No es extraño que D. Manuel, que trató en el confesonario a tanta gente y dirigió espiritualmente a tantas almas, se topara de cuando en cuando con alguna atacada de escrúpulos: Como perito director de conciencias, se daba buena maña para irlas curando poco a poco de tan terrible enfermedad.
Una de éstas, religiosa de clausura, contaba en una visita los apuros de su espíritu hasta que D. Manuel halló para ella un remedio tan eficaz como pueril.
«Entré en religión hace mucho tiempo. Todo iba a pedir de boca hasta que el diablo hizo una de las suyas. ¡Me entraron unos atroces escrúpulos!... Que si tenía o dejaba de tener vocación...; que si allí no hacía falta... ; que si el confesor y la Madre no me atendían ni me entendían...; si me disipaba...; si el rezo...; si... Aquello era un verdadero purgatorio.
Varias veces escribí a D. Manuel. quien pacientemente contestaba mis cartas mandándome que obedeciera y que me alimentara. Pero... ¡que si quieres! Los escrúpulos iban en aumento, menudeaban mis cartas... y tardaban más las contestaciones. Llegó el día de Navidad y Mosén Sol, ,que nos quería entrañablemente, nos mandó un cajoncito con turrón, pastas, medallitas, estampas y una flautita y un tamborcito de los que venden en las ferias para delicia de los chiquitines y tormento de los mayores.
«Para Sor Providencia (así me llamaban) este pito y este tambor. Si el diablo la molesta con lo que ella sabe, que salga al jardín y ahuyente al enemigo con música.»
Y como el visitante preguntara a la monja con un poco de guasa: «Y ¿qué, Sor, tocó usted mucho la flauta?», respondió ella:
«No hubo necesidad; se me curó la enfermedad de los escrúpulos como por ensalmo. No me quedó más que un resquemorcillo cada vez que alguien me preguntaba:
¡Santo remedio!, y muy parecido al que dio San Juan Bosco a un dirigido suyo, que se quejaba de lo mismo:
«Mira, hijo, cuando lo asalten esas dudas y esas impertinentes manías..., lee «Bertoldo, Bertoldino y Cacaseno» .
Relacionado con tantas religiosas, a muchas de las cuales ayudó a dejar el siglo y a todas aupó en su ascensión hacia la santidad, y conocedor de la alegría un tanto burlona, aunque ingenua, que reina en los conventos el día de Inocentes, contribuía él también a aquella santa algazara con lo que llamaba su «inocentada epistolar».
Escribía en aquella ocasión camas sabrosísimas a interesantes, saturadas de gracia y humor, pero al mismo tiempo llenas de amiga», provechosas a instructivas, como la que dirigió un día de Inocentes a las religiosas de San Juan, y que dice así:
«A las reverendas Madres Carolinas, Rosas, Dolores, Alcoverros, Piñols, Jardíns, y demás presentes y futuras hijas benditas y demás inocentes. Muy Reverendas en los Santos Juanes: He recibido la comunicación oficial de vuestro nombramiento de Inocentes; y, a decir verdad, si yo hubiese sido nombrado Obispo en este día, hubiera anulado tal elección por faltarle la condición especial de inocencia, pues, a lo que se ve, todas y cada una de ustedes reúnen más picardías que las raposas de treinta años. La única inocentada que han cometido es la de dirigirse a mí, que soy tan candoroso, inocente y bendito, y en esto han tenido fortuna.
Me piden ustedes ayuda y consejos. En cuanto a lo primero, soy tan generoso, que desde hoy pueden disponer de todas las deudas que tengo. Y ya pueden estar contentas de que hoy por hoy no sean más ,que ocho mil duros, que luego me figuro serán más, y los réditos correspondientes. Y para satisfacer estas deudas que yo les cedo, las daré la bolsa de la Providencia, y, además, mi crédito, que, como tan lleno de deudas, ya pueden pensar que será grande, pues, como suele decirse a lo moderno: cuanto más se debe, más crédito hay. ¿Están ustedes contentas? Pues convenido.
En cuanto a los consejos, como soy tan candoroso a inexperto, apenas sabré decirles algo. Pero ya que las veo a ustedes en el apuro, del nuevo cargo, y que ustedes han de ir formando a la futura comunidad, me atrevo a sugerirles unos consejos que encontré en un pergamino viejo.
En primer lugar, procuren que las que hayan de admitir no se hagan
muy monjas, esto es, aferradas a lo de «siempre se ha hecho», y aquello de «tijeretas han de ser».
Voy a contarles un ejemplo. Un Provincial de Agustinos fue a visitar un convento, no sé si de sanjuanistas, y al entrar en la iglesia oyó a las monjas que rezaban el salmo « Quam dilecta tabernacula tua», y que, en lugar de esto, decían: «Candileta tabernacula tua... » El Provincial les advirtió que no lo hacían bien y que no se decía candileta... Volvió a los tres años, y encontró que lo decían como el primer día, y llamó a la Priora para reprenderla, y la madre Priora contestó: « ¡Ay, Padre Provincial! Candileta ha sido, candileta es y candileta será; y no se ponga con monjas, que no saldrá». Con que, no las críen candiletas y tijeretas, sino dóciles a la voluntad de Dios.
También convendría que a las novicias que han de recibir, sin perjuicio de que lo practiquen ya las de hoy, no se las acostumbre a ser
confeseras; y la Madre Maestra debe enseñarles a saberse confesar, y decir lo que deben decir, y no decir lo inútil. Y voy a decirles otro casito. Aunque ustedes, como mujeres sabidas, ya quizás lo sabrán.
Un bienaventurado confesor de monjas, no confesaba más que a una, y le tenía aburrido y malhumorado. Un compañero suyo, que tenía más gramática parda, lo comprendió y le dijo que, cuando se marchase fuera se ofrecía él a confesar a aquella monja, si ésta no tenía inconveniente. Vino el caso ,que aquel confesor debía marcharse unos días, y propuso a su penitenta si quería confesarse con su compañero, que era bellísimo sujeto, y la pobre monja accedió. Llegó el día señalado, y la monja comenzó su acostumbrada perorata, gastando en ello una hora de reloj. Cuando había acabado, el confesor empezó a bostezar, y le dijo: «Mire, hermana, dispénseme, he pasado la noche con un enfermo, y tenía sueño y me he dormido, y no he oído lo que usted ha dicho. Habrá de repetirlo». La monja accedió, bondadosa, y empezó otra vez su arenga, y ya no le costó más que media hora acabarla; y al terminar, el pobre confesor le repitió: «Mire, hermana, habrá de dispensarme otra vez: pines aun me he dormido». «¡Ay, pobre Padre!, le dijo la otra. No se apure usted; ya le diré la sustancia, y concluiré en seguida». «¡Ay, hija mía! La sustancia, la sustancia, esto es lo que estoy esperando hace hora y media, y aún no ha venido. No me había dormido, no; pero aguardaba la sustancia; y de aquí en adelante cuidado que no me diga usted más que la sustancia»
Conque, ustedes, reverendas Madres, no las acostumbren a confesarse sin sustancia.
También debían cuidar de que no se volviesen viejas, aunque entren en la edad de los años, pues como decía una religiosa distinguida: «¡Si las monjas muriésemos jóvenes, iríamos al cielo derechitas; pero esto de hacernos viejas!...»
No vendría mal el precaver a las presentes y futuras de aquello de «me toca» y «te toca» y «la toca», que estas son «tocas» fatales. Y sobre todo, les contaría un cuento aragonés, de mucha sal y mucha jota; pero lo dejaremos para otro año de inocencia. Y aquello de aquel pobre vicario de monjas, que dijo: «Que si en los tiempos de Job hubiese habido monjas, Job hubiera perdido la paciencia...» y aquello que sucedió al último Cardenal de Valencia; que todas son cosas muy sabrosas y de buenos consejos, etcétera, etc.
Pero ¡alto!, que esto no lo digo yo, sino que lo encontré en aquel pergamino viejo, que tiene ya lo menos cuarenta y siete años; y así, no tengo yo la culpa. Y deben confesar que son inocentadas, y no venga alguna a decir que esto se dice por aquello de «a ti te lo digo Juan, para que lo entiendas, Pedro». No, no: yo me lavo las manos y «qui possit capere, capiat».
Conque basta de postres por esta vez, Cuando tenga necesidad de más, ya veremos si queda en aquel cajón del pergamino.
Pero no sea todo inocentadas. En cambio de estos postres, y del principio, dos pagas muy fáciles de pagar: 1.ª, han de alcanzar del Niño Jesús que me mande, cuanto antes, doscientos mil duros, que éstos y muchos más necesita la gloria de Dios; y 2.ª, que entre Vuestras Reverencias y yo hemos de salvar todas las almas del mundo, sin dejar ni una: Vuestras Reverencias con sus oraciones, penitencias... y sacrificios; y yo, siendo un apóstol del Corazón de Jesús. ¿Lo harán?...
El mayor de los inocentes
MANUEL DOMINGO Y SOL.»
SU AMOR A LOS POBRES
Entre todos los rasgos de su fisonomía espiritual se destaca la caridad para con el prójimo. La de dar era la pasión dominante de D. Manuel. No sólo predicaba esta virtud: «habrá ocasiones, decía, en que es preciso socorrer una necesidad, y apenas se puede; pues... remediarlas sin
poder; hacer este
imposible, en la seguridad de que la Providencia acudirá, pero muy visiblemente...», sino que la practicaba encontrando en su ejercicio uno de sus mayores consuelos.
Visitaba con demasiada frecuencia el Colegio de San José, de Tortosa, un pobre en demanda de limosna. Como D. Manuel tenía mandado que no se despidiera con las manos vacías a nadie que llamase a las puertas de aquella casa implorando socorro, el administrador no se atrevía a contravenir sus órdenes, pero no veía con buenos ojos que aquel pobre, por su atrevimiento y desvergüenza, saliese ventajosamente favorecido sobre los otros, quienes, por tener un poco más de miramiento, no iban sino alguna que otra vez entre semana.
El buen mayordomo quiso regular un poco la caridad de su Superior reglamentando las visitas de aquel menesteroso. Pero antes de dar un paso en firme quiso consultarlo con el mismo D. Manuel. fue a su habitación y le pintó el caso con el más negro colorido que pudo. Escuchóle éste con toda serenidad y calma; por lo que el previsor mayordomo creía que sus gestiones habían de obtener éxito, y cuando esperaba la confirmación de sus planes por parte de su Superior, recibió de él la siguiente inesperada respuesta, que le dejó completamente desconcertado: «No hay remedio, hijo, debemos practicar la caridad cuantas veces sea conveniente, y, una vez convencido de la necesidad, socorrerla, aunque para ello nos veamos en el trance de vender hasta la camisa».
LA CASA DE LA PROVIDENCIA
Si Mosén Sol se hubiese contentado con ser solamente un buen sacerdote, decía un señor muy respetable, no habría en Tortosa ninguno de su clase que pudiera darse mejor vida». Pero prefirió emplear su dinero en obras de celo y de caridad. Si se juntasen todos los donativos ,que hizo, sumarían un capital respetable. Además de las limosnas de ocasión que hacía y que eran numerosísimas, tenía otras con, carácter de periódicas. Se conservan todavía cuadernos en los que apuntaba donativos de este género a toda clase de personas: seminaristas, religiosas, enfermos, viudas, y ordinariamente son elevadas para aquellos tiempos: de 5 pesetas, 30 y hasta de 50.
A otros les pasaba una especie de pensiones fijas y a veces se daba el caso curioso de que, a pesar de ser plenamente gratuitas y voluntarias, si por haber estado ausente o por inadvertencia no les pagaba en la fecha que solía, se presentaban los interesados a D. Manuel y hasta con exigencias, como si se tratara de una obligación de justicia. El varón de Dios se reía por lo cómico del caso y se disponía a lo que él llamaba «saldar sus deudas».
A veces, para evitar celos y envidias, hacía sus donativos por terceras personas, a quienes enviaba a remediar las necesidades de determinadas familias, comprándoles cuanto necesitaban: ropas, zapatos, medicinas. Eran muchos los menesterosos a quienes pagaba el pan, el alquiler de la casa, etc.
En ocasiones sus limosnas las hacía en forma de préstamos, que después perdonaba en todo o en parte.
Objeto particularísimo de su caridad eran las Comunidades religiosas. El pobló de monjas los conventos de su región, aparte de las fundaciones nuevas que hizo; y son innumerables las almas a quienes ayudó con su peculio particular o buscó por otros medios la dote para ,que pudieran ingresar en Religión.
Su casa era indudablemente, como él decía, la casa de la Providencia.
«Al salir cierto día de la comida, cuenta el después Director General de la Hermandad, D. Joaquín Jovaní, esperaban a la puerta de la plazoleta del Colegio varios pobres para pedir limosna. Me permití indicar que bien podrían venir en otra ocasión, o no pasar de la puerta de la calle; y D. Manuel me respondió con mucha suavidad:
«¿No sabes que esta es la casa de la Providencia?».
ESCABULLÍANSE POR LAS ESCALERAS
No deja de ser curioso el que las religiosas de Santa Clara, sin él saberlo, recogían cuantas monedas podían de las de cincuenta céntimos, de plata, que entonces estaban en circulación, y con ellas pagaban a D. Manuel sus servicios de Capellán. Como conocían su excesiva longanimidad y sabían que si no encontraba en su bolsillo medias pesetas, las daría enteras, las buenas monjitas velaban por la economía de su Padre, evitándole, sin él darse cuenta, lo que estimaban dispendios excesivos.
Tenía, en efecto, este flaco: el de dar. Los pobres lo sabían y bien que lo explotaban. A veces se llegaban hasta la puerta del Colegio y, aprovechando un momento de descuido del portero, escabullíanse escalera arriba hasta la misma habitación de D. Manuel. Este les recibía sonriente, y les preguntaba cómo les había sido posible llegar hasta allí, sin haber sido detenidos por algún criado o fámulo, y dándoles su limosna, les despedía con buenos consejos.
Otros no se atrevían a acercarse al Colegio, porque los criados más de una vez, al verles tan pesados, les habían echado con cajas destempladas; pero sabían muy bien a qué hora solía salir de casa, y sobre todo cuándo volvía de celebrar de la Purísima y entonces le asaltaban, y «había que ver, dice un testigo, cómo afluían de las bocacalles».
A todos les recibía con cariño y para todos tenía el consuelo de unas palabras cariñosas y el alivio de una buena limosna.
BOLSILLOS INAGOTABLES
«Mis bolsillos son inagotables», solía exclamar complacidísimo, cuando, al encontrarse con una persona, se llevaba a ellos las manos para sacar alguna cosa con que obsequiarla.
Dentro de casa tenía un lugar destinado para despensa, que se encargaba de tener bien provisto la generosidad de sus amigos, y que él se cuidaba de vaciar obsequiando a todos cuantos iban a visitarle. Jamás marchaba nadie con las manos vacías de casa de D. Manuel. Cuando se le anunciaba una visita, lo primero en que pensaba era en el objeto que había de regalar al visitante. Y antes de despedirle, como colofón de las muchas atenciones que le había dispensado, repetía D, Manuel la consabida muletilla: «¿Qué regalaré a esta almita?», y dirigía sus pasos al almacén de cosas, y era un encanto verle cómo iba de acá para allá buscando un librito, un crucifijo, una estampa, un algo que dar.
Y no sólo en casa; al salir de ella proveíase bien de objetos que regalar, para poder salir airoso en cualquier encuentro fortuito. Los chicos de la calle ya lo sabían y no desperdiciaban ocasión de hacérsele el encontradizo. Para todos y siempre tenía D. Manuel, junto con la palabra de aliento y el encanto de una sonrisa, el gozo de un regalo.
POR LAS CALLES DE BURGOS
Acababa de salir de una enfermedad que le sorprendió en Burgos, allá por el año 1902. Durante el tiempo de convalecencia, solía salir, al caer de la tarde, a dar un paseo por las afueras de la ciudad. Antes de pasar el umbral de la puerta, consultaba el estado de sus bolsillos, y si no estaban a tono con su generosidad, se daba media vuelta y hacía buena provisión de dinero para sus pobres. Estos, que sí están faltos de bienes de fortuna, no lo están de olfato para calar la liberalidad de las personas, una vez que probaron la de D. Manuel, le esperaban todos los días a la puerta del Colegio, hacia la hora del paseo.
Un día iba acompañado de varios Operarios y algún sacerdote más; y un pobre, que por primera vez se incorporó a la cuadrilla de los habituales socorridos de D. Manuel, tomando la delantera, se acercó a pedir limosna a uno de los compañeros de Mosén Sol, hasta que otro de los antiguos mendicantes le dijo con aire de superioridad:
«¡No, hombre, no; a esos no! ¡Al del medio!», señalando con el dedo a D. Manuel.
LOS MAS NECESITADOS
Otra vez, y también en Burgos, regresaba D. Manuel del Convento de las Esclavas al Colegio de San José; y en la calle, a cierta distancia, vio a una pobre mujer sentada junto a una verja de hierro.
Fijóse D. Manuel ya antes de llegar a la altura de ella y dijo al que le acompañaba: «Esa mujer es pobre y hay que darla limosna».
El acompañante le respondió: «Creo que no, D, Manuel, porque aunque parece pobre, no es mendicante» .
Mas él, no haciendo caso de la respuesta, se acercó a ella, y la alargó una limosna, que recibió sumamente agradecida.
«¿Ves?, añadió, a esta clase de pobres es preciso entenderlos, porque ellos no se atreven a pedir. Suelen ser los más necesitados. Vosotros no los conocéis todavía.»
POR TERCERA VEZ
A veces los pobres, sin miramiento alguno, abusan de su caridad, pidiéndole repetidas veces. El, no obstante, aunque se daba cuenta de todo, les atendía con cariño y con generosidad.
Había en Burgos una pobre, ya bastante ancianita, que era una de las que habitualmente le esperaban a la salida del Colegio de San José, cuando se disponía a dar su paseo cotidiano.. Cierto día, no contenta con haber recibido ya la primera limosna, se fijó por dónde iba D. Manuel, y dando un rodeo por una de las bocacalles, se le hizo de nuevo la encontradiza. D. Manuel, al verla por segunda vez, se sonrió y la dio de nuevo sin decirla nada. Pero, habiéndola salido bien la segunda tentativa, hizo la pobre una tercera, logrando alcanzarle, ya de regreso, poco antes de que entrara en el Colegio. D. Manuel la reconoció y con la sonrisa en los labios, para no herirla, y la limosna en las manos, la dijo donosamente:
«Pero, mujer, ¿cómo se las arregla para correr tanto? Parece usted más vieja que yo, y a todas partes llega antes...»
Recibió la limosna y se retiró un poco apesadumbrada, y sin duda con el propósito de no abusar más de la caridad de tan generoso bienhechor.
EL CHOCOLATE DEL PADRE ESPIRITUAL
Un joven de humildísima posición solía. confesarse con D. Manuel, atraído por el imán de su santidad y la fama de sus virtudes y... no sé, si en parte también, por el predicamento que tenía de generoso y limosnero.
D. Manuel, que siempre se manifestó desinteresado en el ejercicio de su ministerio sacerdotal, en este caso salía hasta empeña. do. Conocedor de la situación apurada de la familia de su joven dirigido, no sólo cumplía con él el oficio de maestro dándole sabios consejos, y el de padre haciéndolo siempre con cariño, sino el de bienhechor, pues terminaba siempre la confesión con una buena propina.
Un día se acerca el joven al confesonario, después de haber celebrado la miss el confesor. D. Manuel se lleva instintivamente las manos a los bolsillos y ¡cosa rara! los encuentra vacíos.
-¡Mira chico, dispensa! Hoy no puedo darte nada, porque me encuentro sin una perra. Lo he dejado todo en casa.
-No se preocupe, D. Manuel, Esté usted tranquilo.
No lo estaba el generoso confesor y pensando, pensando, dio en seguida con una magnífica solución.
-¡Oye, ven conmigo a la sacristía!
Entraron en ella los dos. Las religiosas sacaron el desayuno para Mosén Sol, que consistía en una taza de chocolate y una rosquilla. D. Manuel la cogió, dio la mitad a su penitente, y del mismo modo se repartieron el chocolate entre los dos, con la protesta consiguiente de las pobres monjitas, que le decían a grandes gritos que esperara y harían para el inesperado comensal otro des. ayuno.
D. Manuel no quiso esperar, porque no tenía tiempo; pero sí le tuvo suficiente para dar un ejemplo de verdadera caridad a aquellas religiosas y una prueba de amor sincero a aquel joven, el cual quedó más contento que si hubiera recibido la acostumbrada propina, por haber tenido la dicha de participar del chocolate de su Padre Espiritual.
HUEVOS Y LONGANIZA
Si con todos se mostraba generoso, éralo sobre todo con las religiosas, por estar consagradas al Señor, y de una manera especial con aquellas que se dedican a las obras de beneficencia. Trabajó cuanto pudo y ayudó económicamente a las Oblatas del Santísimo Redentor, para que se establecieran en Tortosa, y después fue Director Espiritual de la Comunidad durante bastantes años.
Mucho saben estas buenas religiosas del espíritu de obsequiosidad de D. Manuel. Siempre .que se presentaban a pedir en su casa, las recibía lleno de gozo y con frecuencia entablaba con ellas el siguiente diálogo:
-¿De dónde vienen las monjitas?
-Pues, Padre, venimos de pedir por las calles de Tortosa, del barrio del Jesús o de Roquetas.
-Bueno, bueno, ¿y dónde habéis comido?
-Ya hemos comido, Padre; no se preocupe.
-No lo creo, no lo creo; no me engañaréis.
Y llamando inmediatamente al fámulo, le mandaba que bajase a la cocina y que el cocinero les friese unas longanizas y un par de huevos para cada una.
Cuando ya estaba todo preparado, después de haberlas entretenido santamente con su amena conversación, las invitaba a ir con él al comedor y una vez que había bendecido la mesa. como aun entonces ellas se excusasen, las decía: «¡Hala, hala, lejos de melindres; comed y callad». Y se marchaba para que comiesen con más libertad.
EL CERDO DE LAS MONJAS
Fueron a felicitarle en otra ocasión el día de su santo las mismas religiosas; y después de convidarlas como él sabía hacerlo, las dijo:
-Os voy a regalar un cerdo grande, pero le voy a matar en casa, no sea que la Superiora tenga necesidad de dinero y lo venda.
No fue un cerdo el regalo de su santo de aquel año, porque supo después que habían matado ya tres, pero en cambio las obsequió con una buena cantidad de judías y arroz, además de un saco de harina, que agradecieron de veras las pobres asiladas.
BIENVENIDAS SEAN
En el año 1873 las Hermanitas de los Pobres paseaban las canes de Tortosa yendo de puerta en puerta y pidiendo limosna para sus queridos asilados. Aun no habían fundado ninguna casa en aquella ciudad.
D. Manuel, que se hallaba todavía en la primavera de su sacerdocio, salió de su domicilio para cumplir un deber de su sagrado ministerio. Cuando vio de lejos a aquellas almas caritativas, que tan generosamente se entregaban al amor de Dios por medio de una vida heroica de asistencia maternal a los pobres, sintió un chispazo de alegría y le dio un vuelco el corazón.
Llegado que hubo donde ellas se encontraban, se paró y dirigiéndolas la palabra con aquella cortesía y delicada amabilidad que robaba los corazones, las dijo: «¡Bienvenidas sean! ¿Vienen a fun. dar a Tortosa?»
Y habiendo recibido una respuesta negativa, continuó: «¡Bueno! Ya tendrán la bondad de pasarse por mi casa esta misma tarde!» Y entregándolas su dirección, las despidió con una ligera sonrisa.
Pasmadas quedaron las buenas religiosas al ver la finura de trato y la santidad que respiraba aquel joven sacerdote, a quien hasta entonces no habían tenido el gusto de conocer. Pero esta admiración subió de punto cuando, a la tarde, fueron a visitarle como le habían prometido, y, después de darles una buena propina para sus pobres, las hizo tomar chocolate, y las habló con un fervor indescriptible de la bondad de Dios y de las excelencias de la vida religiosa.
Salieron de aquella casa haciéndose cruces de la obsequiosidad de su dueño, convencidas además de que habían tenido la dicha de hablar con un santo.
EL RESULTADO DE LA LOTERÍA
Cada uno de los Superiores del Colegio de Tortosa jugaba aquel año una peseta a la lotería, que les había regalado un amigo, y tuvieron la suerte de que fuera premiado el número que llevaban. Les tocó la pedrea, correspondiendo, por tanto, a cada peseta un duro.
Comentaban jocosamente el caso, en medio de la alegría general, en una de las sabrosas reuniones de después de comer, y hacían las más disparatadas cábalas respecto al destino que habían de dar al importe del premio.
-¿Qué os parece que hagamos de las cinco pesetas?, preguntaba D. Manuel.
Cada uno iba dando su opinión y manifestando con ello sus gustos.
-Compremos una buena ración de caramelos y tendremos para dar y para chupar durante largo tiempo, decía uno.
-¡No!, repuso otro. Mejor será emplearlas en unas docenas de pasteles, que en amigable charla podremos pasar con la ayuda de una sabrosa copilla, a invitaremos a D. Fulano y a D. Zutano.
-Yo creo, añadió un tercero, que con estos duretes debemos reforzar la providencia para casos imprevistos.
Y así, uno en pos de otro, fueron todos diciendo sus respectivos pareceres, resultando distintos y confirmándose una vez más el adagio latino «Quot capita, tot sententiae». Tantos pareceres como individuos.
Intervino en último lugar D. Manuel diciendo:
-En vista de que no os ponéis de acuerdo, si os parece, me entregáis a mí el dinero, y yo ya sé qué hemos de hacer de ello.
Asintieron todos y fueron depositando cada uno su duro en manos de D. Manuel; el cual compró con ellos un saco de legumbres para las pobres religiosas Oblatas, que andaban por entonces muy necesitadas, quedando todos los agraciados por la lotería satisfechos y contentos con la solución tan acertada de D. Manuel, y más aún las buenas religiosas que, comentando después el caso, decían:
«Esto sí que es maravilloso, que nos toque la lotería sin haber echado.»
LA PAGA DEL DENTISTA
No era la justicia su virtud característica, sino la esplendidez. Nunca se contentaba con dar a sus servidores la paga estipulada o los honorarios pedidos. Tenía la pasión de dar, y siempre añadía a lo estrictamente debido una buena propina.
Fue repetidas veces por el Colegio de Tortosa, para arreglarle la dentadura, un dentista de la localidad. Terminada su labor, se despidió afablemente de D. Manuel, el cual quiso pagarle al momento sus servicios. Excusóse el dentista alegando las razones que en semejantes casos suelen aducirse entre amigos: «No tenga usted prisa. No se preocupe, que ya le pasaré la factura».
Pero D. Manuel, que era extremadamente escrupuloso tratándose de cuentas y a quien la conciencia no le permitía ir el menor tiempo posible cargado con deudas, no quiso esperar en su casa la visita de la factura; y así, al día siguiente dio dinero a su amigo D. Salvador Rey, para que, al pasar junto a ella, entrara en la casa del odontólogo y «le pagara religiosamente lo que pidiera, y un duro más».
Rehuía el dentista el exceso del jornal, alegando que ya estaba bien pagado.
«¡No, no!; yo le doy a usted lo que él me ha entregado, decía D. Salvador. Y fíjese el disgusto que proporcionaría a Mosén Sol si dijera que no lo ha querido usted aceptar.»
Recibiólo por fin el estomatólogo, por no contrariar a D. Manuel, al que quería muy de corazón; y mientras tendía la mano a su amigo en plan de despedida, no cesaba de repetir, como queriendo excusarse:
-Este D. Manuel es imponderable, siempre el mismo, siempre el mismo.
EL SOBRE DE LAS QUINIENTAS PESETAS
Que apuros pasaba aquella buena familial Se hallaba casualmente enredada en un lío tremendo, del que no se podría ver libre sino adelantando una buena cantidad de dinero. ¡Por lo menos, mil pesetas! En casa no tenían ni cinco céntimos disponibles, y el horizonte no se les presentaba cargado de esperanzas.
En tan difícil situación acudieron a un sacerdote amigo, el cual se puso desde luego incondicionalmente a su disposición con cuanto tenía, mas no era esto suficiente. Estrujando mucho sus bolsillos pudo prestarles quinientas pesetas. ¿Y la otra mitad?
Este sacerdote, a quien llamaban Mosén Reverter, era a su vez muy amigo de D. Manuel y además sabía por repetidas y propias experiencias que el fundador de la Hermandad se prestaba a sacar de estos y otros apuros semejantes, siempre que estaba en su mano el poder hacerlo.
Ni corto ni perezoso, le escribió una carta a Tortosa, exponiéndole la triste situación en que se hallaban aquellos sus conocidos y cómo él había ,querido remediarla, pero que su cartera no había podido llegar hasta donde su voluntad llegaba y se había quedado precisamente a la mitad del camino.
Contestó D. Manuel a vuelta de correo diciéndole que con aquella misma fecha había escrito también a la señora en cuestión. rogándola que saliese al día siguiente a la estación de Castellón de la Plana, donde residía, pues él tenía que pasar por allí de viaje hacia Valencia.
En efecto, aquella buena y atribulada señora recibía una carta de D. Manuel, en la que decía lo siguiente:
«Doña Dolores: Mañana, sábado, voy a Valencia en el tren de mediodía. Quisiera saludar a usted en la estación.
Es de usted afmo. capellán, Manuel Domingo y Sol, Tortosa, viernes, 15.»
Antes de la hora de la llegada del tren esperaba aquella mujer en la estación para ver qué la quería D. Manuel.
Después de unas breves palabras de saludo a través de la ventanilla, la entregó un sobre con quinientas pesetas que era la cantidad que le había indicado Mosén Reverter.
Pasados unos meses tuvo éste que hacer un viaje a Tortosa. Se dirigió al Colegio para saludar a D. Manuel y hacerle entrega de las quinientas pesetas, que tan generosamente había prestado,
-Tome lo suyo, le dijo, mientras le alargaba cinco billetes de cien pesetas cada uno.
-¿Qué dinero es ese?
-Los dos mil reales que le pedí yo, para sacar de apuros a D.ª Dolores.
Y D. Manuel, sonriéndose y mostrando con un ligero meneo de cabeza su inquebrantable decisión de no recibir aquella cantidad, repuso: «¡Pero, hombre, qué goloso eres; lo quieres todo para ti. Mira, vamos a hacer esta obra de caridad entre los dos.» Y no hubo medio posible de que aceptara los cuartos prestados.
¡QUIEN FUERA MONAGUILLO !
Jamás dejaba sin obsequiar a quienquiera que entrase en su habitación. Incluso los fámulos que, por razón de su oficio, habían de hacerlo con mucha frecuencia, siempre que entraban o salían recibían de él alguna cosa.
Uno de ellos dice que, cuando, después de haber hecho algún servicio a D. Manuel, se disponía a abandonar su habitación, éste infaliblemente le detenía diciendo: «Oye, espera; que no lo he dado nada. Siquiera una peladilla...»
Los alumnos del Colegio se rifaban las misas de D. Manuel. Todos querían ayudarle en el santo sacrificio; por lo cual hubo de establecerse un turno riguroso de acólitos. La semana que a cada uno le tocaba, la pasaba felicísimamente, disfrutando el placer inmenso de ver la devoción con que D. Manuel celebraba la santa misa, y además por la costumbre que éste tenía de obsequiar a sus simpáticos monaguillos. Después de dar gracias les subía a su habitación y allí les endulzaba la vida con algún sabroso «amarguillo».
LA CONFESIÓN DE UN CHAMARILERO
Su caridad se extendía no sólo a los pobres mendicantes, sino que alcanzaba también a los que, sin ser pobres de solemnidad, arrastraban una vida mísera dedicados a la venta de algunas chucherías. A éstos les tenía verdadera compasión.
Iba una tarde por las canes de Roma, y se le ocurrió entrar en la iglesia de San Claudio, para adorar al Santísimo. Cerca de la puerta vio a una viejecita que con su nieta al lado vendía castañas asadas y manzanas. La niña se acercó a ofrecerles su mercancía. El compañero de D. Manuel, sin dejarla siquiera arrimar, la dijo: «Déjanos en paz, que no queremos nada.» Y entonces D. Manuel, movido a compasión y viendo que ya la quedaban pocas, repuso: «¡Anda, cómpraselo todo! ¡Pobrecitas!»
No podía soportar que se regateara nada en el precio a estos pobres vendedores ambulantes. Sobre todo los que apostaban su telonio a la puerta de las iglesias, y mandaba que se les diese por sus chucherías cuanto pedían.
Sabedor de ello y barruntando por este gesto de D. Manuel la ardiente caridad de su corazón, uno de aquellos chamarileros ambulantes de Roma exclamaba: «¡Ah! ¡D. Manuel e molto buono, molto buono!» «¡Ah! ¡D. Manuel es muy bueno, muy bueno!»
LOS APUROS DE UN PAYES
Sufría enormemente cuando veía que no se trataba a los humildes con el debido respeto. «Todos somos hijos del mismo Padre, decía, y redimidos por la misma sangre de Jesucristo».
Viajaba D. Manuel en dirección a Benicasim, acompañado de otro Operario, el cual sacó para los dos billete de segunda clase. Entraron en su departamento y entre otras personas encontraron un viajero que, por su traje, parecía de condición muy humilde, obrero del campo.
El tren comenzó a rodar entre la hermosa huerta levantina, lamiendo en su veloz camera la orilla del Mediterráneo. Antes de llegar al punto de destino, el revisor les exigió la presentación de los billetes. Al hacer el buen payés la del suyo y ver el empleado que éste viajaba en un asiento de clase superior a la que le correspondía, porque llevaba billete de tercera, y atribuyendo a más fe lo que sin duda era efecto de la ignorancia, se encolerizó y propinó al pobre hombre una sarta de insultos:
«Usted es un gorrista, que viaja en sitio que no le corresponde. ¿Cómo ha subido usted aquí?» Y otras lindezas por el estilo...
Acoquinado ante aquel inesperado chaparrón de improperios, el hombre quedó como petrificado; sin saber qué responder, manifestando en su mirada y en su semblante que se había llevado un susto morrocotudo.
«¡Bueno, bueno; ha de pagar usted la diferencia de precio!»
Echó el payés mano a la bolsa que llevaba entre la faja, para pagar el exceso del billete, y mientras sacaba el dinero de su no muy atestada faltriquera, el revisor hacía maliciosos y burlones guiños a otra persona que viajaba en aquel departamento y que hirieron profundamente el ya resentido corazón de D. Manuel.
Entraba entonces el tren en Benicasim y vio éste con honda alegría que aquel pobre payés, humillado y corrido, se bajaba en la misma estación que él.
Cuando hubieron puesto el pie en tierra le llamó aparte, y llevándole detrás de un árbol corpulento, para que nadie se enterara, le dijo frases de aliento y de cariño, que harto las necesitaba el infeliz, y le entregó la misma cantidad que él había pagado por el exceso de su billete. Con una palmadita en el hombro y recomendándole que fuese siempre buen cristiano, se despidió de él, sin darle tiempo para reaccionar ante la fuerte impresión, que le había producido la caridad extraordinaria de aquel sacerdote desconocido.
LA OCASIÓN LA PINTAN CALVA
Pasaba D. Manuel por Plasencia, camino de Orihuela. En la bella ciudad del Jerte le visitaron unos conocidos que tenían un hijo seminarista, por nombre Cayetano, el cual se hallaba accidentalmente en el Colegio de San José, de Orihuela.
Los padres del chico, entre otros encargos que dieron a D. Manuel, le entregaron para su hijo un magnífico embutido extremeño. Prometióles D. Manuel con toda formalidad que llegaría a su destino.
Pero en el camino tropezó con no se qué compromiso de alguna monta, y no teniendo a mano ningún otro obsequio digno de aquella ocasión, dispuso buenamente del embutido placentino.
Llegó a Orihuela y, llamando a su querido Cayetano, en seguida le puso al corriente de la triste realidad. «Pero no lo apures, le dijo, que ya te lo compensaré yo con otra cosa mejor.»
En efecto, pasaron los días y cuando ya el chico no se acordaba de la pérdida de sus chorizos, recibe un paquete con su dirección. Lo abre en presencia de sus compañeros y con admiración de todos vio que en él venía, bien envuelto, un magnífico salchichón de Vich.
No tardo en darse cuenta de lo que se trataba y de ver que D. Manuel había cumplido su promesa de compensarle la pérdida del embutido con otra cosa mejor.
LAS NÍSPOLAS DEL HUERTO
Todavía cursaba latín aquel seminarista. Una tarde de paseo se había quedado sin salir de casa para repasar los programas, pues era en vísperas de los exámenes, aunque con el fin, más que de eso, de jugar y triscar a sus anchas por ala montaña», tentador esparcimiento para los que habían pasado el curso recluidos en las cuatro paredes del patio.
Se encontraba echando migajas a los peces del jardín, cuando vio acercarse a D. Manuel acompañado de otro colegial.
-¿Por qué no has salido de paseo?, le preguntó.
-Me he quedado para repasar los programas.
-¡Y ya los debes de saber, pues veo los libros cerrados... !
-¡Sí, señor!, dijo el pobre chico por responder alguna cosa. -Pues si es así, ven con nosotros.
Y pasando él delante, le siguió en compañía del otro rapazuelo, a quien interrogó por lo bajo: -¿A dónde vamos?
-¡No sé...!
Entraron con D. Manuel en el departamento adjunto al jardín y se detuvieron junto a uno de los nísperos. El fruto empezaba a madurar y algunas níspolas estaban completamente amarillas. D. Manuel fue indicando con su inseparable paraguas las níspolas que se habían de arrancar. El uno las cogía y mientras el otro las
iba almacenando en su blusa, amenizando D. Manuel la labor de ambos con graciosas palabras y sabios consejos.
Cuando hubieron reunido docena y media subieron a la habitación de D. Manuel. Dejaron las níspolas encima de la mesa. AL verlas exclamó D. Manuel:
-¡Qué buenas y lindas las hace San José!
Les dio unos papeles de lujo a hizo que en ellos envolviesen las «golosinas» de su huerto. Terminada esta faena, D. Manuel las cogió y añadiendo otros objetos: hojas piadosas, estampas, medallas, rosarios..., formaba montoncitos que iba distribuyendo, mientras decía:
-Este para D. Fulano, para la Sta. X, para D.ª N...
Una vez que hubo concluido, añadió:
-¡Dios os lo pague, hijitos!
Los chicos hicieron entonces ademán de retirarse; pero al notarlo D. Manuel, les detuvo con una sonrisa, mientras de sus labios se desprendían estas palabras:
-Pero, ¿es que no queréis la paga?
Los seminaristas no supieron qué contestar. Por toda respuesta se contentaron con un encogimiento de hombros.
-¡Qué chicos tan vergonzosos! La paga nunca se rechaza, y cuando conviene... se exige! Y les presentó una colección de estampas para que escogieran la que más les gustara.
No se contentó con eso. Abrió después el cajón de la mesa, invitándoles a tomar una yema, mientras les acariciaba dulcemente con aquellos ojazos grandes, en los que se reflejaba la bondad inmensa de su amoroso corazón. Le besaron la mano, y les despidió diciendo:
-¡Adiós, chiquitos!
En cuanto se hallaron en el corredor dieron pasaporte a la yema y guardaron la estampa, sin que se les ocurriera ni aun comentar lo ocurrido. Niños entonces, nada de particular adivinaron en el fondo de la acción que habían presenciado.
Sin embargo, las personas a quienes él dirigía sus regalitos estimábanlos como si fueran de verdadero valor; porque, más que en el objeto, de suyo insignificante, se fijaban en el cariño que con ello les mostraba D. Manuel, y el aprecio de éste lo estimaban como un verdadero tesoro.
SOLICITUD MATERNAL
No sólo de santidad, sino también de generosidad y desprendimiento iba dejando D. Manuel una estela por donde pasaba. Su íntimo amigo, el Dr. Corominas, dice de él que «su obsequiosidad era incorregible».
En cierta ocasión tenía que emprender un viaje y había de pasar por Vinaroz, de donde era una seminarista de segundo de latín de los que estaban internos en el Colegio y que, por cierto, se hallaba entonces enfermo de viruelas.
La enfermedad apenas se había iniciado y parecía que no había de presentar caracteres alarmantes, por lo que los Superiores del Colegio no habían avisado a la familia del enfermo,
Súpolo D. Manuel y quiso darle un alegrón al pobre chico, mandándole a su casa, para que allí tuviese el consuelo y los mimos de la madre, que entonces tanto necesitaba.
Sacó billete para los dos y juntos fueron a la estación. Le cuidó durante el viaje con solicitud verdaderamente maternal y, al llegar al pueblo, como él tenía que continuar en el tren, buscó una persona de toda confianza que le llevara a su casa.
UN DIA DE CONFESIONES
Un día de confesiones en el Colegio de Tortosa. Estaba la capilla poblada de seminaristas, D. Manuel, desde el confesonario, oía que un chico frecuentemente tosía.
Cuando se acercó a D. Manuel para confesarse, éste le preguntó:
-Eres tú el que tosía, ¿verdad?
-Sí, D. Manuel.
-Bueno, después, cuando hayamos terminado, te pasas por mi cuarto.
Acabadas las confesiones, el muchacho llamaba en la habitación de D. Manuel; el cual, después de hacerle un minucioso interrogatorio, le dijo que se abrigara bien, que se lo dijera al enfermero y que procurara sudar aquella noche.
Mas no se aquietó con esto la preocupación de D, Manuel. Después de acostados los alumnos, y por si el enfermero no lo había hecho, le llevó él mismo un vaso de leche bien caliente a la cama, repitiendo este gesto de amor paternal durante todo el tiempo que el chico estuvo enfermo en el Colegio.
Obligado a marcharse a casa por la enfermedad, le mandó al despedirle que le escribiese con frecuencia, para estar al corriente del curso de la misma.
COMO MADRE CARIÑOSA
Cuando iba a Barcelona hospedábase en una fonda de la calle La Canuda, llamada «Casa Manso». Sus dueños le trataban como si fuera de la familia, y él estaba allí como en su propia casa. Cuando D. Manuel llamaba a aquella puerta, un estremecimiento de gozo se apoderaba de todos sus moradores, desde los dueños hasta el último de los sirvientes, pasando por los hijos del fondista. Tal era el prestigio de D. Manuel y la fama de santidad de que gozaba entre aquella buena gente.
Por lo menos una vez cada año se dirigía a Barcelona, para acompañar desde allí hasta Roma a los nuevos contingentes de seminaristas reclutados en diversos seminarios de España que se encaminaban a la ciudad de los Papas, para engrosar las filas del Colegio Español. A veces no podía acompañarles hasta Italia, habiendo de contentarse con despedirles en la estación o en el puerto de la Ciudad Condal.
Concentrábales a todos en «Casa Manso» y era de ver el cuidado y solicitud con que atendía a todas las necesidades de sus encomendados, descendiendo hasta detalles harto significativos sobre el cuidado de los equipajes, preparación de la merienda de los seminaristas, sin olvidarse jamás de darles los avisos oportunos sobre las precauciones que habían de tener en el viaje.
Entretenido en estas santas ocupaciones se hallaba un día, cuando supo que uno de los que se hospedaban en aquella fonda, viajante de telas, se había acostado por hallarse algo indispuesto.
Nadie dio importancia a aquella indisposición, creyéndola todos pasajera. D. Manuel, en cambio, aun en medio de aquel aturdimiento y ajetreo de cocas en que estaba metido, no pudo arrojar de su mente el pensamiento de aquel hombre que había enfermado lejos de su casa y del calor de la familia. Llevado de aquel corazón tan compasivo que el Señor le había dado, cuando ya la casa estaba en silencio y todos se habían acostado, se dirigió a la habitación del enfermo, y después de saludarle cordialmente, le preguntó cómo se hallaba.
Hacía ya un buen rato que D. Manuel llevaba distrayendo con su conversación fácil y amena a aquel pobre viajante, cuando éste se creyó en la obligación de decir a aquel sacerdote, tan simpático como edificante, Que se retirara a descansar.
No lo consintió D, Manuel, antes le manifestó claramente su propósito decidido de no hacerlo en toda la noche, para asistirle a él debidamente, ya que no podía tener las atenciones de la esposa o de los hijos por hallarse lejos de su hogar.
Hubo un forcejeo entre uno y otro, insistiendo el viajante en que se acostara y D. Manuel en no hacerlo; triunfando por fin la caridad del sacerdote, que pasó la noche entera a la cabecera del enfermo, mimándole cuanto pudo y atendiéndole en todas sus necesidades como la más cariñosa de las madres.
Gracias a Dios, la indisposición se le pasó pronto; y aquel buen hombre, acostumbrado a tratar tanta clase de personas, se hacía lenguas entre todos los de la casa de la santidad exquisita y de la delicadeza con que le había regalado aquel sacerdote para él desconocido.
UNA NOCHE DE TORMENTA
Frecuentemente se registran en Tortosa, durante el invierno y primavera fuertes vendavales que, siguiendo el curso del Ebro, soplan desde las montañas hacia el mar. Durante todo aquel día se había dejado sentir un vientecillo en esa dirección, que, amainando un poco al caer de la tarde, se había recrudecido notablemente entrada ya la noche. Fuertes ráfagas de aire, resbalando por «la montañeta», rebotaban en las vetustas murallas, para deshacerse en caprichosos remolinos en la plaza del Rastro.
En medio del silencio de la noche el viento zumbaba amenazador, desafiando a la sólida construcción del Colegio. De cuando en cuando el aire deslizábase por entre las rendijas de las ventanas y azotaba bruscamente alguna de las puertas, que siempre suelen quedar mal cerradas en los edificios donde hay tantas, estremeciéndose violentamente a sus golpes toda la casa.
Mediada la noche, el vendaval se resolvió en fuerte aguacero y una terrible tormenta amenazaba desencadenarse sobre la huerta tortosina. Los truenos aturdían el espacio, agrandados por el eco de las montañas, y los relámpagos rasgaban las nubes, alumbrando con su luz zigzagueante la tenebrosidad de aquella noche oscura.
Todos dormían tranquilamente en el Colegio o, cuando menos, se disponían a presenciar cómodamente el desenlace de aquella tormenta amenazadora con el gusto con que se ve llover desde la cama, o nevar cuando el espectador está al abrigo de unos cristales y arropado con la agradable temperatura de una calefacción confortable.
D. Manuel, en cambio, no podía sosegar. Algo apartado de él dormía uno de los Prefectos del Colegio, D. Francisco Bartomeu, cuya habitación daba a un paredón que se hallaba en malas condiciones y amenazando ruina. El miedo de que aquella pared se desplomara y pudiera sepultar. entre sus escombros al joven Operario le traía desasosegado. Y, cuando el vendaval se convirtió en lluvia, temiendo que el paredón se reblandeciera por la humedad y se viniera abajo, no pudiendo contenerse por más tiempo, se levantó y se dirigió a la habitación del Prefecto por ver si le había pasado algo.
Arrullado, mas bien que alarmado, por el fragor de la tormenta, dormía éste a pierna suelta lo mejor del sueño de aquella noche y sólo despertó ante la insistencia de los golpes que D. Manuel daba en la puerta.
¡Tan! ¡Tan!... ¡Francisco...!
-¿Quién?
-¿No lo ha pasado nada?
-¡Nada, D. Manuel!
-¡Ay, hijo, qué susto; creí que por efecto de la lluvia la pared de enfrente se había caído encima de ti!
-¡Pues no he sentido nada!
-Bien; si hubiese alguna cosa me avisas en seguida.
-Descuide, D. Manuel, que no pasará nada.
Y gozoso de verle sano y confiado, se retiró D. Manuel a su habitación, pero no pudo conciliar el sueño hasta que la tormenta hubo completamente desaparecido.
SU MUCETA DE DOCTOR
Por mayo de 1906 se estaban celebrando oposiciones a la canonjía magistral de la Catedral de Tortosa. Entre los opositores se hallaba el después Canónigo de Valencia, Don Gaspar Archent, que se hospedaba en el Colegio de San José.
«Se me preparó la habitación, dice el interesado, en el segundo piso, en el mismo andén en que D. Manuel vivía, ;quedando instalado así enfrente de su celda; pues, como me dijo repetidas veces, quería tenerme cerca.
Casi todos los días me hacía subir y estar con él y demás Superiores en los breves minutos de recreación que suelen tener, a invariablemente a las cinco había de tomar chocolate con él en la sala de la biblioteca. Los cuidados de una madre tierna para con su hijo enfermo no igualarían sin duda a los que él me prodigaba, estando yo sano y robusto.. A este «piscolabis» de la tarde concurrían de ordinario todos los Superiores. Era la hora del recreo. ¡Qué ratos tan agradables se pasaban en aquella biblioteca!... Sólo falté a este acto una tarde. por haberla dedicado a visitar el magnífico observatorio del Ebro. Cuando regresamos era de noche... y me estaba esperando. «¿Qué has hecho hoy, hijo mío?», me dijo, «¿Te has perdido? ¡Todo el día sin verte!»... ¡Qué bueno era D. Manuel!
Pero cuando redoblaba sus atenciones y cuidados era en la víspera de los días en que tenía que actuar en la Catedral. Se desvivía porque nada me faltara. El buscaba a los colegiales o fámulos para que me trajeran libros, llevasen recados, me subieran una taza de caldo. A media mañana, él mismo colocaba sobre mi mesa. vino, pastas y otros utensilios todavía más sustanciosos para que me alimentase bien en día de tanto trabajo. Todo lo tenía previsto; y aun así, no pasaba una hora sin que asomara por la puerta entreabierta su faz venerable, preguntándome con voz suave y cariñosa: «Necesitas algo?», y se alejaba de puntillas, sin hacer ruido para no distraerme.. .
Se había dispuesto que los opositores predicasen la homilía con muceta de doctor, y en cuanto lo supo D. Manuel, me llamó para decirme: «No busques muceta. Te pondrás la mía». Y allí fue el Rvdo. Estruel, revolviendo armarios y cajones para buscarla, pues estaba muy escondida. AL fin apareció; y, si mal no recuerdo, estaba nueva, pues la había usado muy poco. Creo ;que D. Manuel ni la miró siquiera. ¿Qué significaba aquello para él? Yo sí me la puse con satisfacción, y prediqué con ella la homilía; y hoy me siento orgulloso. ¡Quiera Dios inflamar mi corazón con aquellos ardores en que se abrasaba el que otras veces había latido debajo de aquella muceta!...»
LIMPIÁNDOLE LOS ZAPATOS
Su caridad ilimitada para con los pobres corría parejas con un amor extraordinario a la santa pobreza. Esta virtud fue la que le hizo renunciar a una vida fácil y cómoda, encerrarse en la habitación humilde de un pobre colegio, donde todo respiraba sencillez.
Refiriéndose a la vida que él llevaba, el Sr. Obispo de Segovia, D. Julián Miranda y Bistuer, preguntaba a unos sacerdotes tortosinos si «D. Manuel continuaba viviendo tan more apostólico».
Excesivamente preocupado por que a los demás no les faltara nada, era riguroso consigo mismo en todo lo referente a ropa, régimen de alimentación, utensilios y ajuar personal. Costaba un triunfo hacerle estrenar una prenda de vestir, y cuando se le argüía que ya estaba en mal estado la que tenía puesta, respondía invariablemente: «Esto, remendándolo, aun lo puedo llevar».
Cuando murió no tenía más que un par de zapatos usados, que tuvieron que limpiarle los colegiales antes de que le colocaran en el ataúd.
A PRECIOS ABUSIVOS
En su trato personal evitaba todo gasto extraordinario, como lo demuestra el caso siguiente:
Se hallaba en Roma, con motivo de la fundación del Colegio Español, y salió un día a la calle para tramitar ciertos asuntos. Llevaba andando largo trecho a pie, por no gastar injustificadamente el dinero, a pesar de que su acompañante, en atención a él, había intentado repetidas veces alquilar un coche.
Excesivamente cansado, y queriendo visitar todavía la iglesia de San Lorenzo, no tuvo más remedio que llamar a un cochero. Al pagarle pidió éste doble o triple de lo que le correspondía según la tarifa de precios.
D. Manuel, que no podía ver que nadie en su presencia regateara, ni él lo hizo en aquella ocasión, ni permitió al que le acompañaba que lo hiciera.
Pagó religiosamente lo que se le había pedido, pero dándose cuenta de que era un precio abusivo, dijo a su compañero, a quien no había hecho mucha gracia tanta liberalidad y protestaba por ello:
-¡No lo apures, hombre! Volveremos a pie y ahorraremos lo que hemos pagado de más.
Y a pie volvieron, llegando rendidos al Colegio, «porque la pobreza no permitía el lujo de pagar el coche tres veces» .
LA VOCACIÓN DEL CARTUJO
La escena tuvo lugar en agosto del año 1897. Se hallaban los Operarios practicando Ejercicios Espirituales en el Colegio de San José, de Valencia.
Ambiente de oración y recogimiento el que se respiraba en aquella santa casa. A la luz de las verdades eternas y al ejemplo de la vida admirable de Nuestro Señor Jesucristo, aquellos sacerdotes templaban su alma en el yunque del sacrificio, para los pruebas del nuevo curso, que pronto iba a empezar.
Con ellos estaba su director, Rvdmo. D. Manuel Domingo y Sol. Como un general moviliza imaginariamente su ejército sobre unos pianos en la mesa de estudio, como un ajedrecista mueve sus piezas en el tablero del ajedrez, así D. Manuel dedicaba aquellos días de descanso a hacer combinaciones posibles entre sus hombres a fin de acoplarlos convenientemente según las exigencias de cada casa.
¡Cuántos sinsabores en esta distribución del personal! ¡Cuántas eran las necesidades y qué escasa la gente disponible para atenderlas!
Por si esto fuera poco, de continuo llovían sobre él nuevas peticiones, para que se hiciera cargo de otros seminarios, y se le abrían nuevos campos de apostolado aquende y allende los mares, y no pocos obispos de América le convidaban a trabajar en sus diócesis respectivas; y el corazón generoso de D. Manuel quería lanzarse a todas estas empresas, pero la escasez asfixiante de personal se lo impedía.
En el silencio recoleto de aquellos Ejercicios Espirituales ¡cómo martilleaban cruelmente sus oídos con su tristísima actualidad las palabras del Evangelio: «La mies es mucha, pero los operarios pocos...»!
Mas no todo se le iba en planes y combinaciones. Dedicaba también parte del día a recibir las consultas de sus hijos y a llamarles él mismo para darles sabios consejos y dirigirles palabras de aliento y orientación.
-¡Oye, muchacho!, dijo a uno de los fámulos del Colegio, llama a D. Fulano y dile que venga a mi habitación.
Joven aún el Operario en cuestión, llevaba todavía poco tiempo en la Hermandad y daba esperanzas fundadas de ,que había de ser un miembro digno de ella. Recibido el aviso, se dirigió con celeridad y lleno de emoción al lugar donde se hallaba D. Manuel.
-¡Ave María Purísima!, pronunciaron maquinalmente sus labios, mientras con los nudillos de la mano golpeaba levemente la puerta de la habitación.
-¡Sin pecado concebida, y adelante!, contestó desde dentro D. Manuel, mientras al abrirse pausadamente la puerta, le envolvía en una ligera sonrisa.
¡Siéntate!, que vamos a hablar un poco.
El pobre Operario, que llevaba un mundo de problemas bullendo en su alma, echóse a temblar, no de miedo, pero sí de preocupación.
Hacía algún tiempo que le perseguía la idea de hacerse cartujo, y aunque procuraba rechazarla, le asaltaba por todas partes hasta convertirse en una verdadera obsesión. En la capilla, en la celda, en el rezo, en todas partes le asediaba. Además lo había estudiado detenidamente y le habían dicho que era verdadera vocación. Pero... ¡cómo dar esta noticia a D. Manuel precisamente en aquel momento, más que de apuro, de terrible agobio de personal en que se hallaba!
Mas la pregunta de D. Manuel le puso la respuesta en los labios.
-¿Qué? ¿Cómo andan esos ánimos? ¿Muchas ganas de continuar trabajando en aquel Seminario?
Un momento de silencio que se le antojó un siglo y, por fin, la confesión un poco paliada, como si quisiera dar diluido a D. Manuel aquello que él estimaba triste noticia.
-Mire, D. Manuel, no sé, pero creo que tengo vocación de cartujo. Lo he estudiado detenidamente, y me han dicho que sí, que es cosa de Dios.
Levantó tímidamente sus ojos para ver el efecto que sus palabras producían en su Superior y quedó gratamente sorprendido al ver que no sólo no se enfadaba, sino que su rostro se iluminaba con el resplandor de la alegría, mientras sus labios se abrían levemente para pronunciar esta frase que retrata de cuerpo entero toda la magnitud de su heroico desprendimiento:
-¡Hombre! No lo sentiría; al contrario, lo vería con muy buenos ojos, para que en el claustro pidiera a Dios por nosotros.
Completamente esponjado salió aquel Operario de la presencia de D. Manuel al escuchar respuesta tan generosa, y aunque de momento no pudo satisfacer sus deseos de ingresar en la Cartuja por razones que no son del caso, contó desde entonces con la aprobación y el aliento de su Superior, realizándolo más tarde en el 1908; y desde aquella fecha hasta el presente no ha dejado ningún día de cumplir el encargo del varón de Dios: de pedir desde el claustro por la Hermandad.
¡PUES VETE A LA COMPAÑÍA !
¡Cuanto gozaba, cuando algún seminarista, dotado de buenas prendas, de aquellos con quienes él o sus hijos trabajaban, llamaba a las puertas de la Hermandad para solicitar su admisión en ella!
Pero si en lugar de ser su Obra, era un Instituto religioso a donde Dios destinaba al joven seminarista, D. Manuel no por eso se incomodaba; al contrario, mostró siempre un desprendimiento y una generosidad tal, que únicamente pueden darse en almas que sólo y en todo buscan la mayor gloria de Dios.
Andaba uno de sus queridos colegiales de Tortosa angustiado con dudas sobre su vocación, no sabiendo dónde inclinarse, si a la Hermandad o a la Compañía de Jesús.
D. Manuel le amaba con ternura, no tanto por su cualidades intelectuales, que no eran escasas, como por la belleza de su alma, y veía en él un futuro Operario que podría dar mucho fruto, si se dedicaba a «la empresa de la máxima gloria de Dios», No obstante, nunca le empujó en este sentido, ni siquiera cuando el chico subía a su habitación, para manifestarle el estado de su alma y pedirle su orientación y consejo. D. Manuel le hablaba con toda imparcialidad, limitándose a exponerle las bellezas de una y otra Institución.
Durante una de estas consultas, queriendo proceder con el mayor desinterés posible, en un arranque de generosidad, le preguntó a su dirigido:
-¿Harás lo que lo mande?
-¡Sí, señor!
-¡Pues... vete a la Compañía!...
Descansando plenamente en la decisión de D. Manuel, ingresó en la Compañía de Jesús, viendo con honda satisfacción de su espíritu que, en efecto, era aquel el sitio a que Dios le destinaba.
ADMIRABLE DESPRENDIMIENTO
Ese es el título de un artículo que, a raíz de la muerte de D. Manuel, publicó el insigne escriturista P. José María Bover, S. I., y que dice así:
«D. Manuel era fundador, y como tal, naturalmente, deseaba vocaciones que secundasen su Obra. Y no le faltaron. Dióle el Señor aquel aspecto venerable y apacible, aquella mirada comunicativa, penetrante, subyugadora, aquel corazón grande y bondadosísimo, aquella entereza blanda, actividad asombrosa, ánimo generoso y emprendedor; en fin, aquella santidad tan sólida como tierna; y con estas bellísimas prendas de naturaleza y gracia se conquistó muchos compañeros de sus apostólicas empresas.
Pero aconteció no pocas veces que algunos, que estaban ya para asociarse a su Obra, los llamaba Dios a la Religión. Doloroso había de ser el sacrificio; mas el noble desinterés es el sello de las almas grandes. D. Manuel, sin quejas, sin repugnancias, sin dilaciones, daba a Dios lo que Dios le demandaba. Y llegaba a tanto su generoso desprendimiento, que él mismo tomaba a su cuenta el dirigir, asegurar y llevar a feliz término estas vocaciones religiosas. Saben nuestros lectores .que no hablo de oídas. Si no fuera indiscreto hablar de sí propio y revelar a las miradas curiosas de los hombres los secretos caminos por donde Dios se llega al alma y la trae a Sí y la guía a la vida religiosa, podría descubrir pormenores edificantes que pondrían de manifiesto el heroico desinterés de D. Manuel.
Sólo diré que, debiéndole yo atenciones y beneficios singularísimos, cuando ya parecía que se los iba a pagar, consagrándome a su Obra, entonces el Señor me llamó a la Compañía de Jesús. ¿Qué hizo D. Manuel cuando le descubrí mi pensamiento? Jamás puedo recordarlo sin profunda emoción y gratitud. Desde que vio ser vocación de Dios, no vaciló un instante en desprenderse de mí: ni aun la más ligera reflexión me hizo, no digo para disuadirme, pero ni siquiera para poner a prueba mi vocación. Y lo que es más, después de llevarme consigo a Loreto, él me acompañó de Roma a España, él me presentó y recomendó a los Superiores de la Compañía, y él, en fin, me ayudó para conseguir el beneplácito de mis padres.
«Dios se lo pague a quien a mí tanto bien me hizo», puedo exclamar como el Beato Padre Ávila en ocasión no muy distinta: Y desde entonces hasta su muerte, jamás se olvidó de su prófugo: al contrario, a medida que me veía, con los años, más confirmado en mi santa vocación, mayores muestras me daba de paternal amor y aun cariño.
Para concluir, sólo añadiré que lo que hizo conmigo y con otros muchos, no fueron hechos aislados, sino fruto natural y espontáneo de su elevado espíritu. Y este espíritu de generoso desprendimiento lo ha dejado impreso y como encauzado en sus Constituciones, y lo que vale más, lo ha sabido infiltrar en sus hijos, dignos continuadores de su Obra. ¡Hermoso ejemplo de abnegación apostólica! Sólo con esa pureza y rectitud de miras, seremos aptos para dilatar el reino de Cristo, que es reino de cruz, paz y caridad.»
NO DIGAS NADA
Rehuía por virtud todo lo que significaba distinción.
Tenía en el Colegio un seminarista a sus órdenes para los avisos y encargos de dentro de casa. A pesar de ello y de servirle el chico con la mejor voluntad del mundo, llegaba a tal extremo su humildad que nunca tocó la campana, para que el alumno acudiera a su habitación, sino que, cuando necesitaba sus servicios, él mismo se levantaba y, llamando en el cuarto del colegial, le daba los recados.
No consentía que los criados le arreglaran la habitación, sino que él mismo lo hacía todo, incluso el tirar las aguas.
Hallábase una vez en Barcelona. de paso para Burgos, y estaba aún en la convalecencia de su primera enfermedad. El mismo, no obstante, se ocupaba de la limpieza de la habitación hasta en los menores detalles. Un buen día se dio cuenta la dueña de la casa donde se hospedaba, y le dijo. un poco avergonzada de no haberlo echado de ver antes:
«D. Manuel, yo creí que la muchacha le arreglaba la habitación. No puedo consentir que lo haga usted. ¡Eso no puede ser!»
Y él la respondió: «¡Silencio! ¡Déjalo estar! ¡No digas nada!»
ESTE NO SOY YO
Fue en una de las visitas que hizo al Colegio de San José, en la ciudad de Burgos. AL ir a ocupar la habitación que le habían asignado, tropezaron sus ojos con una ampliación de un retrato suyo que, junto con otro del Papa, adornaba la entrada de su cuarto. Aquello hirió notablemente su humildad. Una sacudida de contrariedad se registró en su rostro. Mas, disimulan. do el disgusto que se había llevado, se limitó a decir:
«¡Este no soy yo! Benjamín me
engañó en Roma, y está mal sacada. »
No dijo más.
Cuando todos se hubieron retirado a sus habitaciones, descolgó el cuadro y, llamando secretamente a un Operario, se le entregó con el mandato expreso y terminante de que lo escondiera en sitio donde nadie lo pudiera ver.
Amaneció el día siguiente y el cuadro había desaparecido.
«Le pregunté, dice el Rector del Colegio. Volví a insistir, y después de muchas súplicas, al ver mi insistencia machacona; me lo hizo entregar, pero con la promesa formal de que no había de volver a ponerlo jamás en público.»
LOS SANTOS NO SE HACEN TAN A POCA COSTA
Una religiosa de las que le atendían en sus enfermedades, prendada de su santidad y de la paciencia heroica que manifestaba en medio de sus achaques y sufrimientos, tuvo un día la debilidad de decide que era un Santo, a lo que él contestó inmediatamente y un tanto molestado:
«Calla, hija, no disparates; que los santos no se hacen tan a poca costa.»
EL SERMÓN DE SAN MANUEL
Celebrábase con extraordinario esplendor y entusiasmo en todos los Colegios levantados por D. Manuel la fiesta de San José, bajo cuyo glorioso patrocinio les había colocado su fundador.
Era un 19 de marzo en uno de dichos Colegios. Las campanas habían anunciado a los cuatro vientos la gran festividad, y los seminaristas se preparaban para asistir a la misa solemne en honor del Santo Patriarca. El sermón aquel año estaba a cargo de un sacerdote recién ordenado y altamente enamorado de D. Manuel y de su Obra.
El novel predicador comenzó hablando del significado de aquella fiesta íntima, y pasó a tocar el tema de la escasez tremenda de clero que padecía España, y de la maravillosa solución que el Señor se había dignado deparar a nuestra Patria, inspirando la Obra del Fomento de Vocaciones Sacerdotales a aquel sacerdote tortosino, a quien todos los oyentes conocían. Dedicó buena parte del sermón a ponderar las cualidades y virtudes del fundador de la Hermandad, particularmente su amor acendrado al bendito Patriarca y su continuo afán de infiltrarlo en los alumnos.
Escuchaba D. Manuel, sin ser visto, desde el coro de la iglesia aquella desentonada soflama, aguantando la lluvia de piropos que sobre él caían; y, disimulando como si nada hubiera oído, no hizo alusión ninguna durante todo el día a la predicación de la mañana.
Mas poco después se encontraron en una de las galerías del Colegio predicador y panegirizado, y D. Manuel quiso reprender el atrevimiento y ligereza de su entusiasta admirador; pero al mismo tiempo queriendo hacer la reprensión con la dulzura con que solía, le dijo mimosamente para que no se molestara:
-Oye, ¿qué tal el sermón del otro día? Tú crees que has predicado de San José, y el sermón ha sido de San Manuel.
Y sin decir más, cambió de conversación no tocando para nada en adelante aquel asunto, que indudablemente le molestaba.
APRECIACIONES TONTAS
Sumamente delicado era D. Manuel en guardar a todo el mundo las debidas consideraciones y en no herir en lo más mínimo la susceptibilidad de nadie, cuando tenía que tratar algún asunto enojoso. Hasta en la intimidad de las cartas era meticuloso en buscar la palabra que, expresando lo que él quería con la mayor precisión, posible, fuera al mismo tiempo la menos punzante, cuando el deber le obligaba a justificarse de las quejas infundadas, lanzadas contra él o contra los Operarios. A veces gastaba mucho tiempo en hallar la frase que le llenara, borrando y volviendo a borrar en alguna ocasión hasta diecisiete veces lo anteriormente escrito.
Se hallaba en Valencia en el Colegio de San José. Le anunciaron que una religiosa, muy conocida suya, Madre Rosalía del Niño Jesús, quería saludarle.
La recibió con su característica amabilidad; y, como era una visita de mero cumplimiento y sin objetos especiales a tratar, la conversación, dando brincos sobre distintos temas, vino a recaer en las varias obras de celo que por entonces se llevaban a cabo en la ciudad levantina y en las personas o Institutos que las promovían.
D. Manuel fue exponiendo su parecer, manifestando su opinión y preferencias, y diciendo que algunos no le gustaban tanto por creer, y dejó escapársele esta expresión, «que carecían del fuego devorador del amor divino».
No debió darse cuenta de la trascendencia que podían tener las palabras que salían de sus labios, hasta que las visitantes hubieron traspuesto el umbral del Colegio; pero después, pensando en la posible desedificación de aquellas sencillas religiosas a causa de su imprudente locuacidad, empezó a sentir gran remordimiento de espíritu, hasta el punto de que se decidió a coger la pluma y escribir a la Madre Rosalía una carta en la que pedía perdón por el mal ejemplo que la había dado, y que terminaba con estas palabras reveladoras de su humildad:
«Yo, que soy un haragán y el que menos ha trabajado en la viña del Señor, me he entretenido en pasar el tiempo con apreciaciones tontas. Ruegue por mí y no tome mal ejemplo; .que ya me confesaré antes de celebrar la santa misa.»
Las buenas religiosas, que no habían encontrado malicia alguna en las palabras de D. Manuel, quedaron altamente edificadas con la humildad de aquella carta, en que resplandecía la delicadeza de su espíritu.
SU TEMA FAVORITO
Tan clavado en el corazón llevaba el deseo de ser santo; y estaba tan profundamente convencido de la necesidad que tienen todos los sacerdotes de serlo, que no sólo andaba continuamente suspirando por alcanzar él la santidad, sino que siempre que hablaba a los seminaristas tocaba éste que él llamaba «su tema favorito» , con insistencia verdaderamente machacona.
«Si queréis dar fruto, les decía, sed santos. No basta con ser buenos. Os lo repetiré hasta la saciedad. Fijémonos en que no tenemos otro remedio que ser santos. El que no desea ser santo, no llega a ser bueno. Si no os dicen santos, no estéis tranquilos. Los años que os faltan, los necesitáis. No esperéis a ser santos el último año, que no lo seréis. Nada hay tan desagradable como un sacerdote que no sea santo. Más le valdría no haber llegado al sacerdocio.»
Y percatado de su responsabilidad enorme de formador del clero, añadía frases tan tremendas como éstas:
«No queremos que los sacerdotes formados en los Colegios de San José den ninguna espina a la Iglesia. Antes, que se desplome el edificio; que Jesús envíe rayos y abrase todos nuestros Colegios.»
PREPARANDO LA HORCHATA
Fue siempre de espíritu delicado, rayano a veces en escrupuloso. Algo de escrúpulos. en efecto, debió sufrir en los albores de su vida, cuando su alma se consumía en ansias de perfección, a juzgar por lo que él graciosamente contaba a una religiosa atacada de esta misma enfermedad:
«Yo también sufrí de escrúpulos cuando estaba en el Seminario con Mosén Cinto Dolz. Teníamos los dos, por confesor al P. Antonio Sena, cartujo, y ambos entreteníamos tanto al pobre y paciente Padre, que mientras el uno se confesaba el otro le hacía la horchata...»
Esta delicadeza de espíritu la conservó durante toda su vida. Solía confesarse con el Operario D. Bernardo Curto, el cual todas las noches salía del Colegio de San José en dirección a una casa aneja al Templo de la Reparación, en la que dormía para estar más al cuidado de dicha iglesia.
Muchísimas noches, antes de salir D. Bernardo, se acercaba hasta él humildemente D. Manuel y le preguntaba:
-¿Qué haremos?, indicando si quería que se confesara.
Y D. Bernardo, que conocía perfectamente la delicadeza de su alma, le contestaba:
-¡Mañana, mañana!, quedando D. Manuel con su respuesta completamente aquietado.
DÉJELO ESTAR
La escena tuvo lugar pocas fechas ante de morir. Habíase reunido aquel día la Junta de la Hermandad, para deliberar acerca de la admisión de un individuo que había solicitado el ingreso en la misma. D. Manuel, siempre tan exigente en la selección de los Operarios, expuso su opinión que era negativa, basándose en poderosas y fuertes razones.
Terminó el día, y los Operarios se retiraron a descansar. D. Manuel, que ya estaba enfermo, no podía sosegar ni conciliar el sueño, pensando si estaría él equivocado, si los otros tendrían más razón; si las que él había apuntado serían lo suficientemente fuertes para convencerles o más bien se habrían aquietado por el terror de disgustarle; si habría faltado a alguno dándole mal ejemplo por lo que él creía insistencia y terquedad.
No pudo contenerse, y llamó a D. Juan Calatayud, que ya estaba acostado. Levantóse éste al punto, y fue a ver qué le quería su Superior. Expúsole D. Manuel el desasosiego de su espíritu motivado por la escena de aquel día.
Le contestó D. Juan que no convenía que se intranquilizara con aquellas o parecidas cosas, pues le sería perjudicial para la salud... En fin, que ellos resolverían...
-Así pues, ¿puedo estar tranquilo?
-Tranquilísimo, D. Manuel! -contestó D. Juan. ¡Déjelo estar!
Con esto volvió la paz a su alma, quedándose en seguida profundamente dormido.
EL PESO DE LOS BENEFICIOS DE DIOS
Muchos, en efecto, había recibido del Señor. En los últimos años de su vida, cuando aún estaba en plena convalecencia de una de sus enfermedades, hallábase D. Manuel en la Biblioteca del Colegio de Tortosa sentado ante la mesa de despacho.
Entró la Sierva de Jesús que le asistía a ver si necesitaba algo, y le halló con las manos cruzadas sobre la mesa, encima de ellas reclinada la cabeza, el rostro sudoroso, con un algo especial en toda su persona que indicaba claramente que se hallaba orando, pero en una oración que no parecía tener nada de regalos ni consuelos, y sí mucho de abatimiento y turbación.
La pobre hermana se alarmó al verle de aquella manera, y, sin saber qué hacer, le preguntó casi instintivamente
-D. Manuel, ¿qué le pasa?...
El no se dio cuenta de estas palabras y menos de la presencia de la religiosa, y continuó en la misma postura suspirando de cuando en cuando y pronunciando frases entrecortadas.
Convencida de que estaba orando, la discreta monjita creyó prudente no interrumpir aquel coloquio entre un alma enamorada y su Dios, y se retiró con el mayor sigilo posible para no distraerle, pero antes de salir oyó que Baba un gran suspiro, mientras decía:
-¡No, no me espantan mis pecados, sino el peso de los beneficios de Dios !
LA IMPRESIÓN DE UNA PALABRA
De la abundancia del corazón habla la boca. Por eso los santos, cuyo corazón hierve a borbotones en amor divino, tienen continuamente en sus labios el nombre de Dios.
D. Manuel no escapó a esta ley universal de la expansión amorosa de las almas santas, antes al contrario constituyó ésta una de las notas más salientes de su vida espiritual. A cada paso hablaba de Dios, oyéndosele exclamar con mucha frecuencia: «¡Jesús! ¡Jesús! ¡Divino Jesús Sacramentado!»
Solía repetir varias veces seguidas el nombre de Jesús, saboreándolo como si encontrase en él un dulzor especial, a indefectiblemente cuando lo hacía, inclinaba ligeramente la cabeza en señal de respeto.
Con este nombre bendito realizó no pocas maravillas a hizo un gran bien a muchas almas.
Siendo aún casi niño el que después fue Párroco de Amposta, Reverendo D. Francisco Omedes, fue a confesarse una vez con D. Manuel. Desde el primer momento le impresionó el cariño y amabilidad con que le recibió, quedando asimismo prendado de la dulzura que chorreaban los consejos que le iba dando.
Pero sobre todo le oyó pronunciar una vez el nombre de Jesús con tal afecto y tan intenso cariño, que se le grabó profundamente en el alma ; de modo que, cuando él lo contaba a muchos años ya distancia, lo recordaba perfectamente como si aquel mismo día se lo hubiera oído, y decía que aquel sólo recuerdo le estimulaba a ser santo.
SUS PESADILLAS
Hasta en sueños repetía frecuentemente el nombre dulcísimo de Jesús.
Dirigíase a Roma en compañía de D. Manuel el Operario D. Sebastián Bover. Detuviéronse ambos en Barcelona por razón de unos asuntos. Hospedados como de costumbre en «Casa Manso» de la calle «La Canuda», hubieron de dormir en dos habitaciones contiguas. Con gran sorpresa suya oyó D. Sebastián que D. Manuel de cuando en cuando repetía el nombre de Jesús en voz alta y esto durante toda la noche, que él pasó entera sin dormir por la impresión profunda que le hacían estas quejas amorosas de su amado Superior.
«Durmiendo, dice D. José María Tormo, se le oía exclamar con gran fervor: «Corazón de Jesús», y soñaba con misiones y proyectos de gloria de Dios. Tales eran sus pesadillas. Luego las contaba.
«Y es curioso el que además daba distinta entonación a sus palabras, según lo requería la distinta naturaleza de sus afectos : de cariño, adoración, súplica... ; y a veces semejaba una queja.»
TOCANDO LOS CORAZONES
Ardía en su corazón tan vivamente el fuego del amor divino, que a veces bastaba una sola de sus palabras para tocar y conmover los corazones.
Hablaba un día D. Manuel con cierta persona que, si bien no era francamente mala, no se distinguía tampoco por excesiva piedad.
En el decurso de la conversación preguntó D. Manuel así amaba mucho a Jesús». Pero puso tal viveza en sus ojos, tal expresión en su semblante, tal timbre en su voz y tal emoción en todo su ser, que aquella persona, tocada por la gracia divina brotada al contacto de las palabras del sacerdote, empezó a llorar amargamente, convirtiéndose en un mar de lágrimas entremezcladas de sollozos, de modo que no pudo terminar la conversación.
D. Manuel dejó que durante unos momentos el llanto empapara aquel espíritu hasta entonces endurecido. Le calmó después lo mejor que pudo y le aconsejó que no olvidara nunca aquellas lágrimas, tan sincera como espontáneamente brotadas al contacto de sus palabras.
Prometiólo muy de veras el pobre hombre, y el tiempo se encargó de probar la sinceridad de su promesa.
¡QUE CARA DE SANTO!
Alguien ha dicho que la santidad es un tesoro que no se puede mantener oculto en el cofre del corazón. La santidad se predica aun involuntariamente; se transpira a través de las palabras, de los consejos, de los modules y hasta del mismo silencio.
D. Manuel por dondequiera que pasaba iba dejando una estela de santidad, de cuyo perfume quedaron prendadas no sólo las personas que habitualmente le trataban, sino hasta las que casualmente se tropezaban con él.
Yendo una vez por Andalucía en uno de sus frecuentes viajes, acompañado de otro sacerdote, acertaron a caer en un departamento del tren en que viajaba una señora con su hija, ya mayorcita. Entablóse entre los viajeros animada conversación, que D. Manuel encauzó por derroteros espirituales.
Algo extraordinario debieron de hallar en aquel sacerdote desconocido, pues en los intervalos de silencio y aprovechando las ocasiones en que D. Manuel no podía darse cuenta, medio a hurtadillas mirábanle de hito en hito señora a hija, dando la chica con el codo a su madre mientras la decía en voz casi imperceptible, pero no tanto que no lo oyera el Operario que acompañaba a D. Manuel.
«Fíjate, mamá, qué cara de santo tiene ese sacerdote.»
LA IMPRESIÓN DE AQUEL FILOSOFO
Una tarde de agosto del año 1898 llamaban a la puerta del Colegio de San José de Burgos dos Padres jesuitas. Querían ver las obras del edificio, que aun no estaba terminado. Un Operario les acompañó, enseñándoles las distintas dependencias de la casa y haciéndoles ver la distribución general.
Mientras se dirigían de un sitio a otro, iban hablando de D. Manuel. El más caracterizado de los dos visitantes empezó a hablar de Mosén Sol en términos tan encomiásticos, que llamó poderosamente la atención del buen «cicerone», a quien se le caía la baba al oír tratar de aquella manera a su Padre fundador.
Dijo que le había conocido casualmente en un viaje, y que desde el primer momento quedó prendado de su trato y de la santidad que transpiraba su persona, que le había hablado con un entusiasmo desbordante de su Obra, la Hermandad, y que, en fin, la impresión que había sacado de aquella entrevista era inmejorable y en absoluta conformidad con las referencias que tenía de él.
El Padre jesuita daba tal acento a sus palabras y a su gesto tal expresión, que se veía claramente que aquellos no eran elogios forzados o de compromiso, sino totalmente espontáneos y salidos del corazón. Y al tender la mano en plan de despedida, añadió:
-Cuando le escriba usted a D. Manuel, mándele mis recuerdos más sinceros y afectuosos.
- ¡Con mucho gusto!, pero... ¿de parte de quién?
Y el visitante contestó en voz baja, casi imperceptible, mientras cruzaba el umbral de la puerta:
- ¡De parte del Padre Urráburu!
LA CURIOSIDAD DE UN MONAGUILLO
Tiernamente enamorado de la Sagrada Eucaristía, no podía ocultar D. Manuel sus fervores cuando, por hallarse enfermo de consideración y no poder celebrar el Santo Sacrificio, había de comulgar en la cama. «Cuantas veces tuve la dicha de darle la Santa Comunión, dice un Operario, temía no le diera un síncope, por lo delicado de su salud, al recibir al Señor con aquellos afectuosos suspiros que le hacían latir el corazón con violencia» .
Lo mismo ha decirse de su compostura y modestia en la celebración de la Santa Misa. Se emocionaba de tal manera durante ella que contagiaba con su fervor a los circunstantes. Sobre todo después del momento solemne de la consagración, en que se estaba durante un largo rato mirando y contemplando las especies consagradas, como queriendo descorrer con sus pupilas los velos eucarísticos, para hartarse con la contemplación de Aquél que constituye las delicias de los ángeles en el cielo.
Corría la fama, sobre todo entre los alumnos del Colegio de San José de Tortosa, de que D. Manuel veía corporalmente a nuestro Señor durante el Santo Sacrificio. Por eso, aquellos buenos seminaristas se disputaban el honor de ayudarle a Misa.
Cierto día le tocó la vez a uno, despierto y despabilado, que aun vive en una ciudad populosa de España. Lleno de satisfacción se vistió la sotana y la sobrepelliz, por creer que él también iba a ser particionero de tan sobrenaturales regalos.
Llegado el momento de la Consagración, el inquieto monaguillo de cuando en cuando se levantaba del lugar que le correspondía, y hurtando el ser visto de D. Manuel, pero no importándole un bledo ni las rúbricas ni lo que los asistentes dijeran al ver aquellas posturas tan poco litúrgicas, estiraba cuanto podía el cuello y, con unos ojos desorbitados miraba y remiraba, por ver si sorprendía a Nuestro Señor en una de sus manifestaciones corporales.
No lo consiguió el curioso rapaz, aunque repitió varias veces su faena durante la Misa, saliendo de ella con la convicción de que aun no era él lo suficientemente bueno para merecer tales favores, y con el propósito serio de emprender a galope tendido una alocada carrera hacia la santidad, para, al menos cuando llegara al Sacerdocio, ser digno de los favores con que sin duda el Señor regalaba a D. Manuel.
¡SI TODOS FUERAN COMO MOSEN SOL !
No eran sólo sus devotos y admiradores los que reconocían y pregonaban su acrisolada santidad, sino que hasta en los sectores apartados de la Iglesia se le consideraba como un hombre íntegro y de un vida inmaculada.
Cuando entre uno y otro campo surgía la discusión, y los enemigos de la Religión echaban mano del tópico manoseado y huero de la conducta poco digna de algunos clérigos, midiendo a todos los demás por el mismo rasero, el contraataque solía consistir en poner ante sus ojos el ejemplo de D. Manuel a lo que invariablemente respondían los primeros:
«¡Ah! ¡Es que si todos los sacerdotes fueran como Mosén Sol, sería otra cosa!»
Lo cual, sin mermar en nada la santidad de los demás sacerdotes, por ser un argumento tendencioso además de infundado, demuestra que era de tales quilates la virtud de D. Manuel y tan arrollador el influjo de su santidad, que ante ella habían de rendirse hasta los mismos anticlericales.
YA PASA DON MANUEL
Queríanle extraordinariamente sus paisanos por la fama de santidad de que gozaba, hasta el punto de que, cuando iba por cualquiera de las canes de la ciudad, con frecuencia se oía exclamar a la gente : «¡Ya pasa Mosén Sol, ya va Mosén Sol ! » Y todos salían a las puertas de las casas para verle.
Este grito y esta actitud, no eran otra cosa que la paladina manifestación de los sentimientos de alegría que provocaba su paso.
Los mayores le saludaban sin distinción de clases sociales, y los niños le rodeaban para besarle la mano y pedirle estampas. Había días en que por este motivo, y siendo la distancia cortísima, tardaba media hora larga en llegar desde el Templo de la Reparación al Colegio de San José.
LA JUBILACIÓN DE UNA SILLA
Sufría D. Manuel terribles dolores de muelas, que le impedían conciliar el sueño por la noche y no le permitían trabajar a satisfacción durante el día. No tuvo más remedio que dirigirse a casa del odontólogo para sacárselas.
Le examinó éste detenidamente la dentadura y sin decirle palabra le arrancó una muela y un diente; pero la extracción debió ser tan difícil y dolorosa que quedó el paciente atontado.
Visitaba más tarde la misma clínica el Presbítero D. Manuel Pascual. Mientras el dentista preparaba los aparatos necesarios para la operación, el sacerdote sentado en el sillón del suplicio pasaba revista a todos los objetos existentes en la habitación, cuando toparon sus ojos con una silla, idéntica a la en que él se hallaba sentado que pendía del techo, en uno de los ángulos de la estancia.
¡Qué cosa más rara!, dijo para sus adentros, y no pudiendo resistir la tentación de curiosidad que le asaltó, preguntó al dentista
-Oiga, doctor, ¿cómo es que ha jubilado usted esa silla, si parece que está todavía en buen uso, y por qué ha tenido usted la peregrina ocurrencia de colgarla del techo?
-Le extraña, ¿verdad? Pues la razón es la siguiente: En esa silla extraje a Mosén Sol una muela muy difícil, y fue tanta la calma, serenidad y extraordinario valor de que dio pruebas, que tuve la convicción de haber operado a un santo, y desde entonces no he consentido que nadie más se siente en ella ; y ahí la tengo a la vista de todos para recuerdo y edificación de cuantos visiten mi clínica.
Y allí conservó el dentista durante mucho tiempo la silla, como si fuera la reliquia de un santo.
¡ES USTED UN SANTO !
Fue en la estación de Madrid. Estaba D. Manuel acomodado en un departamento del tren aprovechando el tiempo, mientras llegaba la hora de la salida.
De pronto interrumpe su lectura una visita inesperada. ¡Era D. Alfonso Merry, más tarde Embajador de España en Londres! Un fuerte apretón de manos y un saludo efusivo que a D. Manuel le supo a poco, pues el distinguido señor salió inmediatamente del vagón.
D. Manuel casi no acertaba a explicarse aquella visita relámpago. Pronto le sacaron de su asombro dos señoras jóvenes y de porte finísimo, que preguntaban por D. Manuel Sol.
-Servidor de ustedes, repuso éste. ¿En qué puedo serles útil?
-Vamos a tener el gusto y la honda satisfacción de verle y de besarle la mano.
D. Manuel estaba un poco aturdido; porque, en efecto, mientras le besaban la mano, no dejaban de mirarle y remirarle con los ojos siempre fijos en su rostro.
-Queremos además que nos tenga usted siempre presentes en sus fervorosas oraciones, pues nos acaban de decir que es usted un santo.
- ¡Pobres señoras! ¿Quién las ha engañado a ustedes de ese modo ?
-Nos lo ha dicho quien no miente; y tampoco miente su cara de usted. Ruegue usted por nosotras.
Sonó la campanilla de la estación. Era el momento de la salida. Las señoras, entre risas y peticiones de plegarias, besaron de nuevo la mano a D. Manuel y desaparecieron, dejándole confundido.
Llegó entonces D. Alfonso Merry a despedirse y entró en el departamento con cara de pascuas y sonriendo un poco picarescamente. D. Manuel, al darle la mano, le echó una cariñosa reprimenda por el afecto excesivo que le había demostrado.
LOS APUROS DE UN BARBERO
Los alumnos del Colegio de San José de Tortosa, con quienes convivió durante tanto tiempo y que tuvieron, por consiguiente, ocasión de conocerle tan de cerca, tenían formado de él un altísimo concepto. Frecuentemente se les oía exclamar : ¡D. Manuel no tiene cara de hombre! ¡Parece un ángel! ¡Es algo extraordinario! ¡Es un ser superior! Y no se cansaban de mirarle, cuando se ponía al alcance de sus ojos.
Tan convencidos estaban de su santidad, que hasta los inquietos latinillos con frecuencia le hacían objeto de sus conversaciones, llegando algunos en su ingenuidad infantil a decir que tenían ganas de que se muriera pronto, para cuanto antes verle hacer milagros y poderle venerar en los altares.
De esta fama de santidad nacía la veneración y el respeto que le profesaban, como lo demuestra el siguiente caso, contado por el mismo protagonista:
«Era yo barbero de los alumnos y de los Superiores del Colegio de Tortosa. Para D. Manuel iba un barbero de la ciudad. Un día no pudo éste ir y me avisaron para que afeitase yo a D. Manuel. Lo hice. Pero, como le mirábamos como una cosa sagrada, me vi apuradísimo para cumplir mi misión. ¡Qué sudores y trasudores los míos, y eso que... era invierno!...»
Menos mal que D. Manuel, notando su turbación, le propinó unas cuantas palabras de cariño que devolvieron la tranquilidad al turbado barbero.
COSAS DEL CHANTRE
Gozaba fama de santidad no sólo entre personas seglares, entre sus devotos y dirigidos, sino entre el elemento eclesiástico, sacerdotes y altos dignatarios de la Iglesia, quienes, por sus cargos y formación, no suelen ser tan pródigos en formular juicios favorables respecto a la santidad de las personas, o en propinar epítetos laudatorios.
Esto no obstante, hay múltiples ocasiones en la vida de D. Manuel en las que sacerdotes y religiosos no se avergonzaban de manifestar públicamente el aprecio que le tenían y la veneración que le profesaban.
Ocupaba la Chantría de Burgos el prestigioso y sabio sacerdote D. Manuel González Peña ; el cual, siempre que D. Manuel paraba en la capital de Castilla, no perdía la ocasión de saludarle para gozar de su agradable conversación y de sus edificantes ejemplos.
El Sr. Chantre pasaba largos ratos contemplando a D. Manuel, de quien decía que jamás había visto cara más parecida a la de un santo que la suya. Y era tal la veneración que por él sentía, que siempre que le era posible le besaba la mano con mucho respeto.
D. Manuel solía ponerse en guardia y no se la dejaba besar. Pero a veces, en un momento de descuido, el buen canónigo satisfacía sus deseos.
Y entonces D. Manuel, para que los circunstantes no formaran de él un concepto elevado al ver a un sacerdote, tan benemérito como aquel, darle. tan significativa muestra de respeto, decía sonriendo, mientras movía un poco la cabeza:
«¡Bah, bah! ¡Cosas del Chantre, cosas del Chantre!»
LA PLATICA AQUELLA
Hizo un viaje a Toledo por el mes de mayo de 1899. El mismo día de su llegada quiso saludar a los seminaristas. Estos, que nada sabían de la venida de D. Manuel, se vieron gratamente sorprendidos por la voz de la campana que les invitaba a ir a la capilla.
Fueron rellenándose las hileras de bancos. Cientos de ojos, después de contemplar la mesa de pláticas preparada a aquella hora intempestiva, se clavaron en la puerta de la sacristía, ansiosos de saber quién era el orador que allí les había congregado.
Salió, por fin, D. Manuel con su paso lento, su aire acompasado y su porte atrayente. Rezó delante del sagrario con mucho fervor, imploró el auxilio de los santos ángeles con un timbre de voz tan especial y unos dejos de unción sagrada tan marcados, que no pudieron menos de llamar poderosamente la atención de aquellos chicos.
Entre los de segundo de Filosofía se sentaban juntos dos alumnos, de los cuales uno era un seminarista ejemplar y fervoroso y el otro un seminarista aseglarado y mundano, más bien un seminarista malo.
Todos seguían el desarrollo de la plática con un interés extraordinario y una atención admirable en medio de un silencio sepulcral. El primero de estos dos seminaristas estaba completamente absorto, escuchando con sumo deleite de su espíritu aquellas cosas tan sublimes que le sabían a cielo, salidas de labios de aquel sacerdote endiosado que necesariamente tenía que ser un santo.
En estas cavilaciones y pensamientos andaba sumido, cuando vino a distraerle la voz ronca de su compañero del lado, el cual, sacudido fuertemente por el fervor que destilaban las palabras del orador sagrado, se vio precisado a exclamar, mientras despertaba de su ensimismamiento a su condiscípulo con un codazo
- ¡Chico, éste es un santo! . . .
- ¡Ciertamente! ¡Así es! -contestó el primero, dándose entonces perfecta cuenta de los quilates de santidad que atesoraba D. Manuel, más que por los efectos de entusiasmo que habían provocado en su espíritu las palabras del fundador de la Hermandad, por los efectos que habían producido en el alma siempre insensible de su compañero.
El seminarista primero, que conservó durante toda su vida el recuerdo del primer encuentro con D. Manuel, llegó más tarde a ser hijo esclarecido de la Hermandad, Superior general y protomártir de la misma: D. Pedro Ruiz de los Paños.
¡ES LO QUE MAS ME GUSTA !
Mortificadísimo en todo lo era particularmente en lo referente a la comida, hasta el punto de poder decir justificadamente en cierta ocasión a un Operario, a quien el solo olor del vino le molestaba: «¡Mira, yo, basura que me sirviesen, tomaría!»
No sólo se mostraba indiferente ante los platos, ignorando sus comensales cuáles eran los de su preferencia, sino que, yendo hasta el extreme en la mortificación de la gala, daba muestras sensibles de placer cuando le presentaban algún manjar que le repugnaba.
Cuando le servían carne, infaliblemente se quedaba con los huesos, y si la comida era pescado, para él se reservaba las cabezas. Y esto lo hacía con tanta sencillez y naturalidad, que la gente llegaba a persuadirse de que, en efecto, era aquel su plato favorito.
Estando una vez en Barcelona, uno de sus comensales que le quería de veras, viendo que se quedaba casi sin comer, porque siempre que ponían pescado se servía las cabezas, se atrevió a decirle
-D. Manuel, sírvase usted más, que siempre se pone las cabezas y se ha de quedar con hambre.
-No, respondió él, es lo que más me gusta.
Y le salió tan espontáneo y dio tal énfasis de convicción a sus palabras, que despistó completamente a cuantos le rodeaban, haciéndoles creer que, en efecto, aquella era la parte del pescado que más le gustaba.
¡ESTO NO PUEDE SER !
Ni aun en medio de las enfermedades, cuando con las dolencias del cuerpo suele tornarse más quisquilloso el espíritu, ni aun entonces, D. Manuel se dejó llevar jamás del gusto. Seguía con meticulosidad las prescripciones del facultativo. Nunca se quejaba de que le presentaran la leche sin azúcar o fría, o de que las medicinas resultaran demasiado amargas.
El mismo día en que le dio el ataque de su última enfermedad, pasado el primer acceso, se presentó al toque de la campana en el refectorio con los demás Superiores, no permitiendo que le sacaran nada especial, y contentándose con la comida de todos.
Cuando se hallaba comiendo, le vino un segundo accidente, y tuvieron que retirarle y meterle en la cama. Estando ya en ella y vuelto en sí, le sirvieron un trozo de carne tan mal preparado, que se necesitaba todo el apetito de un famélico para poderlo hincar el diente.
D. Manuel lo recibió sin dar muestras de desagrado, pero el médico que le asistía, Dr. Vilá, y que se hallaba entonces presente, exclamó enfadadísimo, no sólo por la mala preparación de aquella comida indigna de un enfermo, sino por la paciencia supina de D. Manuel:
- ¡Esto no puede ser! ¡Imposible! ¡No puede continuar así! ¡Avisen que venga en seguida a servirle una Sierva de Jesús!
Y como notara ciertos reparos en D. Manuel, añadió
- ¡Ea, lo dicho, que no puede ser!
EL ACEITE DE LA LÁMPARA
Muchas ocasiones tuvo de refrenar su carácter impetuoso y su temperamento vivo, y de poner en práctica el consejo que él daba a sus Operarios: «Procura que los disgustos no te pasen de la ropa o de la piel, y ten en cuenta que paciencia se tiene más cuanto más se gasta.»
Era un día de Jueves Santo. Se hallaba D. Manuel arrodillado junto al presbiterio de la iglesia de Santa Clara, preparándose para la celebración del Santo Sacrificio. Absorto en su meditación, no advirtió los movimientos del monaguillo, que junto a él estaba preparando la lámpara del Santísimo.
Alguien entró precipitadamente en la iglesia y el buen rapaz clavó instintivamente sus ojos en la puerta de la entrada, dejando al mismo tiempo caer el vaso de aceite sobre el magnífico manteo que vestía D. Manuel.
Dióse cuenta éste del tremendo desaguisado cometido por el monaguillo cuando, después de sentir que rodaba por sus espaldas el vaso del aceite, se vio el enorme lamparón que le había echado encima.
El manteo había quedado inutilizado. No obstante, D. Manuel se contuvo sin decirle nada al atolondrado acólito y continuó su oración mental. Acabada la misa y cuando ya en la sacristía el pobre rapaz se temía una reprimenda, D. Manuel se limitó a decirle, mientras le alentaba con una mirada paternal: «¡Qué chicos, qué chicos!»
Acto seguido se dirigió al locutorio de las monjas para ver si aquello tenía remedio. AL enterarse las religiosas, aunque lo sintieron, no pudieron menos de reír la aventura del aceite. Limpiáronle el manteo lo mejor que pudieron, pero no consiguieron hacerlo como hubieran deseado. Al saber D. Manuel que su manteo, después de aquella ligera escaramuza, había de pasar a la reserva, no se incomodó lo más mínimo, al contrario, hasta tuvo humor para bromearse de las monjas, que no eran capaces de limpiar debidamente aquella pieza, recién estrenada y puesta fuera de combate de una manera tan tonta.
UN CAMARERO IMPROVISADO
En otra ocasión fue una sopera llena la que, escapándose de las manos de un improvisado camarero del Colegio de Tortosa, vino a dar aún caliente encima de D. Manuel.
Uno de los comensales, al ver que la sotana de éste había quedado poco menos que inservible, se creyó en el deber de propinar al incauto seminarista una regañina de las que hacen época.
Aguantaba cabizbajo el pobre estudiante aquella lluvia de improperios, dirigidos contra su precipitación y descuido, hasta que la cortó D. Manuel diciéndole, mientras le dirigía una mirada compasiva: «¡Ay, chiquito, chiquito!», palabras que para el apenado seminarista, más que de reproche, tenían dejos de suave caricia.
LA OVEJA ROÑOSA
Amante de todas las virtudes, no podía menos de ser Don Manuel un enamorado de la virtud angélica: la castidad sacerdotal. Ejercióla en alto grado y de muy diversas maneras. Llevaba continuamente la vista recogida y un halo de encantadora modestia regulaba todos sus gestos y movimientos.
Hasta en dar a besar su mano ungida se mostraba reservado, no permitiendo que le tocasen de ninguna otra manera. En su última enfermedad no consintió «que le cortaran las uñas de los pies, a pesar de las insistencias que se le hicieron, por el amor extraordinario que profesaba a la Santa virtud de la pureza».
La predicó durante toda su vida con su palabra y con su ejemplo. «No quiero tener en mis colegios, decía, ninguna oveja roñosa». Y dirigiéndose a los colegiales añadía : «Sobre todo, ¡ay!, evitad aquel pecado que no quiero nombrar. Si alguno fuese tan degenerado a hiciese tal cosa, que no se acerque al Oratorio ya, porque excitaría la ira de Jesús. Que se marche enseguida aunque sea con la blusa, sin despedirse de los Superiores. Si viene aquí, él sólo robaría las gracias a los demás. ¡Oh, no, no! Que el Corazón de Jesús le arroje, antes que uno pueda servir de tropiezo a otro, ni con palabras, ni con obras».
Es curioso y admirable el que, a pesar de haber tratado con personas de toda edad y condición, sobre todo con jóvenes del otro sexo y religiosisas de mil Congregaciones diferentes, a nadie ni siquiera a sus mismos enemigos se les haya ocurrido acusarle contra esta virtud. Lo cual prueba lo acrisolado de ella, y lo inmunizada que estaba su fama, pues una calumnia de ese género no hubiera adquirido cuerpo entre sus paisanos, los tortosinos, que estaban convencidos de la pureza de vida y rectitud de intención con que D. Manuel procedía en todas sus cosas.
Y tanta era la estimación que en este sentido gozaba entre sus colegiales, que algunos de ellos, como el después jesuita, P. Artemio Colón, para resistir las tentaciones contra la castidad, invocaban el nombre de su antiguo Superior uniéndole a los de los tres santos personajes de la Sagrada Familia, y diciendo: «¡Jesús, María, José y D. Manuel!», se veían libres de tales tentaciones.
Y DON MANUEL SE HIZO EL SORDO
Visitó en cierta ocasión a una señora tortosina, ya de alguna edad, que vivía con una hija suya, también entrada en años. Ambas eran dirigidas de D. Manuel y entusiastas bienhechoras de todas sus obras de celo.
- ¡Pase, pase, D. Manuel!, respondieron a dúo y llenas de gozo señora y señorita, al saber quién era el huésped que llamaba a la puerta. Como le trataban con tanta confianza, aunque la hija estaba peinando a la madre, no tuvieron reparo en introducirle en la habitación en que se hallaban.
Antes de que él tuviera tiempo de despegar los labios para exponer el objeto de su visita, la joven por vía de introducción y para hacer una caricia a su madre, que estaba completamente chocha porque, a pesar de los años, conservaba una envidiable y bien cultivada cabellera, dirigiéndose a D. Manuel, le dijo:
«¡Mire, mire, D. Manuel, qué pelo más hermoso tiene todavía mamá!»
Pero D. Manuel, a quien habían hecho poca gracia tan imprudentes palabras, se hizo el sordo, y como si estuviera distraído, se puso a mirar por el balcón de la casa, hasta que sus hijas espirituales terminaron la faena en que se hallaban ocupadas.
EL RECUERDO DE AQUEL VAPOR
Se hallaba en la ciudad de Valencia y fue invitado juntamente con D. Enrique de Ossó y otras personas a visitar un magnífico trasatlántico que había fondeado en el puerto.
Accedió D. Manuel, más bien que por satisfacer la curiosidad natural de ver un vapor recién construido según las últimas exigencias de la técnica náutica, por el placer de secundar los deseos de un amigo que tan cariñosamente les había invitado.
Estuvieron en los camarotes y curiosearon los salones; vieron las máquinas, subieron a cubierta y bajaron hasta las bodegas; lo recorrieron todo de popa a proa, gozándose en Dios que por medio de los hombres hace esas maravillas flotantes de los grandes trasatlánticos modernos.
En un ángulo de una de aquellas estancias había sobre elegante peana y como objeto de adorno una estatuilla indecorosa, que necesariamente hubieron de ver los visitantes. Los ojos de D. Manuel, que no esperaban tropezarse con semejante objeto, pasaron rápidamente sobre él y se escondieron instintivamente tras los párpados, entornados para no mirar lo que habían visto.
Pero su amor a la virtud de la santa pureza era tan exquisito, que durante mucho tiempo conservó un triste recuerdo de aquel vapor, no porque la conciencia le acusara de pecado, ni siquiera por efecto de escrúpulos, que no había lugar a ellos pues sus ojos habían tropezado casualmente con aquella imagen y habían pasado por ella como gato sobre ascuas, sino por la preocupación de haber dado quizás mal ejemplo a los que le acompañaban o a los que, conociendo ya el barco y cuanto encerraba, le habían visto entrar o salir de él.
¡ESO SI QUE NO LO VERÁN TUS OJOS!
Tuvo que hacer un viaje a Valencia, y se decidieron a acompañarle en plan de excursión, entre otros familiares, una hermana suya con la que iba además una hija y una amiga de ésta. D. Manuel se desvivió por atenderlas lo mejor que pudo, sin reparar en tiempo ni en gastos. Hizo que vieran cuantos monumentos y cosas notables hay en la ciudad del Turia. El las acompañaba en aquellas visitas turísticas y, cuando no encontraban quien desempeñase este papel, él mismo hacía de «cicerone». Con tan buen guía pudieron contemplar el Miguelete y las torres de Cuarte, la catedral y el santuario de Nuestra Señora de los Desamparados, la Lonja y el puerto.
De las iglesias más importantes pocas dejaron de ver, pues cada día las citaba en una de ellas para oír la misa que él celebraba y comulgar, haciendo que, acto seguido, el sacristán les enseñase cuantos objetos de valor figuraban en el relicario, o les acompañara por el templo para mostrarles las imágenes de algún valor.
Todos los excursionistas estaban encantados de las bellezas que encierra Valencia, y no menos de la condescendencia y atenciones derrochadas por D. Manuel en favor suyo durante aquellos días.
Basándose en esto, y más aún movida por la insistencia machacona de su hija y de la amiguita de ésta, se atrevió la hermana de D. Manuel a pedirle que, pues les había enseñado tantas y tales cosas, para que el regocijo fuera completo y pudieran decir las niñas que lo habían visto todo, les permitiera asistir, ya que él no querría acompañarlas, a una sesión de teatro en uno de los mejores salones de la capital levantina.
Como una bomba le sentó a D. Manuel aquella petición de su hermana. El, tan afable y obsequioso siempre con todos sus familiares, se mostraba intransigente cuando sus condescendencia pudiera ponerles en peligro de quebrantar los mandamientos divinos y las normas de la Iglesia. Por eso no la permitió continuar aduciendo razones especiosas en favor de su petición, sino que, cortándola al punto, respondió con una energía rayana en la emoción y con una convicción que no dio lugar a réplicas:
«¡Ah, no! ¡De ninguna manera! ¡Eso sí que no lo verán tus ojos, mujer!»
Y desde aquel momento nadie volvió, no ya a mentarlo, pero ni siquiera a pensar en ir al teatro.
COLEGIOS DE CAÑAS
Poseen los santos una fe ciega en Dios y una confianza ilimitada en los designios amorosos de su Divina Providencia.
De una y otra virtud dio pruebas extraordinarias D. Manuel.
«Cuando hay necesidad de una cosa, se hace, sin preocuparse del dinero...» Esa era su consigna. Así lo hacía y así lo aconsejaba, como lo hizo en cierta ocasión a un Superior que andaba perplejo, viendo por una parte la urgente necesidad de un local habitable para biblioteca en uno de sus colegios, y por otra, la falta de recursos con que levantarle.
«No tema por los empeños, decía a otro. Busque dinero, que luego San José y su apurada situación sacarán las habilidades.»
Hasta tal extremo llegaba su confianza, que decía: «Con gusto haría los colegios de cañas para veinte años, y luego la Providencia se encargaría de ellos», dando a entender que cuando los negocios de gloria de Dios se ponen en sus manos divinas, él se interesa por ellos, y no hay peligro de que no salgan a flote a no ser que la desconfianza humana les eche a pique.
D. Manuel la ponía toda en Dios, y por eso todas sus cosas llegaban a feliz término. Cuando se hallaba en Valencia en los comienzos del Colegio de San José, decía: «Aquí un movimiento excesivo. Tenemos entrando 240 chicos, y no tenemos ni agua ni fuego ni luz ni local: pero se va remediando todo».
El Señor lo remediaba valiéndose como de instrumento de su actividad y celo portentoso, caldeado con el fuego de una confianza ilimitada que trascendía al exterior y le ganaba entre la gente la fama de ser un hombre de Dios, y por eso, insustituible en la favorable solución de cuestiones desesperadas.
«Sujetaré mis fervores hasta la venida de Vuestra Reverencia, le escribía a Roma la abadesa de un convento de Vinaroz, cuando traía entre manos la construcción de otra casa religiosa en Vall de Uxó; porque es Vuestra Reverencia el destinado por Dios para llevar a feliz término estas empresas de pocos cuartos».
DIOS ES EL AMO
Gastó todo su rico patrimonio en llevar a feliz término las obras que le sugerían su celo por la gloria de Dios. Había vendido por ese motivo dos huertas preciosas, una en la Estación y otra en el Rastro, dos molinos de aceite, una plana enorme, y algunas montañas, y cuando ya no le quedaba de su herencia más que la casa natal, pensó en venderla también para hacer frente a los enormes dispendios que le ocasionaba una empresa que entonces traía entre manos.
Sentía en el alma tener que enajenar aquella casa, legado de sus mayores, que guardaba tantos recuerdos de su infancia, y de la que únicamente salió cuando la guadaña de la muerte había abierto hondas brechas entre los miembros más queridos de su familia. Pero la necesidad le obligaba a desprenderse de ella. No veía otra solución en el horizonte de las posibilidades, y los motivos de la gloria de Dios le urgían con insistencia cada vez más apremiante. No había duda: ante el dilema que le planteaban el espíritu y el corazón, vencería el primero al segundo; sacrificaría el gusto de conservar su casa pairal por la satisfacción de proporcionar al Señor nuevos motivos de gloria.
Sin embargo, no todos pensaban como él. No faltaron allegados y amigos que, con un amor bastante descalificado y movidos por una prudencia demasiado humana, creyéronse en el deber de disuadirle de su propósito, y hasta se atrevieron a indicarle que la empresa en que se hallaba empeñado era, además de descabellada, imposible de realizar.
-Mira, Manuel, le dijeron. El negocio que lo ocupa no puede prosperar de ningún modo. A todas luces se ve que va a pique y que de un momento a otro se vendrá abajo. De modo que nos sentimos en la obligación de decirte que no sólo es imprudente, sino temerario el que vendas la casa de tus padres, para emplear su importe en la empresa a que nos referimos, pues, deshecha ésta, como sucederá, y sin otros medios de subsistencia, lo verás en la precisión de ir a un hospital.
A lo que D. Manuel, que miraba las cosas desde un punto de vista más sobrenatural, respondió con dignidad y entereza, después de haberles dado delicadamente las gracias por el interés que por él mostraban: «Si Dios permite que se hunda la Obra, lo sentiré, pero Dios es el Amo. Y si yo tengo que ir a parar a un hospital, no me importa, estoy conforme con su divina voluntad».
SI YO FUERA OBISPO, LE ORDENARÍA
Por su madurez de juicio, sus dotes naturales, su vida sobrenatural y su experiencia nada común, era D. Manuel un consejero ideal. Gentes de toda condición social acudían a él en demanda de orientación en su vida y empresas. No pocos Prelados, hallándose en momentos apurados y en ocasiones difíciles, le confiaban a D. Manuel sus asuntos, aquietándose plenamente con la solución que él les daba.
Un seminarista de la diócesis de Tortosa había solicitado el subdiaconado. Hechas las publicaciones de las Ordenes en los lugares debidos, cierta persona que le quería mal, le denunció al Sr. Obispo acusándole de que era liberal.
El Sr. Obispo, para quien el acusador debía de ser persona de toda solvencia, negó las Ordenes al seminarista. Este, al enterarse de la causa de la negativa, se personó ante el Prelado tratando de convencerle de que le habían informado mal, de lo infundado de la acusación y de la animosidad que para con él sentía desde hacía mucho tiempo el denunciante.
Nada consiguió a pesar de su insistencia.
No faltó, sin embargo, quien se interesase por el citado ordenando y fuese a interceder por él ante el Sr. Obispo, con resultados también negativos. Al saber que todas las tentativas anteriores habían resultado fallidas, el Dr. Marchancoses, persona de prestigio en la diócesis, se lo comunicó a D. Manuel.
Enterado D. Manuel del caso, envió a D. Andrés Serrano para que hablara de él al Prelado y le dijera en su nombre:
«Si Vuestra Excelencia tiene resuelto el no ordenarle, está bien. Pero si yo fuese Obispo, le ordenaría.»
Pesaron tanto en el ánimo del Sr. Obispo estas palabras, que sin esperar a nuevas consultas ni hacer otras indagaciones, le ordenó en seguida, con la consiguiente admiración de todos, que no acertaban a explicarse el repentino cambio de parecer del Prelado.
TU SERÁS MONJA
Hallábase dando Ejercicios Espirituales a las jóvenes de San Mateo. Entre ellas había algunas fervorosas y otras un tanto ayunas de verdadera piedad. En un momento propicio llamó a una de éstas, la estuvo aconsejando y amonestando, la hizo ver cómo la causa de su poco adelantamiento en la vida espiritual no era otra que la compañía de amigas frívolas y ligeras, la mandó que las dejase, pues de lo contrario no pasaría de ser una simple «beata», y la indicó otras compañeras que la podían hacer mucho bien. Después de estas prudentes admoniciones, añadió con la seguridad de quien dice algo de lo que está completamente convencido
«¡Tú has de ser religiosa!»
La chica, un poco extrañada porque nunca había pensado semejante cosa, al volver a casa se lo contó todo a su madre: «He estado con Mosén Sol, y me ha dicho que tengo que ser religiosa.»
La madre, que tenía cariño extraordinario, y más que cariño veneración, a D. Manuel, y estaba contentísima porque su hija hacía con él Ejercicios Espirituales, respondió emocionadísima: «¿Qué puedo yo negarle a ese Santo? Dile, hija mía, que disponga de ti, de mí y de todo lo mío.»
No necesitó la joven hacer más exploraciones sobre su vocación; basándose únicamente en las palabras de D. Manuel, no tardó en solicitar el ingreso en el Convento de Madres Agustinas de su mismo pueblo, siendo admitida en él poco después.
EL ASPIRANTE A CANÓNIGO
Acostumbrado a trabajar siempre por motivos de pura gloria de Dios, tenía D. Manuel verdadero horror a todo lo que significara distinciones y puestos elevados. El mismo se había cerrado todo acceso a puestos y dignidades eclesiásticas con el propósito de no aceptar jamás cargos colativos. Gozaba cuando le hablaban de algún sacerdote de prendas excepcionales que se entregaba desinteresadamente al cumplimiento de su sagrado ministerio, sin ambición de recompensas humanas, con la mira únicamente puesta en Dios, y hablaba a veces con cierta compasión de algunos que él decía «atacados de canonjitis».
Presentóse ante él en cierta ocasión un joven subdiácono, lleno de vida y de ilusiones, con muchos pajarillos en su cabeza y no menos planes en su mente. Acababa de hacer brillantemente el doctorado en Sagrada Teología, y le faltó tiempo para comunicárselo a D. Manuel.
Queríale éste de veras, no sólo por sus buenas dotes naturales, sí que también por las relaciones de verdadera amistad que le unían con alguno de los miembros de su familia.
«¡Bien, hombre, bien! o, le decía, felicitándole, mientras le acariciaba con su mirada paternal y le envolvía en una sonrisa llena de afecto sincero. «Y ahora, ¿qué piensas hacer?»
El novel doctor, con cierto aire de despreocupada indiferencia, pero dejando claramente entrever que ya le había preocupado este asunto y tenía dispuestos sus planes, dejó como caer las siguientes palabras, encuadrándolas en un movimiento significativo de hombros:
-¡Psch...! ¡Casi no sé! Quizá haga oposiciones a castrense y me vaya al Ejército.
D. Manuel, al oír esta respuesta, no pudo contener un gesto de desagrado; lo cual, advertido por el avispado subdiácono, que no quería desagradarle en lo más mínimo, se apresuró a cambiar de camino y añadió
-Tampoco me desagrada el coro. Ahora que hay vacante una canonjía, quizás haga oposiciones a canónigo.
No disminuyó la extrañeza y el desagrado de D. Manuel, que entonces le dijo:
-¡Pobre hombre! ¡También tú atacado de canonjitis!
El pobre subdiácono con su doctorado sin estrenar, no sabía por dónde salir, pues veía todos sus planes en tierra, y creyendo tontamente que para estar al frente de una parroquia no merecía la pena haberse graduado, dio otro paso en falso diciendo:
-Pues entonces, profesor de la Normal.
-Y ¿por qué no ir a una parroquia?-repuso, por fin, D. Manuel-.¡Con tanto bien como puede hacerse en ellas!
-Pues bien, iré a parroquia-contestó decidido el joven doctorado, para quien los deseos de D. Manuel tenían fuerza de imperativo-. Iré a parroquia.
Había hallado, al fin, su vocación específica, donde él no la buscaba. Y desde entonces no volvió a pensar más que en la cura de almas, siendo en la actualidad un dignísimo y benemérito párroco de una capital de España, cargo que viene ejerciendo desde hace mucho tiempo con aplauso de, sus superiores jerárquicos y satisfacción general de sus feligreses.
¿SERÉ YO DE LOS ÚLTIMOS ?
Lo cuenta el Excmo. Sr. Dr. D. Leopoldo Eijo y Garay, actual Obispo de Madrid Alcalá y Patriarca de las Indias.
«Un amigo mío, cuyos secretos no lo son para mí, andaba hacía tiempo muy preocupado estudiando el negocio de su vocación y creyendo que el Señor le llamaba a estado más perfecto. Su Director espiritual y el Superior creían que no. Sus relaciones familiares, su pensión diocesana, su carácter y el conjunto de circunstancias que constituyen la voz fría de la realidad, que no por ser fría es menos voz de Dios que los vehementes deseos y los encendidos fervores piadosos, parecían indicar que no. Pero ¡eran tan claras las voces internas con que Dios llamaba!
-Consúltalo con D. Manuel-le dijo D. Benjamín, el Rector del Colegio Español, y allá fue mi amigo.
D. Manuel le recibió lleno de afecto, y cuando se enteró del asunto, elevó sus ojos a lo alto, como si pidiera a Dios luces, escuchó, preguntó, volvió a escuchar, y después de una breve pausa, poniendo su mano sobre la cabeza de mi amigo y toda la fuerza persausiva de su autoridad y de su afecto en las palabras, le dijo: -Mira, hijo, el secreto de la correspondencia a la vocación está en una sola cosa: obedecer. Obedece a tus directores y habrás atinado.
-¡Ese es mi deseo, D. Manuel, y esa es mi norma. Obedecer a mil Superiores por Dios. Pero como son contradictorias sus voces. obedezco siguiendo las indicaciones de la voz más clara, la del Superior; mas, me consumo interiormente no pudiendo seguir la voz que de Dios me parece.
-No digas que son contradictorias, aunque tales las creas. En negocio tan capital, si con corazón a intención pura se acude a Dios, Dios no deja que se engañen sus encargados de guiarnos al cielo.
-Entonces, D. Manuel, ¿serán ilusiones mías?...
-No, chico, no; yo creo que Dios lo llama; y creo también que tienen razón tus Superiores, al menos por ahora. Pero, para que veas que no hay contradicción en esto, fíjate bien, y no olvides lo que lo voy a decir. Dios llama a los jóvenes a la vida religiosa de tres maneras: a unos los llama para que entren y se queden; son los que constituyen los Institutos Religiosos; a otros los llama para que entren y se salgan. ¿No conoces la vida del Venerable Padre Claret? y a otros los llama...¡para que no entren! ¿Te sorprende?, pues esa es una prueba de amorosa providencia del Señor; con esa idea el joven vive enfervorizado y observante, atento sólo a Dios, despegándose por él de todo afecto terrenal, ganando con su deseo grandes méritos, y sobre todo, defendido de los peligros de la juventud.
-¿Y seré yo de los últimos?
-No lo sé, ni lo conviene saberlo. Ponte por entero en manos de tus Superiores, y no creas que su voz está en contradicción con la del Señor... Más adelante, ya veremos; tal vez ellos cambien... tú no tengas voluntad propia.
Así lo hizo aquel seminarista, viéndose en adelante libre de tales dudas, porque descansó plenamente en las palabras de D. Manuel.
CONFIANZA DE LA FUNDADORA
Corría el año 1905. Hallábanse las Siervas de Jesús edificando el hermoso edificio que actualmente poseen en Tortosa, en cuya construcción intervino tan directamente D. Manuel.
A pesar del sesgo favorable que llevaban las obras no estaba el siervo de Dios satisfecho, porque en las proximidades del nuevo convento había unos lavaderos públicos, y sabido era que a ellos acudía gente poco recatada, que con sus gritos estentóreos y sus palabras insolentes podrían turbar la paz de las humildes religiosas.
Preocupado por aquel asunto no sosegaba, queriendo darle una solución favorable.
Un día le dice todo resuelto a su colaborador D. Buenaventura Pallarés
-¡Oye, Ventura, eso no puede seguir así! Hay que comprar todo el terreno que circunda los lavaderos públicos.
-¡Sí, hombre, no ves que vendrán las lavanderas a lavar y, como son tan libres en la lengua, van a molestar a las monjas!
-¡Pero si no es posible! ¡Si acaban de comprar la casa y han tenido que pedir dinero prestado! ¡No es posible!
-¡No importa, hombre, no importa! ¡Hay que hacerlo! ¡Hay que comprar esos terrenos y levantar una tapia!
D. Buenaventura, apremiado por la insistencia de D. Manuel, se lo dijo a la Superiora, Madre Asunción Eguiluz, y ésta, que tomaba las decisiones de D. Manuel como si fueran de un santo, sin esperar más, lo puso en conocimiento de la Superiora General y fundadora del Instituto, Rvma. Madre María del Corazón de Jesús, con quien a D. Manuel le unían relaciones cordiales.
Aquella religiosa al saber que éste había tornado camas en el asunto y que aquella era decisión suya, sin pararse a pensar en las ventajas o inconvenientes, escribió inmediatamente a sus hijas diciendo: «Si es cosa de D. Manuel, háganlo», y las mandó que se presentaran cuanto antes en Barcelona, para hablar con D. Francisco Marchenat que era el que las había proporcionado el terreno para la construcción de la casa que estaban levantando.
Empujadas por la obediencia, pero con cierto reparo por tener que dar un nuevo asalto a la bolsa de D. Francisco, emprendieron el viaje hacia la Ciudad Condal.
Llegadas a Barcelona se dirigieron a la residencia del Sr. Marchenat, el cual, al enterarse del motivo de la visita y saber que el proyecto era cosa de D. Manuel, sin permitirlas que continuaran exponiéndole los motivos que avalaban sus planes, las dio el dinero que necesitaban.
Llenas de alegría regresaron a Tortosa, y las faltó tiempo para comunicárselo al Siervo de Dios; el cual, dando gracias al Señor por la solución satisfactoria de aquel enojoso asunto, mandó que inmediatamente mandaran levantar la tapia de circunvalación del convento.
LISTA DE FICHADOS
Era por los últimos años de su vida, cuando él andaba ocupado en propagar entre sus paisanos la devoción al Beato Gil de Federich. Quería levantarle una estatua, y no contaba con recursos para ello. Mas no paraba mientes en las dificultades económicas que pudiera ofrecer una empresa, cuando la creía de la gloria de Dios.
Pensando en el medio de salir de aquel apuro se hallaba, cuando se le presentó el que después fue Superior General de la Hermandad, D. Joaquín Jovaní, para decirle que aquel mismo día salía con dirección a Tarragona, por si se le ofrecía algo.
-¡Sí, hombre; me vienes al pelo. Siéntate y escribe.
-¿Y qué he de escribir?
-Lo siguiente: Corominas 10 pesetas; Mosén Cucala, 10 pesetas... y así fue diciendo muchos nombres hasta formar una lista respetable, para sacar el dinero que se había propuesto en Tarragona. Y se la has de llevar tú.
-¿Y si alguno se opone o se excusa?
-¡Ca!, ¡no lo harán!, diles que es cosa de Mosén Sol.
El encargado de la póstula cumplió perfectamente las recomendaciones de D. Manuel, viendo con gran asombro suyo que todos los fichados entregaban sin dificultad la cantidad que se les asignaba en la lista, cuando se enteraron de que era cosa de D. Manuel.
DUEÑO ABSOLUTO
A veces no encontraba en sus bolsillos lo que buscaba, y disponía libremente del de sus amigos.
Pasaba en cierta ocasión por la estación de Alcalá de Chivert y acudieron algunas personas del pueblo a saludarle, entre ellas dos niñas, hermanas de un seminarista. Quiso hacerles un obsequio. Registró minuciosamente todos sus bolsos y con gran sorpresa suya vio que se había olvidado del dinero, pero volviéndose a unos señores que tenía al lado, les dijo:
«Mis bolsillos están vacíos, ¿me hacen el favor de los suyos? “ Varios de ellos echaron mano de sus cameras, que generosamente ofrecieron a D. Manuel, el cual, cogiendo la del más diligente, sacó unas cuantas pesetas y se las entregó como propina a aquellas niñas, devolviendo después satisfecho el portamonedas a su dueño.
¡HOY RENOVAMOS LOS VOTOS, HÁGALOS USTED
Influía extraordinariamente en aquellos a quienes trataba. Como consejero era una cosa acabada. Los pusilánimes a su lado se tornaban enérgicos, y los indecisos o atormentados por la duda quedaban totalmente aquietados con sus decisiones.
Era un sacerdote que estaba preocupado con el negocio de su vocación. Quería ingresar en cierta Congregación religiosa y ya había dado los primeros pasos para entrar en el noviciado, pero no acababa de decidirse, porque tenía una dificultad bastante seria.
Consultó el caso con D. Manuel, y éste, en una de aquellas resoluciones tan suyas, que no por ser rápidas dejan de ser fundadas, le dijo con todo aplomo
«¡Hoy renovamos nosotros los votos. hágalos usted! “
«Y sin ocurrírseme reparo de ninguna clase, dice el interesado. los hice descansando plenamente en el parecer de D. Manuel, y viendo después en el correr de los años que aquella era, en efecto, la voluntad de Dios.»
¡MIRE QUE LE REGAÑARÉ!
Estaban de tertulia en la casa de un capellán de monjas un buen número de sacerdotes, entre los que se encontraban el cura más anciano de la población y D. Manuel.
Animados unos con otros empezó cada uno a contar retazos de su vida, empezando por las trapisondas de los primeros años, y terminando por las últimas aventuras que les habían acaecido en el desempeño de su ministerio sacerdotal: éste de vicario y aquél de capellán de monjas, el uno en sus predicaciones y el otro en su cátedra de profesor. Ni faltó quien comenzó a relatar su vida y milagros abriendo el libro de su historia por las travesuras que hacía ya en el Seminario y los malos ratos que hacía pasar a profesores y superiores.
D. Manuel gozaba viendo la jovialidad de aquellos compañeros que, sin faltar a la caridad, respiraban alegría y optimismo, y ponderaba los quilates de su virtud que, aun en medio de las cruces que continuamente les deparaba su vida sacerdotal, sabían ver siempre el lado bueno de los acontecimientos.
En esto, intervino el sacerdote, en cuya casa se desarrollaba la escena, cargado de años y de desengaños:
«¡Bah, bah! Vosotros todavía sois jóvenes, no sabéis lo que es la vida. Yo he vivido mucho. Cuando tengáis mi experiencia y mis años, respiraréis de otra manera.» Y empezó a nublar aquel cielo de santas ilusiones con las sombras de un negro pesimismo.
«Mas no había pronunciado dos docenas de palabras. dice uno de los interlocutores, cuando se vio atajado por Mosén Sol. Pero...¡de qué manera tan hábil, tan dulce, tan insinuante, tan graciosamente apremiante! , como si Mosén Sol se hubiera convertido en la madre más cariñosa y el anciano cura fuese un tierno infante, le dijo estas palabras, que voy a transcribir, pero que no lo repetirán todo, porque les faltará el acento y el espíritu que en ellas puso el santo: «No quiero que se diga esto.¡Mire que le regañaré!... “ Quedando con ello encarrilada de nuevo la conversación por los derroteros del más sano optimismo.
¿QUE SERIA ?
Además de ser devotísimo del Sagrado Corazón de Jesús, fue un apóstol incansable y un propagandista fervoroso de esta bendita devoción. Llevaba siempre junto al suyo el escapulario del Sagrado Corazón, que prendía en la parte interior del chaleco. El escapulario tenía la conocida inscripción: «¡Detente el Sagrado Corazón de Jesús está conmigo! »
Cada noche, después de besarlo repetidas veces con muestras muy sensibles de gran afecto, lo ponía debajo de la almohada para mayor tranquilidad y por la facilidad de poder besarlo siempre que se despertaba.
Estas muestras interrumpidas de afecto le valieron en cierta ocasión en favor del Sacratísimo Corazón de Jesús, que debió ser verdaderamente extraordinario, pero que él se cuidó muy bien de ocultar.
Sólo una vez en que, después de haber pasado mala noche, besaba con mayor fervor aún que el ordinario en presencia de D. Juan Estruel su querido detente, para justificar sus ósculos encendidos y no llamar la atención de aquél, le dijo con mucho misterio: «Este me ha dado un gran consuelo, que yo me callaré...», y fue tal el acento que imprimió a sus palabras y la emoción que se retrató en su semblante, que parecía cierto que se trataba de un hecho plenamente sobrenatural.
ESTE NIÑO SERRA SACERDOTE
Fue en Villafranca del Cid. Se hallaba incidentalmente D. Manuel en aquel pueblecito de la provincia de Castellón, cuando se le acercó una señora, que llevaba un niño en brazos, a hablarle de ciertos asuntos.
El pequeñín jugaba con la cara de su madre, mientras ésta charlaba con el sacerdote.
-¡Hay que crío tan juguetón! -murmuró la madre-.¡Es más trasto...! ¡Si el Señor le llamara al sacerdocio, qué feliz sería yo!
-Esté usted segura-repuso D. Manuel-. Este niño llegará a ser sacerdote.
Y lo fue, en efecto. Ingresó en la Compañía de Jesús. Todo el mundo conocía al P. Francisco Tena, en Tortosa, de cuyo Seminario fue varios años profesor de Moral. Lo que no conocía todo el mundo era la predicción de D. Manuel respecto a su futuro sacerdocio.
PINITOS DE PROFETA
Habiendo enfermado de gravedad una dirigida suya y siguiendo la enfermedad su curso ascendente, llegaron a temer sus familiares por una solución desfavorable y al parecer pronta.
No faltó una persona impresionista que, al enterarse del cariz alarmante de la enfermedad, lanzó la especie de que se hallaba en estado preagónico, y recogida esta noticia por una segunda persona, tan alarmista como la primera, dijo que la joven aquella era ya cadáver.
Lo oyó un amigo de D. Manuel que se dirigía al Colegio de San José y, al encontrar allí a Mosén Sol, le faltó tiempo para lanzarle a bocajarro tan infausta nueva. Recibióla éste sin alterarse ni afectarse en lo más mínimo; al contrario, con toda tranquilidad y aplomo, y, con una seguridad tal, que dio mucho que pensar después a su amigo, le contestó:
«¡No. Cinta no morirá hasta que no lo pace todo! “
Cuarenta años más tarde y algunos después de la muerte de D. Manuel, la presunta cadáver comentaba este suceso que a ella le contaron luego de ocurrido, como la mejor medicina que pudieron dada en su enfermedad, y añadió: «Ya entonces lo tuve y continúo teniéndolo ahora como una verdadera profecía de Mosén Solo
Y DEL CUERPO SALÍA CIERTO RESPLANDOR
La escena tuvo lugar poco después de la fundación de la Hermandad, cuando todavía D. Manuel vivía con su familia en la casa de la calle del Ángel.
-Oye, Roberto, ¿querrás ir a las cuatro de la tarde a mi casa?; porque tengo que hacer una visita y quisiera que tú me acompañaras-decía D. Manuel a un colegial de Tortosa, al encontrársele en uno de los pasillos del Colegio.
-¡Sí, señor; descuide, que a esa hora estaré a su disposición
El seminarista no echó en olvido la invitación. Diez minutos antes del tiempo señalado subía las escaleras de la casa de D. Manuel, pensando en quién sería el señor a quien habían de visitar.
-¡Tan, tan!...
-¿Qué quieres, muchacho?
-Me ha mandado venir Mosén Sol a esta hora para acompañarle a una visita.
-¡Ah, muy bien, pasa, que él está ahí en esa habitación!
Entró el colegial, y cuál no sería su admiración al encontrar a D. Manuel orando ante una imagen de la Virgen, o más bien hablando con Ella en voz clara y perceptible y ver que del cuerpo de D. Manuel salía cierto resplandor que alumbraba toda la habitación de suyo oscura y que además tenía las ventanas medio entornadas.
-¡Buenas tarde, D. Manuel! -murmuró en plan de saludo el atemorizado muchacho. Pero aquél, abstraído en sus coloquios con la Santísima Virgen, no se dio cuenta de que le llamaban.
-¡D. Manuel! -repitió con más fuerza el colegial.
Levantóse rápidamente al oírle y, viendo al seminarista, le dijo:
-Ah, ¿eres tú? ¡Bien hombre! ¡Qué puntual has sido! ¡Tan pronto no lo esperaba! Y cogiendo el sombrero y el manteo, salieron al punto sin mentar D. Manuel para nada aquel suceso, ni atreverse el muchacho a preguntar coca alguna sobre él.
UNA VISIÓN
Se hallaba convaleciente de una de sus enfermedades y le asistía una Sierva de Jesús. Para pagar de algún modo las atenciones de la buena religiosa y hacerla pasar un rato ameno, la contaba anécdotas de su vida, siempre ejemplarísima e interesante.
Seguía la monjita con verdadero interés el relato de D. Manuel, cuando en un momento de silencio dijo éste:
-Si no dices nada a nadie, lo contaré otra cosa...
-Nada, D. Manuel, contestó inmediatamente sor Adolfina, que así se llamaba. creyendo por el prólogo de D. Manuel que se trataba de algo excepcionalmente interesante.
-¿Me lo prometes de veras?
-¡Sí, sí! , prometido.
-Pues, mira, empezó diciendo mientras perfumaba sus palabras con una leve sonrisa. Estaba yo en Santa Clara, donde acostumbraba a celebrar la santa misa, y empecé a ver muchos sujetos vestidos con roquetes blancos y a un venerable anciano, con su cayadito, que iba con ellos...
Entonces se oyeron pasos, un golpecito en la puerta, y la figura de D. Juan Calatayud, que penetraba en la estancia para preguntar por la salud del enfermo. Al verle D. Manuel, interrumpió su relato. Después de unos momentos salió de la habitación el importuno interruptor, aunque caritativo visitante. La monja ardía en deseos de que D. Manuel continuara hablando.
Pasaron unos minutos de silencio, que por fin se atrevió a romper la religiosa, diciendo, como para dar ocasión a D. Manuel de que reanudara su grata conversación
-Don Manuel, ¿esa gracia sería estando celebrando?
Y él, como arrepentido de su ligereza en haber estado a punto de revelar el regalo con que el Señor le había mimado, se limitó a contestar
-No, no fue en la misa; fue dando gracias...
Sor Adolfina, aunque quemada por el deseo de saber aquel misterio, ya no se atrevió a preguntar más viendo a D. Manuel dispuesto a no rasgar el velo del secreto.
Y LE VIO LEVANTADO EN ALTO
Tuvo lugar el caso en Tortosa y lo cuenta el que fue coadjutor de Roquetas, D. Glicerio Gamundi Vicente: «D. Manuel Domingo y Sol fue un día a celebrar en las religiosas de Santa Clara, acompañado de un estudiante, íntimo mío, quien le ayudó la santa misa. Una vez terminada ésta, despidióse el estudiante y D. Manuel púsose de rodillas para dar gracias. El seminarista, en vez de marchar inmediatamente, se detuvo un ratito en un rincón, arrodillado, v de momento ve que D. Manuel se levantó en alto, de rodillas como estaba, y así permaneció mucho rato. Y el chico, altamente impresionado y curioso, esperó a ver en qué paraba todo aquello. Y como si nada hubiera ocurrido, se levantó D. Manuel de dar gracias, y al marcharse, nota que el estudiante estaba en la iglesia y nadie más había. Le llamó y díjole con severidad: «No digas nada de lo que has visto.¡Cuidado con decir nada! “
El hecho ocurrió cuando nadie había en el templo. Sólo el estudiante que Mosén Sol creía haber marchado. Este seminarista, como éramos tan íntimos, que no teníamos secretos, con toda reserva y con riguroso sigilo me lo comunicó. Y he guardado hasta hoy el sigilo. Hoy, que me es permitido el comunicarlo, o mejor, es obligatorio manifestar lo ocurrido, ya que tal estudiante murió hace unos dos años de desgracia de un auto en Zaragoza, siendo sacerdote y párroco en Todolella, lo declaro.
Y como dadas las buenas cualidades de aquel mi amigo; que era de los más buenos del Colegio, es fácil que habría guardado el secreto prometido a Mosén Sol, y haya muerto sin saberlo nadie más que yo; por lo mismo, créome más obligado en conciencia a dar noticia del hecho.
El estudiante se llamaba José Mampel y murió siendo cura de Todolella.
El hecho calculo que ocurrió aproximadamente entre los años de 1898 a 1900.»
CESA EL VIENTO Y EL MAR SE CALMA
Fue a bordo de un vapor de la matrícula de Asturias. Había embarcado en Almería al atardecer del 28 de abril de 1898 y se dirigía a Cartagena en compañía de otros dos Operarios.
Cuando se habían alejado de la costa y se hallaban ya en alta mar, el Mediterráneo, de ordinario tan tranquilo, empezó a alborotarse. Soplaba un viento impetuoso y se desencadenó una tempestad horrible. El barco parecía juguete de los elementos. Bailaba como una paja, subiendo y bajando al compás de las olas.
D. Manuel, medio mareado, bajó con los suyos al comedor, donde se acomodó en un sofá, para ver si pasaba el temporal. Al contrario, cada vez era más fuerte la tempestad. Los oficiales del barco andaban alarmados de una parte a otra, sin esperanza alguna de que aquello amainara, porque las indicaciones barométricas eran cada vez más alarmantes.
Hacia las doce de la noche arreció furiosamente el viento y hubo un momento en que creyeron naufragar. Al verse en aquel apuro, D. Manuel exclamó con todo el fervor de su corazón:
«¡Señor, compadeceos de nosotros! A lo menos, que no perezcan estos dos que son jóvenes aún... Yo soy viejo...¡¡Jesús, estos angelitos!! ».
Dios oyó su clamor desinteresado y aquellos gemidos salidos del fondo de su espíritu, y en medio de la admiración de todos, particularmente de los marinos, que no se explicaban el caso, el viento se calmó, desapareció la tempestad, volvió la serenidad al mar y a aquellos corazones atribulados, gracias, según creían, al poder de intercesión de las oraciones del siervo de Dios.
LUCES DE OCASO
VIVIENDO DE MILAGRO
Don Manuel, fisiológicamente, fue siempre un anormal», es afirmación de su médico de cabecera, Dr. Vilá, el cual, a su vez, las recogió de su padre, que le había tratado durante muchos años.
«Siendo yo todavía muy niño, dice, recuerdo que mi padre se preocupaba por el más insignificante trastorno que sufría Mosén Sol. Estudiando los últimos cursos de mi carrera, fueron muchas las ocasiones en que mi buen padre me hablaba del anómalo y raro organismo de D. Manuel. En las excursiones que el benemérito sacerdote realizó a los distintos colegios por él fundados, cuando, por cualquiera indisposición que sufría se llamaba al médico, éste, si por primera vez le asistía, no podía menos de alarmarse al observar un caso tan raro y tan poco observado en la práctica; pues la constitución del ilustre enfermo y el funcionamiento de su organismo tenían ciertas particularidades que sorprendían a todos los médicos, extrañándoles cómo de aquella manera podía vivir. La particularidad principal de aquel organismo era, indudablemente, la bradicardia, tan rata, que son contados los casos en que se presenta un caso igual al del Dr. Sol. Su corazón, algo hipertrofiado, mas sin soplo alguno que demostrase lesión orgánica en orificios ni válvulas, latía de una manera perfectamente rimada, pero con una frecuencia de treinta y seis sístoles por minuto.»
Habla después el Dr. Vilá de los trastornos a que debieron dar lugar éstas y otras anormalidades fisiológicas: atonía de vigor físico y, sobre todo, del cerebro. Sin embargo, «nada de esto ocurría, pues resistía un trabajo cotidiano capaz de fatigar a cualquier individuo joven y perfectamente organizado... No se trataba de un individuo enclenque y enfermizo que arrastrara una vida pobre y artificiosa; por sus manifestaciones exteriores, su cerebro percibía clara y distintamente las sensaciones y las graduaba; su ideación era de las privilegiadas; su memoria, envidiable; su voluntad queda manifiesta en los actos por él realizados: las obras por él emprendidas y desarrolladas demuestran lo gigantesco de sus facultades psíquicas... ¿Cómo se explica que un cerebro tan pobre, tan sujeto a los continuos embates de congestión a izquemia y tan mal nutrido, pudiera soportar un trabajo intelectual tan grande como el que ejecutaba? ¿Cómo cabe comprender que un corazón tan vulnerable pudiera resistir los continuos sufrimientos que le proporcionaba el desarrollo de aquellos maravillosos proyectos por él realizados? ¿Cómo un ser que tenía sus dos órganos principales expuestos a enfermar, pudo resistir hasta la edad de setenta y tres años con una inteligencia clara y una voluntad firme, como si se tratara de un hombre en plena y perfecta salud, de un organismo privilegiado? El porqué y la explicación de todo ello, ingenuamente confieso que no acierto a comprenderla ni adivinarla. ¿Eran todos sus actos y todas sus obras hijas de sus propias energías y de sus facultades? Creo que no: Pues obsérvase una gran desproporción entre su constitución, así como su funcionalismo físico, y las obras por él emprendidas y realizadas. ¿Existía algo extraño a su organización que le impulsaba a planear y ejecutar las obras por él llevadas a cabo?¡Así lo creo! Pues si tales fenómenos no se explican racional y humanamente, no es aventurado afirmar que D. Manuel mereció y obtuvo gracias abundantes y especialísimas del Supremo Hacedor para concebir y realizar las múltiples y sorprendentes obras ligeramente apuntadas».
Esta era también la convicción de D. Manuel. Y así lo afirmó más de una vez diciendo que «su vida era un milagro de Jesús Sacramentado».
EL EMBARQUE DE LA NARANJA
Su salud empezaba a resquebrajarse, reblandecida por su extremada actividad. fue por el 1902 cuando tuvo una de las primeras amenazas serias de derrumbamiento.
Estaba en el coro de la capilla de Tortosa, mientras los alumnos cantaban solemnemente el Magnificat por hallarse aquel día, 8 de noviembre, en vísperas de la fiesta del Reservado. Tuvo un ataque de anemia cerebral, que le derribó al suelo sin sentido. No tardó en volver en sí, pero poco después se repitió el ataque.
El médico le mandó reposo absoluto durante una temporada. Le prohibió decir misa, que no pudo celebrar hasta el 2 de mayo del año siguiente. Repuesto un poco, le permitió trasladarse a Valencia, donde le redujo a la más absoluta inactividad. No podía rezar el oficio ni celebrar la santa misa, ni recibir ni despachar correspondencia, ni admitir visitas ni preocuparse de ninguna cosa.
Esto era un verdadero martirio para el temperamento de D. Manuel, acostumbrado a una vida de vértigo apostólico; pero ofrecía a Jesús su «vita abscondita» por los intereses de su gloria.
Sólo le permitió el doctor durante su estancia en la ciudad del Turia salir a dar un paseo por el Grao, para ver cómo embarcaban la naranja. Y allí iba D. Manuel acompañado de D. Juan Estruel con frecuencia, se entretenía viendo el mar y los barcos, y de cuando en cuando dejaba volar un poquito su imaginación para pensar en sus hijos que, allende los mares, se hallaban promoviendo los intereses de la máxima gloria de Dios.
¿COMO VIVE ESTE HOMBRE ?
Consumíase D. Manuel durante su larga enfermedad pensando en la inactividad a que se hallaba reducido, y añorando los días en que podía planear a sus anchas y moverse con libertad, decía: «No sé cómo se me pasa el día sin hacer nada y, sobre todo, nada bueno. Jesús me quiere muerto y mortificado, y yo quisiera vivir para maniobrar, y me mortifica no poder hacer ni siquiera mis Oficios de Semana Santa tan queridos.»
En 1904 la enfermedad amainó; y tan pronto como le dieron licencia los médicos, emprendió un viaje de visita a sus Colegios y Seminarios, pasando por Valencia, Murcia, Orihuela, Toledo, Cuenca, Madrid, Sigüenza, El Escorial, Astorga y Burgos, admirándose él mismo de sus fuerzas y de la protección del Señor para con él, pues, a pesar de haber pasado en el tren dos noches sin dormir, no sentía malestar alguno.
Pero ya no podía hacer pinitos. El 8 de junio, hallándose en Burgos, sintióse mal y se metió en la cama. Hubo consulta de médicos. Además del Colegio, que ya le había visitado en otras ocasiones, se avisó al del Sr. Arzobispo, que gozaba fama de ser el mejor de entre todos los de la ciudad; el cual, al hacer las primeras auscultaciones, tomar el pulso, y ver la alarmante bradicardia que padecía, volviéndose espantado a los circunstantes, exclamó
«¡Cómo vive este hombre! ¿Cómo no piensan en darle el Viático ?¡Está muy mal, y para morirse! » Y no se explicaba cómo le permitiesen que anduviera por el mundo hallándose en tal peligro.
Subió aún su admiración cuando, interviniendo el médico del Seminario, le dijo que ese era su estado habitual, y que él había sufrido la misma impresión al reconocerle por primera vez, rubricando los dos galenos con un encogimiento de hombros su ingnorancia ante un fenómeno tan raro, como inexplicable.
EL CANTO DEL CISNE
Tenía lugar la escena en el locutorio de un convento el día de la Ascensión del Señor.
-¿Qué tal les ha sabido a ustedes el fervorín de Don Manuel en la misa de comunión?, preguntaba a las religiosas un sacerdote que también le había oído.
-¡Ah!..., suspiraron a coro las buenas monjitas que, emocionadas por el fervor del predicador, aun no habían dejado de llorar.
-¿Qué tal les ha sabido a ustedes el sermón de D, Manuel?, volvió a insistir el curioso visitante.
-A mí, dijo una, rompiendo el ensimismamiento en que parecía estar continuamente sumida, me ha parecido oír al buen Jesús platicando sabrosamente con la Samaritana sobre el brocal del pozo de Jacob.
-Yo, añadió otra, creía oír al divino Maestro cuando, apareciéndose resucitado a María Magdalena, prorrumpió en aquella extática exclamación: ¡María!
-Pues a mí, contestó una tercera, las palabras de D. Manuel me parecían como los rumores de las alas de los ángeles que velaban los místicos sueños del prisionero del sagrario, batidas sobre nuestras cabezas para despertarnos de nuestras soñolencias espirituales.
Y así una en pos de otra, todas las religiosas fueron desgranando las frases más laudatorias que pudieron hallar en su repertorio, para expresar la inmejorable impresión que les había causado el fervorín de D. Manuel.
Y cuando hubo terminado la última, atrevióse la Superiora a preguntar a su vez:
-¿Y a usted, señor Magistral, que tan atento le escuchaba arrodillado en el presbiterio, qué le ha parecido?
-Sencillamente, que a D. Manuel le sucede lo que al cisne...
-¿Y qué le sucede al cisne? , preguntaron varias voces a un mismo tiempo.
-Al cisne le pasa que canta más suave cuanto más se acerca la hora de su muerte. Hacía tiempo que no había oído a D. Manuel ningún fervorín.¡Anda el pobre tan quebrantado de salud! Pero, al oírle esta mañana, me ha gustado más que nunca. Me ha parecido un nuevo profeta de los salmos. cantando a la puerta del sagrario los himnos que el David auténtico cantaba mirando al cielo.
En aquel momento llegó al locutorio D. Manuel, que hasta entonces había estado en la iglesia dando gracias después de la celebración de la misa; y al enterarse de aquel florilegio de frases hermosas deshojadas en su honor, bajando humildemente los ojos al suelo, limitóse a repetir con admiración de todos su cantinela favorita
«¡Jesús! ¡Jesús! ¡Jesús! ¡Dulce Jesús Sacramentado! »
UNA CALAVERADA A LOS SETENTA AÑOS
Arrullada su cuna al compás de las tranquilas aguas del Ebro. desde pequeño fue un entusiasta «tomador de baños». Andando el tiempo los mismos médicos, para combatir los humores herpéticos que padecía, le habrían de aconsejar el ambiente refrescante de la playa. Esa y no otra fue la razón de sus idas periódicas a Benicasim.
Sucedía muchas veces, dice un Operario que le acompañó más de una vez, quedar D. Manuel completamente inútil para todo lo que fuera trabajo mental, y esto le apenaba, porque había de intervenir como elemento principalísimo en asuntos que no admitían dilación ni espera. Pues en estas circunstancias, salir de Tortosa en el tren del mediodía, llegar a media tarde a las playas de Benicasim, zambullirse en el mar, calmarse los nervios de D. Manuel y sentirse entonado su organismo, era todo uno; tanto, que aquella misma tarde podía ya despachar la correspondencia de asuntos ordinarios y dejar en turno para el día siguiente la de más compromiso.»
Una tarde de verano estaba en la playa de Benicasim con Don Julián Ferrer, Canónigo de Tortosa. Se hallaban indecisos sobre tirarse al mar o no, porque estaba un poco revuelto y, sobre todo, porque el cielo amenazaba tormenta.
Para salir de esta indecisión preguntó D. Manuel: «¿Qué hacemos?» Recibida respuesta afirmativa, ambos se metieron en el agua. Mientras se estaban bañando, se desencadenó un tremenda tempestad junto con un fuerte aguacero. Salieron del mar y se refugiaron en las casetas de la playa, pero aun allí dentro se mojaron, y hasta el calzado se les había empapado de agua. Como pudieron, y con las ropas completamente caladas, llegaron a casa; y D. Manuel, con ingenuidad y candor propios de un niño, exclamaba: «¡Ay, chico, chico, no digas a nadie que Mosén Sol ha hecho a los setenta años esta calaverada! »
¿QUIÉN ES ESE OBISPO?
Sucedió en la estación de Valencia, momentos antes de coger D. Manuel el tren para regresar a Tortosa. Habían acudido a despedirle, además de los Superiores del Colegio levantino, un buen grupo de sacerdotes amigos.
Uno de ellos estaba ocupado en colocar las maletas y encargos de D. Manuel en el departamento correspondiente, cuando se le acercó un señor, bien trajeado y de porte distinguido, que con mucha amabilidad le preguntó
-¿Tendrá usted la bondad de decirme quién es ese Obispo?
-¿Qué Obispo?, contestó, lleno de admiración y mirando a todas partes el interrogado.
-¡Ese señor Obispo que está ahí rodeado de sacerdotes!, y señaló a D. Manuel.
-No se trata de ningún señor Obispo, pues no es más que lo que usted ve, un sacerdote.
-No me entiende usted; me refiero a ese más fuerte que está en medio de todos, insistió el desconocido señor,;que no había quedado satisfecho con la primera respuesta, y se acercó hasta casi tocar el grupo de sacerdotes con la mano.
-Le repito, señor mío, que no es ningún Prelado, que se trata de un simple sacerdote y nada más. Es de la diócesis de Tortosa y se dirige a esa ciudad.
-Es inútil que usted trate de ocultarme que aquí viaja un Prelado. Ese señor que le digo, sin duda que es un Obispo que, para pasar de incógnito, no lleva anillo ni pectoral, ni algún otro de los atributos que pudieran delatar su condición episcopal; porque su fibra tan venerable, sus modales, su manera de hablar, la impedimenta que lleva, el cariño con que le trata todo ese grupo de sacerdotes, en fin... todo ello está pregonando a voz en grito su dignidad...¡'.Mire, le suplico de nuevo y encarecidamente que me diga su nombre y la diócesis que rige! ¡Es lo único que me interesa!
-¡Pues, no señor! Está usted completamente equivocado...
En vista de que no había obtenido respuesta satisfactoria, como de último recurso echa mano a la cartera y enseña el título de redactor de «La Correspondencia de Valencia».
- ¡Ah! ¿De modo que es usted periodista? Ahora me explico su insistencia. Pues ese señor no es Obispo; es D. Manuel Domingo y Sol, Fundador de la Hermandad y Director General de los Operarios Diocesanos; el que ha puesto en marcha la Obra de los Colegios de Vocaciones; el que...
-¡Ya, ya! ¡Mosén Sol! ¡Acabáramos! ¡Pues eso debiera haberme dicho usted!
Y mientras sacaba la pluma para tomar nota, añadía:
-Ya decía yo que ese sacerdote era algo especial, Obispo o... cosa parecida, pero algo especial.
ES MAS QUE OBISPO
Durante su estancia en Vinaroz acostumbraba D. Manuel salir un rato de paseo con D. Esteban Monfort y Mosén Falcó.
Estos dos buenos sacerdotes, prendados de la virtud y de la valía de D. Manuel, cuando se quedaban a solas no sabían cómo ponderar a aquel hombre extraordinario que, por otra parte, se les presentaba tan sencillo; y con frecuencia entablaban entre ellos diálogos como el siguiente
-¡Cuántas veces, decía uno, reflexiono lo que vale este hombre y veo que no le sabemos apreciar debidamente en la diócesis cuando es una lumbrera que tendrá fama nacional! Si fuera de otra diócesis nos admiraría más.
-Es cierto, añadía el otro. Es una gloria de Tortosa, ¿Qué lo parece, vale más que Ossó?
-Tal vez sí, aunque no haya escrito tantos libritos como él. Son dos glorias de la diócesis.
-¿Por qué no han de hacerle Obispo?
-¡No, hombre! ¡Eso sería achicar su figura! ¡Es más que Obispo!...
Y al día siguiente volvían a admirar las virtudes de D. Manuel y a apreciar su valer en un rato de conversación íntima en que éste desfogaba su corazón, sin sospechar las cavilaciones que, cua