DÍA "PRO ORANTIBUS" (MAYO 22, 2005)
volver al menú
 

 

Testigos transfigurantes de la Presencia de Dios


Lo que menos acepta el corazón del hombre es el aislamiento, una vida lejos
de la compañía que nos arranca la condición solitaria. Lo decía nada menos que
el relato de la creación, cuando Dios juzgó que el aislamiento solitario no era
algo bueno para el hombre, en definitiva porque tampoco Él es soledad, sino
comunión trinitaria.
Así los diferentes carismas que a través del tiempo Dios ha ido suscitando en
la Iglesia, cada uno rememora y refleja esa Belleza y Bondad en que consiste su
misma esencia divina. Algunos señalan una apasionada vocación: recordar la
presencia de quien siempre nos acompaña, y acompañar con amor a quien se ha
hecho nuestra mejor compañía.
Lo decía el Papa Benedicto XVI en la homilía de la Misa de inauguración de
su ministerio petrino como Obispo de Roma: los consagrados son los testigos
transfigurantes de la presencia de Cristo. Es una hermosa llamada a colocarnos
en ese lugar: que la vida se haga transfiguración de Otro, que la vida se haga
Tabor, que la vida se haga Eucaristía.
A través de los siglos, las diversas familias monásticas han recordado al resto
del Pueblo de Dios que hay una palabra por antonomasia que es preciso escuchar,
y que hay una presencia por excelencia que debemos siempre adorar. La Palabra
y la Presencia del Dios-con-nosotros han despertado en tantos hombres y mujeres
una adhesión que ha henchido de belleza y de libertad su entrega. Esa Palabra
ha llenado el silencio con una voz inconfundible, y esa Presencia ha colmado la
soledad con una plenitud inmerecida.
Si la fidelidad de quien prometió estar con nosotros todos los días hasta el
final del tiempo se nos ha hecho Eucaristía, la vocación contemplativa de nuestros
hermanos y hermanas en los diversos carismas monásticos les convierte en
los testigos de esa transfiguración: de tanto escuchar y adorar la Eucaristía, son
ellos también transfigurados por esta Presencia de Jesús.
“Quédate con nosotros”, le dijeron los dos de Emaús. Y de pronto se les abrieron
los ojos al verle partir el Pan y reconocieron cómo les ardía el corazón ante
las Palabras del Maestro. Necesitamos en los mil caminos de nuestras fugas taciturnas,
de nuestras inhibiciones cómodas, de nuestras evasiones irresponsables,
el testimonio de estos hermanos monjes y monjas que pueden contarnos lo que
les ha sucedido a ellos por el camino claustral. Y nos darán el más precioso testimonio
de su encuentro eucarístico con Jesús, para que también a nosotros nos
sea devuelta la luz en los ojos y nos vuelva a latir el corazón con el mismísimo
fuego de Dios.
† Jesús Sanz Montes, ofm
Obispo de Huesca y de Jaca
Presidente de la Comisión Episcopal para la Vida Consagrada