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Testigos de su sacerdocio
Juan de Andrés Hernansanz
Madrid-Salamanca
1990
CONTENIDO
Presentación
Introducción
Capítulo primero: Persecución religiosa en España (1931-1936)
Capítulo II: La persecución religiosa en la diócesis de Toledo el año 1936
Capítulo III: Persecución religiosa en Valdealgorfa (Teruel) y en la diócesis de Tortosa
Capítulo IV: Fama de mártires
Capítulo V: Síntesis biográfica del siervo de Dios Pedro Ruiz de los Paños
Capítulo VI: Virtudes del siervo de Dios Pedro Ruiz de los Paños
Capítulo VII: Martirio del siervo de Dios Pedro Ruiz de los Paños
Capítulo VIII: Síntesis biográfica del siervo de Dios José Sala Picó
Capítulo IX: Virtudes del siervo de Dios José Sala Picó
Capítulo X: Martirio del siervo de Dios José Sala Picó
Capítulo XI: Síntesis Vigo. del siervo de Dios Guillermo Plaza Hernández
Capítulo XII: Virtudes del siervo de Dios Guillermo Plaza Hernández
Capítulo XIII: Martirio del siervo de Dios Guillermo Plaza Hernández
Capítulo XIV: Síntesis biográfica del siervo de Dios Recaredo Centelles Abad
Capítulo XV: Virtudes del siervo de Dios Recaredo Centelles Abad
Capítulo XVI: Martirio del siervo de Dios Recaredo Centelles Abad
Capítulo XVII: Síntesis biográfica del siervo de Dios Martín Martínez Pascual
Capítulo XVIII: Virtudes del siervo de Dios Martín Martínez Pascual
Capítulo XIX: Martirio del siervo de Dios Martín Martínez Pascual
Capítulo XX: Síntesis biográfica del siervo de Dios Antonio Perulles Estivill
Capítulo XXI: Virtudes del siervo de Dios Antonio Perulles Estivill
Capítulo XXII: Martirio del siervo de Dios Antonio Perulles Estivill
Capítulo XXIII: Síntesis biog.del siervo de Dios José Pascual Carda Saporta
Capítulo XXIV: Virtudes del siervo de Dios José Pascual Carda Saporta
Capítulo XXV: Martirio del siervo de Dios José Pascual Carda Saporta.
Capítulo XXVI: Síntesis biográfica del siervo de Dios Isidoro Bover Oliver
Capítulo XXVII: Virtudes del siervo de Dios Isidoro Bover Oliver
Capítulo XXVIII: Martirio del siervo de Dios Isidoro Bover Oliver
Capítulo XXIX: Síntesis biográfica del siervo de Dios José María Peris Polo
Capítulo XXX: Virtudes del siervo de Dios José María Peris Polo
Capítulo XXXI: Martirio del siervo de Dios José María Peris Polo
ABREVIATURAS EMPLEADAS
AAS Acta Apostolicae Sedis.
RAH Roma. Archivo de la Hermandad.
RACCS Roma. Archivo de la Congregación de Causas de Santificación.
RACE Roma. Archivo del Colegio Español.
VADJ Valladolid. Archivo de las Discípulas de Jesús.
PRESENTACIÓN
El presente volumen nos acerca a la historia, la vida y la muerte de nueve sacerdotes excelentes, todos ellos miembros de la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos.
Es a un tiempo biografía y libro de actas martiriales. Porque el autor añade a la vida y virtudes de cada uno de ellos un estudio pormenorizado de su muerte, en todos los casos violenta y martirial.
Además, como ha hecho el biógrafo en otras ocasiones, nos ofrece la oportunidad de conectar personalmente con los protagonistas. La base de estas hermosas páginas son los escritos de los mismos actores y las declaraciones de los procesos en la voz de tantos y tantos testigos que firman con gozo sus afirmaciones a fin de que un día la Iglesia los declare verdaderos mártires.
MÁRTIRES
Todos ellos murieron entre julio y octubre de 1936. Son los primeros meses de la sangrienta contienda que calcina España a lo largo de tres dolorosos años. Refiriéndose a este acontecimiento, el prestigioso historiador S. G. Payne escribe: «La salvaje persecución llevada a cabo por la revolución fue posiblemente la prueba más intensa sufrida por el catolicismo español en su larga y accidentada historia.»
Esta riada de sangre se alimenta con la siega de las vidas de 6.832 sacerdotes, seminaristas y religiosos. Hoy ya estamos en condiciones de afirmar que no fue algo casual ni vale refugiarse en el consabido vandalismo de las masas incontroladas. Dos años antes habían sido martirizados doce sacerdotes, siete seminaristas y dieciocho religiosos. Los sacerdotes asesinados en la revolución del 36 «fueron víctimas de una persecución anunciada, impulsada y demagógicamente alimentada los años precedentes».
Leyendo detenidamente estas páginas, cada uno llegaremos a pronunciar nuestro veredicto personal. Pero es claro que murieron exclusivamente por ser sacerdotes. De alguno de ellos, sus mismos ejecutores declararán más tarde haber afirmado: «A sacerdotes como éste no se los debiera matar.»
San Agustín nos dice que es el motivo lo que da origen al martirio, no la forma ni las circunstancias. Y en estas páginas se van desgranando los motivos.
Un mártir insigne dejó escrito que «es precisamente por medio del martirio como se llega a ser verdadero discípulo de Cristo». Y Tertuliano nos recuerda que por el martirio se alcanza la perfecta justicia, es decir, la santidad, porque es la realización perfecta del primer y mayor mandamiento.
San Ignacio de Antioquía será el paladín del ardiente deseo del martirio rechazando a quienes se lo quisieran impedir. En nuestros personajes encontramos auténticos adelantados de este anhelo.
La historia nos irá clarificando, con la fuerza de sus argumentos, por qué los sacrificaron. Nosotros debemos aprovechar las ideas por las que murieron. Y hacer de las razones de su vida y de su muerte motivos de credibilidad y de esperanza.
SACERDOTES OPERARIOS DIOCESANOS
Pedro Ruiz de los Paños, el primero de la lista y en aquellas fechas Director General de los Operarios, les predicaba un mes antes de su muerte: «En la Hermandad se ora y se trabaja mucho. Estoy contento de los Operarios. Solamente nos falta sangre de martirio. Hacen falta Operarios mártires.»
La calidad y la cantidad del sacrificio colmaría con creces las aspiraciones del Director General de la Hermandad. A esa gran crecida de sangre torturada, los Operarios contribuyeron con la vida de treinta sacerdotes que la entregan como auténticos testigos de su fe y de su sacerdocio. La muerte de estos hombres en plena vida —entre los cincuenta y cinco años del mayor y los veintiséis del más joven— es algo tan sonoro que no nos permite devaneos discutiendo intenciones ajenas.
Por el momento presentamos nueve. Son aquellos cuyos procesos están concluidos y de cuya muerte violenta existen testigos presenciales. Más tarde vendrá el resto del grupo a sumarse a esta ya gloriosa caravana de santos que van asomándose a nuestra historia después de cincuenta años de enterramiento silencioso. Todos ellos «recibieron el don eximio del martirio y supieron responder con la prueba suprema del amor» (LG 42).
Hay una nota claramente diferenciadora en este grupo de sacerdotes que ha de tenerse en cuenta al leer este volumen. Me refiero a su condición de educadores, de formadores del clero. Los nueve dedican su ministerio sacerdotal a la formación de los futuros presbíteros.
Pedro Ruiz de los Paños, que muere siendo director general de los Operarios diocesanos, ha gastado su vida en los seminarios de Málaga, Jaén, Badajoz y Sevilla. Durante diez años fue rector en el de Plasencia y seis en el Pontificio Colegio Español de Roma. Muere en Toledo en el tercer año de su mandato como director de la Hermandad y cuando se disponía a constituir canónicamente la Congregación de las Discípulas de Jesús.
José Sala trabaja cuatro años en el Seminario de Segovia y dieciocho en Toledo. Muere siendo rector del Seminario Menor de esta archidiócesis.
Guillermo Plaza acaba de cumplir veintiocho años cuando es asesinado. Los seis que lleva de sacerdote y operario los había dejado enterrados en los seminarios de Zaragoza y Toledo.
Recaredo Centelles había cumplido treinta y dos, y seis de sacerdote. Desarrolla su actividad pastoral en Tortosa. Primero en el Colegio de Vocaciones Eclesiásticas y luego en el Seminario Menor de la diócesis. Ocupando este cargo entrega su vida por sus seminaristas.
Martín Martínez no llega a cumplir los veintiséis años. El único curso de vida sacerdotal lo gasta en Murcia como educador y profesor en el Colegio de Vocaciones y como confesor en el Seminario de San Fulgencio.
Antonio Perulles trabaja durante diecisiete años en el Colegio de Vocaciones y en el Seminario de San Jerónimo de Burgos. La muerte le alcanza siendo rector del Seminario de Orihuela, diócesis a la que dedica los tres últimos años de su vida.
Pascual Carda entrega su vida a los cuarenta y un años, después de haber dejado su exquisita disponibilidad en los seminarios de Tarragona, Belchite, Valladolid, Burgos. Muere siendo rector del Seminario de Ciudad Real.
Isidoro Bover, después de dos años en el Seminario de Cuerna-vaca (México), y expulsado con motivo de la revolución del 14, dedicó toda su vida a escribir, primero, y a dirigir la primera revista que se publicó en España para seminaristas: El Correo Interior Josefino.
José María Peris Polo durante dieciséis años trabaja en el Colegio de Vocaciones Eclesiásticas de Tortosa, doce de los cuales es director del mismo. Durante seis años se ocupa de la rectoral del Seminario de Córdoba y muere cuando lleva cuatro de rector del Seminario Mayor de Barcelona.
Cuando nos preparamos a conmemorar los veinticinco años del Decreto conciliar sobre la formación sacerdotal y tenemos en el telar los trabajos del próximo Sínodo de los obispos, cuyo tema es la formación sacerdotal en el mundo actual, el testimonio de estos forma-dores ejemplares, competentes y dedicados es un estímulo para quienes gastan y desgastan su vida y su ministerio en tarea tan delicada e importante como lo es siempre la de formar pastores para la Iglesia.
Incluso en su dinámica formativa podemos encontrar valores de total actualidad: el encuentro frecuente y personal con el educando, el acompañamiento vocacional, la presencia continua, el esmero en la oración litúrgica y la música, la dirección espiritual como papel fundamental, el convencimiento. También la energía cuando los valores que estaban en juego son fundamentales. Nunca el castigo. Sí una selección permanente.
Comentando sobre uno de los protagonistas de esta obra, el cardenal Tarancón escribe en sus memorias: «A él debo lo mejor de mi formación sacerdotal. Era una persona muy inteligente, muy bien formado teológicamente, gran artista y de una sincera y honda piedad. Con los años de rector en el Colegio había adquirido una madurez de juicio y una experiencia en el trato con los seminaristas que le habían convertido en un gran educador.
»Afable, alegre, brindando a todos su comprensión y su amistad.
»Tres cualidades suyas me llamaban especialmente la atención: su piedad profunda, sincera, humana, varonil; su comprensión extremada, que daba a su trato un carácter humano y cordial; su cultivo, a la vez, de la teología y de la música...
»La profundidad de la doctrina se aliaba con la sencillez de la expresión y estaba penetrada de una unción que nos conmovía fácilmente» (cardenal Tarancón: Recuerdos de juventud, Ediciones Grijalbo, 1984, pp. 40-41).
Recientemente hemos sufrido en nuestra Iglesia europea ese otro martirio sin sangre de la escasez de vocaciones, de las salidas, de cierta aridez en la misión. También se ha dejado sentir, y con caracteres a veces dramáticos, en quienes dedicaban su vida a la formación de los futuros pastores.
A la vista de estas figuras, pensemos en que no estamos solos. Uno de los sucesores de Pedro Ruiz de los Paños en la dirección de la Hermandad, y conocedor directo de casi todos los actores de este libro, escribía en el otoño del 47: «No estamos solos. Confiemos en su sangre y en su intercesión... e imitemos con el martirio espiritual diario de nuestro trabajo callado, pero eficaz, la oblación cruenta de los mártires amadísimos» (Vicente Lores).
PRUEBA Y REGALO
A más de cincuenta años de su muerte, a veinticinco del Concilio y asomándonos a una nueva evangelizacíón, nuestros mártires —porque los mártires son de todos—, su memoria y su reconocimiento son un regalo para la Iglesia y para nuestro grupo. Hoy se lo brindamos como obsequio a quienes dedican su ministerio a formar sacerdotes, religiosos, personas consagradas. Ellos nos obligan, con su vida y con su muerte, a mantener un talante sereno, un corazón paciente, unas manos tendidas al cultivo de todo lo bueno que existe en la juventud actual.
Mirándolos a ellos no haremos estéril su sangre. Agradeciendo el don de su martirio, lo que pueda haber de prueba en nuestro ministerio lo viviremos con la mirada prendida en el presente para ofrecer un futuro mejor a nuestras iglesias o a nuestras instituciones.
«Nada hay tan propio de un sacerdote digno como el vivir y el morir crucificado con Cristo», nos dice uno de los biografiados.
Somos herederos, entre otros, de este grupo de sacerdotes operarios audaces y generosos que sellaron su sacerdocio y lo llevaron a plenitud con el derramamiento de su sangre sólo por ser sacerdotes.
Lope Rubio Parrado
Director general de los Operarios Diocesanos
Madrid, 1 de abril de 1990.
INTRODUCCIÓN
Estando muy avanzado todo el proceso para la beatificación de los mártires de la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos, nos conviene a todos conocer un poco mejor la vida y la muerte de estos héroes. Como decía el director general de la Hermandad, «somos herederos, entre otros, de este grupo de operarios audaces y generosos que sellaron su sacerdocio y lo llevaron a plenitud con el derramamiento de su sangre sólo por ser sacerdotes» 1.
Tendremos que conocer un poco la situación de España en aquellos turbulentos años de verdadera persecución religiosa. Esta se venía fraguando desde la proclamación de la II República el día 14 de abril de 1931.
No había pasado un mes, y ya el 11 de mayo tuvo lugar la terrible quema de iglesias, conventos, casas religiosas y colegios. Los que entonces vivieron estas tragedias son testigos de excepción, y ya tendremos ocasión de ver sus documentos de primera mano.
El día 19 de mayo de 1931 escribía desde Roma don Carmelo Blay a don Joaquín Jovaní: «Ya puede suponer los días que hemos pasado con las tristísimas noticias de los asuntos tan graves de España. Es mejor no hacer comentarios. La cosa es mucho más grave, porque se ve claramente que era cosa preparada y muy bien organizada y tolerada por los que tenían obligación de impedirlo y no lo han impedido. Pobres de los nuestros de Valencia» 2.
En octubre de 1934 tuvo lugar la llamada «revolución de Asturias», y fueron martirizados doce sacerdotes, siete seminaristas, dieciocho religiosos e incendiadas cincuenta y ocho iglesias. Es muy revelador este trágico episodio de Asturias. Dice Antonio Montero: «No vale en Asturias la fácil explicación de que las matanzas eclesiásticas obedecieron a una represalia por las muertes en la zona de Franco. Todas las fuentes informativas que avalan nuestra narración datan de 1934 o, a lo sumo, de 1935. Es decir, no están influidas por una literatura ni de guerra civil ni de cruzada. ¿Hará falta insistir en que, al margen de la propia guerra civil, y con antelación a la misma, estaba minuciosamente previsto el programa de persecución a la Iglesia?» 3.
Los 6.832 sacerdotes, seminaristas y religiosos asesinados en la revolución de 1936 «fueron víctimas de una persecución anunciada, impulsada y demagógicamente alimentada los años precedentes» 4.
APORTACIÓN DE LA HERMANDAD
La Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos tuvo una aportación ingente de sangre, dado el escaso número de sus miembros.
Fueron asesinados el director general y veintinueve sacerdotes Operarios diocesanos. Diez de ellos eran rectores de seminarios. Los otros diecinueve eran superiores y profesores.
Debe ponerse de relieve que estos Operarios martirizados fueron formadores de miles de los sacerdotes que sucumbieron en el martirio, víctimas del odio a la fe.
Una vez más hay que recordar lo que nuestro Fundador decía de sus Operarios, a quienes quería no sólo apóstoles, sino modela dores y formadores de apóstoles. También fueron no sólo mártires, sino modeladores y formadores de mártires.
Decía el Beato Manuel Domingo y Sol: «Cierto que nosotros, más que escritores y más que apóstoles parciales, hemos de ser modeladores y formadores de apóstoles, para que se pueda decir de cada uno de nosotros, aunque en diferente materia, lo que se puso sobre el sepulcro del profesor Deza en su epitafio: 'Alii scripta, scriptores ego mundo dedi'» 5.
Estos hermanos nuestros fueron considerados verdaderos mártires desde el momento en que se conoció su muerte violenta. Espigando entre las muchas cartas escritas por los Operarios que no tuvieron que vivir —morir— en la zona roja, se lee continuamente esta denominación aplicada a los que cayeron en aquella tala impresionante.
Don Antonio Torres era a la sazón rector del Seminario de Segovia, y escribe el 20 de octubre de 1936 a don José Avila, único miembro de la Junta de la Hermandad que se libró de la persecución, y que hubo de hacerse cargo de la dirección del Instituto: «A ver si escampa y la Hermandad puede irse rehaciendo. Grave situación nos espera. Pero yo tengo una firmísima esperanza de que nuestros mártires serán excelentes patrocinadores de la Hermandad en el cielo» 6.
El entonces vicerrector —y rector en funciones— del Pontificio Colegio Español de Roma, ya preconizado obispo, don Manuel Molí y Salord, escribía también a don José Avila, el 23 de octubre de 1936: «Recibimos y leímos con avidez sus dos cartas, la primera con los detalles interesantísimos y edificantes de nuestros mártires toledanos» 7.
Y de modo parecido le escribían desde las casas donde aún quedaban Operarios.
Dada la dificultad de comunicaciones, tanto entre ambas zonas de España como entre España y el extranjero, al principio se tenían noticias muy confusas. A veces se habla en ellas de Operarios que no habían muerto como si hubieran sido asesinados. Pero lo más significativo es que los llaman «mártires».
Don Manuel Moll escribía, desde Roma, el día 11 de octubre de 1936, creyendo que, juntamente con don Pedro y don José Sala, había sido martirizado don Jaime Flores: «Duelo particularísimo para esa casa, y mi casa, es la muerte de don Jaime Flores. Con ella comienza el Libro de Oro de su martirologio, que quizá ya contenga varios nombres de hermanos queridísimos. Aquí estamos deseosos de noticias de nuestras casas, y no recibimos ninguna» 8.
El rector del Seminario de Salamanca, don Juan José Salomón, escribe a don José Avila, el día 20 de noviembre de 1937, lamentando el martirio de don Juan Bautista Calatayud, que en realidad murió, a consecuencia de los sufrimientos que hubo de pasar en la zona roja, el día 19 de abril de 1938. Pero lo importante es que, creyendo que ha sido asesinado, le da el título de mártir: «Hemos sentido mucho la muerte del queridísimo don Juan Calatayud (q. s. g. h.). Esperaba este fin, si seguía en Tortosa. ¡Gloria a don Juan! Dios le ha querido dar la corona de mártir» 9.
Era muy profunda la convicción de que aquellos hermanos eran verdaderos mártires. El día 21 de mayo de 1938 escribe don Juan Sánchez Hernández, desde Roma, a don José Avila:
«En breve recibirá usted un ejemplar de los Anales de Santa Teresa de Lisieux, que publican un artículo hermosísimo de nuestro venerado mártir don Pedro. Ya empiezan a empujarnos desde fuera... Si no nos damos maña a honrar la santa memoria de don Pedro, nos avergonzarán los carmelitas, no sólo las monjas, sino también los frailes. El prior de Medina, hombre muy de Dios, le tiene por un santo» 10.
Este artículo se titula: «Un mártir d’Espagne, Membre de la Pieuse Union Sacerdotale de Lisieux, le Rev. D. Pedro Ruiz de los Paños», publicado en Les Annales de Sta. Thérése de Lisieux, año 14, núm. 5, mayo 1938, pp. 152-155.
DE MOMENTO SOLO NUEVE
Por ahora, y para su posible pronta beatificación, sólo se han podido presentar nueve de los treinta sacerdotes operarios diocesanos que sufrieron el martirio.
Es una pena que no puedan ser incluidos los demás, por falta de testigos presenciales de su martirio.
Quedan fuera, esperamos que provisionalmente, figuras de la talla extraordinaria del siervo de Dios Joaquín Jovaní Marín, Mateo Despóns Tena, Miguel Amaro Ramírez y todos los demás que, desde el silencio, son también un preclaro testimonio para todos nosotros.
CAPITULO PRIMERO
PERSECUCIÓN RELIGIOSA EN ESPAÑA (1931-1936)
Antes de trazar la semblanza de los siervos de Dios y de narrar su martirio considero oportuno ofrecer una sucinta visión panorámica de la situación de España durante los años de la persecución religiosa.
Fundamentalmente se basará este capítulo en las cartas escritas por los Operarios que sufrieron en carne propia la persecución sistemática de los enemigos de la Iglesia. También se utilizará algo de lo mucho que aportan los testigos en ambos procesos, el de Toledo y el de Tortosa.
Creo sinceramente que dentro de esta visión de conjunto se entenderá mejor el verdadero martirio de nuestros hermanos.
PROCLAMACIÓN DE LA II REPÚBLICA Y ACTITUD DE LA IGLESIA
El día 14 de abril de 1931 fue proclamada la II República española, tras la derrota aparente de la Monarquía en las elecciones municipales celebradas el 12 de abril de ese mismo año. «Resultaron elegidos 22.150 concejales monárquicos y 5.875 de la coalición adversaria, si bien el triunfo de ésta fue obtenido en las capitales de mayor población» 1.
El nuevo régimen fue aceptado y acatado por la Iglesia en España. El día 9 de mayo de 1931 los metropolitanos españoles escribían: «Particularmente todos y cada uno de los prelados españoles han recordado ya a los fieles los deberes que les ligan con las autoridades constituidas y la obligación que les incumbe de cooperar al bien común y al mantenimiento del orden social. Los metropolitanos españoles, reunidos, de nuevo ratifican plenamente estas manifestaciones de los prelados, en la confianza de que las autoridades respetarán los derechos de la Iglesia y de los católicos en una nación en que la casi totalidad de la población profesa la religión católica» 2.
Los obispos españoles, todos en conjunto y cada uno, acataron el nuevo régimen y exhortaron a los fieles a acatarlo, a pesar de que intuían desde el primer momento que era confiar demasiado.
En ese mismo documento tienen que decir: «Los prelados españoles, en su deseo sincero de no crear dificultades al Gobierno provisional, han callado hasta el presente con la esperanza de que serían por él íntegramente respetados los derechos de que, por tantos títulos, venía gozando la Iglesia en España. Mas su silencio pudiera ser ya interpretado fácilmente como aquiescencia a medidas del poder público y a hechos gravísimos que han producido penosísima impresión a los católicos por lesionar derechos suyos preciadísimos.»
Y los metropolitanos, aunque sabían ya por experiencia directa que era esperar demasiado, no obstante «abrigan todavía la esperanza de que el Gobierno, conforme a los propósitos, que tantas veces ha manifestado, de paz y de concordia, nada intentará ni permitirá respecto a la Iglesia y a sus derechos sin ponerse de acuerdo con la Santa Sede» 3.
Pero aquel Gobierno provisional era definitiva y encarnecida-mente antirreligioso y anticlerical. Cuando escribían los metropolitanos el documento antes citado habían pasado exactamente veinticinco días desde la proclamación de la II República y el horizonte amanecía cada vez más encapotado.
El 1 de mayo de 1931 se celebró la «Fiesta del Trabajo» por primera vez bajo el Gobierno republicano. Y tanto había sido envenenado el pueblo contra todo lo que significara religión e Iglesia, que reaccionaban las masas de manera rabiosamente hostil. El siervo de Dios Miguel Amaro Ramírez —martirizado en Toledo el día 2 de agosto de 1936— escribe el 4 de mayo de 1931 al siervo de Dios Joaquín Jovaní Marín —martirizado el 5 de diciembre de 1936—, entonces Director General de la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos:
«El día primero de mayo los comunistas celebraron un mitin en la plaza de toros (de Valencia). Las iras de los oradores tomaron por blanco al presidente del nuevo régimen, para el cual pedían la amputación de su cabeza por arrodillarse ante los altares, rezar; ¡y de un hombre así no se puede esperar la salvación de España!» 4.
Como escribía, el 17 de abril de 1931, don Joaquín Jovaní al siervo de Dios Juan Valles —martirizado el 9 de agosto de 1936—: «La gente que ha empuñado las riendas del Estado no es mucho de fiar, que digamos. Pero Dios está en los cielos y esperamos preserve a nuestra nación de lucha fratricida» 5.
QUEMA DE IGLESIAS Y CONVENTOS
A los veintisiete días de la proclamación de la II República española se desencadenó la violencia más brutal y salvaje contra todo lo que tuviera algo de signo religioso, asaltando, saqueando, incendiando iglesias, conventos, residencias y colegios religiosos.
La gente que había empuñado las riendas del Estado antes había incitado a las masas a cometer los desmanes que luego realizaron, quizá más pronto de lo que ellos mismos preveían...
Son muy interesantes las cartas que en aquellos días escribieron los que avizoraban la tempestad que se cernía sobre España.
El siervo de Dios Joaquín Jovaní, a la sazón Director General de la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos, escribe, el 18 de abril de 1931, al siervo de Dios Mateo Despóns Tena —martirizado el día 13 de agosto de 1936—: «Por ahora todo sigue en paz, pero dentro de unos meses, cuando las turbas se vean defraudadas en las esperanzas concebidas por predicaciones infames, ¿qué podrá suceder? No quiero ni pensarlo, sino vivir cada día como me lo manda la Divina Providencia. ¡Ahora se hace más necesaria la vida de fe!» 6.
Este recelo era muy legítimo, porque sabían cuanto habían dicho a las turbas los que se habían encaramado al poder, y aparece por todas partes. Don Alberto Sabanés, entonces rector del Seminario de Jaén, escribe al siervo de Dios Joaquín Jovaní el 17 de abril de 1931: «Estamos con temor para cuando las turbas experimenten el desengaño de lo que les han prometido» 7.
Se oteaba en el horizonte la tragedia. Es muy significativo lo que dice, en carta de 7 de mayo de 1931, al Director General de la Hermandad el siervo de Dios Antonio Perulles Estivill, martirizado el día 12 de agosto de 1936 (entonces el siervo de Dios era rector del Colegio de San José para Vocaciones Eclesiásticas de Burgos): «Vino el señor arzobispo y les dijo (a los seminaristas) que los que no estuvieran decididos a todo, hasta al martirio, aprovecharan la ocasión de las vacaciones del verano para no volver al seminario» 8.
El 11, 12yl3de mayo de 1931 muchas ciudades españolas se convirtieron en una inmensa hoguera de iglesias, conventos, colegios, quemados impunemente por las hordas. «Casi un centenar, entre templos y casas religiosas, fueron pasto de las llamas en tres días de barbarie popular» 9.
Y mientras la chusma quemaba, saqueaba, profanaba, el Gobierno provisional de la II República y sus adláteres no pudieron —no quisieron— controlar tantos y tan serios desmanes. Dice Antonio Montero: «No le quedan al historiador actas judiciales de un proceso que no llegó a iniciarse contra los autores de tales desmanes. Ya esta ausencia de formal intervención de la autoridad judicial denuncia de por sí que el Gobierno rehuía aclaraciones excesivas de lo ocurrido. Consta también que la censura oficial impidió a los periódicos de orientación católica dar la versión justa de los hechos, mientras la prensa opuesta ofrecía a su clientela las más pintorescas interpretaciones» 10.
«Resultan, sin embargo, muy significativos algunos testimonios que inducen a pensar que algunos miembros del Gobierno tenían conocimiento, con cierta anticipación, de los hechos. Manuel Azaña afirma en su diario que el 7 de diciembre de 1932 recibió la visita de un confidente, 'el mismo que el año pasado avisó a Maura de la proyectada quema... con cuarenta y ocho horas de anticipación'» 11.
TESTIMONIOS DE PRIMERA MANO
Se conservan muchas cartas de quienes aquellos días sufrieron asaltos, saqueos, incendios, viéndose totalmente desamparados de protección. Veían llegar la tormenta y sólo podían resignarse.
El día 12 de mayo de 1931 escribía al Director General de la Hermandad el entonces rector del Colegio de San José para Vocaciones Eclesiásticas de Murcia, don Jaime Agut: «Estamos dolorosamente impresionados y sobresaltados por lo ocurrido en la pacífica Murcia y por lo que pueda ocurrir.
»Anoche pegaron fuego al edificio del diario católico La Verdad...; intentaron asaltar el seminario... De las dos a las tres de la mañana, han estado en gran peligro.
»Ha entrado un pánico terrible, porque a las doce han pegado fuego a la residencia e iglesia de los franciscanos y diciendo que venían para acá» 12.
Don Manuel Lucas, rector del Seminario de Almería, escribe el día 13 de mayo de 1931: «Ayer tarde nos vimos obligados a desalojar el Seminario y salir todos, ante los temores —por confidencias recibidas— de que intentaban quemar el Seminario y Palacio» 13.
El día 14 de mayo escribe el rector del Seminario de Orihuela, don Vicente Villar: «Escribo bajo la más deprimente impresión por tan desagradables acontecimientos desarrollados estos días en España, y con mayor intensidad en esta desgraciada región levantina. Los primeros chispazos de persecución religiosa saltaron en Alicante, la noche del 11, con el incendio y saqueo de todos los conventos religiosos de ambos sexos, incluso el chalet episcopal...
»El fuego persecutorio apareció el 12 en Murcia, siendo visible desde este seminario por las densas nubes de humo que divisábamos, dando esto incremento al enorme pánico que ya se había apoderado de estos seminaristas, los cuales no desconocían los nefastos sucesos alicantinos» 14.
El siervo de Dios José Pascual Carda Saporta, en carta del 14 de mayo de 1931, cuenta a don Joaquín Jovaní el asalto, saqueo e incendio del Colegio de San José de Valencia 15.
El entonces director de este colegio, siervo de Dios Miguel Amaro, escribe el 17 de mayo de 1931: «El martes por la tarde, a primeras horas, se hacía notar en el ambiente un malestar terrible, indicio de cernerse una tormenta... A las ocho dimos la hora de despeje, consumimos las formas, y en veinte minutos las vidas se habían puesto a salvo... Los últimos en salir fuimos don Pascual y yo... Anoche mismo me dijeron que habían levantado acta notarial, destinando el edificio a ser propiedad del pueblo» 16.
Don Miguel Amaro elevó inmediatamente solicitud para poder volver al colegio, destinándolo, como hasta entonces, a la formación de los futuros sacerdotes. Pero siempre quedaba el temor de que podría ocurrir cualquier cosa.
Escribe el 19 de mayo de 1931: «Hoy elevé una instancia al capitán general para que nos autorice reintegrarnos al colegio... supongo que nos contestará favorablemente, aun cuando no den garantías de seguridad ni en las vidas ni en las haciendas, pues lo mismo hacen con las demás concesiones que libran a otros que solicitan volver, excepto a los padres carmelitas, que después de concedida la autorización para reintegrarse, se la recogieron. El señor arzobispo aconseja a todas las comunidades que solicitan volver no duerman en casa» 17.
No se podía contar con garantías. Dice el 21 de mayo: «Pregunté en las oficinas de Estado Mayor por las garantías de seguridad, tanto de local como de las personas, y conjidencialísimamente me dijo un jefe que casi cero; pero, ¡chitón!» 18.
Esa situación se palpaba en todas partes. Don José Esteve, rector del Seminario de Ciudad Real, escribía el 13 de mayo de 1931: «Los desmanes de la Corte se han corrido aquí; esta noche han intentado quemar la residencia y escuela apostólica de los padres jesuitas y ahora hace breves momentos están forcejeando para quemar el convento e iglesia de las religiosas dominicas. En la provincia han cometido ya varios desmanes también» 19.
Don Inocente Colom, rector del Seminario de Barcelona, escribe el 14 de mayo de 1931: «Con las noticias que iban llegando de Madrid, Alicante y demás capitales, hemos pasado tres o cuatro días de muchas zozobras. Ayer fui a cambiar impresiones con el señor obispo y hasta me atreví a insinuarle si quería que los chicos fueran a pasar el día de la Ascensión y el domingo próximo con sus familias, pues por todas las noticias y circunstancias eran cuatro días de vida o muerte para Barcelona.
»Dijo el señor obispo que verdaderamente eran momentos difíciles, pero habíamos de dar muestras de fortaleza, y de momento no había peligro porque estaban tomadas todas las medidas. Le contesté que quedaba tranquilo con lo que me decía y que, por lo que a mí afectara, no había de dejar ni el puesto ni la esperanza.
»Por la tarde, a las tres y media, me llamaron los profesores para decirme que las noticias que corrían no podían ser peores, que la Guardia Civil había recibido orden de que abandonaran los conventos que estaban custodiando, etc. Les dije lo que me había dicho el señor obispo; pero, en vista de que las circunstancias habían cambiado, marchaba en auto a palacio a cambiar impresiones de nuevo.
»Vi al señor obispo, le comuniqué las impresiones del claustro, y el pobre me dijo que no eran así las que él tenía, pero, no obstante, que hiciera con los chicos lo que me pareciera. Le propuse que fueran a pasar con sus familias estos dos días de fiesta, que son los más peligrosos... Aprobó el plan, aunque con sentimiento, y los chicos salieron ayer tarde, después de las clases, hasta el próximo martes.
»Antes de salir los chicos ya llegaron nuevas noticias de que las Salesas ardían, que delante de los padres jesuitas de Caspe había un gran grupo de gente, etc.
»Delante del Seminario comenzó a formarse un grupo de gente (no grande), que iba en aumento. Pensé que había llegado la hora...
»Hasta el momento presente no ha ocurrido nada. Estén tranquilos, que nosotros lo estamos. Adiós. Hemos leído con sentimiento lo del Colegio de Valencia. ¿Han sido muchos los daños? ¿Y lo de Córdoba?» 20
El Gobierno asistía impasible a tanta barbarie. A veces los mismos gobernadores civiles alentaban a los desalmados en sus provincias. «La pasividad del Gobierno fue en parte reconocida mucho después y públicamente por el ministro de la Gobernación» 21.
El día 16 de julio de 1931 escribe el siervo de Dios Miguel Amaro Ramírez, desde Valencia, una carta al Director General de la Hermandad, muy significativa, que nos permite ver cómo se conducían los gobernantes:
«Hace dos días nos dieron la voz de alerta, pues se preparaba nuevo 'asalto' para anoche. La Fuerza Pública redobló la vigilancia, pero tenían órdenes, en caso de asalto, de conducirse pasiva y mimosamente» 22.
Mientras tanto la propaganda antirreligiosa continuaba cada vez más exacerbada por toda la geografía española. El día 1 de julio de 1931 escribe desde su pueblo natal, El Romeral (Toledo), el siervo de Dios Miguel Amaro al siervo de Dios Joaquín Jovaní, Director General de la Hermandad: «Las impresiones que se tienen por aquí no son las más consoladoras, pues todo el mundo está bajo la presión de una propaganda atea y revolucionaria» 23.
LEGISLACIÓN SECTARIA
Las tensiones fueron aumentando a lo largo de 1931. Las elecciones del 28 de junio dieron una mayoría socialista, que elaboró en el Parlamento una Constitución de tipo descaradamente antirreligioso y anticatólico.
Según el primer presidente de la II República, don Niceto Alcalá Zamora, «era una Constitución que invitaba a la guerra civil» 24.
Pero fue sobre todo a partir del mes de enero de 1932 cuando el Gobierno republicano empezó a manifestar abiertamente su política antirreligiosa con una legislación sectaria sin precedentes en España. También es cierto que, con esa legislación y sus consecuencias, se incrementó el descrédito de la II República —ya muy deteriorado— ante los sectores moderados de España y hasta ante todo el mundo.
Tal legislación se preveía desde el nacimiento de la República, porque la gente que había tomado las riendas del Estado no era muy de fiar, que digamos. Lo intuía, desde Roma, el siervo de Dios Pedro Ruiz de los Paños. Escribe el día 25 de abril de 1931 al entonces Director General de la Hermandad, siervo de Dios Joaquín Jovaní: «El gran problema será para las Constituyentes, y el gran peligro después. Creo que el presupuesto eclesiástico, la escuela laica, la expulsión de los religiosos y la persecución en general se ven danzar en las intenciones o, al menos, en las consecuencias inevitables de los principios de ahora y de las personas que los representan» 25.
El día 3 de mayo de ese mismo año 1931 concreta más sus intuiciones: «Desde luego, la expulsión de los jesuitas, la separación de la Iglesia, la enseñanza laica, la ley de asociaciones con el rasero laico también, y la incautación de los bienes eclesiásticos con la supresión del presupuesto del clero; todo esto, si el Señor no lo remedia por otra parte, vendrá muy pronto y, como consecuencia, el peligro para los seminarios y para este mismo colegio» 26.
Y así fue. La Constitución rompió descaradamente con ]a Iglesia, lo que equivalía a romper con la parte más sana y mayor del pueblo español.
El 23 de enero de 1932 fue disuelta la Compañía de Jesús, en virtud del artículo 26 de la Constitución, que ordenaba disolver las órdenes religiosas que profesaran obediencia a una autoridad distinta de la del Estado.
Muchos jesuitas se fueron refugiando provisionalmente donde se les daba hospedaje. Casi en todas las casas que entonces tenían los sacerdotes Operarios diocesanos hubo algún jesuita alojado. Dice el entonces Director General, siervo de Dios Joaquín Jovaní, hablando del Colegio de San José de Tortosa: «Los padres jesuitas han pedido hospedaje para tres en esta casa. Con gusto los recibiremos... ¡No faltaba más! En estos tiempos de libertad y democracia, los que siguen a Jesucristo son perseguidos. Volvemos a los tiempos de Herodes» 27.
De manera parecida escriben desde todas las casas, colegios y seminarios que dirigía la Hermandad.
El 2 de febrero de 1932 se aprobó la ley del divorcio. El 6 de febrero de ese mismo año apareció el decreto de secularización de los cementerios. Y con esa misma fecha, el Director General de Primera Enseñanza daba la orden de retirar el crucifijo y cualquier otro signo religioso de las escuelas.
Pero la que más protestas levantó fue la llamada Ley de Confesiones y Asociaciones Religiosas, publicada el 3 de junio de 1932. Con ella se limitaba el ejercicio del culto católico y quedaba totalmente sometido a la autoridad civil, con las consiguientes arbitrariedades de las casi siempre incultas y groseras autoridades locales, que, en virtud de su ignorancia, muy pronto demostraron su cerrilismo corraleño. El Estado podía anular los nombramientos eclesiásticos. Todas las instituciones religiosas pasaban a fiscalización total y absoluta por parte del Estado.
Con bastante frecuencia, las autoridades locales eran de la más baja estofa. «De sola la provincia de Toledo —decía el diputado radical Guerra del Río— hay veinte alcaldes socialistas licenciados de presidio; quince presidentes de Casas del Pueblo procesados y condenados por hurto y robo; cinco que han cumplido condena por homicidio y asesinato, y otros varios que están reclamados por diferentes juzgados por delitos de hurto y estafa» 28.
El día 20 de marzo de 1936 escribía el director del Colegio de San José para Vocaciones Eclesiásticas de Murcia, don Jaime Agut: «Estamos un poco más tranquilos, porque esta noche no se ha visto ningún incendio, y porque han destituido al gobernador. ¡Qué se podía esperar de un tío comunista, sin más estudios que los de chófer, y borracho! Dios quiera que el que le sustituya sea de otro temple» 29.
Con gente de esta calaña empuñando las riendas se puede uno explicar hasta casos tan pintorescos como éste, ocurrido en un pueblo de la provincia de Huelva, «donde para que el centro socialista, o el alcalde, en su nombre, permitiera la procesión de San Antonio, el arreglo fue extenderle carnet de la asociación al santo» 30.
En el mes de enero de 1932 volvieron los incendios y atropellos. El director del Colegio de San José para Vocaciones Eclesiásticas de Valencia, don José María Jiménez Porres, escribe el día 19 de enero de 1932: «Como hubo incendios por los alrededores de Valencia y cunden noticias alarmantes, acuden los padres, llenos de zozobra, para llevarse a sus hijos, aunque, al ver a éstos tranquilos aquí, acaban por tranquilizarse también ellos, siquiera lo suficiente para no llevárselos. El tener todas las noches una pareja de la Guardia Civil dentro de casa tranquiliza mucho. Así y todo, la otra noche, apenas acostado, hube de levantarme y permanecer en vigilia hasta después de las doce, porque vinieron a avisarme paisanos amigos que corríamos peligro» 31.
El 18 de febrero de 1932 ocurrieron nuevos desmanes por Valencia. «Por aquí no ocurre cosa especial, salvo lo de la salvajada de la noche del sábado, realizada en la catedral, derribando de su hornacina la veneradísima imagen de la Inmaculada, destrozándola, robando sus joyas y profanando suciamente varios lugares del sagrado templo. Todo lo cual indignó sobremanera al pueblo fiel, hasta el punto de que allí mismo... se organizó una imponente manifestación valentísima, cuyas consecuencias no sabemos hasta dónde llegarán, pero que probablemente serán, desde luego, lamentables para la causa católica en Valencia. El Señor nos asista» 32.
LA VOZ DE LA IGLESIA
Ya en diciembre de 1931 el episcopado español tuvo que hablar rotundamente ante los despropósitos de la nueva Constitución, que —decían— «da derecho y libertad en todo y para todos..., con excepción de la Iglesia: derecho de profesar y practicar libremente cualquier religión, y el ejercicio de la católica, única profesada en la nación, que le debe sus glorias históricas, su patrimonio de civilización y de cultura, y su actual conciencia religiosa, es rodeado de recelos y hostilidades compresivos de sus legítimos y libres movimientos» 33.
Una vez aprobada por las Cortes la Ley de Confesiones y Asociaciones, el episcopado lamenta el laicismo agresivo inspirador de la Constitución, que confirma el espíritu y ánimo decidido de hostilidad en que las Cortes se inspiran, con evidente injusticia y sin provecho para el bien general de la nación 34.
La Ley de Confesiones y Asociaciones era, sencillamente, injusta, arbitraria y cruel.
Dicen los metropolitanos españoles: «Han puesto en ella sus esperanzas los corifeos del laicismo agresivo, que la tienen como la obra maestra de la nueva legislación y la más eficaz arma de combate y de opresión contra la Iglesia católica... Inmerecido es el trato que se da a la Iglesia en España. Se la considera no como persona moral y jurídica, reconocida y respetada debidamente, sino como un peligro, cuya compresión y desarraigo se intentan con normas y urgencias de orden público» 35.
También el Papa Pío XI hizo oír solemnemente su voz y su protesta en la encíclica Dileclissima nobis, de 3 de junio de 1933: «Nos sentimos doblemente apenados al presenciar las deplorables tentativas que, de un tiempo a esta parte, se están reiterando para arrancar a esta nación, a Nos tan querida, con la fe tradicional, los títulos más bellos de nacional grandeza. No hemos dejado de hacer presente con frecuencia a los actuales gobernantes de España —según nos dictaba nuestro paternal corazón— cuan falso era el camino que seguían y de recordarles que no es hiriendo el alma del pueblo en sus más profundos y caros sentimientos como se consigue aquella concordia de los espíritus que es indispensable para la prosperidad de una nación...
»Ahora no podemos menos de levantar de nuevo nuestra voz contra la Ley, recientemente aprobada, referente a las Confesiones y Congregaciones Religiosas, ya que ésta constituye una nueva y más grave ofensa no sólo a la religión y a la Iglesia, sino también a los decantados principios de libertad civil sobre los cuales declara basarse el nuevo régimen español» 36.
PERSECUCIÓN PLANIFICADA
Cada día aparece con mayor evidencia. Las órdenes de quemar, saquear iglesias, asesinar a sacerdotes y religiosos venían de arriba.
Dice Cárcel Ortí: «Andrés Nin, jefe del Partido Obrero de Unificación Marxista, en un discurso pronunciado en Barcelona el 8 de agosto de 1936, no tuvo inconveniente alguno en declarar: 'Había muchos problemas en España... El problema de la Iglesia... Nosotros lo hemos resuelto totalmente, yendo a la raíz: hemos suprimido los sacerdotes, las iglesias y el culto.'
»José Díaz, secretario general de la Sección española de la III Internacional, afirmaba en Valencia el 5 de marzo de 1937: 'En las provincias que dominamos, la Iglesia no existe. España ha sobrepasado en mucho la obra de los soviets, porque la Iglesia, en España, está hoy día aniquilada.'
»A finales de agosto de 1936, un alto dirigente catalán, preguntado por la redactora de L'Oevre sobre la posibilidad de reanudar el culto católico, respondió: 'Oh, este problema ni se plantea siquiera, porque todas las iglesias han sido destruidas.'
»Y el periódico socialista-anarquista de Barcelona Solidaridad Obrera publicaba el 25 de mayo de 1937: '¿Qué quiere decir restablecer la libertad de cultos? ¿Que se puede volver a decir misa? Por lo que respecta a Barcelona y Madrid, no sabemos dónde se podrá hacer esta clase de pantomimas. No hay un templo en pie ni un altar donde colocar un cáliz... Tampoco creemos que haya muchos curas por este lado..., capaces de esta misión.'
»La lectura de estos textos nos descubre que los perseguidores estaban ufanos no sólo por la eliminación de los sacerdotes, sino también por la destrucción de los templos. Pero podrían aducirse muchos más testimonios a este respecto, que pueden ser sintetizados en uno solo. En la Comisaría de Policía de Bilbao fue hallado un documento con los sellos de la CNT y de la FAI, fechado en Gijón en octubre de 1936, en el cual se decía textualmente: 'Al portador de este salvoconducto no puede ocupársele en ningún otro servicio, porque está empleado en la destrucción de iglesias.'
»Aunque no se puede probar documentalmente que el Gobierno de la República ordenara la persecución general contra la Iglesia, sin embargo, no puede explicarse la crueldad y determinación con que ésta fue llevada a cabo en tan pocos meses y en todo el territorio republicano si no hubiesen existido consignas concretas de exterminio, que nada tenían que ver con la sublevación militar y los avances del Ejército en la zona llamada nacional.
»Varios hechos nos permiten afirmar que la consigna fue terminante, como ya dijo Carreras y los hechos posteriores demostraron. Los perseguidores formaron comités revolucionarios que recibieron diversos nombres —Milicias Armadas Obreras y Campesinas, Milicias de Vigilancia, Patrullas de Control, Guardia Popular Antifascista—, y fueron de hecho los ejecutores materiales de disposiciones adoptadas en las más elevadas sedes políticas, que proveyeron, además, a facilitar armas a los civiles o milicianos, autores de los peores desmanes y crímenes. La consigna era, pues, la de exterminar a la Iglesia.
»Solidaridad Obrera, el tristemente conocido diario socialista-anarquista, en su número de 15 de agosto de 1936, incitaba en estos términos: 'Hay que extirpar a esa gente. La Iglesia ha de ser arrancada de cuajo de nuestro suelo.' Numerosos fueron los discursos, artículos y escritos varios que repetían insistentemente la misma idea. Algunos presidentes y miembros de dichos comités declararon que habían recibido órdenes tajantes como éstas: 'Tratándose de sacerdotes, ni piedad, ni prisioneros: matarlos a todos sin remisión.' 'Ya sabéis que tenemos orden de matar a todos los que lleven sotana.' 'Para los curas no hay solución alguna... A todos en general hay que matarlos, no se puede evitar.' 'Tenemos orden de matar a todos los obispos, a todos los curas y a todos los frailes.'
Se narra también el caso de una consulta elevada por un comité local a otro de carácter central, a propósito de un sacerdote, estimado por el pueblo tanto por su bondad como por su generosidad con los más pobres; la respuesta fue: 'Ya os ordenamos matarlos a todos, y a los que tenéis como mejores y más santos, los primeros.'
Todos estos comités actuaron libremente y totalmente impunes, protegidos y autorizados por las mismas autoridades políticas. Las detenciones y ejecuciones se realizaron sin intervención alguna del poder judicial, sin dar a las víctimas la posibilidad de defenderse y sin proceso alguno» 37.
Con el estilo soez, desenfadado e insultante característico de aquellos maniobreros de la pluma, escribía Juan Peyró: «El anatema general contra los mosqueteros con sotana y los requetés engendrados a la sombra de los confesonarios fue tomado tan al pie de la letra, que se ha perseguido y exterminado a todos los sacerdotes y religiosos porque lo eran... La destrucción de la Iglesia es un acto de justicia. Matar a Dios, si existiese, al calor de la revolución, cuando el pueblo, inflamado por el odio justo, se desborda, es una medida muy natural y humana» 38.
La revolución de Asturias, del 5 al 14 de octubre de 1934, fue un anticipo de la saña con que se perseguiría —y se perseguía ya— a la Iglesia: 32 sacerdotes y seminaristas fueron martirizados; 58 iglesias fueron destruidas.
El día 15 de noviembre de 1934 escribía el siervo de Dios Isidoro Bover a su hermano: «Todavía no se nos ha pasado la impresión de la terrible noche del 6 al 7 de octubre. El peligro gravísimo que corrimos —que corrió toda España— no lo hemos sabido hasta después. Si llega a triunfar la revolución, toda España hubiera sido Asturias. En todas partes tenían las famosas listas negras, en las cuales figuraban, para ser asesinados sin compasión, todos los sacerdotes y religiosos y las personas derechistas más significadas. Si en Cataluña llega a resistir Companys sólo veinticuatro horas, no queda con vida un sacerdote ni en pie una iglesia. Ha sido un patente milagro la cobardía inaudita de los revolucionarios catalanes. Los cuarenta mil hombres armados que tenía la Esquerra sólo en Barcelona tiraron las armas en medio de la calle y huyeron despavoridos en cuanto sonaron los primeros cañonazos, disparados con pólvora sola, para asustar.
»Lo de Asturias ha sido horroroso. La prensa ha callado muchas de las villanías cometidas por los revolucionarios, por ejemplo, los ultrajes a las mujeres e incluso a religiosas» 39.
Antonio Montero concluye: «Considerada en sus aspectos religiosos, la República aparece como un anticipo, bastante logrado por cierto, de lo que sería después la zona roja durante la guerra civil» 40.
De hecho, a los que fueron asesinados por las hordas marxistas en la revolución de Asturias inmediatamente se los consideró como mártires. «Hoy ofrecemos a nuestros lectores lo que otras plumas han escrito sobre el martirio de los siete seminaristas asesinados y sobre las angustiosas peripecias que pasaron los que han quedado con vida. Por lo que toca a los primeros, el tributo de admiración nos atrevemos a transformarlo —creemos que sin temeridad, pero salvo siempre el superior juicio de la Santa Iglesia, al que incondicionalmente nos sometemos—, en tributo de veneración... L'Osservatore Romano no ha titubeado en afirmar que las víctimas de Asturias sacrificadas por los marxistas en odio a la fe tienen todos los caracteres de mártires y han sucumbido como los mártires de las catacumbas» 41.
SE ENCARNIZA LA PERSECUCIÓN RELIGIOSA
Apenas subió al poder el Gobierno del llamado Frente Popular, tras las elecciones del 16 de febrero de 1936, se desataron las pasiones más brutales en las turbas, soliviantadas por una campaña sistemática y perversa de refinado odio contra la Iglesia.
Durante los seis meses anteriores al levantamiento militar del 18 de julio de 1936 fueron cometidos cerca de tres mil atentados graves de carácter político y social, entre los cuales hay que contar: 411 iglesias destruidas, incendiadas o profanadas y 17 sacerdotes asesinados.
El panorama se enrarecía cada vez más. Lo preveían los mismos que caerían mártires en la horrenda persecución que se avecinaba.
El 1 de enero de 1936 ya se vislumbraba un horizonte muy negro en España. El siervo de Dios Joaquín Jovaní, entonces rector del Seminario de Tarragona, escribe al Director General de la Hermandad, siervo de Dios Pedro Ruiz de los Paños: «Únicamente el Señor sabe lo que nos es-pera en el transcurso de este año que hoy comenzamos. Bendita sea la Providencia Divina que rige y gobierna a la humanidad entera, cuyas decisiones, nos sean gratas o desabridas, aceptamos de antemano» 42.
Y el siervo de Dios Pedro Ruiz de los Paños escribía en estos términos a las religiosas carmelitas descalzas de Plasencia: «Cuan do lleguen, o acaben de pasar las elecciones, comenzará la persecución abierta y violenta. No se trata ya de quemar, sino de matar en grande escala y de hacer toda clase de excesos. Para entonces hay que prevenirse. Que vendrá la paz después y que Jesucristo triunfará, no cabe duda; pero la batalla ha de durar y será violenta» 43.
El sol de cada mañana alumbraba nuevas zozobras. Escribía el día 29 de marzo de 1936 el siervo de Dios Joaquín Jovaní al siervo de Dios Pedro Ruiz de los Paños: «La marea roja va en aumento. ¿Llegaremos al final de la zozobra? En manos de Dios estamos» 44.
Y el día 21 de abril de ese año 1936: «Las cosas van hacia el precipicio; ciego será quien no lo vea» 45.
El siervo de Dios José Piquer Arnau —martirizado el 11 de septiembre de 1936— era rector del Colegio de San José para Vocaciones Eclesiásticas de Valencia. El día 20 de febrero de 1936 escribía al siervo de Dios Pedro Ruiz de los Paños: «Han intentado quemar varias iglesias y casas religiosas, entre ellas el Colegio de Santo Tomás de Villanueva... Ha habido momentos de verdadero peligro de una hecatombre... En los pueblos ha habido muchos desmanes; en muchos de ellos han quemado imágenes, iglesias, casas abadías, y en Alcira han llegado a arder todas, más o menos, quedando abierta al culto la arciprestal únicamente.
»En cambio, en la de los padres capuchinos, que está fuera de la población, después de quemarla quisieron obligar al padre guardián a firmar un documento confesándose autor del incendio; lo llevaron por las calles como a Jesucristo, blasfemando, escupiéndole y maltratándole, presentándole ante el tribunal popular para que lo juzgara; y, no consiguiendo que firmara tal documento, le sentenciaron a darle cuatro tiros; lo meten en el cuartelillo, y gracias que uno de los republicanos más influyentes se interesó por él y lo puso a salvo. Este padre es hermano del cuñado de Rigoberto y lo tenemos en esta calle» 46.
El día 28 de febrero de ese mismo año dice: «El padre Pío, a quien atrepellaron de malos modos en Alcira, está muy enfermo» 47.
Todo esto ocurría antes del levantamiento militar, a raíz de las elecciones por las que subió al poder el Frente Popular.
El siervo de Dios Antonio Perulles, entonces rector del Seminario de Orihuela, escribe el día 24 de febrero de 1936 al siervo de Dios Pedro Ruiz de los Paños: «En Alicante han saqueado todas las parroquias, menos una... Con todos los objetos de culto hicieron grandes hogueras en la calle, no habiendo dejado más que las paredes... En Elche incendiaron las tres parroquias y un convento de clarisas; de suerte que ayer no se dijo ni una sola misa, porque todos los sacerdotes tuvieron que huir... Además, en ambas ciudades han desalojado todos los centros católicos y de derechas y quemado las imprentas de los dos periódicos católicos... Han quemado también por completo la iglesia de San Juan de Alicante y el convento de los padres capuchinos de Orito» 48.
Desde el Seminario de Jaén escribía el rector, don Adoración Reyes: «Aquí hay tranquilidad. No falta temor por no ver por parte alguna esperanza de arreglo. Dios sobre todo y que El sea bendito, porque nos ha querido agitados por tantas preocupaciones» 40.
El rector del Colegio de San José para Vocaciones Eclesiásticas de Murcia, don Jaime Agut, escribe el día 16 de marzo de 1936: «Le pongo estas letras... para decirle que hace dos o tres días estamos intranquilos por las voces que corren de lo que va a suceder, por lo que se va sabiendo que ha sucedido en algunos pueblos y, sobre todo, por el triste espectáculo que viendo arder la iglesia de un pueblo de esos que están a la falda del monte y varias ermitas de la Huerta» 50.
Al día siguiente, 17 de marzo de 1936, continúa el caos: «Esta noche pasada ha sido toledana. Después de acostarse los chicos empezó a arder la hoguera que, de todo lo que había en la iglesia de Puente Tocino, hicieron los incendiarios, y ¡qué hoguera debía ser, que las llamas alcanzaron gran altura! Después, a las dos horas, se repitieron las llamas, porque quemaron todos los muebles de la casa del cura; un poco más tarde quemaron otra ermita y, a las dos y media, ardió la escuela y capilla del cementerio viejo, y como está tan cerca, nos asustamos, y con razón, temiendo que de un momento a otro vinieran aquí...
»Veremos esta noche cuáles iglesias serán las víctimas. Ayer quemaron todas las de Yecla; creo que son catorce. En Jumilla ha habido una porción de muertos» 51.
El 20 de marzo de 1936 parece que había vuelto un poco de calma a Murcia: «Estamos un poco más tranquilos, porque esta noche pasada no se ha visto ningún incendio y porque han destituido al gobernador. ¡Qué se podía esperar de un tío comunista, sin más estudios que los de chófer, y borracho! Dios quiera que el que le sustituya sea de otro temple.
»Esta mañana ha estado aquí una religiosa agustina de Almansa y me ha contado el calvario que han tenido que pasar. Cuando todas las personas buenas les decían que estuvieran tranquilas y, por lo mismo, sin estar preparadas, ni siquiera con el traje de seglar, se presenta la turba allí, las saca del convento y empiezan a romper, saquear y destruir y quemar cuanto allí había, que era mucho y bueno, porque era un convento muy antiguo: alfombras preciosas, cuadros de mérito, imágenes; en fin, todo quedó quemado y destruido. En aquel convento se guardaba la corona de la Patrona de la población, valorada en 250.000 pesetas; pues completamente destruida. En Almansa sacó la custodia un guardia civil, y el copón el sacristán...
»Tenga la bondad de decir a don Juan Calatayud que en Beniajuán quemaron la imagen de la Virgen del Carmen de Salcillo» 52.
Por todas partes corría el fuego, el pánico, el horror. Desde el Seminario de Burgos escribía don Romualdo Carrillo al rector del Pontificio Colegio Español de Roma, don Buenaventura Pujol, el día 21 de marzo de 1936: «Nada dice la prensa, ni dejan decir, de cuanto ocurre, que es mucho y grave... En realidad, se masca por todas partes el malestar, la incertidumbre, el temor, y todo ello porque no se siente la autoridad por ninguna parte. Aun en el Congreso, como habrá visto por la prensa, no tienen los diputados garantía sobre sus personas...
»¿Qué nos tendrá reservado el Señor? Es un día muy negro cada uno de los que se ven amanecer en nuestra España, y esto se lo comunico no obstante mi mayor optimismo y confianza; cierto que no en los hombres...
»Ya sé que pedirán por España, y que estarán avergonzados de presentarse ante otras naciones, pues es una vergüenza lo que ocurre» 53.
El siervo de Dios Isidoro Bover Oliver escribía a su hermano el padre jesuita José María Bover, entonces en el exilio, el día 29 de marzo de 1936: «Por algunos días ha sido el tema de actualidad el orden público, y lo sigue siendo en las conversaciones particulares, a medida que se van sabiendo las atrocidades espeluznantes que se han cometido desde el día 16 de febrero. Algunas no pueden ni referirse. Cuentan que Marcelino Domingo, en su visita a Tortosa de hace algunos días, dijo que 'si la gente supiera las cosas que se han hecho, nos arrastraría'. Si no es verdad que lo dijo, merece serlo. En las vandálicas destrucciones han perecido cuadros de Murillo y esculturas de Salcillo. Los que ni esto respetan, por inconsciencia o perversidad, calcúlese qué profanaciones y salvajadas no habrán sido capaces de perpetrar.
»Es cosa que horripila y sonroja. Hace tres días, me dijeron, parece que de buena fuente, que los templos incendiados en esta nueva irrupción de barbarie suman un centenar. Las víctimas pasan de mil. Nos consta, por conducto seguro, que el día de San José no se dijo misa en la tercera parte de las parroquias de la diócesis de Murcia, que parece ha sido la comarca más castigada. El gobernador que allí había, y que hace unos días fue destituido, era un chófer comunista y borracho. Se explica que el Gobierno haya tenido miedo al debate político» 54.
Se palpaba la realidad de lo que escribía don Juan Bautista Calatayud a don Buenaventura Pujol el día 19 de abril de 1936: «Sigue la cerrazón en el horizonte de la patria. A ojos vistas vamos de mal en peor. Se continúa orando, y mucho, para que se deshaga pronto la tormenta» 55.
CLIMA DE MARTIRIO
Ante situación tan caótica se iba creando un auténtico clima de martirio. Hasta en los lugares donde no parecía tan grave el peligro se respiraba tal ambiente. Escribía, desde Plasencía, don Juan Sánchez Hernández al siervo de Dios Pedro Ruiz de los Paños el 28 de marzo de 1936: «¡Pobre España! Aquí continuamos en calma. Pero ¿qué tendremos del 12 de abril en adelante? Jesús busca víctimas y sin duda las tendrá» 56.
No sabía que estaba escribiendo a una de las primeras víctimas elegidas para el martirio.
Y en la misma carta, con la humildad que siempre caracterizó a don Juan, le dice: «Yo le he ofrecido la vida, aunque me da miedo de que me la tome; pero el ofrecimiento está hecho por su gloria y reinado en la querida España. Si muero y usted vive, sáqueme pronto del purgatorio, que lo estoy mereciendo muy largo» 57.
Don Guillermo Valle, entonces prefecto de disciplina en el Seminario Menor de Toledo, testifica: «En el Seminario se respiraba ambiente de martirio, dada la difícil situación creada en Toledo por la República y los alborotos que ya había por las calles. En aquellos últimos meses se hablaba, aun entre los seminaristas, de martirio» 58.
El rector del Seminario de Segovia, don Antonio Torres, escribía el 23 de febrero de 1936 al siervo de Dios Pedro Ruiz de los Paños: «Sí. Vendrá el choque. Y será para bien. Debe venir, para unirnos más al Señor. Anoche decía a estos chicos que es cosa de bendecir a Dios por estas pruebas purificadoras. ¡A trabajar con fe! Dios nos dará la añadidura» 59.
Desde el Seminario de Plasencia, un joven Operario, todavía no ordenado de sacerdote, escribía al Director General de la Hermandad: «En cuanto a las actuales circunstancias de nuestra nación, he de decirle que no me infunden temor alguno; lo más que pueden hacerme es quitarme esta miserable vida por la del cielo. ¡Oh, si me hallase yo digno de tanto bien!» 60.
Estas manifestaciones eran muy sinceras. No eran fruto de una exaltación morbosa. Se basaban en la realidad de lo que vivían estos hombres, por el hecho de ser sacerdotes y saberse perseguidos solamente por serlo.
Todo esto ocurría antes del 18 de julio de 1936. Por eso, dice muy atinadamente Cárcel Ortí: «La tesis defendida hasta la saciedad por muchos historiadores de orientación marxista, e incluso liberal, de que la persecución religiosa fue la respuesta dada por los republicanos a la represión de los militares en la zona nacional no tiene fundamento alguno. Los hechos demuestran que las violentas manifestaciones contra iglesias y conventos en 1931 y años sucesivos, que los asesinatos de sacerdotes y religiosos en Asturias durante la revolución de octubre de 1934, y que los numerosos desmanes cometidos impunemente contra personas y objetos eclesiásticos desde el 16 de febrero de 1936 hasta el 18 de julio del mismo año nada tuvieron que ver con el levantamiento militar» 61.
Ahora bien, a partir del 18 de julio de 1936, en la llamada zona roja, la persecución religiosa fue sencillamente brutal: 6.832 asesinados por el mero hecho de ser sacerdotes, seminaristas, religiosos o religiosas, son una cifra muy elocuente de lo que supuso esa absurda y cruel persecución.
Pero quizá el testimonio más claro de cuanto ocurrió en la zona roja hasta finales del año 1936 -—en menos de seis meses— lo aporta Manuel Irujo, ministro del Gobierno republicano, quien en la reunión del Gabinete celebrada en Valencia el 9 de enero de 1937 presentó el siguiente terrible Memorándum sobre la persecución religiosa:
«La situación de hecho de la Iglesia, a partir de julio pasado, en todo el territorio leal, excepto el vasco, es la siguiente:
»a) Todos los altares, imágenes y objetos de culto, salvo muy contadas excepciones, han sido destruidos, los más con vilipendio.
»b) Todas las iglesias se han cerrado al culto, el cual ha quedado total y absolutamente suspendido.
»c) Una gran parte de los templos, en Cataluña con carácter de normalidad, se incendiaron.
»d) Los parques y organismos oficiales recibieron campanas, cálices, custodias, candelabros y otros objetos de culto, los han fundido y aun han aprovechado para la guerra o para fines industriales sus materiales.
»e) En las iglesias han sido instalados depósitos de todas clases, mercados, garajes, cuadras, cuarteles, refugios y otros modos de ocupación diversos, llevando a cabo —los organismos oficiales que los han ocupado— en su edificación obras de carácter permanente...
»f) Todos los conventos han sido desalojados y suspendida la vida religiosa en los mismos. Sus edificios, objetos de culto y bienes de toda clase fueron incendiados, saqueados, ocupados o derruidos.
»g) Sacerdotes y religiosos han sido detenidos, sometidos a prisión y fusilados sin formación de causa por miles; hechos que, si bien amenguados, continúan aún, no tan sólo en la población rural, donde se les ha dado caza de modo salvaje, sino en las poblaciones. Madrid y Barcelona, y las restantes grandes ciudades, suman por cientos los presos en sus cárceles sin otra causa conocida que su carácter de sacerdote o religioso.
»h) Se ha llegado a la prohibición absoluta de retención privada de imágenes y objetos de culto. La policía, que practica registros domiciliarios, buceando en el interior de las habitaciones de vida íntima personal o familiar, destruye con escarnio y violencia imágenes, estampas, libros religiosos y cuanto con el culto se relaciona o lo recuerde» 62.
Este Memorándum dice cuanto se puede decir de la persecución; y es un ministro del Gobierno que ostentaba el poder quien lo dice, y mientras todavía continúa la persecución.
El tributo de sangre que rindió la Iglesia en España no se conocía desde los tiempos de las primeras persecuciones. «Del primero de enero al 18 de julio de 1936 habían sido ya asesinados en diversos lugares y circunstancias 17 sacerdotes y religiosos. Pero en el resto de julio se añadieron a la lista 861 víctimas más; sólo el día 25 de julio, fiesta del Apóstol Santiago, Patrón de España, fueron martirizados 95 miembros del clero» 63.
Durante los meses de agosto y septiembre de 1936 se intensificaron las matanzas de sacerdotes y religiosos. Y fue creciendo el ritmo de asesinatos en los meses sucesivos, prácticamente hasta enero de 1937, cuando el Gobierno republicano, totalmente desacreditado en el extranjero por la barbarie y el caos con que administraba el territorio sometido a su control, logró suspender los asesinatos masivos de eclesiásticos, aunque todavía se produjeron no pocas muertes.
CAPITULO II
LA PERSECUCION RELIGIOSA EN LA DIOCESIS
DE TOLEDO EL AÑO 1936
En la diócesis de Toledo fueron martirizados tres de los siervos de Dios que figuran en el proceso que ahora se presenta con miras a su beatificación: los siervos de Dios Pedro Ruiz de los Paños, José Sala Picó y Guillermo Plaza Hernández.
Por esta razón, parece conveniente conocer más en concreto cómo fue la persecución religiosa en Toledo y su diócesis.
ATMOSFERA CARGADA DE PASIONES
La víspera de las elecciones que llevaron al poder al Frente Popular, 15 de febrero de 1936, escribía don Andrés Verge, rector del Seminario Mayor de Toledo, al siervo de Dios Pedro Ruiz de los Paños, Director General de la Hermandad: «La atmósfera está cargada de odios y pasiones. Mañana tendremos exposición del Santísimo y le pediremos con más insistencia por el triunfo de su causa» 1.
Con el paso de los días iban en aumento los desmanes de los llamados «rojos». Escribe el día 26 de febrero de 1936: «El ambiente es de intranquilidad. El Gobierno actual quiere actuar como pacificador y desea reprimir los desmanes de las turbas. ¿Lo conseguirá? Es muy dudoso, porque las masas son comunistas y se lo impedirán. En las manifestaciones de estos días no se oían otros gritos que los vivas a Rusia, al comunismo, al Soviet, etc.» 2.
Es muy significativo que el grito de viva España estaba proscrito en los ámbitos republicano-marxistas y que sólo se toleraran los vivas a Rusia. El día 26 de junio de 1936 escribía el siervo de Dios Isidoro Bover a su hermano, el padre José María Bover: «En Oviedo, cinco cabos del ejército se trabaron de palabras con unos socialistas y se cruzaron, por una parte y otra, los siguientes vivas y mueras: Los cabos: ¡Viva España! Los otros: ¡Viva Rusia! Y sucesivamente vivas y mueras al ejército español, al ejército ruso, a la religión y a Cristo Rey» 3.
El día 3 de marzo de 1936, don Andrés Verge escribe al siervo de Dios Pedro Ruiz de los Paños: «Aquí actuaba una banda de la porra que, sin oposición de nadie, perseguía a los jóvenes que más se distinguían en la propaganda y, a garrotazos, los cazaban, como si fueran fieras. Al hijo de don Julio Quijada también le persiguieron y pudo escapar, pero vive recluido, temiendo» 4.
Don Julio Quijada era el director de la Editorial Católica Toledana, que tantas obras de don Pedro Ruiz de los Paños publicó los últimos años de la vida del siervo de Dios. El mismo don Julio, en carta del 3 de marzo de 1936, le cuenta lo que le ocurrió a su hijo y por qué le ocurrió:
«A un hijito mío, de diecisiete años, quisieron matarlo junto al convento de Santa Isabel. La noticia se me comunicó de esta forma: `A su hijo le han tirado un tiro.' Calcule usted qué ratos pasaría. Yo, que estoy tan contento por las cualidades de mi hijo: de comunión diaria, a su catequesis, a su Juventud Católica, etc. Nunca me ha dado el menor disgusto. Por tener estas cualidades se ha salvado. Yo lo considero un milagro, pues la mano criminal, al quererle hacer el disparo a quemarropa, se le engatilló o encasquilló la bala y no salió el tiro.
El grave motivo que cometió mi hijo, don Pedro, fue que estuvo acompañando a las monjitas del referido convento, que tuvieron necesidad de salir, por temor a que las turbas se metieran con ellas» 5.
La sistemática propaganda subversiva, emponzoñada de los dirigentes políticos de izquierda, había envenenado sutilmente a unas masas, de ordinario ignorantes, había inoculado en ellas el odio más terrible contra Dios y su Iglesia, contra la religión, los sacerdotes, los religiosos. Hacían pasar a la Iglesia por el enemigo mayor de los pobres, de los obreros.
Es muy sintomático un párrafo del relato que hace una testigo sobre el lento, cruelísimo martirio del siervo de Dios Millán Garde, que murió el 7 de julio de 1938 a consecuencia de las innumerables palizas que sus verdugos le daban diariamente: «Don Millán aprovechaba todas las ocasiones para hablar de Dios, y sé, por manifestaciones de él mismo, que en una ocasión les habló y explicó a los del Comité la encíclica de León XIII sobre los obreros, y uno de ellos le dice que todas esas cosas no las sabemos nosotros. Cuenta, cuenta, que eso está muy bien. Por estas manifestaciones decía que eran más ignorantes que culpables» 6.
Más culpables eran los que envenenaban a las masas. El siervo de Dios Isidoro Bover escribe a su hermano José María el día 8 de mayo de 1936, haciéndole ver que el daño más funesto de los jefes marxistas había sido embaucar y envenenar a las masas con una prensa injuriosa, soez y plagada de calumnias: «Lo más triste de todo lo que sucede es el grado de refinadísima perversidad a que ha descendido la prensa izquierdista, y el grado de embrutecimiento y de idiotez en que han sumido a la pobre gente, imbuida por esos periódicos. Todo lo cree, hasta las patrañas más ridículas, y contra todo se rebela, con instintos de fiera. Y claro, llegan momentos en que desborda a sus jerifaltes. Hasta Pestaña ha dicho que está horrorizado de la imbecilidad de las masas extremistas españolas.
Se acercan días difíciles. Ha corrido aquí, en Tortosa, la especie —se la atribuyen a Marcelino Domingo— de que, pasada la elección presidencial, empezará el palo para los extremistas. Nadie menos indicado para hacerlo que los que los han soliviantado. Y veremos cómo reaccionan contra la represión. Vendrán tragedias a lo Casas Viejas. Y, sí los dejan campar a sus anchas, iremos al caos» 7.
Y los dejaron campar a sus anchas a todos los extremistas. Y vino el caos.
En Toledo —lo mismo sucedía casi en todas partes—, escribe el rector del Seminario Mayor, don Andrés Verge, precisamente al siervo de Dios Isidoro Bover, el día 3 de marzo de 1936: «La tempestad anticlerical está sobre nuestras cabezas. ¿Qué destrozos ocasionará? Deus providebit. Las intenciones son malas y las muestras peores; pero tenemos el recurso a Jesucristo, que puede desbaratar sus planes e impedir su actuación» 8.
Por su parte, el rector del Seminario Menor de Toledo, siervo de Dios José Sala Picó, escribe el día 2 de marzo de 1936 al siervo de Dios Pedro Ruiz de los Paños: «Por don Andrés hemos sabido algo de sus preocupaciones después del fatídico 16 de febrero. Tampoco aquí han faltado inquietudes. Por el presente nos dejan vivir. ¡El Señor derramará, como siempre, sus misericordias sobre nosotros! Un motivo más para despegarnos de la tierra» 9.
SOBRE UN VOLCAN
El día 10 de marzo de 1936, don Andrés Verge, en carta al Director General de la Hermandad, hace ver cómo iba subiendo el termómetro de la furia «roja» en Toledo.
Aunque en Toledo había perdido las elecciones el Frente Popular, el Gobierno de la nación había enviado un gobernador de tan mala catadura que se dedicaba a favorecer descaradamente a los extremistas. Un domingo organizaron una gran manifestación para protestar por el resultado de las elecciones. Dice don Andrés Verge: «El ambiente está enrarecido. La 'partida de la porra' sigue actuando y propinando palizas todas las noches. A todo esto, el gobernador que tenemos parece está de su parte.
»El domingo pasado fue una mala jornada y Dios nos libró de una hecatombe. Bajo capa de protestar contra las elecciones, o mejor dicho, contra el triunfo de las derechas, hubo el sábado mitin comunista y manifestaciones el domingo en toda la provincia; lo cual era un peligro para que la Fuerza Armada pudiera reprimir los desmanes que hubiera. Así ha sucedido.
»Hay muertos en Escalona, los hubo en Puebla de Montalbán, en Quismondo y en Toledo. Aquí, un guardia de asalto, para defenderse, mató a uno e hirió a varios al anochecer del domingo, y el gobernador, para calmar los ánimos, mandó acuartelar las fuerzas; y durante toda la noche iban por la calle como energúmenos, blasfemando, amenazando, diciendo que el clero había pagado al guardia, etc. Sólo consistió en palabras, gracias a Dios. Ya debe saber que don Liberio ha sido echado de Torrijos, que en Lillo quisieron quemar la casa de aquella propagandista y lo impidieron los de derechas. En fin, que estamos sobre un volcán; de todas partes llegan noticias a cual peor... Que Dios se apiade de España y ponga remedio a tantos desmanes» 10.
Con toda razón escribía el siervo de Dios Joaquín Jovaní, el día 27 de febrero de 1936, a don Buenaventura Pujol, rector del Pontificio Colegio Español de Roma: «Por aquí, después de las elecciones, todos hemos quedado mustios; pero mucho más los que lo esperaban todo de los hombres y no saben adivinar que, cuando el Señor así lo ha permitido, por algo será. Ganando las izquierdas, todavía incendian iglesias; si pierden, nos asan en ellas. Muchas veces gana Dios, perdiendo los hombres» 11.
CAERIAN COMO MARTIRES
El excelentísimo y reverendísimo señor don Gregorio Modrego Casaus, arzobispo-obispo de Barcelona, era el año 1936 canciller secretario del arzobispado de Toledo, y testifica así:
«Creo que la República fue persecutoria en el orden religioso, pero a partir de febrero de 1936 fue abiertamente sectaria y perseguía con odio satánico a los sacerdotes y seglares que tuvieran relación más íntima con la Iglesia.
»Corno caso concreto podría citar el de muchos sacerdotes que fueron arrojados de sus parroquias por odio a la religión, esto ya antes de la revolución; se incautaron iglesias y casas parroquiales; como el párroco de Portillo, al que arrastraron y se me presentó en la Secretaría con el manteo manchado de sangre; el párroco de Santa Olalla, al cual le prohibieron actuar de sacerdote, aunque corno particular y amigo, decían que tenía las puertas abiertas, por su caridad; el párroco de Castilblanco y el de Torrijos, que era un verdadero apóstol.
»Durante la revolución todo se agudizó en cuanto a la persecución religiosa; bastaría decir que en esta ciudad de Toledo murieron, o mataron los marxistas, o milicianos rojos, 123 sacerdotes y religiosos, de manera que prácticamente los aniquilaron a todos, y la media docena que quedaron fue porque no los encontraron» 12.
En la diócesis de Toledo los sacerdotes vivían con el convencimiento de que los primeros en caer serían ellos, y que caerían como verdaderos mártires. Testifica el sacerdote toledano don Angel García de Blas Rojo: «Conocedor del ambiente de una parte principal de la provincia de Toledo, que yo había visitado en cumplimiento de ser miembro de la Junta de Casas Rectorales de la diócesis y del cargo de arcipreste de toda la región de Navahermosa, conocía y estaba convencido que la revolución se aproximaba y que el principal objetivo de los dirigentes era el odio contra la Iglesia y, como consiguiente, contra los sacerdotes.
»En mis conversaciones con mis compañeros estábamos convencidos de que las primeras víctimas seríamos los sacerdotes, no porque el pueblo en general nos tuviera mala voluntad, sino porque los dirigentes socialistas y comunistas de España y del extranjero, que lo invadieron todo, azuzaron a un pueblo, prometiéndole el bienestar social, haciéndoles ver que, si no lo tenían, era debido a los sacerdotes, presentándoles como enemigos del pueblo.
»Por tanto, en la conciencia de todos estaba que los que cayeran, caerían como mártires, porque ésta era la voluntad de Dios Nuestro Señor; y la sangre de los sacerdotes purificará a España y aparecerán ante el pueblo no como sus enemigos, sino como amigos y ejemplo de amor y caridad cristianos.
»Durante la República vino la prohibición de todo acto público de culto, la prohibición de la entrada de los sacerdotes en las escuelas, la secularización de los cementerios, la supresión de todo signo religioso en todas las puertas de las casas, prohibición a todas las autoridades de tomar parte en actos religiosos, la prohibición del toque de campanas, y como consecuencia de esta legislación persecutoria oficial vinieron los atropellos de parte de los dirigentes socialistas de los pueblos, que incendiaron las iglesias, profanaron las imágenes, convirtieron las iglesias en salas de baile y garajes, profanando las vestiduras sagradas y objetos de culto, organizando con ellos mascaradas.
»En toda España hubo matanzas de sacerdotes, religiosos y religiosas. Por lo que se refiere a Toledo, yo puedo certificar que no quedó ninguna iglesia y lugar sagrado que no fuera profanado, y esta diócesis de Toledo, que era muy rica en iglesias artísticas, con un acervo de arte magnífico, sufrió la destrucción, el saqueo y el incendio de su mayor parte. Y, por lo que se refiere a los sacerdotes, fue un verdadero milagro que pudiéramos salvarnos algunos, después de ser acosados y buscados por todas partes como alimañas.
»La causa, por tanto, de que los milicianos rojos mataran a todos los sacerdotes que pudieron fue el odio contra Dios y contra la Iglesia católica y sus ministros» 13.
IRRITANDO A LAS FUERZAS DE ORDEN
El Gobierno del Frente Popular estaba totalmente entregado y vergonzosamente vendido a las fuerzas extremistas, que lo habían llevado al poder, y no supo, o no pudo, o no quiso —quizá las tres cosas a la vez— reaccionar contra los atropellos continuos de las masas enloquecidas, cuya orientación se basaba en la arbitrariedad, en la ignorancia, en la brutalidad y sed vengativa del alcalde de cada pueblo o del presidente de cada Casa del Pueblo. Se mascaba la tragedia.
El día 28 de abril de 1936 escribía a su hermano el siervo de Dios Isidoro Bover: «El peligro es grave. Hasta ahora el Gobierno no ha dado más que síntomas de claudicación ante las exigencias de los extremistas. ¿Querrá, al fin, detenerse en la pendiente? Nadie lo sabe ni se atreve a vaticinar. Mala señal es que vaya esforzándose por destruir todas las resistencias que la sociedad podría oponer a la barbarie roja. Las cárceles, que habían quedado vacías de criminales, están ahora llenas de gente honrada. Se han hecho muchos cambios en la Guardia Civil y en el Ejército. Todo ello, dicen, aumenta la irritación, que se ha manifestado de varias maneras» 14.
De hecho, parece ser que en Toledo, y en otras partes, el Ejército ya no estaba dispuesto a tolerar la conducta soez, grosera y cerril de las hordas, omnipotentes al amparo de los mismos gobernantes. Al no reprimir los excesos de las turbas, se cometían otros excesos que tampoco podía ya reprimir el Gobierno.
El día 14 de junio de 1936 escribe a su hermano el siervo de Dios Isidoro Bover: «La situación del Gobierno es insostenible. Ni en las agonías del primer bienio llegó el desgaste, el descrédito y el descontento a los extremos que ha llegado ahora el Gobierno del Frente Popular, a los cuatro meses escasos de mando. Si no ha caído todavía se debe a que los que están a su izquierda temen que, detrás de Casares, venga el fascismo, y los que están a su derecha, o temen también que el Gobierno se entregue a los extremistas, o tal vez deseen que madure más la fruta antes de varear el árbol.
»Salvo las poblaciones en que las autoridades tienen algo de juicio o de dignidad, la anarquía campa por todas partes. El Gobierno no ha sabido, o no ha querido, reprimir los desmanes de sus aliados; y esto le ha restado fuerza para imponerse, en algunos casos, a los que se han cometido por el otro lado como réplica a los primeros.
»Ya sabéis lo de Yeste. Pues ved otros dos episodios de los que no ha hablado la prensa, ni siquiera la Gaceta del Norte, que lo dice casi todo: En Ceuta desfilaba el Tercio por una calle, de vuelta de unas prácticas militares. Al pasar por delante de la Casa del Pueblo se les insultó groseramente. La oficialidad contuvo a la fuerza y, de momento, no ocurrió nada. Pero, llegados al cuartel, cuando se les dio permiso para salir de paseo, se fueron concentrando por diversas calles alrededor de la Casa del Pueblo y la prendieron fuego por los cuatro costados. Hubo muchas víctimas, todas de socialistas. El Gobierno comunicó que todos los legionarios de Ceuta quedaban suspendidos de empleo y sueldo. 'Contestación inmediata: sí no les pagaban, irían a Madrid a cobrar. Y no se les ha hecho nada.
»El otro episodio fue en Toledo. Unos cadetes estaban tomando café en Zocodover. Se les acercó un vendedor del periódico comunista y, con malos modos, los instó a que le compraran Mundo Obrero. A la tercera o cuarta provocación uno de los cadetes dio un bofetón al comunista. Acudió un grupo de comunistas bastante numeroso; pero ésos, tan valientes cuando se trata de monjas y de frailes, se hartaron de recibir bofetones de los cadetes, ninguno de los cuales hizo uso de las armas, ni creo que las llevaran, si no es la bayoneta.
»Acudió el gobernador y requirió a los cadetes para que le acompañaran, pero ellos, sin hacer caso, siguieron tomando café. Avisado el coronel director de la Academia, se presentó y se los llevó. El Gobierno envió en seguida a Toledo al general Miaja (un desconocido que ahora es de los que mangonean en el Ejército). Reunió a todo el personal de la Academia, jefes y cadetes, y les dijo que para dar satisfacción 'al pueblo' se hacía preciso imponer alguna sanción. Ordenó que todos los que habían intervenido en el incidente, o simpatizasen con ellos, diesen un paso adelante. ¡Y todos en masa dieron el paso! El general se volvió, corrido, a Madrid, y tampoco se ha hecho nada.
»Hechos como esos, que en tiempos normales serían censurados por todas las personas juiciosas, ahora se celebran como un castigo merecido para los que tantos desafueros y crímenes han cometido, sin piedad para los inocentes y los débiles, y como una réplica adecuada al Gobierno» 15.
De este episodio de Toledo habla también, en carta de 3 de junio de 1936, el administrador del Seminario de Toledo, don Tomás Torrente. Por su carta sabemos que el hecho ocurrió el día 2 de junio de ese año 1936:
«Ha habido un pequeño choque entre cadetes y gente del Frente Obrero. El Gobernador ha querido que los militares se pusieran a sus órdenes; no le han hecho caso. Se pusieron a las órdenes del gobernador militar y del coronel de la Academia. El gobernador civil ha dado cuenta al Gobierno, y ha mandado al general Miaja. Formados en el patio del Alcázar, pidió tres veces que dieran un paso al frente los que hubieran tomado parte en los hechos, o estuvieran conformes con el espíritu de protesta. Desde el coronel hasta el último soldado dieron el paso adelante (fue ayer). Veremos qué ocurre. Hay quien rumorea que trasladarán la Academia, o trasladarán al general gobernador militar, señor Moscardó, excelente persona. De los que presidían la Semana pro Seminario» 16.
La situación había llegado a tales extremos que todas las esferas con sentido común estaban hartas de desenfrenos, sentían el sonrojo que no eran capaces de sentir quienes desbordaban todos los límites razonables. Hay una frase, que ya subrayamos, de don Isidoro Bover que arroja mucha luz: «las cárceles, que habían quedado vacías de criminales, están ahora llenas de gente honrada» 17.
Fue, desde el principio, una de las tácticas erróneas de la II República. Ya cuando la quema de iglesias y conventos el año 1931, el mismo presidente de la República, Alcalá Zamora, dice en sus Memorias: «¿Cuáles fueron los elementos originaria y directamente culpables de la quema de conventos y templos, tan vergonzosa y perjudicial para el régimen republicano?... Creo que pudo mezclarse alguna escoria y aun instigación de fuera, pero los criminales eran españoles, salidos de los peores y más bajos fondos, de las cárceles abiertas en algunos sitios por la violencia, que iban remediando un indulto condicional, en virtud del cual muchos incorregibles volvieron a extinguir condenas» 18.
El Gobierno del Frente Popular armó y dio luz verde a la bazo-fía de la sociedad. Eran sus amigos. Eran como ellos. Esa gente estaba puesta por ellos al frente de las poblaciones. Recordemos que Guerra del Río afirmaba que sólo en la provincia de Toledo más de cincuenta jefes de pueblos eran presidiarios, ladrones, asesinos.
AGRESIVIDAD SIN FRENO
Con tal ralea encumbrada al poder por los gobernantes no podía esperarse más que desatinos, barbarie, destrucción y muerte. Testifica el sacerdote toledano don Victorio Garrido Moset: «Ya siendo yo seminarista, durante la República española, fui objeto de malos tratos por ser seminarista, y en otra ocasión por llevar sotana fui también injuriado.
»Durante la quema de conventos de 11 de mayo de 1931 pretendieron las masas marxistas quemar el palacio arzobispal de Toledo y se presentía que también querían quemar el Seminario; por lo cual, retiraron los superiores el Santísimo de la capilla y toda la noche estuvimos preparados para salir del Seminario, dándonos órdenes para que fuéramos a determinadas casas de la ciudad en caso de que el Seminario fuera atacado; y al día siguiente nos enviaron a nuestros pueblos a todos los seminaristas, cerrándose el Seminario,, pues se suspendió el curso escolar.
»Yo presencié el año 1931, y me parece que el año 1935, la expulsión, por parte de las autoridades socialistas y algunas otras marxistas, del señor cura párroco de Torrijos, por ser sacerdote muy apostólico. Y durante la guerra de 1936 oí que buscaban a los sacerdotes porque habían recibido estas órdenes de Rusia.
»Estos hechos concretos son nada más un detalle del espíritu persecutorio de la República y sus autoridades, manifestado de manera especial en la expulsión o prohibición del crucifijo en las escuelas y la prohibición de la enseñanza religiosa en las mismas, que tanto indignó a las gentes; las dificultades legales y prácticas para ejercer el culto público; el apuro económico a que redujeron al clero con la reducción y supresión del presupuesto; los incendios de conventos e iglesias.
»Desde el principio de la llamada guerra civil en 1936 hubo en toda España, y también en esta diócesis de Toledo, verdadera persecución religiosa, destruyéndose casi todas las iglesias del territorio dominado por los marxistas, persiguiéndose a las personas consagradas a Dios y matando a todos los que cayeron en sus manos, habiendo oído yo a un sobrino, que intervino en la muerte de un tío suyo sacerdote, que no podía librarle, porque él era socialista y su tío cura.
»Así, pues, puedo certificar, por haberlo vivido, que la muerte de tantos sacerdotes, entre los cuales se encuentran los cuatro siervos de Dios, fue debida al odio que las autoridades marxistas y los milicianos a sus órdenes, así como los que profesaban sus ideas, tenían contra la religión católica y sus ministros, matándolos sólo por ser sacerdotes» 19.
En Toledo —capital y provincia— fue brutalmente salvare la persecución religiosa. Los testigos, que vivieron aquellos días de angustia y terror, lo cuentan con toda sencillez y detalle. Dice el sacerdote taledano don Antonio Vargas Carrillo, natural de Yuncler (Toledo): «Viví los tristes días de la expulsión de Toledo del eminentísimo señor cardenal Segura, motivada por el odio a la Iglesia y provocada en sendos mítines por don Miguel Maura, ministro de la gobernación, en el teatro Rojas de esta ciudad; días de angustia para el Seminario, amenazado por las turbas...
»A partir de las elecciones del 16 de febrero de 1936 la amenaza se convirtió en realidad; varios días se suspendieron las clases en el Seminario ante la imposibilidad de llegar al mismo los profesores...
»Yo mismo retiré el Santísimo de la iglesia de mi pueblo natal, el 21 de julio de 1936, ante la inminencia de un asalto al templo por las fuerzas revolucionarias que de Madrid bajaban a Toledo. Anteriormente, mi párroco, un seminarista y yo fuimos tiroteados en la carretera de la Estación por un grupo de extremistas de Villa-verde, al grito de: ¡Son curas, tiradlos!' El 22 del mismo mes, sacerdotes y fieles fuimos arrojados del templo parroquia], sin que permitieran terminar la misa comenzada. El 27 del mismo mes fue bárbaramente profanado el templo y quemadas las imágenes, y el 15 de octubre destrozaron los retablos e incluso el órgano magnífico que la parroquia poseía.
»Todos estos hechos, vívidos por mí, son solamente un indicio de la violentísima persecución religiosa desencadenada en julio de 1936, en la cual fueron asesinados por los milicianos marxistas millares de sacerdotes y religiosos» 20.
De forma parecida se expresan cuantos sufrieron aquella terrible barbarie. Sor teresa de Jesús Sala Picó, religiosa profesa del Convento de San Pablo de la Orden Jerónima en Toledo, hermana del siervo de Dios José Sala Picó, declara: «Ya la República comenzó a perseguir la religión católica, queriendo quitar todo lo bueno, hasta el enterramiento en católico; y cuando estalló la revolución en 1936, mataron a todos los sacerdotes que encontraron. Así nos lo dijeron los mismos milicianos rojos.
»El día 25 de julio de 1936 los milicianos rojos, en número de ciento, comenzaron a prender fuego a este convento; entraron furiosamente, destrozándolo todo, en busca de nuestro capellán, el cual acababa de decir misa, y en el claustro mismo de este convento lo mataron.
»A todas las monjas nos llevaron a la cárcel. En la ciudad de Toledo mataron a todos los sacerdotes que había, a excepción de unos pocos que no los encontraron» 21.
Don Guillermo Plaza Duro, padre del siervo de Dios Guillermo Plaza Hernández, afirma que, «sobre todo al estallar la revolución en julio de 1936, desencadenaron una tremenda persecución contra la religión, los sacerdotes y los católicos; quemaron las imágenes sagradas, como ocurrió en el pueblo de Yuncos; mataron a multitud de sacerdotes, por el solo hecho de serlo, y robaban cuanto podían.
»A mi misma casa fueron varias veces los milicianos a registrar, sólo por saber que yo era padre de un sacerdote. Al párroco de Yuncos también lo fusilaron. Ya he declarado lo que oíamos decir constantemente a los milicianos rojos, al pasar por la carretera delante de mí casa, o sea, que querían acabar con todos los curas y que habían matado a muchos» 22.
La ciudad de Toledo quedó sembrada de cadáveres de sacerdotes y religiosos desde el día en que se apoderaron de ella las milicias rojas. Dice el doctor don José Rivera Lema, testigo presencial del martirio de los siervos de Dios Pedro Ruiz de los Paños y José Sala: «Al dominar ellos y sus milicianos la ciudad de Toledo, inmediatamente comenzaron los asesinatos de sacerdotes y religiosos, incendio de imágenes y toda clase de desmanes contra la religión católica. Yo mismo vi a varios de estos sacerdotes muertos. Y todo esto lo hicieron los marxistas para exterminar todo lo que representara a Jesucristo y la religión» 23.
De modo muy similar testifica don Leandro de la Flor Pérez, también testigo ocular del martirio de los dos siervos de Dios: «Estoy completamente convencido de que el movimiento de izquierdas marxistas en España, que llegó a ser una verdadera revolución en julio de 1936, tenía como consigna terminante el exterminio de la religión católica, mediante la muerte de todos sus sacerdotes y de los seglares que confesaban su fe con actos religiosos...
»Yo presencié el 22 de julio de 1936 la entrada de las milicias marxistas en la ciudad de Toledo, por la calle Núñez de Arce, introduciéndose en los domicilios particulares y haciendo toda clase de desmanes. Aquel mismo día ya mataron al párroco de San Nicolás... Al día siguiente se dedicaron ya a registrar los domicilios y a matar a todos los sacerdotes y religiosos que encontraron y también a todas las personas reglares que encontraban de singular significación católica. A mí mismo me insultaban constantemente por saber que era buen católico, y me llegaron a negar el pan para mí, mi mujer y mi madre, diciéndome que no me mataban porque les hacía falta, pero que ya me llegaría la hora a la segunda vuelta... 24.
»Mataron en esta ciudad a todos los sacerdotes que en los días sucesivos pudieron encontrar, generalmente sin formar juicio alguno o proceso. Unicamente hicieron un simulacro de juicio con un carmelita.
»Yo mismo vi muertos por las calles de la ciudad a bastantes sacerdotes conocidos míos. Mataban a los sacerdotes exclusivamente por serlo, sin haberse mezclado ellos nunca en cuestiones políticas» 25.
Todo esto no fue una súbita explosión. Se venía fraguando con premeditada alevosía y al amparo de las autoridades marxistas que gobernaban la nación.
El rector del Seminario Menor de Toledo, siervo de Dios José Sala Picó, escribía el día 1 de abril de 1936, centenario del nacimiento del Beato Manuel Domingo y Sol, al entonces Director General de la Hermandad, siervo de Dios Pedro Ruiz de los Paños, compañero suyo de martirio:
«Por hoy todavía vivimos. Mañana Dios dirá. Mucho se habla de próximos y graves acontecimientos. El prelado aparece muy sereno. Que nuestro Padre Fundador, desde el cielo, nos alcance del Señor misericordia. Se lo pedimos al comenzar el centenario de su aparición en la tierra.
»Dicen que en la Casa del Pueblo entran armas con todo descaro y que las modistillas no dan abasto a la confección de trajes y emblemas comunistas. ¡Dios nos coja bien dispuestos!» 26.
Alguna de esas armas, sin duda, fue la llave rápida que abrió las puertas del cielo a los dos siervos de Dios en el martirio.
CAPITULO III
PERSECUCION RELIGIOSA
EN VALDEALGORFA (TERUEL)
Y EN LA DIOCESIS DE TORTOSA
Idéntica situación encontramos en la zona de Aragón, dominada por las milicias rojas, y en la diócesis de Tortosa, donde martirizaron a 300 sacerdotes.
En Valdealgorfa, provincia de Teruel y diócesis de Zaragoza, sufrió el martirio el siervo de Dios Martín Martínez Pascual, que sólo contaba veinticinco años de edad y hacía solamente un año que había recibido el presbiterado. En la diócesis de Tortosa fueron martirizados los siervos de Dios Recaredo Centelles Abad, José Pascual Carda Saporta y Antonio Perulles Estivill.
VERDADERA PERSECUCION RELIGIOSA
No cabe duda de que aquélla fue una auténtica persecución religiosa, aunque hoy día les duela a muchos admitirlo. Dice muy atinadamente Manuel García Sancho: «Se fusilaron militares, pero ni se quemaron cuarteles ni se suprimió el Ejército. Jueces, pero no juzgados. Diputados, pero no el Parlamento. Maestros, pero no escuelas. Dirigentes sindicales, pero no el sindicato. Médicos, pero no la medicina. Se sustituyó el personal no afecto de hospitales y asilos, pero siguieron las instituciones.
»Lo de la Iglesia es diferente: no se sustituyen sus ministros, se eliminan. No se cambia la administración de los obispados, de las parroquias, de las congregaciones religiosas; se ocupan sus sedes, sus bienes y se suprimen como tales. Se prohíbe todo ejercicio de culto, se destruye todo signo religioso sin respeto, salvo raras excepciones, al valor intrínseco, ni al artístico, ni al histórico.
»Soy testigo de un bando del siguiente tenor: De orden de X, se advierte a todos los vecinos que tengan en su poder algún objeto religioso, lo quemen inmediatamente ante la puerta de sus casas.
»Amenazas por sospecha de que se rezaba en la clandestinidad. ¿Fue obra de incontrolados? ¿Tantos había? ¿En todas partes? ¿Por tanto tiempo?
»En Cataluña hay un Gobierno autónomo. Existe el Gobierno de la nación. Ambos administran y legislan. ¿Estaban también controlados por incontrolados? ¿Conoce alguien algún acto de celo para que se cumplieran aquellos tardíos y por demás inoperantes decretos por los que se prohibía toda detención sin mandato gubernativo o judicial? ¿Sabe alguien de algún proceso incoado contra alguno de los que, en nuestra diócesis, cometieron tan inauditos desmanes?
»Estaba preparado por un laicismo agresivo y por una propaganda fomentadora del odio» 1.
Los sacerdotes estaban condenados a muerte por el hecho de ser sacerdotes. No había que inculparles más delitos.
Cuenta don Carlos Calaf en sus Memorias: «La desgracia de ser sacerdote. Al normalizar el ejército republicano y al extenderse los frentes, era natural que se apelara a nuevas levas. Le llegó el turno a mi quinta, era la del treinta y uno. Envían un oficio a mi casa reclamando mi presentación, con la coletilla de 'ser pasado por las armas' si no comparecía en el Ayuntamiento. ¡Otra sentencia de muerte!
»Para convocar a mis compañeros 'de armas' les bastó un bando por 'orden del señor alcalde', que ya actuaba otra vez, dejados de lado los Comités.
»Pasan lista e indefectiblemente contestan con el `¡Presente!' No faltaba nadie de los quince o veinte; ninguno, ni por asomo, se había adelantado al llamamiento oficial por alistamiento anticipado como voluntario. Por lo visto, el fervor republicano no cundía entre mis paisanos.
»Leen mi nombre y apellidos, nadie chista; uno sólo insinúa que, según se dice, 'anda de escondite en escondite' por el pueblo. Le ataja otro bruscamente: 'Deja en paz a mosén Carlos; bastante desgracia tiene de ser sacerdote en estos tiempos.' `Dejadle en paz'; y así fue, no insistieron.
»Le agradezco al amigo Cento; era de significación izquierdista y podía intervenir en mi favor, sin comprometerse; pero ni entonces ni nunca puedo admitir que sea una desgracia mi condición sacerdotal. Siempre lo he considerado como lo más prestigioso de mi vida; y más en aquellas circunstancias, en que no sólo participaba del sacerdocio de Nuestro Señor Jesucristo, sino también muy plenamente de su victimación» 2.
Si en alguna localidad los paisanos o feligreses del sacerdote se resistían a darle muerte, los mismos jefes de los Comités revolucionarios, desde instancias más altas, exigían sangre de sacerdotes, hasta no dejar uno solo con vida. Así ocurría en esta zona, como en todas las que estaban bajo el dominio rojo o marxista: «Cuando los pueblos, o por su índole más sumisa, o por su educación religiosa, o por estar menos contagiados del virus anárquico, no se deciden a atropellar cuanto existe de sagrado en ellos, vienen oleadas forasteras que se encargan de destruir y matar a quienes los naturales respetan. Estos son propiamente los que se designan en las relaciones parroquiales con el nombre de 'milicianos forasteros'» 3.
La consigna clara era la de matar a los sacerdotes. Dice un testigo en el proceso de la causa del siervo de Dios Martín Martínez, hablando de su pueblo, Valdealgorfa: «Vi pasar un camión de milicianos forasteros. En la plaza oí que preguntaron a los del pueblo, lo primero, si habían matado al cura, y después les dijeron que habían de derribar una cruz que había a la entrada del pueblo, y que si no la derribaban, los matarían a ellos.
»Me consta que le mataron exclusivamente por ser sacerdote. Había en este mismo pueblo un sacerdote que era primo hermano de uno de los más influyentes del Comité; preguntaron a éste por qué no salvaba a su primo, y respondió que porque era cura, y los curas no tenían salvación. También había aquí un sacerdote que había cantado misa el 2 de julio de 1936, a quien detuvieron y mataron 'porque era sacerdote'.
»La hermana de un sacerdote, que habían matado, fue a preguntar al Comité por qué habían muerto a su hermano, y le contestaron que solamente porque era sacerdote, pues, por lo demás, era bueno» 4.
El testigo Benigno Peris Seguer, asociado al Comité revolucionario de Valdealgorfa, no dudó en declarar en la causa del siervo de Dios, y dice: «Le mataron solamente porque era sacerdote. El plan de ellos era matar a todos los sacerdotes. Ellos decían que tenían que matar a todos los sacerdotes, y los mataban por eso» 5.
DELATAR O MORIR
El siervo de Dios José Manuel Claramonte Agut —martirizado el día 10 de junio de 1938— ha dejado escritas una especie de «Memorias» de los dos años que estuvo escondido para evitar que lo mataran. Cuenta las mil peripecias que hubo de pasar en su escondite, o por mejor decir, escondites, ya que tenía que cambiar de cuando en cuando, sobre todo para no comprometer a quienes lo ocultaban.
Estaba escondido en casa de un amigo, simpatizante de los «rojos», pero hombre de buen corazón, que por su condición creía poder ocultar sin peligro al siervo de Dios. Y un día...
«Hoy sí que hay noticia importante que comunicarle, se me dijo en la mañana del día 9 de noviembre, apenas bajé del pajar en donde pasaba la noche. Ayer se recibieron una carta y varias tarjetas que, desde Madrid, escribió un miliciano, y en una de ellas denuncia que en esta casa hay un hombre escondido y que, si no está aquí, se halla en el pajar, o en la choza de nuestra propiedad. Increpa al Comité, tachándole de cobarde, porque no asesina, y pregunta si el alcalde ha cosido dentro de un colchón a su hermano sacerdote, y finalmente afirma que, si viene con permiso, cortará cinco o siete cabezas.
»'Pues sí que es sanguinario el joven, dije para mis adentros'»
Y ahora el siervo de Dios manifiesta su manera de ser, tan distinta de los sanguinarios instintos de los milicianos. Su gran preocupación era comprometer, poner en peligro a sus bienhechores. Y antes que eso, está dispuesto a morir.
«Y dirigiéndome luego a la persona que me dio tan alarmantes noticias, añadí: Procedan ustedes con toda libertad y evítenme el serio disgusto que tendría de ser cogido aquí dentro, comprometiendo a ustedes. Hagan el favor de sacarme fuera de casa, adonde sea, y que pueda ser tenido por un fugitivo errante; así perezco yo solo... Ahora me angustia una doble preocupación: la suerte de ustedes y la mía; cuando haya salido, me habré descargado de la primera» 6.
«Hasta ocho pregones municipales sucesivos, los días 26 de julio, 17 y 18 de agosto, conminaron al vecindario de Valdealgorfa (provincia de Teruel y diócesis de Zaragoza) para que descubriese el paradero de todos los sacerdotes ocultos en el lugar. El último de estos bandos dictaba pena de muerte contra aquellos que fueran sorprendidos en la ocultación de clérigos» 7.
Casi todos los testigos de la causa del siervo de Dios Martín Martínez hacen referencia a este bando o pregón. A todos impresionó muy hondamente que obligaran a los mismos familiares a delatar a sus sacerdotes y bajo pena de muerte.
Declara el señor Venancio Cuella: «En el pueblo hicieron un bando de que todos los que tuvieran en casa algún sacerdote, lo manifestaran; de lo contrario, serían fusilados. El padre del sacerdote —es decir, del siervo de Dios Martín Martínez— vino a mi casa, para encargarme que fuera adonde estaba su hijo y le comunicara esto, pero que le dijera que no volviera al pueblo» 8.
La señora Isabel Fuster Sancho dice: «El día 17 de agosto —de 1936—, por la noche, llegaron muchos milicianos forasteros, y empezó a correrse la voz de que iban a matar a todos los sacerdotes. Ante estos hechos, mosén Martín salió del pueblo y se fue al campo, a una cueva. El día 18, por la mañana, se hizo un bando: que todos los que tuvieran sacerdotes, los presentaran; de lo contrario, serían pasados por las armas» 9.
Este bando venía impuesto por un Comité revolucionario superior al del pueblo, según el testimonio que aporta Benigno Peris Seguer, asociado al Comité de Valdealgorfa: «El Comité revolucionario de Alcañiz dio orden al de aquí de que hicieran un bando para que se presentaran todos los sacerdotes; que, si no, pasarían por las armas a sus familiares» 10.
CONFESO Y NO NEGO
Ser sacerdote era un crimen que no tenía redención. Había que matar a todos, para arrancar de cuajo la Iglesia y la religión. Aunque también mataron a no pocos seminaristas, lo ordinario era que sólo asesinaran a los sacerdotes por el hecho de ser sacerdotes. Declara don José Peris Blasco, natural de Valdealgorfa: «Hicieron un bando de que los familiares de sacerdotes los manifestaran o declararan el lugar donde estaban éstos y que, si no lo hacían, pagarían con la pena de muerte. Este bando lo oí yo, estando escondido; era a las diez de la mañana. Como yo era subdiácono, no me manifestaron, porque el bando no se refería más que a los sacerdotes» 11.
La realidad es que la mayor parte de la gente del pueblo, incluidos muchos del Comité, quería salvar de la muerte al siervo de Dios Martín Martínez, y lo intentaron hasta última hora. Pero era a base de que él negara su condición de sacerdote.
Y por esto no pasó el siervo de Dios. Además, en el mismo Comité vivían bajo el terror, con verdadero pánico de ser fusilados, si ellos no fusilaban —asesinaban— a los sacerdotes.
Testifica el cuñado del siervo de Dios: «Le mataron porque era sacerdote. Se supo que en el Comité del pueblo, cuando trataron de a quiénes debían matar, hubo discusión sobre Martín Martínez, que era, decían los del Comité, un cura muy bueno. Pero uno dijo: y si no lo matamos, ¿qué nos puede pasar? A lo mejor nos hacen algo. Y por eso le mataron» 12.
El padre del siervo de Dios fue detenido por no declarar dónde se encontraba oculto su hijo. Para salvar a su padre, el siervo de Dios se presentó al Comité. Y todavía entonces intentaron salvarlo de la muerte, queriendo hacer ver a los sicarios del Comité de Alcañiz que el siervo de Dios Martín Martínez era aún estudiante, y no sacerdote.
La hermana del siervo de Dios testifica: «Algunos decían que no era sacerdote, sino estudiante, y que le dejaran marchar, y él decía que sí que era sacerdote y quería correr la misma suerte que los demás. El Comité del pueblo quería librarle, pero unas vecinas fueron a decirlo al Comité de Alcañiz, y éstos vinieron al pueblo. Los del Comité del pueblo decían a los de Alcañiz que mi hermano aún no era sacerdote, pero éste aseguraba que sí lo era.
»En seguida que lo mataron, los del Comité del pueblo vinieron a la casa de mis padres a decir que no habían podido hacer nada por mi hermano, porque éste decía que sí que era sacerdote» 13.
PERSECUCION RELIGIOSA EN LA DIOCESIS DE TORTOSA
Sin duda, la diócesis de Tortosa fue una de las que sufrió más intensamente la persecución en los años de la guerra civil. Más de trescientos sacerdotes de la diócesis fueron martirizados.
Dice doña Emilia Marín Vidal en el proceso: «El ser sacerdote era sentencia de muerte en aquellos días. Eso lo sabemos todo el mundo. Los 'rojos' tenían la intención de acabar con todos los católicos. Yo en aquellos días confesaba y comulgaba cada semana, pero muy ocultamente, con todas las precauciones, porque nos hubieran matado de haberlo sabido» 14.
En la diócesis de Tortosa fueron martirizados, entre otros muchos sacerdotes Operarios diocesanos, los siervos de Dios Recaredo Centelles Abad, José Pascual Carda Saporta y Antonio Perulles Estivill.
También fue martirizado en la diócesis de Tortosa el siervo de Dios Isidoro Bover, que el día 10 de abril de 1936 escribía a su hermano José María Bover diciéndole que en España se estaba imponiendo la dictadura del marxismo, en la que, como todos sabemos, unos pocos, a punta de armas, someten a los demás.
«Da la impresión de que nos hallamos ya en los preludios de una dictadura izquierdista con máscara de legalidad, que es la más odiosa de las dictaduras. Y hay síntomas de que esa dictadura será, si Dios no lo remedia, la brecha para el paso de la dictadura roja. Por ahora no se ve en el horizonte ningún claro por donde pueda brillar el sol» 15.
YO TAMBIEN OS PERDONO
En Vall de Uxó fue martirizado el siervo de Dios Recadero Centelles, y en Villarreal, el siervo de Dios José Pascual Carda. Ambas localidades pertenecían entonces a la diócesis de Tortosa. Y fueron muchos los sacerdotes allí inmolados.
Es verdaderamente trágico el martirio del sacerdote diocesano don José Avellana Guinot, y es sinceramente emocionante la reacción de su hermano, el sacerdote Operario don Vicente Avellana Guinot.
Don José Avellana Guinot fue «detenido el 11 de agosto de 1936. Encarcelado en una celda del convento de dominicas de Villarreal, fue sacado de allí el 21: perdonó a todos en nombre de sus compañeros y pidió que dejasen en libertad a los que eran padres de familia. Con otros trece fue fusilado en el río Belcaire, término de Moncofar. No murió, puesto que las dos balas que recibió, una en la muñeca y otra en el bajo vientre, no le interesaron órganos vitales.
»Cuando desaparecieron los verdugos, se incorporó v, aunque casi sin aliento, determinó encaminarse hacia Vall de Uxó. Había recorrido cuatro kilómetros cuando decidió descansar, sentado en una piedra, y esperar que se abriera la puerta de la venta del señor Simeón, y pedir ayuda. Pasó antes un carro, cuyo propietario se apeó, al verlo, y llamó al ventero, a quien mosén Avellana pidió un vaso de agua y rogó a ambos que lo llevasen a una clínica. El carretero se ofreció y lo hizo montar en su carro.
»Quizá por miedo, no lo sé, el caso es que lo llevó al Comité de Vall de Uxó. Perdiendo sangre y abrasándose de sed, permaneció varias horas en las puertas del Comité.
»` ¡Agua, por favor!' Muchas burlas y gran indiferencia por respuesta. Sólo una mujer intrépida se abrió paso entre los curiosos y le dio de beber. Esa mujer declara después 'que la mirada de gratitud que me dirigió, me llegó tan hondo, que jamás la olvidaré'.
»El Comité acordó fusilarlo de nuevo. Fue el mismo carretero quien, obligado, lo llevó al cementerio, acompañado de un miembro del Comité, cuyo nombre omito, quien, afilando un cuchillo, probaba de trecho en trecho si se clavaba bien en el cuerpo del sacerdote.
»Llegó vivo al cementerio. Lo fusilan y le amputan las manos y los pies.
»Uno de los asesinos dirá tres años después a don Vicente Avellana: —Llevo clavada en el alma la mirada de su hermano, y su ensangrentado recuerdo me acompaña siempre. Haga de mí lo que quiera. —Sólo quiero saber qué hizo mi hermano antes de morir. —Nos perdonó. —Pues yo también os perdono» 16.
LA «COLUMNA DE HIERRO»
Cuando llegó a Vall de Uxó la tristemente célebre y funesta «Columna de Hierro» sembró la muerte con rabia infernal. Estaba compuesta por la hez del odio y la vesania. Además, eran unos cobardes de tomo y lomo, que refugiaban su cobardía matando a seres indefensos en la retaguardia.
Alguien que los conoció de cerca los describe así: Entre los milicianos eran «muy destacados los militantes de la Columna de Hierro. Estos, haciendo honor a su calificativo de 'anarquistas', lo eran también en los frentes; y, como allí corrían muchos riesgos, porque los que tenían al otro lado tiraban a dar, preferían replegarse a la retaguardia para el pillaje y la revolución social. Así no se tenían que enfrentar más que con pacíficos y asustados ciudadanos. Eran los que ahora llamamos terroristas, pero sin Guardia Civil ni Policía» 17.
La misma noche que la Columna de Hierro llegó a Vall de Uxó asesinó al siervo de Dios Recaredo Centelles Abad, juntamente con su cuñado Leopoldo Peñarroja, a quien habían prometido los jefes del Comité del pueblo que nada malo ocurriría a los de su casa. Pero la Columna de Hierro tenía que demostrar su «hombría» matando en retaguardia, para calmar su sed de sangre, e impuso sus instintos salvajes.
Era el 25 de octubre de 1936, fiesta de Cristo Rey.
Días antes la Columna de Hierro había pasado por Castellón asolando vidas. Veintitrés días antes, el 2 de octubre de 1936, había asesinado a otro hermano del siervo de Dios, a Vicentes Centelles Abad, juntamente con muchos sacerdotes y seglares. Entre los sacerdotes estaba el siervo de Dios don Isidoro Bover Oliver.
Es verdaderamente impresionante la carta que Vicente escribe a su esposa el mismo día en que va a ser fusilado por ser buen católico y, además, hermano de un sacerdote. ¡Eso era imperdonable para los esbirros!
«Mi querida esposa: Para ti y mis hijos el último suspiro de mi corazón. Hoy, día 2 de octubre, me sacan de la cárcel para ser fusilado. Muero cristianamente y desde el cielo rogaré a Dios para que te proteja en el calvario de la vida. Perdono a todos y a todos pido perdón.
»Si algo debe consolarte en estos momentos es pensar que en el cielo tenéis un esposo y un padre mártir por Cristo, pues sólo por El muero. Desde allí os haré sentir mi protección sobre todos vosotros.
»Adiós, esposa mía. Da a nuestros hijos el último beso de su padre, y hasta el cielo, donde os espero para volveros a abrazar. Tu esposo, Vicente» 18.
UN MARTIR HABLA DE OTROS MARTIRES
Ya hemos hecho referencia a los escritos que dejó el siervo de Dios José Manuel Claramonte. En ellos habla de varios mártires, que cayeron antes que él y eran conocidos suyos. Dice el siervo de Dios en esas páginas, entre otras cosas:
«Procedimiento de los leales de Azaña y Martínez Barrio. Puede ser que se molesten los aludidos tiranos y reclamen para sí toda la gloria por los centenares de miles de asesinatos cometidos en el territorio sobre el que se arrogan la suprema autoridad. Porque con su autoridad fueron convocados los asesinos; en nombre de la misma autoridad se les dieron las armas a sus leales sanguinarios; el criminal silencio de la autoridad aprobó la detestable conducta de los milicianos, y la manifiesta impunidad del Gobierno alentó los bajos instintos de sus satélites.
»Admitimos que los principales y casi únicos responsables de los asesinatos son Azaña y Martínez Barrio; pero alguna parte corresponde a los miserables asesinos que, aunque obrasen como instrumentos de la llamada autoridad, no puede eximirse de la responsabilidad que de sus propios actos corresponde a todo ser humano.
»La lista de los abominables hechos es muy larga y espeluznante en sus detalles. Yo sólo apunto tres o cuatro hechos de los que han sonado en mis oídos en la habitación que me sirve de escondite.
»Al prender al angelical coadjutor de Amposta, don Manuel Collell Fontanet, preguntó su padre adónde se llevaban a su hijo, y manifestó deseos de acompañarle. Luego fueron hallados los cadáveres de padre e hijo atravesados por tres balazos uno y por nueve el otro. ¿Sabrán decirnos esos abolidores de la pena de muerte qué delito es ser padre de un niño que, años después, se hizo sacerdote?
»Se detuvo y se cargó en el auto a un seminarista a quien tomaron por el coadjutor. No le permitieron hablar ni para manifestar que no era él el que buscaban. Ya en fatídico auto, fue menester que las mujeres en grito hicieran saber que el detenido no era el que perseguían. En derecho hay un aforismo que dice: 'A nadie se le condena sin oírle'; pero en estos tiempos de democracia y humanitarismo, la justicia republicana primero asesina, luego se averigua si la víctima es la persona a la que se perseguía. Y de si es culpable o no, de eso no hay que preocuparse.
»A los hermanos del joven sacerdote don Guillermo Puig se les quiso obligar a que descubrieran el paradero del sacerdote. Al no poderles arrancar el secreto, se les hizo pagar unos días el jornal a diez hombres para que le buscaran por todas las masías, viviendas y parajes del término municipal. ¡Deliciosa fraternidad republicana que obliga a costear con su dinero a los asesinos de su propio hermano!
»A un miliciano se le oyó contar regocijado cuánto habían hecho sufrir al reverendo don Miguel Carbó, a quien disparaban en las piernas para hacerle saborear por más tiempo los horrores de la muerte.
»El reverendo don Manuel Tenesa se hallaba recluido en su casa de Vistabella, adonde se dirigían periódicamente los leales, exigiéndole cada vez 500 pesetas. Cuando se le acabó el dinero, se presentaron los `azañistas', en pleno día, y atando al sacerdote las manos por la espalda con una cuerda de esparto cuyo extremo arrastraba por el suelo, lo sacaron de su morada con el pretexto de que el Comité lo reclamaba. Cuando hubo llegado frente al edificio en donde se hallaba instalado el Comité y ver que, sin entrarle ni dirigirle palabra alguna, se le obligaba a proseguir el camino en dirección al cementerio, se paró la víctima en la calle y, vitoreando a grandes voces a Cristo Rey, dijo que lo mataran allí.
»Asiéndole entonces de ambos brazos dos de los asesinos y dándole otros puntapiés, culatazos de escopeta y pinchándole con navajas, le arrastraron hasta el cementerio, en donde, vivo, le echaron en la fosa. Apenas cayó dentro, le dispararon las pistolas, y como aún se incorporase el infeliz sacerdote, le hicieron cortes con un mal sable hasta que se desplomó en el charco de sangre.
»Desde un altozano que domina el cementerio presenciaron muchos tan inaudito asesinato y creen que la víctima quedó abandonada todavía con vida dentro de la fosa» 19.
Casos similares y hasta más crueles podrían multiplicarse.
EL DELITO DE SER SACERDOTE
Era la causa única de su condena a muerte. Los testimonios son unánimes tanto en el proceso de Toledo como en el de Tortosa.
El sacerdote tortosino don Luis Riba Cano testifica en la causa del siervo de Dios Mateo Despóns Tena: «Es cierto que le mataron solamente por ser sacerdote. Me fundo en mi propia suerte. Yo era entonces diácono, y discutieron los del Comité si me debían o no matar; a pesar de haber acordado matarme, no lo hicieron porque todavía no había cantado misa y, por tanto, no había engañado, dijeron, a nadie» 20.
El señor Antonio Piñana Vizcarro testifica en la causa del siervo de Dios vicente Jovaní Avila: «Las matanzas de sacerdotes eran sólo por odio a la religión. En la misma fábrica donde yo trabajo oí muchas veces decir a un jefe de control, impuesto desde Barcelona, que era necesario acabar con todos los sacerdotes y con la religión 21.
El entonces seminarista José María Reyes Mateu, en la causa del siervo de Dios Joaquín Jovaní Marín, dice que en la llamada «cárcel de Pilato» de Tarragona, donde tuvieron prisioneros a muchos seminaristas de esta ciudad, juntamente con el siervo de Dios, «el día 10 de agosto de 1936 me hicieron una especie de juicio. Me preguntaron si yo era sacerdote. Les contesté que me faltaba un año para terminar la carrera. Me dijeron que a los estudiantes nos necesitaba la República y que no nos harían nada malo; solamente a los culpables, refiriéndose claramente a los sacerdotes, les darían lo suyo» 22.
EL DELITO DE SER CATOLICOS
En toda la zona «roja» estaba totalmente proscrita la religión.
Testifica don Pascual Ortells Broch: «Recuerdo que cuando vinieron por mí y dijeron a mi hermano que me matarían por ser sacerdote, viendo durmiendo en el suelo a dos sobrinos míos, uno de los cuales era seminarista, dijeron estas palabras: 'han de desaparecer todos los sacerdotes, y estos muchachos (señalando a los chicos), dentro de diez años, ya no conocerán nada de religión'» 23.
Perseguían principalmente a los sacerdotes. Pero también, y con saña, a los laicos que se hubieran significado por su catolicismo. Son muy numerosos los seglares asesinados por odio a la fe.
Doña Julia Pla Fontanet se había casado un mes antes de que se desencadenara la persecución religiosa de julio de 1936. Testifica en la causa del siervo de Dios don Sebastián Segarra Barberá, que fue martirizado, juntamente con el esposo de doña Julia, el 23 de septiembre de 1936, en Barcelona.
Estuvieron prisioneros, primeramente en los bajos del Ayuntamiento de Tortosa, luego en la cárcel de Remolinos de Tortosa. El día 23 de septiembre, por la noche, «mientras estaban rezando el santo rosario, según me dijo uno de los presos, el único que quedó aquí, les avisaron que tenían que marchar a Barcelona. Los llevaron a la cárcel de San Elías de Barcelona» 24.
Aquella misma noche los mataron.
El siervo de Dios Sebastián Segarra se preocupó de preparar a todos los presos para el martirio.
«El siervo de Dios los animaba y confortaba para el martirio. Mi marido me consolaba, diciéndome que podía estar orgullosa si era viuda de un mártir. El siervo de Dios hablaba con frecuencia del martirio.
»Cuando estaban detenidos en el Ayuntamiento de Tortosa fueron sometidos a un interrogatorio... A mi marido le acusaron de pertenecer a la Adoración Nocturna Española» 25.
No se toleraba la existencia de signo alguno religioso.
En la causa del siervo de Dios Juan Vallés Anguera testifica el señor Francisco Benaiges Vallés: «Hicieron un bando de que se habían de quemar todos los cuadros e imágenes de santos. Querían acabar con toda la religión. Para derribar los santos de la iglesia hacían ir, obligados, a los más católicos» 26.
Todo el que protegiera a un sacerdote era condenado a muerte. No se libró de esto ni el hermano del tristemente célebre Marcelino Domingo, ministro de la República desde 1931.
Doña Joaquina Fibla Frecet, cuñada de Federico Domingo —hermano de Marcelino—, ha dejado una declaración muy importante a este respecto, como testigo en la causa de los siervos de Dios Joaquín Jovaní Marín y Vicente Jovaní Avila:
«Por mediación de mi cuñado, Federico Domingo, el siervo de Dios Joaquín Jovaní salió de la cárcel de la 'Casa de Pilato'. Este Federico, a pesar de ser hermano del ex ministro de la República, Marcelino, era bueno y muy querido de todos. Mi marido fue a ver al siervo de Dios muchas veces a esta cárcel, acompañado de Federico Domingo» 27.
El siervo de Dios había conseguido dos pasaportes para huir a Francia. «El uno era para el siervo de Dios y el otro, por común acuerdo de los hermanos, quedó para Joaquín Jovaní Avila, sobrino del siervo de Dios, por su condición de casado. Mi esposo le dio dinero y proporcionó vestidos para este viaje... El siervo de Dios y su sobrino Joaquín subieron al coche que los había de llevar a Francia. Los demás quedaron en la pensión un rato. En esto llegaron unos sesenta milicianos, que ocuparon la pensión y detuvieron a todos.
»Entonces vieron los que estaban en la pensión que había regresado el coche en el que viajaban los que marcharon a Francia, el cual había sido detenido también por los milicianos y obligado a regresar a la pensión. A todos los detenidos los llevaron a un retén y después a la checa de San Elías.
»Allí fueron a parar el siervo de Dios, con mi marido, sus dos sobrinos, Vicente (sacerdote) y Joaquín, y además Federico Domingo, que, como tantas veces he dicho, era el que los protegía por sus circunstancias especiales.
»Los cinco fueron encerrados en la misma celda. De esta celda los iban sacando de dos en dos. Mi marido se quedó solo, el último. Al llamarle para declarar, preguntó por sus familiares, y los milicianos le dijeron que estaban en un campo de concentración, menos Federico, que había sido llevado a Madrid.
»Esto era mentira, como pudimos comprobar después de la guerra, al encontrar juntos los cadáveres de Joaquín Jovaní, el sobrino y de Federico Domingo» 28.
El esposo de doña Joaquina fue puesto en libertad, detenido nuevamente y asesinado en Castellón.
«Mi marido regresó a Benicarló y me enteró de todo esto. A los pocos días detuvieron nuevamente a mi marido y lo asesinaron en Castellón» 29.
CAPITULO IV
FAMA DE MÁRTIRES
Ya se ha dicho que los siervos de Dios adquirieron inmediatamente fama de mártires, y en tal concepto son tenidos por cuantos conocen su vida y su muerte.
Es evidente que los perseguidores, y más aún los mandantes, actuaban por odio a la fe, por odio a la Iglesia y al sacerdocio. Las víctimas —y en concreto estos siervos de Dios— sufrieron la muerte por Dios.
El calificativo de mártires, sin paliativo alguno, lo recibieron muy pronto también del mismo Papa y de la jerarquía española.
Su Santidad el Papa Pío XI, el día 14 de noviembre de 1936, fue muy explícito en su alocución a quinientos prófugos españoles:
«Estáis aquí, queridísimos hijos, para decirnos la grande tribulación de la que venís, tribulación de la que lleváis las señales y huellas visibles en vuestras personas y en vuestras cosas, señales y huellas de la gran batalla del sufrimiento que habéis sostenido, hechos vosotros mismos espectáculo a nuestros ojos y a los del mundo entero; desposeídos y despojados de todo, cazados y buscados para daros la muerte en las ciudades y en los pueblos, en las casas privadas y en la soledad de los montes, así como veía el Apóstol a los primeros mártires, admirándolos y gozándose de verlos, hasta lanzar al mundo aquella intrépida y magnífica palabra, que le proclama indignos de tenerlos: Quibus dignus non erat mundus.
»Venís a decirnos vuestro gozo por haber sido dignos, como los primeros apóstoles, de sufrir pro nomine Iesu; vuestra felicidad, ya exaltada por el primer Papa, cubiertos de oprobios por el nombre de Jesús y por ser cristianos. ¿Qué diría él mismo, qué podemos decir nos, en vuestra alabanza, venerables obispos y sacerdotes, perseguidos e injuriados precisamente ut ministri Christi et dispensatores mysteriorum Dei?
»Todo esto es un esplendor de virtudes cristianas y sacerdotales, de heroísmos y martirios; verdaderos martirios en todo el sagrado y glorioso significado de la palabra, hasta el sacrificio de las vidas más inocentes, de venerables ancianos, de juventudes primaverales, hasta la intrépida generosidad que pide un lugar en el carro y con las víctimas que espera el verdugo» 1.
El Papa Pío XII, en el radiomensaje al pueblo español del 16 de abril de 1939, decía:
«Ante el recuerdo de las ruinas acumuladas en la guerra civil más sangrienta que recuerda la historia de los tiempos modernos, Nos con piadoso impulso inclinamos ante todo nuestra frente a la santa memoria de los obispos, sacerdotes, religiosos de uno y otro sexo y fieles de todas las edades y condiciones, que en tan elevado número han sellado con su sangre su fe en Jesucristo y su amor a la religión católica: Maiorem hac dilectionem nemo habet: No hay mayor prueba de amor» 2.
Los obispos españoles consideraron mártires, desde el primer momento, a estos hombres y mujeres, asesinados por ser sacerdotes, religiosos, religiosas o sencillamente buenos cristianos.
El obispo de Salamanca, don Enrique Pía y Deniel, hombre tan ponderado en todos sus juicios, escribió el 30 de septiembre de 1936 su carta pastoral «Las dos ciudades». En ella prodiga el título de mártires a los sacerdotes que cayeron por confesar su fe:
«El comunismo y anarquismo son la idolatría propia hasta llegar al desprecio, al odio a Dios Nuestro Señor; y enfrente de ellos han florecido de manera insospechada el heroísmo y el martirio que, en amor exaltado a España y a Dios, ofrecen en sacrificio y holocausto la propia vida...
»Frente a tanta degradación humana de la ciudad terrena de los sin Dios, florece la ciudad celeste de los hijos de Dios, cuyo divino amor les eleva hasta las sublimidades del heroísmo y del martirio...
»¡Y cómo han florecido las flores rojas del martirio en nuestra España en los dos meses que llevamos del desencadenamiento del odio comunista en tantas provincias de nuestra patria!... El ya largo y glorioso martirologio español se ha alargado y enriquecido con obispos, sacerdotes y seglares; con ancianos, con vírgenes y aun con niños...
»La sangre de tantos mártires hijos de España será oída del Sacratísimo Corazón de Jesús, fusilado también en su efigie veneranda del Cerro de los Angeles...
»En abril de 1931, al ocurrir el cambio de régimen, ante el peligro que se barruntaba de que sobreviniese una persecución religiosa en España, advertíamos que la perpetuidad de la Iglesia católica se halla vinculada a la capacidad demostrada por los hechos de nuevos mártires en todos los siglos... Amonestábamos entonces a estar dispuestos al martirio antes que a la apostasía; preveíamos la posibilidad de que se llegase a tales circunstancias; estábamos seguros de que en este trance no faltarían en nuestra España nuevos mártires.
»Mas, ¡ah! Con la misma sinceridad hemos de declarar que no sospechábamos que el número de mártires de la España contemporánea fuese tan crecido, de tantos centenares como ciertamente ya han sido, y aun tal vez de tantos millares cuando los conozcamos todos.
»Si la sangre de mártires ha sido siempre semilla de cristianos, ¡qué florecimiento de vida cristiana no es de esperar en la España regada por tanta sangre de mártires, de obispos y sacerdotes, de religiosos y seglares que han muerto por confesar a Cristo!» 3.
El episcopado español, en la carta colectiva a todos los obispos del mundo, de 1 de junio de 1937, también considera mártires a estos hombres que cayeron por confesar su fe:
«Contamos los mártires por millares; su testimonio es una esperanza para nuestra pobre patria; pero casi no hallaríamos en el martirologio romano una forma de martirio no usada por el comunismo, sin exceptuar la crucifixión; y, en cambio, hay formas nuevas de tormento que han consentido las sustancias y máquinas modernas...
»El odio a Jesucristo y a la Virgen ha llegado al paroxismo, y en los centenares de crucifijos acuchillados, en las imágenes de la Virgen bestialmente profanadas..., en la reiterada profanación de las sagradas formas, podemos adivinar el odio del infierno encarnado en nuestros infelices comunistas. 'Tenía jurado vengarme de ti' —le decía uno de ellos al Señor encerrado en el sagrario—; y encañonando la pistola disparó contra El, diciendo: 'Ríndete a los rojos; ríndete al marxismo'...
»Dentro del Movimiento Nacional se ha producido el fenómeno maravilloso del martirio —de verdadero martirio, como ha dicho el Papa— de millares de españoles, sacerdotes, religiosos y seglares...
»Dios sabe que amamos en las entrañas de Cristo y perdonamos de todo corazón a cuantos, sin saber lo que hacían, han inferido daño gravísimo a la Iglesia y a la Patria. Son hijos nuestros.
»Invocamos ante Dios y en favor de ellos los méritos de nuestros mártires, de los diez obispos y de los miles de sacerdotes y católicos que murieron, perdonándoles, así como el dolor, como de mar profundo, que sufre nuestra España» 4.
1
Don Pedro Ruiz de los Paños
Con prisa de eternidad
CAPITULO V
SÍNTESIS BIOGRÁFICA DEL SIERVO DE DIOS PEDRO RUIZ DE LOS PAÑOS
Pedro Ruiz de los Paños y Ángel nació el día 18 de septiembre del año 1881 en Mora (Toledo), en la casa de sus abuelos maternos 1.
Fueron sus padres Francisco Ruiz de los Paños Ayllón y Braulia Ángel Navarro. «Eran muy piadosos. Ellos fueron los que iniciaron la práctica de la comunión diaria en Orgaz» 2.
«El nombre completo del siervo de Dios era el de Pedro Dolores de María, por haber nacido el 18 de septiembre de 1881 y haber sido bautizado el mismo día, festividad en aquel año de los Dolores Gloriosos de María» 3.
Entró en la vida con prisa de eternidad: «Al nacer, fue preciso hacerle una operación quirúrgica, corriendo serio peligro su vida, por lo cual, su tía doña María Ángel lo llevó inmediatamente a la parroquia para que fuese bautizado» 4.
El siervo de Dios recuerda en varias cartas este suceso, con verdadera gratitud al Señor, que lo quiso cristiano inmediatamente: «He dado muchas gracias a Dios por haberme dado la vida en este día. Me acuerdo mucho de una tía carnal de mi madre, persona muy resuelta, que, como me vio, al nacer, en gran peligro de muerte, me cogió sin más averiguaciones y me llevó a la iglesia en el mismo momento, y así Dios se valió de ella para hacerme cristiano en seguida» 5.
Nació con prisa de volver a Dios, y esta santa prisa marcó su vida entera. Dice él: «A mí no me ha gustado nunca volver a los años de la juventud; deseo correr y pasar de todo cuantos antes... En mi interior siempre pienso lo mismo, o sea, que todo retardo es distanciarse del Bien Infinito al cual debemos tender todos» 6.
INFANCIA
El padre de don Pedro Ruiz de los Paños era secretario de Ayuntamiento y ejerció en diversos municipios. Por eso, encontramos al siervo de Dios en Orgaz desde 1881 a 1884, en Villaminaya de 1884 a 1888, en La Calzada de Oropesa desde 1888 a 1893. A partir de este año la familia se estableció definitivamente en Orgaz, que don Pedro consideró siempre su patria chica.
En La Calzada de Oropesa recibió, el 3 de octubre de 1888, el sacramento de la confirmación y en mayo de 1890 la primera comunión.
Su vocación al sacerdocio surgió espontánea en el clima propicio de una familia profundamente cristiana. Siempre vivió con la más honda convicción de su llamamiento al sacerdocio. De hecho, cuando estuvo gravemente enfermo, siendo seminarista, según testifica su hermana Felicia, «su mayor pena era pensar si no podía llegar a ser sacerdote» 7.
Escribe él mismo en su «Diario»: «No recuerdo tampoco cuándo recibí los primeros llamamientos de Dios. Dijeronme, aún muy niño, que había de ser sacerdote y en esa creencia viví siempre, sin haber pensado una sola vez en lo contrario. Tú, oh buen Jesús, que ibas preparando toda mi vida, te encargaste también de preparar mi voluntad con muchos años de anticipación para que recibiera en su día tu divino llamamiento» 8.
EN EL SEMINARIO DE TOLEDO
Apenas hizo la primera comunión comenzó a prepararse para ingresar en el Seminario, simultaneando los estudios de la escuela de su pueblo con las clases de latín que le daba don Martín Bermejo, párroco de La Calzada de Oropesa. Durante el verano de 1894 intensificó más su preparación bajo la dirección del cura ecónomo de Orgaz, don Benito López de las Hazas. Alumno y profesor compartirían después, con breve espacio de tiempo, el martirio. Don Benito —venerable anciano de ochenta y un años de edad—, completamente ciego, se llenó de luz para siempre al ser fusilado en Toledo el día 1 de septiembre de 1936, por el grave delito de ser sacerdote 9.
El día 28 de septiembre de 1894 el siervo de Dios Pedro Ruiz de los Paños aprobó los exámenes de ingreso, primero y segundo años de Latín y Humanidades, en el Seminario de Toledo, y el día 30 de dicho mes ingresó como alumno interno, matriculado en el tercer curso.
El Seminario de Toledo atravesaba por aquellos años una tremenda crisis en todos los órdenes. No es ahora ocasión de exponerlo. El siervo de Dios deja entrever, en algunas pinceladas muy discretas, la situación: «No puedo pensar en los primeros años que pasé en el seminario sin sentir honda pena dentro de mi alma... Los comienzos de mi vida fueron buenos. Tenía un gran concepto del estado sacerdotal y procuraba portarme dignamente... Pero, poco a poco, fueron apareciendo los enemigos de mi bien... Recuerdo que alguna vez se rieron de mi inocencia y que me motejaron con palabras que no quiero nombrar» 10.
Al ser promovido a la sede primada de Toledo el señor cardenal Sancha quiso poner remedio inmediatamente a la situación del Seminario de Toledo. Había conocido en Valencia la labor de los sacerdotes Operarios diocesanos dentro del Colegio de San José, y se puso en contacto con el Beato Manuel Domingo y Sol a fin de que su Hermandad se hiciera cargo de la dirección del Seminario de Toledo 11.
Las primeras impresiones de los sacerdotes Operarios diocesanos al llegar a Toledo son verdaderamente graves: «Esta comunidad es una reunión de jóvenes que de cristianos tienen el bautismo y nada más. Quiera el Señor darles pronto, a más de práctica de cristianos, algo de espíritu sacerdotal. Espanta pensar cuál habrá sido el estado de indisciplina e inmoralidad de esta casa. El Ángel de España y la Inmaculada hagan que no vuelvan aquellas historias pasadas, que han escandalizado a los alumnos de la Academia de Militares» 12.
Así escribía don Federico Salvador al Beato Manuel Domingo y Sol el día 8 de octubre de 1898. Y el rector, don Remigio Albiol, le decía el 17 de octubre de ese mismo año: «Es empresa más que humana el reformar esta comunidad... Veremos si los ejercicios entonan a algunos y apartan a otros del Seminario... Yo creí que eran exageraciones lo que se oía de estos seminaristas; hoy pienso que ignoran muchas cosas más» 13.
Pero en medio de tanto fango también había flores de virtud. Alumnos como los siervos de Dios Pedro Ruiz de los Paños, Miguel Amaro Ramírez, como don Ignacio Arenas y otros, se mantuvieron incólumes y supieron reaccionar estupendamente una vez que marcharon los que carecían de vocación.
De hecho, a los tres meses de hacerse cargo la Hermandad de la dirección del Seminario de Toledo, el primer vicerrector, siervo de Dios Joaquín Jovaní Marín, escribe al Fundador de los Sacerdotes Operarios Diocesanos: «Las primeras impresiones que en un principio nos causó la comunidad de Toledo se han borrado, siendo sustituidas por las de tener confianza de curar radicalmente tanto mal y sacar gente muy lista, muy buena, de este Seminario, que tiene justa fama de haber tenido hijos sabios y santos, pues esta generación, con haber estado tan mal gobernada, da señal de que no contradice a su origen. Creo que no ha de arrepentirse la Hermandad de haberse encargado del Seminario de Toledo» 14.
En el proceso de beatificación de don Pedro testifica un condiscípulo suyo: «De seminarista era muy virtuoso, muy devoto de la Santísima Virgen y, sobre todo, del Santísimo Sacramento. Y, a pesar de estar enfermo, nunca quería trato de distinción. Veíamos en él al seminarista que se imponía por su virtud, a pesar de ser serio» 15.
INGRESA EN LA HERMANDAD DE SACERDOTES OPERARIOS
Muy pronto captó los fines que se proponía la Hermandad y decidió pedir su ingreso. Había cursado el primer año de Teología 16. Un sacerdote de Toledo declara en el proceso: «Sobre su ingreso en la Hermandad aseguró públicamente, en una conferencia, que a ella le había llevado el deseo de promover en la mayor escala la gloria de Dios y la salvación de las almas. Nos dijo: 'Os desafío a que me digáis si hay algún ministerio, dentro de lo sacerdotal, que dé más gloria a Dios que el dedicar toda una vida a la formación de los seminaristas, futuros ministros de la Iglesia» 17.
Los informes que sobre el siervo de Dios da el rector del Seminario de Toledo al Beato Manuel Domingo y Sol son excelentes. Le dice el 18 de julio de 1901: «Para mi gusto es todo un hombre: ha de tener cualidades de gobierno excepcionales, aparte que su talento y piedad le colocan entre los primeros del Seminario. Yo le juzgo el alumno más completo y, desde luego, el que más me satisface» 18.
Entonces cayó muy gravemente enfermo. Dice el siervo de Dios en una carta: «Bien fuerte estaba yo a los diecinueve años. Al cumplir los veinte, tomé la resolución de lo que había de ser, y parece que el Señor la esperaba. Me puso a morir. Esa fue la aceptación. Pero me arreglé contra toda esperanza y en bien poco tiempo. Y a los veintidós años estaba ya dando guerra. Trabajé atrozmente y caí de nuevo, tres o cuatro años después. Aquello me duró más; tuvo menos fuerza, pero fue muy pesado» 19.
Don Remigio Albiol escribe al Beato Manuel Domingo y Sol para que Pedro Ruiz de los Paños pueda pasar el curso en Orihuela, con clima, creía él, más a propósito que el de Toledo. El 1 de enero de 1902 le dice: «Si usted creyera que pudiéramos favorecer a este muchacho de tan excelentes prendas... No tengo otro interés sino el que no se malogre esa grande esperanza» 20.
El día 3 de enero contesta el Beato Manuel Domingo y Sol que se haga ese acto de caridad, mucho más dadas las excelentes cualidades que tiene el seminarista 21.
El director del colegio de Orihuela debía ser de corazón un poco estrecho. Recibió a Pedro Ruiz de los Paños, pero insiste e insiste para que regrese pronto a Toledo. Don Remigio Albiol escribe el 4 de febrero de 1902 al Fundador de la Hermandad: «Veo con sentimiento que no abundan en la Hermandad los corazones grandes, y eso que hemos podido admirar y estudiar en usted un gran corazón... Si trato yo con alguna solicitud a los enfermos, de usted lo he aprendido. Si no hubiera estudiado en eso, como en otras cosas, la manera de ser de usted, sería yo de corazón tan estrecho como los otros» 22.
El Beato Manuel Domingo y Sol disculpa al director del colegio de Orihuela: «El heroísmo no puede imponerse siempre, y menos no siendo cosa de casa o que medien circunstancias especiales que obliguen a ello, y ni podemos exigir ni esperar de los otros el calor que sentimos en lo que a nosotros nos interesa particularmente. Así, vea de allanar el camino para que pueda retornar nuevamente, y sin perjuicio de la salud del enfermo» 23.
Pidió el ingreso en la Hermandad e hizo su consagración como probando el día 12 de agosto de 1904. Emitió sus primeros votos el 12 de agosto de 1905 24.
EN EL SEMINARIO DE MALAGA
El año 1904 la Hermandad se hizo cargo de la dirección del Seminario de Málaga. El siervo de Dios Pedro Ruiz de los Paños fue destinado allí como prefecto de disciplina. El primer rector Operario de Málaga, don Andrés Serrano, no termina de hacer elogios de Pedro: «Es uno de los mejores operarios y capaz para todo. Su salud es muy escasa» 25.
Fue ordenado subdiácono el día 21 de diciembre de 1904, y el 8 de abril de 1905 fue ordenado diácono. Al día siguiente, 9 de abril de 1905, recibió el presbiterado. «Por una gracia especial me han conferido las órdenes de diácono y presbítero en dos días seguidos» 26.
Estuvo en el Seminario de Málaga hasta finalizar el curso 1909-1910.
El 21 de julio de 1910, el Director General de la Hermandad, don Benjamín Miñana, dice en su Crónica: «Encontré un buen montoncito de cartas sin novedad mayor. Únicamente Paños, desde Murcia, me envía la bomba noticia de que siente vocación para jesuita, y lo tiene todo arreglado» 27.
En medio del disgusto que le proporcionó esta determinación, el Director General no puede ocultar que Pedro Ruiz de los Paños es un buen Operario y su determinación puede influir en otros también buenos. «Sobre las tribulaciones y cansancios de estos días ha venido esta verdadera tribulación por lo que significa esta determinación en un Operario, por el trastorno que nos ocasiona en Málaga, porque enseña un camino nuevo para que se vayan otros buenos Operarios y por otros malos efectos, malos para la Hermandad» 28.
Don Andrés Serrano, que conocía al siervo de Dios mejor que ningún otro, y le quería de corazón, al participarle el Director General la cuestión asegura que eso «no ha de prosperar, y llevado por el gran cariño que a Paños tiene y ante el peligro de que no pueda continuar mucho tiempo en la Compañía y le perdamos nosotros también, me pide que, al menos él, continúe en relaciones con Paños y así le contesto» 29.
Don Andrés Serrano tenía tazón. A finales del mes de noviembre de 1910 don Pedro Ruiz de los Paños ya había dejado el noviciado de la Compañía de Jesús, y se fue directamente al Seminario de Jaén, dirigido por los sacerdotes Operarios, que era la casa más cercana a Granada, donde había ingresado como novicio.
Llegó a Jaén el 18 de noviembre de 1910. Dice el rector del Seminario de Jaén, don José María Jiménez: «Se ha venido acá por ser una de nuestras casas más próximas a Granada» 30.
En Jaén sólo estuvo hasta el día 3 de enero de 1911; pero en tan poco tiempo demostró su valía. Dice don José María Jiménez, el día 17 de diciembre de 1910: «Nuestro Paños va trabajando bien en la comunidad. Creo que haría no poco bien a estos chicos, y que me ayudaría mucho para encarrilar esta comunidad» 31.
Lo restante del curso lo pasó en su pueblo, Orgaz, atendiendo a su madre, muy enferma, que falleció el 12 de abril de 1911, y esperando destino. Desde abril hasta final de curso estuvo en el Colegio de San José de Tortosa y allí escribió El libro del seminarista. Dice en carta de 14 de febrero de 1914: «Tengo muy adelantado El libro del seminarista, que terminé en Tortosa, pero que necesita corrección y que estoy refundiendo ahora con nuevos datos. Espero que éste le ha de gustar, y sobre todo creo que ha de ser útil, pues no hay nada escrito sobre esta materia (es decir, formando cuerpo y dirigido a los seminaristas) ni en español, ni en francés, ni en italiano» 32.
En noviembre de 1915 lo tiene totalmente terminado: «Quisiera dentro de poco enviarle cerca de mil cuartillas para El libro del seminarista, que fue la primera obra que empecé hace ya años y que está terminada y corregida desde el año anterior. Es ciertamente a la que tengo más cariño y que juzgo (aparte de que haya acertado o no) de mucha utilidad, pero convendría copiarla y en eso había que gastar lo menos 30 duros» 33.
No llegó a publicarse. Sólo se conservan las últimas 609 páginas, escritas a máquina.
SEMINARIO DE BADAJOZ
Para el curso 1911-12 fue destinado como prefecto de disciplina al Seminario de Badajoz. Llegó el día 27 de septiembre de 1911 34. Las primeras impresiones fueron muy buenas.
En la parte espiritual trató de elevar el espíritu de mil modos, porque, como dice en carta del 28 de octubre de 1911: «No han hecho poco los antecesores, pero queda todavía. El terreno parece bien dispuesto y es menester sembrar» 35.
Le siguió fallando la salud. Todo el curso lo pasó con achaques, que le impedían hacer cuanto deseaba.
El 6 de agosto de 1912 lo expone con toda sencillez: «Por lo que se refiere a mí, creo que me sería de alivio si, en lugar de llevar el trabajo y movimientos de la comunidad, me pusieran de mayordomo o director espiritual, desligándome, en parte, de ese otro trabajo de vigilancia, para el cual me faltan las fuerzas físicas... Yo me conformo con lo que usted disponga de mí para el año que viene; en cuanto dependa de mi voluntad, me quedaré contento, pues, gracias al Señor, nunca he tenido en esta parte pensamientos particulares; pero creo que debía hacer a usted las anteriores manifestaciones, porque desconfío de mi flaqueza y me parece que esos medios me ayudarían eficazmente» 36.
SEMINARIO DE SEVILLA
El día 16 de agosto de 1912 el Director General le comunica que irá destinado como mayordomo al Seminario de Sevilla, de cuya dirección se hacía cargo la Hermandad ese mismo año. Dice el siervo de Dios en carta del 21 de agosto de 1912: «Recibí su carta del día 16, en que me participa el traslado probable a Sevilla... Agradezco a usted su interés por mí. Ya pediré al Señor que me haga allí más útil y más fuerte» 37.
Le iba a hacer falta esa fortaleza, porque encontró un Seminario con muchas posibilidades, pero con mayor desorganización, especialmente en la parte administrativa, que es la que recaería más directamente sobre él 38.
Con un trabajo superior a sus escasas fuerzas logró organizar todo, desde la cocina hasta la biblioteca, porque todo andaba a la deriva.
«La cocina y despensa estaban tales, que a don José Avila le daba repugnancia comer los primeros días» 39.
«En los comedores se ha hecho que estén en condiciones de limpieza. Ya tienen canastillas planas, muy a propósito, para repartir el pan y unos grandes canastos para depósito del mismo. Antes lo tenían en espuertas que estaban llenas de mugre... Les hemos puesto, además, buena luz y vaso para beber, pues los pobrecitos no tenían más que cinco o seis vasos para ochenta» 40.
Pero se preocupó, por encima de todo, de la formación de los seminaristas. Todos los domingos hablaba a los alumnos de Teología, y con esas pláticas compuso el libro El estado sacerdotal. Sus excelencias y ventajas. Escribe el día 23 de diciembre de 1913: «Adjunto le remito ese índice de un libro que enviaré a usted a su vuelta a España. Son las pláticas que hago este año a los seminaristas, reunidas en un tomito. Es mi intento que se perpetúe el buen fruto que produce la predicación de cosas de suyo tan hermosas como las que se pueden decir del sacerdote, y he escogido ese tema: El estado sacerdotal. Sus excelencias y ventajas, para animar y levantar el espíritu de los seminaristas, llenándoles la cabeza de ideas grandes que los defiendan después del desprecio del mundo» 41.
Tampoco se publicó este libro. Se conserva una copia a máquina del mismo.
A partir del curso 1913-1914 estableció en Sevilla la Obra del Fomento de Vocaciones. Publicó numerosos artículos, logrando interesar a muchas personas por la formación de los futuros sacerdotes. En noviembre de 1914 la Obra de Fomento sostenía ya a cuarenta seminaristas 42, y en mayo de 1916 puede presentar esta lacónica y elocuente nota: «Fomento de Vocaciones Eclesiásticas. En tres años que lleva de existencia esta Obra ha sufragado la pensión completa a 104 seminaristas» 43.
Editó un folleto vocacional para niños, titulado Camino de gloria 44. El año 1915 publicó el folleto Las vacaciones del seminarista. Tuvo tal aceptación, que en once días se agotó la primera edición 45.
Quiso publicar una hoja periódica vocacional y no se lo permitieron: «Como ve usted, la propaganda se va abriendo camino y más se abriría con la hojita que le proponía, si les hubiera parecido bien» 46.
SEMINARIO DE PLASENCIA
En septiembre de 1917 la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos se hizo cargo de la dirección del Seminario de Plasencia, donde tenía ya el Colegio de Vocaciones desde el año 1893. Don Pedro Ruiz de los Paños fue nombrado primer rector, con gran sentimiento del señor cardenal-arzobispo de Sevilla. Dice don Benjamín Miñana: «El señor cardenal de Sevilla escribe que, aunque le duele mucho perder a D. P. R. de los Paños, nos lo cede para la combinación que le propuse, pero que le envíe un buen sustituto para aquella administración de su Seminario» 47.
Los comienzos suelen ser duros. De hecho, el siervo de Dios encontró un Seminario bastante deteriorado. Dice en el proceso uno de los testigos: «Por lo que yo pude observar y por las referencias recibidas, desempeñó muy bien todos sus cargos, de forma que le destinaban a veces precisamente para arreglar las situaciones difíciles» 48.
Desde el Seminario de Plasencia va informando al Director General de la Hermandad con frecuencia: «Voy viendo por toda clase de señales que estos seminaristas no tienen formación interior» 49. «No tenían exhortaciones espirituales y demás cosas propias de formación... Era una rutina de muerte la que imperaba en todo» 50.
Con prudencia y energía fue haciendo la oportuna selección, desviando a los que estaban en el Seminario únicamente por presión familiar 51. Un Operario, que fue colaborador suyo, dice que actuó «como rector en Plasencia purificando aquel Seminario para elevar a los seminaristas a un estado perfecto de aprecio y formación en su sacerdocio, y aun los que salieron del Seminario, por no tener vocación, quedaron contentísimos y muy unidos a los Operarios, porque reconocieron que el Señor no les llamaba al sacerdocio. Como testimonio puedo aducir las palabras que decían los sacerdotes: 'es que salen contentos de los Operarios los que se marchan a sus casas'» 52.
Roturó aquel campo con toda ilusión. «Hablo los lunes a los teólogos solos sobre práctica sacerdotal; los miércoles, a todos sobre formación espiritual; y los viernes, sobre urbanidad... Explico el Evangelio cada domingo a los seminaristas, pero de modo que lo tomen como escuela para sus ministerios parroquiales» 53.
Logró elevar el clima sobrenatural y de laboriosidad. Al finalizar el primer curso puede presentar este balance: «He quedado muy satisfecho del espíritu de los seminaristas estos días. Acordarse de ellos al principio de curso y verlos ahora era no conocerlos» 54.
Testifica don Jaime Flores: «De su tiempo del rectorado en el Seminario de Plasencia oí hablar a él y a otras varias personas de las grandes mejoras que allí introdujo: selección de seminaristas, formación humana, espiritual y pastoral» 55.
El Seminario adquirió un nivel extraordinario durante los diez años de su rectorado.
Trabajó denodadamente en la Obra de las Vocaciones Eclesiásticas y allí pudo comenzar la publicación mensual de una «Hoja Vocacional» —la que ya proyectaba en Sevilla—, que luego se extendió a la mayor parte de las diócesis españolas.
En Plasencia, fundado por él, se celebró por vez primera el «Día del Seminario». Fundó la revista infantil vocacional El Sembrador.
Escribió varios libros estando en Plasencia. El año 1922 editó un folleto titulado Fomento de vocaciones eclesiásticas, con una tirada superior al medio millón de ejemplares 56. El año 1923 publicó La perseverancia del seminarista 57.
Escribió un estupendo libro, en dos partes: vocación y ordenación, que se titula El seminarista santo. Trata todas las materias que pueden interesar a los seminaristas en orden a su recta formación espiritual 58. Se conserva un ejemplar a máquina. También escribió La bondad educadora, y como obsequio al Director General escribió Mes de marzo, Mes de mayo y Mes de junio.
También en Plasencia, y ayudado por algunos sacerdotes Operarios, transcribió a máquina todos los escritos del Beato Manuel Domingo y Sol, en 45 volúmenes. El se lo propuso a don Bejamín Miñana, así como le propuso la formación del Archivo de la Hermandad y escribir dos biografías del Fundador 59.
Este contacto con la idea del Fundador de la Hermandad y «Santo Apóstol de las Vocaciones Sacerdotales» consolidó más aún su convicción de que trabajar por las vocaciones sacerdotales es la raíz del bien y el apostolado más trascendental de la Iglesia.
RECTOR DEL PONTIFICIO COLEGIO ESPAÑOL DE ROMA
El día 1 de agosto de 1927 el siervo de Dios fue elegido miembro del Consejo Central de la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos. El nuevo Director General, hasta entonces rector del Pontificio Colegio Español de San José de Roma, siervo de Dios Joaquín Jovaní, propuso a don Pedro Ruiz de los Paños como sucesor suyo en el rectorado del Colegio de Roma.
La actitud de este siervo de Dios queda reflejada en la carta que escribe al Director General: «Mi gusto sería quedarme aquí —en Plasencia— tan oscuramente como he vivido; no me asusta Roma, pero tampoco me mueve. Sin embargo, mi gusto no pienso que sea mi voluntad; ésta deseo que sea la de Dios... Yo no aspiro a nada más que a servir a Dios por el camino que El disponga» 60.
Llegó a Roma el día 12 de octubre de 1927 61.
Seis años estuvo al frente del Colegio Español, y son unánimes los testimonios de que lo elevó a las cimas más altas en todos los órdenes. «De su rectorado en el Colegio Español de Roma, durante seis años, de 1927 a 1933, puedo testificar por experiencia propia, como alumno suyo, que elevó el Colegio en el aspecto disciplinar, científico y de piedad grandemente. Suscitó entre todos sus alumnos su ansia ardiente de superación científica y espiritual» 62.
«Hizo la unidad de corazones en el Colegio... Elevó extraordinariamente el espíritu eclesiástico, valiéndose de pláticas, de hablar mucho en particular con los alumnos y de actos espirituales, haciéndolo todo con un plan sistemático preconcebido. También elevó extraordinariamente el nivel cultural del Colegio Español, que llegó a tener las mejores notas de la Universidad Gregoriana» 63.
«Por circunstancias especiales del Colegio fue necesario adoptar un cambio de táctica en la dirección disciplinar y cortar algunos defectos, y don Pedro realizó esta labor con la complacencia de todos, aun de los mismos alumnos, a pesar de que ello incluía el cercenamiento de algunas libertades e imposición de nuevos deberes.
»A todos cautivó desde el primer momento su plan de realizar una verdadera formación de los alumnos, superior a la mera disciplina» 64.
La marcha del Colegio iba in crescendo de año en año. «Por este año baste decir que se ha superado con mucho al anterior, y eso que parecía ya difícil rebasarle» 65.
«Vivimos con la seguridad de que, marcando a la comunidad una orientación, o haciendo simplemente un signo de marcha, van todos con verdadera cordialidad» 66.
Decía el siervo de Dios: «En vano multiplicaremos los preceptos y los esfuerzos; si no nos hacemos amar, conseguiremos tan sólo una obediencia mecánica, sin vida, porque no tiene alma y es muerte de toda dirección, porque no entra en la voluntad» 67.
En el Colegio de Roma consiguió «que obren por un ilustrado espíritu sobrenatural, que felizmente es en el Colegio el mejor guardián de la disciplina, y fuera de él, el mejor motor de vida eclesial» 68.
Seis años estuvo como rector en el Colegio Español de Roma, y al despedirse de los alumnos puede escribirles así: «La vida que hemos vivido ahí todos juntos ha sido la de Dios; por eso ha producido tales efectos y por eso la recordamos todos con gozo» 69. Por encargo del director general de la Hermandad escribió el hermoso folleto Regale Sacerdotium, sobre la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos. Escribió incansablemente sobre las vocaciones sacerdotales, y se despedió del Colegio de Roma con el libro de Los primeros cuarenta años del Pontificio Colegio Español de San José de Roma.
DIRECTOR GENERAL DE LA HERMANDAD DE SACERDOTES OPERARIOS
El día 31 de julio de 1933 fue elegido Director General. Don José Avila, secretario general, sintetizó en pocos párrafos la gestión de don Pedro Ruiz de los Paños: «Su dirección fue suave y amorosa. Trató de conocer a fondo el estado de la Hermandad. Después de esto, puso en práctica los medios que tendían a prestarle vida espiritual robusta...
»Se propuso elevar a los sacerdotes Operarios en su vida de unión con Jesucristo, para que fuesen verdaderos reparadores del Corazón de Jesús, y aun les invitó a que aceptasen en su vida sacerdotal, a semejanza de Jesús, el papel de víctimas. Desarrolló una actividad undequaque extraordinaria... Incrementó el esfuerzo colectivo para el fomento de las vocaciones» 70.
Apenas asumió la dirección de la Hermandad, se preocupó prioritariamente de establecer un Aspirantado para formar, desde los primeros años de estudio, a los propios alumnos. Le pareció que era el modo más práctico de contar con vocaciones para la Hermandad, y las logró en abundancia.
El siervo de Dios venía sugiriendo tal fundación, sin éxito, desde el año 1919 71.
Veía que la Hermandad promovía vocaciones para todas las diócesis donde actuaba y se olvidaba de sí misma. «Nosotros fomentamos a todas las vocaciones, ayudamos a todos los Institutos, ¿había de ser el nuestro el único excluido?... Los Operarios procurarán fomentar las vocaciones para la Hermandad con igual celo, al menos, con que fomentan las vocaciones eclesiásticas y religiosas» 72.
Antes de cumplirse el primer año de su generalato ya tenía establecido el Aspirantado.
Quizá sea conveniente añadir que si los dos directores generales anteriores a don Pedro Ruiz de los Paños no establecieron el Aspirantado Menor creo que fue porque creyeron sinceramente que así eran más fieles al pensamiento del Beato Manuel Domingo y Sol, que dice: «Ya sabéis que si quisiéramos tener aspirantes entre los alumnos de los primeros años, en esa edad en que los reciben los Institutos, tendríamos la mar, y eso que todos éstos serían buenos y serían recibidos por los Institutos como pan bendito; y nosotros ni lo intentamos y dejamos que crezcan para que den frutos espontáneos y escogerlos cuando hayan madurado sus condiciones» 73
ALGUNAS PUBLICACIONES
El 15 de diciembre de 1933 publicó su primera Carta Circular a los Operarios, abordando tres temas que llevaba muy dentro del corazón: la gloria de Dios, la perfección de los operarios y las vocaciones para la Hermandad.
El 1 de noviembre de 1934 publica su segunda Carta Circular, que muy bien podría titularse «Ministerio y vida del sacerdote operario».
El día 6 de enero de 1935 envía, juntamente con su folleto Un tesoro oculto, su tercera Carta Circular, que versa totalmente sobre la oración. Quiso poner a la Hermandad en estado de oración, y organizó lo que llamaba Laus Perennis, con el fin de que en todos los momentos del día hubiera algún miembro de la Hermandad ante el sagrario.
Su última Carta Circular lleva fecha de 18 de enero de 1936. Su título es «Sobre la vida de fe».
El año 1935, en vísperas de la celebración de la «Semana pro Seminario», había publicado una de sus obras más importantes, con 532 páginas: Las vocaciones sacerdotales, bajo el seudónimo de Ángel Toledo.
Con motivo de la celebración del centenario del nacimiento del Beato Manuel Domingo y Sol publicó, el año 1936, ha idea de la Hermandad. Y ese mismo año —como con urgencia de quien tiene ya poco tiempo— publicó el Directorio de la Hermandad, que, al decir de don Antonio Torres, es un «tratado completísimo, maravilloso, hasta ameno, de pedagogía eclesiástica» 74.
Cuando se preparaba la segunda edición, después del martirio del siervo de Dios, el entonces Director General, don Buenaventura Pujol, escribe a los encargados de poner al día el Directorio: «Consérvese casi tal como está ese precioso cúmulo de enseñanzas, normas y observaciones, fruto de toda la experiencia y talento de quien lo reunió con tanto amor. Palpite en las páginas del Directorio todo el espíritu de don Pedro, y que, precisamente por ser obra suya, le haga más apreciable a la Hermandad y a cada uno de los operarios, inspirándonos veneración parecida a la que nos merecen los escritos del Fundador» 75.
SEMANA PRO SEMINARIO
Tenía la gran preocupación de promover las vocaciones de modo especial en aquellos años turbulentos de la República. De él partió la idea de celebrar la «Semana pro Seminario», que tuvo lugar en Toledo del 4 al 10 de noviembre de 1935. Dice don José Avila: «Con la mira puesta en el objeto principal de la Hermandad, ideó la conveniencia de la Semana pro Seminario de Toledo, y fue el promotor e infatigable propulsor de la misma, hasta llevarla a feliz término, siempre bajo la égida del cardenal primado» 76.
Propuso la idea al señor arzobispo de Toledo, futuro cardenal Goma, en el mes de abril de 1934, que la aceptó e hizo suya. Pero don Pedro la tenía pergeñada desde mucho antes. El 4 de febrero de 1934 le escribe desde Argentina don José María Feraud, dicién-dole: «Le felicito cordialísimamente por la idea del futuro Congreso: supongo que lo pensará usted realizar en Toledo» 77.
Y esto quiere decir que, a principios de 1934, ya tenía proyectada la Semana.
El 11 de febrero de 1934 escribe el siervo de Dios una carta, en la que habla de las futuras Discípulas de Jesús, y dice: «No sé cómo se ha de unir, pero unión tendrán de algún modo, con un Congreso que prepararé, nacional si puede ser, en Toledo, para el próximo año. Y ahora, en abril, pondré la primera piedra» 78.
Esa primera piedra era hablar con el señor Goma, en Toledo.
La Semana pro Seminario fue un éxito rotundo y el primer impulso serio, a nivel nacional, de la propaganda vocacional en aquellos años tan sombríos.
SECRETARIADO NACIONAL DE SEMINARIOS
No se resignaba don Pedro Ruiz de los Paños a que la Semana pro Seminario, con todo su esplendor, quedara en recuerdo bonito de unas jornadas brillantes. Inmediatamente envió a todas las casas de la Hermandad «copia de lo que he presentado en Toledo, para concretar, en fórmulas sencillas, los frutos de la Semana pro Seminario» 79. Y envía un amplio proyecto del Secretariado Nacional, Diocesano y Parroquial de Vocaciones.
Ya en su ponencia abogó, en la Semana, directamente por la creación del Secretariado Nacional de Seminarios 80.
La muerte prematura le impidió llevarlo a feliz puerto. En España sólo se puso en marcha el Secretariado Nacional de Seminarios, y tras reiteradas insistencias de Roma, el año 1959.
REVISTA «VOCACIONES»
Como órgano del futuro Secretariado Nacional de Seminarios concibió la revista Vocaciones, cuyo primer número apareció el 15 de febrero de 1936.
Con ella pretendía impulsar la Obra de las Vocaciones por todas partes, sembrando ideas, poniendo en comunicación todas las diócesis.
Es muy significativo que la actual revista del Secretariado Nacional de Seminarios en España tenga también por título Vocaciones.
La guerra segó en flor la revista del siervo de Dios cuando sólo habían aparecido seis números.
FACULTAD TEOLÓGICA DE TOLEDO
«Acarició con gran amor la instalación en Toledo de una Universidad Pontificia, tratando de ello frecuentemente con el señor cardenal Gomá» 81.
Había dado todos los pasos previos ante la Sagrada Congregación de Seminarios y Universidades de Estudios, en Roma 82.
Quería que fuera un día la Facultad Teológica de la futura Universidad Católica de Madrid. De esto andaba tratando con gran frecuencia con don Ángel Herrera, futuro cardenal de la Santa Iglesia 83.
También la guerra truncó este proyecto.
DISCIPULAS DE JESÚS
La Congregación Religiosa de Discípulas de Jesús es la obra póstuma del siervo de Dios Pedro Ruiz de los Paños. Con ella se proponía crear un movimiento vocacional muy intenso y extenso en toda España.
Recibió la luz de lo alto, rezando maitines de San Juan Eudes, la víspera, en el Colegio de Vocaciones de Plasencia.
Escribe el mismo siervo de Dios: «En Plasencia, el día 18 de agosto de 1931, a las tres de la tarde, rezando maitines, en el Colegio de Vocaciones, se me ofreció la idea de las Discípulas de Jesús, en pocos momentos» 84.
Concibió la fundación a grande escala. Así lo explica él mismo: «Discípulas son las religiosas..., las cuales dirigen toda la organización, y son como el Estado Mayor. Delegadas son otras personas piadosas que, viviendo con sus familias, diseminadas por la diócesis respectiva, ejercitan los ministerios de la Congregación y, aunque de modo privado, son religiosas por los votos, pruebas y prácticas que ejercitan... Por último, auxiliares son todas las personas buenas que, por propia voluntad y sin compromiso alguno, ayudan a unas y otras para la consecución del fin del Instituto» 85.
Creo sinceramente que don Pedro, en su primera intuición, tal como se explica en los párrafos anteriores, quería una congregación religiosa, que son las Discípulas de Jesús. Una especie de instituto secular —él no podía utilizar este nombre, porque entonces no existían los institutos seculares—, que serían las delegadas, viviendo con sus familias, pero con votos y prácticas especiales. Y, por fin, un movimiento apostólico vocacional, que lo formarían las auxiliares.
«Por aquí —sigue diciendo el siervo de Dios— se comprenderá fácilmente que 25 discípulas en la capital de la diócesis suponen 500 o 1.000 delegadas en los pueblos de ella, y unos cuantos miles de auxiliares» 86.
Vio que era necesario ese movimiento general para que no faltaran las vocaciones.
Quiso comenzar con la congregación religiosa, y tenía preparada casa para las primeras discípulas. Tenía escritas las Constituciones y muchas notas sobre el espíritu, estilo de vida y actividades apostólicas que habrían de llevar a cabo las discípulas de Jesús.
Viajó de Tortosa a Toledo para comenzar. Allí tenía citadas a las que iban a formar el núcleo inicial, el día 20 de julio de 1936, en Toledo. No pudieron reunirse. El siervo de Dios encontró el premio del martirio.
Desde el mismo día 18 de agosto de 1931 entrevió que quizá no fuera él quien pudiera llevar a cabo la fundación. Dicen las carmelitas de Plasencia que ese mismo día 18 de agosto de 1931 habló con ellas en este sentido: «Nos habló de la posibilidad de que no fuese él quien lo llevara a cabo, pero siempre con la seguridad de que Dios lo haría, aunque fuese por medios insospechados» 87.
La primera superiora general de las Discípulas de Jesús declara: «A pesar de su gran deseo de hacer esta fundación, alguna vez le oí decir que, si no era la voluntad de Dios que él llevara a cabo la obra, estaba conforme en que así sucediera, con tal que se realizara, como si presintiera que él no la llevaría a cabo» 88.
CAPITULO VI
VIRTUDES DEL SIERVO DE DIOS PEDRO RUIZ DE LOS PAÑOS
Una de las notas que más de relieve ponen los testigos en el proceso es que don Pedro era un hombre extraordinario. Testifica así el Rvdmo. Sr. D. Anastasio Granados: «Puedo hacer constar que el Emmo. Sr. Cardenal Goma tenía de él un alto concepto y grande aprecio... Hablando con el Excmo. Sr. Cartañá (entonces obispo de Gerona), ya en plena guerra, en el Colegio de las Josefinas de Pamplona, donde ambos estaban hospedados, le dijo su eminencia, estando yo presente, que don Pedro Ruiz de los Paños era un hombre extraordinario y que con una docena de sacerdotes como él se podía cambiar la faz de España» 1.
En este sentido van declarando la mayor parte de los testigos: «De don Pedro se hablaba en el sentido de ser un hombre de virtudes extraordinarias... Me pareció adornado de dotes extraordinarias, que sólo con su presencia hacía que fueran mejores» 2.
El reverendo don Casimiro Sánchez Aliseda dice de él: «Me parecía un señor de gran capacidad y competencia y de ideas grandes, tanto que todos lo considerábamos por encima de lo corriente, aun bajo el punto de vista humano» 3.
Don Baldomero Jiménez Duque escribía así sobre don Pedro:
«Bien sabemos todos los que con él tuvimos la dicha de convivir que el alma de su vida fue el amor a Jesús. De lo que siempre hablaba, de lo que están llenas sus cartas, lo que fue el móvil de sus empresas todas. Lo que le hizo ser audaz. El Señor le escogió para ser un jefe. Y jefe en gran escala. Por eso le puso al frente de seminarios. Por eso le llevó a la dirección de la Hermandad. Siendo jefe murió. En su puesto. Desde la atalaya de Toledo, la capital espiritual de España...
»Le ardían los deseos. Parecía un aventurero a lo divino, como aquellos legendarios de América, que lo pretendían todo, aunque llevasen la nada entre las manos. Así, para él no había dificultades. Como todos los dominados por la santa audacia, era esencialmente optimista. Vivía en la gran realidad de la gloria divina, donde hallaba recursos y salidas y alientos para todas las situaciones que se presentasen ante él. Por eso fue al martirio como va un triunfador. Aun en lo humano, aquello no fue un fracaso. Era un resolver y realizar heroicamente, audazmente, todo el programa devorador de su vida: la gloria de Dios por la glorificación del sacerdocio de Jesucristo» 4.
Dice de él don Jaime Flores: «Don Pedro Ruiz de los Paños era un hombre ardiente, bondadoso, lleno de celo por la gloria de Dios, altamente inteligente y abierto a la comprensión de todos los problemas, con amplitud de alma que le llevaba a las más arduas empresas» 5.
Don Buenaventura Pujol testifica en estos términos: «Unía lo impulsivo de su gran temperamento con la delicadeza más exquisita con toda clase de personas. Reunía un conjunto de cualidades, aun humanas, que le hacían ser considerado por personas relevantes eclesiásticas como dotado de una personalidad completísima» 6.
ENAMORADO DE JESUCRISTO
Al siervo de Dios Pedro Ruiz de los Paños le dolía mucho que frecuentemente se tratara a Jesús como a una idea, como a un tema de predicación o de estudio. Por eso, aconsejaba: «Pórtate con Jesús como con una persona a quien se ama mucho» 7.
Así lo hacía él.
«Las virtudes predominantes en don Pedro Ruiz de los Paños fueron: la primera, la caridad para con Dios; era lo que más le distinguía; sentía un verdadero enamoramiento de Dios, le llenaba el pensamiento y el corazón; podría decir que, cuando hablaba de Dios —y eran muchas las veces que lo hacía, tanto en público como en privado—, estaba hasta visiblemente como fuera de sí» 8.
Un obispo, que fue alumno suyo en el Colegio de Roma, declara: «En cuanto al amor tierno a Jesucristo, nos hablaba constantemente de Jesús y logró que se tuvieran en determinados recreos conversaciones sobre Jesús y no se hablaba de otra cosa en el recreo... Una de las cosas que nos inculcó más fue el espíritu de oración, teniendo frecuentes pláticas sobre esto. Todos le teníamos por hombre de oración y de vida interior» 9.
Tenía una gran intimidad con Jesucristo y a todos quería llevarlos hacia esa dicha. Escribe él: «Quien descubre a Dios se llena de alegría y trabaja y no se cansa, sino que es feliz, porque tiene al manantial de vida allí con él, comunicándose. No deberían parecemos tan admirables ciertas comunicaciones de Dios con los santos. Ellas deberían ser lo corriente con las almas elegidas, y elegidos somos los sacerdotes» 10.
Don Juan Sánchez Hernández dice: «En la vida de don Pedro Ruiz de los Paños las virtudes predominantes, a mi juicio, fueron: el celo por la gloria de Dios, un amor ardiente y entrañable a Jesucristo y el celo por las almas, manifestado en un trabajo incansable y, a las veces, hasta agotador. Tengo correspondencia personal del siervo de Dios, a través de la cual se manifiesta, sobre todo, lo que yo considero, sin duda alguna, nota dominante de su espiritualidad: el amor de confianza y de intimidad con la persona sagrada de Jesucristo, amor que procuró injertar en el alma de sus seminaristas y cooperarios» 11.
Este amor ardiente, íntimo, total, fue la característica de su vida y ese mismo amor selló su muerte. En la carta que escribe la víspera de su mar tiro dice: «Yo no tengo más deseo ni más esperanza que Jesús» 12.
El sacerdote don Antonio Vargas Carrillo testifica: «En don Pedro, para mí, sobresalió la virtud de la caridad en grado nada corriente para con Dios Nuestro Señor, que tuvo como manifestación un amor entrañable y tiernamente delicado a Jesucristo redentor. Al cerrar una velada, don Pedro habló así: 'Me habéis dicho que mi única obsesión es Jesús. Creo que no os habéis equivocado. Sí, solamente deseo vivir y trabajar para Jesús, para promover su gloria.12
»Este es, a mi parecer, el aspecto más interesante de la vida de don Pedro. No es, pues, de extrañar que en sus pláticas, henchidas de amor a Jesús, consiguiera conmover y enfervorizar a los seminaristas como pocos lo han logrado» 13.
Un obispo, alumno suyo en el Colegio de Roma, declara: «Sus palabras parecían proceder de un corazón muy enamorado de Cristo, y elevaban y caldeaban nuestros espíritus» 14.
Dice don Romualdo Carrillo Esteban: «Llevado de su amor encendido a Jesucristo, llegó a grabarse en su pecho el anagrama JHS con un alambre incandescente; yo conservo las cuatro piececitas con que llevó a cabo esta grabación» 15.
ESPIRITU DE FE
De ese amor ardiente al Señor «le brotaba una fe y una confianza tan grande en Dios, que apenas soportaba que los demás desconfiasen de Dios... De su fortaleza de alma ante todas las dificultades ordinarias y extraordinarias puedo asegurar que era admirable: más aún, en todos aquellos años de la República, en que había tantas dificultades y peligros, le crecían las fuerzas y se sentía con la más viva fe, capaz de cualquier empresa que le pidiera el Señor» 16.
Ante las aciagas circunstancias por las que atravesaba España el año 1936, escribe a los operarios el día 1 de marzo: «En las actuales circunstancias llenémonos todos de espíritu de fe y de confianza en el Señor. Nuestra obra no es humana, ni su éxito depende de conmociones sociales. El Maestro vela aun en sueño. El espíritu de súplica es quien le hace imperar a los vientos y a los mares para calmarlos. Pero, mientras tanto, albergados en ese espíritu y confiados en la omnipotencia divina, podemos pasar la tormenta sin decaer, antes al contrario, recibiendo de ella nuevos ánimos para formar los instrumentos que recristianicen a esa parte de la nación que huyó prácticamente de Dios por falta de cuidados espirituales» 17.
Toda la Circular sobre la vida de fe es un ejemplo de cómo vivía él tal espíritu. Dice uno de los testigos: «En don Pedro Ruiz de los Paños predominaba un espíritu de fe y un amor tierno a Jesucristo. Lo primero se revelaba en su manera de hablar y enfocar todos los asuntos. Recuerdo que me contó lo siguiente: Habiendo tenido una gran tentación contra la fe, no recuerdo si de seminarista o siendo ya sacerdote, escribió el Credo en una cuartilla, atravesó un alfiler y se lo clavó en su pecho en el lado del corazón. Era una de las cosas que más atraía en él, este espíritu de fe» 18.
El vivía y quería que todos vivieran ese espíritu. «Estamos elevados a la fe; vivimos en ministerios divinos, ¿a qué rebajarnos hasta ciertas cosas? A veces hay quienes obran puramente por instintos... Tal modo de obrar nos retrasa considerablemente. Mezclarlo en nuestros ministerios es lo mismo que incluir un carro entre los vagones del tren, para que vaya a su paso por la vía» 19.
«En don Pedro sobresalía el espíritu de fe, el amor a la Iglesia y el deseo de la perfección sacerdotal» 20.
CARIDAD CON EL PRÓJIMO
«La fe —decía don Pedro— nos enseña a ser hermanos, a parecerlo y a demostrarlo» 21.
Su hermano Francisco testifica: «Lo que más sobresalía en mi hermano eran la piedad y la caridad hacia los pobres. Si nos veía a los hermanos remisos en dar a los pobres, nos reprendía y él reservaba las monedas de plata para dárselas a los pobres» 22.
Y su hermana Felicia abunda en la misma convicción: «La caridad era una virtud que sobresalía en don Pedro. Todo lo daba, no tenía nada suyo. No podía ver que nadie sufriera, y no consentía que ningún pobre se despidiera sin darle limosna» 23.
Don Jaime Flores, que tan de cerca lo trató, dice: «Recuerdo algunas cosas particulares sobre la generosidad, odiando siempre la tacañería y negándose a todo regateo. Era también muy limosnero y no permitía que se despidiese a un pobre sin que se le diese algo» 24.
Dice el siervo de Dios: «Viendo tanta miseria en la vida, quiero cada vez más a los pobres» 25. «Los pobres me atraen más que nunca. Y eso que, desde hace veinte años —o algo más—, no sé si he negado nada a ninguno» 26.
En su primera Carta Circular decía a los operarios: «Sepan todos los Operarios que ... les podré resolver mejor o peor sus asuntos y sus dificultades, pero que cuanto soy está en sus manos, sin que las mías se aparten de un desvío ni de una debilidad ni de una llaga, antes se sentirán felices de curarla, porque non veni ministran sed ministrare» 27.
Y en la Carta sobre la vida de fe dice: «Tengo tantos superiores cuantas son las necesidades de todos los Operarios» 28.
OBEDIENCIA
Dice don Anastasio Granados en el proceso: «Para con sus súbditos era un superior ideal» 29. Y fue buen superior, porque había sido buen súbdito.
No ha faltado quien tachara al siervo de Dios de «dominante». Creo que él mismo nos da la explicación de por qué pensaban algunos así, ya que fue acusación contra él desde muy pronto.
Estando en Sevilla se ve que dijeron al Director General que el siervo de Dios era dominante, y escribe en estos términos el día 1 de noviembre de 1913: «Si he de ser sincero, creo que se han equivocado en la apreciación de la cosa. Podrá ser que al exterior parezca así, que yo quiero dominar; de la impresión externa en los demás no soy yo quién para juzgar; pero de que yo quiero a mis compañeros como hermanos, de que con gusto obedeceré a cualquiera de ellos y, aún más, de que, de hecho, en muchas cosas de mi incumbencia sigo su parecer, deseo que no tenga usted duda ninguna» 30.
Don Jaime Flores declara: «Siempre fue sumamente respetuoso con los superiores, teniendo fe vivísima en la obediencia» 31. El mismo siervo de Dios dice: «Si yo me doy cuenta de que el rector, o superior cualquiera, desea una cosa, mi deseo es también hacerla y, con la gracia de Dios, la haré más o menos imperfectamente, pero contradecirle, nunca» 32.
Testifica don Buenaventura Pujol: «De don Pedro sé que se sometía con humildad al criterio, a veces bien distinto del suyo, de sus superiores, como respecto a publicaciones y a otras actividades ajenas al Seminario, también de la gloria de Dios. En cuanto conocía la voluntad de los superiores, no volvía ya a hablar de los asuntos» 33.
Cuando, el año 1914, quería publicar El estado sacerdotal. Sus excelencias y ventajas, escribe en ese sentido: «Si no llegara a publicarse, señal de que el Señor no quería servirse de mí para eso. Yo creo que no deseo más que hacer apreciar a otros este estado, con el cual me ha dado siempre el Señor tantos consuelos y al cual me parece que siempre también he amado tanto» 34.
Es muy significativo lo que un día escribió a un compañero Operario, que se quejaba porque ni a él ni al siervo de Dios les querían publicar los escritos. Le dice don Pedro: «Va la carta, para que la vea, y también la de usted. Espero que me dé gusto reformándola. Sea como sea en realidad, yo creo firmemente que los superiores aciertan siempre. Y lo que a mí me interesa no es publicar nada, sino dar al Señor mi voluntad. Tengo por cierto que el Señor sacará así mayores bienes para mí y para los seminaristas; y, si no lo veo, será mejor. Yo no dejaré de trabajar, pero no me saldré ni un milímetro, no digo del mandato, pero ni del deseo de los superiores. Así, pues, ríndase a Nuestro Señor y bendigámosle en todas las cosas. Si no lo hace, me dará pena» 35.
Esta obediencia total fue tónica de su vida entera. Tal como nos enseña el Beato Manuel Domingo y Sol, don Pedro exponía su parecer, sus dificultades, sus deseos. Luego, quedaba siempre conforme con la determinación de los que tenían la obligación de pronunciar la última palabra.
Es muy hermosa la carta que escribe a don Benjamín Miñana el día 3 de septiembre de 1924. Le ha preguntado el Director General sobre los Operarios que podían ir con el siervo de Dios a Plasencia, y le ha dicho también que él debe dejar de atender espiritualmente a las carmelitas descalzas. Don Pedro contesta así: «Ante todo deseo consignar que, si le doy mi parecer en cualquier cosa, no es para que le siga o deje de seguirle, sino para ayudarle; yo estoy más tranquilo cumpliendo lo que usted disponga que trayendo a mi voluntad la de usted. Obre usted, pues, conmigo con toda libertad, pues aunque vea que pongo resistencia en los motivos, cuando creo que no conviene algo, estoy siempre dispuesto a aceptar los que usted determine. Con esto vengo a decirle que no elijo nada de lo que usted me propone, sino que lo dejo al arbitrio de usted, aceptando con gusto lo que disponga.»
Le da su opinión sobre los Operarios que le propone, y pasa al asunto de confesor de las carmelitas:
«Sobre las carmelitas, digo algo semejante... En esto y en todo se hará lo que usted quiera, aunque se equivocara. Me ha dado el Señor aprecio por la obediencia y estoy muy dispuesto a seguirla» 36.
Escribía el día 18 de septiembre de 1930: «Tanto esta santa virtud, como la cruz —ella es cruz—, están bastante acreditadas por el Hijo de Dios, aun cuando en este mundo hay muchas almas que se acuerdan poco de ello» 37.
Y en esta texitura vivió siempre. Testifica don Anastasio Granados: «Para con sus superiores, de don Pedro tengo la idea de que era muy respetuoso y obediente por espíritu sobrenatural, como lo demuestra el dato de haberme dicho que llevaba el proyecto de la fundación de las Discípulas de Jesús al Capítulo General creyendo que iba a ser rechazado y que iba en disposición de ver en ello la voluntad de Dios» 38.
LABORIOSIDAD
Fue un trabajador incansable. «Pasma y maravilla la intensa, constante y multiforme laboriosidad de don Pedro, acuciado siempre por el ansia de moverse y trabajar, si tenemos en cuenta que un espíritu tan gigante como el suyo habitaba en un cuerpo de endebilísima constitución orgánica» 39.
Abundan los testimonios en este sentido. «La laboriosidad fue también la característica de su vida. Durante su estancia en Roma, por ejemplo, además del trabajo constante de estudio, de atención a los alumnos, atenciones sociales, etc., todos los días, de diez a doce de la noche, trabajaba escribiendo para el Fomento de las Vocaciones Sacerdotales y para otras obras de apostolado» 40.
Pocos meses antes de su muerte le escribía un Operario: «Veo la actividad febril de usted. Modérese. Temo por su salud. Y debe cuidarse, porque sería una pena que ahora, cuando comienza a entrar en efervescencia la Hermandad, se malograra usted» 41.
Y el día 15 de mayo de 1936 le escribe el mismo Operario, al haber recibido La idea de la Hermandad y el Directorio y la Carta Circular sobre la vida de fe: «Es usted un formidable trabajador. Cuide su salud; no se rompa» 42.
No sería el trabajo quien lo rompiera. Tenía tal temple, que sólo podía romperle el martirio.
Testifica don Buenaventura Pujol: «En don Pedro creo que la virtud predominante era glorificar incesantemente al Señor. Asimismo, la laboriosidad, el espíritu de oración y de fe, el reconocimiento de que él, sin Dios, nada bueno hacía ni podía. Contrastaba mucho lo impetuoso de su espiritualidad con lo profundo de su humildad, en que empapaba cuanto hacía» 43.
Y declara don Jaime Flores: «Brillaron en él, como de conjunto, todas las demás virtudes, siendo un hombre tan equilibrado, tan justo y con tanta intuición de las almas, que el acierto acompañaba toda su vida» 44.
El señor arzobispo-obispo de Barcelona, doctor Modrego Casaus, afirma: «Yo diría que don Pedro era un hombre muy humilde, muy disciplinado y muy respetuoso con la jerarquía, y yo lo pude ver en su conducta con el señor cardenal primado, quien, al saber de su muerte, lo lamentó mucho y la consideró como una gran pérdida para la Iglesia» 45.
El primer teólogo censor de sus escritos emitió este juicio sobre el siervo de Dios, que es todo un panegírico: «Hojeando, aunque sea de corrida, los escritos del sacerdote Pedro Ruiz de los Paños se ve inmediatamente que fue verdadera y propiamente un hombre de Dios, entregado siempre y en todo al servicio de Dios. Me da la impresión de que era un hombre sencillo, es decir, sin malicia, obrando siempre con recta intención, consagrado totalmente a la formación de la juventud levítica y a la dirección espiritual de las almas. Puede decirse que el lema de su vida fue: Todo para Dios, nada para sí mismo» 46.
CAPITULO VII
MARTIRIO DEL SIERVO DE DIOS PEDRO RUIZ DE LOS PAÑOS
PREPARACIÓN PARA EL MARTIRIO
Escribía don Pedro Ruiz de los Paños en una carta: «Bien está lo del martirio. Pero el Señor no suele concederlo, aunque hay casos en contra, si no es preparándose en cada hora para el martirio de las ocasiones cercanas. Véncete en cositas. Ese es el mayor martirio. Y el Señor te dará el otro con más probabilidad» 1.
El personalmente se preparó siempre para ese trance. Tenía prisa de llegar a Dios definitivamente.
Tenía el convencimiento de que iba a vivir muy pocos años.
Y todos le parecían muchos, porque su anhelo era llegar al encuentro definitivo con el Señor. Escribía en 1931: «Ya tengo cincuenta años. No creí nunca llegar a los cuarenta. Dios piensa de distinta manera que nosotros» 2.
Desde el año 1923 pedía diariamente a Dios que le abreviara los días del destierro. Su enfermedad más honda era el ansia de Dios: «Yo siempre he sufrido ese mal, desde los cuatro años. Me acuerdo bien. Ahora lo sufro más que entonces, claro está. El otoño a veces me viene a mí en cualquier mes... Casi siempre he sentido el destierro. La soledad no me cansa, antes me defiende y me da paz. Me gusta más vivir en mí, aunque no para mí, sino para Jesús. ¡Cómo me hacía sentir Jesús la nostalgia de El, hace ya muchos años! Con todo, creo que vivo para El y eso deseo» 3.
Le gustaba el otoño, porque le hacía pensar en el más allá, porque es cuando caen las hojas de los árboles, porque es tiempo de madurez: «Viene el otoño. Vamos en peregrinación con las aves emigrantes. Yo emigro cada año a un punto del interior por donde asoma la eternidad. ¡Vamonos allá!» 4.
Es ritmo constante de su vida. Cada día que pasa, siente y goza la dicha de saberse un poco más cerca del Señor. El día 8 de enero de 1932 escribía a don Buenaventura Pujol: «Y ahora feliz año nuevo. Nos vamos acercando al año eterno, felicísimo, saciedad de amor y de vida y de todo» 5.
Sobre todo en los últimos años de su vida, declara una persona que lo conocía muy íntimamente, «ya no vivía en este mundo, sino como una persona que no obra por sí y está siempre esperando órdenes. El esperaba» 6.
A los veinte años de edad cayó gravemente enfermo, y en su diario aparece constantemente el deseo ardiente de ir al cielo con Jesús: «Mi alma está llena de esperanza. No espero la salud del cuerpo, sino la vista de Dios en el cielo. Estos días siento muy perceptiblemente su presencia en el aumento de las molestias de la enfermedad y en la paz de mi espíritu, que vive desprendido de todas las cosas... A Ti, Dios mío, quiero, y a Ti deseo únicamente» 7.
Así escribía el día 1 de abril de 1901. El 15 de junio de ese mismo año dice: «Aún estoy en este mundo; aún no se han desatado estos lazos que tanto deseo ver deshechos. ¿Cuánto durará todavía este destierro? ¿Cuándo oiré la señal de partida? El viaje va terminando; la estación no puede hallarse muy lejos; en el vagón no tengo nada que me detenga; puesto estoy en pie con la mano en la ventanilla para bajar. Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo» 8.
Estando en Roma, escribe el 27 de febrero a don Buenaventura Pujol: «Ayer murió el cardenal Merry. ¡Ya ves! Un ataque de apendicitis, operado, creyendo no ser nada. Se quedó en los principios de la operación, parado el corazón. Cuando menos pensemos, nos iremos, Ventura. Y ya debemos saberlo, porque lo ha dicho Jesús. Es cosa buena irse. Pero lo mejor es lo que Jesús disponga. Yo tuve eso mismo el 25 de enero, aunque menos fuerte quizá. Se fue ello solo, aunque dejando la sombra continuamente, tal vez como un aviso de que me llaman. Si es así, no diré que no: me echo en el Corazón de Jesús, a quien he querido amar siempre y de quien siempre quiero ser. Ya sé que no valgo para nada. De eso me alegro: le glorificaré más, porque mi corona será toda suya» 9.
Y el día 30 de mayo de 1930, cuando han de operarlo, le dice: «Me han aconsejado la operación: dicen que no hay peligro. Don Joaquín dice que no. Si alguna vez me la hicieran, y lo sabes antes, pide al Señor que se cumpla lo que El quiera. Yo creo que le pediré quedarme en ella. No lo deseo; pero a Dios sí que lo deseo» 10.
En noviembre de 1933 escribía a un sacerdote: «Soy un peregrino del mundo que llevo en el alma la sensación del destierro desde que era niño; que por la gracia de Dios he sufrido mucho en cuerpo y alma y que ahora voy andando, cogido de la mano de Jesús, mi centro, procurando mirarle bien y no soltarme, porque, como nada soy, me perdería» 11.
DESEOS DE MARTIRIO
Estas ansias constantes de llegar a Dios rápida y definitivamente encendían en su alma grandes deseos del martirio. En su diario de seminarista escribe: «Otra vez conversaba yo con dos amigos míos muy piadosos. Propusimos la duda de cuál sería el día más feliz de la vida, y uno opinaba que el de la primera comunión. Es —decía— el primer abrazo de Jesús y, por lo mismo, tiene que ser el más agradable. A mí, sin embargo, me parecía que era mejor el de la primera misa, por cuanto el sacerdote queda allí constituido en alter Christus.
»A todo esto, el tercero, fervorosísimo colegial, como no he conocido otro, permanecía callado. Instándole nosotros a que eligiera entre aquellos dos días memorables, contestó que ninguno era el más feliz. En ellos —decía— Jesús se da todo a nosotros; pero hay otro que vale más, porque es la ocasión de entregarnos nosotros a Jesús.
»¿Cuál es?, le dijimos. El del martirio. Aquello fue para mí una oleada de luz» 12.
Y esa luz invadió su vida para siempre.
Cuenta su hermana en el proceso. «Yo creo que mi hermano Pedro estaba preparado para el martirio. Un hecho que yo oí referir en mi familia, cuando él era seminarista, es que se encontró en la estación de Algodor con don Manuel Domingo y Sol, fundador de la Hermandad de Operarios Diocesanos, y mi hermano le preguntó si en la Hermandad habían tenido mártires, a lo que don Manuel le contestó que no; y creemos que, desde aquel día, empezó a pedirle al Señor la gracia de ser mártir» 13.
Y su hermano Francisco dice: «Ya de seminarista, mi hermano nos hablaba con frecuencia a los de la familia que su mayor gloria sería ser mártir» 14.
Escribe el siervo de Dios en su diario de seminarista: «Algunas veces, excitado por tu divina caridad, he deseado darte mi sangre y he sentido envidia de los que sufrieron el martirio» 15.
El año 1907, en unos versos que compuso para una velada en el Seminario de Málaga, y que tituló «Ansias de mártir», refleja sus anhelos de martirio:
«Tengo celos crueles, por lo abrasados, celos cuyos ardores queman el alma: ¡que haya mártires..., niños martirizados, y esté yo todavía sin una palma! ¡Que haya niños, tan niños, de siete años, que por Cristo su sangre dieron un día, y que tenga la gloria tantos escaños y que viva en el mundo yo todavía! Tengo sed, Jesús mío, sed que me abrasa; venid crueles verdugos, venid tiranos, que allá en alto, muy alto, cuando se pasa de los cielos azules, tengo yo hermanos. ¡Ay!, felices aquellos que así han vivido, azucenas que el cierzo rudo ha tronchado. ¡Dichoso el sacerdote que, perseguido, rinde el último aliento martirizado» 16.
Esta frase final era tema muy frecuente de su conversación los últimos meses de su vida 17.
Testifica don Buenaventura Pujol: «Don Pedro Ruiz de los Paños habló innumerables veces de sus deseos de martirio, y los últimos días de su vida constituía una obsesión... Puedo asegurar con toda verdad que deseaba ardientemente el martirio» 18. Y dice también que en don Pedro sobresalía «ya desde su juventud un constante deseo del martirio» 19.
Otro testigo declara: «Le oí decir que la gracia más grande que Nuestro Señor podía conceder a un alma era confesar la fe con su propia sangre... Le oí decir también que para la renovación espiritual de los sacerdotes en España era necesario que corriera sangre sacerdotal. En todos los consejos y orientaciones que nos daba para nuestra vida de discípulas de Jesús, era que nos debíamos ofrecer para despertar en los sacerdotes esa ansia de morir mártires de su sacerdocio» 20.
Y en este sentido deponen los testigos: «Me consta que don Pedro preveía el martirio y lo aceptaba gustosamente» 21. «Don Pedro Ruiz de los Paños se había ofrecido como víctima al Señor, y don Adoración Reyes, que fue vicerrector del Colegio Español de Roma cuando don Pedro era el rector, me ha dicho recientemente que don Pedro había pedido insistentemente la gracia del martirio» 22.
Cuando hablaba del martirio se enardecía y enardecía a los oyentes. Dice don Jaime Flores: «Las pláticas que dirigía a los seminaristas de España y a los colegiales de Roma estaban saturadas de tal ciencia y unción, que casi siempre salíamos enardecidos de ellas. Recuerdo en particular algunas sobre el amor de Dios, sobre la dignidad sacerdotal y sobre el martirio, que nos entusiasmaban a todos» 23.
El día 29 de junio de 1923 hizo por vez primera el «Acto de consagración al Amor Misericordioso», que repitió ininterrumpidamente toda la vida: «Acepto la muerte cuando te dignes enviármela; mas, como eres omnipotente, te suplico que abrevies los días del destierro, haciéndome llegar cuanto antes a la posesión de ti mismo... Te ofrezco también la sangre de mi cuerpo con deseos de dártela toda, ya sea derramada violentamente a manos ajenas, o ya arrojada por un accidente o enfermedad... Es mi intención renovar infinitas veces esta ofrenda, hasta que al declinar las sombras, pueda arrojarse mi alma rápidamente en el abrazo eterno de tu amor misericordioso» 24.
Y esperaba el martirio con el perdón más generoso para los perseguidores. Dice a unas religiosas que hubieron de abandonar su convento en la persecución de 1931: «Ya sabéis que no estamos para este mundo; somos para el otro y para dar aquí testimonio, no sólo con las palabras, confesándole, sino más bien con las obras, padeciendo. Lo que ahora hagáis no se llamará plata de fidelidad, sino oro de martirio. El martirio de la sangre es el menor; el del corazón, el del alma, el del honor, paz, tranquilidad, orden... afecta más al alma y vale más, por lo mismo que pasa inadvertido para todos... Habéis de pedir por los que os han perseguido. Ellos, pobrecitos, bastante desgracia tienen sin comprenderla. Tampoco la comprendieron los que persiguieron a Jesús» 25.
A los pocos meses de haber sido martirizado el siervo de Dios, 9 de octubre de 1936, escribe don Juan Sánchez Hernández a don José Avila: «Para consuelo de usted y de esos buenos cooperarios y aspirantes, he de manifestarle que en la última entrevista que don Pedro tuvo con estas fervorosas carmelitas, que fueron, a no dudarlo, sus predilectas hijas espirituales y los testigos mejor informados de las grandes elevaciones de su espíritu, manifestó a una de ellas que todos los días pedía al Señor la gracia del martirio» 26.
Vivía con la esperanza de manifestar su amor a Cristo en el martirio: «La sangre del alma la he dado. El martirio de ella ya lo paso y pasaré más; pero aun el otro..., en parte, lo espero. Como deseo consagrar todo mi ser y cambiarlo todo en Jesús, El lo tomará y lo hará» 27.
Del 26 de junio al 5 de julio de 1936 se celebró una tanda de ejercicios espirituales para los operarios. Tres mártires dirigieron la tanda. Dice uno de los asistentes: «Se dividieron el trabajo don Isi-sidoro Bover por la mañana y don Pascual Carda por la tarde. El Director General, don Pedro Ruiz de los Paños, se reservó un acto diario para sí. Tema: el valor del sacrificio, sin excluir el de la sangre, es decir, el martirio, para el progreso espiritual y, en aquellas circunstancias, como medio expiatorio y reparador. Pláticas muy preparadas y expuestas con mucha emoción. Francamente inspirado. La mejor preparación para cuanto teníamos a las puertas» 28.
Afirma uno de los testigos: «En una de las pláticas dijo a los Operarios: En la Hermandad se ora y se trabaja mucho. Estoy contento de los Operarios. Solamente nos falta sangre de martirio. Hacen falta Operarios mártires. El día que los tengamos, la labor de la Hermandad será fecunda y magnífica» 29.
Hablaba un elegido a muchos elegidos por el Señor para que bebieran su cáliz a los pocos días. El siervo de Dios, que había deseado siempre el martirio, lo veía acercarse con paz y hasta con gozo.
DIAS PREVIOS AL MARTIRIO
Don Pedro Ruiz de los Paños llegó a Toledo en la tarde del 16 de julio de 1936, acompañado de su secretario particular, don Jaime Flores Martín. Llevaba la intención de establecer en Toledo la primera casa de las Discípulas de Jesús.
Más tarde se incorporó don Miguel Amaro Ramírez, martirizado en Toledo el día 2 de agosto de 1936.
Residían en el Seminario de Toledo todos aquellos días: don Pedro Ruiz de los Paños, don Miguel Amaro Ramírez, don José Sala Picó (que era rector del Seminario Menor de Toledo), don Guillermo Plaza Hernández (prefecto de teólogos en el Seminario Mayor), don Jaime Flores Martín (secretario particular de don Pedro), don Tomás Torrente Massó (mayordomo del Seminario) y los seminaristas Antonio Ancos y Ángel Rodenas.
El testimonio de don Jaime es de gran valor por haber convivido con los siervos de Dios hasta horas antes de su martirio. Nos da a conocer el estado de ánimo de los futuros mártires, y muy especialmente el clima que logró crear don Pedro. Pero su testimonio es válido también para los siervos de Dios José Sala y Guillermo Plaza. Dice don Jaime Flores:
«Los consideraba perfectamente preparados para el martirio y deseosos de él. Todos ellos mostraron deseos del martirio y hablaron de ello durante los días 19, 20, 21 y 22 de julio de 1936, en que ya se preveía la posibilidad de tal trance. Don Pedro Ruiz de los Paños, durante esos días singularmente, cuando caían las bombas en el Alcázar y sus inmediaciones, hablaba de la gloria y honor de ser mártir, del deseo de ser pulverizado por Cristo y de que su cuerpo, así pulverizado, cantase la gloria de Dios; se entusiasmaba aplaudiendo a Dios, que todo lo hace bien, presintiendo la cercanía de su muerte...
»Todos recibieron la comunión, como viático, momentos antes de salir del Seminario, con la confianza de ir como los primeros mártires con Cristo comulgado al martirio. Todo esto lo sé de ciencia propia, por haber convivido con ellos hasta el momento de salir del Seminario el día 22 de julio de 1936, por la noche, unas horas antes de recibir la muerte don Pedro Ruiz de los Paños y don José Sala.
»La disposición de sus almas, durante esos días, la caracteriza el ambiente que entre nosotros creó don Pedro Ruiz de los Paños; pero todos abundaban y asentían en los mismos afectos: sentimiento amplísimo de la gloria de Dios y de la salvación de las almas.
»Aquellos días don Pedro hablaba de establecer una asociación puramente espiritual de los que quisieran aplaudir siempre a Dios, y cuando caían las bombas y temblaban los cristales del Seminario y nos hallábamos en peligro de muerte, todos a una, guiados por él, aplaudíamos a Dios. Nos hablaba del espíritu de sacrificio, de ser víctimas propiciatorias, unidos a Cristo, y aceptando la muerte por la Iglesia y por España; y todos, cuando pasaba el peligro y aun durante él, a veces, íbamos a la capilla a ofrecernos al Señor.
»A1 darnos la comunión por viático, nos exhortaba también al martirio, y todos, unánimes, aceptaban. Salíamos del Seminario todos convencidos de que encontraríamos la muerte en las calles cercanas, y con la alegría de que esto nos llevaría al cielo. A la puerta misma del Seminario don Pedro me despidió, diciendo: 'Adiós, hijo mío, hasta el cielo'» 30.
El día 22 de julio de 1936, víspera de su martirio, don Pedro bajó a la cocina para saludar a las religiosas que atendían el Seminario y a darles aliento en aquellos trances tan difíciles. Dice la superiora, sor Engracia Prieto Díaz: «Nos habló largamente del martirio, de la confianza en Dios y de la adorable y santísima voluntad divina. La religiosa cocinera le preguntó cómo había de conducirse si tuviese que hacer la comida para los rojos, a lo que don Pedro contestó: 'Preparándola lo mejor que pueda y con la misma o mayor caridad que lo hace con nosotros.' No lo olvidamos, porque realmente tuvimos que prepararla al gobernador civil y al Comité revolucionario durante la ocupación de Toledo por los rojos...
»Por la noche, a eso de las nueve, volvió otra vez a las dependencias de las religiosas y nos comunicó que ya habían entrado los rojos en la ciudad. Nos habló breves, fervorosas y conmovedoras palabras, dándonos después la sagrada comunión, como viático, en la misma entrada de la cocina. Al despedirse de nosotras, nos dijo: 'Adiós, hijas mías, hasta el cielo, si no nos volvemos a ver; ya están aquí los rojos y creo que han matado a algún sacerdote. Tened confianza en Dios. A vosotras no os pasará nada; a nosotros, los sacerdotes, sí, pues nos matarán.'
»Se marchó y no le volvimos a ver más. Los hechos confirmaron que no nos pasó nada» 31.
Don Ángel Rodenas Montañés, entonces seminarista, testifica: «Yo estaba en el Seminario, durante las vacaciones estivales de 1936, al servicio de los superiores del Seminario, conviviendo íntimamente con ellos... Al estallar el Movimiento, ante los acontecimientos que se avecinaron y el peligro que todos corríamos, los siervos de Dios hicieron vida de especial oración, pasando la mayor parte del tiempo en la capilla, haciendo turnos de vela al Santísimo.
»Don Pedro nos exhortaba en la capilla y en los restantes departamentos del Seminario a prepararnos para dar la vida por Jesucristo, en el caso extremo de tener que hacer este sacrificio.
»El 22 de julio de 1936, al atardecer, y ante el anuncio de que los milicianos rojos habían entrado ya en Toledo y habían matado a algún sacerdote, comunicado al Seminario por teléfono, don Pedro nos reunió en la capilla y nos exhortó, como ya he dicho, al martirio y nos dio la sagrada comunión a todos, repartiendo las sagradas formas a los allí reunidos.
»Entonces se acordó abandonar el Seminario por el peligro que corríamos, yendo a refugiarnos en casas particulares de confianza...
»Don Pedro no sólo deseaba el martirio, sino que también nos exhortaba a nosotros a que nos preparáramos para el martirio» 32.
Don Tomás Torrente recuerda muy bien los detalles de aquellas jornadas. Que las empleadas de teléfonos avisaron a don Miguel Amaro, hacia las seis de la tarde del día 22 de julio de 1936, que los rojos ya habían matado algunos sacerdotes en Toledo. Que don Pedro dispuso que se vistieran de paisano. Pero lo curioso es que fueron al martirio con un blusón de dril. A eso llamaban traje. Recuerda que estuvieron aquellas horas reunidos en la capilla. Y añade con cierto orgullo santo: «Don Pedro se confesó conmigo.» Les dio la comunión y «después, hacia las nueve de la noche, salimos todos los superiores, vestidos de paisano, del Seminario, distribuyéndonos en tres grupos de a dos» 33.
Formaron así los grupos: don Pedro y don José Sala, don Jaime y don Tomás, don Guillermo Plaza con los dos seminaristas, y don Miguel Amaro solo.
LA NOCHE DEL 22 DE JULIO
Los siervos de Dios Pedro Ruiz de los Paños y José Sala cedieron de momento a la invitación que les hizo el señor cura de San Andrés, don Avelino, para que se quedaran en su casa. Pero, después de cambiar impresiones, «resolvieron acercarse a pedir hospitalidad para aquella trágica noche a una casa antigua, en donde vivía el caballeroso y cristiano maestro don Salvador López Martín» 34.
Pero en un piso de la casa vivía también un acérrimo socialista, que se opuso rotundamente y con brusquedad. Los siervos de Dios prefirieron no causar molestias ni poner en peligro a la gente de aquella casa y fueron a pedir hospitalidad a la casa del sacerdote don Alvaro Cepeda, calle de Santa Isabel, número 22.
Testifica doña Purificación Peláez, viuda del general Sedeño: «A eso de las nueve de la noche llamaron a la puerta y, franqueada, entraron, vestidos de seglares, el reverendísimo don Pedro Ruiz de los Paños, Director General de la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos del Corazón de Jesús, y el reverendo don José Sala, rector del Seminario Menor, rogándonos tuviéramos la caridad de darles asilo.
»Tanto Alvaro como todos los de casa, aunque con la inquietud y el temor que las circunstancias sugerían, nos dispusimos a rendirles nuestra asistencia, consiguiendo a duras penas que aceptaran la frugal colación de un chocolate parvo.
«Seguidamente el señor Ruiz de los Paños nos rogó le acompañásemos a rezar el Santo Rosario, y así lo hicimos con una devoción que en la vida recuerdo haber superado y que era en todos nosotros el reflejo y la sugestión de la fe ardiente que se transparentaba en el rostro de don Pedro y vibraba en su acento...
«Terminados los rezos, pasamos gran parte de la noche escuchando las palabras serenas, dulces, henchidas de un insuperable amor a Dios y espíritu de sacrificio con que don Pedro nos describía la gloria del sacerdote que sufre el martirio...
»'Mañana, a primera hora, vendrán por nosotros y nos matarán", dijo, profético, a sus compañeros. '¡Que nos encuentren bien preparados para presentarnos ante nuestro Padre!'...
»Cuando, a las siete y media del día siguiente, hicieron irrupción en la casa los bárbaros sicarios, él fue el primero que se entregó a su furia, sin un gesto de protesta ni una palabra de condenación ante la grosería y rudeza de aquellos criminales; y marchó con paso seguro, dejándonos la impresión imperecedera de un ejemplo extraordinario y un recuerdo imborrable de las últimas horas de la vida mortal de un varón que me pareció un santo» 35.
Pasaron aquella noche en la casa de don Alvaro Cepeda. La hermana de este sacerdote cuenta los últimos momentos de aquella noche y de la mañana del
23 DE JULIO DE 1936
«Hacia las siete y media les preparé el desayuno, junto con mi hermano Alvaro, y apenas habían terminado de tomarlo, se presentaron unos milicianos, a quienes dio tabaco mi hermano y con quien conversaron con respeto y buenas formas.»
De repente irrumpieron otros cuantos milicianos, diciendo que de la casa habían salido tiros. Era la excusa que solían poner para allanar moradas. «Fue inútil que don Alvaro asegurase lo contrario, llegando a jurar que tal no había ocurrido...
»Les dijo un miliciano: Ustedes son maristas; y como no se conformasen con la negativa dada una y otra vez por don Pedro, éste les dijo que eran superiores del Seminario; y en seguida dispusieron fueran los tres detenidos. Aunque hablaron de atarlos uno a otro, dijeron al fin que fuesen sueltos.
»Sólo puedo decir que observé una paz y serenidad grandísimas en don Pedro, que no cesaba de dar a todos aliento y confianza en Dios» 36.
SIN OPONER RESISTENCIA ALGUNA
Don Pedro y don José no opusieron resistencia alguna. A la pregunta de si llevaban armas para defenderse, dice el seminarista Antonio Ancos: «Sé que los siervos de Dios no llevaban armas para defenderse, porque nos estuvimos cambiando de ropa y vi que no las tenían ni las habían tenido» 37. Y Ángel Rodenas asegura: «Solamente llevaban el crucifijo y el rosario» 38.
El señor don Julio García del Río vio a los siervos de Dios, ya detenidos, a la puerta de la casa de don Alvaro Cepeda.
Al salir de su casa quedó sorprendido viendo una patrulla de milicianos que, fusil en mano, custodiaban a dos caballeros de buen porte. «Uno era don Pedro Ruiz de los Paños y el otro don José Sala.» Preguntó a uno de los vecinos qué significaba aquello. Y el interrogado contestó: «Pues que los milicianos han detenido a estos dos maristas (la gente, en los primeros momentos, creyó maristas a los dos venerables sacerdotes) en casa de don Alvaro Cepeda, y están esperando a que éste baje para llevarse a los tres.
»Mi atención —continúa diciendo el testigo— la absorbió totalmente don Pedro. Era un hombre más bien grueso, de regular estatura, muy calvo y de acusadas facciones de bondad. Le vi inmóvil como una estatua, sin que se le advirtiera la más leve contracción muscular que evidenciase desfallecimiento alguno; su rostro, cubierto de intensa palidez, transparentaba un inefable y beatífico goce y tenía los ojos fijos en el cielo.
»Un momento experimenté la sensación vivísima de estar contemplando el caso extraordinario de un espíritu que se desliga ya de la materia, y en presencia de un varón santo.
»'¡Arriba los brazos!', gritó, imperioso, el que parecía jefe de la patrulla. Los brazos del mártir se elevaron hasta quedar extendidos en cruz, ligeramente doblados hacia arriba y cerrados los puños; y en esta actitud perseveraba, mientras que sus ojos seguían con estática fijeza clavados en el cielo.
»A poco debió salir de su casa el virtuoso sacerdote don Alvaro Cepeda, y ya juntos los tres, salieron camino del suplicio» 39.
Me resultaba muy curioso que los futuros mártires llevaran los puños cerrados. Por fin, he podido comprobar que fue orden también del jefe de la patrulla, porque decía que las manos en alto, sin cerrar los puños, «era fascio» 40.
Por el camino del martirio —el vía crucis de su última jornada— los vieron muchas personas. El señor don Miguel Martínez, que tenía un comercio de ultramarinos en la calle de Santo Tomé, números 19 y 21, cuenta en el proceso cómo los quisieron mataren aquella misma calle, pero a los gritos de la gente salió de la tienda «un tal Napoleón Dorado, que era de los rojos, y también estaba como comprador en la tienda en ese momento. Salió a la puerta y, después de proferir dos o tres blasfemias fuertes, les dijo a los milicianos que se los llevasen a otro sitio; que, si los mataban allí, los íbamos a tener todo el día, y que no había derecho en una calle de tanto tránsito hacer eso.»
Continúa diciendo el señor Martínez que, ante un momento de silencio, él interpretó que los prisioneros habrían hecho alguna resistencia. Pero «cuando el citado individuo volvió al mostrador, le pregunté si los sacerdotes habían hecho alguna resistencia; me dijo que no, que iban como borregos al matadero. Y ya no supe más hasta por la tarde, que pregunté y me dijeron que los habían matado en el Paseo del Tránsito» 41.
EN EL CIELO OS ESPERO
Creo que ha quedado demostrado hasta la saciedad que el siervo de Dios Pedro Ruiz de los Paños no sólo aceptaba el martirio, sino que animaba a todos a que lo aceptasen gustosamente, como prueba de amor a Jesucristo.
Don Romualdo Carrillo ha hecho en el proceso un resumen estupendo: «Don Pedro, años antes del martirio, venía pidiendo al Señor poder derramar su sangre por El. Yo mismo vi varias veces que lo tenía escrito.
»En los ejercicios espirituales celebrados en Tortosa a fines de junio de 1936 nos habló de que debíamos estar preparados para el martirio. También el día 22 de julio frecuentemente habló a los Operarios del Seminario sobre la necesidad de prepararse para el martirio, y en la noche del mismo día 22 de julio de 1936, cuando fue recibido en casa de don Alvaro Cepeda, habló largamente con doña Purificación Peláez y su hija, que vivían en el piso bajo de la casa, tan fervorosamente sobre el martirio, que me dijo la señora que, si le hubiesen pedido derramar la sangre por el Señor, lo hubiera hecho.
»Aquella misma noche, al despedirse de las religiosas terciarias que atendían la cocina del Seminario, entre otras cosas les dijo que a ellas no les ocurriría nada, pero que a ellos, los Operarios, les quitarían la vida. Ciertamente, a doña Purificación Peláez le dijo que al día siguiente los matarían» 42.
Este espíritu de don Pedro, en las inminencias del martirio, queda reflejado en la carta que escribió, a lápiz —con urgencia de última hora—, a sus hermanos. Carta que se encontró en la habitación donde don Pedro pasó la última noche, en la casa de don Alvaro Cepeda. La carta dice así:
«Toledo, 22 de julio de 1936.
Queridos hermanos: Son las cinco y media de la tarde. Llevamos casi tres días de asedio militar. Bombas y tiros a millares. Una pena grandísima. Hoy ha caído junto al Seminario quizá la última que han lanzado. Por el eco de estos valles y, sobre todo, de esta casa tan grande, creen las pobres gentes de estos contornos que del Seminario han salido tiros. Pidiendo al Señor en la capilla hemos estado los días últimos a fin de que a todos los aplacase. No hemos podido hacer más. Pero ahora, con la calumnia propalada, será difícil salir del Seminario y no sé lo que sucederá. Es posible que seamos sometidos a cualquier requisa; es posible cualquier cosa en circunstancias tan anormales. Si me sucediera algo, os doy el adiós hasta el cielo, adonde espero que Jesús me lleve con El. Yo no tengo más deseo ni más esperanza que Jesús, de manera que allí os espero. De todos me acuerdo mucho, mucho; y como no puedo escribir a todos, valga esta carta para la Hermandad, para las carmelitas de ambas casas y de otras, para las discípulas..., etc. A todos en Jesús haré sentir su divina misericordia. Que todos rueguen por mí. No sé si a vosotros os ha pasado algo. En el cielo lo veré. Adiós. Os abraza y quiere mucho vuestro hermano, Pedro» 43
MARTIRIO DE DON PEDRO
El día 23 de julio de 1936 caía, mártir por Dios y por el sacerdocio, en el Paseo del Tránsito de Toledo, juntamente con don José Sala y don Alvaro Cepeda.
El señor don Leandro de la Flor Pérez, practicante en medicina y cirugía, estaban en la Casa de Maternidad, frente al Paseo del Tránsito. El fue testigo presencial del martirio de estos siervos de Dios.
«Yo fui testigo presencial del fusilamiento de los siervos de Dios don Pedro Ruiz de los Paños y don José Sala. Cuanto yo vi y recuerdo perfectamente, como si ahora mismo lo estuviera viendo, es lo siguiente:
»Yo vivía en la Casa de Maternidad de la ciudad de Toledo, sita en la calle de San Juan de Dios, junto a la sinagoga llamada del Tránsito. En dicha Casa de Maternidad desempeñaba yo mi profesión de practicante.
»Eran aproximadamente las nueve de la mañana del día 23 de julio de 1936, y me encontraba lavándome, teniendo la persiana de mi habitación bajada. Entonces oí un ruido considerable de muchas personas que en aquel momento pasaban por la calle de Reyes Católicos, precisamente debajo de la ventana de mi habitación, en el piso bajo de la Casa de Maternidad. Yo me asomé a la ventana un poco oculto detrás de la persiana, y vi, a unos metros solamente de distancia, a unos veinte o treinta milicianos armados y algunas mujeres.
»En el momento de asomarme a la ventana oí que un miliciano dijo: '¡Pararsus!', y, parados, observé con todo detalle las personas de don Pedro Ruiz de los Paños, don José Sala y don Alvaro Cepeda, que estaban uno detrás de otro por el orden que les acabo de mencionar.
»Don Pedro llevaba un blusón de dril; las manos cerca del pecho, con un semblante sereno, y miraba repetidamente al cielo. Don José Sala iba vestido con un blusón de dril y con aspecto sereno. Don Alvaro Cepeda, de paisano, y con nerviosismo.
inmediatamente el miliciano dijo: '¡Pá alante!', y don Pedro y don José anduvieron para adelante, así como don Alvaro, que recibió unos empujones de los milicianos. Entraron andando los tres sacerdotes, delante de los milicianos, en el Paseo del Tránsito, y yo les seguía viendo perfectamente con la cara pegada a la reja de mi ventana, desde la cual iba observando cuanto iba aconteciendo.
»Estando a los pocos metros después de dejar la calle de Reyes Católicos, y muy próximos a un bando del Paseo del Tránsito, los tres sacerdotes dichos, oí una descarga de tiros que se sucedieron en gran número, descarga que hicieron los milicianos que los conducían, con los fusiles y otras armas de fuego que llevaban.
»Yo vi cómo don Pedro cayó inmediatamente boca abajo con las manos extendidas hacia adelante, quedando en esta postura tendido en el suelo. Don José Sala se torció un poquito y también cayó al suelo. Don Alvaro Cepeda también se retorció y cayó boca arriba.
»Así quedaron muertos, y los milicianos inmediatamente se retiraron, volviéndose por donde habían ido y volvieron a pasar por delante de mi ventana. Yo les oí decir: '¡Ya cayeron otros tres; a ver si terminamos con todos!' Desaparecieron, riéndose a carcajadas y celebrándolo ellos y las mujerucas que les acompañaban.
»Los cadáveres permanecieron en el mismo sitio, sin que nadie los tocara, hasta el mediodía, alrededor de la una. Yo mandé varias veces a sirvientas de Maternidad que se acercaran para ver si los habían llevado, comprobando también por mí mismo este extremo; pero no presencié el acto de retirarlos, suponiendo que, como acostumbraban hacer, los subían a una camioneta de las destinadas a recogida de basuras y los llevarían a enterrar» 44.
Duele instintivamente tanto el fusilamiento como el que a sus cadáveres los trataran como basura. Pero en esos momentos ya les había dicho Jesús: «Entra en el gozo de tu Señor» 45.
También el doctor don José Rivera Lema, médico de profesión, fue testigo de la ejecución de los siervos de Dios. Testifica así:
«Yo presencié lo siguiente: Yendo yo por el Paseo del Tránsito, y frente a la sinagoga del mismo nombre, de esta ciudad de Toledo, en un coche, con los milicianos que me guardaban y con una parturienta, a quien yo llevaba para presentarla a la Casa de Maternidad, siendo las nueve y media, o las diez, de la mañana del día 23 de julio de 1936, venían de la parte de Santa María la Blanca hacia el Tránsito unos señores vestidos con un guardapolvo y creo que también con sombrero, a quienes yo reconocí en el momento que eran don Pedro Ruiz de los Paños, don José Sala y don Alvaro Cepeda, los cuales iban conducidos por unos milicianos rojos, los cuales preguntaron a voces a los milicianos que me acompañaban a mí: '¿Qué hacemos con éstos?; porque nos han dicho que no quieren presos.' Entonces se paró el coche en que yo iba, y los milicianos que me acompañaban se bajaron del coche y se llevaron delante de sí a los tres sacerdotes mencionados.
»La manera de conducirse los tres sacerdotes detenidos con los milicianos que los traían era la siguiente, que yo aprecié de cerca con toda claridad: venían los tres en fila, uno detrás de otro, el primero don Pedro, con las manos en alto, en la actitud que se ponen en el ofertorio de la misa, con las palmas hacia el cielo, con una cara sonriente y dulce, juzgando que esa sonrisa provenía del interior ofrecimiento que iba haciendo al Señor de su vida. A continuación don José Sala, el cual iba con la misma humildad con que yo le había conocido siempre, que levantó dos veces la vista para mirarme, que indudablemente me reconoció; pero estaba, como el anterior, en semejante actitud, entregado interiormente a Dios. Llevaba también las manos en alto, apareciendo en la actitud de las mismas estado de cansancio. Por último iba don Alvaro Cepeda.
»Los consideraba a don Pedro y a don José plenamente preparados para el martirio, fundándome principalmente en la actitud que yo observé en ellos.
»Según venía diciendo, los dos milicianos que me conducían a mí bajaron del coche y se reunieron con los milicianos que traían detenidos a los siervos de Dios don Pedro y don José, juntamente con don Alvaro Cepeda. El coche arrancó hacia la Maternidad, y aún no había andado ni cinco metros, cuando oí tres disparos de arma de fuego, de fusil, lo que me hizo pensar que habían caído los tres sacerdotes.
»Al llegar yo a la Maternidad, me dijeron que mirara por la ventana para que viera los cadáveres de los tres sacerdotes; pero yo no quise mirar» 46.
«No le faltaba más que tener las manos, que no podía por llevarlas en alto, en posición del que va a recibir algo que desea mucho» 47.
Desde el primer día fue considerado verdadero mártir. Y muchas personas lo invocan como tal.
JAMAS SE MEZCLO EN CUESTIONES POLÍTICAS
Don Jaime Flores, juntamente con don Tomás Torrente, pudo salir ileso de Toledo, el día 24 de julio de 1936. Se habían refugiado en la casa de un sobrino de don Tomás, y este sobrino les proporcionó un coche para que los llevara a Madrid. En el coche iban algunos milicianos rojos, algunos de los cuales habían sido ejecutores del fusilamiento de don Pedro y don José Sala. Testifica don Jaime: «Tuve la impresión de que los habían matado por las referencias de un miliciano, que decía haber matado a tres sacerdotes aquella mañana del día 23 de julio de 1936, y que le habían dicho que ellos no se habían metido nunca en política; pero que, a pesar de ello, por ser curas, los habían matado» 48.
Lo mismo aseguran los demás testigos: «Ninguno de los cuatro siervos de Dios se mezclaba en las cuestiones políticas o sociales que en España se debatían... Don Pedro, al advenimiento de la República, intensificó su acción pastoral sobre los colegiales españoles para que no se deprimieran y para que hicieran actos de reparación por España... En todo momento dio la nota sobrenatural sobre los acontecimientos tristes de nuestra nación» 49.
«Nunca se mezcló en cuestiones políticas, sino al contrario, nos educó para que estuviéramos siempre por encima de toda política de partido» 59.
Dice un condiscípulo del siervo de Dios: «No se mezclaron en las cuestiones políticas y sociales que en España se agitaban en tiempos de la República, pero sí consideraban los procedimientos que empleaban los gobernantes de la República como persecutorios de la Iglesia y que se avecinaba la revolución; así nos lo dijo don Pedro públicamente en la Semana pro Seminario, en una reunión de condiscípulos, diciéndonos que debíamos estar preparados para la persecución y para ser mártires» 51.
Don Buenaventura Pujol dice: «Respecto a las cuestiones políticas y sociales quería que nosotros viviéramos muy al margen de ellas y que nos dedicáramos a intensificar la vida interior, como consta en las cartas de sus últimos años» 52.
Son bastantes las cartas que le dirigió don Pedro en este sentido. Le dice el día 26 de enero de 1936: «Por España, mucho movimiento electoral. A mí me parece muy bien que los que están encargados de eso, lo hagan, y que nosotros, con tener un poco conocimiento de la cosa y ver por dónde andamos, tenemos bastante. Porque unas cuantas oraciones, aunque no sea más que una, delante de Nuestro Señor y con su mano omnipotente, me parece que harán más al caso que los cabildeos y periódicos y cosas; en nuestras manos, se entiende. En todas las manos serán menos que una oración; pero para nosotros, sobre todo, la oración tiene mil veces más fuerza que la lectura de diez mil periódicos» 53.
El día 18 de abril de 1936 le dice: «De cosas de la nación no te digo nada, porque la prensa las dice ahí antes; de aquí llegan apolilladas. Y además, es mejor no darlas. Vamos pasando y esperando que venga la solución, la cual no ha de ser breve ni tranquila. Muchas oraciones sí que hacen falta» 54.
Y el día 24 del mismo mes: «No hay ningún seminario cerrado. Son movimientos de pocos días. Salen y vuelven. Incertidumbre, mucha. Pero ya veremos: ellos quieren ser dioses; y eso no puede ser. El Señor dirá basta cuando le parezca. Cuando nos corrijamos. Es muy necesaria una crisis como ésta. Todo tendrá su fin, y purificado... Nada más por hoy. Encomendadnos mucho al Señor. Nos acercamos a días críticos. El está sobre todo. Para ti coraggio a montones. Estamos unidos a Dios» 55.
Ahora bien, como Director General de la Hermandad vivía la preocupación y solicitud constantes por cada uno de los Operarios y por cada una de las casas. Quería saber de todos y dar a todos alientos en horas tan difíciles. Escribía, a raíz de las elecciones del 16 de febrero de 1936, a don Vicente Pereda: «Deseo saber, ante todo, cómo les va en estas circunstancias poselectorales. Aquí hemos tenido un poco de peligro, y pasado también una buena parte de susto. Ahora nos han tranquilizado; pero creo que será relativamente nada más, porque el panorama nacional no se presenta nada agradable. Si en las grandes capitales no se producen desórdenes, es de suponer que aquí tampoco. De todos modos, como digo antes, deseo saber cuanto antes lo que vaya ocurriendo en las casas, en este sentido... Que tengan ánimo esos Operarios, que el Señor todavía vive y nos defenderá a todos» 56.
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Don José Sala Picó
Buenísimo y humilde operario
CAPITULO VIII
SÍNTESIS BIOGRÁFICA DEL SIERVO DE DIOS JOSÉ SALA PICO
Nació el día 24 de junio de 1888 en Pons, provincia de Lérida y diócesis de Seo de Urgel. Sus padres —Jacinto y Josefa— eran profundamente cristianos. Don José era el mayor de los doce hijos con que Dios quiso bendecir aquel matrimonio.
Una de las pocas cosas de las que presumía y se gloriaba el siervo de Dios era de su familia. «Siempre le oí hablar encomiásticamente de su familia muy cristiana. Gloriábase de que cuatro de los hijos con que Dios había favorecido el matrimonio de sus padres se hubiesen consagrado a Dios: él en el sacerdocio y tres hermanas en la vida religiosa» 1.
Su padre falleció el día 29 de marzo de 1926. Y en las cartas de ese año, él, que era tan humilde, habla muchas veces de su padre. Dice el 12 de enero de 1926: «Espero cualquier día una noticia desagradable de mi casa, porque mi padre cada día está peor, según las últimas noticias. ¡Dios sea bendito!» 2.
El 8 de marzo de 1926 dice al Director General: «Muy agradecido por el recuerdo de mi buen padre. El pobre ya no es planta de este mundo. Noticias buenas de su salud corporal no podemos esperarlas, si no es por un milagro. Por lo demás, estamos todos muy consolados con el recuerdo de su santa vida» 3.
Y el 31 de marzo de 1926: «En estos precisos momentos en que estoy escribiendo estas líneas se estará celebrando en Isona el funeral y entierro de mi amado padre, q. e. p. e.
»Falleció anteayer, a media noche. No tengo otras noticias que las de tres telegramas que he recibido estos dos días pasados. En el primero me comunicaban la gravedad, en el segundo la defunción y en el tercero que estaba allí mi otro hermano de Barcelona, y que hoy era el funeral...
»Temiendo lo que las noticias posteriores han confirmado, que no llegaría a tiempo ni para el entierro, suspendí el viaje que había proyectado en el primer cambio de impresiones con don Juan José» 4.
INFANCIA DEL SIERVO DE DIOS
Tanto su hermano Ramón como su hermana sor Teresa de Jesús afirman que siempre fue muy dócil y obediente. Jamás tuvieron que reprenderlo por nada 5.
Y es que don José fue formal desde siempre. «El rasgo más destacado de don José fue su gravedad, su formalidad en todo» 6.
A los nueve años de edad se fue a vivir con su tío sacerdote, párroco de Ordino, en Andorra. Dice su hermano Ramón: «Mi tío procuró darle a él, lo mismo que a mí también, una educación muy esmerada y piadosa, haciendo las veces de un verdadero padre con nosotros» 7.
Don José Sala siempre demostró la gratitud más sincera a su tío. Escribe el 25 de septiembre de 1926: «A mi madre la dejé me-dianilla. No ha podido digerir el golpe que recibió con la muerte de mi padre, E. P. D. He acompañado unos días a mi tío cura, hermano de mi malogrado padre, que, por cierto, está también muy trabajado y en peligro de quedar pronto completamente inutilizado. Lleva más de cuarenta años de ministerio y veinte los pasó entre nieves en el Principado de Andorra» 8.
El día 6 de agosto de 1927 escribe a don Joaquín Jovaní, recién elegido Director General de la Hermandad: «Estoy actualmente pasando unos días al lado de mi tío, cura de este pueblo (Liñola), de la provincia de Lérida. El pobre es de alguna edad y necesita cariño. El me dio la carrera y todo lo que haga por complacerle es poco. Este invierno pasado estuvo tan grave, que llegó a recibir la santa unción. 9.
VOCACIÓN SACERDOTAL. SEMINARISTA
Sus hermanos declaran que desde muy pronto observaron en él una decidida inclinación al sacerdocio y que siempre se sintió llamado por Dios 10.
Con su tío estudió los años de Latín y Humanidades en Andorra. La Filosofía y Teología las cursó, como alumno interno, en el Seminario de Seo de Urgel, donde terminó los estudios para el sacerdocio y recibió la ordenación sacerdotal 11.
Como seminarista también hizo honor a su característica de formalidad. Declara su hermana: «Recuerdo su comportamiento en tiempo de vacaciones, que lo pasaba en nuestra casa, siendo un seminarista ejemplar. Iba siempre en compañía de los sacerdotes que había en el pueblo y de otros seminaristas; nunca tuvieron que reprenderle en nada, puesto que era muy recatado en el trato con todos. En casa se dedicaba al rezo de sus oraciones y también a hacer algún dibujo. Pero la mayor parte del tiempo lo pasaba con el señor párroco y en la iglesia. Parte de las vacaciones las pasaba en Andorra, en casa de un tío sacerdote» 12.
El siervo de Dios tenía gran facilidad y afición al dibujo. El mismo pintaba motivos religiosos en tablas y cartones que sobreponía en unas telas para adornar el monumento del Seminario de Toledo para el día de Jueves Santo 13. Así hablan de ellos sus alumnos: «Artístico monumento (el mejor de Toledo, así de clarito), obra de nuestro señor rector» 14.
Su hermano Ramón recuerda cómo pasaban muy buenos ratos, en Andorra, entretenidos con juegos piadosos: «Cuando ya era seminarista, pasábamos en el referido pueblo, con nuestro tío, las vacaciones, y comulgaba con frecuencia y asistía a todas las funciones religiosas de la iglesia. Algunos días salíamos de paseo, y también de caza y de pesca, con el vicario de la parroquia. Recuerdo que, por aquellas fechas, mi hermano José construyó, en una de las habitaciones, una especie de capilla con todos los utensilios sagrados en pequeño, y nuestra tía, que vivía también con nosotros, nos hizo los ornamentos en pequeño, que después nosotros utilizábamos, imitando las funciones religiosas. Inclusive estaba puesto un trono episcopal y teníamos pectoral, haciendo uno de nosotros el oficio de obispo» 15.
El tío sacerdote de don José Sala era hombre práctico. Quizá no habría estudiado mucha pedagogía, pero sabía que los muchachos no podían permanecer ociosos. Lo recuerda también el hermano del siervo de Dios: «También en nuestra juventud nuestro tío nos hacía trabajar corporalmente en unos trozos de terreno que cultivábamos, con el fin de que estuviéramos ocupados» 16.
SACERDOTE DE LA DIÓCESIS DE SEO DE URGEL
Como ya hemos dicho, cursó los estudios de Filosofía y Teología en el Seminario de Seo de Urgel. Recibió la prima clerical tonsura el día 18 de diciembre de 1909. Ese mismo día le confirieron las órdenes menores. En las témporas de San Mateo del año 1910, el subdiaconado. Fue ordenado diácono el día 20 de diciembre de 1910. Recibió el presbiterado el día 15 de abril de 1911.
Ejerció varios ministerios en su diócesis. «El primer cargo que desempeñó fue el de vicario de Guissona, donde estuvo poco tiempo; después fue nombrado capellán de la granja de Liñola, llamada 'San Vicente'. En este cargo no solamente tenía que atender a la cura de almas con las familias de los colonos, sino también a la administración de la finca. Recuerdo que varias veces me dijo entonces que, así como le agradaba mucho emplearse en los ministerios sacerdotales de catequesis, visitas de enfermos, confesonario, etcétera, le desagradaba tenerse que ocupar de los asuntos temporales de la administración, y por esta razón pidió al señor obispo que le relevara de aquel cargo» 17.
Fue coadjutor de Pallas, Balaguer y Bergamuy. Desde este último cargo marchó a la Hermandad de Operarios Diocesanos 18.
La fama que el siervo de Dios tenía en su diócesis queda reflejada en la carta que su obispo, futuro cardenal de Burgos, don Juan Benlloch y Vivó, escribió al Director General de la Hermandad, el día 4 de mayo de 1914, cuando don José Sala le pidió permiso para ingresar en la Hermandad:
«Esta tarde se me ha presentado don José Sala, joven vicario de un anejo de esta parroquia (Aren), participándome sus deseos de ingresar en esa mi amada Congregación de Operarios Diocesanos. Es un sandio, y no me desprendería de él fácilmente; pero, para dárselo a usted, hago gustoso el sacrificio. Tiene, pues, mi permiso y ahí irá dentro de breve tiempo» 19.
SACERDOTE OPERARIO DIOCESANO
Fue admitido en la Hermandad como probando el día 12 de agosto de 1914.
La inclinación al sacerdocio sus hermanos la vieron desde siempre. Y dice su hermano Ramón: «También fui sabedor y confidente de su vocación a la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos, a la que fue por su mayor santificación y poder trabajar más en beneficio de las almas» 20.
La hermana del siervo de Dios, sor Teresa, nos ofrece unos datos preciosos, muy característicos de don José, cuando iba a ingresar en la Hermandad: «Sobre la vocación a la Hermandad de Operarios Diocesanos, siendo ya sacerdote, nos dijo a las dos hermanas mayores que deseaba marchar a dicha Hermandad, preguntándonos qué pensábamos hacer nosotras, si ser religiosas o no, porque no hubiera deseado dejarnos solas, y así él nos inclinó al estado religioso, y efectivamente, después de a Dios, a él le debemos ambas ser religiosas de este convento. Mi hermana falleció aquí hace seis años» 21.
Le llevó a la Hermandad la facilidad que ésta le proporcionaba para «corresponder a la gracia de su vocación con aquella generosidad que su corazón le exigía... Le oí decir que estimaba grandemente su vocación a la Hermandad por cuanto ésta tiene como misión especial la formación de sacerdotes» 22.
Emitió sus votos trienales el día 12 de agosto de los años 1915, 1918 y 1921. También el 12 de agosto del año 1924 sus votos indefinidos.
UN GRAN CORAZÓN
Don José Sala, al exterior, parecía despegado, hasta un poco seco; pero tenía un corazón enorme. Quería de verdad. Testifica don Anastasio Granados: «Todos destacan su virtud, prudencia, austeridad y particularmente su caridad casi maternal con los seminaristas latinos del Seminario Menor, que él regía, especialmente con los enfermos» 23.
Un detalle de su sensibilidad lo ofrece en la carta que escribe el 15 de diciembre de 1915, a raíz de la muerte inesperada de su rector en el Seminario de Segovia, don Ignacio Arenas Tejerina. Abre su corazón, con la sencillez que le caracterizó toda la vida, al Director General de la Hermandad: «A su tiempo llegó a mis manos su muy grata del 25 del pasado; ¡no pensé, al recibirla, que cuando le contestara me llamarían huérfano! Pero Dios lo ha dispuesto así, ¡sea su Santo Nombre bendito! En medio del dolor que nos causaba la prematura pérdida de nuestro buen padre y hermano don Ignacio (q. s. g. h.), nos resignaba y edificaba su cristiana preparación para tan doloroso como inevitable trance. La comunidad quedó abatidísima, y por los ojos de todos, especialmente de los del Mayor, corrieron abundantes lágrimas» 24.
Dice un sacerdote que fue alumno del siervo de Dios: «Don José Sala era muy sencillo y muy interesado a favor de los chicos; de carácter muy abierto y muy sensible para todo, pues tanto lloraba de emoción en las cosas agradables de los seminaristas como se apenaba por las cosas tristes de los mismos. Llamaba la atención la docilidad que tenía al rector del Seminario Mayor, que de alguna manera se le consideraba superior suyo; y todos los que le conocimos guardamos grato recuerdo de él» 25.
Se alegraba muy de verdad del éxito de los demás, con tal que él pudiera permanecer en la penumbra. A don Ignacio Arenas sucedió en el Seminario de Segovia, como rector, don Enrique Bernad, y le parece una persona estupenda y se goza de los triunfos que consigue. Escribe en carta del 18 de febrero de 1916: «Don Enrique se va enseñoreando, gracias a Dios, del ánimo de nuestra buena comunidad: han visto en él un hombre entero, de carácter y del todo espiritual, y escuchan con gusto sus pláticas.
»Por otra parte, les trata, en particular, con mucha suavidad; de manera que, por lo que afecta al régimen interior, seguimos bien. La comunidad está bien dispuesta y se presta a todas las formas que quiera dársela, con mucha docilidad. Me decía un diácono el otro día que don Ignacio (e. p. d.) había conseguido esta docilidad y buena forma exterior de los seminaristas de Segovia, y que este nuevo señor director estaba llamado a dar un paso más, que completara la obra del anterior, logrando que estas buenas formas exteriores no sean obra de la hipocresía, sino reflejo del buen espíritu interior» 26.
Pero el camino de la vida suele presentar más espinas que rosas. En Segovia tenían un obispo de «armas tomar». Con gran eufemismo decía don Benjamín Miñana que era un «obispo extrañito». Era capaz de poner los nervios de punta a cuantos giraban a su alrededor.
Sigue diciendo, en la misma carta, don José Sala: «¡Ojalá pudiera decirse lo mismo de nuestras relaciones con los de arriba! Pero, puesto que Dios nos quiere, justo es que nos abracemos con ésta, que seguramente es nuestra cruz, en esta bendita residencia.»
Se sentía muy feliz en Segovia. Acostumbrado a los fríos de Andorra, no le asustaban los fríos castellanos, a pesar de que, según cuenta en carta de 20 de diciembre de 1915, han estrenado calefacción en la enorme iglesia del Seminario de Segovia, y aquello era un atisbo de calor: «La calefacción de la iglesia ya funciona, pero no se podrían tostar en ella castañas» 27.
LA PRUEBA MAS DURA
Quien se entrega a Dios ha de seguir el camino de la cruz. Y la cruz aparece casi siempre por donde menos se esperaba.
Ya vimos cómo su hermano Ramón decía que don José Sala pidió el relevo de capellán y administrador de la granja San Vicente porque le desagradaba tener que tratar con dinero. Le daba verdadero asco el dinero. Le molestaba.
Vivía feliz en Segovia, y un día... le cargaron con el cargo de administrador del Seminario. Sufrió muchísimo. Registra don Benjamín Miñana en su crónica, el día 18 de octubre de 1916: «El mayordomo de Segovia, José Sala, escribe que está más tranquilo,, pero que la tempestad que pasó ha sido horrorosa» 28.
Don José era un Operario cabal. Actuó tal como indica el Fundador de la Hermandad, Beato Manuel Domingo y Sol, cuando dice: «A nuestros Operarios se les permite, y hasta se mandará que manifiesten no sólo las razones que vean de la imposibilidad de la cosa, sino aun de la repugnancia que sienta en ella y gusto que siente...
»Si está completamente indiferente, mayor perfección será y que lo diga así con sinceridad. Si no lo está, aunque la voluntad esté dispuesta, que manifieste su inclinación. Si después de manifestada, se le vuelve a indicar que lo haga, a pesar de su sincera manifestación de repugnancia, que lo practique, pero con cordialidad, y estará más seguro de cumplir así la voluntad de Dios, que hará milagros por él» 29.
Don José Sala expone a don Benjamín Miñana su ninguna inclinación, más aún, su positiva repugnancia por el cargo que le confían, en una carta deliciosa que escribe el 19 de septiembre de 1916. Merece la pena transcribirla, aunque resulte un poco larga:
«Hablando con la confianza de un hijo a su padre, me perdonará que le exponga mi criterio sobre el cargo que han confiado a mi persona desde esa superioridad. Creo, en primer lugar, que debí ser más explícito con usted en Tarragona, cuando quiso confiarme el cargo de mayordomo de este Seminario. Pero soy de carácter tan tímido, que no tuve valor para oponerme a la proposición de usted, a pesar de estar plenamente convencido de que había de ser perjudicial para los intereses de la Hermandad y para el bien de mi alma el desempeño de tal cargo.
»Hoy, pues, que he visto ya de cerca algunas dificultades más y me he ratificado en las convicciones de antes, debo manifestarle que sería mi voluntad no continuar en el referido cargo, no porque pretenda huir del trabajo, sino porque creo que, de continuar en él, no he de estar un momento tranquilo. Ahora mismo llevo unos días sin encontrar gusto en nada, y con ganas siempre de llorar.
»La vista del dinero me da asco y me molesta. El tener que tratar con la gente de fuera para las compras es cosa que no la puedo resistir, pues no tengo carácter para ello. Me engañarán miserablemente, y la Hermandad saldría mal parada... Créame, don Benjamín, por experiencia propia sé que no sirvo para mayordomo. Lo he sido y quedé mal por falta de entereza y de carácter y de picardía.
»He querido escribirle ahora porque, como no han empezado el curso todavía en algunas casas, puede que le sea factible una combinación con el personal de fuera. De lo contrario, me parece que don Juan Mas es detallista y no había de hacerlo mal.
»Tenga compasión de mí y reléveme de este cargo. Don Enrique Bernad me parece que me ha mirado siempre con lentes de gran aumento y mi endolinfa o bobería le ha engañado. Además, estoy navegando en este cargo contra corriente y contra todas mis aficiones y aspiraciones.
»Siento mucho haberle de escribir en esta forma, pero lo he hecho porque he creído que, en conciencia, debía hacerlo para tranquilidad mía, bien de la diócesis donde opero y de la Hermandad de que tengo la honra de formar parte. Perdóneme, pues, por las molestias que con la presente he podido ocasionarle. Lo he pensado todos estos días y no me atrevía a comunicárselo; pero, por fin, he querido escribirle, pues la intranquilidad y la tristeza no desaparecen, antes al contrario, cuanto más van pasando los días..., más me confirmo en la convicción de la conveniencia de ser relevado» 30.
El 23 de septiembre de 1916 dice don Benjamín Miñana en su Crónica: «Escribo al buenísimo Operario José Sala, deshaciendo sus escrúpulos en lo de admitir la mayordomía de aquel Seminario y animándole» 31.
El rector del Seminario, don Enrique Bernad, también da cuenta al Director General del estado de ánimo y del sufrimiento que está pasando el siervo de Dios. Dice en carta del 20 de septiembre de 1916: «Advierto un desaliento muy pronunciado en Sala respecto de su nuevo cargo y que me tiene muy intranquilo. Procuro alentarle con la idea de mi solidaridad en sus gestiones en mayordomía y la de que la obediencia hace verdaderos milagros. Además, he procurado hacerle ver que ese ministerio es tan propio del Operario como el de la dirección espiritual. Pero como muchas veces la repugnancia no se contrarresta por las razones, temo que, al paso que va, caiga enfermo» 32.
Su reacción ante los consejos y alientos del Director General y de los consejos del rector es sencillamente maravillosa. Como estaba convencido de que no servía para el cargo, en primer lugar trató de que otro se encargara, si lo hacía con gusto; luego, acepta, fiado en Dios, que le habla por medio de los superiores.
Escribe el día 25 de septiembre de 1916: «Hoy llegó a mis manos su muy grata del 23; la he leído y releído; he consultado luego con don Enrique, y casi estaba dispuesto a declinar el cargo en favor de don Juan, pues todos estos días he estado intranquilo, aunque, en parte, puede ser debido al movimiento extraordinario que hemos tenido unos días en esta casa, por haber querido el señor obispo que se alojaran en ella veintiséis músicos de Madrid que han venido para las fiestas de la coronación de la Patrona de la capital.
»Hemos preguntado, con don Enrique, a don Juan si le repugnaría encargarse de la mayordomía, y aunque ha puesto algún reparo, con todo parecía que no le sentaba mal el referido cargo.
»He estado luego a solas con don Enrique, y después de haber meditado la carta de usted, hemos resuelto, de momento, dar largas al asunto hasta Navidades. Lo más peligroso será si no puedo, en adelante, contener las lágrimas delante de la comunidad y se percatan los muchachos de mi intranquilidad.
»Yo estoy dispuesto a hacer este nuevo sacrificio. Le suplico me tenga presente en sus oraciones, a fin de que, si es tentación lo que sufro, sepa resistirla con valentía.»
Don José Sala era un catalán muy práctico. Tenía gran sentido común y sabía muy bien que aceptar hasta Navidades equivalía a aceptar del todo.
«Si puedo llegar bien hasta Navidades, espero también poder llegar a fin de curso.
»Lo que me pasa, no me lo explico. Una cosa parecida me ocurrió en los seis meses que estuve de mayordomo en una granja agrícola de mi diócesis.
»Esta tarde parece estoy más tranquilo y animado; veremos si será duradera esa tregua de relativa paz y tranquilidad. Perdóneme las molestia que le haya ocasionado con mis tonterías» 33.
Decía el Beato Manuel Domingo y Sol que, obedeciendo cordialmente, se cumple la voluntad de Dios y El hará milagros. El rector del Seminario de Segovia le había hecho ver a don José Sala que la obediencia hace verdaderos milagros. Y así lo reconoce el siervo de Dios en carta del 16 de octubre de 1916, viendo las cosas en clave de fe: «Estoy cambiando, pues encuentro hasta satisfacción en muchas cosas que antes ni siquiera podía pensar, relativas al cargo que se me ha confiado» 34.
Y don Enrique Bernad escribe el día 27 de octubre de ese año: «Sala está metido con sus cinco sentidos en mayordomía y la desempeña muy bien. Para que no todo sean garbanzos, le he encajado la obligación de reconciliar a diario a los muchachos que lo necesiten y lo busquen» 35.
Dos cursos había actuado como prefecto de disciplina en el Seminario de Segovia y otros dos estuvo como mayordomo del mismo. Al comenzar el curso 1918-1919 fue destinado al Colegio de San José para Vocaciones Eclesiásticas de Toledo, donde había ido como director el curso anterior don Enrique Bernad.
EN TOLEDO
Salió con dirección a Toledo el día 9 de septiembre del año 1918. Parece que le costó un poco la salida de Segovia. Escribe el rector del Seminario de ésta, don Manuel Grau, al Director General, en carta del 10 de septiembre de 1918: «Ayer salió Sala para Toledo, y le encontré desanimado y disgustado; le hice algunas reflexiones y parece se entonó» 36.
Don Benjamín Miñana había escrito a don Enrique para que recibiera muy bien —como se lo merecía-— a don José Sala. Y don Enrique contesta el 11 de agosto de 1918: «Quiero tanto a Sala, que no hacía falta su consejo de que le reciba con los brazos abiertos y mucha alegría. No necesito hacer ningún esfuerzo para ello, aunque hayamos estado un año sin escribirnos» 37.
Fue prefecto de disciplina en el Colegio de San José desde el curso 1918-1919 hasta 1923-1924, cuando el Colegio de San José quedó convertido en Seminario Menor de Toledo: Seminario Menor de Santo Tomás de Villanueva.
«Don José Sala desempeñó el cargo de director del Seminario Menor de Santo Tomás de Villanueva, aquí, en Toledo, siendo el primer rector del mismo» 38.
Don José Sala era un perfecto cumplidor de sus deberes y enseñaba a los seminaristas a cumplir los suyos de corazón.
A él le gustaba que lo exterior no fuera obra de hipocresía, sino reflejo del espíritu interior. Jamás se dejó llevar de la popularidad a base de concesiones a la galería. No le gustaba vivir en olor de multitud. Dice el director del Colegio de San José de Toledo: «Tengo por muy bueno a Sala, y no tiene popularidad, porque hace cumplir» 39.
Su afán era «presentar el reglamento como el medio ordinario y el más eficaz de santificación» 40.
Le dolía que algunos educadores o formadores no supieran adaptarse a las circunstancias, que carecieran de sentido común, que no estuvieran pendientes del bien de los alumnos. En carta del 13 de noviembre de 1928 se atreve —dado su carácter, resulta en él casi una osadía— a decir al Director General. «Por Dios y por los santos, don José Avila, que dé a los probandos buenas dosis de sentido común, para que puedan exigirlo a sus subordinados. Triste es decirlo, pero algunos Operarios son muy buenos teóricos; pero, como hombres prácticos, son una calamidad. No saben exigir. Parece que, cuando están con la comunidad, no ven, ni oyen, ni tienen alma. Perdone la expresión. A casi todos nos tocará algo el mea culpa. Que Dios nos bendiga y saque bien de todas estas deficiencias, que no proceden de mala voluntad» 41.
RECTOR DEL SEMINARIO MENOR DE TOLEDO
El día 23 de agosto escribe en su Crónica don Benjamín Miñana: «Don José Sala escribe que acepta la dirección del Colegio de Toledo, confiando en Dios» 42.
Su actuación al frente del Seminario Menor es unánimemente elogiada por cuantos lo conocieron y trataron, sobre todo por quienes fueron alumnos suyos.
Dice el sacerdote toledano don Ángel Rodenas Montañés: «Don José Sala fue rector del Seminario Menor de Toledo durante muchos años, cargo que desempeñó muy dignamente, interesándose por la formación espiritual y por la ayuda material de los seminaristas, favoreciendo especialmente a los pobres» 43.
Don Victorio Garrido Moset, que también fue alumno del siervo de Dios, testifica: «Desempeñó el cargo de rector del Seminario Menor muy extraordinariamente, fomentando mucho la vida de piedad en los seminaristas, dándoles puntos de meditación casi diariamente, orientándoles también para que llevaran la dirección espiritual fructuosamente. También fomentaba mucho nuestro interés por el culto y la liturgia, promoviendo nuestro interés para hacernos vivir los tiempos litúrgicos del año» 44.
A todos llamó la atención el cariño verdaderamente maternal del siervo de Dios para con sus seminaristas, especialmente para con los enfermos. Dice un testigo, sacerdote Operario: «Desempeñó sus cargos muy bien, con prudencia y discreción y mucho celo, atendiendo muy bien a los seminaristas, para los que era como una madre, especialmente con los enfermos» 45.
La hermana del siervo de Dios, sor Teresa, dice: «Sé que atendía a todas las necesidades espirituales y temporales de los seminaristas. Recuerdo que me decía que tenía que hacer de madre de los pequeños, inclusive teniéndoles que coser los zapatos. Sé que todos los seminaristas le querían mucho» 46.
«Don José era estimado y lo consideraban sus superiores como un rector de los mejores, y con sus súbditos se portaba como un padre» 47.
Don Casimiro Sánchez Aliseda, que tanto trabajó por promocional- la liturgia en España, declara que el siervo de Dios José Sala Picó era muy competente en el gobierno del Seminario, «sabiendo adaptarse a los niños y comprenderlos. Además, era metódico, ordenado y de gran ingenio en ciertas cosas, como el monumento de Semana Santa, que él mismo había hecho. Era también candoroso y mortificado. El recuerdo, ligado a mis años infantiles, es muy grato... Ante mi recuerdo aparece como el rector ideal para los niños por su abnegación y dedicación a ellos, tanto que él hacía también de mayordomo y llevaba la contabilidad de nuestros pequeños gastos.
»Recuerdo particularmente su amor a la liturgia, y él fue quien nos animó a comprar un misal en segundo de Latín y, de hecho, en sus tiempos casi todos los alumnos llegaron a tener misales para seguir mejor la santa misa» 48.
El sacerdote operario don Guillermo Valle Salomón actuó con el siervo de Dios en el Seminario Menor de Toledo los dos últimos cursos. A los tres meses de convivir con él escribe, el día 24 de diciembre de 1934: «Cada día me gusta más el sistema de don José» 49. Y en el proceso declara: «Para mí, era el modelo de rector del Seminario Menor en aquellos tiempos. Se preocupaba grandemente de la formación espiritual de los alumnos. Todos los días daba la meditación hablada y todos los días les hacía la lectura espiritual comentada. Era muy amante de solemnizar las funciones litúrgicas y las fiestas con cánticos y procesiones...
»Rezaba el oficio divino en el coro y se confesaba semanalmente en la misma iglesia delante de los seminaristas. En el aspecto material también llevaba magníficamente el Seminario; se preocupaba de que hubiese mucha limpieza y orden en todo, procuraba que la comida fuese abundante y buena.
»A pesar de su aspecto de dureza externa, tenía un cariño como de madre para con todos» 50.
PERFIL DE SU ACTUACIÓN
Lo dejó reflejado el mismo siervo de Dios en una relación que pidió a todas las casas el siervo de Dios Pedro Ruiz de los Paños, Director General de la Hermandad, y que don José Sala contesta el día 8 de mayo de 1934. Dice así:
«En respuesta a lo que se pide en la 'Hoja Mensual' de marzo:
»1.° Casi todos los días adaptación por un superior de la meditación a las necesidades del día del seminarista. [Esta adaptación la hacía diariamente el siervo de Dios.]
»2.° Casi todas las noches, en la primera mitad del curso, instrucción de diez o quince minutos, encaminada a hacer vivir sobre-naturalmente el reglamento, desde el despertar de la mañana hasta el despertar de la mañana siguiente, analizando paso a paso, con toda detención, las distintas acciones del día: la piedad en sus variadas manifestaciones, el estudio, la disciplina. [También sabemos por los testigos que corría a cargo del siervo de Dios. Y esto durante catorce años.]
»3.° Se dan normas para la meditación, exámenes, confesión y comunión sin rutinas y provechosas; visitas particulares a la capilla, lecturas, etc. En una palabra, se presenta el reglamento como el medio ordinario y el más eficaz de santificación. [En este punto era muy mirado el siervo de Dios.]
»4.° También se tienen conferencias y prácticas litúrgicas para intervenir en los actos de culto, singularmente en la santa misa, rezada y cantada, recomendando el uso del misal a los que sólo asisten.
»5.° Los sábados se tienen conferencias y prácticas de urbanidad, media hora; los domingos, media hora, lección y explicación del catecismo diocesano.
»6.° También los sábados se tienen breves ejercicios de declamación.
»7.° Los alumnos de 3." y 4.° de Latín se ejercitan en preparar composición para El Correo Josefino, bajo la dirección de un superior.
»8.° Se dan temas para desarrollar en las vacaciones de verano, apropiados a los estudios que tienen realizados y para que se acuerden de conservarse seminaristas.
»9.° Al final del curso se leen los opúsculos La perseverancia del seminarista y Las vacaciones del seminarista.
»10.° Al salir de vacaciones les entrega el padre espiritual, uno a uno, hojas de Ratio mensis, para que den cuenta cada mes de su conducta espiritual durante el verano y puedan recibir normas y alientos.
»11.° Se les recomienda que escriban todos los meses al rector y se les contesta, avivando en ellos el fuego sagrado de la vocación.
»12.° Practican todos los años cuatro días completos de ejercicios espirituales, antes de la fiesta de Cristo Rey, y todos los meses el retiro con una plática y dos meditaciones habladas.
»13.° En la segunda mitad del curso tienen lectura, por la noche, con comentarios, y de cuando en cuando se reproducen instrucciones hechas en la primera mitad del curso sobre piedad, liturgia, estudio, disciplina.
[A continuación señala un punto importante, que llamó la atención de don Casimiro Sánchez Aliseda. Ya hemos visto que al siervo de Dios le daba verdadero asco el dinero, que le proporcionaba auténticas angustias la administración. Pero porque el llevar las pequeñas cuentas de los alumnos le facilitaba un trato más asiduo con cada uno de ellos en particular, pudiendo hablarles más veces en privado e individualmente, se cargó gustoso con esta tarea. Don José creía en la formación personalizada.]
»14.° Por cuidar el rector de la administración, todos se ponen en contacto con él con frecuencia. Se aprovechan estas ocasiones para corregir y alentar a solas a los que lo necesitan» 51.
DESPEGÁNDOSE DE LA TIERRA
Hombre tan sensible y con tanto sentido de la rectitud y la justicia, sufrió mucho los últimos meses de su vida viendo los derroteros por donde llevaban a España los gobernantes antirreligiosos, antipatriotas. Escribe el día 2 de marzo de 1936: «Por don Andrés Verge hemos sabido algo de sus preocupaciones después del fatídico 16 de febrero. Tampoco aquí han faltado inquietudes. Por el presente nos dejan vivir. ¡El Señor derramará, como siempre, sus misericordias sobre nosotros!»
Pero todas sus inquietudes y zozobras se resuelven en esta frase con que culmina la carta: «Un motivo más para despegarnos de la tierra».
Veía la desbandada que podía surgir en el Seminario, y le preocupaba sobre todo la vocación de sus seminaristas. Dice también en la misma carta: «Han intentado algunos padres llevarse los chicos, por miedo. El prelado no ha querido y todos continúan» 52.
El día 16 de marzo de ese mismo año 1936 ve cómo se va llenando de tormentas el horizonte: «Por el momento continuamos la vida normal. Los sucesos de la semana pasada produjeron algún desasosiego, pero ahora las noticias son más optimistas... Esperamos que nos dejarán terminar el curso en paz. La perspectiva gris es para lo futuro. ¡Dios sobre todo!» 53.
Una de sus últimas cartas es del día 1 de abril de 1936, primer centenario del nacimiento del Beato Manuel Domingo y Sol. Escribe al siervo de Dios Pedro Ruiz de los Paños, y le dice: «Por hoy todavía vivimos. Mañana, Dios dirá. Mucho se habla de próximos y graves acontecimientos. El prelado aparece muy sereno.
»Que nuestro padre Fundador, desde el cielo, nos alcance del Señor misericordia. Se lo pedimos al conmemorar el centenario de su aparición en la tierra.»
Le da noticia de dos sobrinos que don Pedro tenía en el Seminario Menor de Toledo, y añade:
«Dicen que en la Casa del Pueblo entran las armas con todo descaro y que las modistillas no dan abasto a la confección de trajes y emblemas comunistas.
»¡Dios nos coja bien dispuestos!» 54.
Como si intuyera que alguna de aquellas armas iba a segar la vida de los siervos de Dios dentro de muy pocos meses.
CAPITULO IX
VIRTUDES DEL SIERVO DE DIOS JOSÉ SALA PICO
Ya han quedado de manifiesto, a lo largo de la síntesis biográfica, muchas de las virtudes del siervo de Dios. Iremos viendo en este capítulo con más detención algunas de las virtudes que destacan las personas que lo trataron más de cerca.
TODO PARA EL SEÑOR
Lo primero, Dios. Ese era el lema de don José Sala. «Para él, la capilla era lo principal, y sus ahorros y las limosnas que podía obtener se invertían en ornamentos, flores, etc. El altar en los días de fiesta o durante el mes de mayo era un trasunto del cielo. Cada año había de presentar una mejora, una sorpresa. ¡Cómo recorría los almacenes de Barcelona en busca de objetos para la capilla de su colegio de Toledo! Así no faltaba nada allí y todo era rico y hermoso» 1.
Dice un antiguo alumno suyo: «Poseyó una piedad muy acendrada, manifestada en su devoción al Santísimo Corazón de Jesús, a la Virgen Santísima y a San José, de quien aseguraba que era el verdadero Amo de la Casa» 2.
Su hermano Ramón declara: «En él predominaba la devoción a la Santísima Eucaristía, Sagrado Corazón de Jesús y a San José. Las fiestas del Santísimo, en el Corpus, las preparaba con mucha ilusión y entusiasmo, haciendo arcos y otros adornos. Yo veía cómo se preparaba durante bastante tiempo para la celebración de la santa misa y cómo, después de ella, prolongaba durante mucho rato la acción de gracias» 3.
Otro de sus antiguos alumnos testifica: «Era profundamente religioso y tenía sumo cuidado del culto, dotando a la capilla de los mejores ornamentos y objetos de culto» 4.
Todo esto nacía de su fe, alimentada constantemente en la oración. Fe y oración están tan íntimamente unidas que, como dice el Papa Juan Pablo II, «nuestra fe se manifiesta sobre todo en el espacio que concedemos a la oración en el centro de nuestro ministerio» 5. Y, según San Agustín, «si falta la fe, perece la oración. La fe es la fuente de la oración, y no puede correr el arroyo si se agota el manantial... Creamos, pues, para orar y, para que no desfallezca la fe con que oramos, oremos. La fe hace manar la oración, y la oración, en brotando, consigue la firmeza de la fe» 6.
Don José, porque era hombre de fe, era hombre de oración. «Era madrugador, y antes de que la comunidad se levantara ya tenía hecha su meditación. Era frase común entre los porteros: 'Don José, si no está en su habitación, se hallará en el coro, orando ante el Santísimo'» 7.
Un sacerdote Operario que estuvo muy cerca del siervo de Dios durante algunos años testifica: «Poseía un elevadísimo espíritu de fe» 8. Y este espíritu se nutría de oración: «Se admiraba en él un sentido profundamente religioso» 9.
Es una afirmación constante de cuantos lo trataron. Dice don Anastasio Granados: «Destacaba su espíritu de abnegación y de oración» 10.
«Poseyó una piedad muy acendrada» 11. «Era un hombre de oración» 12.
Este espíritu de fe hacía que supiera sobreponerse a las dificultades más duras. El sacerdote toledano don Antonio Vargas Carrillo, que convivió con el siervo de Dios el último curso en el Seminario de Toledo, ayudándole, certifica la consternación que sintió don José ante el triunfo del Frente Popular porque preveía los gravísimos daños que iban a seguirse para la Iglesia y para España. Y añade: «Reaccionó pronto, advirtiendo que en su calidad de rector debía infundir ánimo y confianza a profesores y a superiores, todos en edad muy joven, y dio muestra de firmísima confianza en el poder de Dios y en la promesa del Corazón de Jesús de reinar en España» 13.
HUMILDE DE CORAZÓN
La virtud que brilló de una manera especialísima en don José Sala fue la humildad. La aprendió de Cristo el Señor, en el trato íntimo de la oración. Es tan difícil la virtud de la humildad, que sólo Dios la enseña. Con razón dice San Agustín: «No serás humilde sino mirando a quien por ti se hizo humilde. Aprende de Cristo lo que no aprendes del hombre: en El está la norma de la humildad; quien a El se llega, primero es formado en humildad, para después ser honrado en la exaltación» 14.
Don Jaime Flores atestigua: «Don José Sala era de carácter más bien humilde, bondadoso, paternal y que procuraba ocultarse a las miradas de los demás» 15.
En el siervo de Dios era tan natural esa humildad, que parecía imposible que él fuera de otra manera. La humildad le nacía de lo más hondo y le llevaba a una sobriedad exquisita, a una pobreza muy grande. «En él las virtudes predominantes fueron la humildad, la sobriedad, el espíritu de pobreza, tanto en el vestir como en las demás cosas de la vida. Sé que en su vestido y cosas personales era muy austero y procuraba usar las cosas hasta su total desgaste. La mayor característica en él creo que era la humilde bondad» 16.
Es una definición acabada de este siervo de Dios.
Sabía ser humilde sin ostentación, con la espontaneidad de quien se encuentra en su sitio estando el último. A mi modo de ver, lo ha reflejado en pocas palabras un testigo: «Era de una sencillez humilde» 17.
Cuando hablaban bien de él, estaba convencido de que le miraban con lentes de gran aumento, como él mismo decía; que lo consideraban demasiado; que engañaba con su apariencia de bondad, a la que llama «bobería» 18.
Esa humildad le llevaba a saberse adaptar estupendamente a los alumnos pequeños de su Seminario, haciéndose todo para todos. Dice un sacerdote toledano que fue alumno del siervo de Dios: «Fue también humilde, llevándole esta humildad a hacerse casi niño con los niños» 19.
El doctor don José Rivera Lema conocía muy bien a Don José por las muchas veces que, como médico, había visitado el Seminario. Y vio y comprobó repetidas veces, y así lo testificó, que «en él predominaba la virtud de la humildad» 20.
Era algo que impresionaba. Y a este doctor le impresionó. La humildad no abandonó a don José ni en el acto cumbre, en el momento solemne del martirio. Don José Rivera, que fue testigo presencial de su fusilamiento, quedó impresionado una vez más por esta característica del siervo de Dios. Dice: «Iba con la misma humildad con que yo le había conocido siempre» 21.
Porque fue humilde, cautivó a Dios, que quiso ensalzar a su siervo José Sala con el don eximio del martirio, ese don concedido a pocos 22. Y es que, como dice San Juan de la Cruz, «para enamorarse Dios del alma no pone los ojos en su grandeza, mas en la grandeza de su humildad» 23.
NO HAY HUMILDAD SIN AMOR
Eso dice Santa Teresa de Jesús: «Porque no puedo yo entender cómo haya ni pueda haber humildad sin amor, ni amor sin humildad; ni es posible estar estas dos virtudes sin gran desasimiento de todo lo criado» 24.
Por eso, quienes trataron a don José Sala aseguran que «era caritativo en grado sumo» 25.
«La virtud predominante de don José Sala era la caridad para con el prójimo, ya que se desvivía por todos» 26.
Derrochó caridad sobre todo con los enfermos. Si don José Sala tuvo alguna manía, ésta fue la de preocuparse por los enfermos, atenderlos con cuidado paternal. Lo hacen resaltar todos los testigos en el proceso. Pero bastaría leer sus cartas. Es rara la carta de don José Sala en la que no hable de los enfermos como de su gran preocupación.
«Puso de relieve su exquisita caridad con los enfermos. El vigilaba su temperatura, administraba los medicamentos y frecuentemente los acompañaba» 27.
Pero su caridad se extendía a todos. Siendo de apariencia seria, se ganaba el corazón de cuantos tenía a su cargo por la finura de su caridad. «Creo que le distinguía un amor muy grande a los seminaristas» 28.
«Don José Sala era de carácter serio y, no obstante, se ganaba las simpatías de cuantos le trataban y sobre todo de los seminanstas» 29.
Don Anastasio Granados asegura que «cuando lo hicieron rector del Seminario Menor, manifestó unas cualidades de afabilidad y equilibrio que le hicieron muy agradable» 30.
Y un antiguo alumno del siervo de Dios declara: «Tenía mucho interés para con sus súbditos, y aunque a veces era algo intransigente, nos trataba como un padre» 31.
Es constante este binomio en las declaraciones de los que lo conocieron: «Don Jasé Sala era serio, pero atentísimo y cariñoso con todos» 32.
La caridad para con los seminaristas era de una delicadeza maternal. Dice don Tomás Torrente: «Desempeñó sus cargos muy bien, con prudencia y discreción y con mucho celo, atendiendo muy bien a los seminaristas, para los que era como una madre, especialmente con los enfermos» 33.
«Tenía que hacer de madre de los pequeños» 34.
Su caridad para con los seminaristas descendía a las cosas de cada día, ya que, como dice el Concilio Vaticano II, «la caridad no hay que buscarla únicamente en los acontecimientos importantes, sino, ante todo, en la vida ordinaria» 35. Y ahí es donde cumplía a la perfección don José Sala. Don Andrés Verge, rector del Seminario Mayor de Toledo en aquel entonces, cuenta cómo le gustaba a don José preparar con finura exquisita la fiesta del reservado, y dice: «Como le viera un día en lo alto de una escalera ultimando los preparativos de la fiesta en el artístico claustro de la casa, le indiqué que podría subir uno de los seminaristas mayores, y él me respondió: 'Estas cosas más difíciles y peligrosas las hago yo, pues no quiero que corran ningún riesgo en ello los alumnos'» 36.
Dice un sacerdote que fue alumno suyo: «Tenía una preocupación especial para que la comida de los alumnos fuera buena y abundante» 37.
Dice don Romualdo Carrillo: «Le distinguía un amor muy grande a los seminaristas» 38. Eran los prójimos, sus próximos.
Dice don Andrés Verge: «Trataba con cada uno en particular y conocía muy bien a sus alumnos y hasta la situación de sus familias... Advertía, corregía, alentaba a todos cual madre cariñosa y solícita que cuida de sus hijos...
»No era melindroso en el trato, más bien era adusto; pero ¡qué grande era su corazón! Se desvivía porque Dios fuera amado y servido. Con ser muy pobre el Seminario Menor, bien sabían los necesitados que de allí siempre sacaban algo...
»La grandeza de su corazón la experimenté más de una vez en esas ocasiones en que uno queda como agobiado, aplastado por la contradicción, cuando más falta hace la mano del amigo, la palabra del hermano. Y eso ha sido muchas veces para mí nuestro don José. ¡Cómo sabía dulcificar la tribulación! Siempre dispuesto para orientar, sus palabras eran bálsamo para el corazón, luz para el entendimiento, lenitivo en la pena, aliento en la lucha» 39.
CUMPLIDOR EXACTÍSIMO DE SU DEBER
Esto era una de las fuentes más fecundas de su santificación, de su entrega a Dios, sirviendo a los demás.
Testifica don Juan Sánchez Hernández: «Como hombre muy de Dios, le conocí consagrado enteramente al cumplimiento exacto, prudente, humilde y abnegado de sus deberes, tanto como sacerdote que como educador de seminaristas» 40.
Don Tomás Torrente atestigua: «Vivía constantemente el espíritu de sacrificio en el cumplimiento de sus obligaciones como formador de seminaristas» 41.
Don Guillermo Valle, que también convivió con el siervo de Dios, dice: «Don José Sala era muy piadoso, mortificado y exactísimo en el cumplimiento del deber para sí y para los demás» 42.
El sacerdote toledano don Ángel García de Blas Rojo dice: «Don José Sala era muy virtuoso y cumplidor de su deber» 43.
MUY MORTIFICADO
Según don Anastasio Granados, que trató a don José Sala durante muchos años, primeramente como alumno y luego como profesor del Seminario, dice: «Don José Sala era hombre muy piadoso y muy cumplidor de su deber. Yo creo que era muy humilde y muy mortificado» 44.
Sor Teresa, hermana del siervo de Dios, afirma: «Predominaban en él las virtudes de la humildad, mortificación y en grado extraordinario la caridad» 45.
Don Guillermo Valle también pondera el espíritu de mortificación del siervo de Dios: «Don José Sala era muy piadoso, mortificado y exactísimo en el cumplimiento del deber... Era cosa corriente entre los seminaristas que don José los viernes 'cojeaba', y decían que era porque llevaba los cilicios muy apretados» 46.
Y don Casimiro Sánchez Aliseda dice: «En don José Sala sobresalían la abnegación, la pureza y el amor a sus súbditos» 47.
OBEDIENCIA CORDIAL
Esa era la obediencia que inculcaba a los Operarios el Beato Manuel Domingo y Sol. Una obediencia caracterizada por la fraternidad, obediencia de familia. En la familia se ama y, por eso, no cuesta obedecer. En la familia se identifican obediencia y amor.
«Nuestra obediencia, mejor que completa, debe ser cordial..., bastándonos... las meras indicaciones que se nos hagan, porque es mejor obediencia» 48. «Hemos de estar dispuestos siempre y en todo, pero con cordialidad, sin necesidad de mandato. Este debe ser el distintivo» 49.
Y éste fue el distintivo de este «buen Operario», de este «buenísimo Operario», como lo llamaba siempre don Benjamín Miñana.
Recordemos su actitud cuando fue nombrado mayordomo del Seminario de Segovia. Expuso sus dificultades, sus repugnancias. Y luego, aceptó cordialmente.
Otro día —era por noviembre de 1933— escribe don José Sala al Director General, siervo de Dios Pedro Ruiz de los Paños, compañero de martirio, sobre un tema muy concreto.
A don José lo llamaba la madre superiora del convento de Santa Isabel de Toledo para que confesara a una monja, primero cada mes, después cada tres semanas, luego cada quince días y finalmente todas las semanas.
Había sido confesor anteriormente otro sacerdote, recio como una encina, de esos a quienes les gusta atornillar hasta el extremo. Dice don José Sala que ese sacerdote «quedó provisionalmente como confesor ordinario. Al poco tiempo se tiraron, como suele decirse, los trastos a la cabeza, y se retiró o lo echaron. Poco después, a primeros de septiembre del año siguiente, me llamaron a mí para una religiosa».
La madre superiora quería que don José fuera asiduamente al convento. «Entonces le dije yo que, aun cuando tenía tres hermanas religiosas, no sólo no era por temperamento 'monjero', sino que temía a las monjas... Si pueden arreglarse prescindiendo de mí, mucho mejor. Con todo, no me opongo a atender a la que me necesite siempre y cuando no sea en detrimento de mis obligaciones en el Seminario» 50.
A don Pedro le pareció que era mejor prescindir de ese ministerio. Don José Sala no duda ni un instante. Escribe el día 9 de diciembre de 1933: «En mi poder su carta del 27 del pasado noviembre. Enterado de su contenido, y convencido de que no hay nadie necesario en este pícaro mundo, he despedido definitivamente a la monja del cuento» 51.
Y se alegró por doble motivo: primero porque así obedecía y segundo porque la tal monjita «es un poco entretenida en manifestar sus cosas» 52.
Ni chistó, ni rechistó. Y eso que al siervo de Dios le agradaba mucho confesar. De hecho, en vacaciones «atendía con mucho celo el confesonario y la dirección de las almas, porque decía que con ello se hacía mucho bien» 53.
Don Anastasio Granados asegura que el siervo de Dios «se mostró muy respetuoso y obediente». Y añade algo muy importante, porque, de ordinario, sólo el que sabe obedecer sabe mandar. «En cuanto a su relación con los súbditos, era muy buen rector de pequeños, pendiente de todos sus detalles» 54.
Al sacerdote toledano don Antonio Vargas Carrillo, primeramente alumno de don José y en la última época de la vida del siervo de Dios colaborador suyo en el Seminario Menor, le impresionó mucho la obediencia cordial de don José Sala: «Siempre le oí hablar con veneración y respeto de sus superiores» 55.
Don Juan Sánchez Hernández habla de la ejemplaridad de la obediencia de don José Sala 56. Y don Tomás Torrente, que conoció muy bien al siervo de Dios, dice que «se condujo con mucho espíritu de obediencia» 57.
Don Victorio Garrido Moset, que fue alumno del siervo de Dios, testifica: «Llamaba la atención la docilidad que tenía al rector del Seminario Mayor, que de alguna manera se le consideraba como superior suyo» 58.
Y así lo consideraba don José. En carta de 2 de julio de 1927 dice al Director General: «En esto, como en todos los asuntos, procuro estar siempre de acuerdo con don Juan José [Salomón], a quien considero aquí como inmediato representante de usted» 59.
En sus cartas habla constantemente en este sentido. El rector del Seminario Mayor disponía sobre las vacaciones de verano, sobre las fechas de los ejercicios espirituales. Cuenta con él para las obras que ha de realizar en el colegio, para cualquier asunto que se saliera de lo corriente, y le tenía informado de todo 60.
Diríamos que gozaba en obedecer, porque era caritativo y abnegado. Porque sabía seguir a Jesucristo. Y, como dice el Beato Manuel Domingo y Sol, la obediencia fue «tan amada de Cristo, que ¡treinta años la vivió!, ¡y cómo! El, pues, la santificó» 61.
CAPITULO X
MARTIRIO DEL SIERVO DE DIOS JOSÉ SALA PICO
Don José Sala estaba convencido de que un día sería mártir. Había aprendido desde niño, de labios de su padre, la gloria de dar testimonio de Cristo con la propia sangre. Y esas enseñanzas caseras son las que jamás se olvidan.
Dice don Guillermo Valle: «El padre de don José Sala había pedido al Señor la gracia de tener un hijo mártir» 1.
Parecía lo más normal que fuera el hijo sacerdote quien testificara la fe con el martirio, porque es el buen pastor quien debe dar la vida por las ovejas 2.
ESTABA PREPARADO PARA EL MARTIRIO
Don José Sala estaba bien preparado para el martirio, y lo deseaba, porque, como nos han dicho los testigos en el proceso, «era caritativo en grado sumo» 3, y «nadie tiene amor más grande que el que da la vida por los amigos» 4. Amaba muy profundamente al Señor. Amaba muy de corazón a los hermanos. Por eso, no es de extrañar que se sintiera llamado «a dar este supremo testimonio de amor» en el martirio, que «la Iglesia estima como un don eximio y la suprema prueba de amor» 5.
Don José Sala vivía en perfecto desasimiento. No estaba apegado a la tierra para nada. En las persecuciones que se iban incrementando contra la Iglesia, de manera descarada, sobre todo a partir del 16 de febrero de 1936, él veía «un motivo más para despegarnos de la tierra» 6.
El vivía despegado, desasido, porque sólo se sentía atraído por el Señor, a quien se había entregado radicalmente. Y como dice Santa Teresa de Jesús, «quien de verdad comienza a servir al Señor, lo menos que le puede ofrecer es la vida... No ha de volver las espaldas a desear morir por El y pasar martirio» 7.
Para el siervo de Dios lo mejor era poder dar la vida como prueba del amor a Jesucristo. Nos dice su hermano Ramón Sala Picó: «En el año 1935, durante las últimas vacaciones que pasó en mi casa de Barcelona, al insistirle yo que se proveyera de traje de paisano por el peligro que podíamos correr, me contestó: 'No te preocupes, ¡angelitos al cielo!; lo mejor que podemos dar es la vida por Cristo'» 8.
En esa actitud vivía, es decir, caminaba, tendía con prisa hacia el Señor. Veía la posibilidad del martirio y no volvía las espaldas, como dice Santa Teresa.
En aquellos años turbulentos que precedieron a su muerte dice su hermano Ramón que, «al hablar de la posibilidad de ser mártires, recordábamos lo que nuestro padre nos decía, al contarnos el martirio de los primeros cristianos y de los hijos Macabeos: que deseaba ver a alguno de nosotros morir mártires y comprobar si, como aquéllos, alentábamos a los demás hermanos al martirio» 9.
ALENTABA A LOS HERMANOS
El siervo de Dios alentaba a su hermano: «Lo mejor que podemos dar es la vida por Cristo.»
Tenía dos hermanas religiosas jerónimas en el convento de San Pablo de Toledo. La hermana más pequeña profesó en Seo de Urgel. Escribe el día 19 de mayo de 1925: «Hoy habrá profesado, en Seo de Urgel, de votos simples, mi hermana pequeña, gracias a Dios» 10.
A las hermanas de Toledo las alentaba al martirio, animándolas para que estuvieran dispuestas a aceptarlo, a que se lo pidieran a Dios. Nos lo narra su hermana sor Teresa: «El 20 de julio de 1936 estuvo en el convento y nos dijo que la ciudad de Toledo estaba ya en estado de guerra y que la revolución había llegado, y que había venido a felicitar a la otra hermana religiosa, llamada Magdalena, porque el día 22 ya no iba a poder venir y que, desde allí, se iba a que le hiciesen el traje de paisano, porque lo tendría que necesitar» 11.
Me parece que conviene hablar un poco del traje de paisano de don José Sala. Ya hemos visto que en el verano de 1935 su hermano Ramón le insistía para que se lo hiciera. Pero el siervo de Dios no se preocupaba de eso.
Como el Director General de la Hermandad había dispuesto que se lo hicieran los Operarios, don José Sala obedeció. Dice don Tomás Torrente: «Don Pedro dispuso que nos pusiéramos de paisano» 12.
Pero ¡qué traje! Claro, se ve que lo hizo a imagen y semejanza del que tenía el Director General. Como habían de ir juntos al martirio, estrenando traje, debían ir uniformados, como buenos soldados de Cristo.
Con no pequeño eufemismo y muy buena voluntad, don Juan Sánchez Hernández habla del traje de don Pedro: «En Plasencia se nos ofreció ocasión de ver el traje de paisano... Mes y medio después, por fin, de lucirle en el día último y más feliz de su vida: el del martirio» 13.
Era un traje exactamente igual al de don José Sala. Ambos pensaban en el encuentro definitivo con el Señor, y no en lucir trajes. Dice uno de los testigos presenciales del martirio: «Don Pedro llevaba un blusón de dril... Don José Sala iba vestido con un blusón de dril y con aspecto sereno» 14.
Su traje auténtico era ése: con aspecto sereno. Había llegado su hora y sentía en lo más hondo de su ser la oleada enorme de la paz en medio de la guerra.
El blusón es traje de trabajo, de faena. Los dos siervos de Dios iban a realizar el trabajo cumbre de la vida. ¿No llamamos trabajos a los padecimientos, a las molestias, a los sacrificios? El blusón era lo más parecido a la sotana, casi, casi talar. Para aquella concelebración, en la que se ofrecían ellos mismos, los dos siervos de Dios querían ir vestidos de la manera más próxima a la de sacerdotes.
Antonio Ancos Miranda, entonces seminarista, que convivió con los siervos de Dios en el Seminario hasta las nueve de la noche del día 22 de julio de 1936, dice que, en la exhumación de los cadáveres, reconoció «a don Pedro por el blusón que llevaba al salir del Seminario», y «don José Sala fue encontrado en la misma fosa y reconocido asimismo por el blusón que llevaba puesto al salir del Seminario» 15.
Pero sigue diciendo sor Teresa, la hermana de don José: «Nos alentó a las religiosas a que confiáramos en Dios Nuestro Señor y a que estuviéramos preparadas para lo que pudiera venir: que el Señor exigiría que hubiera mártires para reinar en el mundo, y que debíamos ofrecernos para que nos escogiera a nosotras, porque era una gloria muy grande ser mártires y una dicha muy grande, que no a todos concede el Señor, y no sabíamos a quién escogería... El se daba cuenta de la proximidad del peligro que iba a correr y se le veía preparado para ser mártir» 16.
Desde el cielo, el señor don Jacinto Sala, padre del siervo de Dios y de sus once hermanos, contemplaba con orgullo santo cómo uno de sus hijos, al igual que los Macabeos, alentaba a los otros al martirio, tal como él lo deseaba, tal como lo había pedido y tal como el hijo sacerdote lo cumplía a la perfección.
Puede surgir una duda. ¿No sería falta de humildad, en el humilde don José Sala, desear el martirio?
Prefiero que responda Santa Teresa de Jesús: «Siempre la humildad delante para entender que no han de venir estas fuerzas de las nuestras; mas es menester entendamos cómo ha de ser esta humildad, porque creo el demonio hace mucho daño para no ir adelante gente que tiene oración, con hacerlos entender mal de la humildad, haciendo que nos parezca soberbia tener grandes deseos y querer imitar a los santos y desear ser mártires» 17.
IMPRIMIÓ SU PROPIA FISONOMÍA
Don José Sala aspiraba al martirio y encendía deseos de martirio. El sacerdote toledano don Victorio Garrido Moset, que fue alumno del siervo de Dios, declara: «De don José Sala puedo testificar que, en las meditaciones sobre la vida de los mártires, nos hablaba con mucha unción del martirio, manifestando deseos de que el Señor nos concediera esta gracia» 18.
Don Guillermo Valle, sacerdote Operario, que vivió con don José Sala los dos últimos cursos en el Seminario Menor de Toledo, afirma: «Estoy completamente cierto que don José Sala aceptaba el martirio, puesto que hasta el 21 de junio de 1936, día en que yo salí de Toledo, en el Seminario se respiraba ambiente de martirio, dada la difícil situación creada por la República y los alborotos que ya había por las calles. En aquellos meses se hablaba, aun entre los mismos seminaristas, de martirio» 19.
Ese ambiente lo creaba sin esfuerzo, espontáneamente, el rector del Seminario Menor, don José Sala. Y es que, como decía su compañero de martirio, siervo de Dios Pedro Ruiz de los Paños, «los seminarios tendrán nuestra propia fisonomía y llevarán nuestro ritmo» 20. «Visto el Seminario en sus diversas manifestaciones, está patente el alma de quien lo dirige» 21.
DIAS PREVIOS AL MARTIRIO
Los testimonios aducidos para los días previos al martirio y para el martirio del siervo de Dios Pedro Ruiz de los Paños son válidos para el siervo de Dios José Sala Picó. Juntos convivieron en el Seminario Mayor de Toledo los días precedentes al martirio, juntos salieron del Seminario en la noche del 22 de julio de 1936 para refugiarse en la casa del sacerdote don Alvaro Cepeda y juntos fueron detenidos, por ser sacerdotes, obteniendo juntos la palma del martirio el día 23 de julio de de 1936, en el Paseo del Tránsito de Toledo.
Como ya vimos anteriormente, don Jaime Flores Martín, que pasó con los siervos de Dios aquellos días previos al martirio, cuenta el clima que logró crear don Pedro Ruiz de los Paños, exhortando continuamente a todos los reunidos a dar la vida por Cristo y encareciendo la gloria y honor de ser mártires.
Conociendo los deseos de martirio que albergaba don José Sala, debió pasar unos días de gozo intenso al ver que se aproximaba la hora que tanto había anhelado.
Dice don Jaime Flores: «Todos ellos mostraron deseos del martirio y hablaron de ello durante los días 19, 20, 21 y 22 de julio de 1936, en que ya se preveía la posibilidad de tal trance... Don José Sala estaba lleno de alegría, al sentir próxima la muerte, porque, decía, ha llegado la hora en que Dios quiere cumplir el deseo de mi padre de tener un hijos mártir; y no quería esconderse, para encontrar más fácilmente el martirio» 22.
Una vez que recibió la comunión, como viático, de manos del siervo de Dios Pedro Ruiz de los Paños, se sentía muy confiado de poder ir con Cristo al encuentro definitivo con el Padre. Testifica don Jaime Flores: «Al darnos la comunión, por viático, nos exhortaba también al martirio y todos unánimes aceptaban. Salíamos del Seminario todos convencidos de que encontraríamos la muerte en las calles cercanas y con la alegría de que esto nos llevaría al cielo...
»Todo esto lo sé de ciencia propia, por haber convivido con ellos hasta el momento de salir del Seminario el día 22 de julio de 1936, por la noche, unas horas antes de recibir la muerte don Pedro Ruiz de los Paños y don José Sala» 23.
El sacerdote don Ángel Rodenas Montañés, en aquel tiempo seminarista, también estuvo todos aquellos días con los siervos de Dios, y testifica que «hicieron vida de especial oración, pasando la mayor parte del tiempo en la capilla haciendo turnos de vela al Santísimo» 24.
Sabían estar «en capilla», como están los condenados a muerte. Sabían estar en la capilla, como Jesús estaba en la Casa de su Padre.
Don José Sala era cada vez más feliz. Llegaba su hora. Don Tomás Torrente Massó, sacerdote Operario, entonces administrador del Seminario de Toledo, que juntamente con don Jaime Flores pudo salvarse de la muerte, también estaba en el Seminario de Toledo con los siervos de Dios, y testifica: El día 22 de julio de 1936, «hacía las seis de la tarde, las empleadas de Teléfonos, que conocían a don Miguel Amaro, nos comunicaron que acababan de entrar los milicianos rojos en la ciudad y que habían matado ya a algunos sacerdotes... Bajamos a la planta baja del Seminario para estar más protegidos, percatándonos del peligro que corríamos, y en aquellos momentos recuerdo haber oído a don José Sala estas palabras: '¿Qué puede ocurrir? ¿Que nos maten? Pues bien'» 25.
Don Juan Sánchez Hernández no duda en afirmar que don José Sala, «dado el deseo vehemente del martirio, que había expresado el día precedente, cuando todavía gozaba de libertad, debió ir no solamente pacífico, sino gozoso, camino del martirio» 26.
Esta disposición de gozo ante el martirio, considerándolo como una gracia muy grande, como un honor inestimable, queda corroborada por el testimonio de don Jaime Flores, que declara: «Don José Sala me había dicho con alegría que era el momento de cumplir Dios el deseo de su padre de tener un hijo mártir» 27.
El sacerdote toledano don Ángel Salamanca Bautista, primeramente alumno del siervo de Dios y luego colaborador suyo como formador en el Seminario Menor de Toledo, afirma: «De don José Sala puedo decir que estaba preparado para el martirio» 28.
MARTIRIO
Hay que recordar todos los testimonios aducidos para el martirio del siervo de Dios Pedro Ruiz de los Paños, porque son testimonios igualmente para el martirio del siervo de Dios José Sala Picó, ya que juntos sufrieron la muerte en el martirio.
Don José Sala supo ir hasta el martirio en segundo plano, ocultándose a las miradas de los hombres, con su humildad de siempre. Los esbirros pudieron quitarle la vida; pero no pudieron quitarle su humildad.
Fue detenido, en la casa del sacerdote don Alvaro Cepeda, juntamente con éste y con don Pedro Ruiz de los Paños, hacia las siete y media de la mañana del día 23 de julio de 1936. Su comportamiento fue de humilde calma, profunda paz y plena docilidad. La esposa del señor don Julio García del Río, que los vio detenidos a la puerta de su casa, dice: «Estaban con los brazos en alto, y don Pedro, así como don José, con calma y profunda paz, dóciles a la. voz de sus verdugos, que era lo que Dios quería. Al verlos los rojos con las manos y dedos extendidos, les mandaron que cerraran la mano, pues lo otro era fascio, y cerraron el puño» 29.
Don Leandro de la Flor Pérez, quien, como practicante, había ido varias veces al Seminario Menor de Toledo, conocía muy bien a don José Sala. Fue testigo presencial de su martirio desde la ventana de su casa, a muy pocos metros del sitio donde fue fusilado. Vio cómo don José cayó al suelo y quedó muerto. Es decir, comenzó a vivir para siempre la vida verdadera 30.
Don José Rivera Lema, como médico, había ido también muchas veces al Seminario Menor de Toledo y conocía perfectamente a don José Sala. También fue testigo presencial de su martirio. Y lo vio esa última vez con la misma humildad con que siempre lo había conocido. «Levantó dos veces la vista para mirarme, que indudablemente me reconoció... Estaba entregado interiormente a Dios» 31.
Es evidente que don José jamás se había mezclado en cosas políticas. No era lo suyo. Ni él era para eso. Todos los testigos están concordes en afirmarlo, así como en testificar que fue un verdadero mártir. «Sufrieron la muerte en testimonio de la fe y por ser sacerdotes» 32.
La hermana del siervo de Dios dice: «Yo invoco a mi hermano como mártir... Sufrieron la muerte por Jesucristo» 33.
Del mismo modo, don Guillermo Valle atestigua que a don José Sala lo mataron «únicamente por ser sacerdote, y él lo invoca como mártir» 34.
Podrían multiplicarse los testimonios hasta la saciedad.
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Don Guillermo Plaza Hernández
Era todo caridad
CAPITULO XI
SÍNTESIS BIOGRÁFICA DEL SIERVO DE DIOS GUILLERMO PLAZA HERNÁNDEZ
A las cinco de la mañana del día 25 de junio del año 1908 nació Guillermo Plaza Hernández, en Yuncos, provincia y diócesis de Toledo. Fue bautizado el día 5 de julio del mismo año en la iglesia parroquial de Yuncos.
El padre del siervo de Dios era empleado de ferrocarriles. Era la suya una familia muy cristiana y económicamente débil. «Hijo de padres modestos», afirma uno de los testigos. En carta que el siervo de Dios escribe, desde Zaragoza, el 8 de noviembre de 1934 habla de las dificultades económicas en que se encuentra su casa. «De mi familia me llegan medianas noticias: mi padre casi víctima de la revolución, después de perder jornales, ha estado a punto de que le despidan de la Compañía, donde lleva treinta años, por no haber podido reintegrarse al trabajo, pues no funcionaban los trenes que debían llevarle a Madrid.
»Tengo un hermano en el servicio, sufriendo por el mucho trabajo: mi madre clama a mí por no tener para comprar ropa de invierno» 1.
INFANCIA DEL SIERVO DE DIOS
Desde muy niño acudió a la escuela nacional de su pueblo y desde muy niño también manifestó una fuerte inclinación a ir a la iglesia. Dice su padre: «El señor cura le quería mucho y, al pasar por delante de la casa en que vivíamos, le decía: 'Guillermín, vente conmigo a misa', y le llevaba con él de la mano» 2.
Poco a poco se iba encariñando con las cosas de Dios. Fue monaguillo, «y entonces iba todos los días a la parroquia y ayudaba a misa» 3.
El clima cristiano y sencillo de su casa, el trato continuo con el párroco del pueblo, el trato con el Señor en la santa misa y en las funciones religiosas fueron sembrando en su espíritu los primeros gérmenes de la vocación.
Era un niño un poco retraído. No le gustaba la algarabía y se hallaba mucho más a gusto en el hogar. Esta nota fue constante en su vida. Don Juan Sánchez Hernández tuvo como alumno al siervo de Dios en el Seminario de Toledo los cursos 1925, 1926 y 1927 4, y recuerda que don Guillermo, «en su deseo de sobrenaturalizar todas sus actividades y conversaciones, se aislaba acaso más de lo justo del conjunto de sus compañeros» 5.
Era así por temperamento. Testifica su padre: «Durante su infancia estaba casi siempre con su madre y apenas iba a jugar con los otros niños. Su madre le decía que fuera a jugar con los otros, y él contestaba que lo mismo le daba, porque estaba muy bien en casa» 6.
A los once años enfermó de gravedad y «tuvieron que hacerle una operación quirúrgica en Madrid» 7. Se restableció muy pronto; pero es posible que la enfermedad y la operación limitaran bastante sus fuerzas físicas.
VOCACIÓN
Dios se vale de todo y de todos para llamar. El sufrimiento, la enfermedad, pueden convertirse en una gracia especial. Pueden ser una llamada, una vocación.
El Señor se valió del ambiente sencillo y profundamente cristiano de la familia para llamar a Guillermo. Y yo creo que quiso servirse también de aquella enfermedad.
Su padre nos lo cuenta con una sencillez enorme, de quien no ha estudiado libros pero sabe de cosas de Dios:
«Un día me dijo que, como no servía para trabajar, quería estudiar» 8.
Las fuerzas físicas eran escasas; pero eran poderosas las energías de su espíritu. Y, como decía el siervo de Dios Pedro Ruiz de los Paños, que influyó bastante en la vida de don Guillermo, se debe exigir a nuestros aspirantes «salud competente. No es menester que sea robusta, máxime en ciertos temperamentos cuyo espíritu suple con mucho a la acción del cuerpo. A nosotros nos hace falta alma más que nada, bastando para lo demás que el sujeto pueda seguir la vida ordinaria» 9.
Las pocas posibilidades económicas sugerían al padre de don Guillermo que no debía meterse en estudios. «Yo le contesté que no tenía medios económicos para sufragar los estudios» 10. Pero el siervo de Dios no pretendía estudios caros ni carreras brillantes que exigieran muchos gastos. Quería ser sacerdote. Y cuando planteó la cuestión en este terreno, el buen empleado de ferrocarriles don Guillermo Plaza Duro no puso más dificultades. En aquella familia no había objeciones para Dios.
«El me dijo que sentía vocación hacia el sacerdocio y quería ir a estudiar al seminario. Así, a los doce años ingresó en el Seminario de Toledo, en el cual cursó los estudios de Latín, Filosofía y el primero de Teología» 11.|
ALUMNO DEL SEMINARIO DE TOLEDO
Don Anastasio Granados, que fue obispo de Palencia, testifica: «Don Guillermo Plaza era condiscípulo riguroso mío, e hicimos juntos todos los cursos de Latín, Filosofía y primero de Teología. Además éramos fraternales amigos y esta amistad perseveró hasta la muerte de él, manteniendo correspondencia cuando él ya estaba en la Hermandad de Operarios Diocesanos y yo en Roma. Algunos veranos pasó una temporada en Talavera de la Reina, donde yo vivía» 11.
El siervo de Dios habla con frecuencia de Granados en sus cartas, y parece que quería convencerlo para que ingresara también en la Hermandad.
Dice en carta de 16 de julio de 1934: «Allí (en Yuncos) recibí las noticias de Granados, que usted también sabrá. Le adjunto una carta suya que refleja su ánimo y decisión. Le he aconsejado que no sufra ni haga sufrir, viniéndose cuanto antes» 12.
El 16 de marzo de ese mismo año le ha enviado un libro, antes de su ordenación: «A Granados le envié un librito antes de ejercicios para su ordenación» 13. El 12 de enero de 1935, cuando el Director General ha pedido a los Operarios que busquen vocaciones para la Hermandad, don Guillermo Plaza dice: «No conozco otros jóvenes a no ser mi íntimo amigo Granados, de usted también muy conocido» 14.
Fue un seminarista ejemplar, intensamente piadoso, con una fidelidad exquisita al cumplimiento de su deber, con una obediencia cordial a sus superiores. Era querido por todos, tanto compañeros como educadores, dice don Juan Sánchez Hernández 15. Don Anastasio Granados nos da su juicio sobre el seminarista Guillermo Plaza Hernández: «Era un modelo de seminaristas, muy equilibrado» 16. Y asegura que tenía un gran conocimiento de él, por el trato asiduo y constante. «Le conocí desde los once años y, por tanto, toda su juventud se desarrolló con la mía. Su juventud fue muy sana e inocente... Fue siempre rectilíneo en su conducta y nunca conocí que tuviera crisis fuertes ni en conducta ni en vocación» 17.
Ni en la vocación sacerdotal ni en la vocación a la Hermandad. Ya hemos dicho que procedía de padres muy modestos. En los años de la República lo pasaron bastante mal en su casa, con estrecheces económicas que agravaban algunas enfermedades. Escribe el día 27 de noviembre de 1933 al Director General de la Hermandad: «Tengo a mi familia en malas circunstancias. Nuestro Señor les prueba con enfermedades largas y costosas» 18.
El 16 de abril de 1934: «Mi padre quería haberle visitado a usted en Madrid: no sé si le habrá sido posible. Están sufriendo los pobres agudas estrecheces» 19. Y en la carta que ya conocemos del 8 de noviembre de 1934 termina diciendo, ante la situación en que se encuentran los de su casa: «Mi madre clama a mí por no tener para comprar ropa de invierno, y yo sufriendo y luchando entre mi obligación de Operario y mi obligación de hijo» 20.
Decía su condiscípulo don Anastasio Granados que el siervo de Dios nunca había tenido crisis fuertes en su vocación. Y así es la verdad. Cuando don Pedro Ruiz de los Paños recibió la carta de don Guillermo debió pensar que éste vacilaba en su vocación de Operario. Don Guillermo contesta claramente a este punto en carta de 22 de diciembre de 1934: «No vea en esto principio de tentación; no la he tenido nunca, de modo que muchas veces he creído que pecaba por el extremo contrario: p. e., sólo estando con ellos ocho días. Si algo creyese usted notar, le agradecería me advirtiese con toda libertad» 21.
Pasó por el Seminario de Toledo siendo un seminarista cabal, cautivando por su sencillez, caridad, piedad y entrega generosa a su mejor formación 22.
EN LA HERMANDAD DE SACERDOTES OPERARIOS
Finalizado el primer curso de Teología tomó la decisión de ingresar en la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos. Lo consultó con el director espiritual del Seminario de Toledo, y no ocultó su decisión a su amigo íntimo Granados. Testifica éste: «Fui testigo de los tiempos que precedieron a su ordenación sacerdotal. Su vocación al estado eclesiástico era clara y decidida, sin ninguna duda. Su vocación a la Hermandad la trató con el padre espiritual, don Tomás Santos, y me dio cuenta de ello. Entró en la Hermandad muy contento» 23.
Esta vocación a la Hermandad tuvo origen por el trato con los sacerdotes Operarios del Seminario de Toledo, por la misión específica de la Hermandad, dedicada a la formación de los sacerdotes, y por la vida ejemplar de sus formadores. Todo esto atrajo al siervo de Dios para ser como ellos, para realizar el difícil y trascendental ministerio a que estaban consagrados.
Dice don Juan Sánchez Hernández: «La vocación a la Hermandad fue un fruto espontáneo de la convivencia con los directores de su Seminario» 24.
El padre del siervo de Dios, con su sencillez característica, cuenta cómo a él le gustaba más que permaneciera en el Seminario de Toledo, porque así estaba más cerca de la familia: que fuera sacerdote de la diócesis, porque así sus padres podrían vivir con él. Pero don Guillermo sólo buscaba estar más cerca de Dios, sirviendo al Señor donde creía que podría hacer más bien a la Iglesia. Y aunque quería mucho a sus padres, quería más a Dios y se consagró a lo que juzgaba más capital en la Iglesia, como es la formación sacerdotal.
Declara su padre: «Entonces me dijo que deseaba ingresar en la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos. Yo le exponía mi parecer de que era mejor fuese sacerdote secular, para tenerlo más cerca de la familia, y él me decía que eso no importaba, y así marchó a Tortosa, escribiéndonos desde allí y comunicándonos la noticia de haber ingresado en el Seminario de la Hermandad de Tortosa, en el cual estudió los restantes años de la carrera sacerdotal» 25.
Llegó a Tortosa el día 15 de septiembre del año 1927 26. Y ese mismo día fue admitido como aspirante, hasta que estuviera ordenado in sacris, tal como entonces se hacía en la Hermandad. Comenzó el año de probación el día 12 de agosto de 1931. Emitió los votos trienales el 12 de agosto de 1932 y 1935.
Estando en Tortosa recibió la prima clerical tonsura el día 13 de junio de 1930. Al día siguiente las órdenes menores de ostiariado y lectorado. El 1 de noviembre de 1930 las de exorcistado y acolitado. Le fue conferido el subdiaconado el día 14 de junio de 1931.
EN EL SEMINARIO DE ZARAGOZA
Siendo subdiácono fue destinado al Seminario de Zaragoza como prefecto de los alumnos de Filosofía. El día 27 de septiembre de 1931 ya se hallaba en Zaragoza 27.
Don Guillermo Plaza, entre otras cosas, llamaba la atención por su estatura. Era muy alto. En la crónica del Seminario de Zaragoza dicen cuando apenas ha llegado allí el siervo de Dios, para sustituir a don Vicente Lores: «Por más que miré y volví a mirar, no pude dar con el rostro siempre alegre de don Vicente. En cambio —y no es raro, pues su talla se deja ver bien—, divisé al momento la venerable figura de su sustituto. Es un tal don Guillermo Plaza, para quien, por cierto, no tienen los filósofos más que elogios calurosísimos» 28.
Y el rector del Seminario de Zaragoza, siervo de Dios Lorenzo Insa —martirizado el día 2 de septiembre de 1936—, dice, ante una invasión de gripe en la casa, el 20 de enero de 1932, «El gigante don Guillermo está hoy de purga y muy fácil que le toque ir a la cama pronto» 29.
Pero era mucho más alto de espíritu que de físico.
Estando ya en el Seminario de Zaragoza recibió el diaconado. Cuando lo destina a Zaragoza el Director General de la Hermandad, siervo de Dios Joaquín Jovaní, escribe al rector del Seminario en estos términos, el día 13 de septiembre de 1931: «Plaza tiene orden de procurarse las dimisorias para poder ordenarse en Zaragoza el 8 de noviembre. Después proveeremos sobre el presbiterado, si bien le faltan unos meses de edad para poder ser promovido antes de junio» 30.
Esta carta era respuesta a la que el rector de Zaragoza escribió el 11 de septiembre de 1931 al director general: «Me entero que piensa enviarnos al subdiácono probando don Guillermo Plaza. Piense si conviene se ordene pronto de diácono. Aquí hay órdenes el 8 de noviembre y probablemente no habrá más hasta junio» 31.
Pero no recibió el diaconado ni en Zaragoza ni el 8 de noviembre. Lo recibió en Pamplona el día 19 de diciembre de 1931. Comenzó los ejercicios espirituales el día 14 de diciembre 32. Y el día 16 de ese mes escribe don Lorenzo Insa al Director General de la Hermandad: «Ya han llegado las dimisorias para ordenar a don Guillermo Plaza. Saldrá el viernes para Pamplona. Ya escribí ayer al señor rector para que le facilite todo lo que sea menester» 33.
Recibió el presbiterado en Toledo el día 26 de junio de 1932. No hubo que pedir ninguna dispensa de edad: tenía un día más de los veinticuatro años que entonces se exigían para la ordenación de presbítero.
Además, tanto el rector del Seminario de Toledo como el del Seminario de Zaragoza preferían que se ordenara en Toledo, sobre todo para facilitar a sus familiares la asistencia a la ordención 34. También prefería esto el siervo de Dios Joaquín Jovaní, según carta del 31 de diciembre de 1931: «Lo de don Guillermo, como digo al mismo, conviene dejarlo para final de curso, en que habrá órdenes para los seminaristas de Toledo, y no será necesario pedir dispensa de edad» 33.
Además, así tenía más tiempo y más serenidad para prepararse adecuadamente a la ordenación. Don Lorenzo Insa escribe el día 10 de junio de 1932: «Don Guillermo saldrá el 16 para ejercicios y ordenación en Toledo» 36.
El padre del siervo de Dios testifica: «Se ordenó de sacerdote el 26 de junio de 1932 y dijo la primera misa en el altar de la Virgen del Sagrario de la catedral de Toledo, y después la segunda misa cantada en la iglesia parroquial de Yuncos» 37.
«ME ANIMA EL IDEAL DE MI VOCACIÓN»
Don Guillermo Plaza vivió con toda intensidad su vocación de sacerdote Operario, entregado del todo a la formación de los futuros sacerdotes.
Actuó en el Seminario de Zaragoza desde el curso 1931-1932 hasta el de 1934-1935. Era el primer destino que le confiaban. Y fue con una ilusión enorme. Escribe el día 27 de noviembre de 1933: «Estoy animado y contento, trabajando cuanto puedo por estos aragoneses» 38.
Procuraba aprovechar cuantos resortes tenía a mano para infundir verdadero espíritu, piedad sólida y la mejor formación posible a sus alumnos: «Les hablo los miércoles del reglamento, instrucciones, formación, etc.; y los sábados de liturgia» 39.
Al siervo de Dios le dolía mucho comprobar que la sección superior a la que él dirigía no servía de ejemplo a sus filósofos, ya que el responsable de aquella sección no se avenía a exigir más, «según dice, por su edad y por estar aquí de paso... Con mi sección estoy más satisfecho», aunque lo estaría mucho más si los mayores estimularan a los más pequeños con su piedad y entrega 40. Y aunque nota «que las cosas serias y espirituales no las reciben con agrado» 41, él no se desalienta, dedicándose a «la siembra particular» 42.
En las vacaciones de Navidad de 1934 le encomendaron todo lo referente a veladas, y supo aprovechar los ensayos con los alumnos: «Gracias a Dios, ha sido prueba que ha dado excelentes resultados... Los ensayos con los chicos me han dado más autoridad y más unión y compenetración con ellos. No estoy descontento de su conducta. ¡Si tuviesen más piedad!» 43.
Iba ganando la confianza de sus alumnos, porque ellos podían ver en don Guillermo una vida ejemplar y una entrega sin reservas. Dice el 16 de abril de 1934: «A los filósofos los tengo ganados» 44. Tiene con ellos «conferencias de declamación, improvisación y lectura. Son de provecho. Me sirven los ensayos para hablarles confidencialmente y advertirles» 43.
Y se los ganaba sin blandenguerías, sin concesiones baratas; al contrario, era exigente primero consigo mismo, luego con los demás. Como buen pastor, sabía ir delante de las ovejas 46.
Exigía, a pesar de que eso, «en parte, redunda primero contra mí, pues siempre se hace odioso quien aprieta, habiendo quien afloja» 47.
El último curso que pasó en Zaragoza lo comienza con más ilusión: «Me anima el ideal de mi vocación, lo sublime de nuestra misión» 48. Además, en ese curso se encargó de la otra sección un Operario —que también moriría mártir el día 29 de agosto de 1936—, y de quien espera mucho. Dice el siervo de Dios: «Espero pasar un curso más tranquilo: espero que don José me hará mucho bien; tiene buen criterio y es recto; podrá formarme y orientarme en muchas cosas» 49.
Como ambos prefectos iban más acordes, podían trabajar con más gusto y eficacia: «Se va ordenando todo. Don José procede con rectitud y autoridad» 50.
Ahora bien, don Guillermo Plaza era feliz en el Seminario. Allí estaba en su centro. El Seminario le atraía como un imán. Escribe el día 16 de julio de 1934: «Cumplido mi veraneo de doce días, estoy en ésta desde el 13. No podía resistir más el ambiente del pueblo y me he dejado llevar de la tendencia a mi centro: el Seminario» 51.
Así los cuatro años que estuvo en Zaragoza. Y lo mismo en Toledo. El día 24 de mayo de 1936, don Andrés Verge, rector del Seminario Mayor de Toledo, envía al Director General de la Hermandad la distribución de las próximas vacaciones de cada uno de los Operarios destinados en Toledo, y dice: «Don Guillermo Plaza no quiere vacaciones, se contenta con ir algún día» 52.
Lo hacía por vocación. Y también para facilitar a sus compañeros las vacaciones. No le costaba demasiado; aunque ya vimos cómo su delicada conciencia le inquietaba por el hecho de dedicar tan pocos días a sus padres.
EN EL SEMINARIO DE TOLEDO
A principios del curso 1935-1936 fue enviado al Seminario de Toledo como prefecto de disciplina de los alumnos teólogos. Sólo un curso. Pero fue suficiente para captarse las simpatías de sus alumnos y para edificar a todos con su vida ejemplar, sencilla, profunda y entregada. Dice don Jaime Flores: «Fue muy amado de los seminaristas por la bondad y humildad que respiraba y por el cuidado extremado que tenía de todos» 53.
El entonces seminarista Antonio Ancos Miranda dice: «A don Guillermo Plaza, como prefecto que era del Seminario, se le apreciaba como de vida ejemplar... Don Guillermo Plaza se distinguía por la amabilidad y bondad, que se unían a su vida ejemplar» 54.
El sacerdote don Victorio Garrido Moset fue, durante ese curso 1935-36, alumno del siervo de Dios, y declara: «Puedo testificar que se preocupaba mucho por la formación de los seminaristas, fomentando los estudios y la vida de piedad, orientados hacia la vida de apostolado» 55.
El sacerdote don Ángel Rodenas Montañés también fue alumno de don Guillermo, y coincide en su testimonio: «Don Guillermo Plaza, con su juventud, era amable, cariñoso y expansivo... Estuvo de superior del Seminario Mayor de Toledo, desempeñando este cargo como un Operario modelo y captándose las simpatías de los mismos alumnos» 56.
Creo que es muy importante este punto, ya que no resulta fácil captarse las simpatías de los alumnos cuando hay que educar, formar, exigir. Y este mismo testigo asegura que don Guillermo Plaza hacía la virtud alegre. Otro aspecto muy importante en un formador.
TODO PARA TODOS
La actuación de don Guillermo Plaza en el Seminario de Toledo, el único curso que allí fue superior, la ha reflejado espléndidamente el sacerdote Operario don José Estupiñá, que era prefecto de la sección de Filosofía cuando el siervo de Dios lo era de la de Teología. Se hicieron grandes amigos. Don Guillermo lo tenía como confidente. Así pudo sondear mejor que nadie su intimidad.
Este es el testimonio de don José Estupiñá: «Le traté de cerca en la Casa de Probación, por espacio de tres años. Luego trabajamos juntos en el Seminario de Toledo, el último curso anterior a la revolución marxista. Y siempre vi en él la realización práctica de la frase de San Pablo 'Omnia ómnibus factus'.
»Tenía un amor e interés sin límites al conjunto, a la sección, a la comunidad. Y un cariño delicado, fino, sacerdotal, por cada seminarista en particular.
»Se entregaba sin reserva, sin cansancio, al Seminario, a las tareas comunes, generales de su cargo. Con una ilusión, con un afán, con un celo propios del Operario. Sin escamotear ni un minuto siquiera para su comodidad o para su recreo.
»Atendía con solicitud de madre a las necesidades de cada alumno, como si no le interesase más que el individuo, el detalle, antes que la sección. Esa difícil facilidad de armonizar lo particular con lo general me llamaba sobremanera la atención, me edificaba y me hacía exclamar: Así dicen que era Mosén Sol. Así debía ser San Pablo. Todo para todos y para cada uno en particular.
»También, como perfecto Operario, supo ser víctima reparadora. No atinaría a decir el motivo que le movió a ello, pero lo cierto es que me hizo muchas veces confidente de sus cosas. Llevaba, desde hacía varios años, una cruz harto pesada, capaz de abatir a cualquiera, al menos de hacerle perder la quietud y la paciencia. El la sobrellevaba con espíritu de Operario, que se sabe víctima reparadora del Corazón de Jesús.
»Nunca le oí palabra alguna contra la caridad debida a nuestros prójimos, singularmente a nuestros hermanos. Tenía suficiente anchura de corazón para sufrirlo todo con resignación y en silencio, para olvidarlo todo, sin un átomo siquiera de resquemor.
»¡Cómo quería a la Hermandad, a los Operarios y a los seminaristas, especialmente a aquellos que le hacían sangrar el corazón!
»Cuando supe que, momentos antes de ser fusilado, pidió besar la mano de su asesino, me dije, estremecido de emoción por este rasgo de mansedumbre suprema: ¡Este era don Guillemo Plaza!» 57.
CAPITULO XII
VIRTUDES DEL SIERVO DE DIOS GUILLERMO PLAZA HERNÁNDEZ
PROFUNDAMENTE PIADOSO
Todos los que vivieron con don Guillermo Plaza nos hablan de su profunda piedad. Ya hemos visto en el capítulo anterior cómo el siervo de Dios se esforzaba para infundir en sus alumnos un sólido espíritu de piedad.
Dice don Jaime Flores que el siervo de Dios era «de carácter humilde, bondadoso, lleno de piedad y entregado al servicio de los demás» 1.
Bastaría este dato para comprobar que la piedad de don Guillermo Plaza se proyectaba en auténtico espíritu de caridad, de entrega y de servicio. Dice un sacerdote, que fue alumno suyo: «Era profundamente piadoso. Se daba enteramente a los seminaristas, ejerciendo la caridad en todos los sentidos con ellos» 2.
Un antiguo superior del siervo de Dios asegura que «sobresalió por el espíritu de piedad» 3.
Y su padre, tan sencillo, es lo que vio como predominante en su hijo: «Puedo decir de mi hijo Guillermo que en él sobresalía el amor a Dios y a la Santísima Virgen» 4.
Doña Isabel Gómez Carrasco, en cuyo domicilio fue detenido el siervo de Dios, dice que oyó decir al padre de don Guillermo «que era un hijo muy bueno y que era un santo, y que sentía no haberse despedido de él» 5. Y pudo comprobar personalmente, «aunque estuvo poco tiempo en mi casa, que era atento, afable y piadoso. Pude observar en él la confianza en Dios y la piedad, ya que en aquellas críticas circunstancias, sin perder la paz, me pidió le dejara solo para hacer sus oraciones y se puso a rezar el rosario» 6.
Los seminaristas que vivieron a su lado quedaron impresionados por la vida interior de este siervo de Dios, que era «un hombre muy espiritual» 7. Dice uno de ellos: «Don Guillermo se distinguía por la amabilidad y bondad que se unían a su vida ejemplar. Las virtudes predominantes de don Guillermo Plaza eran su piedad y la devoción a la Santísima Virgen» 8.
Y otro afirma: «Siempre se distinguió por su devoción a la Virgen Santísima, haciendo la virtud alegre» 9.
Creo que éste es otro aspecto muy importante en la vida del siervo de Dios: hacer la virtud alegre.
El sacerdote toledano don Antonio Vargas Carrillo conoció muy bien a don Guillermo Plaza, «primero en sus años de Teología y después en el curso 1935 a 1936, en el que fue prefecto de disciplina en el Seminario Mayor. También tuve trato especial con el mismo por estar los pueblos natales, suyo y mío, limítrofes» 10.
Este sacerdote consideraba a don Guillermo como su modelo de identificación ya desde que era seminarista. Sus elogios desbordan en el testimonio que nos ha dejado: «En su juventud, para mí, entonces seminarista latino, eran motivo de edificación sus conversaciones con mi párroco, a quien le unía una estrecha amistad. Le veía enteramente entregado a su vocación y su piedad era acendrada, perdurando como recuerdo imborrable en mí su profunda modestia, su ponderación en el hablar, cuidando siempre de mantenerse dentro de las más estrictas normas de caridad, y la pureza que a mí me parecía dejaba traslucir todo su ser» 11.
Era el sacerdote ejemplar, en medio de su juventud —tenía veintiocho años cuando lo martirizaron—, pero estaba lleno de Dios. Dice el mismo testigo: «Don Guillermo, para mí, fue el sacerdote totalmente entregado a su vocación, explicando esta generosa entrega todas sus demás virtudes, eminentemente sacerdotales. De ellas quiero hacer resaltar su piedad y su pureza angélica» 12.
ERA TODO CARIDAD
Quizá sea ésta la definición más preciosa que nos han dado de don Guillermo Plaza. El trato íntimo con Dios, si es auténtico, produce necesariamente amor a los hermanos. Y este amor brilló de modo extraordinario en el siervo de Dios Guillermo Plaza, que vivía «entregado al servicio de los demás».
Don Victorio Garrido Moset, que también fue alumno de don Guillermo Plaza, nos dice: «Don Guillermo Plaza era un hombre todo caridad» 13. Y era todo caridad en el cumplimiento de su deber como formador de los futuros sacerdotes, con altura de miras y abriendo horizontes a sus alumnos, «fomentando los estudios y la vida de piedad orientados hacia la vida de apostolado» 14.
Era todo caridad, hasta en los detalles, en las pequeñas cosas de cada día. En él predominaba «la sencillez, considerándose él como si fuera siervo de los demás y obligado a servirles» 15.
El sacerdote don Ángel Rodenas, primero compañero de Seminario, posteriormente alumno del siervo de Dios y finalmente refugiado con él cuando la revolución, asegura que don Guillermo «se sacrificaba por el bien de los seminaristas. Era estimado por todos» 16.
BONDADOSO Y HUMILDE
Lo dicen casi todos los testigos en el proceso. «Me pareció de carácter humilde y bondadoso» 17.
«Era muy bueno y muy sencillo» 18.
Cuando estuvo refugiado en la casa del seminarista Antonio Ancos, la madre de éste pudo ver muy de cerca que don Guillermo Plaza «tenía un carácter muy dulce, bondadoso y humilde... Puedo precisar que en don Guillermo Plaza observé, durante los días que estuvo en mi casa, que en él predominaba la virtud de la humildad» 19.
Porque era humilde, era servicial, se consideraba obligado a servir a todos.
AMANTE DE LA POBREZA
«Fomentaba mucho el espíritu de pobreza, hablando frecuentemente y con satisfacción de la pobreza de los sacerdotes y familiares, y cómo los sacerdotes tenemos que dar ejemplo de desprendimiento y de pobreza» 20.
No lo dejaba en palabras. Iba por delante con ejemplo. «El practicaba estas virtudes de caridad y desprendimiento», dice don Victorio Garrido Moset, quien se benefició personalmente del desprendimiento y caridad del siervo de Dios. «Nos daba también cuanto él poseía y que podía ser útil para nuestra formación y apostolado» 21.
En este punto de pobreza es muy significativa su actuación cuando el año 1934 su familia lo estaba pasando bastante mal y, con toda sencillez, se lo cuenta a don Pedro Ruiz de los Paños. A juzgar por la carta de don Guillermo, el Director General de la Hermandad le autorizó para que pudiera enviar alguna ayuda a sus padres, tan necesitados en aquel momento. Y el siervo de Dios, con esa sencillez encantadora y con esa riquísima pobreza que le adornaba, escribe el 22 de diciembre de 1934: «Envié a mi madre treinta duros, en vez de cincuenta, como usted me indicaba, pues juzgué que con esto se podrían defender, por ahora, reservando lo demás por si más adelante tuviesen enfermedad alguna.
»Contestó mi madre, agradecida, diciendo que llegó en el momento en que no había un céntimo en casa. Le transmito, con el suyo, mi agradecimiento. Espero que, no habiendo perdido mi padre el destino y, en cumpliendo mi hermano, se defenderán mejor» 22.
ÁNGEL DE PUREZA
En el proceso hacen resaltar continuamente esta virtud. Ya vimos cómo se expresaba el sacerdote don Antonio Vargas Carrillo: «Quiero hacer resaltar su piedad y su pureza angélica» 23. En este sacerdote permanecía indeleble «su profunda modestia... y la pureza que a mí me parecía dejaba traslucir todo su ser» 24.
Su condiscípulo el obispo don Anastasio Granados también pone de relieve esta virtud en el siervo de Dios: «Era de una pureza exquisita» 25.
Don Guillermo Plaza era el hombre que dejaba pasar la luz.
OBEDIENCIA
Siendo humilde, siendo pobre, siendo todo caridad, necesariamente tenía que ser obediente.
«De don Guillermo Plaza me consta plenamente que era muy dócil para con sus superiores» 26.
Don Juan Sánchez Hernández testifica: «De don Guillermo Plaza puedo afirmar, como superior que fui de él durante dos años, que su obediencia fue ejemplar» 27. Vivía plenamente compenetrado con las normas y voluntad de los superiores 28.
El año 1935 el Director General de la Hermandad propuso a don Guillermo si estaría dispuesto a ir a Tucumán (Argentina). Que le expusiera las dificultades que tuviera para ello. Don Guillermo Plaza responde, el día 28 de junio de 1935, en estos términos: «Respecto a mis dificultades para marchar a Tucumán, sólo se me ocurre:
»1.° Mis padres, que se han alborotado cuando les he hablado de Roma o América.
»2.° Mis escasos entusiasmos por los ministerios, quizá poíno haberlos ejercitado nunca.
»Nada más, si usted no considera dificultades mis cortos alcances para profesor.
»Expuesto esto, haga usted de mí lo que quiera, que a cualquier parte iré gustoso, adonde me mande la obediencia» 29.
CAPITULO XIII
MARTIRIO DEL SIERVO DE DIOS GUILLERMO PLAZA HERNÁNDEZ
Don Guillermo Plaza, como superior del Seminario Mayor de Toledo, estaba en el Seminario cuando comenzó la revolución del 18 de julio de 1936. Convivió aquellos días, hasta el 22 de julio a las nueve de la noche, con los siervos de Dios Pedro Ruiz de los Paños, José Sala y Miguel Amaro. Estaban también en el Seminario el excelentísimo señor don Jaime Flores Martín, don Tomás Torrente y los seminaristas Antonio Ancos y Ángel Rodenas.
Cuando el siervo de Dios Pedro Ruiz de los Paños hablaba constantemente de la gloria del martirio y exhortaba a todos a derramar con gozo la sangre por Jesucristo, «todos ellos mostraron deseos del martirio y hablaron de ello» durante aquellos días 1.
Don Guillermo Plaza compartía esos mismos sentimientos, mostrando plena conformidad con el honor de ser mártir 2.
Al salir del Seminario, el día 22 de julio de 1936, hacia las nueve de la noche, el siervo de Dios marchó, en compañía de los dos seminaristas, alumnos suyos, a la casa de doña Benita Miranda Carbonell, madre del seminarista Antonio Ancos Miranda, según la distribución que había hecho don Pedro Ruiz de los Paños.
Testifica así Antonio Ancos Miranda: «El siervo de Dios don Guillermo Plaza se encontraba, efectivamente, en la ciudad de Toledo el 22 de julio de 1936, como superior del Seminario, y al conocerse la noticia de que los milicianos rojos habían logrado entrar en la ciudad, después de recibida la comunión y la bendición del Director General de la Hermandad, salió en compañía del seminarista Ángel Rodenas y del declarante, para refugiarse en mi casa, situada en la calle Santo Tomé de esta ciudad» 3.
Ya por el camino tropezaron con serias dificultades, como era de esperar en aquellos calamitosos momentos de verdadero pánico. Continúa diciendo Antonio Ancos Miranda: «Al llegar a la puerta de casa fuimos sorprendidos por tres milicianos de los que acababan de entrar en la ciudad, interrogándonos sobre quiénes éramos y adonde íbamos» 4.
La respuesta era extremadamente delicada. Por eso, Antonio Ancos no dejó que hablara su superior, ya que don Guillermo hubiera dicho que él era sacerdote. Se adelantó inmediatamente a responder: «Yo les contesté que éramos seminaristas y que íbamos a mi casa. Uno de ellos preguntó a los otros dos si nos conocían, y éstos dijeron que sí, aconsejándonos que subiéramos a nuestro piso e hiciéramos lo posible para que nadie nos viera y supiera que estábamos allí» 5.
ENTUSIASMADO POR EL MARTIRIO
El siervo de Dios permaneció oculto en esa casa durante dieciocho días, que fueron de auténticos ejercicios espirituales, días de recogimiento y oración y de animar a todos al martirio.
Continúa diciendo Antonio Ancos Miranda: «Desde la noche del 22 de julio al 9 de agosto don Guillermo permaneció en mi casa, siempre lleno de ánimo y entusiasmo por el martirio, inculcando a todos los que con él convivíamos la esperanza de que no había de pasar nada y de que habíamos de estar alegres y contentos, si teníamos la suerte de ser escogidos para el martirio, por lo que en varias ocasiones repetía, a la hora de comer, que había que comer mucho para tener mucha sangre para derramarla por Cristo» 6.
Tanto a Antonio Ancos como a su madre impresionó mucho esta frase de don Guillermo, que repiten varias veces en su testimonio.
El entonces seminarista Ángel Rodenas Montañés coincide en su declaración: «Yo salí del Seminario con don Guillermo Plaza y el entonces seminarista Antonio Ancos, todos vestidos de paisano. Nos dirigimos al domicilio de la madre del referido Antonio Ancos, sita en la calle de Santo Tomé, de la ciudad de Toledo.
»Allí estuvimos refugiados, y la vida que con nosotros hacía don Guillermo era de recogimiento y continua oración, como preparación para el martirio que preveía» 7.
A doña Benita Miranda Carbonell impresionó también la serenidad que tenía don Guillermo todos aquellos días, cuando había un peligro constante de que fuera descubierto y asesinado, por el gravísimo delito de ser sacerdote.
Declara doña Benita: «Aquella noche durmieron en casa, arreglándonos lo mejor que pudimos, y los días sucesivos permanecieron allí mismo, no sin temor de ser descubiertos, porque en la misma calle habitaba un miliciano.
»La vida que hizo don Guillermo durante la estancia en mi casa fue de gran recogimiento. Rezábamos el rosario todos los días y él pasaba la mayor parte del tiempo en una habitación. Yo vi que con él se confesaron mi hijo Antonio y el seminarista Ángel Rodenas, y les exhortaba a que fuesen valientes y estuviesen dispuestos a dar la vida por Dios.
»Una frase que repetía con frecuencia era: 'Hay que comer para estar gordos y poder dar más sangre por Dios.' El comía con mucha tranquilidad y guardaba en todo mucha serenidad» 8.
QUERIENDO SALVAR A DON GUILLERMO
Era la intención de la buenísima madre de Antonio Ancos. Ciertamente corrían mucho peligro si estaban los tres en la casa. Ángel Rodenas pudo salir el día 6 de agosto de 1936. Estuvo en la cárcel dieciocho meses por ser seminarista 9.
Pero todavía era muy peligroso que don Guillermo permaneciera en aquella casa con el seminarista Antonio Ancos. Era peligroso para todos, ya que quien ocultaba a un sacerdote tenía pena de muerte.
Declara doña Benita Miranda: «Ante el peligro que suponía que estuvieran los tres juntos en una misma casa, estábamos gestionando la forma de que don Guillermo fuese a otra casa, cuando me trajeron una carta de mi hermano José Miranda, que vivía en el pueblo de Cobisa, ofreciéndome su domicilio para que a él fuese mi hijo Antonio y se librase más fácilmente de la persecución.
»Ante este ofrecimiento, queriendo yo librar, sobre todo, a don Guillermo, dije al miliciano que traía la carta, llamado Leopoldo, que en lugar de irse con él mi hijo Antonio iba a acompañar a un compañero suyo de Seminario.
»El miliciano me prometió y me dio palabra de honor de que no le pasaría nada y de que le conduciría a casa de mi hermano» 10.
Pero cuando hay que pedir «palabra de honor» es porque no se fía uno del honor de quien da esa palabra. Me parece que doña Benita debió quedarse con el presentimiento de que el tal Leopoldo andaba bastante flojo de honor.
De hecho testifica: «El miliciano Leopoldo le condujo a casa de mi hermano, y fue al Ayuntamiento y dijo: 'En casa de José Miranda os he dejado un buen pez'» 11.
Y de este modo salió el siervo de Dios de la casa donde había vivido oculto durante dieciocho días. Allí se enteró de que habían matado a los siervos de Dios Pedro Ruiz de los Paños y José Sala.
Por la calle donde estaba oculto los llevaron el día 23 de julio de 1936 y en esa misma calle quisieron matarlos. Eran días de angustia y de gran tribulación.
IBA CON MUCHO RECOGIMIENTO
Era el bagaje que llevaba para el martirio. Dice doña Benita Miranda: «Yo le di a don Guillermo un bolso de víveres para disimular y pasara más fácilmente el control de milicianos que había en el Puente de San Martín.
»Así salió don Guillermo de mí casa el día 9 de agosto de 1936, hacia las cuatro de la tarde, camino de Cobisa, acompañado del referido miliciano y de la esposa de éste, la cual actualmente vive en Toledo por la calle de las Tendillas.
»Yo les vi por una ventana, y don Guillermo iba con la cabeza baja y con mucho recogimiento» 12.
Sabía que iba al martirio. «Considero que don Guillermo Plaza estaba bien preparado para el martirio. Estaba creído que le matarían» 13. «Me dijo que él se iba con Dios» 14.
Sabía adonde iba y sabía cómo debía ir: con mucho recogimiento, para el encuentro definitivo con el Señor.
LLEGA A COBISA
El miliciano Leopoldo cumplió perfectamente la primera parte de su compromiso: llevar a don Guillermo a la casa del hermano de doña Benita Miranda, que vivía en el pueblo de Cobisa.
La cuñada de doña Benita, Isabel Gómez Carrasco, fue la que recibió en su casa al siervo de Dios. Y ella nos ofrece este testimonio: «Después de estallar la revolución y guerra de julio de 1936 en Toledo, según me dijo el mismo don Guillermo, a casa de mi cuñada Benita Miranda de Ancos, la cual a la sazón tenía un hijo seminarista, llamado Antonio. Mi cuñada y su hijo, con el fin de librar de la muerte a don Guillermo, le enviaron desde Toledo a mi casa, en Cobísa, llegando a este pueblo en un camión, en la primera decena de agosto de 1936» 15.
Don Guillermo no podía ocultar que era sacerdote. Se le notaba a la legua. Quizá tampoco lo intentaba. Además, como destacaba tanto, quien lo había visto una vez, lo reconocía, aunque fuera vestido de paisano. Y eso le ocurrió en Cobisa.
Al bajar del camión había bastante gente en la plaza del pueblo, y a una joven, con la mayor ingenuidad del mundo, sin ninguna mala intención, se le escapó decir en voz alta que ella se había confesado con este sacerdote en el Seminario.
Era suficiente para que los esbirros que andaban a la caza de sacerdotes se pusieran en estado de matones.
Continúa diciendo doña Isabel Gómez Carrasco: «Llegó don Guillermo a la plaza del pueblo, en la cual estaba mi casa. En la misma plaza, una joven del pueblo, de una manera espontánea, al verle, dijo: 'Con este sacerdote he confesado yo en el Seminario', oyendo esta frase algunas personas que se encontraban en la plaza. Esta escena me la refirió a mí la joven que pronunció la frase, posteriormente» 16.
Probablemente la joven quedó desconcertada cuando supo que habían asesinado a don Guillermo, y quería decir que ella lo había descubierto. Claro, que lo descubría su recogimiento y su bondad. Una bondad que llegó a impresionar a los mismos asesinos 17.
Entró en la casa de doña Isabel y la saludó en nombre de su cuñada, «y me dijo si podía estar allí hasta que pudiese ir con sus padres. Desde el primer momento me dijo que era sacerdote y que, por ello, corría mucho peligro su vida, aunque iba vestido de paisano» 18.
Aquella señora era buena a carta cabal. Sabía a lo que se comprometía, porque todos en la zona roja habían escuchado los bandos de que se condenaba a muerte a todo el que ocultara un sacerdote en su casa.
«Yo le dije que mi marido no estaba en casa, pero que, para favorecerle, era igual. Le invité a quedarse en casa y a que tomara un vaso de leche.
»Cuando ya iba a terminar de tomar el vaso de leche llamaron a la puerta, resultando ser el alcalde del pueblo y un miliciano» 19.
Ya había surtido efecto el «chivatazo» de nuestro buen Leopoldo, el miliciano. Aquella gente no perdía tiempo, si había que matar «curas».
«Me preguntaron, al ver en la habitación a don Guillermo conmigo, que quién era aquel señor. Entonces don Guillermo les contestó lo siguiente: 'Esta señora no me conoce, porque he venido a hacerle una visita.' El alcalde le dijo: 'Nosotros sabemos que usted es sacerdote; pero no venimos a hacerle ningún daño. Sólo queremos que usted no se marche de aquí, porque, si usted se marcha, esta señora es responsable.'
»Entonces don Guillermo les contestó: 'No me marcharé, y cuando vengan, aquí estaré; que yo no quiero hacerles ningún daño a los dueños de esta casa.'
»El alcalde le dijo: No queremos hacerle ningún daño, sino sólo entregarle a las fuerzas que van a entrar en el mando.
»Don Guillermo contestó: 'Sí, a los que vengan para asesinarme. '
»Y entonces se fueron los dos señores, a saber: el señor alcalde y el miliciano» 20.
Ya sí que no le cabía duda alguna de que lo iban a matar. Y sólo quiso prepararse más aún para la muerte.
«Don Guillermo entonces me dijo si podía quedar solo para hacer sus oraciones; con mucha serenidad se puso de rodillas delante de un cuadrito de la Virgen de las Angustias, que tenía yo en la habitación, y yo me retiré» 21.
EL PODER DE LAS TINIEBLAS
Ya tenían la presa a cobro. Ya sentían el gozo de asesinar a un sacerdote más, puesto que no querían dejar ni uno solo con vida.
«Antes de haber pasado una hora, siendo aproximadamente las siete y media de la tarde, sin que todavía hubiera oscurecido, llegaron unos cinco milicianos rojos y muchos chiquillos y, estando yo en el patio, pasaron a la habitación en la que se encontraba don Guillermo, sin pedir permiso a nadie, y a mí no me dejaron entrar» 22.
Lo encontraron orando, como Judas y el tropel de soldados encontraron a Jesús en el Huerto de la Agonía. Lo encontraron de rodillas. Era el único modo de ponerse un poco al nivel de aquellos pobres enanos de espíritu. E inmediatamente se lo llevaron. «Le sacaron al patio delante de ellos, y pidió permiso para despedirse de mí y, haciéndolo, me dio la mano y me dijo: 'Hay que sufrir, señora, con mucha paciencia.'
»El no hizo resistencia alguna y marchó delante de ellos» 23.
NO LE PERMITEN DESPEDIRSE DE SU MADRE
Don José Miranda Carboneil sólo trató unos minutos a don Guillermo Plaza. Lo suficiente para medir su gran espíritu y su sencillez. Ya hemos visto, por el testimonio de doña Isabel, que no estaba en casa cuando llegó el siervo de Dios. Volvía del campo, donde había estado trabajando, cuando le enteraron de algo de lo que estaba ocurriendo en su domicilio.
Cuando llega al pueblo, «a la puerta ya de mi casa, y antes de haber entrado yo en ella, llegaron el alcalde y el presidente de la Casa del Pueblo de Cobisa, los cuales me dijeron que en mi casa tenía un sacerdote y que yo era el responsable, si llegara a faltar de mi casa, se entiende si tal sacerdote se escapaba.
»El alcalde y el presidente de la Casa del Pueblo entraron y hablaron con don Guillermo, quedándome yo en el patio de la casa. Cuando ellos salieron, pasé yo a ver a don Guillermo...
»Me dijo que fuera yo a hablar con Leopoldo Sánchez, que le había acompañado hasta Cobisa, para que éste hablara con el chófer de un coche que allí había, perteneciente a la patrulla roja, a fin de que pudiera llevarle al pueblo natal suyo, o sea, Yuncos, para poder al menos ver a su madre.
»Yo no hablé más con don Guillermo, sino que fui inmediatamente a hablar con dicho Leopoldo» 24.
Para los milicianos, encargados de matar, eran demasiadas exquisiteces lo de despedir a su madre y demás atenciones filiales. No se lo permitieron. Pero Dios —rico en misericordia, millonario en detalles de cariño— sí que se lo permitió. Le tenía reservada en el cielo, como gran sorpresa, el regalo único que pedía el siervo de Dios en la tierra: ese mismo día se llevó al cielo a la madre de don Guillermo, para que se encontraran en la felicidad sin límites del Señor.
Declara el padre de don Guillermo: «El mismo día 9 de agosto murió mi esposa, madre de don Guillermo, después de estar sufriendo grandemente durante unos siete días por la suerte de su hijo, puesto que, viviendo en la misma carretera, constantemente oíamos decir a los milicianos: ¡Vamos por los curas!, y que habían matado a muchos sacerdotes y que no iba a quedar uno» 25.
Continúa su relato don José Miranda Carbonell: «Hablé con un miliciano, y me dijo: '¿Con que tienes un cura en tu casa? Pues, cuando acabemos con ellos, vamos a empezar con vosotros.' Cuando todavía estaba yo hablando con este individuo vi que llevaban a don Guillermo hacia el Ayuntamiento de Cobisa otros tres milicianos rojos, a los que acompañó seguidamente el que hablaba conmigo. Estos milicianos no eran de la localidad, y yo no los conocía» 26.
AMAD A VUESTROS ENEMIGOS
Don Guillermo Plaza era un seguidor incondicional de Jesucristo, que manda perdonar a los que nos persiguen; era seguidor de quien, «cuando lo insultaban, no devolvía el insulto» 27.
Don Guillermo Plaza sólo preguntó quién le iba a matar, para besarle la mano, como signo de perdón y para agradecerle el gran beneficio que, sin saberlo, le hacía por medio del martirio. La esposa del guardia civil Manuel Barrera presenció desde muy cerca toda la escena del martirio de este siervo de Dios, y dice que «éste, unos instantes antes de ser fusilado, preguntó quién era el que iba a dispararle y manifestó deseos de besarle la mano en señal de perdón, mas los milicianos dispararon inmediatamente contra él sus fusiles con verdadera saña, dejándole materialmente acribillado a balazos» 28.
Pero fueron los mismos asesinos quienes contaron todo lo referente al martirio de don Guillermo Plaza. Al día siguiente, 10 de agosto de 1936, se presentaron en la casa donde había estado refugiado, desde el 22 de julio al 9 de agosto, el siervo de Dios, y ellos mismos contaron a Antonio Ancos y a su madre cuanto ocurrió en el fusilamiento de don Guillermo el día anterior.
Declara este testigo: «Todo esto de su detención y del fusilamiento lo supe primeramente por tres de los milicianos que intervinieron en su detención y fusilamiento, los cuales fueron al día siguiente a mi casa con el propósito de detenerme a mí y de registrar mi casa, manifestándome que don Guillermo Plaza les había dicho que había estado refugiado en mi casa. Uno de estos milicianos me dijo que era de Jaén y los otros dos de Toledo...
»En cuanto a don Guillermo Plaza, según confesión de los tres milicianos, que se declararon miembros del pelotón de ejecución, les manifestó desde el primer momento que era sacerdote y, al darse cuenta de que le detenían, se entregó como un cordero.
»Del momento de la ejecución me dijo uno de los milicianos que don Guillermo había sacado un Cristo, o sea, un crucifijo, y preguntó quién de ellos iba a dispararle para besarle la mano, y después se puso de rodillas y les dio la bendición con el crucifijo, sin que pudiera terminar de dársela, porque dispararon sobre él todos los componentes del grupo» 29.
La madre de Antonio Ancos abunda en estos mismos datos. Y añade: «Uno de los milicianos se llamaba Andrés Monroy, el cual, según creo, se encuentra en Francia; otro de los milicianos ha estado en el Hotel Suizo de esta ciudad como camarero, ignorando su nombre y si todavía trabaja en dicho hotel.
»Mi hermano me dijo también que había oído a una señora, que presenció el fusilamiento de don Guillermo, que éste dijo a los milicianos cuál de ellos le iba a disparar, para besarle antes las manos» 30.
VERDADERO MARTIRIO
«A don Guillermo Plaza sé y he oído decir que le mataron por el odio que los enemigos de la religión católica tenían al sacerdocio... Puedo dar testimonio de que don Guillermo Plaza aceptó voluntariamente la muerte en testimonio de confesar su condición de sacerdote de la Iglesia católica» 31.
«Yo invoco a don Guillermo y a don José como mártires... Los siervos de Dios sufrieron la muerte en testimonio de la fe y por el odio de los enemigos a la religión católica» 32.
4
Don Recaredo Centelles Abad
Pureza de niño y alegría sacerdotal
CAPITULO XIV
SÍNTESIS BIOGRÁFICA DEL SIERVO DE DIOS RECAREDO CENTELLES ABAD
Nació el día 23 de mayo de 1904, a las ocho de la tarde, en Vall de Uxó, provincia de Castellón y diócesis de Tortosa. Fueron sus padres Vicente Centelles Peñarroja y Leonor Abad Herrero, que formaban una familia fervientemente religiosa.
El padre de don Recaredo era «varón integérrimo, de una piedad consciente y acrisolada, católico practicante» 1, que ayudó muchísimo a los sacerdotes para realizar obras en favor de la gente humilde. Su madre tenía fama de santidad en todo el pueblo 2. Eran dueños de una tienda de comestibles, «en cuyo comercio se tuvo que cesar por su prodigalidad caritativa» 3.
Fue bautizado el día 24 de mayo de 1904, por el coadjutor de la parroquia del Santo Ángel Custodio de Vall de Uxó, don Miguel Falcó.
INFANCIA DEL SIERVO DE DIOS
Hizo los estudios de primera enseñanza en Valí de Uxó, «en la escuela de don Ramón Pallares Roselló, muy buen maestro y muy católico. Era una escuela católica, que se llamaba Colegio de San José» 4.
Un compañero de aquellos años de infancia, quizá el mejor amigo de Recaredo, que conservó tal amistad hasta el martirio del siervo de Dios, aporta en el proceso muchos datos sobre la infancia de su amigo Recaredo: «Como éramos vecinos, íbamos juntos a la escuela, e hicimos mucha amistad. Puede decirse que pasábamos todo el día juntos, menos en las horas de comer» 5.
Ya desde niño don Recaredo «era sumamente modesto y recatado, no admitiendo ninguna broma menos conveniente». Tanto es así que los compañeros lo llamaban «el beato» 6.
Diríamos que don Recaredo tenía instinto de caridad, de esa caridad fina y delicada, que no puede manchar a nadie. «No podía aguantar ninguna conversación mala, ni siquiera de crítica de los mismos compañeros de la escuela» 7.
En su casa había aprendido esa caridad auténtica que sabe cubrir las deficiencias y faltas de los demás. Cuenta este amigo suyo una anécdota que, en un niño, revela cierta madurez cristiana:
«Una vez a un niño le sustrajeron un lápiz y una goma. El niño denunció el caso al maestro, el cual reprendió a todos. El niño que lo había sustraído lo colocó en la carpeta del siervo de Dios. Al registrar las carpetas, se encontró en la de Recaredo, por lo que fue tenido por ladrón, lo mismo por el maestro que por los niños» 8.
Pero lo grande, lo más importante del heroísmo que revela la anécdota es que Recaredo sabía quién era el ladrón, y calló para no causarle daño alguno.
«El lo sabía y no quiso decirlo. El niño que había sustraído esto se puso enfermo y declaró al maestro, que fue a visitarle, que había sido él» 9.
«Se podrían contar otras anécdotas que demuestran la virtud del siervo de Dios en su infancia» 10.
Ahora bien, todo esto no quiere decir que Recaredo Centelles no tuviera genio. Sencillamente, casi siempre se lo comía y callaba. Menos una vez que explotó y sacudió un bofetón muy bien dado a su mejor amigo, que nos lo cuenta así: «Recuerdo que, siendo él y yo monaguillos de la parroquia, una vez le quité disimuladamente una estampa del Sagrado Corazón. Estando en la iglesia, revistiéndonos para salir a una función, me cayó la estampa al suelo, y la vio Recaredo. Me dijo que era suya, y yo se lo negué. Discutimos, y él me dio un bofetón» 11.
Aquel bofetón le dolió mucho más a Recaredo que a José María Escrí Salvador, que fue quien lo recibió. El siervo de Dios lo recordó toda la vida, con gran pesar por no haber sabido reprimirse y haber reaccionado sin dominar ese instinto espontáneo de agresividad.
«Después ya no lo vi, y al momento de salir al altar no lo encontrábamos, por lo que yo salí solo con el sacerdote. Terminada la función, encontramos a Recaredo llorando desconsoladamente en una escalera. Le preguntamos por qué lloraba, y dijo que porque me había pegado...
»Se acordó toda su vida, incluso cuando era sacerdote, de esta vez que me pegó» 12.
PRIMERA COMUNIÓN
El siervo de Dios Recaredo Centelles fue un ardiente enamorado de la Santísima Eucaristía, y quiso estar en contacto íntimo con Jesús sacramentado desde muy niño.
Llegaron a Valí de Uxó unos misioneros. Entonces una «misión» causaba un impacto estupendo en cada pueblo. El niño asistía a los sermones de los padres misioneros, y un día dijeron, con gran énfasis, que el Santo Padre Pío X deseaba muy de corazón que los niños se acercasen a la comunión ya a los siete años. El santo Papa dejaba que los niños se acercasen a Jesús, porque el Señor siempre lo ha querido así.
Recaredo tenía siete años, y le entraron grandes deseos de hacer su primera comunión. En casa le dijeron que esperara un poco, sobre todo porque no tenía un traje adecuado para tal ceremonia.
El niño no entendía mucho eso del traje. ¿Por qué no podía comulgar con el que ya tenía? Los amigos no dan mucha importancia al traje con que se presentan, sino a la amistad sincera. Y fue insistiendo cada vez con mayores ansias de comulgar.
Los padres de Recaredo estaban convencidos de que el niño tenía razón, que el traje no era lo principal, ni siquiera merecía la pena. Valía más la vestidura de la inocencia que el trajecito azul de marinero con su lacito blanco.
Así nos lo cuenta su hermana Laura: «Hizo su primera comunión cuando tenía siete años, en Valí de Uxó, parroquia del Santo Ángel. Mi hermana Carmen, que era mayor, me contó que vinieron a Valí de Uxó unos misioneros, que dijeron que el Papa deseaba que los niños comulgaran a los siete años. Entonces mi hermano quiso recibir la primera comunión, porque ya tenía esa edad. En casa le dijeron que no podía ser, porque no tenía traje; y él dijo que podía comulgar con el que tenía. Así, comulgó durante la misma misión, sin esperar la comunión general de los niños del pueblo» 13.
VOCACIÓN SACERDOTAL
El comportamiento que mantuvo durante los años de su adolescencia es ponderado por cuantos lo conocieron. «Era llamado 'San Luis'» 14.
En el ambiente profundamente cristiano de la familia brotó espontáneamente la vocación sacerdotal, ya que sus familiares supieron cultivar esos primeros gérmenes de vocación.
Dicen los testigos en el proceso: «Desde muy niño manifestó señales de vocación sacerdotal» 15. «Desde muy niño manifestó su inclinación y deseo de ser sacerdote. Ingresó en el Colegio de San José de Tortosa, para prepararse al sacerdocio, en circunstancias económicas bastante difíciles para la familia» 16.
En el Colegio de San José de Tortosa —el primero que fundó el Beato Manuel Domingo y Sol— destacó muy pronto como seminarista ejemplar. Fue compañero de varios seminaristas que han llegado a adquirir gran relieve en la vida eclesial. Por ejemplo, el cardenal don Vicente Enrique Tarancón, que dice: «Ingresé en el Seminario el mismo año que él. Seguimos juntos toda la carrera... Siendo seminarista, llamaba la atención por su piedad y observancia. También era de mucha austeridad. Gozaba entonces entre los superiores y buenos seminaristas de una fama excelentísima. Algunos, menos observantes, tomaban a mal algunas indicaciones que él, por su celo, les hacía» 17.
Otro ilustre condiscípulo de don Recaredo Centelles fue don Vicente Lores Palau, que amaba entrañablemente al siervo de Dios. Juntos ingresaron en el Colegio de San José de Tortosa. Juntos hicieron sus estudios. Juntos fueron a la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos. Y juntos, según las noticias confusas que en tiempo de la guerra llegaban a Roma, juntos sufrieron el martirio. Claro, que el martirio de don Vicente fue más largo y fue posterior: dieciocho años de generalato en la Hermandad. El día 26 de abril de 1937 escribía, desde el Colegio de Roma, el excelentísimo y reverendísimo don Manuel Molí y Salord a don José Avila, que hubo de hacerse cargo de la dirección de la Hermandad durante los años de la guerra, una carta muy curiosa y significativa: «Cartas de usted recibimos no pocas (al menos, parecen muchas), con sus gotitas de hiél y sus dosis de acíbar. ¡Cuántas veces hemos dicho el 'Sit nomen Domini benedictum' de Job! Mire que la última... Don Recaredo Centelles, don Vicente Lores. ¡Qué almas tan selectas, tan finas! No me extraña que el Señor las quiera para sí» 18.
Testifica don Vicente Lores: «Ingresó en el Colegio de San José de Tortosa el mismo año que ingresé yo. Con él conviví durante toda la vida de seminarista, tanto en el Colegio de San José de Tortosa como en la Casa de Probación de la Hermandad» 19.
El juicio que merece a don Vicente es sencillamente extraordinario, ejemplar: «Era uno de esos seminaristas notables y extraordinarios en todos los órdenes» 20.
Una de las características que más resaltaban en su comportamiento era «su afecto al Colegio y a los superiores» 21. De hecho, nos cuenta el sobrino de don Recaredo un dato muy concreto de este cariño a su Colegio y a sus formadores. La familia del siervo de Dios atravesaba momentos difíciles en la parte económica, y en el Seminario de Valencia le proporcionaban una beca; pero él, «por afecto a sus superiores de Tortosa, especialmente a don José María Peris, no quiso trasladarse al Seminario de Valencia, donde se le ofrecía una beca» 22.
Corno seminarista «era él la tradición viviente. Daba a cada costumbre, acto y circunstancia un valor formativo extraordinario en la vida del seminarista. Jamás se le oyó una queja contra los superiores o contra sus compañeros, a los que ayudaba cuanto podía, prestándoles sus apuntes y sus orientaciones. Gozaba fama de seminarista modelo para los de dentro, para sus familiares y extraños» 23.
ESTUDIOS EN EL SEMINARIO
Fue un alumno muy inteligente y aplicado. «Tenía talento y aprovechaba bien el tiempo» 24. «Era de muy buen talento y aprovechó en sus estudios. Era doctor en Sagrada Teología» 25.
Don Vicente Lores también en este aspecto destaca las cualidades excelentes del siervo de Dios: «En cuanto a su aplicación y aprovechamiento en los estudios, fue siempre un estudiante de primera categoría, por el talento natural y por el aprovechamiento del tiempo, que consideraba como un don de Dios» 26.
Realizó sus estudios en Tortosa. El último curso lo hizo en el Seminario de Tarragona, cuando ya estaba destinado allí como prefecto de disciplina. El rector del Seminario de Tarragona, siervo de Dios Mateo Despóns Tena, dice el 13 de junio de 1929 al Director General de la Hermandad: «Va un saludo por Centelles, que ha quedado muy bien en exámenes y los profesores se hacen lenguas de su talento. ¿No convendría que el curso próximo estudiase Cánones? En un par de años más podría doctorarse en Derecho» 27.
El año 1932 tomó los grados en Sagrada Teología en Tarragona. Escribe don Joaquín Jovaní, el 3 de marzo de 1932, a don Mateo Despóns: «Probablemente mandaré pronto ahí, para que tome grados, a Centelles, pues quisiera se echara de encima esa preocupación. Quiere unas semanas de preparación próxima y estoy buscando la manera de proporcionarle la manera de contentarlo. Supongo que el Tribunal de Grados no tendrá inconveniente en reunirse a fines de la semana de Pasión y principios de la Santa para examinarle. Habla con el secretario y cuanto antes me lo dices, aunque sea poniéndome un telefonema» 28.
Vino rápidamente la contestación de don Mateo. El 4 de marzo escribe: «Acabo de ver al secretario y me dice que no hay inconveniente ninguno en que venga Centelles, como usted indica, a últimos de la semana de Pasión y principios de la Santa» 29. Y el 10 de marzo de 1932: «Llegó Centelles y el pobre está estudiando a rabiar. Le saco todas las tardes de paseo, como las amas hacen con los niños. Está bien y animado» 30.
Consiguió el grado de doctor el día de Lunes Santo.
«Era doctor en Sagrada Teología, llamando la atención en esa prueba» 31. Hizo «unos ejercicios tan sobresalientes, que uno de los jueces declaró que no se recordaba otros tales desde hacía muchos años» 32.
VIDA DE PIEDAD EN EL SEMINARIO
Su piedad era sólida y convincente. Atraía, arrastraba. Supo poner al servicio de Dios y de cuantos le rodeaban las exquisitas prendas con que le había enriquecido el Señor. «Distinguióse don Recaredo durante sus estudios seminarísticos por su brillante talento y su extraordinaria simpatía y piedad» 33.
Hablaba de la vida de gracia con entusiasmo contagioso. Y toda su vida espiritual se alimentaba en la apasionada devoción eucarística. Según don Vicente Lores, inventó lo que «él llamaba 'teléfono eucarístico'. Consistía esto en la práctica de encontrarnos varios amigos seminaristas ante el sagrario de nuestras respectivas parroquias en tiempo de vacaciones, a la misma hora, pidiendo por la mutua perseverancia de todos los llamados al sacerdocio» 34.
Esto lo venían haciendo desde los años en que estudiaban Filosofía. El año 1924, en un artículo de don Recaredo publicado en el Correo Josefino que se titula «Conferencia telefónica», dice el siervo de Dios que vienen haciendo esto desde hace algunos años. Yo creo que en el artículo descubre don Recaredo también a don Vicente Lores, a quien hace explicar, «con una unción que no olvidaré jamás», lo que era la «conferencia telefónica»: «Todos los jueves de vacaciones, a las doce menos cuarto, cada uno de los que lo hemos convenido acude a la central de teléfonos de su respectivo pueblo. Es el sagrario.
»Llamamos y, al punto, Jesús, nuestro mejor amigo, nos pone en comunicación a unos con otros, presidiendo El mismo la conferencia; y allí, recogidos, sin poder apartar del Señor nuestros ojos, nos comunicamos nuestras alegrías, nuestros pesares, nuestros triunfos, nuestras flaquezas, todo cuanto ha acaecido durante la semana.
»Nos animamos a ser más buenos, a perseverar en la vocación, a trabajar según nuestras fuerzas por la divina gloria» 35.
ASPIRANTE DE LA HERMANDAD
Dice el cardenal don Vicente Enrique Tarancón: «Ingresó en la Hermandad por el trato especial que tenía con los superiores. Yo, desde el primer curso de Filosofía, por confidencias del siervo de Dios, tenía la seguridad de que entraría en la Hermandad. Ingresó en la Hermandad en primer curso de Teología» 36.
Ya hemos visto anteriormente la influencia que ejerció en él don José María Peris. El ejemplo de su vida, las virtudes extraordinarias que tenía, la competencia indiscutible de que gozaba, sus cualidades de gran teólogo, gran músico, gran hombre de Dios, ejercieron una atracción singular sobre el seminarista Recaredo Centelles. Quiso ser como él, quiso consagrar su vida entera a la ardua y delicada tarea de la formación sacerdotal, y todo esto le impulsó a pasar, en la misma Tortosa, a la Casa de Probación de la Hermandad para ser un día sacerdote Operario diocesano.
«De seminarista, movido principalmente por el ejemplo y palabra del siervo de Dios José María Peris, manifestó deseos de ser como él, consagrando su vida a la formación de los seminaristas» 37.
La mayor dificultad que encontró para realizar su vocación de operario fue la falta de salud. Siempre tuvo que contar con esta limitación. El médico de Valí de Uxó, José María Adrián García, testifica: «Recuerdo que era un chico un poco raquítico, pero inteligente. Se apartaba de nosotros en su modo de obrar, pero no era huraño» 38.
El año 1928, cuando es enviado a Tarragona, el siervo de Dios Mateo Despóns escribe al siervo de Dios Joaquín Jovaní, entonces Director General de la Hermandad, y le habla de la buenísima impresión que ha causado en Tarragona don Racaredo. Don Joaquín Jovaní, que de ordinario es muy parco en sus cartas, responde con un párrafo que vale por muchos panegíricos: «Esperaba lo que me dices de Centelles. Está conceptuado como uno de los mejores entre los que han pasado por la Casa de Probación, por su conjunto de buenas cualidades. Sólo es deficiente en salud corporal. Te recomiendo que estés muy sobre él en este sentido» 39.
Pero también superó este escollo. «Las dificultades que encontró el siervo de Dios para realizar este deseo fueron, en mi concepto, la falta de salud y la oposición que preveía en su familia, que se había hecho a la idea de no separarse nunca de él. En cuanto a la salud, mejoró a costa de grandes sacrificios» 40.
Y en cuanto a la oposición que preveía en su familia, parece que no hubo tal, ni mucho menos, sino todo lo contrario. «Por la oración y habilidad, hizo que sus mismos familiares no sólo no encontrasen repugnancia en verle miembro de la Hermandad, sino que se convirtieron en los más entusiastas amigos y bienhechores» 41.
Fue admitido como aspirante a la Hermandad el día 4 de octubre de 1924.
En la Casa de Probación, o Aspirantado, continuó siendo el alumno ejemplar que progresaba, de día en día, por el camino del sacerdocio. «Dio constantes muestras de conducta ejemplarísima. Gozaba fama de muy piadoso y listo entre sus compañeros —escribe uno de ellos—. Era emprendedor, de muy buen carácter, conversación amena y agradable trato» 42.
Todos los que fueron compañeros suyos coinciden en este juicio tan positivo de él. «En la Casa de Probación, con la base de las virtudes y espíritu asimilado en el Colegio de San José, se le vio progresar visiblemente en todas las virtudes. Siguiendo las lecciones del siervo de Dios José María Peris, daba gran importancia a la práctica de las virtudes humanas, en las que apoyó el progreso en las virtudes eminentemente sacerdotales. Manifestó, sobre todo, una entrega absoluta y confianza ilimitada en sus superiores» 43.
Quien mejor puede ofrecer un juicio sobre él en estos años es el rector de la Casa de Probación, el venerable sacerdote Operario don José Avila, que no duda en decir: «Yo creo que ha de ser uno de los primeros mártires canonizados de la Hermandad, y el modelo de los alumnos del Aspirantado Maestro Avila» 44.
OPERARIO DIOCESANO
Hizo su consagración a la Hermandad, como probando, el día 12 de agosto de 1928. Emitió los votos trienales el 12 de agosto de 1929 y 1932. Los votos indefinidos, el 12 de agosto de 1935.
Era un ferviente hijo y admirador del Beato Manuel Domingo y Sol. El día 22 de abril de 1926 fueron trasladados los restos mortales del fundador de la Hermandad al Templo de Reparación. En el número especial del Correo José fino dedicado a Mosén Sol, don Recaredo escribió un artículo, «en que mi corazón de hijo ha de hablar de nuestro padre don Manuel. Lástima grande que mi pluma no sepa traducir las emociones sentidas en la noche del 21 al 22 de abril, velando sus sagrados despojos» 45.
Para el siervo de Dios aquello fue como una hora santa, vivida con aquel gran apóstol de la santísima eucaristía, «que ahora salía del sepulcro para estar más cerca del sagrario... Yo recordaba sus amores de santo y sus fatigas de apóstol». Y le rezaba: «Que florezca el espíritu sacerdotal en los seminarios; que aumente la reparación al sacramento del altar» 46.
El curso 1928-1929 fue destinado al Seminario de Tarragona como prefecto de disciplina de los alumnos de Latín, y allí actuó dos cursos completos. Con su bondad y enorme simpatía se ganó a los pequeños que tenía encomendados.
La novedad más grande que cuenta el 21 de abril de 1929 es que «se nota en nuestros gramáticos que va entrando el espíritu de piedad, pues no son los niños insensibles a las instrucciones y meditaciones que sabe usted se les dan, y así también va entrando la disciplina sin violencia» 47. Ese era el estilo de don Recaredo: ganar el corazón, conquistar la voluntad y así influir en la mejor formación de los alumnos. Y, antes que nada, acercar los niños a Jesús.
SACERDOTE
Había recibido la prima clerical tonsura el día 1 de noviembre de 1926. La órdenes menores de ostiario y lector, el día 18 de junio de 1927. Las de exorcista y acólito, el 1 de noviembre de 1927. Recibió el subdiaconado el 2 de junio de 1928. Fue ordenado diácono el 1 de noviembre de 1928. Recibió la ordenación sacerdotal, en Tortosa, el día 25 de mayo de 1929.
El 21 de abril de 1929 dice en carta al Director General: «Ayer escribieron de Tortosa que el señor obispo ha determinado dar las órdenes en las témporas de la Santísima Trinidad, o sea, el 25 de mayo» 48.
Su preocupación estaba en elegir el lugar donde celebraría la primera misa solemne. Por gusto suyo, al día siguiente y en absoluto recogimiento. Pero tiene que contar con los suyos, que se llevarían un gran disgusto si no lo hacía en el pueblo.
«La dificultad está ahora para la primera misa, pues si la tengo que aguardar para después de exámenes, la fecha que tenía pensada era el 16 de junio. Si para antes, día a propósito sería el 30 de mayo, fiesta del Corpus; pero así faltaría muchos días en el Seminario y quizá sea también en detrimento de los mismos exámenes que tengo que preparar.
»Por mi parte, con gusto la cantaría al día siguiente de la ordenación en la Casa de Probación, o aquí mismo en el Seminario; pero con ello daría un grave disgusto a los míos, que están deseando y haciéndose ilusiones de que sea en el pueblo. Así, pues, lo dejo en sus manos. Dígame lo que más me conviene hacer» 49.
El día 17 de mayo de 1929 comenzó los ejercicios espirituales: «Hoy ha marchado Centelles a Tortosa para los ejercicios de órdenes» 50. Practicó los ejercicios en la casa que los padres jesuitas tenían en el barrio de Jesús. Esta casa, más adelante, se convirtió en Seminario Menor de la diócesis y don Recaredo Centelles fue su primer rector.
Tal como era su primera intención, celebró la primera misa solemne en Valí de Uxó, el día 16 de junio de 1929. Entonces tenía mucha importancia el llamado «orador sagrado», que debía predicar el sermón de la primera misa. El siervo de Dios eligió a su rector de Tarragona, siervo de Dios Mateo Despóns, quien «decía que es el sermón que más ha trabajado y el que más impresión le ha hecho» 51.
«Quiso que la fiesta familiar de su primera misa fuera sencilla. El día de su primera misa estuvo, hasta la hora de ir a la iglesia, retirado en su habitación, y no habló con nadie. Salió de allí en el momento en que llegaron los sacerdotes para acompañarle» 52.
«Yo recuerdo su primera misa. En casa estuvo encerrado en su habitación hasta el momento de salir para la iglesia. Cuando le llamaban porque se hacía la hora, respondía que aún no estaba preparado. Durante el trayecto desde casa hasta la iglesia iba sumamente recogido y como transfigurado» 53.
SUPERIOR Y RECTOR PERFECTO
Los cursos 1930-1931 y 1931-1932 fue vicedirector de la Casa de Probación de Tortosa. Don Mateo Despóns debió arrepentirse mucho y muchas veces de haber elogiado tanto a don Recaredo Centelles. Decía al Director General el día 5 de octubre de 1928, cuando estaba estrenando su primer destino, que esperaba muchas vocaciones para la Hermandad precisamente porque «el ejemplo de Centelles ha de mover» 54. Y es rara la carta en que don Mateo no haga ponderaciones de Centelles.
Como es lógico y natural, don Joaquín Jovaní pensó llevarlo inmediatamente a la Casa de formación de la Hermandad. Y entonces la queja de don Mateo Despóns se queda sencillamente en jaculatoria: «Ya sabía que Centelles iba a Tortosa. ¡Bendito sea Dios!» 55.
Su actuación en Tortosa ya la hemos visto a través de don José Avila. Sencillamente, supo ser modelo, sin proponérselo. Creo sinceramente que don Recaredo Centelles logró lo que pretendía de los Operarios el Beato Manuel Domingo y Sol: «un modelo acabado de sacerdote santo y de tipo agradable» 56.
Pasó como superior al Colegio de San José, donde actuó desde septiembre de 1932 a septiembre de 1935, cuando fue nombrado rector del Seminario Menor, que comenzó ese año, separado del Seminario Mayor.
El obispo de Tortosa, don Manuel Moll y Salord, que fue compañero suyo, dice: «Como superior fue ejemplarísimo en todo y completísimo» 57.
Lo mismo afirman cuantos lo trataron esos años. «Destacó como superior del Seminario por el celo que tenía por la formación de los seminaristas» 58.
Dedicaba mucho tiempo a la formación personalizada. Sabía atender a cada alumno individualmente, dar a cada uno lo que necesitaba. Dice un sacerdote, que fue alumno del siervo de Dios: «Ante todo, se le notaba gran interés por la formación de los seminaristas. Trabajaba con cada uno particularmente. Era muy humilde, piadoso, muy amable en el trato y de gran vida interior... Yo lo considero, con don José María Peris, de los mejores superiores que he tenido en el Seminario» 59.
Sólo un año, el último de su vida, estuvo como rector en el Seminario Menor de Tortosa. Lo organizó de manera plenamente satisfactoria. «Fue admirable la entrega y dedicación de sus excelentes cualidades y de su vida en aras de su vocación de Operario. Todo le parecía poco para que los seminaristas tuviesen material y espiritualmente el ambiente y bienestar necesarios para su formación.
»Los superiores tenían puesta la gran ilusión para cargos de responsabilidad en el siervo de Dios, sobre todo el Director General y el director de la Casa de Probación. Para ellos no era ya una esperanza, sino una consoladora realidad, ya que desempeñaba con la máxima competencia todos los cargos y misiones que le confiaban.
»Los compañeros de colegio y de probación le teníamos como modelo de todas las virtudes y nos merecía una confianza tal, que le considerábamos como hermano mayor. Los inferiores le consideraban como un rector y superior perfecto» 60.
CATEQUISTA Y FORMADOR DE CATEQUISTAS
Don Recaredo Centelles «destacó como formador de sacerdotes y formador de catequistas... Organizó el Secretariado Catequístico de Tortosa, creando la catequesis en la que intervenían los seminaristas como auxiliares» 61.
La enseñanza del catecismo le atraía irresistiblemente desde muy joven. «Trabajó incansablemente en el catecismo. Tenía pasión por enseñar el catecismo» 62.
Todos destacan su actuación en el Secretariado catequístico diocesano, organizado por él. Allí «trabajó excelentemente, organizando concursos, exámenes y facilitando a todos los párrocos y catequistas del obispado los medios más conducentes a la enseñanza del catecismo» 63.
Una testigo, que fue catequista bajo la dirección del siervo de Dios, asegura que formaba muy bien a los y a las catequistas, entre otras cosas, porque tenía «gran celo y santidad... Era un gran apóstol de la catequesis» 64.
Preparaba continuamente a los seminaristas mayores para este apostolado con pláticas, instrucciones y lanzándolos a la enseñanza del catecismo 65.
Don Herminio Capsir Ortí, que fue alumno de don Recaredo, testifica: «Destacó en todos sus cargos y demostró un celo extraordinario en la formación catequística de los seminaristas y en la enseñanza del catecismo a los niños. Fue el organizador del Secretariado, montando una selecta biblioteca catequística y proveyendo del material de enseñanza según los más modernos métodos pedagógicos. Tuvo mucho empeño en organizar unas conferencias de formación catequística con los pedagogos más destacados de aquel tiempo» 66.
Lograba que todos se interesaran por la catequesis, comenzando por los padres de los niños, siguiendo por los seminaristas y por los jóvenes, a quienes formaba y luego le ayudaban en este ministerio. Dice a don Pedro Ruiz de los Paños: «Aparte le envío un ejemplar del diario Correo de Tortosa con la reseña del final del Certamen Catequístico, organizado por este Secretariado.
»Parece que el Señor ha querido bendecir todos los esfuerzos que ha costado su preparación, pues Tortosa entera se ha interesado, y los niños han hecho verdaderos esfuerzos para preparar sus programas de catecismo. El señor obispo ha quedado muy satisfecho» 67.
«Estando él al frente del Secretariado Catequístico Diocesano tuvo lugar una Semana Catequística en Tortosa y otra en Valí de Uxó, y un aplecb o asamblea de catecismos de Cataluña en Montserrat» 68.
Sobre esta última jornada el siervo de Dios escribió un artículo muy sabroso: «Quince mil niños, que llevan consigo los afectos de otros doscientos mil compañeros de los catecismos de Cataluña, han levantado su vuelo para cobijarse bajo el manto protector de la Virgen, en las alturas gigantescas de Montserrat» 69.
Don Recaredo Centelles sabía conjugar perfectamente «lo alegre con lo serio, que así deben ser las cosas de los niños». Se celebró este acto en Montserrat como conmemoración del XIX Centenario de la Redención 70.
A un condiscípulo suyo, que le pedía orientación para hacerse buen catequista, le dice que teóricamente debe estudiar unos cuantos libros, que le detalla, así como leer constantemente las revistas de catequesis que se publicaban entonces y que procure estar al día en revistas de esta clase. Luego desciende a lo concreto, que lo sintetiza en tres puntos: «Prácticamente, para ser buen catequista se necesita: a) Un poco de sentido común, b) Conocimiento de la doctrina, cuanto más, mejor, c) Una buena dosis de celo por la gloria de Dios y de amor a las almas» 71.
El tenía mucho de todo esto.
Don Recaredo había comprendido perfectamente lo que el Beato Manuel Domingo y Sol enseñaba a sus alumnos: «Catecismo. No miréis este ministerio como inferior. Cuesta más la preparación para la catequística que para pláticas y misiones. Amad este ministerio. Hablar poco y hacer hablar mucho» 72.
A don Recaredo le gustó mucho que en la diada catequística el obispo de Barcelona lo hiciera así. La homilía fue «un vivo diálogo con los niños... Muchos de los presentes lloraban emocionados» 73.
CAPITULO XV
VIRTUDES DEL SIERVO DE DIOS RECAREDO CENTELLES ABAD
A don Recaredo Centelles quiso adornarlo Dios con multitud de prendas naturales y sobrenaturales. Atraía con «un grado máximo de respeto y seriedad» 1. «Don Recaredo era un sacerdote santo, exquisito, no sólo por educación humana, sino por finura de alma y altitud de miras» 2.
Todos «se sentían atraídos y subyugados por su manera de tratarlos y por cierta distinción que observaban en su trato» 3.
ESPIRITU DE FE
En don Recaredo resplandeció «de manera especial una fe profunda y práctica que le hacía ver a Dios en todos los acontecimientos y vicisitudes de la vida.
»A pesar de la prueba que sufrió con una larga enfermedad, que aparentemente podía resultar un serio obstáculo para la consecución del sacerdocio, jamás se le vio pesimista. Siempre esperó confiadamente que se pondría bien, aceptando los remedios, muchas veces heroicos, que le ordenaban los médicos, a los que consideraba como instrumentos de Dios» 4.
«Destacó su fe», dice sencillamente un testigo 5. Y esta fe práctica se manifestaba en su ferviente y sólida piedad. Era un apasionado devoto de la santísima eucaristía, sacramento de nuestra fe, de donde dimanaban todas sus virtudes.
«Su devoción al Corazón de Jesús y eucaristía fue extraordinaria. Se manifestó particularmente su devoción a la sagrada eucaristía por sus frecuentes y prolongadas visitas al Santísimo Sacramento y por sus horas santas, que explicaba con gran devoción de todos los presentes» 6.
Todos los que tuvieron la dicha de tratar con él quedaron edificados por su compostura y recogimiento ante el Santísimo: «Era edificante cuando estaba ante el Santísimo haciendo la visita» 7. «Pasaba largos ratos ante el sagrario» 8.
Es constante esta comprobación: «En el siervo de Dios resplandeció su devoción a la sagrada eucaristía, su piedad» 9. «Se distinguió en su piedad» 10. «Era sumamente piadoso» 11. «Estaba sumamente recogido cuando hacía la visita al Santísimo» 12.
Oraba y hacía orar, porque todo lo esperaba de Dios, porque Dios era su fuerza. «Resplandeció en el siervo de Dios especialmente la piedad, la devoción mañana, la humildad y el espíritu de sacrificio y un gran amor a la Iglesia. Pasaba hasta altas horas de la noche, después de acostarse los seminaristas, en su habitación en oración. Rezaba frecuentemente el rosario, en los momentos en que visitaba los dormitorios o paseaba por los tránsitos. Se notaba en su semblante una presencia constante de Dios.
»Hacía resaltar con frecuencia, en el último año que precedió a la revolución, los momentos críticos por los que pasaba la Iglesia en nuestra patria, y las exigencias de santidad extraordinaria que exigían del seminarista y del sacerdote para afrontar los momentos que se avecinaban» 13.
Los testigos no dejan de ponderar esta fe y amor a Dios que rezumaba toda su persona. «Tenía bien conseguida la fama de santidad, de que gozaba, por los continuos actos de virtud, por su amabilidad, por su trato cordial y distinguido a la vez, por su tierna piedad y por los actos de mortificación» 14.
ENTREGA GENEROSA A LOS HERMANOS
Su intenso amor a Dios desbordaba en el amor a las almas. Fue un apóstol celoso, sacrificado, buscando el bien de los demás. «Tenía gran celo por las almas, que comunicaba a sus alumnos y a cuantos convivíamos con él. El siervo de Dios era siempre y en todo edificante» 15.
El sobrino de don Recaredo, Leopoldo Penar roja Centelles, vio y palpó este celo desbordante de su tío, que era apóstol no sólo en el seminario y en la catequesis, no sólo con los de fuera, sino también en casa, con los de la familia. Le impresionó profundamente cómo el siervo de Dios influyó en el padre del testigo de tal manera, que supo sacrificar con gozo sus bienes en beneficio de las gentes humildes y supo llegar juntamente con don Recaredo al martirio.
«De su celo por las almas puedo decir que mi mismo padre fue conquistado para una vida intensamente religiosa, aun a costa de pérdida de herencia cuantiosa, hasta llegar dignamente y valientemente al martirio» 16.
Don Recaredo Centelles era un Operario inconfundible, a carta cabal, tal como lo quería el Beato Manuel Domingo y Sol, que decía a sus hijos: «Todos los intereses de la gloria de Dios los ha de mirar como propios... Todos estos intereses los debiéramos poner en nuestro corazón y, con el deseo, debemos remediarlos todos» 17. «No habrá ni uno que no pueda ser objeto de las oraciones y el celo del Operario. Todas y cada una de las necesidades hemos de hacerlas nuestras, como si el Señor nos las hubiera confiado, y sufrir y padecer cuando no podamos remediarlas» 18.
Así era este siervo de Dios, que «mostraba gran celo y entusiasmo por toda obra buena» 19.
CELO POR LA FORMACIÓN SACERDOTAL
En este aspecto también se mostró hijo fidelísimo de Mosén Sol. Explayó don Recaredo su celo muy principalmente en la formación de los futuros sacerdotes. Estaba muy convencido de lo que dice el fundador de la Hermandad: «Entre todas las obras de celo no hay ninguna tan grande y de tanta gloria de Dios como contribuir a dar muchos y buenos sacerdotes a la Iglesia» 20.
Don Recaredo sentía la urgencia de este ministerio tan vital, el más trascendental, lo mismo que lo sentía don Manuel: «Sobre todo celo por las vocaciones» 21. «Sois llamados a esto... ¿En qué podréis emplear mejor el celo?» 22. Que, en definitiva, es lo que el Concilio Vaticano II ha propuesto de manera contundente: «Demuestren todos los sacerdotes el celo apostólico, sobre todo, en el fomento de las vocaciones» 23.
Dicen de don Recaredo: «Su entrega a su vocación y a los seminaristas era admirable» 24. Es muy curioso, pero mucho más significativo, lo que declara el gran amigo del siervo de Dios José María Escrí Salvador. Después de confesar una vez con don Recaredo, recién ordenado sacerdote, a este señor le entró verdadero pánico de que, si continuaba confesándose con él, terminaría yendo al Seminario. Dice así: «Las virtudes que más destacaban en él era la fe y la modestia y un gran celo por la salvación de las almas, y porque hubiese muchos sacerdotes.
»EI primero que confesó con él fui yo; y, después, al terminar, le dije que no me confesaría más con él, porque me daba miedo tener que ir, a mi edad, al Seminario. Daba un gran valor al sacerdocio y tenía gran aprecio de la santa misa» 25.
Todos los testigos están concordes también en este punto: «Destacó su fe, su espíritu de sacrificio y su celo por la formación de los sacerdotes» 26. El mismo cardenal Enrique Tarancón testifica: «Se distinguió en su piedad, austeridad y celo por la formación de los sacerdotes» 27.
«Destacó en él su laboriosidad y aprovechamiento del tiempo, su entrega absoluta a la formación de quienes se le confiaban, su celo extraordinario por la formación eucarística de sus dirigidos» 28.
AMOR A LA IGLESIA
Dice el Concilio Vaticano II que «la fidelidad a Cristo no puede separarse de la fidelidad a la Iglesia. Así, pues, la caridad pastoral pide que, para no correr en vano, trabajen siempre los presbíteros en vínculos de comunión con los obispos y con los otros hermanos en el sacerdocio» 29.
Y así actuaba y así enseñaba don Recaredo Centelles, que «tenía gran amor a la Iglesia, de la que predicaba y hablaba con tal entusiasmo y convicción, que lo contagiaba a los demás» 30.
Su amor a la Iglesia era también obediencia, y obediencia cordial, sin reservas, sin cisuras. No necesitaba mandatos. Como quería el Beato Manuel Domingo y Sol, le bastaba para obrar, «más que la obediencia, las meras indicaciones que se nos hagan, ya porque es mejor obediencia, ya porque, por lo común, las indicaciones son preceptos de suavidad que deben movernos con más fidelidad y dulzura a su cumplimiento» 31.
«Era también obediente a los superiores en sumo grado, procurando seguir hasta sus consejos, enseñando la reverencia que seminaristas y sacerdotes deben prestar al prelado y demás superiores» 32.
Entre las poquísimas cartas que se conservan del siervo de Dios, me ha llamado la atención la que escribe al siervo de Dios Joaquín Jovaní, Director General de la Hermandad, el día 13 de septiembre de 1930. Se muestra una vez más Operario cabal. Don Joaquín le había encomendado el sermón de la Fiesta del Reservado en el Templo de Reparación de Tortosa. A don Recaredo le da cierto miedo, porque tiene poca experiencia aún de sermones, y le da grandísima alegría por el gozo de casi estrenarse a la sombra del Fundador de la Hermandad. «Recibí sus dos últimas cartas. Ecce adsum, mitte me en todas las cosas que disponga de mí. Sobre mis fuerzas estimo el encargo del sermoncito; pero como a Operario, me atrae la idea de estrenarme casi en nuestro Templo de Reparación, a la sombra de nuestro Padre. Pondré manos a la obra cuanto antes» 33.
IRRADIABA PUREZA DE TODO SU SER
Quizá sea el punto que más de relieve ponen todos los testigos en el proceso. «Resplandecía en todo género de virtud sobrenatural, particularmente en la pureza angelical que se transparentaba en todo su ser, y en una alegría constante, serenidad de espíritu extraordinaria» 34.
Testifica un sacerdote: «He oído al actual señor obispo de Tortosa decir de él que era un ángel» 35. El sobrino del siervo de Dios declara: «La pureza se manifestaba en su semblante» 36.
Y porque era tan puro, era muy amigo de los niños. Bastaría recordar sus afanes por la catequesis. Los niños lo subyugaban, como él fascinaba a los niños. «¿Por qué será? —escribe él mismo—. Sin duda, porque el niño es... ¡la inocencia!» 37.
Porque era tan limpio, tan casto, todo lo volvía limpio y puro. Cuando era muy pequeño tenía miedo a las habitaciones de su casa, hasta que su madre le enseñó —¿era profecía?— que aquellas dependencias estaban «perfumadas por las virtudes de un santo que nació y vivió en ellas, de un mártir de la fe, que predicando la doctrina de Jesucristo en países infieles, voló desde allí al cielo, desde donde nos mira a todos nosotros con especial predilección» 35.
La realidad es que, desde que en esos aposentos vivió este siervo de Dios, quedaron aún más perfumados, fueron más «un lugar sagrado».
Cuantos tuvieron la dicha de conocer y tratar a don Recaredo quedaron impresionados por esa pureza que irradiaba de todo su ser y que atraía y cautivaba: «En su persona se traslucía la pureza y el candor» 39.
«Era ejemplar por su pureza y modestia» 40. «Brillaba en él particularmente la virtud de la pureza» 41. «Se distinguió por la modestia y la humildad. Su rostro transparentaba pureza» 42.
A los mismos esbirros que lo asesinaron les causó gran impacto la pureza del siervo de Dios, que los apostrofó con energía y bondad cuando, al despedirse hasta el cielo de su hermana Laura, le preguntaron, chanceándose, si aquella mujer «era su compañera». Nos cuenta su sobrino Leopoldo: «Llegado el momento de la despedida, mi padre y mi tío nos besaron a todos y, en el momento en que el siervo de Dios besaba a su hermana Laura, uno de los milicianos preguntó, o dijo entre chanzas, que aquélla era la compañera del cura, a lo que el siervo de Dios, con una entereza admirable y con toda serenidad, se encaró contestándole que los curas no tienen compañera» 43.
Esto no se lo perdonaron. Narra también Leopoldo Peñarroja Centelles: «Uno de los que tomaron parte en aquel crimen ha confesado que mi padre murió en el auto antes de llegar al cementerio de Nules. Murió en los brazos de mi tío, después de haberse confesado con él. A mi tío, juntamente con otro sacerdote, un paisano y una mujer los fusilaron ante las tapias del cementerio nuevo de Nules, a seis kilómetros de Valí de Uxó. Me han dicho que soportó las torturas con una serenidad admirable. Serían las tres de la madrugada del día de Cristo Rey...
»Solamente un dato quiero hacer constar aquí para perpetuo baldón de aquellos asesinos. A mi tío le enterraron juntamente con la mujer asesinada, para castigarle, después de su muerte, por haber dicho que los curas no tienen compañera» 44.
ESPIRITU DE SACRIFICIO
Logró ser señor de sí mismo, lo que supone un fuerte aprendizaje, porque es lección difícil. De ordinario, es más fácil dominar a los demás que dominarse a sí mismo.
«Se distinguió por su serenidad y sencillez. Era un hombre de equilibrio y de dominio de sí mismo» 45.
Don Andrés Roca, que convivió con el siervo de Dios en el Seminario Menor de Tortosa, y que viajó con el siervo de Dios, una vez que estalló la revolución, también testifica sobre el espíritu de sacrificio y abnegación de don Recaredo. Dice don Andrés: «Vinieron unos familiares de don Recaredo y se lo llevaron, con un pase hecho a favor de ellos y un familiar, que era don Recaredo. A mí me llevaron en el mismo coche hasta cerca de Ulldecona, donde estaba el primer control. Allí me apeé y me separé de él» 46.
Hablando de las virtudes del siervo de Dios, declara: «Resplandeció su devoción a la sagrada eucaristía, su piedad, su mortificación, su pureza, su prudencia. Era un hombre completamente entregado a sus cargos. Toda su vida era de muchísima abnegación» 47.
El sacerdote don Luis Riba Cano dice: «Destacó su fe, su espíritu de sacrificio y su celo por la formación de los sacerdotes. Dormía poco, sacrificándose mucho por los seminaristas» 48.
Su buen amigo José María Escrí Salvador ofrece algunos datos concretos del espíritu de mortificación de don Recaredo, cosas que a él, como seglar, le impresionaron mucho: «De su mortificación puedo narrar lo siguiente: una vez, siendo él ya sacerdote, le sorprendí en una habitación, contigua a la sacristía de la parroquia del Santo Ángel, arreglando el zapato, y vi que se ponía garbanzos secos. El me dijo que no se lo dijera a nadie. Todos le tenían por muy bueno. En el pueblo le tenían como verdadero santo» 49.
Un sacerdote, antiguo alumno de don Recaredo, recoge así el sentir de cuantos fueron sus discípulos: «Entre los antiguos alumnos suyos, el hecho de su martirio ha sido una confirmación de una vida privilegiada» 50.
CAPITULO XVI
MARTIRIO DEL SIERVO DE DIOS RECAREDO CENTELLES ABAD
No cabe duda de que el siervo de Dios don Recaredo Centelles, dada la actitud constante en que vivió de entrega radical al Señor, estaba muy bien preparado para el martirio. Desde siempre aspiraba a ser sólo de Cristo. En él había muerto todo menos el corazón.
Lo cantaba en unos versos muy sencillos cuando tenía diecisiete años de edad:
«Adiós, padres, adiós, deudos,
que me llama mi Señor.
Soy de Cristo, ya estoy muerto,
vive sólo el corazón» 1.
Su aspiración era Jesús. Vivía de El y para El. Quería asemejarse en todo a su Señor. «En conversaciones de confianza le oí repetidas veces frases que reflejaban una íntima ilusión por ser mártir y hasta en cierta ocasión le oí decir, entre aparentes bromas, que el Señor no le concedería más años que los que tuvo Jesucristo. Efectivamente, murió aproximadamente a los treinta y tres años» 2.
ES UNA COSA DEMASIADO EXCELSA
Sabía muy bien que el martirio es un don de Dios muy grande, que concede a pocos 3. El no se atrevía a pedir tan gran don. Pero estaba muy dispuesto a recibirlo para demostrar su amor a Jesucristo.
Estando ya refugiado en la casa de sus hermanos, «vistió la sotana, desechando las sugerencias en contrario que le hacían sus familiares. Vestido de sacerdote y acompañado por mí —testifica su sobrino Leopoldo Peñarroja Centelles—, nos dirigimos a la casa donde se habían refugiado las monjas clarisas, cuando era una temeridad andar por la calle vestido de sotana.
»La tarde anterior yo mismo había trasladado el Santísimo desde la casa abadía a la casa donde estaban refugiadas las monjas. Allí, mi tío, vestido de roquete, dio la comunión a las monjas y comulgó él mismo, y así se sumieron todas las formas, para evitar una segura profanación. Después de ello, habló a las monjas sobre la gloria que suponía el martirio, y a una que lloraba la exhortó particularmente, dándole ánimos» 4.
Es quizá demasiado significativo que todos estos siervos de Dios no se desprendían de la sotana. Eran sacerdotes y querían confesarlo hasta con su atuendo. No la dejaban por nada del mundo. Cuando viaja de Tortosa a Valí de Uxó, «en la maleta llevaba la sotana, el manteo, una colección de fotografías del Seminario Menor, algunos documentos de éste y dos libros de don Pedro Ruiz de los Paños: Directorio de la Hermandad e Idea de la Hermandad» 5.
Era tan normal para ellos llevar las cosas de «cura», que no se hacían a estar sin ellas. Cuenta don Carlos Calaf que, cuando escapa de Orihuela a su pueblo, en los primeros días de la revolución, logra llegar a Novelda, y con un salvoconducto, archisellado, se creía más seguro que con un pasaporte diplomático. Pero... «Sin que yo lo advirtiera, pasé en aquella estación de Novelda otro riesgo más peligroso y comprometido, Se dispusieron a registrarnos las maletas a los viajeros. Segurísimo de haber dejado en la casa de Orihuela cuanto me pudiera delatar como sacerdote: sotanas, breviarios, etc., la presenté confiadísimo; al ver mi actitud tan decidida, fui el primero en presentar: ni siquiera la abrieron. El susto me lo llevé al abrirla por la noche en una fonda de Castellón. Lo primero que encontré fueron unos alzacuellos de cura, muy estiraditos para que no se arrugaran. La costumbre de hacerlo siempre de la misma manera prevaleció sobre las precauciones que debía haber tomado» 6.
Don Recaredo, después de alentar a las monjas al martirio, «se recluyó en casa, vistiendo la sotana», y advirtió a su hermana «que, si se ofrecían casos de enfermos, le avisaran, porque su deber era asistirles, aunque le costara la vida» 7.
En casa hablaba a sus familiares, animándolos, y, «entre otras cosas, nos dijo que no nos preocupáramos por el martirio, pues era una cosa demasiado excelsa para que Dios se acordase de nosotros en este sentido» 8.
SUS GRANDES OBSESIONES
Sólo se quitó la sotana cuando, ante la presión de sus hermanas, tras ser detenidos su hermano Vicente y su cuñado Leopoldo, aceptó lo que para él suponía un gran sacrificio, para no comprometer a la familia. No le gustaba. Y de hecho, cuando fue desde Tortosa a Valí de Uxó, cuenta su sobrino: «Vino vestido de paisano, notándosele en el semblante la repugnancia que le causaba el atuendo» 9.
Dice el mismo testigo: «Por estos días fue detenido mi padre y mi tío Vicente, hermano del siervo de Dios, y ya, ante la gravedad de estos hechos, tuvo que ceder a las instancias de mi madre para que se quitara la sotana, la que besó antes de quitarse, ofreciendo ese nuevo sacrificio por la salvación de España» 10.
Pero sus grandes obsesiones aquellos trágicos días de espera, en que no podía ni salir a la calle, fueron estas dos: atender a los enfermos y poder celebrar la santa misa: «Durante este tiempo era para él una obsesión su inactividad ministerial, hasta tener varios altercados con mi madre y mi tía por este motivo. Decía que era un caso de conciencia no salir para atender a los enfermos y que estaba dispuesto a hacerlo, aunque tuviera que costarle la vida.
»Otra preocupación grande era la celebración de la misa. Lo recuerdo perfectamente por mi edad y por mi condición de entonces: yo era seminarista. Urgía a mi tía para que le llevase ornamentos de alguna parte.
»Otras preocupaciones persistentes eran los Operarios y sus seminaristas» 11.
Oraba por todos, uno por uno, porque era lo que podía hacer en favor de todos ellos. Sólo tenía el arma de la oración.
«Un primo del siervo de Dios fue a buscarle a Tortosa. Este, aunque buena persona, era de Izquierda Republicana. Se llamaba Pascual Pía Abad, y vive todavía. El mismo me ha contado que, cuando se acercaban ya a Valí de Uxó, dijo a Recaredo que si traía algún arma, se la entregase, para no comprometerle. A lo que el siervo de Dios respondió: Pascual, ¿aún estás con ésas? Los sacerdotes no tenemos armas; pero yo llevo una que es inofensiva, y le mostró el rosario» 12.
Y esa arma sí la utilizó constantemente. «Estando en casa, escondido, tenía sobre la mesa una fotografía de grupo de los superiores y seminaristas del Menor de Tortosa, que repasaba frecuentemente, mostrando preocupación por cada uno de ellos. Cosa parecida hacía con la lista de los operarios» 13.
Vivía en oración. Era su fuerza. La única con que contaba. «Pasaba horas y horas arrodillado ante la imagen del Sagrado Corazón de Jesús que teníamos en la sala. Por la noche, cuando mi padre y yo regresábamos de la fábrica, nos arrodillábamos todos delante de dicha imagen, hacíamos la novena al Sagrado Corazón de Jesús, se rezaban las letanías de los santos y otras devociones» 14.
«Su lectura eran los libros de don Pedro sobre el Instituto. En esta lectura y en largas horas de meditación pasaba el tiempo» 15.
Ministerialmente poco podía hacer. Animar a los suyos. Alentar a cuantos se le acercaban, ya que él no podía salir de su refugio. Dice el testigo José María Escrí Salvador: «Es cierto que se refugió en la casa de sus hermanos. Allí rezaba mucho. También me consta, por testimonio de una tía mía, religiosa clarisa de Valí de Uxó, que don Recaredo las visitaba en una casa particular, donde estaban refugiadas la mayoría de estas religiosas, y las preparaba para el martirio, que consideraba como una gracia muy grande de Dios Nuestro Señor» 16.
Pudo bautizar a su sobrina Josefina Centelles Moya, hija de su hermano Vicente, que fue asesinado por los rojos el 2 de octubre de 1936, con muchos sacerdotes y seglares católicos. «Don Isidoro Bover sé que estuvo en la cárcel con mi marido y le mataron con él» 17.
Dice la testigo Josefa Moya Fernando: «Durante aquellos días bautizó a una hija mía, Josefina Centelles Moya, que nació el 31 de agosto de 1936» 18.
CLIMA DE MARTIRIO
Se respiraba en toda la zona «roja» entre sacerdotes y buenos católicos. Don Recaredo no se consideraba digno de este don, porque es una gracia demasiado grande. Pero cuando cayó mártir su hermano Vicente, el primero de la familia, ya tuvo la seguridad de que él también iba a confesar su fe con la sangre.
El hermano de don Recaredo, Vicente Centelles Abad, fue asesinado el 2 de octubre de 1936. Cuenta el sobrino de ambos: «El 2 de octubre, mi tío Vicente, que estaba en la cárcel de Castellón, fue fusilado. Días antes había hecho saber que don Isidoro Bover estaba en la misma cárcel y que se habían confesado. Ese mismo día 2 de octubre recibimos su última carta, dirigida a su mujer, en estos términos:
»'Mi querida esposa: Para ti y mis hijos el último suspiro de mi corazón. Hoy, día 2 de octubre, me sacan de la cárcel para ser fusilado. Muero cristianamente, y desde el cielo rogaré a Dios para que te proteja en el calvario de la vida. Perdono a todos y a iodos pido perdón. Si algo debe consolarte en estos momentos es pensar que en el cielo tendréis un esposo y un padre mártir por Cristo, pues sólo por El muero. Desde allí haré sentir mi protección sobre todos vosotros. Adiós, esposa mía. Da a nuestros hijos el último beso de su padre, y hasta el cielo, donde os espero para volveros a abrazar. Tu esposo, Vicente'.
»Mi tío Recaredo leyó esta carta ante la viuda y sus tres hijos, el mayor de cinco años y la más pequeña de dos meses, a la que su padre sólo pudo ver una vez en la cárcel, ya que nació cuando él estaba detenido, y a la que mi tío bautizó en casa. Naturalmente, fue una escena dolorosísima.
»Mi tío, sobreponiéndose a la voz de la sangre, nos dijo: ¡No lloréis más! Demos gracias a Dios porque se ha dignado elegir un mártir en la familia. ¡Ojalá se sirviera escogernos a nosotros!
»Desde entonces él caminaba con certidumbre asombrosa hacia la muerte. Por algo redoblaba sus oraciones y me hablaba a mí tantas veces del martirio y de la gloria que supone el ser mártir y de sus ansias de serlo, siempre que esto último no significara un orgullo extralimitado y una comodidad excesiva» 19.
Un sacerdote que convivió con él los últimos meses de su vida testifica: «Don Recaredo manifestaba en su modo de ser y, sobre todo en aquellos tiempos de la República y persecución, su espíritu sumiso y dispuesto al martirio» 20.
Y cuanto más cerca lo veía, más se preparaba.
MARTIRIO
Fue el día de Cristo Rey. Buen día para seguir las huellas del que quiso reinar desde la cruz. Don Recaredo se había preparado a conciencia para celebrar esa fiesta.
«Se acercaba la fiesta de Cristo Rey, tan sentida y de tanta devoción en mi familia, empezando por mi propio padre —testifica el sobrino de don Recaredo—. Acordamos celebrar un triduo de oraciones y plegarias unidas con los sacrificios que buenamente pudiéramos ofrecer al Rey de nuestras almas» 21.
Don Recaredo iba a ofrecer su cuerpo como hostia viva, santa, agradable a Dios 22.
«Su obsesión era la misa. Y, en efecto, el viernes y sábado precedentes a la fiesta de Cristo Rey me despertó muy de mañana para que le ayudara a misa. Como no podía celebrar, se contentó con ir recitando y ejecutando las ceremonias de la misa.
»Mientras tanto hizo su aparición en Valí de Uxó la tristemente célebre 'Columna de Hierro'. La alarma producida por este hecho hizo que mi padre hablara con un pariente que pertenecía al Comité local revolucionario, pidiéndole protección. Aquél nos dijo que no nos preocupáramos, que antes de llegar a nuestra casa, pasarían por encima del Comité» 23.
Muy buenas palabras y hasta quizá muy buenos deseos; pero la Columna de Hierro no entendía ni de parientes ni de nada. Sólo sabía odiar, asesinar. Ya habían matado al hermano de don Recaredo, Vicente.
«Con la seguridad de aquel pariente, hicimos las oraciones que hacíamos todas la noches, con mayor fervor, para prepararnos a la fiesta de Cristo Rey, que era al día siguiente.
»Cenamos tranquilamente, jugamos una partida de damas y nos acostamos.
»A las primeras horas del día de Cristo Rey nos despertaron unos tremendos golpes dados a la puerta. Todos supimos de qué se trataba. Mi padre acudió en seguida al teléfono, llamando repetidas veces sin obtener contestación» 24.
Dice el testigo José María Escrí Salvador: «No abrieron en seguida la puerta, porque habían hecho un bando diciendo que, de noche, no se abrieran las puertas a nadie, si no venía en nombre de la autoridad. Los milicianos se procuraron una barra de una fábrica cercana, donde se estaba trabajando, y con esa barra rompieron la puerta» 25.
Continúa diciendo el sobrino de don Recaredo, testigo presencial de todos estos acontecimientos: «Mientras tanto, mi tío Recaredo y yo nos fuimos al patio posterior de la casa, donde mi tío me dio la absolución, consiguiendo él saltar la tapia del mismo, refugiándose en la casa colindante; cosa que yo no pude efectuar, por lo que me dirigí a la sala donde estaba mi padre, desangrándose, porque, en el momento de abrir la puerta, los milicianos dispararon contra él.
»Allí estaban también los milicianos, registrando y consultando la 'lista negra', diciendo que buscaban a Recaredo Centelles Abad, de treinta y tres años, el cura, el que debía estar allí, porque no había salido'. Fueron éstas palabras textuales, oídas por mí» 26.
Los esbirros de la Columna de Hierro no conocían a don Recaredo. No eran enemigos personales suyos. Eran, sencillamente, asesinos, con el oficio de arrancar de cuajo cuanto sonara a Dios y a religión.
«Los milicianos que entraron en casa eran forasteros y desconocidos de nosotros» 27.
Don Recaredo se presentó inmediatamente en la sala donde estaba herido su cuñado. «Mi padre, herido como estaba, ofreció dinero a los milicianos, quienes contestaron que no buscaban dinero» 28. Buscaban sacerdotes con furor delirante.
«Llegado el momento de la despedida, mi padre y mi tío nos besaron a todos y, en el momento en que el siervo de Dios besaba a su hermana Laura, despidiéndose de ella hasta el cielo, uno de los milicianos preguntó, o dijo entre chanzas, que aquélla era la compañera del cura, a lo que el siervo de Dios, con una entereza admirable y con toda serenidad, se encaró contestándole que los curas no tienen compañera.
»Pidió un pañuelo a mi tía y se fue con mi padre, conducido por los milicianos, despidiéndose ambos de todos nosotros hasta el cielo. No fue encarcelado. No fue procesado» 29.
«Salió de casa sereno y recogido, como si fuera a su primera misa» 30.
CAMINO DE LA MUERTE
El siervo de Dios Recaredo Centelles fue conducido al martirio juntamente con su cuñado Leopoldo Peñarroja, con el sacerdote don Vicente Arámbul Gil, muy anciano, y con el señor don Ramón Pitarch.
El conductor de uno de los coches que llevó a los asesinos al lugar del martirio ha declarado en el proceso, como testigo presencial del asesinato del siervo de Dios, ya que desde su automóvil pudo presenciar toda la escena.
Este señor, llamado Manuel Serrano Gil, cuenta cómo le encargaron por aquel tiempo la conducción de un coche turismo, en el que se desplazaban los miembros del Comité en viajes de propaganda del partido.
«Una noche, al regresar de un mitin en Artana, cuando yo iba a cerrar el coche para irme a descansar, me mandaron que fuera a empujar otro coche mayor, que pertenecía a la llamada 'Columna de Hierro', para ponerlo en marcha. Una vez puesto en marcha, y cuando yo creía que había terminado, me dijeron que no había terminado, y subieron a mi coche cuatro individuos de Valí de Uxó: 'El Marto', 'El Chatet de la FAF, 'Zapatilla' y 'El Sariero'» 31.
Estos eran los nombres de combate que se habían puesto aquellos individuos. Es importante saber que «El Marto» era Vicente Sorribes; «El Chato de la FAI» se llamaba José Palomo.
Es importante porque Vicente Sorribes, alias «El Marto», estuvo presente en el fusilamiento del siervo de Dios, y luego lo contaba como si él lo hubiera oído; pero la verdad es que lo había visto, y muy de cerca.
Continúa declarando Manuel Serrano Gil: «Entonces el coche grande, con unos milicianos forasteros y muy bien armados, pertenecientes a la Columna de Hierro, se dirigió a la casa de Leopoldo Peñarroja, precediendo a nuestro coche. Llegamos nosotros y paramos en un callejón cerca de la casa, pero desde donde no se veía la casa. El coche grande paró delante y junto a la puerta de dicha casa.
»Yo, sin bajar del coche, oí golpes. Los milicianos del otro coche vinieron dos veces a preguntar a los de mi coche si efectivamente era aquélla la casa, y obtuvieron respuesta afirmativa. También oí unos tiros, y después supe que hirieron a Leopoldo Peñarroja. Rompieron la puerta y lograron entrar en la casa.
»De allí se llevaron a Recaredo Centelles y a Leopoldo Peñarroja.
»De allí fuimos los dos coches a casa de Joaquín Bueso, al que no encontraron. Luego bajamos a casa del reverendo Vicente Arám-bul Gil, muy anciano. Lo hicieron subir también al coche grande, donde iban ya los otros dos detenidos. Después fuimos a la casa del secretario del Juzgado, que no me acuerdo cómo se llamaba, y lo hicieron subir también al mismo coche» 32.
Ya habían recogido su carga de aquella noche. Ya eran felices de poder matar a cuatro hombres de bien, por el hecho de ser buenos.
El coche de Manuel Serrano Gil siguió al coche grande. Al llegar a la salida del pueblo, «bajó 'El Zapatilla'» 33. Los demás continuaron viaje hasta el lugar del fusilamiento, o sea, «El Marto», «El Chatet de la FAI» y «El Sariero».
«Siguieron los dos coches hasta llegar al cementerio nuevo de Nules. Allí paró el coche grande en la misma puerta del cementerio y el nuestro a unos cien metros o ciento cincuenta. Del coche grande bajaron los cuatro detenidos y los milicianos. Del pequeño bajaron 'Marto' y 'El Chatet de la FAI'» 34.
Vicente Sorribes, alias «El Marto», bajó del coche en el lugar mismo del fusilamiento y allí lo presenció. Por eso, luego lo pudo contar con muchísimo detalle.
Dice Manuel Serrano Gil: «Los cuatro detenidos parece que no iban atados. Se pusieron de pie, no recuerdo si de cara o de espaldas a los milicianos. Estaban serenos, no se les vio movimiento alguno de querer huir o resistirse.
»Estando así, los ametrallaron y cayeron al suelo. Luego, con tiro de pistola, los remataron.
»Yo vi esto desde dentro de mi coche. Terminado todo esto, los milicianos subieron a su coche y al mío vinieron los dos que se habían apeado. Seguimos camino de Nules hasta el empalme de Mon-cofar a Valí de Uxó.
»Los que iban en mi coche, iban callados; no dijeron nada ni hicieron ningún comentario. Llegados a dicho empalme, se despidieron los milicianos y el coche grande prosiguió con dirección a Valencia y el nuestro regresó a Valí de Uxó.
»Serían, cuando llegamos, las cuatro o cinco de la madrugada» 35.
BENDECID A LOS QUE OS PERSIGUEN
El siervo de Dios don Recaredo Centelles cumplió a la letra este consejo de San Pablo: «Bendecid a los que os persiguen; bendecid, sí, no maldigáis» 36.
Es impresionante el testimonio de José María Escrí Salvador, el gran amigo de don Recaredo, que supo directamente de un testigo ocular el martirio del siervo de Dios.
En primer lugar nos pinta su situación, para que podamos comprender mejor cuanto va a declarar.
«Yo estaba inscrito en la Federación Anárquica Ibérica (FAI), en la que llegué a ser secretario-tesorero. Me inscribí en este partido obligado por la necesidad, puesto que, de otro modo, no podía trabajar y mantener a nueve religiosas que tenía en mi casa, entre ellas una hermana y tía mías.
»En dicho partido me gané, por mi laboriosidad y honradez, la confianza de los jefes. Por eso, pude saber muchas cosas, sobre todo por la confianza de Vicente Sorribes, alias 'El Marto', y también José Palomo, alias 'El Chato de la FAI', que eran los más influyentes. Estos, al ver mi honradez, llegaron a proteger a las monjas que yo tenía en casa, y a mí me tuvieron en sus casas en los días de mayor peligro» 37.
La noche que mataron a don Recaredo, Vicente Sorribes, «El Marto», le dijo al declarante que no se quedara en su casa, pero que tampoco fuera a la de él, sino a la de José Palomo, «El Chato de la FAI», porque era día de alarma roja, de excesivo peligro, y ni entre ellos se fiaban unos de otros.
Esto era en la noche del domingo, fiesta de Cristo Rey.
«El lunes, 'El Marto' no acudió al trabajo en la fábrica de la FAI, cuya oficina llevaba yo. El martes acudió, pero, trastornado, entró en mi despacho y se acercó a mí para decirme lo siguiente:
»'¿Tú sabes lo de Recaredo? ¡Qué fanatismo tienen los sacerdotes! Yo no creo nada de eso; pero mira lo que dicen que ha hecho Recaredo. Después que le ametrallaron y cayó al suelo, uno de los milicianos le dijo: Tú, que eres cura, bendícenos. Y Recaredo, que había caído sobre su brazo derecho y no podía moverse, pidió que le volviesen de lado, y entonces con la mano derecha libre les bendijo.
»Después el miliciano le dio un tiro en la cabeza.'
»Esto me lo dijo con gran emoción y, de vez en cuando, al darse cuenta de que decía demasiados detalles, se interrumpía diciendo: Bueno, esto me lo han dicho. Pero yo quedé convencido de que lo había presenciado» 38.
Por el testimonio del chófer Manuel Serrano Gil sabemos que efectivamente Vicente Sorribes, alias «El Marto», iba en su coche, bajó de él y presenció toda la escena.
El tiro de gracia se lo dieron en el ojo derecho 39.
LO MATARON POR SER SACERDOTE
Son unánimes los testimonios tanto de que el siervo de Dios jamás se había mezclado en cuestiones políticas como de que es verdadero mártir, asesinado sólo y exclusivamente por ser sacerdote.
El obispo de Tortosa, don Manuel Molí, lo asegura tajantemente: «Estoy seguro de que era incapaz de tener enemigos personales, ni tener inclinaciones por partidos políticos. Estoy seguro de que mataron al siervo de Dios por ser sacerdote.
»Actualmente goza de fama de sacerdote ejemplar y de mártir de Jesucristo» 40.
Lo mismo testifica Laura Centelles, hermana del siervo de Dios: «No fue encarcelado. No fue procesado. Los llevaron directamente a la muerte, según testimonio del chófer. Recibió la noticia de que iban a matarle con gran serenidad. Los revolucionarios no pudieron matarle más que porque era sacerdote. No tenía enemigos personales. Los milicianos que entraron en casa nos eran desconocidos. Mi hermano no tenía preferencias políticas. No recuerdo haberle oído hablar nunca de política. Estoy segura de que mataron al siervo de Dios por ser sacerdote» 41.
Lo único que tenía y sigue teniendo es fama de santidad, y fama de mártir. «Cuando hay algún enfermo, vienen a pedirnos objetos usados por el siervo de Dios. Tiene ciertamente fama de santo... Se le considera también como mártir» 42.
«Sólo le mataron porque era muy bueno y era sacerdote. Goza de fama de santidad. Goza igualmente de fama de martirio. No me consta que nadie haya ni siquiera dudado de su santidad o martirio» 43.
Y en el mismo sentido declaran todos en el proceso. «Le mataron por su santidad. Porque era muy buen sacerdote. No eran enemigos suyos personales. No tenía ideas políticas. No tenía más que la idea de Dios. Estoy seguro de que mataron al siervo de Dios por ser un buen sacerdote» 44.
EL CADÁVER DEL SIERVO DE DIOS
Llamaba la atención, cuando fue desenterrado, a los tres años, el perfecto estado de conservación del cadáver. Testifica el médico de Valí de Uxó, don José María Adrián García: «El cadáver del siervo de Dios estaba intacto. Cuando lo sacaron del cementerio de Nules, se pudo identificar sólo con verlo.
»Fue enterrado en una fosa común en Nules. Al terminar la guerra lo trasladaron a Valí de Uxó. Después lo llevaron a Tortosa. Aun entonces estaba el cadáver tan bien conservado, que se podía sostener de pie, y se le conocían las venas de la mano» 45.
El sobrino de don Recaredo aporta detalles muy interesantes. «El cadáver del siervo de Dios fue enterrado sin caja ni protección alguna en una zanja del cementerio nuevo de Nules, que corría paralela a la pared frontal derecha; dicho cementerio aún no había sido inaugurado. Yo supe su enterramiento al día siguiente al mismo, por referencias del sepulturero. Los cadáveres habían sido abandonados por los asesinos en el mismo lugar donde habían sido fusilados.
»La fosa donde fue enterrado el siervo de Dios era la última de la zanja y junto a la misma fue construida, cuando el frente de guerra se estableció en Nules, una trinchera, que providencialmente no llegó a tocar los restos del siervo de Dios, que estaban contiguos a ella, ya que de haber sido ésta corrida unos centímetros más, hubieran sido destruidos aquellos restos» 46.
Habla de la buena conservación del cadáver, la flexibilidad que conservaba. Y, «a mayor abundamiento, las prendas de vestir aparecían intactas. Se le recogió del bolsillo del pantalón el mismo pañuelo que se llevó de casa, y que está marcado con mis propias iniciales y que yo conservo piadosamente. Llevaba puestos los escapularios de la Virgen del Carmen y de San Francisco, que igualmente conservo en mi poder, haciendo hincapié en que todo ello se conserva en perfecto estado, como puede comprobar el Tribunal, ante quien lo exhibo.
»En su cadáver se observaba perfectamente el tiro en el ojo derecho» 47.
5
Don Martín Martínez Pascual
La ilusión de formar seminaristas santos
CAPITULO XVII
SÍNTESIS BIOGRÁFICA DEL SIERVO DE DIOS MARTIN MARTÍNEZ PASCUAL
El siervo de Dios Martín Martínez Pascual nació en Valdealgorfa (Teruel) el día 11 de noviembre de 1910. Juntamente con el siervo de Dios Aquilino Pastor Camberos —martirizado el día 29 de agosto de 1936—, es el mártir más joven de los treinta sacerdotes Operarios a quienes quiso conceder el Señor la gracia del martirio.
Era hijo de Martín Martínez Callao y Francisca Pascual Amposta.
Fue bautizado el día 12 de noviembre de 1910.
SU FAMILIA
Era buena, sencilla, modesta. Su padre era carpintero 1. Una familia normal de los pueblos de España, con una religiosidad sencilla. Uno de los testigos, sacerdote, natural de Valdealgorfa, dice: «Su familia era religiosa, pero no destacaba por eso. De condición social y económica desahogada» 2.
Todo depende del color del cristal con que se mira. Para el cuñado del siervo de Dios, «su familia era muy religiosa y estaba muy bien considerada, pero era de condición económica modesta» 3. Para otro testigo del lugar, «su familia era de lo mejor del pueblo» 4.
La realidad es que Martín, ya desde pequeño, atraía y arrastraba a todos por su simpatía y su bondad. La actitud de su vida también influyó en su familia. «Sus padres eran buenos; se hicieron mejores desde que el chico marchó al Seminario» 5.
INFANCIA
Los años de su infancia transcurrieron con la normalidad de cualquier niño de pueblo. Era travieso e inquieto, como todo niño sano. Y era de muy buen corazón. «De niño era muy travieso, pero bueno» 6.
Pero muy pronto comenzó a bullir en su interior la inclinación a las cosas de la religión. Vivía enfrente del convento de clarisas y frecuentaba mucho la iglesia de estas monjas 7. Probablemente fue calando en su vida la oración de las religiosas, a las que veía constantemente en adoración ante el sagrario. Allí había Alguien, a quien merecía la pena acompañar y por el que merecía la pena consagrar la vida.
Los que entonces eran sus compañeros de infancia lo ven así: «De chico era muy bueno y muy piadoso. Animaba a los demás chicos a ser buenos y rezaba con ellos» 8. «Le conocí cuando tenía él unos nueve años. Era un santito. Todo el pueblo le tenía por muy bueno» 9.
Martín ya en la infancia era en germen lo que fue también cuando maduró: piadoso, alegre, sacrificado y un auténtico líder.
VOCACIÓN SACERDOTAL
Los padres del siervo de Dios querían que el muchacho se hiciera guardia civil. Era una salida bastante airosa para el chico y para la familia; no suponía muchos gastos y, como el rapaz era listo, podía hacer carrera. Pero el inquieto Martín oteaba, desde más alto, otros horizontes.
Nos cuenta su hermana Magdalena: «Era el más humilde de todos los hermanos. Era muy aplicado y tenía fama de ser muy buen niño. Mis padres querían que fuera guardia civil; pero él quiso ser sacerdote. Se lo dijo al señor cura, y así se fue al Seminario de Belchite» 10.
Así de sencillo. La gente sencilla no anda con complicaciones. La vocación de Martín apareció de manera muy normal. Dice el Papa Juan Pablo II: «Volved a vuestros recuerdos más personales. ¿Acaso no se halla en los principios de vuestra vocación un sacerdote ejemplar que guió vuestros primeros pasos hacia el sacerdocio? ¿No es verdad que vuestro primer pensamiento, vuestro primer deseo de servir al Señor, están ligados a la persona concreta de un sacerdote-confesor, de un sacerdote-amigo?» 11.
La vocación de Martín siguió ese derrotero. Hubo un sacerdote muy cercano. «A invitación de un sacerdote, llamado Mariano Portóles, se decidió a seguir los estudios eclesiásticos, y se fue al Seminario» 12.
Este sacerdote, don Mariano Portóles Piquer, se preocupaba en Valdealgorfa de las vocaciones, y así se explica que de ese pueblo surgieran tantas vocaciones sacerdotales. Cultivaba con cariño los primeros gérmenes de vocación en los muchachos del pueblo. Acompañaba a los seminaristas durante las vacaciones. Y con Martín Martínez Pascual supo llegar hasta el final. Don Mariano Portóles lo acompañó hasta el martirio. Declara un sacerdote, natural de Valdealgorfa y compañero del siervo de Dios: «Seguramente le vino la vocación al sacerdocio por obra del sacerdote don Mariano Portóles, que se cuidaba de las vocaciones en dicha parroquia. Este sacerdote murió también con el siervo de Dios, gritando: ¡Viva Cristo Rey!» 13.
SEMINARISTA
Ingresó en el Seminario de Belchite, que era el Seminario Menor de la diócesis de Zaragoza. Siempre fue un buen seminarista. De pequeño continuó haciendo honor a su fama de travieso. En los cursos de Filosofía dio un vuelco radical. Le llegó el momento de romper con todo lo que pudiera ser menos perfecto y se lanzó a escalar con garbo las más altas cimas de la perfección. Pero con alegría, con naturalidad, sin rarezas de ningún género. Una de las características más relevantes de su acendrada virtud fue la alegría que irradiaba en torno. Siendo un asceta consumado, sabía poner en todo una nota de jovialidad constante. Tanto los que fueron sus superiores como los compañeros de Seminario y sus paisanos destacan, al lado de sus virtudes, este aspecto de alegría que cautivaba a todos.
Hablando de las dos etapas de su vida de seminarista, testifica un paisano, compañero de estudios: «Pueden señalarse dos épocas en su tiempo de seminarista. Hasta Filosofía fue uno de tantos, sin distinguirse demasiado. En Filosofía cambió mucho, favorablemente, y aprovechó muchísimo en todo. Este cambio se obró con ocasión de la lectura de la Historia de un alma de Santa Teresa del Niño Jesús. Los últimos años de su vida de seminarista fue ejemplar» 14.
ERA EL MEJOR DE TODOS
Un condiscípulo del siervo de Dios, el sacerdote don Emilio Sancho, escribe, el día 13 de enero de 1948, al sacerdote Operario don José Royo una carta, en la que habla exclusivamente de Martín Martínez. Don José Royo le había pedido un testimonio. Y don Emilio Sancho se expresa así:
«Recuerdo, aunque parezca lo contrario, tu encargo, aunque, a pesar de mis deseos, no lo podré cumplir con la perfección y realidad que desearía para complacerte, por una- parte, y para llenar cumplidamente el obsequio al santo mártir (no canonizo, opino) y condiscípulo Martín Martínez Pascual, porque los recuerdos son lejanos y para detallar la verdad y describir el parecer de todos los condiscípulos hubiera hecho falta fijarse en detalles que dan a conocer la sensibilidad y delicadeza de un alma espiritual.
»La santidad, leí una vez, se conoce cuando ya ha pasado. Y esto pudiera suceder con nuestro amigo y compañero. Aparte de que nuestro criterio de seminaristas, ¿qué podría valer?
»Con todo, transcribo el rumor de todos los condiscípulos, y esto se puede comprobar: era, sin duda ninguna y con ventajas, el mejor de todos.
»En todas sus actividades se leía una aspiración: ser santo, pero con una santidad no repulsiva, extraña, sino atractiva, natural.
»¿Fue siempre así? Desde luego que no. Sin poder decir nada en contra, siempre con su natural alegre, fue como son todos los seminaristas verdaderos, hasta el tercer curso de Filosofía. Aquel curso de 1929-30 nos vino como director don Vicente Lores, hoy director de la Hermandad, y él fue el mentor y director querido de todos, pero cuya semilla hizo tanto arraigo en el alma de nuestro inolvidable Martín, que todos nos dimos cuenta de su vuelo gigante hacia las alturas en medio de lo normal y sencillo, al estilo de Santa Teresita del Niño Jesús, de la que muchas veces nos habló nuestro querido don Vicente.
»Se destacó también en su amor y visitas a Jesús sacramentado, tanto, que a todos los condiscípulos nos arrastraba suavemente hacia el Señor, encendiendo en nosotros aquel fuego que tan intensamente le ardía en el pecho.
»Y con esos amores de la Inmaculada de nuestra capilla, del Santísimo y Santa Teresita del Niño Jesús, vivió, desde ese curso hasta que se marchó a la Hermandad, dándonos a todos ejemplos de virtud y perfección. ¿Cosas raras? Yo no se las conocí, ni creo las tuviera. Todo su afán, cumplir el reglamento y alcanzar la santidad por este medio. A este propósito, recuerdo que en cierta ocasión pretendimos, sin conseguirlo, hacerle faltar al silencio, esperando al profesor en la puerta de clase. Esto, aparte de nuestro oficio de diablejos, demuestra el concepto en que todos lo teníamos.
»De su carácter afable, alegre, simpático, muchas cosas se podrían decir; pero, porque parecerían pasión, más que realidad, no digo más, toda vez que, habiendo vivido entre vosotros y precisamente en sus años de continuo avance hacia la santidad mayor, otra pluma y otra memoria mejor podrá describir las grandezas de aquella alma heroica que dio su sangre para ser como soñaba, misionero y mártir.
»Como verás, ahí te mando algo de lo que me pedías... Es algo tan espontáneo que, quizá, sí lo hubiera pensado, no hubiera dicho tanto...
»El era el aglutinante del curso, el suavizador de todos los rozamientos producto de los defectos humanos, y lo hacía con tanta gracia, que todos quedábamos satisfechos y atraídos por su simpatía.
»Pero, en fin, dejadme estar, que no quiero decir más por no decir menos» 15.
Es el panegírico de uno de sus condiscípulos, plenamente concorde con cuanto se puede ver en cada página del proceso.
MODELO Y APÓSTOL DE SEMINARISTAS
Dice otro compañero y paisano del siervo de Dios: «En el Seminario gozaba de fama de muy buen seminarista. En el pueblo también gozaba de fama de un seminarista extraordinario, ejemplar» 16.
Ayudaba a todos con la palabra y mucho más con el ejemplo. Y arrastraba a todos los seminaristas del pueblo a cumplir sus actos de piedad con toda devoción. Dice una de las religiosas del convento de Valdealgorfa: «Siendo seminarista, era muy bueno. En vacaciones se portaba muy bien. Yo le he visto muy devoto con mucha frecuencia delante del sagrario de nuestra iglesia. A veces entraba con un grupo de seminaristas y hacían la visita al Santísimo» 17.
Don Martín Fuster Antolín era paisano y coseminarista del siervo de Dios. Un poco más joven que él. Tenía veintidós años cuando asesinaron a Martín. Y estaba impresionado por las virtudes heroicas que poseía el siervo de Dios. Declara: «En el Seminario, sobre todo los últimos años, fue ejemplar. En vacaciones era seminarista modelo y apóstol entre nosotros, los seminaristas más pequeños. Ya entonces gozaba de fama, no solamente de bueno, sino de santo» 18.
Otro sacerdote, paisano y amigo, un poco mayor que el siervo de Dios, abunda en los mismos términos: «De seminarista gozaba de fama de muy ejemplar. Era piadosísimo. Yo presencié sus ratos de oración en la iglesia del convento. Era un seminarista excepcional» 19.
Si a Martín Martínez Pascual hubieran tenido que buscarlo por su pueblo, durante las vacaciones, sólo lo hubieran encontrado, como a Jesús, en la casa de su Padre. O en su casa o en la iglesia. Pero siempre en la casa de su padre.
«En vacaciones aprovechaba muy bien el tiempo y hacía una vida muy recogida. Todos los días iba a la iglesia. Estaba en casa o en la iglesia» 20. «En vacaciones estaba en casa o en la iglesia» 21.
Eran muy prolongados sus ratos de oración. Sabía suplir a todos en la oración, porque se sentía llamado por Jesús para estar con El. «El capellán del convento me dijo que, cuando las religiosas iban a comer, iba el siervo de Dios al convento y se estaba ante el sagrario todo el tiempo que las religiosas comían; que algún rato se le veía con los brazos en cruz» 22.
Las gentes del pueblo afirman otro tanto del siervo de Dios: «Era un seminarista ejemplar. Todos decían que era muy bueno. Siempre estaba risueño» 23.
INFLUÍA SIN QUERER EN TODOS
Dice don Vicente Lores, que tanta influencia tuvo en el siervo de Dios durante sus años de Seminario: «Ingresó primeramente en el Seminario de Belchite; después lo recibí yo, como superior de su sección, en Zaragoza. Recuerdo que se manifestó siempre como seminarista muy piadoso, muy formal, aplicadísimo y muy valiente para luchar contra todo respeto humano.
»Se puede decir entonces que, con su ejemplo y decisión en elevar el nivel espiritual de su curso, influyó eficazmente para que llegara a ser el mejor curso del Seminario, según era fama en el mismo Seminario.
»Preparaba con sus condiscípulos el período de vacaciones, de modo que éstas no sólo no les fueran peligrosas para su formación sacerdotal, sino que se convirtieran en período muy apto de aprovechamiento y práctica para el día de mañana.
»Sin él mismo darse cuenta, influía en sus compañeros, fomentando un ambiente de piedad y formalidad cada vez más elevado. Para sacerdotes y seglares era el siervo de Dios un seminarista notable, en el cual tenían cifradas las mejores esperanzas» 24.
En Zaragoza recibió la prima clerical tonsura el día 12 de noviembre de 1932. Al día siguiente, 13 de noviembre, recibió el ostiariado y lectorado. El exorcistado y acolitado, el día 26 de diciembre del mismo año.
EN LA HERMANDAD DE SACERDOTES OPERARIOS
El 27 de julio de 1934 escribe el rector del Seminario de Zaragoza, siervo de Dios Lorenzo Insa Selma —que cayó mártir el 2 de septiembre de 1936—, al Director General de la Hermandad, siervo de Dios Pedro Ruiz de los Paños, comunicándole que «el señor arzobispo de Zaragoza da el permiso a Martín Martínez, de cuarto de Teología terminado y minorista» 25, para que pueda ingresar en la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos.
Martín Martínez Pascual quería ser misionero 26, y se le acentuaba más esta vocación leyendo los escritos de Santa Teresa del Niño Jesús. Encontró muchas dificultades para realizar tal deseo, y entonces se inclinó a ser sacerdote Operario, «pensando que, dentro de la Hermandad, podría, viviendo él ese espíritu apostólico, fomentar el conocimiento y amor a las misiones entre muchos seminaristas y decidió por este solo motivo —según propia confesión— ingresar en la Hermandad. Terminado el primer curso de ministerios dentro de la Hermandad, me dijo el siervo de Dios que había encontrado en ella su centro, y estaba más convencido que nunca de que, siendo santo, surgirían en los seminarios vocaciones de misioneros santos» 27.
LOS MÁRTIRES HABLAN DE LOS MÁRTIRES
Al siervo de Dios Martín Martínez alude el siervo de Dios Guillermo Plaza, en carta del 12 de enero de 1934 dirigida al siervo de Dios Pedro Ruiz de los Paños, diciéndole que el director espiritual del Seminario de Zaragoza, «a un chico que, desde hace varios años, quiere irse al Seminario de Misiones, no le deja mientras no sirva a la diócesis tantos años como becas ha disfrutado» 28.
Este chico era Martín Martínez. En carta del 16 de julio de 1934 dice don Guillermo a don Pedro: «El chico de quien le hablé, que quería hacerse misionero y el padre no le dejaba, vistas las dificultades que encuentra y por insinuación de don Antonio Rocamora, se inclina a la Hermandad. Tiene aprobado cuarto de Teología, minorista, cumplido el servicio, y un seminarista modelo» 29.
He sentido curiosidad por encontrar las cartas que se refieren a todo este asunto. Y el siervo de Dios Lorenzo Insa escribe al siervo de Dios Pedro Ruiz de los Paños, el 9 de julio de 1934: «Lo de don Antonio Rocamora se refiere a un tal Martín Martínez, de Valdealgorfa, donde está de párroco don Pedro Grau. Buen seminarista, y tenía ya confianza con don Antonio cuando estaba aquí» 30.
Don Antonio Rocamora había sido trasladado del Seminario de Zaragoza al de Jaén el curso 1933-34. Conocía perfectamente a Martín Martínez. Y escribe don Antonio a don Pedro Ruíz de los Paños el día 5 de julio de 1934: «Adjunto una cuartilla de la última carta que me ha escrito un colegial de Zaragoza y es el objeto de la consulta.
»Se trata de un seminarista con el cuarto de Teología aprobado; notas de sobresaliente, por lo menos me parece recordar, en toda la Teología; le tengo por el más piadoso del Seminario; es muy activo, servicial e inteligente en cualquier asunto que se le confíe.
»En vista de estas cualidades, como verá por la contestación, le he estirado un poco de la lengua y lo he llevado adonde me proponía. Con anuencia del señor rector, don Lorenzo, le escribo hoy, aconsejándole sea Operario, por creer dará mucha gloria a Dios y, si después no le acabara de llenar la vida, podría pensar en las misiones» 31.
El 10 de julio de 1934 don Antonio Rocamora vuelve a escribir a don Pedro sobre el mismo asunto: «Tengo a la vista la suya, fecha del 7, y me satisface su juicio acerca de la vocación de Martín Martínez, por haber coincidido con el que yo tengo de este buen seminarista...
»Dado su carácter, no querrá resolverse sin contar antes con aquel padre espiritual, y veremos por dónde respira este señor, aunque me consta que quiere y tiene interés por la Hermandad, ya recordará usted lo que le aconseja respecto a marchar a misiones» 32.
Y este señor respiró favorablemente, y el arzobispo de Zaragoza dio permiso a Martín para ir a la Hermandad.
LA ILUSIÓN DE FORMAR SEMINARISTAS
Entró en la Hermandad porque «su ilusión era formar seminaristas. Tenía mucho interés por la formación de los seminaristas y se preocupaba mucho de ellos» 33.
En los días de su cautiverio «estaba constantemente preocupado por sus seminaristas, temiendo que perdieran la vocación» 34.
Había aprendido esta ilusión de sus formadores, varios de los cuales también tuvieron la gloria del martirio. Como el rector del Seminario, don Lorenzo Insa. Como el sacerdote Operario que sucedió a don Vicente Lores al frente de la sección de Martín, don Guillermo Plaza.
En la carta que el sacerdote don Emilio Sancho escribía a don José Royo le pide instantemente un recuerdo de estos mártires. Le pide un recuerdo de Martín, como reliquia, y añade: «También desearía tener algo de don Guillermo y de don Lorenzo. Con don Guillermo fuimos tan amigos como con Martín, aun estando de por medio las diferencias de superior y auxiliar, y como los tres fueron mártires y están muy altos en el cielo, me vendría bien su influencia, y me acordaría más y mejor si tuviera algo suyo. Haz los posibles e imposibles por complacerme» 35.
DIFICULTADES PARA INGRESAR EN LA HERMANDAD
Alguna —no excesiva— dificultad encontró en su familia para ingresar en la Hermandad. Los padres querían tenerlo cerca; estando en una parroquia pensaban que podría atenderlos y ayudarlos mejor, y toda esa serie de obstáculos que suelen surgir ante casi todas las vocaciones.
Un sacerdote, natural del mismo pueblo y compañero del siervo de Dios, dice: «Ingresó en la Hermandad. Sus padres, primero, no lo veían bien; después le dejaron ingresar gustosamente» 36.
El cuñado del siervo de Dios es más concreto: «En casa le pusieron un poco de impedimento, porque lo necesitaban. Pero, como era tan serio y bueno, le dejaron marchar a gusto» 37.
Y una vecina de los padres de Martín detalla más aún, con cierta perspicacia femenina de cotilleo. Da la impresión de que esta señora tenía un poco atravesada a la hermana del siervo de Dios y, cuando tiene oportunidad, le lanza una puntadita. Por ejemplo, hablando de la bondad de la familia de mosén Martín, dice: «Sus hermanos también eran buenos, menos una hermana, casada en Los Olmos, que se distinguió, durante la guerra, por sus ideas izquierdistas, a causa de tener un café en el que estaba el centro de izquierdas. De joven esta hija también era buena» 38.
Cuando habla del ingreso de Martín en la Hermandad, dice: «Se hizo Operario diocesano. Se fue muy contento. Los padres se conformaron pronto; la hermana que tenía casada en Los Olmos era la que no lo veía bien, porque así se desentendía, decía ella, de atender a sus padres. Mosén Martín dijo delante de mí que los ayudaría igualmente» 39.
Y lo cumplió, aunque poco tiempo tuvo para ello. Escribe el día 2 de junio de 1936 al Director General de la Hermandad: «Hemos determinado que yo vaya a Tortosa para practicar los santos ejercicios. Dos razones me han movido: dar gusto a los demás y poder ver pronto a mi querido padre, que está enfermo; y, según me decían de casa, no 'extrañará que te avisemos'... De todos modos, a su completa disposición, y usted dirá y mandará según sus planes...
»Y ahora me atrevo a pedirle un favor. Le decía arriba que mi padre ha estado enfermo, fuera de casa, la mayor parte del curso. Ellos me escribieron, encargándome que le escribiera a usted para pedirle me permita ayudarles a llevar los gastos, que no durarán mucho (no me extrañaría muriese ahora con tanto calor. Fiat voluntas Dei. Espero que su buen corazón oirá la petición de mi padre.
»Yo me atrevo a proponerle lo siguiente. De la cátedra he entregado 1.245 pesetas, y del ministerio tendré (fuera de gastos) unas 500 pesetas. Si usted lo permite, les entrego las del ministerio. Usted dirá» 40.
SACERDOTE PARA SIEMPRE
En la Casa de Probación, lo mismo que en el Seminario de Zaragoza, «todos le miraban como a modelo y, a pesar de su rigor y sentido de perfección, era muy jovial y todos buscaban su trato» 41. Sabía hacer la virtud alegre, atractiva, y «su mayor placer era ser ocasión de alegría y bienestar para sus compañeros» 42.
Estando en Tortosa fue ordenado subdiácono el día 4 de noviembre de 1934. Recibió el diaconado el 10 de febrero de 1935. Y fue ordenado sacerdote el día 15 de junio del mismo año.
Se preparó concienzudamente para recibir el sacerdocio, con mucha humildad, porque se consideraba indigno, y con gran confianza en el Señor. Testifica un compañero del siervo de Dios: «Fue ordenado sacerdote en Tortosa. Yo estaba entonces con él, en la Casa de Probación. Se preparó con gran ilusión. Le vi aquellos días con lecturas especiales y con oración más intensa. Me manifestó varias veces su indignidad, pero se entregó a Jesucristo lleno de confianza y humildad.
»Tenía un anhelo ardiente de emplear su sacerdocio en las misiones y en los lugares de más sacrifico» 43.
«Cantó su primera misa en la capilla de la Casa de Probación» 44. Luego fue a su pueblo a cantar allí su otra primera misa. ¿Para qué disgustar a la familia?
Dice su hermana: «Se ordenó sacerdote en Tortosa y cantó la primera misa en el pueblo. El estaba muy contento y muy fervoroso. Todo el pueblo quedó muy edificado de su primera misa» 45. «Cantó la primera misa en Valdealgorfa. Parecía un santo» 46.
Era el día de Corpus. «Por la tarde llevó el Santísimo en la procesión» 47.
Una de las religiosas clarisas de Valdealgorfa dice: «Con motivo de su ordenación vino a este convento y quiso que una religiosa se dedicara a rezar por el fruto de su ministerio sacerdotal, y que él la encomendaría en la santa misa. Le hizo una estampita, que no recuerdo si conservamos. La abadesa dijo que estaba conforme, pero que el siervo de Dios, para evitar inconvenientes, no había de saber qué religiosa era la encargada de rezar por el fruto de sus ministerios» 48.
Testifica uno de sus compañeros de la Casa de Probación: «Asistí a su primera misa y le vi muy edificante. Según me dijo él, le costó reprimir las lágrimas, pero quiso mostrarse natural, para no llamar la atención» 49.
EN EL COLEGIO DE SAN JOSÉ DE MURCIA
Fue el único destino que pudo desempeñar el siervo de Dios, pero en él se entregó de lleno a la tarea de formar a los futuros sacerdotes. Era, además, profesor de primero de Latín en el Seminario de San Fulgencio de Murcia.
El administrador del Colegio, don Vicente Villar Traver, sacerdote Operario ya entrado en años y con una sordera proverbial, enjuicia así la actuación de don Martín Martínez, «el baturrico», como suele llamarle, cuando sólo lleva cuatro meses de actuación en el Colegio: «Ha sido providencial su destino a este Colegio, pues., debido a su gran celo e incansable vigilancia, ha levantado la tan decaída disciplina de este establecimiento» 50.
Resulta que en el Seminario estaban los «listos» y dejaban para el Colegio los menos dotados. «Cuando no consiguen plaza por cortos, los envían al Colegio, y si hay algún aprovechado, se va al Seminario con plaza» 51.
Hacía falta la exigencia amable de mosén Martín para encauzar aquello, ya que el director resultaba «flojo de mando (no se fíe de mí) y parece tener miedo a disgustar a los chicos... En cuanto al padre, que es muy bueno y muy sabio, pero ¿es buen padre espiritual? No sé... Don Vicente, ajeno a la vida de comunidad por su oído... De mí digo que todo lo malo que diga es poco» 52.
El 18 de enero de 1936 dice: «Yo sigo bien y contento, como siempre». Era lo suyo: estar contento y desbordar alegría. «En el Colegio vamos tirando, y yo sufriendo mucho por la indisciplina y alguna mala cara» 53.
Y logró entonar bastante todo el cli |