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Testigos de su sacerdocio
Juan de Andrés Hernansanz
Madrid-Salamanca
1990
CONTENIDO
Presentación
Introducción
Capítulo primero: Persecución religiosa en España (1931-1936)
Capítulo II: La persecución religiosa en la diócesis de Toledo el año 1936
Capítulo III: Persecución religiosa en Valdealgorfa (Teruel) y en la diócesis de Tortosa
Capítulo IV: Fama de mártires
Capítulo V: Síntesis biográfica del siervo de Dios Pedro Ruiz de los Paños
Capítulo VI: Virtudes del siervo de Dios Pedro Ruiz de los Paños
Capítulo VII: Martirio del siervo de Dios Pedro Ruiz de los Paños
Capítulo VIII: Síntesis biográfica del siervo de Dios José Sala Picó
Capítulo IX: Virtudes del siervo de Dios José Sala Picó
Capítulo X: Martirio del siervo de Dios José Sala Picó
Capítulo XI: Síntesis Vigo. del siervo de Dios Guillermo Plaza Hernández
Capítulo XII: Virtudes del siervo de Dios Guillermo Plaza Hernández
Capítulo XIII: Martirio del siervo de Dios Guillermo Plaza Hernández
Capítulo XIV: Síntesis biográfica del siervo de Dios Recaredo Centelles Abad
Capítulo XV: Virtudes del siervo de Dios Recaredo Centelles Abad
Capítulo XVI: Martirio del siervo de Dios Recaredo Centelles Abad
Capítulo XVII: Síntesis biográfica del siervo de Dios Martín Martínez Pascual
Capítulo XVIII: Virtudes del siervo de Dios Martín Martínez Pascual
Capítulo XIX: Martirio del siervo de Dios Martín Martínez Pascual
Capítulo XX: Síntesis biográfica del siervo de Dios Antonio Perulles Estivill
Capítulo XXI: Virtudes del siervo de Dios Antonio Perulles Estivill
Capítulo XXII: Martirio del siervo de Dios Antonio Perulles Estivill
Capítulo XXIII: Síntesis biog.del siervo de Dios José Pascual Carda Saporta
Capítulo XXIV: Virtudes del siervo de Dios José Pascual Carda Saporta
Capítulo XXV: Martirio del siervo de Dios José Pascual Carda Saporta.
Capítulo XXVI: Síntesis biográfica del siervo de Dios Isidoro Bover Oliver
Capítulo XXVII: Virtudes del siervo de Dios Isidoro Bover Oliver
Capítulo XXVIII: Martirio del siervo de Dios Isidoro Bover Oliver
Capítulo XXIX: Síntesis biográfica del siervo de Dios José María Peris Polo
Capítulo XXX: Virtudes del siervo de Dios José María Peris Polo
Capítulo XXXI: Martirio del siervo de Dios José María Peris Polo
ABREVIATURAS EMPLEADAS
AAS Acta Apostolicae Sedis.
RAH Roma. Archivo de la Hermandad.
RACCS Roma. Archivo de la Congregación de Causas de Santificación.
RACE Roma. Archivo del Colegio Español.
VADJ Valladolid. Archivo de las Discípulas de Jesús.
PRESENTACIÓN
El presente volumen nos acerca a la historia, la vida y la muerte de nueve sacerdotes excelentes, todos ellos miembros de la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos.
Es a un tiempo biografía y libro de actas martiriales. Porque el autor añade a la vida y virtudes de cada uno de ellos un estudio pormenorizado de su muerte, en todos los casos violenta y martirial.
Además, como ha hecho el biógrafo en otras ocasiones, nos ofrece la oportunidad de conectar personalmente con los protagonistas. La base de estas hermosas páginas son los escritos de los mismos actores y las declaraciones de los procesos en la voz de tantos y tantos testigos que firman con gozo sus afirmaciones a fin de que un día la Iglesia los declare verdaderos mártires.
MÁRTIRES
Todos ellos murieron entre julio y octubre de 1936. Son los primeros meses de la sangrienta contienda que calcina España a lo largo de tres dolorosos años. Refiriéndose a este acontecimiento, el prestigioso historiador S. G. Payne escribe: «La salvaje persecución llevada a cabo por la revolución fue posiblemente la prueba más intensa sufrida por el catolicismo español en su larga y accidentada historia.»
Esta riada de sangre se alimenta con la siega de las vidas de 6.832 sacerdotes, seminaristas y religiosos. Hoy ya estamos en condiciones de afirmar que no fue algo casual ni vale refugiarse en el consabido vandalismo de las masas incontroladas. Dos años antes habían sido martirizados doce sacerdotes, siete seminaristas y dieciocho religiosos. Los sacerdotes asesinados en la revolución del 36 «fueron víctimas de una persecución anunciada, impulsada y demagógicamente alimentada los años precedentes».
Leyendo detenidamente estas páginas, cada uno llegaremos a pronunciar nuestro veredicto personal. Pero es claro que murieron exclusivamente por ser sacerdotes. De alguno de ellos, sus mismos ejecutores declararán más tarde haber afirmado: «A sacerdotes como éste no se los debiera matar.»
San Agustín nos dice que es el motivo lo que da origen al martirio, no la forma ni las circunstancias. Y en estas páginas se van desgranando los motivos.
Un mártir insigne dejó escrito que «es precisamente por medio del martirio como se llega a ser verdadero discípulo de Cristo». Y Tertuliano nos recuerda que por el martirio se alcanza la perfecta justicia, es decir, la santidad, porque es la realización perfecta del primer y mayor mandamiento.
San Ignacio de Antioquía será el paladín del ardiente deseo del martirio rechazando a quienes se lo quisieran impedir. En nuestros personajes encontramos auténticos adelantados de este anhelo.
La historia nos irá clarificando, con la fuerza de sus argumentos, por qué los sacrificaron. Nosotros debemos aprovechar las ideas por las que murieron. Y hacer de las razones de su vida y de su muerte motivos de credibilidad y de esperanza.
SACERDOTES OPERARIOS DIOCESANOS
Pedro Ruiz de los Paños, el primero de la lista y en aquellas fechas Director General de los Operarios, les predicaba un mes antes de su muerte: «En la Hermandad se ora y se trabaja mucho. Estoy contento de los Operarios. Solamente nos falta sangre de martirio. Hacen falta Operarios mártires.»
La calidad y la cantidad del sacrificio colmaría con creces las aspiraciones del Director General de la Hermandad. A esa gran crecida de sangre torturada, los Operarios contribuyeron con la vida de treinta sacerdotes que la entregan como auténticos testigos de su fe y de su sacerdocio. La muerte de estos hombres en plena vida —entre los cincuenta y cinco años del mayor y los veintiséis del más joven— es algo tan sonoro que no nos permite devaneos discutiendo intenciones ajenas.
Por el momento presentamos nueve. Son aquellos cuyos procesos están concluidos y de cuya muerte violenta existen testigos presenciales. Más tarde vendrá el resto del grupo a sumarse a esta ya gloriosa caravana de santos que van asomándose a nuestra historia después de cincuenta años de enterramiento silencioso. Todos ellos «recibieron el don eximio del martirio y supieron responder con la prueba suprema del amor» (LG 42).
Hay una nota claramente diferenciadora en este grupo de sacerdotes que ha de tenerse en cuenta al leer este volumen. Me refiero a su condición de educadores, de formadores del clero. Los nueve dedican su ministerio sacerdotal a la formación de los futuros presbíteros.
Pedro Ruiz de los Paños, que muere siendo director general de los Operarios diocesanos, ha gastado su vida en los seminarios de Málaga, Jaén, Badajoz y Sevilla. Durante diez años fue rector en el de Plasencia y seis en el Pontificio Colegio Español de Roma. Muere en Toledo en el tercer año de su mandato como director de la Hermandad y cuando se disponía a constituir canónicamente la Congregación de las Discípulas de Jesús.
José Sala trabaja cuatro años en el Seminario de Segovia y dieciocho en Toledo. Muere siendo rector del Seminario Menor de esta archidiócesis.
Guillermo Plaza acaba de cumplir veintiocho años cuando es asesinado. Los seis que lleva de sacerdote y operario los había dejado enterrados en los seminarios de Zaragoza y Toledo.
Recaredo Centelles había cumplido treinta y dos, y seis de sacerdote. Desarrolla su actividad pastoral en Tortosa. Primero en el Colegio de Vocaciones Eclesiásticas y luego en el Seminario Menor de la diócesis. Ocupando este cargo entrega su vida por sus seminaristas.
Martín Martínez no llega a cumplir los veintiséis años. El único curso de vida sacerdotal lo gasta en Murcia como educador y profesor en el Colegio de Vocaciones y como confesor en el Seminario de San Fulgencio.
Antonio Perulles trabaja durante diecisiete años en el Colegio de Vocaciones y en el Seminario de San Jerónimo de Burgos. La muerte le alcanza siendo rector del Seminario de Orihuela, diócesis a la que dedica los tres últimos años de su vida.
Pascual Carda entrega su vida a los cuarenta y un años, después de haber dejado su exquisita disponibilidad en los seminarios de Tarragona, Belchite, Valladolid, Burgos. Muere siendo rector del Seminario de Ciudad Real.
Isidoro Bover, después de dos años en el Seminario de Cuerna-vaca (México), y expulsado con motivo de la revolución del 14, dedicó toda su vida a escribir, primero, y a dirigir la primera revista que se publicó en España para seminaristas: El Correo Interior Josefino.
José María Peris Polo durante dieciséis años trabaja en el Colegio de Vocaciones Eclesiásticas de Tortosa, doce de los cuales es director del mismo. Durante seis años se ocupa de la rectoral del Seminario de Córdoba y muere cuando lleva cuatro de rector del Seminario Mayor de Barcelona.
Cuando nos preparamos a conmemorar los veinticinco años del Decreto conciliar sobre la formación sacerdotal y tenemos en el telar los trabajos del próximo Sínodo de los obispos, cuyo tema es la formación sacerdotal en el mundo actual, el testimonio de estos forma-dores ejemplares, competentes y dedicados es un estímulo para quienes gastan y desgastan su vida y su ministerio en tarea tan delicada e importante como lo es siempre la de formar pastores para la Iglesia.
Incluso en su dinámica formativa podemos encontrar valores de total actualidad: el encuentro frecuente y personal con el educando, el acompañamiento vocacional, la presencia continua, el esmero en la oración litúrgica y la música, la dirección espiritual como papel fundamental, el convencimiento. También la energía cuando los valores que estaban en juego son fundamentales. Nunca el castigo. Sí una selección permanente.
Comentando sobre uno de los protagonistas de esta obra, el cardenal Tarancón escribe en sus memorias: «A él debo lo mejor de mi formación sacerdotal. Era una persona muy inteligente, muy bien formado teológicamente, gran artista y de una sincera y honda piedad. Con los años de rector en el Colegio había adquirido una madurez de juicio y una experiencia en el trato con los seminaristas que le habían convertido en un gran educador.
»Afable, alegre, brindando a todos su comprensión y su amistad.
»Tres cualidades suyas me llamaban especialmente la atención: su piedad profunda, sincera, humana, varonil; su comprensión extremada, que daba a su trato un carácter humano y cordial; su cultivo, a la vez, de la teología y de la música...
»La profundidad de la doctrina se aliaba con la sencillez de la expresión y estaba penetrada de una unción que nos conmovía fácilmente» (cardenal Tarancón: Recuerdos de juventud, Ediciones Grijalbo, 1984, pp. 40-41).
Recientemente hemos sufrido en nuestra Iglesia europea ese otro martirio sin sangre de la escasez de vocaciones, de las salidas, de cierta aridez en la misión. También se ha dejado sentir, y con caracteres a veces dramáticos, en quienes dedicaban su vida a la formación de los futuros pastores.
A la vista de estas figuras, pensemos en que no estamos solos. Uno de los sucesores de Pedro Ruiz de los Paños en la dirección de la Hermandad, y conocedor directo de casi todos los actores de este libro, escribía en el otoño del 47: «No estamos solos. Confiemos en su sangre y en su intercesión... e imitemos con el martirio espiritual diario de nuestro trabajo callado, pero eficaz, la oblación cruenta de los mártires amadísimos» (Vicente Lores).
PRUEBA Y REGALO
A más de cincuenta años de su muerte, a veinticinco del Concilio y asomándonos a una nueva evangelizacíón, nuestros mártires —porque los mártires son de todos—, su memoria y su reconocimiento son un regalo para la Iglesia y para nuestro grupo. Hoy se lo brindamos como obsequio a quienes dedican su ministerio a formar sacerdotes, religiosos, personas consagradas. Ellos nos obligan, con su vida y con su muerte, a mantener un talante sereno, un corazón paciente, unas manos tendidas al cultivo de todo lo bueno que existe en la juventud actual.
Mirándolos a ellos no haremos estéril su sangre. Agradeciendo el don de su martirio, lo que pueda haber de prueba en nuestro ministerio lo viviremos con la mirada prendida en el presente para ofrecer un futuro mejor a nuestras iglesias o a nuestras instituciones.
«Nada hay tan propio de un sacerdote digno como el vivir y el morir crucificado con Cristo», nos dice uno de los biografiados.
Somos herederos, entre otros, de este grupo de sacerdotes operarios audaces y generosos que sellaron su sacerdocio y lo llevaron a plenitud con el derramamiento de su sangre sólo por ser sacerdotes.
Lope Rubio Parrado
Director general de los Operarios Diocesanos
Madrid, 1 de abril de 1990.
INTRODUCCIÓN
Estando muy avanzado todo el proceso para la beatificación de los mártires de la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos, nos conviene a todos conocer un poco mejor la vida y la muerte de estos héroes. Como decía el director general de la Hermandad, «somos herederos, entre otros, de este grupo de operarios audaces y generosos que sellaron su sacerdocio y lo llevaron a plenitud con el derramamiento de su sangre sólo por ser sacerdotes» 1.
Tendremos que conocer un poco la situación de España en aquellos turbulentos años de verdadera persecución religiosa. Esta se venía fraguando desde la proclamación de la II República el día 14 de abril de 1931.
No había pasado un mes, y ya el 11 de mayo tuvo lugar la terrible quema de iglesias, conventos, casas religiosas y colegios. Los que entonces vivieron estas tragedias son testigos de excepción, y ya tendremos ocasión de ver sus documentos de primera mano.
El día 19 de mayo de 1931 escribía desde Roma don Carmelo Blay a don Joaquín Jovaní: «Ya puede suponer los días que hemos pasado con las tristísimas noticias de los asuntos tan graves de España. Es mejor no hacer comentarios. La cosa es mucho más grave, porque se ve claramente que era cosa preparada y muy bien organizada y tolerada por los que tenían obligación de impedirlo y no lo han impedido. Pobres de los nuestros de Valencia» 2.
En octubre de 1934 tuvo lugar la llamada «revolución de Asturias», y fueron martirizados doce sacerdotes, siete seminaristas, dieciocho religiosos e incendiadas cincuenta y ocho iglesias. Es muy revelador este trágico episodio de Asturias. Dice Antonio Montero: «No vale en Asturias la fácil explicación de que las matanzas eclesiásticas obedecieron a una represalia por las muertes en la zona de Franco. Todas las fuentes informativas que avalan nuestra narración datan de 1934 o, a lo sumo, de 1935. Es decir, no están influidas por una literatura ni de guerra civil ni de cruzada. ¿Hará falta insistir en que, al margen de la propia guerra civil, y con antelación a la misma, estaba minuciosamente previsto el programa de persecución a la Iglesia?» 3.
Los 6.832 sacerdotes, seminaristas y religiosos asesinados en la revolución de 1936 «fueron víctimas de una persecución anunciada, impulsada y demagógicamente alimentada los años precedentes» 4.
APORTACIÓN DE LA HERMANDAD
La Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos tuvo una aportación ingente de sangre, dado el escaso número de sus miembros.
Fueron asesinados el director general y veintinueve sacerdotes Operarios diocesanos. Diez de ellos eran rectores de seminarios. Los otros diecinueve eran superiores y profesores.
Debe ponerse de relieve que estos Operarios martirizados fueron formadores de miles de los sacerdotes que sucumbieron en el martirio, víctimas del odio a la fe.
Una vez más hay que recordar lo que nuestro Fundador decía de sus Operarios, a quienes quería no sólo apóstoles, sino modela dores y formadores de apóstoles. También fueron no sólo mártires, sino modeladores y formadores de mártires.
Decía el Beato Manuel Domingo y Sol: «Cierto que nosotros, más que escritores y más que apóstoles parciales, hemos de ser modeladores y formadores de apóstoles, para que se pueda decir de cada uno de nosotros, aunque en diferente materia, lo que se puso sobre el sepulcro del profesor Deza en su epitafio: 'Alii scripta, scriptores ego mundo dedi'» 5.
Estos hermanos nuestros fueron considerados verdaderos mártires desde el momento en que se conoció su muerte violenta. Espigando entre las muchas cartas escritas por los Operarios que no tuvieron que vivir —morir— en la zona roja, se lee continuamente esta denominación aplicada a los que cayeron en aquella tala impresionante.
Don Antonio Torres era a la sazón rector del Seminario de Segovia, y escribe el 20 de octubre de 1936 a don José Avila, único miembro de la Junta de la Hermandad que se libró de la persecución, y que hubo de hacerse cargo de la dirección del Instituto: «A ver si escampa y la Hermandad puede irse rehaciendo. Grave situación nos espera. Pero yo tengo una firmísima esperanza de que nuestros mártires serán excelentes patrocinadores de la Hermandad en el cielo» 6.
El entonces vicerrector —y rector en funciones— del Pontificio Colegio Español de Roma, ya preconizado obispo, don Manuel Molí y Salord, escribía también a don José Avila, el 23 de octubre de 1936: «Recibimos y leímos con avidez sus dos cartas, la primera con los detalles interesantísimos y edificantes de nuestros mártires toledanos» 7.
Y de modo parecido le escribían desde las casas donde aún quedaban Operarios.
Dada la dificultad de comunicaciones, tanto entre ambas zonas de España como entre España y el extranjero, al principio se tenían noticias muy confusas. A veces se habla en ellas de Operarios que no habían muerto como si hubieran sido asesinados. Pero lo más significativo es que los llaman «mártires».
Don Manuel Moll escribía, desde Roma, el día 11 de octubre de 1936, creyendo que, juntamente con don Pedro y don José Sala, había sido martirizado don Jaime Flores: «Duelo particularísimo para esa casa, y mi casa, es la muerte de don Jaime Flores. Con ella comienza el Libro de Oro de su martirologio, que quizá ya contenga varios nombres de hermanos queridísimos. Aquí estamos deseosos de noticias de nuestras casas, y no recibimos ninguna» 8.
El rector del Seminario de Salamanca, don Juan José Salomón, escribe a don José Avila, el día 20 de noviembre de 1937, lamentando el martirio de don Juan Bautista Calatayud, que en realidad murió, a consecuencia de los sufrimientos que hubo de pasar en la zona roja, el día 19 de abril de 1938. Pero lo importante es que, creyendo que ha sido asesinado, le da el título de mártir: «Hemos sentido mucho la muerte del queridísimo don Juan Calatayud (q. s. g. h.). Esperaba este fin, si seguía en Tortosa. ¡Gloria a don Juan! Dios le ha querido dar la corona de mártir» 9.
Era muy profunda la convicción de que aquellos hermanos eran verdaderos mártires. El día 21 de mayo de 1938 escribe don Juan Sánchez Hernández, desde Roma, a don José Avila:
«En breve recibirá usted un ejemplar de los Anales de Santa Teresa de Lisieux, que publican un artículo hermosísimo de nuestro venerado mártir don Pedro. Ya empiezan a empujarnos desde fuera... Si no nos damos maña a honrar la santa memoria de don Pedro, nos avergonzarán los carmelitas, no sólo las monjas, sino también los frailes. El prior de Medina, hombre muy de Dios, le tiene por un santo» 10.
Este artículo se titula: «Un mártir d’Espagne, Membre de la Pieuse Union Sacerdotale de Lisieux, le Rev. D. Pedro Ruiz de los Paños», publicado en Les Annales de Sta. Thérése de Lisieux, año 14, núm. 5, mayo 1938, pp. 152-155.
DE MOMENTO SOLO NUEVE
Por ahora, y para su posible pronta beatificación, sólo se han podido presentar nueve de los treinta sacerdotes operarios diocesanos que sufrieron el martirio.
Es una pena que no puedan ser incluidos los demás, por falta de testigos presenciales de su martirio.
Quedan fuera, esperamos que provisionalmente, figuras de la talla extraordinaria del siervo de Dios Joaquín Jovaní Marín, Mateo Despóns Tena, Miguel Amaro Ramírez y todos los demás que, desde el silencio, son también un preclaro testimonio para todos nosotros.
CAPITULO PRIMERO
PERSECUCIÓN RELIGIOSA EN ESPAÑA (1931-1936)
Antes de trazar la semblanza de los siervos de Dios y de narrar su martirio considero oportuno ofrecer una sucinta visión panorámica de la situación de España durante los años de la persecución religiosa.
Fundamentalmente se basará este capítulo en las cartas escritas por los Operarios que sufrieron en carne propia la persecución sistemática de los enemigos de la Iglesia. También se utilizará algo de lo mucho que aportan los testigos en ambos procesos, el de Toledo y el de Tortosa.
Creo sinceramente que dentro de esta visión de conjunto se entenderá mejor el verdadero martirio de nuestros hermanos.
PROCLAMACIÓN DE LA II REPÚBLICA Y ACTITUD DE LA IGLESIA
El día 14 de abril de 1931 fue proclamada la II República española, tras la derrota aparente de la Monarquía en las elecciones municipales celebradas el 12 de abril de ese mismo año. «Resultaron elegidos 22.150 concejales monárquicos y 5.875 de la coalición adversaria, si bien el triunfo de ésta fue obtenido en las capitales de mayor población» 1.
El nuevo régimen fue aceptado y acatado por la Iglesia en España. El día 9 de mayo de 1931 los metropolitanos españoles escribían: «Particularmente todos y cada uno de los prelados españoles han recordado ya a los fieles los deberes que les ligan con las autoridades constituidas y la obligación que les incumbe de cooperar al bien común y al mantenimiento del orden social. Los metropolitanos españoles, reunidos, de nuevo ratifican plenamente estas manifestaciones de los prelados, en la confianza de que las autoridades respetarán los derechos de la Iglesia y de los católicos en una nación en que la casi totalidad de la población profesa la religión católica» 2.
Los obispos españoles, todos en conjunto y cada uno, acataron el nuevo régimen y exhortaron a los fieles a acatarlo, a pesar de que intuían desde el primer momento que era confiar demasiado.
En ese mismo documento tienen que decir: «Los prelados españoles, en su deseo sincero de no crear dificultades al Gobierno provisional, han callado hasta el presente con la esperanza de que serían por él íntegramente respetados los derechos de que, por tantos títulos, venía gozando la Iglesia en España. Mas su silencio pudiera ser ya interpretado fácilmente como aquiescencia a medidas del poder público y a hechos gravísimos que han producido penosísima impresión a los católicos por lesionar derechos suyos preciadísimos.»
Y los metropolitanos, aunque sabían ya por experiencia directa que era esperar demasiado, no obstante «abrigan todavía la esperanza de que el Gobierno, conforme a los propósitos, que tantas veces ha manifestado, de paz y de concordia, nada intentará ni permitirá respecto a la Iglesia y a sus derechos sin ponerse de acuerdo con la Santa Sede» 3.
Pero aquel Gobierno provisional era definitiva y encarnecida-mente antirreligioso y anticlerical. Cuando escribían los metropolitanos el documento antes citado habían pasado exactamente veinticinco días desde la proclamación de la II República y el horizonte amanecía cada vez más encapotado.
El 1 de mayo de 1931 se celebró la «Fiesta del Trabajo» por primera vez bajo el Gobierno republicano. Y tanto había sido envenenado el pueblo contra todo lo que significara religión e Iglesia, que reaccionaban las masas de manera rabiosamente hostil. El siervo de Dios Miguel Amaro Ramírez —martirizado en Toledo el día 2 de agosto de 1936— escribe el 4 de mayo de 1931 al siervo de Dios Joaquín Jovaní Marín —martirizado el 5 de diciembre de 1936—, entonces Director General de la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos:
«El día primero de mayo los comunistas celebraron un mitin en la plaza de toros (de Valencia). Las iras de los oradores tomaron por blanco al presidente del nuevo régimen, para el cual pedían la amputación de su cabeza por arrodillarse ante los altares, rezar; ¡y de un hombre así no se puede esperar la salvación de España!» 4.
Como escribía, el 17 de abril de 1931, don Joaquín Jovaní al siervo de Dios Juan Valles —martirizado el 9 de agosto de 1936—: «La gente que ha empuñado las riendas del Estado no es mucho de fiar, que digamos. Pero Dios está en los cielos y esperamos preserve a nuestra nación de lucha fratricida» 5.
QUEMA DE IGLESIAS Y CONVENTOS
A los veintisiete días de la proclamación de la II República española se desencadenó la violencia más brutal y salvaje contra todo lo que tuviera algo de signo religioso, asaltando, saqueando, incendiando iglesias, conventos, residencias y colegios religiosos.
La gente que había empuñado las riendas del Estado antes había incitado a las masas a cometer los desmanes que luego realizaron, quizá más pronto de lo que ellos mismos preveían...
Son muy interesantes las cartas que en aquellos días escribieron los que avizoraban la tempestad que se cernía sobre España.
El siervo de Dios Joaquín Jovaní, a la sazón Director General de la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos, escribe, el 18 de abril de 1931, al siervo de Dios Mateo Despóns Tena —martirizado el día 13 de agosto de 1936—: «Por ahora todo sigue en paz, pero dentro de unos meses, cuando las turbas se vean defraudadas en las esperanzas concebidas por predicaciones infames, ¿qué podrá suceder? No quiero ni pensarlo, sino vivir cada día como me lo manda la Divina Providencia. ¡Ahora se hace más necesaria la vida de fe!» 6.
Este recelo era muy legítimo, porque sabían cuanto habían dicho a las turbas los que se habían encaramado al poder, y aparece por todas partes. Don Alberto Sabanés, entonces rector del Seminario de Jaén, escribe al siervo de Dios Joaquín Jovaní el 17 de abril de 1931: «Estamos con temor para cuando las turbas experimenten el desengaño de lo que les han prometido» 7.
Se oteaba en el horizonte la tragedia. Es muy significativo lo que dice, en carta de 7 de mayo de 1931, al Director General de la Hermandad el siervo de Dios Antonio Perulles Estivill, martirizado el día 12 de agosto de 1936 (entonces el siervo de Dios era rector del Colegio de San José para Vocaciones Eclesiásticas de Burgos): «Vino el señor arzobispo y les dijo (a los seminaristas) que los que no estuvieran decididos a todo, hasta al martirio, aprovecharan la ocasión de las vacaciones del verano para no volver al seminario» 8.
El 11, 12yl3de mayo de 1931 muchas ciudades españolas se convirtieron en una inmensa hoguera de iglesias, conventos, colegios, quemados impunemente por las hordas. «Casi un centenar, entre templos y casas religiosas, fueron pasto de las llamas en tres días de barbarie popular» 9.
Y mientras la chusma quemaba, saqueaba, profanaba, el Gobierno provisional de la II República y sus adláteres no pudieron —no quisieron— controlar tantos y tan serios desmanes. Dice Antonio Montero: «No le quedan al historiador actas judiciales de un proceso que no llegó a iniciarse contra los autores de tales desmanes. Ya esta ausencia de formal intervención de la autoridad judicial denuncia de por sí que el Gobierno rehuía aclaraciones excesivas de lo ocurrido. Consta también que la censura oficial impidió a los periódicos de orientación católica dar la versión justa de los hechos, mientras la prensa opuesta ofrecía a su clientela las más pintorescas interpretaciones» 10.
«Resultan, sin embargo, muy significativos algunos testimonios que inducen a pensar que algunos miembros del Gobierno tenían conocimiento, con cierta anticipación, de los hechos. Manuel Azaña afirma en su diario que el 7 de diciembre de 1932 recibió la visita de un confidente, 'el mismo que el año pasado avisó a Maura de la proyectada quema... con cuarenta y ocho horas de anticipación'» 11.
TESTIMONIOS DE PRIMERA MANO
Se conservan muchas cartas de quienes aquellos días sufrieron asaltos, saqueos, incendios, viéndose totalmente desamparados de protección. Veían llegar la tormenta y sólo podían resignarse.
El día 12 de mayo de 1931 escribía al Director General de la Hermandad el entonces rector del Colegio de San José para Vocaciones Eclesiásticas de Murcia, don Jaime Agut: «Estamos dolorosamente impresionados y sobresaltados por lo ocurrido en la pacífica Murcia y por lo que pueda ocurrir.
»Anoche pegaron fuego al edificio del diario católico La Verdad...; intentaron asaltar el seminario... De las dos a las tres de la mañana, han estado en gran peligro.
»Ha entrado un pánico terrible, porque a las doce han pegado fuego a la residencia e iglesia de los franciscanos y diciendo que venían para acá» 12.
Don Manuel Lucas, rector del Seminario de Almería, escribe el día 13 de mayo de 1931: «Ayer tarde nos vimos obligados a desalojar el Seminario y salir todos, ante los temores —por confidencias recibidas— de que intentaban quemar el Seminario y Palacio» 13.
El día 14 de mayo escribe el rector del Seminario de Orihuela, don Vicente Villar: «Escribo bajo la más deprimente impresión por tan desagradables acontecimientos desarrollados estos días en España, y con mayor intensidad en esta desgraciada región levantina. Los primeros chispazos de persecución religiosa saltaron en Alicante, la noche del 11, con el incendio y saqueo de todos los conventos religiosos de ambos sexos, incluso el chalet episcopal...
»El fuego persecutorio apareció el 12 en Murcia, siendo visible desde este seminario por las densas nubes de humo que divisábamos, dando esto incremento al enorme pánico que ya se había apoderado de estos seminaristas, los cuales no desconocían los nefastos sucesos alicantinos» 14.
El siervo de Dios José Pascual Carda Saporta, en carta del 14 de mayo de 1931, cuenta a don Joaquín Jovaní el asalto, saqueo e incendio del Colegio de San José de Valencia 15.
El entonces director de este colegio, siervo de Dios Miguel Amaro, escribe el 17 de mayo de 1931: «El martes por la tarde, a primeras horas, se hacía notar en el ambiente un malestar terrible, indicio de cernerse una tormenta... A las ocho dimos la hora de despeje, consumimos las formas, y en veinte minutos las vidas se habían puesto a salvo... Los últimos en salir fuimos don Pascual y yo... Anoche mismo me dijeron que habían levantado acta notarial, destinando el edificio a ser propiedad del pueblo» 16.
Don Miguel Amaro elevó inmediatamente solicitud para poder volver al colegio, destinándolo, como hasta entonces, a la formación de los futuros sacerdotes. Pero siempre quedaba el temor de que podría ocurrir cualquier cosa.
Escribe el 19 de mayo de 1931: «Hoy elevé una instancia al capitán general para que nos autorice reintegrarnos al colegio... supongo que nos contestará favorablemente, aun cuando no den garantías de seguridad ni en las vidas ni en las haciendas, pues lo mismo hacen con las demás concesiones que libran a otros que solicitan volver, excepto a los padres carmelitas, que después de concedida la autorización para reintegrarse, se la recogieron. El señor arzobispo aconseja a todas las comunidades que solicitan volver no duerman en casa» 17.
No se podía contar con garantías. Dice el 21 de mayo: «Pregunté en las oficinas de Estado Mayor por las garantías de seguridad, tanto de local como de las personas, y conjidencialísimamente me dijo un jefe que casi cero; pero, ¡chitón!» 18.
Esa situación se palpaba en todas partes. Don José Esteve, rector del Seminario de Ciudad Real, escribía el 13 de mayo de 1931: «Los desmanes de la Corte se han corrido aquí; esta noche han intentado quemar la residencia y escuela apostólica de los padres jesuitas y ahora hace breves momentos están forcejeando para quemar el convento e iglesia de las religiosas dominicas. En la provincia han cometido ya varios desmanes también» 19.
Don Inocente Colom, rector del Seminario de Barcelona, escribe el 14 de mayo de 1931: «Con las noticias que iban llegando de Madrid, Alicante y demás capitales, hemos pasado tres o cuatro días de muchas zozobras. Ayer fui a cambiar impresiones con el señor obispo y hasta me atreví a insinuarle si quería que los chicos fueran a pasar el día de la Ascensión y el domingo próximo con sus familias, pues por todas las noticias y circunstancias eran cuatro días de vida o muerte para Barcelona.
»Dijo el señor obispo que verdaderamente eran momentos difíciles, pero habíamos de dar muestras de fortaleza, y de momento no había peligro porque estaban tomadas todas las medidas. Le contesté que quedaba tranquilo con lo que me decía y que, por lo que a mí afectara, no había de dejar ni el puesto ni la esperanza.
»Por la tarde, a las tres y media, me llamaron los profesores para decirme que las noticias que corrían no podían ser peores, que la Guardia Civil había recibido orden de que abandonaran los conventos que estaban custodiando, etc. Les dije lo que me había dicho el señor obispo; pero, en vista de que las circunstancias habían cambiado, marchaba en auto a palacio a cambiar impresiones de nuevo.
»Vi al señor obispo, le comuniqué las impresiones del claustro, y el pobre me dijo que no eran así las que él tenía, pero, no obstante, que hiciera con los chicos lo que me pareciera. Le propuse que fueran a pasar con sus familias estos dos días de fiesta, que son los más peligrosos... Aprobó el plan, aunque con sentimiento, y los chicos salieron ayer tarde, después de las clases, hasta el próximo martes.
»Antes de salir los chicos ya llegaron nuevas noticias de que las Salesas ardían, que delante de los padres jesuitas de Caspe había un gran grupo de gente, etc.
»Delante del Seminario comenzó a formarse un grupo de gente (no grande), que iba en aumento. Pensé que había llegado la hora...
»Hasta el momento presente no ha ocurrido nada. Estén tranquilos, que nosotros lo estamos. Adiós. Hemos leído con sentimiento lo del Colegio de Valencia. ¿Han sido muchos los daños? ¿Y lo de Córdoba?» 20
El Gobierno asistía impasible a tanta barbarie. A veces los mismos gobernadores civiles alentaban a los desalmados en sus provincias. «La pasividad del Gobierno fue en parte reconocida mucho después y públicamente por el ministro de la Gobernación» 21.
El día 16 de julio de 1931 escribe el siervo de Dios Miguel Amaro Ramírez, desde Valencia, una carta al Director General de la Hermandad, muy significativa, que nos permite ver cómo se conducían los gobernantes:
«Hace dos días nos dieron la voz de alerta, pues se preparaba nuevo 'asalto' para anoche. La Fuerza Pública redobló la vigilancia, pero tenían órdenes, en caso de asalto, de conducirse pasiva y mimosamente» 22.
Mientras tanto la propaganda antirreligiosa continuaba cada vez más exacerbada por toda la geografía española. El día 1 de julio de 1931 escribe desde su pueblo natal, El Romeral (Toledo), el siervo de Dios Miguel Amaro al siervo de Dios Joaquín Jovaní, Director General de la Hermandad: «Las impresiones que se tienen por aquí no son las más consoladoras, pues todo el mundo está bajo la presión de una propaganda atea y revolucionaria» 23.
LEGISLACIÓN SECTARIA
Las tensiones fueron aumentando a lo largo de 1931. Las elecciones del 28 de junio dieron una mayoría socialista, que elaboró en el Parlamento una Constitución de tipo descaradamente antirreligioso y anticatólico.
Según el primer presidente de la II República, don Niceto Alcalá Zamora, «era una Constitución que invitaba a la guerra civil» 24.
Pero fue sobre todo a partir del mes de enero de 1932 cuando el Gobierno republicano empezó a manifestar abiertamente su política antirreligiosa con una legislación sectaria sin precedentes en España. También es cierto que, con esa legislación y sus consecuencias, se incrementó el descrédito de la II República —ya muy deteriorado— ante los sectores moderados de España y hasta ante todo el mundo.
Tal legislación se preveía desde el nacimiento de la República, porque la gente que había tomado las riendas del Estado no era muy de fiar, que digamos. Lo intuía, desde Roma, el siervo de Dios Pedro Ruiz de los Paños. Escribe el día 25 de abril de 1931 al entonces Director General de la Hermandad, siervo de Dios Joaquín Jovaní: «El gran problema será para las Constituyentes, y el gran peligro después. Creo que el presupuesto eclesiástico, la escuela laica, la expulsión de los religiosos y la persecución en general se ven danzar en las intenciones o, al menos, en las consecuencias inevitables de los principios de ahora y de las personas que los representan» 25.
El día 3 de mayo de ese mismo año 1931 concreta más sus intuiciones: «Desde luego, la expulsión de los jesuitas, la separación de la Iglesia, la enseñanza laica, la ley de asociaciones con el rasero laico también, y la incautación de los bienes eclesiásticos con la supresión del presupuesto del clero; todo esto, si el Señor no lo remedia por otra parte, vendrá muy pronto y, como consecuencia, el peligro para los seminarios y para este mismo colegio» 26.
Y así fue. La Constitución rompió descaradamente con ]a Iglesia, lo que equivalía a romper con la parte más sana y mayor del pueblo español.
El 23 de enero de 1932 fue disuelta la Compañía de Jesús, en virtud del artículo 26 de la Constitución, que ordenaba disolver las órdenes religiosas que profesaran obediencia a una autoridad distinta de la del Estado.
Muchos jesuitas se fueron refugiando provisionalmente donde se les daba hospedaje. Casi en todas las casas que entonces tenían los sacerdotes Operarios diocesanos hubo algún jesuita alojado. Dice el entonces Director General, siervo de Dios Joaquín Jovaní, hablando del Colegio de San José de Tortosa: «Los padres jesuitas han pedido hospedaje para tres en esta casa. Con gusto los recibiremos... ¡No faltaba más! En estos tiempos de libertad y democracia, los que siguen a Jesucristo son perseguidos. Volvemos a los tiempos de Herodes» 27.
De manera parecida escriben desde todas las casas, colegios y seminarios que dirigía la Hermandad.
El 2 de febrero de 1932 se aprobó la ley del divorcio. El 6 de febrero de ese mismo año apareció el decreto de secularización de los cementerios. Y con esa misma fecha, el Director General de Primera Enseñanza daba la orden de retirar el crucifijo y cualquier otro signo religioso de las escuelas.
Pero la que más protestas levantó fue la llamada Ley de Confesiones y Asociaciones Religiosas, publicada el 3 de junio de 1932. Con ella se limitaba el ejercicio del culto católico y quedaba totalmente sometido a la autoridad civil, con las consiguientes arbitrariedades de las casi siempre incultas y groseras autoridades locales, que, en virtud de su ignorancia, muy pronto demostraron su cerrilismo corraleño. El Estado podía anular los nombramientos eclesiásticos. Todas las instituciones religiosas pasaban a fiscalización total y absoluta por parte del Estado.
Con bastante frecuencia, las autoridades locales eran de la más baja estofa. «De sola la provincia de Toledo —decía el diputado radical Guerra del Río— hay veinte alcaldes socialistas licenciados de presidio; quince presidentes de Casas del Pueblo procesados y condenados por hurto y robo; cinco que han cumplido condena por homicidio y asesinato, y otros varios que están reclamados por diferentes juzgados por delitos de hurto y estafa» 28.
El día 20 de marzo de 1936 escribía el director del Colegio de San José para Vocaciones Eclesiásticas de Murcia, don Jaime Agut: «Estamos un poco más tranquilos, porque esta noche no se ha visto ningún incendio, y porque han destituido al gobernador. ¡Qué se podía esperar de un tío comunista, sin más estudios que los de chófer, y borracho! Dios quiera que el que le sustituya sea de otro temple» 29.
Con gente de esta calaña empuñando las riendas se puede uno explicar hasta casos tan pintorescos como éste, ocurrido en un pueblo de la provincia de Huelva, «donde para que el centro socialista, o el alcalde, en su nombre, permitiera la procesión de San Antonio, el arreglo fue extenderle carnet de la asociación al santo» 30.
En el mes de enero de 1932 volvieron los incendios y atropellos. El director del Colegio de San José para Vocaciones Eclesiásticas de Valencia, don José María Jiménez Porres, escribe el día 19 de enero de 1932: «Como hubo incendios por los alrededores de Valencia y cunden noticias alarmantes, acuden los padres, llenos de zozobra, para llevarse a sus hijos, aunque, al ver a éstos tranquilos aquí, acaban por tranquilizarse también ellos, siquiera lo suficiente para no llevárselos. El tener todas las noches una pareja de la Guardia Civil dentro de casa tranquiliza mucho. Así y todo, la otra noche, apenas acostado, hube de levantarme y permanecer en vigilia hasta después de las doce, porque vinieron a avisarme paisanos amigos que corríamos peligro» 31.
El 18 de febrero de 1932 ocurrieron nuevos desmanes por Valencia. «Por aquí no ocurre cosa especial, salvo lo de la salvajada de la noche del sábado, realizada en la catedral, derribando de su hornacina la veneradísima imagen de la Inmaculada, destrozándola, robando sus joyas y profanando suciamente varios lugares del sagrado templo. Todo lo cual indignó sobremanera al pueblo fiel, hasta el punto de que allí mismo... se organizó una imponente manifestación valentísima, cuyas consecuencias no sabemos hasta dónde llegarán, pero que probablemente serán, desde luego, lamentables para la causa católica en Valencia. El Señor nos asista» 32.
LA VOZ DE LA IGLESIA
Ya en diciembre de 1931 el episcopado español tuvo que hablar rotundamente ante los despropósitos de la nueva Constitución, que —decían— «da derecho y libertad en todo y para todos..., con excepción de la Iglesia: derecho de profesar y practicar libremente cualquier religión, y el ejercicio de la católica, única profesada en la nación, que le debe sus glorias históricas, su patrimonio de civilización y de cultura, y su actual conciencia religiosa, es rodeado de recelos y hostilidades compresivos de sus legítimos y libres movimientos» 33.
Una vez aprobada por las Cortes la Ley de Confesiones y Asociaciones, el episcopado lamenta el laicismo agresivo inspirador de la Constitución, que confirma el espíritu y ánimo decidido de hostilidad en que las Cortes se inspiran, con evidente injusticia y sin provecho para el bien general de la nación 34.
La Ley de Confesiones y Asociaciones era, sencillamente, injusta, arbitraria y cruel.
Dicen los metropolitanos españoles: «Han puesto en ella sus esperanzas los corifeos del laicismo agresivo, que la tienen como la obra maestra de la nueva legislación y la más eficaz arma de combate y de opresión contra la Iglesia católica... Inmerecido es el trato que se da a la Iglesia en España. Se la considera no como persona moral y jurídica, reconocida y respetada debidamente, sino como un peligro, cuya compresión y desarraigo se intentan con normas y urgencias de orden público» 35.
También el Papa Pío XI hizo oír solemnemente su voz y su protesta en la encíclica Dileclissima nobis, de 3 de junio de 1933: «Nos sentimos doblemente apenados al presenciar las deplorables tentativas que, de un tiempo a esta parte, se están reiterando para arrancar a esta nación, a Nos tan querida, con la fe tradicional, los títulos más bellos de nacional grandeza. No hemos dejado de hacer presente con frecuencia a los actuales gobernantes de España —según nos dictaba nuestro paternal corazón— cuan falso era el camino que seguían y de recordarles que no es hiriendo el alma del pueblo en sus más profundos y caros sentimientos como se consigue aquella concordia de los espíritus que es indispensable para la prosperidad de una nación...
»Ahora no podemos menos de levantar de nuevo nuestra voz contra la Ley, recientemente aprobada, referente a las Confesiones y Congregaciones Religiosas, ya que ésta constituye una nueva y más grave ofensa no sólo a la religión y a la Iglesia, sino también a los decantados principios de libertad civil sobre los cuales declara basarse el nuevo régimen español» 36.
PERSECUCIÓN PLANIFICADA
Cada día aparece con mayor evidencia. Las órdenes de quemar, saquear iglesias, asesinar a sacerdotes y religiosos venían de arriba.
Dice Cárcel Ortí: «Andrés Nin, jefe del Partido Obrero de Unificación Marxista, en un discurso pronunciado en Barcelona el 8 de agosto de 1936, no tuvo inconveniente alguno en declarar: 'Había muchos problemas en España... El problema de la Iglesia... Nosotros lo hemos resuelto totalmente, yendo a la raíz: hemos suprimido los sacerdotes, las iglesias y el culto.'
»José Díaz, secretario general de la Sección española de la III Internacional, afirmaba en Valencia el 5 de marzo de 1937: 'En las provincias que dominamos, la Iglesia no existe. España ha sobrepasado en mucho la obra de los soviets, porque la Iglesia, en España, está hoy día aniquilada.'
»A finales de agosto de 1936, un alto dirigente catalán, preguntado por la redactora de L'Oevre sobre la posibilidad de reanudar el culto católico, respondió: 'Oh, este problema ni se plantea siquiera, porque todas las iglesias han sido destruidas.'
»Y el periódico socialista-anarquista de Barcelona Solidaridad Obrera publicaba el 25 de mayo de 1937: '¿Qué quiere decir restablecer la libertad de cultos? ¿Que se puede volver a decir misa? Por lo que respecta a Barcelona y Madrid, no sabemos dónde se podrá hacer esta clase de pantomimas. No hay un templo en pie ni un altar donde colocar un cáliz... Tampoco creemos que haya muchos curas por este lado..., capaces de esta misión.'
»La lectura de estos textos nos descubre que los perseguidores estaban ufanos no sólo por la eliminación de los sacerdotes, sino también por la destrucción de los templos. Pero podrían aducirse muchos más testimonios a este respecto, que pueden ser sintetizados en uno solo. En la Comisaría de Policía de Bilbao fue hallado un documento con los sellos de la CNT y de la FAI, fechado en Gijón en octubre de 1936, en el cual se decía textualmente: 'Al portador de este salvoconducto no puede ocupársele en ningún otro servicio, porque está empleado en la destrucción de iglesias.'
»Aunque no se puede probar documentalmente que el Gobierno de la República ordenara la persecución general contra la Iglesia, sin embargo, no puede explicarse la crueldad y determinación con que ésta fue llevada a cabo en tan pocos meses y en todo el territorio republicano si no hubiesen existido consignas concretas de exterminio, que nada tenían que ver con la sublevación militar y los avances del Ejército en la zona llamada nacional.
»Varios hechos nos permiten afirmar que la consigna fue terminante, como ya dijo Carreras y los hechos posteriores demostraron. Los perseguidores formaron comités revolucionarios que recibieron diversos nombres —Milicias Armadas Obreras y Campesinas, Milicias de Vigilancia, Patrullas de Control, Guardia Popular Antifascista—, y fueron de hecho los ejecutores materiales de disposiciones adoptadas en las más elevadas sedes políticas, que proveyeron, además, a facilitar armas a los civiles o milicianos, autores de los peores desmanes y crímenes. La consigna era, pues, la de exterminar a la Iglesia.
»Solidaridad Obrera, el tristemente conocido diario socialista-anarquista, en su número de 15 de agosto de 1936, incitaba en estos términos: 'Hay que extirpar a esa gente. La Iglesia ha de ser arrancada de cuajo de nuestro suelo.' Numerosos fueron los discursos, artículos y escritos varios que repetían insistentemente la misma idea. Algunos presidentes y miembros de dichos comités declararon que habían recibido órdenes tajantes como éstas: 'Tratándose de sacerdotes, ni piedad, ni prisioneros: matarlos a todos sin remisión.' 'Ya sabéis que tenemos orden de matar a todos los que lleven sotana.' 'Para los curas no hay solución alguna... A todos en general hay que matarlos, no se puede evitar.' 'Tenemos orden de matar a todos los obispos, a todos los curas y a todos los frailes.'
Se narra también el caso de una consulta elevada por un comité local a otro de carácter central, a propósito de un sacerdote, estimado por el pueblo tanto por su bondad como por su generosidad con los más pobres; la respuesta fue: 'Ya os ordenamos matarlos a todos, y a los que tenéis como mejores y más santos, los primeros.'
Todos estos comités actuaron libremente y totalmente impunes, protegidos y autorizados por las mismas autoridades políticas. Las detenciones y ejecuciones se realizaron sin intervención alguna del poder judicial, sin dar a las víctimas la posibilidad de defenderse y sin proceso alguno» 37.
Con el estilo soez, desenfadado e insultante característico de aquellos maniobreros de la pluma, escribía Juan Peyró: «El anatema general contra los mosqueteros con sotana y los requetés engendrados a la sombra de los confesonarios fue tomado tan al pie de la letra, que se ha perseguido y exterminado a todos los sacerdotes y religiosos porque lo eran... La destrucción de la Iglesia es un acto de justicia. Matar a Dios, si existiese, al calor de la revolución, cuando el pueblo, inflamado por el odio justo, se desborda, es una medida muy natural y humana» 38.
La revolución de Asturias, del 5 al 14 de octubre de 1934, fue un anticipo de la saña con que se perseguiría —y se perseguía ya— a la Iglesia: 32 sacerdotes y seminaristas fueron martirizados; 58 iglesias fueron destruidas.
El día 15 de noviembre de 1934 escribía el siervo de Dios Isidoro Bover a su hermano: «Todavía no se nos ha pasado la impresión de la terrible noche del 6 al 7 de octubre. El peligro gravísimo que corrimos —que corrió toda España— no lo hemos sabido hasta después. Si llega a triunfar la revolución, toda España hubiera sido Asturias. En todas partes tenían las famosas listas negras, en las cuales figuraban, para ser asesinados sin compasión, todos los sacerdotes y religiosos y las personas derechistas más significadas. Si en Cataluña llega a resistir Companys sólo veinticuatro horas, no queda con vida un sacerdote ni en pie una iglesia. Ha sido un patente milagro la cobardía inaudita de los revolucionarios catalanes. Los cuarenta mil hombres armados que tenía la Esquerra sólo en Barcelona tiraron las armas en medio de la calle y huyeron despavoridos en cuanto sonaron los primeros cañonazos, disparados con pólvora sola, para asustar.
»Lo de Asturias ha sido horroroso. La prensa ha callado muchas de las villanías cometidas por los revolucionarios, por ejemplo, los ultrajes a las mujeres e incluso a religiosas» 39.
Antonio Montero concluye: «Considerada en sus aspectos religiosos, la República aparece como un anticipo, bastante logrado por cierto, de lo que sería después la zona roja durante la guerra civil» 40.
De hecho, a los que fueron asesinados por las hordas marxistas en la revolución de Asturias inmediatamente se los consideró como mártires. «Hoy ofrecemos a nuestros lectores lo que otras plumas han escrito sobre el martirio de los siete seminaristas asesinados y sobre las angustiosas peripecias que pasaron los que han quedado con vida. Por lo que toca a los primeros, el tributo de admiración nos atrevemos a transformarlo —creemos que sin temeridad, pero salvo siempre el superior juicio de la Santa Iglesia, al que incondicionalmente nos sometemos—, en tributo de veneración... L'Osservatore Romano no ha titubeado en afirmar que las víctimas de Asturias sacrificadas por los marxistas en odio a la fe tienen todos los caracteres de mártires y han sucumbido como los mártires de las catacumbas» 41.
SE ENCARNIZA LA PERSECUCIÓN RELIGIOSA
Apenas subió al poder el Gobierno del llamado Frente Popular, tras las elecciones del 16 de febrero de 1936, se desataron las pasiones más brutales en las turbas, soliviantadas por una campaña sistemática y perversa de refinado odio contra la Iglesia.
Durante los seis meses anteriores al levantamiento militar del 18 de julio de 1936 fueron cometidos cerca de tres mil atentados graves de carácter político y social, entre los cuales hay que contar: 411 iglesias destruidas, incendiadas o profanadas y 17 sacerdotes asesinados.
El panorama se enrarecía cada vez más. Lo preveían los mismos que caerían mártires en la horrenda persecución que se avecinaba.
El 1 de enero de 1936 ya se vislumbraba un horizonte muy negro en España. El siervo de Dios Joaquín Jovaní, entonces rector del Seminario de Tarragona, escribe al Director General de la Hermandad, siervo de Dios Pedro Ruiz de los Paños: «Únicamente el Señor sabe lo que nos es-pera en el transcurso de este año que hoy comenzamos. Bendita sea la Providencia Divina que rige y gobierna a la humanidad entera, cuyas decisiones, nos sean gratas o desabridas, aceptamos de antemano» 42.
Y el siervo de Dios Pedro Ruiz de los Paños escribía en estos términos a las religiosas carmelitas descalzas de Plasencia: «Cuan do lleguen, o acaben de pasar las elecciones, comenzará la persecución abierta y violenta. No se trata ya de quemar, sino de matar en grande escala y de hacer toda clase de excesos. Para entonces hay que prevenirse. Que vendrá la paz después y que Jesucristo triunfará, no cabe duda; pero la batalla ha de durar y será violenta» 43.
El sol de cada mañana alumbraba nuevas zozobras. Escribía el día 29 de marzo de 1936 el siervo de Dios Joaquín Jovaní al siervo de Dios Pedro Ruiz de los Paños: «La marea roja va en aumento. ¿Llegaremos al final de la zozobra? En manos de Dios estamos» 44.
Y el día 21 de abril de ese año 1936: «Las cosas van hacia el precipicio; ciego será quien no lo vea» 45.
El siervo de Dios José Piquer Arnau —martirizado el 11 de septiembre de 1936— era rector del Colegio de San José para Vocaciones Eclesiásticas de Valencia. El día 20 de febrero de 1936 escribía al siervo de Dios Pedro Ruiz de los Paños: «Han intentado quemar varias iglesias y casas religiosas, entre ellas el Colegio de Santo Tomás de Villanueva... Ha habido momentos de verdadero peligro de una hecatombre... En los pueblos ha habido muchos desmanes; en muchos de ellos han quemado imágenes, iglesias, casas abadías, y en Alcira han llegado a arder todas, más o menos, quedando abierta al culto la arciprestal únicamente.
»En cambio, en la de los padres capuchinos, que está fuera de la población, después de quemarla quisieron obligar al padre guardián a firmar un documento confesándose autor del incendio; lo llevaron por las calles como a Jesucristo, blasfemando, escupiéndole y maltratándole, presentándole ante el tribunal popular para que lo juzgara; y, no consiguiendo que firmara tal documento, le sentenciaron a darle cuatro tiros; lo meten en el cuartelillo, y gracias que uno de los republicanos más influyentes se interesó por él y lo puso a salvo. Este padre es hermano del cuñado de Rigoberto y lo tenemos en esta calle» 46.
El día 28 de febrero de ese mismo año dice: «El padre Pío, a quien atrepellaron de malos modos en Alcira, está muy enfermo» 47.
Todo esto ocurría antes del levantamiento militar, a raíz de las elecciones por las que subió al poder el Frente Popular.
El siervo de Dios Antonio Perulles, entonces rector del Seminario de Orihuela, escribe el día 24 de febrero de 1936 al siervo de Dios Pedro Ruiz de los Paños: «En Alicante han saqueado todas las parroquias, menos una... Con todos los objetos de culto hicieron grandes hogueras en la calle, no habiendo dejado más que las paredes... En Elche incendiaron las tres parroquias y un convento de clarisas; de suerte que ayer no se dijo ni una sola misa, porque todos los sacerdotes tuvieron que huir... Además, en ambas ciudades han desalojado todos los centros católicos y de derechas y quemado las imprentas de los dos periódicos católicos... Han quemado también por completo la iglesia de San Juan de Alicante y el convento de los padres capuchinos de Orito» 48.
Desde el Seminario de Jaén escribía el rector, don Adoración Reyes: «Aquí hay tranquilidad. No falta temor por no ver por parte alguna esperanza de arreglo. Dios sobre todo y que El sea bendito, porque nos ha querido agitados por tantas preocupaciones» 40.
El rector del Colegio de San José para Vocaciones Eclesiásticas de Murcia, don Jaime Agut, escribe el día 16 de marzo de 1936: «Le pongo estas letras... para decirle que hace dos o tres días estamos intranquilos por las voces que corren de lo que va a suceder, por lo que se va sabiendo que ha sucedido en algunos pueblos y, sobre todo, por el triste espectáculo que viendo arder la iglesia de un pueblo de esos que están a la falda del monte y varias ermitas de la Huerta» 50.
Al día siguiente, 17 de marzo de 1936, continúa el caos: «Esta noche pasada ha sido toledana. Después de acostarse los chicos empezó a arder la hoguera que, de todo lo que había en la iglesia de Puente Tocino, hicieron los incendiarios, y ¡qué hoguera debía ser, que las llamas alcanzaron gran altura! Después, a las dos horas, se repitieron las llamas, porque quemaron todos los muebles de la casa del cura; un poco más tarde quemaron otra ermita y, a las dos y media, ardió la escuela y capilla del cementerio viejo, y como está tan cerca, nos asustamos, y con razón, temiendo que de un momento a otro vinieran aquí...
»Veremos esta noche cuáles iglesias serán las víctimas. Ayer quemaron todas las de Yecla; creo que son catorce. En Jumilla ha habido una porción de muertos» 51.
El 20 de marzo de 1936 parece que había vuelto un poco de calma a Murcia: «Estamos un poco más tranquilos, porque esta noche pasada no se ha visto ningún incendio y porque han destituido al gobernador. ¡Qué se podía esperar de un tío comunista, sin más estudios que los de chófer, y borracho! Dios quiera que el que le sustituya sea de otro temple.
»Esta mañana ha estado aquí una religiosa agustina de Almansa y me ha contado el calvario que han tenido que pasar. Cuando todas las personas buenas les decían que estuvieran tranquilas y, por lo mismo, sin estar preparadas, ni siquiera con el traje de seglar, se presenta la turba allí, las saca del convento y empiezan a romper, saquear y destruir y quemar cuanto allí había, que era mucho y bueno, porque era un convento muy antiguo: alfombras preciosas, cuadros de mérito, imágenes; en fin, todo quedó quemado y destruido. En aquel convento se guardaba la corona de la Patrona de la población, valorada en 250.000 pesetas; pues completamente destruida. En Almansa sacó la custodia un guardia civil, y el copón el sacristán...
»Tenga la bondad de decir a don Juan Calatayud que en Beniajuán quemaron la imagen de la Virgen del Carmen de Salcillo» 52.
Por todas partes corría el fuego, el pánico, el horror. Desde el Seminario de Burgos escribía don Romualdo Carrillo al rector del Pontificio Colegio Español de Roma, don Buenaventura Pujol, el día 21 de marzo de 1936: «Nada dice la prensa, ni dejan decir, de cuanto ocurre, que es mucho y grave... En realidad, se masca por todas partes el malestar, la incertidumbre, el temor, y todo ello porque no se siente la autoridad por ninguna parte. Aun en el Congreso, como habrá visto por la prensa, no tienen los diputados garantía sobre sus personas...
»¿Qué nos tendrá reservado el Señor? Es un día muy negro cada uno de los que se ven amanecer en nuestra España, y esto se lo comunico no obstante mi mayor optimismo y confianza; cierto que no en los hombres...
»Ya sé que pedirán por España, y que estarán avergonzados de presentarse ante otras naciones, pues es una vergüenza lo que ocurre» 53.
El siervo de Dios Isidoro Bover Oliver escribía a su hermano el padre jesuita José María Bover, entonces en el exilio, el día 29 de marzo de 1936: «Por algunos días ha sido el tema de actualidad el orden público, y lo sigue siendo en las conversaciones particulares, a medida que se van sabiendo las atrocidades espeluznantes que se han cometido desde el día 16 de febrero. Algunas no pueden ni referirse. Cuentan que Marcelino Domingo, en su visita a Tortosa de hace algunos días, dijo que 'si la gente supiera las cosas que se han hecho, nos arrastraría'. Si no es verdad que lo dijo, merece serlo. En las vandálicas destrucciones han perecido cuadros de Murillo y esculturas de Salcillo. Los que ni esto respetan, por inconsciencia o perversidad, calcúlese qué profanaciones y salvajadas no habrán sido capaces de perpetrar.
»Es cosa que horripila y sonroja. Hace tres días, me dijeron, parece que de buena fuente, que los templos incendiados en esta nueva irrupción de barbarie suman un centenar. Las víctimas pasan de mil. Nos consta, por conducto seguro, que el día de San José no se dijo misa en la tercera parte de las parroquias de la diócesis de Murcia, que parece ha sido la comarca más castigada. El gobernador que allí había, y que hace unos días fue destituido, era un chófer comunista y borracho. Se explica que el Gobierno haya tenido miedo al debate político» 54.
Se palpaba la realidad de lo que escribía don Juan Bautista Calatayud a don Buenaventura Pujol el día 19 de abril de 1936: «Sigue la cerrazón en el horizonte de la patria. A ojos vistas vamos de mal en peor. Se continúa orando, y mucho, para que se deshaga pronto la tormenta» 55.
CLIMA DE MARTIRIO
Ante situación tan caótica se iba creando un auténtico clima de martirio. Hasta en los lugares donde no parecía tan grave el peligro se respiraba tal ambiente. Escribía, desde Plasencía, don Juan Sánchez Hernández al siervo de Dios Pedro Ruiz de los Paños el 28 de marzo de 1936: «¡Pobre España! Aquí continuamos en calma. Pero ¿qué tendremos del 12 de abril en adelante? Jesús busca víctimas y sin duda las tendrá» 56.
No sabía que estaba escribiendo a una de las primeras víctimas elegidas para el martirio.
Y en la misma carta, con la humildad que siempre caracterizó a don Juan, le dice: «Yo le he ofrecido la vida, aunque me da miedo de que me la tome; pero el ofrecimiento está hecho por su gloria y reinado en la querida España. Si muero y usted vive, sáqueme pronto del purgatorio, que lo estoy mereciendo muy largo» 57.
Don Guillermo Valle, entonces prefecto de disciplina en el Seminario Menor de Toledo, testifica: «En el Seminario se respiraba ambiente de martirio, dada la difícil situación creada en Toledo por la República y los alborotos que ya había por las calles. En aquellos últimos meses se hablaba, aun entre los seminaristas, de martirio» 58.
El rector del Seminario de Segovia, don Antonio Torres, escribía el 23 de febrero de 1936 al siervo de Dios Pedro Ruiz de los Paños: «Sí. Vendrá el choque. Y será para bien. Debe venir, para unirnos más al Señor. Anoche decía a estos chicos que es cosa de bendecir a Dios por estas pruebas purificadoras. ¡A trabajar con fe! Dios nos dará la añadidura» 59.
Desde el Seminario de Plasencia, un joven Operario, todavía no ordenado de sacerdote, escribía al Director General de la Hermandad: «En cuanto a las actuales circunstancias de nuestra nación, he de decirle que no me infunden temor alguno; lo más que pueden hacerme es quitarme esta miserable vida por la del cielo. ¡Oh, si me hallase yo digno de tanto bien!» 60.
Estas manifestaciones eran muy sinceras. No eran fruto de una exaltación morbosa. Se basaban en la realidad de lo que vivían estos hombres, por el hecho de ser sacerdotes y saberse perseguidos solamente por serlo.
Todo esto ocurría antes del 18 de julio de 1936. Por eso, dice muy atinadamente Cárcel Ortí: «La tesis defendida hasta la saciedad por muchos historiadores de orientación marxista, e incluso liberal, de que la persecución religiosa fue la respuesta dada por los republicanos a la represión de los militares en la zona nacional no tiene fundamento alguno. Los hechos demuestran que las violentas manifestaciones contra iglesias y conventos en 1931 y años sucesivos, que los asesinatos de sacerdotes y religiosos en Asturias durante la revolución de octubre de 1934, y que los numerosos desmanes cometidos impunemente contra personas y objetos eclesiásticos desde el 16 de febrero de 1936 hasta el 18 de julio del mismo año nada tuvieron que ver con el levantamiento militar» 61.
Ahora bien, a partir del 18 de julio de 1936, en la llamada zona roja, la persecución religiosa fue sencillamente brutal: 6.832 asesinados por el mero hecho de ser sacerdotes, seminaristas, religiosos o religiosas, son una cifra muy elocuente de lo que supuso esa absurda y cruel persecución.
Pero quizá el testimonio más claro de cuanto ocurrió en la zona roja hasta finales del año 1936 -—en menos de seis meses— lo aporta Manuel Irujo, ministro del Gobierno republicano, quien en la reunión del Gabinete celebrada en Valencia el 9 de enero de 1937 presentó el siguiente terrible Memorándum sobre la persecución religiosa:
«La situación de hecho de la Iglesia, a partir de julio pasado, en todo el territorio leal, excepto el vasco, es la siguiente:
»a) Todos los altares, imágenes y objetos de culto, salvo muy contadas excepciones, han sido destruidos, los más con vilipendio.
»b) Todas las iglesias se han cerrado al culto, el cual ha quedado total y absolutamente suspendido.
»c) Una gran parte de los templos, en Cataluña con carácter de normalidad, se incendiaron.
»d) Los parques y organismos oficiales recibieron campanas, cálices, custodias, candelabros y otros objetos de culto, los han fundido y aun han aprovechado para la guerra o para fines industriales sus materiales.
»e) En las iglesias han sido instalados depósitos de todas clases, mercados, garajes, cuadras, cuarteles, refugios y otros modos de ocupación diversos, llevando a cabo —los organismos oficiales que los han ocupado— en su edificación obras de carácter permanente...
»f) Todos los conventos han sido desalojados y suspendida la vida religiosa en los mismos. Sus edificios, objetos de culto y bienes de toda clase fueron incendiados, saqueados, ocupados o derruidos.
»g) Sacerdotes y religiosos han sido detenidos, sometidos a prisión y fusilados sin formación de causa por miles; hechos que, si bien amenguados, continúan aún, no tan sólo en la población rural, donde se les ha dado caza de modo salvaje, sino en las poblaciones. Madrid y Barcelona, y las restantes grandes ciudades, suman por cientos los presos en sus cárceles sin otra causa conocida que su carácter de sacerdote o religioso.
»h) Se ha llegado a la prohibición absoluta de retención privada de imágenes y objetos de culto. La policía, que practica registros domiciliarios, buceando en el interior de las habitaciones de vida íntima personal o familiar, destruye con escarnio y violencia imágenes, estampas, libros religiosos y cuanto con el culto se relaciona o lo recuerde» 62.
Este Memorándum dice cuanto se puede decir de la persecución; y es un ministro del Gobierno que ostentaba el poder quien lo dice, y mientras todavía continúa la persecución.
El tributo de sangre que rindió la Iglesia en España no se conocía desde los tiempos de las primeras persecuciones. «Del primero de enero al 18 de julio de 1936 habían sido ya asesinados en diversos lugares y circunstancias 17 sacerdotes y religiosos. Pero en el resto de julio se añadieron a la lista 861 víctimas más; sólo el día 25 de julio, fiesta del Apóstol Santiago, Patrón de España, fueron martirizados 95 miembros del clero» 63.
Durante los meses de agosto y septiembre de 1936 se intensificaron las matanzas de sacerdotes y religiosos. Y fue creciendo el ritmo de asesinatos en los meses sucesivos, prácticamente hasta enero de 1937, cuando el Gobierno republicano, totalmente desacreditado en el extranjero por la barbarie y el caos con que administraba el territorio sometido a su control, logró suspender los asesinatos masivos de eclesiásticos, aunque todavía se produjeron no pocas muertes.
CAPITULO II
LA PERSECUCION RELIGIOSA EN LA DIOCESIS
DE TOLEDO EL AÑO 1936
En la diócesis de Toledo fueron martirizados tres de los siervos de Dios que figuran en el proceso que ahora se presenta con miras a su beatificación: los siervos de Dios Pedro Ruiz de los Paños, José Sala Picó y Guillermo Plaza Hernández.
Por esta razón, parece conveniente conocer más en concreto cómo fue la persecución religiosa en Toledo y su diócesis.
ATMOSFERA CARGADA DE PASIONES
La víspera de las elecciones que llevaron al poder al Frente Popular, 15 de febrero de 1936, escribía don Andrés Verge, rector del Seminario Mayor de Toledo, al siervo de Dios Pedro Ruiz de los Paños, Director General de la Hermandad: «La atmósfera está cargada de odios y pasiones. Mañana tendremos exposición del Santísimo y le pediremos con más insistencia por el triunfo de su causa» 1.
Con el paso de los días iban en aumento los desmanes de los llamados «rojos». Escribe el día 26 de febrero de 1936: «El ambiente es de intranquilidad. El Gobierno actual quiere actuar como pacificador y desea reprimir los desmanes de las turbas. ¿Lo conseguirá? Es muy dudoso, porque las masas son comunistas y se lo impedirán. En las manifestaciones de estos días no se oían otros gritos que los vivas a Rusia, al comunismo, al Soviet, etc.» 2.
Es muy significativo que el grito de viva España estaba proscrito en los ámbitos republicano-marxistas y que sólo se toleraran los vivas a Rusia. El día 26 de junio de 1936 escribía el siervo de Dios Isidoro Bover a su hermano, el padre José María Bover: «En Oviedo, cinco cabos del ejército se trabaron de palabras con unos socialistas y se cruzaron, por una parte y otra, los siguientes vivas y mueras: Los cabos: ¡Viva España! Los otros: ¡Viva Rusia! Y sucesivamente vivas y mueras al ejército español, al ejército ruso, a la religión y a Cristo Rey» 3.
El día 3 de marzo de 1936, don Andrés Verge escribe al siervo de Dios Pedro Ruiz de los Paños: «Aquí actuaba una banda de la porra que, sin oposición de nadie, perseguía a los jóvenes que más se distinguían en la propaganda y, a garrotazos, los cazaban, como si fueran fieras. Al hijo de don Julio Quijada también le persiguieron y pudo escapar, pero vive recluido, temiendo» 4.
Don Julio Quijada era el director de la Editorial Católica Toledana, que tantas obras de don Pedro Ruiz de los Paños publicó los últimos años de la vida del siervo de Dios. El mismo don Julio, en carta del 3 de marzo de 1936, le cuenta lo que le ocurrió a su hijo y por qué le ocurrió:
«A un hijito mío, de diecisiete años, quisieron matarlo junto al convento de Santa Isabel. La noticia se me comunicó de esta forma: `A su hijo le han tirado un tiro.' Calcule usted qué ratos pasaría. Yo, que estoy tan contento por las cualidades de mi hijo: de comunión diaria, a su catequesis, a su Juventud Católica, etc. Nunca me ha dado el menor disgusto. Por tener estas cualidades se ha salvado. Yo lo considero un milagro, pues la mano criminal, al quererle hacer el disparo a quemarropa, se le engatilló o encasquilló la bala y no salió el tiro.
El grave motivo que cometió mi hijo, don Pedro, fue que estuvo acompañando a las monjitas del referido convento, que tuvieron necesidad de salir, por temor a que las turbas se metieran con ellas» 5.
La sistemática propaganda subversiva, emponzoñada de los dirigentes políticos de izquierda, había envenenado sutilmente a unas masas, de ordinario ignorantes, había inoculado en ellas el odio más terrible contra Dios y su Iglesia, contra la religión, los sacerdotes, los religiosos. Hacían pasar a la Iglesia por el enemigo mayor de los pobres, de los obreros.
Es muy sintomático un párrafo del relato que hace una testigo sobre el lento, cruelísimo martirio del siervo de Dios Millán Garde, que murió el 7 de julio de 1938 a consecuencia de las innumerables palizas que sus verdugos le daban diariamente: «Don Millán aprovechaba todas las ocasiones para hablar de Dios, y sé, por manifestaciones de él mismo, que en una ocasión les habló y explicó a los del Comité la encíclica de León XIII sobre los obreros, y uno de ellos le dice que todas esas cosas no las sabemos nosotros. Cuenta, cuenta, que eso está muy bien. Por estas manifestaciones decía que eran más ignorantes que culpables» 6.
Más culpables eran los que envenenaban a las masas. El siervo de Dios Isidoro Bover escribe a su hermano José María el día 8 de mayo de 1936, haciéndole ver que el daño más funesto de los jefes marxistas había sido embaucar y envenenar a las masas con una prensa injuriosa, soez y plagada de calumnias: «Lo más triste de todo lo que sucede es el grado de refinadísima perversidad a que ha descendido la prensa izquierdista, y el grado de embrutecimiento y de idiotez en que han sumido a la pobre gente, imbuida por esos periódicos. Todo lo cree, hasta las patrañas más ridículas, y contra todo se rebela, con instintos de fiera. Y claro, llegan momentos en que desborda a sus jerifaltes. Hasta Pestaña ha dicho que está horrorizado de la imbecilidad de las masas extremistas españolas.
Se acercan días difíciles. Ha corrido aquí, en Tortosa, la especie —se la atribuyen a Marcelino Domingo— de que, pasada la elección presidencial, empezará el palo para los extremistas. Nadie menos indicado para hacerlo que los que los han soliviantado. Y veremos cómo reaccionan contra la represión. Vendrán tragedias a lo Casas Viejas. Y, sí los dejan campar a sus anchas, iremos al caos» 7.
Y los dejaron campar a sus anchas a todos los extremistas. Y vino el caos.
En Toledo —lo mismo sucedía casi en todas partes—, escribe el rector del Seminario Mayor, don Andrés Verge, precisamente al siervo de Dios Isidoro Bover, el día 3 de marzo de 1936: «La tempestad anticlerical está sobre nuestras cabezas. ¿Qué destrozos ocasionará? Deus providebit. Las intenciones son malas y las muestras peores; pero tenemos el recurso a Jesucristo, que puede desbaratar sus planes e impedir su actuación» 8.
Por su parte, el rector del Seminario Menor de Toledo, siervo de Dios José Sala Picó, escribe el día 2 de marzo de 1936 al siervo de Dios Pedro Ruiz de los Paños: «Por don Andrés hemos sabido algo de sus preocupaciones después del fatídico 16 de febrero. Tampoco aquí han faltado inquietudes. Por el presente nos dejan vivir. ¡El Señor derramará, como siempre, sus misericordias sobre nosotros! Un motivo más para despegarnos de la tierra» 9.
SOBRE UN VOLCAN
El día 10 de marzo de 1936, don Andrés Verge, en carta al Director General de la Hermandad, hace ver cómo iba subiendo el termómetro de la furia «roja» en Toledo.
Aunque en Toledo había perdido las elecciones el Frente Popular, el Gobierno de la nación había enviado un gobernador de tan mala catadura que se dedicaba a favorecer descaradamente a los extremistas. Un domingo organizaron una gran manifestación para protestar por el resultado de las elecciones. Dice don Andrés Verge: «El ambiente está enrarecido. La 'partida de la porra' sigue actuando y propinando palizas todas las noches. A todo esto, el gobernador que tenemos parece está de su parte.
»El domingo pasado fue una mala jornada y Dios nos libró de una hecatombe. Bajo capa de protestar contra las elecciones, o mejor dicho, contra el triunfo de las derechas, hubo el sábado mitin comunista y manifestaciones el domingo en toda la provincia; lo cual era un peligro para que la Fuerza Armada pudiera reprimir los desmanes que hubiera. Así ha sucedido.
»Hay muertos en Escalona, los hubo en Puebla de Montalbán, en Quismondo y en Toledo. Aquí, un guardia de asalto, para defenderse, mató a uno e hirió a varios al anochecer del domingo, y el gobernador, para calmar los ánimos, mandó acuartelar las fuerzas; y durante toda la noche iban por la calle como energúmenos, blasfemando, amenazando, diciendo que el clero había pagado al guardia, etc. Sólo consistió en palabras, gracias a Dios. Ya debe saber que don Liberio ha sido echado de Torrijos, que en Lillo quisieron quemar la casa de aquella propagandista y lo impidieron los de derechas. En fin, que estamos sobre un volcán; de todas partes llegan noticias a cual peor... Que Dios se apiade de España y ponga remedio a tantos desmanes» 10.
Con toda razón escribía el siervo de Dios Joaquín Jovaní, el día 27 de febrero de 1936, a don Buenaventura Pujol, rector del Pontificio Colegio Español de Roma: «Por aquí, después de las elecciones, todos hemos quedado mustios; pero mucho más los que lo esperaban todo de los hombres y no saben adivinar que, cuando el Señor así lo ha permitido, por algo será. Ganando las izquierdas, todavía incendian iglesias; si pierden, nos asan en ellas. Muchas veces gana Dios, perdiendo los hombres» 11.
CAERIAN COMO MARTIRES
El excelentísimo y reverendísimo señor don Gregorio Modrego Casaus, arzobispo-obispo de Barcelona, era el año 1936 canciller secretario del arzobispado de Toledo, y testifica así:
«Creo que la República fue persecutoria en el orden religioso, pero a partir de febrero de 1936 fue abiertamente sectaria y perseguía con odio satánico a los sacerdotes y seglares que tuvieran relación más íntima con la Iglesia.
»Corno caso concreto podría citar el de muchos sacerdotes que fueron arrojados de sus parroquias por odio a la religión, esto ya antes de la revolución; se incautaron iglesias y casas parroquiales; como el párroco de Portillo, al que arrastraron y se me presentó en la Secretaría con el manteo manchado de sangre; el párroco de Santa Olalla, al cual le prohibieron actuar de sacerdote, aunque corno particular y amigo, decían que tenía las puertas abiertas, por su caridad; el párroco de Castilblanco y el de Torrijos, que era un verdadero apóstol.
»Durante la revolución todo se agudizó en cuanto a la persecución religiosa; bastaría decir que en esta ciudad de Toledo murieron, o mataron los marxistas, o milicianos rojos, 123 sacerdotes y religiosos, de manera que prácticamente los aniquilaron a todos, y la media docena que quedaron fue porque no los encontraron» 12.
En la diócesis de Toledo los sacerdotes vivían con el convencimiento de que los primeros en caer serían ellos, y que caerían como verdaderos mártires. Testifica el sacerdote toledano don Angel García de Blas Rojo: «Conocedor del ambiente de una parte principal de la provincia de Toledo, que yo había visitado en cumplimiento de ser miembro de la Junta de Casas Rectorales de la diócesis y del cargo de arcipreste de toda la región de Navahermosa, conocía y estaba convencido que la revolución se aproximaba y que el principal objetivo de los dirigentes era el odio contra la Iglesia y, como consiguiente, contra los sacerdotes.
»En mis conversaciones con mis compañeros estábamos convencidos de que las primeras víctimas seríamos los sacerdotes, no porque el pueblo en general nos tuviera mala voluntad, sino porque los dirigentes socialistas y comunistas de España y del extranjero, que lo invadieron todo, azuzaron a un pueblo, prometiéndole el bienestar social, haciéndoles ver que, si no lo tenían, era debido a los sacerdotes, presentándoles como enemigos del pueblo.
»Por tanto, en la conciencia de todos estaba que los que cayeran, caerían como mártires, porque ésta era la voluntad de Dios Nuestro Señor; y la sangre de los sacerdotes purificará a España y aparecerán ante el pueblo no como sus enemigos, sino como amigos y ejemplo de amor y caridad cristianos.
»Durante la República vino la prohibición de todo acto público de culto, la prohibición de la entrada de los sacerdotes en las escuelas, la secularización de los cementerios, la supresión de todo signo religioso en todas las puertas de las casas, prohibición a todas las autoridades de tomar parte en actos religiosos, la prohibición del toque de campanas, y como consecuencia de esta legislación persecutoria oficial vinieron los atropellos de parte de los dirigentes socialistas de los pueblos, que incendiaron las iglesias, profanaron las imágenes, convirtieron las iglesias en salas de baile y garajes, profanando las vestiduras sagradas y objetos de culto, organizando con ellos mascaradas.
»En toda España hubo matanzas de sacerdotes, religiosos y religiosas. Por lo que se refiere a Toledo, yo puedo certificar que no quedó ninguna iglesia y lugar sagrado que no fuera profanado, y esta diócesis de Toledo, que era muy rica en iglesias artísticas, con un acervo de arte magnífico, sufrió la destrucción, el saqueo y el incendio de su mayor parte. Y, por lo que se refiere a los sacerdotes, fue un verdadero milagro que pudiéramos salvarnos algunos, después de ser acosados y buscados por todas partes como alimañas.
»La causa, por tanto, de que los milicianos rojos mataran a todos los sacerdotes que pudieron fue el odio contra Dios y contra la Iglesia católica y sus ministros» 13.
IRRITANDO A LAS FUERZAS DE ORDEN
El Gobierno del Frente Popular estaba totalmente entregado y vergonzosamente vendido a las fuerzas extremistas, que lo habían llevado al poder, y no supo, o no pudo, o no quiso —quizá las tres cosas a la vez— reaccionar contra los atropellos continuos de las masas enloquecidas, cuya orientación se basaba en la arbitrariedad, en la ignorancia, en la brutalidad y sed vengativa del alcalde de cada pueblo o del presidente de cada Casa del Pueblo. Se mascaba la tragedia.
El día 28 de abril de 1936 escribía a su hermano el siervo de Dios Isidoro Bover: «El peligro es grave. Hasta ahora el Gobierno no ha dado más que síntomas de claudicación ante las exigencias de los extremistas. ¿Querrá, al fin, detenerse en la pendiente? Nadie lo sabe ni se atreve a vaticinar. Mala señal es que vaya esforzándose por destruir todas las resistencias que la sociedad podría oponer a la barbarie roja. Las cárceles, que habían quedado vacías de criminales, están ahora llenas de gente honrada. Se han hecho muchos cambios en la Guardia Civil y en el Ejército. Todo ello, dicen, aumenta la irritación, que se ha manifestado de varias maneras» 14.
De hecho, parece ser que en Toledo, y en otras partes, el Ejército ya no estaba dispuesto a tolerar la conducta soez, grosera y cerril de las hordas, omnipotentes al amparo de los mismos gobernantes. Al no reprimir los excesos de las turbas, se cometían otros excesos que tampoco podía ya reprimir el Gobierno.
El día 14 de junio de 1936 escribe a su hermano el siervo de Dios Isidoro Bover: «La situación del Gobierno es insostenible. Ni en las agonías del primer bienio llegó el desgaste, el descrédito y el descontento a los extremos que ha llegado ahora el Gobierno del Frente Popular, a los cuatro meses escasos de mando. Si no ha caído todavía se debe a que los que están a su izquierda temen que, detrás de Casares, venga el fascismo, y los que están a su derecha, o temen también que el Gobierno se entregue a los extremistas, o tal vez deseen que madure más la fruta antes de varear el árbol.
»Salvo las poblaciones en que las autoridades tienen algo de juicio o de dignidad, la anarquía campa por todas partes. El Gobierno no ha sabido, o no ha querido, reprimir los desmanes de sus aliados; y esto le ha restado fuerza para imponerse, en algunos casos, a los que se han cometido por el otro lado como réplica a los primeros.
»Ya sabéis lo de Yeste. Pues ved otros dos episodios de los que no ha hablado la prensa, ni siquiera la Gaceta del Norte, que lo dice casi todo: En Ceuta desfilaba el Tercio por una calle, de vuelta de unas prácticas militares. Al pasar por delante de la Casa del Pueblo se les insultó groseramente. La oficialidad contuvo a la fuerza y, de momento, no ocurrió nada. Pero, llegados al cuartel, cuando se les dio permiso para salir de paseo, se fueron concentrando por diversas calles alrededor de la Casa del Pueblo y la prendieron fuego por los cuatro costados. Hubo muchas víctimas, todas de socialistas. El Gobierno comunicó que todos los legionarios de Ceuta quedaban suspendidos de empleo y sueldo. 'Contestación inmediata: sí no les pagaban, irían a Madrid a cobrar. Y no se les ha hecho nada.
»El otro episodio fue en Toledo. Unos cadetes estaban tomando café en Zocodover. Se les acercó un vendedor del periódico comunista y, con malos modos, los instó a que le compraran Mundo Obrero. A la tercera o cuarta provocación uno de los cadetes dio un bofetón al comunista. Acudió un grupo de comunistas bastante numeroso; pero ésos, tan valientes cuando se trata de monjas y de frailes, se hartaron de recibir bofetones de los cadetes, ninguno de los cuales hizo uso de las armas, ni creo que las llevaran, si no es la bayoneta.
»Acudió el gobernador y requirió a los cadetes para que le acompañaran, pero ellos, sin hacer caso, siguieron tomando café. Avisado el coronel director de la Academia, se presentó y se los llevó. El Gobierno envió en seguida a Toledo al general Miaja (un desconocido que ahora es de los que mangonean en el Ejército). Reunió a todo el personal de la Academia, jefes y cadetes, y les dijo que para dar satisfacción 'al pueblo' se hacía preciso imponer alguna sanción. Ordenó que todos los que habían intervenido en el incidente, o simpatizasen con ellos, diesen un paso adelante. ¡Y todos en masa dieron el paso! El general se volvió, corrido, a Madrid, y tampoco se ha hecho nada.
»Hechos como esos, que en tiempos normales serían censurados por todas las personas juiciosas, ahora se celebran como un castigo merecido para los que tantos desafueros y crímenes han cometido, sin piedad para los inocentes y los débiles, y como una réplica adecuada al Gobierno» 15.
De este episodio de Toledo habla también, en carta de 3 de junio de 1936, el administrador del Seminario de Toledo, don Tomás Torrente. Por su carta sabemos que el hecho ocurrió el día 2 de junio de ese año 1936:
«Ha habido un pequeño choque entre cadetes y gente del Frente Obrero. El Gobernador ha querido que los militares se pusieran a sus órdenes; no le han hecho caso. Se pusieron a las órdenes del gobernador militar y del coronel de la Academia. El gobernador civil ha dado cuenta al Gobierno, y ha mandado al general Miaja. Formados en el patio del Alcázar, pidió tres veces que dieran un paso al frente los que hubieran tomado parte en los hechos, o estuvieran conformes con el espíritu de protesta. Desde el coronel hasta el último soldado dieron el paso adelante (fue ayer). Veremos qué ocurre. Hay quien rumorea que trasladarán la Academia, o trasladarán al general gobernador militar, señor Moscardó, excelente persona. De los que presidían la Semana pro Seminario» 16.
La situación había llegado a tales extremos que todas las esferas con sentido común estaban hartas de desenfrenos, sentían el sonrojo que no eran capaces de sentir quienes desbordaban todos los límites razonables. Hay una frase, que ya subrayamos, de don Isidoro Bover que arroja mucha luz: «las cárceles, que habían quedado vacías de criminales, están ahora llenas de gente honrada» 17.
Fue, desde el principio, una de las tácticas erróneas de la II República. Ya cuando la quema de iglesias y conventos el año 1931, el mismo presidente de la República, Alcalá Zamora, dice en sus Memorias: «¿Cuáles fueron los elementos originaria y directamente culpables de la quema de conventos y templos, tan vergonzosa y perjudicial para el régimen republicano?... Creo que pudo mezclarse alguna escoria y aun instigación de fuera, pero los criminales eran españoles, salidos de los peores y más bajos fondos, de las cárceles abiertas en algunos sitios por la violencia, que iban remediando un indulto condicional, en virtud del cual muchos incorregibles volvieron a extinguir condenas» 18.
El Gobierno del Frente Popular armó y dio luz verde a la bazo-fía de la sociedad. Eran sus amigos. Eran como ellos. Esa gente estaba puesta por ellos al frente de las poblaciones. Recordemos que Guerra del Río afirmaba que sólo en la provincia de Toledo más de cincuenta jefes de pueblos eran presidiarios, ladrones, asesinos.
AGRESIVIDAD SIN FRENO
Con tal ralea encumbrada al poder por los gobernantes no podía esperarse más que desatinos, barbarie, destrucción y muerte. Testifica el sacerdote toledano don Victorio Garrido Moset: «Ya siendo yo seminarista, durante la República española, fui objeto de malos tratos por ser seminarista, y en otra ocasión por llevar sotana fui también injuriado.
»Durante la quema de conventos de 11 de mayo de 1931 pretendieron las masas marxistas quemar el palacio arzobispal de Toledo y se presentía que también querían quemar el Seminario; por lo cual, retiraron los superiores el Santísimo de la capilla y toda la noche estuvimos preparados para salir del Seminario, dándonos órdenes para que fuéramos a determinadas casas de la ciudad en caso de que el Seminario fuera atacado; y al día siguiente nos enviaron a nuestros pueblos a todos los seminaristas, cerrándose el Seminario,, pues se suspendió el curso escolar.
»Yo presencié el año 1931, y me parece que el año 1935, la expulsión, por parte de las autoridades socialistas y algunas otras marxistas, del señor cura párroco de Torrijos, por ser sacerdote muy apostólico. Y durante la guerra de 1936 oí que buscaban a los sacerdotes porque habían recibido estas órdenes de Rusia.
»Estos hechos concretos son nada más un detalle del espíritu persecutorio de la República y sus autoridades, manifestado de manera especial en la expulsión o prohibición del crucifijo en las escuelas y la prohibición de la enseñanza religiosa en las mismas, que tanto indignó a las gentes; las dificultades legales y prácticas para ejercer el culto público; el apuro económico a que redujeron al clero con la reducción y supresión del presupuesto; los incendios de conventos e iglesias.
»Desde el principio de la llamada guerra civil en 1936 hubo en toda España, y también en esta diócesis de Toledo, verdadera persecución religiosa, destruyéndose casi todas las iglesias del territorio dominado por los marxistas, persiguiéndose a las personas consagradas a Dios y matando a todos los que cayeron en sus manos, habiendo oído yo a un sobrino, que intervino en la muerte de un tío suyo sacerdote, que no podía librarle, porque él era socialista y su tío cura.
»Así, pues, puedo certificar, por haberlo vivido, que la muerte de tantos sacerdotes, entre los cuales se encuentran los cuatro siervos de Dios, fue debida al odio que las autoridades marxistas y los milicianos a sus órdenes, así como los que profesaban sus ideas, tenían contra la religión católica y sus ministros, matándolos sólo por ser sacerdotes» 19.
En Toledo —capital y provincia— fue brutalmente salvare la persecución religiosa. Los testigos, que vivieron aquellos días de angustia y terror, lo cuentan con toda sencillez y detalle. Dice el sacerdote taledano don Antonio Vargas Carrillo, natural de Yuncler (Toledo): «Viví los tristes días de la expulsión de Toledo del eminentísimo señor cardenal Segura, motivada por el odio a la Iglesia y provocada en sendos mítines por don Miguel Maura, ministro de la gobernación, en el teatro Rojas de esta ciudad; días de angustia para el Seminario, amenazado por las turbas...
»A partir de las elecciones del 16 de febrero de 1936 la amenaza se convirtió en realidad; varios días se suspendieron las clases en el Seminario ante la imposibilidad de llegar al mismo los profesores...
»Yo mismo retiré el Santísimo de la iglesia de mi pueblo natal, el 21 de julio de 1936, ante la inminencia de un asalto al templo por las fuerzas revolucionarias que de Madrid bajaban a Toledo. Anteriormente, mi párroco, un seminarista y yo fuimos tiroteados en la carretera de la Estación por un grupo de extremistas de Villa-verde, al grito de: ¡Son curas, tiradlos!' El 22 del mismo mes, sacerdotes y fieles fuimos arrojados del templo parroquia], sin que permitieran terminar la misa comenzada. El 27 del mismo mes fue bárbaramente profanado el templo y quemadas las imágenes, y el 15 de octubre destrozaron los retablos e incluso el órgano magnífico que la parroquia poseía.
»Todos estos hechos, vívidos por mí, son solamente un indicio de la violentísima persecución religiosa desencadenada en julio de 1936, en la cual fueron asesinados por los milicianos marxistas millares de sacerdotes y religiosos» 20.
De forma parecida se expresan cuantos sufrieron aquella terrible barbarie. Sor teresa de Jesús Sala Picó, religiosa profesa del Convento de San Pablo de la Orden Jerónima en Toledo, hermana del siervo de Dios José Sala Picó, declara: «Ya la República comenzó a perseguir la religión católica, queriendo quitar todo lo bueno, hasta el enterramiento en católico; y cuando estalló la revolución en 1936, mataron a todos los sacerdotes que encontraron. Así nos lo dijeron los mismos milicianos rojos.
»El día 25 de julio de 1936 los milicianos rojos, en número de ciento, comenzaron a prender fuego a este convento; entraron furiosamente, destrozándolo todo, en busca de nuestro capellán, el cual acababa de decir misa, y en el claustro mismo de este convento lo mataron.
»A todas las monjas nos llevaron a la cárcel. En la ciudad de Toledo mataron a todos los sacerdotes que había, a excepción de unos pocos que no los encontraron» 21.
Don Guillermo Plaza Duro, padre del siervo de Dios Guillermo Plaza Hernández, afirma que, «sobre todo al estallar la revolución en julio de 1936, desencadenaron una tremenda persecución contra la religión, los sacerdotes y los católicos; quemaron las imágenes sagradas, como ocurrió en el pueblo de Yuncos; mataron a multitud de sacerdotes, por el solo hecho de serlo, y robaban cuanto podían.
»A mi misma casa fueron varias veces los milicianos a registrar, sólo por saber que yo era padre de un sacerdote. Al párroco de Yuncos también lo fusilaron. Ya he declarado lo que oíamos decir constantemente a los milicianos rojos, al pasar por la carretera delante de mí casa, o sea, que querían acabar con todos los curas y que habían matado a muchos» 22.
La ciudad de Toledo quedó sembrada de cadáveres de sacerdotes y religiosos desde el día en que se apoderaron de ella las milicias rojas. Dice el doctor don José Rivera Lema, testigo presencial del martirio de los siervos de Dios Pedro Ruiz de los Paños y José Sala: «Al dominar ellos y sus milicianos la ciudad de Toledo, inmediatamente comenzaron los asesinatos de sacerdotes y religiosos, incendio de imágenes y toda clase de desmanes contra la religión católica. Yo mismo vi a varios de estos sacerdotes muertos. Y todo esto lo hicieron los marxistas para exterminar todo lo que representara a Jesucristo y la religión» 23.
De modo muy similar testifica don Leandro de la Flor Pérez, también testigo ocular del martirio de los dos siervos de Dios: «Estoy completamente convencido de que el movimiento de izquierdas marxistas en España, que llegó a ser una verdadera revolución en julio de 1936, tenía como consigna terminante el exterminio de la religión católica, mediante la muerte de todos sus sacerdotes y de los seglares que confesaban su fe con actos religiosos...
»Yo presencié el 22 de julio de 1936 la entrada de las milicias marxistas en la ciudad de Toledo, por la calle Núñez de Arce, introduciéndose en los domicilios particulares y haciendo toda clase de desmanes. Aquel mismo día ya mataron al párroco de San Nicolás... Al día siguiente se dedicaron ya a registrar los domicilios y a matar a todos los sacerdotes y religiosos que encontraron y también a todas las personas reglares que encontraban de singular significación católica. A mí mismo me insultaban constantemente por saber que era buen católico, y me llegaron a negar el pan para mí, mi mujer y mi madre, diciéndome que no me mataban porque les hacía falta, pero que ya me llegaría la hora a la segunda vuelta... 24.
»Mataron en esta ciudad a todos los sacerdotes que en los días sucesivos pudieron encontrar, generalmente sin formar juicio alguno o proceso. Unicamente hicieron un simulacro de juicio con un carmelita.
»Yo mismo vi muertos por las calles de la ciudad a bastantes sacerdotes conocidos míos. Mataban a los sacerdotes exclusivamente por serlo, sin haberse mezclado ellos nunca en cuestiones políticas» 25.
Todo esto no fue una súbita explosión. Se venía fraguando con premeditada alevosía y al amparo de las autoridades marxistas que gobernaban la nación.
El rector del Seminario Menor de Toledo, siervo de Dios José Sala Picó, escribía el día 1 de abril de 1936, centenario del nacimiento del Beato Manuel Domingo y Sol, al entonces Director General de la Hermandad, siervo de Dios Pedro Ruiz de los Paños, compañero suyo de martirio:
«Por hoy todavía vivimos. Mañana Dios dirá. Mucho se habla de próximos y graves acontecimientos. El prelado aparece muy sereno. Que nuestro Padre Fundador, desde el cielo, nos alcance del Señor misericordia. Se lo pedimos al comenzar el centenario de su aparición en la tierra.
»Dicen que en la Casa del Pueblo entran armas con todo descaro y que las modistillas no dan abasto a la confección de trajes y emblemas comunistas. ¡Dios nos coja bien dispuestos!» 26.
Alguna de esas armas, sin duda, fue la llave rápida que abrió las puertas del cielo a los dos siervos de Dios en el martirio.
CAPITULO III
PERSECUCION RELIGIOSA
EN VALDEALGORFA (TERUEL)
Y EN LA DIOCESIS DE TORTOSA
Idéntica situación encontramos en la zona de Aragón, dominada por las milicias rojas, y en la diócesis de Tortosa, donde martirizaron a 300 sacerdotes.
En Valdealgorfa, provincia de Teruel y diócesis de Zaragoza, sufrió el martirio el siervo de Dios Martín Martínez Pascual, que sólo contaba veinticinco años de edad y hacía solamente un año que había recibido el presbiterado. En la diócesis de Tortosa fueron martirizados los siervos de Dios Recaredo Centelles Abad, José Pascual Carda Saporta y Antonio Perulles Estivill.
VERDADERA PERSECUCION RELIGIOSA
No cabe duda de que aquélla fue una auténtica persecución religiosa, aunque hoy día les duela a muchos admitirlo. Dice muy atinadamente Manuel García Sancho: «Se fusilaron militares, pero ni se quemaron cuarteles ni se suprimió el Ejército. Jueces, pero no juzgados. Diputados, pero no el Parlamento. Maestros, pero no escuelas. Dirigentes sindicales, pero no el sindicato. Médicos, pero no la medicina. Se sustituyó el personal no afecto de hospitales y asilos, pero siguieron las instituciones.
»Lo de la Iglesia es diferente: no se sustituyen sus ministros, se eliminan. No se cambia la administración de los obispados, de las parroquias, de las congregaciones religiosas; se ocupan sus sedes, sus bienes y se suprimen como tales. Se prohíbe todo ejercicio de culto, se destruye todo signo religioso sin respeto, salvo raras excepciones, al valor intrínseco, ni al artístico, ni al histórico.
»Soy testigo de un bando del siguiente tenor: De orden de X, se advierte a todos los vecinos que tengan en su poder algún objeto religioso, lo quemen inmediatamente ante la puerta de sus casas.
»Amenazas por sospecha de que se rezaba en la clandestinidad. ¿Fue obra de incontrolados? ¿Tantos había? ¿En todas partes? ¿Por tanto tiempo?
»En Cataluña hay un Gobierno autónomo. Existe el Gobierno de la nación. Ambos administran y legislan. ¿Estaban también controlados por incontrolados? ¿Conoce alguien algún acto de celo para que se cumplieran aquellos tardíos y por demás inoperantes decretos por los que se prohibía toda detención sin mandato gubernativo o judicial? ¿Sabe alguien de algún proceso incoado contra alguno de los que, en nuestra diócesis, cometieron tan inauditos desmanes?
»Estaba preparado por un laicismo agresivo y por una propaganda fomentadora del odio» 1.
Los sacerdotes estaban condenados a muerte por el hecho de ser sacerdotes. No había que inculparles más delitos.
Cuenta don Carlos Calaf en sus Memorias: «La desgracia de ser sacerdote. Al normalizar el ejército republicano y al extenderse los frentes, era natural que se apelara a nuevas levas. Le llegó el turno a mi quinta, era la del treinta y uno. Envían un oficio a mi casa reclamando mi presentación, con la coletilla de 'ser pasado por las armas' si no comparecía en el Ayuntamiento. ¡Otra sentencia de muerte!
»Para convocar a mis compañeros 'de armas' les bastó un bando por 'orden del señor alcalde', que ya actuaba otra vez, dejados de lado los Comités.
»Pasan lista e indefectiblemente contestan con el `¡Presente!' No faltaba nadie de los quince o veinte; ninguno, ni por asomo, se había adelantado al llamamiento oficial por alistamiento anticipado como voluntario. Por lo visto, el fervor republicano no cundía entre mis paisanos.
»Leen mi nombre y apellidos, nadie chista; uno sólo insinúa que, según se dice, 'anda de escondite en escondite' por el pueblo. Le ataja otro bruscamente: 'Deja en paz a mosén Carlos; bastante desgracia tiene de ser sacerdote en estos tiempos.' `Dejadle en paz'; y así fue, no insistieron.
»Le agradezco al amigo Cento; era de significación izquierdista y podía intervenir en mi favor, sin comprometerse; pero ni entonces ni nunca puedo admitir que sea una desgracia mi condición sacerdotal. Siempre lo he considerado como lo más prestigioso de mi vida; y más en aquellas circunstancias, en que no sólo participaba del sacerdocio de Nuestro Señor Jesucristo, sino también muy plenamente de su victimación» 2.
Si en alguna localidad los paisanos o feligreses del sacerdote se resistían a darle muerte, los mismos jefes de los Comités revolucionarios, desde instancias más altas, exigían sangre de sacerdotes, hasta no dejar uno solo con vida. Así ocurría en esta zona, como en todas las que estaban bajo el dominio rojo o marxista: «Cuando los pueblos, o por su índole más sumisa, o por su educación religiosa, o por estar menos contagiados del virus anárquico, no se deciden a atropellar cuanto existe de sagrado en ellos, vienen oleadas forasteras que se encargan de destruir y matar a quienes los naturales respetan. Estos son propiamente los que se designan en las relaciones parroquiales con el nombre de 'milicianos forasteros'» 3.
La consigna clara era la de matar a los sacerdotes. Dice un testigo en el proceso de la causa del siervo de Dios Martín Martínez, hablando de su pueblo, Valdealgorfa: «Vi pasar un camión de milicianos forasteros. En la plaza oí que preguntaron a los del pueblo, lo primero, si habían matado al cura, y después les dijeron que habían de derribar una cruz que había a la entrada del pueblo, y que si no la derribaban, los matarían a ellos.
»Me consta que le mataron exclusivamente por ser sacerdote. Había en este mismo pueblo un sacerdote que era primo hermano de uno de los más influyentes del Comité; preguntaron a éste por qué no salvaba a su primo, y respondió que porque era cura, y los curas no tenían salvación. También había aquí un sacerdote que había cantado misa el 2 de julio de 1936, a quien detuvieron y mataron 'porque era sacerdote'.
»La hermana de un sacerdote, que habían matado, fue a preguntar al Comité por qué habían muerto a su hermano, y le contestaron que solamente porque era sacerdote, pues, por lo demás, era bueno» 4.
El testigo Benigno Peris Seguer, asociado al Comité revolucionario de Valdealgorfa, no dudó en declarar en la causa del siervo de Dios, y dice: «Le mataron solamente porque era sacerdote. El plan de ellos era matar a todos los sacerdotes. Ellos decían que tenían que matar a todos los sacerdotes, y los mataban por eso» 5.
DELATAR O MORIR
El siervo de Dios José Manuel Claramonte Agut —martirizado el día 10 de junio de 1938— ha dejado escritas una especie de «Memorias» de los dos años que estuvo escondido para evitar que lo mataran. Cuenta las mil peripecias que hubo de pasar en su escondite, o por mejor decir, escondites, ya que tenía que cambiar de cuando en cuando, sobre todo para no comprometer a quienes lo ocultaban.
Estaba escondido en casa de un amigo, simpatizante de los «rojos», pero hombre de buen corazón, que por su condición creía poder ocultar sin peligro al siervo de Dios. Y un día...
«Hoy sí que hay noticia importante que comunicarle, se me dijo en la mañana del día 9 de noviembre, apenas bajé del pajar en donde pasaba la noche. Ayer se recibieron una carta y varias tarjetas que, desde Madrid, escribió un miliciano, y en una de ellas denuncia que en esta casa hay un hombre escondido y que, si no está aquí, se halla en el pajar, o en la choza de nuestra propiedad. Increpa al Comité, tachándole de cobarde, porque no asesina, y pregunta si el alcalde ha cosido dentro de un colchón a su hermano sacerdote, y finalmente afirma que, si viene con permiso, cortará cinco o siete cabezas.
»'Pues sí que es sanguinario el joven, dije para mis adentros'»
Y ahora el siervo de Dios manifiesta su manera de ser, tan distinta de los sanguinarios instintos de los milicianos. Su gran preocupación era comprometer, poner en peligro a sus bienhechores. Y antes que eso, está dispuesto a morir.
«Y dirigiéndome luego a la persona que me dio tan alarmantes noticias, añadí: Procedan ustedes con toda libertad y evítenme el serio disgusto que tendría de ser cogido aquí dentro, comprometiendo a ustedes. Hagan el favor de sacarme fuera de casa, adonde sea, y que pueda ser tenido por un fugitivo errante; así perezco yo solo... Ahora me angustia una doble preocupación: la suerte de ustedes y la mía; cuando haya salido, me habré descargado de la primera» 6.
«Hasta ocho pregones municipales sucesivos, los días 26 de julio, 17 y 18 de agosto, conminaron al vecindario de Valdealgorfa (provincia de Teruel y diócesis de Zaragoza) para que descubriese el paradero de todos los sacerdotes ocultos en el lugar. El último de estos bandos dictaba pena de muerte contra aquellos que fueran sorprendidos en la ocultación de clérigos» 7.
Casi todos los testigos de la causa del siervo de Dios Martín Martínez hacen referencia a este bando o pregón. A todos impresionó muy hondamente que obligaran a los mismos familiares a delatar a sus sacerdotes y bajo pena de muerte.
Declara el señor Venancio Cuella: «En el pueblo hicieron un bando de que todos los que tuvieran en casa algún sacerdote, lo manifestaran; de lo contrario, serían fusilados. El padre del sacerdote —es decir, del siervo de Dios Martín Martínez— vino a mi casa, para encargarme que fuera adonde estaba su hijo y le comunicara esto, pero que le dijera que no volviera al pueblo» 8.
La señora Isabel Fuster Sancho dice: «El día 17 de agosto —de 1936—, por la noche, llegaron muchos milicianos forasteros, y empezó a correrse la voz de que iban a matar a todos los sacerdotes. Ante estos hechos, mosén Martín salió del pueblo y se fue al campo, a una cueva. El día 18, por la mañana, se hizo un bando: que todos los que tuvieran sacerdotes, los presentaran; de lo contrario, serían pasados por las armas» 9.
Este bando venía impuesto por un Comité revolucionario superior al del pueblo, según el testimonio que aporta Benigno Peris Seguer, asociado al Comité de Valdealgorfa: «El Comité revolucionario de Alcañiz dio orden al de aquí de que hicieran un bando para que se presentaran todos los sacerdotes; que, si no, pasarían por las armas a sus familiares» 10.
CONFESO Y NO NEGO
Ser sacerdote era un crimen que no tenía redención. Había que matar a todos, para arrancar de cuajo la Iglesia y la religión. Aunque también mataron a no pocos seminaristas, lo ordinario era que sólo asesinaran a los sacerdotes por el hecho de ser sacerdotes. Declara don José Peris Blasco, natural de Valdealgorfa: «Hicieron un bando de que los familiares de sacerdotes los manifestaran o declararan el lugar donde estaban éstos y que, si no lo hacían, pagarían con la pena de muerte. Este bando lo oí yo, estando escondido; era a las diez de la mañana. Como yo era subdiácono, no me manifestaron, porque el bando no se refería más que a los sacerdotes» 11.
La realidad es que la mayor parte de la gente del pueblo, incluidos muchos del Comité, quería salvar de la muerte al siervo de Dios Martín Martínez, y lo intentaron hasta última hora. Pero era a base de que él negara su condición de sacerdote.
Y por esto no pasó el siervo de Dios. Además, en el mismo Comité vivían bajo el terror, con verdadero pánico de ser fusilados, si ellos no fusilaban —asesinaban— a los sacerdotes.
Testifica el cuñado del siervo de Dios: «Le mataron porque era sacerdote. Se supo que en el Comité del pueblo, cuando trataron de a quiénes debían matar, hubo discusión sobre Martín Martínez, que era, decían los del Comité, un cura muy bueno. Pero uno dijo: y si no lo matamos, ¿qué nos puede pasar? A lo mejor nos hacen algo. Y por eso le mataron» 12.
El padre del siervo de Dios fue detenido por no declarar dónde se encontraba oculto su hijo. Para salvar a su padre, el siervo de Dios se presentó al Comité. Y todavía entonces intentaron salvarlo de la muerte, queriendo hacer ver a los sicarios del Comité de Alcañiz que el siervo de Dios Martín Martínez era aún estudiante, y no sacerdote.
La hermana del siervo de Dios testifica: «Algunos decían que no era sacerdote, sino estudiante, y que le dejaran marchar, y él decía que sí que era sacerdote y quería correr la misma suerte que los demás. El Comité del pueblo quería librarle, pero unas vecinas fueron a decirlo al Comité de Alcañiz, y éstos vinieron al pueblo. Los del Comité del pueblo decían a los de Alcañiz que mi hermano aún no era sacerdote, pero éste aseguraba que sí lo era.
»En seguida que lo mataron, los del Comité del pueblo vinieron a la casa de mis padres a decir que no habían podido hacer nada por mi hermano, porque éste decía que sí que era sacerdote» 13.
PERSECUCION RELIGIOSA EN LA DIOCESIS DE TORTOSA
Sin duda, la diócesis de Tortosa fue una de las que sufrió más intensamente la persecución en los años de la guerra civil. Más de trescientos sacerdotes de la diócesis fueron martirizados.
Dice doña Emilia Marín Vidal en el proceso: «El ser sacerdote era sentencia de muerte en aquellos días. Eso lo sabemos todo el mundo. Los 'rojos' tenían la intención de acabar con todos los católicos. Yo en aquellos días confesaba y comulgaba cada semana, pero muy ocultamente, con todas las precauciones, porque nos hubieran matado de haberlo sabido» 14.
En la diócesis de Tortosa fueron martirizados, entre otros muchos sacerdotes Operarios diocesanos, los siervos de Dios Recaredo Centelles Abad, José Pascual Carda Saporta y Antonio Perulles Estivill.
También fue martirizado en la diócesis de Tortosa el siervo de Dios Isidoro Bover, que el día 10 de abril de 1936 escribía a su hermano José María Bover diciéndole que en España se estaba imponiendo la dictadura del marxismo, en la que, como todos sabemos, unos pocos, a punta de armas, someten a los demás.
«Da la impresión de que nos hallamos ya en los preludios de una dictadura izquierdista con máscara de legalidad, que es la más odiosa de las dictaduras. Y hay síntomas de que esa dictadura será, si Dios no lo remedia, la brecha para el paso de la dictadura roja. Por ahora no se ve en el horizonte ningún claro por donde pueda brillar el sol» 15.
YO TAMBIEN OS PERDONO
En Vall de Uxó fue martirizado el siervo de Dios Recadero Centelles, y en Villarreal, el siervo de Dios José Pascual Carda. Ambas localidades pertenecían entonces a la diócesis de Tortosa. Y fueron muchos los sacerdotes allí inmolados.
Es verdaderamente trágico el martirio del sacerdote diocesano don José Avellana Guinot, y es sinceramente emocionante la reacción de su hermano, el sacerdote Operario don Vicente Avellana Guinot.
Don José Avellana Guinot fue «detenido el 11 de agosto de 1936. Encarcelado en una celda del convento de dominicas de Villarreal, fue sacado de allí el 21: perdonó a todos en nombre de sus compañeros y pidió que dejasen en libertad a los que eran padres de familia. Con otros trece fue fusilado en el río Belcaire, término de Moncofar. No murió, puesto que las dos balas que recibió, una en la muñeca y otra en el bajo vientre, no le interesaron órganos vitales.
»Cuando desaparecieron los verdugos, se incorporó v, aunque casi sin aliento, determinó encaminarse hacia Vall de Uxó. Había recorrido cuatro kilómetros cuando decidió descansar, sentado en una piedra, y esperar que se abriera la puerta de la venta del señor Simeón, y pedir ayuda. Pasó antes un carro, cuyo propietario se apeó, al verlo, y llamó al ventero, a quien mosén Avellana pidió un vaso de agua y rogó a ambos que lo llevasen a una clínica. El carretero se ofreció y lo hizo montar en su carro.
»Quizá por miedo, no lo sé, el caso es que lo llevó al Comité de Vall de Uxó. Perdiendo sangre y abrasándose de sed, permaneció varias horas en las puertas del Comité.
»` ¡Agua, por favor!' Muchas burlas y gran indiferencia por respuesta. Sólo una mujer intrépida se abrió paso entre los curiosos y le dio de beber. Esa mujer declara después 'que la mirada de gratitud que me dirigió, me llegó tan hondo, que jamás la olvidaré'.
»El Comité acordó fusilarlo de nuevo. Fue el mismo carretero quien, obligado, lo llevó al cementerio, acompañado de un miembro del Comité, cuyo nombre omito, quien, afilando un cuchillo, probaba de trecho en trecho si se clavaba bien en el cuerpo del sacerdote.
»Llegó vivo al cementerio. Lo fusilan y le amputan las manos y los pies.
»Uno de los asesinos dirá tres años después a don Vicente Avellana: —Llevo clavada en el alma la mirada de su hermano, y su ensangrentado recuerdo me acompaña siempre. Haga de mí lo que quiera. —Sólo quiero saber qué hizo mi hermano antes de morir. —Nos perdonó. —Pues yo también os perdono» 16.
LA «COLUMNA DE HIERRO»
Cuando llegó a Vall de Uxó la tristemente célebre y funesta «Columna de Hierro» sembró la muerte con rabia infernal. Estaba compuesta por la hez del odio y la vesania. Además, eran unos cobardes de tomo y lomo, que refugiaban su cobardía matando a seres indefensos en la retaguardia.
Alguien que los conoció de cerca los describe así: Entre los milicianos eran «muy destacados los militantes de la Columna de Hierro. Estos, haciendo honor a su calificativo de 'anarquistas', lo eran también en los frentes; y, como allí corrían muchos riesgos, porque los que tenían al otro lado tiraban a dar, preferían replegarse a la retaguardia para el pillaje y la revolución social. Así no se tenían que enfrentar más que con pacíficos y asustados ciudadanos. Eran los que ahora llamamos terroristas, pero sin Guardia Civil ni Policía» 17.
La misma noche que la Columna de Hierro llegó a Vall de Uxó asesinó al siervo de Dios Recaredo Centelles Abad, juntamente con su cuñado Leopoldo Peñarroja, a quien habían prometido los jefes del Comité del pueblo que nada malo ocurriría a los de su casa. Pero la Columna de Hierro tenía que demostrar su «hombría» matando en retaguardia, para calmar su sed de sangre, e impuso sus instintos salvajes.
Era el 25 de octubre de 1936, fiesta de Cristo Rey.
Días antes la Columna de Hierro había pasado por Castellón asolando vidas. Veintitrés días antes, el 2 de octubre de 1936, había asesinado a otro hermano del siervo de Dios, a Vicentes Centelles Abad, juntamente con muchos sacerdotes y seglares. Entre los sacerdotes estaba el siervo de Dios don Isidoro Bover Oliver.
Es verdaderamente impresionante la carta que Vicente escribe a su esposa el mismo día en que va a ser fusilado por ser buen católico y, además, hermano de un sacerdote. ¡Eso era imperdonable para los esbirros!
«Mi querida esposa: Para ti y mis hijos el último suspiro de mi corazón. Hoy, día 2 de octubre, me sacan de la cárcel para ser fusilado. Muero cristianamente y desde el cielo rogaré a Dios para que te proteja en el calvario de la vida. Perdono a todos y a todos pido perdón.
»Si algo debe consolarte en estos momentos es pensar que en el cielo tenéis un esposo y un padre mártir por Cristo, pues sólo por El muero. Desde allí os haré sentir mi protección sobre todos vosotros.
»Adiós, esposa mía. Da a nuestros hijos el último beso de su padre, y hasta el cielo, donde os espero para volveros a abrazar. Tu esposo, Vicente» 18.
UN MARTIR HABLA DE OTROS MARTIRES
Ya hemos hecho referencia a los escritos que dejó el siervo de Dios José Manuel Claramonte. En ellos habla de varios mártires, que cayeron antes que él y eran conocidos suyos. Dice el siervo de Dios en esas páginas, entre otras cosas:
«Procedimiento de los leales de Azaña y Martínez Barrio. Puede ser que se molesten los aludidos tiranos y reclamen para sí toda la gloria por los centenares de miles de asesinatos cometidos en el territorio sobre el que se arrogan la suprema autoridad. Porque con su autoridad fueron convocados los asesinos; en nombre de la misma autoridad se les dieron las armas a sus leales sanguinarios; el criminal silencio de la autoridad aprobó la detestable conducta de los milicianos, y la manifiesta impunidad del Gobierno alentó los bajos instintos de sus satélites.
»Admitimos que los principales y casi únicos responsables de los asesinatos son Azaña y Martínez Barrio; pero alguna parte corresponde a los miserables asesinos que, aunque obrasen como instrumentos de la llamada autoridad, no puede eximirse de la responsabilidad que de sus propios actos corresponde a todo ser humano.
»La lista de los abominables hechos es muy larga y espeluznante en sus detalles. Yo sólo apunto tres o cuatro hechos de los que han sonado en mis oídos en la habitación que me sirve de escondite.
»Al prender al angelical coadjutor de Amposta, don Manuel Collell Fontanet, preguntó su padre adónde se llevaban a su hijo, y manifestó deseos de acompañarle. Luego fueron hallados los cadáveres de padre e hijo atravesados por tres balazos uno y por nueve el otro. ¿Sabrán decirnos esos abolidores de la pena de muerte qué delito es ser padre de un niño que, años después, se hizo sacerdote?
»Se detuvo y se cargó en el auto a un seminarista a quien tomaron por el coadjutor. No le permitieron hablar ni para manifestar que no era él el que buscaban. Ya en fatídico auto, fue menester que las mujeres en grito hicieran saber que el detenido no era el que perseguían. En derecho hay un aforismo que dice: 'A nadie se le condena sin oírle'; pero en estos tiempos de democracia y humanitarismo, la justicia republicana primero asesina, luego se averigua si la víctima es la persona a la que se perseguía. Y de si es culpable o no, de eso no hay que preocuparse.
»A los hermanos del joven sacerdote don Guillermo Puig se les quiso obligar a que descubrieran el paradero del sacerdote. Al no poderles arrancar el secreto, se les hizo pagar unos días el jornal a diez hombres para que le buscaran por todas las masías, viviendas y parajes del término municipal. ¡Deliciosa fraternidad republicana que obliga a costear con su dinero a los asesinos de su propio hermano!
»A un miliciano se le oyó contar regocijado cuánto habían hecho sufrir al reverendo don Miguel Carbó, a quien disparaban en las piernas para hacerle saborear por más tiempo los horrores de la muerte.
»El reverendo don Manuel Tenesa se hallaba recluido en su casa de Vistabella, adonde se dirigían periódicamente los leales, exigiéndole cada vez 500 pesetas. Cuando se le acabó el dinero, se presentaron los `azañistas', en pleno día, y atando al sacerdote las manos por la espalda con una cuerda de esparto cuyo extremo arrastraba por el suelo, lo sacaron de su morada con el pretexto de que el Comité lo reclamaba. Cuando hubo llegado frente al edificio en donde se hallaba instalado el Comité y ver que, sin entrarle ni dirigirle palabra alguna, se le obligaba a proseguir el camino en dirección al cementerio, se paró la víctima en la calle y, vitoreando a grandes voces a Cristo Rey, dijo que lo mataran allí.
»Asiéndole entonces de ambos brazos dos de los asesinos y dándole otros puntapiés, culatazos de escopeta y pinchándole con navajas, le arrastraron hasta el cementerio, en donde, vivo, le echaron en la fosa. Apenas cayó dentro, le dispararon las pistolas, y como aún se incorporase el infeliz sacerdote, le hicieron cortes con un mal sable hasta que se desplomó en el charco de sangre.
»Desde un altozano que domina el cementerio presenciaron muchos tan inaudito asesinato y creen que la víctima quedó abandonada todavía con vida dentro de la fosa» 19.
Casos similares y hasta más crueles podrían multiplicarse.
EL DELITO DE SER SACERDOTE
Era la causa única de su condena a muerte. Los testimonios son unánimes tanto en el proceso de Toledo como en el de Tortosa.
El sacerdote tortosino don Luis Riba Cano testifica en la causa del siervo de Dios Mateo Despóns Tena: «Es cierto que le mataron solamente por ser sacerdote. Me fundo en mi propia suerte. Yo era entonces diácono, y discutieron los del Comité si me debían o no matar; a pesar de haber acordado matarme, no lo hicieron porque todavía no había cantado misa y, por tanto, no había engañado, dijeron, a nadie» 20.
El señor Antonio Piñana Vizcarro testifica en la causa del siervo de Dios vicente Jovaní Avila: «Las matanzas de sacerdotes eran sólo por odio a la religión. En la misma fábrica donde yo trabajo oí muchas veces decir a un jefe de control, impuesto desde Barcelona, que era necesario acabar con todos los sacerdotes y con la religión 21.
El entonces seminarista José María Reyes Mateu, en la causa del siervo de Dios Joaquín Jovaní Marín, dice que en la llamada «cárcel de Pilato» de Tarragona, donde tuvieron prisioneros a muchos seminaristas de esta ciudad, juntamente con el siervo de Dios, «el día 10 de agosto de 1936 me hicieron una especie de juicio. Me preguntaron si yo era sacerdote. Les contesté que me faltaba un año para terminar la carrera. Me dijeron que a los estudiantes nos necesitaba la República y que no nos harían nada malo; solamente a los culpables, refiriéndose claramente a los sacerdotes, les darían lo suyo» 22.
EL DELITO DE SER CATOLICOS
En toda la zona «roja» estaba totalmente proscrita la religión.
Testifica don Pascual Ortells Broch: «Recuerdo que cuando vinieron por mí y dijeron a mi hermano que me matarían por ser sacerdote, viendo durmiendo en el suelo a dos sobrinos míos, uno de los cuales era seminarista, dijeron estas palabras: 'han de desaparecer todos los sacerdotes, y estos muchachos (señalando a los chicos), dentro de diez años, ya no conocerán nada de religión'» 23.
Perseguían principalmente a los sacerdotes. Pero también, y con saña, a los laicos que se hubieran significado por su catolicismo. Son muy numerosos los seglares asesinados por odio a la fe.
Doña Julia Pla Fontanet se había casado un mes antes de que se desencadenara la persecución religiosa de julio de 1936. Testifica en la causa del siervo de Dios don Sebastián Segarra Barberá, que fue martirizado, juntamente con el esposo de doña Julia, el 23 de septiembre de 1936, en Barcelona.
Estuvieron prisioneros, primeramente en los bajos del Ayuntamiento de Tortosa, luego en la cárcel de Remolinos de Tortosa. El día 23 de septiembre, por la noche, «mientras estaban rezando el santo rosario, según me dijo uno de los presos, el único que quedó aquí, les avisaron que tenían que marchar a Barcelona. Los llevaron a la cárcel de San Elías de Barcelona» 24.
Aquella misma noche los mataron.
El siervo de Dios Sebastián Segarra se preocupó de preparar a todos los presos para el martirio.
«El siervo de Dios los animaba y confortaba para el martirio. Mi marido me consolaba, diciéndome que podía estar orgullosa si era viuda de un mártir. El siervo de Dios hablaba con frecuencia del martirio.
»Cuando estaban detenidos en el Ayuntamiento de Tortosa fueron sometidos a un interrogatorio... A mi marido le acusaron de pertenecer a la Adoración Nocturna Española» 25.
No se toleraba la existencia de signo alguno religioso.
En la causa del siervo de Dios Juan Vallés Anguera testifica el señor Francisco Benaiges Vallés: «Hicieron un bando de que se habían de quemar todos los cuadros e imágenes de santos. Querían acabar con toda la religión. Para derribar los santos de la iglesia hacían ir, obligados, a los más católicos» 26.
Todo el que protegiera a un sacerdote era condenado a muerte. No se libró de esto ni el hermano del tristemente célebre Marcelino Domingo, ministro de la República desde 1931.
Doña Joaquina Fibla Frecet, cuñada de Federico Domingo —hermano de Marcelino—, ha dejado una declaración muy importante a este respecto, como testigo en la causa de los siervos de Dios Joaquín Jovaní Marín y Vicente Jovaní Avila:
«Por mediación de mi cuñado, Federico Domingo, el siervo de Dios Joaquín Jovaní salió de la cárcel de la 'Casa de Pilato'. Este Federico, a pesar de ser hermano del ex ministro de la República, Marcelino, era bueno y muy querido de todos. Mi marido fue a ver al siervo de Dios muchas veces a esta cárcel, acompañado de Federico Domingo» 27.
El siervo de Dios había conseguido dos pasaportes para huir a Francia. «El uno era para el siervo de Dios y el otro, por común acuerdo de los hermanos, quedó para Joaquín Jovaní Avila, sobrino del siervo de Dios, por su condición de casado. Mi esposo le dio dinero y proporcionó vestidos para este viaje... El siervo de Dios y su sobrino Joaquín subieron al coche que los había de llevar a Francia. Los demás quedaron en la pensión un rato. En esto llegaron unos sesenta milicianos, que ocuparon la pensión y detuvieron a todos.
»Entonces vieron los que estaban en la pensión que había regresado el coche en el que viajaban los que marcharon a Francia, el cual había sido detenido también por los milicianos y obligado a regresar a la pensión. A todos los detenidos los llevaron a un retén y después a la checa de San Elías.
»Allí fueron a parar el siervo de Dios, con mi marido, sus dos sobrinos, Vicente (sacerdote) y Joaquín, y además Federico Domingo, que, como tantas veces he dicho, era el que los protegía por sus circunstancias especiales.
»Los cinco fueron encerrados en la misma celda. De esta celda los iban sacando de dos en dos. Mi marido se quedó solo, el último. Al llamarle para declarar, preguntó por sus familiares, y los milicianos le dijeron que estaban en un campo de concentración, menos Federico, que había sido llevado a Madrid.
»Esto era mentira, como pudimos comprobar después de la guerra, al encontrar juntos los cadáveres de Joaquín Jovaní, el sobrino y de Federico Domingo» 28.
El esposo de doña Joaquina fue puesto en libertad, detenido nuevamente y asesinado en Castellón.
«Mi marido regresó a Benicarló y me enteró de todo esto. A los pocos días detuvieron nuevamente a mi marido y lo asesinaron en Castellón» 29.
CAPITULO IV
FAMA DE MÁRTIRES
Ya se ha dicho que los siervos de Dios adquirieron inmediatamente fama de mártires, y en tal concepto son tenidos por cuantos conocen su vida y su muerte.
Es evidente que los perseguidores, y más aún los mandantes, actuaban por odio a la fe, por odio a la Iglesia y al sacerdocio. Las víctimas —y en concreto estos siervos de Dios— sufrieron la muerte por Dios.
El calificativo de mártires, sin paliativo alguno, lo recibieron muy pronto también del mismo Papa y de la jerarquía española.
Su Santidad el Papa Pío XI, el día 14 de noviembre de 1936, fue muy explícito en su alocución a quinientos prófugos españoles:
«Estáis aquí, queridísimos hijos, para decirnos la grande tribulación de la que venís, tribulación de la que lleváis las señales y huellas visibles en vuestras personas y en vuestras cosas, señales y huellas de la gran batalla del sufrimiento que habéis sostenido, hechos vosotros mismos espectáculo a nuestros ojos y a los del mundo entero; desposeídos y despojados de todo, cazados y buscados para daros la muerte en las ciudades y en los pueblos, en las casas privadas y en la soledad de los montes, así como veía el Apóstol a los primeros mártires, admirándolos y gozándose de verlos, hasta lanzar al mundo aquella intrépida y magnífica palabra, que le proclama indignos de tenerlos: Quibus dignus non erat mundus.
»Venís a decirnos vuestro gozo por haber sido dignos, como los primeros apóstoles, de sufrir pro nomine Iesu; vuestra felicidad, ya exaltada por el primer Papa, cubiertos de oprobios por el nombre de Jesús y por ser cristianos. ¿Qué diría él mismo, qué podemos decir nos, en vuestra alabanza, venerables obispos y sacerdotes, perseguidos e injuriados precisamente ut ministri Christi et dispensatores mysteriorum Dei?
»Todo esto es un esplendor de virtudes cristianas y sacerdotales, de heroísmos y martirios; verdaderos martirios en todo el sagrado y glorioso significado de la palabra, hasta el sacrificio de las vidas más inocentes, de venerables ancianos, de juventudes primaverales, hasta la intrépida generosidad que pide un lugar en el carro y con las víctimas que espera el verdugo» 1.
El Papa Pío XII, en el radiomensaje al pueblo español del 16 de abril de 1939, decía:
«Ante el recuerdo de las ruinas acumuladas en la guerra civil más sangrienta que recuerda la historia de los tiempos modernos, Nos con piadoso impulso inclinamos ante todo nuestra frente a la santa memoria de los obispos, sacerdotes, religiosos de uno y otro sexo y fieles de todas las edades y condiciones, que en tan elevado número han sellado con su sangre su fe en Jesucristo y su amor a la religión católica: Maiorem hac dilectionem nemo habet: No hay mayor prueba de amor» 2.
Los obispos españoles consideraron mártires, desde el primer momento, a estos hombres y mujeres, asesinados por ser sacerdotes, religiosos, religiosas o sencillamente buenos cristianos.
El obispo de Salamanca, don Enrique Pía y Deniel, hombre tan ponderado en todos sus juicios, escribió el 30 de septiembre de 1936 su carta pastoral «Las dos ciudades». En ella prodiga el título de mártires a los sacerdotes que cayeron por confesar su fe:
«El comunismo y anarquismo son la idolatría propia hasta llegar al desprecio, al odio a Dios Nuestro Señor; y enfrente de ellos han florecido de manera insospechada el heroísmo y el martirio que, en amor exaltado a España y a Dios, ofrecen en sacrificio y holocausto la propia vida...
»Frente a tanta degradación humana de la ciudad terrena de los sin Dios, florece la ciudad celeste de los hijos de Dios, cuyo divino amor les eleva hasta las sublimidades del heroísmo y del martirio...
»¡Y cómo han florecido las flores rojas del martirio en nuestra España en los dos meses que llevamos del desencadenamiento del odio comunista en tantas provincias de nuestra patria!... El ya largo y glorioso martirologio español se ha alargado y enriquecido con obispos, sacerdotes y seglares; con ancianos, con vírgenes y aun con niños...
»La sangre de tantos mártires hijos de España será oída del Sacratísimo Corazón de Jesús, fusilado también en su efigie veneranda del Cerro de los Angeles...
»En abril de 1931, al ocurrir el cambio de régimen, ante el peligro que se barruntaba de que sobreviniese una persecución religiosa en España, advertíamos que la perpetuidad de la Iglesia católica se halla vinculada a la capacidad demostrada por los hechos de nuevos mártires en todos los siglos... Amonestábamos entonces a estar dispuestos al martirio antes que a la apostasía; preveíamos la posibilidad de que se llegase a tales circunstancias; estábamos seguros de que en este trance no faltarían en nuestra España nuevos mártires.
»Mas, ¡ah! Con la misma sinceridad hemos de declarar que no sospechábamos que el número de mártires de la España contemporánea fuese tan crecido, de tantos centenares como ciertamente ya han sido, y aun tal vez de tantos millares cuando los conozcamos todos.
»Si la sangre de mártires ha sido siempre semilla de cristianos, ¡qué florecimiento de vida cristiana no es de esperar en la España regada por tanta sangre de mártires, de obispos y sacerdotes, de religiosos y seglares que han muerto por confesar a Cristo!» 3.
El episcopado español, en la carta colectiva a todos los obispos del mundo, de 1 de junio de 1937, también considera mártires a estos hombres que cayeron por confesar su fe:
«Contamos los mártires por millares; su testimonio es una esperanza para nuestra pobre patria; pero casi no hallaríamos en el martirologio romano una forma de martirio no usada por el comunismo, sin exceptuar la crucifixión; y, en cambio, hay formas nuevas de tormento que han consentido las sustancias y máquinas modernas...
»El odio a Jesucristo y a la Virgen ha llegado al paroxismo, y en los centenares de crucifijos acuchillados, en las imágenes de la Virgen bestialmente profanadas..., en la reiterada profanación de las sagradas formas, podemos adivinar el odio del infierno encarnado en nuestros infelices comunistas. 'Tenía jurado vengarme de ti' —le decía uno de ellos al Señor encerrado en el sagrario—; y encañonando la pistola disparó contra El, diciendo: 'Ríndete a los rojos; ríndete al marxismo'...
»Dentro del Movimiento Nacional se ha producido el fenómeno maravilloso del martirio —de verdadero martirio, como ha dicho el Papa— de millares de españoles, sacerdotes, religiosos y seglares...
»Dios sabe que amamos en las entrañas de Cristo y perdonamos de todo corazón a cuantos, sin saber lo que hacían, han inferido daño gravísimo a la Iglesia y a la Patria. Son hijos nuestros.
»Invocamos ante Dios y en favor de ellos los méritos de nuestros mártires, de los diez obispos y de los miles de sacerdotes y católicos que murieron, perdonándoles, así como el dolor, como de mar profundo, que sufre nuestra España» 4.
1
Don Pedro Ruiz de los Paños
Con prisa de eternidad
CAPITULO V
SÍNTESIS BIOGRÁFICA DEL SIERVO DE DIOS PEDRO RUIZ DE LOS PAÑOS
Pedro Ruiz de los Paños y Ángel nació el día 18 de septiembre del año 1881 en Mora (Toledo), en la casa de sus abuelos maternos 1.
Fueron sus padres Francisco Ruiz de los Paños Ayllón y Braulia Ángel Navarro. «Eran muy piadosos. Ellos fueron los que iniciaron la práctica de la comunión diaria en Orgaz» 2.
«El nombre completo del siervo de Dios era el de Pedro Dolores de María, por haber nacido el 18 de septiembre de 1881 y haber sido bautizado el mismo día, festividad en aquel año de los Dolores Gloriosos de María» 3.
Entró en la vida con prisa de eternidad: «Al nacer, fue preciso hacerle una operación quirúrgica, corriendo serio peligro su vida, por lo cual, su tía doña María Ángel lo llevó inmediatamente a la parroquia para que fuese bautizado» 4.
El siervo de Dios recuerda en varias cartas este suceso, con verdadera gratitud al Señor, que lo quiso cristiano inmediatamente: «He dado muchas gracias a Dios por haberme dado la vida en este día. Me acuerdo mucho de una tía carnal de mi madre, persona muy resuelta, que, como me vio, al nacer, en gran peligro de muerte, me cogió sin más averiguaciones y me llevó a la iglesia en el mismo momento, y así Dios se valió de ella para hacerme cristiano en seguida» 5.
Nació con prisa de volver a Dios, y esta santa prisa marcó su vida entera. Dice él: «A mí no me ha gustado nunca volver a los años de la juventud; deseo correr y pasar de todo cuantos antes... En mi interior siempre pienso lo mismo, o sea, que todo retardo es distanciarse del Bien Infinito al cual debemos tender todos» 6.
INFANCIA
El padre de don Pedro Ruiz de los Paños era secretario de Ayuntamiento y ejerció en diversos municipios. Por eso, encontramos al siervo de Dios en Orgaz desde 1881 a 1884, en Villaminaya de 1884 a 1888, en La Calzada de Oropesa desde 1888 a 1893. A partir de este año la familia se estableció definitivamente en Orgaz, que don Pedro consideró siempre su patria chica.
En La Calzada de Oropesa recibió, el 3 de octubre de 1888, el sacramento de la confirmación y en mayo de 1890 la primera comunión.
Su vocación al sacerdocio surgió espontánea en el clima propicio de una familia profundamente cristiana. Siempre vivió con la más honda convicción de su llamamiento al sacerdocio. De hecho, cuando estuvo gravemente enfermo, siendo seminarista, según testifica su hermana Felicia, «su mayor pena era pensar si no podía llegar a ser sacerdote» 7.
Escribe él mismo en su «Diario»: «No recuerdo tampoco cuándo recibí los primeros llamamientos de Dios. Dijeronme, aún muy niño, que había de ser sacerdote y en esa creencia viví siempre, sin haber pensado una sola vez en lo contrario. Tú, oh buen Jesús, que ibas preparando toda mi vida, te encargaste también de preparar mi voluntad con muchos años de anticipación para que recibiera en su día tu divino llamamiento» 8.
EN EL SEMINARIO DE TOLEDO
Apenas hizo la primera comunión comenzó a prepararse para ingresar en el Seminario, simultaneando los estudios de la escuela de su pueblo con las clases de latín que le daba don Martín Bermejo, párroco de La Calzada de Oropesa. Durante el verano de 1894 intensificó más su preparación bajo la dirección del cura ecónomo de Orgaz, don Benito López de las Hazas. Alumno y profesor compartirían después, con breve espacio de tiempo, el martirio. Don Benito —venerable anciano de ochenta y un años de edad—, completamente ciego, se llenó de luz para siempre al ser fusilado en Toledo el día 1 de septiembre de 1936, por el grave delito de ser sacerdote 9.
El día 28 de septiembre de 1894 el siervo de Dios Pedro Ruiz de los Paños aprobó los exámenes de ingreso, primero y segundo años de Latín y Humanidades, en el Seminario de Toledo, y el día 30 de dicho mes ingresó como alumno interno, matriculado en el tercer curso.
El Seminario de Toledo atravesaba por aquellos años una tremenda crisis en todos los órdenes. No es ahora ocasión de exponerlo. El siervo de Dios deja entrever, en algunas pinceladas muy discretas, la situación: «No puedo pensar en los primeros años que pasé en el seminario sin sentir honda pena dentro de mi alma... Los comienzos de mi vida fueron buenos. Tenía un gran concepto del estado sacerdotal y procuraba portarme dignamente... Pero, poco a poco, fueron apareciendo los enemigos de mi bien... Recuerdo que alguna vez se rieron de mi inocencia y que me motejaron con palabras que no quiero nombrar» 10.
Al ser promovido a la sede primada de Toledo el señor cardenal Sancha quiso poner remedio inmediatamente a la situación del Seminario de Toledo. Había conocido en Valencia la labor de los sacerdotes Operarios diocesanos dentro del Colegio de San José, y se puso en contacto con el Beato Manuel Domingo y Sol a fin de que su Hermandad se hiciera cargo de la dirección del Seminario de Toledo 11.
Las primeras impresiones de los sacerdotes Operarios diocesanos al llegar a Toledo son verdaderamente graves: «Esta comunidad es una reunión de jóvenes que de cristianos tienen el bautismo y nada más. Quiera el Señor darles pronto, a más de práctica de cristianos, algo de espíritu sacerdotal. Espanta pensar cuál habrá sido el estado de indisciplina e inmoralidad de esta casa. El Ángel de España y la Inmaculada hagan que no vuelvan aquellas historias pasadas, que han escandalizado a los alumnos de la Academia de Militares» 12.
Así escribía don Federico Salvador al Beato Manuel Domingo y Sol el día 8 de octubre de 1898. Y el rector, don Remigio Albiol, le decía el 17 de octubre de ese mismo año: «Es empresa más que humana el reformar esta comunidad... Veremos si los ejercicios entonan a algunos y apartan a otros del Seminario... Yo creí que eran exageraciones lo que se oía de estos seminaristas; hoy pienso que ignoran muchas cosas más» 13.
Pero en medio de tanto fango también había flores de virtud. Alumnos como los siervos de Dios Pedro Ruiz de los Paños, Miguel Amaro Ramírez, como don Ignacio Arenas y otros, se mantuvieron incólumes y supieron reaccionar estupendamente una vez que marcharon los que carecían de vocación.
De hecho, a los tres meses de hacerse cargo la Hermandad de la dirección del Seminario de Toledo, el primer vicerrector, siervo de Dios Joaquín Jovaní Marín, escribe al Fundador de los Sacerdotes Operarios Diocesanos: «Las primeras impresiones que en un principio nos causó la comunidad de Toledo se han borrado, siendo sustituidas por las de tener confianza de curar radicalmente tanto mal y sacar gente muy lista, muy buena, de este Seminario, que tiene justa fama de haber tenido hijos sabios y santos, pues esta generación, con haber estado tan mal gobernada, da señal de que no contradice a su origen. Creo que no ha de arrepentirse la Hermandad de haberse encargado del Seminario de Toledo» 14.
En el proceso de beatificación de don Pedro testifica un condiscípulo suyo: «De seminarista era muy virtuoso, muy devoto de la Santísima Virgen y, sobre todo, del Santísimo Sacramento. Y, a pesar de estar enfermo, nunca quería trato de distinción. Veíamos en él al seminarista que se imponía por su virtud, a pesar de ser serio» 15.
INGRESA EN LA HERMANDAD DE SACERDOTES OPERARIOS
Muy pronto captó los fines que se proponía la Hermandad y decidió pedir su ingreso. Había cursado el primer año de Teología 16. Un sacerdote de Toledo declara en el proceso: «Sobre su ingreso en la Hermandad aseguró públicamente, en una conferencia, que a ella le había llevado el deseo de promover en la mayor escala la gloria de Dios y la salvación de las almas. Nos dijo: 'Os desafío a que me digáis si hay algún ministerio, dentro de lo sacerdotal, que dé más gloria a Dios que el dedicar toda una vida a la formación de los seminaristas, futuros ministros de la Iglesia» 17.
Los informes que sobre el siervo de Dios da el rector del Seminario de Toledo al Beato Manuel Domingo y Sol son excelentes. Le dice el 18 de julio de 1901: «Para mi gusto es todo un hombre: ha de tener cualidades de gobierno excepcionales, aparte que su talento y piedad le colocan entre los primeros del Seminario. Yo le juzgo el alumno más completo y, desde luego, el que más me satisface» 18.
Entonces cayó muy gravemente enfermo. Dice el siervo de Dios en una carta: «Bien fuerte estaba yo a los diecinueve años. Al cumplir los veinte, tomé la resolución de lo que había de ser, y parece que el Señor la esperaba. Me puso a morir. Esa fue la aceptación. Pero me arreglé contra toda esperanza y en bien poco tiempo. Y a los veintidós años estaba ya dando guerra. Trabajé atrozmente y caí de nuevo, tres o cuatro años después. Aquello me duró más; tuvo menos fuerza, pero fue muy pesado» 19.
Don Remigio Albiol escribe al Beato Manuel Domingo y Sol para que Pedro Ruiz de los Paños pueda pasar el curso en Orihuela, con clima, creía él, más a propósito que el de Toledo. El 1 de enero de 1902 le dice: «Si usted creyera que pudiéramos favorecer a este muchacho de tan excelentes prendas... No tengo otro interés sino el que no se malogre esa grande esperanza» 20.
El día 3 de enero contesta el Beato Manuel Domingo y Sol que se haga ese acto de caridad, mucho más dadas las excelentes cualidades que tiene el seminarista 21.
El director del colegio de Orihuela debía ser de corazón un poco estrecho. Recibió a Pedro Ruiz de los Paños, pero insiste e insiste para que regrese pronto a Toledo. Don Remigio Albiol escribe el 4 de febrero de 1902 al Fundador de la Hermandad: «Veo con sentimiento que no abundan en la Hermandad los corazones grandes, y eso que hemos podido admirar y estudiar en usted un gran corazón... Si trato yo con alguna solicitud a los enfermos, de usted lo he aprendido. Si no hubiera estudiado en eso, como en otras cosas, la manera de ser de usted, sería yo de corazón tan estrecho como los otros» 22.
El Beato Manuel Domingo y Sol disculpa al director del colegio de Orihuela: «El heroísmo no puede imponerse siempre, y menos no siendo cosa de casa o que medien circunstancias especiales que obliguen a ello, y ni podemos exigir ni esperar de los otros el calor que sentimos en lo que a nosotros nos interesa particularmente. Así, vea de allanar el camino para que pueda retornar nuevamente, y sin perjuicio de la salud del enfermo» 23.
Pidió el ingreso en la Hermandad e hizo su consagración como probando el día 12 de agosto de 1904. Emitió sus primeros votos el 12 de agosto de 1905 24.
EN EL SEMINARIO DE MALAGA
El año 1904 la Hermandad se hizo cargo de la dirección del Seminario de Málaga. El siervo de Dios Pedro Ruiz de los Paños fue destinado allí como prefecto de disciplina. El primer rector Operario de Málaga, don Andrés Serrano, no termina de hacer elogios de Pedro: «Es uno de los mejores operarios y capaz para todo. Su salud es muy escasa» 25.
Fue ordenado subdiácono el día 21 de diciembre de 1904, y el 8 de abril de 1905 fue ordenado diácono. Al día siguiente, 9 de abril de 1905, recibió el presbiterado. «Por una gracia especial me han conferido las órdenes de diácono y presbítero en dos días seguidos» 26.
Estuvo en el Seminario de Málaga hasta finalizar el curso 1909-1910.
El 21 de julio de 1910, el Director General de la Hermandad, don Benjamín Miñana, dice en su Crónica: «Encontré un buen montoncito de cartas sin novedad mayor. Únicamente Paños, desde Murcia, me envía la bomba noticia de que siente vocación para jesuita, y lo tiene todo arreglado» 27.
En medio del disgusto que le proporcionó esta determinación, el Director General no puede ocultar que Pedro Ruiz de los Paños es un buen Operario y su determinación puede influir en otros también buenos. «Sobre las tribulaciones y cansancios de estos días ha venido esta verdadera tribulación por lo que significa esta determinación en un Operario, por el trastorno que nos ocasiona en Málaga, porque enseña un camino nuevo para que se vayan otros buenos Operarios y por otros malos efectos, malos para la Hermandad» 28.
Don Andrés Serrano, que conocía al siervo de Dios mejor que ningún otro, y le quería de corazón, al participarle el Director General la cuestión asegura que eso «no ha de prosperar, y llevado por el gran cariño que a Paños tiene y ante el peligro de que no pueda continuar mucho tiempo en la Compañía y le perdamos nosotros también, me pide que, al menos él, continúe en relaciones con Paños y así le contesto» 29.
Don Andrés Serrano tenía tazón. A finales del mes de noviembre de 1910 don Pedro Ruiz de los Paños ya había dejado el noviciado de la Compañía de Jesús, y se fue directamente al Seminario de Jaén, dirigido por los sacerdotes Operarios, que era la casa más cercana a Granada, donde había ingresado como novicio.
Llegó a Jaén el 18 de noviembre de 1910. Dice el rector del Seminario de Jaén, don José María Jiménez: «Se ha venido acá por ser una de nuestras casas más próximas a Granada» 30.
En Jaén sólo estuvo hasta el día 3 de enero de 1911; pero en tan poco tiempo demostró su valía. Dice don José María Jiménez, el día 17 de diciembre de 1910: «Nuestro Paños va trabajando bien en la comunidad. Creo que haría no poco bien a estos chicos, y que me ayudaría mucho para encarrilar esta comunidad» 31.
Lo restante del curso lo pasó en su pueblo, Orgaz, atendiendo a su madre, muy enferma, que falleció el 12 de abril de 1911, y esperando destino. Desde abril hasta final de curso estuvo en el Colegio de San José de Tortosa y allí escribió El libro del seminarista. Dice en carta de 14 de febrero de 1914: «Tengo muy adelantado El libro del seminarista, que terminé en Tortosa, pero que necesita corrección y que estoy refundiendo ahora con nuevos datos. Espero que éste le ha de gustar, y sobre todo creo que ha de ser útil, pues no hay nada escrito sobre esta materia (es decir, formando cuerpo y dirigido a los seminaristas) ni en español, ni en francés, ni en italiano» 32.
En noviembre de 1915 lo tiene totalmente terminado: «Quisiera dentro de poco enviarle cerca de mil cuartillas para El libro del seminarista, que fue la primera obra que empecé hace ya años y que está terminada y corregida desde el año anterior. Es ciertamente a la que tengo más cariño y que juzgo (aparte de que haya acertado o no) de mucha utilidad, pero convendría copiarla y en eso había que gastar lo menos 30 duros» 33.
No llegó a publicarse. Sólo se conservan las últimas 609 páginas, escritas a máquina.
SEMINARIO DE BADAJOZ
Para el curso 1911-12 fue destinado como prefecto de disciplina al Seminario de Badajoz. Llegó el día 27 de septiembre de 1911 34. Las primeras impresiones fueron muy buenas.
En la parte espiritual trató de elevar el espíritu de mil modos, porque, como dice en carta del 28 de octubre de 1911: «No han hecho poco los antecesores, pero queda todavía. El terreno parece bien dispuesto y es menester sembrar» 35.
Le siguió fallando la salud. Todo el curso lo pasó con achaques, que le impedían hacer cuanto deseaba.
El 6 de agosto de 1912 lo expone con toda sencillez: «Por lo que se refiere a mí, creo que me sería de alivio si, en lugar de llevar el trabajo y movimientos de la comunidad, me pusieran de mayordomo o director espiritual, desligándome, en parte, de ese otro trabajo de vigilancia, para el cual me faltan las fuerzas físicas... Yo me conformo con lo que usted disponga de mí para el año que viene; en cuanto dependa de mi voluntad, me quedaré contento, pues, gracias al Señor, nunca he tenido en esta parte pensamientos particulares; pero creo que debía hacer a usted las anteriores manifestaciones, porque desconfío de mi flaqueza y me parece que esos medios me ayudarían eficazmente» 36.
SEMINARIO DE SEVILLA
El día 16 de agosto de 1912 el Director General le comunica que irá destinado como mayordomo al Seminario de Sevilla, de cuya dirección se hacía cargo la Hermandad ese mismo año. Dice el siervo de Dios en carta del 21 de agosto de 1912: «Recibí su carta del día 16, en que me participa el traslado probable a Sevilla... Agradezco a usted su interés por mí. Ya pediré al Señor que me haga allí más útil y más fuerte» 37.
Le iba a hacer falta esa fortaleza, porque encontró un Seminario con muchas posibilidades, pero con mayor desorganización, especialmente en la parte administrativa, que es la que recaería más directamente sobre él 38.
Con un trabajo superior a sus escasas fuerzas logró organizar todo, desde la cocina hasta la biblioteca, porque todo andaba a la deriva.
«La cocina y despensa estaban tales, que a don José Avila le daba repugnancia comer los primeros días» 39.
«En los comedores se ha hecho que estén en condiciones de limpieza. Ya tienen canastillas planas, muy a propósito, para repartir el pan y unos grandes canastos para depósito del mismo. Antes lo tenían en espuertas que estaban llenas de mugre... Les hemos puesto, además, buena luz y vaso para beber, pues los pobrecitos no tenían más que cinco o seis vasos para ochenta» 40.
Pero se preocupó, por encima de todo, de la formación de los seminaristas. Todos los domingos hablaba a los alumnos de Teología, y con esas pláticas compuso el libro El estado sacerdotal. Sus excelencias y ventajas. Escribe el día 23 de diciembre de 1913: «Adjunto le remito ese índice de un libro que enviaré a usted a su vuelta a España. Son las pláticas que hago este año a los seminaristas, reunidas en un tomito. Es mi intento que se perpetúe el buen fruto que produce la predicación de cosas de suyo tan hermosas como las que se pueden decir del sacerdote, y he escogido ese tema: El estado sacerdotal. Sus excelencias y ventajas, para animar y levantar el espíritu de los seminaristas, llenándoles la cabeza de ideas grandes que los defiendan después del desprecio del mundo» 41.
Tampoco se publicó este libro. Se conserva una copia a máquina del mismo.
A partir del curso 1913-1914 estableció en Sevilla la Obra del Fomento de Vocaciones. Publicó numerosos artículos, logrando interesar a muchas personas por la formación de los futuros sacerdotes. En noviembre de 1914 la Obra de Fomento sostenía ya a cuarenta seminaristas 42, y en mayo de 1916 puede presentar esta lacónica y elocuente nota: «Fomento de Vocaciones Eclesiásticas. En tres años que lleva de existencia esta Obra ha sufragado la pensión completa a 104 seminaristas» 43.
Editó un folleto vocacional para niños, titulado Camino de gloria 44. El año 1915 publicó el folleto Las vacaciones del seminarista. Tuvo tal aceptación, que en once días se agotó la primera edición 45.
Quiso publicar una hoja periódica vocacional y no se lo permitieron: «Como ve usted, la propaganda se va abriendo camino y más se abriría con la hojita que le proponía, si les hubiera parecido bien» 46.
SEMINARIO DE PLASENCIA
En septiembre de 1917 la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos se hizo cargo de la dirección del Seminario de Plasencia, donde tenía ya el Colegio de Vocaciones desde el año 1893. Don Pedro Ruiz de los Paños fue nombrado primer rector, con gran sentimiento del señor cardenal-arzobispo de Sevilla. Dice don Benjamín Miñana: «El señor cardenal de Sevilla escribe que, aunque le duele mucho perder a D. P. R. de los Paños, nos lo cede para la combinación que le propuse, pero que le envíe un buen sustituto para aquella administración de su Seminario» 47.
Los comienzos suelen ser duros. De hecho, el siervo de Dios encontró un Seminario bastante deteriorado. Dice en el proceso uno de los testigos: «Por lo que yo pude observar y por las referencias recibidas, desempeñó muy bien todos sus cargos, de forma que le destinaban a veces precisamente para arreglar las situaciones difíciles» 48.
Desde el Seminario de Plasencia va informando al Director General de la Hermandad con frecuencia: «Voy viendo por toda clase de señales que estos seminaristas no tienen formación interior» 49. «No tenían exhortaciones espirituales y demás cosas propias de formación... Era una rutina de muerte la que imperaba en todo» 50.
Con prudencia y energía fue haciendo la oportuna selección, desviando a los que estaban en el Seminario únicamente por presión familiar 51. Un Operario, que fue colaborador suyo, dice que actuó «como rector en Plasencia purificando aquel Seminario para elevar a los seminaristas a un estado perfecto de aprecio y formación en su sacerdocio, y aun los que salieron del Seminario, por no tener vocación, quedaron contentísimos y muy unidos a los Operarios, porque reconocieron que el Señor no les llamaba al sacerdocio. Como testimonio puedo aducir las palabras que decían los sacerdotes: 'es que salen contentos de los Operarios los que se marchan a sus casas'» 52.
Roturó aquel campo con toda ilusión. «Hablo los lunes a los teólogos solos sobre práctica sacerdotal; los miércoles, a todos sobre formación espiritual; y los viernes, sobre urbanidad... Explico el Evangelio cada domingo a los seminaristas, pero de modo que lo tomen como escuela para sus ministerios parroquiales» 53.
Logró elevar el clima sobrenatural y de laboriosidad. Al finalizar el primer curso puede presentar este balance: «He quedado muy satisfecho del espíritu de los seminaristas estos días. Acordarse de ellos al principio de curso y verlos ahora era no conocerlos» 54.
Testifica don Jaime Flores: «De su tiempo del rectorado en el Seminario de Plasencia oí hablar a él y a otras varias personas de las grandes mejoras que allí introdujo: selección de seminaristas, formación humana, espiritual y pastoral» 55.
El Seminario adquirió un nivel extraordinario durante los diez años de su rectorado.
Trabajó denodadamente en la Obra de las Vocaciones Eclesiásticas y allí pudo comenzar la publicación mensual de una «Hoja Vocacional» —la que ya proyectaba en Sevilla—, que luego se extendió a la mayor parte de las diócesis españolas.
En Plasencia, fundado por él, se celebró por vez primera el «Día del Seminario». Fundó la revista infantil vocacional El Sembrador.
Escribió varios libros estando en Plasencia. El año 1922 editó un folleto titulado Fomento de vocaciones eclesiásticas, con una tirada superior al medio millón de ejemplares 56. El año 1923 publicó La perseverancia del seminarista 57.
Escribió un estupendo libro, en dos partes: vocación y ordenación, que se titula El seminarista santo. Trata todas las materias que pueden interesar a los seminaristas en orden a su recta formación espiritual 58. Se conserva un ejemplar a máquina. También escribió La bondad educadora, y como obsequio al Director General escribió Mes de marzo, Mes de mayo y Mes de junio.
También en Plasencia, y ayudado por algunos sacerdotes Operarios, transcribió a máquina todos los escritos del Beato Manuel Domingo y Sol, en 45 volúmenes. El se lo propuso a don Bejamín Miñana, así como le propuso la formación del Archivo de la Hermandad y escribir dos biografías del Fundador 59.
Este contacto con la idea del Fundador de la Hermandad y «Santo Apóstol de las Vocaciones Sacerdotales» consolidó más aún su convicción de que trabajar por las vocaciones sacerdotales es la raíz del bien y el apostolado más trascendental de la Iglesia.
RECTOR DEL PONTIFICIO COLEGIO ESPAÑOL DE ROMA
El día 1 de agosto de 1927 el siervo de Dios fue elegido miembro del Consejo Central de la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos. El nuevo Director General, hasta entonces rector del Pontificio Colegio Español de San José de Roma, siervo de Dios Joaquín Jovaní, propuso a don Pedro Ruiz de los Paños como sucesor suyo en el rectorado del Colegio de Roma.
La actitud de este siervo de Dios queda reflejada en la carta que escribe al Director General: «Mi gusto sería quedarme aquí —en Plasencia— tan oscuramente como he vivido; no me asusta Roma, pero tampoco me mueve. Sin embargo, mi gusto no pienso que sea mi voluntad; ésta deseo que sea la de Dios... Yo no aspiro a nada más que a servir a Dios por el camino que El disponga» 60.
Llegó a Roma el día 12 de octubre de 1927 61.
Seis años estuvo al frente del Colegio Español, y son unánimes los testimonios de que lo elevó a las cimas más altas en todos los órdenes. «De su rectorado en el Colegio Español de Roma, durante seis años, de 1927 a 1933, puedo testificar por experiencia propia, como alumno suyo, que elevó el Colegio en el aspecto disciplinar, científico y de piedad grandemente. Suscitó entre todos sus alumnos su ansia ardiente de superación científica y espiritual» 62.
«Hizo la unidad de corazones en el Colegio... Elevó extraordinariamente el espíritu eclesiástico, valiéndose de pláticas, de hablar mucho en particular con los alumnos y de actos espirituales, haciéndolo todo con un plan sistemático preconcebido. También elevó extraordinariamente el nivel cultural del Colegio Español, que llegó a tener las mejores notas de la Universidad Gregoriana» 63.
«Por circunstancias especiales del Colegio fue necesario adoptar un cambio de táctica en la dirección disciplinar y cortar algunos defectos, y don Pedro realizó esta labor con la complacencia de todos, aun de los mismos alumnos, a pesar de que ello incluía el cercenamiento de algunas libertades e imposición de nuevos deberes.
»A todos cautivó desde el primer momento su plan de realizar una verdadera formación de los alumnos, superior a la mera disciplina» 64.
La marcha del Colegio iba in crescendo de año en año. «Por este año baste decir que se ha superado con mucho al anterior, y eso que parecía ya difícil rebasarle» 65.
«Vivimos con la seguridad de que, marcando a la comunidad una orientación, o haciendo simplemente un signo de marcha, van todos con verdadera cordialidad» 66.
Decía el siervo de Dios: «En vano multiplicaremos los preceptos y los esfuerzos; si no nos hacemos amar, conseguiremos tan sólo una obediencia mecánica, sin vida, porque no tiene alma y es muerte de toda dirección, porque no entra en la voluntad» 67.
En el Colegio de Roma consiguió «que obren por un ilustrado espíritu sobrenatural, que felizmente es en el Colegio el mejor guardián de la disciplina, y fuera de él, el mejor motor de vida eclesial» 68.
Seis años estuvo como rector en el Colegio Español de Roma, y al despedirse de los alumnos puede escribirles así: «La vida que hemos vivido ahí todos juntos ha sido la de Dios; por eso ha producido tales efectos y por eso la recordamos todos con gozo» 69. Por encargo del director general de la Hermandad escribió el hermoso folleto Regale Sacerdotium, sobre la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos. Escribió incansablemente sobre las vocaciones sacerdotales, y se despedió del Colegio de Roma con el libro de Los primeros cuarenta años del Pontificio Colegio Español de San José de Roma.
DIRECTOR GENERAL DE LA HERMANDAD DE SACERDOTES OPERARIOS
El día 31 de julio de 1933 fue elegido Director General. Don José Avila, secretario general, sintetizó en pocos párrafos la gestión de don Pedro Ruiz de los Paños: «Su dirección fue suave y amorosa. Trató de conocer a fondo el estado de la Hermandad. Después de esto, puso en práctica los medios que tendían a prestarle vida espiritual robusta...
»Se propuso elevar a los sacerdotes Operarios en su vida de unión con Jesucristo, para que fuesen verdaderos reparadores del Corazón de Jesús, y aun les invitó a que aceptasen en su vida sacerdotal, a semejanza de Jesús, el papel de víctimas. Desarrolló una actividad undequaque extraordinaria... Incrementó el esfuerzo colectivo para el fomento de las vocaciones» 70.
Apenas asumió la dirección de la Hermandad, se preocupó prioritariamente de establecer un Aspirantado para formar, desde los primeros años de estudio, a los propios alumnos. Le pareció que era el modo más práctico de contar con vocaciones para la Hermandad, y las logró en abundancia.
El siervo de Dios venía sugiriendo tal fundación, sin éxito, desde el año 1919 71.
Veía que la Hermandad promovía vocaciones para todas las diócesis donde actuaba y se olvidaba de sí misma. «Nosotros fomentamos a todas las vocaciones, ayudamos a todos los Institutos, ¿había de ser el nuestro el único excluido?... Los Operarios procurarán fomentar las vocaciones para la Hermandad con igual celo, al menos, con que fomentan las vocaciones eclesiásticas y religiosas» 72.
Antes de cumplirse el primer año de su generalato ya tenía establecido el Aspirantado.
Quizá sea conveniente añadir que si los dos directores generales anteriores a don Pedro Ruiz de los Paños no establecieron el Aspirantado Menor creo que fue porque creyeron sinceramente que así eran más fieles al pensamiento del Beato Manuel Domingo y Sol, que dice: «Ya sabéis que si quisiéramos tener aspirantes entre los alumnos de los primeros años, en esa edad en que los reciben los Institutos, tendríamos la mar, y eso que todos éstos serían buenos y serían recibidos por los Institutos como pan bendito; y nosotros ni lo intentamos y dejamos que crezcan para que den frutos espontáneos y escogerlos cuando hayan madurado sus condiciones» 73
ALGUNAS PUBLICACIONES
El 15 de diciembre de 1933 publicó su primera Carta Circular a los Operarios, abordando tres temas que llevaba muy dentro del corazón: la gloria de Dios, la perfección de los operarios y las vocaciones para la Hermandad.
El 1 de noviembre de 1934 publica su segunda Carta Circular, que muy bien podría titularse «Ministerio y vida del sacerdote operario».
El día 6 de enero de 1935 envía, juntamente con su folleto Un tesoro oculto, su tercera Carta Circular, que versa totalmente sobre la oración. Quiso poner a la Hermandad en estado de oración, y organizó lo que llamaba Laus Perennis, con el fin de que en todos los momentos del día hubiera algún miembro de la Hermandad ante el sagrario.
Su última Carta Circular lleva fecha de 18 de enero de 1936. Su título es «Sobre la vida de fe».
El año 1935, en vísperas de la celebración de la «Semana pro Seminario», había publicado una de sus obras más importantes, con 532 páginas: Las vocaciones sacerdotales, bajo el seudónimo de Ángel Toledo.
Con motivo de la celebración del centenario del nacimiento del Beato Manuel Domingo y Sol publicó, el año 1936, ha idea de la Hermandad. Y ese mismo año —como con urgencia de quien tiene ya poco tiempo— publicó el Directorio de la Hermandad, que, al decir de don Antonio Torres, es un «tratado completísimo, maravilloso, hasta ameno, de pedagogía eclesiástica» 74.
Cuando se preparaba la segunda edición, después del martirio del siervo de Dios, el entonces Director General, don Buenaventura Pujol, escribe a los encargados de poner al día el Directorio: «Consérvese casi tal como está ese precioso cúmulo de enseñanzas, normas y observaciones, fruto de toda la experiencia y talento de quien lo reunió con tanto amor. Palpite en las páginas del Directorio todo el espíritu de don Pedro, y que, precisamente por ser obra suya, le haga más apreciable a la Hermandad y a cada uno de los operarios, inspirándonos veneración parecida a la que nos merecen los escritos del Fundador» 75.
SEMANA PRO SEMINARIO
Tenía la gran preocupación de promover las vocaciones de modo especial en aquellos años turbulentos de la República. De él partió la idea de celebrar la «Semana pro Seminario», que tuvo lugar en Toledo del 4 al 10 de noviembre de 1935. Dice don José Avila: «Con la mira puesta en el objeto principal de la Hermandad, ideó la conveniencia de la Semana pro Seminario de Toledo, y fue el promotor e infatigable propulsor de la misma, hasta llevarla a feliz término, siempre bajo la égida del cardenal primado» 76.
Propuso la idea al señor arzobispo de Toledo, futuro cardenal Goma, en el mes de abril de 1934, que la aceptó e hizo suya. Pero don Pedro la tenía pergeñada desde mucho antes. El 4 de febrero de 1934 le escribe desde Argentina don José María Feraud, dicién-dole: «Le felicito cordialísimamente por la idea del futuro Congreso: supongo que lo pensará usted realizar en Toledo» 77.
Y esto quiere decir que, a principios de 1934, ya tenía proyectada la Semana.
El 11 de febrero de 1934 escribe el siervo de Dios una carta, en la que habla de las futuras Discípulas de Jesús, y dice: «No sé cómo se ha de unir, pero unión tendrán de algún modo, con un Congreso que prepararé, nacional si puede ser, en Toledo, para el próximo año. Y ahora, en abril, pondré la primera piedra» 78.
Esa primera piedra era hablar con el señor Goma, en Toledo.
La Semana pro Seminario fue un éxito rotundo y el primer impulso serio, a nivel nacional, de la propaganda vocacional en aquellos años tan sombríos.
SECRETARIADO NACIONAL DE SEMINARIOS
No se resignaba don Pedro Ruiz de los Paños a que la Semana pro Seminario, con todo su esplendor, quedara en recuerdo bonito de unas jornadas brillantes. Inmediatamente envió a todas las casas de la Hermandad «copia de lo que he presentado en Toledo, para concretar, en fórmulas sencillas, los frutos de la Semana pro Seminario» 79. Y envía un amplio proyecto del Secretariado Nacional, Diocesano y Parroquial de Vocaciones.
Ya en su ponencia abogó, en la Semana, directamente por la creación del Secretariado Nacional de Seminarios 80.
La muerte prematura le impidió llevarlo a feliz puerto. En España sólo se puso en marcha el Secretariado Nacional de Seminarios, y tras reiteradas insistencias de Roma, el año 1959.
REVISTA «VOCACIONES»
Como órgano del futuro Secretariado Nacional de Seminarios concibió la revista Vocaciones, cuyo primer número apareció el 15 de febrero de 1936.
Con ella pretendía impulsar la Obra de las Vocaciones por todas partes, sembrando ideas, poniendo en comunicación todas las diócesis.
Es muy significativo que la actual revista del Secretariado Nacional de Seminarios en España tenga también por título Vocaciones.
La guerra segó en flor la revista del siervo de Dios cuando sólo habían aparecido seis números.
FACULTAD TEOLÓGICA DE TOLEDO
«Acarició con gran amor la instalación en Toledo de una Universidad Pontificia, tratando de ello frecuentemente con el señor cardenal Gomá» 81.
Había dado todos los pasos previos ante la Sagrada Congregación de Seminarios y Universidades de Estudios, en Roma 82.
Quería que fuera un día la Facultad Teológica de la futura Universidad Católica de Madrid. De esto andaba tratando con gran frecuencia con don Ángel Herrera, futuro cardenal de la Santa Iglesia 83.
También la guerra truncó este proyecto.
DISCIPULAS DE JESÚS
La Congregación Religiosa de Discípulas de Jesús es la obra póstuma del siervo de Dios Pedro Ruiz de los Paños. Con ella se proponía crear un movimiento vocacional muy intenso y extenso en toda España.
Recibió la luz de lo alto, rezando maitines de San Juan Eudes, la víspera, en el Colegio de Vocaciones de Plasencia.
Escribe el mismo siervo de Dios: «En Plasencia, el día 18 de agosto de 1931, a las tres de la tarde, rezando maitines, en el Colegio de Vocaciones, se me ofreció la idea de las Discípulas de Jesús, en pocos momentos» 84.
Concibió la fundación a grande escala. Así lo explica él mismo: «Discípulas son las religiosas..., las cuales dirigen toda la organización, y son como el Estado Mayor. Delegadas son otras personas piadosas que, viviendo con sus familias, diseminadas por la diócesis respectiva, ejercitan los ministerios de la Congregación y, aunque de modo privado, son religiosas por los votos, pruebas y prácticas que ejercitan... Por último, auxiliares son todas las personas buenas que, por propia voluntad y sin compromiso alguno, ayudan a unas y otras para la consecución del fin del Instituto» 85.
Creo sinceramente que don Pedro, en su primera intuición, tal como se explica en los párrafos anteriores, quería una congregación religiosa, que son las Discípulas de Jesús. Una especie de instituto secular —él no podía utilizar este nombre, porque entonces no existían los institutos seculares—, que serían las delegadas, viviendo con sus familias, pero con votos y prácticas especiales. Y, por fin, un movimiento apostólico vocacional, que lo formarían las auxiliares.
«Por aquí —sigue diciendo el siervo de Dios— se comprenderá fácilmente que 25 discípulas en la capital de la diócesis suponen 500 o 1.000 delegadas en los pueblos de ella, y unos cuantos miles de auxiliares» 86.
Vio que era necesario ese movimiento general para que no faltaran las vocaciones.
Quiso comenzar con la congregación religiosa, y tenía preparada casa para las primeras discípulas. Tenía escritas las Constituciones y muchas notas sobre el espíritu, estilo de vida y actividades apostólicas que habrían de llevar a cabo las discípulas de Jesús.
Viajó de Tortosa a Toledo para comenzar. Allí tenía citadas a las que iban a formar el núcleo inicial, el día 20 de julio de 1936, en Toledo. No pudieron reunirse. El siervo de Dios encontró el premio del martirio.
Desde el mismo día 18 de agosto de 1931 entrevió que quizá no fuera él quien pudiera llevar a cabo la fundación. Dicen las carmelitas de Plasencia que ese mismo día 18 de agosto de 1931 habló con ellas en este sentido: «Nos habló de la posibilidad de que no fuese él quien lo llevara a cabo, pero siempre con la seguridad de que Dios lo haría, aunque fuese por medios insospechados» 87.
La primera superiora general de las Discípulas de Jesús declara: «A pesar de su gran deseo de hacer esta fundación, alguna vez le oí decir que, si no era la voluntad de Dios que él llevara a cabo la obra, estaba conforme en que así sucediera, con tal que se realizara, como si presintiera que él no la llevaría a cabo» 88.
CAPITULO VI
VIRTUDES DEL SIERVO DE DIOS PEDRO RUIZ DE LOS PAÑOS
Una de las notas que más de relieve ponen los testigos en el proceso es que don Pedro era un hombre extraordinario. Testifica así el Rvdmo. Sr. D. Anastasio Granados: «Puedo hacer constar que el Emmo. Sr. Cardenal Goma tenía de él un alto concepto y grande aprecio... Hablando con el Excmo. Sr. Cartañá (entonces obispo de Gerona), ya en plena guerra, en el Colegio de las Josefinas de Pamplona, donde ambos estaban hospedados, le dijo su eminencia, estando yo presente, que don Pedro Ruiz de los Paños era un hombre extraordinario y que con una docena de sacerdotes como él se podía cambiar la faz de España» 1.
En este sentido van declarando la mayor parte de los testigos: «De don Pedro se hablaba en el sentido de ser un hombre de virtudes extraordinarias... Me pareció adornado de dotes extraordinarias, que sólo con su presencia hacía que fueran mejores» 2.
El reverendo don Casimiro Sánchez Aliseda dice de él: «Me parecía un señor de gran capacidad y competencia y de ideas grandes, tanto que todos lo considerábamos por encima de lo corriente, aun bajo el punto de vista humano» 3.
Don Baldomero Jiménez Duque escribía así sobre don Pedro:
«Bien sabemos todos los que con él tuvimos la dicha de convivir que el alma de su vida fue el amor a Jesús. De lo que siempre hablaba, de lo que están llenas sus cartas, lo que fue el móvil de sus empresas todas. Lo que le hizo ser audaz. El Señor le escogió para ser un jefe. Y jefe en gran escala. Por eso le puso al frente de seminarios. Por eso le llevó a la dirección de la Hermandad. Siendo jefe murió. En su puesto. Desde la atalaya de Toledo, la capital espiritual de España...
»Le ardían los deseos. Parecía un aventurero a lo divino, como aquellos legendarios de América, que lo pretendían todo, aunque llevasen la nada entre las manos. Así, para él no había dificultades. Como todos los dominados por la santa audacia, era esencialmente optimista. Vivía en la gran realidad de la gloria divina, donde hallaba recursos y salidas y alientos para todas las situaciones que se presentasen ante él. Por eso fue al martirio como va un triunfador. Aun en lo humano, aquello no fue un fracaso. Era un resolver y realizar heroicamente, audazmente, todo el programa devorador de su vida: la gloria de Dios por la glorificación del sacerdocio de Jesucristo» 4.
Dice de él don Jaime Flores: «Don Pedro Ruiz de los Paños era un hombre ardiente, bondadoso, lleno de celo por la gloria de Dios, altamente inteligente y abierto a la comprensión de todos los problemas, con amplitud de alma que le llevaba a las más arduas empresas» 5.
Don Buenaventura Pujol testifica en estos términos: «Unía lo impulsivo de su gran temperamento con la delicadeza más exquisita con toda clase de personas. Reunía un conjunto de cualidades, aun humanas, que le hacían ser considerado por personas relevantes eclesiásticas como dotado de una personalidad completísima» 6.
ENAMORADO DE JESUCRISTO
Al siervo de Dios Pedro Ruiz de los Paños le dolía mucho que frecuentemente se tratara a Jesús como a una idea, como a un tema de predicación o de estudio. Por eso, aconsejaba: «Pórtate con Jesús como con una persona a quien se ama mucho» 7.
Así lo hacía él.
«Las virtudes predominantes en don Pedro Ruiz de los Paños fueron: la primera, la caridad para con Dios; era lo que más le distinguía; sentía un verdadero enamoramiento de Dios, le llenaba el pensamiento y el corazón; podría decir que, cuando hablaba de Dios —y eran muchas las veces que lo hacía, tanto en público como en privado—, estaba hasta visiblemente como fuera de sí» 8.
Un obispo, que fue alumno suyo en el Colegio de Roma, declara: «En cuanto al amor tierno a Jesucristo, nos hablaba constantemente de Jesús y logró que se tuvieran en determinados recreos conversaciones sobre Jesús y no se hablaba de otra cosa en el recreo... Una de las cosas que nos inculcó más fue el espíritu de oración, teniendo frecuentes pláticas sobre esto. Todos le teníamos por hombre de oración y de vida interior» 9.
Tenía una gran intimidad con Jesucristo y a todos quería llevarlos hacia esa dicha. Escribe él: «Quien descubre a Dios se llena de alegría y trabaja y no se cansa, sino que es feliz, porque tiene al manantial de vida allí con él, comunicándose. No deberían parecemos tan admirables ciertas comunicaciones de Dios con los santos. Ellas deberían ser lo corriente con las almas elegidas, y elegidos somos los sacerdotes» 10.
Don Juan Sánchez Hernández dice: «En la vida de don Pedro Ruiz de los Paños las virtudes predominantes, a mi juicio, fueron: el celo por la gloria de Dios, un amor ardiente y entrañable a Jesucristo y el celo por las almas, manifestado en un trabajo incansable y, a las veces, hasta agotador. Tengo correspondencia personal del siervo de Dios, a través de la cual se manifiesta, sobre todo, lo que yo considero, sin duda alguna, nota dominante de su espiritualidad: el amor de confianza y de intimidad con la persona sagrada de Jesucristo, amor que procuró injertar en el alma de sus seminaristas y cooperarios» 11.
Este amor ardiente, íntimo, total, fue la característica de su vida y ese mismo amor selló su muerte. En la carta que escribe la víspera de su mar tiro dice: «Yo no tengo más deseo ni más esperanza que Jesús» 12.
El sacerdote don Antonio Vargas Carrillo testifica: «En don Pedro, para mí, sobresalió la virtud de la caridad en grado nada corriente para con Dios Nuestro Señor, que tuvo como manifestación un amor entrañable y tiernamente delicado a Jesucristo redentor. Al cerrar una velada, don Pedro habló así: 'Me habéis dicho que mi única obsesión es Jesús. Creo que no os habéis equivocado. Sí, solamente deseo vivir y trabajar para Jesús, para promover su gloria.12
»Este es, a mi parecer, el aspecto más interesante de la vida de don Pedro. No es, pues, de extrañar que en sus pláticas, henchidas de amor a Jesús, consiguiera conmover y enfervorizar a los seminaristas como pocos lo han logrado» 13.
Un obispo, alumno suyo en el Colegio de Roma, declara: «Sus palabras parecían proceder de un corazón muy enamorado de Cristo, y elevaban y caldeaban nuestros espíritus» 14.
Dice don Romualdo Carrillo Esteban: «Llevado de su amor encendido a Jesucristo, llegó a grabarse en su pecho el anagrama JHS con un alambre incandescente; yo conservo las cuatro piececitas con que llevó a cabo esta grabación» 15.
ESPIRITU DE FE
De ese amor ardiente al Señor «le brotaba una fe y una confianza tan grande en Dios, que apenas soportaba que los demás desconfiasen de Dios... De su fortaleza de alma ante todas las dificultades ordinarias y extraordinarias puedo asegurar que era admirable: más aún, en todos aquellos años de la República, en que había tantas dificultades y peligros, le crecían las fuerzas y se sentía con la más viva fe, capaz de cualquier empresa que le pidiera el Señor» 16.
Ante las aciagas circunstancias por las que atravesaba España el año 1936, escribe a los operarios el día 1 de marzo: «En las actuales circunstancias llenémonos todos de espíritu de fe y de confianza en el Señor. Nuestra obra no es humana, ni su éxito depende de conmociones sociales. El Maestro vela aun en sueño. El espíritu de súplica es quien le hace imperar a los vientos y a los mares para calmarlos. Pero, mientras tanto, albergados en ese espíritu y confiados en la omnipotencia divina, podemos pasar la tormenta sin decaer, antes al contrario, recibiendo de ella nuevos ánimos para formar los instrumentos que recristianicen a esa parte de la nación que huyó prácticamente de Dios por falta de cuidados espirituales» 17.
Toda la Circular sobre la vida de fe es un ejemplo de cómo vivía él tal espíritu. Dice uno de los testigos: «En don Pedro Ruiz de los Paños predominaba un espíritu de fe y un amor tierno a Jesucristo. Lo primero se revelaba en su manera de hablar y enfocar todos los asuntos. Recuerdo que me contó lo siguiente: Habiendo tenido una gran tentación contra la fe, no recuerdo si de seminarista o siendo ya sacerdote, escribió el Credo en una cuartilla, atravesó un alfiler y se lo clavó en su pecho en el lado del corazón. Era una de las cosas que más atraía en él, este espíritu de fe» 18.
El vivía y quería que todos vivieran ese espíritu. «Estamos elevados a la fe; vivimos en ministerios divinos, ¿a qué rebajarnos hasta ciertas cosas? A veces hay quienes obran puramente por instintos... Tal modo de obrar nos retrasa considerablemente. Mezclarlo en nuestros ministerios es lo mismo que incluir un carro entre los vagones del tren, para que vaya a su paso por la vía» 19.
«En don Pedro sobresalía el espíritu de fe, el amor a la Iglesia y el deseo de la perfección sacerdotal» 20.
CARIDAD CON EL PRÓJIMO
«La fe —decía don Pedro— nos enseña a ser hermanos, a parecerlo y a demostrarlo» 21.
Su hermano Francisco testifica: «Lo que más sobresalía en mi hermano eran la piedad y la caridad hacia los pobres. Si nos veía a los hermanos remisos en dar a los pobres, nos reprendía y él reservaba las monedas de plata para dárselas a los pobres» 22.
Y su hermana Felicia abunda en la misma convicción: «La caridad era una virtud que sobresalía en don Pedro. Todo lo daba, no tenía nada suyo. No podía ver que nadie sufriera, y no consentía que ningún pobre se despidiera sin darle limosna» 23.
Don Jaime Flores, que tan de cerca lo trató, dice: «Recuerdo algunas cosas particulares sobre la generosidad, odiando siempre la tacañería y negándose a todo regateo. Era también muy limosnero y no permitía que se despidiese a un pobre sin que se le diese algo» 24.
Dice el siervo de Dios: «Viendo tanta miseria en la vida, quiero cada vez más a los pobres» 25. «Los pobres me atraen más que nunca. Y eso que, desde hace veinte años —o algo más—, no sé si he negado nada a ninguno» 26.
En su primera Carta Circular decía a los operarios: «Sepan todos los Operarios que ... les podré resolver mejor o peor sus asuntos y sus dificultades, pero que cuanto soy está en sus manos, sin que las mías se aparten de un desvío ni de una debilidad ni de una llaga, antes se sentirán felices de curarla, porque non veni ministran sed ministrare» 27.
Y en la Carta sobre la vida de fe dice: «Tengo tantos superiores cuantas son las necesidades de todos los Operarios» 28.
OBEDIENCIA
Dice don Anastasio Granados en el proceso: «Para con sus súbditos era un superior ideal» 29. Y fue buen superior, porque había sido buen súbdito.
No ha faltado quien tachara al siervo de Dios de «dominante». Creo que él mismo nos da la explicación de por qué pensaban algunos así, ya que fue acusación contra él desde muy pronto.
Estando en Sevilla se ve que dijeron al Director General que el siervo de Dios era dominante, y escribe en estos términos el día 1 de noviembre de 1913: «Si he de ser sincero, creo que se han equivocado en la apreciación de la cosa. Podrá ser que al exterior parezca así, que yo quiero dominar; de la impresión externa en los demás no soy yo quién para juzgar; pero de que yo quiero a mis compañeros como hermanos, de que con gusto obedeceré a cualquiera de ellos y, aún más, de que, de hecho, en muchas cosas de mi incumbencia sigo su parecer, deseo que no tenga usted duda ninguna» 30.
Don Jaime Flores declara: «Siempre fue sumamente respetuoso con los superiores, teniendo fe vivísima en la obediencia» 31. El mismo siervo de Dios dice: «Si yo me doy cuenta de que el rector, o superior cualquiera, desea una cosa, mi deseo es también hacerla y, con la gracia de Dios, la haré más o menos imperfectamente, pero contradecirle, nunca» 32.
Testifica don Buenaventura Pujol: «De don Pedro sé que se sometía con humildad al criterio, a veces bien distinto del suyo, de sus superiores, como respecto a publicaciones y a otras actividades ajenas al Seminario, también de la gloria de Dios. En cuanto conocía la voluntad de los superiores, no volvía ya a hablar de los asuntos» 33.
Cuando, el año 1914, quería publicar El estado sacerdotal. Sus excelencias y ventajas, escribe en ese sentido: «Si no llegara a publicarse, señal de que el Señor no quería servirse de mí para eso. Yo creo que no deseo más que hacer apreciar a otros este estado, con el cual me ha dado siempre el Señor tantos consuelos y al cual me parece que siempre también he amado tanto» 34.
Es muy significativo lo que un día escribió a un compañero Operario, que se quejaba porque ni a él ni al siervo de Dios les querían publicar los escritos. Le dice don Pedro: «Va la carta, para que la vea, y también la de usted. Espero que me dé gusto reformándola. Sea como sea en realidad, yo creo firmemente que los superiores aciertan siempre. Y lo que a mí me interesa no es publicar nada, sino dar al Señor mi voluntad. Tengo por cierto que el Señor sacará así mayores bienes para mí y para los seminaristas; y, si no lo veo, será mejor. Yo no dejaré de trabajar, pero no me saldré ni un milímetro, no digo del mandato, pero ni del deseo de los superiores. Así, pues, ríndase a Nuestro Señor y bendigámosle en todas las cosas. Si no lo hace, me dará pena» 35.
Esta obediencia total fue tónica de su vida entera. Tal como nos enseña el Beato Manuel Domingo y Sol, don Pedro exponía su parecer, sus dificultades, sus deseos. Luego, quedaba siempre conforme con la determinación de los que tenían la obligación de pronunciar la última palabra.
Es muy hermosa la carta que escribe a don Benjamín Miñana el día 3 de septiembre de 1924. Le ha preguntado el Director General sobre los Operarios que podían ir con el siervo de Dios a Plasencia, y le ha dicho también que él debe dejar de atender espiritualmente a las carmelitas descalzas. Don Pedro contesta así: «Ante todo deseo consignar que, si le doy mi parecer en cualquier cosa, no es para que le siga o deje de seguirle, sino para ayudarle; yo estoy más tranquilo cumpliendo lo que usted disponga que trayendo a mi voluntad la de usted. Obre usted, pues, conmigo con toda libertad, pues aunque vea que pongo resistencia en los motivos, cuando creo que no conviene algo, estoy siempre dispuesto a aceptar los que usted determine. Con esto vengo a decirle que no elijo nada de lo que usted me propone, sino que lo dejo al arbitrio de usted, aceptando con gusto lo que disponga.»
Le da su opinión sobre los Operarios que le propone, y pasa al asunto de confesor de las carmelitas:
«Sobre las carmelitas, digo algo semejante... En esto y en todo se hará lo que usted quiera, aunque se equivocara. Me ha dado el Señor aprecio por la obediencia y estoy muy dispuesto a seguirla» 36.
Escribía el día 18 de septiembre de 1930: «Tanto esta santa virtud, como la cruz —ella es cruz—, están bastante acreditadas por el Hijo de Dios, aun cuando en este mundo hay muchas almas que se acuerdan poco de ello» 37.
Y en esta texitura vivió siempre. Testifica don Anastasio Granados: «Para con sus superiores, de don Pedro tengo la idea de que era muy respetuoso y obediente por espíritu sobrenatural, como lo demuestra el dato de haberme dicho que llevaba el proyecto de la fundación de las Discípulas de Jesús al Capítulo General creyendo que iba a ser rechazado y que iba en disposición de ver en ello la voluntad de Dios» 38.
LABORIOSIDAD
Fue un trabajador incansable. «Pasma y maravilla la intensa, constante y multiforme laboriosidad de don Pedro, acuciado siempre por el ansia de moverse y trabajar, si tenemos en cuenta que un espíritu tan gigante como el suyo habitaba en un cuerpo de endebilísima constitución orgánica» 39.
Abundan los testimonios en este sentido. «La laboriosidad fue también la característica de su vida. Durante su estancia en Roma, por ejemplo, además del trabajo constante de estudio, de atención a los alumnos, atenciones sociales, etc., todos los días, de diez a doce de la noche, trabajaba escribiendo para el Fomento de las Vocaciones Sacerdotales y para otras obras de apostolado» 40.
Pocos meses antes de su muerte le escribía un Operario: «Veo la actividad febril de usted. Modérese. Temo por su salud. Y debe cuidarse, porque sería una pena que ahora, cuando comienza a entrar en efervescencia la Hermandad, se malograra usted» 41.
Y el día 15 de mayo de 1936 le escribe el mismo Operario, al haber recibido La idea de la Hermandad y el Directorio y la Carta Circular sobre la vida de fe: «Es usted un formidable trabajador. Cuide su salud; no se rompa» 42.
No sería el trabajo quien lo rompiera. Tenía tal temple, que sólo podía romperle el martirio.
Testifica don Buenaventura Pujol: «En don Pedro creo que la virtud predominante era glorificar incesantemente al Señor. Asimismo, la laboriosidad, el espíritu de oración y de fe, el reconocimiento de que él, sin Dios, nada bueno hacía ni podía. Contrastaba mucho lo impetuoso de su espiritualidad con lo profundo de su humildad, en que empapaba cuanto hacía» 43.
Y declara don Jaime Flores: «Brillaron en él, como de conjunto, todas las demás virtudes, siendo un hombre tan equilibrado, tan justo y con tanta intuición de las almas, que el acierto acompañaba toda su vida» 44.
El señor arzobispo-obispo de Barcelona, doctor Modrego Casaus, afirma: «Yo diría que don Pedro era un hombre muy humilde, muy disciplinado y muy respetuoso con la jerarquía, y yo lo pude ver en su conducta con el señor cardenal primado, quien, al saber de su muerte, lo lamentó mucho y la consideró como una gran pérdida para la Iglesia» 45.
El primer teólogo censor de sus escritos emitió este juicio sobre el siervo de Dios, que es todo un panegírico: «Hojeando, aunque sea de corrida, los escritos del sacerdote Pedro Ruiz de los Paños se ve inmediatamente que fue verdadera y propiamente un hombre de Dios, entregado siempre y en todo al servicio de Dios. Me da la impresión de que era un hombre sencillo, es decir, sin malicia, obrando siempre con recta intención, consagrado totalmente a la formación de la juventud levítica y a la dirección espiritual de las almas. Puede decirse que el lema de su vida fue: Todo para Dios, nada para sí mismo» 46.
CAPITULO VII
MARTIRIO DEL SIERVO DE DIOS PEDRO RUIZ DE LOS PAÑOS
PREPARACIÓN PARA EL MARTIRIO
Escribía don Pedro Ruiz de los Paños en una carta: «Bien está lo del martirio. Pero el Señor no suele concederlo, aunque hay casos en contra, si no es preparándose en cada hora para el martirio de las ocasiones cercanas. Véncete en cositas. Ese es el mayor martirio. Y el Señor te dará el otro con más probabilidad» 1.
El personalmente se preparó siempre para ese trance. Tenía prisa de llegar a Dios definitivamente.
Tenía el convencimiento de que iba a vivir muy pocos años.
Y todos le parecían muchos, porque su anhelo era llegar al encuentro definitivo con el Señor. Escribía en 1931: «Ya tengo cincuenta años. No creí nunca llegar a los cuarenta. Dios piensa de distinta manera que nosotros» 2.
Desde el año 1923 pedía diariamente a Dios que le abreviara los días del destierro. Su enfermedad más honda era el ansia de Dios: «Yo siempre he sufrido ese mal, desde los cuatro años. Me acuerdo bien. Ahora lo sufro más que entonces, claro está. El otoño a veces me viene a mí en cualquier mes... Casi siempre he sentido el destierro. La soledad no me cansa, antes me defiende y me da paz. Me gusta más vivir en mí, aunque no para mí, sino para Jesús. ¡Cómo me hacía sentir Jesús la nostalgia de El, hace ya muchos años! Con todo, creo que vivo para El y eso deseo» 3.
Le gustaba el otoño, porque le hacía pensar en el más allá, porque es cuando caen las hojas de los árboles, porque es tiempo de madurez: «Viene el otoño. Vamos en peregrinación con las aves emigrantes. Yo emigro cada año a un punto del interior por donde asoma la eternidad. ¡Vamonos allá!» 4.
Es ritmo constante de su vida. Cada día que pasa, siente y goza la dicha de saberse un poco más cerca del Señor. El día 8 de enero de 1932 escribía a don Buenaventura Pujol: «Y ahora feliz año nuevo. Nos vamos acercando al año eterno, felicísimo, saciedad de amor y de vida y de todo» 5.
Sobre todo en los últimos años de su vida, declara una persona que lo conocía muy íntimamente, «ya no vivía en este mundo, sino como una persona que no obra por sí y está siempre esperando órdenes. El esperaba» 6.
A los veinte años de edad cayó gravemente enfermo, y en su diario aparece constantemente el deseo ardiente de ir al cielo con Jesús: «Mi alma está llena de esperanza. No espero la salud del cuerpo, sino la vista de Dios en el cielo. Estos días siento muy perceptiblemente su presencia en el aumento de las molestias de la enfermedad y en la paz de mi espíritu, que vive desprendido de todas las cosas... A Ti, Dios mío, quiero, y a Ti deseo únicamente» 7.
Así escribía el día 1 de abril de 1901. El 15 de junio de ese mismo año dice: «Aún estoy en este mundo; aún no se han desatado estos lazos que tanto deseo ver deshechos. ¿Cuánto durará todavía este destierro? ¿Cuándo oiré la señal de partida? El viaje va terminando; la estación no puede hallarse muy lejos; en el vagón no tengo nada que me detenga; puesto estoy en pie con la mano en la ventanilla para bajar. Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo» 8.
Estando en Roma, escribe el 27 de febrero a don Buenaventura Pujol: «Ayer murió el cardenal Merry. ¡Ya ves! Un ataque de apendicitis, operado, creyendo no ser nada. Se quedó en los principios de la operación, parado el corazón. Cuando menos pensemos, nos iremos, Ventura. Y ya debemos saberlo, porque lo ha dicho Jesús. Es cosa buena irse. Pero lo mejor es lo que Jesús disponga. Yo tuve eso mismo el 25 de enero, aunque menos fuerte quizá. Se fue ello solo, aunque dejando la sombra continuamente, tal vez como un aviso de que me llaman. Si es así, no diré que no: me echo en el Corazón de Jesús, a quien he querido amar siempre y de quien siempre quiero ser. Ya sé que no valgo para nada. De eso me alegro: le glorificaré más, porque mi corona será toda suya» 9.
Y el día 30 de mayo de 1930, cuando han de operarlo, le dice: «Me han aconsejado la operación: dicen que no hay peligro. Don Joaquín dice que no. Si alguna vez me la hicieran, y lo sabes antes, pide al Señor que se cumpla lo que El quiera. Yo creo que le pediré quedarme en ella. No lo deseo; pero a Dios sí que lo deseo» 10.
En noviembre de 1933 escribía a un sacerdote: «Soy un peregrino del mundo que llevo en el alma la sensación del destierro desde que era niño; que por la gracia de Dios he sufrido mucho en cuerpo y alma y que ahora voy andando, cogido de la mano de Jesús, mi centro, procurando mirarle bien y no soltarme, porque, como nada soy, me perdería» 11.
DESEOS DE MARTIRIO
Estas ansias constantes de llegar a Dios rápida y definitivamente encendían en su alma grandes deseos del martirio. En su diario de seminarista escribe: «Otra vez conversaba yo con dos amigos míos muy piadosos. Propusimos la duda de cuál sería el día más feliz de la vida, y uno opinaba que el de la primera comunión. Es —decía— el primer abrazo de Jesús y, por lo mismo, tiene que ser el más agradable. A mí, sin embargo, me parecía que era mejor el de la primera misa, por cuanto el sacerdote queda allí constituido en alter Christus.
»A todo esto, el tercero, fervorosísimo colegial, como no he conocido otro, permanecía callado. Instándole nosotros a que eligiera entre aquellos dos días memorables, contestó que ninguno era el más feliz. En ellos —decía— Jesús se da todo a nosotros; pero hay otro que vale más, porque es la ocasión de entregarnos nosotros a Jesús.
»¿Cuál es?, le dijimos. El del martirio. Aquello fue para mí una oleada de luz» 12.
Y esa luz invadió su vida para siempre.
Cuenta su hermana en el proceso. «Yo creo que mi hermano Pedro estaba preparado para el martirio. Un hecho que yo oí referir en mi familia, cuando él era seminarista, es que se encontró en la estación de Algodor con don Manuel Domingo y Sol, fundador de la Hermandad de Operarios Diocesanos, y mi hermano le preguntó si en la Hermandad habían tenido mártires, a lo que don Manuel le contestó que no; y creemos que, desde aquel día, empezó a pedirle al Señor la gracia de ser mártir» 13.
Y su hermano Francisco dice: «Ya de seminarista, mi hermano nos hablaba con frecuencia a los de la familia que su mayor gloria sería ser mártir» 14.
Escribe el siervo de Dios en su diario de seminarista: «Algunas veces, excitado por tu divina caridad, he deseado darte mi sangre y he sentido envidia de los que sufrieron el martirio» 15.
El año 1907, en unos versos que compuso para una velada en el Seminario de Málaga, y que tituló «Ansias de mártir», refleja sus anhelos de martirio:
«Tengo celos crueles, por lo abrasados, celos cuyos ardores queman el alma: ¡que haya mártires..., niños martirizados, y esté yo todavía sin una palma! ¡Que haya niños, tan niños, de siete años, que por Cristo su sangre dieron un día, y que tenga la gloria tantos escaños y que viva en el mundo yo todavía! Tengo sed, Jesús mío, sed que me abrasa; venid crueles verdugos, venid tiranos, que allá en alto, muy alto, cuando se pasa de los cielos azules, tengo yo hermanos. ¡Ay!, felices aquellos que así han vivido, azucenas que el cierzo rudo ha tronchado. ¡Dichoso el sacerdote que, perseguido, rinde el último aliento martirizado» 16.
Esta frase final era tema muy frecuente de su conversación los últimos meses de su vida 17.
Testifica don Buenaventura Pujol: «Don Pedro Ruiz de los Paños habló innumerables veces de sus deseos de martirio, y los últimos días de su vida constituía una obsesión... Puedo asegurar con toda verdad que deseaba ardientemente el martirio» 18. Y dice también que en don Pedro sobresalía «ya desde su juventud un constante deseo del martirio» 19.
Otro testigo declara: «Le oí decir que la gracia más grande que Nuestro Señor podía conceder a un alma era confesar la fe con su propia sangre... Le oí decir también que para la renovación espiritual de los sacerdotes en España era necesario que corriera sangre sacerdotal. En todos los consejos y orientaciones que nos daba para nuestra vida de discípulas de Jesús, era que nos debíamos ofrecer para despertar en los sacerdotes esa ansia de morir mártires de su sacerdocio» 20.
Y en este sentido deponen los testigos: «Me consta que don Pedro preveía el martirio y lo aceptaba gustosamente» 21. «Don Pedro Ruiz de los Paños se había ofrecido como víctima al Señor, y don Adoración Reyes, que fue vicerrector del Colegio Español de Roma cuando don Pedro era el rector, me ha dicho recientemente que don Pedro había pedido insistentemente la gracia del martirio» 22.
Cuando hablaba del martirio se enardecía y enardecía a los oyentes. Dice don Jaime Flores: «Las pláticas que dirigía a los seminaristas de España y a los colegiales de Roma estaban saturadas de tal ciencia y unción, que casi siempre salíamos enardecidos de ellas. Recuerdo en particular algunas sobre el amor de Dios, sobre la dignidad sacerdotal y sobre el martirio, que nos entusiasmaban a todos» 23.
El día 29 de junio de 1923 hizo por vez primera el «Acto de consagración al Amor Misericordioso», que repitió ininterrumpidamente toda la vida: «Acepto la muerte cuando te dignes enviármela; mas, como eres omnipotente, te suplico que abrevies los días del destierro, haciéndome llegar cuanto antes a la posesión de ti mismo... Te ofrezco también la sangre de mi cuerpo con deseos de dártela toda, ya sea derramada violentamente a manos ajenas, o ya arrojada por un accidente o enfermedad... Es mi intención renovar infinitas veces esta ofrenda, hasta que al declinar las sombras, pueda arrojarse mi alma rápidamente en el abrazo eterno de tu amor misericordioso» 24.
Y esperaba el martirio con el perdón más generoso para los perseguidores. Dice a unas religiosas que hubieron de abandonar su convento en la persecución de 1931: «Ya sabéis que no estamos para este mundo; somos para el otro y para dar aquí testimonio, no sólo con las palabras, confesándole, sino más bien con las obras, padeciendo. Lo que ahora hagáis no se llamará plata de fidelidad, sino oro de martirio. El martirio de la sangre es el menor; el del corazón, el del alma, el del honor, paz, tranquilidad, orden... afecta más al alma y vale más, por lo mismo que pasa inadvertido para todos... Habéis de pedir por los que os han perseguido. Ellos, pobrecitos, bastante desgracia tienen sin comprenderla. Tampoco la comprendieron los que persiguieron a Jesús» 25.
A los pocos meses de haber sido martirizado el siervo de Dios, 9 de octubre de 1936, escribe don Juan Sánchez Hernández a don José Avila: «Para consuelo de usted y de esos buenos cooperarios y aspirantes, he de manifestarle que en la última entrevista que don Pedro tuvo con estas fervorosas carmelitas, que fueron, a no dudarlo, sus predilectas hijas espirituales y los testigos mejor informados de las grandes elevaciones de su espíritu, manifestó a una de ellas que todos los días pedía al Señor la gracia del martirio» 26.
Vivía con la esperanza de manifestar su amor a Cristo en el martirio: «La sangre del alma la he dado. El martirio de ella ya lo paso y pasaré más; pero aun el otro..., en parte, lo espero. Como deseo consagrar todo mi ser y cambiarlo todo en Jesús, El lo tomará y lo hará» 27.
Del 26 de junio al 5 de julio de 1936 se celebró una tanda de ejercicios espirituales para los operarios. Tres mártires dirigieron la tanda. Dice uno de los asistentes: «Se dividieron el trabajo don Isi-sidoro Bover por la mañana y don Pascual Carda por la tarde. El Director General, don Pedro Ruiz de los Paños, se reservó un acto diario para sí. Tema: el valor del sacrificio, sin excluir el de la sangre, es decir, el martirio, para el progreso espiritual y, en aquellas circunstancias, como medio expiatorio y reparador. Pláticas muy preparadas y expuestas con mucha emoción. Francamente inspirado. La mejor preparación para cuanto teníamos a las puertas» 28.
Afirma uno de los testigos: «En una de las pláticas dijo a los Operarios: En la Hermandad se ora y se trabaja mucho. Estoy contento de los Operarios. Solamente nos falta sangre de martirio. Hacen falta Operarios mártires. El día que los tengamos, la labor de la Hermandad será fecunda y magnífica» 29.
Hablaba un elegido a muchos elegidos por el Señor para que bebieran su cáliz a los pocos días. El siervo de Dios, que había deseado siempre el martirio, lo veía acercarse con paz y hasta con gozo.
DIAS PREVIOS AL MARTIRIO
Don Pedro Ruiz de los Paños llegó a Toledo en la tarde del 16 de julio de 1936, acompañado de su secretario particular, don Jaime Flores Martín. Llevaba la intención de establecer en Toledo la primera casa de las Discípulas de Jesús.
Más tarde se incorporó don Miguel Amaro Ramírez, martirizado en Toledo el día 2 de agosto de 1936.
Residían en el Seminario de Toledo todos aquellos días: don Pedro Ruiz de los Paños, don Miguel Amaro Ramírez, don José Sala Picó (que era rector del Seminario Menor de Toledo), don Guillermo Plaza Hernández (prefecto de teólogos en el Seminario Mayor), don Jaime Flores Martín (secretario particular de don Pedro), don Tomás Torrente Massó (mayordomo del Seminario) y los seminaristas Antonio Ancos y Ángel Rodenas.
El testimonio de don Jaime es de gran valor por haber convivido con los siervos de Dios hasta horas antes de su martirio. Nos da a conocer el estado de ánimo de los futuros mártires, y muy especialmente el clima que logró crear don Pedro. Pero su testimonio es válido también para los siervos de Dios José Sala y Guillermo Plaza. Dice don Jaime Flores:
«Los consideraba perfectamente preparados para el martirio y deseosos de él. Todos ellos mostraron deseos del martirio y hablaron de ello durante los días 19, 20, 21 y 22 de julio de 1936, en que ya se preveía la posibilidad de tal trance. Don Pedro Ruiz de los Paños, durante esos días singularmente, cuando caían las bombas en el Alcázar y sus inmediaciones, hablaba de la gloria y honor de ser mártir, del deseo de ser pulverizado por Cristo y de que su cuerpo, así pulverizado, cantase la gloria de Dios; se entusiasmaba aplaudiendo a Dios, que todo lo hace bien, presintiendo la cercanía de su muerte...
»Todos recibieron la comunión, como viático, momentos antes de salir del Seminario, con la confianza de ir como los primeros mártires con Cristo comulgado al martirio. Todo esto lo sé de ciencia propia, por haber convivido con ellos hasta el momento de salir del Seminario el día 22 de julio de 1936, por la noche, unas horas antes de recibir la muerte don Pedro Ruiz de los Paños y don José Sala.
»La disposición de sus almas, durante esos días, la caracteriza el ambiente que entre nosotros creó don Pedro Ruiz de los Paños; pero todos abundaban y asentían en los mismos afectos: sentimiento amplísimo de la gloria de Dios y de la salvación de las almas.
»Aquellos días don Pedro hablaba de establecer una asociación puramente espiritual de los que quisieran aplaudir siempre a Dios, y cuando caían las bombas y temblaban los cristales del Seminario y nos hallábamos en peligro de muerte, todos a una, guiados por él, aplaudíamos a Dios. Nos hablaba del espíritu de sacrificio, de ser víctimas propiciatorias, unidos a Cristo, y aceptando la muerte por la Iglesia y por España; y todos, cuando pasaba el peligro y aun durante él, a veces, íbamos a la capilla a ofrecernos al Señor.
»A1 darnos la comunión por viático, nos exhortaba también al martirio, y todos, unánimes, aceptaban. Salíamos del Seminario todos convencidos de que encontraríamos la muerte en las calles cercanas, y con la alegría de que esto nos llevaría al cielo. A la puerta misma del Seminario don Pedro me despidió, diciendo: 'Adiós, hijo mío, hasta el cielo'» 30.
El día 22 de julio de 1936, víspera de su martirio, don Pedro bajó a la cocina para saludar a las religiosas que atendían el Seminario y a darles aliento en aquellos trances tan difíciles. Dice la superiora, sor Engracia Prieto Díaz: «Nos habló largamente del martirio, de la confianza en Dios y de la adorable y santísima voluntad divina. La religiosa cocinera le preguntó cómo había de conducirse si tuviese que hacer la comida para los rojos, a lo que don Pedro contestó: 'Preparándola lo mejor que pueda y con la misma o mayor caridad que lo hace con nosotros.' No lo olvidamos, porque realmente tuvimos que prepararla al gobernador civil y al Comité revolucionario durante la ocupación de Toledo por los rojos...
»Por la noche, a eso de las nueve, volvió otra vez a las dependencias de las religiosas y nos comunicó que ya habían entrado los rojos en la ciudad. Nos habló breves, fervorosas y conmovedoras palabras, dándonos después la sagrada comunión, como viático, en la misma entrada de la cocina. Al despedirse de nosotras, nos dijo: 'Adiós, hijas mías, hasta el cielo, si no nos volvemos a ver; ya están aquí los rojos y creo que han matado a algún sacerdote. Tened confianza en Dios. A vosotras no os pasará nada; a nosotros, los sacerdotes, sí, pues nos matarán.'
»Se marchó y no le volvimos a ver más. Los hechos confirmaron que no nos pasó nada» 31.
Don Ángel Rodenas Montañés, entonces seminarista, testifica: «Yo estaba en el Seminario, durante las vacaciones estivales de 1936, al servicio de los superiores del Seminario, conviviendo íntimamente con ellos... Al estallar el Movimiento, ante los acontecimientos que se avecinaron y el peligro que todos corríamos, los siervos de Dios hicieron vida de especial oración, pasando la mayor parte del tiempo en la capilla, haciendo turnos de vela al Santísimo.
»Don Pedro nos exhortaba en la capilla y en los restantes departamentos del Seminario a prepararnos para dar la vida por Jesucristo, en el caso extremo de tener que hacer este sacrificio.
»El 22 de julio de 1936, al atardecer, y ante el anuncio de que los milicianos rojos habían entrado ya en Toledo y habían matado a algún sacerdote, comunicado al Seminario por teléfono, don Pedro nos reunió en la capilla y nos exhortó, como ya he dicho, al martirio y nos dio la sagrada comunión a todos, repartiendo las sagradas formas a los allí reunidos.
»Entonces se acordó abandonar el Seminario por el peligro que corríamos, yendo a refugiarnos en casas particulares de confianza...
»Don Pedro no sólo deseaba el martirio, sino que también nos exhortaba a nosotros a que nos preparáramos para el martirio» 32.
Don Tomás Torrente recuerda muy bien los detalles de aquellas jornadas. Que las empleadas de teléfonos avisaron a don Miguel Amaro, hacia las seis de la tarde del día 22 de julio de 1936, que los rojos ya habían matado algunos sacerdotes en Toledo. Que don Pedro dispuso que se vistieran de paisano. Pero lo curioso es que fueron al martirio con un blusón de dril. A eso llamaban traje. Recuerda que estuvieron aquellas horas reunidos en la capilla. Y añade con cierto orgullo santo: «Don Pedro se confesó conmigo.» Les dio la comunión y «después, hacia las nueve de la noche, salimos todos los superiores, vestidos de paisano, del Seminario, distribuyéndonos en tres grupos de a dos» 33.
Formaron así los grupos: don Pedro y don José Sala, don Jaime y don Tomás, don Guillermo Plaza con los dos seminaristas, y don Miguel Amaro solo.
LA NOCHE DEL 22 DE JULIO
Los siervos de Dios Pedro Ruiz de los Paños y José Sala cedieron de momento a la invitación que les hizo el señor cura de San Andrés, don Avelino, para que se quedaran en su casa. Pero, después de cambiar impresiones, «resolvieron acercarse a pedir hospitalidad para aquella trágica noche a una casa antigua, en donde vivía el caballeroso y cristiano maestro don Salvador López Martín» 34.
Pero en un piso de la casa vivía también un acérrimo socialista, que se opuso rotundamente y con brusquedad. Los siervos de Dios prefirieron no causar molestias ni poner en peligro a la gente de aquella casa y fueron a pedir hospitalidad a la casa del sacerdote don Alvaro Cepeda, calle de Santa Isabel, número 22.
Testifica doña Purificación Peláez, viuda del general Sedeño: «A eso de las nueve de la noche llamaron a la puerta y, franqueada, entraron, vestidos de seglares, el reverendísimo don Pedro Ruiz de los Paños, Director General de la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos del Corazón de Jesús, y el reverendo don José Sala, rector del Seminario Menor, rogándonos tuviéramos la caridad de darles asilo.
»Tanto Alvaro como todos los de casa, aunque con la inquietud y el temor que las circunstancias sugerían, nos dispusimos a rendirles nuestra asistencia, consiguiendo a duras penas que aceptaran la frugal colación de un chocolate parvo.
«Seguidamente el señor Ruiz de los Paños nos rogó le acompañásemos a rezar el Santo Rosario, y así lo hicimos con una devoción que en la vida recuerdo haber superado y que era en todos nosotros el reflejo y la sugestión de la fe ardiente que se transparentaba en el rostro de don Pedro y vibraba en su acento...
«Terminados los rezos, pasamos gran parte de la noche escuchando las palabras serenas, dulces, henchidas de un insuperable amor a Dios y espíritu de sacrificio con que don Pedro nos describía la gloria del sacerdote que sufre el martirio...
»'Mañana, a primera hora, vendrán por nosotros y nos matarán", dijo, profético, a sus compañeros. '¡Que nos encuentren bien preparados para presentarnos ante nuestro Padre!'...
»Cuando, a las siete y media del día siguiente, hicieron irrupción en la casa los bárbaros sicarios, él fue el primero que se entregó a su furia, sin un gesto de protesta ni una palabra de condenación ante la grosería y rudeza de aquellos criminales; y marchó con paso seguro, dejándonos la impresión imperecedera de un ejemplo extraordinario y un recuerdo imborrable de las últimas horas de la vida mortal de un varón que me pareció un santo» 35.
Pasaron aquella noche en la casa de don Alvaro Cepeda. La hermana de este sacerdote cuenta los últimos momentos de aquella noche y de la mañana del
23 DE JULIO DE 1936
«Hacia las siete y media les preparé el desayuno, junto con mi hermano Alvaro, y apenas habían terminado de tomarlo, se presentaron unos milicianos, a quienes dio tabaco mi hermano y con quien conversaron con respeto y buenas formas.»
De repente irrumpieron otros cuantos milicianos, diciendo que de la casa habían salido tiros. Era la excusa que solían poner para allanar moradas. «Fue inútil que don Alvaro asegurase lo contrario, llegando a jurar que tal no había ocurrido...
»Les dijo un miliciano: Ustedes son maristas; y como no se conformasen con la negativa dada una y otra vez por don Pedro, éste les dijo que eran superiores del Seminario; y en seguida dispusieron fueran los tres detenidos. Aunque hablaron de atarlos uno a otro, dijeron al fin que fuesen sueltos.
»Sólo puedo decir que observé una paz y serenidad grandísimas en don Pedro, que no cesaba de dar a todos aliento y confianza en Dios» 36.
SIN OPONER RESISTENCIA ALGUNA
Don Pedro y don José no opusieron resistencia alguna. A la pregunta de si llevaban armas para defenderse, dice el seminarista Antonio Ancos: «Sé que los siervos de Dios no llevaban armas para defenderse, porque nos estuvimos cambiando de ropa y vi que no las tenían ni las habían tenido» 37. Y Ángel Rodenas asegura: «Solamente llevaban el crucifijo y el rosario» 38.
El señor don Julio García del Río vio a los siervos de Dios, ya detenidos, a la puerta de la casa de don Alvaro Cepeda.
Al salir de su casa quedó sorprendido viendo una patrulla de milicianos que, fusil en mano, custodiaban a dos caballeros de buen porte. «Uno era don Pedro Ruiz de los Paños y el otro don José Sala.» Preguntó a uno de los vecinos qué significaba aquello. Y el interrogado contestó: «Pues que los milicianos han detenido a estos dos maristas (la gente, en los primeros momentos, creyó maristas a los dos venerables sacerdotes) en casa de don Alvaro Cepeda, y están esperando a que éste baje para llevarse a los tres.
»Mi atención —continúa diciendo el testigo— la absorbió totalmente don Pedro. Era un hombre más bien grueso, de regular estatura, muy calvo y de acusadas facciones de bondad. Le vi inmóvil como una estatua, sin que se le advirtiera la más leve contracción muscular que evidenciase desfallecimiento alguno; su rostro, cubierto de intensa palidez, transparentaba un inefable y beatífico goce y tenía los ojos fijos en el cielo.
»Un momento experimenté la sensación vivísima de estar contemplando el caso extraordinario de un espíritu que se desliga ya de la materia, y en presencia de un varón santo.
»'¡Arriba los brazos!', gritó, imperioso, el que parecía jefe de la patrulla. Los brazos del mártir se elevaron hasta quedar extendidos en cruz, ligeramente doblados hacia arriba y cerrados los puños; y en esta actitud perseveraba, mientras que sus ojos seguían con estática fijeza clavados en el cielo.
»A poco debió salir de su casa el virtuoso sacerdote don Alvaro Cepeda, y ya juntos los tres, salieron camino del suplicio» 39.
Me resultaba muy curioso que los futuros mártires llevaran los puños cerrados. Por fin, he podido comprobar que fue orden también del jefe de la patrulla, porque decía que las manos en alto, sin cerrar los puños, «era fascio» 40.
Por el camino del martirio —el vía crucis de su última jornada— los vieron muchas personas. El señor don Miguel Martínez, que tenía un comercio de ultramarinos en la calle de Santo Tomé, números 19 y 21, cuenta en el proceso cómo los quisieron mataren aquella misma calle, pero a los gritos de la gente salió de la tienda «un tal Napoleón Dorado, que era de los rojos, y también estaba como comprador en la tienda en ese momento. Salió a la puerta y, después de proferir dos o tres blasfemias fuertes, les dijo a los milicianos que se los llevasen a otro sitio; que, si los mataban allí, los íbamos a tener todo el día, y que no había derecho en una calle de tanto tránsito hacer eso.»
Continúa diciendo el señor Martínez que, ante un momento de silencio, él interpretó que los prisioneros habrían hecho alguna resistencia. Pero «cuando el citado individuo volvió al mostrador, le pregunté si los sacerdotes habían hecho alguna resistencia; me dijo que no, que iban como borregos al matadero. Y ya no supe más hasta por la tarde, que pregunté y me dijeron que los habían matado en el Paseo del Tránsito» 41.
EN EL CIELO OS ESPERO
Creo que ha quedado demostrado hasta la saciedad que el siervo de Dios Pedro Ruiz de los Paños no sólo aceptaba el martirio, sino que animaba a todos a que lo aceptasen gustosamente, como prueba de amor a Jesucristo.
Don Romualdo Carrillo ha hecho en el proceso un resumen estupendo: «Don Pedro, años antes del martirio, venía pidiendo al Señor poder derramar su sangre por El. Yo mismo vi varias veces que lo tenía escrito.
»En los ejercicios espirituales celebrados en Tortosa a fines de junio de 1936 nos habló de que debíamos estar preparados para el martirio. También el día 22 de julio frecuentemente habló a los Operarios del Seminario sobre la necesidad de prepararse para el martirio, y en la noche del mismo día 22 de julio de 1936, cuando fue recibido en casa de don Alvaro Cepeda, habló largamente con doña Purificación Peláez y su hija, que vivían en el piso bajo de la casa, tan fervorosamente sobre el martirio, que me dijo la señora que, si le hubiesen pedido derramar la sangre por el Señor, lo hubiera hecho.
»Aquella misma noche, al despedirse de las religiosas terciarias que atendían la cocina del Seminario, entre otras cosas les dijo que a ellas no les ocurriría nada, pero que a ellos, los Operarios, les quitarían la vida. Ciertamente, a doña Purificación Peláez le dijo que al día siguiente los matarían» 42.
Este espíritu de don Pedro, en las inminencias del martirio, queda reflejado en la carta que escribió, a lápiz —con urgencia de última hora—, a sus hermanos. Carta que se encontró en la habitación donde don Pedro pasó la última noche, en la casa de don Alvaro Cepeda. La carta dice así:
«Toledo, 22 de julio de 1936.
Queridos hermanos: Son las cinco y media de la tarde. Llevamos casi tres días de asedio militar. Bombas y tiros a millares. Una pena grandísima. Hoy ha caído junto al Seminario quizá la última que han lanzado. Por el eco de estos valles y, sobre todo, de esta casa tan grande, creen las pobres gentes de estos contornos que del Seminario han salido tiros. Pidiendo al Señor en la capilla hemos estado los días últimos a fin de que a todos los aplacase. No hemos podido hacer más. Pero ahora, con la calumnia propalada, será difícil salir del Seminario y no sé lo que sucederá. Es posible que seamos sometidos a cualquier requisa; es posible cualquier cosa en circunstancias tan anormales. Si me sucediera algo, os doy el adiós hasta el cielo, adonde espero que Jesús me lleve con El. Yo no tengo más deseo ni más esperanza que Jesús, de manera que allí os espero. De todos me acuerdo mucho, mucho; y como no puedo escribir a todos, valga esta carta para la Hermandad, para las carmelitas de ambas casas y de otras, para las discípulas..., etc. A todos en Jesús haré sentir su divina misericordia. Que todos rueguen por mí. No sé si a vosotros os ha pasado algo. En el cielo lo veré. Adiós. Os abraza y quiere mucho vuestro hermano, Pedro» 43
MARTIRIO DE DON PEDRO
El día 23 de julio de 1936 caía, mártir por Dios y por el sacerdocio, en el Paseo del Tránsito de Toledo, juntamente con don José Sala y don Alvaro Cepeda.
El señor don Leandro de la Flor Pérez, practicante en medicina y cirugía, estaban en la Casa de Maternidad, frente al Paseo del Tránsito. El fue testigo presencial del martirio de estos siervos de Dios.
«Yo fui testigo presencial del fusilamiento de los siervos de Dios don Pedro Ruiz de los Paños y don José Sala. Cuanto yo vi y recuerdo perfectamente, como si ahora mismo lo estuviera viendo, es lo siguiente:
»Yo vivía en la Casa de Maternidad de la ciudad de Toledo, sita en la calle de San Juan de Dios, junto a la sinagoga llamada del Tránsito. En dicha Casa de Maternidad desempeñaba yo mi profesión de practicante.
»Eran aproximadamente las nueve de la mañana del día 23 de julio de 1936, y me encontraba lavándome, teniendo la persiana de mi habitación bajada. Entonces oí un ruido considerable de muchas personas que en aquel momento pasaban por la calle de Reyes Católicos, precisamente debajo de la ventana de mi habitación, en el piso bajo de la Casa de Maternidad. Yo me asomé a la ventana un poco oculto detrás de la persiana, y vi, a unos metros solamente de distancia, a unos veinte o treinta milicianos armados y algunas mujeres.
»En el momento de asomarme a la ventana oí que un miliciano dijo: '¡Pararsus!', y, parados, observé con todo detalle las personas de don Pedro Ruiz de los Paños, don José Sala y don Alvaro Cepeda, que estaban uno detrás de otro por el orden que les acabo de mencionar.
»Don Pedro llevaba un blusón de dril; las manos cerca del pecho, con un semblante sereno, y miraba repetidamente al cielo. Don José Sala iba vestido con un blusón de dril y con aspecto sereno. Don Alvaro Cepeda, de paisano, y con nerviosismo.
inmediatamente el miliciano dijo: '¡Pá alante!', y don Pedro y don José anduvieron para adelante, así como don Alvaro, que recibió unos empujones de los milicianos. Entraron andando los tres sacerdotes, delante de los milicianos, en el Paseo del Tránsito, y yo les seguía viendo perfectamente con la cara pegada a la reja de mi ventana, desde la cual iba observando cuanto iba aconteciendo.
»Estando a los pocos metros después de dejar la calle de Reyes Católicos, y muy próximos a un bando del Paseo del Tránsito, los tres sacerdotes dichos, oí una descarga de tiros que se sucedieron en gran número, descarga que hicieron los milicianos que los conducían, con los fusiles y otras armas de fuego que llevaban.
»Yo vi cómo don Pedro cayó inmediatamente boca abajo con las manos extendidas hacia adelante, quedando en esta postura tendido en el suelo. Don José Sala se torció un poquito y también cayó al suelo. Don Alvaro Cepeda también se retorció y cayó boca arriba.
»Así quedaron muertos, y los milicianos inmediatamente se retiraron, volviéndose por donde habían ido y volvieron a pasar por delante de mi ventana. Yo les oí decir: '¡Ya cayeron otros tres; a ver si terminamos con todos!' Desaparecieron, riéndose a carcajadas y celebrándolo ellos y las mujerucas que les acompañaban.
»Los cadáveres permanecieron en el mismo sitio, sin que nadie los tocara, hasta el mediodía, alrededor de la una. Yo mandé varias veces a sirvientas de Maternidad que se acercaran para ver si los habían llevado, comprobando también por mí mismo este extremo; pero no presencié el acto de retirarlos, suponiendo que, como acostumbraban hacer, los subían a una camioneta de las destinadas a recogida de basuras y los llevarían a enterrar» 44.
Duele instintivamente tanto el fusilamiento como el que a sus cadáveres los trataran como basura. Pero en esos momentos ya les había dicho Jesús: «Entra en el gozo de tu Señor» 45.
También el doctor don José Rivera Lema, médico de profesión, fue testigo de la ejecución de los siervos de Dios. Testifica así:
«Yo presencié lo siguiente: Yendo yo por el Paseo del Tránsito, y frente a la sinagoga del mismo nombre, de esta ciudad de Toledo, en un coche, con los milicianos que me guardaban y con una parturienta, a quien yo llevaba para presentarla a la Casa de Maternidad, siendo las nueve y media, o las diez, de la mañana del día 23 de julio de 1936, venían de la parte de Santa María la Blanca hacia el Tránsito unos señores vestidos con un guardapolvo y creo que también con sombrero, a quienes yo reconocí en el momento que eran don Pedro Ruiz de los Paños, don José Sala y don Alvaro Cepeda, los cuales iban conducidos por unos milicianos rojos, los cuales preguntaron a voces a los milicianos que me acompañaban a mí: '¿Qué hacemos con éstos?; porque nos han dicho que no quieren presos.' Entonces se paró el coche en que yo iba, y los milicianos que me acompañaban se bajaron del coche y se llevaron delante de sí a los tres sacerdotes mencionados.
»La manera de conducirse los tres sacerdotes detenidos con los milicianos que los traían era la siguiente, que yo aprecié de cerca con toda claridad: venían los tres en fila, uno detrás de otro, el primero don Pedro, con las manos en alto, en la actitud que se ponen en el ofertorio de la misa, con las palmas hacia el cielo, con una cara sonriente y dulce, juzgando que esa sonrisa provenía del interior ofrecimiento que iba haciendo al Señor de su vida. A continuación don José Sala, el cual iba con la misma humildad con que yo le había conocido siempre, que levantó dos veces la vista para mirarme, que indudablemente me reconoció; pero estaba, como el anterior, en semejante actitud, entregado interiormente a Dios. Llevaba también las manos en alto, apareciendo en la actitud de las mismas estado de cansancio. Por último iba don Alvaro Cepeda.
»Los consideraba a don Pedro y a don José plenamente preparados para el martirio, fundándome principalmente en la actitud que yo observé en ellos.
»Según venía diciendo, los dos milicianos que me conducían a mí bajaron del coche y se reunieron con los milicianos que traían detenidos a los siervos de Dios don Pedro y don José, juntamente con don Alvaro Cepeda. El coche arrancó hacia la Maternidad, y aún no había andado ni cinco metros, cuando oí tres disparos de arma de fuego, de fusil, lo que me hizo pensar que habían caído los tres sacerdotes.
»Al llegar yo a la Maternidad, me dijeron que mirara por la ventana para que viera los cadáveres de los tres sacerdotes; pero yo no quise mirar» 46.
«No le faltaba más que tener las manos, que no podía por llevarlas en alto, en posición del que va a recibir algo que desea mucho» 47.
Desde el primer día fue considerado verdadero mártir. Y muchas personas lo invocan como tal.
JAMAS SE MEZCLO EN CUESTIONES POLÍTICAS
Don Jaime Flores, juntamente con don Tomás Torrente, pudo salir ileso de Toledo, el día 24 de julio de 1936. Se habían refugiado en la casa de un sobrino de don Tomás, y este sobrino les proporcionó un coche para que los llevara a Madrid. En el coche iban algunos milicianos rojos, algunos de los cuales habían sido ejecutores del fusilamiento de don Pedro y don José Sala. Testifica don Jaime: «Tuve la impresión de que los habían matado por las referencias de un miliciano, que decía haber matado a tres sacerdotes aquella mañana del día 23 de julio de 1936, y que le habían dicho que ellos no se habían metido nunca en política; pero que, a pesar de ello, por ser curas, los habían matado» 48.
Lo mismo aseguran los demás testigos: «Ninguno de los cuatro siervos de Dios se mezclaba en las cuestiones políticas o sociales que en España se debatían... Don Pedro, al advenimiento de la República, intensificó su acción pastoral sobre los colegiales españoles para que no se deprimieran y para que hicieran actos de reparación por España... En todo momento dio la nota sobrenatural sobre los acontecimientos tristes de nuestra nación» 49.
«Nunca se mezcló en cuestiones políticas, sino al contrario, nos educó para que estuviéramos siempre por encima de toda política de partido» 59.
Dice un condiscípulo del siervo de Dios: «No se mezclaron en las cuestiones políticas y sociales que en España se agitaban en tiempos de la República, pero sí consideraban los procedimientos que empleaban los gobernantes de la República como persecutorios de la Iglesia y que se avecinaba la revolución; así nos lo dijo don Pedro públicamente en la Semana pro Seminario, en una reunión de condiscípulos, diciéndonos que debíamos estar preparados para la persecución y para ser mártires» 51.
Don Buenaventura Pujol dice: «Respecto a las cuestiones políticas y sociales quería que nosotros viviéramos muy al margen de ellas y que nos dedicáramos a intensificar la vida interior, como consta en las cartas de sus últimos años» 52.
Son bastantes las cartas que le dirigió don Pedro en este sentido. Le dice el día 26 de enero de 1936: «Por España, mucho movimiento electoral. A mí me parece muy bien que los que están encargados de eso, lo hagan, y que nosotros, con tener un poco conocimiento de la cosa y ver por dónde andamos, tenemos bastante. Porque unas cuantas oraciones, aunque no sea más que una, delante de Nuestro Señor y con su mano omnipotente, me parece que harán más al caso que los cabildeos y periódicos y cosas; en nuestras manos, se entiende. En todas las manos serán menos que una oración; pero para nosotros, sobre todo, la oración tiene mil veces más fuerza que la lectura de diez mil periódicos» 53.
El día 18 de abril de 1936 le dice: «De cosas de la nación no te digo nada, porque la prensa las dice ahí antes; de aquí llegan apolilladas. Y además, es mejor no darlas. Vamos pasando y esperando que venga la solución, la cual no ha de ser breve ni tranquila. Muchas oraciones sí que hacen falta» 54.
Y el día 24 del mismo mes: «No hay ningún seminario cerrado. Son movimientos de pocos días. Salen y vuelven. Incertidumbre, mucha. Pero ya veremos: ellos quieren ser dioses; y eso no puede ser. El Señor dirá basta cuando le parezca. Cuando nos corrijamos. Es muy necesaria una crisis como ésta. Todo tendrá su fin, y purificado... Nada más por hoy. Encomendadnos mucho al Señor. Nos acercamos a días críticos. El está sobre todo. Para ti coraggio a montones. Estamos unidos a Dios» 55.
Ahora bien, como Director General de la Hermandad vivía la preocupación y solicitud constantes por cada uno de los Operarios y por cada una de las casas. Quería saber de todos y dar a todos alientos en horas tan difíciles. Escribía, a raíz de las elecciones del 16 de febrero de 1936, a don Vicente Pereda: «Deseo saber, ante todo, cómo les va en estas circunstancias poselectorales. Aquí hemos tenido un poco de peligro, y pasado también una buena parte de susto. Ahora nos han tranquilizado; pero creo que será relativamente nada más, porque el panorama nacional no se presenta nada agradable. Si en las grandes capitales no se producen desórdenes, es de suponer que aquí tampoco. De todos modos, como digo antes, deseo saber cuanto antes lo que vaya ocurriendo en las casas, en este sentido... Que tengan ánimo esos Operarios, que el Señor todavía vive y nos defenderá a todos» 56.
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Don José Sala Picó
Buenísimo y humilde operario
CAPITULO VIII
SÍNTESIS BIOGRÁFICA DEL SIERVO DE DIOS JOSÉ SALA PICO
Nació el día 24 de junio de 1888 en Pons, provincia de Lérida y diócesis de Seo de Urgel. Sus padres —Jacinto y Josefa— eran profundamente cristianos. Don José era el mayor de los doce hijos con que Dios quiso bendecir aquel matrimonio.
Una de las pocas cosas de las que presumía y se gloriaba el siervo de Dios era de su familia. «Siempre le oí hablar encomiásticamente de su familia muy cristiana. Gloriábase de que cuatro de los hijos con que Dios había favorecido el matrimonio de sus padres se hubiesen consagrado a Dios: él en el sacerdocio y tres hermanas en la vida religiosa» 1.
Su padre falleció el día 29 de marzo de 1926. Y en las cartas de ese año, él, que era tan humilde, habla muchas veces de su padre. Dice el 12 de enero de 1926: «Espero cualquier día una noticia desagradable de mi casa, porque mi padre cada día está peor, según las últimas noticias. ¡Dios sea bendito!» 2.
El 8 de marzo de 1926 dice al Director General: «Muy agradecido por el recuerdo de mi buen padre. El pobre ya no es planta de este mundo. Noticias buenas de su salud corporal no podemos esperarlas, si no es por un milagro. Por lo demás, estamos todos muy consolados con el recuerdo de su santa vida» 3.
Y el 31 de marzo de 1926: «En estos precisos momentos en que estoy escribiendo estas líneas se estará celebrando en Isona el funeral y entierro de mi amado padre, q. e. p. e.
»Falleció anteayer, a media noche. No tengo otras noticias que las de tres telegramas que he recibido estos dos días pasados. En el primero me comunicaban la gravedad, en el segundo la defunción y en el tercero que estaba allí mi otro hermano de Barcelona, y que hoy era el funeral...
»Temiendo lo que las noticias posteriores han confirmado, que no llegaría a tiempo ni para el entierro, suspendí el viaje que había proyectado en el primer cambio de impresiones con don Juan José» 4.
INFANCIA DEL SIERVO DE DIOS
Tanto su hermano Ramón como su hermana sor Teresa de Jesús afirman que siempre fue muy dócil y obediente. Jamás tuvieron que reprenderlo por nada 5.
Y es que don José fue formal desde siempre. «El rasgo más destacado de don José fue su gravedad, su formalidad en todo» 6.
A los nueve años de edad se fue a vivir con su tío sacerdote, párroco de Ordino, en Andorra. Dice su hermano Ramón: «Mi tío procuró darle a él, lo mismo que a mí también, una educación muy esmerada y piadosa, haciendo las veces de un verdadero padre con nosotros» 7.
Don José Sala siempre demostró la gratitud más sincera a su tío. Escribe el 25 de septiembre de 1926: «A mi madre la dejé me-dianilla. No ha podido digerir el golpe que recibió con la muerte de mi padre, E. P. D. He acompañado unos días a mi tío cura, hermano de mi malogrado padre, que, por cierto, está también muy trabajado y en peligro de quedar pronto completamente inutilizado. Lleva más de cuarenta años de ministerio y veinte los pasó entre nieves en el Principado de Andorra» 8.
El día 6 de agosto de 1927 escribe a don Joaquín Jovaní, recién elegido Director General de la Hermandad: «Estoy actualmente pasando unos días al lado de mi tío, cura de este pueblo (Liñola), de la provincia de Lérida. El pobre es de alguna edad y necesita cariño. El me dio la carrera y todo lo que haga por complacerle es poco. Este invierno pasado estuvo tan grave, que llegó a recibir la santa unción. 9.
VOCACIÓN SACERDOTAL. SEMINARISTA
Sus hermanos declaran que desde muy pronto observaron en él una decidida inclinación al sacerdocio y que siempre se sintió llamado por Dios 10.
Con su tío estudió los años de Latín y Humanidades en Andorra. La Filosofía y Teología las cursó, como alumno interno, en el Seminario de Seo de Urgel, donde terminó los estudios para el sacerdocio y recibió la ordenación sacerdotal 11.
Como seminarista también hizo honor a su característica de formalidad. Declara su hermana: «Recuerdo su comportamiento en tiempo de vacaciones, que lo pasaba en nuestra casa, siendo un seminarista ejemplar. Iba siempre en compañía de los sacerdotes que había en el pueblo y de otros seminaristas; nunca tuvieron que reprenderle en nada, puesto que era muy recatado en el trato con todos. En casa se dedicaba al rezo de sus oraciones y también a hacer algún dibujo. Pero la mayor parte del tiempo lo pasaba con el señor párroco y en la iglesia. Parte de las vacaciones las pasaba en Andorra, en casa de un tío sacerdote» 12.
El siervo de Dios tenía gran facilidad y afición al dibujo. El mismo pintaba motivos religiosos en tablas y cartones que sobreponía en unas telas para adornar el monumento del Seminario de Toledo para el día de Jueves Santo 13. Así hablan de ellos sus alumnos: «Artístico monumento (el mejor de Toledo, así de clarito), obra de nuestro señor rector» 14.
Su hermano Ramón recuerda cómo pasaban muy buenos ratos, en Andorra, entretenidos con juegos piadosos: «Cuando ya era seminarista, pasábamos en el referido pueblo, con nuestro tío, las vacaciones, y comulgaba con frecuencia y asistía a todas las funciones religiosas de la iglesia. Algunos días salíamos de paseo, y también de caza y de pesca, con el vicario de la parroquia. Recuerdo que, por aquellas fechas, mi hermano José construyó, en una de las habitaciones, una especie de capilla con todos los utensilios sagrados en pequeño, y nuestra tía, que vivía también con nosotros, nos hizo los ornamentos en pequeño, que después nosotros utilizábamos, imitando las funciones religiosas. Inclusive estaba puesto un trono episcopal y teníamos pectoral, haciendo uno de nosotros el oficio de obispo» 15.
El tío sacerdote de don José Sala era hombre práctico. Quizá no habría estudiado mucha pedagogía, pero sabía que los muchachos no podían permanecer ociosos. Lo recuerda también el hermano del siervo de Dios: «También en nuestra juventud nuestro tío nos hacía trabajar corporalmente en unos trozos de terreno que cultivábamos, con el fin de que estuviéramos ocupados» 16.
SACERDOTE DE LA DIÓCESIS DE SEO DE URGEL
Como ya hemos dicho, cursó los estudios de Filosofía y Teología en el Seminario de Seo de Urgel. Recibió la prima clerical tonsura el día 18 de diciembre de 1909. Ese mismo día le confirieron las órdenes menores. En las témporas de San Mateo del año 1910, el subdiaconado. Fue ordenado diácono el día 20 de diciembre de 1910. Recibió el presbiterado el día 15 de abril de 1911.
Ejerció varios ministerios en su diócesis. «El primer cargo que desempeñó fue el de vicario de Guissona, donde estuvo poco tiempo; después fue nombrado capellán de la granja de Liñola, llamada 'San Vicente'. En este cargo no solamente tenía que atender a la cura de almas con las familias de los colonos, sino también a la administración de la finca. Recuerdo que varias veces me dijo entonces que, así como le agradaba mucho emplearse en los ministerios sacerdotales de catequesis, visitas de enfermos, confesonario, etcétera, le desagradaba tenerse que ocupar de los asuntos temporales de la administración, y por esta razón pidió al señor obispo que le relevara de aquel cargo» 17.
Fue coadjutor de Pallas, Balaguer y Bergamuy. Desde este último cargo marchó a la Hermandad de Operarios Diocesanos 18.
La fama que el siervo de Dios tenía en su diócesis queda reflejada en la carta que su obispo, futuro cardenal de Burgos, don Juan Benlloch y Vivó, escribió al Director General de la Hermandad, el día 4 de mayo de 1914, cuando don José Sala le pidió permiso para ingresar en la Hermandad:
«Esta tarde se me ha presentado don José Sala, joven vicario de un anejo de esta parroquia (Aren), participándome sus deseos de ingresar en esa mi amada Congregación de Operarios Diocesanos. Es un sandio, y no me desprendería de él fácilmente; pero, para dárselo a usted, hago gustoso el sacrificio. Tiene, pues, mi permiso y ahí irá dentro de breve tiempo» 19.
SACERDOTE OPERARIO DIOCESANO
Fue admitido en la Hermandad como probando el día 12 de agosto de 1914.
La inclinación al sacerdocio sus hermanos la vieron desde siempre. Y dice su hermano Ramón: «También fui sabedor y confidente de su vocación a la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos, a la que fue por su mayor santificación y poder trabajar más en beneficio de las almas» 20.
La hermana del siervo de Dios, sor Teresa, nos ofrece unos datos preciosos, muy característicos de don José, cuando iba a ingresar en la Hermandad: «Sobre la vocación a la Hermandad de Operarios Diocesanos, siendo ya sacerdote, nos dijo a las dos hermanas mayores que deseaba marchar a dicha Hermandad, preguntándonos qué pensábamos hacer nosotras, si ser religiosas o no, porque no hubiera deseado dejarnos solas, y así él nos inclinó al estado religioso, y efectivamente, después de a Dios, a él le debemos ambas ser religiosas de este convento. Mi hermana falleció aquí hace seis años» 21.
Le llevó a la Hermandad la facilidad que ésta le proporcionaba para «corresponder a la gracia de su vocación con aquella generosidad que su corazón le exigía... Le oí decir que estimaba grandemente su vocación a la Hermandad por cuanto ésta tiene como misión especial la formación de sacerdotes» 22.
Emitió sus votos trienales el día 12 de agosto de los años 1915, 1918 y 1921. También el 12 de agosto del año 1924 sus votos indefinidos.
UN GRAN CORAZÓN
Don José Sala, al exterior, parecía despegado, hasta un poco seco; pero tenía un corazón enorme. Quería de verdad. Testifica don Anastasio Granados: «Todos destacan su virtud, prudencia, austeridad y particularmente su caridad casi maternal con los seminaristas latinos del Seminario Menor, que él regía, especialmente con los enfermos» 23.
Un detalle de su sensibilidad lo ofrece en la carta que escribe el 15 de diciembre de 1915, a raíz de la muerte inesperada de su rector en el Seminario de Segovia, don Ignacio Arenas Tejerina. Abre su corazón, con la sencillez que le caracterizó toda la vida, al Director General de la Hermandad: «A su tiempo llegó a mis manos su muy grata del 25 del pasado; ¡no pensé, al recibirla, que cuando le contestara me llamarían huérfano! Pero Dios lo ha dispuesto así, ¡sea su Santo Nombre bendito! En medio del dolor que nos causaba la prematura pérdida de nuestro buen padre y hermano don Ignacio (q. s. g. h.), nos resignaba y edificaba su cristiana preparación para tan doloroso como inevitable trance. La comunidad quedó abatidísima, y por los ojos de todos, especialmente de los del Mayor, corrieron abundantes lágrimas» 24.
Dice un sacerdote que fue alumno del siervo de Dios: «Don José Sala era muy sencillo y muy interesado a favor de los chicos; de carácter muy abierto y muy sensible para todo, pues tanto lloraba de emoción en las cosas agradables de los seminaristas como se apenaba por las cosas tristes de los mismos. Llamaba la atención la docilidad que tenía al rector del Seminario Mayor, que de alguna manera se le consideraba superior suyo; y todos los que le conocimos guardamos grato recuerdo de él» 25.
Se alegraba muy de verdad del éxito de los demás, con tal que él pudiera permanecer en la penumbra. A don Ignacio Arenas sucedió en el Seminario de Segovia, como rector, don Enrique Bernad, y le parece una persona estupenda y se goza de los triunfos que consigue. Escribe en carta del 18 de febrero de 1916: «Don Enrique se va enseñoreando, gracias a Dios, del ánimo de nuestra buena comunidad: han visto en él un hombre entero, de carácter y del todo espiritual, y escuchan con gusto sus pláticas.
»Por otra parte, les trata, en particular, con mucha suavidad; de manera que, por lo que afecta al régimen interior, seguimos bien. La comunidad está bien dispuesta y se presta a todas las formas que quiera dársela, con mucha docilidad. Me decía un diácono el otro día que don Ignacio (e. p. d.) había conseguido esta docilidad y buena forma exterior de los seminaristas de Segovia, y que este nuevo señor director estaba llamado a dar un paso más, que completara la obra del anterior, logrando que estas buenas formas exteriores no sean obra de la hipocresía, sino reflejo del buen espíritu interior» 26.
Pero el camino de la vida suele presentar más espinas que rosas. En Segovia tenían un obispo de «armas tomar». Con gran eufemismo decía don Benjamín Miñana que era un «obispo extrañito». Era capaz de poner los nervios de punta a cuantos giraban a su alrededor.
Sigue diciendo, en la misma carta, don José Sala: «¡Ojalá pudiera decirse lo mismo de nuestras relaciones con los de arriba! Pero, puesto que Dios nos quiere, justo es que nos abracemos con ésta, que seguramente es nuestra cruz, en esta bendita residencia.»
Se sentía muy feliz en Segovia. Acostumbrado a los fríos de Andorra, no le asustaban los fríos castellanos, a pesar de que, según cuenta en carta de 20 de diciembre de 1915, han estrenado calefacción en la enorme iglesia del Seminario de Segovia, y aquello era un atisbo de calor: «La calefacción de la iglesia ya funciona, pero no se podrían tostar en ella castañas» 27.
LA PRUEBA MAS DURA
Quien se entrega a Dios ha de seguir el camino de la cruz. Y la cruz aparece casi siempre por donde menos se esperaba.
Ya vimos cómo su hermano Ramón decía que don José Sala pidió el relevo de capellán y administrador de la granja San Vicente porque le desagradaba tener que tratar con dinero. Le daba verdadero asco el dinero. Le molestaba.
Vivía feliz en Segovia, y un día... le cargaron con el cargo de administrador del Seminario. Sufrió muchísimo. Registra don Benjamín Miñana en su crónica, el día 18 de octubre de 1916: «El mayordomo de Segovia, José Sala, escribe que está más tranquilo,, pero que la tempestad que pasó ha sido horrorosa» 28.
Don José era un Operario cabal. Actuó tal como indica el Fundador de la Hermandad, Beato Manuel Domingo y Sol, cuando dice: «A nuestros Operarios se les permite, y hasta se mandará que manifiesten no sólo las razones que vean de la imposibilidad de la cosa, sino aun de la repugnancia que sienta en ella y gusto que siente...
»Si está completamente indiferente, mayor perfección será y que lo diga así con sinceridad. Si no lo está, aunque la voluntad esté dispuesta, que manifieste su inclinación. Si después de manifestada, se le vuelve a indicar que lo haga, a pesar de su sincera manifestación de repugnancia, que lo practique, pero con cordialidad, y estará más seguro de cumplir así la voluntad de Dios, que hará milagros por él» 29.
Don José Sala expone a don Benjamín Miñana su ninguna inclinación, más aún, su positiva repugnancia por el cargo que le confían, en una carta deliciosa que escribe el 19 de septiembre de 1916. Merece la pena transcribirla, aunque resulte un poco larga:
«Hablando con la confianza de un hijo a su padre, me perdonará que le exponga mi criterio sobre el cargo que han confiado a mi persona desde esa superioridad. Creo, en primer lugar, que debí ser más explícito con usted en Tarragona, cuando quiso confiarme el cargo de mayordomo de este Seminario. Pero soy de carácter tan tímido, que no tuve valor para oponerme a la proposición de usted, a pesar de estar plenamente convencido de que había de ser perjudicial para los intereses de la Hermandad y para el bien de mi alma el desempeño de tal cargo.
»Hoy, pues, que he visto ya de cerca algunas dificultades más y me he ratificado en las convicciones de antes, debo manifestarle que sería mi voluntad no continuar en el referido cargo, no porque pretenda huir del trabajo, sino porque creo que, de continuar en él, no he de estar un momento tranquilo. Ahora mismo llevo unos días sin encontrar gusto en nada, y con ganas siempre de llorar.
»La vista del dinero me da asco y me molesta. El tener que tratar con la gente de fuera para las compras es cosa que no la puedo resistir, pues no tengo carácter para ello. Me engañarán miserablemente, y la Hermandad saldría mal parada... Créame, don Benjamín, por experiencia propia sé que no sirvo para mayordomo. Lo he sido y quedé mal por falta de entereza y de carácter y de picardía.
»He querido escribirle ahora porque, como no han empezado el curso todavía en algunas casas, puede que le sea factible una combinación con el personal de fuera. De lo contrario, me parece que don Juan Mas es detallista y no había de hacerlo mal.
»Tenga compasión de mí y reléveme de este cargo. Don Enrique Bernad me parece que me ha mirado siempre con lentes de gran aumento y mi endolinfa o bobería le ha engañado. Además, estoy navegando en este cargo contra corriente y contra todas mis aficiones y aspiraciones.
»Siento mucho haberle de escribir en esta forma, pero lo he hecho porque he creído que, en conciencia, debía hacerlo para tranquilidad mía, bien de la diócesis donde opero y de la Hermandad de que tengo la honra de formar parte. Perdóneme, pues, por las molestias que con la presente he podido ocasionarle. Lo he pensado todos estos días y no me atrevía a comunicárselo; pero, por fin, he querido escribirle, pues la intranquilidad y la tristeza no desaparecen, antes al contrario, cuanto más van pasando los días..., más me confirmo en la convicción de la conveniencia de ser relevado» 30.
El 23 de septiembre de 1916 dice don Benjamín Miñana en su Crónica: «Escribo al buenísimo Operario José Sala, deshaciendo sus escrúpulos en lo de admitir la mayordomía de aquel Seminario y animándole» 31.
El rector del Seminario, don Enrique Bernad, también da cuenta al Director General del estado de ánimo y del sufrimiento que está pasando el siervo de Dios. Dice en carta del 20 de septiembre de 1916: «Advierto un desaliento muy pronunciado en Sala respecto de su nuevo cargo y que me tiene muy intranquilo. Procuro alentarle con la idea de mi solidaridad en sus gestiones en mayordomía y la de que la obediencia hace verdaderos milagros. Además, he procurado hacerle ver que ese ministerio es tan propio del Operario como el de la dirección espiritual. Pero como muchas veces la repugnancia no se contrarresta por las razones, temo que, al paso que va, caiga enfermo» 32.
Su reacción ante los consejos y alientos del Director General y de los consejos del rector es sencillamente maravillosa. Como estaba convencido de que no servía para el cargo, en primer lugar trató de que otro se encargara, si lo hacía con gusto; luego, acepta, fiado en Dios, que le habla por medio de los superiores.
Escribe el día 25 de septiembre de 1916: «Hoy llegó a mis manos su muy grata del 23; la he leído y releído; he consultado luego con don Enrique, y casi estaba dispuesto a declinar el cargo en favor de don Juan, pues todos estos días he estado intranquilo, aunque, en parte, puede ser debido al movimiento extraordinario que hemos tenido unos días en esta casa, por haber querido el señor obispo que se alojaran en ella veintiséis músicos de Madrid que han venido para las fiestas de la coronación de la Patrona de la capital.
»Hemos preguntado, con don Enrique, a don Juan si le repugnaría encargarse de la mayordomía, y aunque ha puesto algún reparo, con todo parecía que no le sentaba mal el referido cargo.
»He estado luego a solas con don Enrique, y después de haber meditado la carta de usted, hemos resuelto, de momento, dar largas al asunto hasta Navidades. Lo más peligroso será si no puedo, en adelante, contener las lágrimas delante de la comunidad y se percatan los muchachos de mi intranquilidad.
»Yo estoy dispuesto a hacer este nuevo sacrificio. Le suplico me tenga presente en sus oraciones, a fin de que, si es tentación lo que sufro, sepa resistirla con valentía.»
Don José Sala era un catalán muy práctico. Tenía gran sentido común y sabía muy bien que aceptar hasta Navidades equivalía a aceptar del todo.
«Si puedo llegar bien hasta Navidades, espero también poder llegar a fin de curso.
»Lo que me pasa, no me lo explico. Una cosa parecida me ocurrió en los seis meses que estuve de mayordomo en una granja agrícola de mi diócesis.
»Esta tarde parece estoy más tranquilo y animado; veremos si será duradera esa tregua de relativa paz y tranquilidad. Perdóneme las molestia que le haya ocasionado con mis tonterías» 33.
Decía el Beato Manuel Domingo y Sol que, obedeciendo cordialmente, se cumple la voluntad de Dios y El hará milagros. El rector del Seminario de Segovia le había hecho ver a don José Sala que la obediencia hace verdaderos milagros. Y así lo reconoce el siervo de Dios en carta del 16 de octubre de 1916, viendo las cosas en clave de fe: «Estoy cambiando, pues encuentro hasta satisfacción en muchas cosas que antes ni siquiera podía pensar, relativas al cargo que se me ha confiado» 34.
Y don Enrique Bernad escribe el día 27 de octubre de ese año: «Sala está metido con sus cinco sentidos en mayordomía y la desempeña muy bien. Para que no todo sean garbanzos, le he encajado la obligación de reconciliar a diario a los muchachos que lo necesiten y lo busquen» 35.
Dos cursos había actuado como prefecto de disciplina en el Seminario de Segovia y otros dos estuvo como mayordomo del mismo. Al comenzar el curso 1918-1919 fue destinado al Colegio de San José para Vocaciones Eclesiásticas de Toledo, donde había ido como director el curso anterior don Enrique Bernad.
EN TOLEDO
Salió con dirección a Toledo el día 9 de septiembre del año 1918. Parece que le costó un poco la salida de Segovia. Escribe el rector del Seminario de ésta, don Manuel Grau, al Director General, en carta del 10 de septiembre de 1918: «Ayer salió Sala para Toledo, y le encontré desanimado y disgustado; le hice algunas reflexiones y parece se entonó» 36.
Don Benjamín Miñana había escrito a don Enrique para que recibiera muy bien —como se lo merecía-— a don José Sala. Y don Enrique contesta el 11 de agosto de 1918: «Quiero tanto a Sala, que no hacía falta su consejo de que le reciba con los brazos abiertos y mucha alegría. No necesito hacer ningún esfuerzo para ello, aunque hayamos estado un año sin escribirnos» 37.
Fue prefecto de disciplina en el Colegio de San José desde el curso 1918-1919 hasta 1923-1924, cuando el Colegio de San José quedó convertido en Seminario Menor de Toledo: Seminario Menor de Santo Tomás de Villanueva.
«Don José Sala desempeñó el cargo de director del Seminario Menor de Santo Tomás de Villanueva, aquí, en Toledo, siendo el primer rector del mismo» 38.
Don José Sala era un perfecto cumplidor de sus deberes y enseñaba a los seminaristas a cumplir los suyos de corazón.
A él le gustaba que lo exterior no fuera obra de hipocresía, sino reflejo del espíritu interior. Jamás se dejó llevar de la popularidad a base de concesiones a la galería. No le gustaba vivir en olor de multitud. Dice el director del Colegio de San José de Toledo: «Tengo por muy bueno a Sala, y no tiene popularidad, porque hace cumplir» 39.
Su afán era «presentar el reglamento como el medio ordinario y el más eficaz de santificación» 40.
Le dolía que algunos educadores o formadores no supieran adaptarse a las circunstancias, que carecieran de sentido común, que no estuvieran pendientes del bien de los alumnos. En carta del 13 de noviembre de 1928 se atreve —dado su carácter, resulta en él casi una osadía— a decir al Director General. «Por Dios y por los santos, don José Avila, que dé a los probandos buenas dosis de sentido común, para que puedan exigirlo a sus subordinados. Triste es decirlo, pero algunos Operarios son muy buenos teóricos; pero, como hombres prácticos, son una calamidad. No saben exigir. Parece que, cuando están con la comunidad, no ven, ni oyen, ni tienen alma. Perdone la expresión. A casi todos nos tocará algo el mea culpa. Que Dios nos bendiga y saque bien de todas estas deficiencias, que no proceden de mala voluntad» 41.
RECTOR DEL SEMINARIO MENOR DE TOLEDO
El día 23 de agosto escribe en su Crónica don Benjamín Miñana: «Don José Sala escribe que acepta la dirección del Colegio de Toledo, confiando en Dios» 42.
Su actuación al frente del Seminario Menor es unánimemente elogiada por cuantos lo conocieron y trataron, sobre todo por quienes fueron alumnos suyos.
Dice el sacerdote toledano don Ángel Rodenas Montañés: «Don José Sala fue rector del Seminario Menor de Toledo durante muchos años, cargo que desempeñó muy dignamente, interesándose por la formación espiritual y por la ayuda material de los seminaristas, favoreciendo especialmente a los pobres» 43.
Don Victorio Garrido Moset, que también fue alumno del siervo de Dios, testifica: «Desempeñó el cargo de rector del Seminario Menor muy extraordinariamente, fomentando mucho la vida de piedad en los seminaristas, dándoles puntos de meditación casi diariamente, orientándoles también para que llevaran la dirección espiritual fructuosamente. También fomentaba mucho nuestro interés por el culto y la liturgia, promoviendo nuestro interés para hacernos vivir los tiempos litúrgicos del año» 44.
A todos llamó la atención el cariño verdaderamente maternal del siervo de Dios para con sus seminaristas, especialmente para con los enfermos. Dice un testigo, sacerdote Operario: «Desempeñó sus cargos muy bien, con prudencia y discreción y mucho celo, atendiendo muy bien a los seminaristas, para los que era como una madre, especialmente con los enfermos» 45.
La hermana del siervo de Dios, sor Teresa, dice: «Sé que atendía a todas las necesidades espirituales y temporales de los seminaristas. Recuerdo que me decía que tenía que hacer de madre de los pequeños, inclusive teniéndoles que coser los zapatos. Sé que todos los seminaristas le querían mucho» 46.
«Don José era estimado y lo consideraban sus superiores como un rector de los mejores, y con sus súbditos se portaba como un padre» 47.
Don Casimiro Sánchez Aliseda, que tanto trabajó por promocional- la liturgia en España, declara que el siervo de Dios José Sala Picó era muy competente en el gobierno del Seminario, «sabiendo adaptarse a los niños y comprenderlos. Además, era metódico, ordenado y de gran ingenio en ciertas cosas, como el monumento de Semana Santa, que él mismo había hecho. Era también candoroso y mortificado. El recuerdo, ligado a mis años infantiles, es muy grato... Ante mi recuerdo aparece como el rector ideal para los niños por su abnegación y dedicación a ellos, tanto que él hacía también de mayordomo y llevaba la contabilidad de nuestros pequeños gastos.
»Recuerdo particularmente su amor a la liturgia, y él fue quien nos animó a comprar un misal en segundo de Latín y, de hecho, en sus tiempos casi todos los alumnos llegaron a tener misales para seguir mejor la santa misa» 48.
El sacerdote operario don Guillermo Valle Salomón actuó con el siervo de Dios en el Seminario Menor de Toledo los dos últimos cursos. A los tres meses de convivir con él escribe, el día 24 de diciembre de 1934: «Cada día me gusta más el sistema de don José» 49. Y en el proceso declara: «Para mí, era el modelo de rector del Seminario Menor en aquellos tiempos. Se preocupaba grandemente de la formación espiritual de los alumnos. Todos los días daba la meditación hablada y todos los días les hacía la lectura espiritual comentada. Era muy amante de solemnizar las funciones litúrgicas y las fiestas con cánticos y procesiones...
»Rezaba el oficio divino en el coro y se confesaba semanalmente en la misma iglesia delante de los seminaristas. En el aspecto material también llevaba magníficamente el Seminario; se preocupaba de que hubiese mucha limpieza y orden en todo, procuraba que la comida fuese abundante y buena.
»A pesar de su aspecto de dureza externa, tenía un cariño como de madre para con todos» 50.
PERFIL DE SU ACTUACIÓN
Lo dejó reflejado el mismo siervo de Dios en una relación que pidió a todas las casas el siervo de Dios Pedro Ruiz de los Paños, Director General de la Hermandad, y que don José Sala contesta el día 8 de mayo de 1934. Dice así:
«En respuesta a lo que se pide en la 'Hoja Mensual' de marzo:
»1.° Casi todos los días adaptación por un superior de la meditación a las necesidades del día del seminarista. [Esta adaptación la hacía diariamente el siervo de Dios.]
»2.° Casi todas las noches, en la primera mitad del curso, instrucción de diez o quince minutos, encaminada a hacer vivir sobre-naturalmente el reglamento, desde el despertar de la mañana hasta el despertar de la mañana siguiente, analizando paso a paso, con toda detención, las distintas acciones del día: la piedad en sus variadas manifestaciones, el estudio, la disciplina. [También sabemos por los testigos que corría a cargo del siervo de Dios. Y esto durante catorce años.]
»3.° Se dan normas para la meditación, exámenes, confesión y comunión sin rutinas y provechosas; visitas particulares a la capilla, lecturas, etc. En una palabra, se presenta el reglamento como el medio ordinario y el más eficaz de santificación. [En este punto era muy mirado el siervo de Dios.]
»4.° También se tienen conferencias y prácticas litúrgicas para intervenir en los actos de culto, singularmente en la santa misa, rezada y cantada, recomendando el uso del misal a los que sólo asisten.
»5.° Los sábados se tienen conferencias y prácticas de urbanidad, media hora; los domingos, media hora, lección y explicación del catecismo diocesano.
»6.° También los sábados se tienen breves ejercicios de declamación.
»7.° Los alumnos de 3." y 4.° de Latín se ejercitan en preparar composición para El Correo Josefino, bajo la dirección de un superior.
»8.° Se dan temas para desarrollar en las vacaciones de verano, apropiados a los estudios que tienen realizados y para que se acuerden de conservarse seminaristas.
»9.° Al final del curso se leen los opúsculos La perseverancia del seminarista y Las vacaciones del seminarista.
»10.° Al salir de vacaciones les entrega el padre espiritual, uno a uno, hojas de Ratio mensis, para que den cuenta cada mes de su conducta espiritual durante el verano y puedan recibir normas y alientos.
»11.° Se les recomienda que escriban todos los meses al rector y se les contesta, avivando en ellos el fuego sagrado de la vocación.
»12.° Practican todos los años cuatro días completos de ejercicios espirituales, antes de la fiesta de Cristo Rey, y todos los meses el retiro con una plática y dos meditaciones habladas.
»13.° En la segunda mitad del curso tienen lectura, por la noche, con comentarios, y de cuando en cuando se reproducen instrucciones hechas en la primera mitad del curso sobre piedad, liturgia, estudio, disciplina.
[A continuación señala un punto importante, que llamó la atención de don Casimiro Sánchez Aliseda. Ya hemos visto que al siervo de Dios le daba verdadero asco el dinero, que le proporcionaba auténticas angustias la administración. Pero porque el llevar las pequeñas cuentas de los alumnos le facilitaba un trato más asiduo con cada uno de ellos en particular, pudiendo hablarles más veces en privado e individualmente, se cargó gustoso con esta tarea. Don José creía en la formación personalizada.]
»14.° Por cuidar el rector de la administración, todos se ponen en contacto con él con frecuencia. Se aprovechan estas ocasiones para corregir y alentar a solas a los que lo necesitan» 51.
DESPEGÁNDOSE DE LA TIERRA
Hombre tan sensible y con tanto sentido de la rectitud y la justicia, sufrió mucho los últimos meses de su vida viendo los derroteros por donde llevaban a España los gobernantes antirreligiosos, antipatriotas. Escribe el día 2 de marzo de 1936: «Por don Andrés Verge hemos sabido algo de sus preocupaciones después del fatídico 16 de febrero. Tampoco aquí han faltado inquietudes. Por el presente nos dejan vivir. ¡El Señor derramará, como siempre, sus misericordias sobre nosotros!»
Pero todas sus inquietudes y zozobras se resuelven en esta frase con que culmina la carta: «Un motivo más para despegarnos de la tierra».
Veía la desbandada que podía surgir en el Seminario, y le preocupaba sobre todo la vocación de sus seminaristas. Dice también en la misma carta: «Han intentado algunos padres llevarse los chicos, por miedo. El prelado no ha querido y todos continúan» 52.
El día 16 de marzo de ese mismo año 1936 ve cómo se va llenando de tormentas el horizonte: «Por el momento continuamos la vida normal. Los sucesos de la semana pasada produjeron algún desasosiego, pero ahora las noticias son más optimistas... Esperamos que nos dejarán terminar el curso en paz. La perspectiva gris es para lo futuro. ¡Dios sobre todo!» 53.
Una de sus últimas cartas es del día 1 de abril de 1936, primer centenario del nacimiento del Beato Manuel Domingo y Sol. Escribe al siervo de Dios Pedro Ruiz de los Paños, y le dice: «Por hoy todavía vivimos. Mañana, Dios dirá. Mucho se habla de próximos y graves acontecimientos. El prelado aparece muy sereno.
»Que nuestro padre Fundador, desde el cielo, nos alcance del Señor misericordia. Se lo pedimos al conmemorar el centenario de su aparición en la tierra.»
Le da noticia de dos sobrinos que don Pedro tenía en el Seminario Menor de Toledo, y añade:
«Dicen que en la Casa del Pueblo entran las armas con todo descaro y que las modistillas no dan abasto a la confección de trajes y emblemas comunistas.
»¡Dios nos coja bien dispuestos!» 54.
Como si intuyera que alguna de aquellas armas iba a segar la vida de los siervos de Dios dentro de muy pocos meses.
CAPITULO IX
VIRTUDES DEL SIERVO DE DIOS JOSÉ SALA PICO
Ya han quedado de manifiesto, a lo largo de la síntesis biográfica, muchas de las virtudes del siervo de Dios. Iremos viendo en este capítulo con más detención algunas de las virtudes que destacan las personas que lo trataron más de cerca.
TODO PARA EL SEÑOR
Lo primero, Dios. Ese era el lema de don José Sala. «Para él, la capilla era lo principal, y sus ahorros y las limosnas que podía obtener se invertían en ornamentos, flores, etc. El altar en los días de fiesta o durante el mes de mayo era un trasunto del cielo. Cada año había de presentar una mejora, una sorpresa. ¡Cómo recorría los almacenes de Barcelona en busca de objetos para la capilla de su colegio de Toledo! Así no faltaba nada allí y todo era rico y hermoso» 1.
Dice un antiguo alumno suyo: «Poseyó una piedad muy acendrada, manifestada en su devoción al Santísimo Corazón de Jesús, a la Virgen Santísima y a San José, de quien aseguraba que era el verdadero Amo de la Casa» 2.
Su hermano Ramón declara: «En él predominaba la devoción a la Santísima Eucaristía, Sagrado Corazón de Jesús y a San José. Las fiestas del Santísimo, en el Corpus, las preparaba con mucha ilusión y entusiasmo, haciendo arcos y otros adornos. Yo veía cómo se preparaba durante bastante tiempo para la celebración de la santa misa y cómo, después de ella, prolongaba durante mucho rato la acción de gracias» 3.
Otro de sus antiguos alumnos testifica: «Era profundamente religioso y tenía sumo cuidado del culto, dotando a la capilla de los mejores ornamentos y objetos de culto» 4.
Todo esto nacía de su fe, alimentada constantemente en la oración. Fe y oración están tan íntimamente unidas que, como dice el Papa Juan Pablo II, «nuestra fe se manifiesta sobre todo en el espacio que concedemos a la oración en el centro de nuestro ministerio» 5. Y, según San Agustín, «si falta la fe, perece la oración. La fe es la fuente de la oración, y no puede correr el arroyo si se agota el manantial... Creamos, pues, para orar y, para que no desfallezca la fe con que oramos, oremos. La fe hace manar la oración, y la oración, en brotando, consigue la firmeza de la fe» 6.
Don José, porque era hombre de fe, era hombre de oración. «Era madrugador, y antes de que la comunidad se levantara ya tenía hecha su meditación. Era frase común entre los porteros: 'Don José, si no está en su habitación, se hallará en el coro, orando ante el Santísimo'» 7.
Un sacerdote Operario que estuvo muy cerca del siervo de Dios durante algunos años testifica: «Poseía un elevadísimo espíritu de fe» 8. Y este espíritu se nutría de oración: «Se admiraba en él un sentido profundamente religioso» 9.
Es una afirmación constante de cuantos lo trataron. Dice don Anastasio Granados: «Destacaba su espíritu de abnegación y de oración» 10.
«Poseyó una piedad muy acendrada» 11. «Era un hombre de oración» 12.
Este espíritu de fe hacía que supiera sobreponerse a las dificultades más duras. El sacerdote toledano don Antonio Vargas Carrillo, que convivió con el siervo de Dios el último curso en el Seminario de Toledo, ayudándole, certifica la consternación que sintió don José ante el triunfo del Frente Popular porque preveía los gravísimos daños que iban a seguirse para la Iglesia y para España. Y añade: «Reaccionó pronto, advirtiendo que en su calidad de rector debía infundir ánimo y confianza a profesores y a superiores, todos en edad muy joven, y dio muestra de firmísima confianza en el poder de Dios y en la promesa del Corazón de Jesús de reinar en España» 13.
HUMILDE DE CORAZÓN
La virtud que brilló de una manera especialísima en don José Sala fue la humildad. La aprendió de Cristo el Señor, en el trato íntimo de la oración. Es tan difícil la virtud de la humildad, que sólo Dios la enseña. Con razón dice San Agustín: «No serás humilde sino mirando a quien por ti se hizo humilde. Aprende de Cristo lo que no aprendes del hombre: en El está la norma de la humildad; quien a El se llega, primero es formado en humildad, para después ser honrado en la exaltación» 14.
Don Jaime Flores atestigua: «Don José Sala era de carácter más bien humilde, bondadoso, paternal y que procuraba ocultarse a las miradas de los demás» 15.
En el siervo de Dios era tan natural esa humildad, que parecía imposible que él fuera de otra manera. La humildad le nacía de lo más hondo y le llevaba a una sobriedad exquisita, a una pobreza muy grande. «En él las virtudes predominantes fueron la humildad, la sobriedad, el espíritu de pobreza, tanto en el vestir como en las demás cosas de la vida. Sé que en su vestido y cosas personales era muy austero y procuraba usar las cosas hasta su total desgaste. La mayor característica en él creo que era la humilde bondad» 16.
Es una definición acabada de este siervo de Dios.
Sabía ser humilde sin ostentación, con la espontaneidad de quien se encuentra en su sitio estando el último. A mi modo de ver, lo ha reflejado en pocas palabras un testigo: «Era de una sencillez humilde» 17.
Cuando hablaban bien de él, estaba convencido de que le miraban con lentes de gran aumento, como él mismo decía; que lo consideraban demasiado; que engañaba con su apariencia de bondad, a la que llama «bobería» 18.
Esa humildad le llevaba a saberse adaptar estupendamente a los alumnos pequeños de su Seminario, haciéndose todo para todos. Dice un sacerdote toledano que fue alumno del siervo de Dios: «Fue también humilde, llevándole esta humildad a hacerse casi niño con los niños» 19.
El doctor don José Rivera Lema conocía muy bien a Don José por las muchas veces que, como médico, había visitado el Seminario. Y vio y comprobó repetidas veces, y así lo testificó, que «en él predominaba la virtud de la humildad» 20.
Era algo que impresionaba. Y a este doctor le impresionó. La humildad no abandonó a don José ni en el acto cumbre, en el momento solemne del martirio. Don José Rivera, que fue testigo presencial de su fusilamiento, quedó impresionado una vez más por esta característica del siervo de Dios. Dice: «Iba con la misma humildad con que yo le había conocido siempre» 21.
Porque fue humilde, cautivó a Dios, que quiso ensalzar a su siervo José Sala con el don eximio del martirio, ese don concedido a pocos 22. Y es que, como dice San Juan de la Cruz, «para enamorarse Dios del alma no pone los ojos en su grandeza, mas en la grandeza de su humildad» 23.
NO HAY HUMILDAD SIN AMOR
Eso dice Santa Teresa de Jesús: «Porque no puedo yo entender cómo haya ni pueda haber humildad sin amor, ni amor sin humildad; ni es posible estar estas dos virtudes sin gran desasimiento de todo lo criado» 24.
Por eso, quienes trataron a don José Sala aseguran que «era caritativo en grado sumo» 25.
«La virtud predominante de don José Sala era la caridad para con el prójimo, ya que se desvivía por todos» 26.
Derrochó caridad sobre todo con los enfermos. Si don José Sala tuvo alguna manía, ésta fue la de preocuparse por los enfermos, atenderlos con cuidado paternal. Lo hacen resaltar todos los testigos en el proceso. Pero bastaría leer sus cartas. Es rara la carta de don José Sala en la que no hable de los enfermos como de su gran preocupación.
«Puso de relieve su exquisita caridad con los enfermos. El vigilaba su temperatura, administraba los medicamentos y frecuentemente los acompañaba» 27.
Pero su caridad se extendía a todos. Siendo de apariencia seria, se ganaba el corazón de cuantos tenía a su cargo por la finura de su caridad. «Creo que le distinguía un amor muy grande a los seminaristas» 28.
«Don José Sala era de carácter serio y, no obstante, se ganaba las simpatías de cuantos le trataban y sobre todo de los seminanstas» 29.
Don Anastasio Granados asegura que «cuando lo hicieron rector del Seminario Menor, manifestó unas cualidades de afabilidad y equilibrio que le hicieron muy agradable» 30.
Y un antiguo alumno del siervo de Dios declara: «Tenía mucho interés para con sus súbditos, y aunque a veces era algo intransigente, nos trataba como un padre» 31.
Es constante este binomio en las declaraciones de los que lo conocieron: «Don Jasé Sala era serio, pero atentísimo y cariñoso con todos» 32.
La caridad para con los seminaristas era de una delicadeza maternal. Dice don Tomás Torrente: «Desempeñó sus cargos muy bien, con prudencia y discreción y con mucho celo, atendiendo muy bien a los seminaristas, para los que era como una madre, especialmente con los enfermos» 33.
«Tenía que hacer de madre de los pequeños» 34.
Su caridad para con los seminaristas descendía a las cosas de cada día, ya que, como dice el Concilio Vaticano II, «la caridad no hay que buscarla únicamente en los acontecimientos importantes, sino, ante todo, en la vida ordinaria» 35. Y ahí es donde cumplía a la perfección don José Sala. Don Andrés Verge, rector del Seminario Mayor de Toledo en aquel entonces, cuenta cómo le gustaba a don José preparar con finura exquisita la fiesta del reservado, y dice: «Como le viera un día en lo alto de una escalera ultimando los preparativos de la fiesta en el artístico claustro de la casa, le indiqué que podría subir uno de los seminaristas mayores, y él me respondió: 'Estas cosas más difíciles y peligrosas las hago yo, pues no quiero que corran ningún riesgo en ello los alumnos'» 36.
Dice un sacerdote que fue alumno suyo: «Tenía una preocupación especial para que la comida de los alumnos fuera buena y abundante» 37.
Dice don Romualdo Carrillo: «Le distinguía un amor muy grande a los seminaristas» 38. Eran los prójimos, sus próximos.
Dice don Andrés Verge: «Trataba con cada uno en particular y conocía muy bien a sus alumnos y hasta la situación de sus familias... Advertía, corregía, alentaba a todos cual madre cariñosa y solícita que cuida de sus hijos...
»No era melindroso en el trato, más bien era adusto; pero ¡qué grande era su corazón! Se desvivía porque Dios fuera amado y servido. Con ser muy pobre el Seminario Menor, bien sabían los necesitados que de allí siempre sacaban algo...
»La grandeza de su corazón la experimenté más de una vez en esas ocasiones en que uno queda como agobiado, aplastado por la contradicción, cuando más falta hace la mano del amigo, la palabra del hermano. Y eso ha sido muchas veces para mí nuestro don José. ¡Cómo sabía dulcificar la tribulación! Siempre dispuesto para orientar, sus palabras eran bálsamo para el corazón, luz para el entendimiento, lenitivo en la pena, aliento en la lucha» 39.
CUMPLIDOR EXACTÍSIMO DE SU DEBER
Esto era una de las fuentes más fecundas de su santificación, de su entrega a Dios, sirviendo a los demás.
Testifica don Juan Sánchez Hernández: «Como hombre muy de Dios, le conocí consagrado enteramente al cumplimiento exacto, prudente, humilde y abnegado de sus deberes, tanto como sacerdote que como educador de seminaristas» 40.
Don Tomás Torrente atestigua: «Vivía constantemente el espíritu de sacrificio en el cumplimiento de sus obligaciones como formador de seminaristas» 41.
Don Guillermo Valle, que también convivió con el siervo de Dios, dice: «Don José Sala era muy piadoso, mortificado y exactísimo en el cumplimiento del deber para sí y para los demás» 42.
El sacerdote toledano don Ángel García de Blas Rojo dice: «Don José Sala era muy virtuoso y cumplidor de su deber» 43.
MUY MORTIFICADO
Según don Anastasio Granados, que trató a don José Sala durante muchos años, primeramente como alumno y luego como profesor del Seminario, dice: «Don José Sala era hombre muy piadoso y muy cumplidor de su deber. Yo creo que era muy humilde y muy mortificado» 44.
Sor Teresa, hermana del siervo de Dios, afirma: «Predominaban en él las virtudes de la humildad, mortificación y en grado extraordinario la caridad» 45.
Don Guillermo Valle también pondera el espíritu de mortificación del siervo de Dios: «Don José Sala era muy piadoso, mortificado y exactísimo en el cumplimiento del deber... Era cosa corriente entre los seminaristas que don José los viernes 'cojeaba', y decían que era porque llevaba los cilicios muy apretados» 46.
Y don Casimiro Sánchez Aliseda dice: «En don José Sala sobresalían la abnegación, la pureza y el amor a sus súbditos» 47.
OBEDIENCIA CORDIAL
Esa era la obediencia que inculcaba a los Operarios el Beato Manuel Domingo y Sol. Una obediencia caracterizada por la fraternidad, obediencia de familia. En la familia se ama y, por eso, no cuesta obedecer. En la familia se identifican obediencia y amor.
«Nuestra obediencia, mejor que completa, debe ser cordial..., bastándonos... las meras indicaciones que se nos hagan, porque es mejor obediencia» 48. «Hemos de estar dispuestos siempre y en todo, pero con cordialidad, sin necesidad de mandato. Este debe ser el distintivo» 49.
Y éste fue el distintivo de este «buen Operario», de este «buenísimo Operario», como lo llamaba siempre don Benjamín Miñana.
Recordemos su actitud cuando fue nombrado mayordomo del Seminario de Segovia. Expuso sus dificultades, sus repugnancias. Y luego, aceptó cordialmente.
Otro día —era por noviembre de 1933— escribe don José Sala al Director General, siervo de Dios Pedro Ruiz de los Paños, compañero de martirio, sobre un tema muy concreto.
A don José lo llamaba la madre superiora del convento de Santa Isabel de Toledo para que confesara a una monja, primero cada mes, después cada tres semanas, luego cada quince días y finalmente todas las semanas.
Había sido confesor anteriormente otro sacerdote, recio como una encina, de esos a quienes les gusta atornillar hasta el extremo. Dice don José Sala que ese sacerdote «quedó provisionalmente como confesor ordinario. Al poco tiempo se tiraron, como suele decirse, los trastos a la cabeza, y se retiró o lo echaron. Poco después, a primeros de septiembre del año siguiente, me llamaron a mí para una religiosa».
La madre superiora quería que don José fuera asiduamente al convento. «Entonces le dije yo que, aun cuando tenía tres hermanas religiosas, no sólo no era por temperamento 'monjero', sino que temía a las monjas... Si pueden arreglarse prescindiendo de mí, mucho mejor. Con todo, no me opongo a atender a la que me necesite siempre y cuando no sea en detrimento de mis obligaciones en el Seminario» 50.
A don Pedro le pareció que era mejor prescindir de ese ministerio. Don José Sala no duda ni un instante. Escribe el día 9 de diciembre de 1933: «En mi poder su carta del 27 del pasado noviembre. Enterado de su contenido, y convencido de que no hay nadie necesario en este pícaro mundo, he despedido definitivamente a la monja del cuento» 51.
Y se alegró por doble motivo: primero porque así obedecía y segundo porque la tal monjita «es un poco entretenida en manifestar sus cosas» 52.
Ni chistó, ni rechistó. Y eso que al siervo de Dios le agradaba mucho confesar. De hecho, en vacaciones «atendía con mucho celo el confesonario y la dirección de las almas, porque decía que con ello se hacía mucho bien» 53.
Don Anastasio Granados asegura que el siervo de Dios «se mostró muy respetuoso y obediente». Y añade algo muy importante, porque, de ordinario, sólo el que sabe obedecer sabe mandar. «En cuanto a su relación con los súbditos, era muy buen rector de pequeños, pendiente de todos sus detalles» 54.
Al sacerdote toledano don Antonio Vargas Carrillo, primeramente alumno de don José y en la última época de la vida del siervo de Dios colaborador suyo en el Seminario Menor, le impresionó mucho la obediencia cordial de don José Sala: «Siempre le oí hablar con veneración y respeto de sus superiores» 55.
Don Juan Sánchez Hernández habla de la ejemplaridad de la obediencia de don José Sala 56. Y don Tomás Torrente, que conoció muy bien al siervo de Dios, dice que «se condujo con mucho espíritu de obediencia» 57.
Don Victorio Garrido Moset, que fue alumno del siervo de Dios, testifica: «Llamaba la atención la docilidad que tenía al rector del Seminario Mayor, que de alguna manera se le consideraba como superior suyo» 58.
Y así lo consideraba don José. En carta de 2 de julio de 1927 dice al Director General: «En esto, como en todos los asuntos, procuro estar siempre de acuerdo con don Juan José [Salomón], a quien considero aquí como inmediato representante de usted» 59.
En sus cartas habla constantemente en este sentido. El rector del Seminario Mayor disponía sobre las vacaciones de verano, sobre las fechas de los ejercicios espirituales. Cuenta con él para las obras que ha de realizar en el colegio, para cualquier asunto que se saliera de lo corriente, y le tenía informado de todo 60.
Diríamos que gozaba en obedecer, porque era caritativo y abnegado. Porque sabía seguir a Jesucristo. Y, como dice el Beato Manuel Domingo y Sol, la obediencia fue «tan amada de Cristo, que ¡treinta años la vivió!, ¡y cómo! El, pues, la santificó» 61.
CAPITULO X
MARTIRIO DEL SIERVO DE DIOS JOSÉ SALA PICO
Don José Sala estaba convencido de que un día sería mártir. Había aprendido desde niño, de labios de su padre, la gloria de dar testimonio de Cristo con la propia sangre. Y esas enseñanzas caseras son las que jamás se olvidan.
Dice don Guillermo Valle: «El padre de don José Sala había pedido al Señor la gracia de tener un hijo mártir» 1.
Parecía lo más normal que fuera el hijo sacerdote quien testificara la fe con el martirio, porque es el buen pastor quien debe dar la vida por las ovejas 2.
ESTABA PREPARADO PARA EL MARTIRIO
Don José Sala estaba bien preparado para el martirio, y lo deseaba, porque, como nos han dicho los testigos en el proceso, «era caritativo en grado sumo» 3, y «nadie tiene amor más grande que el que da la vida por los amigos» 4. Amaba muy profundamente al Señor. Amaba muy de corazón a los hermanos. Por eso, no es de extrañar que se sintiera llamado «a dar este supremo testimonio de amor» en el martirio, que «la Iglesia estima como un don eximio y la suprema prueba de amor» 5.
Don José Sala vivía en perfecto desasimiento. No estaba apegado a la tierra para nada. En las persecuciones que se iban incrementando contra la Iglesia, de manera descarada, sobre todo a partir del 16 de febrero de 1936, él veía «un motivo más para despegarnos de la tierra» 6.
El vivía despegado, desasido, porque sólo se sentía atraído por el Señor, a quien se había entregado radicalmente. Y como dice Santa Teresa de Jesús, «quien de verdad comienza a servir al Señor, lo menos que le puede ofrecer es la vida... No ha de volver las espaldas a desear morir por El y pasar martirio» 7.
Para el siervo de Dios lo mejor era poder dar la vida como prueba del amor a Jesucristo. Nos dice su hermano Ramón Sala Picó: «En el año 1935, durante las últimas vacaciones que pasó en mi casa de Barcelona, al insistirle yo que se proveyera de traje de paisano por el peligro que podíamos correr, me contestó: 'No te preocupes, ¡angelitos al cielo!; lo mejor que podemos dar es la vida por Cristo'» 8.
En esa actitud vivía, es decir, caminaba, tendía con prisa hacia el Señor. Veía la posibilidad del martirio y no volvía las espaldas, como dice Santa Teresa.
En aquellos años turbulentos que precedieron a su muerte dice su hermano Ramón que, «al hablar de la posibilidad de ser mártires, recordábamos lo que nuestro padre nos decía, al contarnos el martirio de los primeros cristianos y de los hijos Macabeos: que deseaba ver a alguno de nosotros morir mártires y comprobar si, como aquéllos, alentábamos a los demás hermanos al martirio» 9.
ALENTABA A LOS HERMANOS
El siervo de Dios alentaba a su hermano: «Lo mejor que podemos dar es la vida por Cristo.»
Tenía dos hermanas religiosas jerónimas en el convento de San Pablo de Toledo. La hermana más pequeña profesó en Seo de Urgel. Escribe el día 19 de mayo de 1925: «Hoy habrá profesado, en Seo de Urgel, de votos simples, mi hermana pequeña, gracias a Dios» 10.
A las hermanas de Toledo las alentaba al martirio, animándolas para que estuvieran dispuestas a aceptarlo, a que se lo pidieran a Dios. Nos lo narra su hermana sor Teresa: «El 20 de julio de 1936 estuvo en el convento y nos dijo que la ciudad de Toledo estaba ya en estado de guerra y que la revolución había llegado, y que había venido a felicitar a la otra hermana religiosa, llamada Magdalena, porque el día 22 ya no iba a poder venir y que, desde allí, se iba a que le hiciesen el traje de paisano, porque lo tendría que necesitar» 11.
Me parece que conviene hablar un poco del traje de paisano de don José Sala. Ya hemos visto que en el verano de 1935 su hermano Ramón le insistía para que se lo hiciera. Pero el siervo de Dios no se preocupaba de eso.
Como el Director General de la Hermandad había dispuesto que se lo hicieran los Operarios, don José Sala obedeció. Dice don Tomás Torrente: «Don Pedro dispuso que nos pusiéramos de paisano» 12.
Pero ¡qué traje! Claro, se ve que lo hizo a imagen y semejanza del que tenía el Director General. Como habían de ir juntos al martirio, estrenando traje, debían ir uniformados, como buenos soldados de Cristo.
Con no pequeño eufemismo y muy buena voluntad, don Juan Sánchez Hernández habla del traje de don Pedro: «En Plasencia se nos ofreció ocasión de ver el traje de paisano... Mes y medio después, por fin, de lucirle en el día último y más feliz de su vida: el del martirio» 13.
Era un traje exactamente igual al de don José Sala. Ambos pensaban en el encuentro definitivo con el Señor, y no en lucir trajes. Dice uno de los testigos presenciales del martirio: «Don Pedro llevaba un blusón de dril... Don José Sala iba vestido con un blusón de dril y con aspecto sereno» 14.
Su traje auténtico era ése: con aspecto sereno. Había llegado su hora y sentía en lo más hondo de su ser la oleada enorme de la paz en medio de la guerra.
El blusón es traje de trabajo, de faena. Los dos siervos de Dios iban a realizar el trabajo cumbre de la vida. ¿No llamamos trabajos a los padecimientos, a las molestias, a los sacrificios? El blusón era lo más parecido a la sotana, casi, casi talar. Para aquella concelebración, en la que se ofrecían ellos mismos, los dos siervos de Dios querían ir vestidos de la manera más próxima a la de sacerdotes.
Antonio Ancos Miranda, entonces seminarista, que convivió con los siervos de Dios en el Seminario hasta las nueve de la noche del día 22 de julio de 1936, dice que, en la exhumación de los cadáveres, reconoció «a don Pedro por el blusón que llevaba al salir del Seminario», y «don José Sala fue encontrado en la misma fosa y reconocido asimismo por el blusón que llevaba puesto al salir del Seminario» 15.
Pero sigue diciendo sor Teresa, la hermana de don José: «Nos alentó a las religiosas a que confiáramos en Dios Nuestro Señor y a que estuviéramos preparadas para lo que pudiera venir: que el Señor exigiría que hubiera mártires para reinar en el mundo, y que debíamos ofrecernos para que nos escogiera a nosotras, porque era una gloria muy grande ser mártires y una dicha muy grande, que no a todos concede el Señor, y no sabíamos a quién escogería... El se daba cuenta de la proximidad del peligro que iba a correr y se le veía preparado para ser mártir» 16.
Desde el cielo, el señor don Jacinto Sala, padre del siervo de Dios y de sus once hermanos, contemplaba con orgullo santo cómo uno de sus hijos, al igual que los Macabeos, alentaba a los otros al martirio, tal como él lo deseaba, tal como lo había pedido y tal como el hijo sacerdote lo cumplía a la perfección.
Puede surgir una duda. ¿No sería falta de humildad, en el humilde don José Sala, desear el martirio?
Prefiero que responda Santa Teresa de Jesús: «Siempre la humildad delante para entender que no han de venir estas fuerzas de las nuestras; mas es menester entendamos cómo ha de ser esta humildad, porque creo el demonio hace mucho daño para no ir adelante gente que tiene oración, con hacerlos entender mal de la humildad, haciendo que nos parezca soberbia tener grandes deseos y querer imitar a los santos y desear ser mártires» 17.
IMPRIMIÓ SU PROPIA FISONOMÍA
Don José Sala aspiraba al martirio y encendía deseos de martirio. El sacerdote toledano don Victorio Garrido Moset, que fue alumno del siervo de Dios, declara: «De don José Sala puedo testificar que, en las meditaciones sobre la vida de los mártires, nos hablaba con mucha unción del martirio, manifestando deseos de que el Señor nos concediera esta gracia» 18.
Don Guillermo Valle, sacerdote Operario, que vivió con don José Sala los dos últimos cursos en el Seminario Menor de Toledo, afirma: «Estoy completamente cierto que don José Sala aceptaba el martirio, puesto que hasta el 21 de junio de 1936, día en que yo salí de Toledo, en el Seminario se respiraba ambiente de martirio, dada la difícil situación creada por la República y los alborotos que ya había por las calles. En aquellos meses se hablaba, aun entre los mismos seminaristas, de martirio» 19.
Ese ambiente lo creaba sin esfuerzo, espontáneamente, el rector del Seminario Menor, don José Sala. Y es que, como decía su compañero de martirio, siervo de Dios Pedro Ruiz de los Paños, «los seminarios tendrán nuestra propia fisonomía y llevarán nuestro ritmo» 20. «Visto el Seminario en sus diversas manifestaciones, está patente el alma de quien lo dirige» 21.
DIAS PREVIOS AL MARTIRIO
Los testimonios aducidos para los días previos al martirio y para el martirio del siervo de Dios Pedro Ruiz de los Paños son válidos para el siervo de Dios José Sala Picó. Juntos convivieron en el Seminario Mayor de Toledo los días precedentes al martirio, juntos salieron del Seminario en la noche del 22 de julio de 1936 para refugiarse en la casa del sacerdote don Alvaro Cepeda y juntos fueron detenidos, por ser sacerdotes, obteniendo juntos la palma del martirio el día 23 de julio de de 1936, en el Paseo del Tránsito de Toledo.
Como ya vimos anteriormente, don Jaime Flores Martín, que pasó con los siervos de Dios aquellos días previos al martirio, cuenta el clima que logró crear don Pedro Ruiz de los Paños, exhortando continuamente a todos los reunidos a dar la vida por Cristo y encareciendo la gloria y honor de ser mártires.
Conociendo los deseos de martirio que albergaba don José Sala, debió pasar unos días de gozo intenso al ver que se aproximaba la hora que tanto había anhelado.
Dice don Jaime Flores: «Todos ellos mostraron deseos del martirio y hablaron de ello durante los días 19, 20, 21 y 22 de julio de 1936, en que ya se preveía la posibilidad de tal trance... Don José Sala estaba lleno de alegría, al sentir próxima la muerte, porque, decía, ha llegado la hora en que Dios quiere cumplir el deseo de mi padre de tener un hijos mártir; y no quería esconderse, para encontrar más fácilmente el martirio» 22.
Una vez que recibió la comunión, como viático, de manos del siervo de Dios Pedro Ruiz de los Paños, se sentía muy confiado de poder ir con Cristo al encuentro definitivo con el Padre. Testifica don Jaime Flores: «Al darnos la comunión, por viático, nos exhortaba también al martirio y todos unánimes aceptaban. Salíamos del Seminario todos convencidos de que encontraríamos la muerte en las calles cercanas y con la alegría de que esto nos llevaría al cielo...
»Todo esto lo sé de ciencia propia, por haber convivido con ellos hasta el momento de salir del Seminario el día 22 de julio de 1936, por la noche, unas horas antes de recibir la muerte don Pedro Ruiz de los Paños y don José Sala» 23.
El sacerdote don Ángel Rodenas Montañés, en aquel tiempo seminarista, también estuvo todos aquellos días con los siervos de Dios, y testifica que «hicieron vida de especial oración, pasando la mayor parte del tiempo en la capilla haciendo turnos de vela al Santísimo» 24.
Sabían estar «en capilla», como están los condenados a muerte. Sabían estar en la capilla, como Jesús estaba en la Casa de su Padre.
Don José Sala era cada vez más feliz. Llegaba su hora. Don Tomás Torrente Massó, sacerdote Operario, entonces administrador del Seminario de Toledo, que juntamente con don Jaime Flores pudo salvarse de la muerte, también estaba en el Seminario de Toledo con los siervos de Dios, y testifica: El día 22 de julio de 1936, «hacía las seis de la tarde, las empleadas de Teléfonos, que conocían a don Miguel Amaro, nos comunicaron que acababan de entrar los milicianos rojos en la ciudad y que habían matado ya a algunos sacerdotes... Bajamos a la planta baja del Seminario para estar más protegidos, percatándonos del peligro que corríamos, y en aquellos momentos recuerdo haber oído a don José Sala estas palabras: '¿Qué puede ocurrir? ¿Que nos maten? Pues bien'» 25.
Don Juan Sánchez Hernández no duda en afirmar que don José Sala, «dado el deseo vehemente del martirio, que había expresado el día precedente, cuando todavía gozaba de libertad, debió ir no solamente pacífico, sino gozoso, camino del martirio» 26.
Esta disposición de gozo ante el martirio, considerándolo como una gracia muy grande, como un honor inestimable, queda corroborada por el testimonio de don Jaime Flores, que declara: «Don José Sala me había dicho con alegría que era el momento de cumplir Dios el deseo de su padre de tener un hijo mártir» 27.
El sacerdote toledano don Ángel Salamanca Bautista, primeramente alumno del siervo de Dios y luego colaborador suyo como formador en el Seminario Menor de Toledo, afirma: «De don José Sala puedo decir que estaba preparado para el martirio» 28.
MARTIRIO
Hay que recordar todos los testimonios aducidos para el martirio del siervo de Dios Pedro Ruiz de los Paños, porque son testimonios igualmente para el martirio del siervo de Dios José Sala Picó, ya que juntos sufrieron la muerte en el martirio.
Don José Sala supo ir hasta el martirio en segundo plano, ocultándose a las miradas de los hombres, con su humildad de siempre. Los esbirros pudieron quitarle la vida; pero no pudieron quitarle su humildad.
Fue detenido, en la casa del sacerdote don Alvaro Cepeda, juntamente con éste y con don Pedro Ruiz de los Paños, hacia las siete y media de la mañana del día 23 de julio de 1936. Su comportamiento fue de humilde calma, profunda paz y plena docilidad. La esposa del señor don Julio García del Río, que los vio detenidos a la puerta de su casa, dice: «Estaban con los brazos en alto, y don Pedro, así como don José, con calma y profunda paz, dóciles a la. voz de sus verdugos, que era lo que Dios quería. Al verlos los rojos con las manos y dedos extendidos, les mandaron que cerraran la mano, pues lo otro era fascio, y cerraron el puño» 29.
Don Leandro de la Flor Pérez, quien, como practicante, había ido varias veces al Seminario Menor de Toledo, conocía muy bien a don José Sala. Fue testigo presencial de su martirio desde la ventana de su casa, a muy pocos metros del sitio donde fue fusilado. Vio cómo don José cayó al suelo y quedó muerto. Es decir, comenzó a vivir para siempre la vida verdadera 30.
Don José Rivera Lema, como médico, había ido también muchas veces al Seminario Menor de Toledo y conocía perfectamente a don José Sala. También fue testigo presencial de su martirio. Y lo vio esa última vez con la misma humildad con que siempre lo había conocido. «Levantó dos veces la vista para mirarme, que indudablemente me reconoció... Estaba entregado interiormente a Dios» 31.
Es evidente que don José jamás se había mezclado en cosas políticas. No era lo suyo. Ni él era para eso. Todos los testigos están concordes en afirmarlo, así como en testificar que fue un verdadero mártir. «Sufrieron la muerte en testimonio de la fe y por ser sacerdotes» 32.
La hermana del siervo de Dios dice: «Yo invoco a mi hermano como mártir... Sufrieron la muerte por Jesucristo» 33.
Del mismo modo, don Guillermo Valle atestigua que a don José Sala lo mataron «únicamente por ser sacerdote, y él lo invoca como mártir» 34.
Podrían multiplicarse los testimonios hasta la saciedad.
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Don Guillermo Plaza Hernández
Era todo caridad
CAPITULO XI
SÍNTESIS BIOGRÁFICA DEL SIERVO DE DIOS GUILLERMO PLAZA HERNÁNDEZ
A las cinco de la mañana del día 25 de junio del año 1908 nació Guillermo Plaza Hernández, en Yuncos, provincia y diócesis de Toledo. Fue bautizado el día 5 de julio del mismo año en la iglesia parroquial de Yuncos.
El padre del siervo de Dios era empleado de ferrocarriles. Era la suya una familia muy cristiana y económicamente débil. «Hijo de padres modestos», afirma uno de los testigos. En carta que el siervo de Dios escribe, desde Zaragoza, el 8 de noviembre de 1934 habla de las dificultades económicas en que se encuentra su casa. «De mi familia me llegan medianas noticias: mi padre casi víctima de la revolución, después de perder jornales, ha estado a punto de que le despidan de la Compañía, donde lleva treinta años, por no haber podido reintegrarse al trabajo, pues no funcionaban los trenes que debían llevarle a Madrid.
»Tengo un hermano en el servicio, sufriendo por el mucho trabajo: mi madre clama a mí por no tener para comprar ropa de invierno» 1.
INFANCIA DEL SIERVO DE DIOS
Desde muy niño acudió a la escuela nacional de su pueblo y desde muy niño también manifestó una fuerte inclinación a ir a la iglesia. Dice su padre: «El señor cura le quería mucho y, al pasar por delante de la casa en que vivíamos, le decía: 'Guillermín, vente conmigo a misa', y le llevaba con él de la mano» 2.
Poco a poco se iba encariñando con las cosas de Dios. Fue monaguillo, «y entonces iba todos los días a la parroquia y ayudaba a misa» 3.
El clima cristiano y sencillo de su casa, el trato continuo con el párroco del pueblo, el trato con el Señor en la santa misa y en las funciones religiosas fueron sembrando en su espíritu los primeros gérmenes de la vocación.
Era un niño un poco retraído. No le gustaba la algarabía y se hallaba mucho más a gusto en el hogar. Esta nota fue constante en su vida. Don Juan Sánchez Hernández tuvo como alumno al siervo de Dios en el Seminario de Toledo los cursos 1925, 1926 y 1927 4, y recuerda que don Guillermo, «en su deseo de sobrenaturalizar todas sus actividades y conversaciones, se aislaba acaso más de lo justo del conjunto de sus compañeros» 5.
Era así por temperamento. Testifica su padre: «Durante su infancia estaba casi siempre con su madre y apenas iba a jugar con los otros niños. Su madre le decía que fuera a jugar con los otros, y él contestaba que lo mismo le daba, porque estaba muy bien en casa» 6.
A los once años enfermó de gravedad y «tuvieron que hacerle una operación quirúrgica en Madrid» 7. Se restableció muy pronto; pero es posible que la enfermedad y la operación limitaran bastante sus fuerzas físicas.
VOCACIÓN
Dios se vale de todo y de todos para llamar. El sufrimiento, la enfermedad, pueden convertirse en una gracia especial. Pueden ser una llamada, una vocación.
El Señor se valió del ambiente sencillo y profundamente cristiano de la familia para llamar a Guillermo. Y yo creo que quiso servirse también de aquella enfermedad.
Su padre nos lo cuenta con una sencillez enorme, de quien no ha estudiado libros pero sabe de cosas de Dios:
«Un día me dijo que, como no servía para trabajar, quería estudiar» 8.
Las fuerzas físicas eran escasas; pero eran poderosas las energías de su espíritu. Y, como decía el siervo de Dios Pedro Ruiz de los Paños, que influyó bastante en la vida de don Guillermo, se debe exigir a nuestros aspirantes «salud competente. No es menester que sea robusta, máxime en ciertos temperamentos cuyo espíritu suple con mucho a la acción del cuerpo. A nosotros nos hace falta alma más que nada, bastando para lo demás que el sujeto pueda seguir la vida ordinaria» 9.
Las pocas posibilidades económicas sugerían al padre de don Guillermo que no debía meterse en estudios. «Yo le contesté que no tenía medios económicos para sufragar los estudios» 10. Pero el siervo de Dios no pretendía estudios caros ni carreras brillantes que exigieran muchos gastos. Quería ser sacerdote. Y cuando planteó la cuestión en este terreno, el buen empleado de ferrocarriles don Guillermo Plaza Duro no puso más dificultades. En aquella familia no había objeciones para Dios.
«El me dijo que sentía vocación hacia el sacerdocio y quería ir a estudiar al seminario. Así, a los doce años ingresó en el Seminario de Toledo, en el cual cursó los estudios de Latín, Filosofía y el primero de Teología» 11.|
ALUMNO DEL SEMINARIO DE TOLEDO
Don Anastasio Granados, que fue obispo de Palencia, testifica: «Don Guillermo Plaza era condiscípulo riguroso mío, e hicimos juntos todos los cursos de Latín, Filosofía y primero de Teología. Además éramos fraternales amigos y esta amistad perseveró hasta la muerte de él, manteniendo correspondencia cuando él ya estaba en la Hermandad de Operarios Diocesanos y yo en Roma. Algunos veranos pasó una temporada en Talavera de la Reina, donde yo vivía» 11.
El siervo de Dios habla con frecuencia de Granados en sus cartas, y parece que quería convencerlo para que ingresara también en la Hermandad.
Dice en carta de 16 de julio de 1934: «Allí (en Yuncos) recibí las noticias de Granados, que usted también sabrá. Le adjunto una carta suya que refleja su ánimo y decisión. Le he aconsejado que no sufra ni haga sufrir, viniéndose cuanto antes» 12.
El 16 de marzo de ese mismo año le ha enviado un libro, antes de su ordenación: «A Granados le envié un librito antes de ejercicios para su ordenación» 13. El 12 de enero de 1935, cuando el Director General ha pedido a los Operarios que busquen vocaciones para la Hermandad, don Guillermo Plaza dice: «No conozco otros jóvenes a no ser mi íntimo amigo Granados, de usted también muy conocido» 14.
Fue un seminarista ejemplar, intensamente piadoso, con una fidelidad exquisita al cumplimiento de su deber, con una obediencia cordial a sus superiores. Era querido por todos, tanto compañeros como educadores, dice don Juan Sánchez Hernández 15. Don Anastasio Granados nos da su juicio sobre el seminarista Guillermo Plaza Hernández: «Era un modelo de seminaristas, muy equilibrado» 16. Y asegura que tenía un gran conocimiento de él, por el trato asiduo y constante. «Le conocí desde los once años y, por tanto, toda su juventud se desarrolló con la mía. Su juventud fue muy sana e inocente... Fue siempre rectilíneo en su conducta y nunca conocí que tuviera crisis fuertes ni en conducta ni en vocación» 17.
Ni en la vocación sacerdotal ni en la vocación a la Hermandad. Ya hemos dicho que procedía de padres muy modestos. En los años de la República lo pasaron bastante mal en su casa, con estrecheces económicas que agravaban algunas enfermedades. Escribe el día 27 de noviembre de 1933 al Director General de la Hermandad: «Tengo a mi familia en malas circunstancias. Nuestro Señor les prueba con enfermedades largas y costosas» 18.
El 16 de abril de 1934: «Mi padre quería haberle visitado a usted en Madrid: no sé si le habrá sido posible. Están sufriendo los pobres agudas estrecheces» 19. Y en la carta que ya conocemos del 8 de noviembre de 1934 termina diciendo, ante la situación en que se encuentran los de su casa: «Mi madre clama a mí por no tener para comprar ropa de invierno, y yo sufriendo y luchando entre mi obligación de Operario y mi obligación de hijo» 20.
Decía su condiscípulo don Anastasio Granados que el siervo de Dios nunca había tenido crisis fuertes en su vocación. Y así es la verdad. Cuando don Pedro Ruiz de los Paños recibió la carta de don Guillermo debió pensar que éste vacilaba en su vocación de Operario. Don Guillermo contesta claramente a este punto en carta de 22 de diciembre de 1934: «No vea en esto principio de tentación; no la he tenido nunca, de modo que muchas veces he creído que pecaba por el extremo contrario: p. e., sólo estando con ellos ocho días. Si algo creyese usted notar, le agradecería me advirtiese con toda libertad» 21.
Pasó por el Seminario de Toledo siendo un seminarista cabal, cautivando por su sencillez, caridad, piedad y entrega generosa a su mejor formación 22.
EN LA HERMANDAD DE SACERDOTES OPERARIOS
Finalizado el primer curso de Teología tomó la decisión de ingresar en la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos. Lo consultó con el director espiritual del Seminario de Toledo, y no ocultó su decisión a su amigo íntimo Granados. Testifica éste: «Fui testigo de los tiempos que precedieron a su ordenación sacerdotal. Su vocación al estado eclesiástico era clara y decidida, sin ninguna duda. Su vocación a la Hermandad la trató con el padre espiritual, don Tomás Santos, y me dio cuenta de ello. Entró en la Hermandad muy contento» 23.
Esta vocación a la Hermandad tuvo origen por el trato con los sacerdotes Operarios del Seminario de Toledo, por la misión específica de la Hermandad, dedicada a la formación de los sacerdotes, y por la vida ejemplar de sus formadores. Todo esto atrajo al siervo de Dios para ser como ellos, para realizar el difícil y trascendental ministerio a que estaban consagrados.
Dice don Juan Sánchez Hernández: «La vocación a la Hermandad fue un fruto espontáneo de la convivencia con los directores de su Seminario» 24.
El padre del siervo de Dios, con su sencillez característica, cuenta cómo a él le gustaba más que permaneciera en el Seminario de Toledo, porque así estaba más cerca de la familia: que fuera sacerdote de la diócesis, porque así sus padres podrían vivir con él. Pero don Guillermo sólo buscaba estar más cerca de Dios, sirviendo al Señor donde creía que podría hacer más bien a la Iglesia. Y aunque quería mucho a sus padres, quería más a Dios y se consagró a lo que juzgaba más capital en la Iglesia, como es la formación sacerdotal.
Declara su padre: «Entonces me dijo que deseaba ingresar en la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos. Yo le exponía mi parecer de que era mejor fuese sacerdote secular, para tenerlo más cerca de la familia, y él me decía que eso no importaba, y así marchó a Tortosa, escribiéndonos desde allí y comunicándonos la noticia de haber ingresado en el Seminario de la Hermandad de Tortosa, en el cual estudió los restantes años de la carrera sacerdotal» 25.
Llegó a Tortosa el día 15 de septiembre del año 1927 26. Y ese mismo día fue admitido como aspirante, hasta que estuviera ordenado in sacris, tal como entonces se hacía en la Hermandad. Comenzó el año de probación el día 12 de agosto de 1931. Emitió los votos trienales el 12 de agosto de 1932 y 1935.
Estando en Tortosa recibió la prima clerical tonsura el día 13 de junio de 1930. Al día siguiente las órdenes menores de ostiariado y lectorado. El 1 de noviembre de 1930 las de exorcistado y acolitado. Le fue conferido el subdiaconado el día 14 de junio de 1931.
EN EL SEMINARIO DE ZARAGOZA
Siendo subdiácono fue destinado al Seminario de Zaragoza como prefecto de los alumnos de Filosofía. El día 27 de septiembre de 1931 ya se hallaba en Zaragoza 27.
Don Guillermo Plaza, entre otras cosas, llamaba la atención por su estatura. Era muy alto. En la crónica del Seminario de Zaragoza dicen cuando apenas ha llegado allí el siervo de Dios, para sustituir a don Vicente Lores: «Por más que miré y volví a mirar, no pude dar con el rostro siempre alegre de don Vicente. En cambio —y no es raro, pues su talla se deja ver bien—, divisé al momento la venerable figura de su sustituto. Es un tal don Guillermo Plaza, para quien, por cierto, no tienen los filósofos más que elogios calurosísimos» 28.
Y el rector del Seminario de Zaragoza, siervo de Dios Lorenzo Insa —martirizado el día 2 de septiembre de 1936—, dice, ante una invasión de gripe en la casa, el 20 de enero de 1932, «El gigante don Guillermo está hoy de purga y muy fácil que le toque ir a la cama pronto» 29.
Pero era mucho más alto de espíritu que de físico.
Estando ya en el Seminario de Zaragoza recibió el diaconado. Cuando lo destina a Zaragoza el Director General de la Hermandad, siervo de Dios Joaquín Jovaní, escribe al rector del Seminario en estos términos, el día 13 de septiembre de 1931: «Plaza tiene orden de procurarse las dimisorias para poder ordenarse en Zaragoza el 8 de noviembre. Después proveeremos sobre el presbiterado, si bien le faltan unos meses de edad para poder ser promovido antes de junio» 30.
Esta carta era respuesta a la que el rector de Zaragoza escribió el 11 de septiembre de 1931 al director general: «Me entero que piensa enviarnos al subdiácono probando don Guillermo Plaza. Piense si conviene se ordene pronto de diácono. Aquí hay órdenes el 8 de noviembre y probablemente no habrá más hasta junio» 31.
Pero no recibió el diaconado ni en Zaragoza ni el 8 de noviembre. Lo recibió en Pamplona el día 19 de diciembre de 1931. Comenzó los ejercicios espirituales el día 14 de diciembre 32. Y el día 16 de ese mes escribe don Lorenzo Insa al Director General de la Hermandad: «Ya han llegado las dimisorias para ordenar a don Guillermo Plaza. Saldrá el viernes para Pamplona. Ya escribí ayer al señor rector para que le facilite todo lo que sea menester» 33.
Recibió el presbiterado en Toledo el día 26 de junio de 1932. No hubo que pedir ninguna dispensa de edad: tenía un día más de los veinticuatro años que entonces se exigían para la ordenación de presbítero.
Además, tanto el rector del Seminario de Toledo como el del Seminario de Zaragoza preferían que se ordenara en Toledo, sobre todo para facilitar a sus familiares la asistencia a la ordención 34. También prefería esto el siervo de Dios Joaquín Jovaní, según carta del 31 de diciembre de 1931: «Lo de don Guillermo, como digo al mismo, conviene dejarlo para final de curso, en que habrá órdenes para los seminaristas de Toledo, y no será necesario pedir dispensa de edad» 33.
Además, así tenía más tiempo y más serenidad para prepararse adecuadamente a la ordenación. Don Lorenzo Insa escribe el día 10 de junio de 1932: «Don Guillermo saldrá el 16 para ejercicios y ordenación en Toledo» 36.
El padre del siervo de Dios testifica: «Se ordenó de sacerdote el 26 de junio de 1932 y dijo la primera misa en el altar de la Virgen del Sagrario de la catedral de Toledo, y después la segunda misa cantada en la iglesia parroquial de Yuncos» 37.
«ME ANIMA EL IDEAL DE MI VOCACIÓN»
Don Guillermo Plaza vivió con toda intensidad su vocación de sacerdote Operario, entregado del todo a la formación de los futuros sacerdotes.
Actuó en el Seminario de Zaragoza desde el curso 1931-1932 hasta el de 1934-1935. Era el primer destino que le confiaban. Y fue con una ilusión enorme. Escribe el día 27 de noviembre de 1933: «Estoy animado y contento, trabajando cuanto puedo por estos aragoneses» 38.
Procuraba aprovechar cuantos resortes tenía a mano para infundir verdadero espíritu, piedad sólida y la mejor formación posible a sus alumnos: «Les hablo los miércoles del reglamento, instrucciones, formación, etc.; y los sábados de liturgia» 39.
Al siervo de Dios le dolía mucho comprobar que la sección superior a la que él dirigía no servía de ejemplo a sus filósofos, ya que el responsable de aquella sección no se avenía a exigir más, «según dice, por su edad y por estar aquí de paso... Con mi sección estoy más satisfecho», aunque lo estaría mucho más si los mayores estimularan a los más pequeños con su piedad y entrega 40. Y aunque nota «que las cosas serias y espirituales no las reciben con agrado» 41, él no se desalienta, dedicándose a «la siembra particular» 42.
En las vacaciones de Navidad de 1934 le encomendaron todo lo referente a veladas, y supo aprovechar los ensayos con los alumnos: «Gracias a Dios, ha sido prueba que ha dado excelentes resultados... Los ensayos con los chicos me han dado más autoridad y más unión y compenetración con ellos. No estoy descontento de su conducta. ¡Si tuviesen más piedad!» 43.
Iba ganando la confianza de sus alumnos, porque ellos podían ver en don Guillermo una vida ejemplar y una entrega sin reservas. Dice el 16 de abril de 1934: «A los filósofos los tengo ganados» 44. Tiene con ellos «conferencias de declamación, improvisación y lectura. Son de provecho. Me sirven los ensayos para hablarles confidencialmente y advertirles» 43.
Y se los ganaba sin blandenguerías, sin concesiones baratas; al contrario, era exigente primero consigo mismo, luego con los demás. Como buen pastor, sabía ir delante de las ovejas 46.
Exigía, a pesar de que eso, «en parte, redunda primero contra mí, pues siempre se hace odioso quien aprieta, habiendo quien afloja» 47.
El último curso que pasó en Zaragoza lo comienza con más ilusión: «Me anima el ideal de mi vocación, lo sublime de nuestra misión» 48. Además, en ese curso se encargó de la otra sección un Operario —que también moriría mártir el día 29 de agosto de 1936—, y de quien espera mucho. Dice el siervo de Dios: «Espero pasar un curso más tranquilo: espero que don José me hará mucho bien; tiene buen criterio y es recto; podrá formarme y orientarme en muchas cosas» 49.
Como ambos prefectos iban más acordes, podían trabajar con más gusto y eficacia: «Se va ordenando todo. Don José procede con rectitud y autoridad» 50.
Ahora bien, don Guillermo Plaza era feliz en el Seminario. Allí estaba en su centro. El Seminario le atraía como un imán. Escribe el día 16 de julio de 1934: «Cumplido mi veraneo de doce días, estoy en ésta desde el 13. No podía resistir más el ambiente del pueblo y me he dejado llevar de la tendencia a mi centro: el Seminario» 51.
Así los cuatro años que estuvo en Zaragoza. Y lo mismo en Toledo. El día 24 de mayo de 1936, don Andrés Verge, rector del Seminario Mayor de Toledo, envía al Director General de la Hermandad la distribución de las próximas vacaciones de cada uno de los Operarios destinados en Toledo, y dice: «Don Guillermo Plaza no quiere vacaciones, se contenta con ir algún día» 52.
Lo hacía por vocación. Y también para facilitar a sus compañeros las vacaciones. No le costaba demasiado; aunque ya vimos cómo su delicada conciencia le inquietaba por el hecho de dedicar tan pocos días a sus padres.
EN EL SEMINARIO DE TOLEDO
A principios del curso 1935-1936 fue enviado al Seminario de Toledo como prefecto de disciplina de los alumnos teólogos. Sólo un curso. Pero fue suficiente para captarse las simpatías de sus alumnos y para edificar a todos con su vida ejemplar, sencilla, profunda y entregada. Dice don Jaime Flores: «Fue muy amado de los seminaristas por la bondad y humildad que respiraba y por el cuidado extremado que tenía de todos» 53.
El entonces seminarista Antonio Ancos Miranda dice: «A don Guillermo Plaza, como prefecto que era del Seminario, se le apreciaba como de vida ejemplar... Don Guillermo Plaza se distinguía por la amabilidad y bondad, que se unían a su vida ejemplar» 54.
El sacerdote don Victorio Garrido Moset fue, durante ese curso 1935-36, alumno del siervo de Dios, y declara: «Puedo testificar que se preocupaba mucho por la formación de los seminaristas, fomentando los estudios y la vida de piedad, orientados hacia la vida de apostolado» 55.
El sacerdote don Ángel Rodenas Montañés también fue alumno de don Guillermo, y coincide en su testimonio: «Don Guillermo Plaza, con su juventud, era amable, cariñoso y expansivo... Estuvo de superior del Seminario Mayor de Toledo, desempeñando este cargo como un Operario modelo y captándose las simpatías de los mismos alumnos» 56.
Creo que es muy importante este punto, ya que no resulta fácil captarse las simpatías de los alumnos cuando hay que educar, formar, exigir. Y este mismo testigo asegura que don Guillermo Plaza hacía la virtud alegre. Otro aspecto muy importante en un formador.
TODO PARA TODOS
La actuación de don Guillermo Plaza en el Seminario de Toledo, el único curso que allí fue superior, la ha reflejado espléndidamente el sacerdote Operario don José Estupiñá, que era prefecto de la sección de Filosofía cuando el siervo de Dios lo era de la de Teología. Se hicieron grandes amigos. Don Guillermo lo tenía como confidente. Así pudo sondear mejor que nadie su intimidad.
Este es el testimonio de don José Estupiñá: «Le traté de cerca en la Casa de Probación, por espacio de tres años. Luego trabajamos juntos en el Seminario de Toledo, el último curso anterior a la revolución marxista. Y siempre vi en él la realización práctica de la frase de San Pablo 'Omnia ómnibus factus'.
»Tenía un amor e interés sin límites al conjunto, a la sección, a la comunidad. Y un cariño delicado, fino, sacerdotal, por cada seminarista en particular.
»Se entregaba sin reserva, sin cansancio, al Seminario, a las tareas comunes, generales de su cargo. Con una ilusión, con un afán, con un celo propios del Operario. Sin escamotear ni un minuto siquiera para su comodidad o para su recreo.
»Atendía con solicitud de madre a las necesidades de cada alumno, como si no le interesase más que el individuo, el detalle, antes que la sección. Esa difícil facilidad de armonizar lo particular con lo general me llamaba sobremanera la atención, me edificaba y me hacía exclamar: Así dicen que era Mosén Sol. Así debía ser San Pablo. Todo para todos y para cada uno en particular.
»También, como perfecto Operario, supo ser víctima reparadora. No atinaría a decir el motivo que le movió a ello, pero lo cierto es que me hizo muchas veces confidente de sus cosas. Llevaba, desde hacía varios años, una cruz harto pesada, capaz de abatir a cualquiera, al menos de hacerle perder la quietud y la paciencia. El la sobrellevaba con espíritu de Operario, que se sabe víctima reparadora del Corazón de Jesús.
»Nunca le oí palabra alguna contra la caridad debida a nuestros prójimos, singularmente a nuestros hermanos. Tenía suficiente anchura de corazón para sufrirlo todo con resignación y en silencio, para olvidarlo todo, sin un átomo siquiera de resquemor.
»¡Cómo quería a la Hermandad, a los Operarios y a los seminaristas, especialmente a aquellos que le hacían sangrar el corazón!
»Cuando supe que, momentos antes de ser fusilado, pidió besar la mano de su asesino, me dije, estremecido de emoción por este rasgo de mansedumbre suprema: ¡Este era don Guillemo Plaza!» 57.
CAPITULO XII
VIRTUDES DEL SIERVO DE DIOS GUILLERMO PLAZA HERNÁNDEZ
PROFUNDAMENTE PIADOSO
Todos los que vivieron con don Guillermo Plaza nos hablan de su profunda piedad. Ya hemos visto en el capítulo anterior cómo el siervo de Dios se esforzaba para infundir en sus alumnos un sólido espíritu de piedad.
Dice don Jaime Flores que el siervo de Dios era «de carácter humilde, bondadoso, lleno de piedad y entregado al servicio de los demás» 1.
Bastaría este dato para comprobar que la piedad de don Guillermo Plaza se proyectaba en auténtico espíritu de caridad, de entrega y de servicio. Dice un sacerdote, que fue alumno suyo: «Era profundamente piadoso. Se daba enteramente a los seminaristas, ejerciendo la caridad en todos los sentidos con ellos» 2.
Un antiguo superior del siervo de Dios asegura que «sobresalió por el espíritu de piedad» 3.
Y su padre, tan sencillo, es lo que vio como predominante en su hijo: «Puedo decir de mi hijo Guillermo que en él sobresalía el amor a Dios y a la Santísima Virgen» 4.
Doña Isabel Gómez Carrasco, en cuyo domicilio fue detenido el siervo de Dios, dice que oyó decir al padre de don Guillermo «que era un hijo muy bueno y que era un santo, y que sentía no haberse despedido de él» 5. Y pudo comprobar personalmente, «aunque estuvo poco tiempo en mi casa, que era atento, afable y piadoso. Pude observar en él la confianza en Dios y la piedad, ya que en aquellas críticas circunstancias, sin perder la paz, me pidió le dejara solo para hacer sus oraciones y se puso a rezar el rosario» 6.
Los seminaristas que vivieron a su lado quedaron impresionados por la vida interior de este siervo de Dios, que era «un hombre muy espiritual» 7. Dice uno de ellos: «Don Guillermo se distinguía por la amabilidad y bondad que se unían a su vida ejemplar. Las virtudes predominantes de don Guillermo Plaza eran su piedad y la devoción a la Santísima Virgen» 8.
Y otro afirma: «Siempre se distinguió por su devoción a la Virgen Santísima, haciendo la virtud alegre» 9.
Creo que éste es otro aspecto muy importante en la vida del siervo de Dios: hacer la virtud alegre.
El sacerdote toledano don Antonio Vargas Carrillo conoció muy bien a don Guillermo Plaza, «primero en sus años de Teología y después en el curso 1935 a 1936, en el que fue prefecto de disciplina en el Seminario Mayor. También tuve trato especial con el mismo por estar los pueblos natales, suyo y mío, limítrofes» 10.
Este sacerdote consideraba a don Guillermo como su modelo de identificación ya desde que era seminarista. Sus elogios desbordan en el testimonio que nos ha dejado: «En su juventud, para mí, entonces seminarista latino, eran motivo de edificación sus conversaciones con mi párroco, a quien le unía una estrecha amistad. Le veía enteramente entregado a su vocación y su piedad era acendrada, perdurando como recuerdo imborrable en mí su profunda modestia, su ponderación en el hablar, cuidando siempre de mantenerse dentro de las más estrictas normas de caridad, y la pureza que a mí me parecía dejaba traslucir todo su ser» 11.
Era el sacerdote ejemplar, en medio de su juventud —tenía veintiocho años cuando lo martirizaron—, pero estaba lleno de Dios. Dice el mismo testigo: «Don Guillermo, para mí, fue el sacerdote totalmente entregado a su vocación, explicando esta generosa entrega todas sus demás virtudes, eminentemente sacerdotales. De ellas quiero hacer resaltar su piedad y su pureza angélica» 12.
ERA TODO CARIDAD
Quizá sea ésta la definición más preciosa que nos han dado de don Guillermo Plaza. El trato íntimo con Dios, si es auténtico, produce necesariamente amor a los hermanos. Y este amor brilló de modo extraordinario en el siervo de Dios Guillermo Plaza, que vivía «entregado al servicio de los demás».
Don Victorio Garrido Moset, que también fue alumno de don Guillermo Plaza, nos dice: «Don Guillermo Plaza era un hombre todo caridad» 13. Y era todo caridad en el cumplimiento de su deber como formador de los futuros sacerdotes, con altura de miras y abriendo horizontes a sus alumnos, «fomentando los estudios y la vida de piedad orientados hacia la vida de apostolado» 14.
Era todo caridad, hasta en los detalles, en las pequeñas cosas de cada día. En él predominaba «la sencillez, considerándose él como si fuera siervo de los demás y obligado a servirles» 15.
El sacerdote don Ángel Rodenas, primero compañero de Seminario, posteriormente alumno del siervo de Dios y finalmente refugiado con él cuando la revolución, asegura que don Guillermo «se sacrificaba por el bien de los seminaristas. Era estimado por todos» 16.
BONDADOSO Y HUMILDE
Lo dicen casi todos los testigos en el proceso. «Me pareció de carácter humilde y bondadoso» 17.
«Era muy bueno y muy sencillo» 18.
Cuando estuvo refugiado en la casa del seminarista Antonio Ancos, la madre de éste pudo ver muy de cerca que don Guillermo Plaza «tenía un carácter muy dulce, bondadoso y humilde... Puedo precisar que en don Guillermo Plaza observé, durante los días que estuvo en mi casa, que en él predominaba la virtud de la humildad» 19.
Porque era humilde, era servicial, se consideraba obligado a servir a todos.
AMANTE DE LA POBREZA
«Fomentaba mucho el espíritu de pobreza, hablando frecuentemente y con satisfacción de la pobreza de los sacerdotes y familiares, y cómo los sacerdotes tenemos que dar ejemplo de desprendimiento y de pobreza» 20.
No lo dejaba en palabras. Iba por delante con ejemplo. «El practicaba estas virtudes de caridad y desprendimiento», dice don Victorio Garrido Moset, quien se benefició personalmente del desprendimiento y caridad del siervo de Dios. «Nos daba también cuanto él poseía y que podía ser útil para nuestra formación y apostolado» 21.
En este punto de pobreza es muy significativa su actuación cuando el año 1934 su familia lo estaba pasando bastante mal y, con toda sencillez, se lo cuenta a don Pedro Ruiz de los Paños. A juzgar por la carta de don Guillermo, el Director General de la Hermandad le autorizó para que pudiera enviar alguna ayuda a sus padres, tan necesitados en aquel momento. Y el siervo de Dios, con esa sencillez encantadora y con esa riquísima pobreza que le adornaba, escribe el 22 de diciembre de 1934: «Envié a mi madre treinta duros, en vez de cincuenta, como usted me indicaba, pues juzgué que con esto se podrían defender, por ahora, reservando lo demás por si más adelante tuviesen enfermedad alguna.
»Contestó mi madre, agradecida, diciendo que llegó en el momento en que no había un céntimo en casa. Le transmito, con el suyo, mi agradecimiento. Espero que, no habiendo perdido mi padre el destino y, en cumpliendo mi hermano, se defenderán mejor» 22.
ÁNGEL DE PUREZA
En el proceso hacen resaltar continuamente esta virtud. Ya vimos cómo se expresaba el sacerdote don Antonio Vargas Carrillo: «Quiero hacer resaltar su piedad y su pureza angélica» 23. En este sacerdote permanecía indeleble «su profunda modestia... y la pureza que a mí me parecía dejaba traslucir todo su ser» 24.
Su condiscípulo el obispo don Anastasio Granados también pone de relieve esta virtud en el siervo de Dios: «Era de una pureza exquisita» 25.
Don Guillermo Plaza era el hombre que dejaba pasar la luz.
OBEDIENCIA
Siendo humilde, siendo pobre, siendo todo caridad, necesariamente tenía que ser obediente.
«De don Guillermo Plaza me consta plenamente que era muy dócil para con sus superiores» 26.
Don Juan Sánchez Hernández testifica: «De don Guillermo Plaza puedo afirmar, como superior que fui de él durante dos años, que su obediencia fue ejemplar» 27. Vivía plenamente compenetrado con las normas y voluntad de los superiores 28.
El año 1935 el Director General de la Hermandad propuso a don Guillermo si estaría dispuesto a ir a Tucumán (Argentina). Que le expusiera las dificultades que tuviera para ello. Don Guillermo Plaza responde, el día 28 de junio de 1935, en estos términos: «Respecto a mis dificultades para marchar a Tucumán, sólo se me ocurre:
»1.° Mis padres, que se han alborotado cuando les he hablado de Roma o América.
»2.° Mis escasos entusiasmos por los ministerios, quizá poíno haberlos ejercitado nunca.
»Nada más, si usted no considera dificultades mis cortos alcances para profesor.
»Expuesto esto, haga usted de mí lo que quiera, que a cualquier parte iré gustoso, adonde me mande la obediencia» 29.
CAPITULO XIII
MARTIRIO DEL SIERVO DE DIOS GUILLERMO PLAZA HERNÁNDEZ
Don Guillermo Plaza, como superior del Seminario Mayor de Toledo, estaba en el Seminario cuando comenzó la revolución del 18 de julio de 1936. Convivió aquellos días, hasta el 22 de julio a las nueve de la noche, con los siervos de Dios Pedro Ruiz de los Paños, José Sala y Miguel Amaro. Estaban también en el Seminario el excelentísimo señor don Jaime Flores Martín, don Tomás Torrente y los seminaristas Antonio Ancos y Ángel Rodenas.
Cuando el siervo de Dios Pedro Ruiz de los Paños hablaba constantemente de la gloria del martirio y exhortaba a todos a derramar con gozo la sangre por Jesucristo, «todos ellos mostraron deseos del martirio y hablaron de ello» durante aquellos días 1.
Don Guillermo Plaza compartía esos mismos sentimientos, mostrando plena conformidad con el honor de ser mártir 2.
Al salir del Seminario, el día 22 de julio de 1936, hacia las nueve de la noche, el siervo de Dios marchó, en compañía de los dos seminaristas, alumnos suyos, a la casa de doña Benita Miranda Carbonell, madre del seminarista Antonio Ancos Miranda, según la distribución que había hecho don Pedro Ruiz de los Paños.
Testifica así Antonio Ancos Miranda: «El siervo de Dios don Guillermo Plaza se encontraba, efectivamente, en la ciudad de Toledo el 22 de julio de 1936, como superior del Seminario, y al conocerse la noticia de que los milicianos rojos habían logrado entrar en la ciudad, después de recibida la comunión y la bendición del Director General de la Hermandad, salió en compañía del seminarista Ángel Rodenas y del declarante, para refugiarse en mi casa, situada en la calle Santo Tomé de esta ciudad» 3.
Ya por el camino tropezaron con serias dificultades, como era de esperar en aquellos calamitosos momentos de verdadero pánico. Continúa diciendo Antonio Ancos Miranda: «Al llegar a la puerta de casa fuimos sorprendidos por tres milicianos de los que acababan de entrar en la ciudad, interrogándonos sobre quiénes éramos y adonde íbamos» 4.
La respuesta era extremadamente delicada. Por eso, Antonio Ancos no dejó que hablara su superior, ya que don Guillermo hubiera dicho que él era sacerdote. Se adelantó inmediatamente a responder: «Yo les contesté que éramos seminaristas y que íbamos a mi casa. Uno de ellos preguntó a los otros dos si nos conocían, y éstos dijeron que sí, aconsejándonos que subiéramos a nuestro piso e hiciéramos lo posible para que nadie nos viera y supiera que estábamos allí» 5.
ENTUSIASMADO POR EL MARTIRIO
El siervo de Dios permaneció oculto en esa casa durante dieciocho días, que fueron de auténticos ejercicios espirituales, días de recogimiento y oración y de animar a todos al martirio.
Continúa diciendo Antonio Ancos Miranda: «Desde la noche del 22 de julio al 9 de agosto don Guillermo permaneció en mi casa, siempre lleno de ánimo y entusiasmo por el martirio, inculcando a todos los que con él convivíamos la esperanza de que no había de pasar nada y de que habíamos de estar alegres y contentos, si teníamos la suerte de ser escogidos para el martirio, por lo que en varias ocasiones repetía, a la hora de comer, que había que comer mucho para tener mucha sangre para derramarla por Cristo» 6.
Tanto a Antonio Ancos como a su madre impresionó mucho esta frase de don Guillermo, que repiten varias veces en su testimonio.
El entonces seminarista Ángel Rodenas Montañés coincide en su declaración: «Yo salí del Seminario con don Guillermo Plaza y el entonces seminarista Antonio Ancos, todos vestidos de paisano. Nos dirigimos al domicilio de la madre del referido Antonio Ancos, sita en la calle de Santo Tomé, de la ciudad de Toledo.
»Allí estuvimos refugiados, y la vida que con nosotros hacía don Guillermo era de recogimiento y continua oración, como preparación para el martirio que preveía» 7.
A doña Benita Miranda Carbonell impresionó también la serenidad que tenía don Guillermo todos aquellos días, cuando había un peligro constante de que fuera descubierto y asesinado, por el gravísimo delito de ser sacerdote.
Declara doña Benita: «Aquella noche durmieron en casa, arreglándonos lo mejor que pudimos, y los días sucesivos permanecieron allí mismo, no sin temor de ser descubiertos, porque en la misma calle habitaba un miliciano.
»La vida que hizo don Guillermo durante la estancia en mi casa fue de gran recogimiento. Rezábamos el rosario todos los días y él pasaba la mayor parte del tiempo en una habitación. Yo vi que con él se confesaron mi hijo Antonio y el seminarista Ángel Rodenas, y les exhortaba a que fuesen valientes y estuviesen dispuestos a dar la vida por Dios.
»Una frase que repetía con frecuencia era: 'Hay que comer para estar gordos y poder dar más sangre por Dios.' El comía con mucha tranquilidad y guardaba en todo mucha serenidad» 8.
QUERIENDO SALVAR A DON GUILLERMO
Era la intención de la buenísima madre de Antonio Ancos. Ciertamente corrían mucho peligro si estaban los tres en la casa. Ángel Rodenas pudo salir el día 6 de agosto de 1936. Estuvo en la cárcel dieciocho meses por ser seminarista 9.
Pero todavía era muy peligroso que don Guillermo permaneciera en aquella casa con el seminarista Antonio Ancos. Era peligroso para todos, ya que quien ocultaba a un sacerdote tenía pena de muerte.
Declara doña Benita Miranda: «Ante el peligro que suponía que estuvieran los tres juntos en una misma casa, estábamos gestionando la forma de que don Guillermo fuese a otra casa, cuando me trajeron una carta de mi hermano José Miranda, que vivía en el pueblo de Cobisa, ofreciéndome su domicilio para que a él fuese mi hijo Antonio y se librase más fácilmente de la persecución.
»Ante este ofrecimiento, queriendo yo librar, sobre todo, a don Guillermo, dije al miliciano que traía la carta, llamado Leopoldo, que en lugar de irse con él mi hijo Antonio iba a acompañar a un compañero suyo de Seminario.
»El miliciano me prometió y me dio palabra de honor de que no le pasaría nada y de que le conduciría a casa de mi hermano» 10.
Pero cuando hay que pedir «palabra de honor» es porque no se fía uno del honor de quien da esa palabra. Me parece que doña Benita debió quedarse con el presentimiento de que el tal Leopoldo andaba bastante flojo de honor.
De hecho testifica: «El miliciano Leopoldo le condujo a casa de mi hermano, y fue al Ayuntamiento y dijo: 'En casa de José Miranda os he dejado un buen pez'» 11.
Y de este modo salió el siervo de Dios de la casa donde había vivido oculto durante dieciocho días. Allí se enteró de que habían matado a los siervos de Dios Pedro Ruiz de los Paños y José Sala.
Por la calle donde estaba oculto los llevaron el día 23 de julio de 1936 y en esa misma calle quisieron matarlos. Eran días de angustia y de gran tribulación.
IBA CON MUCHO RECOGIMIENTO
Era el bagaje que llevaba para el martirio. Dice doña Benita Miranda: «Yo le di a don Guillermo un bolso de víveres para disimular y pasara más fácilmente el control de milicianos que había en el Puente de San Martín.
»Así salió don Guillermo de mí casa el día 9 de agosto de 1936, hacia las cuatro de la tarde, camino de Cobisa, acompañado del referido miliciano y de la esposa de éste, la cual actualmente vive en Toledo por la calle de las Tendillas.
»Yo les vi por una ventana, y don Guillermo iba con la cabeza baja y con mucho recogimiento» 12.
Sabía que iba al martirio. «Considero que don Guillermo Plaza estaba bien preparado para el martirio. Estaba creído que le matarían» 13. «Me dijo que él se iba con Dios» 14.
Sabía adonde iba y sabía cómo debía ir: con mucho recogimiento, para el encuentro definitivo con el Señor.
LLEGA A COBISA
El miliciano Leopoldo cumplió perfectamente la primera parte de su compromiso: llevar a don Guillermo a la casa del hermano de doña Benita Miranda, que vivía en el pueblo de Cobisa.
La cuñada de doña Benita, Isabel Gómez Carrasco, fue la que recibió en su casa al siervo de Dios. Y ella nos ofrece este testimonio: «Después de estallar la revolución y guerra de julio de 1936 en Toledo, según me dijo el mismo don Guillermo, a casa de mi cuñada Benita Miranda de Ancos, la cual a la sazón tenía un hijo seminarista, llamado Antonio. Mi cuñada y su hijo, con el fin de librar de la muerte a don Guillermo, le enviaron desde Toledo a mi casa, en Cobísa, llegando a este pueblo en un camión, en la primera decena de agosto de 1936» 15.
Don Guillermo no podía ocultar que era sacerdote. Se le notaba a la legua. Quizá tampoco lo intentaba. Además, como destacaba tanto, quien lo había visto una vez, lo reconocía, aunque fuera vestido de paisano. Y eso le ocurrió en Cobisa.
Al bajar del camión había bastante gente en la plaza del pueblo, y a una joven, con la mayor ingenuidad del mundo, sin ninguna mala intención, se le escapó decir en voz alta que ella se había confesado con este sacerdote en el Seminario.
Era suficiente para que los esbirros que andaban a la caza de sacerdotes se pusieran en estado de matones.
Continúa diciendo doña Isabel Gómez Carrasco: «Llegó don Guillermo a la plaza del pueblo, en la cual estaba mi casa. En la misma plaza, una joven del pueblo, de una manera espontánea, al verle, dijo: 'Con este sacerdote he confesado yo en el Seminario', oyendo esta frase algunas personas que se encontraban en la plaza. Esta escena me la refirió a mí la joven que pronunció la frase, posteriormente» 16.
Probablemente la joven quedó desconcertada cuando supo que habían asesinado a don Guillermo, y quería decir que ella lo había descubierto. Claro, que lo descubría su recogimiento y su bondad. Una bondad que llegó a impresionar a los mismos asesinos 17.
Entró en la casa de doña Isabel y la saludó en nombre de su cuñada, «y me dijo si podía estar allí hasta que pudiese ir con sus padres. Desde el primer momento me dijo que era sacerdote y que, por ello, corría mucho peligro su vida, aunque iba vestido de paisano» 18.
Aquella señora era buena a carta cabal. Sabía a lo que se comprometía, porque todos en la zona roja habían escuchado los bandos de que se condenaba a muerte a todo el que ocultara un sacerdote en su casa.
«Yo le dije que mi marido no estaba en casa, pero que, para favorecerle, era igual. Le invité a quedarse en casa y a que tomara un vaso de leche.
»Cuando ya iba a terminar de tomar el vaso de leche llamaron a la puerta, resultando ser el alcalde del pueblo y un miliciano» 19.
Ya había surtido efecto el «chivatazo» de nuestro buen Leopoldo, el miliciano. Aquella gente no perdía tiempo, si había que matar «curas».
«Me preguntaron, al ver en la habitación a don Guillermo conmigo, que quién era aquel señor. Entonces don Guillermo les contestó lo siguiente: 'Esta señora no me conoce, porque he venido a hacerle una visita.' El alcalde le dijo: 'Nosotros sabemos que usted es sacerdote; pero no venimos a hacerle ningún daño. Sólo queremos que usted no se marche de aquí, porque, si usted se marcha, esta señora es responsable.'
»Entonces don Guillermo les contestó: 'No me marcharé, y cuando vengan, aquí estaré; que yo no quiero hacerles ningún daño a los dueños de esta casa.'
»El alcalde le dijo: No queremos hacerle ningún daño, sino sólo entregarle a las fuerzas que van a entrar en el mando.
»Don Guillermo contestó: 'Sí, a los que vengan para asesinarme. '
»Y entonces se fueron los dos señores, a saber: el señor alcalde y el miliciano» 20.
Ya sí que no le cabía duda alguna de que lo iban a matar. Y sólo quiso prepararse más aún para la muerte.
«Don Guillermo entonces me dijo si podía quedar solo para hacer sus oraciones; con mucha serenidad se puso de rodillas delante de un cuadrito de la Virgen de las Angustias, que tenía yo en la habitación, y yo me retiré» 21.
EL PODER DE LAS TINIEBLAS
Ya tenían la presa a cobro. Ya sentían el gozo de asesinar a un sacerdote más, puesto que no querían dejar ni uno solo con vida.
«Antes de haber pasado una hora, siendo aproximadamente las siete y media de la tarde, sin que todavía hubiera oscurecido, llegaron unos cinco milicianos rojos y muchos chiquillos y, estando yo en el patio, pasaron a la habitación en la que se encontraba don Guillermo, sin pedir permiso a nadie, y a mí no me dejaron entrar» 22.
Lo encontraron orando, como Judas y el tropel de soldados encontraron a Jesús en el Huerto de la Agonía. Lo encontraron de rodillas. Era el único modo de ponerse un poco al nivel de aquellos pobres enanos de espíritu. E inmediatamente se lo llevaron. «Le sacaron al patio delante de ellos, y pidió permiso para despedirse de mí y, haciéndolo, me dio la mano y me dijo: 'Hay que sufrir, señora, con mucha paciencia.'
»El no hizo resistencia alguna y marchó delante de ellos» 23.
NO LE PERMITEN DESPEDIRSE DE SU MADRE
Don José Miranda Carboneil sólo trató unos minutos a don Guillermo Plaza. Lo suficiente para medir su gran espíritu y su sencillez. Ya hemos visto, por el testimonio de doña Isabel, que no estaba en casa cuando llegó el siervo de Dios. Volvía del campo, donde había estado trabajando, cuando le enteraron de algo de lo que estaba ocurriendo en su domicilio.
Cuando llega al pueblo, «a la puerta ya de mi casa, y antes de haber entrado yo en ella, llegaron el alcalde y el presidente de la Casa del Pueblo de Cobisa, los cuales me dijeron que en mi casa tenía un sacerdote y que yo era el responsable, si llegara a faltar de mi casa, se entiende si tal sacerdote se escapaba.
»El alcalde y el presidente de la Casa del Pueblo entraron y hablaron con don Guillermo, quedándome yo en el patio de la casa. Cuando ellos salieron, pasé yo a ver a don Guillermo...
»Me dijo que fuera yo a hablar con Leopoldo Sánchez, que le había acompañado hasta Cobisa, para que éste hablara con el chófer de un coche que allí había, perteneciente a la patrulla roja, a fin de que pudiera llevarle al pueblo natal suyo, o sea, Yuncos, para poder al menos ver a su madre.
»Yo no hablé más con don Guillermo, sino que fui inmediatamente a hablar con dicho Leopoldo» 24.
Para los milicianos, encargados de matar, eran demasiadas exquisiteces lo de despedir a su madre y demás atenciones filiales. No se lo permitieron. Pero Dios —rico en misericordia, millonario en detalles de cariño— sí que se lo permitió. Le tenía reservada en el cielo, como gran sorpresa, el regalo único que pedía el siervo de Dios en la tierra: ese mismo día se llevó al cielo a la madre de don Guillermo, para que se encontraran en la felicidad sin límites del Señor.
Declara el padre de don Guillermo: «El mismo día 9 de agosto murió mi esposa, madre de don Guillermo, después de estar sufriendo grandemente durante unos siete días por la suerte de su hijo, puesto que, viviendo en la misma carretera, constantemente oíamos decir a los milicianos: ¡Vamos por los curas!, y que habían matado a muchos sacerdotes y que no iba a quedar uno» 25.
Continúa su relato don José Miranda Carbonell: «Hablé con un miliciano, y me dijo: '¿Con que tienes un cura en tu casa? Pues, cuando acabemos con ellos, vamos a empezar con vosotros.' Cuando todavía estaba yo hablando con este individuo vi que llevaban a don Guillermo hacia el Ayuntamiento de Cobisa otros tres milicianos rojos, a los que acompañó seguidamente el que hablaba conmigo. Estos milicianos no eran de la localidad, y yo no los conocía» 26.
AMAD A VUESTROS ENEMIGOS
Don Guillermo Plaza era un seguidor incondicional de Jesucristo, que manda perdonar a los que nos persiguen; era seguidor de quien, «cuando lo insultaban, no devolvía el insulto» 27.
Don Guillermo Plaza sólo preguntó quién le iba a matar, para besarle la mano, como signo de perdón y para agradecerle el gran beneficio que, sin saberlo, le hacía por medio del martirio. La esposa del guardia civil Manuel Barrera presenció desde muy cerca toda la escena del martirio de este siervo de Dios, y dice que «éste, unos instantes antes de ser fusilado, preguntó quién era el que iba a dispararle y manifestó deseos de besarle la mano en señal de perdón, mas los milicianos dispararon inmediatamente contra él sus fusiles con verdadera saña, dejándole materialmente acribillado a balazos» 28.
Pero fueron los mismos asesinos quienes contaron todo lo referente al martirio de don Guillermo Plaza. Al día siguiente, 10 de agosto de 1936, se presentaron en la casa donde había estado refugiado, desde el 22 de julio al 9 de agosto, el siervo de Dios, y ellos mismos contaron a Antonio Ancos y a su madre cuanto ocurrió en el fusilamiento de don Guillermo el día anterior.
Declara este testigo: «Todo esto de su detención y del fusilamiento lo supe primeramente por tres de los milicianos que intervinieron en su detención y fusilamiento, los cuales fueron al día siguiente a mi casa con el propósito de detenerme a mí y de registrar mi casa, manifestándome que don Guillermo Plaza les había dicho que había estado refugiado en mi casa. Uno de estos milicianos me dijo que era de Jaén y los otros dos de Toledo...
»En cuanto a don Guillermo Plaza, según confesión de los tres milicianos, que se declararon miembros del pelotón de ejecución, les manifestó desde el primer momento que era sacerdote y, al darse cuenta de que le detenían, se entregó como un cordero.
»Del momento de la ejecución me dijo uno de los milicianos que don Guillermo había sacado un Cristo, o sea, un crucifijo, y preguntó quién de ellos iba a dispararle para besarle la mano, y después se puso de rodillas y les dio la bendición con el crucifijo, sin que pudiera terminar de dársela, porque dispararon sobre él todos los componentes del grupo» 29.
La madre de Antonio Ancos abunda en estos mismos datos. Y añade: «Uno de los milicianos se llamaba Andrés Monroy, el cual, según creo, se encuentra en Francia; otro de los milicianos ha estado en el Hotel Suizo de esta ciudad como camarero, ignorando su nombre y si todavía trabaja en dicho hotel.
»Mi hermano me dijo también que había oído a una señora, que presenció el fusilamiento de don Guillermo, que éste dijo a los milicianos cuál de ellos le iba a disparar, para besarle antes las manos» 30.
VERDADERO MARTIRIO
«A don Guillermo Plaza sé y he oído decir que le mataron por el odio que los enemigos de la religión católica tenían al sacerdocio... Puedo dar testimonio de que don Guillermo Plaza aceptó voluntariamente la muerte en testimonio de confesar su condición de sacerdote de la Iglesia católica» 31.
«Yo invoco a don Guillermo y a don José como mártires... Los siervos de Dios sufrieron la muerte en testimonio de la fe y por el odio de los enemigos a la religión católica» 32.
4
Don Recaredo Centelles Abad
Pureza de niño y alegría sacerdotal
CAPITULO XIV
SÍNTESIS BIOGRÁFICA DEL SIERVO DE DIOS RECAREDO CENTELLES ABAD
Nació el día 23 de mayo de 1904, a las ocho de la tarde, en Vall de Uxó, provincia de Castellón y diócesis de Tortosa. Fueron sus padres Vicente Centelles Peñarroja y Leonor Abad Herrero, que formaban una familia fervientemente religiosa.
El padre de don Recaredo era «varón integérrimo, de una piedad consciente y acrisolada, católico practicante» 1, que ayudó muchísimo a los sacerdotes para realizar obras en favor de la gente humilde. Su madre tenía fama de santidad en todo el pueblo 2. Eran dueños de una tienda de comestibles, «en cuyo comercio se tuvo que cesar por su prodigalidad caritativa» 3.
Fue bautizado el día 24 de mayo de 1904, por el coadjutor de la parroquia del Santo Ángel Custodio de Vall de Uxó, don Miguel Falcó.
INFANCIA DEL SIERVO DE DIOS
Hizo los estudios de primera enseñanza en Valí de Uxó, «en la escuela de don Ramón Pallares Roselló, muy buen maestro y muy católico. Era una escuela católica, que se llamaba Colegio de San José» 4.
Un compañero de aquellos años de infancia, quizá el mejor amigo de Recaredo, que conservó tal amistad hasta el martirio del siervo de Dios, aporta en el proceso muchos datos sobre la infancia de su amigo Recaredo: «Como éramos vecinos, íbamos juntos a la escuela, e hicimos mucha amistad. Puede decirse que pasábamos todo el día juntos, menos en las horas de comer» 5.
Ya desde niño don Recaredo «era sumamente modesto y recatado, no admitiendo ninguna broma menos conveniente». Tanto es así que los compañeros lo llamaban «el beato» 6.
Diríamos que don Recaredo tenía instinto de caridad, de esa caridad fina y delicada, que no puede manchar a nadie. «No podía aguantar ninguna conversación mala, ni siquiera de crítica de los mismos compañeros de la escuela» 7.
En su casa había aprendido esa caridad auténtica que sabe cubrir las deficiencias y faltas de los demás. Cuenta este amigo suyo una anécdota que, en un niño, revela cierta madurez cristiana:
«Una vez a un niño le sustrajeron un lápiz y una goma. El niño denunció el caso al maestro, el cual reprendió a todos. El niño que lo había sustraído lo colocó en la carpeta del siervo de Dios. Al registrar las carpetas, se encontró en la de Recaredo, por lo que fue tenido por ladrón, lo mismo por el maestro que por los niños» 8.
Pero lo grande, lo más importante del heroísmo que revela la anécdota es que Recaredo sabía quién era el ladrón, y calló para no causarle daño alguno.
«El lo sabía y no quiso decirlo. El niño que había sustraído esto se puso enfermo y declaró al maestro, que fue a visitarle, que había sido él» 9.
«Se podrían contar otras anécdotas que demuestran la virtud del siervo de Dios en su infancia» 10.
Ahora bien, todo esto no quiere decir que Recaredo Centelles no tuviera genio. Sencillamente, casi siempre se lo comía y callaba. Menos una vez que explotó y sacudió un bofetón muy bien dado a su mejor amigo, que nos lo cuenta así: «Recuerdo que, siendo él y yo monaguillos de la parroquia, una vez le quité disimuladamente una estampa del Sagrado Corazón. Estando en la iglesia, revistiéndonos para salir a una función, me cayó la estampa al suelo, y la vio Recaredo. Me dijo que era suya, y yo se lo negué. Discutimos, y él me dio un bofetón» 11.
Aquel bofetón le dolió mucho más a Recaredo que a José María Escrí Salvador, que fue quien lo recibió. El siervo de Dios lo recordó toda la vida, con gran pesar por no haber sabido reprimirse y haber reaccionado sin dominar ese instinto espontáneo de agresividad.
«Después ya no lo vi, y al momento de salir al altar no lo encontrábamos, por lo que yo salí solo con el sacerdote. Terminada la función, encontramos a Recaredo llorando desconsoladamente en una escalera. Le preguntamos por qué lloraba, y dijo que porque me había pegado...
»Se acordó toda su vida, incluso cuando era sacerdote, de esta vez que me pegó» 12.
PRIMERA COMUNIÓN
El siervo de Dios Recaredo Centelles fue un ardiente enamorado de la Santísima Eucaristía, y quiso estar en contacto íntimo con Jesús sacramentado desde muy niño.
Llegaron a Valí de Uxó unos misioneros. Entonces una «misión» causaba un impacto estupendo en cada pueblo. El niño asistía a los sermones de los padres misioneros, y un día dijeron, con gran énfasis, que el Santo Padre Pío X deseaba muy de corazón que los niños se acercasen a la comunión ya a los siete años. El santo Papa dejaba que los niños se acercasen a Jesús, porque el Señor siempre lo ha querido así.
Recaredo tenía siete años, y le entraron grandes deseos de hacer su primera comunión. En casa le dijeron que esperara un poco, sobre todo porque no tenía un traje adecuado para tal ceremonia.
El niño no entendía mucho eso del traje. ¿Por qué no podía comulgar con el que ya tenía? Los amigos no dan mucha importancia al traje con que se presentan, sino a la amistad sincera. Y fue insistiendo cada vez con mayores ansias de comulgar.
Los padres de Recaredo estaban convencidos de que el niño tenía razón, que el traje no era lo principal, ni siquiera merecía la pena. Valía más la vestidura de la inocencia que el trajecito azul de marinero con su lacito blanco.
Así nos lo cuenta su hermana Laura: «Hizo su primera comunión cuando tenía siete años, en Valí de Uxó, parroquia del Santo Ángel. Mi hermana Carmen, que era mayor, me contó que vinieron a Valí de Uxó unos misioneros, que dijeron que el Papa deseaba que los niños comulgaran a los siete años. Entonces mi hermano quiso recibir la primera comunión, porque ya tenía esa edad. En casa le dijeron que no podía ser, porque no tenía traje; y él dijo que podía comulgar con el que tenía. Así, comulgó durante la misma misión, sin esperar la comunión general de los niños del pueblo» 13.
VOCACIÓN SACERDOTAL
El comportamiento que mantuvo durante los años de su adolescencia es ponderado por cuantos lo conocieron. «Era llamado 'San Luis'» 14.
En el ambiente profundamente cristiano de la familia brotó espontáneamente la vocación sacerdotal, ya que sus familiares supieron cultivar esos primeros gérmenes de vocación.
Dicen los testigos en el proceso: «Desde muy niño manifestó señales de vocación sacerdotal» 15. «Desde muy niño manifestó su inclinación y deseo de ser sacerdote. Ingresó en el Colegio de San José de Tortosa, para prepararse al sacerdocio, en circunstancias económicas bastante difíciles para la familia» 16.
En el Colegio de San José de Tortosa —el primero que fundó el Beato Manuel Domingo y Sol— destacó muy pronto como seminarista ejemplar. Fue compañero de varios seminaristas que han llegado a adquirir gran relieve en la vida eclesial. Por ejemplo, el cardenal don Vicente Enrique Tarancón, que dice: «Ingresé en el Seminario el mismo año que él. Seguimos juntos toda la carrera... Siendo seminarista, llamaba la atención por su piedad y observancia. También era de mucha austeridad. Gozaba entonces entre los superiores y buenos seminaristas de una fama excelentísima. Algunos, menos observantes, tomaban a mal algunas indicaciones que él, por su celo, les hacía» 17.
Otro ilustre condiscípulo de don Recaredo Centelles fue don Vicente Lores Palau, que amaba entrañablemente al siervo de Dios. Juntos ingresaron en el Colegio de San José de Tortosa. Juntos hicieron sus estudios. Juntos fueron a la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos. Y juntos, según las noticias confusas que en tiempo de la guerra llegaban a Roma, juntos sufrieron el martirio. Claro, que el martirio de don Vicente fue más largo y fue posterior: dieciocho años de generalato en la Hermandad. El día 26 de abril de 1937 escribía, desde el Colegio de Roma, el excelentísimo y reverendísimo don Manuel Molí y Salord a don José Avila, que hubo de hacerse cargo de la dirección de la Hermandad durante los años de la guerra, una carta muy curiosa y significativa: «Cartas de usted recibimos no pocas (al menos, parecen muchas), con sus gotitas de hiél y sus dosis de acíbar. ¡Cuántas veces hemos dicho el 'Sit nomen Domini benedictum' de Job! Mire que la última... Don Recaredo Centelles, don Vicente Lores. ¡Qué almas tan selectas, tan finas! No me extraña que el Señor las quiera para sí» 18.
Testifica don Vicente Lores: «Ingresó en el Colegio de San José de Tortosa el mismo año que ingresé yo. Con él conviví durante toda la vida de seminarista, tanto en el Colegio de San José de Tortosa como en la Casa de Probación de la Hermandad» 19.
El juicio que merece a don Vicente es sencillamente extraordinario, ejemplar: «Era uno de esos seminaristas notables y extraordinarios en todos los órdenes» 20.
Una de las características que más resaltaban en su comportamiento era «su afecto al Colegio y a los superiores» 21. De hecho, nos cuenta el sobrino de don Recaredo un dato muy concreto de este cariño a su Colegio y a sus formadores. La familia del siervo de Dios atravesaba momentos difíciles en la parte económica, y en el Seminario de Valencia le proporcionaban una beca; pero él, «por afecto a sus superiores de Tortosa, especialmente a don José María Peris, no quiso trasladarse al Seminario de Valencia, donde se le ofrecía una beca» 22.
Corno seminarista «era él la tradición viviente. Daba a cada costumbre, acto y circunstancia un valor formativo extraordinario en la vida del seminarista. Jamás se le oyó una queja contra los superiores o contra sus compañeros, a los que ayudaba cuanto podía, prestándoles sus apuntes y sus orientaciones. Gozaba fama de seminarista modelo para los de dentro, para sus familiares y extraños» 23.
ESTUDIOS EN EL SEMINARIO
Fue un alumno muy inteligente y aplicado. «Tenía talento y aprovechaba bien el tiempo» 24. «Era de muy buen talento y aprovechó en sus estudios. Era doctor en Sagrada Teología» 25.
Don Vicente Lores también en este aspecto destaca las cualidades excelentes del siervo de Dios: «En cuanto a su aplicación y aprovechamiento en los estudios, fue siempre un estudiante de primera categoría, por el talento natural y por el aprovechamiento del tiempo, que consideraba como un don de Dios» 26.
Realizó sus estudios en Tortosa. El último curso lo hizo en el Seminario de Tarragona, cuando ya estaba destinado allí como prefecto de disciplina. El rector del Seminario de Tarragona, siervo de Dios Mateo Despóns Tena, dice el 13 de junio de 1929 al Director General de la Hermandad: «Va un saludo por Centelles, que ha quedado muy bien en exámenes y los profesores se hacen lenguas de su talento. ¿No convendría que el curso próximo estudiase Cánones? En un par de años más podría doctorarse en Derecho» 27.
El año 1932 tomó los grados en Sagrada Teología en Tarragona. Escribe don Joaquín Jovaní, el 3 de marzo de 1932, a don Mateo Despóns: «Probablemente mandaré pronto ahí, para que tome grados, a Centelles, pues quisiera se echara de encima esa preocupación. Quiere unas semanas de preparación próxima y estoy buscando la manera de proporcionarle la manera de contentarlo. Supongo que el Tribunal de Grados no tendrá inconveniente en reunirse a fines de la semana de Pasión y principios de la Santa para examinarle. Habla con el secretario y cuanto antes me lo dices, aunque sea poniéndome un telefonema» 28.
Vino rápidamente la contestación de don Mateo. El 4 de marzo escribe: «Acabo de ver al secretario y me dice que no hay inconveniente ninguno en que venga Centelles, como usted indica, a últimos de la semana de Pasión y principios de la Santa» 29. Y el 10 de marzo de 1932: «Llegó Centelles y el pobre está estudiando a rabiar. Le saco todas las tardes de paseo, como las amas hacen con los niños. Está bien y animado» 30.
Consiguió el grado de doctor el día de Lunes Santo.
«Era doctor en Sagrada Teología, llamando la atención en esa prueba» 31. Hizo «unos ejercicios tan sobresalientes, que uno de los jueces declaró que no se recordaba otros tales desde hacía muchos años» 32.
VIDA DE PIEDAD EN EL SEMINARIO
Su piedad era sólida y convincente. Atraía, arrastraba. Supo poner al servicio de Dios y de cuantos le rodeaban las exquisitas prendas con que le había enriquecido el Señor. «Distinguióse don Recaredo durante sus estudios seminarísticos por su brillante talento y su extraordinaria simpatía y piedad» 33.
Hablaba de la vida de gracia con entusiasmo contagioso. Y toda su vida espiritual se alimentaba en la apasionada devoción eucarística. Según don Vicente Lores, inventó lo que «él llamaba 'teléfono eucarístico'. Consistía esto en la práctica de encontrarnos varios amigos seminaristas ante el sagrario de nuestras respectivas parroquias en tiempo de vacaciones, a la misma hora, pidiendo por la mutua perseverancia de todos los llamados al sacerdocio» 34.
Esto lo venían haciendo desde los años en que estudiaban Filosofía. El año 1924, en un artículo de don Recaredo publicado en el Correo Josefino que se titula «Conferencia telefónica», dice el siervo de Dios que vienen haciendo esto desde hace algunos años. Yo creo que en el artículo descubre don Recaredo también a don Vicente Lores, a quien hace explicar, «con una unción que no olvidaré jamás», lo que era la «conferencia telefónica»: «Todos los jueves de vacaciones, a las doce menos cuarto, cada uno de los que lo hemos convenido acude a la central de teléfonos de su respectivo pueblo. Es el sagrario.
»Llamamos y, al punto, Jesús, nuestro mejor amigo, nos pone en comunicación a unos con otros, presidiendo El mismo la conferencia; y allí, recogidos, sin poder apartar del Señor nuestros ojos, nos comunicamos nuestras alegrías, nuestros pesares, nuestros triunfos, nuestras flaquezas, todo cuanto ha acaecido durante la semana.
»Nos animamos a ser más buenos, a perseverar en la vocación, a trabajar según nuestras fuerzas por la divina gloria» 35.
ASPIRANTE DE LA HERMANDAD
Dice el cardenal don Vicente Enrique Tarancón: «Ingresó en la Hermandad por el trato especial que tenía con los superiores. Yo, desde el primer curso de Filosofía, por confidencias del siervo de Dios, tenía la seguridad de que entraría en la Hermandad. Ingresó en la Hermandad en primer curso de Teología» 36.
Ya hemos visto anteriormente la influencia que ejerció en él don José María Peris. El ejemplo de su vida, las virtudes extraordinarias que tenía, la competencia indiscutible de que gozaba, sus cualidades de gran teólogo, gran músico, gran hombre de Dios, ejercieron una atracción singular sobre el seminarista Recaredo Centelles. Quiso ser como él, quiso consagrar su vida entera a la ardua y delicada tarea de la formación sacerdotal, y todo esto le impulsó a pasar, en la misma Tortosa, a la Casa de Probación de la Hermandad para ser un día sacerdote Operario diocesano.
«De seminarista, movido principalmente por el ejemplo y palabra del siervo de Dios José María Peris, manifestó deseos de ser como él, consagrando su vida a la formación de los seminaristas» 37.
La mayor dificultad que encontró para realizar su vocación de operario fue la falta de salud. Siempre tuvo que contar con esta limitación. El médico de Valí de Uxó, José María Adrián García, testifica: «Recuerdo que era un chico un poco raquítico, pero inteligente. Se apartaba de nosotros en su modo de obrar, pero no era huraño» 38.
El año 1928, cuando es enviado a Tarragona, el siervo de Dios Mateo Despóns escribe al siervo de Dios Joaquín Jovaní, entonces Director General de la Hermandad, y le habla de la buenísima impresión que ha causado en Tarragona don Racaredo. Don Joaquín Jovaní, que de ordinario es muy parco en sus cartas, responde con un párrafo que vale por muchos panegíricos: «Esperaba lo que me dices de Centelles. Está conceptuado como uno de los mejores entre los que han pasado por la Casa de Probación, por su conjunto de buenas cualidades. Sólo es deficiente en salud corporal. Te recomiendo que estés muy sobre él en este sentido» 39.
Pero también superó este escollo. «Las dificultades que encontró el siervo de Dios para realizar este deseo fueron, en mi concepto, la falta de salud y la oposición que preveía en su familia, que se había hecho a la idea de no separarse nunca de él. En cuanto a la salud, mejoró a costa de grandes sacrificios» 40.
Y en cuanto a la oposición que preveía en su familia, parece que no hubo tal, ni mucho menos, sino todo lo contrario. «Por la oración y habilidad, hizo que sus mismos familiares no sólo no encontrasen repugnancia en verle miembro de la Hermandad, sino que se convirtieron en los más entusiastas amigos y bienhechores» 41.
Fue admitido como aspirante a la Hermandad el día 4 de octubre de 1924.
En la Casa de Probación, o Aspirantado, continuó siendo el alumno ejemplar que progresaba, de día en día, por el camino del sacerdocio. «Dio constantes muestras de conducta ejemplarísima. Gozaba fama de muy piadoso y listo entre sus compañeros —escribe uno de ellos—. Era emprendedor, de muy buen carácter, conversación amena y agradable trato» 42.
Todos los que fueron compañeros suyos coinciden en este juicio tan positivo de él. «En la Casa de Probación, con la base de las virtudes y espíritu asimilado en el Colegio de San José, se le vio progresar visiblemente en todas las virtudes. Siguiendo las lecciones del siervo de Dios José María Peris, daba gran importancia a la práctica de las virtudes humanas, en las que apoyó el progreso en las virtudes eminentemente sacerdotales. Manifestó, sobre todo, una entrega absoluta y confianza ilimitada en sus superiores» 43.
Quien mejor puede ofrecer un juicio sobre él en estos años es el rector de la Casa de Probación, el venerable sacerdote Operario don José Avila, que no duda en decir: «Yo creo que ha de ser uno de los primeros mártires canonizados de la Hermandad, y el modelo de los alumnos del Aspirantado Maestro Avila» 44.
OPERARIO DIOCESANO
Hizo su consagración a la Hermandad, como probando, el día 12 de agosto de 1928. Emitió los votos trienales el 12 de agosto de 1929 y 1932. Los votos indefinidos, el 12 de agosto de 1935.
Era un ferviente hijo y admirador del Beato Manuel Domingo y Sol. El día 22 de abril de 1926 fueron trasladados los restos mortales del fundador de la Hermandad al Templo de Reparación. En el número especial del Correo José fino dedicado a Mosén Sol, don Recaredo escribió un artículo, «en que mi corazón de hijo ha de hablar de nuestro padre don Manuel. Lástima grande que mi pluma no sepa traducir las emociones sentidas en la noche del 21 al 22 de abril, velando sus sagrados despojos» 45.
Para el siervo de Dios aquello fue como una hora santa, vivida con aquel gran apóstol de la santísima eucaristía, «que ahora salía del sepulcro para estar más cerca del sagrario... Yo recordaba sus amores de santo y sus fatigas de apóstol». Y le rezaba: «Que florezca el espíritu sacerdotal en los seminarios; que aumente la reparación al sacramento del altar» 46.
El curso 1928-1929 fue destinado al Seminario de Tarragona como prefecto de disciplina de los alumnos de Latín, y allí actuó dos cursos completos. Con su bondad y enorme simpatía se ganó a los pequeños que tenía encomendados.
La novedad más grande que cuenta el 21 de abril de 1929 es que «se nota en nuestros gramáticos que va entrando el espíritu de piedad, pues no son los niños insensibles a las instrucciones y meditaciones que sabe usted se les dan, y así también va entrando la disciplina sin violencia» 47. Ese era el estilo de don Recaredo: ganar el corazón, conquistar la voluntad y así influir en la mejor formación de los alumnos. Y, antes que nada, acercar los niños a Jesús.
SACERDOTE
Había recibido la prima clerical tonsura el día 1 de noviembre de 1926. La órdenes menores de ostiario y lector, el día 18 de junio de 1927. Las de exorcista y acólito, el 1 de noviembre de 1927. Recibió el subdiaconado el 2 de junio de 1928. Fue ordenado diácono el 1 de noviembre de 1928. Recibió la ordenación sacerdotal, en Tortosa, el día 25 de mayo de 1929.
El 21 de abril de 1929 dice en carta al Director General: «Ayer escribieron de Tortosa que el señor obispo ha determinado dar las órdenes en las témporas de la Santísima Trinidad, o sea, el 25 de mayo» 48.
Su preocupación estaba en elegir el lugar donde celebraría la primera misa solemne. Por gusto suyo, al día siguiente y en absoluto recogimiento. Pero tiene que contar con los suyos, que se llevarían un gran disgusto si no lo hacía en el pueblo.
«La dificultad está ahora para la primera misa, pues si la tengo que aguardar para después de exámenes, la fecha que tenía pensada era el 16 de junio. Si para antes, día a propósito sería el 30 de mayo, fiesta del Corpus; pero así faltaría muchos días en el Seminario y quizá sea también en detrimento de los mismos exámenes que tengo que preparar.
»Por mi parte, con gusto la cantaría al día siguiente de la ordenación en la Casa de Probación, o aquí mismo en el Seminario; pero con ello daría un grave disgusto a los míos, que están deseando y haciéndose ilusiones de que sea en el pueblo. Así, pues, lo dejo en sus manos. Dígame lo que más me conviene hacer» 49.
El día 17 de mayo de 1929 comenzó los ejercicios espirituales: «Hoy ha marchado Centelles a Tortosa para los ejercicios de órdenes» 50. Practicó los ejercicios en la casa que los padres jesuitas tenían en el barrio de Jesús. Esta casa, más adelante, se convirtió en Seminario Menor de la diócesis y don Recaredo Centelles fue su primer rector.
Tal como era su primera intención, celebró la primera misa solemne en Valí de Uxó, el día 16 de junio de 1929. Entonces tenía mucha importancia el llamado «orador sagrado», que debía predicar el sermón de la primera misa. El siervo de Dios eligió a su rector de Tarragona, siervo de Dios Mateo Despóns, quien «decía que es el sermón que más ha trabajado y el que más impresión le ha hecho» 51.
«Quiso que la fiesta familiar de su primera misa fuera sencilla. El día de su primera misa estuvo, hasta la hora de ir a la iglesia, retirado en su habitación, y no habló con nadie. Salió de allí en el momento en que llegaron los sacerdotes para acompañarle» 52.
«Yo recuerdo su primera misa. En casa estuvo encerrado en su habitación hasta el momento de salir para la iglesia. Cuando le llamaban porque se hacía la hora, respondía que aún no estaba preparado. Durante el trayecto desde casa hasta la iglesia iba sumamente recogido y como transfigurado» 53.
SUPERIOR Y RECTOR PERFECTO
Los cursos 1930-1931 y 1931-1932 fue vicedirector de la Casa de Probación de Tortosa. Don Mateo Despóns debió arrepentirse mucho y muchas veces de haber elogiado tanto a don Recaredo Centelles. Decía al Director General el día 5 de octubre de 1928, cuando estaba estrenando su primer destino, que esperaba muchas vocaciones para la Hermandad precisamente porque «el ejemplo de Centelles ha de mover» 54. Y es rara la carta en que don Mateo no haga ponderaciones de Centelles.
Como es lógico y natural, don Joaquín Jovaní pensó llevarlo inmediatamente a la Casa de formación de la Hermandad. Y entonces la queja de don Mateo Despóns se queda sencillamente en jaculatoria: «Ya sabía que Centelles iba a Tortosa. ¡Bendito sea Dios!» 55.
Su actuación en Tortosa ya la hemos visto a través de don José Avila. Sencillamente, supo ser modelo, sin proponérselo. Creo sinceramente que don Recaredo Centelles logró lo que pretendía de los Operarios el Beato Manuel Domingo y Sol: «un modelo acabado de sacerdote santo y de tipo agradable» 56.
Pasó como superior al Colegio de San José, donde actuó desde septiembre de 1932 a septiembre de 1935, cuando fue nombrado rector del Seminario Menor, que comenzó ese año, separado del Seminario Mayor.
El obispo de Tortosa, don Manuel Moll y Salord, que fue compañero suyo, dice: «Como superior fue ejemplarísimo en todo y completísimo» 57.
Lo mismo afirman cuantos lo trataron esos años. «Destacó como superior del Seminario por el celo que tenía por la formación de los seminaristas» 58.
Dedicaba mucho tiempo a la formación personalizada. Sabía atender a cada alumno individualmente, dar a cada uno lo que necesitaba. Dice un sacerdote, que fue alumno del siervo de Dios: «Ante todo, se le notaba gran interés por la formación de los seminaristas. Trabajaba con cada uno particularmente. Era muy humilde, piadoso, muy amable en el trato y de gran vida interior... Yo lo considero, con don José María Peris, de los mejores superiores que he tenido en el Seminario» 59.
Sólo un año, el último de su vida, estuvo como rector en el Seminario Menor de Tortosa. Lo organizó de manera plenamente satisfactoria. «Fue admirable la entrega y dedicación de sus excelentes cualidades y de su vida en aras de su vocación de Operario. Todo le parecía poco para que los seminaristas tuviesen material y espiritualmente el ambiente y bienestar necesarios para su formación.
»Los superiores tenían puesta la gran ilusión para cargos de responsabilidad en el siervo de Dios, sobre todo el Director General y el director de la Casa de Probación. Para ellos no era ya una esperanza, sino una consoladora realidad, ya que desempeñaba con la máxima competencia todos los cargos y misiones que le confiaban.
»Los compañeros de colegio y de probación le teníamos como modelo de todas las virtudes y nos merecía una confianza tal, que le considerábamos como hermano mayor. Los inferiores le consideraban como un rector y superior perfecto» 60.
CATEQUISTA Y FORMADOR DE CATEQUISTAS
Don Recaredo Centelles «destacó como formador de sacerdotes y formador de catequistas... Organizó el Secretariado Catequístico de Tortosa, creando la catequesis en la que intervenían los seminaristas como auxiliares» 61.
La enseñanza del catecismo le atraía irresistiblemente desde muy joven. «Trabajó incansablemente en el catecismo. Tenía pasión por enseñar el catecismo» 62.
Todos destacan su actuación en el Secretariado catequístico diocesano, organizado por él. Allí «trabajó excelentemente, organizando concursos, exámenes y facilitando a todos los párrocos y catequistas del obispado los medios más conducentes a la enseñanza del catecismo» 63.
Una testigo, que fue catequista bajo la dirección del siervo de Dios, asegura que formaba muy bien a los y a las catequistas, entre otras cosas, porque tenía «gran celo y santidad... Era un gran apóstol de la catequesis» 64.
Preparaba continuamente a los seminaristas mayores para este apostolado con pláticas, instrucciones y lanzándolos a la enseñanza del catecismo 65.
Don Herminio Capsir Ortí, que fue alumno de don Recaredo, testifica: «Destacó en todos sus cargos y demostró un celo extraordinario en la formación catequística de los seminaristas y en la enseñanza del catecismo a los niños. Fue el organizador del Secretariado, montando una selecta biblioteca catequística y proveyendo del material de enseñanza según los más modernos métodos pedagógicos. Tuvo mucho empeño en organizar unas conferencias de formación catequística con los pedagogos más destacados de aquel tiempo» 66.
Lograba que todos se interesaran por la catequesis, comenzando por los padres de los niños, siguiendo por los seminaristas y por los jóvenes, a quienes formaba y luego le ayudaban en este ministerio. Dice a don Pedro Ruiz de los Paños: «Aparte le envío un ejemplar del diario Correo de Tortosa con la reseña del final del Certamen Catequístico, organizado por este Secretariado.
»Parece que el Señor ha querido bendecir todos los esfuerzos que ha costado su preparación, pues Tortosa entera se ha interesado, y los niños han hecho verdaderos esfuerzos para preparar sus programas de catecismo. El señor obispo ha quedado muy satisfecho» 67.
«Estando él al frente del Secretariado Catequístico Diocesano tuvo lugar una Semana Catequística en Tortosa y otra en Valí de Uxó, y un aplecb o asamblea de catecismos de Cataluña en Montserrat» 68.
Sobre esta última jornada el siervo de Dios escribió un artículo muy sabroso: «Quince mil niños, que llevan consigo los afectos de otros doscientos mil compañeros de los catecismos de Cataluña, han levantado su vuelo para cobijarse bajo el manto protector de la Virgen, en las alturas gigantescas de Montserrat» 69.
Don Recaredo Centelles sabía conjugar perfectamente «lo alegre con lo serio, que así deben ser las cosas de los niños». Se celebró este acto en Montserrat como conmemoración del XIX Centenario de la Redención 70.
A un condiscípulo suyo, que le pedía orientación para hacerse buen catequista, le dice que teóricamente debe estudiar unos cuantos libros, que le detalla, así como leer constantemente las revistas de catequesis que se publicaban entonces y que procure estar al día en revistas de esta clase. Luego desciende a lo concreto, que lo sintetiza en tres puntos: «Prácticamente, para ser buen catequista se necesita: a) Un poco de sentido común, b) Conocimiento de la doctrina, cuanto más, mejor, c) Una buena dosis de celo por la gloria de Dios y de amor a las almas» 71.
El tenía mucho de todo esto.
Don Recaredo había comprendido perfectamente lo que el Beato Manuel Domingo y Sol enseñaba a sus alumnos: «Catecismo. No miréis este ministerio como inferior. Cuesta más la preparación para la catequística que para pláticas y misiones. Amad este ministerio. Hablar poco y hacer hablar mucho» 72.
A don Recaredo le gustó mucho que en la diada catequística el obispo de Barcelona lo hiciera así. La homilía fue «un vivo diálogo con los niños... Muchos de los presentes lloraban emocionados» 73.
CAPITULO XV
VIRTUDES DEL SIERVO DE DIOS RECAREDO CENTELLES ABAD
A don Recaredo Centelles quiso adornarlo Dios con multitud de prendas naturales y sobrenaturales. Atraía con «un grado máximo de respeto y seriedad» 1. «Don Recaredo era un sacerdote santo, exquisito, no sólo por educación humana, sino por finura de alma y altitud de miras» 2.
Todos «se sentían atraídos y subyugados por su manera de tratarlos y por cierta distinción que observaban en su trato» 3.
ESPIRITU DE FE
En don Recaredo resplandeció «de manera especial una fe profunda y práctica que le hacía ver a Dios en todos los acontecimientos y vicisitudes de la vida.
»A pesar de la prueba que sufrió con una larga enfermedad, que aparentemente podía resultar un serio obstáculo para la consecución del sacerdocio, jamás se le vio pesimista. Siempre esperó confiadamente que se pondría bien, aceptando los remedios, muchas veces heroicos, que le ordenaban los médicos, a los que consideraba como instrumentos de Dios» 4.
«Destacó su fe», dice sencillamente un testigo 5. Y esta fe práctica se manifestaba en su ferviente y sólida piedad. Era un apasionado devoto de la santísima eucaristía, sacramento de nuestra fe, de donde dimanaban todas sus virtudes.
«Su devoción al Corazón de Jesús y eucaristía fue extraordinaria. Se manifestó particularmente su devoción a la sagrada eucaristía por sus frecuentes y prolongadas visitas al Santísimo Sacramento y por sus horas santas, que explicaba con gran devoción de todos los presentes» 6.
Todos los que tuvieron la dicha de tratar con él quedaron edificados por su compostura y recogimiento ante el Santísimo: «Era edificante cuando estaba ante el Santísimo haciendo la visita» 7. «Pasaba largos ratos ante el sagrario» 8.
Es constante esta comprobación: «En el siervo de Dios resplandeció su devoción a la sagrada eucaristía, su piedad» 9. «Se distinguió en su piedad» 10. «Era sumamente piadoso» 11. «Estaba sumamente recogido cuando hacía la visita al Santísimo» 12.
Oraba y hacía orar, porque todo lo esperaba de Dios, porque Dios era su fuerza. «Resplandeció en el siervo de Dios especialmente la piedad, la devoción mañana, la humildad y el espíritu de sacrificio y un gran amor a la Iglesia. Pasaba hasta altas horas de la noche, después de acostarse los seminaristas, en su habitación en oración. Rezaba frecuentemente el rosario, en los momentos en que visitaba los dormitorios o paseaba por los tránsitos. Se notaba en su semblante una presencia constante de Dios.
»Hacía resaltar con frecuencia, en el último año que precedió a la revolución, los momentos críticos por los que pasaba la Iglesia en nuestra patria, y las exigencias de santidad extraordinaria que exigían del seminarista y del sacerdote para afrontar los momentos que se avecinaban» 13.
Los testigos no dejan de ponderar esta fe y amor a Dios que rezumaba toda su persona. «Tenía bien conseguida la fama de santidad, de que gozaba, por los continuos actos de virtud, por su amabilidad, por su trato cordial y distinguido a la vez, por su tierna piedad y por los actos de mortificación» 14.
ENTREGA GENEROSA A LOS HERMANOS
Su intenso amor a Dios desbordaba en el amor a las almas. Fue un apóstol celoso, sacrificado, buscando el bien de los demás. «Tenía gran celo por las almas, que comunicaba a sus alumnos y a cuantos convivíamos con él. El siervo de Dios era siempre y en todo edificante» 15.
El sobrino de don Recaredo, Leopoldo Penar roja Centelles, vio y palpó este celo desbordante de su tío, que era apóstol no sólo en el seminario y en la catequesis, no sólo con los de fuera, sino también en casa, con los de la familia. Le impresionó profundamente cómo el siervo de Dios influyó en el padre del testigo de tal manera, que supo sacrificar con gozo sus bienes en beneficio de las gentes humildes y supo llegar juntamente con don Recaredo al martirio.
«De su celo por las almas puedo decir que mi mismo padre fue conquistado para una vida intensamente religiosa, aun a costa de pérdida de herencia cuantiosa, hasta llegar dignamente y valientemente al martirio» 16.
Don Recaredo Centelles era un Operario inconfundible, a carta cabal, tal como lo quería el Beato Manuel Domingo y Sol, que decía a sus hijos: «Todos los intereses de la gloria de Dios los ha de mirar como propios... Todos estos intereses los debiéramos poner en nuestro corazón y, con el deseo, debemos remediarlos todos» 17. «No habrá ni uno que no pueda ser objeto de las oraciones y el celo del Operario. Todas y cada una de las necesidades hemos de hacerlas nuestras, como si el Señor nos las hubiera confiado, y sufrir y padecer cuando no podamos remediarlas» 18.
Así era este siervo de Dios, que «mostraba gran celo y entusiasmo por toda obra buena» 19.
CELO POR LA FORMACIÓN SACERDOTAL
En este aspecto también se mostró hijo fidelísimo de Mosén Sol. Explayó don Recaredo su celo muy principalmente en la formación de los futuros sacerdotes. Estaba muy convencido de lo que dice el fundador de la Hermandad: «Entre todas las obras de celo no hay ninguna tan grande y de tanta gloria de Dios como contribuir a dar muchos y buenos sacerdotes a la Iglesia» 20.
Don Recaredo sentía la urgencia de este ministerio tan vital, el más trascendental, lo mismo que lo sentía don Manuel: «Sobre todo celo por las vocaciones» 21. «Sois llamados a esto... ¿En qué podréis emplear mejor el celo?» 22. Que, en definitiva, es lo que el Concilio Vaticano II ha propuesto de manera contundente: «Demuestren todos los sacerdotes el celo apostólico, sobre todo, en el fomento de las vocaciones» 23.
Dicen de don Recaredo: «Su entrega a su vocación y a los seminaristas era admirable» 24. Es muy curioso, pero mucho más significativo, lo que declara el gran amigo del siervo de Dios José María Escrí Salvador. Después de confesar una vez con don Recaredo, recién ordenado sacerdote, a este señor le entró verdadero pánico de que, si continuaba confesándose con él, terminaría yendo al Seminario. Dice así: «Las virtudes que más destacaban en él era la fe y la modestia y un gran celo por la salvación de las almas, y porque hubiese muchos sacerdotes.
»EI primero que confesó con él fui yo; y, después, al terminar, le dije que no me confesaría más con él, porque me daba miedo tener que ir, a mi edad, al Seminario. Daba un gran valor al sacerdocio y tenía gran aprecio de la santa misa» 25.
Todos los testigos están concordes también en este punto: «Destacó su fe, su espíritu de sacrificio y su celo por la formación de los sacerdotes» 26. El mismo cardenal Enrique Tarancón testifica: «Se distinguió en su piedad, austeridad y celo por la formación de los sacerdotes» 27.
«Destacó en él su laboriosidad y aprovechamiento del tiempo, su entrega absoluta a la formación de quienes se le confiaban, su celo extraordinario por la formación eucarística de sus dirigidos» 28.
AMOR A LA IGLESIA
Dice el Concilio Vaticano II que «la fidelidad a Cristo no puede separarse de la fidelidad a la Iglesia. Así, pues, la caridad pastoral pide que, para no correr en vano, trabajen siempre los presbíteros en vínculos de comunión con los obispos y con los otros hermanos en el sacerdocio» 29.
Y así actuaba y así enseñaba don Recaredo Centelles, que «tenía gran amor a la Iglesia, de la que predicaba y hablaba con tal entusiasmo y convicción, que lo contagiaba a los demás» 30.
Su amor a la Iglesia era también obediencia, y obediencia cordial, sin reservas, sin cisuras. No necesitaba mandatos. Como quería el Beato Manuel Domingo y Sol, le bastaba para obrar, «más que la obediencia, las meras indicaciones que se nos hagan, ya porque es mejor obediencia, ya porque, por lo común, las indicaciones son preceptos de suavidad que deben movernos con más fidelidad y dulzura a su cumplimiento» 31.
«Era también obediente a los superiores en sumo grado, procurando seguir hasta sus consejos, enseñando la reverencia que seminaristas y sacerdotes deben prestar al prelado y demás superiores» 32.
Entre las poquísimas cartas que se conservan del siervo de Dios, me ha llamado la atención la que escribe al siervo de Dios Joaquín Jovaní, Director General de la Hermandad, el día 13 de septiembre de 1930. Se muestra una vez más Operario cabal. Don Joaquín le había encomendado el sermón de la Fiesta del Reservado en el Templo de Reparación de Tortosa. A don Recaredo le da cierto miedo, porque tiene poca experiencia aún de sermones, y le da grandísima alegría por el gozo de casi estrenarse a la sombra del Fundador de la Hermandad. «Recibí sus dos últimas cartas. Ecce adsum, mitte me en todas las cosas que disponga de mí. Sobre mis fuerzas estimo el encargo del sermoncito; pero como a Operario, me atrae la idea de estrenarme casi en nuestro Templo de Reparación, a la sombra de nuestro Padre. Pondré manos a la obra cuanto antes» 33.
IRRADIABA PUREZA DE TODO SU SER
Quizá sea el punto que más de relieve ponen todos los testigos en el proceso. «Resplandecía en todo género de virtud sobrenatural, particularmente en la pureza angelical que se transparentaba en todo su ser, y en una alegría constante, serenidad de espíritu extraordinaria» 34.
Testifica un sacerdote: «He oído al actual señor obispo de Tortosa decir de él que era un ángel» 35. El sobrino del siervo de Dios declara: «La pureza se manifestaba en su semblante» 36.
Y porque era tan puro, era muy amigo de los niños. Bastaría recordar sus afanes por la catequesis. Los niños lo subyugaban, como él fascinaba a los niños. «¿Por qué será? —escribe él mismo—. Sin duda, porque el niño es... ¡la inocencia!» 37.
Porque era tan limpio, tan casto, todo lo volvía limpio y puro. Cuando era muy pequeño tenía miedo a las habitaciones de su casa, hasta que su madre le enseñó —¿era profecía?— que aquellas dependencias estaban «perfumadas por las virtudes de un santo que nació y vivió en ellas, de un mártir de la fe, que predicando la doctrina de Jesucristo en países infieles, voló desde allí al cielo, desde donde nos mira a todos nosotros con especial predilección» 35.
La realidad es que, desde que en esos aposentos vivió este siervo de Dios, quedaron aún más perfumados, fueron más «un lugar sagrado».
Cuantos tuvieron la dicha de conocer y tratar a don Recaredo quedaron impresionados por esa pureza que irradiaba de todo su ser y que atraía y cautivaba: «En su persona se traslucía la pureza y el candor» 39.
«Era ejemplar por su pureza y modestia» 40. «Brillaba en él particularmente la virtud de la pureza» 41. «Se distinguió por la modestia y la humildad. Su rostro transparentaba pureza» 42.
A los mismos esbirros que lo asesinaron les causó gran impacto la pureza del siervo de Dios, que los apostrofó con energía y bondad cuando, al despedirse hasta el cielo de su hermana Laura, le preguntaron, chanceándose, si aquella mujer «era su compañera». Nos cuenta su sobrino Leopoldo: «Llegado el momento de la despedida, mi padre y mi tío nos besaron a todos y, en el momento en que el siervo de Dios besaba a su hermana Laura, uno de los milicianos preguntó, o dijo entre chanzas, que aquélla era la compañera del cura, a lo que el siervo de Dios, con una entereza admirable y con toda serenidad, se encaró contestándole que los curas no tienen compañera» 43.
Esto no se lo perdonaron. Narra también Leopoldo Peñarroja Centelles: «Uno de los que tomaron parte en aquel crimen ha confesado que mi padre murió en el auto antes de llegar al cementerio de Nules. Murió en los brazos de mi tío, después de haberse confesado con él. A mi tío, juntamente con otro sacerdote, un paisano y una mujer los fusilaron ante las tapias del cementerio nuevo de Nules, a seis kilómetros de Valí de Uxó. Me han dicho que soportó las torturas con una serenidad admirable. Serían las tres de la madrugada del día de Cristo Rey...
»Solamente un dato quiero hacer constar aquí para perpetuo baldón de aquellos asesinos. A mi tío le enterraron juntamente con la mujer asesinada, para castigarle, después de su muerte, por haber dicho que los curas no tienen compañera» 44.
ESPIRITU DE SACRIFICIO
Logró ser señor de sí mismo, lo que supone un fuerte aprendizaje, porque es lección difícil. De ordinario, es más fácil dominar a los demás que dominarse a sí mismo.
«Se distinguió por su serenidad y sencillez. Era un hombre de equilibrio y de dominio de sí mismo» 45.
Don Andrés Roca, que convivió con el siervo de Dios en el Seminario Menor de Tortosa, y que viajó con el siervo de Dios, una vez que estalló la revolución, también testifica sobre el espíritu de sacrificio y abnegación de don Recaredo. Dice don Andrés: «Vinieron unos familiares de don Recaredo y se lo llevaron, con un pase hecho a favor de ellos y un familiar, que era don Recaredo. A mí me llevaron en el mismo coche hasta cerca de Ulldecona, donde estaba el primer control. Allí me apeé y me separé de él» 46.
Hablando de las virtudes del siervo de Dios, declara: «Resplandeció su devoción a la sagrada eucaristía, su piedad, su mortificación, su pureza, su prudencia. Era un hombre completamente entregado a sus cargos. Toda su vida era de muchísima abnegación» 47.
El sacerdote don Luis Riba Cano dice: «Destacó su fe, su espíritu de sacrificio y su celo por la formación de los sacerdotes. Dormía poco, sacrificándose mucho por los seminaristas» 48.
Su buen amigo José María Escrí Salvador ofrece algunos datos concretos del espíritu de mortificación de don Recaredo, cosas que a él, como seglar, le impresionaron mucho: «De su mortificación puedo narrar lo siguiente: una vez, siendo él ya sacerdote, le sorprendí en una habitación, contigua a la sacristía de la parroquia del Santo Ángel, arreglando el zapato, y vi que se ponía garbanzos secos. El me dijo que no se lo dijera a nadie. Todos le tenían por muy bueno. En el pueblo le tenían como verdadero santo» 49.
Un sacerdote, antiguo alumno de don Recaredo, recoge así el sentir de cuantos fueron sus discípulos: «Entre los antiguos alumnos suyos, el hecho de su martirio ha sido una confirmación de una vida privilegiada» 50.
CAPITULO XVI
MARTIRIO DEL SIERVO DE DIOS RECAREDO CENTELLES ABAD
No cabe duda de que el siervo de Dios don Recaredo Centelles, dada la actitud constante en que vivió de entrega radical al Señor, estaba muy bien preparado para el martirio. Desde siempre aspiraba a ser sólo de Cristo. En él había muerto todo menos el corazón.
Lo cantaba en unos versos muy sencillos cuando tenía diecisiete años de edad:
«Adiós, padres, adiós, deudos,
que me llama mi Señor.
Soy de Cristo, ya estoy muerto,
vive sólo el corazón» 1.
Su aspiración era Jesús. Vivía de El y para El. Quería asemejarse en todo a su Señor. «En conversaciones de confianza le oí repetidas veces frases que reflejaban una íntima ilusión por ser mártir y hasta en cierta ocasión le oí decir, entre aparentes bromas, que el Señor no le concedería más años que los que tuvo Jesucristo. Efectivamente, murió aproximadamente a los treinta y tres años» 2.
ES UNA COSA DEMASIADO EXCELSA
Sabía muy bien que el martirio es un don de Dios muy grande, que concede a pocos 3. El no se atrevía a pedir tan gran don. Pero estaba muy dispuesto a recibirlo para demostrar su amor a Jesucristo.
Estando ya refugiado en la casa de sus hermanos, «vistió la sotana, desechando las sugerencias en contrario que le hacían sus familiares. Vestido de sacerdote y acompañado por mí —testifica su sobrino Leopoldo Peñarroja Centelles—, nos dirigimos a la casa donde se habían refugiado las monjas clarisas, cuando era una temeridad andar por la calle vestido de sotana.
»La tarde anterior yo mismo había trasladado el Santísimo desde la casa abadía a la casa donde estaban refugiadas las monjas. Allí, mi tío, vestido de roquete, dio la comunión a las monjas y comulgó él mismo, y así se sumieron todas las formas, para evitar una segura profanación. Después de ello, habló a las monjas sobre la gloria que suponía el martirio, y a una que lloraba la exhortó particularmente, dándole ánimos» 4.
Es quizá demasiado significativo que todos estos siervos de Dios no se desprendían de la sotana. Eran sacerdotes y querían confesarlo hasta con su atuendo. No la dejaban por nada del mundo. Cuando viaja de Tortosa a Valí de Uxó, «en la maleta llevaba la sotana, el manteo, una colección de fotografías del Seminario Menor, algunos documentos de éste y dos libros de don Pedro Ruiz de los Paños: Directorio de la Hermandad e Idea de la Hermandad» 5.
Era tan normal para ellos llevar las cosas de «cura», que no se hacían a estar sin ellas. Cuenta don Carlos Calaf que, cuando escapa de Orihuela a su pueblo, en los primeros días de la revolución, logra llegar a Novelda, y con un salvoconducto, archisellado, se creía más seguro que con un pasaporte diplomático. Pero... «Sin que yo lo advirtiera, pasé en aquella estación de Novelda otro riesgo más peligroso y comprometido, Se dispusieron a registrarnos las maletas a los viajeros. Segurísimo de haber dejado en la casa de Orihuela cuanto me pudiera delatar como sacerdote: sotanas, breviarios, etc., la presenté confiadísimo; al ver mi actitud tan decidida, fui el primero en presentar: ni siquiera la abrieron. El susto me lo llevé al abrirla por la noche en una fonda de Castellón. Lo primero que encontré fueron unos alzacuellos de cura, muy estiraditos para que no se arrugaran. La costumbre de hacerlo siempre de la misma manera prevaleció sobre las precauciones que debía haber tomado» 6.
Don Recaredo, después de alentar a las monjas al martirio, «se recluyó en casa, vistiendo la sotana», y advirtió a su hermana «que, si se ofrecían casos de enfermos, le avisaran, porque su deber era asistirles, aunque le costara la vida» 7.
En casa hablaba a sus familiares, animándolos, y, «entre otras cosas, nos dijo que no nos preocupáramos por el martirio, pues era una cosa demasiado excelsa para que Dios se acordase de nosotros en este sentido» 8.
SUS GRANDES OBSESIONES
Sólo se quitó la sotana cuando, ante la presión de sus hermanas, tras ser detenidos su hermano Vicente y su cuñado Leopoldo, aceptó lo que para él suponía un gran sacrificio, para no comprometer a la familia. No le gustaba. Y de hecho, cuando fue desde Tortosa a Valí de Uxó, cuenta su sobrino: «Vino vestido de paisano, notándosele en el semblante la repugnancia que le causaba el atuendo» 9.
Dice el mismo testigo: «Por estos días fue detenido mi padre y mi tío Vicente, hermano del siervo de Dios, y ya, ante la gravedad de estos hechos, tuvo que ceder a las instancias de mi madre para que se quitara la sotana, la que besó antes de quitarse, ofreciendo ese nuevo sacrificio por la salvación de España» 10.
Pero sus grandes obsesiones aquellos trágicos días de espera, en que no podía ni salir a la calle, fueron estas dos: atender a los enfermos y poder celebrar la santa misa: «Durante este tiempo era para él una obsesión su inactividad ministerial, hasta tener varios altercados con mi madre y mi tía por este motivo. Decía que era un caso de conciencia no salir para atender a los enfermos y que estaba dispuesto a hacerlo, aunque tuviera que costarle la vida.
»Otra preocupación grande era la celebración de la misa. Lo recuerdo perfectamente por mi edad y por mi condición de entonces: yo era seminarista. Urgía a mi tía para que le llevase ornamentos de alguna parte.
»Otras preocupaciones persistentes eran los Operarios y sus seminaristas» 11.
Oraba por todos, uno por uno, porque era lo que podía hacer en favor de todos ellos. Sólo tenía el arma de la oración.
«Un primo del siervo de Dios fue a buscarle a Tortosa. Este, aunque buena persona, era de Izquierda Republicana. Se llamaba Pascual Pía Abad, y vive todavía. El mismo me ha contado que, cuando se acercaban ya a Valí de Uxó, dijo a Recaredo que si traía algún arma, se la entregase, para no comprometerle. A lo que el siervo de Dios respondió: Pascual, ¿aún estás con ésas? Los sacerdotes no tenemos armas; pero yo llevo una que es inofensiva, y le mostró el rosario» 12.
Y esa arma sí la utilizó constantemente. «Estando en casa, escondido, tenía sobre la mesa una fotografía de grupo de los superiores y seminaristas del Menor de Tortosa, que repasaba frecuentemente, mostrando preocupación por cada uno de ellos. Cosa parecida hacía con la lista de los operarios» 13.
Vivía en oración. Era su fuerza. La única con que contaba. «Pasaba horas y horas arrodillado ante la imagen del Sagrado Corazón de Jesús que teníamos en la sala. Por la noche, cuando mi padre y yo regresábamos de la fábrica, nos arrodillábamos todos delante de dicha imagen, hacíamos la novena al Sagrado Corazón de Jesús, se rezaban las letanías de los santos y otras devociones» 14.
«Su lectura eran los libros de don Pedro sobre el Instituto. En esta lectura y en largas horas de meditación pasaba el tiempo» 15.
Ministerialmente poco podía hacer. Animar a los suyos. Alentar a cuantos se le acercaban, ya que él no podía salir de su refugio. Dice el testigo José María Escrí Salvador: «Es cierto que se refugió en la casa de sus hermanos. Allí rezaba mucho. También me consta, por testimonio de una tía mía, religiosa clarisa de Valí de Uxó, que don Recaredo las visitaba en una casa particular, donde estaban refugiadas la mayoría de estas religiosas, y las preparaba para el martirio, que consideraba como una gracia muy grande de Dios Nuestro Señor» 16.
Pudo bautizar a su sobrina Josefina Centelles Moya, hija de su hermano Vicente, que fue asesinado por los rojos el 2 de octubre de 1936, con muchos sacerdotes y seglares católicos. «Don Isidoro Bover sé que estuvo en la cárcel con mi marido y le mataron con él» 17.
Dice la testigo Josefa Moya Fernando: «Durante aquellos días bautizó a una hija mía, Josefina Centelles Moya, que nació el 31 de agosto de 1936» 18.
CLIMA DE MARTIRIO
Se respiraba en toda la zona «roja» entre sacerdotes y buenos católicos. Don Recaredo no se consideraba digno de este don, porque es una gracia demasiado grande. Pero cuando cayó mártir su hermano Vicente, el primero de la familia, ya tuvo la seguridad de que él también iba a confesar su fe con la sangre.
El hermano de don Recaredo, Vicente Centelles Abad, fue asesinado el 2 de octubre de 1936. Cuenta el sobrino de ambos: «El 2 de octubre, mi tío Vicente, que estaba en la cárcel de Castellón, fue fusilado. Días antes había hecho saber que don Isidoro Bover estaba en la misma cárcel y que se habían confesado. Ese mismo día 2 de octubre recibimos su última carta, dirigida a su mujer, en estos términos:
»'Mi querida esposa: Para ti y mis hijos el último suspiro de mi corazón. Hoy, día 2 de octubre, me sacan de la cárcel para ser fusilado. Muero cristianamente, y desde el cielo rogaré a Dios para que te proteja en el calvario de la vida. Perdono a todos y a iodos pido perdón. Si algo debe consolarte en estos momentos es pensar que en el cielo tendréis un esposo y un padre mártir por Cristo, pues sólo por El muero. Desde allí haré sentir mi protección sobre todos vosotros. Adiós, esposa mía. Da a nuestros hijos el último beso de su padre, y hasta el cielo, donde os espero para volveros a abrazar. Tu esposo, Vicente'.
»Mi tío Recaredo leyó esta carta ante la viuda y sus tres hijos, el mayor de cinco años y la más pequeña de dos meses, a la que su padre sólo pudo ver una vez en la cárcel, ya que nació cuando él estaba detenido, y a la que mi tío bautizó en casa. Naturalmente, fue una escena dolorosísima.
»Mi tío, sobreponiéndose a la voz de la sangre, nos dijo: ¡No lloréis más! Demos gracias a Dios porque se ha dignado elegir un mártir en la familia. ¡Ojalá se sirviera escogernos a nosotros!
»Desde entonces él caminaba con certidumbre asombrosa hacia la muerte. Por algo redoblaba sus oraciones y me hablaba a mí tantas veces del martirio y de la gloria que supone el ser mártir y de sus ansias de serlo, siempre que esto último no significara un orgullo extralimitado y una comodidad excesiva» 19.
Un sacerdote que convivió con él los últimos meses de su vida testifica: «Don Recaredo manifestaba en su modo de ser y, sobre todo en aquellos tiempos de la República y persecución, su espíritu sumiso y dispuesto al martirio» 20.
Y cuanto más cerca lo veía, más se preparaba.
MARTIRIO
Fue el día de Cristo Rey. Buen día para seguir las huellas del que quiso reinar desde la cruz. Don Recaredo se había preparado a conciencia para celebrar esa fiesta.
«Se acercaba la fiesta de Cristo Rey, tan sentida y de tanta devoción en mi familia, empezando por mi propio padre —testifica el sobrino de don Recaredo—. Acordamos celebrar un triduo de oraciones y plegarias unidas con los sacrificios que buenamente pudiéramos ofrecer al Rey de nuestras almas» 21.
Don Recaredo iba a ofrecer su cuerpo como hostia viva, santa, agradable a Dios 22.
«Su obsesión era la misa. Y, en efecto, el viernes y sábado precedentes a la fiesta de Cristo Rey me despertó muy de mañana para que le ayudara a misa. Como no podía celebrar, se contentó con ir recitando y ejecutando las ceremonias de la misa.
»Mientras tanto hizo su aparición en Valí de Uxó la tristemente célebre 'Columna de Hierro'. La alarma producida por este hecho hizo que mi padre hablara con un pariente que pertenecía al Comité local revolucionario, pidiéndole protección. Aquél nos dijo que no nos preocupáramos, que antes de llegar a nuestra casa, pasarían por encima del Comité» 23.
Muy buenas palabras y hasta quizá muy buenos deseos; pero la Columna de Hierro no entendía ni de parientes ni de nada. Sólo sabía odiar, asesinar. Ya habían matado al hermano de don Recaredo, Vicente.
«Con la seguridad de aquel pariente, hicimos las oraciones que hacíamos todas la noches, con mayor fervor, para prepararnos a la fiesta de Cristo Rey, que era al día siguiente.
»Cenamos tranquilamente, jugamos una partida de damas y nos acostamos.
»A las primeras horas del día de Cristo Rey nos despertaron unos tremendos golpes dados a la puerta. Todos supimos de qué se trataba. Mi padre acudió en seguida al teléfono, llamando repetidas veces sin obtener contestación» 24.
Dice el testigo José María Escrí Salvador: «No abrieron en seguida la puerta, porque habían hecho un bando diciendo que, de noche, no se abrieran las puertas a nadie, si no venía en nombre de la autoridad. Los milicianos se procuraron una barra de una fábrica cercana, donde se estaba trabajando, y con esa barra rompieron la puerta» 25.
Continúa diciendo el sobrino de don Recaredo, testigo presencial de todos estos acontecimientos: «Mientras tanto, mi tío Recaredo y yo nos fuimos al patio posterior de la casa, donde mi tío me dio la absolución, consiguiendo él saltar la tapia del mismo, refugiándose en la casa colindante; cosa que yo no pude efectuar, por lo que me dirigí a la sala donde estaba mi padre, desangrándose, porque, en el momento de abrir la puerta, los milicianos dispararon contra él.
»Allí estaban también los milicianos, registrando y consultando la 'lista negra', diciendo que buscaban a Recaredo Centelles Abad, de treinta y tres años, el cura, el que debía estar allí, porque no había salido'. Fueron éstas palabras textuales, oídas por mí» 26.
Los esbirros de la Columna de Hierro no conocían a don Recaredo. No eran enemigos personales suyos. Eran, sencillamente, asesinos, con el oficio de arrancar de cuajo cuanto sonara a Dios y a religión.
«Los milicianos que entraron en casa eran forasteros y desconocidos de nosotros» 27.
Don Recaredo se presentó inmediatamente en la sala donde estaba herido su cuñado. «Mi padre, herido como estaba, ofreció dinero a los milicianos, quienes contestaron que no buscaban dinero» 28. Buscaban sacerdotes con furor delirante.
«Llegado el momento de la despedida, mi padre y mi tío nos besaron a todos y, en el momento en que el siervo de Dios besaba a su hermana Laura, despidiéndose de ella hasta el cielo, uno de los milicianos preguntó, o dijo entre chanzas, que aquélla era la compañera del cura, a lo que el siervo de Dios, con una entereza admirable y con toda serenidad, se encaró contestándole que los curas no tienen compañera.
»Pidió un pañuelo a mi tía y se fue con mi padre, conducido por los milicianos, despidiéndose ambos de todos nosotros hasta el cielo. No fue encarcelado. No fue procesado» 29.
«Salió de casa sereno y recogido, como si fuera a su primera misa» 30.
CAMINO DE LA MUERTE
El siervo de Dios Recaredo Centelles fue conducido al martirio juntamente con su cuñado Leopoldo Peñarroja, con el sacerdote don Vicente Arámbul Gil, muy anciano, y con el señor don Ramón Pitarch.
El conductor de uno de los coches que llevó a los asesinos al lugar del martirio ha declarado en el proceso, como testigo presencial del asesinato del siervo de Dios, ya que desde su automóvil pudo presenciar toda la escena.
Este señor, llamado Manuel Serrano Gil, cuenta cómo le encargaron por aquel tiempo la conducción de un coche turismo, en el que se desplazaban los miembros del Comité en viajes de propaganda del partido.
«Una noche, al regresar de un mitin en Artana, cuando yo iba a cerrar el coche para irme a descansar, me mandaron que fuera a empujar otro coche mayor, que pertenecía a la llamada 'Columna de Hierro', para ponerlo en marcha. Una vez puesto en marcha, y cuando yo creía que había terminado, me dijeron que no había terminado, y subieron a mi coche cuatro individuos de Valí de Uxó: 'El Marto', 'El Chatet de la FAF, 'Zapatilla' y 'El Sariero'» 31.
Estos eran los nombres de combate que se habían puesto aquellos individuos. Es importante saber que «El Marto» era Vicente Sorribes; «El Chato de la FAI» se llamaba José Palomo.
Es importante porque Vicente Sorribes, alias «El Marto», estuvo presente en el fusilamiento del siervo de Dios, y luego lo contaba como si él lo hubiera oído; pero la verdad es que lo había visto, y muy de cerca.
Continúa declarando Manuel Serrano Gil: «Entonces el coche grande, con unos milicianos forasteros y muy bien armados, pertenecientes a la Columna de Hierro, se dirigió a la casa de Leopoldo Peñarroja, precediendo a nuestro coche. Llegamos nosotros y paramos en un callejón cerca de la casa, pero desde donde no se veía la casa. El coche grande paró delante y junto a la puerta de dicha casa.
»Yo, sin bajar del coche, oí golpes. Los milicianos del otro coche vinieron dos veces a preguntar a los de mi coche si efectivamente era aquélla la casa, y obtuvieron respuesta afirmativa. También oí unos tiros, y después supe que hirieron a Leopoldo Peñarroja. Rompieron la puerta y lograron entrar en la casa.
»De allí se llevaron a Recaredo Centelles y a Leopoldo Peñarroja.
»De allí fuimos los dos coches a casa de Joaquín Bueso, al que no encontraron. Luego bajamos a casa del reverendo Vicente Arám-bul Gil, muy anciano. Lo hicieron subir también al coche grande, donde iban ya los otros dos detenidos. Después fuimos a la casa del secretario del Juzgado, que no me acuerdo cómo se llamaba, y lo hicieron subir también al mismo coche» 32.
Ya habían recogido su carga de aquella noche. Ya eran felices de poder matar a cuatro hombres de bien, por el hecho de ser buenos.
El coche de Manuel Serrano Gil siguió al coche grande. Al llegar a la salida del pueblo, «bajó 'El Zapatilla'» 33. Los demás continuaron viaje hasta el lugar del fusilamiento, o sea, «El Marto», «El Chatet de la FAI» y «El Sariero».
«Siguieron los dos coches hasta llegar al cementerio nuevo de Nules. Allí paró el coche grande en la misma puerta del cementerio y el nuestro a unos cien metros o ciento cincuenta. Del coche grande bajaron los cuatro detenidos y los milicianos. Del pequeño bajaron 'Marto' y 'El Chatet de la FAI'» 34.
Vicente Sorribes, alias «El Marto», bajó del coche en el lugar mismo del fusilamiento y allí lo presenció. Por eso, luego lo pudo contar con muchísimo detalle.
Dice Manuel Serrano Gil: «Los cuatro detenidos parece que no iban atados. Se pusieron de pie, no recuerdo si de cara o de espaldas a los milicianos. Estaban serenos, no se les vio movimiento alguno de querer huir o resistirse.
»Estando así, los ametrallaron y cayeron al suelo. Luego, con tiro de pistola, los remataron.
»Yo vi esto desde dentro de mi coche. Terminado todo esto, los milicianos subieron a su coche y al mío vinieron los dos que se habían apeado. Seguimos camino de Nules hasta el empalme de Mon-cofar a Valí de Uxó.
»Los que iban en mi coche, iban callados; no dijeron nada ni hicieron ningún comentario. Llegados a dicho empalme, se despidieron los milicianos y el coche grande prosiguió con dirección a Valencia y el nuestro regresó a Valí de Uxó.
»Serían, cuando llegamos, las cuatro o cinco de la madrugada» 35.
BENDECID A LOS QUE OS PERSIGUEN
El siervo de Dios don Recaredo Centelles cumplió a la letra este consejo de San Pablo: «Bendecid a los que os persiguen; bendecid, sí, no maldigáis» 36.
Es impresionante el testimonio de José María Escrí Salvador, el gran amigo de don Recaredo, que supo directamente de un testigo ocular el martirio del siervo de Dios.
En primer lugar nos pinta su situación, para que podamos comprender mejor cuanto va a declarar.
«Yo estaba inscrito en la Federación Anárquica Ibérica (FAI), en la que llegué a ser secretario-tesorero. Me inscribí en este partido obligado por la necesidad, puesto que, de otro modo, no podía trabajar y mantener a nueve religiosas que tenía en mi casa, entre ellas una hermana y tía mías.
»En dicho partido me gané, por mi laboriosidad y honradez, la confianza de los jefes. Por eso, pude saber muchas cosas, sobre todo por la confianza de Vicente Sorribes, alias 'El Marto', y también José Palomo, alias 'El Chato de la FAI', que eran los más influyentes. Estos, al ver mi honradez, llegaron a proteger a las monjas que yo tenía en casa, y a mí me tuvieron en sus casas en los días de mayor peligro» 37.
La noche que mataron a don Recaredo, Vicente Sorribes, «El Marto», le dijo al declarante que no se quedara en su casa, pero que tampoco fuera a la de él, sino a la de José Palomo, «El Chato de la FAI», porque era día de alarma roja, de excesivo peligro, y ni entre ellos se fiaban unos de otros.
Esto era en la noche del domingo, fiesta de Cristo Rey.
«El lunes, 'El Marto' no acudió al trabajo en la fábrica de la FAI, cuya oficina llevaba yo. El martes acudió, pero, trastornado, entró en mi despacho y se acercó a mí para decirme lo siguiente:
»'¿Tú sabes lo de Recaredo? ¡Qué fanatismo tienen los sacerdotes! Yo no creo nada de eso; pero mira lo que dicen que ha hecho Recaredo. Después que le ametrallaron y cayó al suelo, uno de los milicianos le dijo: Tú, que eres cura, bendícenos. Y Recaredo, que había caído sobre su brazo derecho y no podía moverse, pidió que le volviesen de lado, y entonces con la mano derecha libre les bendijo.
»Después el miliciano le dio un tiro en la cabeza.'
»Esto me lo dijo con gran emoción y, de vez en cuando, al darse cuenta de que decía demasiados detalles, se interrumpía diciendo: Bueno, esto me lo han dicho. Pero yo quedé convencido de que lo había presenciado» 38.
Por el testimonio del chófer Manuel Serrano Gil sabemos que efectivamente Vicente Sorribes, alias «El Marto», iba en su coche, bajó de él y presenció toda la escena.
El tiro de gracia se lo dieron en el ojo derecho 39.
LO MATARON POR SER SACERDOTE
Son unánimes los testimonios tanto de que el siervo de Dios jamás se había mezclado en cuestiones políticas como de que es verdadero mártir, asesinado sólo y exclusivamente por ser sacerdote.
El obispo de Tortosa, don Manuel Molí, lo asegura tajantemente: «Estoy seguro de que era incapaz de tener enemigos personales, ni tener inclinaciones por partidos políticos. Estoy seguro de que mataron al siervo de Dios por ser sacerdote.
»Actualmente goza de fama de sacerdote ejemplar y de mártir de Jesucristo» 40.
Lo mismo testifica Laura Centelles, hermana del siervo de Dios: «No fue encarcelado. No fue procesado. Los llevaron directamente a la muerte, según testimonio del chófer. Recibió la noticia de que iban a matarle con gran serenidad. Los revolucionarios no pudieron matarle más que porque era sacerdote. No tenía enemigos personales. Los milicianos que entraron en casa nos eran desconocidos. Mi hermano no tenía preferencias políticas. No recuerdo haberle oído hablar nunca de política. Estoy segura de que mataron al siervo de Dios por ser sacerdote» 41.
Lo único que tenía y sigue teniendo es fama de santidad, y fama de mártir. «Cuando hay algún enfermo, vienen a pedirnos objetos usados por el siervo de Dios. Tiene ciertamente fama de santo... Se le considera también como mártir» 42.
«Sólo le mataron porque era muy bueno y era sacerdote. Goza de fama de santidad. Goza igualmente de fama de martirio. No me consta que nadie haya ni siquiera dudado de su santidad o martirio» 43.
Y en el mismo sentido declaran todos en el proceso. «Le mataron por su santidad. Porque era muy buen sacerdote. No eran enemigos suyos personales. No tenía ideas políticas. No tenía más que la idea de Dios. Estoy seguro de que mataron al siervo de Dios por ser un buen sacerdote» 44.
EL CADÁVER DEL SIERVO DE DIOS
Llamaba la atención, cuando fue desenterrado, a los tres años, el perfecto estado de conservación del cadáver. Testifica el médico de Valí de Uxó, don José María Adrián García: «El cadáver del siervo de Dios estaba intacto. Cuando lo sacaron del cementerio de Nules, se pudo identificar sólo con verlo.
»Fue enterrado en una fosa común en Nules. Al terminar la guerra lo trasladaron a Valí de Uxó. Después lo llevaron a Tortosa. Aun entonces estaba el cadáver tan bien conservado, que se podía sostener de pie, y se le conocían las venas de la mano» 45.
El sobrino de don Recaredo aporta detalles muy interesantes. «El cadáver del siervo de Dios fue enterrado sin caja ni protección alguna en una zanja del cementerio nuevo de Nules, que corría paralela a la pared frontal derecha; dicho cementerio aún no había sido inaugurado. Yo supe su enterramiento al día siguiente al mismo, por referencias del sepulturero. Los cadáveres habían sido abandonados por los asesinos en el mismo lugar donde habían sido fusilados.
»La fosa donde fue enterrado el siervo de Dios era la última de la zanja y junto a la misma fue construida, cuando el frente de guerra se estableció en Nules, una trinchera, que providencialmente no llegó a tocar los restos del siervo de Dios, que estaban contiguos a ella, ya que de haber sido ésta corrida unos centímetros más, hubieran sido destruidos aquellos restos» 46.
Habla de la buena conservación del cadáver, la flexibilidad que conservaba. Y, «a mayor abundamiento, las prendas de vestir aparecían intactas. Se le recogió del bolsillo del pantalón el mismo pañuelo que se llevó de casa, y que está marcado con mis propias iniciales y que yo conservo piadosamente. Llevaba puestos los escapularios de la Virgen del Carmen y de San Francisco, que igualmente conservo en mi poder, haciendo hincapié en que todo ello se conserva en perfecto estado, como puede comprobar el Tribunal, ante quien lo exhibo.
»En su cadáver se observaba perfectamente el tiro en el ojo derecho» 47.
5
Don Martín Martínez Pascual
La ilusión de formar seminaristas santos
CAPITULO XVII
SÍNTESIS BIOGRÁFICA DEL SIERVO DE DIOS MARTIN MARTÍNEZ PASCUAL
El siervo de Dios Martín Martínez Pascual nació en Valdealgorfa (Teruel) el día 11 de noviembre de 1910. Juntamente con el siervo de Dios Aquilino Pastor Camberos —martirizado el día 29 de agosto de 1936—, es el mártir más joven de los treinta sacerdotes Operarios a quienes quiso conceder el Señor la gracia del martirio.
Era hijo de Martín Martínez Callao y Francisca Pascual Amposta.
Fue bautizado el día 12 de noviembre de 1910.
SU FAMILIA
Era buena, sencilla, modesta. Su padre era carpintero 1. Una familia normal de los pueblos de España, con una religiosidad sencilla. Uno de los testigos, sacerdote, natural de Valdealgorfa, dice: «Su familia era religiosa, pero no destacaba por eso. De condición social y económica desahogada» 2.
Todo depende del color del cristal con que se mira. Para el cuñado del siervo de Dios, «su familia era muy religiosa y estaba muy bien considerada, pero era de condición económica modesta» 3. Para otro testigo del lugar, «su familia era de lo mejor del pueblo» 4.
La realidad es que Martín, ya desde pequeño, atraía y arrastraba a todos por su simpatía y su bondad. La actitud de su vida también influyó en su familia. «Sus padres eran buenos; se hicieron mejores desde que el chico marchó al Seminario» 5.
INFANCIA
Los años de su infancia transcurrieron con la normalidad de cualquier niño de pueblo. Era travieso e inquieto, como todo niño sano. Y era de muy buen corazón. «De niño era muy travieso, pero bueno» 6.
Pero muy pronto comenzó a bullir en su interior la inclinación a las cosas de la religión. Vivía enfrente del convento de clarisas y frecuentaba mucho la iglesia de estas monjas 7. Probablemente fue calando en su vida la oración de las religiosas, a las que veía constantemente en adoración ante el sagrario. Allí había Alguien, a quien merecía la pena acompañar y por el que merecía la pena consagrar la vida.
Los que entonces eran sus compañeros de infancia lo ven así: «De chico era muy bueno y muy piadoso. Animaba a los demás chicos a ser buenos y rezaba con ellos» 8. «Le conocí cuando tenía él unos nueve años. Era un santito. Todo el pueblo le tenía por muy bueno» 9.
Martín ya en la infancia era en germen lo que fue también cuando maduró: piadoso, alegre, sacrificado y un auténtico líder.
VOCACIÓN SACERDOTAL
Los padres del siervo de Dios querían que el muchacho se hiciera guardia civil. Era una salida bastante airosa para el chico y para la familia; no suponía muchos gastos y, como el rapaz era listo, podía hacer carrera. Pero el inquieto Martín oteaba, desde más alto, otros horizontes.
Nos cuenta su hermana Magdalena: «Era el más humilde de todos los hermanos. Era muy aplicado y tenía fama de ser muy buen niño. Mis padres querían que fuera guardia civil; pero él quiso ser sacerdote. Se lo dijo al señor cura, y así se fue al Seminario de Belchite» 10.
Así de sencillo. La gente sencilla no anda con complicaciones. La vocación de Martín apareció de manera muy normal. Dice el Papa Juan Pablo II: «Volved a vuestros recuerdos más personales. ¿Acaso no se halla en los principios de vuestra vocación un sacerdote ejemplar que guió vuestros primeros pasos hacia el sacerdocio? ¿No es verdad que vuestro primer pensamiento, vuestro primer deseo de servir al Señor, están ligados a la persona concreta de un sacerdote-confesor, de un sacerdote-amigo?» 11.
La vocación de Martín siguió ese derrotero. Hubo un sacerdote muy cercano. «A invitación de un sacerdote, llamado Mariano Portóles, se decidió a seguir los estudios eclesiásticos, y se fue al Seminario» 12.
Este sacerdote, don Mariano Portóles Piquer, se preocupaba en Valdealgorfa de las vocaciones, y así se explica que de ese pueblo surgieran tantas vocaciones sacerdotales. Cultivaba con cariño los primeros gérmenes de vocación en los muchachos del pueblo. Acompañaba a los seminaristas durante las vacaciones. Y con Martín Martínez Pascual supo llegar hasta el final. Don Mariano Portóles lo acompañó hasta el martirio. Declara un sacerdote, natural de Valdealgorfa y compañero del siervo de Dios: «Seguramente le vino la vocación al sacerdocio por obra del sacerdote don Mariano Portóles, que se cuidaba de las vocaciones en dicha parroquia. Este sacerdote murió también con el siervo de Dios, gritando: ¡Viva Cristo Rey!» 13.
SEMINARISTA
Ingresó en el Seminario de Belchite, que era el Seminario Menor de la diócesis de Zaragoza. Siempre fue un buen seminarista. De pequeño continuó haciendo honor a su fama de travieso. En los cursos de Filosofía dio un vuelco radical. Le llegó el momento de romper con todo lo que pudiera ser menos perfecto y se lanzó a escalar con garbo las más altas cimas de la perfección. Pero con alegría, con naturalidad, sin rarezas de ningún género. Una de las características más relevantes de su acendrada virtud fue la alegría que irradiaba en torno. Siendo un asceta consumado, sabía poner en todo una nota de jovialidad constante. Tanto los que fueron sus superiores como los compañeros de Seminario y sus paisanos destacan, al lado de sus virtudes, este aspecto de alegría que cautivaba a todos.
Hablando de las dos etapas de su vida de seminarista, testifica un paisano, compañero de estudios: «Pueden señalarse dos épocas en su tiempo de seminarista. Hasta Filosofía fue uno de tantos, sin distinguirse demasiado. En Filosofía cambió mucho, favorablemente, y aprovechó muchísimo en todo. Este cambio se obró con ocasión de la lectura de la Historia de un alma de Santa Teresa del Niño Jesús. Los últimos años de su vida de seminarista fue ejemplar» 14.
ERA EL MEJOR DE TODOS
Un condiscípulo del siervo de Dios, el sacerdote don Emilio Sancho, escribe, el día 13 de enero de 1948, al sacerdote Operario don José Royo una carta, en la que habla exclusivamente de Martín Martínez. Don José Royo le había pedido un testimonio. Y don Emilio Sancho se expresa así:
«Recuerdo, aunque parezca lo contrario, tu encargo, aunque, a pesar de mis deseos, no lo podré cumplir con la perfección y realidad que desearía para complacerte, por una- parte, y para llenar cumplidamente el obsequio al santo mártir (no canonizo, opino) y condiscípulo Martín Martínez Pascual, porque los recuerdos son lejanos y para detallar la verdad y describir el parecer de todos los condiscípulos hubiera hecho falta fijarse en detalles que dan a conocer la sensibilidad y delicadeza de un alma espiritual.
»La santidad, leí una vez, se conoce cuando ya ha pasado. Y esto pudiera suceder con nuestro amigo y compañero. Aparte de que nuestro criterio de seminaristas, ¿qué podría valer?
»Con todo, transcribo el rumor de todos los condiscípulos, y esto se puede comprobar: era, sin duda ninguna y con ventajas, el mejor de todos.
»En todas sus actividades se leía una aspiración: ser santo, pero con una santidad no repulsiva, extraña, sino atractiva, natural.
»¿Fue siempre así? Desde luego que no. Sin poder decir nada en contra, siempre con su natural alegre, fue como son todos los seminaristas verdaderos, hasta el tercer curso de Filosofía. Aquel curso de 1929-30 nos vino como director don Vicente Lores, hoy director de la Hermandad, y él fue el mentor y director querido de todos, pero cuya semilla hizo tanto arraigo en el alma de nuestro inolvidable Martín, que todos nos dimos cuenta de su vuelo gigante hacia las alturas en medio de lo normal y sencillo, al estilo de Santa Teresita del Niño Jesús, de la que muchas veces nos habló nuestro querido don Vicente.
»Se destacó también en su amor y visitas a Jesús sacramentado, tanto, que a todos los condiscípulos nos arrastraba suavemente hacia el Señor, encendiendo en nosotros aquel fuego que tan intensamente le ardía en el pecho.
»Y con esos amores de la Inmaculada de nuestra capilla, del Santísimo y Santa Teresita del Niño Jesús, vivió, desde ese curso hasta que se marchó a la Hermandad, dándonos a todos ejemplos de virtud y perfección. ¿Cosas raras? Yo no se las conocí, ni creo las tuviera. Todo su afán, cumplir el reglamento y alcanzar la santidad por este medio. A este propósito, recuerdo que en cierta ocasión pretendimos, sin conseguirlo, hacerle faltar al silencio, esperando al profesor en la puerta de clase. Esto, aparte de nuestro oficio de diablejos, demuestra el concepto en que todos lo teníamos.
»De su carácter afable, alegre, simpático, muchas cosas se podrían decir; pero, porque parecerían pasión, más que realidad, no digo más, toda vez que, habiendo vivido entre vosotros y precisamente en sus años de continuo avance hacia la santidad mayor, otra pluma y otra memoria mejor podrá describir las grandezas de aquella alma heroica que dio su sangre para ser como soñaba, misionero y mártir.
»Como verás, ahí te mando algo de lo que me pedías... Es algo tan espontáneo que, quizá, sí lo hubiera pensado, no hubiera dicho tanto...
»El era el aglutinante del curso, el suavizador de todos los rozamientos producto de los defectos humanos, y lo hacía con tanta gracia, que todos quedábamos satisfechos y atraídos por su simpatía.
»Pero, en fin, dejadme estar, que no quiero decir más por no decir menos» 15.
Es el panegírico de uno de sus condiscípulos, plenamente concorde con cuanto se puede ver en cada página del proceso.
MODELO Y APÓSTOL DE SEMINARISTAS
Dice otro compañero y paisano del siervo de Dios: «En el Seminario gozaba de fama de muy buen seminarista. En el pueblo también gozaba de fama de un seminarista extraordinario, ejemplar» 16.
Ayudaba a todos con la palabra y mucho más con el ejemplo. Y arrastraba a todos los seminaristas del pueblo a cumplir sus actos de piedad con toda devoción. Dice una de las religiosas del convento de Valdealgorfa: «Siendo seminarista, era muy bueno. En vacaciones se portaba muy bien. Yo le he visto muy devoto con mucha frecuencia delante del sagrario de nuestra iglesia. A veces entraba con un grupo de seminaristas y hacían la visita al Santísimo» 17.
Don Martín Fuster Antolín era paisano y coseminarista del siervo de Dios. Un poco más joven que él. Tenía veintidós años cuando asesinaron a Martín. Y estaba impresionado por las virtudes heroicas que poseía el siervo de Dios. Declara: «En el Seminario, sobre todo los últimos años, fue ejemplar. En vacaciones era seminarista modelo y apóstol entre nosotros, los seminaristas más pequeños. Ya entonces gozaba de fama, no solamente de bueno, sino de santo» 18.
Otro sacerdote, paisano y amigo, un poco mayor que el siervo de Dios, abunda en los mismos términos: «De seminarista gozaba de fama de muy ejemplar. Era piadosísimo. Yo presencié sus ratos de oración en la iglesia del convento. Era un seminarista excepcional» 19.
Si a Martín Martínez Pascual hubieran tenido que buscarlo por su pueblo, durante las vacaciones, sólo lo hubieran encontrado, como a Jesús, en la casa de su Padre. O en su casa o en la iglesia. Pero siempre en la casa de su padre.
«En vacaciones aprovechaba muy bien el tiempo y hacía una vida muy recogida. Todos los días iba a la iglesia. Estaba en casa o en la iglesia» 20. «En vacaciones estaba en casa o en la iglesia» 21.
Eran muy prolongados sus ratos de oración. Sabía suplir a todos en la oración, porque se sentía llamado por Jesús para estar con El. «El capellán del convento me dijo que, cuando las religiosas iban a comer, iba el siervo de Dios al convento y se estaba ante el sagrario todo el tiempo que las religiosas comían; que algún rato se le veía con los brazos en cruz» 22.
Las gentes del pueblo afirman otro tanto del siervo de Dios: «Era un seminarista ejemplar. Todos decían que era muy bueno. Siempre estaba risueño» 23.
INFLUÍA SIN QUERER EN TODOS
Dice don Vicente Lores, que tanta influencia tuvo en el siervo de Dios durante sus años de Seminario: «Ingresó primeramente en el Seminario de Belchite; después lo recibí yo, como superior de su sección, en Zaragoza. Recuerdo que se manifestó siempre como seminarista muy piadoso, muy formal, aplicadísimo y muy valiente para luchar contra todo respeto humano.
»Se puede decir entonces que, con su ejemplo y decisión en elevar el nivel espiritual de su curso, influyó eficazmente para que llegara a ser el mejor curso del Seminario, según era fama en el mismo Seminario.
»Preparaba con sus condiscípulos el período de vacaciones, de modo que éstas no sólo no les fueran peligrosas para su formación sacerdotal, sino que se convirtieran en período muy apto de aprovechamiento y práctica para el día de mañana.
»Sin él mismo darse cuenta, influía en sus compañeros, fomentando un ambiente de piedad y formalidad cada vez más elevado. Para sacerdotes y seglares era el siervo de Dios un seminarista notable, en el cual tenían cifradas las mejores esperanzas» 24.
En Zaragoza recibió la prima clerical tonsura el día 12 de noviembre de 1932. Al día siguiente, 13 de noviembre, recibió el ostiariado y lectorado. El exorcistado y acolitado, el día 26 de diciembre del mismo año.
EN LA HERMANDAD DE SACERDOTES OPERARIOS
El 27 de julio de 1934 escribe el rector del Seminario de Zaragoza, siervo de Dios Lorenzo Insa Selma —que cayó mártir el 2 de septiembre de 1936—, al Director General de la Hermandad, siervo de Dios Pedro Ruiz de los Paños, comunicándole que «el señor arzobispo de Zaragoza da el permiso a Martín Martínez, de cuarto de Teología terminado y minorista» 25, para que pueda ingresar en la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos.
Martín Martínez Pascual quería ser misionero 26, y se le acentuaba más esta vocación leyendo los escritos de Santa Teresa del Niño Jesús. Encontró muchas dificultades para realizar tal deseo, y entonces se inclinó a ser sacerdote Operario, «pensando que, dentro de la Hermandad, podría, viviendo él ese espíritu apostólico, fomentar el conocimiento y amor a las misiones entre muchos seminaristas y decidió por este solo motivo —según propia confesión— ingresar en la Hermandad. Terminado el primer curso de ministerios dentro de la Hermandad, me dijo el siervo de Dios que había encontrado en ella su centro, y estaba más convencido que nunca de que, siendo santo, surgirían en los seminarios vocaciones de misioneros santos» 27.
LOS MÁRTIRES HABLAN DE LOS MÁRTIRES
Al siervo de Dios Martín Martínez alude el siervo de Dios Guillermo Plaza, en carta del 12 de enero de 1934 dirigida al siervo de Dios Pedro Ruiz de los Paños, diciéndole que el director espiritual del Seminario de Zaragoza, «a un chico que, desde hace varios años, quiere irse al Seminario de Misiones, no le deja mientras no sirva a la diócesis tantos años como becas ha disfrutado» 28.
Este chico era Martín Martínez. En carta del 16 de julio de 1934 dice don Guillermo a don Pedro: «El chico de quien le hablé, que quería hacerse misionero y el padre no le dejaba, vistas las dificultades que encuentra y por insinuación de don Antonio Rocamora, se inclina a la Hermandad. Tiene aprobado cuarto de Teología, minorista, cumplido el servicio, y un seminarista modelo» 29.
He sentido curiosidad por encontrar las cartas que se refieren a todo este asunto. Y el siervo de Dios Lorenzo Insa escribe al siervo de Dios Pedro Ruiz de los Paños, el 9 de julio de 1934: «Lo de don Antonio Rocamora se refiere a un tal Martín Martínez, de Valdealgorfa, donde está de párroco don Pedro Grau. Buen seminarista, y tenía ya confianza con don Antonio cuando estaba aquí» 30.
Don Antonio Rocamora había sido trasladado del Seminario de Zaragoza al de Jaén el curso 1933-34. Conocía perfectamente a Martín Martínez. Y escribe don Antonio a don Pedro Ruíz de los Paños el día 5 de julio de 1934: «Adjunto una cuartilla de la última carta que me ha escrito un colegial de Zaragoza y es el objeto de la consulta.
»Se trata de un seminarista con el cuarto de Teología aprobado; notas de sobresaliente, por lo menos me parece recordar, en toda la Teología; le tengo por el más piadoso del Seminario; es muy activo, servicial e inteligente en cualquier asunto que se le confíe.
»En vista de estas cualidades, como verá por la contestación, le he estirado un poco de la lengua y lo he llevado adonde me proponía. Con anuencia del señor rector, don Lorenzo, le escribo hoy, aconsejándole sea Operario, por creer dará mucha gloria a Dios y, si después no le acabara de llenar la vida, podría pensar en las misiones» 31.
El 10 de julio de 1934 don Antonio Rocamora vuelve a escribir a don Pedro sobre el mismo asunto: «Tengo a la vista la suya, fecha del 7, y me satisface su juicio acerca de la vocación de Martín Martínez, por haber coincidido con el que yo tengo de este buen seminarista...
»Dado su carácter, no querrá resolverse sin contar antes con aquel padre espiritual, y veremos por dónde respira este señor, aunque me consta que quiere y tiene interés por la Hermandad, ya recordará usted lo que le aconseja respecto a marchar a misiones» 32.
Y este señor respiró favorablemente, y el arzobispo de Zaragoza dio permiso a Martín para ir a la Hermandad.
LA ILUSIÓN DE FORMAR SEMINARISTAS
Entró en la Hermandad porque «su ilusión era formar seminaristas. Tenía mucho interés por la formación de los seminaristas y se preocupaba mucho de ellos» 33.
En los días de su cautiverio «estaba constantemente preocupado por sus seminaristas, temiendo que perdieran la vocación» 34.
Había aprendido esta ilusión de sus formadores, varios de los cuales también tuvieron la gloria del martirio. Como el rector del Seminario, don Lorenzo Insa. Como el sacerdote Operario que sucedió a don Vicente Lores al frente de la sección de Martín, don Guillermo Plaza.
En la carta que el sacerdote don Emilio Sancho escribía a don José Royo le pide instantemente un recuerdo de estos mártires. Le pide un recuerdo de Martín, como reliquia, y añade: «También desearía tener algo de don Guillermo y de don Lorenzo. Con don Guillermo fuimos tan amigos como con Martín, aun estando de por medio las diferencias de superior y auxiliar, y como los tres fueron mártires y están muy altos en el cielo, me vendría bien su influencia, y me acordaría más y mejor si tuviera algo suyo. Haz los posibles e imposibles por complacerme» 35.
DIFICULTADES PARA INGRESAR EN LA HERMANDAD
Alguna —no excesiva— dificultad encontró en su familia para ingresar en la Hermandad. Los padres querían tenerlo cerca; estando en una parroquia pensaban que podría atenderlos y ayudarlos mejor, y toda esa serie de obstáculos que suelen surgir ante casi todas las vocaciones.
Un sacerdote, natural del mismo pueblo y compañero del siervo de Dios, dice: «Ingresó en la Hermandad. Sus padres, primero, no lo veían bien; después le dejaron ingresar gustosamente» 36.
El cuñado del siervo de Dios es más concreto: «En casa le pusieron un poco de impedimento, porque lo necesitaban. Pero, como era tan serio y bueno, le dejaron marchar a gusto» 37.
Y una vecina de los padres de Martín detalla más aún, con cierta perspicacia femenina de cotilleo. Da la impresión de que esta señora tenía un poco atravesada a la hermana del siervo de Dios y, cuando tiene oportunidad, le lanza una puntadita. Por ejemplo, hablando de la bondad de la familia de mosén Martín, dice: «Sus hermanos también eran buenos, menos una hermana, casada en Los Olmos, que se distinguió, durante la guerra, por sus ideas izquierdistas, a causa de tener un café en el que estaba el centro de izquierdas. De joven esta hija también era buena» 38.
Cuando habla del ingreso de Martín en la Hermandad, dice: «Se hizo Operario diocesano. Se fue muy contento. Los padres se conformaron pronto; la hermana que tenía casada en Los Olmos era la que no lo veía bien, porque así se desentendía, decía ella, de atender a sus padres. Mosén Martín dijo delante de mí que los ayudaría igualmente» 39.
Y lo cumplió, aunque poco tiempo tuvo para ello. Escribe el día 2 de junio de 1936 al Director General de la Hermandad: «Hemos determinado que yo vaya a Tortosa para practicar los santos ejercicios. Dos razones me han movido: dar gusto a los demás y poder ver pronto a mi querido padre, que está enfermo; y, según me decían de casa, no 'extrañará que te avisemos'... De todos modos, a su completa disposición, y usted dirá y mandará según sus planes...
»Y ahora me atrevo a pedirle un favor. Le decía arriba que mi padre ha estado enfermo, fuera de casa, la mayor parte del curso. Ellos me escribieron, encargándome que le escribiera a usted para pedirle me permita ayudarles a llevar los gastos, que no durarán mucho (no me extrañaría muriese ahora con tanto calor. Fiat voluntas Dei. Espero que su buen corazón oirá la petición de mi padre.
»Yo me atrevo a proponerle lo siguiente. De la cátedra he entregado 1.245 pesetas, y del ministerio tendré (fuera de gastos) unas 500 pesetas. Si usted lo permite, les entrego las del ministerio. Usted dirá» 40.
SACERDOTE PARA SIEMPRE
En la Casa de Probación, lo mismo que en el Seminario de Zaragoza, «todos le miraban como a modelo y, a pesar de su rigor y sentido de perfección, era muy jovial y todos buscaban su trato» 41. Sabía hacer la virtud alegre, atractiva, y «su mayor placer era ser ocasión de alegría y bienestar para sus compañeros» 42.
Estando en Tortosa fue ordenado subdiácono el día 4 de noviembre de 1934. Recibió el diaconado el 10 de febrero de 1935. Y fue ordenado sacerdote el día 15 de junio del mismo año.
Se preparó concienzudamente para recibir el sacerdocio, con mucha humildad, porque se consideraba indigno, y con gran confianza en el Señor. Testifica un compañero del siervo de Dios: «Fue ordenado sacerdote en Tortosa. Yo estaba entonces con él, en la Casa de Probación. Se preparó con gran ilusión. Le vi aquellos días con lecturas especiales y con oración más intensa. Me manifestó varias veces su indignidad, pero se entregó a Jesucristo lleno de confianza y humildad.
»Tenía un anhelo ardiente de emplear su sacerdocio en las misiones y en los lugares de más sacrifico» 43.
«Cantó su primera misa en la capilla de la Casa de Probación» 44. Luego fue a su pueblo a cantar allí su otra primera misa. ¿Para qué disgustar a la familia?
Dice su hermana: «Se ordenó sacerdote en Tortosa y cantó la primera misa en el pueblo. El estaba muy contento y muy fervoroso. Todo el pueblo quedó muy edificado de su primera misa» 45. «Cantó la primera misa en Valdealgorfa. Parecía un santo» 46.
Era el día de Corpus. «Por la tarde llevó el Santísimo en la procesión» 47.
Una de las religiosas clarisas de Valdealgorfa dice: «Con motivo de su ordenación vino a este convento y quiso que una religiosa se dedicara a rezar por el fruto de su ministerio sacerdotal, y que él la encomendaría en la santa misa. Le hizo una estampita, que no recuerdo si conservamos. La abadesa dijo que estaba conforme, pero que el siervo de Dios, para evitar inconvenientes, no había de saber qué religiosa era la encargada de rezar por el fruto de sus ministerios» 48.
Testifica uno de sus compañeros de la Casa de Probación: «Asistí a su primera misa y le vi muy edificante. Según me dijo él, le costó reprimir las lágrimas, pero quiso mostrarse natural, para no llamar la atención» 49.
EN EL COLEGIO DE SAN JOSÉ DE MURCIA
Fue el único destino que pudo desempeñar el siervo de Dios, pero en él se entregó de lleno a la tarea de formar a los futuros sacerdotes. Era, además, profesor de primero de Latín en el Seminario de San Fulgencio de Murcia.
El administrador del Colegio, don Vicente Villar Traver, sacerdote Operario ya entrado en años y con una sordera proverbial, enjuicia así la actuación de don Martín Martínez, «el baturrico», como suele llamarle, cuando sólo lleva cuatro meses de actuación en el Colegio: «Ha sido providencial su destino a este Colegio, pues., debido a su gran celo e incansable vigilancia, ha levantado la tan decaída disciplina de este establecimiento» 50.
Resulta que en el Seminario estaban los «listos» y dejaban para el Colegio los menos dotados. «Cuando no consiguen plaza por cortos, los envían al Colegio, y si hay algún aprovechado, se va al Seminario con plaza» 51.
Hacía falta la exigencia amable de mosén Martín para encauzar aquello, ya que el director resultaba «flojo de mando (no se fíe de mí) y parece tener miedo a disgustar a los chicos... En cuanto al padre, que es muy bueno y muy sabio, pero ¿es buen padre espiritual? No sé... Don Vicente, ajeno a la vida de comunidad por su oído... De mí digo que todo lo malo que diga es poco» 52.
El 18 de enero de 1936 dice: «Yo sigo bien y contento, como siempre». Era lo suyo: estar contento y desbordar alegría. «En el Colegio vamos tirando, y yo sufriendo mucho por la indisciplina y alguna mala cara» 53.
Y logró entonar bastante todo el clima del Colegio, a pesar de los pesares. Sabía ser exigente con amabilidad. Le cuenta al Director General de la Hermandad: «Un subdiácono me dijo que no quisiera ser de primero de Latín, porque le haría muy recto, y que, riendo, digo las cosas claras, sin enfadarme» 54.
PROFESOR
«Como profesor, a los pocos meses adquirió su clase un prestigio tal, que el señor obispo, doctor Díaz Gómara, quiso visitarla e hizo de él los mayores elogios, diciendo que aquellos alumnos estaban ya muy por encima de los cursos superiores» 55.
Todo tiene su explicación: don Martín aprovechaba el tiempo, mientras que la mayoría de los profesores entraban tarde a clase y se dedicaban a comentarios. Lo dice el siervo de Dios con mucha delicadeza: «La clase va hacia adelante; nos visitó el señor obispo. Con los profesores hablo poco, pues, al tocar la campana, me voy a clase, y ellos llegan a clase...» 56.
El 18 de enero de 1936: «La clase, bien. Con los superiores del Seminario hablo cuanto puedo; con los profesores, poco; no están, pues yo espero a los chicos en clase desde el momento en que tocan» 57.
El 5 de abril de 1936 ya han sucedido muchos trastornos en Murcia: incendios de iglesias, persecución. Tuvieron que cerrar el Seminario y Colegio por una pequeña temporada; pero el siervo de Dios continúa trabajando con los alumnos que tiene a mano. «Por don Jaime se ha enterado de todas nuestras peripecias y peligros, viniendo, en consecuencia, las forzosas vacaciones que, como ha anunciado el señor obispo, terminan el 14 de este mes. Yo he aprovechado el tiempo estudiando, confesando y dando dos clases de latín diarias a mis pequeños de la capital... La clase va por caminos rectos; pero con estos trastornos...» 58.
Un día se fue a ver al obispo, como profesor, y dice que le habló como baturro 59. Era el modo de poder remediar algo.
IMPRIMIENDO IMPULSO SOBRENATURAL
«Ejerció el ministerio de prefecto y profesor del Seminario de Murcia, y me consta que en él se conquistó la simpatía de los alumnos y la admiración de los superiores. Como formador de los alumnos supo darles el impulso sobrenatural hacia la práctica de las virtudes, procurando al mismo tiempo que se ejercitaran en las normas de la buena educación y formación humana» 60.
Esa formalidad de hombre de Dios totalmente entregado y la simpatía natural que tenía le abrían los corazones, y él sembraba y sembraba sin cansancio. «Destacó por su seriedad y, al mismo tiempo, por una simpatía que hacía que se le abrieran y confiaran enteramente los alumnos» 61.
«Un año sólo le concedió el Señor para que diera pruebas de su temple apostólico, y las dio sobradas para dar a conocer que lo tenía muy grande.
»Era una verdadera esperanza de verdadero valor para los ministerios de la Hermandad por su don de gentes, por su amabilidad, por su sacrificio y, sobre todo, por su piedad» 62.
TODO PARA TODOS
Fue característica de su vida, lo mismo cuando era alumno que cuando fue superior del Colegio. Con gran naturalidad cargaba con lo difícil, con tal de ayudar a los demás.
El año 1936, sobre todo a partir de las elecciones de febrero, fue un año muy difícil en Murcia. En el Colegio de San José vivían asustados, contemplando los incendios de iglesias y de casas religiosas, con temor constante de que una noche llegara el turno al pobre Colegio de San José. Dice don Jaime Agut: «Destacó en él la delicadeza en el trato, el interés por los alumnos, el espíritu de piedad, su fortaleza en los momentos difíciles». Todos los del Colegio descansaban en él. «Antes del levantamiento nacional, estando ya las cosas muy mal, cuando ya se provocaban incendios de edificios religiosos, salía, vestido de seglar, por la ciudad para enterarse de los peligros que podían presentarse para el Seminario, y evitarlos en lo posible» 63.
Se vestía con un mono de mecánico, y así podía más libremente recorrer las calles y prevenir lo que pudiera acontecer 64.
El 26 de junio salió de Murcia, camino de Tortosa, para practicar los ejercicios espirituales, desde esa noche hasta el día 5 de julio. Tanda de ejercicios memorable por los directores: dos mártires, los siervos de Dios Isidoro Bover y José Pascual Carda; por el Director General, también mártir, siervo de Dios Pedro Ruiz de los Paños, y porque en ella practicaron los ejercicios veintidós de los treinta mártires de la Hermandad. Dice don Carlos Calaf: «De los treinta sacerdotes Operarios que nos reunimos en Tortosa para practicar los ejercicios espirituales, veintidós llegaron, a las pocas semanas, a la Casa del Padre por el atajo del martirio» 65.
Entre ellos hay que contar al siervo de Dios Martín Martínez Pascual 66.
Finalizados los ejercicios marchó a su pueblo, pasando antes unos días en la casa de su hermana Magdalena. Testifica su cuñado: «Cuando vino la revolución era superior del Seminario de Murcia. Yo estaba en Berge, y él estuvo unos días conmigo y después marchó a Valdealgorfa» 67.
En su pueblo le esperaba la suerte de los grandes elegidos para testimoniar la fe con su sangre.
CAPITULO XVIII
VIRTUDES DEL SIERVO DE DIOS MARTIN MARTÍNEZ PASCUAL
Todavía no había cumplido los veintiséis años de edad cuando lo enviaron al cielo por el atajo del martirio. Pero el siervo de Dios supo aprovechar muy bien el tiempo. Estaba maduro. Estaba preparado. No en vano nos dicen de él que «era trabajador incansable, ardoroso, dispuesto para todo» 1.
Don Martín Martínez —mosén Martín, como lo llamaban en su pueblo— era ante todo
UN HOMBRE SANTO
Lo testifican reiteradamente quienes lo conocieron y trataron de cerca, y lo dicen sin ambages ni vacilaciones. Don Jaime Flores, que fue superior inmediato del siervo de Dios en la Casa de Probación, se expresa así: «Puedo decir que el juicio que de él tenían unánimemente superiores, compañeros e inferiores era de un hombre santo 2.
Un sacerdote, natural de Valdealgorfa, compañero del siervo de Dios, nos dice que Martín, ya de seminarista, «gozaba de fama no solamente de bueno, sino de santo» 3.
Don Fernando Fuster Pellicer, sacerdote natural de Valdealgorfa, tenía otro hermano más pequeño. Este acababa de ser ordenado sacerdote el día 2 de julio de 1936. Se llamaba Manuel Fuster Pellicer. Murió abrazado a mosén Martín. «Un hermano mío, que hacía días era sacerdote, murió abrazado con Martín Martínez. Así los encontró el que fue a recoger los cadáveres» 4. Don Fernando conocía muy bien al siervo de Dios. Habían sido compañeros de escuela y de juegos cuando niños. Habían coincidido en el Seminario y en las vacaciones. Eran amigos. Tenía tan alto concepto de don Martín Martínez, que ha estampado en el proceso una frase muy escueta, pero muy elocuente y reveladora: «Creo que hubiera llegado a santo aun sin el martirio» 5. Era un hombre tan santo, que cuantos lo trataban «aprendían de su ejemplo a ser mejores» 6.
La gente sencilla de Valdealgorfa lo expresa de esta manera tan gráfica, que intenta ser un superlativo absoluto: «Era un sacerdote bueno de verdad. Todo bueno» 7.
O de este otro modo: «Era un sacerdote buenísimo. Como mosén Martín no había» 8.
Dice un testigo sencillamente: «Su fama era de santo» 9.
UN HOMBRE DE FE
Quizá sea la oración la expresión más válida de la fe. Dice San Agustín: «Si falta la fe, perece la oración... La fe hace manar la oración, y la oración, en manando, logra la firmeza de la fe» 10. Por eso se ha podido decir: «Donde calla la oración desaparece la vida de fe» 11.
Don Martín Martínez creía en Dios, había tomado en serio a Dios. Y, porque creía, oraba. Y oraba mucho, porque tenía mucha fe. Dice el Papa Juan Pablo II: «Nuestra fe se manifiesta, sobre todo, en el espacio que concedemos a la oración en el centro de nuestro ministerio» 12.
Cuenta la madre del siervo de Dios que los últimos años, durante las vacaciones de verano, cuando alguno de la familia subía a la habitación de Martín, lo más frecuente es que lo encontrara de rodillas, orando. Y esto hasta tal punto, que se le había encallecido la piel, y ella le hizo una almohadilla para que descansaran un poco las rodillas mientras oraba.
Declara uno de los que fueron superiores del siervo de Dios: «En cuanto a las virtudes que más brillaron en él, podemos destacar la profunda piedad... Como detalles especiales podíamos citar su actitud, casi extática, en la capilla y su resistencia en permanecer de rodillas ante el sagrario» 13.
Esa era su actitud, su postura habitual ante el Señor. Una vez comenzada la revolución, para evitar la profanación de la sagrada eucaristía, el siervo de Dios hizo que las religiosas del convento de Valdealgorfa sumieran las hostias consagradas; pero encargando muy encarecidamente que le reservaran unas pocas. El no sabía estar sin Jesús. Y cuando la demandadera del convento le lleva las formas consagradas, dice: «Al presentarme yo, se arrodilló y me tomó las sagradas formas. En seguida me dijo que me arrodillara yo.» Y la buena señora sólo pudo tener la reacción normal en tales circunstancias: «Luego me confesé con él y me dio la bendición con el Santísimo» 14.
Al ir a notificarle al campo, donde se había ocultado últimamente, que su padre había sido arrestado por no declarar dónde estaba su hijo, «el señor Venancio lo encontró de rodillas y profundamente inclinado» 15.
Todos sus conocidos insisten en este aspecto de la gran piedad que tenía, de sus largos ratos de oración, que eran sencillamente fe y amor.
«Resplandeció en el siervo de Dios especialmente su piedad» 16. «Era un seminarista distinguidísimo, lleno de piedad y de singular virtud. Todos le miraban como modelo. Puedo decir de él que era un hombre lleno de piedad profundísima y sentida, enamorado del Corazón de Jesús y de la Virgen Santísima» 17.
En Valdealgorfa vivían impresionados por su sencilla, profunda y constante piedad. «Era muy piadoso. Se pasaba ratos delante del sagrario, edificando por su modestia y compostura» 18.
Una de las religiosas del convento, acostumbrada a verlo de rodillas, dice: «Era muy humilde y sencillo, muy piadoso. Se pasaba largos ratos ante el sagrario. Decía misa con mucho fervor.» Y a renglón seguido presume con santo orgullo de que mosén Martín «la última misa la celebró en nuestra iglesia» 19.
La demandadera del convento había captado muy bien este rasgo de la espiritualidad del siervo de Dios: «Venía cada día varias veces a la iglesia de este convento. A mediodía y por la noche venía todos los días. Si estaba cerrada la iglesia, me pedía a mí la llave y entraba para hacer oración» 20.
«Era muy aficionado a ir a la iglesia. Todos le tenían por un santo» 21. «Se le veía siempre en la iglesia» 22. Y cuando tuvo que vivir oculto, durante los días de persecución, «hacía vida retirada y de mucha oración» 23.
UN HOMBRE DE CELO
Le gustaba mucho estar con Jesús, porque creía en El y porque amaba al Señor de verdad. Y, como dice el Beato Manuel Domingo y Sol, «los que se aman con sinceridad, se alegran de tratarse, y de este modo se pueden manifestar sus afectos. Este amor recíproco, esta familiaridad, el Señor lo desea de nosotros. El tiempo de la oración, entre todos los momentos, es el más a propósito para este santo ejercicio de filial comunicación con Dios» 24.
Al pie del sagrario aprendió lo que quería el Señor. Aprendió a preocuparse y sacrificarse por los demás, pues, como decía el Beato Manuel Domingo y Sol, «ésta es la fragua donde se calienta el corazón y se enardece para sacrificarse por sus hermanos» 25. Allí aprendió mosén Martín su entrega generosa y constante. «La oración da celo» 26, decía también mosén Sol. Y en la oración aprendió a amar a Dios, amando a los hermanos.
El celo, la caridad pastoral, es la medida del amor que un sacerdote tiene al Señor. «Jesús preguntó a Simón Pedro: ¿Me amas? Sí, Señor. Tú sabes que te quiero. Jesús le dice: Apacienta mis corderos» 27. Decía el Fundador de la Hermandad: «¿Queréis saber si amamos a Jesucristo? Pues midamos nuestro celo. ¿No hay celo? No hay amor. ¿Hay poco celo? Soy tibio. ¿No vivo más que del celo? Soy santo» 28.
En el brevísimo espacio de su sacerdocio, un año y dos meses, don Martín dio muestras cabales de su temple apostólico. «Destacó en él la sencillez, la humildad, la caridad y el celo apostólico en grado notable» 29.
Los testigos lo van repitiendo sin cesar: «Tenía mucha caridad y humildad; era muy modesto y celoso del bien de las almas» 30. «Era un sacerdote muy virtuoso. Más que nada, tenía amor de Dios y del prójimo» 31.
Don Antonio Rocamora se sentía orgulloso de haber conquistado a Martín —a su Martín, como le gustaba decir— para la Hermandad. El día 18 de julio de 1936 escribió una carta al Director General de la Hermandad, carta que don Pedro Ruiz de los Paños ya no pudo leer en la tierra. Desde el cielo se complacería, y, al llegar Martín a la Casa del Padre, seguro que lo felicitó de corazón.
Dice don Antonio Rocamora: «Aunque no quería escribirle, porque le supongo con mil cosas entre manos, me permito distraerle con estas letras, porque entiendo que debe saber usted cómo se piensa de sus Operarios.
»Me escribe un sacerdote muy entusiasta de la Hermandad, y me habla así de mi buen Martín:
¿«'Martín es ya ¡hasta profeta en su patria chica! En el pueblo le admiran. Le llaman San Luis Gonzaga. Y el pueblo no se ha equivocado.
»'Los jueves habla en los Círculos de las jóvenes de Acción Católica, y salen encantadas y admiradas. Yo escuché, furtim, una de esas conferencias, y quedé maravillado de su unción y espíritu. Predicó también sobre la encíclica del sacerdocio en el convento, en la función vespertina del domingo y con ocasión de una primera misa, y habló sobre las vocaciones eclesiásticas. La iglesia estaba llena, y salimos todos emocionados. Coge a los niños y los enciende en deseos de ir al Seminario de Belchite. A los ricos les pide para ayudar a esas vocaciones. En fin, es un apóstol. Y lo más grande es que lo hace con tal sencillez, que encanta a todos.
»'En las reuniones y meriendas que hemos tenido para festejar al mísacantano, él siempre risueño; sin propasarse en nada, pero riendo como un niño. No bebe vino, pero se preocupa de que la bota se llene bien para los demás.
»'Un encanto de criatura. A mí me tiene embelesado. Ha de dar mucha gloria a la Hermandad'» 32.
Todo esto brotaba de su amor ardiente a la santísima eucaristía. Viendo el celo de mosén Martín, casi sin querer se recuerdan las palabras del Papa Juan Pablo II: «Las horas pasadas de rodillas ante el tabernáculo no frenan ni disminuyen el dinamismo del ministerio. Lo contrario es la verdad exactamente... Un sacerdote vale lo que vale su vida eucarística» 33.
De ahí le nacían las incontenibles ansias misioneras y el querer ejercitar su ministerio en los lugares que supusieran más sacrificio.
CELO POR LAS VOCACIONES
Fue una característica muy acusada en su breve vida. Y este celo abarcaba todas las vocaciones. «Quería que los seminaristas fueran muy buenos. Tenía interés por atender a las religiosas que teníamos frente a casa» 34, nos dice su hermana Magdalena. Y una de estas religiosas testifica: «Era un alma muy enamorada de su sacerdocio y deseoso de que hubiera muy buenos sacerdotes» 35.
Estaba convencido —lo vivía así— de que la llamada del Señor es una gracia inestimable. Era tan dichoso con su vocación, que ansiaba hacer a muchos partícipes de su dicha. Llamar es tarea, sobre todo, de los llamados 36.
Tenía una habilidad especial para ganarse el corazón de los niños, y como ya hemos visto en la carta que escribía don Antonio Rocamora, encendía en los muchachos grandes deseos de ir al Seminario. También los niños están en condiciones de dar una preferencia a Dios, como decía el Papa Pablo VI 37.
Según el testimonio de un compañero de estudios, «los niños de la catequesis eran su encanto, y ellos le querían con delirio por el interés, afabilidad y humildad con que los trataba» 38. Dicen los testigos: «Era muy cariñoso con todos, sobre todo con los niños» 39. «Se le veía siempre en la iglesia y con los chicos» 40.
Despertaba vocaciones y las cultivaba y las formaba en la medida que le era posible. En el Colegio de Vocaciones de Murcia sólo le preocupaba el bien de los alumnos, aun a costa de su continuo sacrificio 41. Los ayudaba, los orientaba, les enseñaba a orar. El anciano don Rafael Marqués, a sus ochenta años de edad, recuerda la dedicación del siervo de Dios a los más pequeños de la casa, a quienes dirigía la meditación diariamente. Y añade algo muy interesante: «Causaba admiración ver el contraste que ofrecía aquel joven Operario, tan devoto y recogido en la capilla, y tan alegre y divertido cuando estaba con los niños en las horas de recreo» 42.
También cultivaba las vocaciones que ya habían dicho que sí al Señor. Sabía ser apóstol con sus compañeros. Sabía que hay que ser apóstol también en casa, porque todos han de ayudar a la conservación de las vocaciones. Dice uno de los que fueron superiores suyos: «Preparaba con sus condiscípulos el período de vacaciones de modo que éstas no sólo no les fueran peligrosas para su formación sacerdotal, sino que se convirtieran en período muy apto de aprovechamiento y práctica para el día de mañana» 43.
Ya hemos visto anteriormente cómo influía en sus compañeros, cómo elevaba el nivel espiritual de sus condiscípulos, sin ningún respeto humano. Y a todos los empujaba hacia el apostolado. Dice un compañero de Seminario: «Ejercitaba el celo entre sus compañeros mediante conversaciones sobre el apostolado en las parroquias, misiones, seminarios» 44.
Mosén Martín atraía. Todos querían ser como él, porque daba testimonio de que la vocación es una gracia incomparable.
HUMILDAD SINCERA
Su hermana Magdalena, para definirlo, sólo encontró esta expresión: «Era el más humilde de todos los hermanos. Era muy humilde y muy piadoso» 45.
Lo mismo les pasa a las religiosas clarisas, que tan de cerca trataron al siervo de Dios antes y en la persecución: «Era muy humilde y modesto» 46.
Era humilde hasta en su apertura de corazón con los superiores. Le dijo el Director General que le contara todo. Y lo hace con una confianza ilimitada, poniendo como preámbulo que son «mis impresiones de jovenzuelo, a las que, por tanto, no ha de prestar mucha atención». Pero «puede preguntarme cuanto quiera y yo le contestaré según mi leal saber y entender» 47. E inmediatamente carga sobre él mismo las tintas: «De mí digo... que todo lo malo que diga es poco» 48.
Los sacerdotes que fueron compañeros suyos en el Seminario manifiestan la misma opinión sobre el siervo de Dios: «Era sumamente humilde y modesto» 49. «Era extraordinariamente piadoso, sumamente modesto, muy humilde» 50. «Era muy humilde, muy puro, muy modesto y piadoso» 51.
La gente sencilla de su pueblo está plenamente concorde: «No era nada orgulloso. Se contentaba con todo lo que le daban. Era siempre muy humilde» 52.
Un compañero de la Casa de Probación desciende a detalles concretos para hacernos ver la humildad práctica de don Martín, asegurando que fue un auténtico modelo de fe viva, de humildad profunda, de fervor eucarístico, de vencimiento propio. Asegura que jamás le oyó una palabra que pudiera redundar en alabanza propia. Cuando algo podía resultar elogioso para él, tenía una exquisita habilidad para cambiar de conversación, para deshacer sus elogios con una broma. «En cambio, con pasmosa naturalidad me contaba cuanto podía contribuir a que le tuviese en baja estima. Los oficios más bajos parecía que eran cosas suyas exclusivamente» 53. «Y todo esto envuelto en una sencillez y naturalidad tan grande, que todo el conjunto de virtudes no se le apreciaban hasta que no se le trataba. A más trato, más estima» 54.
El barría los pasillos y paseos del patio, y cuando creía que no era observado, hacía la limpieza de los servicios. Escogía siempre el lugar más humilde y de mayor sacrificio. Ayudaba a todos, pero con tanta delicadeza, que parecía ser él quien recibía el favor.
Siempre se consideraba digno de corrección. Y se alegraba de recibirla: «Una vez me dijo que cuando el superior nos corregía en común, a él siempre le tocaba. Con lo cual daba a entender su humildad» 55.
MORTIFICADO CON MUCHA ALEGRÍA
Martín Martínez fue mortificado en extremo, un verdadero asceta. Pero no se le notaba. Supo poner gran alegría en su austeridad.
«Era muy piadoso, muy franco y muy alegre» 56. Todos los testigos destacan esa nota de alegría, que jamás abandonó al siervo de Dios. Yo recuerdo lo que el Papa Pablo VI dijo en la exhortación apostólica Gaudete in Domino:
«Después de María, la expresión de la alegría más pura y ardiente la encontramos allá donde la cruz de Jesús es abrazada con el amor más fiel, en los mártires, a quienes el Espíritu Santo inspira, en el momento crucial de la prueba, una espera apasionada de la venida del Esposo» 57.
Y así fue mosén Martín. En la vida y en el martirio. Don Jaime Flores nos lo presenta como «trabajador y austero en toda su vida. Muy mortificado, tanto en sus sentidos exteriores como en la disciplina perfecta de su espíritu. En el comer, beber, jugar mantenía siempre un dominio perfecto. Usaba con discreción, pero con abundancia, las mortificaciones exteriores (disciplinas, cilicio...); pero, al mismo tiempo, era jovial, dicharachero, amigo de todos, lleno de caridad, desbordándose en el servicio de todos» 58.
Casi todos los testigos finalizan las virtudes del siervo de Dios con esta nota de la alegría. Dice un sacerdote, compañero suyo: «Tenía gran amor de Dios. Era constante en los actos de piedad. Estaba muy recogido en casa. Era muy edificante en sus conversaciones. Y era muy alegre» 59.
«Llevaba siempre la vista recogida» 60. «Era muy bueno, humilde, piadoso, modesto, mortificado» 61. «Era muy humilde y muy mortificado» 62.
Y al lado de su austeridad siempre su alegría. «Vivía muy recogido; era muy edificante y era muy alegre» 63.
Dice la gente de su pueblo: «Siempre estaba risueño» 64. «También se distinguía por su jovialidad y entusiasmo» 65.
Ni la persecución le hizo perder la alegría. «Cuanto peor se ponían las cosas, él más animado estaba» 65, dice doña Marina Ferrero, en cuya casa se ocultó algunos días.
Iba risueño al martirio, saludando a la gente, despidiéndose de todos hasta el cielo. Don Martín había prometido a Francisco —cinco años de edad—, hijo de la demandadera del convento de Valdealgorfa y vecino de la casa del siervo de Dios, que le iba a traer un juguete desde Murcia, un caballo. El niño vio que se llevaban a mosén Martín para matarlo, y comenzó a llorar, porque mosén Martín era bueno, y era amigo, y porque él se iba a quedar sin caballo. El siervo de Dios no perdió el buen humor ni en los umbrales de la muerte. El niño gritaba, llorando: ¡Mosén Martín, mosén Martín! Y don Martín, sonriendo, le consoló: Desde el cielo te mandaré un caballo; son mejores que los de Murcia 67.
«Los mismos guardias dijeron que los perdonó, y que les dijo que acertaran bien y no los hicieran sufrir» 68.
OBEDIENCIA EXQUISITA
Fue obediente en extremo. Casi diríamos que exageradamente obediente, por espíritu de fe, porque su obediencia era sencillamente manifestación de su amor. Y amaba mucho.
Don Jaime Flores nos dice: «Era respetuoso y obediente en extremo a sus superiores, y su mayor placer era ser ocasión de alegría y bienestar para sus compañeros... En cuanto a las virtudes que más brillaban en él, podemos destacar la profunda piedad, la obediencia perfecta, el espíritu de trabajo y su espíritu de mortificación» 69.
Un compañero cuenta detalles que ponen muy de relieve esa obediencia cordialmente heroica, sobre todo en los pequeños avatares de la vida ordinaria. Pueden parecer nimiedades. Creo que son reflejo de mucha fe y mucho amor.
«Visitaba a Jesús sacramentado en los tiempos en que podía hacerse; pero si, cuando estaba en su divina presencia, llamaba la campana para otra distribución reglamentaria, aunque fuese para ir a la capilla, salíase de ella al momento para ir a colocarse en su sitio. Yo le vi muchas veces apresurarse a visitar al Santísimo apenas acababa de vestirse y permanecer allí hasta que se hacía la señal para que la comunidad fuese a la capilla; y al toque de la campana, salía de aquélla para volver a entrar con todos» 70.
Pero todo esto con tanta alegría y naturalidad, que daba la impresión de que nada le costaba ser así.
Doña Marina Ferrero pone broche de oro a la serie de virtudes que adornaban al siervo de Dios, diciendo: «Practicaba todas las virtudes e iba dando muy buenos ejemplos a todos» 71.
CAPITULO XIX
MARTIRIO DEL SIERVO DE DIOS MARTIN MARTÍNEZ PASCUAL
LA ULTIMA MISA
El día 26 de julio de 1936 llegaron a Valdealgorfa unos milicianos. Mientras las cosas estaban bajo el dominio de los del pueblo —Comité incluido— no ocurrieron novedades extrañas. Pero cuando llegaron «los forasteros» todo cambió. Traían órdenes tajantes de persecución y de perseguir a quienes no perseguían.
A las cuatro de la mañana de ese día 26 dieron la orden terminante de que las monjas del convento tenían que permanecer totalmente incomunicadas. Allí sólo podía entrar la demandadera.
Pero ese mismo día celebró misa en la iglesia del convento mosén Martín, «y con él vino otro sacerdote. Las religiosas oyeron misa y comulgaron, quedando muchas formas en el copón» 1.
La señora Isabel Fuster Sancho, demandadera del convento, no acababa de entender eso de que no podía celebrarse la santa misa. ¿Era cosa mala? «Además celebraron otros cuatro sacerdotes» 2.
Pero se enteraron arriba, en el Comité, y a renglón seguido se presentó el jefe, «diciéndome que no había dado cumplimiento a lo que se me había ordenado; y me pidió las llaves de la iglesia del convento» 3. «El presidente del Comité cerró la iglesia y la clausura, y se llevó las llaves» 4.
Así no había peligro de que el atrevimiento llegara hasta el colmo de celebrar misa. Y menos mal a que a la señora Isabel no le dieron su merecido por aquel crimen de leso ateísmo.
Fue la última misa que pudo celebrar el siervo de Dios Martín Martínez Pascual.
QUÉDATE CON NOSOTROS
Mosén Martín era un ardiente enamorado de la santísima eucaristía. No podía, no sabía, no quería vivir sin tener muy cerca a Jesús. Desde el día 26 de julio no tuvo otra opción que la de permanecer oculto. Había llegado el poder de las tinieblas y no le permitían andar a plena luz. Lo que más le iba a costar y a doler era no poder visitar al Santísimo Sacramento. Ya estaba cerrado el templo, y las llaves en poder de los del Comité. Pero la señora Isabel Fuster Sancho tenía buenos reflejos, y pensó que Jesús tenía que ir a ver a mosén Martín, ya que éste no podía hacer la visita al Señor. Se le ocurrió liberar a Jesucristo.
«Yo continuaba en contacto con las religiosas por mi casa. El día 26, por la noche, yo propuse a las monjas un plan para evitar la profanación de las sagradas formas que habían quedado en la iglesia. El plan era entrar una hija mía, de unos doce años, a la clausura y pasar a la iglesia por la ventanilla del comulgatorio de las monjas y sacar de la iglesia las sagradas formas» 5.
Pero tenían en el convento una novicia, joven y delgadita, que estaba dispuesta a llevar a cabo el plan. Era sor María Angeles Tomás. Y esa novicia sacó el copón con las hostias consagradas.
La señora Isabel se fue corriendo a decir a mosén Martín lo que habían hecho. A él le pareció muy bien. Sólo una súplica ardiente: que las religiosas comulgaran las hostias consagradas; pero que le reservaran a él por lo menos seis o siete. Así lo hicieron. «Para que los del Comité, que sabían que había quedado el Santísimo en el sagrario, no lo notaran, dejamos en el mismo unas formas sin consagrar» 6.
Al llevárselas la señora Isabel, mosén Martín recibió a Jesús de rodillas, y con una alegría inmensa. Ya no estaría solo. Le había pedido tanto al Señor, como los de Emaús: Quédate, porque el día va cayendo, que Jesús atendió su ruego. Y entró para quedarse con él 7.
Otro encargo hizo a la demandadera: «Me dijo que si había algún enfermo grave, de no poder ir él, fuera yo a darle la comunión» 8. Como en los días de las catacumbas.
¿Qué le importaba ya a mosén Martín tener que estar oculto? No estaba solo. «El Señor está conmigo, como fuerte soldado; mis enemigos se avergonzarán de su fracaso con sonrojo eterno que no se olvidará» 9.
Ya tenía lo mejor que, a los pocos días, iba a poder regalar a sus compañeros de martirio.
HUYENDO COMO UN MALVADO
«Los primeros días estuvo en su casa» 10. Pero allí no estaba seguro. De hecho, fueron a buscarle unos milicianos armados, que ya no lo encontraron, porque la señora Isabel, vecina de sus padres, se encargó de avisar al siervo de Dios que venían los esbirros. «Yo le avisé. El saltó a una casa vecina, de una cuñada mía, llamada Marina Ferrero» 11.
Llegó a esta casa saltando las tapias de los corrales. Y llevó consigo a Jesús Sacramentado. Dice la señora Marina: «Se vino a mi casa. Trajo unas formas que la monjera del convento le llevó a su casa. Me parece que eran unas cinco. Vino a nuestra casa porque su madre nos pidió por favor si queríamos tenerle en casa escondido. Mi marido dijo que sí, y muy a gusto le recibimos. Abrimos las puertas de detrás y él vino saltando las tapias de los corrales. Nuestras casas estaban muy cerca una de otra» 12.
Durante tres o cuatro días, muy a escondidas, iba a cenar y dormir a la casa de sus padres. Luego las circunstancias aconsejaron que no saliera más para nada. Dice la señora Isabel: «Después se quedó ya en casa de mi cuñada, y yo le llevaba la comida. Así estuvo unos quince días» 13.
La madre del siervo de Dios no podía llevarle la comida, porque hubiera levantado sospechas. La demandadera del convento era cuñada de Marina y no llamaba la atención que fuera frecuentemente a su casa.
La señora Marina y su esposo prepararon dos habitaciones para mosén Martín en el piso alto de la casa: una en la cocina, que se convirtió en capilla. Allí tenía don Martín la santísima eucaristía. Y allí pasaba las horas. «Llevaba una vida espiritual muy intensa» 14. «Pasaba el tiempo leyendo y rezando» 15.
La otra habitación era su dormitorio.
Allí estuvo confinado sin poder bajar siquiera a las dependencias del piso bajo, para no ser descubierto. Ni los hijos de la señora Marina sabían que se encontraba allí. Eran niños y rápidamente lo hubieran contado, dictando con ello sentencia de muerte para mosén Martín y muy probablemente para el esposo de la señora Marina.
VIDA DE ORACIÓN
Aquellos días el siervo de Dios intensificó su vida de oración en el forzoso aislamiento. También intensificó su preparación para el martirio, que veía cada vez más cerca. Fueron unos largos ejercicios espirituales, dirigidos en el silencio por Jesús.
Las religiosas también tuvieron que abandonar su convento el día 28 de julio de 1936, y se fueron refugiando en distintas casas del pueblo. Tres de estas religiosas fueron a parar a la casa de una tía de la señora Marina, llamada Florencia Sancho, madrina de su profesión religiosa. Dice una de ellas: «Encima del piso de la señora Florencia estaba la casa de la señora Marina. Allí fue a parar el siervo de Dios» 16. Precisamente el día 30 de julio de 1936.
Estas religiosas subían un rato, por las tardes, para hacer la hora santa ante el Santísimo. Mosén Martín les dirigía la meditación. El día 2 de agosto confesaron con él y les dio la comunión «con pedacitos pequeños de una hostia pequeña» 17. Les hacía la lectura espiritual sobre la conformidad con la voluntad de Dios. «Hablábamos de cosas espirituales, y él estaba convencido de que le matarían, sobre todo los últimos días. El rezaba la estación al Santísimo con los brazos en cruz, después nos hacía la meditación y al final nos daba la bendición con el Santísimo» 18.
ARRECIA LA PERSECUCIÓN
Hacia el 8 de agosto «tuvo que presentarse en el Comité para firmar como que estaba en el pueblo. Se arregló en su casa y se fue acompañado de su hermano, como pudimos ver nosotras desde la casa donde estábamos» 19.
Volvía del Comité tan risueño como siempre, saludando a cuantos encontraba en el camino. De paso, visitó a la madre abadesa del convento, refugiada con una familia amiga. Regresó con la convicción de que estaba muy cerca su hora. «Dijo que seguramente no se verían más hasta el cielo, porque había visto que debajo de la firma de otro sacerdote habían escrito la palabra 'cura', y así harían también debajo de su firma» 20.
Ya hemos dicho que nunca bajaba a las dependencias del piso inferior, que ocupaba la familia que le tenía oculto. «Sólo bajó una vez a nuestras habitaciones para rasurarse el pelo. Casualmente le vieron nuestros hijos, que no sabían que le teníamos en casa» 21. Fue una seria complicación.
Además, ya lo estaban buscando a toda prisa, valiéndose de mil estratagemas. «La madre del siervo de Dios habló con uno del Comité, llamado Fabián, y éste le dijo que si le manifestaba en qué casa estaba su hijo, aquella casa no la registrarían» 22.
La madre de mosén Martín cayó en la trampa y le dijo que estaba en casa de Marina. Fabián lo celebró, hasta el punto de mandar que «hicieran un pastel para el siervo de Dios, y se lo llevaron a su madre, de parte del Comité. Su madre, que nunca venía a nuestra casa, por disimular, se lo entregó a la monjera, quien lo trajo a casa» 23.
Pero aquella gente no era muy de fiar. ¿Qué significado tenía aquel dulce regalo? Resultaba muy extraña tanta amabilidad. Ciertamente, Martín era muy querido en el pueblo y hasta por los del Comité; pero éstos no se fiaban sobre todo de los Comités de más arriba. «En el Comité del pueblo, cuando trataron de a quiénes debían matar, hubo discusión sobre Martín Martínez, que era —decían los del Comité— un cura muy bueno» 24.
La mayoría estaban a su favor. Lo estimaban, lo querían. Pero estaban atenazados por el miedo. «Uno dijo: Y si no lo matamos, ¿qué nos puede pasar? A lo mejor nos hacen algo» 25.
Por eso, mosén Martín no quiso comer el pastel «y nos aconsejó que no comiéramos tampoco nosotros, porque no sabíamos qué habían puesto en aquel pastel los del Comité» 26.
En vista de todas estas circunstancias, don Martín no quiso comprometer a aquella familia. Bajo pena de muerte, estaba prohibido ocultar a un sacerdote. «El siervo de Dios, al ver cómo le buscaban, marchó de nuestra casa y se fue a la suya, con intención de marcharse a Zaragoza. Estuvo muy poco tiempo en su casa y de allí se fue a la del señor Venancio» 27.
Fue su último techo. Dice el señor Venancio Cuella Suirana: «Un día la madre del sacerdote me dijo que en casa la Marina estaba su hijo; a ver si lo quería recibir en mi casa, donde estaría más seguro, pues ya sabían algunos que estaba en casa de la Marina» 28.
El señor Venancio —«muy buena persona» 29— lo aceptó, «y en el pajar de mi casa estuvo cinco días. Allí iba alguna vez a visitarle su madre y a llevarle la comida. Los demás ratos del día los pasaba solo» 30.
Pero un pueblo siempre resulta muy pequeño para guardar secretos y mucho más pequeño para guardar a un sacerdote perseguido. En seguida se corrió la voz de que mosén Martín se ocultaba en casa del señor Venancio. «Un vecino me avisó que por el pueblo se corría que yo tenía escondido en casa al sacerdote» 31.
Y, efectivamente, allá «fueron los milicianos a buscarle —dice sor Filomena Rincón Aparicio—. Yo los vi y oí las blasfemias que decían y cómo exigían al sacerdote, diciendo que si no aparecía, perecerían todos. El sacerdote estaba en el pajar, pero no lo encontraron» 32.
El pobre señor Venancio se veía entre la espada y la pared, y entonces «fui a hablar con el padre de Martín, y acordamos que lo mejor sería que saliese del pueblo y marchase a una cueva, a unos tres kilómetros, cerca de la cual había una balsita de agua. Así salió una noche de mi casa con dirección a dicha cueva» 33.
Otra vez a huir. Pero como huyeron María y José: con Jesús. El también lo llevaba en la santísima eucaristía, que jamás abandonó. Era su fuerza. Y quería que fuera su viático y el de los demás sacerdotes de Valdealgorfa en el momento del martirio.
PREPARADO PARA EL MARTIRIO
Aquel vía crucis, largo de tantos días de espera, mosén Martín lo llenó de esperanza, con una preparación consciente y muy sentida para el encuentro definitivo con el Señor, dando testimonio de la fe con su sangre. Desde el primer día se preparó para tal trance. Dice la señora Marina: «Estábamos muy asustados. El nos animaba a todos, diciendo que siempre había habido mártires y que habíamos de estar preparados para serlo. Cuando peor se ponían las cosas, él más animado estaba... El rosario de cada día lo rezábamos también mi marido y yo con las monjas y el siervo de Dios, que lo dirigía. Casi siempre rezábamos un Padrenuestro por los perseguidores de la Iglesia» 31.
Había aprendido el estilo de Jesús, durante los breves años de su vida y muy especialmente en el trato tan íntimo que tuvo con El desde el 26 de julio al 18 de agosto de 1936. «Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os aborrecen y rezad por los que os persiguen y calumnian. Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo» 35.
En el campo, bajo la bóveda del cielo, oró intensamente, se preparó a conciencia para dar testimonio de Cristo con su sangre, porque «él estaba muy animado y convencido de que le matarían. Me dijo que habíamos de ponernos en las manos de Dios» 36.
Al miliciano Benigno Peris, que salió a su encuentro para intentar salvarlo, haciéndole huir, le dijo mosén Martín que «de antemano perdonaba a todos; le dio unos abrazos para sus familiares y el encargo de que perdonasen a sus asesinos... Me consta que recibió la noticia de que iban a matarle con gran alegría y como si fuera a realizar un anhelo de toda su vida» 37.
EL ACOSO BRUTAL Y DEFINITIVO
«El día 17 de agosto, por la noche, llegaron muchos milicianos forasteros, y empezó a correrse la voz de que iban a matar a todos los sacerdotes» 38.
Era el primer objetivo de aquellos pobres asesinos. Era la consigna que habían recibido. El sacerdote Martín Fuster Antolín vio pasar el «camión de milicianos forasteros. En la plaza oí que preguntaron a los del pueblo, lo primero, si habían matado al cura, y después les dijeron que habían de derribar una cruz que había a la entrada del pueblo, y que si no la derribaban, los matarían a ellos» 39.
El día 18, por la mañana, muy temprano, dieron un bando —era ya el tercero, y el ultimátum— para que todos los que tuvieran sacerdotes en su casa, los entregaran. Si no lo hacían, serían pasados por las armas 40.
El siervo de Dios huyó al campo, a la cueva que había en la finca del señor Venancio, según habían acordado éste y el padre de mosén Martín.
Poco tiempo estuvo allí. Lo suficiente para respirar aire puro después de tantos días de encierro, para despejar un poco la cabeza y para orar mucho.
El miliciano del pueblo Benigno Peris Seguer era muy amigo de la familia, tenía muchísimo interés en salvar a mosén Martín, era miembro del Comité y, según un testigo, «uno de los milicianos que fueron a matarle» 41. Dice Benigno Peris: «Yo estaba asociado al Comité. Hubiera querido salvarle. Intenté llevarle a un pajar mío. Hablé con mi cuñada Isabel, para que me dijera dónde estaba mosén Martín, y yo ir a recogerle y acompañarle a mi pajar. Aprovechando un momento en que los de la guardia del control estaban durmiendo, fui a casa del señor Venancio, donde mi cuñada me dijo que estaba el sacerdote. El señor Venancio me contestó, desde detrás de su puerta, que se había marchado ya. Esto fue el día antes de que le mataran» 42.
A raíz del bando conminatorio se presentaron los sacerdotes, a quienes encarcelaron en el calabozo del Ayuntamiento. Un grupo de seglares, por el hecho de ser católicos destacados, estaban ya encarcelados en una ermita del pueblo. Mosén Martín había ido al campo, a la cueva de la finca del señor Venancio.
«El día 18 de agosto —continúa diciendo Benigno—, después de comer, yo fui al Comité a saber noticias. Un compañero, Ambrosio Pellicer, que era el presidente, me dijo que se habían presentado todos los sacerdotes, menos el de Martín y Manuel Fuster» 43.
Los dos que morirían fundidos en un abrazo, gritando ¡Viva Cristo Rey!
Al no presentarse Martín Martínez, los milicianos «fueron a su casa y detuvieron a su padre, obligándole a que les descubriese el escondite de su hijo» 44. «Detuvieron a su padre y le dijeron que si no aparecía su hijo, lo matarían a él. Subieron a su padre en un coche y lo llevaron a buscar a mosén Martín. El padre les indicó una dirección distinta, y así no lo encontraron» 45.
El padre de mosén Martín estaba dispuesto a morir con tal que se salvara su hijo. Pero es terrible la crueldad de odio tan cerril, obligando a un padre a entregar a su hijo.
El padre del siervo de Dios envió recado a su hijo para que se enterara de cómo iban sucediéndose los acontecimientos, y rogándole que se escapara para no ser detenido y fusilado. Dice el señor Venancio: «El padre del sacerdote vino a mi casa para encargarme que fuera adonde estaba su hijo y le comunicara esto; pero que le dijera que no volviera al pueblo» 46.
Con razón afirma un testigo: «Le hubiera sido fácil huir» 47. Mucho más cuando así se lo aconsejaban y facilitaban las personas que lo encontraron cuando venía corriendo, a toda prisa, para presentarse al Comité, teniendo la seguridad de que lo matarían.
AMO Y SE ENTREGO
Vino al pueblo, desde el campo. «Vino con alegría. Esto lo sé por una vecina, llamada Teresa Expósito, que le encontró cuando iba a entrar en el pueblo y, al querer disuadirle, el siervo de Dios le dijo que iba precisamente a presentarse, sabiendo que iban a matarle» 48.
El señor Benigno Peris Seguer, el miliciano amigo de la familia, que tanto interés tenía por salvarlo de la muerte, también fue a su encuentro, y esperó un buen rato, convencido de que Martín regresaría en cuanto se enterara de que los demás sacerdotes habían sido encarcelados y su padre también.
«Le salió al paso uno del Comité, muy amigo de su familia. Le dijo que le podía salvar, y que a sus familiares no les pasaría nada, que era sólo para amenazarles. El siervo de Dios rechazó este ofrecimiento con una valentía extraordinaria.
»Esto lo he oído al mismo del Comité, Benigno Peris. Le dijo entonces el siervo de Dios que de antemano perdonaba a todos; le dio unos abrazos para sus familiares y el encargo de que perdonasen a sus asesinos» 49.
En realidad, no bastaba la buena voluntad de Benigno, el miliciano, ni su buen corazón. Benigno estaba equivocado, creyendo que las amenazas al padre de Martín eran puras amenazas. Ni hubiera sido éste el único caso en que los varones mayores de una casa fueron fusilados por no entregar un sacerdote.
El mismo Benigno Peris nos ha legado su declaración. En cuanto le dijeron en el Comité que no se había presentado mosén Martín, se llenó de gozo, pensando que llegaba a tiempo para salvarle la vida. «Yo salí en seguida a la calle. Al cabo de una hora, poco más o menos, vi que se acercaba el sacerdote Martín. Su padre estaba detenido. Yo me acerqué a Martín y traté de disuadirle, asegurándole que lo de su padre no era más que una amenaza, y que no se presentara, que no pasaría nada.
»El dijo: Si no me presento, matarán a mi padre. No quiero que sufra nadie por mí. Yo quiero morir mártir con mis compañeros. Me dio un abrazo y me dijo que lo transmitiera a sus padres, y que les dijera que perdonaran a sus enemigos. Iba animado y risueño» 50.
CONFESO Y NO NEGÓ
Cuando el siervo de Dios recibió la noticia de que su padre había sido arrestado, «dijo que su obligación era salvar a su padre y correr la suerte de los demás sacerdotes. Y se fue de prisa al pueblo» 51.
El amor urge, no conoce dilaciones. «Y nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos» 52. Por Cristo y por su padre.
No dudó ni un instante. El señor Venancio, que le llevó la noticia del arresto de su padre y el encargo de que huyera, declara: «Yo fui a decirle esto a mosén Martín, y él me contestó que se venía al pueblo en seguida. Se decidió sin pararse a pensarlo. Me dijo: 'Sí, voy.' Y empezó a venir al pueblo muy de prisa. Llegó mucho antes que yo» 53.
Lo mismo que el Maestro, cuando «iban subiendo camino de Jerusalén y Jesús se les adelantaba» 54.
Los del Comité del pueblo querían, en general, salvar a Martín a toda costa. Era muy bueno. Era muy joven. Era muy querido. Quisieron valerse de una estratagema: convencer a los «forasteros», a los del Comité de Alcañiz, que Martín era un estudiante y todavía no era sacerdote. Cuando llegó el siervo de Dios al Comité, «le preguntaron: ¿Eres tú Martín Martínez, el estudiante? Y él dijo que era Martín Martínez; pero que era sacerdote como los demás que tenían allí» 55.
A mosén Martín le urgían dos cosas: salvar a su padre y poder dar la comunión por viático a sus hermanos sacerdotes antes del martirio.
Declara la hermana del siervo de Dios: «Los del Comité del pueblo decían a los de Alcañiz que mi hermano aún no era sacerdote; pero éste aseguraba que sí que lo era. En seguida que lo mataron, los del Comité del pueblo vinieron a la casa de mis padres a decir que no habían podido hacer nada por mi hermano, porque éste decía que sí que era sacerdote» 56.
El sacerdote don Pedro José Peris Blasco, natural de Valdeal-gorfa, entonces subdiácono, estaba escondido en una era cerca del pueblo cuando mosén Martín iba de prisa a presentarse. «Iba ligero. Le vi por detrás y, al pronto, no le conocí. El siervo de Dios, al presentarse, manifestó su condición de sacerdote» 57.
Al ser detenido y cerrado en el calabozo con los demás sacerdotes, «animó y dio la comunión a sus compañeros de martirio» 58. «Llegó al Ayuntamiento y lo metieron en el calabozo, donde había ya otros sacerdotes. Es cierto que, al llegar allí, distribuyó a los demás sacerdotes la sagrada comunión, que llevaba consigo» 59.
CAMINO DEL CALVARIO
Mosén Martín Martínez «estuvo minutos nada más en la cárcel» 60. Lo suficiente para dar a Cristo y comulgar él mismo con los otros sacerdotes. La comunión más fervorosa para todos ellos, sin duda. Además, no la esperaban. Martín la había guardado para el día de su sepultura.
Tan poco tiempo estuvo que, al llegar al pueblo el señor Venancio, ya oyó los disparos que mataban a las víctimas.
En una ermita del pueblo, la de Nuestra Señora del Buen Suceso, tenían encarcelado los rojos a un grupo de seglares, que también fueron fusilados con el siervo de Dios.
Sacaron a los sacerdotes del calabozo del Ayuntamiento y los llevaron caminando hasta la Plaza del Convento, muy cerca de la casa de mosén Martín. Allí había un camión, esperándolos. Benigno Peris, el miliciano, estaba allí también esperando, y se acercó a mosén Martín para decirle que había cumplido su encargo de dar un abrazo a sus padres y darles el consejo de que perdonaran a sus asesinos. Dice Benigno Peris Seguer: «El sacerdote subió al camión de un salto. Entonces yo me acerqué y le despedí, diciéndole que había cumplido ya su encargo. El me dio un millón de gracias y me dijo que rogaría por mí desde el cielo. Ese mismo camión recogió después a los seglares que mataron ese día» 61.
Uno de los milicianos que fue en el mismo camión con los prisioneros y con los asesinos era muy conocido de la señora Isabel Fuster Sancho, porque había trabajado con el esposo de ésta, y le contó «que, cuando llevaban a matar a los sacerdotes, en un camión, al pasar por cerca de la ermita, vio el siervo de Dios que bajaban conducidos los seglares que allí estaban encerrados, y exclamó: '¡Qué lástima de no haber sabido yo esto, porque hubieran participado también éstos del banquete celestial!'» 62.
Muchos vieron el espectáculo de aquellos sacerdotes y seglares camino de la muerte. Interesaba a los esbirros que la gente escarmentara y no se le volviera a ocurrir ser buena. Declara sor Filomena Rincón Aparicio: «Yo lo vi en el camión, cuando iban a matarle con los demás sacerdotes. Desde la casa donde yo estaba refugiada, oí el ruido del motor del camión y me asomé al balcón, y vi el camión con los sacerdotes encima, y entre ellos a mosén Martín. Estaban de pie, y mosén Martín, con la mano, dirigiéndose a la casa donde yo estaba, hizo una señal de que se despedía. Yo estuve mirando hasta que arrancó el camión» 63.
MURIÓ DE FRENTE
Un miliciano que presenció la ejecución «también me dijo que el siervo de Dios, cuando le dijeron, al ir a matarle, que se pusiera de espalda, contestó que quería morir de frente, y que había sido muy valiente y gritó en aquel momento: ¡Viva Cristo Rey!» 64.
Lo mataron a los pocos minutos de ser apresado. Declara el señor Venancio: «Cuando yo llegué al pueblo, me dijo el señor Vicente Piquer que ya habían matado a los de la capilla, esto es, a los que tenían detenidos en la ermita del pueblo. Yo, volviendo de la cueva, oí efectivamente unos disparos, y ya pensé mal. Pero no creía que con estos disparos mataran al reverendo Martín, que hacía muy poco estaba conmigo» 65.
«Murió animoso y animando a los demás» 66. No podía ser de otra manera. Martín Martínez estaba acostumbrado a elevar el nivel espiritual. Gozaba de «la locura de Dios, que es más sabia que los hombres»; se apoyaba en «la debilidad de Dios, que es más fuerte que los hombres» 67.
«Los llevaron hacia el cementerio y allí, junto al camino, los mataron» 68. «Le mataron de frente, porque él no quiso ponerse de espalda, porque no había hecho ningún mal. Mi madre me dijo que a un miliciano, que era del pueblo, le dio un abrazo antes de morir, para que lo transmitiera a mi madre, y él así lo hizo después. Ese miliciano fue el que enterró el cadáver de mi hermano. Este miliciano vive aún. Los mismos guardias dijeron que los perdonó y les dijo que acertaran bien y no les hicieran sufrir» 69.
Los disparos se oyeron muy bien desde el pueblo. Lo manifiestan los testigos.
Lo mataron «el 18 de agosto, martes, a las seis de la tarde» 70.
6
Don Antonio Perulles Estivill
Un apóstol de los seminaristas
CAPITULO XX
SÍNTESIS BIOGRÁFICA DEL SIERVO DE DIOS ANTONIO PERULLES ESTIVILL
El siervo de Dios Antonio Perulles Estivill nació en Cornudella (Tarragona) el día 5 de mayo de 1892, a las cinco de la mañana.
Fueron sus padres Pablo Perulles Franch y Angela Lorenza Estivill Perpigná.
Fue bautizado el día 6 de mayo de 1892.
SU FAMILIA
Era de familia pobre, pero muy honrada y muy bien considerada. Fueron dos hermanos sacerdotes, lo que habla elocuentemente del ambiente religioso que se respiraba en la familia. Como ha dicho el Papa Pablo VI, las vocaciones «son testimonio de la salud moral de las familias... Donde florecen numerosas las vocaciones al estado eclesiástico y religioso, se vive generosamente según el Evangelio: es señal de que allí hay padres fervorosos y buenos que no sólo no temen, sino que se sienten muy contentos y honrados al dar sus hijos a la Iglesia» 1.
La familia del siervo de Dios era profundamente cristiana. A pesar de las grandes dificultades económicas, no regateó dar sus hijos al servicio de Dios.
Dice don Prudencio Perulles, hermano del siervo de Dios: «Lafamilia de mi madre era más religiosa que la de mi padre, pero ésta también era buena» 2.
La gente sencilla del pueblo atestigua así: «Su familia era muy buena; su madre era de lo más bueno. Económicamente eran de clase modesta» 3. Y un compañero de don Antonio testifica: «Su familia era buena. Tenía un hermano sacerdote, y su madre, según él, era una santa. Tengo idea de que eran pobres» 4.
De Cornudella se trasladaron a Mola (Tarragona) cuando Antonio tenía cinco o seis años 5; de manera que bastantes testigos dicen que don Antonio era de Mola 6.
INFANCIA
La infancia del siervo de Dios discurrió con la normalidad de todo niño de casa humilde y buena. «Era un niño muy bueno» 7. «Mi madre me contó que el siervo de Dios hizo la primera comunión con mucha ilusión y mucho fervor. De niño era muy piadoso y muy inclinado a la iglesia» 8.
Era monaguillo y no podía sufrir que, por alguna causa, hubiera de quedarse sin misa. Era el único enfado que tenía el muchacho. Nos cuenta su hermano don Prudencio: «Fue monaguillo y tenía mucha afición a oír misa. Le sabía mal quedarse un día sin misa. Una vez que nuestra madre le mandó ir a coger leña al tiempo de la misa, tuvo un disgusto muy grande y lloró y todo. El niño se industrió para traer la leña y no perder la misa» 9.
Llamaba la atención, tan pequeño, por su devoción y recogimiento, sobre todo en la santa misa 10.
INGRESA EN EL SEMINARIO
Como en su casa respiraba atmósfera de piedad, muy pronto escuchó la llamada de Dios, y sobre todo su madre supo fomentar la vocación sagrada al descubrirla en su hijo 11.
Desde muy pequeño manifestó deseos de consagrarse al Señor. Quiso irse con algún religioso que pasó por Mola reclutando vocaciones, según nos cuenta su hermano. Y «desde muy niño tuvo inclinación a ser sacerdote. Nuestra madre lo veía muy bien. Nuestro padre, aunque estaba conforme, indicaba algunos reparos por los gastos que suponía la carrera, dada la condición humilde de nuestra familia» 12.
Por fin, logró ir al Seminario con gran alegría de todos 13. Ingresó en el Colegio de San José de Tortosa el año 1903.
EL PRIMER DISGUSTO
Las cosas no marchaban muy bien, que digamos, el primer año. Uno de los testigos, con muy buena voluntad, dice que su inteligencia tardó en despertarse 14. El hermano del siervo de Dios, más realista, asegura que en ese primer año de Seminario, Antonio no dio ni golpe. ¿Qué sabía él, a los once años, lo que era estudiar y lo que eran exámenes y demás zarandajas? Se lo pasaba en el Colegio muchísimo mejor que en el pueblo. Y se durmió. Se echó a la buena vida. Pero la verdad es que, desde el curso 1904-1905, en que aprueba con sobresaliente el primer curso, siempre obtuvo las máximas calificaciones.
Como es natural, a su padre le sentó muy mal el fracaso del primer año, y dijo que se acabaron los estudios. Eso era un lujo para gente rica. Los pobres... a trabajar con sus manos. «Terminado este primer año, mi padre, viendo que sus estudios no habían sido aprovechados, insistió en que no volviera» 15. Es muy explicable la reacción: estaban gastando un dinero que no tenían.
Ahora bien, su madre, que tenía mucha fe en el hijo, hizo de intercesora y, ya lo decía Lope de Vega: «Que tanto puede una mujer que llora.» Convenció a su marido para que probasen un año más. Buscó el consejo y la autoridad del párroco «y de un seminarista mucho mayor, ordenado ya de menores, llamado Domingo Sanclemén, que fue sacerdote después. Estos le aconsejaron que el niño volviese otro curso al Seminario, para ver qué daba de sí el segundo año» 16.
Antonio quedó impresionado por la actitud de su padre y vio que la cosa iba en serio. No había más remedio que estudiar a base de bien. Lo que mucho vale, mucho cuesta. Y el sacerdocio valía demasiado para tomar a la ligera los estudios. Lloró, prometió y cumplió. «La actitud de mi padre hizo en mi hermano mucha mella, a pesar de su corta edad, y lloraba para que le dejaran volver al Seminario y prometía estudiar más» 17.
DESTACO MUCHO EN ESTUDIOS
No fueron palabras que se lleva el viento. Desde ese segundo año de Seminario «fue un seminarista muy aplicado y piadoso» 18. «Regresó al Seminario y, desde entonces, fue muy aprovechado en los estudios» 19.
Tanto destacó, que sus compañeros de Seminario le llamaban «El Sabio». Le gustaba estudiar y discutir las cuestiones más difíciles, y los compañeros acudían a él para que se las explicara 20. «Era muy estudioso. Sacaba muy buenas notas» 21. Hasta en las vacaciones de verano «aprovechaba mucho el tiempo, estudiando» 22.
Era un seminarista completo. «Figuraba como el más estudioso y aprovechado del Seminario en su tiempo. Tenía además fama de muy piadoso» 23.
Cuantos lo conocieron de seminarista coinciden en esta apreciación: «Le conocí ya de seminarista. Era un seminarista aplicado y bueno» 24. «Era excelente en los estudios y más todavía en la vida de piedad» 25. «Durante los años de seminarista gozaba de fama de ejemplar» 26. «Siendo seminarista se portaba muy bien. Cuando estaba en vacaciones daba a todos muy buen ejemplo. Iba mucho por la iglesia» 27. Todos los de Mola insisten en este punto: «Cuando venía de vacaciones se portaba muy bien y daba muy buen ejemplo» 28. «Fue un seminarista muy aplicado y piadoso. Cuando estaba de vacaciones frecuentaba mucho la casa del señor cura y se le veía siempre muy alegre. Era sencillo y humilde. Atendía a todos y era muy querido de todos... Tenía muy buen trato social. Tenía fama de un seminarista excelente» 29.
El gran teólogo Juan Bautista Manyá Alcoverro, profesor del siervo de Dios, dice: «Era de muy buen talento y muy candoroso. Destacó mucho en estudios» 30.
Estando en el Colegio de San José de Tortosa recibió la prima clerical tonsura y las cuatro órdenes menores el día 19 de diciembre de 1913. Recibió el subdiaconado el 29 de mayo de 1915.
INGRESA EN LA HERMANDAD DE SACERDOTES OPERARIOS
Apenas se le confirió el subdiaconado ingresó en la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos, al terminar el cuarto curso de Sagrada Teología. «Ingresó en la Hermandad porque, por una parte, quería una vida como religioso y, por otra, no quería desligarse de la familia para ayudarla económicamente. Pero principalmente por querer dedicarse de lleno a la formación de sacerdotes. Esta vocación ya la manifestó cuando estudiaba Filosofía» 31.
El 28 de agosto de 1915 ya se ha puesto en relación con el director del Colegio de San José de Burgos, adonde iba destinado: «Me escribió Perulles, hablándome del viaje suyo a Burgos» 32. Dice el Director General de la Hermandad: «Sale de Tortosa el nuevo aspirante Antonio Perulles para su destino, Colegio de Burgos.» Y añade una lacónica apostilla, que revela el gran concepto que le merecía la nueva adquisición: «Es una buena esperanza» 33.
A sus veintitrés años de edad, con un bagaje enorme de ilusión y muchas ganas de trabajar, se metió en aquella inmensa comunidad de 416 alumnos, capaz de asustar hasta a un hombre hecho y derecho. Mucho más a un joven de sus años. Pero el director del Colegio asegura el día 13 de septiembre de 1915: «Perulles, muy contento» 34.
Es una delicia la primera carta que escribe a don Benjamín Miñana, al poco de llegar a Burgos, dándole cuenta de sus andanzas entre aquella turbamulta. Escribe con un realismo impresionante. Se enseña como es, como cree que lo ven los demás: «Aunque un tantico tarde, voy a acceder a sus deseos de que le escribiera una larga carta sobre la entrada y la marcha de la comunidad.
»Me excuso de ponderarle el trabajo de los primeros días, siendo solos dos para tanta gente; el Señor nos tenga en cuenta la materialidad del trabajo, a lo menos, ya que cualitativamente es muy pobre.
»Tuve que sacar el geniecillo más de cuatro veces para conseguir imponerme como la primera autoridad inmediata ante aquellos que me consideraban muy niño todavía para poder con todos. Yo, don Benjamín, quizá llevado sólo de mi amor propio, estoy satisfecho de mi ministerio. Alguna que otra imprudencia reconozco que cometí, pero ¿qué extraño es, si me venía el traje tan ancho? El buen Jesús me perdone todas las faltas de prudencia y premie mis esfuerzos por hacerlo cada día mejor.»
A continuación le comunica sus grandes preocupaciones, con una sinceridad humilde, que impresiona:
«¿De mis telarañas? Ahí está mi cruz: continúan lo mismo; me turbo, me confundo y ruborizo por la cosa más insignificante; sin saber por qué, muchísimas veces estoy imposible para dirigir la palabra a cualquiera; hasta ante los colegiales, sobre todo mayores, estoy como turbado y avergonzado; lo cual me obliga a presentarme ante ellos malcarado y como airado. Delante de personas extrañas este mi estado de ánimo se manifiesta mucho más; de suerte que cada papel ridículo que hago... Un caso para muestra: el señor director me ha encargado de la enfermería, y es para mí un caso de verdadero compromiso el tener que presentarme todas las mañanas al médico; sobre todo me es imposible conversar un rato con él tranquilamente. Le pongo una cara... como si se tratara del mayor de mis enemigos. Et sic de caeteris.
«Cualquiera que en mí se fijase sacaría como consecuencia de mi conducta que trabajo de mala gana, que no estoy conforme con esta vida de Operario, que soy enemigo de cuantos me tratan; y créame, don Benjamín, es todo lo contrario: trabajo con mucho gusto, no envidio a nadie de este mundo, porque esta vida me satisface por completo, y tanto a los compañeros como a los colegiales los quiero a todos mucho y me esfuerzo en no faltarles en lo más mínimo. Sabe el Señor cuan contra mi voluntad les pongo tan mala cara.
»En una palabra: sirvo al Señor con muy buena voluntad, pero con muy mala cara. Esto a mi amor propio le viene de perlas, porque le impide conseguir lo único que él busca y pretende, cual es hacerme simpático a todos los que me tratan. Considere, don Benjamín, lo que puede confiar a este niño, lleno de buena voluntad, pero tan niño.
»Dígale con frecuencia al buen Jesús que acepte mis sufrimientos» 35.
Recibió el diaconado el 17 de junio de 1916. «He recibido las dimisorias. Mañana me examinarán aquí, en casa mismo, y el miércoles, Dios mediante, entraré en ejercicios» 36, escribe el día 4 de junio de 1916.
El día 12 de agosto de 1916 se consagró a la Hermandad, comenzando el llamado año de probación. Hasta entonces era aspirante.
Recibió el presbiterado el día 20 de diciembre de 1916. «Se ordenó sacerdote en Burgos» 36bis. El testigo José Serres Rebull, primo segundo del siervo de Dios, dice que «cantó su primera misa en Zaragoza» 37. Debe tratarse de la primera misa solemne, para su familia, ya que la primera misa la celebró en el mismo Colegio de San José de Burgos. Escribe el 9 de diciembre de 1929: «Le recordaré de un modo especial este año en las misas de Nochebuena, que podré celebrar, Dios mediante, en el mismo altar en que la misma noche celebré la primera» 38.
Emitió los votos trienales el 12 de agosto de los años 1917, 1920 y 1923. Ese mismo día de 1926 emitió el voto indefinido.
¡SON TANTOS!
En Burgos dejó su vida don Antonio Perulles, trabajando lo indecible, sin cansancio, sin tregua. Don José Casáis, que convivió algunos años con el siervo de Dios, dice de él: «Era activísimo y de mucho celo. Un hombre extraordinario. Conocía mucho a los chicos. Era el hombre de confianza y de prestigio» 39.
El mismo don Antonio Perulles dice el 14 de febrero de 1917 que, por ser el más veterano de todos los prefectos de disciplina, tiene que estar en todo; «pero también el Señor contrarresta en esto mi presunción, pues esta misma intervención en todo es la causa de que todos los colegiales me miren de cierta manera, porque todas sus faltas se las he de notar yo. Me multiplico para asistir a todas partes y esto les fastidia» 40.
Era un Operario dócil, sumiso, obediente; pero cuando veía algo que se debía corregir, vencía su natural timidez y con insistencia lo alcanzaba. El primer director que tuvo en el Colegio de San José se prodigaba excesivamente fuera del Colegio y no atendía cuanto era necesario a la numerosa comunidad. De hecho, uno de los cooperarios que trabajaban con él lo define así: «Mucho sermón en casa ajena, y la propia se la lleva la trampa» 41. Don Antonio Perulles jamás habló con nadie de las cosas del director. Sólo se las contaba al Director General, porque éste se lo había mandado. Dice don José Casáis: «Nunca le oí murmurar. Siempre se le veía adicto a la autoridad» 42.
Don Antonio insistía y volvía a insistir, y el 17 de marzo de 1917 ha conseguido que en el Colegio se cumpla todo hasta el detalle, que el director hable semanalmente a la comunidad y trate a los compañeros de equipo con cariño y humildad. «Con el señor director, muy bien, gracias al Señor; se cumple todo hasta el detalle, todas las semanas hace plática a los mayores y nos trata con mucha humildad» 43.
Pero lo que más le hacía sufrir era el número excesivo de alumnos. No podía tratar detenidamente con cada uno, para infiltrarles el espíritu a que debían aspirar. «Es muy lamentable el estado real de esta comunidad, de mayores sobre todo. Yo, que soy el único, por razón del tiempo que aquí llevo, que tengo verdadera influencia sobre ellos, porque el señor director no los trata, yo, además de mis pobres cualidades, tengo la otra desgracia de tener que ir mariposeando de una parte a otra, estando con todos y sin entretenerme con ninguno, para poder sacar fruto» 44.
Y se le escapa el anhelo y el sueño de su afán por formar a los futuros sacerdotes: «¡Cuánto suspiro por poder estar encargado de cien muchachos solos y continuos! Pero, ¡santa paciencia!» 45.
Es constante este deseo: «Sólo lamento la falta de tiempo para poder comunicarme con todos más frecuentemente. ¡Son tantos! Pida mucho por este trasto inútil, que lo único que tiene es una gran voluntad de poder ser el día de mañana hombre de provecho para la Hermandad, hábil instrumento de la gloria de Dios y un apóstol de los seminaristas» 46.
SI ALGUNO QUIERE SER SANTO DE VERAS...
El curso 1919-1920 tuvo que encargarse don Antonio de la mayordomía del Colegio. El mayordomo anterior parece ser que no se entendía muy bien con el director. Don Benjamín Miñana, que conocía muy bien a Antonio, ya que en el Colegio de Tortosa había sido su fámulo —«cuidé de sus habitaciones durante los cuatro años de Teología» 47—, le encarga constantemente que sea el sembrador de paz entre ambos, que suavice las tensiones. «A Perulles, de Burgos, escribo recomendando que siga siendo mediador entre el director y el mayordomo, templando» 48.
La tirantez iba en aumento. El director, rumboso y avasallador; el mayordomo, tacaño y acoquinado, y en medio don Antonio Perulles, suavizando. «Me creo en la obligación de hacerle sabedor de la extraordinaria tirantez de relaciones a que han llegado el señor director y el señor mayordomo.» El director tuvo la poca diplomacia de poner perdido al mayordomo delante de la comunidad. «Considere cómo estará el señor mayordomo, que ayer se determinó a escribirle al señor director una carta diciéndole que no temiera, que pronto se quitaría de su lado a un trasto inútil, etc. Yo, confidente de los dos, ¿qué hago? Como los dos, y ninguno, tienen toda la razón, es difícil saber aprobar y callar prudentemente cuando me cuentan sus quejas. El Señor me ilumine» 49.
Termina la carta con una frase sencillamente genial: «Si algún Operario quiere ser santo de veras, mándelo aquí de mayordomo» 50.
Y, claro, como don Antonio Perulles quería ser santo de veras, cargó con el mochuelo. Tuvo que hacerse cargo de la mayordomía del Colegio.
Y parece que lo hizo bien, que fueron muy buenas sus gestiones de mayordomo. Lo reconoce hasta el mismo señor director, en carta del 14 de noviembre de 1919: «Perulles tiene muy contenta a la gente con sus gestiones de mayordomía» 51. Y el mismo siervo de Dios dice el 22 de diciembre de 1919: «Yo, con mis asuntos mayordomiles, admirablemente, no preocupándome más que por la bancarrota a que vamos a parar sin remedio, pues se continúa tratándoles como en los mejores tiempos con sólo los tres reales y medio; pero, en fin..., al freír será el reír» 52. El Director General registra el dato en su Crónica: «Antonio Perulles, de Burgos, comunica que está de lleno metido en la mayordomía de aquel Colegio con gran exceso de trabajo, pero animado» 53.
Pocos meses pudo estar al frente de la mayordomía, porque su presencia era de todo punto necesaria en la comunidad. Para ese curso fue destinado al Colegio de Burgos, en calidad de director espiritual, don Hipólito Rubio, y éste dice, en carta del 3 de octubre de 1919: «Arrimé un poco el hombro al pobre don Antonio Perulles en la mayordomía, porque él no podía dejar la comunidad» 54.
El Director General envió a Burgos a don Joaquín Pía, «para relevar a Antonio Perulles del cargo de mayordomo y Perulles pueda volver a la vigilancia de la comunidad» 55.
Don Antonio Perulles lo hizo tan bien como mayordomo, que don Joaquín Pla no cayó bien. «Antes de venir Pla, mejor dicho, antes de llegar, ya había prevención contra él, porque estaban contentos de la administración de Perulles y sentían lo cambiasen, aun sin conocer al que lo había de sustituir» 56.
Ahora bien, don Joaquín Pla ayudó mucho al siervo de Dios, supliéndole en la disciplina cuando cayó enfermo del estómago. «Estoy ahora de enhorabuena y muy satisfecho porque Pla, con ocasión de mi enfermedad, ha tenido que sacar sus mañas hasta para la disciplina y ha salido un excelente cooperador para mi objeto; está él entusiasmado y trabajamos con gusto y con fuerza los dos para reanimar el espíritu... No faltaría más que un poco de apoyo en la parte superior. ¡Estamos tan solos!» 57.
Ciertamente don Antonio se sentía bastante mal. Sufría en silencio. Pero don Hipólito Rubio se encargaba de decir las cosas en plata: «Tampoco sé si le habrán dicho que al pobre Perulles, desde Navidad acá, lo tenemos bastante mal del estómago y cada día empeora. Ya no puede tomar más que leche y este médico no sabe hacerle nada. Necesita un especialista, y aquí no lo hay. Con este director se necesita a veces un poco de paciencia. Aún no le duele a él un dedo, todos se han de preocupar de su salud; pero él no se preocupa por nadie.
»Hace muchos días que estoy sufriendo por Perulles, y lo estoy diciendo delante del director y éste procura sacar otras conversaciones, como si no le gustara oírlo.
»También el interesado es un poco raro y creo no se ha cuidado como debía ni cuando debía, sino cuando ya no puede ser otra cosa y lo menos que puede ser. Yo no puedo aliviarlo en nada ni descargarlo de sus tareas. El lleva todo el peso de la comunidad, no puede comer y descansa poco por la noche. No será aventurado decir que, si continúa así, pronto tendrá que encerrarse en una habitación...
»Este (Perulles) se cree necesario en todas partes con la comunidad —y en parte tiene razón—, y no se fía de los otros.
»Yo estoy sufriendo, porque si Perulles cae, no puede usted imaginarse cómo queda esta numerosísima y mal disciplinada comunidad. Y no se puede pedir otra cosa, por ser tan numerosa y los superiores que la cuidan bien, pocos» 58.
El Director General acusó rápidamente esta carta: «Al director de Burgos encargo que atienda a la enfermedad de Perulles y, si se hace preciso, envíele a Madrid para que le vea un especialista» 59.
LA NUEVA CAPILLA
Parece ser que el director del Colegio era un poco de los que el Beato Manuel Domingo y Sol calificaba de «capitán en su torre» 60, y esto dolía mucho a sus colaboradores. Creo que debo hacer constar que don Antonio Perulles solamente hablaba de esto al Director General, porque hablar con los compañeros le parecía murmuración 61. Uno de sus compañeros sí nos ha dejado una radiografía del estilo que tenía este señor: «Comienzo confesando que he hablado varias veces con don Emigdio, teniendo yo sólo la culpa, de los modos raros de proceder de nuestra cabeza, a pesar de la repugnancia que siempre he tenido a este vicio. Hace tiempo que no recaigo en él y tengo propósito firme de atender más a mis defectos y menos a los ajenos.
»No tengo conciencia de hacer oposición ni contradecir al amo, y creo que ninguno de los de aquí, menos Tomé (don Emigdio), será capaz de hacerlo, dado su carácter serio y autoritativo y el nuestro tímido y condescendiente. Todos procuramos darle por la corriente y representar lo mejor posible la comedia. Lo conocemos y sabemos que es un niño viejo y que, para tenerlo contento, es necesario alabar todo lo suyo y cuanto hace: sus sermones, medidas que toma en el gobierno de casa, gestiones con el prelado, etc.; preguntarle con interés por su pie, por su cabeza, si ha dormido bien. ¡Cómo goza contando anécdotas de su vida, lances y episodios, planes y párrafos de sus sermones, detalles de sus enfermedades y achaques!
»No le podemos hablar de los defectos de la comunidad ni proponerle reforma alguna. Hay que decir que todo va bien, aplaudir sus iniciativas y tradiciones.
»Los Operarios que lo rodean, que sean listos, pero que no le hagan sombra, ni aparezca nadie como que vale, ni figure» 62.
A pesar de todo esto, los operarios trabajaban con ganas. «Y usted por nosotros no tenga pena, que todos estamos unidos y animados para trabajar, obedecer y complacer al amo en cuanto podamos, sin disgustarlo a sabiendas» 63.
Don Antonio Perulles era tesonero y no cejaba de insistir cuando veía que algo podía ser más útil para la formación de los seminaristas. Sufría porque aquella formación masiva no le llenaba ni producía frutos en consonancia con el trabajo enorme que derrochaban. Se le había metido en la cabeza que a los seminaristas más pequeños había que formarlos, desde el principio, separados de los mayores. De otro modo, ocurría lo que dice en una carta al Director General: «¡Ay, don Benjamín, no es ésta casa de consuelos, y no puede serlo, porque tampoco lo puede ser de frutos de apostolado!» 64.
Después de mucho insistir logró que el año 1922 se estableciera una capilla independiente para los gramáticos, lo que supuso para él una alegría enorme, ya que podría infundir espíritu de piedad a los pequeños, que luego formaran una comunidad de filósofos y teólogos ejemplares.
En carta del 26 de enero de 1922 dice el director del Colegio: «Al regresar de vacaciones la comunidad se inauguró en seguida la nueva capilla, que ha quedado muy bien, funcionando en ella los gramáticos como si toda la vida hubieran practicado allí sus actos de piedad y culto. Perulles y Diego alternan en las pláticas bisemanales y en sustituir de viva voz la lectura espiritual de la noche» 65.
Don Antonio Perulles no puede ocultar su satisfacción en carta del 31 de enero de ese año 1922: «Pasan los días sin casi darnos cuenta, ahora más que antes, por el plus de ocupación que nos ha traído la nueva capilla. Diego y yo nos entendemos con los pequeños, habiéndoles suprimido casi por completo la lectura y sustituido por breves instrucciones que creo que les serán mucho más útiles.
»Ya sabe cuánto deseaba que llegara este tiempo feliz de poder trabajar por formar el corazón de los pequeñitos. Dios Nuestro Señor bendiga nuestros pobres esfuerzos y haga que fructifiquen los gérmenes que vamos sembrando, para que la comunidad de mayores de mañana sea de seminaristas fervorosos en su totalidad, en lugar de fríos y tibios, como son la generalidad de los de ahora» 66.
Esta capilla fue una de sus grandes satisfacciones en el Colegio de Burgos: «De todos los cursos que he pasado en esta casa, ha sido éste para mí el de más grandes satisfacciones, debidas a la creación de la bendita capilla para los latinos» 67.
El trabajo no le asustaba, a pesar de su endeble salud. «A mí no me apura el trabajo, no, sino el pensar que, aun destrozándome, no podré acudir a ninguna parte» 68.
VIVIMOS TODOS «IN UNUM»
Una de las grandes inquietudes de don Antonio Perulles era la paz y armonía entre todos los compañeros de equipo. Trabajó mucho para conseguirlo, y ya hemos visto cómo el Director General le encomendaba eso sobre todo. El último curso que estuvo en el Colegio su primer director llegó don Antonio a cantar victoria: «Otra fuente de consuelo ha sido la paz fraternal que ha reinado entre todos y la cual tanto ha dejado que desear en todos los años anteriores que llevo en esta casa. Quiera el Señor conservarnos en ella, mientras su santa y amorosa providencia nos mantenga materialmente unidos a los que ahora lo estamos también espiritualmente» 69.
Al comenzar el curso 1922-1923 la Hermandad tuvo que hacerse cargo de la dirección del Seminario de Burgos, muy a pesar del Director General, a quien el cardenal Benlloch ponía en el dilema de aceptar el Seminario o que entregaría Seminario y Colegio a otra institución religiosa 70.
Don Antonio Perulles también veía muchas dificultades, porque conocía muy bien el paño y, aunque «creía, primero, que debía dejarlo todo en manos de Dios y de mis superiores, mientras directamente no se me interrogue, mas no me dejaba tranquilo la responsabilidad que podría traerme un exceso de timidez y humildad mal entendida; por eso, me he decidido a poner mano en pluma» 71.
Le expone la cuestión con toda crudeza, previendo las muchas dificultades que van a surgir, y mucho más si va de rector al Seminario el actual director del Colegio, porque «a él no le tragan, y a mí mucho menos, porque ha ido pasando la escoria de acá» 72.
El Director General se veía entre la espada y la pared, y hasta se temía que era el mismo director del Colegio el que apremiaba al cardenal: «Llega carta extensa del señor cardenal de Burgos, apremiando para que sin excusas aceptemos ya para el próximo curso la dirección de su Seminario, porque le apremia la necesidad de sacar de allí al rector y demás superiores. Me ha apenado sobremanera esta inesperada sorpresa, tanto más porque precisamente ayer, hablando con el director del Colegio de allí, le dije que no tenemos personal para admitir nuevas casas y, aun teniéndolo, no nos convendría aceptar el Seminario de Burgos, porque en las actuales circunstancias nos perjudicaría en gran manera. Y nada dijo el director, y me temo que sea él quien inste al señor cardenal» 73.
A pesar de las dificultades serias, graves, reales que veían todos, menos el director del Colegio, don Benjamín tuvo que acceder a los deseos del señor cardenal Benlloch.
Y además tuvo que ceder para que fuera rector el director del Colegio: «Es voluntad expresa del señor cardenal que el señor director de aquí pase allá y tenga intervención en lo de acá» 74.
El siervo de Dios propuso desde el primer momento que el nuevo director del Colegio fuera don José Casáis, hombre bueno, cordial hasta el extremo. Se lo indica en varias cartas al Director General. Le dice el día 6 de agosto de 1922: «Absolutamente hablando, estoy convencido de que en esta casa había de hacer una labor meritísima don José Casáis.» Sólo encuentra un «pero», que cree se debe tener en cuenta, dada la susceptibilidad de quien iba a tener intervención en el Colegio. «Pero cuenta con muchas simpatías en toda la diócesis, y esto, que sería un gran bien para la Hermandad, tengo para mí que sería origen de no pocos disturbios internos. (Según dicen, hasta los profanos, ésta fue una de las causas de la falta de inteligencia entre los dos in illo tempore.) ¿Me entiende?» 75.
Don José Casáis fue nombrado director del Colegio. Y don Antonio Perulles quedó muy contento. Entonces sí que vivió, sintió y saboreó la verdadera «hermandad». No lo puede ocultar. Así se expresa en carta del 3 de noviembre de 1922: «Estoy que no quepo en mí de satisfacción, pues empiezo a gustar las delicias de la vida de Operario, en que yo tantas veces había soñado ante el sagrario de esa capillita de ahí (de Tortosa). Ahora vivimos todos verdaderamente 'in unum', y atendiendo a nuestro único objeto; quiera el Señor conservarnos en esta santa unión y aumentar cada día nuestra buena voluntad, que con su bendición ya verá usted cómo dentro de poco esta comunidad será, no la de mi ideal, pero sí, al menos, conseguiremos que nos miren los colegiales con el cariño que deben para poder hacer en ellos lo que pretendemos.
»Hasta ahora no puedo decirle más que la comunidad está muy contenta de sus superiores, y éste es, creo, el fundamento para llegar a hacer algo. Dios nos bendiga y usted no nos olvide» 76.
EN EL SEMINARIO DE BURGOS
Lo «malo» de ser bueno es que al bueno le toca siempre cargar con el mochuelo. Y como don Antonio era muy bueno, todos querían tenerlo cerca y como colaborador.
En el Colegio de Burgos tenía mucho trabajo; pero su entusiasmo era mucho mayor. «En medio del maremagnum de esta inmensa comunidad, estoy tan absorto y tan tranquilo, que no tengo más que una aspiración por satisfacer, y es la de poder disponer de más tiempo cada día para mil cosas, que no se hacen y se harían fácilmente si pudiéramos doblar las horas del día. Nunca me he sentido más impotente que ahora para el cumplimiento de mis múltiples obligaciones, pero tampoco nunca he sentido tan hondamente la satisfacción que da el poder decir: 'Hago cuanto mis fuerzas y el tiempo de que dispongo me permiten...' La gente está muy satisfecha... Creemos que, después de este contentamiento general, por el cual había que empezar, llegará lo demás, que es el dar lastre de piedad a estos jóvenes» 77.
El 11 de abril de 1923: «Por aquí todo y todos sin novedad, gracias al Señor; la gente cada día más contenta y, aunque poco, vamos progresando en piedad; ya sabe que la falta de piedad es la característica de esta comunidad» 78.
Cuando estaba más contento, la obediencia le pidió un nuevo sacrificio: pasar del Colegio de San José al Seminario diocesano, y «aquella gente es mucho más difícil de tratar que ésta, y además instigada por elementos extraños» 79.
De nuevo a bregar con el que había sido antes su director y a comenzar a bregar con la gente difícil, instigada desde fuera.
Llegó al Seminario en el mes de septiembre de 1923, y el día 19 de octubre de ese mismo año, don Antonio, que, como buen pastor, tenía la cualidad estupenda de conocer a sus ovejas, puede confesar sin rubor: «En la comunidad no hay un solo alumno que yo no conozca con el nombre y los dos apellidos, mientras que él conoce a una tercera parte, si llega. Las costumbres de la casa las he aprendido bien, y él no me las ha podido enseñar» 80.
También fue capaz de sembrar cordialidad en el equipo directivo del Seminario. Además, encontró una de las cosas a que más aspiraba: tener a su cargo una sola sección, que podía atender con esmero. Dice en carta de 9 de abril de 1924: «Como le decía en la que le dirigí a Madrid, este curso estoy en mi centro. Es ésta la vida de Operario que yo soñaba: estar al frente de una comunidad de solos teólogos y vivir en íntima comunicación con los alumnos que la integran, y trabajar por corregir defectos y hacerles todo el bien posible con pláticas, sermones y consejos y demostrando interés por todas sus cosas, sin otras preocupaciones ajenas que me distraigan de mi objeto. No es que sea la comunidad ideal, ni mucho menos, pues hay mucho que bregar y corregir en esta casa; pero de mis ensueños de Operario jamás excluí los defectos de los alumnos ni la consiguiente cruz que ellos proporcionan» 81.
Los alumnos conocían a don Antonio Perulles y lo querían, a pesar de que no les dejaba pasar ni una. Dice el 20 de noviembre de 1924: «Dentro de casa vamos ganando el terreno palmo a palmo; hasta ahora todo han sido satisfacciones. Y no es que nos durmamos, no; pues se trabaja más de lo que se esperaba. Don Miguel, que es un hombre muy respetable y de muy buen criterio, y yo, que soy para ellos 'el fastidioso Perulles de antes', pero que reconocen que hace ocho años que los trato y los quiero; las dos cosas han producido buena impresión» 82.
MUERE EL RECTOR DEL SEMINARIO
Don Antonio Perulles se había centrado estupendamente en el Seminario. Sólo desea enamorarse cada día más de Jesucristo, «para trabajar, también cada día con más entusiasmo, para contribuir en algo con mi inutilidad a propagar, según mi esfera de acción, su amor entre los seminaristas».
Sólo le duele, en su humildad, las pocas cualidades que tiene. «Hemos terminado el trimestre a satisfacción, gracias al Señor, y saboreando a última hora los frutos que vamos produciendo insensiblemente en esta casa. Yo cada día estoy más satisfecho, aunque me apena muchas veces el pensamiento de mi inutilidad; porque aquí estoy en ocasión continua de poder sacar todas las gracias que pudiera tener y que lamento no poseer para que mi acción fuera más eficaz» 83.
Así finalizó el año 1924. Y ésa fue su felicitación de Navidad, que sin duda agradó mucho a don Benjamín Miñana.
El día 8 de marzo de 1925 cayó gravemente enfermo el rector del Seminario, y don Antonio Perulles escribe diariamente para dar cuenta de la marcha del enfermo. El día 26 de marzo le administraron solemnemente el viático y el día 28 la extrema unción. El 29 de marzo de 1925, a las cinco de la mañana, expiró.
Todos los Operarios que trabajaban en Burgos manifiestan gran preocupación por el sustituto del rector fallecido. El señor cardenal Benlloch encargó a don José Casáis que, provisionalmente, se encargara él de ambas casas, Seminario y Colegio. Don José Casáis dice sencillamente al Director General de la Hermandad: «Don Antonio se basta para el gobierno de aquella comunidad» 84.
El Director General nombró inmediatamente nuevo rector. Don Antonio Perulles, que siempre se entendió con todos, está muy de acuerdo: «Muy de nuevo me vendría que no nos entendiéramos.» Sólo pide un favor: «No quisiera que nadie me cogiera la mano para dedicar mi último obsequio al que por tanto tiempo fue mi señor rector, escribiendo el artículo necrológico en el Correo Josefino» 85. Se publicó en el número correspondiente a mayo de 1925.
El nuevo rector, de momento, cayó muy bien, por las muchas y buenas cualidades que tenía. El siervo de Dios no se recata en manifestarlo, en carta del 8 de mayo de 1925: «Sólo un saludo con la repetición de las impresiones optimistas que vamos teniendo. Hasta el presente todo va como una seda; y quiera Dios que pueda [este rector] continuar el curso próximo, que estoy seguro de que habíamos de trabajar los dos juntitos con mucho fruto en esta comunidad. Es hombre de iniciativas y de mucho interés por las cosas y asuntos del Seminario» 86.
Con mucho realismo añade que muy probablemente, con el tiempo, tenga que cambiar la buenísima impresión de estos comienzos.
ESTUDIANTE A LA FUERZA Y CON GUSTO
El nuevo rector se empeñó en que se matriculara y estudiara el curso para habilitarse para grados. Don Antonio preferiría haber contado con los superiores de la Hermandad antes de dar este paso; pero el rector, que «es terrible», le dijo que adelante y que todos los permisos corrían por su cuenta. A don Antonio Perulles le gustaba estudiar; pero lo de los grados le importaba bastante menos. Escribe en carta de 19 de noviembre de 1925: «He vuelto a la vida de estudiante... Le habrá extrañado que a estas alturas haya tenido humor para matricurlarme. Ya le he dicho muchas veces que el rector es terrible, y que cuando se mete una cosa en la cabeza no para hasta que la consigue.
»Le dije que había que contar con usted, pero dijo que él mismo se encargaría de decírselo; pero, por de pronto, que empezara las clases. Como, por otra parte, no me mandaba nada desagradable, pues a mí me viene de primera poder recordar los felices tiempos de estudiante, aquí me tiene hecho un seminarista viejo.
»¿Qué me propongo? Yo nada. No creo que usted pueda suponer en mí intención alguna oculta, por muchos conceptos. El dice que es una lástima que no esté habilitado para coger grados, y para ello necesitaba hacer un curso en la Universidad, pues el año que cursé aquí no estudié más que Moral.
»Lo demás sigue admirablemente y ganando terreno, y no a paso de tortuga, dentro y fuera de casa. Esto es verdaderamente ideal. ¡El Señor se digne continuar bendiciéndonos!» 87.
Se diría que el siervo de Dios goza más con el prestigio que va adquiriendo el nuevo rector que con todos los triunfos que él personalmente pudiera cosechar. El 16 de diciembre de 1925 escribe un panegírico en su carta: «El trimestre se ha pasado sin sentirlo, y ha sido muy fructuoso por dentro y por fuera. Está la gente muy satisfecha, sobre todo los de la acera de enfrente: el prefecto respira satisfacción y no sabe cómo expresarla; al prelado le dijo, no hace muchos días, que le parecía un sueño el estado actual de la disciplina en el Seminario. Algo le dirá de esto el rector, pero quizá no se atreva a hablar tan claro. Créame que no exagero, y confío que, con el tiempo, se confirmará usted personalmente en que esto es gloria» 88.
Ciertamente, pero gloria que se marchita. Con la muerte del señor cardenal Benlloch, las cosas iban a cambiar porque el rector seguía siendo «terrible» y de excesiva impetuosidad 89.
SEDICIÓN EN SILENCIO
La verdad es que las cosas venían de lejos, de muy lejos. Ya el 14 de septiembre de 1920, en carta al Director General, dice un Operario: «Los del Seminario nos miran con malos ojos porque se ha corrido la voz de que los sacaban a ellos y nos metían a nosotros. Por esto nos miran como 'una amenaza suya'» 90.
Y, claro está, cuando el señor cardenal Benlloch se empeñó, contra viento y marea, en hacer lo que temían, quedó un malestar profundo en quienes se consideraban relegados, preteridos. Pero, en realidad, el cardenal no tenía más remedio que dimitir al rector y a todos sus colaboradores. Ahora bien, el rector un día llegó a ser un alto cargo diocesano, y tenía jurada la revancha.
Y también es verdad que el primer síntoma de malestar comenzó sencillamente porque el prefecto de Estudios quería poner orden en la entrada de clases y no era capaz de conseguirlo. Pidió ayuda al señor rector, y éste, con su brío indomable, lo llevó a cabo; pero ganándose muchas antipatías.
En carta de 8 de marzo de 1926 dice don Antonio Perulles al Director General: «El origen del disgusto ha sido la reglamentación de las entradas en las clases, que era absolutamente necesaria, y que el prefecto, por sí solo, no era capaz de llevar a cabo. Por eso lo atribuyen todo al rector, y no les ha gustado; pero sólo ha dejado de gustar a los interesados, porque los catedralicios lo han comentado favorablemente» 91.
Es cierto, además, que la excesiva impetuosidad y el excesivo rigorismo del rector soliviantó los ánimos de muy mala manera. Uno de los Operarios más veteranos dice al Director General que él, el director del Colegio y Perulles tratan de hacer ver al rector que así no se va a ninguna parte; pero les hacía poco caso. «Entre don Antonio, don José y yo procuramos hacerle ver los inconvenientes de ese rigorismo y los malos efectos que causa. El, en parte, lo reconoce y algo se suaviza; pero en cuanto se presenta nueva ocasión ya está otra vez. Y de frente no se puede ir contra él porque en seguida lo hace cuestión de confianza.
»Es una lástima, porque vale mucho. Pero ese genio tan atroz y ese carácter, que no se doblega ni cede ante nadie, lo estropea casi todo. Da miedo estar cerca de él» 92.
A finales del curso 1925-1926 el rector tenía a la comunidad muy descontenta, y don Antonio Perulles temía «hasta una gorda». Pero, como contrapartida, «ante el prelado y el Cabildo hay la sensación de que el Seminario está a mucha altura» 93.
El siervo de Dios habla varias veces de su «autoridad de once años», es decir, de que conocía el paño, conocía a los chicos y tenía influencia en ellos, porque lo querían. Pero dio la triste casualidad de que en aquellas anómalas circunstancias tuvo que salir de Burgos de improviso. El 4 de junio de 1926 escribe el rector del Seminario el Director General de la Hermandad: «Ayer tuvo que salir precipitadamente para su pueblo don Antonio Perulles porque le telegrafiaron que estaba muriéndose una hermana suya casada» 94. «Regresó de su pueblo el día 15, después de los funerales de su hermana» 95.
Al llegar a Burgos «he encontrado esto deshecho; no precisamente por mi ausencia, porque ya sabe cómo estaba cuando lo dejé, sino por otra serie de manifestaciones de rigor, que, en parte por no estar yo aquí, han tenido consecuencias más lamentables que las que habían tenido las anteriores» 96.
Debo hacer constar que don Antonio Perulles siempre estaba de parte del rector, a quien considera de mucha talla 97, aunque de genio atroz. Pero él se había ganado su confianza y podía ir templando muchas cosas con suavidad. «Bien sabe que yo personalmente estoy al lado del rector muy contento y que lamento lo que ocurre no sólo por la parte que me toca como operario, sino también por la que me toca como compañero suyo» 98. Y como compañero le habló en plata: «Se lo dijimos todo; él lo recibió muy bien» 99.
Pero le dolía muchísimo —y el tiempo vendría a darle la razón— que «no atienda más que a continuar disciplinando esto militarmente y se cuide poco de ir acortando las distancias que ahora nos separan de esta comunidad, cosa de capitalísima importancia» 100.
Don Antonio Perulles sólo quería el bien de los alumnos, ser apóstol de los seminaristas, y prefería ganar su corazón antes que infundirles miedo.
El mal se acentuaba por ciertos conflictos caseros, que no eran fácilmente corregibles. Comenzó el nuevo curso, 1926-1927, bastante bien. Don Antonio Perulles estaba contento por la sencilla razón de que, escarmentado, el rector estaba sobre aviso. Lo dice en frase muy gráfica: «Yo no temo nada, precisamente porque él teme algo» 101.
Y ya era una buena baza que temiera un poco. Pero llegó el conflicto casero: la mala inteligencia entre las cabezas de ambas casas, rector del Seminario y director del Colegio. Eran incompatibles por temperamento y por todo: «Fíjese en que los dos van por los extremos más extremados de rigor y de benevolencia, y que así no será posible que se entiendan jamás, máxime con lo inflexible de uno y lo susceptible de otro» 102.
Llegaron las vacaciones de Navidad. En el Colegio, con mucho sentido común, prepararon veladas, salas de juegos, entretenimientos con el fin de que los alumnos pasaran lo mejor posible tales días. En el Seminario... Basta que pensara así el director del Colegio para que el rector del Seminario se cerrara en banda, y no quiso ni permitió que se les proporcionaran tales entretenimientos a sus alumnos.
La tozudez del rector fue sencillamente olímpica, actuando contra el parecer de todos sus compañeros de equipo y del mismo Director General de la Hermandad, que lo ha dejado consignado en su Crónica: «Al rector de Burgos escribo que conviene que los seminaristas se entretengan, durante las vacaciones de Navidad en el Seminario, con veladas amenas. Responde esto a indicaciones que me han hecho los Operarios de allí, todos conformes, menos el rector, en que se preparen veladas y otras recreaciones para tener entretenidos a los colegiales y evitar peligros» 103. Le decía esto en carta del 7 de diciembre de 1926. Se lo vuelve a repetir el 18 de diciembre: «Al rector de Burgos aprovecho la ocasión de contestar a otra carta de él para escribirle suaves quejas contra sus durezas en el trato con los Operarios y sus pertinancias de juicio. Repito la conveniencia de que preparen los colegiales veladas y otros entretenimientos para las próximas vacaciones de Navidad» 104.
Pues como quien oye llover. El defecto mayor de un hombre de tanta valía «está en la omnímoda libertad con que ha podido obrar toda su vida y en haberle dejado con la ilusión de que en todas partes ha salido triunfante» 105.
Esta vez las cosas le salieron mal. No tenían nada, y llovía. No podían tener ni paseos. Don Antonio Perulles estaba convencido de que si desde el primer día se les hubieran proporcionado medios de entretenimiento no hubiera ocurrido nada. «Pero en vez de esta medida, que habría sido la más prudente, fue una comisión con el rector a visitar al vicario capitular, y éste les preguntó si tenían algún juego de dominó o de ajedrez con que hacerse pasar el aburrimiento». El rector, en lugar de ofrecer esos medios, se siguió negando en redondo. «Llegaron a casa y, en un momento, soliviantaron a toda la comunidad.» Tuvo que acudir el señor vicario capitular, y por orden de él se instalaron las salas para entretenerse 106.
Don Antonio Perulles saca esta conclusión: pedir al Director General que «tome nota para hacer de los 'daños del individualismo' uno de los principales temas del próximo capítulo» 107.
En medio de ese tráfago tiene que ingeniarse para restablecer la paz y la armonía entre los dos «jefes», que están cada vez más distanciados. Escribe el Director General: «A don Antonio Perulles contesto y encargo que siga siendo el ángel de paz, especialmente entre el rector y el director» 108.
Y lo consiguió, porque era bueno, porque sabía irradiar paz, porque sabía aceptar a cada uno como era. Era el hombre de confianza. Tanta le tenía el rector, «que me lee todas las cartas que él le escribe a usted y todas las que usted le escribe a él, y lo hace, además de la confianza que conmigo tiene, para que yo haga lo mismo con él» 109. Pero el siervo de Dios, en este punto, no daba gusto a su rector. Dice el 16 de febrero de 1927 el Director General: «Don Antonio Perulles, de Burgos, escribe que se han suavizado mucho las asperezas entre rector y director» 110.
DE NUEVO LA ENFERMEDAD
El año 1927 fue malo para el siervo de Dios respecto a su salud. Escribe el 26 de febrero: «Ya sé que le dijo el rector que esta temporada se me había acentuado la crónica dolencia del estómago; efectivamente, desde Navidad que no estoy bien, y en vez de mejorar he ido empeorando. Yo, al principio, no le daba ninguna importancia, creyendo que, como todos los años, desaparecería por sí solo. Estuvimos con un médico especialista y me confirmó en que no tenía importancia, sino que se trataba solamente de una enterocolitis, que desaparecería con tiempo y con tranquilidad. Al ver que se acentuaba, volvimos ayer al mismo médico y nos dijo que era hernia, como yo ya hacía tiempo me temía; hoy lo ha confirmado nuestro médico, y nos ha dicho que tiene esto dos remedios: uno paliativo, que es un aparato contentivo, y otro radical, que es la operación. Yo lo dejo absolutamente en manos de usted y del señor rector; así que esperaré tranquilamente la solución que den al asunto.
»La preocupación más principal es la del coste de la operación, pues andaba yo echando ya cuentas para ver de poder ahorrar los gastos de viaje y vacaciones del verano, y ha venido esto a ponerme en ocasión de tener que hacer gastar a la Hermandad. ¡Bendito sea Dios!» 111.
El día 3 de marzo de 1927 dice don Benjamín Miñana: «Al rector de Burgos y a don Antonio Perulles contesto que sigan las indicaciones del médico en lo referente a la operación de la hernia de Perulles, y que éste se cuide mucho y atienda a su salud» 112.
Sufrió la operación el día 14 de marzo. «Esta mañana, a las nueve y media, le hicieron la operación de la hernia, con éxito muy feliz, a don Antonio Perulles» 113.
«El día 24 dieron de alta a don Antonio Perulles y ya pudo venir para casa en estado completamente satisfactorio» 114.
Sólo les quedaba en Burgos la preocupación por los gastos que había supuesto la operación. Era —ya lo vimos— también la única preocupación del siervo de Dios. «La operación costó 350 pesetas y la estancia en el hospital 80 pesetas, que hacen un total de 450 pesetas» 115.
Me parece que valía mucho más la salud del enfermo.
Para uno de los Operarios del equipo del Seminario no era tan satisfactorio el estado de Perulles. Escribe al Director General el día 10 de mayo de 1927: «Como don Antonio no acaba de reponerse para actuar en la comunidad, hace tiempo que voy algo atareado con unas cosas y otras. El pobre don Antonio ha pasado un invierno de prueba: primero el vientre, después la hernia y finalmente una pierna. Veremos si le sale algo más. El estado general ha mejorado bastante. Pero, como tiene los nervios tan vivos, cualquier impresión le causa trastornos de salud.
»Los cuatro de aquí hemos pasado el curso con paz casi absoluta, gracias a Dios» 116.
QUIEN SE METE A REDENTOR...
Para el curso 1927-1928 fue un nuevo rector al Seminario de Burgos. En vista de los acontecimientos nada halagüeños del último año, el Director General de la Hermandad, que se encontraba bastante mal de salud, envió a un miembro del Consejo Central, don José Cambra, a tratar con el señor arzobispo de Burgos y a que oteara el panorama desde cerca.
Don José Cambra llegó, vio y... se la cargó. Dice en carta de 20 de julio de 1927 al Director General: «Humanamente hablando, ha de ser un calvario el gobierno del Seminario de Burgos; pero, ayudando Dios, se llegará a la resurrección» 117.
Don José Cambra había sido director del Colegio de San José de Burgos desde 1898 a 1911. Conocía muy bien el terreno, y el clima frío, y a muchos sacerdotes, que lo recordaban con cariño, pues gozaba de grandes simpatías. Hombre recto y bueno, aceptó el calvario. Le cayó encima muy pronto. Escribe el 25 de agosto de 1927: «Voy con ánimo de trabajar y hacer cuanto sea necesario por el buen nombre de la Hermandad y provecho de aquellos seminaristas» 118.
El siervo de Dios don Antonio Perulles continuó como vice-rector del Seminario, y, a pesar de que en esos meses se le recrudeció de mala manera su mal de estómago, se encontraba muy satisfecho. Escribe en carta del 8 de octubre de 1927: «Dios quiera que pueda trabajar con tranquilidad tanto como deseo y podré trabajar este año, que irán las cosas muy bien, a juzgar por los buenos principios de curso que hemos tenido. No puede figurarse, aunque ya lo suponía usted, lo satisfecho que está el señor arzobispo y ía ilimitada confianza que nos manifiesta a todos» 119.
Y trabajó a gusto, con gusto y bien. Los dos cursos que don Antonio Perulles permaneció aún en el Seminario de Burgos quedan sintetizados en la frase que escribe don José Cambra cuando el siervo de Dios ya está actuando como director en el Colegio de San José. Habla del que ha ido a sustituir a don Antonio Perulles y dice una frase tan lacónica como elocuente: «No llena, ni de mucho, el vacío que dejó Perulles» 120.
NUNCA SEGUNDAS PARTES...
Otra vez encontramos a don Antonio Perulles. Pero ahora de director. Mejor dicho: de vicedirector, porque el señor arzobispo se empeñó en que el rector del Seminario tenía que serlo también del Colegio de San José, donde habría un director a las órdenes del rector.
Esta limitación de autoridad acarrearía bastantes inconvenientes a la buena marcha del Colegio. De hecho, cuando cesa en el cargo dirá al Director General: «El director necesita más libertad de acción o mayor intervención del único rector, pues ahora hace de director con amplias facultades aparentes, sin serlo en realidad» 121.
El 1 de septiembre de 1929 escribe el siervo de Dios al Director General de la Hermandad: don José Cambra «me presentó al prelado... Muy conforme. Aunque tenía apariencias de demasiado joven. Después me recomendó que no me separara en un ápice de las órdenes de don José» 122. Don Antonio Perulles abre la crónica del Colegio en ese curso con una sencilla humildad, escribiendo: «Escribe el reverendísimo Superior General al rector del Seminario, don José Cambra, que para secundar la idea del prelado de refundir en un solo Seminario los dos centros queda él constituido rector único y dispone que pase al Colegio con el carácter de vicedirector, o director en cargos, don Antonio Perulles, hasta ahora prefecto de teólogos en San Jerónimo. El mismo día se lo comunica el rector al señor arzobispo y manifiesta éste su satisfacción y da su conformidad para que pase don Antonio al Colegio.» Así escribe el día 28 de agosto de 1929.
Escribe el día 29: «El rector presenta al director al prelado, y éste, bien enterado de quién se trata, le advierte sin ambages los defectos que debe corregir en su actuación con los seminaristas y le encarga singularmente la dependencia del rector.»
Comienza con 280 alumnos; de ellos 190 latinos 123. Esta era la mayor cruz para el siervo de Dios. Mucha gente y tan diversa en años y en estudios. Mucho trabajo tenía y no acababan de llegar los refuerzos que le habían prometido para ayudarle en la difícil tarea. Pero él se arregla y ya hasta con buena cara. Le dice don Joaquín Jovaní, el 31 de septiembre de 1929: «Me place que vaya tomando suavemente el pulso a esa casa tan grande» 124.
El 24 de enero de 1930 escribe: «Esto va en marcha y, gracias a Dios, no la llevamos mala, aunque cada día se agudiza más mi preocupación por el resultado final de cuentas, a pesar de mi propósito de no pasarme malos ratos, después de hacer cuanto esté de mi parte. Todo lo demás, incluso el trabajo que me agobia, porque un prefecto tiene que atender a sus estudios, lo llevo bien y con gusto, y cada día veo más palpable la ayuda del bondadosísimo Jesús en todo» 125.
Don Antonio va exigiendo, en la medida en que le permiten los de arriba, y hace que vayan desfilando los que carecen de vocación. Dice el 25 de abril de 1930: «No tengo, como de ordinario, más que satisfacciones que comunicarle, y se lo digo así, tan llanamente, no sólo para que le sirva de consuelo, sino para que me ayude a bendecir al Señor, porque no puede ser ni más eficaz ni más palpable la bendición de El para mí y para esta casa» 126.
El balance de su primer curso de director lo sintetiza así: «Estoy satisfecho y contento, pero cada día se me hace más pesada esta carguita del cargo» 127.
Demasiado bien le iba todo. Ya vendrían las cruces, porque nunca segundas partes fueron buenas.
UNO SOLO NO RINDE COMO DOS
Don José Cambra estaba muy preocupado por el excesivo trabajo que pesaba sobre el pobre Perulles. Escribe al Director General el día 29 de septiembre de 1930: «En San José no sé cómo se las arreglarán. Temo por la salud de Perulles» 128.
Don Joaquín Jovaní tenía una escasez de personal impresionante para poder atender en debidas condiciones las muchas casas que llevaba la Hermandad. No disponía de gente para enviar refuerzos al Colegio de Burgos. Pero el bondadosísimo Jesús salía al paso de las dificultades. Escribe a don Antonio Perulles el 1 de octubre de 1930: «En cuanto pueda dejar Belchite Carda, que preparo para México, te lo mandaré ahí para que os ayude ad omnia mientras convenga y no dispongamos otra cosa» 129. Y dice a don Pascual Carda el día 3 de octubre: «Deberás irte cuanto antes al Colegio de Burgos para ayudar al pobre Perulles, que ha quedado solo» 130.
Aunque era una ayuda provisional y de paso, el siervo de Dios se siente plenamente contento: «Ahora sí que estoy ya contento y satisfecho. Con tal pueda estar aquí quince días Carda para poner en marcha la mayordomía y no pasen muchos días desde que tenga que marchar hasta la venida de su sobrino [el siervo de Dios Vicente Jovaní], todo espero que irá como una seda» 131.
Su cruz mayor era no poder tratar despacio e individualmente con cada uno de los numerosos alumnos, pues, aunque el número de éstos iba disminuyendo, dadas las circunstancias político-sociales de España, «aun así me he de pasar un par de meses sin decir una palabra a muchos de ellos, y esto es lo que más siento» 132.
Aunque al señor arzobispo le había parecido demasiado joven el siervo de Dios, se convenció de que tenía madurez más que sobrada para llevar el Colegio. Fue allá a celebrar la fiesta del Reservado, la fiesta grande en todos los colegios del Beato Manuel Domingo y Sol; pasó allí todo el día y quedó plenamente satisfecho 133. Lo ratifica el señor rector en carta del 20 de noviembre de 1930: «El día 9 estuvo el señor arzobispo en San José, desde las 8 de la mañana hasta las 7,30 de la tarde. Quedó muy contento de todo» 134.
Comenzó el año 1931 y el siervo de Dios Pascual Carda tiene que irse a México. En el Colegio de San José quedan pocos para hacer mucho. Don José Cambra sigue preocupado: «Perulles se arregla; pero su salud ofrece poca seguridad en lo humano» 135.
Haciendo mil equilibrios, don Joaquín Jovaní puede enviarle un mayordomo, y don Antonio Perulles vuelve a respirar. Dice en carta del 9 de marzo de 1931: «Llegó en su día don José Espuny y, como puede suponer, estoy encantado con él. Cada día me convenzo más de la absoluta necesidad de un mayordomo y más para una casa como ésta de tanto movimiento. El tiene muy buena voluntad y confío que ha de llevar esto muy bien, máxime porque yo no le he de dejar solo. Que si tenía tantas ganas de un mayordomo no era para darme a la buena vida, sino porque los años me han enseñado que es ilusión de chicos creerse capaz de rendir uno solo como dos» 136.
EL HORIZONTE SE ENCAPOTA
A partir del 14 de abril de 1931, con la implantación de la República y sus secuelas funestas, entra gran desaliento en muchos alumnos, «sobre todo por las cosas que oyen decir. Así que... muchos son los que han resuelto no volver en septiembre» 137.
Don Antonio Perulles, desde el primer día de su ministerio, quería ser el apóstol de los seminaristas y le preocupaba mucho que el miedo pudiera vencer a la entrega generosa al Señor. Pero cada día se enrarecía más la atmósfera española. Dice don Antonio, el día 7 de mayo de 1931: «Continúa el desaliento entre los muchachos porque, por si no lo estaban bastante, vino el señor arzobispo y les dijo que los que no estuvieran decididos a todo, hasta al martirio, aprovecharan la ocasión de las vacaciones del verano para no volver al Seminario» 138.
El siervo de Dios no quería escatimar medios para alentar a quienes creía llamados al sacerdocio, y establece una biblioteca circular durante el verano, con libros a propósito, para levantar el ánimo en aquellos días difíciles 139. Además, arregla sus vacaciones de modo que pueda estar ya en Burgos los meses de agosto y septiembre, «que supongo serán los de más defecciones, y que parece ahora que van a ser muchas» 140.
El horizonte patrio se encapotaba. Se mascaba la persecución. El horizonte diocesano también se enrarecía. A medida que las leyes republicanas iban reduciendo, o suprimiendo totalmente, los haberes del clero, muchos clérigos volvían los ojos, con hambre, a cargos que les aseguraran el porvenir.
El día 30 de agosto de 1931 escribe don José Cambra, desde Burgos, un párrafo que arroja mucha luz sobre los acontecimientos que tanto iban a hacer sufrir a don Antonio Perulles durante el último curso que pasó en Burgos. Dice don José Cambra: «Que Dios nos dé paciencia, pues hace mucha falta para sufrir las insidias de los que nos consideran como plantas exóticas en esta casa» 141.
El siervo de Dios don Antonio Perulles, siguiendo con toda fidelidad las normas recibidas, tenía autoridad muy limitada para poder cortar a tiempo los brotes de insubordinación que apuntaban en cierto sector de los colegiales, azuzados por quienes consideraban a los Operarios como «plantas exóticas». Escribe el día 11 de noviembre de 1931: «Continúan estos muchachos insubordinados e insolentes, y seguramente tendrá que venir don José para que, en nombre del prelado, corrobore mi autoridad. Confío que llegaremos pronto a la normalidad, pero con la ayuda de don José y del prelado; pues no se les oculta que yo no puedo echar a nadie, y esta creencia es muy desfavorable para mi autoridad. ¡Bendito sea Dios!» 142.
El 10 de diciembre habían podido solucionar un poco el conflicto disciplinar 143; pero él, que lo vivía de cerca, sabía que sólo era provisionalmente, ya que no podía tomar medidas más terminantes y que eran muy convenientes.
Esperaba al siervo de Dios un 1932 muy duro.
HEMOS SUFRIDO CON PAZ
Como disminuía el número de alumnos y se esperaba que este descenso fuera cada vez mayor, ante las dificultades que debía superar la Iglesia en España, acosada por leyes descaradamente antirreligiosas, «se está ya proyectando la supresión de una de las dos casas, que, como es natural, ha de ser ésta. No me preocupa gran cosa porque de aquí a septiembre han de ocurrir muchas cosas que pueden echar por tierra todos los proyectos». Así escribía el día 25 de enero de 1932. Y añade dónde está su preocupación: en que no se fijan mucho en el bien de los alumnos. «Pero, si llega el caso, sí que sentiría en el alma que a los niños se los encerrara en aquel convento, despreciando los hermosos recreos que aquí tenemos... Como no se mira la cuestión de los Seminarios más que a través del problema económico... Dios dirá» 144.
En las vacaciones de Semana Santa y Pascua los más flojos comenzaron a dar pábulo a lo que luego se convertiría en verdadera insubordinación. Quizá esto pudiera ser un argumento para convencer al prelado que había que hacer selección. Dice el 3 de abril de 1932: «Como ya sabe que reina muy mal espíritu este año, no le extrañará que los más flojos hayan aprovechado los días de vacación para hacernos rabiar un poquito; pero ha venido bien para convencer al prelado de que, aun siendo tan pocos, los hay que están de sobra en el Seminario, habiendo autorizado la expulsión de dos de tercero de Filosofía» 145.
A finales de curso, con la excusa de protestar por haber señalado los exámenes unos días más tarde de lo que querían, con la excusa de solidarizarse con un indeseable dimitido, algunos, «que debían haber salido poco a poco durante el curso», y azuzados por elementos de fuera, que veían en la salida de los Operarios «la solución de la cuestión del culto y clero», soliviantaron a la comunidad y presentaron al señor arzobispo un informe verdaderamente ridículo contra sus superiores. «Tenemos la gran satisfacción de que, aguzando su inventiva contra los superiores, no han podido encontrar ni una tilde en su conducta, así particular como común, fuera de la acusación vaga de que dos superiores los castigan mucho, y aun esto, como consta en la relación, no es objetivo puesto que hace cuatro días se gloriaban de que este año no los castigaban.»
«Hemos sufrido mucho todos, pero con paz» 146.
Fueron al arzobispo los revoltosos y éste quiso apaciguarlos con buenas palabras, que ellos interpretaron como triunfo. El siervo de Dios sabe disculpar al señor arzobispo: «Ha sido la única solución que ha encontrado el prelado, porque se temía cualquier cosa, de haber intentado dar el golpe que parecía imprescindible» 147.
SE VAN ACLARANDO LAS VERDADERAS CAUSAS
A pesar de las amenazas que los revoltosos hacían a los que no se adherían a su causa, a pesar de todo, un buen grupo de alumnos tomó la defensa de sus superiores y no se doblegaron ni a las instigaciones de los de fuera ni a las amenazas de los de dentro. También éstos acudieron al señor arzobispo. Y éste no tuvo más remedio que darles la razón y amenazar a los revoltosos, que volvieron apabullados 148.
El 6 de junio de 1932 escribe el siervo de Dios al Director Ge-general de la Hermandad: «Se van aclarando más las verdaderas causas, ajenas a la vida del Seminario. Profesores y clero, incluso palaciego y catedralicio, están interesadísimos en que ahuequemos nosotros y dejemos sitio para tantos sacerdotes que ya no pueden comer» 149.
Esto es muy explicable. Pero lo que no tiene explicación es que tales señores azuzaran a los alumnos a calumniar groseramente a sus superiores sin fundamento alguno.
Sucedió en más de una diócesis. Al quedarse sin paga, algunos señores canónigos y otros sacerdotes quisieron hacerse cargo del Seminario no por vocación, sino por «bocación». Dice en carta del 15 de junio de 1932 el Director General de la Hermandad, siervo de Dios Joaquín Jovaní, al siervo de Dios Pedro Ruiz de los Paños: «En X, los canónigos han pedido al obispo que los coloque en el Seminario y despida a los Operarios, y el penitenciario ha pedido la dirección espiritual. Lo de Burgos, por lo que se va sabiendo, obedece a la misma causa: profesores y curas, quizá algún canónigo, que quieren entrar en los seminarios, aduciendo la falta de paga... Aviados quedarían los Seminarios si van a ser dirigidos por canónigos hambrientos» 150.
Pero aquello fue verdaderamente terrible. Dice el 22 de junio de 1932: «Por fin hemos podido terminar en paz y sin compromisos, aunque momentos ha habido que hemos temido hasta tener que lamentar desgracias personales. Fue tal la borrachera que les entró con la casi seguridad del triunfo que les había dado el prelado, que se han convertido estos últimos días en una verdadera horda de bárbaros... Ha habido golpes, pedradas, rotura de muchas cosas, amenazas hasta de muerte, etc., pero hemos librado, al fin, con vida, aunque deshonrados, porque ya todo el mundo nos mira como indeseables, igual que si hubiéramos cometido algún crimen, cuando, aguzando el ingenio, todos juntos no han podido decir más que vaguedades» 151.
QUE SE SALVE EL SEMINARIO
Don Antonio Perulles lo mira todo bajo el prisma de la fe, y sabía que Dios saca bienes de males. «Bendito sea Dios, y que El saque todo el fruto de nuestra humillación pasada... Con tal de que se salve el Seminario, esto es lo de menos, sabiendo de antemano a qué se va a reducir y la objetividad de las causas que la motivan» 152.
Lo único que le interesaba era el bien del Seminario. Por lo demás, está muy tranquilo delante de Dios. Escribe el 27 de junio de 1932: «Se fueron cantando victoria... Bendito sea Dios, y El sabe lo que quiere de nosotros; pero cada día estoy más tranquilo porque, en vez de aumentar, decrece, a medida que los considero delante de Dios, la importancia de los motivos que hemos podido dar» 153.
El señor arzobispo reconoció la verdad. «El prelado está muy satisfecho de nuestra conducta y paciencia» 154.
El siervo de Dios no era insensible. Más aún, tenía una sensibilidad exquisita, que le hacía sufrir enormemente. Llegó a tener un gran dominio de sí, pero a costa de mucha virtud y de mucho ejercicio. Me parece una declaración estupenda la que hace en carta del 19 de agosto de 1932, ya con la seguridad de salir definitivamente de aquel campo tan vidrioso: «Por lo que a mí hace, no deseo más que mucha humildad para saber callar, ya que con mis palabras no lo he de arreglar; pero créame que se me hace muy duro el silencio con lo que callé y sufrí cuando estaba bajo el chubasco» 155.
El arzobispo no se había atrevido a dar soluciones tajantes; pero, al menos, dio la solución de que en el Colegio quedaran solamente los latinos y todos los demás pasaran al Seminario. Era la solución natural, la que él tanto había deseado. Hizo falta su sacrificio para conseguirla. De todos modos, «no les faltarán sinsabores con la plaga de enemigos que continúan rodeando a los pobres Operarios.
»Yo estoy tranquilo ultimando las cosas pendientes de la dirección, y sólo sentiría que se prolongase mucho mi estancia aquí; pues poco me queda que hacer y a nada conduciría mi presencia sino a sufrir estérilmente después de que se haga pública y cierta mi salida» 156.
En Burgos dejó enterrada toda su juventud. Y a sus cuarenta años de edad, y a fines de septiembre de 1932, salió de allí camino de Orihuela.
EN EL SEMINARIO DE ORIHUELA
Respiró tranquilamente
Ciertamente fue un respiro para el siervo de Dios su traslado al Seminario de Orihuela. «Cuando pasó a Orihuela encontró todo facilidades y bienestar, que le parecía estar en otro mundo» 157.
El Director General quería encontrar un sitio tranquilo para don Antonio Perulles donde encontrara paz y pudiera desplegar sus cualidades de formador de sacerdotes. Le escribe el día 15 de septiembre de 1932: «Ya te dije en una de mis anteriores que buscaba para ti un sitio de poco trajín para que esos nervios se te calmen, después de la tribulación pasada. Creo haberlo encontrado en la mayordo-mía del Seminario de Orihuela, con el fin, además, de que te enteres de toda la situación de la Hermandad en aquel campo, gobernado por Villar desde hace muchos años. Este no está, por su sordera, para estar al frente; pero temo ocasionarle gran perjuicio si de rondón le retiro. Este año conocerás todo, y al vinidero, Dios dirá» 158.
El 16 de septiembre el director general, don Joaquín Jovaní, es más explícito, escribiendo a don José Cambra: «Destino a Perulles para mayordomo del Seminario de Orihuela con vistas a que se quede muy pronto al frente, pues el buen Vicente está más sordo» 159.
Todo está ya hecho el día 20 de septiembre, como dice al mismo don José: «Lo que en la anterior era probable acaba de ser ya cierto, de modo que entiéndase con Perulles, y salga éste, según instrucciones que le doy» 160.
El día 2 de octubre de 1932 el siervo de Dios escribe ya desde Orihuela: «Me encontró ya, efectivamente, su carta del 27 en estas alturas, donde respiro tranquilamente» 161. La única mala impresión ha sido «una miseria irritante; pero haré por sufrirla como Dios manda» 162.
Esta referencia la interpretó don Joaquín Jovaní como si don Antonio Perulles se quejara de que no se trataba bien a los alumnos en la comida, y el siervo de Dios le contesta diciendo que nada de eso: «Interpretó usted mal la referencia que en mi primera carta le hice de 'la miseria irritante' de esta casa, aplicándola a la comida de los muchachos; pues de ésta estoy mucho más satisfecho que lo estaba en Burgos.» La miseria era la suciedad que había en la casa, sobre todo en algunas dependencias, y a lo alcanzados que siempre andaban de dinero para poder pagar a tiempo. Y a eso, dice, «es a lo único que creo que no me acostumbraré nunca, porque tengo firme propósito de no acostumbrarme» 163.
Cuando la gente se entiende
Don Vicente Villar Traver llevaba más de veinte años como superior de aquella casa. Estaba muy sordo, cada día más. Y ya hemos visto que eso preocupaba en las alturas. Don Antonio Perulles se llevó la grata sorpresa de que, a pesar de aquella empedernida sordera, don Vicente Villar era capaz de llevar bien la casa. Dice así: «Del 'sordo' tenía un concepto completamente equivocado: le creía desprovisto de todas las cualidades para estar al frente de una casa así, excepto la de ser buen administrador, y aun en ésta he tenido que corregir no poco, en su favor, de mi concepto, porque creía que no se preocupaba más que de ahorrar.
»¡Lástima de sordera! No creo que hubiera quien fuese capaz de llevar esto como él lo lleva con la dificultad de su defecto físico. Temía que se mostrara conmigo más receloso y que, acostumbrado a llevarlo todo, fuera muy absorbente; pero desde el primer día no me ha podido tratar mejor y ha puesto enteramente en mis manos la administración» 164.
Don Vicente Villar tampoco se queda corto cuando enjuicia a don Antonio Perulles. Total: empate a uno. Dos buenas personas. Dos buenos Operarios. Dice el 12 de noviembre de 1932 al Director General: «Perulles marcha bien. Es un Operario incansable, y en cuestión de mayordomía sabe lo que lleva entre manos. Estoy contento y creo que él no podrá quejarse de mí» 165.
Podía estar tranquilo don Vicente, porque Perulles le va a quitar toda la fama que arrastraba de tacañería.
Todo marcha bien menos «esta apuradísima administración, cuya marcha no lleva camino de mejorar, ni mucho menos... En lo demás se hace lo que se puede, pero se puede muy poco porque está todo dejado de la mano de Dios, debido principalmente a la falta del prelado» 166.
Y es que el prelado merecería un capítulo aparte.
Estaba enfermo; pero sobre todo creía que estaba muy enfermo, a punto de morir 167. Estaba convencido de que médicos y demás personal sanitario estaban confabulados contra él, que vendían termómetros que no marcaban la verdad de su fiebre 168.
Por causa de «su enfermedad», casi siempre estaba fuera de la diócesis, y allí todo quedaba paralizado. Quedaría definido en este simple rasgo: «El señor obispo, sin venir y sin saber cuándo viene, y sin ganas de que venga por parte de todos; pero su ausencia dificulta mucho más las cosas» 169.
Rector del Seminario de Orihuela
El 7 de septiembre de 1933 fue nombrado don Antonio Perulles rector del Seminario de Orihuela. Su predecesor, don Vicente Villar, dejó edificado al siervo de Dios con su humilde actitud de obediencia. Escribe el día 8 de septiembre: «Don Vicente me ha hecho ya entrega de todo lo de aquí y de lo del Colegio, y sólo espera su última palabra de usted sobre el nuevo destino. Se ha conducido con mucha resignación y humildad» 170.
La preocupación prioritaria del siervo de Dios fueron las vocaciones. Años nefastos aquellos de la República para que los padres se atrevieran a dejar que sus hijos fueran al Seminario. Había que trabajar con mayor interés. En Orihuela tropezaba además con la penuria económica del Seminario y de toda la diócesis.
El día 6 de noviembre de 1933 escribía el que ya era su vice-rector en Orihuela: «El nombramiento de rector a favor de don Antonio ha tenido aceptación muy grata por parte de los alumnos y por parte de la gente relacionada con el Seminario. Yo ya, el curso pasado, pude observar que, como aprovechaba mucho para mayordomo, podía lo mismo aprovechar para rector. ¡Laus Deo! Lo que siento es que quizá haya de sufrir un poquito... bastante por las dificultades económicas, muy serias, por cierto» 171.
Pero se lanzó, confiado en Dios, y escribe el día 20 de octubre de 1933: «Después de haber trabajado mucho y comprometiéndome económicamente, quizá más de lo que debía, hemos conseguido que hayan ingresado ocho a primero de Latín» 172.
Con su pizquita de ironía dice al Director General, en carta del 6 de noviembre de 1933: «Tengo que participarle la gran nueva de la venida tan esperada del prelado» 173.
Su trabajo fue eficaz
El 20 de noviembre de ese año 1933 ya ha abordado al señor obispo sobre todos los temas más urgentes del Seminario. Y, por supuesto, sobre el fomento de vocaciones.
La diócesis de Orihuela había sido la más castigada por la persecución religiosa durante los primeros años de la República. Por eso mismo era más urgente fomentar las vocaciones. Reinaba el miedo.
El 6 de diciembre de 1933 puede comunicar a don Pedro Ruiz de los Paños: «Hemos empezado la Obra del Fomento, y el señor obispo, muy satisfecho con los primeros ensayos» 174.
Aquellos años fue tremendo el descenso de vocaciones y era dura la perseverancia. El trabajo eficaz de don Antonio Perulles se manifiesta también en cifras: Al hacerse cargo del rectorado, en 1933, el Seminario tenía 55 seminaristas. El año 1935 contaba ya con 80.
Puso en juego todos los medios a su alcance. El 13 de febrero de 1934 celebró una gran fiesta eucarística, «que era el primer acto de fomento, que tenía preparado, sin decir nada al público. Ahora estamos ya en condiciones de trabajar con fruto. ¡Bendito sea el Señor! Aun nuestras vocaciones se fomentarán así» 175.
El 19 de marzo de ese mismo año celebraron con grande e intensa preparación el Día del Seminario. Todo salió a pedir de boca. No pudo celebrarlo en Alicante; pero todo se andará. «Los frutos de la propaganda van asomando; pero todos me aconsejan que no desista de lo de Alicante» 176.
Don Antonio iba por las ciudades y pueblos más importantes de la diócesis, sembrando gérmenes de vocación y amor al Seminario. «Promovió la fundación de becas para los seminaristas; su trabajo fue eficaz en este punto» 177.
Visita apostólica al Seminario
Puede decir con toda sinceridad, a los tres meses de tomar las riendas del Seminario de Orihuela: «Hemos dado un avance en el orden disciplinar, confío que considerable... Tenemos un ambiente favorabilísimo entre los muchachos y es hora de aprovecharlo fortiter et suaviter» 178.
El siervo de Dios sabía exigir con cariño, y sus alumnos descubrían ese amor. Dice uno de los testigos, que trabajó muchos años con él: «Los seminaristas lo consideraban como un poco riguroso, pero le querían» 179. Y un sacerdote que fue alumno suyo en Orihuela: «Fue sumamente delicado. Era al mismo tiempo rector y tenía gran interés por la formación de los seminaristas. Tengo la convicción de que elevó el Seminario de Orihuela a gran altura en todos los aspectos» 180.
El año 1934 tuvo lugar la visita apostólica a los Seminarios de España. Al de Orihuela fue como visitador apostólico el padre Marcelino Olaechea, después arzobispo de Valencia. El siervo de Dios esperaba la visita con mucha serenidad porque el Seminario funcionaba bien. Y la esperaba con gran ilusión porque sería ocasión de reformar lo que hacía falta y hasta de conseguir del señor obispo ciertas mejoras materiales muy urgentes. Escribe el día 6 de diciembre de 1933: «Han avisado ya la visita apostólica sin fecha fija» 181. Y el día 6 de enero de 1934: «He podido convencer al prelado de que, a fin de no tener aún, al venir la visita, una pocilga por cocina, se empiecen inmediatamente las obras.» Y termina con su tema: «Envíen cada mes 500 Hojas de Fomento» 182.
Y, claro, como todo el mundo quiere quedar bien, se arregló la cocina, a la que tenía declarada guerra sin cuartel don Antonio Perulles desde el primer día que llegó a Orihuela 183.
La visita apostólica comenzó el día 21 de enero de 1934 en el Seminario de Orihuela. Escribe el siervo de Dios al Director General de la Hermandad el día 31 de dicho mes: «Quiero que sepa la impresión de la visita apostólica. No sólo el padre, que no se cansaba de decirlo, sino los de fuera, que confidencialmente oyeron al padre, algunos amigos suyos, me han dado la impresión de que se fue muy satisfecho por lo que a nosotros respecta» 184. Y el 14 de febrero le envía «la carta del padre visitador, que le servirá de satisfacción. ¡Gracias a Dios!» 185.
Don Marcelino Olaechea dijo repetidas veces: «Don Antonio Perulles es un santo y un santo rector» 186. Y «estos elogios los hizo ya en vida del siervo de Dios y después de su muerte» 187.
Experto y santo formador
El Seminario de Orihuela fue un verdadero oasis para el siervo de Dios, mucho más después de las grandes tribulaciones de Burgos. Pocos meses antes de su martirio dice a don Pedro Ruiz de los Paños: «¡Qué bien estamos en este paraíso y cómo nos da el Señor a gustar la suavidad de su espíritu! Quiera El que podamos continuar en él preparándole corazones que le conozcan y le amen intensamente.» Ya se vislumbraba la tragedia, y termina con estas palabras: «Pero si ha llegado la hora de la prueba confiamos que será bien aceptada» 188.
Allí sí que pudo saciar sus anhelos de ser apóstol de los seminaristas. Gozó como pedagogo, como forjador de apóstoles. Allí podía hablar con todos y cada uno detenidamente. Allí logró elevar el nivel a cimas muy altas.
En carta del 20 de abril de 1934 expone al Director General —que lo pidió a todas las casas de la Hermandad— el programa de charlas de formación. El siervo de Dios hablaba tres veces al mes a toda la comunidad sobre temas de vida espiritual, temas morales y disciplinares. Hablaba una vez por semana a los teólogos solos sobre apostolado, es decir, práctica pastoral, como quería el Beato Manuel Domingo y Sol. Cada quince días hablaba a los filósofos sobre vocación y temas de educación.
Sus colaboradores —a quienes no se cansa de alabar— hablaban cada sábado a los filósofos sobre temas de urbanidad y tenían con ellos clases de lectura y declamación. A los latinos —además de dirigirles cada día la meditación— les daban todos los sábados conferencias de urbanidad y pláticas disciplinares 189.
En el proceso hacen hincapié los testigos sobre la labor forma-dora que llevó a cabo don Antonio Perulles: «Elevó el Seminario a una altura de piedad extraordinaria; consiguió en los seminaristas entrañable amor al Seminario» 190. Y tan real era esto, que, cuando el año 1936, a raíz del triunfo del Frente Popular, se desencadenaron desmanes terribles en varias ciudades y pueblos de la diócesis, el señor administrador apostólico de Orihuela dispuso que salieran todos los alumnos del Seminario para evitar muy probables peligros. Y dice el siervo de Dios, en carta de 21 de febrero de 1936: «Nos costó mucho persuadir, aun a los más pequeñitos, y protestaban llorando que ellos no querían dejar el Seminario... Los mayores, en su mayoría, han permanecido aquí, aun los de la ciudad» 191.
Don Joaquín Espinosa Cayuela, prefecto de estudios del Seminario, testifica: «Estuvo entregado al cumplimiento de su cargo. Trabajó por elevar el nivel del Seminario en todos los aspectos... Trabajó con celo apostólico para elevar el nivel espiritual del Seminario, y lo consiguió, con la particularidad de que no se creó enemigos con esa labor tan delicada. Fue un excelente rector de Seminario» 192.
El sacerdote don Fernando Bru Giménez, que fue alumno del siervo de Dios, dice: «Elevó el nivel del Seminario espiritual y culturalmente, con pláticas formativas. A esto daba mucha importancia» 193.
Preparaba muy bien sus pláticas; pero sobre todo las caldeaba en su oración prolongada ante el sagrario. Afirma un sacerdote Operario, colaborador del siervo de Dios: «La idea de hacer bien a las almas, y más en particular a los seminaristas, le devoraba. Este deseo se reflejaba especialmente en sus pláticas, que eran auténticas banderillas de fuego. Recuerdo que en más de una de ellas no sólo él, sino también los alumnos y los superiores, terminamos con lágrimas en los ojos» 194.
Es un ejemplo calificado de nuestra predicación
El 10 de octubre de 1935 don Antonio Perulles comunica al Director General «el gran notición», es decir, «el nombramiento de don Juan de Dios Ponce de León, provisor del Obispado de Guadix y rector de aquel Seminario, para administrador apostólico, S. P., de esta diócesis. Nosotros nos hemos alegrado, como no podíamos por menos, porque, en la forma que fuese, era una necesidad que se pusiera remedio a tanto mal» 195.
Está contento porque era necesario el relevo. Y está contento porque le han dicho que quiere mucho al fundador de la Hermandad, a quien trató durante los nueve años que fue alumno del Pontificio Colegio Español de San José de Roma.
El señor obispo, según dijo, «desde julio tenía pedida la dispensa de residencia para dos años, al objeto de atender a su salud» 196.
Don Vicente Avellana Guinot, rector del Seminario de Almería, había escrito a don Antonio Perulles comunicándole la noticia y haciendo el gran panegírico del nuevo administrador apostólico; pero al siervo de Dios le pasó lo que a la reina de Saba cuando fue a ver a Salomón: «Es verdad lo que me contaron en mi país de ti y tu sabiduría... Resulta que no me habían dicho ni la mitad» 197. A don Antonio, cuando trató al administrador apostólico, le pareció mucho mejor de lo que le decían. Escribe el día 19 de noviembre de 1935 al Director General: «Tomó posesión el señor administrador el día 28 del pasado, y las impresiones que de el tenemos hasta el presente han confirmado con creces las buenísimas referencias que nos habían dado.» El siervo de Dios está lleno de satisfacción. «Es piadosísimo, sencillo y de trato afable; además de hombre de gobierno y de ciencia. Y, por lo que a nosotros se refiere, tiene una veneración extraordinaria a don Manuel y considera a la Hermandad como algo propio» 198.
Quiso vivir en el Seminario. Era su sitio. Es donde se encontraba más a gusto. Por otra parte, es un ejemplo de virtud y una ratificación práctica de lo que don Antonio Perulles quería que fuese aquel centro de formación sacerdotal. «Se instaló el primer día en el Seminario, y dice que, a pesar de la cuesta, no tiene prisa en bajarse, porque éste es su ambiente... Nos hace mucho bien, porque es un ejemplo calificado de nuestra constante predicación» 199.
Por añadidura, y para que don Antonio pudiera respirar a pleno pulmón, «se preocupa del estado económico del Seminario y nos atenderá por encima de todo» 200. Y, por si faltaba algo para colmar la dicha del siervo de Dios, «por la Obra de Vocaciones tiene el señor administrador mucho interés» 201. Total: ésta es la consecuencia que saca don Antonio Perulles: «Si merecemos las bendiciones del Señor, haremos hasta milagros» 202.
Don Juan de Dios Ponce de León llegaría al cielo, también por el atajo del martirio, el día 30 de noviembre de 1936.
Ráfagas de persecución
Comenzaron con la subida al poder del Frente Popular en las elecciones del 16 de febrero de 193.6. Antes de esa fecha ya se estaba ensombreciendo con cerrazón el horizonte. Dice don Antonio Perulles, en carta del 10 de enero de 1936, al rector del Pontificio Colegio Español de Roma: «Aquí estamos hoy precisamente muy preocupados, pues se enreda de mala manera la cuestión política y ruge más que ningún día la ola amenazadora de la revolución. Es la masonería, que ve venir el colosal triunfo de las derechas, y quiere impedirlo a toda costa» 203.
El siervo de Dios siempre se sitúa en plano de fe. «El Señor nos valga, y ustedes, desde ahí, fuercen también a su Divino Corazón. Las almas buenas y de vida sobrenatural dicen que todo esto es debido a que los males pasados no han operado aún, como quería el Señor, la purificación de las almas y la reforma de las costumbres, pues continúa el mundo español tan paganizado como antes» 204.
A pesar de tanta marejada, en el Seminario «vamos bien y creo que adelantando en todos sentidos» 205.
Después de las elecciones, ya el 20 de febrero de 1936, se desencadenaron los desmanes más fanáticos y salvajes, sobre todo en Alicante y Elche. Al contemplar el panorama el señor administrador apostólico, por precaución dispuso que salieran todos los alumnos del Seminario. Pero ya vimos que todos querían permanecer allí. Y la verdad es que Orihuela vivía en paz. Pero en la diócesis reinaba la anarquía y no cesaba la barbarie.
Orihuela vivía en paz, pero estaba en la mira de los revolucionarios encumbrados al poder, porque la consideraban una excepción intolerable. Allí no se quemaba iglesias. Y eso era inconcebible, cuando era su principal objetivo. Escribe el siervo de Dios el día 5 de marzo de 1936: «Está hoy precisamente la gente más alarmada que estos días pasados, porque parece que hay gran interés en que no sea Orihuela una excepción y, por tanto, en que ocurra algo desagradable. El Señor nos asista y nos ilumine a todos para saber ver sus amorosas intenciones en la merecida prueba que nos ha enviado» 206.
No obstante, la vida del Seminario sigue su ritmo normal. Celebraron, con toda solemnidad, el Día del Seminario, aunque disuadieron al siervo de Dios de ir a Alicante con los seminaristas, dado que allí era donde más encarnizada estaba la persecución religiosa. «Hemos reanudado las clases, y mientras nos dejen, iremos haciendo» 207.
Las vacaciones de verano se presentaban llenas de peligros para la vocación de sus seminaristas, y planifica reuniones, cada quince días, en los cuatro o cinco pueblos más céntricos, con el fin de ver, animar y seguir entusiasmando con el sacerdocio a los seminaristas en aquellos momentos tan difíciles. De paso, le servirán estas reuniones para organizar y consolidar la Obra del Fomento y continuar la propaganda en favor del Seminario 208.
Todo quedaría truncado por la guerra civil, que ya se avecinaba, y el siervo de Dios caería en la trágica y gloriosa tala de los elegidos.
CAPITULO XXI
VIRTUDES DEL SIERVO DE DIOS ANTONIO PERULLES ESTIVILL
EL REZABA
Don Antonio Perulles fue un hombre conforme al Corazón de Dios, porque vivía la más íntima y profunda unión con El. Dice don Juan Sánchez Hernández: «Fui testigo de su extraordinario espíritu de piedad. Fue un verdadero hombre de Dios, de gran vida de oración y de mucha austeridad» 1.
Don Pascual Ortells convivió varios años, en Orihuela, con el siervo de Dios, y también hace resaltar el espíritu de oración que animaba a don Antonio: «Era sumamente piadoso, mortificado, hombre de mucha oración, aplicado al estudio, con un interés de padre con los seminaristas como yo no he visto otro. Se levantaba a las cuatro de la mañana y estaba en oración hasta las seis, que entraban los seminaristas en la capilla» 2.
Don José Casáis tuvo al siervo de Dios como colaborador en el Colegio de San José de Burgos, y abunda en esto mismo: «A las cuatro de la mañana estaba todos los días levantado, aunque se hubiera acostado tarde. Era sumamente piadoso, mortificado» 3.
Todos los testigos unen la oración de don Antonio Perulles a su austeridad y mortificación. Quizá sea un ejemplo de lo que enseña Santa Teresa de Jesús: «Ya sabéis que para ser la oración verdadera se ha de ayudar con esto (ayunos, disciplinas y silencio), que regalo y oración no se compadecen» 4.
Lo suyo era orar, es decir, la íntima unión con Dios, para conocer su voluntad y cumplirla, para caldear el corazón y entregarse a todos más y mejor.
Cuando comenzó la guerra civil en España, los demás sacerdotes, en su pueblo, comentaban y gastaban palabras, enjuiciando acontecimientos y vaticinando catástrofes, mientras que don Antonio escuchaba, recogido, el silencio de la Palabra. Nos cuenta una vecina de Mola lo que ocurrió el día 18 de julio de 1936: «En mi casa oyó por radio la noticia del levantamiento; todos los que estaban allí hicieron comentarios de ello; pero el siervo de Dios no decía nada, y parecía que rezaba» 5.
Don Prudencio Perulles, hermano del siervo de Dios, ratifica lo mismo en su testimonio: «Cuando iba a estallar el Movimiento, los sacerdotes nos reuníamos, a veces, para hacer comentarios sobre lo mal que se ponían las cosas; y recuerdo que él lamentaba este afán de comentarios, diciendo que lo principal en aquellas circunstancias era rezar más para que se apiadara Dios de España» 6.
El cura párroco de Mola, una vez comenzada la guerra, pasó varios días en el campo, escondido con los dos hermanos Perulles, poco antes de que el martirio abriera la puerta del cielo a don Antonio. Aquellas jornadas «el siervo de Dios se pasaba casi todo el día rezando» 7. El señor cura párroco pudo comprobar muy de cerca la hondura espiritual, la profunda vida interior, el espíritu de oración del siervo de Dios, y luego decía a don Prudencio Perulles: «Conocía a tu hermano y lo tenía por bueno, pero ahora me he convencido que es un santo» 8.
Don Clemente Sánchez, recién ordenado sacerdote, fue destinado a Orihuela para trabajar en el Seminario con don Antonio Perulles, y quedó impresionado por su espíritu de oración. Era algo que rezumaba de su ser. Irradiaba la luz con que lo invadía Dios. Era una de esas almas de las que dice San Juan de la Cruz que «ordinariamente traen en sí un no sé qué de grandeza y dignidad, que causa detenimiento y respeto a los demás por el efecto sobrenatural que se difunde en el sujeto de la próxima y familiar comunicación con Dios» 9.
Dice don Clemente: «Para mí, el motor y causa de toda la vitalidad espiritual de don Antonio era la presencia de Dios» 10. Y cuenta cómo muy frecuentemente, en las conversaciones, el siervo de Dios repetía, como estribillo, alguna frase de la Escritura, de la sagrada liturgia, de la teología, con gozo de paladeo, saboreándola y haciéndola saborear. Era sencillamente el eco de su oración, que impregnaba su vida toda y se difundía con la mayor naturalidad. «Me llamó especialmente la atención su oración. La hacía varías veces al día, más de lo que piden nuestras Constituciones, hasta el punto que se le notaba exteriormente en el semblante los efectos de la oración» 11.
Le ocurría como a Moisés, quien, al bajar del Sinaí, «no sabía que tenía la piel del rostro radiante, de haber hablado con el Señor» 12.
«Por la mañana acudía casi de los primeros, como un alumno más, a la capilla, y era el último que se retiraba por la noche.» La bondad de su alma «se reflejaba especialmente en su mirada cristalina y transparente» 13.
Su hermano, don Prudencio Perulles, nos dice: «Era muy piadoso. Hacía todos los días, por lo menos, una hora de meditación. Madrugaba mucho y hacía sus oraciones con gran recogimiento. Se preparaba bien y daba gracias con gran devoción antes y después de la santa misa» 14.
Su madre decía que también de noche se dedicaba a la oración 15.
APÓSTOL DE LA ORACIÓN
Vivía la oración intensamente y tenía sumo interés en inculcarla a los seminaristas, futuros sacerdotes. La mayor tortura de don Antonio Perulles era ver a sus alumnos fríos, sin darse del todo a Dios. Con cuánta pena dice el día 5 de enero de 1919 al director general de la Hermandad: «La comunidad, fría, como siempre» 16. El 9 de abril sufre porque «la comunidad, con todas las apariencias de una sociedad de santos..., pero el corazón frío, frío como el clima. ¿Y qué puede esperarse de corazones tan fríos? A lo más, que vayan siguiendo bien aparentemente...; pero frutos de verdadera e interna santidad y formación, locura sería confiarlos y dejarse engañar por apariencias, creyendo que en realidad existen. Así se explica que esté la capilla tan desierta (de mayores), que sean tan poco frecuentes las comuniones y tan infructuosas, que tantísimo se murmure» 17.
Pasaba muy malos ratos porque el director estaba demasiado ausente y no daba con regularidad las pláticas reglamentarias sobre vida espiritual. El siervo de Dios quiere llegar a todo y a todos y a cada uno: pero no puede por falta material de tiempo 18. No obstante, a base de insistencias pudo conseguir algo: «Con el señor director, muy bien, gracias al Señor. Se cumple todo hasta el detalle; todas las semanas hace plática a los mayores y nos trata con mucha humildad. ¡Gracias al Señor!» 19.
El año 1922 consiguió instalar una capilla para la sección de los gramáticos, y exulta de gozo, porque ya puede formar el corazón de los pequeños, de modo «que la comunidad de mayores de mañana sea de seminaristas fervorosos en su totalidad, en lugar de fríos y tibios como son la generalidad de los de ahora» 20.
En el curso 1922-1923, con el nombramiento de un nuevo director, de talante muy diverso, van consiguiendo «dar lastre de piedad a estos jóvenes» 21. Y cada día crece su entusiasmo porque, dice, «vamos progresando hasta en piedad. Ya sabe que la falta de piedad es la característica de esta comunidad» 22.
Don Antonio quiere vivir de Jesús y para Jesús, a fin de contagiar su amor a los alumnos: «Pida usted que me enamore cada día más de El para trabajar, también cada día con más entusiasmo, para contribuir en algo, con mi inutilidad, a propagar, según mi esfera de acción, su amor entre los seminaristas» 23.
Estaba convencido de que el ejemplo vale más que la palabra, arrastra con mayor eficacia. Don Antonio Perulles, al finalizar los ejercicios espirituales de los Operarios en el verano de 1924, tuvo una conferencia sobre la función del prefecto de disciplina en los seminarios. Comunica don José Cambra al Director General: «Perulles leyó su trabajo, que resultó muy interesante, y don Luis Albert pidió que se diera un ejemplar a cada prefecto de disciplina» 24.
En este trabajo sintetiza, sin querer, su labor. Y una de sus insistencias es el ejemplo, también el ejemplo en la oración, que es, además, la fuente para obtener la fuerza de Dios: «Sin la oración en los labios y sin el amor en el corazón, no le será posible al prefecto dar un paso en la formación sacerdotal... El apóstol ha de suspirar sin tregua por hacer bien a los que tiene a su cuidado, y por la oración conseguirá, mucho mejor que por su esfuerzo, cuanto ansia» 25.
El siervo de Dios oraba mucho, porque amaba mucho a Dios y a sus alumnos. «Era un sacerdote muy piadoso y caritativo, entregado totalmente a la formación de los seminaristas» 26, dice don Hipólito Rubio, que pasó varios años en Burgos con él. «Era sumamente piadoso. Hablaba a los seminaristas del espíritu de piedad» 27.
Uno de los que fueron sus alumnos en el Seminario de Orihuela testifica: «Era especialmente piadoso, celoso por la formación de los seminaristas. Pasaba buenos ratos en oración ante el sagrario. Celebraba con devoción la santa misa. Tenía interés en fomentar la devoción eucarística entre los seminaristas» 28.
CARIDAD FRATERNA
Porque era hombre de mucha oración, era hombre de mucha caridad. Decía el Papa Pablo VI: «La oración puede ser caridad para con el prójimo, puede ser apostolado... La oración es un arte de amar» 29. Por eso, «la Iglesia proclama la identidad de la oración con la caridad» 30.
En la oración aprendió la caridad, en el trato íntimo con Dios, que es Amor.
Nos dice don José Casáis: «Resplandeció en el siervo de Dios principalmente su caridad fraternal. Estaba totalmente entregado a su cargo en el servicio y cuidado de los seminaristas, a quienes atendía, con gran caridad y sacrificio, a cualquier hora del día y de la noche. Nunca le oí murmurar» 31.
Los fundamentos para la educación y formación de los seminaristas, don Antonio los cifraba en los tres pilares que debe tener el buen pastor, el cual conoce a sus ovejas, las ama hasta dar la vida por ellas y va delante de las mismas. «La comunicación con los educandos y el conocimiento de ellos son, juntamente con el amor a los mismos, las tres bases fundamentales de la educación» 32. Amarlos con «un amor fraguado a los pies del tabernáculo y que tiene por fuente el Corazón y por norma el amor purísimo de Jesús» 33.
Don Antonio Perulles conocía muy bien, uno por uno, a todos sus alumnos 34. Según dice uno de los compañeros suyos, era todo lo contrario del director, que «no trata apenas a los colegiales; apenas conoce a casi ninguno; únicamente los llama a la dirección cuando los ha de reprender o castigar. Así que le temen mucho, pero sin pizca de amor» 35. El los conocía y los amaba como eran, aunque no pocas veces le hicieran sufrir, porque dice: «De mis ensueños de Operario jamás excluí los defectos de los alumnos, ni la consiguiente cruz que ellos proporcionan» 36.
Sufría muchísimo, por ejemplo, cuando no se atendía bien a los enfermos 37. El era modelo. Ya nos han dicho que atendía a los seminaristas, con gran amor y sacrificio, a cualquier hora del día y de la noche. Un día habló muy claramente al director porque notó mucho descuido en las atenciones a un compañero enfermo. El director se excusaba, con pretextos fútiles 38; pero don Antonio insistió hasta ganarse una reprimenda «por meticón». Al fin consiguió que se lo atendiera en condiciones: «Algo he conseguido con mi excesivo interés por su cuidado» 39.
El siervo de Dios no se preocupaba de sí. No le asustaba el excesivo trabajo. Se deshacía por llegar a todas partes. Llevaba todo el peso de la comunidad, a pesar de que muchas veces se sentía bastante mal y sin fuerzas, como atestigua uno de sus compañeros 40. Se preocupaba de los demás. Se interesaba con toda su alma, sobre todo, por los que colaboraban con él en la formación de los seminaristas y que, por no ser Operarios, estaban menos motivados para rendir a fondo perdido, sin pasar factura. El año 1917, en diciembre, enfermó seriamente uno de los llamados auxiliares y todo el peso gravó sobre don Antonio y los demás compañeros. Pide ayuda al Director General, no por él, sino por los otros. Escribe el 21 de diciembre: «Con todo el encarecimiento de mi corazón le suplico que haga los posibles para aliviarnos pronto, pues sufro mucho, mucho, no por el trabajo, que gracias a Dios no me cansa, sino por lo disgustados que andan mis dos compañeros, quienes, como no son hermanos, no se dan cuenta de que hay que destrozarse, si así lo exige nuestra santa Hermandad. Soy yo, créame, el que más sufro» 41.
Con frecuencia ruega a don Benjamín Miñana que escriba alentando a quienes ve un poco desanimados: «Disimuladamente dígale usted dos palabras de consuelo» 42. «Conviene que le escriba y le anime y le consuele» 43. «Consuélele y anímele, que le hace falta» 44.
ÁNGEL DE PAZ
Demostró su exquisita caridad restableciendo la paz cuando surgían ciertas discordias entre los hermanos. Su gran sentido de fraternidad no soportaba desavenencias entre ellos. Por algo le encargaba reiteradamente el Director General que fuera ángel de paz, suavizando tiranteces entre ciertos caracteres muy opuestos, que cada vez se iban distanciando más. El siervo de Dios, por inclinación natural y por virtud, era sembrador de paz y de armonía. Hablaba con los interesados, que se le confiaban, porque lo querían y conocían su gran bondad. Y aprovechaba estas confidencias para acercar a los distanciados, «Ayer tuve una larga conferencia con el de allá y está en la mejor disposición de ánimo que se puede pedir para la paz» 45.
El día 7 de abril de 1922 escribe radiante de gozo: «Estoy muy contento y la santa paz y concordia, fuente de esta alegría, se aumenta entre nosotros, gracias al Señor» 46. Y el 22 de junio de ese mismo año: «Otra fuente de consuelos ha sido la paz fraternal que ha reí-nado entre todos, y la cual tanto ha dejado que desear en todos los años anteriores» 47.
Esta paz, que era unión y unidad de acción, que era sincera y vivida fraternidad, él la consideraba como una de las mejores armas para hacer fecundo y eficaz el apostolado: «Mientras nos entendamos como ahora, con la bendición del Señor, aquí haremos milagros» 48.
Con toda razón dice en el proceso uno de los testigos: «La convivencia con el siervo de Dios era muy grata» 49.
HUMILDAD SINCERA
Donde hay verdadero amor, hay auténtica humildad. Dice San Agustín: «Parece superflua la preocupación de que vaya a faltar la humildad donde arde la caridad» 50.
El señor prefecto de estudios del Seminario de Orihuela dice en el proceso: «La virtud más saliente del siervo de Dios fue la humildad. Siendo el primero, se colocaba siempre en el último lugar» 51.
Una señora de Mola, que conoció a don Antonio Perulles desde que éste era un niño, pudo comprobar en él una muy profunda humildad, pero con naturalidad, con mucha sencillez: «Se distinguía por ser muy humilde y muy piadoso. Cuando alguien le alababa, él quitaba importancia y eludía la conversación» 52.
Esta humildad sencilla y constante era una de las cosas que más atraía en el siervo de Dios. Testifica don Juan Bautista Manyá Alcoverro: «Era muy humilde, muy sencillo y natural, que le hacía muy atrayente» 53.
Porque era humilde, nunca estaba satisfecho de sí mismo. Se consideraba un «trasto inútil» 54. Se echa en cara despiadadamente sus limitaciones, lo que él estaba convencido que era escasez de cualidades y virtudes. «No estoy satisfecho de mí mismo, porque es mucho más de lo que he hecho lo que podía haber hecho, de tener mejores cualidades... Este deseo de querer llegar a todo y no poder, por encontrarme con mi ineptitud, juntamente con las ansias de querer también estudiar algo..., ha sido este curso una de las principales causas de mi desazón» 55.
El 5 de marzo de 1919 hace un balance de la tarea que se lleva a cabo en el Colegio de San José, y carga las tintas sobre sí mismo: «Unos por falta de interés y otros por falta de cualidades, hacemos, a mi parecer, bien poca cosa. Será impetuosidad de mis nervios y juicio errado, hijo de la falta de experiencia, pero, en mi concepto, nuestra acción sobre los seminaristas se debía y se podría fácilmente activar más en esta casa, aunque, de intentarlo, yo tendría que ser el primero en acobardarme por la pobreza de mis habilidades.
»Ahora mismo, por un triste sermón que he de preparar cada mes, si usted supiera los apuros que me paso... Y es que copiar no sé, y hacérmelos yo, me cuesta muchísimo. Si el fruto correspondiera al trabajo, pronto sería esta comunidad una comunidad de santos; y si al fruto atendiera, y no al agrado del Señor, aun con trabajo inútil, pronto desfallecería» 56.
Como trabajaba con tesón y entusiasmo, y se entregaba totalmente a la formación de los seminaristas, por una parte le llenaba de gozo el deber cumplido, por otra siempre ve lunares en su actuación: «De mis relaciones habituales con la comunidad estoy, quizá vanamente, satisfecho. Sólo me queda la duda de si en todas las ocasiones he procurado sacar de esas relaciones todo el fruto posible para la gloria de Jesús, como era mi obligación, o por el contrario muchas veces he buscado sólo la satisfacción de mi amor propio» 57.
Un día el director del Colegio se molestó mucho porque todos los demás opinaban de manera distinta a él en tres o cuatro cosas concretas y prácticas. Sinceramente creo que tenían razón los otros y tenían además derecho a disentir. Ante la regañina que al siervo de Dios le tocó aguantar después, a solas, queriendo hacer ver cuan malo es, nos hace ver cuan buena era su humildad, para la que tenía que luchar como todo fiel cristiano. «Me dio una buena reprimenda; la sentí, porque es mucho y muy refinado mi amor propio; pero la agradecí e interiormente me alegré, porque es de las humillaciones de lo que más espero, para no ser completamente inútil en esta nuestra vida de caridad fraterna» 58.
Don Antonio Perulles era un hombre muy nervioso cuando joven. En más de una ocasión le traicionaron sus nervios. Y cada vez se lo cuenta, con toda sinceridad, a don Benjamín Miñana. A base de esfuerzo y de gracia de Dios, llegó a tener completo dominio de sí. Cuando en sus primeros años de actuación tuvo alguna salida de tono, supo sacar mucho provecho de ello. El año 1919 sufrió una de esas jugadas de sus nervios. La cuenta con toda sencillez, y termina diciendo: «Después de todo, yo estoy muy tranquilo y contento en mi humillación, porque estos disgustos son los mejores maestros; además de que no dejan de producir bienes tales imprudencias en la comunidad, si se tiene gracia para aprovecharlas» 59.
En esos primeros años mantuvo una lucha titánica, en lo escondido, donde sólo ve Dios, pero donde Dios ve, para no desfallecer en el trabajo, ante el convencimiento sincero de lo que él siempre creyó su poca valía. Dice el día 5 de marzo de 1919: «Aunque trabajo a gusto y cuanto las circunstancias me permiten, sufro y me he de hacer violencia para conformarme con lo poco que puedo hacer» 60.
Siempre le acompañó la humildad más sincera, el convencimiento de su «nada»; pero todo ello asumido y aceptado con fe, para entregarse al servicio de los demás. Escribía el día 23 de diciembre de 1924: «Hemos terminado el trimestre a satisfacción, gracias al Señor, y saboreando a última hora los frutos que vamos produciendo insensiblemente en esta casa. Yo cada día estoy más satisfecho, aunque me apena muchas veces el pensamiento de mi inutilidad, porque aquí estoy en ocasión continua de poder sacar todas las gracias que pudiera tener y que lamento no poseer para que mi acción fuera más eficaz» 61.
Siempre se humilla, siempre se tiene en menos. Y es que, como dice San Agustín, «estos hombres grandes, cuanto más grandes son, tanto más se humillan en todo, para hallar gracia ante Dios» 62.
Cuando la gran tribulación, que tanto le hizo sufrir en Burgos, el año 1932, termina su estancia allí diciendo: «Por lo que a mí hace, no deseo más que mucha humildad para saber callar.» Ahora bien, era un silencio doloroso, fruto de mucha virtud: «Pero créame que se me hace muy duro el silencio con lo que callé y sufrí cuando estaba bajo el chubasco» 63.
Su única reacción ante aquellas calamitosas circunstancias queda sintetizada así: «El Corazón de Jesús, con su omnipotencia, saque mucho bien de nuestros sufrimientos, y nos podremos dar por muy bien pagados» 64.
Con razón dice un sencillo labrador de Mola, que conocía muy bien a don Antonio Perulles: «Su virtud principal era la humildad. También tenía mucha caridad con el prójimo» 65.
Había aprendido muy bien del único Maestro a ser manso y humilde de corazón. .
OBEDECERÉ SIN REPLICA
Fue muy obediente, porque sabía ver la voluntad de Dios en sus superiores. Y la veía con gran sencillez, sin crearse problemas, sin «distingos» caprichosos. En carta del 22 de diciembre de 1921 se retrata así: «Yo necesitaría un superior que me determinara, hasta el último detalle, todos los objetos de mi actividad, para quizá perder el tiempo aparentemente, escudado en la razón suprema de la obediencia, y así estar tranquilo; pues cuanto emprendo por cuenta propia lo hago fríamente, por parecerme que en ello pierdo el tiempo» 66.
Dicen quienes lo conocieron y trataron: «Siempre se le veía adicto a la autoridad. Su norma era la fidelidad al cumplimiento de sus deberes, costara lo que costara» 67. «Era fiel cumplidor de las órdenes de los superiores» 68:
Entendía la obediencia como cauce de amor, de fidelidad, y también como certeza de estar dando gusto a Dios. Por eso mismo, su obediencia era cordial, como la quería el Fundador de la Hermandad, que decía, hablando precisamente de la obediencia cordial: «A nuestros Operarios se les permite, y hasta se mandará que manifiesten no sólo las razones que vean de imposibilidad de la cosa, sino aun la repugnancia que sientan en ella, y aun la inclinación y gusto que sienten» 69. Escribía el Beato Manuel Domingo y Sol a uno de sus Operarios predilectos, el día 9 de junio de 1903: «Me place se entregue usted con más perfección a la obediencia; pero no sin manifestar sus inclinaciones, si se le pregunta» 70.
Don Antonio Perulles, el día 21 de enero de 1931, expone al Director General las razones que tiene para que no le envíe, como ayuda, a uno concreto, que más bien serviría de estorbo, por sus mermadas cualidades. Se lo dice con toda claridad; pero termina aceptando lo que vaya a disponer quien tiene la obligación de mandar: «Usted mande y disponga, que yo obedeceré sin réplica, después de estas manifestaciones» 71.
Escribe el 31 de agosto de 1930, ante la perspectiva de que den nuevo destino al siervo de Dios Amadeo Monge —martirizado el día 16 de agosto de 1936—: «Respecto al personal, no le he de poner yo el menor reparo, aunque sienta, como es natural, que me toque a Amadeo, que ya estaba entrenado en la marcha de aquella mayordomía» 72.
El 6 de septiembre de ese mismo año acepta cordialmente lo dispuesto por el superior: «En cuanto al personal, estoy a sus órdenes en absoluto, porque ya conoce las circunstancias» 73.
Su obediencia era disponibilidad absoluta, adelantándose en el ofrecimiento para facilitar los mandatos difíciles. Cuando la Hermandad se va a hacer cargo de la dirección del Seminario de Tucumán, el año 1932, escribe el siervo de Dios a don Joaquín Jovaní: «Me da don José Cambra la noticia de nuestra posible ida a Tucumán para el curso próximo. No tengo para qué decirle que yo estaría contento en aquel Tucumán, como lo estoy en éste o cualquier otro que la obediencia me designare» 74.
Resulta muy significativa, y a la vez muy curiosa, la carta que, desde Orihuela, escribe al Director General el día 21 de enero del año 1933. Se va a casar su hermano Luis. Don Antonio quería que se hubiera casado en verano para que pudieran asistir a la boda los dos hermanos sacerdotes. Pero tuvieron que retrasarlo los novios por circunstancias familiares. Los padres de don Antonio le escriben cartas, «razonadas unas y emotivas otras», diciéndole: «¿Tan desdichados somos que, teniendo dos hijos sacerdotes, no pueda asistir uno al casamiento de su único hermano?» 75.
Es la carta menos espontánea de don Antonio Perulles. Ya lo dice él mismo: «La carta va bastante estudiada, sobre todo al principio, porque verdaderamente no sabía cómo pedir una gracia que me ha de costar dinero; y si me he decidido a escribir ha sido pensando en la supresión del viaje de verano» 76.
Y es que la pobreza también fue una de las características de este siervo de Dios. Era pobre y se preocupaba mucho de los pobres. Decía el 11 de enero de 1931: «La cuestión de los pobres no preocupa más que a mí» 77.
En la carta del 21 de enero de 1933 sigue diciendo don Antonio: «Por lo que a mí hace, le digo con toda sinceridad que lo único porque me halaga es para evitarme el sacrificio de tener que estarme luego quince días en el pueblo, para que no digan que no quiero estar en casa.» Y razona así la petición: «Supuesto que uno de los objetos del viaje de los Operarios, durante el verano, es el dar gusto a sus familias con su visita anual, ¿valdría la pena que, en favor mío, se prescindiese de los otros fines que la Hermandad tiene en dicho viaje, y me concediera sustituirlo por otro brevísimo, en pleno curso, para un acontecimiento de familia, en el cual se precisa la presencia de un sacerdote, siendo dos los sacerdotes que integran dicha familia?
»La ausencia duraría sólo cuatro días: desde el viernes al martes por la mañana. La boda quieren que sea el sábado próximo, 28.»
Le ruega al Director General «que con su autoridad me diga que deje 'a los muertos...', si acaso no es más que puro afecto humano el que me impele a proporcionar a los míos una legítima satisfacción en la que no pueden estar más interesados.
»Confiando en su pronta contestación y asegurándole que quedaré contento, si no juzga oportuno acceder a mi petición, se encomienda a sus oraciones su hijo afectísimo en el Señor» 78.
Como era de esperar, don Joaquín Jovaní no sólo contesta al día siguiente, sino que con gusto da su permiso, y sólo ruega al siervo de Dios que, al pasar por Tortosa, se deje ver: «Mi querido Antonio: Recibo tu carta de ayer y, a correo seguido, te escribo para decirte que puedes dar contento a tus padres, yendo a casar a tu hermano. ¿No pasarás por aquí? Nada ocurre de especial; pero si has de cruzar por la estación, al menos de un tren a otro, déjate ver» 79.
APERTURA DE CORAZÓN
Como hijo fiel y muy devoto del Beato Manuel Domingo y Sol, vivió con toda intensidad la apertura de corazón, que tanto recomendaba a sus Operarios el Fundador de la Hermandad: «Procurar toda abertura de corazón con los superiores» 80. «Dar a conocer a los que por deber deben conocerlo, lo que hacemos, lo que pensamos, lo que pensamos hacer» 81. «Abertura, pues, de corazón siempre y no ocultar nada a los superiores» 82.
Leyendo las cartas de don Antonio Perulles, sobre todo las dirigidas a don Benjamín Miñana, queda uno sobrecogido, porque parecen verdaderas confesiones. Le abre su corazón de par en par, se enseña como es y como quiere ser, para que lo conozca mejor cada día y pueda disponer de él, sabiendo lo que puede dar de sí. Le cuenta detalladamente los disgustos que le proporciona —dice— su amor propio. Todo lo que le sirve de ánimo y desaliento. Le habla de sus «telarañas» en las relaciones con los demás. Y da gracias por ellas, ya que así «Dios ataja mis pasos para que no siga tranquilo el camino de esas miras humanas y rastreras» 83. Le da cuenta fielmente de las que llama sus imprudencias debidas al ímpetu juvenil.
Puede decirle el día 6 de agosto de 1922: «A mí bien me conoce en mis defectos, porque jamás le he ocultado nada» 84.
El Beato Manuel Domingo y Sol quería también la apertura de corazón para facilitar el gobierno de la Hermandad, porque «nuestra Obra tiene un carácter más fraternal. Y para su más fácil gobierno y para bien del Operario..., abertura y, con ella, disposición para recibir cuantas advertencias sean convenientes» 85.
Don Antonio Perulles escribe el día 7 de abril de 1922 a don Benjamín Miñana: «Permítame que continúe en mi pueril desahogo, que, si a usted le molestará, a mí me dejará satisfecho, como a un niño, y, al mismo tiempo, contribuirá al mayor conocimiento que quiero que usted tenga de mi pobre persona, a fin de que así pueda disponer de ella sólo para lo poquísimo que he de aprovechar» 86.
No se cansa de agradecer las advertencias, los consejos, las correcciones que le va haciendo el Director General.
ESPIRITU DE SACRIFICIO
Los testigos hacen resaltar en el proceso el espíritu de sacrificio de don Antonio Perulles, que fue un hombre de mucha austeridad 87. Aseguran que «era mortificado. Una enfermedad de estómago la disimulaba muy bien por espíritu de mortificación» 88.
Ya hemos visto anteriormente cuánto le hizo sufrir el estómago. Y ya vimos también la poca importancia que él daba a su enfermedad, hasta el punto que don Hipólito Rubio se sintió en la obligación de ponerlo en conocimiento de don Benjamín Miñana: «No se ha cuidado como debía, ni cuando debía, sino cuando ya no puede ser otra cosa, y lo menos que puede ser» 89.
AI acusar el golpe don Benjamín, el siervo de Dios quita importancia a su enfermedad: «Perulles escribe, esforzándose por tranquilizarme» 90.
Don Clemente Sánchez testifica: «También tenía espíritu de sacrificio. Don Antonio había sufrido mucho, especialmente en Burgos, física y moralmente. En su naturaleza —era físicamente muy flaco— padecía intensamente y con frecuencia del estómago. Comía poco» 91.
Se cuidaba poco y cuando ya no había más remedio. Si quería sanar, era sólo para poder darse más y gastarse en el ministerio. Escribe el día 5 de marzo de 1920: «Hoy le puedo dar alguna noticia concreta y satisfactoria acerca de mi estado. Para salir de dudas y con el objeto de ver si podía comer, pues se me resistía mucho tener que vivir tan retirado por debilidad, fui a consultar a un especialista que viene de Madrid los últimos días de mes. Y, en efecto, me dijo que me convenía comer mucho y bien, aunque no de todo. ¡Qué buen médico! Hasta ahora voy bien, siguiendo su consejo. Han cesado los dolores... Sólo me falta dormir bien, que dice él que lo conseguiré con la medicina que me recetó y que aún no tengo. Dios quiera que desaparezca por completo mi dolencia, a fin de poder continuar gastando energías, que muchas necesito» 92.
La enfermedad, unida al trajín de cada día —«él lleva todo el peso de la comunidad, no puede comer y descansa poco por la noche» 93— lo dejó agotado, con ganas de soledad. Lo disimuló ante los compañeros; pero se lo cuenta a don Benjamín, el día 6 de junio de 1920: «Pasado mañana darán comienzo los exámenes, Dios mediante, y quedaremos ya descansados, pues este curso ha sido de los que más me han dejado, no cansado, pero sí con ganas de verme libre de la comunidad, cosa que nunca había sucedido» 94.
Su espíritu de sacrificio lo cifraba principalmente en la vida cotidiana, entregado totalmente a sus alumnos 95. Siempre quería trabajar más y, sobre todo, influir más y mejor en la formación de los futuros sacerdotes. No palpa los frutos, y confiesa su desánimo el 6 de junio de 1920: «Estoy desalentado, porque me dejo llevar, mucho más de lo que debía, de la idea de que, pasándome la vida como me paso, sin descansar, consigo muy poco» 96.
Este era uno de sus mayores sacrificios. Escribe el 19 de junio de 1920: «Después de lo que le dije en mi anterior, nada tengo que añadirle respecto a mi estado de ánimo; sólo le recuerdo que no acabo de estar satisfecho de mi vida actual, por falta de trabajo sacerdotal; no exterior, que éste es a ratos más que suficiente, y siempre bastante, pues, dada mi situación en esta casa, podría trabajar muchísimo más y lo deseo. El trabajo más fácil, más posible y más fructuoso, en que desearía ejercitarme, ya sabe que es el del apostolado de los niños, que me dan lástima de que crezcan como crecen, pudiendo tan fácilmente hacer algo por ellos. Sueño con que en otra parte podría hacer más que aquí, pero reconozco que éste es un campo aptísimo para mí, si pudiera hacer cuanto deseo. Ya hablaremos» 97.
Y ésa era su cruz: que no le dejaban hacer con la sección de pequeños, no le dejaban hablar frecuentemente, instruirlos, y no podía llevarlo a cabo para evitar recelos en el director, que no lo hacía, y hubiera tomado la iniciativa del siervo de Dios tan a mal como si quisiera darle una lección. «El segundo año que estuve aquí trabajé en este sentido muy a gusto; ahora... no hago nada por... prudencia» 98.
Cifraba también su espíritu de sacrificio en ser ejemplar, en ser «modelo de la grey» 99, como tanto recomendaba el Beato Manuel Domingo y Sol a los Operarios: «Tenemos la misión y la responsabilidad de ser forma gregis» 100. «Tenemos obligaciones, y entre ellas la del buen ejemplo, ciencia y santidad, para ser forma gregis de la juventud eclesiástica» 101.
Don Antonio se esforzaba continuamente para ser ejemplo en todo, hasta en lo que no le obligaba. «Este espíritu de sacrificio se reflejaba de una manera especial en el cumplimiento del Reglamento, del que nunca se dispensaba en ningún acto, a pesar de su cargo» 102.
Don Antonio Perulles era mortificado, manteniendo a raya su cuerpo, bastante maltratado ya por la enfermedad, con medios de penitencia. «Entre nosotros era voz común que llevaba con mucha frecuencia el cilicio y tomaba disciplina» 103.
Pero, sobre todo, su sacrificio tenía constantemente la dimensión precisa de la caridad. «Su espíritu de sacrificio lo enfocaba al bien de los demás, y gozaba intensamente cuando podía hacer felices a los otros» 104.
TENIA FAMA DE SANTO
Lo repiten quienes trabajaron a su lado en la formación de los seminaristas, igual que sus alumnos. Y a esa santidad de don Antonio Perulles atribuyen, entre otras cosas, la transformación que llevó a cabo en el Seminario de Orihuela. No en vano dice el Concilio Vaticano II: «La santidad de los presbíteros contribuye en gran manera a la fecundidad del propio ministerio» 105.
Escribe el siervo de Dios, el día 19 de noviembre de 1935, al siervo de Dios Pedro Ruiz de los Paños: «Esto marcha bien y bastante mejor que el año pasado, a pesar del agobio de trabajo; y marcharía mucho mejor si tuviéramos más tiempo, o si, con el mismo, fuéramos mejores» 106.
«Tenía en general fama de santo, de rector competente. Especialmente en la diócesis de Orihuela, tenía fama de santo y sabio, a la vez, haciendo contrastar sus dotes de talento y gobierno con la máxima sencillez con que trataba y recibía a todos» 107.
«Era voz común que don Antonio había transformado el Seminario con su santidad» 108.
CAPITULO XXII
MARTIRIO DEL SIERVO DE DIOS ANTONIO PERULLES ESTIVILL
PREVEIA EL MARTIRIO
«Si ha llegado la hora de la prueba..., será bien aceptada» 1, escribía el 1 de abril de 1936 al siervo de Dios don Pedro Ruiz de los Paños, en vista del sesgo que iban tomando los acontecimientos.
A finales de junio de 1936 salió de Orihuela, con don Clemente Sánchez, para practicar en Tortosa los ejercicios espirituales, que terminaron el 5 de julio. Desde allí marchó a Mola con intención de pasar unos días de vacaciones con su familia 2.
Preveía «que podía pasar algo», y al salir de Orihuela para hacer los ejercicios «me encargó que cuidara especialmente de los seminaristas» 3, testifica don Fernando Bru, sacerdote oriolano. Los seminaristas eran su gran preocupación, salvar su vocación en los tiempos calamitosos que ya acosaban por doquier y que, poco después, serían verdaderamente trágicos.
Desde el triunfo del Frente Popular, cuando se desencadenaron vandálicamente incendios de iglesias y arreció crudamente la persecución religiosa, «en esas circunstancias, el siervo de Dios repetía sin cesar dos ideas: una, reparar; otra, aceptar el martirio o, al menos, ofrecer ser mártir» 4.
Cuando en su pueblo se encontró perseguido por ser sacerdote, acosado por las huestes marxistas, estimulaba a los otros sacerdotes a dar la vida por Dios. «Solía decir: 'Más vale un poco de gloria de Dios que todas nuestras vidas'» 5.
«Durante los días que precedieron a su martirio el siervo de Dios gustaba de aprovechar algunos momentos para estimularnos a dar la vida por Dios» 6.
«El 11 de agosto de 1936, como si el mismo Señor se lo hubiese comunicado y creyéndolo la vigilia de su martirio, pasó el día en retiro espiritual» 7. Y, efectivamente, el día 12 de agosto de 1936 fue martirizado.
«ORA ET LABORA»
Al terminar los ejercicios espirituales en Tortosa el siervo de Dios fue a Mola a la casa de sus padres. Allí pasó varios días en compañía de su hermano Prudencio, también sacerdote Operario diocesano, que nos dice: «Los primeros días seguía la vida ordinaria como si nada pasara. Cuando nos llegaba alguna mala noticia, él reaccionaba siempre mirando a Dios. Estaba más sereno que los demás sacerdotes y estimulaba en ellos la confianza en Dios» 8.
En Mola pudieron celebrar misa hasta el día 22 de julio de 1936. «Hasta el 22 de julio se celebró misa en la iglesia parroquial; entonces se prohibió celebrar más la santa misa» 9. Aquella pobre gente, que empuñó las riendas, era tan mísera como poco «misera». Les ofendía lo sagrado. Iban contra el Señor. Querían borrarlo de España.
Pero don Antonio Perulles, santamente enamorado de la santísima eucaristía, no podía soportar la ausencia del santísimo sacramento. Era de la escuela de mosén Sol, que decía: «¿Cómo poder separarnos ni un momento de la compañía y de la presencia de Jesús sacramentado? ¿Cómo poderle perder de vista?» 10.
Jesús le atraía con fuerza irresistible, y se enteró de que el párroco de Molá se había llevado el Santísimo a su casa para evitar profanaciones, cuando el Comité —que había sustituido al Ayuntamiento— clausuró la iglesia para que a nadie se le ocurriera cometer el crimen de celebrar la misa.
Era una temeridad salir a la calle; pero el amor superaba al miedo. «Mi peso es mi amor; él me lleva doquiera soy llevado» 11. Y don Antonio se aventuraba «a ir a la casa abadía a hacer la visita al Santísimo, que habían trasladado de la iglesia» 12.
Le proponían huir al campo para esconderse, estar más seguro que en el pueblo, pasar inadvertido y librarse más fácilmente de la muerte que le acechaba constantemente por el odio de los perseguidores a cuanto significara algo de religión. Pero «el siervo de Dios era partidario de no salir de casa para así mejor aprovechar el tiempo» 13.
Su pasión era estudiar, además de orar. Por otra parte, el señor administrador apostólico de Orihuela le había encargado que hiciera ese verano el reglamento del Seminario, porque sólo había uno, que hizo don Joaquín García Girona el año 1927 14.
Si marchaban al campo, ciertamente podría orar más; pero resultaba más difícil allí escribir y estudiar. «Algún amigo de izquierda le dijo que era conveniente que marchase del pueblo» 15.
DECIDIMOS IR A UNA CUEVA
Como alimañas. Porque eran sacerdotes. Y eso era un delito tan grave que sólo se pagaba con la pena de muerte. Nos cuenta don Prudencio Perulles: «En el pueblo no estábamos seguros y decidimos ir a una cueva, aunque el siervo de Dios era partidario de no salir de casa para así mejor aprovechar el tiempo» 16.
Fueron a la cueva los dos hermanos sacerdotes, es decir, don Antonio y don Prudencio Perulles, y el señor párroco de Mola. El cura de Mola y don Prudencio insistían a don Antonio para que no llevara el Breviario. Era muy peligroso. Un libro de rezos era razón más que sobrada en los esbirros para fusilarlos, sin más contemplaciones. Pero don Antonio Perulles no sabía estar, no sabía vivir, sin el crucifijo y el Breviario, ya que no podía tener a Jesús vivo en la eucaristía. El crucifijo y el Breviario eran sus libros de texto para preparar la asignatura del martirio.
«No queríamos que tomara el Breviario, para no comprometernos; pero él lo tomó y no cesó de rezarlo nunca hasta el día de su martirio» 17.
Aguantó en el campo unos ocho días. Los mejores ejercicios espirituales, en el desierto, para prepararse a «su hora». «Fuimos a una finca nuestra y en esa finca había un refugio, o recodo, en la montaña. Nos instalamos allí, y mi hermano Luis nos llevaba algo de comer durante la noche. Así estuvimos unos ocho o diez días.
»El siervo de Dios se pasaba casi todo el día rezando. Colgaba en un algarrobo un crucifijo de misionero y ante él rezaba sus devociones y el Breviario. Cuando veía, o notaba, que en algún pueblo vecino, que desde allí se veía, quemaban la iglesia, se arrodillaba y rezaba la coronilla de desagravios, de la que era muy devoto, y nos invitaba a nosotros a rezarla. Nosotros, digo, el señor cura del pueblo y yo» 18.
Fueron días de muy intensa preparación. «Marcharon al bosque él y su hermano sacerdote. En el bosque hacía mucha oración» 19.
ESTABA CONVENCIDO DE QUE LO MATARÍAN
A don Antonio se le hacía insoportable la inactividad que suponía estar en el bosque. El tenía que seguir trabajando. Y convenció a sus compañeros para regresar al pueblo. «Por instancias del siervo de Dios, que no quería así perder el tiempo, según decía, regresamos a casa» 20.
Don José María Bargalló Abelló, labrador de Molá, vecino de los padres de don Antonio Perulles, dice, hablando del retorno a casa, después de los ocho o diez días de campo: «Estaba sereno y muy conformado con la voluntad de Dios. Al regresar a su casa pasó por la mía, que está frente a la suya y da, por la parte trasera, al campo» 21.
Tuvieron que actuar como si se tratara de malhechores, con el fin de que nadie pudiera ni sospechar que los sacerdotes habían regresado al pueblo: «Le abrimos la puerta y vigilamos la calle, y en el momento que no se veía nadie, le dijimos al siervo de Dios que podía pasar a su casa, como lo hizo» 22.
Don Antonio tenía la convicción de que lo matarían. El había prendido a Cristo. Era seguidor de Jesús. Tenía que correr la misma suerte que El: «Si el mundo os odia, sabed que me han odiado a mí antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo os amaría como cosa suya; pero como no sois del mundo, sino que yo os he escogido, sacándoos del mundo, por eso el mundo os odia. Recordad lo que os dije: No es el siervo más que su señor. Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán» 23.
El siervo de Dios —continúa el testigo—, «al pasar por mi casa, me dijo: Yo al campo ya no vuelvo. Si hemos de dar la vida por Dios, a su voluntad está: igual da que estemos en el campo que en casa. El estaba convencido de que le matarían, y estaba muy conformado, sereno y tranquilo. Yo no lo vi más» 24.
VIDA ESCONDIDA CON CRISTO EN DIOS
Le quedaba una semana para llegar definitivamente a Dios. La muerte violenta estaba acechando a la puerta. Y el «nervioso Perulles» vivía sereno, irradiando paz. Estaba, en aquella vida escondida, totalmente dedicado a Dios, velando y orando, para que la carne débil no traicionara al espíritu. «Regresó a su casa, donde continuaba la vida de oración» 25.
Y así pasó los días previos al martirio, delante del crucifijo grande que tenía, aprendiendo a morir. Dice su hermano Prudencio: «Estuvimos en casa unos ocho días. Durante ellos, el siervo de Dios hacía con toda regularidad lo siguiente: se levantaba temprano; hacía una hora de oración, rezaba horas menores y, antes o después del desayuno, estudiaba y redactaba un nuevo Reglamento para el Seminario de Orihuela, que le había encargado el señor obispo. Por la tarde hacía también su rato de oración y lectura espiritual, para la cual nos llamaba a todos, y después la comentábamos, siempre estimulándonos a dar la vida por Dios, si El lo disponía así» 26.
«Su vida en este encierro más parecía de rigurosa observancia monástica, por el horario, por los rezos, la meditación y conversaciones piadosas, promovidas siempre por él con sus compañeros de encierro» 27.
Cada día se encontraba más despegado de la tierra y su corazón remontaba el vuelo hacia el Señor con ansias de llegar a El. «El día mismo que lo mataron, y poco antes de prenderle, rezamos el santo rosario y la coronilla de desagravios, como cada día. Al terminar, satisfecho seguramente del fervor con que habíamos rezado estas preces, se encaró con nosotros y nos dijo: '¿Os habéis fijado en una cosa?' Y no acertando nosotros a concretarle ninguna respuesta, añadió: '/Qué bien se reza cuando se tiene el corazón despegado de la tierra y los ojos puestos en el cielo!'» 28
Estaba llegando a su destino.
LO LLAMARON POR SU NOMBRE
El día 12 de agosto tenía una significación muy singular en la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos. Era el día en que sus miembros emitían los votos, hacían y renovaban su consagración. El día 12 de agosto el siervo de Dios había hecho su consagración a la Hermandad y el día 12 de agosto había emitido todos sus votos.
El día 12 de agosto de 1936 iba a rubricar su entrega total y definitiva con el martirio. Don Antonio Perulles podría decir con San Pablo: «Yo estoy a punto de ser sacrificado y el momento de mi partida es inminente. He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe. Ahora me aguarda la corona merecida, con la que el Señor, Juez justo, me premiará» 29.
«A las ocho de la mañana del día doce de agosto, cuando estábamos desayunando, se presentaron en nuestra casa tres o cuatro milicianos armados e hicieron un registro, y al topar con nosotros, ya no buscaron más» 30.
¿Para qué iban a buscar más? Los perros de presa habían dado con la suya. Lo raro, lo inexplicable es que no mataran a los dos hermanos sacerdotes. Se hubieran anotado un punto más en el nefasto haber de sus fechorías.
«Nos intimaron a que no nos moviéramos de casa, porque sería mejor. Montaron vigilancia en puntos estratégicos para que no pudiéramos huir» 31.
Don Antonio jamás pensó en huir. Aceptó ir aquellos ocho días al campo, muy a su pesar, sólo por no contrariar excesivamente a su hermano y al párroco de Mola. Pero ya antes, «un sacerdote del pueblo, llamado mosén Cubells, le propuso marchar con él. Este se refugió en una mina, y así se salvó. El siervo de Dios prefirió quedarse en casa con sus familiares y hermano sacerdote, a quienes exhortaba a tener confianza y esperanza en Dios. Pasaba los días en casa, ocupado en hacer oración y leyendo» 32.
Desde las ocho de la mañana del día 12 de agosto de 1936 hasta el anochecer lo tuvieron detenido en su casa. Es el día que oró con más fervor y gozó con el fervor con que oraron sus compañeros.
«Al anochecer vino el presidente del Comité, con dos milicianos armados, y llamó a mi hermano por su nombre, y le obligaron a que se arreglara para marchar, le dijeron que a la cárcel de Tarragona» 33.
Todos sabían, y mejor que nadie el siervo de Dios, que se arreglaba para morir.
Lo llamaron por su nombre. La voz era de los asesinos; pero la llamada era de Dios, que llama a quien quiere y por los intermediarios que quiere. El martirio, como el sufrimiento, también es una llamada, una verdadera vocación: «Si obrando el bien soportáis el sufrimiento, hacéis una cosa hermosa ante Dios, pues para esto habéis sido llamados, ya que también Cristo padeció su pasión por vosotros, dejándoos un ejemplo para que sigáis sus huellas» 34.
Por eso don Antonio no se inmutó. Conocía la voz de su Dios. Esperaba la llamada, que quedaría colmada y completa cuando, a los pocos minutos, recibió, como vencedor, «una piedrecita blanca y en ella escrito un nombre nuevo, que sólo sabe el que lo recibe» 35. «Te pondrán un nombre nuevo, pronunciado por la boca del Señor» 36.
«Mi hermano estaba sereno. Se arrodilló ante mí y me entregó algunas cosas que llevaba, y quedóse con el reloj y el Santo Cristo». ¿Para qué más? Poco tiempo tuvo de mirar al reloj. Miró mucho más al crucifijo. «Me abrazó y se despidió hasta el cielo» 37.
«Iba muy sereno y recogido» 38. Como quien va a celebrar el sacrificio.
«Después se despidió de mi madre en la planta baja. Se abrazaron. Ante las lágrimas de mi madre, el siervo de Dios dijo: 'Madre, ¿no queréis que yo muera por Dios?' Mi madre contestó: 'Sí, hijo mío, sí; y por la España católica.' Y se despidió hasta el cielo» 39.
CON SU SONRISA DE SIEMPRE
Así fue al suplicio. Era el último, el supremo sacrificio que iba a ofrecer al Señor. A don Antonio le gustaba prepararse bien para celebrar el santo sacrificio. Para este sacrificio de su vida también se había preparado muy bien, y avanzaba sonriendo al encuentro con el Señor.
«Al salir de casa lo condujeron por en medio de la calle hasta la casa del sacerdote don José Estivill, párroco de La Figuera y natural de Molá. Hicieron bajar a este sacerdote, y a él con mi hermano los llevaron a la plaza del pueblo. Los hicieron subir a un coche y los llevaron a matar» 40.
Sin juicio, sin proceso, sin posible defensa. Como Jesús. ¿Qué necesidad había de testigos? Eran sacerdotes. Luego eran reos de muerte. «Le mataron por odio a la religión, porque era sacerdote 41.
»El, completamente resignado y con su sonrisa de siempre, subió al coche con gran naturalidad, saludando a los que tenía cerca» 42.
«Los mataron en el término de Marsá, a unos doce kilómetros de Mola... Mi hermano murió en el acto, las manos cruzadas sobre el pecho y diciendo estas palabras: 'Disparad cuando queráis, y que Dios os perdone'» 43.
Todo esto lo refirió el chófer que tuvo que llevar en el coche a los asesinos y a los mártires, testigo presencial del martirio.
«El cadáver fue enterrado a unos tres metros del lugar donde lo mataron, debajo de un olivo. Allí estuvo hasta el día 26 de abril de 1939» 44.
Al finalizar la guerra trasladaron sus restos mortales al cementerio de Mola, y ahora descansan en el templo de Reparación de Tortosa, con los demás Operarios mártires.
«Le mataron en la carretera de Mola a Falset, en el lugar llamado 'Finca de Blandí'. Mataron con él al otro sacerdote detenido, que no murió en el acto, pues a la mañana siguiente aún estaba vivo. El siervo de Dios murió en el acto. Le mataron porque era sacerdote. El cadáver fue reconocido. Goza de fama de santo y de mártir. A los sacerdotes los perseguían y mataban porque eran sacerdotes. Si los 'rojos' hubieran podido, hubieran acabado con la religión» 45.
Es unánime la convicción de que a don Antonio Perulles lo mataron sólo por ser sacerdote, por ser muy bueno. «Ningún otro motivo pudieron tener para matarlo que el de su condición de sacerdote, juntamente con su destacada virtud» 46.
«Estoy seguro de que le mataron solamente por ser un santo sacerdote. Tiene fama de santo y también de mártir» 47.
Dice don Joaquín Espinosa Cayuela: «Pienso que fue verdadero mártir en sentido teológico» 48.
«Tenía fama de santo durante la vida; se ha acrecentado después de su muerte, aureolada con el martirio» 49.
7
Don José Pascual Carda Saporta
Disponible y lleno de ilusión
CAPITULO XXIII
SINTESIS BIOGRAFICA DEL SIERVO DE DIOS JOSE PASCUAL CARDA SAPORTA
El siervo de Dios José Pascual Carda Saporta nació el día 29 de octubre de 1893, a las cuatro de la mañana, en Villarreal, provincia de Castellón y diócesis de Tortosa. Fue bautizado el mismo día de su nacimiento en la arciprestal de Villarreal, y le pusieron por nombre José Pascual.
FAMILIA
Fueron sus padres Blas Carda Pitaren y Josefa María Saporta Llop. Ambos eran muy buenos. «En casa había ambiente religioso» 1. «La familia era buena religiosamente; sus padres eran muy buenos y la posición social y económica de su familia era bastante buena» 2.
«Tanto el padre como la madre del siervo de Dios habían intentado consagrarse al Señor en la vida religiosa; pero se lo desaconsejaron: al padre, el prior del convento al que acudió, y a la madre, su propio confesor» 3.
Formaron un hogar muy cristiano. El Concilio Vaticano II lo describiría así: «Los esposos cristianos son para sí mismos, para sus hijos y demás familiares cooperadores de la gracia y testigos de la fe. Son para sus hijos los primeros predicadores y educadores de la fe; los forman con su palabra y ejemplo para la vida cristiana y apostólica, le ayudan prudentemente a elegir su vocación y fomentan con todo esmero la vocación sagrada cuando la descubren en sus hijos» 4.
Declara la madre abadesa del convento de clarisas de Almazora: «Era una familia muy católica y muy caritativa. A nosotros, que éramos muchos hermanos, nos protegían particularmente» 5. «Yo incluso comía en aquella casa con frecuencia» 6.
El padre del siervo de Dios era muy aficionado a santas lecturas. Asegura su hija sor Carmen que hasta cuando salía a trabajar los campos, siempre llevaba consigo La imitación de Cristo de Tomás de Kempis.
Un ambiente tan profundamente cristiano fue terreno propicio para que de él brotara la vocación: «Dos de sus hijos fueron sacerdotes y mártires, y una hija religiosa» 7.
INFANCIA
Discurrió muy normalmente en Villarreal. Tenía las características de todo niño sano de cuerpo y alma: avispado, inquieto, bueno. «Era muy vivaracho. Iba a la escuela de un maestro que llamábamos don José el Cubano, que yo he conocido. El decía a mi madre que José Pascual era muy vivo, pero muy atento cuando él explicaba» 8.
Uno de sus coetáneos testifica: «Cuando iba a la escuela se distinguía como piadoso y alumno aventajado» 9. Por referencias del hermano del siervo de Dios, José María, sabemos que «era el primero en conducta y aplicación en la escuela primaria» 10 y su hermana María nos dice que «era bueno y en la escuela obtenía muchos premios» 11.
Cuando don José el Cubano se hizo viejo, recordaba con tanto cariño y emoción a su antiguo discípulo José Pascual, que rompía a llorar 12.
Frecuentó esta escuela hasta que ingresó en el Colegio de San José de Tortosa para prepararse al sacerdocio.
ESTUDIOS ECLESIÁSTICOS
En la vocación sacerdotal de don José Pascual influyó, sin duda alguna, el ambiente profundamente cristiano de su familia, y creo que de una manera determinante su hermano mayor, Blas, que finalizaba los estudios sacerdotales cuando los comenzó el siervo de Dios. Este hermano, don Blas Carda Saporta, había heredado del Beato Manuel Domingo y Sol la preocupación solícita por las vocaciones y por la atención espiritual y material a los sacerdotes. Decía el Beato Manuel Domingo y Sol: «La nota característica de nuestra Obra ha de ser el amor al sacerdocio en lo espiritual y temporal» 13. Don Blas Carda pasó su vida proyectando esta ayuda a los sacerdotes. Fue martirizado ocho días después que su hermano José Pascual, el 12 de septiembre de 1936.
Dice María, hermana de los siervos de Dios: «Tuve otro hermano sacerdote, también presunto mártir, bastante mayor que José Pascual. Cuando este hermano, o sea, Blas, terminó los estudios, los empezó José Pascual. Ya hacía tiempo que deseaba ir al Seminario. Ingresó en el Colegio de San José de Tortosa, y después, ganada una beca, pasó al Seminario Conciliar» 14.
Son unánimes los testimonios, asegurando que fue un seminarista muy estudioso y muy bueno. Dice su paisano y compañero de estudios don José Mata Cubedo: «Su aprovechamiento fue óptimo, destacadísimo... Era un alumno destacado. La fama de que gozaba era de un seminarista piadoso, tanto que se le tenía como modelo de seminaristas» 15.
Todos los testigos refrendan esta opinión: «Era un seminarista fervoroso y aplicado. Gozaba de muy buena fama, tanto en el Seminario como en el pueblo» 16. «Tenía fama de muy inteligente y aprovechado en los estudios eclesiásticos» 17.
El doctor don Juan Bautista Manyá Alcoverro era muy buen amigo de don Blas Carda y fue profesor de Teología del siervo de Dios José Pascual. Nos dice: «Le conocí como alumno de Sagrada Teología. Era un chico de buen talento y aplicado. Tenía gran simpatía y mucha naturalidad. Era de sólida piedad. Esto lo comprobé por el trato que tuve con él. Era simpático para todos. Era considerado y apreciado por todos» 18.
Su hermana religiosa, sor Carmen, abunda en los mismos elogios y dice, además, que su estancia en el Colegio de San José obró en él una transformación muy positiva. «No me acuerdo cuándo manifestó las primeras señales de vocación sacerdotal. Yo debía ser muy niña. Ingresó en el Seminario de Tortosa. Era muy estudioso y tenía muy buenas notas. Era muy bueno, siendo seminarista. Mis padres reconocían un cambio en él: que se había hecho más formal. Tenía fama de muy buen seminarista, y era muy buen compañero de los demás seminaristas, que venían a casa frecuentemente» 19.
Ciertamente se distinguía lo mismo por sus dotes intelectuales como por su virtud. «Durante las vacaciones de verano, los demás seminaristas de Villarreal consideraban a José Pascual como su consultor y protector nato» 20.
Estando en el Seminario de Tortosa recibió la prima clerical tonsura el día 20 de diciembre de 1913, todas las órdenes menores el 6 de junio de 1915 y el subdiaconado el 17 de julio de 1916.
LA VOCACIÓN QUE TENGO POR TI
Una vez que recibió el subdiaconado se decidió a ingresar en la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos. Don Benjamín Miñana, director general de la Hermandad, tenía grandes deseos de «echar el gancho» a José Pascual. Le recordará, en carta del 4 de abril de 1917, cuando el siervo de Dios ya está en su primer ministerio, una escena que se repetía cada año el día de San Benjamín, cuando los alumnos internos del Seminario iban a felicitar al director general de la Hermandad. Es una escena que evoca el estilo de Jesucristo, cuando uno le salió al camino, uno que guardaba los mandamientos desde pequeño. «Jesús se le quedó mirando con cariño» 21.
Le dice don Benjamín: «También vinieron a felicitar un grupo de internos, y me acordé entonces de cuando tú venías y en ti tenía, 'de un modo especial, fijos mis ojos'» 22.
El subdiácono Carda era fruta madura y cayó pronto del árbol. Se dejó vencer y convencer a la primera embestida. La carta que le escribe don Benjamín Miñana a Villarreal, el 18 de agosto de 1916, recuerda mucho lo que decía y hacía el Beato Manuel Domingo y Sol cuando se le ponía a tiro un buen candidato para la Hermandad: «La vocación, antes que a ellos, nos debe entrar a nosotros» 23. El 31 de mayo de 1898 escribía mosén Sol a don Francisco Marín, que le consultaba si ingresaba en la Hermandad: «Acabo de recibir su gratísima del 27. En manos de mal consultor se ha dejado usted. Parte interesada, enamorado de su propia Obra de máxima gloria de Jesús, ambicioso de cazar almitas buenas que se le pongan a tiro; está usted perdido. Véngase, pues, y le llevaremos como canastillo de flores. El trabajo le sobrará, pero no le faltarán consuelos.
»No es necesaria resolución, ni aun vocación, de parte de usted; basta que la tenga yo, pues a nuestra Obra de Jesús no vienen los que tienen vocación, sino los que, antes que ellos, la tenemos nosotros. Y si no entiende estas filosofías, ya las comprenderá a su tiempo» 24.
Don Benjamín Miñana escribe algo muy parecido al subdiácono José Pascual Carda: «Muy santos tus proyectos y deseos, pero imposible de realizarlos en el Seminario de Barcelona y dificilísimo en Valencia. Añade a esto la vocación que por ti tengo yo para cosas mayores.»
Se quiere servir de un buen amigo de José Pascual, el siervo de Dios José Manuel Claramonte, que ya había picado el anzuelo. Don José Manuel Claramonte «era amigo de mi hermano» 25, dice sor Carmen Carda. Y, ciertamente, el día 6 de junio de 1917 don Benjamín Miñana siente mucho que José Pascual no pueda asistir a la primera misa de Claramonte: «No hice yo bien el cálculo y creía que para toda esta semana quedaríais ahí libres de colegiales, y prometí a Claramonte que asistirías a su primera misa, el domingo próximo, en Almazora. Ahora veo que no podrá ser... Ya acudirán a Almazora muchos Operarios y, entre ellos, el Abuelito, que nos representará muy bien» 26.
Sigue diciendo don Benjamín en la carta del 18 de agosto de 1916: «¿Has visto a Claramonte después que estuvo éste en Tarragona? Le di para ti un encargo especial, ya concreto, y le prometí un premio si resultara buen cazador. Ya ves si la caza es bien a campo abierto. Podrás hacer el ensayo sin compromiso alguno, y como simple auxiliar, y probarás así mejor tu vocación, haciendo prácticas y terminando a la vez tus estudios.
»Escríbeme dos palabritas y hábleme con enterísima confianza, como yo lo hago. Y guardemos absoluta reserva. Y en el caso de que estos mis deseos se realizaran, yo cuidaría de hablar al señor obispo en tiempo oportuno» 27.
A finales del mes de agosto don José Pascual Carda había dicho que sí 28.
Dice su hermana sor Carmen: «Quiso entrar en la Hermandad antes de ser sacerdote. Tuvo alguna oposición de parte de sus familiares, pero, por fin, lo consiguió. Fue en seguida admitido en la Hermandad» 29.
Y ciertamente fueron muy rápidas las cosas. «¡Para perder tiempos estamos!», como diría algún conductor que tomaba las curvas por la izquierda. El 8 de septiembre de 1916 don Benjamín Miñana ha conseguido permiso del señor obispo de Tortosa 30; y el día 13 del mismo mes comunica al subdiácono Carda que está admitido para la primera prueba, y le señala su destino 31.
ESTARE A LA MIRA
Don José Pascual Carda era rápido y muy decidido, una vez tomada su resolución. El 22 de septiembre de 1916 «viene el aspirante Carda, subdiácono, le doy instrucciones y, muy animado, continúa viaje a su destino: Seminario de Tarragona» 32.
El rector del Seminario de Tarragona, don José Cambra Pujol, uno de los más venerables Operarios, aceptó por obediencia, poco convencido y con cierto recelo, al nuevo prefecto de disciplina, porque no estaba muy claro que fuera ya Operario, porque resultaba demasiado joven, porque aún no era sacerdote. Tres razones que le hacían temblar. Don Benjamín Miñana registra el pequeño sismo: «Al rector de Tarragona le propuse un ordenando para quinto Operario en aquel Seminario, y me pone hoy reparos» 33.
Pero el Director General, que conocía muy bien a don José Pascual Carda, ponderó sus cualidades, y don José Cambra cedió. Más aún, parece ser que el 30 de septiembre de ese año 1916 está convencido de que ha sido un buen fichaje. Escribe a don Blas Carda: «Tengo muy buenas referencias de su hermano y motivos para creer que son verdaderas. Dios hará que salga un perfecto Operario» 34.
El primer destino siempre cae bien. El día 25 de septiembre de 1916 le escribe don Benjamín Miñana: «Mucho me alegran las buenas impresiones que me comunicas de tu llegada y primeros días de esa tu nueva vida, y pido a Dios nuestro Señor que siga favoreciéndote siempre más, y así no desmerecer las nuevas y mayores gracias que te tiene preparadas. Ya irás escribiéndome y contándome todas tus cositas, para mí todas muy interesantes. Te repito mis advertencias y consejos» 35.
Ahora bien, a don José Cambra le quedaba la sombra de un recelo; a los veintitrés años no podría llevar el siervo de Dios, con pulso bien templado, una sección. Escribe al Director General el día 3 de octubre de 1916: «A Carda se le ha puesto en la sección de Filosofía; pero tengo miedo de que no sepa imponerse; estaré a la mira» 36.
SE ENTREGA POR COMPLETO A LA HERMANDAD
El paso de los días fue convenciendo al señor rector que era muy capaz de llevar con aplomo la sección, a pesar de que «alguna vez estos filosofillos aprovechan la ocasión para abusar de la bondad de Carda» 37.
Pero don Benjamín Miñana, hombre práctico y con muchas horas de vuelo, anima y orienta al siervo de Dios. Le escribe el 21 de octubre de 1926: «Vive siempre actuado y no tengas reparo alguno en preguntar a tu rector, y aún más a tu 'buen ángel' Verge, todo lo que has de reformar, especialmente en el trato con tus filosofitos. No serán de extrañar algunas deficiencias en esos ministerios. Nadie nace 'perfecto y completo', y menos en la práctica de la formación de seminaristas. Por eso a la oración conviene que acompañe el aviso constante del director, y si éste, por no verte con tanta frecuencia, o por otras miras, no lo hiciere, encarga a Verge que no te pierda de vista, y así, mutuamente, sed los dos ángeles custodios, uno para el otro» 38.
Pero el rector del Seminario de Tarragona, y mucho más el siervo de Dios don Tomás Cubells, que era el mayordomo, tenían un lío formidable: no sabían si Carda era aspirante a la Hermandad o un mero auxiliar, ave de paso, que sólo quería conseguir grados académicos en Tarragona. Y había que tenerlo muy en cuenta, sobre todo para las cuentas. El día 29 de noviembre de 1916 escribe el rector a don Benjamín: «Cubells me pregunta si los gastos de Carda hay que cargarlos todos a la Hermandad, como si fuera Operario, pues ofrece alguna duda el que diga que usted le mandó a este Seminario en calidad de auxiliar, no de aspirante» 39.
Pronto iba a salir de dudas. Antes de esa fecha, el 25 de noviembre, don Benjamín había enviado a José Pascual las Constituciones, Adiciones y cuanto necesitaba para informarse bien y dar el paso definitivo 40. Y el 5 de diciembre registra en su Crónica: «El aspirante Carda, que trabaja en Tarragona, escribe muy contento y dice que se entrega por completo a la Hermandad» 41. Se lo había comunicado el siervo de Dios el día 3 de diciembre de 1916. Le dice don Benjamín: «Correspondo a tu grata del 3. Es inútil que te diga cuánto me alegró lo que me comunicabas en dicha carta. Dios sea bendito, y muy de corazón le pido que te favorezca con sus especiales gracias, para que sepas corresponder a tu vocación y serle muy agradecido» 42.
TODO SE NECESITA PARA TRABAJAR
Tal como le había encargado el director general, le va informando mensualmente de sus actuaciones, éxitos y fracasos, sin ocultarle nada. Está contento. Trabaja a gusto y trabaja mucho. Hasta va ganando kilos. «Ya puedes pensar lo que me agradarían las cosas tan buenas que me dices en tu carta del 12 de octubre» 43.
Y el 25 de noviembre contesta al «parte» de don José Pascual: «Recibí oportunamente tu grata última del 11 de noviembre, alegrándome tanto las impresiones que me comunicas sobre tus cosas y sobre tus filosofillos... Bien por el aumento de cuatro kilos. Omnia cooperantur in bonum, y todo se necesita para trabajar mucho y con provecho» 44.
Claro está, no todo eran glorias. También se mezclaba algún que otro revés. Los dolores y gozos de que tanto hablaba mosén Sol. Se deduce obviamente de la carta que don Benjamín le manda el 24 de febrero de 1917, contestando a la que el siervo de Dios le escribió el día 8: «No extraño que, de vez en cuando, Dios nuestro Señor te vaya ofreciendo ocasiones de pruebas, para tu vida práctica en el mundo... Ni extraño que alguna vez no salgamos bien de dichas pruebas. Lo que conviene es que se realice el 'corrige' del errando, errando. Y nada de desalientos. Procura observar y aprender y no obrar nunca sin consejo, y poner en seguida en práctica cualquier observación que se te haga, deseando que te las hagan y que no te dejen pasar sin corrección ningún defectillo que en ti observen los hermanos» 45.
No sabemos cuál fue esa prueba que sufrió. Sabemos que la superó bien. «Tu carta del 6 de marzo —de 1917—, muy interesante por esos nuevos horizontes que vas descubriendo en tu vida y trato social y conocimiento de lo que en realidad son los hombres. La leccioncita que me comunicas ha sido buena, y la prueba, en que te puso el Señor, es de las que enseñan mucho. Me alegro de que obraras como obraste, acudiendo al director, y que no sólo no te acobardaras, antes cobraste más aliento» 46.
ORDENACIÓN DE DIÁCONO
Las cosas de Dios siempre eran las primeras para don José Pascual. En el Proceso se nos dice reiteradamente que se preparó con fervor y entusiasmo para recibir las órdenes 47.
Desde los primeros días del año 1917 fue preparando su espíritu para que el Espíritu lo encontrara bien dispuesto. Ya el 23 de enero era ésta su preocupación prioritaria.
Por sentido diocesano, y estando tan cerca de su diócesis, le atraía recibir las órdenes en Tortosa, y así se lo manifiesta al Director General de la Hermandad, que le contesta el día 7 de febrero de 1917: «En igualdad de circunstancias convendrá más que vengas a Tortosa para las órdenes de diácono. Es más sencillo.» Se evitaba todo el engorro del papeleo. «De todos modos, cuando estemos más cerca de aquella fecha podremos mejor apreciar las circunstancias» 48.
Y, según se iba acercando la fecha, las circunstancias favorecían que recibiera el diaconado en Tarragona, y así lo aprueba, en carta del 21 de abril, don Benjamín Miñana. «Pide ya documentos a Tortosa para no ir después con prisas» 49.
El 16 de mayo está examinado de órdenes. Don Benjamín lo espolea para que se prepare bien 50. Recibió el diaconado en Tarragona el día 2 de julio de 1917.
El 12 de agosto de ese mismo año hizo su consagración a la Hermandad, como probando, también en Tarragona, adonde llegó desde Villarreal para el triduo preparatorio, uniéndose a la tanda de ejercicios que practicaban los Operarios 51.
DE LLENO EN LA VIDA DE BUEN OPERARIO
Comenzó el curso 1917-1918 —segundo de su ministerio y segundo en el Seminario de Tarragona— con ilusión de trabajar a fondo en la formación de sus filósofos, y sobre todo con ansias ardientes de recibir el presbiterado. El 7 de octubre de 1917 dirige la primera carta de este curso a don Benjamín: «Han pasado las primeras impresiones y la vida de comunidad está ya normalizada. Esto me permite dirigirle ya mi primer saludo de nuevo curso» 52.
Añade a continuación algo para él muy importante: ha tomado buena nota de los consejos y advertencias que durante el verano le había hecho el Director General. «El encargo es: amabilidad y suavidad. Y, por cierto, que ha llegado muy a tiempo, pues, de lo contrario, temo que me hubiera excedido en el mismo celo durante el presente curso. Confío que dará buenos resultados. Por tanto, haré todo lo que sepa y pueda por cumplirlo. Quiera Dios que, a fin de curso, sean estos catalanes más nuestros que hoy» 53.
Creo que, con la ayuda de Dios, lo consiguió.
Don Benjamín Miñana tenía sumo interés en que José Pascual Carda fuera un Operario cabal, frenando ímpetus juveniles, pero, al mismo tiempo, sabiendo exigir. En la carta que le envía el 18 de octubre de 1917 completa su encargo, su consigna para la actuación que debe seguir: «Efectivamente, la palabra de orden para el presente curso ha de ser 'amabilidad y suavidad'; pero, sin dejar en la forma esta condición, que no falte el complemento del fortiter in re, a fin de que no caigas en el otro extremo. La suavidad en la forma, aun cuando alguna vez se ha de reprender, da siempre excelentes resultados» 54.
Don José Pascual trabajó mucho y bien. Logró la «conversión» de sus filosofillos, a juzgar por lo que, en carta del 27 de noviembre de 1917, le dice don Benjamín: «Tengo a la vista tu grata del 13, oportunamente recibida y leída con verdadero placer, al verte tan de lleno en la vida del buen Operario y trabajando tan a gusto en los ministerios de la Hermandad. Y completa mi gusto y satisfacción lo que dices sobre la buena conducta de esos filosofíllos. Dios quiera que la conversión sea verdadera y sólida, y con ellos se empieza la tan suspirada renovación de toda esa comunidad y, por consiguiente, de todo el clero de esa diócesis, pues a eso vamos» 55.
Durante este curso, además de su labor con la sección de filósofos, obtuvo el licenciado en la Facultad de Sagrada Teología: «El primer ministerio que le confió la Hermandad fue en el Seminario de Tarragona, donde simultaneó con el cargo de prefecto de disciplina los estudios en la Facultad de Teología, consiguiendo la licencia» 56.
ORDENACIÓN SACERDOTAL
Al siervo de Dios le interesaba muchísimo más el sacerdocio que todos los grados académicos. Y puso el acento sobre todo en prepararse a conciencia para recibir la ordenación sacerdotal. De hecho, en las Navidades de 1917 ya estaba con los preparativos de su ordenación y primera misa. Escribe el día 17 de diciembre de 1917 don José Cambra: «A Carda habrá que dejarle ir a Villarreal para preparar su primera misa con calma, pues aunque nada directamente me ha dicho sobre sus deseos de ir a Villarreal, le sobran ganas, según Verge, con quien se entiende para estas cosas como intermediario» 57.
La culpa de que se entendiera con don Andrés Verge era del Director General, que se lo había asignado como «su ángel». Don Benjamín Miñana dice que está bien, que por ese año puede ir a Villarreal de vacaciones navideñas para preparar su primera misa; pero añade algo muy importante, que revela lo muchísimo que el fundador de la Hermandad había inculcado la vida común a los Operarios. Don Andrés Verge solía pasar las vacaciones de Navidad en Tortosa ayudando al Director General. Y dice don Benjamín a don José Pascual: «Con tu director arreglaréis lo de tus vacaciones. Pero que no sirva de base y precedente lo de don Andrés Verge, porque éste, viniendo a Tortosa, no saldrá de la vida común» 58.
Todo el curso vivió intensamente la preparación para recibir el sacerdocio. No quería que se le pasara ni un detalle. Como sabía muy bien las influencias de don Benjamín Miñana en Roma, el día 23 de febrero de 1918 le hace una consulta, que escondía, sin duda, una petición: «Desearía saber si se podría conseguir la gracia de la bendición papal para poder darla el día de mi primera misa, y dónde y cómo se ha de pedir» 59.
Don Benjamín no se lo podía negar, y le contesta el 26 de febrero: «Recibida tu cartita del día 23 y la nota de tus datos biográficos. Va bien. Ya lo creo que tendrás facultad para dar la bendición papal en tu primera misa, y éste será mi regalito de bodas» 60.
En aquel entonces se daba tanta importancia a la primera misa que casi eclipsaba a la ordenación. Durante varios meses está pendiente de la primera misa. Para más facilidad, mayor recogimiento y menos complicaciones, en un principio pensó celebrarla en el Seminario de Tarragona, el día del Sagrado Corazón de Jesús. A don Benjamín Miñana le gustó la idea porque así hasta le resultaría más fácil asistir. Pero ¿ha contado con su familia? 61.
Ante esta pregunta, lo pensó mejor el siervo de Dios. Y, como es natural, la familia prefería que cantara su primera misa en Villarreal. Le escribe el Director General el día 26 de marzo de 1918: «Siguiendo mi criterio de dejar enteramente al gusto del Operario y familia de éste todo lo referente a su primera misa, apruebo también el gusto de tus padres respecto al lugar y solemnidades de tu primera misa. Sobre esta base podéis echar líneas. Y ya irás diciendo. La Hermandad te ayudará en sus posibles para los gastos, que no fueren muy extraordinarios. No quisiera que por ti se empeñaran tus buenos padres» 62.
En cuanto a la ordenación sacerdotal, prefería recibirla en Tortosa. Era la querencia, que tiraba hacia la diócesis. Don José Cambra prefería que se ordenara en Tarragona: «Tenía deseos de ordenarse en ésa; pero yo creo que es mejor se ordene aquí, ya que habrá órdenes generales y teniendo que volver para examinarse de curso. En cuanto éste termine, ya podrá marchar» 63.
Cuando el Director General supo que los padres de don José Pascual no asistirían a su ordenación, no lo dudó más. Ordenándose en Tarragona se ahorraría hasta los bullicios que armaban las gentes de Villarreal en tales ocasiones 64. Y le escribe el 8 de mayo: «Cada vez me confirmo más en la conveniencia de que recibas el presbiterado en Tarragona, incluso para evitar los inconvenientes de las turbas que vienen de Villarreal para dichos actos. No siendo tus padres y hermanos, cuanto menos te distraigan, mejor» 65.
Practicó los ejercicios espirituales en «La Selva», y el señor arzobispo de Tarragona los hizo también con los ordenandos 66.
Recibió la ordenación sacerdotal el día 25 de mayo de 1918, en Tarragona: «Carda está muy flamante con su presbiterado, que ha recibido esta mañana» 67, escribe el día 25 don José Cambra. La primera misa cantada la «celebró en la parroquia de Villarreal, con gran solemnidad, acompañado de muchos sacerdotes y seminaristas» 68.
SEMINARIO DE BELCHITE
Pasó las vacaciones de verano con su familia, pero trabajando con su característico celo apostólico. Le escribe don Benjamín: «No hay inconveniente en que aceptes esas platiquitas que te ofrecen por ahí, pero que no te den mucho trabajo, pues deseo que estas vacaciones sirvan para que descanses bien y adquieras buen acopio de fuerzas y energías nuevas» 69.
A partir del 1 de agosto fue a Tortosa para ayudar en el Templo de Reparación 70. Y el 12 de agosto de ese año 1918 emitió sus primeros votos trienales en Tarragona. Allí esperó su nuevo destino. Escribe don José Cambra el día 13 de septiembre de 1918: «Ayer marchó Carda a Belchite. Sintió la salida de este Seminario, pero iba resignado» 71.
Fue al Seminario de Belchite como prefecto de disciplina y profesor de Latín. «En Belchite, durante varios años, fue experto y eficaz profesor de Latín» 72. Uno de los que fueron sus compañeros de equipo testifica: «En Belchite fue un buen profesor; preparó muy bien a los alumnos» 73. Le gustaba la enseñanza y le gustaba el latín. Preparó un «Plan de Latín en cuatro cursos», fruto práctico de su experiencia, que envió a don Joaquín Jovaní el año 1931 74.
Los cuatro cursos que pasó en Belchite esta primera vez se dividen en dos etapas, marcadas por el talante, completamente diverso, de los dos rectores con quienes colaboró. De 1918-19 a 1919-20 el rector era un hombre de carácter brusco, que no sabía hacerse con la simpatía de sus colaboradores. Y hay que señalar esto para ver la categoría humana y sobrenatural de don José Pascual Carda, que supo ganarse al rector y sembrar paz entre todos sus compañeros.
El primer curso pasó rápidamente, porque comenzó tarde y no hubo tiempo para cosas marginales. Una epidemia de gripe obligó a retrasar el comienzo de curso hasta finales del mes de noviembre 75. Don José Pascual Carda aprovechó el tiempo preparándose mejor para las clases. «Me alegro que hayas aprovechado tanto el plus de vacaciones que habéis disfrutado, para de este modo estar mejor preparado para empezar con gran provecho tus ministerios de profesor» 76.
PERMITAME QUE ME SANTIGÜE
Así comienza la carta que escribe a don Benjamín Miñana el día 30 de diciembre de 1919. Ese curso —1919-1920— resultó muy duro por discordias internas que afectaron profundamente la exquisita sensibilidad del siervo de Dios.
Por una parte, el Director General le había encargado que le comunicara todo, absolutamente todo lo que ocurría, todas sus impresiones 77. Por otra parte, le dolía muchísimo tener que hablar de las deficiencias de los hermanos. «Permítame que me santigüe y pida el auxilio de Dios para que no se me vaya la pluma y diga cosa que no sea» 78.
Mantuvo una tremenda lucha interior entre hablar y callar. Don Javier Santonja, que moriría al mes de escribir esta carta, le aconsejaba al siervo de Dios que no escribiera: «Luego que comenzamos las tareas del curso y se vio el giro que tomaba la marcha íntima de esta casa, quise darle cuenta a usted de las cosas que aquí teníamos; pero don Javier me disuadió, diciéndome que bastantes espinas tenía usted en su corazón y que no era menester que le clavara yo ésta más.
»Desistí; pero ahora que sé que ya le han escrito a usted sobre esto, y como mí situación aquí es muy especial, he juzgado necesario escribirle estas letras» 79.
El supo mantenerse en su puesto, pero sufría por unos y por otros. Escribe para que le aconseje el Director General cómo debe proceder: si debe cambiar de actitud, cómo puede sembrar la paz que falta. Don José Pascual se había ganado la confianza del rector y la aprovechaba «en bien de sus hermanos». Sólo pregunta esto: «Dígame cuál ha de ser mi conducta con el rector y con mis hermanos» 80.
Don Benjamín Miñana, como era de suponer, contesta así a don José Pascual: «Lo principal es asegurarte que me place tu conducta y que esa norma has de ir siguiendo en todo lo referente a esos lamentables incidentes entre los hermanos de ahí. En todo lo que no sea pecado has de estar siempre al lado del superior, sin importarte nada de lo que los que están enfrente de éste puedan decirte. Y, si fuera necesario, puedes contestar que ésas son las instrucciones que yo te he dado, y mis deseos» 81.
Siendo el más joven, era el más sensato. Porque era muy hijo de Dios, era muy hermano de todos y gozaba la dicha de ser pacificador. No pertenecía a ninguno de los dos bandos; era independiente; pero le dolía enormemente la ausencia de verdadera fraternidad.
El Director General tiene que poner los puntos sobre las íes a unos y a otros: «Escribo al rector de Belchite, repitiéndole con el mayor encarecimiento que reforme sus brusquedades... y a don X, que es el que más encontrado está con el rector, escribo aparte y encargo también que sea más correcto con éste y mutuamente se sufran» 82.
SUAVIZANDO ASPEREZAS
Don José Pascual Carda hizo cuanto pudo para serenar los ánimos, y consiguió mucho más de lo que esperaba.
Le escribe don Benjamín, el día 4 de febrero de 1920: «Una vez más he de aplaudir tu conducta. Continúa así» 83. Y el 4 de marzo: «Sigue la misma norma de conducta y, predicando aún más con el ejemplo y con tus oraciones, ayuda a salvar esa vidriosa situación» 54.
No deja de recomendarle que sea el pacificador. Como don José Pascual era bueno, el General esperaba mucho de él: «Sigue comunicándome lo que conviene que yo sepa y sigue también siendo el 'ramo de olivo' de paz y armonía, suavizando asperezas y templando gaitas. En verdad, es un mal oficio, pero muy provechoso» 55. El 14 de mayo de 1920 le vuelve a insistir: «Deseo que tú sigas ejerciendo el oficio de mediador que te encomendé, y a la acción une la oración, que todo lo puede» 86.
Hay que contar todo esto, porque nos hace ver mejor la generosidad del siervo de Dios, que pocos años después hará uno de los sacrificios más grandes de su vida en favor del hermano que más le hizo sufrir aquella temporada.
Ahora bien, la conciencia delicada de don José Pascual siempre le hacía temer. ¿Sería mejor callar? ¿Sería mejor esperar? Esperar ¿qué? El peligro de que un día estalle todo públicamente. Pide perdón, por si no ha obrado bien. Y don Benjamín: «No solamente no necesitas perdón, antes debes seguir diciéndome, como hasta ahora, todo, todo» 87 le dice el 28 de junio de 1920.
Gracias a su intervención ante el Director General y ante todos los hermanos del equipo se pudo llegar menos mal a final de curso.
Durante el verano desplegó su celo pastoral dirigiendo tandas de ejercicios a las religiosas de Belchite y de toda la comarca 88.
Practicó sus ejercicios espirituales en Valladolid, y desde el día 13 de agosto pasó las vacaciones en Villarreal 89.
EL NUEVO RECTOR, ACERTADÍSIMO
Mucho preocupaba a don José Pascual la situación del Seminario de Belchite, y muchísimo más al Director General, que le escribe el 25 de agosto de 1920: «Me ocupa y preocupa Belchite. Confiemos que Dios nuestro Señor nos enviará la solución que más ha de convenir» 90.
La solución estaba en marcha. Diría el siervo de Dios don Pedro Ruiz de los Paños: «Los Seminarios tendrán nuestra propia fisonomía y llevarán nuestro ritmo» 91.
Cambiaron al rector, «de carácter desconfiado y violento» 92, pero del que dice también don José Pascual: «Yo guardaba de él muy buena memoria y veía, en medio de su extremada sencillez, muchas virtudes que imitar» 93. Y cambió el ritmo y la fisonomía de casa.
Para sustituirle fue nombrado un futuro mártir, hombre muy inteligente, muy bueno, el siervo de Dios don Mateo Despóns Tena, que recibió la palma del martirio el día 13 de agosto de 1936. «Tu nuevo rector, don Mateo Despóns, está en San Mateo. Escríbele, poniéndote a sus órdenes» 94.
El 15 de octubre de 1920 don José Pascual Carda cuenta al Director General el cambio tan positivo que se va realizando en el Seminario de Belchite, le habla de su satisfacción por la paz que se respira, el contento de poder trabajar así. «Carda, de Belchite, escribe muy contento de la buena marcha de aquel Seminario y que el nuevo rector está acertadísimo en todo» 95. Don Benjamín Miñana contesta el 25 de octubre a esa carta, «corta, pero sabrosa, y para mí tan llena de consuelos» 96.
Y la verdad es que todo el equipo respiraba igual: «J. T, de Belchite, escribe que todo allí son glorias» 97. Y hasta el difícil y vidrioso don X «escribe que va todo bien allí. Dice que obedece gustoso todo lo que el rector le ordena» 98.
Don José Pascual trabajó aún más, porque podía trabajar más a gusto. Dice don Mateo Despóns, en carta del 11 de diciembre de 1920: «Tarín y Carda, incansables para trabajar, y entretienen muy bien a los niños en los recreos con juegos variados e interesantes» 99.
Fue un curso lleno de paz. Al finalizarlo, escribe don Mateo Despóns, el 12 de junio de 1921: «Ayer marcharon don José Tarín y don Pascual Carda. Bien merecido tienen el descanso. Don Pascual se encuentra muy fatigado. Ambos han trabajado a rabiar, es decir, con muchísimo interés y espíritu de Hermandad» 100.
Emitió los votos del segundo trienio el día 12 de agosto de 1921. Le dice don Benjamín Miñana que fue admitido «para el nuevo trienio por unanimidad» 101.
UNA ESCAPADA A ROMA
Con muy buenas perspectivas comenzó el curso 1921-1922. No faltaba trabajo; pero, cuando se vive la verdadera fraternidad, hasta el trabajo se hace más llevadero. Dice don Mateo Despóns, el 25 de octubre de 1921: «Tarín y Carda están menos ocupados que el año pasado, y trabajan mucho y contentos» 102.
Sólo se encarga más trabajo al que ya trabaja bastante. Los que no trabajan sólo saben dedicarse a matar el tiempo. Don José Pascual Carda, además de prefecto de disciplina y profesor, tenía tiempo para ir escribiendo la historia de la Hermandad en el Seminario de Belchite. Le dice don Benjamín Miñana el 3 de mayo de 1922: «Me consolaron mucho las buenas noticias que me comunicabas y el verte tan santamente entretenido todos los minutos del día. Así debemos estar siempre, sin que sepamos siquiera qué cosa sea la ociosidad. Y ya nos darás a saborear tu labor de historia de ese Seminario» 103.
Comenzó a recoger los datos para esta historia el siervo de Dios don Juan Valles, que enfermó muy gravemente siendo rector del Seminario de Belchite el curso 1916-1917. Tuvo que interrumpir su tarea. La continuó don José Pascual Carda y luego se encargó de ella don Mateo Despóns 104.
El Seminario progresaba de día en día. No se trata sólo de testimonios de los Operarios que allí trabajaban. El señor obispo auxiliar de Zaragoza fue a hacer la visita pastoral al Arciprestazgo de Belchite y estableció en el Seminario su residencia. Quedó plenamente satisfecho de la marcha del Seminario, donde vivió una temporada con los superiores. Lo registra, con orgullo santo, don Benjamín Miñana en su Crónica: «Escribe también el mismo obispo auxiliar contentísimo de los Operarios de aquel Seminario y del modo cómo en pocos años han cambiado aquella comunidad, que encuentra del todo transformada en bien» 105.
Antes de finalizar el curso los dos hermanos Carda, Blas y José Pascual, proyectaron un viaje a Roma. Escribe, el día 1 de marzo, don Mateo Despóns al Director General: «Carda pensaba ir a Roma, el próximo verano, con su hermano, el cura de San Jorge; antes de pedir permiso a usted, lo pidió a su padre, para que le pagase todos los gastos del viaje, y aún no ha recibido contestación» 106.
Pero el 5 de mayo de 1922, «don Pascual Carda, de Belchite, escribe sin novedad, y pide permiso para acompañar a su hermano sacerdote a Roma, terminado el curso y pagando su familia todos los gastos» 107. El 8 de mayo don Benjamín le autoriza para realizar este viaje con su hermano.
Vino a ser como un premio a su labor en el Seminario de Belchite. Terminado el curso, los dos hermanos mártires hicieron el viaje, y a mediados de septiembre estaban de regreso: «Don Pascual Carda, desde su pueblo, comunica su feliz regreso de Roma, contentísimo él, como su hermano, de dicha excursión» 108.
DE NUEVO EN TARRAGONA
Al comenzar el curso 1922-1923 fue enviado otra vez al Seminario de Tarragona, ahora como prefecto de la sección de Teología. Casi dos cursos ejerció este ministerio, que resultaba mucho más difícil que cuando sólo tenía a sus «filosofillos», y muchísimo más complicado que el Seminario Menor de Belchite. Además, eran años críticos de exacerbación «catalanista», con fuerte repercusión en el Seminario. Escribe don José Cambra: «Estuve más de una hora con su eminencia, hablando de separatismo, seminaristas separatistas y otras cosas de política. Quiere que no se permita la entrada del separatismo en el Seminario, y a esto le dije que era imposible, porque ya está muy adentro y que ya hace más de dos años que tiene carta de naturaleza entre los seminaristas. Dije además que esto ha creado un estado de indisciplina y de independencia muy peligrosos» 109.
En tales circunstancias era muy complicado «entender a estos difíciles teólogos» y, a pesar de que Carda «es muy bueno, piadoso y buen espíritu», no tiene «la picardía necesaria para esta gente tan especial» 110. Era evidente. «Son varias las concausas de estas actitudes en los teólogos, pero nosotros no podemos quitarlas. Las sabe quien puede y hay que dejar que los hechos, con el tiempo, impongan otras orientaciones» 111.
A pesar de todo, trabajó con tesón y firmeza para lograr buenos sacerdotes.
Si don José Pascual echaba de menos Belchite, el rector de este Seminario añoraba más aún a don José Pascual. Cuando se está planificando la distribución de personal para el curso 1923-1924 dice don José Cambra al Director General: «¿No podría llenar el hueco de Belchite Carda? Creo que volvería con gusto allá» 112. Pero a los pocos días se retracta. Escribe el 14 de septiembre de 1923: «Al recibir su carta última, ya había escrito a Despóns la imposibilidad de enviarle a Carda. No conviene en manera alguna dejar tan mal atendido esto» 113.
Pero don Mateo Despóns insistía el 15 de septiembre: «Por lo que me dijo usted en Alcanar, creía que Carda sería quien vendría aquí... Haga usted lo posible para que venga Carda. Es el más indicado» 114.
Quedó en Tarragona. Pero no iba a terminar allí el curso. Los caminos de Dios son distintos de los que trazan los hombres.
PIDEN AYUDA DE MÉXICO
La escasez de personal ha sido desde siempre la tortura de los que dirigen la Hermandad. Poca gente para demasiados huecos que se han de llenar. El Beato Manuel Domingo y Sol solía decir que la tela no da para tanto. En México, a causa de la revolución, tuvieron que dejarse las casas y salir los Operarios. El año 1923 los dos Operarios que pudieron regresar pedían refuerzos a toda prisa. Eran muy pocos para mucho trabajo. Después de varios compases de espera, el día 4 de septiembre de 1923 don Benjamín Miñana creía haber encontrado una solución. «A don Tomás Cubells, de México, contesto a otras cartas de él y le comunico que ¡al fin! se les puede enviar refuerzo, pues están ya designados para ir a ayudarles los operarios don José Pía y don Juan Mas» 115.
Tan hecha estaba la cosa que en la Hoja de Personal del curso 1923-1924 figuran en la casa de México estos dos Operarios. Pero el día 8 de diciembre de 1923 «don Tomás Cubells, de México, envía un cablegrama comunicando que otra vez está México en plena revolución y conviene que suspendan el embarque los dos Operarios que han de ir allá. Y es ésta una nueva contradicción, si bien para mí será solución para el personal de Ciudad Real» 116. Allí estaba don Juan Mas hasta que embarcara.
El 19 de marzo de 1924 —San José siempre echa una mano— «don Tomás Cubells, de México, envía un cablegrama, diciendo que ya pueden embarcar los dos Operarios nuevos que han de ir a ayudarles» 117.
Ya el 4 de marzo escribía don Tomás Cubells: «Según parece, va disminuyendo la revolución y no sería extraño que para el 10 de abril pudieran embarcar los refuerzos» 118.
Estaba todo listo. Sólo faltaba embarcar. Pero... no habían terminado las dificultades. El 2 de abril don José Pía dice que no puede ir a México 119.
A buscar suplente. «En vista de esto y de que don José María Arnau ha manifestado deseos de trabajar en México, escribo al rector de Toledo, donde ahora está Arnau, preguntando si puedo disponer de Arnau para enviarlo a México, y que me conteste pronto, porque el tiempo urge» 120.
Don Juan José Salomón, rector del Seminario de Toledo, contestó pronto; pero, con toda humildad, expone las muchas razones para que no se cuente con Arnau: «El rector de Toledo, contestando a mi consulta, dice que es imposible que, estando en pleno curso, salga de allí don José María Arnau, pues hace mucha falta. Y me trastorna, porque, fallando don José Pía, no sé qué compañero dar a don Juan Mas para el viaje a México» 121.
Y toma, con sus consejeros, la solución de no enviar a nadie, aunque le duele mucho tener a sólo dos Operarios en México, con mucho trabajo y bastantes achaques. Escribe a don Juan Mas para que se reintegre a Ciudad Real.
SE GANA MUCHO EN EL CAMBIO
Don José Cambra era miembro del Consejo Central de la Hermandad y habló en Tarragona de las dificultades que tenía el Director General para encontrar uno que fuera a México. Don Juan Mas estaba en Tarragona para despedirse de la familia y embarcar. Don José Pascual Carda era generoso y decidido. No lo pensó dos veces. Se presentó a su rector y le dijo como el profeta al Señor: «Aquí estoy; mándame» 122.
Don Juan Mas se va a Tortosa con dos cartas: una de don José Pascual, «ofreciéndose generosamente a ir a México, y otra del rector de Tarragona, confirmando dicha buena noticia» 123. Escribía don José Cambra: «Carda se me ha presentado esta mañana dispuesto a ir a México y embarcar el día 25 con Mas, o ir adonde convenga hasta fin de curso» 124. Era el 9 de abril.
Todo fue rápido, como a él le gustaba. El 10 de abril ya está don Juan Estruel arreglando los pasajes y Carda va muy contento 125. «Don Pascual Carda escribe su contento y entusiasmo por ir a México» 126.
Se puso de acuerdo con su hermano Blas, que aprobó la decisión y se encargó de comunicárselo él a sus padres. «Carda estará aquí hasta el Jueves Santo y el Viernes es fácil que vaya a Villarreal, si el cura de San Jorge lo cree conveniente, pues a éste comunicará su resolución para que lo vaya diciendo a los padres» 127. Su hermano estaba conforme, «y esto es una gran ventaja» 128
El 18 de abril, «como tenía anunciado, ha venido Pascual Carda para despedirse y pedir la bendición para su viaje a México. Va a su pueblo para despedirse de sus padres, muy animado» 129.
Al enterarse el siervo de Dios don Tomás Cubells de que iba don José Pascual Carda, en vez de don José Pía, no puede contener la alegría. Escribe el día 2 de mayo de 1924: «Recibo la suya muy grata y consoladora del 13 de abril, y veo que al fin el Señor quiso proporcionarle un buen Operario para estas tierras. ¡O felix culpa!, podría decir, si no hubiera ocasionado a vuestra reverendísima el malestar que supongo; pero, en verdad, se gana mucho en el cambio; pues conozco a don Pascual por haber estado conmigo en Tarragona» 130.
Don José Pascual no daba importancia a su gesto. Le parecía lo más natural. Un poquillo se le estrujó el corazón cuando el barco zarpó de Cádiz, desde donde escribió el último saludo antes de dejar España 131. En el proceso testifica don Juan Mas: «Fue a México voluntariamente; se ofreció a acompañarme, cuando yo fui destinado a México y no se encontraba otro para venir conmigo. Fue para el siervo de Dios un gran sacrificio, porque sus padres eran ancianos. Fue a pasar unos días con ellos antes de embarcar, pero no les dijo que se iba a México. Al hacerse a la mar el barco, me dijo: Ahora comprendo el sacrificio que me he impuesto» 132.
Como estaba prohibida la entrada de sacerdotes, «entró en México como viajante, representante de tejidos, vestido de seglar» 133.
EMPEZANDO A «FUNGIR»
Llegó a México el día 24 de mayo de 1924: «Supongo recibiría el cable que le puse el día 24 de este mes comunicándole la feliz llegada de Mas y Carda a estas tierras» 134. El siervo de Dios don Tomás Cubells, en su calidad de superior, envió a Veracruz un hombre de su confianza que sabe tratar a las personas y complacerlas, «sacrificándose y desviviéndose por atenderlas, mayormente si se le dan amplias facultades y dinero para los gastos. Todo esto se lo di y cumplió como bueno, y los nuestros llegaron contentísimos y haciéndose lenguas, pues, de un principio, creyeron que el buen hombre pagaba de su propio peculio» 133.
En seguida quiso presentarlos al arzobispo de México, y en la secretaría «me dijeron que podían ejercer y fungir». Luego ya les dieron por escrito las licencias.
Como en México había mucho que hacer, don José Pascual Carda se aclimató muy pronto. «En México trabajó mucho; era el confesor más asiduo» 136. Dice don Tomás Cubells: «El padre Pascual trabaja mucho (en el silencio) y tiene mucha clientela. Me gusta mucho más el carácter de Pascual que el de Mas, sin que el de éste me disguste ni me desagrade... por ahora» 137.
El 10 de julio ya está del todo metido en harina. Lo cuenta don Tomás Cubells: «Diga a esos buenos Operarios que rueguen mucho por los que tenemos aquí el campo de operaciones con poco descanso y mucho trabajo. Que lo diga el padre Pascual Carda, que se pasa las horas en el confesonario y ni le dan tiempo para estudiar. Como está el primero, al entrar en el templo, los fieles que buscan un padre Topete, o un padre Cualquiera, allí se quedan y, sin duda, por la bondad y paciencia, y abnegación y dulzura del padrecito, ya no lo dejan, y el pobre apenas tiene un mes de ejercitar la paciencia, y me lo tienen santamente ocupado todo el día. Pues don Pascual es un santito, y creo que hará muchísimo bien en las almitas que el buen Jesús se digne confiarle a su dirección y cuidado» 138.
También don Tomás Cubells asegura que don José Pascual Carda «tiene aptitudes para predicar» 139. Y tanto, que el día 30 de julio de 1924 «celebró don Laurentino García sus bodas de plata sacerdotales, de un modo solemne», y en la misa «predicó un notable sermón nuestro don Pascual Carda, entusiasmando a los oyentes» 140. Don Laurentino se hizo «más santito, como le llaman sus devotitas», con ocho días de ejercicios en el Santuario de Nuestra Señora de los Remedios, distante de la capital unas tres leguas.
Emitió los votos del tercer trienio el día 12 de agosto de 1924.
LE HABRÉ DE PARAR LOS PIES
Don José Pascual Carda era todo un apóstol desde sus tiempos de seminarista 141. Era un trabajador empedernido, un auténtico Operario. Pero trabajaba con tanto brío, que llegó a preocupar a don Tomás Cubells. Se lo dice éste a don Benjamín el 21 de noviembre de 1924: «El padre Pascual, preparando novenario y panegírico para la Inmaculada, que se celebrará en nuestra capilla, a más de lo mucho que trabaja en el confesonario y fuera. Creo que le habré de parar los pies, porque temo que me lo enfermen. El está fuerte y contento, y trabaja con gusto» 142.
El 14 de enero de 1925 escribe el siervo de Dios: «Ya era hora de escribirle, ¿verdad? Perdóneme, pero no han permitido más mis ocupaciones del mes de diciembre. Fue éste el mes más fecundo en trabajo de todo el año. Nunca, desde que estoy en México, habíamos confesado tanto. Dios sea bendito por todo y que nos lo aumente todavía más hasta la muerte» 143.
El trabajo nunca estorba al buen humor. Don José Pascual Carda era el más joven del equipo. Tenía derecho a creer en los Reyes Magos. «El padre Pascual puso un zapato en el corredor y otro en la ventana, y se conoce que los Reyes despertaron tarde por la trasnochada, y no se dieron cuenta de que había un niño en la casa. Ya reclamaré a los Santos Magos y no le faltará un premio, porque se lo merece» 144.
CON CALLES... ¡A LA CALLE!
El 5 de diciembre de 1924 el siervo de Dios don Tomás Cubells pone en guardia al Director General: «Estamos ya gobernados por el presidente Calles, y todavía no sabemos qué rumbo tomarán las cosas... Por de pronto, los ministros son poco afectos al catolicismo.» Además dicen que México padece dos gravísimos males: «el mucho beber y el mucho rezar; y hay que poner remedio con el estado seco y quitar templos y suprimir curas» 145.
Los más extremistas refrescan de vez en cuando al Gobierno el artículo 130 de la Constitución, referente a los sacerdotes extranjeros. «Se teme que dentro de poco se limite el número de sacerdotes que debe haber en cada población y el número de iglesias abiertas al culto» 146, escribe el 15 de febrero de 1925 don Tomás Cubells. El 24 de febrero «las cosas siguen igual o peor. Está esto muy feo, como dicen aquí» 147.
La llamada «Iglesia Cismática», es decir, tres o cuatro curillas alocados, con el autonombrado patriarca Pérez a la cabeza, se ha apoderado, a punta de armas, de la iglesia de la Soledad. Están patrocinados por el Gobierno. «No vivimos en estos días más que de alarmas y sobresaltos» 148.
El 16 de marzo: «No hemos ejercido ningún ministerio públicamente por prudencia y probablemente estaremos así hasta que el buen Dios se compadezca de este pobre país y ponga remedio» 149.
Los sacerdotes Operarios proponen a la «mitra» que se nombre capellán del templo de San Felipe de Jesús al sacerdote mexicano padre Aguilera, para evitar que el Gobierno se apodere del templo, porque «la persecución está declarada y, si Dios no lo remedia pronto, no sería extraño que hubiésemos de abandonar el campo» 150.
Ya el 30 de marzo de 1925 no pueden ejercer ministerios públicamente, porque hay órdenes de «consignar» a los sacerdotes extranjeros que se atrevan a «fungir». Los cuatro sacerdotes Operarios que trabajan en México tienen que dispersarse por casas de buenos amigos 151.
En Semana Santa hubo un compás de espera. Escribe don Tomás Cubells el 12 de abril de 1925: «Esta Semana Santa hubo un compás de tregua por haberse marchado las autoridades a sus vacaciones de primavera, por no decir de Semana Santa» 152. Y el 20 de mayo: «Mientras no se nos eche por la violencia, aquí estaremos, en casa o fuera de ella, en público o en privado, ocultos o desconocidos, hasta que Dios quiera salvar a México» 153.
Pero aquellos hombres tenían una gran paz interior: «Estamos muy hermanados, pues veo caras alegres y tranquilas» 154. Hasta que finalizara el verano los iban a dejar en paz.
LA CRUZ ESTABA SEGURA
El 13 de julio de 1925 don José Pascual Carda practicó sus ejercicios espirituales en Tlalpam, «distante dieciocho kilómetros de esta capital». Los hizo en una casa de religiosos llamados del Espíritu Santo, «fundación mexicana. Se dedican a las misiones y a la reparación» 155. «El padre Pascual quedó enamorado del lugar, de las atenciones y deferencias que tuvieron con él. Junto a la casita, o noviciado, hay una huerta grandísima de más de cien mil metros cuadrados, plantada de árboles frutales del país y extranjeros, cedros altísimos y otros árboles de sombra, flores, etc.» 156.
En septiembre «se hace gran propaganda con el fin de que hagan cumplir el artículo 130. En Taumaulipan acaba de dar el gobernador la orden que dejen de ejercer su ministerio los sacerdotes extranjeros» 157.
Los tuvieron en jaque todo el año 1925, con inspecciones, la mayor parte de las veces sólo por sacar la correspondiente «mordida»; con inventarios, ya que cuanto había en el templo tenía que ser propiedad del Gobierno. Un continuo sobresalto.
Para colmo de desdichas, un huracán casi tira la cruz que remata el templo. Escribe don Tomás Cubells el 18 de diciembre de 1925: «Voy a darle noticia de una alarma infundada que tuvimos ayer aquí con ocasión de un fuerte vendaval. En la mañana se desencadenó una tempestad de viento huracanado que arrancó árboles y tiró casas. En nuestro templo, la cruz de hierro que corona la torre o arista del frontiscípio se inclinó bastante y parecía que se venía al suelo. Los gendarmes, las gentes que pasaban por la calle, asustados, daban aviso; pero imposible hacer algo en medio de aquella tempestad, que se llevó del tejado láminas y dos canales.
»Se presentaron gendarmes, policías, comisario. Se impidió el tráfico por la calle; pero yo estaba tranquilo porque sabía que la cruz estaba segura, aunque muy inclinada con la bola que sirve de pedestal» 158. Lo que faltaba: otra razón contra los sacerdotes extranjeros. Y «costará la bromita del huracán cuatrocientos pesos, que habremos de pagar nosotros» 159.
El 8 de enero de 1926 llegó esta comunicación: «Al señor encargado del templo de San Felipe de Jesús. El Gobierno del Distrito tiene conocimiento de que en el templo de San Felipe de Jesús ofician cuatro sacerdotes de origen español y que responden a los nombres de Juan Mas, Laurentino García, Pascual Carda y Tomás Cu-ells, y a fin de que se proceda en la forma correspondiente, me permito recomendar a usted, por acuerdo del ciudadano gobernador, se sirva acatar desde luego lo dispuesto en el artículo 130 de la Constitución General de la República = Sufragio Efectivo. No Reelección = México D. F. a 8 de enero de 1926 = El oficial mayor = Luis Jaso = Rubricado» 160.
Los Operarios quedaron muy preocupados, porque dicha comunicación «debe obedecer a una denuncia que alguna persona malévola hizo contra nosotros» 161.
Don Tomás Cubells hasta llegó a sospechar del padre Aguilera, quien, «en vez de sacarnos de apuros, tal vez nos apuraría para que dejáramos esto». Además, cuando vino la policía dijeron «que el capellán que tenían los padres de San Felipe era su mayor enemigo» 162.
El arzobispo «nos aconsejó nos abstuviéramos unos días para ver en qué consistía la denuncia» 163.
SUSPIRANDO POR MÉXICO
El día 11 de febrero de 1926 escribe don Tomás Cubells su última carta desde México. Pensaba tomar el barco para regresar a España, animado por los Operarios más jóvenes, a pesar de que las dificultades no amainaban y la incertidumbre era cada vez mayor. Le prometieron pasaje para el día 26 de marzo.
Se daban tales altibajos en toda la persecución revolucionaria de México, que los Operarios tenían que actuar como Dios les daba a entender, siempre expuestos, pero siempre dispuestos.
Ahora bien, el 26 de marzo estaba muy lejos. A don Tomás Cubells lo iban a embarcar mucho antes, y bien acompañado. Precisamente ese mismo día, 11 de febrero de 1926, fueron expulsados de México los cuatro sacerdotes Operarios. Estaban en el confesonario, «al pie del cañón», dice don Juan Mas: «Salimos de México expulsados. Nos detuvieron a los cuatro Operarios que estábamos en México. Estábamos 'al pie del cañón', en la iglesia. Nos mandaron ir a la Comisaría, y de allí al tren, y del tren al barco, entre bayonetas» 164.
El mismo don José Pascual Carda «contaba cómo fue obligado a marchar, hallándose sentado en el confesonario» 165.
Dice don Benjamín Miñana: «Don Tomás Cubells, de México, escribe, fecha 11 de febrero, todavía tranquilísimo y exponiendo y proponiendo planes y proyectos para allí; y precisamente aquel mismo día fue la expulsión de ellos» 166.
Llegaron a La Habana «casi en la miseria y abandonados» 167. El día 3 de marzo desembarcaron en Santander y «se están haciendo los hábitos talares» 168.
Don José Pascual Carda llegó a Tortosa el día 9 de marzo de 1926, e inmediatamente partió hacia Valencia para hacerse cargo de la dirección espiritual del Colegio de Vocaciones, sustituyendo a don Juan Bautista Calatayud. Y allí «está trabajando don Pascual Carda, muy animado, pero suspirando por México» 169. Siempre conservó un cariño especial por esta nación: «Sé que en México fue perseguido y expulsado por su condición de sacerdote. Le oí hablar siempre con mucha compasión por la suerte de aquella nación, sin manifestar nunca ni odio ni antipatía a los perseguidores y al Gobierno que tanto les hizo sufrir y después le cerró la entrada» 170.
DE UNO QUE ERRO SU VOCACIÓN
Actuó en Valencia hasta que finalizó el curso. Durante las vacaciones de verano espera en Villarreal órdenes sobre su nuevo destino 171. Pero muy pronto volvió a Valencia para ayudar en todo lo que pudiera. El 21 de octubre se fue a Toledo, acompañando al Director General, que iba al Congreso Eucarístico Nacional, y llevaba a don José Pascual para que fuera prefecto del Seminario de Toledo. Pero el Señor tenía otros planes.
En el mes de julio de 1926, un sacerdote burgalés, condiscípulo de don Vicente Pereda, a la sazón rector del Seminario de Vallado-lid, quiso ingresar en la Hermandad. Ya era mayorcito, y el pobre se equivocó, creyendo que, como Operario, podría llevar vida de «cartujo». Se llamaba don Lope Rueda. Quería estar, al menos el primer año, al lado de su condiscípulo don Vicente Pereda. «Le he dicho que por mí no hay inconveniente, pero que lo pidiera a usted.» Don Vicente Pereda se resigna: «Menos ayuda tendré por su inexperiencia; pero qué le voy a hacer» 172.
Hasta que tuvo que meterse en harina, don Lope Rueda funcionó lo suficiente. Dice don Vicente el día 26 de septiembre de 1926: «Lope, como siempre, muy bueno; esperemos que vaya entrenándose cada día más» 173. Pero el 11 de octubre las cosas se habían puesto un poco patas arriba: «Empieza a preocuparme Lope Rueda con su vida de cartujo, de la que no le puedo sacar, porque dice no se lo permite su salud» 174.
El 24 de octubre estaba imposible, casi de remate, el veterano Rueda, que no podía rodar: «Repite que no puede cumplir con su deber, que se muere antes de un mes, y que lo más que puede esperar son quince días a que venga el suplente» 175.
Pero lo más importante es que se ha dado cuenta —un poco tarde— de que la vida en la Hermandad es para los demás. El hombre se creía que sólo se iba a preocupar de sí mismo, y comprobó que tenía que preocuparse de todos menos de él. Ya decía el Beato Manuel Domingo y Sol: «El Operario ha de estar siempre a merced de todos y ser todo para todos» 176.
Don Lope Rueda vio «que no ha hallado aquí lo que esperaba: poder dedicarse a sí mismo, observando que nuestra vida es toda para los demás» 177.
Don Benjamín Miñana venía tragando saliva desde días atrás, porque «don Lope Rueda, el veterano, que hizo su consagración para el año de probación el pasado mes de agosto y que, a petición de su condiscípulo, el rector de Valladolid, está en aquel Seminario ejerciendo el cargo de padre espiritual, me escribe que está enfermo y acobardado, y no se siente con fuerzas para la vida de Operario, y resuelve volver a su parroquia, y me crea un conflicto porque no sé a quién enviar a sustituirle a Valladolid» 178.
SEMINARIO DE VALLADOLID
El Director General abrió los ojos de repente y vio a su lado a don José Pascual Carda, el hombre que siempre dijo que sí. Y resolvió, también de repente, enviarlo como director espiritual al Seminario de Valladolid. «En vista de esto, resuelvo enviarle a don Pascual Carda, al que traje a Toledo para quedarse en este Seminario como prefecto de colegiales» 179.
Llegó a Valladolid el día 28 de octubre de 1926, a las dos de la madrugada, porque hubo el descarrilamiento de un tren. Don Vicente Pereda, radiante de contento, dice: «Está satisfecho, y yo, ¡ya puede usted suponer!» 180.
A mediados de diciembre dirige los ejercicios espirituales a los ordenandos 181. La síntesis de su actuación la describe en pocas palabras el rector: «Carda está en su oficio» 182.
Hizo un viaje relámpago a Villarreal para asistir a la profesión de su hermana religiosa 183, que además era dirigida espiritual suya: «No deja de ser un testimonio singular de aquella prudencia y virtud, que admiraban sus mismos familiares, el hecho de que su hermana religiosa le escogiera por director espiritual, con el consentimiento de sus superioras» 184.
En Valladolid trabajó mucho y bien. Terminó el curso rendido y fatigado 185. Emitió sus votos indefinidos el 12 de agosto de 1927.
Tuvo oportunidad de entablar estrecha amistad con don Daniel Llórente y Federico, futuro obispo de Segovia, que era confesor del Seminario y dirigía la catequesis en la que actuaban los seminaristas 186.
El 17 de agosto de 1928 don Joaquín Jovaní comunica a don Vicente Pereda que va a destinar a otro sitio a don José Pascual Carda. Le escribe una carta muy diplomática, rogando, más que mandando, para tener más fuerza: «Tibi solí. Yo espero no encontrar dificultades de parte de usted, caro don Vicenzo, porque de lo contrario..., así lo confío. Ya sabe usted que Carda fue destinado a esa dirección espiritual por carambola. Ahora quiero vaya a sustituir al vice de Zaragoza; pues, aunque sé que hace bien el cargo que tiene, ha de hacer otro y tiene edad para ir en pos de los chicos... Como estoy seguro que lo que usted quiere es ayudarme, le faculto para que le comunique la decisión al buen don Pascual. Si quiere, puede ponerse al habla con don Lorenzo Insa» 187.
Don Vicente Pereda contesta resignado: «Si es necesario disponer de Carda para otra parte, aun sintiéndolo por el papel que aquí desempeñaba, qué le he de decir ni hacer» 188
SEMINARIO DE ZARAGOZA
Hubo de esperar hasta el 22 de septiembre en Valladolid, con gran satisfacción de don Vicente Pereda, que todavía esperaba lo dejasen con él. Don José Pascual se dedicó a hacer la apología del que iba a ser su sustituto, que no le caía demasiado bien al señor rector de Valladolid 189.
Por su parte, con disponibilidad absoluta, estaba sencillamente esperando lo que le mandaran. En principio, Zaragoza; a última hora..., ni se sabía: quizá otra vez Toledo, donde no se pudo estrenar. Escribe don Joaquín Jovaní: «Carda que no se mueva aún. Le avisaré probablemente por telegrama, y no sé si será su destino Zaragoza, como pensaba, u otra parte. Esto cuesta mucho de arreglar» 190. El 22 de septiembre don José Pascual demuestra una vez más su obediencia a rajatabla, su entrega absoluta en manos de sus superiores: «Acabo de leer su orden de estar preparado. Y ya lo estoy... Me es indiferente ir al Ebro o al Tajo; por los dos siento particular afición. Iré contento, pues» 191.
Llegó a Zaragoza y, como de costumbre, se puso a trabajar en serio. Don Joaquín Jovaní habla al rector del Seminario de Zaragoza, siervo de Dios don Lorenzo Insa, «de esos dos puntales de primera que le he mandado» 192, refiriéndose a don José Pascual Carda y a don Vicente Lores. Dice este último: «En Zaragoza conviví con el siervo de Dios y vi que se distinguía en su gran equilibrio y tacto en circunstancias difíciles; sobre todo tenía una gran habilidad en captarse la confianza de los alumnos mayores para corregir sus defectos y colaborar eficazmente en su formación sacerdotal y apostólica» 193.
Don Lorenzo Insa confirma lo que le pronosticaba el Director General, escribiéndole el 6 de noviembre de 1928: «Don Pascual, trabajando y predicando como un Operario experimentado, conociendo y sobreponiéndose a los sacrificios, penas y tribulaciones propios de nuestros ministerios» 194.
A finales de curso, en julio de 1929, tuvo lugar una peregrinación de seminaristas a Roma con motivo del 50 aniversario de la ordenación sacerdotal del Papa Pío XI. Don José Pascual tuvo que encargarse de acompañar a los seminaristas de Zaragoza porque, según el rector, «es el único que puede llevar adelante esto» 195. Contó la peregrinación en el Correo José fino de septiembre de 1929 196. Pero casi le echa a perder el viaje don Joaquín Jovaní.
UN ATRACO DE SOPETÓN
El día 5 de junio de 1929, el Director General le propone que dirija los ejercicios espirituales, los primeros días de agosto, a los operarios en Tarragona porque se ha rajado el que tenía comprometido y «resulta un calvario buscar quien cargue con esa labor... Contéstame...; pero después de pensar la propuesta delante de Jesús y de su Madrecita del Pilar» 197.
Don José Pascual se quedó de una pieza. Lo pensó rápido. Contesta al día siguiente: «6 de junio, víspera de nuestro Sagrado Corazón de Jesús». Expone con toda sencillez sus dificultades y repugnancias para tal cometido, y termina así: «Ahora digo lo único que puedo decir: 'En ego; pero, si possibile est, evítelo» 198.
Don Joaquín Jovaní se compadeció y no le estropeó el viaje a Roma. Le escribe el 8 de junio: «Esta mañana he pedido mucho en la santa misa que me iluminara el Señor la norma a seguir en lo de los ejercicios. Acabo de resolver dejarte libre para este año y con facultad para ir a Roma, según eran vuestros deseos; pero recomendándote que, ya desde ahora, vayas preparando unos ejercicios para Operarios, no digo si el año que viene, si el otro; pero prepáralos con tiempo, para darlos un año en las dos partes» 199.
A don José Pascual le faltó tiempo para contestar: «Acabo de leer su letras de ayer y he respirado. Quedo muy agradecido a su bondad y muy obligado para otra ocasión» 200.
SEMINARIO DE BELCHITE
Poco duró su actuación en el Seminario de Zaragoza. Sólo un curso. Lo suficiente para que el cronista de Zaragoza proteste, en nombre de toda la Comunidad, porque se han llevado los chicos de Belchite a don José Pascual. «Sus consejos tan saludables y tan prácticos, su carácter risueño, son cosas que no se olvidan fácilmente» 201.
El día 9 de septiembre de 1929 moría, inesperada y prematuramente, a los treinta y tres años de edad, el rector del Seminario de Belchite, don Francisco Dolz Valls, Operario muy completo, santo y sabio, del que decía uno de sus alumnos de 4.° de Latín: «Parece que Dios no lo trajo a este mundo sino para hacer más llevadera la vida a todos los que tuvieron la dicha de conocerle y tratarle» 202.
El Director General está que no sabe por dónde tirar. Escribe el mismo día 9 al siervo de Dios don José María Peris: «Con el corazón sangrando por la gravísima enfermedad de nuestro Dolz, a quien mandé bajaran el viernes desde su casa porque no tenía ni asistencia de médico en el pueblo, te pongo dos letras... Yo devanándome los sesos para encontrar arreglo para Belchite. Decidle a Jesús que tenga compasión de nosotros» 203.
Estaba reunido el Consejo Central, y decidieron enviar a don José Pascual Carda como rector a Belchite. Dice don Joaquín Jovaní a don Inocente Colom el 13 de septiembre: «Para sustituir a Dolz he nombrado a Carda, que conoce aquello y explicó latín en aquel Seminario, habiendo dejado muy buen nombre» 204.
Ese mismo día el siervo de Dios marchó a Belchite. Lo comunica don Lorenzo Insa: «Hoy ha salido don Pascual Carda para Belchite, con la bendición del prelado, con la opinión favorable y con buen ánimo. ¡Dios sea bendito!» 205.
Comenzó el curso en Belchite con 218 alumnos. «Estamos muy apretados» 206. Tiene que ver la forma de que todos estén bien instalados. Se preocupa solícitamente de todo: del agua potable en abundancia para la casa y de dirigir los ejercicios espirituales a los alumnos 207. El 26 de octubre anda de cabeza con el teléfono, cosa muy importante por bien del pueblo. «El señor alcalde nos ha puesto en un compromiso: quiere instalar teléfono en el pueblo; son menester 15 abonados; tiene 14 y dice que el otro ya no puede ser más que el Seminario. Y si no accedemos, se queda el pueblo sin teléfono» 208.
Consiguió del prelado que, a la hora de nombrar sacerdotes para la zona de Belchite, se esmerara en que fueran de buen espíritu para ayudar a los seminaristas en las confesiones 209. Fue procurando una sensata y constante selección, así como, a la vez, trabajando en favor de las vocaciones.
«ERA UN ENAMORADO DE SER OPERARIO»
Así lo dice su hermana María en el proceso 210. Se preocupaba mucho por las vocaciones para la Hermandad. Por supuesto, se preocupaba más por las vocaciones para la diócesis.
El día 22 de febrero de 1930 escribe lleno de gozo porque puede comunicar una buena noticia a don Joaquín Jovaní: «Las buenas noticias no deben retrasarse, ¿verdad? Pues ahí va una, y valga por las malas que le leguen estos días. Ayer llegó a mi poder un cheque de veinticinco mil pesetas para una beca perpetua en nuestro Colegio del B. Avila. No se impone ninguna carga ni condición. Sólo se suplica, si es posible, que se titule 'Beca de Santa Teresita'. No puedo decirle sino que viene de México, y nada más. Por mi parte, le suplico que no diga a los Operarios que viene por mi medio: todo el mérito es del fundador y no puedo llevarme yo la alabanza» 211.
«Procuraba vocaciones para la Hermandad» 212, dice también su hermana. Y así era en realidad. El 29 de mayo de 1930 ha conseguido permiso de sus respectivos padres para tres nuevos aspirantes 213. Y el siervo de Dios don Joaquín Jovaní le dice el 5 de junio: «Bien por la redada de aspirantes que tiene preparada. Dios los bendiga» 214.
Trabajaba cuanto podía para formar cada vez mejor a los futuros sacerdotes. Le tiene que frenar un poco el Director General: «Me parece que das la meditación hablada cada día; aunque es de desear que sea así, cuando no hay posible se deja o se reducen los días. Basten tres por semana o ninguno» 215. Y don José Pascual, como siempre, está dispuesto a obedecer: «Aliviaremos un poco lo de la meditación diaria» 216.
HE VISTO CLARO QUE LO QUIERE DIOS
En febrero de 1929 pasó por Zaragoza el sacerdote Operario don Juan de Mata Martí Jaime, que regresaba a México, él solo, para preocuparse de todos los asuntos de la Hermandad en aquella nación. Don Juan de Mata Martí había pasado en México prácticamente toda su vida sacerdotal. Lo envió el Beato Manuel Domingo y Sol. Había tenido la suerte de estar en España cuando fueron expulsados los demás Operarios.
Pasó por Zaragoza y habló mucho con don José Pascual, que gozó inmensamente recordando sus días de México. Pero le quedó una espina en el corazón: «Temo que su avanzada edad no resista el nuevo cambio a 2.200 y pico metros de altura y le perdamos pronto. He escrito a nuestro doctor para que nos lo cuide» 217, escribía el 20 de febrero de 1929.
Un día, cuando don José Pascual estaba preparando, con toda ilusión, el curso 1930-1931 recibió una carta que, de momento, lo desconcertó. Era del Director General, que le dice el 13 de septiembre de 1930: «Mi querido Pascual: Recordarás que el año pasado te dije que no emprendieras obras, por cuanto no era segura tu permanencia ahí. Ahora, sub secreto y par ti solo, añado que es mi plan mandarte a México a fines de año o cuando marche el doctor Elcoro.
»Para que te suceda tengo pensado a Pujol, quien, después de ser impuesto por ti durante el tiempo que convenga, quedaría en ésa. Dime si tienes inconveniente alguno en volver allá, en donde el pobre Martí está demasiado solo y, por otra parte, todos los extranjeros sacerdotes o religiosos han vuelto y viven en paz» 218.
El siervo de Dios no esperaba tal noticia, ya que la carta del curso pasado a la que aude el Director General no era tan clara como para imaginarse eso. Le decía el día 6 de abril de 1930: «Para este año no empuje usted lo de la obra para nuevo refectorio, pues no sería difícil que, terminado el curso, tuviéramos que atender alguna necesidad que impida la estancia de usted en ese Seminario durante el verano, al menos» 219.
Don José Pascual le contesta el 15 de septiembre, «Virgen de los Dolores ¿gloriosos?)». Expone las ventajas e inconvenientes que ve, con toda sencillez y claridad. Y termina diciendo: «Usted dirá, pues, si voy o no» 220.
Pero no quedó tranquilo porque le parecía que había puesto reparos, y escribe el día 18, manifestando que sólo quiere obedecer. El día 20 de septiembre don Joaquín Jovaní le ratifica su determinación: «Tu carta del 15, con sus Dolores Gloriosos, me ha hecho reflexionar y meditar hasta hoy, en que te escribo diciendo que decididamente la resolución está tomada y que, por tanto, vayas preparando la entrega de esa casa al sucesor» 221
El 24 de septiembre don José Pascual responde: «Estoy tranquilo porque he visto claro que lo quiere Dios y me entrego en sus manos. El nos ayudará» 222.
CAMINO DE MÉXICO, PASANDO POR BURGOS
Don José Pascual Carda, como nada tenía de cómodo, era un perfecto «comodín» en manos de sus superiores. Jamás se quejó de un cambio, de un destino. Nunca se echó atrás. Podían disponer de él como quisieran. Obedecía sencillamente, viendo a Dios en quien ordenaba.
El 1 de octubre de 1930 don Joaquín Jovaní ruega al siervo de Dios don Lorenzo Insa que «le diga al señor arzobispo de Zaragoza que hemos destinado a Carda para México; más bien, que lo estaba antes de ir ahí; pero que, con la muerte prematura de Dolz y el mal estado de aquella República, nos decidimos a nombrarle para Belchite... La ida de Carda a México es tan necesaria, que si no lo mando perderemos la casa de México» 223.
El 3 de octubre le escribe a don José Pascual: «Deberás irte cuanto antes al Colegio de Burgos para ayudar al pobre Perulles, que ha quedado solo, pues mi sobrino, destinado allá, no ha podido ser operado hasta ahora» 224.
El Colegio de San José de Burgos se convertía en una concentración de futuros mártires: don Antonio Perulles, don José Pascual Carda, don Tomás Cubells y don Vicente Jovaní.
Inmediatamente fue a Burgos y estuvo ayudando con gusto, pero con deseos de embarcar cuanto antes. Dice don Antonio Perulles, que tenía muchas ganas de que continuara en Burgos: «A pesar de su intranquilidad, trabaja mucho y bien» 225. La intranquilidad era porque ya vivía, con el corazón, en México.
Le dice el Director General si podría embarcar en noviembre y la contestación fue que ya estaba dispuesto. Le escribe don Joaquín Jovaní el 12 de noviembre de 1930: «Ya vi en su carta que está casi con un pie en el estribo, digo, en el vapor, pero es por haber dado más extensión a mis palabras de la que tenían. Cuando yo le pregunté por su opinión respecto al viaje de noviembre para después resolver..., me dice usted ya está resuelto. Pero, hijo mío, ¿por qué correr tanto? Ahora, con más conocimiento de causa que entonces, digo que no es hora todavía para que usted deje eso, sino que hemos de esperar la de la Divina Providencia, tanto más que el buen Martí no le espera hasta enero, al menos» 226.
EL BUEN MARTI NO PUEDE YA MAS
Don Juan Pascual salió de España el día 22 de enero de 1931 227. Y ese mismo día falleció en México don Juan de Mata Martí. Ya temía don José Pascual que no duraría mucho cuando se despidió de él en Zaragoza. Y ya se lo temía don Joaquín Jovaní, que escribía el 3 de octubre al siervo de Dios don Mateo Despóns: «A Carda destinamos a México porque el buen Martí no puede ya más, y Dios quiera que lleguemos a tiempo» 228.
Así que, al enterarse de la muerte de Martí, don Joaquín estaba sumido en amarguras. En las cartas de esos días no puede evitar el tema. Dice el 26 de enero de 1931: «La muerte de Martí, que comuniqué por circular, me tiene atarantado. ¡Si al menos hubiera llegado allá don Pascual Carda! ¡Cómo nos prueba el buen Jesús!» 229. Escribe el 1 de febrero a don Pedro Ruiz de los Paños: «Lo de México, después de la muerte de Martí, queda como un zafarrancho. ¡Pobre Carda! Estoy trabajando en la correspondencia de Martí para orientarle» 230.
No se le iba de la cabeza el disgusto que se llevaría don José Pascual Carda al llegar a México y saberse absolutamente solo. Dice el 6 de febrero a don José Cambra: «Hoy o mañana debe llegar el buen Carda a México. Menudo desengaño va a recibir cuando se entere de la muerte de Martí. Es Dios quien nos gobierna y hemos de estar convencidos de que eso nos debe convenir» 231.
Y le preocupaba muchísimo no tener ya noticias del siervo de Dios. Escribe el 10 de febrero a don Vicente Pereda: «Esperaba ayer cable de Carda, pero no llega. Estoy algo intranquilo por eso y por todo lo de allá» 232.
YA EN BILBAO LO MIRARON CON SOSPECHA
El 13 de febrero de 1931 dice don Joaquín Jovaní a don Antonio Perulles: «Carda, al llegar a Veracruz, ha sido impedido en su entrada, según dice el cable, por enfermedad en los ojos; pero sospechamos que por haberle reconocido sacerdote, como acaban de hacer con el abad de Silos» 233. Y ese mismo día a don Vicente Pereda: «Carda no ha podido entrar en México porque los médicos le han encontrado, según dicen, una enfermedad en los ojos, pero será que han olido el aire de cura. Ha regresado a Cuba, donde espera carta mía» 234.
Don José Cambra, que fue a despedir al barco a don José Pascual, escribe el 2 de marzo de 1931: «Verdaderamente ha sido una contrariedad muy sensible la muerte de Juan Martí, y más aún sin que hubiera allí otro Operario. Lo ocurrido a Carda no me extraña y llegué a presentirlo, pues su fisonomía no se habría olvidado a los de la frontera. Ya en Bilbao le revisó el cónsul el pasaporte con sospecha. En fin, convendría así, y Dios dirá» 235.
Le hicieron regresar en el mismo vapor que lo condujo desde España, llamado «Espegne», pasando por Cuba 236.
Pero el Director General seguía preocupadísimo. Escribe a don Pedro Ruiz de los Paños el 22 de febrero: «Espero de un momento a otro que me avise Carda su llegada a Santander, pues regresa en el mismo vapor de ida. Intentó desembarcar en Cuba y tampoco pudo conseguirlo» 237. El día 28 de febrero, en casi todas las cartas, acusa su preocupación: «Estoy sufriendo por Carda» 238. «Nada sabemos de Carda, por más que esperamos aviso de su llegada de un día para otro» 239.
El 1 de marzo va en aumento la inquietud. Le dice a don Pedro Ruiz de los Paños: «Carda me contestó, después de regresar a Cuba el vapor, que también él regresaba por Santander; pero ya casi estoy intranquilo porque eso era el 17 y ésta es la hora que nada más he sabido» 240.
El 2 de marzo ya respira y escribe a don Antonio Perulles:«Acabo de recibir carta de Carda y debe llegar a este Colegio —Tortosa— hoy o mañana» 241. ese mismo día 2 de marzo de 1931 llegó a Tortosa, «con el consiguiente desencanto» 242.
el día 4 de marzo ya tiene destino. Escribe don Joaquín Jovaní al siervo de Dios don Miguel Amaro, director del Colegio de San José de Valencia: «Va destinado a ese Colegio con encargo de ayudarles en lo que pueda, que no es poco, y de curarse de la dolencia de la vista, que creo es incurable. ¡Ya ve por dónde le sale a usted la fortuna!» 243.
OPERACIÓN CRUELÍSIMA
Llegó a Valencia el día 5 de marzo. Escribe don Miguel Amaro: «Hoy recibiremos a Carda y le trataremos lo mejor que podamos y sepamos» 244.
De paso para Valencia, estuvo un día en la casa de sus padres. Escribe don José Pascual el 7 de marzo de 1931: «Desde anteayer estoy con los buenísimos Operarios de ésta. Estuve, pues, con los míos en Villarreal el día concedido y nada más. Les dije lo que había de mi viaje a México, que les sorprendió mucho, y sintieron sinceramente el fracaso, a pesar del gusto que tienen ahora de pensar que ya no podré alejarme tanto de ellos» 245.
Personalmente me impresiona la naturalidad con que ve el que sólo pueda pasar un día en su casa después de tanta trapisonda.
La carta del siervo de Dios se vuelve toda gratitud por el cariño con que lo recibió el Director General, «a pesar de los perjuicios y trastornos que por mis defectos he ocasionado a usted y a la Hermandad» 246.
Llegó a Valencia e inmediatamente se puso en manos del oculista. «Tenemos ya hora para el oculista y hoy mismo empezaré mi cura, en lo posible. Dios haga que no me haga sufrir mucho; pero si me toca esto lo ofreceré por mis pecados.» Y termina diciendo: «Pida por su inútil hijo» 247.
Ante la perspectiva de lo que le tocará sufrir no pierde el buen humor. Escribe el 18 de marzo de 1931, jugando con lo que le espera y con la semana de Pasión: «Desde el día después de llegar estoy en cura de los ojos. Acudo al oculista un día sí y otro no. Está aún en los preparativos para la operación de raspado, que será en la próxima semana de pasión» 248. Don Joaquín Jovaní le contesta el día 23: «Tu semana de pasión con la cura de tus ojitos tómala como expiación» 249.
El siervo de Dios don Miguel Amaro informa con frecuencia al Director General de la marcha de este asunto: «A don Pascual Carda le viene curando el doctor Blanco, que se promete dejarlo bastante bien, pero sin afirmar que no pueda de nuevo reproducirse el tracoma y sin hacer el milagro que desaparezcan las cicatrices; por tanto, siempre se conocerá que lo tuvo. Le cura un día sí y otro no, durando las molestias y efectos de la cura veinticuatro horas, siendo conveniente que no le dé la luz ni le caiga polvo. Así, pues, en estas circunstancias es lamentable no aprovecharse de la competencia y buena voluntad de este Operario» 250.
El doctor Blanco le hizo la operación el día 24 de marzo de 1931. Debió ser una operación muy dolorosa, a juzgar por lo que dice don Miguel Amaro: «En este momento regresamos de casa del oculista, donde han hecho el 'raspado del tracoma' al señor Carda. La operación, sencilla y rudimentaria, pero cruelísima. Todos los días volverá a la cura. El médico ha quedado satisfecho de la operación y es optimista» 251.
El 28 de marzo ya puede escribir don José Pascual: «Van unas letras —las primeras que escribo después de mi operación del tracoma—. Fue dura, pero el Señor me dio fuerzas y la resistí bastante bien. En cambio, al día siguiente, miércoles, por prolongarse un poco la cura..., me dio un vahído durante la misma. Pero no tuvo más importancia. Ahora voy todos los días, y mejorando ya, pues puedo leer y escribir» 252.
Muy pronto se sintió en condiciones de trabajar otra vez.
¡DIOS NOS SALVE!
Don José Pascual estaba entrenado en persecuciones. Diría con San Pablo que el espíritu le anunciaba persecuciones de ciudad en ciudad 253.
Se volvieron muy peligrosos aquellos años. Escribía el siervo de Dios don Joaquín Jovaní a don Carmelo Blay el día 19 de abril de 1931: «¡Somos republicanos! Y si hubieran de subsistir los que ahora han empuñado el poder, diría que de las peores Repúblicas. ¡Dios nos salve!» 254.
El día 14 de abril se implantó la República en España. Al principio, muy al principio, la cosa no parecía demasiado mala. Dice el 26 de abril de 1931 el siervo de Dios don Joaquín Jovaní al siervo de Dios don Pedro Ruiz de los Paños: «No hay muestras de querer hacer guerra con la Iglesia, al menos por ahora; pero cuando se consolide la cosa... ¡Si el Corazón de Jesús no lo remedia! Baste decir a usted que en dos años se han cuatruplicado las logias masónicas de España» 255.
Y la cosa fue rápida, mucho más rápida de lo que se podía pensar.
Don José Pascual Carda estaba aprovechando el tiempo. El 9 de abril está escribiendo una novena al Corazón de Jesús 256. Y vivía con la preocupación de que «corren peligro algunas vocaciones en este verano, y pienso a veces si sería conveniente imprimir una circular a propósito para los padres y señores curas, alentando a unos y otros» 257.
UN DESAHOGO A LA FIERA
Hacía exactamente un mes, menos tres días, del estreno de la República. La noche del 11 de mayo de 1931 en muchas ciudades de España ardieron iglesias, conventos, colegios. También el Colegio de San José para Vocaciones Eclesiásticas, fundado por el Beato Manuel Domingo y Sol el año 1884. Allí estaba el siervo de Dios don José Pascual Carda.
Cuenta don Miguel Amaro: «El martes once, por la tarde, a primeras horas, se hacía sentir en el ambiente un malestar terrible, indicio de cernerse dura tormenta... A las ocho dimos orden de despeje, consumimos las formas y en veinte minutos las vidas se habían puesto a salvo... Los últimos es salir fuimos don Pascual y yo» 258.
Don José Pascual Carda cuenta desde Villarreal lo que ocurrió aquella noche. Un poco larga la carta; pero merece la pena ser conocida. La escribe el día 14 de mayo de 1931:
«Le escribo desde Villarreal. Como me dijo don Miguel Amaro que le escribiera lo sucedido en nuestra casa de allí el martes por la noche, dejo los antecedentes, precauciones, despidos de los muchachos, llamadas de auxilio inútiles, etc., y paso a referirle lo que yo sólo presencié.
»Los últimos en salir fuimos los superiores. Se repartieron en varias casas. Yo, vestido de seglar, acompañé al director, quien me dijo que ya que estaba cerca el pueblo y tenía tren a esas horas me viniera aquí. Le di mi conformidad y me despedí de él. Pero mi idea era distinta.
»En efecto: me puse un lacito republicano y volví al Colegio. Yo quería ver lo que hacían y, sobre todo, hacer algo luego que salieran ellos, sobre todo llamar a los bomberos, si lo incendiaban, o lo que pudiera convenir.
»A las nueve y media se presentó el primer grupo. Dejamos la puerta abierta y las luces apagadas. El grupo constaba de unos veinte mozalbetes. Gritaban mucho, pero les asustaba la puerta abierta y la misteriosa oscuridad del interior, y, después de pensarlo mucho, acabaron por irse. Así hicieron otros dos grupos más.
»A1 fin llegó el grupo compuesto de unos cuatrocientos, que aún dudaron unos diez minutos antes de entrar. Yo estaba entonces enfrente mismo de la puerta de entrada, detrás de la ventana de la casa que hay allí: así pude ver y oír perfectamente, como desde un observatorio.
»Trajeron, al fin, unas hachas; a los cinco minutos más dieron con las llaves de la luz; las dieron todas y quedó la casa iluminada. Entonces irumpieron las turbas: unos fueron hacia la parte moderna de la esquina, los más hacia las habitaciones del piso primero. Empezó un griterío ensordecedor, y mientras unos corrían a robar por todas las habitaciones, otros destruían el altar del coro, que fue echado a la capilla, hecho añicos; otros se revestían con ornamentos y así los veía andar por allí; otros echaban camas, sillas, pupitres a la calle desde el piso segundo, donde está el estudio de los pequeños.
» Aquello iba todo a una. Toda puerta cerrada era abierta a golpes, sacándola de sus quicios. Algunas quedaron con boquetes enormes. De cómo quedaron las habitaciones puede juzgarlo sabiendo que en mis dos salas no hallé después donde poner los pies que no fuera sobre libros o ropas. Un maletín que tenía cerrado, lo abrieron por mitad de un navajazo, al parecer.
»Mas, como su móvil y permiso especial, al parecer, era el saqueo, se llevaron todo lo que pudiera valer algo, por poco que fuera. Lo demás lo destrozaron todo, todo.
»En la mayordomía forzaron la caja de caudales, aunque no lograron abrirla. Por esa razón dejamos los sagrarios abiertos (consumido antes el sacramento), y no los destruyeron.
»Su predilección por las habitaciones salvó a la capilla, en.la que sólo en el altar principal causaron unos pocos desperfectos. ¡Cuál no sería mi sorpresa al ver al día siguiente intactos los cálices que habíamos dejado allí!
»En fin, se cansaron de registrar y destrozar durante hora y media, y cuando se convencieron de que de allí no sacaban nada más, prendieron fuego... y salieron clamando: "¡A los carmelitas!'
»Entonces acababa de llegar la Fuerza Pública. Así llegó a todas partes: 'una hora después' que los revoltosos.
»Quedaron grupos hasta después de las dos, y a las cuatro estaban ya solos un cabo y seis soldados. Entonces bajé yo, salí a la calle, entablé conversación con el cabo y me di a conocer como superior de la casa (no lo quería creer).
»Yo quería subir a apagar el fuego, pero había orden de no entrar nadie: le alargué un duro y eso le ablandó, y subimos los dos. Recorrí toda la casa, me enteré de todo. ¡Qué cuadro de dolor! Y subimos al segundo; echamos al patio la cama incendiada, apagamos con agua lo que quedaba allí y apagamos también el fuego del vestuario de los niños, que no era tampoco muy grande todavía.
»Bajé tranquilo ya. El cabo era ya mío. Pero decíase ya a las seis que habían dicho que volverían al día siguiente a consumar su obra, y juzgué necesario salvar lo que se pudiera. Hice venir al cabo en razón de que la prohibición de entrada era para los extraños y curiosos; otra propina acabó de convencerle, y durante todo el día estuvimos ya sacando todo lo que se pudo en bultos pequeños, pues no se permitía sacar nada grande. Muchas cosas salvamos, y sobre todo los vasos sagrados, documentación y ropa personal.
»Después ya fui a ver a don Miguel, le informé, vino él y dio disposiciones. Lo restante supongo que se lo habrá contado él. Yo, por no quedarme en casa particular, me vine anoche aquí y mañana voy a Valencia a ver cómo podemos salvar la propiedad de la casa, no sea que la perdamos por abandono» 259.
Don Joaquín Jovaní le contesta el 16 de mayo: «El cielo te asistió en la noche del asalto, efectuado por las turbas cobardes y criminales, a nuestro Colegio. Todos los de esta casa, a quienes he leído el relato interesante, se congratulan de que tuvieras tal traza y ánimo y dan gracias a Dios» 260.
Decía don Joaquín, el 17 de mayo de 1931, a don Pedro Ruiz de los Paños: «La semana pasada ha sido de prueba para toda España, más para los señalados con la cruz de Jesucristo; quién más, quién menos, siendo cura o religioso, se sentía poco menos que en el anfiteatro. Hase querido conceder un desahogo a la fiera revolucionaria y así se ha conducido ella» 261.
El 3 de junio está en Tortosa, confrontando la copia con el original de los escritos del Beato Manuel Domingo y Sol 262. Continuó esta tarea aquel verano en Villarreal. Dice el 25 de septiembre de 1931: «A Francisco Usó, que es el que me ha dictado los escritos de mosén Sol en el pueblo, se los entregué para que los llevara ahí. Bien merece una caricia» 263. El día 30 contesta don Joaquín Jovaní: «Usó, su paisano, ha entregado los libros de los escritos de mosén Sol y ha recibido un crucifijo de Roma. Muy contentas las dos partes» 264.
TU CRUZ SERA BURGOS
Iba a comenzar el curso 1931-1932. En Valencia ya sabía que estaba sólo de paso. Esperaba nuevo destino. El 11 de septiembre de 1931 se lo comunica el Director General: «Tu cruz será Burgos, compuesta de dos palos: uno, la dirección espiritual del Seminario, y otro, la mayordomía del Colegio. Si con el tiempo fuera excesivamente pesada la carga, ya me lo dirás y, o bien te quitaremos un palo de ella, o te añadiríamos un cirineo» 265.
Don José Pascual contesta inmediatamente con el mismo talante de obediencia y disponibilidad de siempre. Nunca supo poner dificultades. «Ayer, fiesta del Dulce Nombre de María, recibí, leí con alguna impresión y besé su carta-obediencia para este curso. Mi voluntad quiere excederse, y toda carga es poca para expiar mis pecados» 266.
De acuerdo con el rector del Seminario y el director del Colegio, estará en el Colegio de San José desde las nueve de la mañana hasta las cuatro de la tarde, y desde las cuatro de la tarde hasta las nueve de la mañana siguiente, en el Seminario. «Tengo dos palacios, pues. Ahora sólo falta que el Señor me ayude para tender lo mejor posible a ambos cargos y me conceda hermanar el espíritu de ellos, ya que son tan diferentes» 267.
Don José Cambra asegura que ha caído muy bien como director espirtual. Era lo suyo. Lo que más le atraía: «Ha sido muchas veces director espiritual. Recuerdo que en una carta me decía que parecía que Dios quería que, a fuerza de dirigir espiritualmente a otros, se santificara él» 268. «Creo que destacó como director espiritual» 269. Dice don José Cambra el 6 de octubre de 1931: «Carda está en funciones de padre espiritual y ha sido muy bien recibido por todos... Los chicos están muy bien atendidos en la parte espiritual» 270.
Eran tiempos difíciles. Las circunstancias políticas, tan adversas, también influían notablemente en el descenso y en la poca perseverancia de las vocaciones. En el Seminario de Burgos comenzaron el curso 130 seminaristas. En abril de 1932 sólo quedaban 95.
Tenía dos palacios y vivía en dos comunidades. Estaba muy contento de la paz, unión y alegría que se respiraba con el siervo de Dios don Antonio Perulles 271.
Trabajó en ambos frentes —material y espiritual— con ilusión y buenos resultados. Tanto que, al tenerse que hacer cargo de la dirección del Colegio de San José, don Joaquín Jovaní está convencido de que no va a ser fácil encontrar un sustituto capaz de cargar con la cruz de los dos palos: «No siendo Carda, ha de sernos muy difícil, por no decir imposible, encontrar una persona para esos cargos: mayordomo de San José y director espiritual del Seminario... Eso, no siendo Carda, como he dicho, se me presenta insuperable» 272.
DIRECTOR DEL COLEGIO DE SAN JOSÉ
El 19 de agosto de 1931 don José Cambra escribe al director general diciéndole que el señor arzobispo de Burgos «insiste en la conveniencia de que salga Perulles, aunque le quiere mucho. En este caso creo que el indicado es Carda para sucesor de Perulles» 273.
Querían que, a la vez que fuera director del Colegio de San José, continuara siendo confesor del Seminario, puesto que tenía tanta aceptación 274.
El 15 de septiembre le comunica el Director General: «Probablemente quedarás para el año que viene al frente de este Colegio, con Cubells, Amadeo y don Emilio, que te reemplazará en los cargos de director espiritual del Seminario y mayordomo del Colegio» 275. Y el 20 de septiembre: «Lo que en la anterior era probable acaba de ser ya cierto» 276.
Ese mismo día escribía el siervo de Dios don José Pascual al Director General: «Ayer recibí su carta del 15. No le escribí, desde que tuve que hacerlo el mes pasado..., para que no se acordara de mí; pero no me ha valido... Le agradezco el inmerecido concepto que tiene de mí, por ignorar mis pecados; pero no puedo alegrarme, pues si siempre es poco apetecible la responsabilidad, puede pensar cuan poco lo será aquí, ahora que se ve tan oscuro el horizonte para el próximo curso» 277.
No olvidemos que, a finales del curso anterior, hubo una terrible marejada en el Colegio de Burgos, manipulando desde el exterior a los alumnos mayores. Don José Pascual se libró de lo más duro, a causa de encontrarse enfermo. Salió de Burgos el 15 de junio, acompañado de don Vicente Avellana, también de Villarreal, que pasaba desde el Seminario de León. Tenía unas fiebres gástricas que, según la opinión del galeno, iban para largo 278.
Y, ciertamente, fueron pertinaces. Sólo a los dieciocho días pudo celebrar la santa misa 279.
El siervo de Dios don José Pascual temía la resaca de los acontecimientos de final de curso. Pero, para evitar conflictos, el señor arzobispo había determinado que en el Colegio de San José sólo quedaran los alumnos latinos, pasando al Seminario todos los filósofos y teólogos. Dice don José Cambra: «A propuesta mía, el señor arzobispo piensa dejar en San José a los latinos solamente, ya que ha de sobrar en esta casa sitio para filósofos y teólogos, pues habrá muchas bajas en las Facultades» 280.
Además, el arzobispo, por fin, se convenció de que había que exigir. «El prelado ha firmado la expulsión de diez seminaristas: ocho filósofos y dos teólogos» 281.
Aquel verano todavía tuvo tiempo para practicar sus ejercicios y para dirigirlos a los seminaristas de «su» Valladolid y a las religiosas del Colegio de San José de Burgos.
Comenzó con una comunidad muy reducida, dado el número excesivo que antes había en el Colegio. Solamente 80 alumnos.
Su primer deseo es apoderarse del corazón de los seminaristas para poderlos formar bien 282. El 26 de octubre, en rápida pincelada, refleja la buena marcha del Colegio: «Los colegiales van portándose mejor de lo que esperábamos. Si siguen igual, nos ganaremos muy barato el cielo... Los profesores ya entran puntuales en clase, por ahora» 283.
HA PASADO EL MAL ESPÍRITU
Aquel mal espíritu del que tanto se quejaba y tanto hizo sufrir al siervo de Dios don Antonio Perulles.
La cosa se le iba poniendo fácil a don José Pascual. Escribe el día 8 de noviembre de 1932: «Todos los chicos, a una, están muy contentos por ahora y entusiasmados para trabajar en los preparativos de la fiesta del Reservado» 284. El 25 de noviembre: «Los chicos continúan muy bien y esos días de la fiesta dieron pruebas tales de adhesión y voluntad, que en pocas partes he visto... Pida al Señor que la mejoría de estos muchachos sea principalmente interior: si no logramos hacerlos piadosos, no logramos nada» 285.
Era muy explicable todo, además del espíritu que irradiaba el siervo de Dios. Habían desaparecido los que no debían estar en el Seminario.
Tanto es así, que el día 10 de enero de 1933 puede decir: «Los externos han pasado casi todos los días de ellas aquí en el Colegio, cuando en el verano no venían para nada. Es un síntoma más de que ha pasado completamente en esta casa el mal espíritu del año pasado» 286.
El 25 de enero, aniversario del tránsito del Beato Manuel Domingo y Sol, la novedad mayor es «una tremenda nevada, que todavía no nos permite salir al patio, después de diez días». Frío de Burgos en superlativo absoluto. Pero los chicos «no pueden jugar más, ni más a gusto, en los recreos, gracias al interés de Amadeo principalmente, que los entusiasma con los juegos, aunque hayan de ser dentro de casa» 287.
Don José Pascual quería facilitar los grados académicos al siervo de Dios don Amadeo Monge porque lo merecía y lo propuso el día 10 de enero de 1933; pero el 10 de febrero ha fracasado el intento, «esta vez porque han suspendido ya la facultad de concederlos por ahora» 288.
Al que trabaja mucho se le puede encomendar más trabajo. Y eso le ocurrió a don José Pascual. El día 14 de febrero de 1933 le encarga don Joaquín Jovaní una serie de conferencias para los Operarios jóvenes, en la época de verano. Total, poca cosa: «El número de conferencias: de 18 a 20, cuando más» 289, sobre la pedagogía de los jesuitas, los hermanos de las escuelas cristianas y los salesianos, aplicándolo prácticamente a la tarea de la Hermandad en los Seminarios. El 18 de febrero don José Pascual contesta: «Viene su obediencia... en tales términos, que... no me queda otro remedio que agachar la cabeza, aunque sea temblando» 290.
Por la boca muere el pez. El 12 de agosto de 1926 don José Pascual, al finalizar los ejercicios espirituales de los Operarios en Tarragona, habló sobre la «Formación práctica pastoral». En su conferencia hizo la apología del folleto que su hermano Blas había publicado el año 1917, titulado La escuela práctica apostólica. Don José Pascual era práctico, muy celoso, muy bueno, y el Director General quería que los Operarios jóvenes se aprovecharan de su experiencia.
CELO POR LAS VOCACIONES
Lo hacen resaltar varios testigos en el proceso.
Y no sólo sembraba gérmenes de vocación, sino que atendía y cultivaba las vocaciones con todos los medios a su alcance.
Cuando fue elegido Director General de la Hermandad el siervo de Dios don Pedro Ruiz de los Paños, dio prioridad a las vocaciones, también a las vocaciones para la Hermandad. Procuró interesar a todos los Operarios en este problema tan acuciante, pidió que le propusieran medios para fomentar estas vocaciones. El 14 de enero de 1934 don José Pascual Carda, después de exponer las dificultades especiales en que por entonces se hallaba el Colegio de Burgos, le promete que pronto se ha «de llegar incluso a tener aspirantes» 291.
Propone los medios que juzga más convenientes para multiplicar las vocaciones para la Hermandad, y es evidente la coincidencia con el pensamiento de don Pedro: lo primero que propone es «fundar Seminarios Menores para aspirantes y recoger niños desde el primer año de Latín» 292.
Poco antes del martirio de los dos siervos de Dios, el Seminario Menor de la Hermandad quedó establecido precisamente en el Colegio de San José de Burgos.
«Otro medio, el principal, ha de ser la oración y perfección de los Operarios, junto con un mayor interés por los chicos, que es lo que les gana el corazón» 293.
Le comunica lo que ya van haciendo en el Colegio de Burgos, y a continuación le da cuenta de algo que él tiene pactado con las monjas de los conventos de la zona de Villarreal. «También en el pasado verano hice algo por mi cuenta en el pueblo, en cuyos conventos tengo un predicamento inmerecido, y fue comprometer a todas las monjitas de allí a que rueguen todos los meses, un día especial, por nuestras vocaciones, a cambio de aplicar yo una misa mensual por las de ellas. Yo la celebro los primeros viernes del Sagrado Corazón, que es el día que escogieron también ellas para ofrecer sus comuniones y buenas obras... Las monjitas me escriben todas que lo están haciendo ya puntualmente. Las de esta casa también se han comprometido a lo mismo» 294.
Le gustaría hacer mucho más en Burgos por las vocaciones: activar la propaganda, publicar una Hoja de Fomento; pero «mi situación en esto es especial, pues tengo encima al prelado y a don José Cambra, que tiene tan pocas ganas de meterse en iniciativas, y yo no puedo adelantarme ni un paso a ellos» 295.
El pobre don José Cambra ya llegaba a su ocaso. Al mes de escribir esto don José Pascual, moriría, y creo que hasta con ganas, porque los avatares republicanos lo traían de cabeza. Decía don José Cambra el 18 de abril de 1932: «Me alegro de la mejoría de don Elias y quiera Dios que viva muchos años, aunque el vivir en estos tiempos sea peor que morirse» 296.
A pesar de todas las limitaciones que lo cercaban, celebró una hermosa función pro fomento de vocaciones que resultó muy bien y con fruto 297.
SEMINARIO DE CIUDAD REAL
Al comenzar el curso 1934-1935 fue nombrado rector del Seminario de Ciudad Real.
El obispo-prior, don Narciso de Esténaga y Echevarría, martirizado el día 22 de agosto de 1936, había sido compañero de estudios en Toledo del siervo de Dios don Pedro Ruiz de los Paños. Cuando le propone a don José Pascual como rector de su Seminario, don Narciso se fía totalmente: «Siendo como dices el señor Carda, desde luego será muy bien recibido» 298.
Llegó a Ciudad Real el día 7 de septiembre de 1934. Escribe el día 6: «Por cinco minutos perdí la combinación en Madrid. Fui a dormir a la casa sacerdotal, donde encontré un buen grupo de sacerdotes. ¡Qué regalo tener capilla con el Reservado en el hotel! Mientras no tengamos residencia en Madrid, no debía ir ningún Operario a otros hoteles» 299.
Nada más llegar preparó con toda diligencia la operación de doble hernia al siervo de Dios don Francisco Castor Sojo López, martirizado el día 12 de septiembre de 1936. Don José Pascual Carda vivió siempre rodeado de mártires. El presenció toda la operación, «convertido, por virtud de una bata blanca, en un operador más. Ha estado sereno y jovial antes, en y después de la operación» 300.
«Parece que todos me han recibido bien; veremos cuando llegue la hora de las dificultades» 301.
ME SUENA A «MANGA ANCHA»
Don José Pascual Carda había aprendido mucho. Había aprendido hasta la dificilísima lección de que el mejor conversador es el que más escucha. El 15 de septiembre de 1934 ya ha tenido varias entrevistas con el obispo. «Ahora habla el prelado y yo escucho» 302.
El día 22, «el prelado, desahogándose cada día más». Pero a don José Pascual le quedaba, por entonces, una espina en el alma: ¿Era demasiado bueno el señor obispo? «Hoy hemos tenido una conferencia larga; no predica más que 'bondad y bondad', que, de tanto inculcarla, me suena a 'manga ancha'. No sé; el Señor nos ayudará» 303.
Pero el siervo de Dios se iba ganando la confianza del obispo. Le cayó bien desde el principio. Se fiaba porque lo veía bueno, honrado a carta cabal, como Dios manda. Por eso, a pesar de lo que podía sonar a «manga ancha», «hoy ya hemos logrado que negara el permiso a uno que, después de estudiar el latín en su pueblo, quería estudiar también la filosofía allí. Y que a otro, que convenía apartarle, y le apartó don José (el rector anterior), y ahora quería volver, me ha autorizado para que no le deje» 304. Poco a poco fue encauzando lo que andaba de cabeza, por costumbre y por rutina. Un ejemplo: el horario de clases. Cada profesor tenía «su» horario. De muy buenas maneras, y por el bien de la comunidad, don José Pascual logró uniformar todos los horarios en uno: «Ya le mandaré, si quiere, un horario completo y verá cuánto se ha logrado» 305.
El 4 de noviembre ya tiene en marcha el plan de pláticas de formación a los seminaristas 306. El 13 de noviembre se ha ganado de tal manera la voluntad del obispo, que cede ante los ruegos de don José Pascual en asuntos que afectan al Seminario. Ante una inveterada costumbre, que al siervo de Dios le parecía perjudicial para la formación, don José Pascual «iba resuelto a no hacer más que una ligera indicación en tono de ruego; y ello ha bastado, aunque lo ha sentido mucho; y a renglón seguido se ha desahogado y volcado completamente en un solo, de cinco cuartos de hora» 307.
El señor obispo-prior, a pesar de su «bondad», que podía sonar a excesiva, se entendió perfectamente con el siervo de Dios, que, «como rector, era algo rígido y exigente, que más bien le honra» 308, como dice un sacerdote de Ciudad Real en el proceso. Era «muy exigente —testifica otro—/primero consigo mismo, con sus colaboradores y con los seminaristas; sin embargo, los que querían prepararse bien para el sacerdocio veían muy bien este rigor... El señor obispo le tenía en mucha estima» 303.
MUY A SATISFACCIÓN DEL OBISPO
Lo demostró desde los primeros días. El 18 de septiembre de 1934 escribe en estos términos al Director General de la Hermandad: «Vino el nuevo rector, que se muestra muy animado de los mejores deseos para colaborar en la obra importantísima del Seminario» 310. Y el 26 de junio de 1936, poco antes de que a los tres les sobreviniera el martirio: «Don Pascual, trabajando mucho y a mi satisfacción» 311.
Testifica sor Carmen Carda Saporta: «En Ciudad Real desarrolló todo su celo sacerdotal, trabajando muy a satisfacción del señor obispo, que le distinguía e incluso, por su amistad, vino a Villarreal» 312.
Y así fue, en efecto. Don Narciso de Esténaga no aguantaba la quietud del palacio episcopal. Necesitaba salir para llenar su celo apostólico. Cuenta el siervo de Dios don José Pascual Carda, en carta del 26 de noviembre de 1934, al siervo de Dios don Pedro Ruiz de los Paños: «El señor obispo sale con frecuencia a predicar: le gusta y lo necesita. A las primeras pocas visitas me preguntó de dónde era y me dijo que tenía muchas ganas de ver a San Pascual. Quizá me pasé de bueno, y le dije que quizá no fuera cosa difícil encontrar ocasión» 313. Dicho y hecho. Don José Pascual escribe a su pueblo diciendo que si alguna vez necesitaban sermón de campanillas se acordaran del señor obispo de Ciudad Real. «Y esto bastó para que ayer recibiera un telegrama invitándole» 314.
Los escrúpulos de don José Pascual estaban en que como el señor obispo «ha aceptado ya 'en principio' —que quiere decir que ha aceptado del todo— y me ha hecho contestar así, ahora hay que arreglar los detalles». Tendrá que acompañar al señor obispo; no tiene ganas de viajes; pero ve «la conveniencia de la compenetración con el prelado que de ello ha de resultar y que tanto nos conviene» 315.
El señor obispo, el día 30 de noviembre, «está ilusionado con el sermón de mi pueblo» 316. Y se fueron a Villarreal. El viaje y el sermón, «todo —según el obispo— había estado admirabilísima-mente bien» 317.
Por lo que se refiere a la marcha del Seminario, dice el 11 de diciembre de 1934: «El prelado casi podía decir que está superándose a sí mismo» 318. Supo ganarse tanto su confianza, que le dejaba actuar en todos los órdenes, sin poner la menor traba.
TRABAJANDO EN TODOS LOS FRENTES
Con mucha oración y una actividad constante logró elevar el Seminario de Ciudad Real en todos los aspectos. El sacerdote de Ciudad Real don Felipe Lanza Rodríguez, que fue alumno del siervo de Dios, ofrece en el proceso una síntesis de su actuación:
«Cuando entró de rector el siervo de Dios se puso a organizar el Seminario en todos sus aspectos: disciplinar, científico, etc. Se le veía en todas partes. Redactó el Reglamento disciplinar del Seminario, que fue aprobado por el señor obispo. En la capilla, después del rezo del santo rosario, comentó en diversas pláticas, artículo por artículo, este Reglamento; también comentó de este modo la encíclica de Pío XI Ad catholici sacerdotii. Era bastante frecuente que personalmente dirigiera en la capilla la meditación de los seminaristas. Se comunicaba casi diariamente con el señor obispo sobre los asuntos del Seminario. Puso en marcha la Obra de las Vocaciones Eclesiásticas en toda la diócesis; publicó al efecto una Hojita. El Día del Seminario publicaba una o dos páginas en el diario local El Pueblo Manchego, con gráficos hechos expresamente por él.
»Tuvo contacto personal con los seminaristas y trato íntimo en su habitación o paseando con ellos en los recreos. Siempre había un buen grupo de seminaristas mayores que buscaban su conversación en los recreos.
»Actuó enérgicamente y con entereza en algún caso difícil, como en expulsar a un seminarista ordenado de menores. Encauzó las aficiones literarias de los seminaristas con periódicos murales... Organizó también ejercicios de predicación entre los seminaristas. Creo que fue profesor de Teología Pastoral en el Seminario» 319.
Se dedicó de lleno a su misión. «Les hablo quince minutos cada día sobre el fin del Seminario, que es la formación de ellos. Me inclino más al sistema de pequeñas series de instrucciones seguidas sobre puntos fundamentales, dejándoles descansar como un mes, entre una y otra, que no al de las quincenales y aun semanales, más aisladas» 320.
Con razón decía el siervo de Dios don Francisco Castor Sojo: «Esto va cambiando, gracias a Dios» 321.
El 2 de febrero de 1935 están reclamando su atención y preocupación «el Reglamento nuevo, catalogación de la biblioteca y reorganización del Fomento, a más del onus diei y formación de estos seminaristas» 322.
El 18 de febrero de 1935 agradece a don Pedro Ruiz de los Paños que le haya exonerado de dirigir los ejercicios espirituales a los Operarios en el próximo verano, porque «ando muy atrasado esta temporada. Ahora acabo de explicar bastante a fondo a los mayores el decreto de la Sagrada Congregación de Sacramentos sobre las Ordenes. Les ha impresionado bastante» 323.
Encuentra tiempo para trabajar en promover la causa de canonización del Beato Maestro Avila 324 y para preparar en el Seminario casa independiente a fin de que unas religiosas se encarguen de la atención del Seminario 325.
Durante sus vacaciones de verano de 1935 dirigió varias tandas de ejercicios. El 30 de junio terminó una en Villarreal a 54 jóvenes y procuró inculcar entre ellas la semilla de la vocación para la futura Congregación de Discípulas de Jesús, que proyectaba don Pedro Ruiz de los Paños 326.
En el mes de agosto «la biblioteca ha sido catalogada en once días por once seminaristas a las órdenes de don Adoración, que se ha sacrificado por nosotros». Y lo que más satisfecho dejó al siervo de Dios fue el entusiasmo que don Adoración Reyes inyectó en aquellos teólogos. «Es verdadero entusiasmo. Han sido días de siembra» 327.
ABSORBIDO POR EL FOMENTO
Era profesor de Pedagogía Catequística y de Teología Pastoral. Y el señor obispo le encargó, además, la dirección del Secretariado Diocesano de Catequesis. «Fue un atraco a la fuerza», dice 328. Pero todo lo enfocaba a la mejor formación de los seminaristas, que era su mayor preocupación 329.
Antes de llegar don José Pascual al Seminario de Ciudad Real, según dice el siervo de Dios don Francisco Castor Sojo, administrador del Seminario, no había «nada de fomento de vocaciones, a pesar de que el año pasado no tuvimos ningún chico nuevo» 330. Don José Pascual se entregó con ilusión a «resucitar» el fomento de vocaciones. Logró la fundación de bastantes becas que pudieran ayudar a candidatos pobres. Interesó a los sacerdotes. Y en aquella época, de tan acusado descenso de vocaciones, tiene cuarenta alumnos nuevos para el próximo curso 331, «cosa desconocida aquí aun en los mejores tiempos» 332.
Todo esto suponía una entrega total, un trabajo constante. «La Obra de Fomento poniéndose en marcha. He escrito a todos los párrocos de la diócesis y, a la vez que me he puesto en relación con todos, les he interesado en nombre del prelado» 333.
Publicó la hoja de fomento titulada Vocaciones Eclesiásticas. En el número primero rinde «a los señores párrocos un tributo de gratitud, en nombre del Seminario y de la diócesis, por el cariño con que todos, sin una excepción siquiera, han recibido la Obra de Fomento y por el celo que manifiestan en organizaría en sus parroquias».
Hacía una tirada de 100.000 ejemplares 334.
Anuncia, a su debido tiempo, la celebración del Día del Seminario para la festividad de San José 335, que hubo de aplazarse «por causa de las circunstancias. Están cambiando los Ayuntamientos y los pueblos están movidos y apenados. Y, como era el primer año que se iba a celebrar, no es tiempo oportuno. Lo celebraremos en abril o mayo» 336. Se celebró el domingo, 10 de mayo, fiesta del Beato Maestro Avila 337.
«Sigo enfrascadísimo en la organización del Fomento en la diócesis... Se me olvidaba decirle que, desde la semana pasada, publicamos también una 'Página vocacional en el Templo y el hogar, la hoja dominical de esta diócesis. Tira 6.000 números y es una propaganda muy apreciable... Así, un poco por cada lado, esperamos levantar esto» 338.
Pone todo los medios; pero antes que nada cuenta con Dios: «También hacemos rezar este mes a todos los conventos de la diócesis. Ya ve que no se prescinde de ninguna tecla... Estoy absorbido por todo lo del fomento. Es temporada de organización. Espero que esto entrará ya después en la normalidad» 339. Espera poder pagar la pensión de quince alumnos con lo que vayan enviando los coros 340.
Y, de puertas adentro, «la comunidad, como una malva. Creo que influye mucho en esto, aparte la gracia de Dios, que nos lo concede, a que, por razón de nuestras asignaturas, tenemos cogidos por los dos lados a los chicos, especialmente a los mayores, y así estamos en muy buenas condiciones. Ha sido un gran bien, aunque nos ha multiplicado aún más el trabajo» 341.
El año 1935 había hecho y publicado el Reglamento. Lo explicó a los alumnos para que captaran su espíritu y lo tomaran como medio de santificación. La entrega fue solemne, dice él mismo, «aunque en familia; casi ha sido una jura de bandera» 342.
A finales de junio de 1936 marchó a Tortosa para dirigir los ejercicios espirituales a los Operarios, juntamente con el siervo de Dios don Isidoro Bover. El 5 de julio fue a Villarreal. Al conocer el levantamiento nacional regresó rápidamente a Ciudad Real. Desde allí escribió una de sus últimas cartas al rector del Seminario de Toledo, ignorando que el Director General de la Hermandad ya había sido martirizado. Es una tarjeta postal, de breve contenido: «Diga a don Pedro que estamos sin novedad en la Fonda Francesa. C/ Dr. Carracido, 6. Lo mismo deseamos a ustedes. Suyo in C. J. Pascual Carda. Saludos de don Francisco» 343.
CAPITULO XXIV
VIRTUDES DEL SIERVO DE DIOS DON JOSÉ PASCUAL CARDA SOPORTA
«ERA DE SOLIDA PIEDAD»
Así define al siervo de Dios el muy ilustre señor doctor don Juan Bautista Manyá, que fue profesor suyo en el Seminario de Tortosa. Y añade: «Esto lo comprobé personalmente» 1.
Todos cuantos trataron a don José Pascual Carda vieron que amaba a Dios por encima de todo. «Procedía siempre por motivos sobrenaturales, ejemplo de piedad, abnegación total. Me llamó la atención en él su delicadeza en el trato con el Señor, sobre todo con Jesucristo en el sagrario» 2.
Un sacerdote Operario, que fue compañero del siervo de Dios en la formación de los seminaristas, asegura que don José Pascual «era un alma eminentemente eucarística y mañana». Todos «tenían de él grandísimo concepto de hombre de Dios, según pude comprobar personalmente» 3. Lo que más destacaba en él era «su vida interior... Era un hombre muy espiritual» 4.
Su piedad era apostólica, contagiosa. Comunicaba amor y deseos de acercarse a Dios. «Era muy piadoso y muy modesto, recogido y alegre. Era exactísimo en el cumplimiento de sus deberes. Un Operario modelo. Estaba entregado completamente a sus ministerios. En los recreos era activísimo y sus conversaciones eran muy edificantes y animadas» 5.
Propagaba su piedad con sola su presencia. Además tenía interés en difundirla apostólicamente. «Mostró una gran caridad y celo por la santificación de los seminaristas, ayudando eficazmente al rector en la formación de criterios y mentalidad sacerdotal y apostólica» 6.
Por eso mismo, «se preocupó mucho del bienestar de los seminaristas y, sobre todo, de su elevación espiritual e intelectual» 7.
Esta piedad, que lo llevaba al apostolado, era, además de sólida, simpática, atractiva, llena de afabilidad, generosidad y entrega: «Era muy bondadoso y amable, muy piadoso y muy llevado del celo de la gloria de Dios» 8.
LA CARIDAD APARECÍA POR SU CELO
Así dice uno de los testigos en el proceso 9. Porque la auténtica piedad lleva al apostolado. Quien ha gustado y saboreado lo bueno que es el Señor 10, no tiene más remedio que darlo a conocer, comunicarlo a manos llenas, como les ocurría a los apóstoles: «Nosotros no podemos menos de contar lo que hemos visto y oído» 11.
Así, don José Pascual «era particularmente devoto de la eucaristía, devoción que fomentaba entre sus amistades y entre todos» 12.
Fue un apóstol de la piedad, porque estaba convencido de que era necesaria la unión íntima con Cristo para la eficacia del ministerio. Este era su caballo de batalla en Burgos, como lo había sido también para el siervo de Dios don Antonio Perulles: «A ver cómo logramos hacerlos piadosos, que eso es lo difícil aquí» 13. Sintetiza su mentalidad a este respecto en una breve frase: «Si no logramos hacerlos piadosos, no logramos nada» 14.
Poco a poco, con su exhortación, y más que nada con su ejemplo, fue metiendo ese espíritu: «La comunidad sigue bien y con buen espíritu, gracias a Dios, y muy animada a trabajar para la fiesta de esta semana —el Reservado—. Hay que ver el entusiasmo que tienen. Verdaderamente se vive aquí mucho en familia» 15.
Vivía profundamente la piedad en todos sus aspectos y la propagaba con celo insaciable. Dice un sacerdote, que fue alumno suyo en el Seminario de Ciudad Real: «Se le veía profundamente recogido en la capilla, en largos ratos de oración. Celebraba la santa misa con gran recogimiento y ejemplaridad... Tenía particular interés por el orden en la capilla y sacristía, y formación litúrgica de los seminaristas» 16.
Este interés por la formación litúrgica de los futuros sacerdotes lo tuvo en todas partes, lo fomentó siempre. Dice en carta del 9 de noviembre de 1929, desde el Seminario de Belchite: «Se han estrenado ya las doscientas sobrepellices. Resultan buenas, bonitas y baratas. ¡A diez pesetas, siendo tan buenas! Da gusto ver a la comunidad en traje litúrgico. Creo que van cobrando afición a lo litúrgico. Eso procuramos en todo» 17.
CARIDAD PASTORAL
El amor ardiente que profesaba al Señor le urgía cada día más a la gloria de Dios y a la salvación de los hombres, ya que, como dice el Beato Manuel Domingo y Sol, «estos sentimientos han brotado y brotan del amor. Y tanto es así, que esta misma verdad arrancó a San Agustín aquella enérgica expresión: 'Qui non zelat, non amat.' En vano dirá que ama a Dios el que no tiene celo de su gloria y de la salvación de las almas. Y estos sentimientos van siempre unidos» 18.
Su caridad era la otra cara de su amor a Dios. Nos dicen del siervo de Dios que «era muy caritativo y se preocupaba de los pobres, a quienes daba limosna e instruía con mucho celo» 19.
Lo había aprendido de sus padres, cuya vida cristiana no se reducía a rezos y lecturas piadosas. «No amemos de palabra y de boca, sino con obras y de verdad» 20. Nos cuenta la hermana del siervo de Dios, sor Carmen Carda Saporta: «El domingo acudían a casa de mis padres todos los pobres del pueblo, y mis padres daban a cada uno su limosna; también cada día daban limosna y hacían favores a todos los pobres que acudían a esta casa. Económicamente estábamos bien; mi padre decía que Dios se lo multiplicaba» 21.
Sabía evangelizar a los pobres, como el Señor.
Don José Pascual Carda nunca supo estar ocioso, sin hacer nada. Contaba con muy poco tiempo de vida en la tierra, y quería hacer mucho. Su mes de vacaciones, en verano, era sencillamente un cambio de trabajo. Le devoraba el celo, que lo empujaba a entregarse cada vez más. «Me consta que aprovechaba el tiempo, que debía destinar al descanso, en las vacaciones, para dar tandas de ejercicios y retiros espirituales, sobre todo a religiosas» 22.
El Fundador de la Hermandad lo reconocería como un «Operario irreprensible» 23, ya que decía: «De tal suerte debe ser este celo que no debíamos parar hasta decir con el profeta: Zelus comedit me. Este deseo, Señor, me está consumiendo el corazón y la vida. Mientras no nos sintamos poseídos vivamente de estos sentimientos, no nos digamos Operarios de Jesús» 24.
Es constante en los testimonios del proceso la referencia a su labor apostólica en la época de vacaciones: «Aprovechaba las vacaciones en Villarreal para dirigir retiros y tandas de ejercicios espirituales» 25.
Dice uno de los testigos, que conocía muy bien al siervo de Dios: «Durante su estancia en los Seminarios se limitaba al cuidado de sus alumnos; pero las vacaciones ofrecían ancho campo a su celo, que lo prodigaba en dar ejercicios a religiosas y a otros grupos de almas piadosas» 26.
Su hermana María corrobora lo mismo, y añade que «el mismo verano de 1936 dirigió una tanda, a la que asistí yo» 27. Dice un sacerdote, paisano y compañero del siervo de Dios: «Estaba siempre dispuesto, y deseaba con apetencia que se le llamara para predicar, dirigir ejercicios y días de retiro, confesiones, etc. Tenía gran celo por la salvación de las almas» 28.
Y como don José Pascual Carda «se distinguía en la preparación de sus pláticas» 29, cada vez era más solicitado. De hecho —lo dice el mismo siervo de Dios con toda sencillez, el 14 de enero de 1934—, «en los conventos tengo un predicamento inmerecido» 30.
«¿EN QUE PODREMOS EMPLEAR MEJOR EL CELO?»
Así decía el Beato Manuel Domingo y Sol, hablando del Fomento de Vocaciones y de la formación sacerdotal 31. Para el Fundador de la Hermandad, «entre todas las obras de celo, no hay ninguna tan grande y de tanta gloria de Dios como contribuir a dar muchos y buenos sacerdotes a la Iglesia» 32.
De la misma manera habla el Concilio Vaticano II: «Demuestren todos los sacerdotes el celo apostólico sobre todo en el fomento de las vocaciones» 33.
Esta era también la convicción de don José Pascual. Cuando el Director General de la Hermandad le propone ir de nuevo a México, el año 1930, dice sencillamente que está dispuesto a ir; pero que también está convencido de que el trabajo, el apostolado en el Seminario, supera a todos los demás: «Y si he de ir, no será sin sentir mucho el dejar este campo, muy superior a aquél, y en el cual había puesto ya todo mi corazón» 34.
Desde que era seminarista fomentaba las vocaciones. Dice la madre abadesa del convento de clarisas de Almazora: «Cuando era seminarista y venía de vacaciones al pueblo, ejercía el apostolado y procuraba vocaciones sacerdotales y religiosas. Yo misma fui encauzada por él a la vida religiosa» 35.
Exactamente lo mismo, ya sacerdote: «Cuando, siendo sacerdote, venía a Villarreal en tiempo de vacaciones, se dedicaba a fomentar la piedad y vocaciones religiosas. De esto puedo dar testimonio, porque fui promovida a la piedad y a la vida religiosa por él mismo» 36.
Declara un sacerdote Operario: «Recuerdo que sus vacaciones en Villarreal estaban frecuentemente ocupadas por retiros a seminaristas y religiosas y por tandas de ejercicios espirituales. Advertía yo personalmente su interés por las vocaciones sacerdotales, al que se debe mi propia vocación» 37.
Con toda razón dice su hermana María: «Era un enamorado de ser Operario. Procuraba vocaciones para la Hermandad» 38.
Cuando llegó a Ciudad Real encontró bajo cero el fomento y promoción de vocaciones. Don José Pascual se movió tanto, trabajó e hizo trabajar de tal manera, oró e hizo orar con tanta intensidad, que aquello dio un cambio radical. Dice el mártir don Francisco Castor Sojo —martirizado el día 13 de septiembre de 1936—, que era mayordomo de aquel Seminario, escribiendo al Director General de la Hermandad, un mes antes de que llegara a Ciudad Real don José Pascual: «No hay nada de fomento de vocaciones, a pesar de que el año pasado no tuvimos ningún chico nuevo» 39.
Una vez que el siervo de Dios tomó las riendas del Seminario en su mano, dirá el mismo don Francisco Castor Sojo: «Esto va cambiando, gracias a Dios» 40. Y tanto cambió, que el 1 de diciembre de 1935 puede comunicar don José Pascual a don Pedro Ruiz de los Paños que para el próximo curso «hay ya cuarenta niños que quieren venir, según los curas» 41.
El 1 de junio de 1936 le pide otro Operario para que pueda hacerse cargo de la sección de pequeños, completamente separada de los mayores, confirmándole la noticia que le daba anteriormente: «Tengo ya cuarenta en lista. Cosa desconocida aquí, aun en los mejores tiempos. Tendremos el próximo curso una respetable comunidad de latinos, que ya no habrá más remedio que separar de los mayores» 42.
Como él vibraba de celo por las vocaciones, hacía vibrar a los demás, a los sacerdotes, a los padres, a todos los fieles. Escribía a los padres de los futuros sacerdotes palabras encendidas, animándoles a ser generosos, en aquellas circunstancias tan poco halagüeñas, haciéndoles ver la situación desde Dios y no desde el pesimismo que engendraba la persecución: «Cuanto peor estamos, mayor es la necesidad de tener santos sacerdotes. El día que tengamos uno así en cada pueblo, estaremos salvados. Ahora, pues, más que nunca, hay que trabajar por el aumento de vocaciones. No hay obra que se le pueda igualar» 43.
OBEDIENCIA TOTAL
Personalmente es lo que más me ha impresionado en este siervo de Dios. Para él la obediencia era sencillamente un acto de fe: le mandaba Dios por medio de sus superiores. Jamás puso dificultades a un mandato; diría más, a una insinuación o deseo de los superiores. Exponía sus puntos de vista, algunas veces, y esto mismo ya le dejaba intranquilo, como si no hubiera obedecido del todo.
Cuando estaba de director espiritual en el Seminario de Valladolid, le dice el Director General que esté preparado por si es necesario trasladarlo a otro destino. Don José Pascual siempre estaba dispuesto y disponible. Escribe el 22 de septiembre de 1928: «Acabo de recibir su orden de estar preparado. Y ya lo estoy. Tan pronto como reciba su nueva orden de salida, será cumplida inmediatamente» 44.
No necesita explicaciones. Le dice que puede ser destinado a Zaragoza o a Toledo, según manden las circunstancias. Don José Pascual está de acuerdo. «Me es indiferente ir al Ebro o al Tajo; por los dos siento particular afición. Iré contento, pues» 45.
Más aún. El rector del Seminario de Valladolid estaba muy contento con el siervo de Dios, y no le caía muy bien el que iría de sustituto. Don José Pascual se dedica a animar al rector, encomiando las buenas cualidades que tiene el sucesor.
El día 5 de junio de 1929 don Joaquín Jovaní le consulta si estaría dispuesto a dirigir los ejercicios espirituales a los sacerdotes Operarios en Tarragona. Al siervo de Dios se le vino el mundo encima. Es sencillamente maravillosa la carta que escribe al día siguiente:
«Le escribo temblando. He recibido, poco ha, su carta, trayéndome su encargo. ¿Para qué decir que no lo podía soñar?
»La impresión primera ha sido no creer lo que leía. Lo he releído, y en seguida he sentido como si una losa me aplastara. Después se me han ocurrido mil cosas; ¡no había para menos!, y todas contrarias: que soy un chiquillo, el prestigio de la Hermandad a prueba, la piedad para los que tienen que hacer allí los ejercicios, la imposibilidad de la bendición de Dios por mis muchos pecados. ¡Qué sé yo cuántas cosas más!
»Luego, he pensado que Dios sabe en qué circunstancias se habrá visto usted para decidirse a dar un paso para mí tan absurdo, y que he prometido prestarme siempre a todo, si bien es verdad que no podía pensar en incluir esto.
»Y ahora ¿qué? Ahora, mi padre, digo lo único que puedo decir: 'En ego, padre; pero, si possibile est, evítelo.' Aún lo espera y lo esperará temblando, hasta sus nuevas letras, su hijo in C. J.» 46.
Cuando don Joaquín Jovaní lo exonera, escribe el día 9 de junio de 1929: «Acabo de leer sus letras de ayer y he respirado. Quedo muy agradecido a su bondad y muy obligado para otra ocasión... Y perdone, don Joaquín, si la claridad ha perjudicado la obediencia. ¡Me asusté tanto!» 47.
Este es su talante. Siempre. El día 12 de septiembre de 1930 —sólo lleva un curso de rector en el Seminario de Belchite— le vuelve a escribir don Joaquín Jovaní: «Es mi plan mandarte a México a fines de año. Dime si tienes inconveniente en volver allá» 48.
Don José Pascual escribe otra carta que lo retrata de cuerpo entero, es decir, retrata su espíritu de generosa obediencia. Creo que merece la pena transcribir literalmente esta carta:
«15. Virgen de los Dolores (¿gloriosos?) de 1930... Acabo de leer la suya y va contestación seguida, aunque sin pensarlo lo debido, por la urgencia con que me apura usted. Y digo: 1.° Que no deja de halagarme el volver a aquella tierra tan especial. 2.° Que, en cambio, mi deficiente preparación en teología moral, el enorme trabajo que nos espera y, más que nada, los peligros espirituales que allí hay, me asustan terriblemente y me retraen. Esos peligros son mayores para mí que para otro cualquiera, y temo aun por mi salvación. No tengo confianza en mí, ni usted la puede poner. Soy joven aún. Y 3.° Que, dicho esto, para que usted reflexione un poco más, la cabeza acaba por someterse enteramente a lo que usted resuelva.
»Usted dirá, pues, si voy o no.
»Y si he de ir no será sin sentir mucho el dejar este campo, muy superior a aquél, y en el cual había puesto ya todo mi corazón.»Mi familia no sé qué diría, aunque supongo que acabaría por conformarse...
»Hasta la suya, pues, en que resolverá, según le inspire Dios» 49.
Creo que es una actitud de auténtico Operario: Apertura de espíritu, manifestando sus dificultades y repugnancias; obediencia cordial.
Pero no quedó satisfecho. Su delicadísima conciencia le decía que tenía que haber sido más generoso. Y, sin esperar contestación, escribe otra maravilla de carta el día 18 de septiembre de 1930:
«Le escribí anteayer, o el otro, sobre lo de México, y ya no estoy tranquilo de cómo lo hice, ni lo estaré hasta que ésta salga de mis manos. Bien es verdad que contesté demasiado de prisa.
»Opuse reparos porque me parecía que si allá daba mi alma algún traspiés, era yo el culpable por no haber hecho, al menos ahora, presente el peligro. Con esta manifestación quedaba ya tranquila mi alma si me mandaba usted ir, porque era claro que no iba yo, sino que era la obediencia y Dios los que me llevaban allá. El me ayudaría, pues.
»Pero los expuse y ahora no estoy tranquilo por si falto a esa obediencia y trastorno sus planes en vez de ejecutarlos. Por eso si le escribiera hoy creo que ya no respondería sino lo de Isaías: 'Ecce ego, mitte me.'
»Mire cómo a cualquier lado que me hubiera inclinado no me libraba de la intranquilidad. Por eso le suplico como a padre que en las cosas de obediencia no me pregunte jamás mi parecer, porque es ponerme en conflictos y angustias; dígame a rajatabla lo que piensa, que yo deseo y espero obedecer; y me hará un señalado favor.
»A ver si ahora ya quedo tranquilo» 50.
Cuando la Hermandad se va a hacer cargo del Seminario de Tu-cumán, al comunicárselo el Director General, como a todos los Operarios, el siervo de Dios quedó con la duda de si quería contar con él. Y es rápido para escribir. Estaba en Villarreal, reponiéndose de unas fiebres gástricas, muy pertinaces, y dice: «Respecto de Tucumán, me hacía una pregunta en su cartita del 30 de mayo, que no sabía definir si era una exclusión mía o un tanteo de mis disposiciones.»
A don José Pascual Carda casi le da vergüenza manifestar lo que siente, lo que siempre ha sentido, por si acaso puede sonar a presunción.
«Dispuesto estaba a contestarle mi sola voluntad, rayana ya en vanidad, de que mis superiores pueden hacer de mí en todo momento lo que ellos quieran o necesiten» 51.
Esa fue su trayectoria durante su vida de Operario. Más aún, se adelantaba a los mandatos, facilitando a los superiores el gobierno, con una generosidad sencillamente espléndida. Como cuando fue la primera vez a México y los superiores de la Hermandad no encontraban quien acompañara a don Juan Mas. Don Benjamín Miñana ya había decidido aplazar el envío de Operarios. Tenía que salir de España el día 25 de abril. Y don José Pascual se ofreció sin que se lo pidieran. Escribe el 9 de abril de 1924 don José Cambra, desde Tarragona: «Carda se me ha presentado esta mañana [dispuesto a] ir a México y embarcar el 25 con Mas» 52.
Su obediencia tan cordial, tan de «hermandad», no toleraba que sus superiores se vieran en apuros.
HUMILDAD SINCERA
Dice en el proceso uno de los testigos: «La virtud que resplandecía en el siervo de Dios era la humildad. Sabía tener muy escondidas sus eximias cualidades personales» 53.
Acusan esta faceta sus compañeros de estudios como algo muy característico de don José Pascual, quien, ya de seminarista, soportaba con toda humildad hasta reprensiones inmerecidas, sin admitir jamás ni críticas ni conversaciones al respecto 54.
Tenía una humildad tan profunda, que parecía connatural en él, como si no le costara. «Era muy sencillo, con una sencillez que causaba atracción y al mismo tiempo respeto» 53.
Y es que este siervo de Dios «era modelo de equilibrio y naturalidad» 56.
Esta sencillez humilde y delicada se ganaba rápidamente la confianza de los alumnos que se le entregaban para su formación 57. Porque tenía una humildad llena de afabilidad, de simpatía. «Era humilde, piadoso, amable» 58. «Tenía gran simpatía y mucha naturalidad» 59.
A pesar de que se distinguía entre los compañeros por su talento y buenas cualidades 60 jamás presumió de nada de esto. Diríamos que, como San Pablo, sólo presumió de sus debilidades 61. Cuando el año 193.1 regresa a España, sin que le hayan permitido entrar en México, no sabe cómo agradecer el cariño con que lo ha acogido don Joaquín Jovaní, «a pesar de los perjuicios y trastornos que, por mis defectos, he ocasionado a usted y a la Hermandad» 62. Se consideraba «inútil» y, por lo mismo, indigno de ser tratado con tantas consideraciones.
Porque era bueno a carta cabal, siempre se considera un gran pecador. Es casi una obsesión en él considerarse verdaderamente pecador. Cuando le encomiendan a la vez la dirección espiritual del Seminario de Burgos y la administración del Colegio de San José, ésta es su reacción: «Mi voluntad quiere excederse, y toda carga es poca para expiar mis pecados» 63.
Una de las grandes dificultades que tenía para atreverse a dirigir los ejercicios espirituales a los Operarios el año 1929 era «la imposibilidad de la bendición de Dios por mis muchos pecados» 64. Promete prepararse bien, «y sobre todo mi alma, que es la más necesitada, antes de enseñar a los demás» 65.
Al nombrarle el Director General, el año 1932, director del Colegio de San José de Burgos, el siervo de Dios asegura que no escribía, desde hacía algún tiempo, «para que no se acordara de mí; pero no me ha valido... Le agradezco el inmerecido concepto que tiene de mí por ignorar mis pecados» 66.
El año 1934 don Pedro Ruiz de los Paños le ha pedido que le informe con toda sinceridad de los Operarios que formaban el equipo de Ciudad Real. Habla muy bien de todos ellos. Y añade: «Respecto de mí le digo, ya que también me pregunta, lo que me dijo el amo: que tiene muy buenos informes (de otras diócesis) de mí, y que he entrado con muy buen pie, y se está haciendo una buena labor. Pero yo temo por mis defectos y pecados, que conozco» 67.
Esta humildad fue constante en su vida y en todos los órdenes. Ni en su familia sabían que era licenciado en Teología; al menos, así aparece en el proceso 68.
La humildad rebosaba de él con la espontaneidad con que la luz sale del sol. «No rehuía ninguno de los servicios humildes que se deben prestar a los enfermos» 69.
Como testifica una de sus hermanas: «Era virtuoso en todo» 70. Era de una castidad delicadísima, austero y mortificado 71.
SEMBRADOR DE PAZ
Cuando fue destinado la primera vez al Seminario de Belchite sufrió mucho, al ver la poca armonía que reinaba entre el rector y sus colaboradores. El se empeñó en restablecer la paz, la concordia, la verdadera fraternidad. Era el más joven del equipo; pero también el más sensato, el conciliador, por temperamento y por virtud.
No sabía cómo actuar para no herir, para no ser parcial, para ser hermano de verdad. Por educación, por carácter, por criterio sobrenatural, don José Pascual Carda tenía que estar al lado del superior, y lo estaba sinceramente, sin dejar de reconocer los defectos que pudiera tener. Uno de los compañeros de aquel equipo dice al Director General de la Hermandad: «El único que está íntimamente unido al rector es Carda» 72.
Ahora bien, también esto le hacía sufrir. El mismo siervo de Dios explica a don Benjamín Miñana lo que ocurre, lo que hace, y pide orientación para saber cómo debe obrar:
«1. Mis relaciones con el rector. Conocedor de las múltiples faenas que siempre pesan sobre los rectores, me ofrecí espontáneamente al nuestro, desde el primer día del año pasado; y como sé que aunque realmente necesite de uno de nosotros no se atreve él a pedirnos, mis ofrecimientos han sido repetidos algunas veces y realmente le he ayudado en muchas cositas... Esto ha sido causa de que él me haya cobrado confianza y me mande y me hable con libertad, cosa que no hace con los demás.
»2. Mis relaciones con los demás hermanos. Hay dos bandos: Uno es el señor rector, y otro, don X., a quien acompaña don T. y a veces también don S.»
El siervo de Dios no era parcial. Sencillamente era hermano. Sabía estar en su lugar.
«A todos me he ofrecido y ayudado en lo que he podido. Aquella confianza mía con el rector he procurado aprovecharla siempre en bien de mis hermanos, haciéndole ver lo que trabajan, lo bien que cumplen, excusándoles en las cosas que a él no le gustaban, etc. En esto no tengo conciencia de haber desaprovechado ninguna ocasión, aunque don X., que aún no me conoce, no quiere creerlo. Y particularizando con respecto a éste, hablé claro, desde los principios, al señor rector, diciéndole que me parecía que le debía tratar de otra manera, con amabilidad, con indulgencia para los descuidos que tuviera, tan explicables en los principios...
»Pero esto no lo han visto ellos y, sin embargo, sí que han visto ese trato de confianza que tiene para conmigo. Esto, unido a que no han hallado en mí un contrario al rector, e incondicional suyo, como hubieran querido, antes bien, siempre conforme con mi carácter, he procurado excusar también al rector delante de ellos, y a que quizá alguna vez ese mi espíritu servicial se ha extendido a cosas que han molestado a ellos, ha sido la causa de que me hayan tenido por espía, pastelero, etc., y don X. me lo ha echado en cara.»
Está visto que, como siempre, quien se mete a redentor termina crucificado. Pero hay que seguir al primero, al único Redentor crucificado.
«Se pretendió incluso aislarme; pero como, gracias a Dios, aún reconocen mi buena intención, no cuajó la idea. Dicen que al único a quien el rector atiende es a mí; que yo lo consigo todo, y ellos nada» 73.
Está claro que se cazan más moscas con una gota de miel que con una arroba de vinagre.
A don José Pascual le dolían varias cosas: la falta de fraternidad, que su delicadeza no toleraba; el peligro de que aquella lucha sorda algún día «estallase públicamente» («los chicos algo alcanzan de todo esto») y se pueda hacer daño a la comunidad.
«Resultado: ausencia de la paz y de la fraternidad; reinado de la discordia y una vida llena de disgustos y sinsabores para todos» 74.
¿Las causas? Había que repartirlas entre todos.
«¿No dicen que no se riñe sino cuando dos quieren?», dice don José Pascual. Por una parte veía soluciones muy cristianas: «Era de desear más mortificación y más buena voluntad.» Por otra, veía la solución en cauces de normalidad: «Quizá con un sincero y generoso ofrecimiento de servicios, hecho al principio por éstos al rector, se hubiera evitado todo» 75. Sencillamente lo que él había llevado a cabo.
Pero cada día aumentaba su turbación, Estaba perplejo. ¿Qué debe hacer? ¿Estará equivocado por no aliarse para «derrotar» al rector, como le proponía don X.? ¿Se pasa al otro bando? Pero él no pertenecía a ningún bando. ¿Se echa a dormir?
«Compadézcase del último de sus Operarios. Convencido de todo lo que he dicho, me hallo, sin embargo, envuelto hasta cierto punto por la aversión de mis hermanos, por causa de haber querido ser, siempre que se ha podido, tan adicto a la autoridad.
»No hago nada y en todo temo, porque tampoco sé lo que acaso molestará... ¿Me será lícito acaso separarme del rector y de ellos, y echarme a dormir, mientras se queden las cosas sin hacer?
»Respóndame; pues de veras le digo que está muy amargado mi corazón. Dígame cuál ha de ser mi conducta con el rector y con mis hermanos» 76.
El Director General le dice que esté siempre, mientras en ello no haya pecado, al lado del rector 77. Aprueba su conducta y le encomienda encarecidamente que continúe siendo el pacificador 78.
Con ese respaldo se sintió animado a sembrar la paz entre los hermanos. Habló con todos y habló claramente 79, oró mucho y logró que volviera la paz.
VIRTUD QUE ATRAÍA
Desde el cielo, don José Pascual Carda pudo ver que eran imitados hasta sus gestos heroicos. Cuando el siervo de Dios iba a ser fusilado regaló un magnífico reloj de platino, que le habían obsequiado en México, al miliciano que lo iba a matar. Era el mejor modo de perdón. Y era sincera y profunda gratitud, porque, sin saberlo, aquellos pobres milicianos le abrían las puertas del paraíso.
Este gesto impresionó tanto, que un sacerdote de Villarreal, don José Mata Cubedo, en trance de ser fusilado, quiso imitar a don José Pascual Carda, a quien le unía estrecha amistad.
Testifica en el proceso: «El siervo de Dios fue ejemplar en toda 6u vida. Fue un varón de Dios, distinguido por El con grandes prerrogativas, que el siervo de Dios quiso compensárselas, cultivándolas para su honra y gloria. Y esto lo llevó a cabo y consiguió hasta el fin, pues relativamente a su martirio hay que añadir que, efecto de su influencia ejemplar en mí, puesto en el trance de martirio, hice casi lo mismo que él, imitando su actitud» 80.
Don José Mata Cubedo fue detenido por ser sacerdote y fue conducido al fusilamiento. Le salvó in extremis la intervención de un capitán, que intercedió en su favor.
Cuando se vio ante los fusiles —dice— «yo pensé en el siervo de Dios, en su actitud cuando iban a fusilarle» 81.
Entregó al cabo del piquete de fusilamiento su cartera para que, con el dinero que tenía, hicieran una comida extraordinaria, «y este reloj para el que tenga la suerte de fusilarme» 82.
Don José Pascual Carda fue apóstol hasta muriendo.
CAPITULO XXV
MARTIRIO DEL SIERVO DE DIOS DON JOSÉ PASCUAL CARDA SAPORTA
PREPARADO PARA EL MARTIRIO
Creo que la biografía de este siervo de Dios demuestra por sí misma su preparación para aceptar el martirio. Era un hombre que «procedía siempre por motivos sobrenaturales... Fue constante y firme en la defensa de los intereses de la Iglesia, y aunque esto le acarreó algunos sinsabores, no le inmutó en su línea de conducta y siguió haciendo prevalecer dichos intereses» 1.
Dada su virtud, su celo, su ejemplaridad —«prevalecían particularmente en el siervo de Dios su celo y actuación constante para dar siempre buen ejemplo» 2—, el martirio fue sencillamente la coronación de una vida santa, totalmente entregada a Dios y a la Iglesia. Dice el doctor don Juan Bautista Manyá: «Estoy seguro de que tenía su espíritu dispuesto para el martirio y de que, llegado el caso, aceptó generosamente el martirio» 3.
De los ejercicios espirituales, que él mismo dirigió, con el siervo de Dios don Isidoro Bover, a los sacerdotes operarios salió más encendido en ansias de martirio. El siervo de Dios don Pedro Ruiz de los Paños, director general de la Hermandad, caldeó el ambiente en este sentido. La Hermandad —decía— necesita mártires. Veintidós de los que practicaban aquella tanda de ejercicios llegaron a los pocos días al martirio.
Don José Pascual Carda, antes de viajar a Ciudad Real, en un retiro que dirigió a un grupo de seminaristas, les habló directa y concretamente de la gloria de ser mártires 4.
«Recibió la noticia de que iban a matarle como noticia grata» 5. Y la prueba más fehaciente, sin duda alguna, es que, como recompensa por el beneficio singular del martirio, regaló un valioso reloj de platino, que le habían obsequiado en México, al miliciano que lo mató.
Cuando lo sacaron del Convento de dominicas de Villarreal, convertido en cárcel, para ser inmediatamente fusilado, «dijo el siervo de Dios a los milicianos que le subían al coche: «¿Qué, me queréis llevar al cielo?» 6.
Don José Pascual tenía temple de mártir. Estaba entrenado en persecuciones. Dios le quiso premiar con ese «don concedido a pocos» 7.
Los mártires le atraían fuertemente. El día 21 de septiembre de 1918 escribía, después de una visita a los restos de los mártires de Zaragoza: «¡Qué atmósfera de valor se respira aquí para padecer por Jesús!» 8.
DIEZ DÍAS DE VACACIONES
Salió de Ciudad Real el día 26 de junio de 1936, viajando directamente a Tortosa, donde comenzaban los ejercicios espirituales el día 27, para terminar el 5 de julio. El día 6 marchó a Villarreal. Sus proyectos eran disfrutar diez días de vacaciones con su familia y regresar el 17 de julio al Seminario de Ciudad Real, porque los muchos quehaceres no le permitían tomar el mes seguido de vacaciones. Decía en carta del 1 de junio a don Pedro Ruiz de los Paños: «Tampoco le pongo mis vacaciones porque no sé cuándo las podré tomar. La organización diocesana del Fomento y la hoja Vocaciones no me permiten tomarme el mes, entre unos y otros ejercicios, que sería buena época. Así que me tomaré diez días después de los de Tortosa y veremos si puedo tomarme algunos después de los de Valladolid. Supongo que me autorizará por una excepción. Ya sabe que no es ése mi sistema» 9.
Una de sus últimas cartas se la dirige a don José Avila a Burgos, desde Tortosa, hablándole del aspirante que le van a enviar a Ciudad Real para encargarse de la comunidad de latinos durante el próximo curso. La escribe el día 4 de julio de 1936: «He hablado con don Pedro sobre Vicario (don Antonio Vicario), que es el que nos destina este año a Ciudad Real para los latinos, y me dice que le escriba a usted que hay que ordenarle de menores antes de ir allá, a fin de darle siquiera un poquitín de autoridad... En último caso, aunque no fuera más que la tonsura. El caso es que vista siquiera de clérigo al venir allá... Si necesita escribirme puede hacerlo a Villarreal, Plaza de Colón, núm. 1, hasta la Virgen del Carmen. Después, a Ciudad Real» 10.
Y al día siguiente de la Virgen del Carmen, 17 de julio de 1936, le esperaba en Ciudad Real don Francisco Sojo, que escribe el día 15 de julio: «Pasado mañana viene don Pascual por otros quince días, hasta que se vaya a Valladolid» 11, donde pensaba practicar sus ejercicios, ya que lo veía imposible en Tortosa, «porque habré de preparar las meditaciones en esos mismos días y tendré que hacerlos en Valladolid, que ya podré estar más tranquilo» 12.
Durante los diez días —¿de vacaciones?— que pasó en su pueblo dirigió una tanda de ejercicios, a la que asistió su hermana María 13, y predicó al menos un día de retiro a los seminaristas. Don José Pascual a esto lo llamaba descansar.
SIEMPRE GENEROSO
La víspera, pues, del movimiento nacional llegó a Ciudad Real. Por un solo día no le sorprendió la guerra en su pueblo. No es de extrañar que uno de los testigos diga en el proceso: «Le sorprendió la revolución en Villarreal, siendo rector del Seminario de Ciudad Real. En seguida se trasladó a Ciudad Real» 14. Y es que el estado prerrevolucionario era ya prácticamente de guerra. Sin duda, sus familiares le aconsejaban que se quedara en el pueblo; pero el cumplimiento del deber estaba por encima de su misma vida para este siervo de Dios. «Era exactísimo en el cumplimiento de sus deberes, un Operario modelo; estaba entregado completamente a sus ministerios» 15.
En Ciudad Real no habían ganado las elecciones los del Frente Popular. Escribía el siervo de Dios el día 7 de marzo de 1936: «Estamos tranquilos. Ganamos las elecciones aquí y, aunque también ha habido su poquito de movimiento, no nos han molestado en nada» 16.
Quizá por eso los primeros días de la revolución no hubo desmanes. Pero muy pronto llegaron a Ciudad Real huestes sedientas de sangre.
Don José Pascual «se mantuvo en su puesto y en su cargo» hasta que lo echaron materialmente de allí: «El día 23 de julio de 1936 turbas numerosas se dirigieron al Seminario para asaltarlo» 17.
Alguien pudo todavía domar a la fiera y contener la primera embestida. Muy poco tiempo. El suficiente para que don José Pascual Carda demostrara una vez más su característica generosidad, incluso con los enemigos y perseguidores. «Se destacó una comisión de dirigentes y se entrevistaron con el siervo de Dios, con buenos modales, según él me dijo después, para que les entregara el Seminario, prometiéndole que lo dejarían en seguida que pudieran prescindir de él.
»El siervo de Dios les trató bien e incluso los invitó a merendar» 18.
Con buenos modales y bien merendados, «expulsaron a los dos superiores —don José Pascual y don Francisco Castor Sojo— del Seminario, instalando allí la Casa del Pueblo» 19.
El día del Apóstol Santiago todavía pudo celebrar la santa misa. «El día 25 fui yo a celebrar misa en la catedral y allí encontré al siervo de Dios, que me dijo cómo tuvo que dejar el Seminario por exigencia de las turbas» 20.
LA «FONDA FRANCESA»
No sé si sería famosa en aquel tiempo. Lo más probable es que fuera una pensión barata, porque los huéspedes no eran ricos, sino todo lo contrario.
A la «Fonda Francesa» fueron a parar don José Pascual Carda, don Francisco Castor Sojo y un padre de los Hijos del Corazón de María. Los tres serían declarados «reos de muerte» porque habían tenido la ocurrencia —es decir, el gran privilegio— de seguir a Jesucristo.
Al ser echados del Seminario, por imperativo de las turbas, don José Pascual y don Francisco buscaron asilo en la ciudad entre familias conocidas. Todo fue inútil. Para ellos, como desde que el Verbo se hizo carne y acampó entre nosotros, no había sitio en ninguna posada. Era muy peligrosa, terriblemente peligrosa, la vecindad con la sotana.
«Don Pascual y don Francisco, con la recomendación del gobernador civil, pues nadie quería recibir a los expulsados en sus casas, fueron acogidos en una fonda de la ciudad, cuyo dueño era un dirigente socialista» 21.
Es muy explicable que nadie quisiera cargar con el gravísimo delito de recibir en su casa a dos sacerdotes. Estaba prohibido bajo pena de muerte.
Por otra parte, un dirigente socialista, y en una fonda, y con la recomendación del gobernador civil, queda muy exento de culpa. No se comprometía, muchísimo más si pretendía comprometer a sus huéspedes.
Don Francisco Sojo y el padre claretiano fueron fusilados el día 12 de septiembre de 1936. Y el dirigente socialista se las arregló muy bien para que también fuera fusilado don José Pascual Carda.
Declara el señor deán de la catedral de Ciudad Real: El siervo de Dios «me dijo también que, con el mayordomo del Seminario y un padre del Corazón de María, estaba en la 'Fonda Francesa'. Aunque esta fonda pertenecía a una persona de izquierdas, siempre he supuesto que se instalaron allí para estar en contacto con el señor obispo, ya que esta fonda está frente al palacio del señor obispo y se pueden comunicar las personas por las ventanas de estos edificios» 22.
Las dos cosas eran verdad. Quizá hubieran podido elegir otro alojamiento. Sin duda habría más fondas allí. Pero «es cierto que el siervo de Dios se refugió en una fonda de Ciudad Real, cerca del palacio episcopal, para estar más en contacto con el señor obispo» 23.
Desde el día 23 de julio hasta finales del mes de agosto estuvo en dicha fonda el siervo de Dios.
PASAPORTE CON DENUNCIA
Escribió con relativa frecuencia a su familia. «Nos escribía y nos preguntaba disimuladamente por el otro hermano sacerdote» 24.
Y «cuando se enteró que su hermano Blas, sacerdote, estaba en casa, se ve que él se decidió a venir, confiando que en su pueblo no le pasaría nada» 25.
En la «Fonda Francesa» se alojaba también una señorita llamada Cristeta de Mayor, con dos hermanas menores que ella. Sus cuatro hermanos varones habían sido asesinados. Cristeta «vio que don Pascual solicitó del fondista que le facilitase un pasaporte para poder trasladarse al lado de su familia, en su pueblo, que era Villarreal, de Castellón. El fondista se lo proporcionó, pero al punto fue a dar aviso al Comité Rojo del tren en que debía salir» 26.
Esto explica que en la estación de Villarreal ya estuvieran esperándolo para detenerlo. El fondista le dio pasaporte con «chivatazo». Ningún sacerdote podía escapar. Era la «ley».
Llegó a Villarreal el día 26 de agosto de 1936. «Fue detenido en la estación de Villarreal. Parece que los milicianos de Villarreal ya tenían noticia de que llegaba» 27. No cabe duda.
Los que detuvieron a don José Pascual fuero Vicente Llop Almela, alias «Barrusco», y Luis Medrano. El primero era pariente del siervo de Dios 28.
La familia de don José Pascual se enteró de que éste había llegado al pueblo y había sido detenido por un mozo de la estación, al que mandaron a la casa de los padres del siervo de Dios para cobrar el transporte de la maleta desde la estación al convento de dominicas, habilitado para cárcel 29.
Vicente Llop Almela, alias «Barrusco», pariente del siervo de Dios, se gloriaba después en la taberna de haber contribuido a la detención de un cura 30. Sobre todos los vínculos de parentesco prevalecía el odio mortal a la religión y al sacerdote. Testifica don Pascual Ortells, sacerdote Operario diocesano, también hijo de Villa-real: «Le mataron solamente por ser sacerdote... Cuando unos días después de matar al siervo de Dios vinieron a buscarme a mí, que estaba escondido en una casa de Villarreal, al buscarme en la mía, dijeron a mi hermano, que negaba estar yo en Villarreal: 'Si le encontramos, te mataremos a ti y a él, porque tenemos órdenes de no dejar ni un sacerdote'» 31.
INCOMUNICADO
Totalmente incomunicado pasó aquellos días de prisión en el convento de dominicas. Fueron muchos quienes vieron a don José Pascual cuando fue detenido y encarcelado. «Es cierto que lo llevaron al convento de dominicas, convertido en cárcel. Nos lo dijo mucha gente que lo vio pasar detenido por la calle» 32.
Los milicianos negaban a los familiares que el siervo de Dios estuviera allí. Pero el barbero, que entraba a prestar sus servicios en la cárcel improvisada, lo vio muchas veces y lo dijo claramente: allí estaba don José Pascual 33.
María, la hermana del siervo de Dios, fue varias veces a ver a su hermano y a llevarle comida. Nunca le aceptaron la comida; «me dijeron que ya se la darían ellos» 34.
Aquellos días de incomunicación familiar fueron de intensa e íntima comunicación con Dios, porque, desde el momento en que fue detenido, sabía que sería fusilado. Tenía en su haber un delito imborrable: el carácter sacerdotal.
Ahora bien, no deja de ser una crueldad incalificable que, estando en su mismo pueblo, no pudiera ver el siervo de Dios ni a uno solo de sus familiares. Quizá este martirio era muchísimo más duro que el rapidísimo del fusilamiento. No me cabe la menor duda de que don José Pascual Carda, sin perder su talante intrépido, humilde y alegre, pensaría, como era su inveterada costumbre: «Toda carga es poca para expiar mis pecados» 35.
Fueron otros ejercicios espirituales —los que ya no podría practicar en Valladolid— los que hizo en el aislamiento de la cárcel. Fue la preparación próxima para ir definitivamente a Dios, sin distracciones de ningún género.
A don Pascual no le distraía la política. El 19 de julio escribió una carta al entonces seminarista de Ciudad Real don Felipe Lanza, y en ella no hacía la más leve alusión ni a la guerra ni a las cuestiones sociopolíticas 36. Sólo le interesaban las cosas de Dios.
MURIÓ AGRADECIENDO EL MARTIRIO
Mataron al siervo de Dios en las inmediaciones de Oropesa. En el sumario 2.797 del Juzgado Militar de Castellón, en el proceso instruido a Vicente Llop Almela, alias «Barrusco», uno de los dirigentes rojos, llamado Blas Casalta Carda, declara que don José Pascual Carda fue asesinado en las inmediaciones del pueblo de Oropesa 37.
El señor Cantavella —que estaba trabajando cerca de Oropesa— vio el cadáver del siervo de Dios recién fusilado. «El que le mató, llamado Reverter, se gloriaba después de haber dado muerte al siervo de Dios» 33.
Tendríamos que recordar la palabra de Jesús: «Llegará incluso una hora cuando el que os dé muerte pensará que da culto a Dios» 39.
El chófer que llevó en el coche a los asesinos y al mártir presenció el fusilamiento de don José Pascual, y quedó profundamente conmovido por el gesto del siervo de Dios, que «regaló al miliciano que iba a matarle su reloj, y aun le manifestó agradecimiento por el beneficio que le hacía con el martirio» 40.
Este chófer no podía contener su emoción e inmediatamente lo contó, exponiendo su vida al hacerlo público: «Es cierto que el siervo de Dios, según referencia del chófer, que lo dijo, exponiéndose él mismo, dio al que había de matarle el precioso reloj que llevaba, mostrándole agradecimiento por el martirio que le proporcionaba» 41.
¿Habría un modo más delicado de su perdón?
«Por diversos conductos he oído el gesto heroico de la entrega de un precioso reloj al miliciano señalado para su ejecución.» Fue un gesto tan incisivo que impresionó a los mismos asesinos. «Por su autoridad incontrastable quiero hacer constar que lo he oído también del coronel Cachavera, que actuó como juez durante varios años en el Tribunal Militar de la provincia de Castellón. Sin preguntárselo directamente, en una conversación sobre su actuación al frente de dicho Juzgado, refirió el acto heroico del siervo de Dios, a quien él no conocía, y que lo había oído de las declaraciones de los mismos asesinos» 42.
Lo martirizaron el día 4 de septiembre del año 1936.
Como ya hemos dicho, un trabajador llamado Cantavella vio el cadáver recién fusilado. Después no se ha podido encontrar. Pero «en el supuesto lugar de la ejecución se encontró un pañuelo con sus iniciales y manchas de sangre. No se oyó ninguna queja cuando lo mataron, aunque unos trabajadores que estaban cerca oyeron el ruido del motor del coche y de los disparos» 43.
FAMA DE SANTO Y DE MÁRTIR
Es fama general, espontánea, entre cuantos lo conocieron. Y todos están convencidos de que lo mataron solo y exclusivamente por ser sacerdote. Y por ser sacerdote bueno, santo.
«Mataron al siervo de Dios solamente por ser sacerdote. Nunca noté en él ninguna preferencia de carácter político» 44.
«A mi hermano José Pascual le mataron sólo por ser sacerdote. A los sacerdotes los mataban sólo por serlo. No se había puesto en política» 45.
Es afirmación unánime. «Estoy segura de que mataron a mi hermano sólo por ser sacerdote y bueno» 46. La madre abadesa de las clarisas de Almazora, que debía su vocación al siervo de Dios, que había practicado ejercicios espirituales bajo su dirección varias veces, lo dice con un convencimiento extraordinario: «Le mataron porque era sacerdote y se destacaba por ser muy santo» 47.
Un sacerdote, compañero del siervo de Dios, asegura: «Goza de fama de santidad después de su muerte, como ya gozaba en vida. Goza de fama de mártir» 48.
«Tiene después de muerto la fama de virtud que ya tenía en vida. Goza también de fama de mártir» 49.
«Tuvo fama de santidad antes y ha crecido después de su muerte, aureolada con la de su martirio» 50.
8
Don Isidoro Bover Oliver
Rica semilla sacerdotal
CAPITULO XXVI
SÍNTESIS BIOGRÁFICA DEL SIERVO DE DIOS ISIDORO BOVER OLIVER
El siervo de Dios Isidoro Bover Oliver nació el día 2 de mayo de 1890, a las cuatro de la tarde, en Vinaroz. Fueron sus padres Bautista Bover Cardona y Dolores Oliver Egea.
Recibió el bautismo el día 4 de mayo de 1890, siendo padrino su hermano José María Bover Oliver.
FAMILIA E INFANCIA
«Su familia era muy religiosa» 1. Ciertamente era una verdadera familia levítica: tenía el siervo de Dios dos tíos sacerdotes, uno hermano de su padre, sacerdote Operario diocesano, y otro hermano de su madre, párroco de Benicasim. De los cinco hermanos, tres se consagraron a Dios: José María y Salvador en la Compañía de Jesús e Isidoro en la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos.
Aquella familia era tierra bien cultivada para las vocaciones; estaba íntimamente vinculada al santo apóstol de las vocaciones, Beato Manuel Domingo y Sol: «Mosén Sol era amigo de la casa del siervo de Dios» 2. Más aún, «don Manuel Domingo y Sol era el director espiritual de su madre» 3.
Dice don Isidoro hablando de su madre: «Eramos cinco hermanos varones y teníamos una madre de la que diré, por único elogio, que llamó, por sus virtudes y su piedad, la atención de don Manuel, que tantas almas buenas conocía» 4.
Doña Dolores Oliver falleció cuando Isidoro era todavía muy pequeño. Debió de morir el año 1896, porque el 27 de diciembre de 1895, recién ingresado José María en la Compañía de Jesús, le escribe el Beato Manuel Domingo y Sol diciéndole: «Fui el 17 a predicar a una profesión religiosa a Benicarló. Pasé a Vinaroz y visité a tu familia. Tu padre, muy conformado, y quedé yo muy complacido. Tu madre estaba en la tienda, aunque todavía algo delicada» 5.
El fundador de la Hermandad tuvo, pues, mucha relación con esta familia «y conoció así al niño Isidoro» 6. «Sé que don Manuel Domingo y Sol apreciaba mucho al niño Isidoro y quería que fuera operario. Esto lo sé por el mismo don Manuel» 7.
De hecho, el Beato seguía escribiendo al esposo de doña Dolores después de la muerte de ella: «Estos días escribiré a tu padre, puesto que no es probable vaya yo a Vinaroz» 8, dice a José María el año 1897.
Sus padres eran tan buenos que bastaría este detalle que nos cuenta el mismo siervo de Dios: Un día llamó un pobre a la puerta y el niño Isidoro acudió para darle la limosna, privilegio de los niños en aquella casa. Isidoro volvió corriendo y dijo a sus padres: hace un rato vi a ese pobre en la plaza sin muletas y corriendo. Este fue el comentario de su padre: Hay que dejarse engañar de los pobres 9.
Al fallecer la madre del siervo de Dios, éste «convivió casi siempre con su tío, cura párroco de Benicasim» 10, que se llamaba también Isidoro 11.
Don Isidoro Oliver Egea «murió ahogado en el mar al salvar a un niño» 12, en acto de caridad heroica. Esto ocurrió el día 8 de agosto de 1911. Lo cuenta el siervo de Dios, en carta del día 9, a don Benjamín Miñana: «He llegado sin novedad. Ya se había verificado el entierro —probablemente se refiere al funeral—, pero aún he podido ver el cadáver de mi querido tío (q. e. p. d.).
»Su muerte ha sido, en medio de su tristeza, muy hermosa. Ayer tarde, después de tomar el baño, se sentó en una tertulia y estaba conversando cuando oyó que una mujer pedía socorro porque se le ahogaba un niño de siete años. La mar estaba muy alterada. El se levantó y se quitó la sotana para ir a salvar al niño. Los que le acompañaban le agarraron para impedirlo; pero él forcejeó, se deshizo de ellos y se arrojó al mar. Le siguió otro joven para ayudarle, pero sabía nadar poco y no pudo seguirle. Rogó a mi tío que retrocediera, pero él se santiguó, y dijo: 'Vaig a morir, pero salvaré al chiquet.'
»Y sucedió así, desgraciadamente. El niño subió sobre él y lo cogió tan fuerte por el cuello, que lo estranguló. El niño dio desde encima de él un brinco y cayó sobre lugar seguro; pero mi tío se había hundido, y cuando lo sacaron era cadáver.
»El Señor le habrá premiado este acto sublime de caridad. El entierro, según me dicen, ha sido cosa nunca vista. Entre las villas y el pueblo no han quedado veinte personas en casa. Han asistido diecisiete sacerdotes.
»No puedo continuar. El ánimo no está para ello. ¡Y aún he de escribir muchas cartas» 13.
Este tío del siervo de Dios había tratado desde muy pequeño al Beato Manuel Domingo y Sol. Don Isidoro Oliver Egea estudió en el Instituto de Castellón el primer año de Bachillerato durante el curso 1873-1874. El año 1873 mosén Sol fundó el Colegio de San José en Tortosa. Al comenzar el curso 1874-1875 se llevó al estudiante a su Colegio de Tortosa 14.
Además, todos los años el Beato Manuel Domingo y Sol iba a tomar baños a Benicasim, y siendo el tío del siervo de Dios párroco de dicho pueblo, cada vez se estrechaban más sus relaciones.
Don Isidoro Bover jamás olvidó a su tío. Escribe el 9 de agosto de 1932 a su hermano José María: «Ayer se cumplieron veintiún años de la gloriosa muerte de nuestro tío Isidoro» 15.
La infancia de don Isidoro discurrió entre Vinaroz y Benicasim. Convivió con su tío «hasta su ingreso en el Seminario» 16.
Su padre falleció el año 1904 17. Uno de sus hermanos falleció el año 1907 en el hospital militar de Tortosa. El hermano más pequeño, Salvador, falleció el año 1914 en el noviciado de Veruela.
INGRESA EN EL COLEGIO DE SAN JOSÉ
La vocación de Isidoro estuvo muy cultivada por sus padres, por el Beato Manuel Domingo y Sol y por el ejemplo de su hermano y padrino José María.
Escribe el mismo siervo de Dios el año 1922: «Recuerdo una frase que él debió repetirnos muchas veces y después se debió comentar mucho en casa, porque es la única que me ha quedado en la memoria: nos decía que cuando fuéramos mayorcitos nos metería en su bolsillo —un bolsillo que yo me imaginaba tan grande como una tartana— y se nos llevaría hasta Tortosa para que fuésemos sacerdotes...
»Entonces creo que nació mi vocación. Todas mis reminiscencias posteriores se me representan presididas por la idea inalterable de que cuando tuviese la edad competente iría a Tortosa con mosén Sol para ser sacerdote» 18.
También su hermano José María se reconoce deudor a mosén Sol de su vocación. Escribe el día 30 de diciembre de 1895 al mismo mosén Sol: «Yo, por mi parte, me confieso deudor a usted, después de Dios, del inestimable beneficio de mi vocación a esta amada Compañía, en la cual vivo contentísimo, cual explicar no se puede, y en la misma con todo el corazón deseo morir. Usted, en efecto, me mandó al Colegio de Roma; favor que, después del de mi vocación a la Compañía, agradezco más a Dios por haber sido como una preparación a este segundo» 19.
Dicen los testigos: «Ingresó a los diez años en el Colegio de Vocaciones Eclesiásticas de San José, en Tortosa. Aprovechó mucho en los estudios» 20. «Fue recibido por el mismo siervo de Dios don Manuel Domingo y Sol» 21.
Era muy inteligente; pero el primer curso no fue muy estudioso que digamos. Escribe el Beato Manuel Domingo y Sol a don Sebastián Bover el día 28 de diciembre de 1900: «Su sobrinito Bover Oliver es de los primeros de clase, y a pesar de que nunca estudia» 22. Pero luego fue un alumno muy destacado, trabajando con tesón: «Don José Montañés, condiscípulo de don Isidoro, me dijo que era un alumno muy aprovechado y destacado» 23.
Cuantos trataron al siervo de Dios coinciden en esta apreciación: «Aprovechó en los estudios eclesiásticos, sobre todo los últimos años de su carrera. Cuando era seminarista tenía fama de muy bueno» 24. «Fue un seminarista muy bueno y muy aplicado» 25. «De sus años de estudios he oído a compañeros suyos del Colegio que fue muy aprovechado en los estudios, para los que tenía excelentes cualidades y, a la par, siempre edificante seminarista, con una piedad sencilla y honda a la vez» 26.
Recibió la prima clerical tonsura el 17 de diciembre de 1909.
Su hermano, padre José María Bover, celebró su primera misa el 31 de julio de 1910, en el barrio «El Jesús» de Tortosa. Don Isidoro y su hermano Salvador le dedicaron con este motivo un artículo y unos versos publicados en la prensa de Vinaroz.
INGRESA EN LA HERMANDAD
«Desde muy pequeño quiso ser operario» 27. Sin duda, el trato frecuente con mosén Sol influyó mucho en su decisión de ingresaren la Hermandad, lo mismo que el de su tío Sebastián. «Su vocación a la Hermandad nació casi a la par con su vocación al sacerdocio» 28.
Estudió en Tortosa los cursos de latín y humanidad, los de filosofía y primeros de teología. Hasta que ingresó en la Hermandad pagaba sus gastos su hermano mayor, Luis 29.
Fue recibido en la Hermandad, como aspirante, el 12 de agosto de 1910. Al comenzar el curso 1910-11 fue destinado al Seminario de Tarragona como prefecto de la sección de filosofía, y al mismo tiempo culminó sus estudios de teología. La sección era muy reducida y le permitía atender con menos dificultad a ambas cosas.
«Sigo pasándolo muy bien con la veintena de filósofos que tengo. Son chicos disciplinados y dóciles» 30.
El 20 de septiembre de 1911 el entonces rector del Seminario de Tarragona, siervo de Dios don Joaquín Jovaní, escribe a don Benjamín Miñana, consultándole si Bover tomaba los grados académicos: «Me dijo Bover el otro día que escribía a usted consultándole si debía prepararse para grados, para, en ese caso, empezar desde un principio. Le dije, sabiendo cómo piensa usted, que esas indicaciones debían venir de arriba y no de abajo, a menos que tuviese algún indicio de que por ahí andaba la voluntad del superior. Me contestó que su hermano José María se lo había indicado como impresión de usted y también don Sebastián; no obstante, que haría otra carta omitiendo la pregunta. Creo que así lo hace ahora. Diga usted lo que piensa sobre el particular y se hará» 31.
La contestación de don Benjamín fue la que esperaba Jovaní: «A Jovaní, sobre consulta si Bover ha de prepararse para tomar grados académicos, contesto la resolución que tomamos de que no tomasen grados los Operarios y menos los aspirantes» 32.
Don Benjamín estaba sin duda muy escarmentado de quienes adquirían grados y abandonaban la Hermandad. Por otra parte, si se dedicaban de lleno a los grados, mal podrían atender a los alumnos de la sección que tenían confiada. Más adelante, siendo Director General don Joaquín, anima a Bover para los grados en teología.
ORDENES
Recibió las órdenes menores y el subdiaconado el día 23 de diciembre de 1911. El 18 de noviembre de 1910 ya estaba preparando este acontecimiento. Escribe el rector de Tarragona: «Yo no tengo pro ni contra para la ordenación de Bover, pues ignoro el plan que sobre el mismo y su ordenación tenga la Hermandad. Sólo tiene veinte años. Si pudiera ordenarse in sacris antes de quintas creo que nada se perdería» 33.
Pero, como sólo tenía veinte años, hubo de esperar un poco. Así se preparó mejor. El 29 de octubre de 1911 dice Jovaní: «Ningún inconveniente hay en que Isidoro tome menores y subdiaconado en Navidad. Se lo he dicho y está conforme» 34.
El 9 de diciembre fue a Tortosa para practicar los ejercicios y recibir allí dichas órdenes 35. El 1 de enero de 1912 hizo su consagración como probando.
El año 1912 recibió el diaconado y presbiterado. Siempre topaba con su juventud. Escribe el 4 de febrero de 1912 el rector del Seminario de Tarragona: «Isidoro no puede tomar el diaconado por ser joven, a menos que usted saque dispensa de edad... Hasta la Trinidad no estará en condiciones canónicas» 36.
El 1 de julio de 1912 recibió el diaconado.
Al Director General de la Hermandad le urgía la ordenación del siervo de Dios porque pensaba enviarlo a México. Se lo sospechaban los compañeros de don Isidoro desde que notaron la prisa que manifestaba don Benjamín. Escribe el rector de Tarragona el 29 de octubre de 1911: «El conocer esa intención en usted ha hecho sus-picar a los inocentes Despóns y Aguilella que eso es preparar la maleta para el otro mundo, y le dan broma que es un primor y que no inquieta al paciente» 37. No iban desencaminados «los inocentes». Y «el paciente» no se inmutaba, sabiendo que era verdad,
ORDENACIÓN SACERDOTAL
Recibió la ordenación sacerdotal el día 8 de septiembre de 1912. Le confirió el presbiterado, en Vinaroz, el señor arzobispo de Granada, Meseguer y Costa, paisano del siervo de Dios.
El señor arzobispo de Granada, don José Meseguer y Costa, tenía muchísima relación con el beato Manuel Domingo y Sol. Muchas veces le había pedido que la Hermandad se hiciera cargo de su Seminario. Escribe mosén Sol el 7 de mayo de 1906 a don Carmelo Blay: «No sé si sabrá usted que nos hemos visto precisados a denegarnos en el ofrecimiento que se nos había hecho del Seminario de Granada, en donde está de arzobispo el señor Meseguer y Costa» 38.
El arzobispo volvió a la carga el año 1908 y, en vista de la escasez de personal que tenía don Manuel, le pide sólo a don Sebastián Bover, al que conocía mucho por ser ambos de Vinaroz. Mosén Sol le contesta, dejando muy claro que la fuerza de la Hermandad está en el equipo y no en personas individuales. Merece la pena transcribir algún párrafo de los que le escribió nuestro Fundador, el 22 de abril de 1908: «Toda la fuerza de nuestra Institución no consiste en las condiciones o cualidades personales, pues muchos de nosotros las tenemos bastante flojas para gobernar jóvenes, sino en que formamos entidad, por tanto, unión en el fin, unidad de acción, administración, vigilancia, régimen y sistema, celo para con las almas sin temor a rozamientos de unos con otros» 39.
Dada la amistad que unía a la familia Bover con el arzobispo de Granada y que éste pasaba algunos días de vacaciones en Vinaroz, pensaron en pedirle que accediera a ordenar de sacerdote al siervo de Dios en la parroquia de su pueblo. El día 4 de agosto de 1912 escribe, desde Vinaroz, don Sebastián Bover a don Benjamín Miñana: «El señor arzobispo llegó anoche y hoy le he hablado pidiéndole, en su nombre, la gracia de ordenar a Isidoro. Me ha dicho que le ordenará con mucho gusto y se ha manifestado muy complacido por la petición.
»Escribo a Isidoro comunicándole la noticia y pidiéndole rescripto de Roma y los demás documentos, pues quiere verlos el señor arzobispo antes de pedir permiso al señor obispo de Tortosa» 40.
Ese mismo día recibió la carta don Benjamín. ¡Qué bien funcionaban los correos de entonces! «Sebastián Bover, desde Vinaroz, escribe que llegó allí el señor arzobispo de Granada, que le ha propuesto que confiera el presbiterado a Isidoro Bover el día 8 del próximo mes, en el mismo Vinaroz, y ha contestado que lo hará con gusto. Veré ahora yo al prelado de aquí. Tenemos de Roma los rescriptos de la dispensa de edad y extra-témporas» 41.
Las cosas iban rápidas. Dice don Benjamín el 25 de agosto: «He visitado al señor obispo y me ha concedido que el arzobispo de Granada confiera el presbiterado a Isidoro Bover. Lo comunica al señor arzobispo, a Sebastián Bover y a Isidoro, y a éste digo que venga pasado mañana para los ejercicios» 42.
Practicó los ejercicios él solo: «Oí contar al siervo de Dios, manifestando profunda gratitud a su hermano jesuita, lo siguiente: como especial obsequio para su ordenación sacerdotal, le proporcionó gratis et amore un excelente director de ejercicios para él solo.
A esos ejercicios extraordinarios, decía él, debía las mejores gracias dispositivas a la recepción de su presbiterado» 43.
El 8 de septiembre de 1912 —a los veintidós años de edad— recibió la ordenación sacerdotal: «La función de las órdenes en la parroquia de Vinaroz ha sido un acontecimiento. Nos hemos reunido muchos Operarios» 44.
El día 9 cantó su primera misa, siendo padrinos de altar su hermano, el padre José María Bover, y don Benjamín Miñana. Dice éste: «Tempranito hemos subido a la ermita de San Sebastián, y, después de haber celebrado todos los sacerdotes que habíamos ido para la fiesta, celebró su primera misa nuestro Isidoro Bover, asistiéndole su hermano el padre José María y yo. Muy devota ha sido la función, habiendo comulgado de manos del nuevo sacerdote unos ciento cincuenta de los asistentes al piadoso acto» 45.
Antes de salir para Tortosa, don Benjamín despidió y dio la bendición a don José Santo y don Isidoro Bover, que al día siguiente salían a Valencia para embarcar el día 11 de septiembre rumbo a México» 46.
CAMINO DE MÉXICO
No puedo menos de admirar a estos hombres que, sin rechistar, sin oponer el mínimo reparo, obedecían de corazón, cumpliendo con gozo los mandatos. Al día siguiente de su primera misa don Isidoro se va a México.
Don Casimiro Izuel, que también iba destinado a México, se unió a don Isidoro Bover y don José Santo en Valencia, y, muy bien atendidos, zarparon en el vapor «Manuel Calvo» el día 11 de septiembre. El tío de don Isidoro, don Sebastián Bover, y el siervo de Dios don Agustín Sabater —rector y administrador, respectivamente, del Seminario de Almería— embarcaron también en el mismo buque hasta Málaga para despedirlos 47.
Llegaron a México el día 8 de octubre de 1912 48. Don José María Tormo, director regional de la Hermandad en México, escribe a don Benjamín el día 8 de octubre de 1912: «Hoy han llegado los viajeros, muy contentos y sin novedad. Mandé hoy mismo cable, confirmado Santo, para que conociesen que habían llegado... Bover ya mañana se instalará en Tacubaya para ayudar a los demás» 49.
Durante el viaje, según don José Santo, tenía que frenar a don Isidoro, que no se contenía cuando en el barco algunas personas hablaban mal de la religión: «Se muestra batallador con los que dicen algo contra la religión, cosa que no falta, por desgracia, en los largos viajes; con todo, a la menor indicación mía, se modera y corrige» 50.
«El 10, por la tarde, llegamos perfectamente a Valencia, donde pernoctamos. El 11 celebré en la capilla de la Virgen de los Desamparados y, por la tarde, a las cuatro, embarcamos» 51.
Al salir el barco de Valencia, mareo general. «Don José Santo no se encontró con fuerzas para entrar a cenar. Yo, al tercer plato, tuve que salirme, y de los cuarenta que había en el comedor, no quedaron más de media docena... Don Casimiro, muy valiente; pero al salir de Valencia también se mareó algo, lo mismo que mi tío. Don Agustín fue el único que resistió» 52.
Llegaron a México y don Isidoro fue destinado al Seminario de Cuernavaca.
TACUBAYA D. F.
Cuernavaca estaba amenazada entre zapatistas y gubernamentales. Era una batalla continua, un aislamiento espantoso. Ni salían ni llegaban trenes; y hasta los que se ponían en marcha, con nutrida escolta de soldados, muchas veces no alcanzaban su destino, porque escolta y pasajeros caían acribillados durante la ruta.
Como no se podía responder ni siquiera de adquirir los alimentos de primera necesidad, las autoridades eclesiásticas tomaron la decisión de trasladar provisionalmente el Seminario de Cuernavaca a Tacubaya, en el Distrito Federal de México. El día 24 de junio de 1912 quedó instalado en Tacubaya 53.
Allí estuvieron hasta casi finales de diciembre. Escribe don Isidoro el 4 de enero de 1913: «La noticia más culminante que puedo comunicarle es nuestra venida de Cuernavaca, cuando menos lo esperábamos... El día 19 del pasado diciembre, el señor obispo, el padre rector y los mayores, y el día 21, el padre Galcerá, los gramáticos y yo, nos vinimos a tomar otra vez posesión de este Seminario» 54.
En Tacubaya tenía mucho trabajo y mucho contento. Comenzaron allí el curso. «Por fin hemos empezado aquí el curso. El señor obispo quería que fuéramos todos con él a Cuernavaca: pero, en vista que la situación allí es ahora más peligrosa que nunca, por los acontecimientos que se esperan para dentro de poco, ha desistido y nos ha dicho que comenzaremos aquí las clases. A mí me han encargado los tres últimos cursos de latín» 55.
Se entendía muy bien con el siervo de Dios don Manuel Galcerá —martirizado el 3 de septiembre de 1936—, con quien había estado un curso en Tarragona. «De todos los que hay aquí —Santonja y Perpiñán están en Cuernavaca—, el que me ha parecido de mejor espíritu es Galcerá. A él y a mí nos han encargado de la comunidad» 56.
El rector que tenían estaba más preocupado por colocar en México a su cuñado que por la comunidad. De hecho, este señor rector «escribe tristón porque no puede con 'tanta carga' y repite sus deseos de que le relevemos del rectorado de Cuernavaca; pero el muy tuno no dice la verdadera causa de su disgusto y de sus deseos de relevo, que es precisamente para poder atender mejor a su cuñado» 57.
El día 27 de julio de 1913 don Benjamín Miñana le invitó a que se retirara de la Hermandad.
Pero, a pesar del cuñado y demás historias, «vivimos todos en la mejor armonía... Nos ayudamos y suplimos mutuamente» 58.
De acuerdo con el siervo de Dios don Manuel Galcerá, puesto que tenía a su cargo la comunidad, están dispuestos a corregir lo que no funcionaba bien. «Nuestro plan es el siguiente: Como no esperamos que a don X surjan iniciativas para reformar muchas cosas que andan nada más que regular, y por otra parte, deseamos implantar lo que sea, acomodado al temperamento de estos chicos, de lo bueno que vimos en Tarragona, expondremos al rector nuestros proyectos, no de una vez, sino sucesivamente. Si él los aprueba, procuraremos implantarlos con suavidad; si a él no le parecen bien, lo dejaremos estar y no se hablará más de ello» 59.
El 19 de noviembre de 1912 el rector se lo había facilitado, pidiéndoles «que expongan todo lo que crean se haya de corregir» 60.
TERREMOTOS
El 19 de diciembre de 1912 fue de aúpa. Escribe el día 24 de ese mes: «No son pocas las noticias que puedo comunicarle. Una de las más gordas es el terremoto del día 19, que duró más de veinte minutos, aunque con toda su intensidad no fue perceptible más que por espacio de unos tres y medio.
»A mí me cogió diciendo misa y me dio un susto fenomenal. Al principio creí que me daba un desmayo, porque sentí que me flaqueaban las piernas y que no podía tenerme de pie; pero cuando vi que las paredes, las imágenes y hasta el techo bailaban y que las lámparas andaban como si fuesen incensarios, ya me di cuenta de que temblaba.
»Gracias a Dios, aquí no tuvimos que lamentar ninguna desgracia, aunque a pocas leguas de distancia se han derrumbado pueblos enteros y ha habido muchísimas desgracias» 61.
Otro terremoto era tener que ir a Cuernavaca. «De la fecha de nuestra partida a Cuernavaca no hay determinado nada en concreto, al menos que yo sepa. El señor obispo tiene ganas de irse y de que nosotros y los chicos vayamos con él. A los operarios y al mismo don José Tormo no les entran todavía las ganas de ir a meterse en aquellos peligros. Yo, aunque preferiría estar aquí, me parece que no tendría gran disgusto si fuéramos allá» 62.
La dificultad del señor obispo para ir a Cuernavaca era que los trenes, «o son militares, o al menos llevan escolta, y esto es lo que él no quiere, porque desea trabajar en la pacificación, aun material, de aquella diócesis, donde la mitad de la gente es zapatista, y teme que se le reciba con desagrado si va a su diócesis en un tren custodiado por la tropa» 63.
La dificultad del rector radicaba en no querer que los Operarios y los alumnos viajaran «en un tren indefenso, que habrá de pasar por puntos llenos de gente acostumbrada a asaltar los trenes. Eso es todo lo que sé» 64.
Y al fin y al cabo, cuando menos lo esperaban, viajaron a Cuernavaca. «Esta precipitada venida se debió a que el señor obispo nos invitó a acompañarle, y aunque dejó a todos en libertad, manifestó veladamente sus deseos de que fuéramos con él.
»Afortunadamente nada desagradable nos ocurrió ni en el viaje ni a la llegada. Los dos trenes iban muy bien escoltados» 65. «En el tren que yo vine iban cerca de trescientos soldados con algunas secciones de ametralladoras. Con estos trenes no se meten los zapatistas» 66.
AUMENTA EL TRABAJO
Claro está, los terremotos tienen resaca de asentamiento. Uno de los Operarios hubo de quedarse en Tacubaya y sólo quedaban cuatro «para atender a clases, vigilancia de los chicos y culto de la catedral. Aun trabajando todo lo que se pueda, será muy difícil que podamos cumplir con todo» 67.
Registra en su crónica don Benjamín Miñana que el rector «se lamenta amargamente... Es una contradicción que no se esperaba, y hecha ya la distribución del personal para este curso, no veo solución ni dónde encontrar más personal. No podíamos pensar que se podría hacer el traslado del Seminario a Cuernavaca este curso» 68.
Don Isidoro ha quedado «por ahora, hasta ver si viene otro operario, con la Filosofía, Historia Natural, primer año de Gramática, Retórica y Geografía. Los demás, poco más o menos, están cargados como yo de asignaturas» 69.
El 9 de enero de 1913, según le tiene encomendado el Director General, le cuenta cuanto él debe saber. Es una carta de cinco folios. Desde luego, el señor rector era una persona demoledora, sin preocupación por la comunidad. Según pasa el tiempo, el siervo de Dios recordaba cada vez más a Tarragona y a su rector, el siervo de Dios don Joaquín Jovaní, que atendía personalmente a los alumnos. «He podido observar que nunca está con los chicos. Desde que estoy aquí no le he visto una sola vez hablando familiarmente con ellos» 70.
Pero entre don Isidoro Bover y don Manuel Galcerá fueron entonando la comunidad, «que ha mejorado mucho desde el día de retiro. Les hablamos del amor a Jesús sacramentado y de las excelencias de la comunión frecuente, y desde entonces comulgan casi todos diariamente y hacen bastantes visitas» 71. Antes sólo comulgaban cuatro 72.
Don Benjamín le aconseja «que siga la norma de conducta prudente» 72bis. Y el siervo de Dios respondía con fidelidad: «Isidoro continúa la norma de conducta prudente que se le trazó» 73. «A Isidoro Bover contesto que estoy contento de su conducta y que siga trampeando al rector y a Perpiñán, sin hacerse de ello sospechoso, pero sin participar de sus peligrosas teorías y peor conducta. Siga escribiendo cuanto convenga que yo sepa» 74.
«El día primero del año hice los votos trienales. Pídale a Dios que me haga un buen Operario, digno de la Hermandad que tanto me ha favorecido» 75.
Realmente era tanto el trabajo que tenían, que el señor obispo, «para aliviarnos, espontáneamente ha tomado a su cargo la cátedra de Moral. Es muy bueno, muy piadoso, muy listo y de muy buen espíritu» 76.
«La comunidad sigue muy bien y muy mejorada» 77.
EN MEDIO DEL TIROTEO
Social y políticamente vivían en continua zozobra. Aquello era una guerra civil con todas las consecuencias. El presidente Madero jugaba con dos barajas, armando a los bandoleros, que se unían a los zapatistas, sin otros ideales que robar y saquear. Son muy interesantes las cartas que el siervo de Dios escribe el 6 de marzo y el 8 de mayo de 1913.
«Después de un aislamiento de casi un mes, en que hemos estado sin telégrafo, sin trenes y sin poder mandar ni recibir correo, parece que volvemos a la normalidad y aprovecho la ocasión para escribir. La causa de este aislamiento ya puede suponer que fueron los terribles sucesos desarrollados en la capital, en la que por espació de diez días funcionaron por las calles los fusiles, las ametralladoras y los cañones.»
Estaban incomunicados hasta con el resto de la nación. «De los de San Felipe nada hemos sabido. Aquí no sufrimos más que algunos sustos fenomenales porque dos o tres veces se dijo que marchaban todas las tropas, lo cual, gracias a Dios, no llegó a realizarse. Si hubiera quedado la plaza desguarnecida, seguramente hubieran entrado los bandoleros zapatistas, que andaban por los alrededores esperando la ocasión y no hubieran dejado títere con cabeza.
»Con el triunfo de la revolución y la muerte de Madero parece que la situación ha mejorado notablemente, porque ya han depuesto las armas la mayor parte de los revolucionarios y no quedan más que los que estaban levantados para robar y saquear, como son los que tenemos por ahí cerca. Hay esperanza de que el Gobierno logrará acabar con ellos. Desde luego, no los está protegiendo, como lo hacía inicuamente Madero, pues se va comprobando que les daba fusiles y municiones. Además, no tendrá que atender más que a éstos, pues no sólo los demás —los de buena fe— se han rendido, sino que trabajan ya de acuerdo con el Gobierno para combatir a los que sólo buscan el pillaje» 78.
Pero lo que más consolaba a don Isidoro era que, a pesar de las dificultades de guerra, y quizá gracias también a eso, «pasamos la vida trabajando mucho pero muy tranquilamente... Si seguimos como ahora, unidos, no me asusta este trabajo» 79.
Todo eso lo contaba el 6 de marzo de 1913. El 8 de mayo envía otra seminovela de acontecimientos. Está muy contento porque el presidente Huerta se manifiesta totalmente distinto de Madero y no tiene rubor en hablar de Dios y proclamarse católico. «Todos nos encontramos perfectamente, a pesar de que la revolución todavía no termina. No obstante, el día 4 nos ocurrió un percance que no tuvo, gracias a Dios, consecuencias, pero que las hubiera podido tener muy serias.
»Salí yo aquel día con todos los seminaristas al Santuario de la Virgen de Tlaltenango, para asistir a la segunda misa de un recién ordenado de aquí. Después de tomar allí el desayuno, nos volvimos para el Seminario; pero, al llegar a un punto llamado Las Lomas, que está totalmente al descubierto, sin ningún refugio, empezamos a oír detonaciones.
»Primero creíamos que eran cohetes, pero pronto nos tuvimos que convencer de que eran tiros, cuando vimos a la gente, que había en el campo, correr en todas las direcciones y oímos unas docenas de descargas cerradas. Como no teníamos donde refugiarnos, apresuramos el paso para bajarnos a un barranco, por donde seguimos hasta entrar en la ciudad.
»Los disparos no iban contra nosotros, pero se cruzaban entre soldados y zapatistas, que no estaban más lejos de doscientos metros. Y no terminó aquí el jaleo. Al cabo de diez minutos que hubimos entrado en el Seminario, empezaron a funcionar en todos los fuertes de la ciudad los fusiles, las ametralladoras y los cañones. Era que los zapatistas cuyas primeras avanzadas habíamos visto nosotros querían tomar Cuernavaca. No lo consiguieron, naturalmente, porque la plaza está muy bien guarnecida, sobre todo con muchos cañones y ametralladoras, y dejaron bastantes muertos en el campo.
»Fue verdaderamente providencial el que yo me obstinara en hacer regresar a los chicos inmediatamente después del desayuno, para que se prepararan los que aquel día habían de ir a México. Si llego a acceder a lo que ellos pedían, de permanecer en Tlaltenango un rato más, nos encontramos entre los rebeldes, recibiendo el fuego de la ciudad. La peregrinación de la diócesis de Cuernavaca a Guadalupe, que había de salir aquel día, se suspendió...
»Hay ahora más revolucionarios que nunca; pero creo que la revolución, aunque luego queden algunas gravillas, terminará pronto, porque el Gobierno, que tiene muy buena voluntad, sin alardes, pero con pasos seguros, va aumentando el ejército y... dispondrá de fuerzas...
»Digo que el Gobierno tiene buena voluntad y patriotismo, al revés de Madero, que se ha comprobado daba armas y municiones a los zapatistas. Además, se ha hecho simpático el presidente Huerta, porque sin respetos humanos se atrevió a decir el día que fue al Congreso que era profundamente católico, que sólo de Dios podía venir la salvación de México y que él, en el santo nombre de Dios, pedía a todos que se unieran para cooperar al restablecimiento de la paz.
»Estas palabras —textuales— hace más de medio siglo que aquí no se habían oído de labios de un personaje oficial» 80.
FINAL DEL CURSO ACCIDENTADO
A primeros de junio enfermó el siervo de Dios don Manuel Galcerá y tuvo que salir de Cuernavaca. El día 10 de junio de 1913 «se va a México con muy pocas ganas de volver a este sitio, por miedo de perder la otra mitad de salud que le ha quedado» 81.
Esperaba a don Isidoro un mes verdaderamente trágico. También él se sentía enfermo, débil y muy cansado. «Nos quedamos aquí tres semiinválidos» 82. Y encima se le aumentó el trabajo. Uno de los Operarios de Querétaro vino a ayudarles; pero «bien es cierto que yo, aun con esta ayuda, he visto aumentar no poco mi trabajo. El padre Galcerá dejó vacante la clase de Teología, y como nadie la quiso tomar, me la cargaron a mí, juntamente con la Ascética... Tengo ahora la Teología y la Filosofía diarias, y la Retórica, la Ascética y la Geografía trisemanales. ¡Dios nos asista!» 84.
Para colmo de males, se presentó allí el cuñado del rector, que resulta un gorrón, un entrometido y un disipado. «Como se interrumpieron los trenes, todavía permanece aquí, sin manifestar ganas de marcharse» 85.
A pesar de los pesares, tiene el consuelo de que la comunidad funciona bastante bien. Y está convencido de que con un buen rector, que se preocupara de los alumnos, sería una comunidad ideal.
De todas las molestias que paso, la que más me hace sufrir es ver el abandono en que el rector tiene a la comunidad... Por la misericordia de Dios, no creo que haya desórdenes y la piedad anda menos mal de lo que lógicamente podía esperarse... Si no fuera por esto, el trabajo, que créame es muchísimo, lo haría muy a gusto...
»Los exámenes serán en los primeros de agosto. Estoy deseando ya que lleguen, porque estoy sumamente fatigado, principalmente desde que tengo la Teología y la Ascética... Le digo todo esto no como queja, ni por resentimiento contra nadie, sino únicamente para desahogar mi corazón, pues desde que se fue el padre Galcerá no hay nadie con quien tenga la franqueza y la confianza que tenía con él...
»Sigue la incomunicación y sigo escribiendo. Ya hace casi quince días que comencé la carta... Nada absolutamente sabemos de España, ni aun de México, pues ni periódicos dejan entrar» 86.
El día 24 de julio el señor rector, que había adelantado los exámenes a sus alumnos, se marchó —claro está, con su cuñado— en el primer tren militar y «dijo que ahí queda eso» 87.
Don Isidoro se sentía mal desde hacía unos meses: «Me sentía tan débil, que me daban con frecuencia vahídos y en la misa tenía que estar apoyado continuamente en el altar porque... se me iba la cabeza y hubiera caído» 88.
Tenía que acostarse a las dos de la madrugada, para preparar las clases de Teología. No podía comer más que arroz y patatas asadas.
A MÉXICO PARA CURARSE
Finalizado el curso —los exámenes fueron el 31 de julio 89— comienza una carta en Cuernavaca el día 13 de agosto y la terminará en México el día 24.
Pidió permiso al señor obispo para ir a visitar a un médico especialista de México —el doctor Icaza—; y el prelado le dijo que estuviera allí cuanto tiempo fuera necesario. Pero era una hazaña salir de Cuernavaca. Estos eran sus propósitos: «En el primer tren militar que, después del día de la Asunción, salga para la capital, si me dan pase, iré con el padre Monferrer para pasar allí una temporadita» 90.
La verdad es que ahora mismo «nos enteramos por un anuncio, que acaban de poner en el Cuartel General, que indefinidamente se suspenden los pases que se concedían para viajar en los trenes militares, lo cual significa que indefinidamente, si se cumple el anuncio —y tenemos la experiencia de que todas las malas noticias se han confirmado—, quedamos encarcelados en Cuernavaca. ¡Adiós viaje a México! Créame que estamos tan fastidiados, que ya la gente se pregunta si Cuernavaca es población habitable. ¡Dios nos dé paciencia, que no es poca la que necesitamos!» 91.
Pero las recomendaciones siempre suelen surtir efecto. Y don Isidoro necesitaba viajar a México, so pena de morir en Cuernavaca. Una recomendación en «tecnicolor» también entonces valía la pena. «Con una carta del señor obispo ha ido el padre Santonja a ver al gobernador de la plaza, que es un general, para conseguir un pase, y se lo han prometido para pasado mañana» 92. Pasado mañana era el 20 de agosto de 1913.
No se fiaban mucho. «Veremos. A pesar de la promesa no lo consideramos seguro. Y no digo más por hoy, porque mi cabeza no está para trabajar ni aun en cosa tan sencilla como escribir una carta» 93.
Amaneció el día 20. Y don Isidoro amaneció algo mejorado. «A las once y media, por fin, nos ha sido entregado un pase, para que nos admitan en el tren militar que sale para México mañana a las seis. A primeras horas de la tarde llegaremos a la capital, si no nos ocurre ningún percance en el camino. No lo esperamos, porque los trenes militares llevan siempre una escolta muy fuerte» 94.
Continúa la carta, ya en México, el día 24. El viaje, sin novedad. Llegaron a México a mediodía del día 20.
«Aquella misma tarde vi al doctor Icaza, uno de los mejores de México, y me puso por cuatro días a rigurosa dieta de sólo leche; así es que ningún otro alimento he tomado desde mi llegada. Mañana volveré a ver al doctor. Me temo que me haga seguir la dieta... No he tenido ni un solo momento de calentura y, a pesar del poco alimento que tomo, no he guardado cama, ni he dejado ni un día de celebrar, y los vahídos y desmayos que tenía en Cuernavaca han desaparecido.
»Continúo el 25, y esta vez ya con ánimo de terminar. He visto al doctor y me ha encontrado muy mejorado. Me permite comer ya sopa, huevo pasado por agua y carne asada, pero sólo a mediodía. Este régimen parece durará unos quince días. Ya la debilidad ha desaparecido completamente» 95.
SIEMPRE PENSANDO EN LOS OTROS
Don Benjamín Miñana iba despejando de moros la costa con mayor rapidez que el ejército despejaba los embrollos de México. Hizo embarcar para España a los elementos que robaban la paz. Por supuesto, al señor rector y otro adlátere que era carne y uña con él y con su cuñado, pero que terminaron con los platos rotos, tirándoselos a la cabeza. El siervo de Dios comenta sencillamente: «¡Así se despellejan los que fueron carne y uña!» 96.
Mejoró ciertamente su salud en México. Podía haber aprovechado esto para pedir que lo dejasen allí. No era su estilo. El obedecía y eso le daba mucha seguridad.
Tuvo que permanecer en México hasta mediados de septiembre; pero no está tranquilo, aunque recobre la salud. Su preocupación eran los demás. Don Javier Santonja había quedado solo en Cuernavaca, y don Isidoro piensa en él: «Tengo deseos de regresar a Cuernavaca en cuanto me reponga, porque el padre Santonja no puede estar solo para las misas y funciones de la catedral, teniendo al mismo tiempo los alumnos en el Seminario» 97.
De Querétaro habían enviado un minorista español, pero a don Isidoro le seguía preocupando la soledad de un hermano.
El 9 de septiembre de 1913 escribe todavía desde México, y a máquina, porque «en los días que llevo aquí he hecho bastante práctica y ya escribo con ella más deprisa que a mano» 98.
GRAN DEVOTO DE LA VIRGEN
Según todos los testigos, una de las características de don Isidoro Bover era su devoción a la Santísima Virgen. Como es lógico, estando en México no podía menos de visitar a la Virgen de Guadalupe.
Para celebrar el primer aniversario de su ordenación sacerdotal quiso ir a ver a su Madre. «Le escribo ésta cuando estoy celebrando los aniversarios más grandes de mí vida. Ayer, 8 de septiembre, aniversario de mi ordenación sacerdotal, y hoy el de mi primera misa. Para que ayer celebrara la fecha con más alegría, tuve el consuelo de decir misa en el altar de la Virgen de Guadalupe de la misma basílica» 99.
Como se celebraban muchas misas allí y no era tan fácil como ahora llegar a «La Villa» —así llaman los mexicanos a Guadalupe—, tuvo que pegarse un madrugón; pero su cariño a la Señora era más grande que todo el sueño atrasado que traía de Cuernavaca —«estaba rendido de cansancio y de sueño» 100—: «Me costó esto levantarme a las cuatro de la mañana, pero soporté muy gustosísímamente esta molestia tan insignificante» 101.
La Santísima Virgen le hizo ese día otro gran regalo; los Operarios que embarcaban para México eran los tres condiscípulos suyos.
«Hoy he tenido otro consuelo no pequeño: don José me ha dicho esta mañana que ya se sabía quiénes venían este año a México, y calcule cuál sería mi sorpresa agradabilísima al oír los nombres de Pla, Espuny y Verge. Tres condiscípulos, con quienes anduve junto desde el primer año de latín. Me parece un sueño» 102.
REGRESA A CUERNAVACA
Creyó que tendría que aplazar indefinidamente su retorno a Cuernavaca, «por temor a la inseguridad del camino», al enterarse de cómo asaltaban los trenes; pero sabiendo que eso ocurría más al sur, viajó en el primer tren militar que lo admitió. «No tuvimos novedad, gracias a Dios. Bien es cierto que íbamos muy bien escoltados, porque venía acompañando al nuestro otro tren con sólo militares que llevaba cerca de trescientos soldados, dos ametralladoras y un cañón. Mayores precauciones para garantizar la seguridad de los viajeros humanamente ya no pueden tomarse» 103.
Le impresionó profundamente no ver en el trayecto más que tres zapatistas, colgados en los postes del camino para escarmiento.
Cree que con el régimen del doctor Icaza va a resistir muy bien el curso. El 18 de noviembre de 1913 dice: «Estoy completamente restablecido y con más fuerzas que antes» 104. Comienza el nuevo año académico sin averías y con brío.
Hubo cambio de rector. Como no hay cuñado, hay menos cuñas. Fue nombrado rector don Rafael Marqués, y «yo estoy contentísimo de tener por rector al padre Marqués, que ha puesto orden en todas las cosas que tan mal anduvieron el año pasado» 105.
Pero «la revolución sigue en auge y me parece que no tardará mucho en que vuelva a ocurrir otro estallido como el que derrocó a Madero. Tan mal están las cosas» 106.
El 18 de marzo de 1914 vuelve a sentirse enfermo: «Afortunadamente no me he visto obligado a guardar cama y he podido seguir con mis ocupaciones ordinarias» 107.
El nuevo rector dice de don Isidoro: «Bover, excelente.» Pero no tomaba en serio las molestias que sufría, porque no tenía más que treinta y ocho grados de calentura 108. Lo achacaba a preocupaciones, y «puedo asegurarle que no las he tenido un solo momento» 109.
Por fin don Rafael Marqués se convence y dice el 1 de marzo de 1914: «Bover marcha perfectamente; un poco propenso a las indigestiones, tal vez por la mala dentadura que tiene; en cuanto vengan las vacaciones, lo mandaremos a México a proveerse de armamento nuevo» 110.
En Semana Santa le permitió ir a México para arreglarse la dentadura. Hizo una escapada a Querétaro con don José María Tormo, para ver a su condiscípulo Verge, y a pesar de que el padre Marqués pensaba que la enfermedad de don Isidoro eran preocupaciones y hasta un poco de manía, escribe don Hipólito Rubio el día 8 de mayo de 1914: «Hace unos días estuvo aquí don José María Tormo, y me alegré que se detuviera tres o cuatro días, porque así pudo enterarse bien cómo están las cositas nuestras. También vino con él el padre Bover, pero tan delgado, que no parece él. Aquella Cuernavaca, con su mal clima, con su mala alimentación y exceso de trabajo, acabará con la salud de cuantos Operarios vayan» 111.
ESTAMOS SITIADOS
«Desde el 2 de junio estamos, puede decirse, que sitiados por los revolucionarios» 112.
Pretendieron tomar la plaza por hambre «y puede decirse que casi lo consiguieron, porque apenas queda nada de comestible...; hace ya más de quince días que no probamos el pan» 113.
No hay trenes, no hay correo. Viven de milagro. Tuvieron que enviar a los seminaristas a sus casas. La gente huía. Y hasta «es fácil que dentro de pocos días las tropas se vean precisadas a abandonar la población por falta de víveres; pero nosotros no pensamos marcharnos de aquí» 114.
La verdad es que no los dejaban salir. «Los pobrecitos de Cuernavaca sin poder salir de allí, sin poderse comunicar con nosotros, y Dios sabe lo que les haya tocado» 115 dice, desde México, don Hipólito Rubio el 20 de julio de 1914. Y el 5 de agosto: «De Cuerna-vaca sólo sabemos la grande escasez de víveres y nada más. De los nuestros, nada» 116. El 13 de agosto «se confirma la persecución a la Iglesia» 117.
Ni reciben cartas ni pueden enviarlas. No tuvieron más remedio que salir de Cuernavaca.
PERSEGUIAN A D. CLERO
La salida de Cuernavaca fue una auténtica novela. Tenía que curtirse en la persecución para el martirio. Cuenta detalladamente a don Benjamín Miñana todo lo ocurrido, en carta del 12 de septiembre de 1914, escrita desde México:
«Estoy tan desorientado con tantos lances como he pasado, lo mismo que nuestros hermanitos de Cuernavaca, que no puedo en este momento recordar a punto fijo cuáles sean las cartas que probablemente han llegado a sus manos, para repetir en esta las noticias que, con las cartas correspondientes, se han de haber quedado en los cerros del Estado de Morelos, en los campamentos zapatistas... Me limitaré a referirle brevemente, dejando para la entrevista la ampliación, lo sucedido desde mediados de agosto.
»El 13 de ese mes, después de setenta días de sitio, se apoderaron los zapatistas de Cuernavaca. Los recibimos con buen ánimo y no nos trataron mal. A fines de agosto, previendo, por lo que oíamos a los zapatistas, que no iban a arreglarse con los otros revolucionarios y que, por consiguiente, la incomunicación y el estado de 'destierro' amenazaban pesar sobre Cuernavaca por un tiempo indefinido, el padre Marqués dispuso que empezáramos a preparar la salida para la primera ocasión. Así las cosas, el primero de septiembre se ofreció proporción de que saliera la primera remesa, que formábamos el auxiliar y yo, que emprendimos la jornada en compañía de unas cincuenta personas, a pie, porque, de los tres burros que pudimos adquirir, uno llevaba la poca carga que nos aventuramos a sacar de Cuernavaca, otro lo prestamos por caridad a un muchacho que venía herido y casi no podía andar y el tercero lo montamos el compañero y yo los escasos ratos que no tuvimos que ponerlo a disposición de las mujeres y los niños que venían en la caravana.
»Salimos de Cuernavaca a las cinco de la mañana y a las cuatro de la tarde llegábamos a un pueblecito que quedaba a tres leguas distante del punto donde podíamos tomar el tranvía eléctrico para llegar a la capital. Los zapatistas, que estaban en ese pueblecito, me instaron a que me quedara para decirles misa y bautizar siete niños, porque hacía casi seis meses que no habían visto un sacerdote. Nosotros teníamos ganas de llegar de una vez a México y cortésmente me negué al principio, pero tanto suplicaron y tanto nos camelaron, que al fin accedí.
»Locos de contento se fueron al pueblo, donde residía su párroco, a traer todo lo que faltaba y licencia del mismo párroco para los bautizos. Aquella noche dormimos el compañero y yo en la sacristía encima de una estera, porque no había un colchón en todo el pueblo. El cansancio nos cerró los ojos y descansamos como unos benditos a pesar de la calidad del lecho.
»A1 día siguiente, después de la misa, cantada con una partitura excomulgable, después de los bautizos y de la mar de responsos, evangelios y bendiciones de toda clase —terminamos a las doce y media—, refeccionados con unas tortolitas de maíz, media docena de tasajos de vaca y un vaso de sabroso pulque, proseguimos nuestro camino a la capital.
»Pasamos por otro pueblecito, en donde nos costó Dios y ayuda convencer a los zapatistas de que necesitábamos pasar adelante. Querían que nos quedáramos allí para hacer lo mismo que en el pueblo anterior. Por fin, después de pasar algún susto con los disparos que se cruzaban entre los zapatistas de las últimas avanzadas y las primeras de los constitucionalistas, llegamos sin novedad a Xochimilco, punto en el cual terminó nuestra caminata, porque allí tomamos el tranvía que en una hora nos trajo a la capital.
»Antes de abandonar el terreno dominado por los zapatistas tuvimos que quitarnos la sotana y vestirnos de catrín (señorito), como aquí dicen, porque si los zapatistas tratan a los sacerdotes con grandísimo respeto, no así los jefes de estos otros; éstos son malos como ellos solos. Y digo los jefes, porque los soldados son generalmente igual que los zapatistas; van como ellos llenos de medallas y escapularios y dicen que a los padrecitos los quieren mucho, que a quien ellos persiguen es a D. Clero» 118.
DOS MESES EN ALMERÍA
El día 27 de octubre de 1914 llegó a Tortosa, «y se quedará en este Colegio para completar el personal y al mismo tiempo ayudará a don Juan Calatayud en sus revistas» 119.
Y en Tortosa fijó su residencia, prácticamente hasta su muerte, en una sencilla habitación, escribiendo sin descanso. Fue un auténtico apóstol de la pluma.
Casi todos los años dirigía alguna tanda de ejercicios en uno u otro de los seminarios encomendados a la Hermandad. Su pasión por las letras jamás le restó su generosa disponibilidad para ir adonde hiciera falta.
Un paréntesis en esta vida recoleta lo tuvo desde el 1 de enero al 28 de febrero de 1919. El Operario don Manuel Fabregat enfermó de cierta gravedad y el rector del Seminario de Almería no dejaba de insistir a don Benjamín Miñana para que le enviara un Operario que sustituyera al enfermo. El 25 de noviembre de 1918 los médicos habían desahuciado a don Manuel Fabregat 120.
«En vista de los apuros del rector de Almería, y no disponiendo yo de otro Operario, resolvemos enviar a aquel Seminario a Isidoro Bover, haciendo don Juan Calatayud un gran sacrificio por desprenderse de tan buen auxiliar para sus revistas. Saldrá esta noche. Telegrafío a Almería diciendo que pasado mañana esperen a Bover» 121.
Don Isidoro cuenta su viaje y llegada a Almería en carta de 1 de enero de 1919. Fue un trayecto pesado, largo, lleno de trasbordos y de frío. Don Jaime Agut, rector del Seminario de Almería, le dispensa de la hora santa, a media noche, el día 31 de diciembre, «en vista de que me caía de sueño» 122. «Me han acogido y me tratan mejor de lo que merezco. Los chicos, muy vivarachos y cariñosos. No olvidaré a esos tortosinitos, pero creo que me voy a llevar muy bien con estos almerienses» 123.
Don Jaime Agut quedó sorprendido de que le enviaran a don Isidoro Bover, a quien consideraba una verdadera eminencia. Escribe el 2 de enero de 1919: «Ya puede figurarse la agradable sorpresa que tuvimos al recibir su telegrama anunciando la llegada de nuestro Isidoro. No creíamos que estuviésemos tan escasos de personal que se tuviera que apelar a esos extremos de arrancar un árbol que tantas raíces había echado por ahí. No hay que decir que quedamos contentísimos y nos hemos alegrado de las buenas noticias que de todos ustedes nos ha dado» 124.
Al mes de estar en Almería, don Jaime Agut continúa entusiasmado con Bover: «Por aquí seguimos bien y muy contentos con Isidoro; quizá él no lo esté tanto, porque le falta lo de Tortosa; pero se sobrepone y dice sinceramente que hasta que convenga» 125.
Fabregat, a pesar del desahucio, se fue restableciendo y el 20 de enero le escribe don Benjamín para que, «apenas pueda, regrese a Almería, pues su sustituto, Isidoro Bover, hace mucha falta en Tortosa» 126.
El 19 de febrero «Fabregat escribe desde su pueblo que está del todo restablecido y que sale para Almería» 127.
Don Isidoro aprovechó muy bien esta experiencia. Dice don Benjamín Miñana el 28 de febrero de 1919: «Isidoro Bover escribe dos cartas, una desde Almería participando que, habiendo llegado allí Fabregat, queda él libre y vendrá pronto a Tortosa; y otra desde Valencia, participando que ha llegado allí y vendrá hoy a Tortosa. Efectivamente, en el tren de la tarde ha llegado, muy bien impresionado de su estancia en Almería» 128.
MUERE DON SEBASTIAN
Don Sebastián Bover, sacerdote Operario diocesano, primer director regional de la Hermandad en México, a la sazón director espiritual del Seminario de Barcelona, hermano del padre del siervo de Dios, estaba amenazado por una diabetes muy aguda. El 12 de septiembre de 1919, «de Vinaroz escriben que don Sebastián Bover se ha agravado mucho en su enfermedad» 129. El día 14 envía a su sobrino Isidoro para que asista al enfermo todo el tiempo que convenga 130.
El mismo día 14 escribe don Isidoro, a las diez de la noche, comunicando las malas impresiones que da el médico, quien aconseja «que esta misma noche se le administren los sacramentos... Ya andaba yo, sobre todo esta tarde, preocupado por el asunto de los sacramentos y tenía intención de plantearle mañana la cuestión al médico» 131.
Don Sebastián deseaba recibir los últimos sacramentos y quedó muy contento y tranquilo cuando se los administraron 132. Toda la noche se quedaban por turno dos sacerdotes con el enfermo.
El 22 de septiembre entró en agonía, pero muy tranquilo 133. Y a las doce menos cuarto de la noche expiró el bravísimo don Sebastián Bover, a los cincuenta y cuatro años de edad. El 23 tuvo lugar el entierro. El 24 don Isidoro regresó a Tortosa: «Regresaron de Vinaroz don Juan Estruel y don Isidoro Bover, después de haber asistido al entierro y funeral de don Sebastián. Dicen que ha resultado todo solemnísimo, tomando parte todo Vinaroz» 134.
El 1 de diciembre de 1919 don Isidoro se encarga de comunicar al Director General, que se halla en Roma, la muerte del «Abuelo», don Francisco Osuna, que falleció el día 29 de noviembre. «Ya se nos llevó el Señor a nuestro Abuelito (q. e. p. d.). Anteayer, sábado, cuando Peris y yo veníamos a cenar, nos llamó urgentemente la sierva, diciéndonos que el enfermo se acababa. Le dimos la absolución y volvimos a leerle la recomendación del alma.
»Antes de cinco minutos, estando presentes todos los superiores, que subieron corriendo del refectorio, dejó de existir sosegadamente, sin el menor movimiento ni contracción en el semblante.»
Y en seguida aparece el devoto de la Santísima Virgen María. «Como murió en sábado, la Virgen, piadosamente pensando, se lo llevaría en seguida al cielo, donde habrá recibido el premio de sus muchos merecimientos» 135.
Quiso dedicar un número extraordinario del Correo Josefino al Abuelo, pero no pareció oportuno.
VIDA ESCONDIDA CON CRISTO EN DIOS
Así fue la de don Isidoro. Años y años dedicados de lleno, lo mismo durante el curso que en las vacaciones, a sus revistas. Las vacaciones de don Isidoro nunca llegaban a diez días. Además, fue prefecto de disciplina en el Colegio de San José desde 1919-20 a 1933-34. Los dos últimos cursos de su vida, 1934-35 y 1935-36, fue director espiritual del Colegio.
«Era director de El Correo Josefino. Esto le daba mucho trabajo, al cual estaba entregado plenamente» 136. «Era muy laborioso. Siempre se le veía ocupado» 137.
Apóstol de la pluma, supo escribir muy acertadamente, influyendo en muchísimos seminaristas tanto en el aspecto espiritual como en el literario. Dice el primer teólogo censor de sus escritos que escribía «para edificar el templo del Señor en las almas de los seminaristas» 138. El segundo teólogo censor asegura que los escritos de don Isidoro están impregnados de espíritu apostólico 139.
Su sensibilidad, unida a su gran vida interior, era un venero de formación.
Ya dijimos que sólo interrumpía su estancia en Tortosa para dirigir alguna tanda de ejercicios en los seminarios: «El director de Murcia escribe contentísimo de los santos ejercicios que ha dado don Isidoro Bover a aquellos colegiales. Escribe también el padre espiritual y dice que nota una gran mejoría en la disciplina de aquella comunidad» 140.
En Plasencia «los ejercicios han empezado y siguen bien, gracias a Dios. Los chicos, muy atentos y recogidos en todos los actos» 141.
Don Isidoro era muy querido, de tal modo que cuando fue a dirigir los ejercicios a Plasencia, escribe: «Me han invitado los Operarios de varias partes a que me detenga de paso, cuando regrese. He aceptado sólo la de Toledo, adonde puedo llegarme realmente de paso. Permaneceré allí unas horas y ni se aumentan los gastos del viaje ni se retrasará lo más mínimo el regreso a Tortosa» 142.
UNA GRAN MISERICORDIA DEL SEÑOR
El 24 de enero de 1926 fue, como secretario, acompañando a don Benjamín Miñana a Roma 143. Bien merecía este premio don Isidoro, siempre recluido en su mesa de redacción o atendiendo a los alumnos del Colegio. El día 8 de febrero de 1926 pudo ver y hablar a su satisfacción al Papa. Luego contará en El Correo Jose-fino esta visita inolvidable. El día 13 estaba de regreso en Tortosa.
Ese año 1926 sufrió mucho el siervo de Dios con la muerte repentina de su sobrina Lolita. Se lo cuenta a su hermano José María en carta del 1 de noviembre: «Avisado telefónicamente por Luis, he llegado hoy por el tristísimo motivo del fallecimiento de nuestra querida sobrina Lolita, acaecido casi de repente anoche cerca de las doce. E. P.D.
»Luis no está para escribir y así me encarga te lo diga. Yo tampoco tengo la cabeza para discurrir después de un día de tantas emociones. Otro día escribiré con más detalles... Yo celebraré mañana las tres misas en el cementerio, corpore in sepulto.»
Tenía una gran preocupación por aquella muerte repentina. «Sin culpa de nadie, se ha ido sin sacramentos, porque murió de un colapso, inesperadamente. Aún pudo besar una piadosa estampa que le presentó Luis, que se hallaba solo con ella, haciéndole compañía, esperando a que se durmiese» 144.
Se ve que tanto a don Isidoro como al padre José María impresionó mucho esta muerte. El 27 de diciembre de 1926 escribe el siervo de Dios a su hermano: «Aunque me produjo honda pena el que se fuese Lola sin sacramentos, he acariciado siempre la esperanza de que Dios no la cogería desprevenida en lo esencial» 145.
Lolita estaba bien formada cristianamente; en el hospital de Tortosa había llevado una vida profundamente religiosa. «Por otra parte, ella en las últimas semanas comprendió que se moría, aunque ni ella ni nadie esperaba un desenlace tan repentino» 146.
El único deseo de la niña era que la dejaran ir a misa los domingos en el pueblo, confesar y comulgar. A don Isidoro le tranquilizó mucho el señor cura de Vinaroz asegurándole que su sobrina estaría en el cielo 147.
La muerte de Lolita —y esto era lo más importante para el siervo de Dios— produjo un cambio muy beneficioso en toda la familia. Luis, el padre de la muchacha, va más a misa, «reza y se acuerda de Dios; Pepa [la madre] reza mucho más que antes; el hermano se ha hecho congregante de San Luis y comulga semanalmente... La muerte de Lola ha sido para su familiar una gran misericordia del del Señor» 148.
Don Isidoro sabía leer todos los acontecimientos en clave de fe.
DOCTOR EN TEOLOGÍA
En septiembre de 1928 hizo el doctorado en Sagrada Teología por encargo del entonces Director General de la Hermandad, siervo de Dios don Joaquín Jovaní.
Se dio un atracón a estudiar. El 29 de septiembre de 1928 escribe a su hermano José María: «Acabo de obtener, con el favor de Dios, el doctorado en Sagrada Teología. Todo ha salido mejor de lo que yo me prometía. Pero he quedado muy fatigado, y para descansar de veras unos días don Joaquín me ha concedido que vaya a Barcelona para hacerte una visita y arreglar, de paso, unos asuntos» 149
En la carta que escribe al Director General ese mismo día le dice que «todo ha ido muy bien, gracias a Dios. Yo quedo muy contento de poder ofrecer esta florecilla a mi queridísima Hermandad, a la que todo lo debo.»
Y en esa misma carta añade una posdata el siervo de Dios don Mateo Despóns, entonces rector del Seminario de Tarragona: «Don Isidoro ha quedado muy bien, gracias a Dios, según me dicen los profesores. Esta mañana, en el doctorado, se ha lucido de veras. El prefecto me ha dicho: 'puede decirle al Director General que ha dejado muy alto el pabellón josefino'. Son sus palabras. ¡Laus Deo!» 150.
Don Joaquín Jovaní lo comunica y comenta orgulloso en las cartas de esa temporada. Y dice a don Mateo Despóns: «Recibidas tus letras de P. D. a las de Isidoro. Mucho te las agradezco, porque son muy lisonjeras para un miembro de nuestra Hermandad. Nos hemos alegrado mucho todos del triunfo obtenido por nuestro buen Isidoro... Decid que es el director de la revista Correo Josefino» 151.
Y dice a don Isidoro ese mismo día, 1 de octubre de 1928: «Jesús te pague el esfuerzo hecho y haga que aproveche para los fines santos de nuestra Hermandad, que tú y yo nos propusimos al determinarnos a esa lucha, felizmente superada. Mi enhorabuena y descansa» 152.
El 7 de octubre a don Pedro Ruiz de los Paños: «Don Isidoro sacó el doctorado con mucho lucimiento en Tarragona y ha vuelto con muchos bríos para el trabajo. Hemos empezado a hablar sobre la Hoja de Vocaciones. Dígame cuánto material tiene usted dispuesto» 153.
INCIDENTE ALARMANTE
Así califica don Joaquín Jovaní la enfermedad que padeció don Isidoro en febrero de 1930. Dice el día 17: «Hace tres días que tenemos en cama a nuestro Isidoro, con una bronconeumonía que nos dará que hacer y quizás sentir, pues el paciente es terreno abonado para esa enfermedad por padecer una bronquitis crónica» 154.
Don Joaquín está alarmado por la temperatura tan alta del enfermo, y aunque «el corazón resiste bien hasta ahora..., esta tarde —es el día 18 de febrero— tendrán consulta los médicos para Bover, y según lo que digan, quizás te llame, y según sea el parecer, avisaremos a los hermanos» 155. «Haced fuerza al Corazón de Jesús, por intercesión de don Manuel, para que nos conserve a Isidoro» 156.
Los médicos dicen que es un caso serio, grave, pero no desesperado. «Yo estoy de pena que no aguanto» 157. «Ha llegado a momentos de gran gravedad y creo que no han desaparecido del todo ni mucho menos» 158.
El 22 de febrero «sigue la cosa en el mismo estado de suma gravedad, sin que la ciencia humana pueda conjurarla» 159. El día 23 dice a don Pedro Ruiz de los Paños: «Los médicos dijeron ayer que no esperaban hubiese llegado Bover con vida a tales horas. Pero el Señor parece se deja ladear del lado de la misericordia y hoy está algo mejor» 160.
La fiebre desaparece con una lentitud que asombra a los galenos. Necesitará meses para reponerse 161.
Tan grave fue la situación que en El Correo Josefino publicaron una nota solicitando oraciones, porque don Isidoro «ha estado unos días luchando entre la vida y la muerte. Recibió con extraordinario fervor los sacramentos, y el sábado día 22, convencido de que era la fecha fijada por Dios para sacarle de este mundo, se dispuso para el último trance» 162.
El 5 de marzo «Isidoro empieza a ganar» 163. El 9 ya no tiene fiebre 164. El 13 ya se pudo levantar. «Ha quedado muy débil y le costará ponerse otra vez en la brecha» 165.
El 30 de marzo «Bover marchó a Tarragona para cambiar de aire y pasar allí una semana» 166. Y el 22 de abril «Bover mejor que antes de la enfermedad» 167.
AÑOS ACIAGOS
El 24 de enero de 1932 el Gobierno republicano disolvió en España la Compañía de Jesús. Un nubarrón más que aumentaba las sombras que ya se cernían en el horizonte.
Escribe el 21 de enero de ese año el siervo de Dios don Joaquín Jovaní a don José Cambra: «Los padres jesuitas de aquí —Tortosa— recibieron orden de estar muy alerta, porque se esperaba la bomba de un momento para otro... Verdaderamente están pasando una temporada de tribulación propia de los hijos de Dios. ¡Cuan purificados saldrán de la prueba y cómo ha de premiarles Jesús lo merecido!» 168.
Los miembros de la Compañía de Jesús tuvieron que dispersarse. La mayoría fue al exilio. El hermano y padrino de don Isidoro Bover, el padre José María, estuvo primero en Aalbeek (Holanda), hasta fines de 1934, y posteriormente en San Remo (Italia).
Don Isidoro le escribe, con cierta frecuencia, unas cartas interesantísimas, por medio de las cuales le va poniendo al corriente de la situación de España. Le dice el día 28 de diciembre de 1932: «Me confunde y me arredra el interés que muestras y muestran otras respetabilísimas personas por éstas mis pobres cartas, escritas sin ninguna pretensión ni otra preparación que las reminiscencias de lo que se ve y se oye en este rincón de Tortosa, y de media hora diaria de lectura de periódicos. Sólo por darte gusto a ti, me aventuro a hilvanar 'a vuela máquina' mis impresiones sobre la situación, que a falta de otras buenas cualidades tienen la de una absoluta sinceridad» 169.
Durante una temporada tiene que escribir en latín porque su hermano ha sufrido una operación en los ojos y no tiene ningún jesuita español que se las pueda leer. Os aseguro que es delicioso leer noticias y sucesos en la lengua de Cicerón, que don Isidoro dominaba muy bien.
Dice al padre José María Bover su hermano Luis: «Isidoro es mano maestra para escribir de estas cosas; yo, no» 170. Y verdaderamente resulta un cronista excelente. Quizá estas cartas —escritas en vivo— sean una de las mejores descripciones de la situación de España en aquellos años tan aciagos.
En el verano del año 1935 don Isidoro dirigió a los sacerdotes Operarios las dos tandas de ejercicios 171.
También dirigió, juntamente con el siervo de Dios don José Pascual Carda, la última que pudo celebrarse antes de la revolución. El mismo día que comenzaba esta tanda, 26 de junio de 1936, escribe a su hermano José María diciéndole que las cosas están muy mal. «El carro se ha atascado en el pedregal y, dentro de las normas constitucionales, no es posible hacerlo andar de nuevo... Rogad al Señor que nos asista en un trance de donde puede salir la salvación o la catástrofe» 172.
El 10 de julio «seguimos en la situación en que no se puede seguir más... Todo parece marchar a la deriva... No sé decirte más. Todo está incierto» 173.
La última carta se la escribe, en plena guerra, desde Vinaroz, el 5 de agosto de 1936. Le cuenta las mil calamidades y firma con seudónimo 174.
Pensaba practicar sus ejercicios espirituales en Valladolid en el mes de agosto: «Este verano practicaré los santos ejercicios en Valladolid, del 3 al 12 de agosto, ¡si para entonces vivimos!» 175.
El siervo de Dios preveía cuanto aconteció. Y estaba totalmente puesto en las manos de Dios.
CAPITULO XXVII
VIRTUDES DEL SIERVO DE DIOS DON ISIDORO BOVER OLIVER
HUMILDAD GENUINA
El siervo de Dios don Isidoro Bover fue un hombre de muchísima valía. Sus cualidades intelectuales eran extraordinarias; pero jamás aprendió a presumir. Le venía muy bien lo que solía decir su padre y maestro el Beato Manuel Domingo y Sol: «Al hombre de talento, la sencillez... le sienta mejor que todo» 1.
Esa sencillez, que era humildad, resplandecía constantemente en la vida de don Isidoro. Nunca estuvo en primer plano. Elegía lo último como lo más a propósito para él, y estaba muy contento así.
«Resplandecía particularmente en don Isidoro su humildad, su inocencia y candor infantil. No era capaz de albergar malicia de ninguna clase» 2.
Era la suya una humildad que atraía y cautivaba. De hecho, «todos le apreciaban, particularmente por su humildad» 3. Siendo tan buen literato y estando tan avezado en el arte de escribir, «admitía fácilmente la corrección de sus escritos» 4.
Fue humilde siempre y en todo. «Me edificó siempre su humildad en el vestir y en los muebles sencillos y pobres de su habitación» 5. Jamás se dio importancia. No pregonaba sus éxitos, más bien ocultaba celosamente cuanto pudiera redundar en alabanza propia. Testifica un sacerdote: «A pesar de haber sido fámulo suyo dos años enteros y tres veranos, durante las vacaciones, no he sabido hasta ahora que tuviera grados académicos» 6.
Los superiores de la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos, comenzando por su Fundador, apreciaban mucho y valoraban en sumo grado a don Isidoro Bover; pero él se mantuvo siempre en la más exquisita humildad. Dice uno de los testigos en el proceso: «Yo, que traté con mucha familiaridad a don Manuel Domingo y Sol, a don Benjamín Miñana y a don Joaquín Jovaní, sé que distinguían al siervo de Dios con su afecto y confianza» 7. Y el siervo de Dios siempre los trató con todo respeto, con delicadeza extremada. Siempre podían contar con él. Don Isidoro sencillamente trabajaba.
No cabe duda que «destacó sobre todo su humildad y sencillez, capacidad de trabajo. Su vida era uniforme y constante» 8.
«LA BONDAD DE DON ISIDORO ERA PROVERBIAL» 9
Iba estrechamente unida a su humildad. Se sentía servidor de todos, y el que sirve nunca lo hace en actitud de dominar. Soportaba, en su bondad, con buena cara y humildemente, hasta las bromas pesadas que varias veces le daban sus alumnos 10.
«Destacó por su humildad y paciencia. Yo nunca le vi enfadado» 11. «Era muy bondadoso y sencillo... Fácilmente perdonaba y olvidaba las desatenciones que le hacían los seminaristas» 12.
Estaba convencido de que llegaría mucho más adentro de las almas de sus educandos con la bondad que con la displicencia. Y prefería mil veces que sus alumnos abusaran de su bondad antes que ahuyentarlos con la impaciencia 13.
«El personalmente nos ensayaba los dramas y las composiciones literarias —muchas veces por él mismo escritas—, y ni una sola vez conocimos que se impacientara cuando tenía que corregirnos» 14. Era ejemplar «en la caridad y paciencia con los alumnos en la preparación de los actos literarios» 15.
Destacó también don Isidoro por «su entrega y preocupación para que nadie sufriera a su alrededor. Era feliz haciendo felices a los demás» 16.
Y todo esto le venía de su
ACENDRADA PIEDAD Y AMOR A DIOS
«Destacó en el siervo de Dios su piedad... Era ejemplar en sus visitas al Santísimo» 17.
Es una faceta que ponen incisivamente de relieve los testigos en el proceso: «Llamaba la atención por el fervor con que hacía sus visitas al Santísimo» 18. Destacaba en él su «devoción eucarística... Un día, dirigiendo una hora santa, se conmovió hasta el punto de echarse a llorar y no poder continuar» 19.
«Me edificó siempre por su piedad sencilla y afectuosa... Esta misma opinión de su piedad y santidad pude comprobar que compartían los demás compañeros de colegio» 20. «Tenía fama de sacerdote muy virtuoso y edificante y de una piedad muy humana y simpática» 21. «Nos edificaba al verle rezar el oficio divino» 22.
Este amor a Dios le llevaba a una gran «caridad sin sentimentalismo... Como prueba de su caridad está que protegía a los colegiales en todo lo que podía, como siempre que conocía alguna necesidad» 23.
Tenía muy clavada en el corazón la caridad. Un día se siente en la obligación de excusar a un compañero que trabajaba mucho en México, pero descuidando quizá un poco su labor principal en el Seminario: «No trata más que con gente de las clases más pobres y miserables y con enfermos, lo que es prueba bien clara de que obra con inmejorable intención» 24.
DEVOTISIMO DE LA SANTISIMA VIRGEN
Quizá sea la característica más acusada en la espiritualidad del siervo de Dios. Escribió multitud de poesías dedicadas a la Virgen María y muchísimos artículos para propagar su devoción. Todos los testigos ponen de relieve este amor de don Isidoro a María Santísima.
«Era filialmente devoto de la Santísima Virgen. Recuerdo que un día último de mayo, durante la función mariana, se conmovió tanto que no pudo contener las lágrimas, mientras hacía él mismo la plática. Un día en el que se estrenó una despedida a la Virgen, compuesta por el siervo de Dios José María Peris, se conmovió también tanto que, llorando, buscaba al autor para abrazarle» 25.
Dice un sacerdote que fue alumno suyo en Tortosa: «Recuerdo que la devoción a la Virgen era tema preferido en sus pláticas y exhortaciones» 26.
Todos recuerdan cómo vibraba de emoción en las celebraciones de la Santísima Virgen María: «Manifestaba filial devoción a la Santísima Virgen en la celebración de sus fiestas y en los obsequios que se le ofrecían en el mes de mayo» 27.
«Me consta que era muy devoto de la Santísima Virgen» 28.
Cuando llevaba dos meses en México, a don Benjamín Miñana le extrañó que don Isidoro no le hablara en sus cartas de la Virgen de Guadalupe, y un día le preguntó a bocajarro, porque conocía muy bien su devoción a la Señora. El siervo de Dios le contesta: «Aunque no se lo dije, sí había visitado, y no una vez, sino dos, a la Virgen de Guadalupe. Lo que no he podido es ir a celebrar allí una misa, porque casi ningún día estamos libres, y se ha de pedir lugar con algunos días de anticipación» 29.
Pero ya vimos cómo el día del primer aniversario de su ordenación sacerdotal, para celebrarlo con mayor alegría, «tuve el consuelo de decir misa en el altar de la Virgen de Guadalupe de la misma basílica» 30.
«De la abundancia del corazón hablan los labios» 31, y don Isidoro, en sus conversaciones, manifestaba profunda devoción a la Santísima Virgen» 32.
DESEO CON TODA MI ALMA OBEDECER
«Siempre estaba dispuesto a lo que los superiores le confiaban» 33. Así lo describe uno de los testigos. Y dice otro: «Era humilde, dócil, obediente y sencillo. Fue un acto especial de su virtud el prestarse para ir a México en circunstancias aciagas» 34.
Pero creo que es mayor síntoma de virtud que el día 8 de septiembre recibiera la ordenación sacerdotal, el 9 celebrara su primera misa y el 10 saliera de casa para embarcarse en Valencia el día 11 de septiembre de 1912. Y todavía es más virtud el gozo que manifiesta. Escribe, desde México, el día 11 de noviembre de 1912: «En primer lugar voy a descubrirle, sin ocultar nada, lo que yo siento. Gracias a Dios, me encuentro enteramente animado para trabajar, con todas mis fuerzas, en este campo, adonde mi amadísima Hermandad, a la que tanto debo, porque ha sido para mí una solícita madre, ha tenido a bien enviarme.»
Las madres adivinan los deseos de sus hijos. Esa es la idea que tiene don Isidoro de la Hermandad cuando la llama madre.
«Me hallo tan contento de haber venido a México, que puedo decirle que al destinárseme a estas tierras adivinaron las ilusiones y deseos que, hace tiempo ya, tenía, aunque nunca se las hubiera manifestado a usted.
»Deseo con toda mi alma obedecer y cumplir en todo la voluntad de mis superiores para agradar a Dios, tener tranquila la conciencia y corresponder a los beneficios de la Hermandad» 35.
A un compañero, que le incita a que en México viva a su aire, sin preocuparse de lo que digan o piensen los que mandan, «yo le contesté que obedecería siempre a mis superiores de aquí —México—; pero que nunca aprobaría ni tomaría parte en conversaciones u otro acto que, directa o indirectamente, fuera contra las disposiciones de mis superiores de Tortosa» 36.
Don Isidoro sólo tenía un deseo, la única aspiración de su vida totalmente entregada: «No deseo más que portarme como más haya de agradar a Dios» 37.
Este era el talante constante de su espíritu: «Dígame lo que debo hacer, que, teniendo tranquila la conciencia, obedeceré a ojos cerrados» 38.
DISPONIBILIDAD SIN RESERVAS
Quizá haya sido don Isidoro Bover uno de los sacerdotes Operarios que menos cargos ha tenido en toda la historia de la Hermandad. Después de los dos años de México, siempre estuvo en Tortosa. Pero siempre estuvo disponible.
No eran palabras. El día 31 de diciembre de 1918 va a Almería para suplir a un Operario enfermo. Ni una queja, ni una excusa, ni la mínima resistencia. Escribe desde allí gozoso de poder ayudar.
Lo de don Isidoro era El Correo Josefino. Lo demostró sobradamente. Lo suyo era escribir. Llenar la cabeza de los seminaristas con ideas grandes. El Correo Josefino, bajo su dirección, alcanzó las cotas más altas. En su tiempo era la mejor revista para Seminarios.
Ni a eso estaba apegado.
El día 17 de agosto de 1927, recién elegido director general de la Hermandad don Joaquín Jovaní, el siervo de Dios le escribe una carta en la que manifiesta palmariamente su disponibilidad absoluta.
«Acaba de comunicarme don Juan Calatayud lo que ayer les dijo él a ustedes, en Alcanar, sobre la disposición de ánimo en que estoy para ceder gustosamente a otro cualquiera la dirección de El Correo.
»Aunque bastaba que él lo hubiera dicho, sin embargo, para que usted desarrolle con mayor libertad, si cabe, sus planes de combinación de personal, me apresuro a manifestarle que realmente abandonaría sin sentimiento el cargo que ocupo, y que, aunque lo sintiera, me bastaría la menor insinuación de mis superiores para desprenderme de él.
»Quiero también decirle, con toda sinceridad, que no ambiciono nada si no es ser útil a la Hermandad y facilitar los planes de mis superiores, aunque me toque ir de último mono a la última de las casas. Dios sabe que hablo con el corazón en la mano, sin ninguna restricción mental ni mira alguna interesada.
»Sólo le pido que si hubiese usted de aprovechar este ofrecimiento y mi campo de acción hubiese de estar en el próximo curso fuera de Tortosa, me lo avise lo más pronto posible, aunque por de pronto no pueda, o no quiera, decirme en concreto mi destino. Son varias las cosas que debería preparar para la entrega, o sobre las cuales habría de dejar instrucciones escritas a mi sucesor» 39.
Cuando la Hermandad se va a encargar de la dirección del Seminario de Tucumún también don Isidoro se ofrece con toda generosidad. Escribe el día 23 de mayo de 1932: «La noticia de lo de Tucumán ha armado un poco de revuelo de satisfacción. El único que torció el gesto fue don Casimiro, cuando don Juan —creo que en broma, aunque el interesado lo tomó en serio— le dijo que se preparara para pasar otra vez el charco. Leímos el artículo de Espasa referente a aquella ciudad argentina y esta lectura ún animó más a la gente.
»Yo no estoy aburrido de la vida ni descontento del cargo que tengo; pero de buena gana me ofrezco para figurar en la expedición a ultramar. Lo digo en serio» 40.
UN GRAN TRABAJADOR
Don Isidoro Bover era de una enorme capacidad de trabajo 41. Y eso desde siempre. Apenas si conocía la palabra «vacaciones». Sólo sabía que figuraba en el Diccionario.
Las de verano, de ordinario, se reducían a un puñado de días, interrumpidos necesariamente para tener al día sus revistas. El año 1927 irá dos o tres días a Vinaroz y otros cuatro o cinco a Villa-rreal 42. El año 1934 no ve posibilidad de tomar, ni mucho menos, un mes de vacaciones, como le recomienda don Pedro Ruiz de los Paños, «poque las revistas exigen cada mes mi permanencia en Tortosa lo menos quince días...
»De hecho, ningún verano he tomado más de veinte días, y siempre en dos salidas. Estoy dispuesto a conformarme con lo mismo este año, aunque no me vendría mal el mes completo de descanso. Sería un descanso relativo, pues lo emplearía gustosamente en trabajos útiles, pero hechos sin el apremio atormentador del plazo fijo» 43.
El año 1936, lo mismo. Pero disfrutaría para siempre las vacaciones en el cielo: «Don Juan me acaba de decir que aprueba usted mi propuesta de vacaciones. Tengo bastante con quince días» 44.
Su único interés estaba en coincidir en el pueblo con su primo sacerdote porque así se vería libre de todo chismorreo de sacristía.
«En lo que tengo algún interés es en coincidir con mi primo en Vinaroz. Estando él, pasamos casi todo el día juntos..., sin necesidad de buscar otras compañías menos gratas, pues a veces hablan sobre el prelado y sobre otras cosas en términos que hay que pelearse o callar» 45.
«Era muy laborioso; siempre se le veía ocupado... A los que le ayudábamos nos hacía trabajar mucho» 46.
Les hacía trabajar mucho; pero también se preocupaba de recompensarlos con lo que creía más oportuno. El 11 de julio de 1929 escribe a don Joaquín Jovaní: «Los chicos están deseosos de no dejar la tarea hasta terminarla. Así me lo han manifestado espontáneamente. Ahora creo yo que sería cosa de pensar en prepararles una recompensa agradable para ellos» 47. Y le propone que, con un Operario, vayan a Barcelona a ver la exposición.
ESPIRITU DE GRATITUD
Lo tenía muy acentuado don Isidoro Bover. Siempre que le es dado manifiesta su gratitud a mosén Sol: «Contrariedades de familia, entre ellas, la principal, el fallecimiento de mi madre, me hubieran privado de ver realizados mis anhelos —ser sacerdote— sin la generosísima protección de mosén Sol, que me abrió gratuitamente, por todo el tiempo de mis estudios, las puertas de su colegio...
»Mal nacido sería si no reconociera que después de Dios, a cuyos providenciales planes sirven todas las criaturas, a mosén Sol debo el haber llegado, bien que indignamente, a la meta del sacerdocio» 48.
Nunca termina de manifestar su gratitud a la Hermandad, «a la que tanto debo, porque ha sido para mí una solícita madre...» Sólo desea «corresponder a los beneficios de la Hermandad» 49.
«Yo, aunque no sea todo lo bueno que debiera, tengo deseos de ser cada día mejor y pagar así a Dios y a la Hermandad las mercedes tan grandes que les debo» 50.
A su hermano Luis quiere agradecer siempre lo mucho que ha hecho por él. Si se lo permiten los superiores, piensa dejarle la parte de la herencia que le corresponde de su tío Isidoro, el que murió mártir de la caridad. Escribe a don Benjamín Miñana el 17 de enero de 1914: «Así creo que correspondería yo al favor que mi hermano me hizo de costearme, desde que murió mi padre (e. p. d.), hace diez años, los gastos de mis estudios, que, aun teniéndome gratis la Hermandad en el Colegio, subían todos los años a un buen puñado de duros, a pesar de la ayuda de mi tío Isidoro, que me pagaba libros y matrículas» 51.
El 30 de abril de 1929 escribe a don Joaquín Jovaní: «El otro día, con permiso de don Benjamín —no hubo tiempo para escribir a usted—, hice un viaje a Valencia para acompañar a mi hermano Luis a que le viera el doctor Fornos. No tenía a nadie que le acompañara, y me pareció un caso no sólo de caridad fraterna, sino de gratitud y hasta de conciencia. No creo que haya en la Hermandad otro Operario que tenga que agradecer tanto a un hermano como yo al mío, que me sirvió de padre cuando quedé huérfano, a los catorce años, y me pagó todos los gastos de la carrera, aun después que él se casó, hasta que entré en la Hermandad» 52.
En el mes de mayo lo acompañó a Barcelona para la operación que hubo de sufrir.
TENIA FAMA DE SANTO
Así lo aseguran todos los testigos en el proceso.
«Gozaba de fama de santidad durante su vida» 53. «Era un sacerdote muy virtuoso» 54. «Durante su vida tenía fama de sacerdote muy virtuoso y edificante» 55.
Era fama general. Era la opinión de cuantos trataron de cerca al siervo de Dios. «Todos los que le conocían lo tenían por un sacerdote muy bueno» 56.
Realmente, el siervo de Dios don Isidoro Bover Oliver era «un sacerdote ejemplar» 57. «Todos le consideraban como un sacerdote verdaderamente santo» 58.
CAPITULO XXVIII
MARTIRIO DEL SIERVO DE DIOS DON ISIDORO BOVER OLIVER
Le sorprendió la revolución en Tortosa, donde estuvo hasta el día 22 de julio de 1936. Durante esos días se comunicaba con sus familiares a través del médico tortosino don Secundino Sabaté.
El día 22 marchó a Vinaroz. Al llegar a la estación de su pueblo, «el cochero que hace el servicio de la estación al pueblo le conoció y se negó a llevarlo porque era sacerdote. El siervo de Dios se refugió momentáneamente en una cantina llamada «Casa Pedro». Desde allí nos mandó aviso diciéndonos lo ocurrido.
«Mi padre, hermano del siervo de Dios, fue a hablar con el alcalde y, al referirle lo ocurrido, éste, por teléfono, ordenó a la cochera que mandaran un coche a la estación para recoger un pasajero que estaba en «Casa Pedro» y llevarle adonde él quisiera. Así se hizo, y el siervo de Dios llegó a nuestra casa» 1.
Así testifica el sobrino de don Isidoro, José Bover Santapán, cuyo matrimonio bendijo el siervo de Dios en septiembre de 1935 2.
Estuvo en casa de su hermano Luis hasta el día 10 de agosto de 1936. «Ocupaba el tiempo rezando y escribiendo. Aquellos días traducía al español un libro inglés» 3.
Su única preocupación era el temor de comprometer a la familia por tenerlo oculto. Debido a esto pretendió, con otros sacerdotes, librarse del peligro saliendo de España en un barco. Pero no lo pudieron conseguir 4.
Don Isidoro «estaba tranquilo y sereno; pero se preocupaba mucho de nosotros porque cada día le llegaban noticias de asesinatos de personas de derechas y temía que nos sucediera algo a nosotros por ocultarle a él.
»Se presentó en Vinaroz una columna de milicianos de Tarragona, que querían matar gente, sobre todo sacerdotes. El alcalce notificó al señor arcipreste y al sacerdote del pueblo Juan Bautista Pía que no podía responder de ellos y que, por su seguridad personal, les aconsejaba que, si querían darse por presos, el gobernador de Castellón le había prometido que le mandaría una camioneta de guardias de asalto para conducirlos a Castellón, donde estarían más seguros» 5.
El alcalce de Vinaroz hacía lo que podía, y podía muy poco ante la invasión de columnas que venían a matar curas. Ya se portó bien con don Isidoro cuando el cochero se negaba a llevarlo de la estación al pueblo. El día 5 de agosto de 1936 don Isidoro escribe desde Vinaroz a su hermano José María: «Hay bastante paz en esta población. Hubo algunos excesos, menos graves que los de otras localidades. Aquí sacaron de las Iglesias imágenes y enseres y los quemaron. Las autoridades se oponían con todas sus fuerzas, pero las arrollaron los extremistas» 6.
Aquello era «Jauja» comparado con lo que estaba ocurriendo muy cerca. «De otras partes, sobre todo de Cataluña, cuentan verdaderas catástrofes. En Barcelona quemaron todas las iglesias, menos la catedral. En Tarragona, Tortosa y otras ciudades hicieron lo mismo, y dicen que no se libraron del fuego ni las catedrales. Han matado a muchos sacerdotes» 7.
Firma la carta con pseudónimo, utilizando los segundos apellidos de su padre y de su madre: Emilio Cardona Egea.
El alcalde de Vinaroz, creyendo que en la cárcel estaría más segura la vida de los sacerdotes, los invitó a que se entregaran voluntariamente. A don Isidoro nada le dijeron. Pero «como el reverendo Pía era primo hermano de mi tío, nos hizo llegar este aviso, y el siervo de Dios decidió entregarse espontáneamente a las autoridades, como los otros sacerdotes» 8.
Se liberaba de la gran pesadilla de comprometer a sus familiares por el grave delito de tenerlo en su casa. Y además estaba dispuesto a correr la misma suerte que los otros sacerdotes de Vinaroz. «El siervo de Dios, cuando le propusieron esto, dijo: 'yo quiero correr la misma suerte que ellos', refiriéndose a los otros sacerdotes. Y, en efecto, con los demás presos de la cárcel de Vinaroz fueron trasladados a la cárcel provincial de Castellón» 9.
Ya el 28 de abril de 1936 escribía a su hermano José María algo que ahora comprobaba y sufría en carne propia: «Las cárceles, que habían quedado vacías de criminales, están ahora llenas de gente honrada» 10.
Don Isidoro vio personalmente, el mismo día de su martirio, cómo la «Columna de Hierro» liberó a todos los presos por delitos comunes y llevó a fusilar a los que no tenían delito 11.
PREPARÁNDOSE PARA EL MARTIRIO
«En Castellón estuvo en la cárcel provincial hasta que le mataron el 2 de octubre. Mi padre fue a visitarle varias veces a dicha cárcel. Al principio, el siervo de Dios le pedía que buscase alguna influencia para sacarle de allí; pero al cabo de unos días se convenció de la imposibilidad de salir y se resignó y preparó para el momento en que le llegara el martirio» 12.
Ya su única preocupación fueron los demás: que sus familiares pudieran comprometerse por ir a visitarlo a la cárcel. «Mi tío no quería que fuéramos mucho a verle por no comprometernos» 13.
Testifica don Joaquín Pía, primo hermano del siervo de Dios: «Una vez dijo a mi hermana que no fueran más a verles para no comprometerse.» Y añadió algo muy importante, que revela su actitud espiritual de aceptación gozosa del martirio. «Le dijo que ya podían estar contentos porque iban a tener dos mártires en la familia. Uno era él y el otro un hermano mío, también sacerdote» 14.
En la cárcel «rezaban mucho, incluso practicaron unos ejercicios espirituales, que, según testimonio de José Llatser, vecino de Vinaroz, que tenía un hermano en la cárcel con don Isidoro, los presos decían que aquellos ejercicios fueron los mejores que habían hecho» 15.
Escribía el 16 de agosto de 1936, manifestando su conformidad con las incomodidades de la cárcel: «El viernes por la tarde vino nuestro primo Isidoro, que me trajo el colchón y la almohada. Yo no lo hubiera pedido porque con la colchoneta ya podía dormir bien; pero, en fin, así se duerme mejor» 16.
Sólo pide libros para entretenerse y para ayudar a todos. «Traed-me el libro Fabiola, que dejé en mi mesa; el Diccionario español-inglés (de color chocolate) y el Diccionario francés (pequeñito). Los libros son un entretenimiento muy útil y agradable. No os preocupéis por mí. Lo pasamos muy bien leyendo, estudiando y charlando. La comida es como de casa, buena y abundante. Nunca nos falta el buen humor» 17.
Y en medio del buen humor, las noticias desagradables de cada día. El único sacerdote de Vinaroz que no fue a la cárcel era mosén Sebastián Forner. En la madrugada del día 11 de agosto de 1936 apareció muerto en las afueras del pueblo. No en vano había acudido aquella columna con ganas de matar curas.
«Hemos sabido la desgracia de Forner... Pienso mucho en todos vosotros, y cada vez estoy más contento de haber venido, por la tranquilidad de espíritu con que he quedado por mí y por vosotros» 18.
Enseña inglés a un compañero y eso le distrae mucho.
Uno de los prisioneros escribía a sus familiares: «Estad tranquilos, porque está con nosotros el santo mosén Isidoro» 19.
«Demostró mucha serenidad los últimos días de su vida, convencido ya de que iban a matarle» 20.
UN TESTIGO DE EXCEPCIÓN
En la sesión XXVII del proceso de Tortosa declara un testigo que merece toda nuestra atención. Se trata de Francisco Torres Arnau, guardia civil. El año 1936 tenía treinta y dos años de edad. Estaba condenado a muerte por dos delitos muy graves: ser católico y ser guardia civil.
Afirma que tuvo relación «con Isidoro Bover por haber estado en la cárcel y llevado a fusilar con él» 21.
Es largo su testimonio, pero merece la pena transcribirlo, ya que Francisco Torres Arnau estuvo en la cárcel provincial de Castellón con don Isidoro: allí hizo ejercicios espirituales, allí se preparó a morir. Con don Isidoro fue llevado al fusilamiento. Tuvo la suerte de que ni una sola bala lo tocara, y se salvó. ¿Puede haber un testigo presencial mejor que un compañero de martirio?
Dice don Francisco Torres Arnau, cabo primero de la Guardia Civil:
«A finales de julio de 1936 me detuvieron cerca de Onda. Yo iba a pasarme a la zona nacional porque en la zona roja peligraba mi vida. Me llevaron al Comité de Onda; de allí me trasladaron a Valí de Uxó, donde me tuvieron en el convento de Clarisas de la Divina Providencia, convertido en cárcel —conviene recordar que este convento fue fundado por el Beato Manuel Domingo y Sol.
»Allí estuve como un mes y después nos trasladaron a Castellón, donde quedamos trece de Valí de Uxó recluidos en la cárcel provincial. En esta cárcel se hallaban ya muchos sacerdotes y paisanos; en total, unos noventa. En el patio nos veíamos todos los días. Nosotros sabíamos quiénes eran los sacerdotes.
»Recuerdo que los sacerdotes nos decían que en la cárcel se celebraba misa todos los días y se rezaba el rosario. También soy testigo de que los sacerdotes administraban el sacramento de la penitencia a los compañeros reclusos, paseando por el patio. Yo mismo me confesé de este modo.
»Del ambiente religioso y de preparación para el martirio que se respiraba entonces en aquella cárcel puedo dar este testimonio: Entre los reclusos estaba un sacerdote llamado mosén Frasno, con el cual me confesé, igual que habían hecho todos los reclusos, y este sacerdote me animó de tal manera para el martirio que, llegado el momento, no dudé ni vacilé subir al coche que había de conducirnos a la muerte, a pesar de que soy violento, y sin esta preparación para el martirio difícilmente hubiera obedecido» 22.
AFILANDO EL MACHETE
Continúa testificando don Francisco Torres Arnau: «Llegó el 2 de octubre de 1936. Antes ya habían sacado de la cárcel y fusilado varios grupos de quince o veinte personas. Nosotros estábamos convencidos de que nuestro fusilamiento era inminente y de que iban a dejar vacía la cárcel.
»Llegó la llamada 'Columna de Hierro' y ocupó la cárcel, que hasta entonces estaba custodiada por carabineros. Tomaron la tablilla del estadillo de la cárcel y leyeron los números de los presos por delitos comunes, a los cuales liberaron sin más.
»Un miliciano se puso a afilar un machete, y un recluso de Benicarló se le acercó y le preguntó para qué era aquello, a lo cual el miliciano le respondió que para degollarlos a todos. El recluso quiso evadirse y dijo que él no era ningún capitalista, sino que era un pobre trabajador. Era sastre.
«Entonces el miliciano, al saber que este recluso era de Beni-carló, llamó a otro miliciano que era de este pueblo y le preguntó qué tal era el recluso. Cuando este miliciano le dijo que el recluso asistía frecuentemente a misa en su pueblo, el primer miliciano le despachó y mandó que se pusiera con los demás reclusos. Yo presencié esta escena y oí perfectamente esta conversación. Cuando lo conté a mis compañeros de cárcel, todos contestaron: 'Mejor si nos degüellan, porque así sufriremos el martirio con más mérito.' Esto era por la tarde sobre las cuatro del 2 de octubre» 23.
NADIE SE RESISTIÓ
«Los milicianos irrumpieron en el patio de la cárcel y se llevaron a un grupo de presos: unos diez. Para recogerlos ya llevaban preparada una lista con los nombres, que leyeron en voz alta. Esto sería a las seis de la tarde.
»A los que quedamos nos reunieron en la sala de la escuela. Empezaron todos a recoger su equipaje y a escribir a sus familiares, despidiéndose de ellos. Yo, pensando que ni las cartas ni los equipajes llegarían a su destino, ni recogí el equipaje ni escribí ninguna carta.
»A las once de la noche, poco más o menos, nos mandaron salir, uno a uno, de aquella sala; pasamos también, uno a uno, por delante de una mesa donde unos milicianos, formando como un tribunal, iban interrogando.
»Yo no sé lo que preguntarían a los demás, pero a mí me preguntaron la filiación y después me preguntaron qué hacía allí. Ellos tenían delante unas hojas o fichas de cada uno, que miraban a medida que íbamos pasando. De allí nos hicieron pasar al cuerpo de guardia. Todos íbamos como corderos; nadie se resistió ni protestó. »En el cuerpo de guardia nos ataron las manos detrás, con una cuerda e individualmente, y nos mandaron subir a una furgoneta, y a los que no cabían los hacían subir en coches de turismo. Se dieron cuenta de que faltaba un preso y averiguaron que era un sacerdote que se hallaba enfermo y no había salido de la celda. Fueron a por él y lo llevaron a la furgoneta y lo hicieron sentar encima de una caja de municiones» 24.
FUI EL ÚNICO QUE NO MURIÓ
«Nos llevaron al cementerio. Junto a la tapia vimos un grupo de cadáveres, que sería de los que habían sacado anteriormente de la cárcel aquella misma noche. Nos hicieron bajar del coche, y al sacerdote, que además de estar impedido iba atado, le dieron un culatazo de fusil y le derribaron del coche.
»Nos pusieron junto a las tapias del cementerio, donde está la capilla. Como en una fila no nos cogía a todos, que éramos unos cuarenta, la abertura de tiro de la ametralladora, nos mandaron poner en dos filas, una delante de la otra. Entonces dieron la orden de fuego, pero la máquina no disparó, por haberse encasquillado una bala.
»Entonces se oyó la voz de don Bernardo Frasno, que estaba cerca de mí, y dijo: ¡Viva Cristo Rey! Grito que fue contestado por nosotros.
»Los milicianos se enfurecieron y empezaron a blasfemar horriblemente; y en eso habían cambiado el peine de la ametralladora. Dieron nuevamente orden de fuego y empezó a disparar la ametralladora y a derribarnos a nosotros.
»Yo caí al suelo con un calambre que me dio en la rodilla, pero sin haberme tocado las balas y al mismo tiempo que caían los otros heridos de muerte.
»Así me pude librar. Fui el único que no murió entre aquellos valientes.
»Me di cuenta que los milicianos iban rematando a los fusilados con un tiro de mosquetón. A mí me dieron un culatazo en la cabeza, que providencialmente no hizo más que quitarme la gorra. Me levanté cuando me di cuenta de que los milicianos se habían ausentado, y pude escapar luego y me vine precisamente aquí, a las Alquerías del Niño Perdido, donde estaba mi padre» 25.
RECOGIÓ TODO CUIDADOSAMENTE
El siervo de Dios don Isidoro Bover Oliver, poco antes de su martirio, recogió todos sus enseres cuidadosamente. Signo claro de la serenidad de espíritu que lo animaba.
El sacerdote don Antonio Prades Safont, entonces seminarista, al enterarse que habían matado a los sacerdotes de Vinaroz, acompañó en un taxi a la hermana del señor arcipreste de dicho pueblo, don José Pascual Bono, asesinado juntamente con don Isidoro, hasta la cárcel de Castellón. «Fuimos en taxi para recoger la ropa y demás de mosén Bono, en calidad de familiares» 26.
Los milicianos les permitieron entrar, bien custodiados, y recogieron los enseres de don José Pascual.
«Entonces le pregunté yo al guardián dónde estaba el lugar de estancia de don Isidoro, e inmediatamente me lo enseñó.
»Vi sobre el suelo el colchón, recogido cuidadosamente; a su lado había un cajón de madera que me pareció le debería servir de mesita de noche; encima había los siguientes objetos: un diccionario de inglés; el libro Fabiola o la Iglesia de las catacumbas, del cardenal Wissmann, en tapas encarnadas, y la funda de las gafas, que reconocí en seguida, y papel rayado de cartas, doblado, que por curiosidad abrí y leí. Era una carta que don Isidoro escribía a su íntimo amigo y hermano en el sacerdocio, y presunto mártir que fue después, don Francisco Albert. Estaba escrita en tinta. No la recuerdo textualmente, pero es cierto que tenía estos conceptos: se despedía hasta el cielo del referido mosén Albert, abundando en esta idea; recordando perfectísimamente que al final, y antes de la firma, se leían estas palabras con estos signos: 'Adiós... Adiós, hasta el cielo.'
»Esta carta no la cogí, ni cogí nada de lo que había allí, porque los milicianos estaban detrás de mí, vigilando todos mis movimientos» 27.
Doña Pilar Bono, antes de ir a la cárcel, había ido al cementerio, donde habían asesinado aquella noche a tantos sacerdotes. Allí vio el cadáver de su hermano y el de don Isidoro. «Este aparecía con una pierna rota; vestía chaqueta de pijama y tenía los ojos abiertos. La cara se le conocía perfectamente» 28.
CONVENCIDO DE QUE IBAN A MATARLE
Murió serenamente, bien preparado, gozando la dicha de ser mártir.
«Según testimonio de mi tío Isidoro Boix, demostró mucha serenidad los últimos días de su vida, convencido ya de que iban a matarle.
»Cuando mi tío Isidoro Boix entró en la cárcel, después que habían sacado al siervo de Dios y le habían asesinado, encontró sus cosas recogidas y ordenadas, con una etiqueta en el colchón, que él mismo le había prestado, que decía: para entregar a Isidoro Boix, Pl. Clavé, Castellón, escrita esta etiqueta por el siervo de Dios» 29.
Esta etiqueta, escrita a lápiz, se conserva en el Archivo General de la Hermandad, y, a la letra, dice así: «Devolver este colchón a Isidoro Boix.—Clavé, 3.—Castellón.»
Lo mismo que se conserva la carta escrita ese mismo día 2 de octubre de 1936 — dies natalis— a su hermano Luis. Aún no había irrumpido la Columna de Hierro, y escribe lleno de paz:
«Mi querido Luis: van unas palabras de saludo, para que sepáis que seguimos sin novedad. Muy agradecido por las cosas tan buenas y oportunas que me mandaste por Rosita. Si no avisamos en contra, la semana que viene enviadnos media docena de huevos, unos carquiñolis y fruta; también dos botes de leche. Recuerdos para Pepa, Pepe, Conchita, Emilia, Concha, etc. Para tí un abrazo de tu hermano. Isidoro» 30.
No tuvieron tiempo de llevarle nada. Se lo llevaron a él los verdugos y, sin saber lo que hacían, lo metieron en la Casa del Padre, donde El «enjugará las lágrimas de sus ojos. Y ya no habrá muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor. Porque el primer mundo ha pasado» 31.
9
Don José María Peris Polo
Seducido por lo sacerdotal
CAPITULO XXIX
SÍNTESIS BIOGRÁFICA DEL SIERVO DE DIOS JOSÉ MARÍA PERIS POLO
El siervo de Dios José María Peris Polo nació en Cinctorres, provincia de Castellón y diócesis de Tortosa, el día 1 de noviembre de 1889, a las tres de la madrugada.
Recibió el bautismo ese mismo día en la parroquia de Cinctorres. Fueron sus padres Faustino Peris Guimerá y Encarnación Polo Chillida. «Sus padres eran cristianos ejemplares» 1. «En el hogar aprendió las sólidas virtudes que más tarde practicó y de las que había de dar ejemplo» 2. «El hablaba siempre de sus padres, sobre todo de su madre, con mucha veneración y agradecimiento» 3.
Era una familia de condición humilde. Su mayor riqueza era la bondad 4.
INFANCIA
Don José María Peris gozó de una inteligencia privilegiada. «En la escuela despuntaba mucho» 5. Era un niño inteligente y muy candoroso. «El mismo confesaba que la primera vez que vio el tren, al ponerse éste en movimiento echó a correr para ver si lo alcanzaba» 6.
Ya desde niño «era muy piadoso. Gozaba de fama de niño muy bueno» 7. Y desde niño también «tenía afición a la música. En la banda tocaba el cornetín», dice su hermano. «Nuestro padre tenía afición a la música» 8.
«Ya muy jovencito, antes de comenzar los estudios eclesiásticos, formaba parte de la banda del pueblo, tocando con maestría el cornetín. Despertaba la curiosidad del público por lo diminuto del personaje» 9.
Son las tres características que destacarán en su vida: piedad profunda, estudio constante, músico consumado.
ESTUDIOS EN EL SEMINARIO
Ingresó en el Colegio de San José de Tortosa el año 1900, cuando tenía once años. «Desde muy pequeño manifestó su deseo de ser sacerdote. Muy jovencito entró en el Colegio de San José de Tortosa» 10.
Fue un seminarista ejemplar. «Aprovechó extraordinariamente en todo, particularmente en los estudios eclesiásticos. Gozó de fama excelente, dentro y fuera del Seminario» 11.
Los que conocieron a don José María Peris en la época de sus estudios están concordes en señalar tales facetas: «Era muy inteligente. He oído decir al doctor Juan Bautista Manya, que fue su profesor en Teología Dogmática, que don José María Peris fue de los alumnos más aventajados que pasaron por su clase» 12.
«Fue un alumno excelente. Fue designado para ir a Roma, pero no pudo realizarlo por falta de salud. Fue un seminarista ejemplarísimo; todos le querían mucho y tenían mucha confianza. A juzgar por lo que decían sus compañeros de colegio, el siervo de Dios fue, en su vida de seminarista, edificante, tanto en la vida de piedad como en el aprovechamiento en los estudios; y, como en su vida de comunidad, en el trato con superiores y compañeros. Todo ello con una gran naturalidad y sencillez» 13.
Son muchos los testigos que insisten en que no pudo realizar sus estudios en Roma por falta de salud, que siempre fue muy precaria en él 14. Quizá a esto haga referencia su hermano cuando dice: «A final de Filosofía, a causa de haber trabajado mucho en la biblioteca del Colegio de San José, cayó enfermo y perdió un año» 15.
El doctor don Juan Bautista Manyá Alcoverro testifica: «Fue un alumno de los mejores que pasaron por mi clase, y han pasado bastante buenos. Tenía un espíritu recto y era muy formal, y de carácter. Era un hombre serio y reposado y de gran prestigio» 16.
Dadas sus excelentes cualidades, los superiores le nombraron prefecto de los alumnos antes de terminar sus estudios.
INGRESA EN LA HERMANDAD
Realizó todos sus estudios en Tortosa y allí le confirieron todas las órdenes. La prima clerical tonsura el día 16 de diciembre de 1910. Las órdenes menores el 9 de junio de 1911.
Una vez ordenado de menores fue admitido en la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos. Dice don Benjamín Miñana el 9 de agosto de 1912: «El aspirante de Tortosa José Peris escribe que está resuelto a ingresar y se pone a mis órdenes. Ha sido admitido» 17.
El día 15 de agosto el prelado de Tortosa concedió sin dificultad el permiso correspondiente 18. Y el 12 de septiembre «ha venido el aspirante José Peris, muy animado para entregarse de lleno a la Hermandad» 19.
Aunque en la Hoja Oficial de la Hermandad consta que el siervo de Dios hizo el voto de aspirante el 12 de agosto de 1912, en realidad lo hizo el 1 de octubre de ese año. Escribe don Benjamín Miñana en su Crónica ese 1 de octubre: «Ayer nuestro aspirante José Peris hizo retiro espiritual y hoy, en mi misa, antes de la sagrada comunión, ha emitido el voto de aspirante» 20.
ORDENACIÓN SACERDOTAL
Quedó como prefecto en el Colegio de San José de Tortosa desde el curso 1912-1913.
Recibió el subdiaconado en las témporas de la Santísima Trinidad, el día 17 de mayo de 1913 21. El 12 de agosto de ese mismo año emitió el voto de probación.
El 19 de diciembre de 1913 fue ordenado diácono. Y el 6 de junio de 1914 recibió el presbiterado en Tortosa: «Hoy, témporas de la Santísima Trinidad, se nos han ordenado de presbítero los Operarios José París, Manuel Fabregat y Vicente Marimón en Tortosa, Donaciano García en Toledo, Luis Grau en Tarragona» 22.
Celebró su primera misa al día siguiente en el Colegio de San José de Tortosa: «Ha celebrado con toda solemnidad su primera misa en este Colegio el Operario José Peris, aprovechando el estar todavía todos los colegiales aquí, ya que mañana han de empezar los exámenes para los de Teología y Filosofía. Ha resultado una fiesta muy completa y muy llena de santos consuelos» 23.
El 12 de agosto de 1914 emitió sus primeros votos trienales.
Cuatro cursos actuó como prefecto de disciplina en el Colegio de San José de Tortosa.
El 1 de julio de 1914 fue enviado a Valencia «para perfeccionar sus estudios de música bajo la dirección de don V. Ripollés» 24.
DIRECTOR DEL COLEGIO DE SAN JOSÉ
Al comenzar el curso 1916-1917 don José María Peris fue nombrado director del Colegio de Tortosa. Durante diez cursos ejerció este cargo, y todos sus alumnos, a porfía, declaran que su gestión fue excelente. Se ganó el corazón de todos. «Fueron interesantísimas sus pláticas espirituales...; los alumnos espontáneamente tomaban notas con mucho interés» 25.
Dice un benemérito sacerdote Operario que fue alumno de don José María Peris en el Colegio de San José: «En Tortosa, cuando quedó él responsable con autoridad plena en la formación de los seminaristas, es cuando empezó a realizar el programa pedagógico completo, que aún hoy nos causa admiración, a más de treinta años de distancia» 25.
Daba ciclos de conferencias o instrucciones, abarcando desde la práctica más elemental de las virtudes humanas y de la urbanidad hasta los más altos grados de oración y unión con Dios. Compuso folletos sencillos y profundos de oración para sus alumnos. «No se puede prescindir de mencionar aquí sus pláticas a los seminaristas, por secciones, con temas de vida sobrenatural completamente nuevos en aquellos tiempos» 27.
Se preocupó con excelente resultado de la formación litúrgica y musical. Trabajó con idéntico interés en la formación catequística de sus alumnos.
De forma similar testifica el eminentísimo señor cardenal don Vicente Enrique Tarancón, también alumno del siervo de Dios: «Llamaba la atención la orientación sacerdotal de horizontes muy amplios en sus pláticas, realmente maravillosas; en la orientación del seminario; en el descubrir y perfeccionar las cualidades de cada uno de los seminaristas. Supo orientar muy sólidamente la piedad sacerdotal, basándose en la doctrina del cuerpo místico de Jesucristo, y destacando la exigencia de santidad que tiene la vocación sacerdotal, cosa no frecuente en España en aquellos tiempos» 28.
LOS ALUMNOS SALÍAN TRASMUTADOS
Todos sus seminaristas destacan muy en particular las conversaciones individuales con don José María Peris en la rectoral. Era lo que más impacto causaba y lo que más eficacia tenía.
«Fue digno de notarse su trato personal e individual con cada alumno. Los chicos salían de su habitación trasmutados» 29.
Dice el sacerdote tortosino don Cornelio Monfort algo que manifiesta la influencia de este trato personal: «Creo que destacó más como director espiritual. Hago notar que, aunque en el seminario había nombrado director espiritual distinto de él, prácticamente masen Peris era, a la vez, rector y director espiritual de los alumnos» 30.
Testifica don Vicente Lores: «Pero a lo que daba el siervo de Dios importancia trascendental y eficacia suma era a la conversación individual con el alumno en su despacho. Periódicamente y sin orden prefijado iba llamando a su habitación a los seminaristas para tratar con ellos todo lo concerniente a su familia, aprovechamiento en los estudios, dificultades que podían encontrar; pero sobre todo lo concerniente a su aprovechamiento espiritual y a su idoneidad sacerdotal.
»Lo maravilloso es que los alumnos, sin él pretenderlo, se le entregaban por regla general enteramente y salían de su habitación mejorados siempre, con mayor fe y confianza en el superior y con deseos de volver. Prueba de ello era que ya eran legión los que voluntariamente solicitaban la nueva entrevista» 31.
De idéntico modo declaran todos los testigos que fueron alumnos suyos: «Era un hombre destacadísimo. A mi juicio, lo mejor de mosén Peris era el trato personal con los alumnos, y el saber conseguir de ellos que lo amasen todos extraordinariamente, a pesar de hacerles cumplir con toda rigurosidad la disciplina del seminario.
»Quizá donde ejercía más influencia con los seminaristas era cuando los llamaba a su habitación y conseguía que se le abriesen totalmente con una confianza absoluta» 32.
Como buen pastor, iba delante de las ovejas. Podía exigir, porque se exigía. Y las ovejas seguían al buen pastor. «Le teníamos mucho miedo respetuoso, al mismo tiempo que le amábamos como a padre. Le preferíamos a todos los demás superiores, aun viendo su rigor» 33.
Otro sacerdote que también fue alumno suyo dice de mosén Peris: «Somos muchos los sacerdotes que decimos deber al siervo de Dios cuanto hemos recibido en orden a nuestra formación sacerdotal, y consideramos como una gracia especialísima del cielo el habernos puesto cerca de él. Todos le apreciaron y consideraron como excelente sacerdote y perfecto formador de seminaristas» 34.
ELEVANDO EL NIVEL LITÚRGICO Y MUSICAL
Fue un compositor musical muy inspirado. Son muchas sus obras publicadas. Quizá la más conocida sea el Haec est dies, compuesta para la fiesta del Reservado y que todavía se interpreta. La escuché por última vez en la basílica de San Pedro en la misa de acción de gracias con motivo de la beatificación de don Manuel Domingo y Sol.
Para componer esta pieza se inspiró de rodillas ante el sagrario, según declaran varios testigos.
Convencido de la influencia que tiene la formación litúrgica y musical en la formación de los pastores de almas, compuso el libro Prácticas litúrgicas, que tanto ayudaron en la formación de los seminaristas.
En el Colegio de San José, declara un testigo, «consideró la música como un elemento primordial en la liturgia y en el apostolado, dedicando todo su interés a la formación musical de los seminaristas. Para ello, además de muchas composiciones de gran técnica e inspiración, hechas por el mismo siervo de Dios, organizó la clase diaria de música, redactando unos cursos de solfeo y de canto gregoriano, al mismo tiempo que el estudio del piano.
»Levantó el espíritu musical a una gran altura, tanto en el gregoriano como en la polifonía, preparando directamente un buen número de sacerdotes para directores en seminarios y catedrales» 35.
Dice un antiguo alumno del Colegio de Tortosa: «Destacó principalmente como formador de futuros sacerdotes. Para él era esa misión el nervio de su vida sacerdotal y apostólica. Cuanto hizo en plan de formación musical y literaria no tenía, en su concepto, más que un carácter subsidiario de aquella misión e ideal sustancial...
»Empezó entonces a ensayar con excelente resultado la formación litúrgica y musical con instrucciones, los sábados y vigilias de las fiestas principales, juntamente con la preparación del canto litúrgico del día siguiente, para hacer vivir intensamente el ideal litúrgico, tan importante para la formación integral del seminarista» 36.
Dice el cardenal Tarancón: «Revalorizó la música en el seminario y supo aprovecharla muy bien como medio de formación humana y sacerdotal litúrgica del seminarista» 37.
Otro ex alumno suyo habla así: «Puso a gran altura la formación de los seminaristas, especialmente en música y liturgia... Era un notable compositor musical, aunque cultivó sus dotes únicamente al servicio de la formación piadosa de sus alumnos.»
Y añade una nota muy interesante: «Era fama que él no compondría ninguna misa, porque es éste el modo de inmortalizarse los compositores. En cambio, compuso toda clase de motetes, avemarías, trisagios, coronillas, etc., que le conviniera para desterrar las piezas musicales poco piadosas y fomentar el gusto por la música gregoriana y polifónica, dentro del motu proprio de San Pío X» 38.
Dicen los que fueron sus alumnos en el Colegio de San José de Tortosa: «Hay que hacer notar las condiciones verdaderamente extraordinarias de este gran formador de sacerdotes: por la doctrina que difundía en sus pláticas, por el resurgimiento litúrgico, por la enseñanza de la música» 39.
En marzo de 1920 don Benjamín Miñana da luz verde a la publicación de la música que compuso el siervo de Dios para la coronilla de desagravios. Fue la primera composición de mosén Peris que se daba a la imprenta 40.
El 12 de junio de 1922 «va a Barcelona don José María Peris para perfeccionar sus estudios musicales y ver los mejores medios para imprimir sus obritas, ya preparadas, sobre música, meditaciones para seminaristas y alguna otra» 41.
En su formación musical fue discípulo del maestro Federico Pedrell, de Tortosa, en composición, armonía y contrapunto. En gregoriano se formó también en Marendsous (Bélgica), en Solesmes (Francia) e incluso en Besalú, con los monjes occitanos de En Calcat.
PREDICANDO «LA LIMOSNA»
Ya el fundador del Colegio de San José, Beato Manuel Domingo y Sol, predicó y envió a sus Operarios para que predicaran «la limosna» en favor del Colegio para ayudar a las vocaciones de familias pobres.
Don José María Peris, al poco tiempo de encargarse de la dirección del Colegio, vio que era necesario continuar tal tradición para que el Colegio pudiera seguir realizando su misión fundacional.
El 25 de agosto de 1928 escribe, desde Morella, a don Benjamín Miñana proponiéndole que sea el Colegio quien vuelva a tomar la iniciativa y los superiores del mismo quienes inviten a los fieles, de acuerdo con los párrocos, a que aporten sus limosnas.
Quería interesar a los sacerdotes, estar en contacto con ellos, porque sin su colaboración ni habría vocaciones ni medios para mantenerlas.
Don Benjamín le contesta el día 27, «aprobando el proyecto de predicar las limosnas para nuestro Colegio de Tortosa en algunos pueblos de la diócesis, y doy para esto instrucciones» 42.
Comenzó en Morella reuniendo al clero de la población. «El resultado fue bueno; todos se ofrecieron a hacer lo que pudiesen» 43.
Preparó una hoja de propaganda y comenzó la tarea. Recorrió varios pueblos e hizo una buena campaña. Quizá la mejor fue interesar a los sacerdotes.
Con éstos mantuvo correspondencia continua. Pretendía sobre todo que se preocuparan de atender a los seminaristas, para que las vacaciones no echaran a perder la labor realizada durante el curso.
El 25 de agosto de 1919 comunica a don Benjamín Miñana que le han otorgado el primer premio por el himno a la Santa Cinta. Un premio de cincuenta duros, con los que «podríamos adquirir un armonium digno de nuestra capilla» 44.
ERA MUY QUERIDO POR TODOS
Lo señalan muchos testigos. Pero hay un hecho demasiado elocuente que lo pone de manifiesto.
El año 1926 don Joaquín García Girona pedía con insistencia que le relevaran del cargo de rector del Seminario de Córdoba 45.
El día 15 de agosto de 1926 registra en su crónica el Director General: «Al prelado de Tortosa, que está en el balneario de Alhama de Aragón, escribo la conveniencia de que el director del Colegio, don José María Peris, vaya al rectorado de Córdoba» 46.
No sospechaba ni remotamente don Benjamín el lío en que se iba a meter, y no por parte de don José María Peris, quien, apenas recibe la comunicación, «contesta que está dispuesto a ir adonde conviniere» 47.
El obispo de Córdoba se la tenía jurada a don Benjamín. Acepta a don José María Peris como rector, pero está «resentido porque no hemos castigado a don J. A., su antiguo rector en Badajoz, ni ahora a don R. A.» 48.
El 27 de agosto de 1926 el Director General comunica a mosén Peris su nombramiento de rector del Seminario de Córdoba.
Y ahora viene el lío. El sobrino de don Benjamín, aspirante a Operario, que le acompañaba en Casas de Alcanar y quería a don José María Peris con toda su alma, es el que rompió el fuego.
«Don Francisco Ballester, que pasó conmigo desde que vinimos de Tarragona y estuvo casi siempre tristón y violento, sin poder adivinar yo la causa, marchó con dichas disposiciones anteayer a Tortosa y hoy recibo una carta de él, explicando su mal humor y disgusto por el traslado de don José María Peris a Córdoba. Ha sido para mí una triste revelación y enorme la impresión que me ha causado» 49.
Quizá convenga tener en cuenta que el pobre don Benjamín estaba ya en plena decadencia. Había sufrido una larga y penosa enfermedad en la vista. Llevaba diecisiete años al frente de la Hermandad. Estaba cansado, gastado y desgastado.
Su pena creció el día 2 de septiembre de 1926: «De Tortosa me escribe don Isidoro Bover en el mismo sentido que lo hizo ayer Ballester y aún más fuerte. Asegura que con el traslado de Peris, y más sustituyéndole don J. P., el Colegio se hundirá, y por esto pide un traslado para él a fin de no presenciar la gran catástrofe que tanto peligra. Y con esto me confirmo en que existe así como un complot contra mí, con motivo del traslado de mosén Peris. Veremos» 50.
Hay que tener presentes varias cosas. El siervo de Dios don Isidoro Bover estaba trabajando en el Colegio de Tortosa con don José María Peris desde el año 1914, a su regreso de México. Además, era un año difícil. El curso anterior, 1925-1926, el Seminario de Tortosa había quedado establecido en Colegio de San José y mosén Peris había sido nombrado rector.
Dice el cardenal Tarancón, testificando sobre el siervo de Dios: «En Tortosa actuó muy prudente y eficazmente en una ocasión difícil, cuando los seminaristas tuvieron que incorporarse al Colegio de San José, donde él era director. A los pocos días todos los nuevos alumnos habían sido ganados por la caridad y tacto de mosén Peris.
»Este talento práctico y ese tacto lo demostró también en alguna otra circunstancia difícil, de suerte que daba la impresión de que estaba gobernado por el 'Don' de la prudencia. Consiguió en Tortosa elevar el espíritu de piedad y la seriedad intelectual de los seminaristas» 51.
Y era lo que temían sus colaboradores: que no continuara todo al ritmo del siervo de Dios.
El pobre don Benjamín no ganaba para disgustos. Ahora es don Elias; el venerabilísimo don Elias Ferreres también le reprocha el traslado de mosén Peris. Don Benjamín considera el asunto una conjura contra él, como primera autoridad de la Hermandad, capitaneada por don Elias 52.
Dice don Benjamín al llegar a Tortosa: «Se me echó encima la temida tempestad, sobre todo con la acometida nerviosa e insolente de don Elias Ferreres» 53. Asegura que le es imposible vivir en Tortosa. El 15 de septiembre se fue a Barcelona hasta el 5 de octubre.
El sobrino de don Benjamín no acababa de tragar el asunto, a pesar de que don José María Peris le exhorta constantemente a acatar la voluntad de Dios, manifestada por medio de los superiores. El día 20 de octubre de 1926 le escribe una carta, que es un compendio de vida sacerdotal. Y le dice que si su ordenación sacerdotal lleva el sello de la contradicción, «es que Jesucristo piensa en ti, no lo dudes. Nada hay tan propio de un sacerdote digno como el vivir y el morir crucificado con Cristo» 54.
El siervo de Dios don Isidoro Bover reaccionó mucho más pronto y mucho mejor. El día 11 de diciembre de 1926 mosén Peris es cribe muy contento, porque «ayer recibí carta de don Isidoro. Entre otras cosas me dice que la comunidad va muy bien y que se distinguen un buen grupo como colegiales muy piadosos y cumplidores.
Casi me enternece leer estas cosas» 55.
Mucho le querían sus colegiales de Tortosa. «La nota más tierna y simpática para mí, en mi santo este año, ha sido las felicitaciones que he recibido de esos colegiales queridísimos. Pasan de cincuenta los que me han escrito, y algunos en frases que me han enternecido» 56.
RECTOR DEL SEMINARIO DE CÓRDOBA
El siervo de Dios no opuso el menor inconveniente a su salida de Tortosa. El 27 de agosto de 1926 se lo comunica el Director General a su pueblo, donde está de vacaciones, y el día 30 «don José María Peris contesta su conformidad al nombramiento para el rectorado de Córdoba» 57.
Con el administrador de aquel Seminario «dejamos fijada para el próximo lunes, trece, la fecha de nuestra partida para Córdoba» 58, escribe mosén Peris el 7 de septiembre de 1926.
Llegó a Córdoba el 14 de septiembre y, «poco a poco, me voy orientando en esta tierra y cargo, tan nuevos para mí» 59.
Quizá su mayor sufrimiento era que no podía conocer tan rápidamente como deseaba a los alumnos, una comunidad que rayaba en los doscientos: «Encuentro no pequeña dificultad en conocer a los chicos y esto hace que mi adaptación sea algo costosa» 60.
Le costó entrar de lleno porque «estos chicos, casi en su totalidad, no tienen ni idea de lo que es confiarse al superior». Y comenta rápidamente: «Dicen que es achaque de Seminarios esto; pero entiendo que también es achaque nuestro. Ya he comenzado a trabajar para conseguir, poco a poco y con el tiempo, algún resultado. Dios nos asista» 61.
Todavía el 24 de marzo de 1927 constata la diferencia abismal entre la comunidad de Tortosa y la de Córdoba. Escribe a don Francisco Ballester: «Tú pensarás que yo estoy aquí como en la gloria, que los colegiales me quieren tanto y más cuanto que no saben qué hacerse conmigo. Y, sin embargo, la realidad en su conjunto es muy diferente. Estos chicos no saben lo que es tener confianza con el superior, no se fían, no conciben que puedan llamarlos a su habitación para hacerles bien... En verdad me encuentro como atado, o cercado, de manera que apenas puedo hacer nada sin despertar la? suspicacias» 62.
FALLECE SU PADRE
Córdoba entonces estaba muy lejos de Cinctorres. Ahora está más cerca porque son más rápidas las comunicaciones.
La madre del siervo de Dios murió siendo él seminarista.
El día 9 de abril de 1927 escribe a don Benjamín Miñana: «Acabo de recibir telegrama de Cinctorres comunicándome que mi padre fue viaticado ayer. Salgo, pues, esta tarde en el expreso» 63.
Y el día 11, desde Morella: «Llegado a ésta, me encuentro con la noticia de que mi padre falleció ayer. Me esperaban para el entierro. Pienso regresar a Córdoba el Sábado Santo. Les suplico una oración por mí padre» 64.
Llegó a Córdoba y continuó trabajando y sufriendo. Tuvo que expulsar a un alumno de primero de filosofía por causas muy graves, «y no hay que decir la que se armó contra nosotros, sobre todo entre los canónigos, que no perdonan ocasión de mordernos, los cuales no son pocos, aunque no los de más significación del Cabildo. Por lo demás, vamos tirando sin novedad. La comunidad no va mal y ofrece buen terreno para trabajar» 65.
Se dedica a alentar a todos a que no achiquen el corazón 66. Y poco a poco se va metiendo en la formación de sus alumnos. Un dato importante al finalizar el curso: «Hemos terminado el curso bien, y el señor obispo, ahora más atento y contento que nunca, a pesar de los presagios de tempestad supuestos por algunos» 67. Pero le esperaban días de prueba.
LA PERSPECTIVA NO ES HALAGADORA
Terminó muy bien el primer curso. Pero el obispo, tan atento y contento al exterior, era un enigma.
No podía menos de ver y palpar las extraordinarias cualidades pedagógicas, la santidad del rector de su Seminario; mas no olvidaba el resquemor que bullía en su corazón contra la Hermandad. Siempre que podía, la perjudicaba.
El día 2 de julio de 1927 el siervo de Dios se desahoga con el Director General de la Hermandad: «Nosotros continuamos bien, aunque con una novedad hasta desagradable: el señor obispo ha nombrado prefecto de estudios al señor Lectoral, que es el que más guerra nos hace y cuya ambición por ahora parece ser apoderarse del Seminario en toda la línea. Hace quince días que está nombrado y aún está para mandarnos una tarjeta, participándonos el nombramiento.
»Tampoco el señor obispo nos lo ha comunicado. Es difícil atinar en las verdaderas razones de este paso del prelado. Desde luego parece cierto que su intención por ahora no es la de echarnos. Continúa con nosotros tan atento y satisfecho en lo que aparece por de fuera. Dicho se está que la perspectiva del próximo curso nada tiene de halagadora» 68.
El día 22 de diciembre de 1927 tiene que hacer esta muy significativa confesión a don Joaquín Jovaní, recién elegido Director General de la Hermandad: «Por aquí seguimos sin novedad y con mucha paz interior y exterior. El señor obispo acentúa de día en día su confianza para conmigo. Hace unos días me declaró que estaba muy contento de mi gestión y que no le daban otra queja de mí sino que era Operario» 69.
TRABAJANDO SIN DESCANSO
Al finalizar el año 1927 está preparando un volumen de Meditaciones y el Directorio de la Hermandad que le han encomendado. Por eso dice: «A pesar de mis vivos deseos, no sé cómo me va a ser posible este curso prepararme para grados. Aún no he podido mirar una letra» 70.
Don Joaquín Jovaní le contesta: «Me alegra que pueda dedicar algún tiempo a la redacción de nuestro Directorio, que juzgo más necesario que sus grados y que la copia de las meditaciones vayan adelante» 71.
El 25 de febrero manda las Meditaciones, copiadas a máquina. «El trabajo que he puesto en estas Meditaciones es harto más de lo regular y bien superior a mis fuerzas. No sé el juicio que va a merecer, y, por si fuera desfavorable, ya tengo ofrecido al Señor el pequeño contratiempo que en esto pudiera sufrir... Continúo trabajando en la redacción del Directorio... También continúo repasando la teología» 72.
Terminó agotado. Escribe el día 22 de mayo de 1928: «El día 1 de junio comienzan aquí los exámenes, y henos encima de vacaciones. Yo he acabado este curso bastan espotrancat, que diría mi rival en hermosura don Enrique Bernat. Tengo la cabeza como una calabaza, impotente para hilvanar dos ideas en trabajo como el Directorio. También de peso he bajado mucho» 73.
Trabajó denodadamente en Córdoba y logró mucho en medio de continuas y grandes tribulaciones. Declara uno de los testigos: «En Córdoba, donde conviví con él cuatro cursos, puedo dar testimonio de cómo levantó el Seminario a gran altura, teniendo que superar muchas dificultades. Como nota de lo que afirmo baste decir que los filósofos, espontáneamente, se turnaban durante los recreos para que no estuviera el sagrario en ningún momento sin ningún seminarista; las funciones litúrgicas se hacían con toda perfección; su actuación como rector y director espiritual era como en Tortosa» 74.
Como prefecto de estudios de la Hermandad tenía que preparar los casos de moral, pastoral, preocuparse de los exámenes y de todo lo que comportaba el cargo. Quería con toda alma que los Operarios repasaran en serio toda la teología. Se preocupó de una verdadera formación permanente. Hizo un programa «tal que, a quien lo utiliza, le deje la impresión tranquilizadora de que sabiendo el programa sabe la moral» 75.
ESPINAS CASERAS
Son las que más duelen. Escribe el 21 de diciembre de 1928: «Llevamos una temporada sufriendo la enemiga de los profesores —no de todos— porque el señor obispo amonestó al prefecto sobre la tardanza de aquéllos en entrar a clase, y, claro está, nos echan a nosotros el sambenito de soplones.
»No tengo que decir que nos hemos guardado muchísimo de meternos en tal andazana y por esto estamos muy tranquilos» 76.
Otro suceso desagradable vino por parte de un alumno, amparándose quizá en la conocida actitud del prelado y profesores respecto a la Hermandad.
«Con ocasión de haber rasgado uno de los ordenandos públicamente El Correo Josefino en señal de desprecio, el señor obispo, después de reprobar el hecho, ha declarado el mal concepto que tiene de nuestro Correo, sobre todo de las crónicas, que califica de chavacanas y nada educativas, y ha prohibido que, hasta nueva orden, salga ninguna crónica de este Seminario.
»He tratado de defender lo nuestro, mas sin resultado. A ver si con la renovación de El Correo muda de parecer el señor obispo. Realmente es una actitud fuerte y harto humillante para nosotros la que ha tomado en este punto» 77.
Así pensaba el obispo a fines de diciembre de 1928. Pero... Sin querer, recuerda uno el epigrama:
«Sabemos que es falsedad
una alabanza, al decirla...
y, en cuanto nos toca oírla,
ya nos parece verdad.»
El prelado mandó erigir un grandioso monumento al Corazón de Jesús en la cumbre de las Ermitas. El Correo José fino de enero de 1930 publicó unas espléndidas fotos del monumento, del obispo y sus adláteres. Hubo hasta crónicas.
El 29 de octubre de 1929 «el señor obispo está rebosando de satisfacción con el éxito de la fiesta de la inauguración del monumento. Ayer me hablaba de la nube de felicitaciones que recibe. Acaso no estaría de más que le pusiese usted unas letras» 78.
El 20 de noviembre don José María Peris envía «para El Correo tres fotografías del monumento, levantado en las Ermitas, con la crónica respectiva, cuya publicación bendice y desea el señor obispo. Es una buena coyuntura para colar las crónicas nuevamente» 79.
Y, como era de suponer, «el señor obispo se manifiesta muy contento y satisfecho. Quedó muy complacido con los grabados y crónica de El Correo» 80.
UNA BORRASCA INCREÍBLE
Don José María Peris, en el trato personal con los seminaristas, había ganado su confianza, y la mayoría de ellos querían ser buenos de verdad. Más aún, estaban dispuestos a dar la cara por Cristo y por la Iglesia —y también por sus superiores—, a pesar de la enemiga del prefecto de estudios, de un grupo de profesores y, solapadamente, del mismo prelado.
Don Joaquín Jovaní esperaba que el obispo, poco a poco, fuera «reflexionando sobre la gravedad del mal que había en el Seminario y la necesidad de proceder con mano fuerte» 81.
A fines del año 1930 salió a luz un asunto tremendamente feo de al menos ocho alumnos ya ordenados que, cuando hacían el servicio militar, en calidad de cuotas, se dedicaron a cosas no santas. Al sentirse descubiertos intentaron un motín para «sacarlos violentamente a los cuatro superiores del Seminario, para lo cual pensaban hablar antes con el prefecto de estudios» 82.
El prelado, en vez de decretar la expulsión quería que se esperase al verano.
Los conjurados desistieron de la conspiración «porque no hallaban en la comunidad quien los secundase» 83.
Don José María Peris, en vista de la insolencia de los culpables, dijo al prelado que escogiera «entre los rebeldes o nosotros. Al fin, aunque repugnándole, consintió en que despidiéramos a cinco, entre ellos un subdiácono... La comunidad comenzó a reaccionar y la reacción fue creciendo de un modo consolador» 84.
Los alumnos, en su mayoría, se alegraron de que el Seminario quedara limpio de tanta escoria, aplaudiendo a los superiores. El obispo, reticente, displicente, y sin que nadie lo entienda 85.
No tardaría en manifestar cuáles eran sus miras.
ATMOSFERA ENRARECIDA
Como suele suceder en estos casos, una parte del profesorado y del clero se manifestó apoyando a los expulsados, aunque se trataba de cosas tan gordas. Escribe el siervo de Dios el día 2 de febrero de 1931: «Es natural que la atmósfera hostil, que nos cerca, se haya cargado con la salida casi simultánea de diez alumnos, casi todos ordenados y el resto en vísperas de órdenes; pues aunque los despedidos fueran cinco solamente, otros tantos, o cuatro al menos, se marcharon ellos, viendo la situación malparada en que quedaban y temiendo ser expulsados más adelante» 86.
Esta atmósfera enrarecida tiene su explicación, aunque sea muy dura: «Casi el total de los seminaristas que van al servicio se contaminan; y si se hubiera de excluir de las órdenes a todos los caídos, habría que cerrar el Seminario» 87.
Es decir, se sentía delatada una parte muy considerable del clero.
Los profesores, hasta en clase demostraban su mala voluntad contra los Operarios. La impresión que el siervo de Dios ha sacado de las entrevistas con el obispo es que éste jamás va a dar «la cara en nuestro favor... En suma, que la atmósfera se va enrareciendo. Lo peor de todo es que no es posible sustraer a los alumnos del mal influjo de los curas» 88.
Como el obispo se empeñaba en poner el acento sobre esa atmósfera, el Director General dice a don José María Peris que esté tranquilo porque ha cumplido con su deber: somos instrumentos de Dios y lo único a que hemos de aspirar es a dejarnos manejar por El» 89.
El siervo de Dios desea la visita de don Joaquín Jovaní «para que se despeje en uno u otro sentido nuestra situación en este Seminano» 90.
Se trataba de una situación muy comprometida. «Tenemos al profesorado enfrente, y el prelado no sabemos si está en contra o en favor» 91. La carta es del 3 de mayo de 1931, recién proclamada la República, que empezaba a mostrar su cariz persecutorio. Y aunque «la proclamación de la República se ha hecho aquí sin ninguna perturbación del orden público» 92, el horizonte se presentaba muy encapotado. Dice el siervo de Dios, previendo lo que se venía encima: «No parece aventurado predecir que si el gobierno quita la paga a los canónigos, y más si retira también la consignación a los Seminarios, la pugna de los profesores para sacarnos tomará mayor fuerza y formas más agudas» 93.
CONTRADICCIONES DE UN OBISPO
El día 13 de mayo de 1931, también en Córdoba, se había desenfrenado la fiera, como en tantas ciudades españolas. Escribe ese mismo día mosén Peris una carta que revela todo el resquemor almacenado en la trastienda de un prelado: cómo acusa para conceder por intermediarios; cómo vitupera a los únicos que eran fieles y quedaban en su puesto sin vacilar una vez que había puesto a salvo a sus alumnos.
«En la noche del 10 al 11 recibimos el bautismo de la revolución. De la una a las dos de la madrugada un grupo de revolucionarios trabajaron para asaltar el Seminario. No lo consiguieron y no pasaron de romper todos los cristales que pudieron. Nos cogió enteramente desprevenidos, y de ahí que el susto y el desconcierto fue mayor» 94.
Los superiores del Seminario querían a toda costa salvar las vidas de sus alumnos, darles paz y ánimo. En una palabra: obrar con prudencia. El obispo aprovechó la oportunidad para herir en lo más vivo a los Operarios por la sencilla razón de pertenecer a la Hermandad.
«A la mañana siguiente fuimos don Liberato y yo a ver al señor obispo. Le propusimos que para animar a los muchachos adelantase la fecha de los exámenes. Se mantuvo del todo intransigente y aun se permitió decirnos que si teníamos miedo, o no queríamos estar en el Seminario, que nos fuésemos y que él buscaría quien se encargase» 95.
Pero ahora viene la contrapartida. «Esto no impidió que, dos horas más tarde, dijese al señor prefecto que los exámenes serían tan pronto como fuese necesario.
«El lunes por la tarde vino el mismo señor obispo a hablar a los muchachos, procurando animarles. Buena falta había, porque todos estaban en plan de marcha.
»Ayer, martes, por la tarde, la cosa se iba poniendo tan negra y las noticias eran tan alarmantes, que juzgué necesario ir a proponer al señor obispo que salieran todos los colegiales a pasar la noche en las casas de sus encargados. Accedió y así se hizo. Hoy, a primera hora, han vuelto los colegiales conforme a la orden que les di» 96.
Un obispo de tanta talla no podía desaprovechar la ocasión para restregar al siervo de Dios toda la bilis de su mal humor. «He ido a hablar con el señor obispo para recibir órdenes definitivas. Me ha puesto como chupa de dómine diciendo que éramos unos gallinas y que no teníamos serenidad; que los colegiales no habían de haber salido. Ha dicho que hablará con el claustro para resolver» 97.
Y otra de arena, pero tratando de echar la arena en los ojos: «Ha hablado, en efecto, con el prefecto, y la resolución ha sido que se vayan todos y que en el Boletín les dirá cuándo han de volver para examinarse. Esta resolución la ha comunicado el prefecto a los colegiales directamente, sin decirme a mí nada» 98.
La buena educación y las buenas maneras no se compadecen mucho con el rencor.
«Así están las cosas». Y sólo los que, según el ilustrísimo, tenían miedo se quedaron en el Seminario. «Nos quedamos, pues, aquí los cuatro esperando los acontecimientos» 99.
Es muy sabroso el comentario del siervo de Dios don Joaquín Jovaní: «Ya veo las extrañezas de ese buen señor. Una más de las tantas que tiene manifestadas. Habiendo accedido de buen grado a que salieran los chicos, ¿a qué venía la bravata del día siguiente?
Dejemos pasar la borrasca y mientras, Dios nos asista, sobre todo por gracia del Espíritu Santo, a cuya venida nos preparamos» 100.
GRACIAS A LA PODA
Comienza el curso 1931-1932 con 154 alumnos, «cincuenta y tres menos que el curso pasado» 101. Los 53 que faltaban no se sintieron con fuerzas para continuar en el Seminario porque «esta región se va poniendo peor de día en día» 102.
Sólo «gracias a la previsión y tiesura del gobernador no han ocurrido aquí, en la ciudad, asaltos e incendios, como estaban preparados, según el mismo gobernador ha declarado. Lo de Villanueva de Córdoba ha sido horroroso: más de dos mil comunistas, esparcidos por el campo, invadiendo los cortijos y cortando las patas a las muías y bueyes y a millares y millares de ovejas y cabras» 103.
Pero «en lo referente al régimen interno de la casa, la comunidad está ahora en mejor disposición que en años anteriores debido principalmente a la poda que se ha hecho» 104. Eliminada la basura, se iba oxigenando el ambiente. En la reunión de obispos de la provincia acordaron «que hay que hacer lo posible para mejorar en calidad los candidatos, a costa del número, si es preciso» 105.
Habían regresado los que tenían vocación y no los mozos con gestas de quintos. Para animar a los que merecían la pena, el verano anterior les enviaba circulares, alentándoles a una generosa fidelidad a la vocación, a pesar de las zozobras de los tiempos. Logró que los seminaristas de la ciudad fueran todos los días al Seminario.
La comunidad había mejorado mucho. Quizá también —aunque no lo diga el siervo de Dios— porque «el prefecto de estudios, con dos profesores más, van a embarcar el día 8 de octubre, si les llega la dispensa de Roma para ultramar, con el objeto de pasarse unos meses —el curso entero— en América dando conferencias sociales y apologéticas» 106.
También ésta era una buena poda. Como que don Joaquín Jovaní no resiste la tentación de comentar: «Aunque es peregrina la idea de irse a misionar a las Américas, dejando las cátedras, supongo que no lloraréis si desaparecen, al menos por un año, algunos sujetos» 107.
No regresaron hasta el 17 de mayo de 1932.
A fines de año, escribe el 30 de noviembre de 1931, «hay desfile de los que dejan la carrera eclesiástica. Se han marchado doce hasta la fecha, y hay varios que esperan las próximas Pascuas para hacerlo» 108.
Pero había logrado en la comunidad una intensa vida eucaristía.
El siervo de Dios trabajó como buen obrero de Cristo. Sus pláticas eran inolvidables para los seminaristas. Su trato personal, eficacísimo.
SUFRO POR LO QUE ESTÁIS SUFRIENDO
A fines del mes de junio de 1932 el excelentísimo y reverendísimo señor obispo escribió a don Carmelo Blay diciéndole que los Operarios se retiraran de su Seminario. Poco antes había estado de visita en Córdoba el Director General y nada le había dicho. Después de la carta a don Carmelo envió comunicación al Director General de la Hermandad.
Pero el señor nuncio dijo que los Operarios no se retiraran. En la Sagrada Congregación de Seminarios tampoco la autorizaban.
Mientras tanto, el siervo de Dios aguantando el calor del verano y el calor de aquella angustia: «Estamos aquí como quien espera que le llamen o le echen. Nuestra forzada permanencia en ésta se hace angustiosa» 109.
Don Joaquín Jovaní lo comprendía; pero no estaba autorizado para llevar a cabo la entrega del Seminario: «Sólo sufro por lo que vosotros estáis sufriendo» 110, escribe el 15 de septiembre de 1932.
Ahora bien, «la misma Congregación, en telegrama que recibo hoy —19-VII-1932—, manifiesta deseos de que continuemos ahí; pero contesto que mientras no cambie la conducta y actitud del prelado lo creo expuesto» 111.
Estoy seguro que al siervo de Dios —porque era una idea muy entrañable para él— confortó mucho lo que en carta del 4 de agosto de 1932 le decía el Director General: «Ya comprendo que os ha escogido Jesús en este tiempo para víctimas suyas, lo cual no deja de tener también su atractivo para los que de veras le aman» 112.
Por fin, el 15 de septiembre de 1932 don José María Peris hizo entrega del Seminario de Córdoba y respiró tras un calvario de dos meses y medio de amarguras.
SEMINARIO DE BARCELONA
El siervo de Dios pasó unos meses en la casa central de Tortosa preparando la segunda edición de sus métodos de solfeo y la primera de canto gregoriano.
En el mes de enero de 1933 enfermó de algún cuidado el rector del Seminario de Barcelona, que hubo de marchar a su pueblo, y «en vista de que tardará mucho tiempo en reponerse y que el Seminario de Barcelona no puede ser gobernado a medias, después de visitar al enfermo y persuadirme de su estado fui a Barcelona a conferenciar con el señor obispo y, de acuerdo, dispusimos se encargara interinamente de aquella casa nuestro José María Peris, a quien tenía preparado de antemano» 113.
LA «TEBAIDA»
Testifica el padre Gabriel María Brasó, de Montserrat, que fue alumno de mosén Peris en el Seminario de Barcelona: «Transformó el Seminario. Cuando él llegó de rector, el Seminario de Barcelona atravesaba una fuerte crisis en todos los aspectos, particularmente disciplina, espíritu eclesiástico y piedad. Como prueba de ello aduzco que incluso en un periódico de izquierdas de Barcelona se publicaron al menos dos artículos firmados con el seudónimo 'Un Seminarista', contra los superiores del Seminario y el régimen del mismo. Incluso ante el Santísimo solemnemente expuesto en la capilla se realizaron actos colectivos de indisciplina.
»Llegó don José María Peris e inmediatamente se notó un cambio en la disciplina y en el ambiente de formación» 114.
El 4 de marzo de 1933 escribe su primera carta como rector del Seminario de Barcelona. Cuenta a don Joaquín Jovaní sus primeras impresiones y dice que son «pocas aún. Estoy haciendo el noviciado, que no será corto, pues hay aquí mucho que conocer. Hay cosas, y no de poca monta, en que se ve claro lo que usted decía: que los superiores son dominados por los alumnos. Tales son, por ejemplo, que diariamente se lean a los teólogos las noticias de El Correo Catalán; que en el recreo haya lo que llaman 'Tebaida', que es un lugar del recreo reservado a los de quinto de teología, adonde no puede ir el superior, etc.» 115.
EL BUEN PASTOR CONOCE A SUS OVEJAS
Dice el padre Brasó: «Los medios de que se valió fueron especialmente el conocimiento y trato personal con los seminaristas, la formación espiritual de los mismos, procurando inculcarles una profunda conciencia del estado eclesiástico y una sólida piedad teológica y litúrgica. Consiguió que los seminaristas desearan ir a su habitación y todos pasamos sistemáticamente por ella. Señaló unas horas cada día exclusivamente para ello, a pesar de tener tantas ocupaciones. Se ganó plenamente la confianza de los seminaristas» 116.
Todos los testigos que fueron alumnos suyos insisten en este medio de trato personal.
«También fue un gran medio que empleó el de las visitas personales que le hacían los seminaristas. Me sorprendió el conocimiento personal profundo que tenía de mí» 117, dice don Isidoro Goma Civit. Se podrían multiplicar los testimonios.
Quizá valga más el del mismo siervo de Dios, que escribe el 24 de marzo de 1933, cuando lleva un mes actuando en Barcelona: «Voy, poco a poco, haciéndome cargo de esta casa. Conozco de vista y de nombre a casi todos los teólogos y filósofos y a la mayor parte de los latinos; pero esto es poco. Me interesa ahora conocer... la fisonomía moral de cada uno porque mi desconocimiento de ésta no sea causa de anormalidades en el gobierno de la comunidad» 118.
Los alumnos eran 265. Nada de extraño tiene que don Joaquín Jovaní le conteste así el 1 de abril de 1933: «Recibida su carta del 24. El Señor le guarde la vista para conocer en tan poco tiempo a todo ese regimiento seminarístico. Un año necesitaría yo ahora, y dudo lo pudiera conseguir» 119.
PLATICAS DE FORMACIÓN
Se hicieron famosas las pláticas de mosén Peris sobre la espiritualidad sacerdotal. «Cada semana nos hacía al menos una plática, con temas interesantes, con una gran profundidad teológica. Eran muy prácticas» 120.
Sus alumnos las recuerdan con cariño y veneración: «Se sirvió, para elevar el ambiente del Seminario, de pláticas magistrales periódicas, de profundidad teológica y de mucho sentido práctico» 121. «Con sus profundos conocimientos teológicos, litúrgicos y ascéticos orientó la mentalidad y la espiritualidad de los seminaristas. Además organizó unas series de conferencias para los ordenandos in sacris; las daba personalmente todas las semanas, versando un año sobre la espiritualidad del sacerdote y otro sobre la acción pastoral» 122.
El obispo mártir don Manuel Irurita le encomendó la clase de teología pastoral, y a través de ella «hizo vivir en un sentido eclesiástico y teológico la vida parroquial» 123.
El siervo de Dios escribe al Director General el 24 de marzo de 1933: «Semanalmente platico a los teólogos y a los ordenandos, por separado» 124.
Durante el curso 1933-1934 tiene «plática semanal a los teólogos sobre el ideal de perfección del sacerdocio; meditación, los domingos, a los teólogos y filósofos; plática a los teólogos y filósofos los días de retiro». Organiza además «excursiones pastorales de los alumnos del último curso dirigidas por el rector» 125.
LITURGIA Y MÚSICA
En Barcelona eran muy aficionados a la liturgia por la cercanía de Montserrat. Y mosén Peris supo aprovechar la coyuntura para elevar el nivel y dar una formación auténtica.
Dice el padre Brasó: «En Barcelona existía ya un ambiente litúrgico debido a su proximidad al monasterio benedictino de Montserrat; pero, faltos de principios sólidos, los seminaristas hacían consistir la liturgia casi exclusivamente en las formas externas de su celebración. En cambio, el siervo de Dios les dio a conocer el verdadero sentido de la liturgia como oración oficial de la Iglesia y, por tanto, del sacerdote, y como fuente y norma de espiritualidad.
»Organizó unas conferencias semanales a cargo de los seminaristas teólogos para analizar el origen histórico, el contenido doctrinal y el sentido espiritual de los diversos elementos del oficio divino» 126.
Y del mismo modo testifican todos sus alumnos: «Empleó también como medio de formación la sagrada liturgia. El dio más espíritu del que había, pues antes de él había ciertamente un ambiente litúrgico en el Seminario, pero algo externo y formulista» 127.
También sobre esto informa mosén Peris al Director General: «Los sábados tenemos un rato de preparación del canto del día siguiente y aprovechamos esta ocasión para tener conferencias muy breves de liturgia que hacen los mismos alumnos —que se las dan de muy instruidos en el ramo— sobre temas que yo les doy» 128.
Aprovechó también la música como medio de formación. Al poco tiempo de llegar a Barcelona «tuvo que ausentarse el maestro de capilla y vinieron los cantores a pedirme que les dirigiese. Lo hice con gusto. Espero me pidan también que les instruya en canto gregoriano» 129.
Y se lo pidieron. Y él pidió permiso al prefecto de estudios. «Le pareció a él muy bien que yo interviniera y con esto acepté, con gusto ciertamente, porque me pareció éste un medio excelente de penetración pacífica y de influencia moral en la comunidad» 130.
Sus clases de teología pastoral fueron un éxito y muy prácticas, como atestigua más de uno de sus alumnos.
«Consiguió infiltrar en nosotros un profundo espíritu sacerdotal, con carácter muy apostólico, específicamente parroquial, y muy eclesiástico, poniendo como base del apostolado la misión canónica...
»Sus clases resultaban interesantísimas y con ellas consiguió completar la formación espiritual, sacerdotal y apostólica de los alumnos mayores. Su actuación como rector de Seminario fue extraordinaria en cuanto a sus efectos» 131.
«Trabajó intensamente en el canto gregoriano y polifónico como elementos de formación litúrgica y sacerdotal. Con todo esto, consiguió en muy poco tiempo el orden y disciplina en aquel Seminario, efecto espontáneo de esta profunda formación. Su época de rectorado en Barcelona la considero como de oro» 132.
ENERGIA CON PRUDENCIA
«Voy estudiando la comunidad y tomando nota de no pocas cosas», escribe el 15 de abril de 1933. Y añade: «Un poco claro hablé al señor obispo hace pocos días. De palabra se mostró firme y dispuesto a rajar. Ya le comunicaré más adelante a usted mis impresiones sobre el estado del Seminario» 133.
Y si de palabra estuvo firme, las obras no desmintieron a la palabra. El señor obispo, finalizado el curso, se convenció de que algunos seminaristas carecían de vocación, y escribe el siervo de Dios el 8 de julio de 1933: «Puede darse por hecha la dimisión de doce seminaristas, pues sólo falta la firma del obispo, y la pondrá, D. m., el lunes... Parece cosa de Dios el resultado obtenido, pues tanto los diputados de disciplina como el secretario de cámara y el señor obispo han estado más fuertes que yo mismo, resolviendo en sentido de dimisión dos o tres casos que yo presentaba como dudosos» 134.
Pero mosén Peris tomaba estas decisiones con una prudencia exquisita, ya que era «muy prudente y de gran fortaleza de espíritu... Todos los que pasaron por el Seminario de Barcelona siendo él rector le tienen un agradecimiento grande; no tengo idea de ninguno que esté amargado por él, aun aquellos a los que tuvo que eliminar» 135.
Es constante esta idea. «Aunque tuvo que corregir muchos defectos e incluso eliminar a algunos seminaristas, lo hizo con una gran caridad, prudente y delicado» 136.
FOMENTO DE VOCACIONES
Lo impulsó de manera muy eficaz, utilizando todos los medios a su alcance: la hoja Fomento de Vocaciones y El Sembrador; una muy amplia tirada de estampas vocacionales con texto en catalán y castellano; conferencias a diversos grupos de personas; la Obra de Fomento.
Asistió a la Semana Pro Seminario de Toledo, a la que presentó cuatro memorias: sobre la Obra de Fomento en Barcelona, sobre el concepto teológico de la vocación, sobre la falta de vocaciones en las clases altas de la sociedad y sobre lo que incumbe a los párrocos respecto a las vocaciones 137.
Para el curso 1935-1936 logró sesenta nuevos seminaristas, que no dejaba de ser un triunfo en circunstancias tan difíciles 138.
Publicó un folleto, Toma y lee, para suscitar vocaciones entre los jóvenes 139. Lo tiene terminado el 16 de febrero de 1936 140.
«Tengo hecho un folletito, por título Toma y lee, para propagar la vocación sacerdotal entre jóvenes estudiantes» 141.
A primeros de febrero de 1936 organizó un acto en la catedral para dar a conocer la encíclica Ad cathoiíci sacerdotii 142. En junio de ese mismo año, con motivo de la misma encíclica, organizó una fiesta sacerdotal. «Fue un gran éxito. Acudieron más de mil quinientos sacerdotes y religiosos» 143.
Tenía preparada para el otoño de 1936 la Semana Pro Seminario en Barcelona 144.
LO QUIEREN MAS CADA DÍA
Hay que suscribir lo que un sacerdote Operario, desde Barcelona, escribía a otro que trabajaba en Tucumán:
«Mosén Peris está hecho un coloso en todos los terrenos y en todos los órdenes. Nos dio en Tortosa unos ejercicios capaces de hacer santo a cualquiera. En este curso sigue con la cátedra de Teología pastoral, con la dirección académica de la música, con el catecismo práctico a los teólogos y no sé cuántas cosas más. Pide a Jesús que le conserve la salud para seguir dando fruto. El Señor bendice sus esfuerzos y el Seminario de Barcelona va cambiando más que deprisa» 145.
Un colaborador del siervo de Dios escribía así al Director General el 19 de diciembre de 1934: «El estado de nuestra comunidad en el presente curso ya lo debe conocer usted a través de las cartas de nuestro querido señor rector. Gracias al Señor, se ve mejorar de día en día, y los chicos mismos se admiran de la renovación. Al señor rector le quieren más cada día y empiezan todos a reconocer el sacrificio que se toma por su formación» 146.
Un testigo sintetiza brevemente su labor: «Fue un excelente rector del Seminario de Barcelona. Yo mismo oí decir al señor obispo de aquella diócesis que no cambiaría a este rector por nada del mundo» 147.
Es más válido el testimonio viniendo del obispo mártir, doctor Irurita.
EL TRANCE ES VERDADERAMENTE APURADO
A partir de las elecciones del 16 de febrero de 1936 el siervo de Dios vivía los acontecimientos que se avecinaban confiando en Dios y esperando cuanto El permitiera.
Escribe el día 19 de febrero: «Gracias a Dios, nada desagradable nos ha ocurrido en el Seminario hasta ahora. Susto, inquietud, pavor a ratos, pasar la noche en vela, y nada más.
»Digo hasta ahora porque acaso dentro de dos días, y aun mañana mismo, no podamos decir otro tanto...
»El trance es verdaderamente apurado. Los curas de los pueblos están muy amenazados, y acaso más que todos el señor obispo, contra el cual dirigió la puntería la prensa izquierdista en los últimos días. Me ha dicho él, y lo he sabido también por otro lado, que estaban ya señalados y armados los que debían asesinarle la noche del lunes... y, a pesar de todo, está tan tranquilo y respirando paz y ansias de mártir.
»Nuestros chicos están preparados como para salir. Y en cuanto a nosotros, que el Señor disponga como le plazca. Quisiera decir yo lo que dice el señor obispo: 'No nos caerá, no, esa breva, la breva del martirio'» 148.
Las cosas cada día estaban más turbias. Escribe el 4 de marzo de 1936: «Van estas letras para decirles que aún vivimos... Crece, eso sí, el malestar y el pesimismo, especialmente con respecto a la suerte de los religiosos y religiosas. Abundan también como nunca los atracos y los robos» 149.
El 11 de marzo: «Seguimos sin novedad, gracias a Dios, aunque por aquí va cundiendo la convicción de que se acercan días de prueba...
»No hay sino prepararse tranquilamente y con gozo para cuanto el Señor quiera de nosotros» 150.
A pesar de las preocupaciones, prepara un folleto de visitas eucarísticas para sus seminaristas: «Acaso les ayudarán a entenderse con el Señor Jesús Sacramentado» 151.
El 25 de marzo de 1936 está verdaderamente ansioso de sufrir el martirio. Escribe a don Buenaventura Pujol, rector del Pontificio Colegio Español de Roma: «Que venga lo que Dios quiera, y ¡ojalá que el Señor nos hallara dignos de ser elegidos para víctimas! Mas esto es pedir mucho, demasiado» 152.
Y el 19 de abril escribe a don Francisco Ballester, que trabajaba en Tucumán: «La situación de España se va poniendo por días más turbia y más crítica... Ayer mismo decíase que los socialistas y comunistas exigían con apremio las cabezas de Calvo Sotelo y de Gil Robles.
»Aquí, en el Seminario, también nos toca lo nuestro. Anteayer se presentaron a embargar el edificio... Creo que el embargo irá adelante y sacarán el edificio a pública subasta. Por lo demás, nada nos ha ocurrido lamentable hasta ahora. Amenazas y avisos de que iban a quemarnos la casa, pero nada más.
»En fin, que son tiempos para favorecernos mucho en la fe porque el horizonte se ve cargado. Que se cumpla en todo la voluntad del Señor y ojalá que nos encontrase dignos de sufrir persecución, hambre y aun la muerte por su nombre» 153.
Estaba próximo el día en que Dios iba a colmar los anhelos de martirio de este siervo de Dios.
CAPITULO XXX
VIRTUDES DEL SIERVO DE DIOS JOSÉ MARÍA PERIS POLO
Las virtudes del siervo de Dios José María Peris Polo son realmente heroicas. Quizá traza la síntesis uno de los testigos en el proceso, al decir: «He sido postulador de muchas causas de beatificación, y a un santo no me lo imagino distinto, en cuanto a la práctica de las virtudes, de las que practicaba el siervo de Dios» 1.
Fue un verdadero dechado de virtudes, totalmente entregado a Dios y a los hermanos, olvidado de sí completamente. Vivió para dar y para darse.
«Era, ante todo, un hombre de intensísima vida interior. Todos los que le han conocido le tenían por muy piadoso. Era un compendio de todas las virtudes. Era sumamente abnegado, tenía espíritu de sacrificio, era humilde, prudente, celoso por la formación de los seminaristas» 2.
Todo lo que fue y todo lo que hizo tenía su raíz en su profunda
VIDA EUCARISTICA
«Tenía como una verdadera obsesión la de pasar el mayor tiempo posible ante el sagrario. En los tres seminarios donde estuvo de rector mandó instalar en el coro una sencilla luz eléctrica para poder rezar todas las horas del oficio divino. Aparte del tiempo dedicado a la oración mental, decía él que un sacerdote no debería emplear menos de media hora para prepararse a la santa misa.
»Es difícil calcular sus horas de sagrario durante el día y durante la noche. En Barcelona era corriente entre los seminaristas decir que, si no estaba el rector en la habitación, se le encontraba indefectiblemente en el coro. Me consta que, ya en Tortosa, un seminarista que durante una noche no se encontraba bien y tuvo que levantarse tres o cuatro veces de la cama, a horas distintas, fue a la capilla y otras tantas veces encentró en ella a mosén Peris» 3.
Es unánime el impacto que causó la vida eucarística del siervo de Dios. «Era hombre de profunda piedad y de vida de constante presencia de Dios. Yo no he visto otra persona que viviera como él la presencia de Dios. Se pasaba muchos ratos en la capilla, rezando el oficio divino o haciendo meditación» 4.
Dice el cardenal don Vicente Enrique Tarancón: «Lo que más me maravillaba de mosén Peris era su espíritu de oración. Daba la impresión de que vivía constantemente en la presencia de Dios. En sus prolongadas y frecuentes visitas al sagrario cautivaba y edificaba a los seminaristas que le observaban; parecía absorto en oración» 5.
Todos los testigos recuerdan sobrecogidos esta profunda vida eucarística de don José María Peris. «Su piedad destacaba principalmente en devoción y amor a la sagrada eucaristía. Se pasaba muchos ratos ante el sagrario. Recuerdo principalmente que en una ocasión fui a visitarle cuando era rector del Seminario de Barcelona. No estaba en su habitación, y me indicaron que estaría seguramente en el coro de la capilla. Fui hacia ese lugar, abrí la puerta y estaba él de rodillas y me pareció como si estuviera en éxtasis» 6.
«Era piadosísimo; entregado a Dios sinceramente, se pasaba muchos ratos en la capilla... Todos le teníamos por un hombre de Dios» 7.
ABNEGACIÓN
De ese trato con Jesús le venían todos sus aciertos, todas sus virtudes. Era abnegado en grado sumo, totalmente sacrificado por sus alumnos 8.
Don José María Peris no concebía un sacerdote sin abnegación, porque no concebía un sacerdote sin amor. Sus pláticas, sus clases eran sencillamente manifestación de su vida interior; como lo eran también sus cartas. «Nada hay tan propio de un sacerdote digno como el vivir y el morir crucificado con Cristo. ¡Dichoso tú si celebras tu primera misa atribulado, crucificado con Cristo, cuyo ministro has de ser!» 9, escribe a un alumno que iba a recibir el sacerdocio mientras pasaba por una prueba difícil.
en otra carta, por esas mismas fechas: «Dios quiere que tu vida sacerdotal lleve el sello del amor abnegado, crucificado en Cristo y con Cristo. No pierdas esta lección que te da en el día más grande y solemne de tu vida» 10.
le escribe una vez ordenado sacerdote: «Que el Señor te dé abundante gracia para celebrar la misa diaria con tanta pureza de corazón, con tanta devoción y fervor y, sobre todo, con tan perfecta inmolación de ti mismo en unión con Cristo, que por la virtud de la santa misa llegues en breve a la perfecta transformación en Jesucristo, modelo y cabeza nuestra, según la voluntad de Dios Padre» 11.
Personalmente «era sumamente mortificado. Durante varios años, por no decir toda su vida, anduvo bastante flojo de salud; sobre todo en las primeras horas de la mañana, hasta cerca de mediodía, sentía ordinariamente intensos dolores de cabeza, y, sin embargo, lo disimulaba y despachaba normalmente todos los asuntos» 12.
Mosén Peris hacía lo que aconsejaba: «Sufrir a solas con Jesús y por Jesús... Por experiencia sé esto: el que sabe prescindir de toda satisfacción humana, que no sea la que fluye del mismo trabajo amoroso, sacrificado..., poco se conturba aunque encuentre cerradas otras fuentes de alegría» 13.
Estaba convencido de que «cualquier desatención voluntaria, hija del amor propio, sería bastante para agriar toda al paz interior» 14.
Don José María Peris miró constantemente a Cristo el Señor y de El aprendió.
MUCHA HUMILDAD
Es impresionante, por lo sencillo, el testimonio de don Daniel Peris Polo, hermano del siervo de Dios, labrador de Cinctorres.
«Era muy humilde, de modo que no parecía hombre de tanta valía y que tuviera cargos tan distinguidos... He oído decir que los Operarios le consideraban como uno de los mejores miembros de la Hermandad» 15.
Todas sus cualidades —sin duda extraordinarias— iban envueltas en «una profunda humildad y sencillez, que hicieron exclamar al obispo de Barcelona, Manuel Irurita, la primera vez que lo vio: Este es el rector que yo necesito; con verle, me basta.
»Tanto en teoría como en la práctica, supo transformar sus cualidades y virtudes naturales, no comunes, en instrumentos adecuadísimos para una vida sobrenatural y progresiva, cada vez más perfecta...
»Su humildad puede calificarse de profundísima: nunca hablaba de sí mismo, ni de lo que hacía, ni de nada que le pudiera proporcionar prestigio y alabanzas ajenas. En cambio, se le notaba interés en hacer destacar algunos detalles que él consideraba como defectos, como eran las distracciones» 16.
Vivía tan absorbido por las cosas del espíritu que daba la impresión de no habitar en este mundo. «Cuantos vivieron con él en el Colegio de San José recordarán con agrado aquella famosa y festiva Cofradía de los distraídos, formada por los Operarios jóvenes, y de la que era hermano mayor perpetuo mosén Peris» 17.
El padre Rafael Cañadell Ametller, S. J., que fue alumno del siervo de Dios, asegura que éste «triunfaba porque era competente y humilde. A todos trataba igual, y se ganaba la confianza en seguida» 18.
Esta humildad destacaba mucho más por las excelsas cualidades de que estaba adornado. Trabajó con ilusión y entusiasmo, preparando un libro de Meditaciones. Hace una confesión estupenda al enviar los originales al Director General de la Hermandad, don Joaquín Jovaní: «El trabajo que he puesto en estas meditaciones es harto más de lo regular y bien superior a mis fuerzas. No sé el juicio que va a merecer, y por si fuera desfavorable, ya tengo ofrecido al Señor el pequeño contratiempo que esto pudiera sufrir» 19.
OBEDIENCIA
Esta humildad se traducía en obediencia sin reservas. Un botón de muestra es el asunto de las Meditaciones. Con razón ofreció a Dios por anticipado el contratiempo.
Envió los originales el 25 de febrero de 1928. El 9 de septiembre de ese año don Joaquín Jovaní se los devuelve para que corrija algunas cosas. Los vuelve a enviar, corregidos, el 11 de noviembre de 1929. Don Joaquín le ha dicho que pasará las Meditaciones a algunos religiosos que las censuren. El 15 de septiembre de 1930 el siervo de Dios dice escuetamente: «Me interesa, como es natural, conocer el dictamen del censor de las Meditaciones y lo que ustedes resuelvan» 20.
Parece ser que el óbice máximo estaba en que no seguía el método ignaciano. Le escribe don Joaquín el 22 de octubre de 1930: «Hele remitido los paquetes que contienen sus Meditaciones, que han sido examinadas por varios censores de fuera de la Hermandad, y oído el parecer de éstos y de la Junta reunida en sesión, he de decirle con pena que no me atrevo, hoy por hoy, a autorizar su publicación, máxime habiéndose exaltado y encomiado de manera extraordinaria por el Papa, en su encíclica sobre ejercicios espirituales, el método de los de San Ignacio de Loyola» 21.
La reacción del siervo de Dios es así: «He quedado conforme y tranquilo con la resolución tomada con mis Meditaciones. Con tal de que no quede del todo vacío delante del Señor el trabajo que me han costado, lo demás bien poco vale, por la parte que a mí toca» 22, contesta el 26 de octubre de 1930.
Don Joaquín Jovaní, que sabía el trabajo y la ilusión que el siervo de Dios había puesto en este libro, no puede menos de manifestar su gozo por la obediencia total de don José María. Le contesta el 8 de noviembre de 1930: «Bendigo a Dios por su conformidad en la resolución sobre lo de las Meditaciones. Yo sufrí mucho en transmitirla» 23.
No vuelve a hablar de este asunto mosén Peris hasta el 14 de abril de 1934, en que escribe a don Pedro Ruiz de los Paños sin ocultarle la negativa que recibió y las razones por las que ahora las vuelve a proponer: «No sé si usted está enterado de que tengo escrito un curso de meditaciones para seminaristas mayores.
»Se me negó por entonces el permiso para publicarlas, y la razón, que a mí me manifestó don Joaquín, fue que no seguía el método de San Ignacio, lo cual no quiere decir que no hubiera otros motivos.
»Tenía resuelto no pensar más en publicarlas; pero, con ocasión de haber impreso el librito de preces para este Seminario, algunos profesores que, no sé cómo, se han enterado de mis Meditaciones, me han animado a publicarlas, diciéndome que aquí, en Barcelona, no ha de ser difícil hallar quien o quienes paguen la edición. Esta razón me ha hecho alguna fuerza...
»He consultado con quien dirige mi conciencia y conoce bien mis Meditaciones, don José María Jiménez, y me ha contestado que adelante. Pongo el asunto en manos de usted» 24.
No sabemos qué le contestaría don Pedro. Conocemos la carta que mosén Peris le escribió el 25 de abril de 1934: «Con respecto a mi librito de Meditaciones veo lo que usted me dice. Vuelvo a mi posición anterior de no dar paso en este asunto sino por orden de mis superiores; además de que no constándome en concreto los defectos que los censores hallaron en la obra —excepto el que le dije sobre el método de San Ignacio—, mal podría acertar en la reforma. ¿No le parece que será mejor no volver a pensar en este asunto?» 25.
Don Pedro no le dio la negativa. Es maravilloso el párrafo que dedica don José María Peris a este tema, el día 9 de mayo de 1934: «Le quedo muy agradecido por los alientos que me da en lo referente al libro de Meditaciones. Mas insisto en que en este asunto no quisiera dar pasos por iniciativa propia, sino sólo por obediencia. Me repugna llevar la delantera en una cosa tan personal» 26.
Así era la obediencia de este siervo de Dios.
Cuando el año 1926 fue destinado como rector al Seminario de Córdoba, ya hemos visto la protesta de alumnos y superiores que tanto impresionó a don Benjamín Miñana. El único que no protestó, que no opuso la menor resistencia fue don José María Peris. Vivía en clima de fe y veía a Dios en todo.
Le dolió mucho que «sus amigos» no supieran encajar bien el golpe. El 20 de octubre de 1926 contesta a uno de ellos: «¡Con qué gusto abrí el sobre! Mas también, ¡qué impresión de amargura me dejó su lectura!... Adoremos las permisiones de Dios y sometámonos a ellas con fe y con amor» 27.
Al más recalcitrante, todavía el 13 de febrero de 1927, le anima para que sea muy generoso en atenciones con el superior, porque «eso quiere el Señor y paga bien a quien lo cumple» 28.
Otro caso que manifiesta su obediencia sincera. Tuvo gran ilusión en obtener los grados académicos en Teología. Sólo se puso a repasar en serio las materias cuando el Director General le mandó que se preparara. Y trabajó y se preparó a conciencia, y renunció con gozo. El 29 de octubre de 1929 le dice a don Joaquín Jovaní: «Gratamente me sorprendió la noticia de que escribió a don Carmelo por el asunto de mis grados, y que él me mandará el programa» 29.
El 23 de febrero de 1930 le escribe con rendida obediencia: «Recibí la suya del 19 y con ella la orden de suspender por ahora lo de los grados. Sea así y sea en todo lo que Dios quiera» 30.
De ese asunto no se volvió a hablar más. El siervo de Dios dice que jamás quiere parecer «desatento en sostener mi parecer enfrente de la voluntad del superior. Dios me libre para siempre jamás de una tal resistencia, que supondría en todo caso un gran fondo de desobediencia y de orgullo, que haría estériles mis trabajos y los privaría de todo mérito delante de Dios» 31.
SU VIDA ERA ACTUACIÓN DE SU VIRTUD
Destacó en tres devociones fundamentales: a la santísima eucaristía, a la Santísima Virgen y a la Iglesia.
Fue un enamorado del sacerdocio y contagió este amor a sus discípulos. Practicó la caridad espiritual y material más exquisita con todos, especialmente con sus seminaristas.
«Resplandeció particularmente en él su espíritu de fe y su gran amor a Dios y a los seminaristas. Todo lo subordinaba a su misión sobrenatural. Era muy humilde y sencillo, muy prudente y de gran fortaleza de espíritu. Era también en extremo piadoso. Era un entusiasta del sacerdocio. Veíamos con gran edificación que todo lo que él inculcaba lo vivía y practicaba a la perfección. Su vida era una constante actuación de todas las virtudes» 32.
Un testigo, que convivió con el siervo de Dios muchos años, termina así su declaración: «Tenía devoción filial a la Santísima Virgen y cada día rezaba las tres partes del rosario.
»La figura del siervo de Dios es tan excelente, que no es posible en esta rápida declaración expresarla de modo conveniente. Yo creo que sus virtudes fueron tales que, aun prescindiendo de su martirio, se habría de instruir esta causa de su beatificación.
»El siervo de Dios don José María Peris fue realmente un coloso de virtud sobrenatural sobre un fondo riquísimo de cualidades humanas excepcionales» 33.
Otro de los testigos sintetiza así la vida del siervo de Dios: «Vivía constantemente en la presencia de Dios y sabía juzgar todos los hechos con criterio sobrenatural. Toda su vida era una práctica constante de todas las virtudes, con gran naturalidad. Era hombre de gran serenidad y don de consejo; se decía que era consejero del señor obispo, doctor Irurita. En la clase de Pastoral nos aconsejaba, de manera que fundadamente entendíamos que él lo practicaba, el ejercicio de la oración continua, incluso yendo por la calle y ante cada necesidad que se observara o sospechara» 34.
Fue un verdadero don del cielo. «Consideramos una gracia de Dios muy grande el haberle tenido de rector los últimos años. Todos le teníamos como un hombre de Dios, de gran valía» 35.
CAPITULO XXXI
MARTIRIO DEL SIERVO DE DIOS JOSÉ MARÍA PERIS POLO
LA MAYOR HONRA, EL MARTIRIO
Ya hemos visto anteriormente cómo el siervo de Dios estaba muy preparado para el martirio. Más aún, lo deseaba; pero no se sentía digno de ese don, que Dios concede a pocos.
Recordemos la carta que mosén Peris escribió a don Buenaventura Pujol el 25 de marzo de 1936: «Que venga lo que Dios quiera, y ¡ojalá que el Señor nos hallara dignos de ser elegidos para víctimas! Mas esto es pedir mucho, demasiado» 1.
Y también vimos cómo el 19 de abril de ese mismo año escribía a don Francisco Ballester, que estaba en Tucumán, y le contaba la situación de España: «Son tiempos para fortalecernos mucho en la fe, porque el horizonte está muy cargado. Que se cumpla en todo la voluntad del Señor, y ¡ojalá que nos encontrase dignos de sufrir persecución, hambre y aun la muerte por su nombre!» 2.
Esta aspiración venía de muy atrás. Don José María Peris siempre se sintió atraído muy fuertemente por Dios; y esto le impulsaba a llegar cuanto antes a El, por el atajo más corto. En los larguísimos ratos de sagrario había gustado cuan bueno es el Señor y su alma tenía «sed de Dios, del Dios vivo: ¿Cuándo entraré a ver el rostro de Dios?» 3.
«Estudiando todavía latín, fueron al Colegio de San José unos misioneros dando algunas conferencias. Invitaron si alguno quisiera ir con ellos. Mosén Peris se ofreció. Al pedir permiso a sus padres, la madre, alarmada, se opuso tenazmente, alegando, entre otras cosas, que allí lo matarían. A lo que repuso el niño: ¡Qué mayor honra le pudiera caber a usted que tener un hijo mártir!» 4.
En esa tesitura de espíritu vivió hasta el final. Testifica en el proceso don Clemente Sánchez: «Quiero añadir sobre el siervo de Dios José María Peris que, al estallar el Movimiento, estaba yo con él en el Seminario de Barcelona, y ante la proximidad de las turbas que habían incendiado varias iglesias vecinas, repitió varias veces: Quedémonos aquí, esto es, en el Seminario, y muramos mártires» 5.
ESTALLA LA REVOLUCIÓN
El sacerdote don Jaime Armengol era seminarista de Barcelona cuando comenzó la guerra civil, y recuerda perfectamente aquellos días tan trágicos. Dice hablando de mosén Peris: «Además de las disposiciones que dio con gran paz y equilibrio, hay que hacer constar que la mañana del día 19 de julio de 1936, mientras casi todos los superiores y seminaristas que allí estábamos nos hallábamos reunidos en el salón de actos, oyendo la radio, presos de pánico y nerviosismo, don José María Peris estaba en el coro, rezando con gran paz y quietud.
»El ordenó la salida del Seminario, y noté, cuando disponía todas las cosas, gran serenidad y dominio de sí mismo, aunque también gran emoción al despedirse de nosotros» 6.
Don José Comas Gros, también seminarista, dice del siervo de Dios: «Se interesó por los demás superiores [de los seis, tres sucumbieron mártires] y seminaristas que estábamos en el Seminario. Aquellos días era más frecuente su oración y más profunda su confianza en la Divina Providencia.
»El día 19 permanecimos en el Seminario en expectativa; la Guardia Civil rodeó la Universidad, que está frente al Seminario. Aquella noche salimos todos del Seminario. El día 20, por la mañana, el siervo de Dios, con don Francisco Sanjuán, que era vicerrector, un criado y el testigo, con algunas religiosas, volvimos al Seminario. Permanecimos hasta el día siguiente, 21, a media mañana. Yo, como el teléfono no funcionaba, fui al palacio del señor obispo para recibir órdenes. Cuando llegué al edificio acababan de asaltarlo los revolucionarios. Regresé al Seminario y en aquel momento empezaban a asaltarlo.
»El siervo de Dios y los demás que estaban allí salieron por una puerta disimulada y se refugiaron en la casa de un vecino, llamado Brau, donde los encontré. De allí marcharon al Seminario de Las Corts. Allí fui a verles y les ayudé en misa. Después pasaron a casa de un señor, apellidado España. En esta casa celebró la santa misa el siervo de Dios, por última vez, el día 25, festividad de Santiago. Yo mismo se la ayudé. Ya no nos vimos más.
»El siervo de Dios me dijo que tenía el plan de marchar a su pueblo. Estaba muy tranquilo y conformado plenamente en la voluntad de Dios» 7.
EN EL SEMINARIO DE LAS CORTS
En varias partes había leído que a don José María Peris, los primeros días de la revolución, lo llevaron a la Comisaría, en Barcelona, confundiéndolo con otro 8.
Me entró curiosidad y quise averiguar algo de esto.
Ciertamente, en carta escrita el 10 de enero de 1949 por don José Martí, presbítero, que a la sazón estaba en el Seminario de Las Corts de sacerdotes retirados, se cuenta con todo detalle. La carta va dirigida a don Manuel Casanova.
Dice que mosén Peris, uno de los primeros días de la revolución, fue a refugiarse al Seminario de Las Corts. Salió del Seminario Diocesano por la puerta que da a la calle Consejo de Ciento, mientras asaltaban la casa por la calle Diputación. Al día siguiente de llegar allí mosén Peris, un sacerdote de Tortosa llamado reverendo Gasset —un poco excéntrico— recibió la visita de un pobre hombre al que entregó un escrito para una enfermera de la Cruz Roja, pidiéndole un uniforme para evadirse. A ese pobre hombre lo detuvo una patrulla de la F. A. I., y le encontraron la carta de mosén Gasset.
A renglón seguido se presentó la patrulla, bien armada, en el Seminario de Las Corts, llevando a dicho hombrecillo y preguntando por el reverendo Gasset.
Registraron el Seminario de sacerdotes retirados y no encontraron a dicho mosén Gasset, que había escapado saltando la tapia del huerto. Pero en su habitación encontraron cabellos recién cortados y averiguaron que pertenecían a don José María Peris.
Este llegó con la tonsura recién abierta y mosén Gasset le había cortado a rape el pelo.
Al no encontrar a Gasset detuvieron al prior y a mosén Peris, creyendo que éste era el dicho Gasset, y a tres criados. Al subirlos al camión, «el reverendo Peris se santiguó y uno de aquellos esbirros le apuntó con la escopeta, diciendo: es un cura, hay que matarlo. El reverendo Peris respondió sin inmutarse: Está claro que lo soy».
Los llevaron al Tribunal Revolucionario de la F. A. I. Fueron interrogados y el médico del establecimiento, que se personó allí, declaró que ninguno era el reverendo Gasset. Los dejaron libres.
Don José María Peris «permaneció unos días entre nosotros, edificando a todos por su serenidad y resignación, celebrando todos los días la santa misa y rezando casi continuamente».
Obtuvo un salvoconducto y marchó a su pueblo para acompañar a su sobrina Lourdes, de diez años, que estaba hospitalizada en Barcelona 9.
VIAJE ACCIDENTADO
Lo fue, y mucho, hasta llegar a Cinctorres. Testifica la sobrina del siervo de Dios Conchita Peris Girona: «Vino de Barcelona a Cinctorres, acompañado de mi hermana María Lourdes, que tenía diez años y que estaba enferma en Barcelona. Yo estaba en Cinctorres cuando llegó mi tío con mi hermana; hacía unos días que había llegado de Tortosa, donde estaba en un colegio de religiosas. Entonces mi tío nos contó los incidentes de su viaje. Cuando le vi, iba de seglar y llevaba una gorra de color claro.
»Nos dijo que en Traiguera quisieron detenerle y que mi hermana lloraba. Por fin, le dejaron pasar, porque llevaba un salvoconducto» 10.
Otra sobrina del siervo de Dios, sor Encarnación Peris García, religiosa de la Consolación, también ofrece muchos detalles en su testimonio.
«Cuando estalló la guerra, una prima hermana mía, que tenía entonces nueve años, estaba enferma en Barcelona y bajo el cuidado de mi tío. Creo que fue a Cinctorres para llevar a la niña. Recuerdo que, al llegar a Cinctorres, el padre de la niña le dijo: ¿Por qué has venido aquí y no te has quedado en Barcelona, donde te hubieran escondido mejor? Y él respondió que había ido por llevar y salvar a la niña que le habían confiado. También pensaba él que en Cinctorres estaría más tranquilo.
»En Traiguera sospecharon que era sacerdote y quisieron detenerle; pero como la sobrina que llevaba le llamaba padre, le dejaron pasar. En Morella me encontré con él; yo era religiosa y estaba en Morella.
»El siervo de Dios intentó quedarse en Morella, donde tenía parientes; pero el Comité no se lo permitió y le dijeron que cada uno tenía que ir a su pueblo. Entonces me mandaron recado, por la muchacha de la casa de nuestros parientes, que si yo quería marcharme a Cinctorres con él, tenía ocasión. Yo acepté y fuimos juntos hasta Cinctorres» 11.
Don Daniel Peris Polo nos dice que el siervo de Dios «vino a mi casa. Sería a primeros de agosto. En casa ocupaba el tiempo rezando. No dijo misa aquellos días, porque ya estaba cerrada la iglesia. Al día siguiente de su llegada nos llamaron del Comité, y fuimos él y yo. Allí me dijeron a mí que si mi hermano desaparecía, lo pagaría yo.
»Estaba conforme con morir; no demostró ninguna cobardía. Yo quise buscar un refugio seguro para él, y no lo quiso. Tengo la impresión de que estaba seguro de que le matarían» 12.
¿Cómo iba a aceptar un refugio seguro? Eso equivalía a dictar sentencia de muerte para su hermano.
«ORA ET LABORA»
El lema de San Benito lo seguía desde siempre mosén Peris, que era benedictino de corazón. Cuando el padre Gabriel María Masó, entonces diácono del Seminario de Barcelona, consultó al siervo de Dios su vocación de monje benedictino, le dijo que lo sería, pero dentro de siete u ocho años.
«Los hechos sucedieron de tal manera que, a los siete años de ser sacerdote, ingresé en el Monasterio de Montserrat sin dificultad ninguna.
»En esta ocasión me mostró un ejemplar de la Regla de San Benito que, según me dijo, tenía siempre en su despacho y me manifestó confidencialmente que siempre había tenido deseos de ser monje, para darse a una vida de contemplación y de oración litúrgica; pero que no lo había realizado porque Dios, valiéndose de las circunstancias de la vida, le había abierto un camino y le había señalado una vocación muy concreta en la Iglesia» 13.
La vocación de formar muchos sacerdotes —no pocos de ellos mártires—, que fue la ilusión de toda su vida. «Lo mejor que hizo en sus cargos en el Seminario fue haber sabido inculcar en los seminaristas un alto concepto del sacerdocio» 14. «Yo le oí decir que no tenía ningún remordimiento de no haber hecho todo lo posible para formar a sus seminaristas» 15.
También en los días previos al martirio se dedicó a lo suyo: orar y trabajar, pensando en la mejor formación de los futuros sacerdotes.
Añoraba de corazón la santa misa, que no pudo celebrar. Pero se dedicó de lleno a la oración, más que de ordinario, y eso que siempre oraba mucho; y a preparar pláticas para sus alumnos.
«Cuando llegó a casa de su hermano, primero quiso averiguar si podía celebrar la santa misa en casa, pues la iglesia ya estaba clausurada. Yo fui a casa del señor vicario y le traje dos libros de rezo. Misa no pudo celebrar. Con los libros que le traje rezó el oficio divino mientras estuvo en casa. También rezaba las tres partes del rosario y nos lo hacía rezar en familia...
«•También dedicaba mucho tiempo a leer las Sagradas Escrituras y tomar apuntes para pláticas» 16.
PREPARÁNDOSE PARA EL MARTIRIO
Con el temor y temblor del trance, con la esperanza de que Dios se lo concediera, con la gracia de sufrirlo bien. Lo mismo que el Maestro: «Triste está mi alma hasta la muerte... Y oraba diciendo: Padre mío, si es posible, pase de mí este cáliz; pero no se haga como yo quiero, sino como quieres tú» 17.
Tenía miedo 18. Y mucha paz. Nos cuenta su sobrina religiosa: «Hablaba del martirio y parecía como que estaba convencido de que le matarían. Yo alguna vez llegué a pensar que se había ofrecido como víctima a Dios. He oído decir a la que era superiora de la comunidad del Colegio de la Consolación de Barcelona que, en la última plática que les dio el siervo de Dios, muy pocos días antes de la revolución, les habló del martirio, y que tenían que prepararse, porque podían ser ellos mismos los mártires» 19.
Su sobrina Conchita —entonce una niña— recuerda muy bien: «En nuestra casa pasaba los días rezando y escribiendo, siempre retirado. Aparecía muy conformado. Cuando llegaban milicianos forasteros, yo misma, que jugaba con las niñas por la calle, se lo avisaba, y mi tío, siguiendo las indicaciones de mi padre, se subía a una escalera para llegar al tejado y esconderse, o escapar por los tejados» 20. Como si fuera un malhechor. Había cometido el crimen de seguir a Jesucristo. Lo sabía. Lo había escrito: «Una cosa hay cierta, y es que nuestra semejanza con Cristo se realiza principalmente sufriendo con El y por El, y que a aquellos que da mayor participación de su cruz es que quiere hacerlos más semejantes a sí. Por lo tanto, al mal tiempo buena cara y, sobre todo, muy conformes y contentos en poder ofrecer a Jesús algunos pasos caminados por la calle de la amargura, que El caminó antes que nosotros hasta el Calvario» 21.
A LAS DOCE DE LA NOCHE
«La noche que lo detuvieron rezamos juntos el rosario, como de costumbre. Al terminar, mi tío dijo: Hoy ya nos hemos librado; mañana, Dios dirá» 22.
Como era tan de noche, Conchita no estaba en la calle jugando con las niñas y no pudo avisar del peligro inminente a su padre y a su tío.
Los milicianos iban a tiro fijo y a hora intempestiva, cuando nadie los esperara.
Daniel, el hermano del siervo de Dios, dice cómo fue la detención: «Al cabo de unos quince días que estaba en mi casa, vinieron a detenerlo. Era el día 13 de agosto, a las doce de la noche.
»Llamaron a la puerta de la casa» 23.
Sor Encarnación Peris asegura que llamaron muy fuerte, con imperio, con la estridencia del odio: «El día 13 de agosto de 1936, entre diez y once de la noche, nos despertaron unos golpes fuertes en la puerta de casa. Yo me levanté y fui a buscar a mi tío Daniel, hermano del siervo de Dios, y no le encontré en su habitación; fui a buscar al siervo de Dios y tampoco le encontré, y es que seguramente salieron por el tejado.
»Miré a la calle y vi que había mucha gente armada alborotando. Cuando detuvieron al siervo de Dios, todos se retiraron de delante de la casa» 24.
Sigue diciendo el hermano de don José María Peris: «Yo avisé en seguida a mi hermano, y los dos cogimos la ropa y nos subimos al tejado. Allí nos terminamos de vestir y de allí pasamos a la casa de al lado, desde donde salimos a la calle y pudimos ver que estaba ocupada por los milicianos.
»Empecé a correr y dije a mi hermano que me siguiera. Yo di un empujón a uno de los milicianos y salí corriendo al campo; mi hermano no pudo seguirme, porque acudieron tres milicianos y le prendieron. Al prenderle, él me llamó; pero yo, amenazado de muerte, no pude acudir a auxiliarle.
»Había unos veinte milicianos que eran del pueblo» 25.
ES UNA GRAN DICHA MORIR POR LA FE
Continúa narrando sor Encarnación Peris: «A la madrugada vino uno del Comité y me dijo que estaba mi tío en la cárcel y que fuéramos a llevarle ropa y comida» 26.
«Según supe después, aquella noche pasó mucho frío, pues hasta a uno de los guardias que había allí le pidió por favor una manta para abrigarse. Además, el calabozo en que estaba era muy húmedo» 27.
El Comité de Cinctorres detuvo al siervo de Dios, pero los del pueblo no se atrevían a matarle. Entonces comunicaron al Comité de Morella la detención, pidiendo instrucciones. Ya se sabe que las instrucciones se reducían a matar, cuando se trataba de sacerdotes.
Contestaron que dieran muerte a ese cura. Pero los de Cinctorres todavía se resistieron. Circunstancialmente llegaron allí unos milicianos forasteros, que se encargarían de dar muerte al siervo de Dios 28.
Un día pasó en aquel calabozo húmedo, tétrico, sucio, donde no podía ni sentarse.
Su sobrina sor Encarnación fue a verlo cuatro veces. Por la mañana para llevarle ropa y desayuno. «Volví al mediodía para llevarle comida, y entonces él, habiendo pedido antes permiso a los guardias, me entregó el poco dinero que llevaba y la pluma estilográfica. Me preguntó también por mi tío Daniel. Cuando yo le dije que se había podido escapar, se tranquilizó.
»Por la tarde fui a llevarle una silla y un colchón, porque me daba pena de que estuviera todo el día de pie. Yo no me hubiera separado de allí, pensando en que no le iba a ver más.
»Por la noche volví a llevarle la cena; entonces me dijo estas palabras: Voy a morir, voy a morir; por mí no sufras. Es una gran dicha morir por la fe. Aquí, en la tierra, he hecho por ti cuanto he podido; pero desde el cielo podré hacerte mucho más.
»Después yo le pregunté: tío, ¿se acordará de mí cuando esté en el cielo? Y él me contestó: no faltaba más; serás la primera por quien rogaré. Y luego me dijo: adiós, hasta el cielo. Esto me confortó mucho...
»Esa misma noche, al muy poco rato de esto, se lo llevaron» 29.
El día 14 de agosto de 1936, víspera de la Asunción, entre diez y once, «llegó un auto de fuera y se lo llevó. Al salir, iba con las manos atadas. Es de notar que lo prendieron el jueves, como al Señor, día 13 de agosto, y estuvo en la cárcel todo el viernes. El día que estuvo en la cárcel, yo creo que debió estar en íntima unión con Dios, pues a veces quedaba largo rato con los ojos fijos en el cielo, como si orase. Estaba muy triste; pero conservó siempre la serenidad y la paz hasta el último instante» 30.
DE ALMAZORA AL CIELO
Se lo llevó la Virgen en su Asunción, cuando iba a romper el día 15 de agosto de 1936.
En el cielo lo recibieron muchos sacerdotes mártires a quienes él había formado.
Cuando lo llevaban preso, un hombre, con valentía y entereza, salió en defensa del sacerdote: Mirad lo que hacéis, porque os vais a arrepentir. Este hombre, prescindiendo de que sea sacerdote, honra a su pueblo en toda España.
José María Polo Guardiola, jefe del Comité, le dijo: Si no te callas, el primer tiro será para ti.
Es curioso que los milicianos del pueblo recomendaran a los forasteros que no lo matasen cerca de Cinctorres, para que no se alborotase la gente. Y es más significativo aún que uno de los milicianos dijera: A sacerdotes como éste no se les debía matar.
Se lo llevaron fuera del pueblo. Exactamente al cementerio de Almazora, de donde era su gran amigo el siervo de Dios José Manuel Claramonte.
Testifica sor Encarnación Peris Girona: «Un tío mío, primo del siervo de Dios, que era militar, llamado Antonio Polo, que estaba en Castellón cuando juzgaron a uno de los milicianos que habían intervenido en el asesinato del siervo de Dios, oyó a este miliciano decir ante el Tribunal que había matado al siervo de Dios en el cementerio de Almazora» 31.
Don Carlos Calaf Rovira, el testigo que más y mejor investigó para el proceso de Tortosa, aporta datos muy concretos respecto al martirio de don José María Peris:
«He indagado personalmente en el Juzgado Militar de la provincia de Castellón y he averiguado lo siguiente:
»En el sumario 8318, folio 3.°, hay acusaciones contra José María Polo Guardiola, que fue presidente del Comité Revolucionario del pueblo de Cinctorres, y entre los cargos que se le hacen se dice que fue el asesino del siervo de Dios. En el mismo sumario, folio 4.°, el mismo sujeto niega su participación en el asesinato y dice que la noche del 14 de agosto se llevaron al siervo de Dios unos milicianos de un pueblo cercano a Castellón. En el mismo sumario, página 98, José Bordas, asesino y ejecutado luego por los nacionales, dice del mismo José María Polo Guardiola que fue él quien entregó al siervo de Dios a unos milicianos, aunque no fue el ejecutor inmediato de su muerte, y que éstos se lo llevaron y ejecutaron en un pueblo cerca de Castellón.
»Esto concuerda plenamente con lo que yo mismo había oído con anterioridad, a saber: que uno de los asesinos del siervo de Dios había dicho inmediatamente después de la ejecución, al entrar en una taberna: 'Hoy hemos matado a uno que era algo así como el obispo de Barcelona; y le hemos matado en el cementerio de Almazora; que puede ser el pueblo cercano que se refiere en el sumario aludido, pues Almazora dista tres o cuatro kilómetros de la ciudad de Castellón» 32.
SANTO MÁRTIR
Son unánimes los testimonio que califican de santo y de mártir a don José María Peris Polo.
«Tiene fama de santo. A mí nunca se me ha ocurrido encomendarle a Dios, tan seguro estoy de que está en el cielo; pero cada día me encomiendo a él y encomiendo a los fieles de la parroquia. Tiene asimismo fama de que murió mártir» 33.
«Le mataron por ser sacerdote y ser distinguido por su cargo de rector del Seminario de Barcelona. Goza de fama de santidad y de mártir» 34.
«Sólo pudieron matarle porque era sacerdote. Parece que le mataron por considerarle un sacerdote de categoría, como un obispo, según dijeron los milicianos... Goza completamente de fama de santidad y martirio» 35.
«Le mataron solamente porque era sacerdote. No eran enemigos personales suyos los que le mataron. Goza de fama de santo y mártir» 36.
Dice su sobrina Conchita: «No pudieron matarle sino porque era sacerdote. Mi tío no tenía ningún enemigo, ni se había puesto nunca en política. Goza de fama de santo y de mártir. Por el pueblo se dijo que, cuando lo subieron al coche, apareció alrededor suyo como un resplandor» 37.
«Las matanzas de sacerdotes se debieron al odio a la religión. El Gobierno consintió estas matanzas. Esto no fue para represión del levantamiento. Aquí, en Barcelona, empezaron las matanzas creyendo que los 'rojos' dominaban o iban a dominar pronto toda España» 38.
El sacerdote don Antonio Andújar Gas dice: «Le mataron solamente porque era sacerdote y porque era un santo. Era un sacerdote santo, y plenamente eso, y nada más. Goza de fama de santo, de modo que, aun sin el martirio, se le considera digno de que se le haga el proceso de beatificación. Goza también de fama de mártir» 39.
1. Hermandad 347-348 (1986) 1.
2. RAH, Sec. 3, carp. 42c, leg. 29, doc. 10.
3. Antonio Montero Moreno, Historia de la persecución religiosa en España. 1936-1939, Madrid, BAC, 1961, 52.
4. Justo Fernández Alonso, «Spagna. Martiri della guerra di», en Bibliotheca Sanctorum, 1." app. Roma, 1987. Cittá Nuova Editrice, 1295.
5. RAH, Escritos II, 7°, 52; 11-111-1894, a Andrés Serrano.
6. Ibidem, Sec. 3, carp. 147b, leg. 11, doc. 22.
7. Ibidem, carp. 226, leg. 7, doc. 6.
8. Ibidem, doc. 5.
9. Ibidem, carp. 45c, leg. 27, doc. 15.
10. Ibidem, carp. 205, leg. 4, doc. 5.
1. Antonio Montero, ob. cit., 21, nota 1.
2. «Metropolitanos españoles a los fieles», en Jesús Iribarren, 'Documentos colectivos del episcopado español 1870-1974, Madrid, Edica, 1974, 131-132.
3. Ibidem, 133.
4. RAH, Sea 3, carp. 94, leg. 9, doc. 5.
5. Ibidem, carp. 40c, leg. 45, doc. 29.
6. Ibidem, doc. 34.
7. Ibidem, carp. 138, leg. 9, doc. 7.
8. Ibidem, carp. 170, leg. 7, doc. 9.
9. Antonio Montero, ob. cit., 25.
10. Ibidem.
11. Vicente Cárcel Ortí, «La persécution religieuse en Espagne de 1931 á 1939 dans l'historiographie ancienne et récente», en Revue d'Histoire Ecclésiastique, vol. 83 (1988) fas. 3-4, p. 63.
12. RAH, Sec. 3, carp. 115, leg. 6, doc. 15.
13. Ibidem, carp. 72, leg. 15, doc. 10.
14. Ibidem, carp. 69, leg. 13, doc. 13.
15. Ibidem, carp. 179, leg. 2, doc. 28.
16. Ibidem, carp. 94, leg. 9, doc. 17.
17. Ibidem, doc. 18.
18. Ibidem, doc. 20.
19. Ibidem, carp. 155, Jeg. 3, doc. 10.
20. Ibidem, carp. 91, leg. 11, doc. 16.
21. Antonio Montero, ob. cit., 26.
22. RAH, Sec. 3, carp. 94, leg. 9, doc. 25.
23. Ibidem, doc. 24.
24. Niceto Alcalá Zamora, Los defectos de la Constitución, Madrid, 1936, 51.
25. RAH, Sec. 3, carp. 90g, leg. 70, doc. 5.
26. Ibidem, doc. 6.
27. Ibidem, carp. 40c, leg. 53, doc. 33.
28. Constantino Bayle, Sin Dios y contra Dios, Madrid, Razón y Fe, 1935, 171.
29. RAH, Sec. 3, carp. 115, leg. 9, doc. 9.
30. Constantino Bayle, ob. cit., 174, nota 2.
31. RAH, Sec. 3, carp. 60b, leg. 26, doc. 2.
32. Ibidem, doc. 6.
33. «Episcopado español a los fieles», en Jesús Iribarren, ob. cit., 63.
34. Ibidem, 191.
35. Ibidem, 192-193.
36. AAS 25 (1933) 261
37. Vicente Cárcel Ortí, art. cit., pp. 73-76.
38. Juan Peyró, Perill a la retaguardia, Mataré, 1936, 41-56.
39. RAH, Sec. 3, carp. 144, leg. 5, doc. 21
40. Antonio Montero, ob. cit., 24.
41. «Nuestro homenaje», en Correo Josefino 145 (1935) 1.
42. RAH, Sec. 3, carp. 40d, leg. 70, doc. 1.
43. RACCS, carp. 353, leg. 26, doc. 190.
44. RAH, Sec. 3, carp. 40d, leg. 70, doc. 11.
45. Ibidem, doc. 14 presenciamos ayer tarde,
46. Ibidem, carp. 89, leg. 6, doc. 5.
47. Ibidem, doc. 6.
48. Ibidem, carp. 170, leg. 10, doc. 15
40. Ibidem, carp. 202, leg. 3, doc. 7.
50. Ibidem, carp. 115, leg. 9, doc. 8.
51. Ibidem, doc. 9.
52. Ibidem, doc. 11.
53. Ibidem, carp. 107, leg. 7, doc. 2.
54. Ibidem, carp. 144, leg. 5, doc. 48.
55. Ibidem, carp. 16, leg. 23, doc. 39
56. Ibidem, carp. 205, leg. 3, doc. 11.
57. Ibidem.
58. Proceso de Toledo, Ses. XXX, Ad 22 I, 273-274.
59. RAH, Sec. 3, carp. 147, leg. 12, doc. 4.
60. Ibidem, carp. 245, leg. 1, doc. 6.
61. Vicente Cárcel Ortí, art. cit., pp. 95-96.
62. A. de Lizarra (seudónimo de Andrés de Irujo), Los vascos y la República española. Contribución a la historia de la guerra civil, Buenos Aires, Ed. Vasca Ekin, 1944, 201 ss.
63. Jesús Iribarren, ob. cit., 42.
1. RAH, Sec. 3, carp. 152, leg. 11, doc. 5.
2. Ibidem, doc. 7.
3. Ibidem, carp. 144, leg. 5, doc. 28.
4. Ibidem, carp. 152, leg. 11, doc. 8
5. Ibidem, Sec. 5, carp. 4, leg. 28, doc. 3.
6. Ibidem, Sec. 3, carp. 73, leg. 1, doc. 1
7. Ibidem, carp. 144, leg. 5, doc. 45.
8. Ibidem, carp. 152, leg. 11, doc. 9
9. carp. 159, leg. 6, doc. 10
10. Ibidem, carp. 152, leg. 11, doc. 10.
11. Ibidem, carp. 40e, leg. 70, doc. 9.
12. Proceso de Toledo, Ses. XXXIX, Ad 35-57, art. 327.
13. Ibidem, Ses. IX, Ad 35-57, arts. 103-104.
14. RAH, Sec. 3, carp. 144, leg. 5, doc. 46.
15. Ibidem, doc. 47.
16. Ibidem, carp. 93, leg. 16, doc. 6.
17. Ibidem, carp. 144, leg. 5, doc. 46.
18. Niceto ALCALÁ ZAMORA, Memorias (Segundo texto de mis Memorias), Barcelona, 1977, 185.
19. Constantino BAYLE, ob. cit., 178.
20. Proceso de Toledo, Ses. X, Ad 35-57, arts. 114-115.
21. Ibidem, Ses. XXII, Ad 35-57, arts. 220-221.
22. Ibidem, Ses. XXIX, Ad 35-57, art. 267.
23. Ibidem, Ses. XXIII, Ad 35-57, art. 227.
24. Ibidem, Ses. XXXI, Ad 35-57, art. 282.
25. Ibidem, Ses. XXI, Ad 35-57, arts. 210-211.
26. RAH, Sec. 3, carp. 159, leg. 5, doc. 12.
1. Manuel GARCÍA SANCHO, «Credo a trescientas voces iguales», en Boletín Oficial del Obispado de Tortosa, año CXXVIII, núm. 3, marzo 1987, 306-307
2. Carlos CALAF ROVIRA, «Memorias de un testigo presencial. Bienio 19361938», en Centro de Estudios del Maestrazgo 23 (1988) 72-73.
3. Juan Francisco RIVERA, La persecución religiosa en la diócesis de Toledo (1936-1939), Toledo, 1945, vol. I, 40-41.
4. Proceso de Tortosa, Ses. LXXXVI, Ad 167-168, 333.
5. Ibidem, Ses. XC, Ad 168, 343
6. RAH, Sec. 3, carp. 171, leg. 1, cuad. 2, pp. 10-11.
7. Antonio MONTERO, ob. cit., 222.
8. Proceso de Tortosa, Ses. LXXXVIII, Ad 166, 337.
9. Ibidem, Ses. LXXXIX, Ad 166, 340.
10. Ibidem, Ses. XC, Ad 166, 342.
11. Ibidem, Ses. CLXII, Ad 166, 574
12. Ibidem, Ses. LXXXII, Ad 168, 325.
13. Ibidem, Ad 166, 322.
14. Ibidem, Ses. CXXI, Ad 307, 148.
15. RAH, Sec. 3, carp. 144c, leg. 5, doc. 45
16. Manuel GARCÍA SANCHO, art. cit., 319-320.
17. Carlos CALAF ROVIRA, art. cit., 63.
18. Proceso de Tortosa, Ses. IX, Ad 76, 82.
19. RAH, Sec. 3, carp. 171, leg. 1, cuad. 2, pp. 31-34.
20. Proceso de Tortosa, Ses. LIII, Ad 123, 446.
21. Ibidem, Ses. LV, Ad 308, 253.
22. Ibidem, Ses. XLIII, Ad 63, 216.
23. Ibidem, Ses. XCVII, Ad 16, 361.
24. Ibidem, Ses. CL, Ad 271, 515
25. Ibidem.
26. Ibidem.
27. Ibidem, Ses. CLXXIII, Ad 307, 607.
28. Ibidem, Ses. LIV, Ad 16, 249.
29. Ibidem, 249-250.
1. AAS 28 (1936) 273-274.
2. AAS 31 (1939) 153.
3. Enrique Pla y Deniel, «Carta pastoral: Las dos ciudades», en Escritos pastorales, Madrid, vol. II, pp. 98-102.
4. «Carta colectiva del Episcopado español a todos los obispos del mundo», en Jesús Iribarren, ob. cit., 234-241.
1. Proceso de Toledo, Ses. XIX, ad 1, 196-197.
2. Ibidem, 196.
3. Ibidem, Ses. XIV, Ad 13 I, 154.
4. Ibidem.
5. RACCS, carp. 353, leg. 26, doc. 186.
6. Ibidem, doc. 97.
7. Proceso de Toledo, Ses. XIX, ad 14 I, 193.
8. Pedro Ruiz de los Paños, Páginas de un seminarista, Segovia, 1940, 19.
9. Juan Francisco Rivera, ob. cit., 373-374.
10. Pedro Ruiz de los Paños, Páginas..., 27-28.
11. RAH, Escritos, II, 11.°, 1.5.13.16.45.51.71.92.93.94.95.
12. Ibidem, Sec. 3, carp. 21, leg. 1, doc. 30. .
13. Ibidem, carp. 7a, leg. 8, doc. 28.
14. Ibidem, carp. 40a, leg. 1, doc. 3.
15. Proceso de Toledo, Ses. VIII, Ad 13 I, 94.
16. RAH, Sec. 3, carp. 7a, leg. 11, doc. 30.
17. Proceso de Toledo, Ses. XXII, Ad 14 I, 215.
18. RAH, Sec. 3, carp. 7a, leg. 11, doc. 36.
19. RACCS, carp. 353, leg. 13, doc. 94.
20. RAH, Sec. 3, carp. 7b, leg. 12, doc. 1.
21. RAH, Escritos, II, 15.°, 5.
22. Ibidem, Sec. 3, carp. 7b, leg. 12, doc. 13.
23. RAH, Escritos, II, 15.°, 43.
24. Proceso de Toledo, Ses. XVII, Ad 11 I, 248.
25. RAH, Sec. 3, carp. 15b, leg. 19, doc. 6.
26. Pedro Ruiz de los Paños, Páginas..., 221.
27. RAH: Benjamín Miñana, Crónica, I, 21-VII-1910.
28. Ibidem.
29. Ibidem.
30. Ibidem, Sec. 3, carp. 60a, leg. 4, doc. 19.
31. Ibidem, doc. 21.
32. Ibidem, carp. 90e, leg. 6, doc. 1.
33. Ibidem, leg. 9, doc. 8.
34. Ibidem, carp. 79a, leg. 2, doc. 25.
35. Ibidem, carp. 90e, leg. 3, doc. 5.
36. Ibidem, leg. 4, doc. 1.
37. Ibidem, doc. 3.
38. Ibidem, docs. 6.7.10.
39. Ibidem, doc. 6.
40. Ibidem, doc. 7.
41. Ibidem, leg. 5, doc. 8.
42. Ibidem, leg. 6, doc. 7.
43. Ibidem.
44. Ibidem, leg. 11, doc. 3.
45. Ibidem, leg. 11. doc. 3
46. Ibidem, leg. 11, doc. 7.
47. RAH: Benjamín Miñana, Crónica, I.
48. Proceso de Toledo, Ses. XXVII, Ad 15 I, 248.
49. RAH, Sec. 3, carp. 90e, leg. 13, doc. 2.
50. Ibidem, leg. 16, doc. 4.
51. Ibidem, leg. 14, doc. 13.
52. Proceso de Toledo, Ses. XI, Ad 15 I, 120.
53. RAH, Sec. 3, carp. 90e, leg. 16, doc. 5.
54. Ibidem, leg. 18, doc. 7.
55. Proceso de Toledo, Ses. III, Ad 6, art. 52.
56. RACCS, carp. 353, leg. 17, docs. 1-31.
57. RAH, Sec. 3, carp. 90f, leg. 35, doc. 2; leg. 36, doc. 5.
58. Ibidem, carp. 90e, leg. 22, doc. 3.
59. Ibidem, carp. 90f, leg. 46, docs. 6.8; leg. 26, docs. 4.6.
60. Ibidetn, leg. 51, doc. 7.
61. RACE, Crónicas, VIII, 1.
62. Proceso de Toledo, Ses. III, Ad 6, art. 52.
63. Ibidem, Ses. 4, Ad 15 I, 65.
64. Ibidem, Ses. XXXIV, Ad 15 I, 299.
65. RACE¡Memorias, 1929-1930, 2.
66. RAH, Sec. 3, carp. 90c, leg. 48, doc. 6.
67. Pedro Ruiz de los Paños, Directorio de la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos del Corazón de Jesús, Tortosa, 1936, 205.
68. RACE, Memorias, 1930-1931, 2.
69. RAH, Sec. 3, carp. 90g, leg. 48, doc. 8.
70. Juan Sánchez Hernández, Apóstol y mártir. Vida del Rvdmo. Sr. D. Pedro Ruiz de los Paños, Salamanca, 1949, 304.
71. RAH, Sec. 3, carp. 90e, leg. 23, doc. 7; leg. 24, doc. 9; leg. 26, doc. 1.
72. Pedro Ruiz de los Paños, Directorio..., 29.31.
73. RAH, Escritos, I, 5.°, 50.
74. Antonio Torres Sánchez, Martirologio de la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos, Salamanca, 1946, 23.
75. RAH, Sec. 3, carp. 185-1, leg. 13, doc. 27
76. Juan Sánchez Hernández, ob. cit., 304.
77. RAH, Sec. 3, carp. 169k, leg. 5, doc. 8._
78. Juan Sánchez Hernández, ob. cit., 29/.
79. RAH, Sec. 3, carp. 90h, leg. 90, doc. 18.
80. Crónica de la Semana pro Seminario, Toledo, 1938, 126-127.
81. Proceso de Toledo, Ses. XXXIII, Ad 15 I, 292.
82. RAH, Sec. 3, carp. 90h, leg. 85, doc. 18; leg. 86, doc. 1.
83. Ibidem, carp. 90f, leg. 79, doc. 16.
84. VADJ, Autógrafo de Pedro Ruiz de los Paños.
85. RAH, carp. 90d. Ofrecimiento a las almas ardientes.
86. Ibidem.
87. Ibidem. Testimonio de madre Presentación.
88. Proceso de Toledo, Ses. XVIII, ad 10, art. 189.
1. Proceso de Toledo, Ses. V, Ad 9, 74.
2. Ibidem, Ses. VI, Ad 8 I, 80.
3. Ibidem, Ses. XLI, Ad 12 I, 327.
4. Baldomero Jiménez Duque, «San Audacia», en Sigúeme, época III, año III (julio 1948), 134-135.
5. Proceso de Toledo, Ses. II, Ad 12 I, 39.
6. Ibidem, Ses. XXXIII, Ad 12 I, 291.
7. RACCS, carp. 353, leg. 26, doc. 30.
8. Proceso de Toledo, Ses. II, Ad 17 I, 42.
9. Ibidem, Ses. IV, Ad 17 I, 66.
10. Pedro Ruiz de los Paños, Directorio..., 88.
11. Proceso de Toledo, Ses. XIV, Ad 17 I, 159-160.
12. VADJ: Ultima carta autógrafa del siervo de Dios.
13. Proceso de Toledo, Ses. XXII, Ad 17 I, 216.
14. Ibidem, Ses. XXXVII, Ad 17 I, 315.
15. Ibidem, Ses. XII, Ad 9 art., 136.
16. Ibidem, Ses. II, Ad 17 I, 42-43.
17. RAH, carp. 90d: Circulares.
18. Proceso de Toledo, Ses. IV, Ad 17 I, 66.
19. Pedro Ruiz de los Paños, Sobre la vida de fe, 27.
20. Proceso de Toledo, Ses. XLI, Ad 17 I, 338.
21. Pedro Ruiz de los Paños, Sobre la vida de fe, 27.
22. Proceso de Toledo, Ses. XX, Ad 17 I, 20.
23. Ibidem, Ses. XIX, Ad 17 I, 194.
24. Ibidem, Ses. II, Ad 17 I, 42.
25. RACCS, carp. 353, leg. 13, doc. 9.
26. Ibidem, leg. 26, doc. 222.
27. Pedro Ruiz de los Paños, Primera Carta Circular, 3-4.
28. Pedro Ruiz de los Paños, Sobre la vida de fe, 22.
29. Proceso de Toledo, Ses. IV, Ad 16 I, 66.
30. RAH, Sec. 3, carp. 90e, leg. 5, doc. 7.
31. Proceso de Toledo, Ses. II, Ad 16 I, 42.
32. RAH, Sec. 3, carp. 90e, leg. 5, doc. 8.
33. Proceso de Toledo, Ses. XXXIII, Ad 16 I, 292.
34. RHA, Sec. 3, carp. 90e, leg. 6, doc. 10.
35. Ibidem, carp. 90f, leg. 57, doc. 13.
36. Ibidem, leg. 40, doc. 6.
37. RACCS, carp. 353, leg. 26, doc. 186.
38. Proceso de Toledo, Ses. IV, Ad 16 I, 65-66.
39. Antonio Torres Sánchez, Martirologio..., 19.
40. Proceso de Toledo, Ses. II, Ad 17 I, 42-43.
41. RAH, Sec. 3, carp. 147, leg. 12, doc. 2.
42. Ibidem, doc. 13.
43. Proceso de Toledo, Ses. XXXIII, Ad 17 I, 291.
44. Ibidem, Ses. II, Ad 17 I, 42-43.
45. Ibidem, Ses. XXXIX, Ad 17 I, 325.
46. Positio super scriptis, Roma, 1974, 9.
1. RACGS, carp. 353, leg. 26, doc. 42.
2. Ibidem, leg. 16, doc. 207.
3. Ibidem, doc. 12.
4. Ibidem, doc 151.
5. RAH, carp. 90h, leg. 82, doc. 7.
6. Proceso de Toledo, Ses. XXXIII, Ad 22 I, 294.
7. Pedro Ruiz de los Paños, Páginas..., 214. ... : .
8. Ibidem, 217.
9. RAH, carp. 90h, leg. 82, doc. 1.
10. Ibidem, doc. 2.
11. RACCS, carp. 353, leg. 11, docs. 3-6.
12. Pedro Ruiz de los Paños, Páginas..., 48.
13. Proceso de Toledo, Ses. XIX, Ad 22 I, 194-195.
14. Ibidcm, Ses. XX, Ad 22 I, 221-222.
15. Pedro Ruiz de los Paños, Páginas..., 126.
16. RAH, Sec. 3, carp. 90c, leg. 2, doc. 26.
17. Proceso de Toledo, Ses. XV, Ad 22 I, 168.
18. Ibidem, Ses. XXXIII, Ad 22 I, 293-294.
19. Ibidem, Ad 13 I, 291.
20. Ibidem, Ses. XVII, Ad 22 I, 183.
21. Ibidem, Ses. III, Ad 59 art., 57.
22. Ibidem, Ses. IV, Ad 22 I, 69.
23. Ibidem, Ses. II, Ad 15 I, 41.
24. Ibidem, Ses. XV, Ad 22 I, 168. Cfr. RACCS, carp. 353, leg. 11, doc. 74.
25. RACCS, carp. 353, leg. 26, doc. 189-190.
26. RAH, Sec. 3, carp. 205, leg. 5, doc. 21.
27. RACCS, carp. 353, leg. 16, doc. 150.
28. Carlos Calaf Rovira, «Situación de la Hermandad al principio de la guerra», en Hermandad 347-348 (1986) 17.
29. Proceso de Toledo, Ses. XV, Ad 22 I, 169.
30. Ibidem, Ses. II, Ad 22 I, 44-45.
31. Ibidem, Ses. XIII, Ad 19 I, 143-144.
32. Ibidem, Ses. XXIV, Ad 19 I, 249-250.
33. Juan Sánchez Hernández, Apóstol y mártir..., 359.
34. Ibidem.
35. Proceso de Toledo, Ses. XI, 127-128. 122
36. Ibidem, 126-127.
37. Ibidem, Ses. VI, Ad 20 I, 83.
38. Ibidem, Ses. XXIV, Ad 20 I, 234.
39. Ibidem, Ses. XI, 129-130.
40. RAH: Circular del 19 de octubre de 1936.
41. Proceso de Toledo, Ses. XI, 130-131.
42. Ibidem, Ses. XII, Ad 22 I, 132.
43. Ibidem, 140.
44. Ibidem, Ses. XXI, Ad 23 I, 208-209.
45. Mt 25,21.
46. Proceso de Toledo, Ses. XXXI, Ad 21 I, Ad 22 I, Ad 23 I, 280-291.
47. Ibidem, Ses. XV, Ad 21 I, 167.
48. Ibidem, Ses. II, Ad 23 I, 45.
49. Ibidem, Ses. IV, Ad 18 I, 96.
59. Ibidem, Ses. XXXVIII, Ad 18, I, 320.
51. Ibidem, Ses. VIII, Ad 18 I, 96.
52. Ibidem, Ses. XXXIII, Ad 18 I, 293.
53. RAH, Sec. 3, carp. 90h, leg. 81, doc. 2.
54. Ibidem, doc. 9.
55. Ibidem, doc. 10.
56. Ibidem, leg. 79, doc. 38.
1. Proceso de Toledo, Ses. XXII, Ad 13 I, 215.
2. RAH, Sec. 3, carp. 159, leg. 2, doc. 13.
3. Ibidem, doc. 14.
4. lbidem, doc. 16.
5. Proceso de Toledo, Ses. XXXII, Ad 13 I, 285; Ses. XXIX, Ad 13 I, 264.
6. Antonio Torres Sánchez, Martirologio..., 31-32.
7. Proceso de Toledo, Ses. XXXII, Ad 13 I, 285.
8. RAH, bec. 3, carp. 159, Ieg. 2, doc. 20.
9. Ibidem, leg. 3, doc. 9.
10. Proceso de Toledo, Ses. XXIX, Ad 14 I, 264; Ses. XXXII, Ad 14 I, 285.
11. Ibidem.
12. Ibidem, Ses. XXIX, Ad 13 I, 264.
13. lbidem, Ses. XLI, Ad 12 I, 337.
14. Correo Josefino 461 (1935) 193.
15. Proceso de Toledo, Ses. XXXII, Ad 13 I, 285.
16. lbidem.
17. Ibidem, Ad 15 I, 286.
18. Ibidem, Ses. XXIX, Ad 15 I, 265; Ses. XXXII, Ad 15 I, 286.
19. RAH, Sec. 5, carp. 1, leg. 8, doc. 15.
20. Proceso de Toledo, Ses. XXXII, Ad 14 I, 285.
21. Ibidem, Ses. XXIX, Ad 14 I, 264.
22. Ibidem, Ses. XXII, Ad 14 I, 216.
23. Ibidem, Ses. IV, Ad 8 I, 62.
24. RAH, Sec. 3, carp. 159, leg. 1, doc. 2.
25. Proceso de Toledo, Ses. X, Ad 12 I; Ad 16 I, 108.
26. RAH, Sec. 3, carp. 159, leg. 1, doc. 4.
27. Ibidem, doc. 3.
28. Benjamín Miñana, Crónica, I, 18 octubre 1916.
29. RAH, Escritos del Beato Manuel Domingo y Sol, I, 10.
30. RAH, Sec. 3, carp. 159, leg. 1, doc. 10.
31. Benjamín Miñana, op. cit., 23 septiembre 1916.
32. RAH, Sec. 3, carp. 71, leg. 3, doc. 36.
33. Ibidem, carp. 159, leg. 1, doc. 11.
34. Ibidem, doc. 12.
35. Ibidem, carp. 71, leg. 3, doc. 41.
36. Ibidem, carp. 39, leg. 8, doc. 14.
37. RAH, Sec. 3, carp. 71, leg. 5, doc. 12.
38. Proceso de Toledo, Ses. X, Ad 15 I, 110.
39. RAH, Sec. 3, carp. 71, leg. 5, doc. 16.
40. Ibidem, carp. 159, leg. 5, doc. 13
41. Ibidem, leg. 4, doc. 12.
42. Benjamín Miñana, op. cit., III, 23 agosto 1923.
43. Proceso de Toledo, Ses. XXIV, Ad 15 I, 232.
44. Ibidem, Ses. X, Ad 15 I, 110.
45. Ibidem, Ses. XXVII, Ad 15 I, 249.
46. Ibidem, Ses. XXIX, Ad 16 I, 265.
47. Ibidem, Ses. XXIV, Ad 16 I, 233.
48. Ibidem, Ses. XLI, Ad 12 I; Ad 15 I, 337-338.
49. RAH, Sec. 3, carp. 215, leg. 1, doc. 12.
50. Proceso de Toledo, Ses. XXX, Ad 15 I, 272.
51. RAH, Sec. 3, carp. 159, leg. 5, doc. 10.
52. Ibidem, leg. 6, doc. 10.
53. Ibidem, doc. 11.
54. Ibidem, doc. 12.
1. Antonio Torres Sánchez, Martirologio..., 33.
2. Proceso de Toledo, Ses. XXII, Ad 17 I, 217.
3. Ibidem, Ses. XXXII, Ad 17 I, 286.
4. Ibidem, Ses. XL, Ad 17 I, 332.
5. Insegnamenti di Giovanni Paolo II, VII, 1, 1984, 1794.
6. San Agustín, Sermo, 115, 1.
7. Antonio Torres Sánchez, ob. cit., 33.
8. Proceso de Toledo, Ses. XIV, Ad 18 I, 160.
9. Ibidem, Ses. XL, Ad 12 I, 332.
10. Ibidem, Ses. IV, Ad 12 I, 63.
11. Ibidem, Ses. XXII, Ad 17 I, 217.
12. Ibidem, Ses. XXX, Ad 12 I, 271.
13. Ibidem, Ses. XXII, Ad 18 I, 217.
14. San Agustín, Sermo, 126, 11.
15. Proceso de Toledo, Ses. II, Ad 12 I, 39.
16. íbidem, Ad 17 I, 43.
17. íbidem, Ses. XIV, Ad 12 I, 160.
18. RAH, Sec. 3, carp. 159, leg. 1, doc. 11.
19. Proceso de Toledo, Ses. XXII, Ad 17 I, 279.
20. íbidem, Ses. XXXI, Ad 17 I, 279.
21. íbidem, Ad 21 I, 280.
22. Concilio Vaticano II, Lumen gentium, 42.
23. San Juan de la Cruz, Dichos de luz y amor, 102.
24. Santa Teresa de Jesús, Camino de perfección, 24, 2.
25. Proceso de Toledo, Ses. XXIV, Ad 17 I, 232.
26. Ibidem, Ses. X, Ad 17 I, 111.
27. Ibidem, Ses. XXII, Ad 17 I, 217
28. Ibidem, Ses. XI, Ad 17 I, 121.
29. Ibidem, Ses. XXIV, Ad 12 I, 231.
30. Ibidem, Ses. IV, Ad 12 I, 63.
31. Ibidem, Ses. VI, Ad 16 I, 82.
32. Ibidem, Ses. XVII, Ad 12 I, 248.
33. Ibidem, Ad 17 I, 183.
34. Ibidem, Ses. XXIX, Ad 16 I, 265.
35. Concilio Vaticano II, Gaudium et spes, 38.
36. Antonio Torres Sánchez, ob. cit., 33-34.
37. Proceso de Toledo, Ses. XL, Ad 15 I, 333.
38. Ibidem, Ses. XI, Ad 17 I, 121.
39. Antonio Torres Sánchez, ob. cit., 35-36.
40. Proceso de Toledo, Ses. XIV, Ad 15 I, 158.
41. Ibidem, Ses. XVIII, Ad 17 I, 249.
42. Ibidem, Ses. XXX, Ad 17 I, 273.
43. Ibidem, Ses. VIII, Ad 12 I, 94.
44. Ibidem, Ses. IV, Ad 17 I, 67.
45. Ibidem, Ses. XXIX, Ad 17 I, 265.
46. Ibidem, Ses. XXX, Ad 17 I, 273.
47. Ibidem.
48. RAH, Escritos del Beato Manuel Domingo y Sol, I, 5°, 24.
49. Ibidem, 26.
50. RAH, Seo 3, carp. 159, leg. 5, doc. 4.
51. Ibidem, doc. 5.
52. Ibidem, doc. 4.
53. Proceso de Toledo, Ses. XXXII, Ad 17 I, 286.
54. Ibidem, Ses. IV, Ad 16 I, 67.
55. Ibidem, Ses. XXII, Ad 16 I, 216.
56. Ibidem, Ses. XIV, Ad 16 I, 159.
57. íbidem, Ses. XXVII, Ad 16 I, 217.
58. íbidem, Ses. X, Ad 16 I, 108.
59. RAH, Sec. 3, carp. 159, leg. 3, doc. 7.
60. RAH, carp. 159, leg. 2, docs. 9, 23; 29 mayo, 3 octubre 1926. Leg. 3, docs. 2, 7, 8; 27 febrero, 2 julio, 12 julio 1927. Leg. 4, docs. 1, 3, 6, 11, 12, 15, 28; 30 enero, 25 febrero, 10 mayo, 28 mayo, 9 septiembre, 19 septiembre, 20 octubre, 13 noviembre 1928. Leg. 5, docs. 16, 16; 23 mayo, 28 septiembre 1934. Leg. 6, docs. 5, 6, 9, 10, 13; 8 marzo, 15 diciembre 1935; 2 febrero, 2 marzo, 21 junio 1936.
61. RAH, Escritos del Beato Manuel Domingo y Sol, I, 5°, 26.
1. Proceso de Toledo, Ses. XXX, Ad 23 I, 273.
2. Jn 10,11.
3. Proceso de Toledo, Ses. XXIX, Ad 17 I, 232.
4. Jn 15,13.
5. Concilio Vaticano II, Lumen gentium, 42.
6. RAH, Sec. 3, carp. 159, leg. 6, doc. 9.
7. Santa Teresa de Jesús, Camino de perfección, 12, 2.
8. Proceso de Toledo, Ses. XXXII, Ad 22 I, 287.
9. Ibidem
10. RAH, Sec. 3, carp. 159, leg. 2, doc. 8.
11. Proceso de Toledo, Ses. XXIX, Ad 22 I, 266.
12. Ibidem, Ses. XXVII, Ad 19 I, 249.
13. Juan Sánchez Hernández, Apóstol y mártir..., 353.
14. Proceso de Toledo, Ses. XXI, Ad 23 I, 208.
15. Ibidem, Ses. VII, Ad 63 art., 89.
16. Ibidem, Ses. XXIX, Ad 22 I, 266.
17. Santa Teresa de Jesús, Libro de la vida, 13, 4.
18. Proceso de Toledo, Ses. X, Ad 22 I, 112.
19. Ibidem, Ses. XXX, Ad 22 I, 273-274.
20. Pedro Ruiz de los Paños, Directorio..., 85.
21. Pedro Ruiz de los Paños, Circular 1 noviembre 1934, 4.
22. Proceso de Toledo, Ses. II, Ad 22 I, 44.
23. Ibidem.
24. Ibidem, Ses. XXIV, Ad 19 I, 233.
25. Ibidem, Ses. XXVII, Ad 19 I, 250.
26. Ibiáem, Ses. XV, Ad 21 I, 167.
27. Ibiáem, Ses. III, Ad 59 are, 57.
28. Ibidem, Ses. XL, Ad 22 I, 334.
29. RAH: Circular 19 octubre 1936.
30. Proceso de Toledo, Ses. XXI, Ad 23 I, 208.
31. Ibidem, Ses. XXXI, Ad 21 I, 280.
32. Ibidem, Ses. XXV, Ad 26 I, 237; Ses. XXVII, Ad 25 I, 251-252.
33. Ibidem, Ses. XXIX, Ad 26 I, 266.
34. Ibidem, Ses. XXX, Ad 24 I; Ad 25 I, 274.
1. RAH, Sec. 3, carp. 224, leg. 1, doc. 7.
2. Proceso de Toledo, Ses. XXIII, Ad 13 I, 224.
3. Ibidem.
4. Ibidem, Ses. XIV, Ad 11 I, 159.
5. Ibidem, Ses. XIV, Ad 18 I, 160.
6. Ibidem, Ses. XIII, Ad 13 I, 224.
7. Ibidem, Ses. XXIII, Ad 13 I, 224.
8. Ibidem.
9. Pedro Ruiz de los Paños, Directorio..., 21.
10. Proceso de Toledo, Ses, XXIII, Ad 13 I, 224.
11. Ibidem.
12. Ibidem, Ses. IV, Ad 11 I, 63.
13. RAH, Ses. 3, carp. 224, leg. 1, doc. 3-
14. Ibidem, doc. 9.
15. Proceso de Toledo, Ses. XIV, Ad 13 I, 156.
16. Ibidem, Ses. IV, Ad 17 I, 67.
17. Ibidemm, Ad 13 I, 64.
18. RAH, Sea 3, carp. 224, leg. 1, doc. 2.
19. Ibidem, doc. 3.
20. Ibidem, doc. 7.
21. Ibidem, doc. 8.
22. Proceso de Toledo, Ses. XXII, Ad 13 I, 215; Ses. XIV, Ad 13 I, 156.
23. Ibidem, Ses. IV, Ad 14 I, 64.
24. Ibidem, Ses. XIV, Ad 14 I, 157.
25. Ibidem, Ses. XXIII, Ad 13 I, 224.
26. RAH, Sec. 3, carp. 45c, leg. 20, doc. 17: 13-IX-1927. Carta de Juan José Salomón a Joaquín Jovaní.
27. Ibidem, carp. 61b, leg. 15, doc. 32.
28. «Crónica del Seminario de Zaragoza», en Correo Josefino 419 (1932) 20-
29. RAH, Sec. 3, carp. 61b, leg. 16, doc. 2: 20-1-1932. Carta de Lorenzo Insa a Joaquín Jovaní.
30. Ibidem, carp. 40d, leg. 50, doc. 18.
31. Ibidem, carp. 61b, leg. 15, doc. 30.
32. Ibidem, doc. 39.
33. Ibidem, doc. 40.
34. Ibidem, leg. 16, docs. 11 y 12.
33. RAH, Sec. 3, carp. 40d, leg. 52, doc. 18.
36. Ibidem, carp. 61b, leg. 16, doc. 27.
37. Proceso de Toledo, Ses. XXIII, Ad 13 I, 224.
38. RAH, Sec. 3, carp. 224, leg. 1, doc. 2.
39. Ibidem.
40. Ibidem.
41. Ibidem.
42. Ibidem, doc. 3.
43. Ibidem.
44. Ibidem, doc. 4.
43. Ibidem.
46. Jn 10,4.
47. RAH, Sec. 3, carp. 224, leg. 1, doc. 3.
48. Ibidem, doc. 8.
49. Ibidem.
50. Ibidem, doc. 9.
51. Ibidem, doc. 5-
52. Ibidem, carp. 152, leg. 11, doc. 15.
53. Proceso de Toledo, Ses. II, Ad 15 I, 42.
54. Ibidem, Ses. VI, Ad 8 I, 80.
55. Ibidem, Ses. X, Ad 15 I, 109.
56. Ibidem, Ses. XXIV, Ad 12 I; Ad 15 I, 231.
57. Antonio Torres Sánchez, Martirologio..., 47-48.
1. Proceso de Toledo, Ses. II, Ad 12 I, 39.
2. Ibidem, Ses. X, Ad 17 I, 111.
3. Ibidem, Ses. XIV, Ad 17 I, 160.
4. Ibidem, Ses. XXIII, Ad 17 I, 225.
5. Ibidem, Ses. XXXVI, Ad 8 I, 308.
6. Ibidem, Ad 17 I, 309.
7. Ibidem, Ses. XI, Ad 12 I, 119.
8. Ibidem, Ses. VI, Ad 12 I; Ad 17 I, 811-812.
9. Ibidem, Ses. XXIV, Ad 17 I, 232.
10. Ibidem, Ses. XXII, Ad 11 I, 214.
11. Ibidem, Ad 13 I, 215.
12. Ibidem, Ad 17 I, 217.
13. Ibidem, Ses. X, Ad 12 I, 108.
14. Ibidem, Ad 15 I, 111.
15. Ibidem, Ad 17 I, 111.
16. Ibidem, Ses. XXIV, Ad 16 I, 232.
17. Ibidem, Ses. II, Ad 12 I, 39.
18. Ibidem, Ses. IV, Ad 8 I, 62.
19. Ibidem, Ses. XXVI, Ad 12 I; Ad 17 I, 241-242.
20. Ibidem, Ses. X, Ad 15 I, 110.
21. Ibidem.
22. RAH, Sec. 3, carp. 224, leg. 1, doc. 9.
23. Proceso de Toledo, Ses. XXII, Ad 17 I, 217.
24. Ibidem, Ad 13 I, 215.
25. Ibidem, Ses. IV, Ad 17 I, 67.
26. Ibidem, Ad 16 I, 65.
27. Ibidem, Ses. XIV, Ad 16 I, 159.
28. Ibidem, Ad 13 I, 156.
29. RAH, Sec. 3, carp. 224, leg. 1, doc. 11.
1. Proceso de Toledo, Ses. II, Ad 22 I, 44.
2. Ibidem.
3. Ibidem, Ses. VII, Ad 68 art., 90.
4. Ibidem.
5. Ibidem.
6. Ibidem, Ses. VII, Ad 69 art., 91.
7. Ibidem, Ses. XXIV, Ad 19 I, 233.
8. Ibidem, Ses. XXVI, Ad 19 I, 241.
9. Ibidem, Ses. XXV, Ad 35-57 art., 238.
10. Ibidem, Ses. XXVI, Ad 19 I, 242.
11. Ibidem.
12. Ibidem.
13. Ibidem, Ad 26 I, 244.
14. Ibidem, Ses. XXXVI, Ad 22 I, 310.
15. Ibidem, Ad 19 I, 309.
16. Ibidem.
17. Ibidem, Ses. XV, Ad 21 I, 167-168.
18. Ibidem, Ses. XXXVI, Ad 19 I, 309.
19. Ibidem.
20. Ibidem.
21. Ibidem.
22. Ibidem.
23. Ibidem.
24. Ibidem, Ses. XXXV, Ad 19 I, 304.
25. Ibidem, Ses. XXIII, Ad 23 I, 226.
26. Ibidem, Ses. XXXV, Ad 19 I, 304.
27. 1 Pe 2,23.
28. Proceso de Toledo, Ses. XV, Ad 23 I, 170,
29. Ibidem, Ses. VI, Ad 21 I, 84.
30. Ibidem, Ses. XXVI, Ad 23 I, 243.
31. Ibidem, Ses. XXXV, Ad 26 I; Ad 58-74 art., 306.
32. Ibidem, Ses. XXVI, Ad 25 I, 244.
1. Proceso de Tortosa, Ses. IX, Ad 67, 79.
2. Ibidem.
3. Ibidem.
4. Ibidem, Ses. XIII, Ad 69, 96.
5. Ibidém.
6. Ibidem.
7. Ibidem.
8. Ibidem.
9. Ibidem.
10. Ibidem, Ses. IX, Ad 69, 80.
11. Ibidem, Ses. XIII, Ad 69, 96.
12. Ibidem.
13. Ibidem, Ses. XI, Ad 68, 90.
14. Ibidem, Ses. X, Ad 71, 182.
15. Ibidem, Ses. XXXV, Ad 71, 182.
16. Ibidem, Ses. X, Ad 71, 80.
17. Ibidem, Ses. CIV, Ad 71, 380.
18. RAH, Sea 3, carp. 226, leg. 2, doc. 12.
19. Proceso de Tortosa, Ses. XXXV, Ad 71, 182.
20. Ibidem.
21. Ibidem, 183.
22. Ibidem, Ses. X, Ad 71, 80.
23. Ibidem, Ses. XXXV, Ad 71, 183.
24. Ibidem, Ses. CIV, Ad 71, 380.
25. Ibidem, Ses. X, Ad 71, 80.
26. Ibidem, Ses. XXXV, Ad 71, 183.
27. RAH, Sec. 3, carp. 114b, leg. 10, doc. 12.
28. Ibidem, carp. 40e, leg. 55, doc. 5.
29. Ibidem, carp. 114b, leg. 12, doc. 2.
30. Ibidem, doc. 3.
31. Procesó de Tortosa, Ses. XXXV, Ad 71, 183.
32. Antonio Torres Sánchez, Martirologio..., 190.
33. Ibidem, 189.
34. Proceso de Tortosa, Ses. XXXV, Ad 71, 183.
35. Recaredo Centelles, «Conferencia telefónica», en Correo Josefino 328 (1924) 172-173.
36. Proceso de Tortosa, Ses. CIV, Ad 72, 380.
37. Ibidem, Ses. XXXV, Ad 72, 183.
38. Proceso de Tortosa, Ses. XXI. Ad 69, 129.
39. RAH, Sec. 3, carp. 40c, leg. 28, doc. 5.
40. Proceso de Tortosa, Ses. XXXV, Ad 72, 183.
41. Ibidem.
42. Antonio Torres Sánchez, Martirologio..., 189.
43. Proceso de Tortosa, Ses. XXXV, Ad 72, 183.
44. Antonio Torres Sánchez, ob. cit., 208.
45. Recaredo Centelles, «Velando el cadáver», en Corteo Josefino 352 (1926) 193-194.
46. Ibidem.
47. RAH, Sec. 3, carp. 218, leg. 1, doc. 1
48. Ibidem.
49. Ibidem.
50. Ibidem, carp. 114b, leg. 10, doc. 10.
51. Ibidem, carp. 135, leg. 1, doc. 11, 15-VI-1929: C. Espuny a Jovaní.
52. Proceso de Tortosa, Ses. XI, Ad 73, 90.
53. Ibidem, Ses. IX, Ad 73, 81.
54. RAH, sec. 3, carp. 114b, leg. 9, doc. 12.
55. Ibidem, leg. 11, doc. 13.
56. Escritos, I, 6°, 79.
57. Proceso de Tortosa, Ses. II, Ad 74, 53.
58. Ibidem, Ses. CV, Ad 74, 385.
59. Ibidem, Ses. CXLIV, Ad 74; Ad 75, 499.
60. Ibidem, Ses. XXXV, Ad 75, 184.
61. Ibidem, Ad 74, 184.
62. Ibidem, Ses. IX, Ad 74, 81.
63. Ibidem, Ses. CV, Ad 74, 385.
64. Ibidem, Ses. CXLI, Ad 74, 491.
65. Ibidem, Ses. CXLIV, Ad 74, 499.
66. Ibidem, Ses. CXLV, Ad 74, 502-503.
67. RAH, Sec. 3, carp. 218, leg. 1, doc. 7.
68. Proceso de Tortosa, Ses, IX, Ad 74, 81.
69. Recaredo Centelles, «Diada Catequística en Montserrat», en Correo Josefino 438 (1933) 237.
70. Ibidem.
71. RAH, Sec. 3, carp. 218, leg. 1, doc. 6.
72. Escritos, I, 7°, 60.
73. Recaredo Centelles, «Diada...», cit., 238.
1. Proceso de Tortosa, Ses. CXLI, Ad 75, 491.
2. Ibidem, Ses. XXV, Ad 75, 145.
3. Ibidem, Ses. CV, Ad 75, 386.
4. Ibidem, Ses. XXXV, Ad 75, 183.
5. Ibidem, Ses. Lili, Ad 75, 245.
6. Ibidem, Ses. IX, Ad 75, 81.
7. Ibidem, Ses. XI, Ad 75, 91.
8. Ibidem, Ses. LII, Ad 75, 245.
9. Ibidem, Ses. XXXI, Ad 75, 165.
10. Ibidem, Ses. CIV, Ad 75, 381.
11. Ibidem, Ses. CXLI, Ad 75, 491.
12. Ibidem, Ses. CLXVI, Ad 75, 585.
13. Ibidem, Ses. CXLV, Ad 15, 503.
14. Ibidem, Ses. CLVII, Ad 15, 543.
15. Ibidem, Ses. II, Ad 75, 53.
16. Ibidem, Ses. IX, Ad 15, 81.
17. RAH, Escritos, I, 5.°, 26.
18. Ibidem, 23.
19. Proceso de Tortosa, Ses. CXLI, Ad 75, 491.
20. RAH, Escritos, 1, 13.°, 19.
21. Ibidem, 5°, 26.
22. Ibidem, 13.°, 22.
23. Concilio Vaticano II, Optatam totius, 2.
24. Proceso de Tortosa, Ses. IV, Ad 75, 69.
25. Ibidem, Ses. XIII, Ad 75, 97.
26. Ibidem, Ses. LII, Ad 75, 245.
27. Ibidem, Ses. CIV, Ad 75, 381.
28. Ibidem, Ses. CV, Ad 75, 386.
29. Concilio Vaticano II, Presbyterorum ordinis, 14.
30. Proceso de Torlosa, Ses. XXXV, Ad 75, 184.
31. RAH, Escritos, I, 5.°, 24.
32. Proceso de Tortosa, Ses. CV, Ad 75, 386.
33. RAH, Sec. 3, carp. 218, leg. 1, doc. 3.
34. Proceso de Tortosa, Ses. II, Ad 75, 53.
35. Ibidem, Ses. IV, Ad 75, 69.
36. Ibidem, Ses. IX, Ad 75, 81.
37. Recaredo Centelles, «¡Quién fuera niño!», en Correo Josefino 326 (1924) 124.
35. Ibidem, 125.
39. Proceso de Toríosa, Ses. XV, Ad 75, 105.
40. Ibidem, Ses. XXI, Ad 75, 129.
41. Ibidem, Ses. LII, Ad 75, 245.
42. Ibidem, Ses. CLXVI, Ad 75, 585.
43. Ibidem, Ses. IX, Ad 76, 84.
44. Antonio Torres Sánchez, Martirologio..., 205.
45. Proceso de Tortosa, Ses. IV, Ad 75, 69.
46. Ibidem, Ses. XXXI, Ad 76, 165.
47. Ibidem, Ad 75, 165.
48. Ibidem, Ses. LII, Ad 75, 245.
49. Ibidem, Ad 75, 97.
50. Ibidem, Ses. XXV, Ad 80, 146.
1. Recaredo Centelles, «Aspiraciones», en Correo ]osefino 293 (1921) 371-372.
2. Proceso de Tortosa, Ses. XXV, Ad 75, 145-146
3. Concilio Vaticano II, Lumen gentium, 42
4. Proceso de Tortosa, Ses. IX, Ad 76, 82-83.
5. Ibidem.
6. Carlos Calaf Rovira, «Memorias de un testigo presencial. Bienio 1936-1938», en Centro de Estudios del Maestrazgo. Boletín núm. 22 (1988) 53.
7. Proceso de Tortosa, Ses. IX, Ad 76, 82-83.
8. Ibidem.
9. Ibidem.
10. Ibidem.
11. Ibidem.
12. Ibidem, Ses. XIII, Ad 76, 97-98.
13. Ibidem, Ses. IX, Ad 76, 82-83.
14. Ibidem.
15. Ibidem.
16. Ibidem, Ses. XIII, Ad 76, 97-98.
17. Ibidem, Ses. XII, Ad 4, 93.
18. Ibidem, Ad 76, 94.
19. Ibidem, Ses. IX, Ad 76, 82-83.
20. Ibidem, Ses. XXXI, Ad 81, 165.
21. Ibidem, Ses. IX, Ad 76, 82-83.
22. Rm 12,1.
23. Proceso de Torlosa, Ses. IX, Ad 76, 822-823.
24. Ibidem.
25. Ibidem, Ses. XIII, Ad 76, 98-99.
26. Ibidem, Ses. IX, Ad 76, 82-83.
27. Ibidem.
28. Ibidem
29. Ibidem
30. Ibidem, Ses. XII, Ad 77, 94.
31. Ibidem, Ses. XXII, Ad 77, 132.
32. Ibidem.
33. Ibidem.
34. Ibidem.
35. Ibidem.
36. Rm 12, 14.
37. Proceso de Tortosa, Ses. XIII, Ad 76, 98-99.
38. Ibidem.
39. Ibidem, Ses. IX, Ad 77, 84.
40. Ibidem, Ses. II, Ad 78, 53.
41. Ibidem, Ses. XI, Ad 77, 91.
42. Ibidem, Ad 80, 92.
43. Ibidem, Ses. XII, Ad 78; Ad 80, 94.
44. Ibidem, Ses. XXI, Ad 78, 130.
45. Ibidem.
46. Ibidem, Ses. IX, Ad 78-80, 844-885.
47. Ibidem.
1. Proceso de Tortosa, Ses. LXXXV, Ad 157, 329.
2. Ibidem, Ses. LXXII, Ad 157, 296.
3. Ibidem, Ses. LXXXIII, Ad 157, 324.
4. Ibidem, Ses. XC, Ad 157, 342.
5. Ibidem, Ses. LXXXIX, Ad 157, 339.
6. Ibidem, Ses. LXXXV, Ad 160, 329; Ses. XCI, Ad 158, 344.
7. Ibidem, Ses. CXV, Ad 159, 414.
8. Ibidem, Ses. LXXXVII, Ad 160, 335.
9. Ibidem, Ses. LXXXVIII, Ad 159, 324.
10. Ibidem, Ses. LXXXII, Ad 159-161, 322.
11. Juan Pablo II, Enseñanzas al pueblo de Dios, I, 1978, 173.
12. Proceso de Tortosa, Ses. LXXXV, Ad 161, 329.
13. Ibidem, Ses. CLXII, Ad 161, 573.
14. Ibidem, Ses. LXXIII, Ad 161, 296.
15. RAH, Sec. 3, carp. 239, leg. 1, doc. 7.
16. Proceso de Tortosa, Ses. LXXIII, Ad 161, 296-297.
17. Ibidem, Ses. LXXXV, Ad 161, 329.
18. Ibidem, Ses. LXXXVI, Ad 161, 332.
19. Ibidem, Ses. LXXXVII, Ad 161, 335.
20. Ibidem, Ses. LXXXII, Ad 161, 322.
21. Ibidem, Ses. LXXXIII, Ad 161, 324.
22. Ibidem, Ses. LXXXVI, Ad 161, 332.
23. Ibidem, Ses. XC, Ad 161, 342.
24. Ibidem, Ses. XXXVI, Ad 161, 188.
25. RAH, Sec. 3, carp. 61b, leg. 17, doc. 26.
26. Proceso de Tortosa, Ses. XXXVI, Ad 163, 188; Ses. LXXXVI, Acl 163, 333.
27. Ibidem, Ses. XXXVI, Ad 163, 333.
28. RAH, Sec. 3, carp. 224, leg. 1, doc. 3.
29. Ibidem, doc. 5.
30. Ibidem, carp. 61b, leg. 17, doc. 15.
31. Ibidem, carp. 145, leg. 3, doc. 7.
32. Ibidem, doc. 8.
33. Proceso de Tortosa, Ses. LXXXII, Ad 163-164, 322.
34. Ibidem, Ses. XCI, Ad 166, 345.
35. RAH, Sec. 3, carp. 239, leg. 1, doc. 7.
36. Proceso de Tortosa, Ses. LXXXVI, Ad 163, 333
37. Ibidem, Ses. LXXXIII, Ad 163, 324.
38. Proceso de Tortosa, Ses. XXXIX, Ad 157, 339.
39. Ibidem, Ad 163, 339.
40. RAH, Sec. 3, carp. 239, leg. 1, doc. 4.
41. Proceso de Tortosa, Ses. IV, Ad 161, 60.
42. Ibidem, Ad 163, 61.
43. Ibidem, Ses. CLIV, Ad 162, 527-528.
44. Ibidem, Ses. LXXIII, Ad 162, 297.
45. Ibidem, Ses. LXXXII, Ad 162, 322.
46. Ibidem, Ses. LXXXIII, Ad 162, 324
47. Ibidem, Ses. LXXXIX, Ad 162, 339.
48. Ibidem, Ses. LXXXV, Ad 162, 329.
49. Ibidem, Ses. CLIV, Ad 162, 528.
50. RAH, Sec. 3, carp. 69, leg. 15, doc.
51. Ibidem, carp. 239, leg. 1, doc. 1.
52. Ibidem.
53. Ibidem, doc. 2.
54. Ibidem, doc. 1.
55. Proceso de Tortosa, Ses. IV, Ad 164, 61
56. RAH, Sec. 3, carp. 239, leg. 1, doc. 1.
57. RAH, ibidem, doc. 2.
58. Ibidem, doc. 3.
59. Ibidem, doc. 4.
60. Proceso de Tortosa, Ses. IV, Ad 164, 61.
61. Ibidem, Ses. XXXVI, Ad 164, 188.
62. Ibidem, Ses. CLVIII, Ad 164, 552.
63. Ibidem, Ses. XXX, Ad 165, 162.
64. Ibidem, Ses. LXXXIII, Ad 164, 324.
65. Carlos Calaf Rovira, art. cíe., 51.
66. Proceso de Tortosa, Ses. CLVIII, Ad 164, 552.
67. Ibidem, Ses. LXXXIII, Ad 166, 324.
1. Proceso de Tortosa, Ses. VII, Ad 165, 74.
2. Ibidem, Ses. IV, Ad 165, 61.
3. Ibidem, Ses. LXXXVII, Ad 161, 332.
4. Ibidem, Ad 167, 335.
5. Ibidem, Ad 165, 335.
6. Ibidem, Ses. XXXVI, Ad 165, 188.
7. Ibidem, Ses. LXXXIII, Ad 165, 324.
8. Ibidem, Ses. XC, Ad 170, 343.
9. Ibidem, Ses. XCI, Ad 165, 344.
10. San Agustín, Sermo, 115, 1.
11. Comisión Episcopal de Apostolado Seglar, El apostolado seglar en España. Orientaciones fundamentales, Madrid, BAC, 1974, 316.
12. Juan Pablo II, Insegnamenti di Giovanni Paolo II, VII, 1, 1984, 1794.
13. Proceso de Toríosa, Ses. IV, Ad 165, 61.
14. Ibidem, Ses. LXXXIX, Ad 166, 340.
15. Ibidem, LXXIII, Ad 166, 297.
16. Ibidem, Ses. XXXVI, Ad 165, 188.
17. Ibidem, Ses. IV, Ad 161, 60-61.
18. Ibidem, Ses. LXXXV, Ad 165, 329-330
19. Ibidem, Ses. XCI, Ad 165, 344.
20. Ibidem, Ses. XXXIX, Ad 161, 339.
21. Ibidem, Ses. LXXXVIII, Ad 161, 337
22. Ibidem, Ses. XC, Ad 165, 342.
23. Ibidem, Ses. LXXIII, Ad 166, 297.
24. RAH, Escritos del Beato Manuel Domingo y Sol, I, 11.°, 54.
25. Ibidem, 2.°, 23.
26. Ibidem, 7°, 61.
27. Jp.
28. RAH, Escritos..., I, 7°, 1, 3a.
29. Proceso de Torlosa, Ses. LXXIII, Ad 165, 297.
30. Ibidem, Ses. XCII 165, 347.
31. Ibidem, Ses. CXV, Ad 165, 414.
32. RAH, Seo 3, carp. 145, leg. 3, doc. 22.
33. Juan Pablo II, Insegnamenti di Giovanni Paolo II, VII, 1, 1984, 406
34. Proceso de Tortosa, Ses. LXXXII, Ad 165, 322.
35. Proceso de Tortosa, Ses. LXXXV, Ad 165, 329.
36. Cfr. Pablo VI, Enseñanzas al pueblo de Dios, 7, 1975, 194-195.
37. Ibidem, 196.
38. Antonio Torres Sánchez, Martirologio..., 104.
39. Proceso de Tortosa, Ses. LXXXIII, Ad 165, 324.
40. Ibidem, Ses. XC, Ad 165, 342.
41. Antonio Torres Sánchez, ob. cit., 108.
42. Ibidem.
43. Proceso de lortosa, Ses. XXXVI, Ad 161, 188.
44. Antonio Torres Sánchez, ob. cit., 104.
45. Proceso de lortosa, Ses. LXXXII, Ad 159, 322.
46. Ibidem, Ses. LXXXV, Ad 165, 329; Ses. XCII, Ad 165, 347.
47. RAH, Sec. 3, carp. 239, leg. 1, doc. 1.
48. Ibidem.
49. Proceso de Torlosa, Ses. CLXII, Ad 165, 574.
50. Ibidem, Ses. LXXXVI, Ad 165, 333.
51. Ibidem, Ses. LXXXVIII, Ad 165, 335.
52. Ibidem, Ses. LXXXVIII, Ad 165, 337.
53. Antonio Torres Sánchez, ob. cit., 106.
54. Proceso de Toriosa, Ses. CLIV, Ad 165, 528.
55. Ibidem, Ses. LXXIII, Ad 161, 296.
56. Ibidem, Ses. CXXXIX, Ad 157, 484.
57. Pablo VI, Enseñanzas al pueblo de Dios, 7, 1975, 502.
58. Proceso de Toriosa, Ses. IV, Ad 161, 61.
59. Ibidem, Ses. GLXII, Ad 165, 574.
60. Ibidem, Ses. LXXXV, Ad 165, 330.
61. Ibidem, Ses. LXXXIX, Ad 165, 339.
62. Ibidem, Ses. CXV, Ad 165, 414-415.
63. Ibidem, Ses. CLXII, Ad 165, 574.
64. Ibidem, Ses. XC, Ad 161, 342.
65. Ibidem, Ses. LXXIII, Ad 165, 297.
65. Ibidem, Ses. CXV, Ad 166, 414.
67. Cfr. Ses. LXXIII, Ad 167, 298; Ses. CLVIII, Ad 167, 553.
68. Ibidem, Ses. LXXXII, Ad 167, 322
69. Ibidem, Ses. IV, Ad 161, 61.
70. Antonio Torres Sánchez, ob. cit., 107.
71. Proceso de Tortosa, Ses. CXV, Ad 165, 415.
1. Proceso de Tortosa, Ses. LXXXIX, Ad 166, 339.
2. Ibidem.
3. Ibidem.
4. Ibidem, Ses. XCI, Ad 166, 344.
5. Ibidem, Ses. LXXXIX, Ad 166, 339.
6. Ibidem, Ses. XCI, Ad 166, 344
7. I
8. Proceso de Tortosa, Ses. LXXXIX, Ad 166, 340.
9. Jr 20,11.
10. Proceso de Tortosa, Ses. LXXXIX, Ad 166, 340.
11. Ibidem.
12. Ibidem, Ses. CXV, Ad 166, 415
13. Ibidem, Ses. LXXXIX, Ad 166, 340.
14. Ibidem, Ses. LXXXV, Ad 166, 330.
15. Ibidem, Ses. CXV, Ad 166, 415
16. Ibidem, Ses. CXI, Ad 166, 344.
17. Ibidem, 345.
18. Ibidem.
19. Ibidem.
20. Ibidem.
21. Ibidem, Ses. CXV, Ad 166, 415
22. Ibidem.
23. Ibidem.
24. Ibidem, Ses. LXXXIII, Ad 168, 325.
25. Ibidem.
26. Ibidem, Ses. CXV, Ad 166, 415.
27. Ibidem.
28. Ibidem, Ses. LXXXVIII, Ad 166, 337.
29. Ibidem, Ses. LXXIII, Ad 166, 297.
30. Ibidem, Ses. LXXXVIII, Ad 166, 337.
31. Ibidem.
32. Ibidem, Ses. XCII, Ad 166, 347.
33. Ibidem, Ses. LXXXVIII, Ad 166, 337
31. Ibidem, Ses. CXV, Ad 166, 415.
35. Mt 5,44-45.
36. Proceso de Tortosa, Ses. XCII, Ad 166, 347
37. Ibidem, Ses. LXXIII, Ad 166, 297-298.
38. Ibidem, Ses. LXXXIX, Ad 166, 340.
39. Ibidem, Ses. LXXXVI, Ad 167, 333.
40. Ibidem, Ses. LXXXII, Ad 166, 322; Ses. LXXXIII, Ad 166, 324; Ses. LXXXVIII, Ad 166, 337; Ses. LXXXIX, Ad 166, 340; Ses. XC, Ad 166; Ses. CXV, Ad 166, 416; Ses. CLXII, Ad 166, 574.
41. Ibidem, Ses. LXXIII, Ad 171, 298.
42. Ibidem, Ses. XC, Ad 166, 342.
43. Ibidem.
44. Ibidem, Ses. LXXXIX, Ad 166, 340,
45. Ibidem, Ses. CXV, Ad 166, 416.
46. Ibidem, Ses. LXXXVIII, Ad 166, 337.
47. Ibidem, Ses. LXXIII, Ad 166, 297.
48. Ibidem, Ses. LXXXIX, Ad 166, 297.
49. Ibidem, Ses. LXXIII, Ad 166, 297.
50. Ibidem.
51. Ibidem, Ses. LXXXIII, Ad 166, 324.
52. Jn 15,13.
53. Proceso de Tortosa, Ses. LXXXVIII, Ad 166, 337.
54. Me 10,32.
55. Proceso de Tortosa, Ses. LXXXIII, Ad 166, 325.
56. Ibidem, Ses. LXXXII, Ad 166, 322.
57. Ibidem, Ses. CLXII, Ad 166, 574.
58. Ibidem, Ses. CLIV, Ad 166, 528.
59. Ibidem, Ses. LXXIII, Ad 166, 297.
60. Ibidem, Ses. LXXXII, Ad 166, 324.
61. Ibidem, Ses. XC, Ad 166, 342-343.
62. Ibidem, Ses. LXXXIX, Ad 167, 340-341.
63. Ibidem, Ses. XCII, Ad 166, 347.
64. Ibidem, Ses. LXXXIX, Ad 167, 341.
65. Ibidem, Ses. LXXXVIII, Ad 166, 337.
66. Ibidem, Ses. LXXXVI, Ad 167, 333.
67. 1 Cor 1,25.
68. Proceso de Tortosa, Ses. CXV, Ad 167, 416.
69. Ibidem, Ses. LXXXII, Ad 167, 322.
70. Ibidem, Ses. CLXII, Ad 167, 574.
1. Insegnamenti di Paolo VI, II, 1964, 240.
2. Proceso de Tortosa, Ses. CLXVI, Ad 202, 587.
3. Ibidem, Ses. CLXXIV, Ad 202, 608.
4. Ibidem, Ses. CLXXVII, Ad 202, 614.
5. Ibidem, Ses. CLXXV, Ad 204, 610.
6. Ibidem, Ses. CLXXVII, Ad 202, 450; Ses. CLXIV, Ad 202, 580.
7. Ibidem, Ses. CLXXV, Ad 204, 610.
8. Ibidem, Ses. CLXVI, Ad 203-204, 587.
9. Ibidem, Ad 204, 587.
10. Ibidem.
11. Concilio Vaticano II, Apostolicam actuositatem, 11.
12. Proceso de Tortosa, Ses. CLXVI, Ad 206, 587.
13. Ibidem.
14. Ibidem, Ses. CLIX, Ad 206, 557.
15. Ibidem, Ses. CLXVI, Ad 206, 588.
16. Ibidem.
17. Ibidem.
18. Ibidem, Ses. CLXXVI, Ad 206, 612.
19. Ibidem, Ses. CLXVI, Ad 206, 588.
20. Ibidem.
21. Ibidem, Ses. CLXXIV, Ad 206, 608.
22. Ibidem, Ses. CLXVI. Ad 206, 588.
23. Ibidem, Ses. XLIII, Ad 206, 216.
24. I
25. Ibidem, Ses. CLIX, Ad 206, 557.
26. Ibidem, Ses. CLXVI, Ad 206, 588.
27. Ibidem, Ses. CLXXIV, Ad 206, 608.
28. Ibidem, Ses. CLXXV, Ad 206, 610.
29. Ibidem, Ses. CLXXVI, Ad 206, 612.
30. Ibidem, Ses. CLIII, Ad 206, 524.
31. Ibidem, Ses. CLXVI, Ad 208, 588.
32. RAH, Sec. 3, carp. 55a, leg. 8, doc. 23.
33. Ibidem: Benjamín Miñana, Crónica, II, 5-IX-1915.
34. Ibidem, Sec. 3, carp. 55a, leg. 8, doc. 24.
35. Ibidem, carp. 170, leg. 1, doc. 1.
36. Ibidem, doc. 3.
36bis. Proceso de Tortosa, Ses. CLXVI, Ad 207, 588.
37. Ibidem, Ses. CLXXVI, Ad 207, 612.
38. RAH, Sec. 3, carp. 170, leg. 5, doc. 23. En la Crónica del Colegio de San José de Burgos se lee el día 24 de diciembre de 1916: «Por la noche, a las doce, cantó su primera misa don Antonio Perulles, predicando don Pedro Riaño, profesor.»
39. Proceso de Tortosa, Ses. CLXIV, Ad 209, 580.
40. RAH, Sec. 3, carp. 170, leg. 1, doc. 4.
41. lbidem, carp. 130, leg. 2, doc. 8.
42. Proceso de Torlosa, Ses. CLXIV, Ad 210, 580.
43. RAH, Sec. 3, carp. 170, leg. 1, doc. 5.
44. Ibidem, doc. 13.
45. Ibidem, doc. 15.
46. Ibidem.
47. Ibidem, leg. 6, doc. 19.
48. Ibidem: Benjamín Miñana, Crónica, II, 13-111-1919.
49. Ibidem, Sec. 3, carp. 170, leg. 1, doc.10.
50. I
51. Ibidem, carp. 55a, leg. 12, doc. 41.
52. Ibidem, carp. 170, leg. 1, doc. 14.
53. Ibidem: Benjamín Miñana, Crónica, II, 14-X-1919.
54. Ibidem, Sec. 3, carp. 130, leg. 2, doc. 3.
55. Ibidem: Benjamín Miñana, Crónica, II, l-V-1920.
56. Ibidem, Sea 3, carp. 130, leg. 2, doc. 10.
57. Ibidem, carp. 170, leg. 2, doc. 1.
58. Ibidem, carp. 130, leg. 2, doc. 10.
59. Ibidem: Benjamín Miñana, Crónica, II, 16-11-1920.
60. Ibidem: Escritos, II, 14.°, 171; cfr. Sec. 3, carp. 130: 10-IÍI-1920.
61. Ibidem, Sec. 3, carp. 170, leg. 1, doc. 8.
62. Ibidem, carp. 130, leg. 2, doc. 9.
63. Ibidem, doc. 9.
64. Ibidem, carp. 170, leg. 1, doc. 15.
65. Ibidem, carp. 55a, leg. 15, doc. 1.
66. Ibidem, carp. 170, leg. 3, doc. 1.
67. Ibidem, doc. 4.
68. Ibidem, leg. 1, doc. 18.
69. Ibidem, leg. 3, doc. 4.
70. Ibidem: Benjamín Miñana, Crónica, III, 16-VII-1922.
71. Ibidem, Sea 3, carp. 170, leg. 3, doc. 5.
72. Ibidem.
73. RAH: Benjamín Miñana, Crónica, III, 16-VII-1922.
74. Ibidem, Sea 3, carp. 170, leg. 3, doc. 6.
75. Ibidem, doc. 5.
76. Ibidem, doc. 7.
77. Ibidem, doc. 8.
78. Ibidem, doc. 9.
79. Ibidem, doc. 8.
80. Ibidem, doc. 13.
81. Ibidem, doc. 16.
82. Ibidem, doc. 15.
83. Ibidem, doc. 20.
84. Ibidem, carp. 112b, lcg. 4, doc. 8.
85. Ibidem, carp. 170, leg. 4, doc. 14.
86. Ibidem, doc. 17.
87. Ibidem, doc. 24.
88. Ibidem, doc. 25.
89. Ibidem, doc. 27.
90. Ibidem, carp. 130, leg. 2, doc. 15.
91. Ibidem, carp. 170, leg. 4, doc. 28.
92. Ibidem, carp. 130, leg. 3, doc. 3.
93. Ibidem, carp. 170, leg. 4, doc. 31.
94. Ibidem, carp. 79, leg. 12, doc. 13.
95. Ibidem, doc. 14.
96. Ibidem, carp. 170, leg. 4, doc. 32.
97. Ibidem, doc. 31.
98. Ibidem, doc. 34.
99. Ibidem.
100. Ibidem, leg. 5, doc. 4.
101. Ibidem, leg. 4, doc. 43.
102. Ibidem, leg. 5, doc. 4.
103. Ibidem: Benjamín Miñana, Crónica, III, 7-XII-1926.
104. Ibidem, 18-XII-1926.
105. Ibidem, Sec. 3, carp. 130, leg. 4, doc. 36.
106. Ibidem, carp. 170, leg. 4, doc. 44.
107. Ibidem, leg. 5, doc. 2.
108. Ibidem: Benjamín Miñana, Crónica, III, 10-11-1927.
109. Ibidem, Sec. 3, carp. 170, leg. 5, doc. 4.
110. Ibidem: Benjamín Miñana, Crónica, III, 16-11-1927.
111. Ibidem, Sec. 3, carp. 170, leg. 5, doc. 6.
112. RAH: Benjamín Miñana, Crónica, III, 3-V-1927.
113. Ibidem, Sec. 3, carp. 79a, leg. 13, doc. 12.
114. Ibidem, doc. 15.
115. Ibidem.
116. Ibidem, carp. 130, leg. 2, doc. 6.
117. Ibidem, carp. 22a, leg. 28, doc. 20.
118. Ibidem, doc. 22.
119. Ibidem, carp. 170, leg. 5, doc. 9.
120. Ibidem, carp. 22c, leg. 29, doc. 3.
121. Ibidem, Sec. 4, carp. «Burgos», leg. 7, doc. 4.
122. Ibidem, Sec. 3, carp. 170, leg. 5, doc. 10.
123. Ibidem, doc. 16.
124. Ibidem, carp. 40d, leg. 33, doc. 36.
125. Ibidem, carp. 170, leg. 6, doc. 1.
126. Ibidem, doc. 6.
127. Ibidem, doc. 9.
128. Ibidem, carp. 22c, leg. 29, doc. 4.
129. Ibidem, carp. 40e, leg. 40, doc. 67.
130. Ibidem, doc. 70.
131. Ibidem, carp. 170, leg. 6, doc. 20.
132. Ibidem.
133. Ibidem, doc. 21.
134. Ibidem, carp. 22c, leg. 29, doc. 7.
135. Ibidem, doc. 11.
136. Ibidem, carp. 170, leg. 7, doc. 5.
137. Ibidem, doc. 9.
138. Ibidem, doc. 10.
139. Ibidem, doc. 11.
140. Ibidem, doc. 12.
141. Ibidem, carp. 22c, leg. 29, doc. 25.
142. Ibidem, carp. 170, leg. 7, doc. 23.
143. Ibidem, doc. 24.
144. Ibidem, leg. 8, doc. 1.
145. Ibidem, doc. 4
146. Ibidem, doc. 8.
147. Ibidem, doc. 9.
148. Ibidem, doc. 11
149. Ibidem, doc. 7.
150. Ibidem, carp. 40e, leg. 58, doc. 7.
151. Ibidem, Sea 3, carp. 170, leg. 8, doc. 12.
152. Ibidem, doc. 11.
153. Ibidem, doc. 13.
154. Ibidem.
155. Ibidem, doc. 14.
156. Ibidem, doc. 16.
157. Proceso de Tortosa, Ses. CLXIV, Ad 209, 580.
158. RAH, Sec. 3, carp. 40e, leg. 61, doc. 23.
159. Ibidem, doc. 24.
160. Ibidem, doc. 35.
161. Ibidem, carp. 170, leg. 8, doc. 17.
162. Ibidem.
163. Ibidem, doc. 18.
164. Ibidem.
165. Ibidem, carp. 69, leg. 14, doc. 5.
166. Ibidem, carp. 170, leg. 9, doc. 2.
167. Ibidem, carp. 90g, leg. 76, doc. 6.
168. Ibidem, doc. 9.
169. Ibidem, carp. 170, leg. 9, doc. 7.
170. Ibidem, doc. 6.
171. Ibidem, carp. 199, leg. 1, doc. 3.
172. Ibidem, carp. 170, leg. 9, doc. 7.
173. Ibidem, doc. 8.
174. Ibidem, doc. 10.
175. Ibidem, doc. 17.
176. Ibidem, doc. 18.
177. Proceso de Torlosa, Ses. CXXVIII, Ad 209, 450.
178. RAH, Sec. 3, carp. 170, leg. 9, doc. 11.
179. Proceso de Tortosa, Ses. XCIX, Ad 210, 366.
180. Ibidem, Ses. CXXX, Ad 209, 456.
181. RAH, Sec. 3, carp. 170, leg. 9, doc. 10.
182. Ibidem, doc. 12.
183. Ibidem, leg. 8, doc. 18.
184. Ibidem, leg. 9, doc. 15.
185. Ibidem, doc. 16.
186. Proceso de Tortosa, Ses. CLIX, Ad 209, 557; cfr. Ses. XL, Ad 208. 207; Ses. XLIII, Ad 210, 217; Ses. CLXXVII, Ad 210, 217.
187. Ibidem, Ses. XLIII, Ad 210, 217.
188. RAH, Sec. 3, carp. 170, leg. 10, doc. 22.
189. Ibidem, leg. 9, doc. 21.
190. Proceso de Tortosa, Ses. XLIII, Ad 209, 217.
191. RAH, Sec. 3, carp. 170, leg. 10, doc. 15.
192. Proceso de Torlosa, Ses. CXXVIII, Ad 209, 450.
193. Ibidem, Ses CXXX, Ad 210, 456.
194. Ibidem, Ses. CLXXVII, Ad 210, 614-615.
195. RAH, Sec. 3, carp. 170, leg. 10, doc. 5.
196. Ibidem, doc. 6.
197. 1 Re 10,6-7.
198. Sec.3,carp. 170, leg. 1O, doc. 7.
199. Ibidem.
200. Ibidem.
201. Ibidem, doc. 11.
202. Ibidem, doc. 7.
203. Ibidem, doc. 12.
204. Ibidem.
205. Ibidem.
206. Ibidem, doc. 17.
207. Ibidem, doc. 21.
208. Ibidem, doc. 22.
1. Proceso de Tortosa, Ses. XL, Ad 210, 205-206.
2. Ibidem, Ses. XLIII, Ad 210, 217.
3. Ibidem, Ses. CLXIV, Ad 210, 580.
4. Santa Teresa de Jesús, Camino de perfección, 4, 2.
5. Proceso de Torlosa, Ses. CLXXIV, Ad 211, 608.
6. Ibidem, Ses. CLXVI, Ad 210, 588.
7. Ibidem, Ad 211, 588.
8. Ibidem.
9. San Juan de la Cruz, Cántico espiritual, 17, 7.
10. Proceso de Tortosa, Ses. CLXXVII, Ad 210, 614.
11. Ibidem, 615.
12. Ex 34,29.
13. Proceso de Tortosa, Ses. CLXXVII, Ad 210, 615.
14. Ibidem, Ses. CLXVI, Ad 210, 588.
15. Ibidem, Ses. CLXXIV, Ad 210, 608.
16. RAH, Sec. 3, carp. 170, leg. 1, doc. 11.
17. Ibidem, doc. 13.
18. Ibidem, doc. 16.
19. Ibidem, doc. 5.
20. Ibidem, leg. 3, doc. 1.
21. Ibidem, doc. 8.
22. Ibidem, doc. 9.
23. Ibidem, doc. 18.
24. Ibidem, carp. 22c, leg. 25, doc. 36.
25. Ibidem, carp. 170, leg. 11, doc. 1.
26. Proceso de Torlosa, Ses. XCIX, Ad 210, 366.
27. Ibidem, Ses. CXXVIII, Ad 210, 451.
28. Ibidem, Ses. CXXX, Ad 210, 456.
29. Insegnamenti di Paolo VI, III, 1965, 1094.
30. Ibidem, IV, 1966, 817.
31. Proceso de Tortosa, Ses. CLXIV, Ad 210, 580.
32. RAH, Sec. 3, carp. 170, leg. 11, doc. 1.
33. Ibidem, doc. 2.
34. Ibidem, leg. 3, doc. 11.
35. Ibidem, carp. 130, leg. 2, doc. 33.
36. Ibidem, carp. 170, leg. 3, doc. 14.
37. Ibidem, leg. 1, docs. 5, 8.
38. Ibidem, doc. 7.
39. Ibidem, doc. 8.
40. RAH, Sec. 3, carp. 130, leg. 2, doc. 6.
41. Ibidem, carp. 170, leg. 1, doc. 8.
42. Ibidem, doc. 14.
43. Ibidem, leg. 2, doc. 9.
44. Ibidem, doc. 16.
45. Ibidem, leg. 3, doc. 15
46. Ibidem, doc. 2.
47. Ibidem, doc. 4.
48. Ibidem, doc. 8.
49. Proceso de Tortosa, Ses. XL, Ad 210, 206.
50. San Agustín, De Sacra Virginitate, 53, 54.
51. Proceso de Tortosa, Ses. CXXVIII, Ad 210, 450-451.
52. Ibidem, Ses. CLXXIV, Ad 210, 608.
53. Ibidem, Ses. CLIII, Ad 210, 524.
54. RAH, Sec. 3, carp. 170, leg. 1, doc. 15.
55. Ibidem, doc. 16
56. Ibidem, doc. 11.
57. Ibidem, doc. 16.
58. Ibidem, doc. 7.
59. Ibidem, doc. 14.
60. Ibidem, doc. 11.
61. Ibidem, leg. 3, doc. 17.
62. San Agustín, De Sacra Virginitate, 50, 51.
63. RAH, Sec. 3, carp. 170, leg. 8, doc. 14.
64. Ibidem, doc. 9.
65. Proceso de Tortosa, Ses. CLXXVI, Ad 210, 612.
66. RAH, Sec. 3, carp. 170, leg. 2, doc. 16.
67. Proceso de Tortosa, Ses. CLXIV, Ad 210, 580.
68. Ibidem, Ses. CLXXVI, Ad 210, 612.,, ¡
69. Escritos del Beato Manuel Domingo y Sol, I, 5.°, 26.
70. Ibidem, II, 16°, 53.
71. RAH, Sec. 3, carp. 170, leg. 7, doc. 3.
72. Ibidem, leg. 6, doc. 14.
73. Ibidem, doc. 15.
74. Ibidem, leg. 8, doc. 7.
75. Ibidem, leg. 9, doc. 1.
76. Ibidem.
77. Ibidem, leg. 7, doc. 1.
78. Ibidem, leg. 9, doc. 1.
79. RAH, Sec. 3, carp. 40e, leg. 65, doc. 43.
80. Escritos del Beato M. D. y Sol, I, 5.°, 50.
81. Ibidem, 6°, 78.
82. Ibidem, 86.
83. I
84. Ibidem, leg. 3, doc. 6.
85. Escritos del Beato M. D. y Sol, I, 5.°, 50.
86. RAH, Sec. 3, carp. 170, leg. 3, doc. 2.
87. Proceso de Tortosa, Ses. XL, Ad 210, 206.
88. Ibidem, Ses. CXXX, Ad 210, 456.
89. RAH, Sec. 3, carp. 130, leg. 2, doc. 6.
90. Ibidem: Benjamín Miñana, Crónica, II, 20-11-1920.
91. Proceso de Tortosa, Ses. CLXXVII, Ad 210, 614.
92. RAH, Sec. 3, carp. 170, leg. 2, doc. 1.
93. Ibidem, carp. 130, leg. 2, doc. 6.
94. Ibidem, carp. 170, leg. 2, doc. 3.
95. Proceso de Torlosa, Ses. XLIII, Ad 210, 217; Ses. XCIX, Ad 210, 366; Ses. CXXVIII, Ad 210, 451; Ses. CLXIV, Ad 210, 580.
96. RAH, Sec. 3, carp. 170, leg. 2, doc. 3.
97. Ibidem, doc. 4.
98. Ibidem, doc. 2.
99. 1 Pe 5,3.
100. Escritos del Beato AI D. y Sol, I, 5.°, 61.
101. Ibidem, 6.°, 60.
102. Proceso de Tortosa, Ses. CLXXVII, Ad 210, 614.
103. Ibidem.
104. Ibidem.
105. Concilio Vaticano II, Presbyterorum ordinis, 12.
106. RAH, Sec. 3, carp. 170, leg. 10, doc. 7.
107. Proceso de Torlosa, Ses. XLIII, Ad 210, 217.
108. Ibidem, Ses. CLXXVII, Ad 210, 615.
1. RAH, Seo 3, carp. 170, leg. 10, doc. 21.
2. Proceso de Tortosa, Ses. CLXXVII, Ad 211, 615-
3. Ibidem, Ses. CXXX, Ad 211, 457.
4. Ibidem, Ses. CLXXVII, Ad 216, 615.
5. Ibidem, Ses. CLXVI, Ad 211, 589.
6. Ibidem, Ad 216, 589.
7. Ibidem, Ses. CLIX, Ad 211, 558.
8. Ibidem, Ses. CLXVI, Ad 211, 588.
9. Ibidem, Ses. CLXXIV, Ad 211, 608
10. RAH, Escritos, I, 2°, 80.
11. San Agustín, Confesiones, XIII, 9, 10.
12. Proceso de Torlosa, Ses. CLXVI, Ad 211, 588.
13. Ibidem.
14. RAH, Seo 3, carp. 170, leg. 9, doc. 12.
15. Proceso de Tortosa, Ses. CLXXV, Ad 211, 610.
16. Ibidem, Ses. CLXVI, Ad 211, 588.
17. Ibidem, 588-589.
18. Ibidem.
19. Ibidem, Ses. CLXXIV, Ad 211, 608.
20. Ibidem, Ses. CLXVI, Ad 211, 589.
21. Ibidem, Ses. CLXXV, Ad 211, 610.
22. Ibidem.
23. Jn 15,18-20.
24. Proceso de Torlosa, Ses. CLXXV, Ad 211, 610.
25. Ibidem, Ses. CLXXIV, Ad 211, 608.
26. Ibidem, Ses. CLXVI, Ad 211, 589.
27. Ibidem, Ses. CLIX, Ad 211, 558.
28. Ibidem, Ses. CLXVI, Ad 216, 590
29. 2 Tm 4,6-8.
30. Proceso de Toríosa, Ses. CLXVI, Ad 211, 589.
31. Ibidem.
32. Ibidem, Ses. CLXXVI, Ad 211, 612.
33. Ibidem, Ses. CLXVI, Ad 211, 589.
34. 1 Pe 2,20-21.
35. Ap 2,17.
36. Is 62,2.
37. Proceso de Torlosa, Ses. CLXVI, Ad 211, 589.
38. Ibidem, Ses. CLXXIV, Ad 211, 608.
39. Ibidem, Ses. CLXVI, Ad 211, 589.
40. Ibidem, Ad 212, 589.
41. Ibidem, Ses. CLXXVI, Ad 212, 612.
42. Ibidem.
43. Ibidem, Ses. CLXVI, Ad 212, 589.
44. Ibidem, Ad 214, 589.
45. Ibidem, Ses. CLXXIV, Ad 212-216, 608-609.
46. Ibidem, Ses. XL, Ad 213, 206.
47. Ibidem, Ses. XLIII, Ad 213-215, 217.
48. Ibidem, Ses. CXXVIII, Ad 216, 451.
49. Ibidem, Ses. CLIX, Ad 215, 558.
1. Proceso de Tortosa, Ses. XIV, Ad 52, 102.
2. Ibidem, Ses. VIII, Ad 52, 76.
3. Ibidem, Ses. XXV, Ad 52, 142; Ses. XVII, Ad 52, 112.
4. Concilio Vaticano II, Aposloiicam actuositatem, 11.
5. Proceso de Tortosa, Ses. XVIII, Ad 52, 115.
6. Ibidem, Ad 2, 115.
7. Ibidem, Ses. XVII, Ad 52, 112.
8. Ibidem, Aá 54, 112.
9. Ibidem, Ses. XVI, Ad 55, 108.
10. Ibidem, Ses. XXV, Ad 55, 142.
11. Ibidem, Ses. XIV, Ad 54, 102.
12. Ibidem, Ses. XVII, Ad 54, 112.
13. RAH, Escritos, II, 11°, 10, 14-1-1898.
14. Proceso de Tortosa, Ses. XIV, Ad 56, 102.
15. Ibidem, Ses. XVI, Ad 56, 108.
16. Ibidem, Ses. VIII, Ad 56, 77.
17. Ibidem, Ses. XIV, Ad 56, 102.
18. Ibidem, Ses. CLIII, Ad 56, 523.
19. Ibidem, Ses. XVII, Ad 56, 112.
20. Ibidem, Ses. CLVII, Ad 56, 541
21. Me 10,21.
22. RAH, Sec. 3, carp. 14c, leg. 30, doc. 18.
23. RAH, Escritos, I, 5.°, 55 A.
24. RAH, Escritos, II, 11°, 72.
25. Proceso de Tortosa, Ses. XVII, Ad 4, 111.
26. RAH, Sec. 3, carp. 14c, leg. 30, doc. 29.
27. Ibidem, leg. 29, doc. 26.
28. RAH: Benjamín Miñana, Crónica, II, 31-VIII-1916.
29. Proceso de Tortosa, Ses. XVII, Ad 58, 112.
30. RAH: Benjamín Miñana, Crónica, II, 8-IX-1916.
31. Ibidem, 13-IX-1916.
32. Ibidem, 22-IX-1916.
33. Ibidem, 13-IX-1916
34. RAH, Sec. 3, carp. 22b, leg. 17, doc. 39.
35. Ibidem, carp. 14c, leg. 29, doc. 25.
36. Ibidem, carp. 22b, leg. 17, doc. 40.
37. Ibidem, leg. 18, doc. 11
38. Ibidem, carp. 14c, leg. 29, doc. 35.
39. RAH, Sec. 3, carp. 22b, leg. 17, doc. 48.
40. Ibidem, carp. 14c, leg. 29, doc. 42.
41. Ibidem: Benjamín Miñana, Crónica, II, 5-XII-1916.
42. Ibidem, carp. 14c, leg. 29, doc. 46
43. Ibidem, doc. 35.
44. Ibidem, doc. 42.
45. Ibidem, leg. 30, doc. 11.
46. Ibidem, doc. 15.
47. Proceso de Tortosa, Ses. XIV, Ad 57, 102; Ses. XVII, Ad 57, 112.
48. RAH, Sec. 3, carp. 14c, leg. 30, doc. 5.
49. Ibidem, doc. 22.
50. Ibidem, doc. 25.
51. Ibidem, doc. 33.
52. Ibidem, carp. 179, leg. 1, doc. 1.
53. Ibidem.
54. Ibidem, carp. 14c, leg. 30, doc. 44.
55. Ibidem, doc. 50.
56. Proceso de Tortosa, Ses. CLVII, Ad 57, 542.
57. RAH, Sec. 3, carp. 22b, leg. 18, doc. 61.
58. Ibidem, carp. 14c, leg. 30, doc. 57.
59. Ibidem, carp. 179, leg. 1, doc. 2.
60. Ibidem, carp. 14c, leg. 31, doc. 6.
61. Ibidem, doc. 3.
62. Ibidem, doc. 9.
63. Ibidem, carp. 22b, leg. 19, doc. 18.
64. Ibidem, carp. 14c, leg. 31, doc. 13.
65. Ibidem, doc. 17.
66. Ibidem, carp. 22b, leg. 19, doc. 29.
67. Ibidem, doc. 30.
68. Proceso de Tortosa, Ses. XIV, Ad 57, 102; Ses. XVII, Ad 57, 112.
69. RAH, Sec. 3, carp. 14c, leg. 31, doc. 26.
70. Ibidem, doc. 27.
71. Ibidem, carp. 22b, leg. 19, doc. 41.
72. Proceso de Tortosa, Ses. CLVII, Ad 59, 542.
73. Ibidem, Ses. CXXIX, Ad 59, 453.
74. RAH, Sec. 3, carp. 179, leg. 2, doc. 25.
75. Ibidem: Benjamín Miñana, Crónica, II, 28-XI-1918.
76. Ibidem, carp. 14c, leg. 31, doc. 44.
77. RAH, Sec. 3, carp. 14c, leg. 31, doc. 3j5i
78. Ibidem, carp. 179, leg. 1, doc. 3.
79. Ibidem.
80. Ibidem.
81. Ibidem, carp. 14c, leg. 33, doc. 2.
82. RAH: Benjamín Miñana, Crónica, II, 6-1-1920.
83. RAH, Sea 3, carp. 14c, leg. 33, doc. 5.
54. Ibidem, doc. 10.
55. Ibidem, doc. 16.
86. Ibidem, doc. 21.
87. Ibidem, doc. 30.
88. Ibidem, carp. 52, leg. 5, doc. 16.
89. Ibidem, carp. 14c, leg. 33, docs. 30, 32, 33.
90. Ibidem, doc. 34.
91. Pedro Ruiz de los Paños, Directorio de la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos, Tortosa, 1936, 85.
92. RAH, Sec. 3, carp. 179, leg. 1, doc. 3.
93. Ibidem, leg. 4, doc. 15.
94. Ibidem, carp. 14c, leg. 33, doc. 34.
95. RAH: Benjamín Miñana, Crónica, II, 17-X-1920.
96. RAH, Sec. 3, carp. 14c, leg. 33, doc. 43.
97. RAH: Benjamín Miñana, Crónica, II, 22-XI-1920.
98. Ibidem, 30-XI-1920.
99. RAH, Sec. 3, carp. 114b, leg. 2, doc. 52.
100. Ibidem, leg. 3, doc. 13.
101. Ibidem, carp. 14c, leg. 34, doc. 46.
102. Ibidem, carp. 114b, leg. 3, doc. 21.
103. Ibidem, carp. 14c, leg. 35, doc. 22.
104. Ibidem, carp. 114b, leg. 2, doc. 46.
105. RAH: Benjamín Miñana, Crónica, II, 17-IV-1921.
106. RAH, Sec. 3, carp. 114b, leg. 4, doc. 8.
107. RAH: Benjamín Miñana, Crónica, III, 5-V-1922.
108. Ibidem, 16-IX-1922.
109. RAH, Sec. 3, carp. 22c, leg. 24, doc. 34.
110. Ibidem, doc. 32.
111. Ibidem, doc. 15.
112. Ibidem, doc. 44.
113. Ibidem, doc. 51
114. Ibidem, carp. 114b, leg. 5, doc. 11.
115. RAH: Benjamín Miñana, Crónica, III, 4-IX-1923.
116. Ibidem, 8-XII-1923.
117. Ibidem, 19-111-1924.
118. RAH, Sec. 3, carp. 62, leg. 9, doc. 5.
119. RAH: Benjamín Miñana, Crónica, III, 22-IV-1924.
120. Ibidem.
121. Ibidem, 7-IV-1924.
122. Is 6,8.
123. RAH: Benjamín Miñana, Crónica, III, 8-IV-1924.
124. RAH, Sec. 3, carp. 22c, leg. 25, doc. 15.
125. Ibidem, doc. 16.
126. RAH: Benjamín Miñana, Crónica, III, 13-IV-1924.
127. RAH, Sec. 3, carp. 22c, leg. 25, doc. 16.
128. Ibidem, doc. 17.
129. RAH: Benjamín Miñana, Crónica, III, 18-IV-1924.
130. RAH, Sec. 3, carp. 62, leg. 9, doc. 10
131. RAH: Benjamín Miñana, Crónica, III, 2-V-1924.
132. Proceso de Torlosa, Ses. CXXIX, Ad 59, 453.
133. Ibidem, Ses. XVII, Ad 59, 113.
134. RAH, Sec. 3, carp. 62, leg. 9, doc. 13.
133. Ibidem.
136. Proceso de Tortosa, Ses. CXXIX, Ad 59, 453
137. RAH, Sec. 3, carp. 62, leg. 9, doc. 16.
138. Ibidem, doc. 17.
139. Ibidem, doc. 14.
140. Ibidem, doc. 19.
141. Proceso de Tortosa, Ses. XVIII, Ad 56, 115.
142. RAH, Sec. 3, carp. 62, leg. 9, doc. 25.
143. Ibidem, carp. 179, leg. 1, doc. 6.
144. Ibidem, carp. 62, leg. 10, doc. 2.
145. Ibidem, carp. 76.
146. Ibidem, leg. 10, doc. 4.
147. Ibidem, doc. 9.
148. Ibidem, doc. 10.
149. Ibidem, doc. 14.
150. Ibidem.
151. Ibidem, doc. 17.
152. Ibidem, doc. 18.
153. I
154. RAH, Sec. 3, carp. 62, leg. 10, doc. 22
155. Ibidem, doc. 26.
156. Ibidem, doc. 27.
157. Ibidem.
158. Ibidem, doc. 37.
159. Ibidem.
160. Ibidem, leg. 11, doc. 2.
161. Ibidem.
162. Ibidem.
163. Ibidem, doc. 3
164. Proceso de Tortosa, Ses. CXXIX, Ad 59, 453.
165. Ibidem, Ses. XXV, Ad 59, 143.
166. RAH: Benjamín Miñana, Crónica, III, 11-111-1926.
167. Ibidem, 17-11-1926.
168. Ibidem, 3-III-1926.
169. Ibidem, 21-111-1926.
170. Proceso de Toríosa, Ses. XXXV, Ad 59, 181.
171. RAH: Benjamín Miñana, Crónica, III, 27-VIII-1926, 14-IX-1926.
172. RAH, Sec. 3, carp. 78, leg. 15, doc. 26.
173. Ibidem, doc. 30.
174. Ibidem, doc. 33.
175. Ibidem, doc. 35.
176. RAH, Escritos, II, 13.°, 88.
177. RAH, Sec. 3, carp. 78, leg. 15, doc. 35.
178. RAH: Benjamín Miñana, Crónica, III, 17-X-1926
179. Ibidem, 24-X-1926.
180. RAH, Sec. 3, carp. 78b, leg. 15, doc. 36.
181. Ibidem, doc. 37.
182. Ibidem, leg. 16, doc. 6.
183. RAH: Benjamín Miñana, Crónica, III, 4, 20 y 22-IV-1927.
184. Proceso de Toríosa, Ses. XXV, Ad 60, 143.
185. RAH: Benjamín Miñana, Crónica, III, 7-VII-1927.
186. RAH, Sec. 3, carp. 179, leg. 3, doc. 18.
187. Ibidem, carp. 40c, leg. 26, doc. 36.
188. Ibidem, carp. 78b, leg. 16, doc. 30.
189. Ibidem, carp. 179, leg. 1, doc. 10.
190. Ibidem, carp. 40c, leg. 27, doc. 20.
191. Ibidem, carp. 179, leg. 1, doc. 10.
192. Ibidem, carp. 40c, leg. 28, doc. 55.
193. Proceso de Toriosa, Ses. XXXV, Ad 59, 181-182.
194. RAH, Sea 3, carp. 61b, leg. 15, doc. 4.
195. Ibidem, doc. 17.
196. Ibtdem, carp. 179, leg. 1, doc. 13.
197. Ibidem, carp. 40d, leg. 32, doc. 13.
198. Ibidem, carp. 179, leg. 1, doc. 20.
199. Ibidem, carp. 40d, leg. 32, doc. 20.
200. Ibidem, carp. 179, leg. 1, doc. 14.
201. «Crónica», en Correo Josefino 394 (1929) 373.
202. Correo Josefino 393 (1929) 346.
203. RAH, Sec. 3, carp. 40d, leg. 33, doc. 9.
204. I bidet», doc. 13.
205. Ibidem, carp. 61b, leg. 15, doc. 29.
206. Ibidem, carp. 179, leg. 1, docs. 15-16.
207. Ibidem, docs. 17-18.
208. Ibidem, doc. 19.
209. Ibidem, doc. 20.
210. Proceso de Tortosa, Ses. XIV, Ad 58, 102.
211. RAH, Sec. 3, carp. 179, leg. 2, doc. 4.
212. Proceso de Tortosa, Ses. XIV, Ad 58, 102.
213. RAH, Sec. 3, carp. 179, leg. 2, doc. 10.
214. Ibidem, carp. 40e, leg. 39, doc. 18.
215. Ibidem, leg. 40, doc. 17.
216. Ibidem carp. 179
217. Ibidem, leg. 1, doc. 11.
218. I
219. Ibidem, leg. 38, doc. 15.
220. Ibidem, carp. 179, leg. 2, doc. 16.
221. Ibidem, carp. 40e, leg. 40, doc. 44.
222. Ibidem, carp. 179, leg. 2, doc. 18.
223. Ibidem.
224. Ibidem, doc. 73.
225. Ibidem, carp. 170, leg. 6, doc. 22.
226. Ibidem, carp. 40e, leg. 41, doc. 27.
227. Ibidem.
228. Ibidem, leg. 41, doc. 74.
229. Ibidem, leg. 42, doc. 8.
230. Ibidem, leg. 43, doc. 2.
231. Ibidem, doc. 5.
232. RAH, Sec. 3, carp. 40e, leg. 43, doc. 17.
233. Ibidem, doc. 17.
234. Ibidem, doc. 18.
235. Ibidem, carp. 22c, leg. 29, doc. 12.
236. Ibidem, carp. 40e, leg. 43, doc. 20.
237. Ibidem, doc. 22.
238. Ibidem, doc. 43-
239. Ibidem, doc. 45.
240. Ibidem, leg. 44, doc. 4.
241. Ibidem, doc. 5.
242. Ibidem, doc. 9.
243. Ibidem, doc. 11.
244. Ibidem, carp. 94, leg. 9, doc. 10.
245. Ibidem, carp. 179, leg. 2, doc. 19
246. Ibidem.
247. Ibidem.
248. Ibidem, doc. 20.
249. Ibidem, carp. 40e, leg. 44, doc. 31.
250. Ibidem, carp. 94, leg. 9, doc. 12.
251. Ibidem, doc. 13
252. Ibidem, carp. 179, leg. 2, doc. 22.
253. Hch 20,23.
254. RAH, Sec. 3, carp. 40e, leg. 45, doc. 35.
255. Ibidem, doc. 53.
256. Ibidem, carp. 179, leg. 2, doc. 23.
257. Ibidem.
258. Ibidem, carp. 94, leg. 9, doc. 17.
259. Ibidem, carp. 179, leg. 2, doc. 24
260. Ibidem, carp. 40e, leg. 46, doc. 32
261. Ibidem, doc. 34.
262. Ibidem, leg. 47, doc. 9.
263. Ibidem, carp. 179, leg. 2, doc. 26.
264. Ibidem, carp. 40e, leg. 50, doc. 48.
265. Ibidem, doc. 11.
266. Ibidem, carp. 179, leg. 2, doc. 25.
267. Ibidem, doc. 26.
268. Proceso de Tortosa, Ses. XVII, Ad 59, 112.
269. Ibidem, Ses. XXV, Ad 59, 143.
270. RAH, Sec. 3, carp. 22c, leg. 29, doc. 28.
271. RAH, Sec. 3, carp. 179, leg. 3, doc. 1.
272. Ibidem, carp. 40e, leg. 60, doc. 17..
273. Ibidem, carp. 22c, leg. 29, doc. 43
274. Ibidem, carp. 40e, leg. 61, doc. 5
275. Ibidem, doc. 22.
276. Ibidem, doc. 35.
277. Ibidem, carp. 179, leg. 3, doc. 9.
278. Ibidem, carp. 170, leg. 8, doc. 11
279. Ibidem, carp. 179, leg. 3, doc. 3.
280. Ibidem, carp. 22c, leg. 29, doc. 46
281. Ibidem, carp. 179, leg. 3, doc. 9.
282. Ibidem, doc. 11.
283. Ibidem, doc. 12.
284. Ibidem, doc. 13.
285. Ibidem, doc. 14.
286. Ibidem, doc. 17.
287. Ibidem, doc. 18.
288. Ibidem, doc. 19.
289. Ibidem, carp. 40e, leg. 65, doc. 70.
290. Ibidem, carp. 179, leg. 3, doc. 20.
291. Ibidem, leg. 4, doc. 2.
292. Ibidem.
293. Ibidem.
294. Ibidem.
295. Ibidem.
296. Ibidem, carp. 22c, leg. 29, doc. 41.
297. Ibidem, carp. 179, leg. 4, doc. 3.
298. Ibidem, leg. 7, doc. 1.
299. Ibidem, leg. 4, doc. 17.
300. Ibidem, doc. 18.
301. Ibidem.
302. Ibidem,
303. Ibidem, doc. 20.
304. Ibidem.
305. Ibidem, doc. 23.
306. Ibidem, doc. 24.
307. Ibidem, doc. 26.
308. Proceso de Toriosa, Ses. CXXI, Ad 60, 431.
303. Ibidem, Ses. CXXII, Ad 60, 433-434.
310. RAH, Sec. 3, carp. 179, leg. 7, doc. 2.
311. Ibidem, doc. 3.
312. Proceso de Tortosa, Ses. XVII, Ad 59, 112.
313. RAH, Sec. 3, carp. 179, leg. 4, doc. 28.
314. Ibidem.
315. Ibidem.
316. Ibidem, doc. 29.
317. Ibidem, doc. 33.
318. Ibidem, doc. 30
319. Proceso de Tortosa, Ses. CXXII, Ad 59, 433.
320. RAH, Sec. 3, carp. 179, leg. 5, doc. 1.
321. Ibidem, carp. 80, leg. 15, doc. 6.
322. Ibidem, carp. 179, leg. 5, doc. 2.
323. Ibidem, doc. 3.
324. Ibidem.
325. Ibidem, docs. 4, 7.
326. Ibidem, doc. 6.
327. Ibidem, doc. 7.
328. Ibidem, doc. 2.
329. Ibidem.
330. Ibidem, carp. 80, leg. 15, doc. 3.
331. Ibidem, carp. 179, leg. 5, doc. 10.
332. Ibidem, leg. 6, doc. 10.
333. Ibidem, doc. 1.
334. Ibidem, doc. 2.
335. Ibidem, doc. 1.
336. Ibidem, doc. 4.
337. Ibidem, doc. 7.
338. Ibidem, doc. 6.
339. Ibidem, doc. 7.
340. Ibidem, doc. 8.
341. Ibidem, doc. 7.
342. Ibidem, leg. 5, doc. 10.
343. Ibidem, leg. 6, doc. 11.
1. Proceso de Toriosa, Ses. CLIII, Ad 56, 523.
2. Ibidem, Ses. CLIV, Ad 60, 526.
3. Ibidem, Ses. XXXV, Ad 60, 182.
4. Ibidem, Ses. XXV, Ad 60, 143-144.
5. Ibidem, Ses. CXXXIX, Ad 60, 482.
6. Ibidem, Ses. XXXV, Ad 60, 182.
7. Ibidem, Ses. CLIV Ad 60 526.
8. Ibidem, Ses. VIII, Ad 60, 77.
9. Ibidem, Ses. CLVII, Ad 60, 542.
10. Sal 33,9; 1 Pe 2,3.
11. Hch 4,20.
12. Proceso de Torlosa, Ses. XVII, Ad 60, 113.
13. RAH, Sec. 3, carp. 179, leg. 3, doc. 12.
14. Ibidem, doc. 25.
15. Ibidem, doc. 28.
16. Proceso de Torlosa, Ses. CXXII, Ad 60, 434.
17. RAH, Sec. 3, carp. 179, leg. 1, doc. 20.
18. RAH, Escritos, I, 5º, 29
19. Proceso de Tortosa, Ses. XVII, Ad 60, 113
20. 1 Jn 3, 8
21. Proceso de Tortosa, Ses. XVII, Ad 60, 113
22. Proceso de Tortosa, Ses. XXXV, Ad 59. 182
23. 2 Tim 2, 15
24. RAH, Escritos, I, 5º, 29
25. Proceso de Tortosa, Ses. VIII Ad 59, 77
26. Proceso de Tortosa, Ses. XVII, Ad 60, 113
27. Proceso de Tortosa, Ses. XVII, Ad 60, 113
28. Proceso de Tortosa, Ses. XVII, Ad 60, 113
29. Proceso de Tortosa, Ses. XVII, Ad 60, 113
30. RAH, Sec. 3, carp. 179, leg. 4, doc. 2
31. RAH, Escritos, I, 7º, 18
32. Ibidem, 13º, 10
33. CONCILIO VATICANO II, Optatam totius
34. RAH, Sea 3, carp. 179, leg. 2, doc. 17.
35. Proceso de Toriosa, Ses. XVIII, Ad 52, 112.
36. Ibidem,Ad59, 116.
37. Ibidem, Ses. XXV, Ad 59, 143.
38. Proceso de Tortosa, Ses. XIV, Ad 58, 102.
39. RAH, Sec. 3, carp. 80, leg. 15, doc. 3.
40. Ibidem, doc. 6.
41. Ibidem, carp. 179, leg. 5, doc. 10.
42. Ibidem, leg. 6, doc. 8.
43. En Vocaciones Eclesiásticas (Ciudad Real) 1 (1936) 4.
44. RAH, Sec. 3, carp. 179, leg. 1, doc. 10.
45. Ibidem.
46. Ibidem, áoc. 13.
47. Ibidem, áoc. 14.
48. Ibidem, carp. 40e, leg. 40, doc. 16.
49. Ibidem, carp. 179, leg. 2, doc. 17.
50. Ibidem, doc. 18.
51. Ibidem, leg. 3, doc. 3.
52. Ibidem, carp. 22c, leg. 25, doc. 15.
53. Proceso de Tortosa, Ses. CLVII, Ad 60, 542.
54. Ibidem, Ses. XVI, Ad 60, 108
53. Ibidem, Ses. XVIII, Ad 60, 116.
56. Ibidem, Ses. XXXV, Ad 60, 182.
57. Ibidem, Ses. XXXV, Ad 59, 181; Ses. CXXII Ad 60, 434.
58. Ibidem, Ses. CXXIX, Ad 60, 453.
59. Ibidem, Ses. CLIII, Ad 56, 524.
60. Ibidem, Ses. CLVII, Ad 56, 541.
61. 2 Cor 12,5.
62. RAH, Sec. 3, carp. 179, leg. 2, doc. 20.
63. Ibidem, doc. 25.
64. Ibidem, leg. 1, doc. 13.
65. Ibidem, doc. 14.
66. Ibidem, leg. 3, doc. 9
67. Ibidem, leg. 4, doc. 22.
68. Proceso de Tortosa, Ses. XXV, Ad 56, 142; Ses. VIII, Ad 56, 77.
69. Ibidem, Ses. CLVII, Ad 60, 542.
70. Ibidem, Ses. XIV, Ad 60, 102.
71. Ibidem, Ses. XXV, Ad 60, 143; Ses. XVII, Ad 60, 113
72. RAH, Sec. 3, carp. 66, leg. 1, doc. 18.
73. Ibidem, carp. 179, leg. 1, doc. 3.
74. Ibidem.
75. Ibidem.
76. Ibidem.
77. RAH, Sec. 3, carp. 14c, leg. 33, doc. 2.
78. Ibidem, doc. 16.
79. Ibidem,
80. Proceso de Tortosa, Ses. XVI, Ad 66, 109.
81. Ibidem.
82. Ibidem.
1. Proceso de Tortosa, Ses. CLIV, Ad 60, 526.
2. Ibidem, Ses. CXXIX, Ad 60, 453.
3. Ibidem, Ses. CLIII, Ad 63, 524.
4. Ibidem, Ses. CLVII, Ad 61, 542.
<
A name= 25c5 id="25c5">5. Ibidem, Ses. VIII, Ad 62, 77; Ses. XIV, Ad 62, 103; Ses. XVI, Ad 62, 109.
<
A name= 25c6 id="25c6">6. Ibidem, Ses. XVI, Ad 61, 108.
7. Concilio Vaticano II, Lumen gentium, 42.
8. Proceso de Tortosa, Ses. XXV, Ad 60, 143
9. RAH, Sec. 3, carp. 179, leg. 6, doc. 7.
10. Ibidem, doc. 9.
11. Ibidem, carp. 80, leg. 15, doc. 10.
12. Ibidem, carp. 179, leg. 6, doc. 7.
13. Proceso de Tortosa, Ses. XIV, Ad 59, 102
14. Ibidem, Ses. VIII, Ad 61, 77.
15. Ibidem, Ses. CXXXIX, Ad 60, 482.
16. RAH, Sec. 3, carp. 179, Ieg. 6, doc. 6.
17. Proceso de Tortosa, Ses. CXXI, Ad 61, 431
18. Ibidem.
19. Ibidem.
20. Ibidem.
21. Antonio Torres Sánchez, Martirologio de la Hermandad..., 173.
22. Proceso de Tortosa, Ses. CXXI, Ad 61, 431.
23. Ibidem, Ses. XVII, Ad 61, 113.
24. Ibidem, Ses. XIV, Ad 61, 102.
25. Ibidem, Ses. XVII, Ad 61, 113.
26. Antonio Torres Sánchez, op. cit., \11>.
27. Proceso de Tortosa, Ses. XVII, Ad 61, 113.
28. Ibidem, Ses. XXV, Ad 61, 144.
29. Ibidem, Ses. VIII, Ad 61, 77.
30. Ibidem, Ses. XIV, Ad 61, 102.
31. Ibidem, Ses. XLIII, Ad 63, 216
32. Ibidem, Ses. XVII, Ad 61, 113.
33. Ibidem, Ses. XXV, Ad 61, 144.
34. Ibidem, Ses. XIV, Ad 61, 102.
35. RAH, Sec. 3, carp. 179, leg. 2, doc. 25.
36. Proceso de Tortosa, Ses. CXXII, Ad 61, 434.
37. Ibidem, Ses. CLVII, Ad 61, 542.
33. Proceso de Tortosa, Ses. XIV, Ad 62, 102.
39. Jn 16,2.
40. Proceso de Tortosa, Ses. VIII, Ad 62, 77.
41. Ibidem, Ses. XVI, Ad 62, 108-109.
42. Ibidem, Ses. CLVII, Ad 62, 542-543.
43. Ibidem, Ses. XVII, Ad 62, 113.
44. Ibidem, Ses. VIII, Ad 63, 77.
45. Ibidem, Ses. XIV, Ad 63, 103.
46. Ibidem, Ses. XVII, Ad 63, 113
47. Ibidem, Ses. XVIII, Ad 63, 116.
48. Ibidem, Ses. XVI, Ad 63, 109.
49. Ibidem, Ses. XXV, Ad 65, 145.
50. Ibidem, Ses. CLVII, Ad 65, 543.
1. Proceso de Tortosa, Ses. LVI, Ad 37, 254.
2. Ibidem, Ses. LXI, Ad 43, 269.
3. Ibidem, Ses. LVI, Ad 37, 254.
4. Isidor Bover, «Lo que yo sé de mosén Sol», en Correo Jose/ino 305 (1922) 213.
5. RAH, Escritos, II, 8.°, 136.
6. Proceso de Torlosa, Ses. XXXV, Ad 43, 180.
7. Ibidem, Ses. XLI, Ad 43, 210.
8. RAH, Escritos, II, 10.°, 196.
9. Isidoro Bover, «Del corazón a la pluma», en Correo Josefino 258 (1918) 234.
10. Proceso de Tortosa, Ses. LVI, Ad 39, 254.
11. Ibidem, Ses. LXI, Ad 40, 269.
12. Ibidem, Ses. XXIII, Ad 37, 135.
13. RAH, Sec. 3, carp. 144b, leg. 1, doc. 3.
14. «Una gloria Josefina», en Correo Josefino 176 (1911) 323-324
15. RAH, Sec. 3, carp. 144b, leg. 5, doc. 2.
16. Proceso de Tortosa, Ses. LXI, Ad 39, 254
17. RAH, Sec. 3, carp. 144b, leg. 2, doc. 1.
<
A name= 26c18 id="26c18">18. Isidoro Bover, «Lo que yo sé de mosén Sol», en Correo José fino 305 (1922) 213-214.
<
A name= 26c19 id="26c19">19. RAH, Sec. 1, carp. 2, leg. 36, doc. 4.
20. Proceso de Tortosa, Ses. LVI, Ad 41, 254.
21. lbidem, Ses. CLVI, Ad 41, 539.
22. RAH, Escritos, II, 13.°, 285.
23. Proceso de Tortosa, Ses. XXIII, Ad 41, 135.
24. lbidem, Ses. LXI, Ad 41, 269.
25. lbidem, Ses. LXXX, Ad 41, 315.
26. lbidem, Ses. CLVI, Ad 41, 539.
27. Ibidem, Ses. LVI, Ad 43, 254.
28. Ibidem, Ses. CLVI, Ad 43, 539.
29. RAH, Sec. 3, carp. 144b, leg. 2, doc. 1.
30. Ibidem, leg. 1, doc. 2, 31-111-1911.
31. Ibidem, carp. 40b, leg. 6, doc. 34.
32. RAH: Benjamín Miñana, Crónica, I, 27-IX-1911.
33. RAH, Sec. 3, carp. 40b, leg. 6, doc. 35.
34. Ibidem, leg. 7, doc. 14.
35. Ibidem, doc. 18.
36. Ibidem, leg. 8, doc. 3.
37. Ib ídem, leg. 6, doc. 37.
38. RAH, Escritos, II, 18.°, 27.
39. Ibidem, 63.
40. RAH, Sea 3, carp. 26, leg. 11, doc. 20.
41. Ibidem: B. Miñana, Crónica, 1, 24-VIII-1912.
42. Ibidem, 25-VIII-1912.
43. Proceso de Tortosa, Ses. XXXV, Ad. 41, 180.
44. RAH: B. Miñana, Crónica, I, 8-IX-1912.
45. Ibidem, 9-IX-1912.
46. Ibidem,
47. Ibidem, 16-IX-1912.
48. RAH, Sec. 3, carp. 105, leg. 2, doc. 11.
49. Ibidem, carp. 10, leg. 11, doc. 27.
50. Ibidem, carp. 29, leg. 3, doc. 20.
51. Ibidem, carp. 154, leg. 1, doc. 4.
52. Ibidem
53. Ibidem, carp. 105, leg. 2, doc. 7.
54. Ibidem, carp. 144, leg. 1, doc. 8.
55. Ibidem, doc. 6.
56. Ibidem, doc. 5.
57. Ibidem: B. Miñana, Crónica, I, l-VII-1913
58. Ibidem, carp. 144, leg. 1, doc. 7.
59. Ibidem.
60. Ibidem, doc. 8.
61. Ibidem, doc. 9.
62. Ibidem.
63. Ibidem.
64. Ibidem.
65. Ibidem, doc. 10.
<
A name= 26c66 id="26c66">66. Ibidem, doc. 11
67. Ibidem, doc. 10.
<
A name= 26c68 id="26c68">68. RAH: B. Miñana, Crónica, l, 14-1-1913.
69. RAH, Sec. 3, carp. 144b, leg. 1, docs. 10 y 11.
70. Ibidem, doc. 5.
71. Ibidem, doc. 12.
72. Ibidem, doc. 11.
72bis. Ibidem: B. Miñana, Crónica, I, 7-XII-1912.
73. Ibidem, 27-XII-1912.
74. Ibidem, 1-1-1913.
75. RAH, Sec. 3, carp. 244b, leg. 1, doc. 9, 9-1-1913.
76. RAH, Sec. 3, carp. 144c, leg. 1, doc. 10, 27-1-1913.
77. Ibidem, doc. 11.
78. Ibidem.
79. Ibidem.
80. Ibidem, doc. 12
81. Ibidem, doc. 14
82. I
83. Ibidem.
84. Ibidem, doc. 15
85. Ibidem.
86. Ibidem.
87. Ibidem, docs. 16 y 17.
88. Ibidem, doc. 17.
89. Ibidem, doc. 18.
90. Ibidem, doc. 19.
91. Ibidem.
92. Ibidem.
93. Ibidem.
94. Ibidem.
95. Ibidem.
96. Ibidem.
97. Ibidem.
98. Ibidem, doc. 18.
99. Ibidem.
100. Ibidem, doc. 14.
101. Ibidem, doc. 18
<
A name= 26c102 id="26c102">102. Ibiáetn.
<
A name= 26c103 id="26c103">103. Ibidem, doc. 19.
104. Ibidem, doc. 20.
105. Ibidem.
106. Ibidem, leg. 2, doc. 1
107. Ibidem, doc. 2.
108. Ibidem, carp. 77, leg. 3, doc. 10.
109. Ibidem, carp. 144c, leg. 2, doc. 2.
110. Ibidem, carp. 77, leg. 3, doc. 12.
111. Ibidem, carp. 130, leg. 1, doc. 18.
112. Ibidem, carp. 144b, leg. 2, doc.
113. Ibidem, doc. 3.
114. Ibidem.
115. Ibidem, carp. 130, leg. 1, doc. 20.
116. RAH, Sec. 3, carp. 130, leg. 1, doc. 23.
117. Ibidem, doc. 24.
118. Ibidem, carp. 144c, leg. 2, doc. 4.
119. RAH: B. Miñana, Crónica, I, 27-X-1914.
120. Ibidem, Crónica, II, 18-XI-1918.
121. Ibidem, 29-XII-1918.
122. RAH, Sec. 3, carp. 144c, leg. 2, doc. 5.
123. Ibidem, doc. 5.
124. Ibidem, carp. 115, leg. 2, doc. 42.
125. Ibidem, doc. 45.
126. RAH: B. Biñana, Crónica, II, 20-1-1919.
127. Ibidem, 19-11-1919.
128. Ibidem, 28-11-1919.
129. Ibidem, 12-IX-1919.
130. Ibidem, 14-IX-1919.
131. RAH, Sec. 3, carp. 144c, leg. 2, doc. 6.
132. Ibidetn, doc. 7.
133. Ibidetn, doc. 8.
134. RAH: B. Miñana, Crónica, II, 24-IX-1919.
135. RAH, Sec. 3, carp. 144c, leg. 2, doc. 10.
136. Proceso de Tortosa, Ses. LXI, Ad 44, 269.
137. Ibidem, Ses. CXLVIII, Ad 45, 510.
138. S. Congr. Causas Santos, Positio super scriptis, Roma, 1975, 25.
139. Ibidem, 44.
140. RAH: B. Miñana, Crónica, III, 27-XI-1925.
141. RAH, Sec. 3, carp. 144c, leg. 3, doc. 11.
142. Ibidem, doc. 12.
143. RAH: B. Miñana, Crónica, III, 24-1-1926.
144. RAH, Sec. 3, carp. 144c, leg. 3, doc. 5.
145. Ibidem, doc. 6.
146. Ibidem.
147. Ibidem.
148. Ibidem, doc. 7.
149. Ibidem, doc. 14.
150. Ibidem, doc. 15.
151. Ibidem, carp. 40c, leg. 28, doc. 3.
152. Ibidem, doc. 4.
153. Ibidem, doc. 16.
154. Ibidem, leg. 36, doc. 41.
155. Ibidem, doc. 42.
156. RAH, Sec. 3, carp. 40c, leg. 36, doc. 43.
157. Ibidem.
158. Ibidem, doc. 49.
159. Ibidem, doc. 50.
160. Ibidem, doc. 62.
161. Ibidem, doc. 64.
162. «Ultima hora», en Correo Josefino 397 (1930) 93.
163. RAH, Sec. 3, carp. 40c, leg. 37, doc. 8.
164. Ibidem, doc. 17.
165. Ibidem, doc. 33.
166. Ibidem, leg. 38, doc. 3.
167. Ibidem, doc. 31.
168. Ibidem, leg. 53, doc. 23.
169. Ibidem, carp. 144c, leg. 5, doc. 4.
170. Ibidem, doc. 14.
171. Ibidem, doc. 31.
172. Ibidem, doc. 49.
173. Ibidem, doc. 50.
174. Ibidem, doc. 51.
175. Ibidem, leg. 4, doc. 29.
1. RAH: Escritos, I, 5° 29.
2. Proceso de Tortosa, Ses. XIX, Ad 45, 118.
3. Ibidem, Ses. LVI, Ad 45, 255.
4. Ibidem, Ses. XLI, Ad 45, 210.
5. Ibidem, Ses. CLVII, Ad 45, 540
6. Ibidem, Ses. CV, Ad 41, 284.
7. Ibidem, Ses. XLI, Ad 45, 210.
8. Ibidem, Ses. XXIII, Ad 45, 135.
9. Ibidem, Ses. LXXX, Ad 45, 315.
10. Ibidem, Ses. XIX, Ad 45, 119; Ses. CV, Ad 45, 385.
11. Ibidem, Ses. LXI, Ad 45, 269.
12. Ibidem, Ses. LXXX, Ad 45, 315.
13. Ibidem, Ses. CIV, Ad 44, 380.
14. Ibidem, Ses. CV, Ad 45, 385.
15. Ibidem, Ses. CLVII, Ad 45, 540.
16. Ibidem, Ses. XXXV, Ad 45, 181.
17. Ibidem.
18. Ibidem, Ses. LVI, Ad 45, 255.
19. Ibidem, Ses. CV, Ad 45, 385.
20. Ibidem, Ses. CLVII Ad 45, 540.
21. Ibidem, Ses. XXXV Ad 45, 181.
22. Ibidem, Ses. CV, Ad 45, 385.
23. Ibidem.
24. RAH, Sec. 3, carp. 144c, leg. 2, doc. 1.
25. Proceso de Tortosa, Ses. XIX, Ad 45, 119; Ses. CLVII, Ad 45, 540.
26. Ibidem, Ses. XXIII, Ad 45, 135.
27. Ibidem, Ses. XXXV, Ad 45, 181.
28. Ibidem, Ses. LXI, Ad 45, 269.
29. RAH, Sec. 3, carp. 144c, leg. 1, doc. 7.
30. Ibidem, doc. 18.
31. Mt 12,34.
32. Proceso de Tortosa, Ses. LXXX, Ad 45, 315.
33. Ibidem, Ses, CV, Ad 45, 385.
34. Ibidem, Ses. XLI, Ad 45, 210.
35. RAH, Sea 3, carp. 144c, leg. 1, doc. 5.
36. Ibidem.
37. Ibidem.
38. Ibidem, doc. 7
39. Ibidem, leg. 3, doc. 9.
40. Ibidem, doc. 31.
41. Proceso de Tortosa, Ses. XXIII, Ad 45, 135.
42. RAH, sec. 3, carp. 144c, leg. 3, doc. 9.
43. Ibidem, leg. 4, doc. 8.
44. Ibidem, doc. 27.
45. Ibidem.
46. Proceso de Tortosa, Ses. CXLVIII, Ad 45, 510.
47. RAH, Sec. 3, carp. 144c, leg. 3, doc. 23.
48. Isidoro Bover, «Lo que yo sé de mosén Sol», en El Correo Josefino 395 (1922) 214.
49. RAH, Sec. 3, carp. 144c, leg. 1, doc. 5
50. Ibidem, leg. 2, doc. 1.
51. Ibidem.
52. Ibidem, leg. 3, doc. 19.
53. Proceso de Tortosa, Ses. XIX, Ad 45, 119.
54. Ibidem, Ses. XXIII, Ad 45, 135.
55. Ibidem, Ses. XXXV, Ad 45, 181.
56. Ibidem, Ses. LXI, Ad 45, 269.
57. Ibidem, Ses. CIV, Ad 45, 380.
58. Ibidem, Ses. CV, Ad 45, 385.
1. Proceso de Tortosa, Ses. LXI, Ad 46, 269.
2. RAH, Sec. 3, carp. 144c, 14-IX-1935 y 12-11-1936.
3. Proceso de Tortosa, Ses. LXI, Ad 46, 269.
4. Ibidem, Ses. LVI, Ad 46, 255.
5. Ibidem, Ses. LXI, Ad 46, 269-270.
6. RAH, Sec. 3, carp. 144c, leg. 5, doc. 49.
7. Ibidem.
8. Proceso de Tortosa, Ses. LXI, Ad 46, 270.
9. Ibidem.
10. RAH, Sec. 3, carp. 144c, leg. 5, doc. 43.
11. Proceso de Tortosa, Ses. XXVII, Ad 47, 159.
12. Ibidem, Ses. LXI, Ad 46, 270.
13. Ibidem.
14. Ibidem, Ses. LVI, Ad 46, 255.
15. Ibidem, Ses. LXI, Ad 46, 270.
16. Antonio Torres Sánchez, Martirologio de la Harmandad, 186.
17. Ibidem.
18. Ibidem.
19. Proceso de Tortosa, Ses. CLVII, Ad 46, 541.
20. Ibidem, Ses. LXI, Ad 46, 270.
21. Ibidem, Ses. XXVII, Ad 2, 150.
22. Ibidem, Ad 46, 150.
23. Ibidem.
24. Ibidem, Ad 47, 151.
25. Ibidem.
26. Ibidem, 152.
27. Ibidem, Ses. 23, Ad 46, 135-136.
28. Ibidem.
29. Ibidem, Ses. 61, Ad 46, 270.
30. RAH, Sec. 3, carp. 144c, leg. 5, doc. 52.
31. Ap 21,4.
1. Proceso de Tortosa, Ses. XX, Ad 187, 125.
2. RAH, Sec. 3, carp. 150b. leg. 10, doc. 1.
3. Proceso de Tortosa, Ses. XXXV, Ad 187, 189.
4. Ibidem, Ses. LVII, Ad 187, 258.
5. Ibidem, Ad 190, 258.
6. Antonio Torres Sánchez, Martirologio..., 80.
7. Proceso de Tortosa, Ses. LVII, Ad 190, 258.
8. Ibidem.
9. RAH, Sea 3, carp. 150b, leg. 10, doc. 1.
10. Proceso de Tortosa, Ses. LVII, Ad 191, 258.
11. Ibidem, Ses. XIX, Ad 191, 119.
12. Ibidem, Ses. XX, Ad 192, 125
13. Ibidem, Ses. XXXVI, Ad 191, 189.
14. Ibidem, Ses. CXL, Ad 191, 488.
15. Ibidem, Ses. LVII, Ad 191, 258.
16. Ibidem, Ses. CLIII, Ad 191, 524.
17. RAH: B. Miñana, Crónica, I, 9-VIII-1912
18. Ibidem, 15-VIII-1912.
19. Ibidem, 12-IX-1912.
20. Ibidem, l-X-1912.
21. Ibidem, 17-V-1913.
22. Ibidem, 6-VI-1914.
23. Ibidem, 7-VI-1914.
24. Ibidem, l-VII-1914.
25. Proceso de Tortosa, Ses. XIX, Ad 194, 120.
25. Ibidem, Ses. XXXVI, Ad 194, 189.
27. Ibidem.
28. Ibidem, Ses. CIV, Ad 194, 381.
29. Ibidem, Ses. XIX, Ad 194, 120.
30. Ibidem, Ses. XX, Ad 194, 125.
31. Ibidem, Ses. XXXVI, Ad 194, 190.
32. Ibidem, Ses. CIV, Ad 194, 381.
33. Ibidem, Ses. XX, Ad 195, 125.
34. Ibidem, Ses. XXXVI, Ad 195, 191.
35. Ibidem, Ses. XIX, Ad 194, 120; Ses. XX, Ad 194, 125.
36. Ibidem, Ses. XXXVI, Ad 194, 189-190.
37. Ibidem, Ses. CIV, Ad 194, 381.
38. Proceso de Tortosa, Ses. CV, Ad 194, 388.
39. Ibidem, Ses. CLIX, Ad 194, 555.
40. RAH. B. Miñana, Crónica, II, 13 y 15-111-1920.
41. Ibidem, Crónica, III, 12-VI-1922.
42. Ibidem, Crónica, II, 27-VIII-1918.
43. RHA. Sec. 3, carp. 150b, leg. 1, doc. 3.
44. Ibidem, doc. 12.
45. RAH: B. Miñana, Crónica, III, 23-VI-1926 y ll-VII-1926.
46. Ibidem, 15-VIII-1926.
47. Ibidem, 20-VIII-1926.
48. Ibidem, 26-VIII-1926
49. Ibidem, l-IX-1926.
50. Ibidem, 2-IX-1926.
51. Proceso de Tortosa, Ses. CIV, Ad 194, 381-382.
52. RAH: B. Miñana: Crónica, III, 3-IX-1926.
53. Ibidem, 4-IX-1926.
54. RAH, Sec. 3, carp. 150b, leg. 1, doc. 30.
55. Ibidem, doc. 33.
56. Ibidem, doc. 43.
57. RAH: B. Miñana, Crónica, III, 30-VIII-1926.
58. RAH, Sec. 3, carp. 150b, leg. 1, doc. 27.
59. Ibidem, doc. 28.
60. Ibidem, doc. 29.
61. Ibidem, doc. 34.
62. Ibidem, doc. 42.
63. Ibidem, doc. 44.
64. Ibidem, doc. 45.
65. Ibidem, doc. 46.
66. Ibidem, doc. 48.
67. Ibidem.
68. Ibidem, doc. 49.
69. Ibidem, doc. 60.
70. Ibidem.
71. Ibidem, carp. 40c, leg. 24, doc. 26.
72. Ibidem, carp. 150b, leg. 2, doc. 2.
73. Ibidem, doc. 8.
74. Proceso de Tortosa, Ses. XIX, Ad 194, 120.
75. RAH, Sec. 3, carp. 150b, leg. 3, doc. 7.
76. Ibidem, leg. 2, doc. 25.
77. Ibidem.
78. RAH, Sec. 3, carp. 150b, leg. 3, doc. 27.
79. Ibidem, doc. 29.
80. Ibidem, leg. 4, doc. 1.
81. lbidem, carp. 40d, leg. 36, doc. 15.
82. lbidem, carp. 150b, leg. 4, doc. 23.
83. lbidem.
84. lbidem, doc. 24.
85. lbidem, doc. 25.
86. Ibidem, leg. 5, doc. 2.
87. Ibidem, leg. 4, doc. 27.
88. Ibidem, leg. 5, doc. 5.
89. Ibidem, carp. 40d, leg. 45, doc. 8.
90. Ibidem, carp. 150b, leg. 5, doc. 7.
91. Ibidem.
92. Ibidem, doc. 6.
93. Ibidem, doc. 7.
94. Ibidem, doc. 8.
95. Ibidem.
96. Ibidem.
97. Ibidem.
98. Ibidem.
99. Ibidem.
100. Ibidem, carp. 40d, leg. 46, doc. 46.
101. Ibidem, carp. 150b, leg. 5, doc. 16.
102. Ibidem.
103. Ibidem, doc. 17, 15-X-1931.
104. Ibidem, doc. 19, 12-XI-1931.
105. Ibidem
106. Ibidem, doc. 16, 2-X-1931.
107. Ibidem, carp. 40d, leg. 51, doc. 13.
108. Ibidem, carp. 150b, leg. 5, doc. 20, 30-XI-1931.
109. Ibidem, leg. 6, doc. 14, 15-VII-1932
110. Ibidem, carp. 40d, leg. 59, doc. 6, 15-VII-1932.
111. Ibidem, doc. 12, 19-VII-1932.
112. Ibidem, leg. 60, doc. 1.
113. Ibidem. carp. 40e.
114. Proceso de Tortosa, Ses. CIX, Ad 195, 398.
115. RAH, Sec 3, carp. 150b, leg. 7, doc. 2
116. Proceso de Torlosa, Ses. CIX, Ad 194, 398.
117. Ibidem, Ses. CXI, Ad 194, 405.
118. RAH, Sea 3, carp. 150b, leg. 7, doc. 3.
119. Ibidem, carp. 40e, leg. 66, doc. 1.
120. Proceso de Tortosa, Ses. CXII, Ad 194, 407.
121. Ibidem, Ses CXIII, Ad 194, 410
122. Ibidem, Ses. CIX, Ad 194, 399.
123. Ibidem.
124. RAH, Sec. 3, carp. 150b, leg. 7, doc. 3.
125. Ibidem, doc. 14.
126. Proceso de Toríosa, Ses. CIX, Ad 194, 399.
127. Ibidem, Ses. CXII, Ad 194, 407.
128. RAH, Sec. 3, carp. 150b, leg. 7, doc. 3.
129. Ibidem, doc. 2.
130. Ibidem, doc. 3.
131. Proceso de Tortosa. Ses. CXII, Ad 194, 407.
132. Ibidem, Ses. CIX, Ad 194, 399.
133. RAH, Sec. 3, carp. 150b, leg. 7, doc. 5.
134. Ibidem, doc. 10.
135. Proceso de Tortosa, Ses. CXII, Ad 195, 407.
136. Ibidem, Ses. CXIII, Ad 195, 410
137. RAH, Sec. 3, carp. 150b, leg. 9, doc. 13.
138. Ibidem, doc. 15.
139. Ibidem, docs. 15 y 17.
140. Ibidem, leg. 10, doc. 6.
141. Ibidem, doc. 15.
142. Ibidem, doc. 2.
143. Ibidem, doc. 23.
144. Ibidem, doc. 26.
145. Proceso de Tortosa, Ses. XIX, Ad 194, 120.
146. RAH, Sea 3, carp. 216c, leg. 1, doc. 12.
147. Proceso de Tortosa, Ses. CXL, Ad 194, 488
148. RAH, Sec. 3, carp. 150b, leg. 10, doc. 9.
149. Ibidem, doc. 12.
150. Ibidem, doc. 14.
151. Ibidem, doc. 16.
152. Ibidem, doc. 18
153. Ibidem, doc. 21.
1. Proceso de Tortosa, Ses. CLIX, Ad 195, 556.
2. Ibidem, Ses. XIX, Ad 195, 121
3. Ibidem, Ses. XXXVI, Ad 195, 191.
4. Ibidem, Ses. CXIII, Ad 195, 410.
5. Ibidem, Ses. CIV, Ad 195, 382.
6. Ibidem, Ses. CXXXVII, Ad 195, 477.
7. Ibidem, Ses. CLV, Ad 195, 531.
8. Ibidem, Ses. XIX, Ad 195, 120.
9. RAH, Sec. 3, carp. 150b, leg. 1, doc. 32.
10. Ibidem, doc. 33.
11. Ibidem, doc. 34.
12. Proceso de Tnrtnxa Ses XXX VT A A 19-5 191
13. RAH, Sec. 3, carp. 150b, leg. 1, doc. 38.
14. Ibidem, doc. 43.
15. Proceso de Tortosa, Ses. LVII, Ad 195, 259.
16. Ibidem. Ses. XXXVT AA 195 191
17. Antonio Torres Sánchez, Martirologio..., 85.
18. Proceso de Tortosa, Ses. CLV, Ad 195, 531.
19. RAH, Sec. 3, carp. 150b, leg. 2, doc. 2; 25-11-1928.
20. Ibidem, leg. 4, doc. 15
21. Ibidem, carp. 40e, leg. 40, doc. 110.
22. Ibidem, carp. 150b, leg. 4, doc. 20; 26-X-1930.
23. Ibidem, carp. 150b, leg. 8, doc. 10.
24. I
25. Ibidem, doc. 11.
26. Ibidem, doc. 13.
27. Ibidem, leg. 1, doc. 31.
28. Ibidem, doc. 42.
29. Ibidem, leg. 3, doc. 27.
30. Ibidem, leg. 4, doc. 3.
31. Ibidem, leg. 3, doc. 10.
32. Proceso de Tortosa, Ses. CXII, Ad 195, 407
33. Ibidem, Ses. XIX, Ad 201, 121.
34. Ibidem, Ses. CIX, Ad 195, 399.
35. Ibidem, Ses. CLV, Ad 195, 531.
1. RAH, Sec. 3, carp. 150b, leg. 10, doc. 18.
2. Ibidem, doc. 21.
3. Sal 41,3
4. RAH, Seo 3, carp. 150b, leg. 11, doc. 1. Datos biográficos.
5. Proceso de Tortosa, Ses. CLXXVII, Ad 311, 616.
6. Ibidem, Ses. CU, Ad 196, 374.
7. Ibidem, Ses. CIII, Ad 196, 377-378.
8. Ibidem, Ses. CXXXV, Ad 196, 472
9. RAH, Sec. 3, carp. 150b, leg. 11, doc. 49.
10. Proceso de Tortosa, Ses. LVIII, Ad 196, 261.
11. Ibidem, Ses. CXXXV, Ad 196, 472
12. Ibidem, Ses. LVII, Ad 196, 259.
13. Ibidem, Ses. CIX, Ad 201, 400.
14. Ibidem, Ses. XX, Ad 194, 125.
15. Ibidem, Ses. CII, Ad 195, 374.
16. Ibidem, Ses. CXXXV, Ad 196, 472.
17. Mt 26,38-39.
18. Proceso de Torlosa, Ses. XX, Ad 196, 126.
19. Ibidem, Ses. CXXXV, Ad 196, 472.
20. Ibidem, Ses. LVIII, Ad 196, 261-262.
21. RAH, Sec. 3, carp. 150b, leg. 1, doc. 32.
22. Proceso de Tortosa, Ses. LVIII, Ad 196, 262.
23. Ibidem, Ses. LVII, Ad 196, 259.
24. Ibidem, Ses. CXXXV, Ad 196, 472.
25. Ibidem, Ses. LVII, Ad 196, 259.
26. Ibidem, Ses. CXXXV, Ad 196, 472.
27. RAH, Sec. 3, carp. 150b, leg. 11, doc. 3.
28. Proceso de Torlosa, Ses. XX, Ad 196, 126.
29. Ibidem, Ses. CXXXV, Ad 196, 472-473.
30. RAH, Sec. 3, carp. 150b, leg. 11, doc. 3.
31. Proceso de Tortosa, Ses. CXXXV, Ad 197, 473.
32. Ibidem, Ses. CLIX, Ad 197, 556-557.
33. Ibidem, Ses. XIX, Ad 199, 121.
34. Ibidem, Ses. XX, Ad 198-200, 126-127.
35. Ibidem, Ses. XXXVI, Ad 198-199, 191.
36. Ibidem, Ses. LVII, Ad 198-200, 260.
37. Ibidem, Ses. LVIII, Ad 199-200, 262-263.
38. Ibidem, Ses. CXII, Ad 308, 407.
39. Ibidem, Ses. CXIII, Ad 198-200, 410.
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