Fulgores de un Sol - Julián García Hernando
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Fulgores un Sol


por D. Julián García Hernando
Tortosa
1934


   
   Puede imprimirse:
   DR. VICENTE LORES
   Director General de la Hermandad
   Nihil obstat:
   DR. PEDRO LLORENTE
   Cens. Ecles.
   Imprimatur:
   Segovia, 6 de abril de 1951
   DR. ARTURO HERNÁNDEZ
   Vic. Gen.
   
   El gran apóstol de las
   vocaciones sacerdotales,
   D. Manuel Domingo y
   Sol, con filial afecto.
   
PRÓLOGO
   
   
   LECTOR: D. Manuel Domingo y Sol, fundador de la Hermandad de Operarios Diocesanos del Sagrado Corazón y del Pontificio Colegio Español de San José en Roma, era un santo.
   Claro está que yo no intento prevenir el juicio de la Santa Sede, al que desde ahora yo me someto con todo mi entendimiento y todo mi corazón. El proceso Apostólico de Beatificación se está tramitando y la Santa Sede dirá la última palabra, la de más autoridad y firmeza.
   Pero yo, usando de las luces de mi entendimiento y raciocinando sobre los hechos que forman la tela de la vida de D. Manuel, juzgo privadamente que era un santo, y un santo muy grande, y un santo de muy galana simpatía.
   ¿Quieres, lector, convencerte? Lee el libro que tienes en tus manos y verás que la vida, toda la vida de D. Manuel, fue la de un santo. Se llama este libro
FULGORES DE UN SOL y ciertamente cada una de sus páginas es un fulgor y todas juntas, al fundirse todos sus f fulgores, integran un sol de santidad admirable.
   Muchas y variadísimas eran las fuerzas, naturales y sobrenaturales, atesoradas en la personalidad gigantesca de D. Manuel. Pues bien; todas estas fuerzas, a lo largo de la larga vida de D. Manuel, estuvieron en maravillosa actividad salvando y santificando almas y lanzándolas en unión con la propia hacia el Sol Central de todo el Universo natural y sobrenatural.
   El lector atenúe la afirmación precedente cuanto exija la experiencia de la pobre naturaleza humana y las enseñanzas de la Teología; pero por mucho que atenúe, quedará en pie que el corazón de D. Manuel era un volcán de amor y de paciencia y de dulcedumbre y de sacrificios.
   Quien filosofe y teologice bien en la vida de D. Manuel, se lo explicará perfectamente. D. Manuel es un argumento apodíctico de la energía divina que comunica a un corazón humano la genuina y
honda devoción al Corazón Divino.
   D. Manuel vivió intelectual y cordialmente la doctrina de lx Santa Iglesia, la doctrina auténtica. acerca de la devoción al Corazón Sacratísimo de Nuestro Señor Jesucristo.
   Para mí es evidente que los triunfos asombrosos del apostolado de D. Manuel no pueden explicarse sin la intervención de las llamas amorosas que arden en el Corazón Sacratísimo del Rey Divino; llamas que con tanta fuerza acariciaron y abrasaron el corazón de D. Manuel, uno de los corazones más enamorados del Corazón Divino y que sin duda merece figurar en el Cielo de la Iglesia entre las estrellas de primera magnitud por su amor al Corazón de Nuestro Señor: Santa Margarita de Alacoque y el Ven. P. Bernardo de Hoyos.
   Lector: lee este libro y verás que cada uno de sus breves capítulos lo presenta una
faceta de la personalidad, sencilla y sublime, de D. Manuel, y todas reunidas lo darán casi la faz de aquel varón insigne entre los más esclarecidos por su amor al sacerdocio y por sus empresas apostólicas para alcanzar la formación más acabada de los seminaristas, los futuros Ministros del Rey Divino.
   D. Julián García Hernando, autor de este libro, ha tenido el gran acierto de escribir estos
FULGORES DE UN SOL con materiales de mucho precio y les ha dado forma primorosa. Lector: sin sentir y sin cansancio irás leyendo estas páginas y comprobarás esta predicción mía: tu corazón se irá enardeciendo y arderás en deseos de imitar a D. Manuel y arderás en deseos de que sea beatificado y canonizado y arderás en deseos de que este Sol irradie cada día más y más fulgores para bien de España, a la que tanto amó y para bien de la Santa Iglesia, cuyo amor le hacia delirar.
   
   +ANTONIO GARCÍA,
   Arzobispo de Valladolid
   
   1 de junio de 1951.
   
PRESENTACIÓN
   
   
   No es una biografía de D. Manuel Domingo y Sol lo que tienes en tus manos. Las hay escritas y por plumas mejor cortadas que la mía. De ellas he sacado gran parte de las anécdotas que forman el presente trabajo.
   "Fulgores de un Sol" lo titulo y en verdad que no pretende ser otra cosa: fulgores o destellos de un alma gigante; rasgos diversos del espíritu polifacético de D. Manuel.
   Su vida se halla sembrada en multitud de empresas y actividades: conductor de juventudes y guía de almas selectas; capellán de Religiosas y padre de numerosas fundaciones; cura de pueblo y ecónomo de una parroquia en la capital; misionero popular y director acreditado de Ejercicios Espirituales; fundador de periódicos y revistas y apóstol de la buena Prensa; profesor del Instituto y hábil catequista; propagandista incansable y promotor benemérito de Asociaciones eucarísticas y marianas...
   Todo le atraía y nada le llenaba. Hubiera querido trabajar en todos los ministerios y llenar todas las necesidades. Pero la cruz de su limitación pesaba sobre él, recortando cruelmente sus ansias de apostolado universal..., hasta que dio con la clave: trabajar en las causas, formar sacerdotes. Mediante ellos sus fuerzas se multiplicarían y sus brazos de obrero evangélico alcanzarían proporciones insospechadas. Su voz se dejaría oír en incontables púlpitos y sus pies incansables recorrerían los caminos variados del quehacer sacerdotal.
   Ser "padre de padres", como él decía, y dar a su apostolado el mayor rendimiento posible fue su sueño dorado, y a fe que lo consiguió trabajando en el campo de la "máxima gloria de Dios".
   En una época en que a la Iglesia se la perseguía en lo más vital que tiene, que es su Clero, él supo dar la batalla en el terreno sacerdotal. A su siembra fecunda se debe en gran parte este resurgir y esta granazón que estamos presenciando en los Seminarios de España.
   D. Manuel fue un hombre de visión certera y de mirada proyectada en el futuro. Por eso pensó abrir en Roma, junto a la. cátedra de la verdad, un Colegio donde se formaran alumnos escogidos de los distintos Seminarios de España, que fueran en su día mentores del movimiento religioso de nuestra Patria. EL tiempo le dio la razón. El f ruto salta a la vista.
   Adelantándose a su época, él barruntó las necesidades a inquietudes espirituales que hoy se dejan sentir en no pocos sectores del Clero contemporáneo, y las dio solución adecuada con la fundación de una Hermandad sacerdotal, en la que se pudieran recoger y unificar las ansias apostólicas de sus miembros sin desbordar el cauce del sacerdocio meramente secular.
   Palpó asimismo la urgencia y necesidad del apostolado social y a él se entregó con su ardor característico fundando "Círculos Católicos de Obreros" y "Ligas" para la mutua inteligencia de patronos y trabajadores.
   Sintió honda preocupación por las Misiones y abrió en Lisboa con el apoyo del Patriarca, José III, un Seminario en el que se prepararan misioneros para las Colonias portuguesas.
   Supo captar toda la hondura del problema religioso de América, que hoy tanto priva, y plantó su bandera en aquellas inmensas regiones que su corazón de apóstol auguraba prometedoras para la Obra de la "máxima gloria".
   Su celo sacerdotal le bamboleó en todas direcciones y le hizo catar todos los campos del apostolado. En todos ellos dejó la impronta de la santidad. fue la suya una santidad asequible, acogedora, llena de simpatía y de naturalidad. Por santo le tuvieron cuantos le trataron, y ¡ojalá que esta opinión de sus coetáneos se vea pronto aprobada oficialmente por la Iglesia, mediante su elevación al honor de los altares!
   Por bien pagado me daría si a la aceleración de ese día venturoso pudiesen contribuir estas líneas, que no pretenden ser. como antes decía, una biografía exhaustiva de D. Manuel, sino cuadros fugaces de su vida, situaciones y tonalidades variadas de su alma, motivos diversos de su actuación sacerdotal, en una palabra: simples pinceladas que despierten en el lector el apetito de conocer más a fondo el espíritu y la Obra de uno de los hombres que más han trabajado por el bien del sacerdocio en los últimos tiempos.

   
   
   EL AUTOR
   

AMANECER

   
   

UN VIERNES SANTO


   
   Tortosa dormía plácidamente tendida en sus huertas y arrullada por su río. Solamente en una casa de la calle del Ángel se notaba que había gente en expectación. ¡Iba a nacer un niño!
   En la rotación continua del ciclo litúrgico se leía un nombre: Viernes Santo. Del calendario de pared pendía una fecha. El reloj de la Catedral, que velaba el sueño de los tortosinos, rompió el silencio de la noche. ¡las tres de la mañana del I de abril de 1836! ¡Viernes Santo!
   En un Viernes Santo se deslizaba también por entonces la vida de España. ¡Revoluciones! ¡Saqueos! ¡Atropellos cometidos contra todo lo más santo! La Iglesia veía desaparecer sus bienes injustamente arrebatados por la mano usurpadora y sacrílega de Mendizábal. Las Ordenes religiosas eran disueltas a inicuamente expoliadas.
   España, además, lloraba lágrimas de sangre. La guerra civil asolaba sus campos y diezmaba su población. Tortosa vivía con el oído atento a los sucesos políticos de las otras regiones. Enclavada en Cataluña y no lejos del Maestrazgo, no tardó mucho en ver perturbada la paz proverbial de sus canes tranquilas. Tres mil tortosinos se alistaron en el ejército carlista, mientras se organizaban tres compañías de milicianos que defendían la causa del Gobierno.
   ¡Ambiente de alarma, de traiciones covachuelistas, de puñaladas traperas!
   Un día, como una ráfaga de odio, se corre la siguiente noticia: han asesinado al Canónigo Sala, al salir de la Catedral. Otro, será una descarga cerrada la que se encargue de anunciar que María Griñó, la inocente y anciana madre de Cabrera, ha sido fusilada por el «grave delito» de ser madre de un general carlista.
   En este escenario de ignominia y de sangre apareció D. Manuel. ¡Paisaje enlutado de España!
   ¡Era un Viernes Santo! ¿Casualidad? ¿Providencia...?
   El rasgo más saliente de la vida de aquel niño había de ser un espíritu predominantemente compasivo y reparador de las ofensas inferidas al Señor.
   
   

LUMEN CHRISTI

   
   Aun resonaban en los aires de Tortosa las campanas de la Catedral, anunciando a los cuatro vientos con su canto aleluyático la Resurrección del Señor. Acababa de terminar la solemnidad litúrgica de la bendición de la pila bautismal y no hacía mucho que el diácono, llevando en su diestra las candelas encendidas al fuego nuevo recién brotado del pedernal y avanzando mayestáticamente por la nave central de la iglesia, había cantado tres veces en tono ascendente aquellas hermosas palabra; del Oficio del día: ¡Lumen Christi! ¡Luz de Cristo!, cuando por las puertas de la Catedral entraba un pequeño grupo de fieles.
   Era en la mañana del Sábado de Gloria de 1836. Una señora de cierta edad llevaba en sus brazos un niño nacido el día anterior. A su lado un caballero en traje de fiesta, que se llamaba Francisco Domingo, y junto a él un sacerdote amigo que exhibía el permiso correspondiente para actuar de padrino. Completaban el grupo un buen número de chiquillos que, por lo alegre del semblante y la cara de pascuas que tenían, denunciaban claramente, ser de los convidados al bautizo.
   No tardó en salir el párroco de la Catedral, D. Gabriel Duch, revestido de sobrepelliz y estola y acompañado de dos inquietos monaguillos. Curioseaban éstos a los circunstantes, mientras el ministro hacía las preguntas del ritual:
   -¿Cómo se va a llamar?
   -¡Manuel!
   -¡Manuel, ¿qué pides a la Iglesia de Dios?
   -¡La fe!
   -Y la fe, ¿qué es lo que lo proporciona?
   -¡La vida eterna!
   Se acercaron a la pila bautismal y las aguas regeneradoras del bautismo corrieron sobre la cabeza de aquel niño, iluminándole con las claridades de la gracia.
   «¡Manuel, yo lo bautizo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo!»
   Cuando terminaron la ceremonia todas las campanas de Tortosa respondían al canto aleluyático de las de la Catedral. En el presbiterio aun lucían las candelas, las mismas que llevaba el diácono al entonar el «Lumen Christi». El párroco se despidió afablemente de sus feligreses sin sospechar que el niño, que había bautizado aquel día simbólico, había de ser en verdad ¡luz de Cristo!
   Luz de Cristo por su sacerdocio, ya que todos los sacerdotes lo son según la bella metáfora del Señor; pero no una luz aislada que brilla en el firmamento de la Iglesia como una estrella en el espacio sideral, sino un verdadero sol con su sistema planetario, en cuyo derredor giraron y girarán multitud de estrellas, que bebieron la luz de su sacerdocio en aquel niño, bautizado un Sábado Santo entre el repique de campanas, el perfume del incienso y el parpadeo incipiente del cirio pascual.
   
   

A LOS PIES DE LA VIRGEN


   
   PRECÍANSE los tortosinos de la antigüedad de su fe y guardan como oro en paño la veneranda tradición de que fue un discípulo de San Pablo, San Rufo, el primer predicador del Evangelio que se asomó a sus huertas y evangelizó sus campos.
   De sus labios apostólicos debieron aprender el amor a la Santísima Virgen, que prendió pujante en aquella tierra feraz, fértil para todo lo bello, y regada por las aguas de aquel río que sabía ya mucho de devociones marianas y de apariciones de la Reina del Cielo.
   Lo cierto es que desde tiempo inmemorial los habitantes de Tortosa, no contentos con venerar a la Madre de Dios en sus iglesias y en la intimidad de sus hogares, sembraron de hornacinas de la Virgen las canes tortuosas y empinadas de su ciudad y las fachadas de muchas de sus casas. Al pasar ante ellas se descubrían los sencillos payeses y junto a ellas se paraban las mujercitas, para musitar una salve o desgranar un sartal de avemarías.
   Pero la manifestación principal de los fervores marianos de los tortosinos es la devoción profunda que profesan a su Patrona, la Virgen de la Cinta, así llamada por la que la Santísima Virgen entregó a un capellán de la Catedral; al aparecérsele en la noche anterior a la fiesta de la Encarnación del año 1178, De entonces acá la historia de Tortosa se ha escrito a la sombra de esta bendita imagen. Su nombre recíbenle las niñas de la región al ser bautizadas, y se oye por doquier entre el tráfago de la vida ordinaria, A la Virgen de la Cinta acuden los tortosinos en sus necesidades y continuamente se encuentran devotos haciendo guardia en su capilla. En este ambiente de fervores marianos apareció D. Manuel.
   Bautizado, al día siguiente de nacer, en la Catedral tortosina, fue colocado por sus padrinos en el altar de la Virgen, como lo suelen hacer en muchos sitios con los recién bautizados.
   Mas no se contentó con eso D.ª Josefa Sol. Había una antigua costumbre en la ciudad conforme a la cual todas las madres llevaban por sí mismas sus hijos, para presentarlos a la Virgen de la Cinta y recabar de ella sus bendiciones. La de D. Manuel, que en amor a María no le iba en zaga a nadie, luego que pudo, cumplió esta exigencia consuetudinaria, depositando a su pequeño en el altar de la Señora y orando ante Ella con toda el alma mientras la ofrecía el hijo de sus entrañas.
   No fueron baldías sus oraciones.
   Nacido en aquel ambiente de fervores marianos, amamantado al calor de esa bendita devoción, trasplantado después al Seminario, y sellado más tarde con el carácter sacerdotal, fue un fervoroso sembrador de la devoción a María entre seglares y sacerdotes, distinguiéndose entre sus advocaciones predilectas aquella bajo cuya mirada maternal se abrieron sus ojos de niño, la de la Patrona de su tierra: la Virgen de la Cinta.
   

MANOLÍN


   
   Nueve años tenía cuando recibió el Sacramento de la Confirmación.
   Alto, gallardo, de porte airoso. Con unos ojazos negros bailando en sus órbitas y un alma retozona asomándose a través de sus pupilas. Simpático y risueño, bebía su alegría en la belleza del paisaje tortosino. Sus labios con frecuencia se abrían para dar paso a una sonrisa. Bondadoso y apacible como el tranquilo desliz del Ebro. Abierto y expansivo como el horizonte infinito del mar.
   los niños del colegio se disputaban su amistad. Los del barrio le daban preferencia en sus juegos. En casa amenizaba la conversación y entretenía a sus once hermanos. De él habían de decir, siendo ya sacerdote, que era «la salsa de todas las reuniones».
   Ni diablo, ni santo desde la tuna, era Manolín naturalmente bueno. La santidad en los primeros años, más que en él, debemos admirarla en su madre. Le quería con delirio y le llevaba siempre consigo: a la iglesia, a los conventos, a la compra. Así, con esa genialidad de artista que Dios ha concedido a las madres, ella fue modelando el corazón de su hijo.
   Aquella dulzura y exquisitez de trato que después había de cautivar a cuantos le veían, aquella compasión ante las desgracias ajenas que tanto le caracterizaron en su edad madura, aquel dinamismo que había de consumir su vida en innumerables viajes y empresas, aquel optimismo que no se apagaba ante las pruebas más duras, aquel ardor sagrado que provocó en su alma la llama del fuego eucarístico..., todos esos rasgos, aunque vagamente, se hallaban ya perfilados en sus primeros años nimbando su personilla con un halo de simpatía, realzado por el candor a ingenuidad propios de la infancia.


EN EL TALLER DE FORJA


   
   LA casa paterna es la gran escuela del carácter. El hogar es el yunque en que se forja la reciedumbre de las almas.
   Ordinariamente el artista es la madre. Mientras arrulla a su hijito o le ve crecer al abrigo de su corazón, va trazando casi insensiblemente en el alma virgen del niño los rasgos fisonómicos de su vida futura.
   El amor de D. Manuel a María lo bebió en el corazón de su madre, y la devoción a la Eucaristía no fue más que un trasiego de aquel espíritu eminentemente reparador de D.ª Josefa. Otro tanto debe decirse de su compasión para con los pobres.
   La casa en que vivían tenía puerta a dos calles. Ambas se encontraban siempre abiertas para todos los necesitados.
   las vecinas, que con ojos de curiosidad espiaban los pasos de la buena señora, más de una vez hubieron de admirar el desprendimiento de D.ª Josefa, cuya largueza hería su mezquindad.
   Y, con capa de suave admonición pero con aires de reproche, se atrevieron a decirla en una ocasión que sus limosnas eran excesivas.
   D.ª Josefa, con la sonrisa en los labios, y como si quisiera rebajar el mérito de sus limosnas, respondía, haciendo alusión a las dos entradas de la casa: «las limosnas salen por una puerta y entran por otra».
   Estas palabras, que descubren la aquilatada virtud de la madre de D. Manuel, desarmaron completamente a las atrevidas vecinas, que en adelante no volvieron a importunarla.


CAPULLO ENTREABIERTO



   Como empezó a sentir Manuel en su alma el beso de la vocación sacerdotal?
   No fue la suya una llamada extraordinaria. No hubo una caída del caballo como la de Saulo, una aparición de la Virgen como la de San Luis, una invitación expresa y terminante como la de Mateo. No fue con ocasión de una muerte, al estilo de la del Duque de Gandía. No sintió desjarretársele el alma mientras le serraban la pierna como San Ignacio, ni en él, como en San Benito, la vocación tuvo el carácter de protesta contra la vida disoluta de sus condiscípulos de Roma.
   En Manuel no hubo nada extraordinario, nada manifiestamente providencial. fue una cosa natural, espontánea, sin visiones celestes, sin caídas aparatosas, sin gestos de displicencia o muecas de dolor.
   El nacer de un arroyuelo, el despertar del alba, el beso de la brisa, el canto del jilguero, la sonrisa de la flor..., no tienen tanta naturalidad como el amanecer de una vocación en un hogar profundamente cristiano..
   Dios concede a las madres un puñado de semillas sacerdotales. Ellas consciente o inconscientemente las siembran en el alma de sus niños, mientras se abren en busca de una caricia o en demanda de un beso.
   La semilla a veces arraiga. Entonces la riegan con el rocío celestial de la gracia alcanzado a fuerza de oraciones, y la hacen crecer al abrigo de su corazón. Llega un día en que la semilla echa un tallo, el tallo un capullo, el capullo se entreabre, y el niño a los siete o diez años se da cuenta de que lleva en sí algo especial que él no acaba de comprender, pero cuyo valor presiente porque ha oído que lo llaman «soplo de cielo, beso de Dios».
   Esta es la génesis de la vocación de Manuel; la historia de tantas vocaciones de niños angelicales que crecen, sin ruido, en el silencio de un hogar profundamente religioso.


EL DOMINE SENA


   
   Quien no ha oído hablar de los famosos «dómines», constante pesadilla de los estudiantes primerizos? Todo el mundo conoce la caricature que del «dómine Cabra» nos dejó Quevedo en El Buscón.
   De la familia del archipobre personaje de Quevedo debía ser el «dómine Sena» de D. Manuel, a juzgar por lo que de él nos dice: que «era más versado en desdichas que en versos, con serlo mucho».
   Catedrático de latín y castellano en el Colegio de San Matías, era D. José Sena tipo popularísimo entre la gente estudiantil tortosina, que se divertía a costa suya, haciendo chacota de sus simplezas. Comentábanse picarescamente sus candorosas genialidades y sus rarezas eran el pábulo en que se cebaba la locuacidad de los jóvenes.
   Conocía a las mil maravillas el célebre aforismo de los antiguos « la letra con sangre entra», y creyendo como dogma de fe en su valor educativo, cumplíalo al pie de la letra.
   Gesto displicente, mirada hosca, voz de trueno con amagos de tormenta, cara, más que de juez, de verdugo... Con esa decoración entraba en escena. El palo al alcance de la mano, y una sarta de improperios dispuesta a lanzar sobre la no siempre inocente víctima.
   El alumno, a regañadientes, iba repitiendo las declinaciones, mientras media con los dedos el último chichón que acababa de propinarle la maldita vara.
   Regaños, pescozones, palos, encerronas... eran el marco ordinario de aquellas clases interminables de dos horas en que, si no se dormían los chicos, era por los gritos descompasados del profesor o el lloriqueo frecuente del alumno a quien había preguntado la lección.
   En este ambiente empezó a estudiar D. Manuel. ¡Halagüeña perspectiva! Pero, ¡caso raro!; entre todos los jóvenes que escuchaban las explicaciones del «dómine Sena», él fue el único que no cató los palos del «insigne maestro».
   Comentaba después D. Manuel esta excepción singularísima de no haber sido objeto de los castigos de que fueron víctimas cotidianas todos sus compañeros. Pero no nos da, al menos claramente, la solución. No dice si sería por su comportamiento ejemplarísimo y su aplicación nada común, o más bien por los «sustanciosos y frecuentes regalos que su madre, según añadía él mismo, como queriendo dar la clave del misterio, acostumbraba a llevar al terrible dómine».
   En el pecho generoso de D. Manuel siempre se conservó vivo el , rescoldo de la gratitud a su querido maestro. Años después, compadecido de la triste situación económica en que se hallaba la familia de D. José Sena, abrió una suscripción pública entre los antiguos alumnos pare remediarla.


NADANDO EN EL EBRO


   
   El cuidado y solicitud de D.ª Josefa por la perfecta educación de su hijo era tan extremadamente delicado, que llegaba a sacrificar la satisfacción natural de tenerlo junto a sí ante el peligro de que perdiera la vocación al contacto con el mundo. Por eso aun en las vacaciones de verano le hacía vivir en el internado del Seminario; y él ingenuamente confesaba que gozaba allí de más libertad que en su propia casa.
   Manuel pasaba una temporada deliciosa dentro y... fuera del Seminario con los pocos alumnos que en él quedaban; pues la elasticidad del reglamento en vacaciones daba amplio margen a sus travesuras infantiles.
   Libre de la pesadilla de las clases, sin libros obligados de texto que aguasen sus vacaciones, cansado de jugar en los patios del internado, planeaba con los fámulos del Seminario una escapatoria, para zambullirse en las tranquilas aguas del Ebro.
   ¡Qué felices aquellas tardes interminables de julio y agosto bajo un cielo plomizo y un sol abrasador que se encargaba de calentarles el agua del baño! ¡Qué hermoso se le antojaba entonces el paisaje tortosino, cuando el sol se ocultaba dejando entrever su aureola anaranjada entre las ondulaciones de los montes!
   ¡Batallas navales! ¡Apuestas! ¡Desafíos... sobre quién pasaba el primero a la otra orilla o atravesaba algún bodón peligroso!
   Caía la tarde. Salían del agua. Y se alejaban del río, comentando los incidentes del día. Lo hemos pasado estupendamente; decía uno. Tengo un hambre piramidal, replicaba otro. Y Manuel, con aires de victoria y dejos de suave reconvención, añadía, haciendo alusión al peligro de los bodones: «si lo supiera mi madre, no volvía a veranear fuera de casa».


UN MES DE MAYO EN EL SEMINARIO



   El mes de mayo es lo más hermoso en los anales del Seminario. Ninguna estampa del álbum escolar se presenta a los ojos del seminarista tan risueña y atrayente, como la del mes de las flores. Ni la Navidad con su derroche de alegría, ni Semana Santa con la solemnidad de sus funciones, ni Pascua con sus jubilosos aleluyas, ni las vacaciones de verano con su cortejo de ilusiones y de planes..., nada apasiona tanto como el mes azul, el mes de María.
   «¡Oh, hijos míos! -decía en su edad madura D. Manuel a sus colegiales de Tortosa-. Hace aún muy pocos años yo me encontraba como vosotros. Anhelábamos la venida del mes de mayo en el Seminario, que en mi época fue cuando se introdujo; y todos los días y cada año con más fervor se repetía.»
   Era en 1854. Manuel había cumplido los dieciocho años. La vida se extendía ante él como un abanico de ilusiones y de esperanzas. Paisajes nuevos, perspectivas de horizontes sin fin se columpiaban ante la visual de su dorada juventud.
   ¡Qué hondamente se siente el mes de mayo a los dieciocho años, cuando el canto de las aflores» arranca suspiros del corazón y orea mimosamente todos los repliegues del alma!
   Manuel corría a galope tendido por el camino de la virtud, cuando tropezó con este mes de mayo, que marca un paso decisivo en su ascensión hacia la santidad.
   Ya antes se había distinguido por su amor a la Virgen. «A los quince años, dice uno de sus compañeros, tenía ya alma y obras de apóstol. Recorría los corrillos de sus condiscípulos para hablarles de María.» Pero fue entonces cuando comenzó la devota costumbre de escribir la lista de los obsequios que ofrecía a la Virgen en su mes. «Guirnalda de flores» la titula. «Guirnalda de flores reunida por mí, Manuel Domingo, grandísimo pecador, para ofrecer a la Virgen María.» A continuación escribe los obsequios: privarse de un recreo, de un plato en la comida, jaculatorias, comuniones espirituales, mortificaciones interiores, cilicios, ayunar, hacer tres cruces con la lengua en la tierra, llevar la imagen de María y apretarla a menudo contra el pecho diciendo: «Yo os entrego para siempre, Virgen Santa, mi corazón...»
   El amor es fuego que no puede permanecer oculto. Manuel ardía y, por tanto, quemaba. El apóstol es una llama que prende en los demás. Manuel sacaba copias de estas listas de obsequios
   y las repartía entre sus compañeros. Les hablaba de la Virgen. Les contaba ejemplos relacionados con Ella y terminaba contagiándoles su mismo fervor.
   Mayo pasaba alegre y rápidamente, como un día de asueto, como un día de campo. Llegaba el 31, la despedida de la Virgen. El altar engalanado con los mejores adornos. El ambiente saturado con perfume de rosas. Las velas y flores llorando de emoción los ángeles aupándose para contemplar más de cerca a su Señora. La Virgen, más hermosa que nunca, sonríe en un mar de luz. A sus pies unas cartas se estremecen con temblor de gratitud. En el corazón del seminarista se apretujan los sentimientos. Una lágrima humedece sus ojos y sus pupilas se clavan en la Virgen de sus amores, para robarle la última mirada, la última sonrisa, mientras los cantores con triste voz de despedida entonan el «Adiós, Madre, adiós, Virgen querida, otro año esperamos volver...»
   La función de las «flores» termina. La iglesia queda vacía. El corazón del seminarista continúa cantando, mientras las filas se deslizan perezosamente por los claustros del Seminario:
   
   «Adiós, Reina de cielos y tierra,
   casta Madre del más bello amor;
   al besar hoy lo mano, pedimos
   nos bendigas, oh Madre de amor.»
   
   Mayo se fue; pero en el alma de Manuel quedó clavado aquel mes como una flecha de su amor a María. Años después aun lo recordaba con viva emoción y se regodeaba con el saboreo de tan dulces recuerdos. «Entonces fue, decía, cuando yo experimenté lo que vale la devoción a la Virgen Santísima.»
   
   

AMOR DE MADRE


   
   Le amaba con locura. Cierto que en el corazón de aquella madre cristiana cabían holgadamente todos sus hijos; pero D.ª Josefa sentía cierta predilección por Manuel, su pequeñín. No sabía estar sin él. Le llevaba consigo a todas partes, sufría cuando por cualquier motivo tenía que alejarse de su presencia.
   Cuando aun era jovencito y estudiaba en el Seminario Menor, hizo un viaje a Morella, aprovechando las vacaciones de verano. Durante su breve estancia en la capital del Maestrazgo no se le ocurrió escribir unas letras a casa relatando las primeras impresiones de su llegada.
   D.ª Josefa esperaba impaciente día tras día la hora del correo, por ver si había carta de su seminarista, pero en vano. Aquel breve tiempo antojósela un siglo, y así se lo dijo a su Manuel, cuando éste regresó a Tortosa:
   -Pero, hijo, ¿por ,qué no has escrito comunicando lo llegada? ¡He estado preocupadísima por tu salud! ¡Creí que te había pasado algo!
   -Me pareció que no merecía la pena, habiendo sido tan corta mi ausencia-repuso él-; y, sobre todo, no supuse que usted pudiera estar impaciente.
   Mucho la costó desprenderse de él cuando, siendo ya sacerdote. le envió el Sr. Obispo a Valencia para que se graduara en Sagrada Teología. Un curso entero tuvo que pasar en la ciudad del Turia, lejos de su hogar y de su familia.
   D.ª Josefa le escribía a menudo, y quería que él correspondiese con la misma frecuencia. Sabíalo D. Manuel y, como buen hijo, procuraba satisfacer los deseos de su madre contestando con regularidad, aun en medio de las tareas escolares.
   La alegría que recibía ella siempre que el cartero llamaba a la puerta de su casa, para entregarla una carta con el matasellos fechado en Valencia, era indescriptible. También el cartero participaba de su regocijo, pues sabía que por cada carta que la entregara de D. Manuel, recibía una peseta de propina.
   No faltó quien alguna vez echase en cara a D.ª Josefa su extremosa generosidad y tachase de excesiva a injustificada la paga que daba al cartero, a lo que ella, llevada del cariño extraordinario ,que profesaba a su, hijo, replicaba: «¿Excesiva? ¡Qué ha de ser! ¡Si aun me parece pequeña!»


EL REPROCHE DE SU HERMANO


   
   No sólo era su madre la que le amaba con locura, sino todos los de su casa. Sus hermanos, más que afecto fraternal, sentían para con él verdadera devoción.
   Andando los años, cuando las múltiples ocupaciones y la multiplicación de sus ministerios le robaban toda su actividad y le obligaban a hacer frecuentes y prolongados viajes fuera de Tortosa, su hermano mayor, José, se quejaba de aquellas repetidas y largas ausencias que les privaban de su grata presencia: «No me he casado yo, decía, por vivir en su compañía y apenas si nos deja disfrutar de ella.»


PRIMERAS ESCARAMUZAS


   
   Con el correr de los años iban creciendo en su corazón generoso las ansias de entregarse cuanto antes a la salvación de las almas.
   Aun no había salido del Seminario, cuando encontró ocasión oportuna de desarrollar su ardoroso celo en la «Asociación de la Doctrina Cristiana», que acababa de fundar su Prelado y a la que. por disposición del mismo, habían de pertenecer todos los sacerdotes y seminaristas de Tortosa, que hubiesen recibido la Tonsura.
   Manuel, que por aquel entonces estaba ya ordenado de Subdiácono, recibió la grata noticia con visibles muestras de profunda alegría, y desde el primer momento se entregó con toda el alma a la formación catequística del grupo de niñas que le encomendaron en la Iglesia de San Antonio, bajo la dirección del hábil pedagogo D. Benito Sanz y Forés, su querido Profesor del Seminario.
   La catequesis fue siempre una de sus preocupaciones predilectas.
   El bisoño apóstol preparaba de antemano y con escrupulosa minuciosidad las lecciones y advertencias que había de hacer a sus pequeñas catecúmenas, y se valía de mil medios para atraer a la gente menuda a sus explicaciones de catecismo: premios, estampas, medallas, juguetes y... ¡hasta caramelos! De todo cuanto podía echaba mano su celo ingenioso.
   Su táctica solía ser ésta: empezaba dando para atraer con sus regalitos a los niños, pero, cuando ya les tenía ganado el corazón y su trato exquisito y delicadísimo les había totalmente engolosinado, entonces les pedía a veces lo que antes les había dado, para con ello cazar a otros.
   Así lo cuenta una religiosa cuya vocación brotó al calor de las instrucciones catequísticas de D. Manuel.
   «Cuando me presenté por primera vez al catecismo, tenía sobre once o dote años. Al principio, como no conocía a nadie, estaba un poco asustada. Se fijó D. Manuel en mí y, al notar mi turbación, me dio una estampita.
   las otras niñas, sintiéndose un poco preteridas, al ver que me Baba la estampa, le dijeron con aire de desaprobación: «Mosén Sol, a ésta no; que no viene nunca a la catequesis.» Y él contestó con aquella amabilidad tranquila que me robó el corazón para dárselo a Dios: «¡Ya vendrá, ya!»
   Desde entonces continuó dándomelas todos los días y, cuando ya me tenía segura, entonces me pedía lo que yo tenía para dárselo a otras.»
   No se contentaba con una explicación fría y rutinaria del catecismo. El ponía en todas sus cosas fuego y entusiasmo de apóstol. A las mayores les daba lecciones provechosas de moral y a unas y otras las aficionaba a la práctica de la virtud, invitándolas a visitar a la Virgen por turno, cada una durante una hora al mes, sugiriéndolas. obsequios que ofrecer en el mes de mayo, y aconsejándolas que todos los domingos fueran por grupos a obsequiar a las niñas recogidas en el hospital.
   los resultados fueron excelentes. La catequesis de sus primeros años se convirtió en un vivero fecundo de vocaciones religiosas.


A LAS PUERTAS DEL SACERDOCIO


   
   Por los años en que D. Manuel cursó la carrera eclesiástica dejaban bastante que desear los Seminarios, debido al ambiente de inestabilidad política que entonces se respiraba en España. La disciplina estaba bastante relajada a causa de los continuos trastornos y frecuentes revoluciones, que necesariamente repercutían en los centros de formación eclesiástica.
   La preparación espiritual era deficientísima, pues, como dice el mismo D. Manuel, no tenían más que una plática de formación e instrucción religiosa en todo el año. No sabían lo que era dirección espiritual ni, por consiguiente, la practicaban. No se había introducido aún la costumbre de practicar anualmente los Ejercicios Espirituales. Y los que hacían como preparación inmediata para la Ordenes, dice él que eran aun juguete, cosa de niños».
   En este ambiente de tibieza y disipación resalta más la virtud aquilatada de aquel seminarista, que sabe luchar contra la corriente en que se mueven muchos de sus compañeros, para llevar una vida digna y fervorosa, saturada de espiritualidad y aureolada ya entonces con vastos proyectos de empresas y obras de celo.
   Sus propósitos de Ejercicios de Ordenes son un programa magnífico y completo de vida sacerdotal: silencio, recogimiento interior y exterior, generosidad, modestia, mortificación, desprendimiento, buen ejemplo, pureza de intención, dirección espiritual, devoción a María y trabajo sin cicaterías ni regateos.
   Para cumplir mejor estos propósitos, se consagró a la Santísima Virgen, inscribiéndose en la Congregación de Nuestra Señora de los Dolores.
   Templado con los Ejercicios y enfervorizado con el ambiente del mes de mayo, le llegó por fin el día ansiado de su ordenación sacerdotal.
   La recibió con extraordinarias muestras de fervor de manos de su Obispo, Excmo. Sr. D. Miguel José Pratmans, el día 2 de junio de 1860, en la iglesia parroquial del Jesús, de su ciudad natal.

PRIMAVERA SACERDOTAL



LA PRIMERA MISA


   
   Amaneció un día espléndido. El sol se asomó puntual a la huerta tortosina iluminando la belleza de su exuberante vegetación. La primavera había vestido de alegría la campiña y saturado el ambiente con perfume de rosas. Era el 9 de junio de 1860.
   En la iglesia de San Blas se notaba un movimiento inusitado. Las campanas tocaban a placer, sembrando en los corazones de los tortosinos notas de regocijo. En el interior se daban los últimos retoques al adorno de los altares. Velas sin estrenar lucían la esbeltez de su talle y flores de mil tonalidades diferentes ostentaban orgullosas sus variados colores a la luz de un sol madrugador, que se asomaba entre las cristaleras de los ventanales.
   El sacristán pasaba revista a los objetos que se habían de necesitar para la ceremonia, y los monaguillos, vestidos de gala, discurrían inquietos por el templo yendo de la sacristía a la calle y de aquí al interior, esperando impacientes la hora de su actuación.
   Llegó ésta, por fin, cuando D. Manuel entró en la iglesia rodeado de nutrida escolta de sacerdotes y seguido de sus familiares y convidados. El nuevo presbítero avanzaba a lo largo del templo en medio de un mar de cabezas que se inclinaban a su paso.
   Empezó la misa, que celebró con una emoción indescriptible. Llegado el momento debido, subió al púlpito el Lectoral de Tortosa, M. I. Sr. Dr. D. Benito Sanz y Forés, ,quien en sentidas frases y vibrantes párrafos cantó las glorias del sacerdocio a hizo breve historia de la vocación de aquel misacantano, a quien él amaba entrañablemente desde que le conoció en las clases del Seminario.
   los padres de D. Manuel lloraban lágrimas de gozo, arrancadas al contacto de las palabras emotivas del predicador, y sus hermanos hacían otro tanto abrumados por el peso de las emociones.
   Terminada la misa, empezó el besamanos. Todo el barrio desfiló por delante del nuevo sacerdote, besando sus manos recién ungidas. Muchos eran los invitados al cantamisa, pues D. Manuel siempre quiso que estas ceremonias estuvieran rodeadas de toda la pompa y esplendor posibles. Y otros muchos acudieron atraídos por el ansia de oír la primera misa de aquel que ya de seminarista les había dado tan buenos ejemplos.
   En tan solemne acontecimiento ,quiso hacer particioneros a otros muchos de la alegría en que se derretía su corazón. A los pobres de la parroquia les repartió abundantes limosnas y recibió de ellos muestras sinceras de verdadera gratitud. Las niñas de la catequesis, con quienes él había hecho sus primeros ensayos de apostolado, fueron todas a felicitar a su querido catequista convertido ya en otro Cristo, y salieron de su presencia con el corazón esponjado, el rostro sonriente y acariciando entre sus manos cada una un cucurucho de caramelos.
   Con aquel día se pasaron las ilusiones de la primera misa; pero en el alma de D. Manuel se conservó siempre vivo el recuerdo de aquella mañana radiante de primavera en que estrenó su sacerdocio.
   Todos los que asistieron a aquella primera misa conservaron durante toda su vida impreso en la retina del alma «el edificante espectáculo que les ofreció, con su juvenil y extraordinaria hermosura, su interesante figura, su angelical modestia y su gravedad en el Altar, el misacantano. ¡Pareció a todos aquella la primera misa de un sacerdote santo!...»



¡VOLUNTARIOS!


   
   Corría el año 1861 cuando el Vicario General de Tortosa, D. Ramón Manero, hizo un llamamiento al clero de la diócesis. ¡Voluntarios! Necesitaba voluntarios que se sintieran con vocación de misioneros, vanguardistas que desinteresadamente se ofrecieran a trabajar por los intereses de Dios.
   Se pretendía fundar un colegio de misioneros diocesanos y lanzarlos por los pueblos a dar misiones, para contrarrestar los efectos desastrosos de la revolución.
   En seguida alistóse D. Manuel. Y el 22 de diciembre de aquel mismo año recibía de manos del Vicario General el nombramiento de misionero, con el encargo de asistir el día 29 a la solemne inauguración de la Casa de Misiones y Ejercicios de la Diócesis.
   En aquella fecha, como en todas las ocasiones transcendentales de su vida, para purificar su espíritu de los afectos menos legítimos c intenciones interesadas que pudieran malearlo, hizo al Señor la oblación completa de su persona. En ella, después de consagrarse enteramente a Dios, le pide un celo ardiente «como el de vuestro Apóstol San Pablo; un espíritu encendido, como el de San Juan Bautista; unos labios puros, como los del profeta Isaías. Dadme también, Salvador mío, la ciencia necesaria para el desempeño de mis obligaciones, a fin de que pueda convertir a todos mis hermanos y conducirlos por el camino de la salvación y del amor de Dios. Dadme al mismo tiempo, Jesús mío, si es de vuestro agrado, la salud suficiente para recobrar con mi diligencia presente mis negligencias pasadas y dedicarme mejor al ministerio sagrado, hasta el momento que sea vuestra voluntad disponer de mí».
   Con la cruz de misionero sobre el pecho, en los labios siempre dispuesta la semilla de la divina palabra, y el corazón hirviendo de amor a Jesús, recorrió, en compañía de otro venerable eclesiástico, D.. Mariano García, varios pueblos de la diócesis, quedando en todos ellos la gente maravillada por la unción con que predicaba aquel joven sacerdote.


ANTES DEL ALBA


   
   Dotado de un temperamento naturalmente activo, y acuciado además por el celo de la gloria de Dios, costábale enormemente a D. Manuel el tener que ceder a las exigencias de la naturaleza, dedicando al sueño un tiempo precioso que hubiera podido emplear en sus ministerios sacerdotales. Si era esclavo de la naturaleza en este particular como todos los mortales, no lo era del regalo o de la comodidad, pues regateaba al sueño todas las horas que podía.
   Aun acostado pasaba largos ratos rezando oraciones litúrgicas, recitando jaculatorias, y dejando escapar de su corazón suspiros encendidos en amor de Dios. Esto solía acontecerle con frecuencia, sobre todo estando medio dormido en estado de semivigilia.
   los familiares reprendíanle porque no dormía. A lo que él contestaba que las horas aquellas eran las que más le costaba perder.
   A no ser que alguna enfermedad le retuviese en cama, abandonaba el lecho antes de amanecer y salía en seguida de casa, dirigiéndose por aquellas canes laberínticas de Tortosa al convento d, Santa Clara. La ciudad, arropada en un profundo silencio, dormía aún plácidamente. En el cielo lucían todavía las últimas estrellas. Y como el alumbrado público de gas dejaba no poco que desear, y los faroles de las esquinas con harta frecuencia no lucían, llevaba D. Manuel una linterna de mano, que dejaba a la entrada del convento, en unos bancos de piedra que hay en el pórtico exterior. Cuando amanecía, pasaba la criada de casa y recogía la linterna de Mosén Sol, que guardaba hasta el día siguiente.
   Mientras D. Manuel, hincado de rodillas ante el Sagrario, pasaba largos ratos, horas enteras, hablando amigablemente al Señor de sus planes, de sus empresas, y consolándole con actos de reparación por las ofensas de los hombres. Pegado al Sagrario permanecía hasta que venía el día y con él empezaban a llegar las primeras devotas, que acudían a su confesonario.

   

EL CURA Y EL SACRISTÁN DE LA ALDEA


   
   Recibió D. Manuel el nombramiento de regente de La Aldea el 7 de marzo de 1862.
   No era ciertamente ésta ninguna cosa apetecible en el humano modo de enjuiciar el valor de las parroquias. Situada a tres leguas de Tortosa, era La Aldea un pequeño caserío de reducido vecindario y cuyos habitantes se hallaban además diseminados por el campo. No tenía, por tanto, muchos pretendientes. Tanto es así, que después del nombramiento de D. Manuel, el Sr. Obispo de Tortosa se vio precisado a publicar en el «Boletín Eclesiástico» una circular en la que invitaba a los sacerdotes a que voluntariamente se ofreciesen a servir la coadjutoría de La Aldea, ofreciéndoles en cambio la asignación de tres mil reales, intenciones de misas, casa rectoral, y considerar su estancia en La Aldea como méritos especiales para ulteriores ascensos.
   Cuando D. Manuel fue nombrado regente de aquel caserío no tenía ninguno de estos alicientes humanos y sí todas las desventajas. Recibió, no obstante, con júbilo el nombramiento, por ver en él expresa la voluntad de Dios, y marchó en seguida a su nuevo destino, anheloso de ponerse cuanto antes en contacto con sus feligreses.
   Se conserva entre sus escritos el sermón de presentación que les dirigió, lleno de santo celo y fuego apostólico. En él les dice entre otras cosas: «Siempre estaré dispuesto a recibiros y escucharos con toda la caridad que el Señor me inspire, de día y de noche; y procuraré al mismo tiempo corregiros, ya en público ya en privado, deseando asimismo que, si alguna cosa observareis vosotros en mí no del todo buena o sospechosa, me lo advirtáis, estando seguros de que no sólo no he de enfadarme, sino que os lo agradeceré en lo más íntimo de mi alma y os pagaré encomendándoos al Señor muy encarecidamente.»
   Encantado quedó D. Manuel de la asistencia con que habían respondido sus feligreses a su primera actuación en la Vicaría de La Aldea; pero pronto hubo de ver que no era su religiosidad lo que les había congregado en la iglesia del pueblo, sino la novedad del caso. En días sucesivos quiso invitarles a que cuanto antes hicieran el cumplimiento pascual, pero con gran sorpresa suya vio la iglesia casi vacía.
   Entonces, sin desalentarse, decidió cambiar de táctica y visitar a sus feligreses casa por casa, como lo hizo llevando a todos los hogares su aliento paternal, incluso a los de los payeses diseminados por la huerta tortosina. Realmente en aquel período de su estancia en La Aldea trabajó con toda el alma, pudiendo muy bien decir que uno descansaba ni dormía».
   Todos los vecinos de aquel pueblo le cobraron verdadero cariño en los seis meses escasos que estuvo entre ellos; mas no todos secundaron plenamente los deseos de su celoso Pastor; lo cual le hacía andar hondamente preocupado, como él mismo lo deja entrever en las palabras que solía decir, cuando se encontraba a alguno de sus antiguos feligreses: «Rogad a la Virgen por el que tantas lágrimas vertió ante su presencia en la soledad de aquella iglesia.»
   En su labor de apostolado encontró D. Manuel un obstáculo serio donde menos podía sospecharlo. Tenía un sacristán chocarrero y burlón, el cual con sus bufonadas y pullas alejaba de la iglesia a los sencillos payeses. Huían éstos de él como del demonio; y de tal hacía el oficio, porque les apartaba de la recepción de los santos sacramentos.
   D. Manuel, no pudiendo de momento deshacerse de él, procuraba esquivar sus burlas. A los más inclinados a dejarse llevar del respeto humano, esperábales muy de madrugada en la iglesia, para que en aquellas horas intempestivas cumpliesen sus deberes religiosos, antes de que pusiese el pie en ella el chancero sacristán.

   

LA COMUNIÓN Y EL DESAYUNO


   
   El día 1 de junio de 1863 recibía D. Manuel el nombramiento de ecónomo de la parroquia de Santiago de Tortosa.
   Al hacerse cargo de aquella feligresía estaba ésta casi en completo abandono. El párroco era ya muy anciano y el coadjutor se hallaba casi siempre enfermo. No es de extrañar, por tanto, que aquello marchara muy mal. Irregularidad en las funciones litúrgicas, descuido en las ceremonias, suciedad en los objetos de culto, todo lo cual se traducía en una falta de asistencia de los fieles y en un continuo vacío en la iglesia.
   D. Manuel no estuvo más que cinco meses al frente de la parroquia de Santiago, pero lo suficiente para cambiarla por completo. La limpió y adecentó. Sacudió la conciencia adormilada de sus feligreses con el anuncio de novenarios y triduos solemnes en los que predicaban oradores de talla. Abrió la catequesis de niños y niñas. Empezó a trabajar con los jóvenes de ambos sexos. dio regularidad al horario de los cultos y vida a las funciones litúrgicas. Hizo la visita domiciliaria a los enfermos. Predicaba incansablemente y pasaba cada día largas horas en el confesonario, esperando primero, hasta que la gente se fue acostumbrando, y confesando después a su numerosa clientela.
   Un buen día en que se hallaba en la sacristía, revistiéndose para empezar la santa misa, entró una señora muy pobre que quería hablar con él.
   -¿Qué desea, buena mujer?-preguntó D. Manuel.
   -Venía a ver si en esta iglesia se reparte también la comunión.
   Sin duda la pobre en alguna ocasión no había hallado facilidad de comulgar allí.
   Sonrió un poco extrañado D. Manuel, y contestó al punto:
   -¡Sí, señora! Aquí también distribuimos la sagrada comunión, y como en pocos sitios. ¡Créalo! ¡Como en pocos sitios! ¿Usted es forastera, verdad?
   -¡Sí, señor! Soy de Uldecona y he venido pidiendo a Tortosa. ¡Oiga, Mosén!, ¿y cómo dice que dan ustedes la comunión?
   D. Manuel la miró de arriba abajo y al verla tan mal trajeada, compadecido de ella, la dijo:
   -¿Es usted pobre, verdad?
   -¡Sí, señor, soy pobre! Ya le he dicho que he venido a Tortosa para mendigar.
   -Pues mire usted, hija: en esta iglesia, además de la sagrada comunión, se da almuerzo a quien lo necesita y carece de medios para adquirirlo.
   Y la pobre mendicante, además de la Sagrada Eucaristía, recibió de manos de aquel bondadoso sacerdote un suculento y sustancioso desayuno.

   

DESAYUNO DE LOS SANTOS


   Aquel mismo año el Sr. Obispo de Tortosa envió a D. Manuel a la Universidad de Valencia, para que hiciera el doctorado en Sagrada Teología.
   A pesar de su ocupación primordial, que por entonces la constituían los libros, no abandonó sus empresas de apostolado por medio de cartas, sermones, confesonario, etc.
   En la capital levantina tuvo ocasión de desplegar su celo con las Religiosas Adoratrices que, como todas las Congregaciones cuando se hallan en sus principios, estaban pasando una crisis aguda de sufrimientos y tribulaciones.
   Aquel bondadoso sacerdote se captó en seguida las simpatías de las jóvenes recogidas en el convento, a ,quienes confesaba y de las Madres, a las que alentaba con sus fervorosos consejos.
   En Valencia conoció y trató a la Madre Fundadora, Santa Micaela del Santísimo Sacramento. Un día, en que fue por el convento a celebrar la santa misa, le invitó ésta a desayunar, y al notar en él cierta timidez, le atajó las excusas que pudiera poner, diciendo: «Para que no le dé vergüenza, voy a tomar el chocolate con usted.»
   Y así lo hicieron, platicando de cosas espirituales mientras tomaban aquel sencillo refrigerio, pudiendo decirse que aquél fue en realidad el desayuno de dos santos.


PROFESOR DEL INSTITUTO


   
   Por febrero de 1864 y a propuesta del Sr. Obispo de Tortosa, Dr. Vilamitjana, el Rector de la Universidad de Barcelona daba oficialmente a D. Manuel la cátedra de Religión y Moral del Instituto de Tortosa, la cual regentó con unánime aplauso hasta que, al estallar en septiembre del 68 la revolución, suprimieron del plan de estudios aquella asignatura.
   No se contentaba D. Manuel con cumplir exactamente sus deberes de catedrático. Quería ser, además de maestro, educador. Por esto aprovechaba cuantas ocasiones se le brindaban para sembrar la semilla del bien en sus alumnos. Queríanle éstos con locura, no sólo por su competencia, sino por su virtud, a íbansele aficionando casi insensiblemente con gran provecho de sus almas. Algunos hasta se confesaban con él. Cuando llegaba alguna fiesta, reunía a los profesores y alumnos del Instituto y hacíales sentidas pláticas y sabrosos fervorines, incitándoles a la práctica de la virtud.
   Hasta de paseo salía muchas veces con sus discípulos. Les animaba y estimulaba en sus juegos, ofreciendo premios a los campeones y terminaba obsequiando a vencedores y vencidos con dulces y golosinas.
   Durante el mes de mayo, a la salida de las clases, reunía a todos los alumnos y juntos hacían, en obsequio a la Virgen, el Ejercicio de las Flores en la iglesia de San Antonio, frente al altar de la Inmaculada, y terminaban el mes con una comunión general.
   los resultados fueron altamente satisfactorios, a juzgar por lo que deja entrever en una frase, en extremo lacónica, de sus apuntes, que dice así: «Instituto: afecto a los chicos y resultado».
   Fueron éstas las primicias de su actuación con la juventud; apostolado que le entusiasmó siempre y en el .que trabajó con todo el ahínco de su alma, hasta el punto de que. ya cargado de años, pudo decir con toda verdad: « La juventud ha sido el ideal de mi vida.»


LA CALAVERA DEL ARMARIO


   
   Fue exactísimo siempre en el tiempo dedicado a la oración mental. Hacíala con bastante frecuencia sobre las verdades eternas, a la luz de las cuales se afianzaba cada día más y más en su convicción de la vanidad del mundo y de la vaciedad de las cosas terrenas.
   El pensamiento de la muerte le era familiar y frecuentemente echaba mano de él, cuando debía tomar alguna decisión importante en su vida. Para que esta idea calara más hondamente en su alma, tenía guardada en un armario una calavera auténtica, que no enseñaba a nadie, y que sólo sacaba para ponerla encima de la mesa y hacer de cuando en cuando su meditación ante ella.


LE ENCONTRÉ ABRAZADO A UN POBRE



   Se dirigió en cierta ocasión al convento de Santa Clara, en busca de D. Manuel, una de sus criadas, para darle un recado urgente de parte de su hermana.
   «Eran ya las nueve de la mañana, dice ella, cuando al entrar en la iglesia del convento, me dirigí al confesonario, donde le encontré abrazando a un pobre, al cual consolaba en voz alta.
   Lloraba a lágrima viva el pobre viejo, y D. Manuel, con aquel corazón de madre que Dios le había dado, le estaba acariciando y apretando contra su pecho.
   Yo, al ver que le tenía tan cerca de él, y viendo, por otra parte. que el anciano tenía nevada la cabeza y el pelo bastante largo, tuve una sospecha y no me equivoqué..
   Efectivamente, cuando el domingo por la mañana recogí las mudas, vi en la de D. Manuel un parásito, que sin exagerar era como un grano de cebada.
   Se lo dije a su hermana y le dio a ella por ver si había más; y al abrir la camisa vio algún otro.
   ¡Ay, su hermana, qué disgustada! Empezó por decir: ¿Qué dirán las lavanderas?
   En esto llegó D. Manuel, y su hermana, sin esperar a más, se desahogó diciendo: «Mira, Manuel, qué gente nos has traído.»
   «No te enfades, María, la contestó su hermano, son viejecito que vienen a confesarse, y ¡son de aquellos barrios... !
   Y ella, que estaba en antecedentes de lo ocurrido por la criada, le respondió con aires de recriminación, pero vencida por la virtud de su hermano: «¡Sí, es verdad, pero no te los acerques tanto!»

   

LADRÓN DE MONJAS


   
   Dios le había concedido el don de gentes. Su trato engolosinaba a las almas y cautivaba los corazones. Por eso no es de extrañar que al contacto con D. Manuel muchas de ellas se sintieran llamadas al estado religioso.
   Reparando en esto murmuraba a veces la gente sobre que las jóvenes que confesaba D. Manuel todas solían terminar en el convento. Hasta no faltó quien se lo dijo a él mismo, a lo cual contestó sonriendo: «No digan eso; no digan que todas las que se confiesan conmigo se meten religiosas, sino al revés, que todas las que quieren hacerse religiosas vienen a confesarse conmigo.»
   No faltaron padres que prohibieron terminantemente a sus hijas acercarse al confesonario de D. Manuel. Otras, al contrario. eran ellas mismas las que se apartaban alarmadas por el terror a caer en las mallas de sus redes. A una de éstas la escribía años después D. Manuel: «Aun recuerdo, hija mía, cuando con tanta ingenuidad me decías que no querías venir a confesarte conmigo, porque no lo hiciera monja.»
   Más de una vez, a pesar de las insistentes invitaciones que le hacían, resistióse cuanto pudo para no ir a visitar la villa de San Mateo, porque, cuando él llegaba al pueblo, una oleada de miedo lo recorría de una punta a otra. «las madres de la piadosa villa del Maestrazgo, lo mismo que las de Milán cuando aparecía en aquella ciudad el melifluo y celestial panegirista de la virginidad, San Ambrosio, se alarmaban por el terror de que D. Manuel hiciese a todas sus hijas monjas.»
   A veces llegaron hasta a llamarle públicamente y a grandes gritos «¡ladrón!», «¡robador de almas buenas!».
   A lo que él por todo comentario replicaba sonriente: «Tienen razón. Mosén Sol es un ladrón, y aun no saben todas sus mañas.»


Y SALIÓ PISTOLA EN MANO


   
   Ocasiones hubo en que había más que palabras. Los padres de las muchachas, enfurecidos ante la constancia de sus f hijas, salían en busca de D. Manuel en plan de amenaza.
   «El jueves último, escribía comentando uno de estos dramáticos incidentes, entró en el convento Fulana... Y hubo una tempestad horrorosa al saberlo, y su padre quería matar a Mosén Sol y mis pobres monjitas me aconsejaban que me escondiera. Pero ya se ha pasado un poco la tormenta.»
   Ocasiones hubo en que la tormenta no pasó tan de prisa.
   Confesaba D. Manuel a una joven que tenía vivos deseos de ingresar en Religión, mas no podía realizarlos por la oposición enorme que hallaba en casa. El padre, viendo que ni con ruegos ni con amenazas podía doblegar la voluntad de su hija y suponiendo que la causa de lo que él creía testaruda obstinación, era el confesor que secretamente la alentaba. un día, en que su excitación había llegado al paroxismo, cargando su revólver salió en busca de D. Manuel dispuesto a cometer cualquier barbaridad.
   Le halló por fin, a increpándole duramente, le puso el revólver en el pecho, mientras le disparaba una ráfaga de insultos, que terminaron con esta conminación: «¡Bueno, y si no aconseja usted bien a mi hija, le pego un tiro!»
   «Ya puede usted disparar, contestó D. Manuel con una tranquilidad pasmosa, que yo no puedo aconsejarla otra cosa que lo que Dios me inspire y crea ser de provecho espiritual de ella.»
   Y puso tal emoción en sus palabras que aquel hombre, hondamente impresionado, empezó a deponer su actitud agresiva, convirtiéndose más tarde en amigo íntimo de D. Manuel, a intimando también con las religiosas en cuyo convento no dejaba ingresar a su hija. Terminó por darla el permiso, y se trocó luego en un admirador tan entusiasta de aquella observante Comunidad que, aun separándole una distancia de diez horas de camino, no dejaba pasar ninguna semana sin hacerlas al menos una visita.


LOS CIELOS DE UN VICARIO


   
   Habiendo empezado a tratar a las religiosas de cierta Comunidad, quedaron éstas desde el principio tan prenda-. das de su virtud que todas sin excepción querían confesarse con él.
   Llevólo muy a mal el pobre capellán del convento, que había desempeñado muchos años aquel cargo con gran aceptación de las monjas. Cogió por ello un odio mayúsculo a aquel advenedizo que, al parecer, pretendía suplantarle en el confesonario, y no se recataba de manifestar privada y públicamente su antipatía siempre que tenía ocasión.
   Cuando D. Manuel tuvo noticia de aquel enfado, se dolió mucho de ello y quiso cortarlo del mejor modo posible. Para mostrar al buen sacerdote que procedía desinteresadamente en el desempeño de su ministerio, y al mismo tiempo, como muestra del aprecio y estima en que le tenía, acudía al confesonario del resentido capellán y ante él se acusaba humildemente de sus faltas, quedando por ello el anciano vicario satisfecho y gratamente impresionado.


CATADOR DE ESPÍRITUS


   
   Celebró en un pueblo de Levante su primera misa un sacerdote, a quien D. Manuel tenía en gran estima y protegía. El recién ungido ministro de Dios invitó a su querido protector a aquel acto, sin duda el más importante y trascendental de su vida. D. Manuel aceptó complacido la invitación y hasta llevó la capa de honor.
   Después de las ceremonias religiosas, sentáronse a la mesa. D. Manuel ocupó el sitio de preferencia junto al neosacerdote.
   «Entre las jóvenes amigas de la familia del misacantano, dice D. Antonio Torres, había una que llamaba la atención por la pulcritud con que realizaba los oficios de buena y diligente Marta, y todavía más por su modesto continente.
   También D. Manuel se fijó en la improvisada sirvienta y, aunque no la había visto ni hablado nunca, penetró sin duda en el interior de tan noble criatura y vio los amorosos designios que tenía Dios sobre su alma.
   Aquel mismo día por la noche, mientras en la iglesia parroquial se celebraba con asistencia de todo el pueblo una solemne función religiosa, D. Manuel, con aquel espíritu de apóstol que no desaprovechaba ninguna oportunidad, se estuvo sentado en el confesonario estudiando detenidamente la vocación de la joven que conoció durante la comida, y dirigiendo con sus luces y consejos a otras que se acercaron al confesonario.
   A los pocos meses esta joven entraba en un convento, llevando en él una vida muy ejemplar. De las otras, una al menos consiguió aquella misma noche permiso de sus padres para entrar en el claustro. »


A VECES SE EQUIVOCABA


   
   Vivía en Arenys, pueblecito de la provincia de Teruel, una muchacha que tenía sumo interés en ir a Tortosa para ver la procesión del Domingo de Ramos. Consiguió, por fin, el permiso de su madre, y llena de Bozo se dirigió a la ciudad del Ebro.
   Al día siguiente de llegar tuvo el gusto de oír cantar a las religiosas de convento de Santa Clara. vio en el confesonario un sacerdote, se acercó y se confesó con él. Era D. Manuel. Terminada la confesión, la dijo:
   -¿Tú eres forastera? ¿De dónde eres?
   -De Arenys.
   -¿Del pueblo donde está Mosén Descarrega?
   -Sí, señor.
   -Pues él y yo éramos condiscípulos. ¿Y cómo has venido a Tortosa?
   -Pues a ver la procesión y pasar aquí las Pascuas.
   -Entonces ya subirás otro día y hablaremos...
   La muchacha quedó un poco preocupada, pensando qué la querría aquel sacerdote a quien hasta entonces nunca había visto. Fiel a la cita, al día siguiente, a la misma hora, se presentó en Santa Clara. Nada más verla D. Manuel la preguntó:
   -¿Te gusta Tortosa?
   -Mire si me gustará, que siempre me estaría aquí.
   -¿Y cómo deseas estar?, inquirió Don Manuel preparando el terreno.
   -De cualquier manera.
   -¿Quieres ser monjita?-la dijo, mientras con dulce sonrisa la animaba a responder afirmativamente.
   -Sí..., pero no tengo dote.
   -¿Times padres?
   -El padre le perdí a los once años; sólo tengo madre.
   -Pues escríbela y, si lo deja entrar, vendrás a mi casa y aprenderás...
   -¿Y qué aprenderé?
   -El solfeo y cuando sea hora serás monja cantora.
   -Pues bien, escribiré al Sr. Cura, porque mi madre no sabe leer ni escribir.
   A los tres días recibió la respuesta. Ella, llena de Bozo, a toda prisa se dirigió a Santa Clara.
   -¡Mosén Sol, mire la contestación de mi madre!
   -¡Chica, qué bien!; pues mira, a allá a las doce te vas a mi casa.
   Así lo hizo. Recibióla D. Manuel y al presentarla a su hermana
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   la dijo: «Esta joven estará con nosotros, que te ayude a limpiar la casa e irá a aprender música.»
   A los pocos días la mandó a dar clase de solfeo con el Maestro de Capilla de la Catedral. Así pasaron varios meses, corriendo todos los gastos a cargo de D. Manuel.
   Cuando ya estaba impuesta en el canto se quedó sin voz. Ante este imprevisto contratiempo aquel bondadoso sacerdote no se amilanó, sino que acariciando a la pobre muchacha con una mirada compasiva, dijo: «Y ahora, ¿qué haremos de ti?»
   Y se le ocurrió una idea: Que aprenda piano y así podrá entrar de organista. Y como lo pensó lo hubiera hecho, no reparando en gastos, con tal de ser de la gloria de Dios. Pero el Señor, que no quería ,que aquella joven le sirviese en la Religión, la envió la enfermedad del tifus, quedando así frustrados todos los planes del celoso bienhechor.


NO HAY OTRO COMO EL DOCTOR SOL


   
   Residían en Tortosa tres hermanas de familia distinguida, no sólo por su posición económica, sino más aún por su acendrada sólida piedad. Se confesaban y dirigían las tres con D. Manuel.
   Un día le dijeron que tenían una cantidad respetable de dinero y querían emplearlo en obras pías, preferentemente en la erección de un convento, sin prefijar condiciones de lugar, orden religiosa, etcétera, dejándolo todo a la elección de su director espiritual.
   Trató éste el caso con la Abadesa de las monjas de Vinaroz, a la que no tardó en convencer de que el convento a fundar fuera de su Instituto y que se erigiera en Vall de Uxó. Habló de la conveniencia de decirlo cuanto antes al Prelado, recabar su aprobación y bendición, y les insinuó que el mismo Sr. Obispo debía decirles la persona que les había de allanar el camino y resolver cuantas dificultades pudieran surgir.
   Siguiendo las recomendaciones de D. Manuel, la Madre Providencia, en agosto de 1890 escribió al Sr. Obispo proponiéndole todos estos planes, y pidiéndole que designara una persona de su confianza y de toda solvencia, :que les llevara adelante tan ardua empresa.
   Y el Sr. Obispo les contestó sin titubear: «Para estas empresas, en las que escasean los medios humanos, no hay otro como el Doctor Sol.»


BATALLANDO POR SUS MONJAS


   
   Al estallar la revolución septembrina de 1868 y apoderarse del poder un Gobierno revolucionario, acababa de ser nombrado D. Manuel capellán y confesor ordinario de las monjas franciscanas del convento de Santa Clara, Tristes eran las perspectivas que se cernían sobre las comunidades religiosas: saqueos, atropellos, violaciones, asesinatos, expulsiones... Esas y otras parecidas eran las noticias con las ;que los periódicos llenaban cada día sus columnas.
   A esto vinieron a añadirse los horrores de la guerra que no tardó en estallar viéndose los tortosinos entre los fuegos de los gubernamentales y de los carlistas.
   Habiéndose incautado la Junta revolucionaria de Tortosa del convento de los jesuitas, del Seminario y del Colegio de Santiago, y considerando insuficientes estos locales para las necesidades del momento, decretaron también la expulsión de las monjas de Santa Clara para proceder a la incautación de su convento y convertirlo en hospital de sangre.
   Aquella noticia hirió profundamente el corazón ardoroso de D. Manuel, que amaba hondamente a sus dirigidas, y empezó a moverse cuanto pudo para hacer revocar la orden. Visitó a personas influyentes, escribió vibrantes artículos en la Prensa, emprendió numerosos viajes, hizo promesas y no pocas dádivas; pero sobre todo redactó unas cuantas cartas que, firmadas después por la Abadesa, dieron el resultado apetecido. Se conservan algunas de las muchas que debió de escribir con este motivo. Todas ellas rezuman santidad y transpiran una prudencia exquisita, al mismo tiempo que una fluidez encantadora de estilo. Los destinatarios, enrollados en las mallas de aquellos irrebatibles razonamientos salpicados de estudiado afecto, terminaban por acceder a sus peticiones, admirando las cualidades extraordinarias de aquella Abadesa, que en sus cartas sabía decir cosas tan persuasivas al par que tan atinadas.
   Misivas de esta índole fueron dirigidas, entre otras personas, a la esposa del más tarde Presidente de la República, D. Estanislao Figueras, y a éste, cuando quedó viudo, y a D.ª Francisca Agüero, Condesa de Reus y esposa del General Prim; la cual intervino eficazmente ante su marido, logrando que las pobres religiosas de Santa Clara no fueran en adelante molestadas.


NO LO PIENSES MÁS Y OBEDECE


   
   La confianza que infundía en sus dirigidos cuando les daba un consejo era tal, que, aun contrariando a veces sus gustos, le obedecían sin chistar.
   Había una joven que quería ingresar en Religión, sin determinarse por convento alguno en particular, aunque sentía especiales atractivos hacia la vida del claustro. Como sabía que D. Manuel tenía predilección por las monjas de clausura, creía facilísimo obtener su permiso y bendición. Pero ¡cuál no sería su sorpresa! cuando, al hacerle conocedor de sus deseos y de sus inclinaciones hacia la vida de clausura, la respondió el varón de Dios con todo aplomo: «El buen Jesús lo quiere religiosa de enseñanza; y, aun más, lo quiere en Jesús María».
   La pobre joven, que no había oído ni hablar de tales religiosas, quedó sumamente sorprendida. D. Manuel, convencido de que era ésa la voluntad de Dios, tuvo la delicadeza de acompañarla desde Tortosa a Valencia donde tenían un Colegio, para que las conociera. Llegaron, en efecto, a la ciudad del Turia, y se entrevistaron con las religiosas en cuestión, hablando ya como de cosa hecha de la entrada de la visitante. Incluso D. Manuel la comprometió a volver dos días después y, para probar mejor su vida y reglamento, consiguió que pudiera pasar con ellas un día entero.
   Alegráronse sobremanera las religiosas, pero no así la forzada postulante ,que, si bien en presencia de las otras no se atrevió a contradecir los planes de D. Manuel, una vez fuera del locutorio, la faltó tiempo para expresarle la impresión desfavorable que la habían causado y que estaba dispuesta a no poner más el pie en aquel convento que tanto la repugnaba.
   «Sin embargo Dios lo quiere en Jesús María», repitió él.
   Como la muchacha insistiera manifestando su displicencia, al día siguiente tuvo la paciencia de acompañarla, a pesar de sus muchas ocupaciones, a otros dos o tres conventos de clausura, donde tenía también monjas conocidas. Algunas la gustaron y así se lo indicó a D. Manuel, diciéndole que no tendría reparo en vestir su hábito.
   El empero insistió convencido: «Yo veo claro dónde lo quiere el Señor; pero mañana en el santo sacrificio de la misa se lo preguntaré de nuevo.»
   Pasó la noche sin conciliar el sueño la pobre muchacha, víctima de las impresiones del día anterior. A la mañana siguiente, muy de madrugada, fue anhelosa de saber el resultado a D. Manuel, el cual la dijo muy decidido: «No lo pienses más y obedece. Jesús María es lo lugar.»
   Volvieron al día siguiente a estas religiosas, como lo habían prometido, y entonces la produjeron una impresión completamente distinta de la primera, de modo que muy a gusto se hubiera quedado entre ellas en aquel mismo momento. Ingresó poco después, viviendo felicísimamente y dando infinitas gracias a D. Manuel por haberla dado tan acertado consejo.


EL CÓLERA


   
   Era en los tristes días del cólera, allá por el año 1870. Una ráfaga de tristeza nublaba los cielos de España, vistiendo de luto a numerosas familias. Tan funesta epidemia se apoderó también de la ciudad de Tortosa, cuyos habitantes veían consternados entrárseles la muerte por la puerta de las casas y llevarse a racimos a los miembros más queridos de la familia.
   La gente huía despavorida de las ciudades a los villorrios, creyendo así escapar de tan cruel azote.
   D. Manuel era en aquel entonces vicario del convento de Santa Clara, a cuyas monjas atendía con cuidados exquisitos y mimos de madre. La muerte le rondaba por doquier. Sin embargo, su celo ardoroso chocaba con la ligereza de las gentes, que ofrecían el triste espectáculo de una desbandada general ante el peligro del cólera. Hasta la propia familia de D. Manuel, que en otras ocasiones similares no había huido, abandonó por entonces la ciudad.
   Tal sería la desbandada que llegó a preocupar seriamente a las autoridades, las cuales empezaron a pensar en soluciones posibles para cortarla de una manera terminante y eficaz.
   D. Manuel, hallándose solo en casa, se presentó un día al Sr. Obispo, Excmo. Sr. Vilamitjana, el cual al verle se alarmó, creyendo que aquel novel capellán de monjas también quería ausentarse y para ello venía a pedir la venia de Su Ilustrísima.
   Nada más lejos del pensamiento de D. Manuel que el dejar desatendidas a aquellas esposas de Jesucristo, a quienes él amaba con todo su corazón, por ser la porción de la Iglesia que el Señor le había confiado. Y así respondió admirado a la extraña sospecha del Sr. Obispo que le preguntaba si también él se quería marchar: «No, de ninguna manera, Excmo. Señor. Deseo sólo licencia de Vuestra Señoría Ilustrísima para que se me arregle una habitación en el convento y de ese modo no tendré que abandonarlas ni estar lejos de ellas.»
   El Prelado, emocionado ante aquel arranque de generosidad y de celo sacerdotal, accedió gustoso a lo que se le pedía.


ECLIPSE DE NUESTRO SOL


   
   Su corazón generoso y desprendido le conquistó una pléyade de amigos y de admiradores, que se preciaban de su amistad y le correspondían amándole con toda el alma.
   El, a su vez, les trataba con cariño tan verdadero y profundo, que cada uno de ellos sentíase particularmente amado y se ufanaba de esta singular predilección.
   «Y es que, como afirma uno de ellos, D. Manuel era come algunas imágenes, que parece que miran a todos con cariño singular. Cualquiera que le. tratase, quería convencerse de que le amaba con preferencia.»
   Por eso no es de extrañar que las almas se engolosinasen con su trato y no pudieran soportar sus ausencias, añorando su palabra siempre confortante y, sobre todo, aquellos acertadísimos consejos desgranados en la intimidad del confesonario, y saturados siempre de piedad y de fervor.
   «¿Qué día piensa regresar Vuestra Reverencia?», le escribían unas religiosas a quienes el corazón no les permitía soportar tanta tardanza. Y añadían a renglón seguido:
   «Venga pronto, que ya estamos cansadas de este eclipse total de nuestro Sol.»


EL CHISPAZO


   
   Días aciagos para la Iglesia española los que siguieron a la revolución del 1868. Requisados los Seminarios por la Junta revolucionaria, los Sres. Obispos hubieron de presenciar el triste espectáculo de dejar marchar a sus seminaristas hacia sus patrios lares sin posibilidad de marcarles la fecha de regreso.
   Privados de los centres oficiales de formación sacerdotal, algunos Obispos, come el de Tortosa, dispusieron que al curse siguiente se abrieran las clases en casas particulares. Pero esta disposición, por otra parte tan acertada, no era suficiente para atajar los efectos de la revolución, que en seguida se dejaron sentir. El número de seminaristas en esta diócesis bajó de 400 al centenar, y no había grandes esperanzas de que el ingreso de años sucesivos contrarrestara el déficit, pues la campaña de difamación contra el clero, tan hábilmente urdida por los revolucionarios, ahogó en su cuna no pocas vocaciones.
   «Pero la Divina Providencia que, come dice D. Manuel, no deja de poner remedio a las necesidades de cada época», también lo puso y muy cumplido en la suya. Y ya que los ataques de la revolución iban arteramente dirigidos contra lo más vital de la Iglesia, que es su sacerdocio, Dios puso el dedo en la llaga a inspiró una Obra dedicada primordialmente al fomento y sostenimiento de las vocaciones eclesiásticas.
   El chispazo fue come sigue:
   Era en el año 2873. El seminarista tortosino Ramón Valero salía de dar clase en el Palacio Episcopal, donde la tenían todos los alumnos de Filosofía. En un portalón típico de Tortosa, llamado del Romeu, se encontró con D. Manuel, que iba en dirección opuesta. Mal trajeado y peor alimentado, se acercó con una cara de hambre atrasada a besar la mano al bondadoso sacerdote... Pero dejemos hablar al mismo Valero que nos ha descrito la escena con un lenguaje ingenuo y chispeante:
   «Llamaba la atención mi irregular modo de vestir, digo, la falta de uniformidad en las prendas de mi indumentaria, pues como el sastre no me tomaba las medidas, cuando el chaleco me venía corto, sobraba ropa a la chaqueta, y, si al difunto no le habían sobrado un par de zapatos, iba yo con alpargatas, y mis calcetines eran siempre del color de la carne, ¿qué extraño que Mosén Sol se fijase un día en mí y quisiera saber mi vida y milagros?
   -¿A dónde vas ahora?
   -Voy, le contesté, a comprar un cuarto de cerilla a casa Barjau, porque el catedrático nos ha señalado para mañana una lección más larga que de ordinario y si no estudio esta noche me temo que no la podré aprender.
   -¿Y sin la cerilla no podrías estudiar?
   -No, señor, porque en la mesa en donde estudian los otros no hay sitio para todos, y otros dos y un servidor quedamos fuera, porque no podemos contribuir a pagar el gasto del petróleo.
   -¿Cuántos estudiantes sois en la casa en que tú estás?
   -Somos ocho: cinco ricos, a quienes la señora Eulalia prepara la comida, y tres, pobres, que vamos a la sopa a casa de Mosén Boix.
   -Y ¿qué tal os va? ¿Tenéis bastante que comer?
   -Nos va medianamente, porque con lo que nos dan en la casa de Mosén Boix no tenemos apenas para la comida de mediodía; sin embargo, como dispongo para la cena de las sobras de unas señoras que viven en los pisos de abajo, podría ir tirando si tuviese bastante pan; ya nos dan a mediodía, pero es demasiado pequeño, demasiado blando y demasiado blanco, y resulta que no tenemos para empezar.
   -Y ¿cuánto necesitaríais para pasarlo bien?
   -Con un pan cada tres días tendríamos bastante, pero había de ser moreno.
   -Pues bien, con la ayuda de Dios, todo se arreglará. Mañana, a las once, vendréis los tres a mi casa.
   Rebosando alegría, le beso de nuevo la mano, él deposita en la mía una limosna, que fue la primera de una serie interminable,
   puesto que desde aquel feliz día ya no volví a conocer lo que es necesidad.
   Al día siguiente, a la hora señalada, fuimos los tres a casa de Mosén Sol, y después de un ratito de conversación, en la que procuró informarse del género de vida que llevábamos, nos dijo que fuésemos a buscar el pan, que cada tres días nos daría el P. Mariano García. Este señor, aunque de carácter muy serio, nos recibió con manifiestas pruebas de cariño y nos entregó el pan moreno, como lo deseábamos, y que recibimos sumamente agradecidos y muy contentos.
   Nuestras visitas al P, Mariano continuaron durante el curso y muy pocas veces ocurrió el que la caridad del pan no fuese acompañada de la caridad de los buenos consejos, que harto los necesitábamos, viviendo como vivíamos a nuestras anchas y más libres que los pájaros en el aire y los peces en el mar.
   Entretanto, aunque el encargado de darnos el pan nuestro de cada tres días era el P. Mariano, no por esto nos olvidábamos de Mosén Sol, antes al contrario, íbamos de vez en cuando a su casa para darle las gracias de todo; él nos recibía y hablaba con el mayor afecto y hubo vez que nos encargó, con gran extrañeza por nuestra parte, encomendásemos a Dios la realización de un proyecto sobre el que estaba meditando, que, de realizarse, había de ser de gran utilidad para los aspirantes al sacerdocio y, sobre todo, de mucha gloria de Dios y bien de la Iglesia, pero sin manifestarnos en qué consistía.
   Terminado el curso, fuimos a hacerle la visita de despedida, y entonces ya nos dijo claramente: «Hasta el octubre, hijos míos, que entonces ya estaréis mejor.»
   Durante las vacaciones recibió el señor cura de mi pueblo, como supongo lo recibirían los demás de la diócesis, una especie de carta circular firmada por D. Manuel Domingo y Sol, en la que en sustancia se le decía: Que se abría en Tortosa una Casa, llamada de San José, para dar albergue y la sustentación conveniente a los estudiantes pobres, y que para su sostenimiento se le suplicaba cooperase a tan importante Obra con alguna limosna. Me la enseñó el reverendo Sr. Cura, a inmediatamente dirigí a Mosén Sol mi carta solicitud, y fui admitido.
   Terminadas las vacaciones, y a medida que íbamos llegando a Tortosa, después de la oportuna presentación a Mosén Sol, y mediante un volantito de éste que indicaba nuestra personalidad, éramos recibidos por el Superior de la Casa, con expresivas muestras de alegría y cariño de parte de los que habían llegado antes, hasta que completamos el número de veintidós, que era el número de los que habían solicitado y sido admitidos.
   Y así quedaba fundada la casa de San José; era al principiar el curso de 1873 a 74.»
   Al año siguiente tenía ya carácter oficial, contaba con la aprobación del Sr. Obispo y llevaba el nombre de Colegio de San José.
   D. Manuel tuvo ,que improvisarlo todo, porque en aquel incipiente Colegio no se contaba con nada, sino con la buena voluntad de sus organizadores y con los tesoros de la Divina Providencia.
   Aun hay en el convento de Santa Clara de Tortosa alguna religiosa que, por haberlo presenciado a oído a testigos oculares, cuenta con voz añeja y subterránea los apuros de D. Manuel en los comienzos de su obra en pro de los seminaristas necesitados.
   «Un día, dice, se veía con el agua al cuello, sin saber qué presentar a sus chicos en la mesa ni con qué condimentarles la comida, y acudió a nosotras, para que le sacáramos de aquel apuro.
   -No tengo ni una gota de aceite; a ver si me prestáis algo.
   -¿Cuánto necesita?... Y ¿en qué lo va a llevar?
   -El caso es que tampoco tengo envase en que llevarlo, de modo que si pudierais prestarme también la tinaja, y... ¡puestas a regalarme cosas, quizá también tengáis una sartén que no os haga falta!...
   Y nosotras, riéndonos de él al verle metido en tan extraña aventura, le dimos todo cuanto pidió, pues que nada podíamos negar a aquél que con su virtud se había ganado el aprecio de todos nuestros corazones.»
   
   

ES TACHADO DE VISIONARIO


   
   «Principios quieren las cosas», dice el adagio; que, si son de Dios, ya se encargará El de llevarlas adelante.
   De Dios era la empresa acometida por D. Manuel para favorecer a los seminaristas necesitados, y por eso de día en día iba adquiriendo mayores proporciones, empujada por el soplo de la gracia divina.
   En cuatro años el número de seminaristas que se habían acogido a la caridad de D. Manuel había subido de 24 a 190. Los pisos alquilados en un principio resultaron insuficientes y tuvieron que cambiar en poco tiempo varias veces de domicilio. El curso del 77 al 78 muchos solicitantes no pudieron ser admitidos en lo que ya por entonces llevaba el nombre de Colegio de San José, por resultar insuficiente para albergarles a todos.
   D. Manuel sufría enormemente con estas negativas. Y con aquel corazón tan grande, que el Señor le había dado para que lo pusiera al servicio del más hermoso ideal, empezó a elaborar en su mente el proyecto de un edificio grandioso, capaz al menos para 300 alumnos.
   Su plan chocó en seguida con no pocas dificultades. Señal clara de que era cosa de Dios. Algunos sacerdotes y canónigos de la ciudad lo motejaban de locura, de empresa descabellada, audaz y hasta casi temeraria, pues que pretendía sacar de la nada un edificio costoso, en una época en que el elemento oficial era hostil, el ambiente del Seminario entre el pueblo, desfavorable, y el aprecio de la vocación sacerdotal entre los fieles, casi nulo.
   La dificultad arreció cuando sus mismos colaboradores, los que hasta entonces le habían ayudado tan generosamente en la labor de protección a los seminaristas necesitados, se dejaron contagiar del ambiente derrotista, que cada día hacía más prosélitos entre los eclesiásticos de Tortosa.
   D. Manuel continuaba viendo claramente que era coca de Dios; .mas para no pecar de tozudez y tener por otra parte el testimonio autorizado de otra persona de solvencia, determinó consultar el caso con el celoso y prudente párroco de Villafranca del Cid, don Manuel Ferrer, a .quien apreciaba mucho por su valía y su virtud.
   «¡Adelante!, le contestó éste, que es pensamiento y cosa de Dios.»
   Con esta solución ya no pensó D. Manuel más en las dificultades. Compró el terreno para levantar el edificio. Mas le parecía insuficiente. El soñaba con un local amplio y grandioso, que pudiera dar cabida a todos los seminaristas que lo solicitaran, y así se lo dijo confidencialmente a su íntimo, D. Mariano García.
   «Es usted un visionario, fue la respuesta de éste; se forja usted demasiadas ilusiones.»
   Es la incomprensión de los hombres hacia los planes grandiosos de los santos; que todos los santos han tenido algo de visionarios y de soñadores. Pero Dios encarga al tiempo que les dé la razón, como se la dio a D. Manuel, pues años después hubo necesidad de adquirir todo el terreno que él ya antes había deseado comprar.
   
   

PLATICA DE LADRILLOS


   
   Cuantos quebraderos de cabeza hubo de sufrir hasta que vio terminadas las obras del Colegio de San José de Tortosa!
   El tenía que preocuparse de todo, porque de nada disponía, fuera del apoyo, que podemos llamar descarado, de la Divina Providencia. El planeaba con los arquitectos, presupuestaba el coste de la piedra y se encargaba de buscar los ladrillos, todo ello combinándolo con una vida de piedad intensa y de actividad verdaderamente apostólica.
   Algo de estas sus preocupaciones deja entrever en una charla que tuvo con las monjas de la Purísima de Tortosa:
   «Esta mañana, les decía, he llegado a tener tentación de predicar, pero he desistido, porque no tengo en mi cabeza más que piedra, cal, pozos, madera, etc., etc., y por consiguiente creo que saldría una plática de ladrillos. Hagan que se acabe pronto el Colegio de San José y después les haremos sermones.»
   «No me acordaba ya de su fiesta, ni casi de su nombre, escribía por aquella fecha a una religiosa de Vinaroz. Estoy tan metido entre piedra, cal, arena y pozos que no sueño otra cosa; y de ahí es que hasta estoy disipado en mi espíritu. Pídele, pues, a Jesús que no me sirva de estorbo para amarle esta vida que traigo de negociante.»
   No sólo no era para él ocasión de disipación aquella vida tan ajetreada que llevaba, sino fuego que avivaba más el rescoldo del amor divino en que se quemaba su alma. Por eso termina su carta a la antedicha religiosa con la siguiente apostilla: «Y el caso es que por ahora no tengo intención de enmendarme.»


COLECTAS EN ESPECIE


   
   No terminaron las preocupaciones de D. Manuel con ver acabado su Colegio de Tortosa. Los seminaristas que en él ingresaban venían con muy buena voluntad, con muchas ganas de estudiar y de aprovechar espiritualmente. Pero los más se presentaban con los bolsillos vacíos y con un apetito feroz, aguzado por los estudios y por la edad.
   D. Manuel se preocupaba de que no les faltara el alimento necesario y a veces les costeaba hasta el ajuar y los libros. Con un tacto exquisito, perfumado de santidad y abnegación, escribía y hablaba a sus amigos y conocidos, mendigando para sus hijos víveres y dinero.
   El fue un gran organizador de lo que hoy llamamos colectas en pro del Seminario, haciendo recaudaciones en metálico y en especie.
   Cuando no podía ir personalmente a visitar a determinadas familias de posición desahogada, movilizaba el ejército de sus hijas espirituales, a las que distribuía por las canes de Tortosa con un billetito firmado por él, en que indicaba el motivo de la visita. Hoy día en muchas diócesis se emplea el mismo procedimiento con las jóvenes de Acción Católica. Las chicas recogían cuanto les daban: pan, huevos, hortalizas, etc.
   D. Manuel entretanto, cual otro Moisés, se preocupaba del resultado feliz de aquellas colectas llamando con sus fervorosas oraciones a las puertas del cielo, para que el Señor se dignara mover los corazones y los bolsillos de los fieles.
   «Mientras yo repartía las cartas, dice una de sus enviadas, Cinta Curto, quedábase D. Manuel de rodillas, como una estatua de mármol, con los brazos caídos, ante el sagrario de la capilla de comunión de la Catedral, hasta que llegaba yo con los resultados.»


DE PUERTA EN PUERTA


   
   Don Manuel, que había gastado generosamente sus bienes en la construcción del Colegio de San José, para con él remediar la escasez de clero que se padecía en la diócesis de Tortosa, se encontró no pocas veces con verdaderos apuros económicos para sostenerle, de los que únicamente pudo salir gracias a la Divina Providencia y a su habilidoso ingenio, aguzado por el duro estímulo de la necesidad.
   No desaprovechaba ninguna oportunidad de las que se le presentaban para sablear santamente a los que nadaban en bienes de fortuna. Y la de Navidad era una ocasión inmejorable. Enviaba entonces un grupito de sus colegiales a casa de los bienhechores del Colegio, para felicitarles en su nombre las Pascuas. Solían llevar éstos además un Niño Jesús, recostado en la cuna, con una coplilla en caracteres bien visibles, que decía:
   «El Hijo de San José saluda a sus protectores, y les ofrece este día mil celestes bendiciones.»
   los felicitados les entregaban un donativo que depositaban en una bolsita, que pendía de uno de los brazos del Niño. Así iban de puerta en puerta recorriendo una en pos de otra todas las casas que les había señalado D. Manuel, hasta que, cumplida su misión. volvían al Colegio con lo recaudado.
   «Confieso, dice el P. Tena, S. I., que la primera vez que fui yo con la comisión tuve vergüenza al ver la bolsa y advertir las bromitas que sobre ella se hacían. Pero, al pensar que un hombre de la posición y condiciones de D. Manuel no reparaba en pedir estas limosnas, me animé y, por decirlo así, me desvergoncé, pidiendo por amor de Dios limosna para nuestro Colegio de San José.»


SABLEANDO


   
   Se encontraba D. Manuel en uno de aquellos frecuentes apuros económicos en que le ponían sus obras de celo y, no encontrando solución de momento, acudió, como solía, al Señor plenamente confiado de que sus oraciones serían debidamente atendidas.
   Se dirigía en aquella ocasión de Tortosa a Valencia. Al llegar el tren a la estación de Alcalá de Chivert, vio a través de la ventanilla a su amigo Mosén Reverter, el cual andaba paseando tranquilamente por el andén.
   -¡Mosén Reverter...!
   -¿ ?
   Después de los saludos de rúbrica y los consiguientes apretones de manos le dijo D. Manuel: ¡Oye! ¡Dios lo ha traído!
   -Usted dirá por qué.
   -¡Sí, hombre! ¿Cuánto dinero tienes en casa?
   El buen sacerdote, un poco extrañado ante aquella inesperada pregunta que le abría curiosamente su caja de caudales, pero con la sonrisa en los labios porque se trataba de D. Manuel, le contestó: ¿Por qué lo pregunta usted?
   -Necesito entregar mil quinientas pesetas que teníamos recibidas en depósito y que me piden con urgencia, y no tenemos un céntimo. Al salir de viaje he pedido al Señor que me proporcionara una persona que me sacara del apuro. Y esa persona eres tú.
   -Pues bien, D. Manuel, cuente con ellas; ya sabe que puede disponer incondicionalmente de todas mis cosas y de mi persona.
   Dos días después volvía D. Manuel de regreso de Valencia. En la estación de Alcalá de Chivert le esperaba su buen amigo Mosén Reverter para entregarle la cantidad que le había pedido.


PEREGRINO DE SU IDEAL


   
   Terminaba el año 2885 con un déficit enorme, que pesaba sobre el Colegio de San José, y no había esperanza de que menguara a lo largo del curso. Había que poner remedio a aquella situación desesperada y desesperanzadora. Pero, ¿cómo hallar la solución?
   A D. Manuel le pareció que podría encontrarse en una rifa gigantesca a la que contribuyeran, por lo menos, todos los pueblos de la diócesis tortosina. ¡Dicho y hecho! No era él hombre de elucubraciones abortadas o de propósitos incumplidos. Antes de lanzarse a realizarlos, acariciaba detenidamente sus proyectos en presencia del Señor, y, una vez que obtenía el plácet divino, no había fuerza humana que le hiciese desistir.
   Lo puso en conocimiento de su Prelado, Excmo. Sr. D. Francisco Aznar y Pueyo, que aprobó su idea y la recomendó a cuantos sacerdotes le visitaron por aquellos días.
   Obtenida la aprobación del Prelado, se dedicó a buscar los premios ,que habían de rifarse. No tardó en conseguir los tres principales, regalo del Sr. Obispo, de D.ª Magdalena de Grau y de la Excma. Sra. Marquesa de la Roca, además de otros muchos de menor importancia donados por otras personas.
   El éxito de la rifa naturalmente dependía de la propaganda que de ella se hiciera. D. Manuel se dio maña para interesar a los párrocos de todos los pueblos. Organizó un plan de campaña y movilizó cuantos recursos estaban a su alcance, para conseguir todos sus objetivos. Se entregó a este asunto en cuerpo y alma y no se dio a sí mismo lugar de descanso. Hacía excursiones a los pueblos, donde predicaba a las muchedumbres, hablándoles de la escasez de sacerdotes, de los problemas gravísimos que planteaba esta penuria de clero, de la Obra de las vocaciones sacerdotales, del estado del Colegio, y del deber de todo diocesano de contribuir económicamente a su sostenimiento.
   Con este fin recorrió personalmente más de cincuenta pueblos, algunos de ellos varias veces. Días hubo que predicó hasta en tres localidades distintas, como cuando lo hizo en Villarreal, Nules y Burriana. Hacía sus viajes en todos los medios de locomoción; unas veces en coche, otras en caballería o a pie; por sitios inaccesibles, en plena montaña; en verano y en invierno; sin temor al frío ni al calor. Pero lo arrostraba todo con gusto porque iba, peregrino de su ideal, sembrando semillas de sacerdocio en aquellas tierras, que ponía en tempero su ardor sagrado y su fuego de apóstol.
   El resultado, aparte del reguero de santidad que dejaba su paso y el entusiasmo que provocaba en los pueblos, además de las muchas vocaciones que despertaban sus sermones y su ejemplo, fueron 40.000 pesetas libres, con las que pudo sanear por entonces las cuentas del Colegio.


FARÁNDULA AMBULANTE


   
   Uno de los recursos más ingeniosos que se le ocurrieron para su plan de propaganda de la rifa, fue organizar un amago de compañía teatral vocacionista con algunos chicos del Colegio de Tortosa.
   Estos artistas improvisados, como los antiguos «cómicos de la legua», recorrían los pueblos en compañía de D. Manuel y le servían de eficaz ayuda para sus planes propagandísticos. Daban veladas en las que nunca podía faltar el discursito de saludo, las poesías, las piezas de música y, por fin, alguna representación de tipo festivo que excitaba la hilaridad y arrancaba aplausos sinceros a los espectadores.
   D. Manuel preparaba con meticulosidad estas actuaciones. Primero escogía escrupulosamente a los ,que, por sus buenas cualidades o por sus defectos físicos, le venían mejor para el acoplamiento exacto en la distribución de papeles, El mismo sacrificaba sus recreos y gastaba no poco tiempo en los ensayos. Corregía faltas, hacía observaciones, quitaba tonillos, daba aire y nervio a la actuación de sus noveles declamadores.
   Con ello conseguía que sus chicos se formaran bien en el arte de la declamación, que tanto les había de servir después para el ministerio de la divina palabra, que perdieran el miedo a actuar en público y, sobre todo y éste era el fin inmediato y principal, provocar en las gentes el entusiasmo por el Colegio y por las vocaciones sacerdotales, hacer ambiente de sacerdocio en una época en que al clero se le enrarecía la vida y se le quería asfixiar en una atmósfera de odios. Y lo consiguió D. Manuel de una manera sencilla, acomodada al carácter de las gentes del pueblo y, al mismo tiempo, amena y atrayente, porque se presentaba ante ellos arropado con la simpatía de unos chicos, sumamente interesados en darle a él gusto, haciendo reír a las gentes del lugar.
   En todas .partes se les recibía con los brazos abiertos y en todos los pueblos los amigos de D. Manuel se sentían honrados con poder sentar a su mesa al director y actores de aquella improvisada compañía de comediantes. Los ancianos de Artana, Cintorres, Benicarló y Villafranca aun recuerdan con cariño aquellas campañas vocacionistas tan originales, en que un sacerdote santo les caldeaba desde el púlpito de la iglesia y unos simpáticos seminaristas les recreaban santamente desde un tablado levantado en la plaza del pueblo.
   Y lo debían de hacer a las mil maravillas, pues las gentes les aplaudían con entusiasmo y comentaban admiradas la lograda intervención de aquellos avispados alumnos de D. Manuel,_ Al cual, como él mismo dice, «se le caía la baba de satisfacción” , cuando escuchaba los aplausos, y más aún, cuando oía los comentarios sinceros y espontáneos de aquellas gentes en alabanza de sus chicos.


SANTAMENTE AMBICIOSO


   
   Hay almas gigantes y almas enanas, corazones que en seguida se llenan y corazones en los que el mundo cabe muy holgadamente. Los santos son hombres de grandes ambiciones y de grandes ideales y, por tanto, de almas gigantescas, ya que el ideal es la horma que delimita la estatura moral de las almas.
   Entre éstas está catalogada la de D. Manuel. Hombre de grandes ideales, no se saciaba con migajas de realidades, ¡era santamente ambicioso!
   Llegaron las Pascuas de Navidad D. Manuel solía ir todos los años a felicitar al Sr. Obispo llevando consigo un grupo de colegiales. Así lo hizo también en aquella ocasión. El Sr. Obispo dirigía la conversación que, naturalmente, recayó sobre cosas del Colegio: número de alumnos, aplicación de los mismos, estado v porvenir de la Obra... D. Manuel iba respondiendo a Su Excelencia con toda clase de detalles y el Sr. Obispo gozaba al oír de labios del Fundador noticias tan halagüeñas.
   -¿No es verdad que no esperaban que el Colegio ascendiera a tanto?
   -¡Ah, Sr. Obispo, sí lo esperábamos!, porque el Señor favorece las cosas que son de su gloria.
   El Prelado se hizo el desentendido, y la conversación siguió su cursor pero al cabo de un rato volvió a insistir en la misma idea:
   -¿No es verdad que el Colegio ha excedido sus esperanzas?
   -¡Ah, no, Ilustrísimo Señor; aun habrá más!
   Este forcejeo entre ambos se repitió alguna otra vez durante aquella entrevista, quedando en pie la tesis de D. Manuel de que aun no había colmado sus esperanzas el Colegio de San José. El cual, poco después de su muerte, había dado a la Iglesia cerca de ochocientos sacerdotes, aproximándose al millar en la actualidad, además de un centenar de religiosos, algunos Prelados insignes y un crecido número de mártires en la revolución roja de 1936.


EN EL CONCILIO VATICANO


   
   Mucho tiempo hacía que venía acariciando D. Manuel la idea de visitar la ciudad de Roma. No obstante espolearle tan intensamente sus deseos, se hallaba perplejo en el momento de la decisión, según se columbra a través de las cartas que se conservan de aquel entonces. El terreno político aparecía resbaladizo. Las circunstancias se presentaban desfavorables.
   Era en los días ominosos del año 1870. Francia se desangraba en una guerra con Prusia, cuyo resultado calamitoso para la primera ya se preveía. En Italia se respiraba un ambiente de inestabilidad y de anarquía, provocado por los partidarios de Garibaldi y de Mazzini, que terminaron por entrar en los Estados Pontificios y despojar al Papa sacrílegamente de las posesiones que le había dado la Historia y que habían reconocido todos los pueblos de la Cristiandad.
   Después de meditarlo detenidamente en la presencia del Señor, se decidió por fin a emprender el viaje. Acompañado de su entrañable amigo D. Enrique de Ossó, salió de Tortosa el 29 de mayo de 1870. Pasó por Barcelona y Gerona. Entró en Francia y se dirigió a Marsella, donde embarcó en dirección a Civitavecchia, llegando a Roma el 3 de junio.
   Intensa fue la emoción que experimentó al pisar aquella tierra santificada con las huellas de tantos santos y mártires. En Roma gozó intensamente su espíritu, al poder celebrar cada día en una de aquellas iglesias tan cargadas de recuerdos históricos y, sobre todo, de ejemplos heroicos de santidad. El 20 de junio, junto con los demás peregrinos españoles, fue recibido por el Papa Pío IX, de cuya audiencia salió hondamente emocionado.
   Visitó en la Ciudad Eterna a su Prelado y a su gran amigo, entonces Obispo de Oviedo, Excmo. Sr. Sanz y Forés, que se hallaba en Roma con ocasión del Concilio Vaticano, a alguna de cuyas sesiones asistió también D. Manuel, y en las que debió gozar a raudales su alma al ver allí reunidos junto a la silla de San Pedro y al resguardo del amor del Papa, dignísimos representantes de la Iglesia Católica, venidos de todas las panes del mundo.
   Con aquel espectáculo de universalismo y aquel ambiente de catolicidad, se dibujó más claramente en su corazón lo .que siempre fue uno de los rasgos más marcados de su espíritu: el amor a la Iglesia y al Papado, amor que le llevaba a decir que no debía haber ningún sacerdote que no conociese personalmente a su Caudillo, el Papa.


ENCUENTRO DE TRES SANTOS


   
   A los dos días de su llegada a Roma, D. Manuel y D. Enrique de Ossó salían de una de las sesiones del Concilio Vaticano, acompañando a su Obispo, Excmo. Sr. Vilamitjana. Los tres tortosinos formaban uno de los grupos en que, a la salida de las reuniones, se segmentaba en amigable y animada conversación la masa imponente de Obispos y Padres conciliares.
   Hablaban entretenidos del desarrollo de la sesión cuando, al desembocar en la Plaza de San Pedro se toparon con San Antonio María Claret, que por aquel entonces andaba también por la Ciudad Eterna. El Sr. Obispo de Tortosa, con términos altamente encomiásticos, hizo la presentación de aquel insigne vicense, gloria de España y gran apóstol de los tiempos modernos.
   El Padre Claret recibió las palabras elogiosas del Sr. Obispo con la humildad que siempre le caracterizó, no levantando para nada los ojos del suelo, y comportándose con tanta gravedad y modestia, que sus interlocutores quedaron inmejorablemente impresionados.
   Bien podemos decir que en aquella plaza grandiosa, que ha oído la voz de tantos varones preclaros por su virtud, se encontraron un 5 de junio de 1870 tres santos españoles: San Antonio María Claret, fundador de los Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María; D. Enrique de Ossó, fundador de la Compañía de Santa Teresa, y D. Manuel Domingo y Sol, fundador de la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos y gran apóstol de las vocaciones sacerdotales.


LA VISIÓN DE LEÓN XIII


   
   La juventud católica, de Barcelona organizó en octubre de 1878 una peregrinación a Roma de carácter nacional, como homenaje al Papa León XIII, en la que se inscribieron más de 2.000 peregrinos. De ellos unos 800 hicieron el viaje por mar, entre los que se encontraba el poeta catalán Jacinto Verdaguer. El 10 de octubre salieron de Barcelona y el 12 llegaban a Civitavecchia.
   Después de unos días de estancia en la capital del mundo católico, el Papa les recibió el 17, a las 12,30 de la mañana. Apareció en la Sala Regia rodeado de diecisiete Cardenales, de Príncipes y Prelados, entre los que figuraban los Obispos de Urgel y Plasencia. El de Huesca tuvo un discurso de presentación, vibrante y ardoroso. Terminado el cual, se levantó el Papa para darles las gracias, quedando todos hondamente impresionados ante la energía y vigor, revestidos de una amable dulzura, que se ocultaba en aquel anciano venerable, de cabello blanco, delgado de rostro y con las señales evidentes del sufrimiento en su expresión. «Aquella figura angelical que descollaba sobre los demás, dice D. Manuel, y en aquella actitud, con los brazos abiertos, parecía una visión.»
   D. Manuel, que llevaba la representación oficial de la diócesis tortosina, se acercó al Papa vivamente emocionado para entregarle la limosna de sus condiocesanos. El Romano Pontífice le dio las más rendidas gracias por su donativo y le estrechó efusivamente las manos, con lo cual subió de punto su emoción y contento.
   Otra vez se dignó recibirles el Vicario de Cristo. Esta entrevista, que se hizo por diócesis y que duró dos horas, tuvo lugar en día 19. Todos los peregrinos tuvieron la dicha de besar las manos del Papa, «y todos, dice D. Manuel, sacamos la convicción de que era un santo».
   Consiguió entonces dos autógrafos del Papa, uno para los alumnos del Colegio de San José, y otro para la juventud católica tortosina, y la facultad de dar a sus queridos colegiales la bendición apostólica.
   Antes de regresar a España hizo una excursión por Italia. Visitó Foligno, Asís, Perusa, Florencia, Pisa, Bolonia, Padua, Venecia, Milán, Turín y Génova; excursión de la que conservó siempre gratísimos recuerdos y de la que, de regreso ya en Tortosa, decía en una carta: «He visitado el sepulcro del Padre San Francisco y de la Madre Santa Clara; el de San Antonio de Padua, y he besado su lengua. He tocado las manos de Santa Catalina de Bolonia y hasta le he dado en ella golpecitos...»


CASTIGO MERECIDO


   
   Incansable andariego al estilo de Santa Teresa, estaba continuamente sobre el «carril» , como él decía. Y esta vida de movimiento rimaba perfectamente con su carácter, dinámico y activo, hasta el punto de que los médicos repetidas veces no encontraron para remedio de sus achaques medicina más eficaz que el mandarle hacer alguna excursión.
   Sin embargo, a pesar de hallar verdadera satisfacción en estas correrías, era escrupuloso en no emprender viaje ninguno, si en él no vislumbraba motivos de la gloria de Dios. Y si alguna vez, por complacer a los compañeros con quienes viajaba, o por formar parte de peregrinaciones numerosas, se veía precisado a recorrer lugares y ciudades, que, más que de centros de devoción, parecían tener carácter de meta obligada de excursiones turísticas, él en todas partes procuraba sacar provecho espiritual para su alma y para, la de los demás.
   Viajaba una vez por Italia a su regreso de Roma, en compañía de otras personas las cuales, aunque él pretendía disimularlo, notaron perfectamente la distinta impresión que le producía la visita de las diversas ciudades por donde pasaban.
   Mientras anduvieron por Asís, Bolonia y Loreto, veíasele feliz y a veces casi hasta ensimismado. En cambio estaba medio aburrido en Venecia y otros lugares por el estilo, porque en ellos no encontraba ambiente religioso. Hallándose en esta última ciudad tuvo necesidad de afeitarse. Entró en una barbería, y el barbero, por falta de pericia o de delicadeza, le trató bastante duramente e incluso le llenó de cortaduras. Notáronlo sus acompañantes. y al salir del establecimiento se lo indicaron a D. Manuel. El cual se limitó a contestar: «Casi lo merezco, porque no teníamos necesidad de detenemos aquí». Como si sintiera remordimiento de haberse parado en aquella hermosa ciudad que, si bien es centro obligado de excursiones turísticas, no lo es de peregrinaciones religiosas.


SE CAE POR UN BARRANCO


   
   El párroco de un pueblo de Levante escribió a D. Manuel una carta dándole cuenta de las disensiones que se habían originado en su parroquia y de las chinchorrerías de alguno de sus feligreses, incluso de gente beata. Terminaba su carta el celoso pastor de almas expresando a D. Manuel los deseos que tenía de acabar con todas aquellas hablillas y chismorreos, y diciéndole que no se le ocurría otro remedio más eficaz que el que se pusiera cuanto antes en camino y, con el fervor y la elocuencia que el Señor le había dado, templara aquellos espíritus rencorosos en un triduo solemne que para este fin había planeado.
   Ni corto ni perezoso, le contestó en seguida D. Manuel, aceptando la propuesta. Apenado de que tales miserias pudieran darse en gente piadosa, y ofreciendo al Señor por esa intención el primer sacrificio que se le presentara, emprendió el viaje.
   Como no había automóviles ni trenes, viajaba en el medio de locomoción más rápido que se conocía por aquellos pueblos: una diligencia. De trecho en trecho tenían que pararse para cambiar de caballos. Hiciéronlo una vez en un lugar denominado «La venta de la Serafina». Era ya de noche, la del q de diciembre del 1886.
   Mientras se cambiaban los tiros, la gente entró en la venta para estirar las piernas, calentarse un poco y mojar la boca.
   D. Manuel prefirió quedarse fuera y retirarse un poco. Como era ya tarde, la noche cerrada, y el lugar desconocido, cuando quiso darse cuenta, se hallaba en el fondo de una hondonada, adonde llegó dando vueltas por una larga pendiente. A tientas y como pudo se incorporó y logró subir a la diligencia. Nada dijo a ninguno de sus compañeros de viaje.
   En la parada de los coches le esperaba el párroco del pueblo, a quien saludó diciendo: «Da por resuelto el asunto, pues Nuestro Señor me lo ha dado a entender», haciendo alusión a la caída y a la aceptación que Dios había hecho de su ofrenda, mas sin indicar nada de esto al señor cura. Herido como estaba predicó el triduo con el ardor de siempre, sin sospechar nada sus huéspedes, regresando a Tortosa el día 8 extenuado y con fiebre.
   Llegado que hubo a casa, se metió en la cocina, y, para que no se extrañaran sus familiares, que jamás le habían visto en ella, les dijo que estaba frío, que quería calor y que necesitaba tomar algo. Después se retiró a descansar, mas sin decir nada a los de casa ni ellos poderse suponer lo que le había ocurrido.
   Pasan unos días y se presenta la lavandera toda alarmada con la ropa de D. Manuel empapada en sangre, y les dice a sus hermanas:
   -¿Qué le pasa a D. Manuel? ¡Mirad! ¡Pobrecito! ¡Está herido!
   las hermanas van corriendo a la habitación donde éste se halla trabajando, el cual las recibe sonriendo y con toda tranquilidad las explica detalladamente lo ocurrido, cómo se había caído junto a la venta y cómo por este motivo, después de estar tres días en Morella, tuvo que volverse a Tortosa, sin haber llegado a Cinctorres, que era el final de su viaje, pero que no se preocuparan, porque él mismo se estaba curando y marchaba ya muy bien.

EN EL CENIT DE SU CARRERA




LA OBRA DE LAS OBRAS


   
   Dios le había dado un corazón de apóstol. Su celo le bamboleaba en todas direcciones. Quería trabajar en todos los campos, catar todos los ministerios, remediar todas las necesidades. Sentía, por otra parte, el peso abrumador de su limitación, y esta misma impotencia le torturaba cruelmente, envolviéndole en mil dudas y perplejidades.
   Con visión genial logró, por fin, comprender que la raíz del problema religioso se hallaba en el clero, y se espantó al ver la escasez de sacerdotes que padecía España, y más aún la que amenazaba caer sobre ella. Quiso remediar tamaño mal en su diócesis de Tortosa, y no tuvo reparo en gastar su hacienda en la construcción del Colegio de San José.
   Pero él andaba pensando en el modo de dar estabilidad y permanencia a su obra. Muchas cavilaciones y ratos de insomnio le había ocasionado este asunto, hasta que un día memorable, el 29 de enero de 1883, a las siete y media de la mañana, mientras daba gracias después de la misa en el convento de Santa Clara, tuvo «una verdadera inspiración sobrenatural, en la que Jesús Sacramentado le inspiró la Obra de la Hermandad».
   Desde el primer momento aparecieron completamente definidos su naturaleza, objeto y fines: reunión de sacerdotes seculares, unidos para el fomento de las vocaciones eclesiásticas y de la piedad en la juventud, mediante la predicación y práctica de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús y a la Eucaristía.
   Había dado por fin con la solución. En primer lugar, con la del problema espinoso y trascendental del apagamiento del fervor religioso en el pueblo cristiano, que él intentaba atajar dando a la Iglesia muchos y santos sacerdotes y además había logrado aventar de su espíritu aquella zozobra a inquietud que le consumía. Había hallado el modo mágico y maravilloso de poder actuar en todas direcciones y trabajar en todos los campos y catar todos los ministerios; pues dedicándose a la formación del clero, daría una transcendencia verdaderamente envidiable a su apostolado y adquirirían resonancias insospechadas sus obras. Se multiplicaría en todos los sacerdotes que él formara y, mediante ellos, llegaría al campo de acción que su labor aislada hubiera sido incapaz de tocar. En una palabra, «trabajaría en las causas, y se movería en el campo de la máxima gloria de Dios».


EN EL DESIERTO


   
   Concebida la Hermandad, D. Manuel no escatimó fuerzas ni recursos en buscar colaboradores. Mas no le resultó cosa fácil. Unos le negaban su cooperación, Otros se excusaban como podían. Y no faltaron quienes se le declararon enemigos abiertos de sus planes, aun entre los que hasta entonces le habían ayudado generosamente en sus empresas de celo.
   Su propio Prelado, que había visto con tan buenos ojos el establecimiento de la Hermandad, cuando se trataba de dar permiso a algún sacerdote para el ingreso en la misma, ponía serias dificultades. Comenzaba D. Manuel a subir la cuesta del Calvario.
   Habiendo logrado cinco candidatos, se reunió con ellos el 29 de diciembre de 1885 en el convento que los Padres Carmelitas tienen en el Desierto de las Palmas, cerca de Castellón de la Plana. Es un lugar pintoresco y delicioso, poblado de ermitas y sembrado de pinos. En aquel ambiente de recogimiento carmelitano, pasaron aquel día de retiro.
   El 30 tuvieron algunas reuniones, en las que trataron diversos asuntos relativos a la incipiente Obra. El 31 celebró D. Manuel la santa misa en la ermita de Santa Teresa, a media legua de distancia del convento de los Padres Carmelitas, donde tenían sus reuniones, «haciéndolo con tal fervor, dice el que le ayudaba, y con el rostro tan resplandeciente que yo no sé qué sentí, y decía para entre mí: así desearía yo celebrar la santa misa».
   A la mañana siguiente, 1 de enero de 1886, hicieron todos su primer voto trienal de obediencia, firmando después el acta, juntamente con los que habían actuado de testigos.
   He aquí los nombres de los Operarios que pusieron la primera piedra del edificio de la Hermandad: D. José García, D. Francisco Osuna, D. Vicente Vidal, D. Francisco Ballester y D. Elías Ferreres.


GENERAL SIN SOLDADOS


   
   El mismo día de la fundación canónica de la Hermandad y de la emisión trienal del voto de obediencia por parte de todos sus miembros, después de cantar solemne Te Deum de acción de gracias por tan fausto acontecimiento, celebraron la primera Junta, en la que por unanimidad eligieron a D. Manuel como Director General.
   Algunas fechas más tarde escribía éste desde Valencia a un antiguo amigo dándole cuenta del caso con su acostumbrado gracejo y buen humor: «El 1 de enero del año de gracia de 1886 hicimos nuestra consagración a Jesús...» Y terminaba: «Puede usted disponer en todo y para todo de la Hermandad de Operarios Diocesanos y de su primer General... sin soldados...»


SENTANDO PLAZA DE PERIODISTA


   
   Siempre sintió D. Manuel un atractivo especial por el apostolado entre los jóvenes. Más de una vez se leen entre sus escritos frases como éstas: «La juventud es mi ideal». « El salvar a la juventud ha sido por muchos años mi sueño dorado».
   A los jóvenes, en efecto, consagró gran parte de su vida, no sólo cuando, como fundador de la Hermandad, delineó y dio impulso a una asociación de sacerdotes encargados de formar a la juventud levítica, sino antes ya, cuando estuvo dedicado de lleno, en cuerpo y alma, a la Congregación de San Luis Gonzaga.
   Fundada ésta en 1886 por los Padres jesuitas del Jesús, pasó a manos del Canónigo D. Juan Corominas, al ser aquellos desterrados de Tortosa por la Revolución. Y cuando éste marchó a Tarragona acompañando al Excmo. Sr. Vilamitjana, se pensó en D. Manuel como en el hombre más capacitado para su dirección, extendiéndosele el nombramiento a primeros de noviembre de 1880.
   No estaba D. Manuel satisfecho de los resultados hasta entonces obtenidos por las Congregaciones Marianas, y lo atribuía a su actuación esporádica a individualista, a la falta de un vínculo coordinador de actividades y promotor de entusiasmos, y anheloso de poner remedio cuanto antes a esta situación desventajosa, lama en noviembre de 1880 una circular a todas las Congregaciones de España, proponiendo la publicación de una revista que sostuviera la llama del entusiasmo juvenil, «Pero creyéndolo superior a sus fuerzas, indicó a los Padres jesuitas de Tortosa que se hicieran cargo de ella. Mas, por haberlo éstos rehusado, a la vejez, como él dice, hubo de sentar plaza de periodista; y cábele la gloria de ser el fundador del primer periódico de las Congregaciones Marianas.
   Salió el primer número en diciembre de 1881, con el título de «El Congregante de San Luis», bien presentado y con veintidós páginas de texto. fue tal la aceptación que tuvo desde el principio, que, al semestre de nacido, era leído con fruición y esperado con avidez en toda la Península, Islas Baleares, Canarias y en Hispanoamérica. Dirigible al principio el mismo D. Manuel y le encomendó más tarde al celo y competencia de los Operarios D. Andrés Serrano y D. Joaquín García Jirona, hasta que en 2887, cargado de méritos, hubo de desaparecer para hacer lugar a otra revista titulada «El Correo Interior Josefino».
   
   

LA CATEDRAL JOSEFINA


   
   Asegurada y aplaudida su Obra en Tortosa, empezó a soñar con otras diócesis donde implantarla. Comenzó por la de Valencia. En seguida trató de levantar de nueva planta un grandioso edificio, con la misma finalidad que el de Tortosa y al :que bautizaría con el mismo nombre de «Colegio de San José».
   Después de varios años de preocupaciones y sinsabores, vio por fin terminadas las obras del Colegio de Vocaciones de Valencia. El 2 de febrero de 1901 se inauguraba la magnífica iglesia del mismo, a la que D. Manuel, por sus bellas proporciones, solía llamar con orgullo «la Catedral josefina».
   Lleno de Bozo se hallaba por tan singular acontecimiento, cuando vino a enturbiar su alegría un extraño suceso que pudo ser de trágicas y fatales consecuencias.
   Era en aquellos tiempos revolucionarios en que los ánimos se exaltaban a las órdenes de agitadores profesionales de masas, y las huelgas se prodigaban con una facilidad pavorosa. El mismo día de la inauguración solemne de la iglesia, acertó a pasar una de tipo blasquista por las inmediaciones de la misma. Las turbas, que iban engrosando a medida que atravesaban calles y plazas, avanzaban en dirección al Colegio de San José, sabedoras de la función que en él se había celebrado por la mañana y de la que se preparaba para la tarde.
   los huelguistas vociferaban y se desataban en improperios contra todo lo más santo. Llegados a la altura del Colegio, no se contentaron con palabras, sino que, pasando a las obras, en un momento levantaron el empedrado de la calle, dejándole limpio de cantos, que arrojaron a porfía sobre la recién estrenada capilla, la cual acusó el efecto de aquella pedrea en sus puertas y ventanas.
   No tardó en presentarse la policía en el lugar del suceso. Al someter a un ligero interrogatorio a los que parecían cabecillas de aquel movimiento, se excusaron éstos diciendo:
   -Nosotros íbamos calle arriba gritando y cantando, pero sin molestar a nadie y no hubiéramos apedreado el Colegio, si uno de los criados del mismo no nos hubiera insultado al pasar.
   No creyeron los agentes del orden público calumnia tan burdamente tramada; mas para desenmascarar a aquellos agitadores, hicieron salir a su presencia a toda la servidumbre del Colegio.
   -¿Cuál de éstos ha sido?-les interrogaron.
   -¡Ese del medio!-respondió el más caracterizado de los huelguistas; resultando que el señalado era mudo de nacimiento, lo cual, conocido por todos los circunstantes, no pudieron contener la risa que desarmó por completo a aquellos infelices.
   D. Manuel debió llevarse su correspondiente susto y se le quedó bien impresa aquella famosa pedrea, a juzgar por lo que dice en una carta de aquellos días a un amigo sacerdote: «Estuve en Valencia en la inauguración de la grandiosa capilla, y tuvimos por la tarde una pedrea de los sectarios masones.» Y haciendo alusión a los tiempos difíciles que atravesaba también entonces la Hermandad en Portugal, añade: «Ahora nos están apedreando en Lisboa a los «paes españoles» que cuidan del Colegio de aquella capital. Se conoce que el diablo ha llegado a penetrar la «malicia» de nuestra Obra.»


EL REBUZNO DEL SEMINARISTA


   
   Ambiente de algazara el que se respiraba en el Colegio de San José de Valencia. Libres de la pesadilla de las clases y sin la carga diaria de las lecciones que aguasen su nativa jovialidad, los seminaristas valencianos se entregaban con toda el alma al disfrute de unos días de asueto.
   Sonajas y zampoñas resonaban por doquier. Los más variados villancicos se oían de continuo canturreados por voces juveniles. Los colegiales con cara de pascua hormigueaban por el patio del Colegio cual inquieta colmena, dando a la vida del mismo un aire de inconfundible sabor navideño. Eran las vacaciones del año 1898.
   Entre los distintos pasatiempos que los superiores del Colegio tenían organizados para alegrar la vida de sus discípulos, merecían mención especial las representaciones teatrales, tenidas al caer de la tarde. dada día subían a las tablas de un rudimentario escenario, levantado en el balconcillo del patio, improvisados actores y consumados artistas de los más afamados entre los alumnos mayores. Reían todos, chicos y grandes, las habilidades de los unos y las simplezas de los otros, mientras les asaeteaban con sus miradas desde el patio central del Colegio.
   Pero aquel día había algo especial. Y es que se hallaba entre ellos el Superior General de los Josefinos, Rvdmo. D. Manuel Domingo y Sol. Los artistas de turno ensayaban y repasaban su comedia, dando los últimos retoques a sus papeles y afiligranando hasta en sus últimos detalles lo que llamaban «su pieza de lucimiento». Era ésta un majísimo sainete, original de D. Carlos Arniches, titulado «los aparecidos».
   Llegada la hora de la representación, acomodóse cada uno en su asiento bajo la presidencia de D. Manuel. Los comediantes, entre bastidores, ultimaban sus preparativos. Dada la señal para empezar, descorrióse el telón y fueron desfilando uno en pos de otro todos los personajes del sainete, que procuraban superarse y que realmente bordaron aquella pieza. Rieron a mandíbula batiente los espectadores, y los aplausos se sucedían con excesiva frecuencia, sobre todo cuando el papanatas de Perico hablaba del alma del tío Lechuza, o en aquella comicísima escena en que el alcalde y autoridades aparecen con un miedo cereal a los difuntos.
   Tenía el papel de Comendador Pepín, un seminarista de esos que nunca faltan en las comunidades, habilidoso y activo, simpático y espabilado. De esos que ya se tienen ganados al público con sólo aparecer en escena. Estuvo, como siempre ¡insuperable!
   Por que nada faltara en la representación de aquella tarde y resultara ésta lo más natural posible, sacaron al escenario un borrico del panadero de casa, el cual debía de estar muy bien educado, pues nada más presentarse en público saludó a los espectadores con un sonoro rebuzno que atronó los aires levantinos, provocando en aquella patulea una ráfaga de carcajadas.
   Hecho el debido silencio, se oyó la voz de un guasón, que dijo: «¡Que rebuzne Pepín!» Era ésta una de sus muchas habilidades. Una explosión de aplausos refrendó la petición, y el buen Pepín, sin hacerse rogar dos veces, lanzó un tan atildado rebuzno, que muy bien pudiera ser envidiado por machos asnos.
   Lo que allí sucedió fue indescriptible. Rieron hasta las orejas los seminaristas durante largo tiempo y corearon esta actitud con su sonrisa los superiores. Uno de éstos, convencido de obtener una respuesta satisfactoria, le preguntó a D. Manuel: «¿Qué le parece, D. Manuel?» Y él, sonriente para no aguar la fiesta, pero poniendo los puntos sobre las íes, contestó: «Muy bien, me gusta que los burros rebuznen, pero que los colegiales lo hagan, no!»


EL OFICIO DE TINIEBLAS


   
   Otro día aquellos simpáticos seminaristas iban a representar «El puñal del godo», del insigne vallisoletano D. José Zorrilla. Habían preparado magníficamente la decoración para que la escena resultara lo más tétrica posible, y tenían además dispuesta toda una colección de instrumentos para remedar los truenos que en su obra exige el dramaturgo castellano.
   Se descorre el telón y aparece en escena un monje encapuchado que después, de asomarse a la puerta del foro, comienza su actuación dejando caer pausadamente estas palabras:
   «¡Qué tormenta nos amaga!»
   Aun no las había terminado, cuando los «elementos» que estaban entre bastidores se desatan enfurecidos y empiezan a tocar panderos, pitos y bombos. Y hacían un ruido tan estridente golpeando las puertas y pataleando sobre la tarima del escenario, que los espectadores creían que con tanto trueno se desplomaba, «la bóveda celeste» .
   Intervino por fin D. Manuel indicando a uno de los superiores: «Digan que no hagan tanto ruido, porque eso no es una tormenta, sino el final del Oficio de Tinieblas.»
   Cesó por fin de tronar, y el monje acurrucado junto a las brasas, pudo continuar su soliloquio:
   «¡Qué noche! ¡Válgame el cielo!
   Esta, lumbre se me apaga... »
   Pero no fue así, sino que al hurgar en el rescoldo del brasero, en vez de apagarse la lumbre, comenzó a arder uno de los bastidores de papel, junto a los que el ermitaño había colocado su lumbre.
   Armóse el jaleo consiguiente entre los de dentro y comenzaron a gritar los de fuera al ver el fuego, que no tardó en ser sofocado, continuando sin más incidentes la función, entre el reír de la patulea, que no cesaba de comentar el susto morrocotudo que se había llevado el pobre ermitaño; al cual, por lo visto, no le hacía mucha gracia el morir vestido, ni siquiera con el hábito franciscano.
      

LAS AGUSTINAS


   
   Había en Valencia dos hermanas que conocían a D. Manuel desde 1862 en que, por encargo de su Prelado, se trasladó a la ciudad del Turia para hacer el doctorado en Sagrada Teología.
   Hospedóse en su casa durante aquel año de estudios y trabó tal amistad con ellas que, hasta que después levantó el Colegio de San José, fue aquella casa para D. Manuel asilo obligado durante sus frecuentes visitas a Valencia, y aun después continuaron las buenas señoras siendo eficaces auxiliadoras de sus empresas de celo. Llamábase la mayor de ellas D.ª Agustina Ragé, pero los Operarios, llevados de la confianza que les tenían, las llamaban cariñosamente a las dos «las Agustinas».
   Querían de veras a D. Manuel y le veneraban como a un santo ya desde sus primeros años de sacerdocio. No obstante, fue creciendo su aprecio de día en día a medida que tenían ocasión de conocerle, más a fondo, y se lo manifestaban en el recibimiento cariñoso que hacían a él y a todos los Operarios, cuando llamaban a la puerta de su casa.
   Como paga de todos estos servicios, D.ª Agustina le pedía al Señor la gracia singularísima de ser asistida en sus últimos momentos por aquel sacerdote santo, a quien ella tenía la dicha de conocer y de tratar. Era ésta, al mismo tiempo ;que súplica continua en sus labios, esperanza fundada en su espíritu y como presentimiento cierto en su corazón.
   Enfermó varias veces, y D. Manuel, conocedor de sus deseos, no escatimó sacrificios ni tiempo para trasladarse desde Tortosa a Valencia, siempre que le daban noticia de su enfermedad.
   Pero cuando parecía que la muerte avanzaba en serio y a pasos agigantados hacia ella, hallábase D. Manuel muy lejos; estaba en la Ciudad Eterna. Insistía la buena señora en sus preces al Señor y no podía apartar de su mente la halagüeña ilusión de verse asistida en sus últimos instantes por la palabra reconfortante de aquel santo sacerdote.
   Pasaba el tiempo, la enfermedad seguía su curso y parecía evidente que las esperanzas de D.ª Agustina iban a quedar fallidas. Todos estaban desesperanzados, menos ella. Y triunfó su confianza en la Providencia divina.
   Pisó, por fin, D. Manuel tierra española, de regreso de su viaje a Roma, sin saber nada. Al llegar a Tortosa, alguien de los que le esperaban en la estación le habló del estado de gravedad en que se hallaba D.ª Agustina. Entonces él, en un arranque de generosidad y llevado del aprecio que en justa correspondencia profesaba a su protectora, dejó las maletas en la estación y sin entrar en Tortosa, a donde tenía tantísimas ganas de llegar, continuó viaje en el mismo tren hasta Valencia.
   Indescriptible fue el gozo de las buenas señoras y de cuantos las rodeaban, al ver entrárseles por la puerta de la casa la figura venerable de aquel sacerdote tan ansiado, a quien Dios indudablemente había conducido a presencia de la paciente, para que recogiera su postrer suspiro.
   Así fue. Confortada con los santos sacramentos y con los consejos encendidos en amor de Dios de D. Manuel, no tardó en volar al cielo el alma de su insigne bienhechora.
   

TRESCIENTOS ALELUYAS


   
   Trabajaba incansablemente D. Manuel por la apertura de un nuevo Colegio de San José en Murcia por el mes de mayo de 2888. Se le veía particularmente interesado en llevar a cumplimiento cuanto antes sus hermosos proyectos en beneficio de aquella diócesis, a la que tenía cariño especial por la falta de clero que estaba padeciendo.
   El recibimiento que se hizo, tanto a él como a los Operarios que le acompañaban, por parte del Sr. Rector del Seminario y de algunos otros sacerdotes prestigiosos de la ciudad, fue cariñoso y cordial.
   Con su valiosa ayuda pudieron hacer propaganda de la Obra de las vocaciones sacerdotales y llevados de su mano fueron tanteando terrenos, donde levantar el Colegio y visitando casas donde instalar provisionalmente a los chicos, en tanto que aquél estuviese terminado.
   El Prelado, que seguía con suma complacencia todos los movimientos de los Operarios dentro de su diócesis, le preguntó a D. Manuel una de las veces en que fue a visitarle:
   -¿Cómo va esa Obra de las vocaciones?
   -¡Viento en popa!, señor Obispo. Pero no podrá desplegar toda su actividad hasta que no tengamos un local amplio y espacioso, como el que estamos proyectando.
   -Cuando esté terminado, ¿con cuántos alumnos cree usted que podrá contar?
   -En muy pocos años pasaremos de los trescientos.
   El Prelado, saltando de gozo por el porvenir halagüeño que con ello se cernía sobre su diócesis, pero al mismo tiempo un poco receloso de que no fuera fácil de realizarse aquel hermoso sueño, añadió:
   -Si esto fuese, tendríamos que cantar trescientas aleluyas.
   D. Manuel estaba convencido de ello y convencidos estaban también sus colaboradores, entre los que se contaba el Rector del Seminario, el cual, al despedirse de D. Manuel le dijo emocionado: «Oremos, oremos, para que el diablo no dé un rabotazo a todo».
   Muy pronto pudieron cantar los trescientos aleluyas porque, terminado el Colegio, las solicitudes de ingreso no tardaron en rebasar la capacidad de admisión en el mismo.


ENSEÑANDO COSAS BUENAS


   
   Recién fundado el Colegio de Orihuela, por el año 1889, hizo una visita D. Manuel a aquella ciudad. Trasladáronse desde Murcia Para saludarle dos superiores del Colegio murciano: D. Remigio Albiol y D. Juan Calatayud.
   Tenía éste un hermano, llamado D. Gonzalo, que era maestro nacional en un grupo escolar de uno de los arrabales de Orihuela. D. Manuel quiso saludar a la familia Calatayud, y allá se encaminó una hermosa tarde acompañado de los dos Operarios murcianos.
   los visitados les recibieron con los brazos abiertos, como era de suponer, y les agasajaron cuanto pudieron.
   «Pero el héroe de la fiesta, como cuenta el mismo protagonista, fue un renacuajo de cuatro años, hijo del maestro, el cual con grandes encomios se le presentó a sus queridos visitantes. Y por mandato suyo empezó en seguida la serie de gracias del muñeco.
   Su padre le había enseñado la siguiente coplilla, que el chico repetía, viniera o no a pelo..., como sucedió aquella tarde:
   
   Mañana me voy al campo
   a preguntar al romero
   si el mal de amor tiene cura...
   si no la tiene me muero.
   
   Daban vis cómica al cantarcillo padre a hijo entablando el siguiente diálogo:
   -¿A dónde vas mañana?
   -Al campo.
   -¿A qué?
   -A preguntar al romero.
   -¿Qué le preguntarás?
   -Si el mal de amor tiene cura.
   -Y ¿si no la tiene?...
   Y el pequeño, entornando los ojitos, juntando las manos y alargando desmayadamente la «e» gemía:
   -Me mueeero.
   Todos celebraron la ingeniosa habilidad del renacuajo... Todos, ¡menos D. Manuel!, el cual le dijo:
   -Te voy a enseñar una cosa muy bonita:
   
   Bendita sea lo pureza
   y eternamente lo sea...
   
   El chico se la aprendió y en pago D. Manuel le regaló una medalla de la Virgen y le mandó que repitiera todos los días la nueva «coplilla».
   Pasaron siete años, y aquel rapazuelo ingresó en el Colegio de San José de Valencia para seguir la carrera sacerdotal. Un día se encontró con D. Manuel de quien ya no se acordaba. Reconocióle éste y acordándose de la visita a Orihuela, le llamó aparte y le dijo:
   -Oye, ¿qué copla recuerdas mejor, la del romero o la de la Virgen?
   -¡las dos -contestó el avispado latinillo, que cayó en seguida en la cuenta de quién era el que le hablaba-, pero la de la Virgen la repito todas las noches!
   -Muy bien, hijo, que Ella lo bendiga y tú no dejes nunca, nunca, de invocarla.
   
   

UNA CORAZONADA


   
   Así llamaba el P. Xercavins, S. I., a aquellos accesos de extraordinaria caridad y generoso desprendimiento tan característicos en D. Manuel.
   Conocía por carta y por los hermosos artículos que de cuando en cuando le había enviado para la revista «El congregante de San Luis», al joven seminarista de Ciudad Real, Andrés Serrano. Había seguido mediante la correspondencia epistolar el curso de su vocación y la había ido cultivando con cariño verdaderamente maternal.
   Pero un día recibe de Serrano una carta en que le decía:
   «Ahora para concluir, tengo que decirle que soy quinto del actual reemplazo y que, si la suerte no me da un número algo favorable, tendré que ser soldado de los ejércitos españoles. No la deseo, pero tampoco la temo a la vida militar. Si hay necesidad, como la habrá, porque soy útil por todos conceptos, de echarse al hombro el fusil, lo llevaré gustoso, acordándome de San Martín. ¿Qué será que ya se me enciende la sangre al tratar de las Carolinas?... ¡las soltarán!... ¡Vaya si las soltarán!»
   D. Manuel miraba las cosas desde otro punto de vista y temía que con ello se malograra tan hermosa vocación. Sabía por el mismo Serrano que en su casa no podrían redimirle del servicio por ser carpintero su padre y tener once hijos, y su tío, Maestro de Ceremonias de la Catedral, tampoco disponía de recursos suficientes.
   Entonces tuvo una de esas corazonadas tan frecuentes en su vida. Le contestó a vuelta de correo, diciendo:
   «No quiero que vaya usted al servicio; que no le conviene. Si le toca a usted la suerte mala y no tiene medios y está resuelto a seguir la carrera eclesiástica, se vendrá a nuestros colegios de Valencia o de Tortosa, y estará gratuitamente. Y aunque estamos de deudas hasta la cabeza, le buscaremos los 7.000 reales para la redención del servicio, y estará con nosotros y nos ayudará a trabajar por la máxima gloria de Dios. Y cuando usted llegue a ordenarse, seguirá con entera libertad el camino que Dios le inspire y el campo que sea más propio para su actividad. Con que, dicho está ya, debe usted obedecer.»
   En seguida contestó Serrano aceptando la invitación de D. Manuel, pero como al fin de la carta dejara entrever un poco de morriña por tener que alejarse tanto de la familia, D. Manuel con mimos de madre le contestó a correo seguido:
   «Mi amadísimo hijo en Jesús: No tema usted la dilatada ausencia; que ya le dejaremos hacer una correría de vez en cuando para respirar los aires de la Mancha... y va un billete de doscientos reales para, ayudarle para el viaje.»
   En octubre de aquel mismo año el seminarista manchego, vencido por la amabilidad de D. Manuel, se trasladó al Seminario de Tortosa, donde cantó su primera misa en enero del 1891.


ESPÍRITU FRANCISCANO


   
   Como San Francisco de Asís, estaba D. Manuel altamente enamorado de las bellezas de la naturaleza. «Si en las noches de cielo estrellado, dice D. Juan Estruel, se hablaba de las maravillas del Creador, se veía precisado a decirnos: «¡Callad, callad!», porque era tan intensa la emoción sensible que experimentaba que le hacía sufrir.
   Estando en Benicasim salían de paseo por los alrededores del pueblo llamándole poderosamente la atención la multitud de campanillas que alfombraban el suelo y a su familiar le hacía poner señales, para convencerse de que cada .día las renovaba el Señor.
   Agradábanle en extremo estas y otras florecillas, que le hacían recordar la frase de San Francisco de Paula cuando, tocándolas con su bastón les decía: «¡Callad, callad, que ya os oigo!»
   Cada año ofrecía un premio al primero que le diese la agradabilísima noticia de que las acacias de la huerta habían echado ya sus primeros brotes. Conocía uno por uno todos los árboles de su Colegio de Tortosa. No permitía que se cortaran, y si el aire arrancaba alguno o la pertinaz sequía les agostaba, experimentaba verdadero dolor y en seguida les hacía sustituir por otros.
   En un ángulo de la montaña del patio del Colegio hizo plantar un huerto cerrado con naranjos, limoneros, vides, eucaliptus, granados, cedros, nísperos, melocotoneros... para que hubiese mucha variedad, mucho ramaje, mucha sombra..., mucha poesía franciscana.


LAS TÓRTOLAS Y EL LORITO


   
   Su corazón era tan grande que no se agotaba su amor, aun cuando lo derramaba a torrentes sobre cuantos se le cruzaban en el camino de la vida, quedándole siempre afecto y cariño para desmigarlo entre los mismos seres del reino animal. Bien lo sabían el lorito y los palomos del jardín, porque lo habían experimentado repetidas veces, y con muestras de extraordinario regocijo daban claramente a entender que conocían perfectamente la silueta inconfundible de D. Manuel, luego que asomaba por la huerta.
   «Con una máquina fotográfica, dice un testigo presencial, se hubieran tenido ocasiones sin cuento de impresionar bonitas películas. Armado de su inseparable paraguas, encamínase pausadamente al jardincillo, párase ante el jaulón que hay en medio de él, y buscando algo en su bolsillo, dirige dulces palabras a las tórtolas que allí habitan. Atraídas éstas por la dulzura de su llamamiento y por la visión de lo que les ofrece por entre las mallas de la jaula, picotean lo que torpemente pueden sostener ya aquellos dedos. La actitud de las tórtolas parecía decir: «¡Qué bueno eres!»
   No cambia mucho el cuadro al verle agasajar a los palomos. Acuden ellos presurosos, y con su bullicioso saltar y continuo corretear buscando lo que se les reparte, dan a su manera muestras de gratitud al bienhechor.
   ¿Y el lorito? Siempre había algo para él. Conocía perfectamente a D. Manuel. Este escondía un algo que fuese, apretándolo con su dedo corazón contra la mano, le llamaba, y apenas le oía y se daba cuenta de que en aquella mano se escondía alguna cosa para él, en seguida, con su andar tambaleándose, adelantaba por el antepecho de la azotea, y haciendo contorsiones con su cuello, pronto su pico daba con lo que había en el escondite.»


EL ENFADO DE LAS MONJAS


   
   Era en junio de 1885. Le había llegado a D. Manuel el 25 aniversario de su Ordenación y andaba pensando en el modo de celebrar las bodas de plata de su primera misa.
   No quería, por una parte, hacerlo público, porque le molestaban grandemente las fiestas que, aunque de carácter religioso, suelen tener casi siempre cierto tinte de profanas, y le alarmaban también los dispendios inútiles que tendrían que hacerse, habiendo tantos motivos de gloria de Dios en que emplear el dinero. No se resignaba, por otra parte, a que tan fausta fecha pasase desapercibida para sus queridas monjitas por los beneficios espirituales que de ella podrían reportar.
   Dudaba en qué convento celebrarlo, entre los varios que se creían sus predilectos, y andaba sopesando las razones y preparando los ánimos para que no se molestaran las religiosas preteridas. Por fin se decidió a hacerlo en el de la Purísima, de Tortosa, no sin antes dar explicaciones a las demás; explicaciones que revelaban el afecto verdaderamente entrañable que todas le profesaban.
   El 8 de aquel mes, víspera del día aniversario de su primera misa, escribía a una religiosa del convento de San Juan: «Ayer eché bastante rato sobre si iría a celebrar mis bodas de plata diciendo misa en San Juan, por la razón de que de todas mis hijas (las que lo eran ya aquel día de mi primera misa) casi sólo estás tú, pues las demás se hallaban fuera. Pero, al fin, me resolví a hacer un poquito de fiesta en mis primogénitas, las Puras...
   las Claras están en Ejercicios, que, si no, allí lo hubiera hecho, y aun así se enfadarán de que no lo haga allí. Creo que tú tampoco lo enfadarás de que no lo haga ahí... Ya lo celebraremos otro día u otro año; y si no, cuando celebremos las bodas de oro, esto es, a los cincuenta años, que tú tendrás más juicio y yo seré un Padre jubilado.»
   En seguida, elevándose al piano sobrenatural en que siempre se movía, añade: «Pero ha de ser a condición de que yo haya levantado cincuenta colegios y otros tantos conventos, y que tú entonces no seas aún muy viejecita. Conque, que pases bien el día de tus cuarenta años...»
   Y para que ella participara en algo de la fiesta, pone punto final a la carta con la promesa de una cosa sustanciosa: «Va un queso rancio. No tengo más», como solía hacerlo siempre aquel generoso corazón que no sabía más que repartir de continuo beneficios y regalos.


EL CARTERO DE BENICASIM


   
   Una de las actividades que más admiran en la vida de D. Manuel fue la de la correspondencia epistolar. Eran verdaderos montones de cartas las que a veces se almacenaban en su mesa de trabajo. Y eso que procuraba estar siempre al día, no reparando para nada en el tiempo hermoso que había de gastar en contestarlas.
   «D. Manuel ha escrito en su vida millares y millares de cartas, dice el Cardenal Plá y Deniel, actual Primado de España. Sentía necesidad de escribir como el apóstol de evangelizar. Y tal vez el mayor apostolado de D. Manuel sea el de sus cartas. Sólo las escribía de un carácter completamente ascético y espiritual, cuando circunstancias especiales lo requerían; y entonces se descubría la riquísima vida espiritual de su alma, su íntima unión con Dios, sus dones de consejo y discernimiento de espíritus. Mas, ordinariamente, sus cartas eran familiares y hasta joviales. Leedlas, sin embargo, y percibiréis siempre el suave olor de Cristo, siempre se os representará aquel plácido rostro que hacía la santidad amable a inspiraba por doquier la virtud.»
   Solía retirarse todos los años a descansar durante una breve temporada al simpático pueblo de Benicasim, en la costa del Mediterráneo, y hasta allí le perseguía un verdadero ejército de cartas. El cartero de la localidad quedaba pasmado al ver tal cantidad de correspondencia dirigida día tras día a una misma persona.
   D. Manuel, para ganarse la voluntad de aquel hombre y aliviarle el peso y las molestias que su mucha correspondencia le ocasionaba, al final de la temporada añadía una buena propinilla a la cuota ordinaria asignada a cada carta.
   El cartero, loco de contento, no cesaba de ponderar ante sus convecinos la esplendidez de aquel sacerdote y hasta, un poco hiperbólicamente, les decía que de tener unos cuantos parroquianos como Mosén Sol, tendría asegurado el pan del verano y de casi todo el invierno.


EL FONÓGRAFO DE DON MANUEL


   Consideraba la alegría no sólo como virtud, sino como vivero de virtudes cristianas. Por eso procuraba difundirla en torno suyo.
   Había en Benicasim un asilo de religiosas Redentoristas, en el que se hospedaba D. Manuel durante su temporada de veraneo en aquel pueblo. Se preocupaba extraordinariamente de las jóvenes asiladas y procuraba hacerlas la vida lo más llevadera posible. Las dirigía pláticas y daba días de retiro. Las costeaba extraordinarios en la comida. rifaba regalos y alguna vez las sorprendía gratamente con pasteles y refrescos.
   No se contentaba con hacer él solo semejantes obsequios. Invitaba a sus acompañantes a seguir su ejemplo, diciendo: «¿Quién les paga hoy el principio? ¿A quién le toca ahora regalar el postre?» Más de una vez se le vio buscando limosnas para ellas, y utilizar sus influencias para proporcionarlas trabajo y mejorar con ello su situación económica.
   Tenía en Tortosa un magnífico gramófono para esparcimiento de los seminaristas en los días en :que, por lo crudo del invierno o porque amenazaba lluvia, no podían salir éstos de paseo. Más de una vez hizo cargar con el aparato a alguno de sus estudiantes, ducho en el manejo del gramófono, y llevarlo desde Tortosa a Benicasim, junto con la colección de los mejores discos, con el fin exclusivo de divertir y hacer pasar unos ratos agradables a aquellas pobres asiladas.
   Hasta estos detalles descendía la caridad inagotable de D. Manuel, que no sabía vivir sino derramando alegría por todas partes y endulzando la vida de cuantos le rodeaban.
   

EN LISBOA


   las ambiciones santas de D. Manuel no se encontraban satisfechas en ninguna parte. Donde quiera que veía una necesidad, allí hubiera deseado volar para remediarla. Y cuanto más se prodigaba, más horizontes se le abrían. Ahora era Portugal, la nación hermana, la que le atraía fuertemente y le daba grandes voces para que fuera a establecer su Obra en aquel país necesitado de clero.
   Al ser trasladado Mons. Vico, con quien le unían a D. Manuel relaciones de estrecha amistad. de la Nunciatura de Madrid a la de la capital portuguesa, recibió de éste el encargo de hablar al Patriarca de Lisboa de los fines de la Hermandad y de su deseo de extender su benéfica influencia al país luso. No tardó mucho Monseñor en contestar diciendo que había tratado el asunto con el Patriarca, el cual había visto con Buenos ojos las actividades de la Hermandad y que deseaba hablar personalmente con alguno de sus miembros para tratar en fume de la apertura de un Seminario Menor en Lisboa, pues el Mayor estaba en Santarem.
   El 19 de abril de 1895 salía de Madrid D. Manuel en dirección a la capital portuguesa, a donde llegó al día siguiente. «Es una ciudad singularísima, decía. Unas cuestas más empinadas que las del Castillo (Tortosa), que no sé cómo bajan los caballos, ni aún cómo suben. Algunos tranvías funiculares; pero, sobre todo, coches. Se asemeja a Génova, pero más cuestas y muchas más distancias.»
   El estado moral de la ciudad le impresionó vivamente. Y más aún la dejadez y apatía del clero, que ni siquiera se atrevía a ir por las canes con sotana. Todo lo cual le movía a trabajar con más interés por levantar el espíritu religioso de los sacerdotes, y, mediante ellos, el de Portugal entero.
   Desde allí escribía recabando oraciones, para que el Señor se dignara bendecir sus ardorosos planes de apostolado. «Es éste un campo muy vasto y muy necesitado, y se necesitan apóstoles y muchas oraciones. Conque, al Corazón de Jesús, a San José, a San Antonio de Lisboa (que dicen aquí) y Santo Ángel de España, para que multipliquen la Obra de nuestras manos y podamos llenar este país de sacerdotes santos y de misioneros, que hagan retornar la piedad antigua de Portugal, y haya muchas almas que reparen a Jesús, pues en esta ciudad no se conocen las obras de Reparación, y hemos de ponerlas, y pronto estableceremos la Vela Nocturna, si podemos, y luego otras cosas.»
   En las reuniones de D. Manuel con el Patriarca, José III, y con el Nuncio de Su Santidad, convinieron en fundar un Seminario Menor dependiente del de Santarem y .que se llamaría «Colegio de San José y de San Antonio de vocaciones eclesiásticas y para misioneros de las Colonias portuguesas».
   El Sr. Cardenal quería que estuviese emplazado en Lisboa, en su mismo palacio y, mientras éste se habilitaba, se abriría provisionalmente el Seminario de Farrobo, que era una posesión estupenda a muy corta distancia de la capital.
   Así se hizo en efecto. Quedó abierto aquel año el Seminario en Farrobo y se matricularon sesenta alumnos. D. Manuel quería que los seminaristas vistiesen sotana, para que se acostumbraran a llevarla ya desde pequeños, y luego de párrocos no tuviesen inconveniente en lucir por la calle el traje talar.
   Al curso siguiente, el Seminario fue trasladado a Lisboa, junto al magnífico palacio del Sr. Cardenal.


RETIRADA GLORIOSA


   
   Seis años llevaban actuando los Operarios al frente del Seminario Menor de Lisboa, en medio de incontables dificultades de muy diversa índole. A todos estos contratiempos internos vinieron a añadirse las convulsiones externas y amenazas sociales, hijas de la debilidad de un Rey que, para afianzar su posición política, no dudaba en hacer demasiadas concesiones a los revolucionarios.
   Regía entonces los destinos de Portugal el Rey Carlos I, hombre débil y apocado que, para ganarse las simpatías de los corifeos de la revolución, dio algunas disposiciones sectarias, entre ellas una expulsando de Portugal a los religiosos.
   los periódicos empezaron a bambolear la noticia y hacer ambiente entre la gente baja. Aunque la orden no atañía estrictamente a la Hermandad por no ser sus miembros religiosos, no obstante, percatados de la trascendencia capitalísima de la Obra, empezaron a hacer campaña en contra de ella. El 9 de marzo de 1901 un periódico de Lisboa lanzaba como nota alarmante la noticia de que en el Palacio Episcopal, donde estaba el Seminario, había frailes españoles que «eran de cuidado, y a los que se debía perseguir con más odio aún que a los jesuitas».
   El Cardenal, alarmado ante el cariz que iban tomando los acontecimientos, para evitar el asalto al Seminario, avisó al Gobierno de lo que pretendía la chusma. El Ministro del Interior envió un piquete de Caballería para garantizar el orden a impedir que las masas, exacerbadas por los dirigentes masones, cometieran violencias y atropellos. Pero sintiéndose impotente para contener la avalancha revolucionaria que iba aumentando por momentos, más por falta de voluntad que por falta de recursos, el Ministro dio un plazo de ocho días para que salieran de Portugal los sacerdotes españoles. Al mismo tiempo el Presidente del Consejo escribía al Cardenal para que acelerasen cuanto antes la salida, pues no podía él responder de lo que pudiera ocurrir.
   Aquel mismo día los Operarios abandonaban Portugal.
   D. Manuel, previendo lo que después sucedió, decía:
   «Si la Providencia de Jesús quisiera que saliéramos por motivo de los masones, sería una salida muy gloriosa. Sería una bendición.» Y después de consumado el hecho, añadía: «La secta nos ha arrojado. Se conoce que el diablo ha llegado a penetrar la «malicia» de nuestra Obra.»


PLUMA EN RISTRE


   
   Aunque humildísimo por virtud, no era D. Manuel de esos que esconden la luz bajo el celemín. El quería aprovechar los talentos que el Señor la había dado y negociar con ellos en pro de la buena causa.
   Habiendo nacido y vivido en una época de revoluciones y luchas políticas, Dios le dio un espíritu batallador. Supo hacer frente al mal donde quiera que le encontraba. La libertad de prensa había engendrado un aluvión de periódicos detestables, de folletones indecentes y de publicaciones obscenas, que hacían horribles estragos en las almas, principalmente en la juventud.
   Para contrarrestar efectos tan perniciosos, comenzó a publican en 1871, en compañía del fundador de las teresianas, D. Enrique de Ossó, un periódico semanal que se titulaba « El Amigo del Pueblo, y por el año 1878 publicaba otro periódico, «El Bien Público», en colaboración con el publicista D. Luis Bernis.
   Para poder dedicarse más de lleno al apostolado de la pluma, renunció por aquellas fechas a una cátedra que le habían ofrecido en el Seminario Diocesano, y aceptó en cambio el nombramiento de director de «El Apostolado de la Prensa», que se acababa de establecer en Tortosa con el fin de divulgar la lectura de libros buenos.
   En su afán de difundir la buena prensa, planeó el establecimiento de una Editorial con el nombre de «Imprenta Católica de San José», que después no se pudo llevar a cabo.
   Fundó la primera revista de las Congregaciones Marianas «El Congregante de San Luis», y la sostuvo durante muchos años. El fue también el fundador de «El Correo Josefino», que salió por primera vez en enero de 1897, como mensajero de noticias a intercambio de impresiones entre los distintos colegios de vocaciones dirigidos por la Hermandad y que en la actualidad, rebautizado con el nombre de «Sígueme», es la publicación que sirve de lazo de unión entre todos los seminaristas españoles y algunos Seminarios de Hispanoamérica.


EN LAS COMUNIDADES NO ENSEÑES TUS HABILIDADES


   
   Convencido de la importancia del apostolado de la pluma, sabía D. Manuel apreciar en su justo valor las cualidades literarias que a veces el Señor regala a las almas. Por eso se alegraba sobremanera, cuando las descubría en alguno de sus colaboradores, y, para que no se quedaran enmohecidas, les ponía en ocasión de escribir.
   A D. Andrés Serrano, cuyas dotes de escritor apuntaban ya en sus primeros escarceos literarios, le decía: «Haga usted examen de conciencia, para dedicar un espacio de tiempo cada día a ese ministerio tan del agrado de Dios y provecho de las almas.»
   Y a D. Esteban Ginés le escribía donosamente en otra ocasión: «Ya está usted apañado. En las Comunidades no luzcas tus habilidades. El trabajo de usted me ha gustado, y desde luego es de temer que la obediencia le sacrifique algún día, arrinconándole en una mesa de redacción.»
   El pronóstico de D. Manuel se cumplió y, por cierto, con gran fruto.


¡ESTA USTED PERDIDO !


   
   Fue una tortura continua para sus planes de fundador la escasez de Operarios con que hubo de tropezar durante toda su vida. La mies se le ensanchaba cada vez más y el número de colaboradores no aumentaba en la misma proporción.
   «Mándenos un Operario más, porque estamos agobiadísimos», le pedían en un Seminario.
   Y él respondía:
   «No lo haré, por aquello de aquel gobernador que no hizo salvas al llegar el Rey, por treinta y nueve motivos y el primero era que no había pólvora.»
   Y el motivo de la falta de personal no era precisamente el que no hubiera solicitantes. Habíales y ¡muchos! «De la diócesis de X, decía D. Manuel, quiere venir a la Obra medio clero, estoy espantado de dar tantos nones. Van dos en dos días...»
   Es que, percatado de la importantísima misión de la Hermandad, exigía cualidades excelentes en sus miembros. Hacía suyo el pensamiento de Santa Teresa respecto a sus novicias, «que la que se tomara, cada una había de ser para priora, y cualquier oficio que se le ofreciese».
   Por eso, cuando se acercaba a las puertas de la Hermandad solicitando ser admitido alguno según sus exigencias, saltaba de Bozo y de satisfacción.
   «Estoy dudando sobre si entrar o no en la Hermandad, escribía a D. Manuel un alumno de un Seminario. Sus fines me atraen y la excelencia de su ideal me cautiva, pero temería meterme sin ser llamado. Ruégole que me diga si tengo o no vocación.»
   «En manos de mal consultor se ha puesto usted, le contestó D. Manuel. Parte interesada, enamorado de su propia Obra de máxima gloria de Dios, ambicioso de cazar almitas buenas que se le pongan a tiro... ¡Está usted perdido! Véngase, pues. Le llevaremos como canastillo de flores. El trabajo le sobrará, pero no le faltarán consuelos. No es necesario resolución, ni aun vocación de parte de usted; basta que la tenga yo; pues a nuestra Obra de Jesús no vienen los que tienen vocación, sino los que antes que ellos la tenemos nosotros. Y, si no entiende estas filosofías, ya las entenderá a su tiempo. Nada sabía usted y, no obstante, estaba usted en la lista a los pies de Jesús Sacramentado.»
   El ingenuo consultor siguió los consejos de D. Manuel y llegó a ser un miembro distinguido de la Hermandad.


EN TODOS LOS GUISOS


   
   Destinado por Dios para ser un gran educador y modelo de educadores, recibió del Supremo Hacedor, entre otras cualidades, una amabilidad exquisita y delicada. Simpático por temperamento y complaciente por virtud, puso como mote de su vida la consigna heroica de San Pablo: «Hacerse todo para todos, con el fin de ganar a todos para Cristo». Por eso la tónica de la pedagogía de D. Manuel fue el amor. Introdujo en los colegio y seminarios calor de hogar y vida de familia, desterrando para siempre de ellos el gesto avinagrado de unos superiores aéreos a quienes no se veía más que de Pascuas a Ramos, cuando se trataba de la expulsión de algún alumno o de echarles una sonada reprimenda. Y ;quería que esta misma amabilidad resplandeciera en todos los Operarios en su actuación con los seminaristas.
   «Debemos amar a la infancia y a la juventud, decía a uno, como Jesús las amó, porque en esto está verdaderamente el secreto de educar a los jóvenes y volverles felices y buenos. San Francisco de Sales nos da la norma segura a que ha de amoldarse nuestra vida de Operarios : «ir a la conquista de los corazones por medio de una constante amabilidad» .
   «Peque usted más, añadía a otro, por amabilidad que por corrección. No abrume a los alumnos con demasiados pecados. Deles a Cristo guisado en todos los guisos, y verá qué bien le ha de ir.»


BUSCANDO ADORADORES


   
   Visitó frecuentemente la parroquia de San Mateo, hermoso pueblo de la diócesis de Tortosa, enclavado en la región del Maestrazgo.
   Por el mes de Julio de 1886 se hallaba D. Manuel con otro Operario en esta villa predicando un triduo de sermones, con el fin de preparar los ánimos de aquellos buenos vecinos, y establecer el «Apostolado de la Oración» y la «Adoración Nocturna». Para el Apostolado reunió diecisiete celadores y 622 socios. Con mayores dificultades tropezaba para encontrar almas que quisieran sacrificar el reposo de la noche y hacer vela a Jesús Sacramentado. Y como no le pareciera suficiente el número de los que espontáneamente dieron sus nombres, no tuvo reparos en ir de casa en casa como un pordiosero, mendigándole adoradores al Señor. Llamaba a las puertas, y con tal unción hablaba a sus moradores de las excelencias de la obra de la Adoración Nocturna, de las maravillas de la Eucaristía, que no tardó en conseguir los turnos que pretendía. Le acompañaban en esta búsqueda de adoradores algunos hombres de los más destacados entre el elemento católico de San Mateo, y dice uno de ellos que estaban verdaderamente embobados, viendo el espíritu apostólico y el candor angelical de D. Manuel.


¡CURARÁ USTED!


   
   Más para una empresa difícil y costosa como la de la Adoración Nocturna necesitaba un alma de empuje que lograra contagiar sus entusiasmos a la incipiente sección adoradora. Quería un presidente modelo que, consciente de su misión, supiera cumplirla a las mil maravillas.
   Le hablaron de un señor distinguido, adornado de excelentes cualidades, que podría desempeñar aquel cargo a la perfección. Pero había una seria dificultad. Padecía desde hacía tiempo una enfermedad que se había hecho ya crónica en él, y no había esperanza fundada de que pudiera salir de ella. No obstante, D. Manuel, haciéndosele el encontradizo, le propuso sus planes y deseos.
   -Con mil amores lo haría, repuso el caballero, pero esta enfermedad que me aqueja desde hace tiempo me inutilizaría para desempeñar dignamente el cargo, y no haciéndolo decorosamente, no lo puedo aceptar.
   -No se preocupe usted, le dijo con todo aplomo D. Manuel, y dando un acento de profunda convicción a sus palabras, añadió:
   -No se preocupe usted, porque curará.
   Así sucedió en efecto ; aquel señor curó de su dolencia, y continuó viviendo y desarrollando una vida activísima en medio de la admiración general de todos sus convecinos, particularmente de sus familiares, que ya le daban por desahuciado y hasta tenían poco menos que contados los días de su existencia.


EN LA BOCA DEL INFIERNO


   
   Uno de los ministerios sacerdotales que le proporcionaba más consuelos era el de los Ejercicios Espirituales.
   La primera vez que fue a San Mateo iba a dar Ejercicios a las religiosas Agustinas. Fueron innumerables las tandas que dirigió en aquel pueblo a toda clase de personas, y notorios los frutos que cosechó tanto dentro como fuera del convento. Se entusiasmaba, más bien diríamos, que se encendía en amor de Dios. Hablaba con una convicción. más que insinuante, aplanadora. Tenía momentos felicísimos en los que dejaba traslucir una unción que arrebataba a las almas.
   Una vez, en uno de esos arranques, se le escaparon estas ardorosas palabras, propias de un apóstol:
   «Ponme, Jesús mío, a la puerta del infierno, para que no caigan más almas en él.»
   Y como un alma sencilla, llena de candor a ingenuidad, dijera espontáneamente:
   «Yo, Padre, no quiero estar en la boca del infierno.»
   El contestó:
   «Estar por Jesús en la boca del infierno es estar en el cielo.»


BOCAS CERRADAS


   
   Era voz común en San Mateo que jamás se habían hecho Ejercicios Espirituales con tanto fervor y aprovechamiento como los que dirigió D. Manuel a las jóvenes teresianas.
   Caldeado con el fuego del amor divino y abrasado por la preocupación continua de la salvación de las almas, en todas sus pláticas y meditaciones estuvo a la altura de un verdadero apóstol. Pero en la meditación sobre la oración de Jesús en el Huerto se emocionó de tal manera, que contagió su emoción al auditorio, convirtiéndose aquello en un mar de lágrimas.
   los frutos obtenidos fueron verdaderamente notables. La mayor parte de las chicas empezaron una vida intensamente piadosa. Aun en el aspecto exterior consiguió verdaderas maravillas. Las calles de San Mateo parecían galerías de convento o claustros de monasterio, pues las jóvenes iban por ellas en absoluto silencio. Y en la iglesia ya desde las tres de la mañana había colas enormes, cogiendo la vez para confesarse con aquel santo director de Ejercicios.


LA BENDICIÓN DE UN SANTO


   
   No es extraño que, después de tan magníficas actuaciones en su pueblo y de palpar los frutos positivos de santidad que éstas producían, los habitantes de San Mateo adoraran a D. Manuel, le tuvieran por santo y le atribuyeran cosas extraordinarias que ellos no se recataban en llamar milagros.
   Hubo un año en que la cosecha de trigo se presentaba deficientísima y no había esperanza fundada de posible mejora por lo avanzado del tiempo y la pertinaz sequía. La gente hacía sus comentarios pesimistas. Por todas partes se veían caras alargadas de descontento. Los labradores andaban aterrados ante la triste perspectiva de un año tan escaso.
   Llegó la fiesta del Corpus y D. Manuel, que estaba comprometido para predicar en tan grande solemnidad, se presentó en el pueblo. Lo hizo con el fervor y el celo de siempre, y como siempre también con el aplauso general y la admiración de cuantos le oyeron.
   Pasaron los días. El verano se echó encima. Los campesinos aprestaron sus hoces y se dedicaron a sus faenas. Pero he aquí que la cosecha que hasta entonces se había presentado escasísima, resultó abundante en extremo, como pocas veces se había conocido.
   los sencillos labradores no sabían a qué atribuir cambio tan inesperado como consolador, y uno de ellos, expresando el sentir general, decía refiriéndose a D. Manuel:
   «¡Ese Santo que predicó el día del Corpus nos bendijo y aumentó la cosecha!»


LAS ENVIDIAS DE LA GENTE


   
   Había en San Mateo una señora de inmaculadas costumbres, a quien todo el pueblo tenía en gran aprecio por lo intachable de su vida y su obsequiosidad para con los pobres.
   Enfermó gravemente, y avisaron al Sr. Párroco para que la confesara, diera el Santo viático y ayudara a bien morir. Llegaron a la casa parroquial los familiares de la señora en tan buena coyuntura que se hallaba allí D. Manuel.
   El Sr. Cura, sabedor del aprecio que le tenía toda la gente del pueblo, y estimando que le recibirían con los brazos abiertos en casa de la enferma, le invitó a que hiciera sus veces y él mismo la confesara y consolara.
   Así se hizo. Y todos los que acompañaron al santo viático a casa de la enferma y cuantos después supieron lo ocurrido, llenos de Santa envidia comentaban el caso diciendo:
   «¡Qué bueno es Dios, pues ha premiado la bondad de esta mujer, dándole por confesor en su última hora a Mosén Sol!»
   
   

FORMANDO COLA


   
   La epidemia de la gripe cubría de llanto y desolación toda la región tortosina allá por el 1890. Mas no era sólo la mortandad tan elevada que ocasionaba lo que hacía abominable aquel cruel azote.
   Un número considerable de huérfanos, sin pan que llevarse a sus bocas famélicas, pululaba por doquier. Por si esto fuera poco, una escasez terrible sembraba la avitaminosis y el raquitismo, con otra serie de enfermedades a las que éstas dan paso, entre la infancia y la juventud.
   Se abrieron suscripciones públicas para atajar este mal. Hombres de temple apostólico se dedicaron con toda el alma a remediarlo con cuantos medios estaban a su alcance. Al frente de aquel movimiento de salvación, como alma y motor del mismo, actuaba el Sr. Obispo de Tortosa y bajo su alta dirección se debió hacer cuanto se hizo, pero la mano organizadora y el espíritu que todo lo alentaba era D. Manuel.
   Aparte de otras importantes aportaciones en metálico y en especie, ofreció desinteresadamente el Colegio de San José, para convertir una de sus dependencias en comedor de los pobres, Cada día acudían a él más de trescientos necesitados, a los que se servía, no una sopa ligera como se pensó en un principio, sino una verdadera comida, sana y abundante.
   Algunos, que no se quedaban allí a comer, sino que preferían repartir su alimento con sus familiares, recibían su correspondiente ración en unos recipientes, que para esto ya llevaban dispuestos. Y todos, cuantos se quedaban y cuantos marchaban, salían prendados de la caridad exquisita de aquel sacerdote, que atendía a todos los detalles para que nada faltase, y que para todos tenía, además de la comida, palabras de aliento y de cariño.


LA PAGA DE UN PREDICADOR


   
   Tan desprendido era y tan desinteresado, que no quería aceptar nunca nada por sus pláticas y sermones. Por eso no es de extrañar que respondiera en cierta ocasión a un sacerdote, que le decía con segundas intenciones:
   -Fíjese, D. Manuel, en la paga de mi sermonata. Después de desgañitarme a predicar, me dan de propina unos pañuelos.
   -Si a los pañuelos, contestó él, acompañan muchas oraciones, ¡ya podrá ser buena paga de sermones!
   

LA BANDERA DEL DIABLO


   
   Andaba D. Manuel por la Ciudad Eterna en octubre de 1890 con la intención de levantar un colegio para los jóvenes españoles que quisieran cursar la carrera eclesiástica junto a la Cátedra misma de San Pedro.
   Era realmente una vergüenza el que España, la nación católica por excelencia, no tuviera en Roma un colegio, cuando otras muchas naciones, con menos título de ejecutoria católica y más pequeñas, ya por entonces los tenían.
   El Papa lo deseaba, y en España la mayor parte de los Prelados lo esperaban con verdadera ansiedad, aunque veían que la empresa estaba erizada de dificultades. Pero D. Manuel no reparaba en ellas, cuando veía de por medio motivos de gloria de Dios.
   En Roma se hallaba desde hacía algún tiempo llevando una vida aburridísima de largas esperas en las antesalas de los grandes personajes eclesiásticos y civiles. No se conjugaba bien aquello con su vida de actividad y continuo movimiento. Escribiendo desde allí a alguna de sus religiosas, decía:
   «Estamos visitando Embajadas y gente gorda, que para un confesor de monjas toda su vida, es la penitencia mayor. No es esto regañar a monjas, sino andar muy estirados y graves, para que nos tengan por personas importantes, ya ,que no lo seamos.»
   Y después, impresionado por el triste estado de Roma en aquellos años de euforia revolucionaria, su corazón de sacerdote y español sufría hondamente a la vista de los escándalos públicos, de los entierros civiles y de las manifestaciones amenazadoras de la revolución triunfante.
   «Apena el estado de esta población, escribía, los escándalos de la impiedad con entierros civiles y otras manifestaciones malas. Ayer mismo enterraron un impío, que había sido diputado, y fueron las sectas con banderas, una de ellas la bandera del diablo, al cual venera aquella logia y le canta un himno. ¡Habíamos de venir los españoles con un ejército y echar a estos garibaldinos!»


318 ESCALONES


   
   Se hallaba en Roma con motivo de la fundación del Colegio Español y tuvo que visitar más de una vez al Emmo. Cardenal Rampolla, Secretario de Estado del Papa, en sus habitaciones del Vaticano. Se conoce que le impresionó la altura del piso en que vivía, pues en su correspondencia de aquellos días a sus amistades de España habla en dos o tres ocasiones de estas visitas y dice : «Tuvimos que subir 318 escalones, 104 más de los que hay en la torre del Miguelete de Valencia.
   En aquellas imponentes subidas, sin ascensores ni escaleras eléctricas, debía de quedar rendido, sobre todo la primera vez que subió, pues llevaba además media arroba de libros para el Sr. Cardenal, de parte del Sr. Nuncio de la Santa Sede en España, Monseñor Di Pietro. «Cuando llegué arriba, dice, ya casi no me quedaba respiración.»
   Bien merecía la pena aquella visita, pues el Cardenal le recibió complacido y le animó, una vez enterado del objeto de su viaje, para que no desistiera hasta ver convertido en realidad su magnífico proyecto de abrir un Colegio Español en Roma.


LA MIRRA DE JESÚS


   
   Indecibles son los sufrimientos, penalidades y tribulaciones de todo orden que hubo de soportar hasta que vio abierto su anhelado Colegio Español en Roma. Cerca de dos años de continuas idas y venidas, visitas, cartas, tramitaciones oficiales y luchas subterráneas hubieran sido capaces de amilanar a un hombre que no tuviera el temple de D. Manuel.
   Andaba agenciando la adquisición de una casa en Via Condotti, propiedad de los Padres Trinitarios, que estaban a punto de extinguirse, y de la que se apoderaría el Gobierno italiano en caso de no haber mediado venta del edificio a alguna entidad antes de la muerte del Padre Martín, que era el único superviviente de la benemérita Orden y contaba ya 84 años de edad.
   Como tanto por el emplazamiento del edificio, como por condiciones de venta, era aquella una ocasión realmente tentadora, hubo algunas Congregaciones religiosas que pretendían la casa, entre ellas los Padres Misioneros del Corazón de María, los Dominicos para un colegio de misioneros en Filipinas, la Reina regente la quería también para las religiosas inglesas de Santa Isabel, que intentaban establecer allí un colegio de enseñanza.
   A estas dificultades hemos de añadir las dilaciones y evasivas del Padre Martín, un tanto sospechosas, la tardanza en llegar de los informes de los Obispos españoles requeridos para la formalización de los contratos... Todo lo cual le hizo saborear a D. Manuel ratos amarguísimos durante los dos años eternos que hubo de esperar, hasta que vio logrados sus deseos.
   En su diario de notas tiene frases como éstas, que revelan toda la hondura de sus sufrimientos: «Malísimas impresiones, día triste, mala noche.»
   Desde España le escribían que no faltaban quienes se burlaban de la empresa en que se había metido, y para colmo de sus males; su compañero, D. Vicente Vidal, no cesaba de importunarle, diciendo que quería volverse a España.
   «En fin, escribía D. Manuel, contando sus amarguras, que Jesús nos quiere para mirra.»
   En medio de tantas tribulaciones, él jamás se desalentó, antes permanecía firme orando y «haciendo ofrecimientos a Jesús Sacramentado y propósitos de confianza y promesas a los Santos, para cuando llegara la hora del triunfo».
   Con razón pudo decirle un día Mons. Vico: «Pertenece usted a una raza de hombres que difícilmente se acobardan ante las dificultades.»


POR QUE DUDAS, HOMBRE DE POCA FE ?


   Se hallaba en la Ciudad Eterna tramitando la consecución del convento de Trinitarios para convertirle en Colegio Español. Subía un día D. Manuel por la magnífica escalera del Vaticano que desemboca en las oficinas de la Secretaría de Estado. Le acompañaba D. Vicente Vidal, el cual, más que servirle de consuelo en aquellas horas de continuas contradicciones, le resultaba una tentación y una prueba más; porque, desesperanzado de obtener feliz resultado en aquella empresa de Roma, de cuando en cuando le proponía a D. Manuel el regreso a España.
   En uno de los descansillos de la escalera, se pararon para coger fuerzas. Levantando D. Manuel los ojos, vio colgado de la pared un hermoso cuadro en el que aparecía San Pedro, hundiéndose en las aguas y Nuestro Señor recriminándole su falta de fe.
   Creyó D. Manuel que aquello era un aviso para ellos y una lección gráfica que el Señor quería darles, para que no desmayasen en la empresa comenzada. Y volviéndose a D. Vicente, que no había reparado en el cuadro, le dijo, mientras le daba unas palmaditas en el hombro:
   «¡Mira, mira! Modicae fidei, quare dubitasti? hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?»; con lo que se reavivaron un poco las esperanzas de su apesadumbrado compañero.


¿EN QUE PUEDO SERVIRLE?


   
   Preparaba D. Manuel una magna peregrinación a Roma de jóvenes españoles, pertenecientes a las Congregaciones Marianas, para conmemorar el tercer centenario de la muerte de San Luis Gonzaga. El Papa León XIII, por conducto de Monseñor Merry del Val, había enviado una bendición especial para los organizadores de la misma, entre los que se contaba el Sr. Obispo de Tortosa.
   En vísperas de su salida para la Ciudad Eterna, recibió D. Manuel de su Prelado el encargo de visitar a Monseñor Merry y darle las gracias más rendidas por aquella bendición que, por conducto suyo, el Papa se había dignado mandarles.
   Llegado a Roma, ,quiso cumplir cuanto antes el encargo de su Obispo. Enterado de que Monseñor Merry vivía en la Academia de Nobles Eclesiásticos, en la plaza de Minerva, allá se dirigió. Al entrar en el Palacio se encontró con un sacerdote alto, fino, de porte airoso, de formas aristocráticas, aunque modesto y sumamente complaciente.
   -Dispense un momento. ¿Vive aquí Monseñor Merry del Val?
   El joven sacerdote, con una sonrisa bondadosa en los labios, respondió:
   -¿En qué puedo servirle?
   Dados a conocer, Monseñor invitó a D. Manuel a pasar a su despacho. Una vez allí le expuso éste el motivo de su visita, le habló largamente de su Obra y de sus andanzas por Roma para la fundación de un Colegio Español.
   Recibió con sumo agrado todas estas noticias el que después había de ser Cardenal Secretario de Estado durante el pontificado de Pío X, y se convirtió desde aquel momento en gran amigo de D. Manuel y entusiasta protector del Colegio.
   D. Manuel se encariñó tanto con él que le llamaba su «angelical Merry» y decía que era «la providencia visible de Dios y el ángel tutelar de la anhelada fundación».


OBSERVANDO TRAS LAS CELOSÍAS


   
   Había regresado de Roma en diciembre de 1890 con promesas bastante esperanzadoras respecto a la consecución del convento de los Padres Trinitarios para la fundación del Colegio Español.
   D. Manuel, no obstante, no las tenía todas consigo; y así oraba y hacía orar, para que el demonio no se metiera en medio y echara a rodar todos sus proyectos.
   Para descanso y olvido de todos los sinsabores sufridos durante la primera etapa de su estancia en Roma, emprendió una de sus excursiones apostólicas.
   Estando un día en Vinaroz fue a visitar a sus monjas. Las contó todas sus andanzas por la Ciudad Eterna y las instó a que redoblaran sus súplicas ante el Sagrario a hicieran penitencias especiales por su intención.
   Aquel día celebró la misa en el convento. Terminada la cual, se. arrodilló ante el altar para dar gracias. Después de un rato prudencial la comunidad se retiró a sus quehaceres. Mas la Madre Superiora y otra religiosa se quedaron junto a la reja espiando a D. Manuel, movidas, más que por curiosidad femenil, por la fama de santidad de que éste gozaba.
   D. Manuel, creyéndose solo, comenzó a desahogar su espíritu ante el Señor con aquella ingenuidad y aquel candor un tanto atrevido que caracteriza a los santos.
   las religiosas veíanle encendido de fervor como un serafín, mover con frecuencia las manos como si hablara con alguien, otras veces parecía que contaba por los dedos, y a veces se quedaba ensimismado cruzándolas delante del pecho.
   Terminada la acción de gracias, fue al locutorio a saludar a las religiosas, y la Madre, con risa un tanto burlona, le dijo:
   -Padre Sol, ¿qué? ¿Reñía a Nuestro Señor? ¿A que le acierto lo que le estaba usted diciendo?
   El se echó a reír, un poco corrido con aquella sonrisa bondadosa que siempre tenía a flor de labios, y respondió:
   -¿A que no lo aciertas? ¡Si lo adivinas, tendré que llamarte bruja!
   -¿A que sí? ¿A que se lo acierto? Era lo del Colegio de Roma, ¿verdad?
   -Pues, ¿cómo lo sabes? ¡Sí! ¡Eso era, en efecto!
   

ROMEROS DE ESPAÑA EN ROMA


   
   Se cumplía el tercer centenario de la muerte del angelical joven San Luis Gonzaga el 21 de junio de 1891. Para conmemorar tan fausto acontecimiento tuvo D. Manuel la feliz idea de organizar en España una peregrinación de carácter nacional, que condujera a la Ciudad Eterna el mayor número posible de jóvenes militantes bajo las banderas de las Congregaciones Marianas.
   Tres años antes había lanzado la idea en la revista por él fundada «El Congregante de San Luis», y fue acogida con entusiasmo en todos los rincones de nuestra patria. Trabajó cuanto pudo por darla cuerpo y no regateó sudores ni fatigas por encandilar el espíritu de la juventud española con motivo de la peregrinación. Otros personajes y publicistas le ayudaron a hacer ambiente desde las páginas de sus revistas o periódicos respectivos, entre ellos el insigne escritor Sardá y Salvany.
   D. Manuel, por su parte, se movía cuanto podía. Organizó un triduo solemnísimo en honor de San Luis en su ciudad natal de Tortosa y una procesión gigantesca en la que participaron más de 3.000 niños que recorrieron sus canes entre el tremolar de banderas y el tronar de cánticos triunfales. Mandó imprimir 25.000 estampas del Santo que repartió profusamente por todas las parroquias de la diócesis y organizó una velada a la que asistieron numerosas personalidades.
   La noticia de la peregrinación, bamboleada por la prensa nacional, trascendió las fronteras de nuestra patria. Se la aplaudió con cariño en el extranjero y proyectaron cosa parecida en América, Italia y otras naciones de Europa.
   El 14 de septiembre salieron de Barcelona los peregrines en tren especial. El 15 se detuvieron en Marsella para oír misa y visitar la ciudad. El 17 estuvieron en Pisa, llegando el mismo día a Roma, donde les esperaba una representación de la juventud católica italiana además de la colonia española en la Ciudad Eterna.
   Después de unos días de gratísima estancia en Roma, que aprovecharon para visitar los monumentos de la ciudad y durante los que fueron muy agasajados por la juventud italiana, el día 23 oyeron misa celebrada por Su Santidad en la Sala Ducal y poco después fueron recibidos por el Papa en la Clementina. Les agradeció vivamente aquellas demostraciones de fervor hacia el sucesor de San Pedro y les dio a besar la mane a todos los peregrines. Aquel mismo día el Papa recibió en audiencia privada al Sr. Obispo de Tortosa y a D. Manuel por haber sido el organizador de la peregrinación.
   Para conmemorar tan fausta fecha los peregrines españoles ofrecieron a su Santo Patrono un magnífico candelabro de plata de cinco brazos y en medio un corazón, en cuyo interior iban escritos los nombres de todos los que habían aportado sus donativos pare costearlo.
   A D. Manuel le cupo la suerte de hacer la entrega oficial del candelabro en nombre de todos los peregrines. Y a él le cabe también la gloria de haber conducido a los pies del Papa la primera peregrinación nacional de las Congregaciones Marianas.
   
   

ESTE SACERDOTE ES UN SANTO


   
   No era la primera vez que se oía semejante expresión. Pero en esta ocasión no salía de labios de alguna de aquellas muchas almas chifladas por D. Manuel. ¡No! No la pronunció ninguna de sus dirigidas y devotas. Ni siquiera tuvo lugar en España; fue en Roma y formulada por un extranjero, que ni le conocía ni había oído jamás hablar de él.
   Corría el año 1891. Había conducido D. Manuel a la Ciudad Eterna la magna peregrinación nacional de jóvenes congregantes españoles, para conmemorar el 300 aniversario de la muerte de San Luis. Llevaban ya tres días los peregrinos en la Ciudad de los Papas. El 20 de septiembre organizaron una solemne función religiosa en la iglesia de San Ignacio, cabe el altar donde descansan los restos mortales del Santo Patrono de la juventud. Celebró la Santa misa y les dirigió unas vibrantes palabras el Sr. Obispo de Tortosa.
   Pero antes de terminar el acto D. Manuel se levantó para hablar a los peregrinos. Lo hizo con tal unción y fuego apostólico, que todos seguían sus palabras con los ojos fijos en él, de hito en hito y sin pestañear. Hubo momentos en que todo el auditorio, hondamente conmovido por las palabras de aquel ardoroso predicador, derramaba lágrimas de arrepentimiento y de amor. Los sacerdotes españoles que iban en la peregrinación, al verle tan encendido y al mismo tiempo tan insinuante, se hacían lenguas de él y no se cansaban de pregonar sus virtudes.
   Y un extranjero, que casualmente acertó a entrar en la iglesia durante los actos religiosos, hondamente conmovido al oír a aquel desconocido predicador hablar con tanto fuego, quedó tan impresionado que se vio forzado a exclamar:
   «¡Este sacerdote es un santo! ¡Un santo!»


HACIENDO DE ENTONADOR


   
   Eran las cuatro de la tarde de aquel mismo día. Los jóvenes españoles se habían reunido de nuevo en la iglesia de San Ignacio para celebrar la función vespertina en honor de San Luis.
   Rezaron el rosario y cantaron el «Trisagio». Hubo también sermón que predicó D. Vicente Munera, Canónigo de la Colegiata y Arcipreste de Lorca.
   Tampoco podían faltar los actos eucarísticos, y además los peregrinos necesitaban desahogar su espíritu entonando algunos cánticos en la hermosa lengua de Cervantes. El órgano de la iglesia, que aun no había recibido las caricias de un ventilador eléctrico, había de ser movido a mano. Pero, por lo intempestivo de la hora y no haber sido avisados, o por no haber llegado a tiempo, el caso es que no se veía por allí monaguillo alguno que moviera los fuelles del órgano.
   Entonces D. Manuel, que por la mañana había arrancado del corazón de aquellos peregrinos raudales de lágrimas con sus palabras encendidas, sin que nadie apenas se diera cuenta, se metió en el cuarto de dar aire y durante todo el tiempo que fue preciso, estuvo humildemente haciendo de entonador, como el más fiel y cumplido monaguillo.


EL ELOGIO DE UN PONTÍFICE


   
   Fue con ocasión de la peregrinación de jóvenes españoles t, a Roma. Ocupaba entonces la Sede Pontificia el Papa León XIII, el cual les recibió a todos en audiencia pública el día 23 de octubre.
   Después de una salva atronadora de aplausos, que estallaron al ver por primera vez al Vicario de Jesucristo, y hecho el debido silencio, el Sr. Obispo de Tortosa, que iba al frente de los peregrinos, comenzó su discurso de presentación haciendo resaltar el amor respetuoso y la obediencia ciega que han prestado siempre los españoles a las consignas del Papa. El Romano Pontífice contestó emocionado con unas palabras de agradecimiento hacia aquellos jóvenes intrépidos, que desafiando las risas y burlas de los impíos, habían ido a rendir pleito homenaje de lealtad a la tumba de San Luis y a los pies del Papa. Alabó a los organizadores de la peregrinación y tuvo párrafos elogiosos para España.
   Un representante de cada diócesis hizo entrega al Papa del regalo que le ofrendaban sus condiocesanos, desfilando después todos los peregrinos delante del Padre Santo; el cual tuvo la delicadeza de darles a besar a cada uno su mano y de propinarles además algunas palabras de aliento y cariño.
   A las dos y media de la tarde de aquel mismo día el Sr. Obispo de Tortosa y D. Manuel eran recibidos en audiencia privada. Después de concederles bendiciones especiales y numerosas indulgencias para ellos y para todos los peregrinos, al enterarse el Papa de que D. Manuel había sido el promotor de aquella magna peregrinación, le dio las gracias más expresivas y le elogió encarecidamente, porque sus trabajos en pro de la peregrinación se habían visto felizmente coronados.


¡EN BUSCA DE UNA CANONJÍA !


   
   Nunca faltan espíritus raquíticos, almas achicadas, que juzgan las obras de los otros a través del prisma de mezquindad con que ellos proceden en las suyas.
   Fue característico en la vida de D. Manuel una actividad portentosa y un dinamismo a veces agobiador. Y todo lo hacía con pureza de intención, por el solo motivo de la gloria de Dios.
   Esto no obstante, empezó a correrse el bulo de que lo que pretendía con tanta peregrinación, con tanta revista y tanto movimiento, con tantas idas a Roma, no era otra cosa que la obtención de una pingüe canonjía en la Catedral de Tortosa.
   ¡Pobre D. Manuel! ¡Al hombre de talla, al hombre de cualidades excelentes, de buena posición económica, de gran prestigio dentro y fuera de su diócesis, al hombre, más bien que querido, adorado de miles de almas por sus muchas virtudes... al hombre que había consumido generosamente su juventud, su dinero, su vida toda en pro de sus obras apostólicas, suponerle a sus años moviéndose subterráneamente para conseguir una canonjía!
   No tardó mucho en saber lo que se murmuraba de él, y con aquella bondad tan suya, incapaz de ofenderse, se rió muchísimo porque le cayó en gracia tan peregrina ocurrencia, Y a uno, que le preguntaba si había algo de cierto en los rumores que corrían en algunos sectores del elemento eclesiástico, contestó:
   «No hubo, ni podía haber fundamento ninguno. Fue sin duda una especie que saldría de algún despreocupado o, para hacerle menos disfavor, de algún apasionado por mí. Mi nombre es may desconocido, por fortuna. No una canonjía. Lo que pretendo con ello es macho más. Pretendo nada menos que conseguir el cielo.»


EL GOLPE DE ESTADO


   
   Tras no pocas dificultades para la apertura del Colegio Español en Roma, cuando el cielo parecía más nublado y el porvenir menos esperanzador, D. Manuel, confiando en la Divina Providencia, se decidió a llevar a Roma los primeros seminaristas, levadura de aquel Colegio que había de reportar frutos tan ubérrimos a la Iglesia española.
   El 26 de marzo de 1892 salía para Italia con D. Benjamín Miñana y once alumnos seleccionados entre los de los colegios de la Hermandad. El 29 llegaba a la Ciudad Eterna, Aquella misma mañana fueron a visitar la Basílica de San Pedro. Al Príncipe de los Apóstoles encomendó D. Manuel aquella su pequeña obra, que empezaba como un grano de mostaza, pero que crecería con pujanza, a juzgar por el riego abundante de sufrimientos y penas que él Señor le había exigido. Allí mismo hicieron todos la profesión de fe y se encomendaron al patrocinio de los Santos Apóstoles.
   los días siguientes los dedicaron a visitas. Entre los personajes que visitaron se contaban los cardenales Rampolla, Parochi, Mazzella y Mons. de la Chiesa, que después sería Papa con el nombre de Benedicto XV. Todos les recibieron con los brazos abiertos, ofreciéndose incondicionalmente para cuanto necesitaran.
   Felicitaron asimismo al capuchino Rvdmo. P. Llevaneras, que poco después recibió el Capelo Cardenalicio. Este, como estaba en antecedentes de lo mucho que había luchado D. Manuel por conseguir el convento de Trinitarios para Colegio Español, al ver que ahora, no pudiendo hallar otra solución, se instalaba provisionalmente en Monserrat, dio al intrépido fundador un abrazo cordialísimo y le felicitó efusivamente por haberse decidido a ir a Roma contra viento y marea y haber dado lo que él llamaba «el golpe de estado».


EN EL JANÍCULO


   
   Vida de familia era la que hacían los alumnos del Colegio Español, bajo la mirada paternal de D. Manuel. Este les mimaba cuanto podía para hacerles más llevadera la ausencia de la patria, sobre todo durante los primeros meses de su estancia en Roma. Se ingeniaba y aprovechaba cuantas ocasiones se le ofrecían, para enfervorizar y distraer santamente a sus chicos. Tan pronto les hablaba de cosas espirituales con aquel fuego que quemaba y contagiaba, como les sacaba de paseo y les divertía con su conversación salada y amenísima.
   Poco después de llegar a la Ciudad Eterna, el Domingo de Pasión, cogió a sus seminaristas y con ellos se fue a la iglesia de San Francisco, donde celebró la Santa misa. Comulgaron en ella los alumnos y después les dirigió un fervorín, que les encantó sobremanera. Les habló de la pobreza, sencillez y humildad del Santo, tomando como punto de partida la piedra donde reclinaba la cabeza para descansar San Francisco y que allí se conserva, sacando de su plática provechosas y atinadas conclusiones prácticas.
   Y como sabía hilvanar hábilmente lo serio con lo festivo, y quería que la vida de los colegiales estuviese continuamente chorreando alegría, les llevó desde allí al monte Janículo, en cuya cumbre, después de departir amigablemente con ellos durante un buen rato, les convidó a comer una ración de pernil que había mandado llevar para obsequiarles.
   los colegiales pasaron una mañana deliciosa, saboreando el trozo de jamón que a cada uno le tocó, pero paladeando, sobre todo, la delicadeza de trato de aquel varón que se desvivía por distraerles y hacerles lo más grata posible su estancia en Roma.


CALAVERADAS DE JOVEN


   
   Por los días que estuvo en la Ciudad Eterna solía salir de paseo con los alumnos del Colegio y con frecuencia les acompañaba en sus excursiones; más bien que por solazar su espíritu que, por otra parte, harto lo necesitaba, lo hacía por agradar a sus chicos, pues sabía que su presencia daba animación e interés a las excursiones. A veces, llevado de sus buenos deseos, se excedía de lo justo a iba más allá de lo que permitían sus años y sus fuerzas.
   «Hacemos algunas excursiones por estos lugares, decía escribiendo a Tortosa. Hoy me han engañado, y he hecho lo que no había hecho en las seis veces que he estado en Roma, esto es, he subido con ellos a la cúpula de San Pedro, desde donde la gente de la plaza se ve como niños. Me he cansado bastante. ¡Calaveradas de joven!»
   Calaveradas de joven, que le proporcionaban cansancio y le robaban energías, pero él daba por muy bien empleadas, porque sabía que contribuían a aumentar la alegría en sus colegiales.


EL NIETO Y LOS BIZNIETOS DEL SEÑOR CARDENAL


   
   Acababa de ser nombrado Cardenal de la Santa Iglesia su íntimo amigo, el Arzobispo de Sevilla, Sr. Sanz y Forés. El 6 de Julio de 1893 llegaba a Roma, para recibir de manos del Papa el Capelo Cardenalicio, hospedándose en el Colegio Español, que todavía se hallaba provisionalmente en Montserrat.
   El Emmo. Sr. Sanz y Forés había sido desde siempre uno de los más entusiastas y decididos colaboradores de D, Manuel en todas sus empresas de celo y particularmente en la fundación del Colegio de Roma. Tenía, por tanto, sumo interés en aprovechar la ocasión de su estancia en la Ciudad Eterna para dar un empujón a la obra del Colegio, hablando con el Cardenal Rampolla y con e! mismo Romano Pontífice.
   Para enterarse bien de todo lo relativo al Colegio, de la marcha de las negociaciones para la solución definitiva de aquel asunto, de los posibles contratiempos y de las probabilidades de éxito, quiso conferenciar secretamente con las personas que estaban más al tanto y así poder hablar al Papa con mayor conocimiento (le causa en la entrevista que al día siguiente habría de celebrar con él. Reuniéronse el 9 de junio en las habitaciones del Sr. Cardenal D. Benjamín Miñana, Rector del Colegio, los Monseñores Merry y De la Chiesa, más tarde Cardenal Secretario de Estado el primero, y Papa el segundo con el nombre de Benedicto XV.
   Tomó la palabra el Sr. Cardenal Sanz y Forés, el cual dirigiéndose a Mons. Merry le dijo: «¡Cuánto me alegra ver a usted y cuánto deseaba esta entrevista! Quiero mucho a la Hermandad. Es mi hija. D. Manuel fue mi discípulo y ha descansado poniendo siempre en mis manos todas sus cosas. Este picarín, y se dirigía a Don Benjamín allí presente, es mi nieto. Los colegiales, mis biznietos.» ¡Con qué fruición repetía aquellas palabras: «¡Amo de veras a la Hermandad!» Así era en efecto. Por eso al día siguiente, después de su entrevista con el Papa, le faltó tiempo para comunicar lo que el Padre Santo le había dicho: que «tenía en el corazón al Colegio Español»; así como las palabras del Cardenal Rampolla: «Que desde el primer día le había llamado la atención la idea de la Hermandad, y ;que la creía necesaria para la Iglesia en estos tiempos» .
   D. Manuel gozaba a torrentes al oír tan efusivos y autorizados elogios y hacía esfuerzos por reprimir la emoción que le embargaba y que quería salir al exterior en forma de lágrimas.


EN LA CUMBRE DEL CALVARIO


   
   Después de mucho batallar durante dos años consecutivos en que hubo de gastar toneladas de paciencia, saborear acideces de mil cálices diferentes, emprender numerosos y largos viajes, perder tiempo en inútiles visitas, y hacer no pequeños dispendios, hubo de renunciar a abrir en la casa de los Padres Trinitarios el anhelado Colegio Español.
   Tuvo, es cierto, buenos patrocinadores de su causa, como los Secretarios de la Nunciatura en España y de la Congregación, Monseñor Merry del Val, Camarero Secreto de Su Santidad, el Cardenal Mazzela con los PP. de la Gregoriana. Tenía en cambio, en contra al P. Martín, de quien era la casa, al Conde de Benomar, Embajador ante el Quirinal, al Gobierno español, y a los Dominicos, con el Cardenal Zigliara al frente, el cual había ido personalmente al Papa a pedirle aquel edificio, diciéndole que era cosa de vida o muerte para la Orden Dominicana, que no tenía ninguna casa independiente en la Ciudad Eterna.
   D. Manuel, que había hecho cuanto estaba en sus manos por salir airoso de aquella empresa, al ver el cariz desfavorable que iba tomando, no encontraba otra explicación que su poca destreza y sus muchos pecados.
   «Mis pecados, dice, tienen sin duda la culpa principal, y mi falta de paciencia me hace pedir a Dios que se abrevie este estado violento mediante una a otra solución. Pero, si quiere que se alargue este sufrimiento, no quiero por mí abreviarlo... Jesús aun está serio. Verdad que no merezco más que látigo... Si, después de todo, Jesús quisiera humillarnos a inutilizar nuestros proyectos en Roma, inclinaríamos nuestra cabeza, no pudiendo ofrecerle más que una conformidad llena de amargura.»
   Monseñor Merry fue el encargado de decir a D. Manuel que el Pleito había sido fallado en contra suya. Y, al expresarle su sentimiento por este motivo, le consuela diciendo: «Ya que sus perseverantes esfuerzos no han obtenido la recompensa que merecían, hay que pensar que por alguna razón desconocida de los hombres acabó el asunto de esta manera. En la aparición inesperada de tantos obstáculos como han desbaratado sus proyectos a inutilizado su tesón, encuentro la señal de la mano de Dios, que seguramente llevará a buen fin la fundación del Colegio Español en Roma, obra tan necesaria para la victoria de la Iglesia en nuestra nación.»
   D. Manuel estaba tranquilísimo en medio de su tribulación. «Nuestro asunto debe de ir bien, cuando nos va tan mal; es señal de que Dios quiere amasarlo mucho. Abandono de las criaturas, celos, desprecios, desconfianzas, calumnias, todo ha llovido sobre los Pobres Operarios. Hemos perdido a Condotti (¡Gracias a Dios!) Nos despacharán de Monserrat (¡Así sea!) Nos buscaremos un modesto Belén (¡Amén!) y allí vendrán los ángeles a entonar el Gloria in excelsis Deo...»


COMIENZA A ESCAMPAR


   
   Así fue en efecto. «Desde el día del fallo de la causa en favor de los Dominicos, el Padre Santo consideró como cosa suya el naciente Colegio Español». Empezó por pedir al Gobierno de España que permitiera a los colegiales permanecer en Monserrat hasta tanto que se encontrara edificio definitivo para Colegio.
   Terminó aquel curso con una audiencia del Papa el 2 de julio, que duró media hora, en la que el Vicario de Cristo acarició y bendijo a los alumnos y les expresó su deseo de que «el español fuera el primer Colegio de Roma».
   Por ello trabajaba D. Manuel, el cual a su regreso a España. empezó una campaña de propaganda en pro del Colegio, enviando a todos los Obispos españoles una circular en que se les hablaba de su finalidad, y se les invitaba a que mandaran a él algunos chicos escogidos entre sus seminaristas. Le ayudó notablemente en esta labor propagandística su amigo Sardá y Salvany, que escribió varios artículos sobre el tema del Colegio en su «Revista Popular». Fruto de esta campaña fueron los 32 alumnos que al curso siguiente 1892-93 pudo presentar D. Manuel, que llamaron poderosamente la atención y que fueron el gozo de los incansables patrocinadores del Colegio, que iban también en aumento de día en día.
   Noticia fausta para D. Manuel fue el nombramiento de Embajador cerca del Vaticano en favor del padre de Mons. Merry. El cual desde el primer momento, así como todos los demás familiares, se puso del lado de D .Manuel, hasta el punto de que poco después escribía Mons. Merry a D, Benjamín Miñana, primer Rector del incipiente Colegio, esta misteriosa carta:
   «Mi muy amado D. Benjamín: Imponiéndole la mayor reserva, le suplico no vaya a acostarse esta noche sin rezar un Te Deum de todo corazón; y mañana, si tiene la intención libre, que ofrezca el Santo Sacrificio en acción de gracias. Estamos al final de nuestras penas. No puedo más. La reserva y la emoción me obligan al silencio.»
   La causa del Colegio iba siguiendo su curso, viento en popa, aunque de cuando en cuando alguna nube se interponía en el horizonte. Pero no había que desconfiar, porque evidentemente era cosa de Dios.
   «No es malo, escribía a D. Manuel el Cardenal de Sevilla, que patee un poco el diablo y quiera armar cizaña, ¡Patrem habemus!... No hay que temer...»
   No podía ya temer D. Manuel una vez que el asunto estaba en tan buenas manos. «las noticias de Roma nos llenan de tanto consuelo, que nos causan espanto. ¡Ver tres o cuatro Cardenales, no sólo interesados, sino «conspirando», junto con otros personajes del Vaticano por el éxito de la empresa!...»
   El Papa hizo donación del palacio Altemps para Colegio Español en carta dirigida a los Obispos de nuestra Patria el 25 de octubre de 1893. Mientras el palacio Altemps se ponía en condiciones de habitabilidad, el mismo Romano Pontífice les alquiló como morada provisional parte del palacio Altieri, que era uno de los más espléndidos de Roma. Allí permanecieron aquel curso hasta que el 16 de octubre de 1894 tomaron posesión oficial del palacio Altemps, celebrándose la instalación del Santísimo con una gran fiesta en la que ofició el mismo D. Manuel el ir de noviembre, con asistencia de los Padres Homs, Angelini y Panadero, Mons. de la Chiesa, Merry y Perea, toda la familia Merry, el personal de la Embajada y la colonia española.
   Antes de volverse para España, D. Manuel. Reno de gozo, hizo un viaje a Loreto y Asís, para dar gracias a la Virgen y a su querido San Francisco por el feliz resultado de la empresa del Colegio.


«LOS UMBRELLATI»


   
   Generalmente en casi todas las capitales de diócesis la maliciosa perspicacia de la chiquillería se complace en propinar a los seminaristas un apodo, en consonancia ordinariamente con lo que les llama más la atención del uniforme .que visten. Por las calles y afueras de nuestras ciudades se ven con frecuencia algunos de esos arrapiezos canturreando detrás de las filas de los seminaristas piropos tan sabrosos como éstos: «¡Grajos, pavitos, cangrejos!»
   Se ve que esto es un fenómeno general que, por lo tanto, se da en Roma lo mismo que en España.
   Salieron por las calles de la Ciudad Eterna los alumnos del Colegio Español luciendo por primera vez su flamante uniforme: sotana con esclavina y fajín azul. Al ver aquella indumentaria, hasta entonces desconocida, entre los distintos uniformes que pasean por las calles romanas, no faltó algún satírico que lanzó una palabra: «¡Umbrellati! ¡los del paraguas!», por la esclavina con puntas que llevaban. ¡Ya estaban bautizados! ¡Se quedaron para siempre con el mote, como los del Colegio Germánico venían desde antiguo soportando el sambenito de «gambericotti» (cangrejos cocidos), por vestir sotana roja.
   Cuando lo supo D. Manuel, no le agradó. «Mal apodo nos han puesto, decía. Eso de «paraguas» es muy prosaico, «Peregrini o Gotici» hubiera estado mejor.»


LOS CARAMELOS DEL PAPA


   
   Frecuentemente le llegaban a D. Manuel noticias del buen espíritu de los alumnos del Colegio Español y de su aprovechamiento ejemplar.
   Todos cuantos visitaban aquella casa de formación sacerdotal quedaban encantados del orden que allí reinaba y del ambiente de piedad que se respiraba en ella. «La Obra de ustedes es encantadora, decía por aquel entonces el Obispo de Málaga. Yo vengo enamorado de nuestro Colegio de Roma, y entiendo que lo mismo ocurre a todos los Prelados que lo visitan.»
   Ya no necesitaba D. Manuel hacer propaganda hablada ni escrita del Colegio. Era el mismo Romano Pontífice el que, empeñado en que cuanto antes el número de sus alumnos igualara al del Colegio más numeroso de la Ciudad Eterna, mandaba al Cardenal Satolli, Prefecto de la Sagrada Congregación de Seminarios, que en su nombre escribiese a los Prelados de España, para que amasen y favoreciesen al Colegio Español y enviasen todos a él alguno de sus alumnos.
   El Papa León XIII llevaba muy dentro de su corazón a los colegiales españoles. Así lo demuestra la delicadeza verdaderamente paternal de que quiso hacerles objeto en la víspera de la fiesta del Dulce Nombre de Jesús del año 1898. En casa se hallaban los colegiales, cuando el Rector del Colegio recibió un paquete. Lo abrió en presencia de todos y con general admiración vieron una buena cantidad de dulces con que el Papa les obsequiaba, para que celebraran alegremente tan hermosa fiesta y como premio de su buen comportamiento en la Universidad.
   El 2 de febrero de aquel mismo año, festividad de la Purificación de Nuestra Señora, siguiendo la costumbre de los precedentes, fueron a presentar la tradicional vela al Romano Pontífice. Al hacer la entrega del cirio, el Rector agradeció al Papa, en los términos más expresivos, el rato tan feliz que les había deparado al obsequiarles con caramelos. El Pontífice, lleno de contento, se volvió a los circunstantes y, como queriendo darles una explicación, les dijo: «Es que he enviado unos dulces a mis queridos españoles.» Y después, cogiendo de la mano a D. Benjamín y estrechándosela efusivamente, le preguntó:
   -¿Cuántos colegiales hay?
   -Sesenta, Santísimo Padre.
   -Pocos; son pocos. Veremos si al año que viene llegamos a ochenta y después a ciento.


Y LLEGO A SER MAGISTRAL


   
   Visitaba D. Manuel en cierta ocasión su querido Colegio de Roma. Entre los alumnos que, procedentes de distintas diócesis, cursaban sus estudios en la Ciudad Eterna, había uno, Rogelio Chillida, oriundo del Colegio de Tortosa. Era éste en lo físico muy poca cosa: fino, flacucho, bajito, con unos ojos retozones en sus órbitas que denunciaban ser muy vivaracho de carácter y agudo de ingenio. Cultivaba ya entonces sus aficiones literarias y escribía con desenvoltura en prosa y en verso. En los estudios era un alumno aventajado. Profundizaba en las más intrincadas cuestiones de teología y prometía mucho su futuro sacerdotal.
   Pero entre tantas y tan buenas cualidades tenía también un defecto de consideración. Con harta frecuencia se ponía nerviosillo y su lengua daba un sinfín de tropezones antes de pronunciar las palabras. ¡Seria dificultad! ¡Era tartamudo!
   D. Manuel estaba preocupado con la dificultad de expresión de aquel chico, que iba avanzando en los estudios y no se corregía de aquel defecto. «¡Vamos a ver qué tal va!», dijo a los Superiores del Colegio.
   -¿Qué tal, Rogelio? ¿Cómo estás?
   -Pu... es, bien. D. Ma... Ma... Ma... nuel! ¡Gracias a.. a... Dios!
   Hecha la prueba y habiendo dado resultado negativo, D. Manuel le despidió más pronto de lo que fuera su deseo, por no sufrir oyéndole tartamudear.
   «¡Pobre Rogelio!», decía después D. Manuel al Rector. «¡Pobre chico! (¡El caso es que es listo! Pero con ese defecto de la lengua seguramente que no llegará a ser Magistral. Mas con tal de que se haga un santito, lo daremos todo por bien empleado.»
   ¡Pero Chillida llegó a Magistral!
   Enterado por el mismo Rector del Colegio de Roma de los augurios pesimistas de D. Manuel respecto a su persona, se empeñó en ser Magistral y consiguió dominar tan perfectamente su defecto, que, ordenado de sacerdote, hizo oposiciones a la Magistralía de la Catedral de Valencia, y la ganó tras brillantes ejercicios.
   Y en 1926, al trasladarse los restos de D. Manuel del cementerio de Tortosa al Templo de la Reparación, lució el Dr. Chillida sus dotes de orador elocuentísimo, pronunciando una oración fúnebre, acabadísima en su género.
   Mas si no se cumplieron los pronósticos de D. Manuel respecto a la carrera sacerdotal del joven estudiante, sí se cumplieron sus deseos de que llegara a ser santo, pues, detenido por los rojos durante la persecución de 1936, sufrió heroicamente un martirio espantoso en Silla (Valencia), por el solo delito de ser sacerdote.


PASANDO EL CHARCO


   
   Todos los hombres tienen su flaco. El de D. Manuel era el anhelo de trabajar por la gloria de Dios. Si se le atacaba por este punto vulnerable, no podía resistir; arriaba la bandera y se rendía.
   Al principio del año 1898 le llegaron noticias de que el Obispo de Chilapa (Méjico), enterado por el Colegio Español de Roma de la finalidad de la Hermandad, tenía interés en llevar a los Operarios a su vasta y necesitada diócesis. Esta noticia, al par que le agradó a D. Manuel, le llenó de inquietudes y temores. Por una parte un motivo de tanta gloria de Dios le estimulaba a dar el brinco al otro mundo y, por si esto fuera poco, tenía el aguijoneamiento continuo de los Operarios jóvenes que le invitaban a que aceptara; mas, por otra, le torturaba la escasez de brazos disponibles para atender a tantas cosas.
   «Estos chicos nuestros no pueden aguantarse, empezando por el grave D. Elías, y quieren se vaya a América. Yo estoy espantado por la falta de personal y se me cubre el corazón. Ventajas: el nombre de la Obra. Tomar posesión de un campo tal vez vastísimo con el tiempo para los intereses de la máxima gloria de Dios... pero, ¿y el personal? Miro la tela... y no da para tanto...»
   En esta tesitura, luchaba su espíritu entre dos tendencias contrarias: la de la cabeza y la del corazón, y temía que viniera el Obispo de Chilapa y le convenciera. Y el Obispo mejicano, Excelentísimo Señor Don Ramón Ibarra, llegó y le habló de las necesidades de su diócesis y le pintó al vivo el problema agudísimo de la escasez de clero en todo el continente americano, y D. Manuel no pudo menos de capitular.
   Firmó las bases de aceptación del Seminario de Chilapa. Poco después se hallaba en Barcelona para pasar los últimos días con los cuatro que habían sido elegidos para «pasar el charco», darles los últimos consejos, prepararles las maletas, aposentarles en los camarotes, agasajarles y mimarles con el cuidado y cariño de la más tierna de las madres.
   Todo lo hizo con gran contento de su alma y consuelo de sus Operarios. Con ellos estuvo hasta el momento de la despedida, y cuando el barco partía y la silueta de sus hijos se desdibujaba en el horizonte, como última caricia, antes de perderles de vista, trazó :obre ellos la señal de la cruz.
   
   

LA VOZ DE AQUEL BARÍTONO


   
   Celebrábase con toda solemnidad la festividad del Corpus en la villa de San Mateo. D. Manuel había sido invitado a predicar en aquella ocasión y lo hizo con el fervor y el entusiasmo de siempre. Hubo además misa cantada con acompañamiento de orquesta. En el Communio la Schola interpretó maravillosamente un «Christus vincit» a varias voces. Entre todos los cantores se distinguió un barítono que cantó primorosamente el «solo» que le correspondía. Toda la gente estaba encandilada al oír aquel torrente de voz, moderado por la unción y el buen gusto. D. Manuel, que vibraba de emoción siempre que veía alguna cosa buena puesta al servicio del Señor, gozaba a raudales al escuchar el «Christus vincit».
   Terminada la función, se retiraron los sacerdotes a la casa rectoral. Al señor que había tenido «el solo» en la misa le entraron ganas de saludar y estrechar la mano de aquel fogoso predicador, que tenía fama de santo. Al saber D. Manuel que con este motivo llamaba a la puerta del párroco, le salió al encuentro con los brazos abiertos y estrechándole fuertemente contra su corazón, exclamaba, mientras tiernas lágrimas corrían por sus mejillas: «¡Christus vincit!... ¡Sí, amigo mío, Christus regnat!...»
   Aquella escena inesperada y aquella espontánea explosión de amor conmovieron tan profundamente al barítono, que desde aquella fecha comenzó a llevar una vida sólidamente piadosa, no pudiendo olvidar nunca el abrazo ni las lágrimas de Mosén Sol.


QUEMANDO SUS NAVES


   
   Uno de sus más ardientes deseos era el de tender por toda España una red de almas reparadoras y abrir en todas las ciudades un templo donde el Señor, continuamente expuesto, fuera desagraviado de las injurias recibidas en el sacramento del amor.
   Pero pasaban los años, y sus deseos no se veían realizados.
   «¡Templos de Reparación!» , exclamaba. «¡No querrá Dios que los vea!»
   Mucho había trabajado por levantar y abrir uno en Tortosa, que fuera, no sólo el lugar en donde desagraviar al Amor ofendido, sino «una especie de refugio adonde pudieran acudir con facilidad las almas buenas»; pero montañas de dificultades de todas clases le habían salido al paso, contándose entre ellas la oposición que hallaba entre sus mismos colaboradores. El, no obstante, veía tan claro que era cosa de Dios, que no dudó en afirmar al Vicedirector de la Hermandad, D. José García, que era uno de los que más se oponían: «Mi entusiasmo por esta idea es tan fijo, que tendría remordimiento de no realizarla antes de morir; y si los nuestros se hubiesen opuesto, les habría pedido me lo dejasen realizar como cosa mía, con o sin el apoyo de la Hermandad; y sólo habría pedido se dignara la Hermandad estar a la mira y dirigirlo y ser dueña.
   Por fin quemó sus naves, y contra viento y marea se decidió a levantar un Templo de Reparación. El 21 de junio de 1900 visitaba a su Obispo, Excmo. Sr. D. Pedro Rocamora, para pedirle que le cediera para aquel fin la iglesia de la Merced. El bondadoso Prelado debió prometerle la donación gratuita del patio y solar de la Merced, no haciéndole la entrega oficial hasta el 20 de noviembre de aquel mismo año.
   Había dado ya el primer paso, mas no estaba todo conseguido. Contaba con el lugar donde levantar su anhelado Templo de Reparación, pero ¿cómo construirlo? «Necesito buscar de primera intención de diez a doce mil duros para este objeto, y Jesús me hace vislumbrar esperanzas por donde menos lo pensaba, cuando las tenía todas perdidas o agotadas.»
   El Señor iba llenando prodigiosamente todas sus necesidades.
   «La víspera de San José, a las ocho de la noche, recibíamos en casa de una señora desconocida los primeros dos mil duros para la Reparación... »
   Con esta cantidad insignificante se lanzó a empezar el templo, convencido de que una vez empezado, el Señor, para no dejarle en mal lugar, movería los bolsillos de los católicos tortosinos y podría él verle totalmente terminado. Con júbilo indescriptible de su alma escribía por aquellas fechas: «El día primero del mes que viene iré por la mañanita, a las cinco, a un local de aquí y haré un pequeño hoyo, y pondré una piedrecita y la bendeciré para que brote pronto el Templo de Reparación de Jesús Sacramentado.»
   En efecto, el día 1 de abril de 1901 fue para D. Manuel uno de los días más felices de su vida, porque, al poner la primera piedra de aquel templo, vio que empezaba a realizarse su sueño dorado.


YENDO AL DESTIERRO


   
   Habían comenzado las obras, pero no iban al compás de sus deseos. Frecuentemente eran interrumpidas, unas veces, porque se acababan los donativos y no había dinero para comprar los materiales; otras, porque las huelgas, tan frecuentes en aquella época revolucionaria, las paralizaban. En ocasiones el tiempo de lluvias o los trastornos atmosféricos se encargaban de poner lentitud en la construcción, y el reblandecimiento del terreno las retrasaba unos días para consolidar los cimientos; cuando no era la disconformidad de pareceres entre los Operarios, sobre si hacer cripta o no; y hasta las discrepancias entre el arquitecto y el maestro de obras repercutían en la marcha del templo.
   La Reparación iba surgiendo, aunque con lentitud. D, Manuel seguía detalladamente toda su marcha ascensional, preocupándose de la calidad y coste de los materiales, del número de obreros, de la fecha posible de inauguración... «Ya ha llegado la campana para nuestra Reparación, escribía con gozo indescriptible a los de Roma; pero aun me fatiga abril con sus calmas y me troncha los cálculos de fecha, y los apuros aumentan. Pida a Jesús me lo deje ver terminado, si es de su agrado, pues será una capilla muy linda, digna de ser central del movimiento de reparación a Jesús Sacramentado. »
   La vio terminada, y él mismo señaló para el 22 de noviembre de 1903 la fecha de su solemne inauguración. Pero hubo de añadir otro sacrificio más a los muchos con que había ayudado la construcción del edificio. « No ha tenido el consuelo de que fueran sus lágrimas las primeras que regaran esta ara santa, decía el Magistral de Tortosa que predicó en aquellas solemnes fiestas, ni ha podido ser el primero en adorar a Jesús Sacramentado en el Templo de Expiación que su amor le ha levantado.»
   Temerosos los médicos de que el corazón de D. Manuel, tan pasional y tan encendido en amor divino, no pudiera soportar aquellas emociones, le desterraron a Valencia hasta que pasaran las fiestas.
   «Mañana se inaugura nuestra iglesia de Reparación, decía él desde su destierro, No han querido que presenciara las fiestas por temor de que las emociones perjudicaran mi salud. Jesús les pague la caridad, y a su amor ofrezco el sacrificio.»


FELICES ENSUEÑOS


   
   Con gran consuelo de su alma vio terminado el Templo de Tortosa y encarrilada por fin la obra de Reparación, que durante tanto tiempo había venido planeando.
   Pero no estaban satisfechas sus ambiciones. El hubiera querido tener la satisfacción de, antes de morir, ver «al menos, una docena de Reparaciones y otras tantas Cortes de amor y expiación».
   Le visitaba una de sus dirigidas de San Mateo. Después de llevar un rato largo hablando con ella de cosas espirituales, recayó la conversación sobre el templo de Tortosa recientemente inaugurado. Dijo D. Manuel que por medio de él esperaba conseguir muchas gracias para su ciudad y que tenía una gran pena de que el tiempo pasara tan de prisa tronchando sus planes.
   -Me vuelvo viejo, decía con hondo sentimiento. ¿A que no sabes qué haríamos si fuésemos jóvenes?
   Ella, encogiéndose de hombros, contestó:
   -¡Yo qué sé! ¡Tiene usted tantas cosas en la cabeza!
   Y D. Manuel, medio transportado por la emoción y dando una viveza extraordinaria a sus palabras, añadió:
   -Haríamos un templo de Reparación en cada pueblo, para reparar a Jesús de las muchas ofensas que recibe.
   Quedó después un momento en silencio, como saboreando la hermosura de aquellos planes que ya no podría ver realizados.


EL APURO DE LAS FACTURAS


   
   Era por el año 1903. En el pueblecito de Flix, de la provincia de Tarragona, había un señor de fama intachable y de bastantes bienes de fortuna, el cual enfermó de gravedad no habiendo esperanza de posible curación, según el dictamen de los médicos.
   Dándose cuenta de la gravedad de su estado, pidió los Santos Sacramentos, que recibió con plena lucidez mental y con muestras sensibles de gran fervor. De cuando en cuando llamaba al coadjutor de aquella parroquia, Rvdo. Sr. D. Simón González, para que le sugiriera piadosas consideraciones y le hiciera más llevadero el peso de la enfermedad.
   Un día, que debía de ser el 8 de mayo de aquel mismo año, el enfermo envió a una de sus sirvientas para que con toda urgencia avisara a D. Simón y le hiciera éste la recomendación del alma.
   Hízolo así el celoso coadjutor, hablando después un buen rato de cosas espirituales con aquel enfermo que tanto le edificaba por su piedad, y que, a pesar de estar amenazado de muerte de un momento a otro, discurría aún con plena lucidez de juicio y estaba en el use perfecto de sus facultades mentales.
   -¿Cuál le parece a usted la obra más grata a Dios?
   Un poco perplejo quedó el buen sacerdote ante esta inesperada pregunta; pero como había oído hablar tanto de Mosén Sol y de la empresa que este santo varón llevaba entonces entre manos, de levantar el Templo de Reparación, casi sin pensar otra cosa respondió medio instintivamente:
   -Me parece la obra más grata la de levantar al Señor templos de Reparación, donde estar siempre expuesto a la pública adoración de los hombres.
   -Bien ha respondido, contestó el enfermo. Su respuesta es inspirada. Tome esta llave, y saque dos mil pesetas de ese cajón y usted se encargará de entregar a D. Manuel esta cantidad.
   Cogió el dinero el coadjutor y, sin perder tiempo, escribió a D. Manuel diciéndole que tenía a su disposición dos mil pesetas y que le indicara el modo de enviárselas. No tardaron mucho en llegar a manos de Mosén Sol, pues a los pocos días pasaba por aquel pueblo un Operario que se hizo cargo de la cantidad, tan generosamente donada por D. Luis de Castellví.
   Pasaron algunos meses y el coadjutor de Flix fue a Tortosa a practicar los Ejercicios Espirituales, y aprovechó aquella ocasión para visitar a D. Manuel. Recibióle éste con la amabilidad de siempre y después de darle una estampita como recuerdo de aquella visita, le dijo:
   -¿Tú no sabes lo que sucedió con aquellas dos mil pesetas que me mandaste?
   El coadjutor se encogió de hombros, no dando importancia al asunto porque D. Manuel se merecía eso y mucho más; y respondió que él no tenía mérito en aquella acción, pues no había hecho otra cosa que cumplir la voluntad de un moribundo.
   -Pues mira, las obras de la Reparación habían sufrido un paréntesis, a causa de tener algunas facturas por pagar, y yo estaba cansado de molestar a las buenas personas que me merecían confianza. Dos días antes de recibir lo carta vino un señor a cobrar dos facturas que ascendían a dos mil pesetas. Yo, por dignidad, no podía decir que no se las podía pagar, sino que volviese dos o tres días después. Al despedirme de aquel señor reuní a los Superiores del Colegio y les recomendé que pidieran a San José nos sacase de aquel apuro. Así fue; pues al día siguiente recibimos tu carta, anunciándonos la limosna de las dos mil pesetas, que era precisamente lo que importaban las dos facturas.


LA SIEMBRA DE LOS BOTONES


   
   Se hallaba reunido D. Manuel en agradable tertulia con un buen número de amigos. La conversación deslizábase sobre cosas intrascendentes: el estado del tiempo y el cariz de los últimos acontecimientos políticos, ya que la reunión aquella no tenía otro objeto que el de pasar un buen rato de sana y santa camaradería.
   D. Manuel frecuentemente tomaba parte en el diálogo salpicándolo con anécdotas y casos amenos. Mas no contento con dar aire de alegría a aquella animada charla y llevado del espíritu de obsequiosidad que en él constituía una verdadera pasión, se levantó, y saliendo de la habitación, volvió al instante con una bandeja de dulces y pastas. Fue acercándola a cada uno de los contertulios e invitándoles a tomar mientras alargaba además a cada uno una hermosa medallita.
   D. Andrés Serrano, que presenciaba la escena y era uno de los que tomaban parte de aquel amistoso ágape, viendo a D. Manuel en plan de camarero, y yendo más allá de lo justo en la apreciación de sus intenciones, no pudo contener por más tiempo su mal disimulada risa, a la que dio suelta en medio de la admiración de los circunstantes.
   -¿De qué te ríes, picarín?, le increpó D. Manuel mientras dejaba la bandeja en la mesa.
   -¡De nada! ¡Si no tiene importancia!, respondió el interpelado.
   -¡Vamos, no nos lo ocultes!, insistió D. Manuel, mientras los ojos de los demás hacían la misma pregunta con sus miradas escudriñadoras.
   -Pues bien, ya que se empeña se lo voy a decir. Me reía de usted, del obsequio con que nos ha regalado y del reparto de la medalla.
   -Pues no veo por ningún lado el motivo de tu risa.
   -Es que cuando usted andaba repartiendo las galletas, me acordaba yo de un caso que cuentan en mi pueblo.
   -¿ .. ?
   -Dicen que antiguamente había un señor que tenía la habilidad de sembrar en el jardín de su casa botones ordinarios, y no mucho después recogía magníficas camisas de seda, ya hechas y a la medida. Y no sé si me he ido demasiado lejos en mis apreciaciones, pero me parecía que, como el hombre del cuento sembraba botones y recogía camisas, así usted hace un momento sembraba galletas y medallas, para después recoger billetes con que continuar sus obras de celo.
   Rieron todos la peregrina ocurrencia de D. Andrés, de la que salió D. Manuel beneficiado, pues, terminada la tertulia, se levantaron todos prometiéndole cada uno su apoyo incondicional para todas sus empresas de apostolado.


EL PAPA SOL Y EL PAPA LUNA


   
   Sus atrevidas empresas felizmente llevadas a cabo y su fama de santidad le habían granjeado un justo y merecido renombre en toda España y en el extranjero, pero particularmente en Tortosa y su comarca, Decían de él que llevaba a feliz cumplimiento cuanto planeaba y que no había dificultad que no se le allanara cuando él ponía a contribución de lo emprendido su influencia y su tesón.
   Precisamente por este prestigio de que gozaba y el ascendiente que tenía entre los demás, no faltó quien diera en llamarle «el Papa Sol», extendiéndose rápidamente este cariñoso mote entre cuantos le conocían.
   No le desagradó del todo a D. Manuel semejante apelativo, y así a veces echaba mano de él, como cuando, a punto de emprender un viaje a Roma, les decía un poco humorísticamente a las religiosas de Vinaroz:
   «Si se les ofrece a ustedes alguna cosa para el Papa Blanco, está a su disposición el Papa Sol que las bendice a todas y suplica redoblen sus oraciones!»
   No debió saber este Papa Sol las relaciones que le unían con el Papa Luna, pues no hizo nunca alusión a ellas, a pesar de ser tan amigo de semejantes juegos de palabras.
   Del jardín del famoso Papa Luna, Benedicto XIII, había sido trasladado a la Catedral de Tortosa un magnífico surtidor de una fuente artísticamente decorado con primorosos relieves de diferentes motivos, en medio de los cuales campeaba el escudo del antipapa Benedicto XIII, sostenido por dos ángeles alados.
   Trasladado a la Catedral, sirvió de pila bautismal, y en ella recibió D. Manuel las regeneradoras aguas del bautismo.
   Nunca hizo la menor alusión a tal cosa. Pero quizá hayamos de achacar semejante silencio, mas bien que a ignorancia, difícil de suponer en D. Manuel, tan amante de la historia de su patria chica, al amor acendrado que él profesaba a la persona augusta del Romano Pontífice y al odio que, por consiguiente, sentía a cuanto tuviera resabios de cisma.


EL LLANTO DE UNA VELA


   
   Uno de los medios de apostolado más frecuentes y más eficaces que usó durante su ministerio sacerdotal, fue el de la predicación, siempre cálida y entusiasta.
   Apóstol y misionero, dejó oír su voz en muchas regiones de España, en casi todos los pueblos de la diócesis de Tortosa y en no pocos repetidas veces. Fue propagandista incansable de la Adoración Nocturna, del Apostolado de la Oración, de las Congregaciones Marianas, de la Buena Prensa, de las Vocaciones Sacerdotales. dio infinidad de tandas de Ejercicios Espirituales a toda clase de personas y pronunció innumerables pláticas, triduos, sermones, conferencias y fervorines. Solía escribir todo lo que iba a predicar y, cuando no le quedaba tiempo para otra cosa, se contentaba con hacer un borrador, alguno de los cuales está escrito con caracteres irregulares y con líneas torcidas, indicando claramente haber sido trazadas al compás del vaivén del tren.. Tenía una memoria tan privilegiada que ordinariamente repetía literalmente sus composiciones, sin necesidad de repasarlas, aconsejando a los suyos que, si la memoria les fallaba un poco, tuvieran paciencia de «apretar su cabeza y enjaular en ella párrafos completamente aprendidos de memoria ad litteram como Bossuet, porque no le gustaban los predicadores repentistas y desaliñados».
   De sus pláticas y sermones salía todo el mundo encantado.
   Iba a profesar una dirigida suya, Sor Dominga Jimeno, y D. Manuel había sido invitado a predicar en tan solemne acto.
   -Mira, lo voy a hacer un sermón muy largo, la dijo antes de empezar.
   -No le haga usted muy largo, contestó ella, por terror de cansarse o cansar a los circunstantes.
   -Sí, sí, replicó él, que lo quiero enfervorizar.
   En efecto, predicó con tanto fervor y con tanto celo, que tenía completamente absortos a todos los oyentes, hasta tal punto que a la pobre religiosa se la derritió completamente la vela que tenía en la mano, sin ella notar nada y estuvo además en grande peligro de quemarse. Lloró cuanto quiso y la emoción fue tan profunda que no pudo cantar el «Pater meus» , según exigen las rúbricas y sólo a duras penas pudo recitarlo.
   Terminada la profesión, D. Manuel se reía de ella diciendo que había estado tan embobada que casi se deja quemar.
   Y un sacerdote que estuvo allí presente, tío de la recién profesa, decía excusando a su sobrina y ponderando el fervor de la plática
   -No es extraño que la haya ocurrido eso. ¡Motivos más que suficientes para ello ha tenido!


MAESTRO CONSUMADO


   
   Aunque se ejercitó D. Manuel en todos los géneros de la elocuencia sagrada, sobresalió principalmente en la predicación de fervorines. En ellos es donde su corazón enamorado de Dios se desbordaba en torrentes de fervor santo y de unción apostólica, que impresionaban profundamente y conmovían a cuantos tenían la dicha de oírle. Su mirada se iluminaba, su rostro se encendía, su voz adquiría tonalidades especiales y toda su persona ,quedaba nimbada con un halo de santidad que cautivaba y atraía.
   El M. I. Sr. D. Rafael García, Magistral de Tortosa, hablando de los fervorines de D. Manuel cuenta el siguiente caso, ocurrido durante sus años de estudiante en el Seminario de aquella ciudad:
   «Solíamos ejercitarnos en la cátedra de oratoria en ensayos prácticos de los diversos géneros de predicación, y tocó su turno a la plática y al fervorín. El condiscípulo designado para actuar fue el avispado sacristán de un convento de monjas, del que D. Manuel era confesor. Al confiarle el trabajo nuestro catedrático, hombre competentísimo y de gusto refinado en materias de elocuencia, le dijo, no sin cierta aparatosa solemnidad: «De propósito he designado a usted, entre todos, para este ejercicio, porque time un maestro consumado en casa.
   Usted habrá oído con frecuencia los fervorines de Mosén Sol a las monjitas; vea de imitarlo y, si lo consigue, no podrá menos de hacerlo muy bien; D. Manuel es el mejor modelo que he oído jamás.»
   Y volviéndose luego a los alumnos, nos hizo un cumplidísimo elogio de él, puso de relieve sus condiciones excepcionales para este género de oratoria, y terminó diciéndonos: «No pierdan ocasión de oírle sus fervorines. Aprenderán mucho de él, y se lo propongo como perfectísimo modelo.»
   El concepto que todos teníamos de los fervorines de D. Manuel, quedó solemnemente sancionado por el respetabilísimo dictamen de nuestro profesor, que en plena cátedra le proclamaba «maestro consumado de fervorines.»


EL PESO DE LA MOCHILA


   
   Aquel granito de mostaza sembrado en el desierto de las Palmas había ido creciendo hasta convertirse en árbol frondoso, cuyas ramas se extendían por España, Portugal, Italia y América.
   La predicción de D. Manuel se había cumplido. Con el crecimiento de la Hermandad habían aumentado las preocupaciones, que no debían ser pocas ni pequeñas en una Congregación recién nacida que se iba abriendo camino entre mil dificultades de todo género.
   Cada día le llovían cuestiones delicadas, asuntos espinosos de difícil a inmediata solución: peligros en los de Portugal, extrañezas en los de Méjico, murmuraciones y hablillas en España, desmayos en unos, excentricidades en otros, apuros económicos, apremios de los Obispos, falta de personal..., y todo repercutía en el corazón de D. Manuel que, aunque joven siempre de espíritu, no en vano sentía ya el peso de los años y empezaba a soñar con el día venturoso en que, libre de aquellas fuertes ataduras de la Dirección General, pudiera dedicarse tranquilamente a preparar sus cosas para el viaje a la eternidad.
   «Vivimos de milagro», decía. «Desearía que no faltaran todavía cinco años para poder dejar la carga y poner la «mochila» en algún joven, como confío obtenerlo de los nuestros, si vivo.»
   Pasaron los cinco años; pero, a pesar de sus deseos en contra, fue reelegido por unanimidad y únicamente la muerte le liberó del peso de la Dirección General.

PERFUME DE SUS VIRTUDES

   

ESPLÉNDIDA LIMOSNA


   
   Sufría enormemente cuando oía, alguna injuria lanzada contra Dios, o veía algo que fuese en menoscabo de la gloria divina.
   Iba un día de fiesta por la calle y vio a un hombre que, con escándalo de cuantos por allí pasaban, estaba trabajando y violando, por tanto, el tercer precepto del Decálogo.
   D. Manuel no pudo aguantar aquel desaire a la piedad de los fieles, que entonces precisamente se dirigían a oír la santa misa, y acercándose al trabajador le preguntó con dulzura y energía al mismo tiempo, por qué trabajaba en día de fiesta, sabiendo que estaba prohibido.
   «Porque no tengo qué comer», repuso el interpelado.
   Y D. Manuel, pensando que quizá aquel infeliz dijera la verdad, pero viendo por otra parte que no convenía que continuara en su faena al menos por razón del escándalo, añadió en un arranque de generosidad, brotado al contacto del celo por la gloria de Dios en que se consumía su alma, mientras le brindaba una espléndida limosna: «Tome usted y no trabaje; que dará mejor ejemplo a su familia y a los que le ven».


LA EXPLOSIÓN DE UNA BOMBA


   
   La casa donde nació D. Manuel estaba situada en la plazuela del Ángel, lugar obligado de paso y centro de reunión de hombres de toda condición social, sobre todo payeses y gentes del campo, comerciantes y tratantes. A veces la falta de formación religiosa y cívica junto con el ambiente de sectarismo reinante en la época, hacían proferir a algún deslenguado palabras fuertes y malsonantes, incluso blasfemias.
   Cuando alguna de éstas llegaba a los oídos de D. Manuel, producía en él el efecto de una bomba; quedaba como desencajado y aturdido, pero reaccionaba al instante, se ponía el manteo y el sombrero y bajaba precipitadamente las escaleras de la casa en medio de la admiración y susto de sus familiares, que a veces le seguían por si le ocurría alguna cosa.
   Aparecía D. Manuel en la plaza y en seguida alguien daba la voz de alarma, que se corría rápidamente como un relámpago: «¡Mosén Sol! ¡Mosén Sol!», quedando en un instante la plaza libre de gente y en completo silencio.
   Tal era el respeto que aun los más deslenguados y descreídos le profesaban. «Llegado a la plaza, daba unos pasos indecisos, dice un sacerdote que presenció más de una vez esta escena, miraba a todas partes como quien no sabe a dónde va, y regresaba a su aposento solitario bendiciendo y alabando el Santísimo nombre de Jesús, /que espontáneamente se escapaba sin cesar de sus labios.»


DERRAMANDO ABUNDANTES LAGRIMAS


   
   Fue un día festivo del año 1897. Regresaba D. Manuel de celebrar el santo sacrificio de uno de los conventos de Tortosa, cuando, al atravesar la plaza del Rastro, vio un grupo de hombres que, con las herramientas al hombro y en traje de faena, se dirigían a trabajar en día prohibido.
   Profundamente apenado al ver públicamente conculcado el precepto dominical, sintió un escalofrío de pena en su alma sensibilísima y no pudo impedir el que abundantes lágrimas afluyesen a sus ojos. Hondamente emocionado llegó al Colegio, llamando con más fuerza que de costumbre a la puerta del mismo.
   Estaba entonces encargado accidentalmente de la portería un alumno de edad ya avanzada, que más tarde fue Párroco de la diócesis tortosina, y al oír que llamaban con tanta insistencia, corrió presuroso a ver quién era. Su sorpresa fue enorme al abrir y toparse con D. Manuel, que, completamente inmutado y llorando a lágrima viva, le invitaba a salir a la calle y le señalaba con la mano los hombres aquellos, que en un día de fiesta se dedicaban a trabajos serviles y añadía: «Mira, hijo mío, mira cómo se ofende al buen Jesús; pídele al Señor que se conviertan esos pobrecillos que no le conocen».
   Y entrando en el Colegio y con las lágrimas aún en los ojos empezó a desgranar los versículos del Miserere, mientras subía pausadamente los peldaños de la escalera.


«LOS TRES MOSQUETEROS»


   
   Nacido en una época de lucha política y religiosa, vivió D. Manuel en toda su crudeza los estragos de la mal llamada libertad de Prensa. Al abrigo de tan nefasta libertad publicábanse en España periódicos de ideas avanzadísimas, folletones pornográficos, novelas obscenas, y toda una gama de producciones literarias de tipo revolucionario, amén de otra infinidad de obras extranjeras, que, traducidas al castellano, tenían entrada franca en el mercado español.
   D. Manuel, que había combatido con todas sus fuerzas la mala Prensa y había publicado con este motivo artículos vibrantes y había fundado y dirigido dos periódicos, y había organizado bibliotecas públicas de obras escogidas y conocía como pocos el influjo desastroso que las malas lecturas ejercen, sobre todo en la juventud, supo cierto día que un joven tortosino de familia distinguida estaba tan chalado por las producciones novelescas que esperaba con verdadera impaciencia la llegada del periódico, porque iba publicando diariamente en un folletón la novela de Alejandro Dumas titulada «Los Tres Mosqueteros», que después él recortaba y archivaba para leerla a satisfacción, cuando hubiera terminado de salir toda ella.
   Sintió vivamente las aficiones de aquel muchacho y determinó arrebatarle como fuera aquella novela peligrosa. Un día que le pilló con las manos en la masa, leyendo ávidamente los recortes de su periódico, sin pedirle permiso se los arrancó de la mano y los rasgó en su presencia. Mirábale atónito el chico sin casi explicarse el por qué de aquella decisión de D. Manuel, cuando vio que éste le regalaba en cambio el libro «Pequeñeces», del P. Coloma, mientras le decía con el semblante un poco serio: «¡Toma, y sales ganando, al menos moralmente. Y en adelante sé más cauto con las lecturas!»


TRABAJANDO POR SU ALMA


   
   Había en cierto pueblo del Maestrazgo una mujer que llevaba una vida poco edificante, siendo ocasión de escándalo para el resto de la gente. Pusiéronlo en conocimiento de D. Manuel, el cual empezó a interesarse por aquella pecadora pidiendo al Señor su conversión. Poco después le dijeron que se había fugado de casa con un hombre que no era el suyo y que, a no tardar, viéndose completamente abandonada, había vuelto al pueblo.
   Noticias tan alarmantes conmovieron hondamente el corazón de D. Manuel, el cual comenzó a trabajar directamente por ver si lograba apartarla de sus extravíos. Valiéndose de sus amistades, se ofreció a pagarla el viaje, si se decidía a marchar a Tortosa para confesarse. Aceptó la mujer la oferta y recibió el dinero, pero cuando iba a ponerse en camino, avergonzada de su vida, no se atrevió a ir y se negó.
   No se cansó por eso D. Manuel de trabajar por la salvación de aquella alma. Consiguió que un Padre jesuita fuera a dar Ejercicios Espirituales a aquel pueblo, recomendándole de modo especialísimo a aquella oveja descarriada.
   El Padre no echó en olvido el encargo de D. Manuel, y valiéndose de las amistades que éste tenía en aquella localidad, consiguió por fin que se confesara, cambiando completamente de vida, y convirtiéndose más tarde en un alma piadosa y de comunión diaria.


SAN MANUEL EL REPARADOR


   
   Quizá la nota más saliente de la vida de D. Manuel sea el espíritu de reparación. Es testimonio unánime de cuantos le conocieron. Su íntimo amigo y colaborador en empresas eucarísticas, D. Antonio Sánchez y Santillana, Presidente de la Adoración Nocturna Española. dice de él a este respecto: «Es una lástima que no nos haya quedado ninguna imagen o fotografía suya tomada en aquellos momentos, en que se hablaba delante de él de ofensas inferidas a Dios Nuestro Señor o a las personas o cosas sagradas. ¡Qué mudanza en aquel rostro! Nube de melancólica tristeza le empañaba instantáneamente. La sonrisa se le helaba en los labios. Sus ojos se cerraban, como quien sufre un dolor intenso, y así permanecían hasta el descorrer de sus párpados, que en alguna ocasión daban paso a las lágrimas... Aquel recogimiento, aquella mudanza, aquella transfiguración del rostro por el dolor, duraban instantes; pero yo los sorprendía admirado, adivinando que el golpe dirigido contra Dios, repercutía siempre en el corazón de su siervo.
   Entonces veía yo surgir otro D. Manuel, que no era el D. Manuel angelical, plácido, tranquilo, niño, de todos los días; sino el D. Manuel mártir, paciente, víctima; el D. Manuel con la nota que me llamó más la atención en vida y que es la flor que yo quiero colocar en su sepulcro y la virtud que yo creo le habrá sido premiada en el cielo; aparecía nuestro D. Manuel reparador.»
   Y añadía después que si algún día la Iglesia le elevara a los altares proponiéndole como modelo que imitar, él por devoción, entre todos los nombres posibles, le daría el de «San Manuel el Reparador».


PRESIENTE A JESÚS SACRAMENTADO


   
   Era en mayo de 1905. Viajaba en compañía del beneficiado de la Catedral de Tortosa, D. Manuel Juan Marco. No pudiendo ir a pie por lo avanzado de su edad y más aún por la afección cardíaca que padecía, D. Manuel alquiló un coche para poder hacer los encargos .que habían motivado aquel viaje.
   Su conversación siempre amena y edificante, se veía con frecuencia entreverada con jaculatorias y saludos al Santísimo Sacramento. Esto, aunque desde un principio llamó poderosamente la atención de su acompañante, fue atribuido al amor abrasador de aquel corazón, que de cuando en vez necesitaba desahogarse de aquel modo. D. Manuel Juan no podía suponer otra cosa, porque era casi imposible darse cuenta de las calles y sitios que atravesaban.
   La conversación seguía su curso y los saludos a Jesús Sacramentado no cesaban. Entonces empezó a sospechar el buen beneficiado que D. Manuel presentía a Jesús Sacramentado, y para cimentar sus sospechas asomábase a la ventanilla siempre que D. Manuel decía alguna jaculatoria o lanzaba algún suspiro, viendo con profunda admiración, después de haberlo comprobado varias veces, que los saludos a Jesús coincidían con el paso por alguna iglesia.
   «Entonces dije para mí, afirma el repetido señor, este varón de Dios presiente la real presencia del augusto Sacramento. Así lo creí entonces y continué creyéndolo siempre.»


ENTRE TREN Y TREN


   
   Tal era el amor a Jesús Sacramentado y el aprecio que tenía de la santa misa que jamás la dejaba, a no ser que mediara una verdadera imposibilidad, quedando en este caso hondamente apenado.
   «Aun no me dejan comulgar», solía decir quejándose dulcemente cuando le impedían la comunión ante el peligro de que su corazón enfermo no pudiera soportar los afectos vehementes que experimentaba al recibirla.
   «Hoy he comulgado ya», decía con indecible gozo cuando, pasado el peligro, los médicos le levantaban tal prohibición.
   Para poder recibir al Señor durante la Semana Santa, trasladábase cada año a Vinaroz o Vall de Uxó para celebrar los Oficios con sus amadísimas religiosas.
   Cuando iba de viaje combinaba las fechas y los itinerarios de modo que le fuera posible celebrar todos los días.
   Haciendo los Ejercicios Espirituales con el clero, cuando aun era costumbre entre los sacerdotes ejercitantes no celebrar durante los días que duraban los Ejercicios, D. Manuel se levantaba muy de madrugada para decir la santa misa antes de que la campana tocase para empezar los actos comunes de reglamento.
   En una ocasión había emprendido un viaje obligado con peligro de no poder celebrar. El tren, aun llegando a su hora, no estaría en el sitio de destino antes de terminar el tiempo hábil para decir la misa. Pero había una probable solución. Tenía que apearse en un empalme para transbordar y allí estaría una hora de espera; pero la iglesia más inmediata se hallaba a una distancia respetable, imposible de salvar a pie en tan poco tiempo.
   En previsión, por si se le presentaba solución posible, había pasado toda una mala noche sin beber sorbo de agua ni probar bocado.
   Llegado a la estación-empalme, se apeó inmediatamente y encontrando un coche desalquilado le ofreció al cochero una espléndida propina para que le llevara rápidamente al pueblo más cercano, con el fin de celebrar la Santa misa.
   Salió el vehículo disparado y volvió un rato después a la misma velocidad trayendo a D. Manuel satisfecho por haber podido acariciar en sus manos a Jesús Sacramentado y haber regresado antes de la salida del tren.


¡QUE ENVIDIA LE TENGO !


   
   Por enero de 1897, moría el ilustre Operario Excmo. Señor Dr. D. José María Caparrós, Obispo de Sigüenza. Murciano de nacimiento, hizo la camera eclesiástica en el Seminario de su ciudad, hasta que se trasladó al Metropolitano de Toledo, donde se doctoró en Sagrada Teología y Derecho Canónico. Después de ejercer la cura de almas durante casi veinticinco años, pasó a Madrid, en cuya Catedral ocupó la canonjía de Arcipreste. En la capital de España fue el reorganizador del «Centro Eucarístico» y director de la «Confraternidad de Sacerdotes Adoradores» y de la «Hermandad de la Obra Nacional por el restablecimiento de la unidad católica en España». Fue uno de los organizadores de los Congresos Católicos Nacionales y ponente en los de Zaragoza, Valencia, Sevilla y Tarragona, además de asesor de la Embajada española en el Vaticano.
   En agosto de 1892 ingresaba en la Hermandad, y propuesto aquel mismo año para el Obispado de Zamora, renunció a él por consejo de D. Manuel. En cambio, en 1896 le aconsejó que aceptara el nombramiento con que había sido favorecido para ocupar la sede de Sigüenza. Asistió el mismo D. Manuel a su consagración, A los cuatro meses de su entrada en la diócesis moría el Sr. Caparrós en el santuario de Nuestra Señora de la Luz (Murcia), donde había ido por indicación de los médicos, que le habían aconsejado un clima templado. D. Manuel, por petición del Sr. Obispo, tuvo el inefable consuelo de asistirle en los últimos momentos, y de cerrarle los ojos después de muerto. Al ser depositados sus restos en el santuario de Nuestra Señora de la Luz, junto al altar mayor, D. Manuel, dominado por la emoción, no se pudo contener, y exclamó dirigiéndose a uno de los Operarios que le acompañaban: «¡Qué envidia le tengo por estar enterrado cerca del Sagrario!»
   El Señor satisfizo sus deseos. Después de muerto, fue trasladado D. Manuel al Templo de la Reparación, y depositado junto al presbiterio de aquella hermosa capilla, que él había construido para que en ella estuviese continuamente expuesto a la veneración de los fieles Jesús Sacramentado.


AQUELLA IGLESIA DE MADRID


   
   Atraíale entre todas las de la capital de España. En los numerosos viajes que hizo a Madrid, unas veces para tratar con las altas jerarquías eclesiásticas y civiles sobre el establecimiento del Colegio Español en Roma, otras cuando planeaba la erección de un monumento al Santo Ángel de España en el Cerro de los Ángeles, cuando no era para acariciar más de cerca sus proyectos de establecer un Colegio de Vocaciones o un Templo de Reparación en la gran urbe madrileña, o como lugar obligado de paso a través de todas las rutas que enhebran las distintas provincias de España..., «siempre que se paraba en Madrid, dice el actual Patriarca de las Indias, Excmo. Sr. Dr. D. Leopoldo Eijo Garay, encontraba unos minutos para visitar la iglesia del Corpus, sita en la plaza del Conde Miranda».
   No era sólo lo que allí le llevaba el ambiente de recogimiento que se respiraba en aquella iglesia, en contraste con el vértigo y ruido de la calle, ni el ansia de saborear un rato de silencio ante un Sagrario para desquitarse de la vida de aturdimiento en que le hacían rodar sus empresas de celo, ni siquiera la fama de santidad de que gozaba la Comunidad de Madres Jerónimas, ni la salmodia acompasada y tranquila de las religiosas que convidaba a las efusiones del alma; otras iglesias recogidas hubiera hallado y otros conventos con bisbiseos musicales de monjas rezadoras. Lo que le movía a buscar aquella entre todas las iglesias de Madrid, era el que allí, a cualquier hora del día, podía encontrar solemnemente expuesto al Amor de sus amores, por quien él trabajaba y viajaba y sufría.
   En sus largos ratos de oración ante aquel Sagrario, alguna vez cruzó su mente, tentadora a insinuante, la idea, más bien la ilusión, de convertir aquella iglesia en Templo de Reparación y Expiación a Jesús Sacramentado. No lo pudo conseguir en la tierra. Ni tuvo tiempo para intentarlo siquiera. Sus actividades fueron reclamadas por otros ministerios y su vida se derramó en otros campos.
   Pero lo ha conseguido desde el cielo. Cuando, después de muchos años, sus hijos quisieron establecerse en Madrid, la Providencia les ha deparado precisamente la iglesia predilecta de D. Manuel, que la autoridad eclesiástica ha puesto a su disposición para convertirla en Templo de Reparación y Expiación de los ofensas inferidas al Señor, cumpliéndose así en Madrid los deseos de aquel incansable andariego que quería levantar en cada pueblo un Templo de Reparación a Jesús Sacramentado.


Y LE ENCONTRABA ARROBADO


   
   Había caído enfermo durante su estancia en la ciudad de Burgos, en junio de 1904. Llevaba ya varios días en cama y sufría tremendamente por no poder celebrar la santa misa ni visitar a Jesús Sacramentado.
   Llegó la fiesta del Corpus y durante los días de su octava le acrecieron los deseos de visitar al Señor, pero, como no podía realizarlo por sí mismo, mandaba con frecuencia a la Sierva de Jesús que le asistía, que lo hiciese en su nombre, mientras lo suplía él con comuniones y visitas espirituales.
   Obedecíale la religiosa por terror de contrariarle, pero lo hacía con mucho miedo y llena de preocupación, pues los médicos le habían dicho que no dejara solo al enfermo ni un instante, porque corría el peligro de sufrir un ataque cardíaco en cualquier momento.
   Volvía sobresaltada la Sierva y al entrar en la habitación dice que «le encontraba arrobado y fuera de sí, completamente extático. Yo, llevada por la emoción que sentía, me ponía a contemplarle y cuanto más le contemplaba más me parecía estar en la mansión de los justos...”


DON MANUEL DEL SANTÍSIMO SACRAMENTO


   
   Con toda razón pudiera llevar ese nombre aquel que anhelaba consumirse delante del tabernáculo como la lamparilla del altar y quería ser como una enredadera plantada en torno al Sagrario, para refrigerar con su presencia al Amor de los amores, y soñaba con establecer en todas partes la Adoración Nocturna y fundar en todos los sitios la Asociación de Camareras del Santísimo Sacramento y levantar en todas las ciudades y pueblos importantes un Templo de Reparación.
   Vida intensamente eucarística la suya. Toda ella giraba alrededor del Sacramento del Altar. Al sonar el reloj, enviaba al Sagrario los afectos más tiernos de su alma por medio de comuniones espirituales. Cuando despertaba por la mañana, le ofrecía al Señor las primicias de su corazón, y cuando se desvelaba por la noche le enviaba un saludo de cariño a su sagrado tabernáculo y durante el día le visitaba varias veces en su prisión sacramental.
   Por todos estos motivos, además de las muchas obras de celo que él emprendió, relacionadas con la Sagrada Eucaristía, bien pudo un alma de las que le conocieron de cerca llamarle «D. Manuel del Santísimo Sacramento», y decir: «¡Sí, ese es su nombre! El mismo que escogió otra alma enamorada de la Eucaristía, la Vizcondesa de Jorbalán, que no quiso ser llamada con otro nombre que con el de Madre Sacramento, También a él con toda razón podríamos llamarle «Manuel del Santísimo Sacramento».


LO MAS IMPORTANTE


   
   Locamente enamorado de la devoción al Corazón de Jesús, solía decir de ella que proporciona a las almas el mayor de los bienes. Siendo la esencia de esta devoción el amor del Corazón del Rey Divino y exigiendo como consecuencia lógica en las almas que a ella se entregan un ansia viva de reparar las injurias que se infieren al Señor, quería D. Manuel ,que sus imágenes reflejaran estos dos sentimientos: caridad y dolor.
   En cierta ocasión un sacerdote, que le había oído hablar muchas veces de las dos cualidades que debían reunir las imágenes del Sagrado Corazón, compró una que le satisfacía plenamente, En la primera ocasión que tuvo fue a ver a D. Manuel para darle cuenta de la adquisición de la imagen. Oyóle éste con mucho agrado la pintoresca y detallada descripción que aquel enamorado sacerdote hacía de su Corazón de Jesús, pero desconfiando un poco de que respondiera plenamente a las dos condiciones antedichas, le contestó que no había nacido aún el escultor a ;quien Dios le inspirara esa doble idea del amor y del dolor.
   Insistió el sacerdote y D. Manuel, para darle gusto, a pesar de sus muchas ocupaciones, accedió a ir personalmente a la parroquia y ver la imagen en cuestión. Después de haberla examinado atentamente dijo:
   -¡Bien! ¡Muy bien! Pero sólo expresa el amor. Es más un Salvador que un Corazón de Jesús. ¡Aun no ha nacido el escultor!...
   Volvió a insistir el sacerdote, llevado por la confianza que tenía con D. Manuel, pues había sido alumno suyo en el Colegio de Tortosa, y le decía que se fijara bien y vería cómo en realidad expresaba maravillosamente los dos sentimientos de amor y de dolor. Entonces D. Manuel, dándole un golpecito en la cabeza, añadió:
   -¡Mira, mira; haz buena fiesta, y lleva mucha gente a la comunión, que es lo más importante!
   -Bueno; mas para que todo resulte bien, ha de quedarse usted aquí y celebrar la misa solemne y... predicar en ella.
   -Aceptado, contestó D. Manuel, Y aquel día, en la iglesia de Vall de Uxó, se vieron lágrimas en muchos ojos, arrancadas por el fervorín encendido del predicador.


EL JESÚS DE SU SAGRARIO


   
   Se hallaba en cierta ocasión en Valencia, en el colegio de la Compañía de Santa Teresa, hablando con la Superiora General de las Teresianas.
   Conocedora esta Madre de la devoción de D. Manuel al Corazón de Jesús, quiso darle una grata sorpresa, enseñándole una imagen grande y hermosísima del Corazón Divino ,que acababa de adquirir. Le llevó a la capilla y, mostrándosela, le dijo llena de satisfacción y esperando una respuesta de plena aprobación y complacencia:
   -¿Qué le parece a usted, D. Manuel? Es hermosa, ¿verdad? ¿Le gusta?
   Y él con una sonrisa en los labios, para que no se molestara la religiosa, pero con un gesto de indiferencia semidibujado en su rostro, contestó:
   -¡Psch! Tengo un Corazón de Jesús tan precioso en el Sagrario que no puede gustarme ninguna imagen suya!


FERVORES MARIANOS


   
   Un corazón tan afectuoso y tierno como el de D. Manuel no podía menos de amar ardorosamente a la Reina de los Cielos. Bebió este amor a la Virgen en el regazo de su madre y en el ambiente de su pueblo, saturado todo él por el perfume de la devoción a Nuestra Señora de la Cinta. Nutrió este amor durante sus años de seminario con la práctica de los obsequios que en honor de la Señora hacía todos los sábados y particularmente en el mes de mayo.
   Propagó y contagió sus fervores marianos, hablando de María a sus compañeros durante su vida de seminarista, y después de sacerdote, cuando estuvo al frente de la Congregación de la Inmaculada y San Luis Gonzaga, de Tortosa, a la que dio vigoroso impulso. Siendo profesor del Instituto cogía a sus alumnos al salir de clase en las tardes del mes de mayo y con ellos iba a una iglesia para hacer juntos el ejercicio de las flores. Reunía a profesores y alumnos en las principales festividades marianas y les dirigía sentidas pláticas sobre las virtudes de la Señora. Siendo Director de la Hermandad, sembró en todos los seminarios y colegios la semilla de esta bendita devoción propagando la solemne celebración del mes de mayo, la conmemoración mariana del sábado y el rezo de la felicitación sabatina.
   En todas las fiestas de la Virgen celebraba la misa en su honor. EP día del Carmen buscaba un altar a Ella dedicado. Si en esa fecha se hallaba en Valencia, como en el resto de las iglesias de la ciudad se conmemora el Triunfo de la Santa Cruz, se iba a la iglesia de los PP. Carmelitas para poder celebrar la misa de la Virgen. fue muy devoto de María bajo el misterio de su Concepción Inmaculada, pero la advocación que más le llenaba era la de Nuestra Señora del Sagrado Corazón.
   Nombres marianos jalonan las fechas principales de su vida. A la Virgen de la Cinta le presentó su madre recién nacido, siguiendo la bendita costumbre de las mujeres tortosinas. En vísperas de su sacerdocio, y como preparación para recibir la ordenación sacerdotal, profesó en la Congregación de la Virgen de los Dolores. A los pies de la Virgen de la Aldea, planeó sus primeras labores apostólicas. Bajo la mirada maternal de la Virgen venerada en la hornacina del Arco del Romeo, surgió en su mente, como un chispazo, la idea de dedicarse al problema de las vocaciones sacerdotales. Una imagen de la Virgen presenció la inspiración de la Hermandad en la iglesia de Santa Clara. En un convento mariano, el de los PP. Carmelitas del Desierto, se puso la primera piedra de este benemérito Instituto, que nació y se desarrolló bajo el patronazgo de la Inmaculada Concepción.
   En los momentos de apuro siempre acudía a María. Cuando en septiembre de 1890 se disponía a marchar a la Ciudad Eterna, para empezar a tratar personalmente sobre el establecimiento del Colegio Español, se dirigió a Zaragoza, para poner bajo la protección de la Virgen del Pilar un asunto de tanta trascendencia para el futuro espiritual de España. Y antes de emprender los viajes que hubo de hacer a Roma por este motivo, además de sus frecuentes visitas a la Virgen de la Cinta, iba a la ermita de Nuestra Señora de la Petja, cerca de Tortosa, a la que tenía mocha devoción; para encomendarla lo que él llamaba «la colosal empresa».
   En 1891, cuando se hallaba en Barcelona, camino de Roma, con la entusiasta peregrinación de jóvenes de las Congregaciones Marianas que él había promovido, antes de salir de la Ciudad Condal hizo celebrar una función solemnísima como homenaje de despedida a la Virgen Santísima en la iglesia de Nuestra Señora de la Merced.
   Después de muchos contratiempos y dificultades de todo género, se abrió el Colegio Español el 1 de abril de 1892, primer viernes de mes y cumpleaños de D. Manuel, En aquella fecha memorable quiso que la Virgen, que había sido la abogada de aquella empresa, recibiera sus obsequios y los de sus hijos, los primeros alumnos del Colegio Español. Reunióles para este fin en el templo del Sagrado Corazón y celebró la primera misa en el altar de Nuestra Señora del Sagrado Corazón.
   Y cuando hizo su último viaje a la Ciudad Eterna, a pesar de sus muchos achaques, no quiso dejar de ir a dar las gracias a la Reina del Cielo y celebrar la santa misa en aquella iglesia de Santiago de los Españoles, que conservaba tantos recuerdos, en el altar de Nuestra Señora del Sagrado Corazón.
   Amor mariano, en fin, rezumaba su dirección espiritual. Entre sus dirigidas formaba coros para la «Corte de María». «Siempre que hablaba de la Virgen se paraba para saludarla mentalmente» .
   Con viva emoción recomendaba el escapulario de la Virgen del Carmen, que él llevó durante toda su vida y vestido con él murió, conforme a los deseos formulados en aquellas palabras: « El escapulario es mi escudo, mi defensa, mi esperanza, porque representa el amor, la protección y las promesas de mi madre.»
   «¡Yo lo venero y lo estrecho contra mi corazón, escapulario amado! Yo ruego a mis parientes y amigos que no lo separen de mi pecho jamás; que me dejen morir con él y lo sepulten conmigo, porque quiero que adorne mi cuerpo muerto la condecoración de que hice más estima en mi vida.»


JOSEFINISMO


   
   En nuestra patria, dice D. Antonio Tomes, en su «Vida de Don Manuel», desde Santa Teresa para acá pocos han contribuido tan eficazmente como D. Manuel a extender y arraigar entre los fieles la devoción a San José.»
   Devotísimo siempre del glorioso Patriarca, su amor a él «Creció a raíz de su dedicación al apostolado de las vocaciones sacerdotales. A él acudía cuando en su ministerio tropezaba con alguna dificultad, y para prevenirlas empezaba por poner .bajo su patrocinio todas sus empresas vocacionistas.
   Los días 19 de cada mes le ofrecía invariablemente la Santa misa, además de otras muchas entre año, sobre todo en momentos de apuro. Durante el mes de marzo acostumbraba obsequiar al Santo con «ramilletes espirituales» , ya desde sus primeros años de sacerdocio.
   Ni se contentaba con practicarla él sólo. Habiendo catado los resultados admirables de esta bendita devoción, aconsejaba a sus colaboradores que echasen mano de ella como de seguro talismán en todas su angustias y tribulaciones. A uno de ellos le recomendaba que pusiera todos sus asuntos en manos de San José, «que el Santo tiene travesuras que sorprenden más de una vez, para los que son humildes». Y a otro le decía: « Veo eso del Seminario. Encomiéndelo a San José; que el Santo hace de las suyas en asuntos de vocaciones. En Valencia está triunfando...»
   Por eso todas las casas que fundaba las ponía bajo el patronazgo del glorioso Patriarca y las daba a conocer con el nombre de «Colegios de San José» . Así el de Tortosa, Valencia, Murcia, Orihuela, Plasencia, Lisboa, Burgos, etc. ¡Con qué fruición recordaba a los colegiales de Tortosa, ya en el ocaso de su vida, que la mano bendita de San José había amparado desde su cuna a la Obra de las Vocaciones Sacerdotales!
   «A la sombra del árbol de San José han brotado miles de vocaciones, y las ramas de este árbol se han extendido más allá de los límites de nuestra Patria, hasta América, y bajo su sombra se han reunido de todas partes jóvenes que no se conocían allá, junto al Tíber, para entonar un himno que les era ignorado y allí cantar también:
   
   «¡Oh José, de la Iglesia Patrono,
   Padre amante de su Fundador !
   No la dejes en triste abandono !
   ¡Sálvala del impío furor... !»

   Y este himno se canta en lengua portuguesa por corazones juveniles, que no se avergüenzan de llamarse josefinos, y que se convierten en pregoneros de San José y de su Obra...»
   Pocas veces hablaba a los seminaristas sin ,que mentara al glorioso Patriarca, de cuyo culto y devoción se había ofrecido ya en 1868 como incansable propagador. Y a fe que lo logró. Difundió en los colegios y seminarios la práctica de los Siete Domingos de San José, que él hacía ininterrumpidamente durante todo el año, así como el ejercicio de la «Felicitación Josefina» en los miércoles, principalmente en los del mes de marzo.
   Estampó su espíritu en las Constituciones y lo transmitió a la Hermandad que cada año organiza sus campañas pro Seminario bajo la protección de San José, y contagió sus fervores a sus hijos, los Operarios, los cuales por ello han merecido el glorioso nombre de «Josefinos», y mediante ellos ha saturado de josefinismo los seminarios que dirigen o han dirigido en España, Roma, Portugal y Repúblicas Americanas.


LOS 150.000 DUROS DE SAN JOSÉ


   
   De su fe ciega a ilimitada confianza en el valimiento de San José hay numerosos casos.
   En noviembre de 1892 andaba D. Manuel por Roma, ocupado en buscar una casa para instalar definitivamente su Colegio Español. Había visitado bastantes y hasta tanteado la compra de alguna. Entre todas había una que le llenaba de momento y por la que le pedían 150.000 duros.
   No era D. Manuel hombre a quien intimidase la cuestión del dinero, cuando veía alguna conveniencia para los objetos de la gloria de Dios. Entonces no disponía del capital necesario para adquirir aquella casa, pero tenía confianza de que San José se lo había de mandar.
   «Lo único que nos falta es la cuestión del edificio, pues el movimiento está dado ya. De modo que haga empezar los Siete Domingos de San José a los colegiales, para que el Santo nos envíe una bolsa de 150.000 duros que vale el edificio predestinado para Colegio y tal vez nos le den por 100.000.»
   Los 150.000 duros no llegaron, pero las súplicas a San José no fueron estériles. Llegó otra cosa mejor. El Papa León XIII le entregó para Colegio Español el Palacio Altemps, que seis años antes había comprado él por 1.300.000 liras.
   Y además San José le regalaba otra cosa: una carta oficial del Cardenal Secretario de Estado, en la que alababa a la Hermandad y manifestaba ala satisfacción del Santo Padre por ver asociado a la reciente fundación del Colegio Español de Roma el nombre de una Hermandad tan benemérita».


UN BELLÍSIMO DESATINO


   
   Fue tan devoto de los santos ángeles y propagó de tal manera el culto a estos celestiales espíritus que con razón se le ha podido llamar «el apóstol de la devoción a los santos ángeles en el siglo XIX».
   A ellos les encomendaba todos sus asuntos. Al pasar por las parroquias saludaba a los ángeles custodios de ellas, y mandaba a sus Operarios que todos los días rezasen a los ángeles encargados de las diócesis donde trabajaban, encomendándoles el éxito de sus empresas de la máxima gloria de Dios. Cuando emprendía un viaje, tenía buen cuidado de rezar al Ángel de la Guarda, para que le llevase a buen fin y le evitase todo peligro en el camino.
   Algunas veces estos celestiales espíritus premiaron de manera portentosa la confianza que en ellos depositaba.
   Por los años 1902 ó 1903 andaba el Cardenal Sancha, Arzobispo de Toledo, proyectando la fundación de una especie de Congregación religiosa o, al menos, un internado donde formar lo que él llamaba «Camareros para sacerdotes» . Creíalo de urgente necesidad para la mejora del clero; pero como él, abrumado por el peso de su inmensa diócesis, no se podía dedicar de lleno a esta Institución, habló con los Operarios de Toledo para que se encargaran de ella, presentándosela como complemento de su Obra de formadores del clero. De la cuestión económica les dijo que no se preocuparan, pues todos los gastos corrían de su parte.
   No les satisfizo a ellos la idea o, al menos, no pudieron convencerse de la necesidad de aquella Obra, y menos de la conveniencia de lanzarse a una empresa que necesariamente les había de restar personal y fuerzas, cuando precisamente sufrían una escasez abrumadora de Operarios. No se atrevieron, sin embargo, a oponerse abiertamente a los planes del Sr. Cardenal, y, como esperaban ver a D. Manuel por Toledo en aquel mismo curso, prefirieron no dar una respuesta definitiva hasta su llegada.
   Llegó por fin D. Manuel a Toledo. El Cardenal Sancha le esperaba impaciente para hablarle largamente de su pretendida fundación. Los Superiores del Seminario pusieron en conocimiento de D. Manuel los planes del Sr. Cardenal, antes de que fuera a visitarle, y tampoco le gustaron; de tal modo, que dijo .que trataría de convencer al Sr. Cardenal de lo descabellado de su proyecto, y en caso de que éste insistiera, que estaba dispuesto a no ceder ni un ápice en este punto.
   Enterado de la llegada de D. Manuel a Toledo, invitóle a comer el ilustre purpurado, movido, según la apreciación de todos, no sólo del afecto que le profesaba, sino del deseo de tener ocasión de hablar más despacio sobre el asunto de los Camareros.
   Cuando salía D. Manuel del Seminario para dirigirse al Palacio Arzobispal, no faltó quien le preguntó un poco burlonamente:
   -¿Va usted preparado?
   -¡Sí, hombre! ¡No tengo que decide más que es... un bellísimo desatino!
   -¡Por Dios, D. Manuel, vea usted cómo se lo dice...! ¡Está encariñadísimo!
   -¡Bueno, bueno! Lo encomendaremos durante el camino al Ángel de la Guarda del Sr. Cardenal...
   -¿Qué? ¿Qué? ¿Qué ha pasado, D. Manuel? -le preguntaron cuando volvió a casa. ¿En qué ha quedado con el Sr. Cardenal?
   -Pues en nada; lo encomendé a su Ángel. Hemos estado allí más de dos horas, entre la comida y la sobremesa. Hemos hablado largo y tendido de infinidad de cosas, y, como si el Ángel se lo hubiera borrado de la memoria con una esponja, no ha tocado para nada el tema de los Camareros.


¡AL HABLA CON EL ÁNGEL DE LA GUARDA !


   
   Ni era él sólo el que encomendaba sus cosas a los ángeles. Algunas almas, que se dirigían con él y que de sus labios habían aprendido la hermosa y provechosa devoción a estos espíritus celestiales, hacían a veces lo mismo.
   Era D. Manuel Capellán de las monjas de Santa Clara. En aquel convento no sólo atendía a las religiosas, sino a otra infinidad de almas que, atraídas por el perfume de sus virtudes, acudían a su confesonario.
   Una de estas dirigidas de D. Manuel testifica que repetidas veces la ocurrió lo siguiente:
   Iba de madrugada a San Clara para confesarse, y D, Manuel, que solía ser puntualísimo, entretenido en otros quehaceres, tardaba a veces en llegar. El tiempo se la pasaba a la joven y la hora de sus inaplazables ocupaciones se la echaba encima. Cuando ya no le restaban más que unos minutos disponibles para la espera, conocedora de la familiaridad con que D, Manuel trataba a su Ángel de la Guarda, acudía a él con plena confianza diciendo:
   -Ángel de mi Padre Sol, dile que venga.
   Y en seguida se presentaba D. Manuel, que sin aire de enfado, antes con la sonrisa en los labios, la reprochaba su atrevimiento con estas palabras:
   -¡Qué importuna eres en llamarme por mi Ángel!
   Y luego se sonreía, como no dando importancia a aquel hecho, y la confesaba.


EL ÁNGEL CUSTODIO DE ESPAÑA


   
   Como cifra y compendio de su acendrado amor a España, fue D. Manuel devotísimo del Santo Ángel Custodio de nuestra Patria a incansable propagador de esta bendita devoción. Ideó primero y mandó dibujar después a un famoso artista catalán una hermosa estampa del Santo Ángel de España, en la que aparece éste en el centro sosteniendo el mapa de la Península y defendiéndole de los embates del demonio. A sus lados. la Inmaculada, Santiago y Santa Teresa de Jesús, y encima, el Sagrado Corazón de Jesús con esta inscripción: «Reinaré en España».
   En menos de un año hizo repartir más de 85.000 de estas estampas y 90.000 hojas volanderas, estableció en todos los rincones de la Patria la «Pía Unión de oraciones al Santo Ángel de España» , que dio a conocer por primera vez en un artículo publicado en el «Correo Interior Josefino», habiendo logrado poco después establecer catorce Centros Diocesanos de dicha Unión y obtenido para ella la bendición a indulgencias de numerosos Prelados. dio a conocer además este proyecto por medio de artículos publicados en algunos periódicos, amén de una hoja doble que con este fin exclusivo editó y divulgó profusamente por toda España. En su labor propagandística le ayudaron no poco la «Revista de Santa Teresa» y la «Revista Popular», de Barcelona.
   Para dar mayor realce y vitalidad a sus planes, llamar más poderosamente la atención de los españoles hacia el Santo Ángel Tutelar de su Reino, a implorar con más eficacia el patrocinio del celestial espíritu sobre España, pensó levantarle un grandioso monumento en el Cerro de los Ángeles, centro geográfico de nuestra Patria.
   Con este fin hizo un viaje a dicho Cerro el día 21 de abril de 1902. De aquella visita dice uno de sus acompañantes:
   «Divisamos desde allí (estación de Getafe) perfectamente, allá en la llanura, el suspirado Cerro. A su vista la cara de D. Manuel se animó y alegre vivacidad se apoderó de toda su persona. dio orden de emprender allá la marcha a pie, sin guía alguno y sin que le arredrase la fatiga. fue en esto engañado bienhechoramente por el efecto de la perspectiva. Parecíanos el montículo coronado de una esbelta iglesia dedicada a Nuestra Señora de los Ángeles, como si estuviera allí, al alcance de la mano, como si no distase más que un kilómetro...
   D. Manuel dio orden de rezar vísperas y completas para llenar el tiempo del camino. Pero acabamos este rezo, y con asombro nos percatamos de que el Cerro parecía tan distante como al principio de la caminata. Recemos, pues. los maitines y laudes, dijo D. Manuel. Y los tres otra vez manos al Breviario y ¡hala, hala!, un nocturno tras otro, y el Cerro, como si jugase con nosotros, siempre alejándose.
   Rezamos los laudes, y entonces ya pareció que el montecillo se paraba a esperarnos. D. Manuel, por si acaso, echó todavía mano del rosario y lo empezamos juntos, y ¿quién diría que el dichoso Cerro aun nos dio tiempo de acabarlo antes de que llegásemos a su cumbre? Subimos, por fin, a ésta y..., para poder penetrar en la iglesia y poder saludar a la imagen de María que da título al santuario, fuimos primero a la casa del santero o ermitaño, quien, ni corto ni perezoso, se puso a nuestra disposición. Descubriónos el nicho del altar mayor, donde Aquél time su trono y nuestro D. Manuel, enardecido de fervor al verla, «cantemos la salve», dijo, y los tres a coro cantamos la sublime antífona, diciendo D. Manuel al fin la oración.»
   Aquella tarde D. Manuel, acompañado del Operario D. Joaquín García Girona y del celoso sacerdote madrileño D. Luis Iñigo, recién salido del Colegio Español de Roma, echó las primeras líneas del anhelado proyecto que sus repetidas enfermedades le impidieron realizar, aunque no le pudieron guitar sus ilusiones, pues tres meses escasos antes de morir escribía a D. Luis Iñigo: «Del Ángel de España tengo ganas de hablar con usted despacio».
   La muerte vino a tronchar sus planes, pero antes de expirar dejó la encomienda de levantar el referido monumento a D. Luis, el cual había trabajado tanto por su realización juntamente con D. Manuel. El prestigioso sacerdote madrileño no se dio punto de descanso por cumplir el encargo de D. Manuel, pero habiendo surgido el proyecto de dedicar aquel Cerro al Sagrado Corazón de Jesús, «se guardó mucho de entablar competencia piadosa», dejando aquel asunto en manos de la Divina Providencia.
   Sin embargo de no lograrse el proyecto del monumento, no fue infecunda la labor de D. Manuel en pro de la devoción al Santo Ángel de España.
   En 2917 salía a luz una novena al Santo Ángel Custodio de España, escrita por uno de sus hijos predilectos, Excmo. Sr. D. Leopoldo Eijo y Garay, actual Obispo de Madrid-Alcalá y Patriarca de las Indias. Es un hermoso compendio teológico-patrístico-escriturario acerca de los Santos Ángeles, que el autor dedica a la santa memoria de D. Manuel Domingo y Sol.
   «De ti, amado Padre, dice, aprendí a venerar y amar al Santo Ángel Custodio de España. En el Pontificio Colegio Español de San José, de Roma, con fervor piadoso y con patriótico ardimiento, nos inculcabas a todos los alumnos esta santa devoción. Por lo amor salgo a propagarla. ¡Que lo venerada memoria cubra desde su primera página mi pobre trabajo! Mejor que antes en la tierra, puedes ahora desde el cielo lograr que se extienda y arraigue.»
   Esta novena llegó a manos del Rey Alfonso XIII, el cual propuso la fundación de una Real Asociación Nacional del Santo Ángel Custodio de España y encargó a la Infanta Isabel que formara la Junta Central, estableciéndose dicha Asociación en la iglesia de San José, de Madrid, en el 1919.
   Dos años más tarde conmemorábase solemnemente el segundo aniversario de tan gloriosa fecha, predicando en aquella solemnidad otro hijo predilecto de D. Manuel, el entonces Penitenciario de Málaga y hoy Arzobispo de Valladolid, Excmo. Sr. D. Antonio García y García, que habló en aquella ocasión del Rvdmo. D. Manuel Domingo y Sol, al que llamó «el gran apóstol en nuestros tiempos de la devoción al Santo Ángel de España». «¡Ah! ¡Cómo desde el cielo gozará viendo que las semillas por él derramadas ya se convirtieron en arbolillos esparcidos por España y en árbol corpulento que se yergue en la Corte misma del Reino».
   En la dedicatoria de su sermón, que después imprimió, decía D. Antonio: «Este folleto, sin vacilación alguna, debo dedicarlo y lo dedico al Rvdmo. Dr. D. Manuel Domingo y Sol. fue él un propagandista ardiente y constante de la devoción al Santo Ángel
   de España, y a él se debe la restauración de la simpática y sustanciosa devoción en nuestros días.»
   Así es en realidad. D. Manuel comunicó su espíritu a la Hermandad de Sacerdotes Operarios. A través de ella se propagó notablemente la devoción al Santo Ángel Patrono de España en los seminarios españoles. Los sacerdotes salidos de ellos la llevaron a los pueblos, y hoy día son incontables las parroquias de nuestra Patria donde todas las tardes se invoca al Ángel Custodio de España, al menos con un Padrenuestro en el rezo del Santo Rosario.


EL TOQUE DEL ÁNGEL


   
   Amante de todas las glorias de su patria chica, profesó Don Manuel una tierna devoción al Santo Ángel Patrono de Tortosa. Según las «Crónicas Dertosenses», decía D, Manuel a sus paisanos, tratando de reavivar en ellos el rescoldo del amor al Santo Ángel, créese que su patronazgo se debe a un grande beneficio que recibió esta ciudad en una peste devastadora, que cesó al invocar su protección, «pues se vio aparecer al Santo Ángel hacia la parte de la ermita de la Providencia, teniendo una espada en la mano) con la que quería ahuyentar aquel azote.
   El culto al Santo Ángel es antiquísimo en la ciudad, remontándose el primer documento escrito al año 1356, según el cual un Arcediano de la Catedral de Tortosa costeó en dicho año una imagen de plata del Santo Ángel, que es sin duda la más antigua de las existentes en dicha Catedral.
   D. Manuel debió de profesar singular devoción al Santo Ángel de Tortosa, no sólo por tortosino, sino por haber nacido en la llamada Plaza del Ángel y junto a la capilla que le habían dedicado en aquella plazuela, y más aún por haber visto la luz primera en una casa que lleva muy marcada la protección de este espíritu celestial.
   Hay una piadosa tradición que se remonta a un tiempo inmemorial y que se confunde con los orígenes de la devoción al Santo Ángel en Tortosa, según la cual, cuando este celestial mensajero se apareció sobre la ciudad para hacer cesar la peste ,que la azotaba, tocó con la punta de su espada en una casa de determinada calle que, más tarde, y precisamente por este hecho, fue llamada «la calle del Ángel».
   En aquella casa, milagrosamente tocada, vino a nacer siglos después D. Manuel. Esta tradición se transmitió de padres a hijos y aun se conserva entre los vecinos del barrio.
   Sea de esto lo que fuere, lo cierto es ,que D. Manuel fue devotísimo del Ángel de Tortosa, como lo demuestran los siguientes hechos: Pagaba con su dinero el aceite de la lámpara que estaba continuamente ardiendo delante de su imagen en la capilla del Ángel. Contribuía a sufragar los gastos de su fiesta, que se celebraba con toda solemnidad. Todos los años. aparte de otros días, le dedicaba la misa en su festividad. Editó y propagó a costa suya numerosas estampas del Ángel de Tortosa. Reeditó, también a sus expensas, una antigua novena al Ángel. Y dejó una fundación para que con su renta se costeara, después de su muerte, una misa cantada todos los años el día de la fiesta del Ángel en su capilla.
   
   

EL TESORO


   
   Dedicado de lleno a la formación del clero, sabía D. Manuel apreciar en su justo valor el tesoro que para la Iglesia supone un sacerdote ejemplar y Santo. No regateaba él sacrificios ni sudores porque fueran competentes y dignos todos los que salían de sus colegios.
   Celebrábase en uno de ellos gran fiesta por la ordenación sacerdotal de un nutrido grupo de sus alumnos. Los recién ordenados eran continuamente agasajados por sus compañeros de estudios, que ase morían de envidia» al verles ya sacerdotes, y esperaban con impaciencia el día feliz en que ellos pudieran tener la misma dicha. D._ Manuel gozaba a torrentes viendo el júbilo desbordante de los unos y las impaciencias ardorosas de los otros, mientras obsequiaba, según costumbre, a cada uno de los ordenados con un libro titulado «Regla del Sacerdote», en el que había escrito de su puño y letra una expresiva y cariñosa dedicatoria.
   En esto llegó la hora de la despedida. Los neosacerdotes iban a dejar el colegio para dirigirse cada uno a su pueblo y cantar la primera misa en sus parroquias respectivas.
   D. Manuel, que les había recibido de niños y les entregaba a la Iglesia convertidos ya en otros Cristos, no sabía separarse de ellos. Hubiera querido multiplicarse para acompañarles a todos en los momentos emocionantes de su primera misa. Les hablaba. Les daba consejos. Les hacía las últimas advertencias. Les precavía de tales y tales peligros, y les hacía parar mientes en los obstáculos con que habrían de tropezar en su futuro ministerio.
   Les acompañó hasta la puerta de la calle y, después de haber acomodado a cada uno en la «diligencian, con el cariño previsor de la más amante de las madres, se adelanta al cochero y le dice con mucha insistencia:
   -¡Oiga, tenga mucho cuidado, no vaya a volcar, porque lleva un tesoro!
   Arrancó el coche y se perdieron en el espacio los adioses y los ademanes de despedida, pero al sencillo cochero se le grabaron tan profundamente las palabras que le había dicho aquel sacerdote venerable con los ojos enternecidos y la voz temblorosa, que jamás pudieron borrársele de la memoria:
   -¡Oiga, tenga mucho cuidado, no vaya a volcar, porque lleva un tesoro!


LOS LLAMADOS Y LOS ESCOGIDOS


   
   Su interés por despertar en el alma de los niños la vocación sacerdotal era extraordinario, y el cariño con que los mimaba, una vez que habían traspuesto el umbral del colegio, era en extremo exquisito.
   «Toda mi vida fue mi director espiritual, dice un sacerdote cuya vocación brotó y se fue desarrollando a la sombra bienhechora de D, Manuel. Además a él le debo, después de Dios, mi vocación de sacerdote.
   Era mi padre muy conocido de D. Manuel, que se interesaba mucho por nuestra familia. Todavía era yo un mal chicuelo, y ya Mosén Sol me seguía la pista. En más de una ocasión le preguntó a mi padre si había yo manifestado deseos de ser sacerdote. Por esto se puede comprender la grande alegría que tuvo cuando, acompañado de mi padre, fui a Tortosa con ánimo de comenzar los estudios de seminarista. Por aquel entonces se abrió el Colegio de San Rufo, que por los días en que yo solicité el ingreso estaba ya replete de colegiales. No habiendo manera de que se arreglara mi admisión, al día siguiente nos presentamos de nuevo mi padre y yo en casa de D. Manuel, a manifestarle con grande sentimiento que nos volvíamos al pueblo, pues, según nos dijo el sacerdote encargado de recibir y aposentar a los alumnos, no había en San Rufo un palmo de lugar disponible para un nuevo colegial,
   -¿Cómo es eso?, repuso D. Manuel; el niño no se vuelve. Usted se queda aquí, me dijo acariciándome. Vamos todos al colegio.
   Pasamos revista a los dormitorios, que estaban materialmente llenos; pero su corazón de padre no tardó en encontrar un arbitrio para no dejarme escapar, según me dijo. «Traiga usted su colchón y extienda aquí su camita, dijo cerrando un ala de la puerta de su dormitorio. Dentro de pocos días estará usted más desahogado, pues muchos son los llamados, mas pocos los escogidos; y usted debe ser de los escogidos». En su claro discernimiento de las vocaciones conoció que con el tiempo había de ser yo ministro del Altísimo. Seguramente que si Mosén Sol no se toma la molestia de buscarme personalmente un lugar en el colegio, y llego a volverme con mi padre, come ya era crecidito, no pensara yo más en ser seminarista. Así que a D. Manuel le debo mi vocación de sacerdote.»


MI PRINCIPIO SE LO DAIS TAMBIÉN


   
   Su amor para con los ministros de Dios era algo extraordinario. Jamás consentía que se dijera que no había comida a ningún sacerdote, aunque llegara tarde al colegio.
   Más de una vez repartió caritativamente su comida sin que el huésped lo notara para no herirle lo más mínimo, y ocasiones hubo en que el mismo D. Manuel se salió de su habitación para cederla a un recién llegado.
   «Tenga paciencia con los sacerdotes, decía al Director de uno de sus colegios. ¡Por Jesús! ¡No diga usted que prohibamos venir huéspedes sacerdotes! ¡Ojalá vinieran todos los cojos y mancos a guarecerse a nuestras casas! Molestias darán; pero son sacerdotes, y la nota característica de nuestra Obra ha de ser el amor al sacerdocio en lo espiritual y en lo temporal, Jesús lo recompensará. Hagan que se les atienda bien en todo lo que sea conforme al reglamento.»
   Y como lo aconsejaba, lo practicaba él mismo.
   Había llegado tarde aquel día D. Manuel al colegio y estaba empezando a comer, cuando entreabriendo un poco la puerta del refectorio, se oyó una voz cascada que decía: «¿Se puede pasar?».
   Uno de los fámulos salió en seguida a ver quién era el que llamaba y se topó con un sacerdote ya muy entrado en años, párroco de un pueblo de la diócesis de Tortosa.
   -¿Qué desea, señor cura?
   -Pues verás; yo soy el párroco de Orcheta, es decir lo era, porque, como ya las canas no me permiten atender debidamente a mis feligreses, vengo de Palacio de decir al Prelado que nombre un regente que se encargue de aquella parroquia, He estado esperando mucho tiempo en la antesala y otro buen rato en las oficinas de Palacio además del tiempo que estuve con Su Excelencia. Comprendo que es ya un poco tarde; pero como soy tan anciano y ando tan mal de la vista, no me atrevo a ir a comer a una fonda y he venido aquí al colegio.. De modo, rapaz, que si...
   -El caso es que ya es muy tarde. Hemos servido ya la segunda mesa, y no queda nada. Lo que se dice absolutamente nada, y además se ha marchado ya hasta el cocinero.
   D. Manuel, que estaba terminando de tomar su plato de sopa y había seguido el diálogo que se desarrollaba a la puerta del comedor entre el anciano sacerdote y el joven seminarista, levantóse de su asiento diciendo:
   -Vamos a ver lo que dais al señor cura y sin hacerle esperar; mientras le llevaba consigo a la mesa y le hacía sentar a su lado.
   El fámulo, un poco alarmado ante aquel gesto de generosidad de D. Manuel, ,que les iba a poner en un apuro, repuso:
   -¡Pero, D. Manuel, si no queda nada!
   -¿Cómo que no hay nada? ¿No hay huevos, escabeche, fruta, en fin, alguna cosa?
   -¡Lo tiene todo guardado el cocinero y dispuesto para la cena!
   -,¡Bien! Pues preparad en seguida una tortilla. Y volviéndose hacia el fámulo que tenía al otro lado, porque no lo oyera su comensal, añadió: Y el principio que ibais a servirme a mí, se lo dais también, y además un poco de queso, fruta... ¡En fin, lo que haya! Y para la noche, Nuestro Señor proveerá.
   El buen párroco de Orcheta quedó prendado de la amabilidad de aquel sacerdote, y más hubiera quedado de haber sabido que D. Manuel se quedó aquel día sin principio, porque se lo sirvieran a él.


EL CURILLA DEL REGIMIENTO


   
   Era recluta de aquel año, y verificado el sorteo, le había tocado a Cádiz. El pobre seminarista teólogo, que apenas había salido de casa sino para ir al Seminario, tenía no pocos reparos de emprender un viaje tan largo como el que se necesitaba hacer para trasladarse desde Tortosa al Estrecho de Gibraltar, y sobre todo, el tener que ponerse en camino por tal motivo.
   La víspera de la partida llamaba un tanto nerviosillo en la habitación de D. Manuel.
   -¿Qué quieres, hijo?
   -Pues vengo a despedirme de usted, porque mañana he de salir para Cádiz, donde se halla de guarnición el Regimiento al que he sido destinado.
   Mediaron unos consejos oportunísimos de padre que siente amargamente la partida del hijo, y que terminaban así:
   -Y cuando te presentes en el cuartel no te avergüences de decir que estudias para sacerdote.
   Un beso sonoro estampado en la mano bendita del Superior rubricó la promesa que acababa de hacer el novel soldado.
   -¡Sí, señor; así lo haré!
   Llegó a la ciudad andaluza el 3 de diciembre de 1895, con otros quince muchachos de la provincia de Tarragona.
   Llegados al cuartel y recibidas las primeras impresiones de la vida militar, les llamaron para tomarles la filiación. Puestos en fila ante la puerta de la oficina iban pasando de uno en uno por orden de llegada. Un capitán gordinflón y rechoncho, achaparradete y tostado, con señales claras en la mejilla derecha de haber jugado con las balas y unos mostachos kilométricos decorando su rostro, era el que les interrogaba. A su derecha tenía de amanuense a un cabo veterano, cansado de comer chuscos y hacer relevos. Y en derredor, unos cuantos oficiales con ganas de curiosear la pinta que tenían los quintos.
   Nuestro seminarista temblaba de pies a cabeza y una batalla terrible se libraba en su espíritu, porque no sabía qué hacer, si decir que era aspirante al sacerdocio, como le había prometido a Don Manuel, exponiéndose a las cuchufletas de aquellos militares, o librarse de aquel probable bombardeo pullesco diciendo que estudiaba para inspector de Higiene.
   En estos cavileos andaba, cuando le tocó el turno.
   -¿Cómo se llama usted?
   -Francisco Forés.
   -¿Qué oficio tiene?
   -Soy seminarista.
   -¿De modo que estudias para cura? Y saltó una ráfaga de carcajadas que corearon a placer sus conmilitones. Hasta el cabo chusquero, que se había reenganchado dos veces y no acababa de ascender nunca a sargento, dejó a un lado la pluma y se puso a inspeccionar a aquel curita en ciernes.
   -Ya no tendremos necesidad de que venga el páter al cuartel, porque desde hoy tenemos en casa un cura que nos diga misa. ¡Bueno, bueno, ya se puede usted retiran!
   Salió el pobre seminarista completamente apabullado, creyendo ,que iba a ser la irrisión de oficiales y soldados. Mas no fue así. Todo el mundo se enteró en seguida de que estudiaba para sacerdote, y empezaron a llamarle «el curilla del regimiento». Pero a aquel curilla le respetaban todos, jefes y subalternos, por su conducta intachable y su carácter simpático y, además, porque el capitán aquel, que era un poco juerguista, pero muy buen cristiano, le escogió para escribiente en su oficina, y le permitía asistir mañana y tarde a las clases del Seminario.
   Antes de saberlo le escribía D. Manuel, preocupado por su situación: «No conozco en Cádiz ninguna persona a quien poderte recomendar. Con todo, si algún día necesitas algún apoyo, no tendría inconveniente en escribir al Sr. Obispo en favor tuyo».
   Mas no lo necesitaba ya el buen seminarista, a quien el consejo de D. Manuel había colocado en un lugar privilegiado. Lo que sí necesitaba eran libros para proseguir sus estudios. Súpolo el varón de Dios y envióle los tres tomos de la Suma de Santo Tomás,
   De cuando en cuando le mandaba cartas cariñosas, en las que le daba atinados consejos: «Acude con frecuencia al sagrario, y hazte superior a todos los respetos humanos, conservando tus convicciones, que, si lo haces digno, no dejarán de respetarte todos».
   Entraba y salía del cuartel el seminarista soldado.
   Mientras sus camaradas hacían la guardia o cumplían el servicio cotidiano, él se dirigía al Seminario Diocesano, para continuar sus estudios de Teología. Nadie le molestó en los tres años de «mili», porque supo ser fiel a su vocación, gracias a la ayuda de Dios y al cuidado paternal de D. Manuel.


LA COSECHA DEL DIABLO


   
   Como padre amantísimo velaba D. Manuel y hacía que sus colaboradores estuviesen siempre alerta, atentos a procurar el bien espiritual y aun temporal de sus alumnos.
   Sabedor de los grandísimos peligros que encierra para la vocación sacerdotal el período de vacaciones, por hallarse los seminaristas fuera de la vigilancia paternal de los superiores, lejos del abrigo del Seminario, sin el control del reglamento y moviéndose en un mundo erizado de escollos, procuraba aminorarlos en cuanto podía con sus frecuentes cartas saturadas de cariño y de unción sacerdotal, y dirigidas especialmente a los alumnos que él creía más necesitados.
   Mas como este medio no resultaba siempre tan eficaz como él hubiera deseado, andaba acariciando la idea de dar con otro, cuya efectividad fuera más duradera y decisiva, y proyectaba suprimir en todo o en parte las vacaciones de los aspirantes al sacerdocio en el seno de sus familias.
   Así lo dejan entrever aquellas palabras suyas, referentes a una hermosa finca que se quería poner a disposición de la Hermandad: «El soto no nos serviría para el desarrollo de la Obra; sólo podría servir acaso, un día, que por hoy está lejano, si resolviésemos que los chicos pasasen con nosotros las vacaciones en algún sitio agradable.»
   Y en otra ocasión, a los mismos alumnos del Colegio de Tortosa: «Pedid hoy por la concesión de otro local delicioso, que sirva un día para pasar parte de vuestras vacaciones».
   Esta palabra, cuyo solo recuerdo es suficiente para alegrar el corazón y llenar de ilusiones y planes la mente de los incautos estudiantes, tenía para D. Manuel dejos de honda tristeza y amargores de profunda melancolía. «¡Ah, vacaciones! ¡Nombre que él sólo me horroriza! Si aun para los que han empleado bien las gracias de Dios, es tan fatal este nombre, ¿qué no será para los otros? Si yo pudiese, si la estación lo permitiera, yo sería el primero que trabajaría por abolirlas. Los estudiantes de carrera eclesiástica son el pasto del demonio. ¡Las vacaciones son la cosecha del diablo!»


¡SI USTED LOS HUBIERA DE GOBERNAR !


   
   Había sido una providencia para Tortosa el Colegio de San José. No sólo impidió que fueran aumentando las bajas en las filas del clero tortosino, sino que con las levas que cada año iba sacando consiguió que el número de sacerdotes de la diócesis de San Rufo rebasara las cifras anteriores a la revolución.
   Es lo, que de suyo era una gratísima realidad, constituía sin embargo una seria preocupación para el Secretario de Cámara del Obispado, M. I. Sr. D. Ramón Fedó, el cual no sabía qué hacer de tantos sacerdotes disponibles. Las parroquias estaban debidamente atendidas, las coadjutorías todas cubiertas. Los conventos y colegios todos con su capellán y sin embargo había siempre un número determinado de neosacerdotes esperando colocación.
   Devanábase los sesos el pobre Secretario con el mapa de la diócesis encima de la mesa, combinando fichas para encontrar modo de acoplar debidamente todo su clero. Y a veces no veía con muy Buenos ojos el que el Colegio de San José llevara aquella marcha de superproducción y ocasiones hubo en que dejó escapar su deseo de que también el número de sacerdotes estuviera sometido a la ley de las restricciones.
   D. Manuel, por el contrario, no sentía preocupación por el número, sino por la calidad, No temía, antes la deseaba, «una inundación sacerdotal». Ahora, que los quería santos y competentes. Por muchos que diera el Colegio de San José, nunca llegaría a convertirse en realidad su aspiración de «tener un sacerdote en cada familia». «De modo que, decía, formemos buenos sacerdotes, y no nos apure lo de su colocación».
   «Muchos y buenos», decía el uno. «Buenos, pero no excesivos», decía el otro. A pesar de tener criterios distintos sobre este punto, siempre se entendían D. Manuel y D. Ramón, los cuales, por sus respectivos cargos, hubieron de tratarse con mucha frecuencia.
   Siempre que se presentaba ocasión, el Sr. Secretario hablaba al fundador del Colegio sobre este asunto, diciendo que las nóminas no daban para tanto, y que, siguiendo aquel ritmo, la abundancia del clero iba a constituir un serio gravamen para el erario diocesano.
   Resolvía D. Manuel ésta y otras dificultades con razones de orden espiritual; y respondiendo, unas veces de bromas y otras en serio, pero siempre con exquisita prudencia y cortesía, salía airoso de aquellos encuentros con el Sr. Secretario, el cual solía siempre terminar diciendo:
   «¡Sí, desde luego, tiene usted razón, tiene usted razón; pero si usted, D. Manuel, los tuviera que gobernar, es fácil que se contentara con unos cuantos sacerdotes menos!»

   

LAS BIBLIAS PROTESTANTES


   
   Si siempre era sumamente delicado en su trato con los sacerdotes, extremaba hasta lo increíble su delicadeza cuando se trataba de algún despechado o extraviado, no sosegando hasta volverle al buen camino, o al menos hasta agotar todos los medios que tuviera a su alcance para conseguir tal fin.
   Había por aquel entonces un sacerdote desviado, que viéndose en la miseria, se echó en manos de los protestantes. Recibiéronle éstos con bombo y platillo y le comisionaron para que se dedicara a vender o repartir biblias y folletos, propagadores de las ideas pseudorreformistas.
   Cayó una vez este desgraciado sacerdote, casual propagandista del error, pero habitual esclavo del vicio, en Tortosa, cargado con su bagaje de publicaciones protestantes y dispuesto a engañar a sus incautos y sencillos vecinos.
   Alguien le llevó en seguida la noticia a D. Manuel. El cual se levantó al instante de donde estaba, como herido por un rayo, y encomendando el asunto al Señor, se dirigió calle abajo no parando hasta dar con el infeliz ministro de Dios, convertido en satélite del diablo. Con muy finos modales y mejores razones, nuestro apóstol le convenció por el momento de que cesara en su nefanda tarea, y con un gesto de caridad verdaderamente apostólica, le convidó a comer con él. Le mimó durante la comida cuanto pudo, y con el corazón inflamado en amor de Dios y en caridad hacia aquel hermano desviado de su sacerdocio, le habló de su tristísima y lamentable situación y del peligro en que se hallaba de perder su alma.
   No sabemos si logró su conversión. Pero aquél fue en verdad un golpe certero para su conquista. Se incautó de los libros que llevaba, que el mismo D. Manuel se encargó de arrojar al fuego. Le acompañó después a la estación, y despidiéndose de él le ofreció su amistad y humildes servicios, logrando al menos de él promesa formal de que no volvería a Tortosa con tan malignas intenciones.


ENCUENTRO DE TRES SOLES


   
   «A su lado, dice el P. Messeguer, S. J., parecía que no era posible la tristeza ni el pecado». D. Manuel, en efecto, no sólo aconsejó y predicó la virtud de la alegría, convencido de su alto valor educativo y de su virtualidad santificadora, sino que él mismo fue un ejemplo vivo del más sano y puro optimismo .
   El Cardenal Sanz y Forés, que le trató muy de cerca y muy frecuentemente, afirma que «nunca le abandonaba el buen humor» . En todas las reuniones sacerdotales se le esperaba con impaciencia y era aplaudida con entusiasmo su llegada. «Siempre que, con motivo de la venida de Mosén Sol, afirma un párroco, había reunión de sacerdotes y seminaristas en casa de Mosén Maspons, se producía en todos los corazones una paz y un agrado tan marcados, que más de una vez me ha hecho meditar.»
   En sus frecuentes idas y salidas hacía gala de un ingenuo chispeante para amenizar la conversación, y, una vez se había ganado la confianza de sus compañeros de viaje, encarrilarla por derroteros espirituales.
   Subían en Tortosa a una diligencia una mañana primaveral del año 1885 un sacerdote y dos jóvenes recién casados, que después fueron padres del seminarista que contó esta anécdota. Comenzaba a salir el sol. Entre los viajeros entablóse animada y alegre charla.
   -Tenemos un tiempo estupendo, dijo uno, y hoy nos va a hacer un día espléndido, a juzgar por la placidez de la mañana y este hermoso despertar del sol.
   -Bueno, señores, dijo D. Manuel, debo advertirles que, aunque la mañana no fuese tan clara ni hubiera madrugado tanto el día, hubiéramos ido igualmente alumbrados.
   -¿Será posible?, preguntaron ellos admirados.
   -¡Indudable! El sol no nos hubiera faltado pues le llevamos en nuestra compañía. ¡Tengo... por apellido Sol!
   Rieron todos la peregrina ocurrencia y entonces la señora repuso:
   -Pues vamos acompañados de tres soles: El que nos entra por la ventanilla, el de usted... y el mío.
   -¡ ... ?
   -¡Sí!, es que yo me llamo Sol-devila...


UNA JOTA ARAGONESA Y UN CHISTE EPISCOPAL


   
   Alguien dijo de él que era «la salsa de todas las conversaciones». Y lo era en efecto, sobre todo en aquellas sabrosísimas a inolvidables reuniones de después de comer, que él mismo provocaba y en las que invitaba a sus Operarios a amenizarlas lo más posible, haciendo cada uno gala de sus habilidades.
   Y era, no ya interesante, sino hasta edificante el ver a aquellos venerables sacerdotes, cómo se esforzaba cada uno en distraer santamente a sus hermanos, sacando a relucir lo más lucido de su repertorio. Uno relataba anécdotas interesantes de su vida, otro contaba chistes regocijados de buen tono; éste, al no saber otra cosa, recordaba cuentos antediluvianos que hacían reír por ser de todos archisabidos, y aquél salía por peteneras cantando coplillas de sus Buenos años.
   En estas reuniones no solían faltar los números de música, y voces abaritonadas y graves de bajo se mezclaban con otras cascadas por los años, que entonaban cánticos en honor de la Santísima Virgen y del Sagrado Corazón de Jesús. Los más atrevidos se lanzaban con sus «solos», como aquel mañico que a pleno pulmón cantaba su consabida cuarteta alusiva a la Coronación canónica de la Virgen del Pilar:
   
   «Te han ponido una corona
   De oro, plata y pedrería ;
   Y nosotros te pondremos
   Nuestros pechos algún día. »
   
   Y lo hacía con tal afinamiento y con tanto gusto, que D. Manuel se la mandaba repetir para paladear más despacio las bellezas de la música y los primores de su voz.
   Terminaban aquellas inolvidables reuniones con la rifa de algunos objetos, que D. Manuel tenía siempre dispuestos para este fin. Antes se les hacía esperar y adivinar, y después él mismo procedía al sorteo de los regalos que entregaba al que acertara un número o sacara una cifra determinada de un recipiente, donde habían sido previamente colocadas. AL hacer el reparto de los premios añadía siempre una enseñanza espiritual o una moraleja a propósito con el regalo.
   A una de estas rifas asistió en cierta ocasión el Excmo. Sr. Don Salvador Castellote, Arzobispo preconizado de Sevilla. D. Manuel presentaba los objetos, que entonces fueron dos: Una hermosa estampa de San Juan Nepomuceno y un pequeño crucifijo, y el Sr. Arzobispo sacaba la enseñanza moral de los objetos rifados.
   Al entregar el primero de los dos premios al agraciado, habló Su Excelencia del santo mártir del sigilo de la confesión. Echaron suertes del segundo y le tocó a un Operario muy voluminoso; el cual, lleno de vergüenza tuvo que levantarse a ir por el premio y besar el anillo del Sr. Arzobispo entre las risas mal contenidas de sus compañeros, que acaso nunca como entonces se fijaran en su descomunal obesidad.
   Postróse por fin a los pies de Su Excelencia quien, al entregarle el crucifijo, hizo este comentario: «El crucifijo tiene dos panes, una ocupada por el Señor y otra vacía para crucificar al agraciado». Y añadió aludiendo a la parte vacía: «Por consiguiente, o hay que aumentar el tamaño del crucifijo, o disminuir el volumen del crucificado», riendo todos la feliz ocurrencia del Sr. Arzobispo.


CON CARA DE PASCUAS


   
   Tan entregado estaba en los brazos de la divina Providencia que, con igual satisfacción recibía las noticias prósperas que las adversas.
   Había sido confiado a la Hermandad el año anterior el Seminario de Chilapa, en la República Mejicana, y se hallaba D. Manuel preparando una segunda expedición de Operarios que se hicieran cargo del magnífico Templo Nacional de San Felipe de Jesús, situado en la más importante calle de la capital de la República.
   Embarcaron éstos el 27 de Octubre del año 1899 y, después de una feliz travesía y arribo a la costa mejicana, al mes exacto de su partida, llegaron a Méjico. En la estación les esperaban dos hermanos de patria y de ideal, quienes, después de los consiguientes abrazos, de las preguntas de rigor y de un aluvión de noticias que les dieron en un momento, para ambientarles un poco, les dijeron lo siguiente: «También nos ha ofrecido el Seminario de la capital y estamos esperando la contestación de D. Manuel al cablegrama que le hemos puesto».
   «¡Estupendo!», comentaron alegremente unos y otros; apero D. Manuel tardará en contestar, añadieron los recién llegados, pues por estas fechas no debe estar en Tortosa, sino en Roma.»
   En realidad era una buena ocasión para la Hermandad. pues se trataba del Seminario Mayor en la ciudad de Méjico, que gozaba entre todos los de la República del mayor prestigio en el orden intelectual. Esto, que para la Hermandad era no pequeña ventaja, ocasionaba también un no pequeño gravamen, porque habría de enviar allí bastantes Operarios para tenerlo debidamente atendido.
   Los de América insistían y volvían a insistir en las conveniencias de la pronta aceptación y a la petición de los de Chilapa unían la suya los recién llegados a Méjico. Los cuales el 29 de noviembre, es decir, dos días después de pisar tierra mejicana, ponían también su correspondiente cablegrama que terminaba con estas palabras:
   «Personal dispuesto.»
   D. Manuel iba dando largas al asunto mientras lo pensaba y estudiaba detenidamente, antes de dar una respuesta definitiva. De cuando en cuando alentaba sus esperanzas, enviándoles frases como éstas: «Son ustedes unos valientes, me admira su valor.»
   Movido, más que por los ruegos de los suyos, por el peso de su corazón que le impulsaba a lanzarse a aquellos países tan necesitados de clero, dio por fin su aceptación que fue recibida por los de América con extraordinarias muestras de regocijo. Preparados se hallaban éstos para instalarse en el Seminario de la capital mejicana, cuando supieron que la Autoridad Eclesiástica, mal informada por quienes estaban interesados en que los Operarios no ocuparan aquel Seminario, acababa de cerrarles sus puertas.
   Aplanados por aquella noticia y desconocedores entonces de aquella misteriosa urdimbre, que en pocas horas había cambiado tan radicalmente el parecer del Sr. Arzobispo, los Operarios escribieron descorazonados a D. Manuel dándole la triste nueva. Este, en cambio, no se impresionó lo más mínimo al saber la noticia, al contrario, recibióla «con tanto contento y conformidad, como si le hubieran dicho que habían tomado solemnemente posesión del Seminario».
   La maledicencia le cerró las puertas de aquel Seminario, pero la fama bien ganada de sus hijos le abría poco después las de los de Cuernavaca y Puebla de los Ángeles, en la misma República mejicana.


LA MONJA FLAUTISTA


   
   No es extraño que D. Manuel, que trató en el confesonario a tanta gente y dirigió espiritualmente a tantas almas, se topara de cuando en cuando con alguna atacada de escrúpulos: Como perito director de conciencias, se daba buena maña para irlas curando poco a poco de tan terrible enfermedad.
   Una de éstas, religiosa de clausura, contaba en una visita los apuros de su espíritu hasta que D. Manuel halló para ella un remedio tan eficaz como pueril.
   «Entré en religión hace mucho tiempo. Todo iba a pedir de boca hasta que el diablo hizo una de las suyas. ¡Me entraron unos atroces escrúpulos!... Que si tenía o dejaba de tener vocación...; que si allí no hacía falta... ; que si el confesor y la Madre no me atendían ni me entendían...; si me disipaba...; si el rezo...; si... Aquello era un verdadero purgatorio.
   Varias veces escribí a D. Manuel. quien pacientemente contestaba mis cartas mandándome que obedeciera y que me alimentara. Pero... ¡que si quieres! Los escrúpulos iban en aumento, menudeaban mis cartas... y tardaban más las contestaciones. Llegó el día de Navidad y Mosén Sol, ,que nos quería entrañablemente, nos mandó un cajoncito con turrón, pastas, medallitas, estampas y una flautita y un tamborcito de los que venden en las ferias para delicia de los chiquitines y tormento de los mayores.
   Con la cajita vino una carta y en ella este saladísimo párrafo:
   «Para Sor Providencia (así me llamaban) este pito y este tambor. Si el diablo la molesta con lo que ella sabe, que salga al jardín y ahuyente al enemigo con música.»
   El día que recibimos la carta era el mismo día de Inocentes.»
   Y como el visitante preguntara a la monja con un poco de guasa: «Y ¿qué, Sor, tocó usted mucho la flauta?», respondió ella:
   «No hubo necesidad; se me curó la enfermedad de los escrúpulos como por ensalmo. No me quedó más que un resquemorcillo cada vez que alguien me preguntaba:
   «¿Qué, Sor, no toca vuestra Caridad el pito y el tambor?»
   ¡Santo remedio!, y muy parecido al que dio San Juan Bosco a un dirigido suyo, que se quejaba de lo mismo:
   «Mira, hijo, cuando lo asalten esas dudas y esas impertinentes manías..., lee «Bertoldo, Bertoldino y Cacaseno» .


EL DIA DE INOCENTES


   
   Relacionado con tantas religiosas, a muchas de las cuales ayudó a dejar el siglo y a todas aupó en su ascensión hacia la santidad, y conocedor de la alegría un tanto burlona, aunque ingenua, que reina en los conventos el día de Inocentes, contribuía él también a aquella santa algazara con lo que llamaba su «inocentada epistolar».
   Escribía en aquella ocasión camas sabrosísimas a interesantes, saturadas de gracia y humor, pero al mismo tiempo llenas de amiga», provechosas a instructivas, como la que dirigió un día de Inocentes a las religiosas de San Juan, y que dice así:
   «A las reverendas Madres Carolinas, Rosas, Dolores, Alcoverros, Piñols, Jardíns, y demás presentes y futuras hijas benditas y demás inocentes. Muy Reverendas en los Santos Juanes: He recibido la comunicación oficial de vuestro nombramiento de Inocentes; y, a decir verdad, si yo hubiese sido nombrado Obispo en este día, hubiera anulado tal elección por faltarle la condición especial de inocencia, pues, a lo que se ve, todas y cada una de ustedes reúnen más picardías que las raposas de treinta años. La única inocentada que han cometido es la de dirigirse a mí, que soy tan candoroso, inocente y bendito, y en esto han tenido fortuna.
   Me piden ustedes ayuda y consejos. En cuanto a lo primero, soy tan generoso, que desde hoy pueden disponer de todas las deudas que tengo. Y ya pueden estar contentas de que hoy por hoy no sean más ,que ocho mil duros, que luego me figuro serán más, y los réditos correspondientes. Y para satisfacer estas deudas que yo les cedo, las daré la bolsa de la Providencia, y, además, mi crédito, que, como tan lleno de deudas, ya pueden pensar que será grande, pues, como suele decirse a lo moderno: cuanto más se debe, más crédito hay. ¿Están ustedes contentas? Pues convenido.
   En cuanto a los consejos, como soy tan candoroso a inexperto, apenas sabré decirles algo. Pero ya que las veo a ustedes en el apuro, del nuevo cargo, y que ustedes han de ir formando a la futura comunidad, me atrevo a sugerirles unos consejos que encontré en un pergamino viejo.
   En primer lugar, procuren que las que hayan de admitir no se hagan muy monjas, esto es, aferradas a lo de «siempre se ha hecho», y aquello de «tijeretas han de ser».
   Voy a contarles un ejemplo. Un Provincial de Agustinos fue a visitar un convento, no sé si de sanjuanistas, y al entrar en la iglesia oyó a las monjas que rezaban el salmo « Quam dilecta tabernacula tua», y que, en lugar de esto, decían: «Candileta tabernacula tua... » El Provincial les advirtió que no lo hacían bien y que no se decía candileta... Volvió a los tres años, y encontró que lo decían como el primer día, y llamó a la Priora para reprenderla, y la madre Priora contestó: « ¡Ay, Padre Provincial! Candileta ha sido, candileta es y candileta será; y no se ponga con monjas, que no saldrá». Con que, no las críen candiletas y tijeretas, sino dóciles a la voluntad de Dios.
   También convendría que a las novicias que han de recibir, sin perjuicio de que lo practiquen ya las de hoy, no se las acostumbre a ser confeseras; y la Madre Maestra debe enseñarles a saberse confesar, y decir lo que deben decir, y no decir lo inútil. Y voy a decirles otro casito. Aunque ustedes, como mujeres sabidas, ya quizás lo sabrán.
   Un bienaventurado confesor de monjas, no confesaba más que a una, y le tenía aburrido y malhumorado. Un compañero suyo, que tenía más gramática parda, lo comprendió y le dijo que, cuando se marchase fuera se ofrecía él a confesar a aquella monja, si ésta no tenía inconveniente. Vino el caso ,que aquel confesor debía marcharse unos días, y propuso a su penitenta si quería confesarse con su compañero, que era bellísimo sujeto, y la pobre monja accedió. Llegó el día señalado, y la monja comenzó su acostumbrada perorata, gastando en ello una hora de reloj. Cuando había acabado, el confesor empezó a bostezar, y le dijo: «Mire, hermana, dispénseme, he pasado la noche con un enfermo, y tenía sueño y me he dormido, y no he oído lo que usted ha dicho. Habrá de repetirlo». La monja accedió, bondadosa, y empezó otra vez su arenga, y ya no le costó más que media hora acabarla; y al terminar, el pobre confesor le repitió: «Mire, hermana, habrá de dispensarme otra vez: pines aun me he dormido». «¡Ay, pobre Padre!, le dijo la otra. No se apure usted; ya le diré la sustancia, y concluiré en seguida». «¡Ay, hija mía! La sustancia, la sustancia, esto es lo que estoy esperando hace hora y media, y aún no ha venido. No me había dormido, no; pero aguardaba la sustancia; y de aquí en adelante cuidado que no me diga usted más que la sustancia»
   Conque, ustedes, reverendas Madres, no las acostumbren a confesarse sin sustancia.
   También debían cuidar de que no se volviesen viejas, aunque entren en la edad de los años, pues como decía una religiosa distinguida: «¡Si las monjas muriésemos jóvenes, iríamos al cielo derechitas; pero esto de hacernos viejas!...»
   No vendría mal el precaver a las presentes y futuras de aquello de «me toca» y «te toca» y «la toca», que estas son «tocas» fatales. Y sobre todo, les contaría un cuento aragonés, de mucha sal y mucha jota; pero lo dejaremos para otro año de inocencia. Y aquello de aquel pobre vicario de monjas, que dijo: «Que si en los tiempos de Job hubiese habido monjas, Job hubiera perdido la paciencia...» y aquello que sucedió al último Cardenal de Valencia; que todas son cosas muy sabrosas y de buenos consejos, etcétera, etc.
   Pero ¡alto!, que esto no lo digo yo, sino que lo encontré en aquel pergamino viejo, que tiene ya lo menos cuarenta y siete años; y así, no tengo yo la culpa. Y deben confesar que son inocentadas, y no venga alguna a decir que esto se dice por aquello de «a ti te lo digo Juan, para que lo entiendas, Pedro». No, no: yo me lavo las manos y «qui possit capere, capiat».
   Conque basta de postres por esta vez, Cuando tenga necesidad de más, ya veremos si queda en aquel cajón del pergamino.
   Pero no sea todo inocentadas. En cambio de estos postres, y del principio, dos pagas muy fáciles de pagar: 1.ª, han de alcanzar del Niño Jesús que me mande, cuanto antes, doscientos mil duros, que éstos y muchos más necesita la gloria de Dios; y 2.ª, que entre Vuestras Reverencias y yo hemos de salvar todas las almas del mundo, sin dejar ni una: Vuestras Reverencias con sus oraciones, penitencias... y sacrificios; y yo, siendo un apóstol del Corazón de Jesús. ¿Lo harán?...
   El mayor de los inocentes
   MANUEL DOMINGO Y SOL.»


SU AMOR A LOS POBRES


   
   Entre todos los rasgos de su fisonomía espiritual se destaca la caridad para con el prójimo. La de dar era la pasión dominante de D. Manuel. No sólo predicaba esta virtud: «habrá ocasiones, decía, en que es preciso socorrer una necesidad, y apenas se puede; pues... remediarlas sin poder; hacer este imposible, en la seguridad de que la Providencia acudirá, pero muy visiblemente...», sino que la practicaba encontrando en su ejercicio uno de sus mayores consuelos.
   Visitaba con demasiada frecuencia el Colegio de San José, de Tortosa, un pobre en demanda de limosna. Como D. Manuel tenía mandado que no se despidiera con las manos vacías a nadie que llamase a las puertas de aquella casa implorando socorro, el administrador no se atrevía a contravenir sus órdenes, pero no veía con buenos ojos que aquel pobre, por su atrevimiento y desvergüenza, saliese ventajosamente favorecido sobre los otros, quienes, por tener un poco más de miramiento, no iban sino alguna que otra vez entre semana.
   El buen mayordomo quiso regular un poco la caridad de su Superior reglamentando las visitas de aquel menesteroso. Pero antes de dar un paso en firme quiso consultarlo con el mismo D. Manuel. fue a su habitación y le pintó el caso con el más negro colorido que pudo. Escuchóle éste con toda serenidad y calma; por lo que el previsor mayordomo creía que sus gestiones habían de obtener éxito, y cuando esperaba la confirmación de sus planes por parte de su Superior, recibió de él la siguiente inesperada respuesta, que le dejó completamente desconcertado: «No hay remedio, hijo, debemos practicar la caridad cuantas veces sea conveniente, y, una vez convencido de la necesidad, socorrerla, aunque para ello nos veamos en el trance de vender hasta la camisa».


LA CASA DE LA PROVIDENCIA


   
   Si Mosén Sol se hubiese contentado con ser solamente un buen sacerdote, decía un señor muy respetable, no habría en Tortosa ninguno de su clase que pudiera darse mejor vida». Pero prefirió emplear su dinero en obras de celo y de caridad. Si se juntasen todos los donativos ,que hizo, sumarían un capital respetable. Además de las limosnas de ocasión que hacía y que eran numerosísimas, tenía otras con, carácter de periódicas. Se conservan todavía cuadernos en los que apuntaba donativos de este género a toda clase de personas: seminaristas, religiosas, enfermos, viudas, y ordinariamente son elevadas para aquellos tiempos: de 5 pesetas, 30 y hasta de 50.
   A otros les pasaba una especie de pensiones fijas y a veces se daba el caso curioso de que, a pesar de ser plenamente gratuitas y voluntarias, si por haber estado ausente o por inadvertencia no les pagaba en la fecha que solía, se presentaban los interesados a D. Manuel y hasta con exigencias, como si se tratara de una obligación de justicia. El varón de Dios se reía por lo cómico del caso y se disponía a lo que él llamaba «saldar sus deudas».
   A veces, para evitar celos y envidias, hacía sus donativos por terceras personas, a quienes enviaba a remediar las necesidades de determinadas familias, comprándoles cuanto necesitaban: ropas, zapatos, medicinas. Eran muchos los menesterosos a quienes pagaba el pan, el alquiler de la casa, etc.
   En ocasiones sus limosnas las hacía en forma de préstamos, que después perdonaba en todo o en parte.
   Objeto particularísimo de su caridad eran las Comunidades religiosas. El pobló de monjas los conventos de su región, aparte de las fundaciones nuevas que hizo; y son innumerables las almas a quienes ayudó con su peculio particular o buscó por otros medios la dote para ,que pudieran ingresar en Religión.
   Su casa era indudablemente, como él decía, la casa de la Providencia.
   «Al salir cierto día de la comida, cuenta el después Director General de la Hermandad, D. Joaquín Jovaní, esperaban a la puerta de la plazoleta del Colegio varios pobres para pedir limosna. Me permití indicar que bien podrían venir en otra ocasión, o no pasar de la puerta de la calle; y D. Manuel me respondió con mucha suavidad:
   «¿No sabes que esta es la casa de la Providencia?».


ESCABULLÍANSE POR LAS ESCALERAS


   
   No deja de ser curioso el que las religiosas de Santa Clara, sin él saberlo, recogían cuantas monedas podían de las de cincuenta céntimos, de plata, que entonces estaban en circulación, y con ellas pagaban a D. Manuel sus servicios de Capellán. Como conocían su excesiva longanimidad y sabían que si no encontraba en su bolsillo medias pesetas, las daría enteras, las buenas monjitas velaban por la economía de su Padre, evitándole, sin él darse cuenta, lo que estimaban dispendios excesivos.
   Tenía, en efecto, este flaco: el de dar. Los pobres lo sabían y bien que lo explotaban. A veces se llegaban hasta la puerta del Colegio y, aprovechando un momento de descuido del portero, escabullíanse escalera arriba hasta la misma habitación de D. Manuel. Este les recibía sonriente, y les preguntaba cómo les había sido posible llegar hasta allí, sin haber sido detenidos por algún criado o fámulo, y dándoles su limosna, les despedía con buenos consejos.
   Otros no se atrevían a acercarse al Colegio, porque los criados más de una vez, al verles tan pesados, les habían echado con cajas destempladas; pero sabían muy bien a qué hora solía salir de casa, y sobre todo cuándo volvía de celebrar de la Purísima y entonces le asaltaban, y «había que ver, dice un testigo, cómo afluían de las bocacalles».
   A todos les recibía con cariño y para todos tenía el consuelo de unas palabras cariñosas y el alivio de una buena limosna.


BOLSILLOS INAGOTABLES
   
   «Mis bolsillos son inagotables», solía exclamar complacidísimo, cuando, al encontrarse con una persona, se llevaba a ellos las manos para sacar alguna cosa con que obsequiarla.
   Dentro de casa tenía un lugar destinado para despensa, que se encargaba de tener bien provisto la generosidad de sus amigos, y que él se cuidaba de vaciar obsequiando a todos cuantos iban a visitarle. Jamás marchaba nadie con las manos vacías de casa de D. Manuel. Cuando se le anunciaba una visita, lo primero en que pensaba era en el objeto que había de regalar al visitante. Y antes de despedirle, como colofón de las muchas atenciones que le había dispensado, repetía D, Manuel la consabida muletilla: «¿Qué regalaré a esta almita?», y dirigía sus pasos al almacén de cosas, y era un encanto verle cómo iba de acá para allá buscando un librito, un crucifijo, una estampa, un algo que dar.
   Y no sólo en casa; al salir de ella proveíase bien de objetos que regalar, para poder salir airoso en cualquier encuentro fortuito. Los chicos de la calle ya lo sabían y no desperdiciaban ocasión de hacérsele el encontradizo. Para todos y siempre tenía D. Manuel, junto con la palabra de aliento y el encanto de una sonrisa, el gozo de un regalo.


POR LAS CALLES DE BURGOS


   
   Acababa de salir de una enfermedad que le sorprendió en Burgos, allá por el año 1902. Durante el tiempo de convalecencia, solía salir, al caer de la tarde, a dar un paseo por las afueras de la ciudad. Antes de pasar el umbral de la puerta, consultaba el estado de sus bolsillos, y si no estaban a tono con su generosidad, se daba media vuelta y hacía buena provisión de dinero para sus pobres. Estos, que sí están faltos de bienes de fortuna, no lo están de olfato para calar la liberalidad de las personas, una vez que probaron la de D. Manuel, le esperaban todos los días a la puerta del Colegio, hacia la hora del paseo.
   Un día iba acompañado de varios Operarios y algún sacerdote más; y un pobre, que por primera vez se incorporó a la cuadrilla de los habituales socorridos de D. Manuel, tomando la delantera, se acercó a pedir limosna a uno de los compañeros de Mosén Sol, hasta que otro de los antiguos mendicantes le dijo con aire de superioridad:
   «¡No, hombre, no; a esos no! ¡Al del medio!», señalando con el dedo a D. Manuel.


LOS MAS NECESITADOS


   
   Otra vez, y también en Burgos, regresaba D. Manuel del Convento de las Esclavas al Colegio de San José; y en la calle, a cierta distancia, vio a una pobre mujer sentada junto a una verja de hierro.
   Fijóse D. Manuel ya antes de llegar a la altura de ella y dijo al que le acompañaba: «Esa mujer es pobre y hay que darla limosna».
   El acompañante le respondió: «Creo que no, D, Manuel, porque aunque parece pobre, no es mendicante» .
   Mas él, no haciendo caso de la respuesta, se acercó a ella, y la alargó una limosna, que recibió sumamente agradecida.
   «¿Ves?, añadió, a esta clase de pobres es preciso entenderlos, porque ellos no se atreven a pedir. Suelen ser los más necesitados. Vosotros no los conocéis todavía.»


POR TERCERA VEZ


   
   A veces los pobres, sin miramiento alguno, abusan de su caridad, pidiéndole repetidas veces. El, no obstante, aunque se daba cuenta de todo, les atendía con cariño y con generosidad.
   Había en Burgos una pobre, ya bastante ancianita, que era una de las que habitualmente le esperaban a la salida del Colegio de San José, cuando se disponía a dar su paseo cotidiano.. Cierto día, no contenta con haber recibido ya la primera limosna, se fijó por dónde iba D. Manuel, y dando un rodeo por una de las bocacalles, se le hizo de nuevo la encontradiza. D. Manuel, al verla por segunda vez, se sonrió y la dio de nuevo sin decirla nada. Pero, habiéndola salido bien la segunda tentativa, hizo la pobre una tercera, logrando alcanzarle, ya de regreso, poco antes de que entrara en el Colegio. D. Manuel la reconoció y con la sonrisa en los labios, para no herirla, y la limosna en las manos, la dijo donosamente:
   «Pero, mujer, ¿cómo se las arregla para correr tanto? Parece usted más vieja que yo, y a todas partes llega antes...»
   Recibió la limosna y se retiró un poco apesadumbrada, y sin duda con el propósito de no abusar más de la caridad de tan generoso bienhechor.


EL CHOCOLATE DEL PADRE ESPIRITUAL


   
   Un joven de humildísima posición solía. confesarse con D. Manuel, atraído por el imán de su santidad y la fama de sus virtudes y... no sé, si en parte también, por el predicamento que tenía de generoso y limosnero.
   D. Manuel, que siempre se manifestó desinteresado en el ejercicio de su ministerio sacerdotal, en este caso salía hasta empeña. do. Conocedor de la situación apurada de la familia de su joven dirigido, no sólo cumplía con él el oficio de maestro dándole sabios consejos, y el de padre haciéndolo siempre con cariño, sino el de bienhechor, pues terminaba siempre la confesión con una buena propina.
   Un día se acerca el joven al confesonario, después de haber celebrado la miss el confesor. D. Manuel se lleva instintivamente las manos a los bolsillos y ¡cosa rara! los encuentra vacíos.
   -¡Mira chico, dispensa! Hoy no puedo darte nada, porque me encuentro sin una perra. Lo he dejado todo en casa.
   -No se preocupe, D. Manuel, Esté usted tranquilo.
   No lo estaba el generoso confesor y pensando, pensando, dio en seguida con una magnífica solución.
   -¡Oye, ven conmigo a la sacristía!
   Entraron en ella los dos. Las religiosas sacaron el desayuno para Mosén Sol, que consistía en una taza de chocolate y una rosquilla. D. Manuel la cogió, dio la mitad a su penitente, y del mismo modo se repartieron el chocolate entre los dos, con la protesta consiguiente de las pobres monjitas, que le decían a grandes gritos que esperara y harían para el inesperado comensal otro des. ayuno.
   D. Manuel no quiso esperar, porque no tenía tiempo; pero sí le tuvo suficiente para dar un ejemplo de verdadera caridad a aquellas religiosas y una prueba de amor sincero a aquel joven, el cual quedó más contento que si hubiera recibido la acostumbrada propina, por haber tenido la dicha de participar del chocolate de su Padre Espiritual.


HUEVOS Y LONGANIZA


   
   Si con todos se mostraba generoso, éralo sobre todo con las religiosas, por estar consagradas al Señor, y de una manera especial con aquellas que se dedican a las obras de beneficencia. Trabajó cuanto pudo y ayudó económicamente a las Oblatas del Santísimo Redentor, para que se establecieran en Tortosa, y después fue Director Espiritual de la Comunidad durante bastantes años.
   Mucho saben estas buenas religiosas del espíritu de obsequiosidad de D. Manuel. Siempre .que se presentaban a pedir en su casa, las recibía lleno de gozo y con frecuencia entablaba con ellas el siguiente diálogo:
   -¿De dónde vienen las monjitas?
   -Pues, Padre, venimos de pedir por las calles de Tortosa, del barrio del Jesús o de Roquetas.
   -Bueno, bueno, ¿y dónde habéis comido?
   -Ya hemos comido, Padre; no se preocupe.
   -No lo creo, no lo creo; no me engañaréis.
   Y llamando inmediatamente al fámulo, le mandaba que bajase a la cocina y que el cocinero les friese unas longanizas y un par de huevos para cada una.
   Cuando ya estaba todo preparado, después de haberlas entretenido santamente con su amena conversación, las invitaba a ir con él al comedor y una vez que había bendecido la mesa. como aun entonces ellas se excusasen, las decía: «¡Hala, hala, lejos de melindres; comed y callad». Y se marchaba para que comiesen con más libertad.


EL CERDO DE LAS MONJAS


   
   Fueron a felicitarle en otra ocasión el día de su santo las mismas religiosas; y después de convidarlas como él sabía hacerlo, las dijo:
   -Os voy a regalar un cerdo grande, pero le voy a matar en casa, no sea que la Superiora tenga necesidad de dinero y lo venda.
   No fue un cerdo el regalo de su santo de aquel año, porque supo después que habían matado ya tres, pero en cambio las obsequió con una buena cantidad de judías y arroz, además de un saco de harina, que agradecieron de veras las pobres asiladas.


BIENVENIDAS SEAN


   
   En el año 1873 las Hermanitas de los Pobres paseaban las canes de Tortosa yendo de puerta en puerta y pidiendo limosna para sus queridos asilados. Aun no habían fundado ninguna casa en aquella ciudad.
   D. Manuel, que se hallaba todavía en la primavera de su sacerdocio, salió de su domicilio para cumplir un deber de su sagrado ministerio. Cuando vio de lejos a aquellas almas caritativas, que tan generosamente se entregaban al amor de Dios por medio de una vida heroica de asistencia maternal a los pobres, sintió un chispazo de alegría y le dio un vuelco el corazón.
   Llegado que hubo donde ellas se encontraban, se paró y dirigiéndolas la palabra con aquella cortesía y delicada amabilidad que robaba los corazones, las dijo: «¡Bienvenidas sean! ¿Vienen a fun. dar a Tortosa?»
   Y habiendo recibido una respuesta negativa, continuó: «¡Bueno! Ya tendrán la bondad de pasarse por mi casa esta misma tarde!» Y entregándolas su dirección, las despidió con una ligera sonrisa.
   Pasmadas quedaron las buenas religiosas al ver la finura de trato y la santidad que respiraba aquel joven sacerdote, a quien hasta entonces no habían tenido el gusto de conocer. Pero esta admiración subió de punto cuando, a la tarde, fueron a visitarle como le habían prometido, y, después de darles una buena propina para sus pobres, las hizo tomar chocolate, y las habló con un fervor indescriptible de la bondad de Dios y de las excelencias de la vida religiosa.
   Salieron de aquella casa haciéndose cruces de la obsequiosidad de su dueño, convencidas además de que habían tenido la dicha de hablar con un santo.


EL RESULTADO DE LA LOTERÍA


   
   Cada uno de los Superiores del Colegio de Tortosa jugaba aquel año una peseta a la lotería, que les había regalado un amigo, y tuvieron la suerte de que fuera premiado el número que llevaban. Les tocó la pedrea, correspondiendo, por tanto, a cada peseta un duro.
   Comentaban jocosamente el caso, en medio de la alegría general, en una de las sabrosas reuniones de después de comer, y hacían las más disparatadas cábalas respecto al destino que habían de dar al importe del premio.
   -¿Qué os parece que hagamos de las cinco pesetas?, preguntaba D. Manuel.
   Cada uno iba dando su opinión y manifestando con ello sus gustos.
   -Compremos una buena ración de caramelos y tendremos para dar y para chupar durante largo tiempo, decía uno.
   -¡No!, repuso otro. Mejor será emplearlas en unas docenas de pasteles, que en amigable charla podremos pasar con la ayuda de una sabrosa copilla, a invitaremos a D. Fulano y a D. Zutano.
   -Yo creo, añadió un tercero, que con estos duretes debemos reforzar la providencia para casos imprevistos.
   Y así, uno en pos de otro, fueron todos diciendo sus respectivos pareceres, resultando distintos y confirmándose una vez más el adagio latino «Quot capita, tot sententiae». Tantos pareceres como individuos.
   Intervino en último lugar D. Manuel diciendo:
   -En vista de que no os ponéis de acuerdo, si os parece, me entregáis a mí el dinero, y yo ya sé qué hemos de hacer de ello.
   Asintieron todos y fueron depositando cada uno su duro en manos de D. Manuel; el cual compró con ellos un saco de legumbres para las pobres religiosas Oblatas, que andaban por entonces muy necesitadas, quedando todos los agraciados por la lotería satisfechos y contentos con la solución tan acertada de D. Manuel, y más aún las buenas religiosas que, comentando después el caso, decían:
   «Esto sí que es maravilloso, que nos toque la lotería sin haber echado.»


LA PAGA DEL DENTISTA


   
   No era la justicia su virtud característica, sino la esplendidez. Nunca se contentaba con dar a sus servidores la paga    estipulada o los honorarios pedidos. Tenía la pasión de dar, y siempre añadía a lo estrictamente debido una buena propina.
   Fue repetidas veces por el Colegio de Tortosa, para arreglarle la dentadura, un dentista de la localidad. Terminada su labor, se despidió afablemente de D. Manuel, el cual quiso pagarle al momento sus servicios. Excusóse el dentista alegando las razones que en semejantes casos suelen aducirse entre amigos: «No tenga usted prisa. No se preocupe, que ya le pasaré la factura».
   Pero D. Manuel, que era extremadamente escrupuloso tratándose de cuentas y a quien la conciencia no le permitía ir el menor tiempo posible cargado con deudas, no quiso esperar en su casa la visita de la factura; y así, al día siguiente dio dinero a su amigo D. Salvador Rey, para que, al pasar junto a ella, entrara en la casa del odontólogo y «le pagara religiosamente lo que pidiera, y un duro más».
   Rehuía el dentista el exceso del jornal, alegando que ya estaba bien pagado.
   «¡No, no!; yo le doy a usted lo que él me ha entregado, decía D. Salvador. Y fíjese el disgusto que proporcionaría a Mosén Sol si dijera que no lo ha querido usted aceptar.»
   Recibiólo por fin el estomatólogo, por no contrariar a D. Manuel, al que quería muy de corazón; y mientras tendía la mano a su amigo en plan de despedida, no cesaba de repetir, como queriendo excusarse:
   -Este D. Manuel es imponderable, siempre el mismo, siempre el mismo.


EL SOBRE DE LAS QUINIENTAS PESETAS


   
   Que apuros pasaba aquella buena familial Se hallaba casualmente enredada en un lío tremendo, del que no se podría ver libre sino adelantando una buena cantidad de dinero. ¡Por lo menos, mil pesetas! En casa no tenían ni cinco céntimos disponibles, y el horizonte no se les presentaba cargado de esperanzas.
   En tan difícil situación acudieron a un sacerdote amigo, el cual se puso desde luego incondicionalmente a su disposición con cuanto tenía, mas no era esto suficiente. Estrujando mucho sus bolsillos pudo prestarles quinientas pesetas. ¿Y la otra mitad?
   Este sacerdote, a quien llamaban Mosén Reverter, era a su vez muy amigo de D. Manuel y además sabía por repetidas y propias experiencias que el fundador de la Hermandad se prestaba a sacar de estos y otros apuros semejantes, siempre que estaba en su mano el poder hacerlo.
   Ni corto ni perezoso, le escribió una carta a Tortosa, exponiéndole la triste situación en que se hallaban aquellos sus conocidos y cómo él había ,querido remediarla, pero que su cartera no había podido llegar hasta donde su voluntad llegaba y se había quedado precisamente a la mitad del camino.
   Contestó D. Manuel a vuelta de correo diciéndole que con aquella misma fecha había escrito también a la señora en cuestión. rogándola que saliese al día siguiente a la estación de Castellón de la Plana, donde residía, pues él tenía que pasar por allí de viaje hacia Valencia.
   En efecto, aquella buena y atribulada señora recibía una carta de D. Manuel, en la que decía lo siguiente:
   «Doña Dolores: Mañana, sábado, voy a Valencia en el tren de mediodía. Quisiera saludar a usted en la estación.
   Es de usted afmo. capellán, Manuel Domingo y Sol, Tortosa, viernes, 15.»
   Antes de la hora de la llegada del tren esperaba aquella mujer en la estación para ver qué la quería D. Manuel.
   Después de unas breves palabras de saludo a través de la ventanilla, la entregó un sobre con quinientas pesetas que era la cantidad que le había indicado Mosén Reverter.
   Pasados unos meses tuvo éste que hacer un viaje a Tortosa. Se dirigió al Colegio para saludar a D. Manuel y hacerle entrega de las quinientas pesetas, que tan generosamente había prestado,
   -Tome lo suyo, le dijo, mientras le alargaba cinco billetes de cien pesetas cada uno.
   -¿Qué dinero es ese?
   -Los dos mil reales que le pedí yo, para sacar de apuros a D.ª Dolores.
   Y D. Manuel, sonriéndose y mostrando con un ligero meneo de cabeza su inquebrantable decisión de no recibir aquella cantidad, repuso: «¡Pero, hombre, qué goloso eres; lo quieres todo para ti. Mira, vamos a hacer esta obra de caridad entre los dos.» Y no hubo medio posible de que aceptara los cuartos prestados.


¡QUIEN FUERA MONAGUILLO !


   
   Jamás dejaba sin obsequiar a quienquiera que entrase en su habitación. Incluso los fámulos que, por razón de su oficio, habían de hacerlo con mucha frecuencia, siempre que entraban o salían recibían de él alguna cosa.
   Uno de ellos dice que, cuando, después de haber hecho algún servicio a D. Manuel, se disponía a abandonar su habitación, éste infaliblemente le detenía diciendo: «Oye, espera; que no lo he dado nada. Siquiera una peladilla...»
   Los alumnos del Colegio se rifaban las misas de D. Manuel. Todos querían ayudarle en el santo sacrificio; por lo cual hubo de establecerse un turno riguroso de acólitos. La semana que a cada uno le tocaba, la pasaba felicísimamente, disfrutando el placer inmenso de ver la devoción con que D. Manuel celebraba la santa misa, y además por la costumbre que éste tenía de obsequiar a sus simpáticos monaguillos. Después de dar gracias les subía a su habitación y allí les endulzaba la vida con algún sabroso «amarguillo».

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LA CONFESIÓN DE UN CHAMARILERO


   
   Su caridad se extendía no sólo a los pobres mendicantes, sino que alcanzaba también a los que, sin ser pobres de solemnidad, arrastraban una vida mísera dedicados a la venta de algunas chucherías. A éstos les tenía verdadera compasión.
   Iba una tarde por las canes de Roma, y se le ocurrió entrar en la iglesia de San Claudio, para adorar al Santísimo. Cerca de la puerta vio a una viejecita que con su nieta al lado vendía castañas asadas y manzanas. La niña se acercó a ofrecerles su mercancía. El compañero de D. Manuel, sin dejarla siquiera arrimar, la dijo: «Déjanos en paz, que no queremos nada.» Y entonces D. Manuel, movido a compasión y viendo que ya la quedaban pocas, repuso: «¡Anda, cómpraselo todo! ¡Pobrecitas!»
   No podía soportar que se regateara nada en el precio a estos pobres vendedores ambulantes. Sobre todo los que apostaban su telonio a la puerta de las iglesias, y mandaba que se les diese por sus chucherías cuanto pedían.
   Sabedor de ello y barruntando por este gesto de D. Manuel la ardiente caridad de su corazón, uno de aquellos chamarileros ambulantes de Roma exclamaba: «¡Ah! ¡D. Manuel e molto buono, molto buono!» «¡Ah! ¡D. Manuel es muy bueno, muy bueno!»


LOS APUROS DE UN PAYES


   
   Sufría enormemente cuando veía que no se trataba a los    humildes con el debido respeto. «Todos somos hijos del mismo Padre, decía, y redimidos por la misma sangre de Jesucristo».
   Viajaba D. Manuel en dirección a Benicasim, acompañado de otro Operario, el cual sacó para los dos billete de segunda clase. Entraron en su departamento y entre otras personas encontraron un viajero que, por su traje, parecía de condición muy humilde, obrero del campo.
   El tren comenzó a rodar entre la hermosa huerta levantina, lamiendo en su veloz camera la orilla del Mediterráneo. Antes de llegar al punto de destino, el revisor les exigió la presentación de los billetes. Al hacer el buen payés la del suyo y ver el empleado que éste viajaba en un asiento de clase superior a la que le correspondía, porque llevaba billete de tercera, y atribuyendo a más fe lo que sin duda era efecto de la ignorancia, se encolerizó y propinó al pobre hombre una sarta de insultos:
   «Usted es un gorrista, que viaja en sitio que no le corresponde. ¿Cómo ha subido usted aquí?» Y otras lindezas por el estilo...
   Acoquinado ante aquel inesperado chaparrón de improperios, el hombre quedó como petrificado; sin saber qué responder, manifestando en su mirada y en su semblante que se había llevado un susto morrocotudo.
   «¡Bueno, bueno; ha de pagar usted la diferencia de precio!»
   Echó el payés mano a la bolsa que llevaba entre la faja, para pagar el exceso del billete, y mientras sacaba el dinero de su no muy atestada faltriquera, el revisor hacía maliciosos y burlones guiños a otra persona que viajaba en aquel departamento y que hirieron profundamente el ya resentido corazón de D. Manuel.
   Entraba entonces el tren en Benicasim y vio éste con honda alegría que aquel pobre payés, humillado y corrido, se bajaba en la misma estación que él.
   Cuando hubieron puesto el pie en tierra le llamó aparte, y llevándole detrás de un árbol corpulento, para que nadie se enterara, le dijo frases de aliento y de cariño, que harto las necesitaba el infeliz, y le entregó la misma cantidad que él había pagado por el exceso de su billete. Con una palmadita en el hombro y recomendándole que fuese siempre buen cristiano, se despidió de él, sin darle tiempo para reaccionar ante la fuerte impresión, que le había producido la caridad extraordinaria de aquel sacerdote desconocido.


LA OCASIÓN LA PINTAN CALVA


   
   Pasaba D. Manuel por Plasencia, camino de Orihuela. En la bella ciudad del Jerte le visitaron unos conocidos que tenían un hijo seminarista, por nombre Cayetano, el cual se hallaba accidentalmente en el Colegio de San José, de Orihuela.
   Los padres del chico, entre otros encargos que dieron a D. Manuel, le entregaron para su hijo un magnífico embutido extremeño. Prometióles D. Manuel con toda formalidad que llegaría a su destino.
   Pero en el camino tropezó con no se qué compromiso de alguna monta, y no teniendo a mano ningún otro obsequio digno de aquella ocasión, dispuso buenamente del embutido placentino.
   Llegó a Orihuela y, llamando a su querido Cayetano, en seguida le puso al corriente de la triste realidad. «Pero no lo apures, le dijo, que ya te lo compensaré yo con otra cosa mejor.»
   En efecto, pasaron los días y cuando ya el chico no se acordaba de la pérdida de sus chorizos, recibe un paquete con su dirección. Lo abre en presencia de sus compañeros y con admiración de todos vio que en él venía, bien envuelto, un magnífico salchichón de Vich.
   No tardo en darse cuenta de lo que se trataba y de ver que D. Manuel había cumplido su promesa de compensarle la pérdida del embutido con otra cosa mejor.


LAS NÍSPOLAS DEL HUERTO


   
   Todavía cursaba latín aquel seminarista. Una tarde de paseo se había quedado sin salir de casa para repasar los programas, pues era en vísperas de los exámenes, aunque con el fin, más que de eso, de jugar y triscar a sus anchas por ala montaña», tentador esparcimiento para los que habían pasado el curso recluidos en las cuatro paredes del patio.
   Se encontraba echando migajas a los peces del jardín, cuando vio acercarse a D. Manuel acompañado de otro colegial.
   -¿Por qué no has salido de paseo?, le preguntó.
   -Me he quedado para repasar los programas.
   -¡Y ya los debes de saber, pues veo los libros cerrados... !
   -¡Sí, señor!, dijo el pobre chico por responder alguna cosa. -Pues si es así, ven con nosotros.
   Y pasando él delante, le siguió en compañía del otro rapazuelo, a quien interrogó por lo bajo: -¿A dónde vamos?
   -¡No sé...!
   Entraron con D. Manuel en el departamento adjunto al jardín y se detuvieron junto a uno de los nísperos. El fruto empezaba a madurar y algunas níspolas estaban completamente amarillas. D. Manuel fue indicando con su inseparable paraguas las níspolas que se habían de arrancar. El uno las cogía y mientras el otro las
   iba almacenando en su blusa, amenizando D. Manuel la labor de ambos con graciosas palabras y sabios consejos.
   Cuando hubieron reunido docena y media subieron a la habitación de D. Manuel. Dejaron las níspolas encima de la mesa. AL verlas exclamó D. Manuel:
   -¡Qué buenas y lindas las hace San José!
   Les dio unos papeles de lujo a hizo que en ellos envolviesen las «golosinas» de su huerto. Terminada esta faena, D. Manuel las cogió y añadiendo otros objetos: hojas piadosas, estampas, medallas, rosarios..., formaba montoncitos que iba distribuyendo, mientras decía:
   -Este para D. Fulano, para la Sta. X, para D.ª N...
   Una vez que hubo concluido, añadió:
   -¡Dios os lo pague, hijitos!
   Los chicos hicieron entonces ademán de retirarse; pero al notarlo D. Manuel, les detuvo con una sonrisa, mientras de sus labios se desprendían estas palabras:
   -Pero, ¿es que no queréis la paga?
   Los seminaristas no supieron qué contestar. Por toda respuesta se contentaron con un encogimiento de hombros.
   -¡Qué chicos tan vergonzosos! La paga nunca se rechaza, y cuando conviene... se exige! Y les presentó una colección de estampas para que escogieran la que más les gustara.
   No se contentó con eso. Abrió después el cajón de la mesa, invitándoles a tomar una yema, mientras les acariciaba dulcemente con aquellos ojazos grandes, en los que se reflejaba la bondad inmensa de su amoroso corazón. Le besaron la mano, y les despidió diciendo:
   -¡Adiós, chiquitos!
   En cuanto se hallaron en el corredor dieron pasaporte a la yema y guardaron la estampa, sin que se les ocurriera ni aun comentar lo ocurrido. Niños entonces, nada de particular adivinaron en el fondo de la acción que habían presenciado.
   Sin embargo, las personas a quienes él dirigía sus regalitos estimábanlos como si fueran de verdadero valor; porque, más que en el objeto, de suyo insignificante, se fijaban en el cariño que con ello les mostraba D. Manuel, y el aprecio de éste lo estimaban como un verdadero tesoro.


SOLICITUD MATERNAL


   
   No sólo de santidad, sino también de generosidad y desprendimiento iba dejando D. Manuel una estela por donde pasaba. Su íntimo amigo, el Dr. Corominas, dice de él que «su obsequiosidad era incorregible».
   En cierta ocasión tenía que emprender un viaje y había de pasar por Vinaroz, de donde era una seminarista de segundo de latín de los que estaban internos en el Colegio y que, por cierto, se hallaba entonces enfermo de viruelas.
   La enfermedad apenas se había iniciado y parecía que no había de presentar caracteres alarmantes, por lo que los Superiores del Colegio no habían avisado a la familia del enfermo,
   Súpolo D. Manuel y quiso darle un alegrón al pobre chico, mandándole a su casa, para que allí tuviese el consuelo y los mimos de la madre, que entonces tanto necesitaba.
   Sacó billete para los dos y juntos fueron a la estación. Le cuidó durante el viaje con solicitud verdaderamente maternal y, al llegar al pueblo, como él tenía que continuar en el tren, buscó una persona de toda confianza que le llevara a su casa.


UN DIA DE CONFESIONES


   
   Un día de confesiones en el Colegio de Tortosa. Estaba la capilla poblada de seminaristas, D. Manuel, desde el confesonario, oía que un chico frecuentemente tosía.
   Cuando se acercó a D. Manuel para confesarse, éste le preguntó:
   -Eres tú el que tosía, ¿verdad?
   -Sí, D. Manuel.
   -Bueno, después, cuando hayamos terminado, te pasas por mi cuarto.
   Acabadas las confesiones, el muchacho llamaba en la habitación de D. Manuel; el cual, después de hacerle un minucioso interrogatorio, le dijo que se abrigara bien, que se lo dijera al enfermero y que procurara sudar aquella noche.
   Mas no se aquietó con esto la preocupación de D, Manuel. Después de acostados los alumnos, y por si el enfermero no lo había hecho, le llevó él mismo un vaso de leche bien caliente a la cama, repitiendo este gesto de amor paternal durante todo el tiempo que el chico estuvo enfermo en el Colegio.
   Obligado a marcharse a casa por la enfermedad, le mandó al despedirle que le escribiese con frecuencia, para estar al corriente del curso de la misma.


COMO MADRE CARIÑOSA


   
   Cuando iba a Barcelona hospedábase en una fonda de la calle La Canuda, llamada «Casa Manso». Sus dueños le trataban como si fuera de la familia, y él estaba allí como en su propia casa. Cuando D. Manuel llamaba a aquella puerta, un estremecimiento de gozo se apoderaba de todos sus moradores, desde los dueños hasta el último de los sirvientes, pasando por los hijos del fondista. Tal era el prestigio de D. Manuel y la fama de santidad de que gozaba entre aquella buena gente.
   Por lo menos una vez cada año se dirigía a Barcelona, para acompañar desde allí hasta Roma a los nuevos contingentes de seminaristas reclutados en diversos seminarios de España que se encaminaban a la ciudad de los Papas, para engrosar las filas del Colegio Español. A veces no podía acompañarles hasta Italia, habiendo de contentarse con despedirles en la estación o en el puerto de la Ciudad Condal.
   Concentrábales a todos en «Casa Manso» y era de ver el cuidado y solicitud con que atendía a todas las necesidades de sus encomendados, descendiendo hasta detalles harto significativos sobre el cuidado de los equipajes, preparación de la merienda de los seminaristas, sin olvidarse jamás de darles los avisos oportunos sobre las precauciones que habían de tener en el viaje.
   Entretenido en estas santas ocupaciones se hallaba un día, cuando supo que uno de los que se hospedaban en aquella fonda, viajante de telas, se había acostado por hallarse algo indispuesto.
   Nadie dio importancia a aquella indisposición, creyéndola todos pasajera. D. Manuel, en cambio, aun en medio de aquel aturdimiento y ajetreo de cocas en que estaba metido, no pudo arrojar de su mente el pensamiento de aquel hombre que había enfermado lejos de su casa y del calor de la familia. Llevado de aquel corazón tan compasivo que el Señor le había dado, cuando ya la casa estaba en silencio y todos se habían acostado, se dirigió a la habitación del enfermo, y después de saludarle cordialmente, le preguntó cómo se hallaba.
   Hacía ya un buen rato que D. Manuel llevaba distrayendo con su conversación fácil y amena a aquel pobre viajante, cuando éste se creyó en la obligación de decir a aquel sacerdote, tan simpático como edificante, Que se retirara a descansar.
   No lo consintió D, Manuel, antes le manifestó claramente su propósito decidido de no hacerlo en toda la noche, para asistirle a él debidamente, ya que no podía tener las atenciones de la esposa o de los hijos por hallarse lejos de su hogar.
   Hubo un forcejeo entre uno y otro, insistiendo el viajante en que se acostara y D. Manuel en no hacerlo; triunfando por fin la caridad del sacerdote, que pasó la noche entera a la cabecera del enfermo, mimándole cuanto pudo y atendiéndole en todas sus necesidades como la más cariñosa de las madres.
   Gracias a Dios, la indisposición se le pasó pronto; y aquel buen hombre, acostumbrado a tratar tanta clase de personas, se hacía lenguas entre todos los de la casa de la santidad exquisita y de la delicadeza con que le había regalado aquel sacerdote para él desconocido.


UNA NOCHE DE TORMENTA



   Frecuentemente se registran en Tortosa, durante el invierno y primavera fuertes vendavales que, siguiendo el curso del Ebro, soplan desde las montañas hacia el mar. Durante todo aquel día se había dejado sentir un vientecillo en esa dirección, que, amainando un poco al caer de la tarde, se había recrudecido notablemente entrada ya la noche. Fuertes ráfagas de aire, resbalando por «la montañeta», rebotaban en las vetustas murallas, para deshacerse en caprichosos remolinos en la plaza del Rastro.
   En medio del silencio de la noche el viento zumbaba amenazador, desafiando a la sólida construcción del Colegio. De cuando en cuando el aire deslizábase por entre las rendijas de las ventanas y azotaba bruscamente alguna de las puertas, que siempre suelen quedar mal cerradas en los edificios donde hay tantas, estremeciéndose violentamente a sus golpes toda la casa.
   Mediada la noche, el vendaval se resolvió en fuerte aguacero y una terrible tormenta amenazaba desencadenarse sobre la huerta tortosina. Los truenos aturdían el espacio, agrandados por el eco de las montañas, y los relámpagos rasgaban las nubes, alumbrando con su luz zigzagueante la tenebrosidad de aquella noche oscura.
   Todos dormían tranquilamente en el Colegio o, cuando menos, se disponían a presenciar cómodamente el desenlace de aquella tormenta amenazadora con el gusto con que se ve llover desde la cama, o nevar cuando el espectador está al abrigo de unos cristales y arropado con la agradable temperatura de una calefacción confortable.
   D. Manuel, en cambio, no podía sosegar. Algo apartado de él dormía uno de los Prefectos del Colegio, D. Francisco Bartomeu, cuya habitación daba a un paredón que se hallaba en malas condiciones y amenazando ruina. El miedo de que aquella pared se desplomara y pudiera sepultar. entre sus escombros al joven Operario le traía desasosegado. Y, cuando el vendaval se convirtió en lluvia, temiendo que el paredón se reblandeciera por la humedad y se viniera abajo, no pudiendo contenerse por más tiempo, se levantó y se dirigió a la habitación del Prefecto por ver si le había pasado algo.
   Arrullado, mas bien que alarmado, por el fragor de la tormenta, dormía éste a pierna suelta lo mejor del sueño de aquella noche y sólo despertó ante la insistencia de los golpes que D. Manuel daba en la puerta.
   ¡Tan! ¡Tan!... ¡Francisco...!
   -¿Quién?
   -¿No lo ha pasado nada?
   -¡Nada, D. Manuel!
   -¡Ay, hijo, qué susto; creí que por efecto de la lluvia la pared de enfrente se había caído encima de ti!
   -¡Pues no he sentido nada!
   -Bien; si hubiese alguna cosa me avisas en seguida.
   -Descuide, D. Manuel, que no pasará nada.
   Y gozoso de verle sano y confiado, se retiró D. Manuel a su habitación, pero no pudo conciliar el sueño hasta que la tormenta hubo completamente desaparecido.


SU MUCETA DE DOCTOR


   
   Por mayo de 1906 se estaban celebrando oposiciones a la canonjía magistral de la Catedral de Tortosa. Entre los opositores se hallaba el después Canónigo de Valencia, Don Gaspar Archent, que se hospedaba en el Colegio de San José.
   «Se me preparó la habitación, dice el interesado, en el segundo piso, en el mismo andén en que D. Manuel vivía, ;quedando instalado así enfrente de su celda; pues, como me dijo repetidas veces, quería tenerme cerca.
   Casi todos los días me hacía subir y estar con él y demás Superiores en los breves minutos de recreación que suelen tener, a invariablemente a las cinco había de tomar chocolate con él en la sala de la biblioteca. Los cuidados de una madre tierna para con su hijo enfermo no igualarían sin duda a los que él me prodigaba, estando yo sano y robusto.. A este «piscolabis» de la tarde concurrían de ordinario todos los Superiores. Era la hora del recreo. ¡Qué ratos tan agradables se pasaban en aquella biblioteca!... Sólo falté a este acto una tarde. por haberla dedicado a visitar el magnífico observatorio del Ebro. Cuando regresamos era de noche... y me estaba esperando. «¿Qué has hecho hoy, hijo mío?», me dijo, «¿Te has perdido? ¡Todo el día sin verte!»... ¡Qué bueno era D. Manuel!
   Pero cuando redoblaba sus atenciones y cuidados era en la víspera de los días en que tenía que actuar en la Catedral. Se desvivía porque nada me faltara. El buscaba a los colegiales o fámulos para que me trajeran libros, llevasen recados, me subieran una taza de caldo. A media mañana, él mismo colocaba sobre mi mesa. vino, pastas y otros utensilios todavía más sustanciosos para que me alimentase bien en día de tanto trabajo. Todo lo tenía previsto; y aun así, no pasaba una hora sin que asomara por la puerta entreabierta su faz venerable, preguntándome con voz suave y cariñosa: «Necesitas algo?», y se alejaba de puntillas, sin hacer ruido para no distraerme.. .
   Se había dispuesto que los opositores predicasen la homilía con muceta de doctor, y en cuanto lo supo D. Manuel, me llamó para decirme: «No busques muceta. Te pondrás la mía». Y allí fue el Rvdo. Estruel, revolviendo armarios y cajones para buscarla, pues estaba muy escondida. AL fin apareció; y, si mal no recuerdo, estaba nueva, pues la había usado muy poco. Creo ;que D. Manuel ni la miró siquiera. ¿Qué significaba aquello para él? Yo sí me la puse con satisfacción, y prediqué con ella la homilía; y hoy me siento orgulloso. ¡Quiera Dios inflamar mi corazón con aquellos ardores en que se abrasaba el que otras veces había latido debajo de aquella muceta!...»


LIMPIÁNDOLE LOS ZAPATOS


   
   Su caridad ilimitada para con los pobres corría parejas con un amor extraordinario a la santa pobreza. Esta virtud fue la que le hizo renunciar a una vida fácil y cómoda, encerrarse en la habitación humilde de un pobre colegio, donde todo respiraba sencillez.
   Refiriéndose a la vida que él llevaba, el Sr. Obispo de Segovia, D. Julián Miranda y Bistuer, preguntaba a unos sacerdotes tortosinos si «D. Manuel continuaba viviendo tan more apostólico».
   Excesivamente preocupado por que a los demás no les faltara nada, era riguroso consigo mismo en todo lo referente a ropa, régimen de alimentación, utensilios y ajuar personal. Costaba un triunfo hacerle estrenar una prenda de vestir, y cuando se le argüía que ya estaba en mal estado la que tenía puesta, respondía invariablemente: «Esto, remendándolo, aun lo puedo llevar».
   Cuando murió no tenía más que un par de zapatos usados, que tuvieron que limpiarle los colegiales antes de que le colocaran en el ataúd.


A PRECIOS ABUSIVOS


   
   En su trato personal evitaba todo gasto extraordinario, como lo demuestra el caso siguiente:
   Se hallaba en Roma, con motivo de la fundación del Colegio Español, y salió un día a la calle para tramitar ciertos asuntos. Llevaba andando largo trecho a pie, por no gastar injustificadamente el dinero, a pesar de que su acompañante, en atención a él, había intentado repetidas veces alquilar un coche.
   Excesivamente cansado, y queriendo visitar todavía la iglesia de San Lorenzo, no tuvo más remedio que llamar a un cochero. Al pagarle pidió éste doble o triple de lo que le correspondía según la tarifa de precios.
   D. Manuel, que no podía ver que nadie en su presencia regateara, ni él lo hizo en aquella ocasión, ni permitió al que le acompañaba que lo hiciera.
   Pagó religiosamente lo que se le había pedido, pero dándose cuenta de que era un precio abusivo, dijo a su compañero, a quien no había hecho mucha gracia tanta liberalidad y protestaba por ello:
   -¡No lo apures, hombre! Volveremos a pie y ahorraremos lo que hemos pagado de más.
   Y a pie volvieron, llegando rendidos al Colegio, «porque la pobreza no permitía el lujo de pagar el coche tres veces» .


LA VOCACIÓN DEL CARTUJO


   
   La escena tuvo lugar en agosto del año 1897. Se hallaban los Operarios practicando Ejercicios Espirituales en el Colegio de San José, de Valencia.
   Ambiente de oración y recogimiento el que se respiraba en aquella santa casa. A la luz de las verdades eternas y al ejemplo de la vida admirable de Nuestro Señor Jesucristo, aquellos sacerdotes templaban su alma en el yunque del sacrificio, para los pruebas del nuevo curso, que pronto iba a empezar.
   Con ellos estaba su director, Rvdmo. D. Manuel Domingo y Sol. Como un general moviliza imaginariamente su ejército sobre unos pianos en la mesa de estudio, como un ajedrecista mueve sus piezas en el tablero del ajedrez, así D. Manuel dedicaba aquellos días de descanso a hacer combinaciones posibles entre sus hombres a fin de acoplarlos convenientemente según las exigencias de cada casa.
   ¡Cuántos sinsabores en esta distribución del personal! ¡Cuántas eran las necesidades y qué escasa la gente disponible para atenderlas!
   Por si esto fuera poco, de continuo llovían sobre él nuevas peticiones, para que se hiciera cargo de otros seminarios, y se le abrían nuevos campos de apostolado aquende y allende los mares, y no pocos obispos de América le convidaban a trabajar en sus diócesis respectivas; y el corazón generoso de D. Manuel quería lanzarse a todas estas empresas, pero la escasez asfixiante de personal se lo impedía.
   En el silencio recoleto de aquellos Ejercicios Espirituales ¡cómo martilleaban cruelmente sus oídos con su tristísima actualidad las palabras del Evangelio: «La mies es mucha, pero los operarios pocos...»!
   Mas no todo se le iba en planes y combinaciones. Dedicaba también parte del día a recibir las consultas de sus hijos y a llamarles él mismo para darles sabios consejos y dirigirles palabras de aliento y orientación.
   -¡Oye, muchacho!, dijo a uno de los fámulos del Colegio, llama a D. Fulano y dile que venga a mi habitación.
   Joven aún el Operario en cuestión, llevaba todavía poco tiempo en la Hermandad y daba esperanzas fundadas de ,que había de ser un miembro digno de ella. Recibido el aviso, se dirigió con celeridad y lleno de emoción al lugar donde se hallaba D. Manuel.
   -¡Ave María Purísima!, pronunciaron maquinalmente sus labios, mientras con los nudillos de la mano golpeaba levemente la puerta de la habitación.
   -¡Sin pecado concebida, y adelante!, contestó desde dentro D. Manuel, mientras al abrirse pausadamente la puerta, le envolvía en una ligera sonrisa.
   ¡Siéntate!, que vamos a hablar un poco.
   El pobre Operario, que llevaba un mundo de problemas bullendo en su alma, echóse a temblar, no de miedo, pero sí de preocupación.
   Hacía algún tiempo que le perseguía la idea de hacerse cartujo, y aunque procuraba rechazarla, le asaltaba por todas partes hasta convertirse en una verdadera obsesión. En la capilla, en la celda, en el rezo, en todas partes le asediaba. Además lo había estudiado detenidamente y le habían dicho que era verdadera vocación. Pero... ¡cómo dar esta noticia a D. Manuel precisamente en aquel momento, más que de apuro, de terrible agobio de personal en que se hallaba!
   Mas la pregunta de D. Manuel le puso la respuesta en los labios.
   -¿Qué? ¿Cómo andan esos ánimos? ¿Muchas ganas de continuar trabajando en aquel Seminario?
   Un momento de silencio que se le antojó un siglo y, por fin, la confesión un poco paliada, como si quisiera dar diluido a D. Manuel aquello que él estimaba triste noticia.
   -Mire, D. Manuel, no sé, pero creo que tengo vocación de cartujo. Lo he estudiado detenidamente, y me han dicho que sí, que es cosa de Dios.
   Levantó tímidamente sus ojos para ver el efecto que sus palabras producían en su Superior y quedó gratamente sorprendido al ver que no sólo no se enfadaba, sino que su rostro se iluminaba con el resplandor de la alegría, mientras sus labios se abrían levemente para pronunciar esta frase que retrata de cuerpo entero toda la magnitud de su heroico desprendimiento:
   -¡Hombre! No lo sentiría; al contrario, lo vería con muy buenos ojos, para que en el claustro pidiera a Dios por nosotros.
   Completamente esponjado salió aquel Operario de la presencia de D. Manuel al escuchar respuesta tan generosa, y aunque de momento no pudo satisfacer sus deseos de ingresar en la Cartuja por razones que no son del caso, contó desde entonces con la aprobación y el aliento de su Superior, realizándolo más tarde en el 1908; y desde aquella fecha hasta el presente no ha dejado ningún día de cumplir el encargo del varón de Dios: de pedir desde el claustro por la Hermandad.


¡PUES VETE A LA COMPAÑÍA !


   
   ¡Cuanto gozaba, cuando algún seminarista, dotado de buenas prendas, de aquellos con quienes él o sus hijos trabajaban, llamaba a las puertas de la Hermandad para solicitar su admisión en ella!
   Pero si en lugar de ser su Obra, era un Instituto religioso a donde Dios destinaba al joven seminarista, D. Manuel no por eso se incomodaba; al contrario, mostró siempre un desprendimiento y una generosidad tal, que únicamente pueden darse en almas que sólo y en todo buscan la mayor gloria de Dios.
   Andaba uno de sus queridos colegiales de Tortosa angustiado con dudas sobre su vocación, no sabiendo dónde inclinarse, si a la Hermandad o a la Compañía de Jesús.
   D. Manuel le amaba con ternura, no tanto por su cualidades intelectuales, que no eran escasas, como por la belleza de su alma, y veía en él un futuro Operario que podría dar mucho fruto, si se dedicaba a «la empresa de la máxima gloria de Dios», No obstante, nunca le empujó en este sentido, ni siquiera cuando el chico subía a su habitación, para manifestarle el estado de su alma y pedirle su orientación y consejo. D. Manuel le hablaba con toda imparcialidad, limitándose a exponerle las bellezas de una y otra Institución.
   Durante una de estas consultas, queriendo proceder con el mayor desinterés posible, en un arranque de generosidad, le preguntó a su dirigido:
   -¿Harás lo que lo mande?
   -¡Sí, señor!
   -¡Pues... vete a la Compañía!...
   Descansando plenamente en la decisión de D. Manuel, ingresó en la Compañía de Jesús, viendo con honda satisfacción de su espíritu que, en efecto, era aquel el sitio a que Dios le destinaba.


ADMIRABLE DESPRENDIMIENTO


   
   Ese es el título de un artículo que, a raíz de la muerte de D. Manuel, publicó el insigne escriturista P. José María Bover, S. I., y que dice así:
   «D. Manuel era fundador, y como tal, naturalmente, deseaba vocaciones que secundasen su Obra. Y no le faltaron. Dióle el Señor aquel aspecto venerable y apacible, aquella mirada comunicativa, penetrante, subyugadora, aquel corazón grande y bondadosísimo, aquella entereza blanda, actividad asombrosa, ánimo generoso y emprendedor; en fin, aquella santidad tan sólida como tierna; y con estas bellísimas prendas de naturaleza y gracia se conquistó muchos compañeros de sus apostólicas empresas.
   Pero aconteció no pocas veces que algunos, que estaban ya para asociarse a su Obra, los llamaba Dios a la Religión. Doloroso había de ser el sacrificio; mas el noble desinterés es el sello de las almas grandes. D. Manuel, sin quejas, sin repugnancias, sin dilaciones, daba a Dios lo que Dios le demandaba. Y llegaba a tanto su generoso desprendimiento, que él mismo tomaba a su cuenta el dirigir, asegurar y llevar a feliz término estas vocaciones religiosas. Saben nuestros lectores .que no hablo de oídas. Si no fuera indiscreto hablar de sí propio y revelar a las miradas curiosas de los hombres los secretos caminos por donde Dios se llega al alma y la trae a Sí y la guía a la vida religiosa, podría descubrir pormenores edificantes que pondrían de manifiesto el heroico desinterés de D. Manuel.
   Sólo diré que, debiéndole yo atenciones y beneficios singularísimos, cuando ya parecía que se los iba a pagar, consagrándome a su Obra, entonces el Señor me llamó a la Compañía de Jesús. ¿Qué hizo D. Manuel cuando le descubrí mi pensamiento? Jamás puedo recordarlo sin profunda emoción y gratitud. Desde que vio ser vocación de Dios, no vaciló un instante en desprenderse de mí: ni aun la más ligera reflexión me hizo, no digo para disuadirme, pero ni siquiera para poner a prueba mi vocación. Y lo que es más, después de llevarme consigo a Loreto, él me acompañó de Roma a España, él me presentó y recomendó a los Superiores de la Compañía, y él, en fin, me ayudó para conseguir el beneplácito de mis padres.
   «Dios se lo pague a quien a mí tanto bien me hizo», puedo exclamar como el Beato Padre Ávila en ocasión no muy distinta: Y desde entonces hasta su muerte, jamás se olvidó de su prófugo: al contrario, a medida que me veía, con los años, más confirmado en mi santa vocación, mayores muestras me daba de paternal amor y aun cariño.
   Para concluir, sólo añadiré que lo que hizo conmigo y con otros muchos, no fueron hechos aislados, sino fruto natural y espontáneo de su elevado espíritu. Y este espíritu de generoso desprendimiento lo ha dejado impreso y como encauzado en sus Constituciones, y lo que vale más, lo ha sabido infiltrar en sus hijos, dignos continuadores de su Obra. ¡Hermoso ejemplo de abnegación apostólica! Sólo con esa pureza y rectitud de miras, seremos aptos para dilatar el reino de Cristo, que es reino de cruz, paz y caridad.»


NO DIGAS NADA


   
   Rehuía por virtud todo lo que significaba distinción.
   Tenía en el Colegio un seminarista a sus órdenes para los avisos y encargos de dentro de casa. A pesar de ello y de servirle el chico con la mejor voluntad del mundo, llegaba a tal extremo su humildad que nunca tocó la campana, para que el alumno acudiera a su habitación, sino que, cuando necesitaba sus servicios, él mismo se levantaba y, llamando en el cuarto del colegial, le daba los recados.
   No consentía que los criados le arreglaran la habitación, sino que él mismo lo hacía todo, incluso el tirar las aguas.
   Hallábase una vez en Barcelona. de paso para Burgos, y estaba aún en la convalecencia de su primera enfermedad. El mismo, no obstante, se ocupaba de la limpieza de la habitación hasta en los menores detalles. Un buen día se dio cuenta la dueña de la casa donde se hospedaba, y le dijo. un poco avergonzada de no haberlo echado de ver antes:
   «D. Manuel, yo creí que la muchacha le arreglaba la habitación. No puedo consentir que lo haga usted. ¡Eso no puede ser!»
   Y él la respondió: «¡Silencio! ¡Déjalo estar! ¡No digas nada!»


ESTE NO SOY YO


   
   Fue en una de las visitas que hizo al Colegio de San José, en la ciudad de Burgos. AL ir a ocupar la habitación que le habían asignado, tropezaron sus ojos con una ampliación de un retrato suyo que, junto con otro del Papa, adornaba la entrada de su cuarto. Aquello hirió notablemente su humildad. Una sacudida de contrariedad se registró en su rostro. Mas, disimulan. do el disgusto que se había llevado, se limitó a decir:
   «¡Este no soy yo! Benjamín me engañó en Roma, y está mal sacada. »
   No dijo más.
   Cuando todos se hubieron retirado a sus habitaciones, descolgó el cuadro y, llamando secretamente a un Operario, se le entregó con el mandato expreso y terminante de que lo escondiera en sitio donde nadie lo pudiera ver.
   Amaneció el día siguiente y el cuadro había desaparecido.
   «Le pregunté, dice el Rector del Colegio. Volví a insistir, y después de muchas súplicas, al ver mi insistencia machacona; me lo hizo entregar, pero con la promesa formal de que no había de volver a ponerlo jamás en público.»


LOS SANTOS NO SE HACEN TAN A POCA COSTA


   
   Una religiosa de las que le atendían en sus enfermedades, prendada de su santidad y de la paciencia heroica que manifestaba en medio de sus achaques y sufrimientos, tuvo un día la debilidad de decide que era un Santo, a lo que él contestó inmediatamente y un tanto molestado:
   «Calla, hija, no disparates; que los santos no se hacen tan a poca costa.»


EL SERMÓN DE SAN MANUEL


   
   Celebrábase con extraordinario esplendor y entusiasmo en todos los Colegios levantados por D. Manuel la fiesta de San José, bajo cuyo glorioso patrocinio les había colocado su fundador.
   Era un 19 de marzo en uno de dichos Colegios. Las campanas habían anunciado a los cuatro vientos la gran festividad, y los seminaristas se preparaban para asistir a la misa solemne en honor del Santo Patriarca. El sermón aquel año estaba a cargo de un sacerdote recién ordenado y altamente enamorado de D. Manuel y de su Obra.
   El novel predicador comenzó hablando del significado de aquella fiesta íntima, y pasó a tocar el tema de la escasez tremenda de clero que padecía España, y de la maravillosa solución que el Señor se había dignado deparar a nuestra Patria, inspirando la Obra del Fomento de Vocaciones Sacerdotales a aquel sacerdote tortosino, a quien todos los oyentes conocían. Dedicó buena parte del sermón a ponderar las cualidades y virtudes del fundador de la Hermandad, particularmente su amor acendrado al bendito Patriarca y su continuo afán de infiltrarlo en los alumnos.
   Escuchaba D. Manuel, sin ser visto, desde el coro de la iglesia aquella desentonada soflama, aguantando la lluvia de piropos que sobre él caían; y, disimulando como si nada hubiera oído, no hizo alusión ninguna durante todo el día a la predicación de la mañana.
   Mas poco después se encontraron en una de las galerías del Colegio predicador y panegirizado, y D. Manuel quiso reprender el atrevimiento y ligereza de su entusiasta admirador; pero al mismo tiempo queriendo hacer la reprensión con la dulzura con que solía, le dijo mimosamente para que no se molestara:
   -Oye, ¿qué tal el sermón del otro día? Tú crees que has predicado de San José, y el sermón ha sido de San Manuel.
   Y sin decir más, cambió de conversación no tocando para nada en adelante aquel asunto, que indudablemente le molestaba.


APRECIACIONES TONTAS


   
   Sumamente delicado era D. Manuel en guardar a todo el mundo las debidas consideraciones y en no herir en lo más mínimo la susceptibilidad de nadie, cuando tenía que tratar algún asunto enojoso. Hasta en la intimidad de las cartas era meticuloso en buscar la palabra que, expresando lo que él quería con la mayor precisión, posible, fuera al mismo tiempo la menos punzante, cuando el deber le obligaba a justificarse de las quejas infundadas, lanzadas contra él o contra los Operarios. A veces gastaba mucho tiempo en hallar la frase que le llenara, borrando y volviendo a borrar en alguna ocasión hasta diecisiete veces lo anteriormente escrito.
   Se hallaba en Valencia en el Colegio de San José. Le anunciaron que una religiosa, muy conocida suya, Madre Rosalía del Niño Jesús, quería saludarle.
   La recibió con su característica amabilidad; y, como era una visita de mero cumplimiento y sin objetos especiales a tratar, la conversación, dando brincos sobre distintos temas, vino a recaer en las varias obras de celo que por entonces se llevaban a cabo en la ciudad levantina y en las personas o Institutos que las promovían.
   D. Manuel fue exponiendo su parecer, manifestando su opinión y preferencias, y diciendo que algunos no le gustaban tanto por creer, y dejó escapársele esta expresión, «que carecían del fuego devorador del amor divino».
   No debió darse cuenta de la trascendencia que podían tener las palabras que salían de sus labios, hasta que las visitantes hubieron traspuesto el umbral del Colegio; pero después, pensando en la posible desedificación de aquellas sencillas religiosas a causa de su imprudente locuacidad, empezó a sentir gran remordimiento de espíritu, hasta el punto de que se decidió a coger la pluma y escribir a la Madre Rosalía una carta en la que pedía perdón por el mal ejemplo que la había dado, y que terminaba con estas palabras reveladoras de su humildad:
   «Yo, que soy un haragán y el que menos ha trabajado en la viña del Señor, me he entretenido en pasar el tiempo con apreciaciones tontas. Ruegue por mí y no tome mal ejemplo; .que ya me confesaré antes de celebrar la santa misa.»
   Las buenas religiosas, que no habían encontrado malicia alguna en las palabras de D. Manuel, quedaron altamente edificadas con la humildad de aquella carta, en que resplandecía la delicadeza de su espíritu.


SU TEMA FAVORITO


   
   Tan clavado en el corazón llevaba el deseo de ser santo; y estaba tan profundamente convencido de la necesidad que tienen todos los sacerdotes de serlo, que no sólo andaba continuamente suspirando por alcanzar él la santidad, sino que siempre que hablaba a los seminaristas tocaba éste que él llamaba «su tema favorito» , con insistencia verdaderamente machacona.
   «Si queréis dar fruto, les decía, sed santos. No basta con ser buenos. Os lo repetiré hasta la saciedad. Fijémonos en que no tenemos otro remedio que ser santos. El que no desea ser santo, no llega a ser bueno. Si no os dicen santos, no estéis tranquilos. Los años que os faltan, los necesitáis. No esperéis a ser santos el último año, que no lo seréis. Nada hay tan desagradable como un sacerdote que no sea santo. Más le valdría no haber llegado al sacerdocio.»
   Y percatado de su responsabilidad enorme de formador del clero, añadía frases tan tremendas como éstas:
   «No queremos que los sacerdotes formados en los Colegios de San José den ninguna espina a la Iglesia. Antes, que se desplome el edificio; que Jesús envíe rayos y abrase todos nuestros Colegios.»


PREPARANDO LA HORCHATA


   
   Fue siempre de espíritu delicado, rayano a veces en escrupuloso. Algo de escrúpulos. en efecto, debió sufrir en los albores de su vida, cuando su alma se consumía en ansias de perfección, a juzgar por lo que él graciosamente contaba a una religiosa atacada de esta misma enfermedad:
   «Yo también sufrí de escrúpulos cuando estaba en el Seminario con Mosén Cinto Dolz. Teníamos los dos, por confesor al P. Antonio Sena, cartujo, y ambos entreteníamos tanto al pobre y paciente Padre, que mientras el uno se confesaba el otro le hacía la horchata...»
   Esta delicadeza de espíritu la conservó durante toda su vida. Solía confesarse con el Operario D. Bernardo Curto, el cual todas las noches salía del Colegio de San José en dirección a una casa aneja al Templo de la Reparación, en la que dormía para estar más al cuidado de dicha iglesia.
   Muchísimas noches, antes de salir D. Bernardo, se acercaba hasta él humildemente D. Manuel y le preguntaba:
   -¿Qué haremos?, indicando si quería que se confesara.
   Y D. Bernardo, que conocía perfectamente la delicadeza de su alma, le contestaba:
   -¡Mañana, mañana!, quedando D. Manuel con su respuesta completamente aquietado.


DÉJELO ESTAR


   
   La escena tuvo lugar pocas fechas ante de morir. Habíase reunido aquel día la Junta de la Hermandad, para deliberar acerca de la admisión de un individuo que había solicitado el ingreso en la misma. D. Manuel, siempre tan exigente en la selección de los Operarios, expuso su opinión que era negativa, basándose en poderosas y fuertes razones.
   Terminó el día, y los Operarios se retiraron a descansar. D. Manuel, que ya estaba enfermo, no podía sosegar ni conciliar el sueño, pensando si estaría él equivocado, si los otros tendrían más razón; si las que él había apuntado serían lo suficientemente fuertes para convencerles o más bien se habrían aquietado por el terror de disgustarle; si habría faltado a alguno dándole mal ejemplo por lo que él creía insistencia y terquedad.
   No pudo contenerse, y llamó a D. Juan Calatayud, que ya estaba acostado. Levantóse éste al punto, y fue a ver qué le quería su Superior. Expúsole D. Manuel el desasosiego de su espíritu motivado por la escena de aquel día.
   Le contestó D. Juan que no convenía que se intranquilizara con aquellas o parecidas cosas, pues le sería perjudicial para la salud... En fin, que ellos resolverían...
   -Así pues, ¿puedo estar tranquilo?
   -Tranquilísimo, D. Manuel! -contestó D. Juan. ¡Déjelo estar!
   Con esto volvió la paz a su alma, quedándose en seguida profundamente dormido.


EL PESO DE LOS BENEFICIOS DE DIOS


   
   Muchos, en efecto, había recibido del Señor. En los últimos años de su vida, cuando aún estaba en plena convalecencia de una de sus enfermedades, hallábase D. Manuel en la Biblioteca del Colegio de Tortosa sentado ante la mesa de despacho.
   Entró la Sierva de Jesús que le asistía a ver si necesitaba algo, y le halló con las manos cruzadas sobre la mesa, encima de ellas reclinada la cabeza, el rostro sudoroso, con un algo especial en toda su persona que indicaba claramente que se hallaba orando, pero en una oración que no parecía tener nada de regalos ni consuelos, y sí mucho de abatimiento y turbación.
   La pobre hermana se alarmó al verle de aquella manera, y, sin saber qué hacer, le preguntó casi instintivamente
   -D. Manuel, ¿qué le pasa?...
   El no se dio cuenta de estas palabras y menos de la presencia de la religiosa, y continuó en la misma postura suspirando de cuando en cuando y pronunciando frases entrecortadas.
   Convencida de que estaba orando, la discreta monjita creyó prudente no interrumpir aquel coloquio entre un alma enamorada y su Dios, y se retiró con el mayor sigilo posible para no distraerle, pero antes de salir oyó que Baba un gran suspiro, mientras decía:
   -¡No, no me espantan mis pecados, sino el peso de los beneficios de Dios !


LA IMPRESIÓN DE UNA PALABRA


   
   De la abundancia del corazón habla la boca. Por eso los santos, cuyo corazón hierve a borbotones en amor divino, tienen continuamente en sus labios el nombre de Dios.
   D. Manuel no escapó a esta ley universal de la expansión amorosa de las almas santas, antes al contrario constituyó ésta una de las notas más salientes de su vida espiritual. A cada paso hablaba de Dios, oyéndosele exclamar con mucha frecuencia: «¡Jesús! ¡Jesús! ¡Divino Jesús Sacramentado!»
   Solía repetir varias veces seguidas el nombre de Jesús, saboreándolo como si encontrase en él un dulzor especial, a indefectiblemente cuando lo hacía, inclinaba ligeramente la cabeza en señal de respeto.
   Con este nombre bendito realizó no pocas maravillas a hizo un gran bien a muchas almas.
   Siendo aún casi niño el que después fue Párroco de Amposta, Reverendo D. Francisco Omedes, fue a confesarse una vez con D. Manuel. Desde el primer momento le impresionó el cariño y amabilidad con que le recibió, quedando asimismo prendado de la dulzura que chorreaban los consejos que le iba dando.
   Pero sobre todo le oyó pronunciar una vez el nombre de Jesús con tal afecto y tan intenso cariño, que se le grabó profundamente en el alma ; de modo que, cuando él lo contaba a muchos años ya distancia, lo recordaba perfectamente como si aquel mismo día se lo hubiera oído, y decía que aquel sólo recuerdo le estimulaba a ser santo.


SUS PESADILLAS


   
   Hasta en sueños repetía frecuentemente el nombre dulcísimo de Jesús.
   Dirigíase a Roma en compañía de D. Manuel el Operario D. Sebastián Bover. Detuviéronse ambos en Barcelona por razón de unos asuntos. Hospedados como de costumbre en «Casa Manso» de la calle «La Canuda», hubieron de dormir en dos habitaciones contiguas. Con gran sorpresa suya oyó D. Sebastián que D. Manuel de cuando en cuando repetía el nombre de Jesús en voz alta y esto durante toda la noche, que él pasó entera sin dormir por la impresión profunda que le hacían estas quejas amorosas de su amado Superior.
   «Durmiendo, dice D. José María Tormo, se le oía exclamar con gran fervor: «Corazón de Jesús», y soñaba con misiones y proyectos de gloria de Dios. Tales eran sus pesadillas. Luego las contaba.
   «Y es curioso el que además daba distinta entonación a sus palabras, según lo requería la distinta naturaleza de sus afectos : de cariño, adoración, súplica... ; y a veces semejaba una queja.»


TOCANDO LOS CORAZONES


   
   Ardía en su corazón tan vivamente el fuego del amor divino, que a veces bastaba una sola de sus palabras para tocar y conmover los corazones.
   Hablaba un día D. Manuel con cierta persona que, si bien no era francamente mala, no se distinguía tampoco por excesiva piedad.
   En el decurso de la conversación preguntó D. Manuel así amaba mucho a Jesús». Pero puso tal viveza en sus ojos, tal expresión en su semblante, tal timbre en su voz y tal emoción en todo su ser, que aquella persona, tocada por la gracia divina brotada al contacto de las palabras del sacerdote, empezó a llorar amargamente, convirtiéndose en un mar de lágrimas entremezcladas de sollozos, de modo que no pudo terminar la conversación.
   D. Manuel dejó que durante unos momentos el llanto empapara aquel espíritu hasta entonces endurecido. Le calmó después lo mejor que pudo y le aconsejó que no olvidara nunca aquellas lágrimas, tan sincera como espontáneamente brotadas al contacto de sus palabras.
   Prometiólo muy de veras el pobre hombre, y el tiempo se encargó de probar la sinceridad de su promesa.


¡QUE CARA DE SANTO!


   
   Alguien ha dicho que la santidad es un tesoro que no se puede mantener oculto en el cofre del corazón. La santidad se predica aun involuntariamente; se transpira a través de las palabras, de los consejos, de los modules y hasta del mismo silencio.
   D. Manuel por dondequiera que pasaba iba dejando una estela de santidad, de cuyo perfume quedaron prendadas no sólo las personas que habitualmente le trataban, sino hasta las que casualmente se tropezaban con él.
   Yendo una vez por Andalucía en uno de sus frecuentes viajes, acompañado de otro sacerdote, acertaron a caer en un departamento del tren en que viajaba una señora con su hija, ya mayorcita. Entablóse entre los viajeros animada conversación, que D. Manuel encauzó por derroteros espirituales.
   Algo extraordinario debieron de hallar en aquel sacerdote desconocido, pues en los intervalos de silencio y aprovechando las ocasiones en que D. Manuel no podía darse cuenta, medio a hurtadillas mirábanle de hito en hito señora a hija, dando la chica con el codo a su madre mientras la decía en voz casi imperceptible, pero no tanto que no lo oyera el Operario que acompañaba a D. Manuel.
   «Fíjate, mamá, qué cara de santo tiene ese sacerdote.»


LA IMPRESIÓN DE AQUEL FILOSOFO


   
   Una tarde de agosto del año 1898 llamaban a la puerta del Colegio de San José de Burgos dos Padres jesuitas. Querían ver las obras del edificio, que aun no estaba terminado. Un Operario les acompañó, enseñándoles las distintas dependencias de la casa y haciéndoles ver la distribución general.
   Mientras se dirigían de un sitio a otro, iban hablando de D. Manuel. El más caracterizado de los dos visitantes empezó a hablar de Mosén Sol en términos tan encomiásticos, que llamó poderosamente la atención del buen «cicerone», a quien se le caía la baba al oír tratar de aquella manera a su Padre fundador.
   Dijo que le había conocido casualmente en un viaje, y que desde el primer momento quedó prendado de su trato y de la santidad que transpiraba su persona, que le había hablado con un entusiasmo desbordante de su Obra, la Hermandad, y que, en fin, la impresión que había sacado de aquella entrevista era inmejorable y en absoluta conformidad con las referencias que tenía de él.
   El Padre jesuita daba tal acento a sus palabras y a su gesto tal expresión, que se veía claramente que aquellos no eran elogios forzados o de compromiso, sino totalmente espontáneos y salidos del corazón. Y al tender la mano en plan de despedida, añadió:
   -Cuando le escriba usted a D. Manuel, mándele mis recuerdos más sinceros y afectuosos.
   - ¡Con mucho gusto!, pero... ¿de parte de quién?
   Y el visitante contestó en voz baja, casi imperceptible, mientras cruzaba el umbral de la puerta:
   - ¡De parte del Padre Urráburu!


LA CURIOSIDAD DE UN MONAGUILLO


   
   Tiernamente enamorado de la Sagrada Eucaristía, no podía ocultar D. Manuel sus fervores cuando, por hallarse enfermo de consideración y no poder celebrar el Santo Sacrificio, había de comulgar en la cama. «Cuantas veces tuve la dicha de darle la Santa Comunión, dice un Operario, temía no le diera un síncope, por lo delicado de su salud, al recibir al Señor con aquellos afectuosos suspiros que le hacían latir el corazón con violencia» .
   Lo mismo ha decirse de su compostura y modestia en la celebración de la Santa Misa. Se emocionaba de tal manera durante ella que contagiaba con su fervor a los circunstantes. Sobre todo después del momento solemne de la consagración, en que se estaba durante un largo rato mirando y contemplando las especies consagradas, como queriendo descorrer con sus pupilas los velos eucarísticos, para hartarse con la contemplación de Aquél que constituye las delicias de los ángeles en el cielo.
   Corría la fama, sobre todo entre los alumnos del Colegio de San José de Tortosa, de que D. Manuel veía corporalmente a nuestro Señor durante el Santo Sacrificio. Por eso, aquellos buenos seminaristas se disputaban el honor de ayudarle a Misa.
   Cierto día le tocó la vez a uno, despierto y despabilado, que aun vive en una ciudad populosa de España. Lleno de satisfacción se vistió la sotana y la sobrepelliz, por creer que él también iba a ser particionero de tan sobrenaturales regalos.
   Llegado el momento de la Consagración, el inquieto monaguillo de cuando en cuando se levantaba del lugar que le correspondía, y hurtando el ser visto de D. Manuel, pero no importándole un bledo ni las rúbricas ni lo que los asistentes dijeran al ver aquellas posturas tan poco litúrgicas, estiraba cuanto podía el cuello y, con unos ojos desorbitados miraba y remiraba, por ver si sorprendía a Nuestro Señor en una de sus manifestaciones corporales.
   No lo consiguió el curioso rapaz, aunque repitió varias veces su faena durante la Misa, saliendo de ella con la convicción de que aun no era él lo suficientemente bueno para merecer tales favores, y con el propósito serio de emprender a galope tendido una alocada carrera hacia la santidad, para, al menos cuando llegara al Sacerdocio, ser digno de los favores con que sin duda el Señor regalaba a D. Manuel.


¡SI TODOS FUERAN COMO MOSEN SOL !


   
   No eran sólo sus devotos y admiradores los que reconocían y pregonaban su acrisolada santidad, sino que hasta en los sectores apartados de la Iglesia se le consideraba como un hombre íntegro y de un vida inmaculada.
   Cuando entre uno y otro campo surgía la discusión, y los enemigos de la Religión echaban mano del tópico manoseado y huero de la conducta poco digna de algunos clérigos, midiendo a todos los demás por el mismo rasero, el contraataque solía consistir en poner ante sus ojos el ejemplo de D. Manuel a lo que invariablemente respondían los primeros:
   «¡Ah! ¡Es que si todos los sacerdotes fueran como Mosén Sol, sería otra cosa!»
   Lo cual, sin mermar en nada la santidad de los demás sacerdotes, por ser un argumento tendencioso además de infundado, demuestra que era de tales quilates la virtud de D. Manuel y tan arrollador el influjo de su santidad, que ante ella habían de rendirse hasta los mismos anticlericales.


YA PASA DON MANUEL


   
   Queríanle extraordinariamente sus paisanos por la fama de santidad de que gozaba, hasta el punto de que, cuando iba por cualquiera de las canes de la ciudad, con frecuencia se oía exclamar a la gente : «¡Ya pasa Mosén Sol, ya va Mosén Sol ! » Y todos salían a las puertas de las casas para verle.
   Este grito y esta actitud, no eran otra cosa que la paladina manifestación de los sentimientos de alegría que provocaba su paso.
   Los mayores le saludaban sin distinción de clases sociales, y los niños le rodeaban para besarle la mano y pedirle estampas. Había días en que por este motivo, y siendo la distancia cortísima, tardaba media hora larga en llegar desde el Templo de la Reparación al Colegio de San José.


LA JUBILACIÓN DE UNA SILLA


   
   Sufría D. Manuel terribles dolores de muelas, que le impedían conciliar el sueño por la noche y no le permitían trabajar a satisfacción durante el día. No tuvo más remedio que dirigirse a casa del odontólogo para sacárselas.
   Le examinó éste detenidamente la dentadura y sin decirle palabra le arrancó una muela y un diente; pero la extracción debió ser tan difícil y dolorosa que quedó el paciente atontado.
   Visitaba más tarde la misma clínica el Presbítero D. Manuel Pascual. Mientras el dentista preparaba los aparatos necesarios para la operación, el sacerdote sentado en el sillón del suplicio pasaba revista a todos los objetos existentes en la habitación, cuando toparon sus ojos con una silla, idéntica a la en que él se hallaba sentado que pendía del techo, en uno de los ángulos de la estancia.
   ¡Qué cosa más rara!, dijo para sus adentros, y no pudiendo resistir la tentación de curiosidad que le asaltó, preguntó al dentista
   -Oiga, doctor, ¿cómo es que ha jubilado usted esa silla, si parece que está todavía en buen uso, y por qué ha tenido usted la peregrina ocurrencia de colgarla del techo?
   -Le extraña, ¿verdad? Pues la razón es la siguiente: En esa silla extraje a Mosén Sol una muela muy difícil, y fue tanta la calma, serenidad y extraordinario valor de que dio pruebas, que tuve la convicción de haber operado a un santo, y desde entonces no he consentido que nadie más se siente en ella ; y ahí la tengo a la vista de todos para recuerdo y edificación de cuantos visiten mi clínica.
   Y allí conservó el dentista durante mucho tiempo la silla, como si fuera la reliquia de un santo.


¡ES USTED UN SANTO !


   
   Fue en la estación de Madrid. Estaba D. Manuel acomodado en un departamento del tren aprovechando el tiempo, mientras llegaba la hora de la salida.
   De pronto interrumpe su lectura una visita inesperada. ¡Era D. Alfonso Merry, más tarde Embajador de España en Londres! Un fuerte apretón de manos y un saludo efusivo que a D. Manuel le supo a poco, pues el distinguido señor salió inmediatamente del vagón.
   D. Manuel casi no acertaba a explicarse aquella visita relámpago. Pronto le sacaron de su asombro dos señoras jóvenes y de porte finísimo, que preguntaban por D. Manuel Sol.
   -Servidor de ustedes, repuso éste. ¿En qué puedo serles útil?
   -Vamos a tener el gusto y la honda satisfacción de verle y de besarle la mano.
   D. Manuel estaba un poco aturdido; porque, en efecto, mientras le besaban la mano, no dejaban de mirarle y remirarle con los ojos siempre fijos en su rostro.
   -Queremos además que nos tenga usted siempre presentes en sus fervorosas oraciones, pues nos acaban de decir que es usted un santo.
   - ¡Pobres señoras! ¿Quién las ha engañado a ustedes de ese modo ?
   -Nos lo ha dicho quien no miente; y tampoco miente su cara de usted. Ruegue usted por nosotras.
   Sonó la campanilla de la estación. Era el momento de la salida. Las señoras, entre risas y peticiones de plegarias, besaron de nuevo la mano a D. Manuel y desaparecieron, dejándole confundido.
   Llegó entonces D. Alfonso Merry a despedirse y entró en el departamento con cara de pascuas y sonriendo un poco picarescamente. D. Manuel, al darle la mano, le echó una cariñosa reprimenda por el afecto excesivo que le había demostrado.


LOS APUROS DE UN BARBERO


   
   Los alumnos del Colegio de San José de Tortosa, con quienes convivió durante tanto tiempo y que tuvieron, por consiguiente, ocasión de conocerle tan de cerca, tenían formado de él un altísimo concepto. Frecuentemente se les oía exclamar : ¡D. Manuel no tiene cara de hombre! ¡Parece un ángel! ¡Es algo extraordinario! ¡Es un ser superior! Y no se cansaban de mirarle, cuando se ponía al alcance de sus ojos.
   Tan convencidos estaban de su santidad, que hasta los inquietos latinillos con frecuencia le hacían objeto de sus conversaciones, llegando algunos en su ingenuidad infantil a decir que tenían ganas de que se muriera pronto, para cuanto antes verle hacer milagros y poderle venerar en los altares.
   De esta fama de santidad nacía la veneración y el respeto que le profesaban, como lo demuestra el siguiente caso, contado por el mismo protagonista:
   «Era yo barbero de los alumnos y de los Superiores del Colegio de Tortosa. Para D. Manuel iba un barbero de la ciudad. Un día no pudo éste ir y me avisaron para que afeitase yo a D. Manuel. Lo hice. Pero, como le mirábamos como una cosa sagrada, me vi apuradísimo para cumplir mi misión. ¡Qué sudores y trasudores los míos, y eso que... era invierno!...»
   Menos mal que D. Manuel, notando su turbación, le propinó unas cuantas palabras de cariño que devolvieron la tranquilidad al turbado barbero.


COSAS DEL CHANTRE


   
   Gozaba fama de santidad no sólo entre personas seglares, entre sus devotos y dirigidos, sino entre el elemento eclesiástico, sacerdotes y altos dignatarios de la Iglesia, quienes, por sus cargos y formación, no suelen ser tan pródigos en formular juicios favorables respecto a la santidad de las personas, o en propinar epítetos laudatorios.
   Esto no obstante, hay múltiples ocasiones en la vida de D. Manuel en las que sacerdotes y religiosos no se avergonzaban de manifestar públicamente el aprecio que le tenían y la veneración que le profesaban.
   Ocupaba la Chantría de Burgos el prestigioso y sabio sacerdote D. Manuel González Peña ; el cual, siempre que D. Manuel paraba en la capital de Castilla, no perdía la ocasión de saludarle para gozar de su agradable conversación y de sus edificantes ejemplos.
   El Sr. Chantre pasaba largos ratos contemplando a D. Manuel, de quien decía que jamás había visto cara más parecida a la de un santo que la suya. Y era tal la veneración que por él sentía, que siempre que le era posible le besaba la mano con mucho respeto.
   D. Manuel solía ponerse en guardia y no se la dejaba besar. Pero a veces, en un momento de descuido, el buen canónigo satisfacía sus deseos.
   Y entonces D. Manuel, para que los circunstantes no formaran de él un concepto elevado al ver a un sacerdote, tan benemérito como aquel, darle. tan significativa muestra de respeto, decía sonriendo, mientras movía un poco la cabeza:
   «¡Bah, bah! ¡Cosas del Chantre, cosas del Chantre!»


LA PLATICA AQUELLA


   
   Hizo un viaje a Toledo por el mes de mayo de 1899. El mismo día de su llegada quiso saludar a los seminaristas. Estos, que nada sabían de la venida de D. Manuel, se vieron gratamente sorprendidos por la voz de la campana que les invitaba a ir a la capilla.
   Fueron rellenándose las hileras de bancos. Cientos de ojos, después de contemplar la mesa de pláticas preparada a aquella hora intempestiva, se clavaron en la puerta de la sacristía, ansiosos de saber quién era el orador que allí les había congregado.
   Salió, por fin, D. Manuel con su paso lento, su aire acompasado y su porte atrayente. Rezó delante del sagrario con mucho fervor, imploró el auxilio de los santos ángeles con un timbre de voz tan especial y unos dejos de unción sagrada tan marcados, que no pudieron menos de llamar poderosamente la atención de aquellos chicos.
   Entre los de segundo de Filosofía se sentaban juntos dos alumnos, de los cuales uno era un seminarista ejemplar y fervoroso y el otro un seminarista aseglarado y mundano, más bien un seminarista malo.
   Todos seguían el desarrollo de la plática con un interés extraordinario y una atención admirable en medio de un silencio sepulcral. El primero de estos dos seminaristas estaba completamente absorto, escuchando con sumo deleite de su espíritu aquellas cosas tan sublimes que le sabían a cielo, salidas de labios de aquel sacerdote endiosado que necesariamente tenía que ser un santo.
   En estas cavilaciones y pensamientos andaba sumido, cuando vino a distraerle la voz ronca de su compañero del lado, el cual, sacudido fuertemente por el fervor que destilaban las palabras del orador sagrado, se vio precisado a exclamar, mientras despertaba de su ensimismamiento a su condiscípulo con un codazo
   - ¡Chico, éste es un santo! . . .
   - ¡Ciertamente! ¡Así es! -contestó el primero, dándose entonces perfecta cuenta de los quilates de santidad que atesoraba D. Manuel, más que por los efectos de entusiasmo que habían provocado en su espíritu las palabras del fundador de la Hermandad, por los efectos que habían producido en el alma siempre insensible de su compañero.
   El seminarista primero, que conservó durante toda su vida el recuerdo del primer encuentro con D. Manuel, llegó más tarde a ser hijo esclarecido de la Hermandad, Superior general y protomártir de la misma: D. Pedro Ruiz de los Paños.


¡ES LO QUE MAS ME GUSTA !


   
   Mortificadísimo en todo lo era particularmente en lo referente a la comida, hasta el punto de poder decir justificadamente en cierta ocasión a un Operario, a quien el solo olor del vino le molestaba: «¡Mira, yo, basura que me sirviesen, tomaría!»
   No sólo se mostraba indiferente ante los platos, ignorando sus comensales cuáles eran los de su preferencia, sino que, yendo hasta el extreme en la mortificación de la gala, daba muestras sensibles de placer cuando le presentaban algún manjar que le repugnaba.
   Cuando le servían carne, infaliblemente se quedaba con los huesos, y si la comida era pescado, para él se reservaba las cabezas. Y esto lo hacía con tanta sencillez y naturalidad, que la gente llegaba a persuadirse de que, en efecto, era aquel su plato favorito.
   Estando una vez en Barcelona, uno de sus comensales que le quería de veras, viendo que se quedaba casi sin comer, porque siempre que ponían pescado se servía las cabezas, se atrevió a decirle
   -D. Manuel, sírvase usted más, que siempre se pone las cabezas y se ha de quedar con hambre.
   -No, respondió él, es lo que más me gusta.
   Y le salió tan espontáneo y dio tal énfasis de convicción a sus palabras, que despistó completamente a cuantos le rodeaban, haciéndoles creer que, en efecto, aquella era la parte del pescado que más le gustaba.


¡ESTO NO PUEDE SER !


   
   Ni aun en medio de las enfermedades, cuando con las dolencias del cuerpo suele tornarse más quisquilloso el espíritu, ni aun entonces, D. Manuel se dejó llevar jamás del gusto. Seguía con meticulosidad las prescripciones del facultativo. Nunca se quejaba de que le presentaran la leche sin azúcar o fría, o de que las medicinas resultaran demasiado amargas.
   El mismo día en que le dio el ataque de su última enfermedad, pasado el primer acceso, se presentó al toque de la campana en el refectorio con los demás Superiores, no permitiendo que le sacaran nada especial, y contentándose con la comida de todos.
   Cuando se hallaba comiendo, le vino un segundo accidente, y tuvieron que retirarle y meterle en la cama. Estando ya en ella y vuelto en sí, le sirvieron un trozo de carne tan mal preparado, que se necesitaba todo el apetito de un famélico para poderlo hincar el diente.
   D. Manuel lo recibió sin dar muestras de desagrado, pero el médico que le asistía, Dr. Vilá, y que se hallaba entonces presente, exclamó enfadadísimo, no sólo por la mala preparación de aquella comida indigna de un enfermo, sino por la paciencia supina de D. Manuel:
   - ¡Esto no puede ser! ¡Imposible! ¡No puede continuar así! ¡Avisen que venga en seguida a servirle una Sierva de Jesús!
   Y como notara ciertos reparos en D. Manuel, añadió
   - ¡Ea, lo dicho, que no puede ser!


EL ACEITE DE LA LÁMPARA


   
   Muchas ocasiones tuvo de refrenar su carácter impetuoso y su temperamento vivo, y de poner en práctica el consejo que él daba a sus Operarios: «Procura que los disgustos no te pasen de la ropa o de la piel, y ten en cuenta que paciencia se tiene más cuanto más se gasta.»
   Era un día de Jueves Santo. Se hallaba D. Manuel arrodillado junto al presbiterio de la iglesia de Santa Clara, preparándose para la celebración del Santo Sacrificio. Absorto en su meditación, no advirtió los movimientos del monaguillo, que junto a él estaba preparando la lámpara del Santísimo.
   Alguien entró precipitadamente en la iglesia y el buen rapaz clavó instintivamente sus ojos en la puerta de la entrada, dejando al mismo tiempo caer el vaso de aceite sobre el magnífico manteo que vestía D. Manuel.
   Dióse cuenta éste del tremendo desaguisado cometido por el monaguillo cuando, después de sentir que rodaba por sus espaldas el vaso del aceite, se vio el enorme lamparón que le había echado encima.
   El manteo había quedado inutilizado. No obstante, D. Manuel se contuvo sin decirle nada al atolondrado acólito y continuó su oración mental. Acabada la misa y cuando ya en la sacristía el pobre rapaz se temía una reprimenda, D. Manuel se limitó a decirle, mientras le alentaba con una mirada paternal: «¡Qué chicos, qué chicos!»
   Acto seguido se dirigió al locutorio de las monjas para ver si aquello tenía remedio. AL enterarse las religiosas, aunque lo sintieron, no pudieron menos de reír la aventura del aceite. Limpiáronle el manteo lo mejor que pudieron, pero no consiguieron hacerlo como hubieran deseado. Al saber D. Manuel que su manteo, después de aquella ligera escaramuza, había de pasar a la reserva, no se incomodó lo más mínimo, al contrario, hasta tuvo humor para bromearse de las monjas, que no eran capaces de limpiar debidamente aquella pieza, recién estrenada y puesta fuera de combate de una manera tan tonta.


UN CAMARERO IMPROVISADO


   
   En otra ocasión fue una sopera llena la que, escapándose de las manos de un improvisado camarero del Colegio de Tortosa, vino a dar aún caliente encima de D. Manuel.
   Uno de los comensales, al ver que la sotana de éste había quedado poco menos que inservible, se creyó en el deber de propinar al incauto seminarista una regañina de las que hacen época.
   Aguantaba cabizbajo el pobre estudiante aquella lluvia de improperios, dirigidos contra su precipitación y descuido, hasta que la cortó D. Manuel diciéndole, mientras le dirigía una mirada compasiva: «¡Ay, chiquito, chiquito!», palabras que para el apenado seminarista, más que de reproche, tenían dejos de suave caricia.


LA OVEJA ROÑOSA


   
   Amante de todas las virtudes, no podía menos de ser Don Manuel un enamorado de la virtud angélica: la castidad sacerdotal. Ejercióla en alto grado y de muy diversas maneras. Llevaba continuamente la vista recogida y un halo de encantadora modestia regulaba todos sus gestos y movimientos.
   Hasta en dar a besar su mano ungida se mostraba reservado, no permitiendo que le tocasen de ninguna otra manera. En su última enfermedad no consintió «que le cortaran las uñas de los pies, a pesar de las insistencias que se le hicieron, por el amor extraordinario que profesaba a la Santa virtud de la pureza».
   La predicó durante toda su vida con su palabra y con su ejemplo. «No quiero tener en mis colegios, decía, ninguna oveja roñosa». Y dirigiéndose a los colegiales añadía : «Sobre todo, ¡ay!, evitad aquel pecado que no quiero nombrar. Si alguno fuese tan degenerado a hiciese tal cosa, que no se acerque al Oratorio ya, porque excitaría la ira de Jesús. Que se marche enseguida aunque sea con la blusa, sin despedirse de los Superiores. Si viene aquí, él sólo robaría las gracias a los demás. ¡Oh, no, no! Que el Corazón de Jesús le arroje, antes que uno pueda servir de tropiezo a otro, ni con palabras, ni con obras».
   Es curioso y admirable el que, a pesar de haber tratado con personas de toda edad y condición, sobre todo con jóvenes del otro sexo y religiosisas de mil Congregaciones diferentes, a nadie ni siquiera a sus mismos enemigos se les haya ocurrido acusarle contra esta virtud. Lo cual prueba lo acrisolado de ella, y lo inmunizada que estaba su fama, pues una calumnia de ese género no hubiera adquirido cuerpo entre sus paisanos, los tortosinos, que estaban convencidos de la pureza de vida y rectitud de intención con que D. Manuel procedía en todas sus cosas.
   Y tanta era la estimación que en este sentido gozaba entre sus colegiales, que algunos de ellos, como el después jesuita, P. Artemio Colón, para resistir las tentaciones contra la castidad, invocaban el nombre de su antiguo Superior uniéndole a los de los tres santos personajes de la Sagrada Familia, y diciendo: «¡Jesús, María, José y D. Manuel!», se veían libres de tales tentaciones.


Y DON MANUEL SE HIZO EL SORDO


   
   Visitó en cierta ocasión a una señora tortosina, ya de alguna edad, que vivía con una hija suya, también entrada en años. Ambas eran dirigidas de D. Manuel y entusiastas bienhechoras de todas sus obras de celo.
   - ¡Pase, pase, D. Manuel!, respondieron a dúo y llenas de gozo señora y señorita, al saber quién era el huésped que llamaba a la puerta. Como le trataban con tanta confianza, aunque la hija estaba peinando a la madre, no tuvieron reparo en introducirle en la habitación en que se hallaban.
   Antes de que él tuviera tiempo de despegar los labios para exponer el objeto de su visita, la joven por vía de introducción y para hacer una caricia a su madre, que estaba completamente chocha porque, a pesar de los años, conservaba una envidiable y bien cultivada cabellera, dirigiéndose a D. Manuel, le dijo:
   «¡Mire, mire, D. Manuel, qué pelo más hermoso tiene todavía mamá!»
   Pero D. Manuel, a quien habían hecho poca gracia tan imprudentes palabras, se hizo el sordo, y como si estuviera distraído, se puso a mirar por el balcón de la casa, hasta que sus hijas espirituales terminaron la faena en que se hallaban ocupadas.


EL RECUERDO DE AQUEL VAPOR


   
   Se hallaba en la ciudad de Valencia y fue invitado juntamente con D. Enrique de Ossó y otras personas a visitar un magnífico trasatlántico que había fondeado en el puerto.
   Accedió D. Manuel, más bien que por satisfacer la curiosidad natural de ver un vapor recién construido según las últimas exigencias de la técnica náutica, por el placer de secundar los deseos de un amigo que tan cariñosamente les había invitado.
   Estuvieron en los camarotes y curiosearon los salones; vieron las máquinas, subieron a cubierta y bajaron hasta las bodegas; lo recorrieron todo de popa a proa, gozándose en Dios que por medio de los hombres hace esas maravillas flotantes de los grandes trasatlánticos modernos.
   En un ángulo de una de aquellas estancias había sobre elegante peana y como objeto de adorno una estatuilla indecorosa, que necesariamente hubieron de ver los visitantes. Los ojos de D. Manuel, que no esperaban tropezarse con semejante objeto, pasaron rápidamente sobre él y se escondieron instintivamente tras los párpados, entornados para no mirar lo que habían visto.
   Pero su amor a la virtud de la santa pureza era tan exquisito, que durante mucho tiempo conservó un triste recuerdo de aquel vapor, no porque la conciencia le acusara de pecado, ni siquiera por efecto de escrúpulos, que no había lugar a ellos pues sus ojos habían tropezado casualmente con aquella imagen y habían pasado por ella como gato sobre ascuas, sino por la preocupación de haber dado quizás mal ejemplo a los que le acompañaban o a los que, conociendo ya el barco y cuanto encerraba, le habían visto entrar o salir de él.


¡ESO SI QUE NO LO VERÁN TUS OJOS!


   
   Tuvo que hacer un viaje a Valencia, y se decidieron a acompañarle en plan de excursión, entre otros familiares, una hermana suya con la que iba además una hija y una amiga de ésta. D. Manuel se desvivió por atenderlas lo mejor que pudo, sin reparar en tiempo ni en gastos. Hizo que vieran cuantos monumentos y cosas notables hay en la ciudad del Turia. El las acompañaba en aquellas visitas turísticas y, cuando no encontraban quien desempeñase este papel, él mismo hacía de «cicerone». Con tan buen guía pudieron contemplar el Miguelete y las torres de Cuarte, la catedral y el santuario de Nuestra Señora de los Desamparados, la Lonja y el puerto.
   De las iglesias más importantes pocas dejaron de ver, pues cada día las citaba en una de ellas para oír la misa que él celebraba y comulgar, haciendo que, acto seguido, el sacristán les enseñase cuantos objetos de valor figuraban en el relicario, o les acompañara por el templo para mostrarles las imágenes de algún valor.
   Todos los excursionistas estaban encantados de las bellezas que encierra Valencia, y no menos de la condescendencia y atenciones derrochadas por D. Manuel en favor suyo durante aquellos días.
   Basándose en esto, y más aún movida por la insistencia machacona de su hija y de la amiguita de ésta, se atrevió la hermana de D. Manuel a pedirle que, pues les había enseñado tantas y tales cosas, para que el regocijo fuera completo y pudieran decir las niñas que lo habían visto todo, les permitiera asistir, ya que él no querría acompañarlas, a una sesión de teatro en uno de los mejores salones de la capital levantina.
   Como una bomba le sentó a D. Manuel aquella petición de su hermana. El, tan afable y obsequioso siempre con todos sus familiares, se mostraba intransigente cuando sus condescendencia pudiera ponerles en peligro de quebrantar los mandamientos divinos y las normas de la Iglesia. Por eso no la permitió continuar aduciendo razones especiosas en favor de su petición, sino que, cortándola al punto, respondió con una energía rayana en la emoción y con una convicción que no dio lugar a réplicas:
   «¡Ah, no! ¡De ninguna manera! ¡Eso sí que no lo verán tus ojos, mujer!»
   Y desde aquel momento nadie volvió, no ya a mentarlo, pero ni siquiera a pensar en ir al teatro.


COLEGIOS DE CAÑAS


   
   Poseen los santos una fe ciega en Dios y una confianza ilimitada en los designios amorosos de su Divina Providencia.
   De una y otra virtud dio pruebas extraordinarias D. Manuel.
   «Cuando hay necesidad de una cosa, se hace, sin preocuparse del dinero...» Esa era su consigna. Así lo hacía y así lo aconsejaba, como lo hizo en cierta ocasión a un Superior que andaba perplejo, viendo por una parte la urgente necesidad de un local habitable para biblioteca en uno de sus colegios, y por otra, la falta de recursos con que levantarle.
   «No tema por los empeños, decía a otro. Busque dinero, que luego San José y su apurada situación sacarán las habilidades.»
   Hasta tal extremo llegaba su confianza, que decía: «Con gusto haría los colegios de cañas para veinte años, y luego la Providencia se encargaría de ellos», dando a entender que cuando los negocios de gloria de Dios se ponen en sus manos divinas, él se interesa por ellos, y no hay peligro de que no salgan a flote a no ser que la desconfianza humana les eche a pique.
   D. Manuel la ponía toda en Dios, y por eso todas sus cosas llegaban a feliz término. Cuando se hallaba en Valencia en los comienzos del Colegio de San José, decía: «Aquí un movimiento excesivo. Tenemos entrando 240 chicos, y no tenemos ni agua ni fuego ni luz ni local: pero se va remediando todo».
   El Señor lo remediaba valiéndose como de instrumento de su actividad y celo portentoso, caldeado con el fuego de una confianza ilimitada que trascendía al exterior y le ganaba entre la gente la fama de ser un hombre de Dios, y por eso, insustituible en la favorable solución de cuestiones desesperadas.
   «Sujetaré mis fervores hasta la venida de Vuestra Reverencia, le escribía a Roma la abadesa de un convento de Vinaroz, cuando traía entre manos la construcción de otra casa religiosa en Vall de Uxó; porque es Vuestra Reverencia el destinado por Dios para llevar a feliz término estas empresas de pocos cuartos».
   

DIOS ES EL AMO


   
   Gastó todo su rico patrimonio en llevar a feliz término las obras que le sugerían su celo por la gloria de Dios. Había vendido por ese motivo dos huertas preciosas, una en la Estación y otra en el Rastro, dos molinos de aceite, una plana enorme, y algunas montañas, y cuando ya no le quedaba de su herencia más que la casa natal, pensó en venderla también para hacer frente a los enormes dispendios que le ocasionaba una empresa que entonces traía entre manos.
   Sentía en el alma tener que enajenar aquella casa, legado de sus mayores, que guardaba tantos recuerdos de su infancia, y de la que únicamente salió cuando la guadaña de la muerte había abierto hondas brechas entre los miembros más queridos de su familia. Pero la necesidad le obligaba a desprenderse de ella. No veía otra solución en el horizonte de las posibilidades, y los motivos de la gloria de Dios le urgían con insistencia cada vez más apremiante. No había duda: ante el dilema que le planteaban el espíritu y el corazón, vencería el primero al segundo; sacrificaría el gusto de conservar su casa pairal por la satisfacción de proporcionar al Señor nuevos motivos de gloria.
   Sin embargo, no todos pensaban como él. No faltaron allegados y amigos que, con un amor bastante descalificado y movidos por una prudencia demasiado humana, creyéronse en el deber de disuadirle de su propósito, y hasta se atrevieron a indicarle que la empresa en que se hallaba empeñado era, además de descabellada, imposible de realizar.
   -Mira, Manuel, le dijeron. El negocio que lo ocupa no puede prosperar de ningún modo. A todas luces se ve que va a pique y que de un momento a otro se vendrá abajo. De modo que nos sentimos en la obligación de decirte que no sólo es imprudente, sino temerario el que vendas la casa de tus padres, para emplear su importe en la empresa a que nos referimos, pues, deshecha ésta, como sucederá, y sin otros medios de subsistencia, lo verás en la precisión de ir a un hospital.
   A lo que D. Manuel, que miraba las cosas desde un punto de vista más sobrenatural, respondió con dignidad y entereza, después de haberles dado delicadamente las gracias por el interés que por él mostraban: «Si Dios permite que se hunda la Obra, lo sentiré, pero Dios es el Amo. Y si yo tengo que ir a parar a un hospital, no me importa, estoy conforme con su divina voluntad».


SI YO FUERA OBISPO, LE ORDENARÍA


   
   Por su madurez de juicio, sus dotes naturales, su vida sobrenatural y su experiencia nada común, era D. Manuel un consejero ideal. Gentes de toda condición social acudían a él en demanda de orientación en su vida y empresas. No pocos Prelados, hallándose en momentos apurados y en ocasiones difíciles, le confiaban a D. Manuel sus asuntos, aquietándose plenamente con la solución que él les daba.
   Un seminarista de la diócesis de Tortosa había solicitado el subdiaconado. Hechas las publicaciones de las Ordenes en los lugares debidos, cierta persona que le quería mal, le denunció al Sr. Obispo acusándole de que era liberal.
   El Sr. Obispo, para quien el acusador debía de ser persona de toda solvencia, negó las Ordenes al seminarista. Este, al enterarse de la causa de la negativa, se personó ante el Prelado tratando de convencerle de que le habían informado mal, de lo infundado de la acusación y de la animosidad que para con él sentía desde hacía mucho tiempo el denunciante.
   Nada consiguió a pesar de su insistencia.
   No faltó, sin embargo, quien se interesase por el citado ordenando y fuese a interceder por él ante el Sr. Obispo, con resultados también negativos. Al saber que todas las tentativas anteriores habían resultado fallidas, el Dr. Marchancoses, persona de prestigio en la diócesis, se lo comunicó a D. Manuel.
   Enterado D. Manuel del caso, envió a D. Andrés Serrano para que hablara de él al Prelado y le dijera en su nombre:
   «Si Vuestra Excelencia tiene resuelto el no ordenarle, está bien. Pero si yo fuese Obispo, le ordenaría.»
   Pesaron tanto en el ánimo del Sr. Obispo estas palabras, que sin esperar a nuevas consultas ni hacer otras indagaciones, le ordenó en seguida, con la consiguiente admiración de todos, que no acertaban a explicarse el repentino cambio de parecer del Prelado.


TU SERÁS MONJA


   
   Hallábase dando Ejercicios Espirituales a las jóvenes de San Mateo. Entre ellas había algunas fervorosas y otras un tanto ayunas de verdadera piedad. En un momento propicio llamó a una de éstas, la estuvo aconsejando y amonestando, la hizo ver cómo la causa de su poco adelantamiento en la vida espiritual no era otra que la compañía de amigas frívolas y ligeras, la mandó que las dejase, pues de lo contrario no pasaría de ser una simple «beata», y la indicó otras compañeras que la podían hacer mucho bien. Después de estas prudentes admoniciones, añadió con la seguridad de quien dice algo de lo que está completamente convencido
   «¡Tú has de ser religiosa!»
   La chica, un poco extrañada porque nunca había pensado semejante cosa, al volver a casa se lo contó todo a su madre: «He estado con Mosén Sol, y me ha dicho que tengo que ser religiosa.»
   La madre, que tenía cariño extraordinario, y más que cariño veneración, a D. Manuel, y estaba contentísima porque su hija hacía con él Ejercicios Espirituales, respondió emocionadísima: «¿Qué puedo yo negarle a ese Santo? Dile, hija mía, que disponga de ti, de mí y de todo lo mío.»
   No necesitó la joven hacer más exploraciones sobre su vocación; basándose únicamente en las palabras de D. Manuel, no tardó en solicitar el ingreso en el Convento de Madres Agustinas de su mismo pueblo, siendo admitida en él poco después.


EL ASPIRANTE A CANÓNIGO


   
   Acostumbrado a trabajar siempre por motivos de pura gloria de Dios, tenía D. Manuel verdadero horror a todo lo que significara distinciones y puestos elevados. El mismo se había cerrado todo acceso a puestos y dignidades eclesiásticas con el propósito de no aceptar jamás cargos colativos. Gozaba cuando le hablaban de algún sacerdote de prendas excepcionales que se entregaba desinteresadamente al cumplimiento de su sagrado ministerio, sin ambición de recompensas humanas, con la mira únicamente puesta en Dios, y hablaba a veces con cierta compasión de algunos que él decía «atacados de canonjitis».
   Presentóse ante él en cierta ocasión un joven subdiácono, lleno de vida y de ilusiones, con muchos pajarillos en su cabeza y no menos planes en su mente. Acababa de hacer brillantemente el doctorado en Sagrada Teología, y le faltó tiempo para comunicárselo a D. Manuel.
   Queríale éste de veras, no sólo por sus buenas dotes naturales, sí que también por las relaciones de verdadera amistad que le unían con alguno de los miembros de su familia.
   «¡Bien, hombre, bien! o, le decía, felicitándole, mientras le acariciaba con su mirada paternal y le envolvía en una sonrisa llena de afecto sincero. «Y ahora, ¿qué piensas hacer?»
   El novel doctor, con cierto aire de despreocupada indiferencia, pero dejando claramente entrever que ya le había preocupado este asunto y tenía dispuestos sus planes, dejó como caer las siguientes palabras, encuadrándolas en un movimiento significativo de hombros:
   -¡Psch...! ¡Casi no sé! Quizá haga oposiciones a castrense y me vaya al Ejército.
   D. Manuel, al oír esta respuesta, no pudo contener un gesto de desagrado; lo cual, advertido por el avispado subdiácono, que no quería desagradarle en lo más mínimo, se apresuró a cambiar de camino y añadió
   -Tampoco me desagrada el coro. Ahora que hay vacante una canonjía, quizás haga oposiciones a canónigo.
   No disminuyó la extrañeza y el desagrado de D. Manuel, que entonces le dijo:
   -¡Pobre hombre! ¡También tú atacado de canonjitis!
   El pobre subdiácono con su doctorado sin estrenar, no sabía por dónde salir, pues veía todos sus planes en tierra, y creyendo tontamente que para estar al frente de una parroquia no merecía la pena haberse graduado, dio otro paso en falso diciendo:
   -Pues entonces, profesor de la Normal.
   -Y ¿por qué no ir a una parroquia?-repuso, por fin, D. Manuel-.¡Con tanto bien como puede hacerse en ellas!
   -Pues bien, iré a parroquia-contestó decidido el joven doctorado, para quien los deseos de D. Manuel tenían fuerza de imperativo-. Iré a parroquia.
   Había hallado, al fin, su vocación específica, donde él no la buscaba. Y desde entonces no volvió a pensar más que en la cura de almas, siendo en la actualidad un dignísimo y benemérito párroco de una capital de España, cargo que viene ejerciendo desde hace mucho tiempo con aplauso de, sus superiores jerárquicos y satisfacción general de sus feligreses.


¿SERÉ YO DE LOS ÚLTIMOS ?


   
   Lo cuenta el Excmo. Sr. Dr. D. Leopoldo Eijo y Garay, actual Obispo de Madrid Alcalá y Patriarca de las Indias.
   «Un amigo mío, cuyos secretos no lo son para mí, andaba hacía tiempo muy preocupado estudiando el negocio de su vocación y creyendo que el Señor le llamaba a estado más perfecto. Su Director espiritual y el Superior creían que no. Sus relaciones familiares, su pensión diocesana, su carácter y el conjunto de circunstancias que constituyen la voz fría de la realidad, que no por ser fría es menos voz de Dios que los vehementes deseos y los encendidos fervores piadosos, parecían indicar que no. Pero ¡eran tan claras las voces internas con que Dios llamaba!
   -Consúltalo con D. Manuel-le dijo D. Benjamín, el Rector del Colegio Español, y allá fue mi amigo.
   D. Manuel le recibió lleno de afecto, y cuando se enteró del asunto, elevó sus ojos a lo alto, como si pidiera a Dios luces, escuchó, preguntó, volvió a escuchar, y después de una breve pausa, poniendo su mano sobre la cabeza de mi amigo y toda la fuerza persausiva de su autoridad y de su afecto en las palabras, le dijo: -Mira, hijo, el secreto de la correspondencia a la vocación está en una sola cosa: obedecer. Obedece a tus directores y habrás atinado.
   -¡Ese es mi deseo, D. Manuel, y esa es mi norma. Obedecer a mil Superiores por Dios. Pero como son contradictorias sus voces. obedezco siguiendo las indicaciones de la voz más clara, la del Superior; mas, me consumo interiormente no pudiendo seguir la voz que de Dios me parece.
   -No digas que son contradictorias, aunque tales las creas. En negocio tan capital, si con corazón a intención pura se acude a Dios, Dios no deja que se engañen sus encargados de guiarnos al cielo.
   -Entonces, D. Manuel, ¿serán ilusiones mías?...
   -No, chico, no; yo creo que Dios lo llama; y creo también que tienen razón tus Superiores, al menos por ahora. Pero, para que veas que no hay contradicción en esto, fíjate bien, y no olvides lo que lo voy a decir. Dios llama a los jóvenes a la vida religiosa de tres maneras: a unos los llama para que entren y se queden; son los que constituyen los Institutos Religiosos; a otros los llama para que entren y se salgan. ¿No conoces la vida del Venerable Padre Claret? y a otros los llama...¡para que no entren! ¿Te sorprende?, pues esa es una prueba de amorosa providencia del Señor; con esa idea el joven vive enfervorizado y observante, atento sólo a Dios, despegándose por él de todo afecto terrenal, ganando con su deseo grandes méritos, y sobre todo, defendido de los peligros de la juventud.
   -¿Y seré yo de los últimos?
   -No lo sé, ni lo conviene saberlo. Ponte por entero en manos de tus Superiores, y no creas que su voz está en contradicción con la del Señor... Más adelante, ya veremos; tal vez ellos cambien... tú no tengas voluntad propia.
   Así lo hizo aquel seminarista, viéndose en adelante libre de tales dudas, porque descansó plenamente en las palabras de D. Manuel.


CONFIANZA DE LA FUNDADORA


   
   Corría el año 1905. Hallábanse las Siervas de Jesús edificando el hermoso edificio que actualmente poseen en Tortosa, en cuya construcción intervino tan directamente D. Manuel.
   A pesar del sesgo favorable que llevaban las obras no estaba el siervo de Dios satisfecho, porque en las proximidades del nuevo convento había unos lavaderos públicos, y sabido era que a ellos acudía gente poco recatada, que con sus gritos estentóreos y sus palabras insolentes podrían turbar la paz de las humildes religiosas.
   Preocupado por aquel asunto no sosegaba, queriendo darle una solución favorable.
   Un día le dice todo resuelto a su colaborador D. Buenaventura Pallarés
   -¡Oye, Ventura, eso no puede seguir así! Hay que comprar todo el terreno que circunda los lavaderos públicos.
   -¡Sí, hombre, no ves que vendrán las lavanderas a lavar y, como son tan libres en la lengua, van a molestar a las monjas!
   -¡Pero si no es posible! ¡Si acaban de comprar la casa y han tenido que pedir dinero prestado! ¡No es posible!
   -¡No importa, hombre, no importa! ¡Hay que hacerlo! ¡Hay que comprar esos terrenos y levantar una tapia!
   D. Buenaventura, apremiado por la insistencia de D. Manuel, se lo dijo a la Superiora, Madre Asunción Eguiluz, y ésta, que tomaba las decisiones de D. Manuel como si fueran de un santo, sin esperar más, lo puso en conocimiento de la Superiora General y fundadora del Instituto, Rvma. Madre María del Corazón de Jesús, con quien a D. Manuel le unían relaciones cordiales.
   Aquella religiosa al saber que éste había tornado camas en el asunto y que aquella era decisión suya, sin pararse a pensar en las ventajas o inconvenientes, escribió inmediatamente a sus hijas diciendo: «Si es cosa de D. Manuel, háganlo», y las mandó que se presentaran cuanto antes en Barcelona, para hablar con D. Francisco Marchenat que era el que las había proporcionado el terreno para la construcción de la casa que estaban levantando.
   Empujadas por la obediencia, pero con cierto reparo por tener que dar un nuevo asalto a la bolsa de D. Francisco, emprendieron el viaje hacia la Ciudad Condal.
   Llegadas a Barcelona se dirigieron a la residencia del Sr. Marchenat, el cual, al enterarse del motivo de la visita y saber que el proyecto era cosa de D. Manuel, sin permitirlas que continuaran exponiéndole los motivos que avalaban sus planes, las dio el dinero que necesitaban.
   Llenas de alegría regresaron a Tortosa, y las faltó tiempo para comunicárselo al Siervo de Dios; el cual, dando gracias al Señor por la solución satisfactoria de aquel enojoso asunto, mandó que inmediatamente mandaran levantar la tapia de circunvalación del convento.


LISTA DE FICHADOS


   
   Era por los últimos años de su vida, cuando él andaba ocupado en propagar entre sus paisanos la devoción al Beato Gil de Federich. Quería levantarle una estatua, y no contaba con recursos para ello. Mas no paraba mientes en las dificultades económicas que pudiera ofrecer una empresa, cuando la creía de la gloria de Dios.
   Pensando en el medio de salir de aquel apuro se hallaba, cuando se le presentó el que después fue Superior General de la Hermandad, D. Joaquín Jovaní, para decirle que aquel mismo día salía con dirección a Tarragona, por si se le ofrecía algo.
   -¡Sí, hombre; me vienes al pelo. Siéntate y escribe.
   -¿Y qué he de escribir?
   -Lo siguiente: Corominas 10 pesetas; Mosén Cucala, 10 pesetas... y así fue diciendo muchos nombres hasta formar una lista respetable, para sacar el dinero que se había propuesto en Tarragona. Y se la has de llevar tú.
   -¿Y si alguno se opone o se excusa?
   -¡Ca!, ¡no lo harán!, diles que es cosa de Mosén Sol.
   El encargado de la póstula cumplió perfectamente las recomendaciones de D. Manuel, viendo con gran asombro suyo que todos los fichados entregaban sin dificultad la cantidad que se les asignaba en la lista, cuando se enteraron de que era cosa de D. Manuel.


DUEÑO ABSOLUTO


   
   A veces no encontraba en sus bolsillos lo que buscaba, y disponía libremente del de sus amigos.
   Pasaba en cierta ocasión por la estación de Alcalá de Chivert y acudieron algunas personas del pueblo a saludarle, entre ellas dos niñas, hermanas de un seminarista. Quiso hacerles un obsequio. Registró minuciosamente todos sus bolsos y con gran sorpresa suya vio que se había olvidado del dinero, pero volviéndose a unos señores que tenía al lado, les dijo:
   «Mis bolsillos están vacíos, ¿me hacen el favor de los suyos? “ Varios de ellos echaron mano de sus cameras, que generosamente ofrecieron a D. Manuel, el cual, cogiendo la del más diligente, sacó unas cuantas pesetas y se las entregó como propina a aquellas niñas, devolviendo después satisfecho el portamonedas a su dueño.


¡HOY RENOVAMOS LOS VOTOS, HÁGALOS USTED


   
   Influía extraordinariamente en aquellos a quienes trataba. Como consejero era una cosa acabada. Los pusilánimes a su lado se tornaban enérgicos, y los indecisos o atormentados por la duda quedaban totalmente aquietados con sus decisiones.
   Era un sacerdote que estaba preocupado con el negocio de su vocación. Quería ingresar en cierta Congregación religiosa y ya había dado los primeros pasos para entrar en el noviciado, pero no acababa de decidirse, porque tenía una dificultad bastante seria.
   Consultó el caso con D. Manuel, y éste, en una de aquellas resoluciones tan suyas, que no por ser rápidas dejan de ser fundadas, le dijo con todo aplomo
   «¡Hoy renovamos nosotros los votos. hágalos usted! “
   «Y sin ocurrírseme reparo de ninguna clase, dice el interesado. los hice descansando plenamente en el parecer de D. Manuel, y viendo después en el correr de los años que aquella era, en efecto, la voluntad de Dios.»

¡MIRE QUE LE REGAÑARÉ!



   Estaban de tertulia en la casa de un capellán de monjas un buen número de sacerdotes, entre los que se encontraban el cura más anciano de la población y D. Manuel.
   Animados unos con otros empezó cada uno a contar retazos de su vida, empezando por las trapisondas de los primeros años, y terminando por las últimas aventuras que les habían acaecido en el desempeño de su ministerio sacerdotal: éste de vicario y aquél de capellán de monjas, el uno en sus predicaciones y el otro en su cátedra de profesor. Ni faltó quien comenzó a relatar su vida y milagros abriendo el libro de su historia por las travesuras que hacía ya en el Seminario y los malos ratos que hacía pasar a profesores y superiores.
   D. Manuel gozaba viendo la jovialidad de aquellos compañeros que, sin faltar a la caridad, respiraban alegría y optimismo, y ponderaba los quilates de su virtud que, aun en medio de las cruces que continuamente les deparaba su vida sacerdotal, sabían ver siempre el lado bueno de los acontecimientos.
   En esto, intervino el sacerdote, en cuya casa se desarrollaba la escena, cargado de años y de desengaños:
   «¡Bah, bah! Vosotros todavía sois jóvenes, no sabéis lo que es la vida. Yo he vivido mucho. Cuando tengáis mi experiencia y mis años, respiraréis de otra manera.» Y empezó a nublar aquel cielo de santas ilusiones con las sombras de un negro pesimismo.
   «Mas no había pronunciado dos docenas de palabras. dice uno de los interlocutores, cuando se vio atajado por Mosén Sol. Pero...¡de qué manera tan hábil, tan dulce, tan insinuante, tan graciosamente apremiante! , como si Mosén Sol se hubiera convertido en la madre más cariñosa y el anciano cura fuese un tierno infante, le dijo estas palabras, que voy a transcribir, pero que no lo repetirán todo, porque les faltará el acento y el espíritu que en ellas puso el santo: «No quiero que se diga esto.¡Mire que le regañaré!... “ Quedando con ello encarrilada de nuevo la conversación por los derroteros del más sano optimismo.


¿QUE SERIA ?


   
   Además de ser devotísimo del Sagrado Corazón de Jesús, fue un apóstol incansable y un propagandista fervoroso de esta bendita devoción. Llevaba siempre junto al suyo el escapulario del Sagrado Corazón, que prendía en la parte interior del chaleco. El escapulario tenía la conocida inscripción: «¡Detente el Sagrado Corazón de Jesús está conmigo! »
   Cada noche, después de besarlo repetidas veces con muestras muy sensibles de gran afecto, lo ponía debajo de la almohada para mayor tranquilidad y por la facilidad de poder besarlo siempre que se despertaba.
   Estas muestras interrumpidas de afecto le valieron en cierta ocasión en favor del Sacratísimo Corazón de Jesús, que debió ser verdaderamente extraordinario, pero que él se cuidó muy bien de ocultar.
   Sólo una vez en que, después de haber pasado mala noche, besaba con mayor fervor aún que el ordinario en presencia de D. Juan Estruel su querido detente, para justificar sus ósculos encendidos y no llamar la atención de aquél, le dijo con mucho misterio: «Este me ha dado un gran consuelo, que yo me callaré...», y fue tal el acento que imprimió a sus palabras y la emoción que se retrató en su semblante, que parecía cierto que se trataba de un hecho plenamente sobrenatural.


ESTE NIÑO SERRA SACERDOTE



   Fue en Villafranca del Cid. Se hallaba incidentalmente D. Manuel en aquel pueblecito de la provincia de Castellón, cuando se le acercó una señora, que llevaba un niño en brazos, a hablarle de ciertos asuntos.
   El pequeñín jugaba con la cara de su madre, mientras ésta charlaba con el sacerdote.
   -¡Hay que crío tan juguetón! -murmuró la madre-.¡Es más trasto...! ¡Si el Señor le llamara al sacerdocio, qué feliz sería yo!
   -Esté usted segura-repuso D. Manuel-. Este niño llegará a ser sacerdote.
   Y lo fue, en efecto. Ingresó en la Compañía de Jesús. Todo el mundo conocía al P. Francisco Tena, en Tortosa, de cuyo Seminario fue varios años profesor de Moral. Lo que no conocía todo el mundo era la predicción de D. Manuel respecto a su futuro sacerdocio.


PINITOS DE PROFETA


   
   Habiendo enfermado de gravedad una dirigida suya y siguiendo la enfermedad su curso ascendente, llegaron a temer sus familiares por una solución desfavorable y al parecer pronta.
   No faltó una persona impresionista que, al enterarse del cariz alarmante de la enfermedad, lanzó la especie de que se hallaba en estado preagónico, y recogida esta noticia por una segunda persona, tan alarmista como la primera, dijo que la joven aquella era ya cadáver.
   Lo oyó un amigo de D. Manuel que se dirigía al Colegio de San José y, al encontrar allí a Mosén Sol, le faltó tiempo para lanzarle a bocajarro tan infausta nueva. Recibióla éste sin alterarse ni afectarse en lo más mínimo; al contrario, con toda tranquilidad y aplomo, y, con una seguridad tal, que dio mucho que pensar después a su amigo, le contestó:
   «¡No. Cinta no morirá hasta que no lo pace todo! “
   Cuarenta años más tarde y algunos después de la muerte de D. Manuel, la presunta cadáver comentaba este suceso que a ella le contaron luego de ocurrido, como la mejor medicina que pudieron dada en su enfermedad, y añadió: «Ya entonces lo tuve y continúo teniéndolo ahora como una verdadera profecía de Mosén Solo


Y DEL CUERPO SALÍA CIERTO RESPLANDOR


   
   La escena tuvo lugar poco después de la fundación de la Hermandad, cuando todavía D. Manuel vivía con su familia en la casa de la calle del Ángel.
   -Oye, Roberto, ¿querrás ir a las cuatro de la tarde a mi casa?; porque tengo que hacer una visita y quisiera que tú me acompañaras-decía D. Manuel a un colegial de Tortosa, al encontrársele en uno de los pasillos del Colegio.
   -¡Sí, señor; descuide, que a esa hora estaré a su disposición
   El seminarista no echó en olvido la invitación. Diez minutos antes del tiempo señalado subía las escaleras de la casa de D. Manuel, pensando en quién sería el señor a quien habían de visitar.
   -¡Tan, tan!...
   -¿Qué quieres, muchacho?
   -Me ha mandado venir Mosén Sol a esta hora para acompañarle a una visita.
   -¡Ah, muy bien, pasa, que él está ahí en esa habitación!
   Entró el colegial, y cuál no sería su admiración al encontrar a D. Manuel orando ante una imagen de la Virgen, o más bien hablando con Ella en voz clara y perceptible y ver que del cuerpo de D. Manuel salía cierto resplandor que alumbraba toda la habitación de suyo oscura y que además tenía las ventanas medio entornadas.
   -¡Buenas tarde, D. Manuel! -murmuró en plan de saludo el atemorizado muchacho. Pero aquél, abstraído en sus coloquios con la Santísima Virgen, no se dio cuenta de que le llamaban.
   -¡D. Manuel! -repitió con más fuerza el colegial.
   Levantóse rápidamente al oírle y, viendo al seminarista, le dijo:
   -Ah, ¿eres tú? ¡Bien hombre! ¡Qué puntual has sido! ¡Tan pronto no lo esperaba! Y cogiendo el sombrero y el manteo, salieron al punto sin mentar D. Manuel para nada aquel suceso, ni atreverse el muchacho a preguntar coca alguna sobre él.


UNA VISIÓN


   
   Se hallaba convaleciente de una de sus enfermedades y le asistía una Sierva de Jesús. Para pagar de algún modo las atenciones de la buena religiosa y hacerla pasar un rato ameno, la contaba anécdotas de su vida, siempre ejemplarísima e interesante.
   Seguía la monjita con verdadero interés el relato de D. Manuel, cuando en un momento de silencio dijo éste:
   -Si no dices nada a nadie, lo contaré otra cosa...
   -Nada, D. Manuel, contestó inmediatamente sor Adolfina, que así se llamaba. creyendo por el prólogo de D. Manuel que se trataba de algo excepcionalmente interesante.
   -¿Me lo prometes de veras?
   -¡Sí, sí! , prometido.
   -Pues, mira, empezó diciendo mientras perfumaba sus palabras con una leve sonrisa. Estaba yo en Santa Clara, donde acostumbraba a celebrar la santa misa, y empecé a ver muchos sujetos vestidos con roquetes blancos y a un venerable anciano, con su cayadito, que iba con ellos...
   Entonces se oyeron pasos, un golpecito en la puerta, y la figura de D. Juan Calatayud, que penetraba en la estancia para preguntar por la salud del enfermo. Al verle D. Manuel, interrumpió su relato. Después de unos momentos salió de la habitación el importuno interruptor, aunque caritativo visitante. La monja ardía en deseos de que D. Manuel continuara hablando.
   Pasaron unos minutos de silencio, que por fin se atrevió a romper la religiosa, diciendo, como para dar ocasión a D. Manuel de que reanudara su grata conversación
   -Don Manuel, ¿esa gracia sería estando celebrando?
   Y él, como arrepentido de su ligereza en haber estado a punto de revelar el regalo con que el Señor le había mimado, se limitó a contestar
   -No, no fue en la misa; fue dando gracias...
   Sor Adolfina, aunque quemada por el deseo de saber aquel misterio, ya no se atrevió a preguntar más viendo a D. Manuel dispuesto a no rasgar el velo del secreto.
   

Y LE VIO LEVANTADO EN ALTO


   
   Tuvo lugar el caso en Tortosa y lo cuenta el que fue coadjutor de Roquetas, D. Glicerio Gamundi Vicente: «D. Manuel Domingo y Sol fue un día a celebrar en las religiosas de Santa Clara, acompañado de un estudiante, íntimo mío, quien le ayudó la santa misa. Una vez terminada ésta, despidióse el estudiante y D. Manuel púsose de rodillas para dar gracias. El seminarista, en vez de marchar inmediatamente, se detuvo un ratito en un rincón, arrodillado, v de momento ve que D. Manuel se levantó en alto, de rodillas como estaba, y así permaneció mucho rato. Y el chico, altamente impresionado y curioso, esperó a ver en qué paraba todo aquello. Y como si nada hubiera ocurrido, se levantó D. Manuel de dar gracias, y al marcharse, nota que el estudiante estaba en la iglesia y nadie más había. Le llamó y díjole con severidad: «No digas nada de lo que has visto.¡Cuidado con decir nada! “
   El hecho ocurrió cuando nadie había en el templo. Sólo el estudiante que Mosén Sol creía haber marchado. Este seminarista, como éramos tan íntimos, que no teníamos secretos, con toda reserva y con riguroso sigilo me lo comunicó. Y he guardado hasta hoy el sigilo. Hoy, que me es permitido el comunicarlo, o mejor, es obligatorio manifestar lo ocurrido, ya que tal estudiante murió hace unos dos años de desgracia de un auto en Zaragoza, siendo sacerdote y párroco en Todolella, lo declaro.
   Y como dadas las buenas cualidades de aquel mi amigo; que era de los más buenos del Colegio, es fácil que habría guardado el secreto prometido a Mosén Sol, y haya muerto sin saberlo nadie más que yo; por lo mismo, créome más obligado en conciencia a dar noticia del hecho.
   El estudiante se llamaba José Mampel y murió siendo cura de Todolella.
   El hecho calculo que ocurrió aproximadamente entre los años de 1898 a 1900.»


CESA EL VIENTO Y EL MAR SE CALMA


   
   Fue a bordo de un vapor de la matrícula de Asturias. Había embarcado en Almería al atardecer del 28 de abril de 1898 y se dirigía a Cartagena en compañía de otros dos Operarios.
   Cuando se habían alejado de la costa y se hallaban ya en alta mar, el Mediterráneo, de ordinario tan tranquilo, empezó a alborotarse. Soplaba un viento impetuoso y se desencadenó una tempestad horrible. El barco parecía juguete de los elementos. Bailaba como una paja, subiendo y bajando al compás de las olas.
   D. Manuel, medio mareado, bajó con los suyos al comedor, donde se acomodó en un sofá, para ver si pasaba el temporal. Al contrario, cada vez era más fuerte la tempestad. Los oficiales del barco andaban alarmados de una parte a otra, sin esperanza alguna de que aquello amainara, porque las indicaciones barométricas eran cada vez más alarmantes.
   Hacia las doce de la noche arreció furiosamente el viento y hubo un momento en que creyeron naufragar. Al verse en aquel apuro, D. Manuel exclamó con todo el fervor de su corazón:
   «¡Señor, compadeceos de nosotros! A lo menos, que no perezcan estos dos que son jóvenes aún... Yo soy viejo...¡¡Jesús, estos angelitos!! ».
   Dios oyó su clamor desinteresado y aquellos gemidos salidos del fondo de su espíritu, y en medio de la admiración de todos, particularmente de los marinos, que no se explicaban el caso, el viento se calmó, desapareció la tempestad, volvió la serenidad al mar y a aquellos corazones atribulados, gracias, según creían, al poder de intercesión de las oraciones del siervo de Dios.
   

LUCES DE OCASO

   

VIVIENDO DE MILAGRO


   
   Don Manuel, fisiológicamente, fue siempre un anormal», es afirmación de su médico de cabecera, Dr. Vilá, el cual, a su vez, las recogió de su padre, que le había tratado durante muchos años.
   «Siendo yo todavía muy niño, dice, recuerdo que mi padre se preocupaba por el más insignificante trastorno que sufría Mosén Sol. Estudiando los últimos cursos de mi carrera, fueron muchas las ocasiones en que mi buen padre me hablaba del anómalo y raro organismo de D. Manuel. En las excursiones que el benemérito sacerdote realizó a los distintos colegios por él fundados, cuando, por cualquiera indisposición que sufría se llamaba al médico, éste, si por primera vez le asistía, no podía menos de alarmarse al observar un caso tan raro y tan poco observado en la práctica; pues la constitución del ilustre enfermo y el funcionamiento de su organismo tenían ciertas particularidades que sorprendían a todos los médicos, extrañándoles cómo de aquella manera podía vivir. La particularidad principal de aquel organismo era, indudablemente, la bradicardia, tan rata, que son contados los casos en que se presenta un caso igual al del Dr. Sol. Su corazón, algo hipertrofiado, mas sin soplo alguno que demostrase lesión orgánica en orificios ni válvulas, latía de una manera perfectamente rimada, pero con una frecuencia de treinta y seis sístoles por minuto.»
   Habla después el Dr. Vilá de los trastornos a que debieron dar lugar éstas y otras anormalidades fisiológicas: atonía de vigor físico y, sobre todo, del cerebro. Sin embargo, «nada de esto ocurría, pues resistía un trabajo cotidiano capaz de fatigar a cualquier individuo joven y perfectamente organizado... No se trataba de un individuo enclenque y enfermizo que arrastrara una vida pobre y artificiosa; por sus manifestaciones exteriores, su cerebro percibía clara y distintamente las sensaciones y las graduaba; su ideación era de las privilegiadas; su memoria, envidiable; su voluntad queda manifiesta en los actos por él realizados: las obras por él emprendidas y desarrolladas demuestran lo gigantesco de sus facultades psíquicas... ¿Cómo se explica que un cerebro tan pobre, tan sujeto a los continuos embates de congestión a izquemia y tan mal nutrido, pudiera soportar un trabajo intelectual tan grande como el que ejecutaba? ¿Cómo cabe comprender que un corazón tan vulnerable pudiera resistir los continuos sufrimientos que le proporcionaba el desarrollo de aquellos maravillosos proyectos por él realizados? ¿Cómo un ser que tenía sus dos órganos principales expuestos a enfermar, pudo resistir hasta la edad de setenta y tres años con una inteligencia clara y una voluntad firme, como si se tratara de un hombre en plena y perfecta salud, de un organismo privilegiado? El porqué y la explicación de todo ello, ingenuamente confieso que no acierto a comprenderla ni adivinarla. ¿Eran todos sus actos y todas sus obras hijas de sus propias energías y de sus facultades? Creo que no: Pues obsérvase una gran desproporción entre su constitución, así como su funcionalismo físico, y las obras por él emprendidas y realizadas. ¿Existía algo extraño a su organización que le impulsaba a planear y ejecutar las obras por él llevadas a cabo?¡Así lo creo! Pues si tales fenómenos no se explican racional y humanamente, no es aventurado afirmar que D. Manuel mereció y obtuvo gracias abundantes y especialísimas del Supremo Hacedor para concebir y realizar las múltiples y sorprendentes obras ligeramente apuntadas».
   Esta era también la convicción de D. Manuel. Y así lo afirmó más de una vez diciendo que «su vida era un milagro de Jesús Sacramentado».


EL EMBARQUE DE LA NARANJA


   
   Su salud empezaba a resquebrajarse, reblandecida por su extremada actividad. fue por el 1902 cuando tuvo una de las primeras amenazas serias de derrumbamiento.
   Estaba en el coro de la capilla de Tortosa, mientras los alumnos cantaban solemnemente el Magnificat por hallarse aquel día, 8 de noviembre, en vísperas de la fiesta del Reservado. Tuvo un ataque de anemia cerebral, que le derribó al suelo sin sentido. No tardó en volver en sí, pero poco después se repitió el ataque.
   El médico le mandó reposo absoluto durante una temporada. Le prohibió decir misa, que no pudo celebrar hasta el 2 de mayo del año siguiente. Repuesto un poco, le permitió trasladarse a Valencia, donde le redujo a la más absoluta inactividad. No podía rezar el oficio ni celebrar la santa misa, ni recibir ni despachar correspondencia, ni admitir visitas ni preocuparse de ninguna cosa.
   Esto era un verdadero martirio para el temperamento de D. Manuel, acostumbrado a una vida de vértigo apostólico; pero ofrecía a Jesús su «vita abscondita» por los intereses de su gloria.
   Sólo le permitió el doctor durante su estancia en la ciudad del Turia salir a dar un paseo por el Grao, para ver cómo embarcaban la naranja. Y allí iba D. Manuel acompañado de D. Juan Estruel con frecuencia, se entretenía viendo el mar y los barcos, y de cuando en cuando dejaba volar un poquito su imaginación para pensar en sus hijos que, allende los mares, se hallaban promoviendo los intereses de la máxima gloria de Dios.


¿COMO VIVE ESTE HOMBRE ?


   
   Consumíase D. Manuel durante su larga enfermedad pensando en la inactividad a que se hallaba reducido, y añorando los días en que podía planear a sus anchas y moverse con libertad, decía: «No sé cómo se me pasa el día sin hacer nada y, sobre todo, nada bueno. Jesús me quiere muerto y mortificado, y yo quisiera vivir para maniobrar, y me mortifica no poder hacer ni siquiera mis Oficios de Semana Santa tan queridos.»
   En 1904 la enfermedad amainó; y tan pronto como le dieron licencia los médicos, emprendió un viaje de visita a sus Colegios y Seminarios, pasando por Valencia, Murcia, Orihuela, Toledo, Cuenca, Madrid, Sigüenza, El Escorial, Astorga y Burgos, admirándose él mismo de sus fuerzas y de la protección del Señor para con él, pues, a pesar de haber pasado en el tren dos noches sin dormir, no sentía malestar alguno.
   Pero ya no podía hacer pinitos. El 8 de junio, hallándose en Burgos, sintióse mal y se metió en la cama. Hubo consulta de médicos. Además del Colegio, que ya le había visitado en otras ocasiones, se avisó al del Sr. Arzobispo, que gozaba fama de ser el mejor de entre todos los de la ciudad; el cual, al hacer las primeras auscultaciones, tomar el pulso, y ver la alarmante bradicardia que padecía, volviéndose espantado a los circunstantes, exclamó
   «¡Cómo vive este hombre! ¿Cómo no piensan en darle el Viático ?¡Está muy mal, y para morirse! » Y no se explicaba cómo le permitiesen que anduviera por el mundo hallándose en tal peligro.
   Subió aún su admiración cuando, interviniendo el médico del Seminario, le dijo que ese era su estado habitual, y que él había sufrido la misma impresión al reconocerle por primera vez, rubricando los dos galenos con un encogimiento de hombros su ingnorancia ante un fenómeno tan raro, como inexplicable.
   

EL CANTO DEL CISNE


   
   Tenía lugar la escena en el locutorio de un convento el día de la Ascensión del Señor.
   -¿Qué tal les ha sabido a ustedes el fervorín de Don Manuel en la misa de comunión?, preguntaba a las religiosas un sacerdote que también le había oído.
   -¡Ah!..., suspiraron a coro las buenas monjitas que, emocionadas por el fervor del predicador, aun no habían dejado de llorar.
   -¿Qué tal les ha sabido a ustedes el sermón de D, Manuel?, volvió a insistir el curioso visitante.
   -A mí, dijo una, rompiendo el ensimismamiento en que parecía estar continuamente sumida, me ha parecido oír al buen Jesús platicando sabrosamente con la Samaritana sobre el brocal del pozo de Jacob.
   -Yo, añadió otra, creía oír al divino Maestro cuando, apareciéndose resucitado a María Magdalena, prorrumpió en aquella extática exclamación: ¡María!
   -Pues a mí, contestó una tercera, las palabras de D. Manuel me parecían como los rumores de las alas de los ángeles que velaban los místicos sueños del prisionero del sagrario, batidas sobre nuestras cabezas para despertarnos de nuestras soñolencias espirituales.
   Y así una en pos de otra, todas las religiosas fueron desgranando las frases más laudatorias que pudieron hallar en su repertorio, para expresar la inmejorable impresión que les había causado el fervorín de D. Manuel.
   Y cuando hubo terminado la última, atrevióse la Superiora a preguntar a su vez:
   -¿Y a usted, señor Magistral, que tan atento le escuchaba arrodillado en el presbiterio, qué le ha parecido?
   -Sencillamente, que a D. Manuel le sucede lo que al cisne...
   -¿Y qué le sucede al cisne? , preguntaron varias voces a un mismo tiempo.
   -Al cisne le pasa que canta más suave cuanto más se acerca la hora de su muerte. Hacía tiempo que no había oído a D. Manuel ningún fervorín.¡Anda el pobre tan quebrantado de salud! Pero, al oírle esta mañana, me ha gustado más que nunca. Me ha parecido un nuevo profeta de los salmos. cantando a la puerta del sagrario los himnos que el David auténtico cantaba mirando al cielo.
   En aquel momento llegó al locutorio D. Manuel, que hasta entonces había estado en la iglesia dando gracias después de la celebración de la misa; y al enterarse de aquel florilegio de frases hermosas deshojadas en su honor, bajando humildemente los ojos al suelo, limitóse a repetir con admiración de todos su cantinela favorita
   «¡Jesús! ¡Jesús! ¡Jesús! ¡Dulce Jesús Sacramentado! »
   

UNA CALAVERADA A LOS SETENTA AÑOS


   
   Arrullada su cuna al compás de las tranquilas aguas del Ebro. desde pequeño fue un entusiasta «tomador de baños». Andando el tiempo los mismos médicos, para combatir los humores herpéticos que padecía, le habrían de aconsejar el ambiente refrescante de la playa. Esa y no otra fue la razón de sus idas periódicas a Benicasim.
   Sucedía muchas veces, dice un Operario que le acompañó más de una vez, quedar D. Manuel completamente inútil para todo lo que fuera trabajo mental, y esto le apenaba, porque había de intervenir como elemento principalísimo en asuntos que no admitían dilación ni espera. Pues en estas circunstancias, salir de Tortosa en el tren del mediodía, llegar a media tarde a las playas de Benicasim, zambullirse en el mar, calmarse los nervios de D. Manuel y sentirse entonado su organismo, era todo uno; tanto, que aquella misma tarde podía ya despachar la correspondencia de asuntos ordinarios y dejar en turno para el día siguiente la de más compromiso.»
   Una tarde de verano estaba en la playa de Benicasim con Don Julián Ferrer, Canónigo de Tortosa. Se hallaban indecisos sobre tirarse al mar o no, porque estaba un poco revuelto y, sobre todo, porque el cielo amenazaba tormenta.
   Para salir de esta indecisión preguntó D. Manuel: «¿Qué hacemos?» Recibida respuesta afirmativa, ambos se metieron en el agua. Mientras se estaban bañando, se desencadenó un tremenda tempestad junto con un fuerte aguacero. Salieron del mar y se refugiaron en las casetas de la playa, pero aun allí dentro se mojaron, y hasta el calzado se les había empapado de agua. Como pudieron, y con las ropas completamente caladas, llegaron a casa; y D. Manuel, con ingenuidad y candor propios de un niño, exclamaba: «¡Ay, chico, chico, no digas a nadie que Mosén Sol ha hecho a los setenta años esta calaverada! »
   

¿QUIÉN ES ESE OBISPO?


   
   Sucedió en la estación de Valencia, momentos antes de coger D. Manuel el tren para regresar a Tortosa. Habían acudido a despedirle, además de los Superiores del Colegio levantino, un buen grupo de sacerdotes amigos.
   Uno de ellos estaba ocupado en colocar las maletas y encargos de D. Manuel en el departamento correspondiente, cuando se le acercó un señor, bien trajeado y de porte distinguido, que con mucha amabilidad le preguntó
   -¿Tendrá usted la bondad de decirme quién es ese Obispo?
   -¿Qué Obispo?, contestó, lleno de admiración y mirando a todas partes el interrogado.
   -¡Ese señor Obispo que está ahí rodeado de sacerdotes!, y señaló a D. Manuel.
   -No se trata de ningún señor Obispo, pues no es más que lo que usted ve, un sacerdote.
   -No me entiende usted; me refiero a ese más fuerte que está en medio de todos, insistió el desconocido señor,;que no había quedado satisfecho con la primera respuesta, y se acercó hasta casi tocar el grupo de sacerdotes con la mano.
   -Le repito, señor mío, que no es ningún Prelado, que se trata de un simple sacerdote y nada más. Es de la diócesis de Tortosa y se dirige a esa ciudad.
   -Es inútil que usted trate de ocultarme que aquí viaja un Prelado. Ese señor que le digo, sin duda que es un Obispo que, para pasar de incógnito, no lleva anillo ni pectoral, ni algún otro de los atributos que pudieran delatar su condición episcopal; porque su fibra tan venerable, sus modales, su manera de hablar, la impedimenta que lleva, el cariño con que le trata todo ese grupo de sacerdotes, en fin... todo ello está pregonando a voz en grito su dignidad...¡'.Mire, le suplico de nuevo y encarecidamente que me diga su nombre y la diócesis que rige! ¡Es lo único que me interesa!
   -¡Pues, no señor! Está usted completamente equivocado...
   En vista de que no había obtenido respuesta satisfactoria, como de último recurso echa mano a la cartera y enseña el título de redactor de «La Correspondencia de Valencia».
   - ¡Ah! ¿De modo que es usted periodista? Ahora me explico su insistencia. Pues ese señor no es Obispo; es D. Manuel Domingo y Sol, Fundador de la Hermandad y Director General de los Operarios Diocesanos; el que ha puesto en marcha la Obra de los Colegios de Vocaciones; el que...
   -¡Ya, ya! ¡Mosén Sol! ¡Acabáramos! ¡Pues eso debiera haberme dicho usted!
   Y mientras sacaba la pluma para tomar nota, añadía:
   -Ya decía yo que ese sacerdote era algo especial, Obispo o... cosa parecida, pero algo especial.
   

ES MAS QUE OBISPO


   
   Durante su estancia en Vinaroz acostumbraba D. Manuel salir un rato de paseo con D. Esteban Monfort y Mosén Falcó.
   Estos dos buenos sacerdotes, prendados de la virtud y de la valía de D. Manuel, cuando se quedaban a solas no sabían cómo ponderar a aquel hombre extraordinario que, por otra parte, se les presentaba tan sencillo; y con frecuencia entablaban entre ellos diálogos como el siguiente
   -¡Cuántas veces, decía uno, reflexiono lo que vale este hombre y veo que no le sabemos apreciar debidamente en la diócesis cuando es una lumbrera que tendrá fama nacional! Si fuera de otra diócesis nos admiraría más.
   -Es cierto, añadía el otro. Es una gloria de Tortosa, ¿Qué lo parece, vale más que Ossó?
   -Tal vez sí, aunque no haya escrito tantos libritos como él. Son dos glorias de la diócesis.
   -¿Por qué no han de hacerle Obispo?
   -¡No, hombre! ¡Eso sería achicar su figura! ¡Es más que Obispo!...
   Y al día siguiente volvían a admirar las virtudes de D. Manuel y a apreciar su valer en un rato de conversación íntima en que éste desfogaba su corazón, sin sospechar las cavilaciones que, cua