de San Apolinar), y Merry le dijo que no convenía Altemps, porque entonces los del Colegio tendrían que ir al Apolinar, y que esto no convenía de ninguna manera; que es necesario que vayan a la Gregoriana, etc. Le he contado a Merry con reserva lo que había y los nuevos proyectos, y se ha asustado y me ha animado, y el angelito me ha dicho que debíamos encomendarlo y lo encomendaría al Corazón de Jesús, y que la cosa, para ir bien, debe hacerse como yo proyecto, de poquito a mucho. Con esto me ha reanimado. Me ha dicho que no sabe cuándo viene su tío Benomar... Hoy he empezado a reformar el preámbulo y las reglas de nuestro llamamiento a los Prelados. Apenas estén aprobadas, las haremos litografiar, para que, así que esté resuelto por el P. Martín que le demos publicidad escribiéndolo a aquellos Obispos, podamos hacerlo. Caparrós también he sabido que desiste de todo proyecto de combinación con Condotti y Altemps, y se limita a Monserrat, y con una idea que no me desagrada, y no hay cátedras ni nada, sino simple iglesia, mediante una inspección alta... Que Jesús vaya disipando todas las atmósferas peligrosas».
   «Supongo te habrán enterado los nuestros -escribía el 4 de mayo a don José García- de los varios episodios de nuestro asunto en las últimas etapas. Parecen inverosímiles los recelos, contradicciones y, sobre todo, combinaciones y proyectos que el nuestro ha originado; y tal ha sido la cadena de ellos, que más de una vez me han fatigado y ejercitado mi paciencia, a pesar de los milagros con que la Providencia ha querido avergonzar mi falta de fe. He visto cuán conveniente y casi necesaria ha sido mi estancia aquí, aun sin hacer nada más que consumirme y estar sólo a la vista de lo que ha ido ocurriendo... El Obispo de Oviedo le dijo el 27 del pasado al Papa que sabía que iba muy bien el asunto de Vía Condotti para Colegio Español, etc., etc. El Papa le contestó que sí, que se alegraba que el pobre P, Martín realizara esto, porque era tan anciano... y convenía asegurar el edificio, etc., etc., pero que para la gran nación española aquel local era poco; que el Papa había comprado hacía cuatro años el gran palacio Altemps, etc., etc... Esta noticia enardeció al Embajador y a Caparrós, y juntos con el señor Obispo de Oviedo, se fueron a ver Altemps, que, según tengo entendido, no les gustó bastante (y el de Oviedo fue luego a ver la iglesia de Trinitarios), pero que fue suficiente para criar grillos en la cabeza de ellos, formando con Monserrat, Altemps y Trinitarios, la Gran Casa Española. Yo visité dos días después a Caparrós, el cual me dio a entender que eso de Altemps le parecía muy bien y que no perjudicaría a Condotti. Le repliqué que no sólo le perjudicaba, sino que lo inutilizaba [reduciéndolo] a no quedar más que como una casa acaso de nuestra Obra... El P. Martín, con su clarísimo talento y comprensión, me tranquilizó y dijo que eso de Altemps no podía ser. Yo repetí al P. Martín que lo creía esto una nueva tentación y una prueba de que todas esas combinaciones y proyectos de la Embajada y de los demás, obedecían a falta de convicción en la solidez y resultados de los mismos proyectos; que nosotros no sólo teníamos convicción, sino que veíamos el problema tan fácil y claro, que nos parecía imposible pudiesen verlo de otra manera. Que ellos lo miran desde diferente punto de vista que nosotros. Que ellos quisieran comenzar haciendo una cosa solemne y de bombo y nombre, y luego imponerlo a la aceptación de los señores Obispos. Que nosotros no queríamos sino proponerlo, siendo un hecho ya realizado. Que desde nuestro punto de vista, sin anticipos, ni gastos, ni compromisos de los señores Obispos, se les ofrece a éstos una modesta casa que pueden aceptar o no ,aceptar muy libremente, y retirar su apoyo siempre que quieran independientemente, y sin tener que dar cuenta a nadie. Si los Obispos no lo aceptan, y fracasa, no hay humillación ni para el Papa, ni para los Obispos, ni para nadie, y queda reducida la empresa a tener los alumnos que una obra modesta se ha propuesto sostener... Si no fracasa-que no fracasará, pues los señores Obispos no tendrán más que ventajas, y seria cosa propia de cada Obispo y no del Episcopado-; si no fracasa, digo, y los Obispos van entrando en la idea de su desarrollo por conducto nuestro, y según el resultado que den los alumnos en nuestras manos, entonces ni habría bastante con Trinitarios, y se podría pensar en cuantos Altemps convenga, y se podría comprar al Papa esto y cuanto se quiera, estando el Papa inclinado; y no faltarán moldes de hacer dinero: que muchos hay discurridos y facilísimos. El P. Martín, al cual comprendí que le caían bien mis consideraciones, me añadió otras, y se fue a Pidal a decirle que no se entusiasmara con Altemps... La idea de Colegio Español se va imponiendo cada día, por la insistencia del Papa, que es conocida de todos los Obispos. A pesar de estas esperanzas, como puedes comprender, me ha engendrado todo ello ratos de fastidio. Si el Señor, al inspirarnos el pensamiento, nos hubiera descubierto tantas montañas de contradicciones y tantas alarmas y contrapesos, quizás hubiéramos desmayado, cuando era una cosa tan llana y sencilla la que nos habíamos propuesto, y tan fácil de ejecutar, si no hubieran sobrevenido esas ambiciones y ampulosidades y grandezas de proyectos, que Dios ha permitido, Él sabe por qué, y sin duda para mayor bien de la Obra, pero que nosotros no deseábamos vinieran.
   En cambio de los sufrimientos, no han faltado algunos consuelos. El señor Obispo de Astorga me dijo que con la Obra de Operarios le he arrebatado el pensamiento que él se había propuesto con el de los «Misioneros de Pío lX». El de Oviedo repitió al P. Martín sus ofrecimientos. El de Murcia me envía a decir que ¡ánimo! que esto será una gloria de España, y hasta el Provisor Belló, tan refractario a la idea del Colegio de Roma, escribe que quisiera dejarlo todo para venirse a ayudarme en la empresa...»
   Con estos y otros semejantes alientos escribía a otro corresponsal en aquella misma fecha:
   «No sólo me siento animado en la oración por lo de Roma, sino que veo milagros de la Providencia de Dios continuos, que van disipando todas las nubes de temores ... » El 5 tornó el Papa a hablar de Altemps al marqués de Pidal. A Don Manuel, o bien por lo que oyera decir a Monseñor Merry, o por su ardiente ilusión por Condotti -la cual le duró toda la vida- no le sentaba bien el entusiasmo que por Altemps mostraban Pidal y Caparrós. El 7, anotaba en su Diario: «Mayores temores de Altemps ... » Con razón decía el 16 a los Operarios de Orihuela: «Sigo aquí, rodeado de las más estupendas tempestades que puedan imaginarse. A seguir mis deseos, hubiera dado por establecido el Colegio, yéndome yo a España a sublevar a los Obispos, pero el P. Martín insiste en que espere a Benomar, que sale hoy de Madrid, pero que ha de pasar por París, para ver qué instrucciones trae. No sé si dije que ha surgido otro proyecto, que se quiere presentar a los Obispos españoles para lograr «un gran Colegio», y lo tengo por una tentación de bañeta119 que no sólo perjudicarla en algo a nuestra obra romana, sino que pone en peligro el resultado del propio proyecto. Tal ha sido la remoción que ha causado nuestro proyecto, que todos quisieran poner la mano en lo del Colegio en Roma; y me contento con ponerlo ante Jesús para que no queden desviados sus designios amorosos en esta empresa de tanto interés para el porvenir de las diócesis de España y sus necesidades».
   «Mi asunto -escribía el 7, festividad de la Ascensión- está pasando por la mayor de las tribulaciones que hasta ahora había tenido... Es hora de pedir a Jesús con mucha humildad que nos consuele. En medio de todo, tengo una grande confianza...»
   Y en aquella misma fecha, dando cuenta al reverendo don Jesús Herrero de los nuevos proyectos surgidos, le dice: «Lo veo cada día más tina tentación, que me aflige por si es por mis pecados y presunción: si bien me parece que, por otra parte, lo siento casi más porque entreveo que lo nuestro puede dar muchísima gloria a Dios, más que lo otro, por más que resulte también gloria de nuestra Obra. Por esto, es hora de redoblar nuestros gemidos y oraciones; y de propósitos de corresponder fielmente a nuestra misión, ofreciendo a Jesús cuantos sacrificios exija para que no se estropee esta grandísima empresa, que, una vez estropeada, es de difícil composición. Hoy no he podido coger ninguna «Noria», pues se ve que aquí no es la gravedad de funciones de nuestra España. Con todo, a las 12, he podido asistir a una bendición del Sacramento, media horita, en la iglesia hermosa del «Gesú», y he cogido la mano de Jesús para que fuera bendiciendo uno por uno a todos nuestros Operarios ... »
   En la tarde del 31, despedido en la estación por Monseñor Merry del Val, salió de Roma Don Manuel para organizar en España la Peregrinación de los Luises al sepulcro de su Santo Patrono y para ver de influir cerca del Gobierno y los Obispos españoles en favor de su nonnato Colegio Romano. Había aceptado en principio el Gobierno el proyecto de «Seminario Oficial en Condotti-Monserrat». El marqués de Pidal encargó a los Prelados de Oviedo y Astorga, por aquellos días en Roma, que hablasen de este asunto al Papa. Hízolo el de Oviedo, y León XIII contestó que se alegraba de que se cediese Condotti para tal objeto, pero que le parecía poco para la gran nación católica de España; que él había pensado alguna vez si sería más a propósito para ello el magnífico palacio Altemps; que vieran si podían agenciarlo los Obispos con el Gobierno por medio del Embajador. Intentó éste secundar los planes del Papa, desistiendo de Condotti y Monserrat, pero el Gobierno, cuyo jefe era Cánovas, se excusó de intervenir. Se quiso entonces volver al proyecto Monserrat-Condotti, pero fue igualmente rechazado. Elementos poderosos pretendieron reanimar y establecer en Condotti los restos que con el nombre de «Colegio Hispano-Romano» quedaban del fundado en 1884, pero no encontró la idea apoyo en el Vaticano, ni entonces ni después.
   El 5 de junio llegó Don Manuel a Tortosa. El 14 andaba ya litografiando la circular que pensaba enviar a los Prelados españoles, ofreciéndoles el Colegio Español Romano, que para el próximo curso tendría ya la Hermandad en Condotti. El 24 le daba su opinión sobre la circular el señor Sanz y Forés, que la retocó en algunos puntos.
   El 15 de aquel mes de junio se le murió a Don Manuel su hermana María, y él mismo estuvo aquellos días también en cama. El 26 le daba el pésame Monseñor Merry y le comunicaba que en aquella misma fecha salía de Roma para Viena y San Sebastián. «Cuánto siento-le dice-que haya estado enfermo; pero por otra parte le envidio el que haya tenido tanto en estos días que ha podido ofrecer al Señor. Medina le mandará a usted señas de casas y de hoteles para los peregrinos, con los precios más modestos. Confío en Dios que irá bien el gran asunto. Hasta la próxima. Mi dirección en Viena es la Embajada Española».
   Iba a San Sebastián Monseñor Merry invitado por la Reina Doña María Cristina, para que actuase durante la temporada de verano de preceptor de las infantas.
   En Madrid, los amigos de Don Manuel, con el señor Caparrós al frente, le consiguieron ganar, para la causa de los Operarios, al Duque de Tetuán, pero dijo que tenía que someter el asunto al Consejo de Estado. No influyó poco en el ánimo del Ministro la recomendación de Monseñor Merry, invitado a comer por aquél en San Sebastián, según se lo comunicaba a Don Manuel el 26 de julio Monseñor mismo, el cual, el 7 de agosto tornaba a escribirle indicándole los documentos que debían presentar los Operarios en el Ministerio de Gracia y Justicia... «El ministro-dice-parece verdaderamente muy bien dispuesto hacia ustedes, como le dije en mi última carta; entre otros motivos, porque ve que la obra de ustedes es la única contestación práctica que puede dar a las instancias del Santo Padre sobre el Colegio Español en Roma... Vistas las circunstancias, no sé si (después de ver si en estos días el asunto no se resuelve) no convendría empezar a hacer algo en Condotti, con la esperanza de que esto activaría las cosas en el Ministerio.»
   El 10 de agosto, el hermano de Monseñor Merry, don Alfonso, hacía saber a Don Manuel, de orden del Ministro, que había sido enviado a San Sebastián el expediente de legalización de la Hermandad, y que sólo faltaba un ejemplar de las Constituciones de la misma.
   El 11, urge Monseñor Merry a Don Manuel para que las envíe, pues el Ministro las deseaba hasta para documentarse ante una posible interpelación en el Congreso. El 13, telegrafió Don Manuel a don Alfonso Merry diciéndole que se había resuelto a no solicitar la legalización de la Hermandad. Desde Biarritz escribía a Don Manuel, en igual fecha, el marqués de Pidal, informándole de las favorables disposiciones del Ministro, y que deseaba el Gobierno que se establecieran ya en Condotti para el próximo curso. Y el 20, Monseñor Merry, desde San Sebastián: «Mi querido Don Manuel y amadísimo en el Corazón de Jesús: Mi buen hermano, no estaba enterado de todos los pormenores del asunto, ni de su historia, así es que creía que ustedes pretendían ser reconocidos como Orden o Congregación religiosa por el Gobierno español». Le dice que ya ha explicado él a su hermano por qué han tenido que tratar con el Ministerio de Estado. No le parecía, con todo, a Monseñor Merry, inútil el que se hubieran presentado las Constituciones, «pues así-añade-se ha aclarado la situación de la Hermandad». Le significaba «los vivos deseos que sentía de ver ultimado un proyecto que ha de dar mucha gloria a Dios». «Es menester-continuaba diciendo-pedir mucho a Jesús estos días. Mil gracias por el recuerdo de San Pascual. Mucho se lo agradezco. Cuánto gusto tendría en reunirme con ustedes para acompañarlos120 y ofrecerles mis servicios. No sé cuándo me será dado volver a verle y hablarle de todo lo que tengo sobre el corazón. Será cuando Dios quiera. Bendito sea su nombre. Escribiré al señor marqués de Pidal rogándole que haga presente al señor ministro de Estado la situación en la cual nos encontramos. Hasta otro rato. Volveré a escribirle pronto. No me olvide en sus oraciones y Santos Sacrificios».
   En otra carta del 30, le decía: «El asunto sigue bien, pero estamos en el momento crítico. Por lo que me escriben de Madrid, un paso que di yo, bajo la inspiración de Dios, y al leer algunas reflexiones de usted, ha producido buenos resultados. La cosa es tan delicada, que no me atrevo a darle más detalles; pero, si sale bien, le diré a quién, después de Dios, tiene que atribuirle el buen suceso121. Por lo tanto, ahora pidamos mucho a Dios: en sus manos está todo, y nos ha de conceder lo que deseamos para su gloria, si nos mostramos un poco constantes. Dice usted muy bien que habría que partir de la base de que el Estado no ejerce verdadero Patronato sobre Condotti, y este error es el que ha sido más difícil de combatir... He leído con interés lo que me ha mandado sobre la Peregrinación122. ¡Con qué ganas le diría que sí a su pregunta sobre si me debe o no mandar billete! Estoy clavado aquí, porque Jesús así lo ha querido, y es menester ofrecer el sacrificio. El motivo principal que me hace desear encontrarme con usted en Roma, es el pensar que no tendrán bastantes conocidos que quieran interesarse por nuestros amados peregrinos; en gran parte, por la coincidencia de su llegada con la de los franceses... Pero, en fin, ya se arreglarán las cosas... Casi me causa sentimiento el pensar que se marcha usted con los peregrinos, por ser quizás necesaria su presencia en España. ¿Tiene usted noticias del P. Martín?...»
Éste, desde Frascati, donde se hallaba veraneando, había escrito a Don Manuel por conducto del señor Sevilla, el 15 y el 21 de agosto, urgiéndole para que se apresurase a conseguir el reconocimiento legal de la Hermandad por el Gobierno español. Procedía éste en el asunto con una premiosidad que traía desazonadísimo a Don Manuel, el cual, al fin se trasladó a la Corte, donde permaneció desde el 11 de octubre hasta el 2 de noviembre, para ver de activar el negocio, pero sin resultado alguno.
Al regresar de la Peregrinación Luisiana a Roma, de que hablaremos en el capítulo siguiente, hallándose Don Manuel en Barcelona, presentósele de incógnito, en la fonda «La Verdad», donde se hospedaba, el Obispo de Cádiz, señor Calvo y Valero, para cambiar con él impresiones y ver de concertar puntos de vista en los respectivos planes sobre Colegio Español en Roma.
   Durante aquella última temporada había comenzado a apremiarle con urgencias de plazos y amenazas el P. Martín, que, por otra parte, no quería que sin el permiso del Gabinete de Madrid se abriese el Colegio, según pretendía Don Manuel, impacientísimo ya, y resuelto a hacerlo, aun sin Condotti.
   Desde Madrid escribía: «No hay otro remedio que empezar el curso allá. Si no hay ninguno que pueda ir, me iré yo a presidirlo, o me iré a estar al frente del de Orihuela, y aguardaremos los designios de Dios».
   «El temor de nuevas dilaciones -dice Don Manuel en sus a puntes- excitaba vivamente el deseo de la Hermandad, y estaba ésta resuelta a iniciar en aquel próximo noviembre, para no lamentar la pérdida de otro año escolar, el establecimiento del Colegio de Roma en cualquier parte, aun con el arriendo de una casa particular. Pero les iba deteniendo la esperanza de una próxima y más gloriosa inauguración, y más que todo, el temor de ofender al P. Martín... No obstante, no descuidaron los Operarios el obtener de la Gregoriana la seguridad de la admisión de los futuros alumnos, aunque el curso hubiese empezado...»
   Estos tratos con la Universidad los llevaba Monseñor Merry, que el 9 de noviembre escribía a Don Manuel: «Amadísimo amigo en el Corazón de Jesús: Encontré su carta del 26 de octubre al llegar a ésta. Vine dos días más tarde de lo que había propuesto, y éste es el motivo del retraso que hubo en mi primera contestación, que a estas horas habrá recibido. Desde entonces he tenido un sin fin de cosas que hacer, y que me han impedido escribir una carta en regla. Como le dije en mi tarjeta postal, fui a ver al R. P. De María sin pérdida de tiempo, y averigüé lo que ya suponía, que les facilitaría todos los medios para matricular a los jóvenes que pudiera usted enviar, con tal que lleguen antes de Navidad. Ese buen Padre, como todos los de la Compañía en ésta, desea que se funde cuanto antes el Colegio, y están dispuestos a ir hasta el límite de lo posible para facilitarle todo. Lo que he dicho de la matrícula, se extiende a los exámenes, y no preveo dificultad alguna. Lo que importa es venir y venir lo más pronto posible.
   ... Celebro con frecuencia el Santo Sacrificio a esta intención, que tanto me interesa, pues cada día voy comprendiendo mejor la necesidad de este Colegio y los grandes frutos que ha de dar para mayor gloria de Dios y la salvación de muchas almas. Escribo de prisa y no sé si podrá usted leer entre renglones. En todo caso, llegará a descifrar lo bastante para convencerse de que no cesa de pensar en usted y en los Operarios este servidor y amigo in C. J., Rafael Merry del Val».
   El 11 de noviembre sufrió Don Manuel un golpe terrible con la muerte, en tal fecha, acaecida en Valencia, de don Vicente Vidal, de que luego diremos. El 21 le daba Monseñor Merry el pésame: «He tomado una parte muy verdadera en la pena que acaba usted de pasar. Don Vicente estará gozando de Dios y no debemos llorar por él, sino por nosotros, que hemos perdido un Operario tan virtuoso y que parecía tan necesario en estos momentos. Jesús lo arreglará». Tan prendado quedó Monseñor Merry de Don Manuel y tan aficionado a su persona y empresas, luego de haber comenzado a tratarle, que vino a convertirse en un verdadero Operario auxiliar, y trabajaba y sufría y se alegraba y pensaba y se expresaba como pudiera hacerlo el más fervoroso miembro de la Hermandad. Habiendo enfermado de fiebres a fines de noviembre y ausentádose de Roma una temporada para convalecer y cambiar de aires, al regresar a ella, dice a Don Manuel el 21 de diciembre que, al no encontrar carta de él, se había alarmado, que qué sucedía, y añade: «La resistencia incomprensible del P. Martín es el único obstáculo para que vengan... No sé si intentar una entrevista con el P. Martín. Mándeme usted. El R. P. De María me encarga le diga que tanto él como el Cardenal Mazzella tienen empeño en que vengan inmediatamente. La cuestión es empezar, aunque sea con pocos alumnos. Dicen que deben venirse, aunque sea a la mitad de curso, y que todo se arreglará, con tal que se den prisa y que se pueda decir que han empezado. Me parece que es lo que yo me he permitido decirle desde hace mucho tiempo. Cuánto le compadezco en estos apuros; pero todo ha de resultar A. M. D. G. Mil felicidades, y que el Niño Jesús le traiga el regalo que tanto desea». El 26 volvía a escribirle, comunicándole que el P. Martín le había dado este encargo: «Diga usted a Don Manuel que yo he hecho todo lo que he podido. Sigo con mi preferencia para los Operarios y deseo que venga cuanto antes el Decreto de transformación, pero tengo que volver por mi convento en conciencia, y si dentro de un par de meses no se arregla, tendré yo que nombrar otro Ente moral».
   Días antes, reflejando en su carta estas vacilaciones y estos misteriosos apremios del P. Martín, había escrito a Don Manuel don Estanislao Sevilla. El 24 le contestaba Don Manuel con una larguísima epístola, de la que copiamos algunos párrafos: « ... En la última de usted proponía la conveniencia de que uno de los nuestros estuviera permanentemente en Madrid, y en las anteriores insiste en que lo activemos, y esto me mueve a vindicarme un poco. Ya puede usted pensar que -si lo hubiéramos creído, no necesario, sino tan sólo conveniente, no lo hubiésemos omitido en asunto que tanto nos interesa. Podrá ser voluntad de Dios que no obtengamos lo que tanto pretendemos, o permitirlo por la malicia de los hombres, pero no me remorderá el que hayamos omitido nada de cuanto se nos ha propuesto, o hemos creído prudente en nuestra inexperiencia en esos caminos para nosotros desconocidos, desde el primer día y sin reparar en sacrificios»... Hace una extensa y minuciosa historia de los pasos dados y de las influencias puestas en juego por los Operarios, y pregunta: «¿Qué más debiéramos hacer? Ahora, si existen combinaciones y fuerzas mayores que lo impidan, no es nuestra la culpa... Si hay manejos superiores, no nos valdrán actividades, ni somos nosotros los que podemos cortarlos apelando a resoluciones enérgicas, que no nos toca a nosotros, ni tenemos medios para ello... Por lo demás, nosotros habíamos resuelto ir a Roma con solas las modestísimas pretensiones de una casa arrendada, lo cual suspendimos ante el bondadoso, inesperado y providencial ofrecimiento del Reverendísimo P. General, que ensanchó nuestras ambiciones y confirmó nuestras presunciones de realizar en esa santa Casa el pensamiento de convertirla en el Colegio más numeroso de cuantos existen, extranjeros, en Roma, y de desviar con él todos los proyectos que han ido surgiendo durante este tiempo y que tanto nos han hecho sufrir. Si, después de todo, Jesús quisiera humillar nuestra obra y agostar todos nuestros pensamientos respecto de Roma, que atendida la importancia y publicidad que habían adquirido quedarían imposibilitados tal vez de toda realización en otra forma, inclinaríamos la cabeza ante Jesús, ofreciéndole la mirra del sacrificio y de una santa conformidad».
   El 29 felicitaba a Don Manuel desde Madrid don Alfonso Merry y le decía: «Ojalá no lleguemos al término de 1892 sin ver establecido en Roma el Colegio Español, que tanta falta nos hace... Veo que mi buen hermano piensa en el fondo como yo y propone una solución a la que parece usted inclinarse. Dios le guíe, le lleve y le haga prosperar, cualquiera que sea el camino escogido. Vengan los acontecimientos que quieran, en todos sabe usted que tendrá a sus órdenes a su affmo. amigo y S. S. -A. Merry del Val.» Y así terminó el año de 1891.

CAPÍTULO XXVIII



La Peregrinación Nacional de   Congregantes de San Luis a Roma -Fallecimiento de don Vicente Vidal.

(1891)



   En septiembre de 1891 llevó a Roma Don Manuel la Peregrinación de Congregantes marianos, que había organizado para conmemorar con tan solemne acto la fecha del Tercer Centenario de la muerte de San Luis Gonzaga. Tres años se pasó, desde que publicó su iniciativa en la revista «El Congregante de San Luis» preparándola con admirable tesón y perseverancia. En agosto de 1888, tenía ya formada la Junta Nacional de la que él mismo era presidente efectivo; honorario y protector, el Obispo de Tortosa, y miembros el futuro Obispo de Lérida y Arzobispo de Granada, don José Meseguer y Costa, a la sazón Deán de Valladolid y fundador de varias Congregaciones marianas; el ilustre y prestigioso Lectoral de Burgos, don Zacarías Metola; el catedrático de la Universidad de Barcelona, don Juan de Dios Trías y Giró; el de la de Valencia, don Rafael Rodríguez de Cepeda y el director del Colegio de Vocaciones de esta última ciudad, don Vicente Vidal.
   Actuaba de secretario don Andrés Serrano. Cooperó eficazmente al logro de tan feliz iniciativa, desde las páginas de su famosa «Revista Popular», el insigne Sardá y Salvany, el cual el 22 de agosto de 1890 escribía a Don Manuel: «Excusado es que diga a ustedes que pueden contar incondicionalmente con nuestra humilde publicación para el hermoso proyecto de que se trata. Hablando de él hace poco con el director de los Luises de San Andrés de Palomar, decíamos que con la proyectada peregrinación se puede muy bien levantar el espíritu católico de toda España en el próximo año y promover un acto de gran resonancia».
   El 21 de diciembre exponía «El Congregante» en estos ardorosos términos la significación de aquel homenaje: «Merced a los trabajos coadunados de las Congregaciones de San Luis y de las Juntas diocesanas y locales de la peregrinación, ofrece la juventud española, hace algún tiempo, el bello espectáculo de buscarse y entenderse, congregándose bajo el nombre de María Inmaculada y de San Luis, para disponerse a hacer a la faz de España y del mundo todo lo que la revolución ha logrado en estos últimos años que se rehuya como cosa vedada. Vamos a hacer un firme y universal acto de fe, y lo vamos a hacer varonilmente, teniendo a mucha honra el abrazarnos, enardecidos, al aborrecido estandarte de Jesucristo, cuando más tiros recibe, cuando más lodo arroja a sus pliegues purísimos la mano desatentada de esa infortunada juventud, a la que amamanta, como madre mercenaria, la impiedad, en cátedras, libros, folletos y periódicos. Firme y universal acto de fe vamos a hacer, y estamos ya haciendo, casi sin advertirlo, jóvenes españoles. Firme y universal acto de fe, que ha de conmover de alegría las cenizas de nuestros padres; que ha de poner espanto y respeto en el ánimo de los que no piensan como nosotros; que ha de animar el corazón medroso y acobardado de los débiles, y que ha de subir como incienso oloroso hasta el trono del Padre celestial en manos del Ángel de España, atrayendo la faz benigna de Dios hacia nuestra nación, y derramando por doquiera las gracias que España necesita para volver a ser la hija predilecta de María y el pueblo amigo de Nuestro Señor Jesucristo».
   Como preparación para tan gloriosa jornada, por iniciativa de Don Manuel se organizó en Tortosa, para el 21 de mayo de 1891, una procesión de más de 2.000 niños, presididos por el Prelado, con banderas y cánticos, que recorrió las calles de la ciudad; y más tarde, un solemnísimo triduo en honor de San Luis Gonzaga; se imprimieron 25.000 estampas del Santo, para repartirlas por todos los pueblos de la diócesis, y se celebró una magna velada literaria. En el mes de junio se cumplía la fecha centenaria de la santa muerte del angelical Patrono de la juventud, pero, a pesar de la ferviente actividad de Don Manuel, no se pudo lograr que coincidiese la peregrinación con el acontecimiento que se deseaba conmemorar. El 30 de agosto escribía al agente que para promover la romería había enviado a Madrid: «Aquí estamos recibiendo cada día noticias de contradicciones y entorpecimientos propios de la empresa colosal de la peregrinación. No faltan, en medio de ellas, consuelos. No me detengo a explicarlos hoy». Y a primeros de septiembre: «Las inercias y descuidos y los apremios del tiempo me tienen algún tanto agitado respecto al asunto de la peregrinación, y la mayor parte ha de cargar sobre mi. Además, he de estar a la expectativa de todos los otros acontecimientos que después diré. Y quisiera poderme multiplicar, pero no puedo». Los fines de la piadosa romería, eran: 1.º Ofrecer un tributo especial de amor a San Luis. 2.º Servir de base para una santa federación de la juventud piadosa de España, con el objeto de promover empresas de fe y propaganda católica. 3.º Rendir un homenaje de filial afecto a la Santa Sede.
   Si dentro de España fue general el entusiasmo por realizar tan simpática iniciativa, dada a conocer y aplaudida y secundada por la prensa católica, fuera de nuestra patria, en América y en varias naciones de Europa, singularmente en Italia, halló un eco acogedor y provocó estímulos de emulación. El Cardenal Mermillod, nombrado por León XIII Presidente de la Junta internacional para promover ante la juventud católica internacional análogos homenajes, concibió el pensamiento y el propósito de que no sólo los congregantes de España, sino también los de otras naciones europeas acudiesen a Roma en el verano de 1891 para rendir a su santo Protector y Patrono un fervoroso tributo de pública y universal veneración y cariño.
   En Roma llevaba el peso de la propaganda y organización de la Romería internacional el P. Nannerini, S. J., con el cual trabó sincera y cordial amistad Don Manuel. El 7 de junio de 1890 el Cardenal Rampolla dirigió, como ya dijimos, una alentadora carta al Prelado de Tortosa, comunicándole que el Santo Padre bendecía el pensamiento de la peregrinación y había tenido palabras de encomio para los iniciadores de la misma.
   Monseñor Merry del Val formaba en Roma, con don Francisco Medina y don José Sobrevías, capellanes de Montserrat, una Junta auxiliadora de la de Tortosa.
   El 13 de septiembre de 1891 hallábanse congregados ya en Barcelona todos los peregrinos. El haberse tenido que diferir la fecha de la peregrinación, a causa de entorpecimientos y retrasos de las compañías extranjeras de ferrocarriles, impidió la asistencia a la misma de gran número de catedráticos y escolares de las Universidades españolas. Con todo, se reunieron más de quinientos romeros de todas las regiones de España. El mismo día 13 celebraron en la iglesia de la Merced una solemne función de despedida en obsequio de la Virgen. Predicó en ella el P. Fourgóns, S. J., y cantaron el himno de la peregrinación, música del H. Gabriel Palau, S. J., y letra de don Andrés Serrano, cuya última estrofa decía:

¡Romeros de España,
De San Luis id en pos,
Con San Luis, a Roma,
Con San Luis, a Dios!...

   El día 14, a las doce y media, en tren especial, partieron de Barcelona despedidos por una ingente multitud y por el muy ilustre Vicario General del obispado. El 15, a las siete de la mañana, llegaron a Marsella, donde oyeron Misa y visitaron durante tres horas la ciudad. Allí se les reunió el señor Obispo de Tortosa, que había de presidir la peregrinación. El 16, a las seis de la mañana, se detuvieron en Pisa por tres horas, y a las seis de la tarde, entraban en Roma, donde los recibió un grupo de jóvenes de la colonia española y una comisión de la juventud católica italiana. Los días 17, 18 y 19 los dedicaron los peregrinos a visitar los monumentos de la Ciudad Eterna. El 20, celebraron en la iglesia de San Ignacio, ante el altar donde reposan los sagrados despojos de San Luis, una solemne función religiosa. Dijo la Misa y, previa una breve plática preparatoria, distribuyó la Comunión a los peregrinos el Obispo de Tortosa. Luego de terminado el Santo Sacrificio, dirigió Don Manuel a los jóvenes una inflamada y patética alocución, que conmovió profundamente e hizo derramar abundantes lágrimas a cuantos la escucharon. Los sacerdotes españoles allí presentes-entre los cuales se encontraba el famoso organizador de la Congregación de Barcelona, P. Fiter. S. J.-no recataban su admiración y entusiasmo, y un extranjero que estaba absorto escuchando a Don Manuel, no pudo menos que exclamar. «¡Este sacerdote es un santo!»
   Por la tarde, a las cuatro, cantaron en el mismo lugar el Trisagio, y les predicó el Arcipreste de la Colegiata de Lorca, don Vicente Munera123. El 22 por la noche, en el palacio Ballestra, hubo velada literaria en honor de San Luis, con asistencia y colaboración de la Junta y miembros de la Juventud Católica italiana. Tomaron activa parte en ella, entre otros, el Arcipreste de la Catedral de Valencia y futuro Obispo de Coria, don Ramón Peris Mencheta, y el entonces colegial de Tortosa, después de Roma y hoy Obispo de Oviedo, don Juan Bautista Luis.
   El 23, a las ocho, oyeron los peregrinos la Misa de Su Santidad en la Sala Ducal. Visitaron luego los museos del Palacio Vaticano, y a las doce recibióles el Papa en la Sala Clementina. Leyó el Prelado de Tortosa un entusiasta y fervorosísimo mensaje de adhesión, y contestó León XIII con palabras colmadas de cariño y de alabanza a los jóvenes romeros por su intrépida fe española y su ferviente devoción al Patrono de la juventud. Luego que cesaron los interminables vítores y aplausos de los peregrinos, los comisionados de cada diócesis fueron presentando al Pontífice magníficos regalos. Desfilaron finalmente ante el Papa todos los peregrinos, besándole la mano y recibiendo de él paternales y delicadas atenciones y caricias. A las dos y media, terminado ya el conmovedor acto, hablaron particularmente con el Santo Padre el Obispo de Tortosa y Don Manuel, para el cual tuvo el Papa expresiones de encarecido elogio por sus trabajos en la organización de la romería, y les otorgó copiosas bendiciones e indulgencias para ellos y para los peregrinos, casi todos los cuales, aprovechando la rebaja de trenes que les había sido concedida, hicieron excursiones a Loreto, Asís, Nápoles y otras ciudades de Italia.
   El día 27, a las once de la noche, abandonaban la Ciudad Eterna, y el 29 por la noche llegaban a Barcelona, donde se disolvió la peregrinación. Para perpetua memoria de tan fausto acontecimiento, como ofrenda de inalterable amor y devoción a su celestial Patrono y perenne súplica de bendiciones y gracias «para los peregrinos y para España», hicieron donación al Santo de un magnífico y artístico candelabro de plata, con cinco brazos, y en el centro un corazón, dentro del cual se encerraron los nombres de los miles de donantes que habían contribuido a costearlo. Hizo Don Manuel oficial entrega del mismo, después de la función vespertina, del día 20 en la iglesia de San Ignacio.
   A partir de la fundación del Colegio Español, cada vez que Don Manuel llegaba a Roma con nuevos alumnos, era siempre uno de sus primeros cuidados conducirlos junto al sepulcro de San Luis, y luego de celebrada la santa Misa y distribuirles, previo sabrosísimo y evocador fervorín, la sagrada Comunión, tomaba los nombres de aquellos hijos que su celo sacerdotal y su ardentísimo amor a Roma trasplantaba a ella, y abriendo con sus propias manos el simbólico corazón del suntuoso candelabro, con espiritual delectación los encerraba en él. En el número de «El Congregante» de aquel mismo mes, escribía Don Manuel el artículo de fondo titulado: «¡Gracias, San Luis, gracias!», donde hace un resumen de sus trabajos y desvelos por la peregrinación y expone los admirables resultados que ésta produjera:
   «Cuando en el día de la fiesta de San Luis de 1888 -comienza diciendo- ofrecíamos ante el altar del Santo el propósito de promoverle obsequios en su tercer centenario, le pedíamos al mismo tiempo bendijera todos los proyectos que en la efusión de nuestros deseos íbamos concibiendo. Y el Santo, los ha bendecido.
   Lanzamos al viento de la publicidad dichos proyectos, que fueron acogidos con entusiasmo, y pronto mejores plumas que las, nuestras se consagraron a preparar los ánimos, sobre todo de la juventud, para celebrar de un modo grandioso la fecha gloriosa del tercer centenario de la muerte del Santo. Y se publicaron revistas con este solo objeto en casi todos los países y todas las lenguas, y se estudiaron más los hechos de la vida de San Luis, y se buscaron sus retratos, y el pincel reprodujo todos los monumentos que tenían relación con él, y se escribieron historias, produciendo todo esto una consoladora corriente de afecto y de entusiasmo en favor del Patrón de la juventud.
   Resultado de esta santa cruzada ha sido la cadena de fiestas centenarias celebradas en obsequio de San Luis. Y desde las famosas verificadas en Roma en junio último, que formarán época aun entre las mejores que suelen celebrarse allí, hasta las celebradas en las más humildes Congregaciones, en todas ellas se ha respirado el aroma de la piedad, causando asombro a la impiedad. Y las comuniones, procesiones y veladas que en continuado, círculo han ido sucediéndose por espacio de algunos meses, han formado una aureola brillante de gloria alrededor de San Luis. ¿Cómo, pues, no dar gracias al Santo de nuestro corazón por tan dulces y consoladores resultados?
   Mas sobre todos estos obsequios a San Luis descuella el de la universal peregrinación a su sepulcro, proyecto iniciado por España y acogido luego por las demás naciones. Inglaterra y Bélgica, en junio abrieron marcha a esta serie de manifestaciones, y la internacional, que en estos días se está verificando, con comisiones de todas las partes del mundo, forman un acontecimiento que asombrará a las generaciones venideras, cuando vean esta general y espontánea manifestación de entusiasmo de la juventud, en medio de la glacial indiferencia, y casi apostasía que caracteriza al siglo XIX.
   Pero de todas estas peregrinaciones, la que más se ha distinguido por su número y su entusiasmo ha sido la peregrinación española. A pesar de las más inverosímiles contradicciones y el inexplicable retardo de contestación de las compañías extranjeras, le obligaron a aplazar la fecha de la romería, cerca de 600 peregrinos, venidos de gran número de diócesis de España, se han unido en un solo haz para ir a prosternarse ante el sepulcro del Santo y a protestar de su fe ante el sepulcro de los Santos Apóstoles y a repetir su adhesión a la Santa Sede a los pies de León XIII... Y han podido dejar en el altar de San Luis el riquísimo candelabro, ofrenda de miles de corazones, depositando en él sus nombres, como plegaria continua en favor de ellos y de la España católica.
   Y los cantos entusiastas y los ardientes vivas y las demostraciones de fervor han sido tales, que no pudieron menos de hacer exclamar a León XIII, ante el excelentísimo señor presidente de la Peregrinación, que los españoles eran todo corazón.
   Y la romería ha podido llegar a feliz término sin percance ninguno, produciendo en todos los peregrinos las más gratas emociones y dejándoles dulcísimos recuerdos.
   ¿Cómo, pues, repetimos, no dar gracias a San Luis por tan marcadas muestras de su amorosa protección sobre nosotros, aceptando nuestros humildes votos? Gracias, pues, os damos, oh Santo nuestro, en primer lugar, en nombre de la Junta iniciadora, que no dudó lanzarse a esta empresa de gloria vuestra y que da por bien empleadas sus fatigas y aun los quebrantos pecuniarios que le ha ocasionado y los trabajos y contradicciones inherentes a toda obra de Dios... Os las damos en nombre de la España católica, que con tanto júbilo se ha asociado a esta santa expedición... Y, al ofreceros este tributo de acción de gracias, nos atrevemos a suplicaros otra nueva, y ésta es que sean permanentes los frutos de vuestro centenario. Que sea éste el principio de nuevas bendiciones para las Congregaciones de la juventud piadosa en España. Que esta Peregrinación sea ocasión de más estrecho lazo entre las mismas, a fin de promover mejor los intereses de la gloria de Dios, a que ellas pueden dedicarse. Que se extienda el reinado del amor de Jesús en la juventud, tan amada de vuestro corazón, y de este modo podamos repetiros, con más efusión un día. ¡Gracias, San Luis, gracias!»
   El 2 de octubre, desde Tortosa, escribía Don Manuel a la abadesa de Vinaroz: «Mi pobre Providencia: He llegado esta madrugada. Abatido de cuerpo y de espíritu. Dios haga que no lo. sea también de alma. Una vez y no más, a no mediar mucha gloria de Dios. Además, 600 duros de pérdida en los gastos de la Peregrinación. Por lo demás, bien»124. Y el 8, a don Felipe Tena, que se hallaba en Villafranca del Cid: «Al señor Cura y a los de su santa casa, que oren; pues me dicen que este último viaje me ha puesto en los 70 años ... »
   Entre algunos sacerdotes de los que formaban parte de la Peregrinación, se corrió la especie de que lo que buscaba Don Manuel, al organizarla, era una canonjía. Llegó a saberlo Don Manuel y se rió largamente, porque le hizo mucha gracia la extraña y donosa ocurrencia.

***

   A las demás tribulaciones y angustias que pesaban sobre el corazón de Don Manuel, en el mes de noviembre de aquel año vino a añadirse otra que le impresionó dolorosísimamente: la pérdida de don Vicente Vidal. De su santa muerte y de las causas que la ocasionaron háblanos el propio Don Manuel: «He llegado bien -escribía el día 9 desde Valencia a los Operarios de Tortosa-. El enfermo, gravísimo, pero clarísimo. He celebrado, y me ha llamado solo y me ha conmovido. Después de recordarme el testamento, la lámina, etc., etc., me ha dicho sus escrúpulos. Eran que no había confesado, porque no se había acordado, que se ofreció víctima por el Colegio y la Obra en los últimos Ejercicios, y tenía presunción de que Dios lo ha aceptado. No puedo decir las palabras de conformidad. Todas las ilusiones de curación antes, han cambiado. Apenas le dijo Benavent125, anoche, de los Sacramentos, contestó: «¡Oh, qué noticia tan grata me dan ustedes! Habrán padecido tal vez ustedes para decírmelo, y crean que me es muy grato. Pero no podía ser también la Unción-» En fin, será un modelo de muerte edificante para los futuros Operarios. Es un alma tan grande a mis ojos, que me hace el efecto de un castigo el que Dios nos lo arrebate y no puedo completar un acto de conformidad».
   El día 11 escribía Don Manuel a una religiosa: «Ayer, a las nueve de la mañana, cerré los ojos a nuestro amadísimo Director Espiritual de la Obra, y objeto de todas nuestras esperanzas en ésta. Me ha dado consuelos indecibles en sus últimos momentos, y nos ha dejado el modelo de la muerte del verdadero reparador. Sólo la fe en las oraciones de él, me ha consolado». Del borrador de unos apuntes para la biografía de don Vicente, escritos por Don Manuel, transcribimos los siguientes fragmentos: «Muchos habían sido los sinsabores que el bondadoso don Vicente Vidal había tenido que soportar por ser miembro de la Obra y por su representación en el Colegio, y la fundación del mismo en Valencia... Estos contratiempos y otros disgustos particulares, provenientes de la misma causa de su consagración a la Hermandad, ocasionaron un quebranto en su salud, que le obligaron a pasar todo el verano de 1891 en su casa y posesiones de Albaida, pero sin que se advirtiese notable mejoría. A primeros de octubre, yendo el Director General a Madrid, entró el 10 a visitarle en Albaida. Echando allí de menos don Vicente la compañía de sus queridos colegiales, se trasladó a Valencia a mediados de octubre, El día 5 de noviembre llegaba allí el Director General, de regreso de Madrid, y se sorprendió al ver la gravedad que había adquirido la enfermedad de don Vicente. No obstante, tranquilizado por los médicos de que sería larga todavía, siguió hasta Tortosa con el fin de asistir a la fiesta aniversario de la Reserva. Al terminarse la función de la tarde, se recibió telegrama de habérsele administrado los Sacramentos a don Vicente. Salió el Director aquella misma noche para Valencia, con una nube de tristeza en su corazón, como si la pérdida de aquel primero y más distinguido miembro de los pocos Operarios que eran, significara un castigo a la Hermandad. Al llegar, a las nueve de la mañana del siguiente día, visitó al enfermo, diciéndole que iba a celebrar por él, y dándole éste las gracias. Después de la Misa, volvió a subir, y el enfermo le hizo algunas confidencias, añadiéndole, con un candor angelical, que tenía que consultarle como un escrúpulo que no se había acordado de confesar, y era que en los últimos Ejercicios126, en vista de las contradicciones que sufría la Hermandad en la fundación del Colegio de Roma, y también en la del de Valencia, le había venido el pensamiento de ofrecer su vida para su remedio, y que así lo hizo, y le ocurrió si podría ser acaso un acto de vanidad pensar que pudiera ser digno de que Dios le aceptase... El Director le tranquilizó sin darle a conocer- la dulce y grata emoción que le había causado, y levantando el corazón a Dios, ya no le dolió ofrecérselo, pues más bien que un castigo lo miró como una bendición que Dios les concedía, aceptando aquella víctima en olor de suavidad y como prenda de futuros consuelos y gracias para la Hermandad, como así se vino experimentando. El 10 de noviembre y hora de las nueve de la mañana, moría rodeado de algunos de sus hermanos de la Obra y de algunos colegiales, dejándolos, al mismo tiempo que amargados por su pérdida, con la tranquilidad que les producía el recuerdo de su bondadosa sencillez, de su celo y de sus virtudes.
   Su entierro fue una manifestación grande de la estima general en que se le tenía, comentando todos los orígenes de su enfermedad y de su muerte; ignorando que aquel martirio lento que había sufrido había sido el medio de que Dios se había valido para hacerlo digno de su elección y de que consummatus in brevi hubiese llenado tempora multa. Todos los años primeros han ido a visitar su tumba los Operarios al reunirse para Ejercicios».
   En la reunión de Cines de diciembre de aquel año, expresábase así Don Manuel:
   «Cor Jesu congregavit nos in unum; para un mismo fin, para un mismo objeto, para los mismos sacrificios, en unos mismos pensamientos y en iguales afectos.
   Y al repetiros este saludo, con la gratitud más viva de mi alma para con Dios, dos recuerdos me ocurren, me ocupan y agitan y han agitado estos días: de amargura el uno, de satisfacción y consuelo el otro. El recuerdo de amargura ya lo adivinaréis.
   No se encuentra visiblemente ya en esta anual reunión el miembro más insigne de nuestra Obra: aquella alma angelical que fue el encanto de cuantos le trataron; aquella vocación distinguidísima y providencial que vino a animar y dar lustre a nuestra incipiente y modestísima Obra; aquel talento que no faltaría en llamar singular a la par que modestísimo; aquel carácter cuya compañía alegraba; aquél, en fin, que llenaba con su presencia los ámbitos de esta Casa y de la Diócesis y era la esperanza principal de la Obra, para la cual será perpetua su memoria, porque no le podrá olvidar, para mayor amargura.
   Y el Señor quiso arrebatárnoslo en los momentos precisos de crisis espantosas en la Diócesis y de empresas colosales de la Obra, cuando su consejo y aliento parecían necesarios.
   Un consuelo y no pequeño, quiso el Señor que acompañara a su pérdida, para más gloriosa memoria del finado: la manifestación candorosa del mismo en sus últimos momentos, de que moría víctima por la Obra y para alcanzar gracias y consuelos para ella. Manifestación consoladora y llena de esperanzas, por las condiciones de la víctima y por las causas que ocasionaron sus sufrimientos».
   Evocaba Don Manuel, a continuación, las penas y los sinsabores sufridos en aquella Diócesis y «los actos de paciencia y diplomacia cristianas que habían tenido que usar y soportar, y que sólo ante Jesús podrán sufrirse por el temor de no perjudicar los intereses de su gloria», y añadía:
   «En cambio de estas tribulaciones, de las cuales una sola merece el nombre de tal, al verificar esta nueva reunión, un acto de exuberante gratitud debe exhalar nuestro corazón y ofrecérselo a Dios por las manos de la Santísima Virgen y del Santo Ángel de España: se han conjurado las espantosas crisis en esta Diócesis, y de una manera providencial e inesperada, y terminadas con presentimientos de días mejores, en este segundo Colegio de nuestra Obra, que de tantas esperanzas es».
   Otra compensación a la sensible pérdida de don Vicente proporcionó el Señor a Don Manuel con el ingreso en la Hermandad -en agosto de 1892-de don Felipe Tena y del muy ilustre señor Arcipreste de la Catedral de Madrid, el doctor don José María Caparrós, que con este fin había renunciado en mayo a un obispado para el cual había sido propuesto por el Gobierno.






CAPITULO XXIX

Inauguración del Colegio Español de Roma en Montserrat

(1892)

   Encabezaba Don Manuel sus apuntes históricos sobre la fundación del Colegio de Roma, en los comienzos de 1892, con estos descorazonadores epígrafes: «Ráfagas de anuncios fatales-Perspectivas fatales. -Fulgores de nueva tempestad».
   En los Primeros meses de aquel año, al par que crecían las angustias que venía experimentando, multiplicó Don Manuel sus esfuerzos por conseguir Condotti, y se intensificaron en su ayuda los buenos oficios de sus amigos, que presentían el término de aquellas laboriosas gestiones, sin acertar a pronosticar si sería favorable o adverso. Pero el negocio había de tener una solución bien insospechada. La Providencia divina, que sabe ver y obrar mejor que los hombres-y que con frecuencia, cuando éstos creen que los desatiende y contraría, no hace sino favorecerlos-, para que no se malograsen los altísimos fines que se proponía Don Manuel con la fundación de su Colegio de Roma, no le otorgó la adquisición de Condotti, que los habría hecho de imposible realización merced a las ingerencias oficiales que del P. Martín había conseguido el Gobierno. Entre el Padre y el conde de Benomar existía ya un acuerdo, según el cual, el Gobierno español ejercería sobre el Colegio, si no un verdadero y propio patronato, sí un protectorado benigno, para asegurar el edificio contra posibles usurpaciones del Estado italiano. El Gobierno se reservaba la elección del Rector. El Reglamento debía ser aprobado por el Consejo de Estado. Establecía el Gobierno el número de alumnos que podrían ser admitidos, los Centros de estudios a donde debían concurrir, el orden que debían seguir en el estudio del Derecho; frecuentarían academias y museos, y el trato y comunicación de hombres instruidos, etc., etc... Los que estudiasen lenguas, lo harían en la «Sapienza», la Universidad civil de Roma... Calcúlese en lo que hubiera llegado a convertirse, con tales orientaciones, procedimientos, libertades e ingerencias, un Colegio de estudios, eclesiásticos.
   Los acontecimientos se iban precipitando desde el Vaticano, donde ya residía, por haber sido nombrado en aquellos días Camarero Secreto Participante de Su Santidad, Monseñor Merry. El 12 de enero comunicaba a Don Manuel de parte del P. Martín que éste les daba como plazo lo que restaba de mes, y por su cuenta le dice: «Si resulta que hay que renunciar a Condotti--procure, por amor de Jesús, decidirse a venir en seguida y abrir el Colegio en otra parte. Si no lo hacen ustedes en seguida, otros podrían ocupar el terreno con alguna obra parecida, y todo se vendrá al suelo ... » Contestóle Don Manuel que buscara un edificio, por si acaso; y se resolvió a establecer el Colegio sin Condotti. El 20, intimaba oficialmente a Don Manuel el P. Martín que, si dentro de un mes no había recabado el Decreto, se entendería con otros. El 21, encargaba Don Manuel al señor Caparrós que indagase si podrían instalarse en Montserrat. El 5 de febrero le escribía don Alfonso Merry: «Pida usted mucho a Nuestro Señor, a su Madre y a San José, porque se me figura que empieza la crisis decisiva». Pocos días después, supo Don Manuel por vez primera que el P. Martín andaba en tratos con los Padres Dominicos, mientras a él le prorrogaba el plazo, que terminaba el día 15, hasta el 20. Por aquellas fechas decía Don Manuel a la abadesa de Vinaroz: «Nuestro asunto de Roma está muy crítico. Dígalo a San José; pues, si tuviera que dejarme llevar de los ímpetus de mi corazón, hoy mismo marchaba a Roma, daba un puntapié al edificio de Condotti, y me ponía en un albergue127 con los colegiales. Pero me hago miedo yo mismo».
   En vista de la incomprensible e inesperada actitud del P. Martín, desahógase con él Don Manuel en carta del 12 de febrero: «Reverendísimo y amadísimo Padre: Ayer, 11, recibí la suya del 6, certificada. Como ya comprenderá que no ha podido serme indiferente su contenido, más por la forma que por el fondo, me siento movido a vindicarme un poco. Respeto las razones que dice V. R. le obligan hoy todavía a asegurar para lo porvenir el carácter religioso del edificio... No me extraña tampoco que crea ha mediado calma, porque V. R. ignora y no puede conocer la agitación en que nos ha tenido y tiene este asunto, los trabajos,. visitas, viajes, cartas continuas y telegramas diarios, reconocido todo como superabundante por este señor Obispo. Después de tantos sacrificios, y más grandes de lo que V. R. puede pensar, atendida la pequeñez de nuestras fuerzas, hechos por nuestra parte para el buen resultado de este negocio, tan vital para nosotros, y más hoy, por la humillación que nos causaría un desvío de él después de tantas publicidades, muy pequeño sacrificio hubiera sido el ir y estar en Madrid, y habría sido un descanso ... » Decía luego que la experiencia de un mes en la Corte le había demostrado que lo mismo se hubiera efectuado, aun estando él en Madrid, «el engaño o la equivocación», de que habla el Padre Martín, y que lo que él hubiera podido hacer personalmente eran capaces de haberlo hecho sus amigos y agentes de allí. «No obstante-añade-mañana saldrán dos de los nuestros hacia Madrid, para que no se pueda decir que no se ha hecho, sino que hemos seguido en todo sus indicaciones y consejos; que sabe V. R. lo hemos hecho hasta aquí. Por lo demás, reverendísimo Padre, permítame le diga que reconocemos, y no es lícito dudarlo, que nuestra gratitud será eterna para con V. R., cualquiera que sea el resultado, por sólo su bondadoso ofrecimiento, prefiriendo, entre Congregaciones importantes, nuestra incipiente Obra, no formada todavía, sin historia ni otros títulos para V. R. que la fe y los alientos de ella, si bien son de aquellos que no engañan. Pero no se ofenda, si le añado que me infunden y causan tristes extrañezas sus apremios y ultimatums, precisamente en estas circunstancias y en estos momentos tan críticos en que sin duda ninguna va a darse por el Gobierno un golpe para nosotros favorable o adverso, que le colocaba a V. R. en posición honrosa, libre y desahogada; y que venga a darse por el P. Martín, aunque sea por nuestra negligencia, impotencia o inexperiencia, esto ya comprenderá V. R. que nos ha de ser doblemente amargo, mayormente por quitarnos ante el público todas las fuerzas y quedarnos desprestigiados. Esto estaba fuera de las previsiones en la historia de las contradicciones a que naturalmente debía estar sujeto el curso de estas negociaciones ... »
   La verdad es que del corazón de Don Manuel debía desbordarse ya la tribulación y el sufrimiento. «Estoy agobiadísimo-escribía el día 14-. La cuestión de Roma está en una crisis espantosa, y tengo unas humillaciones y penas amarguísimas ... »
   El 15 llegaban a Madrid, comisionados por él, don José García y don Francisco Osuna, que, favorecidos principalmente por el señor Nuncio y Monseñor Vico, lograron que el Ministro se decidiese a resolver prescindiendo del Consejo de Estado. El 16, comunicaba el Ministro a Monseñor Vico que se estaba redactando la R. O., y que podían los jóvenes ir preparando las maletas. El 18, Mons. Vico y don Alfonso Merry hacían saber a Don Manuel que el 17 había sido enviada la R. 0. al Embajador cerca del Quirinal. El 19 se lo notificaba Don Manuel al P. Martín, y le pedía aviso para marchar. Pasaban los días y el P. Martín no contestaba. El 29 escribía don Alfonso Merry a Don Manuel, agradeciéndole la confianza que en él había depositado: «Después de sus oraciones, es el mayor agrado que se me podía proporcionar. Desde aquí veo la situación angustiosa en que usted se encuentra en estos momentos. Por una parte, cree usted que debe esperar una indicación del P. Martín para ingresar en el edificio de Via Condotti, rodeado de sus alumnos; por otra, duda usted si adelantarse solo, en vista de las noticias del señor Medina, para verse directamente con el Embajador, y seguir los acontecimientos de más cerca. Quizás se decida usted por lo último, ya que en Madrid no queda nada por hacer. ¡Dios nuestro Señor les ayude en su difícil situación! ¡Parece que el camino de esta fundación ha de estar sembrado de obstáculos hasta el fin! ... »
   El P. Martín vacilaba. No quería pasar por que el Gobierno español nombrase Rector de Condotti, ni provisional, ni definitivamente. Dijo al Embajador que, por otra parte, había ya comenzado a tratar con los Dominicos para transformar el convento en Colegio de Misioneros para Filipinas. Así quedaba explicado el que no se apresurase a llamar a los Operarios después de la R. O.
   El 5 de marzo, el marqués de Pidal hacía saber a Don Manuel su deseo de que se establecieran en Condotti, para facilitar sus gestiones: pues había ya autorizado al P. Martín para que abriese el Colegio provisionalmente, y había nombrado Rector a dicho Padre, con facultades para que escogiese a quienes mejor le pareciera para directores del mismo. Le recomendaba el marqués que lo ejecutase cuanto antes, porque deseaba, con la fundación del Colegio, favorecer a los Operarios y dar gusto al Papa.
   El 8 escribía a Don Manuel Monseñor Delta Chiesa, en nombre del Cardenal Rampolla, pidiéndole noticias del estado en que se encontraba su asunto; le decía haber sabido que el P. Martín trataba con los Dominicos; que recientemente había hablado el marqués de Pidal con el Cardenal Secretario de Estado sobre la instalación del Colegio en Condotti; que cuándo pensaba realizarla. Don Manuel le contestó que era el P. Martín el que, al parecer, les había recusado; que no sólo no había desistido del pensamiento de Colegio, sino que, a pesar de aquel abandono, iban a salir de España con algunos alumnos, para establecerlo en cualquier parte.
   En la misma fecha escribía también a Don Manuel Monseñor Merry, recomendándole que tomasen cuanto antes posesión del convento, aunque por las dificultades con que acaso habrían de ir tropezando, se vieran obligados más tarde a mudar de alojamiento. Lo mismo le aconsejaban, desde Cervera donde se hallaba dando misiones, don José García, y desde Madrid, Monseñor Vico y don Alfonso Merry. El 15 recibió Don Manuel noticias de hallarse suspendidas las negociaciones entre el P. Martín y los Dominicos. «Comprendo muy bien-le decía el 17 don Alfonso Merry-lo mucho que sufre usted y lo mucho que ha sufrido en el tiempo que ha durado este largo asunto. ¡Cuántas veces he deseado tener yo los medios para ayudarles a realizar la fundación! ¡Haga Dios que algún día pueda servir a los suyos con más eficacia 1» Semejantes palabras eran eco, sin duda, de otras de Don Manuel, reveladoras de sus tristezas, vacilaciones y temores. ¡Qué largo calvario el que iba sufriendo!...
   El P. Martín solicitó del Embajador que consiguiese por telégrafo autorización del Gobierno para que estableciesen los Dominicos, en Condotti, un Colegio para misioneros y profesorado de la Universidad de Filipinas. El Gobierno contestó que había ya resuelto que se fundara en Condotti un Colegio Español, y que no podía permitir que ocupase el convento un Instituto puramente misionero, pero que, si los Padres Dominicos, además de misioneros, quisieran admitir jóvenes beneficiados, que volvieran, terminados sus estudios, a las diócesis de la Península, no opondría la menor dificultad al proyecto. Con harta razón decía a Don Manuel el señor Caparrós el 18: «Lejos de ser un inconveniente el abandono en que el Gobierno deja a los Operarios, es una ventaja grandísima para el Colegio, que se fundará y desarrollará sin la más pequeña intervención del Estado, que, con capa de protección, mataría el pensamiento». En la misma carta le decía que pediría a su íntimo amigo el marqués de Pidal que escribiese a Chacón, Presidente de la Obra Pía en Roma, para que no se negara al establecimiento provisional del Colegio en Montserrat. El 21, le telegrafiaba Monseñor Merry que podía ir con los chicos. Aquel mismo día Don Manuel, que ya los tenía preparados, citóles para que se juntasen en Valencia. El 23, le comunicaba Caparrós desde Madrid que, al ser presentado en el Vaticano el nuevo proyecto de transformación de Condotti en Colegio de Misioneros para Filipinas, la Santa Sede había respondido que, habiendo sido lo convenido el que fuese convertido en Colegio para seminaristas españoles, mientras el Embajador no retirase la proposición hecha en tal sentido, el Papa no podía aprobar ningún otro proyecto.
   El 26 salieron camino de Roma Don Manuel y el joven sacerdote Operario don Benjamín Miñana, que había de encargarse de la Dirección del Colegio128, con la primera expedición de los once alumnos, escogidos entre los más distinguidos de los Colegios de la Hermandad. El 29, a las nueve y media de la mañana, llegaban a la Ciudad Eterna. Con este primer grupo de colegiales iba don José Despóns, aspirante a la Hermandad, que al mismo tiempo que de la prosecución de sus estudios, había de ocuparse en la Administración del Colegio.
   El 2 de abril hallábase ya en Roma el segundo grupo de colegiales. Alojáronse todos en Montserrat, para lo cual les ofreció el Embajador todo el segundo piso y dos habitaciones más para los Superiores. «Ocupaba el Hospital-dice don Benjamín en sus apuntes para la historia del Colegio-la mayor parte del segundo piso del edificio de Montserrat; y lo mejor que tiene son tres salones, que servían, el uno para hombres, el otro para mujeres y el tercero para sacerdotes. Y esta fue la humilde cuna del Colegio Español, debido a la eficaz recomendación y activas gestiones del muy ilustre señor don José M.ª Caparrós... Se destinó el salón para hombres para que sirviese de dormitorio; el de sacerdotes para estudio, y el de mujeres, para capilla: pero sólo para los ejercicios de meditación, rosario, etc., porque la Misa se celebraba en la iglesia pública de Montserrat. Los Superiores se instalaron en dos habitaciones que quedaban libres en el mismo piso, pero fuera del Hospital ... »
   En aquella inolvidable mañana del día 29 de marzo, apenas desayunaron y descansaron un poco, fueron, Superiores y alumnos, a visitar la Basílica de San Pedro, ante cuyo sepulcro recitaron la profesión de fe Y colocaron bajo la protección de los Santos Apóstoles la nueva fundación. «En la Basílica-dice la «Crónica»-les estaba ya esperando el San Rafael del Colegio, Monseñor Merry del Va¡, Camarero Secreto Participante de Su Santidad, el cual desde allí los acompañó a la Pontificia Universidad Gregoriana, donde los alumnos del Colegio Español habían de hacer sus estudios. Tuvieron una larga conferencia con el reverendísimo Padre Miguel de María, Prefecto de estudios de la misma, el cual les abrió un Campo nuevo para ellos y convirtieron en lo que se había de hacer respecto de los estudios de los jóvenes. Aquellos tres meses que faltaban para terminarse el curso, asistirían como oyentes a las clases ... » Durante los siguientes días, Monseñor Merry fue presentando a los Superiores, entre otras personalidades, a los Eminentísimos Cardenales Rampolla, Parocchi, Vicario de Su Santidad, y Mazzella, jesuita. Los tres los recibieron con marcadas demostraciones de cariño, manifestando íntima satisfacción por su ida a Roma y brindándoles su protección.
   Visitaron también a Monseñor Della Chiesa, Sustituto de la Secretaría de Estado y Secretario particular del Cardenal Rampolla, muy influyente en el Vaticano por su cargo, y muy relacionado con todos los Prelados de España, el cual mostróse muy enterado de los asuntos de los Operarios y muy favorablemente dispuesto hacia ellos, especialmente por la recomendación que de los mismos le había hecho el excelentísimo señor Sanz y Forés. Entre otras visitas de presentación, la hicieron también al Rdmo. P. Fr. José de Calasanz Llevaneras, capuchino, que abrazó cariñosamente a Don Manuel y le felicitó por el golpe de Estado que había dado.
   El día 1.º de abril, primer Viernes del mes, y cumpleaños de Don Manuel129, se efectuó la inauguración oficial del Colegio, si bien en forma privada y humilde. En el templo del Sagrado Corazón, que fue iglesia nacional española hasta tiempos todavía no lejanos, celebró Don Manuel la santa Misa en el altar de Nuestra Señora del Sagrado Corazón, y distribuyó la comunión a los alumnos. Al anochecer, reunió en uno de los salones de Montserrat a la pequeña Comunidad, y tras una platiquita de circunstancias, rezó un padrenuestro a San José y declaró abierto y formalmente instituido el «Colegio Español de San José en Roma»130. El día 2 comenzaron a frecuentar los colegiales las aulas de la Gregoriana. Aquel mismo día llegó a Roma, con un tercer grupito de alumnos, el aspirante a la Hermandad, ordenando todavía, don Domingo Enrique, que había de ser Vice-Director del Colegio, al mismo tiempo que cursaba los estudios de Derecho Canónico131.
   El día 3 escribía Don Manuel a don Esteban Ginés, «... Al día siguiente de mi llegada fui a ver al P. Martín, y nos dijo que por nuestras pocas fuerzas para con el Gobierno, que no nos quiere, etc..., tenía ya compromiso con los Dominicos. En seguida fuimos a Rampolla, el cual nos dijo que la Santa Sede había hecho suspender todo trato con los Dominicos, puesto que media un contrato entre el P. Martín y nosotros, aprobado por la Santa Sede, y ,a menos que desistamos de Condotti, o se haga imposible, no lo aprobará. Nos añadió que aguardáramos la venida del Embajador de la Santa Sede, señor Pidal, y entonces veríamos. Pidal llega hoy, y ya diré a usted el resultado. Temo no obtengamos Condotti, porque son los Dominicos, y está muy adelantado este negocio, y tienen el apoyo del Gobierno español, que quiere convertir el edificio en Patronato suyo, y pondrá condiciones, que nosotros no podríamos aceptar, porque atentarían a nuestra independencia. Pero, en cambio, confío que la Santa Sede nos considerará víctimas de una deslealtad, como nos considera ya, y nos mirará complacida... Estos días les ponemos traje a los chicos. Estos, animosos; y todos son meritissimus, pues hemos tenido interés en que así fuesen los primeros. Hemos escogido la Gregoriana para Centro, como el más acreditado, pues están al frente los Padres Jesuitas.
   Todos los periódicos de Roma hablan ya de nuestra llegada y nos comprometen con sus noticias desfiguradas, sobre todo en la cuestión de Condotti. Por lo demás, crea que era necesaria esta empresa y además es facilísima y útil. Aquí formaremos una fraternidad de jóvenes de todas las diócesis, que, unidos entre sí, bajo nuestra mano, podemos convertirlos en instrumento de fomento de los intereses de la gloria de Dios en las diócesis. Además, podemos enviar aquí, para estudiar, los aspirantes distinguidos que vengan a la Obra. Estos resultados son naturales.
   Lo demás lo ha de hacer el tiempo y la gracia... Vea si puede establecer una práctica en ese Colegio132, para obtener del cielo, la bendición sobre esta empresa de Roma, v. g., un Padrenuestro cada día al Santo Ángel de España o los Siete Domingos de San José».
   El día 5 escribía la siguiente donosa carta a la abadesa de Vinaroz: «Mi pobre Providencia: Al fin, dos líneas para la almita de Vinaroz. El 29 de marzo, a las diez de la mañana, llegamos aquí el tunante de don Benjamín Miñana, el P. General y siete chiquitos. Nos alojamos, como albergaditos, en la sala-hospital de Montserrat. Vimos al P. Martín, que no nos quiere en el convento. Vimos a Rampolla, que nos animó. Ayer llegó el Embajador Pidal y aun no nos da como desesperados, por más que el Gobierno español prefiere a los Dominicos. No quiero decir a usted las trapisondas que otra vez nos quiere hacer pasar Jesús y la polvareda que ha producido nuestra venida, y el reverendo Don Manuel Sol va zarandeado por- esos periódicos. Anteayer llegaron los otros cuatro que aguardábamos; de modo que somos Miñana y mi ordenando de la Obra como Superiores, aunque este último estudia al mismo tiempo, diez chicos y yo: total, 13, mesa completa, si no viene algún Judas... Hoy, al fin, hemos podido ir Miñana y yo a ver al amabilísimo, sencillísimo y santo y sabio P. Llevaneras. Me ha dicho que ya sentía él tardase yo tanto en dar este golpe de estado; que el edificio es lo de menos; que no sabía con qué palabras darme el parabién...
   Le he dicho que le llevaré los chicos apenas estuviesen vestidos con el traje que se les está haciendo, y me ha dicho que no, que él quería pasar a verlos antes, aun con el vestido de pecadores... Pida a Jesús que mi estancia aquí no tenga que ser larga. Todo depende de las oraciones de ustedes. Así, no culpen a nadie, si tardo, más que a ustedes; que yo, por mí, no retardaré el regreso... El día 1.º fiesta de mi cumpleaños, fui con los siete chicos a decir Misa a Nuestra Señora del Sagrado Corazón, como lo tenía ofrecido; y anteayer, domingo de Pasión, fui con los doce a la capillita de la celda del P. San Francisco, en donde dije Misa y comulgaron ellos, y hubo fervorinet. Sirvió de tema la piedra que allí se conserva, en donde ponía la cabeza para descansar San Francisco. De allí, como está a las afueras, fuimos a comer un pedazo de pernil, única cosa que llevábamos, al monte Janículo, donde está el lugar donde crucificaron a San Pedro, y la iglesia es franciscana... Si se le ofrece a usted alguna cosa para el Papa blanco, está a su disposición el Papa Sol, que las bendice a todas y suplica redoblen sus oraciones».
   Escribió Don Manuel por aquellos días varias cartas del mismo tenor. De la dirigida el 7 a don Felipe Tena, copiamos algunos fragmentos: «Aquí estamos, albergados en Monserrat, y suspendidos en el aire, con la probabilidad de perder Condotti y sin la seguridad de obtener Monserrat. En cambio, nos ofrecen la compra de conventos, palacios y casas muy baratas... Recibida aquí y aun en el Vaticano muy satisfactoriamente nuestra venida, que se hacía necesaria, y ojalá hubiera sido dos meses antes. Los chicos, animosos. Estos días les hacen su sotana, manteleta gótica, faja y sombrero. El traje de seminarista español ha sido recusado como anticatólico.., Conque veas si encuentras alguna bolsa descuidada; que con ella tenemos bastante para desarrollar en grande escala la empresa nuestra, tan necesaria y útil para nosotros y para el bien de España... Cuídame bien a ese Jesús Sacramentado, y dile cosas por los pobres desterrados romanos».
   El 15 volvía a decirle: «Ayer, Jueves Santo, recibí tu grata con la de Soler. No podéis pensar lo que alegran las cartas de la patria a los desterrados... La crisis que atravesamos, espantosa. De parte nuestra, para ocupar Condotti, tenemos: la Nunciatura de España; su Secretario, y el Secretario de la Congregación que entiende en el asunto; el Cardenal Mazzella, que se ha ofrecido a hablar al Papa, como lo hizo el año anterior, y con el Cardenal, los PP. de la Gregoriana. Además, en parte, al marqués de Pidal. Todos estos quieren sea Colegio Condotti, y no Casa para misiones. En contra tenemos: al P. Martín, al conde de Benomar, al Gobierno español, y a la gran potencia de los Dominicos, con el Cardenal Zigliara al frente, el cual ha ido personalmente al Papa a pedir Condotti, diciéndole que es cuestión de vida o muerte para la orden dominicana en Roma, que no tiene ninguna Casa independiente. Conque, ya ves si ha tomado proporción la batalla. No tendremos, pues, Condotti, y, en cambio, es lo peor que hemos promovido este ruido, que es un compromiso para nuestra Obra, que sin fuerzas y sin medios y sin prestigio y sin personal, la ponen en el caso de desarrollar el Colegio (con Condotti o sin él) en grandes proporciones, atendida la publicidad que ha adquirido. No era éste nuestro deseo ni nuestro instinto, sino el de empezar modesta y calladamente, como es nuestro espíritu, y como corresponde, además, a la pequeñez de una obra naciente. Jesús lo ha querido así: que se cumplan sus designios amorosos.
   Por lo demás, si Jesús bendice nuestra empresa, veo clarísimamente todos los resultados de gloria de Dios que puede dar. Roma puede ser punto céntrico para formar una falange de sacerdotes, que luego, bajo la mano de los Operarios, pueden promover en España los intereses de gloria de Dios en las diócesis, como están destinados a promoverlos en las parroquias, bajo la misma mano, los sacerdotes salidos de nuestros Colegios, y lo estamos practicando ya. Así, pues, ora y haz orar a esos colegialitos para que pronto podamos tener aquí la Casa que Jesús nos quiera dar, y conserve en salud a los alumnos, y desarrolle la obra pronto. Me fatigan ya tantas dilaciones y tramitaciones y esperas, y mi apetito desea una solución. Creo, con todo, que si perdemos a Condotti, como es fácil, no dejaremos de obtener cierta compensación de afecto cerca del Santo Padre, que no podrá menos de ver que estamos sufriendo los efectos de un abandono inverosímil, después de dos años de espera, y habiendo mediado un compromiso y aun un Rescripto del mismo Papa en favor nuestro. Me olvidaba decirte que entre los nuestros está el angelical Merry del Val, Camarero Secreto de S. S. Anteayer, paseando con el Papa por los jardines, se atrevió a hablar a éste del nuevo Colegio Español, y le añadió que estaba interesadísimo. El Papa esquivó un poco la conversación, pero no dejó de preguntar dónde estábamos y si había local en Montserrat para nosotros; que los Dominicos esperaban Condotti; y últimamente, que no quería impedir nuestra Obra, pero que él hubiera deseado Altemps, etc... Ya iremos dando noticias... Temo mucho mis pecados que no estorben los designios de Dios ... »
   El 19 escribía a una religiosa sanjuanista de Tortosa: «Llegué aquí el 29 de marzo con don Benjamín y siete chicos... Hacemos algunas excursiones por esos santos lugares... Hoy me han engañado y he hecho lo que no había hecho en las seis veces que he estado en Roma, esto es, he subido con ellos a la cúpula de San Pedro, desde donde la gente de la plaza se ve como niños.
   Me he cansado bastante. Calaveradas de joven. Nuestro asunto de edificio, en el mismo estado, y temo que mis pecados harán que perdamos el convento, que era nuestro ya, y a haber venido dos meses atrás no se nos hubiera escapado, a pesar de que el Gobierno español no está por nosotros. Conque así, que oren esas almitas, para que los designios de Jesús se cumplan en nosotros en esta empresa».
   Aquel mismo día 19 le enviaba desde el Vaticano Monseñor Merry esta esquela, animándole a que siguiera adelante: «Amadísimo Don Manuel: En estos momentos recibo sus renglones y ahora mismo tengo que ir cerca de S. S., pero quiero decirle que las apreciaciones de mi hermano, en teoría, y como máxima, han sido siempre las mías; pero, como usted, por las circunstancias, creo necesario sacar el partido que puede conseguirse del compromiso con el P. Martín. Ya me acuerdo haberle escrito que no creo que su estancia en Condotti podría nunca ser muy larga, por querer el Gobierno quizá intervenir demasiado; pero, repito, no por eso me parece necesario dejar la cosa sin sacar partido de ella. Lo necesario sería conseguir el reconocimiento en seguida. En una palabra: estamos de acuerdo. Procuraré ir esta tarde. Suyo in C. J., Rafael».
   Entablada por los Operarios reclamación judicial sobre Condotti, había de resolver como juez sobre el litigio Monseñor Segna. Era Monseñor Della Chiesa el principal instigador de Don Manuel para que hiciese valer sus derechos, o a lo menos, para que antes de que se fallase en contra de él, recabara, como compensación, licencia oficial para permanecer por dos años en Montserrat. El 21 envió el P. Martín al Vaticano un billete contra Don Manuel, diciendo de éste que carecía de medios para realizar la empresa que pretendía vivir a expensas de la Santa Sede y que no le entregaría Condotti. El 22 escribía Don Manuel: «Mis asuntos en ésta, en los momentos más críticos, y siempre peor en cuanto a la consecución del edificio de Condotti. Mis pecados tienen sin duda la culpa principal, y mi falta de paciencia me hace pedir a Dios que se abrevie este estado violento, mediante una resolución u otra. Pero, si quiere que se alargue este sufrimiento, no quiero por mí abreviarlo... Jesús aún está serio. Verdad que no merezco más que látigo... Si, después de todo, Jesús quisiera humillarnos e inutilizar nuestros proyectos en Roma, inclinaríamos nuestra cabeza, no pudiendo ofrecerle más que una conformidad llena de amargura... »
   El 27, finalmente, comunicó Monseñor Merry a Don Manuel que el pleito había sido fallado contra los Operarios. El Cardenal Rampolla declaró que no podía dejarse de ofrecer a éstos alguna compensación, y facultó al marqués de Pidal para que, en nombre del Papa, solicitase del Gobierno español autorización para que el Colegio continuara provisionalmente en Montserrat, al menos durante un año. Contra semejante pretensión, comenzaron a levantarse clamores, murmuraciones e intrigas. El ministro de Estado, duque de Tetuán, recelaba y sacó a colación el asunto del «bonete del fraile». Díjose que lo que Don Manuel andaba buscando era ¡una canonjía en España!... Cuando parecía que, humanamente hablando, todo estaba perdido para la Hermandad, comenzó a mostrarse de un modo ostensible la protección de la Providencia divina sobre ella. «Desde el día del fallo de la causa a favor de los Dominicos, el Santo Padre-dice la «Crónica del Colegio de Roma»-consideró como cosa propia suya el naciente Colegio Español ... » No quería el Vaticano consentir que «se apagase aquella centella», en frase del Cardenal Rampolla.
   Inestimable beneficio fue para Don Manuel la pérdida de Condotti. Al verle tan aferrado a su adquisición, alguno de sus amigos le había escrito: «¿Que será para los Obispos un desengaño el saber el abandono del convento de la Vía Condotti? ¿No será mayor el que experimentarán cuando lleguen a conocer la existencia o el carácter de los famosos «Estatutos», del «Reglamento interior» y de las condiciones de sucesor y nombramiento de Rector?... ¿Que usted, con un patriotismo raro y admirable, desea fundar en un edificio de España, para marcar mejor el carácter nacional del futuro Colegio? Pero, Ano será siempre éste español mientras se componga de españoles-... ¿Qué más carácter español se puede desear para el Seminario futuro que el depender única y exclusivamente de nuestro Episcopado? ... »
   «El Colegio Español-le decía otro-será tanto más grande y más estimado de los Obispos, cuanto menos tenga. que ver el Gobierno en él. La Providencia viene enderezando las cosas a ese fin».
   El 29 de abril escribía Don Manuel a la Madre Providencia: «El P. Martín no sólo nos ha abandonado, sino que, con el temor de no salir con la suya de darlo a los Dominicos, y para que el Papa no se inclinara a nosotros, ha escrito a éste desacreditándonos, diciéndole que somos unos pobres pela cañas, que no tenemos dinero ni podemos dar vida al Colegio. Ya ve usted si son cosas increíbles. El convento ya se ha dado a los Dominicos. Ahora veremos si quieren darnos la limosna de que podamos continuar en Montserrat un año. Si nos despiden del Hospicio de Montserrat, buscaremos una casa arrendada y allí nos colocaremos. ¿Cómo abandonar la empresa? Tenemos demasiado amor propio, sobre todo después de mover tanto ruido con Cardenales y Embajadores, y tantas guerras, persecuciones y simpatías...
   Conque, aquí estoy por culpa de ustedes. Creo que Jesús quería las cosas como han sucedido, cuando tantas oraciones se han hecho. Al menos, pidan que se cumpla la voluntad de Dios. Y si ésta es que se conviertan en consuelo tantas contradicciones, que lo haga, y sobre todo, que sea pronto. Estos días casi me he enojado un poquito. Este mes de mayo, a ver si la Divina Madre nos consuela».
   El 3 de mayo, don Alfonso Merry, después de lamentarse del desenlace final, por lo mucho que había Don Manuel sufrido, sobre todo en los últimos días, le dice así: «Ya que sus perseverantes esfuerzos no han obtenido la recompensa que merecían, hay que pensar que, por alguna razón desconocida de los hombres, acabó el asunto de esta manera. No veo, en el fracaso oficial que han padecido ustedes, razón alguna para dudar del éxito final: pues precisamente en la aparición inesperada de tantos obstáculos como han desbaratado sus proyectos e inutilizado su tesón, encuentro la señal de la mano de Dios, que seguramente llevará a buen fin la fundación del Colegio Español en Roma, obra tan necesaria para la victoria de la Iglesia en nuestra nación ... »
   El día 2 había escrito Don Manuel a sus Puras de Tortosa: «No sé cuándo regresaré, aunque creo no debe tardar ya. Nuestro asunto debe ir muy bien cuando nos va tan mal; es señal de que Dios quiere amasonarlo133 mucho. Abandono de las criaturas, celos, desprecios, desconfianzas, calumnias, todo ha llovido sobre los pobres Operarios. Hemos perdido a Condotti (¡gracias a Dios!). Nos despacharán de Montserrat (¡así sea!). Nos buscaremos un modesto Belén (¡Amén!), y allí vendrán los ángeles a entonar el Gloria in excelsis Deo... Por lo demás, el Papa contento; pero está a ver lo que harán los Operarios, porque le han dicho tantas cosas contra ellos, que al pobre le ha entrado temor de ellos. A nosotros nos hace reír todo esto, y, si no fuera por mis pecados, aún me reiría más. Los chicos, buenos y bien, gracias a San Rafael. Aun no llevan el traje, pues Rampolla quiere uno y el Embajador otro, y éste se va a enfadar. Todo son penas ... »
   El 4 salió de Roma el despacho del marqués de Pidal solicitando del Gobierno, para la Hermandad, en nombre del Papa, la competente autorización para que el Colegio continuase en Montserrat, la cual fue otorgada.
   En la lista de los Superiores del Colegio debemos incluir el nombre de Monseñor Merry del Val, que desde el primer día, y durante veinte años, actuó de Director espiritual y confesor ordinario de los alumnos. Con qué copiosos y felicísimos resultados desempeñara su cargo, lo pueden atestiguar muchos de sus hijos espirituales que trabajan a la hora presente por varias diócesis de España, algunos en eminentes puestos de la Jerarquía eclesiástica. ¡Qué bendición de Dios para el Colegio el haberle deparado un maestro de tan genuino y delicado espíritu eclesiástico, como el del futuro Cardenal Secretario de Pío X, para que lo infiltrara en sus jóvenes alumnos!...
   Consultaron los Superiores a varias personalidades sobre el uniforme que habían de llevar los colegiales. Los de nacionalidad española se inclinaban al manto y la beca de los Seminarios de España; el marqués de Pidal optaba por la sotana y faja con los colores nacionales; los cardenales Parocchi y Rampolla no juzgaban oportuno que se presentasen por las calles de Roma con el manto y la beca. Don Manuel se decidió por el de sotana romana, esclavina española con puntas y con cordones azules, y sombrero de teja.
   Lo estrenaron el día 8, festividad del Patrocinio de San José. Celebró Don Manuel la santa Misa en el altar de San Luis, les predicó un fervorín de circunstancias antes de la Comunión, y encerró los nombres de ellos en el corazón del candelabro de plata de la Peregrinación de los Luises. «Por las calles nos llamaban -escribía Don Manuel-el «Collegio nuovo Spagnuolo». Todos los chicos parecían unos Padres graves ... »
   El 11 salió de Roma y el 15 llegaba a Tortosa, desde donde escribía el 17 a don Felipe Tena: «Anteayer llegué de Roma. Estoy tranquilísimo por la pérdida de Condotti. Creo ha sido una gracia de Jesús para estar libres de ingerencias del Gobierno... Los chicos, buenos todos; algunos, buenísimos. Creo nos honrarán... Monseñor Merry es el Director espiritual del Colegio. Tenemos, pues, un buen creixent134 para formar un buen espíritu en los que vayan viniendo, andaluces, gallegos, etc., etc. Que Jesús cumpla en ellos su gloria en bien de España... Me han dejado consoladísimo con sus alientos y ganas de honrar al Colegio»... El 17 realizaron los alumnos el primer acto público, oficiando en la solemne función que se celebró en la iglesia nacional de Montserrat, con asistencia de los dos Embajadores españoles y varios Cardenales, para festejar el cumpleaños de S. M. el Rey Don Alfonso XIII.
   El 2 de julio los recibió el Papa en el Casino de Paulo IV de la Torre Leonina, a las doce de la mañana. Durante media hora se entretuvo con ellos León XIII, felicitándose por la fundación del Colegio Español, tan deseada por él; les exhortó a la virtud y al estudio para que con su buena conducta honrasen al Colegio, y éste se desarrollase y floreciera. Los acarició y bendijo y les encargó que cada uno de ellos llevase de España otros dos o tres alumnos. A la audiencia, que él mismo les había proporcionado, asistió también, con los colegiales, Monseñor Merry. Por la noche, partieron aquellos de Roma para pasar las vacaciones en España.

CAPÍTULO XXX



El Colegio Español de Roma: Felicísimo incremento

(1892 - 1893)



   Con halagüeñas esperanzas de futura prosperidad había terminado la primera etapa de la existencia del Colegio Español. Al despedirse don Benjamín del Cardenal Rampolla, habíale dicho éste: «El Colegio Español ha de ser, dentro de poco, uno de los primeros de Roma». El día 6 de julio, al disponerse a partir de la Ciudad Eterna para estar ausente por dos meses, escribía Monseñor Merry a Don Manuel: «Lo siento; pues aunque esté de vuelta en septiembre, podría quizás serle útil antes de esa fecha... Don Benjamín le habrá dicho de la audiencia cordial y significativa que el Santo Padre concedió a los alumnos; cómo mostró empeño en recibirlos, y cómo se ocupó e interesó de todo. Dijo que esta fundación se unía al pensamiento que había tenido él, desde hace tiempo, de ver establecido un Colegio Español en Roma, y después de una larga exhortación y de haber hablado de las ventajas de tener aquí un Colegio, de los estudios y de la piedad necesaria para conservar a España en su antigua fe, etc., me preguntó cómo se encontraban en Montserrat, si no estaban muy estrechos. Contesté que por otro año se podrían instalar allí, pero que en cuanto fueran más numerosos, sería necesario pensar en otra casa. A lo cual dijo: «Sí, sí, y sobre esto estoy de acuerdo con el señor Embajador». Esto le debe probar a usted que con tal que traiga buen número de alumnos en octubre (para quitar lo que pueda quedar de desconfianza), puede contar con el apoyo de la Santa Sede, sea que vayan a instalarse en Altemps o en otra parte, sea que se queden en Montserrat. Nada más por hoy. Es probable que me marche el domingo por la noche. Después de esa fecha, escríbame a San Sebastián, «Villa Zinga». Dios quiera que, como nos dijo también el Santo Padre, «el Colegio Español sea el primer Colegio de Roma». Escribiré pronto».
   Apenas regresado a España, había comenzado Don Manuel su campaña de propaganda en favor del Colegio. El 25 de mayo ya hablaba encomiásticamente del mismo, y prometía hablar más extensamente, como lo hizo, la «Revista Popular», de Sardá y Salvany. Desde el 2 de junio fue enviando Don Manuel a todos los Prelados españoles una circular, en la que les daba cuenta de la apertura del Colegio, de las condiciones para la admisión de alumnos y de los objetos del mismo, invitándolos a enviar a él alguno de sus seminaristas. Muchos señores Obispos publicaron la circular en sus Boletines diocesanos, y cerca de treinta contestaron a la misma, todos muy favorablemente, y no pocos con fervoroso y sentido entusiasmo. Acompañaba a la circular una recomendación de Monseñor Vico, acérrimo propagandista del Colegio. No lo era menos Monseñor Della Chiesa, el cual el 11 de julio escribía a Don Manuel una larga carta, que éste califica de «animosa», y en la cual, entre otras cosas, le decía: «Celebro con toda el alma los buenos resultados que ya viene dando respecto al Seminario en Roma la carta que han circulado ustedes a los señores Obispos de España. Me parece que la obra ya se puede decir segura, pues son varios los Prelados que se comprometen para enviar alumnos, y creo que el número de ellos aumentará cuándo sepan lo que piensan hacer los demás. Por esto, convendría poner un suelto en algún periódico de mucha circulación anunciando cuántos son los Obispos que han resuelto aprovechar los ofrecimientos del Director del nuevo Colegio Español... El P. Martín ya debe estar arrepentido de lo que ha hecho con usted. Quiera Dios premiar a usted los sinsabores que le ha costado su conducta».
   Publicó Don Manuel una nota informativa sobre el Colegio, en la prensa de Madrid y Barcelona. Sardá y Salvany comenzó el 11 de agosto a escribir en su «Revista Popular» una serie de vibrantes artículos en torno a la nueva fundación, bajo el título de «Gran Obra Española». De ellos entresacamos algunos fragmentos: «España ha sido-decía-en todos los tiempos la nación romanista por excelencia entre todas las católicas del mundo... Nuestra patria necesita, hoy más que nunca, esta constante y tradicional comunicación y como identificación de sus corrientes teológicas con las corrientes teológicas de Roma, y para conseguirlo no hay medio más conducente que el ir y venir continuo de estudiantes españoles de la Península a la Ciudad Eterna... Seremos tanto más españoles a la antigua, cuanto más fuéremos firmes y no averiados católicos, y tanto más esto último, cuanto más llenemos con el ambiente de las escuelas pontificias nuestro pulmón, respirando ese aire puro de doctrina vigorosa que conserve nuestra sangre de limpios católicos, y la restaure en los que, por desgracia, hubieren sufrido el resabio de maléficas extranjeras enseñanzas... Y no nos objete aquí el liberal, heredero de las viejas preocupaciones galicanas, que extranjeras son las escuelas de Roma. No sería nueva la objeción, ni sería por eso menos absurda. Roma es, para el católico de cualquier nación del mundo, más patria suya que su propia patria temporal. Roma es el hogar paterno y la casa solariega de todos los hijos de la fe; es la patria de las almas y de los intereses eternos, con tanta mayor superioridad sobre la (le los cuerpos y de los intereses humanos, cuanto exceden aquellos a éstos en excelencia e importancia. El español en Roma se halla, como católico, tan en su casa, como cuando se halla en Madrid, Toledo o Barcelona. Por mil conceptos, es más tierra suya aquella donde estriba el fundamento de su fe, que esotra de acá, donde por vez primera vieron sus ojos la luz terrena... A pesar de lo expuesto, poco ha hecho España hasta ahora en el sentido indicado, siendo por ello muy notado el hueco de nuestra católica nación, la nación teológica por excelencia, en el cuadro de las naciones de Europa y de América que envían alumnos suyos a los estudios teológicos de Roma»...
   Enumera la larga serie de Colegios nacionales eclesiásticos y añade: «Al recorrer tan hermosa lista ¿no es doloroso tener que preguntar: dónde está España?... ¿Sólo España, a pesar de sus gloriosas tradiciones, no ha respondido al generoso impulso que lleva a Roma a los talentos de todas las naciones? ¿No ha sido acaso en ésta, como en otras cosas, harto explícita la voluntad del Papa? ¿Han de ver con vergüenza nuestros compatricios de la Ciudad Eterna discurrir por sus calles las secciones de alumnos de diferentes países, ostentando sus peculiares hábitos o insignias, y no han de poder decir jamás, con el legítimo orgullo de las glorias científicas, más noble y más levantado que cualquiera otro de los que tienen el don de excitar el patriotismo: Aquí están los jóvenes de la Patria de Suárez, de Melchor Cano y de Santa Teresa de Jesús? ... » Discurre luego Sardá ampliamente sobre las razones que abonan el seguir los estudios en Roma, sobre la fundación del Colegio Español, y termina diciendo: «He aquí todo. Deseamos, por nuestra parte, haber logrado contribuir en algo a que sea conocida y obtenga el arraigo y crecimiento que merece, una de las más fecundas obras que en bien del clero español se han iniciado en los modernos tiempos. Lo sabemos, además, de cierto, y por conducto tan autorizado, que no nos permite género alguno de duda. Nuestro Santísimo Padre León XIII muestra por estos Colegios un interés especial, que su vasta inteligencia llega a relacionar con el prestigio de su propia persona y autoridad en la ciudad donde le tiene cautivo la Revolución... El Papa será más Papa y será más Rey, pese o no pese a las sectas, cuanto más numerosa y brillante sea esta corte de hijos suyos que de todos los países vea congregarse a su sombra. Un solo alumno que de cada diócesis española fuese enviado a Roma, ¡cuán bella corona no formaría de compatricios nuestros en torno del Vicario de Dios! España no puede faltar a esa cita de honor y de lealtad de que le dan ejemplo todos los países de Europa y aun los de la misma América. No puede faltar, repetimos, y no faltará».
   Una nubecilla vino a ensombrecer momentáneamente el sendero de gloria por donde comenzaba a caminar Don Manuel. Con cuánta razón hubo de escribir tiempos atrás a uno de sus Operarios, y en otra ocasión parecida, refiriéndose al Colegio de Roma: «¿Si querrá Jesús que empecemos en una casita como la que arrendamos al lado de las monjas de San Juan de Tortosa el año 73? Sólo así crecen las buenas simientes». Aludiendo a las nuevas dificultades surgidas, decía ahora: «No faltan guerras oficiales por parte de España y oficiosas por parte de los traviesos de allá, y ensancha el corazón esa rabia del Infierno. Fortuna, los ángeles que el Señor previno allí». Fue el caso que, durante el mes de agosto de aquel año, el Obispo de Segorbe, don Francisco de Asís Aguilar, concibió el propósito de dimitir su Obispado para ser elegido Rector de Montserrat, con el fin de fundar en el mismo, de acuerdo con el Gobierno español, que aceptó el pensamiento en principio, un Seminario oficial.
   Apresuróse Don Manuel, al tener de ello noticia, a comunicarlo a su fidelísimo confidente Monseñor Merry, y éste le contestaba desde San Sebastián el 26 de agosto: «Mi amadísimo Don Manuel: Acabo de recibir en este momento su carta del 22, que he leído con emoción. He escrito en seguida a Monseñor Delta Chiesa, participándole mis temores y suplicándole haga todo lo posible para impedir lo que él sabe sería la destrucción de la obra de usted y de todo verdadero Colegio Español... Por lo que cuenta usted, veo más y más la necesidad de don Benjamín en Roma, y -siento que se haya movido de allí. Pero, nuestro amado Don Manuel lo ha querido, y se acabó!... Pediré mucho a Jesús, así lo haremos todos, para hacer violencia al cielo y vencer las dificultades... Espero con ansiedad su carta prometida».
   El 31 recibió Don Manuel otra, cariñosísima, de Monseñor Delta Chiesa. Desvanece éste sus temores, y después de discurrir sobre las repercusiones que los nuevos planes del Gobierno pudieran tener sobre la posibilidad de continuar el Colegio en Montserrat, le dice: «Yo confío no tengan ustedes precisión de alargar su permanencia en Montserrat. Por ahora ha sido útil y provechoso ,el alojarse allí, para que nadie pudiera sacar de lo ocurrido en Vía Condotti que su obra no merecía la protección de la Santa Sede. Pero cuando pudieran ustedes alquilar casa aparte, ganarían mucho con su independencia». El 4 de septiembre, le hacía saber el señor Caparrós que el marqués de Pidal había desistido en absoluto del pensamiento de Seminario. Se nombraría al de Segorbe Obispo-Rector de Montserrat, pero sin Seminario. Y el 20, le decía: «El ministro ha rechazado el proyecto, y por ahora queda abandonado lo de Obispo-Rector... Bien merece San José que le haga usted algunos mimos. A ellos uno los míos».
   El 3 de octubre había ya regresado a Roma don Benjamín, el cual hizo correr la noticia de que esperaban de 30 a 35 alumnos. «Monseñor Della Chiesa se quedó «espantado», al oírmelo-escribía a Don Manuel-y el P. De María, que pedía con mucha insistencia los nombres para publicarlos en el nuevo Catálogo de la Gregoriana, tomó dos polvos al aire, de satisfacción».
   Fueron treinta y dos los colegiales. Llegó a Roma el primer grupo, acompañado por Don Manuel, el 28. Iba con él su íntimo amigo el canónigo de Tarragona doctor Corominas. El 2 de noviembre escribía Don Manuel: «Llegué el 28 con mi amadísimo, Padre Llevaneras, que me aguardaba en Barcelona. El viaje, tal cual; aunque él un poquito molestado, porque tuvo que ponerse en Génova en un departamento al lado de unas inglesas que llevaban muchas esencias y olores. Al fin, pude yo hacerle lugar en otro sitio... Se dice por aquí, pero usted no lo diga, que va a hacerle Cardenal León XIII». Relata la entrevista del doctor Corominas con el Papa, y dice: «Al ver a un español, no sabe hablar más que del Colegio».
   El 5 de noviembre decía a uno de sus Operarios: «Aquí estamos, corriendo y recorriendo casas, haciendo compras de boca. Si llegan a saberlo, se nos echa Roma encima para que la compremos... San José, que nos guarde la destinada para futura vivienda de sus hijos. Los chicos, más sosegados y más temerosos en los estudios. El gasto para la adquisición de muebles nos va a arruinar... Conque, a hacer molde de monedas de cinco duros; si no, estamos arruinados. Estoy muy bien aquí, trabajando poco. Por esto que estoy bien, habré de marcharme el 14 ó 15, si Chiesa no me manda lo contrario ... » El 15 por la noche salió de Roma y el 18 llegó a Tortosa. En una carta del 22, a don Esteban Ginés, resumía las impresiones de su viaje en esta forma: «Llegué a Roma, el 29 de octubre con 26 alumnos, y tuve por lo mismo un viaje fatigoso por los traslados e ir todos con demasiados bultos... No puedo decirle todos los dolores y gozos que Jesús nos va ofreciendo en esa grande empresa, mayor de lo que en un principio pudimos prever. Por un lado, envidias, recelos, contradicciones del Gobierno por nuestra estancia en Montserrat, y guerras solapadas de otros españoles, y temores y angustias. Por otro lado, vivísima satisfacción en el Vaticano, el cual está rumiando cómo proporcionarnos un edificio independiente. Tenemos treinta y dos alumnos, tres de ellos sacerdotes, todos tres muy buenos y ajustándose humildemente a todos los actos de comunidad; de modo, que lo que más me intimidaba (el tener sacerdotes) se ha convertido en consuelo; están muy contentos... Sólo falta la cuestión de edificio, pues el movimiento está dado ya. Conque, haga empezar los Siete Domingos de San José a los colegiales para que el Santo nos envíe una bolsa de 150 mil duros que vale el edificio predestinado para Colegio, y tal vez nos lo den por 100 mil. Pida a Jesús que podamos vernos, y entonces le contaré episodios que le asombrarán ... »
   Desde primeros de mayo había Don Manuel comenzado a fijar su pensamiento y colocar sus esperanzas en el palacio Altemps, al igual que León XIII, que no desistiendo de instalar allí el Colegio, el 12 y 23 de noviembre había vuelto a proponérselo al marqués de Pidal y a Monseñor Merry, respectivamente. El 25 de noviembre decía Don Manuel a los Operarios de Murcia: «Merry ha hablado al Papa en paseo. El Papa le dijo si cabían en Montserrat. Le dijo que no muy bien. Preguntó si tenían habitaciones independientes para cada colegial. Le dijo que estudiaban en un salón común. -¡Oh, no irá bien; es necesario local, y yo les ofrecí Altemps!... -Santísimo Padre, no es bueno Altemps, pues es oscuro, etc., etc..., y tenemos visto otro local que sería muy bueno para nuestro Colegio Español: el palacio Patrizzi... -Pero, ¿costará mucho Patrizzi?... -No, Beatísimo Padre, sólo medio millón de pesetas ... Y el Papa calló. No sé por qué Merry le recusó a Altemps ... »
   El 6 de noviembre comenzó a ejercer sus funciones de colaborador de los Operarios en la formación espiritual y literaria de los colegiales-en las que había de perseverar durante más de treinta años, hasta su muerte-el reverendísimo P. José de Calasanz Homs, Procurador General de los Escolapios, el cual, como confesor de los alumnos y profesor de música y de lenguas vivas, prestó brillantísimos e inestimables beneficios al Colegio, en el que era considerado y venerado como una «institución». Con toda justicia y verdad escribe don Benjamín en su Crónica del Colegio -«Se puede decir que el haber Dios proporcionado al Colegio la amistad de este Padre, fue uno de los mayores beneficios con que favoreció al naciente Colegio». ¿Quién de los que en él han vivido no recuerda con? agrado, cariño y gratitud, la pulcra, simpática y edificante figura, nimbada de atrayente y sugestiva viveza y alegría, del P. Homs- Parecía un santo... ¡y lo era!
   A fines de noviembre estuvo en Roma el Obispo de Vich, señor Morgades, que había llevado al Colegio siete alumnos de su diócesis. Hablóle del mismo con mucho entusiasmo León XIII, y le declaró sus vivos deseos de que los Prelados españoles le dispensaran su protección.
   El señor Sanz y Forés desde España, y Monseñor Della Chiesa -«que había tomado la cosa con mucho calor»-en Roma, se afanaban por arbitrar recursos económicos para la próspera marcha del Colegio. El 7 de diciembre decía Monseñor Merry a Don Manuel: «Mi amadísimo en el Corazón de Jesús: Por más que no, tengo nada muy especial que comunicarle, le escribo estos renglones para probarle que no le tengo olvidado. Me he enterado de la carta del señor Arzobispo de Sevilla, que muy pronto saludaremos como Cardenal. Celebro muchísimo que vea dicho Prelado como, cosa no tan difícil encontrar los medios necesarios para el futuro Colegio de Roma. Por mi parte, no dudo que con un proyecto o, con otro se ha de conseguir; pero lo que sí no veo es cómo se ha de hacer pronto, y cada día va siendo más urgente que salga la Comunidad de Montserrat... Por esta razón, entre otras, deseaba la Santa Sede adelantar la suma necesaria, y así trasladar el Colegio sin tardar más. El señor Obispo de Vich, que se ha entusiasmado con el Colegio, está en estas ideas... Sería comprometer el verdadero éxito del Colegio, en mi humilde opinión, el querer darle las proporciones que parece indicar el señor Arzobispo de Sevilla, a no ser dentro de mucho tiempo. Si logramos tener aquí cien alumnos buenos, de piedad y de talento, no se habrá hecho poco. Después soñaremos en aumentar aún el número: pero antes han de ser buenos, y después muchos. Escribo muy de prisa, como siempre. Estos días estoy bastante atareado. Nuestro Santo Padre, perfectamente, gracias a Dios. Mañana hemos de pedir mucho a la Virgen que nos ilumine y proteja».
   Por aquellos días hubo crisis ministerial en Madrid. Fue nombrado nuevo ministro de Estado el marqués de la Vega de Armijo. El Nuncio recabó de él autorización para que siguiese el Colegio en Montserrat. El 17 de diciembre escribía Caparrós a Don Manuel:
   «Por la misericordia de Dios el movimiento a favor del Colegio se ha aumentado notablemente de algún tiempo a esta parte: don Benito Sanz y Forés, el señor Nuncio, Di Pietro, el Obispo de Vich, Monseñor Merry, Monseñor Della Chiesa, el Cardenal Secretario de Estado... Parece un sueno; y, sin embargo, es una hermosa realidad, que nos abre el horizonte de una nueva y hermosa era. Sursum corda!»
   Uno de los que con más ardoroso entusiasmo hicieron atmósfera favorable al Colegio fue el doctor Corominas, que gozaba de gran prestigio e influencia ante los Obispos españoles: «Por supuesto-decía a Don Manuel el 18 de diciembre-que me intereso por todo lo de ustedes como si fuera mío; y sobre lo de Roma, creo no me hubiera atrevido a tanto con algunos Prelados a ser cosa mía... Por lo demás, ¿qué quiere usted consultar conmigo? Tu mihi! No le faltan a usted personas que valen, saben y pueden, y gente tan alta como cardenales in próximo fieri. Ante todos ellos ¿qué puedo ser yo nisi canis mutus?»
   Se refería al señor Sanz y Forés, que fue poco después creado Cardenal en el Consistorio del 16 de enero de 1893. Otro de los amigos y protectores entusiastas de Don Manuel, el P. Llevaneras, le decía el 22 desde Barcelona: «No podía usted darme más gratas noticias que las que me escribe sobre el Colegio de Roma. Usted ya sabe cuán de veras deseo el bien y prosperidad del Colegio y cuán dispuesto estoy a servirles según mis pobres fuerzas, por lo cual me han llenado de verdadera alegría y satisfacción los adelantos de que usted me da noticia, y abrigo la firme confianza de que el Señor y la Virgen Santísima, bendiciendo y teniendo muy en cuenta sus trabajos y desvelos, larga y copiosamente bendecirán también su obra y le darán firmeza, asiento y estabilidad, para gloria suya y lustre y provecho de España, como otras veces he tenido ocasión de manifestárselo... Confío llegar pronto allá, y tendré el gusto de hacer una visita a aquellos jóvenes».
   Otra providencial fortuna para el Colegio fue el haber sido nombrado el padre de Monseñor Merry Embajador de España ante el Vaticano. Llegó a Roma el día 8 de febrero. Al anunciárselo don Benjamín a Don Manuel, le decía: «El que conozca a los Merry, hijos, ve al padre. Es una bella figura. Visité también al P. Llevaneras. Está, como siempre, entusiasmado. Habló hace poco con Rampolla y éste le dijo lo contento que estaba el Papa y él mismo de los Operarios, porque habían realizado uno de los pensamientos que tanto tiempo hacía acariciaban; que el Colegio va bien y les gusta; que tienen mucho interés... Encargó sobremanera al Padre que lo protegiera mucho, y el Padre le contestó que así lo había hecho siempre. Me dijo también éste que durante su excursión por toda España habló con varios Obispos y a todos sermoneó sobre la importancia del nuevo Colegio. Todos respiran bien».
   El día 11 de aquel mes, día de retiro espiritual para los alumnos, les hizo el P. Llevaneras una fervorosa plática: la primera de la larga serie de las que había de pronunciar durante muchos años en el Colegio Español, futura residencia cardenalicia suya.
   Por demás está decir que desde su llegada a Roma comenzó el nuevo Embajador a tomar con extraordinario calor todo lo concerniente al Colegio. Ya en la primera visita oficial al Cardenal Rampolla, «el Embajador Merry-escribía don Benjamín-panegirizó nuestras glorias y nuestras necesidades. Rampolla se entusiasmó al verle hablar tan favorablemente y le contestó que a todos les interesaba mucho la buena marcha del Colegio. Le aseguró que antes de junio se habría arreglado lo de alojamiento; que el Santo Padre, con ocasión de su Jubileo, pensaba hacer una obra muy grande en favor del Colegio».
   El 28 por la noche envió Monseñor Merry a don Benjamín esta misteriosa e intrigadora cartita: «Mi muy amado don Benjamín: Imponiéndole la mayor reserva, le suplico no vaya a acostarse esta noche sin rezar un Te-Deum de todo corazón; y mañana, si tiene la intención libre, que ofrezca el santo Sacrificio en acción de gracias. Estamos al final de nuestras penas. Non nobis, Domine, non nobis, sed nomini tuo da gloriam. No puedo más. La reserva y la emoción me obligan al silencio». Y la reserva no le permitió ser más explícito en la entrevista que a la mañana siguiente celebró con él don Benjamín. Todo lo que dejó adivinar a éste fue que el día antes había estado su padre con el Papa y con el cardenal Rampolla; que pronto podrían tomar posesión de una casa, y que antes de junio saldrían de Montserrat. El hogar de los Merry habíase convertido en un centro de santa conspiración en favor del Colegio.
   No vi al Embajador-decía don Benjamín hablando a Don Manuel de una de sus visitas a la Embajada-, pero estuve un buen rato con la santa embajadora y su angelical hija. Al despedirnos, me dijo la embajadora que no olvidan nuestra obra; que todos los de la familia, hasta las mujeres, tienen interés; y éstas, no pudiendo hacer más, oran ... »
   Como nota curiosa y pintoresca, diremos que los satíricos romanos, los paisanos de Pasquino y de Marforio, siempre prontos a lucir su ingenio marcialesco, los mismos que habían de antiguo aplicado a los alumnos del Colegio Germánico, por los hábitos rojos que llevaban, el mote de -gambericotti- («cangrejos cocidos»), dieron en la flor de designar a los del Español con el de «i peregrini del Fumbrella» («los peregrinos del paraguas»), o los llumbrellati- («los del paraguas»), por la esclavina con puntas de su uniforme. El apodo se hizo popular. Comentándolo Don Manuel en carta del 16 de marzo, decía: «Mal apodo nos han puesto a los españoles. Eso de paraguas es muy prosaico. Peregrini o gotici hubiera estado mejor». En cambio, el corresponsal en Roma de un periódico español, les dedicaba estas galantes frases: «Los alumnos del nuevo Colegio Español se distinguen, tanto por sus hábitos sencillos y elegantes, como por sus modales y bello tipo, que revela una clara inteligencia».
   Deseaba Monseñor Merry que antes de marchar a vacaciones, para que cobraran ánimos, pudieran los colegiales visitar el edificio que para Colegio pensaba regalarles el Santo Padre, y cuyo nombre y condiciones de entrega aun permanecían en el secreto. Así se lo comunicaba a Don Manuel en una larguísima carta confidencial del 15 de febrero, en la que resplandecía ya la exquisita discreción, la notable lucidez de espíritu y el singular talento diplomático del futuro Cardenal Secretario de Pío X, a través de los oportunísimos consejos que daba y las luminosas iniciativas que sugería en ella a Don Manuel con un amor y una confianza -decía-«que bien puedo llamar filial».
   El 24 de marzo, escribía Don Manuel a don Esteban Ginés: «fui a Valencia el 21 porque me telegrafiaron de Madrid que llegaban nuestro don Benito Sanz, Cardenal de Sevilla, y Chiesa, el secretario de Rampolla, que le trajo el capelo y es amigo. Pude ver a los dos, y tener con el primero una conferencia larguísima y sustanciosa. Está lanzado a nuestra Obra, y sobre todo en la cuestión de Colegio de Roma. Me dijo que, según le ha indicado Chiesa, confía que el Papa, o dará edificio para Colegio Español, o dará una suma de dos millones... Le repliqué: ¿Y si para el edificio nos faltan 30 ó 40.000 duros más, por no haber bastante con la suma?... Me contestó que no me asustara y que ya se arreglaría con varios medios que me indicó. Le dije que el Papa se inclinaba a darnos el palacio Altemps, propiedad suya, pero que Monseñor Merry le dijo que Altemps, aunque es un gran palacio, tiene mala distribución para Colegio, y que el Papa sintió esa recusación. El Cardenal me contestó que, si el Papa insiste en Altemps, no debemos rechazarlo, aunque para habilitarlo convenientemente tuvieran que gastarse unos miles de duros. El Cardenal irá a la peregrinación que se proyecta para abril y creo que entonces se resolverá el asunto, pues no quieren que continuemos en Montserrat, por estar estrechos allí. Chiesa me felicitó por la inesperada gracia del Señor de darnos por Embajador al padre de nuestro angelical Merry, confesor de nuestros chicos y operario nuestro, más que auxiliar... Conque oraciones, mi querido, y un padrenuestro a San José todos los días durante este mes de marzo».
   Uno de los alumnos, admirado del cariño que los Merry profesaban al Colegio, se lo ponderaba a Don Manuel el 3 de abril en estos ingenuos términos: «Anteayer, fuimos siete colegiales a visitar al Embajador. De la visita digo que se deduce que nos quiere mucho. Preguntó por la salud de todos y de don Benjamín. Nos hizo un sermón como los que suelen hacer los señores Obispos cuando van los seminaristas a visitarles: que fuéramos buenos y estudiosos; que la bandera de España estaba en nuestras manos; que la habíamos de poner muy alta; que trabajáramos con convicción y aplomo; que el tiempo pasa y hay que aprovecharlo, etc ... ¡Parece que seamos los hijos del Embajador y la Embajadora! ... Nos hizo un regalo magnífico: una tarta grande, muy bonita, y cuatro panes135 de Civittavecchia. Los colegiales dieron vivas al Embajador y la Embajadora. Esta lo supo y dijo: Ahora los quiero más».
   A fines de marzo, por obra de ciertas intrigas y malevolencias de algunos elementos de Roma, recibió orden el Embajador de hacer que cuanto antes saliese el Colegio de Montserrat. Para animar a los colegiales, les dijo el Embajador: «Pronto estaremos bien».
   «Oraciones más vivas deseo-escribía Don Manuel el 16 de abril.-El Ministro de Estado ha escrito para que nos desalojen pronto de allí. Pero, como tenemos los origeles que sabe, no se ha verificado; y aun confiamos que esto apresure tal vez el pensamiento de la Santa Sede... Conque, ore y haga orar...»
   «No es malo-decía a Don Manuel el 17 el Cardenal de Sevilla-que patee un poco el diablo y quiera armar cizaña, para ver si los echan. Patrem habemus... No hay que temer. Sé que el Embajador señor Merry tiene ansia de que vaya yo, y dice que mientras no vaya no puede ultimarse una cosa. Ya puede entender cuál será. Me lo dijo hace pocos días el hijo que tiene aquí, y que le ha escrito ya varias veces, preguntándole cuándo voy. La contestación mía: «Cuando me llamen ... » Escribí al señor Rampolla, no de frente, sino consultando cosas de capellanías. Entre ellas metí las del Colegio... y, como per accidens, hablé de la conveniencia, o mejor, necesidad, de edificio independiente, y carácter que ha de tener. Pedí excusa de haberme separado del asunto principal, dejándome llevar de mi deseo e interés, y volví a las consultas ... » El 30 fue recibido en audiencia por Su Santidad el Obispo de Salamanca, Excmo. P. Cámara. Hablóle el Papa del Colegio. Dijo el Prelado que tenía en él dos alumnos; que estaban mal en Montserrat..., y León XIII le contestó que estaba redactando un documento para ceder al Colegio el palacio Altemps...
   Enturbiábale a Don Manuel el gozo de esta esperanza y este ofrecimiento, la circunstancia de la proximidad de Altemps al Apolinar, Seminario diocesano de Roma, precisamente porque la reputaba el Papa como una ventaja, porque así podrían asistir a las clases del mismo los españoles. No hacía esto felices ni a Don Manuel ni a Monseñor Merry, entre otras razones, porque al Apolinar concurrían también alumnos no eclesiásticos, de donde se originaba excesiva comunicación con los seglares. Además, el profesorado era muy escaso y los estudios no tan florecientes como los de la Universidad Gregoriana. «No pasamos de sustos -decía Don Manuel a don Benjamín, el día 6 de junio-. Anoche escribí a don Benito136 eso de la indicación del Papa sobre Apolinar. Me deshojaría todas las ilusiones; y así, le digo a don Benito que casi preferiríamos no haber tenido local allí. Jesús y el Ángel de España lo remediarán, como lo han remediado todo...» Dos días antes había Don Manuel aconsejado a don Benjamín que tratase este asunto con Monseñor Della Chiesa, para que éste lo hiciera a su vez con el Cardenal Rampolla. «Chiesa -decía Don Manuel-no dejará de hacerse cargo del fundamento y de la indicación, pues su entendimiento es agudo y no dejaría de hacer caer en ello también al señor Cardenal...»
   El 6 de junio llegó a Roma el señor Sanz y Forés, para recibir el capelo cardenalicio. El Consistorio público fue el 15. Hospedóse el nuevo Cardenal en el Colegio Español, y durante su permanencia en la Ciudad Eterna trabajó ardorosamente por el mismo, en sus conversaciones con el Papa, el Cardenal Rampolla y el Embajador. A la felicitación que le dedicaron el 15 por la noche los colegiales, contestó con un discurso de media hora. «Me habéis llamado-les decía-vuestro Padre y vuestro Protector... Vuestro Padre, es Dios; vuestro Protector, el Papa. Yo, acaso, en segundo o tercer término, sí lo soy, y decidido protector vuestro, porque conozco que esta obra es obra de Dios ... »
   El 9 habían celebrado una larga conferencia en las habitaciones del Cardenal, éste, Monseñor Merry, Monseñor Della Chiesa y don Benjamín, para estudiar y convenir las ideas que en su audiencia al día siguiente con el Papa había el señor Sanz y Forés de exponerle acerca de los asuntos del Colegio. Comenzó la sesión el Cardenal diciendo a Monseñor Merry: «¡Cuánto me alegra ver a usted y cuánto deseaba esta entrevista! Quiero mucho a la Hermandad. Es mi hija. Don Manuel fue mi discípulo y ha descansado siempre poniendo en mis manos todas sus cosas. Este picarín (y señalaba a don Benjamín) es mi nieto. Los colegiales, mis biznietos...» Al despedirse del Santo Padre, díjole éste, llevándose la mano al pecho, que «tenía al Colegio Español en el corazón»; y el Cardenal Rampolla, «que desde el primer día le había llamado la atención la idea de la Hermandad, y que la creía necesaria para la Iglesia en estos tiempos».
   Razón tenía Don Manuel para escribir el 17 de junio: «Las noticias de Roma nos llenan de tanto consuelo, que nos causan espanto. ¡Ver tres o cuatro Cardenales, no sólo interesados, sino conspirando, junto con otros personajes del Vaticano, por el éxito de la empresa! ... »
   Sentía predilección Don Manuel por todo lo español y más marcada aún por lo genuinamente eclesiástico y nacional a la vez. Bien lo demostró en el asunto del uniforme primitivo de los alumnos. El 15 de julio escribía a don Benjamín: «Don Benito me dijo que debían quitarse los hilos azules de la esclavina, y que ésta fuese redondita. Accedí a lo primero, puesto que yo estoy siempre por lo menos chillón. Pero en lo de la esclavina dije que la actual era más española, la de los antiguos balandranes; que lo demás parecería francés y de religiosos. Así quedamos, y se conformó; y por tanto, no veo razón suficiente para un cambio. Diga usted que los párrocos antiguos y hoy los coadjutores modernos la usan, y así la adoptarán mejor en las parroquias después, en lugar del sobretodo. La esclavina es más eclesiástica y española». El 1.º de septiembre volvía a decirle: «Eclavina. Es el antiguo balandrín usado antes en toda España por los curas de los pueblos, que lo llevaban lo mismo en invierno que en verano, y sólo cambiaba la calidad de la ropa. Así lo dije a don Benito, si bien contestó que ahora ya se usaba poco. Es, pues, española la dentadura. Sólo que, como Francia todo lo avasalla, la manteleta redonda se va imponiendo, y se impondrá más que nada a todo el mundo el sobretodo, que ya se usa generalmente en Roma, y lo llevan algunos por Madrid, etc., etc.... y yo no desearía ser ocasión de que se apresurase este traje, que, aunque es cómodo, no es el traje eclesiástico español. Y así, los colegiales, al ir a sus pueblos o diócesis, acostumbrados a la manteleta, usarán ésta en lugar de ir con sola la sotana, como lo hacen nuestros capellanes y aún curas y coadjutores de los pueblos pequeños, ni con el sobretodo: sino con el balandrín, o el manteo en el invierno, y la cómoda y decente manteleta en el verano. La mayor parte de los salidos de este Colegio de Tortosa ya van con sus manteletas o esclavinas en viajes y por los pueblos pequeños, y avergüenzan a los otros, que van con sólo sotana, y se va extendiendo. Este ha sido el móvil principal, y me repugnaba lo del proyecto de beca, aunque por no disgustar y por saber que no se admitiría, lo proponíamos. Así, pues, que sea el umhrello; que, si viene la reforma que usted presiente, será sólo para convertirla en manteleta redonda, que es lo único a que se accederá en este caso. Pero ya verá usted cómo lo singular irá gustando poco a poco. Al fin, es traje de Operario, y es el mejor».
   No salió profeta Don Manuel en este punto. Andando los tiempos, para acomodarse a las costumbres escolares de Roma, se adoptó para los colegiales el traje que actualmente llevan: sotana con botones azules y fajín también azul, como lo es igualmente el forro de las clásicas obediencias de la soprana, y sombrero de teja.
   Al terminar el curso, el Prefecto de la Gregoriana comunicó a don Benjamín que los alumnos habían hecho unos exámenes muy brillantes y que, en conjunto, comparados con los de otros Colegios, los del Español se habían distinguido sobremanera.
   El 1.º de agosto trasladóse la Comunidad a Tívoli, la «Tibur superba» de Virgilio, calificada por el duque de Alba de «la pequeña Nápoles», donde habían de pasar las vacaciones veraniegas. «El Señor-decía Don Manuel a sus Operarios en la reunión de agosto en Valencia-ha hecho desaparecer la montaña que separaba a la juventud eclesiástica de España de los centros científicos de Roma: obra que ha de ser, si Dios la bendice, la restauración científica y aun disciplinar del clero español ... »
   Aquel venturoso y feliz primer curso de existencia del Colegio Español tan sólo dejó una insatisfacción en el alma de Don Manuel: el no hallarse todavía instalado en su sede definitiva. «¿Qué hacen esas almitas -preguntaba el 18 de julio a sus hijas de San Mateo -que no acaban de obtener el golpe de gracia?»
   Algún consuelo le dio en este sentido la siguiente carta que Monseñor Merry, a punto de partir para Londres, escribió a don Benjamín el 26 de agosto: «Vaticano - 8 1/2 noche-Amadísimo in C. J.: Acabo de ver al Cardenal Rampolla, de despedida, y me ha dicho: «Escriba usted a su padre, que lo del Colegio va bien, que el Santo Padre se ocupará de alojar a los colegiales a su vuelta de Tívoli; y que lo del acto del Papa va bien». No tengo tiempo para hacer comentarios. Me marcho feliz. Jesús mío, tibi soli honor et gloria. Comunique usted esto a Don Manuel. Escribiré. Te Deum laudamus.-Suyo in C. J., R. M. V.»
   No les faltaban, en cambio, a los Operarios algunas pequeñas cruces y contratiempos. Refiriéndose a ellas, y dándole ánimos para soportarlas, decía Don Manuel a don Benjamín: «Sepámoslo ofrecer a Jesús; que esos repelamientos pequeños cuestan más de ofrecer que las contradicciones grandes... -¿Ya está usted en acto segundo cuando sube las escaleras del Vaticano y va por esas calles? Por amor a Jesús, que lo ofrezca todo a sus sudores y angustias por nosotros. No pierda ni una partícula de tan propicias ocasiones». Y el 1.º de septiembre: «Hoy recibo la suya del día de San Agustín, con la del santito Merry, al cual Jesús nos le devuelva sano y salvo y nos le conserve por muchos años».

CAPÍTULO XXXI



El Colegio Español de Roma: En el palacio Altieri. -Donación del de Altemps por León XIII. -Toma de posesión

(1893-1894)



   Prometido por León XIII el palacio Altemps para sede definitiva del Colegio Español, y no habiendo sido posible dejarlo habilitado para este efecto durante el verano de 1893, alquiló el Papa, para morada provisional de los colegiales en el curso de 1893 a 94, un ala del segundo piso y varias habitaciones del primero y tercero del palacio Altieri, que construido por Juan Antonio Rossi, junto a la iglesia del Jesús, es, según el historiador Milizia, «uno de los más espléndidos de Roma».
   El 21 de octubre, regresaron de Tívoli los alumnos. Al llegar a Roma se dirigieron a su nueva morada de Altieri, donde los estaba ya esperando el solícito e incansable Monseñor Merry, que sirvió a los recién llegados de aposentador y «cicerone».
   El 30 recibieron los Superiores del Colegio, con indecible júbilo, los primeros ejemplares de la Carta del Papa sobre la anhelada cesión del Palacio Altemps. Llevaba la fecha del 25. Estaba dirigida a los Obispos de España y redactada en latín, con aquella pureza y clásica elegancia que resplandece en todos los documentos de aquel gran Papa y gran humanista. Comienza León XIII diciendo que desde los principios de su pontificado se había esforzado por instaurar en España la concordia de los espíritus y fomentar los intereses del Clero, y que deseaba ahora hacer algo más en orden a la educación de los jóvenes seminaristas: y esto, como demostración de paternal afecto, como premio a la integridad de la fe y de la inquebrantable adhesión de los españoles a la Santa Sede, causa principal del incomparable poderío que había España alcanzado en la historia, y como testimonio de agradecimiento a los consuelos que nuestra patria, en horas para él tristes, le había prodigado. Canta después las glorias del pueblo español en las artes y en las ciencias, singularmente las de sus eminentes teólogos, que desde nuestras Universidades adoctrinaron a Europa entera y asombraron al mundo en Trento. Venidas a menos las Universidades y aun convertidas en ruinas por el espíritu revolucionario, la juventud eclesiástica se refugió en los Seminarios. La Santa Sede, de acuerdo con el Gobierno, creó además los llamados Centrales, o Universidades Pontificias, para la colación de grados académicos, las cuales, por muchas causas, no habían logrado llegar al deseado nivel de eficiencia y perfección. Celoso él, a ejemplo de sus antecesores, por fomentar las ciencias eclesiásticas, había procurado aumentar el número de los Colegios nacionales en Roma, erigiendo los de Armenia y Bohemia y restaurando el Maronita. Causábale pena no ver entre tanta multitud de estudiantes extranjeros sino a un muy reducido número de españoles: por lo que, con la esperanza de copiosos frutos, había resuelto favorecer al Colegio que recientemente se había fundado en Roma para los seminaristas de España, merced al iluminado celo de algunos piadosos sacerdotes. Declara poner al naciente Colegio bajo su protección, para que se arraigara y alcanzase vida estable y floreciente, y le hacía donación, para que se instalase en él, del palacio Altemps, enriquecido con el sepulcro del Papa y mártir San Aniceto y con el recuerdo venerando de San Carlos Borromeo. Lo cedía en uso y usufructo a los Prelados de España para que pudiesen enviar a él algunos seminaristas de sus respectivas diócesis. Mientras se habilitara el de Altemps, alojaría el Papa a los alumnos en el palacio Altieri. Los Superiores del Colegio habían de dar cuenta por escrito, cada año, al Santo Padre y a los Arzobispos de Toledo y de Sevilla de la marcha del mismo, y estos dos últimos deberían informar sobre ella a los demás Obispos de España. Y terminaba exhortando a éstos a secundar y completar la obra por él comenzada.
   En la distribución anual de premios de la Universidad Gregoriana, correspondió un buen número de ellos a los alumnos del Colegio Español, que en este segundo curso de 1893-94 eran ya 42. En el anterior habían tenido de repetidor de Filosofía en el Colegio, a Monseñor Camilo Laurenti, hoy egregio Cardenal de la Santa Iglesia.
   En el de 1893 a 94 encargóse de la Mayordomía don Domingo Enrique, y fue a Roma de Vice-director don Andrés Serrano. De la dirección espiritual siguieron cuidándose Monseñor Merry y el P. Homs.
   El 20 de noviembre, respondió el Episcopado Español a la carta en que el Papa les hiciera cesión del palacio Altemps para residencia del Colegio Español, con, un Mensaje colectivo, que redactaron con ocasión de hallarse reunidos en Valencia para celebrar el «Primer Congreso Nacional Eucarístico». Decía así:
   «Beatísimo Padre: Al celebrarse en esta ciudad de Valencia ,el Primer Congreso Eucarístico Español, los Prelados que en número considerable hemos asistido a esta nueva manifestación de fe y de piedad en nuestra querida patria, aprovechamos esta ocasión oportunísima para manifestar a Vuestra Santidad los sentimientos de nuestro más profundo reconocimiento por las singulares pruebas de predilección con que siempre habéis distinguido a la Iglesia Española, recientemente confirmadas con la Carta que habéis dirigido al Episcopado. Por ella sabemos que Vuestra Santidad ha destinado el magnífico palacio Altemps para abrir en él un Colegio Español, en donde se eduquen y formen en la virtud y la ciencia los jóvenes que nosotros enviemos a esa Ciudad, Maestra del verdadero saber, por lo mismo que reside en ella la Cátedra infalible de la verdad. Recordáis también en la susodicha Carta las glorias y grandezas de la antigua España, cuyos sabios, eclesiásticos en su mayor parte, frecuentando las aulas de la Universidad de Alcalá y de la Pontificia de Salamanca, tanto honor y tanto lustre dieron a la Iglesia universal, y a la española en particular. Deseando Vuestra Santidad que España vuelva a florecer con igual grandeza por medio de varones eminentes en los diversos ramos del saber eclesiástico, ponéis hoy a nuestra disposición un nuevo y poderoso recurso con ese Colegio, para que la juventud española, bajo el amparo y protección de la Santa Sede, vuelva después a nuestra patria a auxiliar y favorecer la acción y los trabajos apostólicos de los Obispos. A miras y pensamientos tan elevados por parte de Vuestra Santidad, corresponderán fielmente los Prelados españoles, dando en primer término a Vuestra Santidad gracias muy rendidas por tan señalado beneficio, y ofreciéndose desde luego para fomentar con todo género de recursos esta idea de Vuestra Santidad, que tanta gloria ha de dar a Dios y de la cual se esperan resultados provechosos para las almas. Dígnese Vuestra Santidad bendecirnos y bendecir nuestras diócesis, mientras nosotros continuamos pidiendo a Dios prolongue la vida de Vuestra Santidad muchos años para bien de la Iglesia universal. -Valencia, 20 de noviembre de 1893.-BENITO, Cardenal Sanz y Forés, Arzobispo de Sevilla». Y seguían las firmas de los demás Prelados. Como complemento de la Carta del Papa y del Mensaje de los Obispos españoles acerca del Colegio Español y de la cesión de Altemps, el 20 de diciembre, el Cardenal Secretario de Estado dirigió a Don Manuel una carta oficial encomiando a la Hermandad y manifestando «la satisfacción del Santo Padre por ver asociado a la reciente fundación del Colegio Español de Roma, el nombre de una Hermandad tan benemérita».
   El 2 de febrero de 1894, al presentar don Benjamín, a la vez que los representantes de parroquias y de los demás Colegios de Roma, el tradicional cirio que cada año entregan, en la fiesta de la Purificación, al Papa, tomándole éste la mano le preguntó que si estaban en Altieri mejor que en Montserrat, y le añadió que todavía se hallarían mejor en Altemps, que sabía lo que hacían los chicos, y que adelante.
   Todavía, empero, recordaba Don Manuel con emoción y añoranza a Condotti. El 14 de aquel mes escribía a don Benjamín: «Me afectó la carta de usted de que estaba agonizando el P. Martín, que recibí en Vinaroz, y al día siguiente supe su muerte. Casi no podía dormir, pues la cadena de hechos y permisiones de Dios, y la imagen de don Vicente, que sufrió tanto ahí, y el porvenir de Condotti, y las misericordias de Dios sobre nosotros, etc., etc..., desfilaban en tropel por mi imaginación, y le encomendé mucho a Dios al P. Martín, pues rebrotaba en mi pecho la compasión más bien que el enfado contra él. ¡Pobre P. Martín! ¡Pobre Orden de la Trinidad! ¡Casi tengo remordimiento de no haberme ofrecido a hacerla retoñar! Creo que en nuestras manos, y dándoles chicos nuestros, la hubiéramos restablecido y no hubiera desaparecido esta gloria, que es más de España que francesa. ¿Cómo ha quedado Condotti? Sé que se incautó el Cónsul, y se me dice que protestó el P. Alba». Y el 26: «Todas las noticias de su anterior sobre Condotti me interesaban, y así no deje de escribirme cuantas vaya sabiendo de aquella casa. ¡Me hizo sufrir tanto! ¿Cómo puedo olvidarla? ¡Aquellas imágenes de la Madonna, de Crispi, y aquellos Santos Fundadores tienen tantos gemidos míos! Sobre todo, la carta de Corell me hizo feliz. ¡Qué buena comparación la de Benavides! Prophetavit nesciens: fue un eclipse de Sol ¿Si habrá visto él un eclipse de sol como yo le vi?... ¡Qué rayo más vivo el que se produce enseguida!...» Todavía el 16 de mayo de este año, tornaba a decirle: «Creo entender que el P. Alba se ha vuelto a España, y no me da usted detalles de esta tragedia, sabiendo cuánto me interesa todo lo de Condotti. Dígame, pues, cosas de éstas. ¡Pobre Condotti mío! ¡Tengo tantos gemidos dados en aquellas paredes!... ¡Por la Santísima Trinidad, que no vaya a parar aquello a manos de la secta!...»
   El pensamiento de Don Manuel no se apartaba un momento de su Colegio de Roma, de los favorecedores del mismo, de Altemps, de sus chicos de allá... Habla a don Benjamín el 4 de abril de cierto asunto secreto, y le dice: «Guarden reserva, y en caso sólo a Monseñor Merry, que es de casa... Hagan cuidar a Monseñor, y si no, llévenselo al Colegio. Cuando se desaloje Altemps, telegrafíe, que voy enseguida. ¿Se ordenó Domingo? ¿Se hace la velada? ¿Se compuso el trabajo «España, Patria mía»? ¿Cómo está Bover? ¿Tienen todavía tan espiritual la cara la mayor parte de los chicos?»
   Celebróse en aquel mes la magna Peregrinación española a Roma, que debía haberse celebrado el año anterior, que lo era del Jubileo sacerdotal de León XIII. Tomaron en ella parte millares de españoles, a los cuales recibió León XIII en la Basílica de San Pedro. fue con ellos, presidiéndoles, el Cardenal Sanz y Forés. El 12 escribía Don Manuel desde Tortosa: «El Cardenal de Sevilla pasó por aquí y fui a recibirle a Benicarló. Hablamos de todos los temas calientes. ¡Qué diplomacia la de nuestro don Benito! Quedé satisfechísimo, y él gozoso y entusiasta. Ha sido para nosotros la Providencia en la colosal empresa de Roma». En la contestación al mensaje que leyó ante el Papa, en San Pedro, el Cardenal Sanz y Forés, y en el cual mencionó al Colegio Español, León XIII dijo en un discurso redactado en castellano que leyó Monseñor Merry: «Y como los ministros del altar deben ser Nuestros cooperadores en la misión nobilísima de santificar y pacificar a los pueblos, de común acuerdo con vuestro Episcopado hemos querido que se fundase en Roma y bajo la vigilancia del Pontífice, un Colegio de vuestra Nación en donde jóvenes escogidos de las diferentes diócesis se preparen al ministerio sacerdotal, proveyéndose de pura y sólida doctrina y de medios eficaces para combatir el error y difundir los esplendores de la verdad. Ha sido esto, hijos amadísimos, una nueva y valiosa prueba de Nuestra solicitud hacia vosotros y hacia vuestra Patria».
   Durante aquellos días, los colegiales acompañaron por Roma a los grupos de peregrinos, y el 23 celebraron en honor del Venerable Padre Maestro Juan de Ávila, que acababa de ser beatificado, y de los numerosos Prelados españoles presentes en la Ciudad Eterna, una solemne velada en la cual tomaron parte, entre otros alumnos, don José María Bover, don Ángel Regueras, don Leopoldo Eijo, don Juan Bautista Lluis y don José Solé, cuyos nombres resuenan hoy día en nuestra patria con acentos de gloria.
   Surgió por aquel tiempo un movimiento de agitadas y contrarias opiniones de elevadas personalidades eclesiásticas sobre a cuál de los Centros de estudios de Roma debían asistir los alumnos del Colegio. No faltaban quienes pretendían que se dejara en libertad a los colegiales para que los que prefirieren cursar en el Apolinar, pudieran frecuentar sus aulas. El revuelo pasó pronto, porque enterado de ello el Cardenal Rampolla, declaró resuelta, clara y terminantemente, que su voluntad y la del Papa era que el Colegio Español asistiera a la Universidad Gregoriana, con exclusión de cualquiera otra. «Eso del Cardenal Rampolla-decía el 28 de abril Don Manuel a don Benjamín-sobre su resolución por la Gregoriana, me place, pues estábamos resueltos a no transigir..., sin expreso mandato del Papa, porque hubiese sido, además de difícil la disciplina, un nido de disputas dentro del Colegio... Es asunto vital, y por eso me extiendo tanto...»
   «Por la carta de Roma-escribía a uno de sus Operarios de España-verá la marejada y contradicciones y consuelos. Son tribulaciones que no me afectan. Al contrario, las miro como bendiciones de Dios, que de los mismos choques saca interés, gloria y provecho para la singular empresa para la cual nos ha escogido. Que Jesús la complete».
   Tenía una fe absoluta Don Manuel en que el Colegio no habría ya de morir, cualesquiera que fuesen las contingencias y vicisitudes a que hubiera de verse sometido. El 30 de aquel mes lo declaraba así a don Andrés Serrano: «Aunque muera el Papa, que no morirá, y aunque el otro Papa no confirmase lo de Altemps, que sí lo confirmará..., el Colegio Español de San José subsistirá y se desarrollará». Tan halagüeñas realidades y esperanzas levantaban en el corazón de Don Manuel sentimientos de vivísima gratitud hacia Dios. «¡La fundación del Colegio de Roma...! -exclamaba en el mes de agosto ante sus Operarios en Valencia-. Beneficio que temo olvidamos quizás algún tanto, como nos sucede generalmente con otras gracias de Dios cuando las poseemos; porque, como dice el P. Fáber muy graciosamente, cuando necesitamos una cosa, asediamos a Dios, importunamos días y días, y, apenas la hemos arrebatado, somos como los niños que se apoderan de una golosina para olvidar aquellos deseos y poseerla, y nos envanecemos como si fuese cosa propia y olvidamos la gratitud conveniente a Dios. El beneficio del Colegio de Roma es tan singular, intrínseca y extrínsecamente considerado, que más que producirnos satisfacción, debe hundirnos en el abismo de la más profunda humildad, que es el mayor tributo de gratitud, al pensar que hayamos sido escogidos para esta obra, tal vez la más trascendental de todas las realizadas de algunos años a esta parte para la reformación del clero, y por lo mismo, de mayor gloria de Dios en nuestra España».
   Impacientísimo estaba Don Manuel por que el Colegio se estableciera en Altemps: «Mi don Esteban- escribía el 22 de septiembre-: Sólo una palabra. Desde el lunes que tenemos en la imprenta la Circular para los Obispos, y no podíamos dar orden de hacer la tirada, por no venir el telegrama ansiado. Al fin, a las tres de esta tarde, sábado, se ha recibido el siguiente telegrama: -Director Colegio Josefino, Tortosa, Spagna.-Tomada posesión Altemps.-BENJAMÍN». Digan, pues, algo al Corazón de Jesús, a la Virgen y a San José». Tomó don Benjamín posesión del palacio colocando en una de las habitaciones del mismo un cuadro de San José.
   Hallábanse los colegiales veraneando en Tívoli. Salieron de allí a las tres y media de la tarde del 16 de octubre, y a las seis y media hacían su triunfal entrada en Altemps, dirigiéndose inmediatamente a orar ante el sepulcro de San Aniceto. El 30, llegó Don Manuel a Roma. Con extractos de sus cartas de aquella temporada vamos a conocer las impresiones que Altemps produjo en el sencillo y candoroso espíritu de Don Manuel. «Mi don Esteban-decía a éste el 1.º de noviembre-: Salimos el 28. Viaje felicísimo, llegando anteayer, 30. Instalados en Altemps, que es un palacioto desvalijado y grande. En cambio, una capilla que es de más valor que tres Colegios, y el cuerpo de San Aniceto». El 5, escribía a la Madre Providencia de Vinaroz: «Aquí estoy, y estamos, en Altemps, palacio grande pero desvalijado y desordenado, salotas y escaleras y galerías. etc., etc.137. Y lo peor es que no lo tenemos todo, pues aún falta despedir a un Cardenal y a dos Congregaciones y dos inquilinos. Veremos si San José toma la vara. En cambio, una capillita iglesia interior que es una maravilla, columnas de mármol, pinturas, reliquias, y una riqueza de nácar, que dice Benet que vale más que dos Colegios de España; buen órgano, riqueza de casullas y cálices, etc. El 11, ponemos la Reserva y Jesús tendrá 65 reparadores jovencitos, que algunos son unos santos... Después del 11 iré a Asís y Loreto. Luego, con el P. Llevaneras, al cual hablé en Barcelona y que sale hoy de allí, hablaré de nuestra Congregación. Está el P. Llevaneras chocho con nuestro Colegio y con nuestros colegiales».
   Instalóse, en efecto, el Santísimo el día 11, segundo domingo de noviembre y fiesta del Patrocinio de la Virgen. Dijo la Misa de Comunión, con fervorín, Don Manuel; la cantada, el P. Homs. Asistió a ésta toda la familia Merry, el personal de la Embajada y la colonia española; todos los cuales se hallaron también presentes en la función de la tarde, en la cual predicó don Benjamín, y, ofició, en la procesión por las galerías, Monseñor Merry. Comieron aquel día en el Colegio el P. Homs, el P. Angelini, de la Gregoriana; el P. Panadero, Procurador General de los Franciscanos y Rector de Santi Quaranta; Monseñor Della Chiesa y Monseñor Perea, Rector de Montserrat. No quiso en tan fausta y memorable ocasión privarse Don Manuel del gusto de colocar él mismo al Santísimo en la capilla de Altemps. Así se lo decía el día 9 a Sor Dominga Gimeno: «Van dos líneas para decirte nuestros dolores y gozos... Aquí estamos en el grandioso Palacio de Altemps, del Papa. Hay mucho local y galerías y patios, pero sin bastante orden. Tenemos una gran campana para los actos de Comunidad, y desde mi cuarto no la oigo yo. Ocupo una. habitación episcopal que no me gusta por grande, y, por lo tanto, fría. En cambio, tenemos una iglesia-capilla interior que se asemeja a la de la Santa Cinta, con mármoles, columnas, pinturas, órgano y una riqueza admirable; además, es muy recogida y silenciosa, porque está en el interior de un gran patio. El día 11, domingo, pondremos la Reserva, que nunca había habido, y tendrá Jesús 60 reparadores jovencitos que le harán compañía y le sabrán decir muchas cosas buenas, pues los hay muy santitos. Así, el día 11, que será el mismo en que hacen la función los de Tortosa, unios a mis oraciones... Queríamos invitar al Cardenal Di Pietro para esto; pero no quiero privarme de este consuelo. Los chicos, buenos y contentos, y corriendo por esas calles y visitando monumentos. Anteayer comenzaron ya las clases. Todo bien, si tuviéramos mucho dinero. Así, pide a Jesús y a San José que nos manden una buena bolsa ... »
   En el fervorín del día 11, decía Don Manuel a sus colegiales: «Mis amados hijos en el Señor: Al quereros sugerir una idea en. este momento, y en esta hora tranquila, en esta primera y singular solemnidad que celebramos en esta casa y en esta capilla, recogida y santa, y que sirva para disponer vuestro corazón, ¿qué os diré?... ¿qué idea escogeré? Dos conceptos han brotado en mi mente, como chispas, al poner el pie en tierra esta mañana, que han ocupado y casi diría agitado mi imaginación, y puedo decir que han servido de leña en mi hora de oración, y han embargado mi ánimo y me están produciendo en este momento vivísimas emociones, que quisiera transmitir a vuestros espíritus. El uno ha dilatado mi corazón por la gratitud. El otro impone cierto temor. Una idea me está evocando recuerdos de lo pasado, que, al compararlo con este presente, hace brotar en mi corazón raudales de gratitud. Y ¿cómo no? Eran los primeros días de noviembre del año 90. Un mes hacía que me encontraba en Roma con nuestro muy santo y malogrado Operario el joven don Vicente Vidal, recorriendo centros civiles españoles y los eclesiásticos de esta ciudad, agitados nuestros corazones por el temor y la esperanza, en busca de la adquisición de un local-Condotti-que nos habían ofrecido para instalar en él el plantel de futuros levitas españoles, objeto de nuestro amor, de nuestro celo y de nuestras ansias.
   Y en dichos días primeros de noviembre parecía que el infierno se había conjurado para lacerar nuestro corazón y matar nuestras esperanzas. Inspirábamos recelos a ciertos políticos, sectarios tal vez, de Roma, y no faltaron suposiciones malévolas y aun desvíos y abandonos... Y nuestra presencia pacífica, y el objeto de nuestra misión, que no ocultábamos a nadie, levantó ambiciones inverosímiles de parte de poderosas Instituciones... Y no faltaron cabildeos e influencias, que llegaron a alarmar al ministro de Estado español. Y aquellas oleadas de agitación acabaron en un abandono completo de los poderes de la tierra, y surgió como una sonrisa del infierno, que creyó haber logrado la eterna paralización de la obra... A pesar de ello, seguimos nuestro camino... Y ¡ver hoy, en los primeros días de noviembre del 94, patrocinado aquel pensamiento por la Santa Sede, y sellado con su eficaz bendición; vernos instalados en esta nueva Casa por la misma mano paternal del Pontífice, honrados ante España y ante nuestros amigos con esta distinción; veros a vosotros aquí como flores distinguidas, ofrendadas por las diferentes diócesis de nuestra patria, realizar hoy la instalación por vez primera de Jesús Sacramentado en esta santa capilla, como señal de pacífica y permanente posesión del Colegio Español, después de tantas vicisitudes!... ¡Oh, cómo es posible que mi corazón no se dilate hasta prorrumpir como el Profeta: Secundum multitudinem dolorum meorum, consolationes tuae laetificaverunt animam meam...
   Estos sentimientos de gratitud son los que deseo y suplico ofrezcáis a Jesús en este día, vosotros que habéis sido los primeros en formar parte y ser miembros de esta colonia española; vosotros que habéis sido las primeras flores, escogidas de las diferentes diócesis de España, para rodear este nuevo Tabernáculo y ser luego los apóstoles de su amor en vuestros futuros destinos. ¡Oh, sí! Sea esta Comunión un tributo de gratitud; ofrecedla al Eterno Padre por las manos de la Virgen Santísima, cuyo Patrocinio celebramos, y del Patriarca San José y del Santo Ángel; que sea en pago y correspondencia de todas sus bendiciones sobre esta obra, que es vuestra obra.
   Mas, en medio de la gratitud que me inspira este acto y esta fiesta, un pequeño temor viene a nublarla. Jesús apenas recibía adoraciones en esta capilla solitaria; nunca había estado aquí Sacramentado de un modo permanente, y hoy viene a fijar su residencia sacramental sobre el cuerpo del insigne mártir San Aniceto, y os escoge a vosotros como cortesanos únicos alrededor de este trono de amor que su bondad quiere levantar aquí. ¡Ah, quién sabe si el mismo Santo Mártir, en vista de la soledad que le rodeaba, ha obtenido, por su intercesión, vuestra compañía en este lugar, y Jesús ha querido añadir la de colocar aquí su Cuerpo Sacramentado!... ¡Oh, si no correspondiéramos a estos designios, a este beneficio de Jesús!... ¡Oh, si en lugar de las adoraciones y actos de amor y reparación que El espera, le diéramos motivos de sentimiento por nuestras irreverencias! ¡Oh, si en lugar de las flores de devoción que El desea, le ofreciéramos alguna espina de pecado o infidelidad, que amargara su Corazón! ¡Oh, si en lugar de apóstoles y reparadores, que El confía hallar, encontrara algún Judas, que con la mancha del peca do en su alma profanara su presencia sacramental! No, no quiero ser responsable, y protesto en este día... ¡Santo Pontífice y Mártir, que reposas en ese sepulcro, no quiero ser responsable! ... Si un día pudiera venir aquí algún Judas, que con la mancha del pecado en su alma pudiera profanar con beso traidor la persona de Jesús, ¡oh! levantaos de esta tumba, y arrojadle de este lugar santo! Más aún: si entre los que Jesús predestina para ser moradores de esta Casa, hay alguno que no ha de ser luego verdadero apóstol del amor de Jesús Sacramentado en las almas, desviadle de su camino. Si con irreverencias o faltas de devoción pudiera alguno desviar las gracias que Jesús quiere otorgar a esta Casa, castigadle amorosamente. ¡Oh, amados míos!, éste es el único temor que pudiera amargarme la alegría de esta fiesta. Y por esto, además de acción de gracias, sea esta Comunión como una protesta de que corresponderéis a la gracia de la estancia de Jesús Sacramentado entre vosotros..., en esta especial y oficial Comunión... Y estos afectos debéis transmitir a los que vengan a esta Casa... Sea esta fiesta un memorial perenne, un tributo de acción de gracias a Jesús... Cuando el día de Todos los Santos de dicho año 90, agobiado bajo el peso de las contradicciones, celebraba la Misa en Condotti, ofrecí al Señor, en nombre de los futuros colegiales, si cum salute et pace llegábamos a ver realizados nuestros deseos, un día de acción de gracias a su Amor Sacramentado ... »
   El día 12, cayó gravemente enfermo don Andrés Serrano. El 17, escribía Don Manuel a don Esteban Ginés: «Amadísimo don Esteban: Le tengo abandonado, aunque no olvidado. Mientras confiesan Merry y el P. Homs a los chicos, van dos líneas. Sigue su curso natural la enfermedad de don Andrés, sin nuevos síntomas alarmantes. San Aniceto que nos valga en esta ocasión, y hoy le pongo la lamparilla perpetua sobre su sepulcro, para que ruegue por todos nosotros y sea el vigilante de los chicos...
   ... Monseñor Merry, después de confesar, nos contó que el Papa, el miércoles, le dijo que había leído lo de «La Voce»; que cómo estábamos; que cuanto antes saliesen los inquilinos; y otras cosas, que usted me hará recordar cuando nos veamos, o me recordará para que se las escriba, pues son interesantísimas. El pobre angelito Merry las contaba como si no fuera nada, y son de tanto interés. Crea que tuve un rato delicioso».
   Del 4 al 6 de diciembre, hizo Don Manuel un rápido viaje a Loreto y Asís. Partió de Roma el 10 para España, y el 12 se hallaba en Tortosa. El 20, escribía a una de sus hijas de San Mateo la siguiente carta, demostrativa de cómo, en medio de sus otras ocupaciones, no se descuidaba de atender y ocuparse en trabajar por sus monjitas y por sus devotas.
   «Enfermería del Convento de Santa Clara.-Mi A... Salí de Roma el día 10 de éste; llegué aquí el 13; y apenas llegué encontré a mi Sor Ventura de Santa Clara oleada, y me pidió no la dejara hasta ponerla en la presencia de Dios, y me estoy aquí gran parte del día y me quedo por la noche; y aprovecho un momento para escribir a usted. Los días 4 y 5 de éste celebré en Loreto, en la misma casita de la Virgen en donde el Verbo descendió. No puede pensar la devoción que me causó. El día 6, celebré la Misa en Asís, delante de la urna del cuerpo visible de mi simpática moza la gran virgen Santa Clara. Allí y en Loreto, lo dije todo para mi A..., y también para R... ¿No oyeron la bendición que les di? Pues, señal de que debían estar muy dormidas, porque lo dije con mucha fuerza, y en particular por mi A..., para que la Virgen Santísima y Santa Clara me la hagan una reparadora. Me dice usted que se une a mis intenciones. Jesús lo haga; pues deseo que esta intención y ofrecimiento sea frecuente, y yo ya lo conoceré si veo que son bendecidas mis intenciones y deseos... No deje usted de escribir, que ya sabe lo quiero así, y me mandan las cartas cerradas a donde estoy, y quiero que me vaya diciendo lo mismo que me dice siempre; que, si sé cómo está y cómo sigue, estoy así ya tranquilo: que nuestro oficio no es otro que ver cómo está el arbolito, como lo hacen los labradores. Con estar a la mira, basta. Lo demás, todo lo hace Dios con el alma. Pero, eso sí: saber cómo está lo coret patidó ... »
   Tan pródigo en venturosos acontecimientos y tan repleto de gratas impresiones fue para Don Manuel el año 1894, que, con justa razón, al escribir, en las postrimerías del mismo, decía a uno de sus Operarios: «¡Felicísimo año 951 Que nos sea de tantas bendiciones como el 94, y ya irá bien».
   No estará de más que, antes de terminar este capítulo, dejemos en él consignados algunos datos históricos relativos al palacio Altemps.
   Según testimonio de Ludovico Pastor en su «Historia de los Papas», lo mandó edificar Jerónimo Riario, sobrino de Sixto IV, en el último tercio del siglo XV. A la muerte del Papa (12 de agosto de 1484) el populacho romano saqueó el palacio del nepote, y, en su furia demoledora, no dejó del mismo sino las paredes. Reconstruyólo más tarde la familia de los Altemps, oriunda de Alemania, de Alohenembs, o sea «Alto-Embs», de donde se formó, por corrupción, la palabra Altemps.
   Algunos miembros de este antiquísimo y noble linaje sirvieron en la corte y en el ejército a Carlos V. Una rama de los Altemps fijó su residencia en Roma. Wolfange, primer conde de Altemps -hasta él habían llevado sus antecesores el título de Barones-, coronel general de las tropas de Carlos V que luchaban en la Lombardía contra los franceses, tomó muy principal parte en la batalla de Pavía y murió en aquella guerra. Había contraído matrimonio con Clara de Médicis, hermana del Cardenal Juan Ángel, más tarde Pío IV. Hijos de Wolfange y Clara fueron Jacobo Aníbal, Marco Sitico y Gabriel. La elevación de su tío, el Cardenal de Médicis, al solio pontificio, les abrió el camino de los más altos honores y de la opulencia. Jacobo, conde de Altemps, casó con Hortensia Borromeo el 6 de enero de 1595. Era Hortensia hermana de Carlos Borromeo, a la sazón Cardenal Nepote, Secretario de Estado y futuro Santo. A la muerte de Pío IV, Jacobo se trasladó a Alemania. Su hermano Marcos Sitico Altemps se quedó de asiento en Roma. Nacido en 1530, soldado Primero en los ejércitos de Carlos V, fue en el pontificado de Pío IV Prefecto del castillo de Sant-Angelo. Hízose después sacerdote y en 1561 fue nombrado Obispo de Cassano y el 26 de febrero de aquel año Cardenal Legado del Pontífice en el Concilio de Trento; más adelante, Arcipreste de San Juan de Letrán, Penitenciario Mayor y Gobernador de Capránica, y en 1562, Obispo de Costanza y Legado perpetuo de las Marcas. Inmensamente rico y fastuoso, amigo y favorecedor de las artes, restauró espléndida y magníficamente el palacio que habitaba junto a la iglesia de San Apolinar, ampliándolo y embelleciéndolo con la elegante, sobria y majestuosa arquitectura de Martino Lunghi. Compró en 1579 el marquesado de Galesse, y alcanzó de Sixto V Bulas para convertirlo en ducado. Muerto el 15 de febrero de 1595, fue sepultado en la capilla de Nuestra Señora de la Clemencia de Santa María in Trastevere.
   Por ser su título cardenalicio, hizo que el arquitecto Lunghi levantara en ella a lundamentis dicha capilla, que escogió para sepultura suya y de su familia. Roberto, hijo de Marcos Sitico, fue el primero que llevó el título de duque de Galesse. De su matrimonio con Cornelia Orsini nació Juan Altemps, el cual se distinguió por su afición a las bellas artes. En 1602, Clemente VIII le hizo donación del cuerpo de San Aniceto, Papa y Mártir, recientemente encontrado en las catacumbas de San Sebastián. En 1617 escribió el duque y publicó en latín la «Vida de San Aniceto», que él mismo tradujo al italiano. Para guardar el cuerpo del Santo construyó, en 1604, una magnífica capilla en su palacio, notable por su elegante estilo, por la riqueza de mármoles y jaspes en ella empleados, por sus preciados estucos y por el mérito de sus bellas pinturas, ejecutadas por los célebres artistas Octavio Leoni y Antonio il Pomerancio. fue considerada siempre como iglesia pública. Estableció para servicio de ella un Colegio de 12 capellanes y 10 cantores. En 1617 colocó debajo del altar mayor una preciosa urna, encontrada pocos años antes en la Vía Apia, que había sido sepulcro del emperador Alejandro Severo, y en ella depositó el cuerpo de San Aniceto, encerrado dentro de otra triple urna de ciprés, de plomo y de plata. Por este tiempo comenzó a celebrarse con toda pompa la fiesta anual en honor del Santo, el 17 de abril, continuada hasta el presente. El escudo de armas de los Altemps lo forma un macho cabrío rampante, de oro, sobre fondo azul. El último duque Galesse, Julio Harduin, había sido comandante del ejército francés que Napoleón III envió a Roma en tiempo de Pío IX. Conoció en esta ciudad a la última duquesa Altemps, y contrajo con ella matrimonio. Muerta la única hija que tuvieron, y después de ella, también la madre, quedó como único heredero de las glorias y riquezas de los Altemps el soldado francés que tomó el título de duque de Gallesse. En noviembre de 1887, vendió éste el palacio Altemps a León XIII por 1.300.000 liras, reservándose habitaciones de por vida para sí, su familia y criados.
   En el altar mayor de la capilla se venera la imagen de la Virgen de la Clemencia, copia de la que existe en Santa María in Trastevere, traída a esta iglesia, según el historiador Mazangoni, en 795 y coronada por el Capítulo Vaticano en 1659. Ante ella oraron muchas veces Santa Francisca Romana, San Felipe Neri y San Carlos Borromeo. La memoria de este gran Santo está unida a la historia del palacio Altemps, porque cuando iba a Roma, siendo Arzobispo de Milán, se hospedaba en él, por ser hermana suya la duquesa. La habitación que ocupaba está hoy convertida en capilla. Consérvase todavía la rica y primorosa casulla que usaba San Carlos para celebrar en Altemps la santa Misa. Están asociados también al palacio Altemps los nombres de San Pablo de la Cruz, a quien hospedó en él, en una pequeña estancia, junto a la capilla de San Aniceto, el Cardenal Carlos Rezzónico (más tarde Clemente XIII); el de Pío IX, que lo visitó, y el de S. Juan Bosco, que pronunció conferencias en el lindo y aristocrático teatro del mismo.

CAPÍTULO XXXII



Los Colegios de Plasencia, Almería, Lisboa y Burgos

(1893-1895)



   En 1893 vio Don Manuel aumentado el número de sus Colegios de Vocaciones Eclesiásticas con la agregación a la Hermandad del que en Plasencia tenía fundado de años atrás, con idéntico objeto, el virtuoso sacerdote placentín don Esteban Ginés Ovejero.
   Había nacido don Esteban en la mencionada ciudad, el 26 de diciembre de 1858. Ya en su juventud, ornada de no comunes virtudes, aviase esforzado por fundar en su pueblo natal la Congregación de San Luis y la Inmaculada, reclutando entre sus compañeros del Seminario y algunos jóvenes seculares un grupo de congregantes, que celebraban sus piadosas reuniones primero en la propia casa de don Esteban, y luego, desde 1880, en la iglesia de Santo Domingo, con carácter privado, y desde 1882, con la bendición y aprobación oficial del Prelado, el célebre doctor Casas y Soto. Trasladaron se más tarde a la iglesia del Hospital, y por segunda vez a la de Santo Domingo, y en 1892, y provisionalmente, a la capilla del Colegio de Vocaciones Eclesiásticas, que el celoso sacerdote placentín había establecido para seminaristas pobres. En 1895 instalóse en el mismo la Congregación, canónica y definitivamente. Copiosísimos fueron los frutos de bendición que en bien de la juventud placentina produjo la piadosa Asociación. En 1894 asistían con regularidad a sus actos de culto más de 175 congregantes, sin contar los niños que no habían hecho todavía la primera Comunión. A los 12 años de edad, había hecho don Esteban, con permiso de su Director espiritual, voto de castidad. Según declaró veladamente el propio don Esteban, mantúvose fiel al mismo toda su vida. Siendo todavía subdiácono, fue nombrado, en 1882, Mayordomo del Seminario, cargo que desempeñó hasta 1887. El 10 de marzo de 1883 recibió la ordenación sacerdotal. Durante el tiempo en que fue Mayordomo, explicó, sucesivamente, las cátedras de Latín, Historia Sagrada, Geografía e Historia Universal, Ética, Lugares Teológicos y Teología Dogmática. Era, además, capellán de las monjas Capuchinas. Su apostolado en la Congregación de San Luis fue la ocasión de que se pusiera en relaciones con Don Manuel y de conocer su Obra del fomento de vocaciones eclesiásticas, a través de la revista «El Congregante de San Luis». De Tortosa se la enviaban al Prelado de Plasencia y éste se la iba entregando después a don Esteban. El cual, el 15 de marzo de 1883 publicó en ella, en forma de carta dirigida a Don Manuel, una crónica de la Congregación placentina, que comenzaba así: «Muy señor mío y estimado hermano en J. C.: Varias veces se ha ensayado en esta población, que no tendrá más de 10.000 habitantes, la Congregación, pero sin resultado. Yo, que he pertenecido a la última, lo he visto con sentimiento, he procurado buscar las causas de su disolución, y aunque no estoy cierto, me parece que las he hallado y he procurado siempre obviarlas, cuando, ayudado de Dios, formé el propósito de volverla a establecer. Pero, ¡qué proyecto tan descabellado! ¡Un muchacho de 20 años, que estudia el curso segundo de Sagrada Teología, sin representación y mirado quizás con prevención de muchos! Tres años hemos estado solamente unos cuantos amigos, todos seminaristas, teniendo nuestras juntas y ejercicios como en la Congregación. Pocos jóvenes habrá tan constantes como estos chicos, que han sido capaces de sobreponerse al qué dirán y sufrir las burlas y chacotas de otros infelices durante mucho tiempo. Mas, al fin, Dios ha premiado su longanimidad, porque el año anterior vinieron más jóvenes, que deseaban ingresar, y nuestra Congregación aumentó hasta el número de 24. Y como Dios quería ya que se desarrollara, me elevó a la dignidad de subdiácono, con lo que la Congregación recibió nueva vida y representación. Esto sucedía en el mes de abril, y desde entonces marchamos viento en popa ... »
   Al conocer el objeto de la Hermandad, observó don Esteban que se proponía los mismos ideales que él andaba de tiempo atrás acariciando. Hablando de sí propio en tercera persona, dejó escrito en una nota de apuntes: «El año 1887 el presbítero don Esteban Ginés Ovejero, deseoso de consagrarse de un modo especial a la juventud seminarista, y conociendo la reciente fundación de la Obra de Vocaciones Eclesiásticas que en Tortosa y Valencia había ya levantado Colegios para este efecto, marchó a la primera de las citadas ciudades para conocer a fondo la Obra y la organización de los Colegios». Realizó don Esteban este viaje a ambas ciudades en el mes de abril de aquel año. Regresó a Plasencia, y el 6 de agosto se hallaba de nuevo en Tortosa, resuelto a ingresar en la Hermandad138. El 4 de octubre escribía el Prelado de Plasencia a Don Manuel, encareciéndole «las excelentes cualidades de don Esteban». «Aquí-le decía-dejó un vacío que no se llena fácilmente. Quizás por ciertas circunstancias tendrá que volver a ésta y suspender tal vez el tiempo de probación ... » Así sucedió. El 11 de diciembre partía don Esteban de Tortosa para su ciudad natal, viéndose obligado a desistir por entonces de sus intentos de hacerse Operario. Concibió, en cambio, el proyecto de fundar él por su cuenta, en Plasencia, un Colegio análogo a los de la Hermandad, con idénticos fines y con el propósito de incorporarlo más tarde a la misma. Volvió a encargarse de la cátedra de Lugares Teológicos del Seminario, que explicó hasta 1890. El 17 de enero de 1888 bendijo y aprobó las bases de su proyectado Colegio el Obispo de Plasencia.
   Alquiló don Esteban, en la calle de Coria, una casa, llamada de la Imprenta, bastante holgada, pero de pobre aspecto y muy vieja y destartalada. fue bendecida el 8 de septiembre de aquel año y en octubre se inauguró el Colegio, con 24 alumnos. En 1890, el 24 de abril, compró don Esteban, con dinero propio, la magnífica casa solariega de la noble familia placentina de los Varonas, a donde se trasladó el Colegio a fines de junio y en la cual todavía sigue.
   No acertaba Don Manuel a resignarse con la pérdida definitiva para la Hermandad de don Esteban, después del fracasado intento de la ida de éste a Tortosa. Siguió, pues, cultivando su amistad con frecuentes y cordiales cartas. «Si la llama de la vocación le falta -escribíale en una de ellas-, yo le aseguro como le dije en otra ocasión, que no le dejaremos en mero auxiliar de la Obra de las Vocaciones, sino que le haremos trabajar más. Y aun me atrevo a decirle que tengo la confianza de obtener del Corazón de Jesús un clavo continuo que no le dejará, y con desengaños, hasta que Jesús cumpla su voluntad en usted... Temo me repita que siempre estoy con sermones. Pero, ¿qué hacerle? Jesús me lo dio a conocer providencialmente y me inspiró la simpatía y me dio a conocer el valor de esa joya. Si El lo ha permitido sólo para que sufra la humillación de no poseerle, fiat voluntas sua; y si, al contrario, Jesús lo quiere, yo le prometo establecer una corriente de oraciones entre nuestros Operarios, que lo acabarán ... »
   Seguía don Esteban sordo a las voces de Don Manuel, pero éste no cesaba de perseguirlo santamente. Dábale cuenta, el 11 de enero de 1889, de la reunión en Valencia de los doce Operarios, que por entonces eran, y le añade: «Ya ve usted cuán poca tropa tenemos cuando tanta es la mies que nos aguarda, y así comprenderá mejor su pecado, que más bien debía decir el mío... No sé por qué, sin querer y sin poder, me alargo tanto con usted ... »
   El clavo que aguijoneó a don Esteban para resolverlo, finalmente, a consagrarse a la Hermandad, no fue otro que el del temor con que vivía de que, al morir él, muriese también su Colegio, en marcha próspera ya, y en creciente desarrollo. Y para asegurar la perpetuidad del mismo, concibió el pensamiento de cederlo a la Hermandad y hacerse él mismo Operario. Así se lo escribió a Don Manuel, consultándole sobre ello, en los primeros días de diciembre de 1892. Apresuróse éste a contestarle el día 11 :
   «No es preciso haga novenas a la Virgen. Estoy tan poseído por intuición de lo que debe usted hacer, que hasta me extrañan sus dudas. Le creo a usted tan necesario a nuestra Obra en los principios en que ésta se encuentra, que lo miraría como un castigo de Dios para mí el que se desviase de ella: no precisamente por los Colegios, sino por algo más que necesitará la Obra». Y el 1.º de mayo de 1893, tratando de las condiciones de entrega del Colegio de Plasencia y del ingreso de don Esteban, le decía: «Quiero a usted primero... y el nombre luego del Colegio; pero postrero éste, por no decir que me importa poco. Con usted, no faltaría un Colegio luego enseguida, si queremos... Lo que importa es que no se me haga usted viejo; que cuando nos hacemos viejos nos entran unos apegos a nosotros mismos, que nos exponen a infidelidades con la gracia, y ponemos en peligro los designios de Dios en el campo de su máxima gloria ... » Y el 12 le explica: «Le decía lo de viejo, porque cuando nos hacemos grandes y dejamos de ser niños ante Dios, nos vienen temores y apegos, y recelos, y faltas de generosidad y de fe para con Jesús ... » El 1.º de agosto imprimió don Esteban una Hojita haciendo público que el Colegio que, con el nombre de Seminario Menor del Sagrado Corazón, había sido iniciado hace cinco años, y dirigido por el presbítero don Esteban Ginés y Ovejero, pasaba a la Hermandad. El día 11, en Valencia, se consagraba don Esteban a la misma.
   Del 2 al 4 de julio de 1893 estuvo Don Manuel por vez primera en Plasencia para posesionarse del nuevo Colegio de San José de la ciudad del Jerte. Volvió - a ella, camino de Portugal, en 1895, y permaneció allí del 27 al 29 de abril. «Hace dos años-decía en aquella ocasión a los colegiales-que visité por vez primera este país, para mí desconocido, para establecer aquí nuestra Obra. No tuve la satisfacción de veros a vosotros, y sí vuestra torre, vuestras cigüeñas posándose sobre vuestra catedral como vigilantes diurnos y nocturnos de la Casa del Señor, vuestra campiña, vuestro Jerte con sus limpias aguas ... »
   Perseveró don Esteban en la Hermandad, siendo uno de los más ilustres y beneméritos miembros de la misma hasta su muerte, acaecida el 15 de mayo de 1908 en Ciudad-Real, siendo Rector de aquel Seminario, después de haberlo sido de los de Zaragoza y Badajoz, Director y colaborador prestigiosísimo de «El Correo Interior Josefino», y consultor perpetuo de Don Manuel en todos los asuntos de la Hermandad, de la cual era Prefecto de Estudios y a cuya Junta Directiva pertenecía. «Bendito sea Jesús-escribía en cierta ocasión Don Manuel a don Benjamín Miñana-por nuestro angelical don Esteban. Está contentísimo, y sus candorosas y fervientes cartas me cicatrizan muchas heridas y malos humores. Es todo un santo. Jesús nos lo conserve, pues siempre estoy espantado por su salud». Esta convicción de la extraordinaria virtud de don Esteban, túvola siempre Don Manuel. Al fallecimiento de aquél, decía a uno de los Operarios de Méjico: «Ya recibirían la noticia de la tribulación que nos aqueja con la muerte de nuestro amadísimo y santo don Esteban Ginés».

***

   A partir de 1894 ofreciéronse nuevos horizontes a la expansión de la Hermandad, que aquel año sentó sus reales en una nueva región de España: Andalucía.
   Había fundado en Almería el Obispo de aquella diócesis, don José María Orberá, el Colegio de San Juan, para albergar en él a seminaristas pobres. Fueles ofrecida la dirección del mismo a los Operarios, y el 21 de agosto de 1894 estuvo Don Manuel en aquella ciudad. El 10 de septiembre se hacía pública desde el «Boletín Eclesiástico» de la diócesis la transformación del Colegio de San Juan en Colegio de Vocaciones Eclesiásticas de San José. El 11, escribía Don Manuel desde Tortosa: «Se me dice que el Obispo de Almería está contentísimo y el Cabildo también... ¡Qué diócesis para hacer bien! Vea por Jesús si encontramos un par de Operarios de celo, que vayan a santificar aquella población de 40.000 almas, sin tener ni un Instituto religioso, y aquella diócesis, tan falta de personal para atender a sus más urgentes e importantes necesidades».
   En octubre se encargaron los Operarios de la dirección del nuevo Colegio de Vocaciones.
   Pero mayor importancia todavía que la penetración espiritual de la Hermandad en tierras andaluzas, tuvo para ella la de haber sentado sus reales en otro reino, vecino y hermano: el de Portugal. La situación tristísima en que se debatía de tiempo atrás, y de la que se hizo eco repetidas veces Don Manuel en las páginas de «El Congregante de San Luis», fue sin duda la causa de que desde 1889 viniera Don Manuel encomendando en la Santa Misa la suerte de aquel necesitado país, y acaso también la de sus Seminarios, con el pensamiento y la intención de contribuir a la más sólida y perfecta formación de su clero.
   «El Congregante de San Luis» de noviembre de 1892, dedicaba la «Recomendación particular del mes» a la juventud portuguesa. «Pues que en obsequiar a Portugal- escribía-está pensando su hermana la nación española, pensemos los jóvenes católicos españoles en ofrecer a los jóvenes portugueses el abrazo de hermanos y el concurso de hijos de Dios, a cuantos desean vivir bajo la sombra dulce de su Padre. Sabemos más cuánto hacen o dejan de hacer los jóvenes franceses, italianos o americanos, como discípulos de Jesucristo, que lo que hacen o dejen de hacer los jóvenes portugueses. No suele hablar de esto la prensa buena ni la mala. Diríase que, reñidos los vecinos del entresuelo y del principal, no se cuidan para nada los unos de los otros. Los españoles y los portugueses ganarán ayudándose mutuamente. Y si esta federación ha de ser fecunda en buenos resultados para ambos países, ha de basarse en desenterrar del todo y poner en su debido asiento la piedra angular de la fe, que a los dos hizo grandes...
   Allí no se ve el traje del religioso atraer las miradas puras de la juventud, que quizás Dios querrá para sí. Allí, con la falta de clero, languidece el culto, se apaga la lámpara del Sagrario y Dios se ausenta... ¡Pobre juventud, la juventud de Portugal!... ¡Bien merece la atención de los jóvenes españoles!... ¡Bien pagaría Dios lo que por ella se intentase!»
   El 3 de marzo de 1893 decía Don Manuel a don Esteban Ginés, hablándole de los diversos campos que se ofrecían a la Hermandad: «Más nos inclina el corazón al vasto campo que ofrecen a nuestro celo las importantes diócesis de Andalucía. ¿No se lo dice a usted también el corazón?...» Y el 1.º de mayo, discurriendo sobre el ingreso de don Esteban en la Hermandad: «No crea usted que es poco lo que dará a la Obra, y, por lo tanto, a la gloria de Dios. Además de su persona y del nombre de una diócesis más, sin fatigas de fundaciones y con muchas ganancias, es un nuevo campo, que podrá abrir otros, hasta llegar a Portugal, campo desde hace mucho tiempo devastado por extraneus ferus. Así, a usted toca buscar y aprovechar las circunstancias e indicarme momentos y ocasión y medios».
   El 15 de mayo, en vísperas de trasladarse Monseñor Vico a Lisboa, encargaba a don Andrés Serrano, que residía a la sazón en Madrid con don José María Caparrós: «Mañana escribiré a Monseñor Vico y le diré que usted irá a despedirse personalmente en nombre nuestro. Háblele abiertamente de establecer nuestra Obra en Portugal, y dígale que, si no se hacía nada en Madrid139, tal vez usted aconsejara a la Hermandad se emprendiera para el año próximo, si allí había disposición».
   El 9 de junio, aludiendo a la posible fundación del Colegio de Madrid, escribía a don Benjamín: «Serrano siente que esto, si se realiza, le impida su apostolado en la patria de San Antonio de Padua. Yo le digo que irá a fundar y se volverá, y pondrá en contacto los dos Ángeles de España y Portugal. Pero... ¡qué delirio!... Y ¿de dónde sacamos obreros? Esta es la pena, que no puede remediarse más que con oraciones y gemidos y sufrimientos. Rogate dominum messis... Oraciones, oraciones, oraciones...»
   Una vez posesionado Monseñor Vico140 de su cargo en la Nunciatura de Lisboa, no solamente recordó las recomendaciones de Don Manuel, sino que se convirtió en fervoroso colaborador de los planes del mismo, apremiándole para que los realizara.
   Ya el 17 de enero de 1894, escribía Don Manuel: «Otros asuntos. Portugal. Me crecen las energías al pensar en este país. Las proposiciones de Monseñor Vico no son desatendibles ... » Copia las bases que éste le enviaba, y añade: «Con estas bases pueden ustedes escribir a Monseñor Vico; pero, sobre todo, con la condición sine qua non, de que sea en la capital. Creo que la proposición de que debe consentir para el ingreso en la Hermandad a sacerdotes de allí, deberá gustar al Patriarca, pues comprenderá que irá desapareciendo el carácter de extranjera que podría tener la Hermandad».
   A fines de junio comunicaba Monseñor Vico a los Operarios de Roma, que llevaban las negociaciones, que había hablado con interés al Patriarca141 de los Operarios, y de la necesidad de abrir un Seminario para pobres en Lisboa, y que Su Eminencia había aceptado la idea.
   Y el 10 de noviembre a Don Manuel: «Ya sé que de parte de don Andrés Serrano tiene usted noticias de mi deseo de contribuir a la realización de la idea que él tiene de plantear en Portugal la regeneradora Obra de usted. El señor Cardenal Patriarca se interesó mucho desde que le hablé de ella por primera vez. A fin de julio Su Eminencia me llamó, haciéndome propuestas de vario género. Le dejé la carta que a propósito de la Obra y su planteamiento en Lisboa escribióme don Andrés en el mes de junio. Ayer volví a ver a Su Eminencia en esta Nunciatura y me dijo que deseaba avistarse con alguien de la Congregación, a ver si puede ponerse de acuerdo con usted para la apertura de un Seminario Menor en Lisboa (el Mayor está en Santarem, fuera de Lisboa), en una casa-palacio muy grande de que puede disponer, y tiene como dependencias tierras y huertas bastante extensas. Venga, pues, uno de sus sacerdotes para tratar directamente con Su Eminencia. Don Andrés sería muy apropósito, pues tiene esta vocación de venir a Portugal, y usted podría llamarle por telégrafo. Mas, si puede usted venir, acompañado de otro, naturalmente sería mucho mejor para una pronta solución. No tenga miedo al frío, pues aquí no lo hace».
   Con la misma fecha enviaba a don Andrés Serrano copia de la carta a Don Manuel y le decía: «Estoy persuadido de que le ha de gustar su contenido, y ha de ver cómo San José corresponde a su confianza de usted».
   Por su parte Don Manuel contestaba, entusiasmado, a Monseñor Vico: «Es tal la fruición que nos causa ese nuevo campo de gloria de Dios y el deseo de corresponder a los bondadosos ofrecimientos del Cardenal Patriarca, y al interés de usted, que, sin aguardar el parecer y consejo de los nuestros de Tortosa, me atrevo a aceptar en principio y a reiterar nuestros propósitos de consagrar nuestros pobres trabajos a esa tierra del Padre San Antonio, objeto de tantas oraciones para nosotros... »
   El 19 de abril de 1895 partía de Madrid Don Manuel, acompañado de don José María Caparrós y don Francisco Osuna, camino de Lisboa. Agregóse a ellos, en la estación de Plasencia-Empalme, don Esteban Ginés. Permanecieron en Lisboa del 20 al 26. Las impresiones de Don Manuel en esta primera excursión a Portugal nos las declara él mismo en sus cartas de aquellas fechas. El 22 escribía a don José García: «Nuestro viaje. Miércoles, salida de Valencia, con Osuna. Dormí un poco. Viernes, de Madrid hacia Portugal, con Osuna y Caparrós, a las nueve de la mañana. A las, siete y media de la tarde se nos unió en la estación de Plasencia-Empalme el angélico don Esteban. Diez, noche, aduana de Maroco. Se nos registró en el mismo vagón. Seis y media mañana del sábado, entrábamos en la soberbia estación de Lisboa, después de habernos asombrado los campos fértiles, sólo comparables con los de Valencia. El criado de Vico nos aguardaba en la estación. De allí, a este Hospicio de la Hermandad de sacerdotes pobres de Santa Marta. Misa en su iglesia. A las nueve, desayuno de verduras, tortillas y bistec, y luego café con leche por postres. Llegada de Vico a las nueve y media. Larga conferencia sobre las vacilaciones del Cardenal... Arranques de Vico contra él. Echamos líneas para la redacción de bases. Tarde, a las cuatro, comida. Este es el estilo del país. A las cinco, visita a la Nunciatura, a tres kilómetros. El Nuncio, Monseñor Jacobini, campechanísimo, y ofreciéndose a hablar seriamente al Cardenal. Seis y media, a casa, en tranvías y a pie. Caparrós sin poder andar, y bufando, a pesar de que el cicerone le entretenía la conversación. Domingo, a las nueve, visita a Vico, en su coche, que ocupa -ron Caparrós y él. Nosotros tomamos otro para los otros tres, hasta el Patriarcado. El Cardenal estaba confesando, y Vico le dejó tarjetas y que volveríamos hoy. Recorrimos el grandiosísimo palacio del Cardenal, obra de Felipe II, y nos volvimos. Tarde del domingo: con Vico fuimos a la casa de la condesa de Camerido, que está fuera de la población, para comer allí con el Nuncio y su Secretario y el capellán de la condesa, que es español. Después, en el salón del café hasta las diez de la noche. Hablamos largamente. El Nuncio nos dio muchos datos del clero portugués, y de la situación religiosa, que es la de un pueblo muerto, etc., etc. Hoy, a las doce, hemos de estar en la Patriarcal, a donde acudirá Vico.
   Lisboa. Es una ciudad singularísima. Un perímetro doble que Madrid y con la mitad de habitantes que Madrid. Son siete colinas, dicen, pero son siete montañas. Haceos cuenta: Montaña del Castillo, Montaña de San José y Cuarteles, Montaña de la Terraza, Montaña de Orleans (Gimnasio), añadir tres más al pie del río y sería Lisboa142. Unas cuestas más empinadas que las del Castillo, que no sé cómo bajan los caballos, ni aun cómo suben. Algunos tranvías funiculares; pero, sobre todo, coches. Se asemeja a Génova, pero más cuestas y muchas más distancias».
   Y el 24, al mismo: «Jesús parece nos quiere en Portugal. No se oyen más que miserias. Y eso que el pueblo es sencillo. Pero el clero.... sin traje, y sin escándalo por parte del pueblo, porque ya están acostumbrados a ver... ¡Horroriza el pensarlo...!»
   Aquel mismo día contaba don Esteban a sus Operarios de Plasencia: «Monseñor Vico pasó ayer mucho tiempo con nosotros, y en hablar con él y ver al señor Nuncio se pasó el día, corriendo por las calles y cuestas increíbles de esta original capital, que más que Corte parece una estación balnearia. Hoy visitaremos la casa que nos da para Colegio el señor Patriarca, pero a él no le veremos hasta mañana, para poder presentarle las bases escritas. El señor Nuncio y Monseñor Vico nos ayudarán. Lo estamos encomendando mucho a Dios, porque estando aquí se palpa la necesidad de nuestra Obra ... »
   El 25, decía Don Manuel a las Sanjuanistas de Tortosa: «Hemos visitado al Cardenal y al Nuncio. El Cardenal nos ofrece un pequeño palacio con una grande huerta para Colegio. Hoy voy para ver si firmamos las bases; y si las firma, mañana saldremos ya para Madrid, y más adelante vendrán los nuestros para arreglar el palacio para Colegio, con camas, etc... El Cardenal establece un Asilo de huérfanos para Misioneros y nos encargaremos nosotros también de esta sección. Hay aquí poco clero y flojo, y no quieren llevar traje sacerdotal: sólo algunos religiosos llevan sotana y sobretodo. A nosotros, con el manteo español, nos miran con extrañeza, pero nos respetan, y no hemos recibido ningún insulto, a pesar que es una ciudad más grande que Barcelona. Es éste un campo muy vasto y muy necesitado, y se necesitan apóstoles y muchas oraciones. Conque, al Corazón de Jesús, a San José, a San Antonio de Lisboa (que dicen aquí) y Santo Ángel de España, para que multipliquen la Obra de nuestras manos y podamos llenar este país de sacerdotes santos y de misioneros, que hagan retornar la piedad antigua de Portugal, y haya muchas almas que reparen a Jesús, pues en esta ciudad no se conocen las obras de reparación y hemos de ponerlas, y pronto estableceremos la Vela Nocturna, si podemos, y luego otras cosas. Si las Juanas fuesen buenas para reparadoras... Pero, ya lo harán desde Tortosa... Afectos a la Madre Priora, y a las nietecitas... y que oren mucho todas ... Pedid que vengan muchos Operarios y buenos y apostólicos ... »
   En las reuniones de Don Manuel y sus acompañantes con el Patriarca de Lisboa, José III, convinieron en fundar un «Pequeño Seminario de Jesús, María y José», dependiente del de Santarem, y que se titularía además Colegio de San José y San Antonio de Vocaciones Eclesiásticas y para Misioneros de las Colonias portuguesas. Mientras se habilitaba para el mismo el palacio de Lisboa, se establecería el Seminario en Farrobo, magnífica quinta, edificada cerca de Lisboa por el primer conde de Farrobo en los comienzos del siglo XVIII.
   «Esta obra de Lisboa-escribía Monseñor Vico a Don Manuel el 31 de Agosto -necesita mucha, muchísima asistencia, paciencia, y más sacrificios. Dios dará, en fin, el premio».
   El 10 de septiembre llegaban a Lisboa don Esteban Ginés y don Andrés Serrano. Este último en calidad de»Director del Colegio que aquel mismo mes, con 60 alumnos, quedó inaugurado en Farrobo.
   En 1896 el «nascente viveiro de vocaçóes ecclesiasticas» fue trasladado a Lisboa e instalado en el palacete contiguo a la suntuosa residencia del Cardenal Patriarca.
   En mayo de 1895 había Don Manuel escrito en estos términos a un Operario, al darle noticia de su viaje a Lisboa: «Prescindo por hoy de detalles de Madrid, de la andaluza Almería, de la quieta Plasencia, de la pacífica Murcia, de la agradable Orihuela, de la florida Valencia y aun de nuestro pobre Portugal, objeto de nuestras ansias y de nuestro celo, vasto campo, que aunque no llenara otro nuestra Obra, esto es, una Obra sola dedicada a él solo, ya sería de máxima gloria de Dios. Gente bonachona, pero país muerto a toda vida religiosa; clero inerte, convertido en autómata de la ingerencia civil del Estado y de la secta, incapaz de recibir sello, vida ni iniciativa, a no ser formando una nueva y completa generación levítica, y esto sólo por medio de nuestra Obra o de otras, que se apoderen de los Seminarios. No se ve otro medio...»
   En junio de 1896 volvió Don Manuel a Portugal, acompañado de don Remigio Albiol. Estuvo allí desde el 9 al 15. El 11 decía a Ginés: «Amado don Esteban: No nos dijo usted que Villafranca estaba en la vía. Fortuna que estábamos despiertos y oímos a don Andrés que gritaba por si íbamos nosotros, y le oímos y bajamos allí: y eso que teníamos el billete para Lisboa. El 9 lo pasamos aquí, en Farrobo. Ayer, 10, fuimos a Santarem a ver al Cardenal, que estaba allí. Mañana vamos a Lisboa a ver al Nuncio y Vico». El 12, a don Benjamín: «Quinta de Farrobo.-Fiesta del Sagrado Corazón. -Llegamos aquí, Albiol y yo, la mañana del 9. ¡Farrobo de mi alma! ¡Tema de encanto para los poetas! ¡Deliciosa soledad para los espíritus contemplativos! ¡Ambicionable estancia para el Cardenal! ¡Encanto de las almas superficiales! Pero... para mí y para la Obra, prisión para purgar nuestros pecados y origen y causa de todos los males de nuestra santa empresa, nido de sufrimientos y quebrantos materiales y morales. Una casa, en fin, por la cual no se paga arriendo, pero que origina más gastos que el arriendo de una en Lisboa, sin relaciones, sin esperanza de limosnas... En fin, una tentación no vencida. Itinerario: Salí con Albiol de Burgos el 7 por la noche. De Medina a Salamanca, malísimo vagón. A las once de la mañana del 8 pudimos decir misa en Plasencia, tomar un bocado y marchar hacia Portugal. Al fin... no vino don Esteban. El 9, a las cinco, en Villafranca. Misa en seguida en Farrobo, que está a una hora de la estación y peñas arriba, pagando 30 reales, o sea 1500 reis por el coche. Celebré mi aniversario de primera misa. Comida. Santiños a repartir. Noche, antes de la cena, velada en obsequio do Pae Geral El 10, viaje a Santarem a ver al Cardenal Patriarca en su Seminario. Esta tarde vamos a Lisboa a resolver lo del Colegio en Roma y Casa en Lisboa. Me tienen apenado los dos temas. El Cardenal no quiere Casa en Lisboa, sino, en caso, en su palacio. Lo de Roma, sí; y mejor, el Colegio en Coimbra para los de la Universidad. Veremos; y que San Antonio lo bendiga; que muchas bediciones se necesitan para lograr algo en esta tierra necesitada. Como más va, más temo; y como más va, más deseo este campo. Pero hemos empezado mal viniendo a Lisboa por primera diócesis».
   El 5 de julio, le repetía: «Nada le digo hoy de mis desmayos en lo de Portugal por el estado fatal de aquella pobre Iglesia, y encargaré a los nuestros pidan a Dios la persecución en ella contra el clero hasta lograr la separación de la Iglesia del Estado.» Y a don Andrés Serrano, sobre proyectos de éste en varias diócesis de Portugal, propuestos por Don Manuel a la Junta de la Hermandad: «No se encuentran con ánimo para la empresa, atendida la falta de personal. Por lo demás, no se satisfaría mi ambición con todo Portugal entero». El 19 de noviembre, a don Esteban: «Me inclino a que usted no pierda de vista por este año a Lisboa, y ver si se solida aquello, y podemos posesionarnos de otro punto que no haya de causarnos quebrantos materiales, y que nos ponga en situación de poder prescindir de Lisboa, si tanto y tanto debiera durar nuestra situación allí. Crea usted que me apena el asunto portugués, que enerva nuestras ambiciones en estos campos necesitados. Parece que tiene empeño el diablo en levantar crisis de apuros de todas clases para acobardarnos, y sentiría se posesionase la anemia de mi corazón, que a veces parece asomar, o es señal de mi vejez, y necesito, como los viejos, que me alienten».
   Salióse el diablo con la suya. Los Operarios, tras largos: y heroicos esfuerzos y abnegaciones, por mil dificultades de índole interna y a consecuencia de las convulsiones políticas y sociales de Portugal, en continua efervescencia revolucionaria y sectaria, vivieron siempre en trances de agobiadora angustia, y al cabo, en 1901, fueron violentamente expulsados de Portugal por virtud de órdenes oficiales de un Gobierno sectario. El 9 de marzo de aquel año un periódico de Lisboa propaló la especie de que en San Vicente de Fora (Palacio Episcopal) vivían frailes españoles, a los que se debía perseguir con mayor encono aún que a los mismos Jesuitas. Previno el Cardenal al Gobierno para que evitara atropellos. El 10 y 11, por la tarde, la policía de a caballo defendió el Seminario, teniendo a raya a grupos de estudiantes y obreros que pretendían asaltarlo. Declaró el ministro que era todo ello obra de la masonería, pero intimó la salida de los sacerdotes españoles en un plazo de ocho días. El 16 recibió el Cardenal un apremiante aviso del Presidente del Consejo para que la apresurasen, pues no respondía de lo que pudiera pasar. Aquel mismo día partieron los Operarios don Francisco Sojo y don Sebastián Forner en dirección a Plasencia, en cuyo Colegio reuniéronse a ellos, el día 19, el Director don Manuel Marzá y don Pedro Grau, que habían salido el día anterior de Lisboa.
   El 15 de marzo, previendo ya este desenlace, escribíales Don Manuel: «Si la Providencia de Jesús quisiera que saliéramos por motivo de los masones, sería una salida muy gloriosa. Sería una bendición». Y aquel mismo día, a un sacerdote amigo: «Estuve en Valencia a la inauguración de la grandiosa capilla, y tuvimos por la tarde una pedrea de los sectarios masones. Ahora nos están apedreando en Lisboa a los paes espanholes que cuidan del Colegio de aquella capital. Se conoce que el diablo ha llegado a penetrar la malicia de nuestra Obra ... »
   Y el 25, a don Benjamín Miñana: «La secta nos ha arrojado. El ministro dijo al Cardenal que debían ir fuera los sacerdotes de San Vicente, y que no respondía de lo que pudiera suceder». El balance de los resultados obtenidos por la Hermandad en la bien intencionada, pero malograda empresa de Portugal, lo hacía Don Manuel en sus cartas de aquellos días: «Sobre no haber recibido un céntimo de beneficio, nos dejaremos entre las zarzas más de 6.000 duros, que no me preocupan gran cosa si podemos salir de aquel campo con la tranquilidad de que no se ha perdido por culpa nuestra».
   Y no incluía en el balance el desinteresado y santo Fundador de la Hermandad la cifra enorme de amarguras, desvelos y contradicciones experimentadas por él y por sus hijos. Simultáneamente a la fundación del de Lisboa, andaba Don Manuel intentando el establecimiento de un Colegio en Roma para los seminaristas de Portugal, el cual, decía Don Manuel en 1894, «sería para nosotros mejor que el Colegio de Lisboa, y principio y fuente de muchas fundaciones en Portugal». El 17 de mayo de aquel año, aludiendo a este proyecto, escribía a don Andrés Serrano, que residía a la sazón en Roma:
   «Pueden proponerle al señor Vico, para que lo proponga al Cardenal de Lisboa, que nosotros le facilitaríamos la fundación de Colegio en Roma, en la forma siguiente: admitiríamos en nuestro Colegio los primeros alumnos que los Obispos quisieran enviar (supuesta la tolerancia de la Santa Sede), pero, a condición de que cuando fuesen un número regular, v. g., que pasaran de veinte, les buscaríamos un local, aunque fuera por de pronto arrendado, y con las condiciones que se establecerían con el Patriarca 0 Prelados, que serían más ventajosas que las que podrían obtenerse poniendo ellos sus Directores particulares. Que insista usted en ello porque, en el caso de quererse pensar para el curso próximo, lo mismo en lo de Lisboa que en lo de Colegio en Roma, el tiempo no sobra ya».
   En sus viajes a Lisboa, propuso Don Manuel la fundación del Colegio Portugués en Roma al Cardenal. Aceptó éste, y se pidió el beneplácito de la Santa Sede, que bendijo y aplaudió el pensamiento.
   El 16 de mayo de 1896 decía Monseñor Vico a don Andrés: «El señor Nuncio recibió ayer la contestación del Cardenal Rampolla a la carta del señor Cardenal Patriarca acerca del Seminario Portugués en Roma. Es cual la esperábamos y S. E. estará muy satisfecho. A esta carta para el señor Patriarca acompañaba otra para el señor Nuncio (inter nos), en la que el Cardenal Secretario le pide, en nombre de S. S., apoye la idea, que es de tanta monta para el celo eclesiástico de este país. En carta de Monseñor Della Chiesa, que recibí anteayer, se me indicaba la acogida favorabilísima a la iniciativa del Cardenal Patriarca. Hoy mismo envío a S. E., para San Vicente, la carta susodicha. Y ahora, que S. E. prepare su circular y ustedes la suya...» Y por aquellos días y sobre el mismo asunto, torna a escribirle: «Faltaba Portugal. ¡Con cuánta complacencia abrazará el Pontífice a este benjamín! ¡Adelante, pues! ... »
   Adelante fue Don Manuel, y el 13 de junio de 1896, hallándose en Lisboa, redactó las bases del futuro Colegio para enviarlas a los Prelados de Portugal. A primeros de 1897, en enero, León XIII recomendaba a éstos que estableciesen un Colegio en Roma. Se fue retrasando la ejecución, pero Don Manuel no desistía de ella. El 27 de septiembre de 1899 escribía a don Benjamín: «No me han movido los objetos de gloria de Dios que usted enumera para decidirme a ir a Roma. Uno solo me ha excitado, un poquitín mis semi-apagados entusiasmos de viejo: lo de Colegio Portugués. Así, explíqueme eso, sus probabilidades, bases, etc., que sería lo único que me movería. Si no, veré de resolver el acompañamiento de los chicos de otra manera».
   Fue Don Manuel a Roma, pero la empresa la habían empezado a realizar ya otros. «He sabido aquí-decía desde la Ciudad Eterna a don Andrés Serrano, el 2 de noviembre-la historia del Colegio Portugués, Los Stimattini son los que lo dirigen. Haga Jesús que vaya bien. De todos modos, se ha logrado que vayan a la Gregoriana, y para ello han mediado varios episodios que le contaré cuando nos veamos ... »
   Desde fines de 1894, se le venía instando a Don Manuel para que fundase en Burgos uno de sus Colegios. En junio de 1895, hizo su primera visita a la metrópoli castellana. Iba a tomar posesión, como él escribía, «de otro campo más fértil que el de Lisboa, el de la piadosa Castilla». Permaneció en Burgos del 20 al 24. «Es un campo vastísimo para nuestra Obra-comunicaba desde allí a uno de sus Operarios-y creo será una bendición, y el Colegio tal vez de más consuelos, a pesar de las contradicciones que nos aguardan... De la Catedral, famosísima y admirable, de la bondad y formalidad de esta gente, etc., etc..., de palabra. Crea que esto es una Providencia».
   En septiembre de aquel año se encargaron los Operarios del régimen de los Colegios ya existentes en San Carlos y San Esteban, agregados de antiguo al Seminario. En junio de 1896, encontrábase de nuevo en Burgos Don Manuel-del 3 al 7-para comprar los terrenos en que hizo levantar el actual magnífico Colegio de San José en el cual se refundieron, luego de terminadas las obras, los otros dos ya mencionados. Mientras tanto, en San Carlos estaban los ordenandos y teólogos, y en San Esteban, los filósofos y gramáticos. En la reunión de los Operarios de aquel verano en Valencia, les decía: «Surge Burgos, campo consolador... Él solo vale más que tres diócesis». ¡Hasta tal punto habíase enamorado Don Manuel de la castellana tierra! El 29 de mayo de 1897, decía en un fervorín a los colegiales burgaleses... : «Otra vez el Señor me permite pisar este suelo y respirar los puros aires de este país. Cuando hace cerca de dos años visité estas tierras casi de incógnito, conducido por la mano de San José, que quería tomáramos posesión de este campo para nosotros desconocido, pude hacerme cargo de la importancia de esta diócesis, de la religiosidad de este pueblo, y, por consiguiente, de la copiosa mies que aguardaba y que podía reportar un día ... »
   Les predicó el día de la Ascensión, y el cronista del Colegio pintaba de esta suerte, en las páginas del «Correo 1. Josefino», la impresión que les produjo: «Reunidos el día de la Ascensión los dos Colegios en el de San Carlos, Don Manuel dijo el «Dejas, Pastor Santo»... De un modo especial lo que conmovió a todos fue el final, cuando nos representó con mucha claridad y maestría cómo iba subiendo Jesús a los cielos y descubría a cada instante nuevas Casas de su Padre San José: primero, el Colegio nuevo de Burgos, y después, Plasencia y Portugal ... ; y cómo mirando ya de muy alto las extensas regiones del Nuevo Mundo, no veía allí ninguna de nuestras Casas... Creedme, fue ésta una conclusión sublime y arrebatadora para todo el que piense en procurar la gloria de Dios». En 1903, el penúltimo año de los que estuvo en Burgos, entonó allí este cántico de alabanza y gratitud: «Desde -el primer día que el Señor nos llamó a esta tierra privilegiada, tierra fértil, que ha producido tantos apóstoles de su gloria, llamados por una mano amiga, no he dejado ni un día de ponerla y poneros ante el Corazón de Jesús. Y Dios la ha bendecido. Cuando recuerdo la historia de nuestra estancia en San Esteban y pienso -en las misericordias de Dios, y cómo ha brotado por fin esta Casa, objeto de santa envidia para todos los otros Colegios, me veo precisado a entonar un cántico de acción de gracias a Jesús, que así nos ha bendecido en vosotros». «Estos castellanos- escribía el 18 de junio a don Benjamín-son muy agradables... Jesús quiera bendecir la Obra de nuestras manos en esta ciudad histórica y en esta religiosa diócesis...»
   ¡Vaya si la bendijo copiosamente!... Aquel que llamaba Don Manuel «el Rey de los Colegios Josefinos», había dado ya a la Iglesia, en 1923, 1340 sacerdotes!...

CAPÍTULO XXXIII



Se traslada al Colegio de Tortosa. - Lutos de amistad. - Desenvolvimiento del Colegio de Roma. -El «Correo Interior Josefino». -Muerte del Ilustrísimo señor Caparrós. -La Dirección de Seminarios. -Los de Astorga, Chilapa (Méjico) y Toledo.

(1894-1898)



   Fallecido el 21 de septiembre de 1888 su hermano Francisco, y el 15 de junio de 1891 su hermana María, había continuado Don Manuel viviendo en su casa de la calle del Ángel con su otro hermano José. Pero, a la muerte de éste, acaecida el 19 de marzo de 1894, en el mismo mes y día en que había nacido el año 1818, determinóse Don Manuel a fijar definitivamente su residencia en el Colegio.
   «El día de San José-escribía el 1.º de abril a un sacerdote, amigo-a las tres y media de la madrugada, falleció mi hermano José, último de todos mis hermanos; de modo que estoy completamente desatado de todos los lazos que me impedían correr con libertad en todas las obras de nuestra propaganda». Y al P. Marro: «No sé si sabrá usted que mi último hermano, José, que era el mayor de toda la familia, murió... He quedado, pues, solo de los doce hermanos, y he podido decir: Dirupisti, Domine, vincum mea..., y puedo consagrarme exclusivamente a la Obra de nuestros colegios ... »
   El 28 de abril decía: «Estoy arreglando papeles, inscripciones y debitorios, para dar la administración del patrimonio a don Vicente Benet, y desentenderme de todo, y volar a mi rinconcito de San José ... » Y en otra carta: «Estoy con los papeles de casa, cosa tan contraria a mi genio. Deseo concluir esta semana, por ver si el domingo levanto los reales. Media Tortosa está en acecho de lo que hará Mosén Sol... Aguiló vino alarmado de que lo vendía todo y me establecía en Roma, según se dijo en casa del relojero ... »
   Y en su humilde celdita de San José se instaló Don Manuel el 1.º de mayo, y en ella vivió ya siempre hasta que, desde ella, voló al cielo.

***

   En las postrimerías de 1895 y en los comienzos de 1896, hubo de experimentar Don Manuel dos impresiones dolorosísimas, que deseamos dejar aquí registradas por la profunda herida que abrieron en su sensible y tierno corazón. Nos referimos a la muerte de sus dos amadísimos amigos el Eminentísimo señor Cardenal Sanz y Forés y don Enrique de Ossó.
   En la tarde del 30 de octubre de 1895, salía de las Salesas de Madrid el Cardenal Sanz Y Forés, después de haber dirigido a las religiosas una plática espiritual, y apenas se había acomodado en su coche, sufrió un ataque apoplético que le dejó paralizada la parte izquierda del cuerpo. «¡Hágase-exclamó con su expresión habitual y favorita-la voluntad de Dios!» Conducido al Colegio de Carmelitas Terciarias, donde se hospedaba, entregó allí santa y apaciblemente su alma al Señor, a las tres y media de la tarde del 1.º de noviembre.
   Hallábase Don Manuel en Roma. Allí recibió el 31 un telegrama con la noticia de la enfermedad, y el 1.º de noviembre otro, con la de la muerte. Aquel mismo día le escribía el señor Caparrós, dándole detalles: «Mi pena-le decía-sólo puede medirse por el amor entrañable que tengo a nuestra Obra, de la cual era el ilustre difunto celosísimo Protector y Padre cariñoso ... » Llorándole, exclamaba Don Manuel en el fervorín de la fiesta del Reservado del Colegio de Roma, el día 11: «Al proporcionarme el Señor esta alegría, ha querido mezclarla con la mirra amarga de una inesperada tribulación: la pérdida reciente de un amigo querido, de un padre cariñoso, de un varón necesario para nuestra Obra: del eminentísimo Cardenal de Sevilla, que había compartido con nosotros los sinsabores de la fundación del Colegio de Roma, al cual tenía consagrados sus afectos, su corazón y sus desvelos. Erais ya vosotros su gozo, y el Señor ha querido que fuerais ya su corona. ¡Que su memoria no se apague en esta casa, en la cual colocaremos su retrato! ... »
   En mayo de 1896, aprovechando la ocasión de un viaje por Andalucía, llegóse Don Manuel a Sevilla, y se apresuró a rendir un piadoso tributo de gratitud a su gran favorecedor y gran amigo. «El 29-escribía, haciendo la crónica de su viaje-estuve seis horas tan sólo en Sevilla y pude decir misa sobre el sepulcro de don Benito Sanz y Forés, mi amigo. Ya no se piensa en él, y allí está olvidado en el rincón de una capilla. Así pasa la gloria de este mundo ... »
   Otra muerte que le impresionó sobremanera fue la de don Enrique de Ossó. aviase retirado don Enrique a primeros de enero de 1896 al convento de Franciscanos de Sancti-Spiritus, cerca de Sagunto, para practicar Ejercicios espirituales. Luego de, haberlos terminado, seguía en aquella acogedora y amable soledad meditando en ensanchar la esfera de su actividad apostólica con la fundación que proyectaba de los «Sacerdotes del Oratorio de Santa Teresa», cuando en la noche del 27 falleció súbitamente, y en circunstancias trágicas, por efecto de un ataque apoplético.
   Como si el Señor hubiera querido disponer que aquellos dos santos varones, que tanto se habían amado durante la vida, se diesen el postrer adiós antes de subir al cielo don Enrique, cuando tomó éste el tren en Benicasim para dirigirse a Sancti-Spiritus, se encontró en él con Don Manuel, que en compañía de don Juan Bautista Calatayud, se encaminaba a Valencia, y juntos hicieron el viaje en deleitosa conversación. Como dijese don Enrique que iba a esconderse en Sancti-Spiritus para componer una obrita en la soledad y en el silencio, brindóle Don Manuel con el Colegio de Valencia, luego que, hechos los Ejercicios, se dispusiera a escribir. «¡Ya veremos! ... » le contestó don Enrique. Despidiéronse, al llegar a Sagunto, con demostraciones de fraternal y efusivo afecto, sin sospechar que lo hacían hasta la eternidad.
   Esta coincidencia en el viaje y la plenitud de vida de don Enrique, que alejaba todo pensamiento de próxima muerte, fueron causa de que la inesperada noticia de ella causara en Don Manuel una impresión profundísima y aun desconcertante, reflejada en varias de sus cartas de aquellos días. El 3 de febrero escribía: «Fui el 30 de enero a predicar a Vall de Uxó. El 31 leí en Vall la muerte de mi amigo Ossó, que me afectó sobre manera». El 5: «Desde la muerte de Ossó, que yo creía hubiese tenido la vida de un San Alfonso Ligorio, estoy como afectado». El 7: «En Vall recibí la noticia de la muerte de Ossó, acaecida a cuatro horas de la Vall, en el convento de Sancti-Spiritus, encima de Sagunto. Me afectó mucho. Yo me imaginaba que llegaría a los 90 años como San Alfonso de Ligorio, atendidos los planes que tenía en su cabeza, y ha fallecido teniendo seis años menos que yo. Estoy espantado de veras».

***

   El Colegio de Roma seguía desarrollándose prósperamente. En el curso de 1894 a 1895 fueron 52 los alumnos. El 25 de mayo de 1895 comunicaba don Benjamín a Don Manuel estas gratas impresiones: «Ayer tarde estuve con don Andrés a ver al P. Llevaneras, a quien no veíamos hace tiempo. Está el pobre con sus dolores de mayo acostumbrados. Pasamos un buen rato. Para consolarme y animarme, me dijo que el Colegio Español va adquiriendo mucha fama, y que dentro de pocos años será uno de los primeros de la Universidad. Que lo ha oído decir, no sólo al P. De María, sino también al seco Bucceroni, que no se puede pedir más. Al despedirnos, me encargó que se lo comunicara a usted».
   En otro orden de cosas no faltaban contradicciones y sufrimientos. Provenían algunos de ellos de la resistencia pasiva y de la morosidad de los oficinistas y de las entidades de diverso orden que se hallaban instaladas en el palacio, para deshabitarlo. ¡La eterna lucha de los intereses creados! Para desembarazar del todo este obstáculo, se creó el 1.º de julio una junta administrativa del Colegio formada por el Rector y el Mayordomo del mismo y Monseñor Della Chiesa y Monseñor Merry. El 2 de julio, escribía este último a Don Manuel: «Mi amadísimo Don Manuel: Casi me alegro de no haber contestado inmediatamente a su carta del 29 de mayo, pues a duras penas me hubiera sido posible ocultar lo desanimado que me encontraba en lo que se refería al Colegio. ¿Habré faltado de confianza en Jesús? Hemos pasado un invierno muy terrible, como le habrá dicho a usted el pobre Benjamín, que ha sufrido más que todos. La primavera no nos trajo ningún alivio. Es ahora solamente cuando las cosas se van poniendo mejor, y nuestras esperanzas han vuelto con el mes del Sagrado Corazón de Jesús. Enfermedades de todo género, disgustos y sinsabores con los que por un motivo o por otro se oponían al desarrollo del Colegio, y amenazaban hasta su existencia. Benjamín le habrá contado todos los detalles a medida que se iban presentando, y yo no tengo para qué volver sobre ellos. Bendito sea Dios por todo. Nació el Colegio después de dos años de sufrimientos y desengaños; ¡empezó su vida en un lecho de espinas!; se ha ido desarrollando en medio de penas y temores. Pero, a pesar de todo eso, y precisamente por esto, no ha faltado nunca la señal visible de la protección de Jesús, y la prueba de que era obra de su amor. Las cosas han entrado en otra fase. Benjamín le contará cómo se le ha entregado toda la administración del Colegio. Es un bien indiscutible, un paso importantísimo, pues ya, como amos efectivos, pueden ustedes obrar con energía y no tendremos ya que dar mil vueltas ni hacer solicitudes cerca de unos y de otros para conseguir una llave o echar a un inquilino... Nuestros enfermos están mejor... Mucho me ha interesado lo que me cuenta usted de sus viajes; pero, cuánto le es necesario un aumento de personal. Dios quiera que pronto tenga el consuelo de reunir varios Operarios más. Así se lo pido a Jesús. Encomiéndeme a Jesús. Mucho lo necesito. He trabajado algo este año por el prójimo: pero cuánto habré perdido yo mismo... Y ¿por qué no quiere que me ausente de Roma este verano? Mi presencia ya no es necesaria».
   Pasaron los colegiales las vacaciones en Tívoli. El 30 de octubre llegaba a Roma Don Manuel con los nuevos colegiales. Le acompañaban el padre y una hermana del hoy Prelado de Ávila y entonces alumno del Colegio, don Enrique Pla y Deniel. Con aquellos emprendió Don Manuel una excursión, desde el 18 al 30 de noviembre, a Loreto, Ancona, Bolonia, Venecia, Padua, Milán y Florencia. El 2 de diciembre salieron de la Ciudad Eterna, y el 7 estaba Don Manuel de vuelta en Tortosa.
   Con él había ido a Roma el Operario don Juan Antonio Fabregat, nuevo Vice-Director del Colegio. Don Andrés Serrano había sido nombrado Director del de Lisboa.
   Vida de gozos y penas la de Don Manuel, el 9 de octubre, consolando a los Operarios de Portugal, les decía: «No sabemos lo que Dios espera aún de nuestra Obra ahí. Los sufrimientos de ustedes son pruebas de designios amorosos. En toda empresa ha de haber víctimas de dolor y de sangre. Yo los sufrí en Roma, y hasta llegué a creer que Dios no quería aquello por nuestra misma ambición». En cambio, ahora, confesaba ante sus colegiales de Tortosa: «Jesús me da demasiados consuelos... La perspectiva del Colegio de Roma, que es un noviciado por su edificación, y que será en su generalidad una masa que, fermentada, podrá contribuir al bien de las diócesis ... »
   El 9 de octubre de 1896 llegaban a Roma don Benjamín y el nuevo Vice-Director don Federico Salvador, con un grupo de nuevos alumnos. El 30, con otro segundo grupo, Don Manuel. Le acompañaba también el doctor Corominas.
   El 2 de noviembre, contando Don Manuel la entrevista de éste con el Papa, decía a don Esteban Ginés que, al saber León XIII-el cual le preguntó si había visitado el Colegio-que se hospedaba en él, exclamó, llevándose la mano al corazón y hablando con vehemente efusión: O bene! Ego, ego sum Fundator! Est filius amoris mei erga Hispaniam... «¿No es-comentaba Don Manuel- una bendición de Jesús que debe alentarnos en nuestras crisis? ... » Permaneció Don Manuel en Roma hasta el 26 de aquel mes. Las vacaciones de verano de 1897 las pasaron los colegiales en la pintoresca ciudad de Narni, en la Umbría.

***

   No fue ni pretendió ser nunca Don Manuel un literato; pero sí fue siempre un incansable y fervoroso propagandista de la buena prensa, y favorecedor y propulsor de ella desde los albores de su sacerdocio. Colaboró en periódicos de Tortosa-según dijimos-en los turbulentos días de la Revolución del 68. Publicó, por espacio de muchos años, «El Congregante de San Luis», y estableció El Apostolado de la Prensa, para divulgar la lectura de libros piadosos, proporcionándolos a precios económicos. Laudable y provechosa empresa de celo sacerdotal parecióle siempre la de fomentar las buenas publicaciones, viendo en ellas un arma poderosa y un eficaz instrumento para promover los intereses de la gloria de Dios en las almas. Estimulando a uno de sus Operarios a ejercitarse en este apostolado, le argüía: «Si esa cadena de indolencias literarias no las produce el inimicus homo, usted será el que ha de verlo y meditarlo en sus soledades ante Jesús Sacramentado, que parecía le llamaba a dar alimento y rocío de maná de lectura a muchas almitas contemplativas, y ante el campo de la juventud seglar, del que parecía destinado a ser apóstol. Usted lo verá; que yo no quiero tener remordimientos, aunque no puedo expulsarlos muchas veces. ¿Puedo estar del todo tranquilo?»
   Aunque escribió Don Manuel alguna vez que «las cabezas poéticas y sabias no suelen ser más que teóricas», quería mucho y estimaba a la gente de pluma. Negándose, por otras razones, al ingreso en la Hermandad de cierto pretendiente aficionado a las letras, decía: «Y eso que me gustan los literatos ... » Si los descubría entre los suyos, se alborozaba y los animaba: «Ya está vosté apanyat- escribía a don Esteban Ginés-. Entre flares y soldats, no tragues les habilitats143. El trabajito de usted me ha gustado, y desde luego es de temer que la obediencia le sacrifique algún día, arrinconándole a una mesa de redacción». La amenaza se cumplió, y con felicísimo suceso, más adelante.
   A don Andrés Serrano le decía en cierta ocasión: «Estoy muy contento de su laboriosidad literaria esta temporada, y Dios haga que dure; que puede durar muy bien, y sin tanto cansancio, no más que usted haga examen diario de conciencia para dedicar un espacio de tiempo, el que usted se proponga, para cumplir los designios de Dios en ese campo de su gloria y del bien de la Hermandad y d e las almas».
   Apreciaba en mucho la labor de los periodistas, y cuando veía rasgar algún periódico, exclamaba apenado: «¡Tanto trabajo como ha costado formar eso!...» El mismo escribió muchas veces en sus propias revistas, y si no con sobrada elegancia, seguridad y elevación de estilo y corrección de forma, sí con una deleitosísima sencillez, facilidad y facundia. Mostraba buen gusto y acertado criterio para juzgar los trabajos de los demás. «Yo-decía- aunque no sé hacer, sé criticar; y tengo buen gusto, aunque no sepa guisar». Con frecuencia dictaba normas de composición y sugería ideas temáticas, como podrá advertirse en la breve historia, que nos disponemos a relatar, de la fundación del «Correo Interior Josefino».
   Salió a luz el 1.º de enero de 1897, y fue empresa personalísima de Don Manuel, que puso en la preparación y feliz desarrollo de la misma extremado interés, invencible tesón, ilusiones, plegarias y no escasos desvelos, fatigas y... hasta rabietas... Muy pronto surgió en su mente, apenas fue tomando forma y cuerpo la Hermandad, la idea de la publicación de un boletín o revista que llevase a todos los Colegios de San José el aliento de su cariñosa palabra y los latidos de su gran corazón de padre de todos los josefinos. Compró, como primer recurso, una máquina litográfica para imprimir la proyectada publicación en caracteres de escritura a mano, «pues no quiero - decía- que tenga aires de revista pública, sino más bien de correspondencia familiar entre los Colegios». Plúgole por lo mismo bautizarla con el título de «Correo Interior Josefino», y aunque se le hicieron observaciones sobre el vocablo Interior, por varios inconvenientes que ofrecía, nunca consintió en suprimirlo. Editóse el primer número litografiado en Tortosa, en diciembre de 1888. Al enviar, en 1889, a cierto sacerdote amigo, un ejemplar del tercero y último de los que se publicaron en aquella forma, calificaba a la humilde revistilla de «juguete literario». Y eso era en efecto. No pasó del primer año de existencia, por dificultades de diversa índole; pero, aquella primera tentativa y aquel fracaso, fueron parte a que arraigase más y más en Don Manuel la convicción de la necesidad de un órgano de comunicación entre sus Colegios.
   Siete años se pasó el pacientísimo varón esforzándose, en vano, pero sin desfallecer nunca, por realizar sus planes y sus ensueños. «Voy dando-escribía -vueltas al asunto, y no acaba de venirme la inspiración, y creo que Jesús me mortifica la vanidad
de ver el «Correo», obra tan sencilla al venirme al pensamiento, pero que luego nuestras ambiciones la han colocado a demasiada altura, y de aquí las dificultades reales». Inquietábase y se malhumoraba porque los Operarios, pocos y abrumados de faenas, no se daban toda la prisa que él deseaba, para llevar adelante el proyecto.
   «Correo Josefino. - Tampoco me faltan-decía en 1894 a don Andrés Serrano-remordimientos por este lado. Estoy predicando a todos, y es en desierto, como si fuera una tentación, y puede que sea mi mala traza. Creía poderlo realizar para San José, y no será. Dios haga que pueda ser para el 95. No es fácil, ya lo sé. Pero es posible, con tal que se quiera, pues hay elementos, y lo único que se necesita es un par de números. Después ya saldrán colaboradores imprevistos. Pero para que salga, es preciso que salga bien, y hasta ahora no hay trabajo ninguno bueno».
   Esperó, sin desalentarse, mejores días. Cuando creyó que la cosa estaba un poco más madura, volvió a tocar a llamada a su gente y a despertarla con nuevas solicitaciones.
   Lo dificultosa que le resultaba la tarea de comunicar por cartas a sus Operarios noticias de interés general, encendía más en su espíritu el vivo afán por la revista. «Es una de las cosas-escribía-que vengo discurriendo hace tiempo, el medio de que todos los Operarios vayan participando y coparticipando de las impresiones buenas y malas. Y ya lo hago cuanto puedo; pero desde Roma, por ejemplo, escribía a Tortosa para que les fueran transmitiendo noticias, y no lo hacían. Mosén Osuna ha estado aquí dos días, y muchos detalles interesantes de nuestras cosas no los sabía. Así, pues, ved de discurrir un velógrafo fácil, que en mis manos pueda, con poco tiempo, escudillar mis impresiones».
   Bien concreta y detalladamente concebidas y trazadas tenía Don Manuel en su mente las líneas y contornos del nonnato periódico. «Las condiciones para que sea digno y corresponda -decía a los Operarios reunidos en Valencia en agosto de 1893- deben ser: 1.º Ameno. 2.º Josefino. 3.º Moral. 4.º Corto y variado. 1.º Ameno. Fluidez y sal y garbo hasta en los articulitos de fondo. No basta poner capazos de tinta. Nadie los lee. Los capítulos de las «Arenitas de oro»144 deben ser sombra al lado de los articulitos del «Correo». Y pueden ser así. 2.º Josefino. Todo propio, desde la cruz a la fecha. 3.º Moral Aparte de la amenidad, debe ser práctico. 4.º Variado. Y con sal siempre creciente, hasta llegar, si es preciso, hasta los límites de la jocosidad, como las veladas josefinas, pero que campee el ingenio. Las mismas cartas deben ser chispeantes, y no una retahíla de descripciones y noticias. Con dos o tres bien condimentadas, bastaría. Las demás se pondrían en una gacetilla de noticias peladas y secas. Sólo así podría salir: si non, non. No sé si me doy a entender. Si yo pudiera y supiera hacerlo, lo haría, dándoles la pauta. ¡Pero no sé más que concebirlo y criticarlo!»
   «Deseo se apresuren los trabajos-escribía a don Andrés Serrano-. Marzá o Benjamín pondría alguna cosa melada y melosa. Vea que Arboleya haga el trabajo «Un día de vacaciones en Tívoli», con el argumento de Lluís, bien pulido, pero en tono chispeante y humorístico, que es el campo de Arboleya». Y a don Felipe Tena: «Aún no has enviado temas de ninguna clase. Los demás, de Murcia y Roma, se portaron mejor. Ensáyate sobre El primer colegial (El Niño Jesús). Si no, te daré otro». A don Esteban Ginés: «Prepare una carta graciosa sobre Plasencia y su Colegio, festividad, naranjos, gazpachos, etc.»
   A veces llegaba a impacientarse y reprender: «Pero ¿cuándo sale el «Correo»? Entre otros, usted será responsable ante Jesús de la gloria que puede darle la publicación». Y a don Andrés: «Girona, que acaba de recibir carta de Roma, está contento de Serrano. Yo no lo estoy tanto, pues me pregunta usted cuándo sale el «Correo». Y ¿me lo pregunta el literato de la Obra?... Yo lo deseo, y San José sabe mi buena intención. Los Operarios responderán ante Dios de que no se haga. Creo que no podrá salir en mucho tiempo y eso que yo he dado trabajos propios para medio número».
   « T-asseguro !-dice a don Benjamín, alabándole una composición-. Y usted ¿no consagra media hora cada día a escribir tipos de colegiales? Gracias a Dios que ha sabido comprender el tono de los escritos del futuro «Correo» en las Variedades. No obstante, no se limite a querer pintar tipos reales, sino verosímiles... No los cargue tanto de colorido». «Se han recibido sus trabajos-escribe a Serrano-. Menos mal esta vez. No obstante, si no hubiera de mortificarle con mi continua pesadez, todavía le diría que puede hacerlo mejor... Empieza a entender el tono, y haga Jesús que lo encuentre y sostenga; y lo sostendrá, si no va de prisa y aprovecha los momentos de inspiración cada día. Permítame usted que le diga que no debe acostumbrarse a escribir de primera intención, como los médicos las curas repentinas. Aunque debe aprovechar los momentos de inspiración, no debe hacerlo para salir del paso, sino con entusiasmo, y luego aun dejar dormir lo escrito y repasarlo manu diurna et nocturna, retocando las cláusulas, etc... Ejemplo puede darle nuestro Girona, que corta, añade, borra, corrige, hasta que la cláusula está encajonada como él quiere. De otro modo, así como no predicará nunca bien, se expondrá a no escribir bien. Y en cuanto al «Correo Josefino», debe, en mi concepto, para tener interés constante, tener una. salsa agradable aun en los artículos de fondo; mucha sal en las relaciones o correspondencias, ingenio en la parte recreativa y novedad y delicadeza en los hechos edificantes». A don Esteban: «Dice que no está recogido. Si quiere usted un consejo, no se ponga a escribir sino en los momentos en que se sienta en disposición de ánimo y corazón. Yo sólo tengo dos ratos al día, si quiero escribir algo que necesite atención: de once a doce de la mañana, y un rato después de rezar, por la tarde. Aproveche, pues, sólo los ratos que sean más propios, después de pensadas las ideas. Dubois nos aconseja que cuando no están la cabeza y el corazón a tono, que dejemos la pluma y no la cojamos hasta que venga la inspiración. Hágalo así y aproveche sólo los momentos de filis, y cortito, y le irá bien y con poco trabajo».
   A un avispado colegial de Valencia, hoy distinguido literato, que comenzaba ya a emborronar cuartillas, dióle Don Manuel este atinado consejo: «Acostúmbrate a escribir corto, ameno y devoto. Si eres corto, no se aburrirá el lector; si ameno, recordará lo leído; si devoto, sacará provecho de la lectura». «Diga a Solé-encargaba a don Benjamín Miñana-que con reserva arregle unos versitos en obsequio de Monseñor Merry, aunque le hayan de mortificar a éste, y saldrán en el primer número. La idea podrá ser el Ángel guardando el paraíso para que no lo profanase la planta del hombre pecador; o bien, el Ángel de Tobías, con algunos episodios de la vida de éste... Y luego, otro paraíso que entraba en los designios de Dios, que quería librarlo de contratiempos y asechanzas; y necesitando un Ángel, Dios le buscó y le colocó a la puerta. Este paraíso es el Colegio de Roma. ¿Queréis saber cómo se llama este Ángel?-Rafael Merry del Val-. Según sea el verso, y de no ofenderle, se publicaría».
   Al cabo, quiso Dios coronar el entusiasmo y los perseverantes esfuerzos, que iban cada día in crescendo, de Don Manuel. El día 1.º de enero de 1897, salió a la luz pública la flamante revista mensual el «Correo Interior Josefino de los Colegios de Vocaciones Eclesiásticas de San José», esmeradamente editada en Tortosa por el impresor P. Biarnés, la cual comenzó a revolotear alegre y ufana por los Colegios, despertando en sus alumnos la curiosidad primero, y el cariño después y afición ardorosa e indeficiente. No quiso ceder a nadie Don Manuel el honor de presentarla al público, y en el artículo de fondo, por él mismo redactado, aunque sin poner al pie su firma, declaraba cuáles eran los objetos que se proponía la nueva publicación:
   «El «Correo» -decía -se brinda a poner en fraternal comunicación a los colegiales de San José, a fomentar su mutuo estímulo en la piedad y en las letras, a proporcionarles expansión grata y honesta; y, de un modo principal, a servirles de palenque donde puedan adiestrarse en las lides literarias, vertiendo en composiciones fáciles y amenas el rico tesoro de nobles ideas y levantados sentimientos que ardan en su pecho. Gran honra será también para el «Correo» poder consignar en sus columnas las obras de celo que, bajo la dirección de sus Superiores, puedan promover los colegiales... Daremos cabida también, si el espacio lo permite, a una crónica general de las noticias más importantes sobre el estado de la Iglesia y de las obras católicas, no sólo para congratularnos de sus triunfos o depositar sus necesidades a los pies de Jesús en el Sagrario, sino también para estar al corriente de lo que pasa en el mundo católico, ya que la disciplina de los Colegios no permite la lectura de otras publicaciones».
   Desde aquella ya remota fecha, ha venido realizando a maravilla el «Correo», con vida cada vez más próspera, los altos fines que Don Manuel le señaló al fundarlo. Humilde y desconocido casi, en el estadio de la prensa, ha sido, sin embargo, como se propuso su fundador, verdadera palestra donde comenzaron a ejercitar su pluma y formar su personalidad literaria una pléyade de jóvenes escolares, que son, a la hora presente, prez y orgullo de la más alta jerarquía eclesiástica, de las bellas letras y de la oratoria sagrada en nuestra patria. Como brillante demostración de lo que acabamos de decir, bastará recordar aquí los nombres de algunos, no todos, de los que han sido, en diversas épocas, asiduos y fervientes colaboradores del «Correo»: Leopoldo Eijo Garay, Juan Bautista Lluis Pérez, Enrique Pla y Deniel, Ángel Regueras López, Antonio García, José Solé y Mercadé, Maximiliano Arboleya, Enrique Vázquez Camarasa, Pedro Alcántara Hernández, Agustín Rodríguez, Rogelio Chillida, José María Bover, Alfonso Torres, Antonio Reyes Huertas y tantos otros.
   Las páginas del «Correo Interior Josefino» viéronse muchas veces honradas con la altísima colaboración del Eminentísimo señor Cardenal Vives, oculto tras el pseudónimo de «José María», que suscitó tantas intrigadoras curiosidades, como legítimas admiraciones. También honró las páginas del «Correo», publicando en ellas, por vez primera, buen número de sus más inspiradas poesías, el insigne vate cristiano José María Gabriel y Galán.

***

   El 27 de enero de 1897 sufrió la Hermandad la pérdida del más prestigioso miembro de la misma con la muerte del ilustrísimo señor doctor don José María Caparrós, Obispo de Sigüenza. Había nacido en Cehegín (Murcia), el 21 de septiembre de 1838. Estudiante distinguidísimo y catedrático, después, del Seminario de San Fulgencio, de Murcia, donde explicó gran número de asignaturas, Doctor en Teología y Derecho Canónico por la Universidad Pontificia de Toledo, presbítero en 1862, Cura de almas en diversos pueblos de su diócesis, y párroco de Cehegín casi veinticinco años, canónigo y Arcipreste más tarde de la Catedral de Madrid durante once, su celo, su caridad, sus limosnas y su prudencia fueron siempre extraordinarias. En Madrid ejerció, además, el cargo de Capellán-Rector de la iglesia de Santa María Magdalena, con facultades para proponer la reforma de los estatutos de la misma. En 1888 se le encomendó la reorganización del Centro Eucarístico, del que fue Superior eclesiástico, y Director de la Confraternidad de Sacerdotes adoradores y de la «Hermandad de la Oración Nacional por el restablecimiento de la Unidad Católica en España». Tomó parte principalísima en la organización de los Congresos Católicos Nacionales, y fue Ponente en los de Zaragoza, Sevilla, Valencia y Tarragona.
   El 29 de octubre de 1890, hallándose en Madrid Don Manuel dando los primeros pasos en la fundación del Colegio de Roma, visitó, con don Vicente Vidal, a don Francisco Medina, capellán de la iglesia de Montserrat en Roma, y que había de acompañarlos allá. Al partir para Zaragoza, fue a la estación el señor Caparrós para despedir al señor Medina, a quien protegía y que se hospedaba en Madrid en su casa-iglesia de Santa Magdalena, y entonces le conoció Don Manuel por vez primera. Este conocimiento trocóse luego en fervorosa e íntima amistad en la Ciudad Eterna, cuando fue a ella el señor Caparrós, con el marqués de Pidal, en calidad de Asesor de la Embajada cerca del Vaticano, en orden a la reforma del Establecimiento Nacional Español de la Obra Pía en Roma.
   El 12 de agosto de 1892 consagróse a la Hermandad el señor Caparrós en Valencia. Propuesto en noviembre de aquel año para el obispado de Zamora, aconsejóle Don Manuel que no aceptase. En cambio, hízole admitir más tarde el de Sigüenza, y asistió él mismo a su consagración, efectuada el 2 de agosto de 1896 en el Real Seminario Colegio de Padres Dominicos de Vergara. El 8 de septiembre entró solemnemente el ilustrísimo señor Caparrós en la capital de su diócesis. Brevísimo había de ser su pontificado. En noviembre quebrantóse seriamente su salud, y habiéndole recomendado los médicos un clima templado, se trasladó al Santuario de Nuestra Señora de la Luz, a una legua de Murcia, a donde llegó el 17 de enero 1897. El 25 tuvo que ir allá Don Manuel precipitadamente, pues se había agravado el enfermo. Llegó el 26 y conferenció largamente con él. A las dos y media de la tarde del día 27, entregaba el señor Caparrós su alma al Señor en santa paz. Murió pobrísimo. El 3 de diciembre había escrito Don Manuel: «¡Pobre don José María! Si Jesús se lo lleva, no creo tenga para el entierro». No se equivocaba.
   El 2 de febrero daba cuenta a don Esteban Ginés de su triste viaje, en estos términos: «El lunes, 25, a las once y media, recibí el telegrama de la gravedad del señor Caparrós. Pude coger el tren de las doce. En Valencia no hice más que pasar de un tren al otro. El 26, a las diez de la mañana, llegaba a la estación de Murcia. Sin ir al Colegio, llegué al ermitorio de la Luz. Dije misa a las doce allí. Conferencié con el enfermo. La noche siguiente no quisieron que el Padre Director de los Operarios dejara al enfermo, y tuve que asistirle. A la madrugada le dije misa ante su cama, a las cuatro. Le comulgué otra vez, y a las dos y media de la tarde del 27 expiró y le cerré los ojos. El 28 fueron los funerales y entierro. Le depositamos a los pies de la Virgen de la Luz. No pudo ser trasladado a Sigüenza, ni siquiera a la Catedral de Murcia, por falta de fondos. Mejor estará allí, en la Luz. Me ha dejado heredero... pero de deudas. No tenía un céntimo y sí varias deudas. Por no dejar mal su memoria, he aceptado, y se tendrá que pagar todo. No tiene ni un pectoral, ni una mitra y sólo un anillo sencillo. Nos amaba muchísimo. No pensaba más que en la Hermandad y sólo de ella hablaba».
   «Tuvimos el consuelo-escribía en otra parte-de presenciar su santa muerte, y creemos, piadosamente pensando, que el Señor habrá premiado ya las virtudes de su siervo. La resignación con que soportó su enfermedad, la conformidad con que hacía repetidas veces ofrecimiento de su vida a Dios, el fervor con que repetía las jaculatorias de los sacerdotes que le auxiliaban, conmovía a todos los presentes, haciéndoles derramar lágrimas. Hasta el último día pudo recibir la Comunión y oír la santa Misa, y expiró repitiendo las jaculatorias eucarísticas a que tan aficionado fue siempre: pues la devoción al Sacramento fue su predilecta devoción. Murió como el justo: según había vivido». El 30 de enero decía a sus colegiales de Murcia: « ... Un anuncio fatal me obligó a venir precipitadamente. Un amado hijo de nuestra Obra, un distinguido Operario, deseaba verme para que recibiera su último suspiro. Y el Señor nos concedió a él y a mí esta gracia, y allí, en aquel solitario Santuario, acaba de perder la vida el que era nuestra gloria y nuestra esperanza. Otro consuelo fue el haber podido colocar su cuerpo bajo el manto de la Virgen de la Luz, para que sea su amparo. ¡Que la luz eterna haya brillado para aquella alma que acaba de cerrar sus ojos a la luz de esta vida miserable! ¡Que la memoria de este Superior vuestro no se borre de vuestros corazones! ¡Que aquel Santuario os recuerde constantemente que allí están encerradas las cenizas de vuestro Padre y vuestro bienhechor! ... » Sobre la tumba del ilustrísimo señor Caparrós se grabó este pensamiento, tan sobrio como verdadero:

Omnia sua pauperibus largiens
Pauper vixit, pauper mortuus, pauperrime sepultus
Sit dives in suprema felicitate.

   Don Manuel, siempre agradecido y fiel al cariño de sus amigos, aun después de fallecidos, visitó la tumba del ilustrísimo señor Caparrós, en un viaje a Murcia, el 26 de abril de 1904, para ofrendarle sus oraciones.
   Los acaecimientos, por adversos y tristes que fueran, no abatían el ánimo de Don Manuel ni le restaban bríos para la acción. El 14 de marzo de 1897, decía a sus Operarios: «Rueguen todos a San José para que bendiga todas las líneas que bullen en mi joven cerebro, si son voluntad de Dios».

***

   En el verano de aquel año iba a ensancharse la esfera de influencia de la Hermandad, tomando un rumbo nuevo con la dirección de Seminarios. Ya en 1894 le había ofrecido la del suyo el Arzobispo de Granada. Rehusóla Don Manuel en aquella ocasión, alegando escasez de personal. Ahora partió la iniciativa de otro ofrecimiento semejante del Prelado de Astorga, ilustrísimo señor Alonso Salgado, que había conocido y tratado a Don Manuel durante el Congreso Católico de Tarragona en casa del amigo de ambos, el doctor Corominas. Concibió el señor Obispo el pensamiento de entregar a la Hermandad su Seminario, y el 28 de julio de 1897 se lo propuso a Don Manuel por conducto del Director del Colegio de Burgos. Desde Benicasim contestaba Don Manuel el 7 de agosto:
   «Muy respetable Prelado y amadísimo Padre: El Operario que está al frente de las obras del Colegio en Burgos me ha enviado la carta de V. E. Inútil es manifestarle la complacencia que nos ha causado esa manifestación de afecto y de inmerecida confianza de V. E. hacia nosotros y nuestra humilde Obra. No es contra nuestra Institución, sino muy conforme a ella, el aceptar el régimen, religioso, moral y disciplinar de los Seminarios, si bien el primordial es el del fomento, sostenimiento y cuidado de las vocaciones eclesiásticas de los alumnos que necesiten nuestra cooperación, y formados en Colegios, recibiendo la enseñanza que se da en los Seminarios. Por ello, de buen grado aceptaríamos desde luego la invitación de V. E., y con mucha más razón teniendo la probabilidad, aunque no fuese en grande escala, de Colegio de Vocaciones para los alumnos externos que hay en ésa; pero estamos comprometidos con la invitación que se nos ha hecho para la dirección de otro Seminario, en cuya diócesis tenemos Colegio ya, y cuya resolución definitiva depende de una circunstancia, que no está en la mano de la persona que nos ha hecho el ofrecimiento el apresurarla.
   Si viniera este compromiso, no podríamos, por el momento, aceptar las indicaciones de V. B., por tener muy justo todavía el personal, y tendríamos que aplazarlo un poco en este caso. De todos modos, es fácil que por septiembre tenga yo que ir a Burgos, y como quiera que se trata de un asunto trascendental para V. E. y que no conviene apresurar, si a V. E. pareciera oportuno, iría yo a ésa unas horas solamente, y sin necesidad de que nadie supiera el objeto de mi visita, y de palabra, podría manifestar a V. E. qué cooperación nuestra puede convenir a los deseos de V. E. para el bien de esa diócesis, cuando aquélla pudiera tener lugar. Si no fuese yo a Burgos, escribiría a V. E. o iría a esa uno de los nuestros ... » Por cartas se fueron entendiendo.
   No dio este importante paso Don Manuel sin haberlo primero meditado mucho y sin sentir preocupaciones antes y después. En agosto de 1898 decía a sus Operarios en la reunión de Valencia: «Las gracias que el Señor nos ha hecho durante este último año, y que nunca podremos agradecer bastante, en lugar de causarme la fruición, gozo y entusiasmo que experimentaba en los años anteriores, me infunden más bien espanto y temor: y temo por vosotros y por mí. La Obra del fomento de vocaciones eclesiásticas era un objeto nuestro, el que nos ha caracterizado. En nuestras manos ha alcanzado tal incremento este objeto, que las proporciones que ha tomado no pueden menos que intimidarnos. Más de una vez he expuesto aquí que la formación del clero es lo que podríamos llamar la llave de la cosecha en todos los campos de la gloria de Dios... Por una admirable Providencia, parece que somos nosotros los llamados a esta Obra en los Seminarios. ¿No es para espantar esta misión y la responsabilidad de esta formación del clero? ¿Estaremos a la altura de la piedad, de la ciencia, y aun de la cultura que serán indispensables? Mi intento, primero, y mi ambición en la Obra, era multiplicar las vocaciones en vista de la falta de personal, y desde luego formar a los alumnos en mejor piedad de la en que se formaban en la época de mis estudios, y ayudarles con medios materiales. Y este carácter benéfico y los medios adoptados, no sólo me colmaban de gozo, sino que, en mi presunción, la empresa tal vez me parece facilísima y hasta de vida holgada y de consuelos espirituales y aun humanos. Pero desde que Jesús nos muestra que quiere confiarnos el porvenir de toda la juventud eclesiástica me entra el temor, que no me causaba la empresa con aquel primer carácter humilde y benéfico. Y, aunque siempre deseé, aun entonces, que todos los que formaran parte de esta Obra fueran en su mayor parte graduados o de sólida instrucción, con todo, si hubiera previsto que eran mayores los designios de Dios sobre nuestra Obra, hubiera fluctuado en la empresa, o me hubiera ocurrido formarla con otras bases que el simple carácter benéfico con que se nos presentó. Y, sin duda, debió ser así, y de otro modo tal vez no se hubiera logrado ... »
   En la reunión de 1902, discurriendo sobre el mismo tema, les decía: «Así, estábamos tranquilos en nuestras tiendas josefinas, para desde ellas ir promoviendo los intereses de Jesús en las diócesis. Y, aunque de momento no nos hubiéramos extendido con mucha rapidez, al menos como la de los primeros años, porque la tranquilidad relativa de España en los últimos normalizó la suerte de los Seminarios, y no se sentía tanto la necesidad de fomento de vocaciones, con todo, alguno que otro Colegio sí que hubiéramos logrado, y con ello nos hubiéramos podido dedicar con más desahogo a la formación de los nuestros, y prepararnos mejor para cuando volviese aquella necesidad, que no dejará de venir, según como se presentan los tiempos, y se hará preciso aquel nuestro objeto primordial, e indispensable... Pero el Señor nos quería para mayores sacrificios, fatigas y aun peligros, y nos abrió, otros campos afines; y nuestra santa ambición se cegó con ellos, si bien con algún mayor temor y recelo; que no se abarcaron sino después de haberse discutido mucho y obtenido el consentimiento, de todos... No digo que no haya crecido con esto la importancia de la Obra y que puedan ser más trascendentales los resultados para la gloria de Dios. Pero lo que sin duda digo, es que esto da temor; que todo esto exige condiciones mayores que las que exigía nuestro anterior modo de ser... Ahora que veo más la trascendencia, importancia, resultados..., casi me acobardaría, si n(> fuera que Jesús lo hace todo. ¿No hay, pues, repito, motivos para temer? De mí sé deciros que siento menos fruición en los vuelos actuales de la Obra, que la que sentía al vernos solos en nuestros Colegios de San José, y voy aún con un corazón más abierto y dilatado a nuestros pobres Colegios que a los Seminarios ... »
   Se equivocaría ciertamente quien, al oír expresarse así a Don Manuel, y pensando sólo en la causa ocasional y primordial de los Colegios de San José, creyera que el Fundador de la Hermandad se preocupó únicamente de nutrir los Seminarios de alumnos pobres. No: deseaba y buscaba también a los hijos de familias acomodadas, y aún consideraba como selectas y más estimables de suyo esas vocaciones. Hablando de los seminaristas, decía a las señoras de Tortosa: «¡Ojalá fuesen de casas distinguidas! ¡Cuánta influencia ejercerían! Se fundó el Colegio de Tortosa, no sólo para los pobres, sino aun para los que están en buena posición ... »
   Y a los sacerdotes, estimulándolos a promover vocaciones: «Y si estas vocaciones fuesen de jóvenes a quienes sus familias pudieran costear la carrera y hasta conjurar la situación del porvenir, ¡cuánta no sería su satisfacción y la gloria que a Dios darían! ... »
   Por lo que toca al Seminario de Astorga, el 5 de septiembre se resolvió Don Manuel a aceptarlo, y al comenzar el curso de 1897 a 98, se hallaban ya los Operarios al frente del mismo.
   En 1898-del 2 al 6 de mayo-visitó Don Manuel por vez primera el Seminario asturicense, y decía a sus alumnos: «¡Yo fío mucho de los seminaristas de Astorga!...»

***

   En 1898 iban los Operarios a atravesar los mares para inaugurar su apostolado en la América española, en Méjico. Ya a primeros de año andaba vacilando Don Manuel ante las tentadoras invitaciones que se le hacían para plantar allí la bandera josefina. El 14 de febrero escribía a don Benjamín Miñana: «Estos chicos nuestros no pueden aguantarse, empezando por el grave don Elías, y quieren se vaya a América. Yo estoy espantado por la falta de personal, y se me cubre el corazón. Ventajas: el nombre para la Obra. Tomar posesión de un campo, tal vez vastísimo con el tiempo para los intereses de la máxima gloria de Dios... Pero ¿y el personal? Miro la tela... y no coge para tanto ... » Y el 8 de marzo: «Mucho me ilusiona la empresa de América por lo que oigo decir de la falta de clero allí ... »
   Había entablado relaciones en Roma con don Benjamín el Obispo de Chilapa, y le había propuesto que se encargasen los Operarios de su Seminario. «Nos están compro metiendo- escribía Don Manuel el 15 de marzo a un sacerdote amigo-para fundación de la Obra en Méjico. Temo que estos días venga de Roma el señor Obispo de Chilapa y nos obligue a aceptar y sentar bases, y no tendremos otro remedio que no oponernos a los designios de Dios».
   Y vino a Barcelona el Prelado mejicano, ilustrísimo señor don Ramón Ibarra, y el 1.º de abril acordaron las condiciones y se encargó la Hermandad del Seminario de Chilapa. El 29 de mayo decía Don Manuel:
   «La marcha de los llamados, escogidos y predestinados será a últimos de agosto». Retrasóse la fecha, y el 6 de noviembre, volvía a escribir: «El 25 de éste es el embarque, Jesús mediante, de nuestros apóstoles mejicanos. Van Bover, Salvador y Blay. Nadal, para la profesión, y Marín Piqueras, como auxiliar». Embarcaron aquel día en Barcelona, y allá fue Don Manuel a pasar con ellos los últimos días de su estancia en España y a regalarles, instalarlos en el vapor, con precauciones, consejos, mimos y cuidados de madre y darles su paternal bendición en el momento de partir.
   El 26, de regreso ya en Tortosa, decía: «He llegado esta madrugada. Ayer, a las tres de la tarde, di el despido en el vapor y abracé a nuestros excelentes Bover, Salvador y Blay, y a los dos buenos auxiliares Nadal y Piqueras. Animosísimos ellos, y nunca he tenido yo mayores emociones como al verlos tan alentados y bien dispuestos. No dejen de rezar todos los días un padrenuestro a San Rafael, Ángel de España y San José, pro peregrinantibus, hasta que lleguen allá». El 7 de enero de 1899 llegaron a Chilapa, y el 11 tomaron posesión de aquel Seminario don Sebastián Bover y don Carmelo Blay. Los otros se quedaron por entonces en la capital de Méjico, ejercitándose en varios ministerios libres.

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   En España, en octubre de 1898, se encargó la Hermandad del Seminario Central de Toledo. Había hecho ir a Don Manuel a esta ciudad, el 7 de julio, para manifestarle sus deseos a este respecto, el señor Cardenal Sancha. Del 5 al 8 de mayo de 1899, visitó oficialmente por vez primera Don Manuel aquella nueva Casa, y refiriéndose a una excursión por él realizada, como turista, a la imperial ciudad, el 10 de junio de 1897, decía a los seminaristas toledanos: «En vida aún del señor Monescillo, acompañado de uno de los nuestros, quise visitar esta histórica población. Desde lo alto de vuestro Alcázar, después de haber visitado la Catedral, San Juan de los Reyes, etc., etc., pude contemplar, en conjunto, la ciudad y sus alrededores y distinguí este edificio, colocado casi a la orilla del Tajo, y se me dijo ser el Seminario, y pedí al cielo una bendición para él, pero sin ningún presentimiento que me revelara el porvenir de este edificio con relación a nuestra Obra.
   No quiero decir que aquella mi bendición pudiera tener eficacia alguna, pero latió muy fuerte mi corazón y la recordé cuando a primeros de junio del año siguiente recibimos la invitación del Pastor de la diócesis... Y nos encontramos aquí, en esta diócesis Primada, conducidos por la mano de la Providencia, sin haber mediado indicación alguna por parte nuestra, y sólo con el deseo de no desviar los designios que Jesús tenga sobre nuestra Obra y sobre los intereses de su gloria ... »

CAPÍTULO XXXIV



Redactando las «Constituciones» de la Hermandad: El «Decretum laudis». -El Primer Capítulo General de la Hermandad

(1888-1898)



   Fundada y en marcha ya la Hermandad, obligada cosa parecía el que Don Manuel se apresurara a dar cabal y definitiva forma a las Constituciones de la misma y recabar para ellas las bendiciones y la aprobación de la Santa Sede.
   Resistíase, no obstante, a ejecutarlo así, juzgando preferible, para la vida sencilla y humilde de la Hermandad, que siguiera siendo gobernada, como venía siéndolo, con arreglo a los usos y costumbres en ella introducidos, bajo un régimen paternal. Resolvióse, al fin, a escribirlas, por virtud, sobre todo, del parecer y de los estímulos de don Vicente Vidal en este sentido.
   El 1.º de enero de 1888, celebró la primera misa de la interminable serie de las que había de aplicar, durante varios años, a intención del feliz éxito de tan trascendental empresa.
   En mayo del 89, refiriéndose a ella, excusábase con la Abadesa de Vinaroz de ir a predicar allá en aquel mes, porque «deseaba consagrarlo todo a un trabajo de la Hermandad, que necesita abstracción y recogimiento». Y el 4 de junio, vuelve a decirle: «En las oraciones al Corazón de Jesús en este mes, le pido no olviden mi negocio principal: el de la redacción de nuestras Reglas; que necesito mucha luz del cielo. Es asunto que me tiene ocupada la mente y el corazón».
   Según declarara después, en 1901, las famosas Bases y Reglas que había escrito en febrero de 1883 para presentarlas al P. Vigordán, «y que me parecieron -dice -una obra completa y suficiente, como lo fueron por muchos años para nuestro facilísimo gobierno», juzgaba ahora que debían ser retocadas y ampliado aquel "croquis, salido espontáneamente del corazón más que de la cabeza", para ser presentado al examen y aprobación de la Congregación de Obispos y Regulares. «No ignora usted-escribía a don Juan Calatayud, el 28 de abril de 1900-que las Constituciones, en su plan general, fueron obra de un par de horas, y que luego se explanaron en las primeras reuniones, poniendo todos la lengua y las manos, pues no se trataba más que de un Reglamento, ni se ambicionaba más que la aprobación episcopal, y no se pensó en informarnos ... » Al enviar las Bases de la Hermandad, el 5 de noviembre de 1889, al Obispo de Murcia para que las aprobara, le advertía: «Además de las Bases, está redactado el Reglamento interior (especie de Constituciones), que no elevaremos a aprobación ninguna hasta el 91, por querer sujetarlo antes a la experiencia práctica durante todo el próximo año».
   De las mencionadas Bases y Reglamento, hizo Don Manuel que don Juan Bautista Calatayud le sacara una copia y la llevara a don Vicente Vidal para que la estudiase y emitiera su parecer. Divulgadas luego otras entre los Operarios, con fecha de 1.º de junio de 1892, mandó Don Manuel a todos y cada uno de ellos tina Circular ordenándoles que en el término de dos meses le manifestaran qué juicio les merecía, post experimentum, el Reglamento o Directorio de la Hermandad. Las observaciones que cada cual hiciera serían sometidas a discusión y contraste en la próxima reunión anual de Valencia. En aquélla y en las de los siguientes años fue Don Manuel proponiendo y sometiendo al criterio y parecer de los Operarios algunos puntos particulares de las Constituciones, para tenerlo en cuenta al redactarlas de nuevo.
   El 1.º de febrero de 1894 decía a don Esteban Ginés: «Por falta de tiempo aun no he empezado la corrección de las Constituciones». Y el 15 a don Benjamín: «Deseo emprender en esta Cuaresma el arreglo definitivo de la Constituciones de los Operarios, y me coge temor, y oro y pido a Jesús y a todos los Santos Reparadores que guíen nuestra mano y nuestro espíritu; y quisiera que estuviéramos todos reunidos... Y..., en fin, enviaré una circular a todos. Quisiera poderlas presentar para la época de la Peregrinación145, examinándolas antes el Padre de la Gregoriana»146. «Encargó Don Manuel a sus Operarios que, durante el mes de marzo, rezasen tres padrenuestros cada día a la Sagrada Familia «para el logro-decía-del conveniente arreglo y subsiguiente aprobación papal de nuestras Bases».
   A primeros de aquel mes estaba ya «ultimando las Constituciones y el Directorio o Reglamento para presentarlo al examen del P. Bucceroni»; y el 16 escribía a don Benjamín: «Al felicitar por su santo al Cardenal Sanz y Forés, le daré un mal rato, pues le enviaré como regalo nuestras Constituciones, que hoy, al fin, he acabado de arreglar, para que las mire, las devuelva y pueda mandarlas ahí para el examen del P. Bucceroni. Son cortitas, pues no abrazan más que cinco Constituciones de cinco o seis parrafitos cada una. El Directorio irá añadido [adjuntado a ellas], pues así lo aconsejó el P. Bucceroni. No sé si se enfadará don Benito porque le quito lo del Prepósito y otros nombres que él quería, y le digo que no me los cambie». Y el 9 de abril: «Me dijo don Benito que las Constituciones estaban muy bien como las hemos puesto». Enviólas Don Manuel a Roma, donde quería que las examinara también el P. Llevaneras, y el 2 de septiembre escribía allá a don Andrés Serrano: «Que la aprobación esté para 1.º de enero de 1896 es todo mi desideratum. Jesús nos conceda el consuelo que le pido en este asunto».
   La tramitación del mismo hubo de resultar más larga que lo que Don Manuel imaginaba. Comenzaron las «animadversiones» y retoques del P. Bucceroni, de don Esteban Ginés, don José García, don Benjamín Miñana, don Juan Calatayud y don Andrés Serrano. El 2 de abril de 1895, refiriéndose a esta labor pluripersonal de examen, redacción y acoplamiento, decía Don Manuel a Serrano: «Reglamento.-No sé cuándo lo dejaré listo con toda la tranquilidad de mi corazón. No he introducido ninguna innovación, y nada me satisface tanto como lo puesto en la primera impresión, y toda supresión o cambio me atormenta, y hasta las palabras impropias y antigramaticales me repugna alterarlas, porque no hay apenas ninguna otra que me exprese mejor, para mí, que la que he escrito; y hay pocas palabras, o al menos, poquísimos párrafos, que no haya querido expresar algo en mi mente, hasta una coma,- y no quisiera que estuviesen más que así, al menos las tres primeras constituciones de fin, naturaleza y objetos, y gobierno147. Más, las observaciones que me han hecho, al tener que ser examinadas y luego leídas por todos con el tiempo, hieren mi amor propio, y lucho y sufro por cualquier alteración que tenga que verificarse en la redacción, por insignificante que sea. Ha habido párrafo que me han dicho que estaba menos claro, y he estado dos horas encima de él para variarlo, y nada me lo aclaraba tan bien como el modo como estaba. Creo que lo dejaré así, aunque los literatos lo reprueban, y así ha de ser. Estoy resuelto ya, y sólo la redacción de tres o cuatro párrafos he sujetado a don José García, y una vez terminado, puedo decir que está hecho ya, y haré escribir un borrador original y luego un par de copias para ahí y para los Obispos. Deseo vivamente la aprobación, pero no sé cuándo podrá ser presentado. La duda principal que me ha agitado estos días ha sido la de si poner más en las Constituciones que en el Reglamento o Manual, y, al fin, me he inclinado a poner más en éste que en las Constituciones».
   Larga, escrupulosa e incansablemente trabajó Don Manuel en la redacción de ellas. Pesaba y meditaba cada una de las palabras. Escribía un sin fin de veces el mismo párrafo, hasta dar con la fórmula que exacta y fielmente reflejara su pensamiento. Entregábalo después al examen de sus colaboradores, y si le parecía mejor que la suya propia alguna que ellos propusieran, o sólo con dudarlo, escribía humildemente al margen: «Sea como usted pone». En cambio, cuando juzgaba más acertada su propia redacción, no transigía en aceptar otra. Uno de los consultores de oficio, de Roma, acotaba uno de los puntos de las Constituciones con estas palabras: «La nota característica del P. Sol de condensar muchas ideas en un solo párrafo, no tiene enmienda ni arrepentimiento: pero aquí no lo hace ... »
   Otra característica, por lo que toca al estilo, quería Don Manuel que resplandeciese en sus Constituciones. Hablaba de ello desde Roma, en carta de mayo de 1891: «En cuanto a redacción de Bases -dice-celebro mucho la buena lima de usted, y tijera, que por cierto nos faltaba, pues no tenía yo más que una de confianza, y que la agradecía de corazón, la del reverendo Pallarés, al cual, como usted comprenderá, no podía yo confiarle ciertos escritos de interés de la Obra, pero que me era de suma confianza en los demás por lo inexorable, que es lo que se requiere. A éste sólo le faltaba, en la redacción de ciertos articulados, el tinte o baño pío que han de tener nuestros humildes escritos, tan diferentes de todos los otros oficinistas148, por más que sean correctos, y que no hemos de olvidar, sin faltar a la exactitud gramatical. Este instinto es el que ha hecho aparecer, en muchas ocasiones, confusos ciertos artículos, y que me es violento tocar. Haré, pues, una elección, y cuando nos veamos le diré la razón de la mayor parte de las expresiones, que a pesar de ello, suprimiré, porque, como dice usted muy bien, lo han de ver todos».
   Al presentar las Constituciones a la Congregación de Roma, no aspiraba Don Manuel a otra cosa que a una pura y simple aprobación de la Hermandad por parte de la Santa Sede. No pretendía, en modo alguno, que se la declarase Congregación religiosa. Ni lo quería. El 26 de agosto de 1896, escribiendo a don Benjamín Miñana, se expresaba en estos categóricos términos: «Como no tenemos, ni queremos tener nunca el voto de pobreza, no creo se apruebe como Instituto religioso, si bien los de San Felipe Neri no tienen ni voto de pobreza ni de obediencia rigurosa, y es Instituto aprobado, y no tienen Constituciones, sino las costumbres establecidas. Por esto, pongo en la solicitud la aprobación y gracias que Su Santidad crea deber conceder. Ha de ser, pues, el Decretum laudis... En las «Constituciones» de don Benito149 no va el título, porque suspendió el ponerlo, porque él quisiera que se pusiera tan sólo «Operarios Diocesanos del Corazón de Jesús». A mí no me viene bien; pues, aunque «Operarios Diocesanos del Corazón de Jesús» expresa completamente la idea exterior de sacerdotes que operan en las diócesis, y añadir «Reparadores» es más largo y supone dos ideas, sin embargo, en este segundo se expresa no sólo la tarea exterior diocesana, sino el espíritu interior, que deseo que no sólo vivifique, sino que sea un carácter permanente, visible, y que se incruste en los Operarios, que han de hacerlo todo por espíritu de reparación a Jesús Sacramentado, y procuro hacer ver, además, el amor de Este, pues tengo confianza de que Jesús nos llama para obras muy visibles respecto a la propagación de su Amor Sacramentado. Por esto, yo no lo suprimiría, aunque sea más largo, y casi, en caso de tenerse que suprimir, no sé si preferiría sólo: «Sacerdotes Operarios Diocesanos», sin nada más, y luego, en nuestro Reglamento, explanar ese espíritu de reparación, que deseo se nombre en todos nuestros sermones, escritos, etc., etc.»150.
   En otra ocasión tornaba a decir al mismo don Benjamín: «No conoce el novel censor bastante prácticamente las Instituciones modernas, que cada día van limitando el ejercicio del voto de pobreza.... y tardará en convencerse de que no tratamos de ser más que una «Pía Unión Sacerdotal», con la menos cantidad posible de Congregación religiosa. Lo demás es ir contra la índole de nuestra Institución; y así, aut sint ut sunt, aut non sint. No estamos para votos de pobreza, que muchas veces se convierten en un simulacro... Mejor es el espíritu, si no ha de ser bien cumplido el voto. Y tengo la convicción de que cumpliremos mejor nosotros la pobreza y desprendimiento, atendida la índole de nuestra Obra, sin voto, que no el día que nos entrase el voto, que nos excitaría a tener todo lo posible y nos llenaría de continuos escrúpulos ... »
   El 22 de junio de 1894 se expresaba así: «Bases. Mucho sentiríamos que no pudieran merecer la aprobación las Constituciones por la falta del voto de pobreza, que no debe existir en los individuos de nuestra Hermandad, puesto que este pensamiento no precedió, ni presidió, ni acompañó a la idea de la Obra, que no debía ser sino «Pía Unión de sacerdotes seculares», unidos con el vínculo de la caridad y de una dirección común, para promover, libres de todos otros cargos, los intereses de máxima gloria de Jesús en las diócesis. Más aún: la Hermandad no sólo no es una orden religiosa, sino que aun conviene que no aparezca a los ojos de los demás como Congregación religiosa siquiera... Nuestra comunicación constante y continua ha de ser con el clero, y ustedes saben que hasta el presente hemos aparecido como meros sacerdotes seculares, que nos hemos dedicado espontáneamente a las tareas de los Colegios y demás, y casi ignoran por completo el fuerte lazo de conciencia en nuestra santa obediencia. Somos, pues, la clase media sacerdotal, o sea, el intermedio entre los religiosos y los sacerdotes individuales, aislados, y así, a lo más, hemos de figurar. El objeto de obtener la aprobación de la Santa Sede es casi tan sólo para presentarnos ante algún Obispo con el sello de la aprobación pontificia, más bien que para la eficacia de los votos. Por otra parte, el voto de pobreza no es necesario, ni conveniente siquiera, a la Hermandad, para obtener los resultados legales. Las limosnas que han de venir a la Hermandad, no se harán a ésta, sino a los Colegios, que serán la única obra ostensible, y con carácter de beneficencia a los ojos de la piedad de los fieles. Y si alguna persona debiera, acaso, ofrecer a la Hermandad, será siempre por indicación de algún Operario, y en este caso ya se le diría el modo de hacerlo, no al Ente, que no debe existir legalmente, sino a los individuos, del modo que se les significaría. Los Colegios sí que pueden tener carácter de Entes. Prescindo, además, de los engorros que ofrecen las leyes, que obligan continuamente a obtener «venias» de la Santa Sede para ejercer los actos de propiedad los individuos de los Institutos religiosos. No conviene, tampoco, el voto de pobreza a los individuos de nuestra Hermandad, atendido nuestro modo de ser y nuestra vida individual y de correrías frecuentes. Y hay, además, varias ventajas para ellos y para la Hermandad.
   1.ª Es seguro que aportarán generalmente los Operarios todos sus intereses a la Hermandad, conservando no sólo la propiedad radical, sino la administración y la inversión de sus bienes o usufructos. La experiencia nos lo enseña y es natural. 2.ª Deben tener la propiedad y derecho a su usufructo y uso, que servirá como motivo para continuar con tranquilidad y con agrado en la Hermandad. La experiencia nos lo dice ya. 3.ª La necesidad en que se verán los individuos de la Hermandad de ciertas munificencias en sus frecuentes excursiones y estancias en los pueblos, etc., etc., et multos locupletantes, lo cual les engendraría ataduras y escrúpulos continuos... 4.ª Como la Hermandad no tendrá nunca Centros numerosos de Operarios, pues siempre serán pocos éstos en cada punto, y su trabajo y su vida y ocupaciones serán bastante individuales e independientes, y les faltará el cuidado y vigilancia que otros Institutos tienen para ver las necesidades y atenciones de sus individuos, éstas tendrán que ser remediadas y socorridas por sí mismos, y, por lo tanto, germen de muchas dudas y temores, sobre todo en sus usos y costumbres que no son necesidades... A no ser que mediasen amplitudes en esta materia, que convertirían la pobreza en una mera fórmula, y para ello mejor es tener el espíritu y la práctica constante de actos de pobreza que no el voto, si bien en sí mismo sea más meritorio... Sobre esto, y sobre el efecto que me hacen muchos individuos, aun de las Ordenes mendicantes, tendría mucho que disertar... 5.ª y principal: que no se ha entrado en la Hermandad con esta idea, y va bien, y es lo que más gozo da en los nuestros el desprendimiento, abstinencia, desasimiento y desvalijamiento de casi todos en lo que atañe a sus personas, ambiciones y comodidades... Conviene, pues, que el P. Bucceroni nos busque un portillo por donde pueda entrar la aprobación de nuestras Constituciones (que hasta en el nombre quisiera mejor Bases y Reglamento), a fin de que no se toque esta base esencial... Me decía usted en la suya que, al recordar al P. Bucceroni lo de la Congregación de San Felipe Neri, contestó que no tenía más que nombre de Congregación. Nosotros no quisiéramos, precisamente, ni el nombre, y nos contentaríamos con la aprobación que ellos tienen, pues nosotros tenemos el voto de obediencia, y por lo tanto, tiene más condiciones de Congregación todavía lo nuestro. Si de ningún modo pudiera lograrse la aprobación canónica de nuestra Asociación o Pía Unión con los derechos de Congregación, me ha ocurrido, como caso extremo, un medio, aunque, si fuese posible, no quisiera apelar a él: aceptar la Tercera Regla de San Francisco como base, v. g. Pero apareceríamos ya con carácter más religioso, y es lo que no debe ostentar nuestra Hermandad, aunque en espíritu debamos ser más que Orden religiosa».
   Tan firme estaba Don Manuel en estas ideas y tan fijas quería que lo estuviesen en sus hijos, que no se cansaba de insistir en el tema. «No hemos de ser religiosos- decía a los Operarios en una de las reuniones de Valencia-pero sí parecerlo; o al revés: no hemos de parecer religiosos, pero sí serlo... En la clase sacerdotal hemos de ser la aristocracia de ella en la virtud, comportamiento y trato social... Si por cortar ciertas contradicciones, tuviéramos que perder nuestro carácter secular, y tuvieran que imponerse a la Obra los votos y las trabas que muchas veces se imponen a otros Institutos, y que les atan las manos para muchas cosas materiales, creo que en bien de la Obra debemos estar contentos en nuestra humildad y carácter libre. Que no necesitamos, no, ciertas ataduras. Recuerdo que recién ordenado visité tímidamente con otro sacerdote respetable, a unas Hermanas dedicadas a la Beneficencia, y la conversación recayó sobre su vida tan exterior y sus ocupaciones, y si tenían ellas votos solemnes y de clausura. «¿Para qué estas ataduras?», contestó resueltamente la joven religiosa. Y señalando con su dedo un crucifijo que había en el recibidor, dijo: «Allí tengo todos los votos y todas las ataduras. Por Él vine y por Él continúo y continuaré. Que si esa atadura no me detuviere ahora aquí o en otra parte, poco miedo me harían las otras».
   Y ciertamente, que no necesitamos, no, ciertas ligaduras: el espíritu es el que vivifica... Me repugna otro modo de ser que el de una vida decorosamente sacerdotal... y tendría que hacer actos heroicos de conformidad a la voluntad de Dios, si El exigiera que tuviéramos otro modo de ser. Por eso, la casi única razón de desear la aprobación de las Constituciones y el temer tanto una negativa, era por poder adquirir esta seguridad de que no andamos equivocados; que es camino, seguro y el que a nosotros nos conviene... No debe cambiar, porque tiene muchas ventajas. Y hasta conviene quitar el Padre y el O.D.151. Bastante escarmiento tenemos de que nos llaman frailes. Y esta fisonomía, puramente sacerdotal pero santa, la hemos de ir sosteniendo, que no se desfigure; tal vez convenga afirmarla hasta exteriormente en nuestras fórmulas y puede que debamos eliminar el dictado de Padres fuera de las regiones en que lo dan a todos, y aun en éstas añadir el Don después de ciertas formas de orden religioso, y aun dejar el O. D. abreviado que se indica en algunas de nuestras correspondencias, sin necesidad por esto de dejar siempre el de Operario, que no indica particularidad ninguna, sino más bien diversos ministerios sacerdotales. Todo para que no se acentúe el carácter religioso ante el concepto público, por más que el espíritu debemos tenerlo cada día más religioso. Nuestra Obra no es una religión estrecha, sino una Obra de libertad sacerdotal... Creo interpretar y leer en vuestro corazón, examinando el mío: vida de sacerdote piadoso, que quisiera trabajar según los instintos de su celo, en medio del mundo, bajo el consejo de un Director y sin deseos de cargos o empleos determinados... Es el espíritu que animó a San Alfonso María de Ligorio, San Felipe Neri, San Juan Kancio. Es la vida en que se ejercitó en gran parte el B. Juan de Ávila, el cual, temeroso de aquel aislamiento en su apostolado, empezó a rumiar la idea de una unión sacerdotal, que pudiera regar y cultivar los campos que él plantaba, y de la cual desistió al saber la fundación de la Compañía de Jesús. El instinto de nuestra Obra es el que agitaba y se revela en parte de las empresas del Venerable Holzauser... Es el que parece significarse, aunque más elementalmente, en la reciente Unión Apostólica ... »
   «El P. Fáber-decía Don Manuel-divide las clases piadosas: la aristocracia de la piedad, la clase media y la clase común de personas piadosas. Pues en la clase sacerdotal ocupamos la clase media: somos la clase media sacerdotal. No pertenecemos a la clase común de los sacerdotes que viven aislados en sus tareas o beneficios o parroquias en medio del mundo; ni tampoco exteriormente o visiblemente a la aristocracia, al sacerdocio apostólico, regular y penitente; si bien tenemos el mismo espíritu... Así lo exige, y ésta es la índole de nuestra Obra, porque este carácter exterior puramente sacerdotal nos pone en situación y en circunstancias de poder atender con más eficacia a los intereses de Dios en las parroquias; porque así evitamos las preocupaciones que en todos los tiempos el enemigo ha sugerido en general al clero secular respecto de los religiosos. Porque esta Obra está destinada a vivir con el sacerdocio y trabajar por medio del sacerdocio... No querer ser, pues, más que sacerdotes, y sacerdotes santos, y trabajar en cuanto se pudiere por la gloria de Dios y, a ser posible, en unión con otros. Los que no hubiesen experimentado estos sentimientos antes de terminar la carrera o de venir a la Hermandad; los que hubiesen experimentado el desea de un campo fijo y determinado, v. g., el de profesorado o carrera parroquial, o el deseo de la compañía inseparable de la familia a el de un Instituto religioso, que sigan por esos caminos, que pueden conducirlos suficientemente a la santificación, pues éstos carecerán del instinto indispensable para que les llene nuestra Obra».
   Abundando en estas ideas, escribía en julio de 1897, a uno de los alumnos de Roma: «Mi X...: Que el Santo nos le conserve sano y salvo y el año que viene podamos tenerle un Santo Doctor y apóstol... He puesto en el archivo de mis papeles un hermoso y bien escrito articulito, fruto de un corazón sincero, pero excesivamente apasionado por nuestra modesta Obra de la máxima gloria de Dios. Crea usted que lo guardaré, y tal vez tenga yo la tentación de leerlo en nuestra próxima reunión de Operarios, y creo que, a pesar de la gratitud que sentirán hacia el autor, y de que no podrán ser fácilmente destruidos los argumentos, no dejará de producir una protesta general. Bastante sensible es que en algunos puntos se les llame Padres ya. Y no conviene... Hay moros en la costa, por más que parezca inverosímil, y el nombre de religioso no se abre camino en ciertos campos, y debemos aparecer con el carácter puramente sacerdotal, por más religioso que sea nuestro Instituto; y hemos de apoderarnos, entrando por retaguardia, de tantos campos necesitados y cerrados a otros operarios de más valer que nosotros, y confiamos que entraremos en ellos y podremos hacer lo que otros no podrán hacer nunca, o a lo más, sólo de paso, y nosotros de un modo permanente; y seremos recibidos sin temor ni recelo, a pesar de la malicia que entrañarnos. Y la experiencia nos lo va enseñando. Y Jesús nos proporciona ocasiones de poder hacer bien a muchas almas, -a donde no puede llegar el riego de otras aguas. Estos mismos días me han enternecido las cartas de nuestros Operarios. Estamos promoviendo una limosna en todas las parroquias de Valencia, y seis parejas de los nuestros, asociados a ellos otros sacerdotes salidos de aquel Colegio, recorren algunas parroquias, inaccesibles a toda predicación forastera la mayor parte de ellas, y predican allí con pretexto de anunciar la limosna, y se ofrecen al ,confesonario; y como son los sacerdotes de San José, Superiores del alumno o alumnos, hijos de aquel pueblo, y les visitan las familias de éstos, y el Párroco quiere estar bien con ellos, etc., etc., no tiene recelos..., y ¡asómbrese!: en parroquias de cien vecinos, han tenido doscientas confesiones, pero buenas, buenas... Y esto no lo podrían hacer ni un Colegio de Misioneros en la capital, ni un Instituto religioso presentado como tal, pues ni son llamados en muchísimas parroquias, ni les dejan lugar, sino que procuran que se vayan después de cumplir con su sermón de fiesta, etc., etc. Así pues, desconociditos, sin carácter de religiosos, con el aspecto de compañeros y con la sonrisa de amigos, hemos de minar las parroquias y los Seminarios y las diócesis, sin infundirles miedo. ¿No lo cree? Pues se lo demostraré cuando nos veamos».
   «Quisiéramos misionar-decía a sus Operarios-, ir a Filipinas, cuidar parroquias, dirigir almas generosas, llevar monjas y frailes a los conventos, dar Ejercicios, etc. Y todo lo haremos. Como San Pablo, que guardaba las capas... Hemos de ser Patres patrum, Padres de los padres de almas y párrocos universales por medio de ellos».

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   El 1.º de agosto de 1898 expedía el Cardenal Serafín Vannutelli, Prefecto de la Sagrada Congregación de Obispos y Regulares, el «Decretum laudis», declarando que Su Santidad, en la audiencia que le concediera el 18 de julio, se había dignado alabar amplissimis verbis y recomendar la «Congregación de Sacerdotes Operarios Diocesanos del Sagrado Corazón de Jesús», fundada en Tortosa en 1883 por el «piadoso sacerdote Don Manuel Domingo y Sol».
   El 26 de julio escribía Don Manuel: «Valencia. Fiesta de mi abuelita y madre de mi Madre, Santa Ana. Hoy, cuatro de la tarde, recibo el telegrama del Decretum laudis. Aunque no me ha producido el gozo que en otra ocasión y circunstancias me hubiera vuelto loco, con todo, he ido silenciosamente a la capilla, y ante Jesús Sacramentado y la Virgen y nuestro San José y la Abuelita, les he dado gracias y prometido ser más bueno».

***

   El 12 de agosto se celebró en el Colegio de Valencia, en el salón de estudio del mismo, el «Primer Capítulo General» de la Hermandad. fue elegido por unanimidad Don Manuel Director General para los seis años siguientes, y Consiliarios don José García (al cual Don Manuel escogió para Vice-Director), don Francisco Osuna y don Elías Ferreres.
   En aquella que Don Manuel calificaba de «especial, especialísima y significativa reunión», congratulándose con sus Operarios, les decía: «Porque, ya lo sabéis, aquella sencilla idea de Unión Sacerdotal, germinada a los pies de Jesús Sacramentado en solitario templo, aquel grano de mostaza plantado y puesto bajo la protección de la Virgen y de San José en nuestra primera y humilde consagración allá en la silenciosa montaña del Desierto de las Palmas, aquella pequeña Obra aparecida sin pretensiones y sin el aparato y ruido que suele producir la aparición de otras Instituciones, casi imperceptible y tal vez desdeñada de las mira -das del mundo, y sólo comprendida por algunas almas de Dios y de intuición privilegiada, que se dignaron bendecirla, brotó luego, luego, como lozano arbusto, viéndose azotado por los vientos de las más inverosímiles contradicciones, hasta por parte de los príncipes del siglo, y se ve hoy casi árbol frondoso, y sus ramas se van extendiendo, y en ellas vienen a poner el nido de sus amores almas juveniles y sacerdotes de distinguido celo, deseosos de santificación en medio de los mismos peligros del mundo; y de esperar es que, si somos fieles y correspondemos a nuestra santidad sacerdotal y a los designios de Dios en nuestra especial vocación, de esperar es, digo, que a la sombra de este árbol nuestro se forme también la nueva generación sacerdotal que el mundo de hoy necesita, para que sea luchadora contra las huestes del Anticristo, cuyos días parecen anunciarse.
   Somos de ayer, hermanos míos, os podría decir yo como Tertuliano, aunque en muy limitado sentido; somos de ayer, y estamos a punto de llenarlo todo en el Santuario; somos de ayer, y los Prelados deponen sus recelos y nos bendicen y nos llaman y nos abren las puertas de sus Seminarios; y el nombre humilde de Operario resuena gratamente en los oídos del Nuncio, Cardenales, y hasta del Sumo Pontífice, que se complace en el fruto de nuestros trabajos; y Prelados de países lejanos esperan nuestra cooperación para el aumento de sus diócesis, faltas de personal, y siglos enteros están acechando con su mirada nuestra aparición desde los montes de nuestras antiguas Américas, en demanda de auxilio para aquellas almas necesitadas...»

CAPÍTULO XXXV



Breve idea de la Hermandad según las Constituciones: Criterio de Don Manuel sobre admisión de aspirantes. -Las cualidades características del Operario, según Don Manuel.



   Con el intento de que pueda el lector formarse una breve, pero cabal idea del contenido de las Constituciones dadas por Don Manuel a la Hermandad y presentadas y recomendadas por la Santa Sede, queremos copiar y extractar algunos fragmentos de las mismas:
   «El fin de la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos del Corazón de Jesús, es la más fácil santificación de sus miembros en medio del mundo, y el promover mejor, mediante la unión de los mismos, los intereses de la gloria de Dios».
   «El espíritu, por tanto, que debe animar a los que aspiren a ella, aparte del deseo de su más fácil santificación sacerdotal, ha de ser el de promover los más convenientes intereses de la gloria de Dios en las diócesis, bajo la dirección de la misma Hermandad».
   «Las condiciones que estos fines exigen en los que pretenden asociarse a la Hermandad, además de las distinguidas cualidades de talento y buen carácter, son: 1.º el deseo de una vida sacerdotal sólidamente piadosa y ajena a toda ambición de cargos y dignidades; 2.º un celo animoso, vivificado por el más delicado y constante sentimiento de reparación al Corazón de Jesús; 3.º una espontánea claridad de espíritu y consiguiente docilidad de corazón».
   «Pueden ser recibidos en la Hermandad los sacerdotes y ordenados in sacris, y su admisión se hará por mayoría de votos de la Junta, mediante los informes y atestados convenientes... Concluido el tiempo de prueba, y admitidos que sean definitivamente, previa votación de la Junta, podrán hacer su consagración en la Hermandad, que renovarán voluntariamente cada tres años... También pueden ser recibidos, en calidad de aspirantes, los no ordenados in sacris, con voto de obediencia ad annum, que irán renovando hasta que puedan ser admitidos al año de probación. Después que los Operarios hayan cumplido tres trienios en el servicio de la Hermandad, podrán continuar sus votos trienales, o bien hacer, con el consentimiento y permiso de la Junta, su consagración indefinida... Mas, si con el tiempo quisieran dejar de pertenecer a ella, no podrán realizarlo sino después de tres años de hecha la petición, u obteniendo el interesado de la Santa Sede la dispensa de dicho trienio. Tampoco podrán los Operarios, dentro del trienio para el cual tengan hechos sus votos, dejar de pertenecer a la Hermandad sin el permiso de la Santa Sede».
   «La Hermandad, además del voto de castidad, inherente al estado de sus individuos, tiene el voto de obediencia a la misma, renovable cada tres años, y la práctica del desprendimiento y pobreza, pero sin voto, en la forma siguiente: el cuidado de los Operarios corre a cargo de la Hermandad en lo espiritual y temporal; en cambio, todo lo que se obtiene por el ministerio, o con ocasión de él, incluso el estipendio de las misas, es de exclusivo derecho de la Hermandad y para los objetos de la misma... Podrá cada uno conservar la propiedad-, y también la administración de sus bienes (si ésta no impide el libre ejercicio de sus ministerios), adquirir herencias, legados y demás, disponer de ellos, hacer testamentos, etc., etc.»
   «Si alguno, al ingresar en la Hermandad, indicara la necesidad de señalar una pensión para algún individuo de su familia, el pago de alguna deuda, o alguna otra condición materialmente atendible, la Junta podrá resolver lo que convenga».
   «El tratamiento mutuo entre los Operarios será el mismo que se dé a los sacerdotes seculares, según el uso general en las respectivas provincias o regiones donde trabajen; o más bien, el de Don, que es ya el más común en España... Asimismo el acostumbrado traje del clero español será el de los Operarios ... »
   Las prácticas de piedad que las Constituciones prescriben al Operario, son «las ordinarias de todo sacerdote piadoso», más una hora de reparación todos los jueves por la noche; un cuarto de hora de visita al Santísimo cada día; ayunar los viernes en obsequio del Corazón de Jesús, y una penitencia privada los sábados en honor de la Santísima Virgen.
   La meditación de la mañana debe ser de media hora durante el curso; siempre de una hora para los «Operarios en ministerios», y lo mismo para los demás en el tiempo de vacaciones.
   «Son objetos de primera devoción, y como Patronos privados de la Hermandad: el Corazón de Jesús, la Inmaculada Concepción y el Patriarca San José (éste, además, Titular de los Colegios de Vocaciones Eclesiásticas). Protectores: San Francisco de Asís, San Luis Gonzaga y los Santos Ángeles. Abogado especial: el Santo Ángel Patrono del Reino».
   «Los objetos de la gloria de Dios que se propone la Hermandad son: 1.º El fomento, sostenimiento y cuidado de las vocaciones eclesiásticas, religiosas y apostólicas. 2.0 El fomento de la piedad en la juventud. 3.- El aumento de la devoción y espíritu de reparación al Corazón de Jesús, especialmente en el Sacramento de su Amor. Entre estos objetos, el primero y preferente y que ha querido el Señor confiar de un modo providencial al celo y vigilancia de la Hermandad, el que ha sido ocasión de su origen, y que debe siempre caracterizarla, es el fomento, sostenimiento y cuidado de las vocaciones eclesiásticas, religiosas y apostólicas... No deben olvidar los Operarios que, no sólo ha sido el objeto primero y principal de la Hermandad, sino que es también el medio universal y eficacísimo para la promoción de todos los demás intereses de la gloria de Dios...»
   El Director General y los miembros de la Junta de Gobierno de la Hermandad serán reelegibles cada seis años.

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   Contento y satisfecho estaba Don Manuel de su labor legislativa y con haber alcanzado el Decretum laudis, sin que ninguna otra más apeteciera. Pero algunos de sus hijos, a los cuales no acaecía lo mismo, comenzaron a estimularle para que emprendiese una nueva revisión de las Constituciones, con el fin de solicitar de la Santa Sede una más amplia aprobación de las mismas. El 28 de abril de 1900, contestaba así Don Manuel a uno de ellos: «Respecto de las Constituciones, no me humilla ni poco ni mucho la corrección de la forma, que tanto deja que desear. Y tanto es así, que he tenido la condescendencia gustosa de dejar poner la mano a don Benito Sanz y Forés, don Vicente Vidal, don José García, ustedes, etc.... aunque algunas de las alteraciones me parecieran lamentables. Si no podemos entendernos por cartas, tendría que venir al menos uno de ustedes; y si fuera usted, aunque fuera sujetándome a su sistema (que no me gustó) y al cual me quise sujetar (a pesar de no ser usted infalible), para que vea mi longanimidad. Conque, así, avisaré cuando esté a punto, y ustedes dirán si lo están. Como propio de mi temperamento, o tal vez por lamentable estrella, como diría un labrador, parece tenga sólo la misión de sastre maestro, que corta las piezas y las entrega para no verlas ya más hasta que están concluidas; y, así, se quedarán muchas líneas que están indicadas, pero que estarán luego mejor acabadas por otras manos, que, si no tan paternales o iniciadoras, o como se las quiera llamar, serán, con todo, más apropósito (y lo digo por convicción y no por humildad) para su complemento, desarrollo, gobierno, y dirección, porque tendrán la gracia de estado para aquello---. Pero, ya están así y no hay otro remedio que arreglarlas como se pueda, que fuera de la forma no estoy descontento, y lo mismo me ocurriría siempre como en mi primera inspiración». Y de nuevo al mismo, el 24 de febrero de 1901 : «Si encuentro que me escudillan mi concepto con más harmonía, me alegro, y lo pago con gratitud y oraciones. Pero es el caso que no me lo interpretan, o le quitan el sabor: que no todo lo más claro es lo más bien dicho».
   Al Rector de Roma le decía el 18 de marzo de 1902: «Constituciones. Lo único, y que deseábamos mucho, era la bendición y conocimiento y aprobación de la Santa Sede. Y ya hubiéramos estado satisfechos con la aprobación del 18 de julio, y era fácil no hubiéramos pedido nada más, a no mediar los lamentos de usted de que no se había extendido en la forma prometida, por culpa del novel oficinista, y luego las alarmas de nuestro Albert, y las misteriosas reticencias del P. Bucceroni, que todavía están por descifrar, y parecían presagiar una bomba que nos iba a destrozar. Si el Decretum laudis es verdadero, no hay necesidad de apremiar al señor Cardenal, pues nuestra vida sacerdotal y sin pobreza no aspira a preeminencias y privilegios que son indispensables a otros Institutos que necesitan más independencia ... ; y ni casi quisiéramos constara corno Congregación en los Registros impresos. Nos basta saber y poder presentar en algún caso nuestra aprobación canónica... Cuantas menos estrecheces canónicas tengamos, mejor...»
   Los resultados de estas gestiones e intentos, por entonces y durante la vida de Don Manuel, están condensados en esta frase de él a don Andrés Serrano: «La Congregación de Obispos y Regulares no ha querido darnos nuevo Decretum laudis; pues lo tenemos amplísimo»152.

***

   Lo que en orden al desarrollo y perfeccionamiento de la Hermandad más «abrumó» siempre a Don Manuel, según expresión suya, fue la falta de personal. ¡Cuán frecuentemente se lamenta de ello en sus cartas! Demandábanle en cierta ocasión encarecida y urgentemente un Operario para una de sus Casas, y se excusaba de enviarlo «por aquello de aquel Gobernador que no hizo salvas, al llegar el Rey, por treinta y nueve motivos, y el primero era que no había pólvora». Harta escasez de ella experimentó Don Manuel durante toda su vida. «Que no piense Monseñor Vico nada sobre Portugal- escribía a don Andrés Serrano-por este año. imposible. Chilapa, Toledo, Murcia, Colegio de Astorga... etc.... etc... Imposible. Me tiene esto acobardado, y casi pido que no vengan esas tan grandes bendiciones ... »

   Y no es, precisamente, que no surgieran pretendientes. Pasóse la vida Don Manuel en perpetuas denegaciones de admisión de candidatos. Conocía muy bien que la cualidad y las funciones de educadores de los futuros ministros de Dios requerían singulares dotes de entendimiento y de espíritu. Era menester que fuesen vocaciones selectas. También él pensaba de sus Operarios lo que Santa Teresa de Jesús de sus novicias: «que la que se tomase, cada una había de ser para ser Priora, y cualquier oficio que se le ofreciese». De varias de las cartas de Don Manuel, escritas en diversas épocas de su vida, transcribimos los siguientes fragmentos, reveladores de su exquisito cuidado de selección:
   «En cuanto al auxiliar de usted-dice a un Operario-sí que siento que sea de carrera abreviada, pues los que han de venir han de ser de carrera más que larga».
   -«Dije a Sanz y Forés que somos pocos; que vivíamos de milagro; que los que han de venir han de ser de condiciones especialísimas, y los pocos que las tienen no vienen. Que han pretendido más de treinta entrar, ya de sacerdotes, ya de estudiantes, y no los hemos admitido».
   -«Teníamos aquí un sacerdote muy bueno, como aspirante, pero de sangre muy flemática... Le hemos dicho que vaya a pasar las Pascuas a Valencia, y allí Osuna le diga que no continúe. Es lástima, porque tiene algún talento y es de familia muy regular; pero no debemos cargarnos con medianías».
   -«Acabo de tener la pretensión verbal de X.... que quiere dejar la parroquia y venirse a nosotros. Es bueno, desprendido, guapo, etc.... etc..., pero... fluctúo. A no mediar Burgos, Granada, Portugal, Brasil y Méjico, no entraría. Aun así, veremos. Hay otro sacerdote, recomendado por Osuna; y me apeno cada vez que veo que se contentan con tan poco. En fin, dilata».

   Acerca del criterio en que apoyaba Don Manuel su método de reclutamiento de Operarios, dice oportunamente don Juan José Salomón: «La resolución de la Comisión de Cardenales cuando aprobó la obra de Lahittón «La Vocación Sacerdotal», me recordó la doctrina que Don Manuel me escribió en 1903, contestando a una consulta mía sobre qué conducta había de seguir con los que significaban deseos de ser Operarios y, en general, cómo podría yo conocer si uno tenía vocación. Me contestó que la vocación debíamos tenerla nosotros, y debíamos llamar a aquellos que por sus condiciones nos fueran gratos y nos parecieran aptos y buenos».
   «Sacerdotes-escribía Don Manuel en otra ocasión-vendrán pocos a la Hermandad, a no ser que sean muy conocidos, e invitados por nosotros; y se tiene aceptado el principio de no admitirlos, si no son muy conocidos; y tanto es así, que de los veintitantos que lo han solicitado, todos ellos buenísimos para cualquier otro Instituto religioso, sólo cuatro han sido admitidos... y el último será aspirante hasta que Dios quiera, a pesar de valer mucho. Y esto por la índole y objetos de nuestra Obra».
   -«Deseo ver al filosofito. Si fuera de distinguido talento, tal vez pensaríamos en enviarle a Roma, sin condición alguna, para su libre y nuestra libre elección al terminar la carrera. Pues sólo después de toda ella nos conviene admitir como verdaderos aspirantes, y es necesario todo este noviciado libre».
   -«No sé si es prudente dirigir pláticas sobre las excelencias de nuestra Obra. No es necesario cazar; que somos nosotros los que hemos de buscarlos, después de vistos durante toda la carrera. Además, inspiraríamos recelos. En X... algún alumno malicioso ha escrito que los Operarios van buscando novicios para ellos ... »
   -«No apremiar a don X... Ya le ha dicho usted bastante. Ahora, oraciones, por si nos conviene o no: pues no debemos llevar prisa. En fin, calma. Nosotros estamos recusando sacerdotes de esta diócesis, algunos devotitos y todo, pero que no son bastante grandes. Ahora me anuncian dos sacerdotes muy piadosos de Z.... y creo que diremos que no. Es preciso que sean distinguidísimos, de carácter y de cierto renombre en lo demás. Tenemos, para poner a votación, a un subdiácono: no sé si lo admitiremos. Es de buena casa, meritissimus, excesivamente piadoso, será buen orador; pero... su aspecto exterior de madamita... Aunque es de genio».

***

   «PRETENDIENTES. Varios en Murcia y Valencia. He dicho a los nuestros que a nadie admitan por ahora: que los que sean distinguidísimos y probados unanimiter los enviaremos a Roma a costa nuestra; y luego, veremos, aunque ellos quieran. De la diócesis de X... quiere venir a la Obra medio clero. Estoy espantado de dar tantos nones. Van dos en dos días ... »

   - «Tal vez en Tortosa prive, en cuanto a la aceptación de aspirantes , el modo de pensar que usted indica, pero en cuanto a mí personalmente, puedo decir que no quiero medianías, sino gente de talento y de buen carácter, o sea, que tengan base para ser hombres, pronto o tarde».

   - «Los campos que parece quiere abrirnos el Corazón de Jesús, me apenan, y temo que hayamos de admitir medianías, cosa que quisiera desterrar del espíritu de nuestra Obra para siempre. Cuanto más va, más comprendo la necesidad de escoger sólo para primeros... No se fíe usted de aspirantes que no conocemos. A X.... nones, y regularmente para siempre. A Z..., dilata, y tal vez in aeternum. A pesar de nuestros apuros de personal, no podemos aceptar más que los que nos sean conocidos apriori por haber estado en los Colegios, o conocidos por los nuestros en las propias diócesis ... »

***

   -«Todos los Operarios-decía Don Manuel-han de ser distinguidos sacerdotes... Ilustración, talento, grandeza de carácter y criterio, espontaneidad, seguridad de virtud... No procuréis conquistar medianías. No os haga gozo el número de los que han de venir, mas sí la calidad.
   INSTRUCCIÓN. Debemos tener la instrucción conveniente, que nos ponga al nivel de los sacerdotes que pasan por suficientemente competentes en la ciencia del ministerio sacerdotal; y cuanto más, mejor. Y aprovechar el tiempo. Si los medios materiales de nuestra Hermandad nos lo permitieran, enviaríamos a todos nuestros jóvenes aspirantes a los estudios de Roma.
   Pero no sólo es la instrucción: puede suplirla el talento; ni es la primera condición, sino más bien el talento, y talento natural, base de aquélla, y que la suple a veces, y con él no es difícil adquirirla. Pero no es tampoco lo principal el talento teórico, con o sin instrucción, para los fines de nuestra Obra. Hay muchos que fácilmente aprenden y tienen aptitudes hasta para las sutilezas metafísicas, y que suelen ser dados a doctorerías, y que fuera de esto pasan en el concepto de todos como unos pobres hombres. Que se estén solos con sus libros, y nada más. Les falta el sentido común, que se dice común y es el que menos se encuentra comúnmente. No tienen criterio práctico para los asuntos de la vida social, y el juicio y discreción suficientes que deben guiarnos en todas las circunstancias y ocasiones. «Es un hombre juicioso; es un hombre de criterio», decimos muchas veces, y este buen concepto honra más que la ciencia y el talento. Este es el que necesitamos tener los que pertenecemos a la Hermandad. Esta falta de discreción la notamos en muchos, y esa discreción la debemos poseer nosotros.
   Y sobre todo esto, y más que esto, magnanimidad de corazón y seguridad de santidad. Ser verdaderamente hombres... Seguridad de virtud, in quantum fragilitas humana...; y abertura de corazón. Saber imponerse. No tener ligereza de carácter, artificios, blandenguerías, vanidades mujeriles. En fin, que se vea que son aptos para la santidad.
   Y digo más: No basta tener esta santidad sacerdotal. No basta que seamos sacerdotes muy espirituales. Tenemos necesidad de algo más los Operarios. Hemos de estar a cierta altura por nuestro criterio bueno, por nuestra ilustración, por nuestro buen nombre. Recuerdo aquella sentencia de Santa Teresa, que tanta gracia hacía al P. Fáber, pues en ella sola decía que se retrataba la Santa cuando, sobre elección de confesores, aconsejaba dar la preferencia a un sabio u hombre de letras antes que a un santo. Hemos de ser hombres. Hemos de tener, y si no, adquirir los que no las tengan, ciertas picardías santas, el sentido práctico en el orden social. De otro modo, desvirtuaríamos todos nuestros ministerios. Los defectos naturales que nos conocemos se pueden remediar, y procure remediárselos cada uno en el examen diario, en el día de retiro, en los Ejercicios, etc... Pero esta falta de carácter y de sentido común cuesta mucho más y no se remedia tan fácilmente, y esos cerebritos pequeños son difíciles de corregir. Por lo mismo, amados míos, al rogar todos los días por nuestra Congregación, debéis pedir que nos envíe Jesús buenas cabezas y buenos caracteres, como lo pedía Santa Teresa. Así, no dejarse llevar ni de la primera impresión natural o de simpatía, o de la amistad o paisanismo. Talento natural, carácter dúctil, buen criterio y formalidad: he ahí las condiciones para recomendarlo a Jesús, y, en caso, proponerlo. De lo contrario, toda la responsabilidad será para el proponente, aunque sea con celo e interés y por amor a la Hermandad».
   ¡Qué gozo embargaba, en cambio, a Don Manuel cuando la Providencia le deparaba algún sujeto cabal y de prendas!... Uno de éstos consultaba al propio Don Manuel sobre si se hacía o no Operario. «En manos de mal consultor-le contesta Don Manuel- se ha puesto usted. Parte interesada, enamorado de su propia Obra de máxima gloria de Dios, ambicioso de cazar almitas buenas que se le pongan a tiro... Está usted perdido. Véngase, pues. Le llevaremos como canastillo de flores. El trabajo le sobrará, pero no le faltarán consuelos. No es necesaria resolución, ni aun vocación de parte de usted: basta que la tenga yo; pues a nuestra Obra de Jesús no vienen los que tienen vocación, sino los que antes que ellos la tenemos nosotros. Y si no entiende estas filosofías, ya las entenderá a su tiempo. Nada sabía Usted, y, no obstante, estaba usted en lista a los pies de Jesús Sacramentado».
   Estando Don Manuel en su lecho de muerte, llamó a uno de sus predilectos Operarios y, constante siempre en su modo de pensar, le hizo, en orden a la Hermandad, este último encargo: «No admitáis nunca a los tortícolis ... » Era su testamento de Fundador.

   No dejó Don Manuel de abrigar la idea y el propósito de un noviciado para los que entraban en la Hermandad. El rápido crecimiento de ésta y la necesidad apremiante de atender al personal de las cada día más numerosas Casas de la misma, le impidieron realizar su ejecución. «Es preciso pensar-escribía en 1899-en planteles distinguidos que serían el mejor noviciado; y sólo es cuestión de dinero, que Jesús no nos negará para ese altísimo fin».
   Hablando a los Operarios en Valencia del atropellamiento en que vivían, sin holgura ni posibilidad de formarse convenientemente, sin noviciado y con excesivas cargas, decía: «Consolémonos, pues; y con humildad de corazón y con la mayor confianza, dejemos obrar a la Providencia. Tenemos el pecado de ser los primeros, y hemos de pagarlo de este modo. Tenemos Colegios para que tome nombre nuestra Obra... Lo demás irá viniendo ... »
   Escribiendo a un sacerdote de extraordinarias cualidades que acababa de ingresar en la Hermandad, dícele Don Manuel: «Recibí su primera, que me alegró, pues es extraño que al que no sepa cómo vivimos pueda hacer buena impresión el estado actual de nuestras Casas, que viven de milagro, por la falta de personal... Pero las líneas están echadas, y se irá arreglando y levantando el edificio... Somos las piedras angulares, y hemos de sufrir el peso de la obra toda para bien de los que vendrán después. Somos como los hijos de Jerusalén cuando la reedificación del templo: con una mano fabricaban y con la otra tenían la espada para combatir a los que querían impedir la edificación. Jesús nos ayudará; y aunque tengamos pocos méritos, nos suplirán estos sacrificios de no poder disfrutar de toda la paz y desahogo y gravedad de un molde formado ya. Unos u otros debían ser los primeros, y ya que tenemos este pecado, lo hemos de pagar así, sufriendo y orando. Nuestra misión de ser los primeros nos impone el deber de ser más santos, y seremos responsables si no lo somos, aun careciendo de los medios que luego tendrán. En cambio, tendremos más ayudas y gracia del Señor. Así, pues, anímese y no desmaye».
   En los últimos años de su vida, se consolaba Don Manuel con la esperanza de que este doble problema del número y de la adecuada formación llegaría a resolverlo estableciendo el Noviciado de la Hermandad junto al Templo de Reparación153.

***

   ¿Qué perfección deseaba Don Manuel en sus hijos? ¿Cuáles debían ser, a su entender, las virtudes y el espíritu propios del perfecto Operario? Bien claramente lo dejó expuesto en sus Constituciones y en sus enseñanzas de palabra y por escrito.

   LA MUTUA CARIDAD. «No olviden jamás los Operarios que Cor Jesu congregavit nos in unum, y por tanto ha de reinar entre ellos la caridad más fraternal y delicada, vínculo de toda perfección, para que pueda decirse que somos cor unum et anima una para la promoción de los intereses de la máxima gloria de Dios... Eviten entre sí excesivas familiaridades, origen y causa de disgusto. Si sobreviniese algún rozamiento desagradable, con cinco minutos de pensamiento en la eternidad y una visita a Jesús Sacramentado, desaparecerá toda aspereza de corazón... Evítese hablar con desdén o burla de las condiciones, índole o costumbres de otras provincias o regiones, para prevenir antagonismos, puesto que todos somos miembros de un mismo cuerpo. Díganse de los Operarios sus buenas cualidades, y no se diga jamás de la Obra lo que pueda desdorarla, pues deben amarla con filial amor, puesto que será siempre para todos tanquam nutrix fovens filios suos»154.
   «Nuestro Reglamento -escribía a un candidato. a la Hermandad-debe cumplirse en su espíritu sobre todo; y, en cuanto lo permita el personal, en su letra también, puesto que es suave y no exige más que desprendimiento y una alegre y buena voluntad sacerdotal».

   «LA OBEDIENCIA- dicen las Constituciones - debe ser completa; y mejor que completa, cordial».

   ABNEGACIÓN Y ESPÍRITU DE SACRIFICIO. «Es cierto -decía Don Manuel en una de sus pláticas a los Operarios-que sin cruz no podemos estar ni es posible vivir. Lo ha dicho el mismo Jesucristo: «Quien quiera venir en pos de Mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz, y sígame». Nosotros nos hemos propuesto seguirle... No debemos tampoco echar en olvido lo que se nos asegura y sabernos por la Historia de la Iglesia de todos los tiempos: que los cortesanos del cielo todos son gente descabezada, sin pies, crucificados; gente que padeció contradicciones de todo género y penas de todas clases antes de entrar en posesión del asiento de que gozan en la gloria... ¿Dónde estarán nuestras penas y sufrimientos, las cruces propias del Operario, para conseguir hacer meritorios nuestros trabajos y alcanzar la gloria eterna por la que suspiramos?... La educación, aun la de nuestros mejores alumnos, no pasará más allá de lo que hayan visto en los centros donde se formaron. Y su piedad, por lo general, no tendrá más fundamentos de solidez que los que les proporcionemos con nuestro ejemplo... Hemos de ser forma gregis. Ya pretenderemos que los alumnos que dirigimos sean mejores que nosotros, más piadosos, más atildados, más apóstoles; pero no serán sino lo que seamos nosotros, o tal vez, un poco menos. ¡Qué de espinas, pues, no martirizarán nuestro espíritu! ¡Cuán grave es la obligación que nos impone el encargo recibido de ser moldeadores de corazones para el servicio de Dios! ¡Qué de cuidados en nuestra conducta exterior! ¡Cuán sólidas no han de ser nuestras virtudes sacerdotales! Luego, la vigilancia continua sobre los alumnos; tener en nuestras manos tantos y tan importantes intereses de la máxima gloria de Dios; nuestra incomparable misión de forma dores de apóstoles de las almas... Si se ha dicho con toda verdad que sicut populus, sic sacerdos, con mayor razón puede asegurarse que los sacerdotes, el clero, resultará parecido a los que le forman. De ahí la gran responsabilidad y la imponderable gloria -del Sacerdote Operario. Y ¡si por nuestra indolencia y descuido -entran lobos rapaces y destruyen algunos de los corderos que nos han sido confiados!... Tenerse que levantar temprano y acostarse muy tarde... Las fatigas, que no nos dejarán un momento, y los cuidados, que no nos abandonarán un instante. Y a esta extremada solicitud exterior, añadir la interior, sin la cual, por mucho que hagamos, no bendecirá el Señor opera manuum nostrarum.
   In dolore paries filios tuos. Es regla que no falla, y que ¿plica Jesús a todos cuantos honra con el ministerio de santificarle las almas. A veces, para nuestro consuelo, y a fin de que veamos que todo lo hace Jesús, algunos de nuestros éxitos los conseguimos sin esfuerzos y especiales sufrimientos; pero, por lo, común, la conquista de las almas y su perfeccionamiento cuesta sudores, muchas oraciones y no pequeños disgustos... Con dolores, pues, y con dolores incesantes, hemos de engendrar hijos para la Iglesia y para Cristo. El Presidente de Colegio que no sufre, que está sólo un minuto sin padecer, no suspirará junto al Sagrario, ni enviará cariñosas miradas a la Virgen y a San José para que cuiden de aquellas almas que Jesús le ha encomendado... El que sufre, en la Misa, en la oración, en la visita diaria, en las comuniones espirituales..., siempre, pedirá que lluevan gracias abundantes sobre sus encomendados y que cumplan éstos los amorosos designios de Jesús. En una palabra: aquel Superior que no padezca, no es bueno. Aquel que confía con exceso en sus propias fuerzas, está engañado. Aquel que se rinde a la fatiga en el ejercicio de tan importante ministerio, no es apto para este reino, copioso de las gracias del Señor. Aquel que se duerme sobre sus laureles, porque domina ya la situación y fía en sus prestigios, es que el enemigo le ha engañado... ¡Oh, cuánto peligro, cuánto, en nuestro ministerio! ¡Qué virtudes no tendremos necesidad de practicar! ¿Dónde encontrar apostolado semejante a nuestro apostolado?... ¡Cuánta vigilancia no hemos de ejercitar, si queremos cumplir a la perfección con el deber que tenemos de formar dignos ministros del Santuario 1 De tacto exquisitísimo hemos de estar adornados para no malograr los frutos que Dios, la Iglesia y los mismos hombres esperan de nosotros... Ved si hemos encontrado ya las espinas y contradicciones que buscábamos. Ya veis que no tendremos que envidiar ni las disciplinas de los Carmelitas, ni las humillaciones de los Capuchinos, ni siquiera la pobreza de los Franciscanos...
   El Operario que por falta de amor al sacrificio y a la propia abnegación; el que por temor a esos múltiples cuidados y sufrimientos abandone los intereses de Jesús en su máxima gloria, pudiéndolos fomentar con tanta facilidad por medio de una vida puramente sacerdotal, no exigiéndosele más condiciones que la del amor y sufrimiento interior ... ; tengo para mí que los que fueron atraídos por vocación a fomentar los intereses confiados a nuestra Obra, y sólo por este continuo sufrimiento, vigilancia y abnegación, llegaran a abandonarla, tengo para mí que no han de tener felices postrimerías... Creo que en su ancianidad y en los últimos días de su vida, ambicionarán la posesión de una habitacioncita en el Colegio, y verse llenos de méritos, fruto de los trabajos y sufrimientos; objeto de las oraciones y cuidados de todos, saboreando los consuelos de la mancomunidad fraternal, del afecto y oraciones de los otros Centros; mancomunidad fraternal, que formará la atmósfera bañada de caritativa dulcedumbre, y que no encontraremos en aquellas horas siendo sacerdotes libres y colocados en medio del mundo ... »
   En sus cartas leemos :
   -«Nuestra vida ha de ser agonizare, según el Espíritu Santo, por nuestra alma; y nosotros, además, por la gloria de Dios. Si no tiene agonías, no esté tranquilo».
   -«Pasado mañana, 19, aplicaré la Misa por usted a San José, para que el Santo le abra un poquito la puerta al gozo, no sin eslabonárselo con algún dolor; que ésta fue su cadena, de dolores y gozos; y ha de ser la de todo josefino».
   -«En cuanto al desaliento, creo que debía usted hacerse una resolución de que no le entre nada al corazón; que mucho podrá con esta resolución, resuelto a que venga lo que venga, aunque sea tronando. En cuanto a la salud, es lo que de veras me preocupa. Sobre esto, supuesta la tranquilidad de ánimo que le mando tenga, ordeno que se ponga usted puchero a la española, diario, y coma a las horas ordinarias, y no deje la leche, etc... Deseo, sí, grandeza de ánimo, que van ustedes a misiones vivas, y aun no han llegado a las escaseces y privaciones de aquéllas. Claro es que aquello, por lo mismo que se trata de infieles, se soporta mejor; pero eso otro son espinitas más meritorias. Vayan diciendo, y obren fortiter cuanto quieran, pero con calma y sin disgustarse».
   -«Creo muy bien que necesitaría usted estos días, o más bien, esta temporada, hacerse invisible dos o tres horas, para que le dejaran quieto; y, si tuviera que darle un mal consejo, le diría lo que hace un administrador que usted conoce, pero no se lo doy; que el Operario ha de estar siempre a merced de todos, y ser todo para todos. Conque, así, pida a Jesús que le multiplique y le dé el don de semiubicuidad».
   -«El buen marino, en tiempo de bonanza no necesita mucha habilidad. Estamos expuestos a crisis y tempestades, y entonces se necesita el timón: y con oraciones y paciencia se obtiene mucho. Si Dios quiere otra cosa, que no nos remuerda nada por haber faltado por nuestra poca paciencia y no haber sabido ir capeando la situación y comboyar155 los caracteres».
   -«Cada número que escriba será un grado más de gloria, si purifica la intención; y más gloria que si estuviera convirtiendo a los infieles. Conque, con esto y una visita a Jesús Sacramentado, ya podrá santificarse».
   -«Últimamente, el ejercicio interior-dicen las Constituciones-de expiación y sacrificio y de compasión a Jesús, es el más eficaz para repararle, y el más propio del Operario; el que debe animar sus penitencias y sufrimientos y hacer fructuosas todas sus obras. No creamos engendrar hijos verdaderos para Jesús sin los dolores de un santo temor, sin el afecto de expiación y los gemidos de una constante oración. Amar, trabajar y sufrir, que era el lema de un Santo, ha de ser el de nuestro corazón...
   Si en un Colegio o Seminario, aunque estéis algunos años, lográis impedir, no más, el que entren en el Santuario una docena de lobos-y notad que pueden serlo, y lo serán indefectiblemente, todos los que entren sin pureza de fin, o sin haber domado antes sus pasiones-; con el apartamiento, pues, no más que de una docena, que hubieran desgarrado el Corazón de Jesús y destrozado algunas almas, con esto solo daréis más consuelo al Corazón de Jesús, que con la reforma de una parroquia entera».

***

   Quería Don Manuel a sus Operarios, en cuestión de intereses y de honorarios por ministerios, desprendidos y generosos, «evitando-dice en las Constituciones-regateos en las posadas o en los servicios que se nos hagan... Debemos tener presente que vamos a dar más que a recibir, y, sin buscarnos a nosotros mismos, nuestro desprendimiento y nuestros servicios en bien de los demás, aun de las personas que menos lo hubieran merecido, han de ser tales, que podamos aparecer sicut multos locupletantes: quia beatius est magis dare quam accipere».
   «No quiero que murmuren de las monjas-escribía al Superior de una de las Casas-por no dar, pues hemos de ser multos locupletantes. No quiero que me digan ingratos ni ingratas, que no hemos de trabajar por las gratitudes; y así, sea fuerte con los que murmuran en este sentido».
   Por su parte practicaba Don Manuel la generosidad que recomendaba a los suyos. En diciembre de 1895, como caso singular e insólito, contaba en una de sus cartas: «He ido a predicar a Benicarló, y es la primera limosna que recibo, desde que soy Operario, por mis fervorines de profesiones». Y a la Abadesa de Vinaroz decía: «Me ruboriza que me diera la limosna que me dio por el sermón, pues, aparte de que no lo valía, es fiesta de casa, y por éste no debo recibir nada, y ya tenía licencia de devolvérselo, y no quiero lo haga más. Cuando sean cosas que no haya de pagar usted, entonces saque cuanto quiera, que no lo rehusaré, y me servirá para los viajes de gloria de Dios, como el último que hice con don Ramón Foguet, que me costó siete duros, y los di por bien empleados, por la Vela Nocturna ... »

   LA AMABILIDAD debía ser, según Don Manuel, el arma más poderosa y eficaz para que el Operario realice una labor provechosa. Disertando sobre este tema en «El Congregante», decía: «Debemos concebir un verdadero respeto, una alta estima y un amor eficaz a cada una de esas almas tan queridas de Cristo Jesús... Debemos amar a la infancia y a la juventud como Jesús las amó, porque en esto está verdaderamente el secreto de educar a los jóvenes y volverlos felices y buenos. «Es el secreto de Dios», decía el P. Félix. Este amor nos obligará, como consecuencia, a procurar que sea impresa, por todos los medios posibles, la imagen del divino Salvador en lo más íntimo de sus corazones, blandos como la cera, no rehusando fatigas para ello ... »
   Y platicando a sus Operarios: «La índole y el especial carácter de nuestra misión, nos impone el ineludible deber de hacernos todo para todos, a fin de ganarlos a todos para la causa del bien y la gloria de Cristo. San Francisco de Sales nos da la norma segura a que ha de amoldarse nuestra vida de Operarios: «Ir a la conquista de los corazones por medio de una constante amabilidad». Pero sólo Dios sabe lo que cuesta mantenerse continuamente tranquilo en medio de la multitud de quisicosas que nos asedian por todas partes, y que a la vez, la virtud que se nos recomienda no degenere en excesiva familiaridad, que entonces sería altamente perjudicial a los mismos alumnos, con quienes convivimos y por quienes trabajamos para que resulten dignos ministros del Señor...»
   A sus colegiales de Tortosa les advertía: «Guarda la regla y la regla te guardará a ti»-decían los antiguos---; y podemos decirlo con más verdad en nuestras Casas, en donde la disciplina no es una disciplina militar, sino paternal. Queremos que se obre por convicción y por educación. En estas casas no se necesitan castigos; y por esto, ningún castigo se ha de imponer a los mayores. Esto no es ninguna cárcel. La puerta de la cárcel está abierta; al que no le venga bien el molde, ya sabe el camino ... »
   «A N...-aconsejaba Don Manuel a uno de sus Rectores-que es de muy buena voluntad, aunque tenga aferramiento a sus ideas, es cuestión de saberlo llevar; y mejor es llevar a él y a los demás no como a inferiores, sino con cierto respeto y como iguales, puesto que son miembros del mismo cuerpo. Así, peque usted más por amabilidad que por corrección, y ya verá como le va mucho mejor».
Aun en punto a la formación espiritual de los alumnos en pláticas y retiros mensuales, prefería el espíritu de suavidad y de amor... «No abrume-decía al Superior de uno de sus Seminarios-a los alumnos con demasiados pecados. Déles a Cristo guisado en todos los guisos, y aun le irá mejor».
   En cambio, opinaba: «Sobre confesores... No me gustan los de la manga ancha. Y hasta convendría, al darles algún refresco, cayera la conversación sobre la necesidad de algún rigorismo... Obren, pues, como vean conviene más a la unicidad de dirección, a pesar del peligro de que quede alguno resentido. Así lo hemos hecho en X..., y alguno se ha extrañado de que no le hayamos invitado este año. Primero es la gloria de Dios y la formación de los jóvenes»...
   Con sus habituales pláticas a los ordenandos del Colegio de Tortosa, a las que calificaba de «amistosas conferencias», pretendía Don Manuel, no sólo el instruirlos «en la práctica pastoral estricta», y «en ascética y mística», y «modo de gobernarse en su celo», sino, sobre todo, «la formación del corazón ... » de sus alumnos. El mismo Don Manuel reconocía y confesaba el gran bien que en muchos de ellos iba produciendo esta semilla de la educación del sentimiento; y por eso, cuando sus excesivas ocupaciones le forzaron a suspender esta labor, escribía: «Don Esteban, trabajando mucho; y ya le he endosado mis pláticas semanales a los ordenandos, aunque casi con sentimiento, por ser lo que con más interés hacía yo».

   EL AMOR, LA DEVOCIÓN Y EL DESINTERESADO SERVICIO A LOS SACERDOTES, deseaba Don Manuel que fuesen rasgos característicos del Operario. «Si grande es el respeto-dicen las Constituciones- que se deben entre sí los Operarios, mayor aún debe manifestarse en el trato con los demás. Nuestra vida de frecuente comunicación con los párrocos y los sacerdotes exige la más fina atención para con ellos, cualquiera que sea su categoría y sus condiciones personales, evitando siempre por nuestra parte pretextos y motivos de queja y recelo, ya de palabra ya por escrito; así como también todo porte exterior que indique afectación, vanidad, ligereza o presunción. No debemos olvidar, atendido el espíritu de nuestra especial consagración, que el afecto e interés por el bien espiritual y aun temporal del sacerdocio, ha de ser nota dominante de la Obra y de los individuos de ella. Deben ser especiales nuestro respeto, consideración y afecto para con los Institutos religiosos y sus individuos; con mucha mayor razón, dado el carácter de nuestra Obra, destinada a merecer el amor, gratitud y simpatía de todos ellos, por nuestro deseo de fomento de vocaciones religiosas y apostólicas para sus propios campos... Últimamente, nuestro respeto y amor a la Santa Sede deben ser extremados, por medio de una fe delicadísima y obediencia completa a sus supremas enseñanzas; así como también debe ser afectuosa nuestra veneración a los Prelados, a favor de cuyas diócesis dedicamos nuestros trabajos, y de cuyos paternales cuidados esperamos el fomento de los intereses de nuestra Obra».
   «Tenga paciencia con los sacerdotes-recomendaba al Director de uno de sus Colegios- ¡Por Jesús! ¡no diga usted que prohibamos venir huéspedes sacerdotes! ¡Ojalá vinieran todos los cojos y mancos a guarecerse a nuestras Casas! Molestia darán: pero son sacerdotes; y la nota característica de nuestra Obra ha de ser el amor al sacerdocio en lo espiritual y temporal. Jesús lo recompensará. ¡Qué bien, si pudiéramos nosotros realizar la obra, pensada ya en tantas diócesis, pero que no se encuentra el medio, de un Asilo de sacerdotes ancianos! Sólo nuestra Obra y nuestras Casas podrían realizarlo. Hagan que se les atienda bien en todo lo que sea regular. Con esto, bien puede reinar ya la alegría conveniente, con respeto y amabilidad: y si no, ofrecerlo a Jesús. Déjense de malas caras, y sean de corazón ancho. Más vale que cuando se vayan digan que somos unos benditos, que no raros ni enérgicos».

   Pero, si anhelaba Don Manuel que fuesen amables y bondadosos sus Operarios, no quería que lo fuesen hasta el punto de que su amabilidad, exenta de toda discreta y santa malicia, tocase en los límites de la candidez y de la simpleza. Los quería siempre cautos, prudentes, avisados y... avispados, y cuando llegara la ocasión, enérgicos y resueltos.
   Hablando de uno de los grupos de Operarios que marchaban a Méjico, decía: «De los de la expedición, todos son desengañados, y sin corazón, como las palomas, según dice la Escritura; y así hemos de ser. De modo que más que palomas sin corazón, son uns angelets156; y yo no quisiera que lo fueran tanto. Pero ya adquirirán picardieta santa». Y aludiendo a un aspirante: «Las buenas condiciones de Z... son muy conocidas; y sobre todo su tunería, que es lo principal para nosotros, con base de sólida piedad». A uno de los Operarios de Méjico le advierte: «Repito que no le emboben las almitas: que, a veces, más que virtud es melosidad; y así continúe con la de X... del modo que le dije; que todo se arreglará».
   -Al Superior de una Casa, respecto de un Operario subalterno: «Sabe usted que es un bonifacio, y todo lo abrazaría. Esta fue la razón única para decirle que no se deje llevar de su bonhomía, y así lo consulte todo. Por lo demás, Jesús le bendice mucho».
   -«Veo que, al fin-dice a un Rector-, no se dejó usted seducir. .. Tenga usted serenidad; sea muy amable (que lo es poco y no sabe serlo), pero, luego, a la suya: pero con amabilidad. En fin, suaviter in modo, pero siempre fortiter in re; puesto que con la convicción y la razón, pronto o tarde, van abriendo los ojos. Cuesta, sí, pero se logra. Pida, pues, a Jesús, esa santa diplomacia».
   -A otro: «Nos extrañó que no supiera usted ir trampeando la crisis.... puesto que hasta los leones se amansan con diplomacia, si hay serenidad y grandeza de corazón». En cambio, a un Operario impetuoso le recomienda: «Son mejores las calmas y las visitas al Sagrario que los arranques, cálculos y pesimismos». Y a otro de la misma índole: «No se empipe157 usted, que aún sale peor. Blando, blando, se hace mejor. Si tuviéramos otro punto de apoyo, de otra manera se haría. Hoy, aguantar; y si no, levantar los reales del todo. Si no es que tenga Jesús miras de piedad sobre ese país por medio de nuestra Obra: que los sufrimientos de usted no dejarán de fructificar».
   «La humildad-dicen las Constituciones-, fundamento de todas las virtudes, y la más propia de los amantes del Corazón de Jesús, debe procurarse con más asiduidad por los Operarios, puesto que no tienen las prácticas exteriores de ella que suelen usar para su fomento los Institutos religiosos. Como acto fundamental, todos deben estar dispuestos a recibir los avisos y correcciones de sus faltas externas, y a la espontánea manifestación y claridad de su interior a los Directores espirituales y a los visitadores, en la forma prescrita. Y todos deben admitir con gratitud las advertencias que se les hagan, aunque sean repetidas y de defectos al parecer insignificantes, y aun recibirlas con más resignación y humildad cuando menos motivadas fuesen, ofreciéndolas al Corazón de Jesús». No fue Don Manuel parco, siempre que lo creyó conveniente, en reprender con claridad y energía, llena de santa sinceridad y pureza de intención, a sus dirigidos. Y de esta saludable y santa franqueza quería que usasen también sus hijos para desahogarse con él.
   -«Veo el asunto de Z...-escribe a un Rector-. Creo será un fuerte sinapismo para él: pero obró usted con caridad y bien».
   -A la Abadesa de uno de los Conventos por él fundados decía: «Si estuviera yo ahí, le daría una fuerte repulsa, aunque se enojara un poco con el Dr. Sol; pues le diría que tiene poca traza..., que no sabe interesar las cosas del Convento; y... otras, que no está acostumbrada a escuchar. Se lo diría, a mi parecer, con el espíritu de Dios, como, a mi parecer, se lo digo ahora; y si después, en la presencia de Dios, se encontraba libre, mejor; pero no es lo mismo estar tranquila que satisfecha. Sea, pues, humilde ante Jesús».
   Uno de sus Operarios le escribió en cierta ocasión con quejas y recelos y mostrándose disgustado, y Don Manuel le contestó con esta hermosa carta: «Amado X ..: Recibí la suya, no sé dónde. Gracias a Jesús, por la esbrafada158. No debía haber tardado tanto; y lo contrario ha sido poca humildad. Y no hay inconveniente en que la repita siempre que convenga; y aun de palabra lo quisiera, para que se convenza de la falta de fundamento de muchos de sus sufrimientos; y aunque no se viera así, a lo menos, después del desahogo, ya actum est, como me sucede en mis bufidos: lo que queda dentro se corrompe en el corazón y es un veneno». Y como el Operario se excusara después, replícale Don Manuel: «No fue obra de amor propio la primera indicación de usted, sino de sinceridad y espontaneidad. Lo que sí es amor propio, y refinado, es el sentimiento expresado en la segunda, de sentir haberlo hecho. Conque, así, chafe los amores propios».
   -«Me apena-decía a un Operario novel-que habiéndole dado Dios buen juicio y condiciones para ser un buen Operario, respire siempre, por los poros de su temperamento bilioso y carácter poco humilde, ciertos resabios y desconfianzas impropias de un verdadero apostolito, y que sólo se pueden tolerar en caracteres roñosos... a cuya clase nunca debe usted pertenecer».
   Sin rescoldos de resentimiento quería que quedaran sus Operarios después de posibles rozamientos entre ellos. A raíz del de un Director de Colegio con uno de sus subalternos, le dice: «Lo que debe hacer es portarse como si no hubiera pasado nada; y tratarle como si no se acordase de lo sucedido, y con amor indicarle lo que debe hacer, y con amor rehusarle lo que cree que no debe permitirle, y ya verá cómo con un acto de resolución desaparece toda aspereza y tristeza de corazón. ¿Verdad que sí ... ?»
   A este respecto, copiamos algunos pasajes de sus cartas a diversos Operarios:
   -«No es mi ánimo conturbarle, como dice usted. Al contrario, señalarle las deficiencias y cosas que podamos tener, pues no siempre nos conocemos demasiado, y así ir más seguros».
   -«Cierto que ustedes conocen y deben conocer mejor las circunstancias; y tanto, que si tuviéramos confianza en el criterio de ustedes, no debíamos hacer más que suscribir todo lo que propusieran: pero esta confianza (y no se ofenda) no la hemos podido adquirir todavía, y le faltan a usted algunos años más».
   -«Respecto a las pláticas, debo advertirle que debe usted prepararse cuanto pueda, pues son deficientes de doctrina y de meollo, y adolecían aquí de ese defecto ... »
   -«No me sabría mal que le entrara vanidad de su persona y condiciones, porque así las emplearía mejor, o con más desprendimiento, para lo que convenga a la gloria de Dios. Y serían más apreciadas, si se quitara un poco el mal genio y tuviera más grandeza de corazón, que le falta. Dice usted en su carta que estaría yo de humor al dirigirle la mía. No es muy fácil, porque hace tiempo lo he perdido, y no en fuerza de la edad, porque no tengo mucha, ni por los achaques. El contenido de la suya me hace recordar que sería una burleta fraternal, o si usted quiere, paternal».

   A la par que muy humildes de corazón y de espíritu, estimulaba Don Manuel a sus hijos para que, como miembros de la Hermandad, fuesen muy grandes y esclarecidos y santamente ambiciosos de prestigio. «No interpreta usted bien-decía a uno de ellos-el texto del Evangelio en cuanto al minué et crescere. El Precursor preparó los caminos del Señor: ésta fue su misión. Si es ésta la nuestra, no es preciso que disminuya la Obra, sino que el movimiento sea tan grande, que Jesús lo llene todo de Instituciones, de celebridades, etc... Si hemos de ser Precursores, hemos de tener mucha nombradía, como la que adquirió San Juan, como condición para hacer fruto, y así hemos de extendernos. Que sea así, y San Juan, San José y San Antonio, nos hagan propagadores de Jesús en bien de las almas, sobre todo por la formación de santos sacerdotes, amadores y reparadores de Jesús. No me diga usted que no ha de ser apóstol de nada. No me quite esta ilusión. Cierto que, nosotros, más que escritores y más que apóstoles parciales, hemos de ser moldeadores y formadores de apóstoles para que se pueda decir de cada uno de nosotros, aunque en diferente materia, lo que se puso sobre el sepulcro del profesor Deza en su epitafio: -Alii, scripta; scriptores ego dedi mundo-. Pero esto no implica para que algunos de ustedes sean, no ya sólo alimentadores y formadores, sino también archiapóstoles, operando, si es necesario, personalmente, y poniendo fuego por toda España, cuando tengan la red de futuros apóstoles romanos y no romanos por toda ella. Tenga, pues, más santas ambiciones, y "curre, curre, ne alius accipiat coronam tuam".
   Por lo demás, era Don Manuel en extremo anti-individualista y anti-centralista. A uno de sus más queridos Operarios le escribía: «Más de una vez le he hecho alguna suave indirecta sobre el yo: «Pues yo ... » «Pues en mi tierra ... » y «en mi pueblo. . . y «en mi gobierno---.», etc., etc ... : todo, prototipo y máximo... Y yo no lo quiero para usted ni para ninguno de los nuestros. No lo tome por buen humor».
   A otro: «Eso de no quiero tener en casa..., no está bien dicho. En caso, «no conviene» o «es imposible»... No me gusta diga «mi Superior», sino simplemente nuestro Superior: es decir, nuestro, para que se vea que es la Congregación, y no iniciativa particular mía,* para que no aparezca cosa individual, sino de la Hermandad».
   Y a un tercero: «No tuve tiempo de hablarle en Sancti-Spiritus, y le quería repetir la advertencia de los años anteriores: esto es, que no absorba demasiado toda la autoridad y gobierno. Haga participantes a los prefectos, y déjeles alguna iniciativa, y apoye su autoridad y disposiciones. Déjeles en su círculo y sólo quédese la inspección y mirada...»
   -«Su misma grandeza de carácter y de talento-decía del Superior de una Casa-hace que nadie pueda crecer a su sombra; y no es hombre para tener padres, ni tampoco muchos hermanos, y sí sólo tener hijos...»
   -«Claro es-respondía a cierta consulta-que conviene más comunicación de asuntos entre Superiores e inferiores, y así suele suceder cuando los Superiores nuestros no llegan a considerarse como capitanes en sus torres. Por esto, tal vez la experiencia enseñará que haya daltabaix159 de vez en cuando, como ya se ha empezado este año».
   Aplaudiendo a un Director de Colegio por esta expansiva, cordial y ordinaria comunicación y la participación que daba a los otros Operarios en el gobierno, le dice: «Me sorprende gratamente que sepas ser Superior democrático. Es lo mejor y más difícil, y debes pedir a Jesús que por ese camino bendiga opus manuum tuarum».

   Finalmente, previniendo Don Manuel a sus Operarios para que no prefiriesen apasionadamente a unos colegiales más que a otros, les decía: «Es una de las miserias humanas el desear la estimación. Pero deben comprender los que la buscan entre los chicos que, si quieren el aprecio verdadero de ellos, ha de ser de manera que ellos vean la independencia, la igualdad de ánimo para con todos, la indiferencia por su afecto; la gravedad, en Fin. No piensan, los que se sientan carcomidos de esa vanidad, que luego marcharán esos chicos, o ellos, y ya no dejarán rastro, y sólo acaso se acordarán de los Superiores que les causaron respeto por su piedad o su gravedad. Esta miserita de vanidad trae bastantes perjuicios al bienestar de nuestros Colegios y a la tranquilidad de los Operarios, a los cuales desagrada ver que alguno quiere abstraerlo todo hacia sí, como si debiera ser el único ídolo. Y esto puede suceder hasta en un Director, que sin advertirlo, y con pretexto de celo, le parecerá que es rebajar su autoridad y prestigio, si no converge todo a las alabanzas y respetos y amor a él; de modo que no puede brotar a la sombra de su autoridad, no digo árbol, ni siquiera un arbusto; no son los otros Operarios acaso más que plantas que deben adornar a él. No es lo común, pero puede suceder, y quiera Dios que no suceda... Y peor sería todavía, si este deseo de vanidad en general, se convirtiese en afición particular a uno o más chicos, sea con pretexto de conocimiento o protección anterior, o por ser mayor, o por simpatía, y mediaran demostraciones: porque sería una peste».

CAPÍTULO XXXVII



Bienandanzas del Colegio de Roma- El Cardenal Vives, primer Cardenal Protector de la Hermandad- El Colegio de Toledo- El Seminario de Zaragoza- El Templo Nacional de San Felipe de Jesús y el Seminario de Cuernavaca en Méjico- Los de Sigüenza, Cuenca, Badajoz y Baeza en España, y el de Puebla de los Ángeles en la República Mejicana- Fallecimiento de don José García.- Constitución física de Don Manuel.-Sus primeras enfermedades.

(1898-1903)



   Larga copia de satisfacciones, que le servían de lenitivo y contrapeso a los agobios y penas que experimentaba por otros conceptos, continuaba deparando a Don Manuel el próspero florecimiento de su Colegio de Roma. El 1.º de enero de 1898, el santo Cardenal Espínola, sucesor del eminentísimo señor Sanz y Forés en el arzobispado de Sevilla, informando oficialmente a los demás Prelados españoles acerca de la marcha del Colegio Español, decíales, entre otras cosas: «Vacante hoy la Sede de Toledo, el Rector del Colegio me dirige a mí solo la Memoria correspondiente al pasado curso de 1896 a 1897, y yo, cumpliendo el deseo de Su Santidad, me apresuro a transmitir a los Obispos españoles los interesantes datos que el documento a que me refiero contiene, de los que indudablemente deducirá V. E. que no son perdidos, sino antes muy bien aprovechados, los sacrificios que se imponen las diócesis y los Prelados que envían escolares al Colegio de San José. Ya lo había yo advertido, cuando, con motivo de la canonización llevada a cabo por León XIII en el último mayo, visité la Ciudad Eterna, hospedándome en el Colegio Altemps, morada de nuestros jóvenes estudiantes. El orden que allí reina, el ambiente de piedad que se respira y el afán con que se procura el adelanto de los alumnos, produjéronme impresión gratísima, que no se ha borrado ni se borrará nunca; y el mismo efecto, si no me engaño, causaron en los otros Obispos que en aquella santa casa se albergaron en tan solemne ocasión, o lo diré mejor, en todos los que entonces acudieron a Roma».
   Transcribe después los datos de la Memoria relativos a la conducta y progresos científicos de los alumnos y el estado económico del Colegio, y añade: «Tal es, venerable Hermano, en resumen, la Memoria de que se trata. Su contexto prueba dos cosas, sobre las cuales creo oportuno llamar la atención de V. E.: la importancia que en poco tiempo ha llegado a adquirir el Colegio Español en Roma, y la conveniencia, por ende, de que las diócesis envíen a él alumnos aventajados ... »
   La víspera de la fiesta del Dulce Nombre de Jesús de aquel ano, obsequió espléndidamente con dulces a los colegiales, el Santo Padre. Al presentarle don Benjamín, el 2 de febrero, la tradicional vela y darle las gracias por el regalo, León XIII, vol. viéndose a los que le rodeaban, exclamó: "Ho mandato dei dolci ai miei cari spagnuoli ...!"160. Tomó luego la mano de don Benjamín, y apretándosela cariñosamente, le preguntó cuántos colegiales eran, y al oír que sesenta, dijo: «Veremos si el año que viene llegamos a ochenta y después a ciento».
   Tan vehementes anhelos sentía de ello el Papa, que en una visita que le hizo el Cardenal Satolli, Prefecto de la Congregación de Estudios, díjole que estaba muy contento del Colegio, pero muy disgustado de que aún no llegasen a ciento los alumnos; que si sería culpa de la Congregación de Estudios por haber favorecido demasiado a los Seminarios Centrales de España; que si así fuera, había que poner remedio a ello, hasta deshaciendo, si era preciso, lo hecho. El Cardenal indicó al Papa el grave conflicto que se seguiría suprimiendo los privilegios ya otorgados, y León XIII le encargó que buscase un medio para dar a entender a los Prelados de España su resuelta voluntad de que todos ellos enviasen alumnos al Colegio Español, y de que fuese éste pronto uno de los primeros de Roma. El Cardenal prometió que así lo haría. Ya el 15 de septiembre de 1897, como Prefecto de la Congregación de Estudios, había dirigido una carta-circular al eminentísimo señor Cardenal Cascajares, Arzobispo de Valladolid, y a todos los Obispos españoles, declarando, en nombre y por expresa voluntad del Santo Padre, la validez en España de los grados académicos otorgados en Roma a los alumnos del Colegio Español, «cada vez más floreciente -decía-, bajo los auspicios del Pontífice y con universal gozo de la Ciudad Eterna, por la virtud, ciencia y laboriosidad de sus alumnos ... »
   Ahora, en cumplimiento de la palabra (lada a León XIII, el 28 de diciembre de 1898 envió otra Circular a los Prelados de España con el exclusivo objeto de recomendarles, en nombre del Papa, que amasen y favoreciesen al Colegio Español de Roma161.
   Ocupado y absorbido con los preparativos para el envío de Operarios a Méjico, no pudo Don Manuel realizar su acostumbrado viaje a Roma en el otoño de aquel año. Limitóse a recibir, atender y despedir en Barcelona a los nuevos alumnos. Enviándoles por Nochebuena sus felicitaciones y recuerdos, escribía a don Benjamín: «Mi Benjamín: Sin objeto, van dos líneas; siquiera para decirles que Jesús en su Nacimiento me los conserve sanos y salvos y santos, y me lo sepan albergar bien en el corazón de esos colegialitos, predestinados a darle luego mucha gloria, y a la Hermandad provecho, honra y bendiciones. No les olvido en mis súplicas a Jesús para que así sea, y puedan ver ustedes, ya que yo no, a los hijos de sus hijos hasta la cuarta y quinta generación, aunque tengan que engendrarlos cum dolore et gemitibus». Y el 31 de diciembre: «En este día, último del año, de tantos recuerdos gozosos y dolorosos. Hace diez años justitos que hoy y mañana solté ante 1,9 pequeña grey la idea de una casita de San José en Roma, que por lo mismo que sorprendió se confió a las oraciones y a la meditación de todos por un año. Y hace nueve justitos que fue aprobada con entusiasmo. Y luego... penas, dolores y contradicciones ... Pero, era ayer ... ; y aquello pasó, y hoy es el Colegio Español ... Conque, que Jesús Sacramentado sea por siempre bendito y alabado en el Colegio Español de Roma y en todos los Colegios presentes y futuros, y por todos los Operarios y colegiales. Amén, amén, amén».
   El 2 de febrero de 1899, al hacer don Benjamín, acompañado de un alumno, la acostumbrada ofrenda del día de la Purificación, León XIII, refiriéndose a ellos, dijo a los que le rodeaban: « Ci fanno veramente onore!...»162 El 19 de junio, fue creado Cardenal el egregio capuchino P. José de Llevaneras Vives y Tutó, y el 30 del mismo mes le nombraba el Papa, a petición de los Operarios, Cardenal Protector de la Hermandad.
   «Mi respetable señor Cardenal y amadísimo Padre:-le escribía Don Manuel el 8 de julio-He recibido el despacho del eminentísimo señor Cardenal Secretario de Estado de 1.0 de julio del actual, en que me comunica que S. S. se ha dignado designar a Vuestra Eminencia Protector de nuestro humildísimo Instituto.
   A este anuncio sólo me es dado exclamar: A Domino factum est istud y Benedictus Deus in donis suis. Porque don de Dios es para nosotros que sea confirmado oficialmente en esta protección quien tan abierta y caritativamente la ejerció desde el primer día y cuando las oleadas de amargas contradicciones hacían zozobrar la empresa de nuestro Colegio de Roma el año 90 y 91, y con ella tal vez el desarrollo, o al menos, el honor de nuestra Hermandad.
   Y don de Dios, y muy grande, es para nosotros tener con este motivo un título más para obtener las santas y paternales oraciones de V. E., de que tanto necesita nuestra naciente Institución. Ya puede pensar que a V. E. no le faltarán las oraciones de la Hermandad, único tributo de gratitud que, en su pobreza, puede ofrecerle ésta. Y puesta desde hoy y por siempre a disposición de V. E., y dócil y sumisa a sus sabias indicaciones, a V. E. acudirá en su inexperiencia, y su protección invocará respetuosa en cuantas circunstancias lo exija su debilidad.
Reiterando a V. E. su más afectuosa veneración, besa el A. de V. E., por sí y a nombre de la Hermandad de OO. DD., su humilde y s. s. y cap. -MANUEL DOMINGO Y SOL».
   Al contestarle, el 3 de agosto, decíale el Cardenal Vives: «Sobradamente conoce usted cuán vivo afecto profeso a usted y a todos los suyos, y cuánto en lo íntimo de mi alma aplaudo su Obra y he estado siempre dispuesto a poner a su disposición mi escaso valer. Hoy me une con su Obra, por la bondad de usted, un nuevo lazo, que me obliga a mirarla como cosa mía, y que Dios pone en mis flacas manos. Sea esto en usted un motivo poderoso para tener la seguridad de que mi afecto ha crecido, de que mis deseos de ayudarle son mayores, de que mis bendiciones más amplias y afectuosas serán para su Instituto. En cambio, sólo pido de usted mayor libertad en mandarme».
   A fines de julio habíale enviado Don Benjamín una carta que a éste escribiera el 19, desde el Colegio Nazareno de Roma, Monseñor Mistrángelo, Arzobispo de Florencia y futuro Cardenal de la S. R. l., la cual debió llenar de consuelo el corazón de Don Manuel. «Mi amadísimo don Benjamín-decíale Mons. Mistrángelo-: Mi mayor gusto hubiera sido pasar ahí en persona seguidamente después de la audiencia que me otorgó el día 11 la suma benevolencia del Padre Santo. Estoy seguro de que mi voz habría hecho palpitar de contento el corazón de usted y el de esos jóvenes escolares españoles, para quienes tuvo el Papa expresiones de bondad y de afecto singularísimo. Pues así que oyó que el día 9 había estado yo en el Colegio Español, donde había dirigido algunas palabras de aliento a los alumnos en el solemne Te-Deum de acción de gracias por la clausura del año escolar, se mostró complacidísimo y dignóse manifestarme su satisfacción por la buena marcha del Colegio y el espíritu de piedad que en él reina, no menos que por la aplicación y el aprovechamiento de los alumnos en el estudio. «Aquellos buenos jóvenes-me dijo-aprovechan de veras. Sé que estudian mucho, dan excelentes resultados en los exámenes, y yo estoy contento de los españoles».
   Ya en la audiencia anterior, habíale yo pedido una bendición especial para los Superiores y los alumnos. Pedísela de nuevo; y él, con aquel rostro iluminado por la luz del genio y del santo, que comprende cuantas esperanzas y consuelos reporta la bendición de Dios cuando fecunda el alma de los jóvenes consagrados al sacerdocio, dijo: «¡Sí, les bendigo! ¡Les bendigo de todo corazón!... »
   Y yo comunico ahora a usted, carísimo señor Director, a los Superiores y a los escolares españoles, este preciosísimo don de la bondad del Padre Santo. Sea para todos lenitivo reparador de las duras fatigas pasadas, y estímulo para avanzar con mayor ahínco, a fin de merecer cada vez más estas señaladísimas muestras de la soberana bondad del Santo Pontífice. Espero no tardar mucho en volverle a ver; y me prometo hallar, a mi vuelta, a usted y al muy querido e infatigable P. Homs, en buena salud, y a esos buenos colegiales más animosos, si cabe, y en mayor número, preparados con santa alegría para las fatigas del próximo curso.
   Con mis saludos a usted y a todo el Colegio, téngame usted por su affmo.-ALFONSO MARÍA, de las Escuelas Pías, Arzobispo de Florencia».

   El 27 de octubre llegó Don Manuel a Roma con los nuevos colegiales. Hablando de la fiesta del Reservado en el Colegio, decía el día 13 de noviembre: «Ayer tomamos café con el Cardenal Rampolla, que nos dio un buen rato después de la Misa de Comunión. Estaba familiarísimo con todos, y atentísimo con el Padre General, pues sólo me nombraba con este título. El Cardenal Vives comió con nosotros y estuve a su lado y hablamos de muchos asuntos, Esto es una gloria. Estoy bien de salud». Y el 15: «El 12 fue nuestra fiesta. Por la mañana, el Cardenal Rampolla estuvo una hora de sobremesa. Al mediodía, por una gracia que no concede a ninguna Casa ni Colegio, vino a comer con nuestros chicos el Cardenal Vives. Presidía la mesa él, teniendo a su derecha al Obispo de Buenos Aires y a su izquierda al Dr. Sol. Luego, le hice descansar en mi habitación hasta la hora de la Bendición, y le tuvimos hasta entrada la noche. Este Colegio es un noviciado».
   El Cardenal Rampolla regaló a los Superiores el magnífico retrato suyo que figura en la galería de bienhechores insignes del Colegio.
   Asistió Don Manuel al Consistorio que se celebró en diciembre y declaraba sus impresiones en estos términos: «Hoy ha sido el Consistorio. Crea que me ha conmovido el acto; y la presencia del Papa, de aquel esqueleto tan venerable, me ha emocionado. Los aplausos y vivas a León XIII, pero sobre todo las de los españoles con sus vivas al Papa-Rey, han sido una cosa edificante. Se me representaba el día de Pentecostés... Tanta diversidad de lenguas... Cretes et arabes et advenae...! ¡Qué evidencia de la universalidad de la Iglesia! ... »
   El Cardenal Nava di Bontifé, que asistió al Consistorio, se hospedó en el Colegio. Al decírselo al Papa, le contestó éste: «Nell mio Collegio»; y lo añadió que estaba muy contento de los progresos del mismo.
   Partió Don Manuel para España el 6 de febrero de 1900. De su visita de despedida al Cardenal Vives había escrito desde Roma el 4 de aquel mes: «El día de la Purificación fui a ver y a despedirme de nuestro Cardenal Vives. El buen Cardenal ha tenido esta tarde la humorada de devolverme la visita, que me ha sorprendido. Me ha traído y regalado un libro y una estampa: los dos con una hermosa dedicatoria al Padre Fundador, y General, etc., etc... Le hemos tocado un rato el gramófono y ha marchado. ¿Quién ha visto al P. Llevaneras tener que ir en coche de dos caballos? ... »163.
   No dejaba León XIII de aprovechar cuantas ocasiones se le presentaban para expresar su satisfacción y ufanía por el Colegio Español de Roma. En mayo de este año había estado en la Ciudad Eterna el Obispo de Málaga, excelentísimo señor Muñoz Herrera, el cual, al salir de una audiencia con el Pontífice, exclamaba: «¡No me podía imaginar que el Papa quisiera tanto al Colegio Español!»
   Este mismo Prelado, el 13 de julio, escribía a Don Manuel: «La Obra de usted es encantadora. Yo vengo enamorado de nuestro Colegio de Roma, y entiendo que lo mismo ocurre a todos los Prelados que lo visitan».

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   En Toledo, cuyo Seminario, dirigido desde octubre de 1898 por la Hermandad, iba-según comunicaba el 1.º de diciembre Don Manuel a don Esteban Ginés-«viento en popa, si no viene -añadía-alguna rabotada del diablo», se inauguró el 1.º de enero de 1899 el Colegio de Vocaciones Eclesiásticas de San José.

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   En aquel mismo año, el 1.º de julio, vendió Don Manuel su casa pairal. «He vendido-decía en sus cartas de aquellos días-, por 5.000 duros, la casa mía de la calle del Ángel. Me ha apremiado una sobrina. Me he desprendido, pues, de la casa pairal... No quedan ya más que dos mil duros; y tenemos el viaje de los mejicanos encima... y otros agujeritos que hay que tapar. En fin, vivimos de milagro... Desearía que no faltaran todavía cinco años para poder dejar la carga y poner la mochilla en algún joven, como confío obtenerlo de los nuestros, si vivo; a no ser que entonces me hayan entrado ya las miserias de viejo: que no confío. Ayer y hoy, a las cuatro de la mañana, he ido a dirigir la operación de trasladar todos mis muebles del piso de mi ex-casa, en donde nacimos todos los hermanos. No me he afectado lo más mínimo, porque todo se pasa; y sólo siento la separación de mi Ángel, ante el cual nací. Él, que no me deje a mí...».

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   En octubre se encargó la Hermandad del Seminario Central de Zaragoza. Año y medio después-en mayo de 1901-, hablando por vez primera Don Manuel a los seminaristas, les decía: «Era la mitad de noviembre de 1898 cuando me escribió el difunto Prelado señor Alda invitándonos, sin nosotros esperarlo ni preverlo, para que propusiéramos bases... Y puse nuestra empresa a los pies de la Virgen del Pilar, a la cual hace años pedía por esta archidiócesis, que tenía puesta dentro de mi corazón, pues la comunicación con varios sacerdotes de ella, de los pueblos lindantes con los nuestros, y que enviaban chicos a nuestro Colegio de Tortosa, nos la habían hecho interesante. Y la Virgen me ha concedido esta gracia y os he puesto de nuevo bajo su manto ... »

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   Tres de los Operarios de la primera expedición mejicana que partió para Méjico el 25 de noviembre de 1898, al llegar allá, se establecieron provisionalmente en el Colegio de San Joaquín de Misioneros Guadalupanos, a ocho kilómetros de la capital.
   No apartaba un punto Don Manuel su corazón y su pensamiento del «provechosísimo campo de Méjico-decía el 6 de febrero de 1899-, en cuyas diócesis seríamos los únicos dueños, pues nuestra Obra es el único necesario, que no nos arrebatarían otros Institutos... Si tuviéramos veinte Operarios o auxiliares, arrebatábamos todos los Seminarios, y todas las almas del antiguo Imperio mejicano. Así, den gracias a San José y oren mucho».
   Y por aquellos mismos días a los de Chilapa: «Como, duermo y sueño con Méjico y Chilapa, y estoy dando vueltas al problema de ayudar ahí... Por Jesús, pongan una estampa de San Rafael en su enfermería o habitación, para que me los conserve sanos siempre, al menos hasta que vaya refuerzo ... » Por extraordinaria providencia de Dios, fueles ofrecido a los Operarios que se hallaban en la capital, el Templo Nacional Expiatorio de San Felipe de Jesús, de reciente fundación, magnificentísimo y rico, y situado en la más importante calle de Méjico. Comunicáronselo a Don Manuel, y en abril de 1899, escribía éste: «Creo dije ya que podrían los Operarios empezar alguna práctica especial para lo de Reparación en Méjico..., que me espanta- y me ilusiona. Además, hagan un memento cada día. Hace tres que recibí carta larga de Méjico; ayer, otra, certificada, y hoy otra pidiendo telegrama sobre aceptación de una iglesia nueva y en el punto más céntrico de la capital, para Reparación, organizada por los Operarios, con preferencia a otros Institutos franceses, y con casa que vale un Potosí.... etc., etc., y que sólo por afecto a nosotros nos ceden los albaceas señor Plancarte, Obispo de Cuernavaca, y el señor Abad de Guadalupe. A pesar de la falta de personal, idea que casi me pone enfermo, creo que telegrafiaré que conforme, pues los nuestros de aquí, los más refractarios a iniciar nuestro objeto primordial de Reparación por la misma causa, parece que se inclinan. Jesús, que nos bendiga. No digan nada hasta que sea un hecho, y pidan que sea pronto, y escribiré que ese pronto no podrá ser hasta que... Dios sabe cuándo».
   Resolvióse Don Manuel por la empresa, y el 25 de octubre despedía en el puerto de Barcelona a la nueva expedición de Operarios para Méjico, que iban debidamente autorizados para que pudiesen, en nombre de la Hermandad, firmar las bases de aceptación de la iglesia de San Felipe, «con el objeto principal de desarrollar en ella el culto a Jesús Sacramentado». Llegados a Méjico, fueles entregado el templo el 15 de diciembre de 1899, por los albaceas del ilustrísimo don Antonio Plancarte, fundador del mismo, el doctor don Francisco Plancarte, Obispo de Cuernavaca; el doctor don Leopoldo Ruiz, después Arzobispo de Michoacán, y el abogado don Antonio Dávalos, que firmaron también las Bases, con los Operarios.

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   El 15 de junio de 1900, confió el mencionado ilustrísimo señor don Francisco Plancarte a la dirección de la Hermandad su Seminario de Cuernavaca.
   En octubre de 1901 tomaban posesión los Operarios de los Seminarios de Sigüenza y Cuenca, y en esta ciudad, además, del Colegio de San Pablo.
   En octubre de 1902, del Seminario de Badajoz, y en las postrimerías de aquel año, del de Puebla de los Ángeles (Méjico).
   Finalmente, en octubre de 1903, se encargaba la Hermandad del Seminario de Baeza, el primero que les fue confiado en Andalucía, región hacia la cual sentíase inclinado Don Manuel con especialísimo interés de compasivo celo, siempre que pensaba en «las pobrecitas diócesis» de ella, según su habitual expresión. En 1894 escribía al señor Arzobispo de Granada: «No podemos aceptar para el inmediato curso su cariñoso ofrecimiento, con grande pena, por tratarse de Andalucía, a la que tenemos puesta en nuestro corazón».
   «Nos están apremiando -decía en julio de 1900-para que aceptemos en el próximo curso el Seminario de Málaga, a lo cual nos sentimos inclinados por tratarse de Andalucía». En abril de 1894 encargaba al Rector de Roma: «Obséquienme al Obispo de Jaén. No hay día que no envíe una bendición sobre aquella diócesis desde que el pobre abad de Nuestra Señora de Fuensanta me escribió».

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   El año 1900 reservaba en sus postrimerías a Don Manuel una tristísima y trágica efeméride. En la noche del 20 de noviembre, al ir a practicar un acto de caridad, mientras arreciaba un fuerte vendaval, don José García - el hombre de confianza, principal consejero y brazo derecho de Don Manuel-, sufrió una caída en las excavaciones practicadas junto a la Catedral, que le produjo heridas de consideración en la cara y en particular en el ojo izquierdo. fue preciso someterle, el día 23, a una operación quirúrgica, en la cual falleció repentina e inopinadamente. Tenía cincuenta años. El desconsuelo de Don Manuel, aumentado por lo inesperado y rápido del fatal desenlace, no tuvo límites. El día siguiente al de la caída sufrida por don José, informando a las religiosas de la Purísima, de las que era éste Vicario y confesor ordinario, les decía: «Mosén José está sin fiebre, pero queda el asunto del ojo. Al fin, parece han resuelto que se le haga la operación mañana, a las ocho y medía de la mañana. Me aseguran que no hay peligro; pero es preciso orar para que vaya bien. Yo no se lo diré hasta una hora antes, y sin decirle en qué consistirá. Esta mañana me ha dicho que le quedaron tres ahí por confesar; pero, la verdad, ni tengo tiempo, ni humor. De todos modos, si se hace la operación, creo que esto va largo. Repito que en la salud general está bien, y sin fiebre; sólo me da pena la operación. El se encuentra tranquilo y hasta gasta bromas». El mismo día del triste acaecimiento de la muerte de don José, escribía Don Manuel: «Esta mañana, apenas terminada la operación de nuestro don José García, se me ha quedado muerto, causándome una impresión vivísima». Y un mes más tarde, el 24 de diciembre, a don Froilán Beltrán: «Recibí su carta de pésame. Crea que ha sido para mí una verdadera tribulación y contradicción gravísima. No había tenido afectación mayor que ésta en tantos amados que he perdido». «Era el finado-declaraba en otra carta-mi hijo y mi padre a la vez, y mi consejero». Así, que no acertaba a consolarse de tamaña pérdida. El vacío que dejó en su corazón y en su vida no acababa de llenarse. Todavía en 1902, el 24 de julio, escribía desde Benicasim, declarando la pena de ausencia que allí le causaba el recuerdo de don José: «Aunque han venido varios Operarios a visitarme, no me han llenado; porque es éste lugar de muy tristes recuerdos, y no me llena nada ... »

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   En el mismo año en que falleció don José García, había Don Manuel comenzado a sentir quebrantada su hasta entonces excelente salud. Era Don Manuel, en su aspecto y constitución física, de talla más que regular, bastante corpulento, de complexión fuerte, tez blanca, rostro hermoso y muy simpático, ojos y cabellos castaños. Su mirada, siempre recogida, respiraba inefable mansedumbre y bondad. Su voz, era dulce e insinuante, suavemente quejumbrosa, como si revelara siempre, aunque veladamente, la existencia en su corazón de alguna pena secreta, cuidadosamente disimulada. Por su costumbre de caminar con el cuerpo hacia adelante, aparecía un poco cargado de espaldas. Al verle cual era: cariñoso, afectuoso, venerable, hermoso en la majestad y majestuoso en la hermosura, hubo quien exclamó alguna vez: «i Ah, ya tiene bien puesto el sobrenombre de Sol, ya!»
   El joven doctor Vilá, que fue médico de Don Manuel en los últimos años de su vida, y continuó prodigando a aquél el cariño y los acertados y exquisitos servicios profesionales que su padre le había prestado anteriormente, declara que Don Manuel fue siempre fisiológicamente anormal. «Su organismo-decía-no era de los más resistentes; su estado normal o de salud no correspondía, ni casi se asemejaba, al que en medicina se designa por fisiológico: era, en realidad, un individuo anómalo en el concepto de la morfología y funcionalismo orgánicos. Siendo yo todavía muy niño, recuerdo que mi padre (q. e. p. d.) se preocupaba por el más insignificante trastorno que sufría Mosén Sol. Estudiando los últimos cursos de m¡ carrera, fueron muchas las ocasiones en que mi buen padre me hablaba del anómalo y rato organismo de Don Manuel. En las excursiones que el benemérito sacerdote realizó a los distintos Colegios por él fundados, cuando por cualquiera indisposición que sufría se llamaba al médico, éste, si por primera vez le asistía, no podía menos que alarmarse al observar un caso tan raro y tan poco observado en la práctica, pues la constitución del ilustre enfermo y el funcionalismo de su organismo tenían ciertas particularidades que sorprendían a todos los médicos, extrañándoles cómo de aquella manera podía vivir. La particularidad principal de aquel organismo era, indudablemente, la bradicardia, tan rara, que son contados los casos en-que se presenta un caso igual al del doctor Sol. Su corazón, algo hipertrofiado, mas sin soplo alguno que demostrase lesión orgánica en orificios ni válvulas, latía de una manera perfectamente rimada, pero con una frecuencia de 36 sístoles por minuto».
   Describe luego detalladamente el Dr. Vilá la naturaleza de las anormalidades orgánicas de Don Manuel y señala los trastornos que parecían deber seguirse de las mismas: atonía de vigor físico y, sobre todo, del cerebro. Y, sin embargo, dice: «nada de esto ocurría, pues resistía un trabajo cotidiano capaz de fatigar a cualquier individuo joven y perfectamente organizado... No se trataba de un individuo enclenque y enfermizo, que arrastrara una vida pobre y artifíciosa, no: por sus manifestaciones exteriores, su cerebro percibía clara y distintamente las sensaciones y las graduaba; su ideación era de las privilegiadas; su memoria, envidiable; su voluntad, queda manifiesta en los actos por él realizados: las obras por él emprendidas y desarrolladas demuestran lo gigantesco de sus facultades psíquicas... ¿Cómo se explica que un cerebro tan pobre, tan sujeto a los continuos embates de congestión e izquemia y tan mal nutrido, pudiera soportar un trabajo intelectual tan grande como el que ejecutaba? ¿Cómo cabe comprender que un corazón tan vulnerable pudiera resistir los continuos sufrimientos que le proporcionaba el desarrollo de aquellos maravillosos proyectos por él realizados? ¿Cómo un ser que tenía sus dos órganos principales expuestos a enfermar, pudo resistir hasta la edad de 73 años con una inteligencia clara y una voluntad firme, como si se tratara de un hombre en plena y perfecta salud, de un organismo privilegiado? El por qué y la explicación de todo ello, ingenuamente confieso que no acierto a comprenderlo ni adivinarlo. ¿Eran todos sus actos y todas sus obras hijas de sus propias energías y de sus facultades? Creo que no: pues obsérvase una gran desproporción entre su constitución así como su funcionalismo físico y las obras por él emprendidas y realizadas. ¿Existía algo extraño a su organización, que le impulsaba a planear y ejecutar las obras por él llevadas a cabo? Así lo creo: pues si tales fenómenos no se explican racional y humanamente, no es aventurado afirmar que Don Manuel mereció y obtuvo gracias abundantes y especialísimas del Supremo Hacedor para concebir y realizar las múltiples y sorprendentes obras ligeramente apuntadas». Así lo creía también el propio Don Manuel, el cual más de una vez declaró que «¡Su vida era un milagro de Jesús Sacramentado! ... »
   De su perenne actividad y plenitud de vigor físico, escribe don Juan Bautista Calatayud, que vivió muchos años a su lado: «Don Manuel llegó hasta los sesenta y ci . nco años con una exuberancia de vida y tal perfección en todas las funciones de su organismo, que nada se veía en sus potencias y sentidos que pudiera tomarse como indicio y señal de decadencia, y menos de que pronto había de entrar en las fases que preceden a un ocaso definitivo. Trabajaba desde la mañana hasta la noche con actividad febril, sin experimentar apenas cansancio. Emprendía largos y molestos viajes; y en el tren, en las diligencias, entre el traqueteo de bajadas y subidas, arreglo de maletas, encargos a los ausentes y atenciones a los presentes, se rejuvenecía, y parece que se olvidaba del peso de los años y de las múltiples preocupaciones de su cargo y de las importantes obras que siempre llevaba en proyecto o entre manos. Comía de todo y a la hora que se estimara conveniente, sin que se le notaran jamás las repulsiones naturales del que se ve en la necesidad de alimentarse con los más extraños guisos, ni sintiera debilidades al variarse notablemente la hora de la comida, y esto que estaba habituado a la vida ordenada y metódica del reglamento.
   Hasta sus últimos momentos conservó la lengua expedita, los oídos muy afinados y despiertos; para leer toda clase de letras y a la pobre luz de un quinqué, alimentado por petróleo, no echó nunca de menos las gafas. La voluntad de Mosén Sol no conoció lo que se llaman indecisiones, debilidades y flaquezas; su memoria fue, en determinados aspectos, de las más felices que hemos conocido. Basta un solo detalle: a pesar de sus muchas relaciones y de que las mantenía vivas por medio de cartas, no tuvo libreta de direcciones, y eso que gustaba de ponerlas con exceso de pormenores, para facilitar en Correos la tarea de la clasificación de la correspondencia. Y en cuanto al entendimiento, la potencia más noble del alma, no padeció más que ligerísimos eclipses, y aun momentos antes de desmoronarse lo que tiene de arcilla la naturaleza, a los repetidos golpes de la enfermedad que le ocasionó la muerte».
   No es extraño, pues, que escribiendo el 3 de abril de 1880 a las religiosas de uno de los conventos, se expresara Don Manuel de este modo: «Acabo de levantarme de la cama, donde he estado tres días constipado. Doce años hacía que no había estado un día en cama: de aquí es que me hace novedad el pensar que ya me vuelvo viejo; y no sé por qué no tengo ganas aún. Estoy muy poco desprendido. Habrá de hacerme un sermón la Madre Vicaria».
   El 19 de marzo de 1900 le sobrevino la primera enfermedad seria, en forma de gástrica catarral, que le obligó, y ésta era su mayor pena, a estar sin poder celebrar la santa Misa hasta el 17 de abril. Ya convaleciente, el 18 de este mes se trasladó a Valencia, desde donde escribía el 19 a los Operarios del Colegio de Roma: «A pesar de comer de carne, de no dejarme rezar ni escribir, van para ustedes casi las primicias de mi enmohecida pluma. Gracias por el interés de ustedes y por los consejos para que fuera obediente y paciente. En cuanto a obediencia, ha sido completa, según todos, y la he practicado hasta el heroísmo de aceptar las Siervas, que por ello sin duda han sido, después de Dios, mi salvación. En cuanto a paciencia, yo me presumí que la había practicado hasta el heroísmo: pues, fuera de voltearme como una campana las treinta horas primeras, agobiado por dolores de vientre, inaguantables aun para el más experimentado, he estado muy quietecito. Los nuestros, para aquietarme en medio de las crisis, me ponían un palié164 de mantas, que me hicieron reventar los poros; y sus alientos me producían el efecto de aquel famoso no-t queixes165, del no menos famoso Estevétur. Por lo demás, digo, muy quietecito. Luego sí, en mi primera convalecencia, por tener que ir tan despacio, daba más quejas y gemidos y suspiros que una devota de cuatro suelas. Es que no he entrado todavía en el estado de valetudinario habitual, y por esto me falta la gracia de estado. Por otra parte, no le tengo gran devoción a ese estado, y, a no ser para mucha gloria de Jesús, le pido a Este que lo 1 aplace. Pero cúmplase, con todo, su amorosísima voluntad».
   De otra más alta condición espiritual solían ser estos continuos suspiros que Don Manuel, enfermo, exhalaba, y de los que él acaba de hablar festivamente. La Madre Aloysia Pla y Deniel, religiosa de Jesús-María, en una de las enfermedades de Don Manuel, le escribe: «Termino por hoy mendigándole en mi favor algún suspiro de aquellos tan íntimos al buen Jesús, que en el estado actual de usted suplen largas oraciones y actos al parecer de gran valor, que ni de mucho creo igualan al de uno de estos suspiros».
   El 28 de abril daba Don Manuel cuenta de su enfermedad y de las lecciones en ella aprendidas, en estos términos: «Las dos cartitas y alguna otra escrita el Martes Santo, contra las prescripciones de Vilá, me produjeron tinos dolorcillos neurálgicos en las sienes, dándome mal humor el verme hecho una flo de carabassera166 después de tres semanas de convalecencia. Quería escribir a usted y a otros, aquellos días, y tuve que dejarlo. No sé si fue más el ruido que las nueces en mi enfriamiento o dengue, o lo que fuera; si bien alarmó un poco a Vilá, y la actitud de los nuestros llegó a hacerme pensar si era hora de dar algunas disposiciones verbales, etc. De todos modos, ha sido para mí una nueva misericordia de Dios, y un desencanto para algunas almitas, que no sabían darse cuenta de que contaban con un apoyo que se puede morir; y ocasión, además, de una demostración de interés y de afecto, que no podré pagar debidamente, pero que deseo olvidar, para que no se me borre una lección que hace pocos meses aprendí (y ¡¡esto, después de tantos años que me lo decía San Pablo!!) de que todo... todo... todo es nada».
   Restablecióse totalmente, y en lo restante de aquel año, durante el de 1901 y hasta noviembre de 1902, gozó de cabal salud y pudo desarrollar su ordinaria actividad.
   El 8 del mes últimamente citado, víspera de la fiesta del Reservado del Colegio de Tortosa, estando arrodillado en el coro de la capilla, al mediodía, mientras los colegiales cantaban el Magnificat según costumbre en semejantes fechas, cayó al suelo con el primer ataque de anemia cerebral. No le dio importancia al lance, y bajó con los demás Operarios al refectorio, donde de nuevo le sobrevino el mismo peligroso accidente. Ordenóle el médico que se acostara. No había de celebrar ya Misa hasta el 3 de mayo de 1903. Estuvo unos días en cama, y el 28 de noviembre se pudo trasladar, con su familiar y secretario don Juan Estruel, a Valencia, a donde le enviaba el médico, prohibiéndole rigurosamente decir Misa, rezar el oficio, escribir ni leer, preocuparse, admitir consultas, etc... Sólo le consentía y mandaba irse de paseo al Grao «para ver cómo embarcaban la naranja». Así lo hizo Don Manuel, saliendo con Estruel mañana y tarde.
   Érale imposible fijar la atención en nada. Sólo el oír Misa le causaba fatiga. El 1.º de enero de 1903 escribíale desde Tortosa, en estilo joco-serio, don Santiago Vilá: «Ante todo, gracias mil por su recuerdo y obsequio. Sigue, luego, el desearle iguales felicidades a usted para el 903. Creo que una observancia estricta durante el mismo de descanso y reposición de fuerzas, le ha de llevar al 904 dispuesto a aumentar hasta cien el número de sus fundaciones. Mas, para que estos trabajos pueda realizar, se necesita que se disponga a ellos, recogiendo y reuniendo fuerzas y no gastándolas hasta tanto que tenga tal repuesto de las mismas, que, aun después de llevados a cabo esos trabajos, se encuentre con un sobrante; pues que, de otro modo, se expondría a que a mitad de la empresa, o antes, tuviese que suspenderla y perder todo lo adelantado. No piense, pues, por ahora, en trabajo ninguno, por ligero que sea, ni en su venida a ésta mientras haya sorieres167 que se acuerden del camino del Colegio, y los correos lleguen directamente a ésta desde Murcia, Astorga, Badajoz, Roma, Chilapa, etc., etc...»
   El 3 de aquel mismo mes, decía Don Manuel a los Superiores y alumnos de Roma: «Continúen orando para que la vita abscondita que me amenaza, o con la cual me amenazan, sea verdaderamente abscondita cum Christo in Deo».
   Le permitieron hacer una rápida excursión a Tortosa, y de regreso en Valencia, escribía el 15 de marzo a los Operarios de Roma: «Aquí me estoy otra vez desde el 4 de éste, despachado de Tortosa... Estoy más animado... Ya me dejan escribir y saber cosas. Durante un mes casi me tuvieron sin noticia alguna. Todo sea por Jesús. Vayan, pues, diciendo, y continúen rogando a San José por este inválido, para mayor gloria de Jesús y su santificación». «Aquí estoy-decía en la misma carta a don Juan B. Calatayud-otra vez, hecho un mussol168. No sé qué quiere Jesús de mí. Diga a Jesús, a la Virgen y San José, todo lo que yo les digo y repítales lo que usted les dirá, y que podamos vernos para bien y santificación mutua. Estoy bastante más animado, después de tantos días de estar cerca de las soledades de Getsemaní en mi espíritu. Feliz día de San José. Aún no celebro ni rezo; y la comunión, algunos días, y pocos, y muy de mañana. ¡Ya ve cuánta miseria!»
   A propósito de Getsemaní, comenta don Juan Calatayud: «En los años de la última enfermedad de Don Manuel le oí la siguiente frase: «Cuando me encuentro así, es un estado en que pienso cuál sería el desfallecimiento y terrible agonía de Jesús en el Huerto.» El 23 de aquel mes escribía Don Manuel a la Madre Rosalía del Niño Jesús: «Sigo más animoso y esto me da confianza de algún restablecimiento. Así, continúen con sus oraciones: pues, ciertamente a ellas y a las de otras muchas almas buenas, atribuyo mi convalecencia; y dichas oraciones deposito ante Jesús, para que no mire las mías, ni mis indignidades. Y prou, que-m canso»169. El 27: «Voy siguiendo y pasando las horas, días y semanas y meses en lo banc de la paciencia, que dicen los payeses de mi tierra, y en fatigosa inacción, si bien con menos decaimiento de ánimo, gracias a las oraciones de las almas buenas».
   El 15 de mayo regresó a Tortosa: «No estoy bien aquí-decíapor el coret, que se enreda en cosas. Veremos lo que quiere Jesús y propone Vilá». Y Vilá le recetó un viaje a Castilla. Salió el 26 de Tortosa para Burgos, donde llegó el 30 de junio, después de haber hecho escalas en Tarragona, Barcelona, Zaragoza, Sigüenza, Toledo y Madrid. Sentóle la excursión a maravilla, y Vilá le decía: «Le felicito, y cada vez me alegro más de mi mal genio y rareza en empeñarme en sacarle de ésta a todo trance». El 17 de julio escribía Don Manuel desde Burgos: «Salgo pasado mañana, Jesús mediante... No saldría de aquí, porque estoy bien y me prueba, pero... la dichosa Reparación me obliga, y es fácil que me hagan luego aplazar la fecha y casi me enfadaré. El 1.º de agosto empezaremos, si el Santo Ángel de España lo permite, los Ejercicios en Valencia... Pida a Jesús que pueda yo dirigir una palabra a los nuestros en aquel acto, y después. Lo cual haré, si el médico no me lo prohíbe, por si acaso tuviera que ser el canto del cisne, sí Jesús dispone de mí ... » Después de la reunión de los Operarios en Valencia, escribía a Roma a don Juan Calatayud: «Me he agitado estos días y emocionado. El fervorín no lo concluí, porque las piernas me tremolaban ya por mi emoción, y corté. Sólo por dar gusto a usted, hice maniobrar a nuestros artistas ... ; pero no les iba bien la máquina. No crea que soy tan viejo como me han puesto en la fotografía».

CAPÍTULO XXXVII



Celo de Don Manuel por los objetos de la Hermandad. - Otros Seminarios confiados a la misma durante su Generalato. - «Operarios en ministerio». - El fomento de vocaciones religiosas y apostólicas. -Templos de Reparación - el de Tortosa. - Empresas en favor de la Juventud secular y de la clase obrera.-Enfermo en Burgos.-El Segundo Capítulo General de la Hermandad. - Renuncia al Generalato y torna a ser reelegido.-Grave recaída en su enfermedad.

(1904-1906)



   A pesar de las enfermedades que comenzó a padecer, y en la medida en que le era posible, no descuidó Don Manuel el cumplimiento de los graves y múltiples deberes que le incumbían como Fundador y Superior General de su Instituto.
   «No pasa ni un día, ni un solo momento -escribía a un Operario-en que no me acuerde en la presencia de Dios del desarrollo de los objetos primordiales de nuestra Obra». Y a otro: «Recibo su última consoladora carta. Digo que me ha sido consoladora, porque son pocos los que (sin duda porque su campo particular les cierra el horizonte) me alientan para el desarrollo de los objetos primordiales de nuestra Obra. Yo no los olvido ni un día, ni un momento; pero la falta de personal me enerva, y pienso, si Jesús quiere, reservarlo para nuestros futuros Operarios, puesto que con los que somos no puedo atender a mis deseos».
   Aludiendo a estas preocupaciones de su espíritu y penas interiores, escribía a uno de sus Operarios predilectos: «La formación de cada uno de los Operarios, aparte de las condiciones del Superior inmediato, y no habiendo podido tener un semi-noviciado, depende de la fidelidad de cada uno al Reglamento. Y así, debemos formarnos nosotros, principalmente por este medio, y más en los principios apurados de la Obra y con su corto personal. De la parte de responsabilidades que yo tengo en las deficiencias, y son muchas en una Obra que empieza, pida a Jesús me perdone: que bastante penitencia llevo con el peso de mis temores y remordimientos».
   El nuevo rumbo y más dilatada esfera de acción en que entró la Hermandad al aceptar la dirección de Seminarios, absorbía, por una parte, el personal, ya de suyo escaso, y acaparó, por otra, casi por entero la actividad y la atención de Don Manuel, el cual, a partir de la fundación del Colegio de Toledo en 1899, no llevó ya a cabo la de ningún otro. fue, en cambio, aceptando durante los últimos años de su vida, un buen número de Seminarios de entre los que le fueron ofreciendo los Prelados de España y América. En 1904, los de Jaén, Ciudad Real y Málaga; en 1905, el de Barcelona; en 1906, el de Segovia; en 1907, el de Almería; y en Cuernavaca (Méjico), se hicieron cargo los Operarios del culto en aquella Catedral; en 1908, pocos meses antes de la muerte de Don Manuel, del Central de Tarragona.
   Merece consignarse la particularidad de que en los Seminarios de Méjico, no se limitó la Hermandad, como hiciera hasta entonces en los de España, a la dirección espiritual, disciplinar y administrativa; actuaron, además, los Operarios, como profesores170.
   De la ardua y penosa labor desarrollada por los Operarios en los Seminarios; de las vicisitudes y alternativas por que ha pasado; de las dificultades y contradicciones que le han salido al paso; de sus éxitos o fracasos, de sus métodos de educación, etc., etc., nada hemos de decir en nuestra obra, porque no ha llegado la hora de hacer semejante balance con la necesaria libertad de exposición, y porque son acaecimientos que, tanto o más que en la personal de Don Manuel, deben tener su lugar apropiado en la Historia general de la Hermandad.

***

   Como oportuno y adecuado complemento de la acción santamente educadora del Operario en los Colegios y Seminarios, pensó Don Manuel en el apostolado de los que él llama en las Constituciones «Operarios en ministerio», consagrados a recorrer las parroquias de las diócesis dando Ejercicios, predicando y confesando, erigiendo Asociaciones piadosas e interesándose y favoreciendo la buena marcha y próspero suceso de las mismas; brindando a los sacerdotes ayuda, consuelos, alientos, y proporcionándoles ocasión de un espiritual desahogo como de amigo a amigo, o de un paternal y desinteresado consejo, No le fue a él posible, ni lo ha sido todavía a sus sucesores en la dirección de la Hermandad, ver realizado tan hermoso ideal. Hubo de contentarse Don Manuel con dejar depositado el pensamiento y el propósito en el surco de las Constituciones, y con lamentarse de no poderlo ver puesto en marcha. «Aquí seguimos sin novedad-escribía desde Tortosa a uno de sus hijos-, atareadísimos todos, y haciéndolo todo como Dios es servido. Nos reclaman de cinco o seis poblaciones, ya para fundar la Cofradía del Corazón de Jesús, ya para Ejercicios, ya para consolarse con nosotros un par de días en la Cuaresma, y no podemos acceder. Que Jesús nos dé fuerzas y vengan ayudas y Operarios, pues esta diócesis va poniéndose en vías de la influencia que nuestra Obra ha de ejercer en todas cuando esté desarrollada, principalmente con el aumento de sacerdotes educados ya por la Obra; que luego necesitaremos media docena de Operarios en ministerio para atender a todo».

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   No perdía tampoco de vista Don Manuel su anhelo del fomento de las vocaciones religiosas y apostólicas. Deseaba que sus Colegios fuesen viveros de ellas. Gozaba indeciblemente cada vez que se le ofrecía ocasión oportuna de cortar de sus rosaledas de San José, alguna flor para trasplantarla a los jardines de la vida religiosa.
   «He recibido-escribía en 1882, al P. Marro, S. J., que se hallaba en América-los dos ejemplares de las Misiones de Mindanao y Joló, y dos millones de gracias a usted. Daré a leer a mis colegiales de San José la crónica de las Misiones. No es preciso que se enfervoricen mucho; que bastante contingente da el Colegio a la Compañía. Ya han ido ocho o nueve, y otros que se preparan. Tal vez antes de comenzar el curso, el Corazón de Jesús me exigirá el sacrificio (grato, no obstante) de una florecilla que tengo en dicho Colegio». Se lo exigió, en efecto; y Don Manuel lo hizo generosamente, a pesar de que se trataba de un futuro Operario.
   El 22 de diciembre de 1894, hallábase Don Manuel-en el Noviciado de los Padres Dominicos de Ocaña. La ocasión de su viaje la declaraba en carta a la Abadesa de Vinaroz: «Vine a ésta, obligado por la familia de N..., que ha venido para presenciar la profesión de éste, que la verificó ayer. Tuve una grande complacencia, pues de los cuatro que profesaron, el uno, además de N..., era colegial nuestro de Valencia; y además, tenemos aquí otros cuatro, entre novicios y profesos, de nuestro Colegio de Tortosa, con los cuales he podido hablar largamente, y aun esta tarde hemos repartido pastissets171 a los 53 que hay, entre novicios y profesos, cuando estaban en el recreo. ¡Pobres angelitos!...»
   Alentaba Don Manuel a sus Operarios a esta obra de apostólico proselitismo. A uno de ellos, que había prestado favor y ayuda a un grupo de novicios jesuitas que se hallaban en circunstancias apuradas, le dice: «Bien por los chiquitos del Jesuita. Todo es para gloria de Dios y fomento de vocaciones eclesiásticas, religiosas y apostólicas, que es nuestro campo principal. Y la relación amistosa con la Compañía creo durará siempre en nuestra Obra». Y a otro: «El campo de América es vasto, y no podremos recorrerlo si no vienen otras ayudas. Además de que las florecillas delicadas hemos de guardarlas para los invernaderos de España. De todos modos, nos place sobremanera fomente los alientos apostólicos, aunque tuviera que quedarse mártir de deseos...»
   Solamente del Colegio de Tortosa han salido, hasta la fecha, más de cien vocaciones para diversas órdenes religiosas.

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   En gran manera afanóse también Don Manuel, y durante largo tiempo y con incansable entusiasmo, por que la Hermandad comenzara a realizar sus planes de reparación a Jesús Sacramentado. Tenía decidido empeño en dejar, por lo menos, iniciado ya el movimiento de la Obra en este campo de la gloria de Dios. De sus esfuerzos y desvelos para lograrlo, de sus iniciativas, aspiraciones y proyectos reparadores, hablaremos largamente más adelante, al discurrir sobre su espíritu de amor y reparación a Jesús Sacramentado. Aquí sólo haremos constar que, merced a su iniciativa y perseverante entusiasmo, alcanzó, al cabo, a ver inaugurado el primero de los Templos de Reparación, el de Tortosa, el 22 de noviembre de 1903.

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   La apremiante y primordial necesidad de atender a los Colegios y Seminarios, forzó a Don Manuel a poner en manos extrañas a la Hermandad, en 1906, la dirección y el cuidado de la Congregaciónn de San Luis de Tortosa. Grandísima contrariedad y dolorosísimo paso fue éste para Don Manuel, el cual no renunciaba, sino transitoriamente, hasta que las circunstancias lo permitieran, a cultivar el campo del fomento de la piedad en la juventud secular. Vivió siempre con la esperanza de que algún día podría la Hermandad realizar esta parte de su programa constitucional.
   Al comenzar a publicarse, en 1897, el «Correo Interior Josefino», apremiado Don Manuel por los suyos para que suspendiera «El Congregante de San Luis», rehusaba hacerlo; y razonando su resistencia, decía: «No me viene bien matar de un plumazo «El Congregante», pues, aunque gustosamente lo cederemos, si alguien lo quiere recoger, ha de ser siempre con la esperanza de formar, pero bajo la Obra, la red de la juventud de fuera, de las principales capitales al menos; y si Dios me concediera cien años de vida más, creo encontraríamos la palanca para ello; y que, sin embargo, tal vez tengo que dejar para que la encuentre alguno de los futuros Superiores de la Hermandad: pero, de todos modos, se me resiste no poder formar ya hoy a nuestra juventud levítica en el amor a esa juventud; y por esto quisiera que continuase algún hilo, por pequeño que fuese, en nuestras manos, que luego pudiera convertirse en fuerte cadena, y con derecho a ella por la misma fuerza y derecho de nuestra antigüedad en ese campo ... » «Se me resiste-escribía en otra carta-matar «El Congregante», aunque por hoy la Obra no esté en disposición de cultivar este campo, hasta que venga quien encuentre la palanca que dé movimiento a esa juventud tan amada y que sólo la Obra puede promover con éxito fuera de las grandes capitales... Por eso quisiera yo tener o conservar ese pequeño hilo, que un día nuestros futuros Operarios puedan convertir en cadena fuerte, cuando encuentren la palanca, que ha de venir, si oramos por ello ... »
   En el fomento de las Congregaciones de San Luis, y otras similares, por parte de la Hermandad, pensaba Don Manuel primaria Y principalmente en el bien de los jóvenes seculares. Sobre el funcionamiento de ellas en los Seminarios exigía circunstancias especiales, y no quería que se estableciesen sin un criterio de máxima oportunidad y conveniencia. De algunas cartas suyas a diversos Rectores de los mismos, copiamos estos breves fragmentos:
   -«Diré sobre Apostolado y San Luis. No somos amigos de Congregaciones en los Seminarios».
   -«No vayan de prisa en establecer prácticas de piedad, pues conviene se uniformen en todos los Colegios. Si el Apostolado no estaba establecido, no lo introduzcan; si lo estaba ya, sosténganlo sólo como estaba, y luego ya veremos».
   -«Congregación de San Luis. Si la Congregación es sólo de seminaristas, no lleve prisa y dilátelo usted; y mejor, dejarlo estar. La mejor Congregación es la del Seminario mismo, con sus prácticas y pláticas y días de retiro, etc., etc ... »
   -«Déjense absolutamente de Guardias de honor ... »
   Estimulaba, en cambio, a sus Operarios, a trabajar por el bien de la juventud del siglo. A uno de ellos, al cual creyó Don Manuel llamado por Dios con singularísima vocación a este apostolado, le decía: «Ya que Jesús le inclina a esa obra de celo y de tanta trascendencia, y para la cual se requiere una vocación apostólica, no olvide, para que el enemigo no se valga de las contradicciones y del cansancio para fastidiarle y hacerle abandonar este apostolado, al cual tal vez le tiene destinado para toda España, no olvide: 1.º Que más que trabajar, ha de pedir a Jesús la gracia de hacer trabajar, que es el máximo trabajo. 2.º Que el trabajo por la juventud, requiere indispensablemente un motor constante, que no se pare. 3.º Que, a consecuencia de la falta de este motor permanente, se han malogrado gran parte de los trabajos empleados en favor de las Congregaciones. Que este motor no lo puede ser sólo ni un Director celoso ni un Presidente, faltando el cual, todo va a pique. 4.º Que ha de procurar y discurrirse ante Jesús -que estoy con fe en que nos lo inspirará-ese motor permanente, que pueda continuar la Obra en los pueblos, a pesar de las tibiezas de los Directores. 5.º Que por esto es preciso formar el cuerpo de preferencia de la Sección de colaboradores que dice usted, el cual recoja, no a congregantes, sino a jóvenes u hombres en los cuales pueda infundirse el amor al apostolado por la Juventud, y que formase como una tercera orden para interesarse por los jóvenes. Así, pues, persiguiendo este ideal -del fomento de las Congregaciones -mediante la pequeña falange de colaboradores, que se ha de ir perfeccionando, puede usted ampliamente ensayar la obra y puede echar mano de la colaboración de todos los Operarios, si los necesita para ello, puesto que es uno de nuestros objetos especiales. Tengo fe, a pesar de lo espinosa que es, en los resultados de esta Obra de máxima gloria del Corazón de Jesús, y que sólo los Operarios pueden realizar, y de la cual, si no correspondiéramos, Dios nos pedirá cuenta. Hoy me tranquilizo por la falta de personal».
   Desinteresado como era, el 27 de agosto de 1891, escribía al P. Ricart, Provincial de la Compañía en Tortosa, enviándole un proyecto encaminado «al fomento y sostenimiento de las Congregaciones de la juventud piadosa en España por un medio permanente y eficaz»; y puesto que «la falta de personal no permitía a la Hermandad el dedicarse con todo desahogo a empresa de tanta gloria de Dios», le invitaba a que la tomase por su cuenta la Compañía, «quedando nosotros -añade -como espontáneos y constantes auxiliares de ese fomento de la piedad en la juventud, que desearía no lo apagaran».

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   Universal y eminentemente práctico en sus empresas de celo, no permaneció Don Manuel al margen del apostolado social, que reputaba, más que oportuno, urgente y necesario en los tiempos actuales.
   «Puesto que el carácter especial de la época-decía a los socios del Círculo Católico de San Mateo, hablándoles de as «obligaciones del católico en los tiempos presentes»-es la propaganda anticatólica, nos corresponde también el deber de contrarrestarla... Para ello tenemos que revestirnos de celo... A medida que aumentan las necesidades de los pueblos, surgen los remedios. Yo quisiera que fuéramos delante. No se llora el bien sino cuando se ha perdido: y no sabemos conservarlo... Considerad cómo se pone en la red de la Internacional a esas pobres masas populares, con el cebo de promesas mentidas, formando sociedades cooperativas, centros de diversión al parecer inofensivos, centros de instrucción con el pretexto de ilustrarlos ... »
   En noviembre de 1880, pronunciando otra conferencia sobre el mismo tema en el Círculo Católico de Burriana, exclamaba: «En el siglo XIX la impiedad ha desarrollado sus sectas, antes muy limitadas, para, por medio de ellas, no sólo apoderarse-como lo ha logrado-de la dirección de las naciones, sino para arrastrar a las masas, y el vértigo de la impiedad no ha tenido ya límites para conseguir la perversión de las inteligencias y la corrupción de los corazones, y ha proclamado la herejía desconocida, no sólo en los pueblos cristianos, sino hasta en los pueblos paganos, del Estado sin Dios... Para contrarrestar la obra de la impiedad, la fe produce hombres de palabra ardiente, como el conde de Mun, y con la llama del entusiasmo hace brotar círculos populares, que sean como arcas salvadoras para muchos corazones. Y el espíritu de propaganda y del bien renace en los corazones bien nacidos, en los católicos prácticos, y se establecen obras desconocidas a nuestros mayores en favor de la Sociedad, de la Iglesia y del Estado mismo... Soldados vosotros de esa nueva cruzada, de más trascendencia aún que la de los siglos medios, habéis acudido al fomento de esas sociedades, bendecidas por la Iglesia, y por lo tanto de seguros resultados, si sois fieles a vuestra misión y queréis tomar parte, en la forma que corresponda a vuestra condición de seglares, en ese espíritu de propaganda... No os faltarán, no, contradicciones, de buenos y de malos. De los buenos, porque toda obra útil ha de tener este sello; para sufrirlos, una sola cosa basta: la unión y la constancia. Y contradicciones de los malos. Si estas instituciones cumplen sus fines y su misión, y se desarrollan y adquieren importancia, estad seguros que la impiedad no os lo perdonará; y si les estorbáis, os suprimirán, a pesar de las promesas de libre asociación y de libertad... Con todo, habremos cumplido nuestra misión y nuestro deber, y esto basta. Además, que Dios sabe hasta cuándo ha de permitir el mal, y si los católicos ponemos lo que está de nuestra parte, Dios hará lo demás. Si no lo hace, es porque los católicos no cumplimos como debemos, y nuestras miserias nos conducen a la división y a esterilizar nuestros trabajos. Sed fieles, pues, a vuestra misión; no olvidéis vuestro lema; grabad en vuestro corazón el deber de cooperar por todos los medios a la salvación de la sociedad».
   Por su parte, no se contentó Don Manuel con estimular a los demás: se puso en marcha. «¿Puede la Hermandad-preguntaba a sus hijos-en medio de un desquiciamiento general de la nación, actuar, y proponerse como uno de sus objetos, el de contribuir directamente a la salvación de los intereses religiosos, morales y materiales de la localidad o de la nación, sin afiliarse a ninguna bandera política determinada? Si puede, que lo prepare. Si no puede, por la especial naturaleza de ella, que funde o inicie una asociación con estos fines, para el caso de que sobreviniera esta crisis posible». Titulaba esta Asociación, de carácter diocesano y nacional, bajo la secreta dirección de la Hermandad, Liga de Salvación para la defensa de los mencionados inte~ reses en tiempos de convulsión revolucionaria. Pasada ésta, había de contribuir a consolidar el orden y la paz de los espíritus. En sus esquemas de organización dice que podía llamarse «Liga antianárquica».
   En los primeros meses de 1887, oraba y andaba preocupado en redactar multitud de borradores en torno a otra iniciativa semejante: una Liga de defensa. Invitaba, para formar parte de ella, «a las personas todas de honradez y buena voluntad» para que, prescindiendo de teorías políticas, «se adunasen, con un espíritu verdaderamente regional, para defenderse, por todos los medios lícitos y legales, de los atropellos, lo mismo personales que colectivos, extralegales, de que pudieran ser objeto, y para promover caritativamente, por iniciativas particulares y colectivas, los intereses materiales y morales de todas las clases, por los medios que se creyeran prudentes, y desvanecer con ello las prevenciones, conjurar los peligros y remediar las necesidades de ciertas clases sociales ... »
   Proponía Don Manuel, para lograr estos fines: 1.º elevar recursos legales contra todo proyecto que pudiera perjudicar los intereses del país, y 2.º, constituir «Ligas de propietarios» para promover empresas útiles e influir en la buena administración municipal. Para el fomento de los intereses regionales: 1.º creación de una Sociedad cooperativa en favor de las clases agricultoras para facilitarles la adquisición de abonos, etc... 2.º, Cajas de ahorro; 3.º, establecimiento de Escuelas de Artes y Oficios; 4.º, fundación de Círculos; 5.º, cursos de conferencias científicas, literarias, etc...
   Si no pudo dar vida, por falta de cooperación ajena, a esta serie de iniciativas y proyectos, reveladores de su constante preocupación por el bienestar, la prosperidad y la buena armonía de todas las clases sociales, logró fundar, y estuvo funcionando durante algún tiempo, presidiendo Don Manuel las periódicas reuniones de la misma, una «Liga espiritual de hombres de buena voluntad», cuyos miembros debían proponerse, «además de su santificación mayor posible en medio del mundo, velar y propagar las obras de celo» que les fueran propuestas por una Junta Diocesana encargada de ello expresamente.
   Comprometíanse a guardar reserva completa con los extraños a la Liga sobre la actuación y finalidades de ésta, para evitar así la vanagloria y para poder trabajar con mayor eficacia, sin peligros de recelos y murmuraciones. Figuraban en la Liga sacerdotes y seglares y tenían por Patronos a la Inmaculada, San José y el Santo Ángel de España. Y funcionó, en efecto, tan secretamente, que ni los mismos que convivían con Don Manuel, intrigados a veces por lo inexplicable de ciertas reuniones que observaban, llegaron a sospechar el objeto de ellas.
   En 1896 trabajó también por establecer, aun con elementos de fuera de Tortosa, una llamada «Escuela de piedad», para fomentar ésta entre los seglares y especialmente entre los Jóvenes.
   En 1897 escogió Don Manuel un grupo de los más distinguidos miembros de la Congregación de San Luis y formó con ellos el «Apostolado de la Juventud de Tortosa». Según leemos en el libro de Actas, quedó constituida la Asociación el 23 de mayo, consagrándose los socios de la misma, a Jesús Sacramentado, en la Misa de comunión, con fervorín, que celebró y les dirigió Don Manuel en la capilla privada del Colegio de San José.
   Aparte otras obras de celo, comenzaron a fomentar las Catequesis en las parroquias, las Escuelas Dominicales, el Gimnasio, las visitas al Hospital y la Cárcel, etc...
   Malograda pronto esta obra por la angustiosa escasez de Operarios, que imposibilitaba para seguir dirigiéndola, más adelante, en 1901, a impulsos de su incansable afán de salvar a los jóvenes de su ciudad querida, reorganizó Don Manuel la Juventud Católica. Desde 1900 le preocupaba este proyecto y venía aplicando por su realización, muchas veces, el santo sacrificio de la Misa. Al siguiente año lo puso en ejecución. En la reunión preparatoria, después de haber recordado a sus jóvenes oyentes la génesis, el proceso y las glorias de la primera «Juventud Católica de Tortosa», les decía:
   «Luego, más adelante, se me colocó al frente de la Congregación, y resolví sacrificar mi quietud y hasta mis intereses por el bien de la juventud, no sólo la estudiantil, sino la artesana y labriega, y me engolfé en una empresa superior a mis fuerzas, comprando el terreno y levantando el edificio del Gimnasio, contando con un futuro apostolito, don José Rubio. El Señor me lo arrebató pronto, y todos mis esfuerzos se han ido estrellando, debido, en gran parte, a las circunstancias de vuestra edad. A pesar de ello, no me hubiera apartado todavía de este campo, pero otras ocupaciones no me permitían atenderlo, y quería abandonarlo, por si otras manos se sentían con vocación para ello. Pero se nos ha animado a un último esfuerzo, confiados en vosotros, en vuestras buenas cualidades, en vuestro celo y en las esperanzas que vosotros ofrecéis... y nos hemos lanzado a nuevos gastos que nos abruman. Si no salimos bien de la empresa, no seremos responsables ante Dios de la perdición de la juventud tortosina. Yo, a decir verdad, no tengo gran confianza. Necesito ver ya para tener fe. Sé, por experiencia, las dificultades que se presentan para evitar los inconvenientes de rencillas, ligerezas, enfados, aburrimientos... Con todo, se quiere hacer un llamamiento, y se ha pensado en vosotros, para que seáis unos apóstoles...
   Tenemos a la juventud ilustrada de hoy, hijos ya de aquellos para mí tan amados discípulos, y la vernos en la inercia e inactividad, cuando precisamente nos amagan circunstancias- que, si no tan violentas como entonces, pueden ser, por lo mismo, más peligrosas... Estamos en circunstancias análogas de lucha, y por lo tanto, he creído oportunísimo proponer lo que en aquella época dio tan buenos resultados para el bien social de Tortosa, y para el bienestar de los propios jóvenes, que no han perdido la estrella de la fe, y en ella encontraron su consuelo y recuerdan con fruición aquellas campañas... No vengáis, si no os resolvéis. Pero, si os resolvéis, no habéis de ser soldados de fila, sino jefes de la bandera de Jesús...»
   En junio de 1901 tenía ya en marcha la Asociación, y poco después escribía: «He iniciado en ésta la Juventud Católica, y les he dado al Magistral por Consiliario, y por Vice-Consiliario a Bellpuig. Lo han tomado con fruición y tienen cincuenta estudiantes de carrera buscando local y dinero por esta ciudad. Espero mucho de la empresa en bien de esta disipada juventud. Haga un memento al Angel de España».
   Las obras del Templo de Reparación de Tortosa le hicieron conocer más de cerca la necesidad de preocuparse por la suerte de los obreros y se lanzó de lleno a trabajar por el bien de ellos. Ante el triste espectáculo de su actual situación espiritual, desmayaba su ánimo. «Cuando yo recuerdo-les decía en una conferencia-los años de mi niñez y los primeros de mi juventud, y recuerdo las grandes masas de labradores jóvenes de Tortosa agrupados alrededor de los confesonarios en las grandes festividades, la fe y la humildad junto con la jovialidad y alegría santa de nuestros artesanos, antes del 52, en que eran cor unum et anima una, un corazón y una alma, cuando se reunían los domingos y días festivos, entregados a diversiones todas ellas de buen género..., no me siento con fuerzas para sanear la atmósfera de mi patria pecadora».
   Con todo, puso manos a la obra de una «Liga popular para la defensa de los intereses propios y de las clases menesterosas». Desde los primeros días de enero de 1902 comenzó a poner, y continuó poniendo innumerables veces en los años siguientes, entre las intenciones de la Misa, ésta de la cuestión social de obreros y patronos. El 14 de aquel mes le llamó el Prelado para que estudiase la posibilidad y discurriese sobre el modo de establecer cooperativas para los primeros. El 17 de mayo decía a uno de sus Operarios, dándole cuenta de su actividad social: «No puede pensar mis tareas de estos días anteriores por la cuestión obrera de ésta, que me preocupa y quisiera arrancarla de las garras del socialismo en esta localidad... Y me desalientan todos y yo no quiero abandonarlo, y provoco conferencias... No sé si podremos romper esas mafias, en bien de esas pobres y desgraciadas masas. Dígalo a Jesús y al Ángel de Tortosa. Veremos».
   Aquel mismo año trabajó también por establecer una «Liga Católica». El 24 de marzo le escribía desde Arnes el distinguido ahogado tortosino don José María de Salvador: «Mi muy respetable y querido Mosén Sol: Me apresuro a devolverle el adjunto proyecto antes de que usted se marche y a mí se me traspapele. Nada tengo que decirle respecto a él, sino que me tiene incondicionalmente a su disposición para ponerlo por obra. En cuanto a la realización práctica de la idea que con él se persigue, me parece que esa idea es demasiado limitada, y en cierto modo egoísta, y que Dios exige más del grande corazón de usted. Por lo mismo que las masas ya no son nuestras, hay que reconquistarlas; y como reconquistar las de la presente generación ha de ser sumamente difícil, deben encaminarse principalmente nuestros esfuerzos a formar católicamente la generación futura. La Liga proyectada será, sin duda, un medio muy eficaz para contener más o menos la revolución, mas creo que no impedirá su triunfo ... » Le sugiere que no se ponga la mira tanto en los ricos como en los obreros, y añade: «Piense que Dios le pedirá cuenta si no nos hace trabajar, y si no dedica algún tiempo a organizar algún plan para poder hacerlo con fruto. Poca cosa somos los amigos en ésa: pero mucho consuela el que ahora, al menos, todos estarnos animados de buenos deseos, y, lejos de contrariarnos mutuamente, gozamos en aunar nuestros esfuerzos. Aprovéchese, pues, de ellos y no dé lugar a que se enerven las fuerzas con la inacción».
   Con la colaboración del mismo señor de Salvador fundó un «Patronato de obreros o Liga de propietarios para promover los intereses materiales y morales de los obreros y para defenderse de las imposiciones injustas de éstos», haciendo actuar en esta institución-cuya cuota mensual pagó Don Manuel hasta su muertea los principales señores de Tortosa.
   De los esfuerzos mancomunados de Don Manuel y del señor de Salvador, surgió también un «Círculo Católico».
   El 18 de junio de 1903, el señor de Salvador escribía a Don Manuel, que se encontraba convaleciendo en Valencia: «El proyecto de «Patronato» marcha, efectivamente, muy bien por ahora. Los Estatutos se hallan ya terminados, y han gustado mucho al señor Obispo, y se halla conforme en mandarlos plantear como cosa de su iniciativa. No deje usted de encomendar este asunto a Dios en sus oraciones para que, si así conviene, termine tan bien como ha comenzado. Anteayer tuvo lugar en Palacio la reunión magna, convocada para la formación de la «Liga Católica». La concurrencia fue tan numerosa y escogida y variada como jamás se había visto».
   Establecido el «Círculo Católico de obreros», discurría Don Manuel, escribiendo el croquis de una conferencia que pronunció sobre esos círculos: «Es inútil discutir sobre círculos de obreros y su conveniencia. Los unos los combaten, los otros los apoyan. Hemos visto personas muy buenas y, sin embargo, de criterios opuestos. Dos son las causas: 1.º El espíritu de innovación. 2.º Los resultados. Innovación: No comprenden la época. Cada época tiene su fisonomía. Nuestra época ha perdido el carácter de vida de familia; el enemigo ha sacado al varón del seno de la familia, y le ha abierto centros de disipación, y los ha organizado. Es un mal. Sin embargo, existe: y, lo que es peor, no se remedia. Hay que darle, pues, una medicina. Corno tal, pues, los círculos católicos son una necesidad. Hay que convertir esta necesidad en bien; y cultivar estos centros, que son una necesidad, para convertirlos en centros para Cristo. AY qué duda hay, si contamos ya con la aprobación de la Iglesia- ¿No ha bendecido al conde de Mun, ese apóstol infatigable, que ha levantado al lado de los centros socialistas otros formidables centros, que pueden ser la regeneración de Francia? Se dirá que nuestra España no está en esas condiciones todavía. 1.º Debemos responder que, si no está hoy, lo estará dentro de poco. Y se establecerán después que venga el mal. ¿Qué pueblo hay donde no haya cafés influidos por la masonería, con periódicos y revistas? 2.º ¿No es mejor adelantarnos?
   La otra cosa que ha hecho temibles los círculos, es el peligro que llevan en sí. Por una tendencia natural, hija del pecado original, tendemos a la emancipación, a la independencia, al mal. Somos democráticos por naturaleza; y de aquí que, en círculos empezados con la mejor intención, luego entran las ambiciones, las rivalidades. Además, el enemigo malo tiende a malearlos, y en muchas partes la misma masonería se ingiere, pone la mano, y los convierte en centros de impiedad. Los buenos se retiran, y el campo queda para los malos, y organizado. En Tortosa, Iqué ha sucedido a estos centros- Este sí que es un mal; Apero no puede precaverse- Sin duda. ¿Cómo? Fijando bien las bases del Reglamento, poniéndolas al amparo de todo vaivén con el principio de autoridad. ¿Serán círculos católicos? Pues que lo sean; y pueden serlo siempre. Muchos círculos se han desvanecido por esto. Además, una Federación...
   Al efecto se ha pensado en solidar los círculos, mediante un fuerte reglamento en sus bases generales, como son: objetos, elección de Junta, intervención inmediata y constante de la autoridad eclesiástica y parroquial; bien que en lo accidental pueden proponerse innovaciones en cosas susceptibles de alteración, como cuotas, clases de juegos, bebidas, etc.»
   A raíz de la muerte de Don Manuel, decía don Buenaventura Pallarés: «El inició el primer Círculo Católico que hubo en esta ciudad, en donde patronos y obreros le rodeaban, dispuestos a seguirle en sus máximas y prácticas religiosas». Y don Luis de Travy escribía: «He leído con íntima pena la muerte del virtuosísimo varón Don Manuel Domingo y Sol, al que si veneré en el breve tiempo de mi conocimiento cort él por lo esforzado y heroico de sus actos de enérgica acción católica, estimé en el alma, admirando la suya, consagrada toda y exclusivamente a las batallas por Cristo ... »

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   Durante el año 1904 mejoró mucho la salud de Don Manuel, pero no la recobró del todo. El 4 de abril, decía: «No sé cómo se me pasa el día sin hacer nada, y sobre todo, nada bueno. Jesús me quiere muerto y mortificado, y yo quisiera vivir para maniobrar, y me mortifica no poder hacer siquiera mis oficios de Semana Santa tan queridos ... »
   El 21 de aquel mismo mes emprendió un largo viaje a Valencia, Murcia, Orihuela, Toledo, Cuenca, Madrid, Sigüenza, el Escorial y Astorga. El 19 de mayo llegaba a Burgos, desde donde escribía el 23: «He podido soportar el viaje y a pesar de ir dos noches en el tren. Esto prueba que está lo coret más animoso, aunque no quiere aumentar sus débiles pulsaciones. Jesús ha escuchado las oraciones de las almas buenas, dándome plazo para que me haga santo, y no sé si lo logrará. Dos veces me ha dicho M... que ya no me verá, y le contestaré que no será profeta, pues parece que Jesús no quiere que me muera aún.»
   Y no lo quiso, en efecto, pero ya no volvió a gozar Don Manuel salud completa. Presenció en Burgos, desde los balcones del Palacio arzobispal, el 2 de junio, las fiestas del Corpus, y el día 3 asistió al Corpillos en las Huelgas; pero el 8, al atardecer, sintióse indispuesto y cayó enfermo con una ligera gástrica. Llamó don José Cambra para que visitara a Don Manuel, en consulta con el del Colegio, al médico del señor Arzobispo, reputado como el primero de la ciudad, el cual, en cuanto tomó el pulso al enfermo, volviéndose a la Sierva que le asistía y al médico de cabecera, y con un gesto de marcado pesimismo, exclamó: «¿Cómo vive este hombre? Y ¿Cómo no piensan en darle el Viático? Está muy mal y para morirse». Y se extrañó mucho de que anduviera por el mundo. Díjole entonces el médico de casa que aquel era su estado habitual y que a él le había producido idéntica impresión la vez primera que le visitó. El 20 pudo partir ya Don Manuel para Tortosa, desde donde escribía el 23: «Recibí la suya en Burgos y luego caí enfermo de gravedad el 8, y el Corazón de Jesús obró otro milagro en mí. Anteayer llegué muy fatigado, Y así, ore y escriba».
   Y en esto llegó el mes de agosto, en que debía celebrarse en Valencia el segundo Capítulo General de la Hermandad. De tiempo atrás venía acariciando Don Manuel la idea de dimitir el cargo de Director General de la misma. El año anterior, en el mes de abril, hallándose convaleciente en Valencia, emborronó, como por distracción, unos apuntes, en que manifestaba su decidido propósito de que, por el precario estado de su salud, se le jubilara del gobierno de la Hermandad.
   El 5 de junio de 1904 escribía al Rector del Colegio de Roma: «Voy siguiendo regular. Como, duermo y paseo bastante: pero este coret no acaba de entonarse ni subir más de las 36 ó 38 pulsaciones. Dicen que es porque empiezo otra vez a trabajar demasiado, aunque no lo creo. Esto prueba que ha de pensarse seriamente en relevar esta carranca, y conviene». Y ello dejulio, al mismo: «Voy siguiendo no más que regular... Ha sido un nuevo milagro mi nueva curación o convalecencia, pero creo debería relevárseme, pues sufro de no poder atender a todo».
   - El 12 de agosto, se celebró en la sala rectoral del Colegio de Valencia el segundo Capítulo General de la Hermandad. fue unánimemente reelegido Superior General Don Manuel, el cual, antes de aceptar nuevamente el cargo, pronunció una razonada exposición de motivos para que le dispensaran de seguir al frente de la Hermandad.
   «He estado siempre-decía-convencidísimo de que, faltando yo (y no es efecto de humildad), la Hermandad irá mejor... Una cosa es la iniciativa, que Dios da a quien quiere, y otra es la conservación y el desarrollo, que Dios concede a los que elige para ello. Alius est qui plantat.. Con este convencimiento, al ocurrir el golpe de mi enfermedad, y más aún durante mi convalecencia, resolví irrevocablemente dejar el cargo, llegada la elección. Y me causaba fruición el pensamiento y veía sus muchas ventajas para mí, y sobre todo, para nuestra Obra. Para mí, porque se me presentaba como un descanso; además, me halagaba quitarme el peso de la responsabilidad, que cada día me intimida más ante Dios; y porque, como alguien dijo: «No es saludable ni lo mejor a los que tienen ciertos cargos o autoridad, morir en ellos, para que así tengan tiempo de escarmentar y hacer penitencia de sus deficiencias y descuidos antes de morir...» No obstante, para poder decir que non recuso laborem, quise consultarlo ... »
   Hasta aquí llega la minuta autógrafa de Don Manuel. Por las actas del Capítulo, sabemos que hizo algunas observaciones y ruegos a los Operarios electores, para decirles que no aceptaría el cargo sino después de nueva votación, cuando hubiesen meditado bien las razones que acababa de exponerles, y con la promesa de que todos los Operarios, mayormente los Superiores, habían de redoblar sus esfuerzos en el cumplimiento de sus respectivos cargos y en la observancia de las Constituciones y del Reglamento, a fin de suplir las deficiencias que pudieran originarse de la falta de salud suya. Opusiéronse los electores a la idea de repetir la votación, ofreciendo, en cambio, todos, su ayuda para hacerle menos pesada la carga del gobierno de la Hermandad. Aquietóse Don Manuel con esta promesa y aceptó el mandato. Fueron elegidos para miembros de la Junta directiva, don Francisco Osuna, don Elías Ferreres y don Benjamín Miñana; para Prefectos de Estudios, don Esteban Ginés y don Juan Bautista Calatayud, y para Administrador general, don Luis María Albert. Escogió luego Don Manuel para Socio o Vice-Director, - a don Francisco Osuna.

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   El 16 de diciembre de aquel año sobrevino a Don Manuel una amenaza de ataque apoplético. Hasta el 3 de mayo de 1906 no pudo celebrar la Santa Misa; sólo, sí, comulgar, y no siempre, unas veces en su habitación y otras en la capilla interior del Colegio. Durante los meses de julio y agosto de 1905, pasó unas semanas en Valencia y en Benicasim, únicas ausencias que hizo de Tortosa.
   El 5 de octubre de este año, en carta a otro Operario, revelaba don Juan Estruel una de las mayores mortificaciones que la enfermedad proporcionaba a Don Manuel: «Don Manuel, por ahora, sigue bastante bien, aunque no celebra todavía. Comulga algunos días y empieza a rezar. Dado su carácter, le es un martirio el tener que estar sin hacer nada. Así, que muchas veces quebranta la regla y luego lo paga...»






CAPITULO XXXVIII

Florecimiento del Colegio Español de Roma-Don Manuel lo visita por última vez

(1907)

   Por unas o por otras razones, hubo de interrumpir Don Manuel, bien a su pesar, sus regulares visitas al Colegio Español. En febrero de 1900 regresó de su última excursión a Roma. Con todo, aquel mismo año y hasta 1903 inclusive, pudo, al menos, disfrutar del consuelo de trasladarse todos los años, en el mes de octubre, a Barcelona, y pasar allí algunos días para saludar a los antiguos alumnos que volvían al Colegio, terminadas las vacaciones en España, conocer a los que por vez primera iban al mismo, organizar el viaje de unos y de otros, y desvivirse por atenderlos, servirles y agasajarlos durante su permanencia en la Ciudad Condal. Relatando estas paternales entrevistas, han escrito, recordándolas con agradecido cariño, varios de los que tuvieron la fortuna de gozarlas. Oigamos a dos de ellos:
   «Fue en Barcelona-decía el Magistral de Tarragona Dr. Ximénes-donde por vez primera tuvimos la satisfacción de conocer a Don Manuel Sol. Habíamos de emprender el viaje a Roma para cursar allí los estudios eclesiásticos, y el doctor Sol, como le llamábamos los catalanes, organizaba aquel año, como de costumbre, las expediciones de estudiantes, que a mediados de octubre salen desde la capital del Principado en dirección al Colegio Español.
   Niños todavía, algunos de los expedicionarios, llamónos sobre manera la atención la cortesía de aquel venerable sacerdote. Su lenguaje nos tenía embelesados; su condescendencia era casi excesiva, porque no atreviéndonos a acercarnos a él por respeto, nos buscaba, a los tímidos sobre todo, y nos hablaba con dulzura. Nunca habíamos visto la majestad del porte y la sencillez del trato tan bien hermanadas como en aquel santo varón.
   Siempre recordaremos con gusto aquellas reuniones fraternales, especie de veladas o tertulias de familia, que celebrábamos todas las noches en la casa en que estábamos hospedados, después de rezar el santo rosario.
   Reunidos todos los estudiantes, algunos sacerdotes Operarios que iban a Méjico, y Don Manuel presidiendo el acto, entablábamos animadas conversaciones. El uno ponderaba las magnificencias y exuberancias del campo de Tarragona, el otro los monumentos prehistóricos de su tierra; un castellano viejo nos describía con gran aparato de detalles, la famosa catedral de Burgos, colocándola al lado de San Pedro de Roma, y un leonés ponía reparos a sus exageraciones, afirmando, en cambio, que como la de León no se pintaban tres. A veces contradecíamos todos a un andaluz por sus extravagancias e hipérboles; a veces el andaluz provocaba risas generales con sus chistes y gracias.
   Don Manuel a todos nos escuchaba con gusto. Si se agriaba algún tanto el diálogo, al instante lo endulzaba; si los ánimos se acaloraban, deshacía aquellas pequeñas nubes, y era sobremanera sagaz para prevenir las tempestades. Era el árbitro en todas las disputas; juez inapelable en todas las contiendas. Las partes beligerantes se sometían gustosas a su fallo, porque después de hablar él, con haber quedado vencidos, todos salíamos vencedores. A veces le sitiábamos a preguntas y siempre satisfacía nuestras curiosidades: nunca demostró señal alguna de disgusto por nuestras impertinencias, ni nadie recibió de él desaire alguno.
   Sobre el viaje, ¡qué de consejos prácticos nos daba! Encargaba a los jefes de las expediciones que extremaran la vigilancia sobre sus subordinados; a los subordinados, que fueran fieles al director de su grupo. Mucho cuidado-nos decía-en Marsella; alerta, al entrar en Italia; en Ventimiglia, que se quede uno con los bultos; en caso de perderos, tomad tales precauciones... ; y nos enseñaba a chapurrear algunas frases en francés e italiano, y descendía a tales detalles y pormenores sobre todas las contingencias y peripecias posibles y probables que pudieran ocurrirnos, que nada se escapaba a su exquisito talento práctico.
   Y nos lo repetía mil y mil veces; mas estas repeticiones eran amenizadas con sabrosos cuentecillos, hechos interesantes, percances de antaño, que eran las salsas más exquisitas con que envolvía sus paternales amonestaciones.
   Y nos despedíamos de él, tristes por tener que dejarle, y comunicándonos mutuamente durante el viaje las gratas impresiones que habíamos recibido de aquel sacerdote extra ordinario ».
   «Los que trataron de cerca a Don Manuel-dice don José Hernández, canónigo de Zaragoza - podrán sin duda contar muchos rasgos de la virtud que Dios depositó en su hermosa alma. Yo apenas le conocí, pero fue lo bastante para que me inspirara amor con mezcla de veneración y de respeto. Era uno de esos hombres que se conocen a fondo apenas se les trata, porque la sencillez de su alma permite verlos de un solo golpe de vista, sin temor de que la doblez o el engaño se oculten bajo la capa de la sinceridad y de la virtud. Conocílo en octubre de 1899 en mi primer viaje al Colegio Español de Roma. Nos recibió a todos los que íbamos destinados a dicho Colegio, en Barcelona, en donde nos tenía preparado el hospedaje. Desde el primer momento, me dio muestras de un afecto que me pareció singular, y que realmente lo era, por ser en él todo verdaderamente singular, mas no porque su cariñoso afecto no se extendiera de igual manera a la numerosa familia que le consideraba como padre. Dispuso que yo durmiese en la misma habitación en que él dormía, y de lo que voy a referir sólo él y yo somos testigos. Una de las noches, que quizá fue la primera de las dos o tres que en aquella ocasión pasé en Barcelona, tuve una cruel pesadilla, durante la cual, como pude después comprender, pronuncié algunas frases que manifestaban aflicción y congoja. Don Manuel al oírme, se levantó de su cama y vino a despertarme con solicitud de madre. «¡Hijo mío!-me dijo-. ¿Qué tienes? ¡Yo estoy aquí contigo! ¿Qué te pasa?» «Nada»-respondíle yo -, y ciertamente, ya no era nada, porque sus palabras me llenaron de consuelo; eran tan dulces, que creí oír en ellas la voz de mi ángel custodio que velaba por mi sueño».
   «Sus anuales visitas al Colegio Español-dice el actual Deán de Oviedo, don Maximíliano Arboleya-eran para nosotros otras tantas satisfacciones, que nos llenaban de contento. Aun sabiendo que el Director del Colegio le ponía al tanto de la conducta de cada uno de nosotros, y aun cuando le veíamos tan recto, tan enamorado de la disciplina, tan intransigente, no le temíamos y deseábamos su llegada; y la estancia de tan insigne apóstol entre nosotros nos hacía mucho bien. Todos veíamos en él, más que a un Superior, a un Santo... Y yo espero que la Iglesia no ha de tardar en decir que estábamos en lo cierto».
   El pensamiento y el corazón de Don Manuel no se apartaban un punto de Roma. En noviembre de 1900 escribía a uno de los Operarios de allá quejándose de que no le dieran más frecuentes noticias de las cosas y acontecimientos del Colegio, y sobre todo, decía, «de la fiesta magna de la distribución de premios, ya que tuve que hacer el sacrificio de no asistir; que era la que más me emocionaba en Roma; y haber podido poner medallas en el pecho de Royo, Pla, García, etc., etc... Jesús me premie a mi la privación y la envidia que les tengo a ustedes».
   El 20 de julio de 1905 fallecía León XIII. Hasta última hora estuvo prodigando obsequios y atenciones paternales a su amadísimo Colegio Español. Celebráronse en él entonces, y continúan celebrándose cada año, solemnes honras fúnebres en sufragio de aquel augusto Pontífice, como Fundador del mismo. En calidad de tal, pusieron los Superiores en la sala de visitas del Colegio el magnífico retrato de León XIII pintado por Pirsch, donación espléndida hecha al Colegio por Pío X, elevado al Pontificado el 4 de agosto de aquel año. Durante el Cónclave, actuó de Secretario Monseñor Merry del Val, Presidente de la Academia de Nobles desde 1899 y consagrado Arzobispo Titular de Nicea por el Cardenal Rampolla en la Iglesia Nacional Española de Montserrat el 6 de mayo de 1900. Pro-Secretario de Estado a partir de la elección de Pío X, nombróle éste Cardenal en el Consistorio del 9 de noviembre, confirmándole en el cargo de Secretario de Estado.
   El 23 de aquel mes, el antiguo colegial y Provisor y Vicario general, a la sazón, del Obispado de Oviedo, don Ángel Regueras, escribía a Don Manuel: «Voy a exponer una idea que quisiera ver aprobada por usted. Monseñor Merry ha sido para el Colegio de Roma, y en especial para los alumnos que pudiéramos llamar fundadores, un amigo tan respetable por el cargo que ya entonces ejercía y por sus virtudes, de aquellos bien conocidas, como cariñoso para con todos los de aquella época, verdaderamente heroica del Colegio». Y proponía que se le hiciera una demostración de afecto y gratitud. Aprobó Don Manuel la iniciativa, y los antiguos colegiales romanos regalaron al joven Cardenal una rica casulla. Los Merry seguían siendo fieles amadores y protectores del Colegio. El 8 de febrero de aquel año, el Cardenal Rampolla había impuesto solemnemente al Embajador, en la capilla del Colegio, las insignias de la Orden de Cristo que le otorgara León XIII. En cuanto al hijo, Monseñor Merry, tan fervoroso y abnegado fue su amor y devoción al Colegio que, ponderándolo, pudo muy bien decir, en septiembre de 1898, a raíz de haber comparecido como testigo ante los tribunales en un pleito entre el Colegio y el ingeniero Ragnoli: «He amado al Colegio usque ad carcerem!...» El 9 de febrero de 1904, envió a Don Manuel un magnífico retrato suyo, con esta lacónica, familiar y expresiva dedicatoria: «A mi queridísimo Don Manuel.-RAFAEL, Card. Merry del Val»172.
   A la paternal solicitud de León XIII en orden al Colegio, sucedió la inagotable y podríamos decir maternal y continua bondad de Pío X. El 20 de diciembre de 1903 recibió por vez primera a los Superiores y alumnos del Colegio. Dirigiáles el Papa, durante veinte minutos, una fervorosa plática sobre la necesidad de la piedad y el estudio. Al escuchar después los delirantes vítores y aclamaciones de los alumnos, exclamaba, sonriendo complacido: O, come sono terribili questi spagnuoli! Sono bollenti!... «¡Qué tremendos son los españoles! ¡Son hervorosos !»... Otorgó el Pontífice en aquella audiencia una especial bendición para Don Manuel. Refiriéndose a ella, escribía éste el 5 de enero de 1904 a don Benjamín: «Recibida su carta, con el dulce que ella contenía. Dios se lo pague a usted y sea fructuosa en mí la bendición de nuestro amable Pontífice». Y el 5, a un Operario: «En la recepción que el Papa concedió el Colegio Español, preguntó sobre nuestra Institución, y Benjamín le dijo mi enfermedad, etc., y el Pontífice le encargó me dijese que me bendecía y quería que me pusiese bueno e hiciese la visita ad Limina».
   Por rescripto del 16 de diciembre de 1904, otorgó Pío X al Colegio el honroso título de «Pontificio».
   Como premio de una sesión musical que los alumnos, acompañados y presididos por el Cardenal Vives y varios Obispos españoles, dedicaron al Papa en la Sala Consistorial, el 16 de noviembre de 1905, regaló éste un gran retrato suyo con riquísimo marco.
   El cariño y la estimación que los altos dignatarios de la Iglesia en Roma habían cobrado al Fundador del Colegio Español refléjase en la información epistolar enviada por don Salvador Rey desde la Ciudad Eterna, donde se hallaba en mayo de 1906.
   El 21 escribía a Don Manuel: «El sábado, según le dije, era el día señalado por el Cardenal Merry para recibirnos. Y así se cumplió. La visita versó sobre dos puntos: la salud de usted y el Colegio Español de Roma. Del primer punto quiso enterarse con mucho interés. Del segundo quiso dejarnos enterados. Empezó contando los apuros que pasó usted para encontrar casa; luego el sinnúmero de dificultades con que se tropezaba, y sobre todo, dijo, había un asunto que era el peor obstáculo (no dijo cuál era)... pero, gracias a Dios, pudo vencerse. Después de tener casa-continuó diciendo el pobre Don Manuel no tenía dinero... Pero, vamos, aquello ya pasó, y yo puedo decirles que nosotros estamos muy ufanos con el Colegio Español. El Germánico y el Español, allá, allá se van; pero el de España se lleva la delantera. Yo -dijo el Cardenal Merry- la última vez que vi a Don Manuel le dije que cuando veo su retrato, porque los conservo todos, entre el grupo de los chicos, siempre se me ocurre lo mismo. En el primer grupo está muy cabizbajo, y es que aquello no andaba bien; en el segundo, ya tiene la cabeza un poquito más alta; y en el último, ya parece se ríe, como diciendo: ¡Esto va bien!».
   Y el 27 volvía a escribir a Don Manuel: «Monseñor Della Chiesa agradeció mucho sus recuerdos y nos hizo muchísimas preguntas respecto de la salud de usted. Me dijo que, si usted quiere, es muy fácil lograr que pueda usted celebrar tres días a la semana después de haber desayunado. Ayer visitamos al señor Cardenal Vives. Estuvo lo más afectuoso que pueda imaginarse con nosotros; pero con quien lo estuvo en grado superlativo fue con el doctor Sol. Le dijo a mosén Ventura Pallarés: «Que dijese al doctor Sol, no muchas cosas, sino millones de cosas. Que su Colegio lleva la delantera; que él quiere mucho a los Sacerdotes Operarios, y que éstos honran a usted; que usted puede quererlos, pero él los quiere tanto como usted». Lo dijo en catalán y yo guardo la fidelidad que puedo en la traducción. El complemento y el acabóse de nuestra estancia en Roma ha sido hoy... Hemos visto al Santo Padre. A mosén Ventura le ha puesto la mano en la cabeza y se la ha pasado por la cara mientras le concedía para el Superior General de los Operarios una bendición especial».
   Especialísima fue la que Dios otorgó al Colegio Español, con haber logrado, los Superiores del mismo, convertirlo en residencia del Cardenal Vives.
   En una carta de éste a don Benjamín, se cuenta la historia y los trámites de semejante y venturoso traslado:
   «Carísimo y Reverendísimo don Benjamín: Ya que el Vicario de Cristo, aun después de sabidos mis sumisos reparos filiales, franciscanos, etc., etc..., me ha significado su soberana y augusta voluntad, y con ella la de Dios, con el mérito de la obediencia, ciega y prontamente he aceptado lo que de mí quería el amabilísimo y veneradísimo Pontífice Sumo.
   En la demasiado amable conspiración de don Benjamín, carísimo P. Recoder, y otro altísimo y bondadosísimo Personaje173, a la cual atribuyo yo sin temeridad la definitiva y acatadísima decisión del Padre Santo, vi siempre, al notarla más y más evidente, una caridad y amistad no merecidas; y si resistí (salva voluntate Pontificis) a tantas y tan bondadosas insistencias, no fue por desprecio y desacato de tan amistosos ruegos: fue por razones de amor filial y cariño franciscano, y por temor de no agradar a mi seráfico Padre, y de desedificar con un cambio de domicilio. La voz del Papa, sabedor de todos mis apuros, me ha tranquilizado completamente: voluntad del Papa, voluntad de Dios.
   Y ahora que no sólo debo perdonar a don Benjamín y socios su pecado, sino agradecerles sus bondades excesivas y declararme su vencido y fraterno domiciliado, le pido un favor especial con toda la eficacia y encarecimiento, y es que vigile y cuide mucho que, si el nuevo domicilio de este pobrete Cardenal no puede ya ser pequeño y modesto, como el actual, ratione amplitudinis loci, lo sea, por lo menos, ratione ornatus. Deseo, y por amor de María Inmaculada y de mi Padre San Francisco pido, que mi domicilio en el Colegio Español sea, en modestia de ornato, muebles, etc., lo más conforme posible a mi amada profesión de hijo de San Francisco. Deseo y pido que este domicilio, en su ornato y rnueblaje, no tenga nada de innecesario, y, sin faltar lo estrictamente necesario por mi condición de Cardenal, sea el más pobre y el menos rico de todos los apartamenti cardenalizi de Roma. Sería monstruoso ver a un Cardenal Capuchino con lujos y ornatos no necesarios, no indispensables ratione officii. No lo olvide.
   El Padre Santo, con el eminentísimo Cardenal Merry del Val, a su tiempo tratarán con el reverendísimo P. General de este mi traslado y causas de él, nada desfavorables a la Orden capuchina: interin, yo debo callar, y suplico conserven la reserva. Yo ya no puedo pensar más en esto.
   El humilde Protector de los Operarios Diocesanos, hecho, por voluntad del Padre Santo, huésped y protegido de ellos (duce don Benjamín) en el carísimo Colegio Español, pide a Jesús y María bendigan undequaque al mismo don Benjamín y socios, agradeciendo sus bondades hasta en lo que tuvieron de ciegas y exageradas. Y, ya que no será inquilino, sino de familia, pide y pedirá a Jesús y a María que al Padre Santo y al Colegio con don Benjamín, paguen con gracias, favores y beneficios temporales y espirituales, un affito grande, lucroso y perpetuo, con participación de estos réditos espirituales al óptimo P. Recoder, y a quien en el Vaticano ha sido amable y amablemente ciego cómplice de don Benjamín y del P. Recoder ante nuestro dulcísimo Padre y señor Pío X.
   Afmo. en Jesús y María.-FR. JOSÉ CALASANZ, CARD. VIVES.In solemnitatibus Pentecostes an. 1905».
   El 12 de octubre hizo el Cardenal su entrada triunfal y solemne en el Colegio. Recibiéronle los alumnos a los acentos suavísimos y tiernos del canto de la Salve, ante la Virgen de Lourdes que se halla al fondo de la galería en que se encontraban las habitaciones del Cardenal, el cual -se mantuvo postrado dé hinojos ante la Virgen mientras cantaron los colegiales, y les dirigió después, todos ya de pie, unas breves palabras inflamadas de unción y de cariño. Dijo a los alumnos que quería ser entre ellos un colegial más. Y así lo cumplió puntualmente hasta la muerte.
   El 29 de diciembre felicitaba a Don Manuel con estas palabras, escritas al dorso de una estampita: «Al venerando y carísimo Fundador de los josefinos Operarios Diocesanos, a nuestro queridísimo Rector Rectorum, Don Manuel, saludo muy afectuosamente en su fiesta, con santos deseos y peticiones a J. M. J., de mil gracias y bendiciones de año nuevo y festividades; le doy mil parabienes por el bien inmenso que hacen sus hijos en los Seminarios que tienen la dicha de poseerlos, y particularmente por los admirables resultados y triunfos de nuestro Benjamín de Colegios, el de Roma, y por el acertado gobierno de don Benjamín y cooperadores.
   Gracias mil a usted como causa causae de las bondades de éstos con mi pobre persona. El Papa bendice a usted y a todos sus hijos,-Fr. J. C., Card. Vives, Protector»174.
   Don Manuel, cuya salud habíase entonado algún tanto durante la segunda mitad del año 1906, entró más animado y con inusitados alientos en el 1907. El 12 de enero, escribía al Superior de los Operarios de Méjico: «El entusiasmo que me produjo su carta, me ocasionó el pernicioso efecto de alargar las raíces del corazón hacía el apego a la vida, con las ambiciones de poderlos ver otra vez... y de poder ver esos campos ... »
   Y se le renovaron los pensamientos que venía acariciando de visitar por última vez a sus colegiales de Roma: «Veo que realmente-había escrito a uno de ellos que regresaba allá, en octubre de 1906-no puede usted darnos el gusto de pasar por ésta. Ya puede compensarlo haciendo y obteniendo en sus oraciones que el Señor me conceda la gracia de poder ir un día a despedirme de ese Colegio y de esa ciudad, de tantos recuerdos para mí, si ha de ser de su agrado...»
   Ahora, el 5 de abril de 1907, decía al Rector del Colegio de Roma: «Tengo no más que tentaciones de viaje a ésa, a pesar de mis achaques: pero me pongo en la presencia de Dios y, aparte de mi consuelo de despedirme de esos santos lugares, no acabo de ver si sería de alguna gloria de Dios, o inútil para alguno de los remedios que yo desearía». Y el 20: «Le agradezco de veras sus sinceros esfuerzos para alentarme a ir a ésa. Pero mi pereza me enerva y acobarda ante esta márfega de palla175 de mi cuerpo, que aún no se mueve con la agilidad que desearía, y por ello, trato de obtener de los nuestros el aplazamiento para el año jubilar, si Jesús me lo permite entonces y me concede más alientos e ilusiones». Y a otro Operario el 28: «Aquí me empeñan para que vaya a Roma. Para primera volada o pinet176 me parece mucho... Tengo aprensión».
   Al cabo, resolvióse a ir, y del 6 al 10 de mayo los pasó en Barcelona, desde donde escribía el 7: «Me encuentro regular y creo posible el viaje, a pesar de la poca gana con que lo he emprendido». Acompañado de su familiar don Juan Estruel, del canónigo de Tortosa don Julián Ferrer y del beneficiado don Manuel Juan Marco, llegó Don Manuel a Roma el día 12. El 18 le escribía desde Tortosa el doctor Vilá (hijo), el cual, desde el mes de marzo del año anterior, en que falleció su padre, era médico ordinario de Don Manuel: «Recibí hoy su atenta, por la que me entero del feliz viaje que por ahora lleva..., aunque se extralimitó hasta el extremo de hacer plática durante la misa y dar la comunión a los alumnos en Barcelona, cose en exceso pesada para usted. Creo no lo repetirá en ésa, pues seria abusar de la salud que Dios le concede. También le recomiendo que, si se trata de hacer alguna cosilla en su obsequio, no la acepte de ninguna manera, no porque no merezca usted mucho, sino para evitarse algún trastorno, que le pudiera ocasionar algún retraso, en el viaje».
   Otorgóle, el 18, el Papa, una audiencia particular cariñosísima, que proporcionó a Don Manuel grandísimos consuelos. No acertaba a salir del asombro que le causaba la familiaridad y llaneza (le Pío X, al recordar y compararla con la mayestática gravedad y señoril reserva de León XIII. Aquel mismo día había dado la comunión Don Manuel y dirigido un fervorín a los colegiales. «El Señor-les decía-, en sus bondades, me ha concedido el consuelo, que no confiaba ya, de visitar otra vez esta amada Casa, de tantos recuerdos para mí... ¿Cómo, pues, no dirigiros un saludo afectuoso y deciros unas palabras, siquiera sean breves, lo que desde hace cuatro años me tienen prohibido los médicos, y son las segundas que dirijo, pues sólo he saludado brevemente y por vez primera a los seminaristas de Barcelona? ¿Qué os diré, pues?... Cuando yo vivía, si podemos decirlo así, y venía todos los años, recordaba la historia del Colegio...» Esta vez desarrolla ante los alumnos, Don Manuel, su tema favorito: la necesidad que tenían de ser santos... «Os obliga a ser sacerdotes santos, no solamente buenos, el haber sido llamados a Roma. Porque es una elección especial ... »
   También en aquella misma fecha comieron con Don Manuel y los colegiales, los Cardenales Vives y Casañas, los cuales asistieron después a la velada familiar que los alumnos dedicaron a Don Manuel. El 1.º de junio partió éste de Roma, para no volver a visitar ya nunca aquel Colegio de sus ilusiones, sus amores, sus deleites y sus esperanzas, el cual, durante el breve espacio de vida que restaba a su egregio Fundador, siguió deparando a éste dulcísimas consolaciones.
   El 23 de enero de 1908, el señor Sardá y Salvany daba cuenta de uno de tantos éxitos del Colegio Español, desde las páginas de la «Revista Popular», en estos términos: «El 6 de diciembre celebró la Universidad Gregoriana de Roma la solemne repartición anual de premios... Premios totales, en las tres Facultades: 120; españoles premiados, 56. Nuestra juventud eclesiástica es quien pone más alto que otra alguna de Europa el nombre español en Roma, y lo pondrá en todas partes. Después de tanto como se ha hablado -hace pocos días de Instrucción Pública en el Parlamento de nuestra patria, ésta es la mejor respuesta que desde Roma les da nuestra juventud escolar».
   El 2 de mayo de aquel año se recibieron en el Colegio los dos primeros ejemplares del primer volumen del «Ensayo al Decreto Lamentabili», compuesto
por los alumnos teólogos y canonistas durante las vacaciones del curso anterior.
   El 10 de julio escribió el Papa al Rector del Colegio una carta autógrafa dándole las gracias por el ejemplar de la obra que le había enviado, y encareciendo y ponderando el mérito de la misma con frases sumamente laudatorias y saturadas de estimación y de cariño hacia los Superiores y alumnos del Colegio, a los cuales recibió en audiencia, presididos por el Cardenal Vives, el día 16, en la Sala Consistorial. En esta ocasión, y alabando de nuevo el «Comentario al Decreto Lamentabili», llegó a decir el Santo Padre que, si amaba a todos los Colegios, profesaba preferente cariño al Español por ser el primero y modelo de todos. Recordando las finezas de Pío X para el Pontificio Colegio Español, alguien ha escrito y con razón: «Leo plantavit; Pius rigavit: Deus autem incrementum dedit». Y, cierto, que le ha favorecido hasta el presente la Providencia divina, bendiciendo y fecundando los santos afanes de Don Manuel con un desarrollo prodigioso, y lo ha rodeado a la continua de gloria y de esplendor. Siempre en marcha, más todavía que próspera, triunfal, ha merecido las alabanzas y predilecciones de los Pontífices; ha alcanzado un envidiable renombre y una bien conquistada primacía entre los demás Colegios nacionales; ha sido, desde sus principios, centro de unidad y de afección de los españoles residentes en Roma; hogar doméstico en la Ciudad Eterna para los Prelados españoles; honrado con la visita de Ministros, Embajadores, escritores católicos, artistas, y, en general, de cuantas personalidades relevantes de nuestra patria desfilan por la capital del Orbe Católico; favorecido con la confianza de los Obispos españoles, que, en su inmensa mayoría, le han confiado el despacho de los negocios eclesiásticos de sus diócesis en la Curia, y con la del Gobierno de S. M. C., que lo nombró su «Agente oficial de preces en Roma»...
   Fruto del amor de Don Manuel a la Iglesia y a España, ha sido siempre el Colegio escuela de virtud, de ciencia y de patriotismo. Reconociéndolo así, lo favorecieron con su amistad y decidida protección cuantos Embajadores cerca de la Santa Sede y aun cerca del Quirinal pasaron por Roma desde la fundación del Colegio. También lo honraron, en diferentes tiempos, con sus visitas, y tributáronle después fervorosos elogios, eminentes personalidades españolas, como los señores Moret, Conde de Romanones, Primo de Rivera, Aunós, Yanguas, Mella, Herrera (don Ángel), Senante, entre otros; varias personas de la Real Familia, y el mismo don Alfonso XIII en su viaje a Roma, a fines de 1923.
   No es propósito nuestro escribir la historia íntegra del Colegio Español. Por haber sido la más gloriosa y trascendental empresa de Don Manuel, excepción hecha de la Hermandad, y por estar tan vinculada a la fundación y desarrollo del mismo la vida de aquél, nos ha parecido oportuno dejar trazado, en líneas generales y amplias, un esbozo histórico del Colegio. Como complemento del mismo, sólo diremos, tomándolo de unas estadísticas formadas en 1923, que en aquella fecha, de los alumnos salidos del Colegio, 128 ocupaban puestos en los Cabildos catedralicios; 10 en las Curias diocesanas; 90 en los Seminarios; 83 en las parroquias; 13 en el Ejército y la Armada, y 32 en otros diversos cargos del ministerio sacerdotal.
   Como especialísimo timbre de honor para el Colegio, no queremos dejar de mencionar los nombres de sus antiguos colegiales que han merecido el honor del episcopado: los excelentísimos y reverendísimos señores don Leopoldo Eijo y Garay, don Ángel Regueras López, que falleció siendo Obispo de Salamanca; don Juan Bautista Lluís Pérez, don Enrique Pla y Deniel, don Miguel Díaz Gómara, don Lino Rodrigo Ruesca, don Manuel Arce, don Manuel López Araná, don Antonio García García y don José María Alcaraz Alenda. fue electo Obispo Auxiliar de Madrid, dignidad a la que luego renunció, el malogrado don José Solé Mercadé.
   Del saludable influjo que en las diversas esferas del apostolado, las ciencias, la literatura eclesiástica, y en todas las variadas manifestaciones de la vida sacerdotal de nuestra patria ha ejercido el Pontificio Colegio Español, no es ocasión de hablar. Baste decir que ha sido, por voluntad de Dios, y sigue siendo y es de esperar que sea en lo sucesivo tan ubérrima y beneficiosa, que, si no han llegado a realizarse todavía, si cabe abrigar la fundada esperanza de que algún día se verán cumplidos los fervorosos anhelos de Don Manuel al fundarlo, expresados por él en estas palabras: «Pretendemos constituir con los colegiales de San José de Roma, un compacto apostolado para la promoción de los intereses de Jesús. Acariciamos la esperanza de que este Colegio pueda ser capaz, con la gracia de Dios, de renovar nuestra España».

CAPÍTULO XXXIX



Última enfermedad de Don Manuel. - Su muerte. - Homenajes póstumos. - Traslado de sus restos mortales al Templo de Reparación de Tortosa

(1908-1926)



   En julio de 1907 pudo disfrutar Don Manuel de su acostumbrada temporada de baños en Benicasim, y en agosto asistir en Valencia a la reunión de los Operarios, a los que hizo el último día un fervorín. Seguía gozando del consuelo de celebrar el Santo Sacrificio de la Misa, pero su salud era muy deficiente. El 30 de abril de 1908, decía a una religiosa: «Varias veces he preguntado por usted, y siempre he sabido que puede decir con el Apóstol: Christo confixa sum cruci. Haga actos de conformidad, aunque sea sin devoción sensible, y le bastará. Yo también vivo crucificado en mis molestias y achaques, pero no sé si es con Cristo. Así, no me olvide ante El. Yo ya le enviaré alguna bendición. Afectos a todas esas almas santas». Y el 9 de junio, escribía a una sanjuanista de Tortosa, excusándose de no haberle podido dedicar media hora de consulta que le pedía «por la temporada que he pasado-le dice-tan ocupado con cartas, visitas y espinitas... Además, la pereza de salir de casa, pues en dos meses sólo he salido cuatro o cinco veces, dos en tartana, me acobarda y temo no poder cumplirlo pronto... Cuanto necesites, pídemelo, y no escasees los remedios para la salud. Ya te envío la bendición algunas noches. ¡Hoy, 9! Aniversario de mi primera Misa, con asistencia de Francisqueta, Pepeta Curto y demás colleta177. ¡Cuántos recuerdos tristes!»
   El 17 de julio estuvo en Benicarló, visitando por última vez a aquellas sus amadas religiosas de la Purísima; y luego, del 18 al 30, en Benicasim, y del 1 al 17 de agosto, con sus Operarios, en Valencia. El 22 regresó a Tortosa, de donde no había de tornar a salir ya nunca.
   El 9 de noviembre escribía a la abadesa de Benicarló: «No me creerá si le digo que mí cerebro no ha tenido cinco minutos de descanso en todos estos días, por proyectos de Reparación, de Gil de Federich, y conferencias para adquirir por escritura el Palacio de San Rufo, y otras cosas. Ciertamente, me conviene, no sólo salir un día, sino una temporadita, para aquietar mis nervios y sosegar los vahídos de mi cabeza, pero no podrá ser hasta de aquí a unas semanas, que pueda dejar satisfechas mis ambiciones».
   El ocaso de la vida de Don Manuel coincidió con un notable mejoramiento de su salud. Sin menoscabo sensible de ella, trabajaba mucho, y con la facilidad y expedición que en sus buenos tiempos, atendía al gobierno de la Hermandad, y todavía encontraba ratos libres que consagrar a la organización de diversas obras de celo. Hasta última hora se preocupó de los intereses espirituales de su amadísimo pueblo de San Mateo. «Unos ocho o diez días antes de morir Don Manuel-dice el piadoso sacerdote don Juan Marín, en quien aquél tenía grandísima confianza- me escribió para comunicarme sus deseos y propósitos de que me trasladara de Villafranca a San Mateo para ser confesor de las Agustinas y dirigir las obras de celo que allí tenía montadas. Que lo arreglaría él con el Prelado, pero que aceptase su intimación».
   La glorificación de su santo paisano el nuevo Beato Fray Francisco Gil de Federich, se llevaba la mayor y mejor parte de la actividad de Don Manuel por este tiempo. Ofrecióse al Cabildo para costear la imagen del Beato, a condición de que designasen en la Catedral un sitio apropósito para exponerla a la veneración de los fieles.
   Alcanzada esta gracia, dedicóse por entero a organizar las fiestas religiosas. Comprometió a dos predicadores de altos vuelos, al Chantre de Lérida don Rafael García y al famoso carmelita P. Ludovico de los Sagrados Corazones, que aceptaron gustosamente la invitación de Don Manuel, al que ambos veneraban; entusiasmó y documentó él mismo a los periodistas tortosinos para crear atmósfera en la ciudad; se ocupó en la impresión y corrección de pruebas del oficio y misa del Beato; proyectaba editar hojas de propaganda y nuevas estampas, y no hubiera cejado hasta enfervorizar por todos los medios a sus conciudadanos. Encargó la imagen del Beato al distinguido escultor don Félix Ferrer, recomendándole muy eficazmente que hiciese todo lo posible para que la obra inspirase verdadera devoción. Quiso ver el boceto, lo consultó con técnicos amigos suyos, hizo observaciones.... pero ya no logró ver la escultura, trabajada, ciertamente a maravilla.
   A primeros de enero de 1909 escribía al excelentísimo señor Muñoz Herrera, Obispo de Málaga: «Pida a Jesús que, si es de su agrado, podamos vernos sobre la tierra, un rato al menos. Yo estoy siguiendo hecho una ruina y tirando del carrito, aunque con la cabeza de joven».
   Como si hubiera querido el Señor que Don Manuel mismo preparase su propia sepultura, en los primeros días de enero encargó una lápida nueva para el nicho que encerraba los restos de sus padres y hermanos, y visitó el día 15 por la mañana el cementerio, para presenciar la colocación de aquélla. «Pasamos allí muchísimo tiempo-dice don Juan Estruel, que le acompañaba-e íbamos recorriendo aquellas sepulturas, y recordaba a tantas personas, y rezaba ... »
   Volvió al Colegio como escrupuloso por el olvido en que tenía a personas que llenaron con sus prestigios y fama toda una época, y repitió varias veces que se debía visitar el cementerio con más frecuencia...
   En aquella misma fecha escribía al Rector del Seminario de Zaragoza: «Voy siguiendo regular, excepto unas neuralgias o dolores de muelas que me han mortificado bastantes días. No sé por qué don Joaquín Juste se extraña de que no haya contestado tan pronto a su felicitación, pues con ciento y pico, y además las ordinarias, que tengo sobre la mesa, no se puede dar avío en tan pocos días ... »
   El 17, escribía: «Las molestias neurálgicas que me han ejercitado una porción de días, las largas visitas de los días de Navidad y mi Santo, etc., etc., no me han permitido ni siquiera la contestación de más de cien cartas que tengo sobre la mesa...» Y en la misma fecha, a los Operarios de Méjico: «Al recibir peticiones de personal, y ante el vasto campo que se abre aquí y ahí, me contristo, y quisiera lanzarme a abrazarlo todo; pero, puesto en la presencia de Dios, me quedo tranquilo, porque ya ve Él que no podemos... Estos días estoy ocupadísimo con los preparativos para la fiesta de nuestro reciente Beato Francisco Gil de Federich ... »
   ¿Presentía, no obstante, Don Manuel su próxima muerte? Una señora, que fue hija espiritual suya cuando era Ecónomo de Santiago, cuenta que pocos días antes de caer en cama Don Manuel, en su última enfermedad, encontróla éste en la calle y le dijo con voz queda y misteriosa: «Quiero que vengas a visitarme en el Colegio, pues deseo regalarte una cosa». fue allá, en efecto, y salió Don Manuel y hablaron largamente de cosas espirituales, y después sacó éste un crucifijo y se lo regaló, diciéndole: «Mira, toma este regalo y guárdalo siempre, pues éste será el último que yo te haré». Pocos días después, enfermó Don Manuel y murió, y exclamaba la piadosa señora: «Mosén Manuel presentía ya su pronta muerte. Estoy tan contenta de poseer este crucifijo, que no lo cambiaría por todas las riquezas que hay en el mundo ... »
   El 18 celebró su última Misa, que aplicó por los difuntos de su obligación. Doña Ramona Pasamonte, de Barcelona, declara haber tenido la fortuna de visitarle aquel mismo día, y consultarle algunas cosas por última vez. Por la tarde, sintió Don Manuel los escalofríos precursores de la enfermedad que había de llevarle al sepulcro: una sencilla gripe. Pasó las últimas horas del día junto al brasero. Por precaución, se retiró a dormir más pronto que de ordinario. A las diez de la noche, el malestar general se acentuó, y ya dijo él: «No me encuentro nada bien». No dio el médico gran importancia a la indisposición, pero los Operarios pasaron la noche velando al enfermo, que no descansó durante toda ella.
   Extractamos a continuación el «Diario» que de la enfermedad y muerte de Don Manuel escribió, con minuciosa puntualidad, uno de sus predilectos hijos, don Juan Bautista Calatayud, el cual dice:
   «Día 19. La misma indisposición, con la agravante del quebrantamiento de huesos y falta de fuerzas, que le imposibilitan para mantenerse en pie y hacen muy difíciles sus movimientos en la cama.
   La palabra que usaba para expresar el fenómeno, era que sus miembros parecían sacos de serrín. Repitió que se encontraba mal, y que esta vez no se había metido en cama como las otras. ¿Presintió su próxima muerte? Empiezan a cuidarle las beneméritas Siervas de Jesús.
   20. Ya el día anterior se observó en el paciente la tendencia al delirio, pero en el de hoy se pone más de manifiesto, notándose extraordinaria excitación de nervios... El Dr. Vilá siguió creyendo que se trataba de un catarro gripal. Por indicación de Don Manuel, se llama a su muy amigo el médico señor Besora... Se avisa a todas las casas para que pidan al Señor por la salud del Superior General.
   21. En las horas que Don Manuel está libre de fiebre, conserva clara la inteligencia y se da cuenta de todos y de todo; no así cuando la temperatura sube de su estado normal. En este día fueron más frecuentes los delirios y por este medio conocimos que lo que preocupaba su corazón era la visita de las Casas, fiesta del Beato Gil de Federich, impresión de hojas e invitaciones, respuestas a algunas cartas urgentes y asuntos del gobierno de la Hermandad.
   22. Amanece sin fiebre y muy despejado. Recuerda que era el día en que padeció el martirio el B. Gil de Federich, y pide a su inseparable enfermero Estruel que aplique la Misa por el Beato y San José. El 19 no pudo celebrar. «Cuando pueda-dijo-ya se la pagaré al Santo Patriarca». Pidió que le diesen a besar la reliquia del mártir, que llevaba siempre en los viajes y conservaba cuidadosamente en la habitación, añadiendo que la quería tener a la vista. Descansó durante el día y la noche, y esto nos hizo creer que aun el peligro remoto había desaparecido.
   23. Las primeras horas de la mañana las pasa relativamente bien. El médico, al encontrarle sin fiebre, indica que puede dársele a mediodía una ligerísima sopa. A las once aparece de nuevo la calentura y se dejan de cumplir las órdenes del facultativo. Los semidelirios de este día le causan mucha molestia. No se da exacta cuenta de la realidad de lo que le rodea, y tan pronto le parece que está en Burgos, como en Valencia. Por la tarde llegó de Onda don Francisco Osuna, y le habla con gran lucidez, como si nada hubiera pasado. Recuerda que estábamos en vísperas de la fiesta de la Sagrada Familia, de la que era devotísimo, y se empeña en rezar el oficio divino.
   24, domingo. Amanece con la resolución de oír Misa. Se le dice no conviene se levante, y queda resignado. Por la tarde, encarga con insistencia preparen chocolate para los médicos, y a los señores Vilá y Besora obliga a que pasen de nuevo por su habitación después de tomarlo. La Sierva que le cuida va un ratillo al coro de la iglesia para hacer la visita. Al irse, pregunta al enfermo qué quiere para Jesús Sacramentado: «Dígale-responde con viveza-que me dé todo lo que le pido y todo lo que necesito», y añade después: «¡Señor! quem amas infirmatur». Con alguna frecuencia se le oía exclamar: «i Dios mío Sacramentado, no sé lo que queréis de mí!» Después hizo el ejercicio de los Siete Domingos, devoción que practicaba todo el año».

   Debajo de la almohada tenía, como siempre que se entregaba al descanso, el escapulario del Sagrado Corazón con la leyenda: «Detente: el Corazón de Jesús está conmigo». Algunas veces, mostrándoselo a don Juan Estruel, exclamaba: «Este me ha dado un consuelo, que me callaré»; y se lo comunicaba con tal acento y semblante, que daba a entender que algo sobrenatural había pasado entre Jesús y Don Manuel. Mirando de vez en cuando al Crucifijo, suspiraba: «¡Señor, sea en remisión de mis pecados!»
   Presintiendo su muerte, dio órdenes concernientes a determinados documentos y al futuro gobierno de la Hermandad.
   «25. Según las alternativas de la fiebre, el presente día era de los malos. El enfermo apareció bastante inquieto. En la visita que por la mañana hacían los dos médicos, nada observaron que infundiera ni la más remota sospecha de que se avecinaba el fatal desenlace. A las diez, las circunstancias pusieron a Don Manuel en la ocasión de hablar con la Sierva de los distintos nombres con que era conocido. «Cuando voy por la calle-dijo-y oigo que me llaman Mosén Manuel, seguro que es alguna devotita; los nuestros me llaman Don Manuel; si me dicen Mosén. Sol, o son antiguos discípulos, colegiales o tortosinos; si oigo doctor Sol, ya sé que el que me llama o es catalán o educado en Cataluña; Mosén Domingo no me lo dicen más que los amigos contemporáneos y condiscípulos; Pare Vicari..., sin duda que se trata de algún vecino del pueblo de la Aldea o del barrio de Santa Clara». Y después contó algunos de los inconvenientes que ha tenido el no expresarle bien el nombre. Desde las doce hasta unos minutos antes de la una, descansó. A la una, se notaron los síntomas precursores de la muerte. Don Juan Estruel, que había quedado de guardia mientras la Sierva de Jesús comía, llamó a los Operarios, que estaban en el refectorio. Subieron todos, con el afán e inquietud que es de suponer. Don Bernardo Curto le dio la absolución; don Elías, el último Sacramento. El cariño dio alas al doctor Vilá, y llegó... no sé cómo, pero aunque vivía prevenido para un ataque de la traidora enfermedad, no le fue ya posible disputar a la muerte ni un momento siquiera la preciosa vida de nuestro inolvidable Fundador; sólo pudo certificarnos, con profundísima pena, que había dejado de existir. Quedó con el rostro apacible, como quien descansa en tranquilo sueño, la boca entreabierta, cual si quisiera hacernos las últimas recomendaciones; y recordaré siempre lo que dijo uno de los sacerdotes que primero contemplaron el cadáver: «Ahora es cuando descansa Mosén Sol. Bien merecido lo tiene. Desde el cielo se interesará por todos nosotros».

***

   La impresión que produjo en los colegiales la noticia de la muerte de Don Manuel, fue dolorosísima e indescriptible. ¡Lo amaban como a padre, y lo veneraban como santo 1 Cundió rápidamente la triste nueva por Tortosa, sumiendo a todos sus habitantes en sentidísimo y universal desconsuelo. Desfiló aquella tarde por el Colegio cuanto valía y representaba en la ciudad. No faltó un buen número de pobres que, con lágrimas en los ojos y la plegaria en los labios, contemplaban por última vez aquellas manos, siempre abiertas para socorrerlos, y cerradas ahora para siempre, estrechando el crucifijo.
   El sacerdote Operario don Jesús Sales, a la sazón alumno del Colegio, testifica que entre la muchedumbre de personas de todas las clases sociales que fueron a orar ante el cadáver, eran incontables las que, no satisfechas con aplicar medallas, escapularios y rosarios a los restos venerados de Don Manuel y besar con santa efusión sus manos y sus pies, intentaron cortar parte de sus cabellos. A pesar de la extremada vigilancia que un grupo de alumnos desplegaba para evitar este piadoso despojo, todavía una señora logró apoderarse de un m, echón, que guardó como una reliquia. Otro tanto hizo después en el cementerio, momentos antes de que fuera el cadáver depositado en la sepultura, el piadoso caballero tortosino don Antonio de Wenetz.
   El Seminario Conciliar suspendió las clases. Comisiones del Cabildo catedralicio y de las autoridades civiles se apresuraron a manifestar, con significativas muestras de afecto, su pésame por la desaparición del sacerdote santo y del patricio insigne, que era honor y gloria de todos. Religiosas de diversos Institutos, colegiales y Operarios-muchos de éstos llegados de Seminarios y Colegios de fuera de Tortosa-pasaron la noche velando y orando ante el cadáver, que revestido con ornamentos sacerdotales fue expuesto en el oratorio privado del Colegio, convertido en capilla ardiente. En ésta y en la del Colegio se aplicaron misas en sufragio del amadísimo y venerado difunto, desde las primeras horas de la mañana del 26 hasta las diez. A esta hora se celebró el solemne funeral de cuerpo presente.
   Por la tarde, el entierro fue una imponente manifestación de sentimiento de Tortosa entera. Presidieron el acto el muy ilustre señor Vicario General Eclesiástico don Gabriel Llompart; don Francisco Osuna, Vice-Director General de la Hermandad; representaciones del Cabildo y de todas las clases sociales; y seguía una inmensa multitud, en la que figuraban muchos sacerdotes de la diócesis, venidos expresamente a ofrendar este postrer tributo de cariño a Don Manuel. Los balcones de las casas por donde pasaba el fúnebre cortejo ostentaban colgaduras negras. El féretro era conducido por ocho alumnos del Colegio178. Del ataúd pendían seis cintas, que llevaban el muy ilustre señor don Julián Ferrer, en representación del Cabildo de la Catedral; el reverendo P. Juan Bautista Ferreres, por el Colegio Máximo de la Compañía de Jesús; el reverendo don Buenaventura Pallarés, por los antiguos fundadores del primer Colegio de Vocaciones eclesiásticas; don Leopoldo Roch, por los Párrocos de la ciudad; don Juan Bautista Villar, por el Seminario Conciliar y Colegio de San Luis, y don Manuel J. Marco, por el Clero Beneficial179. También quisieron las Religiosas Siervas de Jesús, Oblatas y Hermanitas de los pobres, acompañar hasta el cementerio al que había sido de todas fiel consejero y constante bienhechor. Cantáronse responsos ante el Templo de Reparación, frente a la casa donde nació Don Manuel y a la puerta de la iglesia de San Blas, donde celebró su primera Misa.
   Las exclamaciones que brotaban de los labios de la gente del pueblo al paso de los restos de Don Manuel, ponían bien de manifiesto lo popular que era entre sus conciudadanos y el concepto de santo en que le tenían.
   El 1.º de febrero, organizadas por el Cabildo, se celebraron suntuosísimas honras en la Catedral, en sufragio de Don Manuel, en las cuales hizo la oración fúnebre el Magistral de la misma, don Pascual Llópez.
   Sendas y magníficas oraciones fúnebres de Don Manuel vinieron a ser también los sermones que en el mismo templo catedralicio, y con ocasión de les fiestas del Beato Gil de Federich, predicaron, el día 3, el Chantre de Lérida don Rafael García y el P. Ludovico de los Sagrados Corazones, Carmelita descalzo.
   La prensa católica de España entera-especialmente por las plumas de antiguos colegiales de Roma, esparcidos ya por todas las provincias-entonó en obsequio del santo e ilustre finado un verdadero himno nacional de dolor, que era a la vez un cántico de gloria.
   En Roma, en la capilla del Colegio, el día 28 de enero se celebraron suntuosos funerales. Dijo la Misa el P. Joaquín de Llevaneras y asistieron varios Cardenales, Generales y Definidores de todas las Ordenes religiosas, y la colonia española. El 31, el Papa recibió a los Superiores y a un grupo de alumnos para expresarles su sentimiento. El 20 de febrero, envió al Rector del Colegio el siguiente hermosísimo autógrafo, que traducimos: «Después de implorar la paz de los justos para la bendita alma del venerado sacerdote Manuel Domingo y Sol, llamado por el Señor a recibir el premio correspondiente a sus virtudes y santas obras, hago votos para que sus plegarias en la presencia del Altísimo alcancen la gracia de que los sacerdotes de la Pía Hermandad por él fundada para formar a los jóvenes aspirantes al sacerdocio, le imiten en su ferviente piedad y sólida doctrina, y atraigan especialísimas bendiciones sobre el Pontificio Colegio Español de San José, por él fundado y favorecido, a fin de que los amados alumnos del mismo, una vez terminada su educación, tornen a su patria convertidos en celosos apóstoles que difundan el buen olor de Jesucristo y cooperen en la católica España al glorioso triunfo de la fe.-Del Vaticano, 20 de febrero de 1909.-PÍO PP. X ».
   Los Cardenales Merry y Vives-el último de los cuales, sabedor de la enfermedad de Don Manuel, había pedido con vivo interés noticias del curso de la misma-al conocer el triste suceso se apresuraron a enviar expresivos telegramas de pésame a Tortosa.
   El 22 de febrero, y para el extraordinario del «Correo I. Josefino» a la muerte de Don Manuel, le dedicaron preciados y encomiásticos autógrafos: «Fiel imitador de San José-decía el del Cardenal Merry-, Don Manuel atraía a todos por la dulzura paternal de su trato; nos edificaba por su piedad sin afectación y por su celo sacerdotal; parecía llevar al Niño Jesús en sus brazos: tan evidente era que lo llevaba en su corazón».
   Y el Cardenal Vives: «Glorioso Patriarca San José, modelo de Sacerdotes y Maestro de los que quieren ser dignos ministros de vuestro amabilísimo Jesús y Pregoneros de las glorias y misericordias de vuestra Esposa Inmaculada, seáis mil veces bendito y alabado por las grandes cosas que en favor del Clero habéis hecho, hacéis y haréis por medio de vuestro devotísimo siervo Don Manuel Domingo y Sol; conservad y santificad más y más la mística viña de Operarios Diocesanos, que en nombre de Dios por sus manos habéis plantado, especialmente en Roma y Tortosa, y haced con vuestra intercesión que el espíritu del venerando Fundador, espíritu tan eucarístico y tan sacerdotal, permanezca siempre puro entre sus amados hijos presentes y futuros, y que todos sus colegiales sean educados según sus santas enseñanzas».
   El Nuncio de Su Santidad en España, Monseñor Vico, contestando a Don Manuel, su antiguo amigo, le había escrito el 1.º de enero: «Muy amado Don Manuel: ¡Qué gusto en leer hoy su carta, y qué gusto en ver que usted se acuerda de mí!... Pida mucho por mí, querido Don Manuel, a fin de que esta misión tan delicada sea ventajosa a la Iglesia y al país ... » Al enterarse del fallecimiento, telegrafiaba el 26 a Tortosa: «Apenadísimo, ofrezco a usted y a todos los Operarios profundo pésame y concedo indulgencias».
   Un libro voluminoso podría escribirse con los elogios que tanto la prensa como un número incontable de ilustres personalidades tributaron a Don Manuel. En gracia de la brevedad, nos limitaremos a reproducir solamente algunos de ellos.
   El Obispo de Tortosa dice:
   «Lleno de celo por la gloria de Dios y la salud de las almas, ávido siempre del esplendor del culto, protector generoso de la juventud aspirante al sacerdocio, brilló el Reverendo Doctor Don Manuel Domingo y Sol como estrella refulgente en la Casa del Señor, y pasó los días de su vida haciendo bien, edificando con el candor de su humilde palabra y dejando a la posteridad hermosos ejemplos de virtud que imitar. Sea su memoria ahora perfume de piedad que embalsame el ambiente que aspiramos».
   El Cardenal Sancha, Arzobispo de Toledo:
   «Envíole sentido pésame por la sensible muerte del santo Fundador del Instituto a que tiene usted la dicha de pertenecer. No puede usted figurarse la dolorosa impresión que me ha causado la noticia... Este Seminario Conciliar está desconocido desde que llegaron a él los sacerdotes hermanos de usted. Dios pague al Reverendo Fundador el gran beneficio que dispensó al Clero y fieles de esta diócesis con haberlos enviado a la misma».
   El Arzobispo de Sevilla, Excelentísimo señor Almaraz y Santos:
   «El Señor habrá premiado una vida como es la de tan ilustre sacerdote, consagrada a darle gloria y salvar almas. ¡Ojalá que supiésemos imitarle! Aquí ha sido sentida su muerte por cuantos conocían sus virtudes y sus empresas».
   El Arzobispo de Granada, Excelentísimo señor Messeguer y Costa:
   «Apliqué la Misa por su eterno descanso; aunque creo estará gozando en el cielo el premio de tantas buenas obras como hizo. Siempre le tuve como un verdadero apóstol, y he dicho muchas veces, y en Tortosa en una velada que me dedicó el Colegio de San José, que le consideraba de un mérito heroico por haber levantado el baluarte de las vocaciones eclesiásticas contra la audacia de la maldita Revolución septembrina, y en una ocasión en que nadie se acordaba más que de llorar los males de la Religión y de la Patria. La Iglesia española le debe el rescate de innumerables vocaciones, que sin su Obra se habrían perdido. Dios ha de premiar esta Obra, meritísima entre todas, y de efectos tan saludables como continuar la misión de la Iglesia, proporcionándole dignos ministros. He leído con entusiasmo lo que sus paisanos han hecho en Tortosa. Bien está, porque todo lo merecía el finado».
   El Obispo de Jaén, doctor Laguarda:
   «Le reitero mi pésame más sentido, aunque Don Manuel seguramente estará en el cielo... Habrá sido para ustedes motivo de muchísimo consuelo recibir tan expresivas manifestaciones de duelo. Las merecía el venerable Don Manuel, tipo el más característico que he conocido del sacerdote santo. Todo lo suyo me enamoraba: pero especialmente aquella sencillez sublime de que revestía sus actos todos. Ejemplos hermosísimos deja a todos sus fervorosos Operarios».
   El Obispo de Badajoz, doctor Soto y Mancera:
   «Sé que era varón de grandes virtudes, y ya maduro para el cielo».
   El de Osma:
   «Le envío la expresión de mi profundo sentimiento por la muerte de su virtuoso y santo Fundador».
   Y así podríamos centuplicar las citas. Queremos cerrarlas con las de dos egregios antiguos alumnos del Pontificio Colegio Español, intérpretes del sincero dolor y de la veneración entusiasta de todos los demás. El hoy excelentísimo señor Obispo de Madrid y entonces ilustre Lectoral de Santiago de Compostela, señor Eijo y Garay, se expresaba así: «Escribo a ustedes con el corazón lleno de pena; pero, lo confieso, de una pena especial, como nunca la había sentido. Una pena que despierta en mi corazón sentimientos muy dulces; un dolor que se ahoga en los consuelos que él mismo sugiere. Y es, sin duda, porque yo no puedo ver la muerte de nuestro Don Manuel como la de cualquier otra persona queridísima. Desde que yo tenía quince años le venero; su muerte para mí no puede ser más que su paso a la gloria, el final de la parte más breve de los trabajos que Dios confía a los santos Fundadores y el principio de esa otra parte más eficaz y gloriosa: la protección desde el cielo.
   Era nuestro padre; ya no veremos más su rostro tan venerable, tan dulce, tan expresivo; no le veremos con los ojos del cuerpo, que son un estorbo para ver bien con los del alma; pero está en el cielo, sin dejar de ser nuestro padre; nos ama más, nos ve mejor, nos protegerá más eficazmente; ha conseguido todo lo que deseaba para sí: ahora alcanzará todo lo que anhelaba para su Obra y para sus hijos. ¡Qué no hará él con la riqueza de los medios celestiales, si con los pobres medios humanos tanto bien hacía!... ¡Dichosos ustedes, los que han podido vivir a su lado, enfervorizados siempre al ardor de su celo y recibiendo los ejemplos de sus virtudes!...
   ¡Oremos todos unidos por él, y porque Dios nos haga hijos dignos de tal padre! ... »
   Don Angel Regueras, que había de ser más tarde Obispo de Plasencia y luego de Salamanca, y que al acaecer la muerte de Don Manuel se hallaba predicando en Madrid, escribía al Rector del Colegio de Roma: «En cuanto tuve noticia de que el Señor había llamado a sí al inolvidable Don Manuel (q. D. h.), hice dos cosas que tenía bien merecidas de cuantos tuvimos la fortuna de experimentar los frutos saludables de su espíritu privilegiado y de su bondadosísimo corazón: sufragar su alma con mis pobres oraciones y telegrafiar el más sentido pésame a Tortosa. Escribí, además, a Toledo, preguntando cuándo se hacían allí funerales por el venerable Fundador, para asistir a ellos, dando esta prueba pública de gratitud a quien tanto debe el clero español».
   La ciudad de Tortosa, para enaltecer y perpetuar la memoria de este hijo suyo tan preclaro, colocó el 27 de marzo de 1910, por iniciativa de don Ramón Vergés en su periódico «La Libertad», una lápida conmemorativa en la casa natalicia de Don Manuel, y aquel mismo día, el Prelado de Tortosa bendijo y colocó la primera piedra del artístico monumento que en la popular plaza del Rastro erigieron a éste sus paisanos.
   En la alocución con que invitaban a éstos a que contribuyeran con sus donativos a la erección de la estatua de Don Manuel, decían los iniciadores: «Mereceremos bien de Tortosa, y al pasar por la plaza del Rastro nuestros hijos, levantarán los ojos para leer escrita en piedra y bronce una de las más hermosas páginas de los anales de nuestra ciudad». Se brindó la ejecución del proyecto a otro tortosino ilustre, el genial escultor Agustín Querol, que aceptó con entusiasmo.
   «Mi mayor satisfacción-escribía-es identificarme con Tortosa en tan digno empeño... Excuso reiterarle el cariño con que he de dedicarme a esta obra, tratándose de Tortosa y de un varón tan preclaro como Mosén Sol, de quien guardo recuerdos de mi infancia... El monumento a Mosén Sol, tanto por ser yo hijo de Tortosa, como por amor a la persona cuya memoria se trata de perpetuar, lo he de ejecutar de la importancia y belleza artística que permita el total de la suscripción, sin que me guíe en esta obra idea alguna de lucro.- Así es que les ruego no me hablen de presupuesto. Respecto a la observación que me hace de que vuela demasiado el manteo, yo lo recuerdo perfectamente de cuando, siendo pequeño, entraba en su casa, donde nos enseñaba fotografías que traía de Roma, cuando subía por la cuesta de Santa Clara, y otros muchos detalles ... Tengo interés en que esta obra resulte una joya para Tortosa ... No me ocupo ahora más que de este proyecto, en el que trabajo día y noche con verdadero cariño y entusiasmo»... No pudo el insigne y generoso artista rematar su empresa. Falleció en Madrid el 14 de diciembre de 1909. Uno de sus más aprovechados discípulos, tortosino también, Víctor Cerveto, acabó de ejecutar, con felicísimo éxito, la obra empezada por Querol. Las Cortes pidieron al Gobierno que regalase el bronce necesario para la estatua, y la demanda fue favorablemente despachada. El 28 de abril de 1912 fue solemnísimamente inaugurado el monumento180.
   El 21 de abril de 1926 los venerandos restos de Don Manuel fueron con toda pompa y esplendor trasladados del cementerio de Tortosa al Templo de Reparación donde quedaron definitivamente depositados en el suntuoso y artístico mausoleo para este objeto erigido, y costeado por suscripción nacional entre los amigos, admiradores y devotos de Don Manuel. Presidieron las grandiosas ceremonias que con tal motivo se celebraron, el eminentísimo Cardenal de Tarragona señor Vidal y Barraquer, y los excelentísimos señores don Félix Bilbao, don Leopoldo Eijo y don Enrique Pla y Deniel, Obispos, respectivamente, de Tortosa, Madrid y Ávila. Estos dos últimos, y lo mismo el doctor Chillida, Magistral de Valencia, que pronunció en las solemnes exequias una sublime y conmovedora oración fúnebre, antiguos alumnos del Colegio Español de Roma.
   El acontecimiento revistió caracteres de apoteosis y resultó un verdadero plebiscito nacional confirmatorio de la fama de santidad del glorioso Fundador de la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos.

***

   Como por vía de apéndice y complemento, mencionaremos a los dignísimos Sacerdotes Operarios que después de la muerte de Don Manuel han venido rigiendo, con perseverante celo e infatigable esfuerzo, los destinos de la Hermandad.
   Inmediatamente después del Fundador, fue elegido Superior General de la misma, en agosto de 1909, el reverendísimo don Benjamín Miñana Ballester. Sucedióle en tan ardua y elevada misión, a partir de agosto de 1927, el reverendísimo don Joaquín Jovaní Marín. Rige actualmente la Hermandad, desde agosto de 1933, el reverendísimo don Pedro Ruíz de los Paños y Angel.
   Plácenos terminar esta parte de la vida de Don Manuel, con el caluroso elogio que de él y de su Obra hicieron el actual Nuncio de Su Santidad en España, Monseñor Tedeschini, hablando a los alumnos del Colegio de San José de Tortosa, el 16 de mayo de 1928: «Otra garantía tenéis-les decía-para perseverar en el buen espíritu: la dirección de los Operarios. Notad una cosa, que es privilegio de España, y que otras naciones os envidian: el tino y la fecundidad para producir instituciones acomodadas a las necesidades de los tiempos. Recordad las Teresianas, las Damas catequistas, las Religiosas del Servicio doméstico y otras numerosas Congregaciones. Vienen a llenar un vacío que en todas partes se sentía; pero sólo España ha sabido acertar con el remedio. Así ha sucedido con el ministerio de la formación de sacerdotes. Ha sido un español, precisamente un tortosino, Mosén Manuel Domingo y Sol, el que sintió y puso en práctica la inspiración de fundar un Instituto que ha hecho un bien inmenso a la Iglesia española, formando dignos sacerdotes; un Instituto que hasta Roma ha ido, en alas del celo de Mosén Sol, para fundar un Colegio de seminaristas españoles, que es gloria de España y objeto de la dilección del Romano Pontífice.
   ¡Feliz idea la de Mosén Sol! Yo me imagino que así como el Evangelista San Juan reclinó su cabeza en el pecho de Jesucristo y escuchó los latidos de su Corazón, así Mosén Sol, que tanto amaba al Corazón Divino, percibió también sus amorosas ansias, y las satisfizo fundando una Congregación de educadores de sacerdotes. Y su herencia ha sido dignamente recogida y administrada por ilustres varones, que viniendo del Colegio de Roma, convertido en antecámara del Generalato, han llevado adelante su empresa. Yo, que conocí a Mosén Sol, me congratulo de que le tengáis por Padre, y con vosotros pido por que Dios nos conceda su pronta glorificación...»
   Otro testimonio de alta estimación, más valioso por más espontáneo, ha recibido la Hermandad en fecha reciente. Habiendo presentado el Rector del Colegio Español, don Pedro Ruíz de los Paños, a la Sagrada Congregación de Seminarios la Memoria anual aco~-tumbrada acerca de la vida del mismo, el eminentísimo Cardenal Bisleti, Prefecto de aquélla, le dirigió, con fecha del 20 de enero de 1932, la siguiente laudatoria carta: «Esta S. Congregación ha examinado la Memoria presentada por V. S. Revma. acerca de la marcha de este Pontificio Colegio durante el año escolar de 1930-31. Debo decirle cuán consoladores son los resultados de tal examen, ya se haga en conjunto, ya en lo que toca a cada una de sus partes, esto es, a la piedad, la disciplina y el estudio. Hasta el punto de advertirse un progresivo adelanto. Gracias sean dadas por ello al Dador de todo bien y a la Mediadora Universal, su Divina Madre.
   Pero debo, por añadidura, rendir un homenaje de satisfacción y de alabanza a los Superiores, miembros de la benemérita Congregación de Sacerdotes Operarios Diocesanos, que con tanto celo y acierto cumplen en ese Colegio, como en los demás Seminarios que les están confiados, la santa misión de la formación eclesiástica de los ministros de Dios...»181. En términos igualmente expresivos y laudatorios está concebida la carta que el mismo señor Cardenal dirigió, el 17 de julio de 1933, al Rector del Colegio Español, acusando recibo del libro «Los primeros Cuarenta Años del P. Colegio Español de San José de Roma».
PARTE SEGUNDA

VIRTUDES






CAPITULO I



Anhelos de santidad. - Recogimiento. - Presencia de Dios. - Espíritu de oración. - Prácticas de piedad. - Fe y confianza en Dios. - Eficacia de su oración. - Demanda de oraciones. - El «buen combate».

   Con haber sido muchas y de extraordinario relieve las cualidades personales y humanas de Don Manuel y múltiples y admirables las empresas por él realizadas, lo que más engrandece su personalidad y lo que constituye su más fúlgida aureola es el perenne espíritu de santidad que fue el alma de todos sus actos y todas sus iniciativas. Sobre haber alcanzado a ser un varón por diversos títulos ilustre y benemérito, acreedor a la admiración y gratitud de sus contemporáneos, quiso y logró ser un santo. Después de haber enumerado sus principales obras, nos disponemos a narrar sus heroicas virtudes, de las que fueron aquéllas espléndida floración. El secreto de la santidad de Don Manuel, como el secreto de toda santidad, estuvo en el amor, en la caridad hacia Dios, infundida y desarrollada en él por el Espíritu Santo. Desde jovencito acertó a sentir en su corazón las palpitaciones de esa caridad divina y a moverse a impulsos de ella. Para multiplicar en sí propio los ubérrimos frutos que de la caridad -que inclina a la semejanza e imitación del ser amado-emanan, trabajó incansablemente por cultivar en su alma las virtudes que conducen a la unión con Dios, por la práctica constante de aquellos medios que conservan y acrecen la gracia en el alma. Y luego, como natural redundancia y obligada expansión de su perfeccionamiento propio, de su amor a Dios, brotó en él abundante y multiforme la llama avasalladora del celo, de la caridad a los demás, para derramar sobre sus prójimos los resplandores, los ejemplos y los beneficios de su propia santidad, con el sobrenatural intento de hacerlos también santos.



***

   Para lograr que los demás lo fuesen, juzgaba imprescindible serlo él primero. En los Ejercicios espirituales que hizo en 1890, aludiendo a sus Operarios y alumnos, escribía: «Si no son santos, es porque no lo soy yo». Este anhelo de ser santo, obligado punto de partida de toda alma que quiere caminar por los senderos de la perfección, ¡cuán vivo y ardiente fue siempre en Don Manuel!... ¡Qué de personas, entre las que le conocieron y trataron, testifican haberle oído quejarse de que no era santo!...
   «No hay-decía-término medio, sino ser santos, al menos con el deseo; so pena de no llegar a ser buenos. No podemos mantenernos entre dos aguas, con una vida de tibieza, sino que se va a parar al fondo, sin el esfuerzo y las fatigas del camino de la santidad. Cierto, que es muy consolador el pensamiento y dicho de los Santos, que para dicha santidad basta el deseo constante y sincero de ella. Mientras se mantenga en nosotros este deseo, allí depositado por el Señor, podemos estar tranquilos en medio de nuestras miserias y tentaciones, y combates y peligros. No importa que todos los días, al darle a Dios cuenta de nuestro comportamiento, del uso de sus beneficios, de sus dones, tengamos que ofrecérselos con actos de humillación. Es muy consolador pensar que tanto mérito tenemos al ofrecerle los propósitos de la mañana como al depositar a sus pies nuestras miserias cotidianas». «El deseo-escribía en otra ocasión-de remediar todos los males con nuestro ardiente deseo de la salvación de las almas, nos ha de mover a ser santos».
   Semejante convicción le impulsaba a predicar con insistencia casi machacona a sus alumnos sobre la necesidad que tenían de aspirar a la santidad. Llamaba a éste su tema favorito. Y lo era, en efecto. «Si queréis hacer fruto-decía a sus colegiales-, sed santos. No basta ser buenos. Os lo repetiré hasta la saciedad. Fijémonos en que no tenemos otro remedio que ser santos. El que no desea ser santo, no llega a ser bueno. Si no os dicen santos, no estéis tranquilos. Los años que os faltan, los necesitáis. No esperéis a ser santos al último año, que no lo seréis. Seríais desgraciados aquí y en la eternidad. Nadie hay tan desgraciado como un sacerdote que no sea santo. Más le valdría no haber llegado al sacerdocio. Algún día os acordaréis. No queremos que los sacerdotes de San José den ninguna espina a la Iglesia. Antes, que se desplome el edificio».
   «Ya les has ganado el pleito a las monjas con el «Dominus vobiscum» -decía a un alumno recién ordenado de diácono-. ¡Ahora se lo has de ganar a los Santos! ... »
   Ser él santo para poder así formar sacerdotes santos: ésa fue la gran ilusión y el superior ideal de Don Manuel. «Nos dedicamos-exclamaba en una plática a sus Operarios-al amor del Corazón de Jesús, de la juventud y de las vocaciones eclesiásticas. ¡Hay tanta falta de sacerdotes buenos en el mundo!... Sacerdotes buenos no hay nunca demasiados en la Iglesia de Dios. Los malos sobran todos. Algunos quisieran que hubiera un depósito de sacerdotes, algo así como un depósito de agua con grifo. ¿Falta un sacerdote para coadjutor? Se abre el grifo, y que salga uno. Y entre tanto, que esté allí el depósito sin correr».
   «Ya que somos predestinados -escribía a uno de sus Operarios-para la máxima gloria de Jesús, dándole buenos sacerdotes, que sean éstos verdaderos consoladores de su Corazón, hoy que lo necesita tanto. Cuando pienso en la conducta de la mayor parte de mis contemporáneos y los inmediatos a mi época, no lo puedo sufrir. Y al ver la indolencia de algunos de los nuestros, y pensar que los sacerdotes salidos de nuestros Colegios pueden llegar a ser tan sólo una cosa negativa, no me lo sufre el corazón. En otra época podrían pasar y hubieran pasado; pero hoy, si habían de salir de nuestros planteles como salían antes, que Jesús envíe rayos y abrase todos nuestros Colegios».
   «¿Cuál es vuestro deber?-preguntaba a sus colegiales- ¿Cuáles son las condiciones de un verdadero hijo de San José? Tres: piedad, instrucción, reparación. No entréis para sólo seguir la carrera. Más vale ser carbonero. El que no se encuentre con deseos de ser santo, que retroceda. Sería un infeliz. El que quiera convertir esta Casa en desorden y no obre por convicción y afecto, que no se diga hijo de San José y que no esté aquí. Y el que no trate de irse formando en ciencia y piedad, no debe estar y no estará. Yo me había forjado la ilusión de formar un clero mejor que el actual, porque mejor ha de ser, porque las circunstancias así lo requieren, y a veces me entristezco al pensar qué poca honra darían al sacerdocio algunos que están ya adelantados en sus años de carrera, y pido al Corazón de Jesús que, si así ha de ser, que los desvíe. Chasco sería, si después de haber deseado la formación de un clero digno y celoso, cuando nosotros nos presentemos ante el tribunal de Dios, nos encontráramos con que nos echa en cara que, en lugar de un bien, hemos causado un perjuicio a su gloria, al bien de las diócesis y de las almas... ¡Los Colegios de San José han de ser la salvación del mundo!»
   Para poder realizar tan alto y bello ideal en los demás ¡cómo se esforzó continuamente Don Manuel por conseguir él mismo la santidad! «Pide mucho -recomendaba a una hija suya espiritualque la oración todo lo alcanza. Yo no alcanzo, porque no acabo de resolverme a ser santo. No te escandalices. Jesús quiere un continuo sacrificio y soy un cobarde. Y eso que no me pide más que deseos, y ni eso sé darle; si bien cuesta un poquito el querer ser y ser santos...»
   «Este ha de ser-inculcaba a sus Operarios-el deseo habitual de nuestra alma, ofreciéndole todos los días con sinceridad a Jesús Sacramentado: «¡Señor, quiero ser santo! ¡Vos lo sabéis!» Que si se lo ofrecemos y repetimos con perfecta sinceridad todos los días, y nuestra conciencia y nuestro corazón, que no nos engañarán, nos dicen que realmente lo queremos, bien podemos estar tranquilos y podremos decir que cumplimos la primera condición indispensable para el logro de nuestra santificación».
   Por su parte, sentía Don Manuel este fervoroso anhelo cada vez con mayores ansias, que iban en él creciendo con los años y haciéndose más apremiantes.
   «Después de cada nuevo acceso en su larga enfermedad-declara una religiosa -hablaba mucho de purificar el alma aún de los átomos de imperfección».
   «Voy siguiendo -escribía Don Manuel durante una de sus convalecencias-, pero sin celebrar y con tedios aún: por esto, no estoy contento, y, sobre todo, que no me hago santo, y no sé cuándo será». Y durante otra: «Jesús ha escuchado las oraciones de las almas buenas, dándome plazo para que me haga santo, y no sé si lo lograré ... » «Molde de hacer santos-le contestaba la Abadesa de Vinaroz-es V. R.; pero también llegará V. R. a serlo con la gracia de Dios». Contra lo que Don Manuel, en su humildad, juzgaba de sí propio, vida y obras de santo fueron las suyas, y santo le han proclamado con unánime asentimiento y con entusiasta y devota admiración cuantos tuvieron la fortuna de conocerle.
   A esas cimas de la santidad llegó Don Manuel a través de una intensa e ininterrumpida vida de unión con Dios y de interior recogimiento, que al par que conservaba y vigorizaba su propio espíritu, servíale de apoyo y daba eficacia a sus empresas de apostolado en bien de las almas. En medio de las santas agitaciones en que sus obras de celo le obligaban a vivir, añoraba los encantos de la soledad. «Lo cierto es-decía platicando a sus clarisas-que la vida de apartamiento, la vida oculta, la vida de soledad, ha sido anhelada por los grandes corazones. ¿Qué tendrá esa vida de dormición, que así enamora al Corazón de Cristo? ¿Qué poesía encierra para el amor de Cristo? Lo cierto es que el Apóstol San Pablo ya la practicaba en medio de sus correrías... Vita abscondita... Ante el mundo no se presentaba sino con el aspecto de una vida exterior, y sin embargo, su corazón llevaba escondido el foco del amor a Jesucristo, que le hacía velar continuamente por sus intereses ... » Sin intentarlo, dejaba trazada Don Manuel con semejantes palabras su propia semblanza espiritual. «Acabo de llegar de Valencia, de fiestas -escribía en cierta ocasión-, que no me gustan, porque son demasiado movimiento para mi espíritu de vida silenciosa y ordenada». A raíz de una peregrinación eucarística a Villarreal, en mayo de 1899: «Llegué ayer tarde, bien. A pesar de ser enemigo de estos bullicios, aunque sean religiosos, no me ha pesado ver esta consoladora manifestación de fervor eucarístico... Volveré a mi mesita, que es lo que más necesito». Y de vuelta de otro viaje: «Esta mañana había empezado a estar en mi mesita tranquilo, después de las excursiones; y sentado a mi mesita no me intimida atender a dos mundos, si es necesario. Mas esta tarde Aguiló y Fontcuberta, etc., me han matado tarde y noche, y estoy resuelto a irme a la mesita de mi casa, si esto continuara».
   Como en Tortosa le era dificilísimo, por las muchas visitas que recibía, poder gozar de soledad y recogimiento, ausentábase a veces de ella para proporcionárselos en otra parte y aprovecharlos para el trabajo. Desde el convento de Vinaroz, uno de sus más frecuentados refugios en casos tales, escribía al Rector de Roma: «Aunque sin temas especiales, más que los dolorosos últimos, van dos líneas, ya que aquí, en esta gratísima soledad, libre de las niquiñerías de Tortosa, puedo estar más libre y dilatar mi corazón, que estaba ya fatigado y nervioso ... »
   No obstante este espíritu suyo y este afán de vida retirada y silenciosa, veíase Don Manuel obligado a sacrificarse, y se sacrificaba gustoso en aras del bien de las almas, entregándose a la exterior y a veces tumultuosa actividad de la vida de celo. «Bueno es-escribía a una de sus dirigidas y colaboradoras-amar la soledad siempre, dice San Francisco de Sales, pero no siempre es bueno practicarla. Dios no quiere la paz de aquellos que destina para la guerra. Conque, cuídeme de esas almitas».

***

   Entre los medios de que se servía Don Manuel para evitar disipaciones y detrimentos de su propio espíritu mientras se desvivía por hacer bien a los demás, figuraba, en primer término, el ejercicio de la constante presencia de Dios. La asociaba y reputaba como fruto del espíritu de gratitud, tan viva e imperiosa siempre en él. «¡Ah! ¡si nos ejercitáramos -decía-en este espíritu de gratitud, otro sería nuestro aprovechamiento en la santidad! Porque nuestro progreso en la vida espiritual nace de amor, y el amor es al mismo tiempo causa y efecto de la gratitud. Lo que el aire y la luz a las plantas, eso es a las virtudes la presencia de Dios, y la práctica de la gratitud es lo que haría en nosotros casi habitual la presencia de Dios, que continuamente está excitándonos a contemplar las divinas misericordias, que de otro modo no hubiéramos notado». La resolución de vivir siempre en la presencia de Dios la renovaba cada vez que practicaba Ejercicios espirituales; y el uso casi continuo de jaculatorias y suspiros a Jesús, bien claramente dejaba entender que el recuerdo de Dios no se apartaba un momento siquiera de su memoria ni de su corazón. A un Operario, que había emprendido un largo viaje, le recomienda: «No dejes la meditación estos días, y que sea cumplida, porque en los viajes hay más disipación. Así, bien unido al Corazón de Jesús, y ejercítate en su divina presencia».
   No dejaba él de practicarlo así cuando viajaba. «Al pasar por los pueblos-dice un Operario que le acompañaba con frecuencia en sus correrías-y divisar las torres de las iglesias, por muy animada que estuviese la conversación entre los viajeros, no se le pasaba el saludo a Jesús Sacramentado, y al Ángel patrono de la parroquia, y hasta un sufragio por los difuntos al pasar delante de los camposantos, mayormente si había alguna persona amiga allí enterrada». En sus notas de los Ejercicios espirituales en Valencia, en agosto de 1902, después de apuntar varios otros propósitos, pone éste como resumen y garantía del cumplimiento de todos los demás: «Medio universal: Presencia de Dios». El modo más ordinario que tenía de ejercitarse en ella, nos lo declara él mismo: «Para mí-dice-Jesús Sacramentado, que está dentro del Sagrario, o que me mira o viene dentro de mí, es la mejor práctica de la presencia de Dios, mejor que ninguna otra. Y en realidad es así. ¿No os sucede a todos, y gracias sean dadas a Jesús, que cuando visitamos una iglesia en donde no está Jesús Sacramentado, parece como si no supiéramos ponernos en su presencia? ¿que cuando aún no lo tenemos en la casa en que habitamos nos falta una cosa y no tenemos devoción sensible y no paramos hasta que lo logramos, para poder darle la última mirada por la noche y el primer saludo al despertar?» Viviendo él mismo siempre como quería el gran Patriarca San Benito que vivieran sus monjes, entregados a la oración y al trabajo «bajo la mirada de Dios», declaraba Don Manuel esta habitual unión suya con El, usando expresiones impersonales, pero retratándose a sí propio, pues tenía la costumbre de que habla: «Presencia de Dios-escribía-. Ventajas de esta práctica. ¿Habéis visto alguna persona espiritual, que muchas veces en una conversación parece que se inmuta? Es que ha hecho un acto de reconciliación. Es el aliento para hablar bien». Era costumbre de Don Manuel-testifican muchos de los que le trataron-el cerrar frecuentemente los ojos, llevar la mano al pecho y ponerse en la presencia de Dios.

***

   Hombre de oración, y de oración continua y fervorosísima, fue Don Manuel. Vivió unido siempre a Dios, ora recordándole, ora dirigiéndole inflamadas jaculatorias, y a lo largo del día dedicándole el homenaje de sus plegarias y sus ejercicios de piedad oficial o privada. Sus mismas empresas de celo, todas sus obras externas, iban antecedidas y acompañadas de fervorosas súplicas, y una vez realizadas, seguidas de rendidas acciones de gracias. Andaban en él siempre unidas la oración y la acción. Orar y trabajar era el lema de su apostolado. «Los católicos de hoy -escribía en «El Congregante»-han de llenar dos deberes igualmente esenciales: el uno para con Dios y el otro respecto de sus semejantes. Es preciso, ante todo, dirigirse a Dios, a fin de obtener su socorro, ya que sin la gracia divina nada podemos. Pero una vez obtenida por medio de la oración, no se debe en manera alguna esconder esa poderosa espada, sino que es necesario desenvainarla y servirnos de ella con indomable constancia para defender los derechos de Dios en todos los terrenos donde se vean atacados. La victoria depende del cumplimiento simultáneo de estas dos condiciones, que, sin embargo, parecen incompatibles en muchos cristianos. La mayor parte de los que oran, no obran bastante, y los que obran, no oran tampoco como deberían».
   La vida de piedad de Don Manuel se ajustó a aquellas prácticas que él mismo dejó en las Constituciones prescritas y recomendadas a los Operarios, las cuales vienen a ser, en definitiva, las propias de los sacerdotes santos en medio del inundo, a los cuales quería Don Manuel que sirvieran sus hijos de perfectos modelos.
   Fidelísimo se mostró Don Manuel, salvo raros casos de imposibilidad por sus enfermedades, a la provechosa práctica anual de los Ejercicios de San Ignacio, hechos de ordinario bajo la dirección de Padres Jesuitas, bien fuese en el Seminario de Tortosa, o en la Residencia de Roquetas, o en el Colegio Máximo del Jesús, o con sus Operarios en el de Valencia; y a solas, en contadas ocasiones. Con los datos que dejó consignados de estos sus anuales retiros, podría formarse fácilmente la lista casi completa del número de veces y de los lugares donde los practicó desde el primer año de su sacerdocio hasta los últimos de su vida. Lástima, en cambio, que no hayan llegado hasta nosotros sino en corto número los breves pero enjundiosos y prácticos resúmenes que de las materias meditadas acostumbraba hacer, y de sus afectos, luces, resoluciones y propósitos.
   Por las cartas de Don Manuel y el testimonio de los que con él convivieron, sabemos que fue siempre fidelísimo y exacto cumplidor de la práctica del día de retiro mensual, lo mismo cuando le era dado hacerlo en vida regular de comunidad que cuando se encontraba fuera de ella ocupado en sus empresas de apostolado.
   Para recordar mejor y actuarse más fácilmente en el cumplimiento de las resoluciones prácticas, tomadas para el mes siguiente, las escribía brevísimamente, con letra casi microscópica, en un papelito, que a veces era un trocito de la etiqueta de un periódico, o el remate triangular del cierre de un sobre, etc., y lo ponía como registro en el diurno para tenerlo siempre a la vista.
   Sus habituales prácticas de piedad durante el día las dejó él mismo consignadas en sus propósitos de los Ejercicios de 1894:

   «PARA CON Dios.-Misa: Además de la meditación, oraciones del Ritual, y, a ser posible, la puesta para cada feria. El sistema de gracias, igual que ahora. Si sobra tiempo, las de los Rituales.
   Rosario. Coronilla de desagravios. Trisagio. Padrenuestros del Carmen: rezarlos todos, a ser posible, antes de cenar, y distribuidos entre el día. Lo mismo el padrenuestro a San José, Ángel de la guarda, Ángel de la ciudad, Ángel de España, Ángel de la diócesis, San Luis, Santa Teresa, San Antonio, Santo Tomás.
   Meditación. A ser posible, tina hora. En este caso, preparación, etc. Un cuarto, arrodillado; segundo cuarto, sentado; tercero, arrodillado; cuarto, sentado.
   Examen, noche: Preces, Mach, y examen un cuarto de hora. Examen al mediodía o después de siesta, un cuarto. Si en comunidad, cinco minutos y estación, y luego hacer los diez minutos más en la habitación».
   « Visita diaria de reparación, a la noche».

   Tuvo por confesores ordinarios, a don Mariano García, y a los Operarios don José García y a don Bernardo Curto, sucesivamente. No sólo se confesaba con regularidad cada semana, sino con casi excesiva frecuencia, pues era tal su delicadeza de conciencia, que rayaba en escrupulosa. Muchas noches, al marchar don Bernardo a la Reparación, donde dormía, preguntábale con humildad Don Manuel: «¿Qué farém?...»182, indicándole si quería oírle en confesión, y don Bernardo le respondía: «Mañana». Y Don Manuel se quedaba ya tranquilo, descansando en el parecer ajeno. Estas angustias de espíritu, hijas de su santo afán por mantener el alma limpia de imperfecciones, duráronle toda la vida. Unos días antes de morir, ya enfermo, después de retirados los Operarios, terminadas las últimas preces de la noche, hizo llamar a don Juan Calatayud. Don Juan, que estaba ya acostado, callándole esta circunstancia levantóse y fue a ver qué deseaba. Era el caso que aquel día habían discutido en la reunión de la Junta de la Hermandad sobre la admisión de un aspirante. Don Manuel se inclinó por la negativa y expuso sus razones. Pero le pareció que tal vez estaría equivocado y se habría excedido en oponerse, etc.... y el temor de haber faltado le impedía dormir. Díjole don Juan que descansara sobre lo que los demás acordaran; que ya lo pensarían y resolverían ellos, etc..., y Don Manuel le preguntó: «Así, pues, ¿puedo estar tranquilo?»-«Tranquilísimo, Don Manuel. Déjelo estar». Y con esto, en sosiego ya su espíritu, al punto concilió el sueño.
   Como nota predominante en el espíritu de Don Manuel era un amor encendidísimo a Jesús Sacramentado, él mismo declara que «casi siempre» su libro de meditaciones era «El Año Eucarístico».
   Verdaderamente sólida su piedad y rectamente orientada, nutríase con preferencia del espíritu litúrgico de la Iglesia. Para Don Manuel el acto trascendental por excelencia era la celebración fervorosísima, cuidadosa, esmerada y puntual, en lo relativo a las ceremonias, del sacrificio de la Misa, como diremos más adelante. Y después de la Misa, la recitación digna, reflexiva, pausada y devota del Oficio divino. «Me invitó una vez-dice el Operario don José María Jiménez-a rezar con él, a su paso por Barcelona, el Oficio del Sagrado Corazón de Jesús, causándome gran devoción su manera tan santa de recitar el Oficio divino».
   Don Juan Estruel, con quien solía rezar el Oficio Don Manuel, dice de éste que jamás le faltaba el fervor sensible al recitar el breviario, en la celebración de la Misa, cada vez que tomaba agua bendita y siempre que se santiguaba. Cuando el oficio era de alguno de sus Santos predilectos, colocaba delante de sí una estampita del mismo, e invariablemente terminaba el rezo dando gracias a Dios por haberle permitido conmemorar una vez más aquella festividad. ¡Cómo se exaltaba santamente su espíritu en algunas de ellas!...
   «A propósito de los días en que estamos de Resurrección -testifica la M. Victoria del Sagrado Corazón- recuerdo, y lo recuerdo todos los años en esta fecha, lo que pasaba por su corazón enamorado de las cosas del cielo, en la cuarta dominica después de Pascua de Resurrección. Fíjese usted en la oración que trae el Breviario en el oficio de esta dominica, y verá lo que en ella pasaba por el espíritu de nuestro Padre. El me traducía las palabras de esa oración, elevándose a regiones sublimes, y corno extático repetía: «Ut inter mundanas varietates ibi fixa sint corda, ubi vera sunt gaudia». Y como me lo decía a solas, donde sólo Dios era testigo de su amoroso y divino anhelo, dejaba comprender con suspiros ardientes lo que pasaba por su corazón».

***

   La oración de Don Manuel iba siempre acompañada de un vivo espíritu de fe y de una profunda e ¡limitada confianza en la providencia amorosa de Dios, que era para Don Manuel el principal apoyo en todas sus empresas.
   Al tener que designar, en cierta ocasión, el ilustrísimo señor Aznar y Pueyo, a una persona para que interviniera en la erección de un convento en la diócesis, escogió al punto a Don Manuel, declarando que ningún otro era tan a propósito para semejantes empeños, cuando escaseaban los medios humanos. La M. Providencia, primera Abadesa del convento de Vinaroz, cuando andaba planeando la fundación del de Vall de Uxó, escribía a Don Manuel, que se encontraba a la sazón en Roma, en estos términos: «Sujetaré mis fervores hasta la venida de V. R., porque es V. R. el destinado por Dios para estas empresas de pocos cuartos... A mí me dejan desazonada cuando veo personas que no saben decir ni sí ni no ... »
   En cierta ocasión en que se trataba de construir un nuevo local para instalar la biblioteca del Colegio de Tortosa, como uno de los Operarios preguntara de dónde se sacarían los fondos necesarios para semejante obra, respondió con viveza Don Manuel: «Cuando hay necesidad de una cosa se hace, sin preocuparse del dinero ... »
   «No sea tan pesimista respecto a vocaciones, a pesar de ser tierra extremeña-decía a don Esteban Ginés- Si non credideris, non videbis gloriam Dei». A don José María Tormo le declaró una vez que «con gusto haría los Colegios de cañas por veinte años, y que luego la Providencia se encargaría de ellos». «No tema por los empeños-aconsejaba a otro de sus Operarios-. Busque dinero, que luego San José y su apurada situación sacarán las habilidades». «Aquí-escribía desde Valencia en los comienzos de aquel Colegio-un movimiento excesivo. Tenemos entrando 240 chicos, y no tenemos ni agua, ni fuego, ni luz, ni local: pero se va remediando todo».
   Esta confianza de Don Manuel le hacía exclamar, escribiendo a la M. Providencia, en trance de apuro: «¡Mujer de poca fe! ¿Por qué no puedo hacer milagros yo? ¡Mi vida es un milagro de Jesús Sacramentado! ¡Ojalá lo sepa aprovechar!»
   De este espíritu de viva fe y confianza en el auxilio divino, brotaban espontáneamente aquellos súbitos arranques y como repentinas inspiraciones, aquellas santas audacias para el bien, conocidas con el nombre de corazonadas de Don Manuel, por ser en él características.
   ¡El corazón de Don Manuel!... Don Esteban Ginés, que a los principios de la fundación del Colegio de Tortosa se trasladó a esta ciudad para conocer y estudiar, con ánimo de consagrarse a ella, la nueva Institución, forzado, en virtud de circunstancias extraordinarias, a regresar a Plasencia, escribía como resumen de sus impresiones: «¡Don Manuel tiene un corazón, que cabe en él el mundo entero!» Y la Madre Victoria del S. Corazón al mismo Don Manuel: «Me alegro muchísimo y bendigo a Dios con toda mi alma por sus empresas apostólicas. Tiene usted el, corazón mayor que el mundo. Así es como atrae las bendiciones de Dios: pues, según Santa Teresa, el Señor ayuda a los valientes».. El P. Xercavíns, S. J., con ocasión de una de las más inspiradas y felices resoluciones súbitas de Don Manuel, le dice: «Mi querido Dr. Sol: Dios bendecirá sus aventuras de usted. ¿Quién le ha dado a usted ese corazón tan grande? ... » Merced a los alientos que le daba esta ilimitada confianza en Dios, hacíanse no sólo llevaderas sino hasta deseables las dificultades que le salían al paso en sus empresas. Ante las incontables que experimentaba en una de ellas, decía a la M. Providencia de Vinaroz: «¡Oraciones y ánimos; que aún me siento más valiente!» Y a un Operario desfallecido y acobardado por ciertas contradicciones: «Recibí la tuya. Más me ha hecho reír que otra cosa. Vengan tempestades. ¡Todo esto es consolador! ¡Si supierais lo que me llenan esas rabotadas del diablo! El día que nos falten, creo habremos de temer. En X... hay mal de muchísimos años y el demonio no puede sufrir un plantel de reparación. ¿No debe consolarnos esto aunque tuviéramos que sufrir? ... » A este tenor hablaba siempre en semejantes casos:
   -«Por la carta de Roma, verá la marejada de contradicciones que se ha levantado contra nosotros. Son tribulaciones que no me afectan. Al contrario, las miro como bendiciones de Dios, que de los mismos choques saca gloria y provecho para la singular empresa para cuya realización nos ha escogido. Que Jesús la complete y que nosotros sepamos corresponder a sus amorosos designios».
   -«Se conoce que Jesús tiene designios sobre nuestra Obra en Méjico, cuando nos envía ejercicios de tribulaciones y nos abre nuevos campos».

***

   No dejaba el Señor sin recompensa de bendiciones y eficaces resultados una oración tan llena de humildad y confianza como la de Don Manuel. «Todo lo ha de hacer el Corazón de Jesús-decía, escribiendo a M. Providencia-; y Él me lo hace todo, y más de lo que le pido, en lo que es de su voluntad y agrado. Y no sé por qué miseria he de ser tan miserable en no acudir más a Él, pues el día que más mal me porto, más me humilla con sus bendiciones. Con la carta suya he recibido otras dos: una del que va de Obispo a N.... que me pide unas noticias, y la otra del Obispo de Ciudad-Real. La de usted y la de Ciudad-Real las he abierto temblando, postrándome ante Jesús, aceptando el cáliz de su voluntad. La suya no ha sido nada, y la del de Ciudad-Real, que me temía me iba a negar a Serrano, me lo da para siempre. Y he bendecido a Jesús ... » Dos días después, tornaba a escribirle: «Por lo demás, nada de particular. Hoy no he recibido grandes nuevas de mis cosas, pues como soy tan goloso, quisiera que todos los días me enviase Jesús caramelos». En determinadas fechas del año solía regalarle el Señor con alguna atención extraordinaria. El 29 de enero de 1898 decía Don Manuel al Rector del Colegio de Roma: «Recibo hoy la suya del 26. Debía haber escrito hace tres días y me dolía el sello. Hoy sí que lo merece que lo gaste por el recibo del obsequio de los turrones del Papa, que no sé a quién los daremos, pues para nuestro paladar de Operarios es demasiado... Como a últimos de enero siempre y casi todos los años me envía un consuelo notable Jesús, lo esperaba también este año. El de los turrones no es bastante notable. ¿No vendrá otro?»
   En trances de especialísimo apuro, siendo más apremiante la oración de Don Manuel, manifestábase también más singularmente oportuna y sensible la providencial intervención de Dios en favor suyo. Habíase embarcado el 28 de abril de 1898 en Almería, con rumbo a Cartagena, acompañado de dos de sus Operarios. Cuando se hallaban ya en alta mar, levantóse un fuerte viento, al que siguió una horrorosa tempestad. Mareados los tres viajeros, acomodáronse en un sofá del comedor. A las doce de la noche el temporal era tan fuerte, que temieron naufragar. Don Manuel, entonces, exclamó con todo el fervor de su alma: «¡Señor, compadeceos de nosotros! A lo menos, que no perezcan estos dos, que son jóvenes aún... Yo soy viejo ... ; Jesús, estos angelets!!!». ¿Fue aquello un milagro?... Lo cierto es que, contra lo que indicaban -infundiendo temor a los alarmados oficiales del vapor-, las observaciones barométricas, repentinamente cesó el viento y se calmó el mar embravecido.
   Encaminábase Don Manuel en cierta ocasión a Valencia, y encontrando en la estación de Alcalá de Chivert a su íntimo amigo el piadoso sacerdote Mosén Reverter, llamóle y le dijo: -«Dios te ha traído. ¿Cuánto dinero tienes en casa?» -«¿Por qué lo pregunta usted?» -«Necesito entregar 1500 pesetas que teníamos recibidas en depósito y que me piden con urgencia, y no tenemos un céntimo. Al salir de viaje he pedido al Señor que me proporcionara una persona que me sacara del apuro. Eres tú». Providencialmente, tenía Mosén Reverter en casa la cantidad exacta que necesitaba Don Manuel, al cual la entregó dos días después en la misma estación.
   Tan larga experiencia tenía Don Manuel del éxito ante el Señor de sus peticiones, cuando las formulaba con especial interés y apremio, que si alguna vez dejaba Dios, por secretos fines de su providencia, de despacharlas según Don Manuel le pedía, no acertaba éste a explicárselo. A punto de fracasar del todo, y sin haber ya esperanza humana de buen logro, el proyecto de fundar un convento de religiosas, escribía Don Manuel: «Yo confío, porque, como he dicho a usted, es la única cosa en la vida que no había logrado, con la fe que Jesús me inspiraba, y lo atribuía a mis pecados y a que Jesús no quería que me enredase más en esos asuntos». Impresionadísimo por la inesperada muerte de don José García, se expresaba así en carta a don Juan Bautista Calatayud: «Nunca había tenido ni creo tendré impresión mayor, y no por la muerte y por el modo de la desgraciada caída, sino por la circunstancia imprevista y modo de quedárseme en medio de la operación, cuando momentos o un cuarto de hora antes, bromeábamos, al conducirle yo del brazo a aquel matadero dichoso, pero con mucha esperanza, y vérmele cadáver en seguida. Es casi la única vez que Jesús no me ha oído, atendidas mis fervientes súplicas, sin duda porque no pensaba más que en mi egoísmo por su pérdida, sobre todo en las actuales circunstancias. No pensaba para nada en el bien de él, sino en el mío». «Todo lo que he pedido al Señor-declaraba en cierta ocasión a su amigo don Miguel Camps-con fe, confianza y pureza de intención, me lo ha concedido ... »

***

   Convencidísimo Don Manuel de la necesidad de la oración y de la soberana eficacia que ante Dios tiene, no contentándose con orar él mucho, andaba siempre anheloso y solícito por recabar y proporcionarse en favor de sus empresas el poderosísimo y valioso auxilio de las oraciones de aquellas almas santas que vivían en espiritual contacto con la suya propia. Hacía de sus dirigidas coadjutoras de sus obras de celo, cooperadoras de su apostolado, mediante la plegaria y el sacrificio. «En gran manera procuraba-dice la M. Rosalía del Niño Jesús-que las jóvenes por él dirigidas fuesen cañas de pescar, que con el anzuelo de la caridad cogiesen a otras para atraerlas blandamente al conocimiento de Dios, y de aquí subirlas a la unión íntima de su Corazón hasta dejarlas sumidas en el centro del amor divino. Decíase de él con tanto donaire como verdad, que siempre traía pendientes, porque andaba rodeado de corazones generosos, en quienes su perspicacia no dejaba de advertir idoneidad para altos intentos».
   «Gracias por tus oraciones y ofrecimientos de sacrificios -escribía Don Manuel a una de sus dirigidas.-No puedes pensar la confianza que me dan las oraciones de las almas que piden a Jesús por mí». «No confío en mis ministerios -decía una vez a don José María Tormo-, y sí en los trabajos apostólicos de nuestros colegiales; por ejemplo, N..., que marchó a dominico, y sabemos está ahora bautizando a los infieles y pasando muchas fatigas por salvar almas». «Vi en Valencia -escribía al P. Marro, S. J.-a nuestro primo el H.º Joaquín Sol (Chimet), que está hecho un santo en medio de sus graves padecimientos de asma. Le visito siempre que paso por Valencia, para recabar oraciones».
   En distintas ocasiones, y a varias de sus hijas esp-Irituales, les dice:
   «Le recuerdo muy especialmente el encomendar a Dios mis cosas, pues ahora lo Pecesito más que nunca, porque estoy puesto en grandes tareas, que sólo la gracia de Jesús puede valerme».
   -«Conque, tortolilla de Jesús, ruega por nosotros, y sobre todo, por mis apuros y mis apuradas obras...»
   -«No me olvides ante Jesús, y ofrécete víctima; que yo ya diré a Jesús que no te acepte por ahora. En cambio, tendrás el mérito, y Jesús bendecirá mis proyectos y me dará fuerzas en las penas, que no me faltan».
   -«Tiene usted picardía santa para no querer entender lo que no le conviene. Con suspiros y sangre del corazón, quiero que me salve esa alma que usted sabe: pero esto, según lo que Dios y su fervor le inspiren... Por lo demás, celebro sea más expresiva y sobre todo que conserve esos sentimientos de ser santa, a pesar de que se ve usted tan imperfecta. Le pido que no me abandone usted esos propósitos por más cobardías que le ponga el enemigo. Tengo gran confianza en que me ha de ser un gran apóstol del Corazón de Jesús en cualquiera situación que Dios la coloque, y por esto me inspira tan gran interés su alma».
   -«Di a Jesús que yo no quiero que te mueras, porque aun te he de aprovechar mucho para la gloria de Dios y para secundar y ayudar mis obras, y ya verás como Jesús se lo mirará»183.
   -«Me figuro que encomiendas muy poco a Dios mis asuntos, pues no marchan a medida de mis deseos. Aunque ya presumo que tus oraciones son como las de aquellas almas... benditas, que no llegan al cielo. Pero, con tal que lleguen al Corazón de Jesús del Sagrario, ya me contento».
   -«Una supliquita al Corazón de Jesús en este mes a mis intenciones; pues no me faltan dolores en medio de los gozos y bendiciones que El me envía, y necesito reparar mis infidelidades con la ayuda de las almas buenas».
   Hallándose Don Manuel en San Mateo organizando la Vela Nocturna, cayó enfermo de gravedad un caballero muy piadoso de aquella villa, en las oraciones y ayuda del cual había fundado grandes esperanzas, y así, lleno de aflicción, rogaba con encarecimiento al médico: «I Por amor de Dios, torne usted interés por esa almita, que tanto puede trabajar por la gloria de Dios! ¡Si se muere, nos quedamos sin brazos! ... »
   Al terminar de dirigir unos Ejercicios espirituales a las jóvenes de Tortosa, les decía: «Mas puesto que he hecho el sacrificio de hablaros a vosotras, conciencias tan distinguidas y almas tan avezadas ya al acento de otras voces; y, pues que soy tan ambicioso, y más que ambicioso, egoísta, y que lo hago pagar todo muy caro, no quiero renunciar a la recompensa. Ya sabéis que soy muy pedidor y fraile de alforja. Por lo tanto, quiero pediros muchas cosas, y hasta exigirlo como paga: 1.º Quiero que seáis santas. Esta es la primera paga. 2.º Que no me olvidéis alguna vez en vuestras oraciones (no digo que me recordéis frecuentemente, porque no tengo derecho), para que Dios bendiga la Obra de mis manos en la Pía Unión de Sacerdotes Operarios. 3.º Que salvéis a N... (y dio el nombre de un conocido político). Tenemos perdidas nuestras masas... Cada una salve un alma. ¡Ochocientas! ... »
   Agradecidas al beneficio de su dirección y al interés que por todas y cada una se tomaba Don Manuel, respondían generosamente sus hijas espirituales a semejantes requerimientos. Son muchos los papelitos que se encuentran, entre los documentos de Don Manuel, conteniendo listas de oraciones, comuniones, jaculatorias y actos de mortificación y penitencia, practicados por ellas a intención de su Padre espiritual. Una religiosa de vida activa, le escribe: «¡Yo quisiera hacer tanto por ustedes! Mas he de contentarme con pajitas, que se las lleva el viento. Desde que estuve a visitar a usted hasta el 1.º de enero, le hice donación de todos los bienes espirituales que yo pudiera impetrar ... »
   Otra, de clausura, habitualmente enferma, le tenía ofrecidos todos sus padecimientos, y con edificante fervor le decía haberle dedicado los esfuerzos que por hallarse delicada había tenido que hacer para cantar la lección de maitines del oficio de tinieblas de la Semana Santa. Una Superiora le escribe: «Sigo cumpliendo lo que usted me dijo pidiera a Jesús. Y lo hago de veras. Aunque Jesús, si quiere, todo lo puede, es mucho lo que V. R. pide. No obstante, seguiré pidiendo y V. R. padeciendo hasta lograrlo. De V. R. humilde operaria in passione, et in dilectione, porque non possumus in operatione ... » Bien puede decirse que formaban legión las operarias espirituales que, bajo los estímulos y la dirección de Don Manuel, trabajaban con fervoroso y santo afán, asociadas mediante la oración y el sacrificio a sus apostólicas empresas...

***

   Combate formidable y continuo la vida de todo hombre sobre la tierra, reviste todavía caracteres de mayor violencia la de los que de todas veras aspiran a la santidad. No la alcanzó, por tanto, Don Manuel sino a costa de luchas tenaces y heroicas contra los enemigos interiores y exteriores de su alma. Acrisoló Dios su espíritu sometiéndolo al fuego purificador y elevador de las tentaciones. fue su vida un batallar constante, y con la ayuda de la gracia divina, un continuo triunfo sobre las rebeldías de sus pasiones, los movimientos de su corazón, las vehemencias de su carácter impetuoso y fácilmente irritable, y las contradicciones y los obstáculos sin término que los hombres y los acontecimientos fueron levantando en su camino. «Ser sacerdotes y santos -decía él a sus Operarios-en medio del mundo, es un milagro. Y este milagro no se hará sin combates, tentaciones, penas, contradicciones, desmayos, temores, escrúpulos... Pero ¿por eso hemos de abandonar la gloria de Dios?... Pues qué Ino hemos visto párrocos distinguidos que han sabido santificarse en medio del mundo, con más peligros que nosotros-... Pues qué ¿no hemos pasado algunos en nuestra vida sacerdotal?... En verdad que ¡al contemplar los abismos por que hemos pasado!... ¡Recuerdo que apenas me ordené!... ¡Y luego!... Pero... ¡lo he pasado!» Fácilmente se adivina cuántos y cuáles debieron ser los peligros que le rodearon y que hubo de superar, si se tiene en cuenta la clase de apostolado a que estuvo consagrado durante la mitad de su vida sacerdotal, y hallándose dotado por añadidura de no comunes atractivos y dones físicos y espirituales. ¡Cómo se revela su temor de Dios, que era temor de sí propio, hijo de la humildad, en sus constantes propósitos, desde los albores de su sacerdocio, sobre moderar y vigilar el afecto a las criaturas, para sofrenar y someter a la ley de la pura caridad las tendencias de su índole naturalmente tierna, afectuosa, efusiva y agradecida!... ¡Gran triunfo el obrado por la sobrenatural eficacia de la gracia sobre el humano e impresionable corazón de Don Manuel!... En sus apuntes espirituales íntimos, ha dejado él mismo discretamente indicados, pero fácilmente inteligibles, rasgos y vislumbres de esos tremendos combates y de esos heroicos vencimientos...
   En los postreros años de su vida, para purificarlo más y más, sometióle el Señor a esa prueba, sobre toda prueba, de las de obscuridades y desolaciones interiores. fue en los tiempos de sus enfermedades y dolencias. Sentíase agobiado por el pensamiento de la desconfianza propia, inútil y humillado por sus achaques, y al propio tiempo, abandonado de Dios y de los hombres, con un inmenso vacío en su corazón y en su espíritu... «En esos momentos-hubo de declarar más de una vez, ponderando las indecibles angustias que experimentaba, a don Juan Calatayud-es cuando comprendo y me explico los imponderables sufrimientos internos de Jesús en el Huerto de los olivos...» Pero también Don Manuel, entonces, como antes y como siempre, sin desfallecer en el camino que conduce a la santidad, para alcanzarla a toda costa, sabía, con la gracia de Dios, aceptar con generosidad de espíritu y apurar hasta las heces el amargo cáliz de la tribulación, de las humillaciones, de las repugnancias de la naturaleza, de las contradicciones y del dolor. ¡Así se hizo santo!

CAPÍTULO II



Humildad. Obediencia



   «¡Cuán felices son los corazones humildes!» exclamaba Don Manuel en una de sus cartas. Porque fue siempre humilde el suyo, jamás perdió la serenidad y alegría de espíritu. La humildad de su alma reflejábase en todas las manifestaciones de su vida.
   Rehusaba todo lo que pudiera parecer en él derecho de superioridad u obligación en otros de servirle. Jamás tocaba la campanilla para que acudiera a su cuarto el fámulo puesto a sus órdenes, sino que se levantaba él e iba al del colegial cada vez que necesitaba de sus servicios. Arreglaba su habitación y vertía él mismo las aguas por la mañana. No consentía que le sirviesen en la mesa el agua y el vino, y le desagradaba si los Operarios no lo practicaban así.
   «En Barcelona-dice doña Beatriz Gombau -convaleciente todavía de su primera enfermedad, de paso para Burgos, se hospedó en casa de mi prima Pilar Ferré. Tenía la salud muy quebrantada, y a pesar de eso, se ocupaba del aseo de su habitación en los más ínfimos detalles. Cuando mi prima se dio cuenta, le dijo un día: Don Manuel, yo no debo consentir que haga usted eso. Eso no puede ser. Silencio-le contestó-; deja estar. No digas nada».
   Nada temía tanto como el apegamiento a sí mismo: «Crea, hija mía-decía a una de sus dirigidas-, que el mundo no es digno de su buen juicio y su cabeza, y menos de su corazón. El inundo no tiene más que egoísmo y materia, y el tiempo se lo dirá, a no ser que usted se inficionase de los mismos miasmas: que preferiría que Dios se la llevase. El sacrificio verdadero y la abnegación santa está en el servicio de Dios, y aun en este servicio hemos de ir con cuidado que no nos peguemos a nosotros mismos». «Cierto día que hablábamos de él en su presencia -cuenta una hija espiritual-, cortó la conversación y puso el rostro severo, demostrando que no le placía que nos ocupáramos de su persona». «En una de sus visitas a Burgos-dice el entonces Director de aquel Colegio don José Cambra-vio Don Manuel en la antesala de su cuarto, una ampliación de un retrato suyo, puesto al lado de otro del Papa. Al verlo, sólo dijo: «Este no soy yo. Benjamín me engañó, en Roma, y está mal sacada». Al día siguiente había desparecido el cuadro. Me costó mucho sacarlo del lugar donde había mandado a don Laurentino que lo escondiera. Después de muchos ruegos, pude recobrarlo, pero con la condición de que no había de aparecer en público».
   En su afán de ser ignorado y desconocido en lo posible, no sólo empleaba, al pergeñar la crónica de la fundación de la Hermandad y de los Colegios, la tercera persona, o se servía de reflexivos, como «El Director dispuso ... », «La Hermandad determinó...», «Se hizo», etc., etc..., sino que ni el M. D. S. que estampó en alguno de tales borradores, quería que figurase en las Constituciones. «Respecto de las Constituciones -escribía al Rector del Colegio de Roma-, tal vez a última hora le diga sobre mi nombre, que quité de mis primeras Bases, y me asaltan escrúpulos, y lo consultaré de nuevo con don José García ... »
   Era refractario -atestigua el presbítero tortosino don Tomás Bellpuig-a que pusieran gasa en su cama para resguardarse contra los mosquitos, porque decía que eso hacía parecer demasiado señor. «Hasta en la casa de veraneo de Benicasim -añade- donde aquellos, después de la puesta del sol, aparecen a miles, se oponía a la instalación de pabellones de gasa; e iba siempre provisto de pastillas Zampironi, más que para su uso personal, para el de sus acompañantes, cuyas habitaciones él mismo se entretenía en fumigar».
   Hacía depender de la humildad el éxito de las empresas de celo.
   Así, en 1896, aludiendo a las contradicciones y amarguras anteriormente experimentadas en Valencia por los Operarios, decía: «¡Osuna, en su excursión apostólica, precursor del Cardenal! ¡Qué cosas hace Jesús! ¡Si fuéramos siempre humildes!...»
   «He estado luchando- escribía con ingenua humildad a don Esteban Ginés-si iba yo a Lisboa con Serrano, pues siento no estar en la fundación. Me ha detenido la idea de la circular a los Obispos sobre el Colegio de Roma... A no ser esto, de buen grado hubiera pasado mes y medio en Lisboa, en un rincón del palacito, comiendo huevos hechos a humo de paja y con un jergón en tierra. ¡Jesús bendecirá a ustedes!»
   «La última vez que me vio antes de morir-dice una clarisa-me dio estos consejos: «Date prisa a ser humilde; date prisa a ser santa. Sufre por amor de Jesús, que tanto ha sufrido por ti: pues si la cabeza tanto sufrió por los miembros, justo es que los miembros sufran algo por la cabeza. Ten por cierto que si no te humillas, nunca harás nada. Sé humilde y sufrida. Debes engastar con plata a aquellas monjas que te humillan y dan ocasión de sufrir algo. La monja que desea vivir en paz, debe estar muerta a sus pasiones y voluntad. La que a ellas está viva, vivirá muriendo; y la que a ellas está muerta, vivirá gozando una anticipada gloria».
   Sentía desdén hacia el mundo, sus juicios, preocupaciones y vanidades. «Yo me hago cruces-decía-de la comedia de este mundo. ¡Me fatigan las cosas de las criaturas!» «En Burgos -cuenta don Laurentino García-, al regresar con Don Manuel del Palacio Arzobispal, por una de las calles más concurridas, comenzaron a caer unas gotas de agua. Don Manuel hizo el ademán de abrir el paraguas rojo, que llevaba frecuentemente y le servía de bastón. Yo intenté disuadirle, diciendo que apenas llovía, para no llamar la atención y pasar por aquel sonrojo, pues no acostumbran los sacerdotes usar paraguas semejantes. Don Manuel no me atendió y fuimos por aquella céntrica calle al abrigo de aquel tradicional y llamativo paraguas».
   Presto siempre y hasta afanoso a rendir a los demás las muestras de veneración, respeto y estima de que los juzgaba merecedores, rehusábalas él constantemente, y tan lejos estaba de creerse merecedor de preeminencias y honores que, si alguna vez le apuntaban siquiera la posibilidad de ellos, lo tomaba como cosa de broma o como efecto de excesiva benevolencia.
   A algunos eclesiásticos de singulares virtudes o merecimientos, entre otros al anciano don Andrés Lisó, canónigo Penitenciario de Zaragoza, besábales la mano con afectuosa y humilde devoción al saludarles o despedirse de ellos.
   «Cuando ponderaban delante de Don Manuel - declara don Juan Estruel-y ensalzaban sus grandes empresas de celo, decía que nada había hecho, sino trastornar los planes de la Providencia».
   «Al comienzo de su ministerio -cuenta a este propósito don Tomás Bellpuig-, un sacerdote, más de lo justo enamorado de Mosén Sol, predicando en un Colegio de Operarios el día de San José, y no obstante la bien fundada sospecha de estarle escuchando desde el coro el admirado Superior General de la Hermandad, dedicó buena parte de la peroración a ensalzar al varón de Dios que había puesto sus Colegios bajo la protección del gran Patriarca, a fin de salvar a la Iglesia de España en tristes días de revuelta y persecución. Poco después, se encontraban en uno de los corredores del Colegio predicador y panegirizado, y, desplegando éste aquella su habitual sonrisa de bondad, con la que se adueñaba al punto del corazón de sus interlocutores, y con que suavizaba la reprensión cuando quería curarles sin molestarles, comenzó por decirle: «Tú crees que has predicado de San José, y el sermón ha sido de San Manuel». E inició serenamente una conversación, cuyo asunto no tenía nada que ver ni con la fiesta del día ni con el malhadado sermón... Hemos dicho ya también cómo se cerró todo acceso a las dignidades eclesiásticas con aquel su propósito de no aceptar nunca jamás cargos colativos, y podríamos añadir todavía con qué compasión hablaba de los atacados de canongitis...»
   «Recibí su cartita hace tiempo-escribía en julio de 1900 al P. Marro. -recuerdo que en ella me preguntaba si era verdad lo relativo a una distinción. No hubo ni podía haber fundamento ninguno. Fue sin duda una especie que saldría de algún despreocupado, o, para hacerle menos disfavor, de algún apasionado por mí. Mi nombre es muy desconocido, por fortuna, y no se conoce más que la a Obra un poco».
   Contra lo que su modestia le obligaba a pensar de sí propio a Don Manuel, no faltaban quienes diesen a entender que le juzgaban capaz de elevados puestos. En noviembre de 1893, comunicando Don Manuel, con su ordinaria sencillez, a don Andrés Serrano las impresiones que había ido recogiendo en sus visitas a los Prelados españoles, congregados en Valencia, le dice: «Obispos. 1.º Mallorca. Me dio una palmadita en la mejilla, y volviéndose al de Menorca le dijo que habían de hacerme Obispo...»
   Don Esteban Monfort, párroco de la diócesis de Tortosa, cuenta lo siguiente:
   «El cura Falcó y yo, después de los paseos que dábamos con Don Manuel en Vinaroz, hacíamos nuestros comentarios.
   -¡Cuántas veces-decía Falcó-reflexiono sobre lo que vale este hombre y veo el poco caso que en la diócesis hacemos de él, cuando es una lumbrera que tendrá fama nacional! Si fuera de otra diócesis, nos admiraría más.
   Yo le decía:
   -¿Vale más que Ossó?
   -Tal vez sí, aunque no haya escrito tantos libritos como él. Son dos glorias de la diócesis.
   Y yo decía:
   -¿Por qué no han de hacerle Obispo?
   -Eso sería achicar su figura: es más que Obispo».
   En cambio, el concepto que a Don Manuel le merecían las dignidades, lo declaraba con estas palabras a un colegial de Roma, recién nombrado canónigo: «Muy amado en Jesús: Recibí tu telegrama. Muchos pecados debes tener cuando el Señor te ha puesto la mayor carga de esas nuevas responsabilidades. Que sepas soportarlas para gloria de Dios y bien de las almas ... » Juzgábase inmerecedor de cualquier distinción y obsequio, sobre todo de carácter público. Al actual señor Obispo de Oviedo, doctor Lluis Pérez, el cual, siendo canónigo de Valencia, le dedicó una de sus obras científicas, le manifestó Don Manuel, a la par que su agradecimiento, su extrañeza y su sorpresa, y el doctor Lluis le contestó: «Hace usted muy mal en creer que podía dedicar mi obrita a persona de más valía. Sin contar esto de la personalidad, que es mayor o menor según lo que nos quieren dar, está de por medio mi afecto, y registrando el corazón, no encontré persona alguna que mejor que usted pudiera ser objeto de mi predilección. Sabe le quiere mucho y pide a Dios por su preciosa vida, su antiguo colegial ... »
   Conceptuábase Don Manuel un gran pecador, y no se le caía de la memoria el recuerdo de sus presuntas culpas. Pocos meses antes de su muerte, el 8 de septiembre de 1908, escribía a una religiosa: «No me olvides en tu oraciones, que cuanto más tiempo pasa, más necesito la gracia de Dios, porque tengo más temor de mi pasado, mi presente y mi porvenir».
   «La vida del justo en la tierra-escribía a un Operario-es una cadena de días claros y noches obscuras del alma, y el descontentamiento de sí mismos es una mirra muy grata a los ojos de Dios, si no se deja entrar nunca el desaliento. El nunc coepi, repetido todos los días, basta ... »
   Este descontentamiento de sí mismo, experimentábalo Don Manuel, sobre todo, en determinadas fechas del año, en las cuales reavivábase en su alma, con mayor vehemencia, el sentimiento de sus infidelidades al Señor: «Da gracias hoy a Jesús Sacramentado-recomendaba a una hija espiritual-, ya que su Corazón en este día infundió por vez primera la gracia en el alma de tu Padre, el cual tan mal ha sabido corresponder a tantos amores. Pero dile que tenga paciencia, que ya lo repararé todo y le daré muchos Colegios ... » Y en otras cartas y fechas, otros años: «¡Hoy, víspera del Corazón de Jesús, y de mi primera Misa! 133 años perdidos! ¡Pobre Jesús!».
   -«Hoy, fiesta del Sagrado Corazón y 33.º aniversario de un día grande, pero lleno de remordimientos! ¡Qué años tan mal empleados! ¡¡¡Jesús mío, misericordia!!!»
   -«Mañana, 1.º de abril, cumplo ya 37 años. ¡Muchos y mal empleados! ... »
   Convaleciente Don Manuel de una de sus graves enfermedades, refiere la Sierva de Jesús que le asistía que lo encontró una vez en la biblioteca sentado ante su mesa de despacho, con las manos cruzadas e inclinada la cabeza, todo sudoroso el rostro y en actitud como de hallarse en oración, pero abatido y turbado sobremanera. Sobresaltóse la buena Hermana y preguntóle alarmada: «Don Manuel, ¿qué le pasa? ... » Y él, sin darse cuenta de la pregunta ni de la presencia de la religiosa, hablando consigo mismo, pronunció estas palabras, acompañándolas con un amarguísimo suspiro: «¡No, no me espantan mis pecados, sino el peso de los beneficios de Dios!...»
   A sus pecados atribuía los reveses que experimentaba en sus empresas de celo, o las contradiciones y desgracias que aquejaban a los suyos.
   Copiamos de algunas de sus cartas, estos fragmentos:
   -«Llueven noticias diarias y gratas de Roma. Por Jesús, oren mucho, que yo temo mis pecados».
   -«¿Qué le hemos de hacer? Jesús quiere amargarme, y no tengo otro remedio que ir aprovechando los castigos que me envía, que son muy merecidos».
   -«Sigo sin novedad, si bien con las mismas tareas, pues mis pecados me impiden que Jesús me acabe de enviar los Operarios que necesito».
   -«Recibo la suya, con la bomba Orsini que me echa usted a boca de jarro. Lo peor es que no sé mirar las causas de esa permisión divina, sino mirando mis pecados, que los creo causa de ello».
   «En varias ocasiones-dice una hija espiritual de Don Manuel-, refiriéndose a proyectos que no veía realizados, le oímos decir: Creo que mis pecados son la causa de no haberse logrado esto».
   «Estuve en Valencia unos días-escribía en abril de 1900 a don Juan Calatayud-y me probó admirablemente aquella tranquilidad... Estoy más animoso y desde ayer he empezado mis ordinarias tareas, aunque cuidándome mucho; pero algunas cosas me fatigan aún. Siempre me he cuidado y sabido entender, pero temo volverme aprensivo y hacerme viejo (aunque algunos calendarios no lo anuncian así), pues me afectan las cosas más y me agobian más los apuros y negocios. Cualquiera tribulación la creo castigo y me remuerde. La muerte del excelente Vega me preocupó como si yo tuviera la culpa de dejarle en Burgos, atendida su delicada salud y las deficiencias de cuidados en aquella casa ... » En varias cartas de aquellos días, insiste en esta preocupación suya de creerse culpable de la muerte del joven Operario don José Vega, que falleció en olor de santidad. «No sé si Cambra-dice a don Carmelo Blay-le habrá escrito la muerte del santito José Vega en Burgos, presbítero desde Navidad. Era un alma excelentísima y de un talento grande, injertada en un exterior ordinario. Estaba siempre reconcentrado o espiritualizado. No me puedo quitar de la memoria esa permisión de Dios. Tenemos otro Operario de los probandos, tan distinguido o más que aquél, bastante delicado; ambos, los mejores de la Hermandad, a juicio de todos. Jesús nos asista y no castigue mis pecados».
   Esta humildad de corazón le impulsaba a veces hasta a declarar sus pecados ante los demás: «Supo juntar-dice una religiosa clarisa-la sencillez de un niño con la sabiduría de un venerable sacerdote. Hablando conmigo una vez, me pidió perdón por una palabra que ni siquiera me había mortificado. Otra vez me decía unas cosas que le parecían defectos, como se acusa un novicio delante de su maestro. Al ver esta humildad en un sacerdote tan bueno, hube de prorrumpir en sollozos, y así le hice callar. Pero no creo que quedase satisfecho, pues como me dijo después, quería decirme más cosas, pero que me veía demasiado afectada. No se desdeñaba de confesar ante nosotras aquello en que le parecía no nos había dado tan buen ejemplo como deseaba. Un día le pregunté qué tal le había probado un viaje: He hecho muchos pecados-me contestó-, pues me he envanecido».
   Otra de las formas de la humildad de Don Manuel era el deseo de que ejercitasen para con él, los que le rodeaban, la práctica de la corrección fraterna, que con la abertura de corazón, tan ahincadamente recomendada dejó a sus Operarios. «Como no nos conocemos-escribía a uno de ellos -convendría, y hasta es un deber, que con frecuencia nos hiciésemos capítulos de faltas unos a otros. Y yo, menos que nadie lo cumplo, porque no está hoy mi corazón para ello, ni están para recibirlos ciertos temperamentos, aunque falte yo a mi deber». Hablando a los Operarios de la abertura de corazón y de la mutua y fraterna corrección, les decía: «Y, sin embargo, me temo que cueste. Y es una tontería. Os digo con sinceridad que cualquiera de los actuales que me señalasen para decirle todo lo que hago y puedo decir y pensar, lo recibiría bien». «Cuando se le decía-testifica una clarisa-algo contra su persona, no daba la menor señal de desagrado. Lo recibía como un manso corderito».
   «Me admira todavía-dice su familiar don Juan Estruel-cómo sufría mis advertencias e indiscreciones cuando yo tenía la ligereza de oponerme a su voluntad o contradecirla. Recuerdo aún con qué humildad y mansedumbre me dijo un día: «Piensa que tienes voto de obediencia». Cuando yo, llevado del malhumor, le contradecía y enojaba, decíame con mucha humildad: -¡No te enfades!...»
   «Mi amado don N...-escribía en cierta ocasión a un Operario-: Recibo la suya, dirigida a don Elías, con la advertencia de que me la entregue, si lo cree prudente, por si es demasiado fuerte, y van dos líneas: 1.º No tema ser fuerte y decirme directamente siempre cuanto le ocurra. Ya es sabido que yo he de tener siempre la culpa de todo, y es verdad, por no haber sabido nunca mandar: que, si lo hubiera hecho, otra cosa sería todo lo de la Hermandad. No he hecho otra cosa que maldá184, que me figuraba que era lo más suave, y no me ha ido bien, y menos después de mi enfermedad y estado de mi temperamento en todo choque. No repare, pues, en decírmelo todo, aunque sea maldándome y quejándose».
   Con frecuencia se adelantaba él a formular su propia acusación. «Díjome un día Don Manuel-declara una de las Siervas de Jesús que le asistía como enfermera-: «La Madre Visitadora de ustedes y la Madre Anunciación, han visitado este Colegio y yo las he recibido, y no he avisado a don Elías y demás Superiores, como si yo lo fuera aquí todo y solo...» Esto me lo decía humillándose y con pena de haber obrado así ... » Otra religiosa del mismo Instituto, dice: «Cuando estaba presente don Buenaventura Pallarés, nuestro principal protector, y quería encargarnos algo Don Manuel, pedíale a aquél que lo hiciera, porque no se juzgaba él con autoridad ninguna para rogarnos algo».
   Cuando comenzó la Hermandad a encargarse de la dirección de Seminarios, aceptando el de Astorga, decía Don Manuel a sus Operarios: «Empiezo a temer, porque no estoy a la altura que exigen esas bendiciones de Dios, ni de la responsabilidad que esas bendiciones y ese desarrollo exigen de nosotros; y, aun a riesgo de que no se me crea, quisiera eludir la dirección de la Obra, ser sustituido por los que con el tiempo, y estoy convencidísimo, lo harán mejor que yo; y me tienta el deseo de pedir a Jesús que me prolongue la vida, para tener aún, dentro de ella, el consuelo de ver el gobierno en otras manos, y no sólo probar la sinceridad de mis deseos, sino disfrutar del tranquilo estado de obediencia al Superior».
   Muchas veces repitió Don Manuel su deseo de morir en el rinconcito de un hospital, olvidado y desconocido de todos. «Pide a Jesús, hija mía,-escribía a una religiosa-que todos te maltraten, que todos te desprecien, que todos te pisoteen; y luego, que a los dos nos haga morir en un hospital». «No puede pensar V. R.-le escribe la Abadesa de Vinaroz-la devoción que me hicieron aquellas palabras que V. R. dijo el último día o noche que estuvo en este convento, que por dichoso se tendría de poder morir en el santo hospital. Cuando yo veo este abandono en la divina Providencia, no puedo explicar con palabras lo que siente mi corazón».
   A un Operario decía Don Manuel: «El proyecto es más factible aún que hermoso... Ya lo trataremos, y lo verás fácil si, como yo, pides a Dios que, después de todo, nos deje morir en un hospital por su gloria». Y a una hija espiritual: «Mucho me place la indiferencia y desprendimiento que Jesús le inspira respecto a sus intereses y porvenir; y si no fuera exigirle demasiado heroísmo, si un día ante Jesús éste quisiera arrancarle el ofrecimiento de sí misma hasta la pobreza, y aún morir en un hospital desconocida y olvidada de todos, casi le diría que no se lo niegue... Aunque me da vergüenza decirlo, yo no se lo niego».

***

   Hija de su humildad y de la desconfianza en su propio juicio, era la perfecta obediencia de Don Manuel, el cual decía que la desobediencia era el pecado de los espíritus presumidos, sabihondos y soberbios, aunque lo fuesen con soberbia espiritual. «No haga propósitos de no quejarse-amonesta a la Superiora de un convento.-Yo creo que, más que propósitos, le faltan ganas. Sabe que no quiero sufra, y menos por poca sustancia y faltas de obediencia, que es su pecado, y el pecado de las sabias. Para mí, no debiera serlo nunca, que no me gusta que lo sean las que estimo y me tienen confianza, o debieran tenerla, y no tienen motivos para perderla». «La obediencia -decía a los Operarios-es la mano providencial que nos señala con seguridad el camino de la voluntad de Dios. Yo de mí sé deciros que he sido siempre tan dócil en esta virtud., y me ha parecido de tanta facilidad en mis consultas, en los variados episodios de mi juventud y de mi existencia sacerdotal, que cualquiera que haya sido la resolución que se me haya dado, si se me ha dado ésta resueltamente (pues, por desgracia, se me ha dejado más de una vez en las astas del toro) me he tranquilizado sobremanera, aunque algunas cosas me hayan sido duras; y hubiera estado dispuesto a abrazar cualquier situación y cualquier estado. Por esto, en las dificultades del estado religioso, al cual no sentí nunca resolución decidida, podían parecerme duras ciertas prácticas, atemorizarme la pobreza por lo difícil de su cumplimiento en el espíritu de ella, etc..., pero, respecto de la obediencia, puedo deciros con ingenuidad que, no sólo no me hubiera intimidado, sino que era lo único que me hubiese halagado, si el Señor me hubiese manifestado ese camino. Y casi quisiera añadiros, aunque parezca una necedad, que una de las cosas que pido a Jesús es el que la pueda ejercitar exteriormente antes de morirme».
   En carta a un Operario, se expresa de esta forma sobre el mandar y el obedecer: «Recibida tu carta espiritual o espiritualizada. Mucho me complace la buena disposición de ánimo a la santa obediencia, indispensable en el miembro de toda Institución.
   Cuando se ve claro, y es indispensable, se resuelve con toda decisión, aunque a veces tenga que ser con pena, y entonces ciertamente es muy dulce obedecer un mandato, aunque éste sea penoso, por otra parte, por lo difícil del cumplimiento. Y aun en esto no obro nunca sin consejo, que si no está conforme con el mío, lo evidencian las razones, y al fin convencen. Pero hay cosas que se ven útiles, aunque no sean necesarias, y se duda de que sean factibles, y entonces se proponen: y en este caso, toca en cierta manera, a los que lo han de ejecutar, el ofrecerse y aun alentar al Superior y allanarle los medios y aminorar las dificultades que pueden intimidarle. Esto es condición para el buen éxito. De otro modo, los que obedeciesen tendrían su mérito, pero el mandato podría ser caprichoso».
   «La nuestra-decía a sus Operarios-no ha de ser una obediencia puramente militar. Somos milicia voluntaria, y siempre hemos de ser voluntarios de Cristo. El Operario que se acostumbra a que le tengan que mandar secamente, no debe estar satisfecho de sí mismo. Será mala señal».
   Todo le parecía fácil y hacedero a Don Manuel, si era ordenación del Superior: «Parece imposible-escribía a un Operario-que le intimide la obediencia para ultramar, cuando en mis alientos me quejo ante Jesús de que no me quite 20 años de edad para emplear mis fatigas en aquellos campos tan fértiles ... »
   No había empresa ni sacrificio que le arredrase, si le constaba, por consejo de quien podía dárselo, que iba en ello la gloria de Dios, y se lo declaraban así, saliendo de ese modo fiadores ante Dios de que era voluntad de Él.
   Refiriéndose a la convivencia en el hogar doméstico con sus hermanos, escribía a don José García: «Yo iré a comer al Colegio todos los días posibles; y si crees que debo estar allí del todo, a pesar de que me impone la actitud de mi familia y su situación, y veo inconvenientes, con todo, si me lo mandas en nombre de Dios, lo haré, arrostrando todos los inconvenientes que preveo...»
   Combinando planes apostólicos para el porvenir en colaboración con una Superiora religiosa, le dice Don Manuel: «En fin, me someteré a lo que Dios y usted querrán. Así estaré más tranquilo». Y a un Operario, hablándole de sus proyectos sobre templos de Reparación: «Es indudable que es el gran medio ... ; que mi pensamiento de unificación en España es sencillísimo, pero... necesito que alguno me impulse, y no lo hay. Si usted tiene certeza de la voluntad de Dios, asegúremelo y lo pongo en seguida en práctica». A la Madre Providencia de San Salvador: «Me parece que está usted equivocada en la cuenta de que me he negado cinco veces. Nunca le he dicho que no a nada de cuanto me ha mandado, y aun ahora, si me lo mandara, también lo haría. Lo único que he hecho es pedirla dispensa cuando me ha venido mal». Al Director de un Colegio, sobre una debatida y asendereada reforma disciplinar, le escribe: «Ya sabe usted que en más de una ocasión, y en una especialmente durante un recreo ahí, dije propusieran reforma, para la cual yo no veía inconveniente, y usted hizo el andorrá, si no es que hiciera el morret, que no cae bien a mi temperamento. Todo esto es para manifestarle que no fue un aferramiento, ni tengo interés particular en que sea así, pues no debemos desear ni deseo más que el bien de los alumnos... Así, discurran y propongan, y consultaremos y resolveremos, no como yo quiera, que no quiero quererlo, sino como parezca mejor».
   Cuando estaba seguro de que cumplía la voluntad de Dios, todo le parecía sencillo y fácil de ejecutar: «A Caparrós-dice-, que me exigía resolución de obediencia, me puse ante Jesús Sacramentado y le escribí que renunciara el episcopado. Me telegrafió que conforme. Lo dije al Obispo y éste se asombró del acto de Caparrós. Yo, no: porque hubiera hecho lo mismo».

CAPÍTULO III



Espíritu de mortificación. - Castidad



   Despegado totalmente de sí propio por la humildad y la obediencia, estábalo también Don Manuel de todo lo que significase regalos y satisfacciones, tanto del cuerpo como del espíritu. Enamorado, por otra parte, de Jesús, con ansias indecibles, y anheloso de asemejarse a El, por fuerza habría de estarlo del sufrimiento físico y de los padecimientos interiores. «Bien lo saben-exclamaba-las almas que aman a Jesucristo: es más dulce llorar con El, como decía San Bernardo, que gozar del mundo todo».
   Sujetó su cuerpo al cilicio y las disciplinas y a la continua fatiga de un agobiador trabajo, para domeñar los antojos de la concupiscencia y las lozanías de su no común vigor físico.
   De sus ordinarias mortificaciones corporales, secretas, sabemos por sus apuntes espirituales. Copiamos, al azar, algunos de sus propósitos: «Una disciplina semana¡ o dos: al menos, una». «Examen general: Penitencias: cilicio, disciplinas...185, polvo...» «Hábito de mortificación. -Ayuno, dos días cada semana.-Soportar las molestias del calor.-Alguna vigilia al Sacramento. -Eliminar comodidades de la cama.-No quejarme de dolores ligeros. Comida: privarse de todo lo muy grato y tomar de todo con parsimonia.-Dar ejemplo de abstinencia. -Polvo: propósito de quitarlo del todo...»
   Aludía con esto último a su costumbre de tomar rapé. Se lo tenía recomendado el médico por razones de salud, y andaba siempre preocupado Don Manuel, por parecerle a él y temer que pareciese a otros, signo de poca mortificación. Para acallar los remordimientos que sentía por ello, escribió en un plieguecillo de papel las razones en pro-aun de índole espiritual-y las que se le ofrecían en contra, para que su director espiritual resolviera si debía o no dejar de tomarlo. Encabezaba la consulta con estas significativas, sinceras y edificantes palabras: «No tengo ataduras en el corazón, cargo, lugar, ni intereses. Tampoco afecto permanente a comida, bebida, fuera de las inmortificaciones o infidelidades, v. g., agua en verano, que tengo pasión, pero no es un afecto permanente y puedo lograr la indiferencia...»
   Siempre era escaso el tiempo que dedicaba al sueño. Y en los últimos años de su vida, andaba con escrúpulos de que fuese excesivo. «Me cuido mucho-escribía a una hija espiritual- y quizá demasiado, pues me tomo más descanso por la mañana, y no sé si agrada a Jesús».
   En la mesa, su mortificación era continua, si bien procuraba disimularla y hasta intentaba a las veces hacerla pasar por cosa de mayor gusto y regalo. «Viviendo con él unos días-dice doña Beatriz Gombau-, hospedados juntos en Barcelona, cuando se servía pescado a la mesa, tomaba siempre las cabezas, y como le advirtiera que se quedaba sin comer, contestó: «Es lo que más me gusta». Y lo dijo con tanta naturalidad y sencillez, que así lo creí. Reflexionando más tarde, caí en la cuenta de su mortificación».
   «Siempre tomaba para sí los huesos-declara don Juan Estruel- y distribuía toda la carne a los demás; y cuando presentaban en la mesa pescado, se contentaba con las cabezas. No hacía cuenta del gusto. Aun enfermo, no se quejaba jamás de las deficiencias -de que, por ejemplo, le sirvieran la leche sin azúcar-y tomaba de buen grado todas las medicinas».
   Era enemicísimo de singularidades. Comía de todo, le gustase o no. A un Operario, al cual le repugnaba hasta el olor del vino, díjole un día: «Mira: yo, ¡basura que me sirviesen, tomaría!...»
   «El médico-se quejaba en cierta ocasión a la religiosa que le asistía-me manda cosas que no las puedo tomar en el refectorio, y las tengo que tomar en la celda: porque en el refectorio debemos igualarnos a los demás».
   El día en que sufrió el primer ataque de su enfermedad mientras se hallaba en el coro de la capilla, quiso bajar enseguida al comedor de los Superiores, donde no pidió comida especial, más conveniente y ligera, sino que se contentó con la de los demás, y estando tomándola le repitió el acceso con mayor violencia. Ya en cama, lleváronle luego por la tarde una ración de carne asada, pero mal aderezada, y el médico Vilá, que se hallaba presente, exclamó, enfadadísimo por el guisote y por la longánime paciencia de Don Manuel: «¡Esto no puede ser!... ¡Aquí viene ahora mismo una Sierva de Jesús!, ¡ea! ... » Y Don Manuel callaba humildísimamente...
   «Jamás se quejaba -testifica uno de los que fueron sus fámulos-, aun cuando en el desayuno le sirviera el café frío, contentándose con decirme: Xiquet!, otro día, más calentito, ¿eh?»
   Aun en edad avanzada, no consintió usar brasero durante el invierno, Léense con frecuencia en sus cartas expresiones como éstas: «Fa molt de fret186, y tengo mucho». «No quiero ser viejo, y veo que tengo ya fríos de viejo». «Tengo los dedos helados», etc., etc...
   El cuarto que ocupaba Don Manuel era calurosísimo en el verano y extremadamente frío en el invierno, por las malas condiciones de orientación y techumbre. «En los postreros años de su vida-dice don Juan Estruel-teníamos en el Colegio, y especialmente en las habitaciones que, como la de Don Manuel, daban a la montaña, muchos mosquitos. Era una plaga molestísima. Don Manuel, sin embargo de ello, no quiso usar nunca mosquitera. Sólo, para poder dormir, quemaba una pastilla Zampironi. Pero una noche, por haberlas yo puesto inadvertidamente en sitio distinto del acostumbrado, no acertó a encontrarlas, y a pesar de que sabía que no le era posible conciliar el sueño por lo mucho que le desazonaban los mosquitos, prefirió pasar mala noche antes que despertarme ... »
   «Frecuentemente-cuenta la Madre Rosalía del Niño Jesús-me gloriaba de ser su comensal, dado que compartía conmigo la comida ordinaria que destinaban a su alimento. Encargábame no hablara de ello a sus hijos. Como yo, en mis puerilidades, le dijera cierto día que era un santo, contestóme con mucha resolución: -Calla, hija, no disparates: que los santos no se hacen tan a poca costa». Procuraba disimular en lo posible sus mortificaciones corporales. «En varias ocasiones-dice don Jaime Agut-se veía que le dolían las muelas. Con todo, sabía sobreponerse y mantener animado el recreo». «Recuerdo-declara otro Operario-cuán edificantísimamente le vi sufrir intenso dolor de muelas con el mismo semblante bondadoso de siempre, y cuánto me llegaba al alma oírle dirigirse a Jesús, como en coloquio de íntima familiaridad, en los momentos en que más se exacerbaba el dolor».
   En sufrir valerosamente esta clase de molestias físicas, parece que llegó alguna vez hasta el heroísmo. Aludiendo al edificante caso que después vamos a referir, escribía Don Manuel en 1902 a don Juan Bautista Calatayud: «Ya que no quiere usted que empiece las cartas con dolores, empezaré ésta por dolorcillos. Sepa que tuve una porción de días unos dolorcillos neurálgicos que, aparte de otros resultados, me quitaban las ganas de trabajar; y, con todo, las tareas urgían y no me dejaban punto de reposo. Vilá me lo entretenía con bromuro, hasta que, no habiendo podido dormir en toda una noche, me fui al dentista, me examinó, y sin decirme nada de lo que tenía, y si las muelas causa del dolor eran buenas o malas, me arrancó una y un diente, dejándome atontado, y quedándome, no sólo viejo, porque ya lo era, sino pareciéndolo, que decían no lo parecía, y era lo único bueno que me quedaba. Pero, por hoy, gracias a Jesús, me dejarán tranquilo los dolorcillos neurálgicos y puedo trabajar y atender siquiera a lo más urgente».
   Lo que tan sencillamente narra Don Manuel, sin darle importancia alguna, debió tener tanta, que el dentista llegó a formarse la idea de que había operado a un santo. Años adelante, fue a la misma clínica el Beneficiado de Santa María de Castellón don Manuel Pascual, y hubo de llamarle la atención el que del techo colgaba un sillón de los que utilizan los dentistas para sus operaciones. Picado de curiosidad, manifestó su extrañeza al odontólogo, el cual se apresuró a explicarle: «Sepa usted que en esa silla extraje a Mosén Sol una muela muy difícil, y fue tanta la calma, serenidad y extraordinario valor de que dio pruebas, que desde entonces no he consentido que nadie más se siente en ella, y ahí la tengo y la conservo a la vista de todos para recuerdo y para edificación de cuantos visiten mi clínica». La silla se había convertido para el dentista en reliquia de un santo.
   Con no cesar de ejercitarse a la continua en la mortificación corporal, gustaba todavía más Don Manuel y daba preferencia a la del espíritu. Jamás se saciaba de sufrimientos interiores. Pedía al Señor y proponía tener «ganas de padecer cada día como si fuera el último».
   Deseaba el don de la paz, pero afianzada sobre una constante paciencia y vigilancia de sí mismo. En cierta ocasión en que, a juzgar por las intenciones de sus Misas, se encontraba bajo el peso de una tremenda tribulación y «crisis» interna que no acababa de. resolverse, aplicaba el Santo Sacrificio pro pace armata propria.
   Entre sus propósitos a este respecto, copiamos de los de unos de sus Ejercicios espirituales: «Callar en todo enfado y ofrecerle a Dios-Hablar despacio y con mansedumbre. -Sufrir las desatenciones. -Paciencia con monjas y devotas. -Presencia de Dios ante. seglares. -Composición del cuerpo, etc., etc ... »
   «Sin penas no podemos estar -escribía-, y todos llevan su cruz: hasta los mundanos, que la llevan sin mérito». «No sé si los. dolores y gozos constituyen la vida de todos: la mía, sí. Y no todo puede decirse en cartas; al menos, los dolores». «Con años y desengaños, se va pasando la vida, y aun añadiría con sufrimientos, que son el crisol que purifica el corazón y le va despegando de toda miseria humana».
   A un sacerdote amigo, que le contaba sus penas, le contesta: «Recibí su gratísima, y le compadezco un poco, y nada más, porque sin sacrificios no podemos estar, aunque nos hacemos la ilusión de que irán desapareciendo, y a cierta edad son mayores porque pesan más. A mí, jubilado como estoy y muerto civilmente, no me faltan sufrimientos domésticos y extraños, y también vivo de ilusiones. Así, no le duelan sacrificios, que, crea, son de gloria de Dios».
   «Por lo demás-escribía a un Operario-, dolores y gozos. Se ve que usted no tiene más que gozos, y esto no le ha de ir bien: que sin cruz no se puede vivir». Y a una religiosa: «A medida que transcurren los días, más alejada me parece de mí la muerte, y esto no es bueno, pues los viejos vivimos de ilusiones y con las raíces hacia la tierra, a pesar de tantos desengaños sufridos, de tantos recuerdos tristes y de tantas espinas como nos han afligido el corazón. Felices vosotras, que no necesitáis experimentar las que trae el comercio y trato con el mundo».
   Espinitas, llamaba Don Manuel a las internas amarguras cotidianas, que en ocasiones, unidas a los sufrimientos corporales, menudeaban con exceso sobre él.
   En enero de 1899 escribía: «Ha sido una temporadita de espinitas. No tengo humor ni para escribir, pues a más de los nervios y por efecto de ellos, me duele una muela; y soy muy poco sufrido ... » «Sí que he de decir más, pero mi pobre cabeza no está para más. Son muchas las malicias que traen ciertos días para mí». Aquella punzante y extraordinaria amargura que experimentó, como dijimos, un día del Carmen, la declaró, en un momento de expansión, a la Abadesa de Vinaroz, y luego, pesaroso de ello, le decía: «Estoy avergonzadísimo de haberle indicado mi espina. La mando que nunca, y aunque me muera, lo diga, pues a nadie lo he dicho, fuera de mi confesor. Dígale al Corazón angustiado de Jesús que, si es posible, pase pronto mi cáliz, que es el más amargo que he tenido en mi vida. Fortuna, que me cuido; que si no, el corazón ya hubiera hecho un esclafit187 por mi poca virtud. ¿Por qué tuve la debilidad de decírselo?» Unas semanas después, a raíz de una visita a Vinaroz, tornaba a decirle: «Tampoco recordó usted preguntarme por mi antigua espina, y yo me alegré. Como a usted no le hace daño, no pensó en ella. Aunque más aliviada, continúa todavía; y aunque allí con nuestras expansiones estaba amortecida, con todo, me retornaba de vez en cuando. No lo olvide ante Jesús». Cuando le punzaban las penas, encontraba Don Manuel alivio y consuelos para ellas en la tranquilidad de conciencia: «Si es posible-decía a una hija espiritual-que pase ese amargo cáliz, que pase; si no, que el Señor lo bendiga todo. Así, no me sufra demasiado, hija mía. No siendo por nuestra culpa, son bien de pasar las tribulaciones».
   No fueron escasas ni livianas las que le proporcionaron sus andanzas de Fundador. Andaba metido en una de ellas un Operario, y Don Manuel le decía: «He propuesto no afectarme, y creo que lo lograré. Haga usted lo mismo. Haga escribir y no escriba usted, y estése así tranquilo. Son penas de fundadores, y se han de aguantar; y además, hemos de pagar muchos pecados que hacemos».
   Cuando la fundación de Valencia, escribía a un amigo: «Yo me estoy aquí gastando la paciencia. Ya le contaré. No creía que el oficio de Fundador necesitara tanta longanimidad. Hubo momentos que estaba a punto de ser infiel a la gracia, queriéndome enfadar y vengarme, paralizando un poco el movimiento de la Obra en ésta (abandonarla, no; porque hace falta); pero al fin... miré a Jesús y me avergoncé de mi falta de fe y de constancia».
   Hablábase en su presencia de los obstáculos que cierta personalidad eclesiástica, muy influyente, había puesto al establecimiento del Colegio de Valencia, y Don Manuel se limitó a decir: «Nuestro Señor le premie los ejercicios de paciencia que nos proporcionó».
   «Para impedir hacer, se necesita poco-solía decir-. Para hacer es para lo que se necesita y cuesta. Y los que nunca han hecho nada, no lo saben, y se figuran que todo es bufar ampolles188. Pero los pobres fundadores se saben las cosas y lo que cuestan».
   A don Esteban Ginés, que se hallaba en Lisboa presidiendo a la inauguración de aquel Colegio, le escribía: «Mi don Esteban: Recibida su última desde Farrobo. Lo que más me ha aliviado es que usted está más aliviado. Es lo único que me preocupa. Por lo demás, reanímese el espíritu; que sería mala consejera la melancolía y el decaimiento producido por la desconfianza de hacer algo de bien. No sabemos lo que Dios espera aún de nuestra Obra. Los sufrimientos de ustedes son pruebas de designios amorosos. En toda empresa ha de haber víctimas de dolor y de sangre. Yo los sufrí en Roma, y hasta llegué a creer que Dios no quería aquello por nuestra misma ambición. Don Vicente fue víctima completa en Valencia... Piense que ese campo es muy necesitado, y que el remedio no se ve sino por obras análogas a las nuestras. San José y San Antonio lo han de hacer».
   Otro tanto decía a los de Roma, a raíz de la muerte de varios colegiales: «Toda obra buena y de gloria de Dios, y de bien de las almas, necesita víctimas que le sean gratas a Él, y cuya pérdida nos amargue a nosotros».
   Andaba entendiendo en la fundación de un convento de religiosas en Roquetas, y escribía a la M. Providencia durante la Semana Santa: «Estos días sí que son días de dispensa de escribir. Pero, apenas se entone el Aleluya, sí que quiero me digan cómo siguen, aunque para nosotros seguirá por mucho tiempo el Miserere, si no viene la aleluya deseada, que no sé, me temo aun tarde, y además que el Miserere se convertirá en un De profundis, a no mediar un milagro de San José. No puede figurarse lo que sufro aún, como si tuviese cogido un hilito de esperanza, pero que me ahoga. Quisiera ya una resolución enérgica para no pensar en nada; que ahora pienso aún demasiado, y me cogen malos humores y sentimientos. ¡Jesús, Jesús, Jesús! ¡Parece imposible!...»
   No obstante las repetidas manifestaciones de Don Manuel de que no era amigo de sufrimientos y contrariedades, lo cierto es que no sabía hallarse sin ellos. «Aquí en Valencia -escribía-, ni tengo trabajo, ni tantos trabajos; y como Dios me quiere para ellos, habré de volver allá».
   -«En Roma estoy demasiado bien, y es preciso que marche pronto para buscar otros trabajos y penas, aunque éstas no es preciso ir a buscarlas, pues ya vienen en abundancia». Deseaba que sus Operarios se acostumbrasen a no estar sin ellas: «Sin cruz -dice a uno de ellos-no hemos de estar, y sin dolores de corazón. Y el que no tiene, muchos, tampoco hará grandes cosas de gloria de Dios. Y si no, ya observarás que los que no sufren mucho, no sirven para grandes cosas. Y parece que Jesús quiere en ti esas cruces de las tristezas del ánimo, y por esto debes estar preparado, pues son amarguras, y más para tu temperamento. Si pudieran ser la causa los deseos y recuerdos de las cebollas de Egipto, aun deben intimidarte menos: que con un abracito a Jesús Sacramentado, sacrificándote a su voluntad, desaparecerá la nube. Si pudiera ser el cansancio, fatiga y repugnancia de objetos, ya lo curarán los Ejercicios. Precisamente nadie como tú puede estar más tranquilo, pues has buscado la voluntad de Dios contra la propia. Y el que puede decir que cumple la voluntad de Dios, ya no merece más que palo, aunque sufra... Conque, hijo mío, con cinco minutos de pensamiento de la eternidad y una visita a Jesús Sacramentado, desaparece toda amargura de corazón».
   -«Veo lo del día de Santo Tomás. Que ofrezcan a Jesús esas miserias, y con el tiempo venient ad te qui detrahebant tibi».
   -«Anoche pasó por aquí el menor de Aldover, Ha tenido usted buen gusto en la caricia que por él me ha mandado. Jesús se lo pague; y pediré a Este que le mande una cruz provechosa, de las cuales tanto necesitamos, pero que a veces no nos aprovechan».
   -«Acaba de recibirse la de usted. ¡No sé por qué falta de fe temo tanto! He sufrido tanto y veo tantas cosas, que me repugna otro cáliz igual. Fiat voluntas tua!..., pero de la buena, que decía aquella anciana. Conque, oraciones. No faltan a ustedes penas, y a nosotros nos sobran, y a mí me sobrixen189. Así, corazón grande, y hacer tranquilamente las resoluciones que convengan ante Jesús, y vengan penas».
   -«Viene San Benjamín. Ya pediré que el Santo le haga como yo deseo; y el deseo es para gloria de Dios y bien de usted, aunque sea enviándole penas sustanciosas».
   -«No me faltan espinitas, en medio de los consuelos que Jesús me da en la Obra. Las peores son las que provienen de caracteres y triquiñuelas de los nuestros».
   -«Aunque sin objeto, no puedo resistir al deseo de ponerle dos líneas, en vista del cuadro que usted me ha presentado del estado sanitario de esa Casa. De buen grado hubiera deseado estar ahí; no para ayudarle en el trabajo, que no sabría, sino para participar de los trabajos».
   A las Siervas de Jesús, de Tortosa, les decía: «La gracia que pediré a Dios para ustedes, cuando esté en el cielo, es que les envíe muchas tribulaciones».
   Uno de los más ordinarios ejercicios de mortificación de Don Manuel, era el de refrenar la natural vehemencia de su carácter, propenso a impacientarse e irritarse. Así, hacía continuos esfuerzos por permanecer en todas las circunstancias inalterable y ecuánime. «Cada molestia soportada-decía-atrae bendiciones de Dios y la sonrisa del Ángel de la Guarda». «No tomes disgustos -aconsejaba a un Operario-y procura no te pasen de la ropa o de la piel. Comboya190 y ten paciencia». Y a otro: «No olvides que paciencia se tiene más cuanto más se gasta». Un día de Jueves Santo, en las Clarisas, estaba el monaguillo, hoy sacerdote, preparando la lámpara, y por descuido vertió el aceite de la misma sobre el manteo de Don Manuel, estropeándoselo por completo. Don Manuel, dueño de sí mismo, no dijo una palabra; solamente, al verle luego en la sacristía: «¡Qué xiquets! ¡qué xiquets!». Y como la hermana sacristana le preguntase qué le pasaba, limitóse a decir: «Nada, hermana, nada».
   Don Joaquín Balaguer, Ecónomo de Burriana, nos dice: «Recuerdo que un día de los que yo leía en el refectorio de los Superiores, no sé cuál de los fámulos, al poner la sopera en la mesa, vertió el contenido de ella, que estaba hirviendo, sobre Don Manuel, dejándole la sotana hecha una calamidad. Don Francisco Osuna o don Esteban Ginés-no recuerdo a punto fijo cuál de ellos estaba a su lado-le dio un regañón al pobre estudiante, y Don Manuel, aunque no pudo ocultar la contrariedad que le produjo, no dijo más sino: "¡Ai, xiquet, xiquet!...»
   Otras veces era alguna curiosidad vehemente la que vencía para mortificarse. Sentíala grandísima por saber los nombres de las religiosas de Mataró que habían sido elegidas para fundar en Vinaroz. Al cabo llegó a sus manos la misiva que encerraba la noticia, y he aquí lo que hizo, según propio testimonio: «Mi muy apreciable y buena Madre Escolástica: He recibido hoy la suya... que me ha sido entregada en el momento que entraba en la Purísima para confesar a mis Puras. He tenido la carta en mis manos las tres horas que ha durado la operación, haciendo al Señor el sacrificio de no leerla. ¡Tenía tantas ganas de abrirla! ¡Ya ve si soy mortificado! En cambio, perdone mis niñerías ... »
   A la Madre Providencia escribía: «Mucho bien me ha hecho la carta de usted, que acabo de recibir. Precisamente esta mañana, en la meditación, he hecho un pecado, porque me agitaba la tentación contra don N... y contra todos, y me venían frases duras al pensamiento... Pida a Jesús que no me enfade... ; que de veras hago propósitos y no sé cumplirlos, y esto me hace coger tentaciones y arrepentimientos para no entender ni mediar en cosas de esta clase, pues me fatigan. Las grandes tribulaciones y persecuciones contra la Obra en Roma, Valencia, Murcia, etc., etc.... no han llegado a perturbar mi ánimo, ni menos me han inquietado el espíritu con aversión ninguna a las personas, pero las cosas de aquí me obligan a unos ejercicios de inquietud, que me constituyen una tribulación. Pero, basta ya: que ayer, 19, lo dije todo a San José, que lo remedie y nos deje acabar las fatigas». Y otra vez, a la misma: «A pesar de los propósitos que he hecho antes de abrir su carta, ya he cometido una falta de indignación... Tenga usted paciencia, ya que no la tenga yo, que me cogen tentaciones de pensar que Dios no me quiere para enredos monjiles, que no me hacen bien a m, í alma. ¡Ojalá no sea más que una tentación!»
   «Mi Sor Dominga: -escribe a una religiosa sanjuanista -Tengo los nervios siempre alterados por mi poca fe. Así, pide a Jesús que me dé calma y sosiego de corazón: que de espíritu ya lo tengo».

***

   En todo lo que se refiere a la virtud angélica, huelga decir que fue siempre Don Manuel extremadamente delicado. «Sólo el imaginar posibilidades me remuerde», anotaba en sus Ejercicios espirituales de 1890.
   ¡Qué vigilancia tan constante ejerció siempre sobre sí mismo y qué precauciones tomaba para evitar el más mínimo contagio!... Llevaba de continuo recogida la mirada y regulaba con la más exquisita modestia los movimientos todos y las actitudes de su cuerpo. Hallándose enfermo, extremaba la más recatada delicadeza, aun cuando le asistiese el más íntimo de sus familiares Operarios. Fue particularmente remirado, precavido y escrupuloso en sus relaciones con mujeres.
   Decía que «las confianzas con personas de otro sexo, eran bastantes para estorbar todos los designios de Dios en cualquier alma». Con haber él tratado durante toda su vida a tantas mujeres, en su largo y variado ministerio, fue tan mirado en este punto, que jamás dio lugar, con la menor ligereza, a sospecha alguna menos favorable, antes cuantas le trataron quedaban edificadísimas de su pudorosa modestia.
   Transcribimos algunos de los propósitos de varios de sus Ejercicios sobre este particular:
   «Pureza.-Apartar amabilidades, miradas, afectos tiernos, palabras cariños as.-Tener prontitud y energía en rehuir el afecto o procurar el desvío del de las personas de uno u otro sexo. -Para arrancar el afecto sensible a las criaturas, sobre todo de diferente sexo, no desear la compañía de amigos, ni sentir su separación, y romper para siempre y en todas ocasiones, como tributo a Jesús, todo afecto humano sensible a personas de diferente sexo.-Puesto que no sólo he de evitar el pecado, sino la ocasión de él, insistiré, fortiter el constanter, en vigilar sobre la vista y afectos humanos de personas... -Puesto que en todos los Ejercicios tengo los mismos propósitos de arrancar las aficiones sensibles, renovar el propósito de abstenerme absolutamente, en lo que no sea evidente voluntad de Dios, de mayor amabilidad; usar benignidad y gravedad: no ternura».
   Ya en su ancianidad, pudo venturosamente decir, en una de sus pláticas, en un arranque de espontaneidad: «¡Débiles somos; pero, Jesús mío, he oído tu voz!... ¡No he sentido amores profanos!...»
   Interrogada una hija espiritual de Don Manuel, de las que por más tiempo y más de cerca le trataron, sobre si la malicia y maledicencia del mundo se había alguna vez ocupado de aquél, con sospechas menos delicadas, a causa de sus continuas relaciones y comunicación con ellas, exclamó al punto, llevándose, asombrada, las manos a la cabeza: «¡Jamás! ¡Jamás le murmuró nadie! Lo hacía todo para que fuéramos más de Jesús. ¡Era un santo!...»
   «¡Con qué veneración y modestia-dice otra dirigida de Don Manuel-nos mostraba en Roma la tumba de Santa Inés, explicándonos que la despojaron de sus vestidos y una copiosa lluvia de nieve cubrió su desnudo cuerpo 1... Y entornaba los ojos, como si temiese que la nieve no fuese suficiente a cubrirla. Ese mismo pudor y modestia fue causa de que se opusiese a que los médicos practicasen la autopsia a una de sus hermanas que murió a causa de un accidente trágico: «No quiero que la profanen», nos decía en aquella ocasión. Y ya que de modestia se trata, recuerdo que en una ocasión, en que estaba yo peinando a mamá, como acertase a entrar Don Manuel, sencilla y afanosa como estaba ella de tener a sus años semejante cabellera, exclamé: «¡Mire, mire, Don Manuel! ... » Y Don Manuel se hizo el sordo, desviando la mirada».
   «Recordaremos siempre con veneración profunda---testifica la Superiora General de un Instituto religioso-aquel perfume divino de pureza que respiraba Mosén Sol, y por el cual supo conducir a Dios tantas almas jóvenes. Dígalo, si no, esa pléyade de religiosas que, merced a su santo celo, pueblan los claustros».
   Eran tan extremadas la reserva y delicadeza de Don Manuel para rehuir todo contacto, que tenía reparo y esquivaba en lo posible el que le besaran la mano. Donosamente se le quejaba de ello su predilecta hija espiritual, la M. Rosalía del Niño Jesús: «La M. Superiora me dijo ayer si enviaría providencia191, mas yo le dije esperara un poco. Lo habíamos de mirar y no prodigarlo, como usted el dejarnos besar la mano. Me hizo gracia, porque en esto no suelo pecar por razón de más; que yo también lo cerceno en mis hermanas. ¡Cuanto más viejo, más entendimiento! Y eso que dice chochea. Que me lo digan a mí».
   No le gustaba ni predicar sobre temas de castidad. «De la plática que le hizo impresión-decía a una hija espiritual de las del siglo-, déjela estar. A mí no me gusta hablar de ello ni en pláticas, y menos con las que son felizmente tontas, como usted, y me acuerdo del consejo del Apóstol: «Nec nominetur in vobis». En cierta ocasión, se opuso a que se publicaran en el «Correo Interior Josefino» unos artículos que combatían la impureza, no más sino porque se nombraba en ellos este vicio. Admitiólos, en cambio, gozosísimo, una vez que, convenientemente modificados, quedaron convertidos en un elogio a la virtud contraria.
   Respecto de esta materia, en las Constituciones de la Hermandad limitase a decir: «No sólo debemos evitar el mal, sino también precavernos ah specie mali.. Podemos pedir al Señor que envíe penas y trabajos a los Operarios y contradiciones a la Obra, que despierten nuestra humildad y nos ejerciten en la paciencia y mansedumbre: pero deben todos pedir incesantemente al Corazón de Jesús que no permita en los Operarios acto alguno que pueda desviar las gracias de Dios en la Obra y los designios amorosos de su Providencia sobre las almas... Que la Virgen Inmaculada y el Santo Ángel de España alejen por siempre cualquier ferus singularis que pueda devastar la heredad preciada ni con sombra alguna de aquella falta de la que Jesús ni siquiera permitió ser calumniado».
   No consentía que sus Operarios se permitiesen la libertad de tocar la cara de los niños. En cierta ocasión, y en presencia suya, uno de los más conspicuos miembros de la Hermandad, cuya virtud y prudencia inspiraban a Don Manuel no sólo afecto y estima, sino veneración, hizo con la mayor sencillez y naturalidad, en el curso de una visita, una caricia a un niño. Don Manuel, con delicadeza, pero sin respeto humano, le dio a entender en el acto su desagrado.
   ¡Cuánto se compadecía de las pobres víctimas del pecado impuro! Si no podía hacer otra cosa, oraba por ellas. En abril de 1891, escribía desde Roma a don Elías Ferreres: «Anoche tuve un encuentro, que fortuna que no advertí, gracias a Jesús, el objeto en el acto; que, si no, me hubiese conturbado. Fue que dos distinguidas y elegantes cortesanas me siguieron cuando yo me retiraba a casa. ¡Pobres y desdichadas criaturas!... Mucho las he encomendado a Jesús. Mis compañeros se rieron del lance. Ya os lo contaré. Y, gracias a Jesús que estuve tan soso, pues ¡llevaba un malhumor yo al venir del P. Martín! ... »
   Sufría indeciblemente cuando sentía que niños y niñas, mezclados, andaban jugando en los rincones de los alrededores del Colegio de Tortosa. De tal manera le inquietaba y sobresaltaba el pensamiento y el temor de los peligros que corrían, que no podía sosegar, y presentándose en la habitación de don Juan Bautista Calatayud, no cesaba de repetir: Eixos xiquets! eixes xiquetes!...»192 Y sólo cuando don Juan hacía que uno de los criados fuese a alejar de aquellos lugares a los muchachos, recobraba Don Manuel la tranquilidad.
   «Procuraba-dice el P. Marro-que en los Colegios hubiera gente edificante, sobre todo puros. «No quiero tener-me dijo ninguna oveja roñosa».
   «Sobre todo, ¡ay!, evitad -aconsejaba a los colegiales de Tortosa-aquella cosa, aquel pecado que no quiero nombrar. Si alguno fuese tan degenerado e hiciese tal cosa, que no se acerque al Oratorio ya, porque excitaría la ira de Jesús. Que se marche en seguida, aunque sea con la blusa, sin despedirse de los Superiores. Si viene aquí, él sólo robaría las gracias a los demás. ¡Oh, no, no! Que el Corazón de Jesús le arroje, antes que uno pueda servir de tropiezo a otro, ni con palabras, ni con obras».
   Tan alta idea tenían formada sus alumnos de la angelical pureza de Don Manuel, que refiriéndose discretamente a sí propio, dice el P. Artemio Colom, S. J.: «Sé de un seminarista, a quien el santo Don Manuel dirigía en espíritu, que para combatir los pensamientos contra la castidad, añadía casi siempre a las palabras «Jesús, María y José» el nombre de nuestro santo Don Manuel».

CAPÍTULO IV



Caridad de Don Manuel para con Dios. Su amor al Corazón de Jesús y a la Eucaristía



   Fue la caridad el alma del alma de Don Manuel, el aliento de su vida, la respiración de su espíritu, el secreto de sus santos anhelos de propia perfección, y fruto dulcísimo de ella al mismo tiempo. Dotado de innata e inagotable ternura de corazón, acertó a encauzar Don Manuel todas las ardorosas efusiones del mismo hacia Dios, y el amor divino le hizo santo, y le hizo, a la par, apóstol fervorosísimo de las almas. ¡Su amor a Dios! Tan avasallador y profundo sentíalo Don Manuel en el fondo de su espíritu, que no se apartaba un momento ni de su memoria ni de sus labios el recuerdo y el nombre del celestial Amado. Vivía en una perenne atmósfera de sobrenaturalismo, en una no interrumpida embriaguez de divino amor. A cada paso se escapaban de sus labios las exclamaciones: «¡Jesús! ¡Jesús!», o «¡Divino Jesús Sacramentado!» En ocasiones repetía varias veces seguidas, saboreándolo, el nombre de Jesús, quedándose como arrobado; y siempre que lo pronunciaba, aun en la conversación, inclinaba reverentemente la cabeza. «¡Dios mío, y todas mis cosas!»-suspiraba otras veces. Deponen varias de sus hijas espirituales, que solía terminar los consejos que les daba en el confesonario, haciéndoles decir con él: «Jesús meu, teniu pietat i misericordia de mi! Yo vos prometo no oféndre-vos mai més!»193 con un sentimiento y una unción conmovedora y edificante.
   Cuenta el actual párroco de Amposta, don Francisco Omedes, que siendo jovencito se confesó una vez con Don Manuel, y le oyó pronunciar el nombre de «Jesús» con un acento de tanta vehemencia amorosa, que no ha podido olvidarlo nunca, Hablando cierto día Don Manuel con una persona no muy dada a la piedad, le preguntó de pronto si amaba mucho a Jesús, y produjo en ella tal impresión, que prorrumpió en lágrimas, siéndole imposible contestar. ¡Deseaba tanto que todos amasen a Jesús! Preguntadas algunas personas, de las obsequiadas con estampitas por Don Manuel, que con cuál objeto se las daba éste, unánimemente declararon «que para que se acordasen de amar a Jesús».
   Con razón habría podido decir de sí propio Don Manuel: -Ego dormio: sed cor meum vigilat-,
porque hasta cuando se hallaba dormido, pronunciaban maquinalmente sus labios el dulcísimo nombre de Jesús. Refiere el Operario don Sebastián Bover, que encontrándose ambos en Barcelona, de paso para Roma, le tocó dormir en una habitación contigua a la de Don Manuel, y observó que durante toda la noche estuvo éste repitiendo el nombre de Jesús. Santamente impresionado, no pudo don Sebastián conciliar el sueño. Otro Operario, don José M.ª Tormo, declara: «Durmiendo se le oía exclamar con gran fervor: «Cor de Jesús!», y soñaba con misiones y proyectos de gloria de Dios. Tales eran sus pesadillas. Luego, las contaba».
   «Yo no aseguraría -testifica don Juan Bautista Calatayud-que durmiendo repetía los nombres de Jesús y de algunos Santos, pero sí en el estado de semi-vigilia, o en los tránsitos de la vigilia al sueño. Dormí algunas veces en la misma habitación que él, y puedo certificar de ello. Daba muy distinta entonación a estos suspiros: de cariño, adoración, súplica... ; y a veces, semejaba una queja ... »
   «Se queja usted-escribía Don Manuel a una hija espiritual-de que no sabe amar bastante a Jesús, y ésta es la pena más agradable al Señor. Tenga usted sentimiento de esto; que cuanto más lo sienta, será señal de que le amará más». Aplicándole a él tan hermosa regla y medida de amor, es como hay que interpretar sus frecuentes y humildes lamentos sobre su falta de correspondencia al amor y a las bendiciones de Dios.
   El amor daba a Don Manuel alas para tratar con Jesús y fablar de El con encantadora familiaridad y con ilimitada confianza. Consolando a un alma atribulada y tentada, le decía: «Mas Jesús obrará. Estoy seguro de que su Amor Sacramentado no deja a ninguna alma que acuda a El. ¡Es El tan bueno! Y ¡nos ama tanto! Si correspondiéramos no más que la mitad a su amor, haríamos milagros en seguida con nuestra santidad».
   «Cuando le suceda llegar la no c he -aconsejaba a otra hija espiritual -cansada y sin rezar el rosario, etc., etc., dígale a Jesús: «Por vuestro cansancio y fatiga... me voy a descansar». Así lo hizo Santa Gertrudis con aquella uva que se comió y que usted sabe; y si no lo sabe, se lo contaré. Hoy en la meditación, que casi siempre la hago del «Año Eucarístico»194, me ha alentado la sentencia de Santa Teresa, o sea, la jaculatoria con que concluía: «¡Oh, Señor, bendito seáis; que para amarnos no pedís otra cosa sino que os amemos!» ¡Qué semejanza de espíritus en tantos aspectos entre el de Don Manuel, y el de la Santa! «Puedo tratar como con amigo-escribía ésta-, aunque es Señor... Es cierto que yo me he regalado hoy con el Señor, y atrevido a quejarme de Su Majestad..., y todo me lo sufre el Señor. ¡Alabado sea tan buen Rey! ¡Llegáramos a los de la tierra con estos atrevimientos!... Con decir disparates me remedio algunas veces». Y Don Manuel decía a una de sus dirigidas: «Estoy complacido de lo que dices a Jesús. No quiero que tengas que discurrirlo, pues ha de salir bien desarreglado, y no te pares hasta decirle cosas con excesiva franqueza, pues, como dice Santa Teresa, no debemos parar hasta decirle a Jesús disparates». Quejándose amorosamente de El, por haberle quitado a don José García, y en otras parecidas ocasiones, exclamaba: «¡No se lo perdono!, ¡no se lo perdono!»
   «Nos llamaron-dice la M. Angélica, de las Siervas de Jesús- para asistir a don José García, a quien a consecuencia de una caída le habían extraído un ojo. Don Manuel estaba conmovido, pero sin perder la serenidad. Me llamó fuera de la habitación del enfermo para preguntarme qué me parecía de él, y decía y repetía: «¡Jesús, Jesús, Jesús!... ¡Pero qué picardías nos hace el buen Jesús! ... »
   A veces, animando a las almas para que con la oración alcanzasen de Jesús que las librase de alguna tribulación, les decía: «¡Ya verás como Jesús se lo mirará!...»
   Hablando del cólera, escribía: «No sólo con conformidad, sino hasta con alegría, esperaremos las humillaciones que más nos repugnan, para poder ofrecer a Jesús la alegría del sacrificio195. Y de esta manera, el aviso será aprovechado y Jesús se dejará engañar, como tantas otras veces». Y a una hija espiritual: ¿Qué le dice a Jesús para saberle engañar santamente y que le abrevie el destierro?»
   «Una cosa estoy notando en tus cartas-dice a otra-; que vas al Sagrario y hablas a Jesús con tanta llaneza, que veo muy claro te concede lo que pides. Yo acudo en mis oraciones a Jesús y le digo: «¿Está por aquí la monjita? Pues, Jesús mío, ya sabes que es mi operaria oculta». A los Superiores de una de sus Casas: «Veo que Jesús les bendice hasta los disparates». Quizá no sea temerario atribuir esta largueza de liberalidad providente de Dios sobre Don Manuel a la infantil e ingenua conducta de éste para con Jesús, revelada en aquella frase con que contestaba, sonriente, a los que encontrándole, al caer de la tarde, camino de la Reparación, le preguntaban que a dónde se dirigía: «A fer tats a Nostre Sinyor!...»196; y también en aquel sencillo y eficacísimo modo de oración que usaba y que declara él mismo innumerables veces en sus cartas, con expresiones como éstas: «Mañana, primer viernes, daré una apretadita a Jesús Sacramentado por la enferma. Ella, que dé un gemido a Jesús por mí». «Benissimo por lo de Enrique... He dado un gran suspiro a Jesús». «He dado una miradita a Jesús por ti ... »

***

   De la devoción de Don Manuel al Corazón de Jesús, ya dijimos, al tratar de su labor incansable y ardorosa en orden a la propagación del Apostolado de la Oración. Deseaba ser él «apóstol del Corazón de Jesús en España»; y pocos habrán sobrepujado en nuestros tiempos el celo por él desplegado para propagar el culto del Divino Corazón. Ahí esta su obra por excelencia, la Hermandad. Uno de los objetos primordiales de ella, es el de extender el reinado del Corazón de Jesús. El título de la Virgen que más le enamoraba era el de «Nuestra Señora del Sagrado Corazón».
   «De su ardiente devoción al Corazón de Jesús-testifica el P. Francisco Tena, S. J.-habría mucho que decir. Es conocida de todos. Se pegaba o nos la pegaba como un contagio. Nunca olvidaré aquellas funciones del Sagrado Corazón en la iglesia de San Antonio, a donde iba él con tanta devoción y nos mandaba para hacer de monaguillos; y sobre todo, aquellos fervorines conque nos conmovía hasta derramar lágrimas. Recuerdo, sobre todo, el sentimiento con que pronunciaba aquellas palabras del Salvador, aplicadas al Sagrado Corazón: Si scires donum Dei! ¡Cristiano, si conocieras el don de Dios que está encerrado en su Sagrado Corazón! ... »
   Pero tanto su amor a Dios, como su amor a Jesús, o al Corazón divino, lo enfocaba Don Manuel hacia el Sagrario. Predicando en cierta ocasión de Jesús Niño, exclamaba: «Pues ese Dios grande, por nuestro amor y para nuestro amor, ha querido hacerse pequeño hasta tomar la forma de niño: Parvulus datus est nobis. Se ha hecho pequeño nobis, por nosotros y para nosotros. ¡Oh! al considerar el melifluo y ardiente San Bernardo esta dignación, no podía contener el corazón dentro del pecho y exclamaba: ¡Ah! ¿cómo puedo dejar de amarle? Antes, Dios era grande, digno de alabanza, magnus Dominus et laudabilis nimis. En la Encarnación, en tu Nacimiento, te has hecho pequeño, y por eso, sí, te amo. En el pesebre, ligadas tus manos y tus pies entre pañales, te me presentas más pequeño que fabricando los cielos, y por eso te amo más. Trabajando en el taller de Nazaret, te contemplo más pequeño que fabricando los cielos... Clavado en la cruz, te veo pequeño: ¿cómo no he de amarte más? ¿Puede darse cosa más pequeña ya para mi consuelo? Pero ¿qué digo? Sí, te has hecho aún más pequeño para mí... ¡Ah, sí, más pequeño en el tabernáculo que en la cuna; más pequeño en la Hostia consagrada que en el pesebre! ¡Oh, Jesús! ¿cómo no amarte más así? Pero ¿qué digo? ¡Si aun te haces más pequeño! ... ¿Cómo? Entrando Sacramentado en mi corazón. ¡Oh, sí, en mi corazón! He aquí el Belén donde repesas; he ahí el taller donde trabajas ; el sepulcro donde te encierras. En ninguna parte más pequeño que al venir a mi corazón en la comunión. ¿Cómo no amarte más ahí que en ninguna parte? ¡Bendito sea Jesús, hijas mías, que ha querido empequeñecerse hasta encerrarse como bocado dentro de nuestro corazón!»
   «Nada-escribía- resiste al amor, se ha dicho. Y tan sólo al amor de Jesucristo ha querido resistir el hombre. Pero ese amor, a prueba de todos los desvíos, ha continuado soportándolos a través de los siglos. Jesús, sentado en el tabernáculo, como en otro tiempo en el pozo de Jacob, está aguardando a las generaciones que pasan por este mundo, para darles, como entonces, el agua viva de la verdadera dicha. ¿Qué sería de nosotros sin Jesús Sacramentado sobre la tierra? Este pensamiento de un alma santa me ocurre siempre, cuando en medio de mis infidelidades, tan continuas, y de mis flaquezas, tan frecuentes, se ostenta a mis ojos y puedo presentarme ante Jesús expuesto en su Sacramento. Y cuando los contratiempos de la vida nos asaltan y las desconfianzas nos abaten y las dudas nos agitan y sobrevienen las noches oscuras del alma, ¿qué sería de nosotros sin la vista de esa lámpara solitaria, que nos señala con sus tibios rayos el lugar donde está nuestra fortaleza, nuestra luz y nuestro consuelo?»
   Al resplandor de esa bendita lucecilla acertó a entender Don Manuel las más sublimes inspiraciones de Dios a su alma. «La Obra de la máxima gloria de Dios-escribe una religiosa clarisa de Tortosa, refiriéndose a la Hermandad-le fue inspirada por el divino Jesús de nuestro Sagrario, o como él decía, «mi guapo Jesús de Santa Clara», en cuya santísima presencia se encendía en amor como un Serafín. Nos dijo una persona que lo estaba un día observando sin notarlo él, que le parecía había tenido alguna visión extraordinaria, por las fervorosas demostraciones que hacía a Jesús Sacramentado». A que fuese Este amado de las almas, se enderezaban todos sus afanes apostólicos. «Si con el recuerdo de estas finezas- exclamaba, enumerando las de Jesús en la Eucaristía-y con la memoria de estos beneficios logro un acto más de amor y de gratitud a ese mi Jesús Sacramentado, mis deseos quedarán satisfechos».
   Por ello, le bastaba advertir en alguno muestras de que amaba a Jesús, para sentirse transportado y fuera de sí de entusiasmo. «Había predicado un día del Corpus en San Mateo, y en la Misa de la misma festividad-cuenta un testigo presencial-se cantó en el Communio, acompañado de la orquesta, el motete Christus vincit..., sobresaliendo en entusiasmo y fervor la voz grandiosa y dulce de un distinguido señor. Mosén Sol se sintió tan fuertemente impresionado al oírle, que, después de la función, al llegar dicho señor a la casa Abadía para saludar al predicador, salióle Don Manuel al encuentro con los brazos abiertos y le estrechó contra sí, diciendo con tiernas lágrimas: «Christus vincit!..., ¡Sí, amigo mío, Christus regnat!...» A consecuencia de este acto, dicho señor se hizo profundamente piadoso».
   «Estando un día en el confesonario -dice una religiosa-después de sus fervorosas amonestaciones me preguntó si era feliz. Diciéndole yo que lo era más que todas las emperatrices del mundo, me dijo: «Y la felicidad más grande es que puedes habitar y vivir bajo el mismo techo que Jesús Sacramentado». Esta era también la suya. ¡Cómo echaba de menos la compañía de Jesús en la Eucaristía! El muy ilustre señor Doctoral de la Catedral de Tortosa, don Juan Villar Domingo, escribiendo acerca de los amores eucarísticos de Don Manuel, narra este interesante episodio:
   «Para conocer bien a los hombres, hay que estudiarlos en su vida íntima, en las expansiones del hogar, en las espontaneidades de la confidencia, donde el alma se transparenta diáfana, y el corazón se abandona sin miramientos a sus propios impulsos. Yo sabía que Don Manuel era un apóstol de la Eucaristía, pero ignoraba que estuviera de ella tan enamorado que llegase a constituir, por decirlo así, su «pasión dominante».
   Tuve ocasión de conocerlo durante un verano.
   Don Manuel se hallaba entonces convaleciente de una grave enfermedad, y los médicos le aconsejaron que se instalara en una casa de campo donde pudiese respirar el aire puro de la montaña. Nada más a propósito para ello, que el ermitorio de San Salvador, de Onda, que por aquel tiempo estaba bajo mi administración y cuidado. Hay allí frescas aguas, espaciosas y limpias habitaciones, aire puro, temperatura agradable, frondosas arboledas y paisajes encantadores: todo cuanto puede contribuir al disfrute de esa vida tranquila y apacible, que tan bien sienta a los cuerpos enfermos y a las almas enamoradas de la soledad y de los encantos de la naturaleza.
   Invité a Don Manuel a pasar conmigo una temporada en el ermitorio, y la invitación fue aceptada, no sin que antes aquel virtuoso sacerdote me impusiera algunas condiciones que revelaban su discreción y delicadeza exquisitas.
   Nos acompañaron también don Francisco Osuna y don Juan Estruel, que por entonces no se separaban de su lado un momento.
   Vivíamos los cuatro vida íntima; quiero decir que vivíamos como constituyendo una familia. Nos sentábamos a la misma mesa, hacíamos juntamente nuestras excursiones por los montes, rezábamos en común el Oficio, y sólo nos separábamos durante las horas consagradas al descanso. Yo estaba sumamente edificado de tratar de cerca y en la intimidad a aquel virtuosísimo sacerdote. Todavía hoy, al recordar sus palabras, el tema de sus conversaciones, su vida en aquellas montañas, siento hacia él esa veneración en que se tiene a los amigos de Dios, a las almas extraordinarias...
   Una tarde le pregunté qué tal le parecía nuestra nueva estación veraniega.
   -¡Excelente!-me respondió-. Sólo nos falta una cosa para tenerlo todo.
   Yo creía que se refería a algo perteneciente al servicio de la ermita, pero él me interrumpió señalando con el brazo la puerta de la capilla y dando a sus ojos y a su voz una expresión de ternura inefable: -¡Sólo nos falta que no estuviera vacío aquel Sagrario!
   Don Manuel, después de su enfermedad, pasaba muchas noches sin poder conciliar el sueño, y cuando lo conseguía, era presa frecuentemente de pesadillas prolongadas.. Cierta noche, al retirarme yo a descansar, cerca de la madrugada, oí que Don Manuel hablaba; por si le ocurría algo, apliqué cuidadosamente el oído al tabique que separaba su habitación de la mía, y quedé sumamente conmovido: el buen sacerdote estaba soñando, y hasta en sueños tenía en sus labios, entre palabras incoherentes y confusas, el nombre de Jesús y el de la Eucaristía. Si de la abundancia del corazón habla la boca, Don Manuel lo tenía rebosante de amor a Jesús Sacramentado. Por eso, a mí no me produjo sorpresa saber que había convertido el teatro de la Merced en Templo de Reparación, ni que había impuesto a sus Sacerdotes Operarios la vela semanal ante el Sagrario, ni que proyectaba establecer entre el clero la Liga Eucarística, ni que fomentaba con ardoroso entusiasmo entre los fieles la comunión diaria. Todo esto, y mucho más, esperaba de aquel hombre, todo amor y ternura hacia el Prisionero de los Altares.
   ¿Puede el fuego del amor dejar de quemar y propagarse, aunque se encierre en un corazón enfermo?...»
   El Beneficiado de la Catedral de Tortosa, más tarde Arcipreste de Nules, don Manuel Juan Marco, apunta una sospecha que concibió durante un viaje que hizo con Don Manuel. «La afección cardiaca -dice-que venía sufriendo, se acentuó bastante por aquellos días (mayo de 1905), haciéndose indispensable el uso de coche para recorrer las ciudades que visitábamos. Apenas podíamos darnos cuenta de los lugares y calles que atravesábamos, pero ya desde un principio llamó mi atención la frecuencia con que Don Manuel interrumpía su conversación, siempre interesante y amena, con jaculatorias y saludos al Santísimo Sacramento. Esto, que tanto me edificaba, engendró en mí ciertas sospechas, que vi bien pronto confirmadas cuando, asomándome oportunamente a una ventanilla del vehículo, comprobé una y repetidas veces que aquellas jaculatorias y aquellos saludos coincidían siempre con nuestro paso por delante de alguna iglesia. Entonces dije para mí: «Este varón de Dios presiente la real presencia del Augusto Sacramento». Así lo creí entonces y continué creyéndolo siempre ... »
   Acerca del modo de celebrar Don Manuel el Santo Sacrificio de la Misa, dice el P. Domingo Vinaixa, S. J.: «Varias veces tuve la dicha, siendo colegial, de ayudarle la Santa Misa en la capilla interior o privada. ¡Qué Misa tan fervorosa... y llena de algo sobrenatural en el modo de decirla!... Después de la consagración, se estaba Mosén Sol mirando y contemplando mucho rato a Aquél que es el manjar de los escogidos ... » Y don Tomás Cubells: «Cuando celebraba la Santa Misa, se emocionaba de tal modo, que hacía sentir aquella emoción a los que la oían. Cuantas veces tuve la dicha de darle la santa Comunión, temía no le diera un síncope, por lo delicado de su salud, al recibir al Señor con aquellos afectuosos suspiros que le hacían latir el corazón con violencia».
   Este ardentísimo anhelo de unirse con Jesús, tornaba a Don Manuel intolerable el tener que privarse de la Comunión, ya que no le dejaran celebrar, cuando se hallaba enfermo. ¡Con qué indecible pena dice con frecuencia en sus cartas: «¡Todavía no me dejan comulgar! ... » Y con qué inefable gozo escribía cuando le alzaban la prohibición: «¡Hoy he comulgado ya! ... » En sus convalecencias, en vez de que le llevaran el Señor a su celda, bajaba él mismo al coro a recibirlo, siempre que le fuera posible; y cuando esto no podía ser, aun cuando aún no le permitiesen estar habitualmente levantado, hacíalo entonces, se vestía para comulgar de rodillas, y luego se tornaba al lecho.
   Deseaba que las formas para la comunión fueran muy grandes, y por serlo más las de Valencia que las de Tortosa, aun con no pequeñas dificultades, hacía que se las trajeran de allí.
   Gustábale asimismo que los que visitaban al Santísimo expuesto en la Iglesia de Reparación pudieran verlo bien, y a causa de esto reclamó con insistencia del arquitecto que se suprimiesen los arabescos adornos colocados alrededor del ostensorio, para que pudieran de ese modo los fieles distinguir más claramente la custodia.
   Para no verse privado de la dicha de poder recibir al Señor, cada año, al llegar la Semana Santa, trasladábase a Vinaroz o Vall de Uxó, para celebrar los Oficios entre sus amadísimas religiosas. No pudo hacerlo en 1904, por hallarse enfermo en Valencia, y recordándolo con pena, escribía el 2 de abril a una de sus hijas espirituales: «Anoche recibí su segunda felicitación por mi día, y lo pasé bien: pero... ¡sin poder recibir al Señor!... ¡Tanto como disfrutaba yo en la celebración de los Oficios de la Semana Santa!... Jesús me ha querido castigar por no saberlos aprovechar! ... »
   Cuidaba mucho de combinar de tal manera las fechas y las rutas de sus viajes, que aunque fuese con notable molestia, no se viese imposibilitado de decir la Santa Misa. «En un viaje que hice-cuenta Sor María de Padua, religiosa de Jesús-María-a los 18 años de edad, con Don Manuel a Valencia, al regresar, para poder él celebrar, pues el tren llegaba a las doce a Tortosa, nos detuvimos unas horas en Villarreal, en donde el señor Párroco era amigo suyo, y allí tuve el consuelo de oír, solita, la Misa que él dijo en el sepulcro de San Pascual Bailón, con su acostumbrado fervor y unción santa; que cuando celebraba no parecía un ser de este mundo: tenía algo de celestial. Esto noté siempre que asistía al santo sacrificio de la Misa dicha por él, que fue muchas veces, sobre todo en los últimos años de mi estancia en el mundo, cuando mi Jesús me regaló, junto con el beneficio inapreciable de la vocación religiosa, el de estar instruida y formada por tan bueno y experimentado maestro espiritual».
   Estando de viaje, si por la extremada fatiga o por lo avanzado de la hora de llegada al término del mismo, no le era posible decir ya Misa, no se resignaba, al menos, a dejar de comulgar.
   En cierta ocasión, después de haber pasado una mala noche de camino, como hubiese de hacer alto durante una hora en una estación de empalme, ofreció una espléndida propina a un cochero para que, a toda velocidad, lo condujese a cierto pueblo de los alrededores para, entre tren y tren, disfrutar de la dicha de celebrar el Santo Sacrificio.
   Cuando practicaba Ejercicios espirituales en Roquetas, o donde no fuese costumbre que los sacerdotes ejercitantes dijesen la santa Misa, levantábase Don Manuel muy temprano para celebrarla él antes de que comenzasen los actos comunes de los Ejercicios.
   Tenía tan alta estima del valor de la Misa, que eran muchas las que encargaba por sus propias intenciones a otros sacerdotes, e incontables las que él mismo decía por sus necesidades personales, sus empresas, o sus difuntos, parientes o amigos, o para satisfacer su particular devoción a algunos Misterios o Santos y en acción de gracias por beneficios recibidos. «Celebrarán-decía a sus Operarios-a nuestra intención, si tenemos estipendio, y si no tenemos, serán para obtener gracias del cielo en favor de la Hermandad».
   A un Rector de Seminario escribía: «El día, no el primero, sino el del primer viernes y el día 19, debe celebrarse una Misa por las intenciones consignadas en las Constituciones. Aunque ahí no es Colegio, sino Seminario, y por lo tanto podría interpretarse como no obligatoria, con todo, es una diócesis, y por lo tanto, cuide usted de que se celebren dichas dos Misas mensuales y por dichas intenciones: que bastantes gracias necesitarán ustedes del Corazón de Jesús y de San José, y así nos visitarán, por aquello de: Sic nos tu visita - sicut te colimus».
   Era esmeradísimo en la exacta observancia de las ceremonias. «A Misa-dice un antiguo colegial de Roma, muy aficionado a las rúbricas-tuve la dichosa y envidiable honra de ayudarle muchos días. Nunca podré olvidarme de lo perfectamente bien que Don Manuel hermanaba en sus Misas la celebración digna, atenta y devota del divino Misterio, con la regla práctica de evitar la excesiva lentitud».
   Entre los avisos escritos a los Superiores de sus Seminarios o Colegios, con ocasión de sus visitas oficiales a los mismos, solía poner éste: «Vigile con discreción cómo se celebra y adviértalo constantemente, si hay algún defecto... Y procure ir suprimiendo las corruptelas y ajustando las prácticas de esa Casa a las rúbricas verdaderas».
   «Aun estando dispensado por la Sagrada Congregación del ayuno eucarístico, cuando estaba delicado - dice don Tomás Cubells-, no se fiaba de nosotros, al darle el alimento por la noche antes de las doce, para que pudiera celebrar al día siguiente, sino que se levantaba para cerciorarse por sí mismo de la exactitud de la hora, a fin de no tener necesidad de usar del privilegio que tenía de Roma».
   El momento más propicio para tratar con Dios y recogerse íntimamente en Él, era para Don Manuel el de la acción de gracias después de la Misa. «Le ayudé a Misa varias veces-declara el actual Rector del Seminario de Zaragoza, don Lorenzo Insa-, y luego me admiraba la forma como daba gracias, sobre el frío suelo, con la mano derecha levantada, como para dar la bendición. ¡Qué edificante era eso!» También a otros les llamó la atención el ver a Don Manuel con la mano en ademán de bendecir. Era que mentalmente bendecía, en efecto, a sus hijos e hijas espirituales, haciendo desfilar el recuerdo de ellos y sus necesidades por delante de Jesús, presente en el sagrario de su propio corazón. «Me edificó e impresionó tanto esta costumbre de Don Manuel -nos dice un sacerdote-, que desde que la observé, la practico yo también».
   «Con otra amiga, también como yo con intenciones de ser monja-cuenta Sor María de Padua, religiosa de Jesús-María-, íbamos al Colegio de San José tempranito para confesarnos con Don Manuel y recibir sus tan santos y acertados consejos. Nos hacía pasar a la capilla doméstica, celebraba el sacrificio de la Misa estando las dos solas y el estudiante que se la ayudaba, y, luego de dar gracias, se sentaba en el confesonario de la misma capillita. Recuerdo que, como le tenía tanta confianza y era tan bondadoso (sin faltarle la energía cuando era preciso), me fijé que, cuando estaba en su reclinatorio dando gracias, de cuando en cuando hacía ademán de bendecir, y esto varias veces, y luego, fuera, le pregunté un día a quién bendecía, y así, con su habitual sonrisa, me dijo: «Bendigo a las almitas que se me confían o tengo obligación». Y con gran consuelo mío, era yo una de ellas».
   «Yo también te envío-decía a una dirigida-muy en particular mi bendición todos los días después de la Santa Misa».
   Como conocían sus dirigidas esta costumbre de Don Manuel de sus bendiciones post Missam, y las estimaban tanto, se las demandaban con mucho encarecimiento: «No se olvide -le dice una- de mandarme todos los días su bendición: pues ella creo es la que me guarda en los peligros».
   «Parece que el Señor-le escribe otra-no quiere que vaya a ésa, por los muchos estorbos que me salen. Padre mío, mándeme una bendición desde ahí, pues aquí estoy muy sola». Don Manuel le responde: «Puedes comprender que estoy muy ocupado, pero no por esto me olvido de ti, y te envío mi bendición todos los días, y con mucha más razón porque siempre me haces temer. Cualquiera que sea tu futura situación, y aunque la Providencia me condujera a lejanas separaciones, no dejarás de recibir mi bendición todos los días de mi vida. No te olvido, pues, hija mía, y te envío mi bendición todos los días después de la santa Misa».
   «En una de sus cartas-refiere la M. Rosalía del Niño Jesús- nos decía que nos enviaría sus Operarios para que les echáramos la bendición. No bien le vi cuando me di prisa a preguntarle qué era aquello de echar la bendición. -¿Has comulgado hoy?, me dijo. -Sí, Padre. -Pues se toma al Niño Jesús en las manos y se bendice...»
   Otra particularidad por el estilo de las bendiciones después de la Misa, también eucarística y característica de Don Manuel, era lo que él llamaba «una apretada», «una apretadita a Jesús». «Cuando le ayudaba a Misa-dice el Operario don Mateo Despóns-notaba que apretaba alguna vez la Sagrada Forma». Esta amorosa y santa opresión-advertida también por algunos otros, con extrañeza y edificación, según declaran-no siempre era real y física, pues a veces la recomendaba Don Manuel a sus devotas para que la practicaran espiritualmente con el corazón y el deseo, ni tenía siempre tampoco la misma finalidad. Unas veces significaba petición de gracias, como cuando, según dijimos, prometía a una hija espiritual enferma que daría por ella una apretadita a Jesús. Otras veces les atribuía Don Manuel eficacia especial para alejar y vencer tentaciones, sobre todo cierto género de tentaciones, según aconsejaba a un piadosísimo sacerdote muy combatido de imaginaciones y sugestiones contra la virtud angélica. Y a una hija espiritual, que andaba muy turbada con dudas y temores sobre su vocación, escribía: «Por hoy toda de Jesús, y siempre de Jesús solo, pues lo contrario sería en usted una infidelidad, y las infidelidades las hace pagar caras Jesús... Ya sabe usted que un día estuve indiferente, y hasta el deseo de la gloria de Dios me hubiera hecho mirar como útil una colocación suya en el mundo, pero después me convencí de que Jesús la quería exclusivamente para El. Por lo tanto, no la impresione nada de cuanto pueda oír y ver, y recójase con Jesús, que todo pasará: que las llamaraditas de la imaginación y del corazón, se apagan muy bien con una apretada a Jesús Sacramentado... »
   En otras ocasiones da Don Manuel a esa práctica significado de agradecimiento. Así, decía a otra de sus dirigidas:
   «Quería escribirle antes para que se levantara usted a saludar al Corazón de Jesús, y, puesta la frente en tierra, le diera gracias por todos los beneficios que le ha hecho su Corazón, por el don de la fe y de las inspiraciones, y sobre todo, por haber entrado tantas veces en esa boca y en ese corazón, constituyéndola como una custodia y tabernáculo de su Amor Sacramentado; para que le renovara las promesas de fidelidad a sus voces, y le pidiera gracias de conversión para las almas. Pero ya que he tardado, se lo hará mañana por la tarde, allí, en un rinconcito de la capilla de comunión, o en casa mismo. Yo no la olvidaré mañana de un modo especial, y después de la santa Misa, y aun en ella, y le daré una apretada con mis manos a Jesús para usted, y le diré una cosita particular».
   El recuerdo de Jesús en la Eucaristía era habitual y perenne en Don Manuel, pues practicó siempre aquel propósito que formulara en unos santos Ejercicios: «Presencia constante de Dios en Jesús Sacramentado y su Corazón». No acertaba a dejar de pensar en Dios; ni, al pensar en Él, sabía separarlo de la idea de la Eucaristía. Pero no le bastaba, en sus amorosas ansias, llevarlo siempre en el corazón y en la memoria. Experimentaba, además, el incesante anhelo de acercarse a Él en el Tabernáculo. De aquí, sus visitas frecuentes al mismo.
   De las diarias y largas visitas de Don Manuel al Sagrario, imán de sus amores, fuente de sus consuelos, refugio de sus necesidades, nos hablan varios testigos. «La hacía inmediatamente después de comer-dice don Lorenzo Insa-, en el coro, sin reclinatorio ni apoyo alguno. ¡Qué impresión dejaba a los que le veíamos l» «Solía visitar a Jesús Sacramentado-escribe don Isidoro Bover-, entre otras veces, arrastrando los pies, con pasos acompasados y ruidosos, al entrarse la noche, mientras nosotros estábamos en el salón de estudio, todos los días. Entonces, casi indefectiblemente a la misma hora, se le veía venir, atravesar el salón de San José y entrar en el coro de la capilla». «En los últimos años de su vida-declara don Hipólito Rubio-, cuando ya llevaba medio arrastrando los pies, todas las noches se le oía ir y venir al coro para hacer su visita al Santísimo. Y cuando podía salir de casa, me llamaba para acompañarle a la Reparación y hacerla allí». «Me edificaba en gran manera-testifica el sacerdote tortosino don Federico Domingo-cuando casi cada día le veía subir al coro de la Reparación, mientras nosotros cantábamos las letanías, y él hacía su visita, en la cual estaba siempre de rodillas delante del Santísimo y casi en actitud beatífica». «Todos los días, ya enfermo-dice don Juan Bautista Calatayud-, sin poder ir a la Reparación, al declinar la tarde, se pasaba horas enteras en el coro de la capilla del Colegio, a donde se dirigía poco a poco... Frases completas, rápidas, se le escapaban a veces en voz alta en sus visitas al Sagrario, cuando se creía estar solo en la capilla ... »
   Lleno de fe vivísima en la presencia real de Jesucristo, e inflamado en amor su corazón, hablaba Don Manuel con el divino Huésped Sacramentado con efusiones de enamorado y confianza de amigo... Tan a lo vivo le sentía, que insensiblemente articulaba en sonidos materiales sus palabras. Pero... le mortificaba mucho que lo sorprendieran en estas santas expansiones. Notó en el curso de una de ellas que, sin él haberlo visto, se hallaba en un ángulo del coro el Operario don Tomás Cubells, y luego que le sintió allí, contrariado por ello, le dijo, como quejándose: «¡Bien habrías podido toser!... »
   Cuando la enfermedad le postraba en el lecho, imposibilitado para hacer por sí mismo sus visitas al Sacramento, comisionaba a otros para que fuesen a saludarle en su nombre. Hablando de su enfermedad en Burgos, en junio de 1904, dice la Sierva de Jesús que le asistía: «Jamás olvidaré la impresión que Don Manuel hizo en mi corazón. Le saludé, al llegarme a él, llena de asombro y respeto por el resplandor de su rostro, que parecía el de un Serafín. En mi interior decía: Este es un santo. Le ofrecí mis servicios. Fui contestada con aquella voz paternal que le caracterizaba y bondad de corazón que tanto en él sobresalía: «¡Ay, hija mía, mucho aprecio su Instituto y mucho más su ministerio! Estoy acostumbrado en mis enfermedades a ser asistido por las Siervas de Jesús, Jesús, Jesús ... » Lo repitió por tres veces, quedándose como suspenso y fuera de sí. En aquel momento las palabras que salían de su boca eran como lenitivo para tranquilizar mi ánimo, turbado por la impresión de asistir a un santo: que lo repito, no una vez, sino todos los instantes de mi vida, que era santo y como a santo le venero ya... Como era la octava del Sagrado Corazón, me mandaba con frecuencia al coro a pedir a Jesús Sacramentado, en cuyas voraces llamas estaba encendido, y continuamente se le oía exclamar, como el Serafín de Asís: «Señor, ¿qué queréis que haga? ¡Amor mío y todas mis cosas!» Esto repetía cada vez que suspiraba. Yo, por obedecerle, iba al coro, y siempre que iba, estaba en el aire (por la gravedad que los médicos habían declarado, el peligro era inminente), y cuando volvía, me lo encontraba arrobado y fuera de sí, completamente extático. Yo, llevada por la emoción que sentía, me ponía a contemplarle, y cuanto más le contemplaba, más me parecía estar en la mansión de los justos ... »
   A su vez, otra Sierva de Jesús, la Madre Angélica, testifica: «Como pasaba Don Manuel tan malas noches y con tantos desvelos, repetía muchas veces: «¡Jesús, Jesús, Jesús! ... » y «¡Qué bueno es el buen Jesús!...» «¡Ay, xiqueta, xiqueta, déjame solo y ve a hacer alguna visita al buen Jesús!»
   «Tenía mucho cuidado -dice don Juan Estruel- cuando había función eucarística en el Colegio, de que la Sierva o yo fuésemos en el momento oportuno a recibir la bendición de Jesús Sacramentado».
   Hablando a sus Operarios de la necesidad de ser santos y de lo arduo y dificultoso de tal empresa, añadía: «Pero, si estamos acostumbrados a recurrir a Jesús Sacramentado, aunque nos parezca no tener fe y vivir en tinieblas, una visita silenciosa al Tabernáculo arrancará sentimientos de compunción, tal vez una lágrima, que disipará nuestras dudas, calmará nuestras agitaciones y temores, devolviendo la alegría y la tranquilidad a nuestro espíritu. La experiencia os lo dirá». La suya le movía a aconsejar tan divina panacea a los que amaba.
   «Ya procuras en las tristezas que te da eso-aconsejaba a un sacerdote atormentado de escrúpulos-de acudir a Jesús Sacramentado y gemir allí para que te cure, te consuele y te fortifique- Eso es lo principal en esta humillación. Tal vez, si hicieras una promesa o propósito de predicar un sermón al Corazón de Jesús, o a la Virgen, San José o a los Ángeles, si te logran la curación, te la alcanzarían...»
   «Esté muy tranquilo en todo -recomendaba a otro, muy piadoso-y confiado en el Corazón de Jesús, pues puede decirle muy bien en su día: «Mucho he faltado, Señor, pero también mucho he padecido». Así, estése seguro que el Señor le abrazará y descansaremos en su regazo».
   «Respecto a la situación del pueblo-escribía a sus hijas espirituales de San Mateo-, el mejor y más eficaz medio es orar vosotras y gemir ante el Corazón de Jesús Sacramentado: que lo demás, el mismo Jesús lo hará». En las instrucciones a dos de sus Operarios, por él enviados a entender en una fundación, les dice: «Yo quisiera, en alas de mi corazón y mis deseos, acompañaros, a pesar del frío y la distancia, y saludar a Jesús Sacramentado por las parroquias de aquel extremo de España, y tomar posesión de aquella tierra a nombre de la Obra y para los fines de la gloria de Dios en la misma, en todos los futuros Operarios, etc... Pero creo no conviene por ahora, y Jesús os escoge a vosotros para que, en nombre de la Hermandad, le ofrezcáis sus servicios presentes y futuros para darle con el tiempo sacerdotes que le cuiden bien y le reparen, y para propagar su Amor Sacramentado hasta el último rincón de aquellas montañas y aquellas playas. Esta comisión exige mucha fe, humildad, confianza y súplicas amorosas a Jesús Sacramentado y a los Santos Ángeles, para que guíen vuestros pasos. Sin gemidos amorosos del corazón por la gloria de Jesús, no haréis nada. Así, pues, aliento». En otra carta a uno de ellos, les repite: «No olviden durante el viaje y la empresa, posesionarse de los sentimientos de humildad, de confianza suma en el Corazón de Jesús Sacramentado y de deseos de su ,gloria, puesto que de ustedes dependerá dicha gloria, no sólo para un día, sino tal vez para siglos, y en el campo más trascendental de dicha gloria de Jesús. Sin gemidos continuos para con Él, no serán buenos fundadores. No dejen de saludar a Jesús en las parroquias, al pasar por las estaciones, y cuando penetren y pasen por los pueblos de aquella diócesis, para que opus manuum nostrarum dirigat en ustedes y en los futuros Operarios, según los designios que Jesús tenga en dichas parroquias por medio de la Obra; y de un modo particular lo han de decir a Jesús en cada uno de los tabernáculos que visiten en la capital. Con esto, y con invocar frecuentemente al Ángel de España, no les faltará la gracia de Jesús, y cumplirán su voluntad en lo que Él quiera en este ofrecimiento que se nos hace...»
   Cuando era el propio Don Manuel el que viajaba, no se le escapaba, al correr del tren, iglesia visible o adivinable, sin que él dirigiera su recuerdo, su mirada, su plegaria interior y su saludo, descubriéndose o inclinando la cabeza, como un mensaje de amor a Jesús Sacramentado. Muchos son los que observaron semejante costumbre y certifican de ella. La ya repetidamente mencionada Sor María de Padua dice: «En los viajes que hice en compañía de Don Manuel, noté que presentía que nos acercábamos a algún Sagrario, y esto, aunque el tren no parase ni hiciese señal para ello. Se levantaba, se asomaba a la ventanilla y mandaba a su amadísimo Jesús un fervoroso acto de amor, y me decía, convidándome a que hiciera lo mismo: «¡Filla, Nostre Amo; pasamos cerca de un Sagrario!...» Y lo decía con una unción y fervor, que lo comunicaba».
   «Siempre que llegaba a Valencia -refiere un celoso sacerdote, antiguo alumno de aquel Colegio-y había de permanecer allí algunos días, lo primero que preguntaba era: «¿Dónde están las Cuarenta Horas?», pensando en su diaria visita al Santísimo fuera de casa». «Yo le he visto en un viaje-dice doña Pilar Ferré-, aun estando lloviendo, cruzar la ciudad de un extremo al otro en busca de Jesús Sacramentado para visitarlo». Lo mismo, sin excepción, practicaba en todas las ciudades de importancia, donde averiguase que había Exposición diaria del Santísimo.
   En época de luchas y agitaciones para los Operarios de un Seminario, les aconsejaba Don Manuel: «En cuanto a vuestra situación, es una prueba más de que son mejores las calmas y visitas al Sagrario que los arranques, cálculos y pesimismos».
   ¡Con cuánta verdad ha escrito de él una religiosa!: «Jesús Sacramentado era el centro de sus amores. A él parece que le corresponde aquel mismo nombre que eligió la Vizcondesa de Jorbalán, que no quiso otro en Religión que el de Madre Sacramento, por el grande amor que tenía a Jesús Sacramentado. Y a nuestro Padre le podemos llamar: «Padre Manuel del Santísimo Sacramento».

CAPÍTULO V



Dan Manuel, reparador de Jesús Sacramentado.-Apóstol del espíritu de reparación



   En la fisonomía espiritual de Don Manuel existe un rasgo más acentuado y predominante todavía que el de su amor sin medida a Jesús Sacramentado, y es el de su espíritu de reparación de las ofensas y agravios que Jesús recibe en la Eucaristía. Aquella bondadosa sonrisa que de continuo florecía en sus labios, aquel melancólico matiz de su semblante, aquella mirada suya que parecía perderse en otros espacios más allá de los de las cosas y la vida presente, eran el reflejo de su alma, perennemente optimista y alegre, pero secretamente adolorida por una interior y mística amargura. Alguien ha escrito estas hermosas palabras: --A medida que se va descendiendo en la escala de las almas, la risa aumenta con el goce vulgar y la frívola y superficial alegría. A medida que uno va subiendo por esa escala, sucede lo contrario: se encuentra uno con el goce puro y profundo; pero un goce melancólico, con gran predisposición a las lágrimas. Los Santos pueden sonreír, pero casi no se sienten movidos a reír. Porque los Santos sufren, no diré ya sus propios dolores, pues son bastante grandes de alma para olvidarlos, sino los dolores de la humanidad, los dolores de Dios...»197. Esto aconteció a Don Manuel.
   Los dolores y las angustias íntimas de Jesús las llevó él constantemente fijas en su alma. Singularmente, las que Jesús experimenta en el Sacramento de su amor. «El mayor bien que el hombre puede alcanzar en este mundo-decía Don Manuel en uno de sus sermones-es hacerse semejante a Jesús y adquirir esa familiaridad íntima que forma la base de la verdadera felicidad; y siendo el amor el medio más propio y eficaz para asemejarse e identificarse con el objeto amado, la devoción a su Sagrado Corazón, que es toda de amor e imitación, proporciona a nuestra alma el mayor de todos los bienes. Otra ventaja nos proporciona también: y es aquella susceptibilidad santa por los intereses de Jesús y el espíritu de reparar cuanto se dirige contra su amor, sobre todo, su Amor- Sacramentado...»
   «Si a todos no les es posible -escribía -reparar siempre exteriormente los intereses de Jesús, hay un medio, el más eficaz, el más poderoso y que está al alcance de todos, de reparar las ofensas hechas a Jesucristo, y éste es el de desagraviarle. El espíritu de desagravio es la piedra de toque del verdadero amor; es el cariño en su más expresiva manifestación, y por esta razón, Jesús. lo acepta con más complacencia de los corazones agradecidos».
   Afanábase Don Manuel por hacer llegar a todas partes los amorosos efluvios del Corazón divino. «Ruega por la Obra, que tantas veces te he encargado-recomendaba a una de sus hijas espirituales el 22 de enero de 1884-, para que pueda ser apóstol del Corazón de Jesús e ir por toda España». Sentía Don Manuel hacia el Corazón divino el doble afecto del amor y de la compasión: por eso quería que sus imágenes reflejasen a la par caridad sin límites e interior sufrimiento. Cuenta el reverendo don Esteban Monfort, que mostrando a Don Manuel una escultura que había adquirido del Sagrado Corazón, se empeñaba en hacerle ver que reunía las condiciones que, según Don Manuel, debían tener las imágenes del Corazón de Jesús: un rostro que manifestara amor y dolor. Decía Don Manuel que aun no había nacido el escultor a quien Dios inspirara esa idea del amor y del dolor. «Le obligué-escribe el señor Monfort-a bajar a mi parroquia para verla, a pesar de sus muchas ocupaciones, y me dijo: «Bien. Muy bonita. Pero sólo expresa el amor. Es más un Salvador que un Corazón de Jesús. Aún no ha nacido el escultor ... »
   Si bien, y de todas suertes, las imágenes visibles del Corazón de Jesús no contaban gran cosa para Don Manuel. Había adquirido una de ellas, muy grande y hermosa, la Madre Saturnina, Superiora General de las Teresianas, para la capilla del Colegio de la Compañía de Santa Teresa de Jesús, de Valencia, y se la mostró llena de entusiasmo a Don Manuel, para que se admirara. -«¿Qué le parece a usted?-le preguntó. Y limitóse él a contestar: -Tengo un Corazón de Jesús tan precioso en el Sagrario, que no me puede gustar ninguna imagen suya ... »
   El constante sentimiento de condolencia y compenetración de Don Manuel con las penas de Jesús, le hacía decir a uno de sus Operarios de Roma, que acababa de practicar los Ejercicios espirituales en el convento de los religiosos de San Pablo de la Cruz: «¿Cómo tuvo valor para meterse en aquella cueva de penitencia? San Pablo me perdone su tipo de cruz: pues me asombra. Su espíritu de compasión a Jesús sí que me inspira devoción». Un Operario de los que con Don Manuel convivieron en Tortosa, nos habla de «los afectos y suspiros de Don Manuel ante el Sagrario cuantas veces se retiraba, al anochecer, a la capilla, para hacer su acostumbrada visita. Creyendo estar solo, dejaba escapar de cuando en cuando aquella exclamación tan frecuente en sus labios: «¡Mi pobre Jesús! ... » Las ofensas a Jesús le llegaban al alma. «Un día-cuenta don Hipólito Rubio-oyó que un hombre profirió una blasfemia, y me impresionó la dulzura y al mismo tiempo el sentimiento con que le reprendió».
   «Nos retiramos una vez-dice don Juan B. Calatayud-del paseo de la cuesta de Capellanes, porque sospecho que tuvo miedo de descomponerse por la blasfemia que soltó un hombre, que parecía dispuesto a repetir la ofensa a la Sagrada Hostia».
   Y un sacerdote de la diócesis de Tortosa, hijo de esta ciudad, escribe: «La casa solariega del Doctor Sol está situada en la plazuela del Ángel, centro muy concurrido en ciertos días por payeses y transeúntes de toda clase y condición. Las blasfemias que proferían resonaban alguna vez en la mística habitación del dueño de la casa y herían sus castos oídos, obligándole a levantarse, como movido por un resorte eléctrico, de la silla o reclinatorio, ponerse el manteo y el sombrero y dirigirse precipitadamente a la puerta de la calle, siguiéndole alarmados sus deudos. Mas, por sorpresa nunca imaginada, aparecer Mosén Sol, despejarse la plaza y reinar en ella el silencio más profundo, era cosa de un momento. Daba unos pasos indecisos, miraba a todas partes como quien no sabe a dónde va, y regresaba a su aposento solitario, bendiciendo y alabando el santísimo nombre de Jesús, que espontáneamente se escapaba sin cesar de sus labios».
   ¡Con qué sinceros gemidos se lamentaba del olvido y las deslealtades de los hombres para con Jesús! Predicando a las religiosas en la noche de Navidad de 1865, exclamaba: «Pero ¡ay! hijas mías, una idea triste me asalta. ¡Ay! Hoy el mundo recuerda la venida de Dios a él. Para la humanidad, para cada uno de nosotros, Jesucristo, como si viniese ahora al mundo, pues ahora recibimos los efectos de esta venida. Sin embargo, hijas mías, yo contemplo con amargura que se portan con Jesucristo lo mismo que el mundo se portó con Él el día de su aparición sobre la tierra. Hay unos, hijas mías, actualmente, que, semejantes a Herodes, están dominados por un vértigo de odio hacia Jesús; hay otros que, dormidos en el sueño del pecado, están, como entonces, insensibles al amor de Jesús, y le arrojan de la habitación de su alma como le arrojaron los habitantes de Belén; hay otros que, semejantes a aquellos animales que estaban en la presencia y compañía de Jesús, van, sí, a visitarlo, pero por costumbre, porque así lo han hecho todos los años: ven, sí, a aquel Niño recostado en el pesebre, pero sin que una idea entre en su entendimiento; materiales e insensibles, salen como han entrado, apresurándose a volver a sus negocios, ocupaciones o diversiones: son animales más insensibles que aquellos que rodeaban el pesebre. Hay otros, en fin, que, como los pastores, vienen a adorarle y a derramar algunas flores de devoción sensible, y a lo menos, le dirigen algunas preces y algunos homenajes, pero sin que su corazón penetre mucho en este abismo de amor. Pues bien, hija mías: Y ¿se contentará el Señor con esto? Y ¿no habrá corazones que más de cerca le hagan compañía? ¡Ay, sí, hijas mías! ¡Estos somos nosotros!»
   El olvido y las ofensas a Jesús por parte de los hombres, y la necesidad de repararlas, eran los temas favoritos de las predicaciones de Don Manuel. «¡Oh, cuántos recuerdos para Jesús! -exclamaba una noche del Jueves Santo en la iglesia de San Antonio, de Tortosa- ¡Cómo estaría su Corazón! ¡Oh, quién hubiera podido penetrar en aquella prisión solitaria, y allí, al lado de Jesús, acompañarle en aquellas penas! ¡Oh, Jesús mío, si hubiéramos estado allí entonces! Pero, ¿qué digo? Sí; nosotros estábamos allí... Y es cierto que el alma de Jesús nos veía allí, y le hacíamos sufrir y le hacíamos padecer y se ofrecía por nosotros y nos llamaba... Pero, ¡ay, buen Jesús!, Vos sabéis que no son mis deseos de hoy ... , pero, sobre todo en esta noche, en que recuerdo tus padecimientos, os ofrezco, Señor, recompensaros y acompañaros con mi fidelidad en adelante. Yo quisiera, como aquellas almas amantes, que me descargarais de esas necesidades de las horas del sueño y del descanso, para pasarlas ante la mística prisión de tu Sacramento adorable. Yo quisiera, Señor, como una lámpara de tu Sagrario, día y noche arder en continuo acto de amor hasta consumirme. Pues ya que esto no, yo os ofrezco, Señor, enviaros los afectos de mi alma, al sonar el reloj, por medio de mis comuniones espirituales. Y cuando despierte por las mañanas, os ofreceré las primicias de mi corazón. Y cuando despierte durante la noche, os enviaré un saludo de cariño a vuestro Tabernáculo. Y vendré a visitaros con amor a vuestra prisión sacramental. Y fomentaré vuestro culto. ¡Oh, si nosotros pudiéramos daros un culto continuo, como en otras partes! Y ¡no sólo de día, sino por medio de una vela nocturna, como en algunas capitales!... Pero, al menos, Señor, lo desearé y pediré para que todos os conozcan y os amen...»
   No se limitó Don Manuel a pedirlo y desearlo: trabajó, además, por conseguirlo. Ya vimos cómo logró establecer en Tortosa y por la diócesis la Vela Nocturna. Gozándose en los frutos de ella, decía una noche a los adoradores tortosinos: «Llama Jesús a sus escogidos para contarles los trabajos y para compartir las penas que experimentó en el Huerto de los Olivos, y les pide una hora de compañía para desahogar su corazón. ¡Bendigamos al Señor, hijos míos, que en medio de las frialdades y apostasías del siglo XIX, ha querido escogernos para cortesanos de su amor. Y en estas horas silenciosas, en estas mismas en que quizás en antros tenebrosos se está conspirando contra Jesús, mientras tantas almas en populosas ciudades se entregan a la disipación y al pecado, mientras tantos, regalados con sus dones, no se acuerdan de El y le olvidan... nos es dado poder acompañar y consolar a Jesús en el Gethsemaní de su Santo Tabernáculo!
   ¿Qué hemos de hacer, pues? ¿Cómo velaremos a Jesús? ¿Cómo? Aparte de la vigilancia que hemos de ejercer sobre nosotros mismos por medio de la mortificación de las pasiones, debemos penetrarnos de los sentimientos de Cristo Jesús, y apropiarnos los intereses de su Corazón, y por lo tanto, debemos mirar como nuestros, y tener a nuestra vista, las necesidades de la Santa Iglesia, la situación triste y aflictiva del Sumo Pontífice y las necesidades de tantos pobrecitos infieles que están sentados en las tinieblas de la muerte, y a tantos pecadores que le olvidan, y los peligros que rodean a las almas justas y a los inocentes, y las vocaciones eclesiásticas, y los pobrecitos moribundos... Todo, todo debe ser objeto de nuestras oraciones y de nuestras vigilias, si queremos corresponder a Jesús y al amor de su Corazón. Pero, sobre todo, velar, velar, haciendo compañía a Jesús, para repararle de la soledad en que le dejan las almas. ¡Oh, cuánto desea que velemos con Él! Siempre, pero en particular en estos días, acercaos a Jesús con vuestra mente y vuestro corazón; haceos cuenta que se desmaya en vuestro regazo, y animadle con vuestras palabras y consoladle con vuestras protestas de amor, y prometedle constancia en seguirle. Ofrecedle la pobreza de vuestra ternura, y los frutos de vuestra devoción, y los sacrificios de vuestra voluntad, y deseos de soledad y abandono ... »
   Y a sus Camareras del Santísimo, asociación también por él fundada, les decía: «Si nos encontráramos con fuerzas para ser víctimas ante Dios por nuestros semejantes, tendríamos un medio más eficaz para aplacar su ira... Tenemos una Víctima de propiciación por nuestros pecados y los de todo el mundo: Jesús Sacramentado y sacrificado todos los días por nosotros sobre el Altar. Vivamos en unión habitual con Jesús en estado humilde y suplicante. Al dar una mirada a los pecadores, dirigirse a la Víctima, unirnos a Ella y decir: «¡Señor, ya se convertirán!» Hacer nuestras comuniones con espíritu de reparación... ¿Que no se santifican las fiestas?... Unirnos a Jesús y en seguida levantar nuestros ojos: ¡Señor! Es decir: suspiros amorosos ... »
   Como director de almas, desde los comienzos de su sacerdocio se industrió Don Manuel para imprimir en las de sus dirigidas, aun seculares, el espíritu reparador. He aquí algunos fragmentos de sus cartas a las del siglo, reveladores de ello:
   -«Cuídate, séasme santa y fervorosa, y consuélame a Jesús».
   -«Mi D.: He enviado el aviso a C...; pero no habrá tiempo, pues me escribe que N... está en la agonía, pero agonía horrorosa de sufrimiento. Así, ruega mucho y dile a Jesús que la salve: que tú y yo procuraremos que los intereses de N... se conviertan en obras de expiación y de salvación de las almas».
   -«Cuídame a Jesús llagado estos días de Semana Santa, que no tiene donde recostarse».
   -«No puedo más por hoy, hija mía. Acompáñame a Jesús en sus amarguras estos días».
   -«¿Ya aman y reparan a Jesús en estos días de Carnaval? Cuando despierten, por la noche, envíenle un suspirito a Jesús Sacramentado».
   -«Puedes ofrecerte víctima a Jesús para cuanto quiera y para que te bendiga tus cosas y las mías: pero yo ya le he dicho a Jesús que le prohíbo que te acepte para la muerte. De lo demás, que te envíe cuantos sufrimientos quiera, sobre todo, si son sufrimientos de amor, que son los más agudos de todos».
   -«¿Por qué te han de afectar las cartas de Sor Victoria? ¿No es bastante satisfacción para ti el ver contentas a esas niñas, las cuales por tu medio pueden llegar a ser unas flores de Jesús, y de este modo le puedes dar más gloria que con tu sacrificio? Eres mujer de poca fe. Pensaba ir cinco días cerca de ahí, y tal vez me hubiera alargado a ir a ver nuestro Noviciado de Reparadoras del Corazón de Jesús».
   -«Supongo que estos días de Carnaval, habrá estado muy recogida y desagraviando a Jesús. ¿No se ha levantado alguna noche para gemir con Jesús?»
   -«Mi Sor ... : Irán esta tarde tres benditas de San Mateo: una de ellas llamada N... es un ángel, que tiene mucho poder con el Corazón de Jesús y está destinada a ser víctima de sufrimiento por los pecadores. Es muy tímida; así, anímala».
   -«Que Jesús cumpla en ti sus designios; y si te quiere víctima de sufrimientos, que acepte todos tus dolores y gemidos para reparar y consolar las angustias de su Corazón y para bien de las almas y salvación de los pecadores, y un poquito para las obras de la máxima gloria de Dios que tenemos entre manos, a fin de que podamos llenar el mundo de almas sacerdotales y reparadoras».
   -«Sin tiempo más que para saludarla y felicitarle las Navidades... ¿Qué le ofrecerá usted a Jesús en estos días? Si tan pobrecito es su corazón, ofrézcale la mirra de cuantos sacrificios y amarguras quiera Él enviarle y crea que lo aceptará mejor que nada. Está tan ganoso Él de penas en sus escogidos, que no dejará de enviárselas, si usted se ofrece víctima a su santísima voluntad».
   -«¡Son tan tristes estos días de Pasión! ¿Qué podría decirle? Le diré, al menos, que acompañe a Jesús y a la Virgen Santísima en su soledad y en sus sacrificios. Póngase usted a su lado en la oración del Huerto, o mejor aún, al pie de la Cruz, y al lado de la Virgen, y ofrézcase usted al Señor. Dígale allí: ¿Qué queréis, Señor, de mí? Le gusta tanto a Jesús que nos ofrezcamos al padecimiento y al sacrificio, que en nada podemos agradarle tanto como en ofrecernos víctimas por su amor. ¿Le negará usted este obsequio de sí misma y de su corazón? Y note que, como son tan pocos los que de veras se ofrecen al Señor, y éste desea tanto que sus escogidos participen y le acompañen en sus padecimientos, apenas encuentra un alma generosa, se apresura a depositar un poco de mirra en su corazón para consolarse El. ¿No le ofrecerá, pues, usted su corazón, para que haga de usted lo que quiera? Acompáñele hasta el Calvario, y no piense moverse del pie de la Cruz en todos los días de su vida. Dirá que esto es muy amargo... Pero ¿no lo merece el pobre Jesús, que tanto la ha bendecido y sufrido por usted? No tema; que, si así lo hace, algún día podrá cantar el eterno aleluya con Él».
   -«Jesús la ama mucho a usted, y por eso quiero que usted me lo ame mucho a El. Ya que es tanto de Jesús Sacramentado, pídale usted que lo sepamos hacer amar: usted con sus oraciones y sacrificios, y yo con mi ministerio. Le encargo mucho a la buena O... para que Jesús la haga una víctima bien agradable, y usted y ella sepan reparar a Jesús por tantos que no le aman».
   En una plática a sus Operarios, decíales Don Manuel: «Y cuando demos los Ejercicios al sexo devoto, tan débil, tan expuesto a peligros, nada nos animará a sufrir las molestias de nuestro trabajo como pensar que Jesús Sacramentado tendrá el placer de recibir la ternura de aquellos corazones, generalmente inocentes, y dispuestos al amor y al sacrificio». Encontrándose él en una de esas ocasiones a que alude, exclamaba, dirigiéndose a un grupo de jóvenes piadosas: «¡Ah! No terminaría gustoso estos Ejercicios espirituales, si antes no arrancara de todas vosotras el ofrecimiento devotísimo en favor de las almas... ¡Habéis de ser reparadoras! ¡Ojalá el Señor me conceda el formar con todas vos. otras una falange de almas reparadoras, para que constantemente hubiera alguna ante Jesús en estado de víctima voluntaria!...»
   Imbuida en estos sentimientos por Don Manuel, le escribía en los siguientes términos una de sus hijas espirituales: «Mi reverendo Padre: ¿De qué le hablaré hoy? ¿De mi pobrecita alma o de este coret meu? Los días del Carnaval me ofrecí victima. Mosén A... no quiso más que aquellos tres días. Pensé permanecer los tres días a la puerta del Sagrario para detener las flechas y que no penetrasen en el Corazón de Jesús Sacramentado, prefiriendo martirizaran el mío... y hasta morir victima por la salvación de mis hermanos: y esto es lo que más estimaba, pero me parecía poco, porque en ello encontraba satisfacción, y le repetí a Jesús que su voluntad era la mía»
   A las religiosas decíales Don Manuel:
   ¿«Vosotras sois como lámparas del Santuario. Mirad lo que hacen las lámparas: Ellas arden constantemente ante el Señor; de día y de noche le hacen compañía; aun entregados nosotros al descanso, no le abandonan; en la soledad de la noche, no cesan de oscilar sus pálidos rayos en la pobre habitación del Señor. Pero ¡ay! que esta misma lámpara, ardiendo, ardiendo, se va gastando, y si a tiempo no se renueva su alimento, pronto se apagará completamente, dejando a oscuras el templo del Señor. Él os ha elegido a vosotras para arder como lámparas en su santa Casa, para que veléis en su compañía de día y aun de noche, como la Esposa de los Cantares, para que, en medio del olvido y del abandono en que el mundo le tiene, no dejéis de enviarle los rayos de vuestras alabanzas y de vuestro amor. Debéis gemir a los pies de Jesús, a impulsos del amor y del dolor. Debéis gemir constantemente por las ofensas que se le hacen y por las injurias que se dirigen a su Corazón adorable. Esto espera de vosotras la Iglesia; esto exige vuestro estado; sin esto, no cumpliríais con vuestra misión y vuestro espíritu. Sed, pues, reparadoras constantes ante el Corazón de Jesús».
   -«¿Qué más les diré? Que no me hagan mucha penitencia en estos días; pero, sí, que amen mucho y acompañen al Solitario y dulce prisionero Jesús».
   «Aquí me tienes-escribía a una religiosa, habitualmente enferma y constantemente por él socorrida-para cuanto me necesites, con tal que seas una lámpara que continuamente esté ardiendo ante Jesús prisionero, como operaria oculta. Esa animeta estará hecha una víctima por Jesús, pues Jesús busca corazones que sufran. ¿Cómo es que tu vida no consiste más que en penas? A decir verdad, es un manjar muy sabroso para el que ama a Jesús. Te mando, por obediencia, pues que Jesús te carga de penas y cruces, le supliques que la mayor parte la quiero para que me dé Jesús Operarios fervorosos, pues no tengo tantos como necesito».
   «El día del Corpus-cuenta una religiosa-me dijo: «Quiero que durante toda la octava permanezcas pegada al cristal de la custodia, chupando el néctar de la más pura flor y derritiendo allí tu corazón todo para la mayor gloria de Dios y conversión de los pecadores». Y en la fiesta del Sagrado Corazón, con su espíritu encendido de amor: «Prepárate para padecer, pues te he consagrado víctima al Corazón de Jesús, pero todo para mis intenciones y adelantos de mi Obra». Y un Jueves Santo, después de haber colocado el Sacratísimo Cuerpo de Jesús en el monumento, con su espíritu hecho un serafín: «Hemos de encerrarnos con Jesús en la prisión y consolarle por los muchos desprecios que recibe de los pecadores y reparar tantas ofensas como está recibiendo de las almas por quienes dio su vida en la cruz». Quería que sus religiosas fuésemos víctimas y particularmente en el siglo XIX: «Ten siempre presente que has de ser mártir; y desgraciada de ti el día que te falten estos deseos ... »
   De los mismos jóvenes seculares, de sus amadísimos congregantes, quería Don Manuel hacer apóstoles del amor y de la reparación a Jesús Sacramentado. No bien se encargó de la Congregación, introdujo algunas modificaciones en este sentido en los artículos del Reglamento de la misma. «Estando recomendada -decía-la devoción al Sagrado Corazón de un modo especial a los congregantes de San Luis (art. 21), y habiendo sido este Santo el más afecto al Corazón divino, la Congregación se propone honrar y reparar al Sagrado Corazón de Jesús, principalmente en el Sacramento de su Amor, y adoptar y propugnar esta devoción como uno de los medios preferentes de su amor. Al efecto: Artículo 1.º Los Congregantes, ofrecerán cada día los sencillos actos del Apostolado de la Oración, y harán un ratito de oración, cinco minutos al menos, meditando principalmente los sentimientos, penas y afectos del Sagrado Corazón. -Artículo 2.º La Congregación dedicará cada mes una función al Sagrado Corazón en el modo y forma que se prescriba. -Artículo 3.º Cada Congregación se consagrará al Divino Corazón, renovando todos los años esta consagración el día de la festividad del mismo.-Artículo 4.º Se promoverá, dentro de la Congregación y fuera de ella, la «Vela continua» o «Guardia de honor al Sagrado Corazón» y demás prácticas que se propongan, para que constituyan los congregantes la verdadera juventud reparadora del Corazón de Jesús».
   Desde las páginas de «El Congregante de San Luis», les decía: «Si es cierto que los jóvenes han sido objeto de los latidos particulares del amor del Corazón de Jesús, si éste desea tener en ellos sus complacencias; si su vista los busca con avidez, como en los días de su vida mortal, ellos deben ser también los cortesanos de su amor, los reparadores principales de los olvidos de las criaturas, las flores que formen la corona de sus consuelos, en cambio de la corona de espinas que el mundo le ofrece... Nosotros, que con el favor de Dios tenemos la dicha y la satisfacción de podernos dirigir a la juventud, que es, como al Corazón de Jesús, objeto de nuestra especial predilección; nosotros, que deseamos grabar en la mente y formar en el corazón de los jóvenes la imagen y sello de Jesús para que reine en ellos y sean su porción predilecta y formen su corte de honor y reparación, debemos darles a conocer los latidos que su Corazón amante dio por ellos y para su bien y felicidad, y el afecto y la ternura con que los distinguió durante los días de su vida pasible, y que no se extinguió al remontarse a los cielos, y continúa demostrándoles en su vida sacramental... Deben ellos apropiarse sus sentimientos y aliviarle en los sufrimientos de su Corazón. «Sentid lo mismo que Cristo Jesús»-decía el Apóstol San Pablo a los fieles de su tiempo-; y esto debíamos decir a nuestros jóvenes congregantes, y más principalmente hoy día, que con tanta indiferencia se miran los intereses de Jesucristo... Al amor de Jesucristo se responde por el mundo con entera frialdad e indiferencia. Su Corazón adorable se encuentra hoy rodeado de las mismas deserciones e infamias de los días de su existencia sobre la tierra. Los mismos sentimientos de entonces afligen hoy místicamente su Corazón. Y El espera quien le consuele, y de nosotros espera la reparación. Y esta reparación la desea principalmente de los corazones de los jóvenes, como más accesibles a la compasión y en quienes desea complacerse. Ellos deben ser, pues, las flores que adornen su desierto santuario. Ellos deben acompañarle en su abandono, en sus tristezas eucarísticas, en las ingratitudes de los hombres. Con actos de continua reparación, deben formar una corona de desagravios que sustituya a la de espinas con que le coronan las ingratitudes de las criaturas, el olvido de los hombres. ¡Ojalá que todos los congregantes de España, unidos en estos sentimientos, constituyeran una santa Liga de amor, que alegrara a los ángeles y diera consuelo al Corazón de Jesús! Tal vez no esté lejano el día en que podamos proponer a los Directores un medio sencillo de formar una falange uniforme de reparadores de Jesús entre los jóvenes de San Luis».
   Proyectó, para fomentar este espíritu reparador entre los jóvenes, «La Juventud reparadora josefina»; para infundirlo en sus seminaristas, «La Escuela de Nazareth», y hasta se esforzó por imbuirlo en las almas trabajadoras. En una de sus pláticas, que dirigía a los que asistían a las Escuelas Nocturnas, se expresaba así: «Os dije anoche que Jesucristo nos llamaba para ser reparadores de su Corazón. ¿Cómo? Con ejemplos y oraciones y propaganda de obras de celo. Cada época tiene sus necesidades. Somos cristianos de este siglo, del siglo del Corazón de Jesús. Debemos cumplir, pues, las obligaciones de este siglo ... »
   Para extender la devoción a la Eucaristía y fomentar entre los fieles en general el espíritu de reparación a Jesús Sacramentado, costeó de su bolsillo copiosas ediciones de una estampa de San Pascual Bailón y del folleto «Alma-Hostia», y popularizó, a través de los Colegios y Seminarios, el rezo de la «Coronilla de desagravios al Sagrado Corazón de Jesús», que consiguió, por mediación del Cardenal Vives, que fuera indulgenciada primero para las Casas de la Hermandad, y después para todos cuantos la recitasen.
   Con ocasión de dar por ello las gracias al Cardenal, hablándole de la «Coronilla», le decía:
   «Mi respetable y amado señor Cardenal: Mucha alegría me causó el buen pensamiento de Vuestra Eminencia de obtener indulgencias para nuestra Coronilla de desagravios. Vino esta Coronilla del año 25 al 30 del pasado siglo XIX, traída o establecida, creo, por un Padre jesuita italiano, al fundar la antigua «Asociación o Pía Unión del Sagrado Corazón de Jesús» en las religiosas de San Juan, de Tortosa, y hasta hace pocos años no propagada en otras partes de España y no insertada en los devocionarios. De aquí que desde la infancia resonaba en nuestros oídos ese cadencioso desagravio, tan grato a todas las almas piadosas. En nuestros Colegios y Seminarios se ha dado a conocer, y por ellos a las parroquias; y las Hermanas Terciarias lo han extendido bastante, aunque desfigurándolo con alguna añadidura. De aquí la repulsión que tengo a toda alteración. Nuestro don Vicente Vidal repugnaba lo de «los pecados del mundo y de todo el infierno», y lo pregunté no recuerdo a quién, y me contestó secamente: Malitia eorum qui te oderunt ascendit semper, y ya lo dejé estar; pues, hablando luego en alguna otra ocasión con otros, parecía que podía pasar, porque, aunque es un odio necesario, no puede menos de desagradar a Dios en cuanto es consecuencia de los pecados libremente cometidos, y es justo compensar a Jesús por el amor y obsequio que le debían.
   Asimismo, lo de llamar a los ángeles o bienaventurados, devotos o consagrados a Jesús, es glorioso, y no dejan de ser ellos criaturas.
   Los valencianos, que son muy innovadores, me quisieron alterar el modo de rezarlo, y se lo prohibimos.
   Algunos de los nuestros, de literatura delicada, quisieron cambiar el recompensa de ellos (los pecados), por parecer significar paga de los pecados, y lo sujeté un a literato verdadero198, y me dijo que en el primer Diccionario de la Lengua Española, que constaba de seis tomos, se admitía el recompensa por compensación, y aducía allí ejemplos de clásicos antiguos, pero que el nuevo Diccionario no lo pone; y no sé qué hacer, por no alterar el nombre a que está ya el oído acostumbrado.
   No obstante todo lo dicho, fíjese V. E. y retoque cualquier expresión como le parezca, y así se hará y se imprimirá. Pero, si puede tolerarse así, mejor ... »
   El Cardenal, para indulgenciarla, introdujo algunas leves modificaciones, que aceptó gustosísimamente Don Manuel.
   Repetidas veces queda mencionada, en el decurso de este libro, la celebración de la fiesta del Reservado en los Colegios fundados por Don Manuel. Por las palabras que de éste hemos trascrito, pronunciadas en los fervorines que dirigió en tales días a los alumnos, se habrá podido adivinar el carácter que desde un principio tuvo la fiesta del Reservado en las Casas de la Hermandad. En ella resplandece el genuino espíritu eucarístico de Don Manuel, tanto como en ninguna otra de sus múltiples manifestaciones.
   La fiesta del Reservado, en que se conmemora la instalación de Jesús Sacramentado en la capilla del Colegio, fue y sigue siendo un tributo de gratitud al divino Huésped de la Casa, un rendido vasallaje a su realeza, un desbordamiento de amor al Dios encerrado por amor en el Tabernáculo doméstico, y finalmente, una jornada de reparación por las prevaricaciones de los hombres, y sobre todo por los pecados e infidelidades de sus predilectos. Con frecuencia, tiene la fiesta un matiz mariano, coincidiendo con alguna solemnidad de la Santísima Virgen. Todo esto significan el Magnificat de la víspera, la Misa de Comunión con fervorín, la solemne con sermón, la procesión vistosa y devotísima, la vela de todos los colegiales por turnos, y la función eucarística vespertina, también con sermón, que, como el de la mañana, suele encargarse a un antiguo alumno que sepa interpretar el hondo sentido del feliz aniversario que se recuerda, y de los cultos y de los regocijos íntimos con que se lo festeja.
   Toda la vida de la Casa y de sus moradores, desde la víspera, y aun desde una semana antes, se mueve en torno a la idea de la fiesta y al anhelo de celebrarla con el más ferviente gozo y el máximo esplendor. Particularmente aquellas dependencias que la procesión ha de recorrer, se embellecen con todos los adornos y las galas que el ingenio de los alumnos sabe fabricar, valiéndose de follaje, flores, telas, papel, dibujos y luces.
   Don Manuel gozaba lo indecible en semejantes ocasiones. Invariablemente, si se lo permitía su salud, reservábase para sí la Misa de Comunión, en la cual pronunciaba uno de aquellos abrasados fervorines en que era maestro, y que jamás podrán olvidar los que los oyeron una vez.
   Así infundía Don Manuel en los jóvenes seminaristas, que eran el objeto preferente de su celo y de los ministerios de la Hermandad, el espíritu y el ansia de reparación, que anhelaba prender en todos los corazones, y del cual, con clarividente perspicacia, preveía que los futuros sacerdotes habían de ser los más eficaces propagadores.
   Plácenos cerrar este capítulo con las siguientes frases que, al morir Don Manuel, le ofrendó la bien cortada péñola de su gran amigo y colega en empresas eucarísticas, el ilustre don Antonio Sánchez y Santillana:
   «No me canso-escribía-de contemplar su retrato, estampado en el recordatorio de su muerte. ¡Es nuestro Don Manuel!, con su cara angelical, constantemente bañada por la alegría, reflejo de una conciencia pura; movida siempre por aquella sonrisa tan placentera; iluminada por el relampaguear de aquella mirada suave y modesta, como de un niño, pero que penetraba hasta los recónditos senos de los corazones.
   ¡Es nuestro Don Manuel!, como le llamaba todo el mundo, sin duda porque él fue, para todos cuantos conoció, todo, sin exceptuarme a mí. Mi don Antonio; mi operaría; mis operaritas...
Nunca trató de otro modo menos tierno y afectuoso a esta familia que tanto le quiso.
   Deseo pagar a nuestro Don Manuel el cariño que me tuvo, y aunque en mala moneda, ahí va mi modesto óbolo.
   Muchas cosas podría decir de aquel varón santo, pero acaso repetiría lo que otros han dicho en su elogio, considerándole en los varios trances de su fecunda vida.
   Volviendo otra vez la vista a su retrato, sólo diré esto: que es lástima que no nos haya quedado alguna fotografía o imagen suya tomada en aquellos momentos en que se hablaba delante de él de ofensas inferidas a Dios nuestro Señor o a las personas o cosas sagradas. ¡Qué mudanza en aquel rostro! Nube de melancólica tristeza le empañaba instantáneamente. La sonrisa se helaba en sus labios. Sus ojos se cerraban, como quien sufre un dolor intenso, y así permanecían hasta el descorrer de sus párpados, que en alguna ocasión daban paso a las lágrimas... Aquel recogimiento, aquella mudanza, aquella transfiguración del rostro por el dolor, duraban instantes; pero yo los sorprendía admirado, adivinando que el golpe dirigido contra Dios repercutía siempre en el corazón de su siervo.
   Entonces veía yo surgir otro nuestro Don Manuel, que no era el Don Manuel angelical, plácido, tranquilo, niño, de todos los días; sino el Don Manuel mártir, paciente, víctima; el Don Manuel con la nota que me llamó más la atención en vida, y que es la flor que yo quiero colocar en su sepulcro y la virtud que creo le habrá sido premiada en el cielo: aparecía nuestro Don Manuel reparador.
   Sí. De aquellas crisis, de aquellas pruebas, de aquellos pequeños e incruentos martirios, brotaba con mucha frecuencia la obra reparadora del ultraje inferido a Dios, o del daño experimentado por el prójimo. Que nuestro Don Manuel no era un católico plañidero y adolorido infecundo, sino lo que era: un sacerdote reparador.
   Cuando leo en estos días la lista abundante de tantas obras por nuestro Don Manuel fundadas, que verídicos cronistas colocan a manera de epitafio sobre su tumba, no puedo dominar la comezón que me devora de apellidar al que fue mi amigo, ahora que le dedico este pobre recuerdo: el reparador.
   Y, si algún día la Iglesia encontrase méritos y virtudes heroicas en nuestro Don Manuel, bastantes para proponerle al Sacerdocio y al pueblo cristiano como modelo que imitar, yo, por devoción, le daría el siguiente nombre: San Manuel el Reparador».

CAPÍTULO VI



Don Manuel, reparador: Tentativas y proyectos, presagio de futuras realidades

(1868-1894)



   Desde su juventud, alentó en Don Manuel el espíritu de reparación a Jesús y el anhelo de realizar empresas de índole reparadora.
   Según declaró él mismo a don Juan Estruel, era todavía diácono cuando acariciaba ya el pensamiento de erigir una capilla de Reparación en Tortosa, frente a la puerta lateral de la Catedral, en el lugar donde se encuentra la magnífica casa de Fontcuberta, para que al salir los tortosinos de visitar a su idolatrada Patrona, la Santísima Virgen de la Cinta, rindiesen el mismo homenaje a Jesús Sacramentado, expuesto en la custodia a la adoración de los fieles.
   En 1867 visitaba ya en Ulldecona a una parienta suya religiosa, Sor Cinta Sol, en colaboración con la cual andaba planeando la fundación de un Instituto de monjas consagradas a la reparación de Jesús[Sacramentado. Llamábalo «Institución del Corazón de Jesús».
   Las convulsiones y revueltas religiosas y sociales del 68, avivaron en Don Manuel semejantes deseos, y fue entonces cuando intentó erigir en Tortosa, como «tributo al Corazón de Jesús, un templo o un monumento-decía refiriéndose a los tortosinos-que sea una muestra de nuestra piedad, que nos atraerá las bendiciones del Corazón de Jesús y del Ángel de nuestra población, y una memoria viva de la crisis que hemos atravesado en el siglo decimonono...»
   No logrado este intento, siguió orando y trabajando secretamente por su ideada Institución del Corazón de Jesús. Desde el año 67 hasta 1896, con maravillosa perseverancia, no cejó en su empeño, siendo centenares de veces las que aplicó a esta intención la santa Misa.
   Iba eligiendo in mente, y formándolas para ello con este espíritu, a un buen número de sus dirigidas, sin que les declarase sus propósitos, salvo contadísimas excepciones. Veladamente aludía a ellos en una carta escrita en septiembre de 1872: «Me alegro mucho, muchísimo, de su mejoría y buena salud. Que el Señor se la conserve para santificación suya y gloria de Él y para que pueda algún día consagrarla al Corazón de Jesús, como lo desearía, si el Señor quisiera escuchar mis ruegos y pudiera realizar lo que bulle en mi mente. Creo que, a pesar de la edad, usted no sería la última si tuviese salud». Algunas jóvenes y señoras que conocían el secreto, estaban ya resueltas a ingresar en el proyectado convento.
   En 1874, el 2 de junio, se decidió a dar un paso más, escribiendo la siguiente carta a una piadosísima dama tortosina, residente en Barcelona:
   «Muy señora mía: No tengo el gusto de haber tratado a usted. Parecerá algo atrevido, por lo tanto, el que sin ningún título que exponer, me dirija a usted; pero el Corazón de Jesús me apremia y me exige hable a usted en su nombre, y la excesiva sinceridad con que voy a descubrirle un secreto que a nadie ha revelado mi corazón, me excusará del todo.
   Empecemos, pues. Eran los primeros días de la Revolución de 1868. Catedrático entonces del Instituto, y con el cargo de Director de las religiosas, en que todavía continúo, tuve que presenciar muchos extravíos. Los pecados que en aquellos días se cometían en mi estimada patria angustiaban mi corazón, como el de todas las almas buenas, y temía un castigo del cielo. Algunas se ofrecieron a Dios, víctimas, y el Señor las aceptó. Yo también me ofrecí, y el Señor sin duda no me quería. ¡Quién sabe cuántos males detuvieron!
   En aquellos días de amarga tribulación, una persona elevada y respetable, levantando las manos al cielo en mi presencia, pareció entrever para esta ciudad un castigo particular, y la apostrofó. Esta amenaza hirió mi corazón. Puesto en la presencia de Dios, le pedía un medio de aplacarle y de alejar tal castigo, que, aunque lejano, sería de mucha trascendencia. Parecía que el dedo de la Providencia quería señalarme a mí para que lo remediara. Un pensamiento, no quiero llamarlo inspiración, cruzó por mi mente, y me pareció que el Corazón de Jesús exigía un propiciatorio, un monumento, un lugar de víctimas agradables y puras.... lo diré de una vez, un Instituto de religiosas dedicadas a honrar especialmente al Sagrado Corazón de Jesús y que tuviera por objeto desagraviarle de los pecados del mundo, atrayendo bendiciones para todos y en particular para esta ciudad.
   Concebida esta idea, mi corazón parecía respirar. Habían transcurrido algunos meses, y una alma santa, sin ningún antecedente, me expuso el pensamiento de la voluntad de Dios sobre un convento de almas consagradas al Sagrado Corazón de Jesús y de María. Callé, procurando conservarlo en mi interior. Poco tiempo después (se lo digo delante de Dios, que me ha de juzgar), y con motivo de la muerte de mi señora hermana (q. e. p. d.), mi familia hablaba de usted y de su edad, etc..., y un hermano mío, que apenas la conoce, no sé de dónde sacó que era muy devota del Corazón de Jesús, y otra expresión tan extraña como consoladora y admirable, que me dispensará la tomara como palabra del cielo. Lo que en mí pasó no sé decirlo. Mi imaginación se fijaba preferentemente, y sin poderlo apartar de ellos, en los lugares antiguos de la población, y, sobre todo, en un edificio especial, y las emociones que sentía no son para descritas. El nombre de alguna persona acudía a mi mente. Si las circunstancias me lo hubieran permitido, me hubiera llegado a hablarla. No lo hice, y Jesús me perdone si falté en ello. Hoy lo hago ya, y lo hago porque creo que es un deber. Mi proyecto es de establecer ese convento en el llamado Palacio de San Rufo, teniendo por base la iglesia de San Felipe con los adyacentes, que no dudo que el Corazón de Jesús proporcionará. ¿Es usted la destinada a levantar o promover este monumento a la gloria de Jesús? ¿Es usted la destinada para fundadora de este monumento de expiación al Sagrado Corazón de Jesús? Medítelo silenciosamente en la presencia de Jesús.
   Como ve, no trato de imponerle sacrificio exterior de ninguna clase. Yo creo contar con medios humanos más que suficientes. Sólo desea el Corazón de Jesús la protección de su nombre y el interés de su corazón por esta obra. No me diga que el edificio no le pertenece, etc..., porque no se desea más que su voluntad. Lo demás se deja a la providencia de Jesús y a mi cuidado... Sí exige mi presencia en ésa para saber más detalles, lo haré también. Si las circunstancias no le parecen aún favorables, no habrá inconveniente en retardarlo un poco más y puede irse preparando; aunque, si he de seguir los impulsos de mi espíritu, lo plantearía cuanto antes. Los materiales están preparados, y terno se desperdicien199.
   ¡Quién sabe si es su nombre el señalado para grabarse perpetuamente en las paredes de la Casa del Señor para ser bendecido por las almas amantes de su Corazón! ¡Quién sabe si ésa es la misión que Dios ha querido confiarle sobre la tierra! ¡Tal vez sea la ofrenda que aguarda!...
   Repito que, al franquearme con usted, espero mire como obligación de conciencia el que no lo revelará a nadie. Por lo demás, cualquiera que sea su resolución, tiene aquí un sacerdote que hace mucho le envía su bendición en la santa Misa, y del cual puede disponer siempre. De mi nombre no hay inconveniente indague a las personas de su confianza en esta ciudad.-M. D. Y SOL».
   No sabemos qué le contestó la señora tortosina, pero sí nos consta que el 7 de febrero de 1875 la visitó y trató con ella sobre este negocio en Barcelona, y en aquel mismo mes dio cuenta de su proyecto al Obispo de Tortosa señor Vilamitjana, pidiéndole en el mes de junio que se dignara bendecirlo y aprobarlo. Consérvanse fragmentos de los borradores de dos cartas escritas por Don Manuel al mismo, del 15 al 26 de febrero, y en las cuales le exponía su pensamiento.
   «Mi venerado y queridísimo Prelado:-le dice en la primera- Dos palabras, a fin de exponerle el pensamiento que hace tiempo abrigo. Colocado en el Instituto y con el cargo de Vicario de Santa Clara que hoy desempeño, tuve ocasión de presenciar los primeros días de la Revolución de 1868. Los pecados que aquellos días se cometían en mi estimada patria angustiaban mí corazón, como el de todas las almas buenas. Algunas se ofrecieron víctimas ante Dios y el Señor las aceptó. Jesús sabe cuántos males detuvieron. Yo también me ofrecí, y el Señor sin duda no me quería aún. En aquellos días de amarga tribulación, como si no fuera bastante la mirra que devoraba, al visitar a V. S. Ilustrísima (creo era la mañana del 2 de octubre), levantando las manos V. E. y pareciendo entrever un castigo, apostrofó a esta ciudad. Esta amenaza hirió mi corazón. Puesto en la presencia de Dios, parecíame que la Providencia había permitido que por vez primera profiriera V. E. aquella amenaza en mi presencia, como señalándome para buscar un medio de placación, que alejara tal castigo, que aunque lejano, era de mucha trascendencia para el bien de las almas en mi patria.
   Y en medio de mi ansiedad, un pensamiento cruzó por mi mente, y el Corazón de Jesús, del cual era devoto, parecía me exigía un monumento, un lugar de víctimas agradables y puras, dedicadas a honrar especialmente al Sagrado Corazón de Jesús con objeto de desagraviarlo de los pecados del mundo y de atraer sus bendiciones sobre esta ciudad, y ser como súplica perpetua, a fin de arrancar de las manos del Señor aquel terrible decreto quod est contrarium nobis.
   Concebida esta idea, mi corazón parecía respirar. Por aquel tiempo, una alma religiosa, bastante buena a mi parecer, de fuera de esta ciudad, me expuso el pensamiento que hacía años la agitaba sobre la voluntad de Dios acerca de un establecimiento de almas consagradas al Corazón de Jesús y al de María para rogar por la conversión de los pecadores, y que se había inclinado a decírmelo a mí. Omito otras consideraciones para no molestar a V. S. L, y que son para dichas de palabra. Temo que tal vez he sido demasiado apático, y tímido también, y hoy no puedo retardarlo y expondré sencilla y brevemente a V. S. 1. lo que se me ha ocurrido durante este tiempo sobre el lugar, modo, etc., y los medios con que puede contarse; y después haga V. S. 1. y resuelva del modo y forma que el Señor le inspire, como cosa suya que desde hoy es.
   Lugar. Desde el primer momento mi imaginación se fijó de un modo preferente, y sin poderlo apartar, en un lugar de la antigua población, cuya sola vista produce en mí ciertas emociones que no son para escritas: el edificio llamado Palacio de San Rufo, teniendo por planta la iglesia de San Felipe con los adyacentes necesarios, cómo la casa de Córdoba, etc... El Palacio de San Rufo, aunque está muy deteriorado, lo tengo ofrecido ya200 y casi prometida la reparación necesaria para este objeto, y hay la fundada confianza de alguna cosa más. Si la casa de Córdoba no pudiera adquirirse por de pronto, ya por falta de recursos, ya por repugnancia de los dueños, comprando la casa que hoy ocupan el edificio de San José, hoy de fácil venta, y el edificio de San Rufo, sería suficiente.
   Objeto y Regla.-El carácter especial es honrar al Sagrado Corazón de Jesús y ser víctimas en favor de los pecadores, y por la salvación de esta diócesis, y además, como secundario, un poco de enseñanza, aceptando una o dos plazas para este objeto, ayudadas por alguna otra religiosa. Esto, no sólo con objeto de que pueda reportar utilidad al prójimo, sino también porque, en mi concepto, conviene en algunas temporadas que ciertas cabezas puedan tener una ocupación exterior.
   En cuanto a la Regla, estoy completamente indiferente. El pensamiento era una Regla antigua cualquiera, sea de la rama franciscana, carmelita o agustina, como se crea resulte mejor, con Constituciones del Prelado, acomodada al objeto o carácter de este Instituto.
   Medios. -1.º La fecunda bendición de V. S. I. -2.º Hay una joven, que tiene vocación religiosa, y no lo ha sido, no sé por qué. Hija de una madre viuda, tiene legados de su padre en testamento 6.000 duros, que debe entregarle su hermano, al fallecimiento de su anciana madre. Está desde hoy a disposición de este objeto... -3.º Algunas otras vocaciones de familias pudientes.
   Respecto de la iglesia, como mi deseo sería que cooperase una parte de la población a este monumento reparador, tengo el proyecto de formar una suscripción para levantar un monumento al Sagrado Corazón de Jesús, cuando tengamos paz, a juicio del Prelado de la diócesis. Tengo la ilusión de que dará un buen resultado, y podía ser la base de un devoto templo al Sagrado Corazón de Jesús».
   El día 22 visitó al señor Obispo de Tortosa para informarle de palabra acerca de sus proyectos, y el ilustrísimo señor Vilamitjana le indicó para fundadoras cierta Congregación de Terciarias franciscanas de Tarragona.
   Don Manuel le dirigió una segunda carta, en que le decía:
   «Mi queridísimo Padre y venerado Prelado: En la que le escribí exponiéndole aquel proyecto, como V. S. I. me había indicado sobre las monjas de Tarragona, para que obrara con más libertad y fuera más suya la iniciativa, dejé de citarle el nombre de la religiosa que mediaba en la historia de este proyecto, la cual se sentía de muchos años animada al establecimiento de un Instituto reformado, a fin de sacrificarse más por Dios, y así alcanzar gracias de conversión para los pecadores por medio de los Sagrados Corazones; y me lo comunicó a mí cuando no pudo hacerlo con el P. Goberna, como era su intención primera. Esta es Sor Cinta Sol, de Ulldecona, joven de gobierno, de regular talento y, a mi parecer, de bastante virtud.
   Después he temido no haberlo dicho a V. S. I. por si me oponía a los designios de Dios, y por esto se lo expongo, para que de esta manera, sabiéndolo todo, dé V. S. I. un golpe decisivo y lo resuelva como más favorable lo crea a la gloria de Dios. Permítame también le diga lo que me ocurre sobre las ventajas o desventajas en los dos medios, que tal vez nos trae indecisos.
   Si es Instituto nuevo, podrá formarse con el sello que se pueda o sepa imprimir. Si es formado ya, no podrá dársele otra fisonomía. Si se funda con una regla sencilla, hay más libertad para acomodarlo en sus prácticas a los fines de su Institución, que son: honrar interior y exteriormente los sentimientos del Sagrado Corazón de Jesús, y con el objeto de alcanzar la salvación de la diócesis y bendiciones para ella, etc., pudiéndolo también acomodar a las circunstancias del tiempo con los artículos o Constituciones que V. S. l., como fundador, les diera.
   Los conventos viejos, por lo general, no suelen ser de tanto espíritu y fervor como los nuevos. Habría lugar también para más vocaciones. Tal vez halagaría más a los primeros instrumentos que cooperaran a ello. En cambio, adoptando el otro medio, si hay un buen espíritu, ahorra el trabajo de formarlo. Se hace una grande obra de caridad. Es más fácil la realización del proyecto, porque las de Tarragona no dejarán ya de tener sus fondos. A pesar de que, si se opta por lo primero e iba bien, creo no sería difícil, dentro de algún tiempo, el poder pensar que a las de Tarragona se les pudiera encontrar un local, pero fuera de la población: aquí dentro, es muy difícil, porque casi no hay.
   Obre, pues, y que el Ángel de la Ciudad le ilumine.
   En cuanto a la cuestión de la enseñanza, mi inclinación era a que fuese una cosa muy secundaria, aceptando o señalando entre las religiosas una plaza para organista, o dos, si los recursos lo permitían, con más algunas de las otras, por trimestres, años o trienios. El resto de la Comunidad, completamente abstraída. Que esta enseñanza fuese para adultas, y éstas en reducido número; pues para la otra enseñanza están ya las Hermanas de la Consolación, y existen otros Institutos, como las Terciarias del Carmen, Dominicas, etc., que pueden con el tiempo venir a establecerse aquí, y que están formadas sobre esta base y como objeto especial.
   ... Si es sólo cuestión de seis mil duros, o poco más, creo se puede empezar; y le pido, por las tristezas del Sagrado Corazón de Jesús, que no lo retarde ... »
   No le iban resultando hacederos sus intentos, pero no desmayaba por eso Don Manuel. Fracasada la combinación con las religiosas de Tarragona, siguió pensando en Sor Cinta Sol, y en sus propias dirigidas. El 19 de marzo de 1882, menciona por vez primera, en las intenciones de sus Misas, dos nombres, reveladores de dos nuevas iniciativas: los de «Merced» y «Fratres»... Ocurriósele que podría utilizar aquel antiguo templo mercedario para convento de sus futuras reparadoras; y germinó en su espíritu, borrosamente aún, la idea de una institución de religiosos reparadores, que, concretándose y dibujada ya claramente algún tiempo después, habían de venir a ser los Operarios Diocesanos, Reparadores del Sagrado Corazón de Jesús. Porque sabido es que, entre los fines que Don Manuel señaló a la Hermandad, y no podía dejar de imprimir en ella su espíritu eminentemente reparador, uno de los principales era el de desagraviar al Corazón de Jesús Sacramentado. Reparadores era el nombre que acostumbraba dar él a los primeros Operarios. Y nunca perdió de vista este objeto de su Congregación, antes exhorta a sus hijos, en las Constituciones, a que se nutran y vivan del espíritu de reparación. «Nuestra Obra ha brotado -les decía-del Corazón de Jesús Sacramentado, pero silencioso, olvidado, desconocido, ultrajado. No sólo es uno de los objetos primordiales de la Obra, la devoción fundamental, el emblema especial del escudo o sello de nuestra Hermandad, sino que debe ser el sentimiento peculiar, constante, tierno, interior, de nuestros corazones». La misión del Operario debía ser la de formar sacerdotes santos, reparar por medio de ellos las ofensas de los que no correspondan a su altísima vocación, y evitar que entraran en el Santuario los no llamados por Dios.
   En una de las conferencias a sus Operarios, decía: «El sentimiento interno de amor y compasión a Jesús Sacramentado, multiplicará y vivificará nuestra vocación hacia ese objeto primordial de la Hermandad y hará llevaderos todos los grandes sacrificios que tendremos que practicar para lograr buenos sacerdotes y apartar los no llamados. ¡Oh, pensar que daremos a Dios corazones sacerdotales que le cuiden y sean los ángeles que velarán su Tabernáculo día y noche en las parroquias, y serán reparadores verdaderos, y que llevarán hacia Él las almas para que le reciban y conozcan y vayan a hacerle compañía, y les predicarán su soledad y sus amores!...»
   Era exactísimo Don Manuel en el cumplimiento de la práctica de la hora de reparación que prescribió a sus hijos en la media noche de los jueves. Si estaba enfermo y no podía trasladarse a la capilla, quería que le avisaran, como a los demás, para hacerla al menos uniéndose a ellos desde el lecho.
   Al resolverse a la fundación de un Colegio de San José en cierta diócesis, escribía: «Jesús dirá; pues creo que tiene designios sobre nuestra Obra en ese país de poco y flojo clero. ¡Pobre Jesús Sacramentado! ¡Cómo se le trata en algunas parroquias! Parece mentira. Ya les contaré cositas de esos abandonos». A un Operario, dolorido por la necesidad en que se veía de apartar del Seminario a un indigno, le dice: «Ante Jesús, llorar de pena: que bien me rece Jesús ese tributo nuestro; que para esto somos Operarios reparadores de su Corazón». Y a otro, que se lamentaba de la irregular conducta de un desdichado sacerdote: «¡Apena esto! Pero, ¿para qué nos hemos consagrado a Jesús, sino para padecer, gemir ante Jesús y trabajar santificándonos en ese campo, que es el de la máxima gloria de Dios, si le apartamos algunos de esos lobos de su Santuario? Conque, a pelear hasta morir, sufriendo con paciencia, y mucha oración».
   No acertaba, empero, Don Manuel a determinar el modo concreto para que la Hermandad realizara esta misión reparadora. De aquí sus tanteos y ensayos hasta que logró más adelante encontrar el medio adecuado para ello. Desde los comienzos de 1886 hasta fines de 1889, en colaboración con don Vicente Vidal, se ocupó extensamente en planear y dar vida a una revista que había de titularse «El Reparador», y servir de órgano y de instrumento de propaganda a la «Asociación Reparadora Diocesana», que formaría en las parroquias coros de fieles del uno y del otro sexo, para la vela nocturna y diurna de reparación al Santísimo Sacramento públicamente expuesto. La revista se publicaría en Valencia, y la Asociación debía establecerse, desde luego, en los Colegios de la Hermandad. Redactó, además, Don Manuel, el croquis de un devocionario eucarístico: «El Manualito del Reparador».
   No cejando en sus anhelos, y dando vueltas y revueltas a la idea de hallar un medio práctico de realizarlos con la ayuda económica que le brindaron en 1886 tres hermanas, hijas espirituales suyas de Tortosa, que aportarían como dote el capital necesario para la fundación, se resolvió a erigir el convento en Roquetas, a base, primero, de algunas de sus monjitas de Santa Clara, y luego de las de la Providencia de Vinaroz. Tras de muchos disgustos, contradicciones, idas y venidas al Prelado, combinaciones, y alternativas de alientos y desmayos, en 1890 dio por fracasado también este intento . Había concebido Don Manuel, respecto de él, tantas ilusiones, que el 28 de marzo de aquel año escribía a la Abadesa de la Providencia de Vinaroz haciéndole historia del malogrado proyecto: «¡Permisiones de Jesús!-acababa diciéndole-. Sin embargo, no sé por que no se me quiere quitar del corazón la idea de un Santuario de Reparación allí, y lo fío en manos de Jesús».
   Por lo que hacía a la Hermandad, desde 1889 demandaba Don Manuel con insistencia al Señor la inspiración de una práctica propia de su espíritu, merced a la cual se dedicase con eficacia a establecer la Exposición permanente del Santísimo por las parroquias de la diócesis, cada día en una de ellas, en combinación con la Vela Nocturna y los coros de la «Corte diocesana de amor y reparación». En 1890, sometió el proyecto a la consulta y deliberación de los Operarios, reunidos para Ejercicios en Valencia.
   Desde la «Asamblea general de Asociaciones Católicas», celebrada en Tortosa del 7 al 11 de diciembre de 1887, tenia fija Don Manuel en su mente la idea de la Adoración diurna al Santísimo y su propagación por la diócesis. Los temas relativos a Obras eucarísticas correspondían precisamente a la Sección Primera, de la que era ponente el mismo Don Manuel, el cual, al Planear años después su «Corte continua de amor y reparación», refiriéndose a la mencionada Asamblea, escribía: «En ella se propuso, y fue aceptado gratísimamente en todas sus partes por la Comisión, el proyecto de «Corte continua de amor y reparación», y que tomando por base el culto continuo al Santísimo Sacramento, establecido y promovido por el excelentísimo señor don Víctor Sáez, Obispo de Tortosa, en 1833, se le agregara la Exposición continua, repartida entre las parroquias de cada diócesis ... »201
   En 1892, con el ingreso del Arcipreste de la Catedral de Madrid, don José María Caparrós, en la Hermandad, ofreciósele a Don Manuel, inopinadamente, la perspectiva de cultivo de un campo eucarístico, que le hizo soñar con vastísimos proyectos.
Era el señor Caparrós Director espiritual del Centro Nacional Eucarístico. Ya en mayo, contestando el 22 a una carta de éste, escribíale Don Manuel: «No sé si dar el nombre de asombro a las gratas emociones que sentí al recibir la suya: sólo sé que di una dulce mirada de fe a Jesús Sacramentado. -1.º No nos halaga ni nos ilusiona la idea de una residencia en Madrid para los objetos de adquirir relaciones, conocimiento y aprobación de Obispos.-2.º Si fuera un colegio, sería otra cosa202, a pesar de la falta de personal: pues los que estuvieran en él lograrían los mismos resultados, si éstos nos convenían.-3.º Mas, como en la suya deja caer la especie de la propaganda eucarística, que llena todos los anhelos de mi espíritu, y de fruición cor meum et carnem meam, objeto tan especial de la Hermandad, me ha puesto usted sin fuerzas, a discreción de las empresas de Juan Calatayud y de usted. Explane, pues, el pensamiento, que estamos a su disposición. Tanto es el deseo de que Jesús nos escoja a nosotros para instrumento del amor eucarístico en España, que toca resolver ante Jesús si debemos ser nosotros los que ayudemos a usted, o deben ser los Hermanos203 del Santísimo Sacramento. Esto toca a usted. Una vez resuelto, explane usted su pensamiento, y nos ofreceremos a seguir su apostolado y ayudarle, ya quiera usted pertenecer a nuestra Obra como Operario efectivo204, o sólo como mero auxiliar externo: pero, mejor lo primero».
   Apresuróse Don Manuel a comunicar a los suyos tan halagadoras nuevas, y el 6 de junio decía a don Felipe Tena: «El Centro Eucarístico de España ha venido a parar a manos del Muy ilustre señor Arcipreste de la Catedral de Madrid, que está en peligro de ser nombrado pronto Obispo, y mejor desea ser Operario, pues hace un año que viene diciéndome indirectas. En el último viaje de García a Madrid, estuvo más explícito y quiso que García estuviese en su casa. Al fin, me escribe que desea lanzarse a una Institución para en ella y por ella consagrarse a la propaganda eucarística en España; que si la Hermandad le recusara, se vería precisado a llamar a los franceses del Sacramento, etc... Contesté que fuese más explícito y sin temor, pero que antes resolviese él y no nosotros, ante Jesús, si debíamos ser nosotros los instrumentos directos de esta colosal empresa y de esta herencia... Sólo temo si nos lo quitan para ser Obispo y nos deja empantanados; aunque con el cargo y la herencia eucarística en favor de la Hermandad y su ayuda como Obispo... Conque, oraciones, y no lo digáis ... »
   Tornóle a escribir en sentido favorable don José María Caparrós, y Don Manuel, entusiasmado y gozoso, le responde: ¿«No puede usted pensar la fruición que Jesús me depara con el pensamiento de ser llamados para cooperadores especiales de su Amor Sacramentado en España. Y si tuviera que exponerle los proyectos que hace tiempo brotan en mí para ser implantados en ese campo, se sorprendería, como se sorprenderá cuando le enseñe los que tengo bosquejados y que duermen hace tiempo en un cajón ... »
   Apenas ingresado en la Hermandad el señor Caparrós, envió Don Manuel a la Corte, para que viviese con él y le ayudase en sus trabajos del Centro Eucarístico, a don Andrés Serrano. Puesto en contacto Don Manuel de tiempos atrás y habiendo trabado amistad íntima en sus viajes a Madrid con don Antonio Sánchez y Santillana, Presidente de la Adoración Nocturna Española, había conversado y discurrido largamente con él sobre la marcha y el porvenir de esta benemérita Institución. «Creo dije a usted -escribía por aquel entonces Don Manuel a don Andrés Serrano- que debía ofrecerse a Santillana para los trabajos de «La Lámpara». No desviemos los futuros designios de Dios. Si yo tuviera manos de Serranos, etc., así como tengo todavía corazón, del modo como vi y me explicó Santillana la situación de aquella Central de España, le aseguro que bulliría mi cabeza para poder influir en ese gran medio de reparación a Jesús».
   Las esperanzas de abrir Colegio en Madrid se habían reavivado. «Creo dije a ustedes -escribía el 14 de enero de 1893 a unos Operarios-que el Obispo de Madrid ha resuelto se funde Colegio allí el curso que viene. Caparrós y Serrano están formando planes de hacienda para arbitrar los 50.000 duros que se necesitan para comprar el ala del convento de Santa Magdalena». En la reunión de agosto de aquel año en Valencia, hablaba a sus Operarios de la posibilidad de encargarse de la «Lámpara del Santuario». En marzo de 1894, andaba tratando de adquirir la capilla de San Andrés, de Madrid, llamada del Obispo, cerrada a la sazón, para «instalar allí la Vela Nocturna a cargo de los Operarios». «Sin Colegio-decía a don Esteban Ginés-no me hace gracia. Pero quizás esto traerá lo otro. Y, además, si Jesús tiene destinada nuestra Obra para extender la devoción y reparación a Jesús Sacramentado, sería un gran paso éste para un día obtener la dirección general. Así, oremos».
   «Sobre la empresa de la compra de la iglesia para nuestro Centro Eucarístico de Madrid-escribía a otro Operario-les hablaré otro día. Es sólo cuestión de 75.000 duros. Veas si encuentras la bolsa que nos hace falta. Oraciones a San José ... »
   Y a don Andrés Serrano, que se encontraba ya de Vicerrector en el Colegio de Roma: «Veo posible que la Obra vaya a Madrid y que la Hermandad se apodere del Centro Eucarístico, que es una de mis ilusiones; aunque me espanta la falta de personal. No obstante, allá debemos ir, si Jesús lo proporciona; porque me remordería desviar los designios que confío debe tener sobre nuestra Obra en la extensión del culto y amor a Jesús Sacramentado».
   No se vieron cumplidos los deseos de Don Manuel sobre fundar el Colegio de Madrid, que había de servir de punto de apoyo para el desarrollo de sus otros proyectos de índole eucarística en la Corte, y así frustráronse también éstos. «Hasta había soñado-se lamentaba a don Esteban Ginés -encargarnos nosotros de «La Lámpara», y por esto me hacía ilusión nuestro Colegio de Madrid. Pero se ve que Dios no lo quiere, o no lo merecemos».
   Aquel año de 1894 terminábalo Don Manuel con estos augurios, formulados en carta al Rector del Colegio de Roma:
   «¡Felicísimas Navidades! Diga a esos santitos chicos que Jesús nos colme de bendiciones a nosotros y a la Obra; que podamos, si es de la mayor gloria de Dios, repetir esas alegres solemnidades que el Señor nos deja disfrutar, en medio de los consuelos de tantos cientos de jovencitos que aman a Jesús, y entre los cuales desaparecen todas las anemias del corazón, que de vez en cuando permite el Señor penetren en nuestras almas por las contradicciones de la vida. Dígales que sepan albergar a Jesús y repararle de todas las frialdades de tantos corazones que podrían ser ardientes amadores suyos, si le conocieran. Dígales a sus colegiales que para el año 95 veamos aprobada nuestra Obra y realizados los deseos de los nuevos campos que la Providencia nos señala, e iniciada la Reparación ... »

CAPÍTULO VII



Don Manuel, reparador: Los templos de Reparación. - El de Tortosa

(1896-1903)



   El no haber podido realizar Don Manuel su proyectada fundación de Roquetas, no fue obstáculo para que siguiera con su pensamiento fijo en el futuro convento de «Operarias Diocesanas, Reparadoras». Para instalarlas, volvió a poner su mira, desde 1891, en el edificio de la Merced. Así estaban las cosas, cuando he aquí que-según el mismo Don Manuel dejó anotado en una lista, de «Fechas notables sobre el proyecto de fundación de la capilla de Reparación de Tortosa»-el 8 de septiembre de 1896, al ir al Seminario a presidir la Junta de Camareras del Santísimo, «me ocurrió-dice-en dicha iglesia del mismo, que mejor que Comunidad de religiosas podría ser de más resultados que fuese de hombres, y mejor que nadie los de la propia Hermandad».
   El 27 escribía a don Andrés Serrano: «Tengo resuelto el problema de la promoción de reparación. Me falta el del bien de la juventud luisiana o no luisiana, sobre el cual ha de venir todavía la inspiración. De ese otro la recibí el día de la Natividad de la Virgen. Veré si dentro de tres días podré mandarlo. Vea pronto una iglesia o capillita de Lisboa, independiente, y la instalaremos». Y el 1.º de octubre, a don Esteban Ginés: «He encontrado, al fin, la clave para sus deseos de arrebatar el campo eucarístico. Cree, le gustará a usted el proyecto. Se lo mandaré a la aprobación de usted y de Serrano. ¡Oh, si pudiera usted estar libre un año tan sólo y poner el molde a los primeros reparadores! Vea cuándo me dice usted que no hace falta ni en Lisboa ni en Plasencia, y montaremos, entre usted y yo, la primera Casa o Centro diocesano de Reparación... Deseo no morir sin dejar iniciado el movimiento de nuestros Operarios hacia la reparación a Jesús Sacramentado; y por lo tanto, va el adjunto proyecto y espero pronto su aquiescencia, aprobación y alientos».
   El proyecto se titulaba: «Pía Unión de Sacerdotes Reparadores»: «Obra de amor y reparación al Corazón de Jesús Sacramentado». Iba encaminado a realizar uno de los objetos primordiales de la Hermandad, mediante el establecimiento de la Exposición diaria diocesana, por turnos, en todas las parroquias, con un Centro en la capital, instalado en un templo o capilla «para el culto, adoración y exposición diurna y aun nocturna, bajo el cuidado y servicio de la misma Hermandad». Así «podría ésta llenar una de las necesidades de España y el deseo de las personas que están al frente del movimiento católico». Como auxiliares de los Operarios, habría «sacerdotes agregados», aceptados, o más bien, escogidos por la Hermandad, los cuales formarían como una «Pía Unión de Sacerdotes Reparadores», en vivienda común con los mismos Operarios y con las condiciones materiales que se convinieran con cada uno de ellos. Formarían también parte del Centro los seglares necesarios para el servicio de la Casa, adoración, canto, etc... Objetos: aparte de la adoración personal, «promover entre los fieles el espíritu de verdadera piedad», asistencia a la adoración, confesonario, y dirigir «pláticas sencillas y breves en la propia capilla», organizar en la capital la Corte de Reparación, propaganda y sostenimiento de la misma en la diócesis, dirección de la Vela Nocturna, publicación del «Boletín de expiación diocesana», dirigir pláticas y Ejercicios espirituales a comunidades, asociaciones, etc., organizar catequesis y otras obras de propaganda... «Reglas para la adoración: El instituto de la Obra es de una reparación quieta y silenciosa a Jesús Sacramentado. Por lo mismo, no debe tener interés en la celebración de Misas solemnes, aniversarios, etc... sino más bien en otros ejercicios sencillos, además de los ordinarios que se establecen antes de la Bendición y Reserva: Mes de María, del Corazón de Jesús, de San José, novena de las Animas, al Corazón de María, a San Antonio, Preparación a la Navidad, etc., con cantos correspondientes.» Sólo podría instalarse templo o capilla de Reparación en las capitales de las diócesis, donde hubiese Colegio de Vocaciones Eclesiásticas, Bastaría, para resolver la fundación, la seguridad de poderse sostener la Exposición por espacio de tres o cuatro horas diarias entre mañana y tarde.
   La respuesta de don Esteban Ginés a Don Manuel no fue ciertamente lisonjera. «Me dice usted-le replicaba éste en carta del 15 de octubre-que es utópico el proyecto de Reparación, pero no me dice si es de resultados, etc., etc... Si no es más que utopía, entonces con que-lo vea usted un hecho estará conforme, y a la primera tentativa confío tener Madrid, Valencia y Tortosa. Lo veo facilísimo y eficacísimo y de trascendencia grandísima, si logro encontrar un hombre». Y el 2 de noviembre: «No me sea usted malus nuntius en lo de Reparación. Usted mismo confiesa que no hay campo más expedito para nosotros. Creo le haré quedar a usted mal si encuentro dos o tres jovencitos que se me ofrezcan; pero yo quisiera empezar con dos o tres Casas: Madrid, Valencia y Tortosa, o Sigüenza. De palabra le haría ver claro lo fácil y eficaz». El 16, respondiendo a objeciones: «Veo que va viendo usted no tan perjudicial el proyecto de Reparación, y, al fin, convendrá conmigo. No es una Congregación distinta: es la Obra, que lo hace por medio de auxiliares. El único argumento sólido, sí, es el del personal. Y ¿qué haremos del personal de la Hermandad cuando sobre? ¿No podrían dedicarse algunos a esa tarea, y entonces sin tantos auxiliares? Si tuviera media docena, no más, para empezar, desde luego el 1.0 de enero empezaba por Madrid y Valencia. La cuestión es, pues, de personal, y ésta es la que me atará para no hacerles ver que ustedes son falsos profetas». No fue don Esteban Ginés el único Operario que le mostró disconformidad. Opúsose también al proyecto el Vice Director de la Hermandad, don José García, «cuyo criterio-decía Don Manuel-me hace tanta autoridad».
   Al principio de noviembre de aquel año estuvo en Tortosa don Antonio Sánchez y Santillana, pasando unos días en compañía de Don Manuel, al cual escribía el 14, de retorno en Madrid, con estos familiares términos: «Aquí me aguardaba trabajo retrasado para cuatro, y lo primero ha sido darle salida a lo urgente; por eso no he escrito antes, como pedían la cortesía y el agradecimiento a mi buen Don Manuel. ¿Cómo va esa tertulia de la Biblioteca? Alguna vez me escuecen las orejas, y me figuro me tiran ahí de ellas lenguas murmuradoras, entre ripios y sorbos de la providencia de esa Casa, en esas conferencias de sobremesa gastronómico-político-filosófico-literarias... Los encargos que se me dieron he comenzado a cumplirlos... Ínterin, ¡oremos! ¡oremos! Hemos logrado aquí la adoración nocturna diaria. ¿Se enteran ustedes? Diaria todas las noches. Con este motivo estamos revolviendo a Roma (que lo diga don Benjamín), con Santiago (que lo diga el Cardenal Arzobispo de Compostela). Vamos a echar la casa por la ventana: se prepara magna vigilia en la iglesia de la Compañía para inaugurar el turno XXXI, Patrón Santo Tomás de Aquino, y se cantará un Tedeum hasta allí, o hasta el cielo, donde deseamos llegue y arme el gran escándalo, a ver si Nuestro Señor se compadece de este pobre reino de España. Preparamos un número extraordinario de «La Lámpara». Veremos si sale un ramillete de piropos para ese real mozo del Sagrario, y una corona de requiebros para la Adoración Nocturna Española. ¡Con algo de sustancia hemos de distraer el hambre y sed de verdad y de justicia! Ordeno y mando a Mosén Domingo y Sol, en virtud de la santa obediencia que me debe por razón de tantos ignorados títulos, que me remita cuatro líneas, una frase, un pensamiento dedicado a la Adoración Nocturna, como Superior de los Colegios de Vocaciones, Asilos de las Secciones Adoradoras Nocturnas y de sus peregrinantes presidentes. Tamaño del autógrafo, el del papel de esquelas. Venga en seguida, pues el tiempo vuela ... »
   Don Manuel le remitió las siguientes líneas, que copiamos de uno de los dos borradores autógrafos de las mismas: «Muy señor mío y amigo: Gratas me son las noticias que me da del desarrollo de las obras eucarísticas, y sobre todo, del admirable incremento de la Adoración Nocturna en esa capital. Me pide un pensamiento sobre acontecimiento tan consolador. Cuando el Amador de los Cánticos, en noche fría y tenebrosa, golpeaba a las puertas de la Amada, exponiéndole con voces lastimeras cómo caía sobre su cabeza el relente de la noche, ¡qué amargo debía serle el sopor y la indiferencia de la que no se apresuraba a ofrecerle su albergue! Una queja análoga parecíame dirigir a Madrid el Eterno Amador Sacramentado durante tanto tiempo. ¡Qué fría y dilatada noche de sopor y de indiferencia parecía soportar en esa capital! Mas, al fin, como la mística Esposa de los Cantares, percibió en medio de su sopor la voz del Amado, y se apresuró a buscarle por las calles y plazas de la ciudad, sin reparar en las fatigas y en la crudeza de la noche. Madrid no ha querido hacerse por más tiempo sordo, y centenares de personas le abren sus puertas y se apresuran a adorarle, a pesar de las incomodidades de la estación y de las molestias de sus tareas. Que Jesús quiera completar, no sólo en Madrid, sino en toda España, ese movimiento de reparación hacia su Amor Sacramentado. Si esto sucede, bien podríamos esperar todavía la salvación de España. El día que logremos tener en cada capital la Vela continua y en todas las parroquias la Vela periódica diocesana, y tengan todas las familias, al menos, un adorador, el bienestar reinaría sobre la tierra, porque dominaría el imperio del amor. Esto pido incesantemente al Corazón de Jesús».
   El 5 de abril de 1897 tuvo Don Manuel noticias de que el señor Obispo de Tortosa quería desprenderse del edificio de la Merced. Pocos días después, el 9, escribía: «Día de los Dolores: Pensamiento de ensayar en pequeño lo de Reparación». Y en aquella misma fecha: «Conferencias sobre el cuartel de Santo Domingo». Pensó en él Don Manuel en algún momento para convertir la antigua iglesia dominicana en templo de Reparación.
   El día 17 decía a don Andrés Serrano: «Yo estoy esperando la aprobación de nuestras Constituciones, y luego el Capítulo, para obtener de la Hermandad el consentimiento y beneplácito para ensayar la Reparación, si es que antes no me resuelvo a ensayarla en pequeño, y sin que esto signifique la realización del plan general, sino unas prácticas en Tortosa, si llego a obtener el local de la Merced, donde está la Juventud Católica».
   Almas encendidísimas en el fuego de eucarísticos amores la de Don Manuel y la de don Antonio Sánchez Santillana, latían al unísono en sus santos afanes por incrementar el culto al Sacramento de los Altares, y ambas sentían las mismas impaciencias por que realizara la Hermandad sus ideales de reparación. «Aprieten muy de veras-escribía a Don Manuel su amigo-para ver si pronto nace de la Hermandad la rama sacerdotal consagrada exclusivamente al «Real Servicio Eucarístico», pues las obras a él dedicadas lo han menester con apremiante necesidad. La operaria diocesana y el operarillo, agradecen sus finos recuerdos. Y V. P. R. mande como guste a su laico operario y buen amigo ... »
   El 9 de junio visitóle en Madrid Don Manuel, y don Antonio le comunicó el proyecto que tenían, y por cuya realización trabajó, en efecto, no poco, de obtener la iglesia del Olivar, de Madrid, y ofrecerla a los Operarios para templo de Reparación.
   En agosto del 98, con ocasión de hallarse reunidos para los Ejercicios espirituales en Valencia, decía Don Manuel a sus Operarios: «Va Jesús a abrirnos el segundo campo, tan deseado por nuestras aspiraciones, de la reparación y expiación a su Corazón Sacramentado, a fin de hacer converger hacia Él el sentimiento herido y lastimado de tantos corazones que anhelan la paz y el reinado de Jesús en las luchas actuales, que parece que obligan a preocuparnos de los últimos tiempos, en que ha de faltar la hostia y el sacrificio...»
   Don Manuel, al fin, quemó sus naves, y contra viento y marea se lanzó a levantar el soñado templo de Reparación. El 21 de junio de 1900, fiesta de San Luis, visitó al Prelado, Excelentísimo señor don Pedro Rocamora, pidiéndole que le cediese la iglesia de la Merced205. El 20 de noviembre de 1900, el Excelentísimo señor Rocamora le hizo gratuita donación del mismo para que en su solar levantase el proyectado templo. Ya debió prometérselo en la visita que le hiciera en junio Don Manuel, porque éste, a partir de aquella misma fecha, comenzó a consultar sobre la empresa a los más conspicuos Operarios.
   Dividiéronse las opiniones. A don José García, que seguía oponiéndose, le escribía Don Manuel, el 17 de julio, la siguiente carta: «Me extrañan tus desficios...206. No obstante, está seguro, de que los ofrecimientos voluntarios que quieras prestar a la empresa ni te han de comprometer, ni ponerte en ciertas situaciones públicas, que tanto te repugnan, sino que ha de ser tu descanso y tu afición, y mejor lo diré, tu gozo y tu corona, sobre todo, si se imprime a la misma el instinto de amagadeta207 y silenciosa. Mi entusiasmo por esta idea es tan fijo, que tendría remordimiento de no realizarla antes de morir; y si los nuestros se hubiesen opuesto, les habría pedido me lo dejaran realizar como cosa mía, con o sin apoyo de la Hermandad, y sólo habría pedido se dignara la Hermandad estar a la mira y dirigirlo y ser dueña. Por lo tanto, depón toda alarma y no harás sino lo que te venga bien, pero, eso sí, con interés. Además, estoy comprometido con el Obispo. Muchos años hace que rezo por ese edificio, y cuando me resolví, no dejaba de tener otro más céntrico a la vista, en caso de negación208. Creo que te convencería de la conveniencia y de las ventajas para el bien de Tortosa y de las almas, y estoy pronto a exponértelas».
   Falleció don José García en noviembre de aquel año, y en diciembre, la Junta de la Hermandad otorgó, por fin, «aceptación completa y entusiasta» al proyecto de Don Manuel, el cual se apresuró a comunicarlo a sus amigos y a agenciarse recursos económicos para realizarlo. «No me acobardo- escribía-; pero me intimida un poco la empresa».
   «Se me hace la boca agua-le decía el señor Sánchez y Santillana-con el proyectito de Reparación a Jesús Sacramentado, semilla para un movimiento rápido de amor y reparación a Jesús en España. Esta noche, que estoy de guardia, pediré al mismo Señor Jesús bendiga el proyecto».
   «No quiero retardar- escribía el 28 de diciembre a don Juan Bautista Calatayud-el envío del proyecto del Templo-Capilla central y universal de Reparación. Parece que Jesús lo quiere, después de tantos años que lo deseo y he estado detenido por los reparos y temores de los nuestros. Reunido con los reverendos Osuna, Elías y don Esteban, propuse el plan de campaña, las esperanzas, necesidad, ventajas, etc., etc., y lo aprobaron con gozo, y al mismo don Elías, antes refractario, le ha entrado deseo vivo de su realización. Tengo ya las siete almitas que me ofrecen ayuda, y espero obtener dos o tres más. El Obispo me ha cedido gratis el patio y solar de la Merced. Conque, oraciones muchas. ¿Quién sabe los destinos y designios de Jesús sobre esta obra puesta en nuestras manos? Por de pronto, es tina necesidad en esta población pecadora, que no tiene ni tina residencia religiosa, y con ello la tendrá indirectamente y sin ruido ni aparato, y sin pérdida de personal por nuestra parte ... »
   En las cartas que durante los meses siguientes fue Don Manuel escribiendo a sus amigos para informarles del proyecto, y suplicarles ayuda económica, repite muchas veces las ideas de que el templo de Tortosa tenía carácter de monumento «de reparación por esta ciudad pecadora», y había de ser «una especie de refugio a donde podrían acudir con facilidad las almas buenas». Juzgaba Don Manuel que, aun no habiendo grandes esperanzas de recaudar mucho, debía pedirse a todos, ricos y pobres, porque deseaba que todos participasen en la buena obra, y dando algo para la misma, por poco que fuera, mirarían luego la Reparación como algo propio.
   En marzo de 1901, trazó Don Manuel. con el arquitecto don Juan Abril, los planes del futuro templo. El 7 escribía: «No puedo llevar esta vida de continua ocupación mental, y ahora, por añadidura, con los proyectos de plano de la capilla central de Reparación universal, que me desvela alguna noche y m-aixuga lo cervell209. He vuelto a los treinta años, y estoy cazando almitas, como en mis verdes años, aunque para objetos distintos. Primero fueron monjas, luego San José, y ahora es Jesús Sacramentado. El me bendiga, como parece demostrar querer hacerlo. Necesito buscar de diez a doce mil duros, de primera intención, para este objeto, y Jesús me hace vislumbrar esperanzas por donde menos lo pensaba, cuando las tenía todas perdidas o agotadas. No deje de hacer algún encarguito de comuniones a las almitas buenas de esa casa. ¿Me concederá Jesús ver iniciado el segundo objeto primordial de nuestra Obra? Sí lo deseo, para que no me desvíen las primeras líneas y me desfiguren su carácter. Y aun le pido a Jesús el poder ver iniciado el tercer objeto, o por otro predestinado para ello, puesto que no veo con igual claridad de intuición las líneas, si bien el plan general lo tengo concebido hace años».
   Y el 25 de marzo decía: «La víspera de San José, a las ocho de la noche, recibíamos en casa de una señora desconocida los primeros dos mil duros para la Reparación... El día 1.º del mes que viene, iré por la mañanita, a las cinco, a un local de aquí, y haré un pequeño hoyo y pondré una piedrecita y la bendeciré para que brote pronto el templo de Reparación y Expiación a Jesús Sacramentado».
   Efectivamente, así lo hizo; y aquel mismo día, 1.º de abril de 1901, comenzaron las obras. Y fue el templo surgiendo, poco a poco, con menos rapidez de lo que Don Manuel deseaba, pero sin que fueran bastante causa para que el ánimo de éste desfalleciera los múltiples contratiempos de diversa índole que se fueron presentando: trastornos atmosféricos, reblandecimientos del terreno, opiniones de Operarios y de otras personas, que se manifestaban contrarias a la erección de la cripta, apuros económicos, huelgas, discrepancias entre el arquitecto y el maestro de obras, etc., etc...
   «No tema hacerse viejo-escribía a Don Manuel el 9 de diciembre de 1901 la M. Saturnina, Superiora General de las Teresianas-por las cosas de la mayor gloria de Dios. La Reparación ya veo que lo tiene loco, pero ¡loco de amor! Locuras quisiera yo como ésa. Esa obra sólo es posible que nazca venciendo los imposibles de este mundo. Alégrese, pues, aunque sea prensado y estrujado. ¡Cuánta gloria dará a Dios!...»
   El 8 de enero de 1902, decía Don Manuel a un Operario: «La Reparación adelanta, pero más lentamente de lo que yo quisiera. A ver si con sus oraciones logra usted que la Reparación se establezca en Sevilla, Granada o Córdoba, y le haríamos reparador una temporada para descansar de las fatigas de la vida activa. Esto deseo para muchos Operarios».
   Sobrevínole a Don Manuel la primera enfermedad grave y tuvo que trasladarse a Valencia. Desde allí, el 23 de marzo, escribía a don Luis Iñigo: «Continúe apremiando a San José; que ciertamente a las oraciones de las almas buenas atribuyo mi convalecencia, y de ellas espero mi curación, aunque tal vez ya no sirva más que para el cuartel de inválidos».
   El 3 de noviembre comunicaba a don Juan Bautista Calatayud, que se hallaba en Roma: «Ya ha llegado de Barcelona la campana para nuestra Reparación; pero aún me fatiga Abril con sus calmas y me troncha los cálculos de fecha, y los apuros aumentan... Pida a Jesús me lo deje ver terminado, si es de su agrado, pues será una capilla muy bufoneta210, y digna de ser Central del movimiento de reparación a Jesús Sacramentado».
   Un año después, el 22 de noviembre de 1903, se inauguraba con solemnísimas fiestas el nuevo Templo. Antes de que llegase el fausto día, el 6 de aquel mes, había sido Don Manuel desterrado a Valencia por su médico, que de acuerdo con el de esta ciudad, y con los Operarios, no le permitió que satisficiese sus legítimas ilusiones y vehementísimos anhelos de presenciar tan halagüeño suceso, temerosos de que la emoción le dañase gravemente. Don Manuel, siempre dócil y humilde, ofreció al Señor el sacrificio. «Mañana se inaugura-decía en una carta-nuestra iglesia de la Reparación. No han querido que presenciara las fiestas por temor de que las emociones perjudicaran mi salud. Jesús les pague la caridad, y a su amor ofrezco el sacrificio». En la elocuentísima y fervorosa alocución que pronunciara, en tan memorable jornada, el entonces Magistral de Tortosa don Rafael García, amigo carísimo y admirador entusiasta de Don Manuel, refiriéndose a éste, exclamaba, interpretando felizmente los pensamientos de cuantos le escuchaban:
   «¡Bendecid, Señor, al sacerdote magnánimo, alma y nervio de esta empresa, Zorobabel celoso de vuestra gloria, que, sin desmayos ni vacilaciones, no se ha dado punto de reposo hasta restaurar este templo; nuevo Nehemías que, aunque no encontró más que aquam crassam allí donde fue escondido el fuego sagrado, ha tenido alientos y celo para restablecer vuestro culto. ¿Por qué, ¡oh Señor!, no le habéis concedido el consuelo de que fueran las suyas las primeras lágrimas que bañaran esa ara? ¿Por qué no habéis querido que fuese el primero en adoraros aquí? Pero, aunque ausente, yo no la dudo, la primera adoración que habéis recibido en ese trono, habrá sido la suya. Desde las riberas perfumadas del Turia, os habrá enviado un suspiro de amor, una adoración ardiente y fervorosa, en la que iba envuelta su alma. ¡Conservádnoslo muchos años para gloria de vuestro nombre, fomento de las vocaciones eclesiásticas y prez de nuestra diócesis...!»
   En aquella misma fecha escribía a Don Manuel la M. Saturnina del Sagrado Corazón: «Sé que no le han dejado ir. Todo sea por Jesús... Ese sacrificio voluntario de usted ha puesto el broche de oro de su santa obra en el día más grande, cual es el en que nace en España. No tengo ninguna duda de que sus sacrificios, sobre todo éste, unidos a los sacrificios del Corazón Divino, comienzan hoy a reparar los excesivos gustos y pecados de esa ingrata humanidad, que no los comprende. Sólo se repara sacrificándose, y muy justo es que usted fuese el primer reparador con un gran sacrificio».
   El 22 de diciembre, ya en Tortosa, decía Don Manuel a don Luis Iñigo: «A primeros de noviembre me despachó el médico a Valencia por no encontrarme bien. Me prometieron que volvería para la inauguración de la iglesia y me engañaron como a un niño. El 28 me dejaron venir...»
   Dos preocupaciones tuvieron en adelante insatisfecho y descontento a Don Manuel: no poder visitar con regularidad a Jesús Sacramentado en su nuevo templo, a causa de las frecuentes recaídas en su enfermedad, lo que él atribuía a castigo del Señor por sus pecados; y la otra, el no acabar de ver logrados sus propósitos de multiplicar los centros de expiación eucarística, por los agobios de otros cuidados más urgentes, que absorbían su actividad. En febrero de 1904, le consolaba en estos términos una religiosa capuchina: «No piense que Jesús no le quiere reparador asiduo: todos lo son por usted. Claro está, siempre queda usted el primero. Déjelo todo en las manos de Dios, si no se hace tanto progreso en lo bueno como usted desea. Como le ama tanto, quiere que usted descanse en su Corazón Divino y no viva atareado. Bastante ha hecho. Jesús suplirá por usted».
   El 12 de octubre de 1905 escribía Don Manuel al P. Marro, S. J.: «Gracias a Jesús, que me ha permitido ver el culto deseado del Sacramento en ésta, pero que no me deja el consuelo de trabajar para desarrollarlo». «La Reparación -decía a una religiosa-continúa bien y estoy contento; pero mis ambiciones no están satisfechas. Pida a Jesús que, si es su voluntad, pueda ver una docena, al menos, de Reparaciones, y otras taritas Cortes de amor y expiación diocesanas».
A una de sus devotas de San Mateo, que le visitó en Tortosa, le decía:
   -Me vuelvo viejo. Dime: ¿qué haríamos si fuésemos jóvenes?
   -¡Yo, qué sé! -respondió ella.
   Y Don Manuel exclamó, entusiasmado y devoto:
   -Haríamos un templo de Reparación en cada pueblo, para reparar a Jesús de las muchas ofensas que recibe.
   No logró ver satisfechas sus santas ambiciones, Pocos meses antes de su muerte, se lamentaba de ello ante los Operarios en Valencia. «¡Templos de Reparación!- decía - ¡No querrá Dios que los vea! ... »
   Digamos unas palabras sobre el carácter que deseaba Don Manuel que tuviese el culto eucarístico en sus templos de Reparación. Escribiendo al Superior del de San Felipe de Jesús de Méjico, le advierte: «Programas.-No se aferre usted demasiado a las ideas de esa gente para acomodarse a sus gustos. No olvide el carácter quieto y silencioso de nuestra Obra de Reparación; y así, prudentemente, como usted dice, vaya eliminando procesiones y comuniones generales: pues ahí, como en nuestra Reparación de aquí, todos los días son generales, pero sin la inquietud de movimientos que produce una comunión general. Que lo hagan en otras iglesias, que tienen ese carácter y necesitan esos bombos y excitaciones. Fiesta de San Felipe.-Bien por el feliz resultado. En ésta ya puede descartarse un poco el carácter de nuestro templo de su quietud y sencillez».
   «Gustaba-dice don Federico Domingo-de que las cosas pertenecientes al culto divino, como lectura, Santo Rosario, etc., se hicieran muy bien y con gran claridad. Cuando me encargó a mí la lectura de la Hora Santa en la media noche de fin de año en la Reparación, me dijo estas palabras: Fesho he i llitx ben xafadet»211. En un papel de advertencias, dejó apuntado Don Manuel: «Lentitud y devoción en el rezo del rosario. Soy enemigo de la pesadez, pero ¡ah! ese apresuramiento me encorajina». «¿Ya se han buscado - preguntaba a los Operarios de San Felipe, de Méjico- un buen lector y rezador? Es tema muy esencial; y que rece muy chafadito». Las pláticas en la Reparación quería que fueran «sermoncicos de quince minutos». De conformidad con la mente y las disposiciones de la Iglesia, especialmente de Pío X, deseaba que los fieles tomasen parte activa en el culto.
   «Creo -decía -convendría dirigir una advertencia desde el púlpito para animar a las almas devotas a que se asocien a los cantos del Tantum ergo, etc., y sobre todo de las Letanías. Hemos de trabajar para que el pueblo tome parte en el canto, como se hace en todas las otras naciones». «Tráiganos-encargaba a un Operario que se disponía a regresar de Roma-todas las letanías de la Virgen que pueda, y además, la respuesta ordinaria que dan los romanos, o sea el pueblo, en el canto de las Letanías. También deseo aquellos versitos o cantarella que suelen cantar después de la Reserva o antes del Benedetto sia Dio».
   Buscaba limosnas para que, al menos los viernes, hubiese más luces ante el Santísimo. «Padezco mucho-decía en cierta ocasión a la M. Rosalía del Niño Jesús-. Búscame quien provea para que podamos iluminar con más decoro al Jesús de la Reparación». «Las catorce velas solas para la Exposición-escribía a los de San Felipe de Méjico-me parecen poquitas para mi Jesús. En el acto de la Reserva, al menos, pónganme más».
   Esforzábase Don Manuel en discurrir otras industrias para fomentar el culto y el amor a la Eucaristía.
   «No eche usted hondas raíces ahí-decía a un Operario de Méjico-. Si usted hubiese estado aquí este año, quizás hubiéramos publicado un libro de quinientas páginas de «Coloquios eucarísticos» y lo hubiéramos editado a costa nuestra».
   Más de una vez, a partir de 1901, encargó a don Juan B. Calatayud recoger materiales para el «Boletín de la Reparación a Jesús Sacramentado». No logró Don Manuel verlo puesto en marcha, pero conocedor aquél del pensamiento y del proyecto del venerado y santo Fundador, años después de la muerte de éste lo llevó a felicísima ejecución sacando a luz la simpática, espiritual -y atildada revista «La Reparación», deleite purísimo de las almas piadosas, mensajera incansable de fervores eucarísticos y eficacísima fomentadora del amor y la reparación a Jesús Sacramentado.
   Entre los planes que preocupaban a Don Manuel los últimos meses y días de su vida, algunos eran de índole reparadora. Tales, el aprovechamiento del palacio de San Rufo para obras eucarísticas, y el establecimiento de una «Asociación Sacerdotal de Reparadores», para organizar con ellos turnos de vela ante el Santísimo.
   El traslado de los venerandos despojos mortales de Don Manuel al templo de la Reparación vino a realizar un anhelo por él alguna vez sentido. Cuando estaban dando piadosa sepultura a don José María Caparrós, Obispo de Sigüenza, junto al altar mayor de la ermita de Nuestra Señora de la Luz, en Murcia, exclamó Don Manuel, dirigiéndose a uno de sus Operarios: «¡Qué envidia le tengo, por estar enterrado cerca del Sagrario! ... » Quiso el Señor premiar este santo deseo de su siervo. Junto al presbiterio de la iglesia de la Reparación, donde tantas horas cada día se halla expuesto el Santísimo Sacramento; próximo al Tabernáculo, donde en todo momento vive y alienta el Corazón Eucarístico de Jesús, que fue imán irresistible del de Don Manuel, reposan las reliquias venerandas de aquel cuerpo que tantas fatigas soportara por la máxima gloria de Jesús Sacramentado.

CAPÍTULO VIII



Amor de Don Manuel a los Santos. -Sus devociones predilectas



   El amor a Dios, verdadero y legítimo, por fuerza ha de conducir al amor de aquellos en quienes la bondad y la gracia de Dios brilla y se transparenta. Y en nadie como en los Santos resplandecen y se muestran tan evidentes, palpables y atrayentes las maravillas del Señor. Son los Santos, por añadidura, guías y modelos insuperables en los caminos que a la santidad conducen, dispensadores de sus gracias e intercesores llenos de eficacia y de poder para alcanzarlas. Como amadores y amados de Dios, como ejemplares de espiritual perfección y como abogados y favorecedores celestiales, despertaban los Santos en Don Manuel veneración, afecto, estímulos de imitación y alentadora confianza.
   Pero si a todos los bienaventurados en general tributaba, a impulsos de semejantes sentimientos, el homenaje de su devoción, sentíala más particularmente acendrada y fervorosa, por unas razones o por otras, hacia algunos de ellos.

***

   Pero antes de comenzar a hablar de aquellos a quienes podríamos llamar los Santos predilectos de Don Manuel, por haberles profesado singularísima devoción, digamos que ocupó siempre en su espíritu lugar preferente la que sintió hacia la Trinidad Santísima.
   Contribuyó, sin duda, a que desde su edad primera fijase su mente y naciera en su corazón la admiración, la gratitud y el amor a tan insondable y divino Misterio, la circunstancia de hallarse a pocos pasos de su casa natal la antigua iglesia de los religiosos Trinitarios, hoy iglesia parroquia¡ de San Blas. Siendo jovencito, comulgaba ya Don Manuel cada año, en determinadas fechas, en honor de la Santísima Trinidad, y en sus «Guirnaldas» del Mes de Mayo aparecen obsequios a la misma dedicados. Ingresó más tarde en su cofradía, a la cual, luego que llegó a ser sacerdote, procuraba limosnas.
   Celebró su primera Misa en el altar de la Santísima Trinidad de la mencionada iglesia, y en lo sucesivo, de tiempo en tiempo, gran número de ellas, según consta en su «Dietario». Por lo general, acostumbraba decirlas en hacimiento de gracias, lo que demuestra que a la Trinidad Santísima encomendaba frecuentemente sus propios intereses espirituales y sus empresas. Finalmente, durante toda su vida practicó con asiduidad la devoción del santo Trisagio.

***

   Otra de las grandes devociones de Don Manuel, fue la que profesó siempre al Romano Pontífice, honrando y venerando en él a Jesucristo, a quien representa, y a la Iglesia, a la que en nombre de Jesucristo preside y gobierna. Ya dijimos que uno de los rasgos espirituales más característicos de Don Manuel, fue su romanismo. Con su ejemplo, con artículos periodísticos, con pláticas y conferencias, fomentó y propagó ese su fervoroso amor al Papa y a la santa Iglesia. i Cuántas fueron sus oraciones en favor de la una y del otro!... Jovencito todavía, uno de sus obsequios de mayo a la Virgen era el de pedir «por la paz y la unión de los príncipes cristianos en favor de la Santa Sede». En momentos de graves tribulaciones y formidables tempestades desencadenadas por sus enemigos contra la navecilla de Pedro, apresurábase a celebrar Don Manuel Misas y más Misas pro Sancto Patre. Y otras veces pro Papa infirmo, pro defuncto Pontífice, etc. etc... Hasta en la veneración con que besaba los autógrafos de los Supremos Jerarcas de la Iglesia, como quien besa una reliquia, demostraba el filial amor y la acendrada devoción que les tenía.

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   Todas las almas santas han sido almas eminentemente marianas. No podía faltar este carácter a la piedad de Don Manuel, el cual amó a la Virgen Santísima con toda la inmensa ternura de que es capaz un corazón tan delicado y afectuoso como el suyo. A fuer de buen tortosino, desde su niñez se nutrió con el jugo de la devoción a Nuestra Señora de la Cinta. Ya dijimos cómo siendo seminarista, en los primeros años de su juventud, comenzó a ejercitarse él mismo, y a inculcar y fomentar entre sus compañeros el culto a la Madre de Dios, singularmente durante el mes de mayo. Durante sus estudios comulgaba indefectiblemente en las principales festividades marianas. Vistió el hábito de Nuestra Señora de los Dolores, ingresando en la Venerable Congregación de la misma en Tortosa, y el 31 de marzo de 1860 profesó en ella.
   «Cuando fue Prior de San Antonio-dice Sor Dominga Gimeno-trabajó mucho por que la Virgen del Sagrado Corazón tuviera su imagen. Después, fue siempre muy devoto de ella. Cuando tenía espinitas, me escribía diciéndome: «Dilo a la Virgen», y otras veces: «Hazme una novena a Nuestra Señora del Sagrado Corazón». Merced a los esfuerzos de Don Manuel, se compró para dicha iglesia, y fue colocada en una de las capillas laterales de la misma la magnífica imagen de Nuestra Señora del Sagrado Corazón, que aun hoy sigue allí venerándose. Era el título que prefería entre todas las advocaciones de la Virgen. Cuando se hallaba en Roma, visitaba con frecuencia, y en las ocasiones más memorables, como la de la instalación del Colegio Español, iba a celebrar la santa Misa en la iglesia de Santiago de los Españoles, en el altar de Nuestra Señora del Sagrado Corazón. La última vez que fue a la Ciudad Eterna, a pesar de su delicado estado de salud, no quiso dejar de ir a rendirle gracias, diciendo un día la Misa ante su imagen. En julio de 1904, y sin que sepamos fijamente a qué lugar se refería, aunque presumimos que a la cripta de la Reparación de Tortosa, o al mismo templo de Reparación, escribía a doña Beatriz Gombau, perpetua y fidelísima «mandadera de honor» suya en todo lo que atañía al ornato del mismo: «Para mi gusto, no debía haberse tocado la imagen de Nuestra Señora del Sagrado Corazón; pero me dijeron que era muy pequeña, y no se adaptaba. Ya sabe que mi deseo es que sea ella el Ama de allí... Si se perdía la esperanza de lograrlo, pondríamos allí el Corazón de María, pero del modo que lo representan los religiosos del P. Claret, esto es, con el Niño en los brazos, y que casi se asemeja a Nuestra Señora del Sagrado Corazón. Puesta allí ésta, recibiría más culto ... »
   Como director espiritual, esforzábase Don Manuel por infundir en las almas una filial y tierna devoción a María. Ya vimos que uno de los procedimientos de que se sirvió en alguna ocasión para ello, era hacerles escribir cartas a la Virgen, que luego, en nombre de ésta, con oportunos avisos espirituales y consejos, se cuidaba de contestar él mismo.
   De otro recurso de Don Manuel, enderezado al mismo fin, nos habla una de sus hijas espirituales: «Todos los años-dice-, en mayo, me hacía tomar un papelito donde decía que, en obsequio de la Virgen, me abstuviera de una fruta, y, a pesar de lo mucho que me gustaba comerla, cumplía su encargo».
   «A todas nos inculcaba -declara otra-la devoción a la Virgen, y en el mes de mayo nos señalaba alguna mortificación y práctica piadosa para testimoniarla». De estas santas industrias valíase ya desde jovencito para propagar y aficionar a la devoción a María a sus compañeros de Seminario.
   Formaba entre sus dirigidas coros para la «Corte de María». Inscribía igualmente en ella a sus hermanas y a las jóvenes de su familia. «Siempre que hablaba de la Virgen-escribe una religiosa de Santa Clara-, aunque estuviera en el confesonario, notábamos que se paraba para saludarla, y, con ternura de hijo agradecido, solía con frecuencia repetir aquella estrofa:

Maria, Mater gratiae,
Dulcis Parens clementiae,
Tu nos ab hoste protege
Et mortis hora suscipe».


   «Dos fechas conmemoramos-decía Don Manuel en un fervorín a sus colegiales de Tortosa-: Primera, la inauguración de la imagen de la Purísima. Puede decirse que es el día oficial y quiero que se recuerde todos los años en esta fecha; y el Patrocinio de San José. Respecto de la primera, bajo el manto de María quiero colocaros. Ella ha de ser vuestro sostén, vuestro guía, vuestro consuelo. Esta imagen ha de ser la reparadora constante de vuestras infidelidades. Haced cuenta que la habéis puesto en vuestro altar para que sea como la estrella: porque la estrella del mar del mundo es María. Desde hoy, pues, sea la Virgen Purísima vuestra Directora, vuestra Madre, vuestro todo. Yo dejo a Ella el cuidado de este Colegio, y con Ella, mediante su imagen, que hemos bendecido, estoy más tranquilo que con todos los cuidados y esfuerzos que vuestros Directores puedan poner para vuestras almas...»
   En la familiar comunicación y trato que tuvo siempre con las religiosas de la Purísima de Tortosa y Benicarló, adquirió la ordinaria costumbre que ellas tienen de repetir la jaculatoria «¡Madre Purísima!», que, a modo de espiritual estribillo, pronunciaba Don Manuel muchas veces, sobre todo en sus enfermedades.
   En 1904 tuvo una intervención directa y principal en la organización de las brillantes y fastuosas fiestas con que Tortosa conmemoró el faustísimo acontecimiento del 50º aniversario de la definición dogmática de la Concepción Inmaculada de María.
   Aparte el fomento de la devoción a este singularísimo privilegio de la Virgen, mediante el cultivo y dirección de la Congregación de la Inmaculada y San Luis de Tortosa y la implantación de otras en diversos lugares, propagó Don Manuel por España, desde luego en sus Colegios y Seminarios, donde tuvieron ocasión de conocerla centenares de futuros sacerdotes, la «Felicitación Sabatina». Fue autor de la letra y de una música de esta dulce y simpática devoción mariana, el piadoso sacerdote valenciano e inspirado maestro de música, don Juan García212. La introdujo en Tortosa, en 1861, el señor Sanz y Forés, y fue entonces cuando la conoció y se enamoró de ella Don Manuel, convirtiéndose en entusiasta propagandista de la misma.
   El Oficio de la Inmaculada producíale extraordinaria efusión espiritual. «Lo recitaba-dice don Juan Estruel-con gran fervor sensible, y las lecciones de San Germán las había de rezar él las tres, paladeándolas con transportes de santo entusiasmo».
   En todas las festividades de la Virgen era para Don Manuel cosa obligada celebrar en su honor la santa Misa, y en algunas de ellas, además, el día de la octava. Con frecuencia visitaba el popular santuario tortosino de la Providencia. Aparte otras ocasiones, solía peregrinar a la humilde ermita de Nuestra Señora de la Petja, sita en las cercanías de Tortosa, arrostrando grandes incomodidades, en vísperas de sus viajes a la Ciudad Eterna, para colocar bajo el patrocinio de María aquella que él llamaba «la colosal empresa» de la fundación en Roma del Colegio Español.
   Extraordinariamente fervorosa fue la devoción de Don Manuel a la Virgen del Carmen. Consagrado a ella en 1856, permaneció fiel toda su vida al cumplimiento de las promesas y de los propósitos que entonces formulara. Todos los años, el día de la Reina del Carmelo, iba a celebrar la santa Misa en el altar de la misma de la iglesia de los Dolores; y por si acaso se hallaba en Valencia, al convento de los Padres Carmelitas, para poder decir la Misa de la Virgen, pues en los otros templos de la ciudad, conmemoraban aquel día el Triunfo de la Santa Cruz. Intentó llevar a Tortosa una comunidad de religiosos carmelitas y hasta fue uno de ellos a visitar el palacio de San Rufo, que Don Manuel ofreció regalarles, si se determinaban a realizar la fundación. Practicaba la piadosa costumbre de rezar los siete tradicionales padrenuestros, propia de los que llevan el escapulario del Carmen.
   La más esclarecida hija del Carmelo, la ínclita Reformadora del mismo, Santa Teresa de Jesús, en los momentos culminantes de la lucha entre Calzados y Descalzos, escribía al P. Gracián: « ... Es víspera de Nuestra Señora de Agosto. En fin, en sus días [los de la Virgen] vienen los trabajos y descansos como cosa propia».
   Esta coincidencia en punto a trabajos, que la Virgen había de convertir después en merecimientos y venturas, la experimentó también Don Manuel. Fecha de cruces y dolores solía ser para él la fiesta del Carmen. Y, a juzgar por lo que deja entrever en uno de los más íntimos documentos suyos, en tal día, de no sabemos qué año, sobrevínole la pena que más acerbamente hirió su corazón a lo largo de su vida, y que por los términos con que alude a ella, debió ser sobre toda medida profunda y dilacerante.
   El 16 de julio de 1895 escribía: «La Virgen me ha dado hoy una espinita, y no es la única que me dio otros años en este día. Si será señal de que está poco contenta de mí. Es fácil». Y en otra carta: «El día del Carmen dije Misa en los Carmelitas de Valencia, y luego, enseguida, la Virgen me envió una espina. Al llegar aquí, a Tortosa, supe otra; y esta fecha recuerda otras espinas. ¡Ojalá las sepa aprovechar!»
   Otro año escribe: «¡Cuántos recuerdos tengo del día del Carmen en mi corazón! Hace años, en esa fecha, tomé el hábito como terciario. Otros dos años, tuve los dos más grandes disgustos que he sufrido. En cambio, en otros he tenido consuelos».
   «Ya lo sabe-escribía a la Abadesa del convento de Vinaroz- que obtenga de la Divina Madre que pueda ir pronto ahí para celebrarle una Misa de acción de gracias, ya que la última vez me envió esa Madre bondadosa tribulación de malas noticias, que no son propias de Ella».
   «En cuanto a mí-escribía Don Manuel-siempre estimaré en más mi pequeño y pobre escapulario que las más ricas y pomposas condecoraciones; porque éstas me harían a la faz del mundo caballero de tal o cual Orden, pero aquél me declara siervo de la gran Reina del cielo, de la Madre de Dios. Las condecoraciones, poco o nada me valdrían en mis necesidades, en los momentos de mayor peligro: pero el escapulario es mi escudo, mi defensa, mi esperanza, porque representa el amor, la protección y las promesas de mi Madre.
   ¡Yo te venero y te estrecho contra mi corazón, escapulario amado! Yo ruego a mis parientes y amigos que no lo separen de mi pecho jamás; que me dejen morir con él y lo sepulten conmigo, porque quiero que adorne mi cuerpo muerto la condecoración de que hice más estima en mi vida».

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   Conocidísima es, para cuantos trataron a Don Manuel, la filial devoción que profesó siempre al Patriarca San José. En nuestra Patria, desde Santa Teresa para acá, pocos han contribuido tan eficazmente como Don Manuel a extenderla y arraigarla entre los fieles. El recuerdo de San José va constantemente unido y vinculado al de Don Manuel y su Obra; y hasta tal punto lo han comprendido así las gentes, que los Operarios son comúnmente conocidos y designados con el calificativo de «Josefinos», por haber dado Don Manuel, a las Casas de Vocaciones por él fundadas, el significativo título de «Colegios de San José».
   «Hace años-decía Don Manuel en 1894-que, al querer iniciar la Obra de las Vocaciones Eclesiásticas, rodeado de dificultades, fatigado por la penuria y las contradiciones, buscábamos una sombra que la guareciera y pusiera a salvo la Obra de nuestras manos. Y una alma grande, un protector insigne213, nos señaló con la mano y nos prescribió casi con mandato al Patriarca San José. Y bajo su sombra se puso esta Casa matriz de Tortosa, y bajo su manto hemos cobijado a otros Colegios, y en los pliegues de él se han escondido los hijos de la vocación; y bajo su sombra y protección pusimos el único Colegio y Casa española de estudios en Roma, y nuestra esperanza no ha sido defraudada. De modo que, mejor que las otras almas, podemos exclamar, al pensar en su Patrocinio: Sub umbra illius!... ¡Bendito sea el momento en que se nos dio a San José por Patrono de esta Casa y de todas nuestras Casas, y se levantó el místico Nazaret de esta santa capilla para cobijar bajo el manto de San José a Jesús Sacramentado!»
   Huelga decir que la devoción de Don Manuel al Santo Patriarca, al cual desde sus primeros años de sacerdote obsequiaba con «ramilletes de obsequios» durante el mes de marzo, fue constante, acendrada, tiernísima y de una confianza sin límites. Bajo el amparo de San José colocó en todo tiempo sus empresas en favor del sacerdocio.
   Practicaba durante todo el año y hasta el fin de su vida, la devoción de los Siete Domingos. Aparte de las Misas que en su honor celebraba en determinadas festividades o en especiales apuros, le ofrecía invariablemente la del día diez y nueve de cada mes. Llevaba siempre en sus viajes el librito de los Siete Domingos. Excitaba sin cesar a sus Operarios a que acudiesen a San José como a supremo abogado en los trances de mayor dificultad. «Jovaní en X... -escribía- quisiera adelantar la hora de una resolución, y ésta no es llegada todavía, y le escribo que esté tranquilo, y puede usted animarle: que San José tiene travesuras que sorprenden más de una vez, para los que son humildes». A otro Operario le decía: «Veo eso del Seminario. Encomiéndelo a San José; que el Santo hace de las suyas en asunto de vocaciones. En Valencia está triunfando...»
   Ya en 1868, en la lista de los obsequios que había de tributar a San José durante el mes de marzo, ponía Don Manuel el del «ofrecimiento de propagación de su culto». ¡Cuán plenamente lo realizó! Con tal fervor hablaba del Santo Patriarca, que hasta las palabras más sencillas e insignificantes que pronunciaba en su loor, impresionaban maravillosamente a las almas piadosas. El Operario don Mateo Despóns nos dice: «Mi madre aún se acuerda que, en un sermón en San Mateo, empezó así: «i San José! ¡qué Santo más bendito! ... » -Tiene aún fijas estas palabras, y desde entonces su devoción al Santo es sin límites».
   El hermoso y artístico cuadro de San José colocado en el centro del lindo retablo, que para que le sirviera de adecuado marco construyó Benet en la capilla del Colegio de Tortosa, se lo regaló a Don Manuel el Excelentísimo señor Vilamitjana.
   La tosca escultura del Santo, hecha de barro cocido, que preside la fachada del Colegio, aunque informe y desigual en sus proporciones, fue obra de un artista que más tarde llenó el mundo con su fama. Se la encargó Don Manuel, para favorecerle, al joven Agustín Querol, que andaba entonces en los primeros tanteos y ensayos de su después gloriosísima carrera. Esta obra parece que fue la que decidió a Querol a consagrarse a la escultura. Cuando se encontraba ya el genial artista en el cenit de su gloria, avergonzado de que subsistiese aquella antiestética y primeriza obra suya, manifestó algunas veces sus deseos de que fuese sustituida por otra, digna de su nombre y de su firma.
   Finalmente, ¡cuántos miles de corazones juveniles en España, en Roma, en Portugal y en Hispanoamérica no han vibrado a los acordes briosos y valientes, como de marcha militar, del popularísimo himno:

«¡Oh, José!, de la Iglesia Patrono,
Padre amante de su Fundador,
¡No la dejes en triste abandono!
¡Sálvala del impío furor! ... »

   Aludiendo al mismo en un fervorín a sus colegiales de Tortosa, exclamaba Don Manuel: «A la sombra del árbol de San José han brotado miles de vocaciones, y las ramas de este árbol se han extendido más allá de los límites de nuestra patria, y bajo su sombra se han reunido de todas partes jóvenes que no se conocían allá, junto al Tíber, para entonar un himno que les era ignorado y allí cantar también:

«Para ti todos nuestros latidos,
Para ti nuestro amor filial».

   Y este himno se canta en lengua portuguesa por corazones juveniles, que no se avergüenzan de llamarse josefinos, y que se convierten en pregoneros de San José y de su Obra ... »

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   ¿Cómo dejar de mencionar, entre las devociones clásicas de Don Manuel, la que profesó a los Santos Ángeles?... «¡Los Ángeles!-exclama una de sus hijas espirituales-. ¿Es que hay alguna persona que no lo sepa, que eran sus amigos, familiares, recaderos, intercesores? ... » Dejando para otros capítulos el tratar con mayor extensión de su devoción al Ángel de España y al Ángel de Tortosa, digamos algo aquí de la que tuvo a los Ángeles Custodios en general. Cada año, en el día de la fiesta de estos celestiales Protectores, celebraba en su honor la santa Misa, y además en algunas otras fechas, por ejemplo, en la del Arcángel San Rafael, etc..., decía la Misa para encomendarse a ellos y en hacimiento de gracias por favores recibidos. Las Misas se multiplicaban en particulares ocasiones y necesidades. Así, las que aplicaba a los Ángeles de los reinos, diócesis o ciudades en que se disponía a fundar alguna de sus Casas.
   En el artículo de fondo del «Correo Interior Josefino», de mayo de 1897, discurre así Don Manuel sobre este particular:

   «La devoción a los Santos Ángeles es una de las devociones más gratas, eficaces y consoladoras que nos propone la Iglesia. Más grata: porque es muy dulce el pensamiento que la fe nos ofrece de tener constantemente a nuestro lado, y dispuesto a devolvernos una sonrisa cariñosa a cada una de nuestras miradas, a uno de esos cortesanos del cielo, radiantes de luz y de gloria; y esto, lo mismo entre el ruido de nuestras comunicaciones con el mundo, que cuando nos encontramos en la soledad del campo o en el quieto retiro de nuestra habitación, en las solitarias horas de la noche... Más eficaz: porque la consideración de que nos está mirando, nos contiene, y es un escudo contra las tentaciones. «¿Acaso te atreverías, dice San Bernardo, a hacer delante del Ángel lo que no harías delante de mí?» La más tierna y consoladora: La presencia de Dios nos inspira temor, aunque saludable; mas el pensamiento de que tenemos este Guardián a nuestro lado, sin otro objeto que favorecernos, hermano nuestro, y coherederos suyos, nosotros, del reino de los cielos, no puede menos de infundirnos cierta libertad y confianza tiernísimas».

   Y desde las páginas de «El Congregante»i para inculcar en sus queridos luises la devoción al Ángel de la Guarda, les decía: «El día mismo que aparecisteis sobre la tierra, envueltos todavía con el ropaje de la mancha original, la mirada de Dios se fijó en vos. otros, y compadecido de vuestra debilidad, llamó a uno de los príncipes de su corte que permanecen delante de su trono, y le dio el encargo de que fuera vuestro director, guiara vuestros pasos, hablara a vuestro corazón, fuera portador de vuestras oraciones ante Él, y un día os acompañara para que tomarais parte en su felicidad. Y desde aquel día, el Ángel Santo se posó sobre vuestra cama, os tomó por su cuenta y os ha prestado todos los buenos oficios de que es capaz... Y este Ángel no os abandonará jamás; su asistencia durará toda vuestra vida, y de vosotros depende que esos lazos de unión duren toda la eternidad. Que no lo olvidéis, pues, en ninguna circunstancia de vuestra vida; que el del Ángel sea el primer nombre que pronunciéis al despertaros, y el último que saboreéis al entregaros al descanso, y sea vuestro escudo en los ataques contra el enemigo de vuestras almas».
   De la devoción a los Ángeles en general y en particular al Ángel de la Guarda de cada hombre, pasaba Don Manuel a la de los Ángeles Custodios de cada asociación, parroquia, ciudad, diócesis y reino. A todos alcanzaba su fervor anhelo de recordarlos y recomendarlos como blanco de las oraciones y homenajes de los fieles. En sus cartas, son innumerables las veces que sugiere el pensamiento de acudir, para el más eficaz logro en las empresas de gloria de Dios y de bien de las almas, al Ángel particular de la ciudad, diócesis, colegio, reino, etc., donde el auxilio de lo alto era entonces necesario.
   Y no se contentaba con predicar esta devoción a los Santos Ángeles. La prescribía además. Y así como en los cultos cotidianos del templo de Reparación de Tortosa, siempre se reza, por ordenación suya, al Ángel Custodio de la ciudad, y en los Colegios fundados por la Hermandad y en los Seminarios dirigidos por ella, en los Padrenuestros del rosario cada día son invocados el Ángel de la diócesis y el de España, así también en las Constituciones dadas a los Operarios les señala Don Manuel Como práctica peculiar de la Congregación, la del culto a los Santos Ángeles. «La devoción a los Santos Ángeles-les dice-ha de ser mirada con marcada predilección por los Operarios. La solicitud de estos bienaventurados espíritus para con los hombres y su poderoso valimiento, deben engendrar en nosotros una viva confianza y movernos a invocarlos frecuentemente en nuestras continuas ocupaciones, viajes y peligros, y a comunicar esta misma devoción a las almas y especialmente a la juventud que nos está confiada. Al pasar por las parroquias, saludemos al Santo Ángel y Patronos de ellas, para que bendigan los intereses de Jesús en las mismas; y al penetrar en el término de aquella a que nos dirigimos, recemos un padrenuestro a su Santo Ángel. También deben invocar diariamente, mediante el rezo de un padrenuestro, al Ángel de la diócesis en donde operan, y confiarle el éxito de las empresas arduas en ella y la elección de los jóvenes que deban venir al Colegio. En especial, deben practicar y promover la devoción al Abogado especial de nuestra Hermandad, el Santo Ángel del Reino, y confiarle el cuidado y extensión de nuestra Obra en todo él, rezándole un padrenuestro cada día y ofreciéndole un pequeño tributo el primer día de cada mes, aunque no sea más que la antífona y la oración».
   No dejaba de recordar Don Manuel a sus Operarios el deber de fidelidad a estas prácticas constitucionales, encareciéndoles que, en los trances de mayor apuro de las Casas, acudiesen al Santo Ángel, y hasta que invocasen al de la Guarda de la persona con quien habían de tratar asuntos, o al de aquella a quien se disponían a visitar, para encontrarla en su domicilio. Entre sus propósitos de un día de retiro, figuraba éste: «Saludo a los Ángeles, al ir a tratar a otras personas».
   «Amado don Andrés-escribía a don Andrés Serrano, con ocasión de una carta de éste-. ¿Qué? ¿No hace la cruz sobre las cartas, y aun encarga al Ángel las más importantes? ... »
   Acostumbraba Don Manuel encomendarse a su propio Ángel cada vez que comenzaba un viaje, para que le deparase en los trenes las personas más espiritualmente provechosas y deseables.
   Con razón ha merecido ser llamado Don Manuel «el apóstol de la devoción a los Santos Ángeles en el siglo XIX». Estos celestiales mensajeros premiaron más de una vez su amor y su confianza en ellos, con singularísimos favores. «Hacia 1902 y 1903 -cuenta don Andrés Serrano-andaba organizando el Cardenal Sancha un internado donde formar camareros para sacerdotes. Un día propuso en serio a los Operarios de Toledo la realización del proyecto, ofreciendo para ello la necesaria ayuda económica. Iban dando aquellos largas al asunto, no convencidos de la conveniencia de semejante iniciativa, hasta la próxima ida de Don Manuel a Toledo. El Cardenal le esperaba con vivo deseo. Se puso en autos del proyecto a Don Manuel, que se mostró enteramente contrario, y estaba dispuesto a negarse en redondo y a aconsejar al Cardenal que desistiera. Convidóle éste a comer, y al dirigirse Don Manuel a palacio, le preguntaron: -¿Va usted preparado? -No tengo que decirle más que es... un bellísimo desatino. - ¡Por Dios, Don Manuel, vea usted cómo lo hace!... ¡Está encariñadísimo!... -Bueno, lo encomendaremos durante el camino al Ángel de la Guarda del señor Cardenal. En efecto, -dice don Andrés Serrano-más de dos horas estuvimos conversando con el señor Cardenal, y como si se lo hubiesen borrado con una esponja, no se acordó de semejante tema».
   No faltaba quien, conociendo estas santas tretas de Don Manuel, abusase de las mismas respecto de él. Una religiosa, refiriéndose a cierta dirigida de Don Manuel, escribe: «Esta alma que digo, nos decía que muchas veces a ella le había pasado esto: estaba esperando para confesarse en Santa Clara, y, si tardaba en venir, decía: «Ángel de mi Padre Sol, dile que venga». Y al cabo de un poco venía, y me decía: «¡Qué importuna eres en llamarme por mi Ángel!...» Y se reía, y me confesaba».

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   Por no repetir conceptos ya emitidos y reproducir documentos anteriormente publicados, nos limitaremos a mencionar la fervorosa devoción de Don Manuel a San Luis Gonzaga. Palmaria demostración es de la misma cuanto hemos dicho acerca del admirable y, entusiasta apostolado de Don Manuel en pro de la juventud, especialmente el que desarrolló en la Congregación Luisiana de Tortosa, en «El Congregante de San Luis», y promoviendo la Peregrinación nacional al sepulcro del Santo en Roma. Finalmente, señaló como uno de los objetos de la Hermandad -entre cuyos Santos Protectores figura el Ángel de Castellón-la implantación y el fomento de las Congregaciones de San Luis.

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   Ardentísima fue, igualmente, la devoción de Don Manuel al Serafín de Asís. De no haber existido otros motivos, el cargo que desempeñó, durante un cuarto de siglo, de Vicario y confesor de las clarisas de Tortosa, habría bastado para que prendiera y arraigase profundamente en su corazón. Sentíase Don Manuel verdadero hijo, un hijo más, de San Francisco, junto a sus dilectísimas clarisas. Incontable número de veces les platicó del Santo, de sus virtudes y su espíritu. Indefectiblemente, cada año, con ocasión de la renovación de votos de las religiosas y en las fiestas franciscanas, «si hablaba-dice una clarisa-de nuestro Seráfico Padre San Francisco el día de sus Llagas, lo hacía con tales sentimientos de amor y dolor, que parecía otro Serafín del Monte-Albernia». Pertenecía Don Manuel a la Venerable Orden Tercera, y en 1881 fue elegido Celador de la misma en Tortosa. El 16 de abril de 1888 escribía a las religiosas de la Providencia, también franciscanas, de Vinaroz: «Hoy, 16, fiesta de la renovación de votos de ¡-ni religión franciscana. ¡Qué placer hubiera tenido en poder hacerles un fervorín sobre este asunto antes de hacer los votos en presencia de Jesús Sacramentado! Si me consiguen lo que hoy he pedido a Jesús y al Padre San Francisco y a la Madre Santa Clara, ofrezco ir un año a esa fiesta».
   Estimulando a los congregantes de San Luis a celebrar, según los deseos de León XIII, el 7.º centenario de San Francisco, les decía: «No rehusemos nuestra cooperación a los deseos de la Tercera Orden, que podemos decir que es una gloria española, pues a ella van unidos ¡os nombres de Colón, Murillo, Calderón, etc., etc... Procuremos honrar la memoria del Pobrecillo de Asís, cuyo tipo parece que quiere presentar León XIII a la actual sociedad para remedio del orgullo, codicia y desenfreno de placeres, que atosigan a nuestro siglo; y la Tercera Orden, como uno de los medios de regeneración social».
   Por su parte, durante algún tiempo anduvo Don Manuel pensando en dar la Regla de ella a la Hermandad. En noviembre de 1888, el 29, fiesta de los Santos de la Orden Franciscana, ponía como intención del santo sacrificio de la Misa, la siguiente: «Operarios: Espíritu y adopción del Orden Franciscano».
   ¡Espíritu franciscano!... No estaba Don Manuel unido a San Francisco únicamente por su devoción hacia él, sino, además, por la semejanza de su propio espíritu con el del «Poverello» de la Umbría. Era el de Don Manuel genuinamente franciscano. Él, que jamás tuvo ínfulas de poeta, con encantadora sencillez y para dar gusto a sus monjitas de Santa Clara, se entretuvo más de una vez en componerles piadosas letrillas. Mostraba, por otra parte, como San Francisco, una efusiva y mística ternura hacia los seres inferiores de la creación, vivientes o inanimados, animales o plantas.
   «Si en las noches de cielo estrellado- cuenta su familiar don Juan EstrueI-se hablaba de las maravillas del Creador, decíanos Don Manuel: «Callad, callad», porque era tan intensa la emoción sensible que experimentaba, que le hacía sufrir. Cuando estábamos en Benicasim, todos los días se fijaba en la multitud de campanillas que alfombraban el suelo y me hacía poner señales para convencerse de que cada día las renovaba el Señor. Agradábanle en extremo éstas y otras florecillas, que le hacían recordar la frase de San Francisco de Paula cuando, tocándolas con su bastón, les decía: «i Callad, callad, que ya os oigo! ... »
   «¿Qué extraño-escribe don Leandro Colom-que Mosén Sol se condoliese de la humanidad paciente, cuando su cariño se extendía también a los mismos animalitos? Con una máquina cinematográfica se hubieran tenido ocasiones sin cuento de impresionar bonitas películas. Armado de su inseparable paraguas (que más que de tal hacía de bastón de apoyo), encamínase pausadamente al jardincillo, párase ante el jaulón que hay en su medio, y buscando algo en su bolsillo, dirige dulces palabras a las tórtolas que allí habitan. Atraídas éstas por la dulzura de su llamamiento y por la visión de lo que les ofrece por entre las mallas de la jaula, picotean lo que torpemente pueden sostener ya aquellos dedos. La actitud de las tórtolas parecía decir: «¡Qué bueno es!» No cambia mucho el cuadro, al verle agasajando a los palomos. Acuden ellos presurosos, y con su bullicioso saltar y continuo corretear, buscando lo que se les reparte, dan, a su manera, muestras de gratitud al bienhechor.
   Y ¿el lorito? Siempre había algo para él. Conocía perfectamente la mano del sacerdote del paraguas. Este escondía un algo que fuese, apretándolo con su dedo corazón contra la mano, le llamaba, y apenas le oia y se daba cuenta de que en aquella mano se escondía alguna cosa para él, enseguida, con su andar tambaleándose, adelantaba por el antepecho de la azotea, y haciendo contorsiones con su cuello, pronto su pico daba con lo que había en el escondite».
   Hablando del amor de Don Manuel a los seres del reino vegetal, dice don Joaquín García Girona: «Jamás permitió que fuesen cortados los algarrobos de la montaña del Colegio, aunque impidiesen la buena alineación de los andenes para el paseo de los colegiales. Conocíalos uno por uno. Si el vendaval o el tiempo acababa con alguno, experimentaba verdadero dolor, y le hacía sustituir por otro de crecimiento rápido, para que más pronto se viera poblada de verdor su amada montaña. Seguía todas sus vicisitudes cuando crecían, y los mimaba, «si se lo merecían», esto es, si hacían notables adelantos, con calificativos como animaló214, y los reñía: mostrenco!, con que calificaba cariñosamente al gigante de junto a la puerta de la Casa nueva, por lo mucho que crecía. En un. ángulo de la montaña hizo plantar un huerto cerrado, con naranjos, limoneros, vides, eucaliptus, grranados, cedros, nísperos, melocotoneros... para que hubiese mucha variedad, mucho ramaje, mucha sombra.... mucha poesía franciscana. Tenía ofrecido un premio cada año para el primero que le diese la agradabilísima noticia de que habían ya echado sus primeros brotes las acacias».
   Para hacer ver cómo sentía y vibraba el espíritu de Don Manuel ante la hermosura de la naturaleza, que le elevaba a la contemplación de la belleza soberana del Creador, trasladamos aquí el siguiente cuadro, trazado por la pluma de don Juan Bta. Calatayud: «Era la última decena del mes de julio. Estábamos veraneando en compañía de Mosén Sol en el Asilo de Redentoristas de Benicasím. La jornada había sido sumamente calmosa y nos resarcíamos tomando al aire libre el regaladísimo fresco de la noche... noche tranquila y serena, en la que parecía se habían multiplicado prodigiosa m ente las estrellas. La conversación giró toda la velada alrededor de los encantos de la naturaleza y de la hermosura de la fábrica del mundo. Se recordaron nombres de Santos que supieron elevarse de lo transitorio a lo permanente, de lo finito a lo infinito, de las criaturas al Criador. Repetimos algunas de sus frases felices y significativas, anécdotas edificantes, rasgos ingeniosos y de sabor de cielo... Podríamos asegurar que en aquella memorable noche fueron contertulios nuestros San Ignacio de Loyola, San Francisco Javier, San Juan de la Cruz, Santa Teresa, San Pablo de la Cruz, San Felipe Neri, el Santo Cura de Ars, la B. Inés de Benigánim, y otros. Acariciados de continuo por la confortante y silenciosa oleada del fresco ambiente que nos enviaba el mar, y embebecidos por lo deleitoso de la conversación, nadie, ni el mismo Don Manuel, tan exacto y puntual en el cumplimiento de la distribución de su tiempo, se dio cuenta de que había sonado la hora del descanso. Y continuamos enfrascados en la instructiva y amenísima charla. El tren correo, con sus fuertes y prolongados silbidos, que despertaron los ecos de los montes vecinos, vino a recordarnos que eran i las once de la noche! Don Manuel, alarmado, y como si acabara de cometer una gran falta, dijo, mientras que tomaba más que de prisa el caminito que conducía al Asilo: «Ai, xiquets, xiquets, massa n-ham fet, massa n-han fet!»215. Y como alguno le dijera que no sentía remordimiento, antes desearía prolongar unos cuartos de hora más la sesión, respondió: «¡Así, así debieran ser todos nuestros recreos! ... »

***

   Fue Santa Teresa de Jesús uno de los grandes y fervorosos amores de Don Manuel, y los escritos de la mística Doctora del Carmelo, de los que más especialmente nutrieron su espíritu. No podía ser de otra manera, dada la íntima comunicación y amistad que siempre tuvo con el apóstol del Teresianismo don Enrique de Ossó. Con él peregrinó Don Manuel en agosto de 1877 a la cuna y sepulcro de Santa Teresa. Recordando estas memorables jornadas, decía el 27 de agosto de 1878, predicando en la iglesia de San Antonio de Tortosa: «Trasladaos en espíritu a aquel sepulcro venerando, sobre el cual hoy hace un año tuvimos el consuelo de inclinar nuestra frente, lo que deseamos un día repetir, si nos es propicia la Santa en el éxito de empresas que hemos confiado a su patrocinio y que son para gloria de Dios; a aquel sepulcro, que despide aroma de celestial suavidad y que tiene la virtud de penetrar hasta el alma, y ante el cual algunos tuvieron la dicha de velar ... » Bien puede presumirse, aunque él no lo afirma, que Don Manuel sería del número de los enamorados velantes de aquella noche.
   Para establecer canónicamente la Hermandad, retiróse Don Manuel, con sus primeros compañeros, al convento de Carmelitas Descalzos del Desierto de las Palmas, «destinado por Dios desde la eternidad-decía años más tarde a sus Operarios-para nuestra consagración, bajo el manto de la Virgen y la mirada de la gran Reparadora de Jesús, Santa Teresa ... » Aquella misma mañana quiso celebrar Don Manuel el sacrificio de la Misa en la capilla dedicada a la Santa, que se halla a media hora de distancia del monasterio.
   Tornó Don Manuel a Ávila el 27 de junio de 1895. Agradecido a la Santa, celebró en la iglesia de la misma y en obsequio de ella, una Misa pro gratiis, y recorrió después y veneró de nuevo, con amoroso afán, todos los lugares y reliquias teresianos. En abril de 1899, acompañado de don Elías Ferreres, regresando de Burgos y dirigiéndose por Salamanca a Plasencia, estuvo Don Manuel por segunda vez en Alba de Tormes. El 29 de aquel mes, escribía desde Plasencia: «Al fin, descansamos aquí muy bien, con el pulcro don Esteban. Estuvimos en Burgos tres días. El 26, por la noche, salirnos, deteniéndonos el 27 en Alba de Tormes, en obsequio de mi Santa Teresa de Jesús, que hacía veintidós años no había visitado y a la cual había confiado el desarrollo del Colegio de Tortosa, que ella ha completado más cumplidamente».
   En el álbum del convento, escribieron los dos piadosos peregrinos las siguientes frases: «Pido a Santa Teresa de Jesús que bendiga una Obra de Reparación a Jesús Sacramentado y la extensión de la Obra de Vocaciones Eclesiásticas. El Superior de la misma, -27 de abril-, Manuel Domingo Sol, catalán». «Ruego a Santa Teresa de Jesús ponga en el Corazón de Jesús a todos los Operarios diocesanos. Elías Ferreres».
   En su Misa de aquel día, ante el sepulcro de la Santa, le hizo «un ofrecimiento», no dice cuál, «si se lograba la Reparación». Aludía al templo que proyectaba levantar en Tortosa.
   Ya durante sus tiempos de estudiante, le aplicaba la Comunión todos los años, el día 15 de octubre, y el 27 de agosto, fiesta de la Transverberación de la Santa, y desde que fue sacerdote, el sacrificio de la Misa.
   Una religiosa clarisa, refiriéndose a esta encendida devoción de Don Manuel a la Santa castellana, escribe: «Un día que yo le dije: «No conocí a Santa Teresa, pero la conozco en usted; si hubiera usted vivido en su tiempo, hubieran sido amigos ... », él, con acento placentero, sí, pero humilde, me dijo que la Santa no hubiera estado contenta de él».
   El apasionado amor que Don Manuel sentía por Santa Teresa, con cuyo espíritu tantas y tan admirables semejanzas guarda el suyo, le inspiró aquel denodado, perseverante y paternal interés en servir y proteger siempre como a cosa propia los intereses de las religiosas de la Compañía de Santa Teresa, fundada por don Enrique de Ossó.
   Varias veces, al terminar su corta temporada de baños en Benicasim, subía Don Manuel al Desierto, sólo por celebrar la Misa en la capilla de Santa Teresa; tributo de amor y devoción que prestaba a la Reformadora del Carmelo, a costa de no pequeños sacrificios, habida cuenta de la distancia que separa la capilla del monasterio, y que entre Don Manuel y sus acompañantes habían de cargar de ordinario con el ara, los ornamentos sagrados, y demás utensilios indispensables para la celebración del Santo Sacrificio.

***

   Profesó también especial devoción Don Manuel a la que él llamaba «su Santa Florentina», la insigne Compatrona de Murcia. Floreció muy temprano en su espíritu el amor a la Santa, pues todavía seminarista, le ofrendaba la Comunión en el día de su fiesta. Este antiguo cariño y admiración hacia ella, adquirió mayor incremento al recitar el Oficio de San Isidoro de Sevilla y parar mientes en el reverencial afecto del Santo Arzobispo para con su hermana; y luego, con ocasión del establecimiento del Colegio de San José de Murcia. En 1900, para satisfacer su propia devoción y fomentarla en los demás, repartiéndola sobre todo por Murcia, hizo a sus expensas una copiosa edición de una estampa de Santa Florentina, acompañada (le sus tres Santos hermanos: San Isidoro, San Leandro y San Fulgencio. Encargó del diseño de la misma al notable dibujante barcelonés Paciano Ross, recomendándole que tuviese cuidado de que se viese la ciudad de Murcia y de que el grupo de los cuatro Santos hermanos estuviera dispuesto en forma que resultase de mayor relieve y se advirtiese la preeminencia de Santa Florentina sobre los otros tres.
   De sus devociones que pudiéramos llamar tortosinas-a la Santísima Virgen de la Cinta, al Santo Ángel de Tortosa y al Beato Gil de Federich-hablaremos más adelante. Ahora terminaremos mencionando siquiera la devoción de Don Manuel a San Antonio de Padua, al cual escogió para Patrono del convento de religiosas que fundó en Benicarló. «Hoy, 13 de junio-escribía la Abadesa del mismo, en 1909-hemos obsequiado a San Antonio, Patrono especial de este convento, por iniciativa de su gran devoto, Don Manuel».

CAPÍTULO IX



Amor a las almas. - Celo insaciable. - Su predicación



   El amor de Don Manuel a Dios, como de tan buena ley, no podía ser estéril ni permanecer inactivo. Forzosamente tenía que despertar en él la llama abrasadora del amor al prójimo, del celo por la salvación de las almas.
   «¡Salvar las almas!-escribía Don Manuel en «El Congregante»-; hacer que vuelvan al hogar doméstico todos los hijos de Dios que andan dispersos por el desierto de este mundo; derramar sobre la tierra el fuego del divino amor, tal es el objeto de la misericordia del Señor. Pero ¡ah!, que no entra en los designios de la Providencia que sea Él solo quien lleve a cabo esta obra... Esta sed de la salvación de las almas la transmite a su Iglesia, representada en el Calvario en la persona de María, de Juan y de las Santas Mujeres, y quiere que se transmita a los sucesores de aquel discípulo y de aquellas mujeres, es decir, a todas las almas cristianas, de toda condición y de todo sexo. Así, pues, la voluntad de la salvación de todos los hombres es la razón de ser de la Iglesia, como fue la razón de la existencia de Jesucristo».
   Y examinando los motivos por que estos deseos de Dios suelen frustrarse, señalaba como uno de ellos «la desidia de los hijos de la fe, el olvido de la ley de caridad entre los cristianos, la ignorancia voluntaria del precepto de que cada uno debe tener cuidado de su prójimo... No, no depende tan sólo la salvación de la libre cooperación de aquellos a quienes la divina Providencia procuró salvar, sino del celo, de los esfuerzos de los que se hallan ya en el camino de la salvación, y a quienes invita Dios a que conduzcan a sus hermanos... ¡Oh, sí todos los cristianos correspondieran al deber de cooperadores de Dios en las almas en el círculo que les ha señalado! Al ver los males de la sociedad, y como consecuencia de los de la religión, decimos: «Los gobiernos han ocasionado estos males; tal clase de la sociedad, que no ha hecho lo que debía; la apatía de muchos buenos que podrían impedirlo, y no lo han impedido». Por tanto, en orden al bien de la sociedad y de la salvación de las almas, a todos se nos pueden dirigir estas reconvenciones: todos somos más o menos culpables... No, no es sólo la prevaricación de algunas almas privilegiadas la que inutiliza los esfuerzos de la Iglesia en la salvación de la sociedad, sino también la infidelidad de ese gran número de cristianos que pasan su vida en el abandono y en la molicie. Sí, sí, todos debemos ser auxiliares de Dios; todos tenemos esta vocación. No sabemos si estamos destinados a ser un río caudaloso, o si hemos de parecernos a la gota de rocío que envía Dios en el desierto a la planta desconocida; pero, más brillante o más humilde, nuestra obligación es cierta: no estamos destinados a salvarnos solos. No debemos estar sin posteridad en el cielo, porque escrito está que el Buen Pastor no tiene ninguna oveja estéril. Si este deseo nos animara, aparte la cooperación que podríamos ofrecer a Dios con nuestras oraciones diarias y continuas, cuyos resultados en favor de las almas sólo en el cielo podremos conocer, no dejaríamos tampoco de aprovechar las ocasiones que se nos ofrecen a cada paso. Y pondríamos al servicio de Dios nuestro talento, nuestro prestigio, nuestros intereses. Y no habría obra buena que no nos interesara, ni asociación de propaganda que no mereciera nuestro óbolo y nuestra simpatía, ni acontecimiento triste en la Iglesia que no nos lastimara. Ni las almas remotas nos serían indiferentes, ni las que Dios ha puesto cerca de nosotros dejarían de percibir el calor de nuestra influencia. ¡Qué hermoso día brillaría sobre el mundo, si se comprendiera bien este designio, si todas las almas, hijas de la fe, pusieran su influencia al servicio de Cristo Jesús, atrayendo hacia ellas todo lo que las rodea, transformando en el calor de su fuego los elementos más refractarios!»
   Fuerza es acordarse, al escuchar a Don Manuel, del espíritu que movía y divinamente agitaba a Santa Teresa de Jesús cuando escribía: «Estáse ardiendo el mundo, quieren tornar a sentenciar a Cristo, como dicen, pues le levantan mil testimonios, quieren poner su Iglesia por el suelo, y ¿hemos de gastar tiempo en cosas que por ventura, si Dios se las diere, tendríamos un alma menos en el cielo? No es, hermanas mías, no es tiempo de tratar con Dios negocios de poca importancia... No permitáis ya más daños en la, cristiandad, Señor; dad ya luz en estas tinieblas».
   «¡Ver tantos millones de almas !-exclamaba a su vez Don Manuel-¡ Ver la Iglesia combatida!... ¡Ver los jóvenes en peligro!... y ¿no llorar, y no orar, y no trabajar? Qui non zelat non amat!...» «De mí sé deciros-confesaba a sus Operarios-que el ver el extravío de tantas almas, el ver a Jesús tan olvidado, el ver las continuas necesidades de las almas, es lo que más me anima para trabajar por la gloria de Dios. Quizás, si tuviéramos más paz, no pensaríamos tanto en reparar a Jesús».
   «Cuando se piensa-decía a los ordenandos del Colegio de Tortosa-en la actividad que absorbe a un comerciante, a un bolsista, a un campesino, a un jugador... Ni los placeres, ni los convites les llenan; son casi cosas secundarias. ¡El negocio, la pasión del resultado!... Y que el sacerdote, que no puede recibir consuelos verdaderos más que del fruto de sus trabajos, no viva en esta agitación de celo en su campo, en su bolsa, en multiplicar sus conquistas y cosechar para los graneros de la eternidad, repito que no se concibe! Poco hemos hecho, nada; pero os puedo asegurar, et non mentior, que desde el subdiaconado mi cabeza no ha vivido sino de combinaciones y proyectos y temores y sobresaltos y alegrías y penas sobre los intereses de Dios».
   En efecto, ya en los primeros años de su sacerdocio, decía a su íntimo amigo don Froilán Beltrán: «Yo, bueno; pero corriendo, sin alcanzar jamás el término de mis propósitos». Y en marzo de 1879, a una religiosa: «Un memento por mí el primer viernes, pidiendo a Jesús que llene mi corazón, que está ambicioso, y por consiguiente vacío. ¿Cuándo querrá llenarlo el Señor? Y ¿de qué querrá llenarlo? Y ¿dónde querrá llenarlo?»
   Hallándose fuera de Tortosa, entendiendo en fundaciones, escribía: «Aquí estoy muy bien, pero creo que pronto podré decir que voy. Así, apresuradlo con vuestras oraciones: que yo nunca estoy contento y siempre ambiciono más». Y en 1882 a su primo, el P. Marro, S. J.: «En el Colegio de San José, tenemos 197 inscritos este año. Pida, pues, mucho al Corazón de Jesús por mí, para que sepa corresponder yo a sus designios amorosos, y podamos salvar todas las almas del mundo».
   A una religiosa de la Visitación le pedía oraciones para sus empresas de celo, que él mismo calificaba de «sus atrevidas pretensiones». Y, a la verdad, el celo devorador que bullía incesantemente en el alma de Don Manuel llegó a veces a tomar vuelos y caracteres de audacias tales, que a los ojos del mundo bien podrían parecer locuras. Y lo eran... pero de amor de Dios.
   «Es usted incansable-le decía una religiosa que conocía bien el vasto campo de acción en que se movía Don Manuel-en trabajar por Jesús. No parece sino que le rejuvenecen las continuas fatigas con que se abrasa por la gloria del Corazón Divino».
   El ilustre y popular periodista católico don Adolfo Clavarana, que conocía bien a Don Manuel, aconsejaba a un sacerdote que inflamado por el celo de la gloria de Dios andaba buscando alientos y direcciones en la senda del apostolado: «Escriba usted a Don Manuel Sol. Allí encontrará usted un corazón que latirá unísono con el de usted». «¿Qué proyectos son ésos-preguntaba a Don Manuel en enero de 1902 don Antonio Sánchez y Santillana- que bullen en esa fecunda y santa cabeza? ¿Habré de esperar a vernos para saberlos?» «Ya soy anciano, y poco puedo-decía de sí propio Don Manuel-, pero ganas de hacer sí que tengo, y no quisiera morirme, sino vivir y revolucionar el mundo. Di a Jesús que no estoy contento. A ver si este mes, consagrado a su Divino Corazón, me convierte en apóstol y me saca de deudas y apuros».
   Tales proporciones tomó en ocasiones la impetuosidad de su celo, que hubo de sentir remordimientos de haberse excedido. «Visité a Don Manuel-cuenta la Madre Rosalía del Niño Jesús- cuando estaba convaleciente de una de sus frecuentes recaídas. Recibióme con el agasajo de un padre que espera la llegada del hijo ausente. Mas fue tan grande su alegría como profunda la tristeza de mi corazón a la vista del estrago que el repetido acceso había causado en su persona. Dominada por la penosa impresión que sentía, no estaba ni mucho menos con el aire festivo que en tales circunstancias acompañaba mi ánimo. Sin duda, nuestro compasivo Padre debió de conocerlo, pues, con tan grande humildad suya como confusión mía, pronunció estas palabras: «El Señor ha permitido que recayese para que me reconociera. En tal obra de celo me demasié». Hube de cortarle las palabras, porque seguía culpándose, cual si estuviese en la presencia de Jesús, único Juez de nuestras almas».

***

   Una de las armas de apostolado, manejada con eficacísima y maravillosa eficacia por Don Manuel como instrumento de su ardoroso celo, fue la predicación de la divina palabra. Dejó oír su voz, inflamada, vehemente, por las parroquias de la diócesis de Tortosa, como propagandista de la Vela Nocturna, de las Congregaciones de San Luis, del Apostolado de la Oración y del fomento de las vocaciones eclesiásticas, además de los innumerables sermones sueltos y triduos que predicó en multitud de fiestas particulares y de los Ejercicios espirituales que dio en diversas partes. Como director de espíritus, pronunció infinidad de pláticas ascéticas y místicas, y de tomas de hábito y profesiones en los conventos de Tortosa, Vinaroz, Ulldecona, Benicarló, Vall de Uxó, San Mateo, etc., etc...
   Como Fundador de la Hermandad, adoctrinó regularmente con oportunas lecciones a sus Operarios en las anuales reuniones de Valencia. Platicó constantemente a los alumnos del Colegio de Tortosa, y cada vez que los visitaba, a los de los otros Seminarios y Colegios dirigidos por la Hermandad.
   Por doquiera iba derramando enseñanzas, consejos y alientos para el bien, en sus sermones, conferencias, pláticas y fervorines, hallándose siempre dispuesto a acceder gustosamente a las invitaciones que se le hacían para que hablase desde el púlpito, desde la mesita del presbiterio o del locutorio, o de pie junto al altar, al distribuir la sagrada Comunión.
   Escribía Don Manuel todos sus sermones o pláticas, a lo menos en esquema o borrador, algunos de los cuales están trazados con lápiz y con letra zigzagueada por los bamboleos del tren. Poseedor de una privilegiadísima memoria, lo ordinario era que, una vez borrajeadas las cuartillas, las repitiese literalmente, sin necesidad de nueva lectura o estudio.
   En la predicación de Don Manuel, como en todas las demás manifestaciones de su espíritu, brilla y campea, sobre todas las otras cualidades, la de una efusiva y atrayente sencillez. Su estilo era tierno, fervoroso y cálido, matizado con frecuencia de místico lirismo. Sin largos ni intrincados razonamientos, preponderaba siempre en sus sermones la parte afectiva y suasoria, con frecuentes exclamaciones y suspiros. Por lo general, se limitaba a parafrasear un pasaje de la Escritura apropiado a las circunstancias o a sus intentos, con derivaciones o aplicaciones de índole eucarística en torno a los sentimientos interiores del Corazón de Jesús. La fuerza principal del discurso la ponía en la peroración, saturada de calor y de movimiento y hacia la cual caminaba rápidamente, explayando el fuego de su espíritu y los bríos de su rica y fecunda imaginación, en afectos encendidísimos y en frases llenas de cordial emoción y suavísima poesía, que le transfiguraban en un enamorado y en un vidente.
   En sus sermones encuéntranse pocas ideas, pero sólidas, fijas y características, repetidas hasta la saciedad, las cuales, al pasar por su corazón y sus labios, parecían siempre nuevas y resultaban sumamente emotivas. Incorrecto con frecuencia en la forma, el amor divino le hacía, en ocasiones, remontarse hasta alcanzar sus períodos una insospechada grandilocuencia, sobre todo en los momentos clásicos de demandar gracias y bendiciones del Señor, o al hacer a sus oyentes peticiones y encargos.
   Tenía Don Manuel su criterio particular, bien definido, acerca del arte oratorio, lo que pudiéramos llamar su preceptiva literaria respecto del género. En el exordio de un sermón sobre el «Juicio final» decía a sus oyentes: «No creáis que por ser un asunto general, haya de ser menos provechoso. Hay algunos que se figuran que para sacar fruto y producir efecto en nuestro corazón es preciso recurrir a reflexiones sublimes, a ideas nuevas y que nos sorprendan. ¡Ay, qué error!... La Iglesia nos pone delante todos los años las mismas verdades, y con esto quiere que nos santifiquemos. Y los Santos se han santificado con las mismas: y ellos, para encender en sus corazones el amor de Dios, no tenían necesidad de recurrir a otra cosa... Lo que conviene es que estas mismas verdades las grabemos bien fuertemente y que ahondemos en ellas, que rumiemos su jugo para que produzcan el verdadero alimento a nuestras almas. Lo demás, importa poco».
   Como se hablase en su presencia de lo sosos que resultaban, leídos, los sermones de San Vicente Ferrer, apresuróse Don Manuel a replicar: «No es lo que dicen, sino el modo de decirlo, lo que cautiva en los Santos».
   En varias de sus cartas a don Andrés Serrano, que se hallaba dotado de excelentes cualidades para el púlpito, pero que abusaba de la facilidad que tenía para este ministerio, le da Don Manuel oportunos consejos. Encontrábase don Andrés de Vice-Rector en Roma, y había de predicar el sermón en español del famoso Octavario de Reyes en Sant-Andrea della Valle, y Don Manuel le dice: «Veo que ha tornado usted a su cargo el sermón polígloto. Ha de-ser a condición de que antes se ensaye ante un espejo, como Castelar, y lo haga con energía, sí, como lo hacen todos los italianos, pero con dominio de actitud y de palabra». De asiento en Madrid don Andrés con don José María Caparrós, andaba dedicado a la predicación, y Don Manuel le avisa: «Muchos sermones son ésos; y tan poco que me gusta predique sin escribirlos, porque no puede hacerlo con el arte verdadero. Hágase amigo de Castelar, y él le enseñará cómo ha de mirarse al espejo. Tiene usted alguna o bastante unción, si lo hiciera como debe. Pero, repito, desconfío, porque no sabrá hacer la penitencia de apretar su cabeza y enjaular en ella párrafos completamente aprendidos de memoria ad pedem litterae. A no haberlo hecho así Bossuet, no habría sido tan gran orador».
   En otra ocasión le reprende por tabla, hablándole de un tercer Operario: «Ya diré a N... que mitigue sus fervores: pues me escribió su excursión y sus pláticas repentinas y sus frutos de conversión, porque realmente es un apostolito; pero no quiero esos apostolados, que luego darán nombre a los Operarios de predicadores repentistas y borbolls216 y desaliñados». «No me ha hecho feliz-escribía al Superior de los Operarios de Méjico-el descontento de los jacobinos de Pachuca. Yo no hubiese querido que volviese X... allá. Dígale que se deje de molestar en sus sermones, pues se ha de predicar ad aedificationem et non ad destructionem. Y en eso suele mediar, más bien que el celo, el carácter y la vanidad. Así, fuera diatribas y apóstrofes».
   No le gustaban a Don Manuel los oradores turbulentos, apasionados y amigos de novedades y de audacias. Se alababa en presencia de él al famoso P. Corbató, en el apogeo entonces de su popularidad, y limitóse a decir, dejando entrever sus sospechas y temores de mal fin: « ¡Todavía es pronto! ... »
   No necesitaba de apóstrofes Don Manuel para conseguir en sus predicaciones los más admirables efectos. En los borradores de algunos de sus sermones, al ir anotando los sitios donde los había ya predicado, pone entre paréntesis: Cum lacrymis. Significando las que habían derramado los oyentes.
   «Oírle hablar-dice una clarisa-y no enfervorizarse, imposible. Recuerdo cual si ahora lo viese, en la mañana del Jueves Santo, preparándonos en nuestro comulgatorio para recibir a Jesús Sacramentado, teniéndole en sus manos como el imán de su enamorado corazón... ¡Cómo nos hablaba en aquellos momentos! Se siente, pero no se explica. Hablando de lo que Jesús padecía en aquellos dolorosos días, empleaba frases tan tiernas que no podía ocultar la pena que le embargaba. Mientras brotaban las palabras de sus labios, salían al exterior los sentimientos de su corazón». Y la Madre Victoria del Sagrado Corazón, declara: «Más de una vez oí sus fervientes pláticas, llenas de unción divina, dirigidas a mis hermanas en religión. Jamás olvidaré aquellas felices horas, cuando en el silencio del templo santo, junto a la solitaria reja de mi convento, nos hablaba de Dios, de la belleza de la virtud y, sobre todo, del objeto de su amor ardiente: Cristo Jesús y su Divino Corazón. ¡Oh! No puede mí pobre palabra expresar lo que en aquellos momentos se traslucía del interior de nuestro amado Padre. Más que un hombre mortal, parecía un ser venido del cielo para conducirnos a Dios y transformarnos en Él por la fe y por el amor. Jesús y su Divino Corazón: éste era el objeto preferente de sus pláticas. Su pecho apostólico se abrasaba en deseos de hacernos conocer y amar a Jesús. Tan endiosado le contemplábamos en estas ocasiones, que muy bien nos parecía podían apropiársele las palabras del Apóstol: «Lo que veis en mí, eso haced». Sus pláticas no eran otra cosa que el fruto de sus meditaciones y la manifestación de lo que pasaba por su alma, y tal vez por eso su palabra era tan eficaz Como elocuente».
   «Al disponerme a profesar-cuenta Sor Dominga Gimeno-me dijo: -Te he de hacer un sermón muy largo. -No lo haga muy largo. -Sí, si; que te quiero enfervorizar. Y lo consiguió. Porque predicó con tanto fervor y santo entusiasmo, y me produjeron sus palabras una tan viva emoción que no pude cantar el Pater meus. Mientras duró el sermón, tan atenta estaba que se derritió la vela en mi mano, sin yo sentirlo. Y luego que consiguió lo que deseaba, se reía de mí. Un tío mío sacerdote, allí presente, me dijo: -Motivos has tenido para eso».
   «No sabe usted-escribía Don Manuel a la Abadesa de Vinaroz-el placer con que pensaba en ir a predicar por las Cuarenta Horas, sólo al recordar la bondad y buen afecto con que recibieron algunas almitas de ahí el año pasado el sermón que les prediqué: que, por cierto, casi me avergonzaron al ver su piedad. No eran almitas de dentro, sino de fuera». Alguna de estas almitas de fuera, de las de Tortosa, le preguntaba en cierta ocasión: ¿Ha descansado usted ya de su trabajo de ayer tarde? Nosotros subirnos que ya serían las dos y cuando me dijeron que estaba feliz (voy a decir cómo me lo dijeron: Diu, xiqueta, ja-s comensaba a inflamar), sentí mucho no subir más presto, porque mucho necesitaba que usted me comunicase su fervor». Escribía estas ingenuas líneas el día siguiente a la Ascensión, y se refería al clásico y famoso fervorín que en tal festividad acostumbraba predicar Don Manuel, y en el cual desplegaba toda la espiritual pompa de sus amorosas y divinas efusiones, produciendo maravillosos efectos en el alma de su oyentes. Sabíalo Don Manuel, y en las cartas que en semejante fecha escribía cada año, hace alusión a su soflama ascensionista: «Hoy he dicho el Dejas, Pastor Santo ... »
   En 1893 decía al Rector del Colegio de Roma: «Ayer recibí la suya... No contesté porque me obligaron a preparar para hoy el «Dejas, Pastor Santo», pues don Francisco, por sus muelas, se excusó, y así lo he hecho yo a falta de otro. No han faltado las peticiones de bendiciones en abundancia...: para estos colegiales, señalados en este Cenáculo con el dedo de la elección para ser investidos, como aquellos discípulos, de la virtud de lo alto en su futura ordenación; para las parroquias de esta diócesis desparramadas en la fértil vega de Castellón, en las montañas de nuestro piadoso Maestrazgo, y recostadas a las orillas de nuestro Ebro; y una mirada de Jesús para los sacerdotes que las dirigen, especialmente para los salidos de esta Casa, a fin de que, llenos de celo, multipliquen el reinado de su amor en las almas... Y al remontarse, le he hecho detener los ojos a Jesús ante esa fértil diócesis de Valencia, y aquellos amenísimos campos de Orihuela y Murcia, en donde hay también otros nidos de nuestros amores ... ; y las estériles diócesis de Portugal, necesitadas de desvelos, para que sean dirigidas sobre ellas las obras de nuestras manos... Y luego, más alto, le he enseñado esas naciones europeas, ingratas al beneficio de la fe y de la civilización cristianas: esa Francia, esa Inglaterra, esa Italia, dominada por la masonería... Y en el centro de esa Italia le he hecho distinguir a Jesús la ciudad predilecta de su Corazón, morada de su Vicario y Padre nuestro amantísimo, que, aunque prisionero, lleva en su frente el sello de la realeza y recibe los homenajes de potentados extraños, a pesar de estar acechado por la torva mirada de la impiedad. Y... así, ¡una bendición que rompa sus cadenas!... Y ¡oh!... ¡ah!... le he señalado con el dedo ese modesto plantel de hijos suyos y hermanos nuestros, que han enarbolado la bandera de San José en esa metrópoli del mundo católico, y hoy metrópoli de las ciencias eclesiásticas... ¡Que bendijese ese árbol, para que, desarrollado, produjera frutos de santidad para las diócesis españolas ... y nos diera pronto el edificio predestinado, a donde afluyan los señalados con su dedo... y fuera como un Cenáculo de donde partan después, unidos con el lazo de la fraternidad y del patriotismo, para formar una red de reparadores que promuevan la gloria de Dios por todos los ámbitos de España... Y... la India, China, etc., etc. Conque, ya ve usted... Y voy a la suya, aunque ya no queda papel».
   ¡Con qué dulce añoranza recordaban sus hijas espirituales las inefables impresiones recibidas en sus almas el día de la Ascensión oyendo las santamente arrobadoras palabras de Don Manuel!
   En mayo de 1906 le escribía desde Valladolid Sor Teresa de la Santa Cinta, Oblata del Santísimo Redentor: «Amadísimo Padre en Jesús: Quisiera poder expresarle en este momento cómo tengo mi espíritu de emocionado, al recordar el gran día de mañana y lo que yo disfrutaba en aquella hora tan feliz, de dos a tres de la tarde., en la iglesia de Santa Clara. Allí me deshacía en lágrimas, pidiendo a mí Jesús me llevara con él; y tan embriagada, que en aquellos momentos no podía acordarme de aquel ser que me esperaba en el lecho del dolor. ¡Qué olvidada estaba de todo! ¡Todo pasa, Padre mío! Estoy hablando lo menos de veintiséis años atrás. ¡Cómo podría creer yo que viviría tantos años! No obstante, hoy me tiene V. R. en el cortijo de Valladolid».
   Y en la misma fecha escribía a Don Manuel, desde Benicarló, la Abadesa Madre Victoria del Sagrado Corazón: «Víspera de la Ascensión del Señor, la festividad predilecta de mi Reverendo Padre Don Manuel Sol. -¿Se acuerda, Padre mío, de aquellos años, que ya pasaron para no volver jamás, en que, lleno de santo entusiasmo, nos daba usted puntos de meditación desde el púlpito, alternando con el órgano, en el convento de Santa Clara, a las dos de la tarde? Nunca he olvidado las dulcísimas emociones que en aquellos felices momentos sentía mi corazón... Como Dios es el mismo ahora que siempre, nos queda El, y eso basta, aunque las ilusiones se hayan deshojado y haya perdido parte de su brillo el Sol de nuestras esperanzas. ¡Al cielo, Padre mío, al cielo! Allí recobraremos la perdida juventud, y con ella toda la lozanía del corazón, casi extinguida por los sinsabores de la terrena vida. Basta de poesía, que ha brotado de mi pluma sin darme cuenta de lo que hacía... Cuídese mucho y reciba cordialísimos saludos de sus nietecitas y de esta su pobre hija ... »
   Remitió Don Manuel estas cartas a sus monjitas de Santa Clara y ellas le contestan: «Siempre se porta demasiado bien nuestro muy amado Padre con sus fieles hijas de Santa Clara, aunque reciba providencia y no participen las pobillas. No por esto dejaremos de enviarle carinyets, pues son amor, y no esperamos correspondencias de cosas materiales, sino alguna miradita al cielo por nosotras con muchas bendiciones, siempre que se acuerde de estas pobres almitas. Leímos la carta de Victoria y la de la otra, que no sabemos quién es; pero, de seguro, Padre mío, que en llegando a estas festividades, nadie nos gana en recordar los fervores de nuestro Paret, siempre tan deseoso de trasmitirlos a todas sus fieles dirigidas. Ya ha pasado, Padre mío. Los recuerdos no pasarán mientras duren nuestras vidas». Otro año, le dice una clarisa: «Me parece que ayer, día de la Ascensión, debía acordarse de los ratos que pasaba delante de nuestro guapo Jesús, como usted dice. Yo también me acordé de cuando usted decía, a la meditación, aquello de Elíseo cuando vio subir a Elías en un carro de fuego: «¡Padre mío, Padre mío, carro de Israel y guía suyo!...»
   Dejemos de escuchar a sus monjitas, para que nos hablen de la oratoria de Don Manuel dos antiguos colegiales de Tortosa, y hoy preclaros maestros en el arte del bien decir. El muy ilustre Chantre de la Catedral de Lérida, don Rafael García, dice de los fervorines de Don Manuel:
   «El altar era para él místico Tabor de felices trasfiguraciones. Su frente candorosa aparecía allí iluminada; se reanimaban sus facciones; brillaba en sus ojos, habitualmente beatíficos, una mirada extática; y su voz, siempre dulce y suave, adquiría ritmos de santo y cadencias de cielo cuando, después de haber recibido en su pecho a su amado Jesús, se volvía hacia los fieles para comunicarles sus afectos en sus clásicos fervorines. Fórmulas luminosas de la mística más sublime; prolongados suspiros de un corazón delicadamente apasionado; himnos gozosos de regalada ternura; notas harmónicas desprendidas del arpa de un trovador eucarístico; vibraciones de luz placidísima enamorada de la celestial Hostia; auras refrigerantes salidas del fondo del Tabernáculo para orear las almas... Eso parecían, y eso eran siempre, en realidad, sus famosos fervorines.
   El primero que le oí fue en la festividad del Corpus, en la capilla del Colegio de San José de Tortosa. Era yo, a la sazón, diminuto colegialillo, y aunque un rapazuelo de once años no tiene, que digamos, gran peso y autoridad como crítico, pero tampoco es recusable como testigo de emociones íntimas del alma. Aun conservo grabada en mi retina su silueta querida y venerada, y sobre todo, guardo incrustado en el corazón el recuerdo de aquellos felices momentos de mi primer día de Hábeas pasado en el Colegio. Enmudecieron los cánticos que durante la Misa de comunidad inundaron la capilla de armonías, y al volverse a nosotros Don Manuel, después de haber sumido el Sanguis, otras armonías más suaves vinieron a conmover nuestros juveniles corazones. Diríase que de sus labios salían oleadas apacibles de riquísima miel que hacían llegar al alma dulzuras embriagadoras. Con voz conmovida, insinuante, originalísima, suya, muy suya y peculiar, prorrumpió en estas palabras: -Lauda, Sion, Salvatorem, lauda ducem et pastorem in hymnis et canticis...- Paráfrasis más sentida de las primeras estrofas de la Sequentia del Corpus, comentario más tierno al himno del poeta Angélico, llamamiento más dulce al amor, excitación más viva a la gratitud, requerimiento más vibrante a los afectos todos del alma, no lo he oído jamás. Lo que dijo... No lo recuerdo. ¡Era yo entonces tan jovencito! Lo que sí recuerdo muy bien, es que lloré de ternura y devoción y conmigo lloraban casi todos los colegiales; lo que recuerdo es que pocas veces he comulgado con tanto fervor como aquel día, y desde aquella fecha, que contemplo ya lejana, la Sequentia de Corpus lleva para mí inseparablemente vinculada la idea de Don Manuel; nunca la he recitado u oído sin que se esfumara en mi fantasía su imagen o viniera a mi memoria el recuerdo de aquel primer fervorín.
   Con el correr de los tiempos, el colegialito de once años se ha convertido en granado seminarista, alumno de la clase de oratoria. Solíamos ejercitarnos en cátedra en ensayos prácticos de los diversos géneros de oratoria, y tocó su turno a la plática y al fervorín. El condiscípulo designado para actuar, fue el avispado sacristán de un convento de monjas, del que Don Manuel era confesor. Al confiarle el trabajo, nuestro catedrático, hombre competentísimo y de gusto refinado en materias de elocuencia sagrada, le dijo, no sin cierta aparatosa solemnidad: de propósito he designado a usted, entre todos, para este ejercicio, porque tiene un maestro consumado en casa. Usted habrá oído con frecuencia los fervorines de Don Manuel Sol a las monjas: vea de imitarlo, y si lo consigue, no podrá menos que hacerlo muy bien: Don Manuel es el mejor modelo que he oído jamás. Y volviéndose luego a los alumnos, nos hizo un cumplidísimo elogio, puso de relieve sus condiciones excepcionales para este género de oratoria, y terminó diciéndonos: «No pierdan ocasión de oírle sus fervorines. Aprenderán mucho de él, y se lo propongo como perfectísimo modelo». El concepto unánime que los alumnos teníamos de los fervorines de Don Manuel, quedó solemnemente sancionado por el respetabilísimo dictamen de nuestro profesor, que en plena cátedra le proclamaba maestro consumado de fervorines.
   -¿Qué tal les ha sabido a ustedes el fervorín de Don Manuel en la Misa de Comunión? -preguntaba yo no hace muchos años a unas buenas religiosas reunidas en el locutorio en la mañana del día de la Ascensión del Señor. Un suspiro colectivo de aquella fervorosa Comunidad, y alguna que otra lagrimilla, que por las trazas no era la primera que se escapaba de los ojos aquella mañana, fueron por de pronto la única respuesta que obtuve. Pero habiendo insistido en la demanda, oí contestaciones más precisas y concretas.
   -A mí-dijo una monjita taciturna hasta el mutismo en horas de silencio, pero parlera hasta la locuacidad en tiempo de asueto-, a mí me ha parecido oír al buen Jesús platicando sabrosamente con la Samaritana sobre el brocal del pozo de Jacob.
   -Yo-repuso otra-creía oír al divino Maestro cuando, apareciéndose resucitado a María Magdalena, prorrumpió en aquella extática exclamación: ¡María!
   -Pues a mí-añadió una tercera, que en el siglo fue una señorita romántica, y en la religión era un alma de subidos quilates-, a mí se me antoja que las palabras de Don Manuel eran los rumores de las alas de los ángeles que velan los místicos sueños del Prisionero del Tabernáculo, batidas y agitadas sobre nuestras cabezas para despertarnos de nuestras soñolencias espirituales.
   -Y a usted, señor Magistral, que tan atento le escuchaba arrodillado en el presbiterio, ¿qué le ha parecido?-me preguntó la Superiora.
   -Sencillamente-respondí yo-que a Don Manuel le sucede lo que al cisne...
   -Y ¿Qué le sucede al cisne?-preguntaron a la vez varias voces atipladas.
   -Al cisne le pasa que canta más dulce y suave a medida que se avecina la muerte. Hacía tiempo que no había oído a Don Manuel ningún fervorín: ¡anda el pobre tan quebrantado de salud! pero, al oírle esta mañana, me ha gustado más que nunca; me ha parecido un nuevo profeta de los salmos cantando a la puerta del Sagrario los himnos que el David auténtico cantaba mirando al cielo.
   Con esas, en la puerta del locutorio apareció la venerable figura de Don Manuel, ligeramente encorvado, que hasta entonces había estado dando gracias en la iglesia, y al notificarle yo el fallo que aquella asamblea de críticos emitía sobre su sermón, dejó caer dulcemente los párpados, se dibujó en su frente un entrecejo, signo tal vez de profunda humildad, quizá indicio de la satisfacción que sentía al ver que su palabra producía incendios de amor en almas tan buenas, inicióse en sus labios una sonrisa de niño candoroso, y levantando pausadamente su mano derecha, vuelta la palma hacia abajo, soltó su cantinela favorita: «¡ Jesús, Jesús, Jesús!»
   Lo que Ráulica para la homilía; Bossuet y Flechier para la oración fúnebre; Bourdaloue para el panegírico; Calatayud, Fr. Diego de Cádiz y Santander, para el sermón moral; lo que Jaucault para la plática ascética; Newman y Van-Tricht para la conferencia; San Francisco de Sales y Fáber para la carta espiritual, eso fue, hechas las debidas salvedades, nuestro Don Manuel para el fervorín: notabilidad especialísima de aptitudes singulares con personalidad propia y muy bien definida; genio original, que sin formular leyes, escribir reglas, ni precisar cánones, llegó a fundar escuela».
   El muy ilustre Canónigo de Tortosa, don José Matamoros, habla así de «Don Manuel en el púlpito»:
   -«¿Qué sabe usted de Mosén Sol orador?-se me pregunta. ¿Le ha oído usted algún sermón? ¿Recuerda usted de algún momento solemne y culminante de su oratoria? Sí, señor, recuerdo perfectamente a Mosén Sol orador; recuerdo al orador que ha dejado huella más honda y permanente en mi espíritu y recuerdo el momento culminante de su oratoria: fue un sermón que le oí cuando chico y que recuerdo con todos sus pelos y señales, con todas las circunstancias de lugar, de tiempo y de motivo.
   Era el día de la Ascensión, durante la Hora Santa que los colegiales de San José celebrábamos de once a doce de la mañana.
   Fue el tema del discurso una glosa de la conocida y sentidísima oda con que Fray Luis de León ha cantado, en inspiradas estrofas, la subida del Señor a los cielos.
   Todavía resuena en mis oídos el acento sugestivo e insinuante del orador; no se han despintado de mi retina su figura augusta, sus maneras atrayentes, sus señoriles ademanes.
   Con atención devota, fui siguiendo todo el hilo del discurso.
   El orador se había puesto de pie, apenas extinguidos los últimos ecos de una letrilla con que la Capilla del Colegio amenizaba el final de la meditación del Misterio del día. Hizo profunda reverencia al Santísimo, expuesto en el altar, resplandeciente de luces, irguióse, volvió los ojos al cielo, entornólos luego, y comenzó a decir, suavemente, dulcemente, los primeros armoniosísimos versos de la clásica oda:

¿Y dejas, Pastor Santo,
Tu grey en este valle hondo, obscuro,
Con soledad y llanto,
Y Tú, rompiendo el puro
Aire, te vas al inmortal seguro? ...
. . . . . . . . . . . . ..

   Fue un recitado admirable, en que no sé decir si resultaba más encantadora la frase castiza, elegante y armónica del poeta, o la dicción correcta, melódica y acompasada del orador.
   ¡Qué bien decía los versos Mosén Sol! ¡Con cuán supremo arte y exquisito sentimiento bordaba y realzaba su natural cadencia!
   La palabra de Mosén Sol parecía el fundente de dos sentimientos acordes, sincrónicos, del sentimiento que inspiró la oda escrita y del sentimiento que daba vida y ambiente a la oda hablada.
   Así escribían los clásicos y así debieron hablar los místicos.
   Mosén Sol debía sentir en aquellos momentos una fruición dulcísima, un deleite interior y una complacencia de espíritu irresistibles.
   Esta fruición, este deleite y esta complacencia, traicionaban su humildad, saltándole al rostro, que adquiría transfiguraciones beatíficas, y brotando de sus labios en forma de acentos, inflexiones y aspiraciones, en que iban diluidas su alma y todas las ansias de su gran corazón. Como la decía Mosén Sol, así debió decir su oda, después de escrita, Fray Luis de León.
   Aquellas sublimes estancias ya no semejaban el eco de sentimientos ajenos, no semejaban la cadencia de una emoción extraña, porque no era aquello la apropiación de un carácter, ni una asimilación conseguida a fuerza de arte; era algo propio, personal, vívido, era una transfusión perfecta del sentimiento de un místico, que venía a revelarse en otro místico; era el toque de la vara prodigiosa del poeta clásico que hacía surgir la figura de un gran orador.
   Mosén Sol era, realmente, un gran orador. No era un retórico verbalista, ni un efectista metafórico y tropical, ni un palabrero fofo.
   Su oratoria, más que aderezo estudiado y ropaje artificial de frases rebuscadas y de mímicas violentas, era manantial de exquisiteces y dulzuras, lluvia deleitosa de amorosas saetillas, y ramillete de fervorines que encendían los corazones y saturaban las almas de espirituales y místicas ambrosías.
   Oyéndole y viéndole, me parecía ver y oír al verdadero vir bonus dicendi peritus.
   Había que oírle hablando de la Ascensión de Cristo, había que verle acompañando al Pastor Santo desde la cumbre del Olivete al cielo. Jesús, dejando la amada grey en este valle hondo, oscuro, con soledad y llanto; Jesús, rompiendo el puro aire, y subiendo al inmortal seguro; Jesús, ocultándose tras la envidiosa nube que robaba y se llevaba el tesoro.

Que sólo a nuestra vista enriquecía
. . . . . . . . . . . . .
Los antes bienhadados
Y los agora tristes y afligidos,
A tus pechos criados,
De ti desposeídos,
¿A dó convertirán ya sus sentidos?...

   ¡Cuán hermosamente decía todo esto Mosén Sol! Y ¡cómo caían sus palabras como carbones encendidos sobre nuestras almas juveniles y se abrasaban éstas al contacto!
   Al fervor de la, palabra, tocada del amor divino, que descendía del púlpito, respondía la conmoción de nuestros pechos encendidos, y nuestros afectos, despertados a la mágica voz del orador, eran como resonancias de una palabra dicha por un santo.
   La magia de esta palabra transformaba en aquellos momentos la capilla del Colegio en un nuevo monte Olivete; los colegiales éramos la grey esparcida por el valle hondo y oscuro, presa de soledad y llanto, y la Hostia inmaculada, prisionera en el áureo viril, parecía volar hacia arriba, envuelta en los aromáticos, tenues y azulados cendales del litúrgico incensario.
   En esto consiste el mérito de los grandes oradores: en conmover al hombre, en hacerle sentir hondo, en apasionar rectamente su ánimo y en impulsarle luego por la senda del bien y la práctica de la virtud.
   Mosén Sol supo hacer más con sus colegiales: supo consagrarlos apóstoles, llevarlos con Cristo al monte Olivete, acompañarlos al Cenáculo más tarde, para que recibieran allí los dones del Espíritu Santo y enviarlos con la misión de predicar el Evangelio por toda la redondez del inmenso mundo.
   Esto sé yo de Mosén Sol orador».

   Un venerable sacerdote de la diócesis de Tortosa, declara: «Todo en Don Manuel ha sido grande, todo santo. Todavía recordamos con fruición los que tuvimos, cuando niños, la dicha de oír las pláticas que nos hacía, aquella majestad de rostro y aquella sonrisa que parecía de un abrasado serafín». «Era yo colegial de San Rufo-dice otro-y con mis compañeros pasaba a San José a celebrar la fiesta del aniversario. Mi anhelo único era escuchar la plática de Mosén Sol. Nos daba tanta importancia a sus colegiales, que yo me consideraba una personalidad influyente delante de Jesús-Hostia... No hay que decir que la Comunión era fervorosísima». «Cuando nos decía la Misa en alguna fiesta-depone un tercero-, era de ver nuestras miradas a la puerta de la sacristía para verle salir y llegar al altar, sin dejarle un momento, esperando su fervorín y las bendiciones que pedía, quedando electrizados cuando nos hablaba de Roma».
   De la semblanza que de Don Manuel, como de conferencista ante los Operarios, anualmente reunidos en Valencia, ha trazado don Juan Bautista Calatayud, trasladamos los siguientes rasgos:
   «Todos los años, indefectiblemente, en la reunión que se celebraba en el Colegio de Vocaciones Eclesiásticas de Valencia, había de dirigirnos Don Manuel varias conferencias encaminadas a explicarnos el fin, naturaleza, funcionamiento y objetos de la Congregación, y toda la interminable serie de problemas relacionados con estos puntos capitales, que nadie conocía, ni siquiera de nombre, más que el Fundador.
   De esta labor de maestro y guía no se consideró nunca dispensado Don Manuel, de modo que hasta en los postreros años de su vida, en que ya las enfermedades y los achaques le daban sobrados derechos para una honrosa jubilación, todavía nos recordaba las ideas capitales de sus parlamentos en nuestras primeras y edificantísimas reuniones.
   Resultará para los Operarios, sobre toda ponderación interesante, la forma y manera cómo se presentaba el Superior a platicarnos.
   Me place el recordarlo.
   Se diría al verle dirigirse al presbiterio de la modesta capilla y colocarse en el lugar correspondiente desde el que nos dirigía la palabra, que le infundíamos tan extraordinaria consideración que, por el respeto que le inspirábamos, se producía con una parsimonia rayana en encogimiento, y a la vez nos tenía a todos atentos, compuestos y muy edificados.
   El que conocía al Don Manuel de los ardorosos fervorines, con sus arranques oratorios del mejor género, con su palabra fácil y abundosa, y en los que las exclamaciones repletas de santos afectos brotaban del corazón del apóstol de la Eucaristía con tanta naturalidad como las aguas de puro manantial, no hubiera reconocido que era el mismo hablando a los Operarios, pues rarísimas veces se dejaba arrastrar de los ímpetus de su enamorado pecho, y siempre era la cabeza la dominadora y la que ponía en movimiento y daba vida a la multitud de sus fundamentales y siempre oportunísimas ideas.
   Todavía me parece que le veo dirigirse a la capilla, tomar agua bendita, hacer una muy reverente genuflexión al Santísimo, avanzar modestamente por entre el grupo más o menos numeroso de sus oyentes, arrodillarse junto al Sagrario, poner la mano derecha sobre el corazón, recitar el Actiones nostras con voz insinuante y un tanto velada por la emoción, sentarse, hacer un tanteo a la esclavina, por si la tenía bien sujeta, colocar el reloj al alcance de su vista, y, tras unos golpecitos de tos apenas perceptibles para los colocados en las primeras filas, dar principio con aquel: «Mis amadísimos cooperadores en el Sacratísimo Corazón de Jesús», que debiéramos haber impresionado en placa fonográfica para poder disfrutar hoy de tan regaladísimo saludo, que valía por la dulce y alentadora caricia de la más cariñosa de las madres.
   Y empezaba la plática, entrelazándola siempre con las principales afirmaciones de las anteriores, pues se entretenía en hacer variaciones sobre los mismos temas, hasta precisar bien el asunto de la que iba a dirigirnos.
   Es de advertir que, mientras duraba la conferencia, mantenía de continuo los párpados caídos, y jamás le vimos fijar los ojos de una manera directa en su auditorio: diríamos que los tenía ocupados en mirar a Dios en el fondo de su corazón, desde cuya soberana presencia nos adoctrinaba siempre.
   No conozco acto del ministerio sacerdotal de Don Manuel, en que más se transparentara que se movía en la presencia de Dios, que cuando hablaba como Fundador de la Hermandad, y se proponía iniciarnos en sus vastos planes del fomento de las vocaciones.
   Para que el retrato del insustituible conferenciante resulte completo, el amor a la sinceridad nos obliga a manifestar que en estos casos el Fundador estaba premioso de palabra y a ratos un tanto machacón, porque daba vueltas y más vueltas a unos mismos conceptos, de tal manera, que a quien no interesaran muchísimo las ideas madres que constituían la trama principal de su discurso, las pláticas de que hablamos le mantendrían en una distracción habitual. Don Manuel buscaba instruirnos y no recrearnos; trasfundir su espíritu en nuestro espíritu y hacernos apóstoles de Jesús; enseñarnos las líneas generales y maestras de sus proyectos para la sólida formación del clero, y se iba derecho al blanco de sus intentos, sin cuidarse gran cosa de los elementos que pudieran amenizar sus pláticas, y sí mucho de que conociéramos la incomparable trascendencia de la Obra que, por admirables designios de la Providencia, éramos llamados a realizar.
   En realidad, la parsimonia del conferenciante, con todos los demás reparos que le llevamos hechos, tenía su explicación y quedaban sobradamente compensados con cualidades muy relevantes. Era Don Manuel el constructor de un edificio que había de resistir el embate de los siglos. De ahí la calma y cuidados del expositor del plan, el repetir una y cien veces unos mismos conceptos, para que jamás se desfiguraran las líneas maestras del diseño... Así se explica que, en las conferencias que nos ocupan, no empleara ninguna clase de recursos oratorios encaminados a despertar la curiosidad de los oyentes, ni se valiera de los secretos que poseía para producir la emoción de piadosos afectos: su oratoria, era en tales casos, sobriamente catequística, sin que se le escapara una sola frase de mero entretenimiento ... »
   Concluyamos citando unas palabras de Don Manuel, que revelan un temor que él abrigaba como predicador, y nos ofrecen un provechoso ejemplo. «Otra advertencia quisiera haceros, hijas mías-dice a unas religiosas-. Hay un adagio en el mundo que dice: «A sacerdotes y monjas, sermón perdido». Hijas mías, que no sea una triste verdad esta acusación del mundo. Yo de mí sé deciros que nada me complace tanto como el escuchar las palabras cuando se nos dirigen a los sacerdotes».

CAPÍTULO X



Laboriosidad de Don Manuel. - Sus viajes



   Movido del amor de Dios y del celo por la salvación de las almas, sentíase Don Manuel fuertemente inclinado a la vida activa y al trabajo continuo. «Ya han conseguido lo que querían -escribía a la Madre Providencia de Vinaroz-y Jesús las haga muy santas, aunque sea no teniendo las pobrezas de la Providencia; y no teniendo pobrezas, no tendrán celo por la enseñanza, ni por el trabajo, ni por el agrado de la gente y demás, que es propio de la vida activa, a la cual estoy siempre más inclinado ... »
   Inspiraba Don Manuel su incansable laboriosidad y su vida de apostolado, en el ejemplo de Jesucristo.
   «¿Qué es-decía-lo que descuella en primer lugar en la vida pública de Jesús? Su trabajo continuo, su actividad incansable. Consideradle, hijas mías, corriendo desolado los pueblos de la Judea, de Samaria, llevado en deseos del bien de la salvación de las almas. ¡Cuán hermosas aparecen las correrías que nos describen ligeramente los Evangelios! Sus delicados miembros no paran ni un momento. En continuo movimiento está el ardor de su Divino Corazón. Corre sin perder momento de ciudad en ciudad, de aldea en aldea, y predica en el desierto y desde una nave, agotando sus fuerzas, y durante las horas del día y aun durante las largas horas de la noche, sin reparar en lo sensible de sus miembros, ni en lo arduo de sus empresas, ni en lo fatigoso de sus oficios... ¡Oh, hijas mías, qué modelo tan acabado y digno de nuestra imitación! ¡Se dedica con tanta constancia al trabajo! Además del cumplimiento de la voluntad del Padre, el ansia de la santificación de las almas, el ganar los corazones, el deseo de arrebatar las almas que el Padre le dio. Y al considerar el incendio de este amor y de esta caridad que le devora, no me extrañan sus desvelos, sus fatigas, para ir en busca de las ovejas de Israel, que andaban dispersas y extraviadas, y congregarlas en su regazo.¿Quién podrá, hijas mías, penetrar en aquel tierno Corazón y explicar sus emociones y sus suspiros y sus amarguras? Al considerar los pecados, las ofensas, que se elevan como negras nubes a insultar las justicias del Padre, ¡ay! el celo de su honor le consumirá...
   Este amor, este cariño, esta compasión para con el prójimo, ha sido el distintivo de todos los enamorados de Jesús... He aquí, pues, lo primero que nos enseña Jesús en su vida pública: el trabajo, y el trabajo constante, acompañado del deseo de la salvación de los hombres, de nuestra propia salvación. Bregamos en medio del mundo y no está en nuestra mano volver atrás. Hemos de vivir, y vivir caminando, y caminar combatiendo, y combatir muriendo, y morir para salvarnos».
   La fiebre de actividad apostólica, a ejemplo de Jesús, por su gloria y la salud del prójimo, se apoderó de Don Manuel ya en su juventud. «Desde tercero de Filosofía -declaraba él mismo-no sé lo que es no tener nada que hacer, no sé lo que es sobrar el tiempo».
   «Una vez-cuenta un sacerdote, antiguo colegial de Valencia-, siendo yo estudiante, y cansado de hacer no sé qué trabajo, hube de exclamar: «¡No puedo más!» Oyólo Don Manuel y me replicó: «Los jóvenes no deben decir nunca esa palabra cuando se trata de alguna de esas tres cosas: comer, trabajar y dormir». Otro día, durante las vacaciones veraniegas, como prolongara demasiado mis paseos, me dijo: «¡Qué lástima que pierdas tanto tiempo!» Y como yo me excusara, lamentándome de que tenía la culpa un compañero, al que no me atrevía a desairar: «Más vale-contestó Don Manuel-perder un amigo de esos que el tiempo». Y añadió: «Els valencians son molt templadets, pero ¡m-agradaria foren més constants»217.
   Mostrábase él siempre ansiosamente avaro del tiempo, y dolíase a la continua de no poder consagrar al cultivo de los intereses de Dios todos los momentos de su vida.
   «¿Cuándo dirá usted a Jesús-escribía a una hija espiritual-que me dé cuarenta y ocho horas al día y gente para que podamos ir por esas parroquias y animar a las almas? No sé si Jesús me lo dejará ver ... » Y a don Benjamín Miñana: «¡Cuánto tengo que decir! Pidan a Jesús que me dé cuarenta y ocho horas cada día y me quite la necesidad de dormir». «Recuerdo-declara el Operario don José Cambra-haber oído a Don Manuel, que el tiempo que más le dolía era el que había de emplear en afeitarse y comer: ¡Miserias, xiquet, miserias! ... »
   «Mi propósito diario y eficaz-dice Don Manuel-de distribución de tiempo, queda anulado por diarios imprevistos, y no puedo acudir más que a lo diario... Jesús que me conceda ese tiempo libre y repartiré mis triquiñuelas diarias entre el pobre don Elías, don Esteban y don Francisco Osuna, si vienen aquí». «Un día en Tortosa -atestigua el Operario don Jaime Agut-después de comer, paseando por la galería, nos decía: «No sé cómo se las arreglaban aquellos Santos, como San Gregorio y otros, que siempre estaban enfermos y enclenques, y no paraban de trabajar, escribiendo y predicando. Yo sólo sé quejarme ... »
   «No le gustaba perder-dice una religiosa clarisa-ni un momento de tiempo. En los últimos años, si le podíamos coger un ratito, pronto nos decía: «¡Ay, hijas mías, que Dios nuestro Señor nos pedirá cuenta de este tiempo!...» Y con su bendición y una palabra de consuelo, nos dejaba contentas». A una de sus dirigidas de San Mateo escribía: «Tus amigas se me quejan porque no les digo nada de ti apenas... Y es que yo no estoy para ellas, ni casi para nadie, pues vivo siempre de mal humor, porque me atropellan los quehaceres». Aludiendo a esta agitación de ocupaciones de Don Manuel, le argüía en esta guisa la Abadesa de Vinaroz, en septiembre de 1890: «¡Qué gracioso!... Me dice usted que yo no lleve prisa en la fundación de Vall de Uxó; que no seguirá mi entusiasmo... Nos reímos mucho, porque en el párrafo siguiente, en que me habla usted de Roma, que está paralizado el asunto, me dice «que no le gustan de ninguna manera las calmas». Para nada sirve la calma. El amor de Dios no es de este linaje: sino que en donde prende este fuego, no da un momento de reposo. Compadezco con toda mi alma a V. R., y pido a Jesús le abra un camino para que pronto se realice lo que V. R. tanto desea. ¡Ojalá pudiera ser hombre y tomar parte en obra tan del agrado de Jesús! No descanse usted hasta que haya despertado a los que están dormidos en los asuntos de la máxima gloria de Dios. No sé cómo hay personas que pueden vivir tan tranquilas y hacer padecer a los que quieran trabajar en la viña del Señor!»
   «Rueguen todos a San José-recomendaba en 1897 Don Manuel a un Operario-para que bendiga todas las líneas que bullen en mi joven cerebro, si son voluntad de Dios». En agosto de 1903, convaleciente de grave enfermedad, había comunicado a don Juan Calatayud que deseaba y estaba resuelto a tomar el hilo del gobierno de la Hermandad y escribir a todos, aunque cortito, y leerlo todo, etc... Y el 27 de aquel mismo mes tornaba a decirle: «Me riñen, y ahora usted también, por mis alientos; y en mis presunciones me creo que no hay otro remedio, y que esto me entretiene mejor el espíritu y la cabeza, a pesar de que digo a veces y creo en mis deseos de completa jubilación. A no ser que sea esto un engaño y miseria humana y propia de las miserias de la vejez. No obstante, crea usted que me cuido y creo a Vilá un extremado, y que me ahorro todo el tiempo posible».
   En sus últimos años, como tuviera ya muy torpe una de sus manos y se le cayeran frecuentemente las cosas de ella, exclamaba, desalentado y humilde: «Parezco un Padre Pansot». Quería decir con ello que no era ya sino un trasto inútil, que no servía para nada.
   El antiguo alumno del Colegio Español, don Crisóstomo Escribano, actual canónigo de Cuenca, discurriendo sobre el espíritu de laboriosidad de Don Manuel, dice así:
   «Al saber que la guadaña de la muerte había segado su preciosa vida, todas las obras de su celo apostólico se agolparon a mi mente, y no pude menos que exclamar: «Ha muerto el justo, el celoso Operario; ya terminaron sus trabajos, y ahora comienza a descansar; requiescat in pace!» Su vida ha sido santa, con esa santidad que se labra a los golpes del trabajo; que no al acaso tomó para sí e impuso a sus hijos el nombre de Operarios, ni están todos sus Colegios de Vocaciones Eclesiásticas patrocinados por San José, el humilde carpintero de Nazaret.
   Como hombre de oración, no podía ser sino amante del trabajo, ya que, al decir de San Agustín, el trabajo es oración. Y por eso en sus Constituciones recuerda muchas veces a sus hijos la obligación de emplear bien el tiempo, aun el de los viajes y el del recreo; les ordena que en sus visitas a las parroquias nunca rehúsen trabajo alguno, para que de ningún Operario se pueda decir que pudo hacer algún bien y no lo hizo; los exhorta, en fin, a que, a imitación de San Alfonso María de Ligorio, renueven diariamente ya que no el voto, al menos el propósito serio de no desperdiciar ni un momento de tiempo.
   Esta era su continua pesadilla, oyéndosele no pocas veces repetir estas sublimes palabras, que encierran todo un tratado de perfección espiritual: «Nada temo tanto como la cuenta del tiempo perdido». Y el trabajo, era de tal manera el ambiente necesario para su vida, que cuando por especiales razones no podía ocuparse en algo, parecíale estar fuera de su elemento, como el pez fuera del agua; pudiéndose muy bien decir, en frase de la Sagrada Escritura, que como el ave ha nacido para volar, así Don Manuel nació para el trabajo.
   ¿Qué extraño será, pues, que pudiera llevar a cabo tantas obras, y, tan grandiosas y de tan diversa índole, todas siempre encaminadas a la mayor gloria de Dios, de las cuales una sola bastaría para inmortalizar su nombre?
   El buen Operario ha muerto, pero sus obras no morirán jamás, y ellas serán un testimonio perpetuo y fehaciente de la fecunda laboriosidad de su inteligente promotor».

***

   Una de las formas más características de la perenne actividad de Don Manuel fueron los viajes. Pasma, al leerse su «Dietario», el número de los que realizó hasta los últimos años de Su vida.
   Estaba en constante movimiento, siempre sobre el carril, como él decía. Nunca le intimidó el viajar, antes bien le ilusionaba. El 7 de julio de 1885, con ocasión del cólera, escribía: «Como estoy sitiado, sin poder ir a correr, como era mi proyecto, de aquí que estoy más descansado. Y a mí no me gusta el descanso. Si bien no me faltan entretenimientos, aunque pierdo y malgasto mucho el tiempo». Y el 25: «No sé cómo se me pasan los días. A estas horas, a no haber mediado las fatales circunstancias del cólera, ya estaría corriendo por esos mundos. Y sin embargo de tenerme aprisionado, apenas puedo con las tareas ordinarias». «No sé-decía a sus monjitas de Vinaroz en abril de 1888-si habré de ir a Valencia pronto. Si no voy, sí que tardaré en ir a comerme la mona218 en Vinaroz. Así como me han logrado la salud de nuestro Serrano, debían lograrme algunos Operarios, y así estaría más libre para correr. ¡Tanto como lo deseo! y Jesús me ata».
   «Pida a Jesús que me jubile-escribía a don Juan Calatayud- y no me dé la obediencia otro cargo que el de andariego, que es el que me vendrá mejor, y me hubiera venido bien toda la vida; y Jesús, por mis pecados, me ha castigado a pasar la juventud enjaulado entre los obscuros confesonarios de monjas. Sin duda estaré un poco purificado, pues a la vejez me da un poco de libertad, aunque no toda la que ambiciono».
   En agosto de 1896 escribía a Don Manuel, en tono de broma, sobre esta continua movilidad, la M. María de San Eugenio, de las Religiosas de Jesús María, de Barcelona: «Con el gusto que me proporcionan todas las suyas, recibí sus dos amables cartitas... junto con la visita de don Juan Calatayud. Hablamos de usted, como puede pensar, y una personita que usted ya conoce acusó a usted de andarín, andariego y no sé cuántas cosas más, pues realmente me quedé admirada al ver la descripción de su viaje. Y que no se pone usted por poco. Nada menos que en Madrid recibe usted mi carta; en Burgos, me la contesta; en Murcia, ve a la Madre Provincial; en Sevilla, visita la tumba de nuestro amadísimo Cardenal don Benito Sanz; se detiene en Granada, Guadix, Jerez, etc..., etc..., y aun no da por terminado su viaje, sino que me anuncia que sale aquella noche para Lisboa. Se conoce que le van bien sus negocios, y quiero yo pensar que mis oraciones también contribuyen algo, por más que diga usted que no tienen fuerza ... »
   «Espero que nos ha de hacer una visita-le dice una teresiana-. Haga cuenta que va una tarde al Jesús; que en vez de tartana toma el tren, y a la hora de cenar llega a la casa de Barcelona. Créame; porque, sino, va a perder la fama que tenía de andariego A. M. D. G.»
   En las postrimerías de su vida, contestaba Don Manuel a otra invitación semejante que le hacía un piadoso sacerdote de Ulldecona: «Es usted un gran tentador... En fin, veremos: pero me vuelvo perezoso para viajar, no siendo a nuestros Colegios».
   Sobre ser obligados los frecuentes y casi continuos viajes de Don Manuel por razón de fundaciones o del gobierno de la Hermandad, sentábanle maravillosamente bien a la salud. Por lo mismo, el doctor Vilá se los recetaba de cuando en cuando, como eficacísima medicina. «Llegué el sábado a las cuatro y media-escribía Don Manuel desde Tortosa, en agosto de 1878-. Estuve dos días no muy bueno, a consecuencia de no sé qué. Las monjas me dijeron que no me prueba el salir de ésta. Yo, sin embargo, tengo la tentación de creer que fuera estoy mejor». Y en junio de 1897: «Anteayer llegué a ésta, y desde mi arribo que no tengo más que malos humores y estorbos y tribulaciones. ¡Tan bien que me estaba encima de los ferrocarriles! » De vuelta de Barcelona, de organizar, en octubre de 1900, el viaje de los nuevos alumnos a Roma, dice: «Para mí ha sido un cordial el viaje. Los últimos días atropellaba a todos, y las casas de cinco pisos las subía sin cansancio, cuando aquí me tenía preocupado el no poder respirar al llegar al primer tramo de la escalera. Ya sé, pues, el remedio para mis años». Y, con idéntico motivo, en octubre del siguiente año: «El viaje a Barcelona me probó muy bien, y esta vida de aquí, de solo cerebro, no sienta tan bien al cuerpo, aunque le agrade más, por la pereza natural de los años».
   No pocas veces convertía Don Manuel el vagón del tren en salón de conferencias para tratar de negocios. «Yo que usted -aconsejaba a don Benjamín Miñana en cierta ocasión-me hubiera ido con don Benito Sanz y Forés hasta Civitta-vecchia o Pisa. El carril es el único punto donde en veinte minutos se tratan con don Benito cincuenta asuntos internacionales. Yo lo he visto por experiencia. Y es cuando está más expansivo, allá, sin fronteras ni polizontes».
   Avaro del tiempo, para aprovecharlo en sus viajes y en sus excursiones por la diócesis, llevaba en la maleta su palmatoria, vela y libro, y aunque fuese de noche y con molestia, ocupaba las horas leyendo para no desperdiciar ni un momento.
   Qui multum peregrinantur, raro sanctificantur -dice Tomás de Kempis-. Y Santa Teresa, hablando de un su sobrino religioso alcantarino, al guardián de su convento, observa: «Según le ejercita la obediencia en caminos, ú muy aprovechado ú distraído estará». Harto cuidó Don Manuel de no disiparse en los suyos, antes sirvióse siempre de ellos como de medio para su santificación. Y lo primero que hacía era no emprenderlos nunca por mera curiosidad o regalo, o por otras livianas causas, sino puramente por motivos de gloria de Dios. Cuán constantemente exquisita fue su delicadeza de espíritu en este punto, nos lo manifiestan los siguientes fragmentos de sus cartas, escogidos entre mil, y pertenecientes a diversas épocas de su vida:
   «Muchos deseos manifiestan esos Operarios-dice a un Rector-de pasar sus vacaciones fuera, cuando tan bien está cada oveja en el propio corral. No obstante, póngase usted y ellos ante Jesús, y si les dice bien claro que es de mayor motivo de gloria suya, pueden realizar algún viajecito por descanso, y aun concederlo al que lo desee; si no, no».
   -«No creo sea buena ocasión para ir yo a ésa. Mi paso debía ser en época quieta y de más silencio. No he consultado todavía a los nuestros sobre si debo hacer excursión esta primavera. Yo me inclino a ir.... si hay motivo suficiente para la gloria de Dios; pues hoy los viajes no me causan la fruición que años atrás».
   -«Martí me escribió. No sé si me resolveré a darle gusto en detenerme allí, pues los carrils no tienen buenas horas; y gastar allí veinticuatro, sin objeto especial de gloria de Dios, me duele».
   -«He estado esperando si era voluntad de Jesús que yo fuera a Madrid, y con esto ir a Plasencia, Sevilla y Granada. Pero lo dejo a la voluntad de Jesús. Conque ¿sí que se han ganado las estampas? Pues va hoy un paquete de interinas: las efectivas ya las pagaré yo cuando vaya a bendecir a esos colegiales, y a abrazar a usted. ¿Cuándo será? Usted dirá, y Jesús».
   -«Si usted cree que ha de reportar conveniencia mi ida a esa, expóngamelo, que no repararía en hacerlo. Mucho me alegraría de tener una conferencia, pero no me parece bastante motivo para ese viaje. Repito, pues, que lo vea usted ante Jesús».
   -«Mucho me tienta la idea de ir por ahí; pero, aparte del tiempo y gasto, me temo sea una golosina para darme buen tiempo. Por lo demás, mucho desearía una esbrafadeta».
   -«No diga que no tengo gana de ir por esa tierra. Lo que me sobran son ganas; pero cuando no median motivos de gloria de Dios que lo exijan, me hace escrúpulo. Tengo ganas de dar gracias a Santa Teresa, en su sepulcro, por el Decretum laudis, y ver Yuste, y venerar el sepulcro de mi Santa Florentina, etc., etc., y tendré que mortificarme también si usted no me ofrece motivo de gloria de Dios».
   Dejó Don Manuel señaladas a sus Operarios, en las Constituciones, las normas para santificar sus viajes, que fueron las mismas a que él se atuvo siempre. «Al emprender un viaje-dice-invoquemos mentalmente al Ángel de nuestra Guarda para que nos dé por compañía los viajeros que convenga según los designios de Jesús; y recitemos las preces acostumbradas. Durante el viaje, debe respirar en nosotros el perfume de la modestia y del buen ejemplo y amabilidad; entreteniendo, además, el tiempo, siempre que podamos, con lecturas y ocupaciones útiles y con nuestras habituales devociones. Debemos ser deferentes con todos, y también generosos, evitando regateos en las posadas y en los servicios que se nos hagan. Si tuviéramos alguna contradicción o desprecio durante el camino, sufrámoslo con noble serenidad y digna mansedumbre. Nuestra presencia ha de ser en todos los lugares motivo de santa alegría y edificación para las almas buenas».
   He aquí cómo recordaba festivamente estos prudentísimos avisos a don Felipe Tena y a don Andrés Serrano, enviados por él a tratar de una fundación: «Amado Felipe: Dos líneas para despido. Ya te veo por ese Madrid salado descansando un poco y repuesto de la fría noche pasada por medio de la fría Mancha, y te miro poniéndote las gafas para abarcar con tu vista los edificios, calles, plazas y plazuelas de esa enrevesada Villa del Oso, y corriendo, para aprovechar las horas, a ver el Palacio Real, San Francisco el Grande, Museo de pinturas, Museo de historia natural, la Virgen del Buen Consejo y la de Atocha, etc... Te contemplo despavorido en la Puerta del Sol para no verte atropellado de tranvías y carruajes y de los rateros, que quieren venderte relojes de oro a duro. Y luego, después de haber visto y descansado, os miro a los dos en el carril, entre las risas y bromas del manchego Serrano, con la Guía al lado, emprender la caminata como exploradores hacia el desconocido Polo Norte, y con más valor y ánimo que un Stanley; y contando estaciones y sumando kilómetros y mirando paisajes para abarcarlo todo. Todo esto, por supuesto, sin haber olvidado el In viam pacis y los cuatro padrenuestros, y sin dejar la distribución de tiempo y hora de meditación, y el cuarto de hora de Reparación, y las comuniones espirituales, y las horas, y las miradas amorosas a Jesús Sacramentado, y a los Ángeles en cada población, lo mismo de día que de noche, y el examen y el ratito de lectura, o mejor, de estudio de Llevaneras u otro, etc., etc.
   Y luego, la soñolencia o el sueño que desaparecen, restregándoos las pestañas al penetrar en el hermoso Campoó, que anuncia la cercanía de la reina del tormentoso Cantábrico. Y, llenos de emociones, son ustedes recibidos amorosamente del bondadoso Prelado, y reciben las respetuosas miradas de los familiares, fijas en los dos veteranos Padres que aguardaban con curiosa avidez como futuros apóstoles de la diócesis; y luego, ser acompañados al fertilísimo Soto y tratados allí como cuerpo de rey. ¡Bah, bah! Esto no es ser fundadores. Para esto deberían tener algún dolor de muelas por el camino, y en Palacio no tener ninguna noticia o cerrada la puerta, y tenerse que ir al Soto, y encontrarse allí con una sola cama de hierro y sin jergón, y tener que comprarse un par de huevos y cocerlos luego con un poco de paja. En esto consistía la verdadera alegría, según las florecillas de San Francisco de Asís... Que el Arcángel San Rafael los guarde; que el Ángel de España los guíe e ilumine; que San José los proteja; que la Virgen los ampare y el Corazón de Jesús los conserve en su continua presencia, y así llenemos los designios de la Providencia sobre nosotros».
   Practicaba Don Manuel lo que aconsejaba a los demás. «¡Con qué singular devoción-dice don Juan Estruel-invocaba al Santo Ángel cada vez que comenzábamos un viaje! Y ¡qué gusto experimentaba al rezar las preces del breviario, el Itinerarium clericorum... Cuando llegábamos a la población a donde nos dirigíamos, invocaba al Santo Ángel de ella, y apenas penetrábamos en el Colegio o Seminario, encaminábase a la capilla para saludar y dar gracias a Jesús Sacramentado, besando a veces el suelo de la misma».
   «Nunca-declara don Andrés Serrano, que tantas veces le acompañó en sus caminos-en las plazas, paseos y bullas de las grandes ciudades, perdió el recogimiento interior. Y, si se distraía, le era sumamente fácil volverse a recoger. Paréceme que esto lo lograría, merced a su meditación diaria, que nunca dejaba, a su inclinación a adorar al Santísimo Sacramento de las iglesias por donde cruzaba, y a una costumbre muy frecuente de cerrar los ojos, llevar la mano al pecho y ponerse en presencia de Dios».
   Hablando Don Manuel a los Operarios, les decía: «Y, al pasar por las estaciones o parroquias, por hábito ya, no prescindiremos de los saludos y actos de reparación, que ocuparán nuestro pensamiento y aun solazarán nuestro espíritu con esperanzas y con santas ilusiones. De mí os digo que, al pasar por ciertas diócesis, me siento más movido a estos saludos, como si quisiera prever que con el tiempo ha de llegar allí, con la gracia de Dios, el trabajo de nuestras manos en favor de aquellas almas. Es una tontería: pero, cuando viajo por Francia, no siento tanto y olvido más los saludos; y cuando paso por las estaciones de Italia, apenas si se queda una en que mi corazón no me mueva con cierto instinto a dirigirme a Dios».
   Cada vez que se disponía a emprender un viaje, en la lista que solía hacer de las cosas que había de llevar consigo, nunca faltaba el libro para la lectura espiritual. Aun en los viajes que, por la índole de los lugares que recorría en ellos, parecían tener carácter preferente de excursiones artísticas, no buscaba sino su espiritual aprovechamiento y el fomento de su devoción y piedad. «Hallándonos viajando con él por Italia-cuenta doña Pilar Ferrer-el tiempo que permanecimos en Asís, Loreto y Bolonia, estaba Don Manuel extasiado y feliz. No así en Venecia, por no encontrar en ella tanto sabor religioso. Fue a afeitarse, y el barbero le trató muy duramente, y le llenó de cortaduras, y entonces decía él: «Casi lo merezco, porque no teníamos necesidad de detenernos aquí». Parecía sentir remordimiento, porque no advirtiendo en Venecia ambiente místico, o no en tanto grado como en los otros sitios, parecíale la visita a ella cosa de turismo».
   Como en tiempos de Don Manuel comíase de ordinario en las fondas en torno a una mesa común, si por no poderse alojar en casa de algún amigo, o de religiosas, veíase precisado a hacerlo en aquéllas, ¡cuánto sufría a veces su modestia y su delicadeza de espíritu! Desde Madrid, donde se hallaba intentando fundar uno de sus Colegios, escribía el 23 de octubre de 1891 a la Superiora del convento de Vinaroz: «No tenemos nada nuevo sobre casa. Aun no estamos ajustados. Apenas lo estemos, nos trasladaremos allá para huir de esta fonda. Y compraremos una cama y una silla, y allá nos vamos. No puede pensar lo que me repugna la compañía de la gente que come con nosotros, por sus conversaciones mundanas».
   «Cuando viajaba Mosén Sol-dice una señora, que más de una vez experimentó las dulzuras de las inagotables bondades de Don Manuel-de tal manera se atraía las simpatías de sus compañeros de viaje con sus atenciones, buenas maneras y regalitos piadosos, con su conversación siempre amena e instructiva, que a todos parecía el viaje corto, y se despedían de él con cierta pena y con deseos de encontrarle de nuevo por esos mundos de Dios, para gozar de su delicioso trato y amable compañía. Recibió el don de Dios de obsequiar a los demás, olvidándose de sí mismo, y así, su sola presencia despertaba por todas partes y en toda clase de personas las más íntimas y afectuosas simpatías». Jamás desaprovechaba Don Manuel cualquier ocasión que se le ofreciese de practicar el bien y socorrer las necesidades del prójimo. «Por los años de 1900-cuenta don Francisco Bou-salía a pedir limosna a los viajeros del coche de Benasal, y de los trenes, en la estación de Alcalá de Chisvert, una muchacha de unos 18 a 20 años. Don Manuel, presumiendo los peligros que corría aquella jovencita, se preocupaba por encontrar un medio de preservarla siempre que pasaba por Alcalá, hasta que consiguió interesar eficazmente en favor de ella al señor alcalde del pueblo, que la colocó en la Casa de Beneficencia de Castellón».

CAPÍTULO XI



Laboriosidad de Don Manuel: Sus cartas.-Las vacaciones de Don Manuel



   El despacho de su correspondencia epistolar fue indudablemente el género de trabajo que ocupó más a Don Manuel durante su vida entera. Aunque parezca exageración, bien puede decirse que se la pasó escribiendo cartas. Con no haberse podido recoger, después de su muerte, sino una parte de ellas, forman verdaderos montones, y pasma pensar el enorme trabajo que supone la redacción de las mismas. En el epistolario de Don Manuel, tan copioso y variado, se encuentran cartas de todos los estilos, pero el carácter que en todas ellas predomina, reflejando su personalidad, es el de tina admirable sencillez de espíritu, un interés constantemente paterna], un celo ardentísimo y una comunicabilidad candorosa e insaciable. Volcaba por entero su corazón en sus cartas, comunicando las impresiones que en cada momento agitaban su espíritu, y lo contaba todo: sus proyectos, sus empresas, sus éxitos, sus fracasos, sus temores, sus esperanzas, sus penas, sus alegrías y los sentimientos que en su alma despertaban los gozos o las tribulaciones de sus hijos o de sus amigos.
   Son incontables las personas con quienes mantenía regular correspondencia. Sólo una actividad como la suya podía realizar el milagro de despachar todas sus cartas, como lo hacía, de su propia mano. «Sigo bien-decía a una hija espiritual-, pero, ¡con una faena!... Tanta, que puedes vanagloriarte de que te escriba dos líneas, pues tengo sobre la mesa cartas a docenas sin contestar». Esto no obstante, estimulaba él mismo a sus amigos para que no dejaran de escribirle. «No deje-decía a un sacerdote-de darme de vez en cuando señales de vida; y aunque yo tarde en contestar, no importa: pues la correspondencia es lo que más me ocupa, y a veces es causa de no corresponder como debía». Y a un Operario: «Sé que hay más que decir, pero no puedo pensar qué. Hoy he hecho una faenada indecible».
   Hacía extraordinarios esfuerzos por tener al día su correspondencia, y no estaba tranquilo hasta lograrlo, cuando por cualquier circunstancia se retrasaba, amontonándosele las cartas sobre la mesa. «Estoy casi al tall con todos los Colegios-dice al Rector del de Roma-, incluso con Madrid, y procuraré que no me abrume la correspondencia diaria». Aparte sus hijas espirituales, mantenía contacto epistolar directo con todos y cada uno de sus Operarios. Hubiera deseado que todos estuvieran minuciosamente informados, al día, de él y de sus cosas, y exigía de ellos idéntica reciprocidad.
   «Recibo su grata-escribía a don Esteban Ginés- Está usted tan espiritualizado, que no sabe qué decirme. Yo siempre tengo cosas que decir».
   Sobre las cartas de otro de sus Operarios, observa: «N... habla mucho y dice poco...» Y a un tercero: «Ya me lamento yo de no poder comunicar diariamente la lluvia de impresiones de esta temporada. No es mía la culpa. Es del poco tiempo... Es la salsa de los pobrecitos corazones desterrados a lejanas tierras. Ya discurriré algún medio: tal vez un velógrafo me sacará de apuros, pues vamos a comprarlo estos días ... » «No extrañe mi silencio-dice a la M. Providencia de Vinaroz-. No son las oposiciones, que poco me preocupan, ni los chicos, los que me ocupan, sino los hijos grandes, que son grandes chicos, y necesito escribirles frecuentemente».
   Y ¡qué santamente fecundo fue este incansable apostolado epistolar de Don Manuel! ¡Cuántas lágrimas enjugadas, cuántos gozos espirituales producidos, cuántas luces derramadas, cuántos deseos del bien despertados, cuántas tentaciones vencidas, cuántos escrúpulos disipados, cuántas vocaciones defendidas, cuántas empresas felizmente realizadas merced a la bendita y espiritual influencia de sus cartas!
   «Su carta de felicitación -decía a Don Manuel la M. Saturnina del Sagrado Corazón-viene cada año más fervorosa, más chistosa y más amable. Bendito sea Dios, que va usted adelantando y sabe mostrar sus adelantos en la vejez... Sepa usted que su carta en semejante día me produce siempre el efecto de una gota de bálsamo caída sobre las heridas del corazón, y de un confortativo para correr más aprisa a Dios. Claro está: ¡como es tan amigo de Jesús -Eucaristía, se le han pegado sus divinas condiciones: curar, fortalecer, etc., etc ... » Desde Australia le escribe otra Teresiana: «Imposible me es manifestarle la alegría y agradable sorpresa que me causó su cartita, pues ciertamente le digo que no esperaba yo tanto bien por mi casa, aunque siempre he tenido muchos deseos de tener una carta de usted; y tanto es así, que pedí a doña Rosalía me mandara un trocito de las que usted le escribe de vez en cuando... No haga padecer a doña Rosalía escribiéndole tarde, privándola de ese consuelito... Pues ya sabe usted cuánto alivio le dan sus cartitas: y crea, Padre mío, que todo se necesita para pasar esta miserable vida ... »
   «Adiós, amadísimo Padre-le decía la Abadesa del convento de Vinaroz-; y mil gracias por todo hasta la otra, que deseo me haga tan larga como la que hoy he recibido. Cuando la veo larga, parece que he sacado la lotería».
   Una religiosa de la Visitación le escribe: «¡Cuánto me ha consolado lo que usted me dice en la suya! Cuando el pensamiento o el recuerdo de lo pasado viene, cuando el sentimiento o las lágrimas asoman, cuando el sacrificio se deja sentir más, me sirve de consuelo, me da esfuerzo lo que usted me dice». Un alma distinguidísima, forzada a vivir ínter mundanas varietates, y de la cual tenía Don Manuel un cuidado del todo particular, le dice en 1897: «Ayer leí una carta suya del 93, porque algunas no las rompo por parecerme un sacrilegio. Después de cuatro años, me pareció muy buena. Estaba llena de su espíritu y corazón de usted. Revolvió en mí muchos recuerdos tristes, pero estoy cierta que la comprendí y agradecí mucho más que el día que usted me la escribió. Me tomé permiso, eso sí, de hacer un prejuicio de usted: pensé que antes me tenía usted más afecto. Lo sentí, pero no me enfadé por ello, porque ni lo merecía entonces ni lo merezco ahora ... »
   Y la misma, pocos días después: «¡Cuánto he agradecido su carta, Padre mío, y su pronta contestación! ¡Cuán llena de unción, cuán impregnada de amor de Dios! Si bien de paso, imprimió algo de ese amor en mi corazón; y gracias a ello, sin duda, pasé la Semana Santa un poco más fervorosa que de costumbre ... »
   El decidido afán de Don Manuel de atender por sí mismo al despacho de tantos negocios como siempre llevaba entre manos, o a las necesidades espirituales de tantas almas como reclamaban sus consejos o sus cuidados, obligábale a escribir sus cartas vertiginosamente y a emplear en ello muchas horas cada día.
   Era curiosa costumbre suya la de ir arrojando sobre el suelo de la habitación las cartas que iba redactando para que se secaran mientras terminaba de escribir las restantes. «No sé por qué me dice usted que le parece fría mi anterior-decía a un corresponsal- Ha de pensar que las más de las veces, escribo a galope y con precipitación». Insensiblemente, un sin fin de cartas, de apuntes, de telegramas, de documentos de diversa índole, se le iban aglomerando sobre su mesita de trabajo, sin que encontrara un momento libre para clasificarlos y ordenarlos; y esto le hacía sufrir harto. «No es extraño-decía al Rector del Colegio de Roma, a raíz de una peregrinación española-que usted no se entienda en sus papeles después de tantos días. Yo rabio más de una vez el ver mis diarios montones». Y al mismo, aludiendo a su letra, minúscula y dificultosa de leer, y acusándose él de idéntico pecado, por la precipitación con que se vela obligado a escribir siempre, le dice: «No entiendo bien la tarjeta del Prelado de Vich: tiene la letra pariente de la nuestra». Y a un distinguido alumno de Roma, perteneciente a una diócesis de Cataluña: «Si me escribiera en castellano, no me costaría tanto entender su letrita, tan enrevesada como la de don Benjamín y la mía».
   En castellano escribía todas sus cartas Don Manuel, quienquiera que fuese su corresponsal. Y tan habituados se hallaban éstos a semejante modo de proceder de Don Manuel, que se ponían a tono con el mismo; y entre tantos miles de cartas dirigidas a Don Manuel, por maravilla se encontrará una docena redactadas en valenciano o catalán. No reparaba tanto, en cambio, en la corrección del estilo y del léxico. Hállanse sus cartas plagadas de impropiedades gramaticales, de violentas trasposiciones y giros valencianos, catalanes o tortosinos. Ajeno a todo lo que pudiera tener aire de pretensiones literarias, dejaba que su pluma corriese libre y espontánea, movida por su corazón de padre o de amigo, sin sospechar ni de lejos que las personas que recibían sus cartas anduviesen reparando en primores de estilo, y mucho menos que las conservaran una vez leídas. Así es que, por lo general, ni se cuidaba de poner la fecha, y a veces, ni siquiera el lugar donde escribía. «Me riñe usted-dice a don Juan Calatayud-porque no pongo de qué año es el «Viernes Santo». Claro es que deben ponerse las fechas en las cartas de algún interés; mas, en los volantitos, y más los míos, no es condición tan esencial».
   Tenía Don Manuel una memoria extraordinariamente privilegiada para recordar fechas, aniversarios y señas. Con ser incontable el número de personas a quienes escribía, jamás usó de cuaderno de direcciones, ni de apunte alguno para retenerlas.
   Con frecuencia fijaba la fecha indicando el Santo o Misterio que aquel día se conmemoraba, y asociando a la indicación algún otro recuerdo. Escribe al Rector del Colegio de Roma y pone: «Fiesta de San Aniceto.-Misa en mi Oratorio un lunes santo, muy bien arreglado por Estruel». «No es extraño-dice a la Abadesa de Vinaroz-que las monjas se extrañen de mi memoria. Soy un desmemoriado; pero las cosas propias y en las que tengo calor... ya me bullen siempre en mi ardiente cabeza». Efectivamente, escribiendo a don Benjamín Miñana, nos ofrece un ejemplo bien convincente de ello. «30 de enero-dice. -Fiesta de mi Santa Martina, Patrona de Roma.-Deseaba no recibir hoy carta alguna de Roma, para interpretarlo como buena señal219: y al recibir la de usted, me he asustado. Gracias a Jesús, que se ha convertido en motivo de mayor tranquilidad. Ayer, 29, aniversario de la inspiración de la Hermandad Sacerdotal para el fomento de vocaciones, apliqué la Misa, entre otros fines, para nuestros enfermos de Roma, y ayer tarde apliqué el rezo de Santa Martina. Ya el 27, aniversario de la muerte de mi Enrique de Ossó, y de nuestro señor Caparrós, hice lo mismo; y el 25, aniversario de mi reverendo padrino, Mosén Navarro, del santo Mosén Isart, y de Vilaret, ídem, ídem..., y esta mañana lo he repetido por Santa Martina. Vayan diciendo. ¿No piensa enviar ya a Leopoldo sin Doctorado, si nos ha de dar estos sustos?»
   A más de la copiosa colección de cartas de Don Manuel, existe otra no pequeña de volantitos o esquelas, que incluía dentro de aquéllas para cumplir y agasajar a determinadas personas. Estas esquelitas están, por lo general, redactadas en un estilo lleno de movimiento, expansión y espontaneidad, y con frecuencia, de una gracia y amenidad encantadoras. Escribe a la Madre Priora de sus Clarisas el día de la Virgen de los Dolores, y le envía aparte un papelito para felicitar a tres de las religiosas que aquel día celebran su onomástico: «A las tres Dolores y a las adoloridas de casa.-El Vicario-Mis Doña Dolores, Dolores y Doloretes: Sin tiempo más que para decirles que diré a la Virgen de los Dolores, que a doña Dolores le quite dolores; a Dolores, le quite lágrimas y rabietas; y a Doloretes, le envíe clavos y espinas. En cambio, que todas tres pidan a la Virgen que me quite a mí penas y amarguras, que soy poco amigo de ellas, y en cambio de sus dolores, me dé gozos y alegrías: todo, si es para mi bien y bien de las almas. Además, que el año que viene pueda saludarlas con múltiples bendiciones para todas, y que yo pueda haber establecido una docena de Colegios, y montado la Vela Nocturna y el Corazón de Jesús en San Mateo y otras cien parroquias. Conque, las bendice a todas, y también a la no Dolores pero adolorida pubilla de casa, su affmo. P. en Cristo».

   A la muerte de Don Manuel publicó un hermoso e interesante estudio del mismo, a través de sus cartas, el entonces Profesor del Seminario de Barcelona y hoy celoso Obispo de Ávila,
doctor Pla y Deniel. Integro queremos transcribir este trabajo, en que magistralmente se resume cuanto se pudiera escribir sobre el asunto.
   «Conocí a Don Manuel-dice el ilustre Prelado-por una carta suya; y el estilo, espejo del alma, me reveló a un sacerdote venerable, antes de que viera yo aquel rostro que, al reflejar la paz de su corazón, la infundía siempre con respeto a su alrededor. Conservo todavía aquella carta, que recibí hace quince años, como fui conservando las que durante estos tres últimos lustros tuve el consuelo de recibir. La serie termina con la que recibí tres meses antes de su muerte, que preveía ya: «Voy siguiendo regular- decía -pero con una enfermedad incurable sobre la cabeza: la de los años». ¡Cuántos guardarán como yo sus cartas! ¡Cuántos las habrán releído y aun regado con lágrimas, sintiendo aquella mezcla de consuelo y de dolor que experimenta nuestro espíritu al sentirse unido con vínculos de amor con un alma santa, vínculos que la muerte no puede romper, que en la eterna Comunión de los Santos se perpetúan, pero que hallan obstáculos materiales de tiempo y espacio producidos por la muerte!
   Tal vez fue el mayor apostolado de Don Manuel el de sus cartas. Sólo las escribía de un carácter completamente ascético y espiritual, cuando circunstancias especiales lo requerían; y entonces se descubría la riquísima vida espiritual de su alma, su íntima unión con Dios, sus dones de consejo y discernimiento de espíritus. Mas, ordinariamente, sus cartas eran familiares y hasta joviales. Leedlas, sin embargo, y percibiréis siempre el suave olor de Cristo; siempre se os representará aquel plácido rostro que hacía la santidad amable e inspiraba doquier la virtud.
   Adquirió Don Manuel el verdadero estilo epistolar propio, el cual no menos que el carácter de letra es distintivo de la genuinidad de sus cartas. Brilla en ellas el espíritu de mansedumbre de un San Francisco de Sales; hay algo que las asemeja a las de San Alfonso María de Ligorio, pero el conjunto de su estilo, sin dejar de ser muy propio y tener caracteres peculiares, por la santa libertad que respira y el festivo gracejo que le anima más que a ningún otro, es parecido al estilo de Santa Teresa. En las cartas de Don Manuel, como en las de la Doctora de Ávila, hallamos santas libertades y gracejos que sólo una gran santidad permite.
   Tenemos a la vista cartas de Don Manuel dirigidas a distintas personas. En una de ellas leemos: «¿Sabe usted lo que he hecho? Pues pedir a Jesús que no le diera a usted salud... y no se escandalice usted por ello, pues ni ahora me arrepiento y aun lo hago. Ya lo ve usted». Leyendo la serie de cartas, de la cual ésta forma parte, se conocen los fines que con tan sorprendente petición se proponía Don Manuel, subordinados siempre a la voluntad y los designios del Altísimo, Don Manuel ha escrito en su vida millares y millares de cartas. Sentía necesidad de escribir, como el Apóstol de evangelizar. Dios le dotó de un gran corazón capaz de amar mucho a muchos (sospechamos que son muchos los que creen que sentía por ellos predilección Don Manuel), y su misión era ir ganando corazones por el amor. Creemos que no habría sabido escribir una carta en estilo seco, oficial y burocrático. Su corazón se entreabría a las cuatro líneas. Con las muestras de confianza, conquistaba la confianza ajena; con la manifestación de sus planes y de sus empresas, impelía bien pronto a que se le manifestara uno a él por entero; con aquella soberana paz que redundaban sus cartas, escritas entre los vaivenes de muy continuados viajes, invitaba a acudir a él a todo espíritu necesitado de paz y de consuelo. Siempre sabía hallar motivo para escribir una carta, y siempre solía dejar algo por decir, lo cual hacía esperar y desear otra nueva.
   La santidad de Don Manuel era la más opuesta a la del tipo ideal que del sabio o justo tenían los antiguos estoicos. Estos querían a su sabio indiferente, insensible, apático, especie de estatua marmórea. Don Manuel nos presenta santificada la más exquisita sensibilidad de corazón; él es el hombre de los dolores y gozos, como insigne devoto de San José y propagador de sus glorias. «Pasado mañana, 19, dedicado a San José,-dice en una de sus cartas-aplicaré la Misa por usted, para que el Santo le abra un poquito la puerta al gozo, no sin eslabonarlo con algún dolor; que ésta fue su cadena de dolores y gozos, y ha de ser la de todo josefino». Reconocía que hay una indiferencia que puede ser base de mucha santidad; mas él, sin carecer de la indiferencia de virtud y resignación, confesaba que no tenía temperamento indiferente. «Conozco-dice en una de sus cartas de dirección espiritual-, su corazón dotado por gracia natural, y lo es en cierto sentido (aunque yo no la deseo) de una indiferencia grande, exento aun de entusiasmo espiritual, propios de su edad, y que puede ser base de mucha santidad por otra parte». Don Manuel se interesaba por todo lo que a sus hijos y personas amadas afectaba. Sabía, como enseña el Apóstol, gozarse con los que gozan y llorar con los que lloran, así en los grandes como en los pequeños acontecimientos.
   No se crea, sin embargo, que dejase de ser Don Manuel enérgico citando era conveniente: «Así, obre usted con libertad completa, y si conviene, con alguna energía, a pesar de los laudables deseos de su familia»-dice en una de sus cartas, tratando de un asunto espiritual-. El, tan suave y tan sencillo, se conserva siempre en las alturas del criterio de perfección cristiana; nunca deja apoderarse de un sentimentalismo mundano. «A N...-escribe-, la reñí porque se conoce que sintió muchísimo la muerte de M..., puesto que en mi, aparte del sentimiento del cariño, vi en ello una gracia especial de Jesús, estando como estaba en los fervores de su próxima consagración a Dios». Su suavidad no era enemiga, como tampoco lo era en el suavísimo San Francisco de Sales, de la mortificación, ni puede serio en nadie, ya que la verdadera suavidad sólo se obtiene a costa de mucha mortificación. Muchas cruces de Jesús deseaba a una persona en una de sus cartas; y de sí mismo, ya sexagenario, pero antes de contraer la enfermedad que le llevó al sepulcro, escribe: «Yo estoy bien; sólo que el médico me hizo romper los ayunos esta semana, cosa que no me había sucedido en ningún año, y casi estoy resuelto a desobedecer, aunque esté dispensado por la edad».
   Entre todas las cartas de nuestro amadísimo Don Manuel que tenemos a la vista, una hay dirigida a una alma en uno de esos momentos muy críticos en la vida espiritual, en la cual se manifiesta muy por entero el espíritu del insigne varón, respondiendo como él solía a un desahogo completo y sin reservas. Toda ella respira santidad consumada y la mayor ciencia del espíritu. Su mirada, tan apacible como escudriñadora en la conversación, penetra en esta carta el alma toda del consultante: «Conozco su cabeza... Conozco su corazón... Conozco, a mi parecer..» y sigue describiendo o fotografiando el interior de un alma. Está fechada en la fiesta de Todos los Santos y a la fecha añade, como en tantas y tantas de sus cartas, un post-scriptum. El de la carta a que nos referimos dice así: «Fiesta de Todos los Santos-fecha y recuerdo de muchas gracias obtenidas en esta fiesta, excepto la principal, aunque por verdadera culpa mía, de que sea yo santo. Pido, no obstante, y lo hago por egoísmo, que Jesús le haga a usted un santo».
   De una manera muy semejante escribía a sus novicios el anciano San Alfonso María de Ligorio. No es de extrañar que sean tantos, centenares creemos, los que guardan con veneración las cartas del que en vida fue padre de tantos hijos, y cuya paternidad se extenderá mucho más allá de su existencia mortal».
   Hasta aquí, el docto Catedrático barcelonés, y agradecido y devotísimo admirador de Don Manuel.

***

   Infatigable siempre en el trabajo, permitíase Don Manuel algunos, aunque raros, paréntesis de descanso en sus abrumadoras tareas. Cuando se hallaba en Tortosa, tomaba parte en la recreación con los Operarios después de la comida, y luego dormía todos los días una breve siesta.
   Después de recitado el Oficio divino y leído el correo de la tarde, reunía a los Operarios más libres de servicio en torno de su persona y de su mesa de trabajo en la biblioteca. Solían acudir, además, algunos otros sacerdotes residentes en Tortosa, o de paso en ella, y algunos seglares piadosos, distinguidos en las letras, y hasta algunos consagrados a los negocios. Proponíanse temas de apostolado y amenidad, de cultura, edificantes y de actualidad, provechosos y agradables; y Don Manuel lo animaba y, alegraba todo.
   Nunca emprendía viajes por pura recreación o pasatiempo: cuantos realizaba obedecían a motivos de celo, o de personal devoción, o de gentil y caritativa atención, como las excursiones y jiras al campo con que obsequiaba en ocasiones a algún amigo de fuera que le visitaba en Tortosa, o finalmente, por la necesidad de atender al cuidado de su salud, como los que hacía cada año a Benicasim desde que se instalaron en Tortosa las Redentoristas, que tenían casa en aquella. playa, y los que, alguna que otra vez, desde los albores de su sacerdocio, había hecho a las Casas de Alcanar o a Valencia, para combatir los humores herpéticos que padecía.
   De las idas de Don Manuel a Benicasim, de las causas determinantes de las mismas, y de la vida que allí llevaba, nos habla larga y documentadamente su íntimo y dilectísimo familiar don Juan Bautista Calatayud, al que cedemos gustosos la palabra:
   «En los veranos muy calurosos -dice-y debido además a las malas condiciones que reunía entonces el aposento del Colegio donde Mosén Sol hacía la vida, se le alborotaba el sistema nervioso, y como secuela indispensable, venían las pesadillas e insomnios y otros fenómenos que poco a poco iban restándole fuerzas, hasta el punto de quedar reducida su robusta naturaleza a la impotencia para todo cuanto fueran trabajos mentales, aun los más insignificantes, Como era escribir cartas a los miembros de su familia religiosa, tarea que realizaba nuestro Superior con facilidad que podríamos calificar de admirable.
   Cuando llegaba a estos extremos el enervamiento de potencias y sentidos, encontraba pronto, fácil y eficaz remedio, que se veía forzado a tomar, mal que pesase a su interés en evitar gastos relacionados con su persona y a la repugnancia natural que sentía en proporcionarle satisfacciones al cuerpo. Para semejantes casos, la cura pronta y radical estaba en los baños de mar. Y ante lo inapelable de la disyuntiva, o no hacer nada o buscar donde zambullirse, había de adoptar el remedio tantas veces felizmente experimentado de los baños.
   Sucedió muchas veces estar luchando días y más días y semanas enteras por ver si se veía libre de recurrir a los baños, que el paciente y sufrido Superior llamaba una de las más impertinentes miserias de su vida, pero todo en vano. Imposible dar salida ni siquiera a la correspondencia ordinaria, cuanto menos atender a los múltiples e importantes quehaceres del cargo, y más en las vísperas de los Santos Ejercicios que por necesidad han de practicar los sacerdotes Operarios en lo más recio de los calores estivales. Pues entonces era precisamente cuando necesitaba Don Manuel multiplicarse y desarrollar su asombrosa actividad, ya que a los trabajos ordinarios que en sí llevaba la movilización de los súbditos, se añadían los insustituibles inherentes a su carácter de Fundador, pues había de orientar a todos, por medio de conferencias, en la naturaleza, modo de ser y funcionamiento de la Hermandad y de sus instituciones, para llenar convenientemente nuestra principal misión en los Colegios y Seminarios.
   Sucedía muchos veranos quedar Don Manuel completamente inútil para todo lo que fuera trabajo mental, y esto le apenaba, porque había de intervenir como elemento principalísimo en asuntos que no admitían dilación ni espera. Pues en estas circunstancias, salir de Tortosa en el tren del mediodía, llegar a media tarde a las playas de Benicasim, zambullirse en el mar, calmarse los nervios de Don Manuel y sentirse entonado su organismo, era todo simultáneo; tanto, que aquella misma tarde podía ya despachar la correspondencia de asuntos ordinarios y dejar en turno para el día siguiente la de más compromiso.
   Nos fijamos de un modo particular en la tarea de las cartas, porque recibía tal número de ellas durante su estancia en las playas de Benicasim, que llamaba poderosamente la atención del cartero, hasta el punto de manifestar éste muy regocijado a sus convecinos, que con unos cuantos parroquianos que tuviera como Mosén Sol, sacaría, al menos, para el pan de todo el verano y parte del invierno. Aunque la frase tenga mucho de ponderativa, no lo parecerá tanto si se tiene en cuenta que Don Manuel, además de la tasa ordinaria asignada a cada carta, que pagaba religiosamente, añadía siempre el plus de la propina al final de temporada. Así conseguía que el cartero le sirviera con puntualidad y gusto en lo propio del oficio, amén de otros encargos que con frecuencia le hacía relacionados también con los asuntos de correos.
   Plácenos recordar una de tantas delicadezas de Don Manuel que delatan al verdadero siervo de Dios, que no tiene más pensamientos ni acaricia otras ambiciones que trabajar siempre, trabajar de continuo y dondequiera que habite, por la multiplicación de los intereses de la gloria divina. En Benicasim, fuera del tiempo indispensable para tomar baños, el resto del día lo empleaba Don Manuel en despachar la correspondencia, atender a las visitas y consultas de los amigos, y disponer lo conveniente para la próxima reunión de sus Operarios en Valencia. ¡Y a esto se llamaba las vacaciones de Mosén Sol! Pues todavía, por vía de reposo, algunas mañanas se pasaba largos ratos en el confesonario para responder a la confianza de bastantes personas de la colonia que reclamaban sus sabios consejos.
   En sus excursiones veraniegas a Benicasim se hospedó siempre en el Asilo que allí tienen las Redentoristas. Las Religiosas Oblatas, a quienes estimaba mucho Don Manuel por su difícil e importantísima misión, se aprovechaban también de su presencia buscando en sus atinados consejos y experiencias de maestro, consuelos y descanso, pues con harta frecuencia se las veía afanosas de que les dedicara los pocos ratos que tenía libres para proponerle los asuntos más difíciles y escabrosos, que nunca faltan en el gobierno de una comunidad, y más siendo de índole tan especial como la que nos ocupa, y muchísimo más, supuesto el modo como se desenvolvía, en las fechas a que nos referimos, aquel benéfico Asilo.
   Constituía una muy grande preocupación para el generoso y compasivo corazón de Don Manuel, la salud y el bienestar de las asiladas. Conocía perfectamente la penuria por que pasaba el Asilo durante largas temporadas, hasta el extremo de faltarles lo más indispensable para la vida, a pesar de los continuos trabajos y heroicos sacrificios de las abnegadas e incansables religiosas que están al frente y le gobiernan. Conocía Don Manuel estas lamentabilísimas crisis por que pasaba la humanitaria y santa Institución, y hubiera querido proporcionar, especialmente a las chicas, toda clase de comodidades y honestas satisfacciones, para que no echaran de menos los mal olientes ajos y cebollas que habían dejado en tierras de Egipto.
   No era Mosén Sol de los que se limitan a lamentar los males de la sociedad, como hacen muchos, sin interesarse por buscar el más conveniente remedio. Si hubiera sido hombre de extraordinarios recursos, las pobres asiladas hubieran salido inmediatamente de su triste situación. Así le vimos más de una vez ocupado en buscarles limosnas y poner a contribución sus relaciones e influencia para que les proporcionasen trabajo en que emplear santamente el tiempo, y a la vez, ganarse alguna cosilla... Ya que no podía, porque no estaba en sus manos, remediar por completo las necesidades de la comunidad que con tanto gusto le admitía como comensal, manifestaba Don Manuel, del mejor modo que le era posible, su gratitud y desinteresado cariño. Todos los veranos disponía un extraordinario para las chicas, acompañado siempre de la rifa de objetos piadosos y de otros regalitos, con la mira de hacerles más llevaderos los sacrificios que les imponía la pobreza y de que se resignasen, cuando menos, a vivir sujetas a la regla que de tantos peligros las libraba, conservándolas en el seguro camino de la salvación. Hubo verano que obligó a ir desde Tortosa a Benicasim a uno de sus estudiantes, que entendía el manejo del fonógrafo, y le hizo cargar con el aparato y los mejores discos, sólo por proporcionar un rato de agradable solaz a las amadísimas asiladas ... »
   «Sigo bien, gracias a Dios-escribía Don Manuel en cierta ocasión desde Benicasim-. Hoy estamos de fiesta de la Patrona de la Casa, Santa Magdalena, y ha habido comunión y platiquita, con mucha devoción de todas, en particular de las Madres, que estaban enternecidas después de tanto tiempo que no habían oído palabritas que les dijeran algo del amante Jesús. Las pobrecitas chicas están anhelando el recreo, en que les daremos una estampita y... alguna cosita más».
   La alegría, el bienestar de ellas, era la continua preocupación de Don Manuel. No era uno solo el extraordinario con que cada año las regalaba, sino varios. No le sufría el corazón que pasara domingo o fiesta de importancia sin depararles alguna prueba de cariño, que se traducía en un buen principio, o en mejorar el que les daban las religiosas, o en postre y alguna vez hasta refresco y todo. Las ganancias en el juego de damas o del dominó con que entretenían Don Manuel y sus acompañantes los ratos de recreación, iban todas a parar a un fondo común destinado a proporcionar alguna satisfacción a las chicas. Por medio de las religiosas, averiguaba Don Manuel qué era lo que más apetecían, para que, en cuanto fuera posible, viesen cumplidos sus deseos y gustos.
   «Tuvo siempre Don Manuel-dice don Juan Bautista Calatayud-poderosos y sobrados motivos para que su corazón, naturalmente generoso y agradecido, se desahogara en alabanzas y acciones de gracias a Jesús por los sabrosísimos consuelos que experimentaba en Benicasim. Desde luego que, para el carácter y gustos de Mosén Sol, constituía ya tina gracia, y gracia extraordinaria, el hallar una casa religiosa, como el Asilo de las Redentoristas, situada en medio del campo y en las mismas orillas del mar, donde podía vivir rodeado de algunos de sus sacerdotes Operarios, sin que nada ni nadie le perturbara las horas que quisiera dedicar a los quehaceres de su apostolado.
Pero en otras partes le proporcionaron las mismas y todavía mayores comodidades y no las quiso aceptar, o, aceptadas, las renunció pronto, por la razón potísima de que no tenía cerca a Jesús, y sólo disfrutaba de su sacramental compañía durante la celebración del santo sacrificio de la Misa; mientras que en Benicasim vivía cerquita de Jesús, podía visitarle a todas las horas del día sin ocasionar a nadie la más ligera molestia, y despertar por las mañanas con el pensamiento fijo en Jesús, que le aguardaba ya en el Sagrario, y por las noches despedirse también de Jesús, pudiendo depositar a sus soberanas plantas los últimos latidos de su enamorado pecho.
   Tanta gratitud le inspiraba la vida en el campo y junto a la misma morada de Jesús, que todos los veranos, al llegar al Asilo de las Redentoristas, la primera visita era siempre para el Amado, con las circunstancias dignas de tenerse en cuenta, de aproximarse cuanto podía al Sagrario, y besar humildemente el suelo en reconocimiento de la nueva misericordia que suponía proporcionarle otra vez descanso, aires puros y frescos, y vivir en su gratísima e inapreciable compañía.
   Y se retiraba de la presencia de Jesús en esta su primera visita, que llamaremos de presentación, ponderando a los suyos tan extraordinario beneficio.
   La despedida no era menos humilde y afectuosa que la llegada; pero, al marcharse, sus últimas palabras eran de recomendación a las religiosas y asiladas para que tratasen bien a Jesús, y alcanzasen para él la gracia de volver otro año. Y no podía faltar la recomendación especial en que se traslucía siempre la obra de celo que le ocupaba y preocupaba en aquella temporada, y cuyos felices resultados, más que de sus trabajos e industrias, esperaba de las fervorosas oraciones de las almas buenas.
   Había, empero, algo que traía intranquilo y disgustado a Don Manuel. Podemos asegurar que ni una sola vez lo exteriorizó en sus cartas, pero sí muchas en el seno de la confianza con los Operarios de la Junta de Gobierno de la Hermandad, y de amigos íntimos, con quienes compartió las frescuras de las playas de Benicasim. Ni que decir tiene que las religiosas Oblatas se esmeraban en el servicio de su respetable huésped cuanto podían y sabían, pero a Mosén Sol no le sufría el corazón recibir continuas atenciones, gozar de ciertas comodidades, y tomarse tranquilamente lo que él llamaba posturetes220 y delicadezas, cuando allí cerca, pared por medio, había otras criaturas de Dios muy trabajadas, y a quienes escaseaba hasta lo indispensable para la conservación de su existencia. De ahí que no transcurriese apenas comida en que no retirase alguno de los platos más sabrosos, que las religiosas, con tanto gusto y cariño, presentaban a la mesa.
   Esta diferencia de trato, que llegaba hasta ocasionar a Don Manuel una especie de remordimiento continuo, no era, sin embargo, lo que hacía más penosa su vida de veraneante. Lo que tenía clavado en lo íntimo del corazón y le obligaba a estar en Benicasim como corrido y avergonzado, era el pensamiento de que no dejaba de su paso por allí más que el poco edificante ejemplo de una vida cómoda y regalada. Lo extraordinario de estas y otras parecidas afirmaciones era la sinceridad con que las formulaba. ¡Cómoda y regalona su vida! Desde las primeras horas de la mañana hasta las últimas de la tarde trabajaba incansable, atendiendo a todos y a todo, sin que le quedaran más tiempos libres que los dedicados a los recreos de reglamento y a tomar el baño, que tan indispensable le era para la conservación de su salud».
   Son innumerables las cartas en que Don Manuel habla de su estancia en la pintoresca playa de Benicasim. Nos limitamos a copiar sólo algunos fragmentos de ellas:
   -«Tengo la cabeza de mes de junio, que me seca el cerebro como todos los años y desea no sé si Benicasim o qué, y han venido a apañarla los consejos del Ilmo. Sr. Ibarra y las animadversiones a nuestras Reglas, y todo en vísperas de reunión y de combinación de viajes. Por esto deseo marcharme y no sé cuándo podrá ser».
   -«Va hoy sólo un saludo, pues el calor me quita las ganas de hacer nada bueno y me entretengo en escribir cartitas».
   -«Por querer escribir una carta larga autógrafa, iba dilatando los días, pero en Valencia estuve ocupadísimo, y esto y el calor, me chafaron y me apresuré a venirme a Benicasim al terminar los Operarios los Ejercicios. Y me dura el chafamiento.»
   -«Vine a estas playas la madrugada del 25, casi sin ganas. Mi intención era seguir hasta, Valencia, pero por Calatayud, me detuve y creo lo acerté, pues me dice éste que me he rejuvenecido. Ciertamente me tenía aplanado el calor».
   -«Yo estoy bien aquí, y creo debía estar unos días, y casi siento el haberme comprometido para establecer la Vela Nocturna en Vall de Uxó y el otro compromiso de la Vela en Villarreal, pues estas brisas me han refrescado mi ardiente cerebro. No obstante, habré de ofrecerlo a Jesús Sacramentado, y El me supla el descanso que necesitaba».
   -«He venido aquí a estarme unos días y con hambre de adelantar mis tareas, y aquí no hago tampoco bastante, y quiero ver si adelanto la correspondencia, y luego... veré si me pongo de lleno a preparar para los Ejercicios».
   -«También hemos tenido calor en Tortosa la semana anterior. En cambio, las playas éstas y las brisas, hacen olvidar el calor pasado y lo hacen preferir a los calores castellanos y extremeños, según me dice Albiol, confirmando mis antiguas opiniones».
   -«Llegamos bien, y no sé si agradeceremos bastante a Jesús el alivio que nos da en esta soledad y con estas brisas».
   -«Estamos bien aquí, cuidados por estas buenas Hermanas, y es un alivio que no sé si podré agradecer bastante a Jesús, atendido el calor de nervios que sentía ahí, y que me quitaba el humor de trabajar. Aquí lo único que siento es no poder trabajar bastante, aunque puedo dar contestación a las cartas, que son muchas. Hoy he tenido diez».
   -«A pesar del mareo de mi cerebro con tantísimas triquiñuelas que me traen las cartas, me encuentro regular, por no abatirme tanto el calor como en Tortosa. De aquí que no saldría de ésta de buen grado, pero me debo a otras triquiñuelas de ésa, que son de gloria de Dios también».
   «¿Cómo le prueba ese pintoresco pueblo?-le escribía a Benicasim la M. Victoria- Creo que la vista deliciosa del mar y los aires valencianos reanimarán su salud. Recuerdo que usted me ha hablado varias veces de un cierto balconcito muy poético que hay en el santo Asilo, muy a propósito para meditar y elevarse en la contemplación de las cosas del cielo, a la vista de la inmensidad del mar, bañado por el pálido reflejo de la luna en las horas silenciosas de la noche, o por los abrasadores rayos del sol del estío en su mediodía ... »
   Refiriéndose al método de vida que hacían Don Manuel y los que le acompañaban en Benicasim, decía a don Juan Estruel en julio de 1906, el Dr. Corominas: «Por la suya del 13 veo han vuelto ustedes, al cabo, al tradicional Benicasim. Me alegro de que el calor no les moleste en ese tranquilo y apacible retiro y mucho más me alegro de que Don Manuel siga relativamente bien. Saludo a todos afectuosamente, deseando les prueben los baños, el buen pescado, el dominó y la tertulia nocturna con el rosario en la era.» Y otra vez el mismo Dr. Corominas, el 22 de julio de 1908: «He tenido que renunciar a Benicasim, al dominó, a la horchata de chufas, a presenciar el desembarque de los pobres pescadores y, sobre todo, a la amable compañía entre la cual tan bien me encontraría, desarrollando temas».
   Aun después de haber sufrido el primer ataque, y a pesar de los alarmantes síntomas y temores de otro, continuó Don Manuel visitando las playas de Benicasim, pero con la prohibición de tomar baños y el mandato de cuidarse mucho. En sus cartas de aquellos últimos años, leemos: «Aunque sólo estoy bien en nuestra Tortosa, me han traído aquí para vigilar a los bañistas viejos y jóvenes. He tenido dos días no muy buenos. No lo hace el calor, sino el trabajar tanto por la noche». Convaleciente Don Manuel en Benicasim, escribía desde allí su secretario don Juan Estruel: «Don Manuel reza ya todos los días y celebra la santa Misa. Con frecuencia le vienen tentaciones de echarse al agua, pues cree que con un baño de impresión se le curarían los dolores neurálgicos que padece hace ya algún tiempo y que ahora le hacen pasar malos ratos».
   «Se bañó hasta los 70 años - dice el canónigo tortosino don Julián Ferrer, que pasó con Don Manuel en Benicasim largas temporadas-. Un día estaba para tronar. -¿Qué hacemos?-dijo Don Manuel. Y ambos nos metimos en el agua al atardecer. Mientras nos bañábamos se desencadenó la tormenta, con un fuerte aguacero. Nos refugiamos en la caseta, pero nos mojábamos también en ella, y por añadidura, nos era imposible calzarnos. Como pudimos, regresamos a casa, y Don Manuel exclamaba: «¡Xiquet, xiquet, no digas a nadie que Mosén Sol ha hecho a los setenta años esta calaverada!» Rezábamos el Oficio todos juntos. Por la tarde pasaba el horchatero y hacía Don Manuel que refrescásemos, más por nosotros que por él. A las jóvenes asiladas, unas ochenta, las entretenía con el gramófono, les hacía pláticas y muchos días les pagaba el principio, postre de dulce, etc. .. A veces nos hacía contribuir a los demás: «Hoy ¿Quién les paga el principio?...», nos decía. Quería que les diesen bien de comer y que estuvieran alegres y entretenidas. Se resistía siempre a que pagase yo mi pensión a las monjas: «Déjalo, xiquet, ya pagaré yo por ti...» Un día, siendo yo muy jovencito y hallándonos en Benicasim, de repente se presentó en mi habitación, diciéndome: «¡ Anda, confiésame!» Y se confesó ¡conmigo!»
A los pocos días de haber fallecido Don Manuel, escribía la M. Ramona de las Mercedes, Redentorista: «Me cabe gran satisfacción de haber tenido no sólo la dicha de tratarle, sino la de poseer recuerdos también, que conservaré mientras me dure la vida. ¡Qué honra para la Casa de Benicasim el haberle tenido temporadas habitando allí! ¡Dichosa hospedería, que ha gozado de su presencia! ... »

CAPÍTULO XII



Pureza de intención. - Prudencia.- Don de consejo



   Lo que tuvo de incansable y animoso el celo de Don Manuel, otro tanto tuvo de desinteresado. El verdadero amador no se busca a sí mismo: trabaja y se afana y mira únicamente al bien del amado. En todos sus actos y empresas, procedió Don Manuel siempre como aconsejaba San Juan de la Cruz a un religioso, «teniendo la boca de la voluntad abierta solamente al mismo Dios, y desapropiada de todo bocado de apetito, para que Dios la hinche y llene de su amor y dulzura, sin quererse satisfacer de otra cosa». Ninguna otra bastaba a satisfacerle, y con sola ésta quedaba satisfecho Don Manuel. «Cuando se trata de hacer bien temporal y espiritual a las almas-dice en una de sus cartas-, a donde se inclina la voluntad, si purifico la intención, después me quedo tranquilo».
   Para alcanzar del Señor la constante pureza de intención, aplicaba muchas veces con este fin la santa Misa. No se cansaba de recomendar a sus hijos esta hermosa virtud y se la señalaba como fuente de consuelos espirituales: «Purifica siempre la intención en todo-escribía a uno de sus Operarios-y tendrás gozo del Señor en todas las cosas».
   Sentía profundo disgusto si observaba que alguna de las almas con quienes estaba en comunicación espiritual no practicaba el bien con desprendimiento propio y alteza de miras. Y en ocasiones no lo disimulaba. A una virtuosa señora, que se le había atufado, hasta rehusarle dar en su casa el acostumbrado alojamiento, resentida por no haber sido estampado su nombre en cierto documento notarial de fundación, escribíale Don Manuel justificando la omisión, y luego añade: «IA qué queda, pues, reducida la cuestión- Permítame que se lo diga: a una pequeña vanidad, de que en documento que nadie leerá ya jamás, figure el nombre de usted, cuando su nombre figura en el Boletín diocesano, en el expediente, en los documentos y tradiciones de la Comunidad, en las del pueblo, etc. De mí, nadie sabe que he figurado como censor, ni en las relaciones de las fiestas he aparecido como colaborador casi único, con mis fatigas, sudores y contemplaciones. Y, sin embargo, ni me ha ocurrido obtener ningún lauro, ni ninguna alabanza, pues que sólo ¡o quiero en el corazón, de haber trabajado por la iglesia de mi Madre Purísima ... »
   Aun las más humildes y al parecer inútiles cosas, placíanle y las alababa, mirándolas a través del desinteresado y buen deseo con que las suponía realizadas. Hallándose Don Manuel en la biblioteca del Colegio de Tortosa, alguien hubo de comentar, a la vista de un montón de libros arrumbados: «¡Qué obras tan inútiles! Y ¡estarían tan ufanos sus autores de haberlas publicado! ¿Qué fruto ha quedado de toda esta espuma?» «La buena intención con que escribieron»-replicó Don Manuel-. Fue la de él, buscar en todas sus cosas el cumplimiento de la voluntad divina, «la máxima gloria de Dios», según su expresión favorita y continua. Y ese norte señalaba a sus Operarios en cuantas resoluciones hubiesen de tomar. «Puestos ante Jesús, resuelvan», acostumbraba decirles. Y así lo practicaba él mismo. «Nuestro Caparrós -escribía en diciembre de 1892-iba a ser propuesto para obispo. Aunque los pareceres de los nuestros no eran uniformes, me puse ante Jesús, y le dije que renunciara; y así lo hizo, con grande alegría de su corazón». La fundación misma del Colegio Español, que fue quizás la que más le ilusionó, pedía al Señor que si no era de su beneplácito, la impidiera, aunque fuese con humillación de los Operarios. Al proyectar la del convento de Vinaroz con la Madre Escolástica, Abadesa del de Mataró, decía a ésta: «Por lo demás que me dice de sus reparos y temores, basta ya, hija mía. Si no fuera la voluntad del Señor que sea usted el instrumento escogido, aunque lo sentiría, me someteré gustoso. Entretanto, no más que silencio y oración: como barro en manos del divino alfarero, para que haga de nosotros el vaso que quiera, en cumplimiento de sus altísimos fines. Lo demás, sería buscarnos a nosotros mismos». Hacia 1890, andaba planeando, con un sacerdote de Lérida, una federación de Colegios. Al regresar de esta ciudad escribía: «Hemos venido con buenas impresiones. Que se cumpla, con todo, la voluntad de Jesús en éste Como en todos nuestros proyectos». «Si la Hermandad-llegó a exclamar alguna vez-, no había de cumplir con su fin, ¡que desaparezca y venga otro Instituto más fiel!»
   «¡Mira -decía en cierta ocasión una religiosa-si supiera que la voluntad del Señor fuese que me enterraran vivo, en la sepultura me echaba!»
   Esta pureza de intención y este propio y personal desinterés, lo ejercitó Don Manuel de una manera singularísima respecto a vocaciones para la Hermandad. Andaba envuelto en sombras de dudas sobre si consagrarse o no a ella uno de sus predilectos discípulos. Súpolo Don Manuel, y escribía a una tercera persona enterada del caso: «Mucho siento que sufra el pobre N..., y preferiría sufrirlo yo: Pues yo no deseo otra cosa sino que el Señor cumpla en su alma los designios que tenga sobre él... Mas, ya que el Señor nos lo había dado, sin mediar de nuestra parte ningún impulso, me sería muy sensible que las pasiones humanas Y las se cumpla, con maquinaciones del enemigo nos lo desviaran. Que. voluntad de Jesús amorosa. Lo que quiero es que no todo, la sufra; que otros sufrimientos le tocarán en la vida, y yo siempre seré el mismo para él».
   Y ¿Qué decir del admirable desprendimiento de Don Manuel para entregar a otros institutos, sujetos que él juzgaba posibles candidatos a la Hermandad o consagrados ya a ella, así que entendía que podrían servir mejor a Dios en otra Congregación religiosa? Para referirnos sólo a la Compañía de Jesús, citaremos algunos casos de semejantes generosidades. Aludiendo a uno de los más eminentes profesores que actualmente tiene la ínclita Orden ignaciana, el cual era a la sazón alumno de los Operarios y ya conocido por sus distinguidas cualidades, escribe Don Manuel: «De M.... del cual era entusiasta el Rector, digo a éste que lo envíe a la Compañía; que será mejor». Y así se hizo. De otro celosísimo Padre jesuita, antiguo colegial de Tortosa y amadísimo hijo espiritual suyo, decía Don Manuel a un Operario: «No me renueves la llaga con el recuerdo de A... Únicamente por Dios y por él lo sacrifiqué y me hubiera parecido otra cosa una infidelidad mía. Cuando le vi después en otra ocasión, acabé de comprender todo lo que valía, pues valía más que todos vosotros en conjunto, y casi me quejé al Señor. Sin duda no lo merecíamos».
   Andaba este joven de quien habla Don Manuel, y al que amó siempre con ternura, combatido de mil dudas y agitaciones en los comienzos de su vocación, sin saber a dónde inclinarse, si a la Hermandad o a la Compañía de Jesús. Don Manuel, entonces, para serenar su espíritu, le preguntó: -¿Harás lo que te mande? -Sí, señor. -Pues... ¡vete a la Compañía!... Y así lo hizo, y en ella continúa.
   El P. Marro, S. J., primo de Don Manuel, declara: «A mí, cuando me vio la vocación que tenía a la Compañía, no se opuso en nada. Lo mismo me dijo hacía cuando algún súbdito suyo quería entrar en religión, «aunque-me decía-no dejo de sentirlo».
   «Yo bien puedo decir-escribe otro ilustre jesuita, el P. Francisco Tena-que a él debo, después de Dios, mi vocación al sacerdocio, primero, y a la Compañía de Jesús después. Lo primero se debe al empeño que puso en que mis padres me mandasen al Colegio de San José; y lo segundo, porque, apenas nació en mí, él la dirigió y llevó a cabo, hablando a los Padres del Jesús para que me admitieran. Bien mostró en ello su desinterés, pues más de una vez me había hablado de sus proyectos futuros, y creo que le hubiera gustado me hubiese quedado con él para tornar parte en su Obra».
   Para el número extraordinario del «Correo Interior Josefino» publicado con ocasión de la muerte de Don Manuel, envió el eximio escriturista de la Compañía, P. José María Bover, un interesante artículo que titula «Admirable desprendimiento » y que dice así:
   «La Hermandad de Operarios Diocesanos y los Colegios de Vocaciones Eclesiásticas, sobre todo el Colegio Español de Roma, son obras universalmente conocidas, a las cuales quedará perpetuamente vinculado el venerado nombre de su santo fundador Don Manuel Domingo y Sol. Lo que no todos conocen, lo que solamente pudieron admirar los que le trataron más íntimamente, son ciertos rasgos delicadísimos de su admirable fisonomía moral, rasgos tanto más hermosos cuanto más velados por su profunda humildad. Uno de estos rasgos fue aquel noble desinterés, que siempre le distinguió. Don Manuel era Fundador, y como tal, naturalmente, deseaba vocaciones que secundasen su Obra. Y no le faltaron. Diole el Señor aquel aspecto venerable y apacible, aquella mirada comunicativa, penetrante, subyugadora, aquel corazón grande y bondadosísimo, aquella entereza blanda, actividad asombrosa, ánimo generoso y emprendedor; en fin, aquella santidad tan sólida como tierna; y con estas bellísimas prendas de naturaleza y gracia se conquistó muchos compañeros de sus apostólicas empresas. Pero aconteció no pocas veces que algunos, que estaban ya para asociarse a su Obra, los llamase Dios a la Religión. Doloroso había de ser el sacrificio; mas el noble desinterés es el sello de las almas grandes. Don Manuel, sin quejas, sin repugnancias, sin dilaciones, daba a Dios lo que Dios le demandaba. Y llegaba a tanto su generoso desprendimiento, que él mismo tomaba a su cuenta el dirigir, asegurar y llevar a feliz término estas vocaciones religiosas. Saben nuestros lectores que no hablo de oídas. Si no fuera indiscreto hablar de sí propio y revelar a las miradas curiosas de los hombres los secretos caminos por donde Dios se llega al alma y la atrae a sí y la guía a la vida religiosa, podría descubrir pormenores edificantes que pondrían de manifiesto el heroico desinterés de Don Manuel. Sólo diré que, debiéndole yo atenciones y beneficios singularísimos, cuando ya parecía que se los iba a pagar, consagrándome a su Obra, entonces el Señor me llamó a la Compañía de Jesús. ¿Qué hizo Don Manuel cuando le descubrí mi pensamiento? Jamás puedo recordarlo sin profunda emoción y gratitud. Desde que vio ser vocación de Dios, no vaciló un instante en desprenderse de mí: ni aun la más ligera reflexión me hizo, no digo para disuadirme, pero ni siquiera para poner a prueba mi vocación. Y lo que es más, después de llevarme consigo a Loreto, él me acompañó de Roma a España, él me presentó y recomendó a los Superiores de la Compañía, y él, en fin, me ayudó para conseguir el beneplácito de mis padres.
   «Dios se lo pague a quien a mí tanto bien me hizo», puedo exclamar como el Beato Padre Ávila en ocasión no muy distinta. Y desde entonces hasta su muerte, jamás se olvidó de su prófugo: al contrario, a medida que me veía, con los años, más confirmado en mi santa vocación, mayores muestras me daba de paternal amor y aun cariño.
   Para concluir, sólo añadiré que lo que hizo conmigo y con otros muchos, no fueron hechos aislados, sino fruto natural y espontáneo de su levantado espíritu. Y este espíritu de generoso desprendimiento lo ha dejado impreso y como encauzado en sus Constituciones, y lo que vale más, lo ha sabido infiltrar en sus hijos, dignos continuadores de su grande Obra. ¡Hermoso ejemplo de abnegación apostólica! Sólo con esa pureza y rectitud de miras, seremos aptos para dilatar el reino de Cristo, que es reino de cruz, paz y caridad».
   Permítasenos añadir que entre las cartas de Don Manuel existe un volantito relativo al asunto que trata el P. Bover, y que dice así: «A Pepe Bover-Mi amadísimo en Jesús: Recibí tu grata. Veo se imponen tus vehementes deseos; y aunque lo dejas a nuestra discreción, no queremos nosotros oponernos a los designios de Jesús, y probaremos si es ésta su voluntad, dando los pasos convenientes a ello. Ha sido uno consultar al P. Rector respecto a lo de quintas, y parece que hay tiempo de librarte de ellas... Yo no dejaré de encomendar el asunto de un modo especial al Corazón de Jesús estos días».
   De otra vocación distinguida, frustrada para la Hermandad, de un sujeto que es actualmente miembro benemérito de un claustro catedralicio, escribía Don Manuel: «Respecto a X..., si ha de sacar el grado para poder seguir otra carrera, haz lo que puedas por él y facilítale el desenlace; que no deja de ser esto de gloria de Dios. Lo mismo le amaré y el mismo interés debemos tener para que logre ser un apóstol secular».

***

   Animoso y resuelto en sus proyectos de gloria de Dios, no era, sin embargo, Don Manuel un idealista temerario, un arbitrista iluso, sino varón prudente y discreto, que confiaba en Dios con firmísima fe, pero que empleaba, al mismo tiempo, los medios humanos más conducentes al fin.
«Usted es muy emprendedor-le decía en cierta ocasión el Obispo señor Vilamitjana-. Así me gusta. Mida, sin embargo, sus fuerzas y sus recursos antes de lanzarse a ciertas empresas». Ya sabía hacerlo así Don Manuel.
   Contestando a la consulta que le hacía un Operario sobre proyectos altamente sugestivos, le dice: «Dije a don José, Elías y Osuna, reunidos como estábamos, y se asombraron de las gestiones de usted y de la ligereza de lanzarse a un mar borrascoso de aventuras, sin lastre y en medio de tantas tinieblas y oscuridades como ofrece el asunto».
   «El mismo celo-escribía en las Constituciones -sería expuesto, aun para el bien del Operario, si no fuera dirigido por la más exquisita prudencia». Don Manuel, tan diligente y abnegado en ayudar a las religiosas en sazón oportuna, aconsejaba de este modo a los suyos:
   «Veo lo de la Provinciala... No sé si les diré a ellas nada, pero a usted sí le digo que no se meta muy adentro en estos asuntos monjiles: ya se irán arreglando ellas. Buenos consejos y los consuelos que se pueda, y lo demás, dejarlo». Consolador al mismo tiempo que consejero, y de toda suerte de personas, lo fue él siempre. Un religioso capuchino, al felicitarle por su onomástico en 1905, le decía:
   «Si en todo tiempo tengo presente el recuerdo del bondadoso sacerdote que con tanta afabilidad me animó y consoló la primera ves que nos vimos, en estas solemnidades se acentúa más, si cabe».
   Respondiendo a la abadesa de un convento que le proponía la fundación de otro, escribe Don Manuel: «En cuanto a lo de X.... repito que no veo más que una simpleza de monja, no sabiendo con qué podría contarse antes de acercarnos a animar a aquella gente. Porque, si todos en masa lo aceptaran, «¿Qué?-nos dirán- y ¿por dónde comenzamos?» Esto lo veo tan claro, a pesar de sus confianzas y ánimos, que hasta creo sería una temeridad tonta el obrar de otra manera, y que no merecería la bendición de Dios. En la fe ha de acompañar la prudencia humana».
   En cambio, cuando los temores procedían de prudencia y cobardía puramente humanas, sugeridos por la prudencia del mundo o de la carne, no contaban para Don Manuel. En uno de sus Colegios habíase levantado una fuerte contradicción. No arredraban a Don Manuel, en este trance, las consecuencias y pérdidas materiales y humanas; pero, al resolver, miraba a Dios. «Tengo -escribía- un disgusto mayúsculo al recibir hoy el Boletín de N... Si no fuera por Jesús, no empezábamos el curso este año». Y hablando de los Operarios de dicho Colegio, decía a otro Operario: «Le contesté al Director del Colegio de N... que usted sabía la historia de aquel Seminario y sabría lo que debía decirle, y que San José está acostumbrado a hacer... caer cedros elevados; y así, que no sufrieran; que en caso que Jesús no nos quiera en N.... Él lo diría: pues no queremos nosotros contrariar sus designios, impulsados por ninguna pasión humana, y menos por el amor propio; que, de dejarnos llevar por éste, fácilmente hubiéramos resuelto. Así, que continúe, con pocos o con muchos alumnos».
   En otro de los Colegios de San José luchaban los Operarios contra un ambiente desfavorable, formado a causa de la preocupación que existía de que eran favorecidos y aliados de los Padres de la Compañía. El principal amigo y protector de la Hermandad allí ponía en autos sobre el particular a Don Manuel, y éste le contesta: «Agradezco las indicaciones que usted me hace respecto a nuestra conducta y reserva ahí; si bien, creo que no se hará preciso que erubescamur, ni poner gran cuidado en disimular nuestras aficiones; porque, si pueden ocasionar algún mal los prevenidos contra los jesuitas, no parecen los más predestinados a hacer gran bien ».
   Como prueba de su gran discreción y delicadeza, aun en cosas que tanto le interesaban como la conquista de vocaciones para la Hermandad, transcribimos este fragmento de una carta suya a un futuro Operario, por Don Manuel queridísimo y deseadísimo: «Mi amadísimo X... : Si hubiera escrito el mismo día que salí de ésa, y bajo las impresiones que me causaron todas las razones y motivos que me dieron para hacer ver la conveniencia de tu permanencia en ésa, te hubiera escrito que vinieras en seguida a nuestra Obra, pero todo vino a producirme un efecto contrario al que se proponían. Lo vi todo bajo el prisma de entusiasmo que, si bien es laudable, pareció a mis ojos algo humano, y sobre todo, la facilidad de que pudiera ser efímero... Todo esto, y otras cosas que ocurrieron a mi imaginación y que sintió mi corazón sin raciocinar, me produjeron el efecto antedicho y hasta me halagaba en caso como mejor para ti, una vida parroquial a donde te condujera la Providencia... No quise escribirte, pues, bajo esta impresión. Y, aunque hoy el entendimiento me dice lo mismo, como soy parte interesada, no debo mediar, ni mediaré, en tu definitiva resolución. Sólo, sí, te ayudaré y te consolaré, y desde hoy te protesto que no hagas caso ni del afecto con que quisiera arrebatarte a mi lado, ni de cuantos respetos humanos puedan interponerse en tus temores e imaginaciones. Quiero exclusivamente tu bien y la gloria de Dios, donde quiera que sea».
   Las virtudes de Don Manuel, su larga experiencia, sus luces naturales y las sobrenaturales iluminaciones de hombre de vida interior, la pureza de intención con que siempre obraba, hacían de él un consejero ideal. Aunque decía humildemente de sí que no tenía más que instinto, es verdad que poseía, por añadidura, muy lindo entendimiento, como diría Santa Teresa de Jesús. Un sacerdote que trató mucho a Don Manuel, dice de él: «Varios Prelados, en circunstancias críticas y momentos apurados de difícil solución, acudían a sus consejos, pidiéndole orientación. El buen Don Manuel, reconcentrándose un momento de la manera que solía cuando se disponía a hacer un acto de presencia de Dios, señalaba acertadamente el camino que debía seguirse, sin incurrir jamás en torcidas desviaciones. Pudieran citarse fechas y nombres, que veda la prudencia».
   Un párroco de la diócesis de Tortosa, cuenta de sí propio: «Cuando solicité el subdiaconado, me denunciaron al Obispo, diciendo ser yo liberal. Me defendí. Fueron varios al Prelado diciendo que le habían informado mal. El Prelado no les atendió. Fue el Dr. Marchancoses y se lo explicó a Mosén Sol. Este envió a don Andrés Serrano al Prelado para que le dijese: «Si V. B. tiene resuelto no ordenarle, está bien. Pero, si yo fuera Obispo, le ordenaría». Y me ordenó. En cierta ocasión, que me quejé ante él de ciertas amarguras que experimentaba en mi parroquia, me decía para consolarme: «Calla, que tienes allí unas almas que compensan los disgustos que te dan esos rebeldes».

***

   Acerca de las cualidades de Don Manuel como consejero, discurre de este modo la M. Rosalía del Niño Jesús: «Fue alma grande, pues tuvo gran caridad. Supo tomar los consejos, supo darlos, supo ejecutarlos. Tenía singular gusto en hacer partícipes de sus cosas a todos los que le rodeaban, oyendo, hasta con humilde admiración, las observaciones que podían hacerle. En cierta ocasión llegué a conocer que se sujetaba al dictamen de otros en cosas muy sencillas. Un día, visitándonos, dijo había conseguido la venia del Superior para la visita. Mas, como le preguntáramos el por qué de tal permiso en un Superior General, respondió: «Lo he pedido a mi primero y segundo (dando este nombre al Vice-Superior General): ya que éste es de quien recibo consuelo y dirección». Como en la madurez de los años, regularmente, hállase la fuente del consejo, nuestro Don Manuel, parte por la experiencia de la edad, que es maestra de la vida, parte por el don especial que Dios le concedió con su sencillez y candor de alma, nos alentaba alguna vez, diciendo: «Debéis venir a visitarme, porque en mí hallaréis así un enfermo como un consultor». En otra ocasión, se expresaba en estos términos: «Estoy contento de que hayan seguido alguna vez mi consejo; que siempre les irá bien tomarlo en estos asuntos. Cuando ustedes puedan, escríbanme, que las cosas comunicadas pesan menos». Atento a que escribo para los de casa, me he atrevido a poner estas frases, que a personas desconocidas podrían parecer desdoros de la santa humildad. Según la doctrina de la Maestra de los sabios, no es humildad no entender que el Señor nos va dando bienes, porque si no conocemos que recibimos, no nos despertaremos a amar. Todo, en nuestro querido Don Manuel, tenía aire de muy allegado a Dios. Era muy sucinto y decisivo en los consejos: por eso llegaban al alma: «Haga lo sustancial de espíritu, al efecto de procurar la presencia de Dios, que le está rodeando siempre; en lo demás, anime el fuego del divino amor con jaculatorias, para adquirir el deseo de padecer». Así hablaba a una penitenta suya. Sus palabras tenían tal fuerza persuasiva, que hacían gran mella de convicción y serenidad: «No, hija; sí, hija», eran voces que decían ya mucho en su boca. Otras veces valíase de la bendición para dulcificar las amarguras de este valle de lágrimas. Con sólo decir: Benedictio Patris..., etc., et Sancti Francisci et Sanctae Theresiae, descendat!... «Todo se pasa, y todo, todo es nada», ensanchaba los apretamientos del alma e infundía alientos para hacer rostro a las dolencias espirituales. Otras veces decía éstas no menos eficaces: «Estoy contento». «¿Cómo sigue esta almita?» «Se lo diré a Jesús». «Bien va, hija mía, persevere así ... » Abonado estaba el corazón de nuestro queridísimo Padre para que de él brotasen eficaces consejos».
   «No cabe la menor duda-escribe Sor María de Padua, religiosa de Jesús-María-de que era Don Manuel alma de oración continua, de una fe y una confianza en Dios extraordinaria, y por lo tanto, que éste se le comunicaba muchísimo. En sus avisos, en sus consejos, hablaba con una seguridad y certeza, que no podía una más que ceder, no forzada, sino convencida de ser aquella la divina voluntad. Si alguna vez no veía claro, decía: «Ya me lo pensaré», o «lo preguntaré al buen Jesús». Y lo que resolvía, era aquello y nada más. Cuando me decidí a dejar el mundo, parecíame a mí que el Señor me quería en un convento de clausura; y, siendo así que siempre se le notaba predilección por esta clase de religiosas, a mí no me inclinaba a ello, antes, contrariándome, me decía: «El buen Jesús te quiere religiosa de enseñanza; y, aun más, te quiere en Jesús-María». No sabía yo nada de tales religiosas, y para que las conociera me acompañó él mismo desde Tortosa a Valencia. La primera entrevista que tuve con las Madres fue en presencia de él, pero, no sé por qué, aconteció que me llevé no muy buena impresión al verlas; mas Don Manuel me comprometió para volver dentro de dos días y pasar allí uno entero. No me atreví a replicar, pero para mis adentros decidí no volver más, y así se lo manifesté cuando estuvimos solos, y él me repitió que Dios me quería en Jesús-María. Como me resistiese yo, alegando que quedaría más tranquila si viese otras, tuvo la paciencia, a pesar de sus múltiples ocupaciones, de acompañarme al día siguiente a dos o tres conventos, en los cuales tenía conocidas. Para no comprometerme, me hacía esconder: pues eran de clausura, como yo deseaba. Unas de ellas me gustaron y después se lo dije, pero él me contestó: «Yo veo claro dónde te quiere el Señor; pero mañana, en el santo sacrificio de la Misa, se lo preguntaré de nuevo». Muy tempranito fui para saber el resultado, y me dijo muy decidido: «No lo pienses más y obedece. Jesús-María es tu lugar». Y, efectivamente, al ir de nuevo, ya me gustaron mucho; de tal manera, que me hubiese quedado para siempre, como lo efectué al poco tiempo. Y estuvo tan acertado, que no sólo no me he arrepentido un solo instante de la elección en los cerca de treinta años que hace que tengo la inmensa dicha de pertenecer a esta mi amada Congregación, antes, si cabe, soy más feliz cada día; por lo que estoy muy agradecida a mi Padre: pues, después de Dios, a él se lo debo».
   El actual excelentísimo señor Obispo de Madrid, Dr. Eijo y Garay, contaba en el número extraordinario del «Correo Interior Josefino», dedicado a Don Manuel a raíz de su muerte, una curiosa anécdota reveladora del don de consejo de Don Manuel:
   «Ello es-dice-que un amigo mío, cuyos secretos no lo son para mí, andaba hacía tiempo muy preocupado estudiando el negocio de su vocación y creyendo que el Señor le llamaba a estado más perfecto. Su director espiritual y el Superior creían que no. Sus relaciones familiares, su pensión diocesana, su carácter y el conjunto de circunstancias que constituyen la voz fría de la realidad, que no por ser fría es menos voz de Dios que los vehementes deseos y los encendidos fervores piadosos, parecían indicar también que no. Pero ¡eran tan claras las voces internas con que Dios llamaba!
   -Consúltate con Don Manuel-le dijo don Benjamín-. Y allá se fue mi amigo.
   Don Manuel le recibió lleno de afecto, y cuando se enteró del asunto, elevó sus ojos a lo alto, como si pidiera a Dios luces, escuchó, preguntó, volvió a escuchar, y después de una breve pausa, poniendo su mano sobre la cabeza de mi amigo y toda la fuerza persuasiva de su autoridad y de su afecto en las palabras, le dijo: -Mira, hijo, el secreto de la correspondencia a la vocación está en una sola cosa: obedecer. Obedece a tus directores y habrás atinado.
   -Ese es mi deseo, Don Manuel, y esa es mi norma. Obedecer a mis Superiores por Dios. Pero como son contradictorias sus voces, obedezco siguiendo las indicaciones de la voz más clara, la del Superior; mas, me consumo interiormente no pudiendo seguir la voz que de Dios me parece.
   -No digas que son contradictorias, aunque tales las creas. En negocio tan capital, si con corazón e intención pura se acude a Dios, Dios no deja que se engañen sus encargados de guiarnos al cielo.
   -Entonces, Don Manuel, ¿serán ilusiones mías?...
   -No, xiquet, no; yo creo que Dios te llama; y creo también que tienen razón tus Superiores, al menos por ahora. Pero, para que veas que no hay contradicción en esto, fíjate bien, y no olvides lo que te voy a decir. Dios llama a los jóvenes a la vida religiosa de tres maneras: a unos los llama para que entren y se queden; son los que constituyen los Institutos religiosos; a otros los llama para que entren y se salgan: ¿no conoces la vida del Ven. P. Claret?; y a otros los llama... para que no entren. ¿Te sorprende? Pues esa es una prueba muy cierta de amorosa providencia del Señor; con esa idea el joven vive enfervorizado y observante, atento sólo a Dios, despegándose por El de todo afecto terrenal, ganando con su deseo grandes méritos, y, sobre todo, defendido de los peligros de la juventud.
   -Y ¿seré yo de los últimos?
   -No lo sé. Ni te conviene saberlo. Ponte por entero en manos de tus Superiores, y no creas que su voz está en contradicción con la del Señor... Más adelante, ya veremos; tal vez ellos cambien... Tú no tengas voluntad propia».

CAPÍTULO XIII



Modestia y buen ejemplo



   Hermosamente ha escrito el Cardenal Mercier que «el ejercicio habitual de la vida interior imprime en la fisonomía, en el gesto, la palabra y la mirada, un reflejo de la acción de Dios en el alma, estableciendo una perfecta consonancia entre lo que se es y lo que se debe ser. El hecho y la ley, la realidad y la promesa, la santidad efectiva y la vocación se corresponden, y el pueblo cristiano, testigo de semejante equilibrio, se detiene complacido en la contemplación de un ser moral completo, advierte el resplandor de Dios en su obra, ve a Cristo transparentado en su ministro, y exclama: «Sí, he ahí visible a los ojos de todos el hombre de Dios, homo Dei (I. Timot. VI-11), el sacerdote del Señor»221.
   Tal acaeció en Don Manuel. «Es mejor-recomendaba a una de sus hijas espirituales-que te tengan en buena opinión: que, si no somos santos, ya se saca Dios gloria de que lo parezcamos».
Santo a derechas fue él, y por tal le tuvieron cuantos le conocieron y trataron. «La modestia de Don Manuel-dice la M. Rosalía-era conocidísima de todos. Su modesto continente requería de justicia, no ya sólo respeto, sino veneración». Todo en Don Manuel era ejemplar y provocaba a la virtud. «Nunca me olvido-escribe una devota suya-de mi Padre doctor Sol, y con sólo recordarle se anima mi corazón a ser más de Jesús». «Puedo asegurar- declara otra-que, no ya leyendo el más insignificante escrito de Don Manuel, sino solamente al pensar en él, se mueve en mí un vivo deseo de amar más a Jesús y ser buena». Y una tercera: «Lo digo con sinceridad: su solo recuerdo, si estoy triste, me alegra; y si estoy decaída en el espíritu, me enfervoriza y anima a practicar el bien». «¡Qué bueno se sentía uno a su lado!-exclama doña Pilar Ferrer-. Irradiaba de él la virtud y comunicaba de ella algún destello». «Desde que viajé con él de Tortosa a Valencia -testifica Sor María de Padua-comencé a darme cuenta de que era un sacerdote muy fervoroso y de una modestia y delicadeza suma. íbamos los dos solos, y sin dejar de tenerme delicadezas y cuidados verdaderamente maternales, era tal su recato y modestia que, al hablar, tenía los ojos o bajos o con una mirada así Como celestial, fijándose en un punto, parecía, más allá de las nubes. Y esto, después, me fijé que lo hacía siempre con todo el mundo. Yo aseguro que desde entonces no podía mirarle que no pensara en Dios o en alguna cosa sobrenatural».
   El malogrado Dr. don José Solé, Obispo Auxiliar electo que fue de Madrid, traza este retrato de Don Manuel:
   «Los hombres que viven vida de Dios son admirables en todas sus obras, pues en todas ellas dejan impreso el sello de lo divino. Lo divino los rodea, los penetra, los vivifica; crea en torno suyo una aureola de santidad, que engendra en los que de cerca los tratan, una mezcla de simpatía, de admiración, de respeto, que absorbe dulcemente el ánimo, como en presencia de lo sublime. Los que han tenido la dicha de tratar a Don Manuel, habrán experimentado, en presencia suya, ese anonadamiento que siente el alma en presencia de una grandeza excelsa. Difícilmente se hallará un hombre más accesible, más amable, más llano, más sencillo, y esto no obstante, ejercía en el ánimo tal influencia de respetabilidad y veneración, que era imposible sobreponerse a ella.
   Su carácter era el carácter de esos grandes hombres que aparecen de tarde en tarde en el mundo, que llevan en su corazón, escrito por el dedo de Dios, un decreto que ejecutar, y poseen en grado eminente todas aquellas cualidades que su alta misión exige. Sensibilidad exquisita, firmeza de voluntad, completo imperio sobre sí mismo: he ahí las grandes cualidades de que dotó Dios el alma de Don Manuel; dotes y cualidades que, avaloradas por la gracia, sobrenaturalizadas, elevadas a la esfera de lo divino, que era el medio ambiente en que su alma vivía, le llevaron triunfalmente a acometer empresas arduas y erizadas de peligros, con aquella abnegación y espíritu generoso del que siente en toda su amplitud la sublimidad del sacrificio hecho por la gloria de Dios... Rostro majestuoso, mirada serena, plácida, afable, tranquila, capaz de apaciguar las tempestades del espíritu; corazón grande, sensible, generoso, ardiente, caldeado siempre por intensa llama de amor divino, y en su afán de acrecentar la gloria de Dios, capaz de dictar planes que no puede realizar sino aquella fe viva y confianza ilimitada, que cambia de lugar las montañas; un atractivo irresistible y una entereza e igualdad de ánimo superior a todas las vicisitudes de la vida ... »
   Cuidaba Don Manuel, en primer termino, de no hacer ni decir cosa que desdijese de su carácter sacerdotal. «No sólo en los actos del ministerio-decía-podemos ejercitar el celo, sino siempre. Siempre somos sacerdotes y en todas partes hay almas».
   Exhortando a sus Operarios a este apostolado continuo del buen ejemplo, que debían ejecutar sobre todo los llamados «Operarios en ministerio», dedicados a recorrer las parroquias de la diócesis desarrollando obras de celo, les hablaba así:
   «Debemos dar constante ejemplo, no sólo de virtud, sino de toda clase de consideraciones sociales.
   Los religiosos, en general, basta que sean buenos; no tienen que pensar más que en la propia santificación; salen de sus centros para pasar como relámpagos entre las gentes; iluminan por unos días los pueblos a donde van a misionar, depositan allí la semilla del bien y vuelven otra vez a sus respectivas comunidades, y al abrigo del convento, y sujetos a las santas Reglas, pueden fácilmente remediar las disipaciones del espíritu, supuesto que las hayan experimentado en su rápido contacto con el mundo.
   Nosotros, los Operarios, no solamente hemos de ser sólidamente buenos, sino también parecerlo. Si no tuviéramos la importante y delicada misión de formar al clero, daríamos por muy buena aquella frase de Santa Teresa: «Bueno, serlo, que no parecerlo». Ahora debemos serlo y parecerlo. De nada nos serviría parecerlo, si no lo fuéramos. Y si ni siquiera lo pareciéramos, sería inequívoca señal de que no lo somos en realidad, y entonces sería preciso más que nunca humillarnos en la presencia de Dios, pedirle esta gracia y prometer trabajar para serlo de veras.
   Estamos llamados a ser de continuo el espectáculo del mundo y de los hombres, en los pueblos y en nuestros centros.
   Hemos de ser vistos en los pueblos y por los pueblos, con mucha más frecuencia que los religiosos, y por lo mismo pesará siempre sobre nosotros la obligación de ser más ejemplares y dar claros testimonios de toda clase de virtudes, sin omitir las sociales.
   Los religiosos, apenas si dan tiempo para que se descubran y pongan de manifiesto sus defectos naturales y de carácter, y a pesar de los pesares, podría deciros la triste impresión que han dejado muchos de ellos, miembros de Institutos modelos, y que pasaron por los pueblos, algunos de ellos, con el honroso título de misioneros. ¡Qué se dirá, pues, de nosotros, si no somos muy buenos y procedemos con extraordinaria cautela!
   Hemos de pensar, amados míos, que no sólo nos examinarán desde los pies hasta la cabeza, sino que todos nuestros movimientos han de ser objeto del instinto escrutador, principalmente de las almas piadosas, no por malicia de ninguna clase, sino por la natural inclinación que todos tenemos a observar y fijarnos detenidamente en las personas que amamos y de cuyas prendas y virtudes hemos formado concepto muy elevado.
   El mismo afecto, pues, que inspiraremos y nos profesarán las personas más distinguidas de los pueblos, hará a los Operarios objeto de las más nimias e intencionadas observaciones.
   Y a pesar de este afecto y del respeto con que nos tratarán y de las consideraciones de todas clases de que nos veremos rodeados, al alejarnos de los pueblos, nuestras cosas más insignificantes serán una mina inagotable de temas de conversación, y en muchos días, y tal vez de semanas enteras, apenas sabrán ocuparse más que del huésped Operario; y de nuestros dichos y hechos, carácter y genialidades, inclinaciones y gustos, harán chacota inocente, y con más insistencia y gracia precisamente aquellos que nos trataron en la intimidad y que a nosotros nos pareció que habían quedado más satisfechos de nuestro comportamiento.
   No os quepa duda, y hemos de estar todos convencidos, que estudiarán nuestro modo de sentarnos, de comer, a qué somos aficionados en las comidas, el uso que hagamos de las manos, si las frotamos con frecuencia o nos da por juguetear con los dedos queriendo tocar todo cuanto se nos ponga al alcance de la vista; las muletillas de nuestro lenguaje, si somos amenos en la conversación, o serios o sosos; si nos da por ser chocarreros o excesivamente locuaces... todo, todo será blanco de curiosas observaciones, y tomarán nota hasta de insignificancias en que nosotros mismos tal vez no nos hubiéramos fijado en todos los días de nuestra vida.
   Si de las cosas materiales y de meras fórmulas pasamos a lo espiritual, propio del sacerdote, las observaciones serán todavía mucho más intencionadas.
   Tomarán nota de nuestras habituales prácticas de piedad, del modo y perfección con que las cumplimos, si nos recogemos pronto al aposento o si nos place trasnochar; si somos celosos, activos y trabajadores, o por el contrario, amantes del reposo, de la comodidad y de las propias conveniencias.
   ¡Cuánta virtud, cuanta abnegación, qué de vencimientos sobre nosotros mismos y vigilancia sobre todas nuestras operaciones, si de veras queremos llenar los amorosos designios que tiene Jesús sobre nuestra Obra! ... »
   Que Don Manuel andaba siempre actuadísimo a este respecto, constantemente vigilando sobre sí propio para no desedificar, antes dejar en pos de sí el santo perfume del buen ejemplo, lo confiesa él mismo, hablando de la corrección fraterna a sus Operarios:
   «Yo de mí sé deciros que quisiera tener sobre mí cien ojos. ¿Cómo no? Si lo que me da más pena en mi ministerio no son mis pecados interiores y propios, si así podemos decirlo, sino el que mi conducta, mis actos, mi proceder, puedan ser causa de menos edificación. Sí, el qué dirán o qué concepto formarán de mí cuando voy a alguna parte, de mis palabras, de mi inmortificación, de mis defectos. Tal vez sea propio de una exagerada sensibilidad de amor propio, pero es lo cierto que la idea de poder ejecutar algún acto que no se interprete bien me tiene sobre mí y me humilla ante Jesús, para que no sea ocasión yo de perjudicar su gloria. ¿Cómo no he de querer que se me advierta? Pidamos a Jesús que nos dé esa saludable delicadeza».
   Y ¡qué frutos tan admirables de edificación lograba Don Manuel con semejante proceder!
   «Difícilmente se encontrará- escribe Don Juan Bautista Calatayud-quien tuviera una sola vez en su vida trato con nuestro Don Manuel, que no quedara prendado de su persona y con ganas de gozar más de su amable compañía y amena conversación.
   Todo en él era atrayente: su figura simpática y digna; su conversación deliciosa y a la vez edificante e instructiva; sus modales siempre correctísimos. Producíase en todo con una sencillez y espontaneidad, que le hacían apto para alternar lo mismo con las clases aristocráticas, que con las más humildes del pueblo.
   De lo que no se olvidaba jamás Don Manuel era de su carácter sacerdotal, y muchas veces tuvimos ocasión de observar que, cuando más dominio hubiera podido ejercer sobre los que le rodeaban, más metido aparecía dentro de sí, como si fuera modesto infante en presencia de su maestro; pero entonces procuraba ser más que nunca el sacerdote que edifica a todos con su aire recogido y dulcemente paternal.
   Y por estas y otras muchas de sus preeminentes cualidades, se adueñaba tan pronto y tan por entero de los corazones, que, si fuera necesario, no nos sería difícil citar multitud de casos en que los mismos que, por razón del cargo y dignidad, empezaron a tratarle como Superiores, antes de terminada la conversación o entrevista, habían trocado ya los papeles: los directores se hacían sus dirigidos, sometiéndole difíciles asuntos y graves problemas de gobierno, para oír y atenerse en la práctica a sus sabios consejos y atinadas resoluciones.
   Traté a Don Manuel en su vida privada e íntima y en su vida de sociedad y apostólica. Pude observarle a mi placer en sus relaciones con la familia, en su trato con amigos de todas clases, niños, jóvenes, hombres hechos y duchos, pobres y ricos; con estudiantes, hombres de carrera, periodistas y literatos; con labradores, menestrales, comerciantes, obreros y artistas... Le vi centenares de veces ejerciendo las funciones de su ministerio en el altar, en el confesonario, en el púlpito, junto al lecho del moribundo... Fui con alguna frecuencia su- compañero de viaje y pasamos en comandita molestias de mansísimas y de briosas caballerías, molestias de mareos y de correspondientes peligros en viajes por mar... Le recuerdo perfectamente hospedado en modestísimas viviendas, entre familias pobres, fondas de sólo nombre, en casas religiosas, conventos de monjas... y aseguro que podría jurar en la presencia de Dios no haber observado jamás en Mosén Sol nada desedificante, y sí mucho por que alabar y bendecir al Señor en el modo de comportarse en su ministerio. Nunca perdía de vista su carácter sacerdotal y mantuvo siempre muy vivo su afanoso celo de ser útil a las almas».
   Hasta en su manera de vestir pretendía Don Manuel que se reflejase su carácter genuinamente eclesiástico. Usó siempre, por esta razón, el clásico solideo, y lo recomendaba a sus Operarios. A los del Colegio de Roma que le habían manifestado deseos de imitarle, les dice: «Será con el tiempo el solideo un distintivo verdadero... Mandaré a ustedes uno y lo llevarán ordinariamente, siempre que vayan a hacer visitas, y más si son a obispos o cardenales. Cuanto más, mejor; por ser una prenda del verdadero traje eclesiástico español». Y en otra carta: «No sólo en las grandes solemnidades ha de usarse el distintivo español, sino más frecuentemente, aunque se burlen: pues de mí no he sabido se hayan burlado».
   Para ajustarse a la usanza tradicional del clero español, siempre llevó Don Manuel sotanas sin mangas.
   «Hacia 1905-cuenta don Casimiro Izuel-estaban varios Operarios con Don Manuel en Valencia. Llegó el sastre a tomar medidas a algunos. Alguien indicó que quizá Don Manuel tendría falta de sotana. El se excusaba, pero tuvo que confesar que sí le hacía falta. Costó mucho convencerle de que se dejara tomar medida. Las sotanas de los demás habían de ser con mangas. Mosén Sol se resistía a que se las pusieran a la suya. Por fin, cedió, pero no sin protesta, su humildad. ¡Hubiérasele visto cómo nos pedía perdón por el mal ejemplo que le parecía nos daba, tan sólo por dejarse confeccionar una sotana con mangas! -¡Qué mal ejemplo doy a estos jóvenes! ¡A mi edad, sotana con mangas! ¡Xiquets, no os escandalicéis! ¡Perdonadme este mal ejemplo!...»
   Y si tan delicado en punto a edificar se mostraba entre los suyos ¿qué no sería cuando se hallaba entre extraños? En sus viajes a San Mateo y al Alto Maestrazgo, pernoctó algunas veces en Alcalá de Chisvert, y solía decir la Misa en el oratorio de las Hermanas Carmelitas Descalzas Terciarias. Le preparaban éstas para desayuno un chocolate algo extraordinario. Tomaba Don Manuel el chocolate, sin probar nunca lo demás, pidiendo, en cambio, pan de la santa Comunidad, que las monjas, muy edificadas, habían de presentarle en vez de los bizcochos.
   Era tan mirado en todo, que porque no pareciese a nadie que las limosnas que los fieles daban a los Colegios iban a los no verdaderamente necesitados, y ante el temor de que, dándole una gracia de las de libre disposición del Colegio pudiera hacerse sospechoso de parcialidad y nepotismo, costeaba Don Manuel de su bolsillo particular la pensión íntegra de un sobrinito carnal que estudiaba en el Colegio de Valencia.
   «Estuvimos viviendo unos días bajo el mismo techo en Barcelona-cuenta doña Beatriz Gombau-y al marcharse a Valencia nos dijo: «Perdónenme los actos de desedificación que les he dado ... » Cuando, ávidos, recogíamos cada día ejemplos de su virtud ... »
   La presencia y las visitas de Don Manuel eran deseadísimas y dejaban siempre, en quienes tenían la dicha de recibirlas, provechosos efectos. «Mucho sentimos-le escribe una religiosa del monasterio de la Visitación de Barcelona-no verle la última vez que estuvo usted en ésta, pues aunque sean tan breves, siempre producen en nuestra alma algún bien espiritual sus visitas; pero, al mismo tiempo, tuvimos ocasión de ofrecer ese sacrificio a Jesús: pues-dispénseme usted la sencillez o franqueza-pensé que usted lo había hecho expresamente para mortificarnos un poquito y proporcionarnos esta ocasión... Como hemos sido fieles en ofrecerlo a Jesús, nos alegramos en pensar que otra vez no nos impondrá usted este sacrificio y tendremos el consuelo de verlo». Otra distinguidísima hija espiritual de Don Manuel, del siglo, también desde Barcelona le dice: «No puedo decirle a usted cuán agradecida quedé por sus visitas, que prueban que no nos olvida usted. Siempre que le veo, me parece usted más santo: pero casi lo siento. No sé si decirle el por qué. Las personas santas, a medida que se acercan tanto a Dios, se alejan de nosotros; y siento perder ni un ápice de su amistad. Pero ya veo que digo muchos disparates, porque el mundo me va enseñando que el afecto y la amistad son muy egoístas sin Dios. ¡Qué tristeza me da eso! Verdaderamente, yo no pensaba que hubiera tanta dureza de corazón en el mundo. Jesús sí que estuvo bien generoso con usted. Le dio un corazón que habría para cien. Madame Sevigné dice que la dicha está en la intensidad o capacidad de afecto. ¿Es verdad? ... »
   Pletórico de amor de Dios el corazón de Don Manuel, estaban todas sus palabras impregnadas de espiritualidad. «Eran flechas -dice una religiosa-que atravesaban el alma con el fuego del amor divino».
   La conversación de Don Manuel producía tan santos efectos, porque estaba siempre inspirada en el amor a las almas.
   De ella podía decirse lo que el mismo Don Manuel afirmaba de la predicación evangélica: «La palabra de Dios nunca es vacía: y si va acompañada de celo, siempre cae empapada en rocío de gracia de Dios».
   «Sola su presencia -escribe de la de Don Manuel el P. Carceller, S. J.-me enfervorizaba; su conversación me encendía en amor a nuestro Jesús; con su trato frecuente me sentía dichoso, con una dicha espiritual y santa; y, a no haber sentido yo tan fuertemente la vocación a la Compañía de Jesús, hubiérame entregado completamente a él y ofrecido para ayudarle a realizar sus hermosos planes. Fue muy conocido mío y con él me unieron muy estrechos lazos de cariño y de gratitud.
   En el trato con tan digno y fervoroso sacerdote sentíame yo siempre alentado para trabajar por la gloria de Jesús, y salía de su conversación con más fervor».
   Era tan poderosamente sobrenaturalizadora la fuerza de su espíritu, que, como declaran varias personas, a veces y sin pretenderlo ni sospecharlo Don Manuel, con unas sencillas frases sueltas causaba maravillosos efectos en las almas. El Operario don Mariano Gómez dice, refiriéndose a sus tiempos de colegial en Roma:
   «Después de ayudarle a Misa, en la sacristía, al besarle la mano, solíame preguntar: xiquet, ¿com va eixa animeta? palabras que, aunque lo parecen, a mí no me sonaban a frase hecha, mas dejábanme pensativo, perplejo y lleno de suave temor; y aun hoy me dan que pensar, y creo que son ya transcurridos sus buenos veinte años.
   Otras palabras sencillas y enigmáticas que me. dirigió en su habitación, al darme una estampa y unas almendras, las pronunció no sé de qué manera, que me han dado que pensar harto sobre mi vocación y personal conducta, y no pecaré de exagerado en afirmar que me movieron tanto como una tanda de Ejercicios espirituales: al menos, sus efectos han sido tan duraderos y provechosos».
   Otro antiguo alumno romano, don Justo Echeguren, atestigua: «Diez o doce palabras tuve la dicha de escuchar a solas de sus labios, y las recuerdo como si ahora las oyera, porque me causaron mucha impresión. Tenían la unción de un humilde de verdad». Y otro tercer colegial de Roma, don Julio de la Calle, actual canónigo de Málaga, escribía a don Benjamín Miñana, a raíz de la muerte de Don Manuel: «He recordado un episodio de mi vida. No sé si recordará usted. Fue en una de las Últimas visitas de Don Manuel a Roma. Estaban ustedes paseando en la galería y, al verme pasar, me detuvo Don Manuel, me dijo dos o tres cosas, y antes de despedirme me hizo, como prueba de benevolencia, la señal de la cruz en la frente. La impresión que me produjo aquel acto, tan sencillo, de nuestro santo Don Manuel, jamás se me ha olvidado».
   Su constante preocupación por no molestar a nadie, su digno trato con todos, y su delicado esmero de guardar a cada cual las consideraciones y el grado de respeto que le eran debidos por la calidad de su persona o cargo, campean por modo maravilloso y edificante en la variada y copiosa colección de sus cartas, y más todavía en los borradores de las mismas. Copiaba en ocasiones una y otra vez-¡hasta diez y siete en algún caso!-un solo período, hasta dar con la frase que, siendo exacta, no resultase ocasionada a desedificación o molestia, al tener él que justificarse de quejas o lamentaciones que se hubiera visto precisado a hacer por deber de caridad o de oficio.
   En sus apuntes autógrafos de la fundación del Colegio de Valencia, con no ser breves y tener carácter íntimo y reservado, al relatar las innumerables contradicciones experimentadas, jamás estampa el nombre de ninguno de los causantes de ellas. Repugnábale en las conversaciones todo lo que pudiera tener aire de murmuración. «Como con frecuencia visitaba el Colegio de Valencia-escribe la M. Rosalía del Niño Jesús-fuimos a verle en cierta ocasión. Entraron en conversación las obras de celo de los Institutos religiosos. Aquí dijo Don Manuel que daba la preferencia a unos, por creer que otros, por falta de actividad, carecían del «fuego devorador» del amor divino. Debió sentir grande remordimiento, porque llegado que hubimos a nuestro Colegio, recibí carta cuya lectura hacía enternecer el corazón. Decía estas palabras: «Yo, que soy un haragán y el que menos ha trabajado en la viña del Señor, me he entretenido en pasar el tiempo con apreciaciones tontas. Ruegue por mí y no tomé mal ejemplo: que ya me confesaré antes de celebrar la santa Misa».
   ¡Qué dispuesto y pronto estaba siempre a demandar humildemente perdón de todo aquello que, aun a pesar de su buena intención, temía que podía haber desedificado a otros!... «Tal vez mi comportamiento para contigo-escribía a una hija espiritual que se disponía a entrar en un convento-te habrá parecido menos propio y te habrá dado ocasión para que no te hayas edificado. Pero puedo protestarte que, si has visto defectos, han sido más bien defectos de mi carácter que otra cosa, e hijos del interés que me he tomado por ti: pues ya puedes ver que no lo hago con todos. Te he dado excesiva franqueza, pero era porque creí que lo necesitabas, y sin ella ¡quizás cómo te hubiera ido! Sé también que te he tratado a veces con palabras demasiado duras y sé que te mortificaban mucho mis reprensiones. Sin embargo, yo no sé si me arrepienta de ello, pues yo sé la intención con que obraba y convenía para tu amor propio. De todos modos, no quiero dejar pasar esta ocasión sin suplicarte que me perdones en la presencia de Dios cuanto haya podido serte de impedimento para tu santificación, así como también el poco acierto que haya podido tener en la dirección de tu espíritu, que por cierto no habrá sido por falta de voluntad... Olvida mis defectos naturales y ruega a Jesús porque este ministro suyo, aunque indigno, no sepa, sin embargo, más que estimarle y servirle».
   De resultas de ciertos apasionados ataques a los Operarios de un Seminario, se le siguieron algunos disgustos y mermas en su prestigio a determinada personalidad eclesiástica de la capital. Don Manuel se apresuró a poner en guardia a sus hijos para que no cayesen en la tentación de murmurar del mal parado adversario. «Le repito a usted- recomienda al Rector-mis advertencias; sobre todo, no hable de don N..., ni escuche nada. Yo he sentido se le haya humillado tanto, pues lo conservará siempre en su corazón. Así, procuren ser atentos con él cuando le vean, y que no sepa que ustedes dicen nada de él».
   «El cura de X... -cuenta un sacerdote de la diócesis de Tortosa-hablaba bastante despectivamente contra nosotros, los coadjutores. El otro coadjutor y yo, fuimos a contárselo a Mosén Sol para que le reprendiera, y él nos contestó: Aixó son regalets que vos fa Nostre Senyor»222.
   Si en su presencia se suscitaban conversaciones por algún concepto desedificantes, dábase Don Manuel traza para desviarlas. «Estábamos reunidos varios sacerdotes jóvenes-refiere uno de ellos-en la habitación del confesor de monjas de cierto convento. Con los reunidos estaban el cura más anciano de la población y Don Manuel. Fue éste, con la gracia que le era propísima y característica, quien encauzó la conversación y puso alegría en los corazones para que las lenguas dijesen cosas buenas. Y todos nos dimos a contar nuestras aventuras, santas aventuras, por los campos de nuestros ministerios. Yo dije entonces, contando varios casos y episodios, que Villalba era el país de la gracia, y Mosén Sol me lo pagó con unas palabras, pronunciadas con mucho amor, que aun ahora me saben a miel. Pero el bueno del cura, hombre a quien los sufrimientos y desengaños habían agriado el corazón y hecho escéptico, empezó a producirse en escéptico y en tono y sentido pesimista tal, que era bastante a matar toda ilusión. Mas no había pronunciado dos docenas de palabras, cuando se vio atajado por Mosén Sol. Pero... ¡de qué manera tan hábil, tan dulce, tan insinuante, tan graciosamente apremiante! Como si Mosén Sol se hubiera convertido en la madre más cariñosa, y el anciano cura fuese un tierno infante, le dijo estas palabras, que voy a transcribir, pero que no lo repetirán todo, porque les faltará el acento y el espíritu que en ellas puso el santo: No vull que-s diga aixó! Mire que li maldaré!... »223
   Como algunos sacerdotes, cada vez que recibían cierta publicación periódica, acostumbraran burlarse y reírse del estilo campanudo y arcaico de uno de los colaboradores principales de ella, persona por otra parte digna, por su cargo y condición, de todo respeto, Don Manuel, para evitarlo, siempre que le era posible, y estaba siempre con cuidado de ello, la escondía donde no pudieran dar con ella.
   Llevado de su anhelo de no causar la más leve desedificación, daba Don Manuel en extremos y delicadezas privativas de los Santos, y que a los que no lo son pueden parecer acaso exageraciones o ridículas nimiedades. Resistíase a viajar en domingo. «El pecado de viajar la tarde de la Purísima-preguntaba a la Abadesa de Vinaroz -¿quién lo absuelve? Me dará pena casi cuando me verán los del ferrocarril». No quería contribuir a que nadie trabajase ni lo más mínimo en los días festivos. Excusándose de no haber escrito a tiempo para felicitar a don Esteban Ginés, ni haber procurado reparar el olvido telegrafiando, le dice: «Era domingo, y no me gusta enviar telegramas sin necesidad los días festivos». «Hoy quería enviarle a la Madre Escolástica-escribía a Sor Providencia-un parte felicitándola, pero como es domingo, no quiero hacer trabajar a los telegrafistas y le pondré a ella dos líneas».
   Pasando cierto día de fiesta por la calle, vio a un hombre trabajando y le preguntó que por qué lo hacía, estando prohibido. «Porque no tengo para comer», le contestó el reprendido. Y Don Manuel, alargándole una espléndida limosna, le dijo: «Tome usted y no trabaje; que dará mejor ejemplo a su familia y a los que le ven».
   El hecho, a que algunos han dado diversas interpretaciones, de llevar siempre en sus viajes, cualquiera que fuese el estado del tiempo, un paraguas, obedecía a su deseo de que le considerasen como a un sacerdote forastero y no se desedificasen ni se extrañasen si le veían andar por las calles sin manteo y a lo mejor con algún paquete en las manos.
   Hasta el tomar rapé delante de personas extrañas parecíale desedificación, y así, cuando viajaba, si había de usarlo, sacaba disimuladamente la cabeza fuera de la ventanilla para que los demás viajeros no se percatasen de ello y no recibiesen mal ejemplo de su poca mortificación. «Usaba del polvo-dice don Juan Estruel-porque le hacía bien a la cabeza, descongestionándosela, pero antes de entregar los pañuelos a la lavandera, los lavaba él primero en su cuarto».
   Enamorado él de la modestia y en extremo solícito de manifestarla en su persona y en todas sus cosas, la deseaba y procuraba en los que amaba y de algún modo estaban bajo su dirección. A veces con reprensiones públicas.
   Cuenta una de las tortosinas que tomaron parte en la peregrinación a la cuna y al sepulcro de Santa Teresa, organizada por don Enrique de Ossó, que al llegar a la estación de Medina del Campo bajaron del tren los romeros para tomar alguna cosita y beber. «Unos hombres de aquella tierra-dice-, que se hallaban en el andén, se fijaron en una joven peregrina y comenzaron a echarle piropos. Ella se detuvo a oírlos, y, notándolo Mosén Sol, la reprendió ásperamente delante de todos, y así la dejaron los galanteadores. No sólo llevábamos en él todas un padre que cuidaba de nuestra salud, sino que era, además, el Ángel de nuestra Guarda».
   ¿Qué tiene, pues, de extraño que esta escrupulosa y activa preocupación de Don Manuel por mostrarse siempre y en todo edificante le acarrease fama y concepto de santidad entre cuantos le trataban y aun entre aquellos que sólo de pasada le veían? Cuenta el sacerdote tortosino don Manuel Ferreres, que acompañando a Don Manuel en uno de sus viajes por Andalucía, durante el trayecto entablaron conversación con ellos una señora y su hija, ya mayorcita, y que de cuando en cuando, a hurtadillas, decía la hija a la madre, con los ojos puestos en Don Manuel: «¡Fíjate, mamá, qué cara de santo tiene ese sacerdote!» Y tornaba una y otra vez a repetírselo, instándole a que se fijase bien en ello.
   Dice don Andrés Serrano, testigo presencial del hecho, que se hallaba Don Manuel en la estación de Madrid, cuando se acercó al vagón que éste ocupaba don Alfonso Merry, más tarde Embajador de España en Londres, y luego de haberle saludado, desapareció. Al poco rato se presentaron dos señoras jóvenes y distinguidísimas preguntando por Don Manuel Sol.
   -Servidor de ustedes -contestó éste.
   -Vamos a tener el gusto de verle y besarle la mano-le dijeron. Y mientras lo hacían, le miraban y remiraban. Y añadieron:
   -Queremos, además, que nos tenga usted presentes en sus oraciones, pues nos acaban de decir que es usted un santo.
   -¡Pobres señoras! ¿Quién las ha engañado a ustedes de ese modo?
   -Nos lo ha dicho quien no miente; y tampoco miente su cara de usted. Ruegue usted por nosotras.
   -Pero, ¿ustedes no saben-les dijo Don Manuel-que las oraciones de los santos, como son tan dulces, las recogen los ángeles y se las comen como si fueran bizcochos?
   Sonó la campana. Las señoras, entre risas y peticiones, besaron de nuevo la mano a Don Manuel y se retiraron. Llegó don Alfonso Merry a despedirse y Don Manuel le echó una cariñosa reprimenda.
   «Tuve la dicha de tratarle-testifica el P. Messeguer, S. J.-en el verano de 1902, en que me hospedé, durante una semana, en el Colegio de Vocaciones Eclesiásticas de Tortosa.
El concepto que de Mosén Sol saqué en esos días, fue el de un alma entregada a Dios, poseída plenamente por Dios, llena de Dios; que ha superado todas las resistencias que dificultan esa unión y ha llegado a disfrutarla con la paz y tranquilidad propias del que se halla en posesión perfecta y definitiva de un bien que ya por nadie le es discutido. Por eso hablaba siempre de Dios, y eso con un agrado y facilidad encantadoras, sin esfuerzos, sin intermitencias. Sus palabras, siempre graves y religiosamente matizadas de encantadora amenidad, iban revestidas de una autoridad grande, casi abrumadora, pero sin el más leve resabio de ese maravilloso efecto que producían... Pegaba devoción verle y oírle dar gracias en la mesa. Se sentía a su lado la compañía de un hombre de Dios, que al mismo tiempo atraía y subyugaba, alegraba y componía, sin que pareciera que a su lado era posible ni la tristeza ni el pecado».
   Bastaba verle una vez para quedar santamente prendado de su persona.
   En 1901, le escribía un sacerdote almeriense, demandándole oraciones para ser santo: «Hace seis o siete años-le dice-que tuve la honra y la satisfacción de conocer a usted personalmente, con motivo de uno de los viajes que hizo a Almería... Desde entonces le cobré afecto cordialísimo y le recuerdo con frecuencia. Todos los días, en el santo Sacrificio, hago un memento por usted. ¡Si lograra que usted hiciera igual favor por mi! ... »
   «Gracias también al Señor-escribía en junio de 1905 don Antonio Sánchez Santillana a don Juan Bautista Calatayud-porque nos conserva la vida de nuestro Don Manuel. ¡Cuánto me alegraría verle! Bésele la mano en mi nombre y dígale cuente alguna cosita a Jesús por mí. Necesito mucho, muchísimo, de las oraciones de los Santos para perseverar en lo poco bueno que hago, y no morirme de... asco».
   Tal era la veneración que la presencia de Don Manuel inspiraba, que personas de alto prestigio sacerdotal sentíanse ante él movidas a reverencia, la que mostraban besándole la mano. Así lo hacía, siempre que se entrevistaba con Don Manuel, el famoso y sabio Chantre de Burgos don Manuel González Peña, que decía no haber visto cara más parecida a la de un Santo que la de Don Manuel. Resistíase éste a dejarse besar la mano, y para desvirtuar la significación de semejante muestra de respeto, por él recibida, solía calificarla humorísticamente de «cosas del Chantre».
   «Cosas» idénticas tenía para con Don Manuel en Roma el ilustre y piadosísimo jesuita P. Nannerini. El Cardenal Vives, cada vez que llegaba Don Manuel a sus habitaciones en compañía de los demás Superiores del Colegio para pasar un rato de familiar tertulia, exclamaba: «¡He aquí nuestro Patriarca!»
   Era extremada la veneración que inspiraba a los colegiales de Tortosa, como lo demuestra esta declaración del Operario don Jesús Sales: «Era yo-dice-barbero de los alumnos y de los Superiores. Para Don Manuel iba un barbero de la ciudad. Un día no pudo éste ir y me avisaron para que afeitase yo a Don Manuel. Lo hice. Pero, como le mirábamos como una cosa sagrada, me vi apuradísimo para cumplir mi misión. ¡Qué sudores y trasudores los míos, y eso que... era invierno!...»
   «Una vez-dice el P. Domingo Vinaixa, S. J. -tuve la dicha de oír una plática suya. -Sus palabras eran escuchadas como salidas de labios de un santo».
   El párroco de Cretas, viviendo todavía Don Manuel, decía de él: «Algún día le veremos en los altares».
   «Era imposible -escribe don Joaquín Espinosa-estar en contacto con el Doctor Sol sin recibir el influjo de su extraordinaria bondad; y conocerlo, sin sentirse movido de afecto santo hacia él». Testimonios parecidos a éstos podríamos aducirlos a centenares.
   Tan arraigado y sincero era el concepto que de la santidad de Don Manuel tenían cuantos le trataban, que alguna vez no se recataban de manifestárselo a él mismo, aun a trueque de herir su humildad: «Sin incurrir en exageración-le escribía en 1908 una piadosa señora, antigua dirigida de Don Manuel-diré a usted que le recuerdo todos los días, y que mi corazón le profesa una veneración muy tierna y hasta sagrada». Y desde Valencia, unas religiosas, en viaje: «Tomamos el coche y nuestra visita regia fue para los Operarios, que se portaron admirablemente, porque nos dejaron curiosear de lo lindo. Visitamos también la celdita de mi amado Padre Don Manuel, y tocábamos los objetos como si fueran de un santo». Un caballero, protector de un alumno de Roma, comunicaba en cierta ocasión a Don Manuel: «Hablando de usted me dice N... : «Me alegro que Don Manuel-así le llaman aquí-se haya encargado de lo de la Madre de Dios del Patrocinio. Aquí en Roma, la oficial eclesiástica, le tienen en un concepto muy grande... Don Manuel es un santo y un sabio. Es ya bastante conocido, pero lo es poco aún».
   El actual Director General de la Hermandad, don Pedro Ruiz de los Paños, cuenta el siguiente episodio:
   «La primera vez que vi a Don Manuel fue en el Seminario de Toledo, hacia mayo de 1899, estudiando yo segundo de Filosofía. Sentábase junto a mí en capilla un seminarista bastante mayor que yo en años, y muy aseglarado y nada piadoso: podría decir con verdad un seminarista malo. Consigno estos detalles por que dan valor. Nada sabíamos nosotros de que Don Manuel iba a hablarnos, ni de que estaba en el Seminario, cuando a deshora colocan la mesa de pláticas y sale Don Manuel de la sacristía. El solo aspecto me fue a mí en extremo atrayente; la voz, muy agradable; los padrenuestros a los Santos Ángeles me sonaron a cosa nueva, y la misma plática, con cuanto-en ella dijo, y el modo de decirlo, me hicieron formar un alto concepto del que nos dirigía la palabra. Con todo, detenido yo en estas impresiones, apenas formaba de ellas actos reflejos, hasta que mi compañero de al lado me dijo, sin poderse contener: «¡Chico, éste es un santo! ... » Entonces me di yo cuenta de lo que sucedía a mi espíritu, y asentí a lo que me indicaban».
   Otro Operario, don Vicente Pereda, hablando de las visitas de Don Manuel al Colegio de Burgos, en los tiempos en que aquél era alumno, dice: «Todos admirábamos en él a un santo, a un hombre extraordinario y fuera del marco de los demás hombres de cualquier clase y estado. Cuando me hallaba cerca del mismo, me parecía aspirar materialmente un aroma de santidad. Poniendo la mano sobre mí y cerrando momentáneamente los ojos, decía: Qué-n farem d-esta animeta- No dudo que esto haya influido no poco en mi vocación».
   Y un ex-alumno del Seminario de Astorga atestigua: «La presencia del Doctor Sol me causó la impresión de que me hallaba ante un santo parecido a los antiguos Fundadores, como San Alfonso María de Ligorio». Oigamos, para terminar, a los colegiales de San José de Tortosa: «Los colegiales-dice don Tomás Cubells-estaban todos conformes en decir cuando se presentaba a visitar el Colegio, antes de que viviera en él, que Don Manuel no tenía cara de hombre. Se le consideraba como un ser superior. Esto lo oí mil veces, y hasta a los menos piadosos. Y en verdad era así. Parecía un ángel, y no se cansaban los colegiales de mirarle».
   «En mis primeros años de gramática-dice don José Tarín- más de una vez en nuestras conversaciones de niños expresábamos el deseo de que muriera nuestro Padre Fundador, con la esperanza de verle obrar algún milagro. ¡Tan convencidos estábamos de su santidad! ... »
   El distinguido literato tortosino don Enrique Bayerri declara que, para él, la mayor prueba de la santidad heroica de Don Manuel está en que nadie absolutamente hablara ni hable mal de él, ni le atribuya defecto alguno. «He preguntado-dice-su opinión sobre Don Manuel, incluso a sujetos enteramente apartados de la religión, y todos lo elogian. Y aun raro es el que no recuerda que alcanzó la caridad y la ayuda de Don Manuel a su madre, o a su hija, o a su hermana. En los casos de apuro, el Colegio de San José era el último y más seguro recurso».

CAPÍTULO XIV



Amabilidad de Don Manuel



   Los suaves y mansos de corazón, ha dicho Jesucristo que conquistarían el mundo. La dulzura de carácter de Don Manuel, su constante amabilidad, su incansable afán de derramar el bien en torno de sí, fue causa de que se le rindiesen los corazones de cuantos tuvieron la dicha de tratarle, o simplemente de conocerle.
   Trazando la semblanza de Don Manuel uno de sus más fervientes admiradores, escribe, entre otras cosas:
   «En su frente, majestuosa como la de Moisés, fulguró siempre, sin amenguar, la llama vívida de aquel bello corazón ferviente que tuvo por distintivo, como Francisco de Sales, obrar con amor y por amor. Sus ojos penetrantes, que suavemente parecían leer en el fondo del alma, ya no brillan en el frío bronce de su estatua.. Se apagaron aquellos ojos grandes, de paz inalterable, de mirada bondadosa: cristalinos espejos de un alma endiosada. Parecían tibia mañana de riente primavera. Jesús, cuando miraba, derretía el corazón de Pedro. Napoleón iba siempre a la retaguardia, para que su ejército, si quería huir, se abrasara en su mirar. Felipe II aterrorizó a dos pajes mirándolos jugar en el templo. Don Manuel miraba como yo creo que han de mirar los Santos, siempre con amor. Yo nunca vi otro afecto en aquellos ojos purísimos. Hasta la obediencia en sus hijos quiso que fuese, más que completa, cordial. Todo salía del corazón en aquel hombre, criado para la patria del amor.
   Aquellos párpados ligeramente entornados por momentos, me han recordado siempre su humildad profundísima y sublime, fundamento de todas las virtudes y la más propia de los amantes del Corazón de Jesús.
   Sus labios, más bien gruesos que finos, indicando bondad, ligeramente sombreados por una continua sonrisa, como su amabilidad constante, sin afectaciones. Su conversación, alegre sin chocarrería, y su templanza edificante, evitando innecesarias delicadezas y deseos de cosas determinadas, alegrándose cuando se veía precisado a sufrir alguna mortificación o privación, y deferente con santa longanimidad en cualquier asunto mortificante o molesto ... »
   De la característica y amable sonrisa de Don Manuel, dice don Ramón Vergés Pauli:
   «Las visitas de Don Manuel a nuestro coche durante la peregrinación de los Congregantes españoles al sepulcro de San Luis, podían contarse por el número de paradas que hacía el tren. Y siempre con aquella sonrisa en los labios, más apacible que el arco iris después de la tempestad. Así deben de sonreír los ángeles. Si el rostro es el espejo del alma, la sonrisa, en particular, es la misma alma, que pugna por salir al exterior. Haced un estudio psicológico de la sonrisa de Mosén Sol, y sacaréis la conclusión de que fue un santo». Otro egregio tortosino, don José Vergés, se expresa en estos términos:
   «¡Mosén Sol! Así le llamaba todo el mundo. Aunque hubiese ocupado los más altos cargos y dignidades, así se le hubiera continuado llamando; y aun revestido con estos cargos y dignidades, todos se hubieran acercado a él con la confianza que inspiran la bondad y la virtud.
   Mosén Sol era de aquellas personas que atraen desde el primer momento en que se las ve; era un verdadero conquistador de Voluntades. Todos se acercaban a él con cariño y le dejaban con pena. Cuando alguien, olvidando el trajín de las ocupaciones o de los negocios, le visitaba en su modesta celda del Colegio, decíase luego: «¿Por qué no vendré a verle más a menudo?» Y llegaba al alma aquel dulce reproche con que, cogiéndoos de la mano, se quejaba de la escasez de vuestras visitas».
   «Realmente-escribe don Ambrosio Martínez, ex colegial de Roma-, era imposible hablar con Don Manuel sin quedar al momento enamorado de su hermosa alma». Y otro antiguo alumno de Roma, don Justo Garau: «Gracias a Dios, tuve la dicha de conocerle en Barcelona, en donde estuve con él unos breves días, y conservo todavía muy fresco el recuerdo imperecedero de su placidez y bondad y del paternal afecto con que me trató desde el principio, como si nos hubiéramos tratado toda la vida». «Parecía que tenía miel-observa la Madre Margarita del Sagrado Corazón, Abadesa de Vinaroz-, pues donde se hallaba, todos le seguían».
   El afán de Don Manuel de mostrarse solícito en prodigar bondades, alcanzaba a veces caracteres de extremosidad: «¿Con que sufre usted mucho-escribía a uno de sus más predilectos Operarios-porque le hago moverse en el asunto de su primera Misa? Tenga paciencia, hijo mío. La culpa la tienen el ser usted el niño mimado, y además, y sobre todo, mi sempiterno pecado de excesivas solicitudes con los que llego a apasionarme para pena mía».
   ¡Cómo brillaba y resplandecía esta paternal bondad de Don Manuel, en todo lo que se relacionaba con sus Operarios! «¡Cuánto le queríais todos los Operarios -escribe un sacerdote valenciano a don Juan Bautista Calatayud-, y qué amante era él de los suyos, y aun de los mismos jóvenes, a su paternal y celosísima Obra encomendados! Habíalo yo visto esto, y muy de cerca, y, créeme, constituía un encanto para mi alma!»
   Veamos, a través de sus cartas a los Operarios, palpitar el corazón de Don Manuel con latidos de maternal ternura hacia ellos:
   «El abuelo224 -escribía a don Benjamín Miñana-, contentísimo con las noticias que le doy de los trajines y trapisondas de por ahí, y está agradado de su nietecito. Hágale cuando pueda un carinyet».
   -A un Operario, hablándole de su madre: «Por don Vicente he sabido los sufrimientos de usted con los sufrimientos de su pobre madre. Don Vicente no sabe hacer caricias. A haber estado yo allí, la hubiera tranquilizado mejor. Ya lo haremos por Navidad. Cuídese usted mucho y hágase cuidar».
   -A un recién ingresado en la Hermandad: «Ya supongo que don Francisco Osuna te mimará un poco ahí. Ya lo veo: Tanquam parvulis in Christo lac dedi vobis, non
escam-pensará Osuna- Bueno es esto; pero que no dure mucho la lactancia, puesto que te espera pronto el pan duro del inundo, y de los apuros y contradicciones adherentes al mismo, y que sólo gimiendo ante Jesús se puede comer: y pido a Jesús no nos lo quite nunca de nuestra Obra. Conque, así, bueno es que piense Osuna en el consejo del Apóstol: Et assume infirmum in fide, pero que te haga correr y predicar, etc.... los pocos o muchos días (que yo desearía fuesen muchos) de tenerte ahí... Vengo del entierro de nuestro don Gerardo Camps. El Penitenciario no sé si se compondrá. Don Simón diz que también está muy delicado. Sic transit gloria... Conque, a santificarnos, con pan blando o duro, despojándonos de nosotros mismos, unidos a Jesús Sacramentado de nuestros amores, que es el único que no nos dejará cuando venga el olvido de las criaturas en la soledad del sepulcro. Después de esto, trabajar por su gloria en sus máximos intereses, los más substanciosos y más universales».
   -A un Operario tentado de tristeza: «Nada ha vuelto usted a decirme del alicaimiento. Por Jesús, dígame algo con reserva. No me hagan sufrir: que bastantes cositas tengo en X... y en Z... ; pero las debo pasar yo y no los otros de la Junta. Así, no me oculte nada». A otro, en parecido trance: «Celebro haya desaparecido la tribulación que le amargaba. Las tribulaciones caseras son las más amargas. Los trabajos de fuera son más llevaderos. Así, no lo olvidaré ante Jesús».
   -«He llegado a este Benicasim de mis recuerdos, en donde estaremos tres días. Pues yo había abandonado la penitencia de venir, que lo es y mucha, y sólo por hacer venir a don José García (que temo se encante en su cabeza) he consentido en dejar mi terradito de Tortosa».
   -A don Andrés Serrano, Vice-Rector de Roma: «No sé por qué no adivina usted la causa de la neuralgia de don Benjamín y su remedio, que yo atino desde aquí y que hubiera usted podido poner. Todo eso no es más que pura miseria, y usted debía haberle prescrito que suspendiera los ayunos unos días y ponerle presa buena, y no tan floja como la usan los romanos con carne de ternera y malas gallinas, sino con más sustancia y añadiendo al caldo un poco de caldo condensado de Suiza, etc., etc. Pruébelo y verá». Y al propio don Benjamín: «Fierecillas de usted. No me hacen gracia... Más que calor y cansancio, es miseria... Si conviene, váyase un par de días a Albano u a otra parte, a respirar aires más puros y a comer quesos y salchichón: que el caldo de ternera no es bastante». Y al mismo, en otra ocasión: «No sabía de sus toses y bilis ni de las medianías de Juan. Por Dios, no me maten, y vean qué hacen San Rafael y San Aniceto».
   -A don Andrés Serrano, que se hallaba en Lisboa: «Vea, por Dios, eso de los dolores de cabeza por la aclimatación. Cuídense y no ahorren para ustedes ... »
   -Al director del Colegio de Burgos: «¿Y Vega? ¿Ya come mucho? Por Dios, no le deje de la mano y hágale tomar leche mañana y tarde y almorzar dos veces y merendar otras dos».
   -A don Esteban Ginés : «Por Dios, no me mate usted con la bilis. Cuídese y cúrese pronto. No se ponga malo, por Dios. Si no, le hago venir aquí: que yo sé cuidar».
   -A don Carmelo Blay: «Cuidado con la garganta; si no, le mandaré una penitencia. Diga a Jesús que no los quiero enfermos. Creo habré de poner a usted bajo las órdenes de Martí, para que le cuide y no le deje trabajar tanto; pues Rodríguez, como tan espiritual, no le cuidará bastante».
   -A don Andrés Serrano, a la sazón en Madrid con el señor Caparrós: «Por Jesús, vea que se cuide esa cabeza de don José María. Que frote la cabeza, cuello y frente con espíritu de vino fuerte».
   Hablando de un Operario, de cuyas exigencias y rarezas de enfermo de neurastenia se lamentaban los demás a Don Manuel, les contesta éste: «Quiero me cuiden o dejen cuidar mucho a N..., pues debemos compadecer no sólo los males, sino las miserias: que todos tenemos muchas, y yo he empezado a experimentar bastantes. Así, no le mortifiquen, y tengan mucha caridad». Y en otra carta torna a encargarles: «Tengan paciencia con N..., pues manietas son enfermedad y merecen cariño, como todos los males. Denle dinero para que pueda por sí comprarse lo que crea conveniente. No permita que le mortifiquen con bromas.»
   ¡Cuánto se desvelaba por que sus hijos no experimentasen molestias, ni contrajesen enfermedades, ni les faltase nada de lo necesario y aun tuvieran algo de lo superfluo en la medida que fuese posible y conveniente!
   «No se abrigue demasiado -recomendaba a don Benjamín Miñana-al salir de casa. El abrigo, dentro. ¿Ya observa usted mi cura-constipados de alcohol? ... » Y a don Joaquín Jovaní, al que, ordenando aún, había enviado al Seminario de la imperial ciudad, le preguntaba, previsoramente, en septiembre: «¿Qué ropa de abrigo tienes para el invierno de Toledo?»
   En sus viajes-dice don Juan Estruel-no cesaba Don Manuel de preocuparse de los que iban con él y de encargar a los Superiores de las casas que los cuidaran bien».
   No sólo de los que iban de paso y mientras allí estaban, sino de los que en la casa vivían de asiento preocupábase Don Manuel, informándose de qué trato recibían.
   Luego de haber visitado uno de los centros de la Hermandad, escribía al Superior del mismo, entre otras cosas: «... Me admiró su actividad y trabajo... En cambio, no quedé contento del descuido y desaliño, tal vez sistemático, en el cuidado material de ustedes. No somos trapenses, ni siquiera franciscanos. Somos sacerdotes seculares, apóstoles de Jesús en medio del mundo, para los intereses que convenga de su máxima gloria. Por esto, hemos de tratarnos como tales, atendido nuestro trabajo. No debe fiarse de su estómago, que también caerá. Y suele suceder que los más despreocupados en su tratamiento, son los más nimios después; y la experiencia nos lo enseña. Por lo tanto, quiero que tenga especial cuidado de la alimentación de los que tenga a su cargo. Temo también, con fundamento, que la comida de los chicos no va bien. Para resolver con más seguridad, deme nota detalladamente de la comida de cada día y cada noche».
   He aquí cómo nos describe el propio Don Manuel la efervescencia de su cariño y de su solicitud maternales cada vez que había de enviar lejos de sí, a Méjico, a algunos de sus hijos:
   «Anteayer despedí a los nuestros. Estuve en el vapor desde las 12 a las 3. Aunque tuve mal humor los dos días en Barcelona, por mis temores sobre el auxiliar X... y las exigencias de N..., luego me tranquilicé, y, al verlos en el vapor tan animosos, dóciles y cariñosos, sentí unas emociones que tiempo hacía no había tenido... Me parecieron unos apostolitos que iban a abrir con lauros vastos campos a la Obra. Les bendije los camarotes y a ellos, y me despedí emocionado. Ellos, alegres y bromeando, y don F... siendo la alegría de la expedición. Jesús que nos los bendiga y nos los guarde, pues he llegado a confiar mucho de todos ellos... X... se me entregó de un modo absoluto».
   Y luego de despedirlos, ya no los olvidaba un momento, ansiando siempre noticias de los hijos ausentes. «Me dice-escribía a un Operario de Méjico-que no sabe ya qué decirme, y ¡tantas cosas como puede decirme! Pues quisiera estarlos viendo por esa iglesia, a todas horas, y qué comen y qué beben, y en el confesonario, y en la casa y en la calle, y cómo van y vienen y pasean y duermen, y a qué horas, y si hace calor y frío, y de qué clase son los devotos y devotas de por ahí, y los velantes, y cómo lo hacen en las velas, etc., etc... Conque, noticias hay, aunque sea para un Diario de actos. Hágame desde hoy un diario (libreta), y, cuando me escriba, póngame usted lo que diga el Diario suyo de horas de misas, quién las ha celebrado, etc., etc. Ya ve si tiene campo».
   Cumpliólo así el invitado a hacerlo, y Don Manuel, satisfechísimo, estimulaba con el ejemplo de él al Superior de otra de las Casas de Méjico: «C... me envía cada mes lo del Diario: y así, los vemos comer, andar, rezar, trabajar, dormir, etc., etc... Conque, hágase un Diario, poniendo hasta el tiempo que señala el termómetro y barómetro».
   Si andaban sus Operarios muy metidos en empresas de celo, les recuerda: «¿Ya me acude usted a Jesús Sacramentado con frecuencia? No deje de hacerlo; que mucho lo necesita usted en medio de tanto peso de gloria de Dios». Si se hallaban viajando: «¡Modestia vestra nota sit omnibus.... en casa y fuera de casa». Y a otro: «Hoy estaba haciendo el memento por usted en la Misa a la hora en que usted llegaría a ésa».
   Durante los días de Ejercicios espirituales de los Operarios, desvelábase Don Manuel por que nada les faltase, desarrollando una admirable y minuciosa actividad. En una de estas ocasiones, escribía a sus monjitas de la Purísima de Tortosa:
   «Amada Francisca: Se recibió la tuya, la cual no ha visto todavía lo Pare Vicariet225, pues no quiero estorbar su silencio, fervor y recogimiento, y se la daré al terminar. Así, no te fíes de enviar cartas en días de Ejercicios, que te las robará lo Paret.
   Yo asisto a los actos principales no más, pues he tenido que quedarme a ser despensero y enfermero. Fortuna que lo hago muy bien. He tenido enfermos al P. Vicariet y al P. Dalmases y dos más. Pero, llamé al médico y ninguno ha tenido que dejar ningún acto; sólo el P. Dalmases dejó de darnos un día los puntos. Todos siguen bien ya. El Colegio parece un convento de monjes trapenses, pues hasta he hecho poner a algunos silencios de alpargatas, para menos ruido. Encanta ver la pequeña grey de reparadores. Tenemos, sin embargo, entre los novicios, un respetabilísimo Canónigo. A ver si las Puras nos logran la profesión del mismo. Díganlo al Corazón de Jesús y Madre Purísima y, San Miguel. También están Artemio y Gonzalo.
   Ya os contaré mis habilidades de despensero y enfermero.
   Si ocurre algo, escribid; o si necesitáis algo de Valencia. Vuestro, Paret-abuelo.-El P. Dalmases... no quiero decirlo, pero no creo salgan nuestros reparadores amigos de devotas ni monjas: de lo que me alegro mucho, porque se dedicarán a cosas más grandes, que dice el Padre, y de santas y heroicas empresas. Así, con los abuelos ya tendrán bastante las Puras. Los otros, que hagan cosas mayores.
   Mis afectos a la M. Vicaria y gente menuda, y tot lo menudall226.
   Ya me has hecho perder cinco minutos, y no sé si lo pagará la comida, que voy a preguntar si está arreglada, y si han hecho el te, y si han traído la leche y la salvia, y si han mandado a lavar la ropa a las Redentoristas, y a disponer la cena, y si han arreglado los zapatos del P. Vicariet, etc., etc... Esta es mi tarea. Conque, ya ves si he salido abuelo aprovechado».
   Aun después de muerto alguno de sus hijos, seguía siendo objeto de los santos cuidados de Don Manuel, el cual no se cansaba de procurar que los demás le recordasen para que lo encomendaran a Dios. ¡Qué de veces inculcaba la obligación de que se pusiera en las Casas, según el recurso por él discurrido, la tablilla de aniversarios, para que los Operarios difuntos recibieran la caridad de los sufragios de los vivos!

   Desvelábase también Don Manuel con interés paternal por sus amadísimos colegiales, preocupándose de la doble salud de los mismos, la del alma y la del cuerpo. En orden a la primera, encarecía la continua vigilancia. Un sacerdote de la diócesis de Tortosa, que fue algún tiempo prefecto de aquel Colegio, dice: «Quería mucho mi presencia entre los pequeños, de quienes yo cuidaba, y cuantas veces me encontraba solía preguntarme: I els xics-227. No quería que los perdiese de vista. Padecía, según conjeturo, por la conservación de su inocencia».
   «¡Nos habéis costado más oraciones ante Jesús Sacramentado-decía Don Manuel a sus alumnos-de lo que vosotros podéis creer!» Y en una visita suya a uno de los Seminarios de la Hermandad: «Por lo demás, poco tengo que deciros. No hay día en que, después de la Misa, no os ponga a todos dentro del Corazón de Jesús y bajo el manto de María y San José».
   Los peligros que para la perseverancia en la vocación o para la fidelidad a la gracia ofrecen las vacaciones a los seminaristas, le llegaban al alma a Don Manuel y acariciaba la idea de aminorar el mal disminuyendo el tiempo de la estancia de los jóvenes en sus pueblos. Refiriéndose a una posesión campestre aneja a un Santuario, cuya custodia se quería confiar a la Hermandad, decía Don Manuel: «El Soto no nos serviría para el desarrollo de la Obra; sólo podría servir, acaso, un día, que por hoy está lejano, si resolviésemos que los chicos pasen las vacaciones con nosotros en algún sitio agradable». Y a los colegiales de Tortosa, en un fervorín: «Pedid hoy por la concesión de otro local delicioso, que sirva un día para pasar parte de vuestras vacaciones». «¡Ah, vacaciones! -exclamaba-. ¡Nombre que él solo me horroriza! Si aun para los que han empleado bien las gracias de Dios es tan fatal este nombre, ¿Qué no será para los otros? Si yo pudiese, si la estación lo permitiera, yo sería el primero que trabajaría para abolirlas. Los estudiantes de carrera eclesiástica son el pasto sabroso del demonio. ¡Las vacaciones son la cosecha del diablo!»
   Ya que no podía suprimir por entero los riesgos de las vacaciones, se esforzaba por aminorárselos en lo posible con sus consejos y sus cartitas, a los que veía especialmente amenazados de ellos por su índole o por las circunstancias que los rodeaban, y a los que le merecían particular interés por sus excepcionales prendas de espíritu.
   «Mi amado N...-escribía a uno de los del primer grupo-: No me sabe mal ocupes los ratos en ver los juegos de pelota, y aun el que tú mismo juegues, aunque seas ya un grave teólogo. Pero, en medio de esto, es preciso no te entibies, sino que puedes muy bien tener tu distribución de tiempo. Ya sabes que estás pasando una crisis fuerte y que se ha de resolver en buen sentido, para que puedas ser dócil instrumento en las manos de Dios para todo cuanto quiera de su gloria. Por lo tanto, no has de ser tibio, que es la peor disposición de alma, sino que has de ser resueltamente santo, y con alientos para vencer todas las dificultades interiores y exteriores que puedan presentarse a tu paso. Así pues, no dejes la oración y demás ejercicios de piedad, y la frecuencia de sacramentos y las ocupaciones útiles. Te bendice tu padre. -M.»
   Al mismo: «Mi querido N ... : Extraño no me hayas escrito otra vez. Nada me dices de cómo sigue tu espíritu y el método de vida que te has propuesto este verano, qué clases de estudio te entretienen y qué ocupaciones. Seas fiel a la gracia y con paz y tranquilidad dedícate a estar santamente ocupado: que ya sabes que debes llenar mucho el tiempo para que Jesús pueda llenar en ti sus designios... Cuídate mucho y dime algo».
   A otro seminarista, singularmente piadoso, le alienta en esta forma: «Sé que continuáis en vuestras tareas religiosas. Guárdate, sobre todo, de compañeros y procura corresponder a las gracias que el Señor te comunique en la oración y en los sacramentos, pues ignoras las miras providenciales que Él tiene sobre ti, y nada debes temer tanto como el separarte de las inspiraciones de su gracia. Puedes estar seguro que, atendida la elección que ha hecho de tu alma, Él vela sobre ti de un modo particular, y un día, cuando des una mirada a tu pasado, verás la mano benéfica de Dios aun en las cosas que ahora te parecen más insignificantes, y le bendecirás. Acuérdate de mí ante el Señor, que vuestras oraciones juveniles valen mucho ante Él. Saluda a F.... al cual, como a ti, tengo presente en mis oraciones, y os deseo todo enteros del amor de Jesús...»
   Otras veces recomendaba Don Manuel a sus alumnos determinados libros piadosos para el tiempo de las vacaciones, y los orientaba en sus lecturas.
   Don José Forés Arrufat nos escribe: «Leído el anuncio del «Correo Interior Josefino», me apresuro a registrar mis papeles y saco de entre ellos tres cartas de mi inolvidable Mosén Sol, recibidas durante mi tiempo de prueba, digo, estando en el servicio militar, y se las remito al instante, porque no hay duda que en su contenido se ve la bondad de un padre, ya dando consejos para que su hijo no se pierda cuando éste se ve obligado a ausentarse de su compañía; ya recomendándole, si éste necesita de su apoyo; ya auxiliándole, en el caso de que éste no pueda comprarse los libros: «Veré mañana, me decía, si te pueden enviar los tres tomos de la Summa en un cajón». Me los remitió con la dirección hecha de su puño y letra. ¡Qué grande fuisteis, Don Manuel, para con los desheredados, aun en las cosas pequeñas! Ruégole no se le extravíen las estampitas y susodichas cartas, pues hace tiempo ya que las conservo como recuerdo de aquel que fue en vida mi protector y mi padre: pues, mientras estudié en Tortosa, me tuvo gratis en el Colegio de San José; y estando fuera de Tortosa, sus consejos, puestos en práctica, sacaron a flote mi vocación».
   Interesábase también en grado sumo Don Manuel por la salud corporal de sus alumnos:
   «Acabo de recibir tu gratísima-escribía al Rector de una de sus Casas- Muy bien por la desaparición del peligro grave de nuestro enfermito. Yo le vengo encomendando a Jesús, y una noche me levanté de la cama para pedirle la gracia de la salud». Era costumbre ordinaria de Don Manuel, celebrar con este fin la santa Misa, y en ocasiones, más de una, apenas sabía de la enfermedad grave de un Operario, o de un alumno de sus Colegios y Seminarios.
   «Recuerdo con grandes sentimientos de afecto y gratitud-declara un Operario-que, siendo niño y estudiando 2.º de Latín, estuve enfermo de viruelas, y, teniendo que ir Don Manuel a Vinaroz, me llevó a la estación, tomó billete para mí, me cuidó paternalmente en el viaje y, al llegar a mi pueblo, buscó en la estación quien me llevara a mi casa, en la cual no sabían que yo estuviese enfermo».
   Acompañando a Roma a un grupo de colegiales, como uno de ellos estuviese delicado de salud, llevaba Don Manuel preparado caldo, que de tiempo en tiempo le hacía tomar, calentándolo antes él mismo en una hornilla.
   «Una noche-cuenta un antiguo alumno de Tortosa-, estudiando yo 1.º de Filosofía, estábamos en la capilla para confesarnos, y tenía tos fuerte. Al acercarme a Don Manuel para hacer mi confesión, me preguntó si era yo el que tosía, y me dijo que pasase por su cuarto. Cuando me hube acostado, él en persona me llevó un vaso de leche. Y esto lo repitió varias noches. Me vi obligado a marchar enfermo a casa, y al despedirme, me exigió que le escribiera dándole cuenta del curso de mi enfermedad».
   «Siendo yo alumno del Colegio de Valencia-dice don Juan Calatayud, párroco hoy en dicha capital-, y estando a mi cargo el cuidado de los enfermos, preguntábame cada día por ellos, y se informaba de si estaban bien asistidos. Por cierto, que hube de decirle un día que el médico era un médico de mentirijillas, y él al punto, repuso sonriéndose: «Los que son de mentirijillas, a veces, son... los enfermos», aludiendo a las clásicas y frecuentes marrullerías y maulas de los estudiantes».
   En una de las excursiones a Vinaroz se encontró en el tren con un enfermo del Colegio de Roma, al que acompañaba a su casa un Operario. Desde Vinaroz escribía luego a don Benjamín Miñana, contándole sus impresiones: «Ayer tomé el tren en Tortosa, y al subir sale a la ventanilla X... Subo, y allí estaba sentado, cubierto con su tapabocas, alelado, nuestro pobrísimo alumno romano. -¡Don Manuel!..- Le hice una caricia, y sin otra contestación que mirarme como una momia. Hicimos traer por un colegial una taza de caldo de la fonda de la estación y una copa de vino. Lo tomó todo. Se movió el tren y... mirándome. Me cogió la mano y... -¡Yo le estimo mucho, Don Manuel!...Le puse una cabecera, preguntó cómo había de ponerse, le acomodamos, el vino hizo su efecto, y se quedó dormido. Al bajar en Vinaroz, le descubrí, le hice una caricia, entreabrió los ojos, y siguieron. ¿Qué hacen esos chiquitos que no rezan a San José, a San Aniceto y al Santo Ángel de España? ... »
   Cierto día enviaron los Superiores del Colegio de Tortosa a un colegial a casa de Don Manuel con un recado. Notóle Don Manuel paliducho y desmejorado, y al punto ordenó que le preparasen sus familiares dos salmonetes y un vaso de vino, y se lo hizo tomar en su presencia.
   El Superior General de la Hermandad, reverendísimo don Joaquín Jovaní, declara: «Cuando falleció mi padre, había estudiado yo 2.- de Filosofía y me encontraba de vacaciones. Alguien dijo a Don Manuel que, debiendo dividirse la herencia de mi padre en diez partes, corría yo peligro de abandonar la carrera por falta de recursos. Por conducto de mosén Andrés Segura, confesor de las Agustinas de mi pueblo, me mandó a decir, y también a mi madre, «que no me quedara en el pueblo por ningún motivo». Siempre tuve en mucho el interés manifestado por Don Manuel en aquella hora verdaderamente de lucha para mí».
   A todos y cada uno de los alumnos, al ser ordenados de presbíteros, acostumbraba regalarles un ejemplar del «Directorio del Sacerdote», de Valuy, con una expresiva dedicatoria autógrafa llena de cariño, estimulándoles a ser apóstoles y propagandistas del amor de Jesús Sacramentado. A algunos, más necesitados, les entregaba una propina para ayudarles a sufragar los gastos de la primera Misa.
   «En cierta ocasión-dice un antiguo colegial-, al despedir Don Manuel, en la puerta de la calle, a los que marchábamos a nuestras casas, recién ordenados sacerdotes, recuerdo que dijo al tartanero que nos conducía a la estación: «i Cuidado con volcar, porque llevas un tesoro! ... » Era el grupito más numeroso que daba el Colegio a las parroquias de la diócesis».
   ¡Qué amor tan entrañable el que profesó siempre Don Manuel a la clase sacerdotal! Como si presintiera su futura vocación de educador de sacerdotes y Fundador de un Instituto consagrado a tan sublime misión, es curioso observar que, desde sus tiempos de estudiante, en la lista de sus Communiones anni, figura una larga serie de Santos de los que más se distinguieron por su apostolado en favor del sacerdocio: San Vicente de Paúl, San Pedro Damiano, San Felipe Neri, San José de Calasanz y otros.
   Conocedores los sacerdotes del afectuoso interés que por ellos sentía, le correspondían con su cariño, su gratitud y su confianza en él. «Usted sabe-le escribía uno de ellos-que debe ser mi ángel...» Comunicábale otro sus deseos de hacerse religioso y los temores y vacilaciones que experimentaba, y añade: «Te hablo de manera, que más bien corresponde a persona revestida de un carácter superior al de la amistad. Ya ves, pues, la confianza que hago de ti ... » En el archivo de Don Manuel hay gran número de cartas de sacerdotes, entre ellos algunos religiosos, agradeciéndole su interés, sus consejos o sus consuelos.
   Con razón escribe un prestigioso párroco de la diócesis de Tortosa: «Una de las impresiones que tenemos los sacerdotes de Don Manuel, es que su abrasado amor de Dios hacía que amase mucho a sus ministros».
   Con los que sabía que andaban extraviados, no escatimaba los medios e industrias a su alcance para hacerlos volver al buen camino. «En cierta ocasión-cuenta el sacerdote tortosino señor Miravalls-presentóse en Tortosa un desgraciado, infeliz y degenerado sacerdote cargado de Biblias y folletos protestantes, que profusamente repartía. Súpolo nuestro apóstol y no paró hasta encontrarse con el desdichado traficante. Se incautó de la averiada mercancía, que consumió el fuego, dio de comer en su casa al desorientado sacerdote, y de ella salió éste para tomar el tren, sin que volviera a aparecer por la ciudad».
   Otro desventurado sacerdote, lleno de confianza en la caritativa ayuda y amorosa intervención de Don Manuel, escribióle implorándole. «Mi amigo:-le contestaba Don Manuel-He recibido hoy la tuya muy tarde, y sólo he podido ver un rato a X..., a quien lo he comunicado, y voy a contestarte en seguida para que veas el interés que me tomo y nos tomamos por ti. Como no sé si me permites comunicarlo a nadie, voy a hablarte sólo en mi nombre y con mí corazón. No sé si sabrás que actualmente no tengo asignación alguna, pues aunque vicario de Santa Clara, la pobre y mezquina dotación que percibo casi tengo que emplearla toda allí, y Dios haga no me vea precisado a hacer mayores sacrificios, si las cosas continuaran así. No tengo más que la celebración, que no me ha faltado, y confío no me faltará, y que tengo libre, pues mi familia me alimenta y viste. Por lo tanto, mientras viva y pueda, puedes contar de esta limosna dos reales diarios, y creo no te faltaré si escuchas, como espero, las voces del Señor. Por lo demás, yo confío, y casi me atrevería a prometértelo sin ningún género de duda, que, si abandonas los extravíos de tu corazón, no te faltaría, y créeme y confía en Dios, colocación para los compromisos que puedas tener, y subsistencia decente para ti, ya sea en un Seminario, ya sea en un lugar retirado, y con esperanza completa de rehabilitación. Pero ya puedes pensar que para ello sería preciso ver en ti deseo de salvar tu alma y dar una alegría a la Iglesia y a los que te estimamos por caridad. Puedes comprender que esto no servirá jamás para una exigencia humillante, puesto que no se trata de otra cosa que de lo que debes hacer espontáneamente y por tu propia tranquilidad. Debo advertirte, además, que el apoyo que se te daría sería hijo del buen deseo, y no te serviría nunca de rubor ... »
   En mayor o menor grado, según las personas y las circunstancias, para todos sus amigos había en el corazón de Don Manuel una mina inagotable de cariño y de ternura.
   A raíz de la toma de hábito de una religiosa, a la cual estimaba mucho, escribía a un Operario, hermano de ella: «Con la prisa de mi última carta, no pude explanarle las emociones de mi corazón. Me da vergüenza confesar que estuve hecho un niño la víspera, al recibir el despacho, y el día de la vestición de nuestra amadísima N... No sé si en la plática misma desedificaría, al hablar con tanta emoción. No sé por qué el gozo y el temor, la alegría y la pena, el cariño y la desconfianza, me tenían tan conmovido ... » ¿Qué tiene, pues, de extraño, que las almas, sintiéndose tan santa y paternalmente amadas por Don Manuel, se le mostraran agradecidas y estuvieran siempre suspirando por gozar de su trato y presencia? «¿Qué día piensa regresar V. R.-le escribían unas religiosas-. Venga pronto, que ya estamos cansadas de este eclipse total de nuestro Sol».
   «Mi querido Don Manuel-le dice el P. Antonio Lució, S. J.-: Mil gracias por su carinyet. Un carinyet, y no más, puedo hoy enviar a usted...»
   Lluvia abundante y perenne de carinyets fue la vida entera de Don Manuel. «Ya viejo-declara el canónigo de Tortosa don Julián Ferrer-venía a mi casa con frecuencia, y como yo le reprendiera porque se cansaba, me respondía: -¡Quiero ver a su mareta!»
   Habiendo destinado a un Operario a una ciudad donde éste tenía una hermana casada, el Operario hizo saber a Don Manuel tal circunstancia, suponiéndola un inconveniente, dada la vida aislada y atadísima del Operario: «¿Cómo?-le replicó Don Manuel-. No, xiquet. Sin faltar a tus obligaciones, atiéndela cuanto puedas». Juzgaba Don Manuel que para los demás, como para él, el hacer a los que nos rodean blanco de nuestras posibles y legítimas manifestaciones de afecto y atención, era una ley sagrada.
   Tan sincero e intenso cariño profesaba él a todos, y cada uno, que son varios los que confiesan haber creído ser ellos los predilectos de Don Manuel. «Y es que-como observa el arcipreste de Tivisa, don José Miravalls-Don Manuel era como algunas imágenes que parece miran a todos con predilección. Cualquiera que tratase a Don Manuel, quería convencerse de que le amaba con preferencia ».
   Afectuoso como Santa Teresa, le agradaba también, al igual que a ella, ser querido. Y lo fue universal y ardientemente. «Recibida la suya-escribe al Rector de uno de sus Seminarios- y la felicitación de todos, que agradezco en el alma. Jesús me los bendiga a todos. De Roma las he recibido cordialísimas de todos aquellos colegiales, y Royo me ha enviado por correo las dos medallas, una de oro y otra de plata. Jesús les pague el cariño, que no merezco». Y a una hija espiritual: «Mucho placer me causa el afecto que, según dices, me muestran, sin yo merecerlo, esas buenísimas almas, que yo, no sé por qué, no sé olvidar en medio de mis baraúndas, trajines y malos ratos. Jesús les recompense el consuelo que me proporcionan. Que no me olviden en sus oraciones, que por cierto lo necesito mucho, y sobre todo, que no me olviden a Jesús, siendo pequeños apóstoles de su gloria y almas reparadoras, y como lamparillas de su Amor Sacramentado, ya que Jesús tiene tan pocos reparadores generosos».
   Aludiendo al cariño que, en retorno del que él les profesaba, le tenían todos los *sacerdotes tortosinos, dice, no sin cierto dejo de pena: «No sólo soy el mimado, sino lo capellá regalat de todos los ancianitos. De los jóvenes no lo he sido tanto ... »
   Realizó en sí mismo plenamente Don Manuel el ideal de amable santidad que recomendaba y proponía a sus Operarios, al pronunciar ante ellos estas palabras de oro, fórmula felicísima y augurio infalible de éxito para todo educador: «Debemos desear que todos y cada uno de los nuestros sean un modelo acabado de sacerdote santo y de tipo agradable». Como elogiara una religiosa a los Operarios ante Don Manuel,, diciéndole: «¡Qué hijos tan fervorosos tiene usted y qué amables en el trato con todos! ... », contestóle Don Manuel, revelando con la queja su más vehemente deseo: «No estoy contento de ellos en este particular. Deseo más amabilidad».

CAPÍTULO XV



Espíritu de obsequiosidad



   No se mostraba Don Manuel rico y generoso solamente en afectuosas delicadezas y ternuras de corazón: era, además, pródigo en dar, gozando con hacer que los demás participasen de cuanto tenía. El estar siempre dando, era para él una imperiosa y apremiante necesidad. Su gran amigo, el doctor Corominas, decíale en cierta ocasión que «su obsequiosidad era incorregible». Al recibir Don Manuel la liquidación de ciertas famosas cuentas de uno de sus Operarios, le escribía: «A usted le ha costado caro en su genio el descuido y abandono, y con ello puede pensar lo que debe hacerme sufrir a mí que tenga que aparecer usted tan desvalijado ante los otros en sus administraciones, y aun manirroto: pues ya sabe que, en cuanto a mí, es lo que menos me preocupa ese defecto. Otros quisiera que usted remediara».
   Los primeros, naturalmente, en participar de su insaciable dadivosidad eran los Operarios. Con frecuencia, después de la comida, antes de que se dirigieran al recreo, reuníalos en su habitación, y con ellos a los huéspedes de más confianza que hubiese en el Colegio, para repartirles algún dulce y, cuando la había, además, una copita de vino generoso. Llamaba a esto Don Manuel la providencia, por la que Dios tenía en proveerle continuamente de semejantes recursos, debidos a la liberalidad de otras personas para con él. «Una vez, entre tantas-refiere el sacerdote tortosino
don Federico Domingo-, nos repartía un Operario en nombre suyo de estos dulces y cositas que a él le regalaban, y como viese Don Manuel que no se excedía en la medida, le dijo: -Dales un poquito más, que para mañana Dios proveerá».
   Pero, sobre todo, no sólo no se desentendía Don Manuel de las obligaciones económicas de aquellos Operarios cuyas familias se hallaban necesitadas, sino que se adelantaba a brindarles la oportuna ayuda. A uno de ellos, cuya madre había enfermado de gravedad, le advierte: «Váyame repitiendo el estado de la enferma con alguna frecuencia, y, si necesitara usted algo, dígamelo sin reparo ninguno. Que Jesús me le consuele a usted y familia; que sin duda Jesús le quiere mucho, que así le une las cruces. Sobre todo, cuídese».
   «En cuanto a la dificultad única- escribía a un candidato a la Hermandad, muy estimado de él-, la Obra no deja de atender a aquellos por los cuales ella tiene vocación, si no media otro obstáculo que algún deber de familia, y así ha querido consignarlo en las propias Constituciones...» Le propone una determinada pensión, y añade: «Usted dirá si con ella podrá llenar su deber de piedad; y esto, aunque usted falleciera, que es la mejor ventaja con que puede tranquilizar a su familia, pues representa el fruto de un capital que difícilmente podría usted dejarle con el tiempo. Esto sin perjuicio de lo que en alguna situación extraordinaria, o enfermedad, etc..., no dejaría de hacer caritativamente la Obra».
   Al director de un Colegio, hablándole de dos de los Operarios sus órdenes, le avisa: «Ya escribí que hiciesen sobretodo o gabán a N... Hágale cuanta ropa necesite y gírelo o consígnelo contra la Hermandad. Me dice usted que lo de celebración lo envían a sus familias. Yo creo que no, pues desde aquí pienso mandar a dichas familias. Nada me duele tan poco como las subvenciones a los Operarios o sus familias». «Me dices-replica a uno de los suyos-que me dejo llevar del corazón... El pago por las necesidades de los Operarios no me duele ni me asuste. Más nos ganan ellos después con su trabajo y celo».
   No acertaba a resignarse Don Manuel con que cualquiera que a él se llegase se apartara de su lado sin haber recibido algo, aunque sólo fuese una estampita. Es por demás significativo, que la carta de más antigua fecha que se conserva entre las dirigidas a Don Manuel-del año 1862-está escrita para responder a un encargo de éste de que le grabasen estampas. Tenía esmeradísimo cuidado de estar siempre bien provisto de ellas, así como también de cuadritos, medallas, rosarios, crucifijos, libritos de piedad etc., para repartir por dondequiera que fuese y obsequiar a cuantos le visitaban. Fuera de casa iba tan cargado de tantas cosas para atender a los encuentros fortuitos, que, al ir sacándolas, solía decir: «¡Mis bolsillos son inagotables! ... » En casa, sufría grandemente si, al disponerse a regalar con algo a los que iban a verle, se encontraba casualmente sin fondos.
   De ordinario proveíale de ellos el Mayordomo del Colegio de Roma y, más tarde, además, el del Seminario de Barcelona. Escribía en cierta ocasión al primero: «Recibida fielmente por el fiel Royo la cestita. Bien, por los cuatro cuadritos de León XIII, que me los arrebataron, los cuatro, Ventura, Elías, Homdedeu y.... al dejarles escoger una cosa. Don José, por supuesto (creo que era para él), el inglés michicago. Bien, por los tapetes; menos bien, por los monumentos de ladrillo, a pesar de ser artísticos; no tan bien, por los caballos de yeso-mármol; mal, por no mandarme la naranja que me tenia prometida, y peor, por no mandarme estampitas. Retebién, por los discos para el gramófono. Vea de corregir las deficiencias por conducto de Ros, y luego de los otros que irán viniendo. Envíeme 100 ó 200 estampas de las que venden en la tienda que hay en el Corso Vittorio antes de llegar al Quarantotto». Hace Don Manuel después una larga lista, y termina: «Item: y gratis, todos los objetitos que andan por esa su habitación sin destino...»
   Al mayordomo de Barcelona, decíale el 25 de diciembre de 1907 «C... nos ha ponderado mucho las rarezas de dulces pequeños que hay ahí, y muy propias para días de Inocentes. Y como yo tendré que hacer inocentes a las monjas de Santa Clara, Siervas, etc..., si podía arreglarme una cajita, de un par de kilos o cosa así de dichos objetos, hágalo y envíemelo por recadero o facturado para la víspera de aquel día ... »
   Dondequiera y siempre, daba y aun acarreaba él mismo gente a su casa para gozar obsequiándoles.
   «Cuando yo estaba en casa de mis padres-dice la religiosa franciscana Sor Patrocinio-solía venir a ella un joven que iba a Santa Clara a confesarse con Mosén Sol. En cierta ocasión nos confió que, siempre que iba a confesar con Don Manuel, le regalaba éste algún dinerillo, Pero un día fue a confesar y Mosén Sol le dijo: «Hoy no puedo darte nada, porque me encuentro sin dineros, pero ven conmigo a la sacristía». Fueron allí los dos. Las religiosas pasaron por el torno el desayuno para Mosén Manuel, que consistía en chocolate y una rosquita. Tomóla Don Manuel y dio a su penitente la mitad - y se repartieron el chocolate entre los dos, quedando el joven tan contento como edificado de la caridad de su padre espiritual».
   En 1873 fueron a pedir a Tortosa dos Hermanitas de los Pobres. «No teníamos allí todavía casa-cuenta una de ellas-y encontramos por la calle a Don Manuel, entonces todavía joven sacerdote, y nos dijo: -«¡Bien venidas sean! ¿Vienen a fundar en Tortosa?» Grande fue nuestra impresión, al descubrir en la alegría de su rostro y humilde sencillez de virtuoso sacerdote el deseo que manifestó al vernos, no teniendo nosotras el gusto de conocerlo. Nos rogó tuviéramos la bondad de ir a su casa aquella tarde, y nos dio las señas. Fuimos, y nos hizo tomar chocolate, y nos dirigió breves palabras sobre la excelencia y beneficios de la vida religiosa. Salimos de su presencia verdaderamente edificadas del santo sacerdote. Después, entre nosotras, comunicándonos nuestras impresiones, estábamos convencidas y ya preveíamos que sería un santo. Ya en él se veía que algo de extraordinario le reservaba el Señor».
   «Todo se le caía de las manos-escribe la Madre Rosalía del Niño Jesús-. Tanto, que los que le trataban íntimamente, si querían hacerle algún regalito, había de ser a condición que el presente fuera del todo a su favor, visto que, no bien le llegaba a las manos la dádiva, pasaba a las de los pobres. Me negué algunas veces a recibir sus obsequios: «Si usted no lo admite, caerá en posesión de quien menos lo merezca». Acaecióme estar de visita con él, cuando le anunciaron la llegada de dos señoras. Tengo para mí que lo primero que ocupó el pensamiento de nuestro generoso Padre fue el donativo con que obsequiar a sus visitadoras, pues de súbito exclamó: «¿Qué les daré a esas buenas señoras? Busca, hija, busca». No pude llevar en paciencia su agobio; por eso ofrecíle el tesoro de estampas de que había hecho provisión al salir de casa. Se tenía por dichoso en servir en algo. Ofreció pagarnos el viaje a Alba de Tormes, a trueque de que le impetrásemos del cielo una gracia que él deseaba conseguir. Le había dicho yo en cierta ocasión que mi único afán, después del aprovechamiento espiritual, era visitar la Ciudad Eterna, y en orden a cumplir ni¡ deseo, ofrecióse a este sacrificio, dado que para él lo fuera, atento a que la gratitud, correspondencia, recompensa, eran para aquel corazonazo dulcísimo panal, sabroso banquete. Ganar corazones era su blanco».
   «Cada vez que recibía visita-dice don Leandro Colom-, con aquellas palabras: «Qué donaré a n-estes animetes-», dirigía sus pasos al almacén de sus cosas, y era un encanto verle cómo iba de acá para allá, buscando un librito, un crucifijo, una estampa, un algo que dar».
   «Era tan grande su bondad-declara la M. Angélica, de las Siervas de Jesús-que no podía despedir a nadie de su lado con las manos vacías, y a todos dejaba contentos. Fui un día a visitarle con mi Superiora, la Madre Anunciación, que se comunicaba mucho con él. Al vernos, nos pasó a la biblioteca, y luego de terminado el asunto que llevábamos, nos dijo: «Vengan a mi despensa, que tengo para los nuestros». Y nos condujo ante un armario con variedad de dulces. -«Coja usted lo que quiera»dijo a la Superiora. Esta rehusaba, excusándose de no querer tomar nada. Entonces Don Manuel tomó un plato con conserva de membrillo, y dándoselo, le dijo: -«Tome, para que dé a todas las Hermanas». Otra vez estábamos en la portería dos de nosotras, esperando la limosna reglamentaria. Nos vio Don Manuel y nos dijo: -«¿Se querían marchar sin subir? Sepan que en el Colegio se las aprecia». Subimos y, dándonos unas rosquilletas, decía: «Tómesenlas y descansen un poco». Salió, y volvió luego con unos libritos y una estampita: -«Estos libritos son «Visitas a Jesús Sacramentado». Ustedes, que pasan en vela las noches, pueden entretenerse con ellos».
   «Nos llamó un día a dos colegia les- cuenta el Operario don Isidoro Bover-y nos llevó al huertecillo del Colegio, y allí, bajo el níspero, señalando con su inseparable paraguas las níspolas que se habían de arrancar, el uno las cogía y el otro las depositaba en la blusa. Luego, fuimos con ellas a la biblioteca. «¡Qué buenas y lindas las hace San José!»-exclamaba Don Manuel, vaciando las níspolas de mi blusa sobre su mesa. Eran una docena y media. Nos dio un puñado de papeles de lujo, que ya habían hecho su deber sirviendo para dulces y yemas, y nos mandó que con ellos envolviésemos las frutas. A medida que las dejábamos listas, las tomaba junto con hojas piadosas y estampas y las distribuía en rnontoncitos, diciendo: «Esto para don Fulano», «Para la señorita X...», «Para doña N ... », etc... Concluida la tarea, nos dijo: «¡Dios os lo pague, hijitos!» Nos disponíamos a marchar, y él, que nos observaba atentamente, nos interrumpió, sonriendo: «Pero les que no queréis la paga-» Sacudida de hombros por contestación. «¡Qué chicos tan vergonzosos! La paga nunca se rechaza, y cuando conviene... se exige». Escogimos una estampa de las más bonitas que nos presentó, sacó de su cajón, siempre lleno de «cosas buenas», una yema «de verdad» para cada uno, y le besamos la mano, que él nos alargó bondadosamente, pronunciando su cariñoso: Adiós, xiquets!...»
   Al monaguillo de turno con él, acabada la Misa y luego de haber dado gracias, hacíale subir cada día Don Manuel a su cuarto para obsequiarle con un dulce o alguna otra cosilla.
   Uno de los que fueron sus fámulos en el Colegio de Tortosa, declara que cuantas veces entraba en la habitación de Don Manuel, dábale éste siempre alguna cosa. «Xiquet, espera; que no te he dado nada. Siquiera una peladilla ... »
   A sus monjitas de dentro y fuera de Tortosa, enviábales frecuentemente, aparte otros socorros de mayor cuantía, chocolate, quesos, estampas, etc..., y en épocas de calor, sabrosos refrescos.
   En sus viajes iba siempre cargado Don Manuel de cestas y paquetes, con que iba obsequiando, a lo largo del camino, y siendo obsequiado de sus amigos en las estaciones por donde pasaba. Con el objeto de que le resultase esta impedimenta menos embarazosa, dióle un consejo cierto Operario, y Don Manuel le escribía sobre ello a primeros de abril de 1904: «Al venir a Valencia la última vez, llevaba yo 13 bultos. Ahora, al seguir para Burgos, seguiré el consejo de usted: me llevaré dos maletas y cesta, y dos Osuna, si se resuelve a venir conmigo. Pero, al regreso, no respondo de cuántas traeré ... »
   De los productos o manufacturas especiales de los países que visitaba, o donde temporalmente residía-pescados, frutas, quesos, uvas...-, enviaba frecuentemente a sus amistades.
   «Ayer-decía desde Valencia a los Operarios de Tortosa- cometí un descuido, extraño en mí, de no enviar por la Madre X... un poco de providencia».
   «Van-escribía a don Juan Calatayud en otra ocasión-dos libritos: el uno para la Hermana Adolfina, que estuvo a visitarme. Va una papelina de peladillas de la madrina de la Misa nueva, con que pueda usted invitar el día de su Santo a los no Juanes. Otro día irá otra cosa no regalada».
   Del viaje que hizo a primeros de mayo de 1904, copiamos los siguientes fragmentos de sus cartas a Tortosa. Desde Toledo, el 4 de mayo: «Como recuerdo de mi venida a la Ciudad Imperial, va: Dos quesos, que se han de partir por medio: una cuarta parte, para Mosén Ventura Pallarés; otra, para las celadoras principales de la Reparación; otra, para Cinta Franquet, y la otra, para ustedes para providencia. -Para el administrador de la Hermandad, don Elías, un bolsillo, para poner los sobrantes de dinero.-Para Estruel, un reloj, para que pueda saber con los fósforos la hora de ir a la Merced. -A don Francisco Osuna, un paquete de cigarrillos, para tomarlos al ir a dormir.-A Bernardo Curto, una cajita de fósforos, para que no tropiece por las escaleras.-A Calatayud, otra cajita de fósforos.-A Bernad y Cubells, un pavo a cada uno para convidar a Leandro Colom, o Querol». El 18, desde Astorga: «A Vilá enviaré mañana mantecadas, y otra caja para vosotros». Y desde Burgos, ya el 27: «Por Marco envío dos cajas de mantecadas y cuatro quesos. Los medios quesos, para las Claras, Cinta Andrés, Cinta Franquet, Vilá, doña Ignacia, don José M.- Salvador, Puras y Sanjuanistas. Van unas posturetes, o bromitas, para Estruel, Calatayud, etc., que ya están señaladas. Sentí no cupiera más en la maleta, pues os hubiera mandado ocho o diez libras de dulces. Van, con todo, tres pajarines... Quisiera dar una cosita al pobre Fontcuberta. Para vosotros, cuando yo vaya. Van algunas cartas y estampas para las Claras. Me darás cuenta de esta «administración». Aun no he sabido si recibisteis mis cerillas y puros desde Toledo».
   Uno de los primeros cuidados de Don Manuel, cada vez que se disponía para ir a Roma, era apuntar en interminables listas la serie de obsequios que para cada uno de sus amigos había de traer de allá.
   Al regresar de alguna de sus excursiones apostólicas, quedaba con escrúpulo de si habría dejado a alguna persona de las que había tratado sin el correspondiente y obligado regalito. Al volver una vez de Villafranca, escribía a don Felipe Tena: «¿Ha quedado alguno omitido en mi reparto de santitos? Tú habrás tenido la culpa. Creo que omitimos a algún hermano de tu buena madre». Y a una señora, en otra ocasión: «Estoy muy adeudado con ustedes. Ya pagaré cuando tenga una cosita buena de monjas». A otra, en el onomástico de ella: «Te enviaré una bendición especial en aquel día. Si puedo, a última hora, te enviaré un papelito para relicario, que me ha mandado desde Jerusalén mi querido e íntimo amigo el P. Manuel Pascual de la Concepción, Comisario General de Tierra Santa. Soy pobrecito, y no puedo darte otra cosa».
   Desde Valencia, decía al grupo de sus dirigidas de San Mateo: «Quisiera haberles podido enviar una cosita para rifar de las que compré en la feria (pues fui a verla. ¡Que no se escandalicen!) Son cositas de barro. Si tengo ocasión, y no me las han robado todavía, que es muy posible, ya os guardaré una. Y ya que no puedo por hoy otra cosa, va una estampita para cada una de ellas. Aunque son muy sencillas, las podrán poner en su devocionario...»
   Usaba de toda diligencia para que recibiesen en sazón oportuna sus obsequios las personas a quienes iban dedicados. Convaleciente en Valencia en mayo de 1903, la víspera de regresar a Tortosa se quejaba del Director del Colegio de Murcia: «¡Me ha matado usted con lo de que confía que no tardará tanto el envío... Le dije a usted que fuese enseguida a grande velocidad, para tenerlos mañana, jueves, en Tortosa ya, y desconfío; pues al llegar, quería mandar al señor Obispo con algunas fresas. Por Dios, telegrafíe al pueblo que lo envíen a gran velocidad».
   Por aquellas fechas le escribía el doctor Corominas: «Gracias a Dios, que me dice usted que se halla bastante mejor, y me lo prueba el volver a tener usted el humor de dar pábulo a sus instintos de providencias pues ya sé que en Tortosa las ha extendido usted inter chorea casta virginum, como diría O-Callaghán, y las ha hecho llegar hasta Tarragona. ¡Gracias tantas! ... »
   Desprendidísimos, como era él, y desinteresados, quería que fuesen sus Operarios, sobre todo en punto a estipendios por ministerios. A uno de ellos, que le daba cuenta un poco humorísticamente de que como honorarios de una prédica le habían regalado unos pañuelos, respondióle Don Manuel: «Si a los seis pañuelos acompañan muchas oraciones, ya podrá ser buena paga de sermones». Pero si nada quería ni deseaba recibir personalmente para sí, gustábale que le dieran para sus empresas de gloria de Dios, o para poder él después obsequiar a otros. «A ver si pronto puedo decirles algo de la Reparación -escribía a una hija espiritual que contribuyó económicamente, de una manera espléndida, a aquella obra-. Y gracias, por los ofrecimientos de usted. No me los haga usted tan fácilmente: que en esta parte soy como Jesús; que, si se le ofrecen sacrificios, los acepta en seguida ... »
   Con la misma espontaneidad que daba de lo suyo, pedía y aun si érale preciso, despojaba a sus amigos. «Quería Don Manuel hacer esculpir-cuenta el reverendísimo don Joaquín Jovaní-una estatua a Gil de Federich. Estaba yo en Tortosa. Al despedirme para Tarragona, con la mayor sencillez me dijo: «Siéntate y escribe: Corominas, 10 pesetas; mosén Cucala, 10 ... » Y así fue continuando la lista hasta llegar a la suma que se había propuesto recaudar en Tarragona. «¿No se opondrán, Don Manuel ... ?» «¡Cá! Diles que es cosa de Mosén Sol». Y, efectivamente, todos los fichados cumplieron la voluntad del postulador».
   El Operario don Mateo Despóns, dice: «Al pasar una vez Don Manuel por Alcalá de Chivert, salieron mis hermanas a verlo. Bajó del tren, y dejando a varios señores que habían ido a saludarlo, se dirigió a ellas. Luego dijo a aquellos: «¿Tenéis algo en los bolsillos?» Varios sacaron sus portamonedas. Tomó uno Don Manuel, sacó unas cuantas pesetas y se las dio como propina a mis hermanas». Don Manuel, tan reparado en gastos para sí, tenía ordenado a don Juan Estruel para que diese a los demás, de lo que le guardaba en depósito, cuanto quisiera.
   Para satisfacer en un momento dado su imperiosa necesidad de dar, si no tenía otra cosa a mano, se apoderaba bonitamente de lo que había donado anteriormente a otra persona. «Recuerdo -cuenta una religiosa refiriéndose a tiempo en que todavía no lo era-que un día estando yo arrodillada en un rinconcito de la iglesia, se acercó Don Manuel muy silencioso y me puso en las manos el pequeño libro titulado «Imitación del Corazón de Jesús». Y sin decir palabra, se marchó, dejándome en posesión de tan rico tesoro. Esto era a los principios, cuando apenas me conocía, si no era de verme con frecuencia solitaria delante del altar de la Inmaculada, envidiando la suerte de las que le estaban consagradas... En cambio, otra vez una señorita amiga mía me regaló un libro en cuatro pequeños tomitos titulado: «Año afectivo». «Toma este libro-me dijo-. A mí me lo ha regalado Mosén Sol y no lo necesito». Yo lo acepté con grande aprecio y fue mi lectura favorita durante mucho tiempo. Al abandonar el mundo llevé el libro al convento, y al verlo una de las religiosas, me preguntó con interés de dónde había sacado yo aquel libro, y al decirle que procedía de Don Manuel, exclamó: «¡Qué cosas tiene Mosén Sol! Este libro me lo tomó a mí, y hace tiempo que lo estoy buscando ... » También me acuerdo que a mí me tomó un Octavario de la festividad del Corpus y se lo regaló a un distinguido caballero que pertenecía a la Vela Nocturna de Tortosa. Lo más gracioso es que esto lo hacía Don Manuel con tanta naturalidad como si tuviera derecho a disponer de todo lo de sus amigos; y en verdad que lo tenía, pues era dueño del corazón de todos». A otra jovencita de Tortosa escribía Don Manuel: «Envíame aquel juguete que te di el otro día, por si acaso conviene que yo lo dé a otro... Ya tendrás otra cosa mejor».
   «Por haberlo oído de boca del mismo-dice el Director General de la Hermandad, don Pedro Ruiz de los Paños-puedo testificar lo siguiente: Don Cayetano Acebes, piadoso sacerdote hoy, y a la sazón seminarista de Plasencia, sobrino de don Esteban Ginés, estaba accidentalmente en nuestro Colegio de Orihuela. Pasó Don Manuel por Plasencia, y los padres de don Cayetano le entregaron a Don Manuel un magnífico embutido extremeño para que se lo diese a su hijo en Orihuela, a donde aquél se encaminaba. Mas presentósele a Don Manuel no sé qué compromiso antes de llegar allá, y, sin escrúpulos ni reparos de ningún género, y para salir del inesperado apuro, echó mano del encargo de los placentinos. Cuando llegó a Orihuela, refirió el lance a don Cayetano y prometió compensarle con otra cosa; como lo hizo, en efecto, enviándole, poco tiempo después, un estupendo salchichón de Vich».
   Para los sujetos, desposeídos por sus repentinos cambalacheos, que le mostraban su extrañeza, siempre tenía Don Manuel una graciosa excusa que les hacía prestar gustosos su conformidad.
   «Si le hacían algún obsequio-dice don Leandro Colom-, y esto era con mucha frecuencia, se gozaba más que en otra cosa en poderlo distribuir entre otros. Dar, y recibir para dar, era su encanto. Él mismo hacía las partes y las repartía a cada uno, entregando, con el algo de ración, un mucho de cariño». Al acto de distribuir a otros lo que a él le daban, llamaba Don Manuel «poner alas» a los objetos. «El cajoncito de mazapán- escribía al Rector del Seminario de Toledo-llegó bien acomodado. Del bueno, o sea del de abajo, comimos sólo un poquito. A las otras dos partes les puse alas. ¡Gracias por tanto rumbo!»
   «Recibí la manzanita, primicia del huerto de Vinaroz-dice a la Abadesa de aquel convento-, que agradecí mucho por el buen afecto de la que puso la primera línea del letrero. Para mortificarme y no caer en la tentación de la madre Eva, la di a las Purísimas». Cuéntale después que una persona le ha regalado una cesta de fideos y un capazo de jabón, y añade: «También me ha dado cinco duros para las de Vinaroz. Si están muy pobrecitas, se los mandaré. Si no, me los quedaré para mí, que he dado 25 estos días por ustedes. ¡Pobrecito de mí!»
   Hallábase cargadísimo de deudas en ocasión de que una joven hubo de manifestarle que deseaba entrar religiosa, y, no obstante sus apuros económicos, apresuróse Don Manuel a decirle, dando a entender que ya arreglaría él la cuestión de la dote: «No te apures por no tener dinero. Pon el asunto en manos de la Providencia, y... ¡Dios proveerá! ... »
   «Cuando los colegiales-declara el Operario don Hipólito Rubio-a la vuelta de las vacaciones le llevaban algún regalito; cuando le obsequiaban las religiosas, en las respectivas fiestas de sus conventos, con algún dulce; cuando se cogían las naranjas, nísperos y uvas del huertecito del Colegio, ya estábamos los fámulos en danza, cada uno con su plato y servilleta, repartiendo lo que le habían dado o lo que se había cogido: -Mira, ven, que pondremos alas a esto. Este plato lo llevarás a casa de doña Fulana. Este otro, a casa de doña Mengana. Aquél, a casa del señor X ... »
   «Me pide cositas -escribía Don Manuel a uno de los Operarios de Roma-y, ciertamente, quisiera poderle mandar de la mar de providencias del día de Inocentes y de hoy, y aun quisiera que ustedes pudieran presenciar los residuos, después de mandar a paladas a les Cintetes, Obispo, Vilá, Siervas, Notarios, Arquitectos, etc., etc ... ; y casi siento no poderlo hacer, y aun el codonyat228 me sabe mal por las aduanas. Con todo, van unos paquetes, que no sé si pagarán en la frontera».
   A una persona amiga, le dice: «Las Puras no han hecho minjablanc229 este año. Sólo un plato para el Obispo y para mí. Va la mitad de lo mío». A la Abadesa de Vinaroz: «Recibí en el tren, y agradecí sobremanera, su recuerdo y obsequio... El caso es que en Valencia me tomaron la caja de dulces los colegiales para rifarla y comprar con el producto de la rifa una imagen del Corazón de Jesús. Conque, ya ve que todo se lo ha ganado usted en el mérito de los actos que practicarán ante la imagen del Divino Corazón. Traía Jesusitos y no he podido darlos en la estación. Y, además, traía para ustedes dos angelitos de alabastro, por si les hubieran gustado. Ahora, no sé si llegarán ya a sus manos, porque me los robará otro».
   Cuando, por encontrarse delicado, tomaba en la comida algún alimento especial, como pescado u otra cosa, siempre hacía que sobrase algo y lo enviaba a alguno de los que se hallaban a la mesa, con preferencia a los más enclenques y enfermizos.
   Si le acaecía tener que comer a segunda mesa, temeroso de mermar la porción de comida de los fámulos, encargaba al que le servía: «Anda y pregunta al cocinero si ha separado ya para vosotros».
   Todas las tardes acostumbraba tomar Don Manuel alguna cosilla. El refrigerio se limitaba de ordinario al chocolate y una fruta del tiempo, o, en su defecto, y a veces de supererogación, un poco de dulce. Cualquier cosa que fuese, había de dar a todos los circunstantes, y éstos, quieras que no, veíanse forzados a participar de la refección de Don Manuel, el cual, con bastante frecuencia, repartía su jícara entre cuatro o más, y no le hacía gracia el que alguno se resistiera al paternal obsequio, tanto, que se burlaba donosamente de los que lo rehusaban alegando que aquellos sencillos piscolabis les restaban apetito para la cena. No se explicaba Don Manuel semejante género de fatilleríes230 en gente joven, que debiera estar dispuesta siempre a comer de todo y en cualquier tiempo que se ofreciera, cuanto más una simple golosina y a la hora de la merienda.
   Disfrutaba él de un estómago privilegiado. En cierta ocasión riñó a un Operario porque, no interpretando bien sus órdenes, pidió que sirvieran tantos chocolates como personas invitadas había, lo que le impedía a él privarse del suyo en todo o en parte. Una tarde, con la usual confianza, le bromeó don Andrés Serrano: «Preveo, Don Manuel, que todas esas gollerías serán un obstáculo para cuando se inicie su Causa de Beatificación». Celebró la ocurrencia Don Manuel, pero muy luego, tomando una actitud más seria que de ordinario, y con frase un tanto enérgica, quiso darnos a entender que, si se permitía aquellos gustos, era por pura necesidad. Y pronosticó a Serrano, que desde muy joven padecía del estómago, que con el tiempo habría de verse mucho más esclavo que él de semejantes llepolerías231.
   Con los huéspedes extremaba Don Manuel las atenciones y cuidados. Aun de los que eran recibidos en otras casas de la Hermandad se preocupaba, acuciado por el temor de que sus Operarios no se desviviesen suficientemente por servirles del modo conveniente. «Sepa cuidar al P. Jesuita-advierte al Director de un Colegio-, y no coman en el refectorio común. Al P. Jesuita, vea si por la noche o mañana necesita leche, o algo antes de ir al púlpito, etc., etc... Perdone estas advertencias, pero siempre me figuro que nadie lo sabe hacer como yo. Ya ve usted». «Temo que los nuestros de Méjico-decía a la M. Rosalía-no habrán obsequiado bastante a las Madres Visitadoras ... » «Sí que fue cortita la velada-escribe a los de Roma-pero, al fin, dice usted que gustó. Lo que más placer me da de la velada es que no olvidaron la officina caritatis de pastas, etc., para los Obispos. Ya vivo tranquilo... Los nuestros de X... y los de Z..., endurecidos. No
se puede con gente que no tiene necesidades y es penitente. Quería enviar a los actores un recuerdito. Ustedes se lo darán.» «Cuando había de recibir huéspedes-dice don Lorenzo Insa-iba Don Manuel a sus aposentos antes de que llegasen, para ver si todo estaba bien preparado. Examinaba la ropa de la cama para ver si era bastante. Los Padres Jesuitas salían contentísimos de sus agasajos; y los modestos chocolates con que obsequiaba alguna vez a sus allegados, eran de un efecto de admiración y de complacencia extraordinarios».
   Organizaba a veces, como más de una hizo con el Dr. Corominas, días de campo y excursiones por el Ebro, para agasajar a sus huéspedes.
   «No puedo olvidar- escribía en 1909 el presbítero don Antonio Berenguer-la preocupación que tenía por el estado de mi quebrantada salud, cuando estuve en el Colegio hospedado por la Cuaresma del año pasado, y en fuerza de su bondadoso y magnánimo corazón, cuánto insistió para que no regresara a Artés el día que lo hice. Cuando a las veinticuatro horas después de la ausencia de ese Colegio, me encontraba ya gravemente enfermo en Sagunto, me pareció que la cariñosa insistencia con que me quería detener ahí era algo más que las corazonadas de cierto famoso general, a juzgar por lo que preveía de mi salud, si me ausentaba del Colegio, donde tan notable mejoría había experimentado».
   «Era en mayo de 1906-relata el canónigo de Valencia don Gaspar Archent-. Se estaban verificando las oposiciones a la canonjía Magistral de la Catedral de Tortosa, y varios opositores nos hospedábamos en aquel Colegio de San José, curia de las Obras de las Vocaciones y Casa matriz de los Operarios Diocesanos. Se me preparó la habitación en el segundo piso, en el mismo andén en que Don Manuel vivía, quedando instalado así en frente de su celda, pues, como me dijo repetidas veces, quería tenerme cerca. Casi todos los días me hacía subir y estar con él y demás Superiores en los breves minutos de recreación que suelen tener, e invariablemente a las cinco había de tomar chocolate con él en la sala de la Biblioteca. Los cuidados de una madre tierna para con su hijo enfermo no igualarían sin duda a los que él me prodigaba estando yo sano y robusto. A este piscolabis de la tarde concurrían de ordinario todos los Superiores. Era la hora del correo. ¡Qué ratos tan agradables se pasaban en aquella Biblioteca!... Sólo falté a este acto una tarde, por haberla dedicado a visitar el magnífico Observatorio del Ebro. Cuando regresarnos era de noche... y me estaba esperando. -¿Qué has hecho hoy, fill meu?...-me dijo-. ¿Te has perdido? ¡Todo el día sin verte!...- ¡Qué bueno era Don Manuel!
   Pero cuando redoblaba sus atenciones y cuidados era en las vísperas de los días en que tenía que actuar en la Catedral. Se desvivía por que nada me faltase. Él buscaba los colegiales o fámulos para que me trajeran libros, llevasen recados, me subieran una taza de caldo. A media mañana, él mismo colocaba sobre mi mesa vino, pastas y otros utensilios todavía más sustanciosos para que me alimentase bien en día de tanto trabajo. Todo lo tenía previsto, y aun así no pasaba una hora sin que asomara por la puerta entreabierta su faz venerable, preguntándome con voz suave y cariñosa: -¿Necesitas algo?-; y se alejaba de puntillas, sin hacer ruido, para no distraerme... Se había dispuesto que los opositores predicasen la homilía con muceta de Doctor, y en cuanto lo supo Don Manuel, me llamó para decirme: -No busques muceta. Te pondrás la mía-. Y allá fue el reverendo Estruel revolviendo armarios y cajones para buscarla, pues estaba muy escondida. Al fin, apareció, y si mal no recuerdo, estaba nueva, pues la había usado muy poco. Creo que Don Manuel ni la miró siquiera. ¿Qué significaba aquello para él? Yo si que me la puse con satisfacción y prediqué con ella la homilía, y hoy me siento orgulloso. ¡Quiera Dios inflamar mi corazón con aquellos mismos ardores en que se abrasaba el que otras veces había latido debajo de aquella muceta! ... »
   En los últimos días de la vida de Don Manuel estuvo en el Colegio, hospedado, su íntimo amigo don Froilán Beltrán, Párroco de Alcanar. «Se afanó-dice-por obsequiarme, atendiendo con solicitud de padre a las cosas más pequeñas. ¿Pudo influir mi estancia allí en que se agitara en daño de su salud? No lo creo; pero la sola duda remota me entristece. Conservo como una reliquia unos silencios que mandó a buscar muy deprisa, porque me apretaban unos zapatos nuevos».
Reputaba y le remordían como si fueran faltas, las omisiones involuntarias de determinadas atenciones que creía haber debido tener para con sus huéspedes.
   Fue a visitarle a Tortosa una hija espiritual suya de San Mateo, y luego escribía Don Manuel a otra dirigida suya de aquel pueblo: «Cuando se fue N... cometí una falta, pero que no me ocurrió hasta después. Debía haberle pagado el viaje, y no caí en la cuenta. Perdóname».
   El principal atractivo de los obsequios y atenciones de Don Manuel consistía en la sencillez y candor naturalísimos con que los dispensaba. Hacía objeto de ellos a toda suerte de personas, por elevadas que fuesen, y les dedicaba a las veces cosas de suyo tan baladíes y minúsculas, que a muchos podrían haber parecido impropias, por insignificantes e inadecuadas. Surtía de rapé al Papa Pío X. «Monge-escribía a los de Roma-llevará cajas de polvo, y confío que es mejor que el de don Juan Corominas. Una para el Papa, y otra para el señor Cardenal Merry y otra para Albert, para él o para sus italianos; o si no, una o dos para el Papa, o Monseñor Merry. Usted lo distribuirá como le parezca». Y en otras cartas: «No escribo a Albert porque no me ha mandado estampas, con tantas proporciones. Estoy peladísimo. Veré si envío por el segundo grupo de alumnos un poco de membrillo para el Cardenal Llevaneras y Chiesa».-«Van los neófitos, quienes llevan dos pescados y dos piloncicos de membrillo. Un pescado y un pilón para nuestro señor Cardenal Vives, y, aunque es cosa pobre, agradecerá el recuerdo. El otro pescadito del Ebro y piloncico, para Monseñor Merry, y, si usted lo cree prudente, para el día de San Rafael».-«A pesar de su diplomacia, no ha sabido usted exponer bien la relación de la saboga...»
   «Diga a Benjamín que va un pescado y un pilón de membrillo. Que dé a nuestro señor Cardenal Vives una de las dos cosas, o las dos, como postre de mi Santo; y la otra, en caso, o a Monseñor Della Chiesa, o a quien parezca mejor, v. g., P. Homs, P. Enrique, etc. Es lástima no tener proporciones más frecuentes...» A don Benjamín le enviaba en cierta ocasión un frasco de rapé «para que con su caja de polvo español-le dice-pueda convidar al P. De María; que eso hace muy teólogo».
   «Hacia 1901 -1902 -cuenta don Francisco Bou-al despedirse del Rector de Zaragoza, don Domingo Enrique, díjole Don Manuel que se había olvidado de regalar al señor Arzobispo, don Vicente Alda y Sancho, al ir a visitarle, una cosita de las que llevaba hechas de las monjas de Tortosa (cuadritos, escapularios...). Se la dio al Rector para que se la entregase en nombre de él: «Ya verás cuánto lo agradecerá». El Rector tenía reparos de regalar, y de parte de Don Manuel, a aquel Arzobispo, tan serio, cosa tan insignificante y pueril. Al fin, por respetar la orden de Don Manuel, ya ausente, lo hizo.... dando mil excusas por la pueril cosilla.
   Pero el Rector... se pasmó ante las expresivas manifestaciones de singular alegría y agradecimiento de que dio muestras el Arzobispo, que hizo gran estima del regalito y prometió guardarlo. Don Domingo Enrique refería esto emocionado, admirando y sintiendo en una cosa tan pequeña, el secreto misterioso de algo muy grande... y venerando».
   Cuando no podía otra cosa, sobre todo en sus viajes, obsequiaba Don Manuel a sus amigos con bendiciones y recuerdos. Copiarnos de varias de sus cartas:
   -«Mi Providencia: Cuando reciban ésta, habré pasado por Vinaroz y les habré dado mi bendición».
   -«El día 20 vine de Valencia. Supongo oirían la bendición que les mandé».
   -«El domingo, 8 de septiembre, a las siete y media de la tarde, pasaba por Vinaroz, y envié cordialísima bendición (sin el Benedicite) a mi M. Providencia y demás palomitas de la Divina Madre».
   -«Si voy a Valencia, y puedo, se lo avisaré, para que reciban mi bendición por el carril».
   -«Salí el 26 de diciembre de Tortosa y recordé a San Esteban Ginés, pero al llegar a Vinaroz vi que era tarde para un telegrama. No le olvidé, pues, y usted, si estaba atento, ya oiría mi bendición».
   -«Ayer, 9, fiesta de mis bodas sacerdotales, bendije con el Sacramento a nuestras Orihuela y Murcia».
   La amplitud de su caritativa amabilidad no excluía a nadie. Acerca del trato que debía darse a los mismos criados, escribía al Director de un Colegio: «Se me remitió una cartita de usted para N..., recusando usted a X... para ahí. Esto se hizo para mortificarme a mí: pues, con el deseo de favorecer a todos los que nos han servido, y para oponerme a la poca caridad de aquellos que no miran como hijos a los dependientes, dije a usted le había dolido la separación de X..., a pesar de su mal genio...»
   Con los trabajadores mostrábase siempre espléndido: «Me parece justo-dice al Superior de una de sus Casas- entregarle al empresario de las obras aquella pequeña cantidad que pedía. Más vale dar con longanimidad. Y es, además, caridad».
   «Cuando podía hacer-declara una religiosa-alguna obra de misericordia a personas que le habían sido adversarias, quedaba tan contento como quien encuentra un tesoro».

CAPÍTULO XVI



Espíritu de gratitud, de sinceridad y de alegría de Don Manuel



   Poseía Don Manuel en alto grado, por obra de la naturaleza y de la gracia, la virtud del agradecimiento. En orden a los beneficios divinos, expresábase en estos términos: «l Ah 1 si nos ejercitáramos en este espíritu de gratitud, otro sería nuestro aprovechamiento en la santidad; porque nuestro progreso en la vida espiritual nace del amor, y el amor es al mismo tiempo causa y efecto de la gratitud».
   Recordaba cada año, como dijimos, con especial espíritu de agradecimiento la fecha de la primera de las bendiciones que recibió de Dios, la de su bautismo, y complacíale en gran manera que le felicitasen en tal día.
   «Mucho es que tenga usted memoria de la fecha de mi regeneración espiritual. Aquel día irá usted casi la primera dentro del Corazón de Jesús para que El le haga lo que yo deseo». Con estas palabras respondía Don Manuel a una carta de fines de marzo, en la que una hija espiritual le decía: «No tengo en olvido el 1.º de abril, cumpleaños de usted; y más le digo, que estoy satisfecha porque quizás muchos de los suyos lo ignoran, y yo, tan desmemoriada como soy, tengo bastante presente esa fecha. Tampoco me considero tan especial, que me crea la única en saber que a usted se le debe felicitar dos veces... »
   Para practicar él mismo y fomentar el espíritu de gratitud para con Dios, a fin de darle gracias por los beneficios de su mano recibidos durante el año, estableció en algunas de sus Casas y en otras de religiosas, y particularmente y con carácter permanente en el Templo de Reparación, de Tortosa, la fiesta de media noche, el último día del año, que deseaba y se afanaba, descendiendo él mismo hasta los menores detalles de la misma, por que resultase extraordinariamente solemne, devota y enfervorizadora.
   Cada vez que recibía algún donativo de singular importancia para sus Colegios, aplicaba por el que lo hacía el santo Sacrificio, como muestra de gratitud. Otro tanto hacía, y mandaba con encarecimiento que se practicase en sus Colegios, por los bienhechores de los mismos en general. A los más principales de éstos, cuando fallecían, además de apresurarse él a honrarles con sus propios sufragios, socorríalos con oraciones que demandaba en favor de ellos a cuantos tenían con él relaciones espirituales.
   Por los fundadores de becas para el Colegio de Tortosa, donadores de libros para la Biblioteca del mismo, etc..., discurría industrias para hacer que se perpetuasen, junto con la memoria del beneficio, las oraciones en sufragio de las almas de los benefactores.
   Cuando en sus correrías o viajes visitaba alguna ciudad donde estuviese sepultado alguno de ellos, no se dispensaba de celebrar por él la santa Misa y le dedicaba en las cartas de aquel día un cariñoso y agradecido recuerdo, lamentando a veces el olvido en que se les tenía.
   Aun a las ovejas de su espiritual aprisco, que alguna vez se le descarriaban, extendía Don Manuel su amorosa gratitud, siquiera como premio a la docilidad y afecto que en algún tiempo le habían mostrado.
   Hablando de una jovencita, que de piadosa se había hecho mundana, dice: «No puedo conformarme con la disipación de esa alma de tan buenas condiciones y hasta de corazón. La confianza que llegó a tenerme no se la puedo pagar más que con sufrimientos y con pedir a Jesús por ella, como lo hago todos los días. Por Dios, ved de hacer lo posible por esa criatura». Lamentábase con frecuencia Don Manuel de que se descuidase tanto el fomento del espíritu de agradecimiento a los beneficios de Dios.

***

   Uno de los principales encantos de Don Manuel era su innata y constante sencillez, su sinceridad y llaneza. Desde joven, reconocía él en sí mismo esta hermosa cualidad y declaraba ser uno de los rasgos de su carácter. «Quiero hablaros-decía en su primera plática a las clarisas-con sencillez, con la sinceridad propia de mi genio. No es virtud, no; es más bien un defecto, una debilidad de mi carácter, pero de la que me viene muy mal el tener que despojarme».
   Gustaba de las almas abiertas y expansivas. «¡Pobrecita mía! -decía a una hija espiritual-. Orgullosa de corazón no lo eres, pero lo eres de carácter, y esto se ha de corregir. Sólo tienes de bueno una cosa: que bueno y malo todo lo has de decir. Y esto vale mucho». «Piense que ha de ser muy humilde-aconseja a otra-; y uno de los rasgos de la humildad es la franca expansión».
   «Seamos abiertos -inculcaba a sus Operarios-y sepan todos lo que estudiamos y nuestras aficiones y nuestros sentimientos, y, sobre todo, nuestros caminos y operaciones, fuera de lo que es de conciencia y puramente de espíritu. Hemos de obrar como si lo hiciésemos todo en medio de la plaza. ¡Fuera misterios y tortuosidades de conducta y excentricidades de carácter! ¡Expansión y abertura! ... »
   «El enemigo, banyeta, vive -decía- siempre de trampas, y cuando logra que el alma vaya con trampas, ya la tiene por suya. El alma que es sincera, está segura».
   Eralo la de Don Manuel en sumo grado y en todas las cosas, y dolíase cuando no se le correspondía con idéntica claridad y libertad de espíritu. No entendía en este particular de diplomáticas reservas y medias palabras. «Atendida la sinceridad de mis procedimientos- escribía a un Operario-, me causó su conducta hasta desencanto, y me vinieron malos pensamientos, pues temo que le falta abertura de corazón y no va bastante a Jesús, y podría éste repetirle humillaciones y cercenarle tantas bendiciones y gracias y triunfos que le concede para gloria suya y bien de la Obra». «Hace bien-dice a otro-en manifestar siempre cuanto convenga; pero lo hace a veces de un modo tan desvalijado y de soldadura, que se le mezcla el espíritu humano en medio del celo».
   En igual grado que su amor a la sinceridad y la sencillez, sentía desvío y hasta repulsión hacia todo lo que tuviera aires de sátira y al empleo de burlas e indirectas. «El burlón-decía -nunca será santo». «Voy a la suya del 6-escribía a un Operario-y al sermoncito, que le agradecí. A pesar de la vejez, soy tan refractario por temperamento a la corrección por la sátira, que usted mismo sabe que más bien que esto doy como caricia un bufido. Y aunque no fuera por temperamento, la experiencia me ha hecho ver que el efecto que las saetitas han producido a los inferiores y aún a algunos superiores o casi iguales, bastaría para no practicarlas ni aun en la vejez». A otro Operario: «Me habla usted con más llaneza, sin las cuchufletas e indirectas que acostumbra, y me agrada más por ello». «Hable como pueda y sepa-aconseja a un tercero-, pero ya sabe que debe hablar serio y ha de procurarlo cuando convenga, y conviene... casi siempre. Con el casi tiene bastante para lo otro. Así, sea grave».

***

   Por lo demás, con que fuera sin detrimento de la caridad, gustaba Don Manuel de la alegría y aun de las chanzas y bromas de buena ley. «Nuestra presencia-dice Don Manuel en las Constituciones de la Hermandad-ha de ser en todos los lugares motivo de santa alegría y edificación para las almas buenas».
   Lograba él tan cabalmente producir semejantes efectos, que «a su lado-confiesa el P. Messeguer, S. J.,-parecía que no era posible ni la tristeza ni el pecado».
   El señor Sanz y Forés, siendo Lectoral de Tortosa, decía de Don Manuel que «nunca le abandonaba el buen humor». ¡Con qué frecuencia da éste gallardas y palmarias muestras de ello en sus cartas, aun en las dirigidas a sus monjitas! ¡Qué encantadoramente festivas las que les enviaba algunos años el día de Inocentes!... Plácenos copiar, como demostración, una de ellas:
   «Mis apreciables en Jesús: Según un parte telegráfico que acabo de recibir en este momento, se me participa que mañana es el ducentésimo trigésimo segundo aniversario de la fundación de ese palomarcito... Con este motivo, quisiera escuchar cómo celebran este acontecimiento las palomitas de ese nido, y he resuelto asistir al entusiasta Tedeum. Pero ha de ser a condición de que no quiero oír aquellos eses, s, s, s, s, que raspan los oídos de todas las personas bien nacidas, sino que han de pronunciar y cantar como Dios manda y quiere, y hacer e cuando es e y ese cuando es ese; pues no cae bien en lenguas finas, que han de imitar a los ángeles, el que hagan y digan impropiedades en la casa del Señor, excitando a la falta de devoción y siendo objeto de censuras hasta de los niños de siete años. Y no quiero que mis predilectas... sean blanco de silenciosas murmuraciones de parte de sacerdotes y devotícolas. Si yo mandara, lo pondría bajo precepto de obediencia. Ahora, no lo mando, pero se hará sin mandarlo, porque, de no hacerlo, acudiría al que lo puede mandar. Bastante gracia han perdido; que no la pierdan tanto en el cantar y rezar.
   También me dice el parte telegráfico que en el recreo de mañana habrá rifa; esto es, si las ces y las eses van bien. Se participa para gobierno y satisfacción de cantoras y no cantoras. El Secretario general y agente universal de los barrios de arriba y de abajo, M.»
   A las mismas, en otra ocasión: «Esta mañana he tenido la tentación de predicarles, pero no lo merecen ustedes, por ser gente rancia y sin espíritu de sacrificio, sino sólo un barniz de extrañeza, casi diría de extravagancia, que todo lo ponen en las formas exteriores y muy poco en el fondo, criándose con esto tan ufanas como un pavo real».
   En la fecha de los Santos Inocentes, Don Manuel, cuya vida se deslizaba íntimamente compenetrada con la de sus religiosas, solía gastarles, para que se distrajeran un rato, una inocentada en forma epistolar. De entre varias misivas de este género que se conservan, escogemos una al azar, que nos revelará el espíritu jocundo, alegre y expansivo de Don Manuel, y el humor santamente chancero de que a las veces hacía gala:
   «A las Religiosas de San Juan.-A las reverendas Madres Carolinas, Rosas, Dolores, Alcoverros, Piñols, Jardíns, y demás presentes y futuras hijas bemies232 y demás inocentes. Muy Reverendas en los Santos Juanes: He recibido la comunicación oficial de vuestro nombramiento de Inocentes; y, a decir verdad, si yo hubiese sido nombrado Obispo en este día, hubiera anulado tal elección por faltarle la condición especial de inocencia, pues, a lo que se ve, todas y cada una de ustedes reúnen más picardías que las raposas de treinta años. La única inocentada que han cometido es la de dirigirse a mí, que soy tan candoroso, inocente y bendito, y en esto han tenido fortuna.
   Me piden ustedes ayuda y consejos. En cuanto a lo primero, soy tan generoso, que desde hoy pueden disponer de todas las deudas que tengo. Y ya pueden estar contentas de que hoy por hoy no sean más que unos ocho mil duros, que luego me figuro serán más, y los réditos correspondientes. Y para satisfacer estas deudas que yo les cedo, les daré la bolsa de la Providencia, y, además, mi crédito, que, como tan lleno de deudas, ya pueden pensar que será grande, pues, como suele decirse a lo moderno: cuanto más se debe, más crédito hay. ¿Están ustedes contentas? Pues convenido.
   En cuanto a los consejos, como soy tan candoroso e inexperto, apenas sabré decirles algo. Pero ya que las veo a ustedes en el apuro del nuevo cargo, y que ustedes han de ir formando a la futura comunidad, me atrevo a sugerirles unos consejos que encontré en un pergamino viejo.
   En primer lugar, procuren que las que hayan de admitir no se hagan muy monjas, o siete veces mujeres, esto es, aferradas a lo de «siempre se ha hecho», y aquello de «tijeretas han de ser».
   Voy a contarles un ejemplo. Un Provincial de Agustinos fue a visitar un convento-no sé si de Sanjuanistas-y al entrar en la iglesia oyó que las monjas rezaban el salmo Quam dilecta tabernacula tua, y que en lugar de esto decían: Candileta tabernacula tua... El Provincial les advirtió que no lo hacían bien y que no se decía Candileta... Volvió a los tres años, y encontró que lo decían como el primer día, y llamó a la Priora para reprenderla, y la Madre Priora contestó: «¡Ay, Padre Provincial! candileta ha sido, candileta es y candileta será; y no se ponga con monjas, que no saldrá». Conque, no las críen candiletas y tijeretas, sino dóciles a la voluntad de Dios.
   También convendría que a las novicias que han de recibir, sin perjuicio de que lo practiquen ya las de hoy, no se las acostumbre a ser confeseras; y la Madre Maestra debe enseñarles a saberse confesar, y decir lo que deben decir, y no decir lo inútil. Y voy a decirles otro casito, Aunque ustedes como mujeres sabidas, ya quizás lo sabrán.
   Un bienaventurado confesor de monjas, no confesaba más que a una, y le tenía aburrido y malhumorado. Un compañero suyo, que tenía más gramática parda, lo comprendió y le dijo que cuando se marchase fuera se ofrecía él a confesar a aquella monja, si ésta no tenía inconveniente. Vino el caso que aquel confesor debía marcharse unos días, y propuso a su penitenta si quería confesarse con su compañero, que era un bellísimo sujeto, y la pobre monja accedió. Llegó el día señalado, y la monja empezó su acostumbrada perorata, gastando en ello una hora de reloj. Cuando había acabado, el confesor empezó a bostezar, y le dijo: «Mire, hermana, dispénseme, he pasado la noche con un enfermo, y tenía sueño, y me he dormido, y no he oído lo que usted ha dicho. Habrá de repetirlo». La monja accedió, bondadosa, y empezó otra vez su arenga, y ya no le costó más que media hora cabal; y al terminar, el pobre confesor le repitió: «Mire, hermana, habrá de dispensarme otra vez: pues aún me he dormido. - ¡Ay, pobre Padre!, le dijo la otra. No se apure usted; ya le diré la sustancia, y concluiré en seguida. -¡Ay, hija mía! la sustancia, la sustancia, esto es lo que estoy esperando hace hora y media, y aún no ha venido. No me había dormido, no, pero aguardaba la sustancia; y de aquí en adelante cuidado que no me diga usted más que la sustancia».
   Conque, ustedes, reverendas Madres, no las acostumbren a confesarse sin sustancia.
   También debían cuidar de que no se volviesen viejas, aunque entren en la edad de los años, pues como decía una religiosa distinguida: «¡Si las monjas muriésemos jóvenes, iríamos al cielo derechitas; pero esto de hacernos viejas! ... »
   No vendría mal el precaver a las presentes y futuras de aquello de me toca, y te toca y la toca, que éstas son tocas fatales. Y sobre esto, les contaría un cuento aragonés, de mucha sal y mucha jota; pero lo dejaremos para otro año de inocencia. Y aquello de aquel pobre Vicario de monjas, que dijo: «Que si en los tiempos de Job hubiese habido monjas, Job hubiera perdido la paciencia...» Y aquello que sucedió al último Cardenal de Valencia; que todas son cosas muy sabrosas y de buenos consejos, etc., etc.
   Pero ¡alto!, que esto no lo digo yo, sino que lo encontré en aquel pergamino viejo, que tiene ya lo menos 47 años; y así, no tengo yo la culpa. Y deben confesar que son inocentadas, y no venga alguna a decir que esto se dice por aquello de «a tú te hu dic, nora, per a que te hu entengues, sogra»233. No, no: yo me lavo las manos, y qui possit capere, capiat.
   Conque, basta de postres por esta vez. Cuando tengan necesidad de más, ya veremos si quedan en aquel cajón del pergamino.
   Pero no sean todo inocentadas. En cambio de estos postres, y del principio, dos pagas muy fáciles de pagar: 1.ª, han de alcanzar del Niño Jesús que me mande, cuanto antes, doscientos mil duros, que éstos y muchos más necesita la gloria de Dios; y 2.ª, que entre vuestras Reverencias y yo hemos de salvar todas las almas del mundo, sin dejar ni una: vuestras Reverencias con sus oraciones, penitencias (que a mí no me sientan bien) y sacrificios; y yo, siendo un apóstol del Corazón de Jesús. ¿Lo harán?... El mayor de los Inocentes».
   En el mayor apremio de las contradicciones y desengaños, como si nada le pasara, volvíase con el pensamiento y con la pluma a sus religiosas para bromearles santamente. A raíz de la pérdida de Condotti, que tan al alma le llegó, comunicósela a sus Puras de Tortosa, y luego añade: «Gracias a la tropa menuda por su felicitación, y una bendición copiosa para todas y cada una de las que firman, aunque todas hacen la misma letra, y no sé si las ha enseñado un mismo maestro». Aquí consigna por extenso recuerdos nominalmente para varias de las religiosas de la comunidad, con alusiones humorísticas a los cargos o achaques de salud de algunas de ellas, y prosigue: «A la gente grave les diría una cosita, pero prou ya de broma, que si la gente de aquí supiera que cuando trato a las Puras de la calle de Moncada pierdo el estribo y soy otro, no lo creerían del P. Sol, y los míos me reñirían, que pierdo el tiempo y no quieren que trate con monjas. Y tienen razón. Conque, todo esto aquí entre nosotros, y que no sirva de distracción, sino de decir una cosita bien fervorosita a la Madre Purísima. Pero, prou, prou; si no, aun gastaría más rato y temo que Jesús ya se enfade, pues tengo delante un sin fin de papeles y asuntos, y Jesús Sacramentado me va a hacer mala cara. Con todo, no termino sin decir a mis M. Vicaria, pobrecita Cinta, Ramona y demás vivos y difuntos que me encomienden a Dios. Tengo carta de Victoria. ¡Pobrecita criatura! A ti te bendice-M.»
   Uno de los propósitos de Don Manuel, en sus Ejercicios, era: «Servicio de Dios alegre y agradecido, a pesar de trabajos, agobios o malestar». «Bueno es padecer- decía -pero no ha de ser hasta la turbación». Esta alegre paz y serenidad de espíritu hacíale superior a todos los desengaños y contratiempos. Por eso exclamaba en cierta ocasión: «Me hago viejo, porque me afectan las cosas».
   «No quiero que padezcas-aconsejaba a un Operario-. Cuidado, mucho cuidado con los nubarrones. No olvides que la tristeza es el mal más grave para el alma después del pecado, y que el que obedece cumple la voluntad de Dios, y el que la cumple ya no puede tener motivo de tribulación». «Yo confiaba-escribe a otro- que hubiera estado usted bien ahí, y me complace el haberlo adivinado. Es lo único que ambiciono en nuestros Operarios: que tengan alegría espiritual, que es la salsa de un buen apostolado, y aun que posean el entusiasmo, que, según el P. Fáber, no debe hacernos miedo y es compatible con la vida espiritual y de perfección, siempre que estemos dispuestos a hacer lo mismo sin él. Haga Jesús que a usted le sirva para quitarle cierta indolencia nativa y le convierta en un Operario verdadero, que ha de estar siempre in actu secundo y lanzarse con magnanimidad a tareas, apuros y compromisos de gloria de Dios, que son muy buenos para ejercitarnos en la fe y en la oración. Tema un poco la calma del gozo, si es duradera».
   «No debe usted desear pedestal-dice a un tercero-pero debe desear la gloria de Dios más que el humor de usted. Conque, quietud, calma y humildad; que con cinco minutos de pensar en la eternidad y una visita a Jesús Sacramentado, desaparecen todas las melancolías».
   La alegría de Don Manuel era contagiosa. «Yo, que hacía la vida, en los últimos años de la carrera-dice el cura de Sierra Engarcerán, don Juan Aragonés-, en casa de mosén Maspóns, sacerdote bien tallado y gran amigo de Mosén Sol, allí pude ver a éste y oírle bastantes veces... Siempre que, con motivo de la venida de Mosén Sol, había reunión de sacerdotes y estudiantes en casa de mosén Maspóns, se producía en todos los corazones una paz y un agrado tan marcado, que más de una vez me ha hecho meditar».
   El seminarista de Tarazona M. L. Herrera, cuenta la siguiente anécdota, reveladora de la condición alegre y festivamente comunicativa de Don Manuel en sus viajes: «En una mañana de primavera-dice-del año 1885, subían en Tortosa a una diligencia un sacerdote y dos jóvenes recién casados. Fueron éstos después mis padres. Comenzaba a salir el sol. Entre los viajeros entablóse alegre y animada conversación. De pronto, el sacerdote comentó: -Bueno, señores, debo advertirles que, aun no haciendo tan hermoso día, hubiéramos ido igualmente alumbrados. -¿Será posible?, le dijeron. -Muy cierto: tengo por apellido Sol, observó Don Manuel. Y entendiendo la feliz ocurrencia, añadió la señora: -Entonces, vamos acompañados de tres soles: el de la ventanilla, el de usted y... el mío: yo me llamo Sol-devilla ... »

CAPÍTULO XVII



Amor de Don Manuel a los pobres-Su espíritu de pobreza



   Si para con toda suerte de personas era Don Manuel caritativo y dadivoso, éralo por modo especialísimo con los pobres y desvalidos. Sentía marcada predilección por ellos. Era tan apasionado el amor que les profesaba y con tal liberalidad los socorría, que es éste uno de los rasgos más sobresalientes de su fisonomía moral.
   «¿Hay necesidad-decía a los ordenandos del Colegio de Tortosa-de hablar del amor a los pobres en los sacerdotes o en los que aspiran a serlo?» Y les aconsejaba: «No se han de escasear los socorros, cuando hay necesidad de ellos. Habrá ocasiones en que es preciso socorrer una necesidad, y apenas se puede: pues... remediarla sin poder; hacer este imposible, en la seguridad de que la Providencia acudirá, pero muy visiblemente... Si, después de haber cumplido con celo nuestro ministerio y haber tenido medios de vivir mejor y ahorrar, y no haberlo hecho por levantar las necesidades de los pobres, fuéramos a morir a un hospital, ¡oh, qué señal de predestinación! O como San Francisco Javier, mendigar bajo un árbol... ¡Yo me tengo ofrecido! Es preciso aprovechar la desgracia y el dolor para la gloria de Dios y el bien de las almas. Recuerdo que cuando por los años de 1866 y 67 leíamos entusiasmados los discursos de Aparisi y Guijarro en el Congreso, en aquella época en que aquél parecía un profeta apocalíptico, combatiendo a algunos revolucionarios impíos, decía: «Muchos enemigos tiene la Religión, y no es el menor el de las malas pasiones; pero tiene dos auxiliares muy poderosos que nunca desaparecen: la desgracia y la muerte». Esta expresión de aquel elocuentísimo orador católico me hizo bastante efecto y no he olvidado la sentencia. El Salvador huyó de los placeres y acudió a las necesidades. En los sitios del dolor y de la desgracia, es donde está nuestro lugar. El señor Vilamitjana decía que, en los únicos puntos donde hacemos buen papel, es cuando estamos con los enfermos y afligidos. El melius est ire in domum luctus... se realiza siempre en el sacerdote. Notadlo bien: iréis a visitas, a reuniones de pasatiempos honestos, a algún convite, a un día de campo, etc. y ¿no os dejará todo esto algún vacío, o tal vez algún remordimiento o desasosiego?... Pero, habéis tenido alguna mala noche por un enfermo, o por acudir a una necesidad, y la idea de la buena obra, la gratitud de los auxiliados, os llenan de consuelo y de paz».
   En sus primeros años de sacerdocio, visitaba Don Manuel asiduamente el Santo Hospital. Él mismo atestigua que le producían tales visitas «consuelos y gastos». Tuvo después que suspenderlas porque le llevaban, dice, «muchos ratos», y no le alcanzaba ya el tiempo para este ministerio.
   «Aun estando él enfermo-cuenta don Juan Estruel-visitaba, para socorrerlos, a otros enfermos pobres». Y añade: «Íbamos una tarde en Roma a visitar al Santísimo en San Claudio, y vio cerca de la puerta de la iglesia a una viejecita con su nieta vendiendo castañas asadas y melocotte234, y me dijo: -Anda, cómpraselo todo. ¡Pobrecitas!...»
   Si alguna persona pobre le entregaba una pequeña limosna para la Reparación, se conmovía casi hasta llorar de agradecimiento y edificación.
   Su compasión se extendía hasta los que en Roma andan de vendedores ambulantes de objetos piadosos, merodeando junto a las iglesias. Cuando se acercaban a nosotros, brindándonos con su mercancía, los que íbamos con Don Manuel se la regateábamos, lo que él no quería que hiciésemos. Percatáronse de ello al punto los chamarileros, y uno de ellos, al encontrarnos después en otra iglesia, comenzó a exclamar: -¡Ah, Don Manuel é molto buono, molto buono!»
   El límite que señalaba Don Manuel al cumplimiento de la obligación de socorrer a los menesterosos, nos lo revela una frase suya a un Operario. «Cierto día-dice éste-tuve el atrevimiento de quejarme a Don Manuel de que un pobre visitaba el Colegio en demanda de recursos con demasiada frecuencia. Hacíalo yo con intención de que se reglamentaran sus visitas y no resultase tan privilegiadamente favorecido sobre los demás por la caridad de Don Manuel, el cual, al terminar yo mi alegato en contra del tan aprovechado pobre, me respondió con calma: -No hay remedio, hijo; debemos practicar la caridad cuantas veces sea conveniente; y, una vez convencidos de la necesidad, socorrerla, aunque para ello nos veamos en el trance de vender hasta la camisa».
   Don Salvador Rey, que tan de cerca trató a Don Manuel, nos habla de la caridad de éste para con los pobres en los siguientes términos:
   «El Eclesiástico llama hombre que hace milagros al que, favorecido por Dios con bienes de fortuna, estima en poco las riquezas y guarda su corazón tan desnudo y despegado de ellas como si no las tuviese. Todo el que haya tratado y conocido a Mosén Sol verá, sin grandes esfuerzos, que parece se describa en el citado pasaje de la Escritura la generosidad de su magnánimo corazón. De familia bien acomodada, muy querido de los suyos y sin que nada le faltase, podía agradecer al cielo tales favores y darse muy regalada vida; pero, no: su corazón es pobre y vacío de toda clase de afición a las riquezas, y trabaja y vive como pobre, y las hace servir únicamente para granjearse lo eterno e imperecedero.
   Recuerdo, y hace de esto muchos años, que un señor muy respetable me decía: «Si Mosén Sol se hubiese contentado con ser solamente un buen sacerdote, no habría en Tortosa ninguno de su clase que pudiera darse mejor vida. Pero Mosén Sol sabe que es bienaventurado el rico que, con serlo, no se aprovecha de las riquezas para proporcionarse regalos que puedan dañar la conciencia y juzga peligrosa lo que se llama buena vida; lo tiene todo por nada y no le preocupa el mañana, porque sólo en Dios confía». Ya no vive mi interlocutor, pero muchas veces he pensado que debió de conocer muy bien a Don Manuel quien con tanta seguridad hablaba de su extraordinario desprendimiento.
   Y era tal, que no tengo noticia de que ni siquiera una de las miles de personas que le visitaron durante su vida se fuera sin recibir alguna cosilla. Tenía algunas frases que indican su pasión por dar. Cuando el visitante anunciaba el despido, su frase obligada era: -Que-t donaré, xiquet-- o -Qué donarem a esta animeta-- El caso era dar. Y si, por casualidad, aquel día no tenía nada disponible, prometía, y se consideraba deudor, y al visitante con derecho a exigirle cuanto antes el pago, hasta con interés y todo...
   Su caridad con los pobres fue sin límites. Uno de sus grandes apuros era andar por las calles, encontrarse con los pobres y no llevar dinero en los bolsillos. Nunca despedía al pobre de Jesucristo sin la correspondiente limosna. Si no llevaba nada, el acompañante era su limosnero, hasta llegar al Colegio, donde saldaba con escrupulosidad todas sus cuentas.
   Refieren sus monjas, como él llamaba a las de Santa Clara, que nunca sus nóminas, ni las limosnas que percibía por misas, llegaron a salir del atrio de la iglesia, porque allí solían esperarle una madre pidiendo para la nodriza de su hijo, una hija para su padre enfermo, y las más o menos auténticas inquilinas para que las ayudase a pagar al casero: esto, si las mismas monjas no se habían de quedar ya la paga por los anticipos que le tenían hechos. La moneda de plata de cincuenta céntimos que entraba al convento, ya no salía sino por conducto del Pare Sol; porque tenían mucho cuidado las religiosas de recogerlas, con el fin de que no fuese tan espléndido con los pobres: pues, cuando no tenía medias pesetas, las daba enteras, y con mucha frecuencia duplicadas.
   Es muy difícil dar una idea de su manirrotura, si vale la palabra; porque únicamente los que con él estaban pueden saber, y aun no del todo, el sinnúmero de personas que recibían de él consuelo para sí y para sus familias. Es tan proverbial en esta ciudad ese afán por dar algo, que sentía Don Manuel, que tres días después de su muerte me decía una señora: «No me ocurriría rezar un padrenuestro en sufragio de Mosén Sol, si no pensara que cuantos más le mande, más confianza tendrá en pedir al Señor, y de más dispondrá para repartir entre las almas del Purgatorio, de quienes era tan devoto ... »
   «Vive tranquila-recomendaba a la Superiora de una Casa de religiosas de Santa Teresa-debajo de la Providencia admirable de nuestro bondadoso Padre celestial, que con tanta solicitud nos gobierna... En socorrer a tus hermanas e hijas no seas escasa. ¡La abundancia trae la gracia!»
   «Lo que puede arreglarse con dinero-solía decir-no debe preocuparnos». A sus Operarios les recomendaba: «¡Dad limosnas! ¡Dad limosnas! ... »
   Como veía y amaba en los pobres a Cristo, no podía sufrir con calma que no se los tratara con igual consideración que a las demás personas. Por su parte, en casa y en la calle, en los viajes y en todas partes, los hacía objeto preferente de sus atenciones y paternal cariño. Como le contaran los primeros Operarios que volvieron de Méjico la costumbre de los indios de separarse ellos mismos espontáneamente de las gentes, como si no merecieran alternar con los blancos, y que se observaba también esto en la iglesia de San Felipe de Jesús, manifestó Don Manuel vivísimos deseos de ir allá para trabajar contra semejante modo de proceder y atraerse los pobrecitos indios y anunciarles que todos somos hijos del mismo Padre y redimidos con la misma sangre de Jesucristo, y por ende, que negros y blancos, rojos y amarillos, todos somos hermanos.
   Llegábale al alma el ver que alguien tratara desconsideradamente a los humildes. Dirigíase en cierta ocasión a Benicasim, y en el departamento en que viajaban él y el Operario que le acompañaba, iba un hombre, de aire entre payés u obrero, que por ignorancia ocupaba un asiento de clase superior a la que correspondía a su billete. Lo advirtió el revisor, y después de censurarle duramente por ello, le exigió que pagase la diferencia y, por añadidura, él y otra persona de las que allí iban, cambiando guiños y sonrisas, se burlaban del pobre viajero que quedó humillado y confuso. Dio la casualidad de que bajase en la estación de Benicasim, al igual que Don Manuel, y entonces éste le hizo una señal, lo condujo detrás de un árbol, y allí, en secreto, para que nadie se percatase, le dijo unas palabras de consuelo y de cariño, y le entregó una cantidad idéntica a la que había tenido que desembolsar como suplemento, dejando al sencillo payés como abobado y encantado al mismo tiempo, de la amable generosidad de aquel para él desconocido sacerdote.
   Como a padre mirábanle los pobres. «No podía verlos-dice don Hipólito Rubio-sin darles limosna. Sabiéndolo ellos, hacían cuanto podían para escabullirse por la escalera del Colegio arriba, aprovechando algún descuido de los fámulos, y ver a Don Manuel cuando salía al recibidor, o en cualquier ocasión oportuna».
   «Algunos otros-añade don Lorenzo Insa-no querían ir a pedirle al Colegio, porque los porteros, criados y fámulos, conocedores de lo cargantes que eran, no los dejaban pasar. Acudían a la hora del recreo, o aprovechaban la de venir Don Manuel de celebrar de la Purísima o del oratorio de casa Jordana, y, ¡había que ver cómo afluían de las bocacalles! ... »
   «Al salir, cierto día, de la comida, a eso de la una de la tarde -cuenta el reverendísimo don Joaquín Jovaní-, esperaban a la puerta de la plazoleta varios pobres para pedir limosna a Mosén Sol. Me permití indicar que bien podrían venir en otra ocasión, o no pasar de la puerta de la calle, y Don Manuel me respondió con mucha suavidad: -¿No sabes que ésta es la Casa de la Providencia?»
   Es por demás significativa la frase de una de las pobres, que al bajar de besar por última vez, como tantos otros menesterosos, la mano yerta de Don Manuel, estando expuesto su cadáver en la capilla ardiente, como topase con un Operario y rehusase éste, en aquellos momentos, atender su demanda de limosna, comentó, desengañada y entristecida: «¡ Él siempre me daba! ... »
   Como eran tantos, conocía Don Manuel perfectamente la fisonomía y las señas personales de sus habituales socorridos, pero no siempre los nombres. En las notas de sus distribuciones de limosnas los designaba por alguna seña particular. Así, dice: «A la lechera rubia.-A la de Santa Teresa.-A la cojita de Santa Clara. A la abuelita.-A la rubia de San Juan», etc., etc...
   Consérvanse muchos cuadernos llenos de apuntaciones de las limosnas cotidianas y de ocasión, hechas por Don Manuel a toda suerte de menesterosos: monjas, seminaristas, viudas, enfermos, mendicantes de profesión, etc., etc... Por lo común, ninguna limosna baja de la peseta, y abundan las de cinco, hasta treinta, y aun cincuenta. Y esto durante toda la vida de Don Manuel, el cual distribuyó un espléndido capital entre necesitados de toda suerte y condición. A algunos teníales señaladas cantidades determinadas y fijas, a modo de pensiones de caridad. Y casos se daban de que, si por hallarse ausente, dejaba de pagar algún plazo, le fuese éste exigido y reclamado, como si se tratara, no de una merced gratuita, sino de una obligación de rigurosa justicia: lo que hacía mucha gracia al santo varón, que, sonriendo, se apresuraba a saldar sus deudas.
   Muchas de sus limosnas hacíalas Don Manuel por terceras personas, que actuaban de secretos agentes de su liberalidad.
   Era una de éstas doña Cinta Curto, la cual nos dice: «No quería Don Manuel que un pobre supiera las limosnas que se daban a otro, para evitar envidias entre ellos. A una pobre le pagaba todo el pan que necesitaba. A muchas personas, el alquiler de la casa. Enviábame a enterarme de las familias necesitadas, íbales yo dando dinero para ropas, zapatos, medicinas, etc., etc., y luego hacía cuentas con Don Manuel».
   Otro modo por él usado de beneficiar económicamente a los demás, aun en determinadas ocasiones a familias acomodadas, era el de hacer préstamos gratuitos de cantidades de alguna consideración. En tales casos, si llegaba a sospechar que los de esta suerte favorecidos tenían dificultades para devolverle íntegramente la cantidad adelantada, perdonaba gran parte de la misma. Vez hubo en que, de 500 pesetas, no quiso cobrar sino 100. Don Manuel mismo excitaba a familias amigas suyas para que,- en trances de apuros transitorios, acudiesen a él, y aun se molestaba si no se apresuraban a dispensarle semejante confianza. «En cierta ocasión-testifica una señora de las que más de una vez aceptaron estas oportunas ayudas de Don Manuel-, poco acostumbrada yo a manejar dinero, me quedé sin ello; y, como estuviese entonces a mi alcance Don Manuel, le dije que si podía prestarme una determinada cantidad, que ya le haría tal dádiva u obsequio. A lo que, sin dejarme concluir la frase, ofendido, me dijo: «Si no la faig amorrà-n terra!»235. Y me dio lo que necesitaba. Tenía razón. A Mosén Sol, a quien tanto le gustaba dar, para pedirle algo, ofrecerle tal o cual compensación, era desconocerle y agraviarle».
   Más de una vez, y ya desde los primeros años de su sacerdocio, abría suscripciones entre sus amigos y conocidos, que encabezaba él mismo, para acudir al remedio de especiales y extraordinarias necesidades.
   Aparte de frecuentes e importantes limosnas con que ayudaba a costear dotes, era un continuo chorro el de sus donativos en dinero o en sellos o en especie, para auxiliar a las comunidades religiosas o a monjas delicadas de salud, a las cuales pagábales las medicinas y demás gastos de la enfermedad. Perdonó en cierta ocasión a unas religiosas una deuda de mil pesetas que con él tenían contraída.
   Durante las vacaciones de Navidad, en ciertos días festivos, después de la cena, organizaba el mismo Don Manuel partidas de dominó o de damas, en que se atravesaban módicas cantidades de dinero, pero no para que las percibiesen los que ganaban, sino para reunirlas y enviarlas como aguinaldo a los asilos de caridad: con lo cual se conseguía el doble fin de hacer más interesante el entretenimiento y de allegar una limosna para los pobres.
   No eran solas, ciertamente, sus monjitas de Vinaroz a las que Don Manuel podía escribir en estos términos: «¿Cómo no canta más la buena Serafina? Tiempo hace que debía de haber dicho cómo está su despensa: pues, como ella callaba, era de presumir que los vinarocenses la llenaban de todo. Otra vez, que no aguarde a que se acabe. He preguntado por bacalao y me han dicho que no hay de aquel de la otra vez. Por lo tanto, apenas haya, irá, no por algún benefactor, sino por el pobre expedicionario de la Providencia, o más bien el almoyné236 de San José, del Corazón de Jesús y de la Providencia, que ya está cansado de pedir a todos. He sacado una limosna crecida para la Providencia. Es un legadito que dejó una profesa mía de Santa Clara. Son 50 duros».
   «Encontrándose una persona de la familia de un muy amigo mío-cuenta el presbítero don José Reverter-en apurada situación, para salir pronta y dignamente del compromiso necesitaba unas mil pesetas. Yo no disponía más que de quinientas, y como en todos mis apuros acudía a Don Manuel como a mi buen padre, le escribí contándole la triste historia de mis amigos y sus apuros. No se hizo esperar, como de costumbre, la respuesta. Las instrucciones no podían ser más precisas y terminantes: que con aquella misma fecha escribía a la madre del necesitado amigo, para que saliese a la estación, pues él pasaría al día siguiente, de viaje para Valencia. La familia en cuestión residía en Castellón de la Plana. Acudió la señora a la cita y recibió de Don Manuel un sobrecito con las quinientas pesetas, que completaban la cantidad indispensable para que aquella necesitada familia saliera de su angustiosa situación». Añadamos que la señora a quien alude mosén Reverter, tenía una hija, que lo era espiritualmente también de Don Manuel, y del número de las predilectas. A esta piadosísima joven escribía Don Manuel, después de remediada la necesidad: «Otro sí: la mando a usted, si es que tengo autoridad, que me sea siempre franca; y hasta deseo le venga a usted alguna nueva tribulación o apuro, para arreglarlo yo solo. Espero lo cumplirá, pues de otro modo le diría lo del amor propio. Así, no sea usted patidora». «Unos dos o tres meses más tarde-acaba diciendo mosén Reverter, el cual estaba emparentado con la familia susodicha-fui a Tortosa para entregar a Don Manuel las quinientas pesetas, tan generosa como oportunamente cedidas, y que devolvieron la paz y la tranquilidad a una buena familia, y el buenazo de Don Manuel me contestó: Xic, ets molt llépol i tot ho voldries per a tu; mira, fem la bona obra entre-ls dos237. Y de ninguna manera quiso recibir los cuartos. Rasgos parecidos a éste-termina diciendo mosén Reverter-podría contar ahora mismo unas docenas».
   El mismo joven que había puesto con su irregular conducta en tan apurado trance a los suyos, hizo más tarde una calaverada en Madrid que le hubiera podido llevar al presidio. Era de todo punto indispensable que su padre se trasladara a la corte sin pérdida de tiempo, pero no contaba con los recursos suficientes para el viaje. Recurrieron otra vez a la generosidad de Don Manuel, el cual proporcionó al padre lo necesario para el viaje, sacó a flote al tronera del hijo, y merced a sus influencias, no sólo no le castigaron, sino que recibió un honroso y bien retribuido destino.
   «Estando Mosén Manuel-dice el citado señor Reverter-dando Ejercicios espirituales a las jóvenes Teresianas de San Mateo, suplicó a un muy su amigo, que le diera todos los dineros que tenía. El capital disponible de éste sólo llegaba a doscientas pesetas, que gustosamente le entregó. Pero no bastaban para sacar de apuros al Padre Director de los Ejercicios, y acudió a mí para que redondeara la cifra que solicitaba con urgencia, pues la necesidad que había de remediar no admitía dilaciones ni esperas. En esta circunstancia no pude entregarle ni un solo céntimo y fue a llamar a las puertas del reverendo don Andrés Segura, Vicario entonces de las religiosas Agustinas, quien le facilitó los recursos necesarios para salir de los apuros en que le había metido, sin duda, alguna de las ejercitantes. Y no nos equivocamos, pues un poco más tarde supe que los atracos de Mosén Sol al bolsillo de sus amigos, los había provocado la necesidad apremiante en que se encontraba una de las piadosas familias del pueblo, que tenía su representación entre las jóvenes Teresianas en Ejercicios».
   «Había una mujer de regular posición-cuenta un sacerdote, limosnero secreto de Don Manuel-, la cual necesitaba del servicio de sus prójimos tanto como del aire para respirar. Sin embargo, correspondía al trabajo de las criadas con una tacañería sin igual. Las hacía, materialmente, pasar hambre. Así es que no le duraban ni veinticuatro horas. Aquello era un desfile continuado de sirvientas. Sabíalo Don Manuel y trabajó lo indecible para corregir tamaña tacañería, pero fue predicar en desierto. Entonces, llevado de su espíritu de caridad y de la estimación que tenía a aquella señora, tomó una resolución definitiva: por medio de un sacerdote proporcionaba el dinero suficiente para que la criada de turno pudiera comprarse la comida necesaria, y hasta facilitaba a ésta los medios convenientes con que proveerse cada día en la plaza de más y mejores alimentos para la casa, a fin de tener contenta a su ama. Con esta singular y paternal estratagema, logró Don Manuel que las criadas perseveraran meses enteros en su puesto, y que la señora, ignorante de la santa tramoya, estuviese contenta y satisfecha de sus fámulas».
   «Se interesó mucho-dice don Mateo Despóns-por una mujer de San Mateo, la cual había vivido amancebada, fugándose del pueblo con un hombre casado. Este la abandonó más tarde y ella volvió al pueblo. Por mediación de sus amigos, Mosén Sol ofreció pagarle el viaje, si iba a Tortosa para confesarse. Al punto de marchar, negóse la mujer a emprender el viaje. Enterado Don Manuel, procuró que fuera un Padre Jesuita a dar Ejercicios, encargándole de un modo especial la conversión de aquella alma. Buscóla el Padre, valiéndose de amigos de Don Manuel, y confesó la mujer, cambiando de vida y siendo después piadosa y de comunión diaria».
   Si durante sus viajes prolongaba Don Manuel su estancia en alguna ciudad, pronto se hacía popular entre los pobres. Varios años después de la fundación del Colegio de Roma, escribíale todavía el sacristán de la iglesia de Santa Brígida, antiguo favorecido con las limosnas de Don Manuel, exponiéndole sus necesidades y rogándole -che non si dimentichase di lui". Parecía que los pobres tenían especial olfato para conocer y adivinar la caritativo dadivosidad de Don Manuel.
   «Hallábase-refiere Don Laurentino García-hacia el 1902 de temporada en Burgos, convaleciente, y acostumbraba salir a pasear al atardecer, no sin antes proveerse de algún dinero para los pobres. Estos, una vez conocida la liberalidad de Don Manuel, acudían diariamente a las puertas del Colegio para esperar su salida. Acaeció que un día que acompañábamos a Don Manuel varios Operarios y sacerdotes de la ciudad, se agregó a los habituales un pobre que por primera vez pedía en aquel lugar. Al ver a los acompañantes de Don Manuel, se dirigió a ellos, pero otro de los antiguos concurrentes le dijo resueltamente: «A ésos, no; sino al del medio», señalando a Don Manuel. Volvíamos un día de las Esclavas, cuando Mosén Sol divisó a una mujer del pueblo que estaba sentada junto a una verja de hierro. Antes de llegar a ella me dijo: -«Esa mujer es pobre, y hay que darle limosna. -Creo que no-le respondí-, porque, aunque parece pobre, no es mendicante». A todo esto, nos íbamos acercando a la discutida pobre que no pedía, y Don Manuel, apartándose un poco, le hizo caridad, que recibió ella sin titubear y con señales de viva gratitud. -¿Ves?-me dijo después-. A esta clase de pobres es preciso entenderlos, porque ellos no se atreven a pedir. Suelen ser los más necesitados. Vosotros no los conocéis todavía».
   Dejábase, a veces, engañar santamente, como él decía, por sus pobres. En sus libretas de limosnas se lee: «A los pobres fingidos de Santa Clara, 2-50».
   «En Burgos-dice otro Operario-cuando nuestro Don Manuel salía por las tardes a paseo, ya en las puertas del Colegio le esperaban algunos pobres, quienes después de haber visto despachada favorablemente su primera petición, se fijaban hacia dónde iba para salirle al encuentro y recibir otras veces. En cierta ocasión, una mujer ya de bastante edad, le salió al encuentro por tercera vez. Don Manuel la reconoció, y con la sonrisa en los labios y la limosna en la mano, le dijo: -Pero, mujer, ¿cómo se las arregla para correr tanto? Parece usted más vieja que yo y a todas partes llega antes...»
   En Tortosa, entre los socorridos por Don Manuel con limosnas a plazo fijo y exigidas hasta el último cuadrante, estaba un tipo famoso y popular llamado Enrique. Era de los que disfrutaban de entrada franca en el Colegio, y además de la limosna semanal, demandaba con frecuencia un plus, porque con lo asignado no tenía para tomar café todos los días.
   Por lo infeliz y desgraciado que era, y en atención a la familia de que procedía, Don Manuel estuvo años y más años sufriendo sus impertinencias y remediando sus necesidades. Después de la muerte de su bienhechor, ingresó Enrique en el Asilo de las Hermanitas de los Pobres.
   «La caridad-decía Don Manuel-se ha de ejercitar con garbo y muy de corazón». Inspiróle la sentencia una persona acomodada que estaba excesivamente pegada a sus riquezas. Reflexionando sobre su carácter tacaño, hizo Don Manuel esta especie de pronóstico: «Temo que el Seño:- rechace sus bienes y le niegue la gracia de que se destinen a obras de la divina gloria y en provecho espiritual del prójimo; y que suceda lo contrario: que se los lleve la trampa».
   «Entre los muchos y gratísimos recuerdos que conservo de nuestro venerable Mosén Sol-dice un Operario-jamás olvidaré su rubor e inacabables remordimientos porque no pudo favorecer más que con veinte pesetas a una familia que conociera en otros tiempos nadando en la abundancia y que pasaba ahora por la humillación de pedirle a él una limosna para el pan nuestro de cada día. Y la que se lo pedía era precisamente la dueña de la casa. Dióle Don Manuel todo lo que tenía; pero lo modesto de la limosna le avergonzaba hasta el punto de ocasionarle sufrimientos de espíritu. Sólo hubiera quedado satisfecho pudiendo sacar de apuros a la señora mendicante y restablecer a toda su familia en su primitiva grandeza».
   Tan intensos efectos de gozo interior producía a Don Manuel el dar, la posibilidad de hacer el bien, que decía abrigar el temor de que acaso «perdiera mérito delante de Dios su limosna, por la satisfacción que experimentaba al notar la alegría con que era recibida por el pobre».
   En punto a saldar sus deudas con otras personas, era en extremo escrupuloso y delicado de conciencia. En los últimos años de su vida escribió un día este billetito a una señora de Tortosa, la cual en tiempos pasados habíale hecho algunos préstamos: «Registrando una libreta antigua de cuentas, veo una nota que dice: «Réditos por las deudas a X... Z ... »; y como no recuerdo cómo se arreglaron las deudas de N... y mías con Mosén Elías y contigo, estoy siempre intranquilo, y así quiero que me digas con entera libertad, franqueza y sinceridad, y sin reparo ninguno, lo que pueda quedar atrasado, ya de N., ya de mí; y contéstame por escrito para que lo hagas con más libertad, pues sentiría de veras quedar algo dudoso o intranquilo, porque me hago viejo y quiero tener mis cosas arregladas ante el Señor».
   En su testamento autógrafo, hecho en Tortosa el 12 de septiembre de 1907, entre los créditos a su favor pone, como ya en otro lugar dejamos indicado: «Enrique de Ossó quedó a debernos 150 ó 200 duros», y añade: «Están perdonados».-«N... debe al, Colegio de San José 29 duros, que debo pagar yo, si él no los devuelve ... » Y deja al Ayuntamiento de Tortosa una determinada cantidad «por los descuidos-dice-que acaso pude tener en la Administración de la Secretaría del Instituto de 1866 a 1868...»
   No se olvidó tampoco de señalar legados para los Conventos, Asilos e Instituciones de caridad de Tortosa, y para las Casas religiosas por él fundadas fuera de ella.

***

   No se limitó Don Manuel a amar mucho a los pobres: fue, por añadidura, un enamorado de la santa virtud de la pobreza. Rico por su casa y patrimonio, vivió siempre despegado de todo afán de poseer, y rehuyó toda suerte de regalos y comodidades para su persona. Dio cuanto poseía. Se satisfizo con tener pobre mesa y cama. En su traje, habitación, en los muebles y utensilios de ella, en sus costumbres y trato personal, resplandecía una sencillez y modestia franciscana. Nunca estuvo, ni quiso estar ligado, por altas y especiales miras de apostolado, con el voto de pobreza, pero poseyó en sumo grado el espíritu de ella. El excelentísimo señor don Julián Miranda, Obispo de Segovia, que había conocido y tratado a Don Manuel mucho tiempo en Tortosa, hablando de él a unos sacerdotes tortosinos les preguntaba «si continuaba viviendo tan more apostólico».
   De intento quiso que su Colegio de Tortosa respirase ambiente de humildad y pobreza. Parece, en efecto, por sus reducidas celdas y sus angostos corredores y la total ausencia de todo superfluo ornato, un convento alcantarino. Hablábale de ello, en cierta ocasión, un Operario, un tanto extrañado, y díjole Don Manuel: «¿No sabes que el Colegio de San José es el Portal de Belén?»
   En una de sus pláticas a las clarisas, haciéndoles capítulo de faltas, decíales Don Manuel: «De la pobreza no quiero hablar, ni sé si se falta mucho o poco, porque apenas tengo espíritu franciscano, El de pobreza es el que más me hubiera intimidado de los votos religiosos. No sé por qué instinto, desde joven, ya me gustaban más para mí los Institutos que no tenían pobreza en común, que los puramente mendicantes; y aun de los que no tenían pobreza en común, eran a mi corazón más simpáticos los filipenses, que no tienen tan estrecha la pobreza particular. ¡Tan alta me parece la pobreza, tan difícil me parece poseer el espíritu de ella, que por lo mucho que la admiro, me hacía temer! Por eso, admiro a los que tienen este espíritu ... »
   Poseyendo él bienes, se encontraba con mayor libertad de movimiento, con mayor desembarazo moral y material para satisfacer sus apremiantes anhelos de favorecer con ellos a otros: pero tenía, al mismo tiempo, la práctica y el espíritu de la santa pobreza.
   Sentía viva repugnancia a todo lo que pudiera tener, ni de lejos, sombra y apariencias de interés y ambición de dinero. «Más vale-aconsejaba a sus Operarios-que nos tengan por benditos, que no que nos murmuren por avaros».
   Esplendidísimo para con los demás, era santamente tacaño y austero para gastar nada en su propia persona. Prendas de ropa nuevas, habían de hacérselas sin que él lo supiera y obligarle luego a ponérselas.
   «Mientras vivió mi tía doña Cinta Andrés-cuenta Sor María de Padua-se cuidó de la ropa del Colegio, dirigiendo a las costureras que la remendaban o hacían la nueva. Entonces podía ver con qué solicitud y maternal cuidado acudía muchísimas veces Don Manuel a consultar con ella y prevenirle para que nada faltase a sus Operarios, preocupándose de los más insignificantes detalles. Pero así como no quería que sus hijos carecieran de lo necesario, para su propia persona no se podía conseguir hacerle estrenar nada. Siempre decía: «Esto, remendándolo, aún lo puedo llevar». Así que procuraban ponérselo en el cajón donde tenía su ropa, sin decirle nada. Pero, cuando lo notaba, se quejaba a mi tía. Otro tanto acontecía, cuando se le quería hacer tomar algún remedio o alimento extraordinario. Así que para los demás todo le parecía poco y para él todo demasiado». Al tiempo de morir, no tenía sino unos zapatos usados, que tuvieron que lustrarle dos colegiales antes que lo depositaran en la caja funeraria.
   Hasta en los breviarios que usaba manifestó muchas veces Don Manuel su espíritu de pobreza. Uno con que le obsequiaron, se lo regaló a don Juan Estruel al ordenarse de subdiácono. Él utilizó muchos años un Totum pequeño, y últimamente, un breviario en cuatro tomos que le donó don Andrés Serrano. Por agradecimiento a la persona del excelentísimo doctor Vilamitjana, sentía especial afición a rezar valiéndose de un enorme breviario monumental, que había pertenecido a aquel Prelado.
   Por amor y para ejercicio de pobreza, aprovechaba los sobres ya usados y los pedacitos de papel y las hojas no escritas de las cartas que recibía. Le dolían mucho los sellos de correo gastados en cartas superfluas o en las que no se llenaba todo el espacio disponible, ya que había de hacerse el gasto del franqueo. A los de Roma escribía: «Tienen muy poco escrúpulo en faltar al espíritu y práctica de la santa pobreza. El volante de Serrano recibido ayer... ¡la mitad de él en blanco! Y sin embargo, costó un real lo mismo».
   -«No sé qué decir más para llenar el pedacito, que me duele no llenarlo. ¡Es tan caro el correo de Roma!»
   -«Debo advertirle que en sus cartas no aprovecha usted el papel, y no repara que un sello son veinticinco céntimos, y hay quien decía que usted no sabe lo que vale y lo que cuesta el dinero».
   -«Quisiera no faltar a la pobreza, desaprovechando el papel, y no tendré tiempo ni temas».
   Y así, innumerables quejas por el estilo.
   «Devoto de Pío IX-cuenta don Juan José Salomón-, visitaba su sepulcro siempre que iba a Roma. Le gustaba ir por la Ciudad Eterna con colegiales, y no aceptaba los ofrecimientos de los Operarios. Una tarde me llamó para que saliera con él. Busqué un coche y no lo ajusté porque Don Manuel no quiso que lo hiciera. Fuimos a San Lorenzo, y al pagar al cochero le pidió éste doble o más de lo debido. En voz muy baja dijo Don Manuel una frase que me hizo reír, pero ni discutió ni permitió que yo discutiera. Pagó y dijo: «Volveremos a pie y ahorraremos lo que hemos pagado de más». Y a pie volvimos, llegando cansados a casa, porque la pobreza no permitía el lujo de pagar el coche tres veces.»
   No apetecía ni le ilusionaba la posesión de ninguna cosa de este mundo. Uno de los Operarios de Méjico le brindaba, creyendo hacerle un obsequio grato y estimable, un reloj de repetición, y hasta llegó a pensar que Don Manuel lo deseaba. Pero éste le escribió: «No sé por qué ha tomado tan formal lo de la repetición. Fue una bromita. Y aunque a mí me gustan las caricias, no tengo interés en ninguna cosa. Bastante tengo con las repeticiones del corazón».

CAPÍTULO XVIII



Amor de Don Manuel a España- Su devoción al Santo Ángel Patrono del Reino.



   Apresurémonos a decir que jamás fue Don Manuel hombre de partido. Su única política fue siempre la de Jesucristo y la Iglesia. Deseaba, y trabajó, dentro de su personal esfera de influencia como sacerdote y como ciudadano, por la prosperidad de su patria, por el mejoramiento de las clases humildes y la cristianización de las altas; pero sin partidismos ni tendencias. «¡Oh fatales preocupaciones políticas! -escribía a uno de sus Operarios- ¡Jesús nos libre de ellas a todos, a todos, a todos!»
   Fue un ferviente enamorado de su patria chica, de su idolatrada Tortosa, pero hizo compatible este legítimo amor y acertó a fundirlo y compenetrarlo con otro más amplio, y también ardorosamente sentido: el amor a su patria grande; el amor a España.
   Con igual complacencia y cariño, con la misma naturalidad con que comunicaba de ordinario con sus paisanos y conterráneos, sirviéndose del expresivo y dulce lenguaje tortosino, usaba el idioma de Castilla en sus relaciones sociales con los de fuera de su comarca, y en las diversas manifestaciones de su actividad sacerdotal: cartas, artículos periodísticos, pláticas, sermones, etc. Excepción hecha de su breve ministerio de cura de almas entre los payeses de la Aldea, predicó siempre en castellano. Y en castellano escribió siempre sus cartas. Y gustaba que los que tenían habitual correspondencia epistolar con él hiciesen otro tanto. A uno de entre ellos, sujeto de superior cultura y no comunes prendas, que acostumbraba redactar en catalán las cartas que le dirigía, mostrábale Don Manuel su extrañeza por ello, y le decía: «¡Tan bien como escribe usted el castellano!»
   ¡Con qué intensidad repercutían en el corazón de Don Manuel las desventuras de la patria! ¡Con cuánto fervor rogaba por su prosperidad y ventura! Desde los aciagos días de la funesta Revolución septembrina del 68, no tienen número las Misas que celebró durante su vida a la Virgen, a San José, a Santa Teresa, San Francisco de Borja y otros Santos españoles-y de un modo regular e indefectible cada año, el 1.º de octubre, al Santo Ángel del Reino-, pro Hispania", "pro necessitatibus Hispaniae", «por nuestra España», según rezan las intenciones de las misas. En épocas de horas angustiosas para la nación, las aplicaba varios días seguidos.
   En las famosas «súplicas» de las peroraciones de sus fervorines, jamás se olvidaba de hacer una vibrante y sentidísima deprecación «por España», por «nuestra patria ... » ¡Cuán dolorosamente le impresionaban las desgracias de ella!
   «Que celebre feliz su día de San José-escribía en marzo de 1873 a una señora-. Que el Protector de la Iglesia nos mire compasivo. Que mueva el brazo de Jesús. Que derrame sus bendiciones sobre la pobre España, y luzcan días tranquilos para el bien de las almas. Esto le pedirá usted en este día, sin olvidarse de mí y de su Tortosa. Seguimos tranquilos en ésta, pero temo no sea presagio de tempestades. El infierno hará un esfuerzo, último, tal vez decisivo, si Dios no ata sus bríos, como confío al mismo tiempo. Hay muchos motivos para temer y muchos para confiar».
   Temía por España, sobre todo a causa de la falta de sacerdotes. En abril de 1882, decía al P. Marro: «Van falleciendo muchos sacerdotes y se ordenan pocos. Pida a Jesús por el aumento de vocaciones eclesiásticas y por la desaparición de las leyes de quintas, que han venido a mermar las pocas vocaciones que había. ¡Pobre España nuestra! ... »
   No era el patriotismo de Don Manuel de los que nacen y expiran en los labios, de mera fraseología estéril, puramente sistemática. No se contentaba él, como hacen muchos, con ponderar en estilo académico las glorias nacionales y llorar con poéticas lamentaciones los infortunios de la patria. El sentido práctico del patriotismo de Don Manuel, bien patente está en sus empresas de celo. Para remediar la escasez de sacerdotes, que tan hondamente apenaba su corazón, fundó sus Colegios de San José primero y luego la Hermandad. A los seminaristas de Toledo, en la primera visita que les hizo, les decía: «Somos, pues, sacerdotes, salidos de la masa sacerdotal, de corpore cleri, y españoles, y queremos constituir hijos nuestros a toda la juventud levítica española». Y a los del Colegio de Tortosa, en la fiesta del Reservado en 1898: «Pedidle a Jesús en primer lugar por nuestra pobre España. El año anterior, y el día de San José, os recomendaba oraciones por ella. Dios no ha querido, aparentemente, escuchar nuestras oraciones por los pecados sociales y políticos que han convertido en solitaria a la que era la Señora de las gentes. Pedidle que por la intercesión de los Santos españoles, se conviertan las actuales humillaciones en gloria de Dios y en nuestra verdadera restauración».
   Un año después se expresaba así ante los alumnos del Colegio de Burgos: «Nuestra ambición es formar un apostolado de todos los sacerdotes salidos de nuestras Casitas y salvar a España. ¡Esa es nuestra ambición!»
   Y a los de Roma: «Tal es, en resumen, la historia de esta Casa, fruto de penas, trabajos y contradicciones, pero del deseo de la gloria de Dios y del bien de España. Sí, del bien de España. Tengo la convicción. i Si no tuviese que ser así, el Señor haga desaparecer nuestro Colegio, y a nosotros y a vosotros! ... »
   Una ilustre personalidad política de nuestra patria, escribiendo a Don Manuel para consolarle del peligro cierto de perder Condotti, le decía: «¿Que usted, con un patriotismo raro y admirable, desea fundar en un edificio de España, para marcar mejor el carácter nacional del futuro Colegio? Pero ¿no será siempre éste español mientras se componga de españoles? ... »
   Este su constante anhelo y preocupación por la suerte y la salvación de la patria, deseaba infiltrarlo Don Manuel en el alma de sus Operarios. De varias de sus cartas a algunos de ellos, escritas en diversas ocasiones, copiamos los siguientes fragmentos, que palmariamente lo demuestran:
   -«No he recibido aún carta de Chilapa. Creo que los nuestros no podrán ir aún por agosto, sobre todo por la situación de España. ¿Ya hace usted rogar mucho por nuestra pobre patria? Me tienen afectado los grandes intereses de nuestra nación y de las almas que peligran».
   -«¿Ya oran por España esos chicos? Estoy apenadísimo, y no vemos más que el caos. ¿Qué querrá Jesús de España?»
   -«¿Ya hacen rogativas por la España desdichada? ... »
   -«Me tiene apenadísimo la situación de España, y no quisiera saber ni que me digan noticias. Oraciones, muchas. ¿Qué querrá Jesús de nosotros? Si esa pena nuestra es para su gloria, hágase la voluntad de Jesús. Propague el Santo Ángel».
   -«España.-Vamos a lo desconocido y me tiene inquieto y amargado esta situación. Valencia es hoy la ciudad más temible de España, porque es la más trabajada de la secta, y organizada e insolente: baste decir que hasta Osuna ha llegado a estar poseído de pavor y me quitó a mi Jesús Sacramentado de la capilla por si venían los revolucionarios».
   -«No sé si la revolución española ha dado la consigna ya, creyendo que es su hora para barrer todo lo existente. Si es así, habremos de buscarnos un rinconcito en Méjico, si no tienen por ahí, en Roma, algún cuarto desocupado. ¡Rueguen por España!»
   -«No dejen de orar por nuestra España y por los buenos Prelados del Senado. Jesús y el Ángel de España les den acierto».
   Idénticas recomendaciones que a sus Operarios, hacía Don Manual a sus hijas espirituales, puesto su pensamiento en el bien y en el amor a la patria:
   -«No te olvides de la pobre España. Si esto que hay va mal, temo que sufran mucho los intereses de Jesús».
   -«Conque, oraciones muchas de usted y de mis otras almitas santas. Sobre todo, no me olviden a la pobre España».
   -«Pero, sobre todo-decía a unas religiosas una Noche de Navidad-, procuremos importunar al Corazón de Jesús para que mire con ojos de compasión a nuestra pobrecita España, a la que esperan quizás días amargos ..» Y en un sermón de la Inmaculada -«¿Quién podrá calmar nuestra agitación? ¿Quién podrá cicatrizar las llagas que el espíritu del mal está haciendo en el corazón de nuestra España? ¡María Inmaculada! ¡Sólo Ella!...»
   Un año, el día de la festividad de Santa Teresa de Jesús, exclamaba: «Pedidle a la Santa por las necesidades de la patria, agobiada por tantos quebrantos por los manejos de la secta impía, y recordadle que es su patria. ¡Decidle a Jesús que no debe perecer la tierra que produjo esa planta!...»

***

   Como medianero eficacísimo y remediador "de los males de la patria, puso los ojos Don Manuel en otro celestial Protector, obligado a serlo de oficio: el Santo Ángel Custodio de España. «Oremos mucho-decía-y extendamos la devoción al Santo Ángel del Reino, que será nuestro más decidido y seguro defensor...»
   El amor ardentísimo que Don Manuel profesó a España junto con la devoción, en él tan acendrada siempre, a los Ángeles Custodios, le sugirió la idea de extender y propagar por la nación entera el culto al Ángel Tutelar, Patrono, por añadidura, de la misma: pues, sabido es que el Santo Ángel del Reino fue declarado Compatrono de España, y que, merced a las instancias de Fernando VII que se había colocado bajo su protección al verse desposeído de su trono por Napoleón, el Papa León XII otorgó a nuestra patria el privilegio de poder celebrar el 1.º de octubre de cada año la fiesta de su Ángel Custodio con Oficio de segunda clase y octava.
   Sobre celebrar innumerables misas en su obsequio a partir de 1868, desde 1880 andaba ya, sin duda, afanándose Don Manuel por propagar el culto y devoción al mismo.
   «Por fin-dice en una carta de aquel tiempo-tengo el gusto de mandar a usted la deseada estampa del Ángel de España, que después de infinitas pesquisas he hallado, y que me mandan de Roma. Siento no esté en mejor estado».
   No podemos precisar, y aun nos parece poco verosímil por la relativamente buena conservación del grabado, si se refiere a uno del «Santo Ángel Tutelar de España», indulgenciado por el eminentísimo señor Cardenal don Francisco Javier Cienfuegos, Arzobispo de Sevilla, que se encuentra entre los papeles de Don Manuel. Está editada esta estampa en Valencia en 1837. El Ángel, con casco y traje de guerrero, la espada desenvainada en la mano derecha, y en la izquierda el arnés adornado con el escudo de España, desciende, rodeado de resplandores, por los aires, en actitud gallarda y acometedora. Al fondo, diseñado con líneas y puntos solamente, el mapa de nuestra península,
   Debió pensar en algún momento Don Manuel en reproducir esta estampa para promover los fines que se propuso con la «Pía Unión de oraciones al Santo Ángel de España», pues mandó hacer de la misma una fotografía más pequeña; pero no debió luego llenarle, e ideó él por su cuenta, como veremos, otra mejor.
   Consta que en mayo de 1881 se dedicaba ya a la propaganda de estampas «de mi Ángel de España-decía-que nadie me lo estima bastante»; y en octubre de 1882, pedía en la santa Misa por el buen resultado de su proyecto de hacer grabar una en tamaño grande, y «todo lo que obtenga -afirmaba- para obras de gloria de Dios».
   Al fin, en 1896, resuelto a realizarlo, púsose al habla con grabadores de Barcelona. «A los artistas catalanes -escribía el 15 de enero de 1897-, desde octubre tengo encargada una fototipia y no acaban de editarla... Quiero que me hagan un dibujo para una tirada de 5.000 ejemplares del Santo Ángel, y no sé si para febrero podrá comunicarse nuestro proyecto de Pía Unión a mi Ángel de España». Había encomendado el diseño al notable dibujante Paciano Ross, de Barcelona, «y allá arriba-dice don Joaquín García Girona-, al cuarto piso de una casa de la calle de Canuda, donde aquél tenía su estudio, Dios sabe con qué fatigas llegó Don Manuel para entrevistarse con el artista. Este, inteligente, como es sabido, en asuntos religiosos, penetró claramente el pensamiento de su visitante y se prestó a dibujarle la estampa. Al cabo de poco tiempo, el trabajo, que fue un acierto del gran dibujante, era dado para su reproducción en fototipia a los acreditados talleres barceloneses de Thomas y C.ª, que hicieron una reproducción felicísima, de delicadeza y limpieza insuperables». Publicóse la fototipia, a poco de editada y a toda plana, en el «Correo Interior Josefino». En mayo de 1897 salió a luz en las páginas de la misma revista el «Proyecto de Pía Unión de oraciones al Santo Ángel de España». Hablaba de él Don Manuel, aunque sin poner al pie su firma, en el artículo de fondo, que titulaba «Hermoso proyecto». Comenzaba discurriendo sobre la devoción a los Ángeles en general, y luego decía: «De buen grado añadiríamos algunas reflexiones más a fin de excitar en nuestros colegiales la devoción a los Santos Ángeles de la Guarda, nuestros amigos fieles en los inciertos caminos de la vida, y hasta sentirnos el deseo y no abandonamos el propósito de exponer en su día el pensamiento de una Liga de oraciones a los Santos Ángeles entre nuestros jóvenes, que podría servir tal vez de base para una asociación universal. Mas no es hoy éste nuestro proyecto, sino el de dar a conocer el pensamiento que nos ha propuesto uno de nuestros Superiores, y cuyo desarrollo se ha confiado a nosotros: el de la devoción al Santo Ángel Tutelar de España.
   Sabido es que entre esos Custodios celestiales hay algunos de superior jerarquía a los cuales Dios destina para un campo más vasto de acción, si podemos hablar así, que el de la guarda individual de las almas. Algunos de estos ministros principales son destinados para ángeles tutelares de los reinos o naciones. La misma Iglesia nos lo dice en la oración del Santo Ángel de España: Deus qui unicuique regno singularem angelum ad tutelam deputasti. Y así se manifiesta también en el pasaje de Daniel en que se habla del Ángel de los Persas.
   ¿Cuánta no debe ser, pues, la grandeza, el poder, la solicitud de esos santos Custodios? ¿Cómo no acudir al designado por el cielo para Patrono de nuestro reino en demanda de auxilio y protección? Y si siempre debemos hacerlo ¿cuánto más no hemos de redoblar nuestras oraciones hoy que nuestra España se encuentra agitada y combatida por las sectas del infierno, que tratan de arrebatarle el tesoro de la fe y empobrecería y humillarla? Pues bien: a fomentar esa devoción al Santo Ángel de España tiende el proyecto de una Pía Unión de oraciones a ese Patrono de nuestra patria, cuyas bases se nos han facilitado y con mucho gusto publicamos. Al aceptar la idea, que se confía principalmente a la modesta propaganda de nuestro «Correo», procuraremos difundirla por cuantos medios estén a nuestro alcance».
   Según el plan de Don Manuel, los Centros diocesanos de la Pía Unión tendrían su sede en los Colegios de Vocaciones; y en las capitales donde no existiese Colegio, en los Seminarios. El 4 de mayo aprobó, bendijo e indulgenció la Asociación el Prelado de Tortosa, y por aquellos mismos días también el de Lérida, excelentísimo señor Messeguer y Costa, el cual pedía para propaganda mil estampas del Ángel, y algún tiempo después decía a Don Manuel en la postdata de una carta, dándole a entender con qué fervoroso interés había tomado la piadosa empresa: «El Santo Ángel sigue revoloteando ... »
   Desde el mes de junio de 1897 hasta el de febrero de 1898 hizo editar Don Manuel 90.000 Hojitas de propaganda y 85.000 estampas.
   Al contemplarle trabajando con tan edificante y contagioso entusiasmo por popularizar la devoción al Santo Ángel del Reino, en medio de otras múltiples, urgentes y primarias ocupaciones en que andaba siempre envuelto, ¡qué feliz resulta la frase con la que comentaba estos espirituales y varios afanes de Don Manuel uno de los Superiores del Seminario de Barcelona, al cual había aquél invitado, en «amabilísima carta», a que estableciera en el mismo la Pía Unión: «La araña, siempre fabricando su red; y el alma piadosa no descansa en ver cómo puede extender la gloria de Dios ... »
   Aparte los de sus Colegios, en junio tenía ya organizados Don Manuel Centros diocesanos en los Seminarios de Tarragona, Ávila y Oviedo. Lamentándose de no encontrar en todos los demás idéntica aquiescencia y favorable acogida a sus propósitos, decía el 26 de mayo: «La Pía Unión del Santo Ángel va despacio, pues aguardo que el Cardenal de Valencia la apruebe... No sé sí, al fin, tendré que poner la Central en Tortosa para adelantar algo».
   Parece ser que algunos de sus Operarios temieron que esta empresa de celo, secundaria ciertamente, pudiese embarazar a Don Manuel y distraerle de otros muchos problemas arduos y transcendentales que sobre él gravitaban, y recibieron el proyecto con reservas y recelos. A uno de ellos, para defenderse y justificarse, escribía Don Manuel el 5 de octubre: «En otra le hablaré del Ángel de España, al cual usted me lo quiere poco.» Y como el Operario, de quien tan amablemente se quejaba, razonase su frialdad, le replica Don Manuel el 13 del citado mes: «Del Santo Ángel mío de España, otro día. No tiene usted razón». Al cabo casi de un mes, el 8 de noviembre, sus otras incumbencias permitieron a Don Manuel disertar sobre las razones que abonaban su propaganda en esta guisa:
   «Ángel de España.-Casi tengo compasión, ya que no pena, de la indiferencia con que algunos de los nuestros han mirado ese flatito espiritual mío. No es ésa una nueva práctica que sea de mucha influencia social y piadosa para el bien de las almas, de por sí, ni como medio para ulteriores proyectos. Es simplemente el promover una devoción particular, como se podría promover la de San Roque, si sobreviniesen muchas pestes, y de Santiago u otros, como la del escapulario azul en obsequio de la Inmaculada, etc., etc... Es dar a conocer ese Patrono, desconocido casi, a pesar de su Patronato; y esto, sin gastos de dinero y aun de actividad.
   Pero, si por ser Patrono de España, y por los muchos beneficios que ha recibido ésta, es una incuria incomprensible el olvido de su memoria, debido principalmente, a la guerra que hicieron los liberales desde el año 25 al 40 a esta advocación y a este Patronato, como le explicaré de palabra un día, y si cualquier sacerdote que se hubiese propuesto reavivar esta devoción, hubiera merecido bien del Ángel y de la patria católica, en nosotros es un deber. Es el Abogado especial de la Obra, y sería una mengua que los misi-nos que se han acordado de él no procuren darlo a conocer. A su protección atribuyo de un modo especial, el resultado de nuestro desarrollo, y de él espero mucho más todavía. Las circunstancias críticas de España reclaman acudir a él, corno se debía acudir a Santiago, que también está olvidado. Y, puesto que nosotros somos en España, hoy ya, los que mejor y más fácilmente podemos contribuir a la propaganda de cualquier práctica, ¿Cómo no principiar por la del Abogado de nuestra Obra, que no perjudica en nada a las futuras de más trascendencia y que exigirán más actividad? Voy a imprimir en Barcelona, 20.000 estampas más, que serán más grandes que las actuales y más baratas.
   Conque... que el, Santo Ángel no le castigue, y empiece por esa ciudad. ¿Por qué no lo hace publicar en un diario de ahí? Va el de aquí, que lo anunció».
   Según las bases de la Pía Unión, los a ella asociados debían rezar una jaculatoria cada día al Santo Ángel, cada primer día de mes nueve padrenuestros en favor de los nueve coros angélicos, y el día 1.º de octubre festejarían al Santo Ángel del Reino, al menos asistiendo a la santa Misa. Varios Prelados habían concedido indulgencias. Se establecerían Juntas diocesanas y locales o parroquiales. La Central estaría en Tortosa. Recibirían, con la cédula de agregación, una hermosa estampa del Santo Ángel para que pudieran colocarla en sus casas en un cuadro y tenerla a la vista para recordarle y encomendarse a él. Por los gastos de envío, impresión, correspondencia y para propaganda, darían por una sola vez diez céntimos.
   A más de enviar, con fecha de 8 de mayo, a la prensa periódica, una información sobre la Pía Unión, publicó aparte y desparramó por toda España una doble hoja anunciadora del proyecto. La «Revista de Santa Teresa» y «La Revista Popular», de Barcelona, cooperaron fervorosamente a la divulgación del mismo.
   El diseño de la estampa del Santo Ángel, editada por Don Manuel, era el siguiente: En la parte superior, los Patronos de España; en el centro de ellos, la Inmaculada, y sobre la cabeza de ésta el Corazón de Jesús rodeado de rayos, con la inscripción: «Reinaré en España». A uno y otro lado de los rayos, un grupo de Ángeles. A la derecha de la Inmaculada, el Apóstol Santiago, a caballo, blandiendo la espada sobre sus enemigos, derrotados; a la izquierda, Santa Teresa de Jesús.
   En el centro de la estampa, el Santo Ángel del Reino, en figura de arrogante mancebo, con aureola alrededor de la cabeza y diadema en la frente. Va vestido de cota de malla. Empuña con la mano derecha una magnífica espada en actitud de acometer a los dragones infernales que se abalanzan contra él con sus fauces abiertas, agitándose en un mar de hirvientes espumas. Con la izquierda sostiene el mapa de España. Al pie de la estampa se lee: «Pía Unión de oraciones al Santo Ángel de España». «Enviará el Señor a sus ángeles alrededor de los que le temen, y los librará». (Ps. XXXIV). «i Virgen Inmaculada, Santiago Apóstol, Santa Teresa de Jesús y Santo Ángel, Patronos de España, conservadnos en la fe y defendednos de los enemigos de nuestra Patria».
   En diciembre de 1897 había logrado Don Manuel establecer catorce centros diocesanos y gastado ya en la empresa, de su bolsillo particular, más de dos mil pesetas. En marzo del 98, continuando su propaganda, escribía al Director del Colegio de Plasencia: «Celebro que el Ángel sea bien recibido. Muchas oraciones se necesitan en las actuales circunstancias de España. Ponga usted el cuadro, con las dos luces, en la capilla ... » En ella vio expuesta, el que esto escribe, durante toda su carrera eclesiástica, la amable y sugestiva imagen del Santo Ángel de España, la devoción al cual quedó, por este y otros medios, fruto de las iniciativas de Don Manuel, fuertemente arraigada en su espíritu. ¡Cuántos miles de seminaristas habrán recibido semejante provechosa influencia!
   El doble amor a España y al Santo Ángel, inspiró a Don Manuel algún tiempo después el pensamiento de realizar en obsequio de ambos una obra más visible y de mayor resonancia, que atrajera las miradas y los corazones de todos los hijos de España hacia el Santo Ángel del Reino: erigir a éste un monumento en el Cerro de los Ángeles.
   El 20 de septiembre de 1900 escribía Don Manuel a Madrid al virtuoso sacerdote y distinguido artista don Luis Iñigo, antiguo alumno de Roma: «No olvido nuestro asunto del Cerro de los Ángeles, pero vivo sin vivir en mí, y otros hilos más urgentes e inmediatos me ocupan y tienen atado. Tuve un buen rato de conferencia con mi amigo Querol, y le revelé nuestro dato espiritual, y le agradó mucho. Cuando llegue el caso, creo podremos esperar ayuda de él. Entretanto, veré si tengo una temporadita más quieta y me quedan unos minutos para echar líneas».
   Valíase Don Manuel preferentemente para la ejecución de esta empresa, de don Luis Iñigo, porque, como decía a uno de sus Operarios, auxiliar y confidente luego también en ella: «en el asunto del Ángel de España no quiero que entiendan por ahora los demás, porque me recelo que lo vieran como otro de mis entusiasmos no pertinentes en medio de tantas cosas más precisas».
   Acertó a saber Don Manuel, a fines de 1901, que tiempos atrás un religioso había lanzado en «La Semana Católica», de Madrid, la iniciativa para realizar un proyecto idéntico al que él acariciaba. Encargó a don Luis Iñigo que no omitiera diligencia ni gasto para hacerse con el número de la revista en el que se había expuesto la idea y que se informase acerca de la historia de la misma y del nombre del religioso que firmaba el artículo. El 9 de enero de 1902 tornaba a decirle: «Anoche recibí la suya y el número de «La Semana Católica». ¡Dios se lo pague! Abra usted cuenta de gastos contra mí por los encargos que le iré haciendo.» Y el 27: «He estado bastante ocupado estos días dando avío a las 148 cartas de mi onomástico, y no podía pensar en el asunto de nuestro Santo Ángel. Ahora voy a él. Va la adjunta para el P. Juan José de Lecanda, que es el que propuso la idea del monumento al Santo Ángel en el Cerro de los Ángeles, según el número de «La Semana Católica», de Madrid, del 22 de julio de 1900, que usted me mandó». Le recomienda luego Don Manuel que pida informes sobre el Padre Lecanda a don Antonio Sánchez y Santillana. «Y consulte-dice-a éste si podemos o es prudente confiar al Padre el proyecto, o si es mejor prescindir de esto y valernos de otro medio. Le lee usted a don Antonio el proyecto de carta al Padre Lecanda, y que diga su parecer; pues, si no fueran tantas mis ocupaciones, yo me encuentro con alientos para llevarlo a cabo: mas, solo, no me atrevo, a pesar de ser una cosa tan sencilla. Si opinan ustedes que podemos y debemos valernos de dicho Padre Lecanda, le envía usted esa carta, o don Antonio, y mejor usted, va a Alcalá y se la lee y ve su parecer, etc... Es un inconveniente que no resida él en Madrid. Creo conviene no dar a conocer el proyecto hasta que tengamos mejor echadas las líneas. Váyame diciendo, pues. Los gastos que ocurran de viajes y demás, van a mi cuenta y de la empresa».
   El 27 de enero de 1901 volvía a escribir a don Luis: «El cálculo de las 100.000 estampas no es exagerado, y eso que van despachados algunos miles. No me vayan deprisa; y eso de contar con el pueblo de Getafe e ir a crear atmósfera allí, son ideas que pueden exponerse, pero son muy prematuras. No deben imprimirse nuevas estampas del Ángel. En caso, se harían después con la de la futura estatua. Podría imprimirse la de acero, pero que sale mucho más cara que las otras grandes, y éstas son las que por hoy han de servir de base para las primeras limosnas. Déjeme estar de fechas y acontecimientos: que ya vendrán fechas oportunas... En el proyecto de la estatua no vayan deprisa tampoco, ni tomen como base la actual ermita, sino una columna independiente. Si escribe al P. Lecanda, le hace estas observaciones. Lo que conviene por de pronto es organizar la venta de estampas, acompañándola de una hojita con una oración y nota que anuncie el objeto a que se destina la limosna... Se formará ahí una Junta compuesta de usted, el señor Santillana, el P. Lecanda y algún otro sacerdote que ustedes podrían indicarme. Todo es preliminar, y espero los otros datos que usted me anuncia. También quisiera fuera usted adivinando cómo está el otro proyecto de monumento al Santo Ángel, no sea cosa que se tome al uno por el otro y nos estorbemos».
   Y el 14 de febrero: «Mi Luis: Las tareas de estos días no me han permitido contestar más pronto a su última del 31 de enero, y voy allá. No había necesidad de escribir de nuevo al P. Lecanda. Este no me ha dicho nada, y creo que podemos dejarle estar por ahora. Ya le aprovecharemos cuando llegue el caso. No tema la pequeñez de su personalidad, y déjese de Escuelas Nocturnas y conferencias; que esto se irá procurando apenas esté resuelto el proyecto, y entonces veremos qué personas de ahí podían asociarse a usted. Pronto le daré a usted indicaciones precisas, pero en primer lugar espero carta del señor Solá, de Barcelona, que editó la estampita pequeña del Ángel en acero para que me diga a cómo podrían venderse dichas estampitas; y, sobre todo, quisiera visitar el Cerro de los Ángeles para hacerme cargo de qué monumento sencillo puede levantarse allí. Así, que ya iré diciendo, y pronto, y no se desaliente».
   En marzo escribía Don Manuel al Rector del Seminario de Toledo: «Ya que hablo del Santo Ángel, si voy por ahí deseo visitar el Cerro de los Ángeles, sobre el cual nuestro difunto señor Caparrós tenía tantos proyectos idealistas, y yo desearía que la Hermandad dejase allí un recuerdo. Ya convendríamos en la forma de hacer la visita, en caso de que Jesús y el tiempo la permitan». Y el 5 de abril, a punto de emprender su excursión por las Casas de la Hermandad: «Estoy esperando carta, y apenas llegue, saldré con el compañero... Al regreso tendrá que acompañarme usted a Madrid, pues quiero ver el Cerro de los Ángeles para un proyecto que tengo». Del 20 al 23 de abril de 1902 estuvo Don Manuel en la Corte, y el 21 realizó su anhelada visita al Cerro. He aquí cómo nos la cuenta, en las páginas del «Correo Josefino», don Joaquín García Girona, que acompañaba a Don Manuel en aquel viaje:
   «El celo del Fundador de la Obra de Vocaciones eclesiásticas, que no hacía con los primeros ensayos de propaganda de la Pía Unión de oraciones al Santo Ángel sino exacerbarse, si se me permite la palabra, sintióse hambriento de realizar una obra de empuje incomparablemente mayor. Al hecho espiritual del Patronato del Santo Ángel sobre España proyectaba él, allá en sus grandes concepciones, levantarle una concreción material que lo hiciese tangible, un monumento artístico, digno de la alteza del asunto, que emplazado en el Cerro de los Ángeles, centro de España, fuese como una ofrenda nacional, a la que aportasen su óbolo todos los españoles, y una gran señal, visible a los cuatro vientos, de aquella protección del numen celeste.
   Valiosos y entendidos cooperadores le eran menester para su empresa. La falta de ellos no le descorazonaba, así como el allegamiento de recursos pecuniarios, siempre arduo y laborioso en este linaje de obras. Y allí, en Madrid, fijó su mirada en un joven sacerdote recién venido del Colegio Español de Roma, llamado don Luis Iñigo, pintor, y muy entendido en cosas de arte, y le escogió como depositario de su pensamiento y encargado de llevarlo a la práctica cuando sonase la hora en el reloj de la Providencia.
   Llegada era ya la de hacer la visita al Cerro, y una tarde apacible de aquellos días abrileños, tomando por compañeros al mencionado señor Iñigo y al que esto escribe, salimos en un tren de la estación del Mediodía a eso de las dos, y en pocos minutos llegamos a la estación de Getafe, donde nos apeamos. Divisábamos desde allí, perfectamente, allá en el confín de la llanura, en dirección a Levante, el suspirado Cerro. A su vista, la cara de nuestro Don Manuel se animó, y alegre vivacidad se apoderó de toda su persona. Dio orden de emprender allá la marcha a pie, sin guía alguno y sin que le arredrase la fatiga. Fue en esto engañado bienhechoramente por el efecto de la perspectiva. Parecíanos el montículo, coronado de una esbelta iglesia dedicada a Nuestra Señora de los Ángeles, como si estuviera allí, al alcance de la mano, como si no distase más que un kilómetro.
   El camino era como la palma de la mano, veteando de blanco la mancha verde monótona de unos medianejos trigales que cubrían los campos en toda la extensión de la llanura. La tarde, tranquila, convidaba, y Don Manuel dio la orden de rezar Vísperas y Completas para llenar el tiempo del camino. Pero acabamos este rezo, y con asombro nos percatamos de que el Cerro parecía tan distante como al principio de la caminata. -Recemos, pues, los Maitines y Laudes, dijo Don Manuel. Y los tres otra vez manos al breviario, y hala, hala, un nocturno tras otro, y el Cerro, como si jugase con nosotros, siempre alejándose.
   Rezamos los Laudes, y entonces ya pareció que el montecillo se paraba a esperarnos. Don Manuel, por si acaso, echó todavía mano del rosario, y lo empezamos juntos, y ¿Quién diría que el dichoso Cerro aún nos dio tiempo de acabarlo antes no llegamos a su cumbre? Subimos a ésta por el suave declive del Cerro, tapizado cuan extenso es del color ceniciento del tomillo. Teníamos en frente la fachada de la iglesia del Santuario, fábrica sencilla todo él, pero no exenta de cierta majestad y elegancia, realzadas en aquella hora por el tinte dorado que le daban los rayos del sol de la tarde. No dimos con alma viviente, y para poder penetrar en la iglesia y saludar la imagen de María que da título al Santuario, fuimos primero a la casa del santero o ermitaño, quien, ni tardo ni perezoso, se puso a nuestra disposición. Descubriónos el nicho del altar mayor, donde aquélla tiene su trono, y nuestro Don Manuel, enardecido de fervor al verla, «cantemos la Salve»-nos dijo-; y los tres a coro cantamos la sublime antífona, diciendo al fin Don Manuel la oración.
   Pagado este filial obsequio y recorrida la iglesia, de menos del santero hacía suponer, Don Manuel entregóse al estudio del proyecto que motivaba el viaje, y pidiendo nuestras observaciones y juicios, iba él dejando entrever los suyos. Se partía, claro está, de la intangibilidad del santuario existente: ¿Cómo no, estando consagrado a la Virgen?; y sobre esta base era el discurrir el proyecto, lo que debería ser el monumento al Santo Ángel de España, llegándose a la conclusión de que cualquier forma que a éste se diera, había de armonizarse con la iglesia, mejorándola a ésta y embelleciéndola, si era preciso, mas de suerte que el nuevo monumento no fuese una segunda fábrica, sino complemento y, a lo más, como un avance y pórtico de la iglesia. ¿Quién, que hubiese oído a nuestro Don Manuel, sin conocerle, no se hubiera maravillado de verle cuidadoso y detallista en pormenores de forma y emplazamiento, y no oírle decir una palabra del coste que tal empresa suponía?
   Cuando hubimos terminado el paseo por aquella explanada y los cálculos que hacíamos, Don Manuel, cuidadoso como siempre del alivio corporal, pidió al santero si tenía buena agua y nos podía preparar un refresco. -Muy rica, de cisterna-contestó él-. Y fuése a preparar una jarra de agua con azúcar, muy fresca y sabrosa, con vasos para los tres, y la bebimos con verdadero deleite después del ardor de la larga caminata.
   Y quedaba cumplido el fin de nuestro viaje. Nos despedimos de la Virgen, bajamos la pendiente del Cerro, y bala, hala, otra vez por la llanura, cegados por el sol poniente, deshaciendo aquellos tres kilómetros largos que habíamos hecho a la ¡da. En la estación de Getafe tomamos el tren, y al anochecer nos apeábamos en la estación del Mediodía de Madrid».
   El 17 de mayo, contando su excursión a don Juan B. Calatayud, le decía: «Getafe.-Pues deseaba ver el Cerro de los Ángeles y fui con Albiol, Girona e Iñigo. Santillana dijo que no distaba más que un paseíto la ermita, y... t-asseguro... Cuesta cincuenta minutos la subida. En cambio, me gustó mucho y se enardecieron mis deseos de levantar un modesto monumento al Santo Ángel de España. Subimos al pilar que señala el centro de España, o de la mitad de medio mundo, como decía el sacristán de la ermita. Si no fuera que en Madrid todo es caro, aún lo emprendíamos. Pero, ahora... Veremos si puede hacerse con cuatro o cinco mil duros, y si se ven moldes de fabricarlos fácilmente. Si yo no tuviera tanta tarea, creo me sería fácil fabricarlos. No lo olvide ante el Santo Ángel, para que la Hermandad deje allí un recuerdo a su Abogado».
   El 20 de junio escribía a don Luis Iñigo: «AY nuestro Cerro de los Ángeles- Parece imposible que mis tareas no me dejen tiempo para rumiar y ordenar línea alguna. Envíe usted, entretanto, bendiciones a aquel Cerro para que la Virgen nos allane la cuesta para subirla sin fatiga». Y el 20 de marzo de 1903, don Luis a Don Manuel, que se hallaba convaleciente de gravísima enfermedad: «Conque, ¡ánimo! Y a vivir muchos años para que se consolide la Obra de las Vocaciones eclesiásticas y veamos al Ángel defendiendo a España desde las alturas del Cerro de Getafe».
   El 20 de octubre le decía Don Manuel: «Por don Benjamín escribí a usted y no le encontró mi carta en Madrid. En ella le decía a usted que había hablado con el artista Querol, al cual agradó mucho nuestro proyecto, y se ofreció a cuanto conviniese; que yo deseo tener una pequeña temporada de calma para poner la cabeza en las líneas que podemos echar, pues hoy, aparte de los hilos ordinarios, lo de la Reparación y la iglesia me absorbe la atención y el dinero. Así, pida a Jesús que me escuche y dé cima a esta empresa; y si va bien, le aseguro que no abandonaré la del Cerro de los Ángeles».
   Volvió a recaer gravemente Don Manuel en su enfermedad y estuvo muchos meses entre la vida y la muerte. El 21 de octubre de 1904 pudo ya escribir a don Luis Iñigo: «Sigo más animado, aunque no curado del todo. Con todo, mis alientos se mantienen para poder pensar aún en el tributo al Santo Ángel de España». Y el 24 de noviembre: «Me creerá usted olvidadizo y no es así, pues le tengo muy presente y no olvido nuestros proyectos». El 27 de junio de 1905, decía al Rector de uno de sus Seminarios: «Si tengo tiempo de vida suficiente, haré a usted heredero de los intereses del Ángel de España y del monumento: cosa facilísima, de cinco a diez mil duros, que con venta de estampas y suscripciones, Iñigo y yo solos, lo hubiéramos realizado en estos dos años». El 23 de diciembre a don Luis: «Mi Luis: No esté enfadado conmigo. Dios sabe cuánto deseo aprovechar su bondad y ofrecimiento en lo de Reparación, en lo del Santo Ángel de España y otras cosas. Pida a Jesús para mí un poco de salud, y no se quejará».
   Y el 9 de marzo de 1907 al Rector antes mencionado: «En mi anterior carta olvidé hablarle del Cerro de los Ángeles. Gracias por sus oraciones. Los años me deshojan las ilusiones. A no ser esto, cosa facilísima sería llevar a cabo el monumento en obsequio de nuestro Abogado especial. Con una visita a Madrid y con Iñigo y el Deán y un par de sacerdotes, bajo la inspección de usted, podrían quedar echadas las líneas y sería fácil la ejecución. En medio de mis ilusiones de salud y de vida, no se borra del todo esa esperanza. No la olvide usted, y si se encuentra con ánimo de realizarla como fuerza ejecutiva, dígalo...»
   El 11 de febrero de 1908, a don Luis Iñigo: «Ya me lo imagino usted debutando en la fiesta del casamiento de su primo, con tanta gente... Con esta base bien podría rebrotar la idea del monumento al Santo Ángel de España en el Cerro de los Ángeles. Vea, pues, si puede pensar en líneas y croquis, que yo se las corregiría, y si fuese necesario, sólo por eso haría un viaje a Madrid». Y el 20 de junio: «Que San Luis le bendiga y le haga un apóstol de los intereses de su gloria y de otros que del Santo Ángel de España quería y aun quiero confiarle, si Jesús me da vida y un poco de salud». Y todavía el 5 de octubre, tres meses antes de morir, le dice: «Del Ángel de España tengo ganas de hablar con usted despacio».
   No pudo ya realizarlo. Dios no le otorgó ese consuelo. Desde el cielo, al gozarse con la erección del monumento al Corazón de Jesús en el Cerro de los Ángeles, echaría Don Manuel de menos en el mismo la estatua del Ángel del Reino, dando escolta de honor al Corazón Divino. En el artículo anteriormente trascrito sobre la visita de Don Manuel el Cerro de Getafe, terminaba diciendo don Joaquín García Girona: «A don Luis Iñigo dejó Don Manuel especialmente encargado, pero con aquel ahínco que él solía poner en sus proyectos más graves, de llevar un día a la práctica el monumento al Santo Ángel, por los medios que Dios le inspirara; y nos consta que el sacerdote-artista, a pesar del largo transcurso del tiempo desde aquel encargo, sigue más animado que nunca a su ejecución. Ahora, como es sabido, otras almas celosas de Dios han promovido el proyecto de entronizar al Corazón de Jesús en aquel mismo Cerro. ¿Tan fuera de lugar estaría que en ese laudabilísimo proyecto se diese cabida, dentro de la más perfecta armonía, al acariciado por nuestro Don Manuel?»
   Escribíanse estas palabras en enero de 1917. El 30 de mayo de 1919 se inauguraba solemnísimamente el monumento al Sagrado Corazón sobre el Cerro de los Ángeles y España entera se asociaba a las vibrantes frases de amor, de gratitud, de oblación y de esperanza pronunciadas en tan fausta ocasión. ¡Lástima grande que entre las figuras que exornan el monumento no se incluyese, como un motivo ornamental sumamente oportuno y significativo, la del Santo Ángel Patrono de España! Tanto más, que no falta en el mismo el elemento angélico. «Y dicho esto -escriben el escultor don Aniceto Marinas y el arquitecto don Carlos Maura, exponiendo el plan y el simbolismo del proyecto-, haríamos punto final, si no temiéramos dejar de consignar algo muy importante del monumento. Nos referimos al grupo de ángeles esculpidos en el centro o fuste del pedestal, cuyas figuras están en actitud de recoger y de elevar el escudo español, en cuyo emblema hemos tratado de representar y sintetizar a la España católica».
   En el periódico de Madrid «El Universo», correspondiente al 2 de mayo de 1920, apareció un largo artículo bajo el título «Las devociones del Cerro de los Ángeles» y el subtítulo «El Santo Ángel Custodio de España», en el cual se historian los nobilísimos esfuerzos de Don Manuel en pro de la erección de un monumento en aquel Cerro al Santo Ángel del Reino. Hace el articulista mención de don Luis Iñigo como heredero de los planes de Don Manuel, y añade: «Surgió luego el proyecto al Sagrado Corazón de Jesús y el distinguido sacerdote- artista se guardó mucho de entablar competencia piadosa, dejando el pensamiento a la voluntad divina, que se ha manifestado de este modo». Y después de hablar de la Novena del Santo Ángel titular de España escrita por el Excelentísimo señor Eijo y Garay, de la erección del altar e imagen del Ángel del Reino en la parroquia de San José de Madrid y del establecimiento de la Real Asociación Nacional del Santo Ángel, termina diciendo: «Resta añadir que en el altar y en la imagen erigidos canónicamente en la iglesia de San José de esta Corte en honor del Santo Ángel Custodio del Reino, perdura la inspiración de Mosén Manuel Domingo, la de Ross, y sobre todo la de don Luis Iñigo. Y otra cosa no menos interesante: Si el monumento del Cerro de los Ángeles se rodea de un grandioso peristilo con enhiestas pilastras que sostengan las imágenes de los Santos Patronos de las regiones españolas -piensan en ello los artistas y magnates-el ingreso de la gran explanada estará guardado por el Ángel Custodio de España y por el Arcángel San Miguel, Patrono de la Real Capilla. Y el deseo de Mosén Manuel Domingo y de don Luis Iñigo se habrá convertido en edificante realidad. Así sea».
   De todos modos, la semilla sembrada por Don Manuel no ha resultado infecunda. De ella ha brotado ese movimiento de afectuosa devoción al Santo Ángel del Reino, que ha cristalizado en la Real Asociación Nacional del Santo Ángel Custodio de España, establecida desde 1919 en la iglesia de San José de Madrid. Alma de la misma ha sido el piadoso sacerdote don Luis Iñigo, el confidente y testamentario de los anhelos de Don Manuel a este respecto. «Efectivamente-nos dice en afectuosa carta-, Don Manuel me encargó del asunto del Santo Ángel. Las enfermedades de Don Manuel le impidieron ocuparse en ello, y la última vez que nos vimos me hizo prometerle que no abandonaría el asunto del Santo Ángel mientras yo viviese. Por espacio de muchos años nadie me hizo caso en mis tentativas, hasta que, ya siendo Obispo de Tuy el actual de Madrid, conseguí que me escribiese la Novena y ofreciese a la Familia Real unos cuantos ejemplares encuadernados en piel de Rusia. El mismo Rey fue el que propuso que se fundara una Asociación Nacional y encargó a la Infanta Isabel que formase la Junta Central. Después, se han ido fundando Juntas diocesanas, que según la actividad que han desplegado, han conseguido más o menos frutos. La primera porte de mi propósito, creo está conseguida, pues en toda España se conoce y se practica la devoción al Santo Ángel...»
   En 1917 vio la luz pública la novena al Santo Ángel de España, escrita por el excelentísimo señor Eijo y Garay, uno de los hijos predilectos de Don Manuel desde que, todavía niño, ingresara en el Colegio Español de Roma, recién fundado, y en el cual hizo toda su brillantísima carrera eclesiástica. La más jugosa doctrina teológica, escriturística y patrística, en torno a los Santos Ángeles, se halla en ella expuesta con el galano, fácil, cálido, espiritual y elegantísimo estilo característico de la castiza pluma del hoy ya académico de la Española, el doctor Eijo Garay, el cual tuvo la delicadeza de dedicar su trabajo «a la santa memoria de Don Manuel Domingo Sol».
   «De ti, amado Padre-dice el ilustre autor-, aprendí a venerar y a amar al Santo Ángel Custodio de España. En el Pontificio Colegio Español de San José, de Roma, con fervor piadoso y con patriótico ardimiento, nos inculcabas a todos los alumnos esta santa devoción. Por tu amor salgo a propagarla. ¡Que tu veneranda memoria cubra desde su primera página mi pobre trabajo! Mejor que antes en la tierra, puedes ahora desde el cielo lograr que se extienda y arraigue».
   Quiso Dios escuchar tan fervientes ruegos. La novena fue causa ocasional de que, a iniciativa del Soberano, se estableciera la «Real Asociación Nacional del Santo Ángel Custodio del Reino». El eminente literato don Francisco Rodríguez Marín, vocal de la Junta Central de la misma, después de hacer un bello y fervoroso elogio de la Novena del excelentísimo señor Hijo, añade: «En buen hora fueron esparcidos a todos los aires los granos de la santa semilla: un animoso aliento de mujer, un espíritu exquisito, siempre dispuesto para toda obra que redunde en pro de la cultura moral y material de su querida patria; una Infanta de España, aun más noble por la realeza de su alma que por la de su estirpe, y ya con esto han entendido mis lectores que me refiero a la Infanta Doña Isabel, se penetró enseguida de lo mucho que a nuestra nación conviene impetrar protecciones celestiales en un tiempo en que, como al presente, tantos males afligen al mundo y tantos otros le amenazan, y, apenas leída la piadosa novena, resolvióse a fundar la Asociación Nacional del Ángel Custodio del Reino».
   Formaron la Junta Central de la misma personas de la Real Familia y de las más altas clases de la aristocracia, de la literatura y del clero. Entre ellos figura el que ha sido alma de este movimiento y principal iniciador de él, don Luis Iñigo. La Real Asociación se inauguró el día 13 de mayo de 1920, en la iglesia de San José de Madrid, donde la Asociación tiene su sede, con una Misa que celebró el excelentísimo señor Eijo, y a la cual asistieron las más altas personalidades de la Corte, los excelentísimos y reverendísimos Obispos de Madrid y Sión, representaciones de la nobleza y gran concurso de fieles de todas las clases sociales.
   «El altar-dice el M. I. Sr. Penitenciario de la Catedral de Málaga, don Antonio García, hoy Obispo de Tuy-fue proyectado por don Luis Iñigo, presbítero, verdadero artista, cuya labor repetidas veces ha sido recompensada en varias exposiciones, y ha sido ejecutado por él mismo en colaboración del capitán de la Brigada topográfica, don José Rivera. La imagen del Santo Ángel de España es obra de profunda inspiración artística, y el altar de estilo renacimiento español puro; la mesa del altar está decorada con los escudos de las cuarenta y nueve provincias de España enlazados con palmas y ramas de roble; adornan el fondo de la hornacina flores de lis, y remata el altar un grupo de dos leones coronados que sostienen el escudo de España».
   A don Antonio García, se le encomendó el sermón en la fiesta con que el 18 de mayo de 1921, en la iglesia de San José, se conmemoró la inauguración del altar.
   Asistieron al religioso acto la Infanta doña Isabel y el Prelado de Madrid. El egregio orador, antiguo alumno del Colegio de Roma, en la peroración de su discurso juntó tres nombres «romanos» para él carísimos. «Y ¿Cómo no unir-exclamaba-al celo de la Junta Directiva la cooperación selecta y eficacísima del Ilustrísimo señor Obispo de Vitoria238, mi antiguo compañero de Colegio en Roma y siempre fraternal amigo mío? Remedie la pobreza de mi sermón la labor sorda, pero decisiva, de un modesto y piadoso sacerdote239, cuyo nombre os es bien conocido, y a quien justamente podríamos llamar el testamentario, en este punto, del Reverendísimo Don Manuel Domingo y Sol, el gran apóstol en nuestros tiempos de la devoción al Santo Ángel de España. ¡Ah! ¡cómo desde el cielo gozará viendo que las semillas por él derramadas ya se convirtieron en arbolillos esparcidos por España y en árbol corpulento que se yergue en la Corte misma del Reino!»
   Imprimió don Antonio García poco después su sermón, y escribía en la dedicatoria del mismo:
   «Este folleto, sin vacilación alguna, debo dedicarlo, y lo dedico, al Rvmo. Sr. Dr. Don Manuel Domingo Sol, q. e. p. d., fundador insigne del Pontificio Colegio Español de Roma. Más que ganada tiene Don Manuel, como le llamábamos con afecto de cordialísima y filial llaneza los miembros de su familia espiritual, la dedicatoria de este pobre sermón, que sale impreso para continuar la apostólica labor emprendida y fomentada por aquél de propagar por nuestra patria la devoción al Santo Ángel Custodio del Reino. Fue Don Manuel un propagandista ardiente y constante de la devoción al Santo Ángel de España, y a él se debe la restauración de tan simpática y substanciosa devoción en nuestros días. La semilla que Don Manuel sembró, está ya dando copiosos frutos, aunque hemos de confesar que éstos solamente son las avanzadas de la gran cosecha que, con el favor de Dios, hemos de almacenar en los graneros de la Iglesia y de la Patria. Sin embargo, ¡cuán ricos frutos hemos ya saboreado! ... »
   El mismo don Antonio García, en un artículo de propaganda de la devoción al Santo Ángel, que escribió en 1922 en la revista del Colegio de Roma, «Mater Clementíssima», dice: «Los hijos de Don Manuel sabemos todos, quien más quien menos, con qué fervores hervía en su corazón el afecto del amor más acendrado al Ángel Tutelar de España. ¿Qué Operario Diocesano, o qué alumno de los Seminarios y Colegios dirigidos por la Hermandad, ignora que la devoción a los Santos Ángeles en general, y al Santo Ángel Custodio de España en especial, es uno de los rasgos característicos de la fisonomía moral de Don Manuel? Pero los miembros de la familia josefina sabemos todavía más, aunque acaso en este punto no hayamos fijado la consideración con tanto ahínco como debiéramos: sabemos que entre las altísimas aspiraciones del elevado espíritu de Don Manuel sobresalía, en competencia con otras también nobilísimas ansias de su corazón, el deseo ardentísimo de que se propagase la devoción al Santo Ángel de España por toda España, como sobre toda ella ejerce su angélica custodia el Ángel Tutelar de nuestra queridísima Patria. Cuánto trabajase Don Manuel y con qué esfuerzo tan amoroso, discreto y denodado para realizar su deseo tan cristiano y patriótico, bien merecería que yo lo ponderase ampliamente...» Y al enumerar después las causas que le determinaron a imprimir su ya mencionado sermón al Ángel de España, añade: «Dos fines tuve, que espontáneamente brotaron de mi alma: primero, brindar un pobre obsequio de gratitud a Don Manuel, de quien yo recibí el riquísimo de mi carrera sacerdotal, pues pensé que se complacería en ver desde el cielo mi sermón impreso, no por ser mío, sino por ser un sermón del Santo Ángel de España ... »
   Dos frases de dos cartas de Don Manuel cuando andaba en los comienzos de la fundación del Colegio Español, nos revelan bien a las claras lo unidos que estaban en su corazón y en sus empresas estos dos grandes amores suyos: España y su Ángel Tutelar. «Recen todos los días-encarga a sus Operarios en una de ellas- un padrenuestro al Santo Ángel de España para obtener del cielo la bendición del Colegio en Roma». Y en la otra: «Es cosa de encomendar mucho el asunto del edificio Condotti, y nunca he orado con más pureza de intención para que Jesús convierta y dirija todo en bien de las almas y de España, aunque fuese con humillación nuestra».
   En las Constituciones de la Hermandad señaló Don Manuel como Patronos de la misma a los Santos Ángeles, la devoción a los cuales debía ser característica en sus Operarios. Pero, «en especial -recomienda a éstos- deben practicar y promover la devoción al Abogado especial de nuestra Hermandad, el Santo Ángel del Reino, y confiarle el cuidado y extensión de nuestra Obra en todo él, rezándole un padrenuestro cada día y ofreciéndole un pequeño tributo el primer día de cada mes, aunque no sea más que la antífona y oración».

CAPÍTULO XIX



Amor a Tortosa.-Devoción de Don Manuel a la Virgen de la Cinta, al Ángel de Tortosa y al Beato Francisco Gil de Federich



   Juntamente con el amor a España vibró siempre en el corazón de Don Manuel un entusiasta y ardentísimo amor a su patria chica, a Tortosa. Así se apresuraron a proclamarlo, a la muerte de Don Manuel, sus más egregios conciudadanos. «Tortosa está de luto-escribía don Luis Cruells-, pues ha perdido uno de sus hijos más ilustres». Don José Vergés decía en «El Restaurador»: «Mosén Sol era un verdadero tortosino. Amaba a nuestra ciudad con corazón de padre y deseaba verla buena y dichosa. El nombre de Tortosa ha sido llevado por él a regiones apartadísimas. Tortosa debe pagarle de algún modo su cariño. No somos partidarios de que se prodiguen ciertas glorificaciones, pero ahora es un caso que se impone». El periódico tortosino «Los Debates», reseñando el entierro de Don Manuel, «en quien Tortosa tenía un hijo predilecto, y a quien veneraba por sus grandes condiciones de inteligencia y bondad», se expresaba en estos términos: «Por todo el trayecto vimos apretada muchedumbre, que presenciaba devotamente el acto, y en los balcones de algunas casas había colgaduras negras. Todo el conjunto ha resultado un acto imponente, sólo comparable al del sepelio del inolvidable Obispo Aznar y Pueyo. No otra cosa esperábamos de la noble Tortosa, al rendir su último tributo al hijo ilustre que acaba de perder, cuya memoria jamás se borrará de todos los tortosinos». «Creo que no habrá tortosino-escribía el presbítero don Bernardo Vergés-que no llore tan sensible pérdida. Me decía hoy un amigo que Mosén Sol es una gloria de Tortosa, y yo le he contestado que no sólo es una gloria de Tortosa, sino que es una gloria de Tortosa, de España y de la Iglesia».
   La revista de Tortosa «La Zuda» decía de Don Manuel en abril de 1923: «Gran patriota, cuyos únicos amores fueron para el Dios que embelleció con tanta gala la tierra en que había de nacer, y para esta tierra tortosina, su tierra idolatrada. De tal modo andaban unidos en el doctor Domingo y Sol estos dos amores, que se hace difícil poder desligar su patriotismo de su religiosidad. No concebía él el tortosinismo sin un amor grande por la grandeza de nuestra religión, tan íntimamente enlazada con nuestras gloriosas gestas, ni sabía en sus obras prescindir de esa especie de pasión que sentía por Tortosa, la ciudad de sus amores, a cuya historia y tradiciones, plazuelas y calles, huertas y costumbres, no les conocía rival que las aventajase en belleza y emotividad».
   Desde jovencito, durante el curso de sus estudios, figuraban entre los Santos de su predilecta devoción aquellos cuyos nombres están indeleblemente unidos a la historia religiosa de Tortosa: las Santas Cándida y Córdula, San Matías, San Rufo...; y, en los apuros y desventuras colectivas, no dejaba de cooperar al remedio de las mismas, comulgando a esa intención: Propter aguam, «para que llueva», rezaban algunas de ellas.
   Amante de las piadosas tradiciones populares de Tortosa, prestábase gozoso a oficiar, ya sacerdote, celebrando la santa Misa en las fiestas que en honor del Santo titular de cada calle organizaban los vecinos de la misma. Son incontables las veces que aplicó en tales ocasiones el santo Sacrificio del altar: «Por los de la calle de la Aldea»; «por los de la calle de Santo Tomás, de San Antonio, de San Francisco, etc., etc.»
   Pertenecía a la «Real Archicofradía del culto continuo a la Virgen Santísima», que tenía por objeto tributar sucesivos homenajes de culto a cada una de las treinta y tantas imágenes de María que se veneraban en Tortosa.
   Imbuido Don Manuel en el espíritu genuina y específicamente tortosinista, común a todos los hijos de la ciudad de la Virgen de la Cinta, que no quieren ser tenidos ni por catalanes ni por valencianos, sino ser tortosi-ns a secas, éranle habituales los giros del lenguaje y las metáforas y locuciones propias del dialecto de la comarca de Tortosa, como repetidamente se ha podido ver en las cartas que hemos trascrito en las páginas de esta obra.
   A fuer de buen tortosino, no podía menos que profesar singularísima y tierna devoción desde su infancia a la celestial Patrona de su ciudad querida, la Virgen de la Cinta. Adoraba en ella Don Manuel y bajo su amparo colocaba todas sus empresas, celebrando después en su honor misas en acción de gracias por los múltiples favores que por su maternal influjo recibía. Desde su primer año de sacerdote, no pasó uno sin que le dedicase el santo Sacrificio en el día de la fiesta de la Santa Cinta. A la intercesión de ella atribuía, con vivísima fe Don Manuel, el que escaparan Tortosa y sus hijos de las desventuras públicas que en otras partes padecían. El 4 de octubre de 1870, refiriéndose a la terrible epidemia del cólera, escribía a un sacerdote amigo: «Nosotros, sin novedad particular; y la ciudad, más tranquila, a pesar de las defunciones de Barcelona. Las medidas sanitarias continúan; y esto, unido al fresco que ha sobrevenido, nos da esperanza de que la Virgen de la Cinta cobijará a su Tortosa, aunque no lo merezcan sus hijos. Hoy, día de nuestro Padre San Francisco, hemos hecho la función en Santa Clara con más tranquilidad que los dos años anteriores. Mis hijas han cantado de lo lindo. Quiera el Santo podamos cantar aún mejor el año venidero».
   Y el 11 de septiembre del 72 comunicaba a una hija espiritual, ausente a la sazón de Tortosa, la gran catástrofe ocurrida cerca de Ampolla del descarrilamiento del correo de Barcelona. «Hasta el presente -le dice-han sacado sobre 40 cadáveres y 30 heridos graves. Los demás, casi todos contusos. De los ocho tortosinos que iban, entre ellos Dolcet, el pintor, ninguno ha perecido, gracias a la Virgen de la Cinta».
   Trabajó Don Manuel por mantener y fomentar los tradicionales homenajes de piedad que los hijos de Tortosa ofrendan a su idolatrada Patrona. Para desagraviarla de las blasfemas frases que contra ella pronunciara en un discurso mitinesco la tristemente famosa doña Belén Sárraga, promovió Don Manuel, con la cooperación de don Rafael García, Magistral de la S. 1. C., y del cristiano caballero don Vicente Vilá y algunas piadosas damas, el establecimiento de la «Corte de Honor» para rendírselo diariamente a la Santísima Virgen de la Cinta.
   El clásico sermón de la festividad de la misma, el primer domingo de septiembre, le agradaba a Don Manuel que estuviese consagrado por entero a enaltecer las gestas religiosas de su ciudad natal, y acostumbraba., por ello, llamarlo: el sermón de Santa Tortosa.
   ¡Cómo deseaba que sus paisanos menudeasen las visitas a su Madre de la Cinta! Gozábase pensando que contribuiría a aumentar el número de ellas el templo de la Merced. En junio de 1904, escribía a don Juan Estruel: «A las devotas, diles que la Reparación llevará a la Virgen de la Cinta muchas visitas más».
   Llevado de esta mira, no consintió en que se erigiera el altar y la imagen del Beato Gil de Federich en el Templo de Reparación, como le sugerían los Operarios, sino en la Catedral, y no en alguno de los otros lugares que para tal objeto le ofrecían dentro de ella, sino precisamente donde lo fue, en el trascoro, para que estando lo más cerca posible de la capilla de la Cinta, se acostumbraran los tortosinos a visitar a la Virgen cada vez que fueran a encomendarse al Beato, y viceversa.
   Todo lo de Tortosa le interesaba. «Querido José-escribía desde Roma en diciembre de 1890 al Vice-Director de la Hermandad-. Anteayer recibí la tuya del 6, bastante larga, y no sé por qué ha de costarte tanto llenar las planas, cuando los menores detalles de ahí, en lo religioso, moral, místico, civil, eclesiástico, higiénico, político, etc., etc... nos es interesante. Gracias a Dios, por la lluvia. Ya habíamos empezado una novena al Santo Ángel de España».
   No escatimó Don Manuel esfuerzo alguno para cooperar en la medida que le fue posible al bienestar de todas las clases sociales, altas y bajas, de Tortosa y al desarrollo de los intereses espirituales y morales de sus conciudadanos. De éstos más detenidamente. «Todo-escribía, refiriéndose a sus empresas de celo en Tortosa-para bien de nuestra población, trabajada por el indiferentismo religioso».
   Con haber hecho mucho en este sentido, aun le parecía poco. Como alguien le dijese en cierta ocasión cuán satisfecho debía estar del bien que la ciudad recibía con el templo de Reparación, contestó: «No estoy contento mientras no logre sacar esas turbas de los cafés y tabernas».
   Sintiéndose fracasado en los considerables y constantes esfuerzos que hizo por lograr su sueño dorado de salvar a la juventud tortosina, «cuando al retirarse él de la Congregación de San Luis -testifica el señor Bellpuig, aludiendo, discretamente, a sí propio-, como un día, años después, un joven sacerdote le manifestase el deseo de colaborar con un Padre jesuita en el proyecto de restaurar la Congregación tortosina, «No lo intentéis-le dijo-. No lograréis nada. Esto está perdido ... » Pero cuando vio poco después que la restauración era un hecho felicísimo y de éxito pleno y completo, a más de manifestar su satisfacción, fue uno de los protectores y propagandistas más entusiastas».
   Hasta por la cultura popular de los tortosinos se interesó de algún modo: en julio de 1902 el Ayuntamiento de Tortosa dábale oficialmente las gracias por un donativo de libros que había hecho para la Biblioteca municipal.
   Al advertir en sus paisanos síntomas de decrecimiento en la fe o en las buenas costumbres, se llenaba Don Manuel de tristeza y amargura. Hablando del cólera, escribía en julio de 1885: «A no mediar un milagro de la Virgen de la Cinta y del Santo Ángel, no podemos librarnos. Sin embargo, hay aquí bastante tranquilidad: si bien los malos aun no quieren corregirse, y esto me hace temer más que nada». «¿Qué haremos-preguntaba en 1904 a una hija espiritual-para enfervorizar esta ciudad?» Y en 1907 al Padre Marro: «Me es muy grato poderle enviar un saludo cariñoso por medio del dador, que podrá darle noticias bien concretas de mi persona, estado de salud, y de todas las peripecias de esta pecadora ciudad, atribulada por la última inundación del Ebro». «Cuando la generación venidera-decía en cierta ocasión-, imparcial y tranquila, libre de la corrompida atmósfera de impiedad que hoy nos rodea y nos asfixia, quiera registrar los anales genuinos de nuestra patria, de nuestra querida y religiosa Tortosa, al fijar, ávida, su mirada sobre los acontecimientos de nuestra ciudad en la crisis formidable que atravesó a mediados del siglo XIX, se llenará de rubor, si no de espanto, y con el ánimo contristado deseará borrar las ignominiosas páginas en que constarán grabados tantos atropellos ... »
   Como para conjurar a los malos espíritus, alejando su maléfico influjo de sobre Tortosa, y para atraer sobre ella las gracias del cielo, cada noche, al disponerse a descansar, bendecía Don Manuel a la ciudad desde la ventana de su celda.
   Una de las ideas fijas de Don Manuel, al proyectar el templo de la Reparación de Tortosa era, según repetía en unos o en otros términos, a cuantos escribía dándoles cuenta de sus propósitos, que sirviese como monumento expiatorio «para esta ciudad pecadora, y logro de bendiciones para sus habitantes».
   Era Don Manuel popularísimo entre sus paisanos. «Cuando iba por cualquiera de las calles de la ciudad-dice uno de ellos, el párroco don Rafael Ortega-, muchas personas, sin distinción de clases ni categorías, con cierto aire de satisfacción y gozo, solían exclamar: «¡Ya pasa Mosén Sol!» Era la expresión del sentimiento de alegría y confianza que inspiraba a todos la presencia y la vista de aquel sacerdote venerable, que era un santo, sí, un santo, pues de tal tenía el andar, el mirar, el vestir, el hablar, y todas sus iniciativas y empresas eran de santo. Dios y la salvación de las almas eran su preocupación».
   El fomento de la devoción al Santo Ángel, Patrono de Tortosa, fue uno de los objetos constantes del celo de Don Manuel. «Desde muy remotos tiempos-decía a sus paisanos en la hojita con que acompañaba la estampa que editó del mismo-Tortosa tiene al Santo Ángel Custodio por Patrono principal. Según la tradición, en una peste que afligía a esta ciudad se vio aparecer al Santo Ángel hacia la parte de la ermita de la Providencia, teniendo una espada en la mano. Poco tiempo después, debido sin duda a las súplicas de los vecinos de Tortosa, se vio aparecer al mismo Ángel, pero con la espada envainada, en el mismo lugar que hoy ocupa la capilla que lleva su nombre, cesando en seguida la peste. Esta tradición se menciona en los Gozos antiguos del Santo Ángel.
   Cualquiera, pues, que sea su fundamento, es cierto que nuestros antepasados en todas las pestes acudieron a su valiosísimo patrocinio, como se puede apreciar en la antigua novena escrita en obsequio del Santo Ángel. Y sin duda su Patronato de la ciudad de Tortosa, se debe a los grandes beneficios experimentados por su mediación». Y añadía Don Manuel, tomándolo de las «Crónicas Dertosenses»: «Créese que el Patronato del Santo Ángel se debe a un grande beneficio que recibió esta ciudad en una peste devastadora, que cesó al invocar su protección. Lo confirma una nota de los registros del archivo capitular, en la que, al tratarse de la procesión del día del Santo Ángel, se dice que se hacía por voto de la ciudad: per vot de la ciutal. El dato más antiguo sobre la devoción al Santo Ángel, se remonta al año 1356, pues consta en el archivo del Excmo. Cabildo, que un Arcediano de Culla costeó en dicho año la imagen de plata del Santo Ángel, que todavía se conserva, y que es sin duda la más antigua de las que posee nuestra Catedral... En un acuerdo del Cabildo del año 1446, se dispuso tener Oficio particular del Santo Ángel en la liturgia de esta Catedral, y conforme con ello, este Oficio se halla en el primer Breviario que tuvo esta iglesia, impreso en Venecia en 1507, y en el otro impreso en Milán en 1547, el cual rezo, que se usó hasta el Concilio de Trento, es una de las más bellas composiciones de la antigua Liturgia de nuestra Catedral... También está la misa del Santo Ángel en el misal que para uso de esta Catedral se imprimió en Barcelona en el año 1524. La devoción al Santo Ángel ha sido muy popular en esta ciudad. Lo prueba la capilla erigida en su honor en la calle y plaza que llevan el nombre del Ángel, y la figura del Santo Ángel que estaba encima de la fuente que hubo en la plaza mayor hasta hace pocos años. Esta antigua imagen de piedra fue colocada allí en el año 1448, según consta en las notas del Archivo Capitular. Además, en la Casa de la Ciudad había una capilla dedicada al Santo Ángel, en la cual el día de la fiesta principal se celebraban algunas misas... La tarde antes del día de la fiesta iba el clero a cantar Completas en la dicha capilla: práctica que hemos visto hasta hace pocos años, y estaba consignada en los antiguos «Consueta» de esta Catedral, lo cual le daba el sello respetable que tienen las antiguas costumbres».
   Según piadosa creencia, tradicionalmente conservada de padres a hijos entre los vecinos de la calle del Ángel, cuando se apareció en ella éste para defender la ciudad, tocó con la punta de su espada la casa donde siglos más tarde había de nacer Don Manuel.
   Exhortaba éste a sus conciudadanos a que fuesen devotos del Ángel Tutelar de la ciudad.
   «Tened devoción-decía a ochocientas jóvenes teresianas, a la terminación de unos Ejercicios espirituales-al Ángel de Tortosa. ¡Quién sabe si vendrán días malos!, y debéis escudarla». Al Ángel volvía él sus miradas suplicantes en las grandes calamidades que aquejaban a su ciudad querida. Con ocasión del cólera escribía: «Hay alguna cosita en el barrio de Remolinos, y antes en el de Pescadores; pero sólo mueren los que no se cuidan o hacen tonterías. En el Colegio de San José se reparten todos los días cuatrocientas raciones a los pobres, y viene allí toda la miseria de Tortosa, y con todo, estamos tranquilos. De todos modos encomiéndanos al Corazón de Jesús y a la Virgen de la Cinta, y sobre todo, a nuestro Santo Ángel de Tortosa, en quien he puesto toda nuestra confianza».
   Nunca se olvidaba de saludarle al entregarse al sueño. «Todas las noches-dice a unas religiosas-os doy la bendición desde mi ventana, al despedirme del Ángel de Tortosa».
   Para despertar y arraigar la devoción al mismo entre los tortosinos, editó Don Manuel a sus expensas una hermosa estampa grande del Ángel, velando en las alturas sobre la ciudad de Tortosa y sus arrabales, con la espada desenvainada en ademán de defender a sus patrocinados. En febrero de 1882 hablaba al P. Marro de los propósitos que abrigaba de editar dicha estampa. Repartióla por los hogares tortosinos y obsequió con ella a sus amigos de fuera de Tortosa. El Arzobispo de Valladolid señor Sanz y Forés le decía en diciembre de 1886: «Mi querido: Ya había saboreado la hermosa estampa de su Ángel cuando me dio Messeguer la carta. Dios se lo pague todo. El haberla ideado, el haberla hecho tirar y el habérmela enviado. Teniendo al Ángel de su parte, nada tema». Hizo, en 1890, una edición de la estampa en tamaño más pequeño, para distribuirla por doquier, y la reeditó varias veces.
   Costeaba, además, Don Manuel, de su bolsillo, el aceite para la lámpara que luce continuamente delante del Santo Ángel en su capilla, y tenía encomendado el menester de cuidar de ella en su nombre a su dirigida Cinta Curto, a la cual entregaba de cuando en cuando, para este objeto, limosnas de cuarenta, cuarenta y cinco y cincuenta pesetas, según leemos en sus libros de cuentas. Centenares de pesetas, según consta en los mismos, se gastó en restaurar y reparar la capilla del Ángel. Cooperaba también cada año con alguna cantidad a la fiesta del mismo. Por sus cartas a doña Cinta, sabemos que no se olvidaba de atender y obsequiar al angélico Patrono de su ciudad, ni aun cuando se hallaba de ella ausente: «Haz que no quede sin encenderse la luz del Santo Ángel todas las noches: pues tú tienes muy olvidado al Santo Ángel. Dile una cosita por mí». «Haz que esté encendida la lámpara del Santo Ángel por ti y por mí todas las noches, y pídele que pueda volver pronto». «Al Angelito nuestro de la calle, un saludo». «Di a tu hermano mosén Bernardo, que no olvide buscar sermón para el Santo Ángel, con la limosna que él quiera. Yo no estaré aquel día, regularmente; así, que vea a mosén Ventura o Descarrega o Hernández u otro ... »
   En los últimos meses de su vida ocúpase Don Manuel en reeditar por su cuenta la antigua novena al Santo Ángel escrita por el canónigo de Tortosa don Vicente Aparicio, ya casi agotada. «Se reimprime-decía modestamente Don Manuel-a costa de una persona devota del Santo Ángel...»
   Desde su primer año de sacerdocio, hasta el último de su vida, aparte otras muchas en trances de especial necesidad, no dejó de dedicar la santa Misa al Ángel de Tortosa en el día de la fiesta de éste, por la celebración de la cual se preocupaba cada año. El 1.º de agosto de 1908, ausente Don Manuel de Tortosa, anota en su Dietario: «Telegrama a Curto por el Ángel». Y el 24: «Encargo a Bernardo Curto para que no olvide la fiesta del Ángel».
   Dejó, por añadidura, una fundación para que con la renta de la misma se costeara, después de su muerte, una Misa cantada todos los años, el día de la fiesta del Ángel, en la capilla de éste. Si sobraba algún dinero, debíase emplear en aceite para alimentar las dos lámparas que arden todas las noches en el exterior de aquélla, y para retribuir a la persona encargada de cuidar de las mismas, En la contingencia de que algún día llegase a desaparecer la capilla, debían aplicarse las rentas de la fundación para erigir en el lugar donde ahora se levanta, en medio de la plazuela, una columna de hierro o de piedra, con la estatua del Santo Ángel encima. «La imagen actual de la capilla -previene Don Manuel-podía colocarse en un nicho en la pared lateral de la iglesia de San Blas, o sea, la que forma ángulo con las primeras casas de dicha calle ... » «El Colegio, o la Hermandad-termina diciendo-, que es de esperar quiera atender siempre a este cuidado, puede obrar con libertad en las dudas o dificultades que puedan ocurrir en este asunto». La fundación quedó hecha, en láminas de papel del Estado, en 1906.
   Símbolos de dos grandes amores de Don Manuel, a sus dos patrias, la grande y la chica, velan su sueño eterno, sobre el magnífico mausoleo de la Reparación, donde descansan sus restos mortales, los dos Ángeles Custodios de España y de Tortosa.

***

   Otro rasgo notable del religioso entusiasmo de Don Manuel por su ciudad natal, fue el empeño que Puso en pro de la Causa de Beatificación del mártir tortosino Fray Francisco Gil de Federich, de la Orden de Santo Domingo, y en extender su culto.
   Había nacido en Tortosa el Venerable, el 14 de diciembre de 1702. fue martirizado en Tonquín el 22 de enero de 1745.
   Desde 1876 comenzó Don Manuel a implorar la protección del mismo en favor de sus necesidades y empresas. En 1883, el 26 de marzo, contestando a una carta de Don Manuel que le pedía noticias del estado en que se encontraba la causa de Beatificación del Venerable, le comunicaba desde Ocaña el P. José María Trobat, O. P., que según informes del Postulador General de los Dominicos, el proceso se hallaba suspendido desde 1773; que hacía falta mucho dinero para proseguir la causa, y que en el caso de que Don Manuel moviese a los tortosinos a proporcionarlo, el Postulador General de la Orden la llevaría adelante.
   En enero de 1899 escribía Don Manuel al Rector del Colegio de Roma: «Van como impresos unas pocas estampitas de mi paisano el Venerable Federich, al cual hace tiempo tengo devoción, y las reparte entre los más inocentes, o las rifa. Los no agraciados que la deseen, que creo no la desearán muchos por serles desconocido, la recibirán, si usted me las pide. Si tiene usted algún dominico amigo, se las mandaría también». Había hecho imprimir dos mil de ellas a sus expensas en la casa Thomas, de Barcelona, para propagar la devoción al Venerable. El 20 de enero de aquel mismo año decía a don Benjamín Miñana: «Mucho me ha complacido la noticia de esperanza de promoción del proceso del Venerable Federich. Aquí hoy es muy poco conocido... Quisiera más noticias sobre ella, porque tal vez promoveríamos el conocimiento y la devoción del Venerable».
   En adelante no cesó de preocuparse Don Manuel de cuanto atañía al Venerable. El 14 de junio de 1903 le escribía desde Roma el P. Jerónimo Coderch, O. P., notificándole que se preparaba la beatificación de Fray Gil para 1904, o a más tardar, para 1905. Y terminaba diciéndole: «Ya pueden, pues, andar listos esos señores de Tortosa». El 19 de aquel mes, sin conocer todavía esta carta, escribía Don Manuel desde Burgos, donde se hallaba convaleciendo de una grave enfermedad: «Dicen que estoy mejor, y lo creo, a lo menos para el trabajo mental; pero, para no perder la costumbre, aun me quejo, y no estoy satisfecho. Vengo de hacer el fervorín y dar la comunión, y me cansaba a lo último... Los pobres chicos aun no me habían visto la cara. Tomando el café con leche leía la suya, y ha sido muy grato postre la otra carta sobre nuestro Gil de Federich, al cual pongo hoy por protector de mi salud, por si puedo ver el acontecimiento. Y nuestros ojos, ¿no lo verán? ... »
   El 27 de agosto encargaba a un Operario de Roma: «Si antes de salir a veranear pudiera usted darme noticias de esperanza sobre beatificación del Venerable Gil de Federich, lo agradecería.» El 24 de febrero de 1904 le pedía reliquias del Venerable, y el 5 de abril le decía: «Mi viaje a Roma depende de mi Venerable Gil de Federich. Así, que lo apresuren». En septiembre costeó la impresión de la «Vida y martirio del Venerable» escrita por don Antonio Gil de Federich, hermano del mismo, aprovechando el expediente incoado en China por la autoridad ordinaria.
   Fruto de la propaganda que Don Manuel hizo en favor del Venerable entre sus paisanos, fue la iniciativa de éstos de colocar en diciembre de aquel año una lápida conmemorativa en la casa y dar el nombre de Gil de Federich a la calle donde nació.
   El 22 de diciembre de 1905, se publicó el decreto de Beatificación, y el 24, se cantó en la Catedral de Tortosa un solemnísimo Tedeum en acción de gracias por tan fausto acontecimiento. El 20 de mayo de 1906, fue beatificado Fray Gil por S. S. el Papa Pío X. Don Manuel no se dio punto de reposo para organizar el triduo que había de celebrarse en Tortosa en honor del nuevo Beato, ya que, bien a pesar suyo, no pudo asistir en Roma a la fiesta de la Beatificación. El 21 de mayo le escribía desde Valencia el P. Fray Lorenzo G. Sempere, O. P., autor de una «Vida» del Beato: Muy amado Don Manuel: Ya tengo impresa la Vida del Beato Francisco. Lleva 17 fotograbados y espero que gustará a usted... He tirado mil ejemplares para Tortosa. Aconséjeme usted. El señor Obispo me dice que hay poco entusiasmo por el Santo Mártir. Usted sé que lo tiene y no será flojo el premio que él dará a usted. Haga, pues, por promoverlo ahí, y que el triduo que se haga sea de lo más solemne». El 2 de julio torna a escribirle diciéndole que ya sabía por el Obispo de Tortosa que el triduo sería en septiembre, y le habla del Oficio del Beato: «Tampoco-añade- me dicen de Roma cuándo llegará la reliquia. Celebro haya dado usted orden para que los del Colegio de Roma traten estas cosas ce n el P. Coderch». El 9 del mismo mes le escribía a Valencia, desde Tortosa, don Salvador Rey: «Nuestro Gil de Federich está por parte de los hombres muy encantado; las mujeres, más animosas, Entre las señoras he repartido más de 500 hojas. Son muchas las que me han dicho que diez pesetas no las recogerán, porque todos piden ... »
   El 8 le decía desde la Coruña el Lectoral de Santiago, doctor Eijo y Garay, que haría lo posible por complacerle, predicando uno, dos o tres sermones del Beato, los que Don Manuel quisiera. Desgracias de familia le impidieron después cumplir su palabra. El P. Ludovico de los Sagrados Corazones, C. D., le escribía el 21 desde Tarragona: «Yo no puedo ni debo negar nada a usted, y el aceptar los sermones, no hago más que pagar en pequeñísima porción los insignes e inolvidables beneficios que de usted tengo recibidos». Del 28 al 30 de septiembre se celebró el solemnísimo triduo en la Catedral. Adquirió Don Manuel un copioso número de mil ejemplares de la Vida del Beato y los distribuyó entre sus paisanos. También se proporcionó más tarde una buena porción de reliquias para regalarlas. En 1907 encargó al escultor barcelonés don Félix Ferrer la estatua del Beato,- que actualmente se venera en el trascoro de la Catedral de Tortosa; y la redacción del Oficio del mismo a don Leandro Colom, el cual le escribía el 31 de agosto: «Húmedo aún el escrito con que pretendí hacer el rezo de su Beato, se lo envío. Corrijan, corten, rajen, añadan: que yo de todos modos quedaré contento, con tal de que lo esté usted».
   A fines de 1908 se consagró de lleno Don Manuel a la tarea de buscar limosnas para costear la estatua del Beato, el altar en que debía ser colocada y la función con que había de solemnizarse la inauguración de la una y del otro. Ya no pudo presenciar él la añorada fiesta. El 2 de febrero de 1909, unas semanas después de la muerte de Don Manuel, bendijo el altar el Prelado, que celebró el día 3 de Pontifical, predicando en las solemnes funciones de la mañana y de la tarde de aquel día el P. Ludovico de los Sagrados Corazones y el Chantre de Lérida, don Rafael García, respectivamente, cuyos sermones fueron a un tiempo mismo elocuentísimos panegíricos del Beato, y sentido y fervoroso elogio fúnebre de Don Manuel.

CAPÍTULO XX



Fama de santidad de Don Manuel, después de su muerte. Incoación del Proceso para su Beatificación



   A todo lo largo de esta biografía de Don Manuel habrá ido el lector percatándose de la serie interminable de personas que hablan de él como de un santo, y que por tal le tenían cuando aun se hallaba entre los vivos. Sin exageración declaramos que podría formarse un libro con sólo coleccionar los testimonios acerca de la fama de santidad que tuvo Don Manuel entre los que le conocieron. El perfume sobrenatural emanado de la misma, acompañóle hasta su muerte y más allá de ella, como se verá por las siguientes deposiciones de diversas clases y categorías de personas, que entre centenares casi al azar escogemos.
   No bien hubo fallecido Don Manuel, se apresuraron sus hijos, más que nadie conocedores y convencidos de la extraordinaria y heroica santidad del Padre que acababan de perder, a conservar todas sus cosas como reliquias, a recoger sus escritos y sus cartas, y a suplicar de los que guardaran algunos documentos de él la entrega de los mismos para coleccionarlos, recabando al propio tiempo de cuantos le conocieron y trataron que declarasen cuanto sabían de Don Manuel, previendo que llegaría la hora de incoar el proceso para su Beatificación.
   A impulsos del mismo presentimiento eran, por otra parte, tantos los fieles que comenzaron a demandar a los Operarios algún objeto-ropa, estampas, autógrafos-de Don Manuel en calidad de reliquias, que ante la excesiva condescendencia de algunos de ellos, don Juan Calatayud, que mostró ya desde entonces singularísimo interés en conservar, recoger y ordenar con el propósito que dejamos indicado cuanto se relacionaba con la veneranda persona del egregio Fundador de la Hermandad, hubo de oponerse con eficaz resolución a la distribución de sus cosas.
   Al fallecimiento de Don Manuel escribía en «El Restaurador», de Tortosa, el distinguido literato don Francisco Mestre: «¡Elevemos el corazón a Dios, en acción de gracias por haberle conocido y haber visto en su edificante muerte la muerte de un santo!»240.
   La «Libertad», de la misma ciudad, decía: «Con el corazón transido de dolor, nos encaminamos al Colegio de San José. Al llegar ante aquellos venerables despojos, ante aquel cuerpo tan querido, que era la primera vez que descansaba, nos descubrimos con respeto y besamos con filial cariño la santa mano, fría e inmóvil, de Mosén Sol Y allí lloramos... Rezamos maquinalmente, por cumplir con un piadoso deber, pues mientras los labios balbucían torpemente oraciones, que ahogaban los sollozos, una voz interior nos decía: ¡Era un santo!...»
   Años adelante, el mismo periódico, después de discurrir sobre la lápida y el monumento con que los tortosinos se propusieron honrar y perpetuar la memoria de Don Manuel, añadía: «Todo esto está muy bien. Pero la deuda de gratitud, de justicia, de admiración, para con aquel hijo insigne de Tortosa, queda cumplida sólo a medias. ¡Era un santo!-dicen cuantos le conocieron- ¡Era un santo!, están pregonando por doquier sus obras fecundas. ¡Tortosinos, hermanos de Mosén Sol, ¿permitiremos que los extraños nos tomen la delantera, y se lleven la palma y la prez de la iniciativa? ¿Por qué no ha de llegar nuestra voz hasta Roma, y resonar allí potente, repitiendo: ¡Era un santo?...»
   «Los Debates», de Tortosa, el 3 de febrero de 1909: «Por primera vez se ha celebrado hoy la fiesta del nuevo Beato Francisco Gil de Federich. En la iglesia Catedral ha celebrado de Pontifical el Ilustrísimo señor Obispo y ha predicado el elocuente carmelita de Tarragona P. Ludovico de los Sagrados Corazones. El orador evocó la memoria del también eximia tortosino Mosén Sol, como un hombre privilegiado, como un apóstol verdadero, como un santo, en expresión del Cardenal Vives y Tutó».
   Con razón ha podido escribir241 el distinguido sacerdote tortosino don Tomás Bellpuig: «Tortosa, a despecho de la fama que se le ha querido atribuir de fría, indiferente y desagradecida para con sus hijos, dio muestras elocuentes de la alta estima en que tenía al preclaro Fundador y de la intensa pena que le producía su muerte. El desfile imponente delante de su cadáver, el séquito innumerable de gentes de todas las clases sociales al acto del sepelio, el solemnísimo oficio funeral que le dedicó el Cabildo Catedral, los extraordinarios de la prensa, la estatua de bronce del templo de la Reparación, la muchedumbre que llenó las avenidas del cementerio y las calles de la ciudad y la espaciosa iglesia del Seminario con motivo de las exequias, el día del traslado de sus venerandos restos, prueban, o que es injusta la imputación con que se ha querido denigrar a la ciudad de la Virgen de la Cinta, o que, en opinión de los tortosinos, era una figura tan extraordinaria la figura de Mosén Sol, que valía la pena de interrumpir en honor de él -la nada honrosa tradición que se les adjudica... Y bien: ¿será beatificado, será exaltado a los honores con que la Iglesia propone a la imitación de los fieles a sus hijos predilectos nuestro eximio compatricio el Reverendísimo Doctor Mosén Manuel Domingo y Sol? Si hubieran de dar su voto eficaz los muchísimos admiradores del virtuoso sacerdote que asistieron el día 13 de noviembre de 1930 al memorable acto de incoar el proceso dentro de los muros del templo que tanto amó él en vida, y ante la estatua orante del mausoleo, que perpetúa su actitud de adoración, tantas veces repetida y prolongada en aquel mismo lugar; si hubieran de darlo los tortosinos que le conocieron, que se edificaron con sus ejemplos, o recibieron consejos y orientaciones de sus labios, o limosna material de sus manos, no dudamos un punto en afirmar rotundamente que sí».
   El periódico de Castellón de la Plana, «El Cruzado», al anunciar el fallecimiento de Don Manuel a sus lectores, comenzaba por decir: «¡Ha muerto un santo!»
   En «El Castellano», de Toledo, el popular e ilustre publicista J. Marín del Campo (Chafarote), escribía el 8 de febrero de 1909: «Don Manuel, si se va a decir verdad, es de la talla de los más egregios fundadores de Congregaciones religiosas, digno de emparejar con aquellos Santos gloriosísimos cuyas imágenes campan en la magnífica nave principal de San Pedro del Vaticano».
   Don Maximiliano Arboleya Martínez, el 1.º de febrero de 1909, en «El Carbayón» de Oviedo: «Pero por encima del hombre de acción, se destacaba el hombre espiritual, el hombre de oración. Más aún que en sus pláticas, lo advertíamos en sus conversaciones. Vivía el Dr. Sol en pleno supernaturalismo... Todos veíamos en él, más que a un Superior, a un santo».
   La «Provincia», de Castellón: «Era un santo. Y un santo de carne y huesos, que atraía por su ecuanimidad en todas las manifestaciones de la vida».
   El Ilmo. Sr. Obispo de Sigüenza, Fray Toribio Minguella, escribía: «No crea usted que por ser el último es menos sincero ni menos sentido el pésame que doy a usted y a toda la Congregación, tan justamente apenada por el fallecimiento de nuestro queridísimo Don Manuel. Yo le amaba mucho, como amaba y amo a la Hermandad, y ruego al Señor en mis pobres oraciones por el alma de aquél y la prosperidad de ésta. Era un santo: y más que nosotros por él, rogará él por nosotros».
   El P. Fr. Bartolomé del Santísimo Sacramento, carmelita descalzo de Valencia, declaraba en 1927: «Durante un año entero fui ocupado por la santa obediencia en cuidar y servir al reverendísimo señor Arzobispo titular de Larisa y dimisionario de Verápoly, retirado en nuestro convento del Desierto de las Palmas... Me dijo que había conocido personalmente a Don Manuel y hablóme muy bien de él, llamándole siempre venerable sacerdote, y afirmó que le tenía como un santo, Se lo comunico por si puede servirle de algo el testimonio de un Prelado, que a la vez es otro santo».
   Del entonces Lectoral de Santiago, hoy Obispo de Madrid, doctor Eijo y Garay, son estas significativas y cariñosas palabras: «Yo no puedo considerar su muerte como una cosa triste. Yo lo tenía en veneración como a un santo... Ahora su figura se agiganta, y esperamos más de él, para la gloria de Dios, sus hijos. ¡Él vele sobre nosotros para que siempre merezcamos serlo! Especialmente, como hijo y colegial perpetuo (por el amor y por el deseo de vida santa y útil) de esa Casa de Roma, doy a usted el pésame más sentido».
   Don Enrique Plá y Deniel, canónigo a la sazón de Barcelona y actualmente Obispo de Ávila, escribía: «Ya puede usted suponer que sentí muy de veras la noticia y que le he ofrecido mis pobres oraciones y sacrificios; si bien, algunas veces he demandado las suyas, como lo habrán hecho tantos otros, que conocían las virtudes de Don Manuel».
   Don Miguel Castillo, Provisor y Vicario General del arzobispado de Sevilla: «Envío a usted mi más sentido pésame con ocasión de la muerte del santo varón Don Manuel Domingo y Sol, a quien yo conocía y veneraba, como venero y amo a todos los miembros de su bienhechora y ejemplar fundación».
   Don Ramón Trinchant, presbítero de Borriol: «A decir verdad, más me inclino a que su alma en el cielo interceda por mí, que a que mis oraciones puedan servirle de lenitivo en la otra vida».
   «Yo a Don Manuel - decía su familiar amigo el sacerdote don Buenaventura Pallarés-todavía no le he rezado un Pater noster.- le pido por mí, como protector ».
   Don Facundo Manzane, presbítero de Vall de Uxó: «Determiné aplicarle el sacrificio de la Misa esta mañana, si bien veo que no necesitará de oración alguna el alma del santo que tantas veces nos alentó con su ejemplo... y cuya vida puede servirnos de espejo y ejemplar, a la que debemos ajustar la nuestra todos los sacerdotes... Grato recuerdo conservo de la última vez que pude estrechar y besar su mano después de los Ejercicios de mayo último: un crucifijo indulgenciado, que guardaré como mi mayor tesoro toda la vida».
   Don José Boada, canónigo de Tarragona: «Yo cumpliré gustosísimo y con constancia el deber ineludible que tengo de encomendarlo a Dios, aunque estoy segurísimo de que ninguna oración nuestra necesita su alma».
   Don Diego Ventaja, canónigo del Sacro-Monte: «Acabo de saber la muerte de Don Manuel y un río de amargura ha subido del corazón a la garganta. Dios ha querido que la imagen de Don Manuel quede esculpida en mi corazón con tal relieve, que al cerrar los ojos veo aparecer su venerable figura con los más insignificantes detalles, pero tal vez acentuada aquella sonrisa del cielo, capaz de disipar todas las tormentas del alma. El recuerdo de Don Manuel ha sido para mí, en muchas ocasiones, bálsamo de paz y de tranquilidad. No sé por qué he llegado a quererlo tanto, tal vez porque estaba convencido de que él también me quería. ¡Dichosos los que hemos tenido la suerte de ser tan queridos de un santo! ¡Quiera el Señor que, al dejar usted los trabajos para la Canonización del Beato Oriol en el punto de ser declarado Santo, empiece los de Beatificación de nuestro amadísimo Don Manuel!»
   Don Domingo Audí, párroco de Calaceite: «Espontáneamente, sin darme cuenta de lo que hacía, antes de que brotara de mis labios un responso por su eterno descanso, fue mi primer impulso levantar mi corazón al cielo y encomendarme a la intercesión que gozará su alma cerca del Altísimo, pidiéndole me otorgara comunicar en su levantado espíritu».
   Don Juan Marín, presbítero, de Villafranca del Cid: «Espero, si soy digno, tener de mi Padre una memoria, o más bien, una reliquia. Digo esto, porque no sé si encomendar su alma a Dios o pedirle a él que me recomiende a Dios desde la gloria».
   El canónigo de Segorbe don Federico Guardiola: «Hace diez o doce años que vengo diciendo, y de ello he estado siempre firmemente persuadido, que yo he de poder rezar su Oficio. Quiera Dios que sea pronto».
   Don Federico Roldán, canónigo de Sevilla: «Me piden unas líneas como homenaje a la ilustre memoria del varón insigne cuya muerte llora hoy la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos, lloramos todos los que hemos pasado los mejores años de nuestra vida cobijados bajo el manto del glorioso Patriarca San José, y sienten cuantos tuvieron el consuelo de conocer al Doctor Sol y admirar de cerca aquel espejo de sacerdotales virtudes; y yo, que podría escribir todo un libro de lo que siento acerca del venerable sacerdote, gloria de España y prez de la ilustre ciudad de Tortosa, en estos momentos de angustia y aflicción, apenas sé decir otra cosa que ¡era un santo! En su semblante exterior, yo no me lo imagino más dulce, más venerable, más atractivo, más revelador de un alma grande, llena de Dios, en un San Alfonso María de Ligorio, en un San José de Calasanz, en un San Felipe Neri, en un Beato Bernardino Realino..., en todos esos Santos, cuyo exterior dulce, suave, apacible, es proverbial en la Iglesia, y abona bastantemente para poder decir, el que contempla sus venerandas imágenes: ¡era un santo! Y el que, después de haber visto a Don Manuel Sol, hubiera tenido la dicha de tratarlo, aunque no más que a la ligera, hubiera salido de su presencia diciendo para sí: ¡es un santo!... ¡Sí, Don Manuel Domingo y Sol era un santo!»
   Don Julio de la Calle, canónigo de Málaga: «He llorado por Don Manuel, mas no por su muerte, sino por nuestra pérdida, por que era un apóstol y un santo... Era un santo, sí. Lo he oído decir a cuantos le conocieron y trataron, y por lo que a mí toca, como de santo era la impresión que me produjo siempre su venerable presencia».
   Don Miguel Dalmedo, Doctoral de Menorca: «Aun recuerdo con fruición la afectuosa acogida que me hizo en Barcelona, camino de Roma, y su venerable figura no se me ha borrado jamás de la memoria. En un segundo viaje tuve el consuelo de besarle la mano con la convicción de que era un santo».
   Don Samuel López, párroco de la Calzada de Oropesa: «Yo siempre dije, desde que le conocí en Roma: Si hay santos sobre la tierra, nuestro Don Manuel es uno».
   Don Jesús Queralt, presbítero: «Ha muerto un santo, un apóstol de la Iglesia, la honra del sacerdocio español, un serafín del Sacramento eucarístico».
   Don Federico Clascar, sacerdote de Barcelona: «Le doy no sé si el pésame o la enhorabuena por tener un santo Fundador en el cielo; porque santo era, restituyendo a la palabra su valor etimológico en toda su fuerza... ¿Por qué hemos de aprovecharnos menos de un santo conocido y tratado, que de los que no sabemos más que por las Leyendas de Oro? Yo le ruego que pida a Dios y a su santo Padre Mosén Sol, que no deje vacía la gracia que Dios me hizo de conocerle y amarle a un tiempo mismo».
   Don Gregorio Monge, presbítero, de Bilbao: «Todas las referencias que de él tenía, le proclamaban santo, y no juzgo temerario el esperar que algún día le proclame también la Iglesia».
   Don Jerónimo Vidal, párroco de Fuente Alamo (Albacete): «Aunque creo que era un santo, y no necesitará de nuestras oraciones, sino al contrario, le encomendaré, sin embargo, a Dios Nuestro Señor».
   Don Justo Echeguren, canónigo de Vitoria:- «Casi dudo entre encomendarme a Don Manuel o rogar por Don Manuel. Más me inclino a creer que debo encomendarme a Don Manuel».
   Don Gaspar Archent, canónigo de Valencia: «Creemos, Señor, que su alma disfruta ya en el cielo, en vuestra eterna compañía, del premio que tenéis reservado a los justos. Si no necesita de nuestros sufragios, sirvan nuestras súplicas y oraciones para que nos dejéis entrever algunos resplandores y destellos de su gloria; para que la fama de sus milagros llegue a oscurecer las de sus virtudes, y así podamos tener la dicha y el consuelo de venerarle pronto en los altares».
   Don Jaime Cararach, canónigo de Gerona: «He de serle franco: no sé encomendar a Dios a Don Manuel. Sólo sé encomendarme a él para que interceda por mí delante del Señor».
   Don José Montagut, canónigo de Badajoz: «Ante la tumba de Don Manuel llora la carne; el atina se siente inclinada, más que a ofrecerle sufragios, a demandar el apoyo (le su eficaz intercesión ... »
   Don Francisco Marzal, Deán de Ciudad Rodrigo: «Encomendaré a Dios al ilustre finado, por más que mis impulsos son de encomendarme a él. ¡Tan alto es el concepto que sus notorias virtudes me merecían!»
   Don Jaime Bordas, antiguo alumno romano, de Gerona: «No cesaré nunca de rogar por él, como tampoco de dar gracias a Dios por haberle conocido en Roma. Tampoco dejaré de encomendarme a sus oraciones, pues estoy en la convicción de que tiene mucho poder delante de Dios».
   Don José Hernández, canónigo de Zaragoza: «Recibí sus cartas y periódicos, por los que me enteré de la fatal noticia de la muerte de su amado Padre Don Manuel, a quien yo también veneraba corno a un santo».
   Don Juan de Dios Ponce, párroco en Guadix: «Por un periódico de Tortosa supe los pormenores de la muerte y entierro de nuestro queridísimo y santo Don Manuel... Mi primer impulso fue el de encomendarme a él: no podía persuadirme de que no estuviese en el cielo... Como prueba de agradecimiento de lo mucho que le debemos los que hemos sido educados por su inspiración en la vida eclesiástica, le pediremos al Señor que glorifique también en la tierra a quien tan fervorosamente ha procurado su gloria».
   Don Francisco Herráiz, presbítero, de Vallehermoso de la Gomera: «Acabo de ver en un periódico la noticia de la muerte de Don Manuel. Esta noche apliqué por su atina un rosario, y me parecía que hacía un pecado rezando por un alma tan santa».
   Don Ambrosio Martínez, de Guadix: «Únicamente Dios, que les ha arrebatado al Padre y Maestro, al santo, en una palabra, será el que los consolará».
   Don Juan José Fernández Solana, canónigo de Badajoz: «Acabo de recibir la triste nueva de la muerte del santo Don Manuel, dignísimo Fundador del Instituto de Operarios Diocesanos».
   Don Juan Bautista Sendra, de Vinaroz: «Mucho sentí encontrarme mal de salud, pues mi satisfacción hubiera sido agregarme a los que tuvieron el honor de acompañar a la última morada a un santo... Si no fuese a ustedes molestia, y pudieran enviarme alguna estampita que fuese dé uso frecuente de Don Manuel, se lo estimaré mucho».
   Don Juan Bautista Guimerá, párroco de La Jana: «Cuánto le agradecería me enviara una estampita o cualquier recuerdo que hubiera sido de él».
   Don Francisco Sojo, Director del Colegio de Plasencia: «En vez de pedir a Dios por su alma, se me hace más fácil encomendarme a él, y así lo recomiendo».
   Don José Cambra, Director del Colegio de Burgos: «Al recordar sus hechos y virtudes, nos consuela la esperanza de que un día le hemos de venerar en los altares. Para mí, Don Manuel vive lleno de gloria en el cielo».
   Don Pedro Ruiz de los Paños, hoy Director General de la Hermandad: «Crea usted que desde que recibí la noticia he esperado curar pronto por su intercesión. Quien en la tierra hizo tanto por los demás, es imposible que no lo haga desde el cielo».
   Don Arturo Menán, Lectoral de Almería: «El pésame, yo no sé si dárselo, porque estimo que es más natalis que día de luto».
   Don Lucas Salomón, presbítero, de Santa Bárbara (Tortosa): «Quería ir, para delante del cadáver de nuestro amado Don Manuel orar, no por él, pues lo creo en la gloria, sino por mí y por todos ustedes. Quisiera que me guardara alguna estampita para tener un recuerdo de Don Manuel. Como está en gloria, casi no me he atrevido a encomendarle a Dios, y si algún ¡Descanse en paz! ha salido de mis labios, ha sido pronunciado con reparo, pues creo que no lo necesita. Lo que sí he hecho ha sido encomendarme a él».
   El P. Ludovico de los Sagrados Corazones, C. D.: «Ayer supe la muerte del santo Don Manuel. Sí, todos hemos perdido un santo; y digo hemos, porque Don Manuel era un alma, un gran corazón, a quien todos debíamos fineza de cariño, que él sabía prodigar con una bondad y sencillez que cautivaba a cuantos hemos tenido la dicha de tratarle. El luto ha de ser general. La Iglesia española pierde al sacerdote que más ha hecho por ella. El clero secular, un modelo de eximias virtudes, ocultas con el velo de la modestia más grande. La Congregación de Sacerdotes Operarios Diocesanos ha perdido... a Don Manuel. Usted sabe muy bien que en esta palabra subrayada está contenido todo lo que puedo decir. Don Manuel era un padre, un corazonazo tan grande como su fe.
   En nombre de mi Superior y Comunidad, envío el más sentido pésame por tan sensible pérdida: aunque, si he de decir lo que me dicta mi fe, les felicito, porque el santo que tenían en la tierra, ahora, juzgando piadosamente, está en el cielo ... »
   El P. Lorenzo G. Sempere, 0. P.: «Muy apenado escribo por la irreparable pérdida del santo Don Manuel Domingo y Sol. No tengo la menor duda de que su alma está en el cielo, y sin temor de equivocarnos podemos decir muy alto que su memoria en la tierra in benedictione erit et nomen ejus requiretur a generatione in generationem».
   El P. Dionisio de la Fuente, S. J.: «Le prometo acordarme de él en mis oraciones, aunque bien creo que más bien nos encontramos nosotros en ocasión de encomendarnos a las suyas».
   El P. Luis Beltrán, S. J.: «He venido en conocimiento de la muerte de nuestro muy querido Padre y amigo Don Manuel. En seguida ofrecí por su alma el santo sacrificio de la Misa: no porque lo necesite, pues estoy persuadido de que en el cielo estará gozando de la corona de gloria a que se ha hecho acreedor por sus trabajos apostólicos».
   El ilustre P. Juan Bautista Ferreres, S. J., no tuvo reparo de afirmar: «Juraría que Don Manuel es hombre de virtudes heroicas». Y el P. José María Bover, de la misma Compañía: «Gracias a Dios, que piensan poner mano en la Causa de Beatificación de Don Manuel. ¡Cuánto lo he deseado! Porque era hombre, a todas luces, de virtudes heroicas».

   Y ¿qué decir del concepto que de las mismas tenían las hijas espirituales de Don Manuel? Si, viviendo él, más de una le hacía facie ad faciem, o por escrito, lo que una de ellas, Sor Marta del Niño Jesús, del convento de Bellesguart, le decía en una carta: «¡V. R. es un santo!», ¿qué no declararían de él, después de fallecido?...
   Sor Patrocinio de N. P. San Francisco, escribía a la prima de Don Manuel, Sor Josefina Sol: «Sor Josefina, ¡tu primo era un santo! Yo me encomiendo a él, y le pido su santo amor, y todas las virtudes que él tenía en alto grado».
   «¡Don Manuel es un santo!-exclama una hija espiritual suya- Nos lo decía un alma muy santa treinta y cinco años atrás, con estas palabras: «Yo no lo veré, porque estaré en el cielo; pero ustedes, que son jovencitas, sí que lo verán. Porque Don Manuel es apóstol, es mártir, es confesor, es un ángel, es un serafín ... » Y ya nos encontramos en el caso de que todos dicen maravillas de él ... »
   La Madre Aloysa Pla y Deniel, religiosa de Jesús-María, escribía: «Cuando se hallen ustedes repuestos, esperamos detalles de su muerte y enfermedad, pues ya sabe usted cuánto apreciábamos al buen Doctor Sol, y todo lo suyo nos interesa. Y hasta, si pudiera usted recogernos alguna cosilla de su uso, la guardaríamos como de un santo: pues por tal le teníamos».
   Sor Teresa de la Cruz, religiosa de la Consolación: «Le hemos ofrecido nuestras pobres oraciones, y luego éstas se convertirán en súplicas dirigidas a él para que se digne alcanzar-nos gracias del Señor por la gloria de que estará gozando como premio de sus grandes trabajos y heroicas virtudes».
   La Madre Teodora del Sagrado Corazón de Jesús, Oblata del Santísimo Redentor: «Acabo de llegar de Madrid, y me encontré con una postal y periódico con la noticia del fallecimiento del santo varón y siervo de Dios, el Rdmo. Dr. Don Manuel Domingo y Sol, mi inolvidable y santo Padre espiritual. Por más, que no ha muerto; solamente ha sido trasladado al cielo, y con grande gloria. ¡Oh, Padre mío! tranquilízame desde el cielo con la esperanza de verte allá, y para ello alcánzame tus muchas virtudes!»
   La Sierva que le asistió enfermo en Burgos en 1904: «Amados josefinos: tenéis en el cielo un Padre santo. En el momento que supe que había muerto, quise rezar un De profundis y me fue imposible: en mi interior resonaban las palabras -del Tedeum. Yo lo desechaba como una tentación, pero no podía hacerlo. Una moción interior me impulsaba sin saber lo que podía ser».
   Sor Margarita María del Sagrado Corazón, de la Providencia de Vinaroz: «Por aquí, muchas personas le conocen y todas no saben decir más que era un santo».
   La Madre Sor María Concepción Victoria, de las Concepcionistas de Benicarló: «Roguemos por nuestro común Padre, por ese santo, que tan heroicas virtudes nos ha enseñado».
   Sor María de los Ángeles Arrufat, de las Concepcionistas de Onda: «La Comunidad le ha ofrecido la sagrada Comunión y Víacrucis y muchas cositas más por su alma, aunque es seguro que no lo necesita, pues, como sabe V. R., era un ángel, y es lo cierto que está ya gozando de Dios».
   Sor Magdalena Ferrer, religiosa Salesa de Barcelona: «Movía el corazón a elevar a Dios por su amable sencillez. Siempre había oído decir a mamá, que le había tratado mucho, que era un santo. Así lo creo, y me encomiendo a él como a un verdadero santo.»
   La Madre Rosario Elíes, de la Compañía de Santa Teresa: «Como tengo para mí que es santo, sabido es que para los santos el morir es comenzar a vivir para siempre. Aquí ofrecemos sufragios por su eterno descanso, si bien la voz general de la Comunidad es que no lo necesita: porque ha muerto un santo».
   Don Antonio Sánchez y Santillana: «No me atrevo a decir R. 1. P., sino: ¡Ruega por nosotros! Por las mismas razones que me repugna creer que estamos de pésame, y me parece que debemos darnos la enhorabuena porque nuestro Padre y amigo entró en el cielo, y allí me parece verle con su cara de ángel sonriendo y bendiciendo a mi don Antonio, y a la operaria y operaritos, como él decía».
   La noble dama doña Isabel García-Pérez, de Jerez de la Frontera: «He llorado con usted y los suyos la falta de mi queridísimo amigo Don Manuel. Ruego por su eterno descanso desde el primer momento, pero debo decirle a usted que, como creo está gozando de Dios, lo que hago es dirigir por su intercesión oraciones para que pida él a nuestro Señor por mí».
   Doña Filomena Tarragó, que hacia 1878 vivió durante cuatro años en casa de Don Manuel, asevera: «Estoy tan convencida de que Mosén Sol es un gran santo, que cuando me hallo en algún apuro recurro a él; y puedo asegurar que ni una sola vez ha dejado de favorecerme».

***

   El 13 de noviembre de 1930, se celebró en el Templo de Reparación de Tortosa la solemne ceremonia de la incoación del proceso de beatificación de Don Manuel, presidida por el excelentísimo y reverendísimo señor Obispo de la diócesis doctor don Félix Bilbao y Ugarriza.

Copiamos, para dar cuenta de ella, la completa reseña publicada aquel mismo día en el diario católico «Correo de Tortosa»:

«Introducción de una causa de beatificación

   Como estaba anunciado, hoy ha tenido lugar, en el Templo de Reparación, la solemne sesión primera con que se ha incoado el proceso de beatificación del ilustre Siervo de Dios Doctor Don Manuel Domingo y Sol, paisano nuestro.
   El templo estaba dispuesto con severa elegancia. Frente al tabernáculo y fuera del presbiterio, había un reclinatorio. Fuera también del presbiterio, al lado del Evangelio y dando frente al de la Epístola, había un escaño y sobre él una mesa con rico tapiz y un gran sillón para el Prelado. En torno de este sillón y en último plano, los asientos para los jueces del tribunal. Frente al escabel, en la parte opuesta, una mesa para el notario de esta sesión inaugural, y asiento para el Promotor de la Fe y demás escribanos. Los bancos habían sido retirados lo preciso para dejar el lugar suficiente a la disposición descrita.
   En primera fila del centro y frente al altar mayor, estaba el reverendísimo don Joaquín Jovaní, acompañado de los reverendos don Juan Calatayud y don Pedro de los Paños, Rector del Colegio Español de Roma. En otra primera fila del lado derecho, los Operarios Diocesanos residentes en Tortosa, y además los reverendos don Mateo Despóns, Rector del Seminario de Tarragona; don Inocente Colom, Rector del de Barcelona, y don Lorenzo Insa, Rector del de Zaragoza.
   Los restantes asientos estaban distribuidos en la siguiente forma: los bancos de la extrema parte del Evangelio, para el clero; los inmediatos, para los caballeros; los siguientes, para las señoras, y los de la extrema parte de la Epístola y los de debajo del coro, para el público que llegará a última hora.
   De pie, en el rellano del altar lateral, estaban los alumnos del Colegio del Beato Juan de Ávila. En el coro, los del Colegio de Vocaciones Eclesiásticas de San José.
   A punto de las once, vemos llenos todos los asientos, con lo cual querernos indicar que la concurrencia de clero, caballeros y señoras, ha sido numerosa y selecta. Entre las señoras, se veían bastantes tocas monjiles.
   A las once en punto se ha anunciado la llegada del Prelado, al cual han ido a recibir a la puerta del templo el reverendísimo don Joaquín Jovaní y los reverendos Calatayud y Paños. Su Señoría vestía sotana negra y manteo episcopal.
   Ha orado un momento en el reclinatorio y ha tomado asiento en el estrado. Luego se ha puesto de pie, ha mandado a los asistentes sentarse y ha dado comienzo al acto con una sentida plática.
   Ha anunciado el propósito de empezar con esta sesión solemne la causa de beatificación y canonización del venerable sacerdote don Manuel Domingo y Sol, cuya figura amabilísima ha evocado, como conocedor personal suyo que ha sido. Ha hecho una explicación sencilla y a la par docta, de lo que es una causa de este género, y ha ponderado la severidad con que las lleva y manda llevar la Santa Iglesia. Ha hecho destacar la gloria que acarrea a Tortosa el hecho glorioso de que en poco tiempo se hayan incoado dos causas de beatificación: la del venerable don Enrique de Ossó y ésta que ahora se incoa. Y termina dirigiendo un saludo paternal a los Operarios Diocesanos, que son la familia en la cual se perpetúa Mosén Sol.
   Después, Su Señoría ha descendido al reclinatorio, y la concurrencia toda, puesta de rodillas, ha entonado el Veni, Creator Spiritus, alternando con estrofas polifónicas, cantadas por la Schola del Colegio de San José.
   Cantada por el Prelado la oración, ha comenzado propiamente la parte protocolaria del acto.
Por el señor secretario, licenciado don Pedro Monserrat, se dio lectura al documento expedido en Roma y revisado por la Sagrada Congregación de Ritos, por la cual el principal Postulador, reverendísimo don Carmelo Blay, nombra Vice-postulador en España al reverendo don José Ávila Muñoz, Operario Diocesano.
   Acto seguido se leen el supplex libellus, o sea la instancia en que el vice-postulador suplica al reverendísimo Prelado que se incoe el proceso de beatificación y canonización del Siervo de Dios Manuel Domingo y Sol, y el decreto del Prelado aceptando la instancia y extendiendo el nombramiento del tribunal, que estará constituido en la forma siguiente: Juez-Presidente-Delegado, el ilustrísimo señor doctor don Antonio Martínez, Deán de la S. I. C. B.; Juez-Presidente -Delegado Substituto, el muy ilustre doctor don Manuel Rius, Arcipreste de la S. I. C. B.; Jueces Adjuntos, el muy ilustre doctor don Bernardo Frasno, Arcediano, y el muy ilustre doctor don Jorge Abad, Maestrescuela; Jueces Adjuntos Substitutos, el reverendo doctor don Salvador Milián, presbítero, y el reverendo don José Llidó, Beneficiado de la S. I. C. B.; Promotor de la Fe, el muy ilustre doctor don Juan Bta. Villar, Doctoral; Promotor Substituto, el reverendo don Juan Roda, presbítero; Notario-Actuario de la sesión inaugural, el reverendo don Manuel Beltrán; Notario Substituto, el reverendo don Enrique Marro, presbítero, y Cursor, el reverendo don Joaquín Escorihuela, presbítero.
   Aceptados los cargos por los designados para desempeñarlos, procedieron todos ellos, empezando por el señor Obispo, a hacer juramento de guardar, acerca de lo que se trate en el proceso, el más inviolable secreto, bajo las gravísimas penas canónicas que se señalan como sanción.
   El señor Vice-postulador hizo en seguida entrega al promotor de la fe de la lista de testigos que han de declarar y de los artículos, resumen de la vida de Mosén Sol, que han de servir de base para los interrogatorios y declaraciones. El mismo vice-postulador prestó también el juramento llamado de calumnia en que se compromete a proceder con verdad en todas sus actuaciones.
   Después de designado el lugar para la celebración de las sesiones, que será una de las salas del Palacio Episcopal, se ha anunciado que el primero de los testigos citados para declarar es el Decano del Colegio de Abogados de Tortosa don Víctor J. Olesa.
   En seguida se ha entrado en la segunda parte de la sesión, que se refiere al examen de los escritos del Siervo de Dios. Se han repetido la instancia del vice-postulador, la aceptación de la misma y el juramento del Prelado, de los miembros y del vice-postulador.
   Terminada esta ceremonia, el secretario ha dado lectura, en castellano, al edicto del reverendísimo Prelado en que se anuncia la incoación del proceso, se hace una rápida enumeración de los principales hechos de Mosén Sol, se citan los nombres de los que han de constituir el tribunal, en la forma antes dicha, y se ordena a todos los fieles que posean algún dato, favorable o adverso al mismo, que lo comuniquen al Promotor de la Fe en el término de cuatro meses, contaderos desde el primero del próximo diciembre.
   Terminada así la parte protocolaria de la sesión, el reverendo doctor don José Ávila pronunció un elocuente discurso de acción de gracias al Prelado, alma de la solemnidad que acababa de celebrarse; a los jueces que han de formar el tribunal, a las distinguidas personas, eclesiásticas y seglares asistentes, y finalmente, ha dirigido un efusivo saludo a los benjamines de la Obra de Mosén Sol, los colegiales de San José y los alumnos de la Casa de Probación de la Hermandad, en quienes veía representados a todos los seminaristas josefinos de España.
   El señor Obispo, con la exquisita suavidad que le es característica, aceptó complacido, en nombre propio y de sus diocesanos. el saludo del reverendo Ávila y de los Superiores de la Hermandad, e hizo votos porque se vean colmadamente cumplidos los deseos que a todos los habían congregado, de contribuir, si tal es la divina voluntad, a la glorificación del egregio tortosino Mosén Sol».

   Y para terminar, nos complacemos en trasladar aquí también el sentido articulito de circunstancias que, como complemento de la antecedente información, publicaba en el mismo número «Correo de Tortosa»:

"Mosén Sol

   En otro lugar de este número publicamos la reseña de un acto, cuya noticia llenará de satisfacción a nuestros lectores.
   Se trata de la incoación del proceso para la beatificación y canonización, en su día, del Siervo de Dios Mosén Sol. Acaba de celebrarse el primer acto de este proceso, bajo la presidencia del excelentísimo e ilustrísimo señor Obispo, y con asistencia de los miembros principales de la Congregación de Operarios Diocesanos y de otras personalidades que actuarán en el desarrollo de la causa.
   De la importancia de este acontecimiento no hemos de hacer encomios, porque ella salta a la vista, pero no dejaremos de insinuar siquiera alguna cosa para noticia de la generalidad de nuestros lectores.
   Todos, en Tortosa, sabemos quién fue Mosén Sol. Veintidós años hará pronto que dejó este mundo, pero su recuerdo no se ha borrado, ni el perfume de su vida santa se ha podido extinguir un solo momento. Poco tiempo hace que Tortosa entera le tributó un ferviente homenaje con motivo de la traslación de sus restos; aquello fue una pequeña glorificación y un como presentimiento popular de algo más hondo, que aún no ha llegado, pero que esperamos que llegará.
   Con todo, ni el recuerdo de su vida, ni el otro más reciente de su triunfo, son lo principal para nosotros. Lo principal es el foco de caridad que ardió en su alma; lo principal es la semilla que aquí comenzó a producir y que esparció después por todas partes, lo principal es la glorificación que dio a Dios y la que Dios esperamos dé un día a su siervo. Y todo esto, que por ser interior ha sido oculto, y que por inicial no ha podido debidamente apreciarse, comenzará a germinar muy pronto, y crecerá y se extenderá para gloria de Dios y también... muy justamente lo decimos, para honra de nuestra ciudad.
   No sabemos cuándo ocurrirá; no queremos adelantarnos al juicio de la Iglesia; pero séanos permitido, en calidad de periodistas, aligerar un poco el curso de las cosas, y en alas de nuestro deseo imaginarnos en Roma, en peregrinación tortosina, quizá nacional, pero siempre con derecho de presidencia, y gozar allí de la exaltación de nuestro paisano, que llenando primero de bienes a su ciudad, la llenó también de honores después de su muerte.
   Imaginarle así, después de todo, no es ninguna temeridad, ni por la persona, ni por sus obras, ni por la fama general de santidad de que siempre gozó.
   Se trata de una figura que, corno tal, por sus solas condiciones personales, hubiera sobresalido en cualquier parte. Se trata, además, de un sacerdote santo, de vida inmaculada, lleno de caridad, lleno de generosidad, que todo lo dio y todo se dio para beneficio de sus hermanos. Y si a esto se añade que fue un incansable sembrador del bien, que trabajó como un gigante llenando él solo un hueco que quizá no hubiera llenado una legión; que tuvo ideas geniales y las dejo florecientes en el mundo; que fundó, sobre todo, la obra de las vocaciones sacerdotales, verdadera raíz de cuanto pueda hacerse en beneficio de las almas, y que fundó, además, la Congregación de Operarios Diocesanos, cuya importancia, a pesar de cuanto ya se ha dicho de muchas maneras, aún no es ni puede ser suficientemente conocida, nadie podrá admirarse de nuestras imaginaciones periodísticas, ni creer excesiva nuestra esperanza.
   Más aún: hablando en puridad, cuanto hemos dicho está en la conciencia de todos y estuvo ya en vida de Mosén Sol. Mientras vivía, tuvo fama de santidad; y cuando murió, el clamor, levantado incluso por los de profundis de sus exequias, nos sonaban al himno de gloria in excelsis, como la cosa más natural del mundo. Las gotas del llanto, iluminadas por el sol de sus virtudes, nos hacían ver allí mismo el arco iris de su gloria.
   El acto, pues, de hoy, reviste para nosotros extraordinaria importancia, porque es el primero de una serie que ha de venir muy pronto ensanchando su ámbito cada vez más; porque es el primer brote del árbol de la gloria, que confiamos ha de elevar sus ramas muy alto.
   Por nuestra parte, por parte de Tortosa, sin exclusión ninguna, como promotores o como adyuvantes, como jueces o como testigos, dentro y fuera del tribunal eclesiástico, la introducción de esta causa es un acto de justicia, primero y más que otra cosa. Las virtudes de Mosén Sol le hacen acreedor a ello, ciertamente; pero los beneficios que a todos nos dispensó, su amor por las cosas de Tortosa y el honor e influencia que la ciudad ha de recibir y desarrollar en el mundo, son motivos muy sobrados para excitar nuestro celo y contribuir a la glorificación de quien toda su vida glorificó a Dios y derramó beneficios entre los hombres. Esperamos, pues, que todos presten su cooperación, ya con declaraciones testificales los que le conocieron, ya con su simpatía o propaganda recogiendo cuantas noticias sean posibles, o ya, al menos, con sus oraciones para el buen éxito de la causa ... »

CAPÍTULO XXI



Lo sobrenatural en la vida de Don Manuel. - Gracias alcanzadas por su intercesión



   De aquel género de manifestaciones y fenómenos místicos, de orden sobrenatural, que comúnmente se encuentran en la vida de los Santos, y que, a no dudarlo, debieron darse también en la de Don Manuel, presupuesto lo extraordinario de sus virtudes y el continuo y divino encendimiento amoroso que abrasó su corazón, rodeado incesantemente su espíritu de una atmósfera de sobrenaturalismo, apenas nos han quedado rastros y vislumbres, por misteriosa providencia de Dios. Cierto, que tuvo siempre Don Manuel especialísimo cuidado en ocultar y disimular semejantes carismas y en obligar y comprometer para que callasen a cuantos conociera él que habían sorprendido estos íntimos secretos y comunicaciones de Dios con su alma.
   Con todo, algunas religiosas han testimoniado las sospechas que concibieron de esta clase de no comunes regalos y favores de Jesús para con su Siervo, algunas de las veces que le contemplaron orando a solas ante el Sagrario.
   Ya dijimos en la primera parte de esta obra de la especie de éxtasis en que en los comienzos del Colegio de San José encontró cierto día un alumno del mismo a Don Manuel en el despacho de su casa de la calle del Ángel, mientras oraba ante una imagen de la Santísima Virgen.
   Algunas veces fue el propio Don Manuel el que se aventuró a descorrer un poco el velo de estas sobrenaturales intervenciones de Dios en su vida espiritual. Por ejemplo, cuando declaró a don Juan Calatayud, con un acento tal de aseveración que, en su humilde y ordinario modo de proceder a este respecto, era un argumento de mayor certeza, que el pensamiento de la fundación de la Hermandad fue manifiesta, clara y sensible inspiración de Dios.
   A su vez, don Juan Estruel declara: «Tenía Don Manuel mucha devoción al escapulario del Sagrado Corazón, que llevaba constantemente sobre el suyo propio en el interior del chaleco. Todas las noches, al acostarse, lo colocaba debajo de la almohada, besándolo antes con gran fervor. En cierta ocasión, habiendo pasado muy mala noche, al besarlo por la mañana con el acostumbrado afecto y reverencia, me dijo que el Señor le había proporcionado un gran consuelo, que él se callarla ... »
   La Sierva de Jesús Sor Adolfina, refiere: «Ahora diré algo de lo que Don Manuel, a quien yo asistía entonces, en una de sus convalecencias, me dijo una noche, pero encargándome que no lo dijera a nadie. Y fue que estando en Santa Clara, donde acostumbraba celebrar la Misa, veía a muchos sujetos con roquetes blancos y a un venerable anciano, con un cayadito, que iba con ellos ... » Aquí llegaba Don Manuel en su relato, cuando se oyeron pasos, y entró don Juan Calatayud, y se calló. Don Manuel me lo contaba sonriendo. Yo me quedé con deseos de saber más, y cuando nos quedamos solos le dije: -Don Manuel, ¿esa gracia sería estando celebrando?... -No-me contestó-; fue dando gracias...- Calló, y yo no me atreví a preguntarle más ... »
   ¿Tendría acaso relación de identidad lo que, según Sor Adolfina, comenzó a contarle Don Manuel y lo que se refiere en la siguiente deposición, hecha y firmada por don Clicerio Gamundi Vicente, coadjutor de Roquetas?... El cual escribe lo que sigue: «Don Manuel Domingo y Sol, fue un día a celebrar en la iglesia de las religiosas de Santa Clara, acompañado de un estudiante, íntimo mío, quien le ayudó la santa Misa; una vez terminada ésta, despidióse el estudiante y Don Manuel se puso de rodillas para dar gracias. El estudiante, en vez de marchar inmediatamente, se detuvo un ratito en un rincón, arrodillado, y de momento ve que Don Manuel se levantó en alto, de rodillas como estaba, y así permaneció mucho rato. Y el estudiante, altamente impresionado y curioso, esperó a ver en qué paraba todo aquello. Y como si nada hubiese ocurrido, se levantó Don Manuel de dar gracias, y al marcharse, nota que el estudiante estaba en la iglesia y nadie más había. Le llamó y díjole con severidad: No digues res de lo que has vist. Cuidado que digues res, xiquet242.
   El hecho ocurrió cuando nadie había en el templo: sólo el estudiante que Mosén Sol creía había marchado. Este estudiante, como éramos tan íntimos, que no teníamos secretos, con toda reserva y con riguroso sigilo, me lo comunicó. Y he guardado hasta hoy el sigilo. Hoy que me es permitido el comunicarlo, o mejor, es obligatorio manifestar lo ocurrido, ya que tal estudiante murió hará unos dos años de desgracia en un auto en Zaragoza, siendo sacerdote y Párroco en Todolella, lo declaro.
   Y como dadas las buenas cualidades de aquel mi amigo, que era de los más buenos del Colegio, es fácil que habrá guardado el secreto prometido a Mosén Sol, y haya muerto sin saberlo nadie más que yo, por lo mismo, créome más obligado en conciencia a dar noticia del hecho.
El estudiante se llamaba José Mampel y murió siendo Cura de Todolella.
   El hecho calculo que ocurrió, aproximadamente, entre los años de 1898 a 1900».
   El sacerdote de Calaceite, de la diócesis de Tortosa, don Simón González, nos informa de un interesante caso de la vida de Don Manuel, demostrativo de la especialísima y extraordinaria providencia de Dios sobre su Siervo.
   «En el año 1903-dice-, cuando estaba yo ejerciendo el ministerio pastoral en la parroquia de Flix, con el cargo de coadjutor, enfermó gravemente don Luis de Castellví, excelente caballero de arraigadas convicciones cristianas. Convencido de que dentro de pocos días se presentaría ante el Tribunal de Jesucristo, y recibidos ya los Santos Sacramentos, me llamaba con frecuencia para consultarme ciertas dudas. Creo sería el 8 de mayo cuando vino a mi casa una de sus criadas con encargo de decirme que su amo tenía deseos de hablar conmigo. Como yo estaba persuadido de que me quedaban pocos días de coloquiar con aquél, al cual consideraba un santo, ni corto ni perezoso me personé en su habitación. Después de preguntarle por su salud, me pidió le hiciese la recomendación de su alma. Terminado que hube, me dijo, con todas las facultades mentales expeditas: «¿Cuál le parece a usted que es la obra más grata a Díos?» Era para mí un poco difícil contestar a esta pregunta; mas, como entonces, merced al celo de Mosén Sol, se estaba levantando la iglesia de Reparación en Tortosa, le contesté que la mejor obra era aquella en que se daba a Dios culto continuo, cuando de repente me contesta que mi respuesta estaba inspirada. «Tome esta llave-me dijo- y saque 2.000 pesetas de ese cajón y usted se encargará de entregar a Don Manuel Sol esta cantidad».
   Aquel mismo día escribí a dicho señor para que dispusieran de aquella limosna, y al cabo de pocos días pasó don Tomás Cubells, que iba en dirección a La Palma, al cual hice entrega. Hasta aquí la cosa no tiene importancia. Pasaron algunos meses, cuando tuve necesidad de trasladarme a Tortosa a practicar los Santos Ejercicios, y fui a visitar a Mosén Sol. En la entrevista que tuvimos, de la cual aún conservo la estampita que me dio, me dijo: «¿Tú no sabes lo que sucedió con aquellas 2.000 pesetas que me mandaste?» Yo le contesté que no viese en mí mérito alguno, sino sólo un cumplidor de la voluntad de un moribundo. «Pues, mira-me contestó-las obras de la Reparación habían sufrido un paréntesis, a causa de tener algunas facturas por pagar, y yo estaba cansado de molestar a las buenas personas que me merecían confianza. Dos días antes de recibir tu carta-me dijo- vino un señor a cobrar dos facturas que ascendían a 2.000 pesetas. Yo, por dignidad, no le podía decir que no se las podía pagar, sino que volviese dos o tres días después. Al despedirme de aquel señor, continuó Don Manuel, reuní a los Superiores del Colegio y les recomendé que pidieran a San José nos sacase de aquel apuro. Así fue; pues al día siguiente recibimos tu carta, anunciándonos la limosna de las 2.000 pesetas, justa cantidad de las dos facturas».

***

   Protestando una vez más no ser nuestro ánimo dar otro valor que el que les presta la fe puramente humana a los testimonios que dejamos aducidos y a los que nos disponemos a exponer, no queremos dejar de hacer mención de algunas de las muchas gracias conseguidas por personas que interpusieron, al demandarlas, la protección de Don Manuel en el cielo, movidas por la fama de santidad de que gozó en vida y continúa teniendo después de muerto. Hemos escogido, entre innumerables, algunas de las que ofrecen mayor relieve. Por lo demás, existen en nuestro poder numerosas declaraciones de Operarios, sacerdotes, seminaristas, religiosas y personas seculares que atestiguan haber sido favorecidas, mediante la intercesión de Don Manuel, con gracias de salud, de tranquilidades de espíritu, de discernimiento de vocación, buena suerte en quintas, reconciliación de familias enemistadas, etc., etc...
   El Operario diocesano don Juan Martí, del templo de San Felipe de Méjico, relata el siguiente caso: «El 18 de junio de 1909, día de la festividad del Sagrado Corazón de Jesús, me senté en el confesonario con un dolor bastante agudo del oído derecho: del otro estoy casi sordo desde muchacho. Como aquella noche tuvimos velación extraordinaria, creo me acosté a las dos de la madrugada, amaneciendo con la almohada muy manchada de supuraciones. ¡Qué triste es ver mover los labios y no entender ni una sílaba! Hasta noviembre de aquel año, estuve curándome por varios especialistas, sin ningún resultado. Cansado dé médicos, no quise entenderme ya con ellos. El oído continuaba supurándome, y yo pidiendo todas los días al buen Jesús que no pasara, más adelante el mal. Un amigo me recomendó varias veces a un especialista que acababa de llegar de Alemania, pero tenía tanta desconfianza, que sólo fui para que no me importunara más el amigo. A mediados de diciembre, decidí presentarme al especialista nuevo, pero antes de ir a verte recordé que tenía un excelente mediador en el cielo. ¡Tonto de mí! Todos los días hacía un memento especial en la santa Misa por el alma de nuestro Padre y nunca se me ocurrió poner a él ante Jesús como abogado. Si tanto me quería en la tierra, ¿por qué en el cielo no tenía que quererme? Le ofrecí un novenario de misas si lograba curarme, y me fui a ver al doctor Peredo. Como a los demás médicos, le conté a éste la historia de mi sordera, y por si acaso le podía dar alguna luz le dije, como a los demás, que tenía la parte derecha de la nariz casi tapada, pues apenas me entraba el aire. Este vio lo que no habían visto los demás: tenía pólipos y debían extraerse. Después de hacerme la curación del oído, le pregunté: «¿Me curaré, doctor, a lo menos de la supuración?» Me contestó: «Las supuraciones antiguas son rebeldes, de ordinario. Lo intentaremos. Venga mañana y le extraeré los pólipos». Al día siguiente, antes de la hora ya estaba en el Sanatorio. Me curó el oído y me extrajo tres pólipos. El aire, al penetrar por la nariz, me causaba vivísima impresión, y me dijo el doctor: «Procure ponerse un pañuelo en la nariz para que no coja un catarro, pues le ha de entrar el aire muy frío». Así lo hice, y le pregunté de nuevo: «¿Me curaré, doctor?» Y me contestó lo mismo que el día anterior: «Ya le dije ayer que las supuraciones viejas son rebeldes. Lucharemos». Me acosté aquella noche con un fuerte catarro, y al día siguiente noté en la almohada más supuración que nunca, pero con la novedad de que oía perfectamente; no sabía si alegrarme o entristecerme, porque es verdad que oía, pero la supuración era extraordinaria. Corrí al Consultorio, dije al doctor lo que me pasaba, me curó de nuevo, y otra vez la pregunta: «¿Me curaré, doctor?» «Le repito, me dijo, que son rebeldes las supuraciones antiguas. Venga mañana». Pero i cuál fue la admiración del doctor y mía, cuando a la mañana siguiente no apareció ni rastro de supuración! Otras veces fui al Consultorio, pero sólo para ser visto, pues no hubo necesidad de hacerme nuevas curaciones».
   Otro Operario, también del templo de Reparación de Méjico, don Tomás Cubells, testifica: «Nuestro Padre Fundador me sirve de intercesor cuando no tengo intenciones de misas en determinados días, pues se ha dado el caso de no tener intención para el día siguiente y venir una persona el mismo día y tomar las doce misas. Desde julio estoy recomendándole en el memento de difuntos esta necesidad y no deja de favorecerme. En este mes tenía sin tomar los días 19, 20, 21 y 25, y, esperando por ver si alguien se presentaría, llegó el 17 del mes y tenía todavía los días vacantes. Clamo a Don Manuel Sol en el memento de difuntos de ese día y en la tarde se tomó el día 19 y seis misas del 21, y dos días después se tomaron los restantes del 20, 21 y 25. Ya ve, pues, que con fundamento puedo piadosamente pensar que Mosén Sol intercede y protege para que tengamos intención para las doce misas diarias».
   Don Manuel Morá, Párroco de Xichú, en Méjico, dice: «Hace más de un año que pedí a Mosén Sol me hiciera un milagro, y él, que fue tan bueno para conceder favores durante su vida mortal, atendió mi ruego y me lo hizo muy señalado, según se verá en mi siguiente relato, que podría jurar, corno sacerdote, ser todo verdadero.
   «Al hacerme cargo de la parroquia de Xichú, en este obispado de Querétaro, la encontré no solamente con los fieles desmoralizados y sin piedad, sino que la hallé sin templo parroquial, pues el antiguo, sin duda construido por los misioneros primitivos, de adobe y techo de madera, había sido destruido por un incendio. Era, pues, de urgente necesidad la construcción de un templo de paredes fuertes y bóvedas firmes; así que, fiado en Dios, antes de los seis meses de mi llegada a Xichú, tenía terminada la capilla -sagrario, y seguí levantando las paredes del templo. Estaba el ábside del nuevo templo y presbiterio con la cornisa terminada, cuando un peón, al pasar de un andamio a otro, se cayó de lo alto de la cornisa de cabeza al suelo del presbiterio, y con él se vino abajo una puerta pesada que estaba tendida en el recodo del ábside uniendo dos andamios; así que esta puerta pegó sobre el muslo del peón haciéndole astillas el hueso, cuyos fragmentos sueltos apreció el facultativo al levantar el cuerpo del infortunado peón en presencia de la autoridad civil. Con la cara aplastada, cubierta de sangre, fue trasladado en estado comatoso el peón desde el templo a la Prefectura, para ser curado y recibirle declaración si acaso volvía en el uso de la razón, procediendo por mi parte a darle la absolución y los santos óleos, pues todos creíamos que aquella noche moriría el desgraciado.
   »En medio de mi angustia y natural zozobra brilló para mí un rayo de esperanza. No sé cómo me ocurrió encomendar al peón a la protección de Mosén Sol, pues como él fue tan entusiasta de todo lo que se hacía para gloria de Dios, esperé que me ayudaría en aquel trance apurado a fin de que no muriera el peón y de que las autoridades civiles no exigieran al maestro de obras responsabilidades por haber tenido sobre los andamios del templo aquella puerta que servía de paso y que estaba sin amarrar. No salió fallida mi esperanza, ni invoqué en vano la protección de Mosén Sol, ,pues que al día siguiente, fiesta de los Santos Reyes, después de celebrar mi primera Misa, fui a la Prefectura o casa donde están las oficinas del Juzgado y autoridad, y me encontré con la grata sorpresa de que el peón no sólo estaba vivo, sino que había recobrado el uso de la razón, y con esperanza de vida. Mas, si el desgraciado peón no había muerto en tan fuerte caída, como en Xichú no había hospital ni médico, sino un curandero, y por otra parte el juez del distrito radicaba en una ciudad a dos largas jornadas de distancia, al avisar por teléfono la desgracia ocurrida, dispuso la autoridad judicial la remisión del herido al lugar de su residencia, de modo que de haberse verificado ésta sin duda que el peón hubiera muerto por el camino. Logramos convencer al juez que había sido una desgracia y que no había delito que perseguir, y haciéndome yo cargo de la curación, me lo entregaron y 1. llevé a la casa cural, donde a pesar de no contar con la asistencia médica fue atendido el desgraciado, soldando perfectamente todos los huesos quebrados y quedando bien todos los dislocados, de modo que hoy camina largas distancias, como son tres jornadas largas a pie que hay entre esta ciudad de Cardereyta y Xichú, y se dedica a los trabajos rudos y pesados a que antes estaba acostumbrado para ganar el pan con el sudor de su frente. Dicho peón se llama Sebastián González... En la adjunta fotografía del templo parroquia¡ en construcción de Xichú está señalado con una cruz el lugar donde cayó el peón, cuya altura será de 9 a 10 metros».
   El mismo informante escribía el 19 de junio de 1913: «Hoy encomiendo a la protección de nuestro santo Mosén Sol a un pintor que, comenzando a pintar el baptisterio de esta iglesia, se cayó del andamio, rompiéndose el hueso del muslo derecho; y que está desahuciado de muy buenos médicos hace algún tiempo; a ver si no le amputan la pierna o muslo quebrado, y sana, para que por segunda vez pueda yo bendecir a Dios, que por intercesión de Mosén Sol me haya concedido este nuevo favor.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

   Dejé olvidada esta carta, y hoy, 7 de julio, puedo informar que el pintor regresó ya de Querétaro, y, aunque con muletas, vino ayer y hoy a comulgar a la iglesia, después de muchos años que no frecuentaba los sacramentos. Así que dejó la cama, donde estaba sin movimiento de la pierna por tener el muslo quebrado, el hueso está en vías de curación, y también su alma ha sanado».
   El Párroco de Burjasot, don Juan Calatayud, dice: «Soy uno de los devotos de Don Manuel, y puedo asegurarles que me ha sacado a flote más de un asuntillo que he puesto en sus manos».
   Don José Mampel, Párroco de Llácoba: «El año pasado tuve mucho tiempo mal en un oído, y el señor médico me dijo que debía ir a un especialista porque cuantos remedios él podía darme no me habían producido ningún efecto, al contrario, me quedé sordo por completo, ¡Considérese la aflicción en que estaría! ¡Una noche estaba desesperado de tanto como padecía! Tenía una estampa, recuerdo del funeral que los colegiales hicieron a Mosén Sol, y se me ocurrió ponérmela dentro del oído, y aquí viene lo para mí extraordinario: me quedo dormido y al despertarme observé que oía perfectamente el tic-tac del reloj de la habitación, que hacía más de un mes que no podía oírlo. ¡Considérese si yo tendría alegría! Me marché a Morella y consulté con don José Vives, quien goza de buena fama como médico, y le dije que hiciera el favor de mirarme el oído, pues el médico me había dicho que debía ir cuanto antes a ver un especialista, y me contestó: «No veo yo ninguna necesidad de que usted vaya a ver ningún especialista en oídos, por cuanto este oído está bien». Ahora voy a confesar m¡ falta. Cuando estaba con aquellos dolores tan amargos, y me encomendaba a la protección de Mosén Sol, le prometí que, si encontraba alivio, lo comunicaría a usted enseguida. Pero después tuve así como vergüenza de ser tachado de visionario o cosa así. Pero, al hacer un año, se repitió y empezó de nuevo el oído a dolerme y a no poder oír bien. Pedí perdón a Mosén Sol por no haber cumplido lo que le prometí, y hace cuatro días que estoy bien y oigo perfectamente».
   La Priora de las Religiosas Dominicas de Nuestra Señora de Porta-Caeli de Valladolid: «Se hallaba mi Comunidad en suma necesidad y adeudando el pan de un trimestre, por lo que acudimos a San José por medio de la devoción de sus Siete domingos, que hicimos por dos o tres veces; y en vista de que nuestra situación no mejoraba, hicimos un triduo al reverendo Don Manuel Domingo y Sol. A los pocos días de terminar aquél, suplicando a Dios nos socorriera por su mediación, quiso sin duda nuestro Padre San José ceder a nuestro santito (como aquí le nombramos) la gracia de socorrer nuestra necesidad, pues se presentó al panadero un señor desconocido pidiendo las facturas firmadas del pan que adeudábamos, y pagando 417 pesetas que importaban, nos las remitió por correo, quedando admiradas, pues no sabíamos quién fuera el bienhechor».
   La Superiora de un convento, nos escribe: «Hallándose esta Comunidad apurada por el reducido número de religiosas y por la falta de pretendientes, acudimos a la intercesión del santo sacerdote Mosén Sol, que tanto amó en vida a las monjas de clausura, implorando la gracia de tres postulantes por lo menos, prometiendo que, si dentro de tres meses lo veíamos cumplido, publicaríamos este favor. Todavía no ha transcurrido el citado plazo y han pedido ya la entrada cuatro jóvenes dotadas de excelentes cualidades, que prometen ser de gran provecho para la Comunidad, si se realiza su entrada, como esperamos».
   «Sor Piedad Vidiella Franch, religiosa de Nuestra Señora de la Consolación, Superiora del Colegio de Caravaca (Murcia), tenía desde hace muchos años las manos completamente llenas de verrugas, tan numerosas y apiñadas, que en algunos dedos le formaban corno unas callosidades muy molestas. Además, con frecuencia le sobrevenía una hinchazón que le impedía todo trabajo y movimiento, aparte del aspecto tan disforme que presentaban, siendo inútiles los muchos medicamentos y remedios que se aplicaba para su curación. Cansada de todos ellos, y siendo devotísima, y también pariente aún de Mosén Sol, le empezó una novena fervorosamente con este objeto, y antes de finalizarla se encontró con las manos perfectamente curadas, y sin la menor huella ni señal de haber tenido verrugas. -Caravaca y noviembre de 1923.» Firman la precedente deposición la religiosa favorecida por Don Manuel y otras dos como testigos.
   Una criada declara: «Algunas veces imploré a Mosén Sol en mi enfermedad, pero el 20 de noviembre de 1920 me repitió un ataque de corazón que me ahogaba por momentos. Apliqué una pequeña fotografía de Don Manuel en la parte del corazón, diciendo: «Mosén Sol, vos que cuando vivíais en la tierra erais tan caritativo con los pobres, hacedme la caridad, por medio de la Eucaristía, de darme una poca de salud para poderme ganar la vida». Al momento noté mejoría y al propio tiempo un consuelo en mi interior que yo no sé explicar, y no pudiendo contener el llanto reconocí que verdaderamente es cosa de Mosén Sol».
   Una religiosa del convento de Sancti-Spiritus de Astorga, dice: «Entre las muchas gracias espirituales que el Señor me ha concedido por intercesión de Don Manuel Domingo y Sol, es digna de notarse la conversión de un pecador. No sé si será gracia o milagro. Hacía más de un año me habían suplicado pidiese por él, y así lo hacía todos los días: pues ni oía Misa siquiera los domingos, y confesarse nunca desde que se había casado, que hacía veinte años o más. Después de encomendarle a la Virgen del Perpetuo Socorro por espacio de un año y no tener resultado alguno, se me ocurrió la idea de encomendarle a Mosén Sol, ya que había leído algunas gracias concedidas por él. Le hice tres novenas seguidas, y le prometí publicar en la revista la gracia obtenida por su intercesión. Al poco tiempo, pues no transcurrió más que un mes de hacerle la oferta, con admiración de todo el pueblo le vieron confesar y comulgar; y no sólo va a Misa los domingos y días de fiesta, Sino que va muchos días entre semana, y este año costeó él todos los gastos para la función sacramental. Hoy, llena de alegría, cumplo mi oferta y suplico la gran caridad de publicarlo para honra y gloria de Dios y de Mosén Sol; y que Dios quiera le veamos muy pronto canonizado, pues se ve bien que el Señor y la Virgen Santísima le confían a él estas gracias para su gloria».
   Una señora de Barcelona escribe: «Hacía mucho tiempo carecía de noticias de una persona a quien mucho apreciaba, mas no dejé de pedir a Mosén Sol me concediera la gracia de recibirlas, pues de ellas pendía un asunto importantísimo. Concedida la gracia, mando las veinticinco pesetas».

***

   Sirvan las gracias anteriormente consignadas como muestra de la confianza de que goza entre los fieles la intercesión de Don Manuel y de la protección que éste les dispensa.
   La revista «La Reparación» tiene abierta una sección donde mensualmente se refieren estas gracias, y en la cual pueden verse otras semejantes.
   Meros relatores fieles de hechos, esperamos que la Santa Iglesia pronuncie su fallo sobre los favores, a veces impresionantes, que constantemente se obtienen invocando a Don Manuel, y que en su día serán alegados por las personas a quienes corresponda.
   El retraso involuntario con que esta obra sale a luz nos permite terminarla con la grata noticia de que el día 25 de enero de 1954, en que se cumplía el XXV aniversario del fallecimiento de Don Manuel, se cerró el proceso informativo para la introducción de su causa de beatificación, que se instruía en la Curia de Tortosa desde noviembre de 1930, y el procesillo de «non cultu». Autorizadamente se ha hecho público que en las trescientas sesiones del proceso no se ha registrado, por parte de los testigos, ni una sola declaración adversa. Laus Deo!


INDICE











Al Clero secular español
Prólogo
Introducción

PRIMERA PARTE

VIDA Y EMPRESAS

Capítulo I. Nacimiento. - Patria. - Familia. - Niñez (1836-1848)
Capítulo II. Vida de seminarista. - Ordenación sacerdotal (1851-1860)
Capítulo III. Indiferencia santa. - Primicias del celo sacerdotal: La Catequesis. - Misionero Diocesano (1860-1861)
Capítulo IV. Regente de la Aldea. - Estudios superiores en Valencia. - Ecónomo de la Parroquia de Santiago y Catedrático del Instituto de Tortosa. - Lauros académicos (1862-1867)
Capítulo V. Vida de familia. - Sus amistades (1860-1897)
Capítulo VI. Su apostolado en el confesonario: Fomentador de vocaciones religiosas. - Incansable actividad y santa atracción (1860-1891)
Capítulo VII. Su apostolado en el confesonario: Fomentador de la piedad entre las devotas seglares. - Confesor ordinario de las Religiosas de San Juan y de la Purísima, de Tortosa (1860-1891)
Capítulo VIII. Vicario del convento de Santa Clara, de Tortosa. (1860-1891)
Capítulo IX. Director Espiritual: Afecto y desvelos paternales
Capítulo X. Director Espiritual: Alentador y compasivo
Capítulo XI. Director Espiritual: Defensor de la «clase devota». - Afectuosa y agradecida correspondencia de sus dirigidas. - Normas de prudencia
Capítulo XII. Director Espiritual: Paciente. - Enfervorizador. - Su retraimiento de este ministerio
Capítulo XIII. Durante la época revolucionaría: Ayudando a Ossó. - Defensor de las Clarisas. - La juventud Católica. - Apóstol de la Buena Prensa. - Su primer viaje a Roma el año 70 (1868-1872)
Capítulo XIV. Fomentador de las vocaciones eclesiásticas: El Colegio de San José de Tortosa (1873-1876)
Capítulo XV. Fomentador de las vocaciones eclesiásticas: El Colegio de San José de Tortosa (Conclusión) (1876-1892)
Capítulo XVI. La Escuela Dominical. - El Apostolado de la Oración. - Peregrinación Teresiana. - Profesor del Colegio de San Luis. - Fundación del convento de la Providencia de Vinaroz. - La Librería Católica. - Su segundo viaje a Roma (1873-1878)
Capítulo XVII. La Congregación de San Luis (1880-1906)
Capítulo XVIII. Su cooperación al establecimiento de las Redentoristas en Tortosa. - La Adoración Nocturna. - Las Camareras del Santísimo (1880-1886)
Capítulo XIX. Fundación de la Hermandad (1883-1884)
Capítulo XX. Fundación de la Hermandad (Conclusión) (1884-1886)
Capítulo XXI. El Colegio de San José de Valencia-Los de Murcia y Orihuela (1884-1889)
Capítulo XXII. Propaganda en favor de la Hermandad-Reclutamiento de Operarios. - Es reelegido Director General de la Hermandad (1885-1891)
Capítulo XXIII. Fundación de los conventos de Benicarló y Vall de Uxó. - Favorecedor de Congregaciones de religiosas (1886-1908).
Capítulo XXIV. Apostolado en favor de las almas piadosas del siglo: San Mateo. - Ejercicios espirituales para caballeros. - Proyecto de los «Maestros Seráficos»
Capítulo XXV. El Colegio Español de Roma: Antecedentes-Inspiración. - Primeros pasos (1888-1890)
Capítulo XXVI. El Colegio Español de Roma. - Trabajando por Condotti (1890)
Capítulo XXVII. El Colegio Español de Roma: Trabajando por Condotti. (Continuación) (1891)
Capítulo XXVIII. La Peregrinación Nacional de Congregantes de San Luis a Roma. - Fallecimiento de don Vicente Vidal (1891).
Capítulo XXIX. Inauguración del Colegio Español de Roma en Monserrat (1892)
Capítulo XXX. El Colegio Español en Roma: Felicísimo incremento (1892-1893)
Capítulo XXXI. El Colegio Español en Roma: En el Palacio Altieri. - Donación del de Altemps por León XIII. - Toma de posesión (1893-1894)
Capítulo XXXII. Los Colegios de Plasencia, Almería, Lisboa y Burgos (1894-1895)
Capítulo XXXIII. Se traslada al Colegio de Tortosa-Lutos de amistad.- Desenvolvimiento del Colegio de Roma. - El «Correo Interior josefino». - Muerte del ilustrísimo señor Caparrós. - La dirección de Seminarios. - Los de Astorga, Chilapa (Méjico) y Toledo (1894-1898)
Capítulo XXXIV. Redactando las Constituciones de la Hermandad. «El Decretum laudis». - El Primer Capítulo General de la Hermandad (1888-1898)
Capítulo XXXV. Breve idea de la Hermandad según las Constituciones-Criterio de Don Manuel sobre la admisión de aspirantes. - Cualidades características del Operario según Don Manuel.
Capítulo XXXVI. Bienandanzas del Colegio de Roma.- El Cardenal Vives, Primer Cardenal Protector de la Hermandad. - El Colegio de Toledo. - El Seminario de Zaragoza. - El Templo Nacional de San Felipe de Jesús y el Seminario de Cuernavaca, en Méjico. - Los de Sigüenza, Cuenca, Badajoz y Baeza, en España; y el de Puebla de los Ángeles en la República Mejicana. - Fallecimiento de don José García. - Constitución física de Don Manuel. - Sus primeras enfermedades (1898-1903)
Capítulo XXXVII Celo de Don Manuel por los objetos de la Hermandad. - Otros Seminarios confiados a la misma durante su Generalato. - «Operarios en ministerio». - El «Fomento de vocaciones religiosas y apostólicas».-Templos de Reparación: el de Tortosa. - Empresas en favor de la juventud secular y de la clase obrera.- Enfermo en Burgos. - El Segundo Capítulo General de la Hermandad: Renuncia al Generalato y torna a ser reelegido. - Grave recaída en su enfermedad (1897-1906)
Capítulo XXXVIII. Florecimiento del Colegio Español de Roma. - Don Manuel lo visita por última vez en 1907
Capítulo XXXIX. última enfermedad de Don Manuel. - Su muerte. - Homenajes póstumos. - Traslado de sus restos mortales al Templo de Reparación de Tortosa (1908-1926)

SEGUNDA PARTE

VIRTUDES

Capítulo I. Anhelos de santidad. - Recogimiento. - Presencia de Díos-Espíritu de oración. - Prácticas de piedad - Fe y confianza en Dios - Eficacia de su oración. -Demanda de oraciones. El «buen combate»
Capítulo II. Humildad. - Obediencia
Capítulo III. Espíritu de mortificación - Castidad
Capítulo IV. Caridad de Don Manuel para con Díos - Su amor al Corazón de Jesús y a la Eucaristía
Capítulo V. Don Manuel, reparador de Jesús Sacramentado - Apóstol del espíritu de reparación
Capítulo VI. Don Manuel, reparador: Proyectos varios. (1868-1894)
Capítulo VII. Don Manuel, reparador: Los templos de Reparación. El de Tortosa (1896-1903).
Capítulo VIII. Amor de Don Manuel a los Santos-Sus devociones predilectas
Capítulo IX. Amor a las almas-Celo insaciable-Su predicación
Capitulo X. Laboriosidad de Don Manuel-Sus viajes
Capítulo XI. Laboriosidad de Don Manuel-Sus cartas-Las vacaciones de Don Manuel
Capítulo XII. Pureza de intención-Prudencia-Don de consejo
Capítulo XIII. Modestia y buen ejemplo.
Capítulo XIV. Amabilidad de Don Manuel.
Capítulo XV. Espíritu de obsequiosidad
Capítulo XVI. Espíritu de gratitud, de sinceridad y de alegría de Don Manuel.
Capítulo XVII. Amor de Don Manuel a los pobres-Su espíritu de pobreza
Capítulo XVIII. Amor de Don Manuel a España-Su devoción al Santo Ángel Patrono del Reino
Capítulo XIX. Amor a Tortosa-Devoción de Don Manuel a la Virgen de la Cinta, al Ángel de Tortosa y al B. Francisco Gil de Federich
Capítulo XX. Fama de santidad de Don Manuel después de su muerte-Incoación del proceso para su beatificación.
Capítulo XXI. Lo sobrenatural en la vida de Don Manuel.-Gracias alcanzadas por su intercesión

A. M. D. G.

1 El 28 de noviembre de aquel mismo año escribía en su «Dietario»: «Misa a San Antonio por el hallazgo de los papeles de la historia de los Colegios».
2 La partida de bautismo dice de esta forma: «En la Iglesia Catedral de Tortosa, hoy día 2 de abril de. 1836, fue bautizado solemnemente juxta Rm. Sae. Rae. Eccle. Manuel Domingo, nacido a las tres de la mañana del día antes, hijo legítimo y natural de Francisco Domingo y Josefa Sol, conjs. -Abuelos paternos: el difunto Francisco Domingo y la viviente María Ferré- Abuelos Maternos: Juan Sol y Manuela Cid, todos los antedichos naturales y vecinos de esta ciudad de Tortosa. Fue Padrino el Pbro. Don Francisco Navarro, natural de Ginestar y Comensal de esta Sta. Iglesia Cated.l (quien hizo ostensión de su correspondiente permiso para ser Padrino) de que doy fé el Sor. Cura Dn Gabriel Duch». De hecho, el primer apellido, Domingo, sin duda por creerse comúnmente que era nombre propio, quedó como eclipsado por el segundo de Sol. En una carta a don Sebastián Bover, el 11 de noviembre de 1901, dice Don Manuel, lamentándose de semejante quíd pro quo, y a raíz de una complicación financiera, motivada por la frecuente omisión de su primer apellido: «Les ha dado a VV. por la costumbre de suprimir mi apellido; y lo peor es falsificarlo, poniendo el «Manuel D. Sol» o «Manuel de Sol» o «Manuel Sol», etc., etc... Todo podría pasar en cartas particulares, pero supone un cacumen extraño el ponerlo en documentos ofíciales y en letras... Pongan bien los tres nombres míos: Manuel Domingo y Sol. Hágalo presente a todos los nuestros para siempre».
3 Habían contraído matrimonio el día 10 de junio de 1817. Aunque sólo conocemos los nombres de diez, dice de sí propio Don Manuel, en una de sus cartas, que era «el único que quedaba de sus doce hermanos». De los que tenemos noticia, José, el mayor de todos, nació el 19 de marzo de 1918; Francisca, el 4 de agosto de 1820; Francisco Manuel, el 12 de mayo de 1825; Rosa, el 30 de agosto de 1827; Agustina, el 19 de enero de 1830; María y Angela (gemelas), el 1º de agosto de 1834; Don Manuel, el 1º de abril de 1836; Josefa, el 10 de febrero de 1842. Otro de los hermanos, llamado Pedro, siendo todavía jovencito, murió ahogado en una balsa de aceite del molino de la familia, donde tuvo la desgracia de caerse.
4 El padre de Don Manuel, que poseía buen número de heredades, ejercía el oficio de maestro tonelero. José y Francisco, hermanos de Don Manuel, se dedicaban, respectivamente, a la construcción de carros y a la fabricación de jabón.
5 Ramón Vergés Pauli.
6 Letra de Juan Moreira; música de José M.ª Perís.
7 El 16 de febrero de 1836, pocas semanas antes de nacer don Manuel, había sido fusílada junto a la barbacana de la ciudad María Griñó, la inocente y anciana madre del cabecilla carlista Ramón Cabrera; y el 11 de agosto de aquel mismo año fueron encarcelados muchos sacerdotes realistas. El populacho, amotinado, pretendía que fueran pasados por las armas. Los míqueletes asesinaron al Canónigo Sala, al salir éste de la Catedral. Desde 1834 a 1843 les fue aplicada la pena de muerte, por causas políticas, a unas 50 personas, entre las que se contaban religiosos, sacerdotes y mujeres. Mas de 3.000 tortosinos se alistaron en el ejército carlista, mientras en la ciudad se formaron para favorecer la causa del Gobierno tres Compañías de milicianos nacionales.
8 El padre de Don Manuel había fallecido dos años antes.
9 Desde 1833 no se había administrado en Tortosa.
10 El «Dómine» Sena, entusiasta y afortunado cultivador, en prosa y en verso, de la lengua del Lacio, era un respetable y piadoso varón, popularísimo en Tortosa por sus candorosas genialidades y rarezas. Ufanábase Don Manuel de su buena fortuna por no haber experimentado los tremendos castigos de que eran víctimas cotidianas sus condiscípulos; pero no declaraba sí semejante excepción era debida a su no común aplicación y buena conducta o más bien a los sustanciosos y frecuentes regalos que su madre, según añadía él mismo, como queriendo dar la clave del misterio, acostumbraba enviar al terrible «Dómine», partidario acérrimo del antiguo aforismo: «La letra con sangre entra». Años adelante, en 1864, emulando Don Manuel los caritativos ejemplos de su generosa madre, inició una suscripción pública para remediar la precaria situación económica en que se hallaba la familia de su querido y venerado maestro, «más versado en ,desdichas que en versos».
11 El señor Obispo Gordo y Sáez, el 10 de octubre de 1850, había trasladado a él, desde el de San Matías, las clases de Sagrada Teología y la Dirección General.
12 «Mariae.- Dilectissima Mater: Ego Emmanuel Domingo, confisus in protectione tua et in dilectione tua erga homines, utpote filios, objiciens te amorem erga Eucharistiam, erga Trinitatem, ponens ante oculos tuos Conceptionem tuam, Nativitatem tuam, divinam Maternitatem, virginalem Puritatem, Dolores, Mortem, Assumptionem, dulcissimum Nomen tuum Mariae et Filii tui Iesus; sanctos Josephum, Joachim et Annam, Angelos et Sanctos caeli et justos terrae, humiliter expono, postulo et omnibus viribus per antedicta conjuro ut me et omnes infrascriptos, quos sub protectione tua (titulo Pulchrae Dilectionis et Carmeli) colloco, adjuves, protegas, assistas in omni necessitate, et praecipue in hora mortis nostrae salves et conserves. Adeo, ut si hoc non feceris, merito potero conqueri tecum, et celeberrimum illud dictum quod nominem ad tua currentem praesidia, tua implorantem suffragia esse derelictum ex historia tolletur. Quod requiram omnibus annis die 16 julii et die Assumptionis et festivis de Pulchra Dilectione, etc., etc. -Derthusae 16 julii 1855. - EMMANUEL DOMINGO. - Jesus, Maria et Joseph.»
13 Ya sacerdote, Don Manuel, no se descuidó en mostrarse agradecido y favorecer al Padre Sena, proporcionándole, durante años, innumerables veces, estipendios de Misas.
14 Practicaron los Ejercicios en el Seminario de Tortosa, en los primeros días de septiembre, y hay motivos para presumir que los ordenandos estaban casi del todo dejados en manos de su libre albedrío y apenas sin dirección, instrucciones ni vigilancia. Para suplir en lo posible la carencia de estas ayudas, parece que redactó Don Manuel las notas que extractamos.
15 Al mencionar, a este propósito, el epistolario, que ha sido uno de los más copiosos y mejores arsenales utilizados para la composición de este libro, no estará de más notar que en todas las cartas, en él íntegra o parcialmente transcritas, respetamos el estilo epistolar peculiarísimo, inconfundiblemente personal, de Don Manuel. Las extrañas construcciones, y hasta los giros incorrectos, que a veces se encuentran en muchas de sus cartas, no son lapsus debidos a los apremios con que casi siempre tenía ,que escribir, sino más bien un índice de la espontaneidad y sencillez de su espíritu, que sin pararse en atildamientos literarios, prefería la frase en cada caso más adecuada para el fin que pretendía. Con frecuencia, sobre todo escribiendo a personas de modesta ilustración o de gran intimidad, para expresar con más vigor o más intención su pensamiento, recurría deliberadamente -hacíalo aún en la conversación- a términos o construcciones catalanes o catalanizantes.
16 Cuando se termine la impresión de este libro, la Fundadota de las Adoratrices habrá ya sido canonizada, o estará a punto de serlo, por u Santidad Pío XI.
17 Los motivos del decaimiento de la misma los apunta una feligresa, diciendo: «Mí casa pertenecía a la parroquia de Santiago, a donde yo iba a Misa con mí madre. La iglesia estaba siempre vacía y no había frecuencia de Sacramentos... El sacristán salía con la azafata a pedir limosna para el culto con calza corta y roquete. El Cura era muy viejecito y el Vicario estaba siempre enfermo... Mosén Sol en pocos meses lo reformó todo ... »
18 En la solemne apertura de curso de 1864-65 leyó Don Manuel un discurso de grandilocuente y poético estilo, que hace suponer largas y fervorosas lecturas de Donoso Cortés y Chateaubríand, acerca de la «Importancia del estudio de la Sagrada Escritura en el triple aspecto religioso, científico y literario». Terminaba loando al Gobierno de S. M. «que, en su alto criterio -decía- ha querido que, además de las nociones elementales, de Religión en la Primera Enseñanza, se le asignara un curso mas, para que ocupara lugar preferente entre las asignaturas de la Segunda, para que fuera como la puerta de la Historia Universal, y sus preceptos y ejemplos el más sólido cimiento, el báculo más seguro en que debe apoyarse el hombre, si quiere seguir con paso firme los resbaladizos derroteros de la vida ... »
19 Francisco había muerto el 21 de diciembre de 1838 y María el 15 de junio de 1891.
20 I Timot. II-12.
21 Referíase a uno de sus cuñados.
22 Tortosinismo, con que quería significar que eran las horas que más le apenaba perder.
23 Un piojo.
24 Grano de cebada.
25 Las lavanderas.
26 ¡Mira, mossenye (sacerdote), qué gente nos has traído!
27 No te los acerques tanto.
28 El cura vendrá algún día sin manteo, por haberlo dado a los pobres.
29 Teniendo esto en cuenta, queremos dejar consignado en esta nota un extracto de la biografía de Don Benito Sanz y Forés. Nació en Gandía el 21 de marzo de 1828. Hizo los estudios de Derecho en la Universidad de Valencia, y pasó luego al Seminario, donde estudió Teología y en el cual fue Profesor desde 1850 y Vicerrector en 1855, año en que recibió la ordenación sacerdotal. Lectoral de Tortosa, en 1857. Abreviador del Supremo Tribunal de la Rota, en 1866. Obispo de Oviedo, en 1868. Arzobispo de Valladolid, en 1881, y en 1890 de Sevilla. Fue creado en 1893 Cardenal de la Santa Romana Iglesia. Es una de las más célebres figuras del Episcopado español en nuestros tiempos. Varón de eximias virtudes, de profundos y vastos conocimientos, de grandiosas empresas, de asombrosa actividad, prudentísimo consejero, predicador grandilocuente y fervoroso, era al mismo tiempo de una sencillez y humildad encantadoras. Fue el «apóstol de Tortosa» durante los años que en ella estuvo, desde el púlpito, en el que se mostró incansable, en el confesonario, con el establecimiento y desarrollo de las Catequesis y el de varias prácticas y asociaciones piadosas, como la «Felicitación Sabatina», el «Mes de Animas», el «Mes de María» en la iglesia de San Blas, la «Obra de las Primeras Comuniones», de la «Santa Infancia», etc., etc. ... y sobre todo con el perseverante ejemplo de su santa y edificantísima vida.
30 Había nacido don Enrique de Ossó y Cervelló, en Vinebre, provincia de Tarragona, y diócesis de Tortosa, el 16 de octubre de 1840. Ayudóle en ocasiones Don Manuel, también con recursos económicos. En su testamento pone entre los créditos a su favor: «Enrique de Ossó quedó a deberme 150 a 200 duros. Están perdonados».
31 El reverendo don Mariano García.
32 Y ¿qué haremos ahora de esta almita?
33 Empujón.
34 Chiquita, ¿cómo es que has tardado tanto?
35 Pues cuéntamelo todo, y ya lo arreglaremos.
36 La fundación del convento data del siglo XIII. Las religiosas fundadoras vinieron de Barcelona, enviadas por las dos sobrinas de Santa Clara, Sor Inés de Peranda y Sor Clara de Asís.
37 El doctor don Francisco Aznar y Pueyo, era Obispo de Tortosa, desde 1879. Falleció el 27 de junio de 1893.
38 La heredera, o la mayor de varías hermanas.
39 Diminutivo de colla, que significa cuadrilla.
40 Ovillo.
41 Término empleado en el sentido de lío o confusión.
42 Basta.
43 El diablo.
44 Aludía Don Manuel a la contingencia del éxito o del fracaso de la fundación de un convento.
45 Santurronas, gazmoñas.
46 Párrocos.
47 Padrecitos.
48 El 2 de octubre de 1869, fundó Don Enrique la «Asociación Catequística», formando doce catequesis en Tortosa y sus arrabales, haciendo abrir al culto la capilla de San Pedro, cerrada por temor a profanaciones, y en ella y en la de la Sangre reunía a los pequeñuelos, organizando con ellos públicas procesiones y hasta romerías a la Virgen de la Providencia. El 12 de octubre de 1873 estableció la «Asociación de Hijas de María Inmaculada y Santa Teresa de Jesús», la cual, a los pocos meses, contaba con 700 asociadas, y elevada a «Archicofradía Primaria» por Pío IX en 1875, se ha difundido rapidísimamente por España entera, Portugal, Francia, Bélgica, Inglaterra y por varías naciones de la América española. En 1874, estableció don Enrique la «Hermandad Josefina», para hombres, y el «Rebañito del Niño Jesús», para las niñas que no habían hecho todavía la primera Comunión. Y en 1876, su obra por excelencia, la de las «Hermanas de la Compañía de Santa Teresa de Jesús».
49 En primer término, el Excmo. y Rdmo. Sr. Vilamitjana, que no escatimó esfuerzos, como Prelado de las religiosas y como favorecedor de Don Manuel, para conjurar el peligro.
50 A raíz de la trágica muerte de su marido, escribieron las monjitas de Santa Clara a la Condesa condoliéndose y prometiendo sufragios. Envió Don Manuel el borrador de la carta, redactada por él, a su perpetuo confidente y consejero don Enrique de Ossó, con esta coletilla «Mi Enrique: Corte y cambie, y añada dos parrafitos de afecto de su copioso repertorio».
51 Don Jacinto Peñarroya, Penitenciario de la S. I. C. de Tortosa.
52 Don Mariano García.
53 Don Agustín Llasat.
54 Sanz y Forés.
55 Llaman así en Tortosa a los trajes que llevan los encapuchados que acompañan a los pasos en las procesiones de Semana Santa.
56 Por los días en que comienza la impresión de esta obra, ha fallecido el reverendo Valero. A propósito de su muerte, Correo Josefino escribía, entre otras cosas, lo siguiente, en su número de junio de 1933: «El 20 de abril último falleció, a los 78 años de edad, el reverendo don Ramón Valero Carceller, que después de una dilatada vida empleada en el ministerio parroquial, desempeñaba, a guisa de descanso, el cargo de capellán de las Clarisas, en Nules (Castellón), donde casi de improviso le ha sorprendido la muerte. El 19 de abril, a las once de la mañana, mientras se hallaba confesando a las religiosas, sufrió un ataque apopléjico que le dejó sin sentido. Cuatro hombres que pasaban por la calle acudieron a la demanda de socorro y trasladaron al enfermo a su cama. Después de un nuevo ataque, le fue administrada aquella tarde la Extremaunción, y sin recobrar el conocimiento entregó su alma a Dios a las seis de la tarde del 20. El del entierro fue un día de luto para la católica población de Nules, que en masa acompañó el cadáver del padre Vicario, de todos querido y venerado por sus ejemplarísimas virtudes. Los modestos jornaleros que por oficio conducen a hombros los cadáveres en los entierros, se negaron a recibir la acostumbrada remuneración, alegando que bastante honrados sentían «con haber llevado a un santo». ¡Descanse en paz el edificante sacerdote!»
57 Cita aquí el señor Valero sus nombres. Digamos sólo que entre los acogidos figuraban seis teólogos, ocho filósofos y ocho latinos.
58 El 18 de diciembre de 1868, en comunicación al Ministro de Gracia y Justicia, se lamentaba el Excmo. Sr. Vilamitjana, entre otras cosas, «de la anómala situación -decía& en que todo el mundo me verá de hallarme privado... de la libertad de formar en ciencia y virtud a mis jóvenes levitas con habérseme quitado ambos Seminarios».
59 Todavía el 18 de septiembre de aquel año, escribía el señor Vilamitjana al Nuncio Apostólico: «...Todo, Excmo. y Rvmo. Sr., todo sigue en Tortosa como estaba, y peor. Nada ha sido devuelto ni siquiera el Archivo de la Catedral: por el contrario, para el día 30 del corriente, está anunciada la venta en pública subasta de la Casa de Misión... La miseria es extrema en la mayor parte del clero de la diócesis. He perdido la cuenta de las iglesias convertidas en fuertes, y de los sacerdotes desterrados o compelidos por la persecución a abandonar sus puestos... Esto es una desolación...»
60 Manuel Domingo y Sol. Calla Don Manuel por humildad su nombre.
61 Según la relación del señor Valero, que creemos más exacta, debajo del portal del Romeu. Don Manuel recordaría que se encaminaba al palacio para trabajar en la «Biblioteca de la Buena Prensa».
62 Don Manuel dice, en sus notas, de 1871 a 72; pero por los apuntes de don Mariano García, acordes con las fechas que da Valero, y por otros documentos, consta que fue la que ponemos en el texto. Don Manuel escribía después de muchos años y de memoria, sin precisar documentalmente las fechas, de las que nunca se preocupó gran cosa. ¡Cuántas veces es preciso o suplirlas o rectificárselas! A juzgar por el «Dietario» de misas de Don Manuel, el encuentro con Valero debió ser a primeros de febrero de 1873, pues desde el día 12 comenzó a pedir en ellas al Santo Ángel «por el Colegio de Tortosa» y «por las Vocaciones eclesiásticas».
63 «Asimismo &escribe Don Manuel& ordenó el Prelado que en adelante, se llamara «Colegio de San José». Se le propusieron varios nombres: «Jesús, María y José», «Corazón de Jesús», «Sagrada Familia», etc...; pero él resolvió y mandó se llamara de San José». «No sólo aprobó. el pensamiento de un llamamiento al clero de la diócesis, sino que quiso él mismo redactar el escrito y discurrió y consignó por su propia mano las condiciones para la admisión, fijando, para solidar mejor la obra, una cuota gradual para los que pudieran satisfacerla... Estas Bases han servido para la instalación de los demás Colegios de San José».
64 Había nacido en Panticosa (Huesca) el 28 de mayo de 1821. Nombrado Obispo de Tortosa en diciembre de 1878, fue consagrado el 6 de julio del 79 en Tarragona, donde era canónigo.
65 Velones. Lo estableció el 20 de agosto de 1882.
66 Enredadores.
68 Un tarro de manteca.
69 En 1878 pedía en la Santa Misa por una institución en favor de la juventud, que debió acariciar vagamente, sin acertar a darle forma concreta.
70 Estaban los jesuitas de nuevo en Tortosa desde 1879.
71 El Diablo.
72 La Madre Teodora.
73 Chiquitas, no tengo para todas. Haremos una rifa.
74 ¿De dónde venís, chiquitas?
75 No lo creo, chiquitas; no me engañaréis.
76 Vamos al comedor. Comed y callad.
77 Chiquitas, ¿os he prometido alguna cosa?
78 Seguid siendo buenas chicas.
79 Los «Misioneros Teresianos», que dice Don Manuel en una de sus cartas, que luego quería llamar los «Misioneros Josefinos».
80 «No escuche usted &escribía en mayo de 1891 al Operario don Jesús Herrero& las sugestiones de don José María Caparrós respecto al título de nuestra Obra, esto es, sobre lo de «Diocesanos», pues es, precisamente, lo que nos específica, más que lo de Reparadores. Los sacerdotes son operarios todos ellos en la diócesis, pero no son operarios diocesanos... Precisamente lo que más cayó en ojo al inexorable P. Martín fue lo de «diocesanos», esto es, «sacerdotes, como dice él, diocesanos».
81 De ellas ha trazado una hermosa semblanza en el libro «Flores del clero secular» (Valencia, 1928) su familiar el presbítero don Juan Bautista Marrahí.
82 Tortosínismo difícil de traducir. Equivale, aproximadamente, a desahogo.
83 Don Vicente Vidal.
84 Don Ignacio Guillén y don Pedro Aparici.
85 Don Remigio.
86 Don José Marzá.
87 Don Manuel.
88 Don Benjamín.
89 Don Andrés
90 Don Vicente.
91 Don Juan Bautista.
92 «El Congregante de San Luis».
93 Don José García.
94 Las fundadoras.
95 El diablo.
96 Campo de algarrobos.
97 Pesado, machacón.
98 «Hacer el asno»...
99 ...«¡Ay, hija, qué caída he tenido en el camino, junto a la venta de la «Serafina-», y cuánto mal me he hecho! ¡Por poco te quedas sin padrecito!»
100 «¿ Qué tiene el Mossén? ¡Mirad! ¡Pobrecito de él! ¡Está herido!
101 Como a conocido y amigo de los Operarios del Colegio de Murcia, dirigióse a él Don Manuel en el mes de marzo, pidiéndole d atos acerca del número de alumnos del Colegio Pío Latino Americano, y si asistían a la Universidad; qué clases de colegios extranjeros existían; y, principalmente, si cerca de la Universidad había casas grandes alquilables para 20 ó 30 alumnos, y precios de arriendo.
102 Alquiler.
103 El P. Martín.
104 El que lo había sido antes de Santander, señor Calvo y Valero.
105 No se había formado Monseñor Vico cabal concepto de la cesión de Condotti.
106 En aquella misma fecha, al dar las gracias a Mons. Vico por sus instrucciones y consejos, le advertía Don Manuel «que el pensamiento de Colegio surgió antes de saber de Condotti con la sola idea de empezar con el arriendo de una casa». Tan fácil y hacedero se le hacía todo, que el 2 de septiembre escribía a don Felipe Tena, a la sazón Coadjutor de Vinaroz: «¿Sí que tendrías ánimo de estarte en Roma con otro, aunque no fuese más que el primer trimestre? Dímelo, en caso. El curso empieza allí al noviembre, y si Jesús va allanándolo todo, debemos empezar este año».
107 «En un piso magnífico &escribía Don Manuel& de una casa muy limpia y lujosa».
108 Don José García.
109 La de San Claudio.
110 Se acababa de celebrar allí un Congreso Católico Nacional.
111 El Colegio Hispánico del señor Calvo y Valero, dirigido por los Padres del Corazón de María. El señor Obispo de Segorbe, del que aquí se habla, intentó posteriormente fundar en Roma un Seminario oficial.
112 Agregado a la Embajada de España junto al Vaticano.
113 Monseñor Merry del Val (Don Rafael), había nacido el 10 de octubre de 1865, en la Embajada de España en Londres, en la que era, a la sazón, Secretario su padre, el cual fue más tarde Embajador en Viena, Roma y Londres. La madre de Monseñor Merry era la noble y piadosísima señora doña Josefa Zulueta. A los siete años de edad, fue llevado Monseñor Merry a Baylis House para hacer los primeros estudios, que completó después en los Colegios de PP. jesuitas de Namur y Bruselas. Habiéndose despertado en su alma la vocación sacerdotal, ingresó en el Seminario Central de San Cutberto de Ushaw (Inglaterra), del cual se trasladó a Roma, ingresando, por iniciativa del propio León XIII, en la Academia de Nobles Eclesiásticos y frecuentando las aulas de la Universidad Gregoriana hasta doctorarse en Filosofía, Teología y Derecho Canónico, y estudiando después un curso especial de Diplomacia. Antes de ser ordenado sacerdote, fue a Londres como Secretario de la Misión extraordinaria de la Santa Sede por el jubileo de la Reina Victoria, en junio de 1887; en marzo del siguiente año, a Berlín, en compañía de Monseñor Galimberti, enviado como Legado extraordinario a los funerales del emperador Guillermo I; y aquel mismo año estuvo en Viena como portador de un regalo y una carta autógrafa del Papa para el emperador Francisco José. En los últimos días del año 1888, el Cardenal Parochi, Vicario de S. S., le confirió el Presbiterado, y el 1.º de enero de 1889 celebró su primera Misa en las habitaciones del edificio del «Jesús» donde murió San Ignacio. En 1889 acompañó de nuevo a Monseñor Galimberti en una misión a Viena, y en octubre dio principio a su apostolado entre los jóvenes del Trastevere, fundando en la vía Delle Fratte la «Asociación del Sagrado Corazón», que había de cultivar con santo e incansable entusiasmo hasta su muerte. Cuando le conoce Don Manuel, continuaba residiendo y completando sus estudios en la Academia de Nobles Eclesiásticos.
114 Refiérese Don Manuel a la asistencia y servicios de los colegiales de San José.
115 Secretario particular de León XIII.
116 «Después de poner su firma &anota Don Manuel& prorrumpió el P. Martín en un gran sollozo, porque aquella transferencia significaba para él la extinción en todo el mundo de su Orden de la Santísima Trinidad, por ser aquella Casa la única que les quedaba y hallarse próximos a morir los pocos religiosos que existían».
117 Padre Sol, ¿qué? ¿Reñía usted a nuestro Señor? ¿Quiere que le diga lo que le decía?
118 El Duque de Tetuán, ministro de Estado.
119 El diablo.
120 En la Peregrinación.
121 Parece dejar entender discretamente que había recomendado el asunto a la Reina Regente.
122 Monseñor Merry era Presidente de la junta que en Roma representaba a la de Tortosa.
123 Mencionaremos, como nota curiosa, que durante la función vespertina el propio Don Manuel se ocupó humildemente en mover los fuelles del órgano, a falta Ú quien desempeñara tan imprescindible faena.
124 «La Estrella del Mar», en su número del 24 de septiembre de 1922, estimulando a sus lectores para que se alistaran en la «Peregrinación Nacional Española a Roma», que andaba organizando &y que se celebró más tarde, con magnificente éxito, del 28 de marzo al 4 de abril de 1923&, decía: «Deseando que un acto de tal trascendencia, el primero de este carácter que se realiza en España, revista el mayor esplendor posible, etc ... » No. La gloria de haber conducido a Roma la primera Romería Nacional de las Congregaciones de San Luis, corresponde a nuestro Don Manuel.
125 Era el doctor Benavent un sacerdote valenciano muy amigo y devoto de don Vicente y se hallaba asistiéndole en su enfermedad. El cuenta que eran continuos en el enfermo los actos de conformidad con la voluntad de Dios, y las jaculatorias, tanto, que hasta dormido las repetía. Hasta para exhalar algún leve quejido le demandaba permiso.
126 Los había practicado del 7 al 15 de junio de aquel año en el Colegio de la Compañía de Jesús de Valencia.
127 Albergo, quiere decir Don Manuel. palabra italiana que significa casa de huéspedes.
128 Contaba solo don Benjamín 27 años de edad cuando fue designado por Don Manuel, con felicísima intuición, para la ardua y gloriosa misión de primer Director del Colegio de Roma. Había nacido en Cervera, diócesis de Tortosa y provincia de Castellón, en 1865. Cursó con gran lucimiento los estudios eclesiásticos en Tortosa, como alumno interno del Colegio de San José, demostrando no comunes aptitudes y afición a las bellas letras. En los últimos años de su carrera actuó de